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Una solución ideal Sólo por el niño... Maura Chambers estaba embarazada y necesitaba ayuda. Doug Connelly siempre estaba dispuesto a ayudar a sus amigos. Quizás no fueran los mejores motivos para casarse, pero fueron suficientes para que Maura y Doug dieran el «sí quiero». Se suponía que solo era un matrimonio de conveniencia que sacaría a Maura de una situación difícil. Entonces, ¿cómo se podía explicar el modo en el que Doug la miraba y el deseo que la abrasaba por dentro cuando estaban juntos? Las manos del guapísimo doctor conseguían que se olvidara de que no era más que una chica corriente, con él se sentía la mujer más sexy y deseada del mundo. Todo estaba a su alcance: un marido, una familia... hasta que descubrió el secretillo de Doug.


EN LA CIUDAD DE CHICAGO Mayo: Suenan de nuevo campanas de boda para los Connelly. Esta vez repican por la última incorporación de la “Familia Real”: el doctor Doug Connelly se ha casado en una ceremonia íntima con la enfermera Maura Chambers. Felicitamos a la novia por haberle echado el lazo al pediatra más atractivo de Chicago desde el Doctor Ross, interpretado por George Clooney. Hace muy poco que el patriarca Grant Connelly se reunía por primera vez con los dos hijos ilegítimos de una antigua relación, los gemelos Doug y Chance Barnett. Este último, miembro de la Patrulla Especial de la Marina, está al parecer de nuevo en misión secreta. Pero ni siquiera la presencia de dos nuevos e imponentes Connelly pudo impedir el desastre ocurrido la noche pasada en la Corporación Connelly, cuando un fallo en el sistema informático estuvo a punto de borrar toda la información del gigante empresarial. Un portavoz de la compañía ha asegurado que no descartan que se trate de un sabotaje. Dada su meteórica ascensión a la cumbre de los negocios del país, sin olvidar la belleza de su esposa, la antigua princesa, parece claro que Grant es el objetivo del monstruo de la envidia. ¿Pero quién está contra este respetado icono de Chicago? Capítulo 1 Cuando la enfermera Maura Chambers salió del despacho de Scott Walker, sabía que no volvería a verlo nunca más. Pero él no le dijo «buena suerte», y ni siquiera «adiós». Continuó ordenando los papeles de su escritorio, ignorándola, como si ya hubiera desaparecido de su vista. Maura salió al concurrido pasillo del hospital resistiendo la tentación de dar un último portazo. Pero, ¿qué ganaría con ello? Sólo serviría para dar más que hablar a los cotillas. ¿Acaso no habían sacado ya suficiente carnaza de su fallido romance? Con suerte, dentro de pocos días Scott se marcharía a


incorporarse a un nuevo trabajo y a una nueva vida a cientos de kilómetros de allí. Y ella se libraría de él. Casi. Porque por mucho que le horrorizara tener que enfrentarse a Scott de nuevo, se había visto obligada a revelarle su secreto. Después de todo, él también tenía su parte de responsabilidad. Pero Maura solo había tardado un segundo en darse cuenta que Scott no veía las cosas de la misma manera. Su reacción había sido de lo más decepcionante. Más que fría o antipática. A Maura le había puesto el estómago del revés. Pero después de todo, ¿qué esperaba? Tendría que haberlo supuesto, después de la noche en que Scott le había anunciado que se marchaba de Chicago. Echando la vista atrás, Maura volvía a ponerse furiosa recordando lo claras que se habían visto sus calculadas intenciones. El había escogido un restaurante de moda para su charla, un sitio muy formal en el que podía asegurarse casi al cien por cien que ella no montaría una escena. Cuando el maitre los había guiado hacia aquella mesa tranquila alumbrada por la luz de una vela, Maura había llegado incluso a pensar que Scott le iba a pedir que se casara con él, y lo cierto era que había preparado un pequeño discurso, pero no versaba precisamente sobre el matrimonio. Le había dicho que había sido estupendo haber estado con ella durante los últimos seis meses, pero el problema era que había encontrado un buen trabajo en Minessota, justo lo que había estado buscando, y seguro que ella no querría retenerlo. Además, ambos sabían que aquella era una relación pasajera. Luego la había tomado de la mano. Añadió que las relaciones a larga distancia nunca funcionaban, así que lo mejor para ambos era terminar en aquel momento, de un corte limpio. Dentro de pocas semanas, ella le estaría agradecida por hacer las cosas tan fáciles.


En aquel momento, Maura vio la verdadera naturaleza de Scott. ¿Cómo podía haber estado tan ciega? Sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas ante aquellos recuerdos. Parecía imposible que aún le quedara llanto después de todo lo que había llorado aquella noche. Se apoyó contra la pared y rebuscó en sus bolsillos en busca de un pañuelo de papel. —¿Maura? Alguien le rozó el hombro, y se giró para encontrarse con la enorme figura de Doug Connelly a su lado. —¿Estás bien? —preguntó él con amabilidad. —Sí, claro, es que se me ha metido algo en el ojo —murmuró ella. —A ver, déjame ver. Antes de que ella pudiera protestar, Doug le levantó la barbilla con delicadeza y le giró la cara hacia la luz. Observó con mirada escrutadora la expresión preocupada de Maura y ella supo que Doug se había dado cuenta de que le había mentido. —Parece que ya no tienes nada —dijo él con calma. Dejó caer la mano, pero siguió mirándola con aquellos ojos cálidos color ámbar que en aquel momento reflejaban preocupación. —¿Por qué no salimos a tomar el aire? Parece que lo necesitas —dijo entonces Doug tomándola del brazo sin esperar respuesta. Antes de que Maura se diera cuenta, estaban fuera, caminando por el paseo flanqueado de árboles. Miró de reojo la inmensa figura de Doug de perfil. Caminaba con las manos en los bolsillos de su bata blanca, con su omnipresente estetoscopio colgado del cuello.


Primero había conocido a Doug Connelly como compañero, y luego se habían hecho amigos, lo que era algo inusual para Maura. Siempre había sido muy tímida con los hombres, especialmente con los hombres guapos. —Siéntate un momento —dijo Doug cuando llegaron a un banco que estaba vacío—. ¿Qué te pasa, Maura? Sé que estabas llorando. ¿Se trata de Scott? —No... para nada —contestó ella sacudiendo la cabeza. Maura se dio cuenta de que aquello sería lo que todo el mundo pensaría. Que seguía suspirando por un hombre que la había tratado fatal. —Él no te merece —dijo Doug con tono firme y decidido. Aquello le sonó raro. Doug y Scott habían sido en el pasado buenos amigos. —Eso es muy amable de tu parte —contestó Maura con tranquilidad. —No lo he dicho por amabilidad. Es la verdad —dijo Doug parándose un instante antes de continuar, como si dudara—. Ya sé que ahora te sientes fatal, pero date tiempo. Antes de que te des cuenta, lo habrás olvidado. Maura giró la cabeza y lo miró. Aquella mirada en sus ojos, su expresión de amabilidad y consideración, fueron demasiado. Estalló en sollozos. Maura sintió el brazo de Doug rodeándole el hombro y atrayéndola hacia sí. Sentía su abrazo cálido y fuerte alrededor de ella, el pecho de Doug firme contra su mejilla. —Está bien, todo está bien —lo escuchó murmurar sobre su cabello. —No, nada estaba bien. Todo lo contrario. —Lo siento, Doug. Es no que no sé qué hacer con...


Su voz se quebró de nuevo en medio de un mar de lágrimas. Sintió la mano poderosa de Doug acariciándole el cabello, el calor de su cuerpo, y aspiró el aroma de su piel. Maura tenía los ojos cerrados y permanecía con la mejilla apoyada sobre aquella almohada que era su hombro. Se sentía segura y protegida. Durante un instante, Maura se permitió vivir la fantasía de que podría quedarse así para siempre. Todo sería entonces mucho más fácil. Pero era imposible. Nadie podía ayudada a salir de aquel atolladero. Puede que Doug le ofreciera un hombro para llorar, pero no tenía un caballo blanco para salir huyendo al galope. Maura aspiró con fuerza el aire y se obligó a sí misma a zafarse de su abrazo. —Lo siento. No quería entristecerte hablando de Scott —se disculpó Doug. —No se trata de eso —contestó ella secándose los ojos y exhalando un hondo suspiro. Maura sabía que él la estaba mirando, esperando a que hablara. Y finalmente lo hizo. —Es solo que tengo un pequeño problema —comenzó a decir—. Estoy embarazada. No estaba muy segura de porqué se lo había contado. Pronunciadas en voz alta, aquellas palabras sonaban tan fatales, tan abrumadoras... Doug pareció impactado durante unos instantes, y se quedó callado. Su expresión, antes amigable y consoladora, se había hecho más dura. Estaba enfadado. —Del hijo de Scott —dijo, afirmando más que preguntando. Maura asintió a duras penas con la cabeza, no sin antes darse cuenta de que el cálido ámbar de los ojos de Doug se había transformado misteriosamente en una piedra fría y dura. —¿Lo sabe él? —preguntó pasándose la mano por el pelo.


—Se lo he contado hace unos minutos en su despacho —admitió Maura—. Por eso estaba tan triste cuando me encontraste en el pasillo. —Supongo que no se ha tomado muy bien la noticia —aventuró él. —La verdad es que no. Aquella escena tan desagradable volvió a repetirse en su mente, y Maura se dio cuenta que no podía soportar la idea de volver a hablar de ello. —Mira, gracias por escucharme —dijo mientras se ponía de pie—. Pero será mejor que vuelva al trabajo. Ya llevo mucho tiempo fuera. —Lo entiendo —contestó Doug asintiendo con la cabeza e incorporándose a su vez—. Te veré más tarde, cuando haga la ronda. —Claro. Siento haberte montado una escena. —No digas eso, Maura —replicó él con rotundidad. Maura lo miró a los ojos durante un instante y luego siguió su camino. Atravesó el patio y entró en el hospital. Para no perder tiempo esperando el ascensor, subió a pie los tres pisos que llevaban al departamento de pediatría. Su supervisora, Gloria Jones, la recibió con una mirada inquisidora, pero no le preguntó porqué llegaba tarde de su descanso. Había mucho trabajo que hacer, y Maura se concentró en él, encantada de distraerse con los pacientes en lugar de con sus problemas. A medida que transcurría la tarde, su pensamiento volvió a recordar el desagradable encuentro que había tenido con Scott, y su conversación con el doctor Connelly. Se alegraba de que la casualidad hubiera hecho que él estuviera allí en aquel preciso momento. Llorar en su hombro no había resuelto el problema, pero la había hecho sentirse mejor. Había gente en el hospital a la que no le gustaba aquel pediatra tan atractivo. Lo encontraban frío y distante. Pero a Maura nunca le había dado esa impresión. A veces parecía absorto en su trabajo, pero sería difícil encontrar


un médico más dedicado. Ella nunca se hubiera imaginado que sería además tan buen amigo, de esos con los que se puede contar cuando se tienen problemas. Era un hombre de carácter, y Maura sabía que su secreto estaba a salvo con él. Su jornada laboral transcurrió por fortuna sin ninguna urgencia y pudo irse a casa a su hora. Vivía en un vecindario familiar que estaba bastante cerca del hospital. Había tenido mucha suerte de encontrar a buen precio un apartamento reformado de dos habitaciones. Tenía incluso chimenea en el salón, algo que Maura agradecía durante los largos inviernos de Chicago. Su casa era su hogar, un puerto en el que refugiarse tras el estrés del trabajo. Era un lugar Íntimo en el que podía descansar y recargar pilas, un sitio en el que poder olvidarse de sus problemas. Y así era exactamente cómo se sentía aquella noche cuando metió la llave en la puerta y entró. Dejó el correo sobre la mesa del recibidor sin siquiera echarle un vistazo, y se dirigió directamente al dormitorio. Se dio una ducha larga y caliente. Aunque aún era temprano, se puso el camisón y la bata y se tendió sobre la cama con intención de dormir. Pero las preocupaciones ocuparon enseguida su mente. Por alguna razón, en lugar de pensar en Scott, pensó en Doug, recordando la primera vez que se conocieron, unos meses atrás. Ella acababa de empezar a trabajar en el hospital y tenía el turno de noche. Le habían asignado uno de los pacientes de Doug, una niña de cuatro años con una neumonía avanzada y serios problemas de corazón. Por pura casualidad, Maura había descubierto durante la noche que la niña corría serio peligro: estaba a punto de sufrir un infarto. Minutos más tarde, cuando llegó Doug, la encontró haciéndole un masaje cardíaco mientras esperaba a que llevaran el equipo necesario. En cuanto Doug se hizo cargo, apenas le dirigió la palabra, pero su mirada de agradecimiento lo decía todo. Aquella noche, Maura apenas fue consciente de lo atractivo que era, ni de su


