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Septiembre de 1211, Anno Domini. Salvatierra, el solar de la Orden de Calatrava, ha caído. El califa almohade Al-Nasir ha reunido un ejército de decenas de miles de hombres y avanza hacia el norte con intención de completar la obra que su padre inició años atrás en Alarcos: erradicar por completo de la Península a los reinos cristianos. Para evitar la aniquilación, los cristianos se ven obligados a emplear todas sus fuerzas. Alfonso VIII, rey de Castilla, forja alianzas y prepara la guerra con ayuda del papa Inocencio III, que declara la Cruzada e insta a todos los hombres de la Cristiandad a que acudan a combatir en España. A través de los ojos de cuatro cristianos y tres musulmanes, esta novela coral narra cómo se gestó la épica campaña que desembocó en la batalla de Las Navas de Tolosa, una de las más trascendentes y sangrientas de toda la Edad Media.


FRANCISCO RIVAS

1212

Las Navas


A mi familia.


Aunque ahora mis ojos solo perciban la oscuridad, os aseguro que he visto las maravillas más gloriosas de la Creación. Aunque mi brazo apenas pueda sostener la espada, fue ella la que me proporcionó la salvación. Aunque mi voz suene seca y gastada, antaño entoné cánticos de alabanza al Redentor. Aunque ahora casi no pueda moverme, os prometo que luché ferozmente contra el enemigo. No, yo ya no soy. Pero fui, y puesto que fui, seré. Maldigo a los hombres sin memoria, y bendigo a los que lucharon conmigo aquel día, el día en que cambiamos el mundo. Oh, sí, nosotros fuimos como el viento del este que arrasó las naves que amenazaban Sión, como el clamor de las trompetas que derribó las murallas de Jericó, como el mar que sepultó en su oscuro seno a los ejércitos de Egipto. Y no lo merecía, pero tuve el honor de luchar aquel día por la cruz; y era indigno de ello, pero tuve el placer de saborear la victoria. Y así, cuando cruce las puertas de la muerte y el Señor de los Ejércitos me haga la terrible pregunta que aguarda a todo mortal, cuando Él me pregunte: «¿Tú qué hiciste?», yo podré decirle: «Señor, yo combatí».


PARTE PRIMERA EL FUEGO

El sol arrasaba el páramo de Castilla convirtiéndolo en un mar de luz y sangre. Mientras moría, sus rayos araban la tierra como si quisieran dejar en ella una marca indeleble antes de desaparecer en las tinieblas, cual si fueran el último y glorioso estertor del héroe que por fin sucumbe. Algunas nubes, escasas, rompían la perfecta uniformidad del firmamento y recogían los destellos del astro, un coro que lloraba su caída y buscaba empaparse de lo que de él quedaba, de su esencia, de su alma. Por tan elegíaco paisaje cabalgaban unas sombras blancas en dirección a las tinieblas que se arremolinaban hacia el norte. Eran unos sesenta o setenta caballeros, no más. Los restos de la orgullosa Orden de Calatrava, la primera en toda España en tomar las armas para defender su reino contra el Islam, pero incapaz ahora de defender su propia casa. Salvatierra, la fortaleza por la que habían combatido todo el verano, quedaba a sus espaldas, cada vez más lejana a medida que huían hacia el castillo de Zorita. El emblema de la santa cruz había sido sustituido en sus torreones por la media luna. Era uno de los primeros días de septiembre. Cincuenta y un días antes, a comienzos de julio, los frailes que defendían Salvatierra habían visto cómo un inmenso ejército almohade caía sobre ellos. Tomando una decisión tan valiente como suicida, cuatrocientos de estos guerreros salieron de la fortaleza y cargaron contra el enemigo, cargaron contra su perdición. Ninguno sobrevivió, pues por cada calatravo había cien musulmanes, y los aullidos de rabia y dolor que brotaban de las gargantas de los cristianos al caer derrotados no eran sino agorero presagio de lo que estaba por venir. El resto de la guarnición se preparó para resistir y encomendó su alma y su fuerza al Señor de los Ejércitos. Absolutamente rodeados y sin esperar auxilio alguno del exterior, pues la frontera castellana se hallaba a varias leguas al norte,


los frailes no pudieron más que observar llenos de impotencia cómo el castillo de Dueñas, hermano de Salvatierra, caía; no lograron impedir que parte del ejército que les cercaba se separara y saqueara impunemente los campos toledanos ni que el pueblo situado al amparo de la fortaleza fuera arrasado, y sobre sus humeantes restos emplazaran los musulmanes las catapultas que ellos conocían como almajaneques hasta en número de cuarenta, temibles armas con las que hostigaron incesantemente los muros del castillo intentando abrir una brecha por la que penetraran los sitiadores. Estos lanzaron ataque tras ataque, firmemente determinados a acabar de una vez con la orden que tanto les había ultrajado en la última década. Muchos monjes murieron, pero fueron más los atacantes que dejaron su vida en las murallas, ya que los defensores combatieron con un fervor solo igualado por su desesperación. Todos ellos preferían morir diez mil veces y sufrir los tormentos del infierno antes que permitir que Salvatierra, la daga clavada en el centro del imperio almohade, por la que, según los propios mahometanos, «sufría el corazón de la fe musulmana», la única llama de esperanza para el Cristianismo en España tras la matanza de Alarcos, se perdiera. A medida que pasaban los días, más aumentaba la ira de los almohades por ver lo difícil que les estaba resultando tomar la fortificación, y con más fuerza eran rechazados en sus furiosas acometidas. Mas si las armas cristianas podían sostener, aunque a duras penas, las embestidas del ejército musulmán, nada podían hacer contra la sed. La escasez de agua, irónica tras una primavera excepcionalmente lluviosa, y unida al calor del verano manchego, causaba tantas bajas como los soldados del ejército islámico, y condenaba a los defensores a una lenta e inevitable derrota. Por esto, viendo los almohades que no podían tomar Salvatierra sin que la sangre corriera a raudales, y sabiendo los calatravos que no podrían derrotar a sus enemigos, se pactó la capitulación. El castillo fue ocupado por los musulmanes, quienes no tardaron en quitar todas las cruces que había en él, y convirtieron la capilla en mezquita. Cánticos de alabanza a Alá fueron entonados por todos los combatientes musulmanes al ver que su fe era recompensada con la victoria; amargas lágrimas corrieron por los ensangrentados rostros calatravos, más dañinas que el acero enemigo o la sed. Por eso cabalgaban hacia el norte, por eso cabalgaban hacia las tinieblas. El maestre de la orden, don Ruy Díaz de Yanguas, se volvió un instante a mirar Salvatierra, recortada sobre un cielo rojo y dorado. Lo mismo hizo Alfonso Giménez, uno de sus caballeros, uno de los pocos que habían tenido la desgracia de sobrevivir a su propia derrota. La imagen quedó grabada a fuego en su retina, y después apartó la vista para siempre.


Uno de los musulmanes observó con interés la retirada de los caballeros cristianos, parecidos a fuegos fatuos por el reflejo del sol poniente sobre sus blancos hábitos, hasta que se los tragó la oscuridad y desaparecieron de su campo visual. Entonces se sentó sobre los restos de la muralla y comenzó a meditar sobre lo ocurrido, ejercicio que solía repetir tras cada combate librado, y habían sido muchos a lo largo de su vida. Se llamaba Ibn Wazir. Era un noble, gobernador de una ciudad portuguesa y heredero de un distinguido linaje andalusí, condición que se reflejaba en su porte, orgulloso, pero no por ello arrogante, el propio de un hombre que está acostumbrado a mandar porque antes ha obedecido; sus ojos oscuros destilaban poder y sabiduría, en ellos también se vislumbraba a veces un destello de cólera, y en su ropa, que a pesar de ser funcional, apropiada para la batalla, estaba ornamentada con tejidos de seda y joyas, al igual que su arma, una espada con grabados sobre el propio acero damasquino donde se leían suras del Corán. Su rostro era de piel morena, duro, de labios finos enmarcados en una cuidada perilla negra que enlazaba con el bigote. Todo ello en su conjunto transmitía una imagen aristocrática, poderosa, la de un hombre sabio y equilibrado pero de implacable furia cuando era necesaria. Empezó a repasar mentalmente lo sucedido durante los últimos dos meses. Le había impactado especialmente la salida que los cuatrocientos cristianos habían hecho contra un ejército de decenas de miles de hombres. Quizá hubiera sido un error de cálculo, pero esto era difícil de creer en tropas tan experimentadas como los calatravos. No, lo que querían demostrar, pensó, era que estaban dispuestos a luchar y a morir contra cualquiera, por superior que fuera. Y esta conducta había sido idéntica en los caballeros que habían permanecido en la fortaleza. Era cierto que Salvatierra representaba el gran bastión de la Cristiandad en territorio islámico y la principal razón de la existencia de la Orden de Calatrava (que de hecho había adquirido el nombre de Orden de Salvatierra tras la caída de Calatrava) después de la batalla de Alarcos, en la que muchísimos calatravos habían muerto. La forma en que la habían conquistado, infiltrándose de noche con solo mil cien hombres y pasando la guarnición a cuchillo, había sido un golpe de mano épico que aportó un poco de luz a la oscuridad en que estaba sumida la Cristiandad española. Por eso era tan importante que volviera a manos musulmanas, y por eso la victoria que acababan de conseguir era de suma trascendencia. A pesar de toda la algarabía y euforia a su alrededor, Ibn Wazir permanecía serio. Los calatravos habían luchado con fiereza y se habían retirado con lágrimas en los ojos, lágrimas que eran fuego en sus corazones. España estaba entre la espada y la pared tras la caída de Salvatierra, sin lugar al que huir, y por tanto la


resistencia sería mucho mayor. Las consecuencias del asedio no tardarían en sentirse en toda la Península e incluso a lo largo y ancho de Europa, y los hijos de Alá debían prepararse para la reacción que se gestaría en el norte. No iba a ser fácil convivir con la victoria. Ibn Wazir se levantó de la roca y se marchó. Del sol ya no quedaba más que una delgada línea rojiza que incendiaba las cumbres en la lejanía. Alfonso, rey de Castilla, observó la melancólica puesta de sol, en perfecta concordancia con lo que sentía su alma, hasta que finalmente desapareció el astro y fue reemplazado por el silencio de las estrellas. El rey se apartó de la ventana y se sentó en un sillón, junto a una lumbre. Sus llamas iluminaban esporádicamente el cuerpo envejecido del monarca otorgando un trágico fulgor a su mirada, obnubilada en las escenas de Alarcos que, tras la caída de Salvatierra, resurgían en su memoria. En realidad, nunca había llegado a olvidar el dolor que le producía la derrota, ni tan siquiera mitigarlo. No podía perdonarse la estúpida arrogancia que había presentado aquel fatídico día, el haberse lanzado al combate contra un ejército almohade claramente superior sin haber esperado a las tropas leonesas que debían ayudarle. La labor de varios siglos de incesante lucha contra el Islam había estado a punto de perecer bajo las espadas de los africanos, quienes a partir de ese día habían invertido la tendencia de poderío cristiano y decadencia musulmana. Una frágil tregua había mantenido la paz durante quince años, pero no era más que una paz aparente bajo cuyo manto se forjaban de nuevo espadas y lanzas. La respuesta que Al-Nasir, el líder de los almohades, había dado a las incursiones cristianas en Jaén demostraba que no se iba a conformar con una guerra fronteriza. Mientras el rey rumiaba su derrota, uno de sus consejeros le observaba a una distancia prudencial, la suficiente como para que su presencia pasara inadvertida. Su nombre era Rodrigo de Aranda. A pesar de tener una edad ya avanzada, rondando los cincuenta años, seguía manteniendo la fuerza de que hacía gala en su juventud, aunque más perceptible en el espíritu que en el cuerpo. Su cabellera canosa y su nívea barba reforzaban la imagen de bondad que transmitía su mirada azul, sin restar un ápice de intensidad a su determinación y fortaleza, cualidades que le habían valido el favor de Alfonso y le permitían estar aquella noche junto a él, participando en su tragedia. La puerta del salón en que estaban se abrió y el infante don Fernando, primogénito del monarca, entró en la sala. Su aparición fue como un repentino destello en mitad de la oscuridad, y las llamas de la chimenea, aunque trémulas, parecieron avivarse, pues el infante encarnaba a sus veintiún años el ideal cruzado


que resurgía con fuerza en Europa. Hijo de inglesa, era alto y de porte noble. Su cabello rojo aumentaba el fervor juvenil que vibraba en sus ojos. —¿Qué noticias hay de Salvatierra, padre? Alfonso VIII suspiró hastiado y respondió en susurros: —Hoy debían abandonarla los frailes. Tenía tal información porque él había otorgado permiso a la Orden de Calatrava para que se rindiera. Ante la respuesta, el infante contrajo su rostro en una mueca de dolor y dijo: —Deberíamos haberles ayudado, padre. Si me hubierais dejado marchar al frente de un ejército, yo... El rey le silenció con un gesto. Tras meditar sus palabras, dijo: —Vos solo erais un niño cuando ocurrió la debacle de Alarcos. Todo lo que habíamos logrado durante siglos estuvo a punto de desaparecer por causa de mi imprudencia. Un segundo error sería definitivo. Golpearemos, pero en el momento oportuno. —Volvió a guardar silencio y después preguntó a Rodrigo—: ¿Qué sugerís ahora, don Rodrigo? El consejero esperaba que le hicieran esa pregunta tarde o temprano, por lo que no tardó en responder: —La caída de Salvatierra causará alarma en toda España. Me atrevería a afirmar que incluso en Europa se escuchará el eco de la derrota, y tras perder Jerusalén, el Santo Padre aprobará cualquier iniciativa contra el Islam. Hay que proponer a todos los reinos que se unan a nosotros en una guerra total, y eso solamente lo podemos hacer con el apoyo del Sumo Pontífice. Hay que revitalizar las cruzadas y que nuestra ofensiva sea la cruzada europea. El rojizo resplandor del fuego se convirtió en dramático heraldo del derramamiento de sangre, bañando los rostros de los presentes en la sala. La caída de Salvatierra no era nada comparado con lo que tendría que suceder. Pocos días después, publicaba el rey un edicto para preparar la guerra que se avecinaba. Todos a los que llegó el mensaje real se dieron pronto cuenta de que el monarca no se iba a conformar con una pequeña expedición punitiva, ni tan siquiera con permanecer fortificado tras las murallas de sus ciudades y castillos: el ejército cristiano marcharía hacia el sur a encontrarse con Al-Nasir y las tropas que hubiera podido reunir, por poderosas que fueran. En el edicto, Alfonso de Castilla ordenaba a sus súbditos que tomaran todas las


medidas que fueran necesarias para preparar un ejército que vengara la caída de Salvatierra. Mandaba que se interrumpiera la construcción de cualquier muralla o fortaleza que no estuviera terminada, y que se compraran armas, armaduras y el pertrecho que se requiriera para la guerra, sin que se hiciera gasto superfluo ni vanidoso. Esto se mandó, aparte de para respetar los sagrados cánones establecidos en los Concilios de Letrán, para demostrar que la guerra iba a ser santa, y ninguna lucha podía sostenerse en nombre del Altísimo manchada por el lujo, sino más bien con la austeridad propia de quienes portaban las armas del Dios de la gloria. Este mandato golpeó con fuerza Castilla. Las gentes miraron al sur sabiendo que de nuevo se reanudaría el enfrentamiento, pero esta vez con una furia sin precedentes. Miles de espadas se alzaban hacia los cielos, al igual que las proclamas encolerizadas de los guerreros que las poseían, clamando venganza por la humillación de Salvatierra. Los sacerdotes en las iglesias y los juglares en los caminos elevaban plegarias al Redentor pidiendo para Castilla la fuerza que tendría que demostrar en la ofensiva. Las llamas de la sagrada fe en Cristo se avivaron convirtiendo todo lo que tocaban en férrea determinación de enfrentarse al Islam. Incluso más allá del reino de Alfonso, en las montañas navarras y en las costas aragonesas, se pudo sentir la ira de los hijos de Cristo, y toda España ardió en el fuego de la guerra. Solo un hombre de entre todos los que poblaban los reinos cristianos de la Península permanecía ajeno al espíritu de la naciente cruzada, un hombre cuyo dolor era aún más profundo que la belicosidad de quienes le rodeaban. Se llamaba Roger Amat. Era un noble catalán de unos veinticinco años, no muy alto pero sí fuerte, de cabellos largos y rizados, tan oscuros como sus ojos, que aquella noche de septiembre, a las dos y media de la madrugada, lloraban. Estaba arrodillado a los pies del lecho en que agonizaba su esposa, cuatro años más joven que él. Su piel, clara de natural, mostraba una palidez que solo podía ser antesala de la muerte; la luz de sus verdes ojos, que otrora habían resplandecido mostrando la belleza de su juventud, era ahora el reflejo de la enfermedad que devoraba su cuerpo, antaño bello, pero en aquel momento sacudido por violentos espasmos y empapado por el sudor. Tres cirujanos llamados por Roger intentaban aliviar el dolor y, aunque no se lo decían al noble, sabían que era cuestión de horas, quizá de minutos, que sucediera lo peor. Roger rezaba apresuradamente a la madre de Dios mientras observaba alternativamente el atribulado rostro de los médicos y el del Cristo de madera que presidía la trágica escena, cuya inexpresividad se veía aumentada por el dolor de


las personas que se hallaban en la sala, excesivamente aumentada. El hedor a muerte flotaba por toda la habitación como dramático presagio de lo inevitable, lo que el caballero catalán se esforzaba por ahuyentar de su vista, aunque algo desde lo más profundo de su alma le gritara por encima de los gemidos apagados de sufrimiento que la perdería. —Roger... —susurró su mujer, logrando increíblemente que su quebrada voz sonara más fuerte que los jadeos de su oprimido pecho. El noble alzó su mirada, que había escondido entre sus manos en un burdo intento de rechazar la realidad, y dijo: —Dime, Laura. Estaba haciendo un esfuerzo titánico por no llorar, pero su dolor era más poderoso que su orgullo. —Roger... os... os quiero... Y diciendo esto, expiró. Todo se detuvo cuando los espasmos dejaron de maltratar su cuerpo. Uno de los cirujanos, que a su vez era sacerdote, cerró sus ojos e hizo sobre su frente la señal de la cruz mientras murmuraba una plegaria por su alma. La suave brisa que llegaba desde la playa se desvaneció y no quedó más sonido que el rechinar de los dientes de Roger. —Señor —se atrevió por fin a decir el cirujano sacerdote—, vuestra esposa ha muerto. —No... no puede ser —negó el noble—. Aseguraos, padre, debe... debe estar dormida, se ha desmayado... comprobadlo. El sacerdote obedeció al caballero y examinó el pulso de su esposa, aunque sabía perfectamente la respuesta que iba a dar. Este, por su parte, observaba ansiosamente la operación que llevaba a cabo el cirujano y, cuando vio en su rostro que se confirmaba su temor, ordenó con voz grave: —Salid. Los médicos abandonaron lentamente la sala, haciendo una leve reverencia al pasar por el lado del noble, que seguía arrodillado a los pies del lecho. Cuando todos se hubieron marchado, Roger se levantó y, tembloroso, se acercó a su mujer, a lo que de ella quedaba. Se inclinó lentamente sobre su cadáver y rompió a llorar amargamente en su pecho, uniéndose las lágrimas al sudor y a la muerte. Después, la besó en los fríos labios y, encolerizado, abandonó la habitación. Corrió hacia sus aposentos y cogió su espada. Luego, salió de su castillo y se


acercó lentamente, tambaleándose, a la calmada playa. El tranquilo arrullo de las olas no consiguió aplacar su ira, y cayó de rodillas como una minúscula tea que se enfrentara a la inmensidad del Mediterráneo, una partícula de ira inextinguible frente a la mística calma que le rodeaba. Gritó: —¿En qué te he fallado? La única respuesta que recibió fue el romper de las olas contra la arena. —¡Dímelo! ¡Dímelo, te lo ordeno! ¿En qué te he fallado? La luna menguante imbuía la escena de una luz fantasmagórica, evanescente. Desgarradas nubes reflejaban su fulgor mortecino y absorbían los alaridos de dolor del caballero que gritaba, transportándolos por el mar. —¡Siempre te he sido fiel, siempre! ¿Es así como me lo pagas? ¿Es esta tu piedad? Las estrellas titilaban indiferentes allá en lo alto cuando las nubes se lo permitían, aunque a veces parecía que, cuando el noble gritaba, su majestuoso brillo se quebraba, como si estuvieran molestas. —¡Respóndeme! ¡Si de verdad eres el Señor de los cielos, baja de ellos y demuéstrame tu poder! ¡Demuéstrame que merecías que luchara por ti! La brisa se elevó desde lo profundo del mar y, cabalgando sobre las olas, estrelló algunas gotas de agua en el rostro de Roger, suavemente, sin violencia. Este, enfurecido cada vez más, alzó su espada hacia la luna. Las nubes se retiraron como si las hubieran cortado y el brillo de la luna alumbró la faz de Roger, totalmente desencajada por la ira, dándole una apariencia realmente espectral. —¡Mira mi espada, la espada con la que he combatido por ti! ¡Bien, si Tú eres el Señor, no seré yo el vasallo! Y diciendo esto, agarró con fuerza la espada y la arrojó al mar, que la acogió en su oscuro seno. Después cayó y lloró largamente sobre la arena. El poeta Mutarraf paseaba tranquilamente por los soleados jardines de Sevilla. La gran ciudad hervía con el bullicio de los soldados que allí se habían acuartelado tras la victoria en Salvatierra, pero él conseguía aislarse por unos instantes del ajetreo que le rodeaba y deleitarse con la belleza de la ciudad del Guadalquivir. Tal y como solía hacer cuando buscaba inspiración para sus escritos, intentaba no pensar en nada, salir de sí mismo y absorber en su espíritu todo lo bello que había a su alrededor. Así, para el artista solo existían los destellos del sol que coronaban


los blancos tejados y las copas de los naranjos, los cánticos de los fieles a lo lejos desde los minaretes, la cristalina pureza del cielo andaluz. Como artista, había consagrado su vida a la búsqueda de la belleza absoluta, es decir, las ideas en el sentido expuesto por Platón, a quien admiraba. Siguiendo las teorías del sabio griego, la belleza en su forma más pura existía en el mundo de las ideas, y en su relación con el mundo material este ideal se reflejaría de forma fragmentaria en distintos aspectos de lo existente. De este modo, la perfecta unión y concordancia de todos los elementos en que se dispersaba la belleza formaría una unidad a imagen y semejanza de la existente en el mundo ideal, ergo solo mediante la completa unión de todo lo bello se podría alcanzar la belleza. Además, siendo esta algo necesariamente bueno y puro, debía ser atributo de la divinidad: no podía haber mal en lo bello, luego, si todo lo bello era bueno, debía proceder de Dios mismo, pues únicamente las obras de Dios estaban libres de mácula. Por tanto, el poeta buscaba ascender a los cielos mediante la belleza, al igual que otros lo intentaban mediante el estudio o el combate. En las clases que daba en Granada, donde había nacido y vivido, solía insistir en esta teoría. No obstante, a medida que iban pasando los años otro pensamiento le asaltaba: la sospecha de que la belleza podía ser alcanzada no solo mediante la unión de lo bello, sino que, en determinadas circunstancias y durante un breve periodo de tiempo, podía manifestarse en lo material de forma directa, es decir, sin necesitar un reflejo mundano. Intuía que no había más que dos formas de vislumbrar este poder: la primera, mediante el éxtasis místico; la segunda, mediante el combate en la guerra santa. Por eso había marchado de Granada para unirse a las filas de Al-Nasir en Sevilla. La decisión había sido difícil, pero irrevocable una vez tomada: le había costado muchísimo abandonar su tranquila vida en su ciudad, a su familia, amigos y alumnos. Había meditado seriamente la decisión durante largas noches a la luz de la luna y, finalmente, optó por abandonar todo lo que tenía en pos de la gloria. Solo libre de miedo podía alcanzar la belleza, pues solo un hombre sin temor es también un hombre sin ataduras y capaz de entregarse absolutamente a Dios, sin reservas. Era el día 14 de octubre. Él había llegado a Sevilla un día antes, el 13, justo cuando Al-Nasir respondía al edicto del rey de Castilla con una carta en la que desafiaba a toda la Cristiandad. En ella informaba a sus enemigos de la futilidad de alzarse contra los ejércitos del Islam y anunciaba su intención de abrevar a sus caballos en Roma. España había arrojado el guante y el imperio almohade lo había recogido con vigor. Por todo el sur de la Península se encendían las hogueras de la guerra.


Y al poeta no le importaba inmolarse en ellas. Una fina lluvia, esporádica, regaba el verdor del prado navarro. A la sombra de un castillo rodeado de pinos y robles, dos hombres se entrenaban en el uso del mandoble, enfundados en una armadura. Uno de ellos era ya mayor, de unos cuarenta años. El pelo entrecano le caía sobre los hombros; había perdido un ojo y varios dientes, y dos o tres cicatrices surcaban su duro rostro como si fueran muescas de los enemigos abatidos. Era alto y fuerte, y todo ello formaba un conjunto que imponía gran respeto, el retrato implacable de un veterano de incontables combates. Era un hombre libre, pero se había encomendado a la familia de los Íñiguez, y les servía como instructor. Le acompañaba su pupilo, un muchacho de unos diecisiete años, piel blanca y cabello claro. Sus ojos azules contrastaban vivamente con los de su maestro, pues no había en ellos ni rastro de la sangre y de las victorias y derrotas que este había vivido, mas no por ello se podía decir que fuera inmaduro. Se entrenaba con las armas, aunque su cuerpo apenas le diera fuerzas para sostener un mandoble tan alto como él, por dos motivos: porque era su deber como caballero, y porque este deber se veía acrecentado por su condición de cabeza de familia tras la muerte de su padre. El guerrero, de nombre Alonso, le entregó un mandoble a su señor. Este tensó todos sus músculos al ponerse en guardia, la empuñadura a la altura del estómago y la punta en dirección a la cabeza de su contrincante. Alonso lo imitó y las dos hojas chocaron. —Este, don Íñigo —le dijo—, es el golpe más sencillo, y a la par bastante efectivo. Lentamente deslizó la hoja de su mandoble por la de su señor, alzando la empuñadura hasta ponerla a la altura de su cabeza y haciendo que la punta terminara en su corazón. —Un oponente experimentado o avispado —continuó Alonso— podrá desviar este golpe torciendo su hoja, pero contra un enemigo desprevenido es letal. Repetidlo. Con gran dificultad por el peso del arma, Íñigo repitió el movimiento. —Volved a hacerlo. Íñigo repitió el gesto y, en esta ocasión, Alonso desvió el golpe. Torció su hoja hacia la izquierda, penetrando en la guardia del caballero, y después detuvo su mandoble en el cuello de su alumno.


—He ahí el riesgo. Íñigo asintió y descansó un instante clavando el mandoble en el suelo. Alonso hizo un gesto de desaprobación y dijo: —La espada no debe nunca tocar el suelo. Vuestra espada es vuestra alma, el símbolo de vuestra posición y fe. Hundirla en el barro es despreciar el puesto que por derecho os corresponde en este reino y la religión de vuestros antepasados. El caballero se puso rojo de vergüenza mientras el guerrero limpiaba el arma. —Lo lamento, Alonso —murmuró avergonzado. El veterano inclinó la cabeza y murmuró secamente: —No volváis a hacerlo. Ambos se pusieron en guardia de nuevo. —El mandoble debe fluir, los movimientos han de ser continuos. No debéis golpear ni detener los golpes con un único movimiento seco, pues si lo hacéis así necesitaréis mucha más fuerza y vuestros brazos pronto se resentirán. Defenderse y atacar tiene que ser el mismo movimiento. Entrenaron durante una hora. Las nubes se fueron abriendo lentamente y un tímido sol se derramó sobre el prado, perlando las gotas atrapadas en la hierba y llenando los chasquidos metálicos de los aceros con su brillo. Cuando hubieron terminado, un criado se acercó corriendo desde el castillo y, resoplando, le dijo a Íñigo que su madre le requería para almorzar. Este se despojó de la armadura que había usado para la clase y, despidiéndose de Alonso, fue a reunirse con ella. Esta le esperaba en el comedor junto al hermano menor de Íñigo, de apenas diez años, sentada en la cabecera de una larga mesa donde había pan, vino y platos donde una criada sirvió estofado el sentarse Íñigo. La madre, doña Mencía, bendijo con una larga oración la mesa y preguntó: —¿Cómo os ha ido la clase? —Bien, madre —respondió Íñigo con escasa convicción. Ella notó el desánimo e inquirió: —¿Qué os ha pasado? Él bebió un poco de vino y, por fin, como a regañadientes, dijo: —Alonso me ha reñido por dejar la espada en el suelo. —No debíais haber hecho eso.


—Lo sé. Es por vergüenza que me duele, no por su reprimenda. El resplandor del sol penetrando por las ventanas formaba barreras de un fuego sosegado, lánguido incluso. El piar de los pájaros era un precioso coro de fondo sobre el que flotaban las voces de la madre y el hijo, y el aire estaba impregnado del olor a tierra mojada. —Creéis que no estáis preparado para combatir en una gran contienda, ¿no es así? —susurró doña Mencía. Íñigo asintió lentamente con la cabeza. Su madre le miró fijamente, mezclando en sus ojos la ternura de una madre y la determinación de una mujer, y dijo: —Hijo, nadie puede descansar sin haberse cansado, dormir sin tener sueño. Del mismo modo, no habrá paz hasta que hayamos luchado. La libertad solo surge de la victoria, y la victoria procede del combate. Y no es el fuerte, sino el valiente, quien merece la gloria. Y no es el débil, sino el cobarde, quien merece el olvido. —Dicho esto, bebió lentamente del vino y añadió—: No lo olvidéis nunca. Una flecha rasgó la quietud del aire y atravesó una naranja lanzada al vuelo. Casi simultáneamente otra naranja reventó con la punta de otro proyectil rompiendo su rugosa piel. Las naranjas cayeron al suelo y Sundak, guzz del ejército de Al-Nasir, fue a recogerlas. Para los agzaz,1 aquello apenas podía considerarse un entrenamiento: atravesar dos naranjas a unas varas de distancia no era difícil cuando se estaba quieto y apuntando en la dirección en que volaba el objetivo. Otra cosa hubiera sido si estuviera cabalgando y las naranjas fueran lanzadas a su espalda, aunque Sundak estaba seguro de que igualmente podía acertar. Ya lo había hecho varias veces. Un compañero suyo, el que había lanzado las naranjas, apareció de detrás de uno de los muchos olivos que adornaban el campo sevillano. Observó a Sundak recogiendo las frutas y limpiando las flechas, y le preguntó: —¿Continuamos mañana? —Sí —respondió escuetamente el arquero. Los agzaz, una poderosa arma en el ejército almohade, formaban una caballería ligera de élite, pues su puntería era envidiable y su arco, partido y más pequeño de lo normal, permitía tensar tanto la flecha que le daba una potencia tal que era perfectamente capaz de atravesar la más pesada armadura cristiana. Ellos, por su parte, luchaban sin apenas protección, pues sus caballos eran más rápidos que los pesados percherones cristianos y podían huir de su carga con facilidad. De hecho,


una táctica habitual en el ejército almohade, que ya había significado la perdición de los españoles en Alarcos, consistía en que la caballería ligera se desbandara ante la carga de los caballeros pesados y, al tiempo que disparaban en su huida, guiarlos hacia una posición en que estuvieran rodeados. Gracias a su potencia de disparo y a su versatilidad táctica, los agzaz eran una visión común en los ejércitos almohades y, contrariamente a lo que sucedía normalmente con los mercenarios, gozaban de un estatus social superior al de los soldados nativos. El propio Sundak, que era oficial, tenía varios tejidos de seda, dos o tres anillos dorados y un pendiente de rubíes, que junto a la cicatriz en forma de media luna que surcaba su moreno rostro alrededor del ojo, transmitía la imagen de un hombre verdaderamente feroz. Mientras caminaban en dirección a su campamento, Sundak se fijó en una bandada de vencejos que sobrevolaba los olivos, sus alas bañadas por el brillo del sol que se hundía en el horizonte, de forma que parecían pequeños fénix que acabaran de renacer. Deseando ejercitar su puntería contra algo más difícil de atravesar que una naranja, el guzz sacó una flecha de su carcaj, tensó el arco y apuntó a un vencejo cualquiera. Como hipnotizado, observó su elegante vuelo durante unos segundos, que parecieron perdidos en el aleteo de las aves, pues se hicieron eternos. Entonces disparó. La flecha cortó el viento, pero no llegó a matar al vencejo, y se perdió más allá del olivar. Sundak, extrañado por el fallo, estuvo tentado de volver a intentarlo, pero achacó el yerro al reflejo del sol y volvió lentamente al campamento. Los calatravos llevaban ya en Zorita casi tres semanas. Desde su llegada, la maquinaria militar de la orden se había movilizado y trabajaba sin descanso. Sabedores de que el rey había declarado su intención de emprender una gran campaña contra el Islam, lo poco que quedaba de los cistercienses, a pesar de su reducido número y quebrado orgullo, se preparaba para ocupar el lugar que siempre le había correspondido en la lucha contra el invasor: ser la punta de lanza de los ejércitos de la Cristiandad. El sonido de las fraguas martilleaba sin descanso los corazones de los freires, revistiéndolos del acero en que se forjaban las espadas y las lanzas. Las plegarias reverberaban por las torres y los pasillos de la fortaleza a medida que los novicios completaban aceleradamente su formación, y el entrechocar de las armas sustituía a los piadosos cánticos. La pluma había dado paso a la espada y un nuevo ejército crecía apresuradamente entre los muros de Zorita.


Al ser uno de los más veteranos guerreros de la orden, Alfonso Giménez había sido designado para entrenar a los novicios en el uso de las armas. Tal empresa le satisfacía, pues recordaba con gran placer el periodo de formación que él había tenido que superar para formar parte de la orden militar. Muchos y buenos amigos había hecho durante el año que duró su preparación, y no había tardado en reconocer a los frailes como su propia familia. El día en que por fin pudo tomar los hábitos sintió una extraña sensación, como si aquel fuese el momento para el cual había nacido, como un extraño renacer que daba pleno sentido a todo lo que había aprendido y experimentado en sus diecinueve años de vida. De algún modo se dio cuenta de que el Señor le había guiado hasta ese instante, en el que completaba el camino anteriormente recorrido al tiempo que comenzaba otro mucho más grave y solemne, pero a la par ilusionante. Tal sensación de felicidad y orgullo se quebró brutalmente en la batalla de Alarcos. Aunque él solo tenía veinte años en la fatídica jornada, peleó con bravura y muchos cayeron por su mano. No obstante, no pudo evitar que la gran mayoría de los amigos que había hecho en sus años de noviciado murieran bajo los aceros de la morisma, y tuvo que contemplar, con impotencia y desesperación, cómo el ejército almohade arrasaba al cristiano, cómo los musulmanes aniquilaban a tanto buen guerrero y capturaban los pendones de las villas y las cruces de los religiosos, cómo incluso su maestre sucumbía ante la rabia de los africanos. Todavía se sorprendía de que el cielo permitiera la muerte de tantos en la batalla, pero a él le condenara a seguir viviendo, a seguir portando el estigma indeleble de la derrota. Desde aquella jornada no había deseado sino borrar tal estigma, redimir la afrenta que habían sufrido los calatravos y toda España. Su carácter, antes optimista y jovial, cambió, y se convirtió en un hombre taciturno y sombrío, abrumado por la magnitud de su fallo. Llegó incluso al extremo de hacerse en su pecho, con una daga, un corte por cada uno de sus amigos caídos en Alarcos, cortes que, debido a la desesperación con que se los había inflingido, no habían llegado a cicatrizar plenamente. Se convirtió en un soldado temerario siempre en busca de combate contra el Islam y su habilidad con las armas mejoró notablemente. Y si bien no olvidó los códigos más elementales de honor y respeto al enemigo, paulatinamente se fue transformando en un hombre implacable, consumido por el simple deseo de vengar a sus hermanos muertos en combate. El asfixiante desasosiego pareció llegar a su fin el día en que se reconquistó Salvatierra. A pesar de la tregua firmada tras Alarcos, la cual no tenían que obedecer puesto que se hallaban bajo jurisdicción del papado, cuatrocientos caballeros, de los que Alfonso formaba parte, apoyados por setecientos peones, hicieron una incursión a través de territorio enemigo y, sin ser vistos, llegaron a Salvatierra, a más de veinte leguas de la frontera con tierras cristianas. A cambio de


su libertad, un esclavo mahometano les informó de lo que en la fortaleza se encontrarían y les reveló una puerta poco vigilada por la que podrían entrar. Los calatravos tomaron entonces el castillo, deslizándose como fantasmas por las sombras y llevando la rápida muerte a los soldados de la guarnición. También de este modo conquistaron Dueñas, el Castillo del Abismo. Pero Salvatierra acababa de caer, prendiendo la llama de la desesperación en la Cristiandad. Una nueva derrota que turbaba los sueños de Alfonso. Una nueva cicatriz en su pecho. En todo esto pensaba el caballero una melancólica tarde de octubre, mientras observaba, desde los torreones de Zorita, cómo el viento barría las hojas secas y formaba con ellas remolinos dorados. Tan absorto estaba en sus cavilaciones, que no notó la presencia del prior mayor de los calatravos, que lentamente se había acercado hasta donde él se hallaba. —El Señor os guarde, fray Alfonso. —Y a vos, señor. El prior mayor se llamaba también Alfonso, de apellido Valcárcel. Era un hombre alto y fuerte, de cabeza rapada y profundos ojos verdes cuya mirada era paternal, formada a partes iguales por el amor y la dureza que le correspondía tener ante sus hijos espirituales, los caballeros. Alfonso le veneraba especialmente porque había sido su tutor en el año que duró su noviciado y era uno de los pocos lazos que permanecían de la generación que había existido antes de Alarcos. —¿Cómo marcha el adiestramiento? —preguntó el prior. —Bien, señor. Los reclutas tienen pericia con las armas, y suplen su inexperiencia con ardor. Desean fervientemente entrar en combate. El prior sonrió levemente y susurró: —Ese es un deseo que podemos satisfacer. Entonces callaron, hasta que el caballero, percibiendo el extraño estado en que se encontraba el prior, comentó: —Os veo triste, fray Alfonso. Era verdad. Los ojos verdes del prior estaban apagados, ensombrecidos por un gran pesar. Él asintió y dijo: —Tristes son las noticias que me han llegado. —Y sin esperar a que el caballero preguntara cuáles eran, le informó—: El infante don Fernando, Dios lo tenga en su gloria, murió hace unos días. A causa de unas fiebres, al parecer.


Alfonso suspiró, como lo harían los heridos cuya vida se escapa en el suspiro, y dijo: —Descanse en paz, que ya ha vencido en su guerra. Ojalá hubiera podido ayudarnos en la nuestra. La escasa luz de las antorchas parecía llorar, como toda España lo hacía, y apenas alumbraba el cuerpo sin vida del infante, que reposaba en una tumba del monasterio de Santa María de las Huelgas. El propio cadáver parecía una tea cuyo fulgor se hubiera apagado por siempre, el rojo de su cabello empalidecido por la fiebre, la fuerza en sus ojos convertida en terrorífica quietud. Un espectro se arrastraba por las bóvedas del monasterio, recordando que no solo un príncipe había muerto, sino algo más: un espíritu, un ideal, algo cuya vida no se podía contener en un cuerpo, pero que igualmente había desaparecido. El arzobispo Ximénez de Rada terminaba sus últimas bendiciones. A su lado, la británica Leonor, hermana del legendario Ricardo Corazón de León, intentaba contener las lágrimas que la muerte de su hijo hacía subir a sus claros ojos, cosa que no podía conseguir su hija mayor, Berenguela, ni su hijo menor, Enrique, un muchacho de siete años y que, por tanto, no podría relevar a su hermano en la lucha contra el infiel. El rey, por su parte, no lloraba. Se hallaba tan sumamente conmocionado por el fallecimiento que en su interior no podía encontrar lágrimas que derramar, nada más que un vacío, un vacío tan espantoso que a veces se preguntaba si no estaría muerto él también. La sensación de pérdida era infinitamente más brutal y despiadada que la que sintió en Alarcos, y el dolor tan fuerte, tan salvaje, que era como si todo su cuerpo, su mente y su alma, como si todo su ser se hubiera quebrado en seis mil pedazos, en seis mil rostros que representaran la artúrica faz de su hijo. Una vez el arzobispo hubo terminado, el rey rogó a todos los presentes que se retiraran. Así lo hicieron, y Alfonso quedó a solas frente a su hijo. Permaneció así, de pie, observándole, un instante que pareció atemporal, hasta que de pronto se sintió mareado y cayó de rodillas ante la tumba. Cerrando los ojos y ahogando un grito de dolor, susurró: —¿Qué daño le hice yo al cielo, hijo mío? —El vacío que hasta entonces había sentido se tornó en insoportable angustia, y sufrió unas profundas arcadas que a duras penas pudo contener. Sus manos se cerraron con fuerza en torno a la fría piedra y, sollozando, murmuró—: ¿Por qué pecados, por qué faltas, me has sido arrebatado? ¿En qué falté yo al Señor para que de esta forma te perdiera? A ti, hijo


mío, precisamente a ti... mi alma era tu alma, mi fuerza era tu fuerza, mi furia era tu furia... tú, mi sangre, mis ojos, mis brazos, mis manos, mi cuerpo, mi alma, mi ser... tú te has ido, y contigo se ha ido todo lo que yo era, todo cuanto yo podría haber sido. Pero sigo aquí; por alguna extraña razón que mi corto ingenio no alcanza a comprender, sigo aquí. Vacío, despojado, desposeído, sigo aquí, y existiré, porque vivir ya no puedo, como una ruina del templo al que tú servías de viga maestra, como un fantasma del hombre al que tú dabas alegría y fuerza. ¿Por qué Cristo me maldice, por qué me condena a vivir con tu recuerdo, siempre con tu recuerdo? Mi existir será una prolongación en este mundo de tu muerte, hijo mío, que en tu mirada todo rastro de vida para mí se ha apagado. No tiene sentido que la corona aún se alce sobre mi cabeza, ni que los ejércitos aún obedezcan mis órdenes, porque yo debería estar en esa tumba en que ahora reposas, hijo mío, no tú. ¿Por qué el Padre celestial se lleva a los mejores y deja aquí a los que ya hemos perdido? ¿Por qué, Señor, precisamente ahora, me dejas para el combate ciego y sordo, sin espada, sin escudo y sin báculo? Hijo mío, tú, que podrías haber sido otro Arturo, otro Pelayo, ya no estás, y yo aún tengo que librar el combate... el clamor de tu muerte resonará por toda Europa, pero en ningún lugar hallará mayor eco que en mi corazón. Tras decir esto, calló y estuvo unos segundos arrodillado frente a la tumba. Se levantó después y observó cuidadosamente el rostro del infante, deteniéndose en cada detalle, grabando en su memoria las facciones que jamás volvería a ver. Entonces se inclinó suavemente sobre su hijo, le acarició los cabellos y le besó en la frente. Una lágrima, la única que se permitió derramar, cayó sobre el rostro del infante, y al reflejo de las teas brilló como una perla, hasta que estas se apagaron. Ibn Wazir paseaba tranquilamente por la ribera del Guadalquivir. El suave murmullo de la corriente lograba distraerle del bullicio y el ajetreo que se vivía en Sevilla desde que el ejército almohade se acuartelara en ella para pasar el invierno, y constituía un agradable sonido de fondo que no solo no conseguía distraerle de sus pensamientos, sino que los fomentaba. Estaba preocupado, pues era hombre prudente y sabía que la euforia anulaba el realismo a la hora de tomar decisiones importantes y, en consecuencia, propiciaba más veces la derrota que la victoria. Y aunque tal sensación de euforia comenzaba a disminuir a medida que se acortaban los días y las hojas marchitaban, en absoluto había desaparecido del todo. El vulgo se veía por fin libre de la amenaza de Salvatierra, la cual, a fuerza de exageración, parecía haberse convertido en la única lanza capaz de atravesar el imperio almohade. Los militares y voluntarios, contagiados por el ánimo del pueblo, se creían ya infinitamente superiores a las


tropas cristianas, y rogaban pidiendo que el invierno pasara pronto, tal era la ansiedad que sentían por entrar de nuevo en combate. El propio Al-Nasir había despreciado todo atisbo de precaución y cautela al enviar una carta de desafío a todos los reyes cristianos de la Península antes incluso de que se unieran. Para empeorar las cosas, comparaba la victoria en Salvatierra con la alcanzada por Saladino en Jerusalén y llegaba a amenazar hasta al señor de Roma, lo que claramente invitaba a la cruzada. Ibn Wazir, aparte de un gran guerrero, era hombre culto, que no obviaba ningún tema de arte, literatura, filosofía o historia. Precisamente por ello sabía que, en los tiempos en que el califato de Córdoba estuvo unido, los cristianos apenas habían conseguido arrebatar territorio al Islam, pero que, cuando sobrevino la desintegración en reinos de Taifas, su avance fue casi imparable. También sabía que los reyes españoles, aunque frecuentemente en guerra entre ellos, eran capaces de aunar sus fuerzas si de enfrentarse al Islam se trataba, y parecía seguro de que esta vez lo harían, y más deseosos de venganza que en ninguna ocasión anterior. Y lo que era peor, las victorias de Saladino en Tierra Santa hacían que toda la Cristiandad tuviera el ánimo predispuesto al enfrentamiento con los ejércitos de Alá, por lo que no sería de extrañar que las naciones transpirenaicas apoyaran a los monarcas españoles. Y aunque Ibn Wazir confiaba plenamente en la victoria, era lo suficientemente sabio y experimentado como para saber que el triunfo de la media luna no se conseguiría sin gran derramamiento de sangre, y que la batalla en que se decidiría la suerte de los ejércitos iba a ser de proporciones nunca antes vistas en una tierra tan arrasada por la guerra como España. En tales pensamientos se hallaba sumergido, cuando vio correr hacia él a uno de sus criados. Él era un noble que trataba de manera generosa a todos cuantos le servían, por lo que era muy querido entre sus sirvientes. El rostro de quien a él se acercaba tenía dibujada una gran sonrisa, lo que tranquilizó a Ibn Wazir, pues temía que la presencia de su siervo se debiera a algún accidente. Finalmente, el criado llegó hasta su posición y lo saludó con una reverencia y, jadeando, dijo: —Disculpad que os moleste, señor. No me atrevería a ello si no trajera noticias que seguramente serán de vuestro agrado, pues lo son de toda Sevilla. Intrigado, Ibn Wazir preguntó: —¿Cuáles son tales noticias? Con la satisfacción brillando en sus ojos, la propia de quien sabe que va a complacer a su señor, el criado contestó: —El infante don Fernando, el hijo del rey de Castilla, murió hace unos días de


fiebre. El noble frunció el ceño, indicando claramente su disgusto. Era hombre de honor, y por tanto no podía concebir que la desgracia de un enemigo fuera recibida con júbilo. El siervo lo notó, y gracias a la confianza que dan los años de servicio, no tuvo reparos en preguntar, después de que su sonrisa se transformara en un gesto contrariado: —¿Acaso no os agrada, mi señor? —No —respondió tajante Ibn Wazir—. Me alivia, pues he oído decir que era un gran guerrero, pero en absoluto me agrada. En esta vida solo hay una cosa tan estimable como un amigo, y es un enemigo, pues el primero te hace mejorar mediante sus consejos y auxilios, mientras que el segundo lo consigue mediante sus desafíos y ataques. Por ello, es tan lamentable la muerte del uno como del otro, salvo que la muerte del enemigo se deba a la honorable victoria sobre él. No ha sido así, y no me deleito en su desgracia. El criado agachó la cabeza, avergonzado. Ibn Wazir siguió mirando el Guadalquivir, su penetrante vista clavándose sobre la superficie como una flecha, y posteriormente añadió: —¡Ay del día en que no se combata con honor! Ni siquiera en las guerras más desesperadas estamos justificados para luchar como bestias, en contra de nuestra naturaleza. La guerra es el juicio de Dios a dos pueblos honestos y valerosos. Espero no ver el día en que se transforme en una mera carnicería guiada únicamente por el odio. Y dicho esto, comenzó a andar en dirección a Sevilla. El criado, anonadado, permaneció un rato con la vista perdida en el río, y después volvió sobre sus pasos y siguió a su señor. El fuego ardía con fuerza en la sala, pero apenas era capaz de combatir el frío procedente del exterior. Sentado en una mesa, fuertemente abrigado, Íñigo dejaba escapar nubes de vaho al respirar, por las bajas temperaturas. Aunque todavía era octubre, aquella tarde estaba resultando especialmente fría en la montaña navarra. Aquello no parecía preocupar al tutor del joven noble, un fraile anciano, de escaso pelo cano y barba perfectamente afeitada. Aunque su cuerpo era menudo y débil, los rigores de la vida monástica habían hecho que se acostumbrara perfectamente a las temperaturas extremas, motivo por el cual impartía su lección sin prestar atención a la incomodidad de su pupilo. —Así pues, la sociedad en que vivimos —dijo con voz suave y modulada— se


divide en estamentos, cada uno de los cuales posee su función única e insustituible. De este modo, están los oratores, los bellatores y los laboratores. Vos, mi señor, ya lo sabéis, pertenecéis al estamento de los bellatores, los que guerrean. Íñigo asintió levemente, aterido de frío, esforzándose porque el castañeteo de los dientes no le delatara. Su tutor prosiguió: —Se llama así a la nobleza porque su oficio es la guerra. Debéis entender, pues, que lo característico de vuestra posición no son los privilegios que ostentáis, sino las obligaciones que tenéis: la de hacer la guerra, si ello fuera necesario, para defender vuestra religión, a vuestro rey y a vuestro pueblo. Los privilegios son una prerrogativa derivada de tal responsabilidad, unida irresolublemente a la misma. Pues del mismo modo que no existe la noche sin el día, no existe el derecho sin la obligación. El campesinado, por ejemplo, posee menos bienes y tiene menos privilegios que vos porque son menores sus responsabilidades: ellos derraman cada día su sudor sobre los campos; vos, si se diera el caso, deberíais derramar vuestra sangre en la batalla. El frío desapareció de pronto del cuerpo de Íñigo, y fue sustituido por una sensación de desazón: lo que su tutor acababa de decir le sobrepasaba. No temía a la muerte ni al combate, pues, aunque no era guerrero veterano, había participado en algunas escaramuzas contra los castellanos y en ellas se había ganado las espuelas de caballero; no, lo que le inquietaba era la gran responsabilidad que reposaba sobre sus jóvenes hombros. Ya sustituir a su padre, muerto de fiebres, implicaba un esfuerzo titánico y constante por mantener su reputación y la nobleza de su linaje, uno de los más importantes de Navarra. Pero descubrir (aunque lo intuía, jamás lo había escuchado de forma tan explícita) que la causa de esta nobleza era su necesaria inmolación le provocaba un duro temor, un pavor indescriptible, por no saber si podría estar a la altura de lo que de él se esperaba. El preceptor notó su turbación, aunque no supo distinguir claramente a qué se debía, y esbozó una sonrisa tranquilizadora en su arrugado rostro: —No debéis temer —le dijo—. No sé mucho de guerras, pero sé algo sobre Dios. Y sé que Dios no abandona a los que elige para luchar por Él. —Calló, y después añadió en tono más solemne—: Quizá tengáis oportunidad de comprobarlo pronto. Íñigo, que había captado inmediatamente el sentido de la frase lapidaria, preguntó: —¿Creéis que marcharemos a la guerra a favor de Castilla? El monje suspiró y luego dijo: —Es difícil saberlo. Cierto es que nuestro reino y el de Castilla no son amigos,


como vos bien sabéis. Pero no es menos cierto que esta guerra será muy distinta de cuantas se hayan visto en la Península desde que Aníbal se enfrentó a Roma. Según tengo entendido, el califa almohade no solo ha desafiado a Castilla, sino a toda la Cristiandad. Si eso es verdad, difícilmente permanecerá neutral nuestro rey, pues no se lo permitirán. Una ráfaga de aire helado surgió de entre los robles al otro lado de los muros del castillo e hizo temblar las llamas de la chimenea, cual si las hubiese herido. Íñigo se apretó las pieles que le servían de abrigo contra su cuerpo, incapaz de distinguir si el temblor se debía al frío o al temor que sentía por el deber que recaía sobre su persona, su linaje y su honor. Roger había formado parte de la comitiva que, encabezada por su rey, Pedro II, se había reunido con el monarca castellano en Cuenca para hablar de la naciente cruzada. Amanecía noviembre y la representación, habiendo cumplido su cometido, volvía al territorio de la Corona aragonesa. Pedro se hallaba especialmente predispuesto a combatir al Islam, ya que la famosa y tantas veces invocada carta de Al-Nasir había amenazado de manera muy particular al monarca aragonés, ordenándole que se abstuviera de presentar batalla contra los musulmanes. Tal provocación, dirigida a un vasallo directo del papado y a un gran amigo del rey castellano, no podía tener más que una respuesta. Roger ya sabía lo que su señor iba a decirle a Alfonso mucho antes de llegar a Cuenca. Aragón marcharía a la guerra. Al noble catalán no le sorprendía en absoluto la decisión, aunque no acababa de convencerle. Si bien la bravuconada de Al-Nasir le había dado unas proporciones gigantescas al problema, para Roger no dejaba de ser un asunto concerniente únicamente a los castellanos y los almohades. Aragón había hecho muchas campañas contra los musulmanes sin ayuda de sus vecinos, y dudaba que un revés en tales campañas hubiera implicado el inmediato auxilio del rey Alfonso. Mientras cabalgaba de nuevo a su hogar, iba meditando la respuesta que su rey le había dado al preguntarle por qué era menester enviar ayuda a Castilla. —Por varias razones —había dicho el monarca—. La primera es que Aragón ha combatido fervientemente a los musulmanes en las últimas décadas, y no me parece este buen momento para dejar de hacerlo. La segunda es que Al-Nasir ha desafiado a Alfonso, mi primo y amigo, y al Papa de Roma, mi señor, y no sería buen amigo ni buen vasallo si no defendiera a quienes por tal me tienen. Y la tercera es que, como vos sabéis, antes de la invasión islámica era Hispania un solo reino, un único país. Aunque las circunstancias hayan hecho que ahora hablemos


de cinco reinos cristianos en la Península, un único reino había en el pasado, y un único reino habrá necesariamente en el futuro. Las guerras de Castilla son las guerras de Aragón, y los combates de Aragón son los combates de Castilla, pues ambos somos, al fin y al cabo, España. No hablaron los manuscritos de nuestros antepasados de la caída de Aragón, sino de la caída de España; y no hablarán de la Reconquista de Aragón, sino de la Reconquista de España. Los argumentos eran tan racionales y lógicos que Roger no hallaba motivos para atacarlos, y sin embargo, no podía sentirse conforme con la determinación de su monarca. Pero, aunque no quisiera reconocerlo, sabía perfectamente qué era lo que le incomodaba. No tenía fuerzas para luchar por una causa sacra siguiendo los dictados de una Iglesia y de un Dios de los que se sentía abandonado. Sabía, porque lo había intentado, que la Iglesia no perdonaría su ira contra el cielo, desatada la noche en que murió su mujer, sin satisfacer la avaricia de los obispos con algunas de sus posesiones. Asimismo, intuía que Dios le había castigado por un pecado que era incapaz de encontrar en su conducta. Él, que siempre había cumplido sin tacha los mandamientos de la ley de Dios y que había combatido sin tregua a los musulmanes, se encontraba desposeído, apartado por siempre de la mujer a la que amaba. El recuerdo de su esposa agonizante sobrevoló su memoria, y sintió un profundo dolor en el corazón, como si una lanza le traspasara de parte a parte. Se sobrepuso como pudo y susurró para sí mismo, irónico: —Bien, si hay guerra, quizá los almohades puedan atravesarlo. Apretó las riendas de su caballo con fuerza y lo espoleó para que avanzara más rápido, aunque, en realidad, sabía que no tenía ningún sitio adonde ir, ningún sitio en que su mujer le esperara, salvo aquel que le era negado. Derramó, sin quererlo, una lágrima. Una suave brisa recorría las calles de Sevilla y la orilla del Guadalquivir. En ella se percibían las primeras notas de la suave melodía que el invierno haría caer sobre la ciudad andaluza, pero la temperatura era agradable. Aprovechando la bondad del clima sureño, el poeta Mutarraf bebía con calma un té en una de las muchas teterías que se lucraban a costa del ejército de Al-Nasir. Le acompañaba un guerrero andalusí, un joven jinete sorprendentemente culto. Se habían conocido a la salida de la mezquita y ambos disfrutaban gratamente de la compañía y conversación del otro. El jinete bebió un sorbo del té y después, mirando con respeto a Mutarraf, le


preguntó: —¿Cuál creéis que es el arte más sublime? Aquella pregunta desconcertó levemente al poeta. Cierto es que él y su amigo solían hablar de cuestiones artísticas, pero las preguntas tan genéricas siempre le parecían extrañas. Tras meditarlo un instante, optó por la respuesta más sencilla: —Es difícil decidir. Todas las artes, si están inspiradas por Dios, son igualmente sublimes. —Por supuesto, pero debe haber alguna que os atraiga más poderosamente la atención, que reconforte vuestro espíritu como ninguna otra podría hacerlo. Mutarraf decidió entrar en el juego del jinete. La respuesta fue totalmente instintiva, casi sin pensar: —Supongo que la música... —Calló, pero, al ver que su interlocutor no se pronunciaba al respecto, continuó—: Supongo que la música... porque es el arte que mayor poder ejerce sobre el alma humana, y la más libre. Me explico: todo tipo de arte, como la literatura o la escultura, sigue unas reglas relativamente estrictas en cuanto a su composición, digamos, una técnica. Evidentemente, esto también sucede con la música. En este sentido no difiere de ninguna otra. No obstante, en la ejecución del arte, o en el momento en que nosotros lo contemplamos como obra finalizada, esta, de algún modo, aparece siempre acotada. Una estatua, un poema, un lienzo, manifiestan su belleza en un marco físico determinado fuera del cual no tienen poder sino como recuerdo o emoción. En cambio, una canción, una melodía, no está acotada: la creación del músico inunda el ambiente, lo absorbe todo. Supongo que por eso tiene mayor capacidad de conmover que un poema o un cuadro. Es un arte total que hace que todo nuestro ser se implique con la obra. El jinete, que había seguido con expresión seria, casi examinadora, la diatriba del artista, comenzó de pronto a reír por lo bajo. Cuando Mutarraf le preguntó qué sucedía, respondió: —Nada, nada en absoluto. Sencillamente, me hacía gracia la situación: en esta ciudad hay un ejército de centenares de miles de hombres prestos para lanzarse a la sangre y a la muerte, sin que les importe lo más mínimo el arte, y vos y yo discutimos sobre la música en medio de esta vorágine. —Siguió riendo un rato y preguntó después, sin dejar de sonreír—: Decidme, ¿qué hace un hombre como vos aquí? Mutarraf se encogió de hombros y dijo: —Lo mismo que vos, supongo. —Yo soy soldado. Para mí, el arte es una vocación, no mi oficio. Pero vos sois


artista. ¿Acaso consideráis la guerra como una afición? El poeta bebió lentamente lo que le quedaba del té y después respondió, muy serio: —Bueno, dicen que no hay arte más bello que el de la guerra, ni música más sublime que los cánticos guerreros y el entrechocar de los aceros en el campo de batalla. —Después, para intentar quitarle gravedad al asunto, apostilló—: O al menos eso es lo que me han dicho. El andalusí rio fuertemente y golpeó la mesa en un gesto de aprobación. —Tendréis oportunidad de comprobarlo, os lo aseguro. El rey Alfonso no se había recuperado de la pérdida de su hijo, y aunque solo había pasado un mes desde la muerte del infante, Rodrigo de Aranda estaba seguro de que su señor no se recuperaría jamás. La tragedia había sobrevenido en el momento en que más apoyos necesitaba el monarca castellano, y este se hallaba desamparado. Aunque había hecho gala de una tremenda vitalidad y energía a la hora de legislar para la guerra y hacer alianzas con los reinos vecinos, su consejero sabía que era una huida hacia delante. Loable por sacar fuerzas de la debilidad, pero motivada por el dolor. Anochecía ya noviembre, y el monarca castellano estaba volviendo de una pequeña expedición hecha contra las fortalezas fronterizas de los almohades. Antaño la habría realizado el infante, pero ya no había nadie en condiciones de delegar. Alfonso lo entendía y ponía en juego todas sus fuerzas, físicas y espirituales. Rodrigo se sirvió algo de vino en una austera copa y se sentó frente a una ventana, para observar la inmensidad de la llanura castellana que rodeaba a la fortaleza. Le gustaba el paisaje, y cada vez que lo contemplaba se sentía henchido de fervor por su patria, al tiempo que le inundaba una grave sensación de responsabilidad. Desde su juventud —era hijo de un noble menor de Castilla que había entrado al servicio del rey por su coraje con las armas, prudencia con las palabras y conocimiento de las sagradas leyes de Castilla y del papado—, había sentido un gran deseo de luchar, pero solo tras ser consejero del monarca había comprendido plenamente el sentido de la lucha. Y a pesar de todo, sabía que lo que estaban desatando su rey, él y todos los emisarios que se desperdigaban por Europa como fuegos fatuos, era algo mucho mayor de lo que jamás se hubiera visto. Repasó mentalmente la situación diplomática con los reinos cristianos, aunque seguramente, pensó, diplomacia podía no ser la palabra más correcta. Aragón


participaría en la campaña, como era lógico. Los aragoneses llevaban décadas combatiendo ininterrumpidamente a los musulmanes, y no se iban a perder la mejor ocasión de hacerlo. Faltaba saber qué podían esperar de Navarra, León y Portugal. Poco del primer reino, supuso. Navarros y castellanos habían tenido varios encontronazos en los últimos años, y los navarros incluso habían cooperado con los almohades. Hasta se rumoreaba que el rey navarro, Sancho el Fuerte, se había convertido al Islam. Aunque esos rumores debían ser exagerados, ilustraban perfectamente la enemistad entre ambos reinos, hasta el punto de que no sería extraño que Sancho el Fuerte aprovechara la larga marcha hacia el sur para recuperar los castillos que Alfonso le había arrebatado pocos años atrás. Por su parte, aunque no cupiera esperar tanta hostilidad por parte de León y Portugal, tampoco podían tener ilusiones respecto al apoyo que les brindarían. No, Castilla sola no tenía fuerza suficiente para movilizar a gran escala a todos los reinos cristianos. Necesitaba para ello al papado. Bebió lentamente del vino mientras se sorprendía de que el sol brillara, radiante, sobre los campos cubiertos de escarcha. Pronto campos semejantes serían arrasados por las pezuñas de los caballos y las botas de hierro de los infantes, y abonados con los cadáveres de los caídos. Pero, al fin y al cabo, el sol brillaría después de la matanza, como lo hacía antes. Este pensamiento pareció reconfortar a Rodrigo, pero casi inmediatamente lo descartó y murmuró para sí mismo: —Sí, brillará. Pero no será el mismo. Nada será lo mismo. Los emisarios ya habían sido enviados. Tres embajadores había nombrado el rey, tres hombres que atravesaron los Pirineos y se dispersaron por Europa como si fueran los Reyes Magos llevando los regalos del Poder, el Espíritu y la Muerte. El primero era Ximénez de Rada, quien, tras cumplir con su doloroso deber de dar sepultura al infante, había partido hacia Francia. El segundo era el propio médico del rey, el maestro Arnaldo, quien había sido enviado a la Gascuña. Sobre el tercero había recaído la misión más complicada y crucial: entrevistarse con el Papa, Inocencio III. El elegido era don Gerardo, el obispo electo de Segovia, y sobre sus hombros había depositado el rey Alfonso la tarea de conseguir que su ofensiva fuera sacra e internacional. A medida que avanzaban por Europa, el invierno iba tendiendo su suave manto blanco, mas no por ello los corazones dejaban de arder. Como si la mera presencia de estos emisarios bastara para prender un fuego siempre presto a alzarse, el


ánimo combativo de los cristianos europeos se enardecía. Muchos cantares se compusieron solicitando castigo contra el musulmán, y la música de la batalla fue creciendo cual si fuera un torrente que, fortalecido por la tempestad, rebasa los diques y anega los campos. Folquet de Marsella compuso el canto Desde hoy no conozco razón, en el que pedía que no se repitiera en España lo acontecido en Jerusalén veinticinco años antes, cosa parecida a la que dijo Gavaudán el Viejo. Cessareo de Hesterbach, un monje alemán, llegó más allá, diciendo que la ofensiva almohade buscaba ayudar a los herejes albigenses en su desafío al Papa. El terreno era perfecto para que los embajadores de Castilla sembraran. Los cuervos recogerían la cosecha. Sundak entró en una de las tabernas sevillanas en que los soldados musulmanes gastaban las tardes de espera, y pidió un vaso de leche. Cuando se lo dieron, se sentó junto a un grupo de agzaz y comenzó a beberlo con calma. El contraste entre su fiero y atemorizador rostro y la blanca pureza de la leche que bebía era curioso cuanto menos, y de algún modo le daba al conjunto una apariencia verdaderamente siniestra, como si una niña bebiera sangre. Sundak era un hombre extraordinariamente activo, que no soportaba estar quieto en un sitio demasiado tiempo, y por eso había participado en todas las incursiones fronterizas en que había podido desde que llegó a Sevilla. No obstante, ya mediaba diciembre, y el ejército no se movía. Por ello, lo único que podía hacer era pasearse por las tabernas para escuchar la información que se comentara que le permitiera fantasear con los combates venideros. Era el mismo entretenimiento al que se dedicaban casi todos sus compañeros agzaz, quienes en ese momento decían: —Se habla de que los castellanos están preparando Toledo para que llegue una gran fuerza. Sundak tomó un sorbo de leche y centró su atención en el diálogo. —¿Por qué lo dices? —Al parecer están transportando ya víveres y armas. —Eso es ridículo —terció un veterano guzz, de larga barba negra a la costumbre de estos mercenarios—. Ningún ejército podrá ponerse en marcha, al menos hasta marzo. ¿Por qué iban a estar ya transportando víveres, con lo difícil que se hace moverlos en invierno, con los caminos nevados y las tormentas? —Precisamente, porque es un gran ejército el que esperan —defendió el que había dado la información, un muchacho de unos veintitrés años con la cara


afilada y un anillo con un trozo de jade incrustado—. No querrán que se les eche el tiempo encima. Te aseguro que, por duro que sea el invierno, en sus herrerías la nieve no cuaja. —Debe ser verdad lo que dices —intervino un tercer guzz—, porque también están acuñando moneda. Mirad. Y arrojó sobre la mesa un maravedí de oro. —Se la quité a un infante al que maté en una incursión de un flechazo en un ojo, hace unas semanas. Me hizo gracia porque la inscripción está en árabe. El guzz veterano que había hablado antes refunfuñó un poco, se mesó la barba y se quedó mirando largamente la moneda con expresión de disgusto y temor, como si aquello, en vez de un maravedí, fuera un arquero que le hubiera tendido una trampa y le estuviera apuntando. Al rato, dijo: —Transportan víveres en pleno invierno, forjan armas, acuñan moneda para poder pagar a las tropas... parece que los rumores que se escuchan son ciertos. —¿Qué rumores? —Que los castellanos no están solos. Que les apoya Aragón, y su sumo faraón, y muchos otros. Algunos rieron por el insulto al Papa, y el guzz joven, el de la cara afilada y anillo de jade, le respondió: —La ayuda de Aragón es segura. Lo de Roma, Francia, Navarra y los demás... ya lo veremos. Pero —añadió en tono burlón—, ¿acaso te da miedo que se unan, viejo? El veterano le asaeteó con una mirada furibunda, y replicó, gritando: —Muchacho, el desafortunado día en que viniste al mundo abriéndote paso a patadas desde el vientre de tu madre yo ya llevaba unos cuantos años luchando, y había matado a diez veces más hombres que mujeres habrá con las que puedas acostarte, si alguna se aviene a eso contigo. No tengo miedo. Pero te digo que mal vamos si mientras el rey castellano gana aliados, el Príncipe de los Creyentes los pierde. Sundak sabía que no era extraño que, entre guerreros, hubiera reyertas por nimiedades cuando no estaban en campaña, sobre todo entre tropas tan feroces como los agzaz. Por eso, para evitar que el agraviado pudiera elaborar una réplica que enturbiara aún más los ánimos, se apresuró a preguntar: —¿A qué te refieres?


