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Rodrigo Torres Barriga

Déjà Vu «De Valdivia al infinito» 21

AÑOS

DE

IMÁGENES

1985

A

2006


La siguiente es una versión en formato PDF de una publicación impresa Se prohibe su reproducción total o parcial Todos los derechos estan reservados y protegidos legalmente por el autor Déjà Vu RODRIGO TORRES BARRIGA RPI 156. 507 ISBN 956-310-278-9 2006


Rodrigo Torres Barriga

Déjà Vu «De Valdivia al infinito» 21 años de imágenes 1985 a 2006

Publicación financiada por el CONARTE 2006


A mi hija Camila A Raúl , mi Padre y Maestro, A Edith , mi Madre, A José Raúl y Anita María, mis hermanos, A Santiago Torres Ulloa, mi querido Maestro Yoda.


AGRADECIMIENTOS A La Universidad Austral de Chile por su valioso aporte a este proyecto

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Este libro se titula « Déjà Vu » , que significa en francés «Ya visto », es la extraña sensación de haber vivido alguna vez lo que esta aconteciendo, sin duda que en esta causalidad, Rodrigo nos lleva al sentido de las emociones en donde la rueda del tiempo queda atrapada como un ciclo que se retroalimenta por quienes entramos a esta mística dimensión magistralmente expuesta en blanco y negro. Es en este sentido que su autor fija fundamentalmente su obra en un contexto trascendente del mundo humano «Una ciudad onírica» que flota en la neblina de sus calles; que vuela con las alas extendidas de sus puentes, con árboles solitarios que reciben serenos el invierno que duerme con el silbido nocturno de sus trenes y que despierta con la melodía ronca de sus fábricas, Valdivia, poesía visual es lo que aquí apreciamos y que quedará como uno de nuestros mejores recuerdos en este viaje fotográfico. Pablo Flandez Pintor


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TORRES O LA ONTOESCRITURA DEL “SER” VALDIVIANO

“Yo sé que en todo ser humano se alberga un secreto. Lo que pasa es que la mayoría anda tan lejos de su propio secreto, tan sepultada en sus mecanismos de defensa, que no hay manera de extraer ningún petróleo.” (SALVADOR PÁNIKER)

En el rito romano de la misa se le suplica y se le concede a Jesús, símbolo cristiano del sagrado Ser interno de cada persona, una preciosa plegaria: “una sola palabra tuya bastará para sanarme”. Del mismo modo, una sola imagen autoescogida de entre millones que van conformando el amasijo de mi vida, elegida con mi espíritu más despierto y que simbolice lo mejor de mi historia, es suficiente para justificarla. Una sola y aislada imagen mía bastará para salvarme. Una imagen preciosa del mundo bastará para redimirlo. Porque de los millones de palabras oídas o dichas a lo largo de nuestra vida y de los millones de imágenes que se agolpan infinitamente en nuestra memoria, una o solo algunas (generalmente no exceden más allá de cinco) es la que captura el misterio esencial de nosotros. Las otras son puro inventario, anécdota y mero marco de referencia para impostar o enmarcar esa palabra o esa imagen esencial de nuestras vidas. La desgracia es que la inmensa mayoría de la humanidad muere sin conocer ( porque no sabe quién es y, por tanto, no puede elegir ni darse cuenta) cuál fue aquella palabra específica que yo vine a oír y a decir a este mundo. Incapaces de identificarla, nos vamos a la tumba desconociendo nuestra verdadera identidad. Morimos sin darnos el trabajo de seleccionar –con las muy trabajadas pinzas de la conciencia- esa imagen en donde el escenario del mundo quizá brevemente pudo observar un momento verdadero y eterno, el instante más estelar de nuestra vida, ése, en que se produjo el momento y la acción en donde nuestro paso fue más rutilante y luminoso, ese momento que mejor correspondía a nuestra singular misión en esta tierra. La preocupación por pagar la tarjeta de crédito, averiguar con quien coquetea mi pareja o donde está más barata la carne para el asado del sábado, nos hizo creer cínicamente que al final “todo da lo mismo”, nivelando la paja con el trigo y “botando el agua sucia de la bañera con la guagua adentro”. Es decir, terminamos vulgarizando el misterio de la vida y confundiendo fatídicamente el Ser con el tener, creyéndonos el cuento que “yo soy” ese personaje social que mi club de conocidos me asigna y tomando por real aquello que no es más que ilusión de la matrix, esa que nos ha pensado desde otra parte. Porque la vida no es sus “manifestaciones” de superficie, sino lo esencial y oculto de ella. Y lo esencial es el modelo o idea arquetípica desplegándose en el tiempo. Las cosas no son lo que aparecen sino aquello interno que las hace aparecer. En una palabra, las cosas no son su historia temporal sino que son su Ser intemporal. Las cosas, las personas y las ciudades tienen por tanto un modelo preexistente en una Mente Infinita que las “siembra” en el surco del tiempo. También Valdivia, sus ríos, sus personas y sus calles contienen esas ideas eternas, preexistentes en una Mente infinita que las sembró en el lluvioso surco sur-pacífico del tiempo . Y a Rodrigo Torres –por no se qué misterioso y autoelegido destino le correspondió descubrir – en una imprevista noche volviendo a casa, o en una casual y neblinosa mañana– a boca de jarro, esos discretos, finos, sutiles, esquivos arquetipos divinos.

