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El imaginario de la oralidad

Capítulo 1

El imaginario de la oralidad

E n el Fedón Platón describe un pasaje que pone de manifiesto el

conflicto inicial entre la oralidad y la escritura. En dicho diálogo, el dios Teuth se presenta ante el rey Tamos de Tebas para mostrarle los prodigios de sus inventos, entre los que sobresalen: los números, el cálculo, la geometría, el juego, el ajedrez, los dados y la escritura. El rey apuraba un discurso que acompañaba la aprobación o censura de cada uno de estos inventos. Esto ocurrió cuando le tocó el turno a la escritura: –Ingenioso Teuth, respondió el rey, el genio que inventa las artes es algo muy diferente a la sabiduría que aprecia las ventajas e inconvenientes de su aplicación. Como padre de la escritura y apasionado de tu invención, le atribuyes un efecto completamente contrario al verdadero.2

En este diálogo se expone con un argumento decisivo el conflicto ético al que se ve enfrentado el innovador tecnológico frente a lo que puede suscitar la propagación de sus descubrimientos. Desde la primera línea se establece una distancia entre el genio que

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platón. Diálogos socráticos. usa: Ed. W.M. Jackson, 1973, pp. 224-225.

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inventa, que puede actuar movido por el afán de alcanzar la fama, por vanidad o el deseo de dominio, etc., y la sabiduría que aprecia las ventajas e inconvenientes de su aplicación, como una reflexión que apunta al sentido y la utilización al que deben estar vinculadas las cosas tan pronto como se den a conocer. Los fines y los posibles usos que se les dé o a los cuales se reduzca todo nuevo invento. Corrobora lo anterior los efectos que produjo en la humanidad la invención de la escritura, como un sistema que facilitó la sistematización del pensamiento. Tales efectos fueron de dos clases. Por un lado, la escritura sirvió para preservar muchas narraciones tradicionales que de otra manera no hubieran podido ser conocidas ni perdurar a través de los siglos: mitos, leyendas, acontecimientos históricos, rituales, conocimientos sobre medicina, entre otros; por otro lado, ayudó a estructurar mucho mejor el pensamiento. Gracias a ella, por ejemplo, la filosofía fundamentó su reflexión sobre preguntas que la tradición oral no se planteaba aún con mucho rigor. Es indudable que con la oralidad, a través de la poesía tradicional y gracias a la mnemotecnia que había desarrollado, se hacían cuestionamientos sobre la existencia, el porqué y el para qué de la vida, el Bien y el Mal, pero dichos asuntos no tuvieron la hondura y la claridad hasta tanto no fueron expresados en forma escrita. Con la escritura, la libre reflexión, la cual está más cercana de la narración, obtiene validez debido al desarrollo de la prosa. O sea, la puesta por escrito de la ideas sin estar sometidas a una métrica y una rítmica, propias de la oralidad tradicional. Con la prosa se plantearon reflexiones más complejas y más elaboradas, como el pensamiento lógico. La concatenación de varias premisas dio las luces para que se pudieran asociar varias ideas expuestas y extraer conclusiones mucho más abarcadoras, con lo cual el lenguaje inferencial empieza un desarrollo súbito, al igual que otros procesos de pensamiento como la predicción, la codificación, la verificación, el resumen, entre otros.