El veterano se serenó al escuchar la voz de Sundak, quien poseía gran autoridad entre sus compañeros, y dijo: —Sabes que los gobernadores de Ceuta y Fez han sido apresados por orden de Al-Nasir, aconsejado por su jefe de Hacienda, Ibn Mutanná, al que quieren poco por aquí, ¿verdad? —Sí. —Parece ser que a algunos no les gusta esta decisión. No sé hasta qué punto puede volverse eso en contra de Al-Nasir, pero creo que, cuando llegue la batalla, seremos menos de los que esperamos. Se produjo un silencio tenso, hasta que uno de los soldados le preguntó a Sundak: —¿Qué opinas de esto? El mercenario apuró su vaso de leche y respondió: —Opino que, cuantos menos luchemos, en menos partes se dividirá el botín. Los agzaz recibieron la bravuconada de Sundak con risas y golpes de aprobación en la mesa. El único que no rio fue el veterano guzz, que refunfuñó y siguió mesándose la barba. —La naturaleza de Cristo —dijo el prior—, ¿es divina o humana? A Alfonso le gustaba debatir cuestiones teológicas y filosóficas con el prior. Aunque su deber no era la pluma, sino la espada, no consideraba que una cosa excluyera la otra. Antes bien, para él, eran complementarias. Había conocido a más de un guerrero cuyo único interés en la batalla era el mero derramamiento de sangre, pero él no pensaba así: creía que la lucha era una herramienta, un medio tan legítimo como cualquier otro, respetando unos cánones, para conseguir un fin: el triunfo de la Cristiandad contra sus enemigos. Solo comprendiendo plenamente el fin y entendiendo el motivo por el cual empuñaba su espada y combatía a los musulmanes, podría tal combate tener sentido y ser justo. —Ambas a la vez —respondió el caballero. —Ambas a la vez —repitió el prior—. Su naturaleza es divina, pero también humana, igual en todo a nosotros, excepto... —Excepto en el pecado —completó el caballero. —Correcto. Lo cual nos lleva a otro debate: si el pecado no forma parte de la naturaleza de Cristo, ¿se debe a que no puede pecar o a que, pudiendo, no lo hace?


El caballero meditó lentamente la respuesta que debía dar. Al igual que en la guerra, gustaba de analizar calmada y fríamente los interrogantes e inconvenientes que se le presentaban, pues hablar por hablar y actuar por actuar suponía una inconsistencia impropia de un guerrero de Cristo. Finalmente, contestó: —Me inclino a pensar que no puede pecar. —No obstante, el diablo le tienta. El caballero asintió. Al ver que el prior no continuaba, le miró a los ojos y vio que quería que prosiguiera el razonamiento, pero no sabía adónde quería ir a parar, así que le preguntó: —¿Qué queréis decir? —¿Por qué iba el diablo a tentar a quien no puede caer en tentación? No tiene sentido, luego quizá debemos suponer que Cristo fue tentado porque podía pecar, aunque no lo hiciera. No obstante... —No obstante —retomó el caballero, que ya había entendido lo que el prior quería decir—, si Cristo tuviera pecado, aunque fuera en potencia y no en acto (no como nosotros, los humanos, para los que el pecado forma parte de nuestra naturaleza en potencia y en acto)... si Cristo tuviera pecado, decía, aunque fuera meramente potencial, ya no sería Dios, pues sería imperfecto, mientras que quien es perfecto, esto es, Dios, no puede dejar de serlo, ni en acto ni en potencia. —Has hablado sabiamente. Como ves, las tentaciones en el desierto nos ofrecen un grave dilema: o bien Cristo no puede pecar, luego es estúpido que el diablo le tiente, pues al no poder pecar no podría siquiera ser tentado; o bien Cristo, pudiendo pecar, no lo hace. —Difícil problema. —Lo es, ciertamente. ¿Se te ocurre alguna solución? El caballero calló por un largo rato. El problema le sobrepasaba y, aunque estaba seguro de que había una forma de resolverlo, no se le ocurría cuál pudiera ser. Al final dijo, aunque con escasa convicción: —Estaba escrito: «No tentarás al Señor, tu Dios». Quizá el diablo quisiera romper tal afirmación... —Sin duda quería, ¿pero para qué? Que esté escrito no esclarece el problema, de hecho lo oscurece aún más. ¿Por qué nadie iba a tentar a Dios si Dios no puede pecar? Nadie va a tentarnos a volar, puesto que no podemos. Sencillamente, no sentiríamos el impulso de hacerlo. Del mismo modo, ¿por qué nadie iba a incitar a pecar a quien no puede pecar?


De pronto, los ojos del caballero relampaguearon, como cuando descubría una fisura en las defensas de su enemigo. Tenía la sensación de haber dado con la clave y, aunque no sabía exactamente cómo desarrollarla, dijo: —No, nadie puede incitarme a volar, pues la incitación implicaría una correspondencia por mi parte que no se daría. No habría relación. No obstante, alguien podría ordenarme que volara, aunque yo no correspondiera a esta propuesta, aunque no hubiera relación. Satán le dice a Cristo que peque y, aunque no encuentra correspondencia por parte de Cristo, aunque no hay tentación posible, sí hay propuesta... —El caballero miró al prior buscando aprobación. Este no hizo gesto alguno, y el caballero, confuso, confesó—: Creo que esto es cierto, mas se me escapa el sentido de las tentaciones, si era evidente que no iban a producir efecto. El prior tomó entonces la palabra y dijo: —Te has centrado en una parte del problema. Es evidente que Cristo es Dios y, en tanto que Dios, no peca. Pero no es menos cierto que Cristo es también hombre, y puesto que hombre, es libre. La libertad implica la capacidad de pecar, y esto es algo constitutivo del ser humano. Si Cristo no poseyera tal libertad, no habría revestido forma y naturaleza humana. Habría sido, como decían algunos herejes griegos en los inicios del Cristianismo, un dios que habría andado entre los hombres, pero sin ser como ellos. Por tanto, las tentaciones en el desierto, que fueron tales porque Cristo podría haberlas obedecido, tienen un doble significado: por un lado, nos muestran la rectitud de Cristo, cómo habiendo sido tentado con algo tan simple y común en nuestros días como adorar al diablo, y pudiendo haber recibido en compensación maravillas increíbles, se abstiene de pecar sencillamente porque no es justo. »Por otro lado, representan una lucha, un desafío. Satán se enfrenta a Cristo para que abandone su misión redentora, para que deje las almas de los hombres a merced de las fuerzas infernales. Cuando el diablo le dice a Jesús que, si es Hijo de Dios, convierta las piedras en panes, quiere que abandone su naturaleza humana conscientemente escogida para cumplir la misión encomendada por el Padre, lo mismo que cuando le dice que se tire desde lo alto del Templo de Jerusalén. Cuando le promete los reinos de la tierra si se postra ante él y le adora, le está diciendo que tales reinos le pertenecen, que suyas son las almas de sus habitantes. El diablo quiere subvertir la misión de Cristo, y aunque sabe que no lo conseguirá, tiene que intentarlo... porque la conclusión de la obra divina sería, como así fue, la mayor derrota de Satán. El caballero meditó calmadamente el razonamiento del prior, centrándose en las ideas y en la concatenación entre las mismas como si forjara una cadena. Ambos


permanecieron en silencio mientras el caballero realizaba este ejercicio, hasta que su superior, tras un hondo suspiro, comentó: —El Cristianismo es, en esencia, lucha. Al igual que el Islam. Es por esto que estamos condenados a combatir... tanto como a entendernos. El caballero observó fijamente al prior, cuya mirada, fuerte aunque con un matiz de cansancio en lo profundo de su verdor, se concentraba en los oscuros recovecos del claustro en el que estaban. —Cuando dos personas —continuó el prior— sostienen una forma de ver el mundo tan opuesta, pero al mismo tiempo tan parecida, deben luchar. Pues sus ideales, su fe, están por encima de su propia vida en la medida en que esta vida es tal precisamente por sus creencias. Pero, justamente porque pueden comprender que un hombre viva por su fe, entenderán a su enemigo. Así nos sucede a nosotros con el Islam. Llevamos siglos luchando por el alma de España, y aún, me temo, habremos de seguir haciéndolo mucho más. Y, sin embargo, no nos odiamos. Quizá otros no lo entiendan, pero no nos odiamos. Si luchamos, es sencillamente porque debemos hacerlo. El rey estaba acorralado. En su diagonal, una torre le vigilaba. No podía dañarle, pero le impedía el movimiento hacia la casilla superior y la que estaba a su izquierda. Tampoco podía matar a la torre, pues la reina enemiga le protegía en diagonal, impidiéndole también huir hacia la fila a su derecha. Solo quedaba un movimiento posible para escapar de la torre y la reina, avanzando hacia la casilla de abajo, pero entonces un peón se lo comería. Era jaque mate, sin ninguna duda. Un jaque mate conseguido con un peón. Mutarraf analizaba la situación intentando de algún modo evitar la derrota, pero no existía. Su contrincante, Ibn Wazir, había derribado con paciencia y meticulosidad sus defensas, había rodeado al rey y le había obligado a vagar por el tablero hasta que finalmente decidió asestar el golpe de gracia. En cierto modo, el poeta tenía la impresión de que el andalusí le había perdonado el mate varias veces, no por humillarle, sino para concederle alguna ventaja en una lucha desequilibrada. Mutarraf, que se consideraba un jugador bastante decente de ajedrez, tuvo que admitir la superioridad de Ibn Wazir. —Sois un gran jugador —le dijo—. Estoy impresionado. Se habían conocido gracias al criado que había anunciado a Ibn Wazir la muerte del infante don Fernando. Quizá queriendo compensar su torpeza en aquel asunto, el siervo había buscado entre los muchos poetas, filósofos y cadíes que sabía vagaban por Sevilla en aquellos días a alguien con cuya compañía su señor


pudiera disfrutar. Sabía que Ibn Wazir gustaba de las conversaciones artísticas e intelectuales, máxime cuando las tropas estaban acuarteladas y prácticamente inactivas. Le hablaron de Mutarraf, al cual encontró paseando por las numerosas calles de la ciudad del Guadalquivir, y se lo presentó al noble, con quien trabó gran amistad. —Gracias —le respondió Ibn Wazir—. Lo cierto es que he practicado mucho este juego, y he reflexionado mucho sobre él. Y a medida que lo conozco, y esto os sorprenderá, me resulta cada vez más claro que es un error. —¿Un error? —preguntó extrañado Mutarraf—. ¿En qué sentido? —El juego tiene un error de concepción gravísimo: si os fijáis, la primera línea la ocupan los peones, mientras que en la retaguardia despliegan las figuras, y especialmente el rey. Mutarraf, aún más sorprendido, inquirió: —¿Por qué os parece eso un error? —Los peones no deben defender al rey; al contrario, es al rey a quien corresponde la defensa de sus súbditos. La autoridad absoluta del gobernante procede de los deberes contraídos para con sus ciudadanos, y por esta responsabilidad se le otorgan los privilegios y la capacidad de mandar. Si el rey ordena a un campesino que trabaje durante horas sin descanso, el campesino lo hará en la medida en que el rey le defienda. Si el monarca manda a un general que tome una fortaleza, el general le obedecerá en tanto que el monarca luche por su pueblo. En definitiva, solo quien cumple con sus deberes puede exigir a los demás que haga lo mismo. En esto consiste la autoridad, y en esto se basa la posición de los gobernantes. El ajedrez no refleja eso. El poeta reflexionó sobre la respuesta de Ibn Wazir, y le pareció muy juiciosa. Comentó: —Tenéis un fuerte concepto de la autoridad. Ibn Wazir sonrió y se encogió de hombros. —En absoluto. Sencillamente es el concepto básico, puro, sin contaminaciones. Mucha gente no lo entiende, y confunde la causa con el efecto: este hombre tiene privilegios, ergo manda. Por supuesto, no es así. En realidad, el hombre cumple con su deber, como cumple con su deber, manda, y como manda, posee privilegios. —Estaba recordando, al hilo de la conversación —dijo Mutarraf—, un pasaje de la Anábasis. ¿La habéis leído?


—Ciertamente. —En ese libro se da una bonita reflexión sobre este mismo tema. Ibn Wazir miró a Mutarraf con curiosidad y dijo: —No lo recuerdo. ¿De qué lección se trata? —Hay un momento —explicó el poeta—, después de que Ciro haya sido derrotado y Artajerjes haya traicionado a los griegos, en que estos se encuentran con sus enemigos en la falda de una colina. Tomar esta colina era crucial para crear una buena posición defensiva, así que ambos ejércitos comienzan a subir a toda prisa por su ladera. Jenofonte va animando a sus tropas montado a caballo. Entonces, uno de sus soldados le dice que para él es muy fácil lanzar arengas, pues está cabalgando, mientras que él tiene que subir una pendiente empinada cargando con el escudo, la lanza y demás pertrechos. Al oír esto, Jenofonte baja del caballo, coge la lanza y el escudo del soldado rebelde, le empuja despectivamente colina abajo y comienza a subir la cuesta cargando con el equipo. Ibn Wazir dijo: —Así es. Resulta muy acertada la lección. La autoridad es algo que nunca se presupone: se gana, y se gana con el ejemplo. Hay... —Se detuvo por un instante, como si no estuviera seguro de que fuera oportuno decir lo que quería decir. Finalmente, continuó—: Hay muchos hombres que pretenden ser líderes, pero no tienen autoridad. Basan su preeminencia en honores adquiridos durante la infancia, pero no han hecho nada para estar a la altura de esos honores. La mirada de Mutarraf se tornó inquisitiva, y preguntó: —¿Os referís a alguien en concreto? Ibn Wazir negó lentamente con la cabeza. —No me refería a nadie porque no es necesario. A la hora de la verdad, será fácil diferenciar entre el hombre que posee autoridad y aquel que carece de ella. —¿Cómo? El noble miró fijamente al poeta, y le dijo: —El hombre con autoridad ha ganado el respeto de sus hombres, y estos no le abandonarán. Pero el que carece de ella ha comprado el respeto. Y cuando llegue el momento, cuando la caballería cristiana penetre en nuestras filas y sus flechas silben bajo el sol, cuando el suelo se convierta en un lodazal de sangre, el dinero no servirá para nada. Entonces, si no has trabajado por tus hombres, ellos no trabajarán por ti. Y estarás solo, y nadie puede vencer por sí mismo a un ejército.


Era 4 de febrero. Rodrigo de Aranda volvía a la corte, transitando los caminos nevados, tras presenciar las ceremonias que señalizaban el inicio de la movilización de la milicia concejil de su pueblo natal. Mientras abarcaba con su mirada el páramo castellano, sobrecogedor por la nieve, y la clara pureza del cielo invernal, repasaba los pormenores de la ceremonia. Las milicias concejiles eran las tropas reclutadas en las villas para marchar a la guerra. Estaban obligadas a hacerlo por juramento a los reyes de Castilla, pues estos les habían otorgado la propiedad de la tierra al ser reconquistada a cambio de una serie de obligaciones, entre las que figuraba guerrear. Así se había fraguado Castilla, así se habían fraguado todos los reinos cristianos de España. Rodrigo lo sabía bien, pues conocía perfectamente las leyes, de dónde surgían, a quiénes obligaban y qué privilegios otorgaban. Y tenía mérito, pues esta forma de repoblación había creado una cantidad inmensa de textos legales, de forma que prácticamente toda aldea y todo pueblo poseían sus propias normas. Era en estos fueros donde se detallaba la forma y las circunstancias en que las milicias concejiles debían armarse para la guerra. El número de hombres estaba pactado, así como su retribución y las sanciones en que pudieran incurrir. No obstante, no solían ser enviados todos los hombres, pues algunos de los que pudieran empuñar armas debían permanecer en la ciudad para que esta no quedara indefensa. Se establecía también que el encargado de dirigirles en campaña era su juez o su alcalde, aunque normalmente se designara un adalid, uno de los mejores guerreros del pueblo, que, además, tenía las funciones de conocer las tierras por las que transitaba el ejército y juzgar los pleitos que pudieran surgir. También se nombraban, entre los habitantes de la población, otros cargos, como el notario, que debía inventariar el número de hombres, armas y bestias de que se disponía; los guardadores, quienes se encargaban de vigilar a los prisioneros y el ganado; los exploradores, elegidos entre los mejores jinetes del pueblo; y médicos y capellanes. Así, perfectamente organizada, se ponía en marcha la maquinaria militar de los concejos cuando el rey lo pedía, según las leyes de la ciudad. Cumplían con la obligación centenaria, contraída cuando, por primera vez, los reyes cristianos de España miraron hacia el sur y creyeron que podrían reconquistar lo que les había sido arrebatado. La ceremonia había sido preciosa a la austera manera de Castilla, y Rodrigo volvía henchido de orgullo al ver a los hombres tan dispuestos para el combate. El inicio lo señalaba el sacar el estandarte de la ciudad, que recorría las calles de la misma para que todos sus habitantes tomaran conciencia de que sus hijos, padres y esposos marchaban a la guerra. El estandarte les representaba a todos, simbolizaba el honor por el cual cumplían el juramento que les impulsaba a la lucha en el sur.


Después, el pendón era llevado a la iglesia y presentado ante el altar del Señor de los Ejércitos, al tiempo que se escuchaba misa de vísperas para, posteriormente, celebrar una vigilia ante el Cristo. El frío había sido horrible, pero aquellos hombres eran austeros y recios, hechos a las penalidades, tallados en la misma piedra de los santuarios que velaban por los páramos castellanos. Al día siguiente se celebró de nuevo misa, y se entonó durante la Eucaristía el Oh, martyr gloriose..., cántico que no dejaba lugar a dudas sobre cuál era el destino que no rehuían los guerreros. Después, se salió en procesión, al término de la cual se entonaron varios cánticos y se bendijo el estandarte, para que otorgara a quienes lo defendían el favor de Dios y para que estos no lo abandonaran deshonrosamente en el polvo y la sangre del campo de batalla, ni permitieran que fuera capturado.2 Todo esto rememoraba Rodrigo cuando finalmente llegó a la corte, y se la encontró en estado de gran agitación. Inmediatamente llamó a un mozo de cuadra que le llevara el caballo al establo y lo apacentara, y le preguntó: —¿Qué sucede? El muchacho respondió: —No lo sé, señor. Creo que el rey ha recibido una carta, pero no sé más. A Rodrigo le dio un vuelco el corazón. Con toda la celeridad que le permitía su edad subió los escalones hacia el aposento de su rey, que le recibió de inmediato. —Don Rodrigo —le saludó el monarca—, por fin noticias del Santo Padre. Parece que don Gerardo ha hecho bien su trabajo. Y le contó las nuevas que daba Inocencio III, quien prometía la indulgencia a todos los peregrinos que viajaran a la Península para tomar parte en la ofensiva cristiana, elevada así al rango de cruzada. Idéntica noticia había recibido cinco días antes el arzobispo francés de Sens, por lo que los ultrapirenaicos estaban avisados también. Asimismo, el Papa aconsejaba al rey Alfonso que fuera prudente, y que si podía conseguir una buena tregua, que le permitiera reforzarse con mayores garantías, la aprovechara. Pero ya era tarde para eso. Rodrigo vio que, por primera vez desde la muerte del infante, el rey se mostraba medianamente animado. Aunque la sombra de dolor no dejaba de oscurecer su mirada, un leve destello de fervor la avivaba, reflejando la vivacidad del hombre que tiene grandes proyectos y sabe que, poco a poco, se van cumpliendo. —Ahora solo resta saber qué política seguir con nuestros vecinos —dijo el rey—. Enviaré a don Tello Téllez de Meneses, el arzobispo de Palencia, a entrevistarse con Inocencio III.


Entonces el monarca calló y se acercó a un ventanal. El reflejo del sol sobre la nieve le devolvió la mirada y, tras inspirar profundamente el frío puro del invierno, susurró para sí: —Ojalá estuvieras conmigo, hijo mío. Ojalá estuvieras aquí. El invierno no estaba siendo especialmente duro en las costas catalanas, aunque Roger no lo percibía. Cada vez más, se iba convirtiendo en un prisionero, un prisionero de su propio castillo y de su propia desesperación, a la que no acertaba a dar salida. Desde que acompañó a su rey a Cuenca, nadie salvo sus sirvientes le había visto de nuevo. No asistía a cacerías ni banquetes, ni aparecía por la corte. Su apariencia era espectral, pues apenas comía. El deterioro se hacía aún más evidente por su anterior condición de hombre fuerte y enérgico, por lo que se comenzaba a rumorear que había sido poseído por un mal espíritu. Esto le había valido para aumentar su fortuna por las remensas que los campesinos pagaban para poder abandonar la tierra, pues no querían trabajar para un señor al que creían maldito, pero esto poco importaba a Roger, que tenía cada vez menos contacto con lo mundano. No había renunciado a ninguno de sus privilegios, sencillamente porque consideraba que tales privilegios no le pertenecían a él sino a su condición, excepto al de prima nocte. En todo caso, nunca hubiera llegado a ejercitarlo, pues las muchachas de su señorío se casaban en secreto o no lo hacían con tal de no tener que compartir el lecho con el espectro en que se había convertido Roger. Algunos llegaban más lejos y afirmaban que, en las noches tormentosas, se veía a un caballero con armadura negra, y era cierto que Roger había hecho teñir de negro su perpunte como símbolo de dolor, cabalgando ferozmente por sus tierras y enfrentándose a enemigos imaginarios, generalmente encarnados en árboles, cual si huyera de las Euménides. Muchos no lo creían, pero otros juraban y perjuraban que se trataba del espíritu maligno que había tomado posesión del noble y daba rienda suelta a su furor. A principios de marzo llegó al feudo de Roger la única visita que podía esperar: un emisario de su rey, Pedro. El monarca se hallaba bastante ocupado con los preparativos de la cruzada, y no había escuchado rumores sobre el estado de su vasallo. Lo único importante aquellos días era prepararse para combatir. Y, a pesar de todo, Roger combatiría. El chambelán guió al emisario hasta los aposentos del noble. Este, sabedor de su llegada, se colocó de espaldas a un ventanal por donde entraba un torrente de luz, de forma que el mensajero no pudiera ver su rostro. Esto se hacía a veces para


demostrar poder y que a los interlocutores les diera la impresión de estar ante alguien importante, pero en este caso Roger tomó tal decisión para que el embajador no alertara al rey sobre su pésimo estado. No quería preocuparle, pues sabía que el rey Pedro le tenía en alta estima, ni buscaba su conmiseración. El emisario entró y dijo: —Os traigo noticias del rey. Roger, haciendo un soberano esfuerzo por que su gastada voz sonara aún imponente, preguntó: —¿Cuáles son esas noticias? —El rey os ordena que comencéis a reclutar vuestras mesnadas, y conseguir los pertrechos propios para la guerra. Os recuerda que según las promesas que le hizo al rey de Castilla, los ejércitos de Aragón deberán estar el día 20 de mayo en Toledo, para desde ahí partir hacia el sur al combate contra los musulmanes, con la ayuda de Dios Nuestro Señor. Roger guardó silencio un rato, y después respondió: —Decidle al rey que en dos semanas estarán mis mesnadas prestas para la guerra, y que con ellas partiré para reunirme con él en el día y lugar que me señale. Hacédselo saber así, y dicho esto, partid en buena hora. El mensajero salió tras hacer una reverencia, y el chambelán abandonó también la habitación, dejando solo al noble. Este, súbitamente y sin saber por qué, se sintió algo aliviado, y percibió que el sol brillaba, aunque en el fondo anidara la tristeza. Miró al mar, donde los rayos del astro destellaban como uvas en la viña en un día de lluvia, y dijo: —Ya que de la vida me habéis privado, Cristo, concededme al menos morir en batalla, como guerrero que soy. Seguro que no os costará mucho cumplir este ruego. Le pareció que el mar le respondía en un largo lamento. Mediaba abril y las últimas nieves de las cumbres navarras comenzaban a retirarse, al tiempo que el frío desaparecía del aire y los árboles y las flores revivían. Eso infundía ánimos al joven Íñigo en su entrenamiento con las armas, que desde febrero se había intensificado. Aunque la situación del reino navarro en la vorágine de acontecimientos que se había desatado seguía siendo incierta, cada vez con más fuerza notaban los nobles navarros, y el rey Sancho VIII especialmente, que no podrían mantenerse al margen. El rey de Castilla había colocado a Navarra en una situación complicada: apoyar la ofensiva cristiana significaba apoyar a su mortal


enemigo, pero no hacerlo implicaba desgajarse del espíritu cruzado que se vivía y, quizá, ser sumado a una lista de amenazas junto con los musulmanes de Tierra Santa, los almohades y los herejes cátaros. Por supuesto, atacar Castilla mientras concentraba sus fuerzas en el sur era impensable, pues supondría durísimas sanciones para Navarra, incluso la excomunión y la consecuente invasión de los cruzados. La única certeza que poseían los navarros era que sus armas no iban a estar ociosas en verano. El sonido de los aceros al chocar entre sí retumbaba por encima del piar de los pájaros, los cuales se apoyaban en las ramas de los robles que rodeaban el campo de entrenamiento, como si disfrutaran del combate que sostenían Alonso e Íñigo. Este último había mejorado notablemente con la espada en los últimos meses, y ya era capaz de controlar eficazmente su peso y manejarla con gran pericia. Alonso le estaba enseñando técnicas avanzadas, como desarmar a un guerrero para hacerlo prisionero o penetrar a pie en un muro de lanzas. El encomendado esperaba que su señor no tuviera que usarlas, pues estaban concebidas para situaciones extremas en las que ningún caballero debería verse envuelto, pero no podía prever la magnitud de los acontecimientos que iban a desarrollarse en los meses venideros. Doña Mencía apareció en el campo de entrenamiento y se sentó. Alonso la saludó, y viendo que su señora no hacía ningún gesto, continuó con la instrucción. Él e Íñigo combatieron durante un rato, hasta que finalmente doña Mencía dijo: —Parad. Los contendientes la obedecieron. Alonso fue a lavarse el duro rostro, perlado de gotas de sudor, y luego se acercó a doña Mencía, pues esta le había llamado. —¿Cómo progresa el aprendizaje, Alonso? Íñigo miró con expectación al veterano, pues sabía que no mentía. —Extraordinariamente, mi señora. Don Íñigo tiene pericia para las armas, y estará listo para combatir en una gran guerra si se le requiere, aunque Dios quiera que no sea así. Íñigo se llenó de satisfacción, aunque sintió que le temblaban las piernas. De algún modo, le pareció que acababa de traspasar una puerta que se había cerrado a sus espaldas para no volver a abrirse. Doña Mencía suspiró y dijo: —Temo que el día de la guerra es cada vez más cercano. Íñigo se inquietó y preguntó:


—¿Por qué lo decís, madre? Ella le miró fijamente a los ojos, para ver qué encontraba en ellos. Descubrió una mezcla de impaciencia por verse inmerso en los grandes acontecimientos que su posición le deparaba, pero también miedo por no saber cuáles serían tales acontecimientos, ni si estaría a su altura. —El Santo Padre, Inocencio III, ha dispuesto que todo rey que ataque a Castilla mientras dure la cruzada será excomulgado, al igual que si hace alianza con los almohades. El rey de Portugal ya ha dicho que, aunque él no tomará parte en la campaña, permitirá a sus súbditos que lo hagan. Más allá de los Pirineos, los franceses se arman también para la guerra, y algunos han llegado ya a Toledo, donde se reúne el ejército de Alfonso de Castilla. No creo que nosotros podamos permanecer ajenos a este conflicto, hijo mío, cuando por toda Europa resuena la terrible llamada a las armas. Los pájaros callaron, como sobrecogidos por la información de doña Mencía. Íñigo, atribulado, miró alternativamente a la resplandeciente hierba, al claro firmamento, y al rostro de su madre, a la que finalmente dijo: —Entonces, combatiré antes de que termine el año... No sabía muy bien si era una pregunta o una afirmación. Se le erizó el vello al pensar que, puesto que había que luchar, sería mejor saberlo cuanto antes. Su madre se levantó y, besándole en la frente, le susurró con dulzura: —La gloria es para los valientes, hijo mío. Asume tu grandeza. No la temas. Santiago García acababa de ser nombrado caballero de la Orden de Calatrava. Tras su periodo de formación, más corto de lo normal por la necesidad que tenían los frailes de nuevos guerreros, había realizado la ceremonia y ya podía considerarse, de pleno derecho, un monje guerrero. A pesar de su juventud, o quizá precisamente por eso, ansiaba ponerse en marcha hacia Andalucía y participar en una batalla acorde con el brutal entrenamiento que había soportado en los últimos meses. La sangre le hervía en las venas y agradecía a todas horas a Dios el haberle situado en una posición en la cual su vida, su valor y su fuerza fueran de utilidad. Había abrazado la causa de la defensa de España con entusiasmo, porque sabía que solamente una existencia consagrada en cuerpo y alma a un noble y alto ideal era una existencia plena. Constantemente rememoraba la entrada definitiva en la orden: la vela de armas solo en la madrugada en la capilla de Zorita. Había sido una noche especialmente dura y de horrible frío, pero eso le había ayudado a mantenerse despierto. En la


oscuridad del oratorio, pensaba en su padre, al que con toda probabilidad no volvería a ver; en su madre, que murió cuando él era joven, pero que con seguridad estaba llena de orgullo en el paraíso, observándole desde un lugar sin tristeza ni odio; y en sus hermanos, con quienes compartía juegos y riñas en la niñez, y de los cuales nunca volvería a saber nada. A todos ellos había dejado atrás para siempre, sustituyendo una hermandad de sangre por otra de armas. No se arrepentía. Sabía que, a veces, hay que perderlo todo para poder ganar. Al día siguiente, en la misma capilla, Alfonso Valcárcel había oficiado la santa misa y bendecido sus armas. Después, dos padrinos, uno de los cuales era Alfonso Giménez, le habían vestido de blanco, rojo y negro. En la simbología bíblica, el blanco representaba la pureza, el rojo el sacrificio y el negro la muerte: la pureza que debía mostrar en su obrar y su pensar, el sacrificio que debía asumir por su Dios y por su patria si fuera necesario y la muerte que significaría el único fin posible de su deber y el juicio al que sería sometido para comprobar si tal deber había sido cumplido con diligencia. Por último, el maestre de la orden, don Ruy Díaz de Yanguas, le había entregado su espada, la espada que jamás, bajo ningún concepto, debía perder o rendir. La espada que le daba sentido a su existencia como caballero cristiano. Todo eso rememoraba Santiago una mañana de finales de abril, antes incluso de que amaneciera, cuando se cruzó con Alfonso Giménez. Santiago le respetaba y le admiraba, pues había sido su instructor durante el periodo de formación y le había forzado a sacar lo mejor de sí, a hacer cosas que no sabía que pudiera realizar. Además, era uno de los guerreros más veteranos de la orden, y cumplía sus deberes con tanto celo y tanta devoción, que ejemplificaba todo lo que Santiago aspiraba ser. Con todo, no era menos cierto que, en ocasiones, el profundo dolor de Alfonso le sobrecogía, y se preguntaba cómo podía un hombre que sufría tanto seguir viviendo. —Dios os guarde, fray Santiago. —Y a vos, fray Alfonso. Alfonso vio cómo una delgada línea rojiza se abría paso por el horizonte, y reconfortado, pues los amaneceres eran los únicos momentos del día en que se sentía algo más alegre, preguntó: —¿Cómo os sentís? Santiago meditó concienzudamente la respuesta, pues le habían enseñado a ser prudente al hablar, y finalmente dijo: —Expectante, señor.


Alfonso sonrió ligeramente y le tranquilizó. —No os preocupéis, que no ha de ser larga nuestra espera. El veterano se acodó sobre las almenas de la muralla y, al tiempo que observaba el horizonte de espaldas a Santiago, dijo: —Vais a formar parte de una ofensiva como no se ha visto otra desde Alarcos, y lo haréis como caballero calatravo. ¿Sabéis lo que significa eso? Santiago no acertaba a dar una respuesta suficientemente satisfactoria, y Alfonso, sin esperarla, continuó: —«Yo ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí». Carta de San Pablo a los Gálatas, capítulo segundo, versículo vigésimo. Lo mismo nos sucede a nosotros. Desde que entramos en la orden no importa quiénes hayamos sido ni qué hayamos hecho, porque ya no vivimos por nosotros, sino por Cristo. Somos guerreros eternos, los ejecutores de su sacra voluntad. Mientras otros duermen, nosotros rezamos. Mientras otros descansan, nosotros entrenamos. Mientras otros trabajan, nosotros combatimos. Mientras otros ríen, nosotros morimos. Somos la punta de lanza de la Cristiandad, los primeros en entrar en combate y los últimos en abandonarlo. No hay descanso para nosotros, ni paz, ni respiro. Y así ha de ser. Esto es lo que hemos escogido. —Se giró, mirando de frente a Santiago, y le preguntó—: ¿Es buena vuestra espada? —Excelente, señor. Alfonso hizo un gesto de aprobación, y dijo: —Al igual que vuestra espada es un instrumento con el que cumplís vuestra labor, así somos nosotros la espada de Cristo: somos un arma en sus manos, el instrumento a través del cual el Redentor da forma a sus designios. No olvidéis esto nunca, pues, de hacerlo, dejaríais de comprender el verdadero sentido de nuestra existencia. Solo cumplimos la voluntad de Dios. Todo cuanto hacemos, lo hacemos porque Él nos da la fuerza, y cuando vencemos, es Él quien lo permite. Un hombre puede luchar, pero solo Cristo concede la victoria, y en vano construyen la casa los albañiles si no la guarda el Señor. Santiago escuchó todo cuanto Alfonso le dijo con gran respeto y atención. Cuando terminó, permaneció en silencio, hasta que finalmente el veterano dijo: —Preparaos, en breve partiremos hacia Toledo a unirnos a la cruzada. Que Cristo nos dé fuerzas para el combate que se avecina. —Amén.


PARTE SEGUNDA LA LARGA MARCHA

Aún quedaba un mes para que se cumpliera la fecha en que los cruzados debían reunirse, pero Toledo era ya un hervidero. Los guerreros habían comenzado a llegar desde febrero, y en abril su número era tan grande que los muros de la ciudad no podían contenerlos. Incontables combatientes se reunían en el lugar procedentes de todos los reinos cristianos de España, y de más allá. Había portugueses, leoneses y navarros que, llamados por su celo o por la oportunidad de conseguir honor, gloria y botín, se habían unido por su cuenta a la cruzada sin esperar a la decisión de sus monarcas, o incluso desoyéndola. También había castellanos y aragoneses que se habían adelantado a la llegada de sus reyes, así como transpirenaicos que venían imbuidos del mismo espíritu combativo que sus correligionarios peninsulares, demostrando que las prédicas que habían recorrido Europa como fuego habían caído en buena tierra y germinado. Miles de almas, miles de hombres de toda la Cristiandad se reunían en la antigua capital del perdido reino visigodo mirando en una única dirección, el sur, guiados por un único propósito, la guerra santa. La afluencia de tantísimas personas había causado, no obstante, varios problemas. Toledo no tenía suficiente capacidad para abastecer a tanta gente ociosa, y el grueso del ejército ni siquiera había hecho aparición. Muchos de los guerreros tuvieron que ser alojados en fincas cedidas por la propia villa, la nobleza o el arzobispado. El lugar principal al que fueron destinados los cruzados que no podían residir en Toledo fue la Huerta del Rey, un recinto que había sido esplendoroso jardín en los tiempos musulmanes pero que se encontraba en decadencia. Los pocos árboles que daban testimonio de su gloria pasada fueron talados por los implacables combatientes para construir albergues con su madera. Además, tener a tantos hombres de guerra sin ocupación era algo que ninguna ciudad querría para sí, pues la ociosidad es insoportable para un luchador, que


solo conoce una forma de redimirse de este vicio: luchando. Así, a falta de musulmanes contra los que lidiar, los cruzados volvieron su ira hacia los judíos de Toledo, que formaban una gran comunidad por entonces. Algunos caballeros, especialmente los transpirenaicos, pues eran mucho más antisemitas que los peninsulares, atacaron a los hebreos, humillándolos y linchándolos. Tal fue la violencia ejercida por los extranjeros que los propios vecinos de Toledo tomaron las armas para defender a los judíos. Sabiamente, los más fanáticos de los cruzados fueron enviados a la Huerta del Rey. Mientras tanto, las tropas seguían llegando, y cada destacamento era un tronco más arrojado al fuego que consumiría España. Atardecía. Una suave brisa susurraba el lamento del sol poniente, impregnando los campos de Castilla con su mensaje. El sonido de fondo se veía acompasado por el piar de algunos pájaros y la danza de doradas nubes sobre el firmamento, todo ello en perfecto orden, todo ello creando una terrible melodía. En mitad de esta sinfonía, inmóvil para no quebrar ningún elemento pero estudiando todos, se hallaba Sundak. A lomos de su caballo, alzado sobre un risco desde el que se divisaba la cambiante frontera cristiana, el jinete vigilaba el páramo del sur de Toledo como un centinela omnisciente. Sundak formaba parte de un destacamento de agzaz enviados a la frontera para informar de la situación en Toledo y entorpecer la afluencia de armas y víveres que la ciudad cristiana demandaba. Por el día cruzaban los límites de su territorio y atacaban a los grupos poco numerosos, fueran de combatientes o de campesinos, y antes de que cayera el sol volvían a tierras musulmanas. La mayoría de sus enemigos eran asaeteados sin piedad, pero algunos eran interrogados antes de encontrar la muerte por la espada. Gracias a estos interrogatorios, Sundak se había formado una idea bastante aproximada de lo que sucedía en Castilla. Los cruzados llegaban sin parar a la ciudad del Tajo, aumentando su número cada día. También sabía que había habido desórdenes, lo que no podía ser considerado una buena noticia, pues indicaba que el ánimo combativo de los cristianos era fuerte. Las cifras que manejaba no eran fiables, pero los guerreros asentados en Toledo debían de ser cerca de veinte mil, y aún no habían llegado los reyes de Castilla y de Aragón ni los frailes de las órdenes militares. Todo ello provocaba en Sundak un temor informe, quizá solo una subrepticia inquietud, pero en todo caso suficiente para no poder dormir con tranquilidad. En la noche, durante el sueño, un ejército de espectros sin rostro desfilaba ante su


subconsciente, haciendo que se estremeciera. Sabía que las tropas acuarteladas en Sevilla sobrepasaban en número a todas las que los cristianos pudieran reunir, pero algo le decía que esto le superaba. Que esto les superaría a todos, que la furia y la guerra iban a alcanzar proporciones inimaginables. Con todo, guardaba sus temores en lo profundo, sin mostrarlos jamás ante sus compañeros. De esta forma procuraba tanto mantener la estima que estos tenían hacia él, como exorcizar esas inquietudes. Pero no todos tenían tanto dominio de sí mismos. Uno de sus camaradas, el veterano que había sido humillado en la taberna sevillana meses atrás, se acercó cabalgando hacia él. Al llegar a su altura, le saludó y le informó: —Hemos interrogado al último prisionero. Ya le hemos matado. Sin mirarle, Sundak preguntó: —¿Os ha dicho algo interesante? El guzz exhibió un gesto contrariado, de preocupación, y respondió: —Toledo se ha quedado pequeño para el ejército cristiano. Han tenido que acampar extramuros, y su número aumenta día tras día. —Debe de ser una ciudad pequeña —comentó Sundak con una mueca burlona totalmente forzada. El veterano guardó silencio un instante antes de comentar: —Son langostas, Sundak. Son como langostas. Más de los que creíamos. —Nuestras tropas alcanzan los doscientos mil hombres, y aumentarán a medida que lleguen los voluntarios. Los cristianos jamás podrían siquiera igualar ese número, ni mucho menos superarlo. —Un único caballero cristiano es capaz de matar a siete infantes sin inmutarse. Eso ya lo sabes. —Sé que sus armaduras no pueden detener nuestras flechas, y que sus caballos son demasiado pesados y no pueden alcanzarnos. No necesito saber más. El veterano se tomó el último comentario como algo personal, y calló. No obstante, al rato volvió a hablar, con tono lúgubre: —No sabemos a qué nos enfrentamos. —Quizá. Entonces ocurrió algo inesperado. Sundak, como casi todos los mercenarios, era


un hombre absolutamente prosaico, que reservaba sus escasos pensamientos espirituales a una confusa mezcla de religiosidad aún tintada de paganismo, superstición tribal y ética guerrera. Pero en ese momento, algún extraño impulso de su voluntad le obligó, sin saber por qué, a hacer algo poético. Había oído que una civilización de la Antigüedad iniciaba sus guerras arrojando un venablo contra la frontera del enemigo. Alentado por este ejemplo, sacó una flecha de su carcaj, tensó el arco hasta límites extraordinarios y disparó hacia las nubes doradas. La flecha silbó y se clavó en tierra cristiana. El lamento de la brisa se detuvo, los pájaros callaron como si todos hubieran sido atravesados por el proyectil, el dorado de las nubes se tornó rojo. —Que vengan. Arnaldo Amalarico, arzobispo de Narbona, inquisidor general, era un hombre inquietante. Su fama de sanguinario y brutal le precedía, y quizá por eso el contraste que mostraba su físico con la oscuridad de su alma resultaba tan especialmente chocante. En efecto, Amalarico era un hombre corpulento, casi gordo. Sus ojos no transmitían ninguna emoción, seguramente no porque las escondiera, sino porque no las tenía. Nada de intransigente fe, nada de duro fanatismo. Solo una mirada sin fondo, una mirada que devolvía el abismo de un alma vacía. El arzobispo, a pesar de su posición, no tenía fe. No podía tenerla. La religiosidad franca y sincera niega el fanatismo, porque la religión amplía los horizontes que el fanatismo estrecha. El fanático, en realidad, no cree. Arnaldo Amalarico, a decir verdad, no creía. Algunas décadas atrás, la herejía cátara había estallado con fuerza en el Languedoc, y Amalarico había añadido fuego al fuego. Haciéndose con el poder a base de intrigas y asesinatos, había conseguido alcanzar el cargo de inquisidor general y había predicado la guerra contra los albigenses, por palabras y por hechos. Tanto católicos como herejes habían sido aplastados por su demencia en Béziers. Sus hombres mataron a ambos siguiendo sus órdenes. Dios distinguiría a los suyos, les había dicho. Este enfrentamiento no le había impedido involucrarse en la lucha contra los musulmanes. Él era el líder de los cruzados transpirenaicos, procedentes en su mayoría de Vienne, Lyon y Valentinois, que partían después de los que llegaban desde Burdeos, Bretaña o la Gascuña, quienes ya habían cruzado los Pirineos en invierno. Al marchar la columna de Amalarico como un ejército, no de forma individual, se había retrasado su partida por problemas logísticos, pues que semejante horda atravesara los montes antes de abril era impensable. Pero habiéndose despejado y secado los caminos, y habiendo reunido suficientes


guerreros como para no necesitar más, los cruzados ultramontanos se habían puesto en marcha, guiados por el vuelo de los cuervos que se adelantaban a Amalarico como si fueran sus heraldos. Toledo estaba a demasiados días de marcha como para poder llegar en la fecha fijada por el rey Alfonso de Castilla, y los caminos, aunque mejores que en invierno, no eran los más idóneos para el tránsito de una cruzada. Amalarico era consciente de eso, y había enviado varios emisarios para informar de su posición, aunque estaba seguro de que le esperarían. No en vano, él había sido uno de los más firmes defensores de la ofensiva en el clero francés. Además, debía cumplir un último cometido antes de reunirse con los demás luchadores en Toledo, una misión que agradaría enormemente a la Cristiandad y, especialmente, al rey de Castilla. Los cruzados de Amalarico no marchaban hacia la ciudad del Tajo. Marchaban hacia Navarra. Cuando el rey de Castilla llegó a Toledo, la ciudad era un caos. El arzobispo Ximénez de Rada, a petición del monarca, realizaba tremendos esfuerzos de organización y logística, amén de hacer valer su autoridad moral para frenar los desórdenes que se producían. Pero el número de cruzados aumentaba cada día, y los que ya llevaban varios meses acuartelados sufrían terriblemente por la inactividad. La llegada de Alfonso pareció calmar los ánimos, por su presencia y porque se pensó que, estando ya el rey de Castilla en la ciudad del Tajo, el resto de las fuerzas no tardarían en aparecer y pronto podría comenzar la campaña. Junto con el monarca, hizo entrada un temible ejército de miles de hombres, cuyo alférez era don Diego López de Haro, quien ya lo había sido en el doloroso desastre de Alarcos. También llevaba un séquito numeroso, lleno de letrados, médicos, herreros, escuderos y otras personas de igual importancia. A su lado marchaba Rodrigo de Aranda. Al entrar en Toledo tuvo la misma sensación que al ver las tropas concejiles de su ciudad, pero multiplicada, enormemente agrandada. Él sí había llegado a prever que los combatientes que se unirían bajo la cruz serían muchos, pero también sabía que, hasta que no lo viera con sus propios ojos, no podría entenderlo. Todo un reino, varios reinos de hecho, apoyados por guerreros de todos los rincones de la Cristiandad, vivían únicamente para la guerra. A medida que iba observando cada detalle, su alegría y gratitud hacia el Creador se acrecentaban. Aquello no tenía nada que ver con los días previos a Alarcos. Aquello no tenía nada que ver con nada que hubiera experimentado hasta ese momento.


