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Cap 5: PRODIGIO Decir que los días siguientes fueron difíciles sería quedarse corta. Intenté aguantarlo, pero me fue imposible. Finalmente después de dos semanas soportando que mi novio llorase cada vez que me observaba argumentando que "no terminaba de comprender como un ser tan bello le fue otorgado" opté por lo sano… "un cambio". Ya me sentía ridícula llamando una vez más al Doctor Saint, pero gracias al cielo el lo comprendió de inmediato y no puso tapujos en concretar una cita, lo cual agradecí enormemente ya que Edward comenzaba a preocuparme seriamente. ¿Cuántas lágrimas era capaz de derramar un hombre? No estaba segura de la respuesta, pero al menos tenía la certeza de que las mujeres no éramos las únicas sentimentales. — Tengo miedo— musité contra mis manos. Las que, a estas alturas, se encontraban cubriendo mi rostro. — Tranquila— respondió mi amiga, mientras acariciaba con ternura mi espalda. La verdad es que estaba hecha un manojo de nervios. ¿Y si algo salía mal? ¿Y si ahora resultaba ser un completo sádico a la hora de amar porque me excedí en la pasión y la lujuria? O tal vez podría ser uno de esos hombres obsesionados por la limpieza, ya que esta vez había agregado a sus cualidades un hombre con iniciativa y que ayudase en los quehaceres del hogar… ¡Demonios! Había pedido un hombre que cocinase… — Mierda. — ¿Que sucede ahora, Bella? — ¿Y si esta vez termina siendo gay? — ¿Qué demonios dices Bella? — Es que esta vez añadí a la lista que supiese cocinar y ayudase en el hogar. Ya sabes… ayudar en la limpieza, lavar platos… — Amiga, en verdad te estás dejando llevar por los nervios. Jasper cocina y no es gay— respondió mi amiga en tono serio. Sin embargo,, al instante fue remplazado por un gesto reflexivo. — Aunque ahora que lo pienso… el otro día encontré una peluca y algunas prendas estrafalarias en su armario. — mi rostro debía de ser un poema, ya que al instante mi amiga estalló en carcajadas. — Idiota. — Lo siento Bella, no pude evitarlo, pero es que ¡cielos! Debes admitir que te estás pasando. ¡Nada saldrá mal! ¿Está bien? Ten más confianza en ti, mal que mal siempre se ha sabido que a la tercera va la vencida. — en el preciso instante en el que mi amiga terminaba su discurso el timbre sonó, alertándonos a ambas de que Edward había llegado. — ¿Lista? — preguntó mi amiga — Para nada. — respondí con un hilo de voz. — Perfecto. Ahora ve por él— y sin darme oportunidad de resistirme me llevó a empujones hasta la puerta, para luego desaparecer de mi vista a una velocidad sólo propia de ella. Me mordí las uñas inevitablemente, los nervios me estaban haciendo parecer una niña en vez de comportarme como la mujer que era. Abrí la puerta con lentitud, simulando calma, y ahí estaba él con un codo apoyado en la pared, mientras su cabeza reposaba en la misma. Abrió sus ojos en cuanto me vio, pero esta vez no hubo llantos ni besos desenfrenados. Por el contrario había una calma perfecta, el equilibrio perfecto para la situación en la que me encontraba. Su perfecta actitud ayudo a controlar mis impulsos.


