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* Nueva metodología online de trabajo. Desactivo el micrófono. Entro a la reunión, saludo y hago gestos. Reinicio la computadora. Vuelvo a entrar. Desactivo el micrófono. Hablo sin hablar: Hola. Cómo están. Me escuchan. Yo los escucho. Intento no ser evidente, no modular ni una sílaba de más. Tras unos instantes abro el chat y escribo. No sé qué le pasa al micrófono, pero yo los oigo. Mi jefa dice con desconfianza que mi micrófono aparece desactivado. Le doy la razón y explico. Cuando lo activo arroja error, si aprieto de nuevo se me cierra el programa. Voy a intentarlo otra vez. Reinicio la computadora. Vuelvo a entrar a la reunión. Desactivo el micrófono. Nadie me cuestiona. Escucho la reunión, apenas participo. Escucho a mis colegas. Al comienzo siento ganas de reírme a carcajadas. Logro controlarme. Experimento alegría. Pienso que apagar el micrófono fue un acto de bondad. Me despido. * Pese a que intentamos ver las noticias, escucharlas y leerlas me sorprendo sin poseer nociones exactas sobre el número de contagios o muertos, ni la ubicación de los puntos de control, o la última cadena nacional. Días atrás habían 400 casos, anteayer menos de 3000, hoy casi 7000. La proporción de las cifras parece ridícula al lado de las de Estados Unidos, España o Italia. No imagino una vocería menos verosímil y más repulsiva que la de Mañalich. No vemos a la familia ni a los amigos, a pesar de que mi hermano está en el territorio. D-O hace videollamadas, O mira la pantalla de los dispositivos: a veces da la sensación de que entiende la presencia plegada de otras personas en el aparato. * Pido un salvoconducto en comisaría virtual. Solicito un permiso para compra de insumos básicos. Pongo la dirección de mi mamá. Mi hermano trajo empanadas de queso champiñón, queso camarón y mariscos. Las empanadas están en su tercer día. Las empanadas son fritas y viajaron desde San Sebastián. Pongo el ciclo computador en la bicicleta y parto. Tomo Nataniel hasta Matta, subo hasta Serrano, llego hasta el final de la calle y bajo a San Diego, en Isabel Riquelme veo pacos y milicos controlando peatones. Tomo la pista izquierda, me abro para evitar las esclusas. Pedaleo por Gran Avenida a 25 km/h, a 29 km/h, a 35 km/h a 37 km/h. Me duele el esfuerzo, siento los pulmones helados. Bajo la intensidad y mantengo 28 km/h. Pienso que quizás estoy infectado y no me había dado cuenta, pero a medida que avanzo me convenzo de que es la falta de entrenamiento. El departamento de mi mamá queda a 7.6 km del mío, el tiempo es de 16 minutos y 40 segundos. Estacionó la bicicleta con el u lock a la reja del edificio. El conserje usa un dispositivo profiláctico facial que se asemeja a una máscara de soldador, pero transparente. Subo. Mi mamá no está. Mi hermano me hace un paquete con la empanadas. Ponemos la tetera y tomamos mate. Mientras conversamos mi hermano ordena sus cosas. Tomamos otro mate. Bajamos a cargar el auto. Salimos cuando está anocheciendo. Nos despedimos. Enciendo las luces de la bicicleta. Esta vez me voy derecho por Gran AvenidaSan Diego hasta Eleuterio. Hago el trayecto en 14 minutos y 50 segundos. La velocidad máxima alcanzada es de 48 km/h. Subo. D-O exclama estoy cagá de hambre. Caliento las empanadas fritas en el horno. Después las parto por la mitad y las llevo en una bandeja a la cama. Humean. O duerme. En netflix pasan un programa sobre un asesino coleccionista de tigres. D-O come empanada

Profile for Rolando Arturo Cisternas Romero

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Revista de Artes Visuales y Poesía / desde la cuarentena

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