No obstante, también era consciente de que, en tanto que persona cercana al rey, un grave deber recaía sobre él. Como hombre sabio y prudente que era, cualidades por las cuales ostentaba el puesto que le correspondía, sabía que un gran ejército era un arma de doble filo: sin disciplina, sin liderazgo y sin una buena coordinación, el número se hacía más un estorbo que una ventaja. Llegaba, además, avisado de los desórdenes que habían ocurrido, y se daba cuenta de que tendrían que ponerse manos a la obra para gestionar los recursos, materiales y humanos, que la Providencia había puesto a su cargo. No pasó mucho tiempo hasta que el monarca convocó una reunión con todos los notables que pudieran informarle del estado del ejército y asesorarle sobre qué medidas tomar. Reunidos todos, el arzobispo Ximénez de Rada le explicó la situación al rey, quien asimismo le interrogó: —¿De qué provisiones dispone el ejército? —Tenemos bizcocho y legumbres en abundancia, mi señor. También hay queso, ajos, cebollas y carne salada, así como agua. De esto último estamos reuniendo más. —¿Cuánto tiempo pueden durar? Ximénez de Rada se tomó un tiempo de reflexión para contestar: —Es difícil saberlo sin conocer el número exacto de tropas de que disponemos. Ahora mismo hay en Toledo, como os he comentado, unos cuarenta mil soldados entre peones y caballeros. Para tal número, sin duda, debe ser suficiente con lo que tenemos y llegará durante cuatro meses. Pero en función de las tropas que hayan podido reclutar las órdenes militares, el rey de Aragón, los ultramontanos y demás milicias concejiles, las vituallas podrían durar dos meses. El rey miró a Rodrigo fijamente y le preguntó: —¿Qué opináis al respecto? —Creo, mi señor, que difícilmente partiremos de Toledo antes del inicio de junio, lo cual nos deja un mes en el que, aunque estemos inactivos, será menester alimentar a todas las tropas aquí acuarteladas, pues sería injusto que tal cargo recayera sobre los habitantes de esta villa y, en todo caso, sería difícil suponer que tantos hombres puedan ser bien alimentados con los solos esfuerzos de sus vecinos. Por otra parte, es dudoso que Al-Nasir se atreva a cruzar las montañas. Sin duda, nos esperará en Andalucía, y para llegar a su encuentro deberíamos emplear, al ritmo que tamaña hueste puede avanzar, al menos otro mes. Todo esto si los planes salen según lo previsto, pero si por alguna razón no pudiéramos partir hasta finales de junio o julio, o el ejército de Al-Nasir presentara batalla cerca de


Sevilla, donde está acuartelado, o por cualquier otra circunstancia nuestro avance se demorara, los suministros podrían escasear, y esto sería drástico para los guerreros, tanto para su cuerpo como para su moral. Alfonso meditó las palabras de su consejero, y le pareció que hablaba con prudencia. Después ordenó a Ximénez de Rada: —Haced que se traigan más suministros. De donde se puedan conseguir. Al menos nueve mil cargas de pan, y más carne y legumbres. —Sí, mi señor. —¿Qué hay del armamento? —La mayoría están bien provistos, mi señor, aunque hay algunos, especialmente voluntarios ultramontanos, que carecen del pertrecho adecuado. —Se lo compraremos. ¿Creéis que podremos equiparlos a todos? —No son muchos los desarmados, y las herrerías están trabajando al límite de su capacidad. Cada día se forjan lanzas, espadas, yelmos, escudos, grebas y demás. —Bien. Un guerrero sin armas no sirve de nada. Compraremos cuantas sean necesarias, y haremos regalos a los nobles destacados. Quizá con eso se esfuercen más en mantener la calma entre sus mesnadas. Rodrigo sonrió. Su rey parecía verdaderamente enérgico y decidido a que esta ocasión de derrotar al Islam no fracasara. Rebosaba fuerza y vigor, una determinación que temía se hubiera quebrado con la muerte del infante. Pero no había sido así, y Rodrigo sonreía y, a pesar de su prudencia y sensatez, en su fuero interno daba las gracias al Salvador, porque sabía que, en esta campaña, sí estarían a su altura. Aún era de noche, pero ya se intuía el amanecer, reflejado en las escasas nubes del cielo castellano como se reflejaría una luz distante en el filo de una espada en la penumbra. La blancura de la luna moribunda todavía coronaba el cielo, gélido como acero, pero no podía rivalizar con la inmaculada pureza de los hábitos de los monjes calatravos, quienes ya se habían despertado y llamaban al nuevo día. Alfonso se levantó con energía, como si no hubiera dormido en absoluto. Lo cierto era que llevaba semanas sin hacerlo. Apenas si dormitaba, descansando sus sentidos pero sin caer en sopor, presto para actuar sin demora si fuera necesario. Por otro lado, mientras viajaban a Toledo, de la que estaban a tan solo pocas horas de marcha, solía encargarse voluntariamente de las guardias, lo que le dejaba apenas tres o cuatro horas de descanso. Dormían al raso y sin quitarse las armaduras ni el hábito, condiciones duras para cualquiera menos para los monjes


militares, quienes normalmente se entregaban al sueño en el frío suelo de sus claustros sin mudar sus ropajes. Cuando el sol arrojó su primer venablo sobre el páramo castellano, los calatravos comenzaron sus oraciones. Poco después desayunaron, muy frugalmente como era de esperar, pero Alfonso se abstuvo. Las reglas de la orden mandaban practicar el ayuno tres días a la semana, y aunque esto no se aplicara en campaña, el caballero había decidido seguirla. El ayuno y el frío matinal, nada comparable con el que pudiera hacer en invierno pero aun así intenso, le daban una claridad de mente y una serenidad de espíritu tal que le permitían preparar su alma para la batalla. Tras el desayuno, los monjes y los peones que les acompañaban reemprendieron la marcha, encabezada por el maestre de la orden, Ruy Díaz de Yanguas, y el prior, Alfonso Valcárcel. El castillo de Zorita no estaba lejos de Toledo y, al no tener demasiados efectivos, los calatravos habían iniciado pronto el camino a la ciudad, y llegaban mucho antes de que se cumpliera la fecha señalada. Allí esperaban encontrarse con los frailes de Santiago, y seguramente también con algunos del Temple y el Hospital, recientemente expulsados de Jerusalén. Aunque estas dos últimas órdenes habían adquirido su fama en las cruzadas de Tierra Santa, los calatravos sabían que, en España, el peso de la batalla caería sobre ellos. Había sido así desde su fundación, llevada a cabo por un monje cisterciense, Raimundo de Fitero, que se atrevió a defender la fortaleza de Calatrava cuando los templarios la abandonaron. En España, los calatravos eran la Espada de Dios. En España, ellos eran la Ira del Señor de los Ejércitos. A medida que el amanecer despertaba, los rayos del sol bañaban el hábito de los monjes y su cruz, que por entonces era negra con cada brazo rematado con flores de lis, de manera que sus vestimentas se tornaban rojizas, como si reflejaran la tranquila hoguera que alimentaba el alma de cada caballero, hoguera que en batalla crecería hasta convertirse en un incendio devastador. A Alfonso no se le pasó por alto este detalle, y sonrió por dentro, reconfortado aún más de lo que estaba en cada amanecer. En ese momento, por un instante, se sentía feliz. En ese momento, las veinticuatro cicatrices de su pecho no le ardían. Serían cerca de las doce de la mañana cuando, tras seis horas caminando, divisaron la ciudad de Toledo. A lo lejos, su aspecto era imponente, y podía percibirse el hervidero en que se había convertido. Por las puertas de la ciudad se movía un constante trasiego de carromatos, algunos cargados de víveres y otros que la abandonaban vacíos para seguir recogiendo la cosecha. A las afueras de la ciudad ondeaban incontables pendones, señalando los campamentos que habían establecido las mesnadas de los nobles y las milicias concejiles. A pesar de la


distancia, se escuchaba como un susurro febril el vocerío de los alguaciles intentando ordenar el caos y el ruido de los combates que, para entrenarse o por puro ocio, realizaban los acuartelados. La ciudad expulsaba al cielo el fuego de hornos y herrerías, frenéticas en su actividad de dar a los guerreros alimento y equipo. En conjunto era una imagen esplendorosa. Los monjes más jóvenes no daban crédito a sus ojos. Junto a Alfonso se encontraba fray Santiago, el muchacho a quien había sermoneado antes de abandonar Zorita. Durante el viaje, el veterano caballero había estado cerca de los nuevos reclutas, comprobando el nivel de su ánimo combativo, templando a los más fervientes para que no perdieran de vista la realidad y estimulando a los más tibios para que la aceptaran. Se había volcado especialmente con Santiago, pues algo en su forma de ser le recordaba a él mismo. Tenía la misma edad que cuando había combatido en Alarcos, el mismo celo y el mismo sentimiento grave de responsabilidad. Sentía que a él era más fácil aconsejarle, pues le daba los mismos consejos que se habría dado a sí mismo veintidós años atrás. Fray Santiago lo miraba todo con incredulidad, casi con pavor. Quizá, pensó Alfonso, acababa de darse cuenta de lo que había hecho al entrar en la orden. El joven dijo: —Nunca había visto nada igual. Alfonso sonrió levemente y afirmó: —Nunca veréis nada igual. Continuaron avanzando hacia una ciudad que les recibiría como a héroes. Ibn Wazir seguía leyendo. La noche había llegado ya a Sevilla, y casi toda la ciudad dormía, pero cuando el noble andalusí se enfrascaba en la lectura de un libro que le agradaba ni el paso de las horas podía detenerle. Sus sirvientes habían encendido varias teas para alumbrar la habitación, y allí, sentado bajo la temblorosa luz de una antorcha, abiertas las puertas de un balcón que daba a un patio interior donde una fuente hacía manar su suave arrullo, Ibn Wazir leía. En sus manos sostenía una copia del Rubaiyat, de Omar Jayyam. El noble había conocido a este autor no por su obra poética, sino por sus estudios astronómicos, disciplina a la cual era muy aficionado. Aunque no era tan irracional como para pensar que la posición y movimiento de los planetas y los astros pudiera influir de un modo determinante en la vida de una persona (es decir, no había caído en la práctica idolátrica de la astrología), sabía que estas circunstancias sí influían en el mundo material, y como era hombre que disfrutaba descubriendo las causas de las


cosas, o mejor dicho, los hechos a través de los cuales Alá, única causa primigenia, actuaba, conocía muchos textos astronómicos. Investigando sobre Jayyam encontró el Rubaiyat, que había sido escrito hacía relativamente poco, pero gozaba de gran fama en Oriente. La filosofía que se contenía en este texto le atraía: al igual que Jayyam, Ibn Wazir era esencialmente pesimista. Sabía que el mundo y la historia seguían su curso, independientemente de lo que todo hombre hiciera, independientemente de lo que cada hombre pudiera hacer. De hecho, la labor del ser humano no era alterar este curso, sino amoldarse a él. Eran, como el mismo Jayyam diría, piezas del ajedrez en la misteriosa partida que jugaba Alá, cuyo sentido y finalidad yacía más allá de la comprensión de todo hombre. Aun así, todo esto provocaba en el noble andalusí angustia, dolor existencial por desconocer cuál era la razón por la que su Dios le había llamado al terrible mundo, que contrarrestaba con una serena resignación, casi estoica. Ibn Wazir asumía el dolor y lo hacía parte de sí, creyendo que eso le haría más fuerte, creyendo que no tenía sentido luchar contra aquello cuya mera existencia estaba más allá del alcance de su razón. Seguía los consejos del libro: «Con ánimo valiente, acepta el dolor sin la esperanza de un remedio inexistente». A pesar de todo, había noches en que el sufrimiento conseguía abrirse paso, reptando desde lo profundo por las abruptas escaleras que llevaban a la consciencia del andalusí. En aquellas noches, este se entregaba con energía mental febril a la literatura o el estudio, ya que, a diferencia de Jayyam, de religiosidad más relajada, carecía del consuelo del vino, y tampoco le parecía apropiado buscarlo en los brazos de alguna de sus concubinas. Pero el sufrimiento seguía ahí, y el conocimiento y la sabiduría que adquiría eran de hecho alimento que acrecentaba este dolor. Solo cuando el sueño acudía en su auxilio podía descansar. Ese momento había llegado aquella noche. Ibn Wazir dejó el Rubaiyat sobre una mesa ornamentada donde también había una jarra con agua y una copa. Bebió y salió al balcón, para reflexionar un poco antes de acostarse. El balcón daba al norte. La noche era cerrada, pero el noble vio, o creyó ver, un resplandor rojizo en el cielo, un resplandor en todo caso leve, pero inquietante. Sonrió sin esperanza ni alegría, como lo haría el estoico al enfrentarse a la tortura. Sí, la guerra estaba allí, y ni él ni nadie podrían obviarla. Murmuró por lo bajo: —Oh, Alá, Tú eres grande, Tú eres poderoso. Si poseo en algún grado una mínima sabiduría, no es por mis méritos, sino porque Tú me la otorgas. Si la civilización que Tú creaste ha conseguido algo en matemáticas, física, astronomía, geometría, filosofía o poesía, no es porque nuestros esfuerzos nos hayan llevado a este conocimiento, sino porque Tú nos los has concedido. —Rio levemente, pleno de dolor, y continuó—: Pero, cuando llegue el combate, cuando tu sagrado aliento


se derrame sobre el campo de batalla y tu juicio caiga implacable sobre los guerreros... ¿de qué nos servirán estas artes? ¿En qué nos afectará que conozcamos las órbitas de los cuerpos celestes, las propiedades de los números, los algoritmos y las ecuaciones? ¿Cómo podrán salvarnos nuestra filosofía, nuestra lírica, los magníficos versos escritos por tantos poetas ahítos de ti? —Calló por un instante, y luego, alzando la mirada hacia la nube rojiza que devoraba las estrellas, finalizó—: No, nada de eso nos salvará. De nada servirán la lógica o la sabiduría. Serán aplastadas en el campo de batalla. A la hora de la verdad, cuando la tierra tiemble y las flechas silben llevando tu voluntad, solo nuestra fe, solo nuestro orgullo y nuestro honor podrán salvarnos. Todo lo demás será polvo. El adiestramiento había disminuido sensiblemente. Desde la llegada de la primavera a Navarra, los ejercicios del joven Íñigo con las armas se habían hecho menos frecuentes, en parte porque Alonso consideraba que ya había adquirido suficiente maestría y en parte porque la ausencia de noticias sobre la voluntad del rey Sancho el Fuerte respecto a la ofensiva, en fecha tan tardía como finales de abril, hacía que cada golpe de aceros retumbando en el valle sonara insoportable. Considerando su madre que Íñigo estaba listo para la batalla, en caso de que esta le reclamara, le había orientado en la administración de su territorio, desempeñando funciones tan importantes para un noble como guerrear. La familia estaba sentada a la mesa, comiendo. Les acompañaban los familiares de la prometida de Íñigo, una niña de siete años llamada María. Su cabello era de un negro inmaculado, largo y rizado, que contrastaba vivamente con la palidez de su piel. Sus ojos eran verde oscuro y destilaban la inocencia propia de su edad. Vestía siempre de blanco, y le recogían el pelo con un lazo del mismo color. Aún no estaban casados, pues se había acordado que el matrimonio se produciría cuando María pudiera consumarlo, pero los esponsales se habían celebrado y en consecuencia la promesa de boda ya tenía valor ante los hombres y ante Dios. Íñigo sentía cariño por la que estaba destinada a ser su esposa, aunque le resultaba difícil pensar en ella como tal. Más bien la veía como una hermana menor, sintiendo hacia ella un profundo sentido de protección. Pero eso, pensaba él, no dejaba de ser amor. Cuando estaban a punto de terminar, el chambelán del castillo, tras pedir permiso y hacer una reverencia, entró en el comedor y, mirando a doña Mencía anunció: —Mi señora, ha llegado un mensajero del rey La tensión descargó toda su fuerza sobre la sala como un mazazo, aunque nadie se moviera, nadie hablara. Doña Mencía, haciendo acopio de gran parte de su


fuerza de voluntad para no aparentar turbación, ordenó al chambelán: —Hacedle pasar. El chambelán se retiró, y al poco tiempo volvió con el mensajero. Este, tras saludar, dijo: —Traigo un mensaje para el conde Íñigo Íñiguez. Íñigo se levantó. No tenía ninguna necesidad de hacerlo, pero algo le impulsó a ello, algo que le decía que no se encontraba ante un mensajero real, sino ante la noticia que daría sentido a todo cuanto él era, a todo cuanto él podía llegar a ser. La noticia que había estallado en cada golpe de mandoble, que había recorrido como fuego toda España y, finalmente, llegaba al valle navarro. —Hablad. El mensajero hizo una reverencia y dijo: —Nuestro rey Sancho, a quien Dios guarde muchos años, marcha a la guerra. Amalarico lo había conseguido. No le había resultado difícil lograr una audiencia con el rey de Navarra, y una vez con él, empleó toda su vehemencia y retórica inquisitorial para convencer al monarca de la necesidad de que emprendiera la lucha contra el Islam. Aquello no era una ofensiva normal, y ambos lo sabían perfectamente. Sancho el Fuerte era consciente de que recibiría grandes presiones para que se uniera a la cruzada, y no pudo decir que no, en parte porque no debía, y en parte porque no quería. Marcharía a la guerra, porque la decisión sobre ir o no ir le sobrepasaba. No estaba en su poder ignorar la terrible melodía que por toda Europa llamaba a los guerreros a la matanza. Pero el rey no se había comprometido tanto. No podría aunque hubiera querido, pues ya era demasiado tarde. No convocaría ejércitos, no llamaría a sus mesnadas. Marcharían él y cuantos nobles quisieran unirse, ya que no tenía tiempo para organizar una hueste de miles de hombres y darles víveres, armas y pertrechos. Eso fue lo que el mensajero comunicó a Íñigo. —El rey partirá de Pamplona dentro de diez días, junto con todos los nobles que deseen acompañarle. Si tal es vuestro caso, el rey os manda que no reunáis a vuestras mesnadas, sino que os unáis a él llevando solo los escuderos y el séquito que consideréis imprescindible. Íñigo agarró con fuerza el borde de la mesa. La música de la batalla lo llenaba todo. El viento, el sol, los árboles, la hierba, transmitían una melodía cargada de sangre y violencia, de gloria, éxtasis y triunfo. Todo ello en perfecta armonía, todo ello desgarrando los velos y poniendo al joven noble delante de su posición, de su mismísimo ser. Todos sus músculos se tensaron, y su corazón se aceleró. No era


una batalla. Era un bautismo, un bautismo en fuego y espíritu. Tenía la opción de no acudir. El rey no le obligaba a marchar, y su ausencia no sería una deshonra a ojos del monarca. Muchos no irían. Podía sencillamente refugiarse en el valle, aislándose del horror que se iba a desatar, y nadie le culparía por ello. Sonrió cuando desechó, sin miedo, este pensamiento. Sonrió y se sintió liberado. No era su rey, ni su reino, quien le llamaba. Era algo mucho más salvaje, más importante. Su orgullo, su fe, le mandaban que tomara las armas y se lanzara a la lid. De nuevo, él no tomó la decisión. Simplemente acató algo que era inapelable, algo que estaba grabado a fuego en su alma desde el nacimiento de su linaje y su patria, en cada piedra, en cada árbol. Miró fijamente al mensajero, pues había descubierto que no era tal, sino su propia grandeza, que le desafiaba a ser digno de ella. Seriamente, dijo: —Lucharé junto a mi rey allá donde él me reclame. Estaré en Pamplona lo antes posible. El mensajero esperó por si el noble añadía algo, y al ver que no lo hacía, se despidió con una reverencia y se marchó. Íñigo, sin sentarse, miró la copa de vino, rojo como la sangre que iba a derramarse, rojo como la sangre que derramó Cristo en el mayor campo de batalla de la humanidad, y, exultante, bebió. Estaba avinagrado. La brisa siempre estaba allí. La brisa era omnipresente, y Roger había llegado a fantasear con la idea de que el viento que se alzaba del seno del Mediterráneo era el espíritu de Laura, que se negaba a abandonarle. No un espíritu dotado de consciencia ni inteligencia, sino una fuerza, una voluntad que no podía alejarse de la razón de su existencia, algo tranquilo pero implacable que rodeaba cada rayo de luz que penetraba en el castillo del noble. Al fin y al cabo, como decía el Cantar de los Cantares, el amor es fuerte como la muerte. Y como el mar, añadía Roger. Algunas noches soñaba con la posibilidad de abandonarlo todo y lanzarse al mar, encontrar el lugar donde surgía la brisa, el origen de todo lo que había perdido, y ahogarse allí junto a su perdida espada. Pero no se lanzaba al Mediterráneo, sino a los ensangrentados brazos del campo de batalla. Había conseguido reunir unos mil hombres, la mayoría lanceros, también algunos arqueros. Aunque muchos de sus campesinos habían abandonado las tierras tras la muerte de su esposa, el dinero que había ganado con ello le había permitido comprar un buen equipo para los peones que le acompañarían, lo que


convertía su mesnada en una de las mejores equipadas de Aragón. Además, sus hombres ya no le tenían tanto miedo, pues al ver que se dirigía a una cruzada, a una guerra santa, comenzaban a pensar que no estaba tan condenado. Quizá el espíritu maligno que le poseía le había abandonado al tomar las armas en nombre de Cristo, pues ningún impío podría grabar sobre su armadura la cruz de los cruzados. Así que la situación en sus tierras y entre sus campesinos volvía lentamente a la normalidad, y aunque el sufrimiento de Roger no se había mitigado en absoluto, su frenética actividad y la cercanía de la batalla le distraían. Alboreaba ya mayo, y el noble debía partir a reunirse con su rey. No llegarían el 20 a Toledo, pero no estaba preocupado por eso porque les esperarían. Alfonso de Castilla ya había cometido una vez la estupidez de marchar a la guerra sin esperar a sus aliados, y le habían humillado en Alarcos. Roger tenía prisa por llegar, pero no por complacer al rey castellano. Su escepticismo respecto a la cruzada era el de siempre, y aunque quería tomar parte en ella, esto no se debía a que creyera en la santidad de su causa, ni en su justicia. Sencillamente deseaba morir. Era el momento de partir. Antes de unirse a sus tropas, volvió a la habitación en la que Laura había muerto. Entró con solemnidad, casi con miedo, como habría entrado antes en una catedral. Sentía que aquello era un templo, un templo en cuyo sagrario se guardaba el último instante de vida que había atesorado su mujer, su suspiro, que fue como un huracán que barrió todos los pilares sobre los que hasta entonces se asentaba su existencia, su mirada colmada de amor, el terrible amor que no dejaba dormir a Roger desde que ella había desaparecido. El crucifijo que presidía la sala era el madero al cual las ilusiones, las esperanzas y la misma vida del catalán se habían clavado. Respiró profundamente, intentando captar alguna reminiscencia, por mínima que fuera, del perfume de Laura. Si cerraba los ojos podía percibir su presencia, postrada en la cama. No enferma, sino pura, inmaculada, como el día en que se casó con ella. Había sido suya, la había perdido, y no sabía por qué. No sabía por qué. Todos sus músculos se tensaron, y su cabello se erizó, pero al instante volvió a la quietud porque ella no estaba, y ningún esfuerzo que pudiera hacer la devolvería a su lado. No había instante en que no deseara que hubiera sido él el muerto y ella siguiera viva. Él podía morir, pero ella no. Y sin embargo, la realidad no tenía nada que ver con sus deseos, y no importaba que desesperara, llorara, gritara o matara, nada la devolvería a la vida. Así que no lo hizo. Podría, como Aquiles, masacrar ejércitos enteros gritando su nombre. Pero no volvería. Miró la habitación por última vez. Memorizó cada ángulo, cada mueble, cada luz y cada sombra, y después se fue. Al cerrar la puerta, supo que no volvería.


Todo quedaba atrás. Todo cuanto él era, toda su vida, todo su ser. Mutarraf se sentía más desubicado cada día que pasaba. Al tiempo que mediaba la primavera, las tropas de Sevilla aumentaban su número, dispuestas para la batalla. Los preparativos se intensificaban tras el letargo invernal: víveres, armas, tropas... todo llegaba en grandes cantidades a la perla del Guadalquivir, y se notaba un cambio en el ambiente que el aroma del azahar no conseguía enmascarar. Era como si una bestia despertara de su letargo y, aunque aún adormecida, comenzara a rugir. Mutarraf no había conocido a esa bestia, ni tan siquiera había podido intuir su existencia cuando estaba en Granada, imaginándose lo que sería la guerra mientras la luna escalaba las montañas. Vivir tan al sur no le hacía ajeno a los combates, por supuesto. Los cristianos habían llegado al Mediterráneo, pero eran meros fonsados, incursiones breves realizadas fundamentalmente para quemar cultivos, robar ganado y causar desorden en general. Raramente buscaban la conquista. Y nunca había sentido el poeta, en su tranquilo retiro de Granada, la violencia que iba a desatarse en la campaña. Las sensaciones, además, eran discordantes. Mutarraf había imaginado que un ejército en campaña sería pura armonía. Brutal, quizá despiadado, pero armónico al fin y al cabo, miles de hombres marchando en una única dirección hacia un único objetivo, amparados por la misma fe. Pero aquello no era lo que se veía en Sevilla. No era un simple descontento creado por la carencia de armas y armaduras, pues el equipo de muchos soldados era muy deficiente, o por una mala gestión de los víveres, sino algo más enraizado, más peligroso. El poeta sabía que los gobernadores de Ceuta y Fez seguían arrestados, lo que creaba un profundo malestar contra Al-Nasir. Como los dos gobernadores llevaban casi un año detenidos, la situación era especialmente tensa, y actuaba como causa subyacente en cualquier otro mal que se produjera. Mutarraf supuso que, en realidad, la razón de su inquietud no era estar rodeado de guerreros, sino de guerreros descontentos. Había conocido a muchos soldados que no eran malas personas ni ariscos en el trato, pero cuando un hombre hecho para la violencia se enfadaba, resultaba algo con lo que el poeta difícilmente podía congeniar. Con todo, él estaba entre ellos, vivía dentro de ese grupo, lo que le atormentaba porque no sabía si realmente había tomado la decisión correcta. Él no tenía nada que ver con un guerrero, no era un guerrero. Había hablado muchas veces de esta inquietud con un amigo suyo, Abu Muhammad al-Hamdani, muftí granadino, que también había acudido a la batalla. Era un hombre de gran capacidad intelectual y serenidad. Estudiaba la Fiqh, ciencia jurídica, desde los postulados de la escuela Malikí, fundada por el gran


jurista del siglo VIII Malik, y había realizado algún estudio sobre la Muwatta. Como tal era igualmente experto conocedor de la Ichmá, esto es, la doctrina de los ulemas, sahibes y la ciudad de Medina, que junto con la Sunna y el Corán formaban las fuentes principales del derecho musulmán. Un hombre así, pensaba Mutarraf, necesariamente tenía que sentirse tan perdido como él en medio de aquel clima, por lo que un día, paseando con él por Sevilla, le había preguntado si estaba inquieto. —A decir verdad, no —le había contestado el jurista—. ¿Por qué habría de estarlo? —Porque no somos guerreros, y por lo que se ve, esto no será una guerra normal. Quizá sin estar instruidos en la lucha pudiéramos librar algún combate, pero no en lo que se avecina. El jurista había reflexionado unos instantes, para luego decir, aparentemente cambiando de tema: —Sabes que entre los dhimmies es costumbre que sus gobernantes hagan leyes, ¿no es así? —Así es. —Sin embargo, nosotros no las hacemos. Podemos interpretar las leyes que Alá nos dio, y podemos, aunque algunos extremistas lo nieguen, aplicarlas por analogía, usando nuestra razón, nuestra lógica y nuestra fe. Pero no podemos crearlas porque solo Al�� es legislador, y Él es el único que tiene el poder para determinar cómo deben comportarse sus fieles. Los dhimmies crean leyes porque ellos desconocen la verdad. Nosotros la conocemos: no hay más voluntad que la de Alá. Siendo esto así, ¿qué príncipe musulmán sería tan imbécil como para dictar leyes con sus designios? —El muftí había detenido entonces su argumentación, como para darle tiempo al poeta para analizar sus ideas y presentar cualquier objeción que tuviera. Como no las tuvo, prosiguió—: Esta realidad jurídica no es sino una muestra de otra superior. No hay más voluntad que la de Alá, he dicho. Puesto que esto es innegable, puede serlo también que por su voluntad el que no es guerrero luche como el mejor de los mismos, y el que sí lo es sucumba. Si es Alá, y solo Él, quien otorga la fuerza y el coraje, con más razón se la otorgará a quien, creyente y sabio, no se fía más que de su voluntad que a aquel que, engañado e ignorante, cree en sus propias fuerzas, como es el caso, por lo que acabamos de ver, de los cristianos. De nuevo se había detenido el muftí. Mutarraf había meditado todo lo oído, juzgándolo prudente, pero sin que, a pesar de todo, le hubiera convencido. Quizá el jurista había notado su preocupación, pues, para terminar, había dicho:


—Vamos a luchar por Alá. Si vencemos, no puede haber para nosotros mayor triunfo. Si morimos, no podemos aspirar a mayor gloria. Sea como sea, nada hay que temer, nada podemos perder. El 20 de mayo estaba a punto de llegar, y todavía faltaban muchos de los ejércitos esperados. No había noticias de los cruzados de Amalarico, ni del rey de Aragón. Ya se había corrido la voz de que el arzobispo francés había convencido a Sancho el Fuerte para que se uniera a la ofensiva, pero tampoco se sabía cuándo llegaría, ni al mando de cuántos hombres. Únicamente las órdenes militares, junto con la mayoría de milicias concejiles convocadas, habían llegado a tiempo. En realidad, al rey Alfonso no le preocupaba demasiado partir con algunos días de retraso con respecto a la fecha fijada. Las provisiones que había pedido estaban ya en Toledo y podía soportar un retraso de meses. Lo más grave era el estado de los que llevaban desde febrero acuartelados. Aunque la mayoría se había tranquilizado en los últimos días, por la cercanía de la fecha señalada como límite para sus padecimientos, ver que los ejércitos esperados no llegaban y que eso iba a aumentar su inactividad hacía que brotara de nuevo la desesperación. El monarca castellano, para apaciguarlos, había hecho espléndidos regalos y les había prometido magníficos salarios: veinte sueldos a cada jinete y cinco a cada infante. Los gastos que afrontaba el rey eran enormes, de hasta doce mil maravedíes diarios. Los únicos que se mantenían relativamente al margen de la tensión eran los frailes guerreros. Veteranos de incontables batallas, sabían que todo momento llegaba y que no era conveniente precipitarlo, sino estar preparados mediante la oración y el entrenamiento para saber afrontarlo cuando Dios tuviera a bien. Con todo, esta calma no era ni mucho menos indolencia. Todos los monjes realizaban ejercicios para la batalla, fortaleciendo su cuerpo, ejercitando su mente, templando su espíritu. En el caso de Alfonso, esta preparación era llevada al límite. Pasaba horas y horas orando y entrenándose con la espada, con una energía cuyo origen solo podía proceder de su espíritu. Sus prácticas ascéticas se habían tornado salvajes: seguía el ayuno del que estaba exento, y la comida que no gastaba de esta manera la repartía entre los pobres de la ciudad. No dormía más de cuatro horas diarias: se acostaba después de que todo el mundo lo hubiera hecho, y se despertaba antes que los demás, mucho antes que el sol. Los guerreros más jóvenes de la orden lo miraban con admiración, y le trataban con una reverencia que rayaba en la veneración religiosa, pues lo percibían como el casi inalcanzable modelo con que ellos debían compararse, el hombre al que todos ellos debían aspirar a ser:


implacable con sus propias debilidades, misericordioso con las de los demás, amante fervoroso de Dios. Cuando no estaba orando ni combatiendo, Alfonso procuraba encontrar un lugar y tiempo de introspección para examinarse a sí mismo. Hacía examen de conciencia y analizaba si había cumplido diligentemente sus tareas ascéticas o si se había dejado llevar por la pereza o la gula; se preguntaba si, entrenando a los jóvenes, había trabajado con todo esmero y dedicación, y si había sido demasiado severo con sus fallos o, por el contrario, había procurado enseñarles bien; investigaba si había albergado malos pensamientos respecto de alguien, incluso del enemigo, y si había orado con suficiente fe y entrega. En caso de que hubiera fallado en algo, o no hubiera hecho algo con suficiente voluntad, se mortificaba realizando los ejercicios físicos oportunos, hasta que la resistencia de su cuerpo se quebraba. Cuando esto sucedía, descansaba y reflexionaba sobre sus enemigos, sobre el ejército que Al-Nasir estaba reuniendo al sur. Pero no lo hacía desde un punto de vista exclusivamente militar, intentando adivinar cuántas y de qué tipo serían sus tropas y cómo derrotarlas, sino intentando penetrar en su mente, descubrir cómo veían ellos al mundo y a Dios. Era un ejercicio que podía ser peligroso para alguien con escasa fe, pero no era el caso de Alfonso. Él no temía incurrir en herejía ni en apostasía, y hasta se sentía en la obligación de conocer cómo eran sus adversarios. Desde luego, ser fraile no le hacía sentir ningún escrúpulo a la hora de aventurarse en los dogmas de otras religiones. Todo lo contrario. Como miembro de la Iglesia, debía conocer a los demás. La Iglesia no negaba la reflexión sobre herejes o infieles. Al revés. Si quería derrotarlos, tenía que conocer las razones por las que debían ser derrotados y, después, cómo triunfar sobre ellos. Y sin duda valía la pena luchar por esas diferencias. Alfonso era un guerrero religioso, un eterno cruzado. Otros podían luchar por poder, por territorios o simplemente por orgullo, pero él y sus hermanos en la orden luchaban por la fe. Por el convencimiento íntimo e inquebrantable de que una fe podía salvar a la humanidad, y otra condenarla. Había hablado varias veces sobre esto con el prior, y desde que estaba en Toledo rememoraba constantemente unas palabras que le habían producido honda impresión. —En el Concilio de Nicea —había dicho el prior— los católicos habían empleado el término homousia, y los arrianos, homouisia. Es una simple diferencia en una sola letra, pero eso lo cambiaba todo. En efecto, ¿hay alguna diferencia entre decir «de la misma sustancia» o «de sustancia similar»? ¡Toda! Si Cristo es de la misma naturaleza que Dios, se afirma la Encarnación, pero si es de naturaleza semejante, se niega por completo. Y toda la historia de la humanidad cambia por


este simple hecho. Constantino no lo asumió, no lo supo ver, y por eso no tomó claro partido y desterró a San Atanasio. Pero si finalmente San Atanasio no hubiera vencido, todo habría sido distinto, porque la doctrina de la Encarnación no hubiera cuajado y no se hablaría de Cristo como Dios, ergo no se reconocería que Dios ha estado entre nosotros, y todas las cosas buenas que ha creado la firme fe en que Dios fue al tiempo hombre no habrían surgido. Observemos ahora un ejemplo de la trascendencia de lo contrario: el arrianismo caló en el imperio romano hasta el punto de que muchos emperadores cayeron en esta herejía, lo cual derivó, por ejemplo, en las revueltas iconoclastas que costaron la vida a Máximo el Confesor, en el enfrentamiento secular con Roma que permitió a Carlomagno ascender a la dignidad imperial y, en última instancia, en el cisma de Cerulario. Es cierto que Cerulario no era arriano, pero procedía de una tradición de enfrentamiento con Roma que sí tenía su origen en el arrianismo, luego los efectos temporales de una herejía ya muerta provocaron el gran cisma de la Cristiandad. Pero mucho antes de que esto sucediera, el arrianismo había dado lugar a nuevas herejías, como el monofisismo. El monofisismo, como su nombre indica, consideraba que Cristo tenía una única naturaleza: no la humana, como decían los arrianos, sino la divina. En todo caso, al igual que los arrianos, negaba la Encarnación. Bien, el monofisismo se extendió rápidamente por los dominios bizantinos de Siria, cuyos mercaderes entraron en contacto con Arabia, donde aguardaba Mahoma. »Mahoma, influenciado por muchas cosas, pero entre otras por el monofisismo, creó una religión donde no había Encarnación, una religión donde Dios jamás había bajado a la tierra para redimir los pecados de los hombres. Una religión donde la naturaleza humana no tenía más divinidad que su origen, pero que no había sido dignificada por el mismísimo Dios al asumirla en todo salvo en el pecado. Por eso ellos confían toda su fuerza a Alá, mientras que nosotros sabemos que, si bien sin Dios nada hacemos, tenemos que actuar nosotros. Ellos creen en el destino que su dios les depara, nosotros creamos el destino en cada golpe de espada, en cada oración. ¿Vale la pena luchar por esta diferencia? En realidad, no vale la pena luchar por nada más. El poder menguará, las tierras morirán y nuestro cuerpo volverá al polvo, pero nuestra alma es eterna, así como el alma de cada ser humano. Debemos, por tanto, combatir por la verdad. Ellos creerán que es su fe, nosotros, que la nuestra. En todo caso, debemos luchar por ella, porque luchamos por algo mucho más importante que nosotros mismos. Al rememorar aquella conversación, también le venían a la cabeza a Alfonso las palabras del libro de Isaías: «¿Acaso puede una mujer olvidarse del niño de su pecho, dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues aunque ella te olvide, Yo no te olvidaré». Y sonreía, tranquilo.


Amanecía, pero todo era distinto. Íñigo sentía como si aquel fuera su primer amanecer, inmaculado, sin tacha. Todo le resultaba nuevo. El brillo que despuntaba en las gotas de rocío era original, así como la brisa que rasgaba los árboles, firmes como columnas, para crear un canto primigenio que saludara un día que nunca antes había existido. Un nuevo mundo se abría ante él, un mundo del que había oído hablar pero que en ese momento asumía. Y, al hacerlo, sentía que también ese mundo le aceptaba como parte de sí. Sus sensaciones debían ser las de un hombre que acabara de nacer, nuevo, sin nada a su espalda, aguardándole todo en el horizonte. Aquella noche no había dormido, no porque la inquietud le provocara insomnio, pues no la tenía, sino porque quería descubrir bajo las estrellas aquella nueva vida que le llamaba. Había pasado la noche en un huerto cercano al castillo, porque por allí solía pasear, cuando era niño, con su padre. Su padre ya no estaba, pero de algún modo podía sentir su presencia caminando por el campo, tranquilizándole, diciéndole que no tuviera miedo en la batalla. Aquella noche había descubierto Íñigo que una de las ocultas razones que le animaban a luchar era poder estar a la altura de su progenitor, ser su digno hijo. Y le había confortado saber que, de algún modo, su padre velaría para que eso fuera así. Al amanecer, Íñigo había vuelto al castillo para asegurarse de que todo estuviera dispuesto para la partida. Aparte de Alonso, le acompañaban once escuderos y sirvientes, la mayoría de los cuales también eran aptos para la batalla. Todo estaba preparado: su armadura había sido pulida al igual que su escudo, y su espada afilada. Los caballos estaban listos para la guerra, y había comida de sobra para llegar a Pamplona, donde podría comprar más, y una tienda donde el noble pudiera reposar y dormir. Entre sus hombres se encontraba también su capellán, el apoyo espiritual al que, suponía, recurriría más de una vez. Por fin, cuando el sol hubo salido y todos hubieron desayunado, llegó el momento de partir. Para poder despedirle, había hecho noche en su castillo la familia de su prometida. Al verla ante la puerta del castillo, tan blanca, tan pura, el joven noble sintió que aquella inocencia era lo más sagrado del mundo, la única certeza, la razón más importante para derramar, si era necesario, océanos enteros de sangre solo con tal de preservarla. Ella era demasiado joven para sospechar lo que eran la guerra y la muerte, el dolor y la devastación. Ella era algo que debía ser defendido a toda costa. Se despidió de todos sus sirvientes, y de la familia de su prometida. Cuando iba a despedirse de ella, la niña hizo algo inesperado: se desató el lazo que llevaba prendido en el cabello y le dijo, clavando en Íñigo sus ojos verdes: —¿Me dais vuestra espada?


Sin pararse a pensar realmente lo que hacía, Íñigo desenvainó el gigantesco mandoble que llevaba ligado a la espalda. La niña entonces ató el blanco lazo a la espada, en una parte en que la hoja estaba protegida por un trozo de cuero. Aquel gesto conmovió extraordinariamente al noble. Seguramente María había escuchado en alguna parte que los caballeros tenían costumbre de llevar lazos de sus amadas a la batalla, y ella, con toda ingenuidad, le había ofrecido el suyo. Íñigo se arrodilló para besarle la frente, y el beso le dolió, como si se lo hubiera dado a una rosa plena de espinas, a una Virgen coronada por la infamia que sufrió su Hijo. Pasó entonces a despedirse de su hermano y de su madre. Ella se había vestido con sus mejores ropas, pues era plenamente consciente de lo importante que era ese momento para su hijo y para todos. Se miraron fijamente, llenos de amor sus ojos. A ambos les dolía separarse, les dolía como si siete puñales atravesaran sus corazones, que en ese momento, una vez más, latían al mismo ritmo. Pero los dos sabían que debía ser así. Ella le besó en la mejilla, y él hizo lo mismo. Doña Mencía posó entonces las manos sobre los hombros de su hijo, forrados de hierro. Quería abrazarlo, pero no se decidía a hacerlo. En lugar de eso, le dijo: —Os quiero, hijo. —Y yo a vos, madre. Una lágrima corrió por el rostro de doña Mencía. Su voz quebrada, murmuró: —No tengáis miedo, hijo. No temáis en la batalla. También el noble tuvo que reprimir el llanto al responder: —Jamás, madre. Os lo juro. El estoicismo de la madre se quebró y abrazó a su hijo. Lo abrazó con fuerza, buscando sentir su piel bajo la dura cota de malla, buscando retener en él la misma sensación que tenía cuando lo rodeaba con sus brazos mientras era un bebé: saber que ese niño era suyo, fruto de sus entrañas. Que ese niño era su ser, su vida, todo cuanto podría importarle. Pero ya no era así y la armadura se encargó de hacérselo notar: su hijo siempre sería suyo, pero ahora él se debía a algo más, a algo cuya alma de madre no podía comprender, pero que debía respetar, porque su fuerza era tal que arrancaba al joven de sus brazos. Le besó varias veces antes de soltar sus brazos. Íñigo miró a su madre, diciéndole con su mirada: «No os preocupéis. Lucharé con honor». Se dio la vuelta y se subió al caballo, listo para partir. Cuando se hubo subido,


Alonso se acercó. A su lado estaban su mujer y su hijo, un bebé de meses. El encomendado le dio su lanza, mientras decía: —Mi señor, vuestro padre me acogió, aunque pobres eran los servicios que yo pude ofrecerle. Luché por él, no solo por los juramentos contraídos, también por el respeto que le profesaba. Vos sois de su misma sangre, y así como por él combatí, por vos combatiré. Os lo juro por mi alma inmortal, de la cual solo yo puedo disponer, y que libremente empleo en serviros. Íñigo cogió la lanza, cuya punta brilló como una antorcha al reflejo del sol. —Gracias, Alonso. También yo os aprecio y os respeto, y tened por seguro que cumpliré con todos los deberes que tengo con vos, y os favoreceré en cuanto pueda. Alonso hizo un gesto marcial de respeto y se preparó para marchar. El joven miró entonces a su alrededor: a su familia, a su castillo, sus propiedades, los árboles y los montes. Respiró profundamente, llenándose los pulmones del aire de su patria, de su infancia y sus recuerdos. Cuando espiró, el mismo aire había cambiado, se había transformado para siempre, como él, como todo. Y comenzó su larga marcha hacia el horizonte y hacia su vida. Qal'at Rabah, o Calatrava en su versión cristianizada, era una de las fortalezas más importantes de España en aquellos años. La había construido Muhammad I, en el siglo IX, y su emplazamiento venía determinado por la trascendencia estratégica que tenía al estar situada en el camino que unía Toledo, de la cual distaba menos de veinte leguas, y Córdoba. Al conquistarla los reyes cristianos, la habían cedido a los templarios para su defensa, pero estos la habían abandonado al conocer que un inmenso ejército musulmán tenía intención de recuperarla. Así había surgido la Orden de Calatrava, gracias a un grupo de monjes cistercienses, dirigidos por el abad Raimundo de Fitero, que se habían ofrecido para defenderla. El ejército musulmán nunca apareció, y la orden pudo desarrollarse y fortificar Calatrava. Estas defensas adicionales fueron aprovechadas por los mahometanos después de retomar la fortaleza en el año 1195, tras Alarcos, donde los calatravos habían sido masacrados. Determinados a no perder de nuevo tan importante plaza, el mando de la misma había sido otorgado a Yusuf Ibn Qadis, uno de los generales andalusíes más respetados. Era guerrero de honor, hábil estratega y con gran experiencia militar, temido por sus enemigos y adorado por sus hombres. El simple hecho de que, siendo andalusí, fuera elegido por los almohades para proteger tan vital fortaleza ya hablaba bastante bien de su capacidad y carisma.


Fue el mismo Ibn Qadis quien acogió a los agzaz, que daban por terminada su misión en la frontera para reunirse con el cuerpo principal del ejército, el cual no tardaría mucho en abandonar Sevilla. Llegaron en uno de los místicos atardeceres que recuerdan a Castilla la presencia inevitable de Dios. En el firmamento, muy altas, había algunas nubes rojizas de formas imprecisas, como pendones ensangrentados que portara un ejército de héroes masacrado hasta el último hombre. A pesar de ellas, el cielo estaba en su mayoría despejado, y aún subsistía en él un azul de brutal pureza, un azul que paulatinamente se oscurecía como si el líder de la hueste abatida en el cielo cerrara los ojos. Las puertas de la fortaleza se abrieron para los jinetes, capitaneados por Sundak. Al instante, varios mozos de cuadra se encargaron de sus caballos y los llevaron al establo, al tiempo que otros sirvientes los conducían al interior del castillo. Ibn Qadis, quien sabía de su llegada, había dispuesto que fueran bien recibidos, haciendo honor a la hospitalidad que debía mostrar todo buen musulmán, y él lo era. Además, apreciaba a los agzaz desde que los vio combatir en Alarcos, y sentía un franco respeto por su capacidad guerrera, un respeto que solo quien es a su vez un gran luchador puede mostrar. El comandante andalusí les recibió en el comedor, con la cena ya dispuesta. Saludó con gran ceremonia a los jinetes, y estos le devolvieron el saludo con aún mayor deferencia. Después se sentaron, y Sundak fue invitado a ocupar una silla al lado del andalusí. El guzz, puesto que era turco, no conocía tan bien la fama de Ibn Qadis, pero únicamente por su aspecto y tras tratar brevemente con él supo que se hallaba en presencia de un hombre poderoso y noble. Quizá, si su mente no hubiera sido tan absolutamente prosaica, hubiera sentido alegría por ver a dos personas procedentes de lugares tan lejanos entre sí como Al-Ándalus y Turquestán comer en la misma mesa, hablar en la misma lengua, aunque para él no fuera la materna, y luchar en el mismo ejército, el de la fe. Ibn Qadis sí había pensado eso muchas veces, y era un aliciente para cumplir con sus deberes. Sirvieron agua en las copas. Ibn Qadis cogió cordero asado de una bandeja plateada y preguntó al líder de los agzaz: —Bien, Sundak, ¿qué habéis observado en las tierras cristianas? El guzz se sirvió también cordero y respondió: —El rey de Aragón aún no ha llegado a Toledo. Tampoco han llegado los francos, salvo unos pocos. —¿Sabéis algo del rey de Navarra? Sundak negó lentamente con la cabeza.


—No tenemos noticia alguna, señor. No sabemos si se ha unido a la ofensiva o —y esbozó una ligera sonrisa— ha decidido seguir fiel a su señor. El jinete hacía referencia a la alianza que, esporádicamente, había compartido Navarra con los almohades. El carácter de esta unión se llegó a exagerar hasta el punto de afirmar que Sancho el Fuerte había cruzado en secreto el Estrecho para casarse con una princesa almohade, y que había apostatado del Cristianismo para convertirse al Islam. —¿Cuántos hombres hay acuartelados en Toledo? —Es difícil saberlo con exactitud, mi señor, pero debe de haber unos treinta o cuarenta mil hombres. El noble andalusí mostró una evidente preocupación, grabada repentinamente en su rostro. Sin Aragón, sin los francos y con muchas tropas por llegar, que ya hubiera cuarenta mil hombres en Toledo quería decir que, cuando todos se unieran, superarían los setenta mil. Sabía que Al-Nasir había triplicado el número, pero cada guerrero cristiano era un soldado veterano, forzado a ello por la vida de constante guerra que mantenían hasta los más humildes campesinos. También sabía que poco se podía hacer frente a las poderosas cargas de la caballería pesada, y que su equipo, por norma general, era superior al de los musulmanes. La mente militar de Ibn Qadis comenzó a trazar formaciones de batalla, tácticas y planos. Finalmente, le hizo a Sundak la pregunta cuya respuesta más anhelaba. —¿Cuándo creéis que partirán? El guzz reflexionó un breve instante, y al rato respondió: —No hay noticia alguna del rey de Aragón ni de los francos, luego debemos suponer que aún están lejos de Toledo, al menos a diez días de marcha, si no más. Por tanto, es prácticamente imposible que el ejército salga de la ciudad antes de junio. El andalusí se sumió entonces en sus pensamientos, recreando su mente el mapa de la zona. Tras unos sencillos cálculos, dijo en voz alta sin dirigirse a nadie en particular: —Si siguen el camino más lógico, desde Toledo hasta aquí hay una semana de marcha. Quizá menos, si aceleran el paso. Antes de llegar a nosotros tendrán que pasar por Malagón, pero no podrá aguantar mucho frente a tamaña hueste. Eso nos deja, aproximadamente, tres semanas para preparar las defensas... La voz de Ibn Qadis se apagó, y Sundak se atrevió a mirarle directamente a los ojos. Lo que vio le dejó sobrecogido: una resignación estoica ante el destino que mejor que nadie podía prever, una resignación que era como un tenue pero


profundo lamento danzando ante las antorchas. El 20 de mayo había llegado, pero ni los reyes de Aragón y Navarra, ni Arnaldo Amalarico le habían acompañado. No había noticia alguna de sus columnas. La tierra no se estremecía al paso de millares de pezuñas herradas ni las botas de los infantes, el viento no repetía la música marcial de los soldados, las nubes no mostraban la estela de innúmeros pendones alzados al sol. El mismo rey Alfonso comenzaba a impacientarse. El sol ya había empezado a caer con fuerza sobre la ciudad del Tajo y caldeaba la sangre bajo las armaduras. Cada amanecer era un río de fuego que derramaba la impaciencia por las calles, pero el día pasaba y nada sucedía. La sensación generalizada era que, de no partir pronto, los cruzados comenzarían a matarse entre ellos. El rey castellano, acaso para desterrar el fantasma de la asfixiante inactividad y para transmitir la sensación de que el día de la salida se acercaba, reunió a sus consejeros y hombres cercanos para discutir el camino a seguir. Entre ellos tenía un papel destacado don Diego López de Haro, por ser el adalid del ejército castellano. Tenía este noble aproximadamente la misma edad que el monarca de Castilla, y era un gran guerrero, veterano de muchos enfrentamientos contra los musulmanes. Aún después de Alarcos, había seguido siendo hombre de confianza del monarca, y había defendido Madrid en 1197. Con todo, posteriormente cayó en desgracia y vagó por los reinos de Navarra y León antes de reconciliarse con el rey Alfonso en 1206. Era hombre piadoso y noble, lo que le hizo ganarse el apodo de Bueno, el mismo que años más tarde ostentaría el heroico defensor de Tarifa. Junto a ellos, en torno a una mesa con un mapa, se habían juntado muchos hombres importantes: varios nobles castellanos, entre los que figuraba Rodrigo de Aranda, los maestres de las órdenes militares y algunos transpirenaicos. Don Diego López de Haro comenzó a exponer el itinerario, a requerimiento del monarca: —Seguiremos el camino de la Mesta que lleva a Córdoba, pasando por Calatrava. Guadalerzas señala el límite con el territorio almohade. Esta será la última vez que descansemos en nuestra tierra, y no deberíamos emplear más de cuatro jornadas en llegar, quizá tres si podemos avanzar a buen ritmo. A escasa distancia de allí está Malagón, la cual debemos tomar antes de continuar el camino. No muy lejos, como sabemos, está Calatrava. Diego López de Haro hizo una pausa para mirar a Ruy Díaz de Yanguas, maestre de la Orden de Calatrava. Su rostro era pétreo, duro, pero la sola mención


del nombre le hizo estremecerse. —Evidentemente, también debemos rendirla antes de seguir nuestro camino, pues no podemos dejar tan importante fortaleza en manos del enemigo en nuestra retaguardia. Pero será mucho más dura que Malagón. Sabemos que sus defensas son casi inexpugnables, y su castellano es Ibn Qadis, un gran líder y un sublime guerrero. De su determinación de resistir dependerá cuánto nos retrasemos, y aunque podemos separar los ejércitos, dejando algunos hombres sitiando Calatrava, no encuentro esto recomendable. »Una vez hayamos rendido la plaza, e insisto en que esto es algo que debe hacerse cueste lo que cueste, deberíamos desviarnos del camino principal para reconquistar otros castillos, como Alarcos o Benavente, que también deben ser asegurados antes de continuar. Tras ello, retomaremos el camino en Salvatierra, la cual rendiremos, y continuaremos hacia el sur. Alfonso detuvo a su adalid y dijo: —Don Rodrigo. —Decidme, señor. El rey miró fijamente a su consejero y le preguntó: —¿Seguís creyendo que Al-Nasir nos esperará al otro lado de las montañas? Rodrigo dijo con seriedad: —Así lo creo, mi señor. Por lo que sabemos, Al-Nasir ha reunido en Sevilla un ejército inmenso, de cientos de miles de hombres. Como es costumbre entre los musulmanes, muchos de ellos serán voluntarios, civiles sin entrenamiento militar alguno. Con un ejército tan numeroso, y siendo una parte sustancial del mismo indisciplinada, cruzar los pasos de montaña sería un riesgo que difícilmente asumirá. Si conseguimos embotellarlos en estos pasos, o si, derrotados, deben volver a su tierra huyendo a través de ellos, su número se volvería en su contra y los civiles no sabrían cómo reaccionar, luego la confusión sería tal que nuestras armas causarían un terrible estrago entre los moros sin apenas esfuerzo. No, creo firmemente que Al-Nasir no cruzará las montañas. —Luego esta carga nos corresponderá a nosotros. —Así lo pienso, mi señor. El rey miró de nuevo a Diego López de Haro y le preguntó: —¿Por dónde podemos cruzar Sierra Morena? Diego López de Haro señaló un punto en las montañas, y dijo:


—Los pasos más importantes están a la sombra del puerto del Muradal. Si Al-Nasir no cruza las montañas, y yo tampoco creo que lo haga, nos esperará más allá de este puerto, en Las Navas. Aquel nombre no tenía ninguna connotación especial, ningún significado simbólico que pudiera estremecer a nadie. Con todo, Rodrigo tembló. Vio un gigantesco campo de batalla parecido al de Harmaguedón en donde Dios daría sentido a todo, y cientos de miles de hombres entregarían la vida. Fijó su mirada en el mapa. Las Navas. Era el día 3 de junio y el sol ardía como si fuera el corazón del mundo. La tierra temblaba por las llamas incoloras que en su seno se agitaban, y todo era rojo bajo un cielo puro que servía de lienzo para los rayos salvajes del astro. Entonces, uno de esos rayos cayó a tierra, un fulgor vertical que desgarró el rostro del horizonte. Otro destello cortó al anterior por la mitad, cual si quisiera abatirlo, pero unido indisolublemente a él. Era una cruz. Arnaldo Amalarico había llegado. El ejército almohade estaba listo para partir. Más de doscientos mil hombres se habían reunido en Sevilla desde la toma de Salvatierra, y cuando comenzaba junio, esa titánica masa de guerreros, venidos de todas las partes del mundo en que se adoraba a la media luna, se ponía en movimiento como el único cuerpo de un animal legendario dispuesto a sembrar el terror por las tierras que sufrieran su ira. No obstante, no había música, ni regocijo. La hueste marchaba cabizbaja, en silencio, como si rumiara una maldición. La causa de su descontento era simple: después de más de un año de cautiverio, los gobernadores de Ceuta y Fez habían sido ejecutados por Ibn Mutanná. Una maniobra política poco astuta, que acaso buscara la cohesión por el temor, pero que había conseguido abrir una brecha en favor de la desunión causada por el desprecio hacia aquella ejecución innecesaria. La armadura del ejército almohade no estaba por ello hecha añicos, pero sí dañada antes incluso de que llegara el enfrentamiento con los cristianos. Ibn Wazir percibía esto con claridad. Aunque a él no le preocupaban especialmente aquellas dos muertes, sabía que entre la tropa almohade habían provocado un descontento subrepticio, y precisamente por ello letal si no se manejaba bien. Los guerreros marchaban con una expresión de odio y tristeza dibujada en sus rostros que resultaba dañina, pues en las próximas semanas tendrían ocasión de desesperar aún más. El noble no se sentía cómodo. Llevaba varios días inquieto, de hecho, y aunque él lo achacaba al terrible calor húmedo


que envolvía Sevilla surgiendo como humo del Guadalquivir, sabía perfectamente que era algo más informe pero más cierto que eso, un susurro que el destino vertía como agua hirviendo en sus oídos y le decía que aquella ofensiva no sería bendecida por Alá. Intentaba no pensar demasiado en ello para no ceder al desánimo, pero no había nada en el mundo que ante él se extendía que no se lo recordara a cada instante. Estaba ya saliendo de la ciudad, montado en un bellísimo caballo andaluz, blanco como una perla, al frente de sus tropas. Al paso de los soldados, mujeres y niños lanzaban pétalos de rosas, que danzaban junto a las lanzas y las espadas antes de caer a tierra y ser pisoteados por los peones y las pezuñas de los caballos. Al principio, la imaginación de Ibn Wazir le llevó a asociar estos pétalos con las danzas de novios en las bodas, pero no tardó en darse cuenta que no era así: aquel baile era macabro, era la ensoñación de la muerte. Los pétalos eran gotas de sangre, las lágrimas de las madres por los hijos cuyo corazón iba a quebrarse en la batalla. Procuró no mirarlos, pero su perfume impregnaba la ciudad, como si quisieran convertirla en un gigantesco cementerio. Llegó el momento de cruzar la puerta de Sevilla. El noble apretó con fuerza las riendas de su caballo, no porque quisiera detenerlo, sino porque necesitaba algo a lo que asirse. Aquel momento no se repetiría en toda su vida, y él lo sabía y temblaba su alma, aunque su cuerpo no mostrara ninguna alteración. Podría volver a Sevilla, pero antes de que así fuera, el mundo habría cambiado para siempre. Y su camino, su camino tras las puertas, le llevaba al lugar en que todo iba a quebrantarse o a salvarse, al momento a partir del cual no habría retorno, ni en lo bueno ni en lo malo. Finalmente, atravesó el umbral, y aunque su posición geográfica apenas había variado unos codos, supo que su mundo se había desplazado a otra órbita, a otro universo. Un universo que le llamaba por su nombre y le decía que nada de cuanto hubiera hecho hasta entonces tendría sentido, pues lo único importante era lo que estaba destinado a hacer de ahí en adelante, lo único que podría redimirle o condenarle. La prueba definitiva. Respiró hondamente y procuró calmarse. Debía estar sereno en los días venideros. Notó con satisfacción cómo el terremoto que sacudía sus entrañas se desvanecía lentamente y, mirando al cielo, dijo: —Alá, dame fuerzas. Dame fuerzas para no temer, para ser el ejecutor de tu santa voluntad, sea la que sea. No me abandones, Alá, no me abandones. Toledo. Desde la lejanía, la ciudad parecía a punto de estallar. El sol que caía


inclemente sobre ella le daba un aspecto rojizo a los muros y los campanarios de las iglesias, pero Roger sabía que el fuego estaba dentro. Podía percibir claramente la atmósfera de tensión e impaciencia que se respiraba, el ardor que necesitaba entrar en combate y derramar sangre. Nunca había visto algo así, aunque deseaba no estar contemplándolo. Aquello no le cuadraba. Le parecía absolutamente ilógico, incluso le causaba repulsa. Sentía como si una fuerza desconocida le empujara a alejarse de ese lugar. No era simplemente la cercanía de la batalla, el ambiente de violencia. Estaba acostumbrado a eso, como todos los españoles nacidos durante siglos en la primera línea de defensa de la Cristiandad. No le inquietaba luchar, pero sí lo que iba a producirse. Aun sin haber entrado en la ciudad, ya sabía que el tamaño de las fuerzas allí reunidas era incalculable, como incontenible era su furia. No quería formar parte de eso. No quería formar parte de aquella guerra santa convocada por una Iglesia que no le perdonaría y un Dios que le castigaba. Desde luego, esa no era ni mucho menos la concepción generalizada entre sus hermanos de armas. Nada más divisar Toledo, la columna aragonesa había estallado en un tremendo vocerío, dando gritos de júbilo y entonando cánticos de alabanza. La hueste había avanzado a un ritmo exagerado de seis leguas diarias durante varios días, y ver por fin la ciudad que era su destino había hecho que sus corazones rompieran de alegría. Todo era regocijo y felicidad, y en ese ambiente, el sombrío ánimo de Roger se oscurecía aún más, convirtiéndose en una violenta angustia que zarandeaba todo su cuerpo como un desprendimiento de rocas, el desmoronamiento definitivo de las escasas convicciones sobre las que se mantenía un edificio, su alma, en ruinas. El rey, después de rezar una breve oración dando gracias a Dios por haberles permitido llegar a Toledo sanos y salvos, dio la orden de avanzar. Roger sintió una profunda arcada, y aunque pudo contenerse, la amargura persistiría en su cuerpo. La llegada de Pedro de Aragón a Toledo fue uno de los acontecimientos más felices y gloriosos de cuantos se recordaban. La ciudad lo había dispuesto todo para recibir a tan esperado huésped, adornada como para un día de fiesta. Y en verdad lo era. Salvo por el rey de Navarra, que se incorporaría más tarde, todas las fuerzas que debían tomar parte en la cruzada estaban reunidas. La ofensiva podía comenzar. El arzobispo Ximénez de Rada había organizado una procesión para dar gracias a Dios por la llegada del monarca aragonés, así como para pedir la ayuda del Señor de los Ejércitos en la guerra cuyo espectro ya devastaba el horizonte. En el momento en que Alfonso y Pedro se abrazaron, ese espectro tomó forma, un


radiante ángel que portaba una espada flamígera, la espada de la fe por la que ambos reyes iban a inmolarse. Tres días más tarde, el 19 de junio, los primeros ejércitos cristianos se pusieron en marcha. Anochecía el 19 de junio, una plácida noche, fresca y tranquila. Los transpirenaicos, dada su impaciencia, habían partido aquel amanecer comandados por Diego López de Haro y Arnaldo Amalarico, pero el resto de las tropas seguía en Toledo, listo para partir al día siguiente. La tensión había desaparecido con la salida de los francos, y por primera vez en muchos meses la ciudad del Tajo dormía en calma, recuperando fuerzas para emprender el camino cuando el sol les llamara a la batalla. Toda la ciudad dormía. Alfonso, no. Seguía cumpliendo su deber ascético y, además, no deseaba dormir. No es que estuviera nervioso, pues había participado en innumerables campañas, pero precisamente por eso, algo en su alma de caballero veterano le decía que lo que estaba a punto de hacer sobrepasaría todo cuanto hasta ese momento se había visto. Llevaba toda su vida soñando con que llegara el día en que Cristo le librara por siempre de sus pecados, le purificara definitivamente y lavara sus imperfecciones, convirtiéndose así en el hombre puro, en el modelo que había ansiado ser durante toda su existencia. Y había algo, un murmullo en la brisa, un sonido soterrado que susurraba en los campanarios de Toledo, que le decía que la hora estaba llegando. Por eso esperaba la batalla, por eso deseaba lanzarse a ella con la misma impaciencia con la que el novio busca a la amada, sabiendo que en su sonrisa encontrará una respuesta que hará innecesarias todas las preguntas. Alfonso sintió un ruido a sus espaldas. Sabía que era uno de sus hermanos de armas porque sus pisadas tenían un sonido metálico, y solo los caballeros de las órdenes militares dormían con la armadura puesta. Sin inquietarse, giró sobre sí mismo y vio al joven fray Santiago. —Deberíais estar durmiendo, fray Santiago —le dijo Alfonso—. Mañana partiremos. Debéis estar descansado. Fray Santiago miró al veterano con respeto, y luego, bajando los ojos, dijo en tono de excusa: —Lo sé, hermano, pero no puedo dormir. —¿Qué os sucede? El joven fraile desvió su vista por la ciudad. Sus ojos decían que estaba


alucinado, como un niño que entrara en una fiesta magnífica sin haber sido invitado, sin tener ninguna razón para estar allí. Respondió, temeroso: —Yo... todo esto... no estoy a la altura. No merezco esta gloria. Alfonso sonrió porque se sentía relajado, y dijo: —Estamos vivos. —Ninguno de los dos frailes habló durante unos segundos, y luego el veterano continuó—: ¿Cuánto tiempo lleváis siendo fraile? —Escasos meses. Cuando Alfonso volvió a tomar la palabra, en un principio pareció que su discurso no tenía conexión alguna con lo que había dicho anteriormente. —«Sed perfectos como mi Padre es perfecto». Nunca se ha ensalzado tanto al hombre, jamás en toda la historia del ser humano ha sido glorificado hasta ese extremo. Podemos ser perfectos como es Dios. Podemos ser santos, puros, invencibles. Este es el ideal que anima nuestra orden. Somos, como ya os dije, la Espada de Cristo, sus eternos soldados. Sabemos que la lucha más importante no es contra el enemigo; la única guerra verdadera es contra nosotros mismos, contra todo lo que somos y fuimos, por todo lo que podemos llegar a ser. Alfonso calló, y Santiago meditó lo que le habían dicho. Al rato, continuó el veterano: —Recorremos un camino que lleva a un lugar. Es un camino de progreso, pues solo se progresa cuando se sabe cuál es el fin. Somos como una flecha disparada hacia la santidad. Pero todo progreso implica un movimiento. No somos aún perfectos, y es posible que nunca lo seamos. Pero eso no es excusa para no hacer lo que debemos hacer. De hecho, es la razón para llevarlo a cabo. Lleváis escasos meses en la orden. Yo llevo veinte años en ella, y aún no he alcanzado, ni tan siquiera vislumbrado, al hombre en que quiero convertirme, al hombre en que debo convertirme. No estáis a la altura, decís. Pero estáis vivo, os digo yo, y debéis dar gracias porque sea así, pues mientras estéis vivo, podréis luchar, y mientras podáis luchar, podéis perfeccionaros. Agradeced a Dios que no habéis hecho nada, porque tenéis todo por hacer. Santiago había sido educado en la doctrina de la Iglesia, pero a veces se sorprendía cuando redescubría las realidades más básicas. Lo que se da por supuesto, tiende a olvidarse, y tal le pasaba al joven. Alfonso tenía la extraordinaria capacidad de recordarle lo esencial y mostrárselo como si fuera un descubrimiento. Santiago sonrió al escuchar las palabras de Alfonso. Había recordado una de las verdades más extrañas de su fe: la debilidad es, en realidad, la fuerza.


