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el trabajo manual, con ello los puestos laborales, consecuentemente generando puesto para especializaciones técnicas que fueron cubiertos no precisamente por los trabajadores locales, con un aumento del trabajo no registrado de los mismos, contratados por temporadas de forma precarizada a través de empresas tercerizadas, en una clara flexibilización laboral. El Museo de la Vid y el Vino está pensado como antesala del paseo feudal por la Ruta del Vino, y tiene como destinatario al turista new gourmet interesado en darle un fundamento a su gusto por chuparse un vino cada fin de semana. No debe sorprendernos si en nuestro análisis crítico sobre el ocultamiento del conflicto entre productores y obreros llegamos a la conclusión althusseriana que “la reproducción de la fuerza de trabajo requiere no sólo de una reproducción de sus habilidades, sino también, al mismo tiempo, de una reproducción de su sumisión a la ideología dominante para los obreros, así como de una reproducción de la habilidad para manipular la ideología dominante de forma correcta hacia los agentes de la explotación y de la represión, de modo tal que también la provean para afirmar la dominación de la clase dominante en la palabra y por la palabra”. El Museo de la Vid y el Vino cuenta entre sus instalaciones con un más que representativo montaje audiovisual de cosecheros de la vid reproduciendo la ideología dominante. Cafayate y todo su discurso oficial sobre la industria del vino es el punto de partida para aventurarse a encontrar los feudos de la familia Hess en Colomé. Para llegar habrá que ascender por la Quebrada de las flechas, un escenario alucinante, sobre el que volvemos los pies a la tierra cuando nos damos cuenta que mucho de ese territorio está bajos manos privadas, de grandes señores que sólo buscan lograr el sabor más eximio, con sus consecuentes beneficios económicos, en vinos de altura a nivel global. Para entrar al territorio de la bodega, que tiene hasta su propia escuela, es necesario anunciarse por teléfono o email para que te esperen. Si no, lo más probable, si el cupo de visitantes está completo (unos quince lugares), es que haya que comerse en duplicado los kilómetros en ripio recorridos y volver cuando seas esperado. En la bodega se podrá acceder a degustaciones de las producciones locales, a precio de botella en origen, y a platos con productos orgánicos hechos en el lugar, que en la relación precio porción pueden llevar a pensar que es la lechuga o el queso más caro del mundo. Todas las construcciones y diseños espaciales del terruño están estéticamente acabados. No cualquiera puede costear millones para armar una bodega

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en zonas geográficas donde los recursos naturales son escasos y de alto costo, con proyecciones de recuperación de la inversión a quince años, y encima montarse un museo exclusivo, que visitan en su mayoría extranjeros.

Mientras los trabajadores y lugareños se desplazan kilómetros montañosos a pie, la ayuda del estado para desarrollar pequeños productores vitivinícolas no basta para construir una alternativa a la producción y consumo de vino del gran capital. Dicen los que “saben” de marketing y mercados globales que lo que está pasando con el vino hecho en Salta, y que cualquiera que haya trabajado en el desarrollo de un nuevo vino sabe, es que lo más difícil no es hallar la uva perfecta, ni el estilo novedoso, ni el mejor terruño, ni encontrar la madera perfecta para que el vino se exprese. Lo más difícil, contra todo lo pensable, es encontrar un nombre, un nombre que se reconozca. Así de fácil. Así de difícil. Y si hace una década cundió la moda de los doña, los finca, las nomenclaturas mapuches y hasta los nombres escritos en latín, parece que en estos últimos años la cosa se puso “orgánica y de altura” y ya hay al menos una decena de marcas que llevan la certificación de libre de todo y el sistema métrico detallado en su etiqueta. Y lo que hasta ayer fue original, ahora parece un trillado juego de palabras. Incluso el estado nacional declaró al vino bebida nacional. ¿Las producciones de alta gama llevarán un sello popular y nacional en su etiqueta? Mientras los trabajadores y lugareños se desplazan kilómetros montañosos a pie y dependen de la buena voluntad de los turistas, u otros que se transportan por esos caminos, que los levanten para poder movilizarse de un punto a otro, la ayuda del estado para desarrollar pequeños productores vitivinícolas no basta para construir una alternativa a la producción y consumo de vino del gran capital. Es necesario revisar los consumos culturales del vino por parte de neófitos urbanos cosmopolitas que degustan etiquetas del capital simbólico, donde toda posibilidad de conflicto que dé origen a un producto de consumo queda expulsada del relato oficial que culturiza.

En febrero pasado hubo una fuerte protesta con cortes de rutas incluidos por falta de pagos de muchas bodegas en Cafayate, que llevó incluso a suspender la tradicional vendimia. Sin embargo no tuvo mucha repercusión política ni mediática, menos económica o productiva. Es poco probable que los bajos sueldos en moneda local afecten negocios millonarios globales de una bebida que seguro estará en tu próxima reunión social, donde ni te acuerdes de esta historia. Lo más probable es que hayas sucumbido a la moda vitivinícola enológica de la nueva etiqueta de alguna bodega que auspicie quién sabe qué goce, que te hará sentir habilitado a intercambiar opiniones sobre los tanatos de la variedad que elegiste degustar en relación a tu capacidad de bolsillo. Así son los efectos de una industria cultural dionisíaca global. Según datos oficiales, desde el año 2000 hasta la actualidad la superficie de viñedos se expandió en Argentina un 13,6%, con importantes inversiones económicas en los últimos años para mejorar los procesos productivos; en los Valles Calchaquíes el resultado fue el doble: un 28% al sumar 602 nuevas hectáreas, llegando a una superficie total de 2635 ha en enero de 2013. Los proyectos se desarrollaron en Cafayate, Animaná, San Carlos, Angastaco, Molinos y Cachi, haciendo crecer en Salta en la última década un 140% la cantidad de bodegas pasando de 15 a 36 establecimientos registrados en el Instituto Nacional Vitivinícola (INV) de Argentina. Buscando expandir la comercialización, se puso en funcionamiento en el año 2006 la Asociación de bodegas de Salta y recientemente, a principios de 2012, con la creación del Consorcio de exportación productores vitivinícolas conformaron el primer consorcio temático del vino de Argentina. En la actualidad se exportan desde la provincia de Salta 1 millón 200 mil botellas de vinos premium a treinta países de todo el mundo, y aunque la participación de los salteños en la producción nacional es del 1%, la presencia de los vinos salteños se hace fuerte en materia de exportación con el 15% del volumen total, exportando inclusive más que las provincias de San Juan, La Rioja y Neuquén, por lo que actualmente Salta es uno de los destinos preferidos de la Argentina en enoturismo, registrando sus bodegas la visita de más de 183 mil turistas sólo durante el año 2011, cantidad que año a año se incrementa notablemente. El dato más preocupante es que entre los mercados en caída se encuentra Estados Unidos, principal comprador de la provincia, que representa el principal destino de los vinos salteños. Los envíos a ese país han pasado de 3.249.526 cajas de nueve litros a 2.994.365 anuales.

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Rock Salta Nº16  

Revista publicada en agosto y septiembre de 2013

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