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o sé muy bien qué espera cierta gente de un concierto de The Rolling Stones en 2017, pero apelar a que simplemente se trata de un ejercicio de nostalgia me parece una tontería. Lo es, claro que sí, pero digo yo que después de 50 años de carrera se lo han ganado de sobras. El repertorio que ofrecieron en su retorno a Barcelona, después de diez años de ausencia, fue un auténtico evangelio para los creyentes en el rock’n’roll. Pocos grupos poseen un catálogo tan rico, y muchos de sus clásicos valen más que las carreras enteras de bastantes grupos. En esta gira bautizada como No Filter, y que, como siempre, se especula que puede ser la última, los Stones presentan un escenario espectacular, pero aparca otros trucos efectistas del pasado como muñecas hinchables o pirotecnia por doquier. Es un acierto: el protagonismo recae

exclusivamente en la música (el sonido fue per-fec-to) y en cuatro gigantescas pantallas verticales que permiten ver cada uno de sus movimientos, así como las arrugas esculpidas en sus caras. Es como si, finalmente, la banda hubiera aceptado lo que son: venerables ancianos que siguen disfrutando tocando rock y blues (las versiones de ‘Just Your Fool’ y ‘Ride ‘Em On Down’ de su último trabajo Blue & Lonesome sonaron deliciosas) sin, casi, ni importarles que tengan a 50.000 personas delante. Es verdad que, en general, los tempos de las canciones sonaron más lentos, pero diría que casi ayuda a situarlas en la categoría de música clásica a la que ya pertenecen. Durante las dos horas y diez que duró el espectáculo, vimos a un Mick Jagger con su voz y carisma intactos, a un Ron Wood, que sigue con su papel de gamberro, a un impecable y sólido Charlie Watts, y a un Keith Richards, más

apagado y mermado físicamente, pero al que le basta quedarse él solo sonriendo, antes de interpretar ‘Happy’ y ‘Sleeping Away’, para que el estadio se venga abajo. No me convenció que escogieran ‘Sympathy For The Devil’ como primer tema, pero me alucinó poder escuchar ‘Under My Thumb’ (muy bien vestida por el piano de Chuck Leavell), una potentísima ‘Rocks Off’, ‘Paint It Black’, ‘Midnight Rambler’, una muy funky ‘Miss You’ (el minuto de gloria del bajista Darryl Jones), o ‘Street Fighting Man’ que dio pie una recta final de vértigo con ‘Start Me Up’, ‘Brown Sugar’ y ‘Jumpin’ Jack Flash’. El bis con ‘Gimme Shelter’, quizá menos incendiaria que otras veces pero vibrante al fin y al cabo, y el riff eterno de ‘(I Can’t Get No) Satisfaction’ pusieron la guinda a un gran, gran concierto. Si tiene que ser el último que les vea, yo sí me doy por satisfecho. 119

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