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ISSN 0718-705X

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Cuentos para Cuervos


INDICE Editorial Rodrigo Suárez Pemjean (El Puñal) Página # 1 Los niños de la misericordia Ernesto Antonio Parrilla (Argentina) Página # 2 El internado José Cantarero Martínez (España) Página # 5 El día que apagaron la luz Aquiles Cuervo (Argentina) Página # 10 La casa se despierta Cecilia Alejandra Ananías Soto (Chile) Página # 13 El Cigarro José Joaquín Sachez García (España) Página # 17 Pascua Florida Rodrigo Torres Quezada (Chile) Página # 21 Toda reproducción total o parcial de las obras, es permitida sí y sólo si se hace referencia a sus autores. Obras protegidas por Creative Commons y derechos de autor.


editorial Leer cuentos de terror ha sido una de mis actividades favoritas. Desde el colegio, en que las lecturas obligatorias, por suerte, incluían los relatos de Edgar Allan Poe. En la universidad buscaba los tomos de Lovecraft en las cotizadas ediciones de Alianza. Me acuerdo de haber hojeado el tomo Los Mitos de Cthulhu, una compilación asombrosa que aún está por hacerse en su idioma original. Más adelante, descubrí el mejor escritor del ghost story inglés, M.R. James, quien supo llevar este género a su mayor expresión en cuanto al suspenso y la sugestión. El mundo de sus relatos es engañosamente aburrido. Los personajes son, en su mayoría, calmos profesores universitarios con un ávido interés por la arqueología y la historia de la campiña inglesa. Sus investigaciones los llevan a encontrarse con artefactos, extrañas tumbas, libros incunables o iglesias anglicanas que esconden un inesperado secreto. Uno de las estrategias más exitosas ha sido colocar un protagonista racional, altamente escéptico e incrédulo, en medio de una aventura en que lo sobrenatural aparece paulatinamente hasta adquirir una fuerza manifiesta ante la cual el protagonista no le queda otra salida que poner en entredicho sus incolumnes valores científicos. Ejemplos abundan: en Drácula de Bram Stoker los incautos personajes deben recurrir a alguien menos rígido en sus creencias, el sabio Doctor van Helsing, con el fin de aceptar una realidad que a todas luces parecía una descabellada leyenda, una pesadilla, pero no algo que pudiera ocurrir en el Londres de fines de siglo XIX. ¿Cuál será el origen de la fascinación que ejercen los relatos de terror? El asalto a la imaginación es probablemente una de sus características más llamativas. Claro, quizás ningún otro género popular se atreva a transgredir los límites impuestos por el racionalismo y revelar el carácter ilusorio de la realidad, tal como ocurre en los clásicos del terror. La civilización nos ha vuelto complacientes, y constituye la primera trampa. Convencidos de que las leyes científicas son inmutables, nos dejamos atrapar por esa falsa seguridad. Ignorantes y desprevenidos, un hecho que transgrede estos límites, nos deja en absoluta indefensión, paralizados de miedo. Incapaces de procesar la monstruosa verdad que se asoma, muchos de los personajes de los cuentos de terror sucumben a la muerte o, lo que es peor, la locura. Esperamos que los relatos que seleccionamos como ganadores del concurso sean de su agrado. Creemos que todos ellos continúan la tradición del relato del terror inaugurado hace tanto tiempo atrás. Los tiempos han cambiado, los paisajes no son los mismos, pero el terror sigue acechando. Rodrigo Suárez Pemjean.


Los Niños de la Misericordia Por Ernesto Antonio Parrilla

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o todos los juegos son peligrosos, pero el que nosotros jugábamos si lo era. Éramos niños, y no lo sabíamos. Aunque no podemos echarle toda la culpa a la edad. Teníamos doce años, algunos pocos once. Nos unía no sólo la infancia, sino también el colegio. Éramos alumnos del Hermanos de la Misericordia, un recinto de estudio privado dirigido por monjas. Se imponía el respeto, el silencio, la religión. Se nos inculcaba la Biblia, el perdón, la piedad, aunque no siempre importaba el orden de los mismos. Sin embargo nos quitaban la libertad, la personalidad, el temor a equivocarnos. Existía mucha rigurosidad y eso, principalmente, nos llevó a hacer lo que hicimos. A jugar el juego que nos condenaría. Uno de nuestros profesores era particularmente malvado. En el sentido de exponernos en ridículo ante la menor falta o error. No hacía distinciones. Todos, en mayor o menor medida, habíamos caído en sus garras. Le teníamos odio, pero ante todo, terror. No recuerdo quién lo propuso, si recuerdo cómo era la tarde: gris, el viento soplaba fuerte y el sonido se confundía con las voces, haciéndolo todo más surrealista, más lejano de nuestra edad. Pues de lo que hablábamos no condecía con lo que éramos: niños.

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Aceptamos sin vacilar, sabiendo que todo lo que nos habían enseñado quedaba atrás. Pactamos con las miradas, sabiendo que el silencio sería nuestro lazo y el tiempo, nuestro peor amigo. Fue tras el tercer recreo, al comienzo de su clase. Cerramos la puerta y todo sucedió. Nadie se repartiría las culpas. Cuando tocaron el timbre de salida, formamos como siempre y salimos en silencio al patio, en pulcra hilera, con paso sereno, cargando las mochilas en las espaldas como la cruz que realmente representaban. Asistimos al discurso de cada tarde de la hermana Esther. Vimos como la bandera descendía en una desigual lucha con el viento. Agradecimos en silencio el permiso para partir a nuestros hogares. Y nos fuimos, cada cual siguiendo su camino, sabiendo que ya nada sería igual y sin olvidar que volveríamos al día siguiente. Lo que vino después era de esperar. Los directivos nos anunciaron que el profesor que tanto odiábamos había desaparecido, que no nos preocupáramos ante los rumores que corrían, que seguramente estaría bien, que aparecería... y sabíamos que no sería así, pero nadie habló. Dejamos que la policía buscara, que pasaran los días primero, luego las semanas, los meses... un día anunciaron que la búsqueda había llegado a su fin y al no haberse encontrado rastro alguno, se lo había declarado oficialmente como desaparecido. Supimos que unos años después, lo declararon como correspondía, oficialmente muerto. Nunca dejamos de mirarnos a los ojos, sin embargo ahora distinguíamos las ojeras debajo de ellos. Muchos no conciliamos el sueño durante largo tiempo. Los más duros nos hicieron creer que si, pero sabíamos la verdad. Todos la sabíamos. Los veinticinco que éramos. Hemos crecido, hecho nuestras vidas pero jamás pudimos olvidar. Jugábamos a juegos peligrosos, vaya que si. Si quisiera buscar un motivo, una razón exacta, podría alegar en mi defensa que debido al paso del tiempo he olvidado las causas, pero eso no es defensa alguna, más bien tonta justificación. Cómo olvidar el macabro plan, las certeras apreciaciones sobre nuestros mayores. Cómo dejar atrás tantas meditaciones a oscuras, cuando la noche tejía punto a punto mis pesadillas. Esa tarde salimos del colegio con rostros inocentes y corazones manchados. Cargábamos nuestras mochilas orgullosos, llevando cada uno, una parte del difunto. Habíamos rebanado el cuerpo en pedazos, dejando escurrir la sangre entre los tablones de madera del piso del antiguo salón. Cada uno puso en su mochila una parte de su pacto

