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El benefactor Sabrina Jeffries

Traducci贸n de Iolanda Rabascall


EL BENEFACTOR Sabrina Jeffries Cuando tenía dieciocho años Charlotte Page cometió un error que cambiaría toda su vida. Agravió a un hombre en un acto impulsivo que llegó a lamentar profundamente, aunque lo sucedido la convirtió en lo ahora es: la señora Harris, dueña de la conocida Escuela de Señoritas. Y sin que ella lo sepa, ese hombre es ahora su anónimo benefactor, el misterioso Primo Michael, cuya primera intención era vengarse de ella, pero que pronto se dio cuenta de que lo que ansiaba era conquistarla. Ahora, Charlotte necesita desesperadamente su ayuda. ¿Podrá él salvarla del desastre sin revelar su secreto o conseguirán los errores de sus pasados separarlos para siempre?

ACERCA DE LA AUTORA Sabrina Jeffries se ha convertido en una de las novelistas de su género más aclamadas por el público y por la crítica en los últimos años, consiguiendo que sus títulos se posicionen en las listas de ventas en cuanto ven la luz. Lord Pirata fue la primera novela que escribió sin seudónimo y con ella ganó el premio K.I.S.S. que otorga la revista Romantic Times, y una nominación al Premio Maggie como Mejor Novela Histórica. La colección Terciopelo ha publicado dos de sus series: La Real Hermandad de los Bastardos y Escuela de Señoritas, ambas con excelente repercusión en el mercado. En la actualidad, vive en Carolina del Norte con su marido y su hijo, y se dedica únicamente a la escritura.

ACERCA DE LA OBRA «La última entrega de la serie Escuela de Señoritas de Sabrina Jeffries tiene toda la dulzura, la sensualidad y la acción que las lectoras esperan. El verdadero amor triunfa sobre todos los obstáculos, que incluyen un asesinato y toda clase de chicos malos. ¡Bravo Sabrina!» LibRaRy JouRnaL «Jeffries ha escrito la conclusion ideal para su fabulosa Escuela de Señoritas. […] Con diálogos vivos, personajes de profundas emociones y multifacéticos, Jeffries gana los corazones y la admiración de sus lectoras.» RomanTic Times el benefactor cierra la aclamada serie Escuela de Señoritas con la que Sabrina Jeffries ha confirmado ser una de las autoras más reconocidas del género en el mundo entero. La anteriores entregas de esta serie son seducir a un bribón, alguien a quien amar, Diez razones para que te quedes, La venganza escocesa, un granuja en mi cama y nunca pactes con el diablo, todas ellas publicadas por Terciopelo.


Querida lectora:

Últimamente estoy pasando una época muy tumultuosa. El

primo Michael y yo hemos roto el contacto porque se ha enfadado por mis reiterados intentos de querer averiguar su verdadera identidad y me ha dicho que no piensa escribirme más. Su silencio me ha afectado mucho. No era consciente de cuánto dependía de sus consejos hasta que me he quedado sin ellos, y sin su amistad. ¿Cómo ha podido abandonarme, especialmente ahora que la situación en la escuela es tan crítica? Me explicaré mejor: por lo visto, mi vecino, el señor Pritchard, ha decidido vender su propiedad a un hombre cuya intención es abrir un hipódromo en la finca en cuestión, ¡y de ninguna manera puedo aceptar una actividad tan perniciosa cerca de mis pupilas! No sé a quién recurrir. Mi primo me ayudó cuando el señor Montalvo mostró unas intenciones similares, pero ahora tengo la certeza de que estoy en un grave apuro, dado que él no responde a mis misivas. Para empeorar más las cosas, una persona ha vuelto a aparecer en mi vida, una persona que me desestabiliza. Verá, amiga mía, hace mucho tiempo estuve enamorada de un joven, pero la historia acabó fatal. Cometí un error imperdonable. Y ahora que él ha expresado un renovado interés por mí, he descubierto que mis sentimientos hacia él son tan intensos como el primer día. Sin embargo, ¿cómo puedo estar segura de que sus intenciones son sinceras? ¡Debería odiarme por lo que le hice! No sé si me está cortejando para saciar una necesidad secreta, aún viva, de vengarse de mí, o si es honesto cuando afirma que hace tiempo que zanjó aquel desagradable episodio. ¡Oh! ¡Cómo desearía poder contar con los consejos del primo Michael! Aunque temo que no dispongo de dicha op7


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ción, puesto que él no ha contestado ni a mis cartas más implorantes. Estoy sola… ¿O no? Ya no sé qué pensar. Desesperada por respuestas, CHARLOTTE HARRIS Propietaria y directora Escuela de señoritas de la señora Harris

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A mis profesoras de literatura que me animaron a escribir: la doctora Anita Tully, la doctora Rosanne Osborne y la profesora Saluja. Y a los maravillosos maestros de mi hijo —demasiados para nombrarlos a todos aquí— que tanto nos han ayudado. Gracias por vuestro tesón.


Capítulo uno Richmond, Inglaterra Noviembre de 1824

Sentada frente a su escritorio, Charlotte Harris, la directora y

propietaria de la Escuela de señoritas de la señora Harris, releyó la suplicante misiva que había redactado para el primo Michael, su anónimo benefactor. Entonces rompió la hoja en mil pedazos. ¿De qué servía escribirle, cuando el abogado del primo Michael le había devuelto todas las cartas enviadas hasta el momento sin abrir? Charlotte se secó las manos sudorosas en la falda. ¡Michael tenía que saber que la escuela pasaba por una grave crisis, seguro! Hasta hacía seis meses, siempre había podido contar con él prácticamente para todo, pero después de que ella lo presionara con tanto empeño para averiguar su identidad, él había optado por interrumpir el contacto. Y desde entonces no había vuelto a saber nada de su anónimo benefactor. Se le encogió el estómago por el profundo malestar que la embargaba tan a menudo en los últimos meses. De acuerdo, probablemente el primo Michael tenía una razón más que objetiva para estar enfadado. Charlotte había aceptado que jamás lo presionaría acerca de su anonimato y, sin embargo, lo había hecho. A pesar de ello, ¿cómo había sido capaz de abandonarla, después de tanto tiempo juntos? Él había formado parte de su vida desde la fundación de la escuela, catorce años atrás. En realidad, la escuela no existiría sin él. Charlotte estaría probablemente languideciendo, ejerciendo de maestra en la escuela en Chelsea, soñando con el día en que podría abrir su propia 11


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institución regida por su propio método educativo y por sus propias normas. Lamentablemente, el mentecato de su vecino, el señor Pritchard, estaba a punto de acabar con su sueño de un plumazo. Se rumoreaba que ya casi había cerrado el trato de la venta de Rockhurst, la finca aledaña a la escuela, al propietario de un hipódromo en Yorkshire. Charlotte podía imaginar el panorama: hombres zafios acudiendo en masa a las carreras de caballos, invadiendo los jardines de la escuela y abordando a sus pupilas. ¿Cómo podía el primo Michael permitir semejante ignominia? ¡Era el propietario de aquella finca! ¿Acaso no le importaba que ella se viera abocada a cerrar la escuela? Suspiró afligida. Eso era lo que más le dolía, que el primo Michael permitiera que se consumara aquella venta para poder así obtener una renta superior del alquiler de su propiedad. Desde el primer día, la renta que ella había pagado era inferior a la que el primo Michael habría exigido a cualquier otro inquilino en Richmond y, ahora que el valor de las propiedades en la zona había subido tanto, la renta que Charlotte pagaba era desfasadamente baja. En todos aquellos años, su misterioso primo jamás le había incrementado el alquiler. Charlotte no estaba segura de los motivos. ¿Quizá porque sabía que ella solo podría permitirse un modesto incremento? Eso era cierto, especialmente en aquel curso, que habían disminuido tanto las matrículas de nuevas alumnas por culpa de los escandalosos devaneos de sus pupilas durante el último año. Si los rumores sobre una posible venta de la propiedad aledaña eran ciertos, la situación no haría más que empeorar. Charlotte tendría que tomar cartas en el asunto. Cuando empezaron a circular rumores acerca de la posible venta de Rockhurst unos meses antes, ella y sus amigas se pusieron a pensar en posibles ideas para frustrar los planes del señor Pritchard. Estaban dispuestas a enviar una solicitud a las autoridades pertinentes para que denegaran la licencia de compra, o… —Disculpe, señora. Charlotte alzó la vista y vio a su lacayo personal, que la miraba impasiblemente desde el umbral de la puerta. —¿Sí, Terence? 12