encantadora timidez. Ambos trabajaron juntos en perfecta sincronía para solventar la crisis, y aquel suceso forjó un lazo misterioso y sin embargo profundo entre ellos. Maura nunca había sentido nada parecido con nadie, ni con un compañero de trabajo ni con una pareja. Trabajaron juntos durante horas para sacar adelante a la niña. Maura se quedó allí incluso cuando terminó su turno, incapaz de marcharse hasta saber si la niña iba a sobrevivir. Mucha gente consideraba poco inteligente involucrarse tanto con la recuperación de un paciente, pero Maura estaba hecha de otra pasta. No se había convertido en enfermera pediátrica para guardar las distancias con los niños que la necesitaban y supo desde el principio que Doug era igual, puede que incluso se involucrara con sus pequeños pacientes todavía más que ella. Supo más tarde que la familia de la niña no tenía seguro, y que Doug no les había enviado ninguna factura. No era frecuente que un profesional de su talla trabajara sin cobrar, pero Maura aprendió enseguida que lo hacía en muchas ocasiones. Cuando llegó la mañana y la crisis había sido superada, ella y Doug se sentaron en el mismo banco en el que habían hablado aquella mañana. Celebraron su victoria, riendo y bromeando con un par de vasos de café y unos bollos. Estaban a finales de enero y hacía muchísimo frío, pero Maura aún recordaba la sensación de calidez que sintió compartiendo la primera luz de la mañana y su victoria conjunta en la misión de salvar la vida de una niña. Fue entonces cuando Doug supo que Maura estaba saliendo con Scott Walker, y ella se enteró que ambos eran antiguos compañeros de universidad. Hubo algo en la reacción de Doug que la llevó a pensar que le había decepcionado saber que estaba saliendo con alguien. Pero fue solo un instante, Y más tarde Maura pensó que se había imaginado aquel destello de interés. Por su parte, ella no podía negar que había encontrado a Doug muy atractivo. Pero al mismo tiempo se sentía tan comprometida con Scout que ni una sola vez se le ocurrió pensar en Doug sentimentalmente.


Y además, aunque hubiera estado libre, Doug no era para nada su tipo. Maura estaba buscando un hombre que tuviera tiempo para una esposa y una familia. Doug estaba demasiado entregado a su trabajo para hacer de la vida familiar o incluso de una relación sentimental una prioridad. Y además, a veces podía ser muy temperamental. Tenía que reconocer que eran pocas sus sonrisas y sus momentos alegres. La mayoría de las veces parecía vivir bajo la sombra de una infelicidad oculta y misteriosa, Y Maura había visto en sus ojos, cuando pensaba que nadie lo veía, una mirada de tristeza infinita. ¿Qué provocaba aquel estado de ánimo en él? ¿Serían las presiones del trabajo? Maura siempre había sospechado que había algo más. Algo doloroso de su pasado, alguna pérdida irreparable. Doug nunca había hablado con ella del pasado, pero sabía por Scott que había vivido un divorcio tormentoso unos años atrás. Los meses pasaron, y ella y Doug parecían tener siempre mucho que decirse cada vez que se encontraban en las rondas o en la cafetería. El le pedía consejo sobre algunos casos, Y a Maura le gustaba ayudarle a llegar a algunos diagnósticos o discutir sobre algún caso atípico. Era poco usual que un médico de su categoría buscara la opinión de una enfermera, y Maura se sentía halagada interiormente e incluso orgullosa del modo en que él valoraba sus observaciones. Pero no solo hablaban de trabajo. Charlaban también sobre libros, películas y viajes a destinos exóticos a los que pensaban ir en un futuro cuando no estuvieran tan agobiados de trabajo. Pero Maura tenía que reconocer que, a pesar de sus interesantes conversaciones, sabía muy poco de Doug. El personal del Hospital General de Chicago siempre estaba cotilleando, y aunque ella trataba de no hablar de la vida de los demás, sabía un par de cosas sobre Doug. Llevaba en el hospital desde que empezó como residente, y había estado casado una vez. Se había divorciado hacía casi dos años, pero nadie parecía saber porqué. Su ex mujer estaba ahora casada con un famoso cirujano plástico, y se decía que había hecho mucho daño a Doug al tener una aventura.


Aunque no tenía intenciones románticas respecto a él, Maura se preguntó porqué no tenía una nueva relación sentimental, o porqué no se había casado de nuevo. Pero sus compañeros de trabajo también le habían respondido a aquella cuestión. Muchas mujeres habían ido tras el atractivo doctor, pero la relación siempre había terminado mal. A pesar de su entrega como médico, se decía que Douglas Connelly era un compañero sentimental distante y difícil, un monte Everest emocional lleno de aristas heladas que había que escalar. Maura sospechaba que su concentración en el trabajo era el problema, al menos para ella lo sería. Había personas que no necesitaban una vida de hogar ni una familia. Tal vez Doug era de ellos. Pero un hogar y una familia era algo que Maura siempre había deseado, porque había conocido muy poca seguridad cuando era niña. Cuando conoció a Scott, el noviembre anterior, pensó que al fin había encontrado a un hombre que compartía sus valores y buscaba el mismo tipo de vida que ella. Los pensamientos se sucedían en su mente mientras se adormilaba. Había sido devastador descubrir que Scott solo había fingido ser ese tipo de hombre, diciendo lo que ella deseaba escuchar para conseguir lo que quería y cuando ella se dio cuenta, ya era demasiado tarde. Capítulo 2 Maura se despertó con el sonido seco de unos nudillos en la puerta de su casa. Su habitación estaba a oscuras, y el despertador de la mesilla de noche indicaba que eran casi las ocho. Se incorporó y se echó el pelo hacia atrás con las manos mientras se dirigía al recibidor. Se preguntó de quién podría tratarse. Tal vez era su amiga Liza, que vivía en el piso de abajo. Liza subía a veces por la noche para charlar un rato, normalmente sobre sus


problemas con los chicos. Pero Maura no estaba de humor para verla. Avanzó hacia la puerta y se apretó el cinturón de la bata, preguntándose qué excusa podría ponerle. —Un segundo —dijo Maura mientras descorría el cerrojo al escuchar un segundo golpe de llamada. Abrió un poco la puerta y el corazón le dio un vuelco al contemplar la figura alta e imponente de Doug. —¿Qué estás haciendo aquí? Normalmente no era tan brusca, pero Doug era la última persona con la que pensaba encontrarse. Solo había estado en su apartamento una vez, en una ocasión en la que el coche de Maura no arrancaba y él la llevó desde el hospital. —Iba camino de casa y decidí parar aquí. Pasé por la sala de enfermeras después de hacer la ronda y me dijeron que te habías marchado —se explicó —. Espero que estés bien. Doug le dedicó una sonrisa, pero su mirada seguía seria, interrogante, como si no estuviera seguro de haber hecho lo correcto sorprendiéndola de aquella manera. —La otra enfermera llegó temprano, así que pude irme antes de acabar el turno —dijo Maura—. Me he echado un ratito. —¿Has cenado ya? Podemos tomar algo en la cafetería de la esquina si quieres. —Gracias, pero creo que no quiero salir. Te agradezco que hayas venido, pero... —No es necesario que me des las gracias. Quería ver cómo estabas. Parecías muy triste hoy, y no estoy muy seguro de que sea bueno que te quedes sola.


—Estoy bien, de verdad —insistió ella. Pero no era cierto y ambos lo sabían. —Maura —dijo Doug avanzando hacia la puerta entreabierta con firmeza—. Por favor, déjame pasar. Solo me quedaré un minuto. Ella exhaló un profundo suspiro. Luego, sin decir nada más, dio un paso atrás y lo dejó entrar. Probablemente Doug tenía razón. No era bueno para ella quedarse sola en aquellos momentos; tal vez se sentiría mejor si hablaban un ratito. Él conocía a Scott y parecía entender muy bien el problema. Quizá la ayudara a encontrar alguna solución. Maura cerró la puerta y ambos se quedaron que iluminaba el recibidor con una luz tenue y dorada. Las sombras enfatizaban las facciones de Doug, remarcando su boca firme y sus ojos de ámbar. Maura cayó entonces en la cuenta de que estaba en bata, pero ya no podía hacer nada. Sabía que tenía un aspecto lamentable, con el pelo cayéndole en ondas salvajes sobre los hombros y los ojos enmarcados por las ojeras. —Ya sé que estás cansada. No me quedaré mucho rato —prometió Doug. —No pasa nada. Me alegro de que estés aquí —contestó ella mirándolo un instante a los ojos antes de desviar la mirada—. Vamos al salón. Maura pasó delante de él y se sentó en el sofá. Doug se mantuvo a cierta distancia de ella sin dejar de fruncir el ceño. Ella no pudo evitar preguntarse qué pensamientos serían los responsables de aquel gesto. ¿Estaría pensando mal de ella, considerando que era una irresponsable en el mundo de la pareja? Lo irónico del caso era que había sido su ingenuidad y la falta de experiencia con los hombres lo que la había metido en aquel lío. Pero Doug no sabía nada, y sería absurdo tratar de explicárselo. Él supondría que estaría tratando de excusarse. Doug se dio la vuelta y se sentó en la butaca que estaba enfrente de ella. —No me has contado lo que ha dicho Scott respecto al bebé, solo que ha


reaccionado mal. Maura suspiró y cruzó las manos sobre el regazo. —Scott y yo no habíamos terminado muy bien. No había vuelto a hablar con él desde que rompió conmigo y me anunció que se marchaba a Minessota. Cuando fui a verlo hoy para contarle lo del bebé, se ofreció a pagarme el aborto. Eso fue todo. —Ese desgraciado... —murmuró Doug con los ojos brillantes de rabia—. ¿Y ya está? ¿No te dijo que te ayudaría durante el embarazo ni que se encargaría de la manutención de su hijo? Maura había deseado evitar los detalles desagradables de aquella conversación, pero ahora decidió contarle a Doug toda la verdad. —No, de hecho me dijo todo lo contrario. Me dijo que si tenía el niño sería bajo mi responsabilidad, y que tendría que denunciarlo en los tribunales para conseguir que me ayudara a mantenerlo. También dijo que esperaba que no hiciera tanto drama de todo esto, porque no sería bueno para mi carrera ni para la suya, y que confiaba en que yo fuera inteligente e hiciera lo correcto. —¿Eso dijo? —preguntó Doug poniéndose en pie y apretando los puños, como si quisiera golpear a alguien—. Ese maldito egoísta hijo de... Maura nunca lo había visto tan enfadado, y se asustó. ¿Se debería aquello a una antigua rivalidad entre él y Scott, o simplemente lo sentía por ella? —Doug, por favor, de verdad que no me importa que Scott se desentienda — admitió ella—. Hubo un tiempo en que pensé que estaba enamorada de él, pero ahora veo que vivía en un mundo de fantasía. Lo cierto es que no lo conocía de verdad. Doug se giró para mirarla, y ella pensó que sus palabras habían servido para aminorar su furia.


—Al principio me quedé paralizada por su reacción —continuó Maura—, pero tal vez sea bueno que no quiera saber nada ni del niño ni de mí. Con suerte, no tendré que volver a verlo en mi vida. Doug comenzó a pasear por la habitación. —Sí, Supongo que tienes razón. Desde luego, estarás mucho mejor sin Scott —admitió más calmado—. Y enfrentarme a él no serviría de mucho, aunque sin duda me haría sentir a mí mucho mejor... Lo siento, Maura, no estoy siendo de gran ayuda. ¿Has pensado ya qué vas a hacer? Doug formuló la pregunta con calma, casi como por casualidad. Pero Maura sintió que esperaba su respuesta como agua de mayo. No de la manera en que se interesaría un amigo, sino como si la cuestión le afectara de alguna manera también a él directamente. —Quiero tener el bebé —contestó ella con firmeza—. Tengo que tenerlo. —Sabía que dirías eso —contestó Doug suavizando la expresión de su rostro —. Pero criar sola a tu hijo será duro. Más duro de lo que piensas. Sé lo que digo: mi madre fue madre soltera. Ni siquiera tenía familia que la ayudara. Tuvo que hacerla todo ella sola, y además con gemelos. Hasta que me hice adulto no me di cuenta de a todo lo que se tuvo que enfrentar. A veces pienso que nunca llegaré a entenderlo en toda su magnitud. Maura no sabía que Doug era hijo de madre soltera. No debía haber sido fácil para él. El hecho de que se hubiera doctorado en medicina y además con matrículas de honor le parecía ahora más impresionante todavía. Doug tenía razón. No sería un camino fácil ni para ella ni para el niño.


