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J.C. Cambranes

Jacobo Arbenz Guzm谩n: Por la Patria y la Revoluci贸n en Guatemala, 1951-1954

Guatemala, 2011


J.C. Cambranes

Jacobo Arbenz Guzm谩n: Por la Patria y la Revoluci贸n en Guatemala, 1951-1954

Guatemala, 2011


Primera edición, 2011 Comisión Presidencial Coordinadora de la Política del Ejecutivo en materia de Derechos Humanos (COPREDEH) MSc. Dora Ruth del Valle Cóbar Presidenta de COPREDEH Carlos Oswaldo Morales Callejas Director Ejecutivo de COPREDEH José Antonio Montúfar Chinchilla Subdirector Ejecutivo de COPREDEH 2a. Ave. 10-50 zona 9, Ciudad de Guatemala, Guatemala, C.A. Tels. (PBX) (502) 2360-7272, 2334-0115 y 2334-0116 FAX (502) 2334-0119 E-mail: copredeh@copredeh.gob.gt sitio web: www.copredeh.gob.gt ISBN: 978-9929-8119-3-5

Reservados todos los derechos. De conformidad con la ley se prohíbe la reproducción parcial o total de esta obra en cualquier tipo de soporte, sea éste mecánico, fotocopiado o electrónico, sin la respectiva autorización del editor.


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De Julio César, ese personaje histórico tan extraordinario, se han escrito frases tan elogiosas y acertadas, que merecen ser grabadas en una lápida: “Fue un personaje fascinante.” “Fue una figura irrepetible.” “Con sus discursos comenzó a abrirse camino.” “Era la política lo que le seducía. Política por ambición, nos dicen. Sin duda, pero también para hacer cosas.” “Era inteligente y seductor. Le amaban las mujeres.” “Era amigo del pueblo.” “Trató de introducir humanidad y justicia.” “Luchó incansablemente.” “Intentó liberar al pueblo de las imposiciones de una aristocracia de la tierra que cerraba los caminos a las leyes agrarias.” “Su amor al pueblo, su sincero reformismo lo demuestra su legislación agraria.” “Con criterios políticos perdonaba y castigaba, seguía o sacrificaba sus sentimientos.” “Tuvo amigos fieles y también se creó enemigos irreconciliables.” “Sufrió traiciones.” “Fue un hombre que hubo de aceptar los juegos dobles que se llevaban.” “Fue asesinado por aquellos a quienes había perdonado.” “Este hombre contradictorio y genial, humano, amado y odiado, superior, de intenciones a favor del pueblo…aunque sujeto a inevitables compromisos, a veces, ¿qué planeaba para el futuro?

Sin temor a equivocarme, puedo asegurar que estas frases son aplicables también a Juan Jacobo Árbenz Guzmán.


INDICE

Presentación........................................................................................

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Prólogo...............................................................................................

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PRIMERA PARTE: LAS RAÍCES DE JACOBO ÁRBENZ........................ 11 Capítulo I: Origen paterno............................................................... 11 Capítulo II: Nacimiento y niñez....................................................... 19 Capítulo III: Adolescencia y juventud.............................................. 37 SEGUNDA PARTE: LAS RAÍCES DE NUESTRO PRESENTE................ 47 Capítulo I: El nacimiento de Jacobo Árbenz a la vida militar: el Caballero Cadete 497................................................................... 47 Capítulo II: El nacimiento de Jacobo Árbenz a la vida política......... 71 TERCERA PARTE: LAS RAÍCES DEL ARBENCISMO........................... 75 Capítulo I: Jacobo Árbenz y Simón Bolívar....................................... 75 Capítulo II: Jacobo Árbenz y Kemal Atatürk..................................... 81 Capítulo III: Jacobo y María............................................................. 87 CUARTA PARTE: LAS RAÍCES DE LA REVOLUCIÓN DE 1944.......... 97 Capítulo I: La crisis del orden establecido........................................ 97 Capítulo II: La caída de los sátrapas................................................. 113 Capítulo III: La Revolución de 1944................................................ 131 Capítulo IV: El Presidente Revolucionario Jacobo Árbenz Guzmán.153 Capítulo V: Por la Patria y la Revolución.......................................... 161 ANEXO: Tiene la palabra Jacobo Árbenz............................................. 185 Entrevista exclusiva para Bohemia BIBLIOGRAFÍA DE REFERENCIA.......................................................193


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PRESENTACIÓN

El libro que presentamos en esta oportunidad es parte de un trabajo más amplio realizado por el historiador guatemalteco, Doctor en Historia, Julio Castellanos Cambranes, quien hace años se dedica al estudio y la investigación sobre el período revolucionario 1944-1954. Dentro del Acuerdo de Solución Amistosa firmado entre el Estado Guatemalteco y la familia del expresidente Árbenz, se encuentra la publicación de esta biografía, de manera que permita a los guatemaltecos y guatemaltecas conocer quién fue Jacobo Árbenz Guzmán, como hombre, como padre y esposo, como ciudadano, como presidente. Para ello se contó con la anuencia de la familia del expresidente para que el trabajo biográfico que estaba realizando el Dr. Castellanos Cambranes fuera publicado como parte de este Acuerdo. Queda con ustedes una manifestación más del reconocimiento y dignificación del expresidente Árbenz Guzmán, en el entendido que estos esfuerzos contribuyen a construir la memoria histórica de nuestro país y nos ayudan a entender la historia, lo que se constituye en un elemento de nuestra identidad. Guatemala, octubre 2011.


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PRÓLOGO Observando detenidamente el rostro apacible de Jacobo Árbenz en una conocida fotografía donde aparece en calidad de Presidente de Guatemala, puede adivinarse que detrás de unos rasgos que muestran a un hombre de penetrantes ojos y de inconfundible carácter adusto, se encuentra una persona reflexiva e inquietante, de un fuerte temperamento, comprometido con la revolución política, económica y social reclamada por el campesinado e impulsada por él en su período administrativo. Por aquí debemos comenzar al referirnos a nuestro biografiado. Virtudes y defectos personales aparte, ese semblante serio y melancólico también nos revela un personaje fascinante, capaz de ser abierto y afable, con gran sentido del humor. La mencionada foto, que es la que más se conoce de él, lo presenta con un impecable traje oscuro a la medida, pudiéndose apreciar debajo del saco parte de la bandera presidencial de Guatemala, con el bello quetzal, el ave nacional, estampado en medio del escudo de armas, encima de los colores patrios azul-blanco-azul. Jacobo Arbenz Guzmán se impuso la difícil meta de sacar adelante una revolución social y económica en el medio rural guatemalteco, llegando ésta a adquirir tal fuerza vital, que, por una parte, fue atacada con alevosía y saña por el sector oligárquico; y, por la otra, se escapó al control de la burocracia reformista que inicialmente apoyaba al Presidente. Su labor fue meritoria y debe verse como tal. La historia de Jacobo Árbenz y la Revolución de 1944-1954 es terrible y conmovedora, por lo que sobre ella se han escrito ya trabajos interesantes por unos autores, que han sido ampliados por otros. Por esto es importante presentar y someter a severa crítica las diversas visiones que se tienen de la Revolución de Octubre del período 1944-54 y el papel que jugaron los personajes que intervinieron en el hecho histórico; decir qué carácter tuvo el proceso, quiénes fueron sus verdaderos protagonistas y porqué actuaron como lo hicieron. Con ello no sólo nos aproximaremos a nuestra propia visión del fenómeno y proceso histórico, sino también al principal hombre de acción y organizador del contexto revolucionario, Jacobo Árbenz, procurando crear nuevos trazos firmes por otro sendero. No es mi propósito mencionar en este Prólogo, las abundantes obras y a los diversos autores que han contribuido con sus esfuerzos e investigaciones al conocimiento de la Revolución de Octubre


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de 1944-54, ni tampoco comentar sus diversas interpretaciones sobre el mencionado hecho histórico. Basta ahora con decir que la Revolución del 44-54 es la relación particular que une nuestro pasado próximo con el presente, para hacernos actuar de manera revolucionaria de cara a nuestro futuro. Dos acontecimientos, entrelazados a manera de nudo gordiano, marcaron a los guatemaltecos del siglo XX y nos siguen marcando en la primera década del siglo XXI: el derrocamiento de la dictadura de Jorge Ubico, en junio de 1944, por el pueblo de Guatemala; y la renuncia forzada del Presidente Constitucional Juan Jacobo Árbenz Guzmán, en julio de 1954, a causa de la traición de militares fascistas y su apoyo incondicional al golpe de Estado organizado por el gobierno de los EE.UU. por intermedio de la CIA. Han pasado ya 67 años desde la caída del dictador Jorge Ubico y del inicio de la llamada “Primavera Democrática” de Guatemala, y el problema de la revolución guatemalteca es más actual que nunca debido a que literalmente la gente en nuestro país se está muriendo de hambre por las imperantes desigualdad e injusticia social. Este hecho por sí mismo justifica tratar el tema de Árbenz y la revolución cuantas veces sea necesario. La historia muerta hace 57 años debe recuperar la vida ahora que Guatemala vive aturdida por su pasado, indignada por su presente y turbada por su futuro. Se me ha ocurrido escribir otro libro sobre Jacobo Árbenz y la Revolución, porque he deseado saber, en base a mis propias investigaciones y análisis interpretativos, qué fue realmente lo que se dio en llamar la Revolución del 44, y cuáles fueron las causas objetivas y subjetivas, para que se haya producido dicho fenómeno histórico. Ante todo, siempre tuve la curiosidad de averiguar por mí mismo quién fue realmente ese personaje cuyo nombre se menciona hoy en día con una mezcla de nostalgia por no pocos, e ignorancia por la inmensa mayoría de los guatemaltecos: Jacobo Árbenz. Tuve el honor de conocerlo personalmente en La Habana, a fines de 1962, siendo yo un hombre joven, y celebré con él ese fin de año y la llegada del Año Nuevo en su casa del barrio Miramar, brindando todos los presentes a las 12 de la Noche Vieja por un futuro mejor para nuestra patria. Fue la última vez que lo vi con vida, ya que nunca volvió a pisar el suelo de su amada Guatemala. Escribir este libro dedicado a su memoria política lo considero un verdadero privilegio. La divisa de su Gobierno fue “Por la Patria y la Revolución”. Dos palabras que lo dicen todo.


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PRIMERA PARTE: LAS RAÍCES DE JACOBO ÁRBENZ Capítulo I: Origen paterno

Al examinar los actos y los acontecimientos del período inmediatamente anterior o durante la presidencia de Jacobo Árbenz, por falta de precisión de informaciones históricas de archivo, no me referiré a enigmas sin respuesta hasta el día de hoy. Una de ellas es la controversial participación de Árbenz, voluntaria o no, en el asesinato del coronel Francisco Javier Arana, ocurrido lamentablemente durante la presidencia de Juan José Arévalo, siendo él su ministro de la Defensa. Intentaré, eso sí, aclarar hechos y problemas que no han sido silenciados, sino que han permanecido en la sombra, así como precisar conocidos asuntos políticos conflictivos, como su firme oposición al imperialismo norteamericano; o su ambivalente posición y divergencias con la dirección del Partido Guatemalteco del Trabajo. Tiene carácter de urgencia relatar nuestra historia contemporánea de una manera nueva, veraz, para poder comprender los recientes acontecimientos políticos, sociales, económicos y hasta religiosos, que mantienen en convulsión permanente a nuestra patria. Ante todo, respecto a la figura de Jacobo Árbenz Guzmán, es necesario decir que no existió solo uno, sino que diversos Jacobos, que aparecen en el escenario de esta biografía, según su edad y las circunstancias en que se desarrolla su existencia. Es por esto que daré mi punto de vista sobre el curso de su vida como Presidente, por medio de un relato lo más objetivo posible de lo acontecido. En primer lugar haré un breve resumen sobre los ascendientes directos de Jacobo Árbenz, no sólo para conocerlos sino también para comprender las condiciones y factores que pudieron determinar su temperamento, carácter, gran sabiduría de la vida campesina y su correspondiente pensamiento político, comúnmente ignorados, omitidos o tergiversados.


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Para los Árbenz de todas las épocas nacidos en Suiza, el pasado no está petrificado; tiene más importancia que el presente que a menudo se despilfarra, y que el porvenir que está por crearse. Sin haber sido aristócratas, los Árbenz tienen clara conciencia del significado de linaje, de clan. Y esto es así, porque la sociedad suiza es una sociedad tradicional. A diferencia de Europa, de donde provino la mayoría de los emigrantes que, a partir de la segunda mitad del siglo XIX, salidos de la nada, llegaron a Guatemala masivamente, en América Central existía la posibilidad de encontrar un nuevo país donde se pudiera ampliar el horizonte de la vida con sólo invertir las energías que tenía el cuerpo, explotar al prójimo sin límites y sin pagar impuestos. Se ha dicho que el hecho de la emigración constituye una de las más difíciles pruebas en la vida de un hombre. Se piensa en la inmensa soledad que rodea al inmigrante fuera de su país, pero en Guatemala el inmigrante europeo recién arribado nunca estaría solo, al contrario; en la neocolonia alemana que se estaba organizando, se conocería a otros inmigrantes, igualmente aventureros nacidos en la pobreza, se formaría una familia si se era soltero, se harían nuevas amistades entre los nacionales, y, con el tiempo, se adquiriría la anhelada respetabilidad social y política desconocidas para la mayoría de ellos en sus países de origen. Al leerse el libro Genealogía de la Familia Árbenz pueden conocerse, a partir de fines del siglo XVI, diez líneas de antepasados directos de Juan Jacobo Árbenz Guzmán. Si hemos de decir algunas palabras sobre ellos, podría mencionarse que todos, con excepción del padre de Juan Jacobo Árbenz Guzmán, nacieron y fallecieron en Andelfingen, una pequeña ciudad situada en la Suiza alemana. Los Árbenz nunca pertenecieron a ningún linaje distinguido de nobleza. En el Libro de Familia puede verse que no fue gente de abolengo aunque entre las diversas líneas genealógicas del tronco común, que datan desde fines del siglo XVI hasta la década de 1980, pueden verse artesanos, comerciantes, banqueros, profesionales, militares, síndicos y hasta parlamentarios. Si se examina la genealogía de la rama que conduce a Jacobo Árbenz Guzmán, a partir de fines del siglo XVI, se notará que fue una característica familiar el ponerle los mismos nombres a las diversas generaciones, aunque en el apellido de la familia se dieron algunos cambios (Arbentz, Arbänz, Arbens), hasta quedar firme el apellido Árbenz, que a partir del siglo XVII fue transmitido de generación en generación.


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Los Árbenz que nos interesa conocer practicaron diversos oficios en las sucesivas generaciones. Ninguno de ellos ocupó cargos burocráticos importantes. Sin embargo, se distinguieron por su apego y dedicación a una profesión que ejercieron tradicionalmente en su poblado: casi todos fueron taberneros. Esto hace pensar que durante varias generaciones heredaron un oficio de padres a hijos que parecía hecho a sus medidas, por lo que aparentemente tenían el mismo destino al nacer; proporcionar alegría a los amantes de la cerveza en sus reuniones después del trabajo cotidiano. La fecha del tronco familiar se retrotrae a fines del siglo XVI. Pantaleón Arbentz (1594-1645), el primero que aparece en el libro genealógico, fue maestro molinero y luego se hizo propietario de una taberna, dedicándose a repartir cerveza a los alegres asiduos de su local. Su hijo, el primer Jacobo que conocemos, cambió la escritura del apellido: se llamó Hans Jakob Arbänz (1624-1668). No cambió de oficio, pues también fue maestro tabernero como su padre, al igual que lo fue su hijo Hans Balthasar (16431699), quien cambió de nombre, pero no dejó de despachar cervezas. El hijo de este último, fue el segundo Jacobo, Hans Jakob (1666-1731), siendo, además de maestro tabernero, respetable juez comunal. Su hijo, Jakob (1699-1771), volvió a ser sólo tabernero, no así su hijo, el cuarto Jakob (1739-1797), quien se convirtió en tendero, ejerciendo alternativamente como jurado oficial y luego fue nombrado teniente del ejército. Sorprende que el hijo del primer militar Árbenz de la historia, el quinto Jakob (1772-1846), no haya aprovechado el tirón hacia una escala social superior que sin duda le dio su padre militar y no haya cambiado de profesión, sino que volviera a ponerse a la cabeza del antiguo negocio familiar de tabernero. Su hijo Salomón (1803-1870), sin embargo, sí cambió de oficio aunque no de categoría social, convirtiéndose en maestro herrero. El sexto Jacobo, Johann Jakob (1846-1911), quien siguiendo el tardío desarrollo textil de su país se hizo fabricante de bordados, fue padre del séptimo Jacobo (1883-1934), y abuelo del octavo Jacobo por línea directa. Me refiero al niño que tuvo los apellidos Árbenz Guzmán, que nació en la ciudad de Quetzaltenango y que, con el correr de los años, sería un día el Presidente más brillante y revolucionario que ha tenido la República de Guatemala. Como la mayoría de sus ascendientes fueron rutinarios taberneros profesionales, en más de 350 años ningún Árbenz en la historia familiar llegó a tener un nivel social y político tan alto como el del Hans o Johann


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Jakob quetzalteco en Guatemala. Sin embargo, en dicho Libro de Familia, debajo del nombre de nuestro expresidente, puede leerse: “Coronel del Ejército de Guatemala, 1944 triunviro de un régimen dictatorial”. Tengo para mí que quien escribió el mencionado Libro de Familia, no tenía conocimiento, ni se tomó la molestia de informarse de las circunstancias históricas en que fue derrocada en Guatemala, en octubre de 1944, la prolongada dictadura militar de los finqueros, ni de quiénes eran las personas que asumieron el poder político, formando un triunvirato en el pequeño país centroamericano. El régimen dictatorial fue el gobierno depuesto. Jacobo Árbenz Guzmán fue el integrante más importante de una junta cívico-militar progresista, precursora de todo un proceso de cambio democrático burgués. Es indispensable referirnos al padre de Jacobo Árbenz Guzmán, dado el significativo papel que desempeñó en su niñez y adolescencia. A fines del siglo XIX, un joven de dieciséis años, llamado Hans Jakob Árbenz Gröbli, de Andelfingen, Suiza, se pone en marcha y emigra a Guatemala, un lejano país en el centro de América, que se había convertido en neocolonia alemana gracias a un dichoso Tratado de Comercio, firmado en 1887 entre Werner von Bergen, el hábil representante diplomático del Imperio Alemán, y Lorenzo Montúfar, el mofletudo negociador del gobierno de Guatemala, historiador liberal y gran experto en ocupar altos cargos oficiales. A raíz de la firma de ese Tratado neocolonialista, por medio del cual se buscaba respaldar jurídicamente la expansión del Imperio alemán a un territorio centroamericano muy cerca de los EE.UU., la gran potencia imperialista por excelencia, miles de alemanes más muertos de hambre que vivos, salían en desbandada de su país en busca de fortuna o simplemente una nueva vida en América, se desparramaron en el territorio guatemalteco y en Chiapas, el vecino sureste de México, una extensa y amplia región todavía en 1821 perteneciente a la Capitanía General de Guatemala, que se había revelado muy apta para el cultivo del café, de gran y creciente demanda en Alemania y el resto de Europa Central. Entre los blancos europeos o norteamericanos más avispados llegados al país, existía una concepción no escrita de obtener un patrimonio básico que les permitiera ejercer el poder de manera dinástica, como si se tratara de un linaje de nobleza adquirida. La regla era enriquecerse de manera rápida, por medio de hábiles negocios que estaban a su alcance o a través de la explotación del trabajo servil de los miserables campesinos


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que caían en su poder. Estos negocios, generalmente turbios, los lograban realizar con la complicidad de los sobornados mestizos que colocaban a su servicio y que hacían el papel de alcahuetes, fungiendo como jefes de la policía local, oficiales de los destacamentos militares o como pequeños y medianos funcionarios públicos. Los extranjeros ocultaban discretamente sus negocios y se cubrían de respetabilidad por medio del comercio de importación y exportación, o moviendo dinero como prestamistas usureros. La mejor garantía del éxito financiero, sin embargo, consistía en invertir dinero en la adquisición de tierras y fincas con “mozos colonos” para trabajarlas y producir café y otros frutos comerciales de exportación, altamente rentables para ellos. Cuando estos antiguos inmigrantes devenidos ricos comerciantes o terratenientes capitalistas no vivían como barones medievales aislados en sus fincas, habitaban cómodamente en la ciudad capital o en las ciudades y pueblos de las provincias cercanas a sus plantaciones. Común para casi todos ellos después de arribar a Guatemala, era aprender rápidamente a enriquecerse, aprovechando las facilidades que les brindaban las autoridades locales para robar y explotar a los indígenas guatemaltecos. Otros blancos ya establecidos en el país, no tardaban en enseñarles que los europeos durante generaciones constituían el sector minoritario, pero poderoso, que ejercía el poder político y económico. A raíz de la invasión española, a principios del siglo XVI, los colonialistas habían llegado a constituir una minoría privilegiada de blancos y mestizos, que vivía del trabajo productivo de la inmensa mayoría de la población campesina. La mayoría de los alemanes arribados como inmigrantes a Guatemala, más pronto que tarde habrían de alcanzar el éxito económico en terreno favorable, gracias a la adquisición de tierras comunales y al trabajo esclavo de la población campesina indígena, había partido de ciudades, pueblos y regiones empobrecidas por las crisis periódicas financieras, que dejaban a miles sin empleo y en la pobreza más absoluta. De acuerdo con una severa costumbre, todos comenzaban desde el escalón más bajo trabajando como empleados de otros alemanes llegados con antelación De acuerdo con una severa y sana costumbre transmitida de generación en generación, todos comenzaban desde el escalón más bajo trabajando como empleados, para más tarde abrirse camino y alcanzar el éxito económico con la explotación de la mano de obra indígena, para más tarde abrirse camino y alcanzar el éxito económico con la explotación de la mano de obra indígena.


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La emigración de suizos a Guatemala no fue masiva como la de los alemanes. Si alguno se atrevía a llegar al país, muy pronto desaparecía del mapa geográfico local sin dejar el menor rastro. Su juventud les llevaba de un lado para otro sin echar raíces en ninguna parte. Los primeros inmigrantes suizos que hemos conocido y de quienes vale la pena decir algunas palabras, son Louis Gröbli y sus dos sobrinos Jakob y Ernst Árbenz Gröbli, que le siguieron los pasos en busca de aventura y fortuna. Louis Gröbli fue requerido como boticario a fines del siglo XIX, por un empresario alemán establecido en Quezaltenango que consideró conveniente que existiera un dispensario de salud privado que se encargara de importar medicamentos alemanes para proveer a la creciente población alemana del Occidente del país. A Gröbli le siguió su sobrino Hans Jakob Árbenz, quien llegó a Quezaltenango a los 16 años, y más adelante su hermano Ernst, diez años menor que él. Ya en territorio americano, cada uno de los hermanos siguió más o menos su suerte y su destino. Mientras que Hans Jakob se estableció en 1899 en la ciudad de Quezaltenango como ayudante de su tío boticario, algunos años después su hermano diez años menor, Ernst, buscó una fuente de riqueza en la región del Soconusco, Chiapas, hacia donde viajó alrededor de 1910. También en ese territorio, vecino a Quetzaltenango y arrebatado por México a Guatemala a mediados del siglo XIX, se estaban erigiendo muchas fincas de café de propiedad alemana y todos los recién llegados se convertían en nuevos buscadores de fortuna. Sin embargo, parece que su estadía en ese lugar no fue un éxito ni mucho menos, pues no tardó mucho en trasladarse a Guatemala. Aquí no laboró en la farmacia sino que procuró poner en práctica su experiencia laboral adquirida en Chiapas, buscándose la vida nuevamente en una finca de café. De él no se sabe que haya tenido un papel sobresaliente en ese nuevo lugar de trabajo. ¿Qué hizo este hombre durante su existencia singular en ese lugar de ninguna parte, además de montar una bella mula con el estilo de un gran finquero, tal y como aparece en una fotografía que se encuentra en el álbum familiar de los Árbenz? Tampoco hay datos sobre si engendró hijos o hijas entre las jóvenes indígenas laborantes en la finca, tal y como solían hacer los jóvenes alemanes empeñados en transmitirles sus genes a las hijas de la tierra que les había dado acogida. Parece ser que se mantuvo soltero, ya que después de varios años regresó a su país solo, estableciéndose en Zürich como comerciante de quesos, en donde falleció en 1938.


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El padre del futuro Presidente de Guatemala, séptimo según la filiación directa de los Jacobo Árbenz suizos, era un espíritu inquieto desde niño, y ya durante su pubertad logró ampliar el horizonte de su propia vida cruzando la frontera de su patria, siguiendo los pasos aventureros de su tío materno que ya residía en Quetzaltenango, una pequeña ciudad geográficamente muy accidentada, pero muy pintoresca cabecera del rico y hermoso departamento del mismo nombre. No se imaginaba que el destino le había designado una misión muy especial, distinta al enriquecimiento personal soñado por todos los emigrados europeos. Lamentablemente para él, su salud, temperamento y carácter no le condujeron a la opulencia en Guatemala, el país exótico de ultramar y de nuevas oportunidades que eligió para probar fortuna. Para triunfar como extranjero en nuestro país, era necesario ser laborioso y tener espíritu empresarial. La honradez no servía para hacer buenos negocios monetarios; es decir, había que saber anteponer el espíritu de lucro para ganarse la vida, no tener ninguna clase de escrúpulos para enriquecerse a costa de la explotación y ruina de otros seres humanos. Sabido es que entre más fincas de café tuvieran en propiedad y más ricos llegaran a ser los “civilizados” y “emprendedores” inmigrantes alemanes, más tierras comunales le habrían robado al campesinado y más desolación y muerte habrían causado. De ahí que el hijo del Jacobo inmigrante no heredara de él dinero contante y sonante, ni bienes territoriales materializados en extensas como valiosas fincas, sino algo menos usual: grandes cualidades humanas.


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Capítulo II: Nacimiento y niñez

Lagunas en información y testimonios documentales impiden reconstruir el cuadro aproximado de los actos y acontecimientos en torno a los suizos establecidos en Quetzaltenango durante el siglo XIX y principios del siglo XX. El caso que nos ocupa, el de Hans Jakob Árbenz Gröbli, es un buen ejemplo de lo que decimos. Lo desconocido de su historial es verdaderamente lamentable, ya que nos impide conocer mejor los determinantes primeros años de la existencia de nuestro biografiado y el curso de su vida antes de conocer a quien sería su esposa el resto de su vida. Su enlace con la madre de Jacobo, Octavia Guzmán, es toda una incógnita histórica. Lo que sí puede advertirse por lo que sabemos de él, de manera fragmentaria, por cierto, nos conduce a pensar que por haber arribado al país siendo aún una persona muy joven, con el correr de los años su vida y milagros, hazaña y proeza individual en el país que le dio acogida, bien pudo haber sido semejante a la de otros jóvenes buscafortuna recién bajados del barco, e impacientes aspirantes por adquirir un patrimonio que les confiriera comodidad y un lugar privilegiado en “la buena sociedad”. Lo que solían hacer los jóvenes colonialistas españoles arribados a América durante su dominación, ligarse bien y casarse con la hija de algún viejo inmigrante enriquecido o su descendiente criollo ávido de darle lustre racial a su ya morena tez, era cosa del pasado. El país en vías de desarrollo capitalista no tenía mucho espacio más para vagos domésticos. Las fantasías de los jóvenes alemanes que llegaban a Guatemala, un país con una población mayoritariamente analfabeta, pasaban por desquitarle el dinero al que había pagado su viaje con fines mercantiles, y esto significaba arremangarse la camisa a más no poder, entrarle al trabajo que se le tenía predestinado y sudar la gota bien gorda, hasta salir de la deuda. Luego, con la experiencia adquirida en la primera etapa mencionada, buscarse la


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suerte por su cuenta. Vivir cómodamente en una ciudad o refundido en lo más profundo de la montaña, vivir a la intemperie mientras se destruía la selva, abriendo brechas para poder penetrarla y tumbando grandes árboles para levantar en su lugar lo que con el tiempo sería una bellísima plantación de café requería no sólo de agallas sino también tener un físico apropiado. Si las fiebres de la malaria no lo mataban como resultado de haberse convertido en alimento de toda clase de bichos chupasangre, su soñado enriquecimiento era cuestión de “suerte”. Esta “suerte” dependía de que estuviese en capacidad de adquirir tierras con campesinos nativos que las habitaran y a la posibilidad de esclavizarlos y obligarlos a golpe de látigo a trabajarlas para él. Había, por consiguiente, que ser despiadado y tener mucha disposición a explotar a los trabajadores hasta que reventaran. De esto último dependía que las fantasías se le hicieran realidad a todo alemán miserable pretendiente a ricachón. Los jóvenes frágiles recién llegados al país no tenían nada que buscar en la montaña. El adolescente suizo Hans Jakob tuvo inicialmente mejor suerte que la inmensa mayoría de otros inmigrantes llegados a Guatemala a fines del siglo XIX y principios del siglo XX: su tío materno Louis, llegado al país en la década de 1890 seguramente a instancias de algún finquero alemán establecido en Quetzaltenango, se había convertido con el devenir del tiempo en un próspero farmacéutico de la ciudad altense. Seguramente en un viaje que hizo a su ciudad natal, encontró a Jakob con muchos deseos de acompañarlo a su regreso, y después de conversarlo con sus padres, aunque el joven no había concluido aún sus estudios secundarios, se decidió que para él, el viaje y su estadía en Guatemala como ayudante del tío, sería una gran experiencia para el futuro. Esta circunstancia contribuyó a que el joven sobrino tuviese un aterrizaje blando en la ciudad de Quetzaltenango y comenzara a trabajar como ayudante de su tío, siendo aún casi un niño. Con los años resultó ser un joven caballero romántico, y ya como un ferviente y apasionado admirador de la belleza geográfica y de las féminas del país, tomó la decisión de insertarse en la sociedad local y hacer su descendencia entroncando con una atractiva joven ladina originaria de la capital. De acuerdo con las condiciones de vida y normas sociales entre los ladinos de la época, el enamoramiento de dos jóvenes de la ciudad de Quetzaltenango pasaba por un ritual muy típico en ese entonces de los pueblos hispanoamericanos: los futuros novios se conocían de siempre por ser del mismo barrio, a veces por ser parientes, o porque un buen día


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se habían visto por primera vez en la calle, en alguna fiesta popular o de amigos comunes, en la iglesia a la hora de la misa cantada del domingo o en algunos de los rezos vespertinos de cada día. Si nunca se habían hablado, de ahí en adelante, cada vez que se encontraban, sin mediar palabra se comían mutuamente con los ojos. Por las noches de retreta, a la vez que escuchaban alegres melodías de marimba o la tan de moda música de viento tocada por la banda municipal, no dejaban de verse y más verse, mientras daban vueltas y más vueltas en el Parque Central, ellos en sentido contrario a las mujeres. Era la alegre costumbre. El siguiente paso se daba al surgir y desarrollarse el fuego cruzado de mensajes escritos a mano en papel perfumado, enviados y recibidos clandestinamente gracias a los buenos oficios de alguna tía con vocación de celestina, prima o amiga, o de alguna criada ávida de participar en el juego del amor de dos jóvenes con grandes deseos de ir juntos al monte a cortar flores silvestres. Pasado algún tiempo de los cruces de miradas en el parque y el contacto epistolar, el pretendiente a “novio” le consultaba a su amada si podía ir a su casa a hablar con su padre, evitando así la censura social. Si la respuesta era sí, la “novia” preparaba el terreno adecuadamente, de tal manera que “el novio” hablara con el futuro suegro, a fin de convencerlo de que era el yerno adecuado. Si éste tenía mala fama, de nada valía su apariencia física y modales educados. Una vez realizado el encuentro de presentación, si el joven era aceptado, de ahí en adelante podía llegar a la casa como novio oficial. De esta manera solemne se formalizaba la entrada a la casa de la joven, y además de conocerse mejor a los suegros, se entraba en contacto con el resto de la siempre numerosa parentela. Este ingreso a la familia por la puerta grande, no sólo garantizaba la naciente relación amorosa y la aceptación paterna, sino que procuraba cortar de cuajo habladurías de familiares, ante familiares, amistades y del numeroso vecindario. El noviazgo oficial significaba que se abría la posibilidad de formalizar poco a poco una relación a todas luces conveniente para ambas partes, con el fin de llegar finalmente a la boda eclesiástica y civil. Antes de que se llegara a este momento cumbre, el novio podía visitar o pasear a la novia públicamente, pero siempre acompañados de una estricta chaperona encargada de que el encuentro en el hogar de la novia o el paseo callejero fuesen vistos por todo el pueblo. En el hogar, el novio podía estar sentado con la novia en la sala de la casa hasta las 9 de la noche, después de llegar del rezo nocturno en la iglesia. La chaperona podía ser una familiar cercana, comenzando por la madre, hermana o hermano pequeño, tía o


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abuela de la novia. También podía ser una empleada de plena confianza familiar, considerada incorruptible. Como las reglas se crearon para ser rotas, más de una chaperona alcahueta podía ser ganada para la causa del amor sin barreras, a fin de que sus informes fueran positivos. Lo que sucedía a continuación, era lo que se quería evitar por el padre de la novia o lo que se quería provocar por la madre interesada en que la relación llegara al mejor puerto posible: el matrimonio por la iglesia. El sueño de toda joven ladina de clase media era llegar virgen al día de su boda, contraer matrimonio muy enamorada de su príncipe azul, deslumbrar a todos con su vestido de boda blanco, llevar un gran bouquet de flores, darse con su esposo “el beso de amor eterno” frente al altar, procrear muchos hijos y tener todos muchos éxitos en sus vidas. Las relaciones sexuales prenupciales entre los novios, según los estereotipos del pasado, eran tenidas por ilícitas y estaban acompañadas de despiadadas burlas en el vecindario, de gritos histéricos de la madre de la novia y de amenazas con pistola en mano por parte del suegro, para continuar con una visita al cura parroquial y, finalmente, culminar en el matrimonio eclesiástico con la bendición de Dios, y una gran fiesta de boda organizada por la madre y pagada por el padre de la novia. No sabemos si los futuros padres de nuestro igualmente futuro presidente Jacobo Árbenz Guzmán tuvieron que pasar por todos estos rituales de paso, o si, más afortunados, un buen día simplemente fueron presentados en algún evento social por una hermana de Octavia, quien tenía relación de noviazgo con otro joven inmigrante llegado de Alemania, y con quien también se casaría más tarde. Esto hace pensar que las jóvenes Guzmán se apartaban de las normas sociales de la época, frecuentando círculos de jóvenes inmigrantes alemanes, lo cual no era común entre las ladinas de costumbres rígidas. Fue precisamente su cuñado quien le presentó la guapa Octavia al joven Hans Jakob, quien con la cabeza llena de sueños por realizar, se enamoró de ella a primera vista y la boda no se hizo esperar. Así pues, la familia Árbenz-Guzmán se formó al casarse en 1911 Hans Jakob, nacido en 1883, en Andelfingen, Suiza, con Octavia Guzmán Caballeros, nacida en la ciudad de Guatemala en 1885. Ella era una mujer ladina, inteligente y producto de su entorno familiar de clase media; es decir, había crecido con una educación religiosa, apegada a las costumbres y tradiciones guatemaltecas, se desenvolvía con soltura y aspiraba a una vida tranquila y despreocupada. Originalmente, los colonialistas españoles


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llamaban “ladino” al nativo del país que consideraban astuto, tramposo, sagaz, taimado, poco de fiar. Poco a poco el apelativo despreciativo se fue aplicando al mestizo que tradicionalmente se alió al blanco para explotar a los indígenas, hasta que llegó a ser nombrado oficialmente así toda aquella persona no considerada totalmente nativa del país. Octavia Guzmán era una “ladina” típica de la clase media. Su actitud ante la vida y su temperamento natural (de gran importancia conocer desde ya, porque son parte fundamental de la futura personalidad de Juan Jacobo), pueden describirse de la siguiente manera: amable, entusiasmo por la vida, optimista por el devenir, calculadora para obtener provecho, dada a cultivar la amistad y la benevolencia con el prójimo, trabajadora en búsqueda del bienestar propio y familiar, afectuosa y sencilla con los conocidos, orgullosa sin ser altanera con los extraños, gran sentido práctico para buscar siempre sus propios intereses o beneficios, moderada, con gran habilidad para disimular, dada a no hacer comentarios malignos o desfavorables de alguien, proverbial determinación a salir adelante en lo que se propone, mucha capacidad de organización, dada a tomar todo demasiado en serio, buen sentido del humor, entusiasta y a la vez desconfiada con actitud siempre en guardia, visión del mundo muy apegada a la religión y a los aspectos materiales y económicos de la vida, instrucción elemental básica para hacer proyectos futuros optimistas, constante preocupación por los familiares y allegados, poco dada a intimar con desconocidos, siempre vacilante en el actuar, fuerte tendencia a la actividad creativa, interesada, con fuerte tendencia a ocultar la verdad familiar o para decirla a medias, y gran sentido de la responsabilidad. Los posibles rasgos psicológicos mencionados de Octavia son muy reveladores, por cuanto no solo dibujan la personalidad de la madre sino también la influencia que pudo haber tenido en sus hijos, especialmente en el futuro presidente de Guatemala. A partir de que su hijo Jacobo tomó parte en el gobierno de Juan José Arévalo, doña Octavia (más conocida entonces como “doña Tavita”) agregó a las anteriores características de su personalidad: dedicación a las causas públicas, fe en el progreso de Guatemala y participación en el espíritu revolucionario de la nueva época. Fruto del matrimonio, fue el nacimiento de la primera hija, Anna Arabella, el 8 de agosto de 1912. Un año después nació un niño, a quien bautizaron con el nombre de Juan Jacobo, tal y como se llamaba su padre, su abuelo, bisabuelo, tatarabuelo, y demás ancestros de los mismos nombres. Juan Jacobo Árbenz Guzmán nace el 14 de septiembre de 1913. Para


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diferenciarlo de su padre, el pequeño vástago fue llamado cariñosamente Jacobito por sus padres y familiares cercanos. El pequeño Jacobo nació saludable -según evoca la familia Árbenz-. De más está mencionar que los primeros días se mantuvo acurrucado en el pecho moreno y maternal de Octavia, pero, según cuenta su hijo, Jacobo Árbenz Vilanova, su padre después de recibir el bautismo no mamó de la leche de su madre, sino la de una vigorosa joven indígena que laboraba en su casa como empleada doméstica. Aunque esto posiblemente se acostumbraba entre las familias ladinas, influyó mucho en la futura personalidad del pequeño Jacobo, llevándolo a decir con orgullo años después que él se sentía y consideraba “puro indio” o “más indio que ladino”. Aunque no tenemos mucha información sobre la vida de Jacobo a tan temprana edad, esta anécdota familiar pone de manifiesto que para él la fusión cultural fue muy positiva. Por su aspecto físico, el pequeño Jacobo no tenía nada de indígena: era un niño blanco y rubio, de ojos azules, que al crecer alcanzó una estatura mayor que la normal entre los indígenas y mestizos guatemaltecos. Por eso, quizás, consideraba un insulto que se le llamara “Suizo”. Según refiere su hijo, más de uno olió su puño al decirle dicho apelativo. Doña Tavita, de profesión maestra de escuela primaria, era una mujer enérgica, a quien no le gustaba que en su casa se hiciera algo sin su autorización. Al nacer Jacobito, Octavia decidió abandonar temporalmente el aula escolar, para dedicarse íntegramente a cuidar a sus niños en casa. Consideraba un deber sagrado atender de manera prioritaria a su esposo, a su niña y al recién nacido, el rubicundo y cachetón bebé de gran parecido con su padre. Pensaba que ese paso sería lo más beneficioso para la familia, especialmente para Hans Jakob, que así tendría toda la tranquilidad necesaria para atender la farmacia. Seis años después, el 1 de octubre de 1919, su madre dio a luz a la segunda hija, Octavia Silvia. Según expresó en una oportunidad doña Octavia, ella y su esposo sentían bendecido el hogar porque Anna Arabella y Jacobito estaban encantados con su pequeña hermanita y la querían mucho. Los tres crecieron con el siglo. Doña Octavia les enseñó a leer y a escribir y a las niñas los oficios de la casa. Es de suponer que la hermana mayor, Anna Arabella, jugó un papel muy importante ayudando a su mamá en la crianza de sus hermanitos, especialmente en la de la pequeña Octavia Silvia. Ése era entonces el estilo de vida en los hogares en donde había más de dos niños. Los niños mayores asumían la tarea de cargar y cuidar a sus hermanitos cada vez que se enfermaban.


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Los tres niños Árbenz Guzmán nacieron en Xelajú, como también suele llamarse a Quetzaltenango, la segunda ciudad en importancia de Guatemala, que a principio del siglo XX tenía poca densidad de población. Era una ciudad bellísima, de calles estrechas enclavada sobre una loma, en medio de montañas. Quetzaltenango se llama también el departamento o provincia más rica y poblada de Guatemala, que a raíz de su independencia de España, en 1821, pretendió convertirse en un Estado independiente con el nombre de Los Altos, por estar ubicado su territorio en altas cumbres del occidente del país. Esto hace que imperen bajísimas temperaturas en casi todas las épocas del año, caracterizándose sus habitantes por ser gente recia, mayoritariamente indígenas fieles a sus costumbres y rituales religiosos de origen maya-quiché. Juan Jacobo nació y creció en el seno de una familia pequeño burguesa. La religión practicada por su madre era la católica, hegemónica en Guatemala en ese entonces por ser de hondas raíces coloniales. Doña Tavita se consideraba una mujer con suerte porque su esposo era complaciente con ella, respetaba sus hábitos y costumbres guatemaltecas y nunca trató de imponerle sus normas, sino más bien permitió que ella se encargara de la educación de los niños. De ahí que ella diera a sus hijos una educación fuertemente impregnada de la herencia española, siguiendo la tradición en que la pequeña burguesía percibía el concepto de familia. Todos los días doña Tavita se levantaba al amanecer, iba a la iglesia y al regresar de misa preparaba los desayunos. Decía que cocinar para su familia era lo que más le gustaba en la vida. La convivencia con su esposo parece ser que no le fue difícil. Esto llevó a que mientras estuvieron juntos, ambos esposos siguieron las normas y el modelo de la familia cristiana que convive satisfecha y feliz con lo que tiene, lo cual marcó las identidades de las hijas y del hijo por el resto de sus vidas. Sabemos que Jacobito aprendió a leer y a garabatear su nombre antes de los cinco años gracias a las enseñanzas de su madre, quien, además, les daba a sus hijos clases de religión por medio de la lectura bíblica. A pesar de la fuerte influencia materna, que tuvo el efecto de un sólido sostén en la infancia de Jacobo, se tomó en cuenta la herencia genética suiza. El padre fue capaz de educar parcialmente a su hijo de acuerdo con las rigurosas normas helvéticas, que más adelante le servirían al niño para salir adelante en la vida. Dado el importante papel que sus padres desempeñaron en su formación infantil, esta doble influencia religioso-cultural sería la base sobre la cual se formaría la compleja personalidad del futuro gobernante guatemalteco, cuyo significado trataré de explicar en esta biografía.


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Los tres hijos nacieron y vivieron muchos años en Xelajú, lo cual indica que durante toda su niñez y parte de la adolescencia, nunca salieron de la ciudad altense ni en el hogar cambiaron los hábitos y costumbres tradicionales que imperaban en la localidad. No conozco la casa de nacimiento de Jacobo, pero tengo entendido que la familia vivía en un barrio ladino de la ciudad de colinas pedregosas, al lado de otros ladinos pequeño burgueses como ellos. Este desconocimiento de la casa natal es una pena porque repasar, aunque sea brevemente, los lugares donde ha nacido, vivido o por donde ha pasado un biografiado los primeros años de su vida, es como hacer un viaje fascinante que alimenta el imaginario del público lector no especialista, al dotar de significado la primera parte de la existencia del personaje por conocer. Así que lo único que puede asegurarse, y esto no deja de ser importante, es que Jacobito y sus hermanitas no tuvieron una niñez cargada de limitaciones. Sus padres no fueron nunca pobres que malvivieran en infrahumanas condiciones, como la mayor parte de los indígenas guatemaltecos. Vivir en condiciones económicas limitadas las conocería Jacobo personalmente antes de cumplir veinte años, ya que su vida como adolescente tuvo sus golpes, los cuales, sin embargo, contribuyeron a formar su conciencia y serían para él muy importantes en su futura existencia como político revolucionario. Para despertar el interés y avivar el recuerdo, es nuestro deber mencionarlo desde ya, por estar íntimamente vinculado a las preocupaciones y a luchas políticas cotidianas, a menudo polémicas, del futuro presidente guatemalteco. Como madre, Octavia fue una mujer apegada a los estrictos lazos sanguíneos que la unían a sus hijos, de quienes además de madre fue tutora, lo cual podría catalogarse de típico en un hogar tradicional. Era una familia formada por un hombre y una mujer casados y con hijos biológicos; de hecho, el único aceptado en la sociedad de la época. Doña Tavita, como toda mujer ladina de clase media que se respetara, era una persona piadosa muy dada al rezo y a la lectura. Las paredes de la casa estaban llenas de cuadros y figuras de religiosos. El mundo exterior, abierto y excitante para la juventud, lo encontraba ella muy propicio para la perdición de las almas, pero los fuertes sentimientos que tenía sobre la religión pesaron menos cuando se trató de que Jacobito decidiera salir a la calle con sus amiguitos a hacer travesuras propias de su edad. Cuando el niño se propasaba en el horario de juego callejero, al regresar a casa tenía que prepararse para una buena reprimenda y a veces, para algo más fuerte.


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Tanto doña Tavita como Hans Jacob, su esposo, solían instruir a su hijo, no sólo con el fin de que aprendiera buenos modales sino también para que fuera aceptado por sus compañeritos de juegos como un niño quezalteco más y no el hijo de un extranjero. A sus compañeros de juego Jacobito les caía bien, porque en todos los deportes que hacía llevaba la voz cantante. Como líder carismático, siempre se mostraba predispuesto a dar el ejemplo con sus esfuerzos por ganar y por ayudar a sus compañeros de equipo a salir adelante. Era el cerebro de los equipos que dirigía, por tener la habilidad de comprometer y llevar al triunfo a sus compañeros de juego. Jugar para ganar se convirtió en su pan de cada día. A su padre, el boticario, apenas lo veía Jacobo durante el día. Trabajaba en la farmacia establecida años antes por su tío, Louis Gröbli, fundador de Gröbli & Hutter, una pequeña sociedad comercial importadora de medicamentos alemanes en la ciudad de Xelajú. Con el paso de los años, el padre de Jacobo llegaría a ser socio comercial del tío. Mientras tanto, el poco tiempo que el padre pasaba en casa, contribuyó a que el pequeño Jacobo no aprendiera de él el idioma alemán, por lo que sólo hablaba castellano y algunas palabras en quiché, el principal idioma nativo de Quetzaltenango. Esto no significa que no le interesase lo suizo. Por el contrario, hasta los últimos días de su vida habló con frecuencia y gran admiración de Suiza. Después de su matrimonio con el joven suizo, doña Tavita decidió dedicarse exclusivamente a las labores domésticas en la casa familiar y a trabajos de costura, la que había sido siempre su afición, lo cual la hizo muy independiente en la toma de decisiones familiares. Jacobo no nació ni creció en la pobreza. No nos es posible reconstruir paso a paso la primera parte de su infancia, pero sí es posible asegurar que los primeros años de la vida familiar estuvieron enmarcados en una dichosa felicidad hogareña. Los Árbenz Guzmán llegaron a constituir una familia bien establecida de clase media. En su casa imperaba la ternura, ya que Jacobo Árbenz padre era un hombre amoroso, responsable y respetuoso de las tradiciones familiares. Sin embargo, aunque el primer viaje a sus raíces lo hizo Jacobo padre cuando Jacobito tenía aún menos de un año; el segundo en 1920, cuando el pequeño tenía ya siete años, es posible que lo haya recluido en una invisible tristeza y melancolía, por la falta de cercanía y ternura paterna. La ausencia diaria del padre cuando era boticario a tiempo completo dejó también huella en el recuerdo del hijo, pero nunca como la larga temporada que el padre pasó en Suiza la segunda vez. Como todo


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niño acostumbrado a jugar con su padre, en él prevalecían los sentimientos de distancia y ansiedad por el retorno del papá. Después de un largo compás de espera, Jacobito pudo comprobar que la vida podía continuar sin la presencia en casa de su padre. Se ha dicho que de niño era bastante introvertido y que este rasgo de su carácter fue uno de los motivos de que encontrara refugio en la soledad reconfortante de la pasión por la lectura y el estudio. Su introversión no significaba sumisión. Su tendencia a permanecer callado cuando otros hablaban tampoco significaba timidez. Con su temperamento tranquilo, nadie se hubiese imaginado que el pequeño Jacobo se convertiría algún día en el principal artífice de una revolución. Faltaba mucho aún para que triunfara una revuelta popular que se conocería como Revolución de Octubre de 1944, y todavía otros años más para que llegara a Presidente de Guatemala y a ser un decidido impulsor del Decreto 900 de Reforma Agraria. Jacobo era una cabeza pensante y meditativa, alguien no dispuesto a obedecer sin más, sino a tomar decisiones y a dirigir o conducir a otros hombres. Sus dotes de mando eran cualidades connaturales, de alguien nacido para ser obedecido. Ya en la escuela se caracterizó como un niño muy popular entre sus compañeros de clase, lo cual se reflejaba en ser un alumno aventajado, de mucho talento; y también en el ámbito deportivo, como lo prueba su permanente designación como capitán del equipo de fútbol, el principal juego en el patio durante los recreos. Su carácter estable y bonachón, y la manera tan desenvuelta de hacerse cargo de todo, seguramente eran causantes de su popularidad. No cabe la menor duda que su éxito para comunicarse, saber tomar decisiones por otros, y ser un gran organizador desde su época de líder juvenil marcará profundamente su futuro durante sus años previos a jugar un papel de primer orden en la política guatemalteca. Por el contrario, no sabemos hasta qué punto Jacobo padre llegó a tener éxito como farmacéutico. Según se nos ha relatado, el padre tuvo hacia su hijo una actitud dura conforme el niño se hizo adolescente y luego hombre. Posiblemente tenía esto que ver con el avance de su enfermedad, de la cual no obtuvimos mucha información. A principios del siglo XX muchas enfermedades, incluyendo cánceres, requerían de morfina para paliar los dolores permanentes. Los enfermos se volvían muy irascibles y Jacobo padre no fue la excepción. Su mirada de enfado permanente fue objeto de comentarios entre su clientela. Aunque no era un hombre avaro, se mantenía atado día y noche al negocio, deseoso de atender


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las necesidades de medicinas de su clientela, pero también las de una enfermedad aparentemente degenerativa que comenzó a afectarle poco después de haber desposado a Octavia. La enfermedad le producía mucho dolor en partes vitales de su cuerpo y, para mitigar su dolencia, utilizaba morfina muy a menudo, no siempre con éxito. De ahí que, cuando el dolor corporal le era insoportable, mirara a sus clientes y al hijo con mal humor, y, al mismo tiempo con tristeza y nostalgia en dirección a su vieja Suiza, su lejana tierra querida donde residían sus padres, otros allegados y amigos. El hacerse del tío en la farmacia le dio independencia y medios financieros necesarios para viajar en dos oportunidades a Suiza, con la finalidad de someterse a tratamientos médicos en sanatorios de montaña, los cuales no se caracterizaban por ser precisamente baratos. Los viajes a Suiza de Hans Jakob alteraban la vida de toda la familia, convirtiendo sus pasados sueños en incertidumbre, ya que dejaba a su mujer e hijos descuidados y ante un futuro incierto. Las largas temporadas de irremediable soledad afectaban mucho a su joven esposa, hijas y a su hijo Jacobo. Indudablemente lo que más les afectaba, era la incertidumbre de si le quedaba poco tiempo de vida o regresaría sano algún día. Esta prolongada ausencia causó en su actitud cotidiana los normales altibajos de una madre que no tenía un hombre en casa y de quien sólo recibía cartas, donde le contaba lo mal que lo estaba pasando sin ella y los niños. Sólo el carácter firme de doña Tavita mantuvo a la familia emocionalmente estable, según recordaría su hijo siempre. Teniendo en cuenta el casi total desconocimiento de las peculiares circunstancias de la niñez de Jacobito, la falta de testimonios vivos -además de las pocas personas que lo conocieron muy de cerca o trabajaron con él, además de su hijo, con quienes conversé detenidamente-, nos ha impedido conocer la relación que existió entre el pequeño Jacobo y sus dos hermanas. Para un biógrafo, esto es equivalente a haber perdido una invalorable riqueza de datos que nunca se tendrán al alcance de la mano. Las largas ausencias del padre nos hacen creer que en su hogar uno de los valores más fuertes cultivados por su madre fue fomentar la unión entre sus hijos, y también se recuerda que todos comían helados hechos en casa. Se dice que las hermanas de Jacobo tenían una estrecha relación con su madre, pareciéndose mucho en el carácter, y que desde niñas hablaban con notoria madurez, compartiendo con ella las responsabilidades del hogar. Mientras ella hacía la comida, una de sus hijas la ayudaba haciendo la limpieza y la otra lavando la ropa sucia y tendiéndola para secarla al


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sol. Ambas muchachas tenían mucho carácter, eran de temperamentos fuertes. Tal y como ella, no se dejaban de nadie. A su madre le gustaba confeccionarles sus vestidos para que las dos niñas ladinas parecieran muñequitas suizas. Posteriormente, las hacendosas hijas, convertidas ya en atractivas muchachas que tenían inquieto al cura gallego de la iglesia del Calvario, cogerían sus caminos por la vida, casándose Anna Arabella el 30 de junio de 1929 con Roberto Aparicio Paganini, miembro de una prominente familia quezalteca; y Octavia Silva el 25 de noviembre de 1946, con Charles Kenneth Simmons, miembro de un prominente bufete de abogados de la ciudad de Kansas, EE.UU., con una sucursal en Guatemala. Es evidente que el pequeño Jacobo no siempre tuvo en casa a un hombre que le sirviera como guía a seguir en la niñez, o como modelo ejemplar en la juventud; no había un contrapeso del padre a la influencia de la madre, quien forzosamente tuvo que hacer de cabeza de la familia, además de sus tareas domésticas cotidianas, y de las hermanas, lo que posiblemente no benefició al futuro Presidente, a quien siendo gobernante se le achacaría, a menudo, actuar como títere de su esposa y ser objeto permanente de su manipulación. Conforme el pequeño Jacobo fue creciendo, el niño que por nacimiento era medio suizo y medio ladino, de naturaleza muy tímido, que hablaba poco con los extraños y que sólo compartía juegos con sus hermanitas en la sala de la casa, comenzó a jugar canicas con los otros niños en las calles tan tranquilas como polvorientas de la vecindad. Jacobo recordaba de adulto que, debido a que casi no habían carros que al circular pusieran en peligro la integridad física de los transeúntes, además de jugar canicas con los amigos del barrio, de niño pasaba gran parte del día en la calle, dando de patadas a una pelota multicolor de goma, derrochando energía a más no poder en el principal juego de ocio popular. Cuando la bola ya no daba para más por estar ya desinflada de tanta patada, de algún lugar salía otra, a veces de trapo o descosida, y el juego continuaba. Sólo los aguaceros de los fuertes temporales en la época de lluvias, que a veces dificultaban la visibilidad en pleno día, eran capaces de interrumpir los juegos callejeros. Todo esto convirtió al niño “suizo” que había nacido y crecido entre sábanas blancas y lleno de mimos, en otro niño más del pueblo quezalteco, que aprendía los trucos del fútbol infantil viendo las destrezas y soportando las irritantes rudezas de los niños mayores que hacían de contrincantes.