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—Lord Kirkwood está aquí. Dice que desea hablar con usted. A la directora se le aceleró el pulso. ¿David había venido a verla? ¡No era posible! ¿Por qué razón elegiría ir a verla ahora que su esposa, una antigua alumna de la escuela, había fallecido? Charlotte ocultó sus manos temblorosas debajo del escritorio para que su perspicaz criado no se percatara de su nerviosismo. —¿Estás seguro de que se trata de lord Kirkwood? —El que se casó con Sarah Linley, ¿verdad? Ella asintió. —¿Te ha dicho el motivo de su visita? —Se lo he preguntado, pero me ha contestado que era una cuestión confidencial. —Terence, que siempre se mostraba excesivamente protector con ella, cruzó ambos brazos sobre su fornido pecho—. Así que le he dicho que ningún hombre puede alegar cuestiones confidenciales cuando va de visita a una escuela de señoritas. —¡Terence! Los labios del lacayo se tensaron en una fina línea de desaprobación antes de proseguir: —Y él me ha contestado que no tiene por costumbre explayarse sobre cuestiones confidenciales para satisfacer la curiosidad de lacayos insolentes. Charlotte rio burlonamente. —Una respuesta muy propia de él. Terence la miró perplejo. —¿Conoce a lord Kirkwood? No recuerdo haberlo visto nunca por aquí, ni siquiera después de que se casara con la señorita Linley. —Sí, lo conozco a través de lord Norcourt. Hemos coincidido en algunos eventos sociales. Su alegato era a la vez una exageración y una subestimación de su vínculo con David Masters, el vizconde de Kirkwood. Tenía suerte de que él se hubiera comportado de forma civilizada en las escasas ocasiones en que habían coincidido en algún evento social. Teniendo en cuenta cómo lo había humi13


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llado muchos años atrás, no le habría extrañado que David la hubiera tratado con descortesía. De hecho, Charlotte había temido que ese fuera precisamente su trato hacia ella en el funeral de la pobre Sarah, unos meses antes. Pero a pesar de ser consciente de que su presencia lo incomodaría enormemente, se había sentido obligada a asistir. Ella y David habían intercambiado un parco saludo y unas pocas palabras, aunque él se había mostrado sorprendentemente cordial después de haberla odiado tanto. Solo con pensar en aquel verano lejano se le ponían los pelos de punta. Así pues, ¿qué motivo lo impulsaba ahora a visitarla? Charlotte no podía imaginar una situación más incómoda. En todos aquellos años, ella y David jamás se habían visto a solas, ni nunca habían hablado de lo que ella le había hecho. —¿Quiere que le diga que está ocupada y que no puede atenderlo? —aventuró Terence. Por unos segundos, Charlotte se sintió tentada a aceptar la sugerencia. Pero entonces pensó que probablemente debía de tratarse de una cuestión importante, para que él se viera obligado a ir a ver a una mujer que una vez lo había tratado tan mal. —No, que pase. Cuando Terence se alejó, ella examinó su apariencia en el espejo para asegurarse de que sus rizos cobrizos no estuvieran excesivamente caídos y de que su tez no fuera excesivamente pálida. Quizá fuera una tontería, pero quería estar guapa para él. Apenas tuvo tiempo de alisarse la falda y pellizcarse las mejillas antes de que David, el hombre con el que había estado a punto de casarse muchos años atrás, entrara en su despacho. Charlotte coronó los labios con una sonrisa forzada y avanzó hacia él con la mano extendida. —Lord Kirkwood. Es un placer volver a verlo. Los ojos de David brillaron con una emoción contenida. —Charlotte. —Él tomó su mano y la estrechó unos instantes antes de soltarla. Se había dirigido a ella como Charlotte, y no señora Harris, sino Charlotte. Había pronunciado su nombre con una voz tan ronca que el corazón le dio un vuelco, como cuando tenía dieciocho años y él casi veinte. 14


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No, no debía dejarse arrastrar por aquellos recuerdos. Había pasado mucho tiempo, y aquella relación ya estaba más que enterrada en las páginas de sus respectivas vidas. El tiempo y los errores que después cometió Charlotte, al igual que los que cometió David, los habían cambiado a los dos de una forma irrevocable. No existía evidencia más clara que las primeras canas que poblaban las sienes de David y las arrugas de preocupación que surcaban su frente. A sus treinta y siete años, David seguía siendo sorprendentemente apuesto, con los rasgos agresivamente masculinos de un hombre que siempre había llamado la atención, desde el filo anguloso de su nariz hasta el atractivo hoyo en su barbilla. Su rostro evocaba a Charlotte los colores del bosque: con aquellos ojos verdes como las hojas de la primavera y aquel pelo recio y ondulado del color de las nueces y de la próspera tierra labrada. Y su cuerpo… Charlotte se giró deprisa y enfiló con paso acelerado hacia el escritorio, con temor a no poder contener su rubor. Cuando tenía dieciocho años se había fijado en el cuerpo de David con la inocencia de una jovencita que todavía no estaba familiarizada con los placeres carnales. Pero ahora, después de soportar más de una década de viudedad, se fijó en él con una concupiscencia dolorosa. Dado que habían transcurrido seis meses desde la muerte de Sarah, David iba vestido parcialmente de luto, con algunos complementos blancos que destacaban sobre su indumentaria negra. Lucía unos ajustados pantalones color ébano, que marcaban las finas caderas y los musculosos muslos de un hombre habituado a hacer ejercicio físico para mantenerse en forma, y sus hercúleos hombros resaltaban con aquella chaqueta de un negro riguroso confeccionada a medida. A Charlotte no le costó nada imaginar esas manos enguantadas —con una de ellas sostenía el asa de un maletín de piel— deslizándose por el cuerpo de una mujer con la seguridad que le otorgaba la experiencia… ¡Cielos! ¡Tenía que frenar esos pensamientos pecaminosos! Terence la observaba desde el umbral de la puerta con una curiosidad desmedida, y con la clara determinación de perma15


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necer allí plantado como una estatua para asegurarse de que David no le haría daño a su señora. Ella miró al lacayo fijamente y dijo: —Terence, por favor, déjanos solos. El sirviente refunfuñó pero se marchó. —Menudo criado más brusco te has buscado —comentó David con sequedad. —Antes era boxeador. —¿Y por qué decidiste contratar a un boxeador como lacayo? A Charlotte no le gustó el comentario. —Porque sus habilidades son más útiles para una señorita que tenga que desplazarse sola por la ciudad que cualquier comportamiento cortés y educado —argumentó, con una sonrisa forzada—. Pero estoy segura de que no ha venido hasta aquí para criticar a mi criado, ¿no es así, lord Kirkwood? Ella señaló hacia una silla situada al otro lado del escritorio, y luego se sentó en su sillón. Necesitaba un mueble macizo entre ellos para evitar que su mente se dispersara de nuevo hacia aquella atracción indeseada por un hombre que seguramente la detestaba. Sin embargo, él no la miraba como si la detestara. La observó con serenidad mientras ocupaba la silla con unos movimientos relajados propios de un hombre que se siente absolutamente cómodo con su entorno. —No, la verdad es que he venido a traerte buenas noticias. ¿Buenas noticias? ¿David le traía buenas noticias? ¿De qué podía tratarse? —Hace poco, mientras revisaba las pertenencias de Sarah, encontré un anexo de su testamento, escrito a mano, en el que exponía que deseaba donar una sustancial suma de dinero a tu escuela. ¿Lo había oído correctamente? —No lo entiendo. —Su voluntad era donar una parte de su fortuna a tu escuela. —¿La voluntad de su esposa, Sarah, era donarme dinero? —No a ti, sino a tu escuela —la corrigió él, enarcando una ceja. 16


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—Sí, sí, por supuesto, a la escuela… Pero… —Charlotte recordó los comentarios desabridos de Sarah, la forma en que su antigua pupila se había comportado la última vez que asistió a una de las reuniones de antiguas alumnas, con su típico desprecio hacia sus compañeras—. ¿Pero por qué? Él se encogió de hombros. —Ella siempre te había admirado, y recordaba su paso por tu escuela con mucho cariño. —¿Su esposa, Sarah, recordaba su paso por esta escuela con cariño? —Me parece que ya he dejado claro que la mujer de la que hablo es Sarah, mi «difunta» esposa —matizó él con sequedad. Sin lugar a dudas, David debía considerar su reacción absolutamente insultante. —Perdone. Solo es que… bueno, ella nunca demostró… Quiero decir… —Sé que Sarah podía ser… una persona difícil. Pero estoy convencido de que en el fondo sentía una enorme estima por ti y por tu escuela. Desconcertada, balbució: —Pues le aseguro que supo mantener el secreto. —Justo después de confesar su impresión, resopló incómoda—. Lo siento, ha sido un comentario desacertado. Pero es que me sorprende pensar que Sarah pudiera sentir afecto por mí o por esta escuela. —Creo que tus dudas desaparecerán cuando veas la cifra que te ha legado. —David la miró fijamente a los ojos, con una oscura intensidad—: Treinta mil libras. Charlotte se quedó sin aliento. —¡Santo cielo! ¿Está seguro? Los labios de David se curvaron con una leve sonrisa. —No te lo diría si no estuviera seguro. —Sacó una gavilla de papeles del maletín y los depositó delante de ella—. Me he tomado la libertad de pedir a mi abogado que redacte un documento legal que refleje todos los detalles que Sarah estipuló en el anexo. Si quieres, puedes pedirle a tu abogado que lo revise. Charlotte se quedó mirando los papeles formales con el membrete de un abogado con la mandíbula desencajada, sin acabar de asimilar la noticia. 17


