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EL MUQUI INDICE

EL CURA SIN CABEZA Y ENTRE OTROS RELATOS MÁS… ...

LA MONJA DE PASCO


INDICE  LA MONJA DE PASCO  EL CURA SIN CABEZA  EL FANTASMA DE LA MINA CERREÑA  LAS TRUCHAS  EL MUQUI  EL SASTRE Y EL ZAPATERO  LOS JIRCAS  LA GANCHANA  LOS TRES TOROS  JUAN OSO  LA ZORRA Y EL CÓNDOR LA CIUDAD MINERA DE CERRO DE PASCO


Está ubicado en la parte central del país, al este de la cordillera Occidental,

con

zona

central

del Perú andinas y de selva alta y media del río Pachitea. Su capital, la ciudad de Cerro de Pasco, con una altitud de casi 4.338 msnm, es la más alta del país y considerada por muchos "La ciudad más alta del mundo". Limita al norte con Huánuco; al sur con Junín; el este, con Ucayali; y al oeste con Lima. Superficie: 25 319 km². Latitud sur: 9º 34´ 23.00". Longitud oeste: entre meridianos 74º36´32" y 76º43´18". Densidad demográfica: 10 habitantes/km² aproximadamente. Población: Total: 280 449 habitantes (Hombres: 124.718, Mujeres: 122.020). Capital del Departamento: Cerro de Pasco Altura de la capital: 4 380 msnm Número de provincias: 3e Número de distritos: 28 Clima: A más de 4 380 msnm, el clima es frío, con 15°C de día y menos de 0°C por la noche. Hay lluvias de noviembre a marzo, y en las punas vientos después del mediodía. La ciudad de Cerro de Pasco tiene una media anual de 4°C, con una temperatura máxima de 10°C y una mínima de -11°C.


LA MONJA DE PASCO Cuentan que al instaurarse el monasterio

de

las

Hermanas

Nazarenas en la Villa de Pasco, la presencia de las enclaustradas, detrás de los gruesos muros del convento, había logrado amainar en algo, el espíritu levantisco, camorrista y pervertido de sus pobladores. No obstante, a muy poco tiempo de instaurada, retorno con más ímpetu y más virulencia, la indisciplina. No eran pocos los muertos que aparecían por sus calles, ni menos los escándalos cotidianos. Apesadumbrada por estos sucesos, Sor María de la Concepción, a la sazón madre superiora del convento, juzgo que todo esto ocurría por falta del auxilio espiritual de un sacerdote ya que los que se encontraban en Vico y Ninacaca, muy pocas veces asomaban por Villa. Encomendándose tanto al Hacedor y puso tanta fe en sus rezos que un día el Todopoderoso se le presento circundando de un brillo hermosamente luminoso y en el marco de un coro celestial de ángeles. -¿Qué deseas, hija mía?-dijo el Supremo. -Padre mío: la perversidad se ha adueñado de este pueblo. Las gentes han olvidado tu existencia y viven en desorden; en pecaminoso desorden. Muchas gentes mueren sin el auxilio de un sacerdote, condenando su alma a los atroces castigos del infierno.


-¿Qué sugieres que hagamos, hija mía…? -Te pido que apliques los apetitos pecaminosos de hombres y mujeres y les des la paz espiritual de tu gloria. -¡Así lo haremos, hija mía!- Y al ver que la monja en un mar de llanto permanecía de rodillas sin ánimo de poder levantar los ojos al Todopoderoso, el Señor pregunto: - ¿Deseas algo más hija mía? -Si Padre. Aquí hay muchas personas que mueren sin confesar sus pecados y sin arrepentirse porque no se confiesan. - ¿…Y…? Te pido que me des a mí tu humilde sierva- licencia para confesar como los sacerdotes y autoridad para poder perdonar los pecados. - ¿Podrás hija mía, tener el valor de guardar el secreto de la confesión? - Si, padre- respondió Sor María de la Concepción, encendida de fe y esperanza. -Bien- dijo el Señor- meditare sobre el asunto; entre tanto, quiero que guardes esta cajita durante tres días. Contiene un gran secreto y te pido que no la abras. Luego de pronunciar estas palabras, la visión desapareció. Los dos primeros días, Sor María de la Concepción guardo celosamente, la cajita, pero a medida que las horas transcurrían, la curiosidad la invadía con más fuerza. Tanta fue la curiosidad tanto su desatino que casi al borde del tercer día, abrió la cajita llena de curiosidad y al momento, un hermoso pajarito de vivos y brillantes colores tomo los aires y se alejó por una de las ventanas abiertas del monasterio. Al momento apareció el Señor que le decía: -¿Ves hija? Tú no puedes servir como confesora, porque aun antes de los tres días de poseer un secreto, ha parecido que te faltara tiempo para divulgarlo. Dedícate a servir a ti prójimo deja esa misión que me pides para los sacerdotes. Ellos sabrán mantener cerrado el cofre de los secretos.


EL CURA SIN CABEZA Hace muchísimos años, en el lindero entre Chaupimarca y Yanacancha, camino a Pucayacu,

por

donde

transitaban

los

viajeros que iban o venían de Huariaca o Huánuco, había aparecido un espectro terrible que tenía atemorizados a los viajeros. Era un cura sin cabeza que transita por la zona, desplazándose por los aires a considerable

velocidad.

Todo

era

al

descubrir a un caminante o a un grupo de los mismos, cuando de inmediato se aparejaba a ellos y, desplazándose por el aire- como si volara- acompañaba un buen trecho a los viajeros que, al verlo se inmovilizaba de terror. Cuando estos quedaban atónitos e inmóviles, el cura, cuya negra sotana ya estaba raída y desprendiéndose en flecos, la emprendía a grandes puñadas a manera de zarpazos desordenados y fieros, destrozando la cara y el cuerpo de sus víctimas. Cuando estas salvajemente destrozadas yacían muertas, emitiendo lúgubre ronquidos guturales se alejaba el maligno. Muy pronto la zona dejo de ser transitada por los peregrinos. Los pocos que tuvieron la osadía de aventurarse por ese paraje, eran presas de las inmisericordes garras del cura asesino. Un día, que por razones de trabajo, un operario de los ingenios de Carmen Chico, tuvo que pasar por el fatídico lugar- apenas cerrada la noche- fue acometido por el cura sin cabeza que de pronto se ubicó a su altura. El hombre al sentir la presencia del espectro se armó de valor y con todas sus fuerzas, un crucifico de plata que siempre llevaba consigo, comenzó a rezar, contrito, esperanzado y lleno de fe.


- “Señor de los Señores, Rey de Reyes, Justo Juez Omnipotente que siempre reinas con el padre, el hijo

y el espíritu santo, libérame como liberaste a Jonás de la

ballena. Esta santa oración me sirva para protegerme de todo, de los vivos y de los muertos; para sacar los entierros por difíciles que sean, sin ser molestado por espíritus y apariciones. Tu justo Juez, que naciste en Jerusalén; que fuiste sacrificado en medio de dos judíos, permítamelo Señor, que si viniera mis enemigos- cuando sea perseguido- tengan ojos, no me vean; tengan boca, no me hablen, tengan manos, no me agarren; tengan piernas, no me alcancen: Con las llaves de San Pedro seré encerrado en la cueva del león, metido en el arca de Noé para salvarme, con la leche de la Virgen María seré rociado; con tu preciosa sangre seré bautizado. Amen” Armado de valor al terminar la oración, el obrero, levanto la voz enseñando el crucifijo y dijo: -¡¡ ¿De esta vida, o de la otra? ¡¡… Te ordeno que me digas! Al oír estas palabras, el cura sin cabeza que le rodeaba con sus oscuras intenciones cayo de rodillas empalmando sus manos como pidiendo perdón. Es entonces que el hombre comprendió que era un cura condenado, al que le sigue hablando de esta suerte: -¡Comprendo que estés cumpliendo una condena! Pero como no me puedes hablar, solo te pido que me señales donde tienes enterrado u oculto tu pecado. El cura al oír esta orden se levantó por los aires y le indico que lo siguiera, el caminante siguió al espectro que llegando al cementerio colindante a la iglesia de Yanacancha, señalo un montículo semejante a una tumba. El hombre cavó en el sitio señalado y halló un cofre con monedas de oro y otras alhajas y joyas. -Está bien- dijo el hombre- mañana mismo mandaré hacer una misa en esta iglesia pidiendo al Señor que te perdone, porque entiendo que estos tesoros son los que les robaste a los fieles y creyentes. Al oír la promesa, el cura sin cabeza, como un globo se elevó y se perdió en la oscuridad de la noche y nunca más espanto a los caminantes. El obrero donó esos tesoros para la gente necesitada.


