Rojo Amate 4

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Los iraníes y el gusto por la poesía Marxitania Ortega

La poesía en Irán aparece en casi todos los momentos: en la intensa negociación con el bazarí; en casa después de la cena, entre el murmullo de la televisión y las tareas escolares de los hijos o acompañando el entrenamiento físico de los hombres en la Casa de la fuerza. Y no me refiero a que aparezca en un sentido metafórico a través de la belleza o melancolía de las cosas, sino a que aparece tal cual es, con todos sus versos y en voz alta. En este texto se recrean tres momentos que ejemplifican cómo viven los iraníes su literatura; su importancia en la vida cotidiana.

mazos, escudos de madera, cadenas. Las escalinatas forman un semicírculo en donde se sienta el público y, justo enfrente, se sitúa una especie de púlpito elevado, con una ornamentación especial: un gran tambor, grandes libros y varios tipos de campanas. Llegamos temprano, nos sentamos en las escalinatas y esperamos. Al entrar a la arena, los hombres tocan el piso y besan la mano con la que lo tocan. Empieza el tambor y luego el canto: en el nombre de dios, del espíritu.... Comienzan los ejercicios de calentamiento y flexibilidad, toman los mazos y rotan sus hombros con destreza. El tambor lleva el ritmo, el guía o maestro toca el tambor y canta: “Diez mujeres amamantaban al pequeño Rostam y cuando alcanzó la edad para comer consumía lo mismo que cinco hombres juntos. Su altura rebasaba la de ocho adultos uno sobre otro.” Cuando las hostilidades entre Irán y Turán crecieron, Rostam pidió permiso a su padre Sal para atacar a los insolentes turanios que estaban bajo el mando de Afrazyab. Sal se negó, considerando que su hijo aún no estaba en edad para entrar en combate, pero Rostam replicó:

Zurjané: Casa de la fuerza Para entrar al Zurjané –Casa de la fuerza– hay que bajar la cabeza o el tronco, según la estatura de cada uno, pues la puerta es baja y angosta; así está diseñada para que quien entre se incline mostrando respeto. La entrada a las mujeres estaba tradicionalmente prohibida. Sin embargo, en Teherán se pueden encontrar zurjanés a los cuales asisten las mujeres que están emparentadas con los atletas. Una vez dentro entiendes por qué. En Irán los hombres y las mujeres deben acatar la vestimenta islámica: deben cubrirse hasta las muñecas y hasta los tobillos. Sin embargo, ahí, en ese espacio masculino, los hombres usan pantalones ajustados y practican con el torso desnudo. Aunque asisten de todas las edades, la mayor parte son jóvenes y delgados, y mantienen una complexión atlética fácilmente observable, a pesar de que el pudor, siempre presente en el espacio público islámico, los obligue a usar camisetas para no mostrarse con el torso desnudo cuando hay mujeres presentes. Por fuera el Zurjané no destaca entre otras construcciones, pero por dentro el espacio es circular y tiene como techo una alta cúpula con motivos arquitectónicos islámicos austeros. Las paredes están vestidas con imágenes de mártires chiítas: el Imam Alí o el Imam Hossein, que son casi idénticos en la iconografía chiíta; una imagen de Jomeini y fotos de los mejores atletas. Si se observa con atención, también se encuentra alguna imagen en la que se representa la lucha de Rostam y Sohrab, una de las tragedias más importantes del Shah-Nameh. En el centro hay una arena o dojo hexagonal que está por debajo del nivel de suelo y alrededor están las armas:

No soy hombre de palacio: estos hombros y estos puños gigantes no se desarrollan en una vida cómoda y ociosa. Solo te pido un caballo capaz de cargar con mi potencia; y mi mazo de cabeza de búfalo, duro como un peñasco, hará que sobre el campo de batalla parezca que llueve sangre desde las nubes.

Otra vez el tambor y las campanas anuncian el cambio de ejercicio. Flexiones en el piso, luego toman las pesadas cadenas, tan pesadas como varias pesas, y las mueven sobre sus cabezas al ritmo del tambor mientras el relato sigue en el canto: Sal no tuvo más remedio que complacer a su hijo. Galopando sobre el lomo de su corcel, Rostam llegó hasta las puertas de Mazandarán, donde dio muerte al enorme monstruo blanco que tenía capturado al rey Kavús. Rostam libera a Kavús y le exige que se someta a los designios de su imperio, pero el rey se opone y prepara a su ejército de bravos para atacar a los iraníes. Los atacantes marchan hacia adelante llevando al frente al guerrero Yuya que grita a pulmón: “¿Quién va a pelear conmigo? No quiero 82


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