—Gracias, fray Alfonso —dijo humildemente Santiago—. Sacáis a la luz lo que está oscuro. El veterano negó lentamente con la cabeza y dijo: —De nada serviría si vos no pudierais ver. —Y después, ordenó al joven—: Ahora id, marchaos a dormir. En pocas horas comenzará vuestro más serio examen, y debéis estar preparado. Santiago asintió y se retiró, pero, antes de entrar de nuevo en el edificio, le preguntó al veterano: —¿Vos no vais a descansar? Y Alfonso, sin desviar la mirada de la ciudad durmiente, dijo: —No. Esperaré al alba. La saludaré como a una hermana que por fin volviera a mí. El sol martilleaba salvajemente los corazones de los guerreros con más furia que los golpes secos de los tambores, cuyo sonido guiaba el avance de la hueste almohade. Mutarraf pensaba que estaba al borde de la muerte en cada paso, pero no moría, aunque su cuerpo se hubiera convertido en una mera máquina que ponía un pie delante de otro por pura inercia. Su mente estaba lejos de allí, divagando por el océano abrasador que surgía de los cielos. En otro estado de ánimo, quizá hubiera percibido esa disociación desde un punto de vista más filosófico, como una reafirmación de las teorías platónicas. Pero no tenía fuerzas para pensar. La marcha del ejército almohade no era excesivamente rápida, pero sí muy pesada. Era muy difícil mantener la coordinación entre más de doscientos mil hombres, y los voluntarios retardaban bastante la marcha, aunque fueran quienes más sufrían. No se quejaban, porque no tenían fuerzas para hacerlo. Algunos de ellos eran personas ya mayores, cuyo físico no les permitía hacer grandes alardes y multiplicaba todo esfuerzo. Otros eran personas dedicadas al estudio o a la contemplación, y tampoco podían seguir la marcha sin grandes penalidades. Mutarraf se hallaba agotado más allá de todo cansancio. Todo su cuerpo le dolía, pero se había acostumbrado ya tanto que le parecía imposible que ese no hubiera sido siempre su estado natural, lo cual no quería decir que no lo sintiera. En las últimas horas, el agotamiento le hacía andar encorvado, lo que, junto con el hecho de dormir al raso y sobre el suelo, provocaba que a veces sintiera brutales pinchazos en la espalda, como un puñal que desgarrara sus músculos. Sus piernas estaban al límite de su esfuerzo, y el simple hecho de sentarse durante las paradas


del ejército suponía para él realizar un acto heroico. Su estómago estaba casi siempre vacío, aunque esto era algo que no le importaba, porque el despiadado calor dificultaba toda digestión, aun de lo más nimio. El agua que bebía era hirviente, pero la agradecía como si descendiera de los torrentes puros de Sierra Nevada. No llevaba muchos objetos consigo, pero le pesaban increíblemente. Para luchar le habían dado una espada, bastante gastada ya, que seguramente habría pertenecido a un guerrero caído. Había aprendido alguna técnica para combatir con ella, pero seguía mirándola con temor. También portaba un escudo de mimbre, y dos manuscritos que guardaba con intención de leerlos al terminar la marcha. No había tardado demasiado en darse cuenta de que había sido un error infantil: el ejército siempre se detenía muy poco antes de la puesta de sol, lo que le quitaba toda luz con que leer, y en todo caso no tenía fuerzas para hacer nada, ni intelectual ni de ningún tipo. Había intentado leer la primera noche a la luz de una hoguera, y las palabras le bailaban. Con todo, el respeto que sentía por esas palabras que no podía ver le impedía tirar los manuscritos al polvo y al sol, así que vivía con el miedo de que algún soldado menos escrupuloso los descubriera y le obligara a deshacerse de ellos. Mutarraf sabía que el dolor suele ser preludio de la felicidad: de la misma forma que el amante sufre hasta que la novia acepta su amor, o la madre hasta que surge la criatura de su vientre, él debía sufrir antes de encontrar la felicidad del campo de batalla. También era consciente de que las cosas que se consiguen sin dificultad no merecen la pena, pues se marchan con la misma facilidad con la que llegan. Pero el calor le licuaba las ideas, y se preguntaba constantemente si compensaba tanto sufrimiento. También sabía que no hallaría respuesta si no se atrevía a llegar al final del camino. El 20 de junio partió el grueso del ejército cristiano. Los primeros en hacerlo fueron los aragoneses, y cerró la marcha el rey castellano. Bajo el temible e inmenso sol, las puertas de Toledo se abrieron, y durante horas la gigantesca hueste abandonó la ciudad, como una cueva que estallara y soltara un furioso torrente. Un suave viento bailaba entre los pendones de los concejos, las órdenes militares y los nobles. La luz bañaba los cascos y las lanzas, convirtiendo a cada guerrero en una pequeña llama, y al ejército en una hoguera destinada a hacer arder el mundo. Las despedidas se confundían con los tambores y los cuernos que llamaban a la batalla, y por encima de todo, sonaba con una claridad excepcional la melodía de la guerra, un suave cántico que se clavaba como una saeta en los corazones de los soldados y


les forzaba a avanzar. Ya no había marcha atrás. Una espada solo puede ser desenvainada para derramar sangre, y un ejército así únicamente podía ser movilizado para causar una matanza o ser masacrado. Nada más podía importar. La larga marcha había comenzado, y no se detendría hasta que los guerreros obtuvieran la victoria o fueran aniquilados. Las tropas hacían jornadas de unas tres leguas diarias. La columna de don Diego López de Haro les llevaba un día de ventaja, pero el avance se coordinaba con constantes mensajeros. Por su parte, las fuerzas aragonesas y las castellanas estaban más cerca las unas de las otras, por lo que en la práctica marchaban juntas y acampaban en el mismo lugar. Castellanos y aragoneses tardaron cuatro días en llegar a Guadalerzas, el límite del territorio cristiano. Allí había un hospital fortificado que había construido la Orden de Calatrava, emplazado sobre una colina, por lo que era un lugar idóneo para que el ejército pasara la noche. De hecho, cuando se dispusieron a acampar encontraron restos que evidenciaban que tal había sido la decisión de López de Haro. Los cristianos pasaron su última noche en territorio amigo en las faldas de la colina de Guadalerzas. Roger llevaba varias noches durmiendo muy poco, a pesar del cansancio. La angustia que había sentido al divisar Toledo no había disminuido en absoluto, y de hecho pensaba que iba a peor. Aquello era un dolor que no sabía realmente identificar, pero al menos era algo, no una ausencia. Una terrible desesperación, la misma que había sentido al perder a Laura, asaeteaba su corazón clavando en él infinitas dagas, arrancándole de toda tranquilidad, desgarrando cualquier resquicio de paz. Constantemente se le aparecía la imagen de su mujer, caminando tranquilamente bajo los destellos del sol, sentada a la luz de las hogueras. El noble pensaba que eran alucinaciones provocadas por el calor o el hambre, pero se alimentaba bien y era bastante resistente al calor, luego la causa debía ser otra. La luna aquella noche era creciente, y como si este estado aumentara el sufrimiento de Roger, el catalán no podía descansar. Determinado a, por lo menos, realizar algo útil, decidió hacer guardia. Evidentemente, no le correspondía, dado su rango, pero pensó que sería bueno que alguien de mayor autoridad supervisara a los peones que se encargaban de la vigilancia, impidiendo que se durmieran o se dedicaran a la charla. Salió de su tienda al aire fresco de la noche. No había nubes, y el cielo estrellado destacaba como una cúpula lejana, pero al mismo tiempo tan cercana en aquel


páramo que daba la sensación de que solo era necesario alzar la mano para desgarrar el firmamento. Roger estuvo tentado a desenvainar la espada e intentar romper aquel lienzo lleno de perlas, pero no lo hizo. Se acercó al resplandor de una hoguera y vio a un soldado dormido, acurrucado junto al fuego. Le despertó lanzándole una piedra suavemente contra el casco, pues no sabía si el peón era inexperto ni si iba a reaccionar como ante una amenaza. Y en efecto, así lo hizo. Era un muchacho joven, de unos dieciséis años, que se levantó estrepitosamente al escuchar la piedra contra su casco y movió la lanza buscando un enemigo, hasta que descubrió a Roger. Entonces, avergonzado, intentó formular una excusa. —¿Cómo te llamas? —le preguntó el noble. —Joan, señor. Roger asintió lentamente y dijo: —No te duermas. No sucumbas al sueño. Vigila, mantente alerta. —Sí... Sí, señor. Así lo haré, señor —balbuceó nerviosamente el muchacho. El caballero se alejó, buscando algo de soledad. La luz de la luna era suficiente para iluminar sus pasos de forma que no tropezara, pero aun así caminaba muy despacio. Estaba cansado aunque no pudiera dormir. Cansado por el esfuerzo que le suponía contener el dolor que devoraba su consciencia, insomne porque sabía que, si relajaba su vigilancia, el dolor terminaría por abalanzarse sobre él como un león furioso. Intentaba aislarse de la causa del sufrimiento, del recuerdo de su amada, enfrascándose en las tareas bélicas. Pero todo le recordaba a ella. Laura era omnipresente, y su memoria dictaba cada uno de sus actos, quisiera o no. Se sentó sobre una roca y miró al horizonte, espectral bajo la luna. Supuso que aquel evanescente paisaje era reflejo de su propia alma devastada. En aquel páramo había algo, una presencia ultraterrena, que bien podía ser espejo de todos los hombres que por él pasaban o bien un ente con inteligencia propia. El cielo y la tierra estaban unidos, y entre ambos no existía más que el ser humano, partido entre ambas dimensiones, buscando ascender el firmamento pero atado a la tierra. Y el lamento que provocaba vislumbrar la eternidad y no poder sujetarla estaba grabado en aquel páramo. Sobre todo esto divagaba Roger cuando, súbitamente, un resplandor rojizo iluminó el horizonte. El caballero se frotó los ojos para cerciorarse de que no estaba dormido. La llama había prendido en aquel momento, estaba seguro de no haberla visto antes. El corazón del noble se aceleró de pronto, como si acabara de recibir una visita que llevara años esperando. Aquel fuego era un mensaje.


—¿Eres tú? —se atrevió a murmurar Roger. De nuevo se alzó una suave brisa, y el catalán se estremeció cuando sintió en ella, inconfundible como el sol que había surgido en el horizonte, el aroma del mar. —Mi señor, venid a ver esto. Ibn Qadis se despertó con rapidez ante la llamada del centinela. La experiencia de todas sus campañas le había otorgado el don de pasar del reposo a la actividad plena en muy poco tiempo, tanto que parecía que nunca dormía. Saltó del lecho, se abrigó y siguió al cariacontecido soldado, quien lo guió a la torre más alta de la fortaleza de Calatrava. No cruzaron palabra alguna, pero el instinto militar de Ibn Qadis le decía que no se trataba de un ejército. Aunque hubiera hecho un largo camino a través de la noche, pasando inadvertido, sus soldados no tendrían tal reacción. No, no era ningún ejército. Seguramente sería algo peor, y el caíd lo sospechaba. Llegó a la torre y salió al exterior. El repentino contacto con el frío nocturno no le turbó. Antes de que los soldados le informaran, ya había fijado su implacable mirada en la causa de la alarma: algo ardía en el horizonte. Al instante se dio cuenta de lo que era, y las implicaciones que tenía. Los cristianos habían llegado a la fortaleza de Malagón, y la habían quemado. No podía decir por qué, pero intuía que ese fuego no se había desatado tras rendir el castillo, sino precisamente para destruir a su guarnición. Se sorprendió. Los peninsulares no solían obrar con esa crueldad, pero cuanto más miraba el fuego más se daba cuenta de que el objetivo que él había imaginado debía de ser el correcto. Casi podía escuchar los alaridos de los musulmanes quemados vivos. Movió la cabeza en un gesto de desaprobación, y rezó una breve oración por los que habían muerto. El ejército cristiano estaba a un día de marcha, y por lo que podía ver, llegaban ansiando venganza. Calatrava estaba mucho mejor defendida que Malagón, pero difícilmente podía evitar su caída si las cifras que los agzaz le habían dado eran correctas. Suspiró y, sin dejar de mirar el resplandor, dijo: —Rezad por los caídos. Que Alá tenga misericordia de ellos... y de nosotros. Las llamas iluminaban con violencia el rostro de Diego López de Haro, convirtiéndolo en un claroscuro que hacía brillar intensamente parte del mismo, dejando lo demás en una absoluta penumbra. Era un magnífico espejo de lo que sentía su alma. Estaba satisfecho por haber eliminado el primer obstáculo en su


camino hacia Al-Nasir, pero le disgustaban los métodos. El olor a carne quemada infectaba el aire de la noche, y los gritos, aunque habían disminuido en frecuencia, se clavaban en su ánimo como alfileres. No es que fuera demasiado crudo para él: era un guerrero, había pasado toda su vida en combate, y había visto cosas terribles. Pero aquello era distinto, porque no se trataba de luchar. Había sido un asesinato a sangre fría. Su destacamento había llegado a Malagón aproximadamente a mediodía, y los transpirenaicos se habían enfervorizado como lobos que olieran la sangre. Apenas habían tenido tiempo de trazar una estrategia, pues ya la fortaleza se alzaba ante ellos como una promesa, como la ocasión de masacrar enemigos que llevaban meses esperando. Sin esperar a urdir un plan definido, se habían lanzado al asalto de la fortificación. El adalid de Castilla no había podido impedirlo, no había podido refrenar a los francos antes de negociar una rendición. Malagón tenía un cuerpo central cuadrado con cuatro torres adjuntas a cada uno de los muros. Los francos se habían centrado primeramente en los torreones individuales, consiguiendo tomarlos al anochecer. Pero el corazón del castillo iba a ser un asunto más complicado. López de Haro, viendo la oportunidad que se le presentaba de evitar una matanza, había propuesto iniciar conversaciones con los musulmanes para obtener una rendición, y los cruzados, inquietos por la dificultad que presentaba su objetivo final, habían aceptado. Los mahometanos entonces ofrecieron el castillo a cambio de preservar la vida. Era un trato normal en el contexto de la guerra peninsular, pero los ultramontanos, que se enfrentaban a la herejía cátara con un salvajismo feroz, no lo aceptaron. Y Malagón ardía. Al lado del adalid de Castilla estaba Arnaldo Amalarico. También sus vestimentas reflejaban el infierno desatado, haciendo parecer que el propio inquisidor ardía. Algo bastante irónico, pensaba el noble castellano. Pero la mirada del arzobispo seguía tan ausente como de costumbre; nada se veía en ella salvo la danza de las llamas sobre los cadáveres enemigos. Con todo, su boca estaba torcida en algo que parecía una sonrisa, y lo peor de esa sonrisa era que no reflejaba crueldad alguna, sino satisfacción. Amalarico era un hombre tan despiadado que ni siquiera era consciente de serlo. A Diego López de Haro le disgustaba enormemente tenerlo a su lado, y se estremecía viendo su sonrisa, porque era la misma que una persona honesta esbozaría ante una broma. Se preguntó qué clase de alma podía albergar aquel cuerpo, pero recordó que no había tenido ningún reparo en masacrar a hombres, mujeres y niños en Beziérs, incluso a los de su mismo credo. Lentamente, el castellano se dio la vuelta, alejándose de Malagón y de Amalarico, que seguía contemplando el fuego como si fuera la chimenea de su


hogar. Al amanecer llegó el resto del ejército. Tanto aragoneses como castellanos quedaron asustados por el terrible espectáculo que se desplegaba ante sus ojos. Aún pervivía el hedor a carne quemada, pero más concentrado y viciado. Alrededor de la fortaleza, ennegrecida, se veían varios cuerpos chamuscados y despedazados, y no todos eran guerreros. —Dios santo —murmuró Rodrigo con hondo disgusto—, qué han hecho estos salvajes... Diego López de Haro se adelantó a recibir al rey Alfonso, y le explicó lo sucedido. El monarca no podía pensar que aquella matanza hubiera sido liderada por su adalid, y una vez supo la verdad comprendió todo, si bien se mostró profundamente enfadado, enfado que aumentó al escuchar al noble diciéndole: —Los ultramontanos no están contentos. El rey miró a López de Haro con furia e incredulidad, y dijo bruscamente: —¿No había suficientes civiles en Malagón? ¿No han matado a suficientes inocentes? —No, no es eso —dijo el noble sin alterarse—. Se quejan del calor, al que no están acostumbrados, y también dicen estar hambrientos. Alfonso estalló. No solía hacerlo, pero aquel ambiente de violencia y degradación le afectaba. La roca negra de Malagón recortada contra un cielo lleno de cenizas, los miembros mutilados... todo ello le horrorizaba, no porque fuera sangriento, sino porque no era justo. La cruzada que había tardado meses en organizar comenzaba con un acto que Dios no podía aprobar, porque carecía de honor. —¡Que se coman a los muertos! —rugió—. ¿Acaso ahora van a sentir algún escrúpulo ante el canibalismo? Rodrigo, viendo la situación, amonestó a su rey: —Tranquilizaos, señor. Guardad vuestra ira, os será más útil en el futuro. El consejero había hablado con serenidad, pero también con determinación, y Alfonso se calmó. Sabía que Rodrigo tenía razón en pedirle que se contuviera. Al fin y al cabo, era su consejero no porque le dijera las bondades que hacía, sino para que le hiciera ver sus errores. Recuperada su compostura, el monarca dijo: —Los transpirenaicos han dado problemas desde que llegaron. Al principio atacaron a los judíos de Toledo y promovieron todos los desórdenes que nos


obligaron a expulsarlos extramuros. Allí talaron los árboles de un magnífico jardín, y no para construir un arca con la que marcharse. Ahora hacen esto, y todavía se atreven a decir que tienen hambre y les molesta el calor. —Tras un breve silencio, preguntó a Rodrigo—: ¿Creéis que debemos retenerlos? ¿No sería mejor que les expulsáramos de la cruzada? Rodrigo miró a López de Haro, en cuyos ojos se veía reflejada la duda. Él los había visto en acción y sabía que, aunque salvajes e indisciplinados, los francos podían ser una gran ayuda cuando llegara la batalla importante. Por ello, el consejero respondió: —No creo que sea oportuno, mi señor. El ejército de Al-Nasir es monstruoso, y no estamos en condiciones de prescindir de ningún hombre que pueda empuñar un arma, menos aún si son caballeros que valen por muchos infantes. No me gusta luchar al lado de estos bárbaros, pero temo que no hay opción. Por otra parte, creo que os olvidáis de Amalarico. —¿Qué sucede con él? El noble calló. Había tratado poco con el arzobispo, pero había sido suficiente para saber que aquel hombre era despreciable. Le detestaba con todas sus fuerzas, y aunque sabía que era incorrecto sentir tal aversión, y más hacia un eclesiástico, no podía evitarlo. Todo cuanto él era, su forma de ver el mundo, rechazaba al francés con extrema virulencia. Finalmente, sin contenerse, dijo: —Amalarico es un blasfemo y un descreído. No es en nada mejor que los herejes a los que persigue, pues está tan dispuesto como ellos a destruir cuanto hay de bello y noble en este mundo solo para conseguir su propio beneficio. Pero... —e hizo una pausa, como si se arrepintiera de lo que acababa de decir— es el inquisidor general del Languedoc, un hombre con gran poder, y es él quien ha conseguido el apoyo del rey de Navarra y quien ha movilizado a estos asesinos, quienes, al fin y al cabo, combaten en nuestro bando. Evidentemente, no podemos ni debemos hacer nada contra él, y no sabemos cuál podría ser su reacción si decidimos expulsar a los guerreros que él ha traído. —No se iría —terció López de Haro—. No condenaría la cruzada. Si le hubierais visto anoche... le encanta derramar sangre. —Sí, le gusta demasiado. Por eso no distingue de quién es la sangre que derrama. No, dejémoslo estar. Es demasiado pronto para tomar cualquier medida drástica. El rey meditó entonces lo que se había hablado, y después, dirigiéndose a ambos, preguntó:


—¿Qué debemos hacer entonces? López de Haro dejó que Rodrigo hablara, y este dijo: —Sería conveniente que de ahora en adelante el ejército marchara unido, a fin de evitar que los francos se descontrolen. Tened en cuenta, además, que nuestro siguiente paso es Calatrava, y una tontería transpirenaica puede provocar un desastre, pues Ibn Qadis sabe aprovechar la estupidez de sus enemigos. No podemos arriesgarnos a que estos locos hagan un ataque suicida. —¿Y respecto al calor y los alimentos? —inquirió Alfonso. —No podemos hacer que cese el calor. Si son tan blandos como para no soportarlo, que ardan. No vamos a dejar de hacer las marchas normales ni combatir lo que sea menester porque estos nórdicos no puedan soportar nuestras temperaturas. Sobre los alimentos... quizá valdría la pena que repartiéramos algunos de nuestro propio contingente. —El rey miró con incredulidad a Rodrigo, quien se apresuró a añadir—: Al menos, hasta que lleguemos a Calatrava. El ejército almohade se había acuartelado en Jaén. No tenía intención de permanecer allí, pues salvo en los casos más desesperados nadie enfrentaría un ejército a otro en una ciudad si podía evitarlo, pero debía hacer la pausa para dar tiempo a que las aguas del Guadalquivir, excepcionalmente crecido por las lluvias de la primavera, volvieran a su cauce. Sundak notaba que la situación seguía siendo tensa, y los rencores resurgían a medida que los cansados cuerpos de los guerreros se recobraban de la marcha. Él mismo comenzaba a contagiarse del nerviosismo, a pesar de que no era almohade y, en consecuencia, no le importaban especialmente las ejecuciones. Contaba desesperadamente las horas, confiando en que cada una de ellas fuera la última y se reemprendiera el avance. Sentía que el final de una historia que llevaba mucho tiempo, quizá siglos, fraguándose, estaba a punto de llegar, y su espíritu inquieto se sentía oprimido por las demoras. El arquero no era un hombre dado a la meditación, pero poseía una cualidad especial, y era que se conocía muy bien. No era deshonesto consigo mismo, ni intentaba esconder sus verdaderas motivaciones bajo capas de evasivas. Por todo ello, era consciente de que su malestar no obedecía a una tensión provocada por el resto de las tropas, ni a la impaciencia por entrar en batalla. Era cierto que deseaba que llegara el momento de la lucha, pero no por combatir, sino por saber de una vez a qué se enfrentaba. Él era un veterano de miles de combates, y precisamente por ello era consciente de algo que a veces pensaba que solo él podía comprender: aquella ofensiva iba a cambiarlo todo.


Intentaba no pensar en ello, e incluso desechaba tal pensamiento, diciéndose que no tenía razón alguna para creer que en la batalla próxima se decidiera el destino de las dos almas, cristiana y musulmana, que luchaban por controlar la Península. Pero sus razones, aunque lógicas, no conseguían acallar el murmullo de su intuición, sencillamente porque el presentimiento no lo razonaba, sino que lo sentía, y la lógica no podía enmudecerlo. Un atardecer, mirando el Guadalquivir, se había abandonado a uno de los escasísimos periodos de introspección que se permitía y había comenzado a divagar. Todo el mundo sabía que el ejército cristiano había partido ya de Toledo, pero él era uno de los pocos que había recorrido el camino que, casi con total probabilidad, seguirían los cruzados. Sobre las aguas del río pudo ver de nuevo Guadalerzas, donde sospechaba que habrían hecho noche. Vio Malagón, y poco después Calatrava, el rostro orgulloso y resignado de Ibn Qadis, sabiendo que debía cumplir una misión desproporcionada a su fuerza. Vio el inmenso Campo de Calatrava y se lo imaginó soportando el paso de incontables guerreros, levantando una polvareda que, con el reflejo del sol, parecería fuego. Vio Salvatierra, que aún mostraría las heridas sufridas el verano anterior, y las gargantas de Sierra Morena... Entonces desechó toda su ensoñación, como si despertara de una pesadilla, y sonrió. Aquel exceso de imaginación era impropio de él. Se dijo para sus adentros: «Esta guerra me está cambiando...». Aún sonreía cuando un nuevo acontecimiento le puso en extrema alerta, quebrando finalmente todas sus divagaciones y haciendo que aflorara el entrenamiento militar. El viento había cambiado, y procedía del norte. Aquello no tenía mayor trascendencia bélica, pero al igual que los campesinos pueden sentir la lluvia en el viento mucho antes de que las nubes oscurezcan el cielo, así Sundak podía interpretar la brisa como si fuera un mensaje de guerra. Mejor que un mensaje, pues no sabía leer. Y lo que decía era dramático. Olía a quemado. A cenizas, a hierro y a muerte. Aquello turbó enormemente al guzz, porque era imposible. El ejército cristiano estaba a varios días de marcha, de lo contrario lo habrían visto al atravesar Sierra Morena. Pero aquel aroma no podía ser provocado por un fuego normal. Sundak lo sabía. No era consciente de cómo ni por qué, pero lo sabía. De nuevo, sus emociones atacaban violentamente su razón. Se sintió tentado de coger su arco, lo único que podía otorgarle cierta seguridad. No lo hizo porque habría sido un gesto absurdo. Sin embargo, las señales estaban ahí, y solo un ciego podría no verlas. Y Sundak


no estaba ciego. De hecho, ansiaba ver. El 27 de junio, tras hacer un día de descanso, el ejército cristiano reanudó la marcha. Esta vez las tropas no se dividieron, avanzando todas en un único cuerpo tal y como se había decidido. La naturaleza de su próxima víctima lo aconsejaba. Malagón carecía de importancia, pero Calatrava tenía la suficiente envergadura como para, si se actuaba con torpeza, desbaratar la cruzada. Los cristianos avanzaron muy lentamente, pues el lecho del Guadiana, que servía de defensa natural a la plaza fortificada por el norte, estaba lleno de abrojos, colocados por los musulmanes para herir a cuantos pudieran antes de que llegara el combate. Los abrojos eran temibles instrumentos de hierro con cuatro afiladas puntas, dispuestas de tal forma que, al caer, tres de ellas hicieran de trípode sobre la que se sostenía verticalmente una cuarta, que era como una pequeña daga dispuesta a clavarse en los pies de los infantes y las pezuñas de los caballos, provocando dolorosas heridas que les incapacitaban para el combate. Camuflados en el pantanoso lecho del río eran armas letales, una prueba más del ingenio táctico de Ibn Qadis, que aprovecharía cualquier oportunidad, aunque fuera nimia, para defender lo indefendible. Pero los cruzados no obraron con imprudencia. Al detectar la presencia de los abrojos, suspendieron la marcha y se encomendó a los exploradores limpiar el río. Tardaron varias horas, pero era preferible perder tiempo antes que hombres. Finalmente se aseguró una zona por la que el ejército pudiera atravesar sin complicaciones el Guadiana, y llegar frente a su destino. Al margen de la ciudad que la rodeaba, la fortaleza de Calatrava era impresionante. El río no solo servía de escudo por el norte, sino que, mediante ingeniosa ingeniería bélica, su curso era desviado para que llenara un profundo foso que rodeara aquellas partes de la muralla que no estaban protegidas mediante el cauce natural. El agua también era aprovechada gracias a un sistema hidráulico que la hacía llegar a todo el recinto, lo que significaba que jamás faltaba a los defensores. Por último, casi cincuenta torres se alzaban entre las murallas. Probablemente era el castillo más poderoso del imperio almohade. Y debía caer. Todo el ejército cristiano estaba fascinado ante la visión de la fortaleza, pero especialmente los calatravos, pues, para los más viejos, en sus almenas ardía la inextinguible llama del recuerdo. Aquella había sido su casa, el hogar que les había visto nacer como orden. Su pérdida era algo que no habían podido perdonarse quienes la habían sufrido, y de nuevo estaba ante ellos, como una madre que les hubiera sido arrebatada. Más que en ninguna otra ocasión desde la caída de Salvatierra, ansiaban entrar en combate. Pero sabían que debían obrar con suma


cautela, pues ellos mejor que nadie conocían las defensas y sabían que tomarla no sería empresa fácil. Ibn Qadis había observado durante todo el día el avance del ejército enemigo, y estaba impresionado. Desde luego, la información que había recibido era cierta, pero tenía que verla con sus propios ojos para comprender plenamente la magnitud de la hueste a la que se enfrentaba. Más de setenta mil hombres habían puesto bajo asedio su ciudad, que solo podía defenderse con apenas mil guerreros. Su única esperanza para mantener el control de la plaza era que los cruzados tardaran demasiado tiempo en abrir brecha y decidieran ignorarla para seguir hacia el sur, hacia Al-Nasir. Pero entre los estandartes del campamento cristiano había distinguido las cruces negras de la Orden de Calatrava, y mientras ellos pudieran impedirlo, no se levantaría el asedio. El general andalusí estudió las tropas del enemigo pacientemente, como si pasara revista a sus propios hombres. Podía ver las insignias de los reyes de Castilla y Aragón, pero no había noticias de Navarra, Portugal ni León. Ninguno de ellos, pensó, había decidido unirse a última hora. Junto a los calatravos ondeaba la cruz de Santiago, afilada como una espada, y también se veía a los templarios y a los hospitalarios. Vio los pendones de varias milicias concejiles, hombres a los que respetaba porque eran civiles, pero extremadamente duros y diestros en la guerra. España siempre había producido esa clase de guerreros porque era un país que no conocía la paz, y lo que en otras partes de Europa era un deporte de nobles, en aquella desamparada Península era una necesidad ineludible. Contemplando todo ello, el militar tuvo la sensación que, suponía, podía haber tenido un romano combatiendo contra los iberos. Había leído algunos episodios de las Guerras Púnicas y las luchas de la República de Roma por someter a la belicosa población de la Península. Recordó que los antiguos historiadores decían que España era el terreno más apto de toda Europa para la guerra, y que sus pobladores eran increíblemente fieros y belicosos, austeros en todas las cosas del cuerpo, preparados para la abstinencia y la fatiga y siempre dispuestos a morir. Roma había tardado siglos en dominarlos. El Islam no lo había conseguido del todo, y una pequeña resistencia en las montañas había germinado, gracias simplemente a la fuerza de voluntad y al temerario desprecio por la vida, hasta convertirse en reinos que podían rivalizar en cultura y esplendor con Al-Ándalus. Porque aquellos hombres no habían conocido otra vida que la guerra, y estaba seguro de que muchos de ellos no habrían deseado vivir de otra manera. Como buen líder militar, Ibn Qadis conocía todos los aspectos técnicos de la guerra, pero sabía que lo más importante era el soldado, el espíritu con que


afrontaba la lucha. Mientras observaba el campamento cristiano, en el que se comenzaban a encender los fuegos que sustituirían la luz del sol que se apagaba, pudo sentir su espíritu. Sabía que, en ese momento, miles de ojos le estaban observando, pero él casi podía ver también las miradas de sus enemigos. Su determinación flotaba en el ambiente como si fuera el humo que las hogueras vomitaban. Ibn Qadis percibió que aquello no iba a ser como Alarcos. Los reyes cristianos habían aprendido de esa derrota y, esta vez, llegaban más preparados. Suspiró, sonrió tristemente, y volvió para revisar las defensas. Los líderes cruzados más notables se hallaban reunidos en la tienda de campaña del rey Alfonso, debatiendo los movimientos que debían seguir. Estaban presentes los monarcas de Castilla y Aragón, los maestres de las órdenes militares, varios nobles entre los que destacaban Rodrigo de Aranda y Diego López de Haro, así como algunos arzobispos, de los cuales los más importantes eran Ximénez de Rada y Arnaldo Amalarico, representando a los ultramontanos. Todos habían estudiado las defensas de Calatrava y habían sacado sus conclusiones. Sabían que se enfrentaban al obstáculo más serio que podían encontrar en su camino hacia Al-Nasir, un obstáculo que, aunque no pudiera destruir su ofensiva, podía debilitarla hasta el punto de dejarles en una posición en que difícilmente podrían derrotar al colosal ejército que les esperaba al otro lado de Sierra Morena. Por ello, el ambiente que se respiraba al atardecer en la tienda era serio, y en los rostros de los reunidos se podía percibir la grave responsabilidad que recaía sobre sus hombros. Debían actuar con prudencia, pues un paso en falso les complicaría enormemente sus futuras acciones, y se encontraban ante un enemigo que sabía aprovechar sus fallos y magnificarlos. El rey de Castilla, después de saludar a todos los hombres, tomó la palabra: —Creo que todos hemos comprobado las defensas que posee Calatrava, y sabemos que nos encontramos ante un objetivo muy difícil de tomar. Con todo, pienso que es imprescindible que caiga en nuestras manos antes de que continuemos el avance, porque de lo contrario las tropas que guarecen la fortaleza podrían hostigar nuestra retaguardia y crearnos serios problemas. Alfonso calló, dando a entender que buscaba conocer lo que los demás pensaban. Diego López de Haro habló, diciendo: —En todo caso, siempre podríamos dejar un destacamento cercando la fortaleza y continuar con el resto del ejército. Entonces fue Pedro quien tomó la palabra, rebatiendo al adalid de Castilla.


—Al otro lado de Sierra Morena hay un ejército de más de doscientos mil hombres, y nosotros apenas superamos los setenta mil. Necesitamos a todos los guerreros que hayamos podido reunir, sin prescindir de ninguno. —Aún deben unirse a nosotros las fuerzas de Navarra —le recordó López de Haro. —El rey de Navarra —informó Amalarico— no trae demasiados hombres. Debido a lo tardío de su decisión, no ha podido convocar mesnada alguna, y marcha solo con sus nobles más destacados y sus séquitos. No creo que sean más de quinientos, en el mejor de los casos. Se hizo de nuevo un corto silencio, roto por Alfonso: —No, el ejército debe marchar unido. Son muchos los castillos que debemos arrebatar al enemigo y si fragmentamos las tropas en pequeños cuerpos que mantengan los asedios, habremos dejado a muchos hombres por el camino, mientras que Al-Nasir contará con todas sus tropas. No continuaremos hasta que Calatrava haya caído. Ahora, ¿cuánto tiempo calculamos que podrá retenernos aquí esta empresa? El maestre calatravo dijo: —Calatrava fue mi hogar durante varios años, por lo que conozco bastante bien sus defensas y lo que es capaz de soportar. La fortaleza se abastece de agua desde el río, con lo que no podemos contar con que la sed haga estragos entre los musulmanes. Supongo que tendrán suficientes reservas de comida como para aguantar, por lo menos, hasta el otoño... más de lo que nuestros víveres pueden durar, en todo caso. No podemos esperar reducir a su guarnición por el hambre. Habrá que tomarla al asalto. —Construir armas de asedio —terció Ximénez de Rada— sería difícil y nos llevaría mucho tiempo, y no veo que sin ellas podamos entrar. —Se puede —insistió Ruy Díaz de Yanguas—. Calatrava es vulnerable por el norte. Aunque complicado, un ataque decidido sobre las torres podría establecer una zona segura desde la cual el resto del ejército penetrara. Por lo que sabemos, no hay demasiados hombres protegiendo el castillo. Una vez logremos abrir brecha, será nuestro. —Nosotros —intervino de nuevo Pedro— sabemos que es muy difícil romper su resistencia, pero Ibn Qadis debe darse cuenta de que no puede defender Calatrava. A la larga, por muchas bajas que nos pueda causar, acabaría siendo derrotado. No estamos dispuestos a que millares de hombres mueran, pero quizá él no lo crea así. Tal vez si le diéramos la opción de rendirse, respetando su vida y la de sus


hombres, acabaríamos rápidamente con el problema. —¿Un trato? La voz de Arnaldo Amalarico sonó como un siniestro susurro, un susurro surgido del fuego y el acero, inmisericorde, inhumano. Cuando habló, pareció no que despreciara la propuesta del monarca aragonés, sino que no la podía comprender. —En el Languedoc no hacemos tratos. Todo el que se desvía del verdadero camino debe morir. Todo el que se alza contra nosotros debe morir. Es una cuestión de supervivencia... Pedro miró fijamente a sus ojos sin alma, y sintió un escalofrío provocado por el desdén y la incomprensión. Quizá en aquellos ojos viera su futuro, viera que aquel hombre que hablaba de aniquilar sin compasión a sus enemigos fuera la razón por la que él habría de morir, solo un año después, en Muret. En cualquier caso, su voz sonó firme y seria al decir: —Nosotros somos hombres de honor, no carniceros. Hacemos la guerra, no matanzas. No queremos destrozar sádicamente a quienes podemos vencer por otros medios. El arzobispo de Narbona sonrió inocentemente, como si le hubieran contado un chiste, y respondió sin alterarse: —Por eso la mitad de vuestras tierras no os pertenecen. Monarca y clérigo siguieron mirándose desafiantes, y la situación se tornó tensa. Las palabras de Amalarico eran hirientes, pero nadie quería responderle, algunos por no empeorar las cosas, otros porque consideraban que no valía la pena. Al final, Rodrigo de Aranda retomó el debate, usando su tono más diplomático. —Indudablemente, lo mejor es tomar Calatrava al asalto. De todos los recursos que tenemos, hay uno que escasea y que no podemos recuperar: el tiempo. Recordemos que llevamos más de un mes de retraso en nuestras operaciones, y cuantos más días pasen más calor hará, dificultando nuestros pasos. Todos conocemos las altísimas temperaturas que sacuden estas planicies en verano, mucho mayores que las que ahora sufrimos. A mayor calor, más se cansan los hombres y las bestias de carga, y con más facilidad se corrompen los alimentos. No solo eso: en combate, los musulmanes se ven favorecidos, pues sus armaduras no son tan pesadas y se fatigan menos, mientras que para nosotros aumenta la probabilidad de sufrir bajas a causa del calor o deshidratación. No, no podemos estar en Calatrava más de una semana, diez días a lo sumo. Debemos encontrarnos con Al-Nasir antes de agosto. Puesto que dividir el ejército no es oportuno, y como


Calatrava no se rendirá sin lucha, debemos entrar en ella a cuchillo. No obstante... Y se detuvo, porque la siguiente parte de su discurso incluía la opción del trato con los musulmanes. Aquello era normal en España, pero a Amalarico le parecía inconcebible. Y aunque Rodrigo despreciaba a aquel hombre, no quería provocar con los ultramontanos mayores conflictos de los que ya había, al menos no hasta entrar en Calatrava. Una vez tomada y afianzado moralmente el poder del ejército cristiano, no le importaría verlos a todos arder en la hoguera. A pesar de lo que le había dicho al rey Alfonso en Malagón, sabía que los ultramontanos no eran imprescindibles, pero había que evitar su deserción hasta que la hueste tuviera un hecho innegable sobre el que basar su confianza. Viendo que su tono diplomático había conseguido expulsar relativamente la tensión, continuó: —No obstante, no es necesario conquistar toda la fortaleza. Don Ruy, que la conoce mejor que ninguno de nosotros, sabe que la zona norte es vulnerable. Ibn Qadis también lo sabe, e intentará compensar esta debilidad de la única forma que puede, con tropas. Pero esto es también lo único en que tenemos una clarísima ventaja sobre los moros: cada guerrero que nosotros perdamos es un duro golpe, pero para ellos es dramático. Haga lo que haga, Ibn Qadis está perdido, porque si concentra hombres en el norte para evitar que penetremos, una vez los hayamos matado no contará con suficientes tropas para intentar reconquistar la posición ni para defender el resto del castillo; si no los concentra en el norte, entraremos con mayor facilidad. El rey de Aragón ha hablado sabiamente al afirmar que el defensor de Calatrava sabe que no puede mantener su control indefinidamente, y llegará un momento en que podamos forzar su rendición sin necesidad de perder a cientos de hombres atravesando locamente el foso y escalando las murallas con garfios. Cuando la zona norte haya caído, estoy convencido de que Ibn Qadis se dará cuenta de que su posición es insostenible, y negociará para salvar la vida de sus hombres, lo que nos permitirá conquistar Calatrava, con el menor número posible de bajas, en poco tiempo. Una vez Rodrigo hubo terminado su razonamiento, el rey Alfonso hizo un gesto de aprobación. Miró a los demás hombres que se reunían en torno a él y vio que todos juzgaban acertadas las palabras de su consejero. Sonrió por dentro. La presencia de aquel hombre entre los suyos reforzaba su autoridad, pues demostraba que sabía rodearse de personas sabias y virtuosas. Finalmente, elogió: —Como es habitual en vos, don Rodrigo, habéis hablado con buen juicio. Rodrigo lo agradeció inclinando la cabeza. —Me parece —continuó el rey castellano— que este plan es el más acertado, al


menos por el momento y mientras las circunstancias no cambien. ¿A alguien no le satisface? Nadie dijo nada, pues todos estaban de acuerdo. El plan estaba aprobado, y Calatrava, sentenciada. El ejército almohade ya había abandonado Jaén y avanzaba hacia Las Navas. Las noticias del avance cristiano habían llegado, y todos conocían lo ocurrido en Malagón, y que Calatrava estaba bajo asedio. Contrariamente a lo que pudiera esperarse, esta última nueva había fortalecido los ánimos, sobre todo de los andalusíes. Para ellos, Ibn Qadis era un héroe casi mitológico, una figura exaltada hasta la leyenda y puesta al nivel del poderoso Almanzor. De algún modo, estaban convencidos de que sería capaz de retener al ejército cristiano hasta el otoño, o de desbaratar milagrosamente sus ataques causando terribles bajas a los cruzados. Los almohades se dejaban contagiar del ambiente eufórico de sus colegas andalusíes, lo que a su vez hacía disminuir la intensidad de su malestar. Todos, una vez atravesado el Guadalquivir y acercándose al campo de batalla, estaban más tranquilos, más animados. Ibn Wazir, por su parte, tenía una sensación extraña. Conocía a Ibn Qadis hasta el punto de poder decir que era su amigo. Le admiraba profundamente y era consciente de sus grandes cualidades militares, reforzadas por una actitud noble y una inteligencia natural para analizar las circunstancias, aprovechándose de las ventajas que pudieran otorgarle y minimizando sus aspectos negativos. Pero, precisamente porque le conocía, sabía que era un hombre, no el ser casi divino que la imaginación de los soldados estaba forjando. Un hombre extraordinario, pero hombre. Aun sin tener datos exactos sobre su posición, al noble le resultaba difícil creer que pudiera hacer todo lo que de él esperaban los ilusos guerreros. Con todo, aquella euforia era contagiosa, y luchaba por abrirse camino en su espíritu pesimista. Al fin y al cabo, si los almohades habían entregado a un andalusí, en los que generalmente no confiaban demasiado, la defensa de un puesto tan sensible era porque su habilidad estaba por encima de rencillas y políticas. Ibn Qadis no podía destrozar al ejército cristiano, pero quizá ellos se suicidaran contra él guiados por un odio ciego, sufriendo demasiadas bajas. La Orden de Calatrava no abandonaría hasta reconquistar su primer hogar o perecer hasta el último de sus miembros, y quizá pudiera darse la segunda opción. O a lo mejor los reyes cristianos, temiendo sufrir una sangría, mantuvieran el asedio agotando sus víveres, teniendo incluso que renunciar a continuar la ofensiva y sufriendo un descrédito internacional por no poder terminar la cruzada que tan minuciosamente habían planeado...


A veces, al terminar la marcha y mientras la noche descendía en suave planeo sobre los campos andaluces, Ibn Wazir se abandonaba a estas divagaciones, planteándose todos los supuestos que pudieran darse en el asedio, todos sus posibles finales, y en qué manera afectarían a una y otra hueste. No era más que un puro ejercicio intelectual, pues no sabía lo que estaría pasando, pero le ayudaba a mantener su mente ocupada, aislándole de la melodía de la batalla, que desde la caída de Malagón se había hecho más perceptible, más intensa. En ocasiones, las conclusiones a las que llegaba le daban esperanza, pero procuraba rechazarla porque no tenía una base real sobre la que asentarla, y sabía que la esperanza, aunque fuera pequeña como un grano de mostaza, era de cristal y desgarraba al romperse. Finalmente, una tarde recordó la verdad. Siempre la había sabido, pero el cacareo de los necios le había hecho olvidarla: Ibn Qadis no vencería. Ibn Qadis, en realidad, no había vencido nunca. Era Alá quien había triunfado usándole a él como instrumento, porque él estaba destinado a vencer. Lo que sucediera en Calatrava no dependía de la voluntad de los cruzados ni de la de Ibn Qadis. Dependía únicamente de Alá, y sucedería únicamente lo que él determinara. Recordar eso le había reconfortado, calmando sus elucubraciones y silenciando sus inquietudes. O al menos, eso quería creer él. Pues, en el fondo, por debajo del silencio seguía cantando la desesperanza. Había caído la noche del 29 de junio. Desde el campamento cristiano, Calatrava se percibía como un pequeño faro en medio de la noche: la luz de las hogueras quedaba atrapada en el agua del foso, que a su vez la devolvía a los muros de la fortaleza, tiñendo las piedras de un dorado espectral, ultraterreno. En aquella hora de oscuridad, el castillo parecía onírico, una promesa que brotara desde lo profundo del sueño. Roger no dormía aquella noche, como tantas otras desde que saliera de Toledo. Tenía su vista fija en Calatrava, analizando el baile que las llamas reflejadas en el foso creaban en sus muros. Le parecía extraño que una construcción tan sólida pudiera, bajo aquel efecto, parecer tan etérea. En realidad, pensaba, todo era así de ilusorio. Cuando las cosas se miraban a través de una hoguera ardiendo en la noche, todo era humo. La cruzada, la Reconquista, los reinos de España, el imperio almohade, cada una de las batallas y guerras que durante siglos, milenios incluso, desembocaban en ese lugar en aquel momento... todo humo. Y lo peor era que nadie más que él podía sentirlo. Roger tenía la impresión de ser el único cuerdo en un océano de locos, el único que podía ver que todo lo que estaba sucediendo era un estúpido baile demencial en que los únicos vencedores


serían los cuervos. Trescientos mil hombres iban a crear un río de sangre, pero sus huérfanos y viudas no podrían beberla, y el Dios por el que iban a morir no consolaría a las madres cuyos hijos se convertirían en cadáveres expuestos al terrible sol andaluz. No habría gloria porque iban a luchar por algo inexistente, por un palacio que no era mármol ni alabastro, simplemente humo. Al día siguiente se asaltaría Calatrava. Los aragoneses, junto con los ultramontanos de Valenciennes y los enfervorizados calatravos, participarían en el ataque que tenía por objetivo conquistar dos de las torres de la zona norte. Roger se había ofrecido voluntariamente a participar en el asalto, pues deseaba que todo lo que le envolvía llegara a su fin. No le importaba morir, porque la muerte se le aparecía como la única escapatoria de la cárcel en que se hallaba. Y tal cárcel se manifestaba en una atmósfera inevitable, un latido soterrado que palpitaba en sus venas y hacía mella en su cordura. La música de la batalla era fuerte, y él también la notaba. Los muertos susurraban el resultado de la guerra, pero él no podía oírlo. Y por encima de todo flotaba el salino aroma del mar. Tenía que acabar con todo aquello. Cuanto antes, antes de que él mismo sucumbiera a la locura que se había adueñado de España. Alfonso se encontraba haciendo guardia. Procuraba mantenerse tranquilo, acallar el rugido que se desataba en su corazón ante la vista de su perdido hogar, pero no podía. Desde que llegara a Calatrava estaba en tensión constante. Todos sus sentidos, su alma, le gritaban que entrara en combate, aunque su férrea disciplina lograba desoírlos, no callarlos. Recordar todo cuanto había perdido y saber que estaba al alcance de su mano recuperarlo le sumía en un estado de impaciencia que solo gracias a su veteranía podía calmar. Mientras observaba la fortaleza, vio cómo el maestre de su orden se acercaba a él, seguido por un escudero que portaba una bandeja, donde reposaban una jarra y dos austeras copas. Don Ruy Díaz de Yanguas le saludó: —El Señor os guarde, fray Alfonso. —Y a vos, fray Ruy. —¿Hay movimientos en Calatrava? Alfonso negó con la cabeza. —Nada, señor. Tranquilo como un cementerio. El maestre sonrió tristemente y dijo: —Pronto será un cementerio.


El escudero había terminado de servir el contenido de la jarra, que resultó ser vino, en las copas. Don Ruy las cogió y le dio una a Alfonso. —Bebed, hermano. Esta es la sangre que Cristo derramó por nosotros, y la que nosotros derramaremos por Él. Ambos bebieron. El vino era fuerte, joven, y Alfonso bebió poco porque había ayunado todo el día, y temía que le turbara sus sentidos y dificultara su labor de vigilancia. Al rato, el maestre volvió a hablar: —Como sabéis, mañana se asaltará Calatrava. —Alfonso asintió mientras miraba fijamente a don Ruy, que continuó—: Se ha acordado que entremos acompañando a los ultramontanos y a los aragoneses. Debemos rendir dos torres de la zona norte para forzar la rendición de los moros. Como es lógico, el peso de la ofensiva recaerá fundamentalmente sobre nosotros. Concretamente, sobre vos. El veterano no hizo ningún gesto, pero en su interior se sintió sorprendido y esperanzado. Su inactividad iba a terminar, por fin podría entrar en combate y liberar la ira que anidaba en su pecho. —Vos —siguió el maestre— lideraréis a los calatravos que mañana al atardecer penetrarán en la fortaleza. Seréis el primero de nuestra orden en poner pie en Calatrava desde que la perdimos, hace diecisiete años. Alfonso miró al suelo, aunque en realidad estaba observándose a sí mismo. Con humildad, dio las gracias a Dios por haber sido elegido para librar un combate tan crucial, no solo para la orden, sino para toda la cruzada, y después volvió a mirar a los serenos ojos de su maestre. —Yo no merezco tal honor —le dijo. Ruy Díaz de Yanguas sonrió y respondió: —No, no lo merecéis. Ninguno de nosotros merece recuperar lo que por nuestros fallos perdimos. Pero alguien tiene que hacerlo, y sé que obraréis bien. Alfonso hizo un gesto de asentimiento, y dijo: —Gracias por la confianza que depositáis en mí. Aunque soy indigno de ella, no os defraudaré. Ambos se despidieron, y el veterano volvió a contemplar Calatrava. Sus pensamientos, no obstante, eran muy distintos de los que tenía antes de entrevistarse con el maestre. La ciudadela era ya el primer escalón en su camino de redención, en el vía crucis en que confiaba purificar todos los pecados que había cometido, todas las derrotas que no había podido evitar. Era como un templo, un altar donde, quizá, pudiera volver al origen, antes de Salvatierra, antes de Alarcos.


Un lugar donde las heridas de su pecho por fin cicatrizarían y podría comenzar de nuevo. Calatrava era el primer paso, solo el primero, y él lo sabía. Pero, como Jacob, había vislumbrado la escalera. La llegada del sol fue como la orden de un general. Al amanecer del día 30 de junio, el ejército cristiano comenzó la ofensiva. Los elegidos para abrir brecha en Calatrava no entraron en ese momento. Su intervención estaba planificada para que tuviera lugar por la tarde. Mientras tanto, el resto de las tropas se dedicó a atacar la fortaleza arrojando piedras y flechas con ánimo de matar a cuantos pudieran parapetarse tras las almenas y disuadir a los demás de hacerlo. La intensidad del ataque fue terrible y, aunque no causara muchas bajas, tenía a los defensores en tensión. Por otra parte, ese mismo fuego serviría de cobertura para el posterior asalto a las torres, dificultando que los musulmanes que las defendieran recibieran refuerzos. Así como el nacer del sol significó el inicio del hostigamiento, su rojizo declinar indicó que el verdadero ataque comenzaba. Y los cruzados penetraron en la fortaleza. Alfonso detuvo con la espada la acometida de un musulmán, y con un rápido movimiento se situó en su costado derecho. Entonces le dio un potente golpe con su escudo, que abrió una brecha en la cabeza del defensor y le dejó atontado. El calatravo no tuvo más que colocar la espada en su cuello y cortarlo. Eran pocos los monjes que tomaban parte en el asalto, pero no se necesitaban más. La mayoría eran jóvenes que no habían entrado en batalla, con la intención de que se curtieran, aunque luchar en un edificio no era lo mismo que harían en Andalucía. No obstante, así podrían templar sus nervios y sentirse cerca de la muerte, algo que por primera vez experimentaban, aunque desde ese momento pasaría a ser una constante en sus vidas. Uno de los jóvenes estaba siendo acorralado por los furiosos envites de un defensor. Alfonso corrió hacia él y hundió la espada en su cadera. El mahometano cayó de rodillas al suelo, sorprendido, y Alfonso le decapitó. La intensidad de la lucha era trágica. Los musulmanes resistían con fiereza intentando expulsar a los invasores de las torres, pues sabían que, si las conquistaban, la defensa de la fortaleza sería virtualmente imposible. Los calatravos, por su parte, estaban imbuidos de un ardor combativo extraordinario, incluso para tropas tan feroces como ellos. Llevaban casi dos décadas


preparándose para ese momento, y su rabia era tal que cargaba todos sus golpes con una fuerza demoledora, y agilizaba sus movimientos, obligando a los andalusíes a concentrarse enormemente en el combate y a ignorar las heridas que sufrían, pues un segundo de distracción era la muerte. Alfonso vio cómo, a su lado, uno de los calatravos caía con la pierna atravesada por una lanza. El musulmán había desenvainado su espada y estaba listo para rematar al caballero, así que el veterano se lanzó a por él. El andalusí se dio cuenta y cambió el destino del golpe, que murió en el escudo de Alfonso. Con un movimiento rapidísimo, fruto de la experiencia por saber adónde se dirigiría el golpe de su enemigo, atacó el brazo del contrario. No lo cortó, pero destrozó los tendones y le impidió seguir combatiendo. La espada cayó al suelo, y poco después lo hizo su dueño, malherido por la estocada que el cruzado le había asestado en la boca del estómago. Como si el fervor de los musulmanes se viera inflamado por el sol, la resistencia decaía a medida que este se posaba. Los defensores combatían con la misma fiereza que los calatravos, pero su entrenamiento y equipo eran muy inferiores a los de los invasores, lo que desnivelaba la balanza. Pocos cruzados habían caído muertos o heridos, mientras que, a cada instante, más mahometanos abandonaban la tierra. La situación era insostenible y los andalusíes se fueron retirando ante la acometida de los cristianos, hasta que finalmente abandonaron la torre. Alfonso gritó a sus hombres que no les persiguieran. Debía mantener la posición ganada. Entonces se encargó de examinar el estado de sus hombres. La mayoría estaban cansados y tenían heridas superficiales, pero no era nada grave. Algunos sí tenían lesiones serias, y unos pocos, muy pocos, habían muerto. Vio a un joven de unos veinte años con la garganta atravesada por una lanza, y a otro con la cabeza partida bajo su casco por un mazazo. Lamentaba terriblemente sus pérdidas, pero, al fin y al cabo, pensó, ellos ya estaban disfrutando del descanso de los justos. Habían caído con honor, luchando por su fe. No podía haber mayor gloria. Los demás caballeros, por su parte, lo miraban todavía con mayor reverencia que antes. No tanto los viejos, pues le conocían y sabían de lo que era capaz, pero sí los nuevos, que le observaban como si Santiago, el Hijo del Trueno, caminara entre ellos. Él había matado a muchos enemigos, se había multiplicado para estar allá donde el ímpetu decayera, impidiendo que los defensores pudieran conseguir una situación ventajosa. Después de verle combatir, los jóvenes le admiraban aún más, pues luchaba con una destreza y habilidad incomparables. Alfonso miró a su alrededor. En los rostros de los calatravos comenzaba a prender, lentamente, la alegría. Aquello había sido una lucha menor, pero era la primera de la cruzada y habían vencido. De nuevo habían puesto pie en su hogar y


controlaban parte del mismo. Una parte insignificante, pero era el primer paso. Pronto Calatrava caería, y el oprobio sufrido sería vengado. Por fin podrían enterrar a sus muertos. A pesar de que la violencia del combate aún anegaba las miradas de los frailes, poco a poco la sustituía una grata paz. Vigilante, tensa, pero paz. —Hermanos míos —dijo Alfonso—, hemos combatido bien. Demos gracias a Dios porque nos ha dado fuerzas para vencer en este día, y oremos por los hermanos que han entregado su vida a los cielos. Los monjes rezaron una breve oración. Por primera vez en diecisiete años, el nombre de Cristo era invocado entre los muros de la fortaleza. Una vez hubieron terminado, Alfonso pidió a uno de los veteranos que le habían acompañado el estandarte que les había sido encomendado. Estaba ensangrentado por el combate, pero se percibía claramente la cruz negra de Calatrava sobre el fondo de blanca pureza. Alfonso sonrió y tocó el pendón con reverencia, con una delicadeza que contrastaba con la fría cota de malla que cubría sus manos y la implacable fiereza que había mostrado en combate. —Ahora, hagamos saber a nuestros enemigos que hemos vuelto —dijo, sin dejar de sonreír—. Que hemos vuelto, y que ya no podrán echarnos. Desenrolló el estandarte y lo plantó en la parte más alta de la torre. El último destello del sol lo atravesó como una saeta de fuego. La sobriedad de los monjes cedió al entusiasmo, y un tremendo griterío surgió de sus filas. La música de la batalla crecía y reforzaba la hermandad entre ellos, porque cada latido de su corazón era una nueva nota añadida a la melodía, un golpe en la piel del tambor que se aceleraba. Calatrava estaba herida de muerte. —¡Los cristianos han entrado! ¡Ya están aquí! Ibn Qadis miró a las torres donde se había producido el ataque. Sabía que habían sido tomadas, pero el efecto psicológico de ver las insignias enemigas dentro de los muros era devastador. Especialmente terrorífica era la de la Orden de Calatrava. La cruz negra, ensangrentada, transmitía un claro mensaje: los monjes habían vuelto, y algunos habían perecido intentando reconquistar su casa. Ya no había marcha atrás, no para ellos. No se detendrían hasta triunfar o desaparecer por completo. El caíd sabía que no estaba en su mano contrarrestar el ataque. Podía intentar que lo inevitable se retrasara, pero eso supondría la total aniquilación de sus


hombres, y el castillo caería de igual modo. No era una cuestión de tiempo, sino de vidas. Y ningún general debía enviar a sus hombres a la muerte si no podía obtener un beneficio de ello. A pesar del griterío y el desorden, el defensor de Calatrava logró concentrarse en sus pensamientos. Con una precisión y meticulosidad adquirida de jugar al ajedrez, comenzó a repasar cada uno de los movimientos que podía hacer y las consecuencias que tendrían. Sus dos torres habían desaparecido, lo que limitaba enormemente su capacidad de resistencia. Los cristianos ya tenían un punto sobre el que asentarse, se había abierto una brecha en la presa que evitaba que setenta mil hombres entraran a saco en la ciudadela. No podían ser contenidos, así que la posibilidad de vencer, siempre tenue, había desaparecido con el sol. Solo restaba ver cuál era el mejor modo de acabar. Ibn Qadis no temía a la muerte, pero le disgustaba si era inútil. No le importaba morir en combate, pero era una idiotez hacerlo en uno perdido de antemano. Ni siquiera serviría para estimular al resto de las tropas que aguardaban más allá de las montañas: la épica historia del defensor de Calatrava, asesinado con la espada en la mano sobre una montaña de cadáveres enemigos, solo desmoralizaría a los musulmanes a los que había hecho concebir vanas esperanzas y enardecería a los cristianos, que por fin verían rodar por el polvo la cabeza de su odiado enemigo. No, era mejor intentar salvar la vida, sobre todo la de sus soldados. A una orden suya, todos se habrían despedazado contra las armas cristianas. Pero harían eso porque sabían que él no les fallaría, y mandarles a una muerte inútil era el fallo más grave que podía cometer. Miró de nuevo el estandarte de Calatrava. La cruz negra le observaba, se clavó en él como una flecha, y el caudillo sonrió con la misma desesperación del Apóstata cuando los sasánidas le asaetearon. —Vinciste, Galilei. Roger estaba vivo. Cansado y con varios cortes superficiales, pero vivo. Aunque hubiera deseado morir, no era tan imbécil ni estaba tan desesperado como para malgastar su vida inútilmente, por lo que había combatido bien, esperando que algún defensor estuviera a su altura y le atravesara el corazón, dándole una muerte honorable, la muerte que había deseado miles de veces bajo las estrellas. No había tenido suerte. El combate había sido duro, y muchos habían sido asesinados en ambos bandos. El hedor a muerte era insoportable. El noble sentía ganas de vomitar, no por la crudeza de la escena, sino por el clima inhumano de salvajismo que se respiraba.


