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CONOCIMIENTO

LA CIENCIA DE LA PIEL

Escribe sobre mi piel, no escatimes en frases, derrama tu inspiración, amor, hazme poesía viviente, tus dedos sean la punta de la pluma, que se deslice exigente por la suavidad, las ranuras de mi cuerpo ardiente.

Pareciera que en los oídos del poeta retumbara el llamado de la selva, con la autoría de la piel, en esa frase que como el tam tam de las tribus tribales retumbara bramando: “¡Anda, poeta. Escribe sobre mí todo lo que sabes del amor. Atentamente: la piel!” LA PIEL, ESPACIO SIDERAL Y el poeta responde, solícito y complaciente: “Tu piel es traje hermoso y brillante. Es el atuendo que cubre el cuerpo perfecto, que excita mis sentidos en la fiesta del amor. Tu piel es el espacio sideral que espera a este poeta para escribir con besos lo que te define: el poema del deseo”. La piel, no hay duda, es principio, tránsito y fin de la imaginación, los deseos, la pasión y la quimera del verso animado por una copas y un eventual abandono, ingredientes necesarios para espetar a la hoja blanca: “Tu piel es el destino de mis manos excitadas”, para ir de inmediato a dar atención a otro deseo que aflora de manera espontánea: “Quiero sentir tu piel mojada y palpitante, exigiendo que mis manos la recorran sin pudor y que encuentren los puntos precisos del placer”. OBJETO DEL AMOR Y DEL POEMA La escritura minimalista adquiere excelsitudes poéticas, si se la traza con los dedos sobre la piel de la persona amada; entonces se convierte en el objeto del deseo, de la pasión, del amor y del poema. La escritura sobre la espalda o sobre el vientre adquiere dimensiones de compendio literario, que permite todo género de desobediencias a las reglas sintácticas y gramaticales. Vamos: permite el juego, la sensación directa, sonora; el desenfado, y la con-

versión del vientre o de la espalda en un espacio mágico alucinado. La piel es, desde siempre, un exquisito objeto sensual, amoroso, pasional. Díganlo, si no “La amada inmóvil”, “Ante un cadáver”… y otros en los que pareciera que el poeta, representando al género humano, gritara con Rilke: “La hora gravita sobre mí y me alcanza con su claro sonido metálico./ Mis sentidos tiemblan conmovidos. Siento; puedo…./Soy dueño de la plasticidad del día”. Y, desde las entrañas de la tierra, el bardo surge una vez más, sólo para hacer presencia y para que no se olvide que: la piel, quebradiza y muerta, desgaja el viento y el tiempo… se caen los deseos y se desvanecen los sueños, se caen las uñas y las promesas, y sin deseos, sin sueños, sin cuerpo, sin ser,… alcanzando a musitar suavemente: “¡quiero cambiar de piel, porque en esta no cabe ya más un solo signo!”

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