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—Pero antes de que los leas —señaló David—, quiero advertirte de… ejem… de cierta condición vinculada al legado. Charlotte alzó la vista y la clavó en los ojos de su interlocutor. Por supuesto que tenía que haber alguna condición. Aquella historia había empezado como un cuento de hadas, pero en la vida real, nada resultaba tan sencillo. Aunque a Charlotte no le gustara criticar a sus alumnas, no le quedaba más remedio que admitir que Sarah era una depravada. —¿Qué condición? —Sarah quería que el dinero se destinara a construir un nuevo edificio para albergar la escuela. Y que el edificio llevara su nombre, por supuesto. —Por supuesto —repitió ella de forma mecánica, a pesar de que su mente estaba en otro lugar, intentando hallarle un sentido a todo aquel sinsentido—. Perdone, señor, sé que de nuevo quizás esto le resulte insultante, pero… bueno… su esposa nunca dio un donativo para ninguna de las obras caritativas que apoyan nuestra institución. No logro imaginar por qué desearía legar una fortuna para construir una nueva escuela. —La verdad es que donaba mucho dinero, aunque de forma anónima —remarcó él en un tono conciliador—. Sarah era la filántropa más grande que jamás haya conocido. La imagen que David pintaba de Sarah era tan insólita como para despertar las sospechas de Charlotte. No le gustaba hablar mal de los muertos, pero tenía que averiguar qué había detrás de aquella historia tan paradójica. —De nuevo le pido perdón, pero creía que el interés principal de Sarah eran las apuestas, y no la caridad. —Fue la forma más diplomática que se le ocurrió de expresar su desconcierto. David se sonrojó. —Bueno, sí, es verdad. Pero eso no era más que un reflejo de sus ansias por ocupar un puesto destacado en la alta sociedad. Apostaba a las cartas para ser aceptada por un selecto grupo de damas. Y ese afán de aceptación le costó muy caro. —¿Y todavía le quedó tanto dinero como para donar una suma tan elevada a mi escuela? David le regaló una sonrisa obsequiosa. —La fortuna de Sarah era sustancial. ¿Por qué crees que tuvimos que fugarnos hace seis años? A su padre no le hacía ni 18


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la menor gracia que tanto dinero pudiera acabar en manos de un gandul con fama de derrochador como yo. La conversación había adoptado un cariz muy similar al de la situación que les había tocado vivir a los dos muchos años atrás, y eso era lo último que Charlotte deseaba. —Y hablando de su familia, ¿cómo se han tomado que Sarah decidiera donar tanto dinero a mi escuela? —Aún no lo saben, y la verdad es que prefiero que no lo sepan. Seguro que a su hermano le hará daño saber que Sarah prefirió dejar su dinero a tu escuela en vez de a él. Ella y Richard estaban muy unidos, y solo le dejó una pequeña cantidad de dinero. Espero que pueda contar con tu discreción. —Por supuesto —respondió Charlotte. David carraspeó antes de proseguir. —En cuanto al edificio… Tengo entendido que tu escuela no pasa por unos momentos muy buenos. Sé que Samuel Pritchard quiere vender Rockhurst a un tipo que tiene un hipódromo. —¿Conoce al señor Pritchard? —Sí, he hablado con él una o dos veces. Charlotte se inclinó hacia delante. —¿Sabe si la venta está cerrada? Porque la construcción de un hipódromo en la finca aledaña supondría la ruina de mi escuela. —Entiendo que esas instalaciones serían un grave inconveniente —apuntó David—. Pero seguro que podrías vender la casa y la finca y construir una escuela en otro sitio. Así solventarías tus problemas, ¿no? —¡Por el amor de Dios, no! Aparte de que prefiero este lugar, no soy la propietaria de la casa ni de la finca. David no parecía sorprendido de lo que acababa de oír. —¿Y quién es el dueño? Charlotte fijó la vista en sus manos, preguntándose qué pensaría David de su extraña relación con el primo Michael. —Para ser sincera, desconozco el verdadero nombre del propietario. Cuando me ofreció la propiedad para montar la escuela, lo hizo con la condición de que le permitiera mantener su anonimato. Él… ejem… se comunica conmigo usando un alias. Lo hacemos a través de un abogado, el señor Joseph Baines. 19


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—¿El abogado de Norcourt? —se interesó David. —El mismo. —Anthony Dalton, lord Norcourt, era uno de los mejores amigos de David, y se había casado con Madeline, una antigua maestra de la escuela de Charlotte—. Anthony y yo nos reímos mucho cuando me enteré de que él y el primo Michael comparten el mismo abogado. ¿Conoce al señor Baines? —Muy poco. —David achicó los ojos—. El primo Michael… Sarah lo mencionó una vez. ¿Se trata de tu anónimo benefactor? —Sí, aunque, a decir verdad, últimamente actúa como si no lo fuera. —¡Qué pena! —comentó David, con un tono cortés—. Bueno, retomando el tema de tu situación con el señor Pritchard… Pero Charlotte ya no oyó nada más, porque quedó atrapada en un sorprendente pensamiento. ¿Y si David era el primo Michael? Eso explicaría el repentino legado que Sarah supuestamente había donado para construir una nueva escuela. No, imposible. Su «primo» se había puesto en contacto con ella a través del señor Baines solo cuatro años después de aquel funesto verano y de su apresurada fuga con Jimmy Harris. Él le había dicho que su difunto esposo había mencionado su interés por abrir una escuela de señoritas y que deseaba ayudarla a hacer realidad su sueño. En aquella época, la herida por la humillación pública que ella había provocado a David todavía debía de estar supurando. David debía de haberla odiado con todas sus fuerzas, por lo que era imposible que hubiera decidido ayudarla a montar una escuela. Además, había visto el membrete del abogado en los documentos que David le acababa de presentar, y no era el de Joseph Baines. —Y bien, ¿qué opinas? —la exhortó David. Charlotte parpadeó desconcertada, y luego suspiró. —Me temo que una vez más tendré que pedirle disculpas. Estaba tan abstraída pensando en esta increíble noticia que no he oído lo que ha dicho sobre el señor Pritchard, milord. —¿Milord? —Los ojos de David se oscurecieron—. Vamos, 20


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Charlotte, nos conocemos desde que éramos niños. No creo que sea necesario usar unos términos tan formales. —Su voz se suavizó—. Antes solías llamarme David. —Eso fue antes de que le destrozara la vida. —Al instante, Charlotte se reprendió a sí misma por ser tan deslenguada. —De eso hace mucho tiempo. Ahora somos dos personas diferentes —murmuró él, claramente sin ganas de hurgar en la herida. Esbozó una sonrisa forzada antes de continuar—: Además, gracias al insólito anexo del testamento de mi esposa, no nos quedará más remedio que restablecer el contacto. Durante los próximos meses, nos veremos prácticamente casi hasta en la sopa. Ella contuvo la respiración. —¿Qué ha dicho? —Ya veo que es verdad que no escuchabas lo que decía. —Su tono se tornó más seco—. Te lo resumiré tanto como pueda, a ver si esta vez logro captar tu atención. El legado de Sarah estipula otra condición: que yo me encargue de supervisar la construcción de la nueva escuela. Ya lo ves, Charlotte, dispondremos de mucho tiempo para restablecer nuestra amistad truncada.

