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Exposición de arte americano de la Phillips Collection. En la Sala de Exposiciones de Mapfre, Paseo de Recoletos 23, Madrid. Del 6 de octubre de 2010 al 16 de enero de 2011. Cayetana Martínez Ramos “La soledad era esto”: naturaleza y ciudad en el arte americano contemporáneo. No es habitual que el primer día de trabajo tras un largo puente haya cola a la entrada de una exposición. Pero en este caso una excepcionalidad justifica a otra, porque si bien es cierto que cada vez resulta más sorprendente congregar a grandes grupos entorno a una muestra, no lo es tanto si se añade que se trata de la Philips Collection, expuesta por primera vez fuera de su entorno natural en Washington, donde el amante de la buena pintura y de gustos exquisitos Duncan Phillips la fundó en 1921. Como bien nos informan nada más entrar en la sede de Mapfre en el Paseo de Recoletos en Madrid, el señor Phillips fue pionero en la inauguración del primer museo de Arte Moderno de los Estados Unidos, adelantándose unos cuantos años al Museum of Modern Art y al propio Whitney. No es raro pues, que ante una ocasión única el público se vuelque, a pesar de la resaca de cuatro días festivos. La muestra, propuesta conjuntamente por los directores de proyectos de la Mapfre y de la Phillips, y comisariada por Susan Behrends Frank, recorre gran parte del espectro artístico norteamericano desde el realismo del XIX (de la mano de Hicks, Ryder, Mcneil, y unos espléndidos Homer y Eackins), hasta el expresionismo abstracto de un Rothko o un Dieberkorn. Con un planteamiento muy enfático con el aspecto didáctico, las más de 100 obras que se exponen aquí están divididas en dos plantas y en diez unidades temáticas: romanticismo y realismo, impresionismo, fuerzas de la Naturaleza, Naturaleza y abstracción, La vida moderna, la ciudad, memoria e identidad, la herencia del cubismo, grados de abstracción y el expresionismo abstracto. Los cuadros se exponen a través de este recorrido semántico, donde el texto abunda en explicaciones generales (por cada sección) así como individuales (por cada obra), lo cual permite el acceso -quizás en grado excesivo- a la interpretación de la obra, convirtiéndola en una muestra magnífica para colegios, grupos y amantes con tiempo de la visita guiada. (Si se quiere todavía más, disponen de audioguías y visitas guiadas los martes). Pero es que la riqueza expositiva de la muestra, con la evocadora inteligencia del coleccionista Phillips siempre de fondo, bien vale empeñar toda una mañana. Las obras han sido delicadamente elegidas, haciéndose constantes guiños entre sí y evocando a los ausentes. Ya en la primera sala encontramos un magnífico retrato del pintor Thomas Eakins (Miss Amelia Van Buren, 1891) donde el personaje femenino -ajeno, ensimismado- aparece envuelto en un aura de extraña intimidad que recoge más tarde George Bellow (en el retrato de su mujer Emma at a Window, 1920), donde si bien las líneas se han suavizado, se mantiene un velado misterio que recuerda a algunas piezas de Goya. Que todo se escapa, que hay una inasequible verdad en cuanto nos rodea, parece ser el sentimiento predominante en muchas de las obras. Norteamérica, tierra de proporciones inhumanas, siempre deja al hombre enfrentado consigo mismo. Y con los otros. Esa soledad inextinguible es la que aparece en el maravilloso To the Rescue (1886) de Winslow Homer, donde un hombre y una mujer contemplan un cielo encapotado y ventoso mientras un tercero se les acerca corriendo con una cuerda. A pesar del título de la obra y del cielo negro, la figura de la pareja no difiere de la de dos paseantes por la ciudad. Quizás su serenidad provenga del conocimiento de saberse perdidos ante la


Naturaleza. O puede que de la confianza en que la ciudad les salve; la ciudad como el único sitio donde cabe esperar que alguien nos lance una cuerda para aferrarnos a ella. A eso parece por lo menos apuntar los espacios dedicados a la vida moderna, a los que se transita desde el bucólico impresionismo con ansias de independencia que actúa de bisagra entre el campo y la ciudad. Con la expresión de esta última, la nueva realidad se impone y la industrialización y los rascacielos narran la experiencia norteamericana de la primera parte del XX. La Naturaleza nos ha condenado, ¿nos salvará la ciudad? Más adelante aparece otra cuerda: enroscada en la rama de un árbol a modo de soga. Un hombre está sentado cabizbajo y solo un poco más allá. Es el panel número 15 de la serie Migración (1940-1941) de Jacob Lawrence. Hubo Linchamientos, dice el subtítulo. No parece que el hombre pueda encontrarse nunca a salvo. La experiencia de las grandes ciudades es el elemento predominante de estos primeros momentos del “realismo urbano” que nace en la estela del pintor Robert Henri. Charles Sheeler (del que solo se ofrece el contundente Skycrapers, 1922), Ralston Crawford, John Marin, Edward Bruce y Edward Hopper, entre otros narran su visión de la vida moderna: con expresión figurativa de trazos contundentes y precisos reflejan una ciudad calmada, en sosiego, opuesta al gentío caótico retratado por pintores negros y mestizos como Lawrence o Rohan Crite. El famoso Power de Edward Bruce (elegido como portada del folleto) es una imagen de Manhattan tomada por el silencio. Como una película sin voz. La ciudad -elegida, por supuesto: no hay más que ver el halo de luz que la ilumina-, parece dormida. Puede que en 1933 todavía lo estuviera, a la espera de despertarse para no volver a cerrar los ojos. Hay un letargo que parece invadir los espacios: el hombre solitario del Sunday (1926) de Hopper, las persianas siempre entornadas de los rascacielos, las vías desiertas de los trenes. Con un gran acierto cierra esta unidad el segundo de los óleos de Hopper, Approaching a City (1946). Todavía no hemos llegado del todo a la ciudad, que mantiene la quietud siniestra de un Nacimiento. Por ello, cuando la experiencia urbana se impone, es la abstracción quien mejor la retrata: y en este aspecto los óleos de John Marin (por quien Philips tenía adoración: no en balde Stieglitz le diagnostica una “marinitis”, como recuerda Berhends Frank en el catálogo) son el mejor ejemplo. Uno de los primeros vanguardistas, Marin, junto con el último Dove, Pollock, Still, Dieberkorn y Rothko (del que solo hay un pequeño Sin Título (1968) en una habitación aparte), da cuenta del ruido caótico que había sido silenciado en los primeros momentos. Ya no queda siquiera una cuerda a la que aferrarse. Solo ruido, mucho ruido. Como decía Sabina.


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