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de sangre. Una parte de la maldición. Salimos como si nada, porque quién puede imaginarse algo así. Nosotros sabíamos que nadie. Y sabíamos algo más. Qué ningún padre nos revisaría las mochilas y que lo que guardásemos en ellas, estaría seguro. Nos deshicimos de los restos, sin dejar cabos sueltos. El plan perfecto. Lo macabro consumado por niños de once y doce años. Jugábamos juegos peligrosos. Y el tiempo se ha encargado de no hacernos olvidar. Cada día, cada noche, en cada mirada, en cada sombra, purgamos por el pasado. Seguimos cargando esas mochilas. Salvo que ahora sentimos la humedad filtrándose, dejando una mancha roja, muy roja, delatora, incisiva, dolorosa. La mancha que estuvo desde el primer momento en nuestros corazones. Y si alguien intentara imaginarse algo así, cómo podría. ¿Quién sería capaz de desconfiar de niños tan pequeños? ¿Quién? Yo lo haría. FIN

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El Internado Por José Cantarero Martínez

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as once y media, paulatinamente los mayores aparecen por los dormitorios, en silencio se van incorporando a las literas, seguidamente las monjas comienzan con la oración que ahora pasados los años ya no soy capaz de reproducir, todos se santiguan y a dormir, que mañana hay que madrugar, normalmente se duermen y no suele pasar nada, las ventanas están prácticamente selladas y las puertas de los dormitorios cerradas con llave, yo no sabía porque había tantas medidas de seguridad, hasta que una noche un pequeño se levantó e intentó abrir una de las ventanas, pero un mayor que no dormía se lo impidió. —¡No abras la ventana! Todas tienen alarma, si quieres que entre claridad abre las mirillas, pero nunca la hoja. ¿De acuerdo? —¿Y por qué hay una alarma? — el mayor se quedó pensativo un segundo y luego respondió. —¡Para que nadie se cuele, y ahora vamos, a dormir! El pequeño se quedó convencido con la explicación, pero yo que lo escuché todo noté el tono de duda que empleó y eso me inquieto un poco. Tenía una edad intermedia, estaba en quinto de E.G.B.* Era el único de mi curso que estaba en el internado, todavía no podía estar con los mayores, que eran los de sexto, séptimo y octavo, los de cuarto y ter-

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cero me parecían muy pequeños, así que me sentía muy solo. Algunas veces las monjas me dejaban que me quedara hasta las once con los mayores, y otras me decían que me quedara con mi hermano tres años más pequeño que yo para ayudarlo a acostarse. Yo había escuchado la explicación de los mayores del motivo de cerrar las puertas con llave, era una historia graciosa, durante dos días consecutivos las cocineras se encontraban sin los pastelitos que servían en el desayuno, y al tercero la madre superiora se esperó en la cocina hasta pillar “in fraganti” a los ladronzuelos, hubo muchos castigos pero debido a la rigidez de las monjas la medida fue tajante. Eso había escuchado pero yo sentía que esa versión era un poquito floja, las monjas eran duras y aplicaban la disciplina por encima de todo y unas chiquilladas no eran suficientes para cerrar con llave todo un dormitorio con más de cien niños, el peligro de incendio, por ejemplo me hacía pensar que las medidas venían por otros motivos. La escuela de los mayores estaba retirada del convento y tenían que coger un autobús, así que había un seguimiento semanal entre la superiora y el director de la escuela que pedía informes semanales de todos los internos. De este modo los tenían más o menos controlados. A estas alturas de curso ya sabía que por fín tendría compañeros de internado en mi curso, yo pasaría con buenas notas y me iba a encontrar con los repetidores que eran “unos perlas”, las monjas ya me advertían sobre ellos. —No dejes que te influyan, tú eres buen estudiante y tienes muchas posibilidades… Pero yo estaba deseando estar con ellos para que me contasen los verdaderos acontecimientos que hacían que en un convento los dos primero pisos tuvieran en todas las ventanas barrotes y en el tercero que era nuestro dormitorio tuviera un pequeño tejado y alarma en las ventanas, las puertas cerradas con llave y sólo un pequeño retrete abierto para emergencias nocturnas, amén de que había un dormitorio en la misma planta para una monja que dormía cerca de nosotros. El curso terminó y el verano fue exasperante, solo durante unos días de playa pude olvidar el internado y su secreto, pero Septiembre llegó finalmente y con él mi primera desilusión; ningún compañero me decía nada, todos comentaban el atracón de pasteles. Incluso alguno llegó a comentar que su hermano mayor había participado pero nada más.

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Poco a poco me fui introduciendo en el grupo de los más mayores, los de octavo, estos tenían más libertades que el resto, algunas tardes les dejaban salir por el pueblo para que dieran una vuelta, gracias a mis buenas notas conseguí que las monjas que dejaran pasear con ellos, pero la mayoría lo único que perseguían eran a las chicas del internado femenino o simplemente buscar un descampado para fumar un poco. Después de varias salidas ya me iba a dar por vencido cuando me fije en un compañero, Mariano, era el mayor de todos y casi siempre salía a pasear solo, era una especie de líder, todos le respetaban y le temían, era grande y fuerte y todos sabían que era la mano derecha de la madre superiora. Se encargaba de vigilarnos en el patio, cuando había una disputa el ponía paz, a su forma poco ortodoxa, pero lo hacía, incluso tenía potestad para imponer castigos. Pero bajo toda esa fachada de superioridad su mirada reflejaba un tono de tristeza, me costó mucho ganarme su confianza pero al cabo del tiempo lo conseguí. Los fines de semana el internado se quedaba casi vacío, apenas un par de alumnos de tercero y cinco mayores. Los pequeños estaban dormidos y el resto estábamos viendo la tele. En un momento Mariano se volvió y me dijo: luego te espero en mi camarilla. Yo ya le había preguntado por las medidas tan exageradas de seguridad pero siempre eludía el tema, hasta esa noche. La planta de los dormitorios estaba dividida por dos alas, la norte donde estaban las camas de los mayores junto con los aseos y las duchas y el ala sur, compuesta por las habitaciones de los pequeños y la de la monja de guardia. —Hoy que estamos casi solos te voy a responder a tus preguntas sobre la seguridad y lo que realmente pasó aquí, lo haré contándote una historia, eso sí sólo te pido que no me interrumpas. —Justo hoy hace 10 años que se instalaron las alarmas, pero debes saber que sólo hay alarmas en nuestro dormitorio. —¿En el de los pequeños no hay? —No. —¿Y tú cómo lo sabes? —Me lo contó mi hermano hace mucho tiempo y desde esa noche no he podido dormir nunca de un tirón, era el primer año que habría el internado y contaba con pocos alumnos, no había literas y en cada camarilla había una cama y una mesita, los mayores solían reunirse en una todas las noches para contar historias, la que más caló fue la del canto de la lechuza. —¿Qué historia es esa? —Se podría decir que es una leyenda urbana, hasta