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Primera lección del libro de Rodrigo: Los deberes del vivir cotidiano, no pueden levantarse como excusa para no cumplir con el deber esencial de lo humano: percibir lo trascendente y dejarse moldear por dicha percepción. No permitir nunca que los árboles nos impidan ver el bosque. Segunda lección del libro de Rodrigo: Su trabajo fotográfico –es decir, su disciplina en entrenar, enfocar hacia lo profundo y pulir sistemáticamente su mirada- le permitió capturar y fijar las imágenes esenciales de una ciudad y de unas personas, aquellas pocas donde aparece “el momento más estelar de ellas”, su valor prototípico, su dimensión ejemplar, arquetípica y , por tanto, eterna. La primera estrategia para agarrar aquello tan furtivo y elusivo, fue la práctica del revelado en blanco y negro. Registrar un evento y llevarlo a cargas simbólicas de sólo luz y sombras es –junto con un riesgo tan a contracorriente de la moda digital de las cámaras- un asunto espiritual y metafísico , un servicio ontológico a la ciudad, que se le agradece tanto como el servicio que se atrevió a hacer un Neruda al poetizar o “agarrar en palabras” los arquetipos de la ciudadela de Machu-Pichu. El blanco y negro lleva a lo esencial, conduce sobriamente al interior de la cosa, impide los autoengaños narcisistas, las distracciones estéticas, las emociones laterales y frívolas que a veces puede llevar el uso del color en la fotografía. Porque el color dispersa, entusiasma hacia la periferia del asunto. Y a la larga, termina siendo una anécdota, -el color es una estadio pasajero, un fragmento puntual, una modesto sitio de paso en el grandioso camino rutilante de la luz- un recurso propio del marketing, del periodismo visual masivo y de las agencias de Turismo.,. Porque con el color, más que para revelar, se le utiliza para ocultar “la verdad” de la imagen, para distraer emocionalmente e impedir se vea fondo invisible, la arquitectura secreta de las cosas de una ciudad. Es decir, es un recurso de las instituciones del aparecer, no del Ser, como le corresponde al arte y tal como se intuye en la muy educada cámara de Rodrigo Torres. La mirada que el artista plasma en sus fotos le está recordando a Valdivia que sus calles, sus puentes , sus casonas, sus árboles no pertenecen al inventario urbano de una época, sino que corresponden al esquema intemporal del plano de su alma. Sí, aquella misma alma que se puede casi “atrapar” en ciertos nostálgicos atardeceres que un domingo por la tarde un solitario amante puede contemplar desde algún otoñal punto de la Isla Teja. El mensaje que pareciera se desprende de esas calles, de esas esquinas, es simple y profundo : “No somos una calle corriente”, “no somos una ciudad corriente”: Y por supuesto , lo mismo dicen los personajes retratados en esta Valdivia esencial : “No somos gente corriente..” Porque en definitiva, lo que se aparece en el trabajo de Torres es el daimon antiguo de una ciudad, de unos personajes, de unos niños, de unas plazas. Vale decir, en sus fotos se aparece el genio, el ángel arcaico que cohabita de incógnito el alma valdiviana. Tercera lección del libro de fotos de Rodrigo El trabajo de Torres, en consecuencia, nos invita a volver a mirar el fondo no dicho del vivir. Y vivir es un asunto de recordar la imagen sagrada del origen, una identificación mítica ancestral y de cultivar a diario una interpretación existencial acorde con esa antigua dignidad. Pues nos “salvamos” (nos redimimos del tiempo y de la nada) no por coleccionar caóticos recuerdos, sino por ser fieles a una imagen sagrada de nosotros, una imagen de muy escogida y alta calidad que logremos sostener y cultivar en nuestra memoria, (Tampoco nos salvamos por la cantidad de sucesos diversos o por el “puntilloso” inventario del noticiero regional o de la agenda personal; esa mediocre infinidad de actividades o sucesos no impecables). Los antiguos incas –y antes que ellos, la cultura Chinchorro de Arica- momificaban a sus ancestros notables para sacarlos cada año y lucirlos como estandartes públicos para así renovar el orgullo de la filiación y de las hazañas

