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Lea el primer capitulo de ‘El sueño celta’ La novela del Nobel de Literatura ya está en las librerías. Conozca un adelanto de la historia del irlandés Roger Casement, cónsul británico en el Congo belga a principios del siglo XX.

Cuatro años después de ‘Travesuras de la niña mala’, el escritor Mario Vargas Llosa vuelve a las librerías con su nueva novela, “El sueño del celta”, basada en la vida del irlandés Roger Casement, cónsul británico en el Congo belga a principios del siglo XX y amigo de Joseph Conrad. Se trata de una esperada novela que se distribuirá en España, Latinoamérica y el mercado español en Estados Unidos, constituyéndose así como uno de los lanzamientos literarios más fuertes del otoño.

‘El sueño del celta’ narra la peripecia vital de este personaje que tuvo “una vida muy aventurera”, en palabras del propio Vargas Llosa, que ha dedicado tres años a reconstruir la biografía de este defensor de los derechos humanos y diplomático británico que acabó militando activamente en la causa del nacionalismo irlandés. “No me acuerdo cuándo descubrí este personaje, pero sí que fue al leer una biografía de Joseph Conrad. Al principio me despertó la curiosidad, sobre todo porque vi que había estado en la Amazonia, en el Perú amazónico. Empecé a buscar materiales sobre él y, cuando me quise dar cuenta, ya me había atrapado”, explica el autor peruano en un comunicado de la editorial. Roger Casement (1864-1916) fue cónsul británico en el Congo belga y dedicó dos décadas de su vida a denunciar las atrocidades del régimen de Leopoldo II en el país africano. Tras su actuación en el Congo, el Gobierno británico le encomendó investigar la situación de los indígenas que trabajaban en la extracción del caucho en la Amazonia, en la región del Putumayo, zona fronteriza entre Colombia y Perú, y fruto de este trabajo escribió dos informes sobrecogedores donde detallaba los abusos contra los indígenas. Además, Roger Casement viajó con Conrad por el río Congo y fue, en palabras de Vargas Llosa, quien le abrió los ojos al autor de ‘El corazón de las tinieblas’ sobre lo que realmente ocurría allí, “cuando el Congo era propiedad privada de Leopoldo II”. (Revista Semana)


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Cuando abrieron la puerta de la celda, con el chorro de luz y un golpe de viento entró también el ruido de la calle que los muros de piedra apagaban y Roger se despertó, asustado. Pestañeando, confuso todavía, luchando por serenarse, divisó, recostada en el vano de la puerta, la silueta del sheriff. Su cara flácida, de rubios bigotes y ojillos maledicentes, lo contemplaba con la antipatía que nunca había tratado de disimular. He aquí alguien que sufriría si el Gobierno inglés le concedía el pedido de clemencia. —Visita —murmuró el sheriff, sin quitarle los ojos de encima. Se puso de pie, frotándose los brazos. ¿Cuánto había dormido? Uno de los suplicios de Pentonville Prison era no saber la hora. En la cárcel de Brixton y en la Torre de Londres escuchaba las campanadas que marcaban las medias horas y las horas; aquí, las espesas paredes no dejaban llegar al interior de la prisión el revuelo de las campanas de las iglesias de Caledonian Road ni el bullicio del mercado de Islington y los guardias apostados en la puerta cumplían estrictamente la orden de no dirigirle la palabra. El sheriff le puso las esposas y le indicó que saliera delante de él. ¿Le traería su abogado alguna buena noticia? ¿Se habría reunido el gabinete y tomado una decisión? Acaso la mirada del sheriff, más cargada que nunca del disgusto que le inspiraba, se debía a que le habían conmutado la pena. Iba caminando por el largo pasillo de ladrillos rojos ennegrecidos por la suciedad, entre las puertas metálicas de las celdas y unos muros descoloridos en los que cada veinte o veinticinco pasos había una alta ventana enrejada por la que alcanzaba a divisar un pedacito de cielo grisáceo. ¿Por qué tenía tanto frío? Era julio, el corazón del verano, no había razón para ese hielo que le erizaba la piel. Al entrar al estrecho locutorio de las visitas, se afligió. Quien lo esperaba allí no era su abogado, maître George Gavan Duffy, sino uno de sus ayudantes, un joven rubio y desencajado, de pómulos salientes, vestido como un petimetre, a quien había visto durante los cuatro días del juicio llevando y trayendo papeles a los abogados de la defensa. ¿Por qué maître Gavan Duffy, en vez de venir en persona, mandaba a uno de sus pasantes? El joven le echó una mirada fría. En sus pupilas había enojo y asco. ¿Qué le ocurría a este imbécil? «Me mira como si yo fuera una alimaña», pensó Roger. —¿Alguna novedad? El joven negó con la cabeza. Tomó aire antes de hablar: —Sobre el pedido de indulto, todavía —murmuró, con sequedad, haciendo