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Capítulo dos

David intentó mantener la compostura. ¡Cómo deseaba no

haber empezado aquella esperpéntica farsa del primo Michael! Su corazón latía tan atronadoramente que estaba seguro de que Charlotte podía oírlo, y necesitó aunar todas sus fuerzas para frenar el impulso de confesarle la verdad. Pero no podía hacerlo. La única salida ante la peliaguda situación de la escuela era volver a entrar en la vida de Charlotte como lord Kirkwood, sin que ella conociera su álter ego. Sin embargo, a juzgar por sus bellos ojos azules descomunalmente abiertos y por la palidez de sus mejillas sonrosadas, David podía adivinar que la había asustado. ¿Era eso bueno? ¿O entorpecía sus planes? No lo sabía. Charlotte siempre había tenido una innata habilidad para desestabilizarlo, incluso cuando era solo una mocosa y hacía cosas tan poco ortodoxas como encaramarse a los árboles con su vestidito y su bata, o montar su poni a pelo. A pesar de todos los años que se habían escrito, David no sabía qué esperar de ella. Las nuevas circunstancias iban a resultar tremendamente difíciles, incluso más duras que los seis meses de luto que acababa de soportar, seis meses sin escribirle, sin estar seguro de su situación. Si hubiera podido aguantar todo el año sin verla, lo habría hecho, pero todo se había complicado demasiado por culpa de Pritchard, así que finalmente David había optado por esperar hasta alcanzar la mitad del período de luto, un tiempo correcto para que la sociedad no considerara tan escandaloso su vínculo con una atractiva viuda. Ahora tenía que fingir que desconocía las dificultades de la escuela, que no tenía ni idea de lo preocupada que estaba Char22


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lotte, que no era consciente de cómo el suicidio de su esposa había afectado aún más la delicada situación de aquella institución, dado que parecía que los escándalos en torno a la escuela no paraban de crecer. Porque la posibilidad de confesarle que él era el primo Michael quedaba descartada. Por más ilógico que a Charlotte le pudiera parecer que Sarah hubiera decidido donar dinero a la escuela, aún le parecería más desatinado que él hubiera estado desempeñando un falso papel durante tantos años. Ella le exigiría saber por qué había decidido catorce años atrás ayudar a una mujer a la que tenía motivos más que suficientes para odiar profundamente. Y luego él tendría que revelarle la verdad: que todo había empezado como un diabólico plan para vengarse de ella. No importaba que hubiera enterrado su deseo de destrozar a Charlotte y a su insignificante escuela mucho tiempo atrás, porque la estructura de su plan seguía intacta. Pritchard había decidido ejecutarlo, sin importarle a quién o qué destrozaba por el camino. Así que David tenía que arreglar el abominable desaguisado que había fraguado antes de que ella lo descubriera. Por desgracia, la preliminar oferta por parte de aquel individuo español, don Diego Montalvo, que había intentado comprar Rockhurst a principios de año, había dejado patente que David ya no podía seguir manipulando la situación escudándose en la farsa del primo Michael. Necesitaba más control, y eso significaba que tenía que terminar con su mentira. Aunque la muerte de Sarah había sido una tragedia, le había proporcionado la oportunidad que buscaba. Ahora podría intervenir como lord Kirkwood, inventando un legado inexistente, un dinero que él había obtenido gracias a diversas inversiones a lo largo de muchos años. Atrás quedarían el primo Michael y sus cartas de consejo. Pero tampoco podía contarle la verdad a Charlotte, ya que ella quedaría totalmente desolada si se enteraba de que su amigo, el primo Michael, había buscado desde el principio su destrucción; entonces seguro que no le permitiría ayudarla. Después de perder la batalla intentando salvar a Sarah de sí misma, se negaba a ver cómo otra mujer se hundía por culpa de 23


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los errores que él había cometido. Su conciencia no le permitía dejar que Charlotte perdiera la escuela, su única fuente de ingresos, a causa de una trampa que él le había tendido. Lo que significaba que tendría que persuadirla para hacerla entrar en razón y, conociendo a Charlotte, eso iba a resultar tremendamente difícil. Sobre todo con ella mirándolo fijamente con esa cara de susto, como si le acabaran de brotar unos cuernos en la cabeza. —¿Por qué iba a querer Sarah encomendarle que supervisara la construcción de la nueva escuela? —inquirió. —¿Has olvidado mi interés por la arquitectura? —Una cosa es que le guste la arquitectura como pasatiempo, señor, pero otra cosa muy distinta es diseñar todo el edificio. Su descrédito consiguió ponerlo tenso. —Lo que Sarah sabía, y tú no, es que mi interés por la arquitectura va más allá de un mero pasatiempo. Trabajé codo con codo con el arquitecto John Nash en la construcción de mi casa en la ciudad, y fui responsable de prácticamente toda la reforma de la finca de mi familia. Seguro que ni la reconocerías. —De eso estoy segura —murmuró ella, con un atractivo rubor que lo asombró. Con una pasmosa facilidad, David se sintió catapultado de nuevo a aquel verano, a aquella semana en casa de sus padres, cuando ella y él se fundieron en un montón de dulces besos. ¡Por Dios, si Charlotte continuaba ruborizándose como una colegiala cada vez que él aludía al pasado, no lograría contenerse para no abrazarla! David sofocó una imprecación. Se ruborizara o no, estaba seguro de que igualmente le costaría mucho contenerse. Aunque hubieran pasado tantos años, seguía siendo preciosa, y a él todavía se le aceleraba el pulso cada vez que veía ese carnoso labio inferior y esa cascada de rizos caobas, y sus facciones maduras y su figura lo incitaban a querer lanzarla sobre el escritorio para manosearla lascivamente. Pero David todavía estaba de luto por una esposa a la que había elegido de forma equivocada, y todavía se estaba ahogando en un mar de sentimientos de culpa por sus propios erro24


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res. Una aventura amorosa con Charlotte no haría más que empeorar las cosas. Ya le había entregado el corazón ingenuamente una vez, no era tan memo como para volver a hacerlo. Aunque la verdad era que ya no sabía si tenía corazón. Aquellos últimos años había sobrevivido de espaldas a sus sentimientos, y no pensaba volver a prestarles atención para salir escarmentado otra vez. —De todos modos, la cuestión carece de sentido —continuó Charlotte, obligando a David a salir de su ensimismamiento para centrarse de nuevo en el asunto que los ocupaba—. No puedo edificar una escuela en una propiedad que no me pertenece. —Entonces compra otra finca y construye la escuela allí. —Él contuvo el aliento. Eso era precisamente lo que le había recomendado que hiciera en algunas de sus cartas, pero por suerte ella no estableció ningún vínculo. Por eso había decidido interrumpir la correspondencia, con la esperanza de que, cuando restablecieran el contacto y la convenciera de que podía confiar en él, ella tomara más fácilmente partido por él que por su «primo». Tenía que convencerla de que cambiara la ubicación de la escuela antes de que la echaran de la propiedad que ahora ocupaba. Charlotte no sabía lo cerca que estaba de un inminente peligro, y él no se lo podía confesar, o su castillo de naipes se desmoronaría en un abrir y cerrar de ojos. —Por más que crea que podría llevar a cabo ese proyecto, le aseguro que ni con el legado… —¿No conseguiste reunir una considerable suma de dinero en la recolecta de dinero que organizaste la pasada primavera con fines caritativos? Me refiero a la fiesta en la que actuó el mago. Con ese dinero y el de Sarah podrías comprar una finca y todavía te quedaría bastante dinero para construir la nueva escuela. Charlotte enarcó una ceja. —Me parece que no tiene ni idea de cuánto cuesta edificar hoy día cerca de Londres. —¿Y por qué ha de ser obligatoriamente cerca de Londres? —arremetió él—. Podría ser en cualquier otra parte de Inglaterra. 25


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—Sí, pero ningún sitio goza de tan buena reputación. Además, no quiero marcharme de Richmond; todos mis amigos están aquí, y el hecho de tener la ciudad tan cerca supone una gran ventaja para mis pupilas, ya que aquí disponen de más oportunidades para adquirir una mejor formación. A menos que el señor Pritchard elija a un inquilino desacertado que me coloque en una posición insostenible y me vea obligada a marcharme, no tengo intención de moverme de aquí. Pero Charlotte no podría continuar por mucho tiempo allí, porque la finca no pertenecía al primo Michael. Pertenecía a Pritchard. David tenía un pacto secreto sobre la propiedad que le permitía ser usufructuario o arrendarla si quería durante quince años, pero el pacto vencía dentro de ocho meses, un tiempo prácticamente insuficiente para poder edificar una nueva escuela. ¡Maldición! ¿Por qué no se había inventado un legado más grande como para que ella pudiera comprar una finca allí donde quisiera? Porque no había pensado que Charlotte insistiría en quedarse cerca de la ciudad. Y porque sabía que ella ya sospecharía con la cantidad que le había ofrecido. —Me parece que no estás pensando en el futuro, Charlotte. Un día, tu primo te incrementará la renta hasta un punto que no podrás pagar, ¿y entonces qué harás? Una pequeña arruga surcó la frente de Charlotte. —Quizá… —De repente, se le iluminó la cara—. ¿Y si le compro la propiedad al primo Michael? David notó una fuerte opresión en el pecho. —¿Estás segura de que accederá a venderla? —No. —Charlotte sonrió enigmáticamente—. Pero puedo ser muy persuasiva cuando me lo propongo. De eso a David no le quedaba la menor duda. Por desgracia, ella tendría que hacer tratos con Pritchard, quien no podía vender la propiedad porque era un bien que formaba parte de su mayorazgo. —Ya, pero seguirías teniendo problemas con las trastadas de tu vecino, el dueño de Rockhurst. Charlotte volvió a fruncir el ceño. 26