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y con ello (con el recuerdo de la procesión anual), no rebajar el ideal del vivir a como si se tratase de ”gente común y corriente”. De lo que se trata en definitiva, al estilo de lo que hace R. Torres con esta presente retrospectiva de su tierra y de sus ancestros, es de armarnos de una selectísima colección de imágenes para consciente y cíclicamente darle poder sólo a determinadas imágenes daimónicas, que son las que importan al Ser, particularmente aquellas que recuerdan la filiación directa con los ancestros superiores, aquellas que dan cuenta de nuestros arquetipos, de que legítimamente somos los actuales portadores de la dignidad del linaje y del mensaje primordial. Pero para ello se requiere algo previo fundamental: ubicar y saber cuáles son y dónde están dichas imágenes. Porque en el diario vivir actuaremos según y en función de la creencia de fondo que tengamos con respecto a lo que “nos creamos ser”, conforme al tipo de imágenes que observemos en el estandarte de la identidad que levantamos todos los días. En consecuencia, en la práctica se trataría de no entregarle el poder de coleccionar o de elegir esa única y salvadora imagen del destino (léase, las perlas biográficas) a los bajos y ciegos apetitos o intereses del alma no redimida, sino “contratar a un fotógrafo con reconocido oficio superior”: la conciencia del Ser, que es el que “sabe” y el que “ve” de verdad. Por eso es que también el oficio fotográfico de Rodrigo Torres es para nosotros y para Valdivia todo un símbolo. Dicho “fotógrafo de los intereses del ser” (como podría ser el Doisneau para la Francia de postguerra) –quien en esa famosa foto en blanco y negro del “beso en el Hotel de Ville”, en una sola imagen supo captar un alto rasgo del ser o del daimon- cumple también la función del narrador genial, del cineasta brillante para elegir el mejor ángulo, la mejor perspectiva y la más óptima articulación artística para que mejor brille dicha “perla biográfica”, con suficiente fuerza expresiva, belleza y simbolismo, capaz por sí misma de hacerse cargo de guiar y nutrir toda una vida: la vida de los protagonistas de la foto y la vida de sus observadores. Unas muy logradas fotos de Torres aquí nos recuerdan los prístinos orígenes de un tipo de habitar al sur del mundo, de la calidad que podría tener ese habitar de cultivarse cierta mirada; entonces ellas impedirán ya para siempre que ciertos recodos de los ríos de Valdivia, que ciertos secretos ángulos en las esquinas de la ciudad, se sigan considerando una esquina , un letrero, un barco, un niño “común y corriente”. Porque su ojo las eleva y fija en la identidad secreta y eterna de Valdivia. Y al fijarlas con tanto talento, las redime, ya que al captar su “espíritu secreto”, con ese acto obturador, de un golpe deja fuera de la memoria la ancha y colorida escoria de la anécdota que no sirve. Cuarta lección del libro de Rodrigo Conocí a Rodrigo Torres también hace 21 años en una calle de Temuco, la Avenida Alemania, por entonces , también todo un arquetipo de una ciudad que ya se fue y que hoy deambula como olvidado fantasma en el alma de los nostálgicos de antaño, porque entonces no tuvo la suerte que existiera un Torres que registrara su esencia. Caminábamos juntos filosofando por esas inolvidables frías mañanas de niebla que se calentaban con el desayuno en casa del que fuera maestro de Rodrigo, otro cazador de esencias eternas en las cosas –o quizá más allá de ellas- llamado Enrique Eilers. (¿Habrá algo más parecido al paraíso que el olor a madera patagónica que en esa casa se mezclaba con el del café colombiano y el aroma de viejos libros escritos en gótico antiguo y un par de queridos amigos, interrogándose en cómo expandir el alma a imitación de la utopía de ”Fitzcarraldo”, en esa cinta maestra de W. Herzog?). Sin duda que tanto el fotógrafo en ciernes y yo, desde las aulas de esa otra casona de la Universidad Católica (la única casa estilo castillo bávaro que queda en pie en la mutilada Av. Alemania) veíamos la realidad de muy distinta manera a como la vemos hoy. Porque al momento de vivir las experiencias , en verdad nadie sabe nunca a ciencia cierta qué es lo que de verdad está viviendo. Mientras se vive algo, sólo se dispone de una teoría aproximada de lo se pasó. Y esta teoría –no la realidad- es la que se imprime en la memoria. Por ejemplo, entonces yo no sabía que aquellas caminatas

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y aquellos desayunos, eran más que caminatas y desayunos por una calle cualquiera. Hoy percibo que no eran ni caminatas, ni tostadas con mermelada de murtilla , ni café con leche, ni calles…Eran mucho más que eso: eran aproximaciones, guiños o incitaciones al misterio de la realidad, porque tanto Rodrigo como Enrique, yo y los árboles de la Avenida Alemania, allí tendíamos finos puentes hacia el lugar más secreto de nosotros, tendíamos –como arañas ontológicas- filamentos sutiles hacia un momento del futuro. Todavía no sé qué red estamos tejiendo, Enrique desde el Más Allá, Rodrigo, aquellos amigos como Eugenio Salas, Alejandro Arroyo y yo desde el más acá…Nadie sabe nunca la historia completa de nadie. Debo decir que después de esos inicios de los ochenta, nunca más ví ni supe de Rodrigo sino hasta hoy, aquí en mi casa de adobe y piedra en un pueblo rural de México en que por la Internet conozco lo que fue de su vida de fotógrafo, vieja casa en donde de cuando en cuando le debo quitar más de una telaraña. Los fotos actuales de Rodrigo , esta red final en que desembocaron aquellos encuentros, se gestó sin darme cuenta en esas conversaciones y en esos desayunos en la bellísima casa de madera de Eilers. Me pregunto ¿qué tipo de telarañas forjadoras de futuro estarán tejiendo los filamentos de nuestras conversaciones en los desayunos de la amistad? ¿Hay todavía desayunos que amasen y alimenten el pan de la vida trascendente como lo insinúan estas fotos? ¿O solo hay descafeinados sorbos solitarios, mientras abrimos el mail del Google y nos conectamos a la otra red, la que teje la araña de la matrix sorbiéndonos el seso, para apenas bajar el archivo de la soledad presente? Quinta lección del libro de fotos de Rodrigo Cuando viví casi un año en Valdivia en el 1980, no sabía lo que hacía ni lo que vivía: aquel pasar por la ciudad, producto de mi ceguera y de la inundación emocional que me embargaba (mi conciencia de entonces , a los 25 años, estaba literalmente “bajo embargo”), era un pasar inconsciente, sin reparar en su detalles, en su magia, en sus sorpresas deslumbrantes: estaba demasiado lleno de mí mismo , demasiado preso de mis sufrimientos para observar el tejido precioso de la realidad que se me aparecía por General Lagos y doblaba en la esquina de Ernesto Riquelme, escondiéndose justo allí las respuestas que buscaba, pues éstas estaban en cualquier lado, en cualquier minúsculo detalle: la salvación me habría podido venir si yo sólo hubiese estado atento a comprender de por qué se descascara una antigua insignia de gárgola en esa derruida cervecería Anwandter. Pero no lo sabía : entonces creía que el Espíritu me iba hablar desde Roma o Jerusalem (¿?) Ahhh…si entonces hubiese tenido a la mano esta guía de Rodrigo…Ah…si entonces ya hubiese comprendido que en la parte preexiste el Todo y en el detalle se concentra el universo. Con todo, ello me preparó para esta segunda mirada, a 26 años de lejanía y a 12.000 kilómetros de distancia, donde aprecio mucho mejor el panorama. ¿Se han puesto a pensar qué descubriremos cuando a los 80 años (si se nos concede el privilegio), demos una “quinta mirada” a lo vivido?. No sé qué nuevos mundos se nos podrían aparecer, pero lo que sí sé es que, tratándose del misterio que vivimos en Valdivia, se nos aparecerán los sobrios arquetipos que ya nos adelanta aquí Rodrigo Torres. No vemos la realidad porque la tenemos demasiado cerca. Las imágenes que entonces percibían mis ojos de los embarcaderos del río Cruces o del Mercado del mar del Calle-Calle, estaban teñidas del marrón de la sangre emocional que se me agolpaba en mi angustiado cerebro. Eso que se aparecía tan limitado y deformado por mi filtro interno, eso que creía ver, en vez de revelarme la realidad, me la ocultaba, tal como nos sucede hoy con las imágenes que nos disparan los enloquecedores estímulos diarios del acontecer. En verdad hay algo trágico en nuestra condición humana. Por eso me concentro en la figura de Heriberto Vargas, ese proyectista del arruinado Cine Cervantes, cuyas fotos en nada casuales en la retrospectiva de Rodrigo, se nos proponen como todo un símbolo.¡La vida es una película proyectada desde nuestro cabina cerebral en la pantalla del espacio-tiempo que nos toca vivir!. Treinta años atrás, todavía yo me podía topar con viejitos que sesteaban en los breves ratos de sol de la plaza valdiviana que llamaban al acto de ir al cine, “ir al Biógrafo”, porque en el Chile de antaño