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una mueca que lo desencajaba aún más—. Hay que esperar que se reúna el Consejo de Ministros. A Roger le molestaba la presencia del sheriff y del otro guardia en el pequeño locutorio. Aunque permanecían silenciosos e inmóviles, sabía que estaban pendientes de todo lo que decían. Esa idea le oprimía el pecho y dificultaba su respiración. —Pero, teniendo en cuenta los últimos acontecimientos —añadió el joven rubio, pestañeando por primera vez y abriendo y cerrando la boca con exageración—, todo se ha vuelto ahora más difícil. —A Pentonville Prison no llegan las noticias de afuera. ¿Qué ha ocurrido? ¿Y si el Almirantazgo alemán se había decidido por fin a atacar a Gran Bretaña desde las costas de Irlanda? ¿Y si la soñada invasión tenía lugar y los cañones del Káiser vengaban en estos mismos momentos a los patriotas irlandeses fusilados por los ingleses en el Alzamiento de Semana Santa? Si la guerra había tomado ese rumbo, sus planes se realizaban, pese a todo. —Ahora se ha vuelto difícil, acaso imposible, tener éxito —repitió el pasante. Estaba pálido, contenía su indignación y Roger adivinaba bajo la piel blancuzca de su tez su calavera. Presintió que, a sus espaldas, el sheriff sonreía. —¿De qué habla usted? El señor Gavan Duffy estaba optimista respecto a la petición. ¿Qué ha sucedido para que cambiara de opinión? —Sus diarios —silabeó el joven, con otra mueca de disgusto. Había bajado la voz y a Roger le costaba trabajo escucharlo—. Los descubrió Scotland Yard, en su casa de Ebury Street. Hizo una larga pausa, esperando que Roger dijera algo. Pero como éste había enmudecido, dio rienda suelta a su indignación y torció la boca: —Cómo pudo ser tan insensato, hombre de Dios —hablaba con una lentitud que hacía más patente su rabia—. Cómo pudo usted poner en tinta y papel semejantes cosas, hombre de Dios. Y, si lo hizo, cómo no tomó la precaución elemental de destruir esos diarios antes de ponerse a conspirar contra el Imperio británico. «Es un insulto que este imberbe me llame “hombre de Dios”», pensó Roger. Era un maleducado, porque a este mozalbete amanerado él,

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novedades Para amantes y amados

Se ha perdido la costumbre maravillosa de escribir cartas. Hacerlo es en el vertiginoso y poco paciente mundo en que vivimos tema de anticuados maduros, románticos en desuso, tradicionalistas desactualizados y desocupados solitarios, de cuasi fósiles seres humanos a los que el aliento vital se les consume. La comunicación epistolar en los tiempos que corren es electrónica, por tanto rauda, agresiva, llena de agravios para el idioma, va y viene de los ordenadores y de los teléfonos móviles que se han convertido en adicción. Los que así se comunican llevan a cuestas miles de mensajes abruptos, que llegan las 24 horas del día. Las cartas que llegaban con perfume, suscritas con labios, aderezadas con poemas, agonizan. Las buenas y malas noticias que se recibían en misivas ya no tienen misterios, no cuentan con los silencios del viaje ni con los sellos postales. Se han perdido los compases y los ritos, las liturgias obligadas para escribir, sobre todo cartas de fuego y contra fuego. Con la nostalgia instalada de ya no tener quien me escriba, como el coronel, adquirí el precioso libro cuya portada mostramos, y es que la pasión por la lectura me puede y me ha podido siempre. Es un tomo primoroso, tinturado de objetos y de sentimientos.

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Un cuaderno de amantes y de amados en el que se han prensado seis deliciosas esquelas de amor y desamor. La obra viene con voz propia, esa otra sorpresa. Se pueden escuchar las notas. Y vivir de boca a oído los avatares en los textos que incluyen: reflexión, ternura, perdón, reproche, despedida ruptura. Amar,

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noble, que se ha de practicar entre dos y en libertad. El uno amante, el otro amado. El que ama y el que se deja amar. El amor sostiene la vida o puede acelerar la muerte. Los que se aman se cuentan los secretos con la mirada. Los ojos brillan cuando hay deseo, hablan cuando irrumpe el enfado, se desmayan en la ternura y en el orgasmo queman. ‘Cartas de amor y desamor’ se ha escrito en 95 folios y se ha publicado por Ediciones 451, cuya segunda entrega es la que tengo y os propongo, y que se puede comprar en Mr. Books. La rutina es la enemiga más cruel que le surge al amor y las recetas recomiendan sacudirse. Leer la obra de marras será una forma de arrancarse repeticiones tediosas y de convertir la lectura en un total placer que, además de literatura, puede incluir tocamientos, besos y gemidos. Desamor es agotamiento, repeticiones tontas, ilusiones rotas, hastío, entrega por compromiso, ausencia de placer, asco, reñir por nada, huir de todo, agravio vengativo, reyertas planificadas.