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A pesar de la mnemotecnia que la oralidad alcanzó a desarrollar, es de suponer que como todo se debía retener en la memoria, lo que terminó ocurriendo fue que se llegó a un estado de saturación, ya que no era posible guardar en ella todos los pensamientos. Es aquí donde se considera que la escritura irrumpe como un recurso muy valioso para que las ideas dejaran de ser efímeras y pudieran discurrir sin temor al olvido. Las formas orales, desarrolladas en las sociedades antiguas, mantienen estructuras que facilitan el recuerdo del contenido de sus temáticas al momento de su puesta en escena. Los textos rimados: las redondillas, al igual que las retahílas, los poemas y las canciones son en sí mismos juegos del lenguaje; pero a pesar de dicha intervención se distinguieron al respecto las formas de arte menor, las cuales se valían de octosílabos, y las de arte mayor, de versos con más de ocho sílabas: décimas, alejandrinos, etcétera. Pero esta capacidad para desarrollar ideas sobre diversidad de temas fue generando otra. Aunque seguía siendo común en los poetas y pensadores de la Antigüedad que dieran a conocer sus obras utilizando el recurso de la métrica y la rima, aun así, tanto los unos como los otros se valieron de la brevedad cuando no usaban el verso, expresaban sus reflexiones a través de aforismos, sentencias, citas, proverbios; ésta era una característica del desarrollo de su pensamiento. Entre los griegos existen ejemplos notorios, como el de los presocráticos (de quienes se conservan pensamientos breves, sentencias, aforismos). Aunque por su extensión hay creaciones, como el poema filosófico de Parménides Sobre la naturaleza, de 154 versos estructurados en hexámetros. A lo que se suma la Ilíada y la Odisea; el Tao Te Kin y el Libro de los vedas, de la tradición oriental; Las mil y una noches, en el Cercano Oriente; el Popol Vuh y el Yurupary, de Suramérica; obras de la oralidad que se conservan en su totalidad gracias a la escritura. Desde que se inventó la escritura, quienes tuvieron acceso a ella plantearon un conflicto frente a las formas orales vigentes. La

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oralidad, por su carácter dialéctico, interactivo, requiere de participantes que convaliden la puesta en escena de las ideas en consideración. Por ello, la oralidad precisa de una amplia y abierta exposición, dispuesta a ser refutada, cuestionada, y por lo tanto ampliada o mejorada en la competencia del diálogo. Esto nos hace tomar en cuenta su carácter social y la configuración colectiva presente en la mentalidad de sus practicantes. La oralidad habilita también el componente de la creación colectiva. Esto nos ayuda a entender la no existencia, en las sociedades que priorizan la oralidad, de individuos que se consideren autores de las creaciones tradicionales: música, danza, medicina, religión, ciencia, etcétera. Cualquier hablante sabe que las palabras suenan en su espíritu, y que ese sonido es su naturaleza misma. Una palabra es una cierta cantidad de sonido organizado de una cierta manera y una frase es una composición rítmico-melódica, y desde ese punto de vista se realiza como un hecho estético perceptible por el oído.3

Por eso, cuando se pretendía asumir la escritura como fuente de uniformidad y puntal del pensamiento único, se reclamaba una dependencia acrítica hacia el texto. La escritura tomada como herramienta de dominio, como instrumento para imponer lo irrefutable, para evaluar las ideas y los hechos, juicios sobre los que se asientan las hegemonías excluyentes, sean políticas, religiosas, sociales, o de cualquier otra índole, pierde su razón de ser, ya que lo más importante de este recurso es facilitar la elaboración y el acceso a formas más organizadas del pensamiento y no su aniquilamiento, convertida en instrumento de enajenación. Un recurso como éste, por muy valioso que sea, no debe pretender ese cometido. 3

dorra, Raúl. Entre la voz y la letra. México: Plaza y Valdés, 1997, p.14.

