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EL VOLUMEN DEL MISTERIO

Rรณmulo Mar


El Volumen del Misterio

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 2014, Rómulo Mar. www.letreo.com https://www.facebook.com/romulomar.1 romas20@yahoo.com www.romulomar.es.tl Segunda Edición. Mejorada. Portada: Adaptación del dibujo Círculos uno del doctor Chong Ging Lee Duarte. Estilización de Portada: Pedro Antonio Ayau de Paz y Carlos Emilio Monroy Yaqui. Ilustraciones interiores: Rómulo Efraín. Diagramación digital: El autor. ISBN-13: 978-1499208320 ISBN-10: 1499208324 Todos los derechos reservados. Prohibida la reproducción total o parcial de la presente obra en cualquiera de sus formas: gráfica, audiovisual, magnetofónica, electrónica o digital, sin la debida autorización del autor.

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Expreso mi admiración por las personas que tienen pequitas y cabello rojo: Rómulo Mar


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ÍNDICE Página Agradecimiento------------------------------- 07 Prólogo----------------------------------------- 09 Capítulo 1 - ¡SON 12!

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Capítulo 2 - LA MARCA -------------------------------- 19 Capítulo 3 - EN LAS MANOS DEL MAL ------------ 33 Capítulo 4 - LA REUNIÓN DE LAS 12 -------------- 39 Capítulo 5 - SERVIR A LOS DEMÁS ----------------- 49 Capítulo 6 - CONTINENTE NEGRO: ----------------- 63 -Día 11: Magnífico guía de ébano ---------- 63 -Día 12: A la cacería de los hechiceros----- 69 -Día 13: La prueba imposible ---------------- 83 -La hora fatídica ------------------------------- 92 -Mapa 1------------------------------------------ 98 -Mapa 2------------------------------------------100 Sinopsis------------------------------------------102

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Agradecimiento especial A mis amigos: Poetas y escritores Gustavo Bracamonte, Walter González y Roberto Cifuentes por todo su apoyo, empuje, ánimo y contagio literario.

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PRÓLOGO Gustavo Bracamonte De alguna forma es difícil superar la raigambre de donde se dejó colgado el ombligo, se arrastran las historias y la cultura, sin embargo el autor de El volumen del misterio ha trascendido y al mejor estilo de Dan Brown, autor de El Código Da Vinci, describe el misterio de Melanina, la pequeña hija del señor Trevor y su esposa Alannah. La marca que aparece en el pie de esta niña es una incógnita que va desenredando poco a poco el sacerdote Bernard quien explica que es parte de las doce reencarnaciones por las que ella deberá pasar. La narración remite a diferentes lugares del mundo que Rómulo Mar describe con precisión y maestría, asimismo hila la historia de tal manera que el lector quedará prendado por conocer en qué concluirá la historia. El autor establece mecanismos y recursos narrativos para desestimar olvidar el final de la narración. Es difícil lograr estimular la atención, sin embargo con la calidad narrativa y el ingenio del autor de El volumen del misterio, se establece una empatía con la obra y sus personajes los que paulatinamente van dando de sí para conocerlos y de igual manera los lugares donde se dan los acontecimientos. Rómulo ha logrado hilvanar las ideas y la imaginación en una historia que inquieta y de alguna manera toca el aspecto místico de la religión, la opacidad con que a veces nos hablan del porvenir del ser humano. El autor pone de manifiesto su conocimiento acerca de personajes y la misma historia universal que no hemos podido aprovechar, precisamente, para darle cabida a tantas historias que deambulan por los pueblos hasta que llegan a oídos de Rómulo para darle vida y más misterio.


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“Lávame por completo de mi maldad y límpiame de mi pecado”. “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, renueva un espíritu recto dentro de mí”.

CAPÍTULO I

¡SON 12!

En el supermercado de un gran centro comercial anda de compras una dama pelirroja. Tiene treinta años, gran cuerpo, pecas, tez colorada. Usa vestido rojo para que juegue con su color natural. Un ritmo de olas parece mecerse en su cabello de fuego. En el mismo supermercado, coincidencia extraña, también anda una niña pelirroja, con vestido rojo, igualmente; pecosa, de, aproximadamente, once años; vivaracha. Las dos viven en la misma ciudad. Sus rostros son idénticos. Varias personas se fijan en el detalle. Miran a la niña y a la dama en lugares separados, pero suponen que son madre e hija, por el parecido tan perfecto que hay entre ambas. –¡Qué tan parecida a usted es su hija! La felicito –le habla una mujer mientras busca unos cosméticos en los estantes. –¡Síii, –dice otra– es muy bonita! ¡Divina la pequeña! Sus pequitas… sus ojos… su cabello… ¡Déjenme pintarla con palabras! Yo veo en su rostro un cielo estrellado. Arriba brillan dos grandes luceros, y en su pelo el sol ha prendido fuego¡ –¡Bravooo…! –aplaude la primera señora– ¡Qué inspirada está usted!


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–––––––––––––––––––––––– –Creo que ella me ha inspirado. –Vuelve su vista a la dama pecosa– Y cuéntenos, ¿cómo se llama su hija? –¡No, no, no… disculpen. Yo no tengo hijas! –Pero… es que esa niña… –¡Son doce! –se apresura a afirmar la pelirroja. –¿Doce...? –Sí. Esa niña, y hablo muy en serio, tiene la capacidad de multiplicarse. En la otra mujer se desborda el asombro. –¿Cómo? –A esa niña la han visto en varios puntos a la vez –la pelirroja habla con plena seguridad. –¡Se me ponen los pelos de punta! –La mujer se soba los brazos nerviosamente. Bueno, en verdad, la dama pelirroja no tiene plena certeza de lo que afirma, lo dice confiando en su intuición, o algún don de adivinación ignorado y dejándose arrastrar por sus temores. Sin despedirse de las mujeres con las que entabló la conversación, Melanina, la dama de cabellera roja en mención, se mueve del punto y camina con cautela y la vista encendida entre las góndolas. Elude con destreza la masiva clientela del supermercado ignorando la aglomeración. Frente al área de frutas y verduras Melanina descubre a la niña. Observa que está olfateando una rotunda manzana que tiene en su mano derecha, exquisita, de la mejor cosecha, y nota también que, aparentemente, nadie la acompaña. Se cuida de que la niña no la vea, porque tal vez eso podría ser contraproducente. Para ello, se coloca detrás de una vidriera que tiene a sus espaldas la infante, desde donde logra apreciarla, en forma disimulada, a través de los espacios abiertos entre la mercadería. Así no corre ningún riesgo. La niña no desprende la manzana roja de su nariz, hasta cierra los ojos al aspirar su olor; parece disfrutar al máximo el placer que le proporciona su dulzura. Luego, desliza la fruta suavemente hacia abajo rozando el labio superior. Abre la boca lentamente, cierra los celestes ojos, y muerde con toda la sabrosura


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–––––––––––––––––––––––– que le complace. Truena la manzana al romperse entre su blanca dentadura. Un poco de jugo se desborda sobre sus labios rosados. Las personas que están a la par suspenden sus actividades de seleccionar sus productos y miran, boquiabiertas, la forma de comer de la pequeña, tan deliciosa. Contagiadas por su ejemplo, cogen manzanas también y empiezan a comérselas. Pronto se presenta en ese punto un policía de seguridad privada y un empleado del centro comercial para informarles, cortésmente, que allí no se debe consumir nada, sólo hasta después de cancelar en las cajas y les piden que por favor les acompañen, en este instante, a pagar las frutas. Señoras y niña son conducidas a las cajas. A la niña le preguntan por su mamá, ella responde que llegó sola y que vive cerca de allí. Entonces el empleado le hace un par de advertencias y la saca del supermercado. Melanina sigue de cerca los acontecimientos. Cuando ve que la pequeña sale de ahí, deja su carretilla a un costado de las góndolas del gran recinto comercial y trata de seguirla. Al estar en los amplios pasillos del gran centro comercial estira su cuello, luego lo encoge y gira la cabeza a los lados para tratar de divisarla entre la gente que camina y la que husmea en las vitrinas. Nada. La niña pecosa y pelirroja desapareció. La dama camina en diferentes direcciones pero no la localiza. Se rinde. Vuelve al supermercado, paga los doce productos que adquirió y se marcha a su casa. Entre el grupo de mujeres que participó en la merienda de las manzanas quedan comentarios de diversa índole: –A mí las personas pelirrojas siempre me han parecido simpáticas. –Los compañeritos pelirrojos y pecosos que yo tuve en el colegio, ¡encantadores, por cierto! siempre fueron blanco de distintas bromas. Les decían fosforitos, kétchup, hormigas coloradas, manchitas; ciento un… apodos recibieron los cabecitas rojas. –Yo tengo un buen amigo de esos quien cuenta que se ha


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–––––––––––––––––––––––– topado con personas supersticiosas que cuando lo ven rápidamente se tocan un botón de la camisa, al parecer para evitar la mala suerte que les pudiera causar. –Yo he sabido –agrega otra de las compradoras– que en el mundo hay nada más como un dos por ciento de pelirrojos, y que donde más abundan es en los países de Escocia, el Reino Unido y aquí en Irlanda. –La linda actriz Nicole Kidman es pelirroja. –También un pintor famosísimo de Holanda, Vincent van Goh. –Lo que sí es cierto, y bueno es recordarlo, que los apodos y las mofas que les hacían a ellos era antes. Ahora la gente ya se dio cuenta que son agradables y atractivos. Mientras la plática se desarrolla dentro del gran centro comercial, Melanina viaja en su automóvil. El trayecto de retorno a casa no lo siente, la inquietud la envuelve con sus enormes brazos. “¿Qué se hizo la niña? ¿Cómo la voy a volver a encontrar? ¿Será ella realmente? ¿Estaré yo en peligro?” Está sumamente angustiada. “¡Qué alguien me ayude!” Al llegar a su casa, mientras entra las compras, piensa en los malos presagios que le trae la presencia de la niña y en cómo se podría librar de ellos. “¿A quién confiarle el secreto…?” “Lo primero que debo hacer es armarme de valor y ponerme a leer el libro… Es el primer paso obligado… Sí, eso debo hacer porque lo que está pasando está escrito en ese Volumen del Misterio”. Lo saca de donde lo esconde y empieza la lectura. La existencia de El Volumen del Misterio, libro que, temerosa, Melanina acaricia hoy con sus manos, se la reveló su madre, Alannah, momentos antes de morir. Ella lo recuerda en forma nítida porque en esa ocasión Alannah le hizo mil recomendaciones, le dijo que lo guardara en el lugar más seguro, que jamás permitiera que otras personas supieran de él, etc. y le narró toda la sorprendente historia de ese tomo. La madre le contó que ese libro lo recibió el señor Trevor, padre de Melanina, de manos de un sacerdote. Que ella había


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–––––––––––––––––––––––– estado presente cuando el cura, mejor conocido como el padre Bernard, lo sacó de su gaveta y les dijo cuanto detalle sabía acerca del volumen. Esa historia relacionada con El Volumen del Misterio ocurre el día que el señor Trevor y Alannah llevaron a bautizar a Melanina, cuando era una recién nacida. El encargado de llevar a cabo ese acto sagrado fue el padre Bernard. Al parecer este religioso tenía conocimiento de sucesos sobrenaturales a los que la bebé estaba vinculada. Tuvo esa certeza el sacerdote desde el primer momento en que la vio. Como si algo le hubiera advertido de un hecho oculto en la vida de la pequeña Melanina. Es así porque cuando el señor Trevor, su papá, permitió al clérigo que tuviera entre sus brazos a la nena, éste fijó su vista en ella como poseído. –Me permite, Trevor, quiero verle su piecito a la niña. Tengo una curiosidad. –El cura se mostró impaciente y sin haber recibido la autorización comenzó a quitarle el zapatito a Melanina. –Sí, cómo no, padre. Adelante. –El señor Trevor jamás imaginó qué se traía entre manos el hombre de la sotana negra. La esposa no presenció el hecho porque en ese momento saludaba a unas amigas. El sacerdote desnudó el piecito izquierdo de la pequeña y le vio detenidamente la planta. Luego levantó la vista y miró con preocupación al señor Trevor sin decir palabra. Procedió a ponerle la calceta y el zapatito de nuevo. –¿Qué ocurre padre? – Preguntó el señor Trevor con el entrecejo fruncido sin desprenderle la vista. –Vuelva en la tarde. A las seis y cuarto, después de la Santa Misa. Quiero darle una información y le voy a entregar algo importante. –El semblante del religioso se mostró rígido. Debajo del dedo pulgar de la bebé pecosita estaba la marca. Con la duda sembrada carcomiéndole el cerebro, el señor Trevor se trasladó a su casa. Nomás cerró la puerta, se sentó en un sillón de la sala y procedió a verle el piecito a la bebé.


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–––––––––––––––––––––––– –¡Alannah. Alannah, ven a ver! Su esposa llegó en el acto. El señor Trevor tenía descubierto y levantado el pie de su hijita. –¡Mira esto! ¡Qué raro! –Le mostró la marca en plena yema del dedo pulgar. –¡Qué perfecta se ve esa figura! –La señora le sobó con la mano el dibujo. –Fíjate que yo ya le había visto esa manchita allí, pero ahora está bien definida la figura, y más grande. Estaba por comentarte que la niña tenía un lunar o una peca en el piecito. –Pues esto no es ninguna de esas cosas –claró el cónyuge–, más parece una araña o una letra china… Lo que me intriga es que el padre Bernard parece saber de esto. Él le buscó la marca esta mañana con la seguridad de que se la encontraría. –¡No me digas! –La señora pintó la inquietud en su rostro. –Y quiere que vaya esta tarde para que hablemos. –Confesó el señor Trevor. –¡Esto me huele mal! –dijo Alannah con las manos en la boca. Luego agregó, con total decisión –Yo te acompaño. También estoy intrigada. –Bueno, vamos entonces.


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CAPÍTULO II

LA MARCA

Más pronto de lo esperado, el señor Trevor y su esposa se plantaron frente a la puerta de la sacristía, que es el lugar sagrado para guardar los ornamentos, vestiduras, cálices y objetos del culto en las iglesias católicas. El aroma a incienso del acto litúrgico recién concelebrado aún flotaba en el ambiente. El cura había regresado del altar mayor. Sobre la mesa de mármol blanco un monaguillo colocaba la bandeja con los utensilios sagrados: el cáliz de oro cubierto con la hijuela, la patena de plata, el copón con las hostias sobrantes y la custodia. Allí estaba un crucifijo acostado, el acetre y la naveta. Un vitral en lo alto con la figura de una gran paloma blanca en pleno vuelo, que simboliza el Espíritu Santo, arrojaba luz al interior de la sacristía. El párroco colgaba la estola en el perchero, a la par de la casulla. –Espérenme un momento allí en la banca, por favor, Trevor. En breve salgo. –La serena voz del sacerdote resonó en el pasillo. El señor Trevor contestó con una reverencia, se volteó y fue, junto con Alannah, a sentarse donde se le indicó, muy obedientemente. Algunos feligreses se asomaron al pasillo, como buscando a alguien. En los confesionarios permanecían varias personas postradas, con la cabeza inclinada. Algunas, después de recibir su bendición, una amonestación o una penitencia, se persignaban y se marchaban cabizbajas. Sus pasos rebotaban en las paredes y salían a la calle perseguidos por las personas. El rechinido de un par de tenis cortó el piso de la nave central de la iglesia.