—Sé a lo que te refieres. He pensado en los problemas a los que tendré que enfrentarme, pero no puedo hacer otra cosa. No puedo dar al niño en adopción —dijo Maura, obligándose a sí misma a revelar aquella parte oculta de su historia—. Yo sé lo que se siente al estar en una familia... y no formar parte verdaderamente de ella. Es un sentimiento terrible de soledad, como si estuvieras siempre viendo las cosas desde fuera —añadió mientras recordaba aquellos tiempos infelices—. Prefiero criar a mi hijo sola y darle todo el amor que una madre puede dar antes que quedarme sentada preguntándome cada día si mi bebé estará contento y si lo estarán cuidando bien. —¿Te adoptaron? —preguntó Doug. —Fui una niña de casa de acogida desde los doce años —contestó ella asintiendo con la cabeza—. Mis padres murieron en un accidente de coche, y mi hermana y yo no teníamos familia cercana que se encargara de nosotras. Nos mandaron a varias familias de acogida. Algunas se portaron muy bien conmigo, querían ayudar y trataron de hacerme sentir parte de la familia, pero siempre surgían problemas. Nunca me quedé mucho tiempo en ningún sitio. Luego me las arreglé para conseguir una beca para la universidad y empecé a vivir sola. —Qué triste perder a tus padres siendo tan pequeña —dijo Doug con gravedad—. Yo al menos tenía a mi madre y a mi hermano. Nunca antes me habías hablado de tu familia. No tenía ni idea. —Bueno, tú tampoco me habías hablado de la tuya —contestó Maura—. Creo que nunca antes habíamos hablado de cosas tan personales. —La verdad es que no. Tal vez ya era hora de que lo hiciéramos. Doug la miró un instante antes de sentarse en el otro extremo del sofá. Se cruzó de piernas y pasó el brazo por el respaldo. A pesar de su gran tamaño, Maura se dio Cuenta de que se movía con una delicadeza masculina que llamaba poderosamente la atención, al menos la suya. —Teniendo en cuenta todo lo que has pasado, Maura, podrías haber sido una persona diferente.


—¿A qué te refieres? —No sé cómo explicarlo. Por ejemplo, podrías no ser tan optimista. Y además, eres una persona cariñosa y muy generosa. Aquellas palabras amables le levantaron la moral, y más que eso: le hicieron recordar quién era y lo que era capaz de hacer. —Supongo que tuve un buen comienzo. Tuve unos padres que se querían y querían a sus hijos —comenzó a decir Maura intentando ordenar sus pensamientos—. A veces, cuando recuerdo a mi familia, pienso que tal vez sea injusto para mi hijo criarlo yo sola. Sé que hay gente buena dispuesta a darle a un niño adoptado mucho amor y un hogar maravilloso. Ya veces me asusta pensar en hacer esto yo sola. Maura sintió que se le formaba en la garganta un nudo de emoción que le hacía difícil continuar hablando. No quería empezar a llorar de nuevo, pero sentía los ojos llenos de lágrimas —No sé... me siento tan confusa, tan abrumada —admitió con voz temblorosa. Doug le tocó el hombro. Parecía que iba a decir algo, pero se detuvo. Maura se dio cuenta que le estaba dando tiempo para que se calmara. Todavía le costaba creer que estaba embarazada. ¿Cómo iba a explicárselo a Doug, si ella todavía no entendía cómo había ocurrido? Siempre había pensado que la intimidad física entre un hombre y una mujer era un paso muy importante, parte de una relación que incluía amor y compromiso. Por otra parte, ella tenía muy poca experiencia en ese sentido y siempre había tenido mucho cuidado. Pero Scott se las había arreglado para apartar de ella las dudas y Maura había creído que él la amaba. Se había considerado muy afortunada que un hombre


tan guapo y de éxito como Scott la deseara. No podía entender qué podía haber visto en alguien tan insignificante como ella. No podía evitarlo, pero así era exactamente cómo se veía a sí misma. Sabía que no era atractiva ni sensual como algunas mujeres del hospital. Era casi lo contrario, una chica de las que la gente llamaba «poquita cosa». Algunas amigas, como Liza, insistían en que tenía lo que hacía falta para que se giraran las cabezas a su paso, solo tenía que aprender a sacar partido de ello. Pero Maura siempre había pensado que solo trataban de ser amables. Nunca se lo había creído. Tal vez se sentía más segura disimulando sus encantos. Cuando era adolescente, había tenido un par de malas experiencias, atrayendo la atención masculina no deseada, la de los chicos e incluso los adultos de sus familias de acogida. Había aprendido a poner el menor énfasis posible en su aspecto físico. Dentro de su corazón albergaba la esperanza que el hombre de su vida se sentiría atraído por lo que había en su interior, y no por un envoltorio bonito. Aquella era una de las razones por las que había pensado que Scott podría ser el hombre de su vida. Insignificante o no, él la había perseguido para intentar conquistarla, y ella se sintió halagada por sus atenciones. Sabía que tenía defectos, pero ¿acaso no los tenía todo el mundo? Maura no esperaba que el hombre con el que se casara fuera perfecto. Además, tenía tan poca experiencia sentimental cuando llegó el momento del romance, que no sabía qué debía esperar. Maura sacudió la cabeza para librarse de aquellos pensamientos y levantó la vista para mirar a Doug. Sus miradas se encontraron. Sus ojos dorados estaban llenos de preocupación por ella, por su futuro y por su bebé. Inconscientemente, Maura se llevó la mano al vientre, que estaba todavía totalmente liso. Y se imaginó la vida que crecía allí dentro, minuto a minuto. —He estado pensando en marcharme de Chicago. Es duro criar a un hijo aquí.


—¿Irte de Chicago? —preguntó Doug endureciendo la expresión—. ¿Y dónde irías? —Tal vez a Portland, para estar cerca de mi hermana Ellen. O quizá a Santa Fe. Allí tengo una buena amiga del colegio. —No creo que sea una buena idea, Maura —dijo Doug con brusquedad. Se levantó del sofá y comenzó a recorrer de nuevo el salón. Parecía tan disgustado como cuando había escuchado la conversación que habían mantenido ella y Scott. —Será difícil y muy estresante empezar con un nuevo trabajo e instalarse en otra ciudad —señaló — Imagínate que surgen problemas durante el embarazo... Estarás sola, sin nadie que te ayude. Maura quería decirle que donde estaba sola era allí, en Chicago. Pero no quería que Doug pensara que se compadecía de sí misma. No quería. —Supongo que estoy confusa. ¿Qué crees que debería hacer? —le preguntó mirándolo con los ojos muy abiertos. Doug la miró durante largo rato, dejando que pasara bastante tiempo hasta que se decidió a hablar. —Creo que hay muchas cosas que decidir. Pero has tomado la decisión más importante: quedarte con el bebé —dijo sentándose muy cerca de ella en el sofá, aunque sin llegar a rozarla—. Creo que esta noche no deberías pensar en nada más. Tenía razón. Estaba agotada, y no le resultaba fácil pensar con claridad.


—Supongo que tienes razón. No puedo decidir todo mi futuro en cinco minutos —dijo suspirando—. Pero gracias por escucharme. Me has ayudado mucho. —Quiero ayudar te en todo lo que pueda, Maura. Lo digo en serio —le prometió él. La emoción en la voz de Doug la pilló por sorpresa y, antes de que pudiera responder, él se giró en el sofá, acortando la escasa distancia que los separaba, le rodeó los hombros con los brazos y la abrazó. La cercanía de Doug fue como un bálsamo para su alma. Estuvieron unos minutos en silencio, y Maura se permitió relajarse y hundirse en la fuerza y el consuelo que él le ofrecía. —¿Qué te ha hecho venir aquí esta noche? —preguntó ella tras unos instantes. —Ya te lo he dicho. Estaba preocupado por ti y pensé que te gustaría algo de compañía. Para ser sincera, Maura tenía que reconocer que no se había percatado de que Doug pensara tanto en ella como aparentaba. Aunque no se tratara de una historia sentimental, su relación parecía importarle. Entonces, Doug volvió a mirarla y ella supo instintivamente que había algo más. Algo que le costaba decir. —Mira, ya sé que parece una locura, pero siento que tu problema es en parte culpa mía —dijo él mientras se llenaba el pecho de aire—. Conozco a Scott desde hace mucho tiempo, y se cómo trata a las mujeres. No me sorprendió en absoluto cuando me enteré de la manera en que había roto contigo. Hace meses, cuando te conocí y supe que estabais saliendo, pensé en decirte algo, advertirte de alguna manera. Pero no quise interferir. Me di cuenta de que a ti te importaba de verdad, y parecía que él sentía lo mismo. Se os veía felices juntos.


Doug pronunció la última frase como si le costara admitirla. Maura se dio cuenta la instante, pero no podía comprender la razón. —¿Felices? Supongo que yo al principio lo era —reconoció ella—. Hasta que lo conocí de verdad. —Yo confiaba en que descubrirías cómo era y saldrías de la relación sin sufrir muchos daños. Pero es evidente que no ha sido así —dijo Doug—. ¿Te molesta que hable mal de él? —En absoluto —respondió ella negando con la cabeza—. De hecho, me reconforta. Cuando Scott rompió conmigo, sentí que era culpa mía. Como si hubiera alguna razón que me impidiera conseguir que me amara y se quedara a mi lado. Ahora sé que el fallo no está en mí. —Por supuesto que no, Maura. Scott habría tenido más suerte de la que merece si se hubiera comprometido contigo —aseguró Doug—. Aún así, me siento responsable por cómo han terminado las cosas. Si te hubiera hablado de Scott, de su pasado, tal vez esto no habría sucedido. Maura estaba asombrada por su razonamiento. —No seas ridículo. Yo jamás habría llegado a esa conclusión ni en un millón de años —aseguró mirándolo fijamente—. Aunque me hubieras advertido, no te habría escuchado. Yo soy la única responsable de haber estado saliendo con Scott, y de todo lo que ha venido después. Maura se puso de pie bruscamente, y la cabeza comenzó a darle vueltas. Al instante estaba Doug a su lado, sujetándola por la cintura. —¿Estás mareada, Maura? —Un poco. No he comido mucho hoy. —Descansa un poco —dijo él arreglando los cojines para que estuviera más


cómoda—. Te prepararé algo. —No sabía que supieras cocinar, doctor Connelly —bromeó ella mientras se sentaba de nuevo. —Soy un genio en la cocina... siempre que te gusten los huevos fritos con tostadas. Maura soltó una carcajada por primera vez en muchos días. Luego se hundió en los cojines y cerró los ojos, dejando que el sonido y los olores de lo que estaba preparando Doug interfirieran en sus pensamientos. La tranquilidad que le transmitía su presencia hizo que por primera vez en muchos días se sintiera a gusto y contemplara el futuro con cierta esperanza. Se colocó las manos sobre el vientre en gesto protector y pensó en su bebé. Se dio cuenta entonces de que lo más importante de todo aquello había estado ensombrecido por las preocupaciones. En realidad, y a pesar de las circunstancias, estaba muy contenta de estar esperando un hijo. Cuando Doug le había preguntado sobre sus intenciones, no le había revelado toda la verdad sobre sus verdaderos sentimientos hacia el bebé. La verdad era que deseaba aquel hijo más que a nada en el mundo. Tal vez siempre había deseado ser madre, querer y ser querida por una persona que siempre le pertenecería. Tenía buena relación con su hermana, pero Ellen vivía en Portland y tenía su propia familia. Maura no tenía a nadie a quien estuviera de verdad unida. Desde el trágico accidente de sus padres y el trauma de observar cómo su familia se rompía en pedazos, Maura tenía la sensación de estar en un largo viaje, deseando regresar a aquel lugar especial, cálido y lleno de amor y seguridad que había conocido siendo niña. Siempre había imaginado que ella misma crearía un refugio similar dentro de un matrimonio tradicional. Pero las cosas no habían sucedido así. Ahora tenía que jugar las cartas que le habían tocado. A pesar de los miedos y las preocupaciones, estaba agradecida por la nueva vida que crecía dentro de ella.