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En todos los tiempos, las ideologías dominantes han puesto a su servicio los instrumentos que garanticen su predominio. Desde la Antigüedad, la oralidad tuvo como fortaleza todos los elementos de la puesta en escena. Gracias a los teóricos del teatro se pudo tener mayor certeza de la psicología de los personajes y lo que se necesita para representar (mímesis) los sentimientos humanos. Por eso, la palabra «persona», «personaje», significa “máscara”. Los grandes oradores del pasado fueron diestros exponentes de realidades teatralizadas frente a un público. Aunque las expresiones populares se mantuvieron al margen de los salones y sitios públicos, esto no anuló del todo su expansión y desarrollo. La convicción con que los pueblos asumieron la oralidad fue tan poderosa y de gran efecto que gobernantes y religiosos terminaron aceptando y asumiendo muchas de estas formas y estilos. Canciones, rimas, proverbios, leyendas y cuentos calaron tan hondo en la tradición que ni el paso de los años pudo impedir que llegaran a ser conocidos por las actuales generaciones. El genio creativo de la oralidad popular ha pasado a la posteridad gracias a la original urdimbre de su elaboración. En la misma medida, a la escritura se le debe abonar la agudización de los procesos de pensamiento y el uso organizado del lenguaje. Y ha llegado a ser un universo tan organizado y de fuerte impacto que ha marcado a la oralidad de manera definitiva, sobre todo al momento de estructurar las ideas, argumentarlas e innovarlas. En consecuencia, la voz ha llegado a constituirse en uno de los rasgos distintivos, la cual a través de su uso es también portadora de elementos identitarios de la cultura de un pueblo y de cierto tipo de personalidad. La voz como señal de identidad La voz es la señal de identidad más importante. Ella es consustancial a los seres humanos. Sus estados de ánimo la influyen de mane-

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ra directa, en cuanto ritmo, timbre, tonalidad y volumen. Cuentan que Confucio, quien al final de su vida había perdido la visión, a cualquier afligido visitante que solicitaba sus consejos lo recibía diciéndole: habla para verte. Y los vendedores del mercado de la Barranquilla del Caribe proponen a sus posibles clientes la mercancía diciéndoles: ¡habla y te salvas! La voz también señala en las personas su pertenencia a un colectivo social y un grupo familiar. Con todo lo que eso implica: su carga de logros, experiencias, complejos y proyectos, que se reflejan en los hechos concretos de su vida personal. Pero la esencia de la voz es más que la simple articulación de las palabras: La capacidad de articular es un proceso impersonal que responde a las exigencias de la lengua, pero la manera de modular es un proceso individual que responde al íntimo deseo de la comunicación. Lo que emerge del primer proceso es el habla y lo que emerge del segundo es la voz con que un sujeto se hará cargo del habla. La voz, entonces, es interioridad, signo de la presencia y reclamo de la presencia. La voz es lo que pone en presencia al sujeto, no al sujeto de la enunciación –que es una función implícita en el mensaje y pertenece al orden de la gramática– sino al sujeto como entidad psíquica, aquel cuyo núcleo es una conciencia.4

La voz es también un territorio imaginario en que el ser humano se construye y construye a los demás. La voz como rúbrica que trasciende los códigos y vericuetos de las lenguas, como depositaria de las pasiones más secretas, que en cada emisión enseña los caminos y las huellas por las que ha transitado o desea transitar cada persona.

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Ibid., p. 19.

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En mi corta experiencia de narrador, he comprobado que saber cómo habla un personaje es saber quién es, que descubrir una entonación, una voz, una sintaxis peculiar es haber descubierto un destino.5

Sobre el oído no se tiene ningún poder. Pero el poder que se tenga sobre la voz sí es importante para el sujeto, ya que la voz es la organizadora de la imagen del cuerpo, de la idea que cada uno tiene y proyecta de sí mismo. En igual medida, de la herencia cultural que ha recibido. Por eso, en cada uno de los cinco pueblos estudiados, el tigre sirve también como motivo para hacer gala de ciertos giros lingüísticos codificados por la tradición, en ocasiones intraducibles para el forastero, pero asumidos por cada comunidad. Cargados de una rica creatividad y de múltiples sentidos, propios de quienes manejan con maestría el lenguaje narrativo. En cuanto al habitante del Caribe, ha hecho falta estudiar los orígenes de su tono y gracejo particulares al hablar. Durante mucho tiempo hemos considerado que el descendiente de africano esclavizado se «come» las letras y trueca algunas consonantes por otras, pero esto parece dudoso al escuchar hablar a la gente de Andalucía; máxime cuando se sabe que la mayoría de los españoles que llegaron al Caribe provenían de esa región de España. Las manos en alto de los bailes y la voz nasalizada, en ocasiones rasgada, de los cantores populares, del flamenco y el cante jondo, respectivamente, aportan pistas importantes para una posterior reflexión. A lo que se suma todas las voces y la rítmica del africano y sus descendientes en el Caribe; en igual medida, la riqueza oral de España acompañada de los instrumentos clásicos europeos, que le dieron otra riqueza tímbrica a la música y los cantos aborígenes, como también a la que surgió con el mestizaje.