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–––––––––––––––––––––––– –Vengan, por favor. Pasen adelante. –El clérigo sacó la cabeza por la puerta fugazmente y volvió adentro. Los esposos entraron detrás. –Siéntense. El escritorio del “siervo de Dios” era de madera fina, con barniz claro. Las sillas del mismo color. –Padre Bernard, ¿qué ocurre? –La ansiedad empujó al señor Trevor a ser directo. El sacerdote no se perturbó. El párroco, por su parte, para no ser indiscreto, abandonó de inmediato la sacristía con un “Dios los bendiga” y recibió en la espalda el “gracias, padre”. –Primero, quiero pedirle que se calme. No hay razón para sofocarse tanto. –Las palabras del religioso cayeron como bálsamo en el corazón del papá de la beba pelirroja. –He visto la marca. –El señor Trevor habló con una plástica tranquilidad.– Presumo que este día se definió el dibujo perfectamente, ya que ayer, cuando mi esposa la bañó tan sólo se veía como una simple mancha. Es totalmente extraño esto, padre. –No es necesario alarmarse tanto hoy por lo que voy a revelarle. Usted va a tener toda su vida para tratar de resolver este enigma. –El cura entrelazó sus manos sobre el escritorio. –Antes de que metamos nuestros pies en estas profundas y riesgosas aguas, mi querido Trevor, quiero aclararle que yo, antes de abrazar la religión católica, asistía a un templo budista. De ahí se desprende que conozca de estas cosas. –Disfrutó una pausa y retomó el hilo conductor.– La vida da muchas vueltas. Por una muchacha que me gustaba empecé a frecuentar la iglesia católica a la que ella acudía cada domingo. Al final terminé casándome, ya no con esa jovencita que me traía de cabeza, pues me engañó con otro, sino que con este ministerio que ha dado tanta paz a mi espíritu. De todas maneras, fue siempre una bendición que ella se cruzara en mi camino. –Echó otra pausita y la retiró.– Lo que he hecho para armonizar mis ideas anteriores con las actuales, es creer que todo está orientado hacia nuestro dulce Señor; a él llegaremos de cualquier manera siempre que nuestros


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–––––––––––––––––––––––– pensamientos, obras y omisiones agraden a sus ojos, siguiendo y cumpliendo sus sagradas enseñanzas. También quiero confesarles que hablo a espaldas de mis superiores, en completo secreto, sólo porque ha llegado a mí este conocimiento de manera inesperada y porque me mueve el deseo de ayuda y la certeza de que hacer el bien perfuma el alma. –Sí, comprendo, Padre, no se preocupe… y gracias. –Bueno, miren… el dibujo que la niña tiene en el dedo del pie –el sacerdote entró a descifrar acertijos directamente– es un signo del idioma armenio que representa al número 12. Éste tiene un origen trágico. Será únicamente a través de cumplir con unas prácticas o sacrificios, pruebas, que la maldición puede detenerse. –No entiendo nada, padre. –Dijo el señor Trevor. –La niña… Melanina, está marcada. Y eso marca también el destino de ella. –El clérigo buscó aclarar la explicación.– Ella forma parte de otras vidas. Está en una de las 12 reencarnaciones por las que tiene que pasar. –Abrió una gaveta de su escritorio y extrajo un libro.– Todo está aquí, en este volumen. –El señor Trevor abrió la boca de la incredulidad.– Voy a explicarles lo más resumidamente posible todo su contenido y la espeluznante historia que la envuelve. –Desvió la mirada a la derecha de manera involuntaria, se reacomodó en su silla y volvió al cauce del diálogo.– Hace ya cerca de treinta años, en un pequeño pueblo de África, ocurrió una tragedia. A ese lugar había emigrado un científico de aquí de Irlanda a realizar unas investigaciones. Ese trabajo estaba apoyado por la prestigiosa Universidad de Harvard, de Estados Unidos, donde él estudió e impartió algunas cátedras. Según el presupuesto que le asignaron, en ese lugar de África debería permanecer durante unos cinco años. Ante lo cual, decidió trasladarse con toda la familia. El sacerdote fue desenredando poco a poco el enmarañado caso. Mientras hablaba, la noche penetró violentamente en todos los rincones de la iglesia colonial, recientemente remozada. Los dos interlocutores no repararon en ello, atrapados en las redes del misterio. El ambiente se tornó enrarecido, pegajoso. Las sombras


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–––––––––––––––––––––––– ocultaban siniestras intenciones. –El científico irlandés, un antropólogo de nombre Las Fletcher, –siguió explicando el religioso– tenía la misión de estudiar una pequeña comunidad de seres humanos cuyas características son muy singulares. Allí el cien por ciento de sus habitantes está conformado por hermanos gemelos, con predominancia femenina, apenas con un cinco por ciento de población masculina. Lo más curioso es que al nacer ningún niño trae definido su sexo. El lugar donde deben aparecer sus órganos genitales es, sencillamente, un espacio de piel lisa. Estos órganos surgen hasta que los infantes alcanzan los 12 años. Al producirse la aparición de los genitales, si son los de un hombrecito, también le crece de inmediato un sexto dedo en cada una de las manos. Este es un hecho que en todo tiempo se ha cumplido en los cuerpos de quienes se convierten en varones, porque, sin excepción alguna, todos los hombres del lugar tienen seis dedos en cada mano. –El cura se alargó en su exposición.– En cuanto a la aparición de los genitales, este suceso ocurre en el instante en que nadie se da cuenta, incluso ni la misma personita que sufre la transformación. Claro que las creencias de los pobladores impide notarlo, pues, dicen que a quien vea y sienta ese fenómeno le caerá “la maldición de los 12”, refiriéndose a las 12 parejas de hermanos hechiceros, los únicos hombres que han vivido allí en los últimos tiempos. Para estos hechiceros africanos es sagrado, y muy esperado, el momento de la definición del género, alimentados con la promesa de que un día, cualquier 12 de cada mes, nacerá la pareja de gemelos hombres número trece, lo que esperan desde hace ya muchos años. Otro dato extraordinariamente raro e inexplicable es que cuando muere una persona, 12 días después fallece el hermano gemelo. A la comunidad científica de ese entonces le inquietaban las causas de estos hechos inusuales y, más específicamente, la


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–––––––––––––––––––––––– razón por la que todos los partos allí son de gemelos o gemelas. Las respuestas debería encontrarlas el antropólogo Las Fletcher. A pesar de lo cansado del viaje desde Irlanda hasta ese apartado lugar de África, que incluía varias escalas y viajes por tierra, Las Fletcher, desde el primer minuto, después de descender del avión, emprendió la tarea de averiguar todo lo concerniente al caso, sin distraerse en asuntos de poca importancia. Los demás miembros de su familia se encargaron del alojamiento respectivo. Pocos días pasarían para que se desencadenara todo el misterio que rodeaba la vida de su querida hija, niña bonita, pelirroja y pecosita, de nombre Úna. Los primeros once días transcurrieron con la relativa normalidad, como lo esperaban estos irlandeses aún aclimatándose a ese entorno tan extraño. –El hombre de la sotana detuvo momentáneamente el caudal de su discurso, paseó su vista por los rostros pasmados de la pareja recogiendo datos de su reacción ante los hechos, y de nuevo dejó fluir la narración– Al día 12 de haberse radicado, número maldito, sobrevino la desgracia. Úna, la hija menor del antropólogo, la que, vaya coincidencia, estaba por cumplir sus 12 años de edad, jugaba con una niña africana en el patio amplio y engramillado de la casa de hospedaje. Luego, la negrita y la roja, corrieron hasta la orilla de un claro río de frescas aguas que se contoneaba seductoramente muy cerca de ahí. Jugaron un rato con las arenas y la corriente del Ébola. Las aguas jugaron con ellas. A continuación regresaron y entraron al apartamento de la africana, porque ésta, agotada de tanto correr, quería saciar su sed. Úna, la irlandesa pelirroja, la esperó en la sala donde estaba durmiendo sobre un sillón, en completa desnudez, una pequeña criatura de ese hogar. En ese momento, ante los ojos asombrados de la extranjera, entre las piernas de la personita dormida algo empezó a moverse bajo la piel, como si fueran las patas de una araña grande que pugnaba por salir. De pronto rasgó la piel y se produjo la formación de una pequeña vulva. La sangre rodó hacia abajo. Úna, alarmada, corrió a contarle a su amiguita, quien, a su vez, asustada, de inmediato fue a


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–––––––––––––––––––––––– informar a sus padres. Éstos apresuradamente agarraron a la pelirroja y la llevaron ante los 12. Los hechiceros amarraron a la pequeña pecosita a un palo sembrado en el centro de un gran dibujo con forma de sol. Prepararon una mezcla de hierbas y se la arrojaron encima. Enseguida, quemaron un manojo de monte espantosamente hediondo y llenaron de humo a la cautiva. Para concluir el rito, los hechiceros sacaron del fuego un hierro caliente y le quemaron el dedo pulgar de su pie izquierdo. Luego, aplicaron sobre la quemada un líquido lechoso que contribuyó a cicatrizar en el acto la herida y a profundizar las líneas marcadas por el hierro. Líneas negras, negras, muy negras. La figura que quedó perfectamente formada en el dedo de Úna es un signo del idioma armenio que representa el número 12: ԺԲ Hasta ahí lo más importante de la historia. Lo demás no tiene tanta relevancia. Sencillamente Úna quedó marcada para toda la vida y sentenciada a pasar 12 reencarnaciones antes de morir. Al concluir estas 12 vidas deberá fallecer de forma natural porque dice la maldición que si ocurre una muerte provocada, su alma vagará en pena por esta tierra eternamente, tal como Dios condenara a Caín por haber cometido el crimen de su hermano Abel. – –¡Esto parece salido de una película de horror! –Intervino por fin Trevor. Todo lo demás, y especialmente la forma correcta de anular la maldición, lo van ustedes a encontrar en ese libro. Por último, –dijo el sacerdote cortando de tajo la intención manifiesta de Trevor de volver a hablar– ¿por qué 12 y por qué en idioma armenio? Ha sido bastante difícil establecerlo, pero, al parecer, lo del idioma armenio, elegido por los antepasados de estos africanos, tiene que ver con el hecho de que en Armenia fue donde se asentó la barca de Noé después del Diluvio Universal. Lo del 12 lo dispusieron porque ellos tienen mucha relación con ese número. Así mismo, porque 12 es un símbolo del orden cósmico,


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–––––––––––––––––––––––– de la perfección y de la unidad. 12 son los frutos del árbol de la vida. También porque el que traicionó a Jesús fue Judas Iscariote, el apóstol número 12.– El religioso pegó sus labios, puso las dos manos sobre El Volumen del Misterio, título escrito a mano con letras de color negro intenso sobre una cubierta deteriorada y amarillenta, huellas visibles del paso del tiempo y del manoseo al que había sido sometido, y lo empujó suavemente sobre la mesa hacia el lado donde se encontraban el señor Trevor y su esposa. A continuación despegó sus labios nuevamente para dar las últimas indicaciones, mientras, el señor Trevor se mantuvo cual perfecta estatua. –Todo está escrito allí. Le aconsejo que lo lea. –Se dirigió de nuevo sólo al señor Trevor.– Su niña está poseída por esa maldición que consiste en que deberá pasar por las 12 reencarnaciones, las que se harán en seres humanos si su comportamiento es ejemplar, o en animales, si transgrede reglas del buen proceder entre los hombres. –¡Esta sí es una verdadera maldición! –Alannah mostraba en su rostro una blanca palidez.– ¿Pero hay verdaderas esperanzas de solucionar eso, padre? –Hay posibilidades de revertir esa maldición, les reitero. Eso les da esperanzas para luchar. El procedimiento está detallado en el volumen. Léalo, Trevor, y después vuelva conmigo para que le aclare alguas dudas, si las tuviera. –Se incorporó y extendió la mano al señor Trevor.– Dios vaya con ustedes. –Muchas gracias, padre. El señor Trevor se apresuró a guardar celosamente el libro, pues comprendió que era de vital importancia, y salió de la iglesia junto con su esposa. La noche, escondida en lo más denso de la oscuridad, cometía toda clase de fechorías en diversas partes de la ciudad, mientras él se trasladaba con la carga del misterio. Al entrar en su casa, se fue directo a su habitación y pidió a Alannah que no se le molestara. Desde ese instante se entregó por entero a la lectura de El Volumen del Misterio, cuyo texto, en su totalidad, estaba escrito a mano con magnífica letra. No dio


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–––––––––––––––––––––––– ninguna tregua a su tarea, empujado por la curiosidad y la inquietud de su espíritu. Página tras página voló por su cabeza con gran celeridad con los detalles de lo que el sacerdote ya había contado en tan poquísimas palabras. Amaneció y el señor Trevor no había probado ni un solo minuto de sueño. La esposa tuvo el cuidado de llevarle agua y alimentos a su escritorio. Él calculaba que si seguía a ese ritmo al final de la tarde tendría concluido el tomo, pues no era necesario leerlo todo, ya que tenía algunos capítulos que servían para alabar a Dios, copia directa de la Biblia, como los Salmos, Proverbios y Job, que le pareció inoportuno dedicarse a ellos en esos momentos de premura y zozobra. El Volumen del Misterio no lo soltó para nada. A veces salía de su habitación y comía de pie o sentado en el sillón de la sala, pero manteniendo los ojos pegados al libro. Todo lo hacía como un autómata. Las instrucciones las encontró al final, el procedimiento para conjurar el maleficio. No le parecieron imposibles de cumplir las pruebas que enumeraba. Pero… “¿por qué el antropólogo no sometería a ellas a su hija? ¿Qué impidió a las otras generaciones llevar a cabo esto? ¿Qué pasó con la última parte…?” Cerró el tomo, tras leer la última página. Vio la hora: las tres de la tarde. “Aún hay tiempo para una siestecita”, se dijo y cerró los ojos en el sillón. A las cinco y treinta y cinco despertó. Aletargado. Dio tres vueltas en el jardín para despejarse. Volvió al interior, se duchó rápidamente y se alistó para irse a la iglesia. –Esta vez quiero ir yo solo, Alannah. Es únicamente para plantearle unas dudas al padre Bernard. –Dijo el señor Trevor acercándose a su esposa. Luego le dio un beso y se marchó. Eran las seis y media de la tarde cuando él estaba trasponiendo las puertas de la iglesia. Al religioso lo descubrió en el pasillo sentado en una banca de madera color oscuro desgastado. Parecía estar esperándolo. –Muy buenas tardes, padre Bernard.


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–––––––––––––––––––––––– –Buenas tardes. ¡Qué bueno que ha regresado usted pronto! –Se puso de pie y caminó junto al señor Trevor hacia el interior de la sacristía.– Y, especialmente, que haya venido bien porque, se cree, y esto se me olvidó advertírselo, que éste es un libro maldito. Dicen que la causa es por contener el pensamiento de un hechicero y porque allí están las instrucciones para hacer el bien a través de anular la maldición que pesa sobre su nena. ¡Lo hace maldito el hecho de que las instrucciones las dictó el mismo hechicero que maldijo a la niña! –Remarcó el sacerdote.– Lo que provoca un choque de fuerzas. Aquél miembro de los 12 reveló estos secretos al antropólogo ignorando dichas consecuencias. El volumen está, entonces, cargado de una energía que puede ser utilizada para actos de magia y de ritos satánicos. Los aliados del mal, desde que supieron de su existencia, han tratado de averiguar su paradero para apoderarse de él. Y, de hecho, ya lo lograron una vez. –¡No me diga! –El señor Trevor tenía expresión de pánico desparramada en su rostro.– Padre… tengo un montón de preguntas… –Es de esperar… –¿Cómo llegó el libro a sus manos? ¿Quién lo escribió…? –Ese volumen ha dado mil vueltas. –El clérigo se apresuró a ampliar las explicaciones.– Por obra de Dios aún sigue en buenas condiciones. Después de que el hechicero le transmitiera las instrucciones, el antropólogo se dedicó a escribir en el libro que tituló El Volumen del Misterio todos los hechos acaecidos y el listado de pasos para neutralizar la maldición. Lamentablemente, a los 12 días de haberlo concluido sufrió un inexplicable accidente en el que falleció. El científico se preparaba para echar a andar el plan para redimir a su hija del sacrilegio cometido. No lo logró. El Volumen del Misterio quedó en manos de su viuda. El sacerdote amplió lo más que pudo toda la historia relacionada con el volumen. Así, el señor Trevor también se enteró que la viuda y su hija abandonaron África a los pocos días del deceso del antropólogo. Retornaron a Irlanda. Allí, al desempacar


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–––––––––––––––––––––––– su equipaje, la señora buscó la cajita con el tomo y no la encontró. Volvió al aeropuerto a reclamar, pero no lo pudo recuperar. ¿Qué ocurrió? Ella en vida nunca lo supo. Con el paso de los años se esclarecieron los hechos. Fue en el traslado del aeropuerto a su casa que dicha cajita quedó olvidada en un rincón del baúl del taxi que las transportó. ¿Cómo la olvidaron? Ese es otro misterio. El asunto se complicó porque el siguiente pasajero del taxi la bajó junto con sus maletas. En su casa se percató de que esa cajita no le pertenecía. No tenía nombre ni dirección del propietario y el taxista ya se había retirado. ¿Qué le quedaba? Guardarla por si alguien la reclamaba posteriormente. A la semana siguiente, al retornar de su trabajo encontró la puerta violentada y todas sus cosas revueltas y regadas por el piso. Revisó con cuidado y le pareció que no robaron nada. Reportó el incidente a la policía sólo por trámite. Sin embargo, días después cayó en la cuenta de que la cajita extraña no estaba donde la había dejado. La buscó con cuidado por si la había cambiado de lugar, pero no la encontró. Se la habían robado. ¿Quién? ¿Para qué? Allí se le perdió la pista nuevamente. Probablemente fueron los aliados del mal quienes la extrajeron. –¡Sangre fría! Esto sí me tiene preocupadísimo. –El señor Trevor estaba literalmente pegado a su silla. –A ese señor no le pasó nada de gravedad, gracias a Dios, pero estuvo en riesgo. La verdad es que cada persona que ha leído el tomo ha muerto en circunstancias desconocidas e inexplicables. –¡Eso me confirma que yo estoy en un gran peligro! –El miedo estaba instalado cómodamente en el rostro del señor Trevor. –Desgraciadamente sí. Aunque… si eso fuera así ya le hubiera sucedido. –Padre… hay otro problema que complica aún más las cosas… –¿Cuál? –El cura fijó la vista en el rostro del señor Trevor. –Al Volumen del Misterio le falta una hoja. La hoja más importante que estaba dentro de la parte de las instrucciones para


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–––––––––––––––––––––––– romper la maldición. El clérigo se quedó en suspenso. –¿Usted leyó todo el libro, Trevor? –Las copias de algunos capítulos bíblicos, no. –Mmmm… El hecho de no haber leído esa hoja faltante explica que aún no le haya pasado nada a usted. Yo creo que el maleficio se activa sólo cuando se hace lectura completa del volumen. –¡Ahh… qué alivio! –El señor Trevor respiró profundo. –Aunque también hay que tomar en cuenta que las transcripciones bíblicas, aseguran, funcionan como defensas del tomo. Es decir, que estas defensas se activan al leer las partes bíblicas y el maleficio se anula. Sino las lee, muere. –El sacerdote observó las reacciones del señor Trevor y continuó.– Y en cuanto al contenido de la hoja que le falta… no se preocupe, yo le voy a decir esa parte. Y la historia de cómo llegó el ejemplar a mis manos se la voy a contar otro día que tengamos más tiempo. –De acuerdo, padre Bernard. Y… ¡¿usted leyó todo el libro, padre?! –¡Sí! –¿Y entonces…? –Dios siempre va a vencer al mal, Trevor. –El sacerdote habló con la mayor convicción de la que hasta el momento había demostrado. –¿Y cómo supo usted lo que decía la hoja arrancada? –Ese sí es un secreto que me llevaré a la tumba. Perdone usted. El señor Trevor inclinó la cabeza con cierta vergüenza por dudar de la investidura sagrada de su interlocutor. Enseguida pidió al cura que le dijera lo que tendría que hacer, el complemento de las instrucciones necesario para acabar con el maleficio, y escuchó con toda la concentración que el caso ameritaba. Los detalles los anotó a mano en una hoja de papel. Al concluir la reunión, el padre Bernard le entregó una nota sellada.


