Page 1


Rodrigo SolĂ­s

MALA RACHA

Mi Cabeza Editorial


Primera edición: diciembre de 2012 ©Editor responsable: Rodrigo Solís ©Texto y fotografías de Rodrigo Solís

Nota de Rodrigo Solís.- “José A. Sosa me ayudó en todo. Edición literaria, corrección y tomó con su cámara muchas de las fotos que aparecen en el libro. Por ello y por su gran amistad le dedico este libro. Muchas gracias. Algunos de los personajes que aparecen aquí son personajes ficticios, otros no. Por ejemplo, yo.” Dibujo de la portada: Jotaeme García jmgarciamagana.wordpress.com facebook.com/jotaeme.garcia Fotografía del autor: Fiera Rodríguez Maquetación y diseño: Rafael Fernández micabeza.net Logotipo de la editorial: Alfonso Vargas Saitua robotve.blogspot.com Depósito Legal: MA-39304-2012 Impreso en España por micabezaeditorial.com


LA EXPERIENCIA PILDORITA Por Eduardo Huchín Sosa

Conozco a poca gente que no haya recibido un correo de Rodrigo Solís al menos una vez en su vida. Algún lunes de 2005 ó 2006, cientos de empleados, oficinistas, estudiantes, encontraron en su Bandeja de Entrada un nuevo mail con el Asunto: “Pildorita de la Felicidad”. Más de uno abrió el correo en busca de alguna secuencia de frases de motivación e imágenes de atardeceres, pero obtuvo a cambio, una condensada diatriba contra el mundo moderno. Era como el primer cigarro, la primera botella, o el libro inicial: al principio no tuvo un buen sabor, pero con el tiempo el suceso resultó indispensable para explicar en qué nos habíamos convertido. La adicción a Pildorita estaba llena de esas historias: yo no sabía, a mí me dijeron, nunca fue mi intención. Pero las decenas y cientos de personas que recibían los correos de Rodrigo estaban ahí, malversando horas laborales, absortas en esta o aquella historia, regocijándose en la vida y opiniones de un desconocido. Riendo a escondidas. En fin, haciendo eso que, en algún otro tiempo, se llamó lectura. ¿Cómo le hizo el señor Solís?, ¿cómo demonios se inmiscuyó en nuestras vidas? La respuesta podría adivinarse en su pasado como licenciado de administración, pero en realidad proviene de su sentido práctico de la literatura. Rodrigo tomó lo único que tenía a la mano –una computadora con conexión a Internet- y tras haber escrito un puñado de buenos artículos sobre la vida cotidiana, se puso a buscar lectores. No fue tras las editoriales, no hizo ruegos a los suplementos de cultura. Buscó -en cambio- todas las cadenas de internet que tenía en su bandeja de Spam, copió las direcciones e integró los nombres a una base de datos. Cada que tenía un nuevo texto, remitía primero cientos, luego miles, de correos, desde decenas de cuentas distintas, sometidas todas ellas a la capacidad máxima de envío. ¿Funcionaría? Lo ignoraba. Pero al menos era una 5


forma de no quedarse a esperar que alguien más hiciera el trabajo. El resultado fue estimulante. Después de algunos meses, sujetos iracundos le escribían al correo electrónico con la petición explícita de que no les siguiera jodiendo la existencia. El otro tanto decía exactamente lo mismo pero sin insultos. Insistió. Renovó su base de datos. Con el tiempo, las respuestas se fueron volviendo menos ásperas. Apareció el primero que consideró a las Pildoritas un momento de respiro en la oficina. Después llegó otro al que no le pareció tal o cual idea, pero que al final, con letra más pequeña, había escrito “Gracias”. Alguien más le llamó “escritor”. La mayoría de los mensajes iniciaba: “No sé cómo has obtenido mi correo…”. Ante el furor de los blogs, a Rodrigo no le pareció mala idea abrir uno con el material de sus artículos. Se trataba de conformar un espacio en la red donde cualquiera pudiera entrar, pero sobre todo donde una veintena diaria de despistados llegara tras realizar alguna búsqueda previsible –el futbol, sexo, chismes de espectáculos- y en lugar de eso encontrara un sitio adictivo, donde no faltaran el desparpajo, las burlas y las opiniones sobre temas incómodos. Fue un éxito. Las visitas se multiplicaron y el público pidió dosis más frecuentes. Con habilidad de dealer, Rodrigo Solís había puesto suficientes ingredientes en sus textos para que el auditorio experimentara un rápido síndrome de abstinencia. Los comentarios se multiplicaron y en los momentos más lúcidos se volvieron una conversación entre lectores, y en los más divertidos, una oportunidad para que la gente perdiera el control y se pusiera a insultar a diestra y siniestra. Aparecieron locos con amenazas –el ejército de admiradores de Michael Jackson, funcionarios campechanos ofendidos por la mala promoción hacia el estado, la líder nazi de un sindicato de edecanes, un poeta que fingió su muerte – que dotaron al blog de un extraño hálito de irrealidad. El sitio había creado, a la par de lectores, una tropa peculiar de personajes. El secreto de la Pildorita estuvo y ha estado en sus componentes activos: los Data Pop, las tragedias menores, la televisión, la autobiografía precoz, Dios, la publicidad, el ridículo, las batallas familiares, la provincia, el futbol, 6


los políticos, el cine, YouTube. Tómese la vida cotidiana y disuélvala en ácido clorhídrico. Sin embargo, pese a lo atractivo de su fórmula, la combinación por sí sola no hizo el milagro. Faltaba agregar la sustancia personal: la eficacia de un humor, despiadado, agudo, políticamente incorrecto. La marca de fábrica. El sello Solís. Y es que aquellos que hemos subrayado la nitidez de su prosa sarcástica sabemos reconocer sus filiaciones. De Bayly aprendió la exhibición impúdica y de Pérez Reverte, el arte de la bilis. Rodrigo no carece de héroes literarios, aunque más de un “intelectual” le haya cuestionado si sus escritos son en realidad literatura. Pero la respuesta es más que obvia. Sus coordenadas están marcadas por gente que, como él, hace literatura a su modo: Larry David, Jerry Seinfeld, Ricky Gervais, Woody Allen, Hernán Casciari. Su genealogía abarca a todos aquellos que han diseccionado la rutina para extraer de ella el infierno mínimo o amplificado en que hemos convertido el mundo. Por eso, Pildorita de la Felicidad más que un blog se convirtió en un sitio donde cultivar quejas gozosas. El paso natural de un proyecto como el de Rodrigo Solís era transitar de la tecnología en red a la tecnología unplugged. Del placer de la pantalla y al placer de la página. La existencia de un libro con su firma sólo corrobora que su humor funciona en cualquier soporte, llámese conversación, internet u hoja impresa. Y si el acoso por e-mail, las búsquedas en el Google, los links desde los sitios web, le han servido para convocar lectores, no dudo que el azar, el recorrido en la librería, la recomendación boca a boca hagan otro tanto. La Pildorita es una incomodidad necesaria, algo que hacía falta en los estantes. Ahora ese mismo humor está a la vuelta de esta página, inoculando una novela donde una veintena de amigos y conocidos son ya personajes de ficción. Los veo (me veo) con un gesto que lo mismo remite al horror que al placer. Es el efecto Pildorita. Considérese usted afortunado.

