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LÁZARO 2.0 PROYECTO 3° ESO B Lengua y literatura


Prólogo Sepa vuestra merced, que tras haber leído “Lázaro de Tormes” y haber realizado actividades anteriores al proyecto, un grupo de 3º de ESO del colegio San Gabriel, ha decidido aventurarme en una nueva y peligrosa empresa. Ha creado un nuevo Lazarillo, que contiene aventuras inimaginables, con cambios en el espacio e incluso en el tiempo. Por eso quiero que tengáis siempre en cuenta que gracias a todo lo que he pasado, ahora estoy satisfecho con lo que tengo. Como sabréis yo nací junto al río Tormes, y después de que mi madre me dejase sirviendo al ciego mi vida dio un giro, en el que comencé a vivir un sin fin de aventuras. El ciego fue mi primer amo, él me enseñó lo necesario para ser un buen pícaro y poder adentrarme en nuevos parajes e increíbles sucesos que estaban por llegar. Os invito a leer este Lázaro 2.0, que sin duda os entretendrá y sorprenderá. Atentamente: Lázaro de Tormes 2.0 (3º ESO.B)


Tratado I - ¡No soy un ladrón! Pasados ya uno días en Torrijos, y tras haber abandonado al ciego, me encontraba de nuevo hambriento y desamparado. Vagué por las calles quién sabe cuánto. Llevaba ya tanto tiempo andando y sin haber probado bocado, que caí al suelo. Tenía la boca seca y el sol ardía en el contacto con mi piel. Una sombra repentina me hizo entreabrir los ojos. -¡¡Levántate chico!! -Una voz grave en un tono de enojo me hizo levantarme de un salto. -¿Vas a ayudarme a mover esto o te vas a quedar ahí sentado? - Llevaba ya tiempo allí tumbado y me costó reaccionar, pero tras notar un fuerte golpe en la nuca me puse a trabajar. Ayudé a aquel hombre a subir uno de los toneles al carromato. Bien, ahora ven conmigo. -Seguí a aquel hombre sin ningún remilgo. Recorrimos algunas callejas hasta llegar a un pequeño taller. Sepa vuestra merced lo sucio y roto que estaba todo en aquel lugar. Si bien no parecía más que la pocilga de unos cerdos. Eché un vistazo y deduje que aquel hombre era tonelero. -Sepa mi buen señor que puedo aprender a hacer toneles, soy un joven astuto y aprendo muy rápido. -¿Te crees que voy a contratarte, rata inmunda? No quiero un ladrón a mi servicio. -¡No soy un ladrón!


El hombre echó la mano hacia atrás y me dio un guantazo. Me dejó una buena marca, además me sangraba la nariz. Aquel hombre llevaba un anillo en la mano con la que me había pegado. -¡No me repliques chico! Iba a darte un vaso de agua, pero ya veo que además de un ladrón eres un desagradecido. -¡No soy un ladrón! -¿Es que no aprendes? ¿Quieres que vuelva a pegarte? -Mi señor, dejadme que seas mi amo, os serviré con eficacia, lo prometo. -Si vas a ser mi ayudante no voy a pagarte un maravedí, además, nunca dejaría que una pícaro como tú tocase ni uno sólo de mis toneles. -Le digo que soy un gran aprendiz, mi anterior amo fue un ciego muy sabio, todo lo que sé lo aprendí de él. -Y dónde está el viejo ahora ¿eh? Seguro que lo mataste. -Yo jamás haría eso, el ciego me lo enseñó todo. -¿Entonces lo abandonaste? -Sí. -¿Y dices que eras su aprendiz? -No, mi señor. Él era mi amo, yo le servía la comida y le hacía las tareas, él a cambio me alimentaba. -Bien, seré tu amo. Limpiarás el taller, me servirás y obedecerás. Pero nunca se te ocurra tocar ni uno sólo de mis toneles. -No lo haré mi señor.