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–––––––––––––––––––––––– –No sé en qué momento, porque resolver este enigma va a llevar mucho tiempo, pero es muy seguro que la iglesia siempre podrá ser un buen lugar para pedir ayuda. Adjunte esta nota al libro. Es una solicitud mía hacia cualquiera de las autoridades religiosas. Con ella le prestarán apoyo. El señor Trevor agradeció infinitamente, se despidió haciendo las reverencias correspondientes al religioso y emprendió el regreso a su casa. Sin embargo, ya no llegó… Un fulminante ataque al corazón lo dejó tendido en el pavimento. En el hospital a donde fue conducido informaron que ya nada se podía hacer. Las pertenencias fueron entregadas a Alannah, su viuda, entre ellas el libro, la hoja suelta y la nota sellada. La señora de luto, inconscientemente, movida por fuerzas ocultas quizás, introdujo esas dos hojas de papel dentro de El Volumen del Misterio y a éste en un cofre que no volvió a abrir en vida.


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CAPÍTULO III

EN LAS MANOS DEL MAL

Hoy, treinta años después del deceso del señor Trevor, Melanina, su hija, tiene entre sus manos el libro maldito y lo lee con voracidad. La hoja suelta está insertada entre las últimas páginas. Ella resiste la tentación de verla, cree que es mejor esperar hasta llegar a ese punto para enterarse de su contenido, aunque siente que la devora el fuego de la curiosidad. Pero… hay algunos enigmas aún sin aclarar, ¿cómo llegó el tomo a manos del sacerdote que la bautizó cuando era una bebé? ¿Qué pasó luego del robo al señor que involuntariamente se apropió del libro que pertenecía a la viuda del antropólogo? ¿Quién le arrancó la hoja al ejemplar? Fueron las fuerzas del mal las que sustrajeron El Volumen del Misterio de la vivienda del pasajero del taxi irlandés. Con él en sus manos creyeron que su poder se incrementaría y celebraron una ceremonia para agradecer al rey de las tinieblas por ampararles y para ofrecerle mayores sacrificios. ¿Cómo se enteraron del libro? Es un misterio. Los expertos pudieron concluir que es un asunto de olfato, que los aliados del mal operan por intermedio de fuerzas ocultas difíciles de identificar con facilidad. Empero, su alegría al poseerlo corría el riesgo de no ser tan duradera. Infiltrado entre ellos estaba un espía de la iglesia, involucrado allí con el propósito, primero, de conocer sus actividades diabólicas y luego para bloquearlas y buscar la manera de destruirlos de una vez por todas.


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–––––––––––––––––––––––– Este espía, enfundado en una capucha negra, lo mismo que todos los demás miembros de la secta en ese cónclave, contempló cómo se desarrolló la primera parte del rito, a la espera de una oportunidad propicia para apoderarse del volumen, plan que trazó desde el primer momento que supo que lo poseían ellos. Tras ese primer acto, se ordenó a todos los miembros de la secta satánica, quienes estaban de pie alrededor de un monumento negro, grotesco, con forma de animal, que cerraran sus ojos, levantaran los brazos y que con leves inclinaciones hacia adelante hicieran 12 reverencias al ídolo. Después, sin abrir los ojos deberían permanecer 12 minutos con las manos levantadas, orando al rey de los malignos. Uno de los embozados, luego de dos reverencias, se movió con el mayor sigilo, con sus pies dando pasos casi en el aire tomó el libro de la mesa donde reposaba, a la par del ídolo espeluznante, y pasó de lado entre dos de los concentrados individuos del mal. Uno de éstos percibió un leve ruido y entreabrió los ojos. Pero debido a que sólo vio hacia adelante, no miró nada extraño, por lo que prosiguió con su ritual. El infiltrado, espía de la iglesia, quien había agarrado el tomo, llegó a la puerta del recinto en penumbras, apenas iluminado por una vela encendida a los pies del ídolo. Con el libro bajo el brazo, colocó sus dos manos enguantadas, una en cada hoja de la puerta, y procedió a mover la manecilla de la cerradura con manos de seda. Los ojos los mantuvo cerrados, concentrado en realizar los movimientos sin producir ni un solo crujido. Él conocía perfectamente el mecanismo y la forma de abrir, pues para ello practicó varias veces en una ocasión que le asignaron la tarea de preparar el lugar para otra actividad demoníaca. Abrió la puerta lentamente. Le pareció una eternidad aquél movimiento. Atravesó y luego se volteó y la fue cerrando con la misma ceremonia que la abrió. Enseguida se retiró velozmente. Llegó a la iglesia y se encerró en la sacristía. Puso El Volumen del Misterio sobre su escritorio e inició un rito de exorcismo: con un spray le roció agua bendita, le colocó una cruz


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–––––––––––––––––––––––– encima y lo desahumó con incienso. Enseguida oró al Todopoderoso pidiéndole que alejara el mal del libro y lo librara a él de todo peligro. A continuación abrió el tomo y empezó la lectura. Eran días en los que la actividad había mermado dentro de las paredes del lugar santo: menos actos litúrgicos y menos turismo. En los momentos que se aparecía por ahí el párroco, este religioso fingía estar leyendo las Sagradas Escrituras. Al llegar al final de la lectura, reflexionó un momento y, enseguida, abrió de nuevo El Volumen del Misterio, buscó una parte a propósito y arrancó una hoja. La releyó con todo el cuidado posible con el objetivo de memorizar sus detalles y la expuso a la llama de una vela prendida. Mientras el fuego consumía la hoja de papel, el personaje pensaba: “Sólo así evitaré que alguien pueda leer completo este libro y que le caiga toda la maldición que esa acción acarrearía”. Acto seguido, recogió las cenizas, las echó dentro de una bolsita de papel verde y la arrojó al bote de la basura. Para finalizar, el individuo en cuestión abrió la Biblia, buscó unos pasajes específicos y los transcribió a mano en hojas similares a las de El Volumen del Misterio, las bendijo y las adjuntó a éste. “La lectura de fragmentos bíblicos también servirá para neutralizar los efectos malignos de este volumen maldito”, pensó este personaje. El espía era un fraile, quien había logrado permanecer entre los representantes del mal durante los últimos quince días, gracias a que uno de sus ayudantes, un jardinero de la iglesia, capturó a un miembro de esa secta y lo mantuvo amarrado en un sótano secreto de la residencia cristiana, sitio que sólo el fraile conocía, pero también, desde ese momento, su ayudante fiel. El fraile no fue descubierto por los malos durante esos días, debido a que varias veces se reportó enfermo. Así evitó aparecer sin capucha las veces que todos se la quitaron. Los años rodaron alimentando la historia y el suceso se fue


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–––––––––––––––––––––––– olvidando. El fraile murió y su ayudante también. Del libro nadie más supo, ni del sótano; quedó en las sombras su existencia. Pero no se quedó perdido para siempre. Décadas después, una casualidad llevó al padre Bernard a descubrir el sótano y El Volumen del Misterio. Una noche en que el cura vagabundeaba por los pasillos y alrededores de la estructura sagrada, en la parte de atrás se produjo un hundimiento de tierra. Él inmediatamente fue a traer una lámpara. Abrió más el agujero y penetró. Entre las cosas de valor que allí encontró estaba el libro en mención. Algo le dijo que debía guardarlo y mantener el secreto, por lo que lo escondió lo mejor que pudo. Al día siguiente lo único que reveló fue el hallazgo del sótano. Posteriormente extendió todos los tentáculos de su poder para hacer las investigaciones relacionadas con esos escritos, hasta saber lo necesario que le sirvió para tratar de darle solución al acertijo que planteaba el caso.


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CAPÍTULO IV

LA REUNIÓN DE LAS 12

Melanina cierra el libro. Va a la mitad en la lectura. Algo le avisa, un presentimiento, que no conviene continuar leyendo porque el peligro acecha. Entonces fija la vista en la hoja suelta. Acerca su mano derecha y la sujeta con los dedos pulgar e índice. La saca suavemente. Se queda suspendida al leerla; su mente se vuelca totalmente a captar el conocimiento que le transmite ésta. Tiene las instrucciones vertidas en forma resumida, pero están inconclusas, pues en el encabezado dice que son 12 pasos; sin embargo, allí únicamente están escritos ocho, el resto se perdió, ya que la hoja tiene rota la parte de abajo. ¿Cómo se rompió? Imposible saberlo. Se especula que pudo ocurrir cuando el cuerpo de su padre fue recogido del pavimento y sus pertenencias estuvieron en manos de terceras personas. O alguien con malas intenciones pudo eliminar esa parte. Al terminar la lectura de las instrucciones, permanece pensativa un momento. Enseguida vuelve su vista al libro y descubre la punta de otra hoja de papel. La extrae y comprueba que está cerrada. Es una nota escrita por el padre Bernard dirigida a un miembro de su iglesia, firmada y sellada. Una frase llamativa está escrita en la parte superior izquierda: “Confidencial y altamente secreto”. –¡Muy bien! –dice resuelta– éste es un buen tiempo para llevar a cabo estas actividades. Los últimos cuatro pasos tal vez los sepa conforme vaya avanzando en el cumplimiento de estas instrucciones.


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–––––––––––––––––––––––– Acto seguido, agarra una bolsa de cuero, mete dentro la hoja escrita con las instrucciones, el libro y la nota del padre Bernard. Saca el vehículo y parte velozmente. Dentro del automóvil dando vueltas en las esquinas, sin saber dónde anda, se percata de que es de noche. “¡Las nueve y cuarto de la noche! De una u otra manera he de encontrar a la niña. ¿Cómo? No lo sé. Pero la voy a encontrar”. Detiene el vehículo frente a un restaurante. Ve hacia adentro. Nada. Avanza de nuevo. Penetra en un vecindario desierto, de los suburbios de la fascinante ciudad de Dublín. La marcha es a vuelta de rueda, viendo detenidamente en todos los rincones. Sale de una calle y enfila por una larga avenida. Hacia abajo y hacia arriba. Varias decenas de minutos después abandona completamente Dublín y se dirige por una carretera solitaria cuajada de una hermosa ornamentación de árboles y plantas. Entra en el condado de Wicklow, “el jardín de Irlanda”, bellísimo sitio, verdadero tesoro de paisajes, colinas, montañas, playas de arena, ríos mágicos, lagos y castillos de ensueño. Estira el recorrido por Baltinglass, pueblo encantador de dos cielos, gracias a la imagen límpida que ofrece su río Slaney. Mucha belleza circundante, la mejor estampa de la “Isla Esmeralda”, verde, verde. Sin embargo, la retina de Melanina no retiene nada porque su máxima prioridad es localizar a la chiquilla. La menor, sin embargo, no aparece por ningún lado y el tiempo se gasta veloz e inútilmente bajo las ruedas del auto que ahora marcha de vuelta a Dublín. Al entrar de nuevo en la capital de Irlanda desacelera el motor. Ve la hora por enésima vez: las once de la noche. Nada aún. La vista de nuevo en las aceras y las puertas de las casas y la cabeza rotando de izquierda a derecha de manera imparable hasta el mareo. “El primer paso ha sido dado: leer lo indispensable de El Volumen del Misterio. El segundo es reunirnos las doce. Por eso es necesario encontrar a esta criatura lo antes posible”, piensa


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–––––––––––––––––––––––– Melanina en el momento en que toma por una calzada principal. Detiene el impulso de encender la radio del automotor. Luego cede y presiona el power. Volumen bajo, música instrumental new age envolvente: piano, percusión, bajo; flauta dulce de sintetizador. El vehículo avanza sin prisa. Ella descansa su brazo derecho en la ventana de la puerta. El viento fresco entra y cabalga sobre sus cabellos. Sus ojos sostienen la mayor carga de la actividad. Su cuerpo se mantiene tenso. Ingresa en un área residencial, lujosa. Arboleda relajante, espléndida. Parques amplios. Sombras claras. Faroles triangulares pinchan el cielo y le roban luz. La luna cortada está solitaria, nadie la admira, ni la mira. Un hombre, también solitario, con sombrero y sobretodo abajo de la rodilla, estilo Sherlock Holms, camina de prisa por la acera. La dama pelirroja baja más el volumen del aparato de sonido. La música es ahora apenas perceptible, sólo para ella, para no perturbar la tranquilidad del vecindario. Va en segunda, el pedal del acelerador tocado con suavidad. Pasan casas, columnas románicas, un perro olfateando el asfalto. Una tienda abierta. Una pareja de jóvenes sale, sube a su auto y desaparece. Melanina se parquea, apaga el motor e ingresa. Observa el interior; el reloj de pared antiguo muestra las dos agujas verticales en opuestas direcciones. Dos adultos buscan artículos en las góndolas. Toma una taza de café humeante para recuperar calor y despejar la mente. Luego se dirige a la salida del negocio. En el marco de la puerta de la tienda detiene sus pasos impresionada. Permanece como estatua. Junto a su automóvil está la niña. Melanina no sabe qué hacer. –¡Hola! –La vocecita dulce de la menor la hace reaccionar. –Hola –El sonido ronco, carrasposo, de su garganta completa el dúo. La dama permanece en su lugar. La nena la examina de pies a cabeza. Lo mismo hace Melanina. Ambas están quietas. –¿Me llevas? –Parece que un pajarillo hablara.


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–––––––––––––––––––––––– –Claro. Será un gusto. La dama pelirroja abre la portezuela a su par, luego sube ella y se alejan del lugar. Pasan unos minutos sin intercambiar palabras. Melanina no sabe qué decir. –No te preocupes por hablar. –Rompe el hielo la niña– Sé qué quieres. Sigue recto por esa calle. Yo te diré dónde te detengas. –Muy bien. –Los labios de la dama tienen imán. Ingresan en un sector fantástico, maravilloso: cada calle tiene un color distinto, gracias a la reciente invención del asfalto de colores. Hay aquí, según logra admirar Melanina, calles amarillas, rojas y blancas; las avenidas son rosadas, azules y verdes. –Somos cinco, no 12, como tú has creído. –La pequeña desgarra el silencio de nuevo.– Contigo sumamos seis. Hoy nos verás a todas. Es un efecto de la naturaleza misma, que se confabula para ayudar a hacer el bien siempre que un ser humano lo desea con todas sus fuerzas. Tú eres fuerte, lo mismo que nosotras, pues al fin de cuentas somos una misma. Lo vamos a lograr si tú mantienes esa actitud. –Claro que estoy totalmente dispuesta. Y tú, ¿ya conoces todo el procedimiento? –Pregunta Melanina. El automóvil endereza la marcha a través de una larga calle blanca. –Desde luego. –La niña habla con aplomo.– En realidad siempre lo hemos sabido. Pero ninguna de nosotras tuvo tan cerca la posibilidad de poner a prueba el plan ni de encontrarse con una ocasión propicia. Hoy es el momento. –Pero lo de cinco no me parece… –La dama no entiende. –Ten paciencia. Pronto te desvelaremos otros secretos. Melanina mantiene la vista en el frente mientras conduce. Escuchar a la niña sin verla, le da la impresión de estar conversando con una persona madura. En esto reflexiona cuando la menor le pide que se detenga. Estaciona frente a una casa blanca, grande, del mismo color que la calle que pasa por ahí. La pequeña le indica que entren.