EL FANTASMA DE LA MINA CERREÑA Cuentan que cuando Don Miguel Fuentes iniciaba

sus

trabajos

mineros en el Cerro de Pasco, puso tanta pasión y tanto empeño en la empresa, que llegó a construir

una

subterránea

enorme que

galería

comunicaba

Cayae, Rumiallana y Yanacancha. Enamorado de la mina y sus secretos, gustaba de entrar en los socavones y trajinar sus galerías sin

ninguna

compañía,

presumiendo solo de su lámpara de aceite. Una noche que pasaba por estos subterráneos parajes, oyó una fuerte explosión y un ruido indefinible como de gente avanzando hacia él. Armado de valor que nunca lo abandono, grito con todas sus fuerzas: - ¡¡ ¿Quién vive ahí…! ¿De esta vida o de la otra? Como respuesta vio caminar en la oscuridad, un negro espectro que avanzaba con poco cansino. - ¿Quién eres tú que osas atacarme con tu gente? – volvió a gritar y, una voz cavernosa y cansada le respondió:


-Soy un hombre como tú, y como tú también voy completamente solo. Yo he sido el primer minero que llego aquí y al ver tantas riquezas en sus vetas prodigiosas, sin saber lo que decía, le pedí a Dios que nunca me apartara de estos filones y me dejara trabajar hasta el fin del mundo. Desgraciadamente Dios Todopoderoso escuchó mi suplica, cumpliéndose mi deseo y desde hace cientos de años, sigo persiguiendo una misma veta. Nadie conoce a mi familia, ni me recuerda siquiera Impresionado por el relato, Fuentes dijo: - Déjame ver tú rostro, pueda que yo te conozca o te encuentre un aire de familia. Al

oír

esto

el

espectro

desembozo la negra capa que le cubría y simultáneamente apareció un rostro del tamaño de un puño cubierto como una gorra minera, reseco como una hoja muerta y arrugado como una esponja. Fuentes no pudo articular palabras. El espectro volviéndose a cubrir dijo: -No me conoces- avanzo un poco y, más allá dijo: Seguiré persiguiendo mi veta por los siglos. Al fantasma se lo trago la oscuridad y Manuel Fuentes jamás volvió a penetrar en la mina ni cuando el agua se apodero de todas sus galerías prefiriendo perder toda su fortuna a toparse con el fantasma de la mina.


LAS TRUCHAS Este era un pescador de truchas que perseguido por la mala suerte, rara vez podía pescar algunas piezas respetables, sin embargo, empeñoso como era, una madrugada salió con el Alva dispuesto a cobrar las mejores piezas del rio. Su tenacidad y fe logro su triunfo al final, pues aquel día pesco tres hermosas y grandes truchas. Feliz llego a casa y le dijo a su mujer: ¡Mira mujer lo que traigo! ¡Tres truchas de las más grandes! Como mañana cumplimos dos años de casados invitaremos a almorzar con nosotros al señor cura y así nos comeremos una trucha cada uno. Como se dijo se hizo.

Al día siguiente el pescador fue

a buscar al cura, en

tanto su mujer preparaba el

almuerzo. Al ver ya

lista las truchas la mujer se

dijo: -Voy a probar si están

sazonadas

las

truchas.

Probare la mía. Comenzó a pellizcar

su trucha y

comérsela y, al

sentirla tan agradable, aumentaba su deseo que la obligaba a seguir comiendo. Cuando se dio cuenta, ya se había acabado su pieza. -Esta sí que estaba rica. Voy a probar la de mi marido, no vaya a ser que le falte un poco de sal. Sea porque la fritura estaba sabrosa o por el hambre que le había despertado el apetitoso aroma de las piezas, sin darse cuenta también se había terminado la porción de su marido Bueno no había nada que podía hacer impedida por el sabor agradable del manjar, ataco y termino en un santiamén la trucha que le correspondía al cura. El tiempo que duro la ausencia del marido, la mujer se devanaba los sesos para buscar una solución al problema creado por su voraz apetito.


Cuando llego su marido acompañado del cura, la mujer los recibió muy contenta y muy amable -Señor cura, ¡Que bendición de Dios que usted haya venido! mi marido se había empeñado en que usted bendijese nuestra mesa al cumplirse el segundo aniversario de nuestra boda. -S i padre,- dijo el marido- Para nosotros es motivo de gran alegría el que usted comparta nuestra mesa. -Gracias, hijos, gracias… -Bueno mujer – dijo el marido- ¿Has preparado las truchas? -Claro – respondió la mujer- Las tengo en el horno para que no se enfríen. Voy a preparar el mantel y usted siéntese aquí señor cura. El cura ocupo su lugar en la mesa y la mujer llamando aparte a su marido le dijo: -Vete a la cocina y afila bien los cuchillos porque el pan está algo duro. Aprovechando que el marido iba a afilar los cuchillos, la mujer muy confidente y compungida le dijo al cura: -¿Sabe lo que está haciendo mi marido, señor cura? ¡Está afilando los cuchillos para cortarle a usted las dos orejas!, Hace tiempo juro hacerlo, por eso le invito a comer hoy día…Escape señor cura que ya viene con los cuchillos! Al oír esto el cura se remango la sotana y salió como alma que lleva el diablo, sin dar vuelta la cabeza. El marido que en ese momento salía, escucho a su mujer que alarmada decía: -¡Marido el cura sinvergüenza se está llevando todas las truchas! No escucho más y el marido con los cuchillos en la mano siguió al cura diciendo: -¡Señor cura…señor cura, déjeme siquiera una. Y el cura muerto de miedo acelerando sus pasos gritaba: -¡Ni una…ni una…!


EL MUQUI Cuentan

que

hace

muchos

años,

cuando el trabajo era inmisericorde para los mineros, pues comenzaban a laborar cuando el sol salía y recién terminaban cuando éste se ocultaba, después de haber estado por doce horas en los socavones, los obreros, tenían un breve lapso para masticar coca. En este tiempo, había un obrero que vivía en Yanamate, el que abusionero como era, temía mucho a los martes y a los viernes por ser día delos brujos, los aparecidos y del demonio. Un dio viernes que había dejado su “Huallqui” con su coca en la labor volvió para recogerlo y en eso pudo ver un obrero pequeño, que ensimismado en su trabajo no descansaba para nada. Intrigado por la presencia del intruso, el obrero se dirigió al pequeño minero, invitándole a degustar su coca y pidiéndole le dijera si era nuevo en la mina, al no tener respuesta del pequeño hombre, lo cogió por los hombros y lo hizo girar para verle la cara y reconocerle. Al hacerlo quedo petrificado el hombre pequeño tenía el pelo rubio y brillante que cubría su rostro rubicundo en el que se destacaba su mirada penetrante y agresiva de reflejos metálicos. El obrero quedo mudo y estático. Al poco rato sus compañeros le vieron salir como un sonámbulo y, sin decir palabras, pedirse por aquellas soledades aledañas. Se asegura que habría sido encantado por el muqui y que su destino seria andar vagando sin destino, hasta encontrar la muerte.Por eso, los obreros dejan caer coca, cigarro, cañazo en los rincones de las minas a fin de que el muqui, que es el guardián de las minas no los encante.