7


“Yo te podría decir que estaría muy de acuerdo en que Adolfo Hitler, con quien comparto día de nacimiento -más no año-, hubera asesinado a todos los que al vivir su ‘libertad de expresión’ hicieran uso de ella para decir tantas pendejadas y estupideces, pero bueno… que bueno que no sucedió eso porque sino, ya sabríamos quién encabezaría la lista, ¿verdad?” - Eva (lectora asidua de Pildorita de la Felicidad)


PRÓLOGO Campeche es una ciudad que vive en una perpetua primavera. Salvo cuando nos aborda algún huracán. Fuera de ese capricho de la naturaleza, pareciera que el cielo siempre es muy azul, las nubes muy blancas y el calor muy intenso. Desde luego, como toda ciudad tropical, tiene su temporada de lluvias. Lluvias intensas que parecen no parar hasta haber sepultado la ciudad entera bajo el agua. Las olas del mar se vuelven locas, se embravecen y se estiran como garras peligrosas sobre la baranda del malecón como queriendo tragarnos. Pero eso casi nunca ocurre, porque el mar pareciera estar bajo el influjo de alguna droga (Xanax, o tal vez Valium). Casi siempre está dormido. Como si estuviera muerto de aburrimiento de vernos todos los días las mismas caras y haciendo las mismas cosas y platicando las mismas historias y riendo de los mismos chistes… Sin embargo, hay días en los que el cielo deja de ser muy azul y las nubes muy blancas y el calor muy intenso. Son días en los que aprieta el frío, la humedad se te mete en los huesos y la brisa marina te congela las mejillas. Días en los que te miras al espejo y descubres que no eres más el bebé de mamá sino un escritor fracasado de mediana edad que se está quedando calvo. Días en los que llegas a casa de tus padrinos que tanto te aman y que en los últimos años te han salvado de la indigencia y la hambruna y ves que la bonita fachada color verde pistache de lo que considerabas tu hogar dulce hogar ha sido mancillada con una amenazante leyenda en pintura de aerosol.

11


PRIMERA PARTE


1

Cuando decidí embarcarme en el noble y desinteresado oficio de las letras, al igual que todos los escritores, no lo hice con ánimo de atentar contra mi propia vida, sino más bien con el fin de hacerle creer a una mujer que era un hombre sensible, quizá misterioso, o inclusive hacerme pasar por un intelectual. ¿Quién no lo ha hecho? Que lance la primera piedra el que no se haya arrojado sobre una libreta a escribir toda suerte de poemas empalagosos, desbordados de rimas patéticas y acarameladas, dignas solo de quien cree haber encontrado el amor. Cierto que algunas almas menos sensibles, más rudas, se conforman con encerrarse bajo llave en su cuarto y cantar hasta desgañitarse, naturalmente, no con las letras de Iron Maden o Megadeth, sino con un popurrí de canciones de Luis Miguel o Enrique Iglesias, o, sujetos con menos demonios en su interior, al toparse de bruces con la realidad, es decir, al descubrir el verdadero rostro del amor, lloran hasta que los lagrimales se les ponen tan hinchados como un par de pelotas de ping pong, al ritmo (una vez más) de las canciones de Luis Miguel o Enrique Iglesias, jamás cruzándoles por la cabeza la torcida idea de transformar de la noche a la mañana rimas azucaradas en dardos envenenados en forma de prosa y esparcirlos por Internet. ¿Acaso una mujer con el honor herido, lacerado y ventilado a los cuatro vientos por mis letras me ha endilgado una amenaza de muerte? Por supuesto que no. Todas las mujeres con las que he mantenido alguna especie de relación tienen dignidad, amor propio, una vida que vivir. Jamás se lanzarían como unas negratas del Bronx a pintarrajear la barda de una casa que ni siquiera es mía. En todo caso, un mejor plan sería estropear mi única propiedad, mi volcho, ya sea rayándolo, pintarrajeándolo o abollándolo, aunque, pensándolo mejor, eso sería una vendetta bastante torpe, ya que la única herencia que recibí de papá está en tan lamentables condiciones que quizá ese sea el más sólido 15


motivo de mi empedernida soltería, ya que ninguna mujer que se tome realmente en serio o se valore aunque sea un poquito se dignaría a subir a un pedazo de chatarra como mi coche. -¿Quieres una cerveza? –dice P. Esto es lo que me maravilla de Campeche, en caso de una hecatombe o una invasión zombi, o cuando se escuchen los trompetazos de los jinetes del Apocalipsis, todos estarán preparados para ello. P me extiende una lata de cerveza y proseguimos a no saltarnos ni una coma del guión que venimos interpretando sábado a sábado durante casi un lustro, pasando por alto el giro de tuerca que el macabro guionista disfrazado de destino nos ha estampado enfrente, o mejor dicho, graffiteado en nuestras narices. Bebemos una a una las cervezas del six-pack frente al inmenso monitor de no-sécuántas-pulgadas. Es el primer fin de semana de Febrero y los Oscares se avecinan. Aunque para ser sincero, en este momento poco o nada me importan los Oscares. -Te prometo que la novela va a funcionar –digo, sin estar realmente seguro de por qué dije eso. Las palabras salidas de mi boca, sospecho, son culpa del alcohol, o tal vez se deba a mi personalidad proclive a la terquedad, o a mi falta de madurez, o a mi miedo a aceptar la derrota, o a lo devaluado que está el éxito verdadero hoy día, o simplemente a que intuyo mi muerte próxima y qué más da soñar con imposibles cuando uno está al borde del abismo. -Será una gran novela –sentencia P en tono neutro, abriendo otra lata de cerveza. En pantalla, Javier Bardem, el pelo igual al de un lunático, lanza una moneda al aire y cae sol. El gordo dependiente de la tienda, sin saberlo, ha salvado la vida. Bardem abandona la tienda, el arma escondida, y pienso que es cuestión de tiempo para que ese psicópata asesino (o uno muy parecido) toque a mi puerta para obligarme a jugar ese sádico juego de águila o sol, que sé con certeza que voy a perder (nunca he sido bueno en los juegos de azar), y el loco, feliz de la vida, me meta un tiro entre ceja y ceja.