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que ocurrió el accidente. Pero no me interrumpas más que si no, no me va a dar tiempo a contarte todo. El mito dice que si una lechuza se para en el tejado de una casa y canta tres veces seguidas esa misma noche la persona que lo ha escuchado muere. —Paró un momento el relato para ver la cara de asombro que tenía— A no ser que la persona toque algo de madera, mientras lo escucha. ¿Has escuchado su canto alguna vez?, No, pues nuestro dormitorio es frecuentado todas las noches por un grupo de lechuzas. —Yo siempre me duermo escuchando un walkman. —dije aterrado. —El caso es que esa historia caló mucho en la moral de los internos en especial en la de mi hermano que una noche, hace unos 10 años, escuchó el canto tres veces y por instinto tocó el cabezal de la cama que como ya sabes es de madera. La lechuza se fue y mi hermano sin ánimo si quiera de levantarse intentó dormirse, pero de repente escuchó un ruido muy raro, era un sollozo, en un principio no le dio mayor importancia pero escuchó unos pasos, hasta que un compañero suyo apareció en su camarilla, éste se le quedó mirando, estaba pálido y con los ojos abiertos de par en par. Mi hermano se asustó y se tapó la cara, cuando volvió a mirar ya no estaba. Se levantó como un resorte cuando escuchó abrir una ventana, no llegó a tiempo y sólo pudo ver como su compañero saltaba al vacío—. Detuvo nuevamente su narración para tomar aire. Yo estaba estupefacto, no podía dar crédito a lo que me estaba contando, cuando en ese mismo instante una lechuza se paró en el alféizar de la ventana. Las mirillas estaban abiertas, así que la pudimos ver en todo su esplendor. De un color blanco inmaculado, se nos quedó mirando con sus enormes ojos, cuando de repente empezó a graznar. Un escalofrío me recorrió la espalda y la piel de todo el cuerpo se me puso de punta. Dio un segundo graznido y me aferré al cabezal de la cama con ambas manos, estaba aterrado, incluso empecé a temblar de miedo. Quería taparme los oídos para no escuchar el fatídico tercer graznido pero el miedo no me dejaba soltar el cabezal. Al final terminó su fatal mensaje y salió volando. Tardé aún unos segundos en reaccionar. Cuando lo pude hacer, miré a mi compañero; éste tenía la mirada perdida en la ventana, no parpadeaba y lentamente su cara se tornó blanca como la nieve, su mirada se hizo más grave aún y los ojos se le abrieron como platos, todo esto sin dejar de mirar a la ventana. Lo llamé varias veces pero no respondía le cogí el brazo y comprobé que estaba totalmente rígido, le

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golpeé varias veces en la espalda intentando llamar su atención, pero fue inútil. De un salto se levantó de cama donde estábamos sentados. Seguía mirando a la ventana, intenté cogerlo por las piernas pero éstas la estaban tensas, me puso a su lado y lo agarré por la muñeca, cuando con un movimiento rápido giro la cabeza y me miró. Noté como su mirada me llegó a lo más profundo de mí ser, como si me traspasara, solo duró unos segundo. Como un autómata volvió a mirar a la ventana y se encaminó a ella, yo me temía lo peor así que intenté detenerlo, me aferré a sus piernas pero podía más que yo. Estaba llegando a la pared y no podía detenerlo, me puse a gritar. Antes de que pudiese subir a la ventana tenía a varios compañeros encima, intentando detenerlo. Cuando llegaron las monjas tenía cinco personas sobre él, pero nos arrastraba a todos. Al abrir las hojas, llegó la madre superiora que actuó rápidamente golpeándolo en la cabeza, y este cayó inconsciente al suelo y nosotros tras él. Como se disparó la alarma, a poco más de diez minutos se presentaron allí los bomberos, la policía y una ambulancia que se llevó al pobre Mariano al hospital. Esa noche ya no pudo dormir nadie, y la madre superiora me llevó a su despacho. La puse al tanto de lo ocurrido, lo más insólito fue que Sor María, así se llamaba la superiora, no se extrañó por nada, y al final de mi relato sólo me dijo que Mariano era hijo único, que no tenía hermanos. Esa noche me marcó y a él también por lo poco que sé, me contaron que Mariano nunca llegó a recuperarse. Incluso un día fui a su casa a preguntar por él pero la madre no me dejó verlo. —¿Para qué quieres verlo hijo? si nunca dice nada, se queda mirando la pared las horas muertas, ni tan siquiera se mueve. Si mal no recuerdo precisamente hoy hace diez años de estos acontecimientos, hace tiempo que me mudé de casa, y ahora vivo en el campo, por aquí no hay lechuzas pero desde aquella noche, no me separo del crucifijo de madera que mariano escondía debajo de su almohada. FIN * E.G.B. La Educación General Básica (EGB) es el nombre que recibe el ciclo de estudios primarios obligatorios en varios países (Argentina, Chile y Costa Rica).

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El día en que apagaron la luz Por Aquiles Cuervo

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uena el timbre. Ya veo a un pariente lejano, del que no me acuerdo o no quiero acordarme, que viene a visitarme de sorpresa. ¿A esta hora? A quien se le ocurre venir, además sin avisar, a saludar a un viejo a las once de la noche. Los jóvenes de hoy en día no tienen consideración con sus mayores. Fingirá ser un sobrino lejano. Querrá hablarme de una vieja tía solterona que no conozco o no recuerdo. O vendrá a decirme que quiere quedarse unos días para saber que ha sido de mi vida. ¿Qué ha sido de mi vida? Fingirá interesarse por mí, me hablará de viejos álbumes familiares y de paseos a Portugal. Nunca me casé ni tuve hijos. Vivo como un pensionado cualquiera, pero sin peceras (y con pocas pesetas). Nunca me gustaron las mascotas. Acaso porque de chico mi abuela paterna me obligaba a acicalar por horas a su viejo gato angora, que ella llamaba Trapito y yo, despecho. Vuelve a sonar el timbre. A lo mejor es un vendedor de seguros de vida o alguien que quiere salvar mi alma, a cambio de salvar la suya. O es la señora del otro día, que vino a ofrecerme un tratamiento de rejuvenecimiento celular por tan sólo 1.500 euros. Yo la dejé entrar a la