EL SASTRE Y EL ZAPATERO Hubo una vez un sastre que por la escasez de clientes y la numerosa competencia, había caído en la desgracia de deberle a medio mundo. Por más que se esforzaba, no podía cancelar sus deudas, que cada vez eran más cuantiosas y numerosas. Un día como fruto de sus desesperadas cavilaciones, llego a una determinación que, a su juicio, le salvaría de la cárcel. Llamo a su mujer y le dijo: -Mira mujer como le debo a todo el mundo y no le puedo pagar, será mejor que me haga al muerto y entonces, todo el mundo me perdonará mis deudas. Cuando esto haya ocurrido, hare como que resucito entonces viviremos sin deudas. Para que todos lo crean, sal a la calle y grita desesperada. Cumpliendo con lo dispuesto, la mujer se echó a lamentarse a grito pelado la muerte de su esposo. Tan convincente y dramáticamente lo hacía que la mayoría de vecinos la consolaban y le decían que no se preocupara, que le perdonaban todas sus deudas. De entre estos vecinos había un zapatero cojo que decía voz en cuello: -A mí me debe medio real y no lo perdono. Nosotros los yanacanchinos somos así. ¡Usted tendrá que pagarme!.... Por la noche como era de costumbre en aquellos tiempos llevaron al muerto a la iglesia de Yanacancha hasta el momento de darle sepultura en el camposanto contiguo. El sastre iba amortajado e inmóvil, en la caja, satisfecho por lo bien que le había salido el embuste y, más aun, pensando en el susto que se llevarían los acompañantes cuando se levantara del ataúd como si estuviera resucitan.


Dejaron la caja en la iglesia y al rato apareció el tozudo zapatero que rengueando y enojado destapo la caja del ataúd y le dijo al sastre: -Mira sastre de los demonios, si no me pagas mi medio real te condenaras!...Así que págame lo que me debes…Dame mi medio real, maldito…Dame mi medio real! A esa hora de la noche que se encontraba gritando el zapatero cojo, oyó que se abrían las rechinantes puertas de la iglesia. Presa del terror, venciendo su cojera,

el

malvado

zapatero,

fue

esconderse en el confesionario

a

más

próximo. Los que habían ingresado a la iglesia eran un grupo de ladrones que querían hacer el reparto de su botín. El jefe de los malandrines dijo: -Aquí hay cinco de montones de monedas de oro que hemos robado. Como nosotros no somos más que cuatro, el quinto montón se llevara el que le dé un bofetón al muerto que hay en la caja. Todos callaron respetuosos, pero el más pequeño de todos, acercándose al difunto dijo: -Yo le voy a dar no solo uno, sino que por ese montón de oro voy a darle tan cantidad de cachetadas que todo el Cerro d Pasco lo va a escuchar. Llego a la caja, levanto la mano dispuesto a cumplir lo prometido, cuando el sastre se incorporó violentamente gritando: -¡Ayúdenme aquí difuntos que tengo mis cuatro puntos! El zapatero que estaba agazapado en el confesionario grito la respuesta con todas sus fuerzas: -¡Aquí vamos todos juntos!


Al oír esto los ladrones echaron a correr despavoridos dejando tirados todas las monedas de oro en la mesa del muerto. Pasando un momento, el sastre dividió en dos partes iguales las monedas de oro, una le dio al zapatero y otra se quedó el. Ya se iban a marchar contentos cuando el zapatero le dijo: -¡Dame mi medio real!.....dame mi medio real me lo debes! Los ladrones ya cerca del Cerro de Pasco, se detuvieron cansados, mientras el jefe decía. -¡Parece mentira que nosotros que somos los más valientes hayamos huido de esa manera. Que vaya uno a la iglesia averiguar qué es lo que está pasando! Uno de ellos cumplió con la orden u al llegar a la puerta acerco el oído y escucho el grito desaforado de: -¡Dame mi medio real… dame mi medio real…! El ladrón dio media vuelta y huyo a todo correr y temblando aterrorizado y casi sin aliento le dijo a sus compañeros. -¡Vámonos pronto...! Que la iglesia está llena de difuntos, son tantos que en el reparto de las monedas de oro a cada uno le corresponde medio real. Imagínense cuantos serán…! -En cuanto hubo terminado d hablar los malandrines comprendieron la desesperada huida. El zapatero y el sastre vivieron felices por el resto de sus días, habiendo pagado este

todas

sus

deudas, inclusive el medio real.


LA MUJER CONDENADA Este era un matrimonio bien constituido por un pastor y su mujer que tenía su niño recién nacido. Un día que las provisiones escasearon en la estancia, el hombre decidió ir al pueblo a adquirir lo indispensable. Encargando a su mujer que cuidara celosamente al niño partió de madrugada con la promesa que estaría de vuela muy temprano. Sin proponérselo el hombre demoro muchas horas en efectuar sus compras cuando ya estuvo comenzando a oscurecer se vio envuelto en una rueda de amigos que exigentemente, le hicieron beber tal cantidad de alcohol que muy pronto quedó dormido profundamente borracho. Entretanto su mujer que aguardaba por él, esperaba amparada por la luz de la luna. Largo tiempo estuvo ojeando por el camino, cuando de pronto pudo ver que por el sendero por donde debía venir su esposo, una mujer de largo sayal, se acercaba

con

paso

cansino.

Compadecida de la pobre mujer que parecía muy cansada y parecía una peregrina, comenzó a llamarla a grandes voces, con el fin de brindarle alojamiento

por

esa

noche.

Al

escucharla la peregrina enfilo sus pasos hacia la joven mujer y cuando ya estaba cerca oyó que la mujer del pastor le decía:


-¡Que hace por estas soledades señora!...De aquí el pueblo más cercano hay muchas leguas y ya es muy de noche. ¿No quiere quedarse conmigo? Yo le puedo dar alojamiento. -Gracias, joven señora- contesto la peregrina con voz misteriosa. -Pasemos a mi casa. Le prepararé algo para comer. Vamos. La joven mujer hizo

pasar a la misteriosa

peregrina a su casa y

como

estaba en su regazo

le

impedía encender su

vicharra; le dio al niño a

la

caminante

enigmática

el

niño

molestaba

que y

con

le

el

encargo de que lo

tuviera en tanto que

preparara

alimentos.

los

Mientras la mujer se

encontraba empeñada

en

el

fogón, oyó a su niño

emitir dos gritos y

luego quedar callado.

En la esperanza de

que

tranquilizado

siguió

con la tarea y cuando

tenía todo listo, dio

una vuelta y vio que la

encender

se

había

peregrina tenía la boca empapada de sangre y que estaba comiéndose a su hijo, presa del terror, arranco al niño de las manos de la extranjera y salió corriendo desesperada al pueblo en busca de auxilio. Durante todo el trayecto no se detuvo para nada, al llegar al pueblo, el cura le dijo que había sido víctima de una mala mujer que se había convivido con su hermano por lo que al morir Dios le había condenado a sufrir el martirio de una larga agonía. Al poco tiempo fue apresada cuando devoraba a otro niño y fue quemada viva en la plaza del pueblo. Solo así se pacífico y pago sus culpas.