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—Sí, es verdad, aunque podría recurrir a diversos métodos para mitigar el trato adverso de mi vecino. Él conocía sus métodos, y sabía que con Pritchard no funcionarían. Pritchard quería recuperar su propiedad el mismo día en que venciera el pacto. —Creo que te iría mejor si intentaras comprar y edificar en otro sitio. —Pero no puedo permitirme… —¿Y si te ayudo a encontrar una propiedad lo bastante cerca de la ciudad que puedas pagar? ¿Un lugar donde puedas construir la escuela tal y como deseas? —David podría subsidiar esa compra sin que ella lo supiera; simplemente llegaría a un acuerdo en secreto con el vendedor. —¿Y por qué iba a querer hacer algo así? —le preguntó Charlotte, mirándolo con recelo. Ella se mostraba tan desconfiada como él ya había esperado. —Porque deseo cumplir los últimos deseos de mi esposa. —Teniendo en cuenta todo el daño que su esposa había ocasionado a la reputación de la escuela, David tenía la certeza de que sería perdonado por recurrir a su difunta esposa para intentar enmendar el daño causado—. Es evidente que Sarah tenía una razón para darte esa suma de dinero. Lo mínimo que puedo hacer como su esposo es intentar acabar la tarea que ella me encomendó. Sin lugar a dudas, las experiencias vividas habían aguzado el sentido común de Charlotte. David solo tenía que seguir mencionando las treinta mil libras delante de ella. Y si era necesario, el primo Michael incrementaría el alquiler para obligarla a marcharse. —¿Qué tal si le escribes a tu primo y le preguntas si está dispuesto a venderte la propiedad? Mientras tanto, mañana te traeré una lista de propiedades cercanas que estén en venta. Podríamos estudiar los precios, hablar con los vendedores… —No puedo. Mañana tengo una reunión con la Sociedad de Damas de Londres. —Ah, sí, Sarah mencionó que esa es una de las organizaciones caritativas a la que prestas tu apoyo. —Sarah había asistido a algunas de nuestras sesiones, pero 27


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cuando lo hacía, siempre se quejaba de que malgastábamos el tiempo. —Los ojos castaños de Charlotte se achicaron de nuevo como un par de rendijas—. ¿Está seguro de que donó ese dinero a mi escuela? David intentó contener su irritación. —Todo está en los documentos que te he entregado. Solo tienes que pedirle a tu abogado que los revise. —Lo haré, no se preocupe. —Si no dispones de abogado, puedo sugerir… —¡Por el amor de Dios! ¡Claro que tengo abogado! —replicó ella en actitud defensiva—. ¿Es que acaso me toma por una insensata? —Solo deseaba precisar que… —Sí, ya lo sé; siempre se le ha dado muy bien dar consejos, ¿verdad? —espetó ella—. Aconsejar, sugerir, acosar… Pues espero que le quede claro que no me dejaré atosigar por usted, ni por Pritchard ni por nadie para que cambie la ubicación de mi escuela hasta que no esté completamente segura de que no existe ninguna otra alternativa. No soy tan ilusa como cuando tenía dieciocho años, David Masters, ¡y le aseguro que puedo encargarme de mis asuntos sin la ayuda de usted ni de ningún otro hombre! Y con esa sentencia, el pasado se vino abajo entre ellos, de una forma tan palpable como un muro de piedra. David procuró mantener la calma. Ya era bastante angustioso que todavía le doliera el golpe que ella le había asestado en el corazón y en su orgullo tantos años atrás, y probablemente aún le dolía más en esos precisos instantes, porque ella estaba allí, delante de él. Pero ¿por qué Charlotte seguía viéndolo como una persona envilecida? Aunque en el fondo eso tampoco era importante, no si conseguía enmendar su error. Era obvio que entre ellos ya no quedaba ningún sentimiento afectivo, pero David todavía podía ofrecerle su ayuda, incluso su amistad. —Estoy seguro de que eres una mujer plenamente capacitada para encargarte de tus propios asuntos —espetó—, y no deseo obligarte a hacer nada que no quieras. Las mejillas de Charlotte adoptaron un atractivo tono sonrosado. 28


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—Le ruego que me disculpe. No debería haber hablado con tanta franqueza. —Charlotte se puso de pie, claramente avergonzada—. Le agradezco que haya sacado el tema a colación, y créame que para mí es un verdadero honor saber que Sarah decidió donar dinero a mi escuela. No obstante, antes de continuar discutiendo sobre la cuestión, quiero que mi abogado examine los documentos. Después, consideraré todas las posibilidades y repercusiones y le comunicaré mi decisión, lo que probablemente me llevará cierto tiempo. —¿Cuánto tiempo? —quiso saber él. —No puedo decirlo. Pero le mantendré informado. La rabia se amotinó en el pecho de David. Así que ella pensaba ralentizar el proceso, ¿verdad? ¡Pues no estaba dispuesto a permitirlo! Charlotte señaló hacia la puerta. —Y ahora, si es tan amable de disculparme, milord… Aquel «milord» deliberadamente formal fue la gota que colmó el vaso. David se puso de pie de un brinco. —Creo que es importante que tu abogado revise los documentos, por supuesto, pero mañana volveré a visitarte. —David entrecerró los ojos—. Y al día siguiente, y el próximo, hasta que tomes una decisión. No pienso deshonrar la memoria de Sarah dejando que este asunto se alargue excesivamente. Charlotte irguió la espalda y abrió la boca para replicar, pero él se le adelantó con un comentario inesperado: —Por supuesto, si quieres puedes rechazar el legado, y lo comprenderé. Ya sé que nunca te he gustado. Ella parpadeó varias veces seguidas con incomodidad ante aquella alusión a cómo lo había humillado públicamente aquel verano. Genial. Ahora que él había dejado claro que interpretaría su rechazo como una repetición de lo que había sucedido muchos años atrás, la embargó un sentimiento de culpa que la paralizó. Finalmente, Charlotte suspiró. —Deme dos días para que mi abogado examine los documentos. Mañana tengo una reunión, pero si todo está conforme en los documentos, venga a verme al día siguiente para que podamos hablar de cuál será el procedimiento a seguir. 29


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—Gracias. —Luchando por ocultar su alivio, David hizo una reverencia—. Hasta pasado mañana, pues. Mientras abandonaba la sala a grandes zancadas, él sabía que solo había ganado una pequeña batalla. El tiempo no había hecho más que reafirmar la opinión que Charlotte tenía acerca de él, una opinión manchada por las maquinaciones de los padres de ambos y de ciertos eventos que se les escapaban de su control. No iba a ser fácil. Pero a pesar de su pasado, David tenía la intención de salvarla de sí misma. Esta vez no sería como la última vez. Quizás entonces conseguiría por fin zanjar su persistente obsesión por Charlotte Page Harris.

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Capítulo tres Berkshire La última vez. Verano de 1806

Desde que habían iniciado el trayecto hacia la residencia de la

familia Kirkwood, Charlotte Page, una jovencita de dieciocho años, ansiaba desesperadamente echar a su padre del carruaje. ¡Menuda injusticia! De no ser por su padre, ahora estaría sentada delante del capitán James Harris, jugando a las cartas en la fiesta que el coronel Devlin había organizado en Grosvenor Square. Incluso quizá tendría la oportunidad de bailar con él. Aquel apuesto y joven capitán bailaba como los ángeles y, además, ella sentía una atracción irrefrenable hacia él. Y lo más importante era que él también parecía corresponderle con los mismos sentimientos. Se mostraba afable y considerado, y no se parecía en absoluto a su padre. Charlotte deseaba poder decir lo mismo de David Masters, el detestable hijo del horrible amigo de papá, el vizconde de Kirkwood. —Te comportarás como es debido con el señor Masters, ¿verdad, hija mía? —le suplicó su madre, sentada al lado de Charlotte, en la última adquisición de papá: un carruaje tan ostentoso que Charlotte temía que se le enganchara el brazalete en la tapicería satinada. —Se comportará debidamente, o se las verá conmigo —refunfuñó su padre. Cuando su madre se acobardó, Charlotte tuvo que hacer un enorme esfuerzo por morderse la lengua y no decir nada que pudiera meterlas a las dos en un apuro. —Mira, papá, si el señor Masters es educado conmigo, yo 31