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–––––––––––––––––––––––– Los tacones de la elegante dama despiertan a la casa, entran jugando a los bolos. Todo el inmueble huele a bosque, la madera pulida forma recodos de luz. La caoba, el cedro y el palo blanco bien tratados exhiben allí su esplendor. Mas la dama no repara tanto en esos detalles del arte, concentra su mirada en las cuatro mujercitas que están de pie en el fondo de la amplia sala, una marimba de jovencitas, las cuatro de diferentes estaturas; la mayor es una adolescente. –Hola, niñas. –Melanina expresa sus palabras con confianza. –¡Hola! –Las cuatro gargantas agudas responden en coro. –Bien, me da gusto verlas. Pero quiero pedirles que procedamos de inmediato con el tercer paso, que consiste en realizar la ceremonia en este inmueble. Y debe ser rápido porque el tiempo escasea, recuerden que hoy es fecha ocho. Sólo faltan cuatro días. –Síguenos. –Dice la menor que la ha estado guiando. Ascienden 12 escalones de madera y caminan por el piso también de madera del segundo nivel. Al fondo se duplican sus figuras en el enorme espejo que está en la pared. –Ahí tienes la respuesta al número de nosotras. –Aclara la niña. En el enorme espejo del tamaño de la pared están, agigantados, los reflejos de los seis cuerpos femeninos. –Sé que necesitas una explicación. –Dice la niña.– Estas cuatro criaturas son las reencarnaciones por las que hemos pasado. Yo represento la próxima transmigración. Me he adelantado en el tiempo asumiendo todos los riesgos, porque éste es el momento más oportuno para procurar conjurar el maleficio, y para que formemos el número 12, como lo estableciera el hechicero. Ese 12, como puedes comprobar, lo completamos con los reflejos del espejo. –La pequeña pecosita respira profundo y prosigue– Esta casa perteneció a Las Fletcher y el espejo también. Ha sido remodelada en repetidas ocasiones, por eso luce en tan buen estado. –Ahora comprendo por qué es el lugar indicado para esta


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–––––––––––––––––––––––– práctica obligada. –Al tiempo que habla, la dama nota el efecto de su voz rebotando en las paredes y el mobiliario de la gran residencia. –Con el eco tendremos las 12 voces. –Hace la observación la pequeña. –Perfecto. Procedamos. –Indica la dama. –Antes debo aclararte otro punto que tú debes ignorar. –La niña le mira directamente a los ojos– De este tercero de los 12 pasos del proceso quedará solo una de nosotras. Desapareceremos cinco. Yo desapareceré y no tendré la posibilidad de nacer. Otras tres de este cuarteto igualmente se desvanecerán. Tú también serás eliminada. La única que subsistirá es ella, la más grande de nosotras, la hija del antropólogo, Úna. Precisamente por haber sido ella la causante de esta maldición. Sin embargo, tengamos la esperanza de que ella logrará cumplir el resto de los 12 pasos que le permitirán sobrevivir, y con ella, en ella, viviremos nosotras también. Melanina recibe el mensaje como dos plomazos en sus oídos que luego descienden hasta alojarse en la parte baja de su vientre. Queda fría cual cadáver. No puede ni pensar, las ideas surgen fragmentadas. Siente un vacío enorme en su cuerpo, que su vida comienza a escapársele. Sin embargo, coge fuerzas de reserva, reúne las dispersas y recobra la compostura. –Para corregir un error estamos aquí. –Dice con firmeza– Y lo vamos a hacer a cualquier precio. Total somos una misma y lo que buscamos es la presencia de Dios. Así que… ¡adelante! Las seis se colocan en fila. Enfrente, dentro del espejo, las otras seis se ordenan igualmente. Melanina mira el viejo reloj grande que está en un extremo de la pared, ambas agujas a punto de besarse: –Falta un minuto para las 12 de la noche. Esperan el paso de los sesenta segundos en silencio. Se contemplan detenidamente en el gran espejo y se despiden con un parpadeo. –¡Ya! –Dice Melanina y de inmediato abre El Volumen del


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–––––––––––––––––––––––– Misterio en un punto fijado por un separador y lee los siguientes fragmentos de la Biblia, copia textual del Salmo 42, verso 1: “Como el ciervo anhela las corrientes de las aguas, te anhela, oh Dios, el alma mía”.

así

Enseguida recita los versos 1, 2, 3 y 4 del Salmo 23: “El Señor es mi pastor; nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará descansar; junto a aguas de reposo me pastoreará. Confortará mi alma; me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre. Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento”. Acto seguido, se toman de las manos, cierran los ojos y empiezan la letanía, en forma de rezo: –¡Doce somos, pero en realidad una! –Las voces rebotan en la pared y se duplican. Tras pronunciar esta primera frase desaparece del espejo el reflejo de una de las niñas. –¡Doce somos, pero en realidad una! –Desaparece otra del espejo. –¡Doce somos, pero en realidad una! –Se borra la tercera del espejo. … … Once veces suena la frase, once figuras se pierden en la nada. A continuación, Úna abre los ojos y se descubre sola. Ni en el espejo se refleja. “¡Excelente! Ahora viene el cuarto paso”.


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–––––––––––––––––––––––– Úna recoge El Volumen del Misterio. Saca de ahí la nota sellada del padre Bernard, la abre y la lee. Luego la guarda nuevamente. Toma el celular de Melanina y se encamina a la calle. “La catedral de San Patricio”, susurra en el instante en que cierra la puerta de la casa blanca.


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CAPÍTULO V

SERVIR A LOS DEMÁS

Pasan más de treinta minutos de las 12 de la noche. Úna viaja rápidamente en un taxi por las calles de Dublín rumbo a la catedral de San Patricio. Efectúa un par de llamadas y guarda el móvil en la bolsa del abrigo. –Qué raro que una jovencita tan linda como usted vaya a una iglesia católica a estas horas de la noche. Lo digo, si es que no la ofendo, por los tantos casos de pedofilia que se han destapado. Todos atribuidos a los sacerdotes. –Abre conversación el chofer. –A, pues… no tengo conocimiento de esos hechos. – Confiesa ella. –Bueno, le recomiendo que tenga cuidado. Uno nunca sabe. Cuando el reloj está a punto de marcar la una de la madrugada del día nueve, el conductor dobla en la última esquina y enfila por una recta. Recorre tres cuadras más y arriba a su destino: la majestuosa catedral de San Patricio, muestra virgen del estilo gótico, construida durante la época medieval. Úna desciende del taxi en el jardín frontal, simultáneamente se abre la puerta principal de la iglesia y cae de bruces en el piso exterior la cascada de luz de la nave central. Al caminar hacia la entrada, la adolescente de cabello rojo siente la atracción de la extraordinaria arquitectura que tiene enfrente, entonces levanta la vista y la mueve extasiada en paneo de izquierda a derecha. Se considera un ser privilegiado al apreciar las agujas de la catedral incrustadas en un cielo totalmente


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–––––––––––––––––––––––– despejado y tachonado de estrellas. Llega a la puerta y un sacerdote la hace pasar. –Ven. –Gracias… Usted es el padre Lampard, ¿verdad? –Así es. La conduce a una de las bancas de la nave central, frente al altar mayor. Ella lanza fugaces miradas a la belleza que se desparrama en el interior del recinto sagrado. –Perdone, padre, por estos sobresaltos. Lo que pasa es que… –Permíteme la nota. Vamos a ir al grano. El religioso traga en dos bocados el texto. Repasa unas dos líneas principales, lo dobla de nuevo y vuelve su vista a la jovencita. –¿Cuál es tu nombre? –Soy Úna… Úna Fletcher. –Úna… Debo decirte que yo no puedo realizar lo que aquí se nos pide. Mis responsabilidades diarias al frente de esta iglesia, programadas con mucho tiempo de anticipación, me impiden dedicarme a estos movimientos, mucho menos viajar a África. –Padre, pero… El cura levanta la mano para que ella se calle. Piensa un momento. –Muéstrame el libro. Úna le entrega El Volumen del Misterio al tiempo que le expresa su inquietud por el desenlace de los hechos que se avecinan sino encuentra el apoyo que necesita. –Siento que el tiempo no me va a alcanzar para todo lo que debo hacer… Esta misma noche, a las doce, para ser más exacta, hicimos el paso tres, celebrar la ceremonia en la casa de mi padre. Antes se cumplió el uno con la lectura del tomo y el dos al reunirnos las 12… –La pelirroja marca una pausa discreta– Y es muy importante informarle que antes del próximo 12 debo llegar a África… ¡y hoy ya es nueve! El sacerdote revisa superficialmente el libro y extrae la hoja


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–––––––––––––––––––––––– con las instrucciones. Las lee aprisa. –¡Faltan los últimos cuatro pasos! –Así es, padre. Y esa información no la sabe nadie. ¡No sé qué vamos a hacer! –Mmmmm… no te inquietes tanto. Vamos a encontrar la solución. –El hombre de la sotana se expresa con firmeza. –¿Qué otras cosas debes hacer antes del viaje al continente negro? –Bueno… Debo cumplir dos requerimientos: Difundir y practicar el lema Servir a los demás, y borrarme la marca del dedo del pie. Estos son los pasos quinto y sexto, como usted puede ver allí en la hoja. El cuarto paso se lleva a cabo al revelarle a usted mi secreto. –Enséñame la marca. Úna se saca el zapato izquierdo y muestra su pie pequeño, rosado, pulcro y principesco. –Mmmm… Bien, ponte el zapato, por favor. El padre Lampard se pasa la mano derecha por la cabeza. Luego une las dos palmas de sus manos y se las lleva a la boca. Permanece pensativo un rato. La grandeza de la catedral parece agigantarse sobre la cabeza del religioso ante la mirada deslumbrada de la pelirroja. –Úna: debes descansar algunas horas antes de emprender el próximo paso. Cuando despiertes hablaremos de nuevo. Acompáñame. Te daré alojamiento momentáneo. Ambos descienden a la planta baja, la cripta que está compuesta de varias secciones, una en particular construida para alojar a los huéspedes temporales a donde es conducida la pelirroja, ubicada bajo el ala sur de la iglesia, opuesta completamente a las añejas catacumbas donde reposan los restos de algunos religiosos, la cual está bajo el ala derecha. El sitio emociona a Úna. Invade una frescura intensa y un penetrante olor a humedad. Presiente que detrás de los grandes arcos de piedra antiquísimos la vigilan soldados ingleses de tiempos de las colonizaciones. El piso de ladrillo gastado suena


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–––––––––––––––––––––––– hueco. Mientras caminan, la pecosita recuerda la conversación con el taxista; pero al notar la mansedumbre del cura le cuesta trabajo creer todo lo que dicen. –Aquí es. El cura abre una puerta de madera y le pide que ingrese. –Espero que logres descansar. Cuando despiertes me buscas en la sacristía. Te estaré esperando. –Antes de que se vaya… sería posible que me consiguiera alguna cartulina y un marcador grueso. –La voz de la jovencita da muestras de cansancio. –Dentro de ese mueble puedes encontrar. Buenas noches, hija. –Buenas noches, padre Lampard. El sacerdote cierra la puerta y se dirige a su despacho. Efectúa varias llamadas, escudriña velozmente el contenido de El Volumen del Misterio, analiza algunos documentos celosamente guardados en esta iglesia de la época medieval; luego, ya rendido, se retira a sus aposentos. El clérigo siente que acaba de pegar los ojos cuando oye, a lo lejos, como en sueños, el toc toc toc, y una voz que parece decir su nombre. –Padre Lampard. Padre Lampaaaaard.– El susurro logra romper completamente la delicada tela de su sueño. El sacerdote se levanta perezosamente y abre con parsimonia una ventanita para verificar si son reales los sonidos. –Padre Lampard, perdone que le despierte. –Dice sumisamente el sacristán y baja la cabeza al presentar su excusa– Pero es que esta jovencita insiste en que le urge avisarle que va a salir en estos momentos. –No te preocupes, Cork. El sacristán se retira y el sacerdote dirige su vista hacia Úna. Ella tiene sobre el pecho un cartel de color amarillo que le cuelga del cuello, en el cual destaca una frase escrita con marcador azul: SERVIR A LOS DEMÁS


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–––––––––––––––––––––––– El cura ve con admiración el aspecto de la muchacha y le sonríe. –Voy a estar fuera todo el día, padre. -Dice Úna con voz de flauta. –Bien. Ve con cuidado, hija. Y me gustaría que regresaras a las seis de la tarde. –Contesta con un suave sonido de fagot. –Muy bien, padre. Con permiso. Pasan unos cinco minutos de las seis de la mañana del día diez. Aunque el Sol aún no se asoma, el semblante de la pelirroja irradia luz de optimismo. El clérigo se detiene frente a su cama, la tibieza de las sábanas lo imanta, la desea cual amante apasionado. Luego mueve su vista y la clava en un crucifijo. Jesús está ahí, sufriendo, cargando los pecados de los demás. Entonces el cura piensa en Úna, con su rótulo “servir a los demás”, y siente como si le aplicaran una inyección de energía y se dispone a acometer la misión que se ha propuesto este día. Úna se desplaza por las calles mostrando el mensaje que lleva en el pecho. “Algo ha de calar”, piensa. Y de hecho, unas personas al verla y leer el rótulo, le sonríen; otras, levantan el puño o el dedo pulgar y la animan con un –¡Muy bien!– “Esta gente que me ha visto no será la misma de hoy en adelante, de alguna manera habrá de contribuir a que este mundo sea mejor cada día”, se dice Úna así misma, con una fe súper fuerte. En una esquina ve a una anciana que intenta cruzar la calle. Úna la toma del brazo y la ayuda a pasar. Luego, frente a un colegio, ve a una maestra y a un grupo de estudiantes que se organizan para ir a la otra acera. Úna, de inmediato, se coloca a media calle, levanta la mano derecha abierta y con autoridad ordena a los automovilistas que se detengan. El grupo de alumnos y la mentora se trasladan al otro lado, le agradecen al pasar a su lado, y en seguida ella permite que continúe el tránsito. A continuación, entra en el edificio escolar, habla con el director y éste, persuadido, la conduce a un salón de clase donde ella dirige a los educandos un mensaje que, en su parte toral, dice lo siguiente:


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–––––––––––––––––––––––– –Queridos estudiantes: yo soy una persona que ha estado pasando por una situación espantosa, no quiero especificar cuál, pero sí decirles que estoy al borde de una muerte eterna. Y este estado me ha llevado a reflexionar y ha llegar a la siguiente conclusión: que el mundo está lleno de maldad, pero que también existe una gran esperanza de que los jóvenes ayudarán a cambiarlo. La clave es éste lema, –señala su rótulo– servir a los demás. Si todos reforzamos esta idea, la propagamos y la llegamos a practicar tendremos la cura al mal de la delincuencia. Nadie puede albergar una idea de hacerle daño al prójimo si alimenta el deseo de servirle. Para empezar, si ustedes me apoyan compartiendo con todas las personas que puedan este mensaje de servir a los demás, estarán aportando un granito de arena para que mi destino cambie su rumbo. ¿Puedo confiar en ustedes? –¡Síííííííí! –Responden todos simultáneamente. –¿Cuál es la misión que debemos cumplir todos? –Pregunta el director que también está presente. –¡¡Servir a los demás!! – explotan las gargantas juveniles. Acto seguido, tras agradecer la lluvia de aplausos, Úna es llevada a otras aulas donde se repite la escena vivida en el primer grado. Después, director y misionera, ambos complacidos, se despiden con un apretón de manos en el portón del centro educativo. Úna prosigue su camino indeterminado. Al pasar frente a un hospital se le ocurre otra brillante idea. Da vuelta e ingresa en el nosocomio. El director la escucha con una inusual atención. –Mire, jovencita, –explica el galeno– aquí no acostumbramos a hacer este tipo de concesiones, o este tipo de actividades. Pero, al parecer, usted tiene algo especial que me hace intuir que obra de muy buena fe. Le voy a asignar tres pacientes que están en convalecencia y que, para su buena fortuna, o fortuna de ellos también, se encuentran en camas contiguas. En lo que usted adquiere el libro o libros que necesitará, yo instruiré a una enfermera para que se los prepare.


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–––––––––––––––––––––––– –Gracias, doctor. Vendré lo más rápidamente que pueda. –De acuerdo. Úna sale volando. Encuentra una librería y entra. Busca con luces casi divinas y localiza el ejemplar ideal. Paga y regresa al hospital. En la puerta la recibe una enfermera, quien la guía hasta una habitación suficientemente ventilada y con magnífica claridad natural. Frente a los tres pacientes hay una silla cómoda en la que se ubica. Luego se pone de pie, se presenta y agradece por permitirle cumplir su propósito. Vuelve a sentarse. –A usted agradecemos nosotros, pues creemos que la lectura nos hará un efecto benéfico considerable. –Dice pausadamente uno de los internos. Úna abre el libro, explica qué lecturas hará y comienza a narrar. Los receptores se hunden en una aventura deliciosa. Movimiento y quietud, colores y sabores, diálogos incendiarios y dulces expresiones. Sonidos y silencios. El mundo de la ficción los envuelve. Cuando Úna concluye el primer relato, se percata de que otros tres pacientes acercaron sus sillas y se acomodaron a prudente distancia para oírla. Mientras, el primer trío de oyentes se ha quedado saboreando la historia. –¡Qué interesante! –Califica uno de ellos. –Lea el otro, por favor, Úna. –Pide con mucha cortesía el que está en medio de los tres encamados. –Con mucho gusto. –Contesta con aire triunfal la pelirroja. Los ahora seis internos del nosocomio son arrastrados de nuevo en otro relato que mezcla romance, violencia, justicia y perdón. Ellos se identifican con los personajes, los acompañan en las acciones, sufren y gozan con ellos. Pasan fríos intensos. A veces un candente Sol los abraza. Otras veces pasean por prados sabrosos y descansan bajo las sombras de árboles frondosos. Comen frutas exquisitas y hasta se atragantan. Caen de un precipicio, nadan en el mar... Tras el desenlace, los pacientes, que ahora suman nueve, se


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–––––––––––––––––––––––– muestran como si despertasen de un sueño maravilloso. Mueven sus párpados y miran las paredes como recién descubiertas. –Bien dice una escritora por ahí, –interviene el enfermo de la derecha de los encamados– que “cada vez que un contador de cuentos toma la palabra parece que el mundo parte de cero.” Y hoy lo estamos experimentando nosotros con usted. –Así es. –Confirma su compañero de la izquierda. –Muy bien. No sé si están cansados, o ¿quieren escuchar el último? –Por favor, Úna, deléitanos con otra joya de la literatura, que estamos embelesados. –Solicita el de en medio, casi babeando. –¡Sí, por favor! –Se atreven a pedir los recién arrimados. Úna finge ubicarse en otra parte del libro y echa a rodar el nuevo cuento. Éste trata de una niña que viaja con su padre al África donde le cae una maldición. Entra en un ciclo de reencarnaciones. En determinado momento se multiplica convirtiéndose en 12. Se entrega a la misión de pasar por unas pruebas para tratar de anular el maleficio. La emoción es atrapadora, es excitante. Al levantar la vista y cerrar el libro, Úna está completamente rodeada de pacientes del hospital. Pasa su vista en paneo y nota que todos están en silencio, asimilando la historia. –Bueno, muchas gracias por haberme escuchado. –Dice ella. –Comprendemos que lo que nos ha contado es su vida, ¡y estamos con usted! Yo estoy seguro de que le va a ir muy bien. – Expresa con plena convicción el convaleciente de la cama de en medio. –¡Eso creo yo también! –Secunda una mujer que había llegado después. –Ojalá volviera usted otro día a leernos cuentos, jovencita. –Agrega otra dama. –Es difícil que yo regrese. Sin embargo, les sugiero que lo exijan a la administración de este hospital. Canalicen su petición a través del director. Yo sé que él les va a ayudar. –Úna mira con