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sala, porque la veía muy cansada y también, tengo que aceptarlo, porque quería hablar con alguien. Los primeros diez minutos se puso a hablarme de su empresa y de lo bien que tratan a todos los empleados. Yo no la interrumpí, porque quería que se quedara más tiempo, aunque sabía muy bien que no tenía con que pagarle su tratamiento. Para mí que ella también lo sabía, y por eso se puso a hablar de otro tema. Me mostró un par de fotos de su familia y me confesó que estaba harta de trabajar como vendedora. Después yo me puse a hablar sin parar de mis planes, que ya olvidé, hasta que ella se marchó. Eso fue hace ya ¿Cuánto?, ¿Cuánto tiempo? ¿Una semana? ¿un par de días? ¿Por qué no puedo recordarlo? Ahora estoy solo con mi viejo radio de tiempos de la guerra. En una emisora juvenil (¿?) suena un grupo que llaman “The Cure” (“The Cure”… de qué, me pregunto yo). El cantante repite varias veces la misma frase: “I am paralysed by the blood of Christ”. Es un radio viejo y sólo coge dos emisoras. Cambio el dial y ahora unos políticos hablan. Discuten sobre la nominación presidencial de un antiguo jefe de un partido cualquiera. Mejor dejo que suene música. Peor sería que estuvieran pasando uno de esos programas deportivos. Otra vez suena el timbre. Al fin me decido a asomarme por la ventana. No hay nadie. Apago la radio para escuchar mejor algún ruido raro que venga de la calle. No se oye nada. Hace rato que no habló con nadie, creo que desde que vino esa señora con lo de sus tratamientos de belleza. Yo nunca hubiera pagado tanta plata por un montón de cremas. Antes no. Ahora ya no sé. Puede que me venga bien ahora. Un par de retoques nunca caen mal. Sobretodo una buena mascarilla. La noche es cerrada y los vecinos están de viaje. Siempre están de viaje. Van de aquí para allá todos los días. Llegan cargados de bolsas de colores. Silencio en la noche como dice el tango. Tengo un sabor extraño en la boca. No es suma de saudades ni evocación de instantes más felices. Es una mezcla de hastío, gotas amargas y un poco de limón. Deseo algo distinto. No soy exigente: no espero un golpe del destino ni ganarme la lotería. Soy fácil de complacer. Sólo pido un “soplo de vida”. Quizá viajar a la antigua, en un trance mesmérico a la vieja Grecia. Notarán que no me gusta salir mucho de casa. No es mi culpa, es la fuerza de la costumbre. Que hastío, que desenfado eso de ser viejo. Se te van las horas sin que te des cuenta. No te quedan ganas ni de mirarte al espejo. Pasas días sin dormir y cuando te agarra el sueño, te pones a dormir sin parar y cuando te despiertas, no sabes muy bien si estas despierto. No sabes en dónde estás. Todo se te hace extraño, ajeno, imperceptible.

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Las caras de las personas se confunden. Ya no sabes si la señora que vendía tratamientos era la misma que vendía tratamientos era la misma que quería venderte el seguro de vida y a la vez salvar tu alma. O si el sobrino que vino a visitarte era el mismo al que tú invitaste para pasar las fiestas y al que le pediste que no se fuera, que no te dejara solo. Tampoco tienes claro si fuiste tú el que vivió todos esos encuentros. El que prendió y apagó la radio. No sabes ni siquiera si de verdad suena el timbre o no. Por eso tienes que asomarte cada rato a la ventana. A lo lejos oigo unas sirenas de carros, como en las películas gringas de los ochenta, que se acercan por la avenida Alcorta. Vuelve a sonar el timbre. También golpean la puerta con fuerza. Nadie se muere en la víspera solía repetirme mi tía solterona. El problema es que ya es de día. FIN

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La casa se despierta Por Cecilia Ananías Soto

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uvo suerte de que poseyera un oído más afinado que el mismísimo piano de Beethoven. De otra forma no hubiera logrado detectar aquél finísimo pito que trizó el aire con su raudo vuelo, seguido luego por un crujido sordo, como el de una granada siendo destapada; la chica saltó asustada de la cama —donde segundos antes dormía apacible—, agarró su almohada —aún impregnada en cabellos largos, sueños y champú— y la lanzó por la ventana. Siempre cuidaba de dejar ésta abierta. Un silencio infinitamente sospechoso era la canción de fondo de aquella noche. La chica respiraba entre intervalos irregulares y pesados, casi forzosos, un cliché de gota de sudor frío corrió una maratón sin competidores por su espalda; las manos le temblaban sin control, sus piernas igual. Ella, como edificio siendo bombardeado en los mismos cimientos, se sentía a punto de desmoronar. Pero no les iba a dar ese gusto, no. No tenía intenciones de morir. No por lo menos esa noche. Tragó saliva y respiró profundamente, de igual forma en que lo haría un buzo listo para arrojarse a un océano tan hondo y negro, que no podría saber a ciencia

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cierta cuánto se demoraría en salir. Vio las manchas de luz, sintió aquellos pasos hechos de silencio surcando el mutismo escéptico de aquella noche. —Ya vienen. Y es por mí. La chica comenzó a correr: Las manchas de luz reaccionaron al instante volviéndose más intensas, dañándole la vista con sus colores fulminantes ¡Estaban furiosos! Pero ella no estaba lista para morir en aquél momento. —Ya vienen, ya vienen… De repente se vio obligada a correr a saltos, porque repentinamente el piso comenzaba a dolerle bajo los pies descalzos ¡Era como las brasas ardientes de un sádico camino creado para flagelantes! Se volvió más difícil la tarea de respirar: el oxígeno a su alrededor, al igual que el suelo, cobraba vida. Era algo así, el aliento de un reptil de fuego, elevando la temperatura en cada resoplar, tratando de liberar aquél infierno que encerraba en cada escama. Y al fin lo comprendió: —¡Ellos están jugando con la temperatura de la casa! Intentaban provocar fuego con el calor que hacían heder incluso a las paredes. ¡Así lo invocarían y las llamas atenderían y vendrían a quemarla, dejándola encerrada en aquella maldita jaula viva! Contrariando la pesadez de sus sobrecalentados sentidos… echó a correr con más fuerza. Entonces, enfadada por su estúpida necesidad de querer seguir viviendo, la casa despertó completamente y despegó sus raíces para moverse y ayudar a sus perseguidores. Primero fue un pequeño remezón para desorientarla, luego un terrorífico vuelco total de las cosas: las paredes, el piso y el techo giraron revueltos en perfectos 360 grados. La chica perdió pie y se golpeó brutalmente contra el duro piso, que se transformó en techo y luego en piso de nuevo. Le invadieron unas náuseas terribles y unas incontrolables ganas de llorar, pero no había tiempo para eso. Se levantó de nuevo con expresión decidida y, antes de que la casa volviera a girar, se agarró férreamente de la manilla de la puerta más cercana… y aguantó. La casa dio dos giros más y ella, a pesar de que también giraba colgando de la puerta, no cedió. —¡Ellos no me van a atrapar! Y entonces se cirnió una inquietante calma, una calma extraordinariamente espeluznante. —Ja, no soy idiota. Aquél era un truco muy viejo de aquella casa: poner cara de inocencia, esperar a que ella se calmara o que