También, memorias para el olvido, papeles rotos y cartas devueltas. El amor supera todas las distancias y a la vera del camino deja los resentimientos, las revanchas, las marcas de la piel, el paso de los años, la vejez, y supera a la muerte, la que no es más que una estación en la ruta hacia la unión eterna. Ámese usted mismo y lea ‘Cartas de amor y desamor’. z

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Cosiendo historias “No creo en la inteligencia del ser humano sino en la imaginación”. Eduardo Varas, escritor.

REDACCIÓN ARTES. No puede dejar de asociar la imaginación con el cine. La sensación más antigua que recuerda se remonta a sus tres años, cuando vio ‘El retorno del Jedi’ en la pantalla grande. La música también lo apasiona y toca varios instrumentos, aunque se considera un ‘cínico’ sobre el escenario, pues algunas veces, en conciertos juveniles, tocó la batería sin conocer la mística de la percusión.

>> EDUARDO VARAS, Escritor Ecuatoriano “Todo lo que termina, termina mal”, cita en su libro. ¿Es lo que siempre sucede? Esa línea de Calamaro (cantante argentino) me encanta. Hace referencia a cuando algo se rompe y es inevitable sentirse mal. Julio es un personaje que doy por sentado que no está anímicamente bien y no lo reconoce, quizás por eso comete tantos errores a lo largo de la novela. Tantos para ser una novela corta. Con esta frase trata de justificar su actuar, su andar. Creo que busca algún tipo de perdón divino. Que le digan que no está del todo mal y que no se preocupe. Julio, personaje principal, tiende a echar la culpa a todos. ¿El no admitir los errores puede ser una patología social? No fue mi intención definir a un colectivo, en este caso el ecuatoriano.

A lo mucho intenté describir a alguien, puede ser gente que conozco o incluso como fui yo en cierto momento de mi vida. Es una actitud generalizada eso de echarle la culpa a otros, pero no pensaba en alguien en particular ni hacer una radiografía. Nada. No me he dado una vuelta por el país. No sueño con actrices de cine. Julio tiene una génesis que tiene que ver conmigo, pero sobre todo con mi imaginación. En lo único que nos parecemos es que ambos fracasamos en el matrimonio. Cuando configuraba este personaje yo sabía que necesitaba algo que le causara una urgencia de escapar. Cualquier ruptura es dolorosa. Ojo, no solo por mi experiencia, sino la de muchos que conozco. Opté por eso porque es el material que tenía a mano. No hay nada más.

Eduardo Varas se siente un hombre feliz porque actualmente vive de lo que le gusta: la escritura. Hace poco publicó ‘Los descosidos’, novela editada por Alfaguara.

¿Cuál es el precio de ser libre? Es un tema que me obsesiona. Por eso lo trato en la novela y en otros espacios donde puedo hacerlo. No existe ninguna actividad humana que no tenga consecuencias. Toda acción en busca de la libertad tiene sus rayos sobre otra gente. Es inevitable la acción y la reacción entre nosotros. ¿Cómo este personaje intenta vivir la libertad? El ir de ciudad en ciudad robando es su versión de libertad, pero esto afecta a otras personas. No hubo un juicio. La libertad es un espacio de ficción para nosotros. En el libro plantea que se puede ser fiel a uno mismo desde la traición ¿qué opina al respecto? Es la conclusión de Julio y me parece deplorable. No estoy de acuerdo con eso. No estaba buscando un reflejo.