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borges, Jorge L., Discusión. Buenos Aires: Emecé, 1972, p.14.

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Por eso, hacer alusión al tigre en un cuento, un refrán o una fábula involucra también unos giros lingüísticos del repertorio propio. La utilización de palabras que nombran la fauna y la flora regional, o como en el caso de los indios, una mezcla de su lengua materna con el español local. En estos entrecruzamientos encontramos nuevos sonidos que emergen gracias a las relaciones interculturales y la necesidad de seguirlas recreando. En las zonas de gran influencia indígena, como es el caso de Dibulla (La Guajira), hay un gran número de palabras propias de estas lenguas que se han introducido en el habla cotidiana de sus habitantes. El multilingüismo: castellano, wiwa y wayúu, resulta tan interesante que de golpe en una conversación cotidiana las palabras pasan de una lengua a otra con tal espontaneidad que han hecho posible el surgimiento de una especie de «lengua vehicular»6 útil para resolver las necesidades inmediatas de comunicación sin acudir a intérpretes. Voz y otredad: las referencias al tigre Como la forma más importante en la que se instauran las interrelaciones, la voz aparece también como un medio a través del cual se transforman los asuntos del mundo. La actividad científica, la política, el derecho, las normas y los valores de una cultura se perfeccionan gracias a la importancia que se le otorga a la voz. Puede considerarse que un país civilizado es un país que dialoga. Es un lugar en el cual los gobernantes y los ciudadanos se mantienen en un diálogo permanente, procurando el bienestar colectivo. Cuando 6

En determinados contextos lingüísticos también se conoce como lengua franca (del italiano, lingua franca), que se emplea entre pueblos que viven en una determinada área, bastante extensa, como medio de comunicación y que, en el caso al que se hace referencia, cada uno tiene lengua propia. Véase Microsoft Encarta 2007.

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la dialéctica desaparece del escenario público, los habitantes de un país no encuentran válvulas de escape para zanjar las diferencias y la violencia no tarda en manifestarse. Negarle la voz al otro es impugnarle sus posibilidades de participación en el escenario de lo humano. Es convertirlo en un ser primario, despojado de sí mismo, capaz de cualquier atrocidad. Y aquí la voz del otro funciona como expresión de su potencial humano, el cual, en su ejercicio, va perfeccionando estrategias para ser cada vez más clara y eficiente. La iniciación del sujeto en la comunidad de hablantes es consecuencia de su paulatina incursión en los espacios que las sociedades han creado para tal efecto. Entre más abiertos sean, más abiertos y participativos serán los sujetos, ya que el respeto, la solidaridad, la honestidad, como otros tantos valores, se aprenden en espacios liberadores, con quienes los ejerciten de verdad. Porque las leyes, las normas y los mecanismos de control social que regulan los comportamientos son aprendizajes que se adquieren y ejercitan públicamente con el ejemplo de los otros. El diálogo de saberes es el temor esencial de todo conquistador político, religioso o de cualquier origen. Enfrentarse con otros discursos significa aceptar la diversidad, la existencia de otras verdades sobre un mismo hecho. Lo cual significa tener que aceptar la pluralidad y comprender que lo que se considera verdad tiene muchas aristas. Si comprende, tiene que aceptar, y si acepta dicha realidad, tiene que abrir espacios de participación. Es el miedo del sicario frente a su víctima, a quien le tapa la boca por temor a ser disuadido de su crimen. Como en una obra de Sartre en la que un personaje confiesa: Si los dejo hablar estoy perdido. El origen y el fin de todo diálogo es la renuncia a la imposición del ego, del poder unilateral. Todo el que dialoga debe buscar un camino para ponerse de acuerdo con el otro. Los que dialogan construyen al alimón alianzas o compromisos que no reclaman una autoría individual, pero sí un mutuo cumplimiento de los implicados. Con lo que las partes en conflicto deshacen los temores, y cada uno