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creyera que se lo había imaginado para que dejara de huir… y atraparla. Pero ella estaba muy segura de lo que había visto. Y fue cuando lo sintió: cálidas gotas espesas de cierto líquido preciado y vital cayendo en su regazo. Las manchas de sangre en su ropa brillaron como sentencia de muerte ante sus ojos. La chica se llevó la mano al rostro tratando de buscar la fuente de origen. Se agarró la cara empapada en sudor y la arañó mil veces desesperada ¡La sangre no venía de ningún lado en especial! ¡Ellos la habían envenenado! ¡Ella se estaba derritiendo como helado en dulces ríos carmesí! Si no escapaba pronto... — ¡Voy a morir! ¡No quiero morir! Dobló por una esquina huyendo de ellos, pero una frazada por allí tirada se dio cuenta de su presencia y situación, por lo que se estiró y la cogió por el tobillo. La chica volvió a caer, esta vez rebotando contra un piso que se volvía elástico y espeso, especie de caramelo puesto a fuego lento. Intentaba envolverla, atraparla, cristalizarla... como el capullo a la oruga, que no se dignaba a preguntar si acaso quería ser mariposa; simplemente la encerraba y era forzaba a serlo. Ella no quería que le pasara algo así. —¡Ellos no deben atraparme! ¡No pueden cambiarme! Descargó una patada a la frazada, quién soltó un mullido bramido de rabia. Entonces ella volvió a levantarse, ahora doblemente desesperada; las manchas de luces estaban mucho más cerca y no dejaban de seguirla… corría, corría, resoplaba, todo hervía. No contó con que podía ser traicionada. La escalera, a quien ella había tratado tan bien cuidando y lustrando sus finas maderas con esmero, estiró la baranda y la aferró a su brazo. Abrió su boca de fauces eternas y la absorbió cual agujero negro engullendo una apetitosa estrella: su cuerpo comenzó a rodar entre escalones que se peleaban exaltados por tocar un poco de su humanidad. Eran cientos de fanáticos vejando a su vocalista favorita, desmayada sobre el estimado público. Todo giraba, la casa giraba, la escalera giraba, también sus tripas… hasta que su afinado oído lo escuchó: otro crujido sordo. Quizás el de otra granada siendo abierta. Quizás la casa enterrando sus raíces de donde originalmente salieron. Tal vez su cráneo partiéndose contra el suelo. O simplemente el cerrar de la puerta por donde ellos habían salido. Sí, eso debía ser... por eso se sentía tan liviana y libre. Tan tranquila. El detective cerró con pesar la bolsa negra, uniforme obligatorio que convertía a aquél cuerpo en un nuevo

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habitante de la morgue. Su madre no dejó de contemplar, abstraída, hasta que esos fenomenales ojos celestes desaparecieron tras el grueso nylon. —Una pena... ella era tan joven.— Murmuró el investigador con pesar— ¿Tiene alguna idea de por qué se lanzó de las escaleras? Quizás pasaba por un mal momento y decidió ¿suicidarse?— agregó con poca delicadeza (considerando que trabajaba siempre en casos como aquél). Pero la mujer no parecía sorprendida. Simplemente observaba la escena con resignación. Ante la mirada impaciente del brazo de la ley allí presente, sacó un frasco naranja de entre sus ropas y se lo mostró a modo de respuesta: — Lo encontré tirado— le dijo con expresión cansada— parece que ella olvidó tomar sus medicinas de nuevo— agregó frustrada ante la cara de desconcierto del detective. La casa cobijaba la escena en silencio sin dejar de ser sospechosa, incapaz de relatar cómo aquella noche había jugado con la chica. O quizás su propia mente le había jugado una mala pasada. Sólo ellos lo sabían. FIN

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El cigarro Por JOSÉ JOAQUÍN SACHEZ GARCÍA

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lgo presentía. No sabía qué, pero algo ocurría. No había comido nada en todo el día, y estaba nerviosa. Había un silencio sepulcral en el ambiente y los ruidos de la casa, a unos cinco metros de donde ella estaba, eran los mismos pero más solemnes. Estuvo inquieta toda la noche, daba tres pasos y volvía de nuevo a su posición inicial. Se tumbaba, se levantaba y se volvía a tumbar con una pena incierta y tan grande que le obligaba a emitir un leve sonido imposible de ahogar. El olor era insoportable y no sabía si daba pasos torpes por estar nerviosa o se ponía nerviosa al andar tan mal. ¿Por qué cambió todo de repente? Las flores, el verdor, la encina, la compañía, el viento suave, el tiempo indetenible. Y la rutina, tan necesaria, tan familiar. Comida, sueño, paseo, juegos. Esa rutina que nos acoge, que nos asegura. Esa rutina que espanta los peligros, que conjura a la muerte, que la adormece, como el humo a las abejas, para que no piquen. No, nunca deseó peripecias, nunca se sintió aburrida. Le gustaba tumbarse a la sombra de un alcornoque y no esperar nada. Las horas pasan y no se quedan.

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Entonces ¿qué pasó? ¿qué hizo mal? Parecía que estaba allí como por un castigo. ¿Por aburrida?, ¿por no tener nada que ofrecer? No ser nada, no servir, no haber aprendido y que otros se sirvieran de esa sabiduría. Y ahora aquí, en mitad de ninguna parte, asustada, en un habitáculo inmundo donde nunca había estado antes, cansada, asustada. No hay peor miedo que el que no te dice nada, que el que no te amenaza. Está ahí, es seguro, pero no te escribe en un papel lo que va a ocurrir. No hay letra pequeña. A veces se quedaba callada tratando de interpretar los silencios de la noche, o los minúsculos ruidos que salían del patio o del interior de la casa. Eran ruidos pequeños y asustados, como no queriendo molestar. El leve viento en el manzano del patio, el interminable cri-cri-cri del grillo, el crepitar del fuego en la cocina, una lejana conversación de dinero, y ni un ruido más, porque la salamanquesa es silenciosa cuando, acechando debajo de la bombilla que atrae a los mosquitos, se abalanza con rapidez sobre la presa, tampoco hacen ruido las estrellas al temblequear, no hace apenas ruido la luna alumbrando el patio, y casi no hace ruido la semioscuridad, aunque algo sí. Lo que hace ruido es el miedo, el miedo sí. Hace un ruido tan ensordecedor que debes hacer algo para callarlo, tal vez gritar para silenciarlo. Y eso hizo, no muy fuerte, pues en su estado tenía miedo a que su propio grito la asustase. Hizo un pequeño gemido, un ruidillo tímido. Su grito, su pequeño alarido como de disculpa, hizo que de la puerta de la casa saliese un chico joven, de unos treinta años. Llevaba una gorra blanca, de publicidad de tractores, y una barba de varios días que le daban un aspecto hosco. Se acercó a la estancia con pasos fuertes abrió una portezuela de madera roída, miró dentro y se quedó parado. No se movían ni el hombre ni ella. Él la miraba fijamente apretando el cigarro con los dientes, como mordiendo el odio, y ella, más asustada aún, se quedó inmóvil, pero no pudo evitar soltar otro pequeño gemido, como de miedo y de pregunta. El chico se quitó el cigarro de la boca mientras seguía mirando. Tras unos segundos que se detenían, el hombre volvió sobre sus pasos y entró en la casa. Alguien de dentro, una voz ronca como de cueva, le dijo —¿No le habrás dado nada de comer, verdad?. —Que no joder, estará nerviosa porque intuye lo que le va a pasar. Creo que se ha cagado de miedo, huele a perros muertos. El joven cerró la puerta y se apagaron las luces que, con la ayuda de la luna, iluminaban el patio.