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La vida deportiva al aire libre de Jacobo Árbenz, según contaba décadas después el biografiado, se inició en la época del niño que descubre su afición a las canicas, al fútbol callejero y a andar en bicicleta. La época en que después de un duro partido regresaba a casa sudado y cansado, con hambre y mucha sed, con la ropa hecha un asco y con la camisa rota, a contarle a su madre sus más recientes incidentes futbolísticos y lo mucho que le dolían los pies por las numerosas ampollas que le habían salido de tanto jugar con un pequeño grupo de niños para meter goles en la portería enemiga. Como es sabido, el fútbol aunque fuese de niños, es un deporte rudo e intenso, pero también lleno de tácticas y estrategias para vencer al enemigo en el terreno de juego. Doña Tavita fungía para su hijo como máxima autoridad deportiva doméstica, sólo ella lo comprendía y le prestaba atención a sus quejas infantiles y una estimable ayuda, para superar esos cotidianos incidentes personales tan importantes en la vida futbolística, como eran los empujones, codazos, zancadillas y patadas en las espinillas de los otros jugadores, a quienes él también las había proporcionado, pero con más rudeza a los otros niños, además de botarles los dientes a más de uno por llevárselas de gracioso. Nadie le inspiró y secundó para jugar, ni le dio tanto calor humano a lo largo de su vida, como doña Tavita. Con el paso de los años, jugar fútbol, “entrenar”, como alegremente solía decir, pegando de carreras pateando la pelota en la calle hasta entrado el atardecer en que se ponía el sol, se volvió rutina para Jacobito. Era mejor que estar encerrado en la casa. Jacobo aprendió a jugar descalzo, como los otros niños y adolescentes. Sus pies se acostumbraron a dar tremendas patadas a la portería enemiga y, a veces, a otros niños jugadores que lo provocaban con golpes inesperados o insultos, como cuando le llamaban “suizo”, que ya dijimos que era para él un insulto. El castigo no se hacía esperar, hasta convencerlos de la desventaja en que se colocaban mofándose de él teniéndolo de frente. Se hizo prohibido pelear antes, durante o después de jugar pelota, y poco a poco se cumplió con ese reglamento, observándose buena conducta con el paso del tiempo. Esas rencillas de niños fueron terminando conforme la vida hizo cada vez mayores y más apacibles a los niños del vecindario. Abrumados por la pobreza, la economía de subsistencia y el éxodo de familias enteras a la capital, los vecinos se tranquilizaban viendo que sus hijos jugaran y aprendieran poco a poco a convivir aferrados a sus tradiciones y raíces populares. Para doña Tavita, era bueno que Jacobo descargara su energía jugando fútbol con sus amigos. De hecho, lo veía como una bendición de


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Dios, pero eso sucedía hasta las 6 p.m. en punto, hora en que su mamá lo llamaba para entrar a la casa. Una anécdota de su niñez que le gustaba referir a Jacobo Árbenz en círculos familiares fue una aventura infantil en la cual fue protagonista, y que refleja su carácter y espíritu inquieto. Como uno de juegos era montar bicicleta en la calle, tomando en dirección inesperada para desorientar a sus compañeros, un día se fue con su primo a un lugar de terreno escabroso e inapropiado. En dicho lugar estaba el Jefe Político local, revisando la construcción de un puente. Tanto él como las demás personas que le acompañaban quedaron asombrados al ver la destreza con que Jacobo y su primo manejaban sendas bicicletas, su valor y audacia infantil al pasar en diversas ocasiones por encima de una tabla angosta que unía las dos partes del puente en construcción, sin el menor temor de caer al vacío desde una considerable altura, poniendo más que nerviosos a quienes los observaban. El juego cesó cuando el Jefe Político mandó que los agarraran y les jalaran las orejas, lo cual fue imposible, por la velocidad con que los niños desaparecieron de la escena. A los primos les gustaba arriesgarse al máximo conduciendo sus bicicletas en los lugares más peligrosos y de difícil acceso, lo que los hacía sentirse diferentes y superiores a los demás niños de su edad. Era entonces cuando más se ponía de manifiesto la incipiente fuerte personalidad del pequeño Jacobo. Muy pronto Jacobito demostró que, al igual que su madre, y a diferencia de su padre, tenía un gran sentido del humor. Aunque nunca trató de hacerse el gracioso, sus ocurrencias infantiles mostraban que poseía un humor fino, irónico, con la persona adecuada y en el momento adecuado. Cada día, desde muy temprano, solía reír doña Tavita a carcajadas ante su más mínima ocurrencia. En casa Jacobo se burlaba, por ejemplo, de los golpes que recibía en las peleas escolares, peleando con otros niños, dejando entrever que los contendientes que se le enfrentaban, salían siempre peor parados que él. No pretendía que un golpe no le causara dolor sino que, pese a ser apacible, sabía defenderse cuando se indignaba. Esto lo demostró más que verbalmente un día en clase. Desde muy niño mostró Jacobito estar en contra de víctimas de la injusticia, especialmente de los castigos corporales que practicaban los maestros más severos, que consideraban que con la aplicación de métodos de “mano dura”, meterían en cintura a los niños traviesos, rebeldes, indisciplinados o alborotadores. Sentía que era humillante para un niño indefenso tener que soportar castigos corporales de sus maestros, ya que


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éste no tenía derecho a pegarle en público ni en privado por el solo hecho de ser una autoridad. Debía amonestársele, censurársele, pero no pegarle, decía a su madre. En una ocasión dio la cara por otro niño que no tuvo el ánimo de aceptar su indebido comportamiento. Así que el recibir los inmerecidos azotes, dio ejemplo de valor y entereza a sus compañeros, soportando estoicamente el dolor que producían los golpes en sus carnes. Según una persona que lo conoció siendo niño, Jacobito era muy simpático y bueno, pero ya se veía que tenía un carácter fuerte y no se dejaba de nadie. Esto lo demostró un día que un maestro le puso las manos encima frente a los alumnos porque creyó que Jacobito se había burlado de él imitando su voz chillona. Había sido otro niño sentado cerca de él. La respuesta de Jacobito fue darle un reglazo al maestro, dejando boquiabiertos a todos, incluyendo al maestro quien al comprender el error que había cometido, le pidió disculpas y lo respetó de ahí en adelante. La lección es que el ser pequeño no significaba que fuera inerme e impotente, y que tuviera que soportar el abuso, la arbitrariedad y la violencia de los mayores. Como doña Tavita le había enseñado a sus hijos que eran pecados graves la vagancia y el no tener voluntad, ni ideales en la vida, Jacobito aprendió a ser una persona trabajadora, llena de energía en todo lo que se proponía hacer. Lo demostró con las tareas escolares que hacía en clase o en casa, en las cuales obtenía notas sobresalientes. Esto le hacía acreedor a los permisos para, después de regresar de la escuela, jugar en casa con sus hermanitas durante muchas horas o en la calle con otros niños. A los deportes que hacía desde niño, les ponía siempre mucha fuerza de voluntad. No le importaban los golpes que recibía. Lo de tener ideales en la vida vendría después. Por lo pronto, a los desconocidos que lo trataban, Jacobito les daba la impresión de ser un niño mimado y huraño, quizás por ser hijo (varón) único, pero al tomar confianza con cualquier persona que no pertenecía a su círculo familiar y visitar su casa más frecuentemente, se comportaba con la naturalidad de un niño de su edad y se le veía muy feliz, inmerso en todo tipo de juegos infantiles con sus hermanitas. El carácter jovial y abierto de doña Octavia hacía de su casa un centro de reuniones, con sus amigas que llegaban diariamente, una tras otra o en alegre grupo, a pasarle toda la información y rumores que circulaban por el barrio y en la ciudad.


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Las primeras pautas de su futura singular existencia, las dio Jacobo precisamente en su edad escolar. Desde un principio demostró tener una inteligencia fuera de lo común. Rápidamente asimilaba todo cuanto le enseñaban. Le fascinaba hacer preguntas difíciles y poner en aprietos a sus maestros. Por su parte, procuraba dar respuestas lógicas, pero no fáciles de contestar para la mayoría de los niños de su edad. Doña Tavita solía referir lo preguntón que era Jacobo de niño, por ejemplo cuando preguntaba si su padre iba a regresar. Siempre presionó a sus interlocutores a explicarle aquello que no comprendía, aunque sus preguntas excedieran los límites del conocimiento de éstos. Su talento natural, unido a su espíritu inquisitivo, logró ser satisfecho con la lectura, que doña Tavita estimulaba. Fue gracias a ella que desde niño se convirtió en un gran lector de la Biblia y que su mente se llenara de conocimientos impensables en otros niños de su edad, que no tenían condiciones para ello. Al principio leyó en casa todo aquello que tenía a la vista y caía en sus manos. Más adelante comenzó a pedirles prestados libros a los padres de sus amigos. Aunque no se conocen con exactitud los libros formativos de su niñez y adolescencia, en más de una ocasión comentó que gustaba de leer biografías de grandes personajes. Es muy posible que esta inclinación le haya conducido a interesarse por la historia universal, que fue uno de los grandes temas de su preferencia a lo largo de su vida. Se cuenta que hacía anotaciones manuscritas en los bordes de las páginas y que, a veces, su madre lo reñía por ello. Paradójicamente, su ansia por saber le apartó intelectualmente de la mayoría de sus amiguitos. Como él mismo reconoció años más tarde, en muchas ocasiones prefería la soledad y tranquilidad que proporcionaba la lectura y el estudio, a estar perdiendo el tiempo en juegos que ya le parecían infantiles y, por consiguiente, cada vez más aburridos para un joven que deseaba madurar a pasos agigantados. Jacobo se convirtió en un gran conversador cuando consideraba que sus palabras no caerían en el vacío, sopesando muy bien lo que decía y analizando con detenimiento lo que escuchaba. Por lo general, sus interlocutores se asombraban de los conocimientos del niño y quedaban convencidos de que llegaría muy lejos, lo que no es sorprendente, si tomamos en cuenta que sus maestros lo consideraban no sólo como un alumno ejemplar, sino que como un futuro triunfador. De su padre sacó Jacobo el deseo de superación y el espíritu perfeccionista que le llegó a caracterizar. También le llegó a deber la risa franca, la seriedad y el buen talante cuando la ocasión lo ameritaba. Sus dos


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prolongadas ausencias, así como su enfermedad y fármaco-dependencia le crearon al suizo fama de hombre extraño. Pese a estar cubierto de respetabilidad por estar casado con una ladina y haber procreado con ella dos niñas y un niño, circulaban rumores de todo tipo sobre su salud corporal y mental. En la farmacia era una persona afable y trabajaba con gran ahínco en medio de sus tormentos, pero era obvio que la enfermedad le minaba también el carácter.


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Capítulo III: Adolescencia y juventud

Jacobo Árbenz Guzmán fue un self-made-man, un hombre hecho a sí mismo; pero, antes de 1944, con sus defectos y sus cualidades, fue el producto de un medio social y de un régimen político. A través de su historia, aparece la historia de Guatemala desde principios a mediados del siglo XX. ¿Para qué serviría conocer la biografía de los primeros años de la vida de un futuro hombre de Estado, si al mismo tiempo no fuera posible bosquejar el cuadro de su país, de sus compatriotas y de su época? He aquí por qué es necesario conocer al niño que se hace hombre. La pregunta ¿Quién fue, antes de octubre de 1944, Jacobo Árbenz? es lo que trataré de responder a continuación. Al crecer, además de dar cada vez más muestras de su gran compresión intelectual, perseverancia y disciplina de trabajo, Jacobo se volvió robusto, lleno de energía y con gran fuerza corporal. Hacía sentir su presencia con solo entrar a algún lugar. Tenía mucha seguridad en sí mismo. Siguió practicando deportes populares como el fútbol, pero en la adolescencia se aficionó a la lucha libre, primero, y al boxeo, después. Este último deporte requiere tanto una buena constitución física, como mucha agilidad en los movimientos de piernas, pero también mucho cerebro para estudiar al contrincante. Jacobo se hizo famoso por sus certeros ganchos que intimidaban a sus oponentes antes de entrar en combate; tenía tanta fuerza que al menor descuido dejaba tendido a su opositor, a quien no le quedaba mucho ánimo para volver por más. Se ha mencionado la manera casual como Jacobo decidió pasar de la lucha libre al boxeo. La anécdota es tan reveladora que vale la pena repetirla, ya que refleja la personalidad del biografiado. Y es la siguiente: Como era costumbre en Guatemala, los amigos solían alegrarse espiritualmente ingiriendo bebidas estimulantes en cantinas de barrio.


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Cuando salían de ellas, se acompañaban hasta sus casas, si éstas quedaban por el mismo rumbo. En una ocasión, después de una sesión de buenos tragos, caminaba Jacobo con un amigo en una callejuela de Xelajú y vieron que se dirigía hacia ellos el campeón de box local, conocido también por su arrogancia. Al verlo, el amigo de Jacobo sugirió que se bajaran de la acera porque era muy estrecha y podía surgir un conflicto. Jacobo le respondió que él no se bajaba de la acera para darle el lugar a nadie, aunque se tratara del campeón de box del universo, y siguió su camino con paso más firme. Al toparse ambos frente a frente y no estar ninguno de los dos dispuestos a cederle el paso al otro, surgió el conflicto, pero gracias a Dios y a los puños de Jacobo poco después el campeón de box estaba tendido en la calle con los brazos en cruz. Al recuperarse, prefirió hacerse amigo de quien lo había derribado al primer asalto, invitándolo a visitar el gimnasio donde él era el entrenador. Su propuesta no cayó en saco roto. Jacobo se apuntó de inmediato y pronto se hizo común que venciera a cualquier contendiente en el cuadrilátero, golpeándolo con sus poderosos puños, ya que su fuerza física, heredada de su padre, era impresionante. Aún no era mayor de edad y no había quién no lo viera en la ciudad con admiración y respeto. El uso de la táctica y estrategia en el deporte es muy útil para superar el agotamiento físico cuando éste llega a producirse, pero también son importantes la autoestima y la autoconfianza, así como la voluntad y certeza del guerrero de poder vencer al oponente. Y esta actitud la demostraba Jacobo igualmente cuando comenzó a participar en campeonatos del barrio de hacer el pulso con el puño cerrado. Siempre vencía al oponente. Sus contendientes eran, por lo general, sus propios compañeros de juegos, y a veces hasta personas mayores. En el caso de la lucha de brazos, como también es llamada, no sólo intervienen los puños cerrados sino también los dedos, las muñecas, antebrazo, hombro, espalda y fuerza abdominal. Todo se ponía tenso en cuanto los contendientes apoyaban los codos sobre la mesa y entrelazaban sus dedos. La capacidad mental y la aplicación de la psicología del guerrero tenían más peso que la fuerza física. Con su habilidad para superar cualquier dificultad, Jacobo fue desde su adolescencia un reconocido pulseador de peso pesado. La imagen que tenemos de Jacobo Árbenz adolescente es la de un joven de figura espigada y de aspecto fuerte, que se destacaba tanto física como intelectualmente, contrastando con los demás jóvenes de su edad. En la escuela secundaria era uno de los de mayor estatura y rendimiento escolar, de comportamiento recatado y gran poder de observación. No


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hablaba mucho y hasta podía parecer un muchacho tímido por la manera como sonreía, pero hacía notar su presencia, no pasaba desapercibido aunque no deseara llamar la atención. Es posible que disfrutara saber que vivía intensamente cada día que pasaba y que jugaba un papel protagónico dondequiera que se encontrara. De aquí es posible que surgiera su gran capacidad de soñar, que le acompañaría incluso durante los años de la presidencia guatemalteca. Además del boxeo, Jacobo disfrutaba el polo a caballo, para lo que se requería ser muy buen jinete, además de poseer destreza, agilidad y habilidad física. Corretear detrás de la bola y burlar al adversario golpeándola con fuerza antes que él, era una de sus especialidades. Su equipo ganaba siempre y él, personalmente, se ganaba una legión de admiradores, especialmente en el medio femenino. Solía decir que lo que más le gustaba de los caballos que montaba era su fortaleza, su velocidad, su decisión y su lealtad. En las ocasiones que Jacobo jugaba con su equipo, se formaba un concurrido como entusiasta público que llegaba a admirar a su estrella, lo cual le llenaba de orgullo. De hecho, todos los deportes que practicaba Jacobo los ejecutaba casi a la perfección, como si fuese un profesional. En todos los deportes en que tomaba parte llegaba a convertirse en el principal atractivo, en el centro de la atención del juego. Cuando vivió en la finca que administraba su padre, se aficionó a montar caballo, llegando a ser muy buen jinete, al punto que siendo ya oficial del ejército fue el capitán de un equipo de polo, deporte muy en boga entre la gente adinerada del país. Su rudeza y valentía en los deportes contrastaba con su buena educación que infundía confianza a sus amigos y su gran sensibilidad humana, indudable herencia de doña Tavita. No parece que mostrara algún interés especial por las mujeres; los encuentros que hizo con muchachas pueden verse como fogueos para el momento que conoció a la mujer de su vida, la joven salvadoreña María Cristina Vilanova, de quien se enamoró desde el momento en que le fue presentada y con quien estaría unido hasta el día de su muerte. Asimismo era conocido su legendario “abrazo de oso”, capaz de paralizar y asfixiar a quien lo recibiera. En la creencia de que el trabajo al aire libre le sería más sano, el boticario aceptó la oferta de un amigo alemán para administrar una pequeña finca de café situada en las tierras bajas de Quetzaltenango, la llamada Bocacosta. Puede que el destino de Jacobito haya sido sellado con el traslado de la familia Árbenz Guzmán de la ciudad al medio


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rural cuando él tenía trece años. Fue en esta finca donde Jacobito tuvo una gran conmoción al encontrarse con la realidad de su país: conoció personalmente las grandes miserias y el alto grado de explotación a que eran sometidos los campesinos indígenas por los finqueros, que veían en ellos simple mano de obra esclava. Lo que más impresionó al adolescente Jacobo Árbenz al entrar en contacto con el medio campesino, fueron los abusos a que éstos eran sometidos por los finqueros, administradores, capataces y supervisores. Existía la creencia de que esa selecta élite de los finqueros alemanes eran personas muy trabajadoras e inteligentes, y que eran esos atributos los que los enriquecían rápidamente produciendo café para el mercado exterior. Estaban convencidos de que el enriquecimiento dependía de que produjeran café de buena calidad, es decir que lo que dieron en llamar “grano de oro” se cultivara la variedad más apropiada a una determinada altura de la montaña (entre 1,200 y 1,600 metros sobre el nivel del mar), y que la producción contara con una receta perfecta para buenas prácticas de manejo en las plantaciones y en el beneficio del grano seco. Nadie tenía interés en reconocer que el verdadero “secreto” del enriquecimiento de los finqueros, se debía a las facilidades que les daban los gobiernos entreguistas de turno para hacerse propietarios de grandes extensiones de tierras y, en especial, al buen funcionamiento de las leyes de trabajo forzado que habían decretado en diversas épocas, con la única finalidad de someter impunemente a los campesinos a condiciones de severa esclavitud productiva. La opresión y explotación de la mano de obra indígena era el verdadero “secreto” del enriquecimiento de los patrones blancos. La estadía de Jacobo Árbenz Guzmán en una finca de café fue una etapa que lo marcó para siempre y sobre la cual solía conversar en tono grave, pero solo con sus familiares y allegados. En las fincas de café no solamente trabajaban como esclavos la aplastante mayoría de los adultos, hombres y mujeres, sino que los menores de edad estaban privados de ir a la escuela y obligados a trabajar al lado de sus padres desde los cinco años. Las familias solían ser numerosas porque las mujeres parían los hijos que Dios, con ayuda del marido, quisiera mandarles. Los hombres hacían los trabajos más pesados en las plantaciones, pero las mujeres trabajaban igual o más que sus maridos en la recolección del fruto maduro, invirtiendo mayor esfuerzo laboral porque, además de los trabajos que hacían en las plantaciones al lado de sus maridos, tenían que realizar labores domésticas, que cada día las extenuaban al límite. Y esto sin contar con que el trabajo


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en las fincas se realizaba diariamente en condiciones de vida o muerte, debido a que los trabajadores debían cortar el café en situación de riesgo, pues las plantaciones solían estar llenas de serpientes venenosas, cuyos venenos no contaban con antídotos y, en cuestión de minutos, penetraba a gran velocidad en la sangre, afectando órganos vitales. Se jugaban la vida diariamente, paso a paso. Los gritos de los que habían sido mordidos y las graves consecuencias que les seguían, se volvieron tan normales como cantar mientras se trabajaba. Lo peor de todo, es que los capataces atribuían estos “accidentes” laborales a la negligencia de los trabajadores, a fallas humanas. Según los capataces, el trabajador debía “revisar” siempre el lugar donde iba a laborar. Jacobo no tuvo en la finca la vida privilegiada por ser el hijo del patrón o del administrador, pues el hijo era tratado por su padre como si fuese un peón más. Esto era necesario por si algún día Jacobo quería ser administrador de su propia finca, por lo que iniciaba el aprendizaje desde el puesto más bajo en la escala de trabajador. Desde el primer día de su entrenamiento como futuro patrón debía levantarse antes de la salida del sol y hacer sus tareas de acuerdo con las necesidades o prioridades en la finca. Las jornadas laborales eran extenuantes, aptas sólo para gente recia. En la lucha tenaz del trabajo agrícola, desde preparar la tierra para sembrar maíz y hacer la milpa, como hacer tareas de limpieza, sembrar y cuidar los almácigos hasta convertirse en plantas, cortar café en la temporada de cosecha, conocer cómo se llevaban a cabo todas las tareas relacionadas con el secado del café, y hasta aprender a trepar a la copa del árbol más alto, era considerado trabajo necesario, y Jacobo tenía que aprender a realizarlo. En la primera mitad del siglo XX, la agricultura era el sector productivo más importante de Guatemala. Sin embargo, los campesinos eran vistos como ciudadanos de segunda categoría, eran la población mayoritaria pero estaba obligada a vivir entre sombras pese a ser la creadora de la riqueza nacional. En las fincas los campesinos andaban descalzos y vestidos con harapos llenos de barro adherido. Sus viviendas no podían ser consideradas casas, sino más bien chozas primitivas de guano, de una sola habitación en donde a menudo cohabitaban varias familias, se cocinaban los alimentos en un fogón con leña y todos dormían en el suelo de tierra, al lado de los animales domésticos cuando los había, como perros famélicos, cerdos y gallinas. El techo de las chozas solía ser de palmas. Casas de madera o adobe con tejados de zinc sólo las tenían el dueño y el administrador. El agua que se utilizaba para cocinar, beber u otros menesteres, podía ser de lluvia, que


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se almacenaba en recipientes de metal generalmente llenos de insectos y alimañas muertas, que producía múltiples enfermedades al ser bebida. En casi todas las fincas había nacientes cercanas de agua que se aprovechaban para las necesidades más inmediatas. Los más afortunados se abastecían de agua de pozo y otros, menos afortunados, tenían que acarrear desde largas distancias el agua de los ríos y las quebradas, doblegados bajo el peso de las cubetas que les encorvaban las espaldas. Lo peor de todo era que los trabajadores estaban ya tan acostumbrados a malvivir sembrando y cosechando maíz y frijol para medio alimentarse y poder sobrevivir, y a hacer sus tareas cotidianas en semejantes condiciones, que soportaban su miserable vida como algo natural, como si ya no les importara ser tratados más que como seres humanos como animales de trabajo sometidos a la explotación de los propietarios, desde antes del amanecer hasta después de la puesta del sol. En las épocas lluviosas o de frío invernal, llovían las enfermedades infecto-contagiosas, endémicas y mortales. No existía un médico ni personal sanitario de ninguna clase. Ni siquiera medicinas para aliviar las temperaturas que pronto se convertían en fiebres mortales. La ropa que todo el mundo llevaba puesta se caracterizaba por su hedor a excremento, ya que las posibilidades de aseo eran ínfimas. Esto significa que por falta de aseo personal, todo el mundo portaba gérmenes que también les abrían las puertas del cementerio, pero a nadie le importaba el mal olor porque sus olfatos ya no lo sentían. Jacobo descubrió que los campesinos no habían elegido padecer de miseria crónica ni ser esclavos de por vida del hombre blanco o su compinche mestizo. Simplemente fueron convertidos en tales o habían nacido en una finca, cuyos terrenos les habían sido robados a sus ancestros por los alemanes o extranjeros de otras nacionalidades. El hombre blanco era el saqueador, el asesino de indígenas desde los tiempos de la invasión española. Según expresó el déspota Rufino Barrios, el asesino mestizo que gobernó el país con mano de hierro de 1871 a 1885, promoviendo la inmigración alemana, para él 100 familias alemanes valían más que 20,000 indios. Siguiendo este pensamiento típico de los ladinos frente a los indígenas, despojó de sus tierras comunales a decenas de miles de campesinos que las poseían desde tiempos inmemoriales y obligó a sus moradores a trabajar a golpe de látigo para los inmigrantes. “Un terreno vale por los peones que tiene para trabajarlo y convertirlo en una finca”, escribió un cínico inmigrante alemán. Desgraciadamente no se equivocaba. Fue de


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esta manera como el campesino que trabajaba en tierras de la comunidad se quedó un día sin sus tierras de cultivo, y convertido en esclavo. Huir de las tierras que le habían sido robadas no le era posible al campesino si tenía familia. Sin embargo, sí huyeron de la esclavitud miles de jóvenes solteros en busca de tierras para cultivarlas a escondidas, o de trabajo en alguna parte. Los más audaces cruzaban las fronteras hacia Belice o México, donde buscaban enmontañarse para siempre. Muchas plantaciones se quedaron sin gente antes de ser terminadas. Algunas familias volvieron. En otras el éxodo fue detenido encarcelando a los hijos de los peones a manera de rehenes. Muchos que habían huido fracasaron en el intento, por ser perseguidos por policías rurales y soldados del ejército, quienes al capturarlos los llevaban amarrados para ser puestos en prisión. Al salir de la cárcel, los campesinos eran amarrados y regresados a pie al terruño que los había visto nacer, resignados pero sin perder la esperanza ni la ilusión de volver a intentar escapar en alguna otra ocasión. La conducción en condiciones humillantes y muchas veces sin darles alimentos durante el trayecto, la llamaban por cordillera. Muchos campesinos no llegaban a su destino pues morían de hambre y sed en el camino. Los que lograban retornar vivos, se alegraban de volver a ver a sus padres y de tener por lo menos un trabajo, ya que conseguirlo en otra parte se les había vuelto tarea muy complicada por el sistema de dominación imperante. Los dictadores “liberales” como Rufino Barrios, Manuel Estrada Cabrera y Jorge Ubico, y sus camarillas de funcionarios corruptos, se robaron miles de caballerías de tierras y se convirtieron en finqueros cafetaleros. Ante las leyes que ellos mismos habían fabricado a su medida e intereses, aparecían como patronos respetuosos de la Constitución de la republiqueta. Gobernaron para establecer y mantener un sistema oligarca de generaciones de propietarios de grandes latifundios que los hacían producir con mano de obra esclava. Fueron ellos quienes posibilitaron las oleadas de inmigrantes alemanes a quienes consideraban de raza superior, civilizadores, según afirmaban con orgullo patrio. Históricamente se les ha considerado erróneamente señores feudales, pues en realidad se trataba de capitalistas agrarios, poseedores de grandes fincas que cultivaban con esclavos legales, que bajo las condiciones de trabajo arriba descritas les producían una plusvalía imposible de cuantificar, por el hecho de que la ganancia provenía de producir café al más bajo costo posible y venderlo en el mercado internacional al precio más alto posible. Para darle visos de legalidad al sistema esclavista establecido, emitieron leyes.


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Según sus relatos históricos hechos a personas de su absoluta confianza, Jacobo se sintió siempre orgulloso de haber trabajado en una finca como un peón más, pues aseguraba que ese recuerdo le había ayudado años después a sacar adelante la Reforma Agraria en Guatemala. De su estadía en esa finca sacó una conclusión: finquero no era la profesión que elegiría para realizar sus sueños. Tenía grandes deseos de superación personal y deseaba tomar la mejor decisión de su vida. Después de satisfacer su curiosidad acerca de lo que era y significaba una finca para un inmigrante alemán o suizo, había aprendido que era el peor lugar para la vida de un campesino guatemalteco, pues vivía como esclavo y cualquier día podía morir mordido por una culebra, por una enfermedad o simplemente de hambre o envejecido prematuramente. Muchos niños morían al nacer, otros días después, y la mayoría que lograba crecer, lo hacía desnutrido y propenso a todo tipo de enfermedades. Las razones las tenía muy claras y podía explicarlas hasta el último detalle a quien se las preguntara, por haber compilado muchas anécdotas de sus pasadas experiencias juveniles en el medio rural. Un medio que un guatemalteco de la ciudad nunca se podía imaginar. Generalmente cuando hablaba de ello se ponía serio al recordar sus pasadas amargas experiencias; en otras ocasiones hablaba con bastante humor mientras apelaba a su memoria. Había temas relacionados con su pasada experiencia en la finca que le conmovían siempre que se refería a ellos: uno era la falta de acceso a la educación de la niñez en el medio rural, especialmente en las fincas. El otro, no menos serio, era el tema del racismo, la discriminación y la pobreza en que se encontraba la población indígena del país. En las fincas no existían ni escuelas ni personal cualificado para instruir a los niños campesinos. En la inmensa mayoría de las fincas no había escuela primaria, en donde se enseñara a leer y escribir a los niños. Cuando había algún maestro que enseñara las primeras letras, los únicos beneficiados eran los hijos del patrón, cuando éste vivía en la finca, y los del administrador. Las escuelitas tenían unos pocos alumnos, a quienes enseñaba un maestro o maestra empírico envejecido en el lugar juntamente con sus pocos alumnos quienes se quedaban para siempre en la finca, trabajando como personal de confianza del propietario, aprovechando lo que habían aprendido. Algunos abandonaban el lugar en busca de un mejor destino, se casaban y nunca más ponían las plantas de sus pies en el caserío donde habían nacido. Desde la invasión española de 1524, el campesino indígena fue llamado despectivamente indio y fue visto más como un animal de carga y trabajo


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forzado que como un ser humano; se les consideró fuerza laboral, y con su esfuerzo y productividad se enriquecieron parasitariamente. Nunca se les ha tratado en plano de igualdad ni se han respetado sus derechos humanos y ciudadanos; su religión, cultura y estilo de vida han sido estigmatizadas y motivo de mofas dentro de la población ladina. Todo esto lo observó de cerca Jacobo en la finca, después de reflexionar sobre las advertencias que desde niño recibía de los ladinos en Xelajú, en el sentido de que “el indio es peligroso y hay que andarse con cuidado cuando está borracho porque le sale el instinto asesino en contra del ladino”. El haber comprobado Jacobo que los indígenas son muy trabajadores y muy agradables de trato cuando ven en el ladino a una persona que no los discrimina, hizo que los apreciara en todo lo que valen y posiblemente desde entonces procuró destacar sus orígenes genéticos maternos. En una ocasión, Jacobo Árbenz le confió a una persona de su confianza, que siendo oficial del Ejército encargado de escoltar a la cárcel por cordillera a unos campesinos fugados, sintió repugnancia por el papel de instrumento de represión que estaba ejerciendo. Consideraba que era injusto el trato que se les daba a esos hombres valientes que habían tenido el coraje de romper sus cadenas y huir de la esclavitud. Esas reflexiones fueron decisivas para solicitar su traslado del cuartel de San Juan Sacatepéquez donde estaba estacionado, a la Escuela Politécnica. Árbenz aún no comprendía que el robo de las tierras comunales por parte de dictadores para entregárselas a los inmigrantes alemanes, estaba estrechamente unida a la explotación, la opresión, la discriminación racial, la pobreza, la desigualdad social y la exclusión a que se enfrentaban los campesinos indígenas. Cuando lo comprendió años más tarde, procuró como presidente hacer valer los derechos humanos fundamentales de la población campesina, especialmente su derecho a la propiedad de la tierra. Su pensamiento y su motivación revolucionaria lo llevaron a solicitarle a sus colaboradores más cercanos, que hicieran todo lo posible por impulsar el derecho de los pueblos indígenas al trabajo, a la asistencia sanitaria, a la expresión y a la participación política, como ciudadanos guatemaltecos de primera clase y no de segunda, en plano de absoluta igualdad con la población ladina. A la destacada dirigente magisterial que le servía como asistente personal, Carmela Ramos de Castellanos, le pidió que viera que se le prestara especial atención a los niños indígenas, facilitándose su incorporación masiva a la educación primaria hasta en las aldeas y fincas


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más remotas, que se promoviera su educación secundaria por medio de becas de estudio. Le pidió también a doña Carmela, que se nombraran maestros a indígenas y que se promovieran para altos cargos en el sistema educativo nacional. Lamentablemente, su derrocamiento impidió que las autoridades del gobierno revolucionario cumplieran con sus disposiciones sobre mejorar el estado de los derechos políticos, civiles, culturales, económicos y sociales de la población indígena guatemalteca. A Jacobo no le había resultado nada fácil vivir y trabajar en la finca, porque había sido impactado con esa realidad. Por ello, al poco tiempo tenía la certeza que su futuro inmediato debía labrarlo fuera de ahí, donde lo único útil había sido ver con sus propios ojos cómo los peones estaban destinados a vivir y morir como animales de trabajo, sin contemplaciones ni la mínima atención médica durante sus cortas vidas laborales. Recordaba que después de salir de la finca y retornar a Quetzaltenango, hablaba muy orgulloso de sus vivencias personales, que a veces más parecían historias fantásticas. Contaba sobre la manera en que aprendió a cortar la maleza, pasándose el afilado machete de una mano a la otra, manejando manejándolo con la misma destreza. Este aprendizaje no le resultó nada del otro mundo, como tampoco hacerlo todo con absoluta rapidez. Contaba que en poco tiempo llegó a jefe de cuadrillas de chapeado, así como de pepescadores de granos de café maduros caídos de las ramas. Nunca imaginó que regresaría al medio rural, pero a hacer reformas profundas en el sistema de tenencia de la tierra y a liberar a los campesinos oprimidos durante generaciones. Todo por la patria y la revolución guatemalteca.


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SEGUNDA PARTE: LAS RAÍCES DE NUESTRO PRESENTE Capítulo I: El nacimiento de Jacobo Árbenz a la vida militar: el Caballero Cadete 497.

En 1951, siendo Presidente de Guatemala el Teniente Coronel Juan Jacobo Árbenz Guzmán, un militar cubano egresado de la Escuela Politécnica, escribía lleno de nostalgia y admiración por Guatemala y su Presidente revolucionario, los siguientes párrafos: “Por el amplio y pintoresco Paseo de la Reforma, en la Nueva Guatemala de la Asunción, los árboles se yerguen majestuosos y los pájaros vuelas y cantan sobre los sotos verdeantes y las jacarandas en flor. Allí se yerguen, en medio de una especie de praderas turgente, suntuosos chalets y edificios públicos que albergan el regimiento motomecanizado, el Instituto de Nutrición y otros. Y por uno de los vados se levan los muros amarillos, de suntuosas almenas coloniales, de la academia militar conocida desde los tiempos de su fundación con el nombre de Escuerla Politécnica, que ha dado los mejores frutos a Guatemala, traducidos en militares nutridos de verdadera cultura y patriotismo, que a través de las edades, y con muy raras excepciones, han sido orgullo del país, desde diversos ángulos de la vida nacional. Este instituto de pedagogía militar, el mejor de la América Central y uno de los más prestigiosos de la América Latina entera, es orgullo de Guatemala y su nombre es pronunciado con el mismo legítimo blasón con que los norteamericanos hablan de West Point o los franceses de Saint Cyr. Y es que, sin temor de caer en hipérboles, este centro docente ha ofrecido hombres forjados en las recias disciplinas de la academia, acendraron su carácter y sus convicciones democráticas para ofrecer a Guatemala los sazonados frutos de una educación eficiente y moderna. El 15 de septiembre de 1873, en conmemoración de un aniversario de la independencia de Centroamérica, se dispuso en Guatemala la creación de una academia para la enseñanza militar de la juventud que con el nombre


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de Escuela Politécnica de Guatemala principió a funcionar donde quedaba el antiguo Convento de la Recolección. Allí se construye todo lo necesario para el establecimiento que debería tener todo el apoyo del licenciado Miguel García Granados y del general Justo Rufino Barrios, los dos campeones del liberalismo centroamericano que, en aquellos tiempos oscurantistas del último cuarto de siglo del siglo XIX, llevaron acabo reformas que escandalizaron a los cándidos espíritus nutridos en las fuentes de Felipe II y Torquemada. Desde aquella lejana fecha la Escuela Politécnica ha sufrido transformaciones fundamentales, tanto en el orden material como en la estructuración de sus planes de estudio, hasta llegar a lo que es ahora: un centro digno de especial mención en la América Latina y una fragua de acerados caracteres y de militares de verdadera cultura, que desde los años mozos abrazan la carrera de las armas, para graduarse de servidores de la patria, de la ley, de la justicia, de la Constitución y del pueblo. […] La Escuela Politécnica ha dado grandes figuras a Guatemala. La profundidad de los estudios hace de los caballeros cadetes militares verdaderamente cultos, llenos de civismo, de valor, de ideales patrióticos, de nobles sentimientos humanos. Basta con decir que de ese establecimiento surgió el cadete 497, teniente coronel Jacobo Árbenz Guzmán, actual presidente de Guatemala, modelo de disciplina, de orden, de amor al trabajo, de respeto a la ley y otras cualidades que se infiltran en ese centro de educación. […] Con el grado de teniente coronel del Ejército, el cadete 497 llegó a la Presidencia de Guatemala en hombros de las inmensas muchedumbres desvalidas, de los maestros de escuela, de los universitarios, de los obreros, de los campesinos, de todos los que han tenido hambre y sed de justicia social. Y con el cargo de Presidente Constitucional libra una batalla titánica en defensa de los postulados de la sobrenaía nacional contra la absorción de los grandes emporios extranjeros, defiende el territorio de Belice de la codicia extracontinental, propugna los magnos ideales de la unión de Centroamérica y continúa la obra revolucionaria del educador Juan José Arévalo, que conduce a Guatemala por los senderos de la liberación y cultura. Y es que, como hemos dicho anteriormente, la Escuela Politécnica de Guatemala es fragua de disciplina, de honor y de dignidad humanas, bajo los recios procedimientos donde se pule los altos espíritus.” La creación del Estado cafetalero favoreció el surgimiento del capitalismo agrario en Guatemala y la destrucción de los remanentes del


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feudalismno colonial, existente en el país desde su establecimiento por los españoles en el siglo XVI. La nueva sociedad burguesa, sin embargo, se focalizó en la ciudad de Guatemala y en los centros productores de café más importantes del país. El Estado cafetalero fue una fase necesaria en el desarrollo del capitalismo anómalo, que se desarrolló en base a relaciones de trabajo y producción de carácter pre-capitalista, semi-esclavo. El ejército de Guatemala fue creado para reforzar dichas relaciones y proteger el Estado neocolonialista alemán. Jacobo Árbenz, al igual que los hijos de los neocolonialistas alemanes, continuó perteneciendo a los sectores dominantes de la sociedad guatemalteca después de la derrota militar del Imperialismo alemán. Sus mejores amigos de la época de su niñez y juventud pertenecían a los círculos de las familias ricas de Xelajú. Él mismo, como hijo de boticario y luego de finquero, se sentía parte del sector pudiente, pero nada parece indicar que estuviera plenamente integrado en él, sino todo lo contrario: aún andaba en busca de su razón de ser y de su destino. Jacobo había nacido y crecido en la segunda década del siglo XX, por lo que había sido testigo y parte del neocolonialismo alemán en Guatemala, del cual era producto pues su padre había llegado a Guatemala en ese proceso. Árbenz casi no disfrutó del poder alemán antes de la Gran Guerra, pero sí padeció el perjudicial efecto comercial que tuvo en el país la derrota del imperialismo alemán en dicha guerra. Como persona no ajena y fuertemente influenciada por su época, es muy posible que el día de su ingreso a la Escuela Politécnica, en 1932, tuviese una visión clasista de Guatemala y del gobierno ubiquista. Sólo las represalias militares habían logrado mantener en funcionamiento el orden establecido en el país por los liberales desde 1871. El ejército era necesario para aplastar la lucha de clase y mantener la explotación de los campesinos por los finqueros. Los gobiernos lacayos no podían existir sin el ejército, eran sus defensores. Como se ha dicho, El sistema esclavista imperante, “convertía a los oficiales y soldados del ejército en máquinas armadas, en instrumentos destinados a reprimir el más mínimo anhelo de libertad”. De ahí que los sátrapas hicieran grandes esfuerzos hipócritas y recurrieran a todos los subterfugios posibles para ocultarle al pueblo lo que el ejército hacía en el interior del país. Por esto no sería de extrañar que lo ignorara Jacobo a sus 19 años. La conciencia política y de clase de los mismos oficiales, no digamos de los soldados, era de un nivel muy bajo. Seguramente ninguno de los jóvenes cadetes de la Escuela Politécnica sabía que los neocolonialistas y la clase dominante del país


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utizaban a la juventud como instrumento para consolidar su dominación de clase frente al campesinado. Jacobo, por consiguiente, era uno más de las miles de personas ingenuas que constituían “la fuerza aletargada del pueblo”, por lo que no se le puede reprochar su desconocimiento de lo que era y significaba el ejército de Guatemala, así como de los intereses que servía. En todas partes el ejército es un instrumento de los sectores dominantes para mantener sometidos a los sectores populares. Los ejércitos son, en manos de las clases dirigentes, un ciego instrumento del que pueden disponer a su arbitrio y lanzar contra el pueblo en cualquier oportunidad. En el caso de las neocolonias como Guatemala en la década de 1930, el ejército desempeñaba el papel de arma de los neocolonialistas burgueses en su lucha contra los trabajadores en el medio rural y su libertad. En todas partes los ejércitos presentan maneras distintas de actuar, de acuerdo con las particularidades de los países donde actúan. En todas partes, sin embargo, cumplen la tarea que se les ha asignado, siendo siempre su principal característica la disciplina y la eficacia. La disciplina era lo más importante porque sólo ella hacía posible la unión de todos los miembros del ejército en la obediencia a una voluntad única, la del autócrata de turno. El Ejército hacía reclutamiento periódico de jóvenes voluntarios dispuestos a hacer un servicio militar que despertaba la imaginación: vida facil, cómoda, brillante y fastuosa y rápidos ascensos. El reclutamiento forzoso de campesinos y “vagos” para convertirlos en soldados era cada vez mayor, ya que no sólo había que custodiar a todos aquellos obligados a trabajar construyendo y reparando caminos, sino que también a construir edificios suntuosos en la capital, hacer postes para tendidos eléctricos, de teléfonos, etc. Se trataba de la custodia de miles de hombres siempre dispuestos a fugarse para regresar a sus pueblos. Y qué decir de los otros miles que eran regresados al trabajo en las fincas o conducidos a las prisiones departamentales. ¿Era la vocación de Jacobo Árbenz formar parte de unas Fuerzas Armadas al servicio del poder neocolonial establecido en la segunda mitad del siglo XIX? Obviamente no, para él no existía ningún poder neocolonial, lo que existía era Guatemala y Jacobo tuvo desde niño una gran identidad nacional, un gran amor por Quetzaltenango, que él identificaba con Guatemala. El concepto de patria que aprendió en la escuela le acompañó toda la vida. Su amor a Guatemala, a su patria, era un sentimiento que


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se materializaba en el respeto a sus símbolos, tradiciones, instituciones y autoridades. Era la razón principal para elegir la profesión de militar y estaba dispuesto a formarse y educarse como tal. Consideraba que como militar tendría el alto honor de hacer los máximos sacrificios, incluso hasta entregar su propia vida por Guatemala. Ser miembro de las fuerzas armadas tenía el objetivo de adquirir un compromiso total de entrega a su patria, por lo que el amor a Guatemala debía ser el componente básico de la personalidad del militar. Su vocación, por consiguiente, era honrar a su patria, sirviéndola con dedicación y fidelidad absoluta. En 1932, alguien que lo conoció el mismo día de su ingreso a la academia militar y lo trató de cerca los siguientes veinte años, dijo que “poseía la mente más brillante que jamás hubiera conocido”. Lo que interesa ahora es conocer cómo se forjó su carácter y su personalidad de hombre revolucionario en las Fuerzas Armadas, qué hizo para forjarse como tal y cómo lo hizo cuando tuvo la oportunidad de jugar el papel relevante que tiene en nuestra historia. María Vilanova, su futura esposa, refiere su ingreso a la Escuela Politécnica, de la siguiente manera: “Mi esposo era muy inteligente. Un primo suyo, Eduardo Weymann Guzmán, hijo de Ernesto Weymann, de origen alemán, y de una hermana de doña Octavia, fue el primero en hablarle de la posibilidad de hacer una carrera militar. El mismo Eduardo asistía a la academia militar en cuestión y lo alentó para que presentara los exámenes de ingreso. Estudió en la finca con mucho empeño y en un solo año preparó las materias avanzadas de secundaria. Luego se dirigió a la ciudad de Guatemala a rendir los exámenes y para asombro de todos obtuvo el primer lugar. De inmediato, fue admitido como alumno. El ingreso de Jacobo en la Escuela Politécnica alegró mucho a la familia Árbenz. Don Jacobo no fue nunca un hombre expresivo en sus afectos, aunque sí bondadoso, de modales impecables y de una contextura física envidiable. Mi esposo me contó que una vez él le pidió prestada su guerrera de la Politécnica para probársela pero ésta no le cerró, pues tenía un pecho demasiado ancho. Doña Octavia, mujer muy reservada, bondadosa y llevadera, adoraba a sus hijos. Jacobo estaba en la Politécnica y su vida por fin estaba encaminada. Mostró la disciplina férrea que lo caracterizó muchas veces. Siguió estudiando y destacándose por sus excelentes notas, su buena conducta y su esfuerzo. Llegó a ser abanderado y Capitán de la Compañía de Caballeros Cadetes, puestos honoríficos que hacía tiempo no se otorgaban. Siendo Sargento Primero, logró eliminar muchos de los métodos punitivos brutales que se habían utilizado en la Escuela Politécnica, donde existía una junta de antigüedad que


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sojuzgaba y se imponía arbitrariamente a los nuevos. Ya graduado impartía lecciones de Química, Física, Matemáticas, Arte de la Guerra e Historia Universal, haciendo énfasis particular en la historia de América Latina y el curso sobre “Bolivar”. También desempeñó el cargo de contador de glosa. Al morir el padre de Jacobo doña Octavia regresó a vivir a Quetzaltenango”. La versión de Amadeo García Zepeda, antiguo compañero de Jacobo en la Escuela Politécnica y su compañero de armas en el Ejército durante el período revolucionario, difiere un poco de la anterior, pero también nos dibuja la recia personalidad de un hombre perteneciente a una generación que buscaba “un futuro mejor” después de verse afectada con la quiebra de los negocios paternos a causa de la crisis financiera de 1932, “de la que ni siquiera los dueños de tierras y de fincas escaparon”. Según García Zepeda, al terminar Jacobo los estudios de primaria, “deberá continuar los secundarios, pero ello exige el ingreso a un establecimiento privado o público con pensum de bachillerato, requisito obligado para el ingreso a la Universidad, para realizar su proyecto de hacerse Ingeniero Civil. Sus padres, angustiados, constatan su incapacidad económica para sufragar los gastos que aquello implica. Amigos de la familia, enterados del problema se movilizan en su ayuda, y se preparan para solicitar al General Jorge Ubico, Presidente de la República, cuando visite la ciudad de Quetzaltenango en su gira anual acostumbrada, que se acercaba, y se valieron del Gobernador Departamental para que intercediera durante la audiencia que acostumbraba realizar. En efecto, le presentaron la solicitud para que Jacobo Árbenz pudiera estudiar en la Escuela Politécnica. A Jacobo le tomó de sorpresa la noticia, pues no estaba en sus proyectos adoptar la carrera militar. Así quedó resuelto el problema. Árbenz sustentó y aprobó el examen. Ingresaría como caballero cadete en la Academia Militar. Para el joven Árbenz, esta era la oportunidad de ingresar a la Universidad de San Carlos de Guatemala, ya que al egresar, después de 4 años de escolaridad, obtendría el diploma de Oficial del Ejército, equiparado al bachillerato. Doña Octavia, madre de Jacobo, luciría con discreto regocijo su satisfacción, por los éxitos estudiantiles de su hijo, que debido a su excepcional talento, su buen desarrollo físico y humano logró surgir como estudiante de alta calidad y que al graduarse de Oficial del Ejército, lograría que su expediente ascendiera a los más altos índices de la excelencia, por lo que se le consideró el mejor cadete, orgullo de su tierra natal Quetzaltenango, de su familia y su círculo de amigos. Por tales méritos, obtuvo como distinción ser nombrado Abanderado de la Escuela Politécnica, puesto que mantuvo durante su época de estudiante. Doña Octavia fue una madre ejemplar, que supo sembrar en su único hijo varón,


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los mejores principios morales y éticos y gozó en verdad los frutos excelentes de sus esfuerzos al identificarlo como estudiante poco común. Para entonces Jacobo Árbenz se había convertido en el cadete acreedor de los más altos honores en todas las pruebas de formación académica, físicas y deportivas, con alto grado de perfección y destreza”. La familia Weymann concuerda en todos los puntos mencionados, precisando que su ingreso a la Escuela Politécnica fue el 27 de julio de 1932, “alcanzando un excelente récord académico. En los registros de dicho centro de estudios se hace constar que recibió cuatro veces la placa de alumno distinguido: en 1933, en 1934 en dos ocasiones, y en 1935. Ascendió a cabo, sargento segundo, sargento primero, graduándose de oficial de infantería y abanderado de la compañía de cadetes, el 22 de diciembre de 1935”. Rafael Aguilar de León, un antiguo amigo de la niñez de Jacobo y luego compañero de promoción en la Escuela Politécnica nos relata que al ingresar: “tuve el agrado de encontrar entre los catorce que formábamos la promoción 26, a mi querido amigo de los Boy Scouts Héctor Medina, mi amigo Julio Archila Peña y a Jacobito. Como todas las escuelas militares, los “nuevos” tienen que aguantar las pesaderías de los “antiguos”, yo andaba siempre con Jacobo. El primer domingo, los “antiguos” le pusieron guantes de box a Jacobo y lo pusieron a pelear con el negrito Mendoza, que era muy ágil y excelente para el box Jacobo jugó con él sin golpearlo mucho durante tres minutos. El negrito dijo ’ya estuvo bueno, que venga otro, que venga el negro Boné, que dice que es el campeón‘ (el negro Boné peleaba muy bien). Algo grosero después de unos brinquitos, Boné se lanzó con una seguidilla de golpes fuertes que hicieron reaccionar a Jacobo, quien le dio al campeón una noqueada que lo dejó humilde. Jacobo le preguntó: ’¿Tiene suficiente?’. Boné salió del cuadrilátero triste, le habían quitado el “cartel”, ya no era el campeón. Desde entonces mi amigo nunca tuvo que pelear con nadie, pues se impuso desde la primera semana. Al llegar la época de exámenes, Jacobo logró la placa de alumno distinguido y la tuvo hasta el último semestre. Fue sargento primero, jefe de la compañía de cadetes y abanderado de la Escuela Politécnica. El evento en que el ministro de Guerra e Inspector General del Ejército, capitán general don José Reyes le entregó la bandera, un 30 de junio en parada militar en el Campo de Marte, fue un acto hermoso”.