Ya quería a su bebé, y sabía que haría todo lo que estuviera en su mano para darle una buena vida, y todo el amor y la protección que merece un niño. Huevos, leche y mantequilla. Una tostadora y una sartén. Doug encontró con facilidad todo lo que necesitaba y se dispuso a preparar la cena de Maura. La conversación que habían mantenido lo había dejado emocionalmente tan machacado como los huevos que estaba batiendo, y se alegraba de poder concentrarse en algo práctico, como cocinar. Vertió los huevos en la sartén y echó un vistazo al salón. Maura seguía tendida con los ojos cerrados, y Doug se preguntó si estaría dormida. Mejor así, porque necesitaba un descanso. Y él también, para poner en orden todos sus pensamientos. Se sentía mal por ella, y en parte responsable del lío en que se había metido. Quería ayudarla de verdad, hacer todo lo posible por ella. Todo lo que le había contado a Maura era verdad. Pero había algo que le había ocultado, algo más importante que todo lo demás. Doug quería tener un hijo. Lo deseaba desde hacía ya bastante tiempo. Aquella era la verdadera razón por la que su matrimonio había fracasado. Y después de aquello, sus posibilidades de convertirse en padres se habían alejado todavía más. Tras su divorcio, no había encontrado ninguna mujer con la que le apeteciera tener una relación sentimental seria. Ya había pasado por eso una vez, y con una era suficiente. En lo que a él se refería, el romanticismo estaba bien para las películas y los libros. La gente se engañaba a sí misma pensado que aquella revolución hormonal era amor verdadero. Y cuando el tornado pasaba, solo quedaba decepción y dolor. Así que, ¿cómo podría convertirse en padre? Solo podría suceder si dejara embarazada a alguna mujer por accidente, como había hecho Scott con Maura. Pero aquel no era el estilo de Doug. Colocó dos rebanadas de pan en la tostadora, empujándolas hacia abajo con algo más de


fuerza de la necesaria. Las noticias sobre el embarazo de Maura y la reacción de Scott habían sido como sal sobre una herida abierta. Maldecía a Scott por la manera en la que la había tratado, y por la forma en que le había dado la espalda a su hijo. Si una mujer como Maura le hubiera venido a él con una noticia de ese tipo, aquel habría sido el día más feliz de toda su vida. ¿Por qué la vida era tan injusta a veces? Doug colocó los huevos en un plato y untó mermelada en las tostadas. Sacó de un cajón un tenedor y un mantelito y se encaminó al salón. Pero antes de llegar al sofá se dio cuenta de que Maura estaba dormida. Parecía estar llena de paz, como si no tuviera en el mundo ninguna preocupación. No tenía valor para despertarla. Observándola dormir, sintió otra oleada de simpatía por ella. Era tan buena persona... realmente, se trataba de una mujer maravillosa. No recordaba haber conocido a ninguna otra mujer por la que sintiera tanto respeto. No se merecía el desprecio con el que Scott la había tratado. No se merecía enfrentarse sola a aquel problema tan abrumador. Pero, ¿qué podría hacer él para ayudarla? ¿Y qué ocurriría si ella se marchaba? Perderían todo contacto y no volvería a verla jamás. Ni a ella ni a su hijo. Aquella posibilidad lo entristeció. Sintió la súbita necesidad de despertarla y obligarla a hablar sobre sus planes de futuro. Pero, en su lugar, depositó los huevos sobre la mesa y se sentó a esperar. Maura abrió los ojos muy lentamente. El rostro de Doug estaba muy cerca del suyo y ocupaba todo su campo de visión. Sus ojos dorados brillaban en la penumbra, y sus facciones parecían dulcificadas por una leve sonrisa. Maura lo miró fijamente, observando con interés su fuerte mandíbula y aquella boca tan suave. Entonces él le apartó un mechón de pelo de la cara, y Maura supo que no estaba soñando., Aquello era muy real. Demasiado real para su paz de espíritu.


—Lo siento. No quería dormirme otra vez —susurró. —Más vale que te acostumbres. Las embarazadas se quedan dormidas a la mínima —le informó Doug con una leve sonrisa—. Se te han enfriado los huevos, pero dormías tan plácidamente que no me atreví a despertarte. Doug estaba sentado al borde del sofá, inclinado sobre ella. Sus miradas se encontraron y Maura fue incapaz de desviar la vista. Intuyó vagamente el movimiento de la mano de Doug, que se colocó sobre su cintura. Maura pensó que debería separase un poco, pero se quedó congelada. Sentía como si de pronto todo hubiera comenzado a moverse a cámara lenta. Incluso las palabras le parecieron ralentizadas cuando trató de hablar. —Debe ser tarde —dijo finalmente. Doug no hizo amago de mirar el reloj, y Maura se preguntó si la habría escuchado. Él paseó lentamente la mirada sobre su rostro, estudiándola facción a facción, como si la estuviera contemplando por primera vez. —Seguro que tienes que marcharte ya —susurró ella. —Seguramente —replicó Doug con voz ronca. Entonces movió la mano desde el cabello de Maura hasta su mejilla, acariciándola, y antes de que ella pudiera decir nada, la boca de Doug se inclinó sobre la suya en un beso ávido y profundo. Sus labios comenzaron saboreándola sensualmente. Los sentidos de Maura se dejaron llevar por el placer. Era imposible formular ningún pensamiento coherente mientras los labios de Doug la degustaban una y otra vez, provocando en ella una respuesta automática. Maura levantó instintivamente las manos hacia sus hombros, y el contacto de aquellos músculos firmes y aquella piel cálida bajo los dedos vencieron sus Últimas resistencias. Maura exhaló un gemido que le surgió desde el fondo de la garganta, un sonido mitad de placer, mitad de rendición.


Sintió la respuesta de Doug, que la estrechó con más fuerza entre sus brazos, besándola con más pasión. El deseo de ambos se aceleró al instante, pasando de cero a cien en una milésima de segundo. Parecía como si un misterioso interruptor, escondido en algún lugar del interior, se hubiera encendido de pronto. La boca de Maura se abría con facilidad bajo la lengua exploradora de Doug, y sus brazos encajaban a la perfección sobre sus poderosos hombros. Ella sintió cómo se colocaba a su lado en el sofá y se giró, permitiendo que los brazos, las piernas y las lenguas de ambos se entremezclaran. El beso que comenzó siendo tierno se hizo más apasionado, de una intensidad que provocó que los sentidos de Maura se dispararan. El abrazo se hizo también más estrecho mientras la lengua de Doug se adentraba con fiereza en su boca, deslizándose sensualmente en su interior. Las manos de Doug, fuertes y poderosas, descendieron por la espalda suave y satinada de Maura, bajando luego hacia la cintura y las caderas hasta posarse sobre su trasero. Una vez allí, la atrajo más hacia su pasión. Entonces, los labios calientes de Doug dejaron la boca de Maura y rodaron apasionadamente sobre su cuello. Levantó también la mano de sus curvas redondeadas y cubrió con ella uno de sus pechos. Maura se preguntó vagamente qué estaba su cediendo mientras le devolvía el beso. Durante todos los meses de intimidad que había compartido con Scott, él nunca la había besado de aquella manera. Nadie la había besado nunca de aquella manera y nunca en su vida se había sentido así entre los brazos de un hombre. Tan increíblemente viva, tan sensual, tan desinhibida y de pronto, como si tomara conciencia de lo que estaba ocurriendo, Doug levantó la cabeza. —Maura —murmuró dejando caer la cabeza sobre el hombro de ella—. No tendría que haber hecho esto —y entonces, haciendo un esfuerzo, se retiró y le cubrió los hombros con la bata—. He venido aquí para ayudarte, no para causarte más problemas.


—Lo sé —dijo Maura. Y así lo creía. Pero se sentía sacudida. Sacudida hasta la médula. El mero hecho de que Doug la tocara la había hecho arder en llamas. Maura se dio cuenta de pronto con sorpresa de la atracción tan fuerte que sentían el uno por el otro. Una atracción para la que ella no estaba en absoluto prevenida. Doug se sentó y respiró profundamente antes de mirada con cara de circunstancias. Luego se levantó y se puso a pasear por el salón, como si necesitara poner distancia entre ellos. Permaneció dándole la espalda, con las manos en jarras. Maura también se incorporó y se cubrió con la bata. Se preguntó en qué estaría pensando Doug. Seguramente estaría confundido. Ella también lo estaba. Un minuto atrás Doug era su compañero, como un hermano mayor, y al minuto siguiente... Para ser completamente sincera, Maura tenía que reconocer que por su parte siempre había habido una llama, pero se sentía comprometida con Scott y no se había atrevido a explorar aquellos sentimientos. Además, solo en una ocasión había tenido la impresión que Doug se sentía inclinado hacia ella de aquella manera. ¿Sentiría por ella cosas que no se había atrevido a revelar porque Maura no estaba libre? Y por otra parte, nunca antes habían estado solos en una situación tan íntima como aquella, un verdadero polvorín emocional. Maura pensó que cosas así le sucedían a la gente que estaba en crisis. Doug simplemente se había dejado llevar por las circunstancias. Sentía lástima por ella, y seguramente también se sentía protector. Todas esas emociones se habían confundido en la mente de Doug, y en la suya también. No significaba nada. Maura no podía permitirse pensar que un solo beso, por muy apasionado que hubiera sido, yeso tenía que admitido, significaba algo más.


Doug se giró finalmente hacia ella. Sus bellas facciones parecían calmadas y recompuestas. Maura se esforzó por tomar ella también aquella actitud. Parecía que él iba a decir algo, pero Maura lo interrumpió antes de que pudiera decir ni una palabra. —Está bien. No hace falta que digas nada. —¿Cómo sabes lo que iba a decir? —contestó Doug con el ceño fruncido. —Porque lo sé —replicó ella—. Lamentas haberme besado. No era tu intención. Esas cosas pasan. Y esperas que esto no estropee nuestra amistad. ¿Me equivoco? Doug la observó con los ojos entrecerrados. —Te equivocas —dijo con firmeza—. No estoy arrepentido en absoluto de haberte besado. Sorprendido tal vez, y confiado en que no pienses que he pretendido aprovecharme de ti. Pero desde luego, no estoy arrepentido. Dios sabe que no lo tenía planeado, pero así me resulta más fácil decirte lo que quiero decirte. —¿Decirme qué? —preguntó Maura, sintiéndose de nuevo confusa. —Decirte que ya sé lo que creo que deberías hacer. Doug avanzó despacio hacia ella, y Maura sintió que se le aceleraba el corazón al contemplar aquel extraño brillo en sus ojos. En su interior sonó una alarma. Pondría la mano sobre el fuego a que algo iba a sucederle. Algo totalmente inesperado. Doug estaba parado enfrente de ella, con sus brazos poderosos cruzados sobre el pecho.


Maura tenía que echar la cabeza hacia atrás para poder mirarlo. Sintió que la boca se le secaba cuando comenzó a hablar. —¿Y qué crees que debería hacer? —preguntó vacilante. —Es muy simple —contestó Doug con un tono de voz que le puso los pelos de punta—. Casarte conmigo. —¿Casarme contigo? Maura no estaba muy segura de haber oído bien. No podía creerse que la estuviera pidiendo en matrimonio. —Eso es lo que he dicho. Te estoy pidiendo que te cases conmigo —repitió él con paciencia sin dejar de mirada a los ojos. —¿Pero cómo voy a hacer eso? Maura supo en cuanto la pronunció que la pregunta sonaba estúpida, pero estaba demasiado impactada como para reaccionar. —Quiero decir, nuestra relación... Solo somos amigos. No puedo casarme contigo. Ella vio cómo Doug parpadeaba, pero su rostro no reflejaba ninguna otra emoción. Inconscientemente, Maura se mordió el labio inferior y miró hacia otro lado. —Marido y mujer deben ser amigos, ¿no crees? —replicó Doug con suavidad. —Claro que lo creo. Pero tiene que haber también algo más. —¿Te refieres a algo como el amor? —contestó él con cierto cinismo—. Déjame decirte algo, Maura. La gente se casa todos los días creyendo que está total, salvaje e increíblemente enamorada. Y más de la mitad termina en


matrimonios rotos. —Sí —contestó ella con suavidad colocándose un mechón de pelo detrás de la oreja—. Estoy segura de que eso es verdad. No había duda de que se estaba refiriendo a su propio matrimonio, y Maura tenía curiosidad por saber más. Pero sospechaba que aquel seguía siendo un tema doloroso y no creía que fuera el momento para preguntarle sobre ello. —Sé que te parece una locura —continuó Doug—. A mí también me lo pareció la primera vez que pensé en ello, pero he tenido tiempo de sopesarlo mientras estabas dormida —dijo tomándole el pelo—. Sé que puede funcionar. Lo presiento. Te respeto y me importas. Compartimos los mismos valores y comprendemos las exigencias de nuestro trabajo. A los dos nos encantan los niños. Y tú incluso te ríes de mis chistes —añadió con una sonrisa. —Solo para no herir tus sentimientos —contestó ella devolviéndole la broma con una mueca—. Sé lo susceptibles que pueden llegar a ser los médicos. Doug soltó una carcajada, y los ojos de ambos se encontraron. Lo cierto era que era muy guapo. En aquel momento incluso más, con aquella expresión tan persuasiva y esperanzada en el rostro. Y sabía que era un hombre decente, amable y noble. Y además, inteligente y triunfador. Una pequeña voz interior le susurró que cualquier mujer en sus cabales querría casarse con él. Pero apenas se conocían, y desde luego no estaban enamorados. Aunque, tras aquel beso, no había ninguna duda de que eran compatibles físicamente. Pero no, no quería ir tan lejos.