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El miedo no es eterno pero distrae el frío. Pero te acostumbras algo al miedo y es en ese momento cuando el frío de diciembre dice aquí estoy. Y el hambre, ese hambre que te deprime y ese frío que hace que te sientas pobre. Fue una brisa fría que le entró por la espalda e hizo que se acurrucara aún más. Fue sólo un pequeño vientecillo, como el pedo de un infierno helado. De vez en cuando abría los ojos, en esa duermevela incomodo, frío y violento que deben sentir los desgraciados condenados a fusilamiento. Pero ese no era su caso, ¿qué pasaba? No sabía con seguridad nada, pero algo, la noche, le decía que sí. El miedo hizo que tuviera arcadas. No pudo vomitar porque llevaba mucho tiempo sin comer, así es que las arcadas eran eternas y violentas, acompañadas de un llanto sin ruido de lágrimas frías. Cuando cesó algo el frío se quedó dormida, serían las 5 o las 6 de la mañana. Todo ocurrió de repente. Se abrió la puerta con un ruido fuerte y corto y, sin apenas abrir los ojos, ya se estaba poniendo en pie, alerta, asustada y un poco suplicando. Entró un hombre enorme con un gancho y se lo clavó a ella en la garganta. Aterrorizada, comenzó a gritar y a recular mientras el hombre, con el cigarro en la boca, se ponía casi a ras del suelo mientras tiraba de ella. El dolor era insoportable, y dos hombres más se pusieron detrás a empujarla hacia fuera del habitáculo. Tanto ella como los hombres pisoteaban toda la mierda en la breguina. —No quiere salir la hijadeputa—decía el hombre enorme, bregando y con el cigarro en la boca De tanto sangrar perdió fuerzas, unido a la presión que ejercían los tres para sacarla. No tuvo más remedio que ceder unos pasos y fue cuando otro hombre le ató una soga de esparto. A la de tres, dijo el del cigarro, que en ningún momento se lo quitó de la boca. Tuvieron que ser 5 hombres los que la subieron a una mesa de madera caliente, mientras una mujer, con un paño atado en la cabeza, preparaba un lebrillo en la cabecera de la mesa. En ese momento, llena de dolor y miedo, fue cuando se sintió más desprotegida, atada, y rodeada de hombres y mujeres armados y seguros. Esa seguridad en los movimientos y esa tranquilidad en hablar le dijo que lo tendría difícil para salir de allí con vida. Pero el hecho de que el hombre enorme no se quitara el cigarro de la boca en ningún momento ya le dijo que no tendría ninguna posibilidad. Uno de los hombres tenía en la mano un cuchillo enorme, con la empuñadura de madera sucia y

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grasienta. Ese no hacía nada, sólo esperaba. Con enorme dificultad, el resto de hombres la subieron y ataron a la mesa. Ella se movía y gritaba tratando de ponerlos nerviosos pero el del cigarro, con un gigantesco cuchillo, le puso la mano en la oreja y, mientras presionaba para que no moviera la cabeza, le puso con cuidado la punta del cuchillo en la garganta. Gritó todo lo que pudo y se movió con todas sus fuerzas, pero estaba perfectamente atada y los hombres tensaban la soga para que se moviera lo menos posible. Apenas podía mover algo la espalda de lo perfectamente atada que estaba, así es que el del cuchillo lo clavó en su garganta, ni demasiado deprisa ni demasiado lento. De su garganta salió un chorro interminable de sangre, que caía en el lebrillo, mientras la mujer le daba vueltas con el palo. Del lebrillo salía el humo de la sangre caliente. La mujer daba vueltas a la sangre con tranquilidad, mientras la miraba a los ojos y decía “pobrecilla, cómo se defiende para nada, pobrecilla”. Desde la puerta de madera oscura, un niño miraba con los ojos muy abiertos, con una curiosidad que le impedía irse y con un pánico por los gritos que le impedía acercarse. Ella, ya atada con soga de pita, recibía la mirada de consideración de la mujer del palo, pero no tranquiliza una mirada cuando tienes un agujero en la garganta por el que sale tal cantidad de sangre. Dos de los hombres la abrazaron para que no se moviera, y a uno de ellos se le cayó el cigarro en su cuerpo pero ella no notó nada. No estaba para dolores menores. Las fuerzas la abandonaron rápidamente, y poco a poco dejó de forcejear, pero ellos seguían con su abrazo atroz y tensando la soga con fuerza. —Creo que está preñada la cabrona, dijo uno de los hombres mientras retiraba su abrazo de control. —Pero qué coño estás diciendo, Friajón me dijo que no estaba preñada, que eran arrobas de grasa. —Arrobas de grasa los cojones. ¿Qué es eso de arrobas de grasa? El Friajón t’angañao como a un niño de teta. Antes de comprar un cerdo pregunta al que sepa, coño, que eres más torpe que los palos curvos. Aún tenía un hilo de respiración cuando empezaron a abrirla para sacarle las 6 crías de la barriga. FIN

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Pascua Florida Por Rodrigo Torres Quezada