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Jacobo Árbenz al salir de la pubertad, es decir al encontrarse en la fase en que se producen las modificaciones propias del paso de la adolescencia a la edad adulta, no tardó en despertar a una nueva vida: la vida en la ciudad capital de Guatemala, donde sería parte del principal cuerpo represivo del país, el Ejército nacional. ¿Sabía Jacobo valorar en forma correcta el paso que había dado, ingresando como cadete a una institución del Estado que sólo servía para provocar el terror y la muerte entre el campesinado? ¿Era un oportunista que buscaba el éxito personal a toda costa, como un provinciano pequeño burgués más? La conclusión que se puede extraer es que en él impera el espíritu de dejarse guiar por el instinto, por la toma de iniciativas propias de la juventud sin conciencia de clase de ningún tipo, pero sí con fuertes intereses aún por crearse. Los requerimientos de convertirse en una persona exitosa, encontraron respuesta en su ánimo para salir de su querido terruño con vista a labrarse un futuro sin temor a un posible fracaso o a que el intento de llevar a la práctica sus sueños más íntimos de superación personal, tropezara con obstáculos inevitables como insalvables. Después de ingresar a la Escuela Politécnica, se mostró ansioso por demostrar su capacidad como líder dejando atrás su pasado de niño y adolescente provinciano. Aún no había comenzado a involucrarse en la vida política del país, pero ya sentía la necesidad de aprender la disciplina del deber y el sentido del patriotismo burgués. Sin embargo, en la Ciudad de Guatemala todo le resultaba nuevo. Sabía que apenas se encontraba en el último eslabón de una cadena de mando que estaba atada a su formación profesional, y que lo único que necesitaba por el momento era el apoyo moral de su padre y de su madre. Lo tuvo y no le fue nada mal en los inicios, porque era un joven avispado con grandes deseos de triunfar en un nuevo mundo por explorar. Se trataba de un mundo que podía conquistarse teniendo las ideas adecuadas, que coincidieran con el poder empresarial imperante en las instituciones de élite como era el Ejército. Aquí se aprendía el manejo de las armas, pero también modales para comportarse como un miembro de la clase alta, sobre qué debía hablarse en privado y en público para caer bien y, en general, se aprendía todo aquello que entrara en el marco de creencias y actitudes del sistema de poder en la alta sociedad guatemalteca. Sus expectativas de éxito social no se vieron defraudadas, Jacobo Árbenz se entusiasmó con el deporte elitista del polo, que le abrió las puertas para ingresar a un club privado donde jugaban equipos pertenecientes a


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lo más rancio de la oligarquía cafetalera Era la gente privilegiada, la que manejaba el poder tras bambalinas y tomaba las decisiones de alto nivel en el país. Muchos de ellos no tenían una imagen real de lo que estaba ocurriendo en Guatemala y Jacobo no dejaba de asombrarse, pero la inesperada desaparición física de su padre fue para él un golpe muy fuerte, que aunque rompió la burbuja en que se había introducido, encajó con gran entereza de ánimo. Es posible que pensara que estudiar ingeniería podría compatibilizarlo con estudios militares, ya que dentro del Ejército eran muy solicitados los ingenieros de caminos, así que la idea de volverse a reunir con su pariente y amigo Eduardo Weymann no significaba renunciar a sus posibles estudios universitarios. Como refiere Juan de Dios Aguilar de León, Jacobo sí se inscribió en la Facultad de Ingeniería, llegando a cursar la clase de Física que impartía el prestigioso ingeniero Jorge Erdmenger, “quien lo distinguió cariñosamente”. Es sabido que en la academia militar tuvo el joven Jacobo Árbenz la oportunidad de exponer su gran talento a un nivel más alto que cuando estaba en la escuela primaria y secundaria. Desde un principio tomó muy en serio su nuevo papel como cadete. Su porte era erguido, deportivo, con el rostro de un hombre inteligente, confiado y seguro de sí mismo. Sus entrenamientos físicos y militares regulares los hacía Árbenz a fondo, aprendiendo a mantenerse en forma y a mejorar cada día en las tareas relacionadas con sus estudios. Dadas sus magníficas condiciones físicas e intelectuales, no fue necesario armarse de muchísimo temple y energía para destacar entre otros jóvenes igualmente deseosos de figurar en primer lugar, pero lamentablemente mediocres por no decir una palabra más dura. Como ya se ha mencionado, sus profesores le consideran un joven despierto y agradable aunque de trato muy serio, que hace una carrera militar brillante y merecía graduarse con altos honores como subteniente de caballería. Fue en la capital donde se le abrió un nuevo horizonte, al comenzar a tomar mayor conciencia de su futuro, al tiempo que aprendía a manejar su vida personal, lejos del ámbito hogareño. Jacobo sabía, desde que estaba en la finca, que había otra vida fuera del medio rural, y que era esa vida la que le ofrecía la posibilidad de ascenso social. Deseaba hacer una carrera en un terreno propio, donde no tuviera nada que ver con su pasado de hijo de un boticario suizo. Su niñez y juventud fueron muy importantes para él, pero aunque estaba consciente de que nunca dejaría de ser el hijo


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de un inmigrante con una ladina, entre sus planes estaba el reinventarse, superando cualquier obstáculo que se le apareciera en un nuevo escenario. A su corta edad estaba ansioso por poder demostrar su capacidad como líder dejando atrás su pasado de niño y adolescente provinciano. Fue así como comenzó a involucrarse en la vida política del país. No le fue nada mal porque era un joven avispado con grandes deseos de triunfar en un nuevo mundo por explorar. Sus expectativas no se vieron defraudadas pese a la desaparición física de su padre. Después de años de arrastrar su enfermedad, en 1943 Jacobo padre tomó la drástica decisión personal de partir de Guatemala para no volver jamás, disparándose un tiro en la boca y poniendo fin a su vida. Según relata su nieto Árbenz Vilanova, su abuelo era un hombre adusto de carácter fuerte, atrás había quedado su conocida jovialidad. En la casa llegó a reinar un ambiente de angustia y tensión permanentes. El pasar muchos años al borde de la muerte, y estar azotado permanentemente por la enfermedad y el uso de la morfina, condujo a que con los años se le deteriorara la mente, llegando a pensar que sólo el suicidio pondría remedio a su mal crónico y degenerativo. Un día le preguntó el abuelo a su padre cuál sería para un hombre la manera más rápida de acabar con su vida. El hijo no adivinó que su padre tenía la intención de emprender otro viaje, esta vez sin pasaje de retorno. Jacobo padre se las arregló para que su hijo no cayera en la cuenta de sus intenciones y ambos hombres conversaron abiertamente sobre la muerte, el uso y abuso que se hacía de las armas de fuego, las desgracias humanas que provocaban y la necesidad de que la paz imperara en el mundo. Jacobo hijo le dijo a su padre que le repugnaban las muertes violentas y que cualquier crimen o suicidio no dejaba nunca en buen lugar el nombre de la persona que lo cometiera. El hijo del suicida potencial no sabía que su padre ya había llegado a la conclusión de que sólo arrancándose la vida terminaría con sus terribles sufrimientos. La desaparición por siempre de su padre fue para el futuro presidente un golpe doblemente fuerte. Para su madre, la muerte de su esposo significó, inicialmente, su propia muerte. Más tarde se recuperó sentimentalmente, ya que se ha dicho que se volvió a casar. Del padre de Jacobo tenía los mejores recuerdos, consideraba que había sido feliz a su lado, que había sido un buen hombre y un buen padre de sus hijos, honesto, responsable, educado, y que aunque había llegado casi niño a Guatemala, con los años se había convertido en todo un caballero suizo. Y aunque ella procuraba


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recordar los buenos momentos pasados a su lado y junto a sus hijos, su ida sin retorno fue una gran tristeza para todos en su familia. Pero también para la familia Árbenz Guzmán, la muerte de don Jacobo significó la llegada de días de situación económica muy ajustada, por no decir de pobreza. Ella sabía que esas inesperadas responsabilidades de madre se las había deparado la vida, pero trabajar para que ellos pudieran seguir estudiando y lograran adquirir una posición social respetable, era lo menos que podía hacer por sus hijos. No se ha contado aún la historia de una antigua maestra de niños convertida en costurera que trabajó de sol a sol para sacar adelante a sus hijas e hijo adolescentes. No sabemos si sus hijas la ayudaban en esa tarea y si el mismo Jacobo desempeñó un empleo paralelamente con la finalización de sus estudios. Lo que sí nos imaginamos es a doña Tavita encorvada sobre su máquina de coser, procurando cumplir con los compromisos de costura adquiridos con sus clientas. Dicen que llegó a tener muy buena clientela, por lo que a ella y a sus hijos nunca les faltó comida en sus platos, a pesar de la discreta pobreza con la cual vivían. Doña Tavita era ya una viuda sola, sin complejos de superioridad, con sus tres hijos apoyándola con firmeza para seguir adelante en la vida con la cabeza muy en alto. Seguramente no fueron tiempos fáciles para los jóvenes Árbenz Guzmán, pero aun así fueron felices. Algún día diría su hijo Jacobo que le debía todo a esa maestra, esposa, madre abnegada, costurera, y siempre trabajadora infatigable. Un mejor modelo de entereza, energía, humildad y carácter no pudo haber tenido el futuro presidente de Guatemala. Seguramente la imagen de su madre trabajando en la máquina de coser, cosiendo y remendando ropa ajena en largas y agotadoras jornadas de trabajo, fue lo que condujo a Jacobo a dar pasos decisivos en su vida, a fin de que su madre y sus hermanas nunca más sufrieran escasez de dinero. Su madre le dijo un día, como si hubiese intuido la trayectoria que tendría su vida un no lejano día: “Hijo mío: el secreto de tu futura felicidad está en no dejar que tu corazón se llene de rencor. Recordálo: mucha gente te fallará, es inevitable. Te bajarán el cielo y las estrellas, les darás tu confianza y te defraudarán, pero nunca cierres las puertas de tu corazón”. La amistad entre Jacobo y Eduardo, su primo materno, sería de gran importancia para su futuro, ya que fue precisamente su amigo y familiar quien le indujo a unirse como cadete a la academia militar, en donde él había ingresado con anterioridad. Hacerse militar no había sido nunca su meta, pues al hombre de espíritu libre no le atraía la disciplina vertical, más bien rechazaba la idea de tener que obedecer órdenes de otros hombres, por lo general absolutamente ignorantes y muchas veces analfabetas.


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Justo cuando empezaba a pensar seriamente en abrirse camino por la vida estudiando ingeniería, a pesar de su inicial rechazo a la carrera de las armas, la sola idea de volverse a reunir con su pariente y amigo lo hizo optar finalmente por solicitar su ingreso a la Escuela Politécnica, pero eso implicaba que dejara de estudiar en la Universidad. No conocemos exactamente la fecha, pero tenía alrededor de 19 años. Él, el hijo de un inmigrante suizo, se convierte en 1936, en un joven cadete de la escuela militar. Una manera de lucirse brillantemente en la Escuela Politécnica era formando parte del equipo de jóvenes motociclistas entrenados para hacer piruetas en moto para impresionar a los espectadores los días conmemorativos de las fiestas patrias, el cumpleaños del dictador Jorge Ubico, y en otros eventos de carácter cívico y militar. Este equipo de motociclistas estaba formado por cadetes destacados que unían su pasión por las poderosas Harley Davidson con su interés por proyectar la mejor imagen del Ejército, en general, y de la Escuela Politécnica en particular. Debía darse la impresión que el ambiente que imperaba entre los miembros del equipo de moteros era de amistad, trabajo y disciplina, que el Ejército constituía una gran hermandad de hombres valientes. Esto debía servir de gancho para atraer a otros jóvenes a la carrera de las armas y solicitar su ingreso a la academia de formación de la élite de los cuerpos represivos. Recordaremos que Jacobo de niño hacía temerarias acrobacias con su bicicleta que al final de sus días terminó hecha trizas. Saltar de la bicicleta a la moto fue cuestión de tiempo y la posibilidad de adquirirla. Era divertido y al mismo tiempo llamaba la atención con sus muestras de valentía que hacía abrir las bocas de los mirones. Precisamente mostrarle a la gente su ilimitado valor era la finalidad y Jacobo no tenía que hacer ningún esfuerzo para probarlo, ya que a veces parecía, incluso, un suicida, haciendo saltos increíbles sin apenas despeinarse. La recompensa, era la respuesta del público con sus grandes aplausos llenos de afecto y satisfacción, y las voluptuosas miradas de amor y deseo que le dirigían las bellas y no tan bellas muchachas que acudían a la Escuela Politécnica en busca de jóvenes cadetes, con el fin de pescarlos como novios y futuros padres de familia. Ser miembro del equipo de moteros de la Escuela Politécnica tuvo, sin embargo, un final nada feliz para Jacobo Árbenz, según lo refiere Carlos Manuel Pellecer, de una manera más bien novelesca, pero no por eso irreal: “En 1935, el último semestre, previo a graduarse de oficiales, los cadetes participaron en un curso de motocicletas, cuyas prácticas de formación


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y velocidad, tenían lugar en el cercano “Campo de Marte”. Desgraciadamente, una tarde cuando el sol cayendo enceguece, Jacobo corría a la cabeza del pelotón con el cual disputaba, no pudo ver los rieles clavados en el suelo para delimitar las pistas e iba a tal velocidad que uno de ellos se le clavó en la pantorrilla. El hierro, además de hacerlo caer arrastrándose por tierra, le penetró en la carne desgarrándole los músculos gemelo y sóleo. De urgencia llevaron al sargento primero al Hospital Militar. Su estado fue declarado de gravedad. Se le aplicaron las primeras transfusiones. Hubo que proporcionarle rigurosa asepsia e inyectarlo contra el tétano; luego lo difícil de contener la hemorragia en ese punto de la extremidad. Vino sucesivamente el esforzado trabajo de los cirujanos para reconstruir los músculos rotos y los nervios, las arterias y las venas. Por primera vez en Guatemala se realizó un injerto de fibras específicas con la propiedad de contraerse, que tuvo éxito, y por fortuna se evitó la amputación de la pierna. Cuestión de nueve a diez semanas inmovilizado, que Árbenz aprovechó repasando los cursos que debía sacar a finales de diciembre, previo a obtener los despachos de oficial del ejército. Tan exitoso fue el tratamiento, que los cirujanos creyendo hacerle un favor, le dieron de alta, no obstante su intensa palidez y notoria debilidad, a fin de que Jacobo disfrutara asistiendo a la “Feria de noviembre”, suntuosa por tratarse de un homenaje al presidente Jorge Ubico, quien cumplía años el 10 de ese mes. Árbenz quiso quedarse en la Escuela por su natural apatía al baile y la parranda, además adujo serias limitaciones financieras, pues su padre había muerto y la viuda, madre de Jacobo, carecía de recursos. Pero debió plegarse a los reiterados ruegos de sus amigos, algunos de los cuales provenían de familias adineradas de Honduras, Nicaragua y aún de Guatemala. En un momento dado, el sargento Árbenz reconoció sentirse mal con la primera copa de whisky, pues no era para poco su estado, después de las intervenciones quirúrgicas y su larga estadía en el Hospital Militar. Continuó parco al tomar, rechazando las bebidas alcohólicas. Por tratarse de una festividad extraordinaria, los cadetes pudieron permanecer en la calle –numerosos en la feria- más horas que de ordinario. A las 20:00 horas debieron estar en la Escuela para establecer el “estado de fuerza” ante los jefes de turno. Minutos pasados de las veinte horas, el sargento Jacobo Árbenz, tras tener los datos numéricos de todas las secciones, informaba al teniente coronel Marco Aurelio Mérida, subdirector de la Politécnica y durante una semana “jefe de servicio” con el ritual saludo militar: “Mi coronel, no hay novedad… La Compañía está completa. Todos los cadetes presentes”.


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Mérida respondió al saludo y llegó a donde se alineaba el cadete Francisco Morazán, quien balanceábase a punto de caer fuera de filas. Si esto no ocurría era sólo porque sus compañeros de los flancos lo sostenían. El teniente coronel acercándose al cadete, constató su completa embriaguez. Ordenó entonces, que Francisco Morazán, Jorge Micheo y otros dos briagos que descubrió en la formación fuesen conducidos a las bartolinas”. Pellecer cuenta que también Jacobo fue conducido a una bartolina, siendo además amenazado de expulsión por responderle desafiante al oficial superior que lo acusó de estar él igualmente ebrio. “El sargento Árbenz sintió hambre, pero mientras estuviera prisionero no tendría más que pan y agua, dos veces en la jornada. Además dormiría en el suelo, sin cobijas. Meditaba preocupado en lo que había ocurrido. Si Mérida lograba que lo expulsaran, él habría de pasar por esa humillación de sentir, ante la bandera de la Compañía de Cadetes, que había portado con orgullo en los desfiles, le arrancaran sus vueltas de sargento y otros distintivos, incluyendo la pequeña placa que llevara sobre el pecho, donde se leía “Alumno Distinguido”. En fin él podía sufrir ese y otros vejámenes, lo que no sabía era cómo enfrentar a su madre, doña Octavia Guzmán viuda de Árbenz, quien a sus torturas morales de los últimos tiempos, tendría que agregar su salida de la Escuela Politécnica…” Por suerte para Jacobo, según Pellecer, el ministro de la Guerra, general José Reyes, rechazó la petición de expulsión, por considerarla fuera de lugar: “Para el sargento primero Jacobo Árbenz, en aquel mundo de arbitrariedades e intrigas, hubo varias circunstancias que le favorecieron. El general de división don José Reyes, nativo de San Carlos Sija, Quetzaltenango, en el curso de los años había hecho buena amistad con el suizo don Jacobo Árbenz, padre de Jacobo, y era asiduo cliente de la farmacia de su propiedad. De modo que el Ministro guardaba gran consideración para la familia Árbenz, en todos sus miembros. Desde el ingreso de Jacobo a la Escuela Politécnica, había seguido la carrera del muchacho, dispuesto siempre a estimularlo. Quería que ese simpático patojo coronara los estudios militares para los que mostraba gran aptitud…” La relación de María Vilanova es más personal, pero también ella señala que, efectivamente, Jacobo fue víctima de un abuso de autoridad por parte de su oficial superior: “En Guatemala se celebraba una feria en honor al cumpleaños del dictador Ubico (10 de noviembre), entre las actividades programadas estaba un baile, a éste asistimos todos los amigos del grupo un 11 de noviembre. En una de las mesas se hallaban reunidos varios cadetes de la


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Escuela Militar, próximos a graduarse. Ramiro Gereda me dijo: ‘Ven, María, te voy a presentar a un cadete muy especial a quien llamamos “El Suizo”.’ Ese cadete era Jacobo Árbenz Guzmán. En esa misma mesa estaban reunidos Adolfo Báez Bone, Mario Sosa Navarro, Paco Morazán y Chema Tercero. Báez y Tercero (nicaragüenses) fueron fusilados en Nicaragua por conspirar contra el régimen de Somoza. Desde el primer momento en que conocí a Jacobo me sentí atraída por él y él por mí. El “flechazo” fue mutuo. Jacobo era un hombre apuesto, serio, muy reservado, pero desde el primer momento la atracción que hubo entre los dos facilitó el diálogo y la comprensión. Árbenz siempre creyó en mí sin reservas. Debo manifestar que soy una de las pocas personas en las que confiaba íntegramente. El día en que conocí a Jacobo lo noté muy pálido y no era para menos, por la mañana había salido del hospital en donde había estado internado por más de un mes, debido a un accidente en motocicleta, en el cual se le incrustó el pedal en la pantorrilla, “el golpe le había tornado la pierna al revés”. Me contaba Jacobo que ese accidente por poco le cuesta la vida. Cuando lo llevaron al hospital militar lo atendió el cirujano doctor Salvador Ortega. En ese tiempo no se conocían los antibióticos; la pierna de Jacobo comenzó a infectarse e inflamarse, de tal manera que la hinchazón le llegaba hasta el hombro. En determinado momento el doctor Ortega decidió amputar la pierna. Muy cortésmente pero con firmeza Jacobo le dijo: ‘Doctor, usted no podrá hacer eso, porque ya para esas horas de la mañana yo me habría quitado la vida; le digo esto para advertirle y salvar su responsabilidad’. Pasó la noche, y a la mañana siguiente como por milagro comenzó a descender la inflamación. Cuando le dieron de alta, sus amigos de la Politécnica lo fueron a recoger al hospital y con juvenil entusiasmo lo invitaron para que los acompañara a la feria, pero Jacobo estaba lejos de sentirse totalmente bien. Después de haber participado en la fiesta, nos despedimos. Ramiro Gereda, Carmen y yo volvimos a la pensión y Jacobo y sus compañeros a la Politécnica. A la entrada del plantel se desmayó. Esto fue interpretado por sus superiores como una borrachera. Por este malentendido fue castigado durante un mes a permanecer en bartolinas hasta el día de su graduación, aunque el desmayo claramente había sido provocado por su problema de la pierna. Jacobo soportó el castigo ya que tenía un estricto sentido del honor y la disciplina militar.”


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Es sabido que en la academia militar tuvo el joven Jacobo Árbenz la oportunidad de exponer su gran talento a un nivel más alto que cuando estaba en la escuela primaria y secundaria. Desde un principio tomó muy en serio su nuevo papel como cadete. Su porte era erguido, deportivo, con el rostro de un hombre inteligente, confiado y seguro de sí mismo. Sus entrenamientos físicos y militares regulares los hacía Árbenz a fondo, aprendiendo a mantenerse en forma y a mejorar cada día en las tareas relacionadas con sus estudios. Dadas sus magníficas condiciones físicas e intelectuales, no fue necesario armarse de muchísimo temple y energía para destacar entre otros jóvenes igualmente deseosos de figurar en primer lugar. Aunque inicialmente fue tratado como un provinciano más, muy pronto sus propios compañeros de estudios advirtieron que era alguien a quien debían aprender a respetar. Después de sus actuaciones en el gimnasio de la Escuela, muy pocos se preguntaban de dónde había salido semejante fiera. A esto contribuyó no sólo el haberse robado el escenario, tirando a la lona de un buen gancho al entrenador de boxeo, quien era el campeón nacional de dicho deporte, sino también la demostración de que su inteligencia era fuera de lo común. Carlos Manuel Pellecer, futuro miembro prominente del Comité Central del PGT, al cual renunció años más tarde exiliado en México, fue alumno de Jacobo Árbenz en la Escuela Politécnica y durante los años de su presidencia su estrecho colaborador como uno de los principales dirigentes del proceso de reforma agraria; cuenta cómo lo conoció el día que se presentó en el aula donde daría su primera clase como catedrático del plantel militar: “Teníamos ante nosotros al joven oficial Jacobo Árbenz, de quien conocíamos la leyenda. Ágil y fortísimo, había noqueado al profesor de box, de lucha y gimnasia, después que hubo cumplido el largo castigo de dos horas de plantón durante ocho noches, porque el cadete Árbenz, alumno de nuevo ingreso, sintiéndose enfermo se negó a boxear con él. Furioso el capitán Alberto Amézquita le había impuesto el exagerado castigo. Pero aquella mañana, Árbenz dijo: ‘Póngase los guantes, mi capitán’, mientras enfundaba los suyos. Amézquita, capitán asimilado como cualquiera de los civiles que daban algún curso en la Escuela, lo vio despectivamente, accediendo al pedido de Árbenz, y cuando éste se le puso enfrente, Amézquita, uno de los famosos campeones en el box nacional, lanzó un gancho izquierdo a la mandíbula e inmediatamente otro gancho derecho con la misma dirección, que a gran desconcierto del profesor y los alumnos, el cadete Árbenz esquivó sin esfuerzo, replicándole tan fiera y persistentemente, que golpeó al profesor varias veces. Árbenz no disminuyó la agresión hasta cuando el otro cayó sobre el tablado casi sin sentido, pero


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permaneció en guardia, esperando que el rival se levantara y continuara la pelea. Mas el boxeador profesional se irguió sólo sobre una rodilla, levantó ambas manos por encima de la cabeza, implorando: ‘-¡Ya está bien… cadete! ¡Ya está bien!...’ Amézquita nunca más invitó a Jacobo Árbenz a boxear con él, ni tampoco volvió a mandar castigado a alguno de aquella clase. De modo que el legendario Sargento Primero y Abanderado de la Compañía de Caballeros Cadetes, era nuestro profesor de “Organización militar”. Seducidos le clavamos con la vista. Era bello como los héroes de películas. De estatura mediana, no muy alto ni bajo. Ancho de espaldas, cuello largo, musculoso, sosteniendo una hermosa cabeza apolínea de pelo rubio y liso. Blanca la tez muy pálida. La quijada cuadrada, boca pequeña, bien proporcionada; nariz respingona que se dilataba con frecuencia; los labios delgados proclives a mostrar la dentadura blanca y sana; la frente abombada, el ceño adusto, entre los ojos grises, fríos, de penetrante mirada sin evasiones. Con aquel uniforme francés de guerrera gris, botonadura alta, y pantalón rojo, se hubiera dicho Maurice Chevalier en la opereta “La viuda alegre” o Ronald Colman en “Beau Geste”. En suma, un ejemplar viril, exótico, cuya expresión melancólica en el rostro, hacía pensar en “El Aguilucho”, desafortunado hijo de Napoleón Bonaparte con la princesa austriaca. Podría ser asimismo un Tonatiuh contemporáneo, ninguno de sus rasgos indígenas. Sus modales simples, el ritmo y austeridad de sus palabras, revelaban una ingénita aristocracia”. Como deportista, Jacobo Árbenz impresionaba a todo el mundo por la pasión que colocaba en todo lo que hacía. No escatimaba esfuerzos, inyectándole a todo buenas dosis de perseverancia, intensidad, rapidez, disciplina, valentía, lucha, sudor y a veces sangre. En todos los campos aprendió muy bien lo que tenía que hacer en cada momento y a cómo comunicarse con sus superiores y, muy pronto, con sus subalternos, al ser nombrado primer cabo gracias a la recomendación de un compañero de mayor experiencia: Domingo Fuentes, con quien se reencontró en el cuartel de San Juan Sacatepéquez después de graduarse ambos de oficiales, y quien, juntamente con su hermano, también oficial del Ejército, le acompañarían toda su vida de político profesional, hasta llegar don Mingo a ser diputado al Congreso hasta el día del derrocamiento del gobierno revolucionario. Este año de 2011, a sus 96 primaveras, tuve el honor y gusto de conocer a este lúcido antiguo revolucionario, y de escuchar sus interesantes relatos sobre Jacobo, a quien conoció de joven como muy pocos. Encontré a don Mingo muy ansioso de compartir oralmente sus conocimientos históricos y antiguas experiencias con Árbenz, a alguien que lo transmitiría literalmente a la Historia.


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La Escuela Politécnica era inicialmente un medio desconocido para Jacobo Árbenz, pero gracias a sus magníficos atributos intelectuales, valentía, gran predisposición al sacrificio, y a sus éxitos deportivos, que pronto lo dieron a conocer, no tardó mucho en hacer nuevas amistades y triunfar, convirtiéndose en un cadete muy popular entre sus compañeros de estudios y en el abanderado del establecimiento. De hecho, fue hasta que ingresó a la academia militar que Jacobo dejó de ser tratado como un adolescente, para ser tratado como un adulto joven. El haber obtenido su primer galón militar gracias a la recomendación de un destacado cadete antiguo, fue para Jacobo de una gran magnitud y proporción, haciéndole sentirse en el lugar preciso donde debía estar y pertenecía. Sueña con ser oficial del Ejército. Había descubierto su vocación. Ya se ha escrito que la vocación es algo que se descubre después de pasarse por diversas etapas de la vida. Al principio simplemente surge un gusanillo de algo que se desea ser, pero antes de tener la certeza deben superarse muchas pruebas. Una de ellas es asegurarse de lo que no se desea hacer, a menos que se quiera perder el tiempo irremediablemente. Jacobo descubrió los días, semanas y meses, que trabajó en una finca, que su primer objetivo era salir cuanto antes de ahí o continuaría el resto de su vida leyendo todo tipo de novelas que cayeran en sus manos, bañándose y pescando en el mismo río, cazando y tumbando gruesos árboles, y refugiándose en la búsqueda de soluciones a los problemas cotidianos. Después que la vida al aire libre había contribuido grandemente a su desarrollo físico, debía llenar su espíritu abandonando a su familia y su ciudad natal para siempre. En una palabra, buscar su vocación en la ciudad capital. Al lograrlo, comenzó él mismo a formar parte de un decorado que antes sólo había imaginado. Su ingreso a la Escuela Politécnica fue para iniciar una nueva manera de vivir, más acorde con sus aspiraciones de ascenso social y bienestar económico; todavía no le preocupaban los derechos del campesinado ni el problema agrario, pero sí se dice que ya hablaba de los oprimidos y las injusticias sociales; es decir, ya estaban aflorando sus futuras inquietudes políticas de índole económico-social. En sus primeros tiempos como estudiante lo que más le interesaba era resolver los problemas de su educación y superación personal en el ámbito de su formación profesional como futuro militar. Jacobo gozaba de mucha simpatía entre sus maestros y condiscípulos por su actitud de respeto hacia sus superiores y gran compañerismo. A todos los que le conocían se imponía en seguida por su inteligencia política y su fuerte personalidad. En clases


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se destacaba entre sus compañeros por su búsqueda de la supremacía en todas las materias, siendo sus respuestas siempre muchísimo más amplias y profundas de las que se le habían solicitado. Su vida fuera de las aulas fue el germen de una actitud que siempre se encargó de alimentar con tenacidad; desarrollar por medio de la lectura el pensamiento abstracto, lógico, altamente especializado en la historia: la historia del poder político. Jacobo Árbenz se había preparado y trabajado mucho a fin de tener los méritos suficientes para ser nombrado Primer Cabo, equivalente a abanderado de su promoción. Más tarde sería nombrado abanderado de la Escuela Politécnica y Sargento Primero, máximo galardón al que podía aspirar un cadete. Sus éxitos lo hacían sentirse muy orgulloso de ser quezalteco, logrando llegar en muy poco tiempo a una posición destacada que muy pocos habían alcanzado a su edad. Sus triunfos como estudiante, al igual que como joven de armas, le aseguraron un futuro prometedor, pero nunca nadie se imaginó lo que el destino le depararía: llegar a ser el mejor presidente que había conocido la historia de Guatemala. Para que esto se hiciera realidad, Jacobo Árbenz tenía que madurar como hombre y desarrollar aún más su nueva personalidad. Esto sólo fue cuestión de tiempo, el tiempo le señalaría cuál iba a ser su verdadero objetivo en la vida. Su trabajo ahora era entrenar militarmente, estudiar académicamente, pasar momentos agradables con futuros compañeros de armas, sus amigos y compañeros de estudio, Durante su estadía en la Escuela Politécnica, sus profesores le consideraban un joven despierto y agradable aunque de trato muy serio. Su inclinación a la lectura le daba una determinada imagen y un prestigio indudable. Jacobo Árbenz hizo una carrera militar brillante, pero relativamente corta. Se gradúa con altos honores como subteniente de caballería, siendo joven y prestigioso, y con su uniforme de gala como oficial de infantería se veía resuelto y elegante. Acabado el período de formación profesional y graduarse, es destinado como oficial al Castillo de San José, un cuartel de la capital, a prestar su servicio militar, como subteniente, donde sirve en la oficina de dicho cuartel, preparando informes que nadie lee para sus jefes inmediatos. A fin de no estar detrás de un escritorio, al poco tiempo pide su traslado y es complacido, enviándosele al destacamento militar de San Juan Sacatepéquez. Durante meses su labor consiste en transportar víveres y material militar del cuartel general de la capital a su destacamento departamental, y en trasladar por cordillera (amarrados y a pie) a las fincas


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correspondientes a quienes se habían fugado para ser libres, en donde les esperaba la cárcel, el cepo, azotes y muchas veces, la muerte. Tiene a sus órdenes a otros dos suboficiales y a una dotación de diez soldados. Harto de ser utilizado como esbirro militar, pone en juego sus buenas relaciones con sus antiguos profesores para obtener su traslado a la capital. Así, tras un par de años como joven oficial, su nombramiento como catedrático de la Escuela Politécnica le permitió volver a instalarse en la ciudad de Guatemala. En la Escuela Politécnica sus antiguos profesores lo estimaban, tanto por haber sido un alumno abanderado como por su inclinación al estudio y sus buenas aptitudes para la enseñanza. Sus alumnos pronto se refieren a él con mucho respeto y admiración. Este trabajo le gusta a Jacobo Árbenz. En el aula es el único que dice lo que hay que escuchar y puede utilizar los conocimientos que ha acumulado a lo largo de sus lecturas y estudios. Como catedrático con horarios rígidos se dedicó a enseñar sucesivamente los cursos de Historia y Matemáticas, teniendo mucha paciencia y habilidad para explicar a sus alumnos los oscuros problemas de la historia política universal y las particularidades del álgebra. Siempre les repetía que para resolver ecuaciones lo mejor era aguzar la mente. Con muchos de sus alumnos estableció una profunda y fructífera amistad. Pronto se ponen de manifiesto sus dotes de mando, su valor y su resistencia durante las prácticas militares que regularmente lleva a cabo con sus alumnos. En la primaria, la secundaria y en la Escuela Politécnica, Árbenz dio pruebas de su talento y sus logros fueron más allá. Como catedrático de la academia militar donde se formó, exigía de sus alumnos respeto, austeridad y aplicación, por lo que muy pronto fue reconocido como un magnífico catedrático de los cursos que impartía. Sus alumnos llegaban a sentirse como frente a un oráculo capaz de darles respuesta a todas sus preguntas. Árbenz se destacó enseñando la historia de las relaciones de los EE.UU. con América latina desde un punto de vista completamente novedoso. Después de devorar muchos libros de historia y de profundas reflexiones, había llegado a la conclusión de que todas las cuestiones respecto a cómo funcionaban dichas relaciones giraban en torno a la manera como los EE.UU. hacían valer, ante todo, sus intereses de estado. Siendo Jacobo Árbenz catedrático de historia de América, refiere Pellecer su manera de enseñar: “Sólo en el tercer semestre dio a mi grupo y a mí mismo la clase “Organización militar”, la cual poco se prestaba para un intercambio ideológico por ser demasiado técnica, pero en los siguientes


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semestres, le correspondió enseñarnos “Historia de América” e “Historia Militar”. Ambas materias apasionantes para mí y para él. Creo que de ahí provino la fuerte amistad intelectual establecida entre nosotros. Le gustaba llamarme el primero a “decir la lección”, sabiendo que los cincuenta minutos de clase me eran insuficientes. Mi padre desde los años de cursar la primaria, amaba que analizáramos juntos, además de las simples memorias históricas, las condiciones sociales, comerciales, económicas y hasta psicológicas en que los participantes actuaban. La independencia de los Estados Unidos, la Revolución Francesa, las guerras napoleónicas, la creación del Estado de Manchukuó, eran temas que analizábamos según su método, con la suerte para mí, que en la primaria tuve magníficos maestros, en particular el profesor Emilio Cifuentes, a quien le encantaba analizar conmigo los grandes acontecimientos del pasado. Estudiar equivalía a ver el trasfondo social y económico de los hechos históricos. De modo que Árbenz tranquilo, me dejaba hablar y elucubrar la hora completa, empleando también los minutos de recreo. Él tomaba nota de apreciaciones o afirmaciones mías que le parecían novedosas o erróneas. Los muchachos de mi clase dormían, escuchaban o se distraían de alguna manera, sin que a nadie importase gran cosa nuestra polémica, y a la mañana siguiente, tocaba el turno a Jacobo de discutir conmigo las objeciones que había anotado. Sus observaciones sobre lo afirmado por mí o referencias al factor histórico en el que me había apoyado, según el profesor, correcta o impropiamente. De nuevo pasaba la hora del recreo. Si Árbenz no estaba satisfecho, a la ocasión siguiente volvía a la carga. De ese modo todos aprendíamos. Yo gané respetabilidad y afecto del contradictor que Jacobo era, aunque de tal me acusaba. Recuerdo en particular nuestras discusiones sobre la Primera Guerra Mundial, las previas por el dominio del comercio internacional; la derrota de Alemania; el Tratado de Versalles y las monstruosidades de éste que amenazaban la paz, y cuyas consecuencias fueron otras grandes discusiones diplomáticas hasta dar por tierra con la Sociedad de Naciones; la ocupación de Etiopía por Italia y la misma suerte que hubo de correr Albania, sin que los discursos pudiesen detener a Mussolini, como tampoco después detuvieron a Hitler. También analizamos la política de los Estados Unidos hacia América Latina, subrayando la actitud cobarde de nuestros gobiernos. En nuestro caso, condenábamos las grandes concesiones de tierras, puertos, ferrocarriles, etc. a favor de la United Fruit Company”. Este perfil muestra una muy interesante faceta de su personalidad. Hasta ahora sólo nos habíamos referido a un rasgo sobresaliente de su manera de ser: destacarse en todo aquello que le interesaba y ser consecuente hasta lograr el objetivo final, procurar ser siempre el mejor en lo que se proponía. Como catedrático de historia es indudable que aspiraba a ser


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sobresaliente y lo logró al convertir una clase de hisoria formal, común y corriente, en un seminario donde él mismo podía aprender enseñando. Nos dice Pellecer que Árbenz no tenía tendencia a dar cursos de historia repetitivos, sino que procuraba escuchar lo que opinaban sus alumnos a la par de enseñar. Esto es un síntoma de que Árbenz estaba modificando sus convicciones a través de la discusión y la reflexión o lo que es lo mismo, él mismo estaba en proceso de aprendizaje científico sobre la importancia del análisis histórico. Mediante la técnica de la discusión con sus alumnos de los problemas generales de la historia global universal, Árbenz estaba transformando su pensamiento. No se trata de idealizarlo, haciéndolo mejor de lo que era, sino simplemente de comprender que el joven catedrático se encontraba en proceso de transformación de su concepción de la historia. Hasta entonces, Árbenz parece haber seleccionado los datos históricos que poseía de un país, ordenándolos según la importancia que creía que tenían para determinar el curso de los acontecimientos. La información histórica erudita que poseía producto de sus lecturas le permitía conocer cómo funcionaba un país, pero no los mecanismos de su dinámica interna. Árbenz manejaba datos históricos empíricos sin el conocimiento de una teoría que le posibilitara la selección de dichos datos. Sólo el conocimiento de una teoría histórica y su aplicación a la realidad de una época determinada le posibilitaría llegar a la comprensión del funcionamiento de una sociedad en dicha época determinada. Conceptos como clase, lucha de clases, propiedad privada, Estado centralizado, orden establecido por una clase dominante, etc., le eran desconocidos aún. Sin embargo, el proceso del conocimiento histórico en que se encontraba y su interés por explicarse cómo funcionaba una sociedad, los mecanismos de poder que se movían tras la fachada, lo llevarían, tarde o temprano, a una nueva fase de comprensión de la historia y al verdadero conocimiento de la realidad guatemalteca del pasado y del presente que estaba viviendo. Sólo era cosa de tiempo llegar al conocimiento de la ciencia histórica y aplicarlo a la práctica y a la modificación de dicha realidad. Según Pellecer, su primer encuentro con Jacobo Árbenz fue en 1937, por lo que sus clases y discusiones sobre la historia mundial y de los Estados Unidos, tuvieron lugar en 1938, una época histórica muy difícil en todo el mundo, incluyendo a Guatemala, digna de ser analizada y discutida en clase. No importaba que todos o pocos de sus alumnos aprendieran las enseñanzas del profesor y de las discusiones que tenían lugar en el aula.


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Lo importante para nosotros es comprender el estado del conocimiento histórico en que se encontraba Árbenz en esos momentos y los cambios que estaban teniendo lugar en su concepción particular de la historia. Es de imaginarse y comprensible que un hombre dado a la lectura y a la reflexión solitaria, le prestara atención y fuera muy excitante debatir sobre el acontecer internacional y los problemas generales de la historia, con una persona tan inquieta e inquietante como Carlos Manuel Pellecer. Jacobo Árbenz había nacido y crecido en la segunda década del siglo XX, por lo que había sido testigo del neocolonialismo alemán en Guatemala. De hecho, él mismo era producto de tal neocolonialismo, porque su propio padre había llegado al país atraído por el trabajo como ayudante de su tío que residía en Quetzaltenango. Árbenz disfrutó del poder alemán y padeció el perjudicial efecto comercial que tuvo en el país la derrota del imperialismo alemán en la Primera Guerra Mundial, así que cuando discutía con sus alumnos algún tema histórico de importancia, en 1938, se sabía de memoria el trasfondo político y económico de los hechos históricos de los que hablaba. Conocía muy bien los orígenes, lo acontecido y el resultado de la Primera Guerra Mundial, la derrota de Alemania y el Tratado de Versalles que le fue impuesto a los vencidos por los vencedores, así como la latente amenaza de la paz desde el ascenso al poder de Adolfo Hitler, en 1933. Sin embargo, deseaba romper con los perjudiciales esquemas de la enseñanza teórica de la historia; quería que sus alumnos no le prestaran tanta atención a los datos eruditos, sino que al escuchar sus enseñanzas se sintieran estimulados a debatir sobre muchos temas, que los comentaran extensamente con él, corrigieran sus apreciaciones erróneas y, de ser posible, ahondaran más en el conocimiento en base a críticas sensatas. De ahí que a todos sus alumnos les diera amplias oportunidades para desarrollar sus argumentos, tal y como lo indica Pellecer. Árbenz respetaba la independencia de criterio de sus alumnos, pero procuraba explicar con gran inteligencia, pasión y una rara claridad, no sólo la historia de los países sino también las realidades de las épocas que trataba. Era un intento insólito en la Escuela Politécnica de estudiar temas históricos que a nadie interesaban en Guatemala, juntamente con la realidad de los pueblos más allá de la simpleza tradicional y de los tópicos establecidos en la enseñanza de la historia tradicional. Pellecer refiere que tuvo con su profesor “una sintonía intelectual casi completa”. Por eso no fue nada raro que Pellecer fuera poco después llevado esposado de la Escuela Politécnica a la Penitenciaría Central, la principal cárcel


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ubiquista de la ciudad capital, acusado de rebelión contra el sistema dictatorial imperante en el país desde 1931, donde pasó cinco años preso. Después del derrocamiento de la dictadura sería liberado, incorporándose activamente al movimiento revolucionario y, como veremos más adelante, prestando invalorables servicios a los gobiernos de Juan José Arévalo y Jacobo Árbenz. La crisis de la economía mundial y la gran depresión de 1929, condujeron a la quiebra financiera de Alemania y a la consolidación indiscutible de los EE.UU. como primera gran economía y primera potencia imperialista del universo. En Centroamérica y el Caribe, el predominio de los Estados Unidos se había ya hecho sentir desde su emergencia como gran potencia continental a mediados del siglo XIX. Como persona interesada en conocer las relaciones de Guatemala con la gran potencia del Norte, Árbenz se dedicó a analizar con criterio amplio, la historia de dichas relaciones y los manejos de dicha potencia con sus vecinos del Sur. De esta manera, Jacobo estudió no sólo la historia, sino también numerosos asuntos, esenciales como controversiales, para entender la manera como los EE.UU. manejó su política económica y social con América Latina.


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Capítulo II: El nacimiento de Jacobo Árbenz a la vida política

La Historia Universal que enseñaba y explicaba Jacobo Árbenz en la Escuela Politécnica en 1938 contenía un repaso, hasta el mínimo detalle, de los hechos acaecidos en el mundo en el siglo XIX, que dieron paso a los terribles acontecimientos políticos, militares y financieros que se hicieron sentir en la primera y segunda décadas del siglo XX. Nadie en Guatemala tenía clara la crisis política que se avecinaba a nivel mundial. Existía en todas partes una gran incertidumbre sobre los derroteros que iban a tomar en un próximo futuro las grandes potencias nazi-fascistas Alemania, Italia y Japón, enfrentadas ya política y económicamente a los grandes países imperialistas, Estados Unidos, Inglaterra y Francia. En Guatemala reinaba la euforia chauvinista entre los nazis locales y en los círculos del poder económico y político germanófilo, a la cabeza del cual se encontraba el dictador Jorge Ubico, gran admirador de Hitler y Mussolini. En Guatemala, la gran depresión de 1929 afectó a los neocolonialistas y a sus socios oligarcas, pero en especial a los sectores más empobrecidos de los trabajadores y de la clase media urbana. El encarecimiento del financiamiento y de los recursos que se acumulaban en los bancos alemanes, agravó igualmente la situación crítica de los productores de café guatemaltecos. Fuera de los interesados, muy pocos sabían que la oligarquía tradicional, la formada por los finqueros criollos de origen español, estaba siendo pisoteada por los neocolonialistas alemanes desde su arribo al país. Después de ser puesta de rodillas al caer en la dependencia de los exportadores de café que fijaban los precios del producto de acuerdo a su conveniencia, estaba en plena bancarrota a causa de las prácticas delictivas de las entidades bancarias de Hamburgo. Eran muy raros los finqueros que no tuvieran sus futuras cosechas de café comprometidas con agiotistas alemanes.


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Uno de estos todo poderosos finqueros, comerciantes y usureros, era el judío alemán Erwin Paul Dieseldorf, un ferviente nazi establecido en Cobán desde 1889. En toda Guatemala era famoso, temido y odiado entre los finqueros, por garrotero, pero también por su estrecha relación amistosa y comercial con el dictador Jorge Ubico, a quien servía de banquero, espía y hábil consejero político. Se decía que era el poder tras el trono, porque había conocido a Ubico cuando éste era Jefe Político en Cobán en 1906, es decir la máxima autoridad civil y militar del departamento de Alta Verapaz, que tenía la mayor concentración de finqueros y súbditos alemanes del país. Desde entonces Dieseldorff había cultivado una estrecha relación con Ubico, colaborando con él en todo lo concerniente al manejo del poder. Fue precisamente Dieseldorff quien introdujo en Guatemala las leyes esclavistas que el Imperio alemán utilizaba en su posesión de Namibia, para explotar a su albedrío la mano de obra nativa. Estas leyes fueron traducidas por el propio Dieseldorff y hechas aprobar por el Congreso guatemalteco con el nombre de Ley contra la Vagancia, siendo ya Ubico dictador del país. En los círculos políticos de Guatemala se conocía dicha ley, porque hacía ya muchos años que Dieseldorff presionaba en los círculos de poder político para que fuera promulgada, pero se consideraba muy dura para ser aprobada. Cuando Ubico llegó al poder, Dieseldorff logró que fuera aprobada sin ningún problema. La mayor parte de los parlamentarios afines todos al régimen, se apresuraron a complacer al dictador, pensando quizá que se trataba de una ley más. Seguramente nadie sabía que la ley aprobada con el nombre de Ley contra la Vagancia, era la traducción literal de la ley de trabajo forzado en un remoto como desconocido territorio de África, llamado entonces Sudwest-Afrika, actualmente Namibia. Lo que no se trataba ni se discutía en clase, por ser un tema tabú, era el relativo al efecto que el neocolonialismo causaba en los pueblos donde se establecía; en África al igual que en Guatemala Árbenz sabía, y no callaba, que esa historia mundial terrible era la causante de los años de grandes dificultades económicas por las que estaba pasando Guatemala. El colonialismo, primero, y el neocolonialismo después, eran los principales responsables de la injusticia social imperante. La distribución de la riqueza era favorable para los neocolonialistas pero particularmente desfavorable para el crecimiento económico del país. La distribución muy desigual de la tierra y la exención impositiva virtualmente total de los grupos de ingresos superiores en la agricultura eran una herencia


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del pasado que no se podía cambiar sin alguna perturbación temporal de la producción; pero a largo plazo un sistema más equitativo daría un uso más productivo a la tierra y la fuerza de trabajo. Las políticas gubernamentales del control burocrático que habían promovido la concentración de la riqueza y el ingreso sólo habían disminuido la eficiencia. Un uso mayor y mejor de los mecanismos e incentivos del mercado habría favorecido más el crecimiento y la equidad. A corto plazo era necesario buscar disminuir la disparidad de la riqueza. El aplazamiento de tal cuestión haría más difícil su solución. En consecuencia, sus conclusiones acerca del desarrollo social de Guatemala eran pesimistas. Si los beneficios del producto creado lo recibían en gran medida los neocolonialistas y demás grupos de ingresos elevados, las desigualdades sociales y económicas no tenían una justificación. Era necesario destruir dichas desigualdades en la estructura social, causadas por el alto grado de explotación de los campesinos, los mecanismos legales y las leyes esclavistas que la protegían. El sistema fiscal dependía en gran medida de la tributación por los impuestos de exportación de los frutos de la tierra como el café. Bajo el régimen del ladino que gobernaba despóticamente desde 1930 el general Jorge Ubico, el sistema fiscal funcionó políticamente bien, pues no sólo se pagaban regularmente los sueldos de la burocracia estatal, civil y militar, sino que el sátrapa se jactaba de haber acumulado recursos monetarios en las arcas nacionales. Sin embargo, esos recursos no eran para nada invertidos en la educación, sanidad y mejoramiento de las condiciones de vida de la inmensa mayoría de la población paupérrima. Es decir, toda la palabrería del dictador no valía nada ante la realidad del país. Su régimen era el reino de los barones de la tierra, los “señores feudales” según la jerga de moda, que vivían a expensas del trabajo esclavo del campesinado, “los siervos”. Los malos tiempos para los colonialistas ocasionados por la grave crisis económica y la recesión mundial que produjo la quiebra financiera de 1929, se reflejó en Guatemala con una disminución de la productividad agrícola y el aumento de la ineficiencia económica, que inhibieron la formación de capital. Malos tiempos para el neocolonialismo y para la dictadura imperante.


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TERCERA PARTE: LAS RAÍCES DEL ARBENCISMO Capítulo I: Jacobo Árbenz y Simón Bolívar

¿Fue para Jacobo Árbenz Guzmán la estadía durante un mes en un calabozo estrecho y casi completamente oscuro su nacimiento como revolucionario? Como Jacobo no podía hablar con nadie en la bartolina, seguramente se puso a reflexionar, a analizar friamente su situación y la manera y rapidez con que se habían desarrollado los eventos que lo habían conducido a la soledad en que se encontraba. Sus primeros pensamientos fueron sin duda hacia la bella joven salvadoreña que acababa de conocer. Jacobo no ignoraba la importancia que en la sociedad guatemalteca se le daba al complejo entramado de relaciones de pareja y su vínculo con las condiciones socioeconómicas de los pretendientes. Pensó en que debía valorar en su justa medida la penuria económica en que se encontraba y en que sería muy difícil que una muchacha rica se interesara por un militar pobretón, cuyo salario mensual recién graduado no alcanzaría ni para comprarle un par de zapatos de los que acostumbrada calzar. Su disciplina militar le impuso seguir adelante con su vida sin dejar de seguir siendo dueño de sí mismo. María Vilanova escribió sobre Jacobo, lo siguiente: “Durante el tiempo que estuvo castigado pidió prestados los libros para estudiar dentro de la celda y rindió los exámenes finales con brillantes notas, habiéndose graduado con honores. En la Escuela Politécnica llegó a ser Sargento Primero y abanderado de la Compañía de Cadetes; grado que desde años atrás sólo había sido conquistado por el Sargento Adolfo Hall. Después de un tiempo lo volví a ver ya graduado, con placa de honor de la Escuela. Comenzamos una relación que al principio fue de amistad pero que pronto se transformó en noviazgo…”.