— Hola— dijo tranquilo para luego regalarme esa irresistible sonrisa ladina. — Hola— respondí con un hilo de voz. Él no dijo nada, se limitó a sonreír nuevamente y luego escondió sus manos en los bolsillos de los hermosos vaqueros que traía puestos. Los segundos pasaban y ninguno de los dos decía nada, entonces caí en cuenta de que aún no le había invitado a pasar. — ¿Quieres pasar? — me sentí absolutamente idiota por preguntar aquello, pero en mi defensa debía decir que en las dos ultimas ocasiones él no dio tiempo a que le invitase. La primera vez se lanzó en dirección a mis labios, y no me dio tiempo de invitarlo a pasar, la segunda… sería mejor no recodar aquello. Tener a tu novio llorando de rodillas no es la mejor imagen mental que pueda existir. — Eso sería estupendo, está comenzando a descender la temperatura. — respondió en un tono demasiado cortés. Me hice a un lado para permitirle la entrada y mi vista se clavó en una maleta. Las veces anteriores él no había traído equipaje. Él noto lo que observaba y procedió a aclarar mis dudas. — Me tomé la libertar de comprar algunas cosas, un poco de ropa, un pijama, etc. Espero que no te importe. — No hay problema— sonreí. ¿Cómo podría molestarme aquello? Menos tratándose de él, que poseía un gusto excelente. Los vaqueros que traía puestos le quedaban unos centímetros bajo la cadera, regalándome una vista privilegiada del tentador músculo que se formaba en el nacimiento de su pelvis. La perfecta V se marcaba de forma soberbia en su piel. Me tomó toda mi fuerza de voluntad el desviar mi mirada hacia otro sector. Claramente la pared no era el mejor paisaje. Sin embargo, me ayudaría a no tener pensamientos obscenos sobre el pecado andante que tenía por novio. "Alice está en casa" me repetía mentalmente una y otra vez, mientras me encaminaba hacia la cocina seguida por un muy educado Edward. Alice y él charlaron sólo unos minutos, ya que ella debía retirarse temprano, como cada vez que me veía con alguien, y a diferencia de muchas otras ocasiones esta vez se lo agradecí. No me interesaba si resultaba muy obvia, ni si a Edward le parecía una mujer desesperada. Necesitaba tiempo a solas con él, le deseaba, y no precisamente para conversar. En cuanto escuché el sonido de la puerta al cerrarse, mis ojos de forma instintiva se posaron en Edward, y un fuerte golpe de adrenalina sacudió mi cuerpo cuando me encontré con que él también se encontraba observándome. Sus ojos destilaban fuego y miel, mientras yo poco a poco me sentía desfallecer bajo el escrutinio de su mirada abrasadora. El se acercó a mí con tortuosa lentitud, mientras yo por inercia retrocedía. No sé bien a qué le temía, yo le deseaba y estaba claro que no le era indiferente, pero el nerviosismo aún no abandonaba mi frágil cuerpo y sus orbes colmados de hambre y deseo no ayudaban mucho a que me calmase. Continuamos ese sensual juego, en el que las palabras sobraban y nos comunicábamos únicamente por medio de los ojos. Cuando mi espalda chocó contra la mesa, mordí con fuerza mis labios, comprendiendo que ya no había escapatoria- cosa no que deseaba en absoluto- ¿Quién pretendería huir de un hombre así? — ¿A qué le temes? — preguntó rompiendo el incómodo silencio que se había formado. Su voz ronca dejaba entrever el descomunal deseo que le inundaba, pero sus ojos dejaban entrever tanta ternura y comprensión que una ola de sinceridad me impulsó a responder. — A todo, a lo que se nos viene, a no ser lo suficientemente buena, soy nueva en esto y— él me interrumpió posando sus dulces y suaves labios sobre los míos. Había extrañado la textura de su piel, semejante a la seda, y su exquisito y sublime sabor.


Por medio de ese beso Edward me devolvía la calma, me daba a entender que todo estaría bien, y que no había de qué preocuparse ya que ambos estábamos juntos en esto. — No permitiré que te escapes— musitó contra mi boca, mientras una sexy sonrisa se tatuaba en sus labios. — Soy tan nuevo en esto como tú— claro, con la diferencia de que yo no había sido creada a la perfección ni sería una diosa en la cama. Ante ese pensamiento no pude controlar el notorio rubor que bañó mi rostro. Me aferré con fuerza al cuello de su camisa, atrayéndolo hacia mí y siendo ahora yo quién comenzase el beso. Me paré de puntillas para lograr así tener un mejor acceso hacia su boca. Él comprendió mis intenciones y al instante sus manos se situaron en mi trasero, logrando sin mayor esfuerzo levantarme. Por acto reflejo mis piernas se envolvieron entorno a sus caderas, provocando de esa forma que nuestros sexos se rozasen. Edward gimió ante el contacto y yo oculté