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LUIS ACEITUNOconversa con

LUCÍA ESCOBAR

COLECCIÓN PENSAMIENTO


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Colección Pensamiento II : Luis Aceituno conversa con Lucía Escobar / coord. Silvia Trujillo y Gemma Gil. - - Guatemala : El Librovisor, Ediciones Alternativas del Centro Cultural de España en Guatemala, 2008. 64 p. (Colección Pensamiento ; V.2 Tomo 2) ISBN 9922-985-8-8 1. Intelectuales guatemaltecos – Entrevistas 2. Pensamiento intelectual – guatemaltecos I. Coaut. CDU 008 (728.1)

COORDINACIÓN DE PROYECTO Silvia Trujillo COORDINACIÓN EDITORIAL Gemma Gil DISEÑO Lucía Menéndez FOTOGRAFÍA Andrés Asturias CONCEPTO ORIGINAL Rosina Cazali IMAGEN CONTRAPORTADA Basada de una ilustración de Antonio Frasconi El Librovisor Ediciones alternativas del Centro Cultural de España en Guatemala Octubre, 2008 © Todos los derechos reservados Centro Cultural de España / Guatemala Vía 5, 1-23 zona 4, 4°Norte, Ciudad de Guatemala, 01004 (502) 2385-9066 gestion@ccespana.com.gt www.centroculturalespana.com.gt blog: cceguatemala.blogspot.com

Luis Aceituno

CONVERSA CON Lucía Escobar


Un diván para Luis Por Lucía Escobar

La idea que me propuso el Centro Cultural de España de entablar un diálogo con Luis Aceituno para la Colección Pensamiento ii me pareció un premio más que un reto. ¿Cómo negarse a unas horas de buena conversación con el escritor antigüeño? Conozco a Luis como catedrático universitario, he aprendido de él como periodista, respeto su amplia cultura general, y la manera en que defiende el suplemento El Acordeón, como un espacio que valora la información cultural más allá del espectáculo y la banalidad. De su afición por el cine y por la música, ha acumulado un amplio conocimiento que no duda en compartir en programas de radio, talleres de apreciación cinematográfica o en sus columnas de opinión de los martes en El Periódico de Guatemala. He visto también su lado cotidiano, donde destaca su valoración de la amistad, del humor y del conocimiento, de tal manera que platicar con él suele ser una experiencia enriquecedora. 5


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Tengo la sensación de que esta entrevista, salió “inconscientemente”, como una sesión de psicoanálisis. Luis se sometió al diván de mis dudas, que se inclinaron a hurgar en su niñez, adolescencia y primera juventud. Así que lo acompañé desde su primer recuerdo traumático, tras la muerte de su tío en casa, y luego lo vi en la plaza de San Martín Jilotepeque, asistiendo de niño al cine Mejoral, lo imaginé transitando por las calles de Antigua, dirigiendo obras de teatro en Quiché, escuchando rock en su cuarto, espiando las baratijas de las empleadas de antaño, recopilando textos para La Moxca o la página literaria de El Imparcial, devorando libros y escupiendo versos, y luego empacando sus cosas para largarse de un país asfixiante y hacerse la vida escribiendo, empapándose de cultura y realizando toda una serie de oficios para ganarse la vida en Francia. A pesar de que Luis no comparte mucho el concepto de generaciones, en esta entrevista busqué un diálogo con su generación, compuesto por mis propias dudas o vacíos de información sobre esta época oscura de la que no terminamos de salir del todo. Me interesó profundizar en la parte irreverente de Luis, en la agudeza crítica con la que desnuda esas realidades que a veces preferiríamos obviar. Reconozco que nos faltó tocar más a fondo el tema de la literatura, a pesar de que es el bastión en el que Luis edifica 6

su existencia. Apenas abordamos la época en que escribió La puerta al cielo (1982) y su libro de cuentos Los años sucios (1993), lo dejamos para una segunda parte. Encontramos, entonces, a Luis periodista, al maestro, al melómano y cinéfilo, al coleccionista del peor kitsch, al crítico y al derribador de mitos. LUCÍA ESCOBAR: Me gustaría saber, cuál es el recuerdo más

lejano que tenés. LUIS ACEITUNO: El que tengo más consciente, el primero

que me viene a la cabeza es una casa en La Antigua, con un patio grande y corredores. Yo tenía un peluche que tiraba al techo y el chiste era que mi tío Ernesto se subiera a rescatarlo. Verlo subirse, por alguna razón, me causaba una gracia profunda. En esa casa vivíamos mi mamá, mi abuela y yo, también este tío —hermano de mi abuela— que estaba de paso. Luego, nos fuimos a San Martín Jilotepeque, donde mi mamá fue a encargarse de la escuela de párvulos. Me acuerdo que entré a una habitación de la casa donde vivíamos y que encontré al tío Ernesto tirado en el piso con la boca y los ojos abiertos. Estaba muerto, pero yo no comprendía lo que pasaba, supongo que fui a avisar a mi abuela. Creo que tenía un poco más de 30 años y murió de un ataque al corazón. Yo lo quería mucho. 7


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LE: ¿Cómo eras de niño?

LA: Me recuerdo como un niño muy retraído. Fui hijo único

hasta los cinco años y tenía un mundo interior al que muchas veces me abandonaba. Era un niño normal, común y corriente, pero desubicado. Sentía que no encajaba en las cosas, me sentía separado de la vida corriente por alguna razón. Era activo, como todos los niños, pero muy tímido.

genio extraordinario para elaborar rimas a partir de las figuras de la lotería. Yo lo escuchaba embebido y repetía de memoria todas sus versificaciones, lástima que las olvidé todas.

LE: ¿No eras muy pequeño para sentirte separado de la vida,

como decís?

LA: Yo sentía que no encajaba en nada, ni en La Antigua, ni

LA: San Martín Jilotepeque era un lugar de mayoría indíge-

en San Martín. Además, pasaba parte de las vacaciones con una tía abuela que vivía en El Rancho, un pueblo perdido por El Progreso, Guastatoya. Ella vivía en una casa grande de costa, al lado del río Motagua, y eso era el trópico, no tenía nada que ver con lo otro.

na, pero la vida social la dominaban los ladinos. Yo me iba con mi mamá y pasaba todo el día en la escuela. Era una escuela multicultural — como les gusta decir ahora— con muchos niños indígenas y ladinos. Lo que me alucinaba eran las ferias de San Martín, con su rueda de Chicago, y de caballitos y una niña que partían en tres. Se llamaba Sandra y creo que me enamoré un poco de ella, era una estrella, a sus cinco o seis años tenía escena. Era este tipo de espectáculos totalmente miserables, pero que me causaban una fascinación que muy pocas veces he vuelto a sentir. Aprendí, también, a cantar la lotería. Había un tipo que era una leyenda en las ferias de pueblo, allá a principios de los sesentas, tenía un in-

Los niños de La Antigua eran diferentes a los de San Martín; y los de La Antigua y San Martín, diferentes a los de El Rancho. Eso para mí fue muy importante, me dio una visión amplia del mundo que me rodeaba, me familiarizó con paisajes humanos y geográficos distintos. Yo era un niño sobreprotegido de clase media, viviendo en un mundo de mujeres. En San Martín y El Rancho tuve una relación muy estrecha con las empleadas. En los años de infancia, la cocina era un centro de reunión muy importante, un lugar de tertulia, se escuchaba mucha música de la que pasaban por la radio. Me fascinaban los cuartos de las empleadas, los espejitos,

LE: Decías que te fuiste con tu familia, muy pequeño, a San

Martín Jilotepeque ¿Qué recuerdos tenés de ahí?

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las cajitas, las brillantinas, los frasquitos de los perfumes; creo que de ahí viene mi obsesión por el kitsch. Me alucinaban también las salas de las casas de pueblo, los adornos, los tapetes, las fotos viejas, los muebles, las salas que parecían santuarios.

LE: Háblame de tu familia, ¿cómo era?