16


2

Muchos años antes de que yo naciera, cuando mamá aún era una adolescente en estado puro y virginal, ella ya sabía el nombre que llevaría su primogénito. -Por el amor de Dios, hijita, mañana tienes clases, deja ya ese libro –le decía mi abuela antes de apagar la luz de su habitación todas las noches. Mi abuela, que era pequeñita como un pitufo pero no por ello incapaz de intimidar al más serio y malencarado de los banqueros (digamos un nombre al azar: mi abuelo), la primera vez que descubrió a mamá leyendo subrepticiamente en la madrugada, crispó sus católicas manos y sus católicos ojos (acto infrecuente, pero que ocurría al menos una vez al año), y con las buenas maneras de una dama que iba a misa todas las mañanas, atravesó el umbral de la habitación y, mirando severamente a su hija, le pidió por favor que le entregara el libro que leía con tal fervor. -Toma –mamá bajó la mirada con cierto bochorno, escociéndole las mejillas. Sin decir palabra alguna, mi abuela tomó entre sus manos el libro, giró sobre sus talones y apagó la luz del cuarto. Antes de desaparecer entre la penumbra, dijo: -Buenas noches, hijita. Que sueñes con los angelitos. A mi abuela le tomó siete días con sus siete respectivas noches leer de cabo a rabo el libro confiscado que le robaba el sueño a su hija. A su juicio, nada prohibido había en él, sino todo lo contrario, veía con muy buenos ojos que su hija leyera la historia de un caballero que en nombre de Dios iba a masacrar a los infieles de tierras lejanas y peligrosas. -Ten –dijo mi abuela-. Por favor, procura leerlo durante el día. Las noches fueron creadas por Dios para descansar. -Gracias –mamá abrazó el libro, llevándoselo por instinto sobre los pechos; luego cruzó los dedos de la mano derecha-. Prometo dormir mis ocho horas. Naturalmente, una doncella que se da a respetar y sueña ser rescatada por un caballero tiene la obligación de leer durante las madrugadas, con los grillos copulando bajo un mar de estrellas, la historia épica de Rodrigo Díaz de Vivar, alias, El Mío Cid. 17


*** De los tres hijos que tuvieron mamá y papá, fui el único aceptado por unanimidad. Mi hermano mayor fue una decepción absoluta para mamá. -Es horrendo –dijo. Mi abuela la mandó a callar con una mirada reprobatoria. Le dijo que toda criatura de Dios es hermosa. Al escuchar esto, con su primogénito en brazos, mamá se echó a llorar. -No se preocupe señora, el comportamiento de su hija es perfectamente normal –dijo el doctor a mi abuela, aunque sus ojos desmentían por completo sus palabras, al tiempo (o mejor dicho, justo a tiempo) que rescataba al bebé de los brazos de la madre que estuvo a punto de dejarlo caer al suelo por tantos gimoteos y sollozos-. Se llama depresión post-parto. Mi abuela ignoró el comentario del doctor. Exigió que le entregara a su nieto. El doctor obedeció en el acto y salió de prisa de la habitación. -Eres hermoso, muy hermoso –mi abuela le dio un beso 18


en la frente al bebé. -Criatura, es una criatura –balbuceó mamá con los ojos anegados en lágrimas; al parecer no debió hojear durante tantos meses catálogos de ropitas y cunas donde aparecían bebés escandinavos de blondas cabelleras y ojos azules como zafiros. Medio día después del parto, entrada la noche, papá hizo su entrada triunfal en el hospital, acompañado de botella y media de Bacardí en las venas. -¿Cómo está el bebé? –preguntó. -Horrible –sollozó mamá. -Un ángel –intervino mi abuela. A la mañana siguiente, cuando le permitieron ver y sostener entre sus brazos a su primogénito, papá suspiró aliviado. No era El Bebé de Rosemary, como se imaginó horas atrás, cuando mamá no sé cansó de repetirle una y otra vez entre quejidos y lloriqueos que había parido a una criatura horrorosa. -Eres un nene fuerte y guapo –dijo papá mirando a su primogénito a los ojos. Aquello, en honor a la verdad, fue una verdad a medias, pues sólo el primero de los dos calificativos se cumplió a cabalidad con el transcurso de los años. -Dile a tu mamá que eres fuerte y guapo –papá levantó sobre su cabeza al bebé-. Díselo a mamá, ¿verdad que sí, Rodriguito? Sin atreverse a mirar la enternecedora escena entre padre e hijo, tendida en la cama, mamá cerró los ojos y antes de caer dormida le dejó algo muy claro a su esposo: -Ese niño no se llama Rodrigo. *** El nacimiento de Bicho, mi hermana menor, fue otra desgracia, aunque esta vez no fue mamá quien dio la nota. Estaban a punto de cumplirse 8 años desde que mamá había dado a luz por segunda y (supuestamente) última vez, cuando constates mareos y dolores de estómago le hicieron temer lo peor. A finales de los años ochentas papá era un hombre de éxito de mediana edad. Estaba inscrito en el club más exclusivo de la ciudad y jugaba tenis por lo menos dos veces 19


por semana junto a otros jóvenes de éxito de mediana edad. Por primera vez podía decir que era un hombre realizado. Tenía dos saludables y hermosos (al menos uno de ellos) hijos varones, el mayor a un semestre de ingresar a la secundaria y el menor a mitad de camino de la primaria. Un par de hombrecitos bien encaminados. Era la fiesta de fin de año en el Club Campestre. Por cuarta vez en menos de una hora, mamá se había excusado de la mesa para ir al baño. -Me cayeron fatal los bocadillos –susurró a sus amigas. Minutos más tarde mamá vomitó bilis. En el baño contiguo, alguien sufría de verdad los estragos de unos bocadillos contaminados. -¡Jesús santísimo! –exclamó la vecina de baño sintiendo como si su abdomen fuera un gigantesco envase de catsup oprimido por un comensal hambriento en un puesto de hamburguesas-. ¡Oh, por Dios! –volvió a exclamar la vecina cuando la feroz diarrea abandonó su cuerpo a propulsión a chorro. Mamá, en el baño contiguo, tuvo una nueva arcada pero esta vez no vomitó. Sólo emitió un gemido gutural tipo Godzilla. -Creo que los bocadillos están pasados –dijo la vecina de baño. Mamá no respondió. Abrazó el bacín y se echó a llorar como una niña. -¿Monona, eres tú? –la vecina reconoció a mamá. Mamá (Monona para sus amigas y para el resto de los mortales) siguió llorando y de no ser porque la vecina irrumpió en el baño a consolarla, probablemente se hubiera ahogado en sus propias lágrimas. Dos valiums y media caja de kleenex después, mamá confesó estar embarazada. La vecina de baño, al regresar a su mesa, le comentó a su vecina de asiento que Monona estaba embarazada. A su vez, la vecina de asiento le comentó a su marido que Monona estaba embarazada. Y así hasta que apenas pasada la media noche, uno de los tantos hombres exitosos de mediana edad, pedísimo, abrazó a papá, también pedísimo, y lo felicitó por anotar por tercera vez. Papá no llegó a casa en una semana. *** 20


A diferencia del primer parto de mamá, en el segundo, papá estuvo en la sala de espera del hospital. Era Domingo. Mediodía. Un día soleado, hermoso. Sin embargo, todos esperaban lo peor cuando la enfermera le entregó a mamá a su segundo hijo. Mamá se echó a llorar. Pese a pronóstico, fueron lágrimas de alegría. Sé que es imposible tener grabado en la mente el primer recuerdo que se tiene al nacer, pero hay noches en las que recuerdo unos ojos almendrados, llenos de luz, y una melodiosa voz que me pregunta: -¿Cómo está mi valiente caballero?