LOS DOS JIRCAS Hace muchísimos años, en los linderos de Anasquisque, Vivian dos hermanos que a la muerte de su padre, habían heredado grandes

extensiones

numerosos animales;

de pero

terrenos el

y

mayor

abusivo y prepotente, se había apoderado de gran parte de la heredad, confinando a su hermano menor a una minúscula parcela, en terreno escabroso e improductivo. Como era de esperarse, muy pronto este hermano quedo sin ningún animal en su propiedad ya que la “avenida” con su correntada voraz e incontenible, había invadido sus terrenos, arrastrando a sus ganados. Ante la aflictiva situación en la que se encontraba el damnificado, acudió a su hermano mayor en busca de ayuda para su mujer y su hijo, pero este, desmorado u duro de corazón, le arrojo de sus predios amenazándole con que, si volvía, le rompería las costillas. El hermano menor ante esa actitud, dejo a su mujer y a su hijo en una choza para ir a cazar venados para su alimentación. Muy pronto el desesperado hermano estaba sorteando los obstáculos pétreos de las alturas en busca de su presa. Su búsqueda había sido intensa, pero infructuosa, cuando de pronto fue sorprendido por una tormenta de nieve que arrastrada por un aire silbante y rudo, hizo que el cazador se refugiara en una caverna que encontró a mano. Apenado por su mala suerte, el cazador se recostó sobre una de las rocas del interior de la cueva y cerró los ojos, como si durmiera, se puso a meditar sobre su amargo destino. Largo rato estuvo en esas profundas cavilaciones cuando de pronto escucho a dos pequeños y apergaminados ancianos que conversaban. Eran los jircas. Uno de ellos le decía al otro:


-¿Quién es hombre que ha entrado a nuestro escondite, sin traernos siquiera un poco de coquita? -Es un hombre muy pobre- respondió el otro- por eso no ha podido cumplir con nuestra costumbre. -¿Estás seguro de que es pobre? -Así es. -¡Aja. Entonces le ayudaremos. Solo hay que buscar la manera. -¡Ya se. A ese hombre hay que regalarle con un saco de maíz amarillo y dos de maíz blanco!... Y así fue al amanecer, el hombre vio que a la puertea de la cueva, había tres sacos de maíz. Alegre y agradecido por el hallazgo, decidió llevar el maíz a su choza donde se encontraba su familia para que tostaran el grano. En eso se dio cuenta a medida que avanzaba los costales aumentaban de peso, cada vez más y más, hasta hacer imposible hacer moverlo. Haciendo esfuerzos supremos, escondió los costales y llenando unos cuantos puñados de maíz en una bolsa, para tostar cancha, se dirigió a su choza. Su sorpresa fue mayúscula cuando al extender el mantel, en lugar de maíz había abundantes monedas de oro y plata. Alborozados, marido y mujer, transportaron todos los costales. Con una pequeña parte de las monedas, compraron una hacienda muy cercana. El lugar lo amoblaron espléndidamente y en agradecimiento por este regalo que juzgaron divino, decidieron celebrar una misa solemne y una gran fiesta general a la que, naturalmente, invitaron al hermano mayor. La celebración pueblerina, esta demás decirlo, constituyo todo un acontecimiento. Una fiesta que hasta ahora se recuerda en el pueblo. Intrigado el hermano mayor por el repentino éxito económico se su humano, le recrimino a este la posición de tantas riquezas, suponiendo que las había robado.


Más el hermano menor, muy bueno y comprensivo como siempre, le conto con lujo de detalle, al ingrato, todo lo que había ocurrido sin omitir ningún detalle. El codicioso hermano mayor utilizando los datos quiso obtener riquezas parecidas a su hermano. Llego a la cueva y como su hermano, se puso a dormir, en eso escucha la conversación de los dos jircas que decían: -¿Quién ese hombre que ha entrado en nuestra cueva sin traernos coquita, siquiera? -Es un hombre rico, pero no ha querido cumplir con nuestra costumbre, a sabiendas. -¿Rico…no? -¡Claro! -Muy bien. Entonces mañana que despierte, encontrara tres regalos. Feliz de lo que había escuchado y en la creencia de que al día siguiente contaría con sus tres costales de oro y plata, el hermano malo se quedó dormido a pierna suelta. Al abrir los ojos, al día siguiente, lo primero que hizo fue buscar sus bolsas de oro y plata a la puerta y al no encontrarlas quedo sorprendido y desilusionado, pero al mirar sus manos y tocar su cara se dio cuenta de que le habían crecido unos feos y cerdosos bellos que cubrían su cuerpo. Es más al tocarse la frente, descubrió dos cuernos que se le había formado en la parte frontal. Estremecido de terror comenzó a correr pero no avanzo mucho porque tropezaba con un rabo gigantesco que también le había crecido. Presa del terror llegó a su casa y al verlo, su mujer se desmayó, aterrorizado de su horrenda figura huyo por las alturas por donde estuvo vagando por el resto de su vida.


LA GANCHANA La sequía había sido muy cruel. Los campos morían resecos y agrietados cubriéndose de costras escamosas blanqueada por la osamenta de vencidos animales en todos los confines sedientos. El pueblo se moría. Familias enteras amparadas nocturna

por

la

partían

a

tregua otras

latitudes en busca de agua y de vida. De las pocas que quedaban en el pueblo por, no contar con esperanzas ni horizontes, había una con dos hijos hermosos y buenos: una niña pequeña,

bullanguera

y

hacendosa con sus ocho años cargados de travesuras y sonrisas, y un niño de cuatro, inseparable compañero de su hermana. Los padres, lejos de quererlos y protegerlos, acosados por la cruel hambruna de aquellos días, veían en ellos a dos enojosos estorbos de quienes buscaban deshacerse. En muy poco tiempo había muerto el sagrado amor paternal en ellos. Una noche, en la creencia que los niños dormían profundamente, el padre preguntó muy quedo a su mujer. – Vamos a tostar cancha… ¿Dónde has puesto la “canala”? – Encima del poyo, mamá –respondieron al unísono los niños esperanzados y hambrientos

antes

de

que

la

mujer

hubiera

podido

abrir

la

boca.

– Ya, hijos… Duerman, duerman. Guardaremos para mañana nuestros pocos maicitos.


Y esto sucedía siempre. Los egoístas no sabían qué hacer para deshacerse de los niños que, al igual que ellos, soportaban los aguijones del hambre. Esto no debe seguir así, pensaba el padre. En una de sus cavilosas vigilias trazó un plan tan desalmado como imperdonable que se lo comunicó a su mujer que, igualmente cruel, aprobó emocionada. Una noche que los niños dormían profundamente vencidos por el cansancio, poniéndolos en un enorme “balay” el padre los llevó muy lejos, al campo, y los abandonó a su suerte. Cuando despertaron de su profundo sueño, se sorprendieron al encontrarse solos en aquel desconocido paraje. Acuciados por el terror se dieron cuenta del destino incierto que les esperaba. Como no sabían dónde estaban, eligieron una dirección y, tomados de la mano, decidieron caminar en busca de ayuda. Ya habían avanzado un trecho considerable, cuando se encontraron con una encorvada anciana de tétrico aspecto que colmándoles de halagos y mimos, les invitó a vivir con ella en una sórdida caverna que le servía de guarida. – Ustedes niños, tan tiernos y hermosos, van a vivir conmigo y no se arrepentirán. Van a ver lo felices que todos vamos a ser, ja, ja, ja. Apremiados

por

el

hambre,

los

niños

esperaron con paciencia que la vieja les regalara con algún alimento. En efecto, al rato de su llegada, destapando una olla que estaba sobre

la

“bicharra”,

les

dijo:

– ¡Sírvanse estas papitas, siquiera!… Los niños hambrientos, tomaron con premura sus

papas,

pero

quedaron

mudos

y

compungidos al comprobar que las tales papas no eran sino unos duros y pulidos guijarros. -¿Por qué no comen mis papitas?… – Tronó la vieja -¡Son collotas, abuelita! –Respondieron los niños.


– ¿Cómo que collotas? –Gritó la mujer con su bocaza desdentada y hedionda. Indignada cogió una piedra que, a la suave presión de sus manos sarmentosas, se abrió como si fueran auténticas papas. Haciendo esto, compartió las piedras con su hija (La vieja tenía una hija), tan odiosa como horrible.