Y allí me quedé yo, con mi nuevo amo. Él no me trataba bien, pues me pegaba a menudo, pero sepa vuestra merced que mi amo tenía un buen sueldo, sus toneles eran los mejores de Salamanca, y a mí nunca me faltó de comer. Un día que yo dormía en el suelo del taller, escuché la puerta abrirse, pero no me levanté. Mi amo salió de su cama de un brinco y bajó corriendo por las escaleras del taller. -¡Despierta imbécil! -Gritó el tonelero -¿No ves que me van a robar? -Me levanté del suelo y entre la oscuridad se distinguía la pobre luz de una vela. Se oían golpes y gritos del tonelero, pero yo no quise intervenir. El hombre maldecía a los dos vagabundos que le habían robado un tonel cada uno. No podía quedarme allí, el tonelero me mataría por no haberle servido bien. Eché a correr a la despensa, cogí dos trozos grandes de pan, una cuña de queso y una bota de vino. Lo guardé todo en una bolsa y salí corriendo de aquel taller. Seguí oyendo de fondo la voz del tonelero deteniendo y apaleando a los bandidos. Cuando estuve lo suficientemente lejos como para no oír los gritos me senté en una piedra a descansar unos segundos, pero no tranquilo seguí corriendo durante media hora más.

Sofía Morán


Tratado II- Un traje a mi medida

Dejé a mi amo el tonelero y llegué a un pueblo de Toledo llamado Seseña. A la entrada del pueblo me encontré con un anciano. -¿Dónde puedo asearme buen hombre? -Le pregunté- Que tras el camino recorrido ando cansado. Le dije que tan solo llevaba unos cuantos reales, él me comentó que con tan pocos no podría hacer gran cosa, pero que él trabajaba como sastre y tenía algo que ofrecerme. -Tengo una habitación vacía en mi pequeño hogar, si usted quiere puede vivir en ella un tiempo. -¡Muchas gracias señor! - le contesté muy agradecido. -Sé que me serás de mucha ayuda. Casi no había ni entrado al pueblo y ya había encontrado a alguien con quien estar, había encontrado a mi nuevo amo. Me ofreció también un lugar caliente para dormir. A cambio yo debía conseguir nuevos clientes para su sastrería. Que sepa vuestra merced que sin planteármelo dos veces acepté hacer lo que mi nuevo amo me mandaba, pues no tenía mejor ocupación por el momento. Lo que debía hacer era dañar las ropas que las sirvientas de las casas sacaban a tender a los patios para que necesitasen los servicios del sastre.


Y eso fue lo que hice, todas las mañanas salía a las calles del pueblo y hacia mi trabajo. Los primeros días lo hacía únicamente pensando en pasar la noche a cobijo y tener algo de comida para alimentarme como recompensa, más tarde cambié de opinión. Que sepa vuestra merced que el negocio del sastre iba muy bien, mi amo era una persona muy amable conmigo y me sentía muy a gusto en su casa, pero cada día que pasaba me sentía peor. La gente se empezaba a dar cuenta de lo que yo hacía, y no podía andar tranquilo por el pueblo sin que alguien me mirase mal o hablase de mi. Quería dejar este trabajo pero no podía dejar así a mi amo. Un día tuve una idea. Cuando salía por las mañanas en vez de romper la ropa de las casas salía al mercado a gastar el tiempo. El sastre me decía que el negocio estaba cayendo y que ya no tenía clientes, yo le contestaba que la gente se había percatado de lo que yo hacía y ya no sacaba sus trajes a la calle. Mientras yo me sentía mejor por no estar haciendo mal a la gente, el negocio de mi amo se hundía. Llegó un día que mi amo no tenía casi ingresos por lo que no podía seguir manteniéndome durante más tiempo y me invitó a marcharme.