Además, aunque fueran adelante con aquella idea, Doug no había dicho nada sobre ser un matrimonio de verdad. Pero aún así, mientras volvía a mirarlo de nuevo, Maura sintió que su resistencia se iba debilitando segundo a segundo. Si él persistía en aquella locura de propuesta, ¿de dónde iba a sacar fuerzas para rechazarlo? —Entiendo lo que quieres decir, Doug. Yo siento lo mismo por ti, y te agradezco la intención de querer ayudarme, de verdad —comenzó a decir Maura mirándolo a los ojos un instante—. ¿Pero cómo voy a casarme contigo? De verdad que no puedo. —Por supuesto que puedes —replicó Doug en tono decidido—. Por supuesto que sí. —Pero no es justo para ti. Puede que te arrepientas. Estoy segura de que te arrepentirás. —No lo lamentaré, Maura, te lo juro —contestó él con solemnidad. Ella no respondió. No podía. Miró hacia otro lado, frotándose las manos sobre el regazo. —Yo... no sé qué decir. Doug avanzó hacia donde ella estaba sentada, se puso a su lado y le tomó las manos entre las suyas, acariciándolas suavemente. —Entiendo tus dudas, Maura, de verdad. Pero créeme: quiero casarme contigo. Quiero construir un hogar contigo y ser un padre para tu hijo. Al menos vamos a intentarlo. Mira, hagamos un trato: tú aceptas casarte conmigo hasta que nazca el bebé. Si después no eres feliz, ya veremos qué hacemos. Durante unos instantes, Maura no supo qué decir. N o podía apartar los ojos de él. Suspiró profundamente y le rogó al cielo que estuviera haciendo lo correcto.


—Por el niño. Tal vez tengas razón —dijo finalmente. —¿Significa eso que aceptas? —preguntó Doug sonriendo con los ojos. Maura miró hacia el infinito. El corazón le latía tan aprisa que estaba segura de que él podía escuchar sus latidos. ¿De verdad le estaba pasando todo aquello? Se dio la vuelta hacia él y le acarició la mejilla. —Será un honor para mí casarme contigo —dijo lentamente — Y estoy de acuerdo con el trato. Si alguno de nosotros quiere abandonar el matrimonio cuando nazca el niño, podrá hacerlo sin preguntas. —Bien —dijo él simplemente, pero con una voz tan profunda que Maura sintió un escalofrío. No pudo evitar preguntarse con horror qué demonios estaba haciendo, aprovechándose de él de aquella manera. Cuando estaba a punto de echarse atrás, Doug sonrió lentamente y se inclinó sobre ella. Entonces, cualquier sombra de duda se esfumó como hojas movidas por el viento. Doug acercó más el rostro y Maura cerró los ojos mientras él la besaba con suavidad, un beso, que selló el trato dentro de su corazón. No, aquel no iba a ser un matrimonio por amor. Pero a pesar de sus dudas, Maura iba a seguir adelante con ello. Para encauzar su vida, pero, sobre todo, por el bien de su hijo. Capítulo 3 Maura se levantó el viernes con el alba, mucho antes de que sonara el despertador. Se tomó un café, se dio una ducha y se puso un traje nuevo de color rosa pálido. La falda le llegaba hasta la rodilla, haciendo que sus piernas esbeltas parecieran aún más largas. La chaqueta, ajustada con un


cinturón, resaltaba su pequeña cintura. Sacó de una cajita de terciopelo unos pendientes de perlas con el collar a juego, un recuerdo de su madre, y se los colocó con cuidado. En momentos como aquellos era cuando Maura echaba más de menos a su familia, especialmente a su madre. No le había contado a nadie su decisión de casarse con Doug, ni siquiera a su hermana ni a Liza, su mejor amiga… Siempre se había imaginado una boda por la iglesia, rodeada de sus amigos y su familia, vestida con un traje de novia blanco. Pero allí estaba, preparándose para ir al juzgado a casarse en secreto con un hombre al que apenas conocía. Habían transcurrido solo dos días desde la impulsiva petición de Doug, y su no menos impulsiva respuesta. El tiempo había pasado volando mientras ella y Doug hacían sus planes. Maura se había paseado por el hospital sabiendo que parecía completamente normal en apariencia, mientras que por dentro se sentía extrañamente irreal. Había estado de acuerdo con Doug en que sería mejor celebrar una ceremonia sencilla, ya través de su hermanastro, Seth Connelly, Doug había encontrado un juez dispuesto a casados en su despacho privado. Doug había querido contarle a todo el mundo sus planes de boda, pero Maura lo persuadió para que esperara. Prefería no tener a todas sus compañeras de trabajo haciéndole millones de preguntas, o que se les ocurriera organizarle una despedida de soltera. La precipitación de sus planes solo le había dejado a Doug dos días para buscar un hueco en su apretada agenda, y a Maura muy poco tiempo para hacerle un hueco a las cosas de Doug. Nunca había estado en su apartamento, pero se imaginaba de sobra aquel estudio apenas amueblado que al parecer no tenía ni siquiera cocina. Teniendo en cuenta la llegada del bebé, la casa de Maura, con dos habitaciones, era la opción más lógica para convertirse en su nuevo hogar.


Maura se había distraído de las dudas limpiando los armarios y la pequeña habitación de invitados, que ella utilizaba como despacho. Cuando hubo ordenado todo, se quedó mirando al sofá cama azul. ¿Dormiría allí Doug por las noches, o compartiría cama con ella? Durante los dos últimas días habían hablado de muchas cuestiones prácticas relativas a su matrimonio, y habían estado de acuerdo en todas. Pero cada vez que Maura entreveía la posibilidad de hablar de la cuestión de dormir, desviaba rápidamente el tema. Se sentía muy confusa con aquello. Era innegable que Doug le gustaba, y si el beso que él le había dado antes de pedirle matrimonio significaba algo, a Doug también le gustaba ella. Desde entonces había vuelta a besarla un par de veces, incluso delante, de sus compañeros. Cuando Maura le pregunto la razón, Doug le explicó que era mejor suscitar algún que otro cotilleo para que la noticia de su boda no pillara a todo el mundo por sorpresa. Luego añadió jocosamente que muy pronto estarían casados, y que más le valdría irse acostumbrando. Maura sabía que ella tendría también que desempeñar un papel cuando estuvieran en público. Estaban de acuerdo en actuar como si su matrimonio fuera por amor. Eso haría las cosas más fáciles de cara a la familia, sobre todo de la de Doug. Pero, ¿significaba eso que él esperaba que su unión fuera real en todos los sentidos? Maura sabía en el fondo de su corazón que si él quisiera hacer el amor con ella, no tendría voluntad de resistirse. Maura trató de concentrarse en el presente. Ya llegaba tarde, y Doug estaría preocupado. Metió una barra de labios en el bolso y comenzó a caminar con aquellos tacones imposibles. Iban a juego con el traje, pero no con Maura, que normalmente llevaba mocasines planos para ir a trabajar. Estaba muy incómoda, pero cuando se acercó al espejo de cuerpo entero de


su habitación tuvo que reconocer que estaba... realmente guapa. Se colocó el sombrero a juego y se puso por delante de la cara el pequeño velo rosa pálido. Aquel era el toque femenino y glamoroso que necesitaba. Nunca en su vida se había sentido tan elegante. Tal vez era infantil, pero cuando se encontrara con Doug aquella mañana quería estar tan hermosa que él no la reconociera. Cuando estuvieran juntos leyendo los votos, quería que él sintiera algo más que cariño. Quería que estuviera orgulloso, que no se arrepintiera de haber seguido adelante con su promesa. Doug recorría nervioso arriba y abajo el recibidor de mármol de los juzgados. Comprobó la hora en el reloj por enésima vez antes de empujar la pesada puerta y salir fuera. Aspiró con fuerza el aire fresco. Era una mañana perfecta de Mayo en Chicago, sin nubes y sin frío. Una mañana perfecta para casarse. Pero su futura esposa llegaba tarde. Muy tarde. Aquel no era el estilo de Maura. Siempre era muy organizada y puntual. Doug había telefoneado un par de veces a su casa, pero no obtuvo respuesta. Sabía que eso significaba que ya habría salido y que estaría metida en un atasco, pero también podía significar que iba a dejado plantado. ¿Cuántas veces en los últimos días se había cuestionado su decisión de casarse? ¿Cuántas veces había tenido él que tranquilizarla? Porque Doug sabía que eso era lo que tenían que hacer. Tal vez no era lo más lógico, pero sí lo mejor, para él y para ella. Lo sentía en la sangre, en los huesos. Nunca había estado tan seguro de nada en toda su vida. Ni siquiera la primera vez, cuando se casó con Karen North convencido de que se había comprometido para toda la vida. Karen era un chica de ensueño, una rubia alta, delgada y espectacular. Todos


los chicos de la universidad querían estar cerca de ella. Cuando se conocieron, Doug nunca pensó que podría fijarse en él. Pero tal vez se sintió atraída por el hecho de que fuera diferente, mucho más pobre que ella y desde luego más aburrido. Pero Karen parecía admirar su dedicación al trabajo y sus ideales. Aunque su admiración duró poco. Nada más casarse, Karen se dio cuenta de que, al contrario que otros jóvenes y prometedores doctores, Doug no estaba interesado en ganar dinero. Aquello fue un shock para su joven esposa. Pensaba que tarde o temprano, si lo presionaba, lograría hacerle entrar en razón. Pero sus tácticas solo consiguieron alejarlos más y más al uno del otro. Cuando ella le anunció que había encontrado a otra persona, ya no quedaba mucho que lamentar de su matrimonio. Solo el hecho que no hubieran tenido niños. Pero Maura era distinta. Lo había sabido desde el principio. Era dulce y generosa, y totalmente sincera. Compartían los mismos valores, la misma visión de la vida, la misma dedicación al trabajo. Maura era completamente opuesta a su ex mujer. Pero, ¿estaba enamorado de ella? La respetaba, la admiraba y quería protegerla, además de sentir por ella algo especial, algo de lo que no había sido consciente hasta la otra noche. Ahora sabía que había estado secretamente celoso de su relación con Scott Walker. Se había sentido complacido cuando supo que habían terminado, aunque entonces no lo hubiera admitido. ¿Pero estaba enamorado de ella? La respuesta final era que no. No lo estaba. Pero Doug estaba absolutamente seguro que nunca volvería a enamorarse de ninguna mujer, al menos de no la manera en que lo había estado de Karen, como si ella fuera dueña de su alma y de su corazón. No quería volver a