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El aislamiento en prisión durante un mes produjo a uno de los más grandes estadistas de América Latina del siglo XX. Fue en ese ambiente de depresión que comenzó a forjar su espíritu revolucionario, leyendo una biografía de Simón Bolívar, que le hizo “mirar hacia atrás y hacia delante”. Se interesó por la historia universal, reflexionando seria y serenamente sobre el mundo en que estaba viviendo. La humillación por la que estaba pasando le hizo perder la fe en lo que hasta entonces le había dado interés a su vida. La oscuridad casi total en que se encontraba, paradójicamente le hizo “ver la luz”, como la ven los recién conversos. Una situación anímica que ha sido llamada “la psicología de la conversión”. El éxtasis intelectual producido con la lectura de la vida del Libertador no lo había tenido nunca y sería tan grande, que más adelante, al regresar a la Escuela Politécnica como catedrático de historia, creó un curso dedicado exclusivamente a estudiar la vida, pensamiento y obra de Simón Bolívar. El estudio de Bolívar tenía la finalidad de acercar a los jóvenes cadetes a un modelo de militar ejemplar, transformador de una realidad colonial que le tocó vivir desde su más tierna infancia. Haciendo uso de su intelecto privilegiado, Jacobo Árbenz supo discernir sobre la marcada influencia que tuvo la política en la estrategia militar de Simón Bolívar, llegando, a la conclusión de que además de político y militar fue un gran reformador social. Una conclusión notable en alguien que aún no había obtenido sus despachos de subteniente en la Escuela Politécnica. Su actitud adoptada para comprender lo histórico y permanente en acciones de una gran guerra independentista pone de manifiesto que Árbenz poseía un amplio criterio y una gran capacidad interpretativa de la realidad, que aplicaba el conocimiento histórico. Su conocimiento histórico lo aplicaba a la política y ésta a la estrategia militar, dando por resultado un conocimiento objetivo de la historia de Simón Bolívar, de su pensamiento humanista que le condujo a sus acciones de guerra. En una palabra, La motivación principal del militar histórico independentista era de carácter social. Árbenz era ya capaz de unir el sujeto con el objeto de la historia; es decir, al hombre que es capaz de utilizar la política y la estrategia para llevar a cabo un hecho histórico de relevancia mundial. Así que con este instrumental intelectual se dedicó plenamente a conocer al hombre Bolívar como autor de un hecho histórico; o sea, un ser con elementos cualitativos y cuantitativos suficientes para lograr “pasar a la historia”. Su concepción del conocimiento histórico lo transmitió Árbenz a sus alumnos en la Escuela Politécnica, tomando como modelo el documento


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conocido como La Carta de Jamaica, escrita por Bolívar en su exilio de Jamaica el 6 de septiembre de 1815 al comerciante inglés Henry Cullen. A manera de introducción al curso sobre El Libertador, el catedrático de Historia los hacía leerla y luego discutían los pasajes más emblemáticos de la misma. Árbenz estaba convencido de que Bolivar había llegado al primer puesto en el podio de la historia de América Latina, por luchar por la conquista de la independencia y la libertad de los pueblos latinoamericanos, y por pretender “enseñar a las masas el uso de esa libertad recién amanecida”, ya que, según sentenciaba “un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción”. Él creía que no se debía pensar en Bolívar sólo como el hombre capaz de dar las grandes batallas que condujeron a la liberación de las antiguas colonias españolas de la América Meridional, sino que también “en aquel general que como estadista fundó naciones, estableció sistemas de gobierno, organizó congresos continentales, desarrolló una ética política y sentó las bases del nuevo derecho americano”. El perfil obtenido de Bolivar después de estudiar su Carta de Jamaica, le mostró, por primera vez, las diversas facetas de su personalidad -incluida su prominente vertiente literariacon una fórmula que iba a citar a menudo a partir de ese momento: “fue absolutamente un genio”. Desde su punto de vista, Jacobo consideraba que el rasgo dominante del carácter de Bolívar fue su determinación de lograr la independencia de los pueblos sudamericanos, sin importarle cuán arduo fue alcanzar esa meta ni el precio que tuvo que pagarse en vidas para lograrlo. Fue una auténtica enseñanza impartida para las futuras generaciones de militares con espíritu revolucionario. De ahí que considerara, al igual que Pividal, que el lenguaje de Bolívar el escritor se tornara “sobrio, austero y de pensamiento elevado ante graves problemas sociales, capaces de conmover los cimientos de su ideal independentista”, y que fuera capas de describir “con la misma fuerza las virtudes del combatiente de fila y las amarguras del dirigente político, entregado a los grandes debates de su tiempo: el conflicto de ideas”. Árbenz supo que Bolívar no tenía ideas falsas sobre el colonialismo y en su guerra contra él afrontó siempre con valentía los golpes de la suerte. Impresionante fue para él leer que, con acierto visionario de más de un siglo, había reconocido que existía “una Nación muy rica, muy belicosa y capaz de todo”: los Estados Unidos, que parecían estar “destinados por la Providencia para plagar la América de miserias a nombre de la libertad”.


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Lo que más impresionó a Árbenz de la Carta fue la amplitud de los puntos de vista de Bolívar, ya que aunque aparentemente su objetivo era únicamente informar, al ingresar al terreno de la geopolítica presenta diversos aspectos de una profunda reflexión crítica, que calaron igual de profundo en su mente, haciendo que naciera en él lo que hoy en día llamarían “espíritu bolivariano”. Sin temor a equivocarme, puedo asegurar que la raíz del arbencismo es precisamente ese espíritu bolivariano, el cual le acompañó durante toda su vida de adulto. A tal punto llegó la obsesión de Jacobo por Bolívar, que quien pocos meses después sería su esposa, María Vilanova, escribió en sus Memorias: “Después de un tiempo lo volví a ver ya graduado, con placa de honor de la Escuela. Comenzamos una relación que al principio fue de amistad pero que pronto se transformó en noviazgo. Recuerdo que nos paseábamos por la avenida bordeada de cipreses que quedaba frente a la Escuela Politécnica; cualquiera hubiera creído que estábamos hablando de amor, pero no era este tema el que dominaba nuestra conversación ya que con mis ansias de llenar mis vacíos científicos y habiendo sido él profesor de esas materias yo le preguntaba y él me respondía de acuerdo a sus altos conocimientos relacionados con dichas disciplinas. Por ejemplo, me encantó conocer bastante sobre Química y Física. Por supuestos que estos conocimientos científicos que él me transmitía se proyectaban también hacía temas militares, como por ejemplo la vida e historia de Bolívar y de José de San Martín. ‘¿A quién se le puede ocurrir ver que una pareja aparentemente enamorada esté enfocando su relación con temas científicos e históricos?’. Esto lo relato para dar una idea de los múltiples lazos que unían a Jacobo y a mi persona aparte de las teorías económico-político-sociales que también discutíamos, sobre los cuales al final convergíamos en un ideal determinante: que nuestros pueblos no sólo carecían del sustento diario en las bajas capas sociales, sino que también los que dirigían esa política eran personas a quienes no les interesaban ni ciencias exactas ni ciencias político-sociales”. Una de las lecciones más importantes que sacó Jacobo Árbenz de la Carta de Jamaica fue la convicción de que era necesario que los guatemaltecos adquirieran conciencia política de su existencia colectiva. Esta idea reafirmaba lo que había aprendido siendo aún estudiante de la Escuela Politécnica. Esa era la manera como los liberales decimonónicos concebían el concepto de “nación” y Árbenz creía que Guatemala debía ser una nación integrada por blancos, mestizos y las diversas comunidades y pueblos indígenas. El país multiétnico y multilingüe tenía el problema


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político nacional de encontrarse dividido en sus lenguas, culturas, religiones, creencias y modos de vida, considerándoseles a unos más importantes que a otros. A este problema, según su opinión, sólo se le podía hacer frente con posibilidad de éxito mediante la aplicación de un programa estatal de exigencia nacional. En este punto Árbenz como presidente lo único que consiguió fue enfrentarse a los comunistas, quienes consideraban que más que de razas, el problema de la multiétnicidad era un asunto de clases sociales. Sin embargo, como lo apunta Hobsbawm, las fricciones entre grupos étnicos no necesariamente tienen que ver con la posición que ocupan frente a los medios de producción sino que con un arraigado sentido de identidad colectiva. Él da el ejemplo de los alemanes del Báltico, en donde monopolizaban las tierras como hacendados, pero vivían bajo gobernante no alemanes. La idea de Árbenz después de leer y estudiar los escritos de Bolívar, era crear en el medio rural y urbano, independientemente de que sus habitantes fueran blancos, mestizos o indígenas, un sentimiento de pertenencia nacional, de patriotismo, que actuara directamente sobre la conciencia popular en el caso de una agresión o intervención extranjera, tal y como sucedería en 1954. Es posible afirmar que la lectura del escrito de Bolívar hizo pensar a Jacobo Árbenz seriamente en la posibilidad de diseñar el escenario del futuro de la sociedad guatemalteca, una sociedad donde previamente se hubiese extirpado “el servilismo que ha penetrado en la conciencia nacional”, como hubiese dicho Engels. Al igual que Bolívar, Árbenz pensó en poner su inteligencia al servicio de su pueblo, no dejando las cosas como estaban, como hacían todos los pequeños burgueses egresados de la Escuela Politécnica, sino mejorándolas de acuerdo a su poder. Según las enseñanzas de Bolívar, Árbenz trataría de inducir a los guatemaltecos a la disposición colectiva de morir por la patria como indicio de patriotismo. Lamentablemente, como veremos más adelante, Jacobo Árbenz no logró este cometido: al darse el golpe militar e invadir el país la soldadesca mercenaria a sueldo de los EE.UU., no se dio un levantamiento de patriotas que defendiera y salvara al gobierno revolucionario. Pese a la Reforma Agraria, los habitantes de las áreas rurales no se sentían identificados con el gobierno ni con el sistema estatal, por lo que, desde el punto de vista político, ello condujo a su deslealtad. Sin embargo, se debe señalar que no fueron los hombres del campo los que le fallaron a su gobernante, a quien tenían en muy alta estima, sino que la democratización fue confundida con electoralización por parte de los allegados al Gobierno. El patriotismo de Estado, como lo entendía Árbenz,


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lamentablemente no llegó a integrarse como componente emocional a la conciencia de clase como fuerza política de los trabajadores de la ciudad y el campo. La batalla de la propaganda fue ganada por los publicistas de los medios de comunicación de masas al servicio del imperio. Ya antes de abandonar la bartolina para reintegrarse a la sociedad neocolonial de Jorge Ubico, Jacobo había llegado a la conclusión de que no había perdido el tiempo entre rejas sino que había tenido la gran oportunidad de encontrarse y conocer a Simón Bolívar. Muchos años después aún tenía muy fresca en su memoria la primera vez que en medio de una terrible oscuridad, ayudándose solo con la tenue luz de una candela, leyó algo escrito o dictado por el Libertador. Por un lado pasó cuatro largas semanas en medio de una total oscuridad, a la que tuvo que vencer para poder sobrevivir y, por el otro, las lecturas y estudios lo condujeron a la total conversión al bolivarismo de por vida, que cambió completamente el curso de su destino personal, que no hubiese sido otro sino el de la mediocridad de la vida mediocre de un militar mediocre más. Ya había decidido entonces que lo que no había podido aprender en la Escuela Politécnica durante sus casi cuatro años de estudios, lo aprendería el resto de su vida en los libros. De ahí en adelante no perdería ni un solo momento, entregándose a la lectura. Se esforzó en leer lo más que pudo.


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Capítulo II: Jacobo Árbenz y Kemal Atatürk

De la lectura de noticias internacionales de los periódicos, que en él era habitual, se apasionó cada vez más por devorar biografías de hombres famosos, especialmente de aquellos que habían tenido un papel destacado en la historia política universal y en la historia militar. Le fascinaban los relatos apasionantes sobre personas que de una manera u otra habían cambiado la trayectoria de los pueblos. Esto era así seguramente, porque ya él mismo tenía una idea muy exacta de lo que como futuro militar le impulsaría hacia adelante. Era el deseo de cambiar la vida que se le había ya asignado. Fuera cual fuera su designación al abandonar la Escuela Politécnica, la cambiaría de acuerdo a sus propios intereses, no permitiendo que nadie ni nada fuera el rector de su vida futura. De Bolívar había aprendido muchas cosas. Una de ellas era la necesidad de adquirir un compromiso con su pueblo. Él sabía muy bien que no carecía de talento, especialmente cuando se trataba de convencer a quienes lo escuchaban hablar. No podía ni imaginarse que sus deseos personales no fuesen tomados en cuenta por sus superiores, especialmente por ser ya una leyenda con gran satisfacción de todo el mundo que le conocía. Algo muy dentro de sí le decía que el mundo estaba a punto de iniciar un proceso de grandes cambios, de acontecimientos decisivos para la humanidad, y que debía de prepararse para ello. Al cruzar el umbral de la puerta de la cárcel y reintegrarse a la vida militar, Jacobo parecía haber salido de la nada. Con sus dotes como gran organizador y su inclinación hacia los contactos personales, ya sabría adaptarse muy bien a lo que viniera, hasta llegar a convertirse, costara el esfuerzo que costara, en líder a nivel nacional. Así conoció el pensamiento de Kemal Atatürk, de quien se hizo admirador. El líder de la lucha de liberación nacional turca y primer presidente de la República de Turquía, se dio a conocer en todo el mundo


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por haber librado una valiente guerra entre los años 1919 y 1923. Jacobo tenía apenas 10 años cuando se dio el triunfo de los revolucionarios, pero años después leyó la biografía de Atatürk, y quedó fascinado al conocer más de cerca al personaje que le abrió a su país el camino de la democracia parlamentaria, borrando para siempre del escenario un imperio tan tiránico como obsoleto. Aunque no lo dejaran traslucir, su ejemplo a seguir fue muy importante para los jóvenes militares de otros países y latitudes, que en muchos casos tenían igualmente inquietudes revolucionarias. Me equivoco, o el joven Jacobo interpretó con mayor o menor rigor histórico el presente y futuro de Guatemala. El tema no era nada fácil de abordar en esa época con extraños, aunque se tratase de personas no demasiado partidarias del régimen imperante, por ser tema tabú. Sin embargo, las noticias internacionales que se divulgaban en la prensa cumplían una buena labor de información general, más que todo porque había muchos europeos que las leían con avidez. Jacobo, con su reconocida independencia de criterio, había adquirido la costumbre de analizar a fondo todo lo impreso que caía en sus manos y le concernía, y todo lo concerniente a Atatürk era ya para él política reciente que conducía al establecimiento de una sociedad y un sistema presididos por el consenso de la mayoría. Según llegó a enterarse Árbenz, la vida de Kemal Atatürk no estaba marcada por la lista espeluznante de crímenes y atrocidades personalmente cometidas por él, como afirmaban sus enemigos. Todo lo contrario, según sus admiradores, que se contaban por miles dentro y fuera de Turquía, Mustafá Kemal Pascha, más conocido como Kemal Atatürk, era una persona “sensacional”, un líder nato que pertenecía a los “hombres que hacen historia”. La clase de hombres que formaban la elite de los sucesos mundiales, los hombres que eran seguidos por las multitudes, que despertaban de su adormecimiento con solo escuchar la voz del dirigente. Su mayor mérito consistía en haber liberado a su pueblo del yugo extranjero y haber construido un nuevo Estado. Lo más interesante para Árbenz, eran las condiciones imperantes en Turquía que habían permitido que jugara un papel tan destacado, así como sus experiencias personales que le habían posibilitado convertirse en el máximo héroe nacional de su pueblo. Jacobo Árbenz sabía que Atatürk fue el militar capaz de derrotar a los colonialistas griegos que tenían oprimidos a los turcos y que, gracias a él, su pueblo tuvo la fuerza y la energía necesarias para llevar a cabo


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una política independiente frente a los dictados de los imperialistas. En su país musulmán hizo cambios reformistas propios de un hombre sabio que logró sacar a Turquía del sistema medieval que oprimía a la población campesina, convirtiéndolo en un país capitalista. Este conocimiento llevó a Árbenz a estudiar más detenidamente su vida y milagros, a fin de sacarlo de la leyenda y poder explicarse mejor el fenómeno Atatürk. Para Árbenz, la verdad histórica exigía conocer las condiciones que permitieron que esta personalidad llegara a jugar un papel tan destacado en la historia de su país. Fue así como comprendió que la historia personal de Atatürk formaba parte también de la historia de su pueblo. Éste necesitaba ser liberado de la tutela política, económica e ideológica de las potencias coloniales imperialistas y de la reacción feudal interna. De ahí que sus éxitos personales, así como sus errores e inconsecuencias fueran dignos de ser tomados igualmente en cuenta, ya que pertenecían al cúmulo de experiencias por las que tenían que pasar los estadistas de los surgentes Estados nacionales del siglo XX. Desde la invasión de los colonialistas españoles a América, en 1524, la estructura social de Guatemala no había experimentado cambios radicales en cuatro siglos. Históricamente, el poder en Guatemala en el siglo XIX fue obtenido en dos ocasiones a través de la lucha armada. Los conservadores, en 1839, lo obtuvieron por medio de una guerra de guerrillas al frente de la cual estaba quien luego fue el dictador Rafael Carrera. En 1871, una guerra de guerrillas llevó al poder a quien sería el dictador liberal, Rufino Barrios. De su línea político-ideológica fueron los dictadores Manuel Estrada Cabrera y Jorge Ubico. Hasta que Jacobo Árbenz tuvo 31 años vivió en un país en el que el poder constituyente se mantuvo en manos de sátrapas. Sólo durante el período de 1920 a 1930, los gobiernos de turno salieron triunfantes de las urnas o, por lo menos, no de los campos de batallas armadas o amañadas. En 1938, España estaba enfrascada en una guerra civil, mientras que el mundo se encaminaba a pasos agigantados a una nueva guerra mundial. De hecho, la lucha armada de los fascistas españoles contra la Segunda República española, era el inicio de la ya inevitable conflagración, considerada ya el enfrentamiento militar más trágico del siglo XX. En medio de las dos grandes guerras mundiales se dieron en otras partes del mundo diversos cambios revolucionarios de carácter burgués. Uno de ellos fue en Turquía, donde se destacó el joven militar Kemal Atatürk, considerado ya en la década de 1920 el padre fundador de la


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República de Turquía. Según escribe Hobsbawm, a diferencia de Persia y China, Turquía también liquidó el viejo régimen, pero hizo algo más importante, lo reemplazó por uno nuevo, dando inicio a una revolución que considera “el primero de los regímenes modernizadores del tercer mundo”. Este régimen modernizador fue un: “Apasionado defensor del progreso y la Ilustración frente a la tradición, del “desarrollo” y de una especie de populismo no perturbado por el debate liberal.” En ausencia de una clase media revolucionaria –de hecho, de cualquier clase revolucionaria-, el protagonismo correspondía a los intelectuales y, muy en especial, después de la guerra, a los militares. Su líder, Kemal Atatürk, general duro y brillante, llevaría delante de forma implacable el programa modernizador de los Jóvenes Turcos: se proclamó una república, se abolió el Islam como religión del Estado, se sustituyó al alfabeto arábigo por el romano, se abolió la obligación de que las mujeres fueran cubiertas con el velo y se permitió su escolarización y, por otra parte, se obligó a los hombres, si era necesario utilizando la fuerza militar, a que cambiaran el turbante por el sombrero de tipo occidental. La debilidad de la Revolución turca, muy notable en sus logros económicos, residía en su incapacidad para imponerse sobre la gran masa de la población rural y para cambiar la estructura de la sociedad agraria. Sin embargo, las implicaciones históricas de esta revolución fueron de gran trascendencia, aunque no han sido suficientemente reconocidas por los historiadores, que en los años anteriores a 1914, tienden a centrar su atención en las consecuencias internacionales inmediatas de la Revolución turca –el hundimiento del imperio y su contribución al estallido de la primera guerra mundial—y, después de 1917, en la Revolución rusa, que adquirió proporciones mucho mayores. Por razones obvias, estos acontecimientos eclipsaron los que ocurrían simultáneamente en Turquía”. Tanto en Turquía como en Guatemala, los soldados se reclutaban mayoritariamente de entre los campesinos y dentro de los cuarteles su nivel de vida era como el de animales de carga. La mala alimentación, los malos tratos por parte de sus superiores uniformados, las palizas y la cárcel por cualquier motivo de contravención, estaban a la orden del día. También a los oficiales se les pagaba salarios misérrimos. De ahí que muchos de los reclutas potenciales preferían huir a las montañas antes que ser capturados para “el cupo”. Muchos morían por enfermedades mal atendidas o por desnutrición. Atatürk había comprendido después de graduarse de oficial, que el imperio otomano era un anacronismo y que


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el sistema feudal imperante era un obstáculo para el desarrollo nacional burgués. Además, la burguesía existente era de origen extranjero, que se enriquecía a través del comercio exterior e interior. Siguiendo con las semejanzas entre Atatürk y Árbenz, encontramos que en la academia militar ambos sintieron una gran inclinación por las matemáticas y la historia. Precisamente por su gran interés y conocimientos de matemáticas, a Atatürk su profesor le dio la denominación de honor “Kemal”, cuyo significado era “El Perfecto”. Jacobo, por su parte, sería pocos años después un brillante catedrático de matemáticas en la Escuela Politécnica. El hábito de la lectura fue otra característica de Atatürk y Jacobo, habiendo leído las biografías de grandes políticos revolucionarios franceses como Voltaire, Montesquieu, Rousseau y Robespierre. Estas lecturas despertaron en los dos jóvenes el espíritu rebelde, el sentimiento anticlerical al comprender que el clero feudal era la principal base de apoyo del absolutismo, y el reconocimiento de que sólo la soberanía popular podía terminar con el despotismo de los sátrapas. El estudio de la Ilustración francesa les llevó a la conclusión de que el pueblo poseía una fuerza oculta que debía ser utilizada contra sus opresores y que el mundo debía ser visto de manera realista, sin misticismos de ninguna especie. Interesante, sin embargo, fue la sentencia de Lenin, quien decía que la revolución turca fue burguesa. No fue una revolución “popular”, pues la masa del pueblo, la inmensa mayoría, no se manifestó en forma activa, independiente, en ningún grado notable, con sus propias reivindicaciones económicas y políticas. Importantes rasgos de sus personalidades parecidas no solo los condujeron a leer obras formadoras de carácter sino también a ser humildes y tolerantes con sus semejantes. Quienes no los conocían de cerca, a menudo se formaban la falsa impresión de que eran presumidos y hasta altaneros porque frente a los desconocidos solían guardar una respetuosa distancia, aparentando indiferencia mientras los observaban detenidamente con absoluta discreción. Esto concuerda con la gran cantidad de personas de todos los estratos sociales, especialmente entre sus compañeros de estudios, que se ganaron su confianza y nos cuentan el “otro yo” de Jacobo Árbenz. Tanto Atatürk como Jacobo eran ambiciosos, pero una ambición sana de querer ser “algo” en la vida como militares profesionales al servicio de una causa justa. En el caso de “Kemal”, se sabe que ya desde que era joven estudiante de la academia militar, se vinculó a una organización secreta


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que pretendía llevar a cabo cambios revolucionarios en la administración y en la política de su país. De Jacobo Árbenz no sabemos nada al respecto, pero al conocer y contraer matrimonio con una joven salvadoreña que profesaba ideas revolucionarias se le abrió un nuevo mundo de ideas, que muy pronto le convertirían en un potencial revolucionario. Puede afirmarse por esto, que fue entonces que ingresó, calladamente, a la política nacional. Para que Jacobo Árbenz hiciera su ingreso en el escenario político tenían que transcurrir aún varios años y él pasar por diversas experiencias profesionales que le hicieron comprender que los intereses que estaba sirviendo como militar, eran espurios, no contribuían en nada a la defensa del país ni satisfacían las necesidades de la mayoría de la población campesina. Como hemos relatado, después de graduarse como subteniente de infantería fue enviado a prestar servicio al Castillo de San José, donde conoció la sangrienta realidad sirviendo a un gobierno dictatorial, capturando campesinos supuestamente voluntarios para servir al ejército como soldados, utilizando métodos brutales a partir de los cuales las acciones más parecían expediciones de castigo en contra de enemigos declarados, que el reclutamiento de gente deseosa de servir a la patria. Como resultado de sus acciones, las aldeas eran arrasadas, quedando muchas en ruinas y sin un alma, ya que la mayoría de la población prefería huir a las montañas cercanas. De regreso en el cuartel ya con esos contingentes de “voluntarios” eran castellanizados cuando no lo hablaban. Su alfabetización no resultaba fácil, los suboficiales y oficiales tenían que hacer uso de la violencia, del cepo y la cárcel para “civilizar” a los insumisos y demás elementos de tropa poco receptivos. Si hemos de buscar los inicios del futuro compromiso social y político de Jacobo Árbenz, los encontraremos muy probablemente en su decepcionante labor de reclutador de muchachos “en edad de prestar su servicio militar”, realizada en las aldeas y cuarteles.


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Capítulo III: Jacobo y María

Los amigos y admiradores del agitado período de la “Primavera Democrática”, María Cristina Vilanova fue la gran figura política; para sus enemigos, una mujer temible que los hizo temblar. Curiosamente, la verdad yace no a medias entre esos dos extremos, sino en otra dirección. María Cristina Vilanova es sin ninguna duda una gran figura histórica. Su papel de Primera Dama en el gobierno revolucionario de su esposo Jacobo Árbenz, asistiendo a los jardines infantiles y haciendo obra social, se mantiene en la memoria de los antiguos y jóvenes simpatizantes de la Revolución de Octubre. Sin embargo, las imágenes conocidas de María Vilanova no retratan completamente a la dama de acero que fue junto a la figura del presidente Jacobo Árbenz., la del mito de que fue ella quien lo hizo “comunista” y lo tenía totalmente sometido, después de convertirlo en su marioneta. Mentira o verdad, ellos son aspectos que no llegan a captar la esencia de su importancia real en la Revolución de Octubre y en la llamada “Primavera Democrática”. Como buena compañera de un presidente revolucionario, y más aún como buena dirigente revolucionaria tras bambalinas, las características más representativas de María Vilanova son el realismo, la flexibilidad, algo de cinismo y, con el paso de los años, la lealtad hacia el recuerdo de su marido y una obsesión con su memoria. Algunos renegados comunistas han escrito sobre ella después del asesinato de Jacobo Árbenz. Ella respondió con un libro de Memorias, mostrando con ello un gran talento. La flexibilidad táctica de María Vilanova la caracterizó durante toda su vida, hasta el día de su muerte, un frío día de principios de enero de 2009.


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Nadie advirtió en ella a la dama de acero que se escondía detrás de una bella joven salvadoreña de nacimiento, que llegaría a ser una guatemalteca de corazón y la más activa colaboradora del presidente Árbenz. Su liderazgo era tan indiscutible, que una canción de moda le fue aplicada durante años, cantándola ella misma con mucha gracia en mi presencia pocos días antes de muerte: “María Cristina me quiere gobernar… y yo le sigo, le sigo la corriente, porque no quiero que diga la gente, que María Cristina me quiere gobernar…!” Al principio junto al exitoso deportista Jacobo Árbenz, ella parecía sólo una figura decorativa de lujo, pero ya durante el tiempo que fue ministro de la Defensa de Juan José Arévalo, comenzó a destacar la arrolladora personalidad de quien sería la mujer más prominente en el verdadero primer gobierno revolucionario de la historia de Guatemala. Aunque no se debe a su pluma la pequeña autobiografía en donde relata sus orígenes, su infancia y juventud, su encuentro y matrimonio con Jacobo Árbenz, la importancia de lo que dice me ha llevado a tomarla como punto de referencia para señalar los inicios y primeros años de vida revolucionaria de Jacobo. En la lucha por el poder, llevado a cabo antes de ganar Jacobo las elecciones presidenciales de 1950, el papel de María Vilanova fue determinante para triunfo de su esposo. Los diversos intentos de Francisco Javier Arana por darle un golpe de Estado a Juan José Arévalo fueron neutralizados gracias a su activa participación. Su olfato en cuanto a develar los vientos que soplaban fueron los que impidieron que el golpista jefe de las Fuerzas Armadas y sus seguidores civiles y militares contrarrevolucionarios se hicieran con el gobierno arevalista e iniciaran un baño de sangre entre las fuerzas progresistas y sus dirigentes, tal y como lo tenían planeado. Fue una muestra de gran coraje, teniendo en cuenta el peligro que corría a causa de su situación personal. Todas las veces que Jacobo emprendió una lucha sin cuartel contra los intentos de golpe de Estado de las fuerzas reaccionarias dentro del ejército, fue secundado por María Vilanova. Nunca demostró ser una persona llevada por las pasiones, sino al contrario, una persona de gran coraje personal, y, ya pasadas las ambiciones feroces de la juventud, de lealtad férrea hacia la Revolución de Octubre.


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Según relata María Vilanova en sus Memorias, nació en El Salvador, el 17 de abril de 1915, siendo hija de padre salvadoreño y madre guatemalteca. Ambos pertenecían a familias de la oligarquía, pero él era un capitalista agrario de alto vuelo, de origen alemán por el lado materno. Era gran propietario de fincas de café y caña de azúcar, y estaba ampliando sus negocios agrarios haciendo inversiones en plantaciones de algodón para la exportación. Se dice que fue uno de los autores intelectuales de la masacre gubernamental de más de 30.000 campesinos, efectuada en 1930 por la dictadura de Martínez, cuando María Cristina era una adolescente de 15 años de edad. El conocimiento de la acción del padre la alejó de él por el resto de su vida, haciéndola interesarse por el estudio de la vida del campesinado salvadoreño, especialmente como objeto de explotación y opresión por parte de la clase dominante a la cual pertenecía su familia. María Cristina hablaba muy bien inglés, por haber sido enviada de niña a estudiar a un colegio de monjas situado en California. Ella deseaba continuar estudios universitarios, pero su padre la regresó a El Salvador después de varios años, juntamente con sus dos hermanos y una hermana, ya que lo único que le interesaba era que aprendieran bien el idioma inglés y se hiciera ella secretaria comercial, para que trabajara en su empresa agraria a su retorno al país. “Además de trabajar en la oficina que administraba las fincas de su familia, estudió pintura, se dedicó intensamente a leer y a llevar cursos de materias que ampliaron sus conocimientos teóricos generales. A los 20 años; es decir, en 1935 viajó con su madre a Guatemala y fue en esa ocasión que conoció a Jacobo Árbenz, precisamente en una fiesta en donde se conmemoraba el cumpleaños del sátrapa Jorge Ubico, como ya lo refirió en páginas anteriores. Relató que Jacobo y ella se gustaron desde que se conocieron: ‘El “flechazo” fue mutuo. Jacobo era un hombre apuesto, serio, muy reservado, pero desde el primer momento la atracción que hubo entre los dos facilitó el diálogo y la comprensión. Árbenz siempre creyó en mí sin reservas. Debo manifestar que soy una de las pocas personas en las que confiaba íntegramente’.” María Cristina tenía una elegancia al descubierto y una personalidad fuera de control de las que impresionan, por la cual Jacobo no podía evitar perder la cabeza. Con esa naturalidad de quienes están muy por encima de todos, era lo que más se acercaba a su ambición de hombre: una mujer hecha a la medida de sus exigencias. Su elegancia, su belleza y su espíritu combativo seducen a Jacobo. Él era un hombre reservado, aunque muy


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atlético. María era una joven graciosa y extrovertida. Y si bien la cuna de Jacobo era a todas luces más humilde que la de su novia, él había tomado la decisión de llegar a ser “alguien”. Tal y como lo cuenta María Vilanova en sus Memorias, fue un amor a primera vista, pero al principio los encuentros de ambos no son frecuentes, especialmente porque ella residía en San Salvador y Jacobo en Guatemala. De vez en cuando él la llama por teléfono o viceversa. A veces la invita a viajar a Guatemala para encontrarse. Prudentemente, ella evita invitarlo a San Salvador, sabiendo que sus padres no son de la opinión de que se involucre sentimentalmente con un militar profesional guatemalteco, aunque por el lado paterno sea de origen suizo. Según relata ella: “La creciente amistad de Jacobo y mía se profundizó rápidamente. Yo debí retornar a El Salvador, pero quedamos en contacto por carta y por teléfono. Recuerdo que en mi casa pinté de memoria y a grandes rasgos un retrato de Jacobo, mi madre tuvo que admitir que era un hombre apuesto y me dijo que le encontraba cierto parecido con un prócer. No creo que ese parecido físico haya existido jamás, pero me había salido de una inspiración. También había alentado nuestra relación el hecho de que Jacobo me había tratado con mucho respeto y cortesía. Además ambos estábamos enamorados”. Cuatro meses después de conocerse se casaron, sin el consentimiento de sus padres, quienes consideraron que la boda era demasiado prematura. Pese a no contar con recursos económicos de ninguna índole Jacobo decide casarse después de muchas reflexiones. Refiere doña María: “Tanto Jacobo como yo estábamos de acuerdo en que al casarnos no íbamos a celebrar un casamiento con “bombos y platillos”, sino una boda sencilla. Jacobo no era especialmente religioso, su padre fue protestante y doña Octavia, católica. Para cumplir con el rito católico, Jacobo tuvo que confesarse y hacer la Primera Comunión. El sacerdote que le confesó me comunicó que mi futuro esposo tenía un alma muy hermosa, en el fondo muy cristiana y que esperaba que yo lograra con el tiempo hacer de él un buen católico. El registro de nuestro matrimonio se celebró el 14 de marzo de 1939, el mismo día que observamos la ceremonia religiosa en la ciudad de Guatemala en la Capilla del Sagrario de la Catedral. Jacobo vistió un uniforme de gala y yo llevé un traje sastre color blanco muy sencillo y sombrerito blanco”. Fue así como en marzo de 1936 contraen matrimonio el hijo de un inmigrante suizo y la hija de un gran terrateniente salvadoreño. La boda suscitó una curiosidad discreta entre sus conocidos, porque muy pocos


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le veían pies y cabeza al enlace oficial de una muchacha inmensamente rica y un joven inmensamente pobre. Para algunos se trataba de un par de “presumidos”, un “suizo” y una “guanaca”, aunque la verdadera estrella de ese evento fue María Cristina. Él cuenta entonces con apenas 23 años de edad y ella con 21, pero ambos tenían ya grandes metas por alcanzar en sus vidas personales y en común. El enlace resulta sorprendente para los padres de María, ya que no tienen de Jacobo ninguna información sólida sobre su solvencia económica y personal. Como grandes burgueses, deseaban un yerno en quien pudieran confiar plenamente como comerciante. De ahí que no consideren al joven militar guatemalteco digno de su hija, no sólo por ser de categoría social menos favorecida económicamente, sino también porque la opinión que recaban sobre él es variada, como dictaban las circunstancias en que había transcurrido su vida. Sin embargo, muy pronto deben reconocer que Jacobo es un hombre físicamente completo, acompañado por un abanico de buenas cualidades, al que se augura, sin ningún género de duda, un brillante porvenir. Para decirlo en una frase: Jacobo como hombre es un magnífico partido para la joven salvadoreña, un hombre a quien pueden confiar su hija. Así pues, pese a que María Vilanova no contó inicialmente con la bendición de su padre para contraer la boda, según nos cuenta, muy pronto recibió el beneplácito de su familia. De hecho, ella fue una buena conquista para él, aunque no haya sido ésta la razón fundamental de su matrimonio. La pareja que Jacobo formaba con María Cristina fue muy pronto una de las más requeridas socialmente de toda la ciudad. Con su presencia y sus actividades sociales, hace de Jacobo Árbenz otro hombre. Aunque su salario era modesto para las pretensiones de ambos, su boda con María le hizo adquirir muy pronto gran protagonismo y prominencia en los círculos deportivos de la alta sociedad capitalina, lo cual lo condujo a hacer amistades nada despreciables y cruciales en su carrera hacia lo más alto de la cúspide social. Como escribió ella, “Quedé casada con un subteniente de infantería que ganaba cerca de setenta dólares mensuales destinados para el mantenimiento del hogar”. Ella le introduce en el mundo político, intelectual y artístico. Contribuye a desarrollar en él la sensibilidad social que tenía medio dormida desde muy joven, modificando ventajosamente la imagen de un político en ciernes y confiriéndole con ello nuevas dimensiones. En 1936 el mundo estaba envuelto en un clima de crispación política debido al estallido de la guerra civil en España, que pronto involucró a


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las potencias fascistas Alemania e Italia en una lucha común contra los republicanos españoles apoyados por la Unión Soviética. María Cristina y Jacobo se revelaron mutuamente como dos grandes lectores y discretos simpatizantes de la República. Ella, con sus propios instintos belicosos desde que era estudiante de secundaria en los EE.UU., lo alentaba a devorar todos los libros posibles sobre estrategia militar, con el único propósito de que descollara en el ejército en el futuro. Como sabía que la lectura sobre dichos temas requería una particular concentración, solía dejarlo solo durante horas, para que leyera y reflexionara lo leído. Más tarde lo inducía a discutir de cuestiones políticas y sobre otros temas, pero como sabía que él pensaba con su propia cabeza, procuraba sutilmente que sus puntos de vista concordaran. Jacobo y María la bella constituían una extraña pareja de lujo, gracias a sus características personales que llamaban tanto la atención. Ambos pertenecían a una generación de jóvenes que avanzaban con la fuerza de los triunfadores. Entre sus proyectos pos matrimoniales, tenían muchas y buenas ideas sobre la mejor manera de encaminar sus vidas futuras. Aunque formalmente constituían dos jóvenes esposos interesados en encauzar su matrimonio por los peldaños de la escalera típica que solían subir los pequeños burgueses, en realidad sólo querían darle legitimidad social a sus proyectos democráticos de reformas sociales. La experiencia política de Jacobo y María era realmente nula. Sin embargo, no hay que dejarse engañar por las apariencias: María tenía más en común con Árbenz de lo que podía parecer a primera vista. Una larga lista incluiría, en primer lugar, mucha buena fe unida a una férrea ambición y grandes deseos de hacer “algo” por Guatemala. También compartían el gusto por el riesgo y una clara propensión al estudio, la reflexión y la profundización de las buenas ideas que pudieran resolver los grandes problemas políticos que aquejaban al país, especialmente el concerniente a la falta de justicia social, la desigualdad económica, y el establecimiento de las libertades públicas de que se carecían. Su padre solía repetirle que en la vida podía lograr todo lo que quisiera y que sólo bastaba con que se esforzara por conseguirlo. “Mi matrimonio con Jacobo fue como una fantasía, yo había leído el libro Matrimonio Inmortal, que es una novela de romance griego del siglo IV A.C., la que trataba sobre el matrimonio del general y estadista llamado Pendes que se casa con la hetaira griega llamada Aspacia. Este romance me inspiró siempre. Quizá por ello la gente identificaba nuestra unión como algo fuera de lo común.”


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Tanto Jacobo como María tenían también un gran entusiasmo por aprender a desmontar el aparato coercitivo de la dictadura, pero sabían que debían actuar muy sigilosamente a fin de que los “orejas” no se enteraran de sus inquietudes políticas, especialmente porque además de estudiar, Jacobo y María fueron teniendo cada vez más en mente: “hacer” la revolución. Su matrimonio les ha convocado para avanzar intelectualmente hacia un futuro por construir; es decir, consecuencias ventajosas que se materializarían en un nuevo Estado. Jacobo, con sus cualidades ya mencionadas, podía haber tenido a cualquier mujer en Guatemala y la eligió a ella, lo que significa que él también la vió como una persona excepcional. Y no se equivocó, ya que muy pronto se le hizo indispensable en sus años más vitales por venir. Los dos eran adictos al estudio, al trabajo y a tener ilusiones de progreso social. “Lástima que este tiempo no pudo dedicarlo a asistir a la Universidad para llevar la carrera de ingeniería ya que le gustaba mucho; pero que no coincidía con los horarios de trabajo porque en la Politécnica muy frecuentemente tenía que hacer guardias de 24 horas, lo cual hubiera impedido su asistencia regular a la Universidad. Digo de paso que estas guardias eran agotadoras y su trabajo le exigía mucha atención.” Jacobo y Cristina se amaban y respetaban mutuamente. Fue gracias a ella que él pudo vivir intensos años apasionantes, adquiriendo un sólido conocimiento de los problemas sociales y económicos del país. Gracias a ella logró sobrepònerse a los momentos amargos pasados en la bartolina de la Escuela Politécnica y a los golpes bajos asestados por las autoridades de dicha Escuela. Gracias a ella Árbenz pudo aspirar a la creación de una sociedad más justa para Guatemala. Sin temor a equivocarme, ella le facilitó el tiempo libre y tranquilo que necesitaba para el estudio y la reflexión, hasta que en 1944 decidió participar activamente en la política guatemalteca. Sabemos que María Vilanova era una mujer muy afectiva, pero voluntariosa y con una fuerte personalidad. No extraña por esto que su designio haya sido colaborar con su marido, ayudándolo a prepararse para su futura vida política, caracterizada por haber dado y aguantado todo tipo de batallas por la Revolución de Octubre. Árbenz se sentía orgulloso del papel que ella jugaba en su vida y él siempre se lo agradeció. Admiraba en ella su combatividad política, al igual que su estrecha relación con los más significados miembros del pequeño mundo de la cultura guatemalteca. Por ello no había nada que no le consultara sobre la manera de conquistar


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la confianza de los guatemaltecos, lo cual hacía ella con gusto, incluso cuando sabía que no siempre tomaba en cuenta sus opiniones. Existe una anécdota familiar significativa: Jacobo Árbenz estaba una mañana en cama, con el malestar de haber tomado algunas copas de más la noche anterior. De repente, María entró a la habitación, se le plantó enfrente y en vez de hacerle algún reproche, simplemente le puso ante sus ojos el Manifiesto del Partido Comunista, de Marx y Engels, y le dijo: “¡Leé esto!”. Según me relató su hijo Jacobo, su padre ya no salió del cuarto en todo el día, dedicándose a leer y a estudiar el documento político mencionado. Aunque parezca que no viene al caso describir un comportamiento muy personal de Jacobo y María, diré que en medio de su trabajo hogareño, con su costumbre de persona incansable, ella compartía con él su meticuloso sentido del orden. De ese modo, con esa normativa práctica, logró la pareja una mayor comprensión mutua. Sin embargo, obligatoriamente debe decirse que María no siempre tuvo éxito en su intento de modificar algunas de sus costumbres y hábitos, como el de dedicarse casi por completo a su trabajo y dejar poco tiempo disponible para atender más el hogar y la vida familiar. Su entrega incondicional al trabajo cotidiano no buscaba el aplauso ni la adhesión de nadie. Simplemente fue siempre uno de sus hábitos que más indignó a su esposa, quien aunque lo criticaba por ello, en su fuero interno sabía muy bien que él sentía que trabajar era su responsabilidad y que era una pretensión de su parte imposible de hacerla realidad. Con el paso del tiempo comprendió ella que su manera de ser, un hombre serio y muy trabajador, le hizo conquistar mucho respeto y admiración entre sus adeptos políticos. La cuestión esencial para la buena marca de la relación matrimonial funcionaba a la perfección: María era extremadamente cariñosa con Jacobo, lo cual él retribuía de la manera menos marcial que le era posible. María nunca olvidaría los sentimientos amorosos de Jacobo hacia ella. En el ambiente hogareño aunque no ponía reparos en que fuera ella quien dijera la última palabra en asuntos de orden y manejo de las recetas culinareas, personalmente él no dejaba de recordarle que los paches quetzaltecos debían estar siempre por encima de las sabrosas pupusas salvadoreñas. Por medio del cambo de impresiones atendía ella las tareas concernientes a su familia y asuntos triviales de carácter social. Como una buena esposa amante, le proporcionaba hasta el último capricho con tal de que comiera y se alimentara suficiente, sana y equilibradamente.


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Claro, sencillo, directo. Así es el lenguaje con que María Vilanova nos resume su nueva vida al lado de Jacobo Árbenz. Más libre y más flexible que cuando era soltera, pero también a un nivel material muy por debajo de lo que estaba acostumbrada como muchacha de familia rica. Después de medio siglo María demuestra que recuerda muy bien su nuevo hogar de joven esposa, así como también supo comprender y hacerle frente con modestia y dignidad a su papel de recién casada que se ve caer de su pedestal de niña rica en medio de penurias económicas y habitacionales. Se advierte, por lo que escribe, que fue capaz de interpretar su precaria situación y de buscar y encontrar soluciones a los problemas domésticos que tuvo que confrontar con su marido. Siente nostalgia y muestra cariño por su suegra, doña Tavita, quien, a su manera, fue única y especial, siendo lo más importante en ella, que siempre fue muy respetuosa de su individualidad. También recuerda el entorno familiar de Jacobo, como si llevara el triste luto de todos, hace años desaparecidos para siempre: “Alquilamos una casita modesta por veinticinco dólares, la cual apode yo después “La casa de las moscas”, ya que estaba cerca del botadero de basura de la cervecería en El Zapote y los insectos infestaban las cercanías. El único mueble elegante que teníamos era el sofá cama que estaba en la sala, muy sencillo. Todos los demás muebles eran de pino y los compré ya hechos en el Mercado Municipal, el cuarto de servicio no difería mucho del nuestro. Doña Octavia y yo nos hicimos muy buenas amigas y nos llevábamos muy bien, lo mismo puedo decir de mi cuñada Octavia y de Marmita, la esposa de Eduardo Weymann, quienes fueron excelentes amigos nuestros, aun en el exilio años más tarde. A mi suegra, un tanto parca en el hablar, le hacía gracia mi locuacidad, por la cual surgió la idea de ponerme el apodo de ‘Periquito’.” María Cristina personificando a una muchacha rica perteneciente a la gran burguesía agraria salvadoreña, distaba mucho de ser una mujer sumisa. Mientras que Jacobo es amante de la equitación, que le permite introducirse y hacerse un espacio propio jugando al polo en los clubes sociales de la elite capitalina, ella prefiere jugar al tenis, la lectura o el paseo. Sin embargo, no tiene reparos en convertirse en cebollera cuando las circunstancias así lo exigieron. “Como mi hermano era técnico agrícola y tenía finca, empezó a enviarme productos para vender en Guatemala, pero estos no dejaron ganancia. Traté de vender cebollas que pelaba a diario y las sacaba a asolear porque al podrirse una, se podrían las demás. Al final tuve que rematarlas en el mercado a un precio muy bajo. A mí no me importaba realizar estos trabajos, aunque sé que mi esposo sufría por ello. Nunca le he rehuido a ninguna disciplina por dura que sea, si es necesaria.”


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Sobre sus hijas con Jacobo, nos relata de manera sencilla sobre su nacimiento: “En aquel tiempo era raro que un matrimonio planificara la familia, así que nuestra primera hija vino pronto. A solicitud de mis padres decidí que la niña Arabella Irene naciera en El Salvador en mi antiguo hogar. Fue una niña muy hermosa, rubia, de ojos verdes muy parecida a su padre; a Jacobo se le avisó por teléfono de su nacimiento y se puso muy contento. El nombre de la niña lo escogimos entre los dos, en recuerdo de su hermana mayor fallecida a quien él quiso mucho. Mi padre se prendó inmediatamente de su primera nieta y toda su vida le prestó atención y cariño. Después del nacimiento de la niña yo regresé con mi hija y mi doncella Bernardina a Guatemala en una camioneta de las que entonces hacían este trayecto. Luego, cuando Arabella tenía casi dos años, Jacobo y yo nos fuimos a El Salvador a visitar a mis padres, quienes pudieron en esa ocasión tratar más de cerca a mi esposo”. […] “En abril de 1942 nació María Leonora, nuestra segunda hija. Con el nacimiento de Leonora surgió la necesidad de una casa más amplia. Decidimos trasladarnos a un barrio más salubre. Nuestra vida había cambiado, pero no fue solamente la nuestra, ya corría el año de 1944, año decisivo para la historia de Guatemala”.