Claudia Marcén


Tratado III Engañado por un pícaro. Cuando mi sastre me abandonó salí a buscar otro amo. Cuando estaba en la puerta del mercado, un artesano se acercó a mí, y me preguntó que si sabía hacer jarras de madera, yo sin tener ni idea de esto conteste que sí. El artesano me llevó a su casa y me ofreció cobijo y comida, yo muy agradecido, saqué del bolsillo una cuña de queso que había conseguido robar en el mercado. El artesano un poco sorprendido me pidió que lo pusiera encima de la mesa, y en un abrir y cerrar de ojos estábamos comiendo juntos. Después de comer el artesano se fue a descansar, mientras a mi me mandó acabar las jarras que empezamos esta mañana. “Por fin un buen hombre honrado y trabajador”, pensaba yo. Cuando el artesano acudió al taller me preguntó: - ¿Qué tal? ¿Has hecho las jarras que te pedí? - Sí mi señor, he terminado todas las jarras que necesitábamos para hoy. .


- Muy bien, puedes descansar. - Sí mi señor, así lo haré. - Sírveme un vaso de vino, voy a merendar. Yo muy contento me dispuse a prepararlo, corté además dos trozos de pan duro. Lo serví todo y merendamos juntos. El artesano y yo cogimos todas las jarras que había modelado aquella tarde y nos fuimos a venderlas al mercado. A la hora de irnos al taller, tras haber acabado la jornada, los dos estábamos bien satisfechos por haber vendido todas las jarras. Mi amo se había llevado por lo menos diez maravedíes y como un buen hombre me ofreció una moneda, cosa que me resultó sorprendente puesto que ningún otro amo me había ofrecido dinero antes. Después de cenar, el artesano me dijo: - Eres un buen siervo, pues tus jarras estaban muy bien hechas. Seré tu amo a partir de ahora. - Muy bien, mi señor. - Ahora, vayámonos ya a dormir, que mañana nos espera un día muy largo en el mercado. A la mañana siguiente me desperté pronto para ir a trabajar cuando estaba esperando a mi amo, lo escuché hablando con un hombre: “Ese joven tiene talento, ganaré mucho dinero a su costa” En aquel momento entendí que aquel señor nunca había hecho ninguna jarra porque no sabía, él no era artesano.


Estaba suplantando una identidad. Decidí dejar a aquel impostor, por lo que esa misma mañana, cogí los díez maravedíes que me correspondían por el trabajo que había hecho y me escapé. Edurne Belsué


Tratado IV-El buen amo Después de abandonar al farsante, una fortuita casualidad hizo que me encontrara con un señor muy arreglado y bien vestido. Este hombre, resultó ser el rector Fernando de Córdoba, el cual, aún no me explico como, me llamó para que le ayudara en una mudanza en la que estaba inmerso. Sepa vuestra merced, que a cambio recibí una gran enseñanza, que fue la de aprender a leer y a escribir, y que a día de hoy considero el pago más importante que uno de mis amos me ha hecho. En casa de Don Fernando apenas estuve unos días que fueron los que duró la mudanza, pero fueron muchas tardes más las que visité ese honrado hogar con la finalidad, como ya le he dicho antes, de aprender las letras y salir, aunque fuera un poco, de la incultura propia de los de mi condición. Bien sabe Dios que de buena gana me hubiera quedado en esa casa, pero el rector no necesitaba siervos ni tenía un trabajo que darme, así que me recomendó a cierto amigo suyo que resultó ser un talentoso médico con fama de aburrido.

Mariano Murillo


Tratado V - Una difícil tarea Tras despedirme de don Fernando de Córdoba decidí ir a donde me había recomendado. Llegué y allí en la entrada de los aposentos me estaba esperando un hombre alto con unas prendas bastante peculiares. Me pareció que podría ser mi nuevo amo, así que me acerque y le dije mi nombre, él me dijo que tenía valor al presentarme tan decidido sin apenas conocerle ni a él ni a su oficio, yo le dije que ese era mi carácter natural y que habiendo sido recomendado por mi anterior “amo” no tenía congoja. Afablemente me explicó que estar a su servicio no era tarea fácil, pues el oficio de médico daba muchas alegrías pero no siempre los resultados eran los que se esperaban y además me iba a tocar aprender, me gustara o no, algunas fórmulas matemáticas necesarias para la preparación de ungüentos y medicinas. Me alegré bastante al saber que había encontrado tan pronto un nuevo lugar en el que dormir, comer e incluso aprender algo nuevo y sobre todo útil, como más tarde descubrí que eran las matemáticas. La casa de mi nuevo señor era antigua y grande, situada a las afueras del pueblo. Me daba miedo solo con pensar que en las noches todo estaría completamente vacío y oscuro. Mi amo me intentó convencer de que una vez que me acostumbra sería un lugar bastante práctico ya que estando lejos del pueblo no se oían los gritos ni los lamentos de los enfermos. En ese mismo momento me di cuenta de que por muy práctico que fuera nunca sería mi hogar.