Los

niños

miraban

famélicos e impotentes. Llegada la noche, frotándose las manos

de

un

desconocido

contento que le hacía brillar los ojos, la tenebrosa vieja dijo a la niña: – Hace mucho frío. Esta noche yo dormiré con tu hermanito y tú con mi hija. – Ya, abuelita –aceptó la niña, inocentemente. Hacia la medianoche, la niña que apenada de su suerte no había podido conciliar el sueño, escuchó un sordo quejido de su hermanito. ¡Ananauuuuuuu! –La vocecita se hacía escuchar muy quedo ¡Abuelita! ¿Síiiii?… – ¿Qué le ocurre a mi hermanito?… – Nada, nada. Sólo le estoy sacando los piojos y las liendres de su cabecita… ¡Tú, duerme tranquila y en silencio!… Muchas veces más se quejó el niño durante la noche. Ante las preguntas de la angustiada niña, la vieja le daba respuestas evasivas y amenazadoras.


Al amanecer, la vieja fue de puntillas

a

la

cama

que

compartían la niña y la brujita, en la

creencia

que

aquella

no

escuchaba, muy despacio le dijo a su hija: – Le dices a esta intrusa que esté moviendo el perol grande y, cuando lo esté haciendo, la empujas dentro, no lo olvides… – Ya… – Le contestó la hija. Dadas

las

canallescas

instrucciones a su hija, la vieja, cogiendo por los hombros a la niña,

la

sacudió

para

que

despertara. -¡Despierta haragana, despierta!… ¡Ya es de día! -¡Bien, bien abuelita… y… ¿Mi hermano? –Preguntó la niña, fingiendo despertarse. -Tu hermanito es muy tierno y aún duerme; ¡déjalo así, que descanse! -Ya, abuelita. -Entretanto, tú, toma esta canasta y trae agua del puquial. Yo, como lo hago diariamente, buscaré algo de comer. Abrumada por un negro presentimiento, la niña dedujo que se encontraba ante la “Achkay”, cruel y maligna bruja devoradora de niños, a la que todos conocían como la Ganchana. Con gran dolor, juzgó que su hermanito había sido degollado por la siniestra mujer ya que, en la madrugada, no lo había oído quejarse.


Cansada por los vanos esfuerzos desplegados en su intento de llenar de agua la enorme canasta, la niña retornó a la cueva. – No se puede llenar esta canasta, abuelita –dijo. – Lo que pasa es que eres ociosa… ¿Cómo no vas a poder traer agua en la canasta?… ¡trae acá… vas a ver! -¡Mientras yo vaya al puquial, tú encárgate de ayudar a mi pobre hijita!… – Bien, abuelita. Cuando la iracunda Ganchana hubo

salido

llevando

el

canasto, la hija, siguiendo los consejos de su madre, dijo: -¡Chica!… ¡mueve el perol! –

No

cómo

hacerlo.

Enséñame. Cuando la pequeña Ganchana se puso a mover el perol para mostrarle como se hacía, la niña aprovechó el instante para empujarla dentro del enorme recipiente que hervía. En cuanto la brujita hubo caído en el perol, la niña, utilizando una gran espumadera, sacó el cuerpo de su hermanito y, envolviéndolos en un “pullo”, salió para escaparse por el escabroso camino que partía de la cueva. Al poco rato, fatigada llegaba la Ganchana, en sus manos llevaba ¡oh prodigio!, ¡La canasta colmada de agua cristalina, cual si fuera una urna de cristal! Al no encontrar a nadie en derredor, la vieja golosa decidió probar el potaje que se preparaba en el perol, pero viendo que la carne estaba muy dura examinó el contenido del enorme perol dándose la sorpresa de estar comiéndose a su propia hija. Indignada y lanzando tamaños gritos, salió en busca de la niña.


Entre tanto, la niña al salir de la cueva con los restos de su hermanito había emprendido una carrera desesperada tratando de huir de la cruel “Achkay”. Ya había avanzado un trecho considerable cuando alcanzó a oír los desaforados gritos de la devoradora de niños. Desesperada siguió corriendo, cuando a la vuelta de una loma se topó con la huachwa que barbechaba diligente. – Tía… ¡tiacitaaa! –Suplicó la niña- ¡La Ganchana ha matado a mi hermanito y ahora me está persiguiendo para hacer lo mismo conmigo… ¡Sálveme tiacita!.. ¡Sálveme! –Sollozó la niña. -¡Está bien, niña!, No te aflijas. Yo te protegeré… escóndete detrás de aquel pedrón y la “Achckay” no te encontrará, — ¡Gracias tiacita, gracias! –Dijo la niña en tanto corría a esconderse detrás de un gran monolito que allí se levantaba. No había pasado mucho tiempo, cuando la bruja muy agitada, preguntó. – ¡Oye hachwa!… ¿ha pasado una chica llevando un bulto a sus espaldas?… – ¡No, abuelita! –Respondió la huachwa, tratando de demostrar indiferencia. -¡¿Qué no le has visto?!!… – No, – repitió la huachwa – y siguió trabajando.


– ¡Entonces!… ¿Qué cosa no más ves tú, patuleca desgraciada?… ¡ladrona de granos!

–gritó

exaltada

la

Ganchana. -¿Qué has dicho bruja

mal

oliente?… –la

labradora

cogiendo

la

chaquitaclla comenzó a propinar una paliza a la bruja. Aprovechando la descomunal escaramuza, la niña prosiguió su huida a toda carrera. En su desesperada fuga, se dio con un zorrillo que se ocupaba muy diligente en hacer forados. Le suplicó como a la huachwa y el zorrillo hizo un gran hueco donde introdujo a la niña. Cuando llegó la Ganchana, sus gritos se escuchaban a media legua. – ¡Oye añas apestoso!… ¿Has visto a una chica con su “quipe” a las espaldas?… – No –respondió secamente el zorrillo. -¡Maloliente destructor de sementeras!… ¿Qué haces que no ves ni siquiera eso, en lugar de estar rascándote la panza?… Enojado, el zorrillo le orinó en los ojos cegándola momentáneamente y cubriéndola con un olor tan fétido que se podía percibir a muchas leguas a la redonda. El siguiente en ayudar a la niña fue el cóndor. Cariñoso y comprensivo, la cubrió con sus grandes alas. Cuando le respondió negativamente a la vieja, ésta gritando a grandes voces, le dijo: -¡Arrastrado carnicero, pico de cacho, patas de leña!… ¿Qué haces parado como un poste, tremendo manganzón?… ¿Qué haces que no ves nada?…, ¡¡Ratero!!


De dos certeros picotazos, el iracundo cóndor le sacó los dos ojos a la bruja; pero ésta, a tientas, cogiendo dos guijarros y poniéndolos a sus órbitas vacías, gritaba… -¡Cuticamuy

ñahui!…

¡Cuticamuy ñahui! (¡Vuélvete ojos!,

¡Vuélvete

ojos!),

y

efectivamente, la bruja recobró la vista. Mientras tanto, agitadísima, la niña llegó a una cumbre y casi sin aliento, se hincó de rodillas y comenzó a pedir. -¡Dios mío, sálvame… La Ganchana me persigue y quiere matarme…!!!. Ni bien había terminado de hablar, vio que desde lo alto descendía una hermosa jaula de oro a la que trepó en cuanto la tuvo a su alcance. Teniendo a su hermanito en brazos arrullada por una música misteriosa y celestial, ascendió a los cielos con gran contento. Con la visibilidad recobrada y con sus negras polleras al aire, como envenenando el ambiente con una pestilencia insoportable, la bruja llegó a la misma cumbre donde comenzó a gritar descomedidamente como una condenada para que le enviaran urgentemente otra cadena y su jaula de oro. El señor en lugar de la jaula de oro, le hizo llegar una vieja y tosca soga. La bruja maldiciendo la odiosa discriminación, se ató la cuerda a la cintura y ordenó que la subieran. Así ocurrió. Entre bruscos tirones, fue ascendiendo. Ya había pasado las nubes, cuando alcanzó a oír un ruido peculiar del ratón al comer sus alimentos.