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–––––––––––––––––––––––– compasión a sus interlocutores y añade– Son ustedes unas personas bastante agradables. Me da mucho gusto haberlos conocido. –A nosotros más. Todos los asistentes tienden su mano para tocar o estrechar la de la lectora en señal de admiración, de apoyo y de deseos de buena suerte y de que Dios la bendiga. Instantes después, la pecosita dirige sus pasos por una calle amplia, otra de las principales de Dublín. Al andar por la acera de un supermercado ve salir a una señora que empuja a grandes penas la carretilla con víveres y que carga a su bebé en los brazos. Entonces ella acude en su auxilio y le lleva la carretilla hasta su auto. Posteriormente ingresa en el gran comercial y camina entre la multitud de compradores, quienes la ven con detenimiento y hasta le piden que se detenga para leer bien su cartel con el “servir a los demás”. Luego continúan su marcha adquiriendo mercadería, pero comentando la actitud tan positiva de la muchacha. Ella, por su parte, aborda a unas empleadas y pregunta por el gerente, lo busca y entra en su oficina. El gerente no disimula su impresión desconfiada al entablar conversación con ella. Empero, conforme avanza la charla, cambia su actitud y se comporta muy amablemente. –Lo único que deseo es que usted contribuya con mi causa y, de paso, tal vez le beneficie al centro comercial esta campaña. Sólo ponga un rótulo en la parte más visible del edificio. Nada más. –Enfatiza Úna. –Bueno, me has convencido... Veré qué puedo hacer. –El gerente reflexiona buscando cómo hacerlo, al tiempo que charla con ella. –Dame un poco de tiempo, creo que ya tengo la solución. –Vaya. Le agradezco mucho. Úna abandona la oficina y vuelve a internarse entre toda la clientela que abarrota el gran centro comercial. Esta vez no sólo va mostrando el cartel, sino que va diciendo en voz alta la frase:


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–––––––––––––––––––––––– –Servir a los demás... Servir a los demás… Servir a los demás… La noche empieza a iluminar paulatinamente las luces artificiales. El colorido cambia. El movimiento va acelerándose progresivamente. Es la hora del retorno. Úna sale del centro comercial confiando en que el gerente hará lo que le pidió. Cuando se ha alejado dos cuadras del lugar voltea la vista y le sorprende el rótulo luminoso gigante en lo alto del techo del centro comercial. En toda su grandeza parpadea el mensaje:

SERVIR A LOS DEMÁS La emoción embarga a Úna. “Gracias Señor”, susurra. Quince minutos después traspone la puerta principal de la catedral de San Patricio. –¡Qué bueno que has llegado! –El fagot que la despidió, ahora con su sonido más claro y alto, la recibe– Acompáñame. Una persona te espera en tu habitación – Ambos descienden al subterráneo y van directo al dormitorio de Úna. Una doctora está terminando de colocar sus instrumentos sobre la mesa de roble. Al ver entrar al padre Lampard y a la menor detiene su actividad y camina a recibirlos. –Doctora… ella es Úna. –Presenta el cura. –Ya sabía que era sólo una. –Bromea la profesional de la medicina. Los recién llegados sonríen. –Mira, Úna, la doctora Máire es una amiga de confianza y está aquí para practicarte un procedimiento quirúrgico leve. De esa manera va a conseguir que la marca desaparezca. –Sólo te haré unas pequeñas incisiones en el dedo. Después te voy a inyectar tres tipos de pigmentos para devolverle el color natural a tu preciosa piel. ¿Oyes? –Sí, doctora. –La adolescente baja la vista tímidamente. –Mi apreciable Máire, si nos permite, quisiera que cenáramos primero, antes de la operación. Me imagino que Úna no


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–––––––––––––––––––––––– se ha alimentado muy bien este día. –Sugiere el clérigo. –De acuerdo. –Consiente la especialista. Los tres van al comedor. Cenan tranquilamente. Una charla informal despega sobre temas variados: la política, la violencia, la drogadicción y el futbol. Sobre la pederastia, ni una sola palabra. Úna hace un par de entradas fugaces en el ruedo de la plática, casi inadvertidas. Concluida la comida, se disponen a realizar el sexto paso, que consiste en borrar la marca del dedo del pie izquierdo de Úna. El origen de dicha marca lo desconoce Máire, claro, pues no tiene importancia compartirle el secreto, por eso el padre no lo hizo. Ya en su habitación de nuevo, Úna se recuesta en su cama y la profesional inicia la operación. El cura las deja solas. Inicialmente, la doctora desinfecta todo el dedo de la menor, lo mismo que un bisturí. Enseguida, aplica la primera inyección de pigmentos en el centro del dedo. Son pigmentos blancos. Luego pone anestesia local. Posteriormente, con el bisturí, remueve capas de piel de la epidermis, siguiendo minuciosamente las líneas de la marca. Remarcadas las zanjas en la epidermis, unta una pomada cicatrizadora potentísima en todo el dedo. Úna se ha dormido, rendida por el esfuerzo realizado este día. La especialista consulta su reloj atentamente. Cuando han pasado diez minutos, vuelve a introducir la jeringa en el dedo de la chica. Los pigmentos que entran son de color rojo. Y mira de nuevo el reloj. Permanece al lado de la joven hasta transcurridos otros diez minutos. Entonces pincha por última vez para meter pigmentos rosados. Luego, tras comprobar que la pomada que puso está completamente seca, aplica una capa de miel de abeja. Aquí termina su labor. El sacerdote acompaña a la médica hasta la salida. Agradece por su ayuda y retorna a su despacho. –Chris, ¿cómo van las diligencias? –Habla por teléfono. –Tengo los boletos y los papeles en regla. Todo está preparado. –Se oye en el auricular.


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–––––––––––––––––––––––– –¿A qué hora sale el vuelo? –Vuelve a interrogar desde la catedral de San Patricio. –A las siete de la mañana. –La respuesta viene desde un hotel del centro de Dublín. –Perfecto. Entonces lo espero aquí a las seis en punto. A esa hora Úna ya estará lista. Y gracias por su buena disposición. –Estoy para servir a Dios y a usted, padre Lampard. La comunicación se interrumpe. Chris Cristian Cristensen revisa por segunda vez el equipaje para asegurarse de que no falta nada. A continuación se va a dormir. El resto de la noche de la fecha diez se diluye sin incidentes que inquieten; parte de ella muere bajo los zapatos del padre Lampard quien sigue activo para poner en orden documentos y cosas de uso personal de Úna.


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CAPÍTULO VI

CONTINENTE NEGRO

DÍA 11: MAGNÍFICO GUÍA DE ÉBANO Antes de que la noche recoja todo su manto de la faz de la tierra, el padre Lampard despierta a la jovencita. La pone al tanto de los preparativos y la envía a bañarse. Luego la acompaña al comedor donde ella devora unos panes con leche. –¿Cómo amaneció tu dedo? –Como si nada hubiera pasado. La marca aún es perceptible levemente, pero noto que se va desvaneciendo a medida que pasan las horas. –Úna habla con entera confianza. –Naturalmente. Debe ser así. He puesto a tu disposición a una de las médicas más prominentes de acá. Por lo que supongo que te ha aplicado medicamentos de gran efectividad. La pelirroja termina de comer y va a asearse de inmediato. Apenas termina de lavarse la boca cuando un vehículo se estaciona frente a la catedral. –Úna, ya está ahí nuestro amigo, apresúrate. –Llama el padre Lampard. –Voy, padre. La adolescente le da un abrazo al encargado de la famosa iglesia medieval y le agradece. –Confía en Chris. A él lo conozco desde hace muchos años. Te resolverá muchos problemas. Ten fe. –El religioso aconseja y traza una cruz en el aire para bendecirla. Úna sube al auto y éste emprende la marcha de inmediato. Chris Cristian Cristiansen es de raza negra, originario de


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–––––––––––––––––––––––– África, fue adoptado por una familia acomodada de Suecia cuando aún no cumplía ni su primer año y le cambiaron nombre. Su nombre de cuna era Makelele Tumbo. Con el paso de los años se convirtió en un destacado profesional. Su magnífico desempeño como empleado de una importante firma le otorgó ascensos considerables. Su última responsabilidad asignada fue hacerse cargo de una sucursal ubicada precisamente en Dublín, a donde había sido enviado desde hacía aproximadamente año y medio. Gran amigo del padre Lampard, por circunstancias que no son relevantes para mencionar aquí, Chris se ofreció de buena gana para ayudar a la adolescente, debido a su ventaja de conocer mucho de África, tanto el territorio como los idiomas y las costumbres. Le fue fácil también delegar la responsabilidad de la sucursal en uno de sus hombres de confianza por el tiempo que durara su permanencia en aquél continente, tiempo que calculaba no mayor a cinco días. Una hora después el avión en el que se han instalado despega del aeropuerto. Irlanda queda bajo sus pies, una isla que se va empequeñeciendo poco a poco y parece sumergirse en el mar. Las inmensas aguas se extienden inagotables y corren hacia atrás; el día once se va despedazando en la distancia. Durante el trayecto, Úna y Chris Cristian Cristiansen disponen del tiempo suficiente para conocerse bien y aprovechan para preparar planes que les ayuden a agilizar los movimientos que deberán realizar. Chris está al tanto de la vida de Úna, de sus necesidades y de sus peligros, pues de esto fue necesario que el padre Lampard le hablara para que él pudiera brindarle todo el apoyo que requiriera. –¿Qué me puedes decir de África? –Inquiere Úna. –Eeemmm… es un continente muy pobre. Dentro de lo bueno, puedo mencionar que han surgido grandes atletas allí. Y hay mucha riqueza natural en flora y fauna. En el caso de la República Democrática del Congo, que es nuestro destino, allí se hablan muchos idiomas, pero predominan el francés y otros como


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–––––––––––––––––––––––– el kikongo, lingala, tshiluba y el swahili. El clima es un tanto castigador, oscila en los veintiséis grados la temperatura en algunas regiones, mientras en otras es mucho más alta.. Este territorio ha sido azotado por las peores enfermedades: aquí brotaron los primeros casos del mortal Ébola y el temible Sida. –¡Sangre fría! África se desnuda a lo lejos. Es una parte del globo terráqueo que provoca un poco de temor. Se tiene la idea de que es virgen y que esconde peligros por todas partes. Siempre podría haber algo que descubrir cada día que transita bajo el Sol y en medio de las sombras de la noche. Úna siente algo extraño desde que han avistado este continente, un montón de ideas y sentimientos parece que se atropellan en su mente. Se siente confundida. Al ver el cielo, en esa tarde moribunda, de Sol macilento, celajes despintados que forman figuras escalofriantes, tiene la sensación de estar balanceándose en la mano del Altísimo. “Él gobierna todo y me dirá lo que es correcto”, piensa. El mundo gira; transcurre el tiempo. La vida sigue su marcha. El día once se desliza y se hace nube a la velocidad del avión. Este es un vuelo con doble escala, una en Londres y la otra en Etiopía. Normalmente en cada escala se espera alrededor de una hora y media. Este tiempo se redujo a treinta minutos, pues el padre Lampard metió su mano poderosa a través del teléfono y preparó cambios de aerolíneas en los dos aeropuertos donde fue necesario detenerse. De no haber hecho estos arreglos, el vuelo, desde la partida hasta su arribo al destino de los viajeros, hubiese durado más de diez y nueve horas. Con el ahorro de dos horas el trayecto debería durar alrededor de diez y siete. Durante el viaje, la chica del cabello de fuego dormita pero también sufre con la idea de que tal vez no encuentren a tiempo a los 12 hechiceros y que todo se venga abajo. En Irlanda, efectivamente, el padre Lampard no descansa


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–––––––––––––––––––––––– en su empeño por favorecer las actividades de su protegida y de su amigo Chris. Un sinfín de llamadas, traslados en automóvil a oficinas del gobierno y a residencias de autoridades vinculadas con la Universidad Harvard le van proporcionando los datos que busca. A Úna y a Chris las preguntas que más les asaltan son a qué lugar exacto del Congo deberán ir y cómo localizarán a los 12 hechiceros. La gran extensión de tierra africana está allá abajo. Selvas tupidas, desiertos ardientes. El legendario río Nilo, el Níger y el Congo, éste que es el segundo más caudaloso del mundo; las pirámides de Giza, el Canal de Suez, animales salvajes… antílopes asustados se dispersan bruscamente. –Lo único que sabemos es que vamos directo al Congo, nada más. –Enfatiza Chris. –Sólo Dios sabe qué nos espera. –La jovencita siente minada su fe. Diciendo esta frase está Úna cuando suena el celular de Chris. –Aló. La pelirroja permanece en silencio, atenta a la conversación. Rápido deduce que quien llamó es el padre Lampard. Trata de entender un poco lo que dicen, pero permanece impaciente esperando la llegada del punto final de la plática para que Chris le informe con detalles de lo que han hablado. La comunicación se cierra. Chris guarda su móvil. –¿De qué hablaron? –Pregunta directamente. –Me instruyó sobre nuestros próximos movimientos, que son los siguientes: aterrizaremos en el aeropuerto de Kinshasa, la capital de la República Democrática del Congo. Ahí tomaremos una avioneta que nos trasladará a Butembo. Presumo que esa fue la ciudad donde tu padre estuvo para iniciar sus investigaciones y donde tienen que estar los 12 hechiceros. –Lanza una pausa y cierra su parlamento con un comentario– El padre Lampard parece que tiene todo bajo control desde Dublín. –Es admirable. –Señala ella.


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–––––––––––––––––––––––– Cerca de media hora después del contacto con el religioso, muy entrada la noche, ambos ponen sus pies sobre el territorio negro. El paso siete se está cumpliendo. –¡Estamos en la tierra del tambor. Aquí la gente adora la percusión; es puro ritmo! –Dice Chris entusiasmado, al tiempo que arrastra sus maletas. Por su lado, Úna sigue interrogándose, “¿cómo vamos a encontrar a los hechiceros?”. Y ésta es una pregunta que asoma con frecuencia en sus charlas. Ese, que es el paso ocho, intimida a nuestros personajes. ¿Y después qué vendrá? ¿Cómo sabrán qué paso sigue? –Ojalá que los hechiceros sepan cuáles son los otros pasos. –Externa Chris, al apreciar el semblante serio de la jovencita. En la gran sala de espera del aeropuerto de Kinshasa, un hombre muestra en alto un cartel con los nombres de ellos dos y la palabra bienvenidos. Chris y Úna van hacia él, lo saludan afectuosamente y, enseguida, sin pérdida de tiempo, salen por otra puerta y abordan una avioneta estacionada en el hangar más próximo. Son las 12 de la noche y el día 12 comienza a abrirse en el aire rumbo a Butembo. A bordo de esta nave, los dos degustan una comida frugal. –Hoy es un día en el que habrán de pasar muchas cosas. – Expresa Úna con voz atribulada. Hora y media después ambos viajeros se instalan en sus respectivas habitaciones de un acogedor hotel de Butembo. “Cuántos hilos mueve por teléfono desde Dublín el padre Lampard”, piensa la pecosita al tiempo que acomoda las llamaradas de su pelo en una esponjosa almohada. Chris, por su parte, deja caer sus maletas en el piso de su alcoba y mira con antojo el lecho mullido y tibio; pero no se horizontaliza. Pronto vuelve al corredor y conversa con el encargado del alojamiento. Minutos más tarde, al amparo de la penumbra, viendo su horrorosa sombra estirada por delante,


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–––––––––––––––––––––––– proyectada por una Luna en creciente, camina por la ancha calle polvorienta del pueblo. Los árboles mal nutridos y pelones que hay en medio de la calzada dan una lejanísima y paleolítica idea de un bulevar. Ninguna otra alma deambula por esa calle que durante el día tiene gran agitación, pues se convierte en una especie de mercado informal. Allí la mayoría de la gente se moviliza a pie y en motocicletas. También es frecuente ver en este mercado, a la luz del Sol, vehículos poderosos de doble tracción, propios para terrenos escabrosos como para los safaris que en estos lugares se emprenden a diario. Igualmente se miran niños descalzos y mujeres con pañuelos de colores que cubren su cabeza cargando canastas o costales pesados y su hijo recién nacido a la espalda. El movimiento diurno se completa con los característicos camiones y pickups que circulan atiborrados de mercadería y, por si fuera poco, encima de la mercadería viaja una gran cantidad de personas formando una verdadera montaña humana con llantas. Algunas oficinas gubernamentales y organizaciones humanitarias tienen sus sedes en esta misma calle. Pero a esta hora de la noche, con la única decoración que pone la Luna recortada en lo alto, Chris cruza los límites urbanos de Butembo y penetra en un escenario de mayor precariedad, cuyos hogares están construidos en una pendiente del lugar. Las viviendas que se ven, en su mayoría, son de techos de manaca, otras de lámina de zinc y unas pocas de teja. Mientras camina hacia abajo, recuerda que estos pueblos han sido azotados siempre, sin misericordia alguna, por cruentas guerras, enfermedades espantosas y mucha desnutrición. “Como si este país, o casi todo el continente estuviera siendo castigado, pagando a saber qué pecados”, reflexiona, al tiempo que golpea con los nudillos de la mano en una puerta. La puerta se abre después de llamar en varias oportunidades. Entra él, se cierra la entrada y la vida desaparece de las calles.