21


3

-Estoy muy bien –miento. La voz de mamá suena del otro lado de la línea como una autentica máquina licuadora de sentimientos que revuelve vertiginosamente unos contra otros: un poco de reproche, una pizca de alegría y una cantidad obscena de angustia. Sabía que no debí contestar el celular, pero, ¿qué clase de hijo no le contesta las llamadas a su mamá, en especial cuando el celular lleva todo el santo día suene y suene con una horrenda música de reggaetón? -Óyeme, ¿por qué nunca contestas cuando te llamo? –me interroga. La lista de motivos o razones que aparece en mi mente es interminable, y sospecho que mencionar cualquiera de ellos, cualquiera, haría romper en llanto a mamá. -Se echó a perder mi celular –invento. Para que suene convincente la mentira me doy aires de ingeniero en electrónica, es decir, que el celular nuevo que me regaló mamá no funciona como es debido por un extraña razón que atribuyo a defectos de fábrica (hago énfasis en palabras como chip, conector de antena externa, procesador, lector simcard, buzzer, roaming) y en vez de tocar un reggaetón como todos los celulares del mundo que se dan a respetar, el mío se limita apenas a vibrar y luego de algunos segundos se digna a encender la pantalla en colores fosforescentes, que es lo que me anuncia que alguien está llamando, claro, si es que en esos momentos tengo mi celular a la mano, ya que por lo general lo tengo asentado en algún buró para que no me distraiga mientras escribo. -Precisamente para eso te hablo, ¿me puedes decir qué fue lo que escribiste? –continúa el interrogatorio. La misma historia desde que me marché de casa. Podría darle vuelta a la página como otras decenas de veces, colgar el celular y atribuirlo a la baja señal o pésima cober23


tura que hay en Campeche, pero entonces mamá, mujer infatigable, estaría llame y llame hasta que le conteste, o le llamaría a mis padrinos para descubrir como siempre (aunque fingirá demencia como siempre) que la cobertura o señal en Campeche es perfecta y que en realidad soy yo el que no quiere hablar con ella, así que lo único que puedo hacer es comportarme como un hombre y responder de frente a la pregunta, o, evadir el interrogatorio preguntando cómo va Bicho en sus clases de modelaje. -Guapísima, tu hermanita bajó tres kilos, tú tía Machuca quiere llevársela a Televisa –dice mamá orgullosa, tan orgullosa de sí misma como si ella hubiera bajado los tres kilos y estuviera próxima a aparecer en televisión-. Pero no te hablé para contarte cosas de tu hermanita. -¿Ah, no? -Por supuesto que no. Mamá cambia el tono de voz con una brusquedad que logra helarme la sangre. Me explica, compungida y con lujo de detalles, que por mi culpa (esto se ha vuelto una costumbre) está al borde de sufrir un colapso nervioso. -No sé de qué me hablas –miento. -Sabes perfectamente de que te hablo. Mamá no duda en explayarse: en el desayuno de la Cruz Roja sus amigas campechanas, muy, pero muy consternadas (“indignadas” sería un calificativo más certero para calificar sus rostros aviares sulfurados por la sangre concentrada en la cabeza) le fueron con el chisme de que yo, en un escrito, me había mofado de ellas. -No sé de qué escrito me hablas –vuelvo a mentir. -Uno que dice cosas muy feas de los campechanos. Mamá no está dispuesta a quitar el dedo del renglón, no esta vez. -Lo publicaron en una revista –insiste. No tengo escapatoria. El argumento más coherente es decirle que la próxima vez que las guacamayas esposas de los políticos campechanos que tanto gusta frecuentar en reuniones, desayunos, obras de caridad, etcétera, le hablen indignadas por alguno de mis escritos, el que fuera, haga de su conocimiento que su retoño murió carbonizado en un accidente de carretera el día que abandonó su casa para irse a vivir a otra ciudad. -Cállate, hijito, ni de broma digas eso. 24


Acto seguido, la voz de mamá vuelve a un tono entre dulce y alegre; me pide que la ponga al corriente de mi vida. -Nada, aquí, escribiendo –es lo único que se me ocurre decir, ni modo de confesar que sobre mi cabeza pende la espada de Damocles, probablemente empuñada por los encantadores esposos de sus amigas. -Muy bien, bebé –dice mamá, a manera de llenar los espacios vacíos que comienzan a abrirse en la plática, o quizás a manera de resignación; es bien sabido por todos (inclusive por ella) que si no puedes con el enemigo, lo mejor es unírsele, no en balde me sorprende diciendo que ya veré que todos mis esfuerzos pronto rendirán sus frutos, cuando los jueces de concursos literarios me entreguen alguno de los muchos premios que cada año le otorgan a escritores sin ningún talento, para más referencias, los escritorsuchos con los que me junto a perder el tiempo. -Gracias –digo, y me quedo en silencio. Han cortado mi suministro de palabras. El de mamá también.

25


4

Algo muy triste y descorazonador es echar abajo las expectativas que una madre construye como un inmenso castillo de naipes a manera de armadura alrededor de su hijo. Yo lo hice desde muy pequeño. Con apenas cuatro años de vida, mamá decidió que era necesario anunciarle a la sociedad (a la media alta, por supuesto) que su hijo favorito, en el que había depositado tantísimas esperanzas, sería un personaje ilustre en un futuro no muy lejano, por ello, decidió que su breve existencia en la Tierra había que celebrarla a lo grande. “Te invito a mi fiesta de cumpleaños”. Así versaba la invitación que mandó a hacer mamá para invitar a sus amigos a mi primera fiesta de cumpleaños pública, porque a decir verdad, yo ni amigos tenía, y si los hubiera tenido, habrían de ser unos niños genios para poder leer una invitación a tan imberbe edad. *** En Mérida existían sólo tres animadores respetables de fiestas infantiles. Y como era de esperarse, los tres eran unos briagos consumados. Este trío impresentable (un payaso, un mago y un señor de oficio indescifrable) trabajaban por separado e iban de fiesta en fiesta hinchándose los bolsillos y también el hígado con cantidades groseras de ron.