Mientras subíamos aquellas escaleras tan interminables, me detuve a pensar en que eran tantas que incluso podría estar horas contándolas. Llegamos a una puerta de madera que se encontraba al final del pasillo, mi amo se adelantó y se colocó a un lado, seguidamente abrió la puerta, mientras que la abría sonó un ruido que hizo que un enorme escalofrío recorriera mi cuerpo, en el interior vi un dormitorio grande, gris y con un montón de objetos, también vi una cama individual que a simple vista parecía muy cómoda. Mi amo se acercó y me preguntó “¿te agrada la habitación?”, A lo que claramente dije que sí, puesto que nunca había tenido una, ni siquiera una cama. Sepa vuestra merced, que los primeros días se me hicieron eternos y duros, pues pese a haberme criado en la pobreza, los males con los que los lugareños venían a ver a mi amo con la esperanza de que los curara eran escalofriantes. Hombres con dolores de tripas, de muelas, mujeres de parto, niños con viruela y sarampión... Mis días los pasaba aprendiendo a atenderlos y las noches aplicando esa ciencia de las matemáticas que según mi amo tan necesaria era para el oficio de médico. Los pocos ratos libres que tenía los gastaba en pasear por las calles y plazas. Mientas caminaba, mi mente viajaba a otro lugar y por un momento todas las preocupaciones desaparecían. Olvidaba los horrores de aquel lugar en el que enfermos que tenían una sentencia clara iban a mi amo en busca de una cura, una esperanza, una palabra que les garantizará que podrían llegar a vivir uno o dos meses más. También pensaba en todo lo que estaba aprendiendo. Todo lo que mi amo me estaba enseñando.


En ocasiones cuando estábamos en medio de una lección de matemáticas, sin ninguna razón salía de la habitación y se ocultaba en las penumbras de su recámara. No sabía cuál era el motivo por el que se iba pero en parte sabía que mi amo era un hombre que disfrutaba de la soledad, odiaba que estuviera cerca de él, revoloteando, cuando no era necesario, odiaba que hablara mientras cenábamos además ni siquiera cenábamos en la misma mesa, pero eso lo comprendía puesto que éramos de distintas clases. Mi amo en verdad cuando no conseguía lo que quería se enfadaba y me imponía castigos sin sentido, como aquella vez que me obligó a hacer veinte docenas de ecuaciones matemáticas sin razón alguna. Se que también tuvo sus buenos momentos pero no aguantaba más a ese hombre, así que cogí todo lo que encontré por la casa que pudiera resultarme útil y me fui pensando en todo lo que había aprendido con aquel que se hacía llamar médico .

Estrella Deborah Sabirón


TRATADO VI- NUEVAS METAS Sepa vuestra merced que después de dejar atrás a mi amo, el médico, cogí mis cosas y empecé a andar buscando un sitio donde poderme asentar y tener un trabajo más digno. Después de estar semana tras semana pasando por miles de pueblos y ciudades di con él, supongo, mejor sitio que había estado hasta ahora, Villanueva de los Infantes. No estaba muy lejos de los demás sitios donde me había alojado otras veces pero este no era igual que los demás. Llegué sin nada, ni un solo real, tan solo el atuendo que llevaba y una bolsa mugrienta con un trozo de pan que había encontrado por la calle. Justo el día que yo llegué había un pequeño mercado artesanal en la plaza grande, me paré, observé y decidí ir a mirar qué era lo que vendían. Ya iba por el puesto 17 cuando vi a un hombre mayor que era chapinero, me quedé asombrado, y me acerqué un poco más a ver qué era lo que realmente hacía.