– ¡Cuidado, cuidado “ucush”!… ¿creo que te estás comiendo mi cadena de oro?… – gritaba la vieja – No, sólo estoy comiendo mi canchita – respondió el ratón. Después de un buen rato, la vieja volvió a escuchar el mismo ruido y enojada tronó: -¡Cuidado no más desgraciado “ucush”!. ¡Te conozco! Más tarde, de nuevo. -¡Maldito “ucush”!… ¡tus dientes te voy “apachurrar”! La soga se había adelgazado tanto que finalmente se rompió estrepitosamente. Al caer, la vieja gritaba frenéticamente. -¡Sobre la“pachpa”nomás…! Sobre la “pachpa” nomáaaaas! Y sobre la hierba, como lo pedía, cayó la bruja haciéndose pedazos. Su sangre que saltó a muchos kilómetros a la redonda, se convirtió en espinas. Desde aquella vez, sobre las pampas serranas abunda el “ucushcasha”, que es la espina de ratón. En cambio, cuando la niña llegó al cielo, fue recibida con muy buena disposición por la Virgen Santísima que cariñosamente le hizo entrega de un hermoso cofre para que en él guardara los despojos de su hermanito hasta el momento en que el Señor le diera el soplo divino que le devuelva la vida. Este cofre, no debería ser abierto por ningún motivo. La niña, no obstante la gran alegría que le deparaba estar en los cielos, extrañaba en demasía a su hermanito. Un día, desobedeciendo las órdenes de la Virgen, abrió el cofre para verlo y, al momento, su hermanito se convirtió en un perrito lanudo. Desde entonces, cuando se mira con mucho detenimiento a la luna llena, muy claramente se puede distinguir a la niña tejiendo y, al lado de ella, al perrito lanudo. Miren con detenimiento la luna llena y la verán.


LOS TRES TOROS Durante todo el día había buscado a sus ovejas. El Pastor no se explicaba cómo, en un ligero descuido, podían haberse hecho humo. No encontraba ni rastro por la pradera el lugar estaba como si hubiera comido la tierra era un silencio infernal daba la vista de un lugar a otro tratando de ubicar a los fugitivos, trepo un alto otero desde el cual se podía observar el silencioso paisaje de la Puna. Cansado por la búsqueda y de tanto frio que le causaba el silencioso paisaje se rindió por el cansancio y se entró a pernoctar en una caverna. Al día siguiente continuaría en la búsqueda .Arreglo sus ropas de lana en un rincón abrigado y comenzó a masticar su coca que acababa de revelarle que lograría encontrarlas a sus ovejas. Había transcurrido un tiempo apreciable sorpresivamente

cuando vio que la cueva se

iluminaba con un

resplandor

indescriptible.

¡Que

estaba la noche!

El

divinamente

tachonado

azul

incontables

hermosa Cielo de

luceros y la luna

estaba preciosa grande y redonda, lucían majestosamente. Todo el panorama nocturno podía contemplarse con asombrosa nitidez desde su alto observatorio. Largo rato estuvo sumido en sus cavilaciones hasta que un rebufo descomunal lo volvió a la realidad. Miro hacia abajo y quedo asombrado. No era para menos lo que está frente a su vista .Iluminado por los rayos lunares, había aparecido un gigantesco toro blanco, cuya pelambré, albina y lustrosa, emitía reflejos centellantes. Frenético escarbaba el suelo con sus recias pezuñas blancas a la vez que emitía estentóreos bufidos. Al poco rato, como aceptando el desafío del astado blanco, apareció un tostado y brillante como el anterior, en fiera actitud de lucha. Después de medirse cautelosamente y dar muchos rodeos, se trataron en una pelea salvaje, vesánica,


embistiéndose recíprocamente, con los ojos brillantes como ascuas y entrecruzando sus astas como agudos puñales. Estuvieron luchando bastante tiempo, salvajemente, desesperados y fieros hasta que, agitados por el supremo esfuerzo desplegado, el albino abandono la pelea y en estampida, bordeando la laguna de Yanamate, se introdujo en la cueva donde actualmente se halla el pueblo minero de Colquijirca. El Toro fiero de melena Anaranjada, dueño de la situación, quedó solo en medio del campo, aturreando colérico, escarbando el suelo y dando vueltas en aquel escenario, como un triunfado. No había transcurrido mucho tiempo, cuando apareció sobre el escenario de la riña otro toro de enormes proporciones, tan grande como el tostado y en fiera actitud de ataque .Su piel, retinta y lustrosa, negra como la noche, brillaba como enorme diamante. Al verlo, el fiero tostado arremetió contra este y se trabaron en una lucha feroz, sin cuartel-Después de una encarnizada contienda en la que el choque de sus cuernos parecían sordas explosiones; el negro, sangrante y acabado y maltratado, abandono la disputa. Huyendo, se metió en una cueva donde actualmente se levanta el Pueblo de Goyllarisquizga. Con la testuz invicta, el otro toro atezado de pelambre anaranjada, lanzo un bramido estremecedor y penetro en la cueva de donde había salido. El Pastor conmovido, no salía de su asombro y cuando amaneció el día, corrió a su aldea y contó lo que había sucedido aquella noche. Al poco tiempo, hombres barbaros

,fueron

llegando

con

herramientas y materiales de trabajo ante la mirada de asombro de la zona. Es así como se explica el nacimiento de las minas de plata de Colquijirca, de Carbón de Goyllarisquizga y de Cobre en el Cerro de Pasco.


JUAN OSO Hace muchos años en una aldea luminosa de sol y verdor,

vivía

una

joven

campesina de esbelto talle y hermoso rostro. Hacendosa como

era,

muy

de

madrugada comenzaba a realizar

sus

labores

cotidianas, ante el contento de sus ancianos padres que veían en ella, no solo la alegría del hogar, sino también la ayuda providencial a sus afanes. Esta hermosa joven tenía por costumbre, e ir diariamente al manantial de la aldea con un hermoso porongo a traer el agua que pudiera necesitarse en la noche. Su retorno siempre coincidía con el toque de las campanas de la iglesia del pueblo, se irradiaba por toda la comarca. Diariamente y en esa misma hora, de entre los arbustos cercanos al manantial, un par de ojos curiosos y extasiados, contemplaban a la joven cumplir sus tareas. Un día, como cualquier otro, que la joven mujer fue a traer agua del manantial, de los arbustos cercanos, emergió la figura de un oso que sigilosamente se acercó a ella y atrapándola con sus poderosos brazos y sin que nadie los viera, se llevó a las alturas. Los padres de la joven, alarmados por la demora, habían salido en su busca sin poder hallarla. Así todo el pueblo la busco por muchísimos días, hasta que se cansaron de hacerlo. Solo los padres fieles y amorosos continuaron la búsqueda; hasta que uno tras otro, murieron agobiados por la pena y el dolor. Mientras tanto: ¿qué habría ocurrido allá en la abrupta y lejana cueva?