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DÍA 12: A LA CACERÍA DE LOS HECHICEROS

Cuando apenas empiezan a escucharse los primeros gritos de la aurora, Chris se presenta ante la puerta de la habitación de Úna y toca con suavidad de manera insistente. Ella se asoma con un poco de precaución y recibe la noticia: –Debes apresurarte. Hoy nos toca que hacer otro viaje de tres horas en helicóptero. Efectivamente tu padre vivió aquí, pero después se fue a establecer a otro lugar más lejano. Así que si queremos ganar esta batalla, debemos correr. –¡Enseguida voy! –La jovencita demuestra mucha decisión. Dicho y hecho, media hora después ya vuelan hacia el nuevo destino. Y va con ellos una nueva acompañante, se trata de una joven mujer muy inteligente de nombre Mbala. Es la persona que Chris visitara en la madrugada. Posee amplios conocimientos culturales de la región, de sus habitantes y, específicamente, de los diversos grupos étnicos y tribales que están diseminados en la gran extensión del Congo. Y por si fuera poco, domina varios idiomas de los aborígenes que viven muy alejados de la civilización. Según informa Chris a la irlandesa, Mbala se convierte desde ahora en su protectora principal y guía. Y que deberá confiar a ojos cerrados en ella. –Me mantiene muy preocupada no saber cuáles son los próximos pasos a seguir. –Confiesa la pelirroja a sus guías negros, luego del intercambio de cortesías que demandó la presentación de ambas. –Ten fe. Todo saldrá bien. –La voz sosegada de Mbala la embalsama de tranquilidad.


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–––––––––––––––––––––––– Úna se queda meditando. Un silencio profundo se hunde en la densa selva. Una bandada de aves, como si fuese espantada, levanta vuelo de las copas de los árboles y surca el cielo. El mundo se expande a lo lejos. De pronto habla Chris como si lo hiciera después de un siglo de enmudecimiento. –Hay una tribu radicada en las márgenes del río Ebola. – Explica a Úna– Sus integrantes estuvieron asentados en las cercanías de Butembo, pero la guerra perenne que aquí se sufre los obligó a desplazarse hacia allá. Se cree que se ubicaron en ese sitio, al que precisamente nos dirigimos, a mediados del siglo pasado, muchos años antes de que se conocieran los primeros brotes de la mortal enfermedad que tomó el nombre del río Ébola. Por lo tanto, calculo yo, esa migración ocurrió hace más de sesenta años. La tribu se llama Kumi na mbili. –Esa es una comunidad de aborígenes, Úna, también se conoce como la Tribu del Ébola. Pero son personas muy educadas e inteligentes. –Agrega Mbala. –Ellos hablan el idioma swahili, del que yo no entiendo nada. Mbala es quien sí lo sabe y es por eso, y por otros muy valiosos conocimientos, que nos hace el gran favor de acompañarnos hoy. –Aclara Chris. –¡Ah, qué excelente! –Exclama la pelirroja. El ruido del motor del helicóptero se traga las palabras de Úna. La nave vuela velozmente, cual juguete, sobre la inmensa mancha verde que conduce al río Ébola. Zigzaguea, se eleva y desciende, respondiendo a la irregularidad de la topografía que recorren. En poco más de tres horas aterrizan en un pequeño claro, a unos quinientos metros de un mínimo poblado conformado por un circular grupo de chozas. Esa es la población de los Kumi na mbili. Son chozas con techo de manaca y paredes de bambú. –Hoy es 12 y son las diez y media de la mañana. –Informa la chica colorada, en un tono que denota ansiedad. –Todo saldrá bien, ten fe. –Mbala intenta transmitirle


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–––––––––––––––––––––––– seguridad y tranquilidad. –De eso yo también estoy seguro. –Reafirma el caballero de piel menos oscura que la de la dama que les hizo el trío. Tras pedir al piloto del helicóptero que los espere un tiempo en ese punto, caminan con tan sólo una pequeña maleta que Chris lleva a la espalda. La pelirroja apenas puede avanzar con la dificultad que representa el camino lleno de maleza, de tierra suelta y de piedras. La maleta que llevan contiene siete vestidos blancos y ropa informal de Úna. Esa es la vestimenta que deberá utilizar los próximos días, de acuerdo con los conocimientos de Mbala. Mientras los tres ganan terreno lentamente, amenizan su marcha el canto de cientos de pájaros y otros miles de ruidos. Monos y gorilas saltan de rama en rama y emiten chillidos. De repente los tres atrevidos personajes salen de la maleza y van a parar, de golpe, a la orilla del río Ébola. La corriente es caudalosa y rápida. No hay puente a la vista y el poblado al que van está del otro lado. –Debemos encontrar la forma de atravesarlo lo más pronto posible porque a los consejeros, que ya no son hechiceros, aclaro, los podremos reunir sólo cuando sean las 12 del medio día. Después de esa hora ellos no atienden a nadie, hasta el siguiente día. –Advierte Mbala. –¡Eso no lo sabía yo! –Indica Chris, alarmado. –Apresurémonos, entonces. Miren que ya tan sólo contamos con cuarenta y cinco minutos para resolver el problema. –La angustia está pintada en el rostro de Úna. –Tienes razón; sin embargo, es necesario que ustedes estén enterados de que en esta comunidad de los Kumi na mbili se han producido cambios radicales. El mayor cambio es que en sus actos ellos ahora tienen como guía a Dios. Siempre lo invocan. En ese momento, al otro lado del río aparece un aborigen gesticulando, moviendo sus brazos como interrogando y procura llamar la atención gritando en una lengua extraña. –¡Venimos a la tribu a ver a los consejeros! –Contesta


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–––––––––––––––––––––––– Mbala en idioma swahili. A continuación, Úna y Chris son espectadores de un ir y venir de frases de las que ninguno de los dos entiende nada. El aborigen pregunta cuál es la razón de su visita, Mbala quien empieza a hacer traducciones simultáneas, responde que el asunto tiene que ver con El Volumen del Misterio y que la jovencita allí presente llega para someterse a las últimas pruebas. El aborigen, ya enterado de lo que desean los visitantes, les comunica que irá a reunir a los 12, justamente cuando ya falta tan sólo media hora para llegar exactamente al medio día. A los quince minutos regresa el mismo hombre de la tribu y les dice gritando, como siempre, –Mbala traduce– que ya se han reunido los consejeros; pero que sólo podrá ingresar la pelirroja. Condición indispensable, ordena, que antes ella le cuente cuáles son los últimos pasos que necesita cumplir. –¡Mire, la hoja donde están escritos se rompió. No sabemos cuáles son los últimos cuatro pasos! –Explica en swahili Mbala y la muestra poniéndola en alto. –¡Probablemente los consejeros sí los saben! –¡Los consejeros no van a decir nada. Si ustedes no los saben, ninguno podrá venir acá! –Sentencia el aborigen. Esta situación aflige a los tres visitantes. Luego de un lapso lleno de preocupación, el aborigen vuelve a gritar: –¡La respuesta está en el río, en sus ojos y en sus manos! Úna, Chris y Mbala piensan. Miran atentamente sus manos. Observan detenidamente la corriente de agua. Nada. Las ilusiones se van río abajo. –¡La respuesta está en el río, en sus ojos y en sus manos! – Reitera el africano. Chris jala el pelo de la impotencia. Mbala ve alternativamente el agua del río y sus manos. Úna consulta el reloj: ocho minutos para las 12. –¡Si no lo averiguan antes de las 12, todo habrá sido en vano! –Advierte el hombre con taparrabo y descalzo, y repite


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–––––––––––––––––––––––– enfáticamente la frase clave: –¡La respuesta está en el río, en sus ojos y- en- sus- manos! – Al escuchar la traducción con mayor cuidado esta vez, Úna siente como si un fogonazo alumbra su mente. Pide a Mbala la hoja. Enseguida, concentra la vista en sus manos: en la izquierda tiene El Volumen del Misterio y en la derecha la hoja de las instrucciones rota. “Aquí podría estar la respuesta”, piensa. Mira con detenimiento el libro y la hoja, trasladando sus ojos del libro a la hoja y de la hoja al libro, alternativamente. “¡Aquí puede estar!”. Del libro a la hoja. Detiene la vista en la hoja. Los minutos se están consumiendo como papel en llamas. Chris y Mbala se acercan a Úna y juntan sus ojos a los de ella. Úna levanta más la hoja. Luego los tres, con la vista concentrada en la hoja de las instrucciones, se aproximan más a la orilla del Ébola, la lengua de la corriente lame sus zapatos. El tiempo se agota, está por expirar. Total suspenso. Nerviosismo. Ansiedad. Desesperación. Angustia. –Esto requiere calma. –Recomienda Chris apretando los dientes. Mbala, manteniendo la vista engrapada en la hoja, por momentos duda de lo que mira, pero le parece ver que la parte rota se hace levemente visible e invisible; visible, invisible… –¡Falta casi un minuto para las 12! –Grita Úna, angustiada. –¡Acerca la hoja más al río! –Pide Mbala a la adolescente. Ella obedece instintivamente. Entonces la hoja se ve completa. La alejan del agua y nuevamente desaparece la parte de abajo. La acercan otra vez y se ve completa. –¡Eso es! –Dicen los tres con gran algarabía. En ese preciso instante un puente de madera, colocado en forma vertical, del otro lado, en la parte de arriba del río, se empieza a tender sobre la veloz corriente. –¡Sólo puede venir la jovencita! –Vocifera el aborigen. –¡Corre! –Le insta Chris al tiempo que le pone su mano en la espalda y la empuja.


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–––––––––––––––––––––––– Úna no corre, vuela, pero el reloj marca las 12 en punto; por lo tanto, el puente apenas llega a tocar tierra y vuelve a empezar a levantarse con rapidez. Chris y Mbala lo ven con los ojos de fuera. Sin embargo, justo a tiempo Úna da un salto, sube en él y lo atraviesa a toda velocidad. –Les recuerdo que ella permanecerá aquí durante siete días. –Informa el hombre con taparrabo y torso destapado, arco en mano y carcaj con flechas a la espalda, quien de inmediato desaparece entre la maleza y los frondosos árboles. –Bueno, ahora colguemos la mochila en la rama de ese árbol. Más tarde alguien de allí va a venir a traerla. –Indica Mbala a Chris. Enseguida los dos emprenden el regreso hacia el helicóptero. Al otro lado del río Ébola, Úna avanza despacio por un sendero encantador. Camina casi cien metros y se topa con un denso matorral. Del otro lado oye unas voces femeninas. Entonces, con su mano derecha, sosteniendo en la izquierda el libro, abre una brecha, penetra en ella y más adelante descubre a cinco mujeres morenas, descalzas, vestidas de blanco, que con sus manos la llaman. Úna considera que está frente a cuatro gemelas, pues en cada par se parece mucho una a la otra. La quinta, de mayor edad, no se parece a ninguna de las demás. Se quita los zapatos, por indicación de las féminas, y avanza hacia ellas, quienes se encuentran en un espacio circular despejado, rodeado completamente de plantas y flores silvestres vistosas. Cuando Úna da su primer paso dentro del círculo… ¡Una lluvia de estrellas surge de la tierra! ¡El suelo es… un cielo! Pueblan la superficie un millar de luces parpadeantes. Son piedras preciosas, de las más finas, brillantes, colocadas a distancias prudentes unas de otras. La mayoría de las joyas son diamantes blancos de más de mil quilates cada una; cuarzo diáfano, esmeraldas, rubíes, zafiros, bolivianitas y alejandritas. Todas las gemas están planas, fueron cortadas con gran fineza y sembradas con tal maestría y delicadeza con el propósito de que se pueda


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–––––––––––––––––––––––– caminar sobre ellas sin tropezar y para apreciar su brillo bajo los pies. Este espectacular y hechizante espacio circular en el que están todas ellas, está marcado: el centro es un punto grande, luego hay una rueda menor y más afuera otra rueda que representa el círculo mayor. Una de las mujeres, la de mayor edad, toma a la irlandesa suavemente del brazo y la sitúa en el centro. A continuación, las otras cuatro, las doncellas, la despojan de sus ropas y le ponen un vestido perfectamente blanco. Le dan abrazos; luego se separan y las cuatro doncellas se colocan en el círculo menor, a considerable distancia una de otra, cubriendo cada una un punto cardinal. La mujer grande permanece a la par de Úna. Momentos después entran, uno por uno, siete consejeros de avanzada edad y se sitúan alrededor, en el círculo mayor. Entre estos siete hay tres parejas de gemelos, sólo el de mayor edad anda sin acompañante que se le parezca. –Los 12 consejeros somos ellos y nosotras, hombres y mujeres. –Informa la mujer de más edad hablando en idioma inglés, para fortuna y sorpresa de Úna. Esta mujer, que en ese momento se mueve y se va a ubicar también en el círculo grande, es la gemela del hombre más anciano, la Consejera Mayor, fácil de identificar porque lleva en el cabello un listón rosado con líneas blancas, las demás no llevan ningún distintivo. Entre los cambios producidos en los últimos tiempos en la tribu Kumi na mbili, algo que Mbala no tuvo tiempo de contar a sus acompañantes, está el hecho de incluir mujeres en el Consejo. Lo único aún no aceptado es que alguien de sexo femenino ocupe el cargo de jefe tribal. A continuación, el Consejero Mayor y jefe tribal, que se distingue por ser el más anciano y por llevar una estola azul colgada al cuello, comienza a decir expresiones en swahili, con mucha cadencia y gran serenidad; la Consejera Mayor traduce. –Quiere que le enseñes el dedo pulgar del pie izquierdo y que le entregues El Volumen del Misterio. –Indica a la pelirroja.


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–––––––––––––––––––––––– Úna saca el pie del zapato y muestra el dedo con unas cicatrices muy borrosas. Al confirmar que el anciano se da por satisfecho, entrega el libro a la Consejera Mayor y ésta lo traslada al jerarca del consejo. Éste constata que se trata del tomo original. Enseguida lo deja en manos de otro miembro del consejo. A continuación, el jerarca tribal, con sus manos entrecruzadas abajo del abdomen, vuelve a hablar en su lengua nativa. –El Consejero Mayor te hace una pregunta. –Traduce la consejera– Dice que ¿por qué deseas tú someterte a estas pruebas? Úna mira al Consejero Mayor y permanece un instante en silencio, tiempo en el que piensa la respuesta correcta. –Creo que todos deberíamos pasar por esta fase. No sólo porque hayamos cometido algunos pecados, sino que también porque necesitamos aliviarnos de las penas que estemos sufriendo, o que hayamos sufrido. Se busca lograr una limpieza física y mental. –Úna recoge fuerzas de su interior y continúa– Es necesario reconfortar el alma y el corazón; que el Omnipotente nos consuele; compartir con Él el gran peso que nos esté agobiando. – Traza una breve pausa y baja la vista. Luego mira al cielo– Cuando sentimos que ya no podemos, cuando flaqueamos, cuando el dolor nos doblega: entonces vamos humillados a los pies del Señor, a suplicar su consuelo, que con Su grandeza venga a quitarnos la carga, cure nuestras heridas, que saque nuestras angustias. Y Él nos escucha, nos comprende y nos ayuda. –Pone más energía a sus palabras– ¡Estas pruebas han de servir para agradecer a Dios por ser tan bueno con nosotros, tan cariñoso! ¡Han de servir para renovarnos, recobrar fuerzas, descargar penas, liberarnos. Renacer! –Suaviza la voz en una rápida inflexión– Hay que preocuparse por la eternidad, no por esta vida que es tan corta, tan fugaz. –Marca otra pausa y cierra su discurso con otras palabras muy atinadas– Los seres humanos no quisiéramos nunca cometer errores, ni pecados. Pero como eso no es posible, estas pruebas son como piedras de afilar que pulen nuestro proceder. Esa sed de perfección la saciamos de esta manera.