Después de unos minutos de silencio me moría de la impaciencia por saber en qué consistía ese trabajo. El hombre del puesto me llamó y al verme tan sorprendido por lo que estaba viendo, me empezó a contar que ser chapinero no era una tarea fácil, tenías que construir unos zapatos de plataforma únicos para mujeres especiales que se los pudieran permitir. Realmente necesitaba un trabajo lo antes posible ya empezaba a anochecer y no quería que mi primer día en este pueblo tuviera que dormir en el suelo de la plaza. Así, que no me lo pensé dos veces y le pregunté al hombre si sabía de algún puesto libre en el que me pudieran contratar. Este, se sorprendió y poniendo una larga sonrisa me dijo: “has venido al sitio adecuado, no se si servirás para esto pero te daré un periodo de prueba, si consigues superarlo te contrataré y si no lo llegas a conseguir tendrás que marcharte”. Yo como era de esperar acepté y el chapinero empezó a comentarme ciertas cosas que necesitaba hacer para ser uno de los mejores chapineros del pueblo. No tardé mucho en aprender ya que no me costaba apenas que se me metieran las cosas en la cabeza, aparte era una persona rápida y ágil. Necesitaba el dinero para poder aspirar a una casa no muy grande y comprar un poco de comida. Pasaron semanas y cada día iba aprendiendo más, incluso el dueño había veces que me dejaba el puesto y me ponía al mando de todo. Me iba muy bien, no podía creerlo. Tenía un trabajo en el que por fin me pagaban y con el que por fin encontraría un lugar donde podía estar siendo autónomo y sin depender de nadie. Sepa vuestra merced que es por ello que durante los siguientes días me dediqué a buscar una casa y dejar la pensión donde vivía y así conseguir crear mi propio hogar aunque fuese pequeño y sencillo. ANA PATRÍCIA VÁZQUEZ


Tratado VII - Un nuevo comienzo Eché un vistazo a unas cuantas moradas. Al fin me decidí por una pequeña casa, un tanto apartada de la ciudad. Pero aunque como ya sabe vuestra merced me encontraba en la cumbre de todo buena fortuna, aún me quedaban por pagar unos cuantos maravedies. No podía ir a pedir limosna, ahora era un señor honrado con un buen trabajo, así que decidí recurrir a un prestamista. Llamé a unas cuantas casas, pedía indicaciones pero nadie quería dármelas. Ya desesperado hice una última intentona. La puerta me llamó la atención y cuando ésta se abrió la cara arrugada de un anciano con una sonrisa un tanto peculiar me sorprendió. La cosa sucedió como en las casas anteriores, pedí indicaciones ya un poco desganado, pero el hombre no negó con la cabeza, sino que se ofreció a prestarme el dinero, a cambio de algo, claro está. Sepa vuestra merced que aquel loco me daba mala espina, pero necesitaba el dinero y accedí a probar uno de sus cachivaches, ese fue el trato.


Ya metido en aquella máquina, empecé a dudar de si aquello había sido una buena idea. El artilugio empezó a moverse en círculos de forma muy violenta. Empezó a dolerme la cabeza hasta quedar inconsciente. Cuando recuperé la lucidez salí de la máquina costosamente. Me encontré de repente en un mundo distinto, donde caminé por todo tipo de parajes extraños y peculiares. Vi cosas que jamás había visto y cuánto más caminaba, más cosas descubría. Descansé en cientos de zonas diferentes las cuales no conocía, pero en ninguna de ellas encontré un amo al que servir. Descubrí también mil artilugios nuevos que me dejaron boquiabierto, puesto que nunca antes había visto algo parecido. Si miraba hacia arriba , pájaros gigantes de hierro surcaban el gris cielo sobrevolando mi cabeza. Si miraba enfrente de mí, veía bestias más grandes que yo, moviéndose a toda velocidad, con personas en su interior gritándose unos a otros.