LA: La familia de mi mamá, a la que me sentía más cercano,

era de abolengo, pero ya llevaba algunos años de vivir su momento de decadencia. Era una familia repleta de generaciones ociosas que habían dilapidado fortunas. Las generaciones de mi abuela y de mi mamá tuvieron que trabajar, así que de abolengo solo les quedaba el nombre. En La Antigua Guatemala esto del abolengo era una especie de fachada, eran familias viviendo de un antiguo esplendor, a las que solo les quedaban los recuerdos y los muebles viejos. LE: ¿Recordás tu primer acercamiento a la esfera de lo cultu-

ral, de lo artístico? LA: Recuerdo el cine Mejoral, en la plaza central de San

Martín, donde presentaban películas de Jesús. Al principio el cine me daba terror; que hubiera gente detrás de una manta mostrándote otros mundos era algo que no podía concebir ni relacionar con nada. La primera 10

película que vi en un cine de verdad, en una sala oscura, fue La noche de las narices frías. Pasados unos 20 minutos, comencé a dar gritos: eso de que la bruja se fuera a comer a los perritos me pareció espantoso. Luego, mi mamá probó a enviarme otra vez, la cinta era La noche de un día difícil de Los Beatles. Lo mismo, unos cuates 1 extraños, con pelo largo, como venidos de otro mundo, también me tuvieron que sacar. Luego en primero primaria, y ya de regreso en La Antigua, mi mamá me llevó a ver De aquí a la eternidad, y fue algo así como una revelación. La vi en la tele casi 20 años después, y aún me queda la duda de cómo a un niño de cinco o seis años pudo fascinarle una película de temas más bien escabrosos. A partir de ahí, y desde esa corta edad, no hubo para mí mayor placer que mantenerme sentado dentro de una sala oscura. En La Antigua, en aquella gloriosa época, podías ver alrededor de unas 300 películas al año, cada día proyectaban una o dos diferentes, que bien podían ser gringas, italianas, mexicanas, cine contemporáneo, cine clásico, era como un repaso a la historia reciente del cine.

1. Usualmente en Guatemala se utiliza como camarada, amigo íntimo. En este caso se usa como sinónimo de “sujeto”. 11


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LE: ¿Qué sentías al vivir en una ciudad rodeada de ruinas?

LA: No lo veía como algo extraño, se correspondía con las

cesiones. Comencé a cargar 2 como a los dos años, soy cucurucho 3 desde entonces. Para mí era una manera de relacionarme con otros niños, de pasarla bien. Mi familia no era de ir a la iglesia todos los días, ni siquiera a misa los domingos (iban para los 15 años, matrimonios, primeras comuniones), pero yo siempre estudié en colegios religiosos y participé de buena gana en muchos rituales, era parte del ser antigüeño. Supongo que del catolicismo me viene gran parte de mis traumas, es decir, no fue lindo pasar el año 68 encerrado en un colegio religioso.

historias familiares, ésas de un pasado de esplendor. Te daba la sensación de ser un sobreviviente de alguna oscura catástrofe. Por otra parte, estaba la certeza de que el mundo se podía desmoronar de un momento a otro, el miedo a los temblores, a las inundaciones, vivías con la sensación de que todo se te iba a caer de repente en la cabeza.

LE: ¿Eras religioso?, ¿tenías un altar?

LA: Jamás.

LE: ¿Ni en tu primera infancia?

LA: Mi relación con la religión era muy particular y un

tanto caótica. Mi familia era católica, pero de un catolicismo muy pintoresco. Mi tía abuela, la de El Rancho, tenía un montón de santos alrededor de su cama, y había dos cromos que me inquietaban: el del Arcángel Gabriel y el de las Ánimas del Purgatorio. En La Antigua había una relación con el catolicismo, no solo como religión, sino como cultura: la arquitectura de los templos, las pinturas, las imágenes, los decorados, las escenografías de las velaciones, las pro12

LE: ¿Dónde estudiabas?

LA: La primaria, en el Constancio C. Vigil. Era un cole-

gio mixto, en una época en que los colegios mixtos eran algo extraño. Para mí fue importante, aprendí a convivir con hombres y mujeres por parejo. Era un colegio muy particular, a los hombres nos enseñaban a coser, lo que por supuesto nos condenaba al 2. Durante la celebración de Semana Santa hombres y mujeres caminan en procesión cargando las imágenes que veneran. 3. Se llama así a los hombres que cargan en Semana Santa porque usan un sombrero de forma cónica con una tela exterior que cubre la cara y el cuello, y que desciende hasta los hombros, dejando solo un par de orificios para los ojos. Forma parte de las vestimentas de las cofradías en Semana Santa. 13


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escarnio público. Hubo otras cosas que me marcaron, por ejemplo, siendo profundamente conservador, era a la vez un colegio antimilitarista, que se oponía a que marcháramos el 15 de septiembre 4 como los soldados.

LE: ¿Tenías acceso a libros, a la música?

LA: Mi familia, sin llegar a ser intelectual, tenía muchos libros

en casa y en el colegio la lectura era muy importante. Leíamos los clásicos españoles en voz alta, por supuesto, cosas para nuestra edad, esto te iba afinando el oído y construyendo un lenguaje más elaborado, un lenguaje capaz de producir otros mundos, otras formas de decir, un universo de interpretaciones para las palabras. Como las rimas de la lotería. LE: ¿Te acordás del momento en que descifraste por primera

vez las palabras? LA: “Yo amo a mi mamá, mi mamá me ama”. Yo me la pasé

muy bien, me gustaba todo aquello, era una sensación de que estabas empezando a descifrar el mundo, acercándote a cosas que tenías vedadas. LE: ¿Y la música?, alguna vez dijiste que el rock and roll te

salvó la vida. 4. Se conmemora en Guatemala el día de la Independencia. 14

LA: Cómo mínimo me salvo del tedio y del aburrimiento.

El rock le dio dirección a un malestar que sentía desde niño. Me hizo darme cuenta de que ese malestar no solamente lo sentía yo, sino que había otra gente que sentía lo mismo, y que además lo podía expresar de una forma que en esa época me parecía maravillosa. Ese malestar podía ser parte de tu fuerza, ésa es una enseñanza del rock. En La Antigua era muy importante, por el mismo encierro, sentir que pertenecías a algo más amplio y en el rock también está la cuestión de la fuga, de la huida.

LE: ¿Políticamente, cómo era esa época?

LA: Era un país donde el peso que había sobre la libertad era

horroroso, donde expresar lo que sentías te podía meter en situaciones muy delicadas. El hecho de vestirte de determinada manera, de dejarte el pelo largo, aunque es una estupidez, te enfrentaba a algo muy jodido, al orden inamovible de las cosas. Durante veintitantos años viví en un país en perenne estado de excepción: nací cuatro años después de la caída de Árbenz y de la llegada de Castillo Armas, los liberacionistas y el anticomunismo. Viví en San Martín —un lugar que para el 54 fue uno de los bastiones de la extrema derecha—, donde las tensiones entre la mayoría indígena y la minoría ladina eran muy fuertes. De niño no tenía mucha conciencia de eso, pero lo intuía. 15


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Luego, vino toda la experiencia de la primera guerrilla guatemalteca, algo de lo que me enteré por las pláticas familiares, pero no estaba muy claro, porque se hablaba en voz baja. Yo tenía siete años cuando murió Turcios Lima y, aunque en ese momento no tenía idea de quién era, las fotos de portada en la prensa me quedaron grabadas en la cabeza. Por alguna razón, yo siempre les tuve un terror inmenso a los policías y a los militares, era la imagen de un poder muy oscuro. Me aterrorizaba que alguien tuviera el poder de decidir sobre tu vida, me daba la sensación de estar en una situación de debilidad frente a un orden de las cosas que me ahogaba. Todo eso me hizo refugiarme, desde muy niño, en una serie de quimeras.

LE: ¿En cuáles?

LA: La música, el cine, en una necesidad de canalizar todo

tragedia, mi infancia fue normal, pero tenía la sensación de estar peleando solo contra un orden de las cosas que me sobrepasaba.

LE: Pero eso fortalecía tu posición de no pertenecer a nada.

LA: El rock, el cine, la cultura en fin, se vuelve una fuerza

desde la que se desprende una actitud que más allá de integrarme, me desintegra totalmente de todo. De los 15 años en adelante se volvió una actitud retadora, de querer reivindicar esa marginalidad, de querer imponer ese orgullo un poco dandi, de no pertenecer al rebaño, pero en el fondo yo era alguien medio perdido que no se ubicaba en nada, que buscaba una ruta para llegar a hacer algo importante, algo que me justificara.

ese disgusto, toda esa rebeldía, a través de algo. Vivía una situación familiar que era todo menos fácil, mi mamá y mi papá siempre habían vivido separados. Yo tenía una relación directa, estrecha, con mi padre, pero eran dos mundos divididos, y el hecho de no venir de una familia convencional, en un pueblo como La Antigua, te marca. La situación de ser un hijo ilegítimo, como se decía en aquellos tiempos tan políticamente incorrectos, te hace vivir al margen, aunque no lo quieras. Tampoco era una 16

LE: Hubo algún amigo que fuera importante para com-

prender ciertas cosas.

LA: Roberto Pérez, desaparecido en el 81. Tuvimos una

amistad muy intensa, nos gustaban los mismos libros, la misma música, me sentía acompañado. Es mi primera gran amistad intelectual, compartíamos pensamientos, preocupaciones, preguntas, la misma fascinación por la música, por el cine. Es un tema muy doloroso para mí.

LE: ¿Nunca se supo qué fue de él? 17


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LA: Nunca, él no tenía una militancia política que lo hubiera

podido llevar a la desaparición, tan corriente en aquellos años. Fue de esta gente que de repente se vio envuelta en esa avalancha de desesperación y muerte, sin saber muy bien por qué estaba ahí. La historia es muy complicada. Desde antes de su desaparición habíamos tomado rumbos diferentes. Mi rechazo a la droga viene de eso, él se metió muy profundo en esas cuestiones, y era una aventura en la que yo no lo podía seguir.