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–––––––––––––––––––––––– La ceremonia de preparación continúa. Mientras tanto, de la comunidad sale otro aborigen y avanza hacia el río Ébola. Llega a la orilla y se sumerge. Camina bajo el agua en dirección al otro lado. La fuerza de la corriente no entorpece su andar. Parece un acto de magia formidable. Su cuerpo, moviéndose con cuidado, se ve en el fondo desfigurado, difuso, como si se le desprendieran partes. Pero es sólo una ilusión óptica. Emerge en la otra orilla chorreando, toma la maleta que dejaran Mbala y Chris y retorna al otro lado. Esta acción coincide con la conclusión de la actividad inicial de las pruebas finales de Úna. El paso ocho, la reunión de los 12, se ha consumado. Ahora la Consejera Mayor abre una nueva brecha e indica a la irlandesa que se vaya por ahí. No hay camino alguno a la vista por donde deberá ir Úna, sólo vegetación y muchas plantas de espinas. Al fondo, a lo lejos, se logra ver uno de los templos a los que la han mandado, a la izquierda del poblado de la tribu. Tendrá que hacer camino al andar. “Al mal paso hay que darle prisa”, piensa y emprende la marcha para cumplir con el noveno mandato. Salir de los círculos concéntricos no le cuesta nada. Cuando se adentra en la espesísima maleza y comienza a tener contacto con las plantas de espinas es el inicio de un sufrimiento que desde ya va imaginando que será de larga duración. A cada rato las espinas le pinchan la piel, especialmente los brazos con los que trata de defenderse. Para dar cada paso hace un extraordinario esfuerzo porque es demasiado tupido el monte. Algunas veces se espina la cara. Sin embargo, no se detiene. Avanza casi con los ojos cerrados. Conserva la entereza y el deseo de luchar denodadamente. Aunque adelanta muy poco a cada hora que pasa, está dispuesta a no rendirse. En algunas ocasiones se le enredan las piernas y para no caer se detiene de las ramas de espinas. Sus manos sufren. Es un verdadero suplicio. Pero lo peor parece aguardarle aún. En efecto, treinta metros más adelante las piernas se le


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–––––––––––––––––––––––– atoran totalmente y cae hacia delante de bruces, exactamente donde está el mayor nido de espinas. Éstas se le clavan en todas partes del cuerpo produciéndole las más graves heridas. Como puede, se levanta y sigue, pese a que ahora sangra y lleva rotas las vestiduras. Todavía falta un trecho similar al recorrido. Se detiene un instante, mira bien al frente y luego ve hacia atrás. Lo mismo da retroceder que continuar adelante. Así que decide seguir. Por fortuna, incidentes mayores al de la caída ya no se producen, lo cual es suficiente para que ella sienta algo de alivio. Al fin sale del espinero y encuentra un prado delicioso, alucinante, un premio al esfuerzo y al sufrimiento a los que se ha entregado. Hasta este momento se percata de que suda a chorros. La lucha contra la maleza y, especialmente, contra el espinero, ha sido atroz. Lo primero que encuentra adornando el lugar a donde ha llegado, y que le llama poderosamente la atención, es una planta exótica reinando en esta frontera, entre el follaje que deja atrás y éste que le parece un paraíso terrenal. Es bastante llamativa la planta porque tiene las hojas más grandes del planeta, impresionantemente anchas y largas. El tamaño de cada una de ellas sobrepasa la altura de un hombre. Esta planta es conocida con el nombre de Nirvana, especialmente porque su belleza deleita tanto a quien la admira: cuenta con ocho hojas, y éstas son de distintos colores, normalmente exhibe verdes intensos, pero también tiene blancas, amarillas, rojas y azules. Las personas que se extasían con su visión llegan a decir que es de las que debe haber en el jardín que Dios nos tiene reservado para cuando nos llegue la hora de morir. A esta plantota le brota en medio una flor tan sencilla y tan pequeña que pasa inadvertida. Su color es celeste tierno. Otra de las cualidades destacadas de sus hojas es que, después de ser cortadas, si se mantienen a la sombra, su estructura se torna aguada, igual que la tela de una sábana. Y no se desgasta. La textura es suave y fresca, ideal para el clima duro de África. La


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–––––––––––––––––––––––– durabilidad se compara a la de la mayoría de telas que se usa para las camas. Por estas razones, los aborígenes de esta zona se tapan con ellas cuando se acuestan a dormir. Úna ha detenido su vista involuntariamente en la Nirvana y a sentido un placer incomparable. “Éste es el inicio de mi purificación”, dice con un deseo que viaja al exterior desde lo más profundo de su ser. El Sol sonríe en el occidente. Enseguida tiende la mirada por todo el lugar. Otro atractivo refrescante que decora es una pequeña corriente de agua que se desvía del río Ébola. Ésta se desliza tierra adentro a través de un canal de cemento de un metro de ancho. A lo largo de su recorrido pasa por cinco filtros compuestos de piedras pómez y arena. Al final desemboca, en cascada, en una pileta o alberca pequeña donde se aprecia cristalina. De aquí pasa a otras dos piletas de igual tamaño a la primera, las tres construidas con un propósito específico: producir una limpieza total a quien se bañe en ellas, una purificación de la piel. El mismo fluir del agua simboliza la purificación. La segunda y tercera albercas reciben el vital líquido a través de tubos grandes colocados en las partes de arriba, cada uno con los respectivos filtros. De la tercera piscina el agua sale y circula por el canal construido alrededor de los dos templos blancos que están más abajo, los rodea completamente; es un circuito acuático. Los templos son, por eso, dos islas blancas que surgen de la tierra y buscan el cielo. Para ingresar a éstos existe una pequeña plancha de cemento que sirve de puentecito para permitir con facilidad el paso de una persona. Al final de la tercera pileta están las cuatro doncellas que atendieron a Úna en el sitio de los círculos concéntricos. Al verlas la pelirroja, se da cuenta que le están indicando con señas que debe meterse a la primera piscina. Cuando ella lo hace, las doncellas se trasladan para allí y la ayudan a bañarse. Con una esponja grande restriegan su piel con el mayor de los cuidados, procurando no


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–––––––––––––––––––––––– dañar más las heridas que le causaron las espinas. El tiempo transcurre aquí sin medida, se mueve invisible y descuidado por la jungla, se sube sobre el Sol y lo hace bajar a ras del horizonte. Permanece sobre el río y se va con él, pero vuelve siempre. Está ahí; otras veces no está, pero está. Se está bañando con Úna. Úna sale de la primera alberca y se mete en la segunda. Allí se queda casi treinta minutos para aprovechar las sustancias curativas que, según le han informado, fueron aplicadas al agua con anticipación. En ese lapso come unas frutas que le lleva una de las mujeres. Posteriormente se traslada a la tercera pileta, baja delicadamente por la escalinata y se hunde, lo mismo hace el Sol en lontananza. En ésta última piscina, la pequeña chica se queda disfrutando del cristalino elemento por espacio de quince minutos. Cuando sale de allí, las doncellas secan su cuerpo, le ponen otro vestido blanco y la ven ingresar al templo. La noche se cierra tras ella y la puerta también. El edificio que igualmente es usado como capilla o santuario, también tiene forma circular, culminado en la parte de arriba por una cúpula y en lo más alto una aguja elevadísima. Adentro es de color blanco completamente, tanto la parte del techo como las paredes y el piso. De mobiliario sólo tiene una pequeña mesa y una silla, lo único que conserva el color de la madera. Cuando es de día, la claridad exterior y el viento entran por unos amplios ventanales que esta noche están cubiertos por dobles cortinajes. No existe luz artificial en el recinto sagrado, por lo que en la penumbra Úna se dirige al centro y allí se arrodilla.


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DÍA 13: LA PRUEBA IMPOSIBLE Cuando amanece, Úna Fletcher está tendida en el piso, bien dormida. Una doncella descorre las cortinas y la Consejera Mayor coloca sobre la mesa El Volumen del Misterio y un nuevo vestido blanco. Al despertar Úna comprueba que el dolor que le producen las heridas de las espinas es muy leve. Se incorpora lentamente y se dirige al portón y lo abre. El día es blanco; la naturaleza envía mensajes agradables, positivos. Hay un viento suave; de los árboles caen hojas planeando. Los pajarillos están cantando. Se respira un aroma vegetal puro. La pequeña corriente de agua pasa sugiriendo ideas apenas perceptibles. No hay prisas; son momentos de total relajación. El tiempo, durante este día trece, parece haberse detenido. Úna efectúa movimientos parsimoniosos. Bebe el paisaje en vaso grande. “Es la mejor hora para alabar al Creador; para hablar con Él”. Vuelve al interior de la capilla, se hinca y eleva una dulce oración. Luego abre El Volumen del Misterio y busca textos de las Sagradas Escrituras. Se concentra en Proverbios y recita el 12:28, el 22:29, el 25:13 y el 26:2: “En el camino de la justicia está la vida, y en su senda no hay muerte”. “¿Has visto hombre diligente en su obra? Delante de los reyes estará; no estará delante de los de baja condición”. “Como frío de nieve en tiempo de la siega, así es el mensajero fiel a los que lo envían, pues al alma de su señor da refrigerio”.


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–––––––––––––––––––––––– “Como el ave en su vagar, como la golondrina en su vuelo, así la maldición nunca vendrá sin causa”. Sentada en posición de loto, Úna tiene el alma flotando con gozo, la inunda una paz infinita. Ha sentido estar en el regazo del Padre. Hay música en sus pensamientos. Así se queda un tiempo sin medida. Con la mente semi borrada se levanta. Sale de la iglesia y se mete a bañar en la tercera pileta. Juguetea con el agua, nada como pez en su mundo durante horas. Disfruta de las frescas y cantarinas aguas como nunca. “El agua es vida”. Abandona la alberca cuando ve llegar a las cuatro doncellas. De nuevo le prodigan las atenciones que les encomendaron. Posteriormente atraviesan con ella la capilla y salen por la puerta opuesta. Hay otro cielo de este lado, más límpido, más azul, de donde cuelgan porciones de algodón sumamente blancos. Úna y sus acompañantes son recibidas amablemente por la Consejera Mayor y juntas se encaminan por una senda de cemento extensísima que sale del templo donde pernoctó y conecta con el otro que se ve a lo lejos. A los lados el agua fluye en dos canales en la misma dirección que llevan la europea y las cinco consejeras de la tribu Kumi na mbili. A lo largo del recorrido, la Consejera Mayor explica a Úna que, gracias a sus esfuerzos al sobreponerse a las diversas pruebas, las bendiciones han redundado en distintas direcciones: tantos cambios operados en los últimos días, como el relevo de los hechiceros y la conversión al cristianismo. –Las maldiciones se anularon desde tu llegada el día de ayer a estas tierras. –Informa la consejera– Otro hecho trascendental es que en los partos registrados anteayer y ayer en nuestra comunidad las mujeres han tenido niñas normales, porque desde que nacieron ya traían sus órganos perfectamente definidos. –Elabora una pausa sabrosa y continúa– También hemos notado que a medida que tú progresas en tu proceso de redención,


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–––––––––––––––––––––––– así las bendiciones están llegando. Nosotros ahora respiramos mucha paz en nuestro entorno. –Eso es realmente motivador. –Expresa Úna. La amena plática y el hermoso ambiente natural que las envuelve hacen placentero el largo camino. Se deslizan suavemente a la par de las mansas aguas de los dos canales. –¡Además, debo contarte que ayer 12 también nació el par de gemelos número trece! ¡Y no sólo eso. Estos gemelos han nacido con cinco dedos en cada mano, y no con seis, como siempre ocurría! Al parecer la naturaleza se corrige así misma. Úna ya no escucha este parlamento, pues han arribado al otro santuario y ella ha detenido la charla y sus pasos para contemplar detalladamente el sitio arrobador donde habrá de aislarse. No lo cree. –De África siempre se habla de cosas desagradables en todo el mundo. Pero es mejor conocerlo personalmente antes de emitir una opinión. Así como este lugar fabuloso, debe haber muchos. ¡Qué belleza! –Así es. –Confirma la consejera. –Consejera… hablando de otra cosa… quiero confiarle que tengo una duda lacerante. –¿De qué se trata, hija? –De las pruebas. Veo que de las cuatro pruebas finales, las tres primeras no son difíciles de superar. Pero la última… ¡esa última, no creo que sea posible! –Yo no tengo potestad para referirme a ese tema, mi querida Úna. Sin embargo, sí te puedo decir que debes tener confianza en ti, y principalmente en Dios, para quien no hay nada imposible. Pídeselo de todo corazón. Y éste es un momento oportuno. Ven. Acompáñame. La consejera la conduce al interior de la capilla. Desde que ingresa, Úna se relaja. Hay algo allí, inexplicable, que hace que ella sienta que se alivian sus penas. Aspira profundamente, de manera instintiva, el aire perfumado que invade el lugar. El olor subyugante a cardamomo se le impregna en el vestido y en todo el


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–––––––––––––––––––––––– cuerpo. Cierra los ojos e imagina que está volando. Y mueve su cuerpo con un ritmo delicado, como si estuviera escuchando una música divina y cadenciosa. Coros angelicales habría en su mente. La consejera la observa en silencio, lo mismo que las cuatro doncellas. La pulcritud y finos acabados de la capilla, líneas perfectas, ornamentos moderados y sencillos, y el señorío de la quietud más alta obran maravillas en la actitud de Úna. Ella, al abrir sus ojos celestes, brillantes, estrellas que prestó al firmamento, emite un agradecimiento desde lo más hondo de su corazón hacia Dios y a las damas que le ayudan. –¡Esto es lo más lindo que hasta hoy he vivido! – Manifiesta gozosa. –¡Ese es un real encuentro con Dios, estimada Úna! La consejera se siente contagiada de la felicidad de la adolescente, al igual que las doncellas, quienes corren a abrazarla y a felicitarla. La escena dura un tiempo indefinido que nadie intenta interrumpir. Sólo hasta que Úna muestra disposición para atender otras cosas, la consejera la llama a su lado, la abraza y la guía hasta la mesa circular que está en el centro del recinto. Luego se aproximan las doncellas. Sobre la mesa hay un luminoso jarrón de cristal lleno de agua tan pura que la transparencia engaña su existencia. En una bandeja de oro, seis pedazos de pan. A la par seis minúsculos vasos de cristal también. Es medio día. A una señal de la consejera, todas se arrodillan en torno a la mesa y oran en silencio. Los mensajes individuales que elevan al Supremo Creador parecen visibles en esa atmósfera sublime, libre de impurezas e imperfecciones. El cielo se instala en el santuario en ese momento. Minutos después, sin perturbar para nada la apacible sensación reinante, la consejera toma su trozo de pan. El resto de féminas la emulan. Acto seguido, en el mismo orden, sirven agua del jarrón y beben reverentemente. Transcurridos otros minutos, la consejera se incorpora. Tras


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–––––––––––––––––––––––– ella se van poniendo de pie las doncellas y de último Úna. Las primeras salen del recinto en silencio. La pelirroja permanece adentro, asimilando lo acontecido. A continuación sale a recorrer el paraje que circunda al templo. Además de preciosas flores silvestres, el terreno está poblado de árboles y plantas frutales de toda clase, sembrados a distancias matemáticas unos de otros, como recomiendan los agrónomos, para producir buenas cosechas. Úna mira maravillada las ramas de cada árbol doblegadas por la abundante carga que han producido. No se contiene y empieza a cortar. A veces titubea, pues tiene indecisiones acerca de cuáles elegir. Aquí hay de todo: manzanas, uvas, mangos, jocotes, bananos, fresas… Es extraordinaria la lluvia de frutas, hasta donde alcanza la vista hay árboles y plantas de guanábana, de coco, papaya, piña, melón, mamey, zunza, anona, naranja, ciruela, melocotón… Tras juntar algunas de las que le han parecido más exquisitas, se sienta en una piedra grande y degusta los variados sabores. Es la primera comida totalmente sana que realiza. Y así habrá de ser todos los días que habite en el templo, pues esta forma de comer alimenta el propósito para el que llegó a esta región: la purificación total, física y espiritual. Cerca de donde ha estado saboreando las frutas, hay un manantial que se desborda. Sus aguas, que son utilizadas para beber, se encauzan hacia dos piletas techadas y convenientemente protegidas, para evitar que los animales, el polvo y las hojas de los árboles las ensucien. Después caen a un canal de cemento y van a unirse con las de los otros canales que circulan alrededor de los templos. La tarde empieza a recostarse. La noche, por su parte, anuncia su llegada con chapoteos en el río Ébola y se aproxima sigilosa a los templos hundiendo sus dedos en los tupidos matorrales y la arboleda. Absorta en sus cavilaciones, la jovencita no se ha percatado del paso de las horas. La idea de las pruebas ha dominado su


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–––––––––––––––––––––––– pensamiento. Lo que más le preocupa es cómo cumplir el último paso. “El paso número 12: encontrarme con mi padre. ¿Cómo voy a poder hacer eso? ¿Será que voy a morir uno de estos días para encontrarme con él? ¡No puede ser! ¡Ésta sí es una pena monumental! ¡La más alta! ¡Ésta sí es una espina gigante que no sé cómo me voy a sacar!”. Los pasos nueve y diez los ha estado llevando a cabo cada día con la purificación y las lecturas de la Biblia. El once es uno de los más fáciles. ¡Pero el 12…! “Éste sí es misterio mayor”. Agobiada por esta tribulación, considera la conveniencia de dar otro paseo por entre los árboles y la vegetación. Su objetivo primordial es reflexionar profundamente para tratar de encontrar la respuesta correcta a su desesperante inquietud. Así que se levanta de la piedra donde ha estado comiendo frutas y empieza a caminar. Su andar es lento porque le pesa demasiado la enorme espina que se le ha clavado. Camina. Camina y camina. La noche se ha desparramado por todas partes. Piensa. Piensa y piensa. Le da mil vueltas al tema. Resuena, rebota infinidad de veces en su cabeza la recurrente pregunta: “¿cómo me voy a encontrar con mi papá que falleció hace tantos años?”. –¡Ven acá, Úna! La Consejera Mayor avanza hacia ella en medio de los árboles. Allí, en la penumbra, Úna se ve como fantasma, dibujada su silueta por la débil luz que cuelga del follaje, luz de una Luna que se agranda más cada día. Al estar a su lado, la consejera le da un abrazo afectuoso y le habla con toda la suavidad que puede: –Si te angustias y mantienes pesar en tu corazón, va a ser difícil que logres tu purificación. Tranquilízate. Todo a su debido tiempo. Confía a Dios tus penas y concéntrate en realizar correctamente, en orden, cada uno de los pasos que se te han indicado. Deja el último de último. ¡No te preocupes todavía por él,


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–––––––––––––––––––––––– mi querida princesita! No se debe preocupar; se debe ocupar, dice un dicho. Le habla la mujer como si adivinara lo que pasa por la mente y el corazón de Úna Fletcher. Y su voz azucarada y el abrazo tan cariñoso, como el de una abnegada madre, la reconfortan y la animan. –Ven, vamos a la capilla. Ambas se encaminan conversando amenamente hacia el recinto sagrado. Al estar adentro, se arrodillan en el centro y se ponen a orar. Sus agradecimientos y peticiones vuelan a lo alto con fuerza. A continuación, la Consejera Mayor se retira y Úna queda sola. La comunicación con el dulce Señor es total y duradera. Parte del mensaje que ella transmite lo constituyen los más escogidos versos que conoce, como uno del poeta Miguel Hernández que dice: “Dale Dios a mi alma hasta perfeccionarla”. La mayor parte de los textos que recita pertenecen a la Biblia, pasajes extraídos de los libros de Job, Salmos y Proverbios: Job 36:26, :27, :28 y :29 : “He aquí, Dios es grande, y nosotros no le conocemos, ni se puede rastrear el número de sus años. Él atrae las gotas de agua; transforma el vapor en lluvia, la cual destilan las nubes, goteando en abundancia sobre los hombres. Además, ¿quién podrá comprender la extensión de las nubes y el sonido estrepitoso de su morada?”