La gente se refugiaba en descomunales casas en las que convivían cientos de personas apiladas unas encima de otras, lo cual, parecía totalmente ilógico. Las personas que habitaban allí, tenían un aire triste y sin ánimo. El olor del aire era tan desagradable que hacía que mis ojos llorasen. Nadie se ofrecía a ayudarme ni me preguntaba por qué, yo, un humilde y pobre joven, estaba en la calle. Tras contemplar cómo era esta peculiar sociedad y cómo sus habitantes sufrían en silencio y poco a poco se apagaban, decidí abandonar este extravagante lugar, antes de que también me afectase a mi. No muy lejos de allí había un extraño camino color azabache, con líneas interrumpidas entre sí, donde, las bestias de metal que ellos llamaban “coches” iban más rápido de lo que nunca había visto. Caminando lentamente y cabizbajo, avanzaba poco a poco por este, para mi, desconocido paraje. Las extrañas y gigantescas bestias metálicas pasaban a una velocidad vertiginosa a escasos centímetros de mi cuerpo.


De repente una de estas criaturas me adelantó , pero a escasos pasos de mi, paró su recorrido con un gran frenazo, que emitía un chirrido de lo más desagradable. Una especie de puerta surgió de la criatura y un anciano hombre salió de ella. -Hola joven, pareces desorientado, ¿Necesitas ayuda?-dijo esbozando una sincera y cálida sonrisa Yo asustado pero a la vez contento de encontrar a alguien que era amable, y con quien poder hablar le dije: -Yo..Yo no soy de aquí. Iba caminando y me he perdido…- ¿Cómo explicarle que creía haber viajado en el tiempo? -No te preocupes. Yo no vivo muy lejos de aquí, si no tienes sitio donde pasar la noche yo puedo ofrecerte mi sofá. Pese a no tener ni idea de lo que era un sofá. acepté su ofrecimiento y aun con miedo de la bestia, aunque en aquel momento, parecía calmada, entré a su interior. -Bueno, no nos hemos presentado-me dijo el hombre- yo soy José, ¿y tú? -Yo...yo me llamo Lázaro, Lázaro de Tormes.


-¿Así que Lázaro eh…? No se de qué, pero me suena muchísimo- me dijo mientras me miraba pensativo -Bueno Lázaro, yo creo que vamos a ser buenos amigos. Esta afirmación no sonaba como una propuesta vacía de la que luego aprovecharse, sino más bien una sincera invitación a entrar en su vida. Por ello por primera vez en mucho tiempo, confié plenamente en alguien, levanté la cabeza, le sonreí y le dije: -Claro, ¿por qué no?- y pensé para mi, que realmente tampoco tenía otra opción. Vuestra merced sepa que así, mientras cabalgábamos en aquella bestia hacia el amanecer, conocí a la persona que poco a poco se fue convirtiendo en mi nueva familia.

Sofía Morán y Juan Pinedo


Tratado VIII- El pizzero novato Después de un tiempo con José me dijo que buscase trabajo en Zaragoza. Al llegar a ciudad baje en la estación y cogí un bus que iba a un centro comercial, ya que pensé que encontraría un puesto de trabajo para empezar a ganar algo de dinero. Fui a dejar unos currículums a unas tiendas de moda y ropa, pero no me aceptaron porque no tenía buena presencia frente al público y entonces busqué un trabajo en un restaurante italiano de pizzas y pastas. Me hicieron la entrevista, me aceptaron, al principio me contrataron por doce horas al día a cambio de 300 monedas de esta época que se llamaban euros. Era muy injusto pero lo acepté para ganar algo de dinero. Trabajaría en la cocina haciendo las pizzas y los platos de pasta. Meses después seguía trabajando muy duro y como mis jefes no atendían mis sugerencias, decidí tomar medidas y trazar un plan. El plan consistía en intoxicar las pizzas para que comprasen productos de mayor calidad y mayor cantidad para coger lo que sobrara y poder comer. Entonces fui a una farmacia a por un laxante que tuviera un sabor muy amargo y lo compré con el poco dinero que tenía. Esa semana intoxiqué toda las pizzas y el restaurante efectivamente recibió varias denuncias. Por esto decidió subir la calidad de los productos y durante el resto de semanas me llevé lo restante y gracias a eso pude ayudar en casa a José con la comida y los gastos básicos.