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también seré educada con él. Aunque dudo que sea cortés. ¿Por qué iba a hacerlo, si ya le has garantizado mi mano y mi dote? Los labios de su padre se fruncieron en una fina línea de desaprobación. —Tienes suerte de que él te haya aceptado por esposa, señorita resabida, con o sin dote. Sabes perfectamente que su familia es tan rica que no les hace falta nuestro dinero. Además, tú no decides quién se quedará con tu dote, sino yo. —Pero seré yo la que tenga que vivir con el hombre con quien me case, papá. Y un hombre que me quiere por mi dinero… —¿Como el capitán Harris? —¿Qué… qué quieres decir? —Charlotte intentó ocultar su interés por el oficial de caballería, consciente de que su padre no consideraría la posibilidad de que un hombre de más baja extracción que ellos pudiera optar a ser su pretendiente. —No estoy ciego, jovencita. Te he visto hablando y bailando con ese tipo cada vez que vamos a las fiestas del coronel Devlin. Ese Harris sí que te quiere únicamente por tu dinero; no te quepa la menor duda de que solo te busca por esa razón. Aquel cruel alegato le provocó a Charlotte un intenso dolor en el pecho. —¡No es verdad! —gritó sulfurada; entonces se contuvo para no demostrar cómo le había afectado el comentario. Como un tiburón, papá atacaba cuando olía el menor rastro de sangre en el agua. Ella moduló su tono: —El capitán Harris es un destacado oficial con buenas intenciones. No cortejaría a ninguna mujer solo por su dinero. Él todavía no dispone de su propia fortuna, pero me atrevo a decir que no tardará en ser rico. —No tendrás la oportunidad de averiguarlo. No permitiré que la gente se ría de nosotros a nuestras espaldas porque tú has decidido casarte con un don nadie. ¡Te casarás con Masters, y no hay más que hablar! «Papá no puede obligarme a casarme. Papá no puede obligarme a casarme», se repitió a sí misma mentalmente. Lo único que le faltaba era creerlo. —Hace diez años que no veo al señor Masters. ¿De veras esperas que me case con un desconocido? 32


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—¿Desconocido? Conoces a su familia, y de pequeños solíais jugar juntos. Con eso basta. Ciertamente, con eso le bastaba a Charlotte para no querer casarse con él. Cuando tenía ocho años, ella y su familia habían residido junto a la finca de los Kirkwood, muy cerca de la ciudad de Reading, en el condado de Berkshire. Ella, que no era una niña muy femenina, seguía a David Masters y a su joven hermano, Giles, con adoración, y repetía todo lo que ellos hacían: corretear todo el día arriba y abajo, jugar al críquet, saltar setos. Incluso toleraba que David le diera órdenes todo el tiempo. Pero un día, él intentó excluirla de un juego en el que tenían que encaramarse a un árbol con la excusa de que Charlotte no llevaba pantalones sino vestido, y ella lo retó delante de todos los niños del vecindario a ver quién de los dos trepaba primero a la copa del roble favorito de la pandilla. Después de aquella bravata por parte de Charlotte, a David no le quedó más remedio que aceptar el reto para comprobar si eso era cierto o no, y se puso realmente furioso cuando ella lo ganó. Y empezaron los problemas. El muy estúpido alegó que ella lo había ganado porque tenía los brazos tan largos como un mono. Los otros chicos empezaron a reír y a bailar imitando los chillidos de los monos, y él se unió a la broma de mal gusto. Gracias a los supuestos brazos de mono de Charlotte y a su melenita corta que llevaba apresada en dos moñitos que parecían las orejas de un mono, todos empezaron a llamarla Señorita Mono. Tuvo que soportar aquel indigno apodo hasta mucho tiempo después de que David se marchara a estudiar a un internado. Charlotte solo logró zafarse de la pesadilla cuando se mudó a Londres con su familia para propiciar las ambiciones políticas de su padre. ¡Y quién sabía cómo debía de ser ese indeseable ahora, después de tantos años viviendo como un insoportable y mimado hijo de papá por el hecho de ser el heredero de un vizconde! Charlotte comentó: —Según los rumores, el señor Masters y sus amigos son una panda de tunantes. ¿De verdad quieres que me case con un libertino consumado? ¿Como tú? 33


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Papá no hacía ningún esfuerzo por ocultar su vida disipada, exhibiendo a sus amantes descaradamente —incluso delante de las narices de su propia esposa— y haciendo alarde de sus sonadas noches de borrachera con su mejor amigo, Charles Fox, el ministro de Asuntos Exteriores, pero esperaba que su hija y su esposa mantuvieran las formas frente a tal humillación. A medida que pasaban los años, sin embargo, a Charlotte le costaba cada vez más ocultar su indignación ante los desmanes de papá cuando se emborrachaba en casa. —Masters no es un libertino —resopló su padre con desgana—. Al igual que todos los jóvenes de su edad, muestra una inclinación natural hacia la juerga, pero sabe ser discreto. Eso es lo que tienes que buscar en un hombre: que sepa ser discreto. Además, por lo que he podido averiguar, es un estudiante diligente y un caballero respetado que es plenamente consciente de las obligaciones derivadas de su rango social. En otras palabras, ese botarate usaba la influencia de su padre para manipular a sus profesores, sabía cómo quedar bien cuando las circunstancias lo requerían, y era plenamente consciente de hasta dónde lo podía llevar su rango social. Charlotte conocía la alta sociedad a fondo como para saber interpretar las típicas excusas acerca de un caballero de noble cuna. Papá estaba describiendo a un hombre a su imagen y semejanza. Y lo último que quería era un esposo que fuera de la misma calaña que papá. —Además —continuó su padre—, entre sus amigos se cuentan un joven marqués, el hermano de un vizconde y un futuro duque. A mí no me irían nada mal esos contactos, así que, aunque solo sea por mi bien, le sonreirás y te mostrarás atenta y aceptarás sus atenciones como la joven casadera que eres. Porque de no ser por mí y por mis esfuerzos, no dispondrías de una dote para atraer a ningún joven. —Pero papá… —El rey no me concedió una baronía únicamente porque sea el propietario de unas minas de carbón, ¿sabes? Lo hizo porque acerté a promover los intereses de Su Majestad en la Casa de los Comunes. Yo he jugado mi parte para mejorar la posición social de nuestra familia, y ahora te toca a ti desempeñar tu papel. 34


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Charlotte se controló para no arañarlo. Papá solo pensaba en sus intereses y en sus ambiciones; de nada le iba a servir protestar. Él simplemente se limitaría a negarlo todo. —¿Pero por qué ha de ser David Masters? Seguramente habrá otro hombre que pueda serte favorable para lograr tus objetivos. —Un hombre que la quisiera por ella misma, y no por su fortuna—. Si me das tiempo hasta la próxima primavera… —No pienso malgastar mi dinero en una fiesta de puesta de largo cuando un hombre como Masters está dispuesto a casarse contigo. Además, se dice que el amigo de Masters, Simon Tremaine, el hijo del duque de Foxmoor que heredará el título de su familia, será el próximo primer ministro. ¡Es un contacto que no me arriesgaría a perder por nada en el mundo! —Entonces quizá te convendría más que le ofrecieras mi mano a Simon Tremaine —espetó ella con amargura—. Harías un negocio redondo. Las facciones de su padre adoptaron un peligroso matiz. —Cuidado con lo que dices, jovencita. Ya he soportado suficientes insolencias por tu parte. Todavía no hemos pasado Richmond; todavía podríamos dejar el carruaje en el muelle y atravesar el Támesis en una gabarra. Las palabras resonaron en el carruaje, aniquilando de un plumazo el coraje que había mostrado Charlotte. ¡Atravesar el Támesis en una de esas barcazas! ¿Papá se atrevería a ser tan cruel? Por supuesto que sí. Charlotte resolló cuando recordó de nuevo los remolinos de agua sobre su cabeza, la oscuridad total a su alrededor, el pánico que le entró al darse cuenta de que no podía aguantar más tiempo sin respirar… —Rowland —protestó su madre—, no deberías amenazarla con esa pesadilla; sabes que la acongoja mucho. —¡Y tú cierra la boca! —ladró él—. O ya sabes lo que te pasará. Cuando su madre palideció, Charlotte le agarró la mano con actitud protectora. —¡Deja en paz a mamá! ¡Ella no tiene nada que ver con esto! —Fue ella quien contrató a esa maldita institutriz. ¡Quién 35


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sabe qué ideas tóxicas te metió esa sabihonda en la cabeza antes de que yo me diera cuenta de lo que estaba haciendo y la despidiera! —¿Ideas tóxicas? —se defendió Charlotte—. Me animó a ejercitar la mente, a leer libros importantes, a aprender ciencia e historia y latín… —¿Y de qué te ha servido? —espetó él—. Eres insolente con tu padre. ¡No pienso tolerar esas muestras de rebeldía! ¿Entendido? Ya va siendo hora de que reconozcas quién manda en esta familia, y no eres precisamente tú, jovencita. Charlotte se contuvo para no replicar de mala gana. Desde niña estaba harta de la actitud prepotente e injusta de su padre. —Y ahora —continuó su padre con voz autoritaria—, ¿te comportarás como una joven dama esta semana, o tendré que alquilar una barca y pasearte por el río para refrescarte las ideas sobre tus obligaciones? ¡Cómo le habría gustado darle un guantazo en plena cara a ese déspota! Habría sido tan satisfactorio privarlo de su arma recurrente, de que siempre la atacara por allí donde más le dolía a Charlotte, por su auténtico pavor a ahogarse… Pero papá nunca lanzaba amenazas en vano, y se le oprimió la garganta y le flaquearon las piernas ante el pensamiento de estar sentada en una barca, paralizada de terror. Probablemente manifestó su miedo con alguna mueca o con algún temblor incontrolable, ya que los ojos de su padre se iluminaron triunfales. —Me parece que ahora empezamos a entendernos, ¿verdad? Asintió aturdida. Sí, lo había comprendido perfectamente. Papá no descansaría hasta que ella accediera a casarse con David Masters. Charlotte desvió la vista hacia la ventana y contempló el bosque inmediato a la carretera con el ceño fruncido. De un modo u otro, hallaría la forma de escapar de aquella encerrona que le había tendido su padre. Se negaba rotundamente a encadenarse a una versión más joven de papá para el resto de su vida. ϒ 36