27


Tepillín, que el dios Baco lo tenga en su santa gloria, era un joven delgado, de cabellera negra, revuelta y un poco larga, que haciendo gala de la impunidad y desvergüenza que reinaba (y reina) en nuestro país, plagió con descaro la identidad artística del payaso más famoso de México, Cepillín. Fue hasta pasados unos años, al convertirse nuestro amado payaso local en la mayor celebridad de la televisión yucateca, cuando el payaso regiomontano, sumido en el olvido y alejado de las cámaras de Televisa, entabló una demanda contra el plagiador. Sin embargo, los abogados de Tepillín alegaron que el “Te” en vez del “Ce” otorgaba al nombre y al personaje nuevas dimensiones, muy a pesar de lo parecido, o mejor dicho, idéntico, que era su maquillaje al del payaso ex famoso, es decir, todo había sido una mera coincidencia, misma que el juez al parecer encontró muy coincidente, otorgándole a nuestra estrella local permiso para seguir lucrando a sus anchas con un personaje evidentemente calcado. Tiempo después apareció un payaso llamado Pillín, demostrando que en materia de innovación somos tipos de cuidado.

El Mago Shazam curiosamente era todo menos un mago. Hombre de mediana edad con rostro de contador o burócrata de oficina, su show consistía, en esencia, en hacerse pasar por ventrílocuo. Tenía un muñeco llamada Pegajoso, que por esas coincidencias que se dan muy a menudo en la vida pero sobre todo en Mérida, era idéntico en nombre y 28


complexión al inolvidable Pegajoso de Los cazafantasmas. El Mago Shazam fue el primer ventrílocuo en mover los labios en asombrosa coordinación con los de su muñeco, tanta, que era como verlo hablar con su propio reflejo en un espejo.

El señor de oficio indescifrable, alias, El Tío Balim era el maestro de maestros de las fiestas infantiles. Nada de plagios. Todo al natural. Señor de espeso mostacho, oscuro como su mirada. No era payaso, tampoco mago. A ciencia cierta, nadie supo nunca cuál era su oficio en realidad, sin embargo, estaba en todas las fiestas de las familias respetables, animando de lo lindo a la clientela. Bien presentado, impecable, guayabera blanca, pantalón sobrio, zapatos bien boleados. Los sentidos alerta, como buen cazador en busca del mesero que servía las cubas en la mesa de los adultos. Su espectáculo básicamente consistía en la improvisación. Siempre tenía una cuba a la mano y al calor de las copas iba subiendo de tono el show. Cuando no perdía en alguna apuesta de cantina a sus patiños, se podía tener el honor de verles salir de una viejísima caja de madera, tal como fue el desafortunado caso en mi fiesta de cumpleaños número cuatro. El Tío Balim tampoco era comediante, pero era dueño 29


de un nada despreciable arsenal de blasfemias y albures, mismos que eran proferidos por su patiño en turno, al cual sodomizaba con la mano para hacerlo hablar con una voz idéntica a la suya. Nada de impostar voces de manera graciosa, la voz de El Tío Balim siempre era la misma, aguardentosa. Genio y figura. Todo un profesional, sin hora de llegada y sin hora de salida, aunque por lo general esta última coincidía con la del último borracho de la fiesta. La última vez que lo vi fue en Trecevisión, canal local de poca monta, relegado a un horario impropio para niños. -¿Cómo están, amiguitos? –dijo, y luego repitió la misma frase cinco veces consecutivas en medio de hipos, con la nariz colorada y el mostacho revuelto. Nunca más volvió a aparecer en televisión.

Mi fiesta de cumpleaños número cuatro fue animada por El Tío Balim. Mamá no veía con buenos ojos a ese borracho consumado, pero papá dijo que si él iba a correr con todos los gastos de la fiesta, mínimo que el animador fuera capaz de entretener a sus amigos también. El salón de fiestas se llamaba Divertilandia, lugar donde me aburría horrores. Casi no había niños de mi edad, todos eran mayores, de la edad de mi hermano y de mis primos, y corrían como dementes sobre un puente de madera que 30


colgaba peligrosamente sobre un par de árboles torcidos. También había un arenero con resbaladillas, pasamanos, sube y baja y todos los juegos que hay en los parques que se den a respetar. P, mi primo favorito, era un año más chico que yo y no se despegaba de su mamá. Tampoco yo me quería despegar de mamá pero ella me obligaba a ir a jugar con los otros niños. Desde aquella época soñaba con que yo brillara en sociedad. Que fuera popular. El número uno. Por desgracia, odiaba a los otros niños, sus risotadas, sus gritos, su alegría desbordada gracias a esos juegos de colores chillones que los hacían tan felices, sobre todo el apolillado puente de madera que se balanceaba de un lado a otro y que en secreto (era mi único entretenimiento) deseaba se viniera abajo y todos los niños, en especial mi hermano, se precipitaran al suelo rompiéndose los huesos en un trágico accidente masivo. La fiesta transcurrió sin sobresaltos. Sin ambulancia, sin sangre, sin huesos rotos. El puente, por desgracia, no se colapsó. Los adultos llamaron a todos los niños para que me acompañaran a cantar Las Mañanitas. Un espectáculo terrorífico. Aún se me eriza la piel al recordarlo. Me convertí en el centro de atención. Todos mirándome y sacándome fotos. Mamá intentó animarme a cantar pero yo permanecí mudo, como hasta la fecha cuando la gente se pone a cantar Las Mañanitas y El Rey David y ese sinnúmero de canciones ridículas delante del cumpleañero y su pastel. -Sopla, sopla, bebé –dijo mamá. No soplé. Estaba aturdido. Paralizado ante las cuatro velitas encendidas sobre el pastel de chocolate. Sopla, sopla, empezaron a presionar adultos y niños. Finalmente soplé: de mi boca salió una tímida corriente de aire que apenas hizo menear las llamas de las velas que permanecieron, las cuatro, invictas, erguidas y relucientes, mofándose de la debilidad de mis pulmones. -Duro, como hombre –dijo mi hermano. Hubo risas a mi alrededor. Así que volví a la carga, arremetí con un soplido de pollito y el resultado fue el mismo, sin embargo las velas se apagaron, pero no gracias a mí sino a mi hermano, que sopló a mis espaldas dándose aires de grandeza, vitoreado y aplaudido por mis primos mayores y recriminado por mamá, que volteó a verlo con ojos asesinos, pero nada más, no pensaba dar la nota frente a tantos adultos abofeteando a su hijo mayor. -Te gané tu deseo –me susurró mi hermano y tuve ganas 31