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Yo quería construir un desgraciado, así de simple. Alguien que cometiera varios errores. Es una conciencia de ser uno mismo traicionando al otro. No es una denuncia, es lo que se ve. Mucha gente busca un camino sin importar si está para bien o para mal de la gente. Hace muchas referencias cin ematográficas, ¿se pued e h acer un filme de su libro? Jamás. No creo que sea posible. Todo pasa en la cabeza de Julio. No es algo que quiero verlo, sino leerlo. Uso estas referencias porque son necesarias para la historia. Para la gente que ha visto las películas que cito pueden ser datos adicionales. Para mí eran elementos que me permitían construir el personaje. Julio habla de películas porque quiere llenar sus vacíos. Parece que es la única forma conciente de aplicar los gustos a la vida. Simplemente es exponer que uno es su discurso y en los discursos están incluidos los gustos. ¿De niños muchos tienen amigos imaginarios, de grandes se puede vivir con una pareja imaginaria? Para mí la capacidad de fabular es necesaria, no solo para el que escribe sino para todo el mundo. Esto es lo que realmente nos diferencia de los animales. No creo en la inteligencia del ser humano sino en la imaginación. De niño tuve mi amigo imaginario. De grande, siguiendo la línea de la pregunta, la imaginación es muy importante. La ficción e imaginación es lo más útil y es una actitud humana que te permite hacer muchas cosas. ¿A qué hay que tenerle más cuidado: al amor o a la libertad? A las dos cosas. Debes tener cuidado de lo que hagas en esos estados. No por temor sino porque puedes hacer ‘pedazos’ a alguien y quizás no sea justo. Soy muy crítico con mis personajes. Por ejemplo, Penny Lane es como que lucha por equivocarse. Ella ya está descosida desde hace mucho tiempo y creo que intenta una última oportunidad y se topa con Julio que es otro infeliz. Abogo en que el ser humano debe ser conciente de lo que hace. Creo que hay que tenerle más miedo al ser humano en esos estados porque caer en exceso es muy fácil.

Nació en Guayaquil. Estudió Comunicación Social y fue miembro de los talleres literarios de Miguel Donoso Pareja. Ha colaborado en diversos periódicos y revistas. En 2006 obtuvo el primer lugar en el Concurso de Escritores del Mañana. En 2007 publicó su primer libro de cuentos ‘Conjeturas para una tarde. En 2008 fue incluido en la antología digital El futuro es nuestro-narradores de Latinoamérica, de la revista ‘Pie de página’

¿Qué es lo que nunca se puede ‘coser’? Todo se puede coser al final si uno es realmente conciente de sus imprecisiones. No lo digo desde un sentido de que “La esperanza es lo último que se pierde”. Me refiero a que estamos condenados a reconocer lo que realmente somos y lo que hacemos. Ahí quizás

damos pasos para cosernos un poco. También, cuando dejas de echar la culpa a otros estás dando pasos para coger la aguja y el hilo y empezar a coser. Tampoco quiero una versión moralista en la novela. Lo que pasa es que estoy convencido de que estos personajes están descosidos y luchan por no vivir así, pero no sé hasta que punto lo consiguen.


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Orfebre del arte

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REDACCIÓN ARTES Rodelas, dedales, tuercas y tornillos, en fin, diferentes piezas y objetos metálicos, hojalata en desuso o simple ‘chatarra’ sufren una metamorfosis en las manos de Gonzalo Meneses. El artista convierte en escultura a los elementos cotidianos férreos oxidados víctimas del tiempo, latas y demás cuerpos de metal, aparentemente inservibles. El valor de la obra no solo radica en utilizar lo desechable y estropeado. La composición miniaturista que se emplea demuestra el ingenio y sensibilidad de Meneses en utilizar –o mejor dicho: reutilizar– la pieza adecuada que permita mostrar ‘De lo que fue a lo que parece ser’, tal como se titula su exposición. El desgaste, el óxido y la deformación son los cómplices de esta obra. El creador no maneja ningún esmalte, pintura o pigmento sobre el metal. La inventiva da sentido a lo que parece no tener ya ningún valor. Ancianos, mujeres, guerreros, intelectuales, músicos, entre otros, son las principales figuras, además de edificar torres, casas, mansiones y castillos a pequeña escala. No es una coincidencia la unión y ensamble de un objeto con otro. Cada cosa escogida responde a la inventiva que permite una analogía que trasciende lo físico, donde se puede apreciar la sabiduría y seriedad de un anciano como en ‘Implacable arquero tras la huella indeleble’ o la locura como en ‘Orate más pelón que un orador’. La mirada de Meneses rompe el tiempo. Su sensibilidad más que de un artista es la de un niño que juega con lo estropeado, que crea con lo deteriorado. El artista no ha perdido la pureza e imaginación de sus primeros años de vida y comparte la originalidad que todos solíamos tener en los tiempos infantiles. La muestra no solo es una exhibición de arte, pues rescata la facultad de ver aquello que pasa desapercibido mientras aumentan los años, además de enseñar que el oro, la plata, el platino, entre otros, no son los únicos que pueden considerarse metales preciosos.

Tome nota

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Abierta hasta el 30 de noviembre. Lugar: Sala Eduardo Kingman, CCE, Matriz Quito. 4 Dirección: Av. Seis de Diciembre y Patria. 1.- Implacable arquero tras la huella indeleble Horario: lunes a viernes, 2.- Pintando al cielo delineando nubes de 9:00 a 17:00; sábados, 3.- Orate más pelón que un orador de 10:00 a 14:00. 4.- Del mero garbo ala armónica serenata Entrada libre.

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