Pero un día, el encargado decidió hacer una investigación porque sospechaba algo. Estuve nervioso y cuando fui a coger la comida me pilló y decidió despedirme, aunque antes me pagó lo que llevaba del mes, lo cual para mi fue un alivio. Aun así no podía pagar a José ni comprar comida y esto suponía un gran problema económico. Entonces decidí que con el poco dinero que me quedaba cogería un autobús para buscar un nuevo trabajo. Pablo Antòn


Tratado IX - La ecuación. Tras bajar del, como lo llaman, autobús, llegué a la transitada ciudad de Madrid. Necesitaba encontrar un buen trabajo con un buen sueldo, aunque supuse que por mi aspecto desaliñado, mi pelo revuelto y mi cara manchada, no me contratarían. Pero la fortuna quiso que encontrara unas pocas monedas en la calzada con las que pude arreglarme un poco. Recordé lo que mi antiguo amo, el médico, me había enseñado meses atrás y me veía cualificado para tener un trabajo con más nivel que el anterior en Zaragoza, aunque no tenía un maravedí en el bolsillo, o como los llaman ahora, euros. Tras horas de búsqueda, encontré un trabajo en los anuncios de un periódico que parecía fácil. “Físico teórico busca ayudante para sus investigaciones” . Sepa Vuestra Merced que el sueldo parecía alto, pero no estaba seguro, pues José me enseñó a convertir de maravedies a euros y aún andaba algo perdido. Me presenté en el edificio puntual. Irónico, porque no puedo permitirme un reloj. Y tras una hora de preguntas y respuestas, y una buena impresión, el trabajo era mío. Sonriente aparecí justo enfrente de la puerta del despacho de mi nuevo amo. Tres toques en ella, y tras el grave tono de una voz invitándome a pasar, lo hice. Sepa Vuestra Merced que mi nuevo amo era un señor alto y delgado, con un aspecto dominante, seguro de sí mismo y con cara de pocos amigos. Un poco intimidado, me presenté amable. Él hizo lo mismo y yo esperé ansioso sus indicaciones.


-Creo que podría ayudarme en algo joven. -En lo que usted desee o necesite. -¡Fantástico! Me gusta que sea tan simpático. ¿Podría traerme un café de la cafetería? Solo y sin azúcar, gracias. -Enseguida señor. Abandoné el despacho indignado. Ese no era el trabajo que yo había aceptado, sino que era similar a lo que había dejado atrás. Criado. Dándole vueltas en mi cabeza, toqué de nuevo la puerta, esta vez con su café en la mano, haciendo malabares por no derramarlo. -Pasa. Estupendo que estés aquí. Necesito que llames a este número y preguntes por la conferencia de la semana que viene. Lo miré extrañado. ¿Qué era un teléfono? Vuestra Merced ha de saber que estaba muy confundido, yo pensé que el trabajo solicitado solo eran sumas y restas. -Disculpe señor, no puedo realizar tal encargo. No sé qué es un teléfono. -¡Increíble! No sabe hacer nada. ¿Por qué se ha presentado aquí? Espéreme un momento.


Me dejó solo. Intrigado observé el ordenador, creo que se les llama así, todas sus operaciones estaban allí y parecía que había logrado terminar una ecuación. Entienda Vuestra Merced que aquel amo fue un borde conmigo, por lo que no me quedó opción. Borré un cuatro, añadí dos sietes y cambié por completo el resultado. Evidentemente yo no sabía lo que acababa de hacer. Cuando mi amo regresó me sorprendieron sus gritos. -¡Has tocado mis cálculos! Llevaba meses con esa ecuación para que tú la destruyas en un instante. ¡No quiero que sigas trabajando para mí!. ¡Estás despedido! Miré a mi alrededor. No le entendía. Sin embargo, ahora podría dedicarme a algo que de verdad mereciera. Despreocupado abandoné el despacho, conseguí subir a un autobús y cambié mi rumbo hacia Barcelona.