sentir aquello por nadie nunca más. Quería tener un hijo. Y en los últimos días se había preguntado si no era poco honesto por su parte pedir a Maura en matrimonio y no explicarle aquella parte de sus razones. Pero cada vez que iba a hacerla, una especie de intuición le había aconsejado que esperara a que estuvieran casados. Tenía la sensación que ella no lo entendería, y puede que incluso cancelara sus planes. A Doug le encantaba cuidar a los hijos de los demás, curarlos y devolverles la fuerza y la felicidad. Pero su satisfacción profesional no podía compararse al hecho de criar a su propio hijo. Aquella era una cuestión que él y Karen habían tocado a menudo, y por la que casi siempre habían discutido. Cuando estuvieron económicamente preparados para aumentar la familia, la relación ya estaba en las últimas. Karen sabía cuánto deseaba Doug un bebé, y lo había utilizado para chantajearlo, negándose a quedarse embarazada o incluso a hacer el amor con él a menos que satisficiera sus demandas. Quería que su marido dejara de atender a pacientes pobres que no podían pagarle, que se marchara del Hospital General de Chicago y buscara trabajo en alguna clínica privada de clase alta en la que tuviera mejor horario y cobrara más. Aquel era el precio que tenía que pagar si quería tener un hijo con ella. Karen creía que tenía la mano ganadora, pero aquella estrategia alejó a Doug aún más de ella. Por mucho que quisiera un hijo, no iba a «comprar» uno renunciando a los valores y las motivaciones que lo habían llevado a convertirse en médico. Por otra parte, acabó dándose cuenta de que sería injusto traer un niño al mundo en medio de una relación tan turbulenta. Ahora, el destino le había concedido una esposa y un hijo. Solo faltaba que la dubitativa novia apareciera y pasaran cuanto antes la parte más tensa del asunto. Después, todo marcharía sobre ruedas. Doug divisó un taxi que doblaba la esquina. Una mujer salió de él. <<Y vaya mujer», pensó mientras la veía incorporarse Y estirarse la falda. Se preguntó si se trataría de Maura. La figura parecía la suya, alta y esbelta,


pero no podía verle el cabello, que estaba oculto bajo aquel sombrerito tan provocativo. Y tampoco podía distinguir su rostro, cubierto por un velo mientras subía por las escaleras de granito que llevaban al edificio. De pronto, Doug cayó en la cuenta que nunca había visto a Maura arreglada. De hecho, solo la había visto de uniforme. Aquella mujer que se aproximaba a él podía ser ella. Doug se permitió dirigirle una mirada larga y apreciativa antes de desviar la vista. Era simplemente espectacular, arrebatadora, desde el suave velo hasta aquellos tacones tan sexys. Se sintió algo desleal contemplándola así si no era su prometida, pero Doug no podía apartar la vista de aquella encantadora visión. La mujer subió decididamente las escaleras y, cuando se aproximó a él, sintió que se le secaba la boca. Todavía no estaba seguro de que se tratara de Maura, su futura esposa, y sintió una mezcla de culpa y excitación mientras observaba cómo la mujer subía el último escalón y se paraba a escasos centímetros de él de espaldas al sol matinal, con el rostro oculto tras el velo. —¿Me estás esperando? —preguntó ella con voz ronca. —Bueno, yo... —comenzó a decir Doug, incapaz aún de saber si era ella. Entonces Maura soltó una carcajada y levantó la barbilla para que él pudiera verle la cara. Era el rostro de Maura, un terreno familiar y de alguna manera todavía inexplorado. Sonreía, y su sonrisa iluminaba sus bellas facciones, haciendo que sus ojos verdes brillaran de emoción. Doug sintió que era un hombre afortunado por poder levantarse cada mañana con aquella sonrisa brillando para él. Doug bajó la vista, recordando de pronto que tenía un ramo de flores en la mano: rosas de color marfil y orquídeas pálidas que casaban a la perfección con el vestido de Maura, como si lo hubieran planeado. —Son para ti —dijo Doug. —Qué flores tan bonitas. Gracias…


La expresión de alegría de Maura y el frescor de las flores enfatizaron aún más su belleza natural. Doug era consciente de que seguía mirándola fijamente, pero no podía evitarlo. —Siento haber llegado tarde. Había mucho atasco —se disculpó Maura antes de mirarlo con picardía—. No me has reconocido al principio, ¿verdad? Me mirabas como si fuera una completa desconocida. Doug dudó solo un instante antes de acercarse a ella y tomarla por la cintura con un gesto posesivo que hizo que a Maura le diera un vuelco el estómago. —Te miraba fijamente porque estás tan bella que me has dejado sin respiración —admitió él en un susurro antes de besarla levemente en los labios—. Y ahora vamos a casarnos, Maura. Ya me has hecho esperar bastante. Cuando Doug se apartó un poco, ella se lo quedó mirando fijamente, demasiado impactada por sus palabras y su beso como para poder hablar. Se colgó del brazo que él le ofrecía y, dando un profundo suspiro, entró con él en el edificio de los juzgados. La ceremonia fue corta y directa, tal y como Maura había esperado. Apenas pudo concentrarse en las palabras oficiales que el juez leyó en un librito pequeño. De pronto se había dado cuenta de lo guapo que estaba Doug, lo alto que parecía con aquel traje azul marino, la camisa blanca y la corbata de seda de color borgoña. Tenía el pelo castaño peinado hacia atrás como si acabara de cortárselo. El aspecto suave de sus mejillas demostraba que estaba recién afeitado. Maura no recordaba haber visto nunca un hombre más guapo, y le costaba trabajo creer que sería pronto y oficialmente su marido. El juez preguntó por los anillos, y Doug sacó dos alianzas de oro. El de Maura tenía tres pequeños rubíes, y el de él era sencillo y masculino. Maura había olvidado por completo el tema de los anillos, y contempló el suyo fascinada mientras el juez concluía la ceremonia.


Cuando pronunció las palabras «marido y mujer», Doug la besó levemente para sellar los votos. Pero inmediatamente después, cuando se apartó, Maura divisó un brillo especial en sus ojos, un brillo de deseo masculino que la hizo estremecerse de la cabeza a los pies. Entonces, aquella mirada desapareció tal y como había aparecido, y la expresión de Doug no reflejó ninguna emoción. El juez les pidió que firmaran unos papeles. Maura sonreía al lado de su flamante esposo. Se sentía algo mareada cuando salieron del oscuro edificio hacia el sol. Pero Doug tenía planes. La tomó de la mano mientras descendían la escalinata de piedra, un gesto de afecto o tal vez de prevención, teniendo en cuenta la altura de los tacones sobre los que caminaba. Comenzaron a andar hacia el coche, y Doug la seguía llevando de la mano. La gente los miraba sonriendo, y algunos incluso les dijeron «felicidades». Maura recordó que llevaba el ramo en la mano, y que era obvio que acababan de casarse. —He reservado mesa para comer en el Bistro 53, pero no tenemos que ir si no te apetece —dijo Doug, mencionando el restaurante de moda de Chicago. —Bistro 53 —respondió ella con alegría—. Qué sorpresa tan agradable. No lo conozco. —Es el día de nuestra boda, Maura. Tenemos que celebrarlo —replicó Doug con una sonrisa indulgente. Llegaron al coche y él le abrió la puerta. Maura había ido una vez en aquel deportivo negro, pero no recordaba que fuera tan pequeño y tan bajo. Tenía problemas para entrar en él con aquella falda tan estrecha. Sintió que Doug miraba con deseo la porción de pierna que asomaba bajo la falda, aunque apartó la vista enseguida. Bueno, al fin y al cabo estaban casados. Doug condujo con pericia el coche por el tráfico de Chicago, y pronto


estaban en el paseo de la orilla del lago, rumbo al barrio más exclusivo de la ciudad. Una vez en el restaurante, el aparcacoches se hizo cargo del deportivo mientras el camarero los guiaba hacia la mesa, situada al lado del ventanal, con la magnífica vista del lago. Tal vez era porque estaban recién casados, o porque Doug había sobornado a todo el personal del restaurante, pero Maura notó que los trataban a cuerpo de rey, mejor incluso de lo que uno podía esperar en un sitio tan elegante. La decoración era maravillosa, y la comida, exquisita. Las dudas de Maura se disiparon completamente, y volvió a sentir una vez más aquel calor familiar al lado de Doug. —Menudo trato —comentó Maura cuando el camarero les llevó otro plato especial con los mejores deseos del chef—. Debes venir mucho para que te dediquen tantas atenciones. —Lo cierto es que solo he venido una vez a comer con mi padre —contestó Doug saboreando un trozo de langosta—. Pero supongo que el apellido Connelly abre muchas puertas en esta ciudad. Y ahora es también tu nombre, Maura —añadió con una sonrisa. Aquel nombre le traía a Maura a la mente imágenes de privilegio, poder, fama y, por supuesto, una inmensa fortuna, conceptos que no podía asociar con Doug. Poco después de conocerlo, había oído que Doug había descubierto recientemente que formaba parte de tan prestigioso clan. Nunca le había preguntado directamente a él por la historia, pero siempre había sentido mucha curiosidad. Maura pensó de pronto que tal vez Doug pensaba que había accedido a casarse con él por su nueva fortuna y sus contactos, pero desechó enseguida semejante idea. Él sabía que nunca utilizaría una estrategia así, ni siquiera para proteger a su hijo. En los últimos días, Doug había tenido tiempo de sobra para proponerle un acuerdo matrimonial que protegiera sus intereses en caso de divorcio, pero ni siquiera había mencionado el asunto. A Maura le gustaba comprobar que


confiaba completamente en ella. —Cuéntame, Doug —le preguntó—. ¿Cómo te enteraste de que eras un Connelly? Cuando yo te conocí, te apellidabas Barnett, ¿no? —Así es. Pero para mi padre, Grant Connelly, era importante que mi hermano y yo nos cambiáramos el apellido cuando descubrimos la relación que nos unía. Doug hizo una pausa y se inclinó hacia atrás en la silla antes de seguir hablando. Maura ya sabía que su madre, Hannah, los había criado sola a ella y a su hermano Chance, con el que Doug tenía una relación muy especial. También sabía que su gemelo era miembro de la Patrulla Especial de la Marina y que estaba también a punto de casarse. —Cuando fuimos creciendo, mi hermano y yo sentíamos curiosidad por saber de nuestro padre y le hicimos muchas preguntas a mamá —continuó Doug—. Pero nunca nos contó nada, solo que era muy joven cuando lo conoció y que había estado muy enamorada. Pero no pudieron seguir juntos y nunca mantuvieron el contacto. Yo siempre pensé que ella no sabría cómo encontrar a aquel hombre ni aunque quisiera hacerla. ¿Cómo iba a sospechar que su foto salía en las páginas de economía del periódico o en la sección de sociedad casi cada día? Pero nunca nos dijo nada negativo sobre nuestro padre —siguió diciendo Doug—. De hecho, nos dio la impresión de que era un buen hombre, una persona decente. Pero cuando me hice mayor, ya no me lo creí. Creo que comencé a odiar a mi padre sin siquiera conocerlo —confesó Doug — Aquel hombre sin rostro y sin corazón que había abandonado a mi pobre madre cuando ella más lo necesitaba. A mí no me parecía que aquello fuera muy decente —dijo con amargura—. Aún así, mi madre lo seguía defendiendo. Su lealtad no conocía límites. —Tuvo que ser muy duro para ti enfrentarse a todos aquellos sentimientos.


—Lo fue —contestó él mirándola a los ojos. Durante un instante, Maura vio delante al niño que Doug debió ser, lleno de preguntas sobre su padre y sentimientos de amor y protección hacia su madre. Doug desvió la mirada hacia el lago y le dio otro sorbo a su taza de café. —Cuando mi madre murió, una de sus últimas palabras fue el nombre de mi padre. Mi hermano y yo supimos que finalmente nos había desvelado su identidad, pero para aquel entonces ya no teníamos deseo de encontrarlo y enfrentarlos a él. Y también nos preguntábamos si sería verdad. Mi madre estaba tomando una medicación muy fuerte en sus últimos días de vida. —Ya veo —replicó Maura, sopesando la historia de Doug. —Pero cuando estaba ordenando sus cosas, encontré su diario. Nunca sabré si fue su intención que lo encontráramos, o si en su enfermedad olvidó destruirlo, En él recordaba toda la historia, su romance con un hombre algo mayor que ella cuando estudiaba en la universidad y trabajaba como camarera en un cafetería cercana al campus. El hombre era joven, ambicioso y estaba claramente destinado a grandes cosas. Fue su confidente, su amante, y todo lo que se podía ser. Mi madre creía totalmente en él. No solo era guapa e inteligente, también era una persona adorable, así que él no pudo resistirse. Según su diario, él también la había amado, aunque debió darse cuenta de que la diferencia de edad y la distinta situación de cada uno hacían difícil una relación para toda la vida. Doug volvió a mirar al lago, y Maura pudo ver en su expresión que no le resultaba fácil contar aquella historia. —Y entonces, su amante conoció a otra mujer mientras estaba de viaje. Una mujer más acorde con su ambición y con sus proyectos. Mi madre se enteró de su romance en la columna de sociedad del periódico. Aquella mujer era una figura conocida mundialmente, una princesa en edad casadera. Maura recordó que Emma Connelly había sido princesa de algún país pequeño, de Altaria en concreto. Emma había dejado su vida palaciega para casarse con Grant Connelly, que por aquel entonces comenzaba a despuntar como hombre de negocios en la escena americana.