LE: ¿Empezaban a consumir drogas muy jóvenes?

LA: Se fumaba mucha marihuana, se tomaban muchas anfe-

mucho más amplia, que hay otros espacios, otros lugares donde podés vivir de una manera más plena, más acorde a tus deseos, y eso es importante.

LE: ¿Alguna vez te sentiste atraído por lo decadente?

LA: No sé, siempre hubo una seducción por la decadencia,

una decadencia elegante, como de dandi, no necesariamente alguien metiéndose piedra en un cuarto de un hotel miserable. A mí me deprimía, y me deprime, la gente drogada. Me jodió que tantos amigos, gente que yo quería mucho, se hundieran en toda esa mierda. Además, está la sensación de impotencia, de que alguien se está cayendo en el abismo y que vos no sos lo suficientemente ágil o fuerte para rescatarlo. Era gente con la que yo había compartido experiencias muy intensas, todos estos deseos de cambio, de vidas diferentes, de sociedades más libres. De repente mirabas que todo se desmoronaba, que chocaba frente a una realidad bastante cruda. Todo ese desencanto lo sentí muy pronto, a los 15 años, pero también fue parte de la formación de mi carácter, me ayudó a tomar una posición desde la que empezaron a surgir otras cosas, otros intereses.

taminas. De repente tenés conciencia de que vivís en un mundo jodido. Por supuesto que esa conciencia no era política, lo único que sentías era que lo que te rodeaba te oprimía y te condenaba a las soluciones desesperadas. Una de ellas era la droga, que lleva implícito un rollo muy depresivo, de mantenerse anestesiado frente a una realidad que no comprendés, que cada vez se vuelve más oscura. LE: Tu relación con el arte ¿no era un poco también aneste-

siarte de la realidad que te rodeaba?

LE: ¿Cómo llegó a vos la literatura?

LA: No necesariamente. El cine, la música, la lectura me

abrieron hacia otras cosas, a comprender que la vida es 18

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LA: Debo de reconocer que, a pesar de todo, eso se lo debo

a los hermanos de La Salle, que me hicieron descubrir ciertas lecturas siendo muy joven. Tuve un profesor que fue determinante, el hermano Gerino, que me dio literatura en 4º Magisterio. Yo no tenía una atracción especial por la materia, pero este tipo me descubrió un universo, algo que yo sentí que podía llegar a cambiarme la vida. A él le apasionaban los clásicos, el Siglo de Oro español, la novela rusa del siglo xix. Te hacía recitar en clase a Manrique, a los griegos... Era casi un anciano, pero había en él un optimismo infinito que te contagiaba, tenía una gran devoción por la cultura y el mundo de las ideas, lo que es casi insólito en un religioso. Influyó mucho en mí y siempre le voy a agradecer que me descubriera el teatro.

LE: ¿Estudiaste Magisterio?

LA: Era como continuar una tradición familiar: mi mamá y

mis abuelas eran maestras. El Magisterio no era una carrera para gente con ambiciones, pero para mí era optar por otra vía, pensaba que era una carrera con un sentido social mucho más fuerte. Ahí comencé a relacionarme con ciertas realidades latinoamericanas, con ciertos autores y ciertas pedagogías que llamábamos de cambio, de avanzada. Luego, ocurrió el terremoto del 76 y empezaron a surgir ante nuestros ojos todas las contradicciones sociales que la dictadura militar había querido escondernos. 20

LE: ¿Cómo te afectó el terremoto?

LA: Toda la labor social que empezamos a hacer desde el co-

legio fue fundamental para mí: ir a trabajar a las comunidades, comprender que el problema no era solamente la destrucción causada por un fenómeno natural, sino la pobreza. Luego me involucré en las misiones estudiantiles que fueron a alfabetizar a las comunidades del Quiché y tomé contacto con problemas más concretos. Comprendí que las cosas no iban a cambiar con solo enseñar a leer a la gente. Salir de la rutina de niño privilegiado me cambió todo el casete, me llevó a interesarme por lo que pasaba en Guatemala. A partir de ahí tuve una radicalización política muy inclinada hacia la izquierda, así como la necesidad de leer todo lo que no había leído hasta entonces.

LE: ¿El mundo indígena del Quiché te recordaba al de San

Martín?

LA: Las condiciones sociales no eran las mismas. El Quiché

era como un viaje a otro mundo, pero la vivencia de San Martín me ayudó a no sentirme extranjero, a sentir que podía y que debía involucrarme. Mi experiencia con la gente fue muy real, muy acogedora.

LE: ¿Cómo concebías el mundo indígena en esa época? 21


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LA: Posiblemente no conocía los códigos, pero tampoco

LE: Eso de alguna manera te obligaba a tomar partido...

LA: Sabías que si querías cambiar las cosas tenías que tomar

veía ese mundo como algo extraño, separado de mí. Por supuesto, había una idealización romántica, heredada del post-hippismo, pero, ya viviendo la cotidianidad, involucrándome de cerca en las historias de la gente, comprendí que aquello no tenía ni mierda de ese pintoresquismo pendejo y medio mariguano. Lo que veías era suciedad, miseria, atraso, enfermedad, una injusticia que te golpeaba, que te producía una rabia terrible. Comprendí que ese peso sobre la libertad, esa asfixia que sentía desde niño, era algo que se extendía a un nivel más amplio, resultado de una historia criminal, de una sociedad podrida y enferma.

una posición, ir hacia una aventura colectiva, hacia un cambio radical. Que las reivindicaciones de ciertas posiciones políticas, si querés de la izquierda extrema, de la guerrilla, tenían un fundamento, y que si ibas a estar al lado de alguien era del lado de los jodidos, no de los criminales. LE: ¿En ese momento no existía todavía en la izquierda esa

desilusión que se extendió después?

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LA: La izquierda, la revolución, todavía era algo posible,

una aventura en la que te podías implicar. Es más, te sentías obligado a implicarte. Si ibas a estudiar era para cambiar el orden de las cosas, para cambiar la realidad y cambiar la vida, como decía Rimbaud. Todo ese deseo de algo diferente de los primeros años de adolescencia empezó a tener sentido, a tener un contenido político, un contenido menos egoísta, menos individual. A los 16 o 17 años se definió en mí un pensamiento, una actitud frente a la vida, una posición política determinada, se definieron mis batallas personales. Mi disgusto ya no tenía únicamente una dimensión personal, sino que me sentía incluido en un malestar colectivo. Me di cuenta de que había tenido una educación privilegiada con respecto a otros estratos sociales y que eso implicaba una responsabilidad que no era precisamente llenarme de plata.

LE: ¿Esto era un sentimiento generacional?

LA: No sé, es algo muy complejo de responder. Dentro del

medio del que yo provenía, una clase media más o menos acomodada, la generación del setenta era profundamente reaccionaria. Esa glorificación del dinero como valor único, ese espíritu de rechazo total hacia los cambios sociales, esa ceguera, ese acomodamiento al orden establecido, esa mezquindad individualista, esa apolo23


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gía de la estupidez no es algo que surgiera en los ochenta o en los noventa, sino que tiene su origen en los años setenta. La contracultura era cuestión de cuatro o cinco pendejos que andábamos por ahí perdidos. Ahora bien, cuando llegué a la Universidad de San Carlos (usac), en el 78, encontré un deseo real por querer implicarse en un cambio. Por más que con los años pueda criticar ciertas posiciones dogmáticas y erráticas de la izquierda estudiantil, en el fondo encontré una entrega sincera a una causa que en ese momento consideraba noble.

LE: Me da la impresión de que con el teatro te uniste a una

causa común y empezaste a conocer la colectividad.

LA: Hay muchas cosas que se conjugan en ese momento.

Para mí, descubrir el teatro fue, además, descubrir la literatura y la escritura. Yo era una persona a la que la aventura colectiva lo seducía mucho. El hecho de haber sido un niño sobreprotegido en una ciudad, digamos, encerrada, me daba cierta fascinación por la calle, por la pandilla. En esos años, en el teatro, aún existía ese sentido de la colectividad.

LE: ¿Y sentías que podías implicarte en la guerrilla o no era

lo tuyo? LA: Todo eso tenía un halo heroico y de sacrificio que fran-

camente no era lo mío. Yo no sirvo ni para héroe ni para mártir, para eso se necesita un sentido del deber y de la disciplina que yo no poseo. Además, me horrorizan las armas. Yo escribía, hacía teatro, mi asunto era más bien la agitación cultural. A partir de eso, pensaba que podías abrir los ojos a la gente, hacerla pensar en otras cosas, hacer un juicio crítico de la sociedad que te rodeaba. Viví a fondo, eso sí, el entusiasmo político de esos años y sus implicaciones. Si tenías ciertas preocupaciones no podías pasar sin tocar la política, era algo que te envolvía. Te sentías implicado en un proceso de cambio, fuera lo que quisiera decir eso. 24

LE: ¿Qué tipo de obras montaban?