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se tenía un conocimiento secreto: se sabía que la biografía personal no era más que una película. En el cine del mundo, ¡todos somos Heriberto Vargas porque todos somos unos proyeccionistas de nuestras propias películas y ficciones en el abandonado Cervantes de nuestra conciencia!; ese mismo Cervantes (en verdad, nuestro propio “Ser”) en donde –ya sin el espíritu despierto porque lo mejor de nuestro Heriberto Vargas se nos ha ido- al quedar vacía su cabina de proyecciones, es ocupada y usurpada por una vulgar máquina programada, que día y noche rueda y rueda su subjetivísima cinta personal, por encima de lo que es real…Aquí está la esencia de la tragedia de la vida y que se insinúa en esta muestra retrospectiva: no somos conscientes de la cinta –del software- que ahora se ha adueñado de la cabina…. Y como ya no está nuestro Heriberto Vargas para que elija el rollo adecuado e interrumpa a su tiempo la “función”, quedamos a merced de la fatídica cinta. Sexta lección del libro de Rodrigo: Pero también esta muestra de fotos (que a esta altura, hace mucho rato dejó de ser un “libro con fotos”) insinúa algo grandioso y pleno de ventura. Me enfoco de nuevo en otro detalle mínimo y salvador: en esa imagen de un niño parado justo en la intersección de vías férreas en Panquehua, en la Argentina del año 1992. Sin disimulo, Rodrigo hace asomar la carga simbólica de la imagen, pero esta vez con el signo opuesto, porque es una foto donde iconográficamente se atrapa a la realidad preñada de posibilidades. Esa sonrisa del niño pareciera que simplemente dice : “recuerda: todo es posible”. El niño –o bien el fotógrafo que tiene la capacidad de verlo instalado allí- se ubica justo en medio de un cruce de vías de tren,-otra de las obsesiones que compartía con Eilers- donde es posible avanzar o retroceder, donde si decide ir adelante o ir hacia atrás, siempre tiene siempre dos posibilidades: se puede girar a la derecha o la izquierda . El niño , tal como siempre estamos nosotros, permanece en pleno centro del “jardín de los senderos que se bifurcan”; vale decir, en el viaje de la vida nada está perdido porque todo no es mas que una decisión. Es posible ir hacia atrás y recuperar el pasado según el tipo de memoria que actives, según el modo como lo quieras ver, según el cómo lo resignifiques, según desde dónde lo mires y desde donde lo interpretes: porque justo en eso que quieres probar, justo en eso se va a convertir. Y avanzar hacia delante, conocer el futuro, no es nada más que también otra decisión: lo que viene será de acuerdo a la visión que de ti mismo cultives o mantengas. El tren del futuro nos va a dejar en la exacta estación que hoy diseñe nuestra mente. Todo se decide aquí: en el centro o corazón de las vías que se abren, porque yo, aquí y en todo instante, soy la locomotora, el pasajero, el maquinista y las vías férreas al mismo tiempo. El resto es solo poner el pie en el pescante y avanzar al encuentro de lo que quedó atrás; vale decir hacia la estación del futuro que es puro presente-pasado, es decir pura decisión de un aquí y un ahora. Vale decir, aunque esté a treinta años de distancia, desde aquí , en Tlajomulco, Jalisco, a 23 de Octubre del 2006, desde mi hogar interno, desde mi nueva y enriquecida imagen de mí mismo y del mundo que tengo, puedo revocar totalmente mi pasado: desde mi serenamente empoderada identidad, puedo viajar a la Valdivia del año 1980, bajarme en la estación de Antilhue o de San José de la Mariquina (donde desde 1973 estudiara para el sacerdocio) y desde allí hacer otro recorrido hasta el centro de la ciudad: puedo seguir la ruta que no me autoricé ver ni vivir, visitar todo lo que por temor o “imagen” no visité, sentir todo lo que no sentí, tomar aquella mano que no tomé, sentarme en aquel bar que nunca me senté, abrir aquella blusa y mi corazón que nunca abrí pero que deseé y …descubrir… algo asombroso: ¡que la Valdivia real está toda entera dentro de mi!, que es cuestión de capacidad de conciencia para descubrirla desde cualquier parte, que la fracción o la película de Valdivia que yo –torpe aprendiz de Heriberto Vargas- proyecté en el año 1980, era una mentirosa ficción que la peor zona de mi , la que no soy yo pero que me hacía creer que era mi esencia, en ese momento había tomado el timón de mi nave e instalado en la cabina de proyecciones, a causa de que el maquinista estaba dormido. Entonces, por algún mérito, me llegó la visión de