El oso manifestante enamorado de la belleza de la joven en la cueva llenándola de las atenciones y caricias que al comienzo, la raptada rechazada. Para que no faltaran las provisiones, muy diariamente salía el oso de madrugada, por lo cualgracias a su fuerza descomunal- tenía que mover una gigantesca piedra que cubría la puerta. Una vez que salía volvía la puerta a su sitio, dejando encerrada a la mujer. Esta diaria operación duro varios meses, hasta que un día la joven alumbro un hermoso niño robusto ay alegre que, - cosa extraña- era una hermosa criatura completamente normal en su aspecto humano. Consolada de su mal de ausencia por la compañía de su hijo, la joven volcó todo su amor y su esmero en el cuidado del niño que poco apoco fue creciendo, inquieto y fuerte como su padre. Cuando el niño tomo uso de conciencia se dio cuenta de la tristeza de su madre y de las furtivas lagrimas que derramaba. Al preguntarle por su congoja la mujer le conto con lujo t detalle lo que había ocurrido. El niño enterado de la historia de su madre y dolido por su tristeza, decidió ayudarla. Un día que su padre había salido, el niño desarrollado notablemente utilizando maderas y otras piedras, logro mover la gigantesca roca que luego de gran esfuerzo Rodo cuesta abajo, con tan mala suerte que aplasto al padre en ese momento. La mujer al verse libre, tomo de las manos al niño y después de varios años, bajo al pueblo dejando la madriguera. Al llegar al pueblo la mujer encontró todo cambiado. Se enteró de la muerte de sus padres y lloro, lloro mucho. Las buenas gentes del pueblo, enteradas de su desgracia decidieron ayudarla. El sacerdote ya cansado y anciano, le ofreció la casa parroquial para que allí viviera con su hijo. “Hay que hacerlo


cristiano primero”, había dicho y así se hizo. El mismo cura fue su padrino y le puso el nombre de Juan. A partir de entonces, el niño empezó a llevar una vida normal, como todos los niños del pueblo, con una sola excepción, su fuerza poderosa y colosal. Cuando entro a la escuela fue cuando comenzó a sufrir el cura con las travesuras del niño a quien por

su

fuerza

extraordinaria

habían

comenzado

a

denominar,

Juan Oso. No había día ni hora que el cura dejara de recibir quejas: -“Que a mi hijo le ha roto la dentadura de un manotazo” -“Que mi carretón lleno de víveres lo a echo volar por la pendiente” -“Quede un manotazo ha roto mi cerca y han huido mis animales” -“Que de un puntapié ha matado mi perro” Que si esto si lo otro. Es decir las quejas eran numerosa y graves. De nada valieron las reconvenciones ni los azotes del anciano cura .La situación era insostenible, hasta que un día, juzgando en buen susto lo arreglaría coludió con un pariente de un sacristán y tramaron un plan para asustarlo. Hecho el plan el cura llamo a Juan y cariñosamente le dijo: -Mira hijo ayer a muerto un hombre malo, al que confesé y ayude a bien morir. Como era malo, nadie ira a su velorio, por eso te pido que vayas ti y cristianamente lo veles por esta noche y poder enterrarlo mañana. -Bien padre así lo haré- respondió muy contento Juan Oso.


Llegado a la casa mortuoria efectivamente sobre la cabeza estaba tirado el cadáver de un hombre cubierto con una sábana. Era como sabemos el pariente del sacristán que complotado con el cura se hacia el muerto. Juan Oso se sentó al lado del difunto y cuidando de que las ceras ardieran bien, cavilaba en silencio cumpliendo el encargo de su padrino. Ya había transcurrido más o menos una hora cuando el “muerto” se sentó rígido, haciendo caer las ceras y la sabana Juan Oso comprensivo, tomo al hombre con una mano en el pecho y otro a la espalda con un movimiento energético, lo volvió a acostar; puso las velas en su lugar y siguió velando. E l muerto reponiéndose del primer sacudón tomo fuerzas, y se santo y nuevamente Juan Oso energéticamente lo hizo acostar. Cuando después de dos horas y ya casi al amanecer el muerto se sentó, esta vez emitiendo gruñidos y gesticulando para asustar a su velador, Juan Oso no resistió más. De un solo manotazo en el cráneo lo dejo definitivamente muerto. Al

verlo

entrar

muy

campante

al

promediarse la mañana, el curioso sacerdote pregunto: -Dime hijo ¿Cómo te fue en el velorio? -Bien padre; sólo que usted tenía razón. -¿Por qué? -Era un hombre malo y a punto de condenarse. -¿Por qué lo dices? - Durante el velorio se incorporó varias veces a la mesa. -¿…Y…? -Cuando se estaba condenando, yo le di un golpe en la cabeza y lo mate definitivamente, y para que no se le ocurra condenarse, acabo de enterrarlo y cubrir


su tumba con las piedras más grandes que encontrado. No tenga cuidado padre, no saldrá se lo aseguro. -Dios mío….Dios mío!!!Si a ese hombre no tenía por qué ocurrirle esto…- gritaba desesperado el sacerdote. Así de trágicas las cosas, el pobre cura ya cansado y viejo, hablo con la madre de Juan Oso y le dijo que era necesario que Juan ya jovencito, saliera en busca de su destino, que ya era suficientemente fuerte para afrontar la vida; que era imperioso que se fuera. La madre entre lágrimas, le manifestó que ella también estaba de acuerdo con la medida. En cumplimiento de esta disposición, un día muy de mañana después de recibir la bendición de su padrino y el cariñoso beso de su madre, salió con rumbos desconocidos sin más equipaje que su fiambre y una manta para su abrigo. Apoco de andar y ya con las sombras cubriendo la tarde, llego a una villa hospitalaria que lo acogió con gran cariño. Había llegado justo cuando los habitantes estaban aterrorizados por la presencia de un sanguinario puma que no solo atacaba a los animales y se los comía, sino también atacaba y se comía a los humanos. Las gentes llenas de pavor, se cuidaban de no salir de sus predios. Al ver que el espanto había hecho presa a los hombres, mujeres y niños del pueblo, Juan Oso pidió fiambre y una gigantesca, filuda hacha con la que imperturbable y decidido se aventuró en el peligroso bosque, guarida de la sanguinaria bestia. Las gentes al verlo salir temieron por su vida, pero con un resto de esperanza lo alentaron. Las horas pasaron y las expectativas crecían y nada se sabía. Por fin cuando ya las esperanzas se habían desvanecido, vieron a Juan Oso jalar un gigantesco carretón repleto de leña cortada y, sobre la leña el cuerpo muerto de un descomunal puma, víctima de hachazos por Juan Oso, después de tres días de ausencia.


El pueblo agradecido lo aclamo y le brindo lo mejor que tuvo en víveres y regalos y, en un ambiente de fiesta campesina, lo retuvo por dos días más; hasta que Juan Oso decidió seguir con su marcha. En su largo peregrinaje Juan Oso llego a un pueblo que acababa de ser asolado por unos bandoleros desalmados que habían robado las pertenencias de los pobladores, sus alimentos y sus animales, dejándoles en el desamparo y la miseria, es más habían jurado volver en tres días para que el cura les hiciera entrega de todo lo que lo iglesia poseía. El sacerdote y las gentes estaban aterrorizados. Al enterarse de esto, Juan Oso decidió esperar a los malhechores. Llegando el día ocho desalmados descabalgaron en el centro de la plaza y decididos se dirigieron a la iglesia. No lo espero más, Juan Oso también se dirigió a la santa casa y cuando lo tenían al cura a punto de maltratarlo, cogiendo uno por uno del cogote, les dio tal paliza que al cuarto de hora, cuando los fieles

entraron

a

los

fascinerosos

amontonados uno encima del otro. En este mundo de andanzas y sendos triunfos, Juan Oso iba demostrando su poder y su osadía; hasta que peregrino de la aventura llego finalmente a un pueblo al que encontró silencioso y agazapado. Todavía la noche no había llegado a este pueblo donde recién se iba el día y se dio cuenta y se dio con la sorpresa de encontrarlo en silencio. Ni los animales estaban en los corrales. Intrigado por este silencio toco una puerta inquiriendo por lo que acontecía y, por una ventana entreabierta, un aterrorizado anciano le dijo que se fuera, que el pueblo estaba así de cierra puertas porque a partir de esa hora llegaba el condenado que deshacía todo lo que encontraba y devoraba todo el ganado. Que el condenado era un rico y cruel terrateniente muerto al que Dios lo había castigado. Diciendo esto el anciano volvió a cerrar su ventana y todo quedó nuevamente en silencio.