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quiere ser para el otro una promesa y no una amenaza. En las comunidades estudiadas podemos encontrar ejemplos que ilustran las anteriores consideraciones. En sus fábulas que tienen protagonistas el tigre, los wiwas y wayúus ratifican su sentido de pertenencia al ecosistema, el cual es, por antonomasia, el grado sumo de la otredad. El tigre refleja su yo en otra condición. Es tener al tigre del otro lado del espejo, como ser de sí y como juez del control personal y social. En Altos del Rosario (Bolívar), cada cuentero debe tener la habilidad para permitir la participación del público cada vez que sea necesario. Cada versión de un cuento tiene legitimidad independientemente del número de voces que en él participan. En Altos del Rosario y Soplaviento (Bolívar), Sincé (Sucre), Río de Oro (Cesar) y Dibulla (La Guajira) existen mecanismos comunitarios para no dejar a las personas fuera de las actividades colectivas. Voz y mundos posibles: tras las huellas del tigre Las imágenes orales del tigre son producto de múltiples universos de los que participan diversos lenguajes. Intervenidos estéticamente, hacen gala de insondables claves que guardan celosamente el espíritu de cada comunidad. Por eso, en los géneros en los cuales discurren las imágenes orales del tigre están las huellas de una cultura imbricada con otras que le antecedieron; pero también están las búsquedas y los proyectos, las taras y los sueños. En otras palabras, está presente la humanidad en todo su esplendor Por las mismas razones, las primeras criaturas humanas tuvieron conciencia de que con la palabra (el pensamiento) se podía tocar el mundo, probarlo, auscultarlo. Y cuando alcanzaron alguna experiencia en ese ejercicio supieron que con palabras también se podían explicar los orígenes de las cosas y las causas primeras de los fenómenos naturales. Un buen ejemplo de los alcances de las

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lenguas primigenias y su rica variedad de matices son sus bellas e ingeniosas narraciones, como ésta de los indios emberá, del Alto Andágueda chocoano, en el Pacífico colombiano: Orígenes de los indígenas, negros y blancos Ewandama, el Sol, se casó con la Luna y tuvieron muchos hijos. Cuando ya eran muchísimos, se vinieron padres e hijos para las costas del Pacífico, cerca de Bahía Solano. Ewandama hizo una gran laguna con la leche de su esposa y mandó a todos los hombres, que eran sus descendientes, que se bañaran en el enorme charco. Unos vinieron prontamente y se bañaron y quedaron blancos. De allí surgió la raza blanca. Otros vinieron sin mucha prisa y al bañarse, como la leche ya no estaba tan pura, salieron con la piel cobriza, y de allí resultó la raza indígena. Un último grupo llegó lentamente, retardado, y como ya no había sino un asiento de leche sucia, sólo pudieron mojar las plantas de los pies y de las manos. Esos fueron entonces los primeros negros, y por eso sólo las palmas de sus manos y las plantas de sus pies son claras.

También en las fábulas de los wiwas (de las cuales escogimos la de Rafael Villazón) apreciamos en un intertexto, sabiamente introducido, la conformación de la cadena alimenticia de la cual forman parte el jaguar y la tiñosa (mamaguirra). Desde su aparición en la Tierra el ser humano se sintió perplejo ante el universo. Su entusiasmo era tal que en vez de los individuos hablaban los dioses, la comunidad. Por esto, en sus comienzos la voz siempre buscó ser totalizante, incuestionable, salir victoriosa. En su “performance” no aceptaba que se le hallara mácula alguna,

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