En especial los ultramontanos se habían comportado como animales, matando con un placer malsano. Pocos de ellos sabían aplicar el honor a la guerra. La mayoría no eran más que asesinos que se deleitaban descuartizando a los enemigos como si fueran vacas. En cierto modo era lógico, pues solo se habían unido a la cruzada los más sanguinarios, pero aquello sobrepasaba todo límite. El escenario del combate era horripilante, una imagen que Roger sabía que no podría olvidar. Había salido a la parte superior de la torre, parapetado tras las almenas, para respirar algo de aire no contaminado, pero aquella pestilencia se había adherido a sus fosas nasales, y constantemente veía las dramáticas imágenes de la matanza en su mente. De nuevo volvió a él el recuerdo de su mujer. El contraste entre su beatífica pureza y lo que acababa de ver le pareció extraordinario, y dudó de que ambas cosas pudieran pertenecer al mismo mundo. Pero no sabía si la masacre era la tierra y ella el cielo, o ella la tierra y la masacre el infierno. Y si ella era el cielo y la matanza el infierno, ¿dónde quedaba la tierra? Eran pensamientos un poco vacíos, lo sabía, pero necesitaba aislarse del horror. A su alrededor escuchaba el griterío de los musulmanes. Creían estar asustados, o inquietos, pero no sentían nada en comparación con el invisible temor del catalán. Él había visto el rostro del abismo. Y el abismo le había bendecido. Roger se sorprendió cuando descubrió en las voces de los musulmanes cierta cadencia, un atisbo de tonalidad. No podía estar escuchando eso, pero parecía un cántico, un cántico estridente, desquiciado. Sonaba como si espadas rasgaran el cristal, como un zumbido de moscas errantes, una sierra cortando madera. No tenía sentido, y los mahometanos no lo estaban haciendo, pero el caballero sabía de dónde procedía. Era la música de la batalla, cacofónica, incomprensible. Un presagio inevitable. En el campamento cristiano, a pesar de la victoria, los ánimos no estaban tranquilos. Algunos, aunque reconocían el mérito del triunfo, no lo juzgaban suficiente para poder doblegar Calatrava si Ibn Qadis se decidía a resistir, al menos no sin que el sacrificio fuera demasiado grande. Entre los que no se hallaban dispuestos a continuar el avance sin que la ciudad fuera tomada, unos esperaban que los musulmanes propusieran una rendición que fuera aceptable, y otros insistían en barrer a la guarnición hasta el último hombre. Aquella noche, los mismos que habían planeado el ataque, reunidos en la tienda del monarca castellano, analizaron la situación. A petición del rey Alfonso, Diego López de Haro explicó la posición en que se


hallaba el ejército cruzado: —Tal como esperábamos, nuestro ataque ha tenido éxito y ahora controlamos las dos torres. No hemos sufrido demasiadas bajas, pero quizá sí más de las que pudiéramos prever, pues la resistencia mora ha sido fuerte. Ellos, aunque han sufrido cuantiosas pérdidas, siguen en condiciones de entorpecer gravemente posteriores ofensivas. —¿Cuánto tiempo creéis que podrán resistir si seguimos presionando? —preguntó el monarca castellano. Se produjo un instante de silencio, acompasado por el chisporrotear de las lámparas que alumbraban en un baile de claroscuros la sala, hasta que el señor de Vizcaya respondió: —Me imagino que aún podrían luchar una semana más, diez días quizá. El arzobispo Ximénez de Rada dijo entonces: —Es demasiado tiempo. Si resistieran diez días no saldríamos de aquí hasta el 10 de julio, y con lo que debemos invertir en recuperar Alarcos, Salvatierra y demás fortalezas no llegaríamos a encontrarnos con Al-Nasir antes de agosto. Quizá debiéramos levantar el sitio. El rostro del maestre de Calatrava, al oír esto, se contrajo en una mueca de dolor, y dijo casi gritando: —Hermanos de mi orden han perdido la vida hace pocas horas asaltando Calatrava. No permitiré que su sacrificio sea vano. Los calatravos no nos retiraremos hasta que la santa cruz corone de nuevo los torreones de la fortaleza... y si no podemos conseguirlo, nos uniremos a los que hoy han caído. —Repetiré lo que dije la otra noche —terció Pedro—. ¿De qué le servirá a Ibn Qadis resistir cinco, siete, diez días? A la larga, su destino si no cede el mando de la plaza es la muerte. Para él, es una lucha ya perdida. Su posición era difícil antes de que abriéramos brecha, y ahora es indefendible. Deberíamos forzar su rendición, si es que no la proponen ellos mismos. —Si yo fuera su general —dijo lúgubremente Amalarico—, resistiría hasta el último hombre. La muerte es preferible al deshonor y al destino que me aguardaría tras ella. «Pero vos sois un bárbaro —pensó Rodrigo de Aranda—, un bárbaro a quien no le importa nada la vida de sus soldados». Se sorprendió al ver que estaba pensando mejor de un enemigo musulmán que de un correligionario, pero era lógico. Para él, la religión de Ibn Qadis era tan blasfema como el fanatismo de Amalarico, pero el primero, al menos, era un hombre honorable. Tras estos


pensamientos, argumentó: —En realidad, no obtendríamos ningún beneficio de continuar la lucha. No solo perderíamos más hombres, hombres que necesitaremos cuando llegue el combate de verdad, sino que la fortaleza quedaría arrasada. La Orden de Calatrava recibiría un hogar en ruinas, y no creo que estén dispuestos a ello. Miró a Ruy Díaz de Yanguas, quien negó con la cabeza. Había sido un movimiento hábil por parte del consejero. Sabía que el maestre calatravo era un hombre sensato que no estaba dispuesto a prolongar inútilmente el combate si se podía llegar a una tregua, pero también sabía que Amalarico no pensaba lo mismo. El arzobispo de Narbona tenía la vaga impresión de que, siendo ambos clérigos, sus opiniones coincidirían, y el apoyo del maestre a la idea de Rodrigo le demostraría que esta igualdad de condición no era suficiente para que el calatravo apoyara sus delirantes principios. —Entonces... ¿creéis que Ibn Qadis aceptaría una rendición? —preguntó el rey Alfonso. —Debemos intentarlo —respondió Rodrigo—. Si no queda más remedio, aniquilaremos a la guarnición, pero en la medida de lo posible es mejor evitar una lucha que nos haría sufrir mayores pérdidas para lograr el mismo objetivo que mediante un acuerdo. El consejo siguió durante un tiempo, al término del cual cada uno volvió a sus tiendas. En la del monarca castellano, no obstante, permanecieron el rey de Aragón y Rodrigo de Aranda. Pedro dijo entonces al consejero: —Vos sabéis que los ultramontanos no aceptarán el trato. Rodrigo se mesó la barba lentamente, y después respondió: —No, no lo aceptarán. Les parece algo contra natura. Para ellos, no puede haber pactos entre leones y corderos, y nosotros somos los leones. Pero los moros no son corderos, y no podemos masacrarlos como tales. En batalla, destruiremos a cuantos sea necesario, pero si se rinden no podemos matarlos. Porque son hombres, no corderos. Y contrariamente a lo que se ha dicho, sí puede haber pactos entre leones y hombres. —Todo eso es cierto —dijo Pedro—, pero lo que me interesa es saber cómo creéis que reaccionarán. Rodrigo suspiró y contestó: —Imagino que intentarán hacer la guerra por su cuenta y matarles. Supongo que argumentarán que, puesto que ellos no aceptan la rendición, siguen estando en guerra y están legitimados para combatir. Y esto no deja de ser legalmente cierto,


pero si en nuestro acuerdo de rendición garantizamos, como es habitual, que la guarnición podrá abandonar la fortaleza sin que sus vidas sufran daño, habrá que hacer valer nuestra palabra incluso contra los transpirenaicos. Y aun en el supuesto de que no se pactara nada al respecto, deberíamos defenderles igualmente por honor. Porque nuestro honor nos impide ver cómo se asesina a guerreros desarmados. Los monarcas asintieron en silencio. Episodios como el de Malagón no debían repetirse, porque desvirtuaban totalmente la pretensión de santidad de la cruzada. Era una situación extraña. Cristianos y musulmanes habían cometido auténticas atrocidades durante los siglos de la Reconquista. Los ulemas subían a orar a los montículos hechos con las cabezas cortadas de los enemigos, y los cristianos habían convertido la zona del Duero en un desierto sin vida alguna al inicio de la Reconquista. Pero nada de aquello era odio. Llevaban demasiado tiempo combatiendo como para odiarse, y eran demasiado distintos para amarse. Ambos sabían que la guerra centenaria solo podría acabar con la desaparición de uno de los dos, y ambos se respetaban porque solo los hombres honorables ceden su vida a un alto ideal. Y ese respeto era tan recto como el filo de una espada. La hueste navarra se encontraba ya tras los pasos que había seguido la cruzada, a pocos días de marcha de Calatrava. Su avance había sido rápido, si bien eso no les había costado demasiado porque eran pocos los hombres reunidos bajo el pendón del rey. Doscientos caballeros, junto con sus séquitos, formaban la fuerza que Navarra aportaba a la ofensiva, una tropa reducida pero poderosa. A medida que avanzaban, sus integrantes se daban cuenta de que iban a participar en algo cuyas dimensiones se les escapaban. Los caminos y los restos de los campamentos en que habían hecho noche castellanos y aragoneses mostraban que iban siguiendo la derrota de una horda como nunca antes se hubiera visto en la Península. Si los rumores eran ciertos y los almohades verdaderamente triplicaban en número a los cristianos, la cantidad de hombres que iban a luchar en Sierra Morena sería incomparable. Los navarros representarían un porcentaje mínimo entre tanto combatiente, pero no habían recorrido tan largo camino para otra cosa que no fuera la gloria. Para el joven Íñigo, todo lo que veía le parecía una alucinación, como una ensoñación de la que apenas podía considerarse partícipe, simplemente un mero espectador. Él estaba acostumbrado a pequeñas peleas y a ejércitos que casi nunca llegaban al millar de hombres. No sabía con qué se encontraría, y ni siquiera era capaz de imaginárselo. A veces, en las puestas de sol, le parecía ver una inmensa hueste en el horizonte, recortándose las cruces y los pendones contra la hoguera del atardecer, como si el fuego brotara de ellos mismos. Pero ni así conseguía


formarse una idea de lo que estaba por venir. Notaba que incluso Alonso, curtido en muchas batallas, se asombraba al ver los restos del ejército al que perseguían. No decía nada para no inquietar a Íñigo, pero el joven sabía que también él estaba impresionado. Que ninguna de sus previsiones sería cierta porque nadie nunca había vivido una cosa semejante. Del mismo modo, el paisaje castellano sobrecogía el ánimo del noble navarro. Todo era muy distinto de sus montañas y sus verdes valles. Allí, la vastedad del páramo se le presentaba como un enigma, como un desafío. Mientras que en Navarra se sentía protegido a la sombra de los árboles y las cumbres, en Castilla no había nada a lo que se pudiera aferrar. Solo latía una pregunta, una pregunta cuya respuesta era terrible y marchaba a pocos días por delante de ellos. Aquel páramo era la explicación de la profunda religiosidad de los castellanos. Entre la tierra y el suelo solo estaban ellos, abrasados por un calor infernal o cortados por ráfagas de viento helado. Y ellos, la creatura, sirviendo de enlace entre el Creador y la Creación. Sí, en aquella tierra Dios había hablado, y los castellanos habían tatuado su mensaje en la roca durante siglos. Íñigo no sabía si el resto de la expedición sentía lo mismo. Él era el más joven, y por eso y por la importancia de su linaje en la nobleza navarra todos le trataban muy bien. Especialmente el rey Sancho, le había acogido con entusiasmo. Su padre y el monarca habían sido muy amigos, y el segundo estaba muy contento de poder contar con uno de sus descendientes. Esto le situaba en la obligación de estar a la altura de su padre, algo que a veces le asustaba, pero también le servía de estímulo por considerarlo un honor. Además, el rey le facilitaba las cosas. Era un hombre titánico, altísimo, y su fuerza, haciendo honor a su apodo —el Fuerte—, era hercúlea. Pero también tenía buen carácter, alegre y jovial. Trataba bien a sus hombres y se preocupaba por ellos, ayudándoles en lo que pudiera y debiera. Bajo el mando de un hombre así, Íñigo se sentía más tranquilo. Todavía recordaba la conversación que habían tenido en Pamplona, poco antes de iniciar la marcha hacia el sur. Íñigo se había presentado a su rey, y él le había preguntado: —¿Sois vos el hijo del conde Fernán Íñiguez? —Yo soy, mi señor. El rey había sonreído y le había dicho: —Vuestro padre era un gran hombre. Fuimos buenos amigos, y lamenté su muerte. Me alegra que un descendiente suyo haya acudido a mi llamada. —Es un honor para mí combatir allá donde me reclaméis, mi señor. Mi padre hubiera hecho lo mismo y ahora yo actuaré como él hubiera hecho. Intentaré serviros tan bien como él.


Sancho el Fuerte había agradecido las palabras inclinando la cabeza. —Os lo agradezco. Tened por cierto que, por mi parte, os ayudaré en cuanto sea menester. Por eso cabalgaba hacia el sur, por eso atravesaba el páramo. Sabía, en cierto modo, que aquella devastada planicie era nada más que la pregunta, y que la respuesta la hallaría en Andalucía, en el campo de batalla. La respuesta que le diría si estaba a la altura de lo que debía ser, de lo que quería ser. —¡Calatrava se rinde! ¡Calatrava se rinde! El campamento cristiano despertó el primero de julio con la noticia. A casi todo el mundo le sorprendió. Si bien esperaban que la fortaleza acabara en sus manos, pocos pensaban que la claudicación viniera por iniciativa musulmana. Al menos, no tan pronto. Ibn Qadis se jugaba la vida con esa decisión, pues no sería extraño que los almohades le encerraran o le decapitaran por rendir la plaza. Había preferido salvar la vida de sus hombres antes que la suya. Un último acto de nobleza. Con todo, era evidente que los mahometanos no iban a abandonar Calatrava sin más, solo a cambio de ciertas garantías. Los defensores aún tenían suficientes fuerzas para oponer una tenaz resistencia y hacer pagar a los cristianos la conquista, por lo que estaban en posición de poner condiciones a su capitulación. Pedían que se respetaran sus vidas y que les permitieran salir llevándose sus caballos. A cambio, Calatrava. No era un mal trato. Entre las tropas cristianas, no todos lo veían claro. Algunos, sobre todo los ultramontanos, seguían pensando que sería mejor pasar a toda la guarnición a cuchillo, como aviso para el resto de los musulmanes de lo que debía pasar. El rey Alfonso, creyendo que la oferta de rendición encubría una mayor debilidad de la que hubiera supuesto en los defensores, tampoco se decidía a aceptar el acuerdo, pues una parte de él le decía que podía aplastar a la guarnición sin demorarse tanto como hubiera creído y sin sufrir tantas bajas. No obstante, las voces a favor de aceptar el trato eran más fuertes y, sobre todo, más sensatas, por lo que acabaron prevaleciendo. Una vez se hubo acordado la entrega de Calatrava, con las condiciones que habían pedido los musulmanes, el rey Alfonso hizo llamar a don Diego López de Haro y le ordenó: —Reunid a vuestros guerreros y escoltad a los defensores hasta que estén fuera de la ira de los ultramontanos. No quiero ver de nuevo algo semejante a lo de Malagón.


Una vez más, Calatrava era cristiana. El sol poniente teñía de melancolía el cabizbajo andar de los musulmanes que abandonaban la ciudadela, reflejándose en las lágrimas que algunos derramaban por haber sido incapaces de defender el lugar que amaban. La espectral luz envolvía todo en un manto onírico, como si aquellos hombres no fueran tales, sino los fantasmas de algo que acababa de morir y no resucitaría. Ibn Qadis encabezaba la marcha, e intentaba no mirar atrás. Sabía que su decisión era la más racional. Al igual que a la mayoría de sus hombres, le habría gustado morir en los muros de la plaza que le había sido confiada, pero su deber era liderar a los soldados y hacer lo que fuera mejor para ellos independientemente de lo que desearan. Su razón sabía que era así. Pero no miraba atrás por temor a desmoronarse, a que un dolor aún mayor del que ya sentía le fulminara allí mismo, a la vista de sus guerreros y de los cristianos que junto a ellos cabalgaban. No podía perdonarse por lo que había hecho, aunque supiera que era lo que debía hacer. No podría perdonarse en lo que le quedase de vida. Aunque, afortunadamente, pensó, «en lo que le quedase de vida» no sería demasiado tiempo. Había comprado la vida de sus soldados con la suya, y los rojos ríos que el sol hacía nacer de la tierra se lo recordaban. E intentaba no mirar atrás... Observó a los cristianos que les acompañaban para entretener su mente y desviarla del sufrimiento. Había algo extraño en ellos, una sombra, o quizá un destello, algo que nunca antes había visto. Era imposible de explicar. Quizá ni siquiera los mismos cristianos fueran conscientes de ello. Tal vez esa percepción era un instante de lucidez que le otorgaba Dios, ahora que iba a morir. Fuera lo que fuera, se dio cuenta de que todo había cambiado, y no había marcha atrás. Aquel sol poniente, el maldito sol que lo inundaba todo, era el último lamento del Islam en España... pero luego pensó que lo único que quería era justificar su propia derrota, y desechó tal pensamiento. Entonces miró atrás. Calatrava ardió en él como una hoguera que le atravesara las entrañas. Por un instante su respiración se cortó y todo su cuerpo se tensó reprimiendo la agonía. Aun a sabiendas de que le mataría, grabó en su memoria cada detalle de la fortaleza que no volvería a ver, cada torre y cada almena. Vio cómo un guerrero lo observaba desde las murallas. No estaba seguro, pero creyó divisar en su pecho la cruz negra de los calatravos. Esbozó una sonrisa que parecía esculpida por un puñal. Los cristianos habían vencido y ellos habían perdido. Nada cambiaría ese


hecho. Recordó una canción que había oído hacía años en Jaén, y que hablaba de un hombre que había amado con desesperación al viento. Como era lógico, no había podido poseerlo, y el amante del viento había muerto tras haber malgastado toda una vida persiguiendo un imposible. Hasta ese día, pensaba que no podía haber mayor dolor. Pero viendo cómo Calatrava se alejaba de él, se daba cuenta de que no era así. Amar al viento era una estupidez, pero él había perdido la piedra. Él había perdido una realidad, la realidad que lo sustentaba todo, y no volvería jamás. El sufrimiento se hizo tan profundo que solo pudo sonreír. A medida que observaba el lento caminar de la columna musulmana, Alfonso, erguido sobre las murallas de su hogar, sentía que una extraña sensación de paz le embargaba. Ya había olvidado cómo era aquel sentimiento, o si lo había llegado a experimentar alguna vez. Era como si todas las piezas de un rompecabezas por fin encajaran, como si la llave finalmente hubiera entrado en la cerradura. El desasosiego que había guiado todos y cada uno de sus actos durante diecisiete largos años desaparecía lentamente. Pero su lugar no lo sustituía la euforia. Sabía lo que era eso, el éxtasis de derrotar al enemigo en combate, de desviar las lanzas y clavar la espada. Tampoco era orgullo. Era, sencillamente, tranquilidad. Poder mirar a su alrededor, dentro de sí, y sentir que todo estaba donde debía estar, como debía estar. Vio a Ibn Qadis mirar atrás. No le envidió. Él conocía el terrible dolor que debía estar experimentando el musulmán, el mismo dolor que a él le había forjado desde Alarcos. Perder el hogar era algo terrible, aunque desafortunadamente común en España. Todo giraba en torno a eso. Hacía quinientos años que los mahometanos habían desembarcado en España para construir una nueva casa, la casa que los visigodos se habían negado a perder y que sus herederos buscaban reconquistar. La cruz y la media luna bregaban por coronar ese hogar. Alfonso se dio cuenta de que había llegado el instante por el que había luchado casi dos décadas. No se encontraba al final del camino, pero una parte sustancial se había recorrido. Percibió, con sorpresa, que jamás había esperado que una cosa así sucediera. Había estado tan obsesionado con reconquistar Calatrava que no había contemplado la posibilidad de que pudiera hacerse. Pero, en ese momento, su hogar volvía a ser suyo. Todo el profundo dolor del que había huido durante diecisiete años, el dolor que le había obligado a hacer, pensar y ser, el dolor que había convertido en piedra angular del templo de su alma, ya no estaba. Podía continuar andando libre de ese peso. La pérdida de Calatrava, algo que él no se


había perdonado, sí lo perdonaba el cielo. Rio. Suavemente, por dentro, pero rio mientras lágrimas de agradecimiento afloraban en sus ojos y el sol caía, prendiendo la cruz de su pecho. Y, por primera vez en diecisiete años, su risa fue sincera. Una nube de polvo se levantó en el campamento cristiano y avanzó hacia los musulmanes. Le acompañaba el sonido de los cascos de los caballos, que perforaban el aire como una blasfemia. Diego López de Haro sabía lo que eso significaba. Su rey no se había equivocado. Para los transpirenaicos no podía haber paz. Junto con alguno de sus hombres, el adalid de Castilla se adelantó para cerrarles el paso, aunque manteniéndose a una distancia prudencial del resto de sus tropas. Sería extraño que los francos, guiados por su sed de sangre, atacaran a otros cristianos. Pero había visto muchas cosas extrañas, y debía estar preparado para todas. Al ver a los castellanos, los ultramontanos detuvieron su avance, asombrados. En sus rostros se veía la incomprensión, y ninguno de ellos habló ni hizo gesto alguno sencillamente porque no sabían qué hacer en tal situación. Pasado un rato, uno de los caballeros rompió el silencio. Era un hombre corpulento, de barba poblada y tez sonrojada por un calor al que no estaba acostumbrado. Su voz sonó como un mugido cuando exclamó, indignado: —¿Qué es esto? López de Haro le miró fijamente y replicó con gran serenidad, como si respondiera a una pregunta elemental: —Esto es la guerra. —¡Precisamente! —bramó el franco—. ¿Creéis que es propio de buenos cristianos defender a estos perros infieles? Por el Señor de los cielos, que... —Esto es la guerra —interrumpió el adalid castellano, alzando la voz—, y no consentiremos que se convierta en la matanza que queréis causar. El enemigo se ha rendido y su vida debe ser respetada. El enrojecido rostro del noble transpirenaico denotaba cada vez más su creciente estupor. Todo cuanto veía le parecía una broma de mal gusto, algo absolutamente indefendible. Intentando demostrar al castellano lo absurdo de su posición, le gritó: —¿No os dais cuenta de que son nuestros enemigos? ¡Si les dejamos vivir, se armarán de nuevo y tendremos que enfrentarnos a ellos en el campo de batalla!


—Eso harán, sí —respondió López de Haro, recobrando su tono de voz distante—. Y entonces les mataremos, porque podrán defenderse. No ahora. —También ellos podrán matarnos. —Eso no debe atemorizar a un guerrero. El noble franco captó el insulto y su furia creció. Pero no era idiota, así que sopesó las opciones. Era evidente que los castellanos estaban dispuestos a defender a los mahometanos. Quizá no hasta el extremo de derramar sangre cristiana, pero no sería inteligente provocar la situación en que pudiera hallar una respuesta, por si no era la más favorable. En un plano más personal, López de Haro le había insultado. La rabia que crecía en él, fomentada por un calor que le hacía desvariar, le decía que lo matara. Pero el atisbo de racionalidad que lidiaba por contener la marea de la demencia le recordaba que el castellano era demasiado poderoso. Ni la victoria ni la derrota podían dejarle en buena posición si se enfrentaba a él. Aun en el caso de que consiguiera matarle, lo cual tampoco estaba muy claro, alguien le vengaría. Se dio cuenta de que la escena era ridícula, y optó por retirarse. Pero, para salvaguardar su orgullo y no dar a entender a López de Haro que sus palabras le habían intimidado, le dijo en tono desafiante: —Si continuáis con esta forma de luchar, jamás reconquistaréis vuestra tierra. Moriréis como Moisés, vislumbrando la promesa del Salvador pero sin fuerzas para reclamarla. El castellano esbozó una mueca de indiferencia y respondió: —Quizá. Pero si para recuperar nuestra tierra perdiéramos nuestro honor, ¿qué habríamos ganado? El franco no respondió. Giró su caballo y volvió al campamento. Los demás lo imitaron. La conquista de Calatrava fue una magnífica victoria para el ejército cristiano. En el plano de la moral de las tropas, ver cómo el primer obstáculo verdaderamente serio había sido vencido subió los ánimos de los combatientes. Malagón había significado el comienzo de las hostilidades, pero no de los problemas. Calatrava, una fortaleza crucial en el camino entre Toledo y Córdoba, como si simbolizara el punto medio del péndulo que oscilaba entre el Cristianismo y el Islam, era mucho más importante. También el renombre de su defensor, temido y respetado, reforzaba la confianza de los cruzados por verle rendido. Era especialmente trascendente por lo que significaba para la Orden de Calatrava, que por fin volvía


a merecer tal nombre. No en vano, ellos eran los más numerosos de las órdenes militares que participaban en la cruzada, y los combatientes más experimentados. Que su alma estuviera lista para la batalla era crucial. Aparte de los beneficios conseguidos en el ámbito espiritual, la rendición de la fortaleza había traído más ventajas que la de evitar una masacre. Entre sus muros se encontró gran cantidad de armas y víveres. No se habían equivocado los nobles al afirmar que seguramente el castillo estaría preparado para resistir un lago asedio, y ahora, los alimentos necesarios para ello pasaban a formar parte del botín de los cristianos, lo que les permitiría un avance más seguro. A la hora de repartir tal botín, el rey Alfonso lo dividió en dos partes iguales y ofreció una a los ultramontanos y otra a los aragoneses. Arag��n era un reino económicamente pobre, devastado por una situación de guerra perpetua, y la parte del saqueo que se les dio ayudó a incentivarles y proporcionarles un mejor equipo para la batalla. Respecto a los francos, lo que el monarca castellano buscaba era compensar de algún modo su insatisfacción, cada vez mayor a medida que aumentaba el calor. La cruzada estaba lista para continuar su avance. La noticia de la rendición de Calatrava no tardó en atravesar las montañas y llegar al ejército musulmán, que esperaba cualquier información sobre la sitiada fortaleza como agua que regara los campos. Por ello, cuando se supo el triste final, el efecto que provocó fue más parecido al de una granizada. Para Mutarraf, el impacto fue aún mayor. Por unos pocos días había logrado confraternizar con el resto de la soldadesca al verse unido por un deseo común y una misma inquietud. Los guerreros le contaban historias sobre Ibn Qadis y le explicaban cómo eran los asedios, qué opciones tenían los defensores de resistir y demás asuntos bélicos que, de no ser por entusiasmo, nunca hubieran compartido. Muchas de las versiones eran exageradas o incluso contradictorias entre sí, pero aquello no le preocupaba especialmente al poeta, que estaba contento solo con ver cómo aquella amalgama de hombres tan distintos se unían por una cuestión y le aceptaban, haciéndole partícipe de sus mismas preocupaciones. Ahora que todo había terminado tan rápido, temía que el ambiente original de desilusión volviera a imponerse, y que él se sintiera de nuevo desubicado. Calatrava. Calatrava. Calatrava...


Repetía constantemente la palabra en su mente. Él, como hombre de letras, vivía por las palabras. Por eso siempre había tenido la obsesión de darles un contenido, de que no fueran puros conceptos sin relación con el objeto que designaban. Por eso había amado y amaba, para que la palabra «amor» tuviera el contenido del nombre de su esposa, sus hijos o de Dios. Por eso buscaba la belleza. Por eso seguía los preceptos del Islam, para que la palabra «fe» tuviera sentido. Una palabra en sí misma era un concepto lógicamente acotado, por el tiempo y por su naturaleza, que no podía describir la inmensidad y atemporalidad de una idea. Hablar de ira no tenía sentido si no se experimentaba, porque la palabra no podía abarcar la idea. Siendo eso cierto, otra teoría comenzaba a asaltar su mente, la de que las palabras eran, en realidad, barreras. Una persona demasiado acostumbrada a las palabras podía ocultar la realidad tras ellas, usarlas como un muro tras el que parapetarse para no tener que enfrentarse a la verdad subyacente. Cuando no existía esa protección, el hombre debía ver las cosas tal y como eran, sin poder refugiarse. Se imaginaba al primer ser humano dando nombre a todo, no para designarlo, sino para protegerse de un mundo en el que era un recién llegado. Se daba cuenta de que las palabras se limitaban a cumplir esa función. Eran escudos, no espadas. La palabra no podía cambiar el mundo, únicamente preservarlo. Quizá por eso las personas más ilustradas solían ser las más conservadoras. Todas estaban llenas de ideas y teorías, pero las ideas no servían para nada. Solo los hechos podían transformar la realidad, los hechos sin estar atrapados por los conceptos, en su forma más pura. La idea más grandilocuente y gloriosa no importaba nada en comparación con el corte de una espada. Si se quemaran todas las obras que se habían escrito, si un nuevo Eróstrato borrara de la faz de la tierra todas las letras, en nada cambiaría el mundo. Quizá el Corán debiera salvarse. Sí, el Corán sí, porque era un hecho. Se sorprendió de estar pensando eso. Él había amado todo lo que empezaba a cuestionarse. Supuso que era porque veía la verdad. Porque veía que ninguna palabra podría cambiar lo que estaba en marcha, pero ese hecho cambiaría todas las palabras. Todavía quedaban algunos castillos por recuperar. Antes de continuar el camino, el rey de Castilla quería retomar el control de Alarcos, Caracuel, Benavente y Piedrabuena, cercanos a Calatrava y también entre sí. No eran plazas demasiado importantes ni fuertes, y el monarca castellano sabía que no tenían una guarnición numerosa. Por esa razón no había puesto traba alguna a la decisión de su primo, el rey Pedro, quien no le acompañaría en la expedición, sino que esperaría en


Calatrava la llegada de Sancho el Fuerte. La idea podía ser arriesgada si el ejército de Al-Nasir decidía cruzar las montañas, pues podría fácilmente derrotar a los aragoneses y después a los castellanos, pero los musulmanes estaban a varios días de marcha y, cuanto más tiempo pasaba, más evidente se hacía que Al-Nasir aguardaría a los cristianos al otro lado de Sierra Morena. Así pues, la cruzada se dividiría, y se volvería a encontrar frente a Salvatierra, el último escollo antes de llegar a Andalucía, cuando los navarros se hubieran unido. Pero aún tendrían que sufrir una última división, una deserción que muchos podían intuir pero pocos asumir. El día 3 de julio se presentó una delegación de los ultramontanos ante los reyes. Las noticias que traían eran previsibles, pero no por ello dejaban de ser demoledoras: habían decidido desertar. Casi todos ellos. Uno de los nobles habló por todos. Parecía haber recibido una buena educación y estar dotado para la dialéctica, por lo que le habían convertido en portavoz. Su postura, sus gestos y su entonación buscaban ser conciliadores, algo que inevitablemente parecía forzado en el clima de tensión existente. En efecto, tras la desilusión de los francos al ver que no podían asaltar a los defensores de Calatrava, la violencia contenida había estallado y los encontronazos con los españoles se habían intensificado. Había habido duelos e incluso algún muerto, allí donde hombres de mayor autoridad habían llegado tarde para imponer cordura. Nada de ello tenía sentido. —Mis señores —decía el noble franco, hablando a los reyes—, como sabéis, nuestras tropas no están acostumbradas a estas condiciones. El clima aquí es terriblemente seco y caluroso, y nuestros hombres lo sufren. Están faltos de moral, cansados. No pueden pelear en un ambiente tan sumamente duro para ellos. —¿Acaso —respondió Pedro— no han combatido los francos en Tierra Santa? Muy bravamente, según tengo entendido. No es menor el calor allí que aquí, por lo que he escuchado de boca de quienes allí han estado. Además, somos una cruzada. Somos guerreros de Cristo. Si Él nos pide que combatamos bajo el ardiente sol del desierto, lo haremos. Si nos pide que combatamos en desfiladeros cubiertos de nieve y hielo, lo haremos. Si nos pide que descendamos al infierno y allí libremos la batalla, lo haremos. —No os falta razón, mi señor —dijo el franco, conciliador—. Es cierto que, por sí solo, el calor es más una molestia que un obstáculo insalvable, pese a que para muchos de los nuestros, especialmente los bretones, sea durísimo de soportar... pero vos sabéis bien que hemos tenido problemas con las provisiones, que en algún momento han escaseado. No quisiera ni mucho menos insinuar que ha


habido una mala planificación por vuestra parte, mis señores, ni que este factor pueda por sí mismo acabar con el ánimo combativo que se le exige a un cruzado, pero sumado al calor y a esta larga marcha, que para algunos viene después de estar acuartelados cuatro meses en una ciudad para nosotros extraña, mina la moral de nuestro hombres. —Los transpirenaicos —dijo esta vez el rey Alfonso— se han quejado de falta de alimentos. Ningún español lo ha hecho. Esto ya es suficientemente grave, pero hemos sido benévolos y os hemos favorecido en cuanto hemos podido. Idéntica queja recibí hace una semana en Malagón, y desvié parte de las vituallas de mi propio ejército hacia el vuestro. Tras la victoria en Calatrava, la mitad del botín, provisiones incluidas, ha ido a parar a vuestras arcas. ¿Y aún venís a decir que abandonáis esta santa cruzada por falta de comida? Aquella conversación era inútil, porque ya no había nada que discutir. Los francos abandonaban la cruzada y nada cambiaría tal hecho. La embajada únicamente tenía por objeto suavizar las formas, pero nada iba a variar. Por otra parte, tampoco los reyes intentaban retenerlos, sencillamente buscaban desmontar las burdas excusas que les formulaban. Aunque eran numerosos luchadores y buenos en batalla, representaban más un estorbo que una ayuda, pues carecían totalmente de disciplina. Todos sabían que ni el calor ni el hambre eran la causa por la que desertaban. Lo expresó bien claro el arzobispo de Nantes, presente en la reunión junto al de Burdeos, quien, viendo lo ridículo de la conversación, se atrevió a decir en latín: —Esta no es forma de hacer la guerra. Los reyes miraron fijamente al arzobispo. Por fin comenzaban a hablar claro. —¿Por qué creéis eso, ilustrísima? —dijo Alfonso, dando un tinte irónico al título. —Perdonáis la vida a los infieles, que no merecen vivir. ¿Cómo pueden llamarse cruzados quienes no solamente no matan a los descreídos, sino que evitan su justa muerte? ¿Realmente pensáis que así será el Islam derrotado, si constantemente ofrecéis muestras de debilidad como la de hace dos días? —Moderad vuestra lengua, arzobispo —dijo Pedro, tenso. —Olvidáis una cosa, ilustrísima —continuó Alfonso—. Los niños aquí nacen entre el estruendo de los aceros, y generalmente por ellos mueren. España es un país en constante guerra. Lo que para los demás reinos de la Cristiandad es un pasatiempo, para nosotros es una necesidad. Por el bautismo, Cristo nos convierte en sacerdotes, reyes y profetas. En España, por nuestro nacimiento, somos también


soldados. Confío en que no pretendáis decirnos a nosotros, que jamás hemos conocido la paz, cómo debe hacerse la guerra. El arzobispo no se dejó intimidar por las duras palabras del monarca castellano, y respondió: —También nuestra tierra sufre los efectos de la guerra desde hace décadas, desde que la pestífera herejía cátara contaminó nuestros campos y nuestras gentes. Pero sabemos cómo acabar con el problema. Jamás permitiremos que semejante blasfemia pudra durante quinientos años nuestros dominios. ¿Podéis acaso decir lo mismo? —Nunca —replicó Pedro, visiblemente enfadado— renunciaremos a nuestro honor para conseguir la victoria. Nunca nos convertiremos en bestias salvajes para liberar nuestra tierra, porque nosotros no seríamos libres. ¿Podéis acaso decir lo mismo? Todo estaba dicho, y nada quedaba por añadir. Los francos eran tan distintos de los españoles en su concepción de la guerra como pudieran serlo estos de los musulmanes en su visión de Dios, y no podrían jamás comprenderse. Para terminar, el arzobispo dijo, con un tono de voz lapidario: —Esto no es una cruzada. Si lo fuera, se procuraría la destrucción de los infieles. No es más que una ofensiva que busca el interés de Castilla, no el de la Iglesia. Ninguno de nosotros somos vuestros súbditos —dijo hablando a Alfonso— y no moriremos por vuestro beneficio. El monarca castellano quiso gritarle a la cara al arzobispo que era un cobarde, pero se contuvo, porque aquello, en el ambiente violento en que se vivía, hubiera podido causar una matanza. Se tragó su orgullo y su furia, repitiéndose que los mansos serían llamados hijos de Dios, y se limitó a decir: —Marchaos, pues. Nadie os obligará a morir por algo que no amáis. Ningún franco habló, sencillamente se dieron la vuelta y se marcharon. Pero antes de que se hubieran alejado demasiado, el monarca castellano les gritó: —Mas recordad las palabras del Señor: el que quiera salvar su vida, la perderá. El que la pierda, se salvará. Los ultramontanos no respondieron. Entonces el rey se sentó junto con Rodrigo, quien había estado presente en la reunión, y le dijo: —Quiero saber lo que pensáis de esto. —Bueno, vuestra última frase ha sido muy apropiada, mi señor —dijo el consejero para restar gravedad al asunto.


El monarca sonrió al ver que el noble no perdía su serenidad en momentos difíciles, pero no dijo nada. Rodrigo, obviando ya las bromas, continuó: —Vos sabéis que los transpirenaicos no han hecho sino dar problemas desde que llegaron, por lo que casi me atrevería a decir que debemos dar gracias al cielo por infundir el miedo en sus corazones. —Eso es cierto —reconoció el rey—, pero son buenos guerreros. Quizá los echemos en falta. Rodrigo negó fervientemente. —Un guerrero vale lo que vale su alma. Pelayo doblegó a los moros en Covadonga no por su habilidad ni su experiencia, sino porque la Santísima Virgen le dio el coraje necesario para evitar lo inevitable. Ordoño aplastó a los saqueadores vikingos no porque fuera más ducho que ellos, sino porque era más puro. El Cid jamás fue derrotado y pudo frenar a los almorávides en Valencia porque su espíritu ardía en el amor de Dios con más fuerza de lo que arden estos campos. Es mejor contar con guerreros torpes, pero con el alma presta para el sacrificio, que con luchadores invencibles sin voluntad de vencer. Y nuestros hombres no tienen absolutamente nada que envidiar a los francos. De hecho, son muy superiores, porque, como vos habéis dicho, su vida está entregada a la guerra. El rey asintió, meditando las palabras del noble. Al rato, volvió a hablar: —Me preocupa lo que ha dicho el arzobispo, que esto no es una cruzada. —Eso es una estupidez. —Lo sé, pero temo que algunos lo crean. Podrían producirse más deserciones si esa idea cala. Portugueses, leoneses, navarros... podrían abandonar nuestras filas. Rodrigo se tomó un rato de reflexión. La inquietud de su rey no era del todo infundada. Al rato, respondió: —Tened en cuenta que no todos los ultramontanos han desertado. Arnaldo Amalarico, junto con otros ciento cincuenta caballeros, permanece con nosotros. Tenía razón don Diego al decir que le gusta demasiado la sangre como para no luchar. También hospitalarios y templarios siguen, y ellos tampoco se irán, porque viven para el combate y desconocen la paz. Ninguna de estas fuerzas lucharía si únicamente fuéramos una ofensiva local, porque ninguno debe nada a Castilla ni a Aragón. Por otra parte, creo que con la partida de estos salvajes nuestra cruzada es más santa que antes, pues no se repetirán escenas vergonzosas como las que hemos visto, escenas impropias de soldados de Cristo, por mucho que ellos crean que es lo que se debe hacer. —Ambos callaron durante unos instantes, y finalmente Rodrigo terminó—: El juicio de Dios nos espera en el campo de batalla. Si no


somos dignos, ellos no podrían haber cambiado el veredicto. Si lo somos, no habríamos necesitado su ayuda. Esta es nuestra tierra, y a nosotros nos corresponde luchar, matar y morir por ella. Ibn Wazir había ordenado a sus criados que le avisaran en cuanto Ibn Qadis se acercara al campamento almohade. Sabía que Al-Nasir estaba furioso con él, y quería prevenirle o, al menos, verle una última vez. También quería que le contara a qué se enfrentaba, pues la duda le corroía. Cuando por fin le dijeron que llegaba, ensilló rápidamente su caballo y, sin esperar a nadie, salió a galope tendido. Consiguió interceptar a su amigo antes de que entrara en el campamento y, en consecuencia, antes de que estuviera al alcance de Al-Nasir. —¡Ibn Qadis! ¡Yusuf Ibn Qadis! El caíd miró hacia el hombre que le gritaba, y sonrió al ver que era su viejo amigo. Pero era una sonrisa triste, sin esperanza. Ibn Wazir se acercó a él. Cabalgaba acompañado únicamente por su cuñado, de quien se decía que era tan valeroso como el propio caudillo. Al llegar a su altura, Ibn Wazir dijo: —Alá os proteja. Me alegro de veros. —Que Él te guarde a ti también, viejo amigo. Yo también me alegro de ver una cara amable. Sin más preámbulos, Ibn Wazir recomendó a su amigo: —Márchate. No entres en el campamento. Al-Nasir te matará si lo haces. Ibn Qadis suspiró y respondió: —Lo sé. Por eso he venido. —¿Por qué deseas morir? —He luchado mi combate y lo he perdido. Ahora no espero más que el eterno descanso. Nada me queda por ofrecer, porque nada tengo. He perdido Calatrava y jamás volveré a verla. Ibn Wazir se indignó al oír las palabras del defensor de Calatrava y replicó: —No digas tonterías. La frontera cambia cada año, ya lo sabes. Calatrava era nuestra, la perdimos, la volvimos a conquistar. Ahora es de nuevo cristiana, pero si vencemos a los cruzados quedará sometida otra vez a nuestro control. —No, no, viejo amigo... tú no lo entiendes... —Ibn Qadis clavó sus ojos en los de


Ibn Wazir, traspasándolos como si fueran lanzas, tal era el dolor que desprendían—. Tú no has visto lo que yo he visto —continuó el caudillo—. No puedes comprenderlo. No hay marcha atrás, esto lo cambiará todo. Lo cambiará todo y no se puede detener. Hemos sido condenados por nuestros pecados y no merecemos que Alá falle a nuestro favor. Todo cuanto hemos defendido, todas las personas a las que hemos amado, morirán en el campo de batalla. —¿Cómo puedes decir eso? —preguntó inquieto Ibn Wazir. —Ya te he dicho que lo he visto —insistió Ibn Qadis—. Alá me lo reveló como castigo por mi derrota. Esos bárbaros a los que no pudimos vencer hace quinientos años se han convertido en los que deberán destruir todo cuanto hemos creado. Ambos callaron. El rostro del defensor de Calatrava se deformó en una mueca de terrible sufrimiento, y dijo mientras miraba los prados andaluces: —Este es mi hogar. Ha sido el hogar de mis ancestros durante incontables generaciones, desde hace cinco siglos. Y ahora lo he perdido. Si no puedo vivir en él, no deseo vivir. —Se hizo el silencio, hasta que finalmente Ibn Qadis volvió a hablar—: Debo continuar. Márchate de aquí, viejo amigo, que no te vean entrar a mi lado. Es el último favor que te pido. No desobedezcas la súplica de un condenado a muerte, aunque repugne a tu honor cumplirla. —Y dirigiéndose a su cuñado, le dijo—: Vuélvete. Porque no hay duda de que me van a matar, y no podré sobrevivir a esta jornada. Pero he vendido mi vida a Alá para salvar a los musulmanes que estaban en el castillo. Pero su cuñado respondió: —No tiene encantos la vida para mí, después de tu muerte. Ibn Qadis insistió, pero su cuñado se negó a abandonarle. Ibn Wazir sí lo hizo, en parte para obedecer a su amigo y en parte para intentar interceder por él. Cuando el defensor de Calatrava llegó al campamento almohade, los caídes andalusíes le estaban aguardando para darle la bienvenida. Pero también Abu Sa'id, el visir almohade, le esperaba, y sus intenciones no eran amistosas. Al instante mandó cargar de cadenas al caíd y a su cuñado. Cuando el primero solicitó ver a Al-Nasir, la respuesta de Abu Sa'id fue tajante: —No entra a ver al Príncipe de los Musulmanes ningún infame. La rabia que sentía el propio Al-Nasir, quien se creía traicionado por un andalusí, hizo el resto. Inmediatamente se ordenó la ejecución de Ibn Qadis. Los líderes andalusíes intentaron impedirla, y se produjo una tremenda algarabía en el campamento. Pero nadie pudo salvar al valiente defensor de Calatrava. Su corazón, el noble corazón que había latido lleno de amor hacia su Dios y su patria,


fue atravesado de un lanzazo. Su sangre regó la tierra sobre la que antes había llorado, reído y cantado, y por fin obtuvo el descanso de los hombres de honor. La ejecución empeoró aun más la situación en el campamento islámico. Al-Nasir había sido temerario al obviar las peticiones de los andalusíes para que se perdonara la vida a su compatriota, y el rencor había prendido en sus corazones. Ibn Qadis era mucho más respetado que el Príncipe de los Creyentes, y que un hombre tan indigno hubiera podido ejecutar a otro tan glorioso representaba una afrenta que para muchos sería imperdonable. Al día siguiente del suceso, Sundak comentaba con sus compañeros agzaz el clima en que vivían. —Las tropas están muy descontentas. Parece que Al-Nasir tiene la fascinante cualidad de hacer que todos los que están a su alrededor se sientan molestos —dijo uno. —La culpa no es realmente suya —defendió otro—, sino de sus hombres de confianza. Ya provocó Ibn Mutanná el enfado de los almohades al ejecutar a los gobernadores de Ceuta y Fez. Ahora este visir, Abu Sa'id, molesta a los andalusíes. Está rodeado de torpes. —Quien se rodea de torpes no debe ser muy hábil. —¿Qué sabéis del visir? —preguntó Sundak. —Al parecer no es noble de nacimiento, por lo que siente una profunda aversión a la nobleza. Se considera menospreciado por ella y quiere defender su posición frente a aquellos con los que se siente inferior. También por ello ha ahuyentado a los nobles cercanos a Al-Nasir, y ejerce gran influencia sobre él. Sundak sonrió con sarcasmo y afirmó: —Así que tiene alma de mujer celosa. Algunos rieron la ocurrencia, pero no fueron muchos. —Eso parece —dijo el que había esbozado los rasgos de la personalidad de Abu Sa'id—, y no es el carácter más oportuno para la guerra. Quizá en los palacios de Marrakech pueda servir de algo, pero esto no es un palacio ni a nosotros nos han invitado a un banquete. —Salvo que quieras comer carne y beber sangre, como hacen los cristianos —dijo Sundak, más para sí mismo que para los demás. Se hizo el silencio tras su comentario, hasta que al rato uno de los jinetes retomó la discusión:


—Bueno, sea como sea, el ánimo de las tropas no es el mejor para librar la batalla. Primero ofendieron a los almohades, ahora a los andalusíes... —Tampoco nosotros estamos recibiendo un buen trato. Hace tiempo que no se nos paga lo que nos corresponde. Estos gobernantes no respetan a los que luchan por ellos. Ojalá Al-Nasir fuera como su padre, Yaqub Al-Mansur. Para él sí se combatía con gusto, hacía los pagos en su momento y sin excusas. —Calla —dijo otro de los agzaz—, pareces un comerciante judío. Una sonrisa socarrona se dibujó en el rostro de algunos arqueros, y el que se había quejado por los pagos se vio en la necesidad de defenderse: —No es cuestión de dinero. No me preocupan demasiado las limosnas del Príncipe de los Creyentes, puedo conseguir diez veces más botín en el campo de batalla. Sencillamente, con su actitud demuestra que no nos aprecia lo que debe. Me gustaría ver qué pasaría si no estuviéramos a su lado. Ha reunido un ejército inmenso, pero ninguno de estos inútiles ha visto un arco parto en su vida. No acertarían a dar ni siquiera al minarete de la mezquita de Sevilla. —Que no te oigan diciendo eso —aconsejó Sundak, quien en ese momento estaba precisamente encargándose de los tendones que reforzaban la capa externa de su arco—. No creo que reaccionaran bien ante una amenaza de deserción. —Creo que sufrirán algunas deserciones antes de que llegue la batalla. Vamos a ser menos de los que esperamos. —Ya hemos hablado de eso —cortó, tajante, Sundak—. Seamos los que seamos, estaremos allí y lucharemos. Lo haremos porque es nuestro trabajo... —¿Y por qué más? —le preguntaron, tras el silencio que guardó. Pero no respondió. Sundak quería decir que no podrían esconderse, que de nada serviría desertar, porque la batalla les alcanzaría de todos modos, estuvieran donde estuvieran. Pero no lo dijo, y siguió encargándose de su arco. Alarcos. Las tropas castellanas llegaron allí el 4 de julio, y la fortaleza fue conquistada con facilidad. Se sufrieron algunas bajas, pero escasas, y en pocas horas el castillo había caído en manos cristianas. Desde allí se asaltarían los recintos cercanos de Caracuel, Benavente y Piedrabuena. Todos confiaban en que las meras noticias del imparable avance cristiano sirvieran para que los musulmanes se entregaran y no se perdiera demasiado tiempo. Pero no todos estaban preocupados por tales pensamientos. Si bien las operaciones militares eran una cuestión omnipresente, los más viejos todavía temblaban al ver de nuevo el campo de batalla en que habían sufrido la humillante


derrota que les había marcado a todos, la derrota que, diecisiete años después, había reunido uno de los ejércitos más poderosos que jamás se hubieran visto en la Península para librar una batalla que haría insignificantes todas las anteriores. Los hombres contemplaban el paisaje con la mirada fija, de acero. De algún modo, se sentían en comunión, unidos por un dolor terrible, el dolor del recuerdo, la melancolía. Aquellos prados estaban llenos de fantasmas de guerreros heroicos que no volverían. Todo el que había vivido esa jornada había perdido algo de sí mismo, dejando parte de su alma aprisionada en aquella fecha. Pero ahora, el Señor de los Ejércitos les concedía una oportunidad que no todos podían disfrutar, la de vengar a los muertos y matar definitivamente el recuerdo. Una segunda derrota sería dramática, pero una victoria podría hacer que las heridas cicatrizaran y los cánticos volvieran a sonar en los reinos cristianos de la Península. Y todos los que estaban allí tan solo esperaban estar a la altura de la oportunidad que se les concedía. Para el rey Alfonso, las sensaciones eran aun más extremas, y a duras penas podía controlar sus emociones para concentrarse en asuntos más prácticos. La batalla de Alarcos había significado para él el inicio del fin y no tenía más que una oportunidad, la cruzada que había promovido, para no acabar su vida habiendo perdido todo. Al volver a aquellos campos, se dio cuenta de que le quedaba poco de vida. Ya era un anciano y poco le restaba por hacer. Comprendía que había agotado las reservas de energía que le quedaban en el último año, y que Cristo le mantenía con vida únicamente para que culminara la magna empresa que había comenzado. Debía hacerlo bien porque no tenía más flechas, no podría volver a intentarlo. Una vez organizado el ejército y dispuesto el plan que debía seguirse al día siguiente, el rey salió a pasear, solo y a pie. Los detalles de la batalla estaban grabados en su memoria, y podía reconocer cada palmo de tierra. Aún veía, con extraordinaria nitidez, a los hombres luchar y morir. Escuchaba el aterrador sonido de los tambores africanos, los penetrantes aullidos de las mujeres bereberes, las oraciones de calatravos y santiaguistas, los alaridos de los moribundos, los gritos de pánico de los que huían, el silbido de las saetas de los agzaz. No había habido noche en que no hubiera oído todos aquellos sonidos, sabiendo que todo había sido por su culpa. Por norma general, los hombres olvidaban sus errores y disfrutaban de sus alegrías. Pero él no había podido olvidar aquello, y sabía que solamente la victoria le otorgaría la paz. Se arrodilló sobre la tierra. El sol poniente se reflejaba en su armadura y hacía brillar todo su cuerpo, como si él también fuera un sol postrado ante los campos en que habitaba su memoria. Cogió algo de tierra y la retuvo en la palma de su mano.


Diecisiete años antes todo aquello era un barrizal ensangrentado, pero sobre aquella sangre había crecido de nuevo la vida. Así era España, así había sido siempre desde la traición de Witiza. Los muertos hacían crecer los pastos, hacían germinar la tierra por la que habían dado su vida. Y no había un solo tramo, desde las montañas de Asturias hasta las playas de Andalucía, en donde no descansara un cadáver. Cerró los ojos, rezó un padrenuestro y después murmuró: —Oh, Señor, aquí Tú me condenaste hace diecisiete años. Por mi soberbia me negaste la victoria. Por mi estupidez al fiarme más de mis fuerzas que de las tuyas me forzaste a vivir con la derrota. De nuevo estoy aquí, y no tengo nada que ofrecerte, solo mi vida. Acéptala si con ello puedo redimir mis pecados. Dio entonces un puñetazo al suelo, y rechinaron sus dientes. Mirando la tierra, dijo: —Juro por la santísima sangre que derramaste en el Gólgota, juro por la vida perdida de mi hijo, que haré todo cuanto pueda para que, esta vez, me juzgues digno. Y, dicho esto, se levantó y volvió al castillo. Los navarros habían llegado por fin a Calatrava. Sancho el Fuerte y Pedro de Aragón se habían saludado efusivamente, contentos por ver que la cruzada estaba ya completa y podía seguir su camino para reunirse con el rey Alfonso en Salvatierra. No tardó el monarca aragonés en informar a su compañero navarro de todo lo relativo a la ofensiva, de la matanza de Malagón, la toma de Calatrava y la cobarde deserción de los ultramontanos. Pedro se alegraba especialmente porque era un hombre, como su sobrenombre de Católico demostraba, de extrema religiosidad, y era para él una satisfacción ver cómo un rey cuya relación con la fe había sido bastante dudosa se ponía al servicio de la cruzada y de Dios. Por su parte, todos los nobles navarros se encontraban impresionados por el tamaño del ejército allí congregado. Esto era especialmente cierto para el caso de Íñigo, quien, aunque podía intuir lo que iba a ver, se dio cuenta de que era imposible comprender la magnitud de la hueste hasta que no estuviera en ella. Ver a tantos hombres allí reunidos casi le provocó miedo. Hasta entonces había estado en una compañía reducida, un ambiente casi familiar, donde le resultaba más fácil saber cómo actuar y qué se esperaba de él. De pronto, se convertía en uno más entre decenas de miles de guerreros, la mayoría de los cuales eran más hábiles, experimentados o sabios que él. Esto, por un lado, le llenaba de orgullo, pues le hacía sentirse parte de algo importante, pero por otro lado le inquietaba, pues


sabía que la exigencia a la que se vería sometido sería aún mayor. Alonso se daba cuenta del estado de ánimo de su señor, pero no sabía qué hacer porque nunca se había visto en un ambiente parecido. Había combatido a lo largo y a lo ancho de la Península para distintos señores antes de entrar al servicio de los Íñiguez, y pensaba haberlo visto todo, pero aquello le resultaba extraordinario. Sin embargo, era un hombre eminentemente práctico que no dejaba que las circunstancias le desbordaran, y por eso empezó a buscar información. Lo hizo en gran media para tranquilizar a Íñigo, pues sabía que cualquier entorno es más llevadero, por sorprendente que sea, si se fija con exactitud su naturaleza y se tiene información sobre él, y también por tranquilizarse a sí mismo. Se cruzó con un noble catalán que estaba supervisando el trabajo de su herrero mientras este reparaba su armadura dañada. El detalle hizo ver a Alonso que aquel caballero había entrado en combate recientemente, por lo que dispondría de buena información. Se acercó a él y, hablándole en catalán, idioma que había aprendido años atrás, dijo: —Disculpadme, noble señor. El caballero se giró y estudió a Alonso, después a Íñigo, que estaba detrás de su encomendado subido a caballo. Al rato ordenó: —Hablad. —Mi señor —dijo Alonso, señalando a Íñigo—, quisiera conocer cuántos hombres se han reunido para la cruzada. Pertenecemos a la tropa del rey de Navarra, y acabamos de llegar, por lo que desconocemos el tamaño del ejército. De mala gana, el noble respondió: —Aquí hay veinticinco mil hombres. Ahora que habéis llegado, marcharemos hacia Salvatierra, donde nos espera el rey de Castilla con otros cuarenta y cinco mil hombres. —¡Setenta mil guerreros! —exclamó Alonso, sin poder disimular su asombro. —Sí. Éramos más, pero los ultramontanos han desertado. —¿Por qué motivo? El noble sonrió sarcásticamente y contestó, casi riendo: —¡Oh! No nos juzgaron dignos de Dios... Aquella sonrisa, junto con la respuesta, causaron en Alonso una profunda sensación de rechazo, sin entender realmente por qué. Como tampoco necesitaba saber más, se despidió del caballero haciendo un gesto marcial y dijo:


—Gracias, mi señor. Dios os guarde. —Amén —replicó el catalán mientras volvía a inspeccionar su cota de malla. Y se alejaron. A Íñigo tampoco le había agradado demasiado aquel hombre, pero por un segundo se cuestionó su cordura cuando, al mirarlo por última vez, sintió que a su nariz llegaba el aroma del mar. Roger pensó que quizá debía haber tratado mejor al navarro y a su encomendado, pero aquella conversación le había desagradado profundamente. No habría tenido problemas en tratar únicamente con el segundo, pues saltaba a la vista que era un veterano de muchas guerras, un hombre que había hecho del combate su negocio y que no desentonaba en absoluto en aquel ambiente, aunque posiblemente nunca se hubiera visto en otra igual. Pero era la misma situación para todos, así que no debía estar preocupado. Era la presencia del chaval lo que le había molestado. Sencillamente, era demasiado joven, demasiado ingenuo para estar viviendo todo aquello. Tenía toda la vida por delante y muchas cosas que hacer. Estaba seguro de que aún no había conocido mujer, no había liderado un ejército a la batalla ni se había emborrachado bravamente con sus compañeros tras una noble victoria. Si la guerra reclamaba su alma... ¿qué pasaría con todo eso? Sin duda estaría prometido, quizá con una niña tan joven que sería incapaz de comprender qué había ido a hacer el muchacho al que un día llamaría esposo. Su madre estaría diciendo que apenas si le había destetado y ya estaba envuelto en algo que ningún hombre debería ver jamás. Roger intentó acallar el hastío y la incomprensión que le causaba todo cuanto le rodeaba. Al fin y al cabo, no conocía de nada a aquel noble y no tenía que preocuparse por él. Quizá muriera, pero no sería el primer inocente cuya vida arrebataría la tierra homicida de España, y tras él vendrían muchísimos más, durante generaciones. Siempre había sido así porque no podía ser de otra manera, y no había nada más que pensar. Se dio cuenta de lo irónico que resultaba que él, quien buscaba ansiosamente la muerte, se enfadara por la posibilidad de que otros murieran. Pero, a la postre, no era algo tan difícil de entender. Él, y como él la inmensa mayoría de los que participaban en la cruzada, podía morir porque había vivido suficientes años, y pocos de ellos de forma piadosa. Era un sacrificio, un sacrificio ofrecido por aquellos que solo su vida podían entregar para preservar a los que no habían vivido. Pero si precisamente estos, los puros, los inmaculados, eran los que caían... si aquel joven muriera... si Laura había muerto... Había algo en el fondo de todo ello, algo que no era un mero dolor sino un


mensaje terrible, una verdad inapelable. En medio de aquella oscura selva que era su desesperación se escondía un templo que podía darle sentido a todo lo que había perdido. El camino giraba en torno a esos conceptos: el sacrificio, la inocencia, la muerte... había algo que conectaba esas ideas con un hilo inquebrantable, algo que hacía que todas ellas, en conjunto, significaran mucho más de lo que, aisladas, pudieran transmitir. Y ese significado era el que estaba buscando desde la muerte de su mujer. Quizá incluso desde antes de conocerla y amarla. El herrero había terminado su trabajo, y la armadura estaba lista para la batalla. Roger la inspeccionó cuidadosamente, y sintió un escalofrío cuando sus ojos se posaron en la cruz. La noche acababa de llegar, y el ejército almohade ya había detenido la marcha. Se hallaban a escasas jornadas del lugar en que debían esperar a los cristianos, Las Navas. El día de la batalla se aproximaba y lo hacía en las peores condiciones posibles. Sentado en su tienda, Ibn Wazir reflexionaba. Las palabras de su amigo antes de morir le habían inquietado enormemente y no dejaban de rondar su cabeza como una bandada de buitres sobrevolando a un moribundo. No podía comprender qué había visto Ibn Qadis para afirmar con tanta decisión que todo había terminado, que todo por lo que había luchado iba a quebrarse. Sabía que no tendría que aguardar demasiado para conocer la respuesta, pero no le gustaba tener que esperar. Prefería estar preparado para lo que tuviera que llegar, saber de antemano a qué iba a enfrentarse, de forma que, aunque fuera terrible, supiera cómo reaccionar. Por eso reflexionaba en la hora del ocaso. Le resultaba inconcebible que una religión falsa pudiera enfrentarse con tanto poder al Islam. Los cristianos eran politeístas, blasfemos. Su doctrina de la Trinidad carecía de sentido: Dios no podía ser al mismo tiempo trino y omnipotente, pues de serlo, la omnipotencia de los tres dioses se limitaría entre sí, luego no podrían ser omnipotentes por esta limitación. Y evidentemente, si no había Trinidad, Cristo no podía ser divino, porque todo Dios en modo alguno hubiera podido contenerse en cuerpo mortal e incluso morir. Ni siquiera su nacimiento habría tenido sentido, pues ¿cómo podría Dios, un ser eterno, crecer desde niño, limitado por el transcurso del tiempo? Al menos los almohades comprendían bastante bien la blasfemia inherente al dogma cristiano. Los almohades, cuyo nombre significaba «los Unitarios», eran defensores fervientes de la Unicidad de Dios. El andalusí no sentía aprecio por ellos, pero por lo menos sus teorías religiosas no eran delirantes.