LA: La primera aventura teatral en la que yo me impli-

qué fue el montaje de un entremés de Cervantes, con Gerino, el profesor del que te hablé. A partir de ahí comencé a tener un interés por descubrir qué era todo aquello. Luego vino otro profesor de literatura, otro religioso, el hermano Carlos Laínez, alguien que me abrió los ojos hacia muchas cosas, me descubrió a Camus y a Sartre, me introdujo al existencialismo francés. Con él organizamos un grupo de teatro más estructurado y empezamos a montar obras contemporáneas, sobre todo teatro del absurdo. Nos implicamos en eso muy a fondo. Luego vino el terremoto. Cuando pasó lo más

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crítico, nos dijimos que la gente en las comunidades no solo necesitaba que les descombraran las casas, necesitaba comprender qué había pasado en realidad, así que nos pusimos a trabajar en un teatro más ligado a lo social. Ése fue el inicio de todo un despertar político, haciendo teatro y trabajando en las comunidades.

tado muy rápido con la otra cara de la utopía, una cara que se parecía demasiado al horror, y que estaba ligada a la muerte, a la tortura, a vivir en un país espantoso, un país que me desechaba, que me empujaba al exilio. Eso no tenía nada de fascinante.

LE: Y así te nació la conciencia...

LA: Me surgió otra visión de las cosas, del país donde vivía

LE: ¿Pero sí pensabas que en Guatemala las cosas podían

cambiar?

y un deseo de descubrir a la gente otro tipo de posibilidades en sus vidas. Todo esto, en un principio, ligado a grupos muy cercanos al catolicismo, a la Teología de la Liberación. En ese tiempo se llamaba apostolado social, la iglesia tenía que tener una opción por los pobres.

LA: ¿Por qué diablos creés que yo me impliqué en todo eso?

No fue por idiota. Por supuesto que creía, quería creer. Si yo no hubiera creído que las cosas podían cambiar, que se podía construir un país más amable, oxigenante, acogedor, justo, ¡puta, me hubiera pegado un tiro! Si vos decís: “Esta mierda no va a cambiar, va a seguir siendo horrorosa” es como sentirte atrapado en uno de los nueve círculos del infierno.

LE: Suena muy utópico, ¿cuándo te vino el desencanto?

LA: Eso del desencanto es un cliché de los noventa.

LE: ¿Volverías al teatro?

LE: Es que no te veo pensando que el teatro puede cambiar

LA: Creo que el teatro, como lo concebí en ese momento, ya

la realidad de un país. LA: Te puede sorprender, pero yo he cambiado muy poco

desde esa época, es decir, mi disgusto frente a la realidad guatemalteca sigue siendo el mismo. Lo que vos llamás desencanto posiblemente provenga de haberme confron26

no existe. Los grupos teatrales de hoy en día no necesariamente andan buscando cómo cambiar la realidad o cómo cambiar la vida. Yo no me veo haciendo teatro ahora, aunque me gustaría que hubiera un movimiento teatral importante.

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Creo que el teatro cumple ciertas funciones sociales que otro tipo de arte no cumple, creo que es una aventura en la que vale la pena involucrarse. Yo anduve en eso más o menos diez años. En ese momento creí que era lo mío, que podía hacer cosas importantes. Hice teatro experimental, independiente, marginal, alternativo, como quieras llamarlo. Mis dioses titulares eran Chéjov, Meyerhold, Brecht, Ionesco, Beckett, Adamov, Gombrowicz. En París estudié en la universidad, con discípulos de Jerzy Grotowski, Tadeusz Kantor, Julien Beck, que proponían un teatro con contenido, pero además con una investigación rigurosa de la forma, de la propuesta estética. Todo eso se fue al carajo con esa avalancha de banalización que se nos vino encima en los noventas, con la llegada de la cultura del entretenimiento y del espectáculo. Yo no me veo haciendo de payaso para complacer y divertir a la gente.

Álvarez, Francisco Toralla), gente bastante seria, que te obligaba a involucrarte, no solo en el proceso de conocimiento, sino en algo más amplio que te obligaba a tener un pensamiento crítico frente a lo que te rodeaba. Cuando yo llegué, eso era un hervidero de agitación política. Desde el 76 el movimiento estudiantil había tenido un repunte en las secundarias y en la universidad, en el 77 habían asesinado a Robin García, a Leonel Caballeros, gente que tenía mi edad. Eso significó un resurgimiento importante de las luchas estudiantiles, que llegaron a tomar una fuerza inusitada.

LE: Y entraste a la carrera de Periodismo...

LA: Yo siempre había querido ser periodista. Escribir sobre

teatro, cine, música. Pensaba que por medio del periodismo cultural podía dar una visión alternativa de las cosas. Aunque te rías, yo aún tenía la idea de que podías cambiar el mundo a base de canciones, poesía, obras de teatro...

LE: Pero, volviendo al compromiso político, imagino que tu

entrada a la Universidad de San Carlos de Guatemala fue determinante.

LE: ¿Y ahora no pensás eso?

LA: Digamos que las canciones no pudieron acallar o dete-

LA: Yo entré en la San Carlos en el 78 y la universidad más

bien me reafirmó ciertas convicciones, me dio herramientas teóricas. Era una universidad muy diferente a la que conocemos hoy. Yo todavía tuve la suerte de estudiar con maestros inteligentes, algunos brillantes (Elizabeth 28

ner las balas, y si lo pensara en este momento sería un imbécil, o vos me considerarías como tal. Creo que la literatura y las artes pueden hacer un mundo más vivible, 29


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y eso ya es mucho, pero entonces creía que todo coincidía. Para mí, no había mucha diferencia entre el mundo del teatro, de la música, de la literatura, y el mundo de la agitación política. Todo era parte del mismo combate, como dirían los franceses. Por supuesto, el mundo ya no es lo que era en ese momento, han pasado demasiadas cosas que me han obligado a replantearme todo desde un sentido crítico. Ha sido un proceso muy doloroso, pero a pesar de todo, pienso que el arte, la música, el teatro, la literatura tienen aún un sentido en el mundo. Posiblemente no lo transformen, pero sí pueden llegar a transformar algunas conciencias.

LE: Yo te veo muy crítico con la realidad, con todo, desen-

LA: Yo siempre he mantenido una distancia frente a todo

tipo de acontecimientos. Desde pequeño fui descreído, tal vez para balancear cierta ingenuidad pueblerina que descubría en mi carácter, que me molestaba, que se revertía en mi contra, que me llevaba a desbordarme. Por otra parte, cuando crecés inmerso en una educación religiosa y dirigida al dogma, generas anticuerpos. Yo no salí de un dogma para irme a meter a otro. Toda mi crisis viene del rechazo a lo dogmático, a la solemnidad, a la fe de carbonero.

crítico? LA: ¿Desencanto?, ¿de qué, por ejemplo?

LE: ¿Y ese espíritu contestatario y ese sentido del humor te

vienen desde niño?

LE: Volvemos al desencanto, ¿ves?, ¿de ahí te vendrá lo de

muchas causas al fracaso. No te puedo decir que estoy desencantado de la doctrina marxista, pues yo en mi puta vida fui doctrinario. Así como jamás creí que la Santísima Virgen y el Sagrado Corazón de Jesús podían salvar a Guatemala de la ignominia. Mira, hay dos cosas que a mí me hicieron superar ciertas crisis personales muy jodidas: el sentido crítico y el sentido del humor, ambos te obligan siempre replantearte, a poner en duda todo tipo de certezas.

cantado, pues... LA: Ser crítico no es necesariamente estar desencantado.

No creo que para ser “positivo” te tengás que apuntar a todo tipo de causas desde una perspectiva acrítica, ciega, fanática. Creo que la falta de un sentido crítico llevó a 30

LE: Supongo que esa posición te pudo haber creado proble-

mas en un mundo que miraba todo en blanco y negro.

31


luis aceituno conversa con luca escobar

LA: El pensamiento crítico, en sociedades como la nuestra,

siempre ha sido considerado como un pensamiento disidente. Esa ebullición, esa crudeza con que se daban los acontecimientos, te llevaba al fanatismo, a posiciones radicales. Yo tenía un rechazo visceral hacia el fanatismo y el dogma, que generalmente te orillan a la inconsciencia. Puedo comprenderlo en aquellos años, porque se vivía inmerso en una realidad muy dura y se necesitaba de ese fanatismo por pura cuestión de supervivencia, pero, en el fondo, yo no lo podía aceptar, no podía involucrarme en eso.

LE: ¿Y la ironía cuando te nació?