lo mejor que pude la risa que me provocaba aquello. Saber que era yo quién despertaba todas esas sensaciones en él me hacia sentir sensual y poderosa. Con gentileza y cuidado me depositó sobre la mesa. Me negué a liberarlo y al contrario de lo que él esperaba aumenté la presión de mis piernas, aferrándome de esa forma más a él y provocando que el roce se hiciese más satisfactorio. La fricción de su abultado pantalón contra mi intimidad logró que ahora fuésemos los dos quienes soltáramos un audible gemido. Antes de que me dijese algo enterré mi rostro en su cuello, pero ajena a toda vergüenza y nerviosismo procedí a devorar esa zona de su cuerpo, besé, lamí con autoridad y confianza, marcándolo como mío. Con desesperación comencé a desabotonar su camisa mientras él repartía tiernas caricias en mis costados, subía y bajaba por ambos lados, delineando la curva de mi cintura con tanta admiración que me provocaba deseos de llorar. Al instante en el que liberé su cuello no puede evitar perderme en su mirada, sus preciosos ojos destilaban dulzura, mientras que una expresión maravillada se formaba en su rostro. — Eres magnífica— gimió en mi oído. Y antes de que pudiese responder él me había recostado sobre la mesa. Sus manos recorrían con maestría mi cuerpo, me quitó la camisa con una rapidez inhumana y sin darme un respiro libero mis senos de la prisión de aquel sostén que por fortuna era nuevo. "Bendita seas Alice". Una vez que arrancó la prenda roja comenzó devorar ambas cimas con su boca, succionó mis pezones de una forma que debería estar prohibida. Sus labios se abrían y cerraban a un ritmo tan erótico que por unos instantes creí que perdería la consciencia. Cada vez que su lengua lamía las duras y erectas cúspides su nombre brotaba de mis labios de una forma tan vergonzosa que no me hacía falta un espejo para comprobar que me encontraba sonrojada. Mis manos asidas a su pelo disfrutaban de la textura de este. Poco a poco Edward fue posicionándose sobre mi cuerpo. El sonido de su cremallera me alertó ante lo inevitable. Yo aún mantenía puesta mi falda, pero aquello no era un problema, ya que bastaría con subirla. Sin embargo el instante en el que Edward liberó su humanidad tragué pesado, eso sí sería un problema. Él pareció entender mi repentino ataque de pánico, ya que acunó mi rostro entre sus manos y depositó un casto beso sobre mi frente. — Tranquila— masculló contra mi piel. Yo respiré pesadamente e intenté alejar los malos pensamientos. Él puso un brazo a cada lado de mi cabeza convirtiendo su cuerpo en una verdadera prisión. — Grandioso, mi primera vez en una mesa— suspiré resignada. Él me observó atónito y recién ahí comprendí que lo había dicho en voz alta... mierda.


Antes de que pudiese decir o hacer algo para reparar el daño y evitar que él saliese huyendo por mi comentario poco adecuado, sentí como sus finos labios me besaban con desesperación. Al principio mis ojos se encontraban abiertos por la sorpresa, pero al instante me adecué a su ritmo y comencé a disfrutar del ardiente roce. Su febril lengua se abrió paso entre mis labios, imprimiendo sobre mi boca su sello, dejando rastros de su dulzura en cada centímetro de mi piel. Ambos brazos continuaban encerrándome, me sentía presa, pero no quería huir, ya que gustosa sería la esclava de este semidios. Con actitud solemne se acomodó con pericia sobre mí y su rodilla abrió mis piernas. Estiró su mano sobre mi cabeza y alcanzó su billetera, que se encontraba en el extremo de la mesa. Observé con timidez como sacaba un condón de ahí y se lo ponía con maestría, mi rostro debía haber sido un poema ya que él me observó vacilante. Lo que menos quería era que se detuviese, mi falta de experiencia no sería un impedimento para concretar este momento. En un movimiento que intenté que se viese sensual enredé mis brazos en su cuello y besé esa zona, comenzando a descender hasta alcanzar su pecho. Lamí y succioné, sabía que mañana amanecería con una mancha en esa zona, pero no me importó. Mal que mal yo se la había provocado y aquello le daba cierta aura de salvajismo a nuestro primer encuentro, o al menos de eso intentaba convencerme. Al parecer aquello funcionó, ya que al instante él me regaló esa hipnotizante sonrisa ladina y depositaba un dulce beso en la comisura de mis labios. Sin embargo yo no estaba ni cerca de conformarme con eso, por lo que moví mi boca para que lograse tocar la suya y tiré de sus cabellos de tal forma que se vio obligado a corresponder el beso. Estaba al tanto de que sus ojos se encontraban abiertos, era obvio que le había pillado desprevenido esta nueva faceta de mi