Se dio cuenta de que divagaba. Quizá todo eso era cierto, pero no servía para negar, ni siquiera para explicar, la realidad que él trataba de esconder tras esos velos de puro pensamiento. De algún modo, ese era el problema. Si Pelayo, un noble menor visigodo, hubiera pensado tanto en la naturaleza de las religiones en contradicción, en la pura teoría y las cuestiones teológicas, nunca hubiera vencido en Covadonga y nunca hubiera iniciado una resistencia que, al final, acabaría por invertir las tornas y provocar que fueran ellos los que tuvieran que resistir. Los cristianos habían estado entre la espada y la pared y no se habían permitido el lujo de colocar sus teorías entre su vida y la realidad. Sencillamente, habían luchado por ella, sin descuidar el pensamiento, pero guardando un puñal entre los libros. Algo muy distinto de lo que habían hecho los musulmanes. Esa era la terrible realidad: el califato y el imperio almorávide habían sucumbido por su propia inoperancia, y lo mismo podía sucederle a los almohades. Todos ellos habían pasado demasiado tiempo buscando las causas por las que debían vencer. Los cristianos, simplemente, habían ido a por la victoria. Un grupo de sus guerreros vino a rescatarle de sus pensamientos, cada vez más sombríos. Eran los principales de su hueste, y los había hecho llamar para debatir una cuestión de suma importancia con ellos. Les permitió sentarse, y luego, sin más preámbulos, comenzó: —Sabéis el efecto que ha causado la ejecución de nuestro amado hermano, Yusuf Ibn Qadis. He hablado con algunos de los caídes andalusíes y muchos de ellos me han dicho que piensan desertar, como pago por la mezquindad del Príncipe de los Creyentes y su visir. Miró los rostros de sus hombres. No mostraban ninguna expresión, y se limitaban a mirar fijamente al suelo o a él. Estaba claro que la noticia no les sorprendía. —Ahora bien —continuó Ibn Wazir—, yo combatiré. Al-Nasir es un perro y no merece mi respeto ni mi sangre, pero no voy a luchar por él. Esta es mi tierra, la tierra en que he nacido, crecido, y en la que deseo morir, como deseo luchar y morir por mi fe. Es Alá, no Al-Nasir, quien nos ha llamado a la guerra contra el infiel, y será Él quien nos juzgue. Por eso tampoco tiene sentido huir. Su veredicto me alcanzará, esté en el campo de batalla u oculto en la más profunda gruta. De nuevo hizo una pausa. Sus hombres seguían sin hacer ningún gesto, aunque ahora en su mirada se leía la expectación por saber adónde quería llegar. —Estas razones se aplican únicamente a mí. Puesto que las circunstancias en que nos hallamos no son las normales, permitiré que hagáis lo que más os plazca. No os obligo a luchar si no queréis. Entenderé que desertéis y no os maldeciré por


ello. Lo único que os pido es que me digáis, antes de la batalla, cuál es vuestra decisión, de modo que yo pueda saber de qué tropas voy a disponer. Eso es todo. Retiraos y deliberad. Ni uno de sus guerreros hizo ademán de levantarse. No pasó mucho tiempo hasta que uno de ellos se atrevió a decir: —No hace falta ninguna deliberación. —Miró a su alrededor para ver si alguien le contradecía y, no siendo así, continuó—: Creo que todos estarán de acuerdo con lo que voy a decir. Tampoco nosotros, sidi, sentimos ningún respeto por Al-Nasir, y no lucharíamos si de defenderle a él se tratara. Pero esto va más allá, como bien habéis dicho. Tenemos familias que podrían caer ante el avance cristiano si no lo detenemos. Tenemos una fe que defender y un Dios que nos pide que luchemos por Él. Por otra parte, también es nuestro deber combatir por vos, pues nos habéis tratado bien durante todos estos años, con respeto y magnanimidad. Nos consta que habéis sido mucho más generoso y justo que muchos otros de vuestro rango. Nosotros somos hombres humildes, pero de honor, y sabemos que estamos en deuda. Por tanto, no os abandonaremos en el campo de batalla. Pagaremos nuestra deuda. Ibn Wazir sonrió. Aquel hombre había hablado con extraordinaria precipitación, no la propia de quien quiere hablar rápido por temor a arrepentirse a la mitad de lo que ha dicho, sino como quien ha improvisado un buen discurso y teme que se le olvide. El noble dijo: —Os agradezco vuestras palabras, pero no tenéis ninguna deuda conmigo. Simplemente me he limitado a cumplir con mi deber. —Y ahora nosotros cumpliremos el nuestro. La satisfacción del caíd creció. Aquellos hombres eran personas sencillas, sin grandes cualidades intelectuales ni físicas, pero tenían orgullo y honor, y por eso valían muchísimo. Aún quedaban hombres así, y mientras existieran, no todo estaría perdido, pues siempre habría algo por lo que luchar y guerreros dispuestos a defenderlo hasta donde fuera necesario. Mientras hubiera personas más preocupadas de comportarse con dignidad que de salvar miserablemente su vida, podrían resistir. Y eso era todo cuanto necesitaba saber. La cruzada volvía a estar unida. Navarros, aragoneses y castellanos se habían encontrado, y Alfonso había saludado afectuosamente a su primo navarro, contento por ver que se olvidaban las rencillas y agravios pasados. Tres de los cinco monarcas cristianos de España marchaban bajo una misma insignia, la de su fe. Pero no pudieron detenerse en celebraciones, pues ya el último escollo antes de llegar a Al-Nasir se erguía frente a ellos.


Salvatierra podía ser un obstáculo tan peligroso como el de Calatrava. Quizá no tanto por la fortaleza en sí, sino por la cercanía del ejército almohade, que debía de estar a tan solo una semana de marcha. Además, era 7 de julio y el calor ya resultaba asfixiante, pero podría serlo aún más en los días siguientes. La toma de Salvatierra debía ser rápida y poco sanguinaria. Como el principal método para conseguir esto, la capitulación, no iba a ser posible, pues los musulmanes no estaban dispuestos a rendir el castillo, la posición en que se hallaba el ejército cruzado no era la mejor. Para Alfonso, así como para todos los calatravos, Salvatierra representaba una nueva guarida de fantasmas. Si bien era cierto que su memoria no había sido tan dolorosa como la de Calatrava, era más reciente. No había pasado un año, y a Alfonso no le costaba nada recordar los combates que había mantenido en sus almenas el verano anterior. Todavía podía escuchar perfectamente los gritos de los cuatrocientos freires que habían hecho la salida al inicio del asedio, y cómo esas voces se alzaban de la tierra que pisaban implorando que se vengara su derrota. Desde luego, no iba a ser el caballero quien desoyera tales súplicas. Ya había conquistado esa misma fortificación catorce años antes, con un ejército setenta veces inferior al que ahora se presentaba ante sus muros. Claro que, en aquella ocasión, no habían tenido nada que perder. El fraile se daba cuenta de que la voluntad general era pasar de largo. No tanto entre los castellanos, pero sí entre aragoneses y navarros, quienes al fin y al cabo no iban a obtener beneficio alguno de la caída de Salvatierra y ansiaban entrar en combate contra la hueste almohade. Sierra Morena se intuía en el horizonte y su llamada era poderosa, volviendo insoportable la espera que supondría un asedio contra una guarnición bien preparada. Alfonso no era inmune a este efecto. La sensación de trascendencia que percibía en todo cuanto le rodeaba no hacía sino aumentar cada día desde la toma de Calatrava. Y como ya se encontraba sereno, menos ansioso, podía captarlo con mayor claridad. Cada día intentaba buscar un momento de introspección para analizar, desde el fondo de su alma, qué era lo que le esperaba y cómo iba a reaccionar. Quizá lo que durante toda su vida había deseado, la perfección, la destrucción definitiva de sus pecados, la santidad, estuviera a unos pocos días de marcha. En su fuero interno se sentía alegre y esperanzado. Mientras tanto, aguardaba a la sombra de Salvatierra, siempre alerta para que, cuando llegara el momento, no le encontrara dormido. De nuevo se habían reunido los líderes más importantes de la cruzada para deliberar. Todos estaban informados de lo que les esperaba en la fortaleza y de lo


costoso que podría ser tomarla. No en vano los calatravos habían conseguido defender sus muros durante dos meses con menos de mil hombres, enfrentados a cuarenta mil. Los nuevos defensores no poseían ni de lejos la pericia militar de los frailes, y el ejército atacante casi doblaba al anterior, pero no podían permitirse perder ni una semana. Y nada podía garantizar que cayera antes, por mucho que el rey Alfonso argumentara que era posible rendir la fortificación en menos tiempo. —Quizá sea así —replicaba Pedro—, pero sería a costa de un gran número de bajas. Antes, al menos, teníamos a los transpirenaicos para lanzarlos a la muerte. Ahora, tras su deserción, debemos tener mucho cuidado. Amalarico, presente en la reunión, no se inmutó a pesar del comentario. A decir verdad, desde que sus compatriotas habían abandonado el ejército estaba mucho más tranquilo. Seguramente había percibido que su posición no era tan poderosa como antes, y por eso guardaba silencio. —Opino lo mismo que Pedro —dijo Sancho—. Por lo que sabemos, el ejército de Al-Nasir está a pocos días. Vayamos primero a por él, ya habrá tiempo de reconquistar Salvatierra cuando le derrotemos. —Sí, pero si no triunfamos —terció López de Haro—, habrá que desandar el camino teniendo el castillo a nuestras espaldas, y eso es peligroso. Mejor dejar asegurada la ruta por la que pasamos antes de seguir avanzando. —Afianzar el terreno implica dejar una guarnición al mando de la plaza —dijo el monarca aragonés—, pues de lo contrario no serviría de nada tomarla. Ahora bien, esto es contraproducente en este caso: si vencemos a Al-Nasir, la guarnición será irrelevante porque los almohades no podrán reclamar de nuevo el castillo. Si perdemos, no podrán resistir el empuje de los moros, y nos habría venido mejor tenerlos en batalla. Lo que quiero decir... —Hizo una pausa, como para poner en orden sus ideas, y finalizó—: Lo que quiero decir es que mantener o no Salvatierra depende únicamente de lo que suceda en Las Navas. Si vencemos, la fortaleza quedará aislada y caerá sin más; si perdemos, no podríamos mantenerla aunque fuera nuestra. Siendo por tanto la batalla venidera el objetivo principal, todo lo demás no son sino distracciones que pueden impedirnos llegar a la lucha en las mejores condiciones posibles, y bien sabemos que no podemos malgastar hombres, porque los infieles nos triplican en número. Las razones del rey aragonés eran lógicas, y casi todos se mostraban de acuerdo con ellas. Alfonso estaba intentando elaborar una réplica para defender su postura cuando entró un mensajero. —Traigo noticias para el rey de Castilla —anunció. El monarca miró fijamente a aquel emisario. Tenía el rostro oculto tras un velo


de turbación, lo que provocó también el temor en el rey, por no saber qué espantosa noticia iba a estallar en mitad de la reunión. Sin demora, le ordenó: —Hablad. El mensajero tragó saliva, pues sabía que lo que iba a decir no podía causar ningún agrado a quienes le escuchaban, y a duras penas dijo: —El rey de León ataca Castilla, mi señor. Rada, Ardón, Castrotierra, Villalugán, Villagonzalo, Luna y Argüello han caído bajo su avance. El rey Alfonso se levantó de su silla con tanta violencia que sobresaltó a algunos de los presentes. Su rostro mostraba una horrorosa expresión, mezcla de incomprensión y rabia. A sus ojos, lo que le decían representaba una traición imposible. Se había preocupado mucho de guardarse las espaldas mientras estuviera en campaña, consiguiendo que el Santo Padre amenazara con la excomunión a todo el que atacara sus tierras. Que el rey leonés despreciara de tal modo las sanciones de Roma era algo que no podía prever. —¡Que el Diablo se lo lleve! —vociferó, descargando un fuerte golpe contra la mesa—. ¡Ese descreído está atacando a un reino que lucha en cruzada, está desafiando al Papa y a toda la Cristiandad! Todos guardaron silencio, y el castellano pareció serenarse. Su mente comenzó a fraguar un plan, una forma de reaccionar frente a tal ataque. Cuando volvió a hablar, se dirigió a López de Haro, y en un tono de voz más bajo pero que aún no podía camuflar su ira, le preguntó: —¿A cuántos días está la frontera con León? Sin comprender a qué obedecía la pregunta, el adalid contestó: —Dos semanas, quizá veinte días. Rodrigo sí sospechaba por qué había preguntado eso su rey, y sus temores se confirmaron cuando este murmuró, pensando en voz alta: —Eso quiere decir que para finales de julio podríamos encontrarnos con su ejército. Si hace lo que sospecho que hará, se dirigirá a... Rodrigo también se puso en pie y mirando al monarca le amonestó, con voz serena pero fuerte: —Mi señor... ¿habéis perdido el juicio? El rey estaba tan obsesionado con sus elucubraciones que apenas se dio cuenta de que su consejero le había hablado. Le miró con sorpresa, como si no le reconociera, y preguntó:


—¿Qué habéis dicho? —Formamos parte de una cruzada. Nuestro deber es combatir a los infieles, no al rey de León. ¿Acaso pretendéis abandonar el deber que nos ha encomendado el Santo Padre para resolver rencillas particulares? —Vuestro consejero tiene razón —intervino el rey Pedro—. Es descabellado dar la vuelta con todo este ejército y atacar a Alfonso de León. Nuestro deber es otro. —El rey de León ha violado los mandatos del Papa —dijo el monarca castellano—. Ha atacado a un reino cuyas tropas están en cruzada y ha incurrido en causa de excomunión. Es un excomulgado, está fuera del seno de la Iglesia y nada más apropiado que un ejército de Cristo para ajusticiarlo. Rodrigo suspiró. Sabía que su rey acabaría entrando en razón, pero no sabía cuánto podía tardar hasta abandonar su irracional postura. —Solo el Papa puede declarar la excomunión —recordó—. Por el momento, Alfonso de León es nuestro enemigo, no el de toda la Cristiandad. No podemos empujar a esta guerra a aragoneses, navarros, templarios, hospitalarios... ninguno de ellos tiene causas pendientes con León. —Yo no he venido aquí a luchar contra cristianos —dijo gravemente Sancho el Fuerte—, sino contra infieles. —Mi señor —intervino entonces López de Haro—, aunque nos olvidáramos de Al-Nasir, él no se olvidaría de nosotros. Seguramente sabrá que el rey de León asalta nuestras tierras, y quién sabe si no habrá habido contactos entre ambos. Si ve que nos retiramos, podría cruzar las montañas y perseguirnos. Quizá hasta coordinara su avance con el monarca leonés y nos viéramos atrapados entre dos fuegos. Debemos anular ambas amenazas, pero no podemos enfrentarnos a las dos a la vez. Por tanto, centrémonos en una, destruyámosla y pasemos a la siguiente. Y desde luego, la más cercana y urgente es la de Al-Nasir. Este último argumento pareció calmar a Alfonso. Se sentó de nuevo, lentamente, y Rodrigo hizo lo mismo. Hubo un instante de silencio, en que todos miraron expectantes al rey de Castilla intentando adivinar sus intenciones, y este, tras suspirar, dijo: —Es justo. Así debemos hacerlo. Os pido perdón por mi enfado. —Todos aceptaron las disculpas, y después el monarca prosiguió—: Esta nueva amenaza a mi reino me obliga a actuar con mayor celeridad. Debemos enfrentarnos cuanto antes a los almohades para poder poner fin al saqueo que sufren mis tierras. Ni Aragón ni Navarra estaban de acuerdo en asaltar Salvatierra. Bien, ahora concuerdo con vosotros. No hay tiempo. Levantaremos el cerco y cruzaremos


Sierra Morena. —Y dirigiéndose a su adalid, le preguntó—: ¿Dónde está el ejército almohade? —Se dirigen adonde esperábamos, a Las Navas. En dos o tres días estarán allí. —Así que, para encontrarnos con ellos, debemos remontar el río Fresnedas y llegar al puerto del Muradal. —Así es, mi señor. Una vez allí, los exploradores buscarán el paso más adecuado para entrar en Andalucía. Alfonso asintió. La decisión estaba tomada y, al día siguiente, la cruzada levantaría el cerco a Salvatierra y comenzaría otro, mucho más peligroso, decisivo, sobre la hueste almohade. Era el día 10 de julio. Antes de partir, los cruzados desfilaron ante Salvatierra para reafirmar su poder ante los musulmanes y ante sí mismos. Bajo el insoportable sol, setenta mil hombres marcharon frente a la fortaleza musulmana, setenta mil hombres de toda clase, condición y reino, pero con un único propósito. Las cruces de los eclesiásticos caminaban al lado de los pendones de los villanos y los estandartes de los nobles. Castellanos, aragoneses, navarros y hasta portugueses y leoneses marchaban como hermanos al lado de francos y algunos venidos de más allá, de Italia o el Sacro Imperio. Era un espectáculo aterrador. De la nobleza castellana, el más importante era López de Haro, quien acudía a la batalla acompañado de varios familiares, como su hijo Lope Díaz y dos sobrinos suyos, Martín Muñoz y Sancho Fernández. Su escudo de armas, dos lobos negros sobre fondo blanco, ondeaba junto al del conde don Fernando de Lara. También se veían las insignias de Ruy Díaz de Cameros, Juan González y los hermanos Ruiz Girón: Gonzalo, Nuño, Pedro y Álvaro. De los aragoneses que acompañaban al rey Pedro, destacaba su adalid, García Romero, junto con Pedro Avones, Arnaldo de Alaschone, Raimundo de Cervaria, Berenguel de Peramola, Guillermo de Tarragona, Pedro de Mur y Pedro de Clusa. De todos los reinos que formaban la Corona de Aragón, había varios representantes catalanes, como Guillén de Cervera, Guillén de Cardona, Roger Amat y el conde de Ampurias. También estaba Dalmau de Crexell, quien encontraría la muerte junto a su señor en Muret. Aunque eran pocos los navarros que habían podido acudir, su presencia era importante. Ya la mera visión de su rey, un coloso altísimo y de fuerza propia de Sansón, que entre sus armas blandía un cruel látigo armado de siete cabezas repletas de pinchos, indicaba que habían llegado para representar un papel al menos tan determinante como el de los demás ejércitos, a pesar de su reducido número. Entre los linajes que habían respondido a la llamada del rey Sancho se


encontraban los Rada, los Íñiguez y los Fortúnez. Sin duda, las tropas más poderosas eran las órdenes militares. Que caballeros de cuatro órdenes distintas se hubieran unido bajo un mismo estandarte era una clara prueba de la enorme trascendencia de la ofensiva, pues solo en Tierra Santa se había visto combatir a tantos de estos guerreros de élite unidos. En Palestina habían nacido dos de ellas, templarios y hospitalarios, la primera con intención de preservar el Templo de Salomón y la segunda para defender a los peregrinos enfermos que encontraban auxilio en el Hospital de San Juan en Jerusalén. Junto a ellos y a los calatravos marchaban los caballeros de la Orden de Santiago, la más reciente de las cuatro, nacida en León cuarenta y dos años atrás, pero, como las otras, dispuesta a enfrentarse a los mahometanos allá donde pudiera. Puesto que se trataba de una guerra declarada en nombre de Dios, varios eclesiásticos se habían unido a ella. No solamente habían cooperado predicando en las iglesias y las catedrales, ejerciendo la diplomacia con los Estados Pontificios e imponiendo su autoridad para coordinar los tremendos esfuerzos que se necesitaban para mantener con vida tamaño ejército, sino que algunos de ellos habían decidido tomar las armas y defender su fe en el campo de batalla. Tal era el caso de Rodrigo Ximénez de Rada, arzobispo de Toledo, y Domingo Pascual, que portaba la cruz del arzobispado; Tello Téllez de Meneses, obispo de Palencia; Rodrigo, obispo de Sigüenza; Melendo, obispo de Osma, y Pedro, obispo de Ávila. Y aunque frailes militares, no dejaban de ser señores eclesiásticos don Ruy Díaz de Yanguas, maestre calatravo, y don Pedro Arias, maestre santiaguista. Ni el rey de León ni el de Portugal se habían unido a la cruzada, pero eso no había impedido que súbditos suyos lo hicieran. Algunos eran hombres de extraordinaria piedad que buscaban participar en la guerra santa para que sus pecados les fueran perdonados. Otros buscaban honor y gloria para sí y para su linaje, y a otros sencillamente les atraía la perspectiva del botín. Fuera cual fuera su motivación, habían unido sus fuerzas a las de los cruzados y estaban dispuestos a luchar y morir por conseguir sus objetivos. Algunos de los más importantes eran el gallego Fernando Pérez de Varela, y las familias portuguesas de los Almeida, Albengaria, Farinha y Pereira. De los transpirenaicos, a pesar de la deserción, aún quedaban ciento cincuenta guerreros comandados por Arnaldo Amalarico, en su mayoría caballeros de las regiones de Vienne y el Poitou. Casi todos eran francos, pero de vez en cuando se veía una heráldica distinta: algunos mostraban el águila del Sacro Imperio, otros las enseñas de ciudades italianas como Génova o Venecia, e incluso se veían las insignias de los Estados Pontificios. Por último, marchaban las milicias concejiles. En la Península todo pastor,


campesino, herrero o carpintero era también soldado. Las tierras cristianas producían hombres de alma férrea y cuerpo austero, que trabajaban casi hasta desfallecer soportando sin una queja brisas heladas y soles ardientes, y después se reunían con sus vecinos en las casas o en las tascas y frente al vino y el fuego charlaban y reían, pero que, cuando la batalla les llamaba, dejaban su trabajo, a su mujer y a sus hijos, empuñaban la lanza, el hacha y el martillo y marchaban hacia el combate. Iban a luchar por su fe y por su honor, su patrimonio más preciado, a una guerra cuyo origen era tan remoto que parecía una leyenda, y su fin tan lejano que resultaba quimérico hablar de paz. Algunos de los concejos que se habían reunido bajo la santa cruz eran Madrid, Cuenca, Ávila, Medina del Campo, Valladolid, Segovia, Soria, Logroño, Toledo, Plasencia, Ayllón, Olmedo y Berlanga. Tal era la hueste que partió desde Salvatierra al encuentro con el enemigo. El objetivo inmediato de los cruzados era encontrar el río Fresnedas y remontarlo hasta el puerto del Muradal, a través del cual debían entrar en Andalucía. Llegaron al Viso del Puerto, así llamado por la visión que se tiene desde este lugar del puerto, el día 11. El avance era lento, pues el ejército almohade se hallaba cerca. De hecho, los exploradores ya se habían encontrado con musulmanes que realizaban su misma tarea. Las tropas de ambos bandos eran conscientes de la presencia del otro, y obraban como depredadores, moviéndose con cautela y en permanente tensión, listos para atacar cuando fuera necesario y entorpecer los movimientos de su presa cuanto fuera posible. El 12 de julio los cristianos llegaron al río Guadalfajar recorriendo una antigua calzada romana. Las vías de Roma, que mientras estuvo viva fueron las arterias que permitían circular a los llamados para derramar la sangre, volvían a estremecerse al paso de un ejército. Aquella misma noche llegarían al pie del puerto del Muradal. La vanguardia inició el ascenso, pero la mayoría de las tropas, incluidos los tres reyes, permanecieron acampadas a su sombra. La noche no era fría, pero Íñigo debía hacer grandes esfuerzos para no temblar. Lógicamente, no se debía al clima. El noble estaba acostumbrado a la gélida oscuridad de Navarra, y en julio, en Sierra Morena, difícilmente sería la noche tan fresca como para producirle escalofríos. No, la causa era otra. No sabía muy bien si se debía a la ansiedad, al feroz deseo de que todo por fin estallara, o al temor que sentía hacia el momento en que finalmente lo hiciera. Quizá se trataba de ambas cosas. No lo sabía. Era demasiado joven. Sentado frente a una hoguera, Íñigo miraba las montañas. Eran muy distintas de las de su patria. Aunque de menor tamaño, le resultaban más intimidantes. Las de su tierra natal le evocaban un sentimiento de protección, de recogimiento, como si


fueran guardianas sagradas de su país que, por sí solas, pudieran impedir la presencia de todo mal. Los montes andaluces eran todo lo contrario. Eran un desafío, un reto que Íñigo aceptaba y afrontaba determinado, pero también tembloroso. Era cierto que sentía menor inquietud de la que hubiera esperado, en parte porque el insoportable calor de Castilla le agotaba y le quitaba energías para divagar, pero no dejaba de estar inquieto. Se preguntaba cuál sería el ánimo del resto de los guerreros. Sabía que había muchos que participaban en combate por primera vez, y que, imaginaba, debían de experimentar una expectación similar a la suya. Esto parecía aliviarle, pero no tardaba en darse cuenta de que no era así, porque ninguno estaría en su situación. La mayoría serían villanos, no nobles como él, de quien, por esta circunstancia, se esperaría mucho más. Tampoco serían navarros, unos doscientos en un ejército de decenas de miles de hombres, ni herederos de un glorioso linaje, que a él le había tocado perpetuar en una ocasión en que, posiblemente, no se había encontrado ninguno de sus ancestros. Pensaba luego en los veteranos. Ellos sabrían dominar sus nervios, templar su espíritu para que la debilidad de la carne no les traicionara, mantener la cabeza fría en medio de la vorágine. Pero incluso para ellos lo que se iba a vivir era inesperado, novedoso. A no mucha distancia de él, uno de esos veteranos hacía la guardia. Era un freire calatravo. Íñigo lo miraba con curiosidad, la propia de quien observa algo que es peligroso. El monje, por su aspecto, debía de serlo. Sus ojos oscuros eran fieros, tanto como su poblada barba. Los hábitos dejaban entrever la armadura que portaba debajo y que nunca se quitaba. Era un hombre revestido de hierro, tanto su cuerpo como su mente y su alma. Alonso se sentó al lado de su señor. También él dormía poco, pues también estaba nervioso, pero no lo habría admitido nunca para no desanimar al noble. Sabía que él le tomaba como un modelo de comportamiento en la campaña, procurando actuar, en todo aquello que su rango se lo permitiera, como el experimentado encomendado. Por eso intentaba aparentar tranquilidad. Íñigo le saludó y al rato, señalando al fraile, le preguntó: —¿Es un calatravo? Alonso se fijó en la cruz del pecho del freire. Negra con flores de lis. —Así es, mi señor. Íñigo guardó silencio un momento, y al cabo volvió a hablar: —Vos habéis participado en muchas batallas, y sin duda habréis luchado a su lado. Decidme, ¿cómo son?


El encomendado respondió: —Todos los hombres amamos a nuestras mujeres, criamos a nuestros hijos, bebemos y reímos con nuestros amigos, luchamos contra el enemigo, adoramos a Dios. Supongo que en eso consiste ser un hombre. Pero ellos... ellos no son como nosotros. El chisporrotear de la hoguera acompasaba las palabras de Alonso, dándoles una gravedad aún mayor de la que ya poseían. Frente al fuego, dirigiéndose a la batalla, dos personas hablaban de la vida y de la muerte. Una escena que se había repetido en incontables ocasiones desde el inicio de la humanidad, y que volvería a suceder mientras hubiera humanos en el mundo. —Les he visto luchar. Su furia y su destreza son inigualables, aun para los mejores guerreros. Les he visto orar. Su fe es tan inquebrantable como la de los santos. Les he visto vivir. Su disciplina es extraordinaria. Se han negado a sí mismos, y gracias a eso, se han afirmado. No desean nada, y por ello pueden conquistarlo todo. Íñigo conocía a las órdenes militares y había oído hablar de sus gestas. Ninguna había surgido en Navarra, ya que su reino no hacía frontera con el Islam, pero sabía algo sobre ellas. Y sin embargo, lo que Alonso le decía le dejaba asombrado, pues el encomendado no era muy dado a la alabanza. —A veces... —continuó este—, a veces pienso que no son hombres, sino almas inmaculadas que Dios ha arrojado a la tierra para que guíen nuestro sendero. De no ser así, no entiendo de dónde procede su fuerza. Han renunciado a todo. Jamás sentirán, como nosotros, la belleza de una mujer, el orgullo de ver crecer a un hijo, o el placer del descanso tras un duro trabajo, pero luchan incesantemente para que nosotros sí podamos tener eso. Son guardianes, centinelas apostados en las murallas de una ciudad mientras sus habitantes festejan. Íñigo sonrió, y dijo: —Ahora, nosotros también lo somos. Antes de que el sol se alzara sobre las cumbres de Sierra Morena, el ejército cristiano comenzó su avance hacia el puerto del Muradal. Desde la cima los cruzados pudieron ver, por vez primera, el ejército almohade. El espectáculo era sobrecogedor. A no más de legua y media de su posición, innumerables tiendas delataban el monstruoso tamaño de la hueste enemiga. Más de doscientos mil hombres se habían congregado en el cerro de los Olivares y el terreno circundante. Ninguno de los cristianos, ni siquiera los que habían estado en


Alarcos, había visto jamás semejante horda. Pero no lo pensaron demasiado, porque antes de estar en disposición de enfrentarse a ellos debían atravesar las montañas, y eso suponía un grave problema. Los almohades hostigaban su avance. Su principal interés era dejar a los cristianos sin agua, atacando los arroyos en los que pudieran encontrarla. En el de Navalquejigo, los pocos ultramontanos que no habían desertado redimieron el nombre de su raza al defender valerosamente el riachuelo y garantizar el suministro de agua al resto de las tropas. Fue una escaramuza, pero bastante violenta, con no pocos muertos. Si tal era la furia que mostraban los contendientes en los encontronazos preliminares, ¿cómo sería la batalla? Estos choques no eran el único obstáculo al que debían hacer frente los cruzados. Los reyes tenían la intención de llegar al cerro, pero para ello debían atravesar el desfiladero de la Losa. Este paso, bastante estrecho y abrupto, podía significar la perdición de la cruzada antes siquiera de que llegara la batalla. Evidentemente, Al-Nasir lo sabía, y destacamentos de soldados almohades se habían apostado en el desfiladero. Los cristianos no podían ni tan siquiera intentar cruzar por allí. Habría sido una locura. La noche había caído, ensombreciendo el ánimo de los cristianos. En su tienda, acompañado por el adalid aragonés, el rey Alfonso meditaba. Acababa de terminar la asamblea en que los monarcas y los nobles más destacados habían analizado la situación en que se hallaba la hueste, y qué camino tomar. Algunos, los más derrotistas, habían sugerido que cada cual volviera a sus tierras, disolviéndose la cruzada. Pero aquello no era una opción, no a tales alturas. Otros sostenían que debían permanecer en La Mancha y forzar a Al-Nasir a que él cruzara las montañas, pero era algo que difícilmente sucedería y que, aunque ocurriera, sería tras tanto tiempo de inactividad que el espíritu combativo habría disminuido demasiado. Otros defendían que debían buscar otro paso que se hallaba a tres días de marcha, pero Alfonso de Castilla se había opuesto porque dar marcha atrás podría ser considerado como una retirada, sembrando la desconfianza, incluso instigando la deserción, entre las tropas menos leales del ejército. Acompañado únicamente por el silencio de García Romero, el monarca castellano barajaba todas las opciones. Al-Nasir había llegado antes que él al campo de batalla y le había puesto en un dilema aparentemente irresoluble. No podía retroceder, no podía avanzar. Ninguna opción le era favorable y todas eran tan arriesgadas que podían hacer fracasar la ofensiva. El líder almohade había trazado una magnífica defensa. Toda pieza que se moviera podía acarrear la destrucción del jugador.


Antes de que la cabeza de Alfonso estallara intentando resolver el enigma, entró un guardia en la tienda para rescatarle de sus pensamientos. Cuando el monarca le miró, le informó: —Mi señor, hay un pastor que desea veros. El monarca se sorprendió. ¿Qué podía querer de él un pastor, en aquellas circunstancias? Sospechó que quizá fuera un espía almohade, o alguien a quien ellos pagaran. Con todo, decidió arriesgarse. En su posición, en la que todo cuanto pudiera hacer resultaba indeseable, añadir un elemento inesperado quizá pudiera variar el estado de cosas. Además, recordó que a veces Dios obra milagros de las maneras más insospechadas. Podía ser así. —Hacedle pasar. El hombre que entró en la tienda era bajo, de rostro moreno, curtido por el sol, y tenía una cerrada barba negra. Sus pómulos destacaban en su faz, pues eran muy prominentes, pero la impresión violenta que esto transmitía se veía atemperada por su mirada, negra y serena. Sus rasgos eran europeos. Eso no probaba nada, pues podría perfectamente ser musulmán, pero al menos no inspiraba en el rey tanta desconfianza como si hubiera sido africano. Portaba un rugoso cayado en la mano derecha, y en la izquierda sostenía un gorro. Alfonso miró a García Romero. Este, sin palabras, le dio a entender que valía la pena averiguar qué mensaje quería transmitir el pastor, que podían fiarse de él. El monarca dijo entonces, hablando al recién llegado. —¿Cómo os llamáis, buen hombre? —Mi nombre es Martín Halaja, señor. Su voz había sonado tranquila, confiada. Nada en él denotaba nerviosismo o preocupación por estar ante uno de los hombres más poderosos de la Cristiandad. Hasta podría decirse que le hablaba de igual a igual. Al fin y al cabo, tampoco era extraño. Uno era rey y el otro pastor, pero ambos responderían ante el mismo Dios. —Bien, Martín, decidme: ¿qué deseáis de mí? El pastor, mirando fijamente al soberano, contestó: —Poderoso rey, conozco un camino por el que vuestros ejércitos pueden cruzar las montañas y llegar a Las Navas. —¿Qué camino es ese? —preguntó el rey, esperanzado aunque temeroso de que fuera alguno ya desechado. —Está a poca distancia de aquí, entre el pico de la Estrella y el de Malabrigo, por cuya umbría transcurre. Podríais recorrerlo en pocas horas, y os llevaría


directamente a donde los infieles han emplazado su campamento. —¿Lo conocen los moros? —No, señor. No tiene vigilancia. Desde su posición, ellos creerán que os retiráis, pues es menester volver a la cima del puerto, y no verán vuestro avance hasta que hayáis atravesado Sierra Morena. Era la solución perfecta. Un único día más de marcha no haría mella en la moral de la tropa, y tampoco peligrarían sus vidas pues el enemigo no conocía el paso. A la inversa, el efecto que causaría entre las huestes almohades sería devastador, ya que pasarían de pensar que los cruzados se retiraban a descubrir que estaban frente a ellos, indemnes y prestos para la lucha. Pero era demasiado bueno como para no desconfiar. Que Al-Nasir hubiera dejado una vía de acceso a su posición sin defensa alguna, que desconociera su existencia, se antojaba improbable. —Que vengan cuantos han estado aquí reunidos en asamblea, y que se den toda la prisa que puedan. Apremiadles, pues si lo que dice este hombre es cierto, cada minuto que pasa nos acerca a Al-Nasir. No pasó mucho tiempo hasta que todos estuvieron de nuevo juntos. En los rostros de los reyes de Aragón y Navarra se leía el asombro y la curiosidad, tanto como en el de los arzobispos y los nobles. El pastor, por su parte, no se turbó al verse convertido en el centro de atención de tantos notables. Su voz sonó incluso más calmada que antes cuando les repitió lo que le había dicho a Alfonso. Este, una vez el pastor hubo terminado su relato, preguntó a sus primos: —¿Qué opináis? —Merece la pena que examinemos ese camino —respondió Sancho el Fuerte. —Estoy de acuerdo —manifestó Pedro el Católico—. Si lo que este hombre afirma es verdad, el golpe que daremos a los infieles será demoledor. El castellano asintió, y le dijo a López de Haro y García Romero: —Reunid a vuestros mejores hombres y preparaos para seguir el camino. Martín os guiará. —Y volviéndose al pastor, le encargó—: Conduciréis a estos hombres por el sendero del que habéis hablado. Ay de vos si habéis osado mentirnos. Mas si decís la verdad, no olvidaremos vuestra intervención, sin duda inspirada por la Providencia, en esta expedición que amenazaba ruina antes de llegar a su necesario fin. Grande será la recompensa que mereceréis. Pedid cuanto gustéis, y se os dará. Al oír esto, Martín Halaja sonrió, una sonrisa enigmática pero afable. —Poderoso rey, solo soy un humilde pastor que cuida de sus ovejas. No aspiro a las riquezas de este mundo. Vuestra victoria sobre los enemigos de la Cristiandad


será para mí suficiente recompensa. El camino existía. López de Haro y García Romero constataron que era apropiado para las tropas y que no entrañaba riesgo alguno, y al amanecer del día 14 de julio la hueste cristiana se puso en marcha. Los musulmanes, desde su perspectiva, vieron cómo el ejército enemigo se replegaba y desaparecía de su vista, y hubo gran alegría entre ellos, pues pensaron que sus contrincantes se habían acobardado ante las dificultades para seguir avanzando y lo numeroso de su ejército, y volvían a su tierra, cabizbajos y derrotados sin apenas haber luchado. Únicamente los más prudentes y veteranos negaron estas impresiones, pues sabían que una cruzada solo podía terminar con la victoria o la total aniquilación, y que los cristianos no se habían rendido. El tiempo no tardó en darles la razón. Al atardecer se vieron de nuevo los pendones de los católicos ondeando en la suave brisa, bañados por el rojizo sol poniente. El desconcierto entre los mahometanos fue terrible. Nadie sabía de dónde habían surgido, qué camino habían atravesado para encontrarse allí, en el campo de batalla. La aparición fue espectral, y el fantasma de la guerra voló de nuevo por los prados tocando la música de la batalla, que nunca había dejado de sonar. Por fin, ambos bandos estaban frente a frente. Pronto comenzaría la matanza. Del pastor, Martín Halaja, nunca más se supo. No retornó al campamento cristiano para reclamar ninguna merecida recompensa, no pudieron encontrarlo los exploradores enviados para transmitirle, al menos, el agradecimiento de los tres reyes. Simplemente se desvaneció. Algunos afirmaron que no había existido nunca, sino que era San Isidro, el santo madrileño que había muerto hacía escasamente cuarenta años. El santo que nunca aprendió a leer ni a escribir, pero que amaba tanto a Dios que sus ángeles araban los campos que él trabajaba para Juan de Vargas. El hombre que, aunque humilde e iletrado, había ascendido a la más alta gloria, y guiaba a su querida España hacia la liberación. El 15 de julio el ejército almohade formó en orden de batalla. La vanguardia la ocuparon los voluntarios que buscaban el martirio y la inmolación. No opondrían resistencia alguna a la carga de la caballería pesada cristiana, pero detendrían su ímpetu, de forma que cuando llegaran a los andalusíes que esperaban en las faldas del cerro de los Olivares, estos pudieran fácilmente detenerlos. Más atrás estaría el grueso de la infantería almohade, y en la cima del cerro, el palenque de Al-Nasir. El palenque consistía en una fortificación improvisada con elementos tanto materiales como humanos. Los últimos eran los imesebelen, guerreros africanos de


piel negra que combatían enterrados hasta las rodillas y encadenados los unos a los otros para no huir. En los flancos de la hueste se situaba la caballería ligera, que por su extraordinaria movilidad era capaz de llegar a donde más se le necesitara en poco tiempo, y con su táctica del tornafluye entorpecería el avance cruzado. Todo estaba dispuesto. Pero era domingo, y los cristianos no lucharían. Además de ser el día consagrado al Señor, los monarcas y demás dirigentes cruzados habían decidido que sería mejor dar un día de descanso a las tropas, ya que el tránsito por Sierra Morena había sido muy arduo. Los almohades habían tomado posiciones defensivas y no las iban a abandonar, por lo que no había peligro de que decidieran intentar un asalto que trastocara el reposo. No era difícil escuchar en el campamento cristiano las provocaciones que les dirigían los mahometanos para entrar en batalla. A veces, un solitario jinete o un grupo de ellos se adentraba en tierra de nadie, y los más ansiosos por combatir entre los cruzados les respondían, produciéndose el enfrentamiento. En ocasiones vencían los provocadores, en otras los provocados. Pero no eran más que meras escaramuzas que no iban a forzar a los cruzados a abandonar su plan. Ver el orden de batalla enemigo permitió a los caudillos católicos trazar una estrategia. Su situación era difícil. No solo se enfrentaban a un ejército ampliamente superior en número, sino que también se había atrincherado, creando una formación defensiva que sería muy complicado quebrar. El cerro de los Olivares era muy abrupto en determinados tramos, lo que mitigaba, cuando no directamente impedía, la penetración de los caballeros pesados. La posición elevada favorecía también a los arqueros musulmanes, pues podían soltar su mortífera carga sin temor a causar bajas entre los suyos. Y mientras que los almohades no tenían más que defender el terreno ocupado, los cruzados deberían sufrir enormemente por cada palmo de tierra conquistada. A esas alturas todos se daban cuenta de que, con toda probabilidad, la batalla sería un baño de sangre. La tensión era tan real como la piedra, igual de sólida. La música de la batalla era fuerte, y se incrementaba a medida que caía el sol y se acercaba el día en que siglos de historia cambiarían para siempre, de una forma u otra. Hasta los más inconscientes eran capaces de sentirlo, sentir cómo el aire temblaba por la ansiedad y la angustia de los guerreros, cómo el cántico de la guerra, irresistible como el de una sirena, les recordaba a todos por qué vivían, por qué luchaban, por qué iban a morir. El sol acababa de caer, y solo quedaba su recuerdo, materializado en el resplandor que aún prendía fuego en el aire y el cielo. Como en aquella tarde de Sevilla, hacía


ya casi un año, Sundak observaba el vuelo de los vencejos, los pequeños y veloces portadores de una luz moribunda. La trayectoria de las aves, los círculos que describían y sus espirales ascendentes embelesaban al turco, que se abandonaba a su contemplación tras haber revisado todo su equipo y comprobar que estaba preparado para la lucha. Los vencejos le sugerían algo que no podía identificar ni comprender, pero que ansiaba y temía. Quizá fueran mensajeros de Alá, quizá las almas de los guerreros caídos por defender al Islam. No lo sabía. No mucho tiempo atrás no le habría preocupado en absoluto esa cuestión. Pero había cambiado. Todo lo que había vivido en el último año había afectado a su duro espíritu de mercenario como ninguna otra cosa antes, porque había excedido los parámetros de lo razonable, de lo esperable. Ahora, él deliraba como los demás, sumido en el mismo sueño. Podía percibir que algo extraordinario iba a suceder, aunque no fuera un hecho. La batalla, imaginaba, sería como todas: los agzaz hostigarían a la caballería pesada enemiga, esta lanzaría carga tras carga intentando romper la defensa musulmana, que debería mantener la posición hasta agotar a los enemigos y preparar su contraataque. En realidad, lo que ganaba las batallas era el valor. Ni siquiera la caballería podía causar demasiadas bajas una vez pasado el ímpetu del asalto, y las grandes matanzas se producían cuando uno de los dos ejércitos sucumbía al pánico y huía. En ese sentido, la lid no sería muy distinta de cuantas hubiera habido hasta entonces. Y Sundak, como había luchado en cientos de enfrentamientos, sabía lo que pasaría. No, no estaba nervioso por eso. Cabalgar, disparar, alejarse del enemigo, atraerlo hacia una posición desventajosa... eran cosas que hacía con la misma facilidad con la que un imán habla. Y sin embargo, una pequeña pero insistente voz en su instinto militar le decía que sería sorprendido, que se hallaría en un escenario en que no sabría a qué atenerse, cómo reaccionar. La música de la batalla se lo decía. Era ensordecedora, mucho más intensa que nunca. No solo el cuerpo, también el alma iba a morir en aquella batalla. Algo etéreo pero verdadero. Sundak intentaba asirse a algo que le librara de la sensación de vértigo que experimentaba. No podía hallar el auxilio de la fe, pues no era un hombre especialmente religioso y, por tanto, se preguntaba de qué manera podría Dios salvarle, y si querría hacerlo. No podía aferrarse a una patria o una bandera, pues era un hombre de fortuna que luchaba por el mejor postor, independientemente de su origen. No tenía familia ni hijos, al menos no reconocidos. Cuando casi trescientos mil hombres iban a aniquilarse, él ¿por qué moriría? ¿Por dinero? ¿Era una razón suficiente? Acarició su arco parto. Era la única certeza que tenía, lo único a lo que podía asirse. Lucharía porque era un hombre, porque esa era la vida que había elegido, y


debía ser consecuente con sus decisiones. Nadie le había obligado, a nadie podía echar en cara su situación. Quizá hubiera podido estar en las estepas de Turquestán, siendo pastor de cabras, casado y con hijos, una vida tranquila y feliz al margen de la guerra. Pero no. Se encontraba a miles de leguas del lugar de su nacimiento, en una tierra extraña, a escasas horas de entrar en combate en uno de los enfrentamientos más titánicos que la historia hubiera visto. Había viajado por muchos países, matado a cientos de soldados, disfrutado de grandes lujos y de la compañía de bellísimas mujeres que nunca habían llegado a conocer su nombre. Ya no tenía sentido arrepentirse, sino pagar el precio por su vida. Y lo haría, porque era un hombre. Había llegado la hora de acostarse. Todo estaba planificado, las tropas preparadas, el orden de batalla establecido y las oraciones por la victoria realizadas. Antes de que volviera la aurora, el campamento cristiano despertaría y comenzarían los movimientos previos a la batalla. Rodrigo de Aranda sabía que debía descansar, pues al día siguiente necesitaría todas las fuerzas que aún pudiera encontrar su envejecido cuerpo. Sin embargo, reflexionaba, rememoraba. Pensaba en su mujer, una bondadosa dama de la baja nobleza castellana, como él, devota, humilde y trabajadora, que le había ayudado y sostenido con increíble amor y le había dado siete hijos, y otros tres que habían muerto poco después de nacer. Casi todos habían sido niñas, salvo dos, uno de los cuales había ingresado en un monasterio cluniacense y otro que estudiaba derecho en Bolonia, con los grandes maestros de la Escuela de Glosadores. Los amaba con todas sus fuerzas, y había luchado para que la España en que ellos vivían fuera mejor que la que a él le había tocado. Efectivamente, había cambiado mucho. Todo el mundo había cambiado. Pensaba en su hijo estudiante. Los hombres ya no aprendían las leyes estudiando las costumbres, ni los fueros y cartas de población, sino que iban a los Estudios Generales a empaparse de las normas de la antigua Roma. Por una afortunada casualidad, el emperador germano había descubierto los textos de Justiniano saqueando una olvidada fortaleza italiana, y el Codex, las Instituciones, el Digesto y las Novelas, donde se contenía todo el derecho romano desde los tiempos del emperador hispano Adriano, habían sido recuperados. Poco a poco, la legislación de las naciones de la Cristiandad se unificaba. También la vida en las ciudades, muerta mucho antes de que pereciera Roma, resurgía. En el año 1188, en León, por primera vez en la historia se había admitido a los burgueses en la Curia, creándose las Cortes. El comercio se intensificaba y surgía el ius mercatorum, los Estudios Generales crecían. Bolonia, París, Oxford, Palencia... el gótico comenzaba a alzarse hacia los cielos. Sí, el mundo estaba cambiando. La Cristiandad había conseguido


sobrevivir a la Edad Oscura, al asedio de vikingos, magiares y sarracenos, y se había impuesto a sus enemigos. El último rey vikingo, Harald Hardrade, había sido bautizado y posteriormente derrotado en el puente de Stamford. Los magiares, descendientes de los hunos que habían arrasado el imperio romano hasta ser vencidos por Aecio y sus aliados visigodos, habían aceptado el Cristianismo en el año 1000 de la mano de su santo rey Esteban. Y ahora, frente a ellos, los legatarios de los visigodos que habían frenado al Azote de Dios en los Campos Cataláunicos, se alzaba el mayor ejército musulmán que jamás se hubiera visto en la Península. Si caía derrotado, la Edad de Oro de la Cristiandad comenzaría. El Reino de los Cielos estaba cerca. Rodrigo estaba inquieto. Se daba cuenta de los cambios que sacudían Europa, y del papel fundamental que ellos tenían en ese cambio. Se examinó a sí mismo. Jamás hubiera pensado que iba a formar parte de algo así. ¿Cómo preverlo? Él simplemente había procurado ser honesto. Todos decían que era un hombre sabio, pero eso se debía a que siempre había tenido interés por comprender el mundo que le rodeaba, a los hombres con quienes convivía y al Dios en quien confiaba. Sabía leer en el corazón de las personas, interpretar sus anhelos y temores. ¿Había obrado bien? No siempre, pero en general había procurado cumplir con sus tareas, ser diligente y noble, no engañar a quienes le mandaban ni ser tiránico con quienes le obedecían. Había amado a Dios, educado a sus hijos y servido con toda dedicación a su rey. No era nada extraordinario, pero era lo que debía hacer. Su alma estaba en paz. Al día siguiente combatiría. Ya era viejo, como atestiguaban los níveos cabellos de su cabeza y su barba, y no tenía la fuerza y agilidad de antaño. ¡Veinte años, solo veinte años menos! Pero la batalla le había llamado en su vejez, y no podía desoírla. Era su deber. Sancho el Fuerte había reunido a los nobles más importantes de su reino en su tienda, Íñigo entre ellos. Estaban juntos, de pie, en torno a una improvisada mesa presidida por el rey, pues no había sillas para todos. El monarca había ordenado que se presentaran con la armadura puesta y portando las armas, y así, iluminados por las temblorosas antorchas que realzaban la determinación en sus ojos, los prohombres navarros representaban una escena de gran dramatismo y hermandad. Sancho el Fuerte puso su espada y su látigo armado sobre la mesa. Los demás le imitaron, y el mueble chirrió bajo el peso de las espadas, las hachas y los martillos. Entonces el rey se santiguó y comenzó una oración, repetida por los demás: —Salve Regina, mater misericordiae, vita dulcedo, et spes nostra salve...


Los hombres más poderosos de Navarra, cada uno de los cuales era capaz de levantar un ejército de miles de hombres y tenía bajo su mando a legiones de sirvientes, rezaban a una mujer, una chiquilla judía cuyo nombre llevaba siendo venerado siglos antes de que ellos nacieran, y lo sería milenios después de que hubieran muerto. Algunos reprimían las lágrimas, tal era su devoción. —O clemens, o pia, o dulcis Virgo Maria. Al terminar, varios escuderos situaron una copa frente a cada noble, y las fueron llenando de vino. Lo habían transportado desde Toledo, pues por razones obvias no podrían comprar en territorio musulmán, y estaba ligeramente avinagrado. Aun así, cuando todos los presentes tuvieron la copa rellena, el rey alzó la suya, tal como hicieron los demás, y dijo: —Hermanos, mañana se librará una batalla que pasará a la historia. Nunca en los quinientos años que han transcurrido desde que Tariq profanara nuestra tierra se ha visto a tanto guerrero presto para el combate. Nosotros solo somos doscientos. Pero, con pocos hombres más, Leónidas detuvo durante semanas a un millón de persas en las Termópilas. Y nuestro valor no tiene nada que envidiar al de los espartanos que allí murieron. Los nobles aporrearon la mesa con sus puños envueltos en acero, aclamando las palabras del monarca, que continuó: —Nadie os obligó a venir, y sin embargo estáis aquí. Hermanos, la batalla nos llama, el deber nos llama. Escuchad su música, pensad en vuestras amadas, en vuestras familias. Puede que el Islam esté lejos de nuestras tierras, pero hubo un tiempo en que también nuestras montañas sufrieron la pestilencia de los moros. Si no lucháramos, quizá esos tiempos volvieran. Aunque esté a cientos de leguas, seguimos luchando por nuestro hogar. ¡Navarros, expulsaremos al enemigo, lo desterraremos al otro lado del mar que nunca debió cruzar! Los notables gritaron y golpearon con más fuerza la mesa. Las llamas temblaron cuando Sancho, alzando aún más la copa y con los ojos ardiendo, tensando sus músculos, exclamó: —¡Hermanos, bebed! ¡Bebed, porque somos soldados y la batalla nos llama! ¡Bebed, porque Cristo ha querido que luchemos por Él! ¡Bebed, porque los que mañana pierdan la vida habrán alcanzado la gloria y gozarán de su salvación! ¡Bebed, porque somos hombres y hemos nacido para este día, porque hemos nacido para la guerra y el acero, hemos nacido para la victoria! ¡Que el Señor de los Ejércitos nos dé fuerzas, bebamos su sangre! Los navarros apuraron el contenido de las copas de un trago. Íñigo arrugó el rostro por el sabor avinagrado del vino, pero se sentía eufórico. Había compartido


una ceremonia de batalla con guerreros mucho más veteranos y experimentados que él, y le habían acogido como uno más. Estaba, como ellos, llamado a hacer grandes cosas, y era por tanto igual de respetado. Se sentía parte de una hermandad para la que antes se habría considerado demasiado joven, demasiado inmaduro. Ya no era así. Era un hombre, un soldado. Su padre habría sonreído. Por primera vez en meses, Mutarraf se sentía exultante. Como artista que era, percibía con gran claridad la música de la batalla, y no recordaba haber escuchado nunca algo tan bello. Lloraba de pura emoción, y daba gracias a Alá por haberle dado fuerzas para llegar hasta el final. Todo el desasosiego sentido en Sevilla, todo el cansancio que casi había aniquilado su cuerpo en las durísimas marchas a través de Andalucía bajo un sol inclemente, había desaparecido. Aquella noche, bajo estrellas teñidas de rojo, su alma solo albergaba una profunda gratitud, una desbordante alegría. Se daba cuenta de que la batalla era, para él, lo más irrelevante, la culminación de un proceso. El verdadero combate, el desafío que había afrontado durante casi un año, ya había sido superado, y al día siguiente recibiría la recompensa. ¿Quién era él para sentirse tan afortunado? ¿Quién era él para gozar del favor de Alá, para que hubiera sido destinado, antes incluso de nacer, a morir por la santa fe? Lloraba. Desde joven había notado que la belleza y la divinidad se encontraban en íntima conexión. No había decidido ser poeta, sencillamente había nacido así, con el don de poder ver el rostro de Dios tras las cosas bellas, sentir sobre un campo de amapolas la mano del Creador, dando color como un pintor, o cantando a través del viento, rugiendo en el oleaje del mar. Sí, la belleza era una manifestación de Dios, y él podía verlo. Por eso cantaba. ¿Cómo no hacerlo, si Alá se lo había ordenado? Percibir Su presencia y adorarle era todo uno, y él lo hacía de la mejor manera que podía. Cantaba. Pero Él le había pedido más. Escribir poemas era una forma tibia de adoración, pues no le suponía ningún esfuerzo. No, era necesario hacer algo que demostrara claramente su inquebrantable amor, su inagotable fe. Por eso había partido al combate, creyendo que entregar su vida, derramar su sangre sobre los campos a los que el Hacedor había dado forma, sería lo apropiado. Pero se había equivocado, y acababa de darse cuenta. El verdadero sacrificio había sido cada paso dado al borde del desmayo, cada noche insomne, temeroso de no haber tomado la decisión oportuna, cada instante en que había temblado ante la perspectiva de la muerte... y seguir adelante a pesar de todo. El martirio sería


solamente la recompensa. Por el profeta... ¿quién era él para merecer tan alta gloria? ¡Y Alá la había aceptado! ¡Había aceptado el esfuerzo del más indigno de sus adoradores, había sonreído ante él! ¿Por qué, por qué el Único, el Forjador, el Dominador, se fijaba en él, un estúpido humano más? ¿Por qué había estado, siquiera un segundo, en sus pensamientos? Cuando la mañana extendiera su mirada sobre los prados, todo culminaría. El mundo podía arder a partir de ese instante, no le importaba. Él habría alcanzado la gloria, él habría visto el rostro del Creador. Serían las dos y media de la madrugada, y Roger se agitaba en su lecho. Su cuerpo se veía sacudido por espasmos, poco fuertes pero incómodos. Notaba una terrible opresión en el pecho, algo cuya causa no era física. Sufría arcadas cada poco tiempo, y aunque no llegaba a vomitar, su intensidad no remitía. Sudaba. No estaba enfermo. El malestar que provocaba tales síntomas no era material, sino puramente espiritual. Toda la angustia que había sentido desde que se uniera a la cruzada, el dolor que rompía su razón como se partían las piernas de los crucificados desde que perdiera a Laura, se había condensado aquella noche, adquiriendo forma e inteligencia propia, adoptando una personalidad que invadía su tienda y tomaba consistencia en el campo de batalla. Había sido como un macabro parto, una entrada en la vida de todos los sentimientos que llevaba diez meses gestando. El noble intentaba mitigar el asedio de la angustia, pero no podía. Por mucho que se esforzara, su cuerpo se seguía sacudiendo y su pecho se encogía. Cuán fascinante resultaba el poder de la mente sobre el organismo. Sin ningún problema corporal, el catalán estaba destrozado, viviendo penurias insoportables. Era un presagio. Algo le llamaba desde el lugar donde en pocas horas se descuartizarían los luchadores. Si hubiera podido levantarse y andar, al salir de su tienda habría visto, en mitad de la explanada que separaba los cerros ocupados por las huestes, la silueta de una persona encapuchada bajo la luz de la luna. Sentía su presencia. ¿Quién sería? ¿Dios, que le llamaba para castigarle por su falta de celo? ¿Laura? Alguien le esperaba, alguien tan importante que hacía que toda su alma temblara, presa de una zozobra que le asfixiaba como una cárcel de espinas. La verdad le aguardaba a tan solo unas horas. El final, el desenlace de toda aquella pesadilla. Sentía que todas las preguntas que se había estado formulando durante meses obtendrían una respuesta en el choque de los aceros y el silbido de las flechas. ¿Por qué había muerto Laura? ¿Por qué Dios le castigaba? ¿Qué hacía él allí? ¿Por qué trescientos mil hombres iban a despedazarse? Todo lo sabría, todo lo entendería, y comprender que esto iba a ser así le provocaba una insoportable


desesperación. Deseaba que amaneciera, pero temía al alba. Había preguntado. ¿Tendría fuerzas para asumir la respuesta? Ibn Wazir no dormía aquella noche. Aunque pudiera sentirse cansado al día siguiente, no quería perder ni un solo minuto, sino vivir intensamente, estudiándolos, todos los que se sucedieran. El mundo en el que todavía vivía iba a desaparecer en menos de veinticuatro horas, y deseaba fundirse en cada momento, convertirlo en parte de sí mismo antes de que todo muriera y se transformara. Por fin había visto al ejército cristiano, y había comprendido a su amigo Ibn Qadis. Su poderío parecía impresionante. Era cierto que la hueste islámica triplicaba en número de hombres a la católica, pero la historia le había enseñado que eso no era lo más importante. El espíritu, la determinación de vencer, era lo que contaba. Los primeros musulmanes, con una tropa muy reducida, habían logrado invadir una extensión de terreno similar a la que ocupó Roma en su esplendor, expandiéndose como fuego, y su avance solo había sido detenido por Carlos Martel en el mismísimo corazón de Francia, apenas cien años después de la Hégira. Aquello había sido posible por la fe que animaba a los combatientes, la misma fe, en el fondo, que había matado a Alkama en Covadonga. El éxito o el fracaso dependían de la voluntad de luchar, y los cristianos llegaban a Las Navas plenos de belicosidad. No podía decirse lo mismo de los musulmanes. El descontento que sentían por las ejecuciones y la mala gobernación en general era el síntoma de un problema mucho mayor. Para los que pudieran ver, las señales de la decadencia comenzaban a apreciarse, tal y como, según Hipócrates, la muerte grababa su sello en el rostro de los enfermos destinados a perecer. Las dos reacciones rigoristas que habían intentado revigorizar el debilitado califato, almorávides y almohades, habían acabado por sucumbir a la misma degradación del anterior gobierno. Parecía como si la propia tierra de España rechazara a los mahometanos, robándoles su fuerza. Cualquier parecido entre los actuales dirigentes, corruptos e innobles, con los primeros califas Quraysíes era pura coincidencia, y los civiles se habían acostumbrado demasiado pronto a la paz y al descanso, obviando la obligación de la yihad, que no solo implicaba guerra contra el infiel, sino contra las propias debilidades. Así había sido la historia. El Islam había entrado en España en la cima de su poder y el fondo de la inoperancia visigoda. Pero los cristianos se habían negado a morir, se habían esforzado por superar a sus enemigos y a sí mismos, y su lucha a brazo partido, sin esperanza, daba sus frutos. Los musulmanes, por su parte, se


habían acomodado, habían olvidado la exigencia de lucha permanente. El statu quo se había mantenido durante quinientos años, cinco siglos en los que, aunque los católicos fueran ganando energía y los mahometanos perdiéndola, los segundos seguían siendo más fuertes. Pero la batalla iba a cambiar eso. A partir de aquel día, serían los cristianos los poderosos, y los musulmanes los que tendrían que luchar por sobrevivir. Ibn Wazir suspiró. Pasara lo que pasara, Al-Ándalus era su tierra. Quizá débil y corrompida, no más que una sombra de la joya cuyo fulgor había asombrado al mundo, pero su hogar al fin y al cabo. Al igual que se ama a una madre que, envejecida, ha perdido ya el uso de la razón, así amaba Ibn Wazir a su patria. Con tristeza, con compasión, pero dispuesto a morir por ella. Y moriría, porque solamente pensar en una España donde la fe de Mahoma se hubiera extirpado le resultaba insoportable. Si ese momento llegaba, no quería estar ahí para verlo. Alfonso ya estaba en pie. Había dormitado todo lo que su cuerpo necesitaba: cuatro horas, de once de la noche a tres de la madrugada, y llevaba varias haciendo guardia. Quería ser de los primeros en ver la aurora, despertar a sus hermanos y llamarles al día en que escribirían la historia, usando los prados andaluces como pergamino. Oraba. Pedía al Redentor que le diera fuerzas, que no le dejara titubear en la batalla, que sirviera de ejemplo para los más jóvenes de la orden, quienes desde que habían visto la monstruosa horda almohade se encontraban inquietos. Ojalá Cristo le concediera valor, y ellos, al verle, imitaran su actuación. Ojalá pudiera servirles de guía en el que sería el momento más trascendente de cuantos estuvieran en él presentes. Sin duda, también de su vida, aunque estaba sereno. Se abandonaba a Dios, y en Él hallaba confianza. Recordaba su niñez. Había sentido la llamada de la fe con trece años, y a los dieciocho había ingresado en la orden como novicio. Tenía ya treinta y ocho, pero su fervor era el mismo del primer día, pues sabía que su vida tenía sentido. Había decidido someterse a una disciplina militar porque entendía que el Cristianismo era, ante todo, orden. Los eremitas eran tan distintos de los frailes guerreros como los campesinos de los reyes, pero todos ellos eran necesarios pues cumplían una función insustituible. Unos oraban, otros trabajaban, otros guerreaban. Los mineros extraían el hierro con el que los armeros forjarían las espadas que llevarían los soldados a la batalla, quienes conquistarían tierras que los campesinos cultivarían, haciendo crecer de ellas los alimentos que comerían los mineros. Todo estaba estructurado, todo formaba parte de un cuerpo cuyos miembros eran igualmente indispensables. La Cristiandad se asemejaba a una cota de malla: si


cada argolla se mantenía en su puesto, era impenetrable. Alfonso percibía este glorioso orden en todas las cosas de la Creación. Nada quedaba fuera de él, nada por encima, nada por debajo. Era la respuesta a todas las preguntas, la respuesta que podía verse en las vidrieras de las catedrales, en los torreones de los castillos, en los talleres de los gremios. Sabiendo que esto era así, que su civilización era perfecta, ¿cómo podría dudar? Alguien debía defender ese orden, procurar que no se viera amenazado. El calatravo cumplía esa tarea con enorme alegría. Los calatravos eran el escudo que detenía los sables y desviaba las flechas, la coraza que no se doblegaba ante las lanzas. Por eso estaban allí. Comprendía perfectamente la razón por la que combatían, y no tenía miedo, no dudaba. Sabía que su causa era justa. Quizá otros se estuvieran preguntando qué hacían allí, por qué iban a morir. Pero él no. «¿Acaso puede una mujer olvidarse del niño de su pecho, dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues aunque ella te olvide, Yo no te olvidaré». Miró hacia el este. Poco a poco, la oscuridad desaparecía y una pequeña claridad se abría paso entre las cumbres. Estaba amaneciendo.


