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LA CIENCIA DE LA PIEL

cortes, que la gente compraba. Recuerdo que mi padre tenía un rancho de naranjas, en un área donde también tenían propiedades sus hermanos y otros miembros de su familia, y allá íbamos en tartana, tirada por un caballo, y posteriormente también fuimos en carro, y era muy emocionante llegar en las tardes, aquellas tardes medio nubladas, con un viento que mecía el zacate y el maíz sembrado en los alrededores de la huerta. Mi padre tenía como dos mil naranjos en aquella huerta que le habían dejado sus padres. De mi infancia también recuerdo que me llevaban al cine. Había un cine en Montemorelos, donde vi por primera vez la película de Walt Disney, de Blancanieves. También me gustaba mucho leer, y leía cuentos de diferente tipo; pasaba de los viajes de Gulliver y Las mil y una Noches a Julio Verne y Emilio Salgari. Las obras de este último autor las aprecié a través de una novela que se transmitía por radio: El Corsario Negro. A fines de la década de los 40, no había televisión, pero podíamos oír las novelas e imaginarnos la trama. Recuerdo de una manera muy vívida haberle pedido a uno de mis hermanos que consiguiera toda la secuela de los libros de El Corsario Negro, y toda la serie de Emilio Salgari sobre los corsarios; y también del mismo autor, Sandokan, y Los Tigres de la Malasia, y era cuestión de imaginar el área tropical donde se desenvolvían aquellas escenas de este autor, que jamás las visitó, pero que tenía una manera magnífica de expresar cómo se encontraba la naturaleza y el ambiente de esos lugares, de tal modo que parecía que uno los estaba visitando. Tuve la oportunidad de estar en una primaria privada, y en una secundaria de gobierno, y luego, en Monterrey, estuve en una preparatoria privada, para volver más tarde a la universidad en una escuela pública. He sido lo suficientemente afortunado para tener ejemplos, vivencias de diferentes ambientes, de diferentes personas, y de saber cómo ven la vida diferentes núcleos de la población, y cómo una persona puede ir avanzando en la escala social, gracias a las posibilidades que nos da el gobierno, al tener escuelas públicas, para que la gente se eduque, se desarrolle un tamizaje social, que hace al individúo avanzar RECUERDOS FAMILIARES C: ¿Cómo eran su padre y su madre? OW: Mi padre era un individuo al que yo admiro, porque quedó huérfano de madre al año de edad –mi abuelo, era médico, el doctor Carlos Desiderio Welsh García. No se volvió a casar, y murió en el año 1913. A los 13 años quedó mi padre huérfano de padre y madre. Había nacido en el año 1900, y no se casó sino hasta el año 1939, y mi madre era 17 años menor que él. Mi madre era la hija del mayor de los Lozano, una familia de 18 hermanos, originarios también de la región citrícola, el cual se dedicaba al comercio. Ella estudió para contador privado, que era una de las carreras que había por aquel entonces, y se dedicó a su trabajo como contador privado. Conoció a mi padre, y finalmente se casaron. Ella dice que se veía muy joven, que él no le reveló la edad que tenía –era comeaños- y que al momento de estar firmando los papeles, ya para

CONOCIMIENTO

la boda, se dio cuenta de que al día siguiente cumplía los 39 años. Curiosamente, los dos tenían la misma fecha de nacimiento, pero con una diferencia de 17 años. Mi abuelo materno era don Pedro Lozano Villarreal, del cual hay varias generaciones de descendientes; la mayor parte son profesionistas y algunos comerciantes. Casi todos los hermanos de mi abuelo se dedicaban al comercio. C: Dice usted que, cuando empezó a estudiar medicina, imperaba la escuela francesa. Después se impuso la norteamericana. ¿Qué características tenían ambas escuelas? OW: Por ejemplo, la escuela francesa era una escuela sumamente descriptiva, muy clínica, que todavía tenía todo el antecedente de la Primera Guerra Mundial, y de parte de la Segunda Guerra Mundial, que acababa de pasar. Ésta se terminó en 1945, y yo entré a la Facultad de Medicina once años después, en 1956. Pero ya desde la preparatoria, en el Colegio Franco Mexicano, estudiábamos un compendio de Anatomía, de Testut, que era un autor francés. El Testut tenía alrededor de cinco mil páginas, y eso era lo que tenía que aprender el estudiante de medicina en primer año. Era un libro en volúmenes muy bonitos, con una cubierta de cuero, y con unas gráficas increíbles de las diferentes secciones que uno iba tomando como clase de anatomía. Yo diría que, más que enseñarnos mucha anatomía, lo cual aprendimos indiscutiblemente, lo importante fue que aprendimos a estudiar, porque tenía uno que leer y leer y leer, y participar en la clase. Afortunadamente, yo ya traía el hábito desde la secundaria, pero principalmente desde la preparatoria, donde tuve la oportunidad de realmente aprender a estudiar, y eso me permitió disfrutar de la carrera. El primer año de la

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