S

emana santa es la celebración en la que se supone hay recogimiento, paz, contemplación y templanza en las pasiones. Aquí, el conejo ha ocupado un sitial sagrado: es el encargado de entregar huevos de chocolate a los niños. La siguiente historia relata lo acontecido entre un niño llamado Cristián y un extraño conejo. Una noche de viernes santo, Cristián escuchó que tocaban su ventana precipitadamente. Afuera llovía y le pareció extraño que alguien anduviese a esas horas en su patio. Pensó que era un ladrón. Tomó un pequeño fierro que había debajo de su cama y se acercó a la ventana. Un rápido resplandor que encandiló la pieza, mostró un rostro deforme que hizo tirarse en la cama a Cristián por el susto. Este tomó valor y volvió a acercarse a la ventana. Cuando iba a apegar su rostro con las manos a modo de viseras para evitar la luz de los faroles de los alumbrados de la calle, la ventana volvió a emitir un ruido. El chico se quedó pensativo: ¿qué cosa podría ser la que golpeaba a esa hora? ¿Acaso era algún santo que bajaba del cielo para visitar a la humanidad en plena semana santa para guiarla por el buen camino? Luego los golpes en la ventana ya no sólo eran rápidos sino que violentos y fuertes. Una

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nueva ráfaga de potente luz dejó al descubierto un rostro deforme y no humano: era una especie de rata gigante. La lluvia golpeaba el vidrio y cada pequeño golpecito de las gotas parecía ser hijo de los golpes más fuertes. Cristián tomó valor, inspiró profundo y abrió la ventana. De un brinco la creatura deforme entró a la pieza del niño, dejando el piso húmedo y con extrañas manchas de sangre. Con estupefacción, Cristián observó que la creatura era un conejo gigante del porte de un hombre maduro, cuyo rostro estaba deforme y que se devoraba a sí mismo: comía su brazo izquierdo dejando al aire jirones de piel y músculos y sólo la base del hueso del húmero. Cristián estuvo a punto de gritar pero la criatura le tapó la boca con la gran mano derecha. El niño sintió el sabor de la asquerosa sangre recorrer las comisuras de sus labios y la punta de la lengua. El extraño visitante le miró a los ojos con una esquizofrénica convulsión que hacía a la situación ser aún más tensa. —No, amiguito, tú debes quedarte callado. No debes delatar a tu amigo Trian, yo soy un buen amigo. Tú eres mi amigo, yo soy tu amigo El apestoso ser sacó la mano del rostro de Cristián. Este le tomó pena a la creatura llamada Trian, por lo que le ofreció un vaso de agua. El ser lo rechazó diciendo: —No tengo sed, amiguito. Tengo apetito sexual… Es demasiado…, es demasiado— y el conejo se rompía los tendones del brazo izquierdo, lo que quedaba de ese brazo, y hacía crujir el húmero sacándose chillidos de dolor que al parecer sólo escuchaba Cristián pues ninguno de sus padres o hermanos fue a su pieza a averiguar qué ocurría. —¿Qué quieres de mí? ¿Por qué tocabas mi ventana?— preguntó el niño. —Te tengo una sorpresa, amiguito. Tú has sido un niño bueno, así que los señores amos me han mandado a mí, tu amigo, a buscarte para que vayas conmigo a la tierra de los huevitos de pascua…¡¡¡Celebraremos tú y yo la pascua florida junto a mis señores!!! —¿Quiénes son tus señores? —Los doce amos de la última cena, los dueños del respeto a la carne Cristián se dio vuelta unos minutos, no quería ver cómo la creatura se infringía dolor. Estaba tan mal Trian que empezó a llorar y sus lágrimas se llevaban pedazos de carne del rostro, los que reventaban al llegar al piso del niño, derritiendo el suelo como si hubiesen sido trozos de ácido sulfúrico. —¿Qué debo hacer para que dejes de comerte a ti mismo?— gritó Cristián desesperado al ver a su visita

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sufrir. —Tú, mi amiguito, debes venir conmigo, tu gran amigo, a la tierra de la Pascua Florida, y los grandes señores me otorgarán el placer carnal con una compañera de mi agrado… Tú eres mi salvación, niño —Está bien, acepto… Todo sea para no ver más como te devoras a ti mismo… Guácala El conejo entonces dio un brinco por la ventana y volvió al jardín. Afuera llovía aún más copiosamente y las gotas de agua se arremolinaban en los tiesos pelos grasosos de la bestia que en varias partes de su cuerpo dejaba ver diversos tejidos nerviosos que latían de tal forma que provocaban una arcada repulsiva. El conejo le indicó al niño, con el hueso carcomido de su brazo izquierdo, que debía seguirle. Este obedeció al instante y saltó por la ventana. El conejo revolvió flores y arbustos que la madre de Cristián había cuidado con mucho esmero, hasta que encontró una gruta en la tierra; era un túnel de tan sólo dos centímetros de diámetro. —Hay que saltar ahí, amiguito— dijo el conejo. —No… ¿En ese hueco tan pequeño? Estás loco… ¿No me digas que esto es algo así como “Alicia en el país de las maravillas”? —Esa Alicia era una… No, sólo salta… Sigue mi ejemplo, amiguito El conejo saltó hacia el hueco y extrañamente, a pesar de su gran tamaño, cupo perfectamente y se deslizó hacia dentro dando un grito monocorde. Con grandes dudas pero mucho valor, Cristián se dio un impulso y saltó en el hueco. En un segundo ya estaba deslizándose por un interminable túnel. Entonces cayó dándose un fuerte golpe en un gran jardín en donde sólo había mariposas, hierba verde, bosques lejanos y hadas madrinas jugueteando entre sí y comiendo huevos de chocolate. Cristián miró hacia arriba y vio que estaba de día, había tres soles que equilibraban sus fuerzas (de hecho el clima era templado) y el cielo era de un azul puro que sobrecogía. Allá, muy lejos, había un punto que parecía una estrella pero en realidad era el hueco del túnel por donde habían llegado. Al principio Cristián no vio al conejo pero al cabo de unos minutos lo encontró devorándose su propio estómago pues veía a las hadas madrinas y no soportaba sus deseos. —Oye, cálmate, ya tendrás a tu compañera— le decía Cristián— Ya… El niño se fijó que Trian ya había devorado a algunas bellas hadas las que se retorcían mutiladas en el suelo. El conejo reía viéndolas sufrir. —Oye, conejo… ¿Y ahora qué? El conejo arrancó hecho un rayo a través de las hier-