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CUARTA PARTE: LAS RAÍCES DE LA REVOLUCIÓN DE 1944 Capítulo I: La crisis del orden establecido

Luis Cardoza y Aragón, destacado poeta y escritor guatemalteco, salió al exilio mexicano durante la dictadura ubiquista. Al derrocamiento del sátrapa, regresó a Guatemala y luego vivió la Revolución de Octubre de 1944-54 como digno diplomático de los gobiernos de Juan José Arévalo y Jacobo Árbenz. También estuvo presente en el país, promoviendo la literatura y el arte. Desde el extranjero, sin embargo, siguió paso a paso el proceso revolucionario y un solo párrafo de todo lo que escribió sobre Jorge Ubico merece ser reproducirlo, para aventurar un poco en el absurdo de una tiranía tan cruel como irrisoria: “El dictador Ubico no permitió que existieran leyes de trabajo, organizaciones obreras, partidos políticos, prensa independiente. Estaba prohibida la propia palabra “obrero”. Se tenía que decir “empleado”. Los periódicos al hablar de las obras de la escuela “Jesús Obrero”, llamábanla “Jesús Empleado”. Cuando el Congreso Eucarístico de 1939, el dictador Ubico no autorizó la entrada de monseñor Sanabria, arzobispo de Costa Rica, por “comunista”. Los indígenas guatemaltecos (tres cuartas partes de la población) no podían circular por la calle principal de la capital, para no mostrar al turista su color, su increíble miseria y sus pies descalzos. Se podría recordar tanto en anécdotas, en episodios grotescos y trágicos, en asesinatos y maratones reeleccionistas —¡ tantas cosas!— que constituiría materia de muchos libros. Bien sabemos, dentro y fuera de las fronteras, que los despotismos guatemaltecos se resumen en tres palabras: nulos, sangrientos y fecales”. Como diría Nicos Poulantzas, puede hablarse de crisis de un orden establecido, es decir, de un sistema de dominación política, económica y social -como el existente en Guatemala a mediados de 1944- cuando el Estado (las instituciones y el aparato estatal), se ve sumergido en una crisis absoluta. En la Guatemala de 1944, la crisis de la burocracia era total:


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crisis del sátrapa Jorge Ubico y sus ministros serviles; del personal político “de confianza”, que igualmente le hacía la pelota, como sus diputados; de los funcionarios intermedios, jueces, militares, policías, maestros, etc. Todo, porque fue resquebrajado el Estado cafetalero que coexistía paralelo y en la sombra, con la expropiación del sistema económico y político establecido por los neocolonialistas alemanes. Echemos una ojeada al sistema económico y social que se había resquebrajado. La economía neocolonial establecida por los alemanes con la caficultura capitalista, y oficializada a través del Tratado de Amistad y Comercio de 1887 entre el Imperio Alemán y la República de Guatemala, no significó para Guatemala ni para los guatemaltecos una dorada época de prosperidad. En el medio urbano no hubo ningún desarrollo industrial y en el medio rural tampoco. El hecho de que un guatemalteco de origen alemán haya inventado el café soluble no significa que el país se haya industrializado, como tampoco que Guatemala se haya vuelto un país capitalista. El país continuó siendo predominantemente agrícola. Eso sí, en el medio rural donde se desarrollaba la caficultura y la economía de plantación capitalista, aumentó la productividad gracias a las inversiones capitalistas y a la intensificación de la explotación de los trabajadores obligados a golpe de látigo, a prestar servicio como semi-esclavos en las fincas de café y azúcar. Lo único que cambió en relación a las épocas anteriores, fue la mayor pauperización de la población desposeída de sus tierras y un mayor crecimiento del nivel de vida de la clase dominante, cuyo modo y estilo dispendioso de vivir no tenía nada que envidiarle a los ricachones europeos y norteamericanos de esa época. Ante todo, es necesario volver a echar una mirada a la situación económica y social de Guatemala momentos antes de que Jacobo Árbenz se apoderara de la Guardia de Honor y diera con ello el banderazo para romper el fuego contra la soldadesca ubiquista y el alzamiento popular, que dieron al traste de manera definitiva con catorce años de tiranía. ¿Cuál era, por ejemplo, el nivel de vida de las distintas clases sociales enfrentadas a muerte en el país? El de la clase dominante nos es de sobra conocido al igual que el de la amplia mayoría de la población trabajadora. Lo que sí debe resaltarse ahora es el alto grado de sometimiento a que el sistema burocrático-militar de las dictaduras liberales había conducido tanto al campesinado como a la población urbana. Precisamente era esta pasividad del pueblo lo que permitía el funcionamiento de la sociedad neocolonial. El mecanismo del aparato burocrático-militar que permitía la existencia del


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neocolonialismo mantenía a raya a la población, a la vez que incentivaba a los extranjeros y a sus aliados oligarcas a aprovechar las leyes esclavistas diseñadas por los neocolonialistas alemanes y servilmente decretadas por sus lacayos guatemaltecos para hacer aumentar la productividad del trabajo en las plantaciones. Las autoridades guatemaltecas estaban convencidas de que sólo los extranjeros eran capaces de hacer inversiones de capital que fueran productivas y colocaran a Guatemala en la vía del progreso técnico. La economía neocolonial produjo las “dos Guatemalas” que perduran hasta nuestros días, en una coexistencia que nada tiene ya de pacífica: la del explotador y opresor, y la del explotado y oprimido: el rico en su gran abundancia y poder absoluto, y la pobreza del pueblo común y su total sujeción al salario miserable, tanto en la ciudad como en el campo. Como veremos más adelante, la llamada “aristocracia” de origen español desapareció como rica terrateniente ya a mediados del siglo XIX, dejando de ser hereditaria. No es cierto que los grandes terratenientes guatemaltecos de nuestros días sean los descendientes de los hacendados del período feudal colonial, y que exista una “estirpe” de los llamados “conquistadores”. Los grandes terratenientes de hoy en día son los descendientes de los neocolonialistas del siglo XIX, y de la burguesía burocrático-militar enriquecida en el ejercicio del poder gracias a los grandes robos de tierras comunales alentadas por las dictaduras “liberales”, y a los negocios turbios que realizaban (y siguen llevando a cabo) como paniaguados del orden establecido. Lo que sí es cierto, es que el neocolonialismo creó una sociedad consumista, con ricos vestidos a la última moda y con ropa de marca, por una parte; y una sociedad de miseria y hambre, por la otra, en donde los desheredados andaban en trapos de cucaracha. Fuentes documentales refieren que en las fincas los peones y las mujeres andaban casi desnudos. A los indígenas de Alta Verapaz que eran enviados como recaderos a Cobán, se les veía en los caminos andar casi desnudos y en harapos, y debían ponerse ropa “como la gente” antes de entrar al pueblo. Las mujeres vestían solo una falda, teniendo desnudo la parte superior del cuerpo. Su vivienda y mobiliario era miserable, así como su régimen alimenticio. Casi nunca comían carne de vaca o de otros animales domésticos que criaban en los terrenos que el finquero les proporcionaba, para abastecer el mercado y procurarse unos cuantos centavos adicionales a fin de no morirse de hambre. En su monótona alimentación diaria, sus platos sólo podían ofrecer frijoles negros de su propia cosecha, que cocían y comían acompañados de tortillas de maíz y chile. Sus chozas construidas


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de adobe o barro tenían techos de palma seca, y solían albergar varias familias numerosas, a veces en una sola habitación sin ningún mueble. Durante las noches todos se daban calor los unos a los otros, y el frío y la humedad de las lluvias causaban enfermedades que llevaban directamente a la tumba. La pobreza era tan grande y miserable, que la vida en las fincas y del pueblo, en general, sólo se puede describir como el hogar de la carencia total y la morada de la tristeza y amargura. La elevada mortalidad entre el campesinado se debía no sólo a las condiciones climáticas y a las malas condiciones sanitarias y falta de atención médica en el medio rural, sino también al hambre, producido por el deficiente régimen alimenticio. Finalmente, la mortalidad de madres y niños era elevada porque su inexperiencia e inmadurez física produjeron altas tasas de mortalidad. En las ciudades, los hijos de un trabajador, común a la de todo el pueblo, no podían tener otra ocupación que la de su padre, ni casarse con nadie que no fuera de su misma condición social y económica. Aunque la razón hombres-tierra era similar a la del período feudal colonial español, ya a fines del siglo XIX la producción agrícola por cabeza era menor a causa del deterioro del suelo, que lo hacía menos productivo por manzana cuadrada. Las mejores tierras de cultivo ya no producían grandes mazorcas de maíz sino café, y las parcelas que se les entregaba a los peones para su subsistencia sólo daban granos de baja calidad. Los aperos de labranza continuaban siendo rudimentarios, de origen prehispánico, y los arados, cuando eran usados por los campesinos, estaban hechos de madera. De hecho, el consumo de carne era muy bajo y sólo los pequeños propietarios campesinos podían darse el lujo de poseer ganado para tracción en la agricultura, siendo los caballos un lujo que no cualquiera podía darse. La esperanza de vida era muy baja aunque la fecundidad era muy grande debido a la promiscuidad en que habitaban, que conducía a que las niñas campesinas fueran hechas madres antes de la pubertad. Las niñas empezaban a ser madres a la edad de doce años. Los residuos de los cultivos y el estiércol de vaca no se usaban como abono. Para empeorar las condiciones de producción de los campesinos, sus cosechas de granos alimenticios básicos ya descritos, sufrían los ataques de las ratas y otros roedores y de los insectos. El sistema neocolonial generalizó el uso dispendioso de los recursos agrícolas y forestales puestos generosamente a su disposición por las autoridades guatemaltecas. A partir de 1871, con el robo de las tierras comunales, fue revolucionada la propiedad de la tierra al hacerse privada


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de carácter burgués. Pero al hacerse propiedad de los neocolonialistas alemanes empeoró socialmente porque las comunidades fueron despojadas de su principal recurso productivo, ya que las tierras ejidales que les dejaron sólo les permitía explotarlas hasta un punto cercano al nivel de subsistencia. Fuera de las propiedades alemanas, la tierra perteneciente a guatemaltecos, ya fueran oligarcas, tierras municipales o de pequeños propietarios, carecían de riego. En lo que al desarrollo económico del país se refiere, el aparato estatal, por ser parasitario, no tenía ningún plan ni proyecto de mejoramiento de la infraestructura productiva, fuera del mejoramiento de las vías de comunicación que satisficieran los intereses y necesidades inmediatas de los finqueros extranjeros y nacionales. En la cúspide del sistema de dominación neocolonial, el sector enriquecido en el poder siempre obtenía su ingreso cobrando impuestos a las exportaciones o mordidas por autorizar monopolios, sin participar en el proceso de producción. Los corruptos sátrapas y altos funcionarios estatales necesitaban satisfacer sus lujos y el alto tren de vida que solían tener, con amantes a granel, por lo que sus ingresos nunca podían ser suficientes. Esto debe recalcarse: los altos funcionarios, comenzando con el dictador de turno y sus hombres de confianza, empleaban sus ingresos ilícitos de manera en gran medida improductiva, ya fuera atesorando monedas norteamericanas de oro y joyas importadas, y en la adquisición de tierras y construcción de palacetes en las zonas más residenciales de la capital. Los costos estatales para la manutención de un ejército de oficiales y soldados encargados de custodiar presos que construían caminos, tendían postes de alumbrado eléctrico, postes para comunicaciones telefónicas, obras públicas, etc., también eran elevados. Su armamento para el caso de guerras parece haber sido tan obsoleto, que el mismo Clemente Marroquín hizo en 1949 un detallado inventario del mismo, que seguramente sonrojó al jefe de las Fuerzas Armadas, coronel Francisco Javier Arana, y al ministro de la Defensa de Juan José Arévalo, Jacobo Árbenz: “Dije en cierta ocasión, que el Ejército de Guatemala estaba desorganizado y mal equipado. Un defensor de la “brillante administración” del general Ubico aseguró lo contrario: es decir, que era uno de los timbres de gloria del expresidente. Sin embargo, la breve polémica que vino a consecuencia de aquellas expresiones, puso en claro una triste verdad: que Guatemala no había tenido ejército pero sí un militarismo aplastante. Testimonios irrefutables de jefes de cuerpo, de jefes de posiciones militares fuertes, han revelado en su defensa, que la situación del ejército de la dictadura era completamente falsa. Ya hemos visto cómo mi afirmación era exacta: el equipo militar, variado, diverso, colocaba


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al soldado en desventajosa situación. Nada más trágico en una institución militar, que la variedad de su equipo, que lo viejo de sus municiones, que lo anticuado de su táctica. Dije que el general Ubico había deslumbrado a los ignorantes con aquel desfile de veintiséis mil soldados, un 30 de junio, luciendo las viejas piezas de artillería que ya ningún ejército del mundo tenía en uso. Y todo eso se ha confirmado cuando los que resistieron el ataque del 20 de octubre han dicho la terrible verdad: que las armas eran de distintos modelos y calibres, y que sus municiones correspondían al año 14; es decir, de antes de la primera guerra mundial. Esto quiere decir, que si Guatemala hubiese tenido una guerra con un país medianamente preparado, nuestra tropa hubiese sufrido descalabros irreparables. De nada hubiera servido el derroche de valor; la audacia de sus hombres; lo inteligente de sus jefes y oficiales. La derrota se habría operado por deficiencia en la potencia de fuego ante un fuego enemigo uniforme y efectivo. ¿Cuántos años tiene de garantía un cartucho? Siete años dicen unos; pero dados los engaños del tiempo, la poca formalidad de los fabricantes, ese tiempo se ha acortado; los cartuchos modernos se preparan para breves días, para ser usados con rapidez, porque años más tarde, otros modelos, otros tipos de munición estarían en vigor. Si Guatemala hubiese tenido una guerra internacional el año 44, en vez de un encuentro entre la misma tropa, su desastre se habría sentido profundamente. ¿De quién habría sido la culpa? De la dictadura; y debe recordarse que el dictador era un general; es decir, un soldado que debía cuidar de que la Institución armada estuviera en pie de acción para cualquier evento, Era explicable que en los días de 1906 nuestra tropa sufriera desastre tras desastre, porque el dictador Estrada Cabrera interfería siempre y desarticulaba el mando y la unidad del Ejército. Pero eso no debía suceder jamás bajo la administración del general Ubico, militar obligado a conocer los peligros de una institución en cuyas manos el país pone su seguridad y su porvenir. Por eso, ante las declaraciones apuntadas, no cabe más que recordarles a los actuales jefes del Ejército, para que se unifique el tipo de nuestro armamento, que se renueven las municiones de la artillería, de la aviación, de la propia infantería, para que no sucedan casos irreparables como los apuntados. En 1906, la mayoría del armamento de infantería era el Remington 43; el calibre 7 milímetros era aún escaso, cuando la tropa armada del fusil llamado Reyna Barrios (siete milímetros) recibía en horas bien difíciles, cajas de municiones del calibre 11. Y eso se evitará siempre


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si se uniforman los equipos, y hasta las marcas. En 1928, el país necesitaba de armas y de municiones. Recuerdo la cólera del general Chacón cuando se enteró de la malísima compra que se hizo en aviones, en artillería, en fusiles: los que negociaron con esta adquisición, sabían que podían negociar con la sangre de sus propios compatriotas, y con la libertad y prestigio de su patria. Pero no obstante, compraron diez mil fusiles máuser que se destruían ya en su madera, ya en sus piezas esenciales, como en los extractores. Los cartuchos de esta fusilería se partían por mitad, encascabillando los fusiles. Las piezas de artillería estaban descalibradas: habían sido usadas en la guerra de Marruecos contra Abd El Krin; los aviones eran unas matracas inútiles; y se habían gastado grandes sumas de dinero. Comerciar con esta clase de asuntos es diez veces criminal, y por eso creemos en la necesidad de ponernos al día en tal materia, si es que no lo estamos ya, como creemos”. El neocolonialismo dio por resultado grandes comilonas para una minoría de propietarios de plantaciones y una inmensa mayoría de semiesclavos, sarcásticamente llamados “mozos”, para las fincas de café y caña de azúcar y de sirvientes domésticos para las residencias de lujo de los finqueros. El nivel de vida de la clase dominante era muy elevado Los sastres importados de Alemania y hasta de Checoeslovaquia, para confeccionarle a los ricos trajes finos que en nada tenían que envidiar a los que adornaban los escaparates de las elegantes tiendas de lujo de Berlín, París o Nueva York. Para satisfacer las necesidades artesanales, además de sastres y modistas que producían vestidos de algodón fino y de seda de alta calidad para las esposas y amantes de los ricos, trajeron al país todo tipo de maestros artesanos, desde albañiles, panaderos, talabarteros, charcuteros, herreros, carpinteros, joyeros, relojeros, etc., hasta armeros (un armero alemán al servicio de Dieseldorff diseñó el machete “corvo” que aún se usa en el medio rural de Guatemala como instrumento de trabajo fundamental). Los alemanes no desarrollaron ningún tipo de industria en los pequeños centros urbanos, quizás para no hacerle la competencia a los comerciantes de la metrópoli o quizá porque la población urbana era escasa en relación con la población rural. Es decir, porque el mercado interno y el poder de compra de productos industriales por parte de la mayoría de capitalinos era insignificante. Lo más cómodo era importar de la “madre patria” Alemania, todo lo que se necesitaba para el uso cotidiano y, a cambio, exportar café. De hecho, en la metrópoli existía interés sólo


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por el café, para el cual existía óptimas condiciones de producción: buenas tierras regaladas y mano de obra semiesclava en abundancia. Otros “productos coloniales”, incluyendo metales preciosos como oro, podían obtenerse con mayor facilidad y menor inversión en otras colonias. La mayoría de las residencias de los neocolonialistas y de la oligarquía parasitaria se encontraban en la ciudad capital y en otras pequeñas ciudades cercanas a las plantaciones. En la capital establecieron un sistema bancario acorde a sus necesidades para la transferencia de fondos de Hamburgo a Guatemala. También las ciudades eran los centros comerciales más importantes, donde los criollos españoles y demás europeos dominaban el comercio de importación y exportación desde el siglo XVI. El poder económico de los alemanes llegó a la cúspide antes de la primera guerra mundial. La pérdida de esta guerra los llevó a la declinación. Para fines del siglo XIX, cuando el padre de Jacobo Árbenz arribó a Guatemala, sin embargo, el poder de los neocolonialistas estaba en su apogeo. La penetración de los neocolonialistas y las dictaduras de la clase dominante fueron posibles por la docilidad de la sociedad guatemalteca, la cual se logró precisamente a través del terror impuesto a la población por medio de las fuerzas armadas. Los miembros del ejército, tanto los oficiales como los soldados, eran seres intocables y su status superior los hacía temibles, sin que ningún civil se atreviera a relacionarse con ellos por provocar el rechazo y aislamiento social. También no hay que olvidar, que una unificación de los enemigos del régimen en capacidad de iniciar una lucha de resistencia que podía conducir a un movimiento armado contra el régimen, se veía obstaculizado por la diversidad étnica y lingüística existente en el país. Por eso aquellos ladinos o indígenas de los centros urbanos que deseaban cambiar de posición económica y social, optaban por buscar la manera de incorporarse a la estructura jerárquica organizada del ejército, a fin de ser asimilados gradualmente al sistema de dominación existente. Solo dentro del ejército se podía dar una movilidad social tan fríamente calculada y, por lo demás, segura y plena. Socialmente era como convertirse a una nueva religión y el sistema y la clase dominante lo toleraba, e incluso lo promovía, por medio de un proceso de selección entre los jóvenes dispuestos a servir “a la patria”. Para triunfar en la profesión de garantes del sistema de poder establecido, todo lo que había que hacer, era copiar los patrones de conducta de los oficiales de grados superiores hasta llegar a ser plenamente uno más de ellos. A esto se le llamaba “haber hecho una buena carrera militar”. Con el transcurso del tiempo, se podía


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lograr la movilidad social deseada mediante un ascenso militar vinculado estrechamente a una conquista política en el sistema, lo cual conducía, así mismo, a una mejora del status económico. Esto era posible por medio del acceso a la propiedad de la tierra o a la toma del poder político del Estado. Esta diferenciación de carácter jerárquico en la ocupación de la población, es decir entre los hombres con derecho a portar y usar armas ofensivas para proteger el orden establecido y aquellos sin derecho y obligados a soportar todo tipo de humillaciones, fue otro motivo de un permanente resentimiento y odio del pueblo contra el sistema de opresión dictatorial. La prohibición a portar y usar armas estaba motivada por el temor de que el pueblo escenificara un levantamiento contra el sátrapa de turno, se hiciera con el poder político y se diera inicio a una revolución del orden establecido. Fue precisamente esto lo que ocurrió en la madrugada del 20 de octubre de 1944. Cuando se escribe o se habla de ese 20 de octubre los historiadores burgueses y sus corifeos hacen aparecer la efemérides como algo no digno de ser recordado, acusándola de haber sido el causante de los supuestos desequilibrios políticos y económicos que le produjeron al país los dos gobiernos revolucionarios que dominaron el escenario nacional de 1944 a 1954. Según refieren los académicos y políticos influidos por semejantes opiniones, ambos gobiernos falsearon por completo la voluntad popular después de 14 años de una dictadura ilegítima como repudiable. Se trata precisamente de eso: de deslegitimar un período histórico de setenta años de duración que se caracteriza, precisamente, por haber modificado un sistema de dominación que se caracterizó por establecer y defender regímenes antidemocráticos y creado todo, menos armonía social en la sociedad rural tradicional guatemalteca. Las mencionadas opiniones, expresadas desde 1954 han ejercido y ejercen gran influencia en la conciencia de las nuevas generaciones de guatemaltecos y, evidentemente, es muy importante que determinemos si resisten un serio análisis crítico. Mi personal conclusión, es que tales opiniones distorsionan la memoria histórica y sólo tienen la finalidad de engañar y manipular el conocimiento de los hechos pasados. La verdad es que, gracias a la acción personal de Jacobo Árbenz Guzmán, el 20 de Octubre de 1944, la intentona de la oligarquía agraria de perpetuar, una vez más, su dictadura de clase, arrastrada por el pueblo guatemalteco desde 1871, sufrió un severo y mortal revés. La toma de la Guardia de Honor y la destrucción de la resistencia armada del ejército


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ubiquista del Castillo de San José contribuyó, más que nunca, a que las masas populares volvieran a despertar. Éstas no estaban totalmente dormidas como antes de junio de ese mismo año, cuando dio inicio la lucha callejera en contra de la dictadura ubiquista, pero después que se creía restablecida la dictadura de los finqueros en la persona del nuevo sátrapa Ponce Vaides, un movimiento mucho más vasto y profundo sacudió con gran energía el sistema de poder que Ubico había dejado intacto al renunciar; es decir, después de haber sido relevado el sátrapa, poniéndose Ponce Vaides al frente de todo el aparato de dominación burocráticomilitar de los finqueros, se había inaugurado un nuevo gobierno dictatorial de imprevisibles consecuencias. Lamentablemente, los dirigentes revolucionarios aún estaban en plan de concientización ideológica y de adquirir más espíritu de lucha. Las figuras del triunvirato establecido, el capitán Jacobo Árbenz, el mayor Francisco Javier Arana y el empresario Jorge Toriello, conocido como “el ciudadano”, eran los cabecillas de la conocida “Revolución de Octubre de 1944”. El grado de su conciencia política era de distintos niveles. No tenían una meta uniforme, predominando en ellos sus intereses personales y gremiales, más que los colectivos. Sólo Jacobo Árbenz representaba los intereses populares y de los tres triunviros sólo él gozaba de una discreta fama en la ciudad. Se decía que había sido un buen estudiante y un buen catedrático de la Escuela Politécnica, pero, ante todo, se sabía que había salvado la revolución en ciernes dándole un golpe de Estado a Ponce Vaides el 20 de octubre de 1944. Esto último le había hecho una aureola de héroe. Se destacaban algunos importantes rasgos de su carácter. Algunos compañeros de estudios habían comentado que siempre se mantenía apartado de todos, que no tenía estrecha amistad con nadie, pero que nunca era descortés con nadie. Siempre se había destacado entre sus compañeros de estudios y de armas por su férrea voluntad de ser líder. Precisamente este rasgo era el que proyectaban los retratos que de él presentaba la prensa: el de un joven revolucionario fuera de lo común, con rasgos físicos que mostraban mucha determinación y valor. En su mirada podía percibirse una sana ambición, la ambición de un hombre de querer ser alguien, pero que estaba en disposición de subordinar sus intereses personales a los de la liberación de su patria. Entre los tantos designios políticos que se le atribuían a su persona en los artículos de prensa, destacaba el que mencionaba que en su casa se mantenía leyendo sobre temas específicos relacionados con


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la manera de desligitimar la gran propiedad de la tierra. En realidad, las lecturas que estaba realizando Jacobo tenían la finalidad de hacerlo tomar la decisión más acertada y eficaz en el momento tan crucial por el que estaba pasando; Después de setenta años de dictadura oligárquico-militar lo más grandioso que podía sucederle había sido buscar integrarse a su pueblo y, como futuro hombre de Estado, encaminarlo hacia un mejor futuro. Jorge Toriello, el “Ciudadano”, era el prototipo del hombre político de la clase dominante. Pertenecía por origen a la burguesía agraria interesada en establecer un Estado que administrara los asuntos que le convenían a la ascendente alta burguesía de negocios, y que fuera este sector de la clase dominante el que se hiciera con la hegemonía del poder político en el país. Representaba los resabios del pasado, que pretendía sobrevivir en el nuevo estado de cosas, cerrándoles a los guatemaltecos su acceso a participar en las decisiones políticas de alto nivel, por medio del control de los nuevos partidos del sistema en vías de formación. Para cumplir esos fines, tenía en mente establecer una práctica política (que años más tarde sería usual) basada en una Constitución real, que suplantara a la legal, destinada a viciar y, en definitiva, a anular la voluntad popular. Su trayectoria pública sería breve, al destruirse la pretendida red paralela de poder que estaba organizando para deformar el Estado institucional, terminando por desplomarse en el desprestigio político. Con el paso del tiempo se convertiría en una figura “notable” del pasado, llevando siempre como muletilla el título de “Ciudadano”, que nunca se supo lo que significaba en un país donde toda persona al llegar a su mayoría de edad se convertía oficialmente en ciudadana. Francisco Javier Arana respondía a los intereses más oscuros de los oficiales “de línea” del ejército; como ya hemos señalado, los oficiales no formados en la Escuela Politécnica sino ascendidos en el escalafón por sus servicios prestados en los cuarteles, donde lo que más se tomaba en cuenta era la brutalidad con los inferiores y el servilismo con los superiores. Pero también se hizo muy estimado por la oligarquía agraria y la Iglesia, que deseaban establecer un Estado de apariencia constitucional, una ficción de democracia, realizando periódicas farsas electorales con militares como gobernantes. Pensaban que un nuevo tipo de caciquismo permitiría la restauración del poder de los finqueros. No fueron los hombres del triunvirato quienes lograron el triunfo de la Revolución el 20 de Octubre de 1944 sino el pueblo, las masas populares


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que secundaron la acción de los militares revolucionarios encabezados por Jacobo Árbenz. Fue, como hubiese dicho un conocido experto en política internacional, “la espontaneidad de las masas”. El secreto del éxito está en las masas. Las huelgas estudiantiles y del magisterio iniciadas en las postrimerías del gobierno ubiquista y luego extendidas a otros sectores pone de manifiesto la profundidad que estaba alcanzando el movimiento popular antidictatorial, pero también que se trataba aún de un movimiento espontáneo, embrionario. No existía organización, no existía conciencia de clase que moviera las acciones de protesta. Se sabe que los motines primitivos reflejan cierto despertar de lo consciente, los obreros han perdido la fe tradicional en la inamovilidad del sistema que los oprime, han empezado a sentir la necesidad de oponer resistencia colectiva y rompen decididamente con la sumisión servil a las autoridades. Pero esto, sin embargo, más que lucha es una expresión de desesperación y de venganza. Una huelga es un estadio superior de conciencia de clase, que suele ser convocada cuando se adquiere conciencia de su importancia para una lucha contra el patrón o contra la autoridad inmediata de la institución a la que se pertenece. En ambos casos, lo primero que hacen los demandantes, es ponerse de acuerdo para estudiar las reivindicaciones que se harán, luego se analiza el momento más adecuado para hacer los planteamientos. Un motín es un levantamiento espontáneo, mientras que una huelga representa ya un embrión de lucha de clases. La huelga es de tipo sindical, pero no tiene que tener necesariamente un contenido ideológico; es decir, no tiene que estar organizada por un partido político determinado. Eso fue lo que se dio en Guatemala en las jornadas de protesta que llevaron al derrocamiento de Ubico, primero, y de Ponce, después. Pero las huelgas también fueron movimientos de masas espontáneas. Importante históricamente, es que se dio la convicción de que era necesario agruparse para darle más fuerza a las demandas y luego estar dispuestos a luchar por el éxito, tal y como sucedió. El movimiento revolucionario adquirió el apelativo histórico de “Revolución del 44” no porque se haya producido una revolución en el sistema de dominación socioeconómico y político -lo cual no fue el caso, pues aunque logró eliminarse una dictadura opresora, el sistema que representaba quedó intacto-. El siguiente paso a dar era precisamente hacer los cambios necesarios para eliminar el sistema. Y fue esto lo que procuraron hacer los jóvenes intelectuales, civiles y militares, que se habían


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hecho con la dirección del movimiento revolucionario. Fue aquí cuando se inició la lucha interna en la que participaron, en primer lugar, los jóvenes burgueses que aspiraban con desarrollar el capitalismo en diversas áreas de la producción agrícola, industrial y comercial, cuyo representante era Jorge Toriello, y otros jóvenes más, algunos de la burguesía, que no tenían ninguna orientación ideológica pero sí grandes deseos de que el pueblo de Guatemala, especialmente el campesinado, mejorara su condición de semiesclavitud y pobreza en que se encontraba. Entre ellos se encontraba Jacobo Árbenz y otros civiles y militares patriotas más, pertenecientes todos a la pequeña burguesía urbana. Estaba también un pequeño grupo de jóvenes universitarios y del sector magisterial, que ya habían estudiado o estaban comenzando a estudiar las doctrinas filosóficas, históricas y económicas marxistas. De su núcleo más estudioso y decididamente estalinista se formaría el Partido Guatemalteco del Trabajo (PGT). Los jóvenes fascistas que habían colaborado con la dictadura de Ubico, estaban en plena retirada. No habían desaparecido por completo. Unos pocos procuraron, con éxito, infiltrarse en el movimiento revolucionario. Pronto se reorganizarían los fascistas y otros anticomunistas no fascistas, se pondrían al servicio del imperialismo norteamericano, y se lanzarían en contra del gobierno reformista de Juan José Arévalo, primero, y del gobierno revolucionario de Jacobo Árbenz, al asumir éste la presidencia en 1951. Su principal ideólogo llegó a ser un antiguo luchador antiubiquista, el periodista y propietario del diario “La Hora”, Clemente Marroquín Rojas, la “bestia negra” de la Revolución de Octubre del período 1944-1954. Clemente Marroquín Rojas fue un periodista autoproclamado “independiente”, acérrimo crítico de los gobiernos de Juan José Arévalo y Jacobo Árbenz. Repetidamente manifestó que estaban infiltrados y manipulados por los comunistas, que sus promesas de lucha por la igualdad y la justicia social eran demagógicas e ilusorias, que los resultados de sus gobiernos eran más bien escasos y que la reforma agraria era un proyecto fracasado. Según él, el mejor candidadato para suceder a Arévalo era Francisco Javier Arana, procurando que los antiguos votantes de Arévalo le perdieran la confianza y le retiraran su apoyo político al candidato Árbenz. En esta campaña de desprestigio tuvo bastante éxito reiterar machanomente la necesidad de sentar en el banquillo de los acusados a los asesinos de Arana, después que éste fuera muerto en circunstancias nunca esclarecidas durante los gobiernos de Arévalo y Árbenz. Se ha escrito que la aristocracia criolla está constituida por terratenientes hereditarios que han derivado sus ingresos de la utilización de peones en


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el cultivo del café. Históricamente, la aristocracia criolla quedó en trapos de cucaracha durante la guerra civil que sucedió a la Independencia de Guatemala. Como resultado de dicha guerra, los liberales encabezados por Francisco Morazán establecieron un gobierno liberal que expropió los bienes de la Iglesia, que se distribuyó entre elementos no conservadores o fueron vendidos al mejor postor, generalmente extranjeros. Al retornar al poder los conservadores, intentaron constituirse nuevamente en el sector más poderoso de la clase dominante, pero los tiempos y manera de enriquecerse fácilmente habían cambiado. Ahora, el enriquecimiento sólo se podía hacer a la sombra del poder político y como intermediarios entre el Estado burocrático-militar y los neocolonialistas. Así que al ascender al poder nuevamente los liberales, esta vez encabezados por Rufino Barrios, y los conservadores volvieron a caer en desgracia, surgió la figura del “cuelludo” o favorito del mandatario de turno, encargado de vender concesiones de negocios a los interesados en el enriquecimiento fácil aunque fuese de manera ilícita. El producto de dichas ventas debía ser compartido en partes iguales con el mandatario para que, de esta manera, ganaran todas las partes involucradas. Fue así como surgió el nuevo sector poderoso dentro de la clase dominante: la burguesía burocrático-militar, que fue la que le abrió al capital extranjero las puertas de par en par al capital extranjero del neocolonialismo. Marroquín Rojas, fiel a su estilo de darle palo a los oligarcas como a los comunistas, por igual, describe a este nuevo rico en La Hora Dominical del 6 de febrero de 1949, de la manera siguiente: “Sería exagerado decir que todos los capitales nacionales han sido hechos a la sombra del Estado, pero sí podemos decir que la mayor parte, y esa mayor parte llega escaso al noventa y cinco por ciento, son hijos directos del Estado; esto es, nacidos, crecidos y mantenidos constantemente por las fuerzas de la administración. Una parte de esos capitales labrados directamente por gente que ha servido al Gobierno y que, desde su puesto “con cachitas”, acumularon la riqueza, la botaron a manos llenas, o la disfrutan aún. Otros capitales, los que se dicen independientes, se formaron por la misma protección del Estado, exigiendo que éste les diera mozos casi gratis, que les favoreciera con tarifas proteccionistas, o bien con monopolios bárbaros que dejan siempre repletas las alforjas”. Según Marroquín Rojas, “todos estos ricos, grandes y chicos, son los ahora amenazados seriamente por las nuevas corrientes ideológicas. Mejor y más claro: ellos serán los perdedores; pues siendo así, nadie de éstos se apresta a luchar como debe lucharse, nadie suelta dinero para la organización de un partido honesto; pero en cambio, andan por ahí muchos


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tras los hombres conocidos por “de mano de hierro”, para que éstos les protejan sus capitales con los mismos sistemas de los viejos funcionarios, capataces antes que funcionarios. Los ricos, pues, no buscan la justicia, no buscan el progreso a base del engrandecimiento general de los pueblos; ellos buscan al hombre que, como Presidente, pueda ser capataz, pueda ser esbirro que les limpie el camino de su tradicional modo de hacer plata. Y eso ya no debe permitirse. El pueblo medio, el que es en rigor “alma de pueblo”, debe aprestarse a la lucha. El rico no es un hombre de justicia, sino un explotador. Por eso se mantiene indiferente en la lucha que libramos contra el comunismo, con la esperanza de que de un momento a otro surja el tirano, el déspota que aniquile toda esperanza de mejoramiento y vuelva a someter a los trabajadores a sus caprichos y a sus intereses. En este sentido, son mucho más amplias las empresas extranjeras que nuestros ricos infelices, gorrones y sostenedores de todo despotismo”.


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Capítulo II: La caída de los sátrapas

En abril de 1944 fue derribada la dictadura de Jorge Ubico, principal cabecilla de los finqueros liberales creadores del sistema de dominación estatal establecido en Guatemala en junio de 1871, cerrándose el capítulo de historia donde predominó el Estado burocrático-militar de la clase oligárquica, que le abrió las puertas del país al neocolonialismo alemán de la segunda mitad del siglo XIX. Las causas de la caída de Ubico han sido resumidas por Manuel Galich, a través de su discípula cubana, la historiadora Orieta Álvarez, de la manera siguiente: “Desde la llegada de Ubico al poder había desaparecido toda posibilidad de organización para las grandes masas. El dictador no permitió que existieran leyes de trabajo, ni organización obrera, ni partidos políticos, ni prensa independiente, llegándose a prohibir el uso de la palabra “obrero”. Anuló todo tipo de desarrollo democrático que permitiera la participación siquiera limitada de algunos sectores y, como burla a las más elementales libertades burguesas, se reeligió dos veces. Concentró el poder gobernando en forma autoritaria y elaborando leyes que el Congreso tenía que aprobar obligatoriamente. Desarrolló un aparato militar y policíaco que lo sostenía en el poder, ejecutando sus órdenes, que incluían el fusilamiento sin juicio previo. El espionaje, el chantaje, el destierro, la prisión y el aniquilamiento físico de sus adversarios políticos fueron prácticas comunes. La frase “muerto al intentar escapar” fue el final de numerosas figuras políticas. Sin embargo, al estallar la Segunda Guerra Mundial le fue imposible evitar que se difundieran en el país las ideas sobre la libertad y la democracia que utilizaban los aliados. Esta propaganda tuvo eco en los sectores oprimidos de la sociedad guatemalteca y fundamentalmente en los intelectuales y estudiantes, que lograron importantes avances en su organización.


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El movimiento estudiantil también había sufrido las consecuencias de la dictadura. La autonomía universitaria fue suprimida y se militarizaron los centros de nivel secundario. Considerados por el pueblo “depositarios de la rebeldía, de la altivez, de la crítica mordaz”, fueron confinados al silencio y a la inactividad que imponía el régimen, aunque su avanzada fue neutralizando el escepticismo y el pánico imperantes y sus inquietudes cívicas se acentuaban paulatinamente. A partir de 1940 se inició en la Universidad un movimiento consciente y organizado de lucha contra el dictador y en defensa de las libertades universitarias en el que jugó un importante papel el grupo de los “escuilaches”, fundado anteriormente alrededor de Manuel Galich, Mario Méndez Montenegro e Hiram Ordóñez, que redactó y difundió un documento donde se proponía derrocar a Ubico. En este mismo año resurgieron dos organizaciones estudiantiles más: Juventud Médica y El Derecho, ambas con finalidades culturales y de reorganización del estudiantado, logrando agruparse federativamente en 1943 con el nacimiento de la Asociación de Estudiantes Universitarios (AEU), la cual trabajó arduamente para preparar el movimiento que estalló al año siguiente contra la dictadura. Durante la guerra, Ubico –que había sido abierto simpatizante del nazi-fascismo- tuvo que expropiar los bienes alemanes en Guatemala, bajo fuerte presión del gobierno de Estados Unidos, lesionando con esto a sectores nacionales vinculados al capital alemán. También con la caída del precio del café, principal fuente de divisas y el aislamiento de los mercados europeos a que quedó sometido el país durante la contienda, se acentuó más su dependencia del mercado norteamericano, al tiempo que disminuyeron sus exportaciones. Todo ello resultó catastrófico para su ya de por sí endeble economía. El gobierno ubiquista se fue convirtiendo así gradualmente en un freno cada vez mayor para el desarrollo económico del país y en un obstáculo para casi todos sus sectores sociales, a los que golpeó económica y políticamente. En 1944, la dictadura ubiquista se enfrentó a una serie de fricciones dentro del bloque dominante. Los cafetaleros, que eran la base social más importante de ese régimen, no querían arriesgarse ante una serie de medidas que demandaban otros sectores, tales como la diversificación de la agricultura y la industrialización, que garantizarían a dichos sectores un lugar más importante en la vida económica del país y su posible ascenso político.


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Todo este panorama coincidía con la etapa final de la Segunda Guerra Mundial. La propaganda norteamericana contra el fascismo y la presentación de los ideales de “democracia y libertad”, contribuyeron a minar el terreno a la dictadura de Ubico. La unificación de todas las fuerzas antidictatoriales dio por resultado el movimiento de junio de 1944, que fue encabezado por la juventud estudiantil y dirigido por sectores de las capas medias urbanas y la incipiente burguesía local, apoyados por la clase obrera y el pueblo en general. Fueron éstas las condiciones que permitieron el derrocamiento del gobierno de Ubico, el “gran final de una larga noche”, como ha sido llamado. Representó la última postura de una oligarquía agrícola en decadencia. Su ineptitud para resolver la crisis reveló su identidad. Las circunstancias del “milagro” de las jornadas populares de junio de 1944, fueron la expresión de las contradicciones de aquella sociedad y el inicio del proceso de maduración hacia una situación revolucionaria”. En la caída de Ubico, la importancia que desempeñó la relación existente entre la estructura social imperante en el país y la actuación económica de los neocolonialistas y sus lacayos de la oligarquía, no debe pasarse por alto. Sin embargo, la expropiación de los alemanes y su expulsión del país no lesionó los intereses de los caficultores guatemaltecos sino todo lo contrario: los liberó de sus acreedores. La inmensa mayoría de los caficultores del país estaban endeudados con los alemanes, quienes les hacían préstamos leoninos a cambio de sus cosechas futuras, pagándoles, además, precios muy bajos por el café que compraban, ya que eran los alemanes vinculados a los bancos y grandes empresas de importación de café los que manipulaban los precios en el mercado internacional. El terror del finquero guatemalteco era morir endeudado a un banco alemán y no dejarles ni un centavo de herencia a sus hijos, que no sabían hacer otra cosa que no fuera explotar “mozos” campesinos. De hecho, además de los políticos advenedizos y la oligarquía agraria que anhelaban apoderarse de las fincas alemanas expropiadas, no había en el país nadie más interesado, que se sintieran más dichosos por la ruina y expulsión del país de la mayoría de los odiados arrogantes neocolonialistas alemanes, que los endeudados finqueros guatemaltecos. Así que al ser expulsados del país los alemanes, se bailaron muchos sones chapines en el país. Sin embargo, no se fueron todos. Algunos de ellos se las ingeniaron para permanecer en Guatemala y otros regresaron a sus fincas de Guatemala en la década de


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1950, después de haber sido derrotados militarmente y hecho prisioneros en Stalingrado por el ejército de la Unión Soviética y haber permanecido durante años sufriendo hasta casi la congelación en campos de trabajo forzado en Siberia. El problema del odio de clases que le tenía la población guatemalteca a los neocolonialistas y a la oligarquía, fue que los sectores económicos y políticos dominantes desde la invasión española del siglo XVI, durante el feudalismo colonial español y después de la Independencia, a todo lo largo de sus dictaduras conservadoras y “liberales”, nunca favorecieron los intereses de la población autóctona. Durante la tiranía del sátrapa Ubico, la población cada vez más amplia de la pequeña burguesía, conformada por las capas medias urbanas, a las cuales pertenecían desde los artesanos hasta los profesionales, empleados públicos, maestros, estudiantes universitarios y trabajadores asalariados de diversa índole, aunque no estaban sometidas al sistema esclavista imperante en el medio rural, habían quedado al margen de las dádivas del neocolonialismo alemán y del imperialismo norteamericano, llegando a formar un sector lleno de resentimiento por su falta de movilidad social. Fueron ellos quienes formaron las masas capitalinas que pasaron “del pánico al ataque”, forzando la salida precipitada de Ubico. Los sucesos políticos en Guatemala los refiere ampliamente Francisco Villagrán Kramer en su Biografía Política de Guatemala. Este abogado, hijo de un abogado de la United Fruit Co. y ex vicepresidente del dictador genocida Romeo Lucas García, considera “el preludio” de la caída del sátrapa el 22 de junio de 1944, cuando 311 profesionales y estudiantes universitarios se arman de valor para presentarle un Memorial, donde por primera vez en catorce años se critica abiertamente su Gobierno, concluyendo que “Guatemala no puede substraerse a los imperativos democráticos de la época. Es imposible frustrar con medidas coercitivas los incontenibles impulsos de la generosa ideología que está reafirmándose en la conciencia universal a través de la más sangrienta de las luchas libradas entre la opresión y la libertad”. A esta protesta se suman maestros y otros sectores populares que, a manera de “avalancha” le exigen su renuncia, convirtiendo el día 25 en “Día del Maestro”, por haber sido asesinada ese día la maestra María Chinchilla, que se convierte en mártir de la resistencia y lucha antidictatorial. Como resultado, abrumado por la presión pública, Ubico se acobarda y presenta su renuncia a un grupo de 17 generales, quienes, en nombre del Estado Mayor General del Ejército, habían llegado


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a pedirle que no renunciara. Entre ellos estaba Federico Ponce Vaides. La renuncia fue llevada a la Asamblea para darle trámite legal y de esa manera “se abrió una crisis de sucesión y también, el camino a la Revolución”, concluye Villagrán. A fin de evitar un desbordamiento popular, el 3 de julio se reunieron en la Asamblea los burócratas de la dictadura, para informar oficialmente sobre la renuncia de Ubico, y de la formación de tres generales “Designados a la Presidencia”. Entre el público asistente se encontraba Jacobo Árbenz y otros que muy pronto “se destacarían como dirigentes políticos”. Nadie ha dado una imagen tan gráfica y detallada de lo ocurrido en la Asamblea, como Villagrán Kramer, quien refiere que el público exigía la aceptación de la renuncia. Como los diputados no pudieron imponer su voluntad, eligiendo “libremente” a Ponce como el nuevo Presidente Provisorio, el presidente de la Asamblea y otros diputados se retiraron. “A continuación, un piquete de tropa desalojó a los diputados del hemiciclo y, de los palcos, a la prensa y al pueblo.” Como potro desbocado se sucedieron los acontecimientos, comenzando a formarse “nuevas fuerzas políticas” que representaban candidaturas presidenciales de individuos ansiosos por apoderarse de la silla presidencial: “en especial abogados que se destacaron en los acontecimientos y algunos militares, entre ellos, el Coronel Guillermo Flores Avendaño”. […] La juventud universitaria se agrupó en un esquema político, el Frente Popular Libertador. El magisterio se inclinó por regar la semilla de la candidatura a la presidencia de uno de los suyos: un Doctor en Pedagogía que años atrás había salido del país y que a la sazón se encontraba en la Universidad de Tucumán, República Argentina: el Dr. Juan José Arévalo… era evidente que la oposición por largos años reprimida comenzaba a organizarse”. Tejiendo la trampa, los “triunviros” hicieron saber a los secretarios de Estado y a los diputados, que ante la presión popular que “obstruía el curso institucional” disolvieron la Asamblea Legislativa y nombraron Presidente Provisorio al general Federico Ponce Vaides. Se hizo famosa la frase que se dice pronunció éste dictadorzuelo al asumir el poder: “Jamás soñé, nunca creí, llegar a ser Presidente”. Consumado oficialmente el acceso al poder de Ponce, se hizo la pantomima de convocarse a elecciones presidenciales para mediados de diciembre de 1944. El relato que María Vilanova hace de la caída de Ubico y de la participación de su esposo Jacobo Árbenz en el movimiento revolucionario,


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merece ser reproducido en todo lo posible, por estar su versión enraizada más que familiarmente. Dice ella: “Poco tiempo después del nacimiento de María Leonora, una gran agitación social y política empezó a crecer en Guatemala. El 30 de junio de 1944 el dictador Ubico se vio obligado a renunciar de la Presidencia bajo la presión de un movimiento cívico de gran amplitud. Ese movimiento había cobrado ya varias víctimas y la inconformidad popular, aun dentro de las filas del ejército que siempre lo había apoyado, se traslucía a simple vista. Catorce años de dictadura y opresión tenían hastiado al pueblo. Ubico renunció e impuso a un militarote que en muchos aspectos era inferior al propio general Ubico; el pueblo se enardeció y desafiaba la continuación de la dictadura del sucesor de Ubico. Éste se vio obligado a repartir el poder entre un triunvirato militar, dentro del cual la Asamblea Legislativa tenía que escoger a un Presidente provisorio hasta nuevas elecciones. Jacobo se identificó con el movimiento libertario desde el primer momento. Lo hizo por cuestión de ética, es decir, porque comprendía que era insostenible la permanencia de un gobierno que tenía el rechazo de prácticamente toda la sociedad guatemalteca. Árbenz era lo suficientemente patriota y estaba muy bien preparado para incorporarse al movimiento político, más aún, cuando el pueblo se lanzó a las calles a protestar. Ese pueblo fue recibido por la caballería que agredió a punta de sables y descargas de armas de fuego de la infantería a los manifestantes”. Según refiere Jacobo Árbenz Vilanova, su padre estaba de vacaciones, leyendo mucho como era usual en él. Los libros que solía leer le servían para aclarar sus ideas y para mirar hacia el futuro con renovado optimismo. Fue así como decidió cambiar el sistema de dominación oligarca tradicional y su intento le daría muchas satisfacciones. En 1944, no obstante, al cabo de varios años como catedrático, comenzó a acariciar la idea de cambiar de actividad y dedicarse a la agricultura como propietario de una finca. Según cuenta su hijo, su abuelo finquero le hizo más tarde un préstamo que le permitió adquirir una finca en Escuintla, “El Cajón”, que había sido propiedad de unos hermanos alemanes, y que más tarde se encontró que tenía condiciones óptimas para cultivar algodón, de creciente demanda en el mercado textil norteamericano. Su tío, finquero algodonero en El Salvador, estaba dispuesto a prestarle asistencia técnica. Sin embargo,


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el destino le tenía reservada la actividad política, y abandonando temporalmente el proyecto agrícola al enterarse de que su esposa estaba dispuesta a asistir a la Asamblea a protestar, interrumpió sus vacaciones para asistir personalmente en lugar de ella. ¿El precio de un capricho del destino? Todo parece indicar que este fue el momento que Jacobo Árbenz no pudo llevar las riendas de sus deseos personales y la realidad de Guatemala lo arrastró a los acontecimientos políticos que estaban ya en efervecencia. Sin que su esposa le pidiera a gritos que hiciera algo por su país, Jacobo sintió la necesidad de ir a verle personalmente el hocico a la fiera que estaba a punto de salir de su jaula, para medírselo y obrar en consecuencia, tal y como lo hizo más adelante. María Vilanova expone en sus Memorias: “Cuando me enteré que se había convocado a la Asamblea Legislativa para aprobar al sucesor de Ubico, me interesé de inmediato en asistir a la Asamblea, pero tanto doña Octavia como Jacobo se opusieron a que yo fuera. Jacobo decidió ir solo. Se vistió de uniforme. Una multitud se agolpaba en la Asamblea; Jacobo subió por las graderías y por casualidad se sentó junto a los hermanos Toriello, Jorge y Guillermo (Willy). Tiempo atrás Jorge y Jacobo se habían conocido jugando polo. Cuando la tropa invadió la Asamblea para desalojarla e imponer la candidatura del general Ponce Vaides para Presidente provisorio, Jacobo quiso arrancarse las charreteras de su uniforme, preso de cólera ante la brutalidad que estaba presenciando. Los hermanos Toriello comprendieron su gesto, pero le aconsejaron que se abstuviera de hacerlo: que se calmara y que se reuniera con ellos al salir de la Asamblea para discutir alguna posible solución al problema. Así fue como se estableció una alianza imprevista y secreta entre mi esposo y los hermanos Toriello; alianza cimentada después en una amistad que duró muchos años. Desde el principio acordaron reunirse y buscar la salida políticodemocrática para Guatemala. Jacobo asistía a las reuniones con los hermanos Toriello cuantas veces podía y lo consideraba prudente; él estaba más o menos al tanto de cómo iba desarrollándose la organización. Willy Toriello se había relacionado con los estudiantes y obreros. Jorge Toriello con industriales y personas de clase acomodada, pero patriota. Jacobo, después de los sucesos en la Asamblea Legislativa, renunció a sus cargos en la Escuela Politécnica y tomó la determinación de apoyar y organizar un golpe contra los usurpadores del poder. Conversó con Carlos


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Aldana Sandoval, que por entonces era Instructor General del Ejército. Le pidió que localizara a un “militar de línea” que había conocido años antes cuando dicho oficial estaba en el Cuartel Matamoros y ambos custodiaban sendos grupos de presos que trabajaban en una obra que supongo era del ejército. Ese militar era Francisco Javier Arana. Días más tarde, Carlos Aldana comunicó a Jacobo que había localizado a la persona que le había indicado, quien se encontraba en el Regimiento Guardia de Honor como jefe de la unidad de tanques. Jacobo lo tuvo muy en cuenta en relación para los planes del movimiento democrático”. Antes de hundirse para siempre en las aguas negras del pasado histórico de Guatemala y retirarse a morir a las entrañas del monstruo que lo había engendrado, el último gesto de Jorge Ubico, “el idiota semisalvaje” -como hubiese sido calificado por un lúcido revolucionario-, fue entregarle el poder a otros “militarotes” como él, seguramente con la esperanza de que resucitarían al gobierno de la oligarquía que dejaba él en una funeraria. Como hemos visto, aires frescos habían penetrado ya en el país que durante catorce años se le había cerrado a cal y canto la libertad y la alegría de vivir, pero que ahora, caído el sátrapa, era al pueblo al que correspondía tomar posiciones de vanguardia para encontrarse consigo mismo. Consciente Ponce Vaides de que se encontraba al borde del precipicio y que su caída sería inminente si no se desplazaba a un sitio más seguro para gobernar a sus anchas, como lo había hecho Ubico, intentó hacer creer, y nada más que eso, que Guatemala estaba muy cerca de emprender el camino hacia la democracia. El problema era que ni Ponce ni los otros dos miembros de un triunvirato impuesto por Ubico, tenían la menor idea de lo que significaba la palabra “democracia” y para qué podía servirles de uso personal. Después de hacerse nombrar Presidente de Guatemala por los diputados del oficialista Partido Progresista Liberal que controlaban la Asamblea Nacional Legislativa, y haber sido brutalmente expulsados del recinto quienes protestaban a gritos, bajo la amenaza de ser conducidos a prisión por la fuerza militar, ser acusados de rebeldía y de estar amenazando la paz social. El recién estrenado nuevo sátrapa se ha de haber sentido muy satisfecho en su nuevo papel de “militarote” dispuesto a conducir un país, sin imaginarse que el futuro sepulturero de su gobierno lo observaba atentamente con una profunda mirada de desprecio, no usual en él. La “mano fuerte” que el sátrapa creía que necesitaba el país, y que colgaba de su brazo derecho con displicencia, iba a ser muy pronto cercenada de cuajo por la acción heroica y revolucionaria de ese hombre llamado Jacobo Árbenz Guzmán.


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García Añoveros cita un párrafo de lo escrito en un diario guatemalteco que censura acremente el paso por el poder de Ponce Vaides, de la manera siguiente: “El régimen de Ponce en nuestra historia es uno de los casos más cargados de prostitución política que pueda darse. En 108 días de mando provisorio cometió, asesorado por los perversos e irresponsables miembros del Partido Liberal Progresista, los más vituperables excesos: asesinó, encarceló, flageló, torturó, hizo emigrar a los ciudadanos que no comulgaban con sus ambiciones de perpetuarse en el poder, destituyó a los servidores de la Nación que discrepaban con su cuadrilla, violó la Constitución, suspendió a los periódicos que no se convirtieron a la mordaza, contra la unánime voluntad del pueblo e impuso y mantuvo indeseables funcionarios…”. Según el historiador antes mencionado, el asesinato del diputado ubiquista y director del periódico “El Imparcial”, Alejandro Córdova, indignó profundamente a la intelectualidad del país, caldeando aún más los ánimos en contra de la recién establecida dictadura, todo lo cual contribuye a hacer de Juan José Arévalo el candidato presidencial más idóneo por su enfrentamiento al régimen como candidato presidencial apoyado por los partidos populares recién surgidos. “Arévalo intenta convencer a los candidatos de los partidos opositores que hay que ir a la revolución armada. No lo consigue, pero apoyado por partidos y asociaciones cívicas, el 16 de octubre lanza un manifiesto en el que denuncia a Ponce de querer perpetuarse en el poder, declarándose en paro electoral y dando por cancelada su participación en las elecciones”, escribe Añoveros. Lo que sucedió después es historia inédita, protagonizada por Jacobo Árbenz, el ideólogo y principal artífice del movimiento revolucionario armado que dio al traste con la breve dictadura de Ponce Vaides. La tempestad de la Revolución estaba en el aire, y sólo quedaba por saber qué día se soltaría el temporal. Era un asunto polémico y todos los revolucionarios se sentían en mayor o menor medida abrumados por el peso de sus responsabilidades. Había que hacer algo para evitar que Ponce se adueñara totalmente del país como lo habían hecho sus antecesores sátrapas, pero parecía que nadie sabía qué hacer. Jacobo Árbenz, como militar, consideraba que había terminado la época de una solución pacífica de los problemas que agobiaban a los guatemaltecos. Comenzó a trabajar con un pequeño grupo clandestino de jóvenes militares y de civiles dispuestos a luchar con ellos. El plan que elaboró tenía relación con la manera como Atatürk logró tomar el poder en Turquía. Primero, organizó una conspiración formando una sociedad secreta. La segunda parte del


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plan, ambiciosa, tenía el objetivo de reconquistar por las armas el poder. El proyecto siguió adelante, en el secreto más absoluto, durante los meses de julio, agosto, septiembre y octubre de 1944. El perfil de Francisco Javier Arana respecto al de Jacobo Árbenz era muy distinto, así como eran distintas las actitudes políticas. El primero era oficial de línea, a diferencia de Árbenz, que no sólo era egresado con altos honores de la Escuela Politécnica sino que también había pertenecido al cuerpo de oficiales catedráticos de la misma. Arana, en comparación con Árbenz, era políticamente reaccionario y nada revolucionario ni romántico, como él. Lo único que tenían ambos en común, era que no estaban preparados ni acostumbrados a afrontar situaciones fuera del gremio militar. Como escribe Hobsbawm, “La situación de los militares profesionales es realmente paradójica: combina el poder colectivo con la irrelevancia individual”, ya que “un golpe de estado puede ser derrotado por cualquier signo de resistencia organizada que inmediatamente revela las debilidades de los que buscan el poder, y que puede también dar tiempo al resto del aparato civil y militar para decidir que no hay motivo para cambiar de bando”. Sin embargo, como lo comprobaron Árbenz y Arana, se pudo dar el golpe de estado contra el general Ponce porque se pudo “movilizar una resistencia efectiva frente a un nuevo régimen débil, inseguro y de orígenes irregulares”. El verdadero artífice del golpe contra el usurpador Ponce, fue Jacobo Árbenz, por la simple razón de que tenía la discreción y el conocimiento teórico de cómo dar con éxito un golpe de Estado. En el primero de los casos, no había nadie en toda Guatemala que supiera mantener la boca tan cerrada en determinadas circunstancias y conservar sus pensamientos más íntimos en lo más profundo de su alma como Jacobo. Y al respecto, sólo hay que leer lo que escribió María Vilanova sobre la manera como él supo conservar para sí la noticia de la muerte de su hermana Ana Arabella, residente en Quetzaltenango: “Por coincidencia, el día que ella murió se celebraba un baile en el Club de oficiales con motivo de la llegada del Año Nuevo. Aunque a Jacobo no le gustaba bailar había prometido llevarme. Llegó a casa muy pálido, deprimido y más serio que de costumbre, pero no fue sino hasta días después que me contó que la misma noche del baile su hermana había fallecido en Quetzaltenango. No es que Jacobo fuera insensible, sino que era excesivamente reservado en cuestiones personales”.