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David se roció la chaqueta con más whisky y luego se empapó las mejillas con el mismo licor. —¿Se puede saber qué diantre estás haciendo? —inquirió una voz a su espalda. David dio un respingo, luego resopló al ver a Giles. —Preparándome para la llegada de la familia Page. Su hermano menor lo miró desconcertado. —¿Regándote con whisky? —Seguramente ya habrás adivinado cuál es el motivo de la visita de los Page, después de tantos años, ¿no? Por qué los ha invitado papá, a pesar de que mamá no los soporte. —La verdad es que no había pensado en ello. —Claro, porque papá no te ha elegido a ti para que te cases con Charlotte Page. Giles estalló en una sonora carcajada. —No le veo la gracia. —David apretó los dientes mientras volvía a echarse un poco más de whisky sobre la chaqueta. Al aspirar el hedor a alcohol empezó a toser convulsivamente. Quizá se había excedido con el baño de alcohol. No, era mejor que esa niñata pensara que se bañaba en whisky. Tenía que recurrir a medidas drásticas para desbaratar la adoración de esa pesada con ojitos de cervatillo y los tejemanejes de su padre, lord Page. —Recuerdo a Charlotte —dijo Giles—. Tú eras su héroe, hasta que pasó esa historia de los monos. David miró a su hermano desconcertado. —¿De qué estás hablando? —¿No te acuerdas? No, claro que no. Al poco tiempo, te marchaste a estudiar a Eton. —¿Pero qué pasó? Giles ahogó otra carcajada. —Ah, nada, olvídalo. ¿Y dices que papá quiere que te cases con ella? —Sí, porque Charlotte es un rica heredera. Y conociendo a papá, seguro que cree que lord Page estará más que dispuesto a prestarle dinero para su última aventura empresarial, si todo queda en familia. Y, por supuesto, yo soy quien debe conseguir que «todo quede en familia». Yo soy quien ha de casarse con una niñata a la que apenas conozco. 37


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—Supongo que papá y mamá habrán acordado tu matrimonio porque consideran que lo que es bueno para ellos también lo es para los Page. —Pues no pienso seguirles el juego. —Con papá y mamá funcionó. A pesar de que lo suyo también fue un matrimonio de conveniencia, se llevan bastante bien. —Giles se dejó caer pesadamente en la cama de David—. ¿O es que acaso te reservas para tu verdadero amor? Ya sabes lo que papá opina sobre el romanticismo: «El amor es para insensatos y para imberbes, pero lo que realmente mueve el mundo es el dinero». —Me importa un pito lo que opine papá —murmuró David—. Elegir a una esposa por su rango social y por su riqueza me parece una aberración. Su amigo Anthony lo tachaba de romántico, lo cual no tenía sentido. Lo que le pasaba a David era simplemente que no quería que lo trataran como a un maldito caballo en una subasta. Pensaba elegir a su compañera después de haber disfrutado un poco más de la vida de soltero y, cuando decidiera casarse, no lo haría únicamente por dinero. Se miró en el espejo, y frunció el ceño. —Ya resulta suficientemente lamentable que haya tenido que hacerme cargo de todos los asuntos concernientes a nuestras tierras y a mediar con los aparceros porque papá está demasiado ocupado organizando su próxima gran inversión. Hasta aquí hemos llegado para ayudar a papá a cubrir los gastos de sus arriesgadas aventuras empresariales. —¿Y qué opina la familia de Charlotte? ¿Qué interés tienen ellos en este matrimonio? —Cuando David esbozó una mueca de fastidio, Giles añadió—: ¡Ah! ¡Ya lo entiendo! ¡El título! Por una vez no te envidio por ser el heredero del título de la familia. —Se recostó y se apoyó en los codos—. ¿Charlotte ha sido ya presentada en sociedad con una de esas fiestas de puesta de largo? —No. —David se retorció la corbata y se despeinó. Giles volvió a reír. —Supongo que Page quiere eludir esa responsabilidad. Probablemente ella se haya convertido en una fea arpía, si su padre cree que ni siquiera con su fortuna puede comprarle un esposo decente. 38


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—Eso mismo creo yo —comentó David con una evidente tensión. Recordaba vagamente cómo era Charlotte de niña: con el pelo color zanahoria apuntando en todas las direcciones, con pecas, y unas piernas tan largas que le permitían correr tan veloz como cualquier niño. Ahora probablemente se había convertido en una fea solterona, sin pecho y con cara de amargada, sin una gota de feminidad en todo su cuerpo. —Quiero que me ayudes, Giles. Dile que soy un canalla, un derrochador que pierde hasta la camisa jugando a las cartas… —¡Sí, hombre! Sería incapaz de mantener el semblante serio —protestó Giles—. Casi siempre ganas, cuando juegas a las cartas, a pesar de que no lo hagas muy a menudo. —Pues entonces háblale de mi fama de juerguista y de mujeriego. —¡Por el amor de Dios, David, no pienso sacar ese tema delante de papá! —resopló Giles—. Me cortará la cabeza. Siempre se está quejando de ti y de tus amigos, por pasar tanto tiempo en esos tugurios de la ciudad. —Y mi intención es seguir frecuentando esos sitios antes de dejarme atrapar para que me lleven a rastras hasta el altar. ¡Maldición! ¡Soy demasiado joven para casarme! Aunque si era honesto consigo mismo, esos antros de la ciudad empezaban a aburrirlo. A pesar de que seguía acostándose con prostitutas y con camareras descocadas, últimamente eso ya no lo divertía. Dejando de lado sus obvios talentos en la cama, no tenían nada más que ofrecerle, ni siquiera una conversación interesante. David no pensaba admitir su desencanto delante de sus amigos, ni tampoco delante de su hermano menor, que empezaba a jactarse de ser un mujeriego nato. Después de todo, tenía que mantener la reputación. Además, a su padre lo sacaba de quicio ver la fama que él había ido adquiriendo en Londres de jugador, bebedor y putero. Una sonrisa desganada se perfiló en sus labios. Su padre valoraba por encima de todo la discreción, incluso mientras arriesgaba «discretamente» el patrimonio de su familia con inversiones descabelladas. David no veía la diferencia entre esa actitud y jugar a las cartas; por lo menos, él nunca arriesgaba más de lo que tenía. 39


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—Si tanto le temes a papá —le dijo a Giles—, por lo menos habla de mis grandes defectos cuando él no esté cerca. Giles alzó la barbilla con petulancia. —No he dicho que le tenga miedo a papá. Además, tú ya te estás encargando de tu problema rociándote whisky como si se tratara de colonia. Aunque todavía no entiendo por qué no te lo bebes en lugar de desperdiciarlo de ese modo. —Porque no pienso darle a papá la oportunidad de obligarme a cometer una estupidez bajo los efectos del alcohol, como, por ejemplo, quedarme a solas con Charlotte. Entonces, ella solo tendrá que besarme y esperar a que uno de nuestros progenitores nos pille en actitud cariñosa, y ya sabes el final de la historia en tales casos, ¿verdad? De repente, sin darme cuenta, ya estaré casado. —Se arrugó la chaqueta y se arremangó para adoptar un aspecto aún más desaliñado—. ¡Pues no conseguirán pillarme desprevenido! ¡No, señor! —Al menos toma un traguito, para que así ella pueda oler el licor en tu aliento. —Buena idea. —David tomó un buen trago. —A juzgar por tu actitud, no temes la reacción de papá a tu subterfugio. —¡Tiene suerte de que aún haya accedido a estar aquí para recibirlos! Mi intención inicial fue negarme, hasta que me di cuenta de que él podría tergiversar mi ausencia con alguna excusa para su propio provecho. ¡Veamos si es capaz de sortear la situación, ahora! David examinó su aspecto en el espejo. Tenía una pinta deplorable. Si así no lograba asustar a esa niñata, no lo conseguiría de ningún otro modo, seguro. Con el rabillo del ojo vio que Giles estaba hurgando en el cajón donde guardaba la ropa interior. —¿Qué haces? —He pensado que podría tomarte prestado tu batín; el mío está muy viejo, y puesto que esperamos visita… —Aunque solo era un año menor que David, casi tenían la misma talla, si bien David era un par de centímetros más alto—. Aunque, pensándolo bien, quizá no valga la pena preocuparme. No creo que consiga captar la atención de Charlotte. —De todos modos, no te prestaría mi batín por nada en el 40