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bas para llegar a un bosque. Aunque Cristián le perdió de vista, pudo seguir su fétido olor y el rastro de sangre que dejaba en el suelo. Al llegar al bosque, el niño se encontró con que los frutos de cada árbol eran pedazos de carne: algunas eran chuletas en descomposición, otras eran animales enteros sin piel que aún agonizaban, otros frutos parecían ser personas. Cristián quedó congelado, no podía creer que existiese ese lugar tan sádico. —Este maldito bosque está podrido…— dijo Cristián. —Amiguito mío, son los bosques de los señores sagrados. Tienen el conocimiento de todo… Sólo come las carnes— contestó el conejo sonriendo esquizofrénicamente, con baba naranja en la boca. —¿No se supone que esta es la semana santa y no se comen carnes rojas, a lo más carne de pescado? —Los pescados aquí no se comen, aquí ellos son sagrados pues son los mensajeros de mis señores, amiguito mío— el conejo sacó un “fruto” con forma humana: era un pedazo de masa sin piel pero que con cada mordida daba un chillido que escupía sangre. Cristián quiso arrancar de ahí, pero lo detuvo un temblor en la tierra: de esta emergieron tres criaturas del porte de un elefante. Eran peces que tenían en vez de escamas pelos de rata. Sin embargo, tenían branquias. De esta expulsaban jirones de grasa. —¿Alguien dijo que quería comernos?— preguntó furioso uno de los peces. —Yo lo dije— contestó con valentía Cristián— Pero no lo dije mal intencionadamente. Lo que sucede es que en mi mundo de los humanos en semana santa comemos carne de pescado pues no podemos comer carnes rojas —¿Eres un humano?— los tres peces se miraron entre sí con complicidad— Los doce señores de la última cena estarán felices de saber que estás aquí —Sí, vayan, vayan— gritó descontrolado el conejo que seguía sacándole chillidos agonizantes a esa masa que devoraba con intencionada lentitud para proporcionarle un dolor y un sufrimiento ejemplar— Vayan y díganles a los doce amos que Trian el insuperable trajo a este niño Los tres peces gigantes se sumergieron como topos en la tierra y se dirigieron hacia misteriosos lugares. El conejo se perdió entremedio del bosque pero se podía rastrear su ubicación por medio de los distintos gritos agónicos que los “frutos” daban al ser devorados por la bestia cruenta. Sin embargo, a Cristián ya no le interesaba saber en dónde estaba el apestoso conejo, quería idear por sí solo algún plan para escapar de ese lugar

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pues sospechaba que algo maquiavélico se tejía ahí. Arrancó hacia el otro bosque atravesando los campos de verdes hierbas altas en donde encontró a un grupo de hadas bañarse desnudas en un pequeño charco de agua. El niño rechazó la oferta sensual con la mirada a pesar de que las melodiosas voces le llamaban por su nombre para que se uniera a semejante baño. Cristián se internó en el otro bosque. Aquí se escuchaban voces tristes. Avanzó unos pasos hacia un bulto que vio junto al lado de un pino y le vio llorar. —Hey… ¿Qué sucede?, ¿por qué lloras? El bulto levantó la cabeza. Era un rostro descompuesto que parecía recomponerse pero siempre volvía a su triste origen: ser una masa de carne molida en donde los ojos, una mazamorra fétida, desprendían lágrimas. Su boca era un hueco rústico que sólo exclamaba tristezas. Cristián se alejó del bulto y corrió como si con eso lograse adelantar algo para volver a casa. Entonces tropezó con el mismísimo Trian que apenas se sostenía pues había devorado parte de sus piernas. Sólo sus genitales estaban intactos pues sin estos ninguna compañera hubiese aceptado sus propuestas amatorias. La creatura de voz horrísona le dijo: —Sé bueno con amiguito, no huyas —¿De qué hablas? Mi familia debe estar preocupada por mí —No, no, no… Amiguito, debes ayudarme, recuerda mi situación— y el conejo se indicó sus partes pudendas. De pronto, una lombriz alada, sobre la cual iba un jinete de rostro de moco, sacó de su cuerpo unas ramificaciones decadentes y asquerosas con las que tomó a Cristián. El conejo montó junto con el jinete moco. En menos de unos segundos llegaron a un palacio hermoso rodeado de ajimeces con decorados de ángeles bebiendo del espíritu santo y serpientes rindiendo adoración al tiempo. Las visitas fueron llevadas por unos soldados metálicos a un enorme salón en donde había una gran mesa con doce hombres vestidos de diferentes colores, que hablaban acerca de asuntos teológicos, filosóficos y morales. Extrañamente el conejo que estaba mutilado por él mismo, se ganó al medio de la gran mesa y hablándoles a sus camaradas dijo: —Como ha sido resuelto desde tiempos inmemoriales, he procedido a traer a la víctima del ritual de renovación de mi cargo de guía psicoespiritual. Ahora que les he traído carne de un humano con piel, ustedes han de ratificarme en el cargo con mi hieródula preferida Cristián no entendía nada de lo que sucedía. Se le trajeron al conejo varios especímenes de féminas de

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todo tipo: desde conejas hasta hermosas damas humanas. El conejo eligió a una mujer cuyo cuerpo podía saciarle su apetito sexual. Entonces en medio de la mesa procedió a consumar sus deseos, a la vista de sus camaradas. Estos tomaron a Cristián, con santos poderes lo rebanaron en varios trozos y procedieron a devorarlos en medio de los movimientos frenéticos que el conejo producía con su hieródula. FIN

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sobre esta edición En el año 2009 celebramos los doscientos años desde el nacimiento del escritor norteamericano Edgar Allan Poe (1809-1849), maestro de los relatos breves y del género de terror. Por este motivo, nuestra revista decidió llevar a cabo un concurso de relatos breves cuyo género fuese precisamante el misterio y terror. La convocatoria fue todo un éxito, recepcionándose alrededor de doscientos trabajos de autores chilenos y extranjeros. Entre ellos se seleccionaron 2 primeros lugares y 5 menciones honrosas (sólo 4 de las ellas se incluyen en este número, debido a que su autor solicitó no ser publicado ya que aparecería publicado en otra revista).

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agradecimientos A Silvia González, por sus maravillosos dibujos. A Amanda Espejo, por su constante apoyo e ideas. A todos los autores que participaron en el concurso, por la confianza, la esperanza y la paciencia, tras la tardanza en la publicación. A los lectores y amigos, que nos leen y comparten su opinión con nosotros. A don Edgar Allan Poe, por su cuentos y la inspiración que nos provoca. A Pablo Delgado, por su valioso apoyo en la impresión de esta edición. A Teresa Muñoz, María Elena Monsalve, Rodrigo Suárez, Sonia Leal, por aportar su grano de arena en la revisión de textos. Gracias a la vida.

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El Puñal 4 AÑO 2010

DIAGRAMACIÓN Elizabeth Cárdenas

ILUSTRACIONES Silvia González (España)

EDICION DE TEXTOS Elizabeth Cárdenas

PRODUCTOR DE EDICIÓN Pablo Delgado

CONTACTO

www.elpunal.blogspot.com

EL PUÑAL es una revista de creación literaria independiente, libre, en constante desarrollo. Nos interesa crear lazos de amistad y aprendizaje, basados en el amor por las letras. Los invitamos a escribirnos e intercambiar enlaces y textos.


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El Puñal 4 ESCRIBEN EN ESTE NÚMERO

Ernesto Antonio Parrilla josé cantarero martínez rodrigo torres quezada aquiles cuervo josé joaquín saches garcía cecilia ananias soto .

Revista Literaria El Puñal 4  

Cuento y poesía

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