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Respecto a la preparación teórica para llevar adelante con éxito un golpe de estado, basta conocer un poco más el acercamiento espiritual que tuvo Jacobo Árbenz con Kemal Atatürk. Es sabido que es muy difícil escribir la biografía de un hombre que pasa por muchas facetas en su vida. ¿Quién le iba a decir a Jacobo al ingresar a la Escuela Politécnica, que un día siendo militar profesional iba a tener una faceta de golpista? Esta faceta hubiera sido imposible, de no haber llegado a la conclusión, de que no era posible cambiar a Guatemala si antes no se comprometía con su pueblo, a utilizar todas las vías posibles para llevar a cabo una revolución democrática, tal y como lo había hecho Kemal Atatürk con su pueblo. Fue precisamente de él de quien Árbenz tomó el modelo de organizar la conspiración. El joven turco organizó en la Academia Militar donde enseñaba, un pequeño grupo de jóvenes oficiales, a manera de célula, que se reunía clandestinamente a discutir el problema nacional de Turquía, que era la falta de libertad de los pueblos sometidos al Sultanato por la fuerza de las armas. La contraseña cada vez que se reunían los jóvenes conspiradores turcos era “Vatan”, que significaba “Patria”. Como uno de sus primeros objetivos, fue ganarse para su causa a otros oficiales de la Academia, conversando con ellos sobre lo desastroso que se encontraba la administración del país, pero sin culpar a las más altas autoridades del Gobierno sino a los subalternos. Era una forma de tantear el terreno que estaban pisando. De esas conversaciones informales no sólo lograban percibir el grado de madurez política de los otros oficiales sino también ideas para mejorar la situación imperante. Atatürk tenía, al igual que Árbenz como catedrático, sesiones de lecturas y discusiones de obras importantes sobre estrategia militar. Ambos estudiaron con sus alumnos todo lo concerniente a la Revolución francesa y el régimen constitucional de la República establecido por los revolucionarios después del derrocamiento del viejo régimen monárquico. La Constitución francesa de 1876 enseñaba que lo que estaba en juego en la Francia revolucionaria, era la eliminación del sistema feudal, especialmente las condiciones de feudalidad bajo las cuales se explotaba a los campesinos por la oligarquía feudal. Las palabras “orden feudal”, “burguesía”, “progreso social”, “libertad”, “igualdad”, “patria���, etc. tenían un gran significado político para los contemporáneos de dicha revolución, por lo que era necesario estudiar su importancia tanto en el Imperio otomano como en la Guatemala de Jorge Ubico. Otro aspecto importante del quehacer conspirativo de Atatürk aprendidos por Jacobo Árbenz, fue procurar incorporar en la aventura


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político-militar clandestina, a elementos civiles de la pequeña burguesía, como maestros, profesionales, artesanos y estudiantes. De entre ellos, una vez incorporados al creciente equipo de golpistas revolucionarios, saldrían elementos que más tarde defenderían los intereses nacionales burgueses frente al régimen imperante. Fue así como en Turquía surgió y se desarrolló un nacionalismo burgués que le garantizaría la libertad burguesa al Imperio otomano en decadencia. De Atatürk tomó Jacobo Árbenz muchos conceptos e ideas valiosas como las mencionadas, que fueron para él motivos de mucha reflexión. Para llevar a cabo el golpe, aprendió también el método de organización clandestina que aplicaría en Guatemala para proteger a los militares golpistas contra la infiltración de la policía. Consistía en dividir a la gente en grupos de cuatro y cinco personas que operarían sin conocer a los miembros de otros grupos. La consigna que identificaba a los activistas clandestinos de Jacobo Árbenz era “Por la Patria y la Revolución”, y a juzgar por su atractivo y aceptación popular, fue la misma divisa que se utilizó por sus seguidores y simpatizantes a lo largo de su campaña presidencial y, ya en la silla presidencial, es lógico que fuera el lema oficial del Gobierno arbencista hasta 1954. María Vilanova nos da en sus Memorias un dato interesante y revelador sobre el modo de operar de las células golpistas de Jacobo Árbenz: “La organización que permitió alcanzar el triunfo fue estructurada en células de cinco personas, las cuales fueron organizadas por los hermanos Toriello y Árbenz. Cuando a mediados de septiembre de 1944 Árbenz regresó de El Salvador, se reunió con los Toriello. El mayor Francisco Javier Arana no estaba directamente involucrado en los preparativos para el golpe que se planificaba en esas fechas, ya que la mayoría de los oficiales comprometidos en el movimiento eran egresados de la Escuela Politécnica. A Arana se le pidió su respaldo”. Según explica Alfredo Guerra Borges, imprescindible actor y voz durante la Revolución de 1944, y uno de los mejores conocedores del entonces joven y carismático Jacobo Árbenz por haber sido de sus más íntimos colaboradores, sin ser un arbencista convencido, por ser igualmente obsesivamente consciente de sus enormes limitaciones políticas y humanas: “Ubico cayó de la única manera en que podía caer: por una explosión insólita e inesperada de voluntades que irrumpieron en las calles pidiendo la renuncia del dictador. Una petición en tal sentido, firmada por prominentes ciudadanos, fue entregada a Ubico, y éste comprobó, por medio de aquel documento, que hasta algunos de sus más fieles servidores y amigos habían resuelto abandonarlo.


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El detonante de los acontecimientos fueron sucesos que años atrás no hubieran estremecido al régimen. Los estudiantes, agrupados desde 1943 en la Asociación de Estudiantes Universitarios (AEU), recibieron con entusiasmo la noticia de las acciones que, con amplia participación estudiantil, habían provocado en El Salvador la caída del gobierno de Maximiliano Hernández Martínez. El derrocamiento de este tirano fue celebrado por los universitarios guatemaltecos calurosamente. A la AEU se sumaron otras asociaciones estudiantiles, y el clima comenzó a caldearse. Ubico trató de salir al paso de eventuales desafíos y cambió a las autoridades superiores de la Universidad. La reacción estudiantil fue apoyada por otros sectores. Por medio de manifestaciones públicas se pidió la renuncia del dictador de los 14 años, cuya suerte se selló el 30 de junio. Tras la actuación de un efímero triunvirato militar, el poder se concentró en el General Federico Ponce Vaides. Era evidente la intención de perpetuar el régimen anterior, aunque sin Ubico, pero ya la crisis política se había desencadenado. Comenzó a madurar el desenlace final. En un clima de intensa actividad política en todo el país, el Capitán Jacobo Árbenz, ex abanderado de la Escuela Politécnica, renunció a su cargo de Comandante de la Compañía de Cadetes y comenzó a preparar el plan que culminó el 20 de octubre. El Capitán Árbenz pidió a su amigo, el Mayor Carlos Aldana Sandoval, a la sazón Inspector General del Ejército, que localizara al Mayor Francisco Javier Arana, un militar ‘de línea’ (es decir, no formado en la Escuela Militar) a quien Árbenz había conocido años antes, cuando ambos, al mando de sendos piquetes de soldados, cuidaban a un grupo de presos que realizaba trabajos en obras públicas. En ese entonces, Árbenz estaba de alta en la Escuela Militar y Arana en el cuartel Matamoros, pero aquél había perdido de vista a éste e incluso ya no recordaba su nombre. Con las indicaciones proporcionadas por Árbenz, Aldana Sandoval localizó a la persona buscada en el cuartel Guardia de Honor, en la posición inmejorable de jefe de la unidad de tanques. Arana aceptó colaborar en el plan de Árbenz. En la madrugada del 20 de octubre de 1944 comenzó la acción bélica. Los revolucionarios tomaron la Guardia de Honor y entonces Árbenz y el empresario Jorge Toriello convocaron a la gente para que acudiera a dicho cuartel a recibir armas. Por otra parte, grupos de estudiantes que esperaban participar en el momento decisivo (aunque sin conocer todos los detalles de la rebelión) llegaron a la Guardia de Honor en las primeras horas de la mañana. La acción conjunta de las fuerzas populares y los militares alzados dio por tierra con el gobierno de Ponce Vaides, al que reemplazó la Junta


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Revolucionaria de Gobierno, integrada por el Capitán Jacobo Árbenz, el Mayor Francisco Javier Arana y el empresario Jorge Toriello”. Existen diversas versiones sobre la toma del cuartel “Guardia de Honor”, la madrugada del 20 de octubre de 1944. La que más me parece digna de ser tomada en cuenta, es la versión de la familia Árbenz, por ser la que les contó el esposo, padre y abuelo Jacobo. Es la que habla del famoso “abrazo de oso”, con que Jacobo solía paralizar a sus amigos, en broma, y a sus enemigos, muy en serio. Su hijo, Jacobo Árbenz Vilanova, nos ha referido el inédito hecho heroico, de quien, a fin de no derramar sangre inútilmente la madrugada del 20 de octubre de 1944, se atrevió a apoderarse él solo de la “Guardia de Honor”, el cuartel del ejército más importante del país, capturando personalmente al jefe militar del mismo por medio de un sorpresivo “abrazo de oso”. Ante el completo asombro de los otros oficiales presentes se le acercó amigablemente al jefe militar, lo abrazó con aparente afecto y sorpresivamente le gritó con voz enérgica: “¡Ríndase, está usted detenido y bajo arresto!”. Villagrán Kramer amplía el relato anterior, dándonos un cuadro donde puede verse que la conspiración tenía todo un conjunto de otros militares involucrados, además de los ya mencionados participantes en la toma de la Guardia de Honor. Esto pone de manifiesto que la victoria sobre la dictadura de Ubico y sus compinches, fue más que una simple batalla entre oficiales y civiles revolucionarios atacantes y oficiales fascistas atacados. Se hace evidente que el país se encontraba ya inmerso en una aguda lucha de clases: “Cuando la artillería alzada abrió fuego sobre el Castillo de San José, la oficialidad de este último ignoraba los planes de quienes sobre ellos tiraban y tampoco sabía que la artillería recibida días antes en ese Castillo, procedente de la Guardia de Honor, no era operacional. Sigilosamente quienes se alzarían dejaron de enviar componentes importantes. En el Castillo de San José, el Capitán Carlos Castillo Armas, al igual que los restantes oficiales decidieron cumplir con su deber hasta que los impactos de la artillería de la Guardia de Honor incendiaron el fuerte y obligaron a bajar el puente permitiendo a soldados y oficiales abandonarlo. En el otro Castillo -Matamoros- la oficialidad se sorprendió de la negativa de sus jefes a autorizarlos a salir a sofocar la rebelión con las fuerzas que comandaban. “El que intente salir será pasado por las armas”, dijo uno de los Jefes, mostrando su desconfianza y la de los Generales y Coroneles en el Palacio Nacional hacia la oficialidad que pretendía salir a rechazar el ataque. En la Guardia Presidencial se encontraban recluidos los oficiales


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de la compañía del Progreso que había sido desarmada dos días antes, temiendo obviamente por su vida. Los oficiales de esa Guardia que también provenían de la Guardia de Honor, no eran parte en el alzamiento mas sí “oteaban” algo; sin embargo, nada delataron. Por lo demás, poco o casi nada podía hacer el contingente de la Casa Presidencial frente a fuerzas compuestas por soldados y civiles apoyados por tanques, que avanzaban sobre el Palacio Nacional. No sin antes producirse más de mil muertos y cerca de trescientos heridos en menos de doce horas de intenso fuego de artillería y de tiroteos en distintas partes de la ciudad, materializó el colapso del régimen Liberal Progresista y su elenco de Generales. En efecto, al mediodía capitulaba el gobierno liberal frente a las fuerzas revolucionarias y del pueblo armado que las acompaña y se suscribía la siguiente Acta de Capitulación: En Guatemala el día 20 de octubre de 1944, a las 12 horas, se reunió el cuerpo diplomático en la Embajada de los Estados Unidos de Norteamérica y recibió a los representantes del gobierno del señor general Federico Ponce V., señores licenciado Luis Barrutia, coronel Francisco Andrade Guzmán y mayor Humberto García Gálvez y a las fuerzas militares revolucionarias y del pueblo armado que las acompaña, señores mayor Francisco Javier Arana, capitán Jacobo Árbenz y don Jorge Toriello. Asistió también el señor General don Miguel Ydígoras Fuentes, quien aunque no participante de la revolución, ha sido elegido como garante por los representantes revolucionarios. Después de detenida consideración se llegó a las siguientes conclusiones: 1.- Deberán salir del país el presidente de la república general Federico Ponce Vaides; los secretarios de Estado, excepción hecha de don Mariano Pacheco Herrarte; los jefes de los cuerpos militares de la capital, a saber: general Fidel Torres Guzmán, coronel Cesáreo Alfonso Argueta y el señor comandante de armas de la plaza general Cenobio Castañeda; 2.Serán respetados los bienes que legalmente le corresponden a las personas designadas en el número anterior; 3.- Las tropas acatarán las órdenes que debe girar el presidente de la república, general Ponce, para que se entreguen inmediatamente y desarmadas para ser concentradas en los locales que designe la junta revolucionaria e incluyendo a las tropas que se encuentran en el Palacio Nacional y demás guarniciones militares de la república y al cuerpo de policía; 4.- El Cuerpo diplomático amparará el asilo del señor Presidente Ponce y su séquito en las misiones diplomáticas en que se acogerán mientras abandonen el país.


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Se hace constar que el mando del gobierno de la república lo asume inmediatamente la junta revolucionaria ya mencionada. En fe de lo cual se firma esta acta por triplicado con los representantes de ambas partes ya nombradas y los miembros del cuerpo diplomático acreditado en Guatemala.” Recuerda María Vilanova que con el golpe de estado victorioso Federico Ponce Vaides y sus compinches quedaron totalmente a merced de los triunfadores y al margen de la legalidad impuesta por las armas. La capitulación se firmó en la Embajada de los EE.UU., a donde se presentara Jacobo Árbenz, Toriello y Arana. Llevado de su empeño por hacerse del poder legal, Jacobo Árbenz había convocado a Arana para reunirse con los que proclamarían el triunfo de la insurgencia y el fin de la contienda militar. María Vilanova refiere que ella y las niñas regresaron a Guatemala el 26 de octubre, y tuvieron la ocasión de presenciar una multitud de 250,000 personas, que apoyaba llena de alegría a la recién integrada Junta Revolucionaria de Gobierno, compuesta por Jacobo Árbenz, Jorge Toriello y Francisco Javier Arana. La Junta preparó las condiciones para celebrar elecciones democráticas de un nuevo gobierno, fijando fecha para los comicios en diciembre de ese mismo año. También se elegirían diputados a la Asamblea, que se encargarían de convocar a una Asamblea Constituyente. Como ya estaba cantado, fue electo Juan José Arévalo, doctor en Filosofía. Jacobo Árbenz se reincorporó al ejército, obteniendo el grado de mayor, curiosamente el 30 de junio de 1945, estando ya fungiendo como ministro de la Defensa del Gobierno del presidente Arévalo. “En la cuestión personal y en la vida de familia, sentí un cambio en Jacobo”, escribe María Vilanova. “Anímicamente se sentía muy satisfecho y optimista ante el futuro, pues había participado en la liberación de su pueblo.” Según ella, el espectacular golpe de estado dado por Jacobo Árbenz, no significaba que su motivación fundamental fuera trepar a una elevada posición política y social sino simplemente desembarazar al pueblo de las dictaduras de Ubico y Ponce Vaides. Se jugó la vida en el empeño de promover la justicia social y de hacer que los guatemaltecos le perdieran el miedo a los poderosos que les habían oprimido durante décadas. Las palabras más oportunas que Vilanova encontró para exponer el pensamiento y la principal motivación que tuvo Árbenz para efectuar su heroica acción, fue: “Su deseo de encontrar un nuevo camino para servir a su país”.


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“Yo antepongo, sin ninguna duda, los ideales libertarios de mi esposo a las motivaciones personales que la gente pudiera atribuirle. La prueba de la honestidad del triunvirato es que, efectivamente, logró que se redactara la Constitución en breve plazo, que se convocara a la elección presidencial en un término perentorio y que tomara posesión de la Presidencia de la República el candidato electo, cinco meses después de la Gesta de Octubre. Eso se dio a pesar de todas las trampas, intrigas y hostilidades a que se enfrentó el proceso democrático.”


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Capítulo III: La Revolución de 1944

Los historiadores burgueses hacen aparecer la efemérides de la Revolución del 20 de octubre de 1944, como no digna de ser recordada por haber sido la causante de los desequilibrios políticos y económicos que le produjeron al país los dos gobiernos revolucionarios que dominaron el escenario nacional de 1944 a 1954. Según refieren los académicos y políticos influidos por semejante opinión, ambos gobiernos falsearon por completo la voluntad popular después de 14 años de una dictadura ilegítima como repudiable. Se trata precisamente de eso: de deslegitimar un período histórico de setenta años de duración que modificó el sistema de dominación caracterizado por establecer y defender regímenes antidemocráticos y haber creado un sistema de trabajo esclavista en la sociedad rural tradicional guatemalteca. Las mencionadas opiniones, expresadas desde 1954 han ejercido y ejercen gran influencia en la conciencia de las nuevas generaciones de guatemaltecos y, evidentemente, es muy importante que determinemos si resisten un serio análisis crítico. Mi personal conclusión, es que tal opinión distorsiona la memoria histórica y sólo tiene la finalidad de engañar y manipular el conocimiento de los hechos pasados. Ya hemos dicho que fue gracias a la acción personal de Jacobo Árbenz Guzmán que se frustró la acción de la oligarquía agraria para perpetuar su poder, con las acciones que desembocaron en la Revolución de Octubre. Lamentablemente, los pocos dirigentes revolucionarios existentes aún estaban en plan de concientización ideológica, de organización política y de adquirir más espíritu de lucha. Jacobo Árbenz, según Jesús García Añoveros, Árbenz “procuraba instruirse con libros que trataban de temas políticos y en una de sus estancias en México compró material


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sobre el socialismo y otras ideologías. Lógicamente sus ideas chocaban con la ideología política de la clase social a la que pertenecía. Su vivaz y apasionada esposa pronto comenzó a ejercer cierta influencia política sobre las ideas de Árbenz, dotándolo de una ideología más abierta y sensible a los problemas sociales de Guatemala”. Las figuras del triunvirato establecido, el capitán Jacobo Árbenz, el mayor Francisco Javier Arana y el empresario Jorge Toriello, fueron reconocidos como los cabecillas de la “Revolución”. Sin embargo, no tenían una meta uniforme, predominando en ellos sus intereses personales más que los colectivos. De los tres, sólo Jacobo Árbenz representaba los intereses populares y sólo él gozaba de un creciente prestigio social. Se decía que había sido un buen estudiante y un buen catedrático de la Escuela Politécnica, pero, ante todo, aunque su discreción y modestia connatural le obligaron a no hablar nunca sobre su heroica hazaña de entrar en solitario a la Guardia de Honor, se conoció que había salvado la revolución en ciernes, al haber sido el artífice del golpe de Estado a Ponce Vaides. Esto último le fue haciendo una aureola de héroe popular hasta que a alguien se le ocurrió llamarlo “Soldado del Pueblo”. Se destacaban algunos importantes rasgos de su carácter. Como ingeniosamente escribió el escritor y diplomático mexicano, Fedro Guillén, “se hablaba de Revolución, más que como término de definición, como una palabra de indefinición”. Sin embargo, no se dio el siguiente paso que cambiaría estructuras del sistema opresor. En su ensayo Semblanza de la Revolución Guatemalteca de 1944-1954, Alfredo Guerra Borges ofrece una breve, pero concisa opinión personal de la Guatemala postubiquista y revolucionaria que le tocó vivir. Hoy en día son muchos los historiadores que no logran ponerse de acuerdo respecto a Jacobo Árbenz, a lo que significó la Revolución de octubre, y a los motivos del fracaso del gobierno revolucionario. Al igual que los de otros destacados testigos-actores de los diez años de la Primavera Democrática, los análisis de Guerra Borges sobre la política y la sociedad de ese período tan crucial, hace que nuevamente cobren vida los sucesos que presenció. Sus líneas nos hacen comprender, que la mejor explicación que podemos darle a la importancia del papel jugado por Jacobo Árbenz Guzmán en ese proceso revolucionario, tiene que surgir de su obra como protagonista. Es la misma importancia que para la historia del país tuvo el breve período democrático, al cual se entregó Árbenz en cuerpo y espíritu revolucionario.


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Afirma Guerra Borges que los jóvenes revolucionarios no sabían inicialmente los cambios que debían hacerse para transformar la sociedad, ya que se temía que cualquier reforma que se hiciera conduciría al “desplome” de la nueva sociedad. Si recordamos que el mismo Manuel Galich ha escrito que muy pocos sabían qué significaba la palabra “imperialismo”, no es muy difícil llegar a la conclusión que la pequeña burguesía no era otra cosa que un sector social integrado por mojigatos. ¿Cómo explicarse si no, que Juan José Arévalo, un reformista pequeño burgués que no conocía otro mundo que el académico, fuera considerado por los Estados Unidos una oveja negra en el contexto de un país con una economía neocolonial y un sistema y gobierno político de un alto contenido ideológico anticomunista? Actualmente es difícil imaginarse una Guatemala donde el simple hecho de ser un intelectual sea signo negativo en una personalidad. En la Guatemala que estaba a punto de inaugurar un gobierno democrático-burgués por primera vez en su historia, el no ir a misa los domingos a escuchar los sermones de los curas franquistas, echando pestes contra los comunistas era considerado una herejía. El no vestir de “cucurucho” para Semana Santa era y el no estar metido en la iglesia rezando novenarios a los múltiples santos, era considerado como una traición a la religión, a la tradición y valores católicos sagrados. Todo el país estaba saturado de prejuicios de todo tipo: de derecha, de izquierda, de clericales, de anticlericales, prejuicios racistas, prejuicios y resentimientos sociales, pero, ante todo, conforme se fue formando la conciencia social entre la pequeña burguesía urbana que se vinculó al sindicalismo de orientación marxista, de un gran odio de clases. Fue entonces que la palabra “revolución” adquirió otro concepto además de asonada militar, levantamiento popular o derrumbe de la dictadura ubiquista. Todos estos conceptos estaban peligrando de desaparecer bajo el gobierno arevalista. Nuevos dogmas estaban ocupando su lugar y era esto lo que escandalizaba a los curas que temían perder su posición dominante como grandes manipuladores del pensamiento. Según Marx, la revolución democrático-burguesa que establece una república democrática que se ha liberado de las cadenas de una tiranía de corte capitalista, “es lo que más se acerca a la dictadura del proletariado, pues esta república, sin eliminar en manera alguna la dominación del capital y, por consiguiente, ni la opresión de las masas, ni la lucha de clases, lleva inevitablemente a una expansión, a un desarrollo, a un despliegue e intensificación tales de esta


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lucha, que, no bien se hace posible satisfacer los intereses vitales de las masas oprimidas, esta posibilidad se realiza, inevitable y exclusivamente por medio de la dictadura del proletariado”. Para Lenin, una revolución es la cosa más autoritaria que existe; es un acto mediante el cual una parte de la población impone su voluntad a la otra parte por medio de fusiles, bayonetas y cañones, medios, todos ellos, altamente autoritarios; y el partido victorioso debe mantener su dominación mediante el terror que sus armas inspiran a los reaccionarios. Algo semejante nunca se puso en evidencia en Guatemala ni durante el período reformista-burgués de Arévalo, ni democrático-revolucionario de Jacobo Árbenz. Los contemporáneos están de común acuerdo en que los estudiantes y profesionales reformistas que tumbaron a Ubico no aspiraban a otra cosa que a la implantación en Guatemala de las llamadas “cuatro libertades” de la Carta del Atlántico. Esto se debía a que todo el mundo estaba ya harto del sistema de opresión y, a la vez, del servilismo a que, por generaciones, habían sido sometidos por las dictaduras “liberales” de la oligarquía cafetalera al servicio del neocolonialismo. La caída de la dictadura ubiquista, y del dictadorzuelo Ponce no significó un cambio del sistema económico y social dominante hasta entonces, pero sí la oportunidad de buscar nuevos horizontes para el progreso del país, la posibilidad de hacer otro tipo de vida social y, ante todo, una gran oportunidad de sacar adelante una revolución social democrático-burguesa, ya que el marco político establecido con la llegada al poder de Juan José Arévalo permitía hacerse ilusiones para un mejor futuro para todos. Como bien dice Guerra Borges, la perspectiva de no volver a estar bajo la bota militar de una dictadura burocrática hacía que todo el mundo se sintiera distinto, como viviendo un sueño. Aunque no se supiera hacia dónde conducía la tan anhelada libertad política, ni se conocieran siquiera “los móviles profundos de la necesidad del cambio”, cada día que pasaba la población trabajadora fue adquiriendo más conciencia de que el objetivo final tenía que ser la revolución. El cambio de personas en la cúspide del poder político, no era en sí una revolución, pero se hablaba de “Revolución de Octubre” como una manera de acentuar que se había producido un quiebre del orden establecido por los ricos, que conducía a una revolución del sistema económico y social. Esto era verdaderamente significativo en el país, lo que hacía estremecer de miedo a los miembros de la clase dominante. Vistos a vuelo de pájaro los antecedentes de la elección presidencial del candidato demócrata Juan José Arévalo Bermejo, conviene mencionar


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sobre lo que respecto a él y a su período gubernamental escribió Jesús María García Añoveros: “De los cuatro candidatos que se presentaron a las elecciones presidenciales, Juan José Arévalo arrasó prácticamente. Pues sobre un total de 295.000 votos emitidos logró 225.000; es decir, el 86%. Había sido apoyado por los partidos de izquierda moderada que integraban la Asamblea: el Frente Popular Libertador (FPL), el Partido Acción Revolucionaria (PAR) y el Partido de Renovación Nacional (RN). Elegido el 19 de diciembre de 1944, asumió oficialmente el poder el 15 de marzo de 1945 por un período de seis años. La tarea que se le presentaba a Arévalo era muy difícil. Al democratizar y modernizar un país que apenas sí tenía tradiciones democráticas y económicamente subdesarrollado, con la gran mayoría de la población analfabeta y que se había mantenido pasivamente ante el cambio y con una clase dominante a la expectativa, iba a tropezar con muchos escollos. Pero Arévalo demostró gran habilidad política y, aunque en algunos puntos esenciales de la Constitución como era la supresión de la gran propiedad agraria y los monopolios, apenas si los rozó, sin embargo, manteniendo un buen equilibrio entre las fuerzas extra e intraparlamentarias, logró importantes avances sociales y al menos sostener el edificio democrático que tan trabajosamente se estaba levantando. A través de una ideología que gustaba llamar “socialismo espiritual”, fundamentado en unos principios lo suficientemente teóricos, amplios e inofensivos como para que pudieran ser aceptados sin mayores problemas, Arévalo hizo gala de un notable pragmatismo político con el que fue sorteando las dificultades, que no fueron pocas. En el campo educativo, del que tan necesitado estaba el país, se llevaron a cabo algunas reformas que, dentro de su modestia, supusieron un avance. Se dio comienzo a una campaña de alfabetización intensiva, que obtuvo escasos resultados. Se creó la Ley Orgánica de Autonomía Universitaria, que ha sido decisiva en el desarrollo de la Universidad de Guatemala, confiriéndole una autonomía de medios y de gestión con resultados muy positivos. Se crearon nuevas facultades en la Universidad, entre ellas la de Humanidades. El magisterio se organizó gremialmente en el Sindicato de Trabajadores de Educación de Guatemala (STEG), y se promulgó la ley de Escalafón Magisterial que dio seguridad a los maestros en sus puestos de trabajo. En Guatemala se asentó, como reconocimiento al desarrollo democrático del país, la sede de la Unión de Universidades Latinoamericanas. Se creó la Universidad Popular, escuelas nocturnas para obreros, misiones culturales,


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la Escuela de Artes Plásticas y otras instituciones culturales. Sin embargo, en el problema angustioso de la integración de las masas campesinas a la escuela, los avances no llegaron a los mínimos necesarios. Desde el punto de vista social el avance más importante conseguido por Arévalo fue la promulgación, el 20 de febrero de 1947, del primer Código de Trabajo de toda la historia de Guatemala cuya finalidad era la regulación de las relaciones laborales y que, con algunas variaciones, ha llegado hasta nuestros días. El Código de Trabajo, aun dentro de sus lagunas y limitaciones, supuso un gran avance en las relaciones laborales que por primera vez obtenían un marco jurídico frente a la arbitrariedad de patronos y empresarios. Se suprimieron todos los decretos promulgados durante la época liberal que obligaba al trabajo forzado en las grandes fincas y en los servicios públicos, eliminando todo sabor feudal en las relaciones de trabajo. […] Otro de los logros importantes del gobierno de Arévalo fue, la Ley de Seguridad Social. Antes del triunfo de la revolución no existía en Guatemala seguridad social alguna; en las fincas el auxilio médico dependía exclusivamente de la buena voluntad del terrateniente. Funcionaban algunos hospitales nacionales con un número de camas totalmente insuficiente para las necesidades de la población, que contaba con un reducido número de médicos concentrados en los núcleos urbanos mayores. La población, en su mayoría absoluta, acudía a los servicios de la medicina privada y de los curanderos indígenas, que siempre han gozado de una gran aceptación entre el pueblo guatemalteco. El 30 de octubre de 1946 el Congreso de diputados emitió la Ley Orgánica del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social, La Ley creaba un régimen nacional, unitario y obligatorio que cubría unos servicios mínimos; la cuota se financiaba en un 50% por los empresarios y el resto por los trabajadores y el Estado”. A manera de una segunda opinión, el siguiente párrafo escrito por Alfredo Guerra Borges, en el Volumen VI de la Historia General de Guatemala publicada por la Asociación de Amigos del País, hace un extraordinario número de prestidigitación, al sintetizar con un lenguaje políticamente muy correcto y académicamente impecable, las diversas tareas que se impusieron realizar, no siempre con el éxito deseado, los compañeros de viaje de Juan José Arévalo durante su período presidencial, de 1945 a 1951: “A partir de 1945 el proceso de cambio dio crecientes


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muestras de maduración. En un cuadro de profundo atraso de la economía, de las instituciones y de la sociedad en su conjunto, había que comenzar por sentar gradualmente las bases de la modernización capitalista del país, que fue el sentido profundo de aquel proceso decenal. Los pasos que se dieron en los primeros años del gobierno de Arévalo respondieron claramente a necesidades sociales y de modernización largamente sentidas. Esa orientación tuvieron las reformas bancaria y monetaria de 1945 y la Ley de Fomento Industrial de 1946, la creación del Instituto de Fomento de la Producción, del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social, la legislación petrolera, etcétera, medidas que crearon, junto a otras semejantes, el esperado marco institucional para estimular la actividad económica. La profunda reforma educativa, en la que Arévalo exhibió su reconocida competencia, tendió a remover los obstáculos al desarrollo. La legislación social (ante todo el Código de Trabajo, el primero que Guatemala conoció en su historia) creó el marco, igualmente esperado, para que las clases subordinadas trataran de cobrar su lugar en la historia, lo que se consiguió después de vencer grandes resistencias, inclusive dentro del propio gobierno y, por supuesto, del sector más conservador del ejército. Todo ello se ejecutó junto a un amplio ejercicio de los derechos humanos, la más insólita de las innovaciones.” Fue con la toma de posesión de la presidencia de Arévalo cuando comenzó el cambio de mentalidad y de actitud hacia el futuro. Primero paulatinamente y luego, poco a poco, más acelerado, pero lamentablemente, no en el plan de carrera desesperada que las circunstancias exigían. Nadie se dio cuenta que su peor enemigo no era la oligarquía desplazada del poder, ni los militarotes humillados por los jóvenes militares patriotas y reformistas, ni el arrogante imperialismo norteamericano herido en su prepotente soberbia imperial, sino el tiempo necesario para realizar las obras propuestas. Debe reconocerse, sin embargo, que se tuvo que partir de cero y que las fuerzas materiales y psicológicas a disposición de un pedagogo por excelencia, favorecían la incompetencia. En lo que a deseos de superar obstáculos y contradicciones de todo tipo se refiere, nunca antes se había visto algo semejante en el país. La Revolución del 44-54 se convirtió en la gran ocasión de “hacer algo por Guatemala”, que nadie se quería perder. Los hombres que vivieron y participaron en esos sucesos, y aún están vivos, se acuerdan perfectamente de la principal motivación de lo que hacían: engrandecer a Guatemala. Nadie pensaba que se tratara de un trabajo inútil, mucho menos Jacobo Árbenz, cuya biblioteca la enriqueció con libros nunca antes vistos ni


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leídos por nadie en Guatemala. Viajó a México a comprar libros y a hacer contactos con editoriales y librerías, para que le tuviesen informado de las últimas novedades publicadas. La lista de los libros comprados en una sola ocasión, y a una sola editorial, es impresionante. María Vilanova la guardó como el tesoro que es para un historiador interesado en profundizar en el pensamiento de Jacobo Árbenz, para conocer su capacidad intelectual en el momento de asumir la presidencia de la República de Guatemala. Leer cada uno de esos libros leídos por Árbenz no sólo nos permitiría tomar debida nota del tipo de literatura que le interesaba e iba a leer en Guatemala, sino que quien los había adquirido, personificaba al timonel cuyo puesto de trabajo en el barco llamado Revolución del 44, se encontraba justo al lado del capitán, urgido de asistencia y conocimientos naúticos elementales para saber en qué dirección debía dirigir la nave para arribar a buen puerto. Todo lo que Juan José Arévalo emprendió como jefe de Estado revela las interioridades de una sociedad que había permanecido en las tinieblas de una feroz dictadura, pero que expulsado Ubico del poder, anhelaba y tenía urgencia de pasar al mundo moderno. La pobreza y resignación de la sociedad neocolonial guatemalteca estaba, con la ayuda de Arévalo y sus colaboradores, en vías de ser transformadas por medio de grandes proyectos de futuro. Como puede comprobarse por las reformas que comenzaron a hacerse y se estaban haciendo, la intención de Juan José Arévalo era hacer realidad los sueños de los jóvenes revolucionarios que le habían entregado el poder en bandeja de oro, para poner al país en en la ancha pista del progreso económico, político y social; liberar a Guatemala del neocolonialismo y de la intromisión y explotación del imperialismo norteamericano. Proyectos como mejorar los pésimos caminos existentes y construir carreteras con maquinaria moderna en vez de mano de obra esclava sometida a trabajos forzosos, tendrían que esperar un poco durante el período de Arévalo. Nadie mejor que Jacobo Árbenz para conocer esa situación, pero ya estaba haciendo lecturas sobre la manera de superar el estado de cosas. Lo que más le afectaba a Jacobo, era conocer el grado de pobreza que se estaba viviendo en el medio rural y no ver que se hiciera algo por adelantar el proyecto de reforma agraria. Sin embargo, para no perder tiempo, sus energías entonces se concentraron en hacer productiva su existencia de burócrata encargado de cuidar que no le dieran un golpe de Estado al presidente. Así que hizo traducir en México el libro de Lenin


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“La cuestión agraria”, desconocido aún en lengua castellana, y conforme le llegaban los capítulos recién traducidos, se aplicaba a su lectura. “Arévalo fue un presidente reformista, y por ello mismo adecuado al momento histórico en que le tocó dirigir los destinos del país. Tras tantos años de obligada inmovilidad y de forzado silencio, fue indispensable transitar un período inaugural (el período ‘girondino’ de la revolución guatemalteca) para que la sociedad superara su entumecimiento. Fue aquél un período de acumulación de fuerzas y de configuración de las conciencias”, escribe Guerra Borges con gran conocimiento de causa. La mecanización de la agricultura aún se hacía esperar. Arévalo propugnó, ingenuamente (y seguramente para ganar un poco de tiempo y poder aclarar mejor sus pensamientos reformistas) “un acercamiento” entre los finqueros y los trabajadores de sus fincas, en la creencia que se podía llegar a un “socialismo espiritual” si se conversaban los problemas existentes en las relaciones laborales. Primer paso para ellos era reunir en una pequeña población cercana a la ciudad de Guatemala, Escuintla, a poderosos terratenientes que dormirían en cómodas camas de hotel, y a trabajadores temporeros de aspecto enfermizo cuyos lechos serían las bancas de madera del parque local. El espíritu de triunfalismo del proyecto reformista arevalista difícilmente podía tapar con el dedo el resentimiento que provocaba su demagogia política y sus retóricos discursos. Pese a lo anterior y a los obstáculos que solían aparecer donde menos se esperaba, se estaba teniendo éxito en la realización de diversos proyectos, por lo que la gente involucrada en ellos hacía mayores todos los esfuerzos necesarios por sacarlos adelante. No faltaban, sin embargo, los enemigos del proyecto revolucionario, que hacían todo lo posible por desprestigiarlo, denunciando públicamente al gobierno arevalista. En ocasiones, los ataques al régimen eran violentos, bien organizados por el sector oligárquico, siempre temeroso no tanto de lo que se estaba haciendo sino de lo que estaba por venir. La intención era minar la base social de la Revolución, que cada vez se hacía menos ancha debido a las críticas diarias, especialmente de parte del periodista Marroquín Rojas, cuándo no. El problema grande de Juan José Arévalo no fueron los ataques verbales y por escrito de que fue objeto y objetivo, por parte de sus enemigos. Su verdadero problema provino de su incapacidad para enfrentar una realidad: su Gobierno se convirtió en un verdadero desgobierno. Sus proyectos como gobernante de un país casi soterrado por la opresión y explotación del neocolonialismo e imperialismo, fueron obstaculizados


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por una burocracia gubernamental cuyas principales características eran la indolencia en el trabajo, el sectarismo político y el escapismo social a través del alcoholismo consuetudinario. “Por las circunstancias de la época, todas las nuevas medidas revolucionarias suscitaron profundas confrontaciones sociales”, escribe Guerra Borges. “Una irascible oposición conservadora, desde una posición moderada hasta otra de reminiscencias oligárquicas, impugnó cuanto se impulsaba con criterios revolucionarios. De su lado estuvo en todo momento una jerarquía católica profundamente conservadora, presidida por el Arzobispo Mariano Rossell Arellano. Tampoco disimuló su hostilidad el gobierno estadounidense, cuya incomprensión del fenómeno asombra aún más después de los años. Desde entonces, la oposición tildó de ‘comunista’ todo tipo de cambio, lo que magnificaba las tensiones y las desbordaba al ámbito internacional (eran los años del Comité McCarthy en Estados Unidos y posteriores a John Foster Dulles). En los inicios mismos de la Revolución, la Iglesia alertó contra el peligro del comunismo, y en fecha temprana se fundó un Partido de Unificación Anticomunista. Curiosamente, el propio Presidente Arévalo tuvo siempre arraigadas convicciones anticomunistas, aunque nunca tuvo la agresividad y la neurosis persecutoria de otros sectores y personalidades. Para propios y extranjeros el argumento resultó ser muy ventajoso en el asedio y el acorralamiento del gobierno; en efecto, sirvió para múltiples propósitos. Sharon Meers aporta un hecho que ilustra este extremo: ‘En los inicios de la guerra fría, los diplomáticos británicos encontraron que la manipulación de la política del anticomunismo en Guatemala era la forma más simple de proteger sus intereses en Belice’.” ¿Qué se esperaba del Dr. Juan José Arévalo cuando se le llamó a Guatemala para que viniera a ejercer la presidencia de la República, sabiéndose que no tenía ninguna experiencia como estadista? Quizá se pensó tener a un candidato “progresista”, que fuera lo bastante figurón como para atraer la atención de los electores que no estaban interesados en otro militar como presidente. Luis Cardoza y Aragón nos presenta el perfil quizás más generoso que alguien haya escrito sobre Juan José Arévalo. Sus palabras rescatan en gran medida la alicaída figura histórica del socialista espiritual: “¿Cuál era la formación política del presidente Arévalo al ser elegido? No era muy clara ni definida: nunca se había interesado a fondo en problemas sociales y políticos.


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Surgía del pueblo, de sus libros y su esfuerzo, del aula universitaria. Llegó a Guatemala con justo renombre, después de años vividos en Argentina, dedicado a disciplinas filosóficas y pedagógicas, que son parte medular en su vida. Dotado de talento, con cultura humanista, estudioso y de sencillez complicada, desde sus primeros pasos avanzó con seguridad. Los vaivenes y oscilaciones no se originaron por carencia de entereza sino por flexibilidad política. Cuando fue más flexible para no romper la vara de la justicia, siempre se inclinó, como reclamaba Don Quijote, de parte de la bondad. Entró en la batalla política criolla como alumno criollo aventajado. Hombre bueno, responsable, cauto, siempre supo escuchar, y su naturaleza atlética y jovial y su simpatía y su talento, rápidamente le facultaron para hacerse un estadista verdadero. Entró en el país tomado de la mano, en plena noche, como quien entra a una selva. Muchos meses de su gobierno fueron ese caminar por la selva, abriéndose camino, buscando por dónde nace el sol. Ojos brillaban como brasas entre los matorrales: le acompañaba toda la sinfonía extraña y nocturna de la selva virgen y enmarañada y la voluntad del pueblo de ascender. A veces, como que se escapaba él o como que se escapaba el pueblo, se soltaban de la mano, y parecía que todo había terminado. Los problemas eran complejos y medio mundo, en nombre de la libertad, que jamás se había conocido mejor, lanzaba proyectos, críticas, programas, protestas, calumnias y cañonazos. Innumerables serían las anécdotas, y en sus Memorias, Juan José Arévalo nos ofrecerá un documento de gran riqueza por su varia experiencia y su talento de escritor. Presionado por todas partes, amenazado y apoyado, exigiéndosele impaciente definición, bosquejó — acaso inspirado en Alfredo Palacios— aquella tentativa de imposible equilibrio del socialismo espiritual: en efecto, Marx no fue arevalista. El doctor Arévalo nunca puso en práctica teoría política alguna y nunca se interesó por el socialismo científico. A veces, se nos antojó demasiado arevalista. Un líder consecuente de la burguesía progresista, leal a su pueblo y sincero en sus conceptos, y que nunca pretendió no ser idealista, no ser antimarxista. En sus discursos políticos encontramos repetidas alusiones de tal orden, sin ofrecer análisis detenidos para explicarse los problemas nacionales y la crisis contemporánea. Entre los mejores, por su dignidad, por claridad y energía, se halla el discurso memorable que pronunció al entregar el mando a su sucesor, el presidente Árbenz. Consecuente en su antiimperialismo ejercitado siempre, nunca teórico y verbal, superó muchas veces las limitaciones que la posición burguesa lleva en sus entrañas en tales planteamientos. Su gobierno fue antiimperialista y antifeudal dentro del marco de dificilísima transición y dentro del marco de su patriótica posición. El gobierno que le sucedió, el de Árbenz, también fue, necesariamente,


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burgués, y con él se acrecentó la lucha antiimperialista y antifeudal con la reforma agraria y otros aspectos fundamentales de la emancipación económica. Arévalo fue muy sensible a la intriga, a pesar de su personalidad, y extraordinario en el arte de no ofrecer blanco: la mayoría de los golpes nunca encontraron su cuerpo. Su preparación general, su intuición y astucia, pusiéronle en su sitio: uno de los buenos presidentes de América. A veces, como que el escenario era incomprensible para sus posibilidades o como que había desajuste insalvable. Mientras tanto, las conjuras se sucedían una tras otra, las divisiones internas, las ambiciones nacientes, el exceso de maniobras petulantes de partidos políticos inexpertos, demasiado móviles y sinuosos, bajo un diluvio interminable de críticas, insinuaciones malévolas, calumnias, molestias, peligros, insultos y ametralladoras. Optimista por temperamento, seguro y cordial, fue estableciendo un orden propio, lleno de ambición noble y espíritu democrático. Su tolerancia, su paciente capacidad, que formaron disciplinas pedagógicas y conocimientos psicológicos, le sirvieron de rompeolas. El Congreso tiraba de una parte, el Poder Judicial de otra, el pueblo organizado, los partidos. A veces se pensó que Guatemala corría el riesgo de ser descuartizada. Un empeño general en ir adelante, mil propósitos chocándose al mismo tiempo, se diría que desearan despedazar nuestra vida. Con la mejor intención, se remaba en diversas direcciones y la barca retrocedía o giraba peligrosamente sobre el mismo sitio. Una pequeña barca que, por vez primera, conocía las aguas mar adentro, donde soplan los vientos huracanados y fluyen, poderosas e invisibles, las corrientes fundamentales. Muchas veces sentimos que nos quedábamos en la orilla y que ni siquiera se nos había invitado para el naufragio. Es una proeza, aún no bien aquilatada, que Arévalo haya conservado el poder. Estaba dentro de una jaula de fieras. El caos se veía a flor de piel. Hubo temporadas en que nos acostábamos cada noche cambiando domicilio por órdenes suyas para salvar la vida, con el sobresalto de despertarnos al día siguiente con un nuevo presidente. Velamos muchas noches en casas amigas transformadas en sitios fuertes de civiles. Las fuerzas políticas se organizaban llenas de contradicciones y diferencias”. Dice Alfredo Guerra Borges: “Arévalo realizó esfuerzos para sacar al país del estancamiento industrial en que se desenvolvía. Se duplicó el número de las escasas industrias que había en Guatemala y que apenas si rebasaban las setecientas. Las industrias que se introdujeron fueron de transformación de bienes con plantillas muy reducidas. Fueron notables los aumentos en el consumo de energía eléctrica y cemento. Subió el producto interno bruto, aumentaron los ingresos y gastos del Estado y las importaciones y


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exportaciones, especialmente de capital y consumo. Como contrapartida, los precios de los alimentos básicos aumentaron sobre los salarios, cuyas subidas fueron insuficientes. Aunque el gobierno de Arévalo no se enfrentó con los monopolios, tema que le hubiera ocasionado demasiados dolores de cabeza, sin embargo estimuló la inversión mediante la creación del Instituto de Fomento de la Producción, del Banco de Guatemala y la Ley de Fomento Industrial. A pesar de las limitaciones y carencias en el campo del desarrollo económico, es indudable que el cambio propició un avance considerable con relación a los gobiernos anteriores. Aumentó notablemente la producción de los dos principales productos de consumo interno, el maíz y el frijol, así como del producto de exportación por excelencia, el café. Uno de los fenómenos sociales más importantes del período arevalista fue la creación y el espectacular crecimiento de los sindicatos que tuvieron un fuerte impacto en la vida política del país. Se configuraron dos tipos de sindicatos que acabaron concentrándose en sendas confederaciones: por un lado, los que integraban el proletariado urbano y rural y, por otro, los que sumaban el variado campesinado rural. Los primeros se desarrollaron muy rápidamente y se constituyeron según las modalidades del trabajo de los obreros, predominando ideológicamente los de inclinación hacia la izquierda. Arévalo no puso cortapisa alguna a la creación de estos sindicatos de asalariados que desembocaron en octubre de 1951 en la poderosa Confederación Nacional de Trabajadores de Guatemala (CGTC), que ya contaba en esa fecha con unos sesenta mil miembros. El gobierno de Arévalo dificultó la fundación de sindicatos de trabajadores del campo no asalariados. Diversas razones operaron en contra de un pronto desarrollo de las organizaciones campesinas: la propia configuración semiasalariada del campesino, el ser muchos de ellos propietarios o usufructuarios de minifundios, la peculiar dependencia que este tipo de trabajadores tenían con los finqueros, la temporalidad en el trabajo, la fuerte oposición desplegada por los terratenientes a los sindicatos campesinos, la desconfianza de éstos ante los líderes sindicales y la propia prevención de Arévalo frente a este tipo de sindicatos por los serios problemas que le pudieran crear con la oligarquía terrateniente. No fue sino hasta 1948 en que los movimientos campesinos lograron hacer triunfar sus aspiraciones y obtuvieron libertad de sindicalización.


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A partir de este momento surgen con fuerza y en mayo de 1951, apenas Árbenz había obtenido la presidencia de Guatemala, se fundó la Confederación Nacional Campesina de Guatemala (CNCG), en cuyo seno se integraron y potenciaron numerosos sindicatos campesinos, la cual llegó a tener un vigoroso y extraordinario desarrollo. Pronto los sindicatos comenzaron a hacer sentir su presencia, aunque los conflictos y huelgas que provocaron casi nunca revistieron excesiva gravedad y, en la mayoría de los casos, se solucionaron por la vía del compromiso. Hay que tener en cuenta que las huelgas siempre fueron controladas por el gobierno o los partidos políticos, sin olvidar que la clase dominante poseía su poder económico intacto y servía de freno constante a las reivindicaciones de los sindicatos. Las mayores huelgas se llevaron a cabo por los trabajadores agrícolas de las grandes plantaciones bananeras de la United Fruit Company (UFCo.), que entre 1944 y 1949 protagonizaron grandes movimientos huelguísticos, consiguiendo aumentos salariales y otras ventajas; en la de 1949, ante el peligro de que la huelga se saliera del cauce tolerado, intervino el ejército para restablecer el orden. Ni el gobierno de Arévalo, ni los partidos políticos, ni siquiera los sindicatos permitieron a los trabajadores que sobrepasaran los límites prudenciales que las circunstancias sociales imponían al país. Una subida excesiva de los salarios de los obreros agrícolas podía suponer un ejemplo a imitar por el resto del campesinado agrícola no asalariado que trabajaba en los latifundios de los terratenientes, lo que hubiera provocado el enfrentamiento con la clase dominante que de ningún modo estaba dispuesto a ceder en este punto. El Presidente Arévalo, bien por convencimiento propio, bien por las fatales consecuencias que le podía acarrear, se opuso a cualquier intento serio de reforma agraria, a pesar de las peticiones y presiones de las organizaciones sindicales. Arévalo llegó a afirmar que ‘en Guatemala no existe problema agrario, lo que pasa es que los campesinos sicológica y políticamente están incapacitados para trabajar la tierra. El gobierno les creará la necesidad de trabajar el campo, pero, eso sí, no revisando nada contra otra clase determinada’. Presionado por los sindicatos, campesinos y algunos partidos políticos el 21 de diciembre de 1949 se promulgo la Ley de Arrendamientos Forzosos. La ley establecía que todos aquellos campesinos que no tuvieran tierras podían solicitar parcelas en arrendamiento a todo propietario que las tuviera disponibles.


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Realmente esta ley, que obligaba a los propietarios a arrendar parcelas que ellos no cultivaran a los campesinos sin tierra, no tenía precedentes en el pasado agrario y, si se hubiera aplicado, quizás hubiese significado un principio de reforma agraria, pero la negativa y resistencia de los propietarios a acatarla fue tajante. En suma, durante el mandato de Arévalo lo preceptuado por la Constitución de 1945 acerca de la función social de la propiedad privada y la prohibición expresa de los latifundios quedó en papel mojado.” Nada afectó negativamente más a la Revolución ni a la imagen del presidente Juan José Arévalo, que la muerte de Francisco Javier Arana en el Puente de la Gloria, en Amatitlán. El hecho sangriento ocurrió en el preciso momento en que la perspectiva de nuevas elecciones presidenciales había estabilizado al régimen, reemplazando el malestar y resentimiento de la clase dominante y el imperialismo norteamericano por una tibia aceptación, que sólo era producto de la esperanza de que Arévalo y sus compañeros de viaje abandonaran muy pronto el poder. Ya faltaba un poco más de un año para entrar en campaña electoral y los derechistas estaban ilusionados con quien creían sería el futuro presidente de Guatemala: el coronel de línea Francisco Javier Arana. Los resultados de los cuatro años y pico de gobierno de Arévalo dejaban mucho que desear, pero la certeza de que más temprano que tarde sería historia, animaba el espíritu de quienes no creían en el derecho inalienable que tienen los pueblos de progresar. Los esfuerzos de Arévalo en este sentido habían sido una y otra vez torpedeados por los oligarcas y sus acólitos de la pequeña burguesía servil. Todo el mundo creía que Arévalo fuera tan fanático con respecto a su peculiar concepto de socialismo espiritual, que nadie entendía a ciencia cierta, pero ¿a quién le importaba eso? Lo importante, era que pronto estarían de vuelta en las alturas, los hombres del auténtico poder: el poder del dinero. A Arévalo, por consiguiente, le faltaba muy poco para seguir sobreviviendo como presidente después de no haber sido capaz de responder a la interrogante popular: “¿Quién mató a Arana?”. Visto históricamente, Juan José Arévalo fue en Guatemala una como especie de gobierno de transición entre la dictadura y la revolución democráticoburguesa que cerraría el ciclo de revoluciones burguesas de Guatemala. Desde el minuto uno de su gestión presidencial Arévalo trató de salirle al paso, con algunas advertencias, ante la previsible avalancha de trabajo que se le venía encima como nuevo jefe de un Estado a la deriva, a los


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remanentes del ubiquismo. No lo hizo mal al principio y hasta puede decirse, en honor a la verdad, que hizo todo lo humanamente posible por poner al país al día en materia de seguridad social, como ya fue señalado. Desde su punto de vista, consideraba que era posible con un Código de Trabajo bien elaborado, arrancar de raíz los motivos de discordia social heredados de las dictaduras cafetaleras. Juan José Arévalo, gran amante de dirigirle a sus conciudadanos discursos floridos y apasionados, dejándose arrastrar por su entusiasmo de reformista burgués, expresó que los problemas sociales y económicos de Guatemala podían resolverse por medio de un socialismo espiritual de gran contenido filosófico y moral. De acuerdo a su concepción “socialista espiritual”, pretendía demostrar que la pobreza no es el resultado de un conflicto irreductible entre las clases sociales sino por falta de escolaridad. La escolaridad obligatoria de los niños y jóvenes permitiría una educación que desarrollara muchos talentos en la juventud guatemalteca. Las condiciones insostenibles de miseria permanente e insalubridad general en que vivían los campesinos, podían resolverse por medio de su libertad. Según él, la miseria era producto de falta de oportunidades de trabajo, de protección estatal, de edad, de enfermedades, de falta de desarrollo regional, y de descriminación racial, lacras todas que han asolado Guatemala. Lamentablemente, Arévalo llegó a creer, y esto lo dejó muy claro a través de sus bien elaborados discursos, que su movimiento “arevalista” era el poseedor exclusivo del ejercicio del poder y que cualquier iniciativa por parte de personas distintas de su idelogía “socialsta espiritual”, debería considerarse no válida. Según Arévalo, era el Congreso el que debía emitir leyes y las disposiciones propicias para el desarrollo socioeconómico y social del país. Para eso existían las “Comisiones específicas” de legisladores, que pretendían convertirse en verdaderos profesionales de la discusión parlamentaria y la emisión de leyes apropiadas para cada caso circunstancial. Arévalo pretendió que como jefe del Ejecutivo, de acuerdo a sus responsabilidades constitucionales y a través de negociaciones entre los dirigentes campesinos y los representantes de los finqueros y hombres de negocios, bien asesorados por sus abogados, se estableciera una especie de “diálogo social”, que condujera a una armonía de clases capaz de lograr un entendimiento de ambos sectores. De este entendimiento saldrían proyectos de igualdad de oportunidades. También deseaba, en caso de confrontación entre finqueros y campesinos, o entre campesinos y ejército, restablecer la calma por la vía pacífica, antes de que se produjeran choques de clase violentos.