de llorar, pero me contuve. El que no pudo contener el llanto fue P cuando nos sentaron a todos frente a una pantalla de lona blanca donde proyectaron Dumbo. Yo también tuve ganas de llorar, lo admito, qué niño en su sano juicio no las tendría ante la traumática escena en la que el elefante volador, azuzado por el ratón Timoteo, se emborracha y tiene visiones de elefantes rosados, multicolores, monstruosos y de varias cabezas que enloquecidos cantaban a coro una canción que hacía evidentes alusiones al rey de las tinieblas: Vienen y van y empiezan a desfilar vienen ya miles de saltos dan ¿serán quizá parientes de Satanás? Ya están aquí en toda la cama, van al revés como acróbatas terror me dan, me quieren enloquecer ¿Qué voy a hacer? -¡Llegó El Tío Balim, niños! –exclamó mamá con fingida felicidad, pues si por ella hubiera sido contrataba al pintoresco payaso Tepillín o al afable Mago Shazam. El Tío Balim era mi salvador, pensé ingenuamente, pues Dumbo más que entretenerme me estaba matando de miedo. Por desgracia, el espectáculo fue un fiasco, aburridísimo, excepto para los adultos que no paraban de emborracharse y reírse junto con el hombre del mostacho y la impoluta guayabera que decía una serie de chistes que ni un niño entendía. -Niños, miren cómo desaparezco este vaso de Coca-Cola –advirtió. Vaya, hasta que veremos un poco de magia, pensamos los niños, pero para nuestra sorpresa El Tío Balim se limitó a beber de un sólo sorbo el líquido del vaso, mitad Coca-Cola y mitad Bacardí blanco. -Salud y aplausos –dijo El Tío Balim y los señores se descosieron en aplausos. Mamá y otras señoras, indignadas, con virulentas miradas le recordaron al showman que la fiesta era para los niños y no para los borrachos de sus maridos, así que El Tío Balim invitó a pasar al festejado al escenario. -Sube, sube, bebé –me dijo mamá obligándome a subir. El Tío Balim me miró con ojos un poco atravesados. Me preguntó mi nombre y mi edad. Permanecí en silencio. Aterrorizado. 32


-Muy bien, tal vez quieras responderle a mi amiguito don Tufino –amenazó. De un baúl polvoriento y ajado, apareció un muñeco con peluca despeinada, cejas peludísimas, ojos enloquecidos, orejas de Dumbo y los labios pintarrajeados como una prostituta, en pocas palabras, un engendro de Lucifer, la encarnación de la peor de mis pesadillas. Dice el dicho popular que la tercera es la vencida y no se equivoca, en vano intenté contener un grito y soltar unos lagrimones por los ojos. Mamá subió al escenario y me abrazó diciéndome que sólo se trataba de un muñeco, que no estaba vivo, que no tenía por qué tenerle miedo, que fuera valiente, su valiente caballero, pero yo ignoraba todas sus palabras amorosas y temblaba de miedo, y en los próximos meses tuve que dormir a su lado porque cada que cerraba los ojos aparecía don Tufino debajo de mi cama con su mirada de psicópata infanticida.

33


5

Dormir a pierna suelta, sin preocupación alguna, no es en lo absoluto un problema para mí. Si los insomnes pudieran contemplarme por las noches, seguro pensarían que soy un dechado de virtud. Incluso algo me aprenderían. Por ejemplo, la forma tan desenfadada que tengo de cerrar los ojos y dejarme guiar por Morfeo a sus placenteros territorios como un obediente corderito. Y es que este inicio de semana debió comenzar como cualquier otro inicio de semana, es decir, conmigo envuelto en mi hamaca, en espera de que el sol estuviera en lo más alto del cielo, para que en un acto simétrico, filtrase sus poderosos rayos UV a través de las persianas de la habitación, impactándose de lleno en mi rostro, y así, y solo así, decidirme a emerger de mi escondrijo, con la cara abotargada, hinchada, los ojos asombrados frente al espejo del baño al reconocer cada día menos al sujeto impresentable que se tiene enfrente, escupiendo en el lavabo un hilillo de baba pegajosa, amarillenta, teñida de un color atabacado producto de un fin de semana donde la cerveza no le dio cuartel al hígado. Por desgracia, este inicio de semana poco o nada serviría para ilustrar cómo se debe dormir largo y tendido, más largo y tendido de lo que puede permitirse el hombre promedio que tiene que madrugar para poder llevar el pan a casa. -¿Sigues vivo? –pregunta Ignacio Salazar, el asistente de la revista que tiene al borde de un ataque de nervios a mamá y a sus amigas, al otro lado de la línea, despertándome de una forma muy poco convencional a tan groseras horas de la mañana, o sea, las 11 a.m., hora de inicio de actividades en las dependencias gubernamentales en todo México. -Sí –digo por decir algo, restregándome los ojos con fuerza para comprobar que no estoy inmerso en una pesadilla, dando por respuesta un monosílabo, no vaya a delatarme mi voz pastosa, adormilada, dejando en evidencia que soy un escritor perezoso, que escribe solo cuando las musas se dignan a posarse sobre su cabeza en tiempos y lugares indefinidos, azarosos, traducción: una vez por semana, en los lupanares más sórdidos y decadentes de la ciudad donde difícilmente uno puede pedir pluma y papel y sentarse a escribir aquello que maraville a los lectores. -Me alegro, la verdad aquí en la oficina estamos todos muy preocupados –dice Ignacio Salazar, haciendo énfasis en la consternación de su voz para que sus palabras no le contradigan-. ¿Seguro que estás bien? Vuelvo a tallarme los ojos, brinco fuera de la hamaca para 35


asegurarme de que estoy pisando tierra firme y no una materia gaseosa que bien podría significar que estoy muerto y me encuentro en una especie de purgatorio o limbo. Arrastro los pies hasta el baño, compruebo delante del espejo que todo se encuentra más o menos en su lugar: ojos, boca, nariz. No olvido echarle una mirada al cuello, incluso palparlo, confirmar que no fui degollado en la madrugada mientras dormía. -¿Sigues ahí? -Sí. Me pregunto en qué momento la escritura se convirtió en algo tan riesgoso como dedicarse a desactivar bombas en Medio Oriente o pescar cangrejos en las gélidas aguas de Alaska. Y no es que mi trabajo o especialidad sea el periodismo, en lo absoluto, ni loco arriesgaría el pellejo en tan ingrato oficio donde quienes lo ejercen con verdadera pasión y honestidad, caen como moscas despanzurradas a manos de políticos y narcotraficantes (que, para el caso, vienen a ser los mismos), mismos que resultan ser grandes amigotes de los dueños de los periódicos, o, como mínimo, los que pagan de vez en cuando su nómina. -Te sugiero que evites en la medida de lo posible salir de casa –dice Ignacio Salazar, explicándome que las cosas están un poco densas luego de la publicación del último número. -Haré mi mejor esfuerzo –logró finalmente encadenar una serie de palabras. -¿Has pensado en escribir algo menos… o mejor dicho… algo más real, más turístico de Campeche? –recomienda Ignacio, no sin olvidar poner cierto dejo de preocupación en la voz. -... -Lo quiero decir es que en unos meses tendremos el encuentro anual de escritores de la revista, y sería un honor para todos nosotros, en especial de nuestro director, invitarte a que participes –me informa Ignacio ante un sepulcral silencio de mi parte. Allí lo tienen. Un escritor provinciano, perdido en el culo del país, solicitado para codearse con escritores de cierto renombre. Oficialmente he ascendido de división. Emergido del inframundo de la noche a la mañana. Claro está, en caso de aceptar la sugerencia, la recomendación y la invitación; tres pesadas lápidas que pienso quitarme de encima a la brevedad posible, en especial la última, ya que si hay algo que en verdad aborrezco más que a nada en el mundo (ojo, hablo por experiencia) es verme rodeado por la especie más abominable y repulsiva que puede existir: los escritores.