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esas estaciones no vistas otrora pero allí presentes –es decir, estas fotos de Rodrigo Torres- y se convierten en la campana de la estación de mi Panquehua presente. Suena la campana y despierta el maquinista. Se detiene el molino y despierta el molinero… Es decir, descubre que puede llevar su locomotora al sur para sí ir a recuperar el pasado y revocar totalmente ese sufrimiento valdiviano. ¿Cómo? Simplemente develando y delatando el engaño de su impostura: ese archivo de recuerdos míos no correspondía ni a la experiencia completa, ni a mi identidad ni a la identidad del lugar. Ahora por fin – y quizá por primera vez- yo podré visitar Valdivia y de seguro ustedes también podrán. Y en una cafetería o en un bar – o si lo queremos, sin necesidad de pedirle permiso a nadie, instalarnos con una mesita a la entrada del cine Cervantes- y allí tomarnos un capuchino o brindar con una cerveza . ¿Y brindar para qué? Simplemente por la maravilla de la eternidad en el presente y porque es posible vivir un tiempo recuperado. En esa mesita , de seguro encontraremos instalados y muy contentos a todos lo que aparentemente no concurrieron a la cita mientras vivíamos la experiencia del pasado, porque ese tiempo fue sólo el comienzo de ella, el ensayo o función preliminar, la “matiné” del cine Cervantes (el verdadero espectáculo de ese Biógrafo será para los adultos, ya entrada la noche). Y ante la visión de un solitario árbol que se capta como desde el otro mundo (así lo ha hecho el ahora “cineasta ontológico” Rodrigo) o ante la visión de un viejo bote que se pudre entre los juncos de la playa las Mulatas, brindaremos porque todo sirve, porque nada se ha podrido de verdad, nada importante se ha demolido ni en Valdivia ni en ninguna parte. La razón es que mi Ser, mi espíritu, ese que contiene todas las infinitas cosas que en el mundo han sido o serán, está en mí y es nada menos que el dueño de la cámara que elige tomar las imágenes que nos salven. ¿Quién dijo que todo está perdido si yo vengo a Valdivia a ofrecer intacto el revelado de mi corazón? Y ésta, es la séptima y ultima lección del libro con las fotos de Rodrigo.

ZILEY MORA PENROSE www.ontoescritura.com

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Dificilmente hay alguien insensible a la magnifica paleta de colores de una puesta de sol en el mar. Ese lento cierre de un drama que nos mantiene en suspenso hasta la invasión de las tinieblas. Es una hora que adelgaza hasta el infinito el sonido del agua en las rocas, el vuelo de una gaviota hacia el horizonte, el dulce contacto de la brisa salina sobre la piel. Todo se hermana en un sosiego que tiene mucho del recogimiento de un templo. Dominio todopoderoso de las altas voces del color. Renunciar a esas armonías como lo hace Rodrigo Torres Barriga no es una decisión fácil. Pero el artista sabe muy bien el tesoro que pone a su alcance ese sacrificio de herramientas estéticas. El reinado de los objetos y los seres ocupa el centro de la escena. Una multitud que se agazapa en las sombras inicia su avance hacia las candilejas. Son viejos actores a los que nuestro deambular cotidiano nos habituó a desconocer. Esquinas, deslavados frontis de madera, ventanas, riberas del río, todo surge de la sombra, hecho de sombra y regresa a la sombra con la riqueza del momento de luminosidad que rasgó su misterio. Torres, Golpea nuestra puerta como un buhonero de visualidades encantadas. Amable mentor, su lección nos enseña a ver más allá del velo de impalpable neblina que rodea nuestros días. ¿Cómo se podría expresar mejor el aura nostálgica que nos emociona en la silueta de un transeunte innominado, en un rostro con las evidencias del tiempo, en el vacío de los vagones abandonados? Avezado artesano, su juego de luz y penumbra llega de muy lejos para ejercitar nuestra mirada en los secretos de la memoria. Gladis Mujica Arredondo


HOMENAJE A RAUL TORRES ULLOA, MI PADRE Y MAESTRO

En el año 1981 mi Padre fué premiado con el primer lugar en el Salon de Fotografía de Valdivia, con esta hermosa fotografía del tradicional vapor «Collico» surcando las aguas del río valdivia, esta fotografía en particular marcó mi vida en muchos aspectos , me hizo soñar con emular algun día el talento y la técnica que podía lograr mi padre con sus largos años de experiencia como fotógrafo. Desde los 5 años lo acompañé en el laboratorío revelando fotografías y velando muchas de sus cajas de papel fotográfico, gastando su material de revelado, su película, usando sus cámaras, y cuando empecé a fotografiar busqué en mis imágenes la esencia de esta fotografía del vapor «Collico». En estos 28 años fotografiando ( desde los 13 años) no sé si logré acercarme a la perfección de su técnica, pero, en el camino aprendí que mi carrera como fotógrafo de Arte no habría sido posible sin el ejemplo, la enseñanza, el amor y el talento de mi Padre , quien siempre trató de hacer de mi , más que un buen fotógrafo , un buen hombre. Rodrigo Torres Barriga 14


EL LEGADO DE ENRIQUE EILERS MOHR Hace 21 años me encontraba estudiando Arte en la Universidad Católica de Temuco, yo tenía 19 años y era mi segundo año de universidad. Fué cuando conocí a Don Enrique Eilers Mohr, Cinéfilo, Humanista ,Fotógrafo, Escritor y mi profesor en la cátedra de fotografía, quien me estimulo a realizar mi primera exposición fotográfica que se tituló « SOL Y SOMBRA » (como el cuento de Ray Bradbury).