Juan Oso viendo que el cielo se encapotaba amenazante, decidió ir a pernoctar en el único lugar posible en ese momento: el ruinoso caserón que en una época había sido floreciente mansión. Su aspecto lúgubre y sombrío, no influyo para nada en el espíritu del fogoso aventurero, quien, tendiendo una manta se recostó a descansar y pronto se quedó dormido. Promediaba la medianoche cuando un silbido tétrico y penetrante seguido de un vientecillo helado, le hizo despertar. En ese estado oyó una voz misteriosa y bronca que preguntaba: -¿Caeré… o no caeré…? De la primera intención el significado de la pregunta, más que la forma cómo había sido hecha, le intrigo a Juan Oso, cuando nuevamente oyó esta vez con más cólera la pregunta: -¡¿Caeré… o no caeré…!? Juan Oso ya repuesto de la sorpresa, contesto. -¡Cae pues si quieres…!!! Y al instante cayeron el despojos de un torso y del vientre de un cadáver nauseabundo. Intrigado

y

sin

moverse,

Juan

Oso

contemplaba aquella carroña sin sentir por ella ningún temor. Ya se estaba olvidando el asunto, cuando nuevamente la misma voz: -¿Caeré… o no caeré…? -¡Haz lo que quieras ya te he dicho!


Y un par de piernas primero y de brazos después, cayeron al lado del tronco y al instante se unieron produciendo un sonido horrendo y desagradable. No había transcurrido mucho tiempo, cuando nuevamente la voz: -¿Caeré…o no caeré…? -¡Ya carajo!!!- trono Juan Oso - Haz lo que te dé la gana, pero a mi déjame dormir…! Y al instante una cabeza del rostro terrorífico cayó a unirse con el cuerpo yaciente. Contemplando el cuerpo, se puso de pie el espectro gigantesco hediondo y dirigiéndose a Juan Oso le espeto con gangosa voz: -¿Quién eres tú que te atreves a invadir mis dominios y enfrentarme sin ningún temor… ¿Quién eres? -Eso a ti no te importa- respondió Juan Oso. -Bien, veo que eres muy valiente porque eres el único que ha osado enfrentarme sin ningún temor. En consecuencia, si no quieres morir y ser devorado, tendrás que defenderte. ¡Aquí tendrás que defenderte. ¡Aquí hay dos espadas! El condenado arrastrando su hediondez de muerte, trajo las dos armas y arrojando una a los pies de Juan Oso, le reto:


-¡Toma la espada, y defiéndete si no quieres morir! Voy a acabar contigo por tu atrevimiento d venir a penderme. Es la medianoche y lucharemos- si me resisteshasta que cante el último gallo y, en ese momento, veremos quien ha vencido. Sin más comentarios y lacónico como era, Juan Oso se enfrentó al condenado. La lucha era tremenda y escalofriante: misteriosamente después de cada tajo que seccionaba el cuerpo del condenado, se volvía a juntar el muñón y, así toda la noche. El combate era sin cuartel, no uno ni el otro pedían tregua. Cuando ya Juan Oso comenzaba cansancio primeras

a y

sentir

el

aparecía

las

claridades

por

el

horizonte, canto el primer gallo, seguían

luchando

más

encarnizadamente hasta que canto el segundo gallo y en ese ambiente

desesperante

y

agónico, canto el ultimo gallo. Había amanecido. En ese momento el condenado arrojo su arma y poniéndose de rodillas implorante le dijo a Juan Oso. -¡Basta ya… me has vencido!... gracias a Dios que me has vencido…Yo en mi vida fui un cruel hacendado que hice mucho mal en la tierra en mi afán de acumular riquezas. A mi muerte Dios no me dejo entrar a su reino y me condeno a sufrir en esta tierra. Solo un hombre como tu podía liberarme venciéndome. Ahora estoy en condiciones de volver al lado de Dios, pero para esto te enseñare el lugar donde tengo encerradas mis riquezas. Te pido por favor que las repartas entre todos los habitantes de este pueblo. A ti te regalo el más grande cajón de oro y por ultimo te pido, que me hagas dar una misa para poder descansar en paz, diciendo esto, el condenado se convirtió en humo y ascendió a la paz eterna.


Juan Oso enternecido por la historia del condenado, desterró los tesoros y en atención a las instrucciones, repartió lo correspondiente al pueblo que vivió muy feliz .Cuando se disponía a llevar su cajón lleno de oro, Juan Oso se dio cuenta que no podía moverlo; en ese momento cayo en la cuenta que Dios todo Misericordioso lo había convertido en un hombre común y corriente como los demás. Al llegar a su pueblo fue recibido con muchas muestras de cariño, especialmente por su madre. Organizo una gran fiesta con todo el pueblo; compró una casa y se casó con una hermosa chica y en compañía de su madre vivieron felices por el resto de sus días.


LA ZORRA Y EL CÓNDOR Este era un cóndor que viejo y achacoso ya no podía volar con la misma maestría como lo había hecho antes. Un día, que rendido estaba dormitando en un bosque, se le acerco oronda una zorra joven y le dijo: -Buenas noches, señor cóndor. -Buenas

las

tengamos

todos,

señora zorra… ¿Qué hace usted por aquí…? -Vengo a pasar la noche con ustedrespondió

la

zorra-

pero…duerma… que al amanecer, hablaremos. El cóndor aceptó la invitación y poniéndose frente a la zorra, solo cerró un ojo, mientras el otro lo tenía muy abierto. Intrigada la zorra pregunto: -¿Cómo es que duerme cerrando un solo ojo? -Ahhh- dijo el cóndorSi duermo con un compañero Que no aseguro si es cierto Duermo con un ojo cerrado Y el otro muy abierto. La zorra hizo como que no

entendía

las

alusiones del cóndor y al advertir que este


adivinaba sus planes, no le quedó más remedio que echarse a dormir. Cuando hubo amanecido, la zorra muy franca le dijo al cóndor. -Voy a comerte tengo hambre. -Por Dios no me comas- suplico el cóndor-. En este momento voy a una fiesta en el cielo y te prometo que de allá te traeré un bocado de carne fresca para tu apetito. -Entonces llévame contigo. Allá en el cielo comeré cosas mejores y apetecibles. -De acuerdo- dijo el cóndor- monta sobre mis espaldas. El cóndor sacando fuerzas se elevó por las nubes con la zorra sobre sus espaladas. Ya había volado una gran distancia, cuando la zorra vio desde arriba una casa con un zaguán lleno de gallinas, entonces le dijo al cóndor: Me parece o falta mucho para llegar al cielo y no es conveniente viajar con el estómago vacío. Hazme bajar y, mientras yo desayuno, unas gallinas tu puedes echarte a descansar. -En lugar de hacer eso, ¿Por qué no te entretienes cantando? -Porque solo cantaré cuando te haya comido. -¿O sea, que siempre me comerás? -Ya lo creo, te comeré cuando llegue al cielo. Ante tal afirmación, el cóndor dio una gran voltereta en el aire y arrojo muy lejos de si a la zorra que gritaba: -

¡No te acerques tierra, que te aplasto!... ¡Fuera ricas quelas deshago…!... ¡Fuera…..Fuera…Fuera todo el mundo!...

-

Cayo a tal velocidad y con tanta fuerza que reventó estrepitosamente mientras el cóndor miraba desde lo alto el triste final de su amenazante enemiga.


.

CUENTOS Y LEYENDAS DE PASCO, ES UN CONJUNTO DE RELATOS DE VARIADA TEMÁTICA, QUE

POR

SU

UBICUIDAD

RESULTARÁN

SIN

DUDA

EXPERIENCIA

PARA

TODOS

Y

FRESCURA,

UNA LOS

GRATA

LECTORES,

RATIFICANDO UNA VEZ MAS LAS GRANDES CUALIDADES DE NUESTRA CULTURA PERUANA.

ROSA LUZ PEÑA FLORES

Profile for rosaluzp1428

CUENTOS Y LEYENDAS DE CERRO DE PASCO  

Nuestra Perú se caracteriza por ser cosmopolita y como tal es rica en su cultura literaria, aventurémonos a recorrer ese mundo fantástico de...

CUENTOS Y LEYENDAS DE CERRO DE PASCO  

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