LA: La ironía te la vas ganando, por supuesto, había una pre-

disposición de origen. Mi madre, mis abuelas, eran muy ingeniosas con el lenguaje, a su manera tenían una visión muy crítica de la realidad revestida de un humor negro, casi brutal. Además, yo saqué mucho del carácter de mi padre, una persona, a primera vista, muy callada, reservada, con una seriedad que podía llegar a intimidarte, pero con un sentido del humor a ratos delicioso. Yo descubrí —tarde, como a los 15 años— que mi padre era un gran contador de historias y que era muy divertido contándolas. Durante algunos años almorzamos religiosamente todos los sábados y, más que sentirme obligado, eran encuentros muy relajados que yo disfrutaba mucho. 32

LE: ¿Cuándo empezaste a escribir realmente?

LA: Mi historia en el periodismo, y este dato me lo acaba

de recordar Gerardo Ríos, un amigo de la secundaria, comenzó en el 77, a partir de una revista de sensibilidad rockera que sacábamos en el colegio y que se llamaba La Moxca. Es una de las razones por las que fui a parar a la Escuela de Periodismo. Luego empecé a escribir, como todo el mundo, unos poemas de verdad horrorosos. En el fondo, era una persona que no podía adaptarse del todo a su medio, que se sentía en desventaja, sin mayor atractivo para poder seducir a través de lo físico. Y, por supuesto, parás o en los billares, como decía Tito Monterroso, o escribiendo poemas lastimosos sin ningún valor literario. ¿Qué podía escribir un antigüeño de 14 años con escasas referencias sobre las cosas? Hay un poeta que fue muy importante para mí, y no tengo ningún empacho en reconocerlo en esta época en que está de moda negar toda influencia que provenga de la poesía política o romántica. Es Ernesto Cardenal, a quien yo le debo mucho. Yo no era un iletrado, pero tampoco tenía una formación literaria fuerte, no estaba muy enterado de lo que pasaba en el mundo en ese sentido. La poesía que te hacían leer en ese entonces no me decía mayor cosa. Un poeta como Cardenal fue una revelación para mí, por él me llegó la poesía moderna, 33


luis aceituno conversa con luca escobar

toda la tradición de la poesía estadounidense. Eso ocurrió al mismo tiempo que me hicieron descubrir el Siglo de Oro y, de repente, empezaron a sonarme cosas que yo en mi puta vida creí que me iban a sonar. Algo que te hace clic en el oído, en el estómago, en el cerebro. Para mí, la poesía estaba muy relacionada con esa cultura municipal, tipo juegos florales, toda esa grandilocuencia, todo ese lenguaje rimbombante, pomposo, que a mí me sonaba retórico, vacío. Antes del Magisterio mis profesores de literatura no eran lo que se puede llamar unas lumbreras, era gente que se ganaba la vida dando clases, pero que no manejaba muchas referencias más allá de los programas de estudio. Todos ellos tenían tendencia a esas babosadas rimbombantes, medio cursilonas, medio apalabradas. Era un lenguaje que a mí, que venía del rock y que, por lo tanto, tenía una sensibilidad más bien auditiva, me sonaba completamente desfasado. Descubrir a Cardenal fue como que la modernidad de pronto me empezara a dar bofetadas, es decir, había otra clase de poesía que podía expresar una sensibilidad diferente. Yo empecé a escribir por él. “Si este señor puede expresar las cosas así —me decía—, por qué yo no puedo expresarlas de la misma manera”. Además, tomé conciencia de que mis problemas de expresión desaparecían con la poesía, podía decir cosas que no podía expresar de una manera normal. 34

Jean Paul Sartre decía que él había empezado a escribir porque era tan feo como un sapo. A los 13 o 14 años yo me sentía tan feo como un sapo, solo los idiotas no se sienten tan feos como un sapo, pero descubrí que también era posible seducir por medio de las palabras. Cuando leí las memorias de Casanova, me di cuenta que los dos habíamos empezado a escribir por las mismas razones, por esa necesidad de seducir, de conquistar mujeres, de mostrar un lado tuyo que no podías mostrar de otra manera. Luego vino lo del Quiché, que también me obligó a escribir sobre ciertas cosas, sobre todo para comprenderlas yo mismo. Una vez nos quedamos con el grupo de teatro sin nada para montar, y yo dije “pues voy a escribir algo”, y comencé a escribir pequeñas piezas de teatro que eran unas cosas enredadísimas, un plagio total de lo que me gustaba en ese momento, mucho Camus, mucho Ionesco, mucho Tennessee Williams, mucho Beckett, un refrito de todas mis lecturas, de todas mis tempranas influencias. A partir de ahí empecé a caminar con los Cuerpos Sin Lugar.

LE: ¿Esto era un movimiento cultural, una generación?

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luis aceituno conversa con luca escobar

LA: Éramos un grupo de cuates, la mayoría antigüeños, a

quienes nos interesaba la literatura, el teatro, el cine y pasarnos las tardes y las noches tomando café y platicando de cualquier cosa. Hacíamos un poco de agitación cultural y política, teníamos un programa de radio donde pasábamos mucho rock y hablábamos de lo que nos interesaba, queríamos tener una presencia más allá de lo que las revistas marginales nos ofrecían. Entonces juntamos una serie de materiales, escribimos un manifiesto de presentación, pues en ese momento todo grupo que se respetara tenía que tener un manifiesto, y lo llevamos a las oficinas del diario El Imparcial, que tenía esta página literaria fundada por Cesar Brañas. La sorpresa fue que a la semana estaba todo publicado e íntegro. Ángel Ramírez, que era el editor de la página luego de la muerte de Brañas, comenzó a mirarnos con mucha simpatía y ofreció darnos la página entera todos los jueves, cabían como seis o siete materiales. Ahí andábamos Adolfo Méndez Vides, Silvia y Rodolfo Arévalo, que son hermanos; más tarde se unió Mariel Schlesinger, que escribía poesía; un cuate que acaba de morir, al que le tuve mucho afecto, Ángel Gaitán, que hacía teatro; Vinicio Álvarez, que luego se convirtió al alpinismo y fue conocido como el ‘Quetzal’; Arturo Monterroso, que Adolfo y yo conocimos en la San Carlos; Gustavo Rosales que ahora es un médico bastante respetado en Estados 36

Unidos; Julio Castellán, también médico, que vive ahora en Nueva York, un amigo entrañable con el que salí para Francia.

LE: ¿Y eran solo ustedes o era más bien un ambiente cultural

que se respiraba?

LA: De repente habían empezado a surgir cosas por todos

lados: cuentistas, poetas, críticos, ensayistas interesantes. Estaba la gente del primer Rin 78: Dante Liano, Franz Galich, Víctor Muñoz, Lucrecia Méndez de Penedo... Estaban los de la revista Qué pasa calabaza, en donde Roberto Peña escribía unas excelentes críticas de teatro y donde también colaboraba Moisés Barrios. Estaba la gente del grupo La Galera, Marco Antonio Flores, que acababa de publicar Los compañeros, y editaba un suplemento cultural donde escribía Mario Roberto Morales. Estaba todo lo que hacían Enrique Noriega, Luis Eduardo Rivera, Ana María Rodas. Todos ellos eran mayores que nosotros, pero participábamos plenamente de su actitud de contestación. Había un clima interesante, no era un movimiento, pero te daba la sensación de que estaban pasando cosas. De toda la experiencia de la página de El Imparcial, de Cuerpos Sin Lugar, salieron dos libros que todavía me siguen gustando mucho: Escritores famosos y otros desgraciados, de Méndez Vides, que resume muy bien el espíritu de la época, y La puerta del cielo, que es mi primer libro de cuentos. 37


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LE: ¿Qué pensás ahora de ese primer libro?

LA: Es una obra más bien mala, con errores e ingenuidades

que nosotros escribíamos. Posiblemente no eran más de diez, pero eso nos hacía sentir acompañados. La crítica académica nos vio con benevolencia. Albizúres Palma nos incluyó generosamente en su Diccionario de autores guatemaltecos. Además, nos ganamos el desprecio de gente como Mario Alberto Carrera, que en ese entonces era como ganarte un título honorífico. Yo escribía un poco a ciegas, no me lo tomaba muy en serio, es decir, no creía que lo que yo escribiera pudiera tener algún efecto. Para nosotros escribir esas cosas, que podían parecer muy extrañas, era un acto que se conjugaba mucho con la política, con una actitud ante la vida. Con ese libro tomé conciencia de que yo podía implicarme en muchos otros asuntos pero que, en esencia, lo que quería era escribir y que iba a defender esa libertad ante todo. Era una de las pocas certezas que tenía en mi vida, en todo lo demás, la confusión era total.

de principiante, pero, en el fondo, como te dije, me sigue gustando. Reivindicaba un espíritu contestatario y desenfadado, con mucha voluntad de búsqueda en el lenguaje y un afán de desdramatización, de sacar la literatura nacional de su sentido de culpa, de un tonito que te sonaba a sesión de psicoanálisis. Por muy pobre que hubiera sido mi experiencia vital hasta ese momento, yo sentía que había algo que se podía contar. La puerta del cielo, por supuesto, no es un libro que vaya a pasar a la historia de la literatura, pero me cae bien el tipo que lo escribió, lo hizo con mucha sinceridad, a pesar de sus torpezas y, además, se salva por el sentido del humor. Es una especie de homenaje a un escritor que en ese tiempo era muy poco conocido en Guatemala, pero que me fascinaba, Boris Vian. Es un libro donde yo aprendí a narrar, a transmitir cosas, a contar historias y que me permitió conocer a gente muy importante en mi vida y en mi formación.