Primeras fotografías expuestas en 1986

Con su ayuda y dirección me fué posible iniciar mi camino como artista en el mundo de la fotografía.En aquella primera muestra Don Enrique escribió; « Bienvenido, Rodrigo, a la Cofradía de los que buscan la verdad entre la luz y la sombra» Durante muchos años compartí vivencias con Don Enrique Eilers, primero como alumno, luego como ayudante en su cátedra de fotografía y tambien como integrante de su Cofradía de amigos como; Ziley Mora Penrose, Eugenio salas, Juan Luis Nass, artistas y profesores de la Universidad Católica de Temuco. Han transcurrido 21 años desde SOL Y SOMBRA mi primera muestra artística, realizada en la biblioteca Municipal Galo Sepulveda de Temuco y el legado de Don Enrique Eilers sigue vivo en mi y en todas las personas que recibieron su enseñanza y amistad. Él ya no está entre nosotros ni su hermosa y antigua casa sigue en pie, pero su huella seguirá dando frutos en quienes tuvimos la suerte de ser parte de su vida. Gracias a Don Enrique Eilers por sus enseñanzas, por su generosidad, por su apoyo y amistad en los dias jóvenes de mi vida universitaria, fué y será por siempre el mejor Académico, el mejor intelectual y Ser Humano que hayan tenido la ciudad de Temuco y su mundo universitario. Rodrigo Torres Barriga

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Heriberto Vargas, el mรกs antiguo proyeccionista del Cine Cervantes de Valdivia. Agosto de 1993 58


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La Plaza de la RepĂşblica, Valdivia 1877. (Foto;archivo Dibam)

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ESBOZO DE LA PLAZA DE VALDIVIA, TAMBIÉN LLAMADA DE “LA REPUBLICA”

EL POETA POSADO EN UN ESCAÑO.

«Los resultados son inversos vivo consumiendo horas y las horas me consumen. Avido de tiempo, ahíto de días los relojes no vacilan. Me siento a esperar en un banco de esta plaza que me sepulten los tilos» Jorge Torres Ulloa Poeta Valdiviano (1948 - 2001)

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Los objetos están allí, algunos dicen que nos miran, otros que los miramos. Quizás los vemos. El objeto lleva el tiempo enroscado. Y si lo lleva, lleva también gestos perdidos en él. Allí estuvo la mano de Pedro, de Juan, de María. Los que extrajeron su materia de la tierra, los que la amasaron con gestos precisos para darle forma, los que utilizaron esas formas. Los objetos estan rodeados de los fantasmas de los gestos, de la exacta maniobra del músculo, de la quizás inconsiente ternura de la parábola en el aire. Ahí temblando en la materia está el hombre, su ascenso y su miseria. Torres nos enfrenta a los objetos. Nos obliga a preguntarnos por sus ausente dueños, por la inocencia perdida de los que ya son polvo, como nosotros lo seremos.Hay en sus fotos una nostalgia por el walking around y su entrada a las ferrreterías. A nuestro deambular por lo cotidiano de establecimientos y cucharas.No están ya sus bocas, ni sus ojos, ni sus brazos cansados de Caliche. Están los registros grises de sus cosas extendidas en una calle.Zumban las moscas. Allá, acá, entonces, ahora. ROBERTO MATAMALA.

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EL POETA VALDIVIANO JORGE TORRES (1948 - 2001)

Los Tilos de la Plaza de la República ya no florecen en septiembre, desde que Jorge Torres no está entre nosotros. Dicen que en algunas noches de invierno se dibuja su imagen en la neblina de las calles Valdivianas y a lo lejos se oyen los ecos de viejos boleros y nostálgicos tangos que hablan de viejos amores olvidados.Hoy Jorge Torres estará junto a Jorge Teillier y Roberto Goyeneche cantando tangos en el «Cafe la Humedad» esperando por nosotros, para darnos un gran abrazo infinito.

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Humedad... llovizna y frio; mi aliento empaña el vidrio azul del viejo bar. No me pregunten si hace mucho que la espero, un cafe que ya esta frío y hace varios ceniceros. Aunque se que nunca llega, siempre que llueve voy corriendo hasta el café y solo cuento con la compañia de un gato que al cordon de mi zapato lo destroza con placer. Cafe "La Humedad", billar y reunión, sabado con trampas, que linda funcion ! Yo solamente necesito agradecerte la enseñanza de tus noches que me alejan de la muerte. Cafe "La Humedad", billar y reunión, dominó con trampas, que linda funcion ! Yo simplemente te agradezco las poesías que la escuela de tus noches le enseñaron a mis días. Soledad ... de soltería, son treinta abriles ya cansados de soñar, por eso vuelvo a la esquina del boliche, a buscar la barra eterna de Gaona y Bocaya, Vamos, muchachos, esta noche a recordar una por una las hazañas de otros tiempos y el recuerdo del boliche que llamamos "La Humedad". (Café La Humedad, Tango de Roberto Goyeneche)