36


6

-¡Bienvenido, Eduardo Huchín! –me dijo una señora muy perfumada y arreglada en el lobby del hotel. Palidecí. También quedé mudo. Incapaz de articular palabra alguna y desmentir a esa señora tan elegante y digna, llena de pulseras y collares de colores fabricados con semillas de plantas exóticas que me sujetaba de las manos y me decía que era sin lugar a dudas el mejor escritor de Campeche, que admiraba mi trabajo y ni que decir de mi libro ¿Escribes o trabajas?, gloria de la literatura moderna, bocanada de aire fresco, manantial en mitad del desierto. -Eduardo Huchín no pudo venir –intervino Ricardo Rueda. El terror se apoderó de mí. También de la señora perfumada y arreglada; si no era Eduardo Huchín, decían sus ojos horrorizados, ¿quién diablos era yo? Por fortuna, Ricardo Rueda salió al quite. Le explicó a la señora, al parecer una de las organizadoras (luego ella nos aclaró, altiva y muy segura de sí misma, que era la Directora del Instituto de Cultura de Villahermosa), que por error el Instituto de Cultura de Campeche no pudo avisar a tiempo que Eduardo Huchín no podría asistir al evento por cuestiones laborales en el extranjero, así que enviaron a otro de los más grandes exponentes de las letras campechanas. Ricardo Rueda me presentó descosiéndose en halagos como si fuera yo un premio Nobel. -Caramba, mucho gusto –dijo la señora perfumada-. Un placer conocerle, maestro. Me sonrojé. Nunca antes alguien me había llamado maestro. Y no sería la última vez; al parecer todos los participantes del encuentro de escritores eran maestros de algo, porque los organizadores no cesaban de llamarles maestro por aquí, maestro por allá. -Maestro, tenga –dijo la Directora de Cultura sin poder ocultar su bochorno al entregarme un gafete con el nombre impreso de Eduardo Huchín-. Una disculpa, no sabíamos que vendría usted... espero comprenda. Al entrar a mi habitación en compañía de Ricardo Rueda supe que el viaje había sido un error. -No sé que hago aquí –dije en un arrebato de sinceridad propio de un hombre desesperado que busca la confesión antes de ir al paredón. 37


-Tranquilo, no estás solo. Ricardo Rueda se echó sobre una de las dos camas individuales del cuarto. En cuestión de segundos, dormía profundamente en medio de sonoros ronquidos, muy quitado de la pena, a su aire, con la bendita irresponsabilidad que dan más de 20 años a cuestas viviendo de la cultura. Por mi parte lo último que me cruzó por la cabeza fue dormir, y menos cuando abrí la carpeta que nos entregaron a todos los participantes del encuentro donde venía el cronograma de actividades. Eduardo Huchín abriría el encuentro dando una charla de La situación actual de la creación y publicación literaria en Campeche. Me encerré en el baño. Por largos minutos contemplé frente al espejo mi rostro de escritor nada creativo y menos publicado. Vomité de una manera penosa en el lavabo. *** Horas antes de abordar el camión de ADO rumbo a Villahermosa me sentí nervioso cuando Eduardo Huchín me dijo que no viajaría solo. Que enviarían a otro escritor campechano conmigo. -¿Lo conoces? –pregunté. -Ni idea. El Instituto de Cultura de Campeche le envió al pobre de Eduardo su invitación al Primer Encuentro Regional de Escritores Andrés Iduarte tres días antes del evento, de ahí que no tuviera tiempo de averiguar nada, menos de hacer nada, como por ejemplo, pedirle permiso a su jefe del periódico para poder ausentarse tres días del trabajo. Fue en el Instituto de Cultura donde me dijeron que viajaría con Ricardo Rueda. Me dio vergüenza preguntar quién era Ricardo Rueda, aunque a esas alturas lo único que me reconfortaba era saber que no viajaría solo. O mejor dicho, me alegraba la idea de que iría al matadero acompañado. Me tocó el asiento 29. Ventanilla. Ni rastro de Ricardo Rueda. Me asusté. ¿Acaso sería el único escritor en representar a Campeche? Aquello tenía sus ventajas, al menos en el trayecto de Campeche a Villahermosa, pues podría abrir y estirar las piernas a mis anchas. El camión sólo tenía cinco pasajeros, incluyéndome. Quizá Ricardo Rueda era uno de los cuatro tripulantes desperdigados en los asientos de adelante. O mejor dicho, uno de los dos hombres (uno era un anciano y otro un joven con pinta de estudiante de preparatoria) que estaban hasta al frente del camión porque los otros dos pasajeros eran una señora acompañada de un niño pequeño. El camión se detuvo en la estación de Champotón. Nadie 38


abordó. Sentí un profundo alivio y volví a estirar las piernas. Metros más adelante, pasando el malecón, el camión volvió a detenerse. Abrió la puerta y entraron cerca de 40 pescadores. Fingí estar profundamente dormido, de tal suerte, algún pescador se apiadaría de un hombre inmerso en su octavo sueño. Ingenuo de mí. El más gordo y oloroso de ellos se sentó a mi lado. Eso lo supe gracias a mi olfato (y eso que no es el más fino de mis cinco sentidos) y a que mi cuerpo se sacudió contra la ventana del autobús dejándome aprisionado como a una sardina enlatada. Con los parpados bien cerrados, ni loco quería presenciar aquel escenario dantesco, simulé estar narcotizado por alguna droga poderosa de las que toma mamá cuando se sube a un avión y quiere evadir los fantasmas de aviones convertidos en bolas de fuego, e intenté pegarme todavía más a la ventanilla para no hacer contacto con el brazo sudoroso de mi nuevo y misterioso compañero de viaje. Fue inútil. También contener la respiración. Sin duda, el preludio de un viaje al Infierno. Pensé en mi reconfortante hamaca. ¿Qué necesidad tenía yo de estar sufriendo en un camión lleno de polizones embadurnados en escamas? Maldije primeramente a P, mi potencial representante literario, que me convenció de asistir a mi primer estúpido encuentro de escritores; luego blasfemé en silencio al camionero, al cual denunciaría nada más llegar a la estación más próxima. El camión se detuvo unos metros antes de llegar a la siguiente estación. Los polizones marinos abandonaron el autobús. Salvo uno. La masa sudorosa y llena de escamas que sería la culpable de mi muerte por asfixia. -¿Rodrigo? –me llamó por mi nombre. Por puros reflejos abrí los ojos al escuchar mi nombre. A un costado mío apareció un hombre cuarentón de cabello negro revuelto y gafas enormes. Para mi sorpresa el sujeto vestía jeans y una camiseta roja que se me antojaron una indumentaria elegantísima en comparación con las chancletas, shorts y camisetas llenas de huecos que imaginé y luego pude divisar en algunos de mis ex compañeros de viaje. -Ricardo Rueda, mucho gusto –el hombre cuarentón estrechó mi mano. Durante el viaje pude comprobar que las personas no deben ser juzgadas por su tamaño u olor. Ricardo me dio la impresión de ser un buen tipo, amable y nada pretencioso, en pocas palabras, no parecía escritor. -Soy fotógrafo –dijo cuando le pregunté qué género literario escribía-. Aunque me defiendo en todo. Escribo un poco de esto y un poco de aquello. Al verme ante este panorama de honestidad por parte del otro participante campechano, decidí aventurarme a plati39