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En tales circunstancias, ¿quién le iba a decir al presidente Arévalo que la vía del diálogo social no era la más adecuada para evitar los estallidos sociales después de siglos de opresión de clase?. No contaba el mandatario que la mala fe de unos, y la inercia de otros presagiaban interminables debates en largas sesiones plenarias. Diversos proyectos sometidos al Congreso eran discutidos y rechazados, a veces por motivos verdaderamente triviales. Las iniciativas arevalistas, que eran restringidas y las circunstancias creadas, no permitían ir muy lejos sino avanzar a paso de tortuga. Este tortuguismo daría mucho que hablar y terminaría por desprestigiar su Gobierno. Los defectos de funcionamiento del gobierno arevalista, sólo ponían de manifiesto una gestión gubernamental soñolienta, que consideraba que el monopolio del poder político constituía su mejor seguro de vida, pero dicha exclusividad improductiva se volvía día a día más asfixiante. Desde un principio surgieron problemas de carácter administrativo en la cúpula del poder político. La elaboración de proyectos de desarrollo por parte de los arevalistas condujo a que otros sectores de revolucionarios le pusieran cortapisas a todo aquello que consideraban incoherente, inapropiado, no realista, y simplemente se negaran a secundarlos, surgiendo con ello fuertes discrepancias en el seno del Gobierno, que eran aprovechadas por los enemigos de la Revolución. No en balde se vivía en un país en el que el poder constituyente había surgido de un golpe de estado secundado por el pueblo armado, y que luego las urnas habían legalizado. Sin embargo, se seguía mirando hacia atrás, sin terminar de asumir el pasado cercano sino a vivir de él y a utilizarlo como arma política en apoyo del presente, como diría un renombrado catedrático de Derecho español. A pesar de todo eso, había cabezas pensantes que miraban hacia el futuro con más conciencia de clase y de la realidad única que estaba viviendo el país. El desarrollo del proceso revolucionario, si es que existió en el momento de la toma del poder por Jacobo Árbenz y sus compañeros de lucha, se vio interrumpido por el estancamiento que se dio en el país durante el gobierno arevalista. Todo porque el presidente Juan José Arévalo se dedicó más a frenar al movimiento comunista, en acelerada expansión después de que jóvenes comunistas salvadoreños establecieron una “escuela de cuadros” llamada “Claridad”, que a acelerar el proceso de transformación que el pueblo esperaba. Para los jóvenes revolucionarios, los elementos reformistas y no reformistas infiltrados en el gobierno arevalista, tenían


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el carácter de peligrosos competidores. Era un secreto a voces que los arevalistas llevaban adelante negociaciones con la oligarquía para lograr sobrevivir en el Gobierno, sin importarles los intereses de la Revolución guatemalteca, cuyos representantes más lúcidos rechazaban todo tipo de negociaciones secretas con los elementos enemigos más recalcitrantes de los trabajadores de la ciudad y del campo. La visión que tenía sobre la Revolución de Octubre María Vilanova, como esposa del ministro de la Defensa con funciones de guardaespaldas de lujo, que nos refiere en sus Memorias, puede considerarse históricamente muy rigurosa; mejor dicho, tiene rigor histórico, en general carácter documental, por lo que se hace imprescindible cederle nuevamente la palabra escrita. Ante todo, respecto a los permanentes intentos por deponer a Arévalo por medio de un golpe de Estado, refiere la señora Vilanova que el origen de muchas de las conspiraciones e intentos de golpe fue el intento de la oligarquía y demás fuerzas retrógradas de impedir la puesta en práctica de las reformas democráticas. Al efecto, trataron de seducir a sectores del ejército. “Todos esos golpes fracasaron gracias a la lealtad de mi esposo y sus cercanos colaboradores que estuvieron al frente del Ministerio de la Defensa en ese período. Aún así, ese período conllevaba una fuente de tensiones por el hecho de que Arana ocupaba la jefatura de las Fuerzas Armadas. A él no le agradaban las medidas democráticas del gobierno, antes bien, prestaba oídos a los sectores conservadores que veían en él al líder que necesitaban para recuperar sus privilegios perdidos.” […] “Lo que hacía más peligroso el papel de Arana, era la disposición constitucional de que el Jefe de las Fuerzas Armadas tuviera autonomía completa frente al Presidente de la República, toda vez que era nombrado por el Congreso por un período de seis años y no por el Poder Ejecutivo de la República. Esto a muchos nos pareció un error. De hecho eran dos presidentes y, en determinado momento, se llegó al enfrentamiento directo. Lástima que en esa oportunidad no abolieran las fuerzas militares autónomas, quedándose únicamente con las fuerzas de policía. Costa Rica inteligentemente en su revolución de 1948 abolió completamente el ejército fortaleciendo así su estabilidad política inmediata y futura. Caro tenía que pagar Guatemala su equivocación; la sufrió Arévalo, pero éste tuvo la suerte de contar con un Jacobo Árbenz Guzmán, quien le libró de que Arana y sus partidarios le dieran un golpe de Estado durante su gobierno. Observando el pasado podemos constatar que a Árbenz no le era posible controlar al ejército y fue éste quien en 1954


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lo expulsó del poder, terminando así la revolución democrática. Francisco Javier Arana era un hombre inteligente y amable, pero muy ambicioso. Como Jefe de las Fuerzas Armadas tenía gran poder. Todos los nombramientos militares de importancia estaban en sus manos. La ambición de Arana hizo que se desviara el poder que tenía, ya que la reestructuración y la organización del ejército la aprovechó para su propia ambición personal, que de inmediato era arrebatarle la Presidencia al doctor Arévalo”. Se veía llegar la guerra civil. El gobierno arevalista se estaba descomponiendo y visiblemente se perdía el entusiasmo revolucionario del inicio, debido a su manera letárgica de ejercer el poder. De hecho, no fue mucho lo que logró avanzar en cuatro años de ejercicio del poder presidencial, debido a la existencia de una fuerte indolencia burocrática. Esto debe atribuírse, en gran medida, a la falta de claridad ideológica pregonada por el socialismo espiritual que predicaba el jefe de Estado reconvertido en un nuevo mesías, quien hacía todo lo imposible por formar fervientes discípulos y partidarios “arevalistas”. La falsa concepción doctrinaria inyectada a muchos miembros de la pequeño burguesía seguidora de Arévalo, tuvo el efecto de una pesada lápida sobre el pensamiento crítico de muchos jóvenes revolucionarios integrantes de la nueva burocracia estatal. Como es sabido, no puede haber revolución sin teoría revolucionaria, y si Arévalo insistía en la aceptación de teorías socialistas falsas, los únicos que salían ganando eran los representantes de la llamada “libertad de empresa”, orquestada y hábilmente manipulada por su astuto director Clemente Marroquín Rojas. Éste abominaba públicamente de cualquier interferencia por parte del Estado arevalista en las dinámicas de la propiedad y del mercado. Todos los días, al caer la tarde, los voceadores del periódico “La Hora” que recorrían las oscuras calles de la ciudad de Guatemala, se veían prácticamente asaltados por el público ávido de leer sus famosos “editoriales”, que literalmente les arrebataba de las manos los periódicos que tenían a la venta. Eran escritos sobre diversos temas de actualidad, de especial interés para el escaso público lector del país, muy bien elaborados y expuestos con el lenguaje popular pintoresco que le gustaba a la gente. La muerte de Francisco Javier Arana y diversos proyectos mal diseñados y peor puestos en práctica, como la pretendida división del Petén en dos departamentos, en uno de los cuales se tenía el plan de colonizarlo con campesinos sin tierra, para convertirlo en una gran finca ganadera, terminó en la construcción de una gran base militar, y con el resto de entusiasmo popular por el arevalismo. Por si lo anterior fuera poco, antes de la muerte


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de Arana, toda Guatemala se enteró de los preparativos conspiratorios del jefe de las Fuerzas Armadas, lo cual provocó una histeria colectiva entre los altos funcioarios del Gobierno. Esto dejaba traslucir los profundos disgustos y las divergencias existentes entre las filas del arevalismo y sus aliados políticos. Nadie parecía ponerse de acuerdo respecto a la manera de manejar los asuntos del aparato administrativo. Así que la frustración generalizada también había hincado los dientes en un fuerte sector del ejército. El enfrentamiento político existente en Guatemala, reflejo de la agudización de la lucha de clases a nivel nacional, estaba llegando a su fase final. Todo el mundo en Guatemala estaba pendiente de las noticias de los radioperiódicos, algunos de los cuales ya habían filtrado la noticia, aún sin confirmar por ser “secreto de Estado”, de la toma de varios cuarteles por las fuerzas aranistas. Por ahí iban las cosas, cuando a Arana se le ocurrió ir personalmente a desmantelar un arsenal del Gobierno, escondido en un chalet presidencial ubicado a orillas del cercano lago de Amatitlán. Desafortunadamente, Francisco Javier Arana nunca regresó vivo de esa expedición militar. La muerte del coronel Arana desencadenó la confrontación militar planeada y fomentada por los sectores oligarcas y todas las fuerzas derechistas de oposición al gobierno arevalista. El desenlace, sin embargo, fue desfavorable a ellos, ya que Jacobo Árbenz logró derrotarlos con la ayuda de militares leales y fuerzas civiles armadas para defender los logros de la Revolución. Si los antiarevalistas esperaban un levantamiento popular en contra del Gobierno, tal y como había ocurrido cuando Jacobo Árbenz organizó el golpe de Estado contra Ponce Vaides, se equivocaron de cabo a rabo. Al estallar las hostilidades entre los dos sectores del ejército, Árbenz contó con la participación de contingentes de voluntarios del pueblo, que una vez armados defendieron con mucho valor el Estado democrático y con su decidida participación, inclinaron la balanza a favor de este. Respecto a la mayoría de la población de la ciudad de Guatemala, en honor a la verdad, todo quedó en una fase muy contemplativa. Al dejar el poder, el presidente Arévalo habló a su pueblo y a los pueblos de América, con palabras memorables. De tal mensaje, en que alude a lo padecido por la constante y violenta intromisión extranjera, tomo los siguientes conceptos: “Tenía yo entonces la convicción -y sigo teniéndola- de que una nación no puede ser libre, mientras no sean libres uno por uno todos sus habitantes, y de que la dignidad de la República está hecha como síntesis magnificada de la dignidad que se aloja viviente


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y actuante en cada uno de los pobladores del suelo. Para alcanzar eso en Guatemala, teníamos que chocar con la particular estructura social y económica del país: de un país en el que la cultura, la política y la economía estaban en manos de trescientas familias, herederas de los privilegios de la Colonia o alquiladas a las factorías extranjeras o constitutivas de una secta administrativa oficial que protegía los intereses de aquéllas y multiplicaba geométricamente los suyos. Un noventa por ciento de nuestra población vivía en cabal situación de servidumbre económica, sin derecho a la cultura y sin ciudadanía”. En sus palabras finales, encontramos estos conceptos que siguen teniendo resonancia continental: “De pie hemos llegado a este 15 de marzo de 1951. Guatemala ha demostrado en seis años, que no hay poder humano capaz de humillar la voluntad de un pueblo cuando sus gobernantes no lo traicionan. Pueblo y gobierno juntos, producen dignidad”. “Pueblo de Guatemala: Durante seis años hice consagración de mi vida para vivir con dignidad el cargo de Presidente y buscar la felicidad de mis compatriotas según mi propia conciencia me lo ha indicado. La historia dirá si estos seis años significan algo para el progreso espiritual de la nación. Lo que sí puedo deciros ya, es que en ninguno de los muy difíciles momentos transcurridos durante la conducción de los destinos del país, busqué la defensa y salvación de mi propia vida ni os di las espaldas. Creo haberme conducido con lealtad, no sólo para vosotros, el pueblo hoy viviente, sino, además, para con los superiores destinos de Guatemala, y creo haber contribuido a la expresión de una sensibilidad política guatemalteca. No sabría deciros si esto que se ha logrado en Guatemala deba llamarse democracia o cosa parecida. Los profesores de doctrina política le darán un nombre. Pero si por fatalidad de hábitos conceptuales o por comodidad idiomática quiere llamársela “democracia”, pido a vosotros testimonio multitudinario de que esta democracia guatemalteca no fue hitlerista ni fue cartaginesa”. Permítanme intentar una última explicación que considero necesaria para cerrar este capítulo. Juan José Arévalo tuvo durante su período presidencial todo tipo de presiones, tanto de los sectores de derecha como de la izquierda radical. Sin embargo, no cedió ante ninguna y abandonó el cargo, en 1951, con la convicción de haber cumplido con su deber cívico y reformista. Una vez fuera del poder presidencial, privado de toda clase de responsabilidades políticas, Arévalo se distanció en cierta medida del proceso revolucionario. Su reputación en Guatemala como ex presidente


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democrático-burgués aún es grande, pero muchos saben que apoyó con desgana los proyectos más audaces de la Revolución. Me parece que podría decirse que en más de una ocasión adoptó una posición abiertamente contrarrevolucionaria, lo cual le hizo mucho daño al proceso de transformación económica y social que estaba en marcha. Los comunistas no le perdonan a Arévalo, haber expulsado del país a sus correligionarios salvadoreños. Arévalo le temía al comunismo, al cual consideraba más nefasto que el peronismo influido por el fascismo. También muchos le reprochaban el ser un reformista falto de convicciones revolucionarias. Simplemente consideraban, que con su salida de la presidencia había terminado su carrera política. Él no lo creyó así. Excluido totalmente de las tareas de gobierno, se dedicó a viajar como “Embajador Itinerante” del Gobierno revolucionario de Árbenz y a costa del erario público. Daba conferencias de todo tipo, con su espíritu narcisista de siempre. No cabe la menor duda que Arévalo procuró transferirle a Jacobo Árbenz, de una manera muy particular, sus antiguas ambiciones políticas mal satisfechas cuando estuvo en el poder. Sin duda alguna, contribuyó a formar a Jacobo Árbenz como dirigente político, pero, por suerte, no logró inculcarle el espíritu reformista que lo animaba a él. Árbenz, a diferencia de su predecesor, supo comprender y adaptarse mejor a las exigencias políticas, económicas y sociales del campesinado. La pretensión de Arévalo, de volver a la presidencia en la década de 1960 fracasó estrepitosamente, por no haber sido nunca perdonado por la oligarquía agraria ni por los altos jefes militares, que no olvidaban su prepotencia durante su presidencia y las humillaciones a que los sometió en no pocas ocasiones. Con los años, Arévalo se puso al servicio del Estado oligárquico neofascista imperante hasta nuestros días, llegando a ser una reliquia del pasado, pero también un miembro prominente más del escenario derechista tradicional. Como escribe Añoveros: “Es verdad que los pasados vicios estructurales de todo tipo que arrastraba durante centurias el país no eran fáciles de cambiar y menos de eliminar. Se trataba de una ingente tarea que hubiese necesitado el concurso y sacrificio de todas las fuerzas sociales, algo imposible de conseguir. La herencia que iba a recibir Árbenz, después de seis años de democracia y decenios de dictaduras, era la de un país en los límites extremos del subdesarrollo. Y la tarea que se impuso Árbenz para dar el salto necesario era ingente y por encima de sus fuerzas. Aquí dio comienzo el drama de nuestro protagonista que fue el de su propio país”.


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Capítulo IV: El Presidente Revolucionario Jacobo Árbenz Guzmán

Juan Jacobo Árbenz Guzmán llegó a lo que llegó gracias a que supo asimilar a la perfección sus lecturas y a las reflexiones que hizo sobre su época. No dejó nada fuera de su mirada. De ahí que adoptara una determinada orientación política y tomara partido por los pobres de su patria. Pero como hombre del pueblo y a la vez oficial del ejército de la tiranía veía los acontecimientos como si hubiera pertenecido a ambos bandos. Lo que él conocía mejor, era a los seres humanos explotados y oprimidos. Lo que él aborrecía, era a los tiranos. Y sabía, como pocos, que la única manera como los tiranos se habían sostenido en el poder, era gracias al ejército que había sido creado para salvaguardar los intereses de la clase dominante que había creado el Estado parasitario de la oligarquía cafetalera. Por consiguiente, si se quería destruir este Estado, era necesario destruir antes al ejército de los ricos. Al llegar al poder, sin embargo, no lo hizo, sino que, por el contrario, permitió que Francisco Javier Arana, tomara la iniciativa y fuera nombrado jefe de las Fuerzas Armadas, el puesto que, en honor a sus méritos y valía personales, le correspondía a él. La flaqueza ante sus compañeros de armas que se empeñaron en que fuera Arana el jefe del ejército y no él, lo perdió políticamente. El ejército de los finqueros, en vez de ser disuelto por medio de un ejército de los trabajadores en armas, fue fortalecido durante el gobierno arevalista. Y Jacobo Árbenz tuvo mucho que ver con eso, al no tomar una posición política más consecuente con su actitud revolucionaria ante la dictadura poncista. No es equivocado decir que Árbenz se dejó engañar a sabiendas, creando confusión entre quienes llegaron a considerar que esa debilidad tenía su origen en la pertenencia al ejército. La guerra de clases no se había iniciado aún y ya estaba perdida de antemano, debido a que Jacobo Árbenz consideró necesario e imprescindible fortalecer primero su posición como ministro de la Defensa de un filósofo dedicado a la enseñanza universitaria,


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antes de entrar en zafarrancho de guerra. La única explicación lógica que se nos ocurre, es que con su actitud honesta, sólo delató a los observadores cercanos su total desconocimiento del enemigo de clase y su espantosa miopía. Toda duda, toda vacilación, envalentonaron al enemigo, que con los intentos de golpe de Estado, no se sabe a ciencia cierta cuántos de ellos verdaderos y cuántos simplemente rumores, únicamente quería tantear hasta dónde podía llegar en su obsesión por recuperar el poder perdido. Según refiere Alfredo Guerra Borges en ya varias veces citado ensayo histórico sobre la Revolución de 1944, los partidos de la izquierda guatemalteca no conocían el verdadero pensamiento político de Jacobo Árbenz, especialmente lo que pensaba sobre los puntos más controvertidos de la futura campaña presidencial, como el tema de la reforma agraria, siendo él mismo un finquero algodonero: “La campaña presidencial de 1950, en la cual los partidos democráticos y las organizaciones populares apoyaron la candidatura de Jacobo Árbenz, se realizó bajo el lema de la reforma agraria. Árbenz recorrió el país anunciando su propósito de realizarla. En aquel momento casi nadie lo tomó en serio, ni siquiera los partidos políticos que lo apoyaban, ya que por lo general, y de manera justificada, no se cree en la sinceridad de las promesas electorales. Además, el propio Árbenz era propietario de una finca algodonera y, por su condición de militar, se le asociaba a los sectores conservadores”. Como recordaba Cardoza y Aragón, a Jacobo Árbenz, como ministro de la Defensa de Arévalo, se le consideró “el sostén más firme y ecuánime del orden constitucional y el gobierno de la República”. No en balde le había salvado de los problemas de desestabilización a que se vio sometido. Sin embargo, para 1950 muchos revolucionarios consideraban que lo realizado por Juan José Arévalo durante su presidencia, no era suficiente para llegar a la conclusión de que había hecho una obra material e intelectual impecable y revolucionaria. Ni uno ni lo otro. Los interesados en una verdadera transformación del país ya no era sólo aquel puñado de hombres de octubre de 1944, apenas seis años antes, sino que ya se contaban por cientos de miles los que consideraban que ya era hora de que la Revolución remontara el vuelo. Ya había llegado el momento de abandonar definitivamente la inercia y la incertidumbre que caracterizaron al arevalismo. En Guatemala, hacía tiempo que existía la convicción generalizada de que Jacobo Árbenz era la persona más idónea para proseguir con la Revolución de Octubre de 1944; es decir, sacar adelante el proceso


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revolucionario. Todo el mundo sabía ya que poseía una inteligencia luminosa como un faro, una cultura envidiable, una sólida experiencia militar, así como una gran influencia entre los círculos revolucionarios, especialmente entre los dirigentes sindicales, a la mayoría de quienes trataba personalmente. Ya se había hecho amigo personal de José Manuel Fortuny, joven comunista fundador del que se constituiría en el Partido Guatemalteco del Trabajo, y cuñado del coronel Aldana Sandoval, quien se lo presentó. Según Añoveros, para 1950 hacía tiempo que Árbenz era considerado “la oveja roja” del antiguo triunvirato formado a raíz de la caída de Ponce: “La relación de algunos elementos comunistas con Árbenz comenzó cuando se casó con Cristina Vilanova, que gustaba de mantener contactos con los grupos izquierdistas. Antes de que llegara a asumir la Presidencia la casa de los Árbenz se convirtió en una especie de tertulia para connotados izquierdistas y por ella pasaron muchas de las personas que después le ayudarían en su carrera presidencial. Es indudable que el trato con estos políticos abrió nuevas perspectivas sociales e ideológicas en el pensamiento de Árbenz, que hasta el momento se había caracterizado por una carencia de ideología política concreta. La participación de Árbenz en el golpe revolucionario de octubre de 1944 fue para derrocar un sistema dictatorial y abrir el camino a una democracia política. Su esposa estuvo bastante influenciada por dos comunistas que intimaron con ella: la chilena Virginia Bravo Letelier y la salvadoreña Matilde Elena López.” El que Árbenz fuera adquiriendo conciencia social de los problemas de su país no quiere decir que, en manera alguna, que su pensamiento fuera comunista. Tacharle de comunista, como algunos hicieron, fue una burda a la vez que hábil calumnia urdida para atacar sus reformas y desprestigiarle a los ojos de la opinión pública y mundial. Ni siquiera después de su salida al exilio Árbenz se radicalizó en sus ideas”. Idea absurda o no, lo más importante, antes de todo, era lograr convencer a Arévalo de que Árbenz no tuvo ninguna participación en la muerte de Arana, como paso previo a su aceptación por parte del presidente y de sus más cercanos colaboradores, y de que los intereses de la Revolución exigían su nombramiento como su sucesor presidencial. No se trató de una decisión precipitada. Arévalo había tomado sus precauciones. Para ello se encontraba y conversaba con diversas personas y personalidades. ¿Convenía que nuevamente un militar llegara a la cúspide del poder sin


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temor de que fuera él el culpable de entronizar una nueva dictadura? Desde hacía tiempo había pensado detenidamente, sopesando muy a menudo si era Jacobo Árbenz o Arana el candidato más conveniente para sucederle. ¿Qué pensaban sus amigos los comerciantes judíos que le apoyaban dentro del gremio de comerciantes, para ser aceptado como buen gobernante, a cambio de su colaboración en las Naciones Unidas para la fundación y reconocimiento de un Estado hebreo en pleno territorio palestino? ¿Estarían los judíos dispuestos a apoyar la candidatura de Jacobo Árbenz, siendo éste ya visto muy allegado a los comunistas? Bueno, si él le daba continuidad a la política pro-israelí adoptada por Arévalo, por supuesto que le darían su apoyo, no por algo se les considera los más versados del mundo para hacer negocios fabulosos. Era tanto el respeto que infundía Jacobo Árbenz a nivel internacional, que el mismísimo expresidente general Lázaro Cárdenas lo invitó a su casa a cenar una noche a él y a su esposa, en una ocasión en que ambos visitaron la ciudad de México, mientras que al expresidente Juan José Arévalo nunca se dignó ni siquiera recibirlo en audiencia privada! Con decir que hasta Clemente Marroquín Rojas, el temible Clemente, a quien todos evitaban irritar, para que no les sacara sus trapos íntimos al sol, no se atrevió nunca a escribirle públicamente sus verdades, como hacía con medio mundo, para que todos se enteraran, tal y como era su estilo personal. La gran popularidad internacional de Jacobo Árbenz había surgido después de haberse sabido que había sido él el artífice del golpe de Estado a Ponce. El anuncio de que Jacobo Árbenz se iba a presentar a las elecciones presidenciales no iba a tomar por sorpresa a nadie. Todo el mundo sabía que su candidatura se basaría en su convicción de que podía obtener la elección. No sería ninguna sorpresa porque ya como ministro de la Defensa se comportaba abiertamente como el candidato sucesor de Arévalo. Tampoco se trataba de una apuesta imposible de ganar entre los revolucionaros porque entre los posibles candidatos de los partidos de izquierda, era el más serio y responsable. Si Árbenz lograba ser nombrado sucesor de Arévalo por el presidente y los arevalistas, la mitad del camino ya estaba andado. La otra mitad, era la aceptación del campesinado, de los trabajadores urbanos y de la clase media, de la cual había él surgido como hijo de un malogrado farmacéutico suizo. Arévalo estaba saliendo de una larga y trabajosa gestión presidencial, que él sabía muy bien no había sido aceptable para muchos


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de sus antiguos simpatizantes. En diversas ocasiones, conversando con Jacobo en su calidad de ministro de la Defensa, éste le había manifestado abiertamente que se consideraba que su Gobierno vacilaba demasiado en el aspecto de las reformas que se necesitaban con carácter de urgencia, incluyendo el de la desigual propiedad de la tierra. Que él deseaba darle prioridad a ese candente problema nacional. Arévalo lo puso al corriente de todos los problemas administrativos con que tropezaba a diario. Árbenz entendió que ese diálogo de sordos no era el motivo de su encuentro con Arévalo y le urgió a que le diera su respaldo político. “Se acercaba el momento de encontrar al candidato idóneo para continuar el desarrollo democrático que había emprendido Guatemala”, escribe María Vilanova en sus Memorias “Mi esposo, el presidente Árbenz”: “Personas representativas de los más limpios antecedentes e ideales democráticos, se acercaron a mi esposo para consultarle si él podría aceptar la candidatura para el próximo período presidencial que continuaría al del doctor Arévalo. Jacobo y yo convenimos que aceptar la candidatura presidencial era una urgente tarea histórica en un período muy difícil de la democracia guatemalteca. A mí me pareció que era un deber de Jacobo continuar luchando por los ideales a los que había jurado lealtad desde que entró en la política. Honestamente hablando y aunque se tratara de sí mismo, Jacobo Árbenz estaba en la obligación de aceptar este reto histórico. Para ello, debía estar en plena posesión de todas sus facultades y de todos sus recursos físicos, mentales y morales; resistiendo a sus amigotes militares que trataran de desviarlo por otros caminos. […] El día 5 de febrero de 1950, el Partido Integridad Nacional de Quetzaltenango, constituido en su mayoría por la clase social acomodada de aquella región postuló la candidatura de Jacobo a la Presidencia. Este Partido estaba formado por algunos amigos de infancia de Jacobo entre otros, Nicolás Brolo, quien después ocupó un puesto en el gabinete, como Ministro de Agricultura”. La nominación de Jacobo Árbenz por integrantes de importantes círculos políticos y comerciales de Xelajú sacudió a Arévalo, quien entendió muy bien el mensaje en clave política. Arévalo no tuvo otra opción que aceptar que la popularidad de Jacobo Árbenz era verdaderamente arrolladora y que en la campaña electoral por iniciarse o se le apoyaba plenamente o se estaba contra él. Arévalo lo consideraba un gran estratega militar y político, lo había defendido al máximo y, de hecho, era gracias a él que podía terminar su gestión sano y salvo. Árbenz


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había estado siguiendo puntualmente el desarrollo del proceso político de la presidencia de Arévalo a todo lo largo de los años transcurridos desde 1945 a 1950 y había adquirido un amplio conocimiento de la degradación del prestigio de la Revolución. Deseaba enmendar errores cometidos, pero, ante todo, darle un nuevo impulso al proceso revolucionario, por medio de una reforma agraria. Así que Arévalo no tuvo otra opción, que seguir lamentando en silencio la muerte de Arana y dar por cerrado el caso. El resto salió anunciado en la prensa de la época: “¡Jacobo Árbenz Guzmán será mi sucesor!, ¡Hoy Arévalo, Árbenz mañana!, ¡Por la Patria y la Revolución!, ¡Que viva Guatemala!”. La suerte estaba echada, no había posibilidad de dar un paso atrás “¡ni para agarrar impulso!”. La designación de Jacobo Árbenz como candidato a presidente de Guatemala por un pequeño partido organizado por sus amigos quetzaltecos tomó por sorpresa a Arévalo y a muchos dirigentes políticos de la pequeña burguesía aglutinada en varios partidos de izquierda democrática no radical. Mucha gente le tenía simpatía a Árbenz, pero el caso no resuelto de la muerte de Arana y el que se hubiese hecho finquero de la noche a la mañana, después que todo el mundo sabía que había empeñado su pistola para costear el agasajo de los huéspedes de su boda, años antes, había levantado algunas suspicacias sobre enriquecimiento ilícito, lo cual empañaba su imagen de hombre íntegro. Más tarde se revelaría que, aunque los sondeos preveían una victoria demoledora de Árbenz sobre los demás candidatos, el resultado de las votaciones a favor de Árbenz no fue tan espectacular como la cantidad de votos que habían llevado a Arévalo a la presidencia, seis años antes. Árbenz arrasó en el Occidente del país, de donde era oriundo, pero esto no fue igual en otras partes. Sin embargo, bien vale la pena recordar, que ya en plena campaña presidencial, cada vez que Jacobo ingresaba a un local preparado para celebrar un mítin electoral o subía a una plataforma elevada para que lo viera bien su público, era recibido con largos como efusivos aplausos por multitudes entregadas deseosas de verlo y escucharlo decir que la Revolución estaba, finalmente, marchando a todo vapor por la vía correcta. Todo terminaba siempre con grandes como estruendosas ovaciones y fuertes gritos de “¡Viva el Presidente Árbenz” y “¡Por la Patria y la Revolución en Guatemala!”. Durante la campaña presidencial Jacobo Árbenz prometió adoptar una posición firme frente a la oligarquía cafetalera y sus aliados imperialistas. Esto era precisamente lo que más les gustaba oír a sus simpatizantes. Árbenz sabía muy bien que estaba adquiriendo un serio compromiso


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con sus potenciales electores, pertenecientes en su inmensa mayoría a simpatizantes de otros partidos de izquierda, pero como decía parte de una estrofa de la tonadilla “es un hombre de palabra, por eso estamos con él, es un hombre de palabra, por eso estamos con él…”. Debe tomarse en cuenta que Árbenz y su esposa tenían un pequeño grupo de avezadísimos expertos que programaban rigurosamente las visitas al interior del país, en donde, como he apuntado, Jacobo, de la manera más firme y directa, hacía gala de su atinado y perspicaz sentido de las realidad política, social y económica de Guatemala. Sus enardecidas palabras siempre recibían de su público, un fuerte espaldarazo de reconocimiento revolucionario, lo cual lo hacía hincharse de orgullo patrio. En el curso de la campaña electoral, los periodistas no dejaban de perder la ocasión de entrevistar a Jacobo Árbenz, planteándole en cada ocasión el tema de la reforma agraria, que él solía responder con mucho conocimiento técnico, haciendo hincapié en el beneficio que la misma le depararía al campesinado. Hasta donde sabemos sobre el rumbo decidido que Jacobo Árbenz le había dado a su estrategia de lucha revolucionaria, desde el mismo momento que había sabido captar el mensaje de Bolívar contenido en la Carta de Jamaica, con su firme y prudente conducta se había propuesto descubrir y valorar la manera de hacer cambiar el sistema de dominación política existente en Guatemala bajo la dictadura de Jorge Ubico. Le llevó años elaborar su táctica y estrategia utilizada para el derrocamiento de Ponce. Quienes lo conocieron y trataron de cerca sabían que hacía tiempo que Árbenz había tomado partido por la causa del campesinado. Llegó a ser un gran estudioso de los escritos de Lenin sobre el tema agrario en su país y en otros países capitalistas. Durante la Guerra Civil española de 1936 a 1939 estaba del lado republicano. Como buen estratega militar, seguía con gran detenimiento los movimientos armados de ambas fuerzas contendientes en el territorio español, de acuerdo con su lectura diaria de los periódicos. Sus conversaciones y discusiones con su esposa María Cristina, solían ampliarse por una cuidadosa ponderación de las circunstancias y de las repercusiones que de lo que sucedía en España, habrían de tener necesariamente sobre el inmediato futuro de Guatemala. Hacía tiempo que Árbenz se había revelado como un gran conocedor de la historia española y mundial. Conocía la guerra secular en suelo español, conocía el período musulmán y todos los detalles de la Reconquista. Precisamente aquellas conversaciones le pusieron de manifiesto a María Vilanova, sin que él lo quisiera, que estaba muy versado en la historia de la


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República española que los fascistas franquistas estaban destruyendo paso a paso, sin la menor vergüenza ni escrúpulo, a la vista del mundo entero. Posiblemente nunca se imaginó Jacobo Árbenz que algo semejante pasaría en Guatemala algunos años más tarde, siendo el pueblo de Guatemala el protagonista de su historia, y él presidente de la república.


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Capítulo V: Por la Patria y la Revolución

Los favorables resultados de las elecciones para Jacobo Árbenz fueron definitivos para el futuro inmediato de Guatemala. Sin embargo, al dejar entrever tan pronto sus futuras intenciones políticas, produjo una reacción en cadena de júbilo entre los revolucionarios y, al mismo, tiempo, de furia y rechazo entre los enemigos de la Revolución de Octubre. La oligarquía temía el día que Árbenz fuera investido presidente de Guatemala porque sabía que a partir de entonces las leyes promulgadas y por promulgar por los revolucionarios eran algo que les iba a amargar la existencia y con las cuales debían contar de ahí en adelante. Ella sabía que era ocioso querer influir sobre ellas, pero en tanto se contara con la ayuda de los Estados Unidos, era menester no perder de vista la posibilidad de romper la cadena de éxitos de Jacobo Árbenz. La oposición interna debía esperar la actuación del presidente Árbenz y contraatacar de acuerdo a las circunstancias. Lo primero, sin embargo, era esperar a ver qué pasaba y entrar al ataque con la certeza de que vencerían a Árbenz y su proyecto de gobierno mediante las acciones venidas de los EE.UU., sobre las que el recién electo presidente no pudiera influir. Según García Añoveros, Guatemala se encontraba arrastrando las lacras del pasado ubiquista. Arévalo se había revelado como un reformista que lo más que logró durante su período de gobierno fue “mantener las formas democráticas”, pero “la nación seguía anquilosada en un pasado que necesariamente había que superar. Árbenz fue el presidente que, al tomar conciencia clara de la situación de su patria, se propuso con todas sus fuerzas llevar a término el deseado cambio, delineando un programa de gobierno que incluía las transformaciones exigidas por la sociedad guatemalteca. Luchó por conseguir sus propósitos e intentó poner los medios adecuados”. Fue así


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como Árbenz colocó sobre la mesa su concepción de desarrollo capitalista que se adelantaba en mucho a su época, sin mencionar al propio Gobierno de Arévalo, en que se puso de manifiesto que más que desarrollo, lo que se vio fue cómo sus asesores y él mismo lo único que lograron fue ponerse en ridículo frente a sus opositores, que veían cómo iban tambaleándose de una solución de emergencia a otra. Todo el mundo veía con claridad cada vez mayor el estancamiento económico y social en que había caído el país. Jacobo Árbenz, con su espíritu de lucha y su pensamiento lúcido, tenía la peculiaridad de que, para él, nada era imposible de lograr si se contaba con un eficiente elemento humano de apoyo surgido de las entrañas del pueblo. Esa manera optimista de razonar deseaba ponerla en práctica por medio de un programa de Gobierno idóneo, acorde al proyecto nacional que había elaborado durante los días que escribió el discurso que le dirigiría a su pueblo el día de la toma de posesión de la presidencia. Al llegar el 15 de marzo de 1951, sus palabras dirigidas desde el Estadio de la Revolución, resaltaron que llevaría a cabo el desarrollo económico de Guatemala, convirtiéndola de una nación dependiente y de economía semicolonial, en un país económicamente independiente; y de país atrasado y de economía predominantemente precapitalista, en un país moderno y capitalista. Esta transformación se haría de tal manera que produjera la mayor elevación posible del nivel de vida de las grandes masas de la población. Árbenz tenía que plantarle cara a su destino, dando por concluida la época de Arévalo e iniciando una nueva en el momento histórico que le había tocado vivir. María Vilanova resumió los puntos más importantes de su Discurso, subrayando su intención de liberar a Guatemala del neocolonialismo extranjero. El sistema de dominación extranjero basado en la agricultura capitalista destinada a la exportación de café y del banano producido por la UFCo. La única manera de lograrlo era, según él, nacionalizando todas las tierras sin cultivar, pero también el sistema de transporte de personas y productos hacia los puertos construidos con ese fin, la electricidad, las comunicaciones, y todo aquello que favorecía exclusivamente sus intereses, mientras que a Guatemala sólo le producía pérdidas económicas y el subdesarrollo. De ahí que lo primero que Jacobo Árbenz emprendió, fue finalizar la construcción de la carretera al Atlántico, que pondría en comunicación amplias regiones agrícolas del país. El discurso de Jacobo Árbenz también giró en torno al proyecto de Ley Agraria, que garantizara una distribución más equitativa y justa de la tierra


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en Guatemala. Según María Vilanova, el principal objetivo de la reforma agraria era darle un carácter social a la propiedad de la tierra, dado que en1950, el 76% de los propietarios poseía sólo el 10% de la tierra, mientras el 2.2% de los terratenientes poseía el 70%. “Árbenz propuso claramente que se aumentara el nivel de productividad del país, de modo que los precios bajaran, y aumentara el poder adquisitivo de la población, para que ésta alcanzara una forma de vida más decorosa y sana. Básicamente, su objetivo era modernizar el escaso complejo industrial que el país tenía, y la búsqueda de nueva tecnología para impulsar la productividad en la vida nacional. En 1950, en Guatemala había 5,315.475 manzanas de tierra en fincas distribuidas en pocas manos, sólo 213.441 estaban arrendadas y 294.410 bajo otras formas de propiedad.” Se trataba claramente de desarrollar el capitalismo en la agricultura, no el comunismo. Sin embargo, sus enemigos se dieron a la tarea de acusarlo de “comunista”, sabiendo lo desprestigiado que estaba el término a nivel internacional. Las medidas reformistas de Arévalo se materializaron en prestaciones sociales, como el Código de Trabajo, decretado en 1947, el Seguro Social, en 1948, y en obras de alguna significación en el orden económico, político, asistencial, educativo y cultural. Arévalo no realizó ninguna obra revolucionaria. Conservó intacta la estructura de poder neocolonial. No realizó cambios en las relaciones económicas y sociales de dominación. Ni siquiera puede hablarse de haberse llevado a cabo un gobierno de transición, ya que no se atrevió a enfrentarse a los barones de la tierra. La reforma agraria propugnada por Árbenz sí abrió un período totalmente nuevo, revolucionario, en la historia agraria de Guatemala, agudizándose la lucha de clases como nunca antes. El Seguro Social establecido por Arévalo, que empezó a beneficiar a 70,000 trabajadores poco después de haber sido decretado, el 2 de enero de 1948, se dice que para fines de 1953 protegía a más de 240,000. Pero Árbenz, además de decretar la Reforma Agraria, nacionalizó los muelles de Champerico y San José, en el Pacífico, al caducar los contratos, y en el momento de ser derribado su Gobierno “comunista”, estaba por ser concluidos la carretera al Atlántico y el Puerto de Santo Tomás, construidos para destruir el monopolio del ferrocarril y de Puerto Barrios, propiedad de la United Fruit Company. Además, se trabajaba intensamente en la construcción de la hidroeléctrica de Marinalá (45,000 kilovatios hora) que hería los intereses de la Electric Bond and Share. Su programa de Gobierno vulneraba los intereses de las tres grandes empresas norteamericanas que representaban al neocolonialismo


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norteamericano que controlaba la economía de Guatemala después de haber expulsado al imperialismo alemán del país. “El Código de Trabajo lo resintió la United Fruit como un latigazo en el rostro”, escribió Cardoza. Sin embargo, los golpes dados al imperialismo norteamericano por el gobierno de Jacobo Árbenz, como el Decreto 900 o Ley de Reforma Agraria, la construcción de la carretera al Atlántico, puertos e hidroeléctricas nacionales, vulneraba intereses de esencia y necesidad del imperio. El desarrollo económico de Guatemala estaba siendo entorpecido por la dominación y explotación de los EE.UU., como antes lo había sido por el imperialismo alemán. El gobierno revolucionario de Jacobo Árbenz sólo podía salir adelante con sus programas de desarrollo económico y social destruyendo totalmente dicha dominación y explotación. No valían los paños tibios como los aplicados por Arévalo y Árbenz lo sabía. Lo único que podía hacer para sacar a Guatemala del estado de atraso en que se encontraba era luchar vigorosamente contra el neocolonialismo. Como bien lo señaló Cardoza, “el nombre de Jacobo Árbenz se encontrará unido para siempre a la reforma agraria y a su renuncia de la presidencia. No fue prematura la promulgación de esta ley ineludible. Fue una ley equilibrada, sin pizca de radicalismo, discutida democráticamente por todos los sectores sociales, que resolvía problemas de tierras ociosas, ya planteados por los romanos siglos antes de Cristo. La reforma agraria hacía radicalmente lo contrario del comunismo: multiplicaba la propiedad privada. El propio New York Times (21 de mayo, 1952) lo estimó así. Para la United Fruit Company -el mayor propietario de tierras del país, muchas de ellas incultas- la ley entrañaba un carácter directo de liberación nacional. Árbenz siguió los pasos de Emiliano Zapata -voz telúrica, espíritu de la tierra, aportación universal de la Revolución Mexicana- y no siguió los de Sandino. El presidente Árbenz repartió las primeras tierras, devolviéndolas a sus dueños legítimos, despojados desde la Conquista. Se iniciaba la integración económica de una patria. En la Suprema Corte de Justicia se presentaron amparos, instancia no contemplada por la Ley de Reforma Agraria. El presidente Árbenz pasó el caso en consulta al Congreso y éste comprendió que aceptarlos equivalía a destruir la reforma agraria. De acuerdo con la Constitución, el Congreso destituyó a los magistrados”. Según Guerra Borges, “entre el 5 de enero de 1953 y el 16 de junio de 1954, un día antes de iniciarse la fase final de la operación de Estados Unidos contra el gobierno de Árbenz, se emitieron 1,002 decretos de expropiación; fueron afectadas tierras de propiedad privada, con una extensión total de


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1,091,073 hectáreas (29% de la superficie en fincas registradas por el censo agropecuario), de las cuales se completó el proceso de expropiación en 603,615 hectáreas (55%). A ello hay que sumar 280,000 hectáreas de las Fincas Nacionales, con lo cual el total de tierras transferidas a los campesinos y trabajadores agrícolas se elevó a 883,615 hectáreas. En el lapso indicado recibieron tierra unas 100,000 familias, lo que es equivalente a un poco más de 500,000 personas, de acuerdo con el tamaño de la familia rural estimado por Naciones Unidas. La Agencia Internacional de Desarrollo (AID), con base en los censos de población y agropecuario, estimó que en 1950 los trabajadores sin tierra sumaban un total de 248,000, y de ello se concluye que la reforma agraria benefició, en 18 meses, a una cantidad que oscilaba entre el 31% y el 40% de la fuerza de trabajo que carecía de tierra”. La pregunta que se ha hecho Alfredo Guerra Borges: “¿Qué hubiera ocurrido en el supuesto de que Árbenz no hubiera sido derrocado?”, la responde él mismo: “Las principales consecuencias de la reforma agraria, si ésta se hubiera completado en 1957 aproximadamente, pudieron haber sido las siguientes: en primer lugar, una elevación vertical del ingreso de los campesinos y, en consecuencia, de su bienestar y de su capacidad de compra de productos industriales. Esto se pudo observar cuando los campesinos que recibieron tierras cultivadas en las Fincas Nacionales vendieron su primera cosecha a principios de 1954. En segundo lugar, el mercado de trabajo se hubiera modificado profundamente por la reducción de la oferta de mano de obra agrícola. Por lo tanto, al reducirse sustancialmente el desempleo estructural, el trabajador de la tierra hubiera mejorado su capacidad de contratación en las fincas grandes. En tercer lugar, en las fincas medianas y grandes que contratan mano de obra estacional se hubiera modificado de manera sustancial la tecnología agrícola, como respuesta al incremento del salario en el campo y la eliminación del desempleo rural estructural”. La telaraña de los neocolonialistas norteamericanos enemigos de las reformas que estaba impulsando el gobierno de Jacobo Árbenz, incluía no sólo agentes encubiertos de la CIA y a innumerables representantes diplomáticos, militares, económicos, culturales y religiosos del imperio sino también a los diversos sectores del país que se sentían lesionados en sus intereses o marginados del poder político. “Numerosos propietarios de fincas, en uso de los recursos que la ley ponía a su disposición”, escribe Guerra Borges, “demostraron que sus propiedades no eran afectables, o lo eran en una extensión menor que la indicada en el expediente respectivo. Otros muchos, en cambio, pusieron resistencia violenta a la reforma;


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varios líderes campesinos fueron asesinados; otros fueron encarcelados por autoridades locales afines a los intereses afectados. La Iglesia Católica se puso decidida y abiertamente en contra de la reforma y numerosos sacerdotes realizaron en sus localidades una activa campaña de oposición, abierta y encubierta. En apoyo de la reforma agraria, la movilización también fue muy intensa. En este sentido, los Comités Agrarios locales desempeñaron un papel muy importante.” García Añoveros, sacerdote católico español nacionalizado guatemalteco y egresado como licenciado en Historia de la Universidad de San Carlos de Guatemala, escribió la única biografía conocida de Jacobo Árbenz, en donde además de dar datos sobre la vida y obra del expresidente, refiere los graves acontecimientos ocurridos en el país, pero aporta reflexiones personales sumamente interesantes, que bajo ningún concepto pueden ser tildadas de “comunistas” o “izquierdistas”. Estas reflexiones, por el contrario, se caracterizan porque proyectan el pensamiento de una persona que comprende la importancia que le dio Árbenz a la búsqueda de un equilibrio social y a la elevación de la conciencia colectiva en los asuntos fundamentales para el futuro de Guatemala. El historiador hispano-guatemalteco expresa que durante el período de 1951 a 1954, los guatemaltecos, con la excepción de los sectores oligárquicos, el alto clero y sus colaboradores, mostraron en las urnas y en las calles su interés de que continuara la evolución hacia la democracia. Resalta que el camino andado desde octubre de 1944 condujo a una mayor justicia social, brindando libertades políticas que permitieron leyes de amplio contenido social. En el entendido de que el Gobierno de Jacobo Árbenz engendró múltiples incomprensiones, desconfianzas y antagonismos sociales, Añoveros procura ser parte de un pensamiento histórico serio y objetivamente informativo, no callando los aspectos más discutibles de la realidad guatemalteca del período que estudia. Así, refiere que al asumir Árbenz la Presidencia de Guatemala, el 15 de marzo de 1951, contó con el apoyo “de una confortable mayoría parlamentaria y con un amplio respaldo popular”. En plan de probar que las decisiones tomadas por los dirigentes revolucionarios en la década de 1944-1954 fueron idóneas, García Añoveros señala que el proceso revolucionario de octubre de 1944 se hubiera quedado vacío de contenido sin una transformación agraria. Científicamente podemos demostrar que tiene razón. Hoy sabemos que en apariencia la reforma agraria de Árbenz no tenía más que


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implicaciones económicas, pero que, en el fondo, era la expresión viable del enfrentamiento de un pequeño país pobre y subdesarrollado con un enemigo poderoso del mundo capitalista. “Árbenz tenía plena conciencia del problema”, escribe Añoveros, “como también la tenían sus enemigos en sentido inverso. Se estaba jugando el futuro de Guatemala. Y, efectivamente, se jugó, aunque los perdedores serán la mayoría del país y los ganadores, como desgraciadamente había sucedido hasta entonces, unos pocos. En realidad, el gran perdedor fue Guatemala y sus consecuencias todavía siguen vivas”. Según Añoveros, “había que dar tierra y trabajo a una población en veloz crecimiento, una educación mínima y una alimentación suficiente. Era necesario mejorar la salud y la higiene públicas y hacer descender los índices de morbilidad y mortalidad. Urgía la industrialización del país. Había necesidad de diversificar la producción agrícola, llegar a un reparto equilibrado de la tierra y romper el binomio latifundio-minifundio aumentando el número de propietarios medios. Era preciso poner en cultivo las tierras ociosas, activar la productividad y rentabilidad de la tierra, utilizar mejores técnicas en los cultivos, mejorar las formas de tenencia de la tierra, buscar medios de financiamiento y aumentar el cultivo de productos básicos de consumo y racionalizar el cultivo intensivo de la tierra. Había necesidad de aumentar la cabaña ganadera para que la población pudiera consumir más carne. Era preciso un aumento del producto interno bruto, de los salarios, de los ingresos de la población y de los presupuestos del Estado para atender los servicios mínimos de la población. Había que transformar la economía agraria de tipo colonial dependiente del exterior en una economía independiente y diversificada. Era imprescindible disminuir la intensa explotación a que estaba sometida la fuerza de trabajo, instaurando unas relaciones de producción capitalista y suprimiendo todos los vestigios de explotación servil de mano de obra. Era necesario un mejor reparto de la riqueza; disminuir las tensiones entre las clases sociales, acortando las distancias entre explotadores y explotados. Urgía sacar al indio de la explotación y marginación en que vivía. La importante conclusión que queremos sacar de todo lo expuesto, es que el único camino posible para llegar a un cambio socioeconómico en el país era a través de una transformación radical de la estructura agraria; la reforma agraria era la única posible”. Es sabido que la explotación colonial le ha dado al colonialismo diversos aspectos y formas, siempre en beneficio de su estrategia mundial.


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Precisamente era por esto que las condiciones internacionales favorecían la ejecución de reformas agrarias en los países emergentes. Como bien apunta Añoveros, ya en 1950 la FAO declaraba que “formas inadecuadas de la estructura agraria y en particular de los regímenes de propiedad de la tierra en los países y territorios subdesarrollados impiden el desarrollo económico y reducen en consecuencia los niveles de vida especiales entre los trabajadores agrícolas, arrendatarios y pequeños propietarios”. La propia ONU publicó en 1951 los resultados de un estudio sobre la situación económica de los países subdesarrollados, señalándose a Guatemala como un país donde urgía implementar una reforma agraria. Los neocolonialistas norteamericanos pretendían inclinarse a reformas capitalistas de tipo estructural, que permitiera el surgimiento y consolidación de una amplia clase media consumista de productos manufacturados en los EE.UU., pero, por otra parte no estaban dispuestos a renunciar al saqueo neocolonial de materias primas y a la explotación de mano de obra barata y a provechosas inversiones de capital en su llamado “patio trasero” americano. Guatemala no se encontraba en 1951 liberada de la dictadura esclavista de los finqueros cafetaleros. Durante el período revolucionario se comparaba a éstos con los antiguos “señores feudales” y hoy en día suele llamárseles “barones de la tierra”, pero en realidad eran explotadores capitalistas de la peor especie que aplicaban los métodos clásicos del neocolonialismo. El movimiento revolucionario impulsado por Jacobo Árbenz avivó entre ellos sus actitudes contrarrevolucionarias, apoyando con entusiasmo al imperialismo que se enfrentaba a las medidas del Gobierno a favor del campesinado. Es por lo anterior que es necesario poner de relieve, como lo hace Añoveros, que la reforma agraria originó un fenómeno social muy importante en Guatemala, ya que por primera vez en la historia del país se atacó por la vía legal a los terratenientes y al latifundio, favoreciéndose al campesinado. “Los campesinos poseían un instrumento legal que les permitía obtener tierras hasta entonces intangibles”, dice Añoveros. Pudieron comprobar que a los poderosos barones de la tierra, “la ley que hasta entonces siempre había estado del lado de sus intereses protegiendo sus propiedades, les expropiaba sus tierras para dárselas a ellos. Este fenómeno social supuso para el campesino un cambio psicológico e ideológico de primera importancia, pues se percató de que era posible colocar la ley a su favor y hacerse con tierras hasta entonces imposibles de conseguir. Aunque la reforma agraria acabaría siendo abortada, el campesinado adquirió una conciencia social hasta entonces inexistente, que ha tenido efectos muy positivos en el futuro de la historia de Guatemala”.