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mundo. No sé cómo te las apañas, pero siempre acabas con la ropa rasgada. Giles sonrió como un niño travieso. —¿Y qué quieres que haga, si las mujeres no pueden resistirse a mis encantos antes de que tenga tiempo a desvestirme? David esbozó una mueca de fastidio. Realmente, su hermano se estaba volviendo un bribón como Anthony Dalton, uno de los amigos de David. El sonido de las ruedas de un carruaje sobre la gravilla se filtró por las ventanas abiertas. —Maldición —refunfuñó David—, deben de ser ellos. Los dos jóvenes se precipitaron hacia la ventana, y vieron cómo se detenía el carruaje en la explanada principal. Pero había empezado a lloviznar, y los lacayos se apresuraron a salir servicialmente con paraguas. No consiguieron verle ni un pelo a Charlotte, aunque David ya suponía qué aspecto tenía. —¡Vamos! —David corrió hacia la puerta—. ¡Ha llegado el momento de que disfrutéis con mi actuación magistral! Mientras descendían las escaleras, oyeron las voces que inundaban el vestíbulo. Los dos hermanos ya casi habían alcanzado los últimos peldaños, pero los invitados estaban demasiado ocupados desprendiéndose de sus abrigos y de sus capas como para prestarles atención. David miró a su hermano con una maliciosa complicidad, y fingió que trastabillaba en las escaleras. —Buenos días, papá —saludó, arrastrando deliberadamente cada sílaba, como si estuviera borracho. Su padre se giró para mirarlo justo en el momento en que David avanzó tambaleándose. —Veo que ya han llegado los invitados —balbució David—. ¡Perfecto! —Mientras lady Page abría los ojos como platos y lord Page fruncía el ceño, él enfiló hacia la joven que le daba la espalda y que debía de ser Charlotte. David se apoyó pesadamente en su hombro para que ella pudiera oler el tufo a whisky, y dijo: —Y esta debe de ser la señorita Page en persona. ¡Bienvenida! Su madre lo estaba mirando con cara de sorpresa; en cambio, su padre lo miraba con cara de susto, pero David soportó 41


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estoicamente la incómoda situación mientras Charlotte se daba la vuelta y lo apartaba bruscamente. En ese momento, la sonrisita idiota de David se desvaneció. Unos ojos más azules que los zafiros más brillantes se posaron en su mandíbula desencajada, y unos labios carnosos y sensuales se curvaron con una sonrisa burlona. El pelo color zanahoria que él recordaba de su infancia se había oscurecido y ya no apuntaba en todas las posibles direcciones sino que estaba bellamente aderezado en una profusión de tirabuzones caobas que enmarcaban graciosamente sus rasgos perfectos con aquella impecable piel de color marfil. ¡Por todos los santos! En los últimos diez años, Charlotte había experimentado un cambio que la había convertido en la criatura más bella de toda Inglaterra. Y él acababa de hacer un numerito imperdonable delante de ella. David no sabía por qué se avergonzaba de su comportamiento, pero no podía remediarlo. Mientras él procuraba erguir la espalda para mostrar un aspecto menos deplorable, Charlotte le lanzó a su padre una extraña sonrisa triunfal. —Por lo visto hemos venido en un mal momento, papá, ya que es evidente el estado de embriaguez del señor Masters. —¡David! ¿Se puede saber a qué viene este ridículo espectáculo? —espetó su padre. A David se le quedó la mente en blanco. No podía apartar la vista de aquella adorable fémina, que no se asemejaba en absoluto a la mujer que había esperado. Por desgracia, Giles decidió «ayudar» a su hermano, tal y como este le había pedido. —Ya conoces a David, papá. —Giles hizo un gesto que imitaba a un hombre empinando el codo—. Ya hace rato que ha empezado a beber. —Cállate —murmuró David con los dientes prietos. Giles le lanzó una mirada divertida. —Pero si me has dicho que… —¡Olvida todo lo que te he dicho! —Consciente de que Charlotte estaba pendiente del intercambio con un peculiar interés, David miró a su padre directamente a los ojos y farfulló la única excusa que se le ocurrió. 42


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—Solo era una broma, papá. Giles y yo hemos derribado sin querer el decantador lleno de whisky de tu estudio, y me he quedado empapado. ¿No es así, Giles? —Si tú lo dices —replicó su hermano, visiblemente desconcertado. Más tarde David ya se encargaría de ajustar las cuentas con ese botarate, pero ahora tenía que salir airoso del berenjenal. —Puesto que apesto a whisky… yo… bueno, los dos hemos pensado que sería divertido si… —¿Si me ponías en evidencia delante de nuestros invitados? —explotó su padre. David parpadeó varias veces incómodo. —Es obvio que no ha sido una broma acertada. —Cuando su padre lo traspasó con la mirada, se apresuró a añadir—: Subiré rápidamente a cambiarme de chaqueta. —A juzgar por tu aliento, quizá también deberías enjuagarte la boca —apuntó Charlotte, sonriendo y con ojitos burlones—. Por lo visto, una parte del whisky que habéis derramado ha ido a parar a tu boca. David se sonrojó. ¡Ella se estaba burlando de él! Ninguna mujer se había atrevido nunca a reírse de él. ¡Qué trato más humillante! —¡Calla, Charlotte! —bramó lord Page detrás de su hija. El brillo burlón se apagó de las bellas facciones de Charlotte, y su actitud cambió abruptamente. —Le pido perdón, señor Masters —se disculpó al tiempo que bajaba la vista y la clavaba en el suelo—. A veces no pienso antes de hablar. A David tampoco le gustó aquella reacción. —Y yo a veces tampoco pienso antes de actuar —respondió él, con la clara intención de que ella se sintiera más cómoda—, así que estamos empatados. Charlotte alzó la vista y lo miró directamente a los ojos, y una atractiva mueca de confusión se adueñó de sus bellas facciones. Entonces se puso rígida. —No, no estamos empatados —murmuró, lo bastante bajo como para que su padre no pudiera oírla—, dado que las acciones generalmente son más significativas que las palabras. Con aquella crítica le asestó un duro golpe. Sí, David se ha43


sabr ina jeffries

bía comportado como un verdadero idiota, pero ella no tenía derecho a restregárselo por las narices. ¿Y qué diantre había sucedido con la niña con ojitos de cervatillo que lo adoraba con una pasión desmedida? La madre de David dio un paso hacia delante. —David, sube a cambiarte, por favor. Giles, dile a la cocinera que lo disponga todo para la cena. Entre tanto, si les parece bien, lady Page y señorita Page, les mostraré sus aposentos para que puedan refrescarse y ponerse cómodas mientras lord Page y mi esposo se retiran al estudio. —Ella enarcó una ceja y se dirigió a David—. Bueno, eso si es que el estudio no apesta a whisky, claro. Quizá será mejor que te asegures de ello, de camino a tu habitación. Cuando su madre señaló con la cabeza hacia las escaleras, David empezó a subir los peldaños sin dilación y con paso firme, consciente de que Charlotte lo estaba mirando. Al menos se daría cuenta de que no estaba borracho, aunque tampoco entendía por qué le importaba lo que ella pudiera pensar de él. Nada había cambiado; no quería casarse con Charlotte. ¡Por el amor de Dios! ¡Si él solo tenía veinte años! Además, de ningún modo pensaba casarse con una mujer elegida por su padre. Así que, ¿por qué le molestaba tanto que ella pudiera pensar que era un borracho o un patético payaso, o ambas cosas? David no tenía ningún problema para elegir a una mujer. No necesitaba impresionar a la hija de un tipo extremamente ambicioso al que lo único que le interesaba era escalar puestos en la sociedad. Por más que su padre y el padre de Charlotte pretendieran enredarlo en una peligrosa tela de araña, David no pensaba dejarse atrapar. ¡Y qué más daba si ella era tan hermosa! Aunque, a decir verdad, ella era más que hermosa; era espectacular, sí, increíblemente espectacular. David frunció el ceño. No, eso tampoco importaba. Se negaba a casarse con una niñata solo para que su padre dispusiera de dinero para sus descabelladas inversiones. ¡Y no había nada más que hablar! 44


Título original: Wed Him Before You Bed Him @ 2009 by Deborah Gonzales All Rights Reserved Published by arrangement with the original publisher, Pocket Books a Division of Simon & Schuster, Inc. Primera edición en este formato: marzo de 2013 © de la traducción: Iolanda Rabascall © de esta edición: Roca Editorial de Libros, S. L. Av. Marquès de l’Argentera, 17, pral. 08003 Barcelona info@rocaebooks.com www.rocaebooks.com ISBN: 978-84-15410-53-9 Todos los derechos reservados. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamos públicos.


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