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descenso con cuerda. Tanto Jamieson como Noble lo han hecho. Aun así, ninguno de los dos está disponible para ir conmigo. Sin embargo, el correoso John Robens está dispuesto a intentarlo. Nos encontramos en su casa en Sídney. La mayor parte de los fines de semana durante los últimos años, Robens, de 39, se ha escapado de la ciudad para practicar barranquismo en el campo. Es un especialista en computadoras independiente, en junto, de habla suave y de pelo enmarañado; al igual que Noble, pedalea temerariamente su bicicleta por las calles de la ciudad y tiene los músculos de Lance Armstrong para para demostrarlo. Vive con su esposa Chuin Nee Ooi, también barranquista de elite y colega en el necio de la computación en una casa del centro de la ciudad. En el diminuto porche hay una enorme caja madera llena de Volleys usados. Robens y yo conducimos al oeste de Sídney durante cuatro horas, acampamos en el Parque Nacional Kanangra –Boyd y, al amanecer, ya estamos caminando por la senda de fuego del monte Thurat. Llevamos en nuestras mochilas trajes de neopreno, una cuerda y el almuerzo. Después de cruzar el arroyo Kanangra nos internamos en la maleza sin senderos, guiándonos con mapas y GPS. Los barranquistas comparten la habilidad de viajar igualmente a través de lo que parece maleza impenetrable; Robens se desliza por la maleza espinosa de manera tan eficiente que es difícil seguirle el paso. Seguimos la orientación de una brújula, saltamos sobre arboles caídos y aterrizamos sobre los matorrales, pasamos sobre telarañas gigantes con arañas del tamaño de un ratón que correteaban pro nuestros cuellos. “solo las arañas que viven en el suelo son mortales”, dice Robens nos había llevado precisamente al punto más alto de las cataratas Dánae, aunque él nunca había estado ahí. Un arroyo corre por la maseta y se desploma. “Nuestro primer descenso es ahí”, dice Robens señalando un árbol que sobresale precariamente un risco. Nos nuestros trajes de neopreno, nos ajustamos los cascos, aseguramos los arneses y nos lanzamos al espacio. Era como

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Un cangrejo de rio de 30 centímetros evita a un caminante que vadea un arroyo en el cañón Claustral. El color de estos cangrejos, llamados yabbies pro los barranquistas, es un misterio. En algunos arroyos son anaranjados, azules. La diferencia se debe en parte a la pureza del agua; los azules se encuentran en las aguas más claras.

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