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Una breve ojeada histórica de Añoveros, nos arroja bastante luz sobre la política neocolonial del imperialismo norteamericano antes y durante el gobierno de Jacobo Árbenz. Refiere el historiador que la UFCo inició su actividad contrarrevolucionaria en Guatemala desde que se promulgó el Código de Trabajo, en febrero de 1947, al considerar la sindicalización de los trabajadores agrícolas lesivo para sus intereses. Al iniciar los trabajadores exigencias salariales y de mayores prestaciones sociales, y el uso de la huelga como arma de lucha, los abogados y publicistas de la empresa protestaron con poco éxito ante el gobierno de Guatemala. Ante esto, los personeros de la Frutera le declararon la guerra al gobierno arevalista ante la opinión pública y el gobierno de los EE.UU. Su lucha tuvo como aliados eficaces la prensa e instituciones políticas para “indisponer a los EE.UU. con Guatemala”. Como resultado, el gobierno norteamericano pasó de presiones indirectas a la intervención directa en los asuntos internos de Guatemala, “introduciendo un elemento peligrosamente perturbador como era la acusación de penetración comunista” en el país. De acuerdo con Añoveros, el presidente Juan José Arévalo, “alarmado por la acusación”, declaró públicamente que en caso de una guerra mundial, Guatemala “tenía una y solo una lealtad, geográfica, política y militarmente con los EE.UU.” Esto, no obstante, tuvo que expulsar al embajador norteamericano Richard Patterson, en 1950, por estar involucrado en una conspiración para derrocarlo. “La UFCo., por tanto, ya estaba procediendo a partir de 1947 en contra de los gobiernos guatemaltecos en los EE.UU. a través de un plan perfectamente delineado, actuando en los niveles de opinión pública, del gobierno y de la CIA. Dos eran las acusaciones en que basaba su intento: la influencia y el poder del comunismo, por un lado, y el perjuicio que los intereses económicos norteamericanos estaban sufriendo en Guatemala; dos gravísimas acusaciones a las que eran muy sensibles el pueblo y el gobierno estadounidense.” Así, en el escenario guatemalteco de 1954 aparecen en acción coordinada contra Guatemala: los abogados de la United Fruit Company, del Departamento de Estado de los EE.UU., los estrategas de la institución criminal CIA, el embajador de los EE.UU., John Peurifoy, el jefe de los mercenarios guatemaltecos a sueldo de la CIA, Carlos Castillo Armas, los oficiales traidores del ejército de Guatemala, y los gobernantes cipayos de Nicaragua y Honduras que colaboraron con el imperialismo para el derrocamiento del gobierno constitucional del presidente Árbenz.


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Al final de la Segunda Guerra Mundial el imperialismo norteamericano había fortalecido su poderío militar, económico y político a nivel mundial y era cada vez más agresivo ante la Unión Soviética y los comunistas internacionales que seguían los dictados de Moscú. Como el Gobierno de Árbenz había sido marcado por los EE.UU. como controlado por los comunistas locales, su destino estaba ya trazado. Fieles a su estrategia imperialista de hacer que sus instituciones políticas siguieran los dictados de sus círculos comerciales y financieros, el Departamento de Estado, dirigido por John Foster Dulles, un abogado de la UFCo., y su hermano Allen Dulles, el director de la CIA, llegaron a la conclusión definitiva de que el gobierno arbencista “había atentado seriamente contra los intereses norteamericanos al expropiar las tierras de la UFCo.”, por lo que lo menos que podían hacer era “intervenir en Guatemala y protagonizar un cambio de régimen”. Por eso Añoveros considera que “el derrocamiento de Árbenz aparece históricamente como una secuencia que se divide en tres tiempos: los años que discurren desde 1947 (promulgación del Código de Trabajo durante la administración de Arévalo) hasta junio de 1952, en que se aprueba la ley de reforma agraria por el gobierno de Árbenz; los sucesos que ocurren desde junio de 1952 a febrero de 1954 (los dos años escasos en que se va aplicando la reforma agraria y crece la reacción contra Árbenz); los hechos acaecidos entre marzo y junio de 1954 (aquellos que ya inciden inmediatamente en la caída de Árbenz)”. Según el historiador, la Frutera “tenía dos bazas muy importantes a su favor: de una parte, la participación probada de los comunistas en la reforma agraria, la legalización del partido comunista en Guatemala y su influencia en Árbenz; de otra parte, la subida al poder en los EE.UU. de una administración republicana con un gobierno decidida y obstinadamente anticomunista. En este segundo tiempo, a diferencia del primero, la UFCo. sigue actuando, pero ya como comparsa, pues el papel de primer actor lo iba a asumir la Administración de los EE.UU. y la CIA”. Según Añoveros, un primer intento de derrocamiento del Gobierno de Árbenz “se realizó en marzo de 1953. La UFCo., cuyas primeras expropiaciones eran ya un hecho, propuso llevar a cabo un levantamiento en Guatemala, plan que los hermanos Dulles aceptaron y encargaron al coronel J.C.King. Este entró en contacto con oficiales del ejército de Guatemala descontentos con Árbenz a quienes entregó armas. La UFCo facilitó 64.000 dólares para la operación. El 29 de marzo de 1953 doscientos sublevados ocuparon la ciudad de Salamá, cabecera departamental de la Baja Verapaz. En pocas horas fueron reducidos por el ejército, cuya acción hizo fracasar otros levantamientos en diversos lugares”. Pese a que los mercenarios que


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habían participado en la asonada militar confesaron que el levantamiento había sido subvencionado por la UFCo., el Departamento de Estado “endureció aún más su postura hacia Guatemala”. Se ha sabido después, que los imperialistas sólo buscaban un pretexto para derrocar a Árbenz. Los intereses de la UFCo. no les preocupaban tanto como implantar en el país un gobierno títere pronorteamericano, que permitiera que la economía guatemalteca dependiera totalmente de los EE.UU. y pudieran intervenir en el país cuantas veces fuese necesario. En Guatemala, los enemigos visibles e invisibles de la Revolución de Octubre buscaban también el derrocamiento de Árbenz, para impedir la aplicación de la reforma agraria, retomar el control político del gobierno perdido y establecer las bases de nuevas generaciones de oligarcas fascistas. Ya la experiencia y costumbre les había convencido de que su existencia y supervivencia como clase dominante dependía de su alianza al neocolonialismo extranjero. La fórmula de la alianza al imperialismo alemán había sido la correcta antes de desaparecer éste del escenario político y económico de Guatemala. Asociarse al imperialismo norteamericano aunque fuera como socio menor era ahora la correcta. La oligarquía agraria no hacía distinción entre ambos imperialismos, en términos tanto de moralidad política como de importancia económica. De lo que no tenía duda, era que la defensa de sus intereses de clase estaba en manos de los EE.UU. Se trataba de una oligarquía apátrida y sin identidad nacional, surgida en Guatemala como producto del colonialismo español y reforzada en el período independiente por la penetración del neocolonialismo alemán. Éste dominó el país durante más de 50 años, ocultándose tras la pantalla de un gobierno oligarca, que le era totalmente dependiente en lo económico. El dominio extranjero indirecto se volvió costumbre para los sátrapas guatemaltecos y sus socios oligarcas, quienes añoraban ese poder tras el trono y estaban interesados ahora en que la dependencia económica fuera también política y militar. “En abril de 1953 fue enviado a Guatemala el secretario de Estado adjunto para Asuntos Interamericanos John Moors Cabot”, refiere Añoveros, “que poseía intereses en la UFCo., para elevar una enérgica protesta ante Árbenz por la expropiación y especialmente por lo que se consideraba una compensación injusta. El gobierno de Guatemala respondió que las quejas de la Compañía carecían de fundamento y, todavía más, cuando la Compañía había defraudado durante muchos años a la hacienda de Guatemala y obtenido enormes beneficios. Cabot no varió en su postura intransigente,


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pero tropezó con la firmeza de Árbenz que de ninguna manera se mostró dispuesto a ceder frente a las presiones tanto del exterior como del interior. Árbenz tenía conciencia de que había sido elegido democráticamente por el pueblo y que los cambios y reformas que estaba propiciando eran buenos y justos para la población guatemalteca. No estaba dispuesto a doblegarse en estos asuntos, ni siquiera ante los EE.UU. Es justo destacar esta actitud firme de Árbenz, razonable y positiva para cualquier observador imparcial, en defensa de una política agraria y social beneficiosa para su país. […] El Departamento de Estado se reafirmó en su postura: la expropiación a la UFCo había sido discriminatoria y la compensación insuficiente y los comunistas debían ser expulsados del gobierno de Guatemala. Hay otro importante matiz en las declaraciones del Departamento de Estado, pues afirmaba no actuar como agente o vocero de la UFCo. La actitud del gobierno estadounidense era inflexible y no quiso admitir razón alguna de las expuestas por el ministro de Relaciones Exteriores de Guatemala, Guillermo Toriello. Se había llegado a una situación tal que para los hermanos Dulles era un axioma incontrovertible la penetración comunista en Guatemala, asunto que llegaba mucho más lejos y superaba en gravedad a la expropiación de la empresa bananera. El problema comunista era el eje fundamental del problema sobre el que los EE.UU. no transigirían jamás.” “A partir de este momento se fragua la “Operación Éxito” para el derrocamiento de Árbenz. La dirección fue encomendada al coronel Albert Haney, que se había dedicado en la guerra de Corea en la conducción y seguimiento de un grupo guerrillero clandestino en Corea del Norte. Esta vez el plan se planificó inteligentemente en tres direcciones: lo primero y principal era socavar la lealtad del ejército hacia Árbenz, que era su principal sostén; en segundo lugar se iniciaría una propaganda masiva en contra del régimen de Árbenz para socavar su popularidad entre las masas obreras y campesinas; en tercer lugar, pero más que nada como apoyo logístico y de distracción, se crearía un cuerpo expedicionario de unos cientos de hombres para llamar la atención, pues en buena lógica se asumía que una invasión armada estaba condenada al fracaso. Llegado el momento se recurriría a tender un puente de plata a Árbenz mediante el soborno y en caso contrario, se procedería a un golpe incruento por parte del ejército. Sólo en última instancia intervendrían los marines. La Operación Éxito fue aceptada y bendecida por los hermanos Dulles; su financiamiento sería de 20 millones de dólares. Hay que reconocer que la Operación Ëxito estaba perfectamente planeada, ya que iba dirigida


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directamente a hacerse con el control del ejército guatemalteco, auténtico árbitro de la situación, como así sucedió. De esta manera, la conspiración siempre se podría exhibir como un asunto interno de Guatemala y no como una intervención de los EE.UU., que siempre sería mal vista en Latinoamérica. La operación comenzaría en enero de 1954 y culminaría en julio del mismo año con la invasión de mercenarios. En estos meses de tensa situación hace su aparición un singular personaje que va a tener que ver mucho con nuestra historia inmediata. Se trata de John Peurifoy, nombrado embajador de los EE.UU. en Guatemala en octubre de 1953. Era persona de trato duro, rudo en los modales, convencido anticomunista y que no guardaba las mínimas formas exigidas por la más elemental diplomacia. De carácter avasallador, entraba en derecho a lo que se proponía sin mayores contemplaciones. Había estado de embajador en Grecia los años 1950 a 1953 recién acabada la guerra civil que asoló al país y, en connivencia con la derecha, se había distinguido por su persecución a los elementos de izquierda, se le llamaba el carnicero de Grecia. Este hombre era precisamente el que necesitaba el Departamento de Estado en Guatemala para que la Operación Éxito tuviera buen fin. No hablaba español ni sabía gran cosa acerca de Guatemala ni tampoco le importaba. Para él, su papel, que se lo aprendió muy bien, era luchar contra el gobierno comunista de Árbenz. Lo que tenía de rudo le sobraba de astuto. Estuvo siempre en contacto directo con la CIA y se portó como un excelente peón. Cuando llegó a su destino lo único que sabía era que los comunistas mandaban en Guatemala, que la reforma agraria llevaba al comunismo y que había expropiado a la UFCo. El 16 de diciembre de 1953 Árbenz invitó a una cena a Peurifoy y su esposa. Durante seis horas estuvieron discutiendo: Árbenz, intentando demostrar que la influencia de algunos comunistas no era ninguna amenaza, que la UFCo había cometido muchos abusos y que la reforma agraria no tenía nada de comunista. Peurifoy insistió en que había comunistas en el gobierno y tenían que desaparecer y que también los EE.UU. favorecía las reformas agrarias dentro de unos límites. Peurifoy, a su estilo, informó a John Foster Dulles diciendo que, aunque Árbenz no parecía ser comunista, su sucesor podría serlo y que no había otro camino que el derrocamiento de Árbenz. Como puede suponerse éste y otros informes influían decisivamente en el gobierno de Eisenhower en sus planes de derrocar a Árbenz. El embajador pronto comenzó a desarrollar todo un programa desestabilizador en Guatemala: rumores, sobornos, introducción


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de agentes de la CIA, propaganda hablada y escrita. No reparó en medio alguno que pudiera ser útil. La alarma fue creciendo en Guatemala y el embajador guatemalteco en Washington, Toriello, se entrevistó con el propio Presidente de los EE.UU., al que encontró casi ayuno de lo que en realidad estaba sucediendo en Guatemala, pero sin poderlo convencer. Un nuevo personaje hace su entrada en escena. Los Estados Unidos necesitaban encontrar la persona adecuada para encabezar la invasión de mercenarios a Guatemala que, a ser posible, podría encabezar posteriormente el gobierno que resultara. Se barajaron varios candidatos y al final escogieron al hombre que a su juicio poseía las cualidades ideales: manejable, militar, nacionalista, anticomunista, con aspecto de mestizo y con cierta aureola de héroe en algunos sectores guatemaltecos. La persona elegida fue el coronel exiliado Carlos Castillo Armas. Hijo ilegítimo de un terrateniente que había abandonado a su madre, había nacido en 1914. Ingresó junto con Árbenz en la Escuela Politécnica del Ejército de donde pasó a recibir entrenamiento en los EE.UU. Arévalo le había nombrado director de la Escuela Politécnica pero en 1949,a raíz del asesinato de Arana de quien era un fiel admirador, dimitió del cargo. El 5 de noviembre intentó dar un golpe de estado al mando de 70 hombres, pero fracasó en el intento, quedando herido y prisionero. Condenado a muerte, dos días antes de su fusilamiento logró escapar a través de un túnel en circunstancias nunca aclaradas. Ya en 1952, antes de que la CIA lo eligiera como el cabecilla de los invasores, había recibido fondos por valor de $60.000 del dictador de la República Dominicana, Leónidas Trujillo, para conspirar contra el gobierno de Guatemala. En agosto de 1952 Castillo Armas aceptó inmediatamente la propuesta que la CIA le hizo para dirigir la invasión planeada con el título de libertador de Guatemala. El conspirador podía mostrarse satisfecho pues contaba con el apoyo de Trujillo, los EE.UU., la UFCo. y los dictadores de Nicaragua y Honduras. En la segunda quincena de septiembre de 1953 se trasladó a Florida, en donde la CIA había montado el cuartel general de la Operación Éxito para formalizar los pactos. La CIA le ofreció $3 millones y el equipamiento de unos grupos armados para la invasión; la UFCo. le entregaría armas e intentaría crear una quinta columna de apoyo en el interior de Guatemala. A cambio y cuando triunfara el golpe, la UFCo. recuperaría sus tierras y concesiones [109] en Guatemala. El 23 de diciembre de 1953 Castillo Armas, que había levantado su centro de operaciones en la capital de Honduras, Tegucigalpa, proclama su Plan de


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Tegucigalpa y crea el Movimiento de Liberación Nacional con la intención de liberar a Guatemala del comunismo bajo el lema Dios, Patria y Libertad. En Honduras y Nicaragua Castillo Armas, aconsejado por la CIA, logró reunir un pequeño grupo de mercenarios y preparó un plan de invasión y propaganda. El proyecto cayó en manos del gobierno de Guatemala que lo hizo público y en el que aparecían los países e instituciones implicados. La CIA no hizo el menor caso y prosiguió con su Operación Éxito adelante, mientras que el Departamento de Estado aseguraba que todo era una patraña. El gobierno democrático de Árbenz no gustaba a Honduras y Nicaragua, países en donde gobernaban genuinos dictadores. Las libertades que se vivían en Guatemala eran un mal ejemplo para las dictaduras vecinas de ambos países, que no disimulaban sus deseos de que Guatemala volviera al redil de los regímenes autoritarios. Anastasio Somoza, fundador de la dinastía de su nombre, apoyó decididamente con dinero y armas la Operación Éxito y especialmente a Castillo Armas, convirtiéndose en decidido colaborador de Estados Unidos en el proyecto. En Nicaragua se montaron algunos campamentos para entrenar a un grupo de subversivos e incluso se facilitó un aeródromo para albergar a doce aviones. No le iba a la zaga en Honduras el dictador Juan Miguel Gálvez, en cuyo territorio se montó el estado mayor de Castillo Armas, quien recibió toda clase de facilidades para entrenar a su “Ejército de Liberación”. A primeros de marzo de 1954 se reúne en Caracas la X Conferencia Interamericana de la OEA, para tratar temas económicos. Pero para John Foster Dulles, la Conferencia fundamentalmente iba a ser un foro para denunciar la presencia comunista en Guatemala. De esta manera, los EE.UU. pensaban encubrir la Operación Éxito y su intervención en Guatemala bajo el pretexto de una resolución favorable; los norteamericanos ya no aparecerían como agresores de la pequeña república sino como defensores de la seguridad del hemisferio y ejecutores de una política anticomunista general. Dulles propuso en la Conferencia una resolución en la que se especificaba que la dominación o control de las instituciones políticas de cualquier Estado americano por parte del comunismo internacional se podía considerar una amenaza para todo el Continente, lo cual exigiría una acción apropiada según los tratados existentes. Dulles se refería al Tratado de Río de Janeiro de 1947, que otorgaba a los ministros re relaciones de la OEA la facultad de adoptar medidas de tipo


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económico e incluso intervenir en el caso de que la independencia política de un Estado americano quedara afectada por ‘una agresión que no fuera un ataque armado’. Para nada hablaba Dulles en su propuesta de Guatemala, aunque su intención y sus planes resultaban harto claros y bien conocidos por los países de la OEA. Guillermo Toriello, nombrado recientemente ministro de Relaciones Exteriores de Guatemala, desde un principio conocía las intenciones de Dulles y la trampa que podía suponer para su país la aprobación de la resolución. El 5 de marzo pronunció un valiente y encendido discurso en el que sin ambage alguno denunció la campaña de difamación emprendida contra Guatemala y no tuvo inconveniente alguno en señalar a los EE.UU. como el causante de la situación. Se preguntaba Toriello cuáles eran las verdaderas razones para calificar al gobierno de Árbenz de comunista, para afirmar que Guatemala era una amenaza para el Continente y para justificar una intervención en su país. Las respuestas para Toriello eran simples: la política económica del gobierno de Árbenz había afectado a los intereses y monopolios de empresas extranjeras que impedían el progreso y desarrollo económico del país; el “pretendido comunismo” de las reformas llevada a cabo no era sino un pretexto para mantener la dependencia económica de las repúblicas americanas y los deseos de independencia nacional y progreso; daba la sensación de que ciertos funcionarios de los EE.UU. quieren restaurar esa política que tanto daño causó. Toriello no pudo ser más explícito y, aunque su discurso fue largamente ovacionado, la resolución presentada por Dulles, que durante dos semanas estuvo presionando sobre las delegaciones con amenazas y represalias, se aprobó con algunos retoques no sustanciales el 26 de marzo de 1954. Votaron a favor de la resolución 16 países y se abstuvieron México y Argentina; hubo un solo voto negativo, el de Guatemala. Dulles ya podía contar con una buena baza a su favor, al menos de cara al exterior. A finales de abril de 1954 Peurifoy es llamado por el Departamento de Estado para evacuar consultas e informar de la situación en Guatemala. En realidad, Peaurifoy acudió para insistir en que el peligro comunista cara vez era mayor en Guatemala y que había que actuar rápidamente. El embajador estaba impaciente por acabar con Árbenz cuanto antes y ofreció planes de inmediata ejecución. No quedó defraudado, pues el 26 de abril Eisenhower denunció ante el Congreso que Guatemala había caído bajo


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la influencia comunista y que intentaba extender el comunismo a otras regiones del área sudamericana. Mientras tanto la Operación Éxito seguía su curso y se colocaron treinta aviones a disposición de los futuros invasores con algunos pilotos norteamericanos. El 15 de mayo de 1954 el carguero sueco Alfhem desembarcaba en Puerto Barrios un cargamento de armas con todo sigilo. El flete que se ocultaba bajo el nombre de “equipo óptico y de laboratorio” eran armas por valor de $1 millón, que Árbenz había comprado a Checoslovaquia para evadir el embargo de venta de armas impuesto por los EE.UU., que desde 1948 pesaba sobre Guatemala y que había impedido la compra de armas de Guatemala en los EE.UU. y demás países occidentales. El ministro de la Defensa acudió al puerto a recibir las armas que fueron llevadas secretamente en un tren militar a Guatemala y guardadas en los cuarteles. En realidad, parte de las armas, según Árbenz había convenido confidencialmente con el jefe de las Fuerzas Armadas, coronel Carlos Enrique Díaz, debían guardarse en lugar seguro, fuera del alcance del ejército, para ser entregadas al pueblo en caso de emergencia; pero precisamente en esos días el coronel Díaz se encontraba en Chile en misión oficial, por lo que el plan fracasó. Luego se comprobaría que una buena parte de las armas no funcionaba al provenir de desechos de la Segunda Guerra Mundial. La CIA, por supuesto, estaba enterada de la operación, que comunicó inmediatamente al Departamento de Estado. Para el gobierno estadounidense el suceso de cargamento de armas resultó un excelente motivo para volver a denunciar la penetración comunista en Guatemala y avivar el complot. Tanto el Presidente Eisenhower como su Secretario Dulles hicieron declaraciones públicas en que abiertamente ya hablaron de dictadura comunista en Guatemala; la mejor prueba era que un país comunista del Este había entregado armas al gobierno de Guatemala y que con ellas se querían formar milicias populares para llevar a cabo la revolución en Honduras y Nicaragua. El peligro se cernía sobre el Canal de Panamá, el punto más estratégico del Continente; los EE.UU. tendrían que intervenir. Tampoco la Iglesia católica quedó al margen de la Operación Éxito. El arzobispo de Guatemala, Mariano Rossel Arellano, hacía tiempo que no veía con buenos ojos la marcha del país y estaba convencido que Guatemala caminaba hacia el comunismo. A primeros de abril, el cardenal de Nueva York Francis Spellman, a instancias de un funcionario de la CIA, envió un emisario para entrevistarse con el arzobispo de Guatemala. La intención era lograr la influencia de la Iglesia para apoyar el movimiento contra Árbenz.


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Rosell era un ferviente nacionalista, aunque de ideología abiertamente anticomunista; en realidad no podía tener queja alguna de Árbenz, que jamás hizo declaración alguna de signo anticlerical ni favoreció actividad alguna en contra de la Iglesia. Si a la Iglesia no se le reconocía personalidad jurídica y a sus miembros se les prohibía desempeñar cargos políticos era porque así lo ordenaba la Constitución. Pero el arzobispo no estaba dispuesto a tolerar la más mínima veleidad comunista y aún más cuando creía firmemente que el peligro comunista en Guatemala resultaba real. En abril de 1954 Rosell publicó una carta pastoral sobre los avances del comunismo en Guatemala, que contenía una acusación directa a las autoridades por la libertad de que gozaba el comunismo en Guatemala y los avances que estaba consiguiendo. Decía el arzobispo que el comunismo anticristiano avanzaba en la patria ocultándose bajo la capa de reivindicaciones sociales a favor de las clases menesterosas; que el gobierno cerraba la entrada de ministros del culto católico, pero abría las puertas a aventureros internacionales enviados por la Tercera Internacional que querían descristianizar el alma del pueblo guatemalteco; que los comunistas gozaban de total libertad y estaban atentando contra la unidad nacional, penetrando en las cátedras y en la literatura, suscitando odios y multiplicando las células comunistas. Para contrarrestarse al comunismo se propone el desarrollo de la doctrina social de la Iglesia y una cruzada nacional contra el comunismo. A partir de este momento el arzobispo llegó a hacer llamamientos al pueblo para subvertir el orden constitucional y dispuso que se hicieran procesiones por toda Guatemala con el Cristo de Esquipulas, imagen que goza de una veneración y respeto extraordinario en toda Centroamérica, con la finalidad de hacer creer al pueblo que el gobierno comunista iba a prohibir las imágenes y el culto cristiano. La CIA, por su parte, se encargó de esparcir en avión por todo el país miles de copias de la homilía en la que se pedía que el pueblo de Guatemala se levante como un solo hombre contra (el comunismo) ese enemigo de Dios y del país. En mayo prosiguió la escalada de la Operación Éxito. El día uno aparece por primera vez en las ondas la emisora clandestina La Voz de la Liberación que operaba desde Nicaragua; sus programas eran una incitación continua al levantamiento contra Árbenz. Las hojas de propaganda escrita contra el gobierno eran cada vez más numerosas y se esparcían por toda la república. Castillo Armas seguía desarrollando impunemente sus actividades en Honduras, reclutando y preparando grupos de mercenarios a los que se


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unieron algunos guatemaltecos opuestos a Árbenz. Seguían llegándole armas mientras que los EE.UU. firmaban un tratado de seguridad con Honduras y Nicaragua en clara amenaza a Guatemala.” El 24 de mayo el Presidente Eisenhower ordena un bloqueo disimulado en las costas de Guatemala con la finalidad de ‘vigilar’ a todo buque sospechoso de portar armas para el régimen guatemalteco; de hecho y en contra de las leyes internacionales se llegó a la detención y registro de varias embarcaciones. Sobre esta misma fecha la Administración de los EE.UU. da los primeros pasos para convocar una conferencia de la OEA en julio, a la vez que elabora planes para iniciar un bloqueo económico a Guatemala en un intento de estrangular su economía. A finales de mayo unos aviones sobrevuelan la capital de Guatemala lanzando octavillas en las que se acusaba a Árbenz de querer formar un ejército popular para substituir al ejército regular; el ejército de Guatemala debía levantarse para cortar este intento y derrocar a Árbenz; se amenaza con bombardear el Palacio Nacional. La Operación Éxito estaba consiguiendo uno de sus fines principales: atemorizar, asustar y confundir al pueblo de Guatemala. Lógicamente, el gobierno de Árbenz comenzó a alarmarse ante una situación cada vez más peligrosa y confusa. El ministro de Asuntos Exteriores Guillermo Toriello ofreció puentes diplomáticos para enfrentar la escalada subversiva. Los días 24 de mayo y uno de junio se entrevistó con el embajador norteamericano Peurifoy, haciéndole una serie de propuestas: la firma de un tratado de no agresión con Honduras, el nombramiento de una comisión para analizar el contencioso entre Guatemala y los EE.UU.; la posibilidad de renegociar con la UFCo el tema de la compensación de tierra, y de una entrevista personal de Árbenz con el Presidente Eisenhower. Pero todos estos razonables esfuerzos por salvar una situación cada día más difícil y complicada ya eran tardíos. Los EE.UU. no estaban dispuestos a ceder en sus pretensiones y para el Departamento de Estado el derrocamiento de Árbenz ya era un hecho fuera de toda discusión. Los insurgentes, a pesar de haber operado con la ayuda de doce aviones de los que tres fueron derribados, no pudieron conseguir nada positivo y eso que el ejército de Guatemala sólo disponía de seis viejos aviones para adiestramiento de tropas, por lo que su capacidad para una batalla era nula. Árbenz creía haber resistido bien los primeros intentos invasores y el 21 de junio estaba persuadido de que dominaba la situación y el ejército le era fiel. No pensaba lo mismo el embajador Peurifoy, que sabía mejor que Árbenz cómo pensaba el ejército y que cuatro días antes había convocado a


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la prensa y declarado públicamente: “ha empezado la batalla de Guatemala, no daremos un paso atrás”. A partir del 23 de junio se intensifican los ataques aéreos de los rebeldes contra posiciones y ciudades de Guatemala. Las fuerzas de Castillo Armas logran adentrarse en algunos lugares del territorio guatemalteco. La situación en el frente era confusa, pues mientras en algunos lugares se rechazaba decididamente a los invasores, en otros se les dejaba tranquilos y el ejército rehuía la confrontación. Se estaba haciendo patente que al menos parte del ejército no seguía las directrices del gobierno de Árbenz. El 24 de junio Castillo Armas entra en la ciudad de Chiquimula, situada en el oriente del país, y nombra un gobierno provisional. Muy pocas bajas, no más de 17 soldados muertos de ambos bandos y unas decenas de heridos, habían ocasionado los enfrentamientos entre el ejército y los invasores. El 25 de junio hay nuevos bombardeos en la capital en donde cunde el pánico. El ministro de Asuntos Exteriores de Guatemala envía un telegrama al Secretario de Estado de los EE.UU. suplicando, más que exigiendo, que cesaran los bombardeos y que se cumpliera el mandato de la ONU de que finalizaran todas las actividades militares. Mientras tanto, el astuto Peurifoy había montado una gigantesca campaña de propaganda que magnificaba la invasión: los rebeldes avanzaban hacia Guatemala y el pueblo se había sublevado; nada ni nadie podía ya evitar el triunfo de los insurgentes. Peurifoy, la CIA y la UFCo manejaban completamente la información que recibían periodistas y corresponsales extranjeros. Pocos sabían lo que de verdad estaba ocurriendo, lo único que se sabía era la ficticia realidad que había creado Peurifoy. A pesar de esta propaganda dirigida hubo en estos días de junio movimientos populares favorables a Árbenz en 22 países latinoamericanos e incluso algunos Congresos se manifestaron en contra de la invasión. El 25 de junio, a pesar de la alarmante situación, el gobierno tenía noticia de que las fuerzas de Castillo Armas no avanzaban hacia el interior. La población guatemalteca no se había unido a los invasores, aunque tampoco se había levantado en armas contra ellos a pesar de que algunos líderes habían intentado formar algunos grupos de resistencia. Sin embargo, un mensaje especial recibido por Árbenz el 26 de junio enviado por un coronel le ponía en aviso de que los jefes y oficiales que estaban en el frente de operaciones le negaban su apoyo y pedían su renuncia. La posición de Árbenz comenzaba a ser desesperada y, a partir de este momento, pensó seriamente en renunciar al poder.


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El 25 de junio dio orden al jefe de las Fuerzas Armadas, coronel Carlos Enrique Díaz, de que entregara armas a los contingentes populares que en número de 5.000 habían prometido los partidos políticos y los sindicatos. Al día siguiente el coronel Díaz le comunica a Árbenz que los jefes del ejército se habían negado a entregar las armas y que apenas si fueron mil los voluntarios que fueron a recibir las armas prometidas a quienes, por el contrario, se entregaron unos fusiles de madera para que hicieran la instrucción al mando de militares de baja graduación, sufriendo un verdadero escarnio. Llegó el 27 de junio, que iba a ser fatídico para Árbenz. Peurifoy creyó que ya era el momento adecuado para actuar. Aunque la invasión del ejército mercenario había sido un fracaso (algo que ya había sido previsto por Operación Éxito, ya que se trataba más que nada de un instrumento de presión psicológica) y las masas no se habían levantado contra Árbenz como creía Castillo Armas (aunque tampoco lo habían hecho a su favor), sin embargo, el ejército, la institución clave del momento que se vivía, negaba su obediencia a Árbenz y le pedía dejara el poder. El decidido embajador norteamericano convocó a los jefes militares y les pidió lisa y llanamente que dieran un golpe de Estado y derrocaran a Árbenz. Para vencer alguna posible resistencia Peurifoy se encargó de recalcar que se trataba de una guerra contra los EE.UU. y les amenazó con bombardear a Guatemala con aviones provenientes de Panamá. En realidad, dichas amenazas y exigencias sobraban para unos jefes militares que de por sí estaban dispuestos a dar el golpe. Los militares decidieron entonces enviar al jefe del Estado Mayor , coronel Díaz, para enterar a Árbenz del estado de las cosas. Árbenz, al percatarse ya de que su situación era insostenible, al fallarle el apoyo del ejército, tomó la decisión de dimitir. La decisión, firmeza y energía que había demostrado hasta el momento se vino abajo para dar paso a una persona hundida y psicológicamente destrozada. Sin embargo, su postura fue realista pues nada podía hacer frente a un ejército que no le obedecía, una oligarquía poderosa que propiciaba ardientemente su caída, unos grupos políticos que en esos momentos no tenían poder alguno, un Congreso que había perdido fuerza moral, unas masas que se comportaron pasivamente y la decidida oposición de los Estados Unidos. Árbenz puso como condiciones para entregar el poder que de ninguna manera se negociaría con Castillo Armas, que se respetaran los logros de la revolución y las reformas llevadas a cabo, que no sufrieran la vida y los bienes de sus colaboradores y que el mando lo entregaría a una junta de


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jefes del ejército encabezada por el jefe de las Fuerzas Armadas, Carlos Enrique Díaz. El domingo 27 de junio a las 21.15 se dirigió por radio al pueblo de Guatemala, anunciando su dimisión. En su discurso recalcó que la situación a la que se había llegado se debía a la falsa acusación que había cundido, de que el comunismo se había adueñado de Guatemala, para ocultar la verdadera realidad que no era sino los intereses de la UFCo. y de círculos pronorteamericanos. Los intereses financieros de los EE.UU., “que han invertido enormes sumas de dinero en América Latina temen que el ejemplo de Guatemala sea imitado por otros países latinoamericanos”. Su renuncia la hacía en el jefe de las Fuerzas Armadas “porque estoy seguro de que garantizará la democracia en Guatemala y de que todas las conquistas sociales de nuestro pueblo se mantendrán. Asumí la Presidencia con una fe profunda en el sistema democrático, en la libertad y en la posibilidad de lograr la independencia económica para Guatemala… Algún día serán derrotadas las oscuras fuerzas que hoy oprimen al mundo subyugado y colonial. Deseo que se mantengan las conquistas populares de la revolución de octubre…Quizás muchos de ustedes piensen que cometo un error. Estoy sinceramente convencido de que no es así”. El discurso era sincero, pero sin ningún valor real, pues el poder le había sido arrebatado. De esta manera desaparecía de la historia de Guatemala un buen gobernante que había luchado por hacer efectivas para su pueblo las libertades democráticas, el avance y el progreso social y material, y había puesto en marcha una reforma agraria, paso obligado para construir en Guatemala una sociedad moderna que la liberara del subdesarrollo”. (Jesús María García Añoveros, Jacobo Árbenz, Madrid: Historia 16 Quorum, 1987). El escritor español Miguel Delibes, escribió que los protagonistas de sus relatos son invariablemente perdedores, seres aplastados por la sociedad, la ignorancia, la política, la organización o el dinero; es decir, seres perdedores y aplastados por aquellos recursos de que se vale un dictador para imponer su dominio. ¿Fue Jacobo Árbenz Guzmán un hombre que no pudo superar la prueba del poder?, ¿un perdedor más en la Historia? Gore Vidal dijo que Lincoln había sido un hombre agobiado por su destino. ¿Lo fue igualmente Árbenz? El escritor norteamericano Norman Mailer, reflexionando sobre el papel de los Estados Unidos en la destrucción del sueño guatemalteco, de desarrollar un país civilizado y progresista en el marco de un anhelado -aunque totalmente utópico-


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capitalismo con justicia social, escribió que se trató de una “patética aventura surrealista y repugnante, sumida en el atolladero de una lógica con anomalía de indignidad humana”. A los guatemaltecos que a la caída del Gobierno del presidente Jacobo Árbenz éramos niños, y a las generaciones que nos han sucedido, la intervención armada del imperialismo norteamericano nos robó nuestra independencia política, nuestra libertad y nuestra dignidad, que nuestros padres habían logrado adquirir después de máximos sacrificios. Los acontecimientos que sucedieron a la toma del poder por los fascistas del Movimiento de Liberación Nacional, que todavía detentan el poder político en Guatemala, nos hicieron descubrir, sin haber sido ésa su intención, la personalidad combativa de nuestro pueblo. Descubrimos, a partir de la década de 1960, una fuerza revolucionaria desconocida, que tarde o temprano se convertirá en factor de creatividad, de prosperidad y de civilización, como lo soñó Jacobo Árbenz cuando aún era un joven que anhelaba -después de la larga noche de tiranías-, que despuntara un luminoso amanecer para la patria.

PRESIDENTE JACOBO ÁRBENZ: ¡PRESENTE! ¡Por la Patria y la Revolución en Guatemala!


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ANEXO: Tiene la palabra Jacobo Árbenz Entrevista exclusiva para Bohemia

Por Raúl Roa

Si en el principio allá fue el Mediterráneo, en el principio aquí fue el Caribe, verbo y sujeto ambos de la historia vieja y de la historia nueva, borrascosos hitos de un mismo proceso todavía inconcluso. Dos mares reverberantes y azules en que se cruzan caminos y fronteras, pigmentos y ritos, codicias y paisajes, aromas y peces, ciclones y nostalgias, depredaciones y resentimientos, inverecundias y proezas, andrajos y gemas. En el Caribe se fundieron pugnazmente Europa. Asia y África con la América desvalida y rebelde que adoró al sol y aportó el maíz. Mar de oro y plata, sembrado de perlas que forman collares de islas. Tierra preñada de azúcar, tabaco, banano, cacao, café, caucho \ petróleo. Mar de aventureros y libertadores, bandidos y apóstoles. Proscenio de Drake y Miranda. Bolívar y Boves, Juárez y Maximiliano. Martí y Weyler. Morazán y Walker. Sandino y Somoza. Pontón y fortín, finca y andén. Mar nuestro de otros, basurero y fornalla, cocodrilo y jaguar. Paraíso perdido de la utopía de mañana. De sus cálidas ondas emerge Guatemala como rugosa esmeralda salpicada de sangre. Vientos de tragedia sacuden sus bosques, sus lagos, sus montes y sus ruinas. La muerte se pasea —color de ceniza— por el Pelen y la Antigua. Chichicastenango y Zacapa. Guatemala se atrevió a ser quién es y se urdió la conjura. Se alzó de la servidumbre y fue invadida y ultrajada. Romanos y cartagineses se disputan hoy sus colores, perfumes y tesoros, mientras Bizancio sonríe y Cuauhtémoc impetra. La infiltración comunista fue el pretexto, la United Fruit el vehículo. Tirano Banderas el báculo. Alí Baba el testaferro, la recóndita motivación el petróleo recién descubierto y el pueblo guatemalteco la víctima propiciatoria. Triste victoria del buitre sobre el quetzal a la que no son ajenos los que en Guatemala no supieron ver. oír y entender a tiempo que la ruta era otra y el mundo redondo.


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Pero lo injustificable, sin embargo, queda en pie clamando iracundamente justicia entre bayonetas ciegas, silencios comprados y anuencias cobardes: la “liberación” de Guatemala es una ofensa a Dios y un escarnio a los hombres. Hora va siendo ya de precisar responsabilidades y de distribuir sanciones. A Jacobo Árbenz toca, por su posición y jerarquía, decir la primera palabra en este sombrío proceso. Bohemia le ha ofrecido, por mi conducto, tribuna abierta y auditorio americano. Difícil fue la misión; pero está ya cumplida. Juzgue ahora el lector por su cuenta. En una sala recoleta de un edificio cualquiera de México, el coronel Jacobo Árbenz me brinda un cigarrillo y se dispone a responder a mi interrogatorio. Hasta hoy su paradero ha sido un enigma y hermético su silencio. Soy el primer periodista que logra trasponer los umbrales de su apartamento. Las frases de rigor en tales casos y recíprocas alusiones a nuestro encuentro en Guatemala —fuimos presentados por el ex presidente Juan José Arévalo en los dramáticos días subsiguientes a la sublevación del coronel Arana— inician la plática. Y, enseguida, y a fondo, la primera pregunta: ¿Puede considerarse comunista en algún sentido la revolución guatemalteca de octubre? Rápida y esquemática aflora la contestación: “Desde el punto de vista de su naturaleza, la revolución de octubre fue una típica revolución antifeudal y, por ende, de raíz burguesa, proyección democrática y contenido antiimperialista. No podía ser de otro modo dada la estructura social de Guatemala y su dependencia política y económica de los monopolios norteamericanos, principal obstáculo para el desarrollo capitalista y la plena soberanía del país. ¿En que sentido puede calificarse de comunista una revolución que beneficiaba a la burguesía nacional, a la clase media, al proletariado y particularmente a los campesinos? ¿Cabe concebir una revolución comunista que garantice y promueva la propiedad privada y se hace para provecho de todas las clases sociales?”. La caracterización que hace el coronel Árbenz de la revolución guatemalteca es abstractamente correcta. Considero, sin embargo, que es indispensable concretar sus objetivos. Tras concentrarse un instante, responde esta vez con estudiada lentitud: “Los objetivos de nuestra revolución, derivados de su propia naturaleza, pueden clasificarse en nacionales e internacionales. Abolir la servidumbre mediante una reforma capitalista del régimen agrario de la propiedad, elevar las condiciones generales de vida, crear un amplio mercado interno con vista al desarrollo industrial, rescatar el suelo, el subsuelo y los servicios


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públicos, democratizar efectivamente la estructura del estado, codificar las relaciones entre el capital y el trabajo, velar por la salud pública, extirpar el analfabetismo, difundir la cultura y transformar la mentalidad popular en consonancia con las necesidades, intereses y responsabilidades de la nueva Guatemala fueron los principales objetivos de carácter nacional. En el orden internacional, el objetivo céntrico fue mantener incólume la soberanía nacional y respetar los derechos de los demás pueblos a fin de ser respetados por ellos.”¿Satisfecho?”. Era esencial para la comprensión del problema guatemalteco este previo esclarecimiento de la naturaleza y objetivos de la revolución de octubre. Pero no hay que olvidar --arguyo-- que las revoluciones pueden malograrse, desviarse o pervertirse. Una de las cuestiones más debatidas antes y ahora es la que se refiere a la composición de su gobierno y a la índole de los partidos y sectores que compartieron con usted las responsabilidades del poder. “Esa controversia --me ataja súbitamente-- carece de sentido. De los cuatro partidos en que se sustentó mi gobierno, el Partido de la Revolución Guatemalteca, el Partido Acción Revolucionaria y el Partido Renovación Nacional estaban compuestos por elementos provenientes de la burguesía y de la pequeña burguesía y sólo uno, el Partido Guatemalteco del Trabajo, bastante pequeño por cierto, integrado por comunistas. Únicamente los tres primeros compartieron las responsabilidades del poder. Los sindicatos obreros y campesinos jamás gobernaron: pero sí le dieron pleno respaldo a las medidas progresistas del régimen. En el Congreso tenían representación todos los matices de la opinión pública. De 58 diputados, 5 pertenecían a la oposición reaccionaria, 4 al Partido Guatemalteco del Trabajo. 13 figuraban como independientes y 36 a los partidos de gobierno”. Sería sobremanera interesante, coronel Árbenz, puntualizar determinados extremos de la política de su gobierno. “No sólo interesante, sino imprescindible -rectifica, llevándose la mano a la frente en gesto muy característico. En su conjunto esa política tendía a convertir a Guatemala en un país de estructura capitalista y de desarrollo económico independiente hasta donde nuestros precarios recursos lo permitieran. Pero vayamos por partes. El supuesto fundamental de la transformación planeada era la reforma agraria. Su promulgación trajo aparejada de inmediato la abolición de la servidumbre, el ensanche del mercado interno y la inversión de capitales en nuevas industrias. El monopolio del transporte ferroviario, el de la producción y exportación del banano, el del manejo


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portuario y el de la energía eléctrica tenían sus días contados al iniciarse la construcción de la carretera al Atlántico, del puerto y muelle de Santo Tomás y de la hidroeléctrica de Marinalá. Eso, desde luego, perjudicaba a la United Fruit, al International Railway of Central America y a la Bond and Share; pero beneficiaba al pueblo guatemalteco, sometido por esas empresas a las más primitivas condiciones de vida. Idéntico propósito perseguirían el Banco Agrario y el Instituto de fomento de la Producción y la fundación del Banco Industrial y el de Comercio Exterior. Ese modesto programa de puras reformas de tipo capitalista fue malévolamente tildado de comunista por la propaganda interesada. Era un mal ejemplo para los pueblos hispanoamericanos aquel pujante renacimiento sin ayuda extraña de un pequeño país, secularmente a merced de generales analfabetos y caudillos bárbaros. Ya va viendo usted la razón profunda del sambenito que nos endilgara la Frutera y el State Departament”. La reforma agraria fue uno de los blancos preferidos de los adversarios del gobierno de Árbenz. Insistir sobre su naturaleza y alcance me parece obligado. “Comparto su criterio se apresura a decirme. La propaganda imperialista ha tendido una densa cortina de calumnias sobre la cuestión. Mediante la acción del Consejo Agrario Nacional y del Departamento Agrario Nacional, con el auxilio del Banco Agrario, del Crédito Hipotecario y del Ministerio de Agricultura se distribuyeron en usufructo vitalicio, propiedad privada inenajenable por 25 años y propiedad cooperativa, vastas zonas de tierras ociosas a los campesinos carentes de ella, facilitándoseles créditos, semillas, abonos, tractores, ganado, caminos públicos, agua potable, energía eléctrica y ayuda técnica. En poco más de un año más de 90 000 campesinos recibieron tierras ociosas de las fincas nacionales -antigua propiedad de alemanes nazis- de latifundistas guatemaltecos y de la United Fruit, todas expropiadas con la correspondiente indemnización. La negativa del gobierno de acceder a la reclamación establecida por la frutera —en manifiesta contradicción con el valor declarado en la Matrícula fiscal— fue uno de los determinantes de la intervención abierta de Estados Unidos en Guatemala, que se había limitado a poner en práctica las recomendaciones de las Naciones Unidas sobre la materia”. El coronel Árbenz se pone a hojear un ejemplar de Bohemia mientras yo arreglo mis notas. La coyuntura es de perlas para interrogarle sobre la actitud de su gobierno ante la prensa y la oposición. Aborda el tema resueltamente. “En Guatemala había dos clases de prensa: la democrática y la reaccionaria. Esta última agotó la infamia en sus ataques, desde mentir


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a sabiendas hasta fomentar la subversión y demandar la intervención extranjera. Respetuoso de la constitución, mi gobierno toleró que la prensa de oposición —financiada en su mayoría por la United Fruit- dijera lo que quiso decir e incluso lo que quizás no quiso decir. La oposición política tuvo libertad para todo: hasta para conspirar. De una y otra, se valdría, en sus torvas maquinaciones, al embajador Peurifoy, a la vista de todos”. La reverberante limpidez de la atmósfera y la suave temperatura nos incitan a proseguir la plática en el bosque de Chapultepec. Caminamos largo rato bajo la sombra dorada de centenarios ahuehuetes; pero al divisar una avenida de palmeras -verdor de trópico en el mero altiplanoinstintivamente torcimos y nos adentramos en ella. Ha llegado el momento de hacer la pregunta y la hago. ¿.Ejercieron influencia o no los comunistas en su gobierno? “Si por influencia entiende usted -repuso- que los comunistas orientaran y decidieran la política de mi gobierno, no tuvieron ninguna. Los comunistas guatemaltecos formaron parte de la coalición de partidos que me eligió presidente. En Cuba. Chile y Costa Rica los comunistas han tenido cargos en el gabinete. Ningún comunista figuró en el mío. Es falso, asimismo, que yo impusiera a los comunistas en la dirección de los sindicatos. En Guatemala se respetó, durante los regímenes revolucionarios, la libertad sindical. Lo del “comunismo sindical” fue un pretexto. Lo que se quería era que yo expulsara a los comunistas y a los líderes nacionalistas de los sindicatos e impusiera directivas a gusto y medida de las empresas extranjeras. Por ahí precisamente se acentuó al rojo vivo la presión norteamericana”. Sobre una rotonda del bosque de Chapultepec se alza, como afirmación y desafío, el monumento a los niños héroes. Las severas facciones del coronel Árbenz denotan tremante emoción al evocar la legendaria hazaña. Yo vuelvo a la carga. ¿Intentó alguna vez su gobierno dirimir el conflicto planteado directamente con el de Estados Unidos? “Si usted se refiere --precisó-- a la gestión amistosa que inició un gobierno hispanoamericano, debo responderle categóricamente que la vi con muy malos ojos. El gobierno de Estados Unidos jamás se responsabilizó con la conjura que urdió y la agresión que organizó contra Guatemala. En todo caso, esa gestión debía haber tenido como centro los gobiernos de Honduras y de Nicaragua, cómplices convictos y confesos del State Departament y de la frutera. Si se refiere usted a las conversaciones que sostuve con el embajador Schoenfeld y una sola vez con Peurifoy. no cabía solución alguna porque Washington exigía la rendición incondicional. Las


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diferencias de mi gobierno eran con las compañías extranjeras. ¿A título de qué podía el gobierno norteamericano resolver a nombre de ellas? Si tal hubiera ocurrido, se habría demostrado que era el gobierno el que dictaba su política a las compañías o éstas a aquél. Sin embargo, si el gobierno de Estados Unidos hubiera ofrecido alguna posibilidad de negociaciones decorosas no la habríamos desechado”. La atención se concentra unos minutos en la Conferencia de Caracas. Según el coronel Árbenz. allí obtuvo Foster Dulles. no obstante la denodada pelea del canciller Toriello, vía libre para la intervención en Guatemala. “A partir de entonces -declara- los mercenarios de Castillo Armas fueron proveídos en Tegucigalpa, de pertrechos, vehículos, aviones, uniformes, alimentos y dinero. Nicaragua, por orden de Foster Dulles. rompió relaciones diplomáticas con Guatemala y Honduras rechazó el pacto de no agresión que le propusimos. El embajador Peurifoy. por su parte, introdujo en Guatemala numerosos técnicos en sabotaje y en acciones de comando, ya puestos a prueba en Grecia. Puedo decirle que el propio Peurifoy se jactó más de una vez de dirigir, desde la embajada, los bombardeos aéreos y de trasmitir a Castillo Armas los planes del Estado Mayor. Su responsabilidad es similar a la de un criminal de guerra. El pueblo guatemalteco nunca lo olvidará. Ni tampoco olvidará a Foster Dulles”. La actitud del ejército y del pueblo guatemaltecos durante la crisis que dio al traste con el régimen constitucional es todavía motivo de especulaciones. Nadie más indicado para disipar los equívocos que el coronel Árbenz. “En lo que al ejército respecta –dice-- hay que distinguir la conducta ejemplar del coronel Carlos Enrique Díaz, jefe de las fuerzas armadas, y de algunos oficiales y de casi toda la tropa, del miserable comportamiento de los militares que se pasaron a Castillo Armas y a Peurifoy por soborno, cobardía o afinidad. La actitud del pueblo no pudo ser más decidida y compacta. Sin recursos casi, se enfrentó valerosamente a los invasores en Puerto Barrios, Zacapa, Santa Rosa y Escuintla. Los oficiales traidores se negaron a proporcionarle los escasos efectivos de que disponíamos. Ya sabe usted que el último cargamento de armas que llegó a nuestras manos corrió una odisea y sirvió de combustible a la campaña de prensa que precedió a la invasión. Se compró donde se pudo al cerrarnos los Estados Unidos todas las puertas. El viaje de Arévalo a Cuba -que tan hondo resentimiento produjo en los enemigos de la actual situación- se debió exclusivamente a eso”. El punto neurálgico de la tragedia guatemalteca sigue siendo la inesperada renuncia del presidente Árbenz. Pero no hay más remedio que


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escarbar en la llaga. La placidez del lugar fronda espesa, estanque dormido, soledad nemorosa- es marco propicio para las confesiones lacerantes. Grave el tono, sombría la mirada, todo tenso, el coronel Árbenz responde: “En rigor de verdad yo no renuncié. A mí se me impuso una decisión de las camarillas militares presionadas ferozmente por Peurifoy de entregarle el poder al ejército. Yo no me incliné ante esa decisión. Yo estuve dispuesto a entregarlo a un militar leal, al coronel Díaz, bajo dos condiciones: repudio de todo pacto con los invasores y la preservación de la vida de los dirigentes políticos y sindicales y de las conquistas democráticas de la revolución de octubre. Por aceptarlas, el coronel Díaz sería derrocado por Peurifoy. No niego que en la apreciación del asunto cometí errores de importancia. Pero lo cierto es que la mayoría de la oficialidad del ejército me había traicionado, y si bien el pueblo inerme permaneció fiel al gobierno, ya éste carecía de sus atributos”. En el bosque de Chapultepec tiene su rincón José Martí. Para un guatemalteco y un cubano desterrados era imperativo rendirle tributo. Los azares de su vida en México y en Guatemala destilaron en la plática y su amor encendido a nuestra América, a cuyo albedrío, dicha y decoro ofrendó generosamente su sangre, iluminó nuestros pechos y renovó nuestra fe. “El pueblo guatemalteco -afirmó dramáticamente el coronel Árbenz- ha sido momentáneamente derrotado por las fuerzas enemigas de la democracia y del progreso. Pero ya advirtió Martí que cuando un pueblo entra en revolución no sale de ella hasta que la corona o se extingue. Guatemala seguirá viviendo porque la revolución de octubre será coronada”. Camino de su apartamento, la charla fluye melancólicamente por cauces ajenos a la política. El proscripto tiñe de añoranzas sus referencias a Cuernavaca, Toluca y Guanajuato. Ya otra vez en la recoleta sala en que se inició esta entrevista pide papel y pluma y estampa un saludo al pueblo cubano por conducto de Bohemia, en el que vibra su gratitud por el fervoroso y militante apoyo que le prestaron a Guatemala en la hora más desventurada de su historia. Un trago refrescante pone término a mi plática con el presidente constitucional de Guatemala. Frases de mutuos cumplimientos y renovados testimonios de gratitud a Bohemia por haberle ofrecido la oportunidad de expresarse sin reservas ni cortapisas. Y nos despedimos con un apretón de manos y un hasta luego. El palo periodístico que significa haberle soltado la lengua al personaje más discutido del momento no me lo quita ya nadie... (Tomado de: Bohemia, 14 de noviembre de 1954. pp. 48-50)


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BIBLIOGRAFÍA DE REFERENCIA

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JACOBO ARBENZ GUZMAN

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Biografía del Cnel. Jacobo Arbenz Guzmán