PARTE TERCERA LA BATALLA

El alba no había llegado a saludar a un nuevo día, pero en los campamentos ya había empezado el movimiento. Los que hacían guardia despertaban a los durmientes, los escuderos a sus señores, los alguaciles a los villanos. Por doquier los soldados se armaban y se enfundaban en las armaduras en las que confiaban para salir indemnes. Se hacían los últimos retoques. Las espadas se afilaban una vez más, se llenaban las aljabas. En el real cristiano se improvisaban misas allá donde hubiera un capellán. Aragoneses, castellanos, navarros, portugueses, leoneses o francos, todas las plegarias se elevaban en el mismo idioma, latín, al mismo Dios, el Señor de los Ejércitos, por cuya gloria iban a combatir. Los soldados confesaban sus pecados y recibían el sacramento de la comunión, que les otorgaría la gracia divina, necesaria para no titubear en medio de la refriega. Al otro lado del campo de batalla, en el cerro de los Olivares, los ulemas predicaban la santidad de su causa, enardeciendo a sus compañeros al recitar suras del Corán que les recordaran el inmenso honor que suponía morir por la fe islámica. Un paraíso de fuentes y huríes aguardaba a los que perdieran la vida luchando contra los infieles politeístas. Los combatientes buscaban un instante de reposo y, purificándose con arena, rezaban la Fajr mirando hacia La Meca. Era muy importante comer bien antes de que comenzara el choque. En una batalla podían darse largos periodos de inactividad, e incluso no era infrecuente que algunos destacamentos ni siquiera llegaran a pelear, pero los que soportaran el peso de la lucha tendrían que derrochar energía de forma extrema. Unido al calor, el cansancio podía provocar desmayos e incluso la muerte, aunque poco podía esperar quien desfalleciera en primera línea del frente. Para evitar esto, los guerreros solían comer carne roja y otros alimentos consistentes y que aportaran fuerza, como pan o legumbres, si bien no en grandes cantidades para no sentir


pesadez y que se entorpecieran los movimientos. Más letal todavía que el hambre podía resultar la sed. Aquel día iban a alcanzarse temperaturas altísimas y la deshidratación o los golpes de calor podían causar muchas bajas. Los cristianos, para no sufrir ningún percance, bebían vinagre o vino rebajado con agua. A medida que se ultimaban los preparativos se alzaban cánticos en ambos reales, cánticos que formaban un coro que se unía a la melodía de la batalla. La solemne música religiosa de los cruzados se enfrentaba a los tambores de los almohades, que sacudían la tierra para amedrentar a los enemigos y enaltecer el coraje de los suyos. Idéntico objetivo tenían los estridentes alaridos de las mujeres bereberes, que comenzaron a apuñalar el clarear del firmamento cuando el ejército musulmán formó en orden de batalla. Por fin, una fina raya sonrosada quebró la noche, el saludo de la aurora. Como si aquel suceso fuera una orden, los ejércitos se colocaron en perfecta formación, preparados para iniciar la batalla. El choque no tardaría en producirse. La hueste cristiana había sido dividida en tres cuerpos principales. El ala derecha fue ocupada por los navarros y otros destacamentos destinados a reforzar su número, entre ellos los voluntarios portugueses, liderados por Alfonso Téllez de Meneses, hermano mayor del obispo palentino. Del ala izquierda se encargaban los aragoneses, en cuya vanguardia figuraba García Romero, en retaguardia el rey Pedro y, en el centro, dos cuerpos diferenciados, comandados por Jimeno Cornell y Aznar Pardo. Esta partición se realizó para tener una mayor movilidad y poder disponer mejor de las tropas. La misma estructura seguía el haz central, encomendado a los castellanos y liderados en vanguardia por Diego López de Haro, algunos concejos como los villanos de Madrid, a los que el noble había protegido quince años atrás, y los pocos ultramontanos que quedaban, al mando de Arnaldo Amalarico. La retaguardia estaba integrada por el rey Alfonso y la mayoría de los eclesiásticos, y en el centro, también dos destacamentos: Gonzalo Núñez de Lara dirigiendo a las órdenes militares y Ruy Díaz de Cameros. Los infantes marchaban al lado de los caballeros ya que, aunque menos poderosos, eran más maniobrables, especialmente en un terreno tan abrupto como en el que se verían forzados a lidiar. El primer grupo en entrar en combate sería la vanguardia castellana. López de Haro esperaba que su rey le diera la orden de avanzar, la orden que lanzaría a los quinientos caballeros de su mesnada, ciento cincuenta transpirenaicos y cientos, si no miles, de peones a romper la primera línea defensiva almohade. Mientras aguardaba, observaba al ejército del enemigo. Los voluntarios no opondrían ningún problema, serían aplastados con la facilidad con la que un


desprendimiento de rocas aplastaría las flores del campo. Pero sin duda, frenarían su potencia, y cuando llegaran frente a la muralla de lanzas que protegía el pie del cerro de los Olivares la lucha sería encarnizada. Las flechas de los agzaz matarían a muchos, y el omnipresente sonido de los tambores, que ya se clavaba en su ánimo, desmoralizaría a los más pusilánimes. Prácticamente se podía decir que su misión era suicida. Con todo, el señor de Vizcaya estaba tranquilo, sereno. Había luchado mucho, y aunque era consciente de que aquella batalla sobrepasaría a todas en cuantas hubiera participado, procuraba no pensar en ello. Su único deber era combatir, y lo que sucediera a partir de ahí estaba en manos de la Providencia, a la que nunca había cuestionado, de la que nunca había dudado. La música de la batalla sonaba en su mente como el coro de una catedral, recordándole su sagrado deber y haciendo que sintiera una grave responsabilidad que eliminaba todo miedo. Él era el adalid de Castilla. Si era menester fallecer, la muerte sería bienvenida. Al lado de López de Haro se hallaba su hijo, Lope Díaz. Se le notaba ansioso por entrar en batalla, y era para él todo un honor figurar entre las tropas que serían las primeras en entablar contacto con la horda mahometana. Incapaz de reprimir la emoción, le dijo al adalid. —Padre, grande es la distinción que os ha hecho nuestro rey al encomendaros el liderazgo de la vanguardia. Combatid con la bravura y el orgullo que de vos se espera, para que nunca nadie diga de mí que soy un hijo de traidor. El señor de Vizcaya sabía que su hijo no se habría atrevido a recordarle su deber si no fuera por su gran ansiedad, pero aun así no pudo disimular su enfado al contestar lacónicamente: —Hijo mío, antes os llamarán hijo de puta que hijo de traidor. Decía esto porque la madre de Lope Díaz, María Manríquez, había abandonado al poderoso noble para fugarse con un herrero burgalés. El joven, aceptando el reproche de su padre, besó su mano enfundada en acero y se preparó para la batalla. Diego López de Haro alzó su mirada al cielo. Clareaba con rapidez, y pronto habría suficiente luz como para ponerse en marcha. Mientras sus ojos estudiaban la tonalidad del firmamento, un hecho extraordinario sucedió. Pudo ver claramente cómo los rayos del sol que comenzaban a conquistar la tierra formaban la imagen de la cruz. Era la misma visión que había tenido Constantino en el puente Milvio. «In hoc signo vinces», le había dicho Cristo al emperador pagano. Novecientos años después, el Redentor enviaba el mismo mensaje. Si el adalid castellano todavía albergaba alguna duda, fue definitivamente


desterrada al ver la cruz alzarse sobre los campos. La lid sería durísima, pero Cristo había determinado que sus armas vencerían. —En verdad —murmuró para sí mismo—, hoy es el día de la victoria. La orden llegó. Los guerreros se santiguaron y comenzaron a descender por la ladera sur, prestos a enfrentarse al enemigo. Muhammad Al-Nasir, cuarto califa de la dinastía almohade, salió de su tienda. De su madre, la esclava cristiana Zaida, había heredado su aspecto físico: era alto y de piel clara, ojos azules y cabello y barba rubios. De su padre, el poderoso Yaqub Al-Mansur, gran vencedor de Alarcos, había recibido un imperio que había surgido con el mahdi Ibn Tumart predicando el Tawhid, la Unicidad divina, y se había asentado sobre las ruinas de los decadentes e inmorales almorávides, a los que había destruido. Trece años después de la muerte de su padre, Al-Nasir li-Din Allah, «el Vencedor de la Religión de Alá», había puesto en juego todos los recursos de ese imperio para conseguir lo que ningún otro líder musulmán había logrado jamás: erradicar a los cristianos de España. La ocasión era más propicia que nunca para cumplir sus propósitos. Ciertamente, el ejército cruzado era temible, pero sabía que era el último esfuerzo que los reyes cristianos podían realizar. Si los destruía, nada le impediría llegar a Toledo e incluso más allá, culminando la obra que su padre había iniciado en Alarcos. Tampoco su hueste era desdeñable. Junto a las tropas del cerro de los Olivares, había destacamentos en otras colinas cercanas, como los Cimbarrillos o las Viñas, para evitar que los cruzados pudieran rodear la fortaleza natural sobre la que se asentaba el grueso del ejército islámico. Todo estaba dispuesto. Se había vestido con sus mejores galas para la batalla. A pesar del calor que no tardaría demasiado en aparecer, llevaba puesta la capa negra de Abd Al-Mumin, bisabuelo suyo y primer califa almohade. Estaba seguro de que él se sentiría orgulloso en el paraíso al ver cómo su descendiente masacraba a los últimos cristianos que hacían frente al linaje que había creado. Su turbante estaba lleno de esmeraldas que destilaban un fulgor verdoso cuando los rayos del sol se posaban sobre ellas. Era un efecto apropiado, pues Al-Nasir no solo era un líder político, sino un guía espiritual, el faro que guiaba a sus tropas, la conexión con los primeros hombres que habían sucedido al profeta, bendígale Dios y le dé su paz. Uno de aquellos hombres, Utman, había creado el Corán que el Príncipe de los Creyentes depositó con suma reverencia sobre un atrio, y cuyo abuelo había ordenado engalanar con perlas y piedras preciosas. Era, sin duda, la reliquia más preciada para los unitarios, un objeto sagrado, la palabra inapelable de Alá, quien no tardaría en emitir su veredicto en la lucha que iba a desarrollarse.


Muhammad Al-Nasir abrió el Corán. Sus labios leyeron, con firmeza a pesar de su tartamudez, el siguiente texto: —«Cuando el enviado de Dios, ¡Dios le bendiga y le salve!, estaba en Medina, se puso a mirar hacia el poniente, saludó e hizo señas con la mano. Su compañero Abu Aiúb al-Ansari le preguntó: "¿A quién saludas, oh, profeta de Dios?". Y él contestó: "A unos hombres de mi comunidad que estará en Occidente, en una isla llamada Al-Ándalus. En ella el que esté con vida será un defensor y combatiente de la fe, y el muerto será un mártir. A todos ellos los ha distinguido en Su Libro. Serán fulminados los que estén en los cielos y los que estén en la tierra, excepto aquellos que Dios quiera"». El campo de batalla ofrecía una visión espectacular. Todas las tropas en formación, miles de estandartes alzados al sol y los cuernos y tambores llamando al combate... para Sundak era la imagen más fantástica de toda su vida. Jamás habría pensado, en sus inicios como mercenario, que llegaría a ver algo así. Pero él formaba parte de esos ejércitos, y no podía permitirse el lujo de considerarlos como lo haría un espectador ajeno. Debía estar alerta. Intentaba concentrarse en sus quehaceres. Comandaba un grupo de agzaz situados en el flanco derecho del cerro de los Olivares, y debía tener la mente clara para guiarles con profesionalidad y orden. Se esperaba mucho de ellos, y tenían que estar a la altura para que los líderes almohades siguieran confiando en su capacidad. Pero sus esfuerzos por aislarse del ruido de los tambores, de los gritos, las arengas y los cuernos eran inútiles. La música de la batalla lo cubría todo y forzaba a los combatientes a bailar bajo su ritmo, quisieran o no. La sinfonía se clavaba en ellos y aceleraba su corazón, tensionaba sus músculos, silenciaba la razón y hacía crecer la ira. Hasta sus caballos, bestias sin intelecto, podían sentirla. Algunos piafaban y golpeaban la tierra con sus pezuñas, inquietos por la tensión de sus amos, que ellos percibían como un olor más. La presencia de la muerte era inevitable. Una suave fragancia de rosas impregnaba las armaduras, los arcos y las lanzas. Sundak revisó por última vez su equipo para distraer su atención de las sirenas que proclamaban la matanza. Su arco estaba en perfectas condiciones y llevaba unas cincuenta flechas en el carcaj. Cuando se le agotaran, iría al palenque de Al-Nasir a por más. No vestía ningún tipo de armadura, pues su mayor defensa era la rapidez y por ello su potro debía soportar el menor peso posible. Su única arma para el combate cuerpo a cuerpo consistía en un machete cuya hoja medía casi un codo de longitud. No era ninguna maravilla, pero solo debía ser usado en situaciones extremas. Portaba todas sus joyas y su barba estaba adecuadamente


trenzada. Su apariencia era la de un auténtico guzz, y eso era importante para fomentar el miedo en el enemigo y la confianza entre sus camaradas. Ellos eran los agzaz, el terror de los cristianos. Y no debe temblar aquel al que temen. La nube de polvo que se había formado al pie de la colina le indicó que los cristianos se habían puesto en marcha. También los voluntarios de Al-Ándalus habían iniciado su avance. Ambas fuerzas se encontrarían en el llano. Igualmente, la caballería ligera debía entrar en acción. Sundak agarró con fuerza los estribos de su caballo y su arco, y mirando al cielo murmuró la oración que solía rezar antes de cada batalla: —Oh, Alá, cuida de mí en la batalla. Dame fuerzas para tensar mi arco, hazme certero para que mis flechas derriben a tus enemigos, otórgame el coraje necesario para no huir de mi obligación y abandonar a mis compañeros. Que el silbido de mis saetas sea un cántico en tus oídos e inspire el temor entre los que contra ti se alzan. Y dicho esto, dio a sus jinetes la orden de avanzar. Las sospechas de Ibn Wazir se habían confirmado al amanecer, al poder contemplar a los cruzados en formación: iba a morir. Aquella sería su última batalla. No sentía, no obstante, ningún temor. A todo hombre le llegaba la hora, y él no iba a perecer por el peso de los años o de la enfermedad, sino luchando por su Dios y su país, la muerte más gloriosa a la que pudiera aspirar, la culminación de una vida guiada por el honor y la honestidad. Se había vestido con sus mejores galas: varios anillos engarzados con piedras preciosas sobresalían por encima de la cota de malla, cubierta en muchas partes por bellísimos tejidos de seda. Una piedra de aguamarina, del tamaño de una nuez, coronaba su turbante. Con solo uno de sus tesoros cualquier peón cristiano podría convertirse en un próspero mercader o comprar grandísimas extensiones de tierra, por lo que representaba un riesgo tentar a tantos hombres armados a que buscaran afanosamente matarle para saquear su cadáver. Pero estaba dispuesto a atraer hacia sí lo más duro del combate. Su alma estaba lista para abandonar este mundo, y no temblaba. Combatía a pie junto a sus tropas, situadas justo detrás de los mártires que ya marchaban hacia su destino. Había rechazado su caballo porque en el terreno en que se desarrollaría la matanza representaba más un estorbo que una ventaja, y porque quería que sus hombres, que con tanto orgullo habían jurado pelear a su lado, lo sintiesen cerca. Si tenían alguna opción de victoria, era imprescindible que no huyeran, o todo estaría perdido. Vio cómo la mayoría de andalusíes cumplían su amenaza y, arrojando las


armas, abandonaban el campo de batalla. Sonrió para sus adentros, con tristeza. Era cierto que Al-Nasir era un perro, pero sus compañeros no habían comprendido que no luchaban por él, sino por una tierra, Al-Ándalus, que podía ser herida de muerte ese mismo día. Quizá no hubiera esperanza alguna de victoria para las huestes del Islam, pero era mejor morir en una lucha perdida de antemano que huir esperando un futuro combate que nunca se produciría. Examinó a sus guerreros. Tenían miedo, pero la determinación era más poderosa en su mirada. Saber que nadie les obligaba a estar allí les forzaba a aceptar su sino sin titubeos. Habían tenido la opción de huir y su dignidad les había impedido aceptarla. Apelarían a esa dignidad en los momentos más cruentos del enfrentamiento. El noble se sentía orgulloso. Entonces, algo sorprendente ocurrió. Vio cómo entre sus soldados caminaba, con elegancia y sensualidad, una mujer. Era hermosísima, la más bella que hubiera visto en su vida. Sus ojos eran negros, como el cabello que caía sobre unos preciosos hombros de piel morena. Sus pechos poseían el tamaño justo, ocultos bajo una prenda que dejaba al descubierto el terso vientre. Su falda era casi transparente y dejaba entrever sus esbeltas piernas. Andaba descalza y tenía joyas en los pies, así como brazaletes en los tobillos y las muñecas y anillos de amatista. Ibn Wazir no sabía quién podía ser. En un primer momento pensó que se trataba de la mujer de algún bereber, pero ellas estaban con sus maridos y, en todo caso, ningún rudo habitante del desierto hubiera permitido que su esposa vistiera de forma tan provocadora. Luego imaginó que sería una hurí, pero para que fuera así debería estar en el paraíso... y no había nada tan alejado del paraíso como aquel desangelado campo de batalla. Sus pensamientos cesaron cuando el griterío le indicó que las avanzadillas de ambos ejércitos estaban a punto de encontrarse. Se arrodilló y realizando la ablución con arena de la tierra que no tardaría en convertirse en un sangriento barrizal, oró: —Alá, Tú eres poderoso, Tú eres eterno. Mantén mi espíritu sereno y mi mente tranquila para que hoy luche por ti. Acepta mi sacrificio y otórgame fuerza para que pueda derrotar al enemigo. Mas, si me consideras indigno, permíteme al menos, Te lo ruego, morir con la espada en la mano. Se levantó y cogió su espada, que llevaba colgada al cuello a la costumbre musulmana, y la empuñó enrrollando la cinta en su antebrazo. De este modo no la perdería y sus golpes ganarían en precisión y fuerza. Suspiró y alzó el arma hacia los cielos. Las palabras del Corán, grabadas con oro en la hoja, centellearon al sol como fuego, el fuego de la fe por la que iban a inmolarse. «Combatid en el camino de Dios a los que combaten contra vosotros». Cumplirían con el mandato.


—¡Hermanos —gritó para arengar a sus tropas—, Alá es grande, Alá es poderoso! ¡No temáis al enemigo! ¡Matadlos a todos, Él nos preservará! ¡Alá es grande, Alá es poderoso, Alá es grande! Los guerreros corearon sus palabras. No había más que decir. La melodía de la guerra era poderosísima, y pronto estallaría en un alarido que se elevaría a los cielos como las llamas de un holocausto. Los caballos habían comenzado la marcha con un paso lento, al ritmo de los infantes. No había necesidad alguna de forzarlos. El llano que se extendía ante ellos era suficiente para alcanzar la velocidad que tendrían en el momento del choque, y caminaban sin prisa, tensos, expectantes. Los almohades ya habían respondido a este movimiento. Su vanguardia se movía hacia ellos, y pronto los agzaz los tendrían a tiro. López de Haro rezaba: —Pater Noster, qui es in caelis... No había miedo. Una sensación extraña oprimía el pecho de los guerreros, la misma que hubiera podido sentir Pandora antes de abrir la caja que desataría el infierno sobre la tierra. No había marcha atrás. No eran ellos quienes cabalgaban, sino una fuerza salvaje, una bestia agazapada tras la maleza que saltaría en cualquier momento. Ellos no eran más que los ejecutores de una voluntad superior, inevitable. Todo lo que iba a desarrollarse sería sangriento porque no podía ser de otra manera. —Fiat voluntas Tua, sicut in caelo et in terra... Los caballos pasaron al trote, dejando atrás a los infantes. La furia crecía a cada paso que daban, se materializaba en la nube de polvo que levantaban al cabalgar. El corazón latía acompasando su cadencia a la velocidad de las bestias. Tambores. Cuernos. Aullidos de mujer. El coro de la catedral invocando el nombre de Cristo. La sangre comenzaba a hervir bajo las armaduras, las pupilas se dilataban, se tensaban los músculos. El enemigo estaba cerca. El inicio de la masacre se hallaba a unas pocas varas. Las flechas de los agzaz silbaban entre los pendones y arrebataban la vida de los primeros mártires. —¡Santiago y cierra España! ¡Santiago y cierra España! Los animales galopaban ahora a la máxima velocidad. Lanzas en ristre, el corazón desbocado. Era la hora de la verdad, la hora que cambiaría el mundo. —Libera nos a malo. La lanza del adalid de Castilla atravesó el pecho de un musulmán. El tremendo impulso le elevó varios palmos sobre el suelo, traspasado por el arma, que después


se clavó en la tierra. López de Haro desenvainó la espada. El lamento que había proferido su primera víctima al morir no era humano. Era el grito del espectro que había nacido meses atrás y ahora llegaba a la vida con la primera sangre derramada, el cántico que bendecía la masacre. El señor de Vizcaya siguió cortando cabezas y miembros sin que su caballo se detuviera. A su lado, Lope Díaz hacía lo mismo, al igual que los francos y demás caballeros. El enemigo no había adoptado ninguna formación y no podía detener la carga de los cruzados. Morían atravesados por las lanzas, aplastados por las pezuñas de los caballos o decapitados, sin oponer resistencia alguna. El ataque cristiano había penetrado con una potencia inusitada y se dirigía ya al cerro de los Olivares a través de un mar de hombres que morían impotentes frente a tanta furia. —Gloria a Alá, el Supremo Soberano. Gloria a Alá, el Más Santo... Mutarraf recitaba los noventa y nueve nombres de Dios, los nombres más hermosos, mientras andaba por el llano. A su lado marchaban, aparte de su amigo muftí Al-Hamdani, los cadíes Abdallah Al-Hudrami, Abdallah al-Aylani e Ibrahim al-Muyabari, los ulemas Ibn Sahib al-Sala y Abdallah al-Madini, el asceta Tasufin Muhammad y muchos otros. Todos ellos eran grandes estudiosos e intelectuales, personas cuya mente poseía un valor extraordinario. Pero en batalla eran inútiles. —Gloria a Alá, el Juez. Gloria a Alá, el Justo... Mutarraf permanecía bajo el mismo estado de exaltación religiosa y gozo de la noche anterior. A sus ojos, todo cuanto veía era bellísimo, una imagen preciosa antesala del paraíso. Los hombres marchando al combate, los cánticos que se entonaban, el sol que alumbraba el avance de la gloriosa hueste de la fe... Había cumplido su objetivo y se sentía como en una fiesta. Gritaba los nombres de Alá con la felicidad con la que un esposo llama a la amada, caminaba casi saltando de dicha. El corazón no le cabía en el pecho, tal era su emoción. —Gloria a Alá, el por Siempre Viviente. Gloria a Alá, el Existente por Sí Mismo... Su entusiasmo no se desvaneció cuando la tierra tembló bajo sus pies y la caballería pesada irrumpió en sus filas. Decenas de hombres salieron volando por los aires al primer impacto y la sangre manó a raudales, pero los percherones enemigos no detuvieron su letal cabalgada. Los guerreros que les montaban no necesitaban ni siquiera golpear con sus armas, pues el simple empuje de las bestias a la carga destrozaba a cuantos se interpusieran en su trayectoria. El poeta, ensimismado por el poderío y la hermosura del martirio que contemplaba, ni siquiera hizo ademán de defenderse.


Un cruzado le clavó la lanza en el costado, a la altura del pecho. Sintió un profundo dolor que le hizo gritar, y la fuerza del golpe le desestabilizó. El sufrimiento duró poco porque, al caer, un caballo le golpeó con la rodilla en la cabeza, un choque brutal que le dejó inconsciente. Quedó tendido en la tierra, ajeno a todo lo que pasaba a su alrededor, ajeno a las pezuñas que lo pisoteaban en su decidido avance hacia el cerro de los Olivares. Mutarraf no murió. Logró milagrosamente salvar la vida, aunque estuvo sin conocimiento el resto del día. Al caer la noche se despertaría y, viendo el desolador panorama del campo de batalla y entristecido por la derrota de las armas del Islam, emprendería el camino de regreso a Granada. Allí moriría un mes después a consecuencia de las terribles heridas, incapaz de comprender por qué Dios le había negado la gloria de morir en la pelea. Sundak extrajo una flecha de su carcaj, tensó el arco y disparó. El proyectil atravesó el yelmo de un franco, matándolo al instante. A los pocos segundos clavó una saeta en el pecho de un caballero de la mesnada de López de Haro. Aquello no era suficiente para matarlo, así que siguió hostigándole. Tras una segunda flecha que logró detener el escudo del enemigo, la tercera por fin atravesó su cuello, arrojándolo a tierra. El guzz siempre actuaba del mismo modo. Fijaba su atención en un objetivo y no descansaba hasta verle muerto. Nadie sobrevivía mucho tiempo una vez que el turco hubiera determinado su muerte. Los cruzados habían arrasado con furia homicida a los voluntarios, y el llano era ya un gigantesco cementerio lleno de cadáveres y cuerpos mutilados. Los infantes que llegaban detrás remataban a los que aún tuvieran aire en sus pulmones. En poco más de diez minutos, miles de hombres habían pasado al otro mundo. Sundak sabía que sería así, pero no había podido reprimir un escalofrío al ver la salvaje eficacia del enemigo y el inútil derroche de vida de los civiles. Si deseaban morir, no podrían haber escogido batalla más oportuna. Los cristianos estaban a punto de entrar en contacto con la verdadera vanguardia almohade, que había avanzado ligeramente su posición y les esperaba más allá del cerro de los Olivares. Había que matar a cuantos fuera posible antes de que eso sucediera, pues una vez entraran en la vorágine del combate cuerpo a cuerpo sería demasiado arriesgado atacarles. Afortunadamente, el entrenamiento de los agzaz era el mejor. Era muy difícil coordinar las actuaciones de tantos jinetes a caballo. Si uno se cruzaba delante de su compañero justo cuando este lanzara, moriría, así que el fuego amigo era un problema real cuando disparaban en movimiento. Pero ellos eran los mejores. Cada uno de sus flechazos era preciso, sus actos calculados.


Sundak extrajo una nueva flecha, esta vez diseñada para romper escudos. Tenían hasta diecisiete tipos de saetas distintas, unas para atravesar cotas de malla, otras escudos, otras adargas. Por el tacto de la punta el guzz podía distinguirlas perfectamente y jamás se confundía. Disparó. El proyectil impactó justo en el centro del broquel del enemigo, desarmándolo por completo y de paso atravesando su brazo. Iba a disparar de nuevo, esta vez con intención de atravesarle el corazón, cuando sus experimentados sentidos le hicieron advertir un sonido que no había escuchado antes en toda la batalla. —¡Nos atacan! Eran flechas. Los ballesteros cristianos entraban en acción. Su fuerza era extraordinaria y su alcance tan largo como el que pudieran alcanzar los arcos partos, si no más. Sonrió. Los españoles habían sufrido demasiado los hostigamientos de la caballería ligera musulmana y llegaban preparados para contrarrestarla. Una saeta le traspasó la muñeca y otra se clavó en su hombro. Rugió de dolor, y la sorpresa le impidió moverse cuando su caballo se tambaleó y cayó al suelo con la cabeza destrozada por otros tres proyectiles, aplastándole la pierna. Estaba atrapado. Su brazo derecho había quedado inutilizado y no podía levantar la masa inerte de su potro para escapar de ella. El dolor de sus heridas y sus huesos rotos era insoportable. Todavía podía alcanzar el machete, pero no le serviría de nada. Postrado en el suelo y viéndose obligado a combatir con la mano izquierda no podía enfrentarse a nadie. Se dio cuenta de que morir era cuestión de tiempo, y solo le quedaba esperar pacientemente. Miró al cielo. Su color era casi azul, pues el sol ya se había alzado. No viviría lo suficiente para verlo ponerse, pero eso no le inquietaba. En realidad, estaba mucho más tranquilo de lo que esperaba encontrarse cuando llegara su hora. No había nada que pudiera hacer y no tenía por qué estar nervioso. Observó a los vencejos, que de nuevo alzaban su vuelo sin prestar atención a lo que ocurría en la tierra. Eran preciosos, y sentía, más que nunca, que se trataban de un mensaje. Estaba a punto de descubrir su significado cuando, una vez más, se escuchó el silbido de las flechas cristianas. Una ballesta tardaba demasiado en cargarse, por lo que las dos andanadas habían sido ejecutadas por grupos distintos. Buena coordinación, pensó Sundak. Varios proyectiles se clavaron en su pecho y su garganta, y su alma abandonó su cuerpo para volver a las estepas de Turquestán, acompañada por los vencejos. Desde su posición, el rey Alfonso podía contemplar perfectamente el escenario en


que se desarrollaba la masacre. Le acompañaban los principales nobles de su reino y los eclesiásticos, y todos formaban una asamblea donde se decidirían los movimientos que tendría que adoptar el ejército. Su labor era crucial, dada su inferioridad numérica y táctica, que provocaba que las órdenes tuvieran que darse en el momento justo. No antes, cuando no pudieran explotar toda su ventaja, ni después, una vez la situación que debieran remediar no tuviera arreglo. Habían contemplado la matanza perpetrada entre los voluntarios musulmanes, y les había alegrado, pero sabían que lo duro de la batalla comenzaba justo después. Las tropas de vanguardia del enemigo habían abandonado el cerro de los Olivares y combatían en el llano. La caballería no perdería impulso, pues no tendría que cargar cuesta arriba, pero se encontrarían más lejos del palenque de Al-Nasir, el objetivo que debían tomar para descabezar la resistencia islámica. Antes de declarar la carga del siguiente cuerpo, era conveniente esperar a que López de Haro rompiera esta primera línea defensiva, ya que de lo contrario el segundo destacamento llegaría al pie del cerro con el mismo escaso ímpetu que la mesnada del adalid castellano. Alfonso de Castilla estaba tenso y agarraba con fuerza las riendas de su caballo, intentando descargar mediante tal gesto toda la tensión. No sabía si la misión que había encomendado al señor de Vizcaya era desproporcionada a las fuerzas con que contaba. El primer choque había sido brutal y los civiles almohades no habían causado ninguna baja entre los cruzados, pero los agzaz habían arrebatado algunas vidas y los arqueros situados cerca del real enemigo seguían disparando sobre los cristianos más alejados del cuerpo a cuerpo. Se intentaba contrarrestar esta amenaza con el fuego de cobertura de los ballesteros, pero por cada andanada que soltaban los cruzados había tres de los mahometanos. —Deberíamos enviar ya a los monjes... —pensó en voz alta el rey de Castilla. Ximénez de Rada, que estaba cerca de él, le aconsejó: —Aún no, mi señor. Esperad a que don Diego ponga en fuga a sus rivales. El momento parecía no llegar. Los caballeros se destrababan del combate, protegidos por los infantes que evitaban que fueran perseguidos, retrocedían, tomaban distancia y cargaban de nuevo. La potencia de un percherón montado por un caballero con armadura completa, un conjunto que podía pesar una tonelada, lanzado con una fuerza descomunal, era una amenaza que por sí misma podía romper formaciones enemigas, pero, cuando esta potencia se perdía, el caballero era incluso más vulnerable que un infante normal. Especialmente los cristianos solían ir muy asidos a las bestias para no desestabilizarse en el choque, lo que se convertía en una desventaja si el animal era abatido, ya que podía llevarse a su


dueño con él y aplastarle bajo su peso. Por fin, uno de los asaltos logró quebrar la defensa musulmana. Esta se retiró hacia su posición original, pero lo hizo de forma ordenada y sin pánico, impidiendo que los cruzados pudieran obtener alguna ventaja de las circunstancias. A pesar de todo, era la situación que el rey Alfonso estaba esperando. Las cargas debían ser sucesivas, sin permitir que los musulmanes descansaran, sometiéndolos a un acoso constante. En el momento en que uno de sus destacamentos huyera atemorizado, el terror se propagaría entre su ejército, y para forzar esta situación debían estar bajo un asedio incesante. —Que don Gonzalo entre en combate. Dios le guarde y le dé fuerzas. La orden llegó rápidamente a su destinatario. En poco tiempo, las órdenes militares, los combatientes más temidos de España, la mayor fuerza de que disponía la Cristiandad, se pusieron en marcha con la vista fija en el palenque de Al-Nasir. Alfonso lo observaba todo con expectación, pero sin nerviosismo. Se sentía como si visitara una catedral o una abadía especialmente importante, reverente ante todo lo que le rodeaba, percibiendo la trascendencia y solemnidad del ambiente, pero seguro de sí mismo, sin inquietud alguna. Aquella batalla era exactamente eso, un templo. Cumpliría en él la misma función que los obispos en las iglesias, la de defender su fe y su pueblo, trabajar para que pudieran crecer sin temor al enemigo. La misma sensación se veía entre los veteranos. Los más jóvenes, por el contrario, estaban anonadados. No era para menos. Jamás se había visto un enfrentamiento de tales características en la Península, a pesar de los siglos de guerra ininterrumpida. La experiencia del freire le decía que sería costoso alzarse con la victoria, pero lo único importante, lo único que él debía hacer, era pelear. Si se obtenía el triunfo o no, era decisión de la Providencia. Los novicios habían sido educados en la misma creencia, y esperaba que no lo olvidaran en el entrechocar de los aceros y los gritos de las mujeres bereberes. Él ya estaba acostumbrado a la música de la batalla y sabía interiorizarla para que reforzara su ánimo, pero muchos en su orden escuchaban aquel sonido por primera vez. De momento la lid se desarrollaba de forma ventajosa para los cruzados. La vanguardia había sufrido muchas bajas, pero habían conseguido que los almohades retrocedieran a sus posiciones originales. La sangría de los civiles había disgustado profundamente a Alfonso. También la Iglesia Católica veneraba a los mártires, pero no a los fanáticos que se suicidaban sin sentido. La línea divisoria


entre ambos conceptos podía ser muy delgada en la práctica, pero en el espíritu que alentaba los dos comportamientos la distancia era tanta como entre el cielo que esperaba a unos y el infierno que aguardaba a los otros. La vida es un don de Dios, y no debía ser entregada de forma estúpida, desperdiciada sin provecho para nadie. Los mártires descansaban en la gloria de Cristo, los suicidas eran decapitados y sepultados en los cruces de caminos. Desde la retaguardia llegó la orden de cargar. Los frailes se santiguaron y encomendaron su alma al Señor de los Ejércitos. Había llegado la hora. Los priores arengaban a sus compañeros. Alfonso Valcárcel se adelantó y, dirigiéndose a los calatravos, gritó con voz potente: —¡Hermanos, Dios nos guarde! Una vez más nos enfrentamos a los infieles, una vez más el Redentor nos llama para que ocupemos el puesto que nos corresponde. ¡Somos su santa ira, somos la espada con la que da forma al mundo! ¡Hermanos, no temáis! ¡Somos su Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra nosotros! ¡No prevalecerán! Sus verdes ojos ardían ebrios de furia y poder. Su espada se alzaba hacia los cielos y el reflejo del sol sobre ella recordaba que su alma era de fuego. Sus palabras se unían a la sinfonía de la guerra y prendían los corazones de los calatravos, las tropas más feroces de España en la batalla más salvaje que hasta entonces se hubiera visto. —¡Somos la sal de la tierra! ¡Somos la luz del mundo! Frente a vosotros están los que eligieron vivir como hijos de las tinieblas. ¡Nosotros, hermanos, somos los Hijos del Sol! Los guerreros vitorearon sus palabras y gritaron el nombre de Santiago, con cuya ayuda esperaban contar. Tras la arenga se pusieron en marcha, prestos para lanzarse contra las líneas musulmanas y destrozarlas con su implacable ferocidad. Alfonso alzó la vista al firmamento y dijo: —Padre, en tus manos deposito mi espíritu. No me dejes caer, no me dejes huir. Líbrame de mis debilidades para que no sucumba, para que sea testimonio de tu gloria, para que destruya a quienes atacan a tu Iglesia y a tus hijos. Padre, que todo cuanto yo haga sea un cántico que alabe tu nombre. Ibn Wazir no estaba cansado. Era un lujo que no podía permitirse, y forzaba a su cuerpo a aceptar las órdenes de su mente, que le obligaban a seguir adelante. Cuando llegara el momento, también su intelecto estaría obligado a someterse a su espíritu, lo único inquebrantable, para no desfallecer. Pero aún no había combatido tanto.


La presión de los cristianos era tan asfixiante como el calor que comenzaba a incendiar el aire. Sus tropas no tenían ni un segundo de descanso, ni un instante de pausa. Aunque la caballería pesada se alejara del combate, los peones enemigos mantenían la posición, impidiendo su reposo y que rehicieran el orden. Aquel acoso les había forzado a retroceder al pie del cerro de los Olivares. Allí, su posición era más ventajosa y nuevos guerreros habían acudido a reforzar la defensa. Los cruzados lo tendrían más complicado, pero el noble era consciente de que se enfrentaba a una mínima parte de la hueste contraria. Un infanzón cristiano le atacó con la lanza. Desvió el golpe con la espada y, girando la muñeca, la clavó en la base del cuello de su atacante. Casi simultáneamente otro peón le dirigió un lanzazo. Detuvo el golpe con el escudo y, tras percibir un punto débil en la guardia del cruzado, le lanzó una estocada. Giró todo su cuerpo, situándolo en paralelo a su brazo, para dar al golpe una mayor potencia. Segó la vida de su rival. No se había equivocado al suponer que sus joyas y tejidos atraerían a los enemigos como a urracas, pero se alegraba de que fuera así. Sus soldados soportaban menos presión, y él estaba más acostumbrado a lidiar. Comprobó con satisfacción que estaban luchando bien, sin miedo, sin desfallecer. Su presencia les alentaba, pues no querían fallarle. Él, por su parte, se mantenía atento al frente, y se dirigía allí donde la contención flaqueara para que no se rompiera el equilibrio. Decapitó de un poderoso sablazo a un cristiano que estaba a punto de matar a uno de sus hombres. Este le miró con temor, pero siguió combatiendo. Vio después cómo otro católico le atacaba. Paró la embestida con el escudo y, superando al de su contrincante al tiempo que soltaba un rugido, le clavó la espada en donde la mandíbula se une al cuello. Poco a poco, el combate se tornaba más brutal. Por el momento no había sufrido ninguna herida, pero sabía que tarde o temprano alguien rompería su guardia. Hasta que ese momento llegara debía pelear con todas sus fuerzas. Entonces el suelo sobre el que pisaba se estremeció como un hombre febril, y el aullido de los cuernos rasgó su alma. Miró al horizonte. Entre el polvo y la luz divisó los estandartes de los monjes guerreros. Santiaguistas, templarios, calatravos y hospitalarios cabalgaban a galope tendido hacia ellos. Sintió cómo un escalofrío le recorría la espina dorsal. Los cristianos no debían de verlo claro cuando mandaban tan pronto a sus mejores luchadores, pero en su situación, siendo el primero en recibir el impacto de los hombres más poderosos de la Cristiandad, tal pensamiento no le consolaba demasiado. Temió por sus soldados. El asedio que sufrían era ya extraordinario, y si se desbandaban ante la acometida de los freires morirían todos. Debían mantener la posición, costara lo que costara. Les arengó:


—¡Guerreros sagrados de Alá! ¡Guardianes de la casa del Islam! ¡Aguantad en vuestros puestos, no perdáis de vista al enemigo! ¡Que los caballeros se ensarten en nuestras lanzas, que sucumban ante nuestro poder! ¡Sois la hueste de la fe, y Alá está con nosotros! ¿Quién nos derrotará? ¿Quién nos derrotará? Las órdenes militares atravesaron la formación almohade con salvaje violencia. Decenas de hombres fueron arrojados varios codos hacia atrás, centenares cayeron empalados por sus lanzas. La trémula tierra se vistió de carmesí como preámbulo de un purgatorio desconocido, un purgatorio del que solo los más valientes podrían salir para reclamar el triunfo. Roger estaba destrozado, aunque no hubiera participado todavía en la batalla. Formaba en la vanguardia aragonesa junto a García Romero, y deseaba que llegara el momento de entrar en combate porque no sabía cuánto tiempo podría aguantar erguido sobre su caballo. No haber dormido en toda la noche era agotador, pero la angustia que había aferrado su alma le había provocado un mayor cansancio. Sus músculos se quejaban por los espasmos sufridos, su mente solo ansiaba poder reposar. El adalid aragonés le había visto y, creyendo que tenía fiebre, le había dicho que no era imprescindible que peleara, arriesgando innecesariamente su vida. Debería estar en plenitud de facultades para tener alguna esperanza de sobrevivir. Pero había decidido entrar en combate porque era ridículo llegar hasta allí y descansar el día de la verdad. El día en que todo sería revelado. Ya no se sentía inquieto. El desasosiego había sido sustituido por una extraña calma, calma que, en realidad, no era paz. Notaba algo latente, algo que respiraba bajo aquella tranquilidad, un mensaje que no podía leer pero cuyas letras se hacían cada vez más legibles. Era la misma impresión que cuando se sentaba frente al mar y escuchaba su suave murmullo, inmóvil entre la brisa. Sabía que todo tenía un significado, que nada era aleatorio ni azaroso. Podía percibir la existencia de un orden en todo ello, pero no las razones que determinaban la configuración de tal orden. Era frustrante no poder escuchar las palabras exactas. Observó el campo de batalla. La matanza se tornaba más cruda a cada instante, y miles de hombres habían dejado ya la vida. La situación del ejército cristiano difícilmente podría ser peor. La inmensa masa almohade amenazaba con rodearles y aplastarles por la pura superioridad numérica. El sol ya estaba en lo alto y el calor recorría los cuerpos de los combatientes como un río de lava, obligándoles a realizar un esfuerzo heroico. Roger sabía lo que era eso. A menor escala, pero lo había vivido. Los indemnes ayudando a los moribundos, los valientes espoleando a los cobardes, todos luchando desesperadamente por su vida y por la de sus hermanos de armas... los heridos de muerte invocando el nombre de Dios con sus


últimas energías... los monjes cerrando filas en torno a una ensangrentada cruz... Y entonces comprendió. El mensaje estalló en su cerebro. Por fin pudo entender al mar y al viento, la inquietud que había anidado en su pecho cada noche desde que perdiera a Laura. Estuvo a punto de caer del caballo. Quienes lo vieron pensaron que se había vuelto loco, o que la fiebre le hacía delirar, pero no era así. Lloraba y gritaba, porque sabía. Aquellos hombres, cristianos y musulmanes, daban su vida, peleaban hasta sus últimas fuerzas por todo lo que amaban... pues todo combate era un acto de amor. Nadie les obligaba, y sin embargo estaban allí destrozando su cuerpo, realizando sacrificios inconcebibles para después morir en paz sabiendo que caían por su familia, su patria y su Dios, el mismo que les había regalado la vida a la que daban plenitud entregándola por un noble ideal, por una hermosa e innegable realidad. Sí, la vida era un regalo, y todo cuanto sucediera en ella también. Lo único que el Creador exigía a cambio era luchar, enfrentarse a uno mismo para que el regalo fuera correspondido y comprendido. Dar sentido a la existencia en la batalla. Eso era lo que trescientos mil hombres hacían en Las Navas. Y él se había rebelado contra ese mandato... ¿Cómo había podido estar tan ciego? Había perdido a Laura, pero la había tenido. Había sido su esposa durante cinco años, y lo único que podía hacer era dar gracias al Salvador por tal regalo, que él nunca había merecido. Aunque ella no estuviera, en realidad nunca debería haber estado, pues nunca había podido aspirar a tanta felicidad. Y sin embargo, la había disfrutado, había sido solo suya, había sido amado por ella. No podía quejarse por haberla perdido, sino sentirse exaltado y glorificado por haberla tenido. —Sí —dijo, mirando al ardiente sol—, he hablado de grandezas que no entiendo, de maravillas que me superan y que ignoro. El cansancio desapareció, sustituido por un inusitado vigor. El ánimo combativo creció en él como un torrente tras el deshielo. Se sentía libre y reía de pura alegría. Necesitaba luchar, atacar, gritar, sentirse vivo en el éxtasis de la batalla. Su vida seguía teniendo sentido, nunca lo había perdido. Ahora, el Señor de los Ejércitos le exigía que peleara, y lo único que deseaba era cargar contra el enemigo. —¡Por Cristo —gritó—, nuestros hermanos están muriendo! ¿A qué esperamos para auxiliarles? García Romero se giró y le respondió, con un tono de voz autoritario: —Atacaremos cuando el rey nos lo ordene. Una vez más pudo oler el aroma del Mediterráneo, y sonrió, porque ya


comprendía su mensaje. Sí, Laura estaba allí, no le había abandonado nunca. Ella estaba en el mar, y el mar estaba con él. El combate era despiadado. La carga de las órdenes militares había causado graves bajas entre los almohades, pero su número parecía no tener fin y nuevos guerreros habían surgido inmediatamente para reemplazar a los caídos. El avance cristiano se había detenido y el frente se encontraba en un punto muerto que favorecía claramente a los musulmanes. Los cruzados ganaban terreno con mucha lentitud y a costa de bastantes heridos, y los contraataques del enemigo amenazaban constantemente con envolverlos. Cuanto más se acercaban al palenque del califa, más enconada era la defensa y más escarpado el terreno. Las flechas danzaban entre los combatientes y segaban muchas vidas. Los agzaz habían sido relativamente neutralizados gracias a los ballesteros y jinetes de los concejos, que les hostigaban impidiendo que obtuvieran una buena posición para el disparo, pero los arqueros situados en la cima del cerro tiraban a placer. La temperatura era muy elevada y aún habría de subir, otro factor que beneficiaba a los defensores, pues no tenían tanta armadura y en consecuencia no se asfixiaban como si estuvieran encerrados en un horno. Alfonso había perdido su caballo y combatía a pie, enalteciendo a sus hermanos con el ejemplo e impidiendo que los mahometanos les embolsaran. El sol sobre su blanco hábito le hacía parecer un incendio desatado entre las filas de los infieles, un incendio que revigorizaba a los que lo veían y provocaba el temor entre los rivales que a él se enfrentaban. Su furia era implacable pero consciente, sus golpes precisos y poderosos, su determinación inquebrantable. Allá donde él estuviera, los atacantes cobraban nuevos ánimos y los defensores flaqueaban. Pero ni siquiera su heroísmo podría evitar que sus hombres fueran aplastados si no recibían refuerzos. Un lancero enemigo le atacó. Desvió la lanza con el escudo, alzándola por encima de su cabeza al tiempo que lanzaba una estocada a su contrincante. El duro acero toledano atravesó el escudo de mimbre y se clavó en el corazón del almohade. Escuchó el silbido de las flechas y se cubrió. Tres o cuatro proyectiles impactaron en su escudo, pero él no sufrió daño alguno. Unos pocos a su alrededor cayeron heridos, aunque no de extrema gravedad. Solo la muerte podía impedir que un fraile guerrero siguiera combatiendo. Vio cómo a su lado un hospitalario perecía sin haber sufrido ningún daño. Un golpe de calor. Los pocos extranjeros presentes sufrían especialmente bajo aquel sol infernal, sobre todo los caballeros del Hospital, cuyo hábito negro no era el más apropiado. Un potente lanzazo atravesó su escudo. Sorprendido, cortó el asta de la lanza y


sin variar el movimiento tajó la pierna del mahometano, atravesándole la garganta cuando cayó al suelo. Sacó la punta del arma enemiga y miró a su alrededor. Miembros de las cuatro órdenes combatían hombro con hombro, unos pocos a caballo, la mayoría a pie. Lentamente ganaban terreno, pero su impulso no sería suficiente para llegar hasta la cumbre del cerro. Un musulmán desarmado se lanzó a por él. El ataque fue tan desesperado y tan rápido que no pudo verlo hasta que estuvo demasiado cerca como para usar la espada. El almohade se le abrazó intentando tirarlo cuesta abajo. Alfonso apoyó el pie derecho firmemente en tierra y le dio un cabezazo a su enemigo, rompiéndole la nariz. Iba a rematarlo cuando percibió que uno de sus hermanos era atacado a traición. Extendiendo el brazo hasta el límite logró detener el golpe, y su compañero se giró matando al atacante. Fray Santiago, el monje al que había salvado la vida, le miró con agradecimiento. —Luchad —fue todo lo que dijo el veterano. Se escuchó un clamor procedente de las filas musulmanas. Aquello no podía significar nada bueno, y el calatravo comprendió lo que había sucedido cuando escuchó a un castellano gritar: —¡Huyen! Alzó la vista y vio a los milicianos de Madrid retirándose del combate con la mirada inundada de terror. Su corazón se llenó de ira y desprecio hacia los que abandonaban a sus compañeros en tan duro trance. —¡Cobardes! —aulló—. ¡Dios maldiga sus almas! Los defensores, agotados, recobraron sus fuerzas ante tal visión. Su ataque se reforzó y una vez más amenazaron con rebasar la línea cristiana. El freire se dio cuenta de que necesitaban ayuda inmediata. De los quinientos caballeros que habían acompañado a Diego López de Haro, solo cuarenta quedaban con vida. Los frailes estaban mejor entrenados y su equipo era superior, pero también empezaba a disminuir su número. Era preciso aguantar como fuera hasta que un nuevo destacamento entrara en acción. Se fijó en la cruz que Alfonso Valcárcel sostenía por encima de los combatientes. Los mahometanos centraban todos sus esfuerzos en derribarla, pues sabían que era el único modo de desmoralizar a las órdenes. El caballero decidió que lo mejor que podían hacer era cerrar filas en torno a la sagrada insignia de Cristo. Su voz se alzó poderosa por encima de la música de la batalla, de los tambores y los cuernos, cuando gritó: —¡Hermanos, defendamos la cruz del Señor! ¡No permitamos que los impíos la


profanen! ¡Reuníos junto a ella y luchad hasta que no quede sangre en vuestras venas! ¡Santiago y cierra España! La escena era sobrecogedora. Íñigo no podía creer que estuviera contemplando algo así, jamás habría podido imaginarse un combate tan monstruoso. Su tutor le había hablado de grandes batallas de la Antigüedad y la Reconquista, pero estaba seguro de que ninguna, desde Maratón hasta Pollentia y desde Guadalete hasta Alarcos, había sido tan salvaje. Supuso que el asombro desaparecería cuando entrara en la refriega, pero desde la distancia su espíritu estaba ensimismado, debatiéndose entre el ansia de luchar y cumplir con el deber que le había llevado hasta allí y el deseo de que todo terminara sin que fuera necesaria su intervención. Sin embargo, no parecía que la carga de Navarra fuera prescindible. Tarde o temprano tendrían que ponerse en juego todas las fuerzas cristianas, pues el equilibrio que presentaba el frente era precario y los que ya combatían no podrían resistir mucho más sin apoyos. Íñigo no podía entender bien lo que estaba sucediendo, pero aun así se daba cuenta de que deberían luchar. A su lado estaba Alonso. Su fiero rostro mostraba preocupación. Él sí entendía los movimientos y la posición de las tropas y sabía que el estado de la cruzada era extremo. Le sorprendía el extraordinario valor que mostraban los monjes, aunque sabía que no huirían. No recordaba ningún enfrentamiento en que lo hubieran hecho mientras el resultado del mismo fuera incierto. A decir verdad, no era fácil encontrar ejemplos de grandes desbandadas, ni entre cristianos ni entre musulmanes. Los ejércitos luchaban hasta la muerte o hasta que se desvaneciera la esperanza de victoria. Los choques durante la Reconquista, aunque escasos, habían sido siempre muy sangrientos. La naturaleza de la guerra así lo ordenaba: ambos bandos creían que luchaban por su hogar, y ninguno estaba dispuesto a abandonarlo fácilmente. Íñigo, ansioso porque no había maniobra alguna y el grueso de la cruzada permanecía como simple espectador, le preguntó a su encomendado: —Alonso, decidme, ¿cómo marcha la lid para nuestras armas? Sin dejar de mirar el cerro de los Olivares, el veterano respondió: —No muy bien, don Íñigo. Nuestros hombres combaten con coraje, pero el enemigo les supera ampliamente en número y tienen que hacer grandes esfuerzos para no ser arrollados. Los arqueros mahometanos tienen una posición de tiro ventajosa y no temen matar a sus propios guerreros, quienes pelean en terreno elevado, hecho que dificulta nuestro ataque. Por otra parte, los moros están cerca de su campamento, y esto refuerza su determinación y les facilita el


aprovisionamiento de agua y la curación de las lesiones que no sean graves. —Siendo esto así, ¿por qué no cargamos ya? —Es menester aguardar al momento preciso. Nuestro siguiente ataque será el postrero, y debe romper definitivamente la resistencia mora, pues de lo contrario nos quedaríamos trabados en un terreno desfavorable sin posibilidad de hacer una última ofensiva, y a la larga seríamos derrotados. Cuanto más se debilite el ejército almohade antes del choque decisivo, mayores serán las oportunidades de aplastar su obstinada resistencia. Íñigo meditó lo que le había dicho el veterano. Había estudiado algo sobre la teoría de la guerra, aunque los grandes libros que hablaban sobre el tema, como la obra de Julio César o el Strategikon, se habían perdido o no habían llegado a España. La estrategia en las batallas medievales era prácticamente nula, limitándose a un intercambio de golpes en que el más fuerte solía ser el vencedor. No obstante, también era importante saber cuándo ejercer la fuerza. —¿Creéis que venceremos? —le preguntó a Alonso. Este no habló hasta pasado un largo rato, al cabo del cual respondió: —Así lo espero. Íñigo sonrió y, con un tono de voz firme, dijo: —Alonso, servisteis bien a mi padre, y me habéis servido bien a mí. Mi confianza en vos es absoluta, y nunca la habéis defraudado. Ahora, os lo ruego, respondedme con toda franqueza... ¿Vamos hacia la muerte? —Es difícil decirlo. En batalla pueden darse acontecimientos imprevistos y... —Alonso —le interrumpió el noble—, sed sincero. El chasquido de los aceros, el cántico de las flechas y el lamento de los moribundos no pudieron acallar la voz del encomendado cuando respondió: —Es bastante probable, mi señor. Íñigo no se inmutó, no hizo gesto alguno. Su mirada seguía posada sobre el cerro de los Olivares, pero no era eso lo que estaba viendo. Ante sus ojos desfilaban su hermano menor, su madre, su padre. Su prometida entregándole el lazo blanco. Tenía ante él su castillo y sus propiedades, los verdes prados, las sacras montañas bajo cuya protección había crecido. Su rey había dicho que debían combatir por ellos aunque estuvieran lejos, pero la distancia no existía. Vivían en él, le susurraban su aliento en la melodía de la guerra. —Que así sea.