Una esquina de cenizas recibe la visita del poeta jorge Torres, encuentro de marginales, «siempre cerca de la media noche» (Germán Arestizabal)

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El querido maestro y amigo Germán Arestizabal, Artista plástico Valdiviano. ( paseo Libertad otoño de 2006 ) 80


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Los ojos de Camila me miran desde esa foto pegada en mi pared, me atrapan y conducen por calles mojadas, abrigadas de hojas, donde el débil sol de la tarde anida en sus colores amarillos y anaranjados, nuestros sueños. Me conducen por tardes de abril, donde sólo somos dos sombras largas sobre el pavimento, que van de la mano, inseparables, saltando charcos infinitos de tiempo. Dedicado a mi hija Camila, con mi eterno amor. Rodrigo Torres Barriga. (Del libro La Noche Infinita , publicado en 2003, fotografía de Camila a los 4 años, tomada en la primavera de 2000)

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En la casa de mi amigo Pablo Flandez ,cobran vida curiosos objetos y antiguedades en medio de pinturas , pinceles , bastidores y el olor a trementina.

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Pablo Flandez ( Pintor Valdiviano ) Retrato en su casa, 1993.

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LOS FERROCARRILES CHILENOS «Aquí están los que ayer fueron las airosas locomotoras, los elegantes vagones de primera clase, las estaciones distantes y silenciosas, los populares y románticos carros de tercera,los de dormitorio y los de comedor con sus fragancias gastronómicas . Hoy nos ofrecen la tristeza de sus ruinas vagabundas de otrora, cuando sus humos azules rompían la quietud de los paisajes rurales generosos de siembras, de árboles y pájaros voladores. Y en cada ventanilla el rostro ya perdido de alegres pasajeros, viejos campesinos y niños risueños de una expedición maravillosa a bordo de un carro de tercera, en rústicos asientos, pero, con la rica conversación de los paisanos que nos convidan huevos duros, tortillas de rescoldo, pollos cocidos, a cuya esplendida mesa nos arrimamos. Animan la merienda, los ciegos y sus guitarras y valses de antaño, y la venta de peinetas y cancioneros.» «Todo esto converge , sin embargo, en la hermosura de estos trenes muertos, en el resplandor de sus pitazos o el humo de sus andaduras, que sirvieron a los habitantes del sur en épocas de osadía, afirmación y libertad.» «Con Jorge Teillier nos entreteníamos nombrando las estaciones ferroviarias desde Alameda hasta Puerto Montt, entre vinos y novias olvidadas. El fotógrafo sureño Rodrigo Torres posee la virtud del cazador de imágenes, al entregarnos estas fotografías de un ayer encantado, que estos trenes derrotados por mágicos derroteros, hacen del recuerdo de los antiguos pasajeros, un trozo de la historia y el sueño.» Marino Muñoz Lagos ( Punta Arenas agosto de 2006 )

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La Noche Infinita, el bello libro de Rodrigo Torres descubre el paisaje urbano de Valdivia transfigurado por la noche. Nos enteramos que la tiniebla nocturna convoca fantasmas de otras épocas en la Plaza de la República.Caminamos por las calles en que la melancolía humeda del empedrado conduce al habitante hacia zonas de intensa poesía. Cruzamos esquinas donde la bruma tiende trampas a la memoria. Bajo la lluvia impenitente sentimos la alegría de reencontrar el amado refugio de la madera. La visión de Rodrigo Torres del paisaje urbano de Valdivia arropado en la sombra allega los elementos constitutivos de una mitología de la ciudad. Nos afina el ojo diurno y acrecienta el cariño y nuestro sentido de protección hacia esta creación humana instalada en el meandro del Calle calle y del río Valdivia. Luis Bocaz

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INDICE FOTOGRAFICO Pag 04. Cerro moreno, Antofagasta 1996 Pag 18. Museo de Bellas Artes, Santiago1988. Pag 19. Ambas: Medellín, Colombia 2001. Pag 20. Superior: Parque Forestal, Santiago 2006. Pag 20. Inferior: Medellín, Colombia 2001. Pag 21. Frutillar 1994. Pag 22. Parque Forestal, Santiago 1987. Pag 23. Medellín, Colombia 2001. Pag 24. Antigua Cervecería Anwandter, Valdivia 1989. Pag 25. Antigua Cervecería Anwandter, Valdivia 1988. Pag 26. Hotel Pelz , Valdivia 1999. Pag 27. Hotel Pelz , Valdivia 1999. Pag 28. Bodega Haverbeck, Collico , Valdivia 1995 Pag 29. Iglesia San Francisco , Valdivia 1997. Pag 30. Calle General. Lagos , Valdivia 1995. Pag 31. Cuesta San Francisco , Valdivia 1992. Pag 32. Santiago 1997. Pag 33. Superior: Antogasta 1996. Pag 33. Inferior: Escuela 4, Valdivia 1988. Pag 34. Notaria Podlech, Valdivia 2003. Pag 35. Casona Anibal Pinto, Valdivia 1989. Pag 36. Edificio Lüders, Valdivia 1986. Pag 37. Calle General Lagos, Valdivia 1990. Pag 38. Isla Teja, Valdivia 1988. Pag 39. Ambas: Isla Teja, Valdivia 1989. Pag 40. Río Calle Callle, Valdivia 1988. Pag 41. Superior: Río Cau Cau, Valdivia 2004. Pag 41. Inferior: Río Valdivia, Valdivia 1991. Pag 42. Río Cau Cau, Valdivia 1993. Pag 43. Islote Haverbeck, Valdivia 1997. Pag 44. Superior: Río Valdivia, Valdivia 2005. Pag 44. Inferior: Río Calle Calle hacia Collico,2005 Pag 45. Superior: Niebla, Valdivia 1996. Pag 45. Inferior: Muelle Arica, Valdivia 2005. Pag 46. Mercado Fluvial, Valdivia 1990. Pag 47. Mercado Fluvial, Valdivia 1991. Pag 48. Mercado Fluvial, Valdivia 1992. Pag 49. Mercado Fluvial, Valdivia 1988. Pag 50. Mercado Fluvial, Valdivia 1992. Pag 51. Superior: Islote Haverbeck, Valdivia 2006. Pag 51. Inferior: Río Cau Cau, Valdivia 1999. Pag 52. Superior : Islote Haverbeck, Valdivia 2005. Pag 52. Inferior: Los Pelues, Isla teja, Valdivia 1989.