carle mi situación, es decir, que por accidente estaba yendo a un encuentro de escritores al cual ni remotamente pertenecía. Para mi sorpresa, Ricardo Rueda me confesó que estaba al tanto de ello. También me dijo, casi en susurros, como si hubiera micrófonos escondidos en el camión, que él trabajaba en el Instituto de Cultura de Campeche y que eventualidades como la mía eran el pan de cada día dentro del Instituto. Me explicó los motivos: siempre se traspapelaban las invitaciones a eventos de escritores o el Director de Cultura nunca estaba en su oficina por estar “trabajando” (Ricardo hizo comillas con los dedos) o la secretaria se la pasaba en desayunos interminables y nunca atendía el teléfono para recibir las llamadas de otros Institutos de Cultura, etcétera. -Así es la cultura en este país –sentenció Ricardo Rueda-. Te lo dice alguien que ha trabajado en ella su vida entera. Para mi asombro, pobre estúpido de mí, Ricardo Rueda tampoco era campechano. Era de Oaxaca. Aunque llevaba dos sexenios en Campeche. Su confesión me hizo descubrir que quienes se dirigían al Primer Encuentro Regional de Escritores Andrés Iduarte eran ni más ni menos que dos farsantes, dos impostores, un par de sinvergüenzas que representarían la literatura de una ciudad a la que no pertenecían. -La verdad es que yo tampoco soy campechano –tiré por la borda una pesada carga. -¿Me lo juras? -Te lo juro. -Te juro que no me había dado cuenta –Ricardo se echó a reír. Me ruboricé. Era obvio que yo no era campechano. En Campeche todos los que recién me conocían me hacían broma por mi marcado acento yucateco. -Ahora es mi turno de decirte un secreto –con aire misterioso mi compañero de viaje bajó la voz hasta casi un susurro-. Yo no soy Ricardo Rueda. *** Papá siempre dijo que Villahermosa era la ciudad de la mentira. -Ni es villa, ni es hermosa –decía y se echaba a reír él solito. Un pésimo chiste con el que, no me pregunten motivo, causa o razón, los nervios son traicioneros, decidí abrir mi charla de La situación actual de la creación y publicación literaria en Campeche frente a un auditorio insospechadamente lleno de gente influyente. Silencio absoluto. La esposa del Presidente Municipal me dirigió una mirada furibunda. El resto del auditorio me miró horrorizado. Ricardo 40


Rueda dejó de tomar fotos en los pasillos del teatro y me hizo un ademán de que sonriera, que dijera lo primero que me viniera a la mente, o al menos así interpreté su seña y me puse a decir una retahíla de mentiras en la ciudad de la mentira.

*** La mesa empezó a chicolearse de un lado a otro. Por un instante pensé que se trataba de mis nervios. Las botellas de agua que estaban sobre la mesa cayeron al suelo. Las edecanes se pegaron a la pared con la mirada aterrada y supe que mis nervios no eran tan fuertes como para zamarrear las butacas del teatro entero. -¡Reputísima madre, está temblando! –gimió el tipo sentado junto a mí, impartiéndome dos nuevas y valiosas enseñanzas del mundo literario: que yo no era el único escritor que ignoraba que temblaba en Villahermosa, y que ser culto no te exime de escupir sapos y culebras de vez en cuando. Apenas hubo pasado el temblor, una atronadora caravana de aplausos envolvió al Auditorio José Gorostiza. Nunca supe si los aplausos fueron un reconocimiento a mi discurso de media hora o una forma de agradecerle a Dios que el techo no se viniera abajo sobre nuestras cabezas. *** 41


-¿Es verdad todo lo que dijiste antes del temblor? –preguntó Hernán Hernández, capitalino hasta la médula, cuarentón que intentaba con cierto éxito aparentar veintitantos años por su forma de vestir, gesticular y esconder las primeras canas de la vejez en su cabellera revuelta, castaña y escrupulosamente despeinada. -La más absoluta de las verdades –respondió de mi parte Ricardo Rueda, que curiosamente horas atrás me había confesado no ser Ricardo Rueda-. Te lo juro por mi vida. Hernán Hernández detuvo su cerveza en el aire antes de animarse a beber de ella. Su mirada era la mirada cómplice de quien no delata al sujeto que avienta la piedra y esconde la mano. -¿De dónde saliste, querido amigo? –dijo en voz alta, pero en realidad se lo estaba preguntando a sí mismo. -De Campeche –respondí a la desesperada. Hernán Hernández soltó una carcajada. Dijo que nunca antes había escuchado de mí. Que nunca había leído nada mío. También confesó que le sorprendía que me hubieran invitado a un encuentro de escritores de cierto renombre. Al escuchar esto, palidecí. Las palmas de mis manos empezaron a sudar. Presentí que de ahí en adelante todo se iría a la mierda. -Te quiero para el siguiente número de la revista –anunció Hernán-. Quiero que escribas todo lo que dijiste sobre el escenario. Y cuando digo todo, quiero decir todo. Intenté recuperar la compostura. Le dije que no había problema, que contara conmigo para su revista. Nos emborrachamos de lo lindo. Como un par de campeones. Al llegar dando tumbos a la habitación, Ricardo Rueda me preguntó, el semblante muy serio, si sabía con quién me acababa de emborrachar. Sin un ápice de vergüenza, actitud muy propia en los borrachos, le respondí lo siguiente: -Ni puta idea –hipé-. ¿Con alguien que tiene una revista? -No cualquier revista –dijo Ricardo Rueda con el semblante más que solemne.

42

Mala Racha  

La novela que indignó a toda una ciudad, tanto, que unió a sus habitantes en conspirar en el asesinato del autor.

Read more
Read more
Similar to
Popular now
Just for you