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—Disculpas aceptadas, no hablemos más de ello —respondió Cristian precipitadamente, intentando no mirarla a los ojos. Otra vez aquellas palabras y ahora acompañadas de esa intensa mirada. Tenía que concentrarse. —Imagino que ya quieres empezar la reunión. Tú dirás. No, no estaba preparado todavía para empezar la reunión, así que decidió no contestarle directamente y distraerla con la cena. Miró sin disimulo el reloj y dijo: —Son más de las nueve, podemos pedir la cena primero y hablamos mientras nos la sirven. Ella pareció dudar, pero contestó con educación: —Por supuesto, me parece bien. El camarero entró y les tomó nota. Cuando se fue, Cristian comenzó a hablar: —Primero, quiero agradecerte que hayas venido. No se me ocurrió pensar que no te tomarías en serio esta invitación. Es lógico que estés sorprendida, porque piensas que no tenemos nada en común, pero yo sé algunas cosas sobre ti. —¿Sobre mí? Mira, no sé a qué viene este comentario, pero ¿me podrías decir qué es lo que quieres de mí? —La incertidumbre había podido con sus nervios y el enfado asomaba en sus preciosos ojos, color tormenta de verano. Sin saber por qué, a Cristian le invadió un imperioso deseo de abrazarla. La imagen de Júnior le vino a la cabeza y la confusión creció dentro de él. Tal vez le recorrían aquellas extrañas sensaciones porque se parecía mucho a su hijo. La misma sonrisa, los mismos ojos, hasta compartían la misma forma de enfadarse. No quería decirle la verdad aún, pero tampoco quería hacerle pasar un mal rato. Y entonces, entró el camarero. Salvado por el momento. Intentó tratarla como a Júnior, con calma: —Te lo contaré enseguida, te lo prometo, pero es un tema delicado y primero quiero conocerte bien. ¿Por qué no nos tomamos esta cita como si fuese una cena de amigos? Después te hablaré del proyecto. —Cristian, te recuerdo que no soy tu amiga ni te conozco de nada. Esta cita es lo más extraño que me ha pasado en la vida y el hecho de que no hables claro es desconcertante. ¿No crees que eres un poco mayor para estos jueguecitos? —Tú y yo no nos conocemos de nada, es verdad. No somos amigos, también es verdad, pero te prometo que esto no es ningún «jueguecito». Además, ¡solo tengo treinta años! —aclaró él, sacando a relucir una perfecta dentadura—. Por cierto, en junio es mi cumpleaños, estás invitada. La sorpresa cruzó el rostro de Minerva. Sus grandes ojos ensombrecidos por las

Mister 7 nadia noor  
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