personalidad. Pero ¿Qué podía hacer? Era la primera vez que me excitaba de esta forma, y si iba a tener mi primera vez con un dios adonis de esta índole, quería disfrutarla por completo. Las delicadas caricias otorgadas por sus labios fueron menguando, dando paso a un hambre feroz por parte de ambos. Los tiernos besos fueron reemplazados por una febril acción. Sus labios devoraban los míos sin piedad, lo cual agradecía, y como no hacerlo si la succión que me propinaba este hombre era irreal. Edward me besaba con lujuria, deseo, adoración y ternura, era el complemento perfecto para una mujer como yo. No cabían dudas de que este hombre había sido hecho para mí. Una de sus manos rompió la perfecta prisión que formaba su cuerpo sobre el mío y se deslizó hacia abajo hasta alcanzar mi intimidad. Acarició mi centro, el que ya se encontraba más que humedecido gracias a su excelente labor. Y lo que murmuró en mi oído me quitó por completo el aliento. — ¿Estás lista para acogerme?— esa simple frase me hizo arder, me sentía en llamas. Sonaban tan sensual y directa que tenía la certeza de que mis ojos estaban abiertos como platos, pero lejos de sentirme cohibida me llené de osadía y pasión desenfrenada. Él sonrió con coquetería y comenzó a adentrarse en mí con una desesperante lentitud. Mis piernas se enredaron en torno a su cadera tal como había hecho minutos atrás. Edward susurraba palabras de amor en mi oído y yo sabía que eran ciertas, él me amaba. Claro, había sido creado para eso, no es como si tuviese otra opción, pero en ese momento no me importó, yo era suya y el era mío. Ambos nos pertenecíamos de una forma tan extraña, pero a la vez perfecta que era todo cuanto necesitaba para sentirme plena. En un audaz movimiento, moví mis caderas impulsándome hacia adelante, logrando así que Edward entrase de lleno en mí. Al sentir como su miembro rasgaba mi interior no pude reprimir un gemido de dolor, él lo notó y se quedo quieto.


Esperamos unos segundos hasta que la molestia pasara, ya que no era doloroso pero si incomodo. En ese lapso él se encargó de repartir tiernos besos por todo mi rostro. Una vez que me sentí lista se lo hice saber por medio de la fricción de mis caderas. Él gimió sorprendido. — Bella ¿estás segura? — Si, era solo incomodidad por ser mi primera vez. — Podemos esperar unos minutos más, o tal vez horas. Amor, tenemos toda la noche. No le dejé seguir hablando, yo no estaba interesada en perder más tiempo así que me apoderé de sus labios. El había vuelto a ubicar sus brazos en ambos costados de mi cabeza formando esa perfecta cárcel. Al principio se le notaba reacio a seguirme el juego, al parecer le había asustado mi reacción. Pero luego de unos segundos se le notó más tranquilo y entregado por completo. Comenzó a embestirme con extremo cuidado, y mis paredes le daban la bienvenida sin poner oposición. La sensación de sentirlo abrirse paso en mi interior era sublime. Edward me penetraba una y otra vez cada vez con mayor ímpetu, llenándome por completo. Su pene atiborraba cada centímetro de mi cavidad, logrando satisfacerme de una forma que mi cuerpo nunca antes había probado. Cada vez que le sentía llenarme una sensación de éxtasis supremo recaía sobre mí. Era más que sentirse colmada, extasiada o completa, mucho más que estar satisfecha. Esto era el cielo. Edward aumentó notoriamente la velocidad de sus arremetidas hasta que finalmente cayó rendido sobre mi pecho. Su cabello empapado de sudor se ceñía con rebeldía a su frente cubriendo por completo sus orbes aguamarina. Observar a Edward era una mezcla entre lo onírico y lo sobrenatural. Mis ojos se cerraban producto del cansancio y estoy segura de que hubiésemos dormido a la perfección sobre la mesa. Sin embargo, Edward, haciendo uso de su caballerosidad, me tomó en sus brazos y al estilo nupcial me depositó sobre nuestra cama. Me sentía demasiado agotada para musitar alguna frase coherente y al parecer Edward se sentía igual, por lo que recurrió al lenguaje corporal y se deleitó trazando círculos sobre mi hombro. Yo caí dormida sobre su pecho mientras el acariciaba mi espalda con una dedicación asombrosa. La mañana siguiente desperté envuelta en sus brazos, y levanté mi rostro para encontrarme el rostro de un ángel a escasos centímetros del mío. Sus ojos permanecían cerrados y su boca formaba un adorable puchero, que pese a verse increíblemente inocente le otorgaba esa aura irresistible y sensual, muy sensual. En ese instante supe que nunca estaría más convencida que ahora de que ésta era la forma en que deseaba despertar todas las mañanas. Junto al hombre que amaba…


PRODIGY 5