LE: ¿Y cómo los recibió la crítica literaria?

LA: Tuvimos suerte de encontrar buenos lectores, lectores

LE: ¿Seguís pensando así?

LA: Sí, yo escribo porque es lo que he querido hacer toda

mi vida y es la única causa que estoy dispuesto a defender. Si lo que escribo tiene algún efecto, pues bienvenido sea, pero en el fondo it’s only rock and roll, y a veces me gusta.

que de una u otra manera empezaron a sintonizar con lo 38

39


luis aceituno conversa con luca escobar

LE: ¿Tuviste alguna vez cargo de conciencia por haber deci-

LA: La religión católica era culpabilizadora por naturaleza

y, a ratos, el discurso de la izquierda no se diferenciaba mucho del de la Iglesia. Yo creo que todos los discursos sectarios, de una u otra manera, llevan a una especie de puritanismo. Yo estoy de acuerdo, es más lo he defendido durante buena parte de mi vida, con que ciertas posiciones políticas, religiosas o vitales te exigen ante todo una ética personal, pero ni a la izquierda ni a la Iglesia Católica les interesaba la ética, sino la pureza. Los hombres (y las mujeres, por supuesto) tenían que ser puros, incorruptibles, devotos de la doctrina, estar dispuestos al sacrificio para salvar a las masas del pecado o del capitalismo, y nada más alejado de la condición humana.

LA: Lo tuve por mucho tiempo, estas situaciones de shock

siempre te llevan a una crisis de culpa. El hecho de haberte salvado de la muerte, de la tortura, del exterminio, te hace sentir muy mal, te destruye. Empezás a cargar con los muertos. Por otra parte, dentro de la cultura de la izquierda siempre hubo una manipulación de la culpa. Te culpabilizaban por tu origen, tenías que redimirte de tu condición de pequeñoburgués y el solo hecho de saber expresarte de manera correcta te hacía uno de ellos. Estabas determinado de nacimiento a pertenecer a los opresores, ya que no provenías de la clase obrera o del campesinado, o no eras indígena. Escribir, por supuesto, se consideraba un pecado pequeñoburgués. En fin, era una serie de manipulaciones que te empujaban al sacrificio, a la inmolación, es decir, a sacrificar lo que vos eras en realidad. Yo crecí en un ambiente religioso, en una ciudad donde el catolicismo era muy fuerte, así que conocía la historia.

dido escribir y no ser un mártir de la guerra?

Para mí, acercarme a la izquierda era una trasgresión a mi educación religiosa, pero si me iba a encontrar con lo mismo, pues tenía que tomar distancia por pura ética personal y fidelidad a mis principios, por enredados que fueran. Fuimos una generación, y aquí sí creo que el concepto es correcto, pues nos afectó a todos parejo, que vivió con una gran opresión sobre la libertad individual y colectiva, sobre la libertad corporal y la libertad de pensamiento.

LE: Tal como lo planteás, entrar a la izquierda era casi como

convertirte a una religión...

LE: Ahora pasemos a tus diez años en París ¿Cómo comen-

zó ese autoexilio? 40

41


luis aceituno conversa con luca escobar

LA: Yo salí a Europa a principio de los años ochenta, estuve

ahí aproximadamente una década. Era una de las épocas más negras de la historia de este país, el terrorismo de Estado se aplicaba en su máxima expresión. El 81 fue un año oscuro, macabro, donde los muertos amanecían tirados en las banquetas. Podían ser tus familiares, tus vecinos, tu mejor amigo. La política de exterminio se aplicaba a un nivel masivo y la represión se extendía sobre toda la población para crear un clima de terror, un estado de shock y de psicosis, o así lo vivía yo, porque, según me he enterado, también podías amanecer parrandeando en las discotecas, bebiendo tragos de colores, aunque el molesto estallido de las bombas y las sirenas de las radiopatrullas interrumpiera a ratos la música. Todas las tentativas culturales que se habían abierto a mediados de los setenta se apagaban. La gente, la que no bailaba disco music, se escondía, salía de Guatemala, muchos de ellos desaparecieron en esa larga noche del terror. En fin, no era el mejor país para vivir.

de las letras desaparecieron y fueron víctimas de muerte o de tortura. A mí se me cerraban una serie de puertas, empezando por las de la universidad, el solo hecho de ir a clases ponía en peligro tu vida. Yo hacía periodismo, teatro, escribía, y eso me ponía en una situación difícil. Entrabas a un túnel negro donde no veías una salida, y la única forma de salvar el pellejo era salir huyendo.

LE ¿Por qué París?, tenías todavía el halo mágico del exilio

latinoamericano.

LA: Yo no quería vivir en Guatemala y escogí Francia por-

que ahí tenía amigos que podían ayudarme. Por otra parte, París era el paso obligado si querías ser escritor, si querías tener una experiencia vital relacionada con la literatura, con las artes, todo esto alimentado por el mito de los escritores del boom y de la imagen del artista expatriado del siglo xx. París era el lugar donde se refugiaban todos los parias, y yo me consideraba uno de ellos.

LE: ¿Tuviste alguna amenaza o pasaste algún peligro que te

obligara a irte?

LE: ¿Cómo era París en esos años?, ¿todavía tenía el encanto

de épocas anteriores? LA: Sin estar implicado en la subversión, o en los movimien-

tos políticos armados, de una u otra manera, me movía en un ambiente de la cultura que empezó a ser tocado por la represión. Artistas, intelectuales, gente de teatro o 42

LA: Llegué a París cuando una serie de mitos empezaban a

desvanecerse. Pero había aún cosas muy atractivas, muy seductoras, para un guatemalteco de veintitantos años. 43


luis aceituno conversa con luca escobar

Llegué a una ciudad donde estaba pasando todo y donde podías gozar de una independencia que no conocías, que te envolvía. François Mitterrand acababa de ser elegido como presidente y era un momento en que la sociedad francesa tenía aún una gran esperanza en el futuro. La llegada de los socialistas al poder era la culminación de todo aquello que había ocurrido políticamente luego de mayo del 68. Me atrevo a decir que en ninguna otra ciudad del mundo, salvo, tal vez, en Madrid, hubo tanta libertad como la que existió en París durante buena parte de los años ochenta. Por el otro lado, era el inicio de la administración de Reagan, la vuelta al conservadurismo más negro, a la fuerza bruta como opción política, al fanatismo de las iglesias fundamentalistas... frente a eso, París seguía siendo un espacio posible para las utopías, lo que a pesar de la condición de apátrida, de exiliado, te daba un lugar para estar en el mundo. En un momento en el que tenés la sensación de que lo perdiste todo, país, familia, amigos, en el que tu historia personal se quiebra, el hecho de encontrar una ciudad donde podés situarte y reconstruirte es algo que se agradece. Era una ciudad que te ofrecía una serie de vivencias muy intensas en el campo del conocimiento, de la experiencia vital, de la cultura, sentías que podías inyectarte de una fuerza enorme. También te planteaba un reto para salir de la 44

inercia que, en lo personal, me ofrecía la posibilidad de vivir todo aquello que habría querido vivir en los años anteriores.

LE: ¿Y supongo que aprovechaste para llenar todas tus la-

gunas?

LA: El viaje, el desplazamiento, el hecho de hundirte en

una serie de experiencias vitales e intelectuales, de llegar a una ciudad en donde hay una cultura de la discusión, donde podés encontrarte con gente de todos los lugares posibles en el mundo, en donde la experiencia cultural es una cosa cotidiana que te encontrás en la calle, eso, en los primeros años, me deslumbró.

LE: El mundo de la cultura, el mundo de las ideas ¿era algo

accesible?

LA: Pienso que en ninguna otra ciudad, en esos años,

hubo un acceso tan democrático a la cultura. Económicamente mi situación era muy precaria, pero siempre encontré la manera de estar ahí, donde estaban pasando las cosas. Por otra parte, no era un país como Guatemala, que veía en la juventud una amenaza, era un país que trataba bien al sector joven, que lo protegía, que le proporcionaba un clima para oxigenarse, que le ofrecía oportunidades para que se 45


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cultivara. Yo me recorrí Europa sin un centavo en la bolsa y vi todo el teatro, todo el cine, leí todos los libros y escuché toda la música que me fue posible.

LE: ¿Cómo te sentías durante esos años?