Pag 53. Puente Pedro de Valdivia, Valdivia 1998. Pag 54. Puentes sobre el Río Calle Calle, Valdivia 2005. Pag 55. Puentes sobre el Calle Calle, Valdivia 2005. Pag 56. Todas: Teatro Cervantes, Valdivia 1992. Pag 57. Superior: Hall del Cine Cervantes, 1992. Pag 57. Inferior: Cabina de proyecciones, 1992. Pag 58. Proyeccionista del Cine Cervantes 1992. Pag 59. Proyectora del Cine Cervantes 2005. Pag 60. Inferior: Plaza de la República, Valdivia 2004. Pag 61. Plaza de la República, Valdivia 2004. Pag 62. Superior: Plaza de la República, Valdivia 1987. Pag 62. Inferior: Plaza de la República, Valdivia 1990 Pag 63. Plaza de la República, Valdivia 2004. Pag 64. Feria de antiguedades, Antofagasta 1996. Pag 65. Feria de antiguedades, Antofagasta 1996. Pag 66. Ambas: Feria de antiguedades, Antof. 1996. Pag 67. Temuco 1985. Pag 68. Bailarina Paula del Río, Valdivia 1990. Pag 69. Bailarina Paula del Río, Valdivia 1990. Pag 70. Box en el Coliseo de Valdivia, 1990. Pag 71. Superior: Metro de Santiago 1989. Pag 71. Inferior: Tronadura Copa de agua Bueras 1990. Pag 72. Elecciones presidenciales, Valdivia 1989. Pag 73. Superior: Gruta de Lourdes 1991. Pag 73. Inferior: Estibadores, Antofagasta 1996. Pag 74. Superior: Paseo Ahumada, Santiago 2002. Pag 74. Inferior: 18 de septiembre de 1988, Valdivia. Pag 75. Medellín, Colombia 2000 Pag 76. Paseo Ahumada, Santiago 2001. Pag 77. Medellín, Colombia 2001 Pag 78. El poeta Jorge Torres, los Molinos 1997. Pag 79. Barrios Bajos de Valdivia 1999. Pag 80. El artista Germán Arestizabal, Valdivia 2006. Pag 81. Superior: Paseo Libertad, Valdivia 2003. Pag 81. Inferior: Niños en la Costanera de Valdivia 1998. Pag 82. Medellín, Colombia 2000. Pag 83. Panquehua, Argentina 1993. Pag 84. Medellín, Colombia 2000. Pag 85. Medellín, Colombia 2000. Pag 86. Superior: Medellín, Colombia 2000. Pag 86. Inferior izquierda: Valdivia 2005 Pag 86. Inferior derecha: Huellelhue,Valdivia 1999. Pag 87. Superior: Panquehua, Argentina 1993.

Pag 87. Inferior: Huellelhue,Valdivia 1999. Pag 88. Antofagasta 1996. Pag 89. Superior: Huellelhue , Valdivia 1999. Pag 89. Inferior: Valdivia 1999. Pag 90. Mi hija Camila, Valdivia 2001. Pag 91. Mi hija Camila, Valdivia 2000. Pag 92. Cuesta San Francisco 1998. Pag 93. Cuesta San Francisco 1989. Pag 94. Casa del pintor Pablo Flandez,1990,1991 Pag 95. Casa del pintor Pablo Flandez 1993 Pag 96. Isla de Mancera, Valdivia 1998. Pag 97. Calcurrupe, Lago Ranco 1989. Pag 98. Estación de trenes de Valdivia 2003. Pag 99. Patio de trenes de Temuco 1994. Pag 100. Estación de trenes de Valdivia 2003. Pag 101. Labranza, Temuco 1989. Pag 102. Calle Yungay, Valdivia 1989. Pag 103. Superior: Calle Camilo Henriquez, Valdivia 2006. Pag 103. Inferior: Bar Unión, Valdivia 1989. Pag 104. Calle Sotomayor / Gral. Yañez, Valdivia 2003. Pag 105. Superior: Calle E. Riquelme, Valdivia 1999. Pag 105. Inferior: Calle Camilo Henriquez, Valdivia 2006. Pag 106. Calle Yerbas Buenas, Valdivia 2003. Pag 107. Calle Ernesto Riquelme, Valdivia 1999. Pag 108. Temuco 1993.

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DEJA VU RPI 156.507 ISBN 956-310-278-9 Copyright Rodrigo Torres Barriga 2006 rodrigotorresb@hotmail.com Tiraje de 500 ejemplares Impreso en los talleres de Imprenta América Avenida Picarte 1109 - fono 56-63-212003 www.iamerica.cl valdivia-Chile

Ediciones El Árbol Genealógico Todos los derechos reservados Prohibida su reproducción total o parcial sin permiso previo del auto

Este libro se terminó en Noviembre de 2006.


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