El pendón de Madrid, un oso negro sobre fondo blanco, era muy parecido al de López de Haro. El rey Alfonso, al ver cómo abandonaba la lucha, pensó que era este último el que huía, y se revolvió sobre su montura preso de la rabia y el dolor. —¡Que el diablo se lo lleve! ¡Mi adalid me abandona! ¿Cómo se atreve a cometer semejante bellaquería? Aún clamaba por la traición del noble, cuando un peón que se hallaba cerca de él, de nombre Andrés Boca y nacido en Medina del Campo, le dijo: —No os confundáis, mi rey. No es el señor de Vizcaya quien se retira, sino los villanos de Madrid. Su buena vista le costaría la vida, pues los cobardes, al saber tras finalizar la batalla que había sido él quien les había identificado, le matarían a pedradas. Les había condenado a la muerte, ya que las leyes de Castilla disponían que los que huyeran fuesen ejecutados, derruidas sus casas y confiscados sus bienes. Era el precio que tenían que pagar los pusilánimes en una tierra que no podía permitirse el lujo de mirar atrás. Al monarca le tranquilizó la noticia. Seguía enfadado por ver cómo guerreros de su ejército abandonaban vilmente la batalla, pero no era lo mismo que lo hicieran unos milicianos o su adalid. Pese a todo, esto no evitaba el tremendo desgaste que estaban sufriendo sus soldados. Debía enviar refuerzos cuanto antes, o todo estaría perdido. Proclamó su intención de cargar, pero un noble a su lado, Fernando García de Villamayor, le recomendó: —Todavía es pronto, mi rey. Mandad mejor a Gonzalo Ruiz de Girón a que restablezca el equilibrio, pues la resistencia almohade aún es tenaz. Alfonso aceptó el consejo del noble. La mesnada de Ruiz de Girón, el segundo destacamento en que se dividía el cuerpo central castellano, cargó contra el enemigo. Su intervención supuso un respiro para los cristianos y un motivo de preocupación para los musulmanes, quienes se veían cerca de expulsar a sus enemigos del cerro. Cumplida su misión, la mesnada volvió. No había sido suficiente. El espacio ganado por el noble había sido ocupado por algunos frailes para no ser envueltos. Con todo, al ser la línea cristiana más extensa se había tornado más delgada y en algunas zonas los mahometanos amenazaban con romperla. Si eso sucedía, el frente católico se disolvería en pequeños residuos aislados que caerían con asombrosa facilidad. Por segunda vez cargó Ruiz de Girón, ya para quedarse. Su ofensiva tuvo gran éxito, pues forzó a los almohades a retroceder casi hasta el palenque. Seguían aguantando con firmeza, pero la situación que Alfonso de Castilla estaba esperando ya se había producido. Una tercera carga desarmaría las líneas islámicas y podría penetrar hasta el


campamento del califa. Sería el ataque definitivo, y de su éxito o fracaso dependería no solo el resultado de la batalla, sino el futuro de los reinos hispanos y de la Cristiandad. Serían cerca de las doce de la mañana, hora del ángelus, cuando las tropas que no habían intervenido recibieron la orden de atacar. Los soldados se prepararon, rezaron y se encomendaron al Salvador en la hora más decisiva de sus vidas, la hora en que iban a cambiar el mundo con su triunfo o su derrota. La sinfonía de la guerra les recordaba a todos su deber, su gravísima responsabilidad, que acaso nadie antes que ellos hubiera sentido en muchos siglos. Dios se valdría de ellos para forjar su reino. —Arzobispo, vos y yo aquí moriremos —dijo el rey Alfonso, dirigiéndose a Ximénez de Rada. El eclesiástico, mientras se santiguaba, respondió: —No quiera Dios que aquí muráis. Antes habréis de triunfar sobre nuestros enemigos. El monarca castellano rezó el padrenuestro y a continuación, mirando al cerro de los Olivares, dijo con la voz turbada por la emoción: —Padre, hazme digno del triunfo, hazme digno de ti. Poco después, los tres reyes se pusieron en marcha, cabalgando hacia la que sería su mayor gloria o su destrucción absoluta. Rodrigo suspiró cuando su caballo inició el descenso hacia el llano. Quizá era su imaginación, pero le parecía que cada paso que daba se correspondía con un golpe de los tambores almohades. O tal vez era su corazón. La melodía de la guerra marcaba un ritmo, un tempo en base al cual se reproducía la escena que culminaría el proceso iniciado en septiembre del año anterior. Podía recordar perfectamente cada uno de los actos en los que se había desarrollado la tragedia, y cómo la ominosa sensación de violencia había ido creciendo hasta estallar en ese preciso instante, a las doce y cuarto del 16 de julio de 1212, Anno Domini. No se arrepentía de nada, y sabía que el desenlace hacia el que avanzaba era necesario, como lo sabían los reyes, los arzobispos y los demás nobles. Ellos habían promovido la cruzada y ellos más que nadie debían estar dispuestos a morir por ella. La fe no se defendía con palabras en los castillos y las iglesias, sino con obras en el campo de batalla. Nunca antes había estado tan nervioso. Quizá fuera por su edad, porque ya era viejo y gracias a esto podía entender mejor lo que estaba en juego. Antes, cuando


era joven, solo percibía el enfrentamiento en sí. Ahora, canoso y experimentado, veía que el enfrentamiento se enmarcaba en un intrincado juego político, en un conflicto mucho más amplio y duradero, y las consecuencias que tendría su desenlace, fuera de un modo u otro. Jamás desde Covadonga se había visto una lucha tan determinante en la Península... y él estaba en ella. Y él la había fomentado. Se acordó del instante en que le dijo al rey Alfonso, justo después de la caída de Salvatierra, que debían organizar una cruzada. ¿Qué había sentido entonces? Sabía lo que desatarían y no había temblado frente a la hoguera. Su consejo había sido sincero y honesto. A su memoria llegó también el día en que Inocencio III confirmó el carácter sagrado de la guerra. Desde ese momento no había habido marcha atrás, aunque el Santo Padre hubiera aconsejado prudencia. Era voluntad del Dios de la Gloria que aquello sucediera, y debían cumplir su mandato. Unió las manos frente a su pecho, y con los ojos cerrados oró: —Cristo, te entrego mi alma. Sabes que no he hecho grandes cosas. No he sido un ilustre general ni un piadoso sacerdote, no he cultivado la tierra ni trabajado el hierro. No he compuesto cantares ni he sido maestro. Solo he procurado ser honrado y leal, cumplir con mis deberes y amar a mi prójimo. Ahora, en la batalla, comparezco ante ti, y no tiemblo ante tu veredicto, pues sé que será justo. Miró al cielo y extendió los brazos, dando las gracias por todo lo que había vivido, mientras su montura avanzaba guiada por una fuerza invisible. Ibn Wazir se erguía como una torre inexpugnable, rodeado de cadáveres. Estaba ensangrentado, sediento y agotado, pero resistía con bravura y tesón. Le dolían los brazos de tanto matar, y sus ojos habían acumulado tanta violencia que se le salían de las órbitas. Su rostro distaba mucho del semblante sereno que normalmente mostraba. Era una máscara de ira y determinación, y mostraba sin equívocos que su espíritu había tomado el dominio de todo su ser y le empujaba a realizar hazañas que estaban más allá de toda lógica, esfuerzos que jamás hubiera pensado que podía afrontar. Parecía un semidiós, un ser legendario, uno de los Marid a los que sus ancestros árabes habían adorado antes de la llegada de Mahoma. O tal vez fuera el invicto Al-Maslul, la Espada de Dios. Su mera presencia bastaba para que los musulmanes lucharan sin pensar en retirarse, con una ferocidad fanática que rayaba la demencia. La música de la batalla se había apoderado de él y solo pensaba en matar. Ni siquiera los poderosos frailes guerreros podían contenerle. Invariablemente, acababan sucumbiendo ante la tormenta de acero que desataba con increíble


velocidad, como si tuviera múltiples brazos. Se movía con gran agilidad y nadie podía herirle. El sol destellaba en su armadura y la sangre que la bañaba y le hacía parecer la imagen de la gloria. Todo el que se encontraba en su camino, salvo los más veteranos, quedaban impresionados por su majestuosidad, y se preguntaban si no estarían luchando contra un ángel exterminador. A pesar de sus esfuerzos, la defensa almohade retrocedía lenta pero inexorablemente ante la presión de los cruzados. Se hallaban ya a unas pocas varas del palenque de Al-Nasir, y para los cristianos, ver su objetivo tan cerca era una motivación que poco a poco inclinaba la balanza a su favor. Cada palmo de tierra perdido por los defensores, por el contrario, era un paso más hacia la desesperación. Su número seguía siendo superior al del enemigo, pero su carencia de equipo hacía que murieran con mayor rapidez... y lo peor era que todos los guerreros mahometanos se encontraban enfrascados en la refriega, pero aún había cristianos en reserva. Y esa reserva se movía. Ibn Wazir volvió a sentir el estremecimiento de la tierra, esta vez mucho más fuerte que antes. No solo había más pezuñas horadando los campos: el momento de la verdad había llegado y hasta los prados lo notaban, hasta la roca temblaba presintiendo la carnicería. Los cristianos ponían todos sus recursos en juego. Si no conseguían destrozar a los guerreros islámicos en aquella carga podían darse por perdidos. El andalusí lo sabía. Divisó los pendones de los reyes de Aragón, Navarra y Castilla, y las cruces de los eclesiásticos. Por fin entraban en combate, por fin estaban al alcance de su arma. Vio con excepcional claridad al rey Alfonso, lo reconoció aunque su yelmo le cubriera la nariz y la frente. Su furia se volvió incontenible. Aquel era el hombre que había iniciado la cruzada, el rey que amenazaba con destruir todo lo que él amaba. Alzó de nuevo su espada a los cielos, y después señaló con ella al monarca castellano. Su hoja bañada en sangre mostraba que el mandamiento grabado en ella era obedecido. —¡Hermanos —gritó con voz antinatural, una voz deformada por la rabia—, los reyes de la Cristiandad nos atacan! ¡Derribadlos, cortad sus cabezas, arrojad sus falsas coronas al polvo! ¡Ningún perro que ose desafiar a Alá debe vivir! ¡Haced que paguen el precio por su impiedad, haced que se cumpla la justicia de Dios! Y soltando un brutal alarido se lanzó a por Alfonso de Castilla. La lanza se quebró con un chasquido seco cuando atravesó el pecho de un musulmán. Roger desenvainó la espada y continuó la masacre con ella. Por lo menos tres enemigos más cayeron ante sus acometidas en los primeros instantes


del asalto. Se sentía eufórico y el cansancio no le hacía mella en absoluto. A su lado, sus compañeros aragoneses y catalanes causaban una sangría entre las filas enemigas. Los estandartes de Aragón se alzaban bien alto y pronto se llenarían de sangre. Por un segundo pareció que los mahometanos iban a emprender la huida. Habían sufrido mucho durante las horas previas a la última ofensiva y esta provocó que su coraje se tambaleara. Una sombra de pánico oscureció su mirada. Pero la herida no era mortal, y no tardaron en recomponerse ante la certeza de que si huían serían asesinados sin piedad, ante la certeza de que no tenían lugar alguno al que retirarse. Apretaron los dientes, templaron su espíritu y no perdieron de vista al enemigo. Sobrepasando el ímpetu de la carga cristiana, rehicieron como buenamente pudieron el orden de batalla y opusieron un muro de lanzas a los cruzados, para quienes la situación se hizo preocupante. Si quedaban trabados, los almohades acabarían por desbordarles. La lid se hizo más salvaje aún que antes porque ninguno tenía reservas y todo se decidiría allí. —¡Maldición! —gritó Dalmau de Crexell—. ¡No se retiran estos infieles! Roger decidió que era preciso hacer algo que destruyera la determinación de combatir del oponente. A no mucha distancia de él vio a un guerrero musulmán que sostenía un gonfalón. Realmente no era más que una pica con un trapo verde, donde habían bordado una media luna y palabras en árabe, pero cualquier insignia arrebatada disminuiría la moral de quienes la perdieran. Sin pensárselo dos veces, se lanzó a por el abanderado, arrollando a todos los que encontró en su camino. Los portaestandartes solían ser los mejores luchadores de su unidad, combatientes veteranos y fieros en quienes se podía confiar para que las banderas no se perdieran o fueran abandonadas. Con todo, al catalán no le costó demasiado acabar con su vida. Descargó sobre él una tormenta de golpes con impresionante violencia y rapidez, y este, agotado, no pudo detener demasiados. Al tiempo que agarraba el pendón, Roger cortó la mano del mahometano, que cayó a tierra gritando sin energías para defender lo que le había sido confiado. El noble alzó su trofeo para infundir ánimo en sus camaradas y pavor entre los defensores y vociferó: —¡Nuestra es la victoria! ¡Hermanos, seguid luchando, hoy es el día del triunfo! ¡Santiago y cierra España! Los mahometanos, al ver esto, se lanzaron a por él. Su caballo murió de tres lanzazos que le atravesaron el pecho, y aunque pudo evitar que le aplastara y siguió en pie una vez la bestia se hubo desplomado, su posición no era nada envidiable, rodeado de enemigos furiosos que no descansarían hasta verle muerto


y recuperar su gonfalón. Se preparó para vender cara su vida. De pronto sintió una suave brisa, que agradeció enormemente porque el calor era extremo. El mar cabalgaba sobre esa brisa, y una voz, que reconoció estremecido y alegre, le dijo con dulzura: «No te rindas». Decapitó a un lancero de un bestial sablazo mientras gritaba. Ella le ordenaba que combatiera, y se sentía invencible. Esquivó una estocada enemiga y rajó el estómago de su atacante, dirigiendo después un potente tajo hacia otro contrincante que le destrozó desde la clavícula hasta el diafragma. Más y más musulmanes se lanzaban a por él, pero conseguía rechazarlos preso de un brío antinatural. «Lucha, mi amor, lucha». Una lanza le atravesó el vientre. Se sorprendió, y todo el vigor se escapó con la sangre que manaba de la herida abierta. Aún tuvo fuerzas para matar a quien había conseguido penetrar sus defensas, cortándole la garganta con un movimiento rapidísimo, pero ya la euforia había desaparecido y el agotamiento se apoderaba de su cuerpo. Las horas de insomnio, unidas al calor y a la sed, hicieron que perdiera contacto con la realidad, y su mente comenzó a delirar. Recordó la noche en que Laura había muerto... pero todo era distinto. Ella no sufría, los espasmos no existían y el sudor no bañaba su cuerpo. Su rostro era incluso más brillante y puro de lo normal, su sonrisa un reflejo de Dios. Hablaba. No podía entender lo que decía, pero no lo necesitaba. Por fin sabía lo que quería decir, sin necesidad de palabras, sin gestos. Otra hoja le traspasó el hombro izquierdo. Apenas la notó, pero la fuerza del impacto le hizo apoyar la rodilla derecha en tierra. No podía ya defenderse, pero seguía agarrando firmemente el estandarte arrebatado. De nuevo estaban en la iglesia ante el obispo. Su cuerpo se estremeció, no por la pérdida de sangre ni por el miedo, sino por recordar la inmensa felicidad que había experimentado aquel día al aceptar su voto y dar él el suyo. Dios los había unido, y nada sobre la tierra, ni todas las desgracias ni todas las invasiones, podrían destruir tal vínculo. Ni siquiera la muerte, a pesar de lo que hubiera dicho el obispo. No podría porque desde ese momento habían sido uno, un solo ser indivisible. Una tercera arma se clavó en su hombro derecho, lo que le hizo hundir la otra rodilla en el polvo. Por un instante estuvo a punto de rodar cuesta abajo, pero logró mantenerse erguido y con la mirada alzada hacia un cielo que, en realidad, no estaba viendo.


Rememoró cómo ella le animaba en sus empresas y borraba sus preocupaciones, cómo saltaba a sus brazos cuando retornaba de la batalla, liberando la tensión y la incertidumbre que le corroían cuando él cumplía sus deberes para con su rey y su nación. Vio una vez más cómo ella le corregía cuando obraba mal o se enfadaba, con qué claridad lograba hacerle ver que su actitud era equivocada. Las lágrimas brotaron de sus ojos al recordar la inmensa fe que tenía en él, cómo creía que podía ser mejor, que debía ser mejor. Sí, todo cuanto era se lo debía a ella, a que ella se había obstinado en potenciar sus virtudes y borrar sus defectos, con un amor y una dedicación que nunca había merecido. —Laura... —susurró. Ella le había guiado en la batalla. Moriría, pero por fin volvería a verla. Un musulmán le quitó el estandarte de las manos sin demasiado esfuerzo y se lo clavó en la frente. Los ojos de Roger Amat se cerraron definitivamente en la tierra, y volvieron a abrirse en compañía de su mujer. Rodrigo notaba que la determinación de los almohades menguaba. Los refuerzos habían llegado para salvar a la vanguardia en el momento justo, y aunque los defensores resistían, sus ataques eran cada vez menos intensos y los mataban con mayor facilidad. El desgaste al que habían estado sometidos debía tener consecuencias que empezaban a notarse. Era cuestión de tiempo. Su espada trazaba arcos descendentes con seguridad, que normalmente enviaban un alma al otro mundo. El rey Alfonso también peleaba con furia y su acero estaba bermejo por la sangre de los que había doblegado, como el de Ximénez de Rada. Todos los notables de Castilla se jugaban la vida en un enfrentamiento en el que debían vencer o morir, pues la derrota no era un desenlace aceptable. El consejero hacía todo lo que podía por contribuir al triunfo, pero sus brazos le pesaban y jadeaba. Antaño habría blandido su poderoso martillo de guerra, cuyo impacto nadie podía resistir. Pero ya no tenía suficientes fuerzas. Atacó a un almohade. Sabía que muchos yelmos se forjan uniendo dos partes simétricas, y que si el proceso es deficiente, el centro es vulnerable. No se equivocó. El casco se abrió como una nuez y su sablazo destrozó la cabeza de su oponente. Tenía que haber una razón para tan enconada resistencia, algo más poderoso que el miedo a Al-Nasir o el orgullo. Había visto a varios destacamentos huir antes del primer choque. ¿Por qué unos no llegaban siquiera a pelear, y otros lo hacían hasta la muerte? No era lógico. ¿Quién o qué les hacía luchar hasta la última gota de su sangre? La balanza se inclinaba a favor de los cruzados, pero no podrían matar a todos los enemigos. Eran demasiados. Había que provocar su desbandada,


y se negaban a retirarse. ¿De dónde sacaban fuerzas? No tardó en encontrar la respuesta. Un caíd andalusí se acercaba a ellos. Debía de ser un hombre muy importante, pues vestía con varios tejidos de seda y lucía caras joyas, aunque su magnificencia se viera atemperada por la sangre que le cubría casi por completo, lo que demostraba que había matado a muchos cristianos. A pesar de este toque tétrico, su figura seguía siendo imponente, la de un gran líder. Debía de ser él quien evitaba con su presencia y su ejemplo que el frente mahometano se desmoronara. Sabía lo que tenía que hacer. Espoleó su caballo, invocó a Santiago y se lanzó a por él. Ibn Wazir avanzaba con paso firme hacia el monarca castellano. A su lado, los musulmanes se apartaban para despejarle el camino y los cristianos morían por su mano. Era consciente de que la defensa de sus tropas, que desde hacía muchas horas era heroica, no podría mantenerse indefinidamente. Los cruzados también lo sabían y presionaban con vigor, y no dejarían de hacerlo hasta que consiguieran su objetivo o un suceso de extrema gravedad les obligara a retirarse. La muerte del rey podía conseguir eso. Era difícil, pero al caíd debía intentarlo, pues en eso consistía su única esperanza de victoria. Vio cómo un noble castellano se le acercaba. Era ya mayor, y su mirada azul decía que era un hombre sabio, así como su escudo de armas revelaba que era entendido en leyes y, en consecuencia, seguramente, consejero del rey. Se alegró. Era un rival digno, un rival contra el que merecía la pena batirse en combate singular. Su furia asesina se moderó y afloró su caballerosidad. También en la guerra había espacio para ella, como le había recordado a su siervo a orillas del Guadalquivir. Aguardó la embestida del castellano al lado derecho de su montura. En el último momento se movió con rapidez al otro lateral. Su oponente había previsto este movimiento y redirigió la estocada, pero Ibn Wazir detuvo el ataque con el escudo y degolló al blanco corcel, que cayó a tierra estrepitosamente. El andalusí deseó que su rival no hubiera quedado atrapado, pues ahí acabaría el duelo. Afortunadamente, vio que se levantaba indemne. Varios lanceros intentaron acabar con su vida, pero él ordenó: —¡Dejadlo en paz! ¡Es mío! Esperó a que el castellano estuviera en disposición de combatir y le examinó. Era mucho mayor que él, y por lo tanto menos fuerte y ágil, aunque esto se compensaba porque estaba fresco y él cansado después de más de cinco horas


peleando sin tregua. Por otra parte, el consejero era indudablemente más experimentado. El duelo parecía, a priori, equilibrado. Los contendientes se saludaron con respeto y ceremonia y comenzó el intercambio de golpes. El castellano tanteaba al andalusí, intentando encontrar un punto débil en su guardia. Sabía que no tendría opción en un combate prolongado, pues sus energías le abandonarían antes, así que debía aprovechar su mayor experiencia para descargar un golpe decisivo que su rival no pudiera parar. El musulmán, por su parte, sonreía. Reconocía el estilo de combate de los castellanos, acentuado por la edad: precavido y defensivo, buscando siempre derrotar a su contrincante mediante una estocada extraordinaria más que por la acumulación frenética de ataques. Desafortunadamente para él, tenía que seguir el mismo juego. Con solo una hora menos de batalla a cuestas habría descargado tal sucesión de golpes que su oponente habría sucumbido en poco tiempo, pero se sentía extenuado y sabía que, si adoptaba tal táctica, el cristiano no tardaría en encontrar un punto vulnerable. De vez en cuando le atacaba con el escudo confiando en que la poca agilidad de su contrario le permitiera impactarle, pero no era así. Entonces se turbó. Había un brillo especial en los ojos del católico, un brillo que denotaba que había visto algo que le daría ventaja. ¿Qué podía ser? Su rival trazó un salvaje arco descendente. Ibn Wazir detuvo el poderoso ataque con el broquel, pero eso era exactamente lo que el cruzado quería que hiciera. Había notado que el metal que lo reforzaba estaba muy debilitado por los anteriores golpes, y efectivamente cedió. El escudo quedó inservible por completo. Ibn Wazir lo arrojó a tierra. El consejero había cobrado ventaja y debía equilibrar la contienda. Cogió una pequeña maza que se reservaba para momentos de extraordinaria necesidad... como ese. Se reanudó el enfrentamiento. No pasó mucho tiempo hasta que pudo realizar el ataque que buscaba. Su oponente dirigió una estocada que detuvo con la espada y, girando sobre sí mismo, descargó el mazazo sobre el escudo de este, quien gritó de dolor cuando los huesos de su antebrazo crujieron como ramas secas. También su broquel había quedado inutilizado. El andalusí guardó el martillo. Ya era suficientemente ventajosa su posición al pelear contra un anciano con el brazo roto. El intercambio de golpes siguió durante un rato más, donde ambos pudieron percibir que no superarían fácilmente al otro. Y sin embargo, los dos debían acabar rápido. Para Ibn Wazir, aquel hombre se interponía entre él y el rey Alfonso, y cuanto más tardara en eliminarle más probabilidades habría de que la defensa islámica se hundiera. Para el castellano, matar a su rival significaba romper definitivamente tal resistencia. Ambos notaban cómo la arena del reloj se


ensangrentaba. Ibn Wazir se alejó de su oponente y bajó la espada. Este no aprovechó la ocasión para atacar, sino que agradeció el descanso. —Sois un gran guerrero —dijo en castellano el andalusí. El cruzado inclinó la cabeza en un gesto de agradecimiento y respondió en árabe: —Y vos. Y como si obedecieran a una señal divina se lanzaron violentamente el uno contra el otro, las espadas en lo alto y gritando el nombre de sus dioses. Rodrigo cayó al suelo. Por puro acto reflejo, apoyó los brazos para frenar su caída, y el dolor fue tan insoportable que le hizo gritar. Pero ningún sonido brotó de su garganta. Le habían degollado. Se tumbó boca arriba mientras intentaba infructuosamente detener la hemorragia, apretando su cuello con la mano. Le quedaban escasos segundos de vida. Y sin embargo, fueron muchas las cosas que sintió antes de morir. Pensó en sus hijos y en su mujer. Había logrado su objetivo de que el mundo que les legaba fuera mejor. Supo que se sentirían llenos de orgullo cuando tuvieran noticia de su muerte, a pesar de la tristeza. Era suficiente. Su vida había servido para algo y obtenía un final noble. El azul del cielo se reflejó en sus ojos, que no se cerraron cuando dejaron de ver. Ibn Wazir sabía que había matado a su enemigo. Había escuchado el silbido del aire escapando por su tráquea abierta. En cierto modo, sentía lástima. Era una pena que hombres así, orgullosos y leales, murieran. Pero nunca llegarían a ser tales de no ser porque la guerra les forjaba, les otorgaba carácter, así que era necesario que todo aquello sucediera. Lo que la batalla concedía, la batalla lo quitaba. Quiso avanzar hacia el rey Alfonso, pero cayó de rodillas. Sus entrañas se desparramaron sobre la ardiente arena. Por alguna razón no había notado la herida, y su primera sensación fue de asombro antes de que un desgarrador sufrimiento le asaltara. El cristiano había conseguido matarle. Las pocas energías que le quedaban se esfumaron, y la sed y la extenuación, junto con la pérdida masiva de sangre, le adormecieron. Ya no percibía lo que se desarrollaba a su alrededor, y no le importaba. Eran sus últimos instantes sobre la tierra. No podía morir así, postrado. Él no. Realizando un esfuerzo hercúleo logró ponerse en pie, agarrándose con el brazo izquierdo el estómago para que los intestinos no se le salieran más y sosteniendo


con la diestra la espada. Escuchó un bellísimo cántico rodeándolo. No era la música de la batalla, sino algo más dulce y acogedor, una canción entonada por una mujer de preciosa voz. Vio cómo la muchacha a la que había visto al inicio de la batalla avanzaba hacia él, completamente ajena a la matanza y a los guerreros que a su alrededor caían muertos. Sus negros ojos estaban clavados en él, y en sus manos sostenía un ramo de seis rosas rojas. Ibn Wazir alzó su espada hacia ella, pues había comprendido quién era, y dijo: —Toda mi vida me he comportado como la ley exige y he amado a Alá. Ahora muero con honor. Te lo ordeno, llévame ante Dios. La Muerte, sonriendo, le obedeció. Íñigo estaba aislado. Habían matado a su potro y luchaba a pie, cada vez más alejado de sus hermanos de armas. Todo orden de batalla se había roto y los contendientes luchaban dispersos por sus vidas. Tal como había pensado, no era consciente de la grandiosidad de la batalla una vez dentro. Su mente solo se preocupaba de lo más inmediato, lo más cercano. Alonso le había enseñado bien y sus golpes con el mandoble eran naturales. Los había interiorizado y manejaba el arma con gran soltura, sin pensar. Le dolían los brazos, pero tenía que ignorarlos, pues un segundo de descanso sería letal. El calor era insoportable, y le parecía estar peleando dentro de un horno. Sudaba bastante, y el sudor se le metía en los ojos, reduciendo su visión. Pero también debía obviar eso y centrarse exclusivamente en su arma y sus enemigos. Todo lo demás era una peligrosa distracción. Un almohade le atacó con la espada en alto. Detuvo el golpe, situando su mandoble en horizontal por encima de su cabeza, y después clavó el arma en el pecho desprotegido del adversario. La cogió de la punta y la empuñadura. La cota de malla impedía que la hoja le rasgara la carne, y defensivamente era la mejor opción. Desvió el lanzazo de otro enemigo y le atravesó la garganta. Vio de reojo cómo una espada enemiga volaba hacia su cuello. No tenía tiempo de reaccionar, ni de rezar. El impacto nunca llegó a producirse. El brazo que sostenía la espada fue amputado y cayó a tierra. Poco después le siguió la cabeza del guerrero. Íñigo se giró para ver a su salvador y reconoció a Alonso, que entraba en la pelea blandiendo dos hachas. Todo navarro que pudiera lidiar, fuera noble o no, se encontraba en el cerro de los Olivares, y el encomendado había aparecido en el momento justo. El noble recobró fuerzas y confianza, y hombro con hombro


siguieron acosando a la horda enemiga. El veterano combatía con destreza, y mataba o mutilaba a cuantos se le acercaban. Se movía como un felino, como un gran depredador. El calor parecía no afectarle y sus golpes eran precisos. No llevaba escudo pero lograba esquivar casi todas las embestidas enemigas, muy torpes por el cansancio que acumulaban, y su cota de malla le protegía de las demás. Parecía invulnerable, la reencarnación de un poderoso guerrero de tiempos antiguos. Pero no lo era. Un mazazo le rompió el codo derecho. El hacha cayó al suelo, y Alonso, rugiendo de dolor, aún tuvo suficiente dominio de sí mismo para esquivar el golpe dirigido a su cabeza y hundir su otra hacha en el pecho del atacante. Los musulmanes, viéndole flaquear, se lanzaron a por él con denuedo, pues representaba una amenaza mayor que la del joven noble. Este intentó auxiliarle, pero era tarde. Tan solo pudo escuchar cómo el encomendado le decía, antes de que le atravesaran el cuello: —¡Luchad, don Íñigo! ¡Luchad! Ver su cadáver destrozado sobre el suelo fue demasiado para Íñigo. Sentía un gran aprecio y un profundo respeto por aquel hombre, el hombre que, pudiendo haberse marchado sin ningún obstáculo tras la muerte de su padre, había decidido permanecer con su familia aunque fuera poco lo que pudieran darle. Pensó en su hijo, un bebé que crecería sabiendo que su padre fue un ejemplo de honorable conducta pero sin verle jamás. Pensó en su mujer, viuda con apenas veinte años. Y su cerebro se nubló. Una ira bestial se adueñó de su ser. La sangre le llegaba en oleadas al cerebro y una extraordinaria fuerza recorrió todos sus músculos y tendones. Gritando con rabia se lanzó a la refriega. No sabía lo que pasaba a su alrededor, solo que el mandoble no pesaba, que era más ligero, más rápido, que los enemigos caían ante sí. No hubiera sido capaz de distinguir a un mahometano de un cristiano, tan iracundo estaba. Parecía como si no fuera él, sino la encarnación de la rabia y el orgullo de los vascos, el orgullo que había resistido en Osca el asedio de Pompeyo durante cinco años, la rabia que había aniquilado a Roldán en Roncesvalles. El espíritu de su raza latía en él, en él se personificaban las montañas y los prados, los verdes árboles y los gélidos torrentes nacidos de las cumbres. Los almohades, asustados y sin energías ya para contrarrestar tan salvaje ataque, huyeron despavoridos, pero él los iba cazando y descuartizando, acabando con toda resistencia. Entonces sintió frío. Se detuvo en seco. La furia le abandonó y se volvió débil. A su lado yacían los


cadáveres de decenas de musulmanes. Jamás hubiera creído que pudiera hacer algo así. Frente a él, a unos pocos pasos, se encontraba ya el palenque de Al-Nasir. Los imesebelen lo miraban con terror, incapaces de moverse por estar enterrados pero con las lanzas apuntando hacia él, rogando porque no se acercara. Íñigo nunca había visto hombres así, de piel negra y grandes labios. Ni siquiera sabía si estaban hundidos en tierra o sencillamente no tenían pies. En todo caso, debía matarlos. Pero no podía andar. Miró su cuerpo. Siete veces habían conseguido atravesar su armadura, y la herida más aparatosa era un corte en el costado, de donde manaba abundantemente la sangre. Puso su mano sobre ella, quedando ensangrentada, y se cubrió después el rostro. Toda su fuerza se concentraba en que el mandoble no tocara el suelo. En el fragor de la batalla no había notado las heridas, pero cuando le abandonó el ímpetu se dio cuenta de que le habían matado. Palideció. No podía ser. El palenque de Al-Nasir estaba al alcance de la mano, y con él la victoria. Ya no viviría para casarse con María ni tener hijos que llevaran la sangre que caía sobre la hirviente tierra, ni para ser un gran caudillo o un anciano erudito, pero no podía morir a las puertas del triunfo. No podía acabar así... Escuchó gritos de alegría a su derecha. Miró en esa dirección y vio a su rey rompiendo con el látigo armado las cadenas de la guardia negra. Los navarros penetraron en el palenque del califa matando a los imesebelen, que poco pudieron hacer por defenderse. El pendón de Navarra, que desde ese día llevaría por siempre las cadenas, se alzaba victorioso sobre sus enemigos. El desconcierto entre los mahometanos fue terrible y emprendieron la huida. Los cruzados habían ganado la batalla de Las Navas, y su tierra, la amada Navarra, había sido determinante en el triunfo. Suspiró y se relajó. Todo estaba en orden, ya podía descansar. Había cumplido con su deber, había combatido hasta el límite de sus fuerzas. Lloró. Tenía miedo a morir, pero lo aceptaba con resignación y la satisfacción de saber que su muerte no era vana. Su linaje podía sentirse orgulloso. Alzó el pesado mandoble a los cielos con una sola mano, agotando sus últimas energías. El lazo que su prometida le había dado se había tornado rojo. Mirando al cielo exclamó: —¡Madre! ¡Madre! ¡Miradme, muero con honor! ¡Padre! ¡Padre! ¡Acogedme, vuelvo a vos! Y se desplomó sobre la tierra que había visto su grandeza. Alfonso estaba destrozado, pero erguido. No había bebido nada desde las seis de la mañana y su garganta estaba seca como el polvo, y su cuerpo se negaba a


responder. Pero su extraordinaria fuerza de voluntad le impedía relajarse. Sabía que su enemigo estaba en peores condiciones, que no resistiría mucho más. La carga de los tres reyes había penetrado con fuerza, y aunque no hubiera logrado quebrar la resistencia mahometana al primer impacto, lentamente la destruía. Ya habría tiempo de reposar. El deber era lo primero. Los demás monjes aguantaban como él, por pura voluntad de espíritu, pues la del cuerpo había cedido varias horas atrás. La carnicería que habían provocado era inmensa, pero también habían sufrido muchas bajas. No obstante, la cruz que Alfonso Valcárcel sostenía se mantenía en lo alto. No caería hasta que los mataran a todos, si es que tal hazaña estaba al alcance de alguien en el mundo. La música de la batalla había disminuido. Pocos tambores repiqueteaban todavía en el cerro de los Olivares, las mujeres casi no gritaban. Solo los gritos de los que perecían rasgaban el aire, cada vez con mayor frecuencia. Eran los últimos estertores de la defensa almohade. Alfonso oyó la algarabía formada en el flanco de los navarros. Antes de poder ver lo que pasaba ya intuyó de qué se trataba. No tardó mucho en confirmarlo. Por fin los cruzados habían alcanzado la cumbre del cerro, destrozando la última línea defensiva del enemigo. No dejaba de ser irónico que Navarra, un reino surgido al amparo de los musulmanes y aliado durante muchos años con los almohades, fuera la que diera el golpe de gracia al Islam. Se alegró de que fuera así y gritó, exaltado: —¡El Señor es grande! ¡Hermanos, dad gracias a Dios, nos ha concedido la victoria! ¡Seguid luchando, que no escape nadie! La masacre que se produjo a continuación fue espantosa. Al-Nasir se hallaba sentado frente a su tienda y acariciaba con parsimonia el Corán de Utmán. La batalla estaba perdida y ya había ordenado la retirada de sus tropas, pero él permanecía inmóvil, paralizado por el desaliento. Era incapaz de comprender lo que había pasado. Había planificado la campaña cuidadosamente, y culminaba en una humillante derrota. ¿En qué momento había cometido el pecado por el que Alá le castigaba? No lo sabía, pero debía de haber sido grave para que le amonestara con tan humillante revés. A su alrededor, sus soldados eran abatidos por los cristianos, los estandartes abandonados en el polvo, los tambores silenciados. La muerte sobrevolaba el lugar, pero él seguía impasible, sin poder reaccionar. —Dios dijo la verdad y el diablo mintió. Repetía constantemente la frase, la misma que había pronunciado Saladino en


los Cuernos de Hattin. El caudillo egipcio era el modelo al que aspiraba imitar. Pero no había conseguido derrotar a los cruzados, que se enseñoreaban del campo de batalla. Un árabe llegó cabalgando hasta él, montado en un hermoso potro de pelaje castaño. Al ver al califa, descabalgó y le dijo: —¿Hasta cuándo vas a seguir sentado, oh, Príncipe de los Creyentes? Se ha realizado el juicio de Dios, se ha cumplido su voluntad y han perecido los musulmanes. Al-Nasir se levantó y cogió el Corán de Utmán. No debía, bajo ningún concepto, caer en manos de los cristianos, pues eran blasfemos y no dudarían en profanarlo. ¿Por qué los creyentes de la verdadera fe eran abatidos por los impíos? No tenía sentido hacerse preguntas, porque no cambiarían los hechos. Avanzó hacia su montura, y el árabe, viéndolo, le ofreció la suya. —Monta en esta, que es de pura sangre y no sufre ignominia. Quizá Alá te salve con ella, pues en tu salvación esta nuestro bien. El califa aceptó el ofrecimiento y subió al caballo, llamando a una escolta de imesebelen. El Vencedor de la Religión de Alá abandonó Las Navas. —Sanctus, Sanctus, Sanctus Dominus Deus Sabaoth. Pleni sunt caeli et terra majestatis gloria tuae. La música de la batalla había desaparecido, sustituida por el coro que formaban los cristianos cantando a voz en grito el tedeum mientras mataban a sus enemigos. Aún había pequeños reductos de musulmanes que resistían, pero no tenían nada que hacer. Alfonso había dado órdenes de no hacer ningún prisionero. Todo el que volviera al campamento con un rehén sería ejecutado con él. El campo de batalla estaba tan lleno de cadáveres que costaba caminar sobre su suelo. Setenta mil mahometanos habían perecido, y aún más deberían caer durante la desbandada. No serían pocos los musulmanes que, tras la batalla, se convirtieran al catolicismo y predicaran la gloria del Señor de los cristianos, que les había concedido tan deslumbrante victoria. —Tu Rex Gloriae, Christe. Tu Patris sempiternus es Filius. Tu, ad liberandum suscepturus hominem, non horruisti Virginis uterum. También se produjo un despiadado saqueo. El arzobispo Ximénez de Rada había amenazado con la excomunión a todo el que se entregara al expolio, pues no era infrecuente que los soldados cedieran a la avaricia y permitieran que las vencidas tropas de su oponente se reagruparan y organizaran un contraataque.


Pero los musulmanes no suponían ya ninguna amenaza, y las sanciones del arzobispo fueron ignoradas. El botín capturado sobrepasó los anhelos de todos los combatientes. Los almohades quebraban sus lanzas y flechas en la huida para que no pudieran ser usadas, pero había otros objetos como monedas, gonfalones, joyas, etc. que no pudieron ser recatados. El botín fue encomendado a López de Haro, quien lo repartió. Alfonso renunció a su lote. Los tejidos de seda de Al-Nasir, así como su estandarte, fueron enviados a Inocencio III. —Per singulos dies benediciumus Te, et laudamus nomen Tuum in saeculum, et in saeculum saeculi. Los cristianos no se limitaron a asegurar el campo de Las Navas. Seguirían presionando durante los días siguientes, penetrando en Jaén y reconquistando castillos y ciudades importantes como Baños, Baeza, Úbeda y una fortaleza cuya pronunciación semejaba a la de Tolosa. Arnaldo Amalarico aprovecharía esta coincidencia fonética para decir que, así como los musulmanes habían sido aniquilados en Las Navas de Tolosa, serían exterminados también los herejes cátaros. El campo de batalla obtuvo este nombre para la posteridad, que lo recordaría siempre como el del enfrentamiento en que el Islam sucumbió en España. Al-Nasir moriría de pena un año más tarde, el día de Navidad, en Marrakech, y el imperio almohade declinaría hasta perecer pocas décadas después. Córdoba, la gran capital del califato, sería reconquistada en 1236 por Fernando III el Santo, quien también sometería la majestuosa Sevilla en 1248. Solo las luchas dinásticas permitirían la supervivencia de los pequeños reinos musulmanes hasta 1492, pero los mahometanos nunca pudieron revertir la situación de poderío cristiano, limitándose a languidecer mientras recordaban los gloriosos días en que habían sido los indiscutibles señores de la Península. —In Te, Domine, speravi; non confundar in aeternam. —¿Dónde está Íñigo? Sancho ya había descabalgado e inspeccionaba el cerro de los Olivares con sus hombres. Se sentía eufórico, y no era para menos. La historia recordaría que el contingente navarro, el más reducido, había sido el más determinante en la épica victoria de Las Navas. El ambiente era sobrecogedor, con muertos y mutilados hasta donde alcanzaba la vista, pero al rey no le importaba. Era una expresión más del triunfo que quería festejar con los hombres a los que había reunido en su tienda la noche anterior. El único que faltaba era el joven Íñigo, al que nadie encontraba. Un escudero se le acercó. Su semblante mostraba una honda tristeza, y el monarca se turbó, pues chocaba violentamente con el aire festivo que respiraba. El


siervo le dijo: —Mi rey, creo que deberíais ver esto. Sancho el Fuerte siguió al escudero, acompañado por todos sus nobles. Cuando vio lo que este le mostró, reprimió un grito y dijo, apesadumbrado: —Santa Madre de Dios... El cadáver de Íñigo yacía en el suelo. A pesar de la suciedad de la batalla, de la sangre y el sudor, parecía inmaculado. Sus ojos y boca estaban cerrados, y su rostro transmitía una imagen de beatífica paz. Casi parecía la imagen de un ángel, de una estatua grabada en piedra en una catedral. Pero era él, y estaba muerto. Los musulmanes abatidos a su alrededor mostraban que había caído luchando como un guerrero, como un héroe. El rey de Navarra preguntó: —¿Cómo fue? ¿Quién le vio morir? ¿Qué sucedió? Un muchacho de unos quince años, llamado Juan y sirviente del noble, le contó sus últimos instantes de vida. Los había visto a poca distancia y su relato fue veraz. Las lágrimas se agolparon en el rostro del titánico monarca cuando escuchó que, en el momento de perecer, había llamado a sus padres. —Todos hemos luchado bien —dijo con la voz trémula por la emoción tras conocer el relato—, pero él nos ha superado. Y sin embargo está muerto, y nosotros aún vivimos. ¿Por qué el cielo se lleva a los mejores? Hizo un enorme esfuerzo por no llorar, y continuó: —Y ahora, ¿qué podemos hacer? Aunque secáramos océanos, quemáramos bosques enteros y derribásemos montañas no podríamos construir un mausoleo suficientemente majestuoso para albergar a tan noble héroe. No podemos llorar, pues ni todo nuestro llanto derramado durante siglos hará justicia a su gloria. Aunque escribamos cantares y poemas y los grabemos a fuego en la piedra y el firmamento, ninguna palabra podrá siquiera acercarse a su grandeza. Mandó llamar a un hombre llamado José, y cuando compareció ante él, le ordenó: —Limpiad su cuerpo de la mugre y las impurezas, pues ahora no tiene tacha. Embalsamadlo para que no le asalte la podredumbre. Quiero que su madre le vea por última vez, quiero que pueda besar su frente y se sienta orgullosa del hijo al que albergó en su seno, y que ahora nos observa desde un paraíso al que no podemos aspirar. Lo enterraremos en la catedral de Pamplona. Allí su memoria no perecerá. Durante siglos todos los hombres que lo vean lo honrarán, los soldados que marchen a la batalla lo llevarán en su corazón y él les dará fuerzas, los hijos de Navarra y la dulce España recordarán que las personas más puras y sagradas de


este mundo dieron su vida para que ellos fueran libres. Juro por la sangre que ha derramado sobre esta tierra que su sacrificio no será vano. Los sacerdotes hablarán de él en los púlpitos, los juglares cantarán sus hazañas hasta que les estallen las cuerdas vocales, los reyes y los príncipes se inclinarán ante su sepulcro. Los nobles cogieron con suma reverencia el cuerpo de Íñigo y lo llevaron a la tienda del rey, donde sería embalsamado. Sentían como si tocaran algo sacro, precioso. Aunque su rostro estuviera blanco, su recuerdo no palidecería jamás. Fray Santiago García paseaba por el cerro de los Olivares. Se sentía agotado, extenuado más allá de toda comprensión, pero no deseaba descansar. El panorama que se presentaba ante sus ojos era espectacular. Era la primera batalla en que había participado, y le había tocado en suerte la más colosal que se recordara en la Península. Aún no podía creer que hubieran vencido. El enfrentamiento había sido muy reñido y, aunque calculaba que decenas de miles de mahometanos habían muerto, las pérdidas de los cruzados también habían sido numerosas. Veinticinco mil hombres habían dejado la vida en Las Navas, y muchos otros estaban heridos. Su maestre, Ruy Díaz de Yanguas, había sufrido una terrible herida en el brazo que le había inutilizado para la pelea. Peor fortuna le había deparado el destino a Pedro Arias, maestre de la Orden de Santiago, cuyas lesiones eran tan graves que moriría a los pocos meses. El joven monje estaba intentando asimilar todo lo que había pasado cuando vio a Alfonso Giménez. Yacía arrodillado con la espada clavada en la tierra. Apenas se veía el blanco de su hábito por la suciedad del barro y la sangre, y su rostro estaba deformado por las impurezas y el sudor. Lloraba desconsoladamente, como un niño. Se acercó a él intrigado y le preguntó: —Fray Alfonso, ¿qué os sucede? El veterano le miró con los ojos enrojecidos por el llanto, y respondió con voz entrecortada: —Hemos vencido... El joven seguía sin comprender. Eso debería alegrarlo. —¿Oh, por qué el Señor nos concede la victoria? —continuó Alfonso—. ¿Por qué méritos, por qué sacrificios nos ha permitido triunfar? No somos dignos de la gloria que nos otorga, no somos dignos de sentir Su mirada sobre nosotros... ¿por qué nos exalta, por qué nos enaltece? Rugió y se golpeó con fuerza el pecho. Su sollozo se hizo más intenso. Era una escena patética, y sin embargo sentía gran devoción por él, un guerrero


sumamente poderoso y devoto. Había combatido con una furia inigualable, había matado él solo a veinticuatro enemigos sin recibir herida alguna. Nadie podría considerarse por encima de él. Y sin embargo, se humillaba. —¿Quién soy yo para combatir en Su nombre? ¡Yo, el más impuro, el más débil, el más ignorante! Aún hay millones de hombres que no han escuchado Su palabra, que no conocen Su belleza. ¡Y yo sí! ¿Por qué me ha hablado, por qué me ha escogido? ¿Qué puedo yo ofrecerle? No soy digno ni de desatarle las sandalias, mi vida no vale ni para ofrecerla en holocausto... ¡Y la ha aceptado! ¡No me ha destruido, me ha preservado en la batalla y ha santificado mi existencia! ¡Me ha dado fuerzas que mi débil naturaleza nunca podría alcanzar, me ha dado razón con que comprender su voluntad, me ha dado fe para amarle! ¿Acaso merezco alguno de estos dones? No merecía luchar por Él, y sin embargo me ha contado entre los victoriosos. Oh, Señor, oh, Señor... ¿por qué me amas? El sol arrasaba el campo de Andalucía convirtiéndolo en un mar de luz, sangre y victoria.


Nota del autor

Este libro no debe ser tomado como una obra exacta en lo histórico. Aunque he procurado ceñirme a la realidad de los hechos y describir la campaña de Las Navas de Tolosa tal como se entiende que sucedió, ha habido ocasiones en que voluntariamente he adaptado tales hechos a la narración, así como es posible que haya cometido otros errores historiográficos, bien por falta de documentación por mi parte o bien porque las fuentes no coinciden. Entre los supuestos en que por decisión propia he trastornado la realidad histórica del siglo XIII, quizá el más destacado sea en los personajes: Alfonso Giménez, Roger Amat, Sundak y Rodrigo de Aranda no existieron. Son por completo invención mía. Ibn Wazir y el poeta Mutarraf sí existieron en la realidad y tomaron parte en la batalla, muriendo el primero en ella y el segundo un mes después, a consecuencia de las heridas que sufrió. Con todo, aquí termina toda similitud con los personajes históricos. También existía el linaje navarro de los Íñiguez, y efectivamente hubo representantes suyos en Las Navas de Tolosa, pero desconozco si existía Íñigo y, en caso de que fuera así, no me he basado en él para crear a mi personaje. Por cierto, Íñigo no podría haber blandido un mandoble en la batalla, porque este arma como tal no surgiría hasta principios del siglo XIV. En los demás personajes cuya existencia real es indudable, como Al-Nasir, Ibn Qadis, los tres monarcas cristianos, Arnaldo Amalarico o el arzobispo Ximénez de Rada, he intentado describir sus actos y pensamientos en concordancia con lo que de ellos se menciona en las fuentes y estudios, aunque mi objetivo fundamental ha sido dar coherencia al relato, y, en consecuencia, su retrato seguramente no sea el más veraz posible. Otros aspectos en los que he obviado la verdad histórica son: en primer lugar, es bastante improbable que los protagonistas de la campaña fueran conscientes de la enorme trascendencia que esta iba a tener, aunque en mi obra, para añadir dramatismo, todos se den perfecta cuenta de ello; en segundo lugar, las cifras de los combatientes son muy elevadas. He usado el número setenta mil para los cristianos por razones puramente simbólicas, y como casi todas las fuentes


coinciden en que los musulmanes los triplicaban, estos son doscientos diez mil. Merece la pena detenerse a hablar del número de guerreros que tomó parte en la batalla, porque, como sucede con prácticamente todos los enfrentamientos de la Edad Media, es casi imposible tener ninguna certeza sobre cuántos combatientes llegaron a reunirse. Las fuentes medievales hablan de cien mil cristianos contra trescientos mil musulmanes, llegando incluso a aumentar a trescientos mil contra un millón. Reunir semejante cantidad de guerreros en la Edad Media no debía ser imposible, pero sí combatir con ellos o siquiera darles de comer. En todo caso, lo que suele mantenerse, aún en las fuentes musulmanas, es la proporción de 1:3. Ya en el siglo XX estos números se rebajarán considerablemente. Huici Miranda calculó que los cruzados debieron sumar entre sesenta y ochenta mil combatientes, y he seguido su estimación, no porque la considere más válida que las demás, sino porque encaja en mis propósitos. Otros autores hablan de unos diez mil cristianos y en torno a veinte mil musulmanes, manteniendo la superioridad numérica del ejército islámico, pero no hasta el extremo de triplicar a los cruzados. En todo caso, juntar a trescientos mil guerreros, como sucede en la novela, era algo sin duda titánico, pero no imposible teniendo en cuenta la naturaleza de los reinos que combatían: en España, especialmente Castilla, la sociedad estaba en cierto grado militarizada y muchos hombres normales, que en otros reinos medievales no hubieran marchado a la guerra salvo por extraordinaria necesidad, eran perfectamente capaces de tomar parte en una ofensiva, como demuestra su organización en milicias concejiles. Por su parte, el imperio almohade era muy extenso y hacía amplio uso de mercenarios, sin contar con los voluntarios que se unirían al ejército, por lo que podía reunir doscientos mil hombres. No hay que olvidar que cifras relativamente cercanas se alcanzaron en épocas de menor población, como el siglo IV después de Cristo. Se estima que más de doscientos mil hombres combatieron en Adrianópolis. Como es evidente, la inmensa mayoría de pensamientos e ideas de los protagonistas no se corresponden con mi forma de pensar. Más que expresar mi opinión, la cual no creo que importe demasiado a nadie, me ha parecido interesante escribir, hasta donde pueda y sepa, sobre los puntos de vista de los personajes según la mentalidad de la época. Esta mentalidad quizá nos parezca salvaje o bárbara, pero debo decir que, y aquí sí introduzco mi opinión, me resulta, si no más justa, al menos sí más coherente que la actual. Aquellos hombres defendían la guerra y morían en ella. Sin embargo, el mundo contemporáneo, que dice odiar la guerra y trabajar por la paz, ha creado engendros como la bomba atómica, la bomba H, las armas químicas, los campos de exterminio, los kamikazes, los terroristas suicidas y muchas otras cosas poco pacíficas. Y normalmente no mueren los que tienen interés en el conflicto.


La referencia sobre la que más he trabajado es el magnífico estudio de Manuel Gabriel López Payer y María Dolores Rosado Llamas titulado Las Navas de Tolosa: la batalla y publicado por la editorial Almena en el año 2002. Otros libros de los que he sacado información, aunque más sobre aspectos genéricos del momento histórico que sobre la batalla en sí, han sido: La Orden de Calatrava, de Jesús de las Heras (Edaf); Los monjes guerreros en los reinos hispánicos, de Enrique Rodríguez-Picavea (La Esfera de los Libros); Las grandes herejías, de Hilaire Belloc; Los orígenes de Europa, de Christopher Dawson, y algunos ensayos de Claudio Sánchez Albornoz. También me han resultado de gran ayuda los apuntes de historia del derecho, asignatura que cursé en primero de carrera en ICADE con la profesora Alicia Duñaiturria Laguarda. Finalmente, agradezco a fray José María Sainz, OFM, y al capitán Alfonso Valcárcel, sacerdote castrense, la revisión de las cuestiones teológicas que aparecen en la novela.


Cronología

1130. Se funda la dinastía almohade con Abd Al-Mumin, bisabuelo de Al-Nasir. 1147. Los almohades arrebatan Sevilla a los almorávides. 1154. Nacimiento de Sancho VII de Navarra. 1155. Nacimiento de Alfonso VIII de Castilla. 1158. El abad Raimundo de Fitero funda la Orden de Calatrava. 1160. Nacimiento del Santo Padre Inocencio III. 1177. Nacimiento de Pedro II de Aragón. 1181. Nacimiento de Al-Nasir. 1195. Yaqub Al-Mansur, padre de Al-Nasir, derrota a Alfonso VIII de Castilla y Alfonso IX de León en Alarcos. Se firma una tregua entre Castilla y los almohades. 1198. La Orden de Calatrava reconquista Salvatierra. 1211. Al-Nasir, en respuesta a las incursiones castellanas en Jaén, arrebata Salvatierra a los calatravos. 1212. Batalla de las Navas de Tolosa. 1213. Pedro II de Aragón muere en Muret combatiendo a los cruzados de Simón de Montfort. Al-Nasir muere el día de Navidad en Marrakech. 1214. Muerte de Alfonso VIII de Castilla. 1216. Muerte del Santo Padre Inocencio III. 1234. Muerte de Sancho VII de Navarra. 1236. Fernando III el Santo, nieto de Alfonso VIII, reconquista Córdoba. 1248. Fernando III el Santo rinde Sevilla. Muere Ali Al-Said, último califa almohade.


Glosario de personajes históricos

ALFONSO VIII DE CASTILLA (1155-1214). Rey de Castilla desde los tres años hasta su muerte, tuvo que lidiar con la entrada de los almohades en la Península, quienes subyugaron a los almorávides e integraron los dominios musulmanes de España en su imperio. Fue ampliamente derrotado en Alarcos en 1195, tras lo cual tuvo que firmar una tregua que él mismo rompió en 1211. La respuesta que organizaron los almohades le obligó a forjar alianzas y treguas con todos los reinos cristianos de la Península y a solicitar al papado que promulgara la cruzada en España, a lo que se accedió. La campaña resultante culminó en la aplastante victoria cristiana en Las Navas de Tolosa, en julio de 1212. Murió dos años más tarde, y poco después lo hizo su esposa Leonor, hermana de Ricardo Corazón de León. Le sucedió su hija Berenguela, quien sería madre de Fernando III el Santo. SANCHO II DE NAVARRA (1154-1234). Rey de Navarra desde 1194, primo de Alfonso VIII, era un hombre de extraordinaria estatura y fuerza, lo que le hizo merecedor del apodo el Fuerte. Su relación con Castilla antes de la campaña de Las Navas era de hostilidad manifiesta, hasta el punto de que no le importó aliarse con los almohades en la lucha que sostenía contra su primo. No obstante, cuando este se decidió a organizar la ofensiva que culminaría en Las Navas, Navarra le apoyó, en gran medida por las presiones que recibió del arzobispo Arnaldo Amalarico para que así lo hiciera. Tras la victoria, ambos reinos se reconciliaron y Alfonso VIII le devolvió algunos castillos que le había arrebatado en las guerras anteriores. Murió en 1234 en Tudela. PEDRO II DE ARAGÓN (1177-1213). Rey de Aragón desde 1196, primo de Alfonso VIII, era un hombre de extraordinaria religiosidad, lo cual, junto a su decisión de hacerse vasallo de la Santa Sede en 1204, le valió el sobrenombre de el Católico. Esto no impidió, sin embargo, que en 1213 muriera en Muret, adonde había acudido para defender a sus vasallos cátaros, a manos de los cruzados de Simón de Montfort y Arnaldo Amalarico, con quien había combatido en Las Navas. Fue, tras su primo castellano, el primer rey cristiano de la Península en apoyar la ofensiva contra el Islam en 1211. MUHAMMAD AL-NASIR LI-DIN ALLAH (1182-1213). Califa almohade desde


1199, cuarto de la dinastía fundada en 1130, heredó un imperio que se extendía por lo que hoy día es Marruecos, Argelia, Túnez y Libia y el antiguo imperio almorávide, al que terminó de someter en 1203 tras arrebatarle las Baleares. Cuando en 1211 Alfonso VIII rompió la tregua, planificó una campaña de ambiciosas proporciones destinada a suprimir definitivamente la amenaza de los reinos cristianos y, en concreto, de Castilla. No obstante, tal campaña fracasó principalmente por la mala gobernanza promovida por sus consejeros y que motivó decisiones impopulares, como la ejecución de Ibn Qadis, castellano de Calatrava. Tras la derrota en Las Navas, volvió a Marrakech, donde falleció el día de Navidad de 1213. A su muerte surgieron numerosas rebeliones contra el dominio almohade que a la larga provocaron su colapso pocas décadas después. LOTARIO DE CONTI, INOCENCIO III (1160-1216). Papa desde 1198, fue uno de los pontífices más importantes en el periodo de esplendor de la hierocracia, mediando en la resolución de conflictos dentro de varios reinos de la Cristiandad. Logró consolidar el poder papal en Italia frente a las pretensiones del Sacro Imperio, recordando que la dignidad imperial venía otorgada por la Iglesia Católica y, por tanto, reafirmando la supremacía de esta sobre los emperadores. No dudó en convocar cruzadas para defender la ortodoxia de la Iglesia, como contra los cátaros y los musulmanes en España y en Tierra Santa, aunque excomulgó a los venecianos que habían saqueado Zara y Constantinopla por desviarse del verdadero objetivo de la cruzada. En 1206 aprobó la Orden Dominica de Santo Domingo de Guzmán y en 1209 la Orden Franciscana de San Francisco de Asís y, en 1215, convocó el Cuarto Concilio de Letrán. Murió al año siguiente, en 1216.

© Francisco Rivas Moreno, 2012© La Esfera de los Libros, S.L., 2012Avenida de Alfonso XIII, 1, bajos28002 MadridTel.: 91 296 02 00 • Fax: 91 296 02 06www.esferalibros.com Primera edición en libro electrónico (epub): mayo de 2012ISBN: 978-84-9970-786-0 (epub)Conversión a libro electrónico: J. A. Diseño Editorial, S. L.


notes

1. Los agzaz, guzz en singular, eran los arqueros a caballo turcos, mercenarios de 茅lite.

2. La descripci贸n de la ceremonia ha sido tomada de la obra Las Navas de Tolosa: la batalla, de Manuel Gabriel L贸pez Payer y Mar铆a Dolores Rosado Llamas.


Francisco Rivas - 1212 Las Navas