LA: La condición de exiliado tampoco era fácil. No era la

LE: ¿Te dedicaste por entero a la escritura? 46

LA: Estudié, leí, vagué todo el tiempo que las actividades de

subsistencia me lo permitían. París era un espacio ideal para la divagación y la escritura, en Guatemala siempre había cosas más urgentes que resolver. Llegar a un lugar donde podía alimentar mi oficio era algo inédito en mi vida, pero tampoco podés olvidar tus orígenes, y eso me llevó a una serie de conflictos y a la responsabilidad, sobre todo ética, de asumir un compromiso para que las cosas cambiaran en Guatemala. Eso sí, yo estaba muy consciente de que desde donde yo podía aportar era desde la escritura. Yo no soy político, ni guerrillero, y el poder me importa un comino. Además, yo siempre mantuve una posición crítica frente al proceso de lucha armada en Guatemala. No creía que las cosas iban a cambiar solo por la fuerza de las armas, y eso, que ahora resulta hasta lógico, me llevaba a ciertos enfrentamientos con la gente comprometida en ese proceso.

época del exilio dorado, cuando al desterrado lo revestía un aura heroica. Fuimos una generación que fue a limpiar escaleras y a hacer todos los trabajos de mierda que podían hacerse. Fui albañil, carpintero, redactor de noticias internacionales, velador de noche, guardián de un condominio. Por otro lado, el hecho de haber dejado un país en estado de guerra, te da el sentimiento de que sos una especie de tránsfuga que abandona el barco cuando está hundiéndose, te crea conflictos personales, culpas, angustias que te paralizan. Te sentís culpable, sobre todo, de estar vivo, viniendo de una generación exterminada, frustrada, quebrada en el momento mismo en que estaba surgiendo a la vida. Ésa es una serie de cuestiones que te anulan como persona. Me salvó la escritura, en aquellos años pensé que lo único correcto y honesto que podía hacer era escribir.

LE: ¿No eran muy bien vistos ese tipo de pensamientos?

LA: Por supuesto que no, pero esa posición crítica frente a la lucha armada era importante, porque se convirtió —y de esto se ha hablado muy poco — en una resistencia

contra el dogmatismo y contra la visión cada vez más estrecha de la izquierda guatemalteca. Creó un espíritu de contestación dentro de esa misma izquierda, porque vos no estabas con el enemigo, ni eras un provocador 47


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o un agente de la cia ni toda esa serie de estupideces de las que se te acusaba cuando no estabas dispuesto a seguir ciegamente los lineamientos que definía la “organización”, esa especie de poder omnipresente y oculto como en las películas de 007. Defendías, y eso era todo, tu independencia y libertad de criterio, la libertad de disentir. Para mí, y esto me convertía en sospechoso, lo más importante no eran las grandes causas, sino los seres humanos, y éstos son seres complejos que no responden de manera automática a una doctrina.

LE: ¿A qué te referís con marginalidad?

LE: ¿Son cuestiones de las que te diste cuenta solo estando

LA: A defender y a vivir con ciertas posiciones que choca-

afuera? LA: En Guatemala las cosas eran definitivas: o estabas con

unos o estabas con otros. El hecho de tomar distancia me dio la libertad de ejercer un criterio dentro de una posición y de una sensibilidad de izquierda, de darme cuenta de que había gente que tenía una posición similar a la mía, y de que existía la posibilidad de discusión, de diálogo; algo que en Guatemala se cerraba, al igual que en México o Nicaragua, que era donde se encontraban las bases más importantes del exilio político. Ahí la militancia de izquierda te encuadraba dentro de posiciones de una gran rigidez, la discusión se daba muy poco o era imposible.

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LE: ¿Cuándo comenzaste a pensar en la posibilidad de volver

a Guatemala?

LA: Cuando sentí que la experiencia se había agotado. Vivir

desde la marginalidad te da mucho, pero lo que te da en diez años, si persistís, te lo puede quitar en pocos meses. En otras palabras: la mierda es una excelente escuela, a condición de que no te quedés ahí mucho rato.

ban con lo establecido. La marginalidad era vivir lo más lejos posible de los mitos y fantasías de una clase media de la que yo provenía. Yo reivindicaba ciertas posiciones y actitudes frente a la vida, que no te llevaban a la estabilidad económica y al éxito, es decir, a todo lo que te ofrecen los manuales de superación y autoayuda, esa especie de catecismos del capitalismo postindustrial. Eran los años ochenta, el éxito, la riqueza y el conservadurismo empezaban a convertirse en los nuevos valores de funcionamiento social. Yo no me reconocía ahí. Implicarme a fondo en aventuras, como la escritura, no era una cosa rentable, ni yo lo miraba en esos términos. No me interesaba ser escritor para figurar o hacer fortuna, para convertirme en rico y famoso, es más, eso era algo que yo despreciaba, y desprecio hasta 49


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la fecha. Ahora eso es cada vez más normal, más lógico, ahora ya no se quiere ser escritor, sino tener una carrera literaria. Ahora la literatura ya no pertenece al dominio de las grandes empresas humanas, sino al mundo del entretenimiento.

LE: ¿Qué te dejaron los años de París, los años del exilio?

LA: Son diez años definitivos en mi formación, en mi vida.

Es una década que me da todo lo que me permite ser más adelante: desde ganarme la vida, hasta el hecho de proponer ciertas líneas de acción y de pensamiento. Míralo como una especie de retiro en el Himalaya, una oportunidad de tener un tiempo de reconstrucción, de hilvanar muchas cosas que estaban dispersas, que subsistían de forma muy intuitiva, muy desordenada. Paradójicamente, es el desorden vital en el que me hundo en esos años lo que me permite ordenar cosas en mi vida. Me plantea dos cuestiones que no por básicas dejan de ser importantes: ¿Qué es lo que quiero ser? y ¿qué es lo que no quiero ser? Eso venía acompañado de la convicción de que vale la pena dar un poco de batalla por aquello que vos querés ser. Eso te empieza a reconciliar con vos mismo, te reconforta. Por supuesto, no es algo que fui adquiriendo de una manera metódica, fueron cosas que salieron del desorden, del desasosiego, de ese estar a contracorriente siempre. 50

LE: ¿Cómo te afectó estar lejos de la familia?

LA: El exilio fue para mí la experiencia del desclasamiento

total, no era absolutamente nada, no pertenecía a nada, ni a un país ni a ningún estrato social. Era como estar viviendo dentro de Trópico de Cáncer, de Henri Miller: pobre, anónimo, apátrida. Eso, al principio, puede llegar a provocarte una angustia profunda, pero luego te da la sensación de una gran libertad. Sos vos frente a vos mismo. No hay impostura ni apariencia ni representación.

LE: ¿Te reconciliaste con Guatemala en París?

LA: Lo único valioso que permanecía en Guatemala era mi

familia, algunos amigos, algunos recuerdos. En todo lo demás me parecía un país espantoso, violento, patán, criminal, un país del que me había expulsado a patadas. Al principio no es fácil reconciliarse con todo eso. Luego llegás a extrañar paisajes, personas, momentos, pero un país es una condición, una realidad que va más allá de la cuestión geográfica o de los afectos. Yo sigo sintiendo que éste es un país que te expulsa, que se revierte contra vos o, por lo menos, que no quiere nada que ver con vos. Si lo consideramos así, no es amable. Es un país que te niega, que te oprime, un fardo de plomo sobre tu libertad individual, donde vivís determinado por todo: por tu clase social, por tu edad, por tu generación, por 51


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el colegio donde estudiaste, por el sitio donde vivís o no vivís, y todo eso te va empobreciendo existencialmente, te orilla a vivir en guetos, a aferrarte a dogmas, a un pensamiento estrecho, cerrado. No es un país que te abra, que te ayude a respirar.

LE: Pero algo hizo que te decidieras a regresar...

LA: El exilio me enseñó que, a pesar de todo, soy un guate-

malteco, es decir, no puedo ser francés, chino o escandinavo; también te enseña a no mirar esa determinación de ser guatemalteco como una fatalidad. Regresé porque, en ese momento, tenía la necesidad de enfrentarme conmigo mismo, con mis fantasmas, mis miedos, mis obsesiones. Un día me desperté y me di cuenta de que todo se había ido al carajo. Posiblemente fue una sensación que se desprendió de la caída del Muro de Berlín, aunque yo nunca fui un entusiasta de la Unión Soviética. Me parecía un territorio gris y macabro, y el muro, una aberración, una muestra de la estupidez y del gran absurdo universal. Sin embargo, de manera simbólica, esa caída se llevó por delante muchas utopías por las que habíamos echado a perder los mejores años de nuestra vida. Cuando se te cae la idea de que todos los seres humanos pueden llegar a ser iguales, es horroroso, es aceptar una historia de dominación, de autoritarismo, de injusticia. Ese derrumbe conllevaba una serie de 52

derrumbes internos, la sensación de que todo por lo que has peleado en tu vida no tiene sentido alguno.

LE: ¿Te arrepentís de algo?