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–––––––––––––––––––––––– Proverbios 21:2, 16:17 y 28:13 “Todo camino del hombre es recto ante sus propios ojos, pero Dios pesa los corazones”. “El camino de los rectos es apartarse del mal; el que guarda su camino guarda su alma”. “El que encubre sus pecados no prosperará, pero el que los confiesa y los abandona alcanzará misericordia”. Salmos 94:19, 51:1, 51:2 y 47:1 “En la multitud de mis inquietudes dentro de mí, tus consolaciones alegran mi alma”. “Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu compasión; conforme a la multitud de tus tiernas misericordias, borra mis transgresiones”. “Lávame por completo de mi maldad y límpiame de mi pecado”. “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí”. “Pueblos todos, batid las palmas; aclamad a Dios con voz de júbilo”. Al final de la recitación, Úna se pone de pie. Se encuentra en medio del templo. Permanece así, con los ojos cerrados, un momento. Luego se recuesta en el piso e inmediatamente se queda dormida. El sueño no es largo. A las once y media de la noche está


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–––––––––––––––––––––––– de nuevo de pie en la penumbra, ubicada exactamente en el centro del templo. Arriba la Luna está alegre, derrama su claridad prodigiosa a todos, sin distinción alguna. Un haz de su luz se filtra por la cúpula central, desciende suavemente y cae en el piso, donde se aplana y descansa momentáneamente. Luego, a la serena velocidad en que se consumen los minutos, la gota de luz se arrastra furtivamente hacia la pelirroja, la toca y trepa cansadamente por un costado de su cuerpo cual araña encendida, examinándola y purificándola, tramo por tramo, hasta llegar a la cabeza donde pone su mano luminosa y descarga toda su fuerza. Permanece allí un instante para divinizarla; enseguida, se desliza por el otro costado, acariciándola con toda delicadeza, limpiándola en forma definitva, y se escapa sin ninguna prisa. Momentos después la chica roja descansa plácidamente.


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LA HORA FATÍDICA. Las fechas del catorce al diez y ocho son una repetición de las actividades desarrolladas el día trece. Úna sigue todo el proceso al pie de la letra, con ligeras variantes que redundan en su perfección: ora temprano en la mañana, recita párrafos de la Biblia, disfruta de dos baños diarios en la piscina, uno a temprana hora y otro en la tarde; duerme de ocho a once y media de la noche y espera y recibe la luz de la Luna desde esa hora hasta después de las doce. Luego duerme y se levanta al amanecer, entre las cinco y las seis horas. A medida que se acerca el último de los siete días de permanencia en la iglesia, el nerviosismo y la angustia de Úna van en aumento, mitigados apenas por las lecturas de la palabra de Dios. Al amanecer del día diez y ocho, la pelirroja ora, recita pasajes de la Biblia y se va de vuelta al primer templo. Al llegar allí, se baña en la alberca. Demuestra una apariencia de estar relajada, pero no es así. Hoy ha sentido la sensación de estar en capilla ardiente, como si se tratara de un reo condenado a muerte que espera la hora fatídica. Cuando llegan las doncellas y la Consejera Mayor, Úna sale de la pileta. Las doncellas le secan el cuerpo y la visten con ropa formal. –Hoy ya no vestirás de blanco. Lo blanco lo llevas por dentro. Te encuentras preparada para el paso número 12. Te conduciré con los demás miembros del consejo para que te indiquen lo que procede. Te has empeñado en purificarte y lo has logrado. Ése ha sido el paso nueve. Las lecturas de textos de la Biblia fueron el diez. El once será breve, el preludio al paso final. –Deja rodar una pausa y concluye– Ahora, por favor, ve a


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–––––––––––––––––––––––– traer El Volumen del Misterio y nos vamos. Te deseo la mejor de las suertes. Que Dios escuche tus plegarias. Úna Fletcher no pronuncia ni una sola palabra. Le da abrazo la consejera y luego las doncellas. A continuación caminan por un nuevo sendero que está totalmente despejado. Éste las lleva, en pocos minutos, directamente a la orilla del río Ébola. Con la diferencia que la corriente, en esta nueva parte, forma un remanso amplio y profundo. La reciben en las márgenes el Consejero Mayor y los otros seis integrantes. Las mujeres se unen a ellos. Ante la presencia de Úna, todos bajan y suben la cabeza, en señal de reverencia, como si, de verdad, estuvieran frente a una eminencia. Cerca del consejo en pleno de la tribu Kumi na mbili hay una fogata encendida rodeada de piedras. El jefe tribal pronuncia unas palabras y todos forman un círculo alrededor del fuego. Luego piden a Úna que ingrese dentro del círculo. Cuando ella se coloca donde le piden, recibe la petición del Consejero Mayor de que incinere El Volumen del Misterio. Ella obedece de inmediato y mete el libro en las llamas. Desde el instante en que el fuego empieza a devorar al libro, todos, tomados de las manos, oran al Creador rogando sus bendiciones, afirmando el deseo de que se haga Su santa voluntad y suplicando que el mal sea derrotado para siempre. Trozos de papel totalmente quemados son levantados por el viento y depositados sobre el furioso caudal del Ébola. Allí desaparecen en cuestión de segundos. Las oraciones se prolongan. Se detienen sólo cuando verifican que de El Volumen del Misterio quedan únicamente cenizas. Concluida esta ceremonia, que constituye el paso once, vuelven las miradas a la pelirroja. El Consejero Mayor abre sus labios suavemente y brota una voz mansa pero firme a la vez. En su mensaje hace uso de la palabra con respeto, complacencia y gran efectividad. La Consejera Mayor traduce al tiempo que él habla.


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–––––––––––––––––––––––– –¡Extraordinaria jovencita colorada!: –dice– te manifestamos nuestra admiración y respeto porque has enfrentado estos desafíos con coraje y fe. Eres Úna y única entre tantas mujeres. Recibe nuestras felicitaciones. –El jefe tribal suaviza la voz– Ahora, antes de que te sometas a la prueba máxima, quiero revelarte un secreto, que fue la razón vital de la expedición de tu padre a estas tierras. Vino a investigar la causa de que en nuestra tribu nazcan sólo gemelos. Y sufrió el peor castigo por tal osadía. Ese secreto guardado por centurias y centurias, lo descubrimos a ti porque has demostrado que lo mereces. Ésta es la verdad: Los niños siempre nacen gemelos porque nosotros comemos pétalos de la flor de la Nirvana. –Al llegar a esta parte, el anciano se detiene y observa la reacción de la europea. Enseguida prosigue– Atesora esa información, admirada y valiente mujercita. Será una revolución y traerá nuevos descubrimientos científicos en los tiempos venideros. –De nuevo se detiene para recuperar calma y remata el discurso– Finalmente, quiero agradecerte por el magnífico ejemplo que nos has dado. Y confesarte que hemos comprendido y aceptado que los acontecimientos y nuestras realidades de los tiempos de tu padre fueron un error. Así mismo, por lo que tú debiste pasar, a causa de algo que hiciste sin que fuera de manera intencionada. Por eso te pedimos disculpas. Perdón, Úna Fletcher. La pelirroja baja reverentemente la cabeza y se apresta a realizar el acto final. El Consejero Mayor lanza una mirada fugaz a los rostros de sus compañeros y la concentra en la faz poblada de pecas. –Ha llegado el momento de la verdad, Úna: el encuentro con tu padre. –El anciano habla con firmeza. –No te espantes. La prueba tiene su sencillez. Todo depende de la disposición con que se haga. Pon atención. Sigue bien las instrucciones y verás un resultado que te impresionará. Pese a que el consejero trata de tranquilizarla, ella está que se muere del miedo; es inevitable. –Lo que vas a hacer es meterte en esa poza. Como puedes


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–––––––––––––––––––––––– ver, se trata de un remanso. Las aguas no son violentas allí. Deberás hundirte en ella, lentamente, y aguantar en el fondo hasta que alguien te tome de la mano y te saque. Por ninguna otra razón debes salir de las aguas antes. ¿Comprendes? –Sí, consejero. –Úna contesta con voz temblorosa. –Bien. Otra cosa es que irás al río con la ropa que tienes puesta. Nuevamente se da tiempo el anciano para deslizar su vista por las caras de los demás para confirmar su aprobación y emite la orden más esperada. –Adelante, Úna. Métete al agua. Con total decisión, tratando de vencer sus miedos, la roja camina por la arena. Detiene un poco el ímpetu de su andar y comienza a penetrar despacio en las frescas y mansas aguas del Ébola. De pronto se hunde completamente y se va hasta el fondo como succionada por una fuerza extraña. Al darse cuenta de que tal vez algo está fallando, intenta regresar a la superficie pero no lo consigue. Nada con todas sus fuerzas hacia arriba. Pero en vez de salir a la superficie topa con una pared de arena. “¡Éste es el fondo!” dice aterrada y rápidamente cambia de dirección y va a toparse con una pared de piedra. “¿Qué pasa, qué pasa? ¡Esto no es posible!”. Patalea alocadamente, se revuelve en el agua. El oxígeno de sus pulmones se termina. Está aturdida. “¡Me voy a morir!” Y empieza a tragar agua. Repentinamente un brazo grande, colorado, penetra en el río, la sujeta de una mano y la saca velozmente. La sostiene entre sus brazos. Es su padre, Las Fletcher, quien ha llegado en su auxilio a toda prisa. ¡Hija mía, reacciona. Vamos, vamos, no te puedes morir! ¡Vamos, vuelve, vuelve, nena. Tú puedes! –Las Fletcher le habla angustiado mientras camina con dificultad hacia la orilla del río, luchando contra el agua. De pronto, Úna tose y expulsa bocanadas de agua. Entonces su papá la abraza con gran alegría. Su amiga, la niña africana, también se pone feliz. Los padres de la negrita, que


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–––––––––––––––––––––––– también han llegado lo más rápido que les han permitido sus piernas, contemplan la escena y cambian sus caras de susto por unas de felicidad. –¿Cómo fue que pasó eso? –Consulta el padre de la niña africana. –Pues… al parecer, las dos nenas estaban jugando a la orilla del río, según me cuenta su niña. En determinado momento Úna se ha de haber metido demasiado en el agua y se hundió sorpresivamente en esta poza. Por fortuna yo estaba llegando en ese momento. Los gritos de su hija me alertaron y vine a sacarla a tiempo. –¡Qué bueno! Las Fletcher prodiga todos los cuidados a Úna y le pregunta cómo se siente. Ella contesta que ya se siente bien. A continuación se despiden de sus amigos. La negrita y la roja se toman de las manos afectuosamente, se miran a los ojos, en ellos muestran sus almas blancas. Luego, se dicen adiós. Úna y su papá se van directo a su apartamento. Allí, por razones que los esposos Fletcher no entienden a cabalidad, Úna pide desesperada y reiteradamente a su padre que vuelvan a Irlanda. Dice ella que presiente que un peligro les acecha y que algo malo podría ocurrirles si no se marchan. Después de reflexionar lo suficiente, tomando en cuenta las palabras y la forma dramática en que su hija suplica que se vayan, Las Fletcher concluye que Úna debe tener otras razones aún más importantes y decisivas. Por lo que, sin más palabras que – preparemos las maletas –remata ese día y a la mañana siguiente vuelan de vuelta hacia su país natal, la “Isla Esmeralda”.


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MAPAS DE EL VOLUMEN DEL MISTERIO MAPA 1 (argumento) 1- Melanina descubre que forma parte de una maldición. Sabe que tiene El Volumen del Misterio que sirve para conjurar el maleficio. 2- El Volumen del Misterio se lo dio su mamá antes de morir. A sus papás, Trevor y Alannah, se los entregó un sacerdote de nombre Bernard. 3- El padre Bernard les contó toda la historia relacionada con ese volumen. 4- La historia comienza con el viaje de un científico a África para estudiar por qué en una comunidad todos nacen gemelos. En esa comunidad de aborígenes hay creencias y la hija del científico transgrede una de sus prohibiciones y le cae la maldición. Esa maldición consiste en que deberá pasar por doce reencarnaciones antes de morir para ir a la presencia de Dios. Para conjurar el maleficio, un hechicero de la tribu le cuenta al científico todas las actividades riesgosas que deben hacerse. Las Fletcher escribe todo lo sucedido y apunta las instrucciones para deshacer o contener la maldición. Y se dispone a poner en práctica las instrucciones, pero muere antes de empezar su plan. 5- El Volumen del Misterio queda en manos de su viuda, quien lo extravía en su regreso a Irlanda. Pasa a poder de un desconocido. A él se lo roba una secta satánica. De esta secta lo rescata un fraile. Este fraile le arranca la hoja con las instrucciones y le agrega fragmentos de la Biblia. Éste muere y deja oculto el libro. Nadie sabe del volumen por muchos años, hasta que lo descubre el padre Bernard.


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–––––––––––––––––––––––– 6- Melanina lee el libro y comienza a poner en práctica las instrucciones para romper el maleficio, son doce pasos: - Primero: Lee El Volumen del Misterio. - Segundo: Reúne a las doce niñas reencarnadas. - Tercero: Hace una ceremonia en la casa que perteneció a Las Fletcher. En esta ceremonia desaparecen Melanina y todas las demás pelirrojas. Únicamente sobrevive Úna. 7- Úna reanuda la tarea de cumplir con los pasos para anular la maldición: - Cuarto: Úna confía el problema al padre Lampard. - Quinto: Pone en práctica el lema Servir a los demás. - Sexto: Borra la marca de su pie. - Séptimo: viaja a África. - Octavo: Reúne a los doce hechiceros. - Noveno: Se purifica en los templos de los hechiceros. - Décimo: Lee pasajes de la Biblia. - Undécimo: Incineración de El Volumen del Misterio. - Duodécimo: Úna se encuentra con su papá que falleció hace 60 años.


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MAPA 2 TEMA: La maldición de una niña. La hechicería. La purificación espiritual y física. OTROS TEMAS: reencarnaciones, mezcla de religiones, los pelirrojos, pederastia, servir a los demás, la lectura y la influencia del libro, la fe, ritos satánicos; bondades, bellezas, miserias y desgracias de África; atractivos naturales, creencias aborígenes tribales y religiosas; limpieza, orden, belleza. PERSONAJES (QUIÉN): Principales: Úna, Melanina. Secundarios: Chris, padre Lampard, Mbala, Trevor, padre Bernard. Fugaces: Alannah, aborígenes, Las Fletcher, mujeres del supermercado, niñas pelirrojas, fraile, miembros de la secta satánica, taxista, pasajero del taxi, niña africana, padres de niña africana. ÁMBITO: ¿Dónde? ¿Cuándo? Irlanda Presente África 1950, aproximadamente ¿QUÉ? Problema Úna, hija del antropólogo, presencia un hecho prohibido por los aborígenes, por eso la maldicen. Esta maldición consiste en que la niña deberá pasar doce reencarnaciones antes de morir naturalmente. Solución Úna deberá cumplir doce pasos escritos en El Volumen del Misterio para conjurar la maldición.


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–––––––––––––––––––––––– ¿CÓMO? Inicio: Una mujer pelirroja descubre que pesa sobre ella una maldición y que tiene un libro donde se detalla la maldición y cómo anularla. Medio: 1) Historia: 1.1 Cómo ocurrió la maldición. 1.2 Secuelas de la maldición y las manos por las que pasa El Volumen Del Misterio. 2) El cumplimiento de los doce pasos para contener la maldición. Final: Úna cumple los últimos pasos y se encuentra con su papá que había fallecido hacía sesenta años.


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SINOPSIS Un libro maldito (El Volumen del Misterio) y pelirrojas son el centro de la trama de esta obra literaria. Doce hechiceros africanos echan la maldición sobre una niña pelirroja irlandesa: ella deberá pasar doce reencarnaciones para tener el derecho a morir y pasar a la presencia de Dios. En un dedo del pie lleva la marca del maleficio. En ese libro maldito están las instrucciones para conjurar el hechizo; sin embargo, toda persona que lo lee corre el riesgo de morir trágicamente. Aventura, suspenso, misterio, intriga, entorno atractivo y enseñanzas bíblicas se conjugan en esta novela que usted leerá de una sola sentada. Puede ser útil esta obra para aquellos que necesitan corregir algunos aspectos de su vida. El autor


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El Volumen del Misterio  

Novela - Doce hechiceros africanos maldicen a una niña pelirroja irlandesa, en un dedo del pie lleva la marca del maleficio. En el libro mal...

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Novela - Doce hechiceros africanos maldicen a una niña pelirroja irlandesa, en un dedo del pie lleva la marca del maleficio. En el libro mal...

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