—Mi madre, una estudiante que trabajaba como camarera a tiempo parcial, sabía que no podía competir con aquella rival —continuó Doug—. También pensaba que mi padre sería mucho más feliz con su nuevo amor. Así que eligió sacrificarse y simplemente desapareció de su vida sin que él supiera porqué. Y sin que supiera que estaba embarazada de él. Nunca supo qué fue de ella ni por qué se marchó. —Menuda historia —dijo Maura, pasmada—. Debió quererlo mucho. Doug la miró con sus ojos ámbar llenos de sorpresa. —Sí, tanto como para dejar de lado sus propias necesidades e incluso las de sus hijos para evitarle el dilema de tener que decidir. Me costó mucho darme cuenta, pero tú solo has tardado cinco segundos —añadió con una leve sonrisa. —Las mujeres entendemos mejor estas cosas que los hombres —replicó Maura sonriendo y mirando hacia el lago. —Es cierto —concedió Doug—. El caso es que mi padre nunca supo que mi hermano y yo existíamos. El misterioso hombre sin rostro que yo había odiado toda mi vida no era en absoluto el monstruo sin corazón que yo creía. —Y resultó ser Grant Connelly —lo interrumpió Maura. —Sí, el famoso Grant Connelly. Al principio no me lo podía creer, pero todo casaba: las fechas, los lugares... Mi hermano y yo no sabíamos si enfrentarnos a nuestro padre, ni cómo hacerlo. Pensábamos que tal vez pensaría que éramos unos cazafortunas. Pero al mismo tiempo que yo descubría estos secretos, un periodista de investigación que estaba haciendo un reportaje sobre mi padre recabó la información y le contó que tenía dos hijos de Hannah Barnett. Así que al final terminamos viéndonos. Cuando me


encontré con mi padre, lo verificó todo. Creo que sí quiso a mi madre, y lamentaba profundamente que nunca le hubiera pedido ayuda. Aquello significó mucho para mí —dijo Doug con la voz embargada por la emoción —. Recorrí un largo camino para cambiar mis sentimientos y convertir mi rabia en perdón. Maura no sabía qué decir. Era una historia impresionante, y una confesión muy personal. Lo sentía mucho por Doug, por todos los problemas a los que había tenido que enfrentarse. Podía ver claramente que había querido contarle aquel momento tan importante de su vida para decirle lo duro que había sido para él. —Es bueno para ti que lo hayas perdonado —dijo agarrándole la mano por encima de la mesa. —No fue tan difícil como había imaginado —reflexionó él—. Mi padre es un buen hombre. Ha hecho todo lo que estaba en su mano para demostrarnos cuánto lamenta no haber estado allí mientras crecíamos. Toda la familia se ha portado de maravilla con Chance y conmigo. Tengo ocho hermanastros nuevos y ya he conocido a todos menos a Daniel, que está en Altaria y será coronado rey muy pronto. No puedo esperar a que conozcas a Emma y a Grant. —Yo también lo estoy deseando —dijo Maura para ser educada. —Te conozco bastante bien, Maura —contestó Doug con una carcajada—. Por tu expresión, parece que te hubiera invitado a hacer puenting desde lo alto de una torre. No te preocupes. Todo saldrá bien. Les encantarás, estoy seguro. No me sorprendería que nos montaran una gran fiesta. La idea de ser el centro de atención de una celebración organizada por los famosos Grant y Emma Connelly era más que suficiente para sentirse intimidada. Mama trató de disimular su alarma. —No les dirás que estoy embarazada, ¿verdad? —preguntó de pronto.


—No, si tú no quieres —contestó él mirándola fijamente. —Prefiero que no. Se enterarán enseguida, como la gente del hospital, pero por ahora prefiero no contarlo. Todo el mundo creerá que me has dejado embarazada y has tenido que casarte conmigo —dijo antes de pensar algo que hasta el momento no se le había ocurrido—. También creerán que os he estado viendo a Scott y a ti al mismo tiempo. —¿Y qué importa lo que piense la gente? —dijo Doug con expresión seria—. Vivamos el día a día, ¿de acuerdo? —Tienes razón —respondió ella con una sonrisa—. Es mi vida, y debería importarme un bledo lo que piensen los demás. —Esa es mi chica —respondió Doug con una enorme sonrisa estrechándole la mano que tenía entre las suyas. A Maura le dio un vuelco el corazón. Realmente era su chica. Más que eso: era su esposa. Bajó la vista para contemplar sus manos unidas y se fijó en su reluciente anillo de casada. —No te he dado las gracias por el anillo —dijo—. Es precioso. Doug le giró la mano para verlo mejor. Las piedras brillaban sobre la banda de oro. Estaban aún más bonitas que cuando él le deslizó el anillo en el dedo. —Ya que nos hemos saltado el anillo de compromiso, quería regalarte algo más que una simple alianza. ¿De verdad que te gusta? No tienes que decirlo solo por educación. Maura estaba conmovida y también sorprendida por su deseo de complacerla. —Es tal y como yo lo hubiera elegido. Es perfecto, Doug, de veras. —Me alegro —contestó él con una amplia sonrisa.


Doug pagó la cuenta y salieron del restaurante. Mientras esperaban en la puerta a que les llevaran el coche, sonó el teléfono móvil de Doug. —Es del hospital —le dijo a Maura mientras respondía a la llamada. Ella asintió con la cabeza. Sabía que Doug había hecho un apaño con otro médico para que le atendiera sus pacientes aquel día, y que solo lo llamarían en caso de emergencia. Ella entendía los sacrificios de su trabajo, aunque casarse con un médico no era su ideal. Doug colgó el teléfono y la miró con una mezcla de arrepentimiento y prisa. —Me necesitan en el hospital. El hijo de los Harry está en peligro. El médico que me estaba cubriendo tiene otra urgencia y están colapsados. —No te preocupes. Lo entiendo —lo tranquilizó Maura—. Ya está aquí el coche. Vete ya. Yo tomaré un taxi. —¿Seguro? Puedo dejarte de camino. No me desviaré mucho. —No hace falta. No pierdas más tiempo. Doug hizo amago de irse, pero se detuvo un instante para mirarla fijamente a los ojos. —Lo siento. Odio tener que dejarte así, especialmente hoy. La ternura de su mirada conmovió a Maura. Lo sonrió y, sin pararse a pensar en lo que hacía, le acarició la mejilla. —No seas tonto. Lo entiendo. Estuvo a punto de añadir que, además, aquel no era un verdadero día de boda, ni aquel un matrimonio real. Pero no lo hizo. Se distrajo contemplando la expresión de alivio y gratitud que se dibujaba en el rostro de Doug. Él se inclinó sobre ella y la besó fugazmente en los labios. —Te recompensaré por esto más tarde. Prometido —dijo mientras se metía en el coche—. Y


no hace falta que deshagas mis maletas. Ya me ocuparé yo. —Tranquilo —contestó ella. Maura contempló cómo salía el coche a toda prisa. El hospital no quedaba muy lejos, y Doug llegaría allí enseguida. En cuanto a ella, se pondría una ropa más cómoda y empezaría a ordenar las cosas de Doug, por mucho que él dijera. ¿Qué otra cosa podía hacer el día de su boda? Grant Connelly entró en el espacioso salón familiar y se sentó en el sofá al lado de su esposa. Ella levantó la vista del libro que estaba leyendo y le sonrió. Ambos tenían las agendas tan apretadas que apenas tenían tiempo de cenar juntos o pasar una velada como aquella, disfrutando simplemente de su mutua compañía. —Estoy preocupada por Seth —dijo Emma dejando el libro sobre la mesa y mirando a su marido—. A lo mejor no sale bien. Grant cruzó la mirada con la de su esposa. Estaba preocupada. Después de veinte años, su hijo Seth iba a encontrarse con su madre biológica, Angie Donahue. Si todo salía según lo previsto, en aquel momento estarían sentados a cenar, conociéndose de nuevo. Seth no había visto a Angie desde que tenía doce años, cuando ella había prácticamente renunciado a él. Seth había llegado al hogar de los Connelly furioso, triste y confuso, sacando malas notas en el colegio y con algunos problemillas menores con la ley. Grant estaba convencido que si no hubiera contado con la ayuda y comprensión de su nueva familia, habría acabado mal. Pero Seth estaba ahora muy bien. Más que eso: era un hombre feliz y de éxito. Un hombre al que Grant estaba orgulloso de llamar «hijo». —Entiendo que estés preocupada, Emma —le aseguró Grant a su esposa — pero es natural que Seth tenga curiosidad por ver a su madre. Recuerda que ya es un hombre adulto. Ella no puede volver a hacerle daño. —Supongo que me preocupo sin motivos —reconoció Emma—. Pero no


puedo evitar recordar cómo llego Seth a nosotros, tan confuso. Ella le hizo tanto daño... Grant suspiró, recordando la rabia de Seth en aquellos días lejanos. Pero poco a poco, con el cariño y la paciencia de su nueva familia, comenzó a confiar e incluso a querer a Grant, a Emma ya sus hermanastros. La escuela militar ayudó también a imponerle disciplina, y la fuerza y el carácter de Seth hicieron el resto. —Fueron tiempos difíciles para todos, pero lo superamos. —Es cierto —replicó Emma mirándolo con una complicidad solo posible tras muchos años de matrimonio. Había sido un momento duro para la pareja. En aquel entonces, Grant había admitido que era el padre del hijo de Angie Donahue, su antigua secretaria, y que la había estado manteniendo en secreto a ella y su hijo de doce años. Emma se había sentido traicionada y se habían separado durante un tiempo. Pero cuando se reconciliaron, su mujer, con aquel corazón tan generoso que tenía, había estado incluso de acuerdo en quedarse con Seth y criarlo como a un hijo más. Grant sintió de pronto la necesidad de darle de nuevo las gracias a su esposa por sacar a la familia adelante, por ser tan comprensiva con él, por aceptar y perdonar sus errores. Pero las palabras no podrían nunca comunicar la profundidad de sus sentimientos, así que trataba de demostrarle cada día lo afortunado que se sentía de seguir casado con ella. La quería tanto todavía que le dolía el corazón. Le parecía imposible que un hombre pudiera llevar tanto tiempo con una mujer y tener todavía aquellos sentimientos. La doncella interrumpió los pensamientos de Grant, diciéndole que tenía una


llamada de teléfono de su hijo Doug. Grant descolgó rápidamente. —Doug, qué alegría saber de ti. ¿Qué tal todo? —Salúdalo de mi parte —susurró Emma antes de callarse al ver la expresión de asombro de Grant. —¿No es una broma? —exclamó Grant—. ¡Qué buena noticia! Espera un momento. Tengo que contárselo a Emma. No se lo va a creer. —¿Qué pasa? ¿Se encuentra bien? —preguntó ella. —Doug se ha casado hoy con una enfermera que trabaja con él en el hospital. Se llama Maura. —¿Se ha casado? —contestó Emma llevándose la mano al pecho—. No me lo puedo creer... Déjame hablar con él. Emma echó mano al auricular y le arrebató el teléfono. Grant volvió a sentarse mientras su esposa felicitaba a Doug y luego procedía a interrogarlo sobre su nueva esposa. Grant pensó con cariño que se lo merecía, por no haberlos invitado. Y desde luego, Emma no iba a dejar que se escapara de una celebración familiar. Grant ya estaba escuchando los planes inapelables de Emma para que llevara a su esposa a comer el domingo. Cuando Emma colgó el teléfono, se puso a dar palmas. —Nunca imaginé que Doug fuera de los que se casan en secreto. ¡Qué romántico! No puedo esperar para conocer a su esposa. Tendremos que organizarles una fiesta, por supuesto... Algo informal pero bonito, para que ella pueda conocer a toda la familia —comentó Emma con los ojos brillantes de emoción—. Me gustaría hacer algo fuera. Tal vez en la casa del lago.