LA: Creo que si nosotros, es decir, la gente con la que com-

partíamos este tipo de preocupaciones, hubiéramos sido más firmes en nuestras convicciones no hubiéramos dejado el espacio tan libre a esa mediocridad que se fue adueñando de todo. Hay un momento en que sentís un desprecio profundo por lo terrenal —conseguir un trabajo, hacer una carrera, tener un mínimo de estabilidad material—, como si estuvieras por encima de todo eso, y no es tan así. Uno, de una u otra manera, está inmerso en eso, la realidad, el día a día, te exige estarlo. El mundo no caminó para donde nosotros queríamos, sino todo lo contrario, pero tampoco veo eso desde el fracaso. Ante las mismas circunstancias, yo volvería a responder de la misma forma.

LE: ¿Creés que las cosas han cambiado algo en Guatemala?

LA: Este país tiene una capacidad de regresión sorprenden-

te. Aquí no hemos superado del todo los años setenta. Cada vez veo las cosas más polarizadas, más dadas al fanatismo, más irracionales. A veces, leés ciertas opiniones en la prensa y creés que no has salido de esas épocas 53


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oscuras. Aquí se acabó formalmente la guerra, pero ha continuado en otro tipo de espacios, sobre todo ideológicos. El pensamiento rector de este país sigue viviendo en la Guerra Fría, sigue viendo el mundo desde esa lógica. El pensamiento crítico sigue siendo un pensamiento disidente y, por lo tanto, molesto, algo que hay que sofocar. Si realmente hubiera dependido de lo justo de nuestras causas, las cosas hubieran sido diferentes, pero no lo son. Tampoco te vas a poner a llorar por eso, pero tenés que ser consciente de lo que pasa. Si a eso le llamamos un pensamiento negativo o desencantado, pues yo lo prefiero a esa posición acrítica y poco histórica de que si pensás en positivo las cosas van a cambiar como por arte de magia. Eso está bien para la gente que se mueve, qué sé yo, en el mundo del mercadeo, pero para los ciudadanos es un pensamiento fatal.

posmodernos, que consideran estas manifestaciones tan poco fashion, tan costumbristas, tan del gusto del pueblo, pero ya que insistís, te lo explico. Cuando yo regresé a Guatemala, en los años noventa, esto era un páramo cultural, un cementerio. Toda experiencia colectiva estaba sofocada, por no decir muerta. Yo, por pura cuestión de principios, no me iba a inscribir en un partido político o en un sindicato, y el fútbol nunca ha sido mi asunto. Lo único que había sobrevivido a la guerra eran ciertas manifestaciones de la cultura popular, entre ellas las procesiones. Cargar fue la manera más digna, menos cínica y macabra, que encontré para reintegrarme a una comunidad, de reconciliarme con mi pasado, con mi ciudad, con La Antigua. Lo hizo Luis Buñuel cuando regresó a Calanda, luego de muchos años de exilio, se fue a tocar un tambor detrás de las procesiones.

LE: A muchas personas les sorprende enterarse de que en

Semana Santa cargás en la procesión del Viernes Santo en La Antigua Guatemala. Explícame un poco eso. LA: Lo de cucurucho... A mí, no hay nada que me cause más

placer que llevarle la contraria a los papanatas. Por mucho tiempo lo hice por joder a mis amigos comunistas, tan ateos ellos, tan científicos, tan materialistas dialécticos. Últimamente también me ha dado por joder a los 54

LE: ¿Así que estás orgulloso de ser antigüeño?

LA: Ser antigüeño es algo complejo. Vivís con un pie en el si-

glo xix y otro en el siglo xxi. Eso puede ser nefasto, pero por otro lado te da un espíritu atormentado, a lo Pepe Batres Montúfar. Te da ese desasosiego de donde sale la buena literatura, una visión aguda de lo que te rodea. Yo soy completamente antigüeño y miro el mundo casi 55


siempre desde una perspectiva atormentada, que se va compensando con un sentido del humor, la mayoría de las veces muy negro. A pesar de esa gran determinación religiosa, el antigüeño es alguien que ve el mundo desde el descreimiento, que aprendió a ver las cosas desde el otro lado, desde la marginalidad. Durante varios siglos, La Antigua fue una ciudad marginada del desarrollo, llamémoslo, nacional, una ciudad que subsistió entre ruinas, encerrada entre cerros. Sus habitantes se vieron obligados a crear su propio universo, su propio humor, su propio funcionamiento social, y eso humanamente fue muy rico.

LE: ¿Crees en Dios?

LA: Alguna vez le hicieron la misma pregunta a Eugène

Ionesco. Te respondo con sus palabras: “Dios está muerto, Marx está muerto y, últimamente, yo tampoco me he sentido muy bien”.

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LUIS ACEITUNO

Es escritor y periodista. Licenciado en Periodismo por la Universidad de San Carlos de Guatemala. Tiene estudios de teatro y cinematografía en la Universidad de París viii y un diplomado en escritura creativa por la Escuela de la Sociedad General de Autores de México. Mantuvo una columna de crítica cinematográfica en la primera época de Magazine Veintiuno, revista cultural del diario Siglo Veintiuno, para la cual además realizó entrevistas y reportajes de profundidad y fue editor de las páginas culturales. Desde 1996 es editor de la sección cultural diaria de El Periódico de Guatemala y del suplemento cultural dominical El Acordeón. Es catedrático en las universidades de San Carlos de Guatemala, Rafael Landívar y Francisco Marroquín. De 2004 a principios de 2008 dirigió el cine club Nervio Óptico Gran Reserva del Centro Cultural de España. Actualmente, está a cargo del Taller permanente de apreciación cinematográfica en la misma institución. 59


LUCÍA ESCOBAR

Nació en Guatemala, tres meses antes del terremoto que devastó el país en 1976. Estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad Rafael Landívar y casi al mismo tiempo comenzó a escribir para periódicos nacionales. De eso hace ya 12 años. Confiesa que la experiencia de trabajar en la sección cultural de El Periódico, con Luis Aceituno como jefe, enriqueció su cultura general y su sentido crítico. Desde hace seis años, cada miércoles, puede leerse su columna de opinión, Lucha Libre, en ese rotativo. Los martes publica El Quetzalteco. Fue fundadora del capítulo Guatemala de la Red Andi América Latina, con La Nana, la agencia de noticias a favor de la niñez y adolescencia. Ha recibido algunos reconocimientos por su labor periodística, como la Beca Avina a la investigación periodística en el año 2006–2007, por el tema de justicia maya en Guatemala. Desde hace ocho años escribe y es parte del consejo editorial de la revista feminista La Cuerda. También ha publicado en medios escritos de Brasil, Argentina, Colombia y Estados Unidos. Es cofundadora y editora de Ati, la revista del lago, organizadora de los Festivalitos de Panajachel, y cuenta con algunos cuentos y poemas publicados en diversos medios. 60


Carmen Díez Orejas Embajadora

COLECCIÓN PENSAMIENTO II

Diego Nuño Consejero Cultural

rodolfo abularach conversa con marivi vliz

Francisco Sancho Coordinador OTC CENTRO CULTURAL DE ESPAÑA GUATEMALA Jorge Castrillón Castán Dirección Matxalen Díez Laura Luja Maya Lemus Chloé Bourret Ángela Costas Gestión Cultural Margarita Pérez Cruz Evelyn Sete Sandra Solares Biblioteca Pedro Raxón Contabilidad Eric García Gladis Hernández Mainor Monterroso Asistencia Técnica

luis aceituno conversa con luca escobar emma chirix conversa con ana cofio edgar esquit conversa con teresa laines jess garca ruiz conversa con ral de la horra guzmn bckler conversa con perdomo orellana amlcar pop conversa con irma alicia velsquez gustavo porras conversa con dina fernndez isabel ruiz conversa con anabella acevedo

edelberto torres-rivas conversa con marcela gereda


Colección Pensamiento II consta de diez volúmenes. El tiraje es de 1,000 copias por cada volumen. En la elaboración de este libro se utilizaron las fuentes Minion y News Gothic. Impreso en los talleres de PrintStudio.

Este libro es un proyecto editorial del Centro Cultural de España en Guatemala, entidad que asume todos los gastos de edición, publicación y distribución. Se enmarca dentro de la Estrategia de Cultura y Desarrollo de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo, y por ello es absolutamente gratuito. Queda, por tanto, prohibida su venta. Se autoriza la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, conocido o por conocer, comprendidas la reprografía y el tratamiento informático, siempre y cuando se cite adecuadamente la fuente y los titulares del copyright.

Profile for Juan Díaz

Luis Aceituno conversa con Lucía Escobar  

Fascículo de la Obra: Colección Pensamiento II. Serie de entrevistas entre intelectuales guatemaltecos. En éste fascículo el Escritor, Luis...

Luis Aceituno conversa con Lucía Escobar  

Fascículo de la Obra: Colección Pensamiento II. Serie de entrevistas entre intelectuales guatemaltecos. En éste fascículo el Escritor, Luis...

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