Andrea Nogueras


Tratado X- La buena fortuna Al llegar a Barcelona me decidí a buscar durante mucho tiempo un trabajo con un jefe amable y compasivo, pero lo cierto es que la ciudad me resultó inabarcable y deshumanizada en comparación con mi añorada Salamanca o incluso con la que empezaba a considerar mi nueva ciudad, Zaragoza. El deseo de asentarme allí no dio los frutos que esperaba pues aunque pude encontrar empleo, el sueldo no era suficiente para poder mantenerme dignamente en una ciudad tan cara. Así que decidí volver con José a Zaragoza, pues a la vista de que el inventor que me metió en este embrollo no daba señales de hacerme volver a mi época, era la única opción decente que me quedaba. Como Vuestra Merced imaginará, José me recibió con los brazos abiertos, pues años más tarde me confesó que fui como el hijo que nunca tuvo y así me sentía yo. Un buen día, porque sabe Dios que lo fue, estábamos José y yo en el Museo Provincial de la plaza de los Sitios viendo obras de mi época. He de decir que José insistió mucho en verlas para que mismo, de primera mano, le explicara cómo era la vida en ese momento.


Fue entonces, cuando un extraño se nos acercó con cara sonriente -Disculpe joven, permítame presentarme, soy Diego Hurtado de Mendoza, productor de la sección de noticias de Onda Cero. Tiene usted una voz asombrosa y casualmente necesitamos urgentemente un presentador para las noticias del mediodía. No se preocupe por el sueldo, está bien pagado. Si no tiene titulación nosotros nos ocuparemos de formarle. ¿Qué me dice? Sin salir de mi asombro vi como el cielo se me abría, pues tenía ante mí al hombre que me iba a llevar a la cumbre de toda buena fortuna. Empecé a trabajar allí esa misma semana y efectivamente todo lo que me dijo era cierto. Sepa Vuestra Merced que parecía que hubiera nacido para ese puesto y que ni siquiera el trabajo de pregonero de Toledo, al que en mi época pretendía haber aspirado podía compararse con el poder de comunicar e informar a la gente lo que pasa en el mundo.

3º ESO.B


Tratado XI-Última carta a Vuestra Merced A Vuestra Merced he de decirle que ya no tengo más historias que contarle. Le he narrado mi periplo tal como me lo ha pedido. He de confesar que nunca pensé llegar hasta aquí. En ocasiones creí que no llegaría a contarlo. Pero aquí me tiene, dándole explicaciones. He aprendido mucho con cada uno de mis amos y trabajos. Todos ellos me han ayudado a crecer como persona, unos con palabras y otros con buenos palos. Hoy soy un hombre libre. Tengo un trabajo digno y bien pagado y me va todo lo bien que puede irle a alguien que ha tenido mi vida. ¿Que cual es mi secreto? Mi secreto es confiar en mi instinto, no dejarme comer por el pasado y no temer al futuro. Aprender de cada vivencia y no dejar de ser yo mismo por mucho que el entorno cambie. ¿Mi próximo objetivo? Seguir como siempre intentando sobrevivir a este, nuestro mundo, en el que no te queda otra que luchar por conseguir lo que necesitas para vivir y tener la fortuna de topar con buena gente. Esta es mi vida. La vida de Lázaro 2.0 María Sánchez


Lazarillo 2 0  

Proyecto de Lengua y Literatura sobre El Lazarillo de Tormes. 3ºESO.B. Colegio San Gabriel, Zuera

Lazarillo 2 0  

Proyecto de Lengua y Literatura sobre El Lazarillo de Tormes. 3ºESO.B. Colegio San Gabriel, Zuera

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