—A mí me parece perfecto, pero tal vez deberíamos llamar a Doug y a su esposa para ver qué les parece antes de que llames al catering y envíes las invitaciones — bromeó Grant. —Pásame el teléfono —dijo Emma, nerviosa. —Tengo que hacer muchas llamadas para comunicar la noticia. Grant soltó una carcajada y le pasó el aparato a su mujer. El secreto se había desvelado. Cuando Doug se levantara al día siguiente por la mañana, todo el clan de los Connelly ya sabría que se había casado. Capítulo 4 Maura escuchó el sonido de la llave en la cerradura y luego el ruido de la puerta abriéndose para cerrarse después tras la entrada de Doug. Los números fluorescente s del despertador de la mesilla de noche marcaban las dos y treinta y dos minutos de la madrugada. Lo habían llamado del hospital hacía horas para atender otra urgencia, justo cuando Maura regresaba a casa tras su turno. Apenas habían tenido tiempo para intercambiar un par de palabras antes de que Doug hubiera tenido que desaparecer otra vez. Así había sido su vida durante la última semana, como si fueran dos personas persiguiéndose la una a la otra en una puerta giratoria. Cuando los compañeros de trabajo le preguntaban qué tal le iba la vida de casada, no sabía qué contestar. No se sentía en absoluto casada. A excepción de algunas pruebas de la existencia de su marido, como la camisa colgada en la silla y el olor a loción para después del afeitado en el baño, no tenía para nada la impresión de que hubiera alguien compartiendo con ella el apartamento. Doug estaba tratando de no hacer ruido, pero Maura siempre había tenido el sueño ligero.


Además, aquella noche hacía mucho calor, y le costaba aún más dormirse. Podía imaginarse la cara de Doug tan claramente como si lo tuviera a su lado. Tendría ganas de hablar del caso, sobre todo si había tenido que tomar alguna decisión difícil con respecto al tratamiento a seguir. Era irónico, pero hablaban mucho más en el hospital cuando eran simplemente amigos que ahora que estaban casados. Maura pensó que tal vez debería levantarse y preguntarle qué tal había ido la emergencia. Pero una vez más rechazó la idea, tal y como llevaba haciendo muchas noches. ¿Qué pensaría Doug si la encontrara en la puerta de su habitación en medio de la noche? Seguramente daría por hecho que buscaba algo más que conversación. Y lo cierto era que ni ella misma sabía lo que quería. Cuando Doug había llevado sus cosas al apartamento, el día antes de la boda, Maura había puesto muchas de sus pertenencias en el dormitorio que estaba libre. Parecía el sitio más lógico para guardar las cajas hasta que tuvieran tiempo de ordenado todo. Con ello no trataba de mandarle a Doug un mensaje sutil que dijera que esperaba que durmiera allí. Pero Maura estaba dormida cuando él llegó a casa el día de su boda, y lo encontró en aquella habitación a la mañana siguiente. Y luego, los días posteriores, no había tenido valor para hablar de ello. Después de todo, a él parecía no importarle dormir solo. Parecía dar por hecho que aquello formaba parte del trato, y hasta el momento no había protestado. Maura pensó que, a pesar de los besos, tal vez no se sintiera atraído por ella después de todo. Al menos no de la manera en que ella lo estaba. Por eso en aquel momento no se atrevía a ir a su encuentro en camisón. Por eso también se sentía tensa y extraña los escasos momentos en que estaban solos desde que se habían casado. Y si aquel era el tipo de tensión a la que tendría que enfrentarse el resto de su vida, no estaba dispuesta a soportarlo.


Cuando estuvo segura de que Doug había cerrado la puerta de su dormitorio, Maura se levantó y fue a la cocina. No podía dormirse sin tomar algo fresco. Miró en la nevera, pensando en qué sería lo que mejor les sentaría a ella y al bebé. Estaba tan concentrada que no se dio cuenta de que Doug la miraba desde el umbral de la puerta. —Creo que aquí esta mi esposa fantasma —dijo él. —Doug —contestó ella dándose la vuelta—. Pensé que estabas dormido. —Yo creía lo mismo de ti. Eran palabras sencillas, pero Maura captó algo más en su tono de voz. Tampoco se le escapó la profundidad de su mirada, mientras hacía verdaderos esfuerzos por sacar el cartón de leche de la nevera sin que se le derramara el contenido. Doug estaba descalzo Y con el pecho descubierto. Solo tenía puestos unos pantalones vaqueros desteñidos que le colgaban de la cintura. Maura nunca lo había visto con tan poca ropa, y apenas era capaz de apartar la mirada de su cuerpo. El destello de puro deseo que vio en su mirada la hizo darse cuenta de su propia situación. Ella levaba puesto solamente un camisón corto, el más fino que tenía, dado el extremo calor. Maura se sentó rápidamente a la mesa de la cocina, agradecida de que solo hubiera un foco de luz en la estancia. —Lo siento si he hecho mucho ruido al entrar en casa. He intentado ser silencioso. —No ha sido culpa tuya. No puedo dormirme. Hace mucho calor esta noche —contestó Maura sirviéndose la leche y evitando mirarlo a los ojos. —Es verdad —admitió él—. Demasiado calor para el mes de Mayo.


Allí estaban los dos, solos en la oscuridad, ambos apenas vestidos, y solo se les ocurría hablar del tiempo. Maura pensó que aquella era la prueba definitiva que a Doug no le importaba en absoluto dormir en la otra habitación. Doug se inclinó hacia atrás, apoyándose sobre la encimera y la observó. Maura sintió cómo se le secaba la boca mientras él cruzaba los brazos sobre el pecho. Los hombros y los antebrazos marcaban con aquel gesto todos los músculos. Tenía una leve mata de pelo castaño sobre el torso musculoso. Los dedos de Maura se morían por recorrerlo. Entonces bajó más la vista hacia el abdomen liso, y se fijó en el filo de pelo oscuro que bajaba de él hasta desaparecer por la cinturilla de sus pantalones. Maura se obligó a sí misma a desviar la mirada y pensar en otra cosa, en cualquier cosa que no fuera el cuerpazo de Doug. —¿Qué tal está tu paciente? —preguntó de pronto. —Muy bien. Probablemente le daremos el alta a finales de esta semana. —Qué bien —replicó Maura. Pero sus pensamientos estaban en la imagen de Doug. Casi podía sentir en las yemas de los dedos la suavidad de su piel morena. —Maura... me temo que no estoy siendo un buen marido para ti —comenzó a decir él en un tono tan grave que la arrancó de cuajo de sus fantasías. —No seas tonto. No nos hemos visto lo suficiente los últimos días para saber qué tipo de marido eres —replicó ella de broma—. Ni tampoco qué clase de esposa soy yo. —Eres una gran cocinera —señaló Doug—. He estado tratando de decírtelo. Pero nunca estás por aquí cuando me como lo que has preparado, y dejar una nota me parecía... estúpido. —Nunca he encontrado sobras, así que imaginé que o bien arrojabas


educadamente la comida a la basura o que te gustaba. O tal vez traes tanta hambre que te comes lo que sea. —Me gusta todo lo que cocinas. Y te agradezco que lo hagas, porque seguro que estás agotada al final del día, sobre todo ahora que estás embarazada. —Me gusta hacerlo. Me ayuda a desconectar —contestó Maura con un leve temblor en la voz al observar que él se acercaba para sentarse a su lado en la mesa. —¿Para desconectar del trabajo, te refieres? ¿O hay algo más que te preocupe? Maura levantó los ojos para mirarlo. Parecía tan fuerte y tan poderoso así, iluminado levemente, y con las facciones endurecidas por una expresión intensa... Una expresión de preocupación, ciertamente, pero también de un deseo masculino que le aceleró el pulso. Maura volvió a desviar la mirada, incapaz de hacer ningún movimiento. Cómo empezar a explicarle que la preocupación era él, el hecho de compartir el apartamento, estar casados, pero no saber cuál era su lugar. O qué sentía él por ella… Y desearlo locamente. Como en aquel instante, por ejemplo. —Nada en particular —dijo Maura suavemente. —Adelante, puedes contármelo —la urgió él. Como ella seguía sin hablar, Doug le acarició un hombro desnudo con la mano, moviéndola en pequeños y sensuales círculos que hicieron que cada una de sus terminaciones nerviosas se pusiera de punta. —No creo que esto funcione —dijo Maura tragando saliva—. Todavía no entiendo porqué te casaste conmigo. No soy del tipo de mujer que vuelve locos a los hombres — añadió con ironía. —No, no lo eres —reconoció él con firmeza—. Pero tal vez yo no quería una


mujer que me volviera loco. Tal vez ya pasé por eso. —Ya sabes lo que quiero decir, Doug. No tenías porqué haberte quedado conmigo. Podrías haber tenido a cualquiera. Maura estaba hablando totalmente en serio, expresando las dudas que había tenido desde el principio. Entonces escuchó la voz de Doug, profunda y sensual, mientras colocaba la otra mano sobre el hombro libre. —Pero te elegí a ti —contestó él bajando la cabeza hasta que su boca rozó la oreja de Maura—. Y ahora estamos juntos. No te preocupes, Maura. Sé que saldrá bien. Vamos a damos algo de tiempo. Lo cierto era que en aquellos momentos ella era incapaz de pensar. Apenas podía respirar cuando Doug comenzó a masajear con suavidad su piel desnuda. Sintió que todas las terminaciones nerviosas de su piel se erizaban, recargadas con una energía eléctrica. —¿Te gusta? —susurró Doug. —Sí —consiguió decir ella finalmente—. Me gusta... mucho. Ni siquiera había sido consciente de los nudos que tenía formados en el cuello y en los hombros hasta que los fuertes dedos de Doug los encontraron y los deshicieron como por arte de magia. —Tienes un pelo precioso. Deberías llevarlo suelto más a menudo. Maura tenía los ojos cerrados, y la voz profunda de Doug parecía llegarle desde el más allá. —No es muy práctico para el trabajo —replicó finalmente.


—Quiero decir aquí en casa. Conmigo —susurró Doug acercando los labios a su mejilla, de manera que ella pudo sentir su cálida respiración en la piel. —Sí. Contigo —respondió Maura suavemente, como si estuviera hablando en sueños. Doug la besó en la nuca con una boca húmeda y caliente. Una oleada de calor le atravesó el cuerpo como una explosión. Sabía que en aquel momento diría que sí a cualquier cosa que él le propusiera. —Maura —susurró Doug—. Te he echado de menos. He echado de menos hablar contigo así. Maura sintió que se le aceleraba el corazón. Ella también lo había echado de menos. Y durante las pocas horas que habían estado en casa a solas, había sentido una tensión sexual absolutamente turbadora, como si a cada momento, con cada respiración, la chispa que había entre ambos se hiciera más y más intensa. —Yo... yo también te he echado de menos —admitió Maura sin abrir los ojos. El tacto de las manos de Doug sobre su piel era casi hipnótico. Maura estaba concentrada con los cinco sentidos en los sentimientos que él había provocado con tanta facilidad. Doug deslizó las manos desde sus hombros hasta los brazos, rozando apenas con las yemas de los dedos el contorno de sus pechos. Los pezones de Maura se elevaron al instante, como impulsados por un resorte. Seguía con los ojos cerrados y tenía la cabeza inclinada hacia un lado cuando sintió los labios de Doug recorriéndole el cuello. Con las palmas de las manos continuaba acariciándole los brazos arriba y abajo, mientras recorría con besos suaves y sensuales la línea de los hombros de Maura.


Cada terminación nerviosa de su cuerpo respondió estremeciéndose de placer. Estaba impresionada de su propia respuesta. Sentía un deseo irrefrenable de tener dentro a Doug. ¿Qué le estaba sucediendo? Su cuerpo nunca había respondido tan deprisa ante ningún hombre. Cuando sintió que las manos de Doug buscaban sus pechos, se escuchó a sí misma exhalar un profundo suspiro. Instintivamente, Maura le cubrió las manos con las suyas, urgiéndolo a explorarla más profundamente. Lo escuchó suspirar mientras ella se excitaba aún más cuando Doug le acarició los pezones endurecidos segundos antes de bajarle los tirantes del camisón. Maura se sintió envuelta en un torbellino de deliciosas sensaciones, y suspiró de placer ante aquellas caricias tan sensuales. Doug se había movido de la silla y estaba de cuclillas a su lado. Maura abrió los ojos y se encontraron frente a frente. Él se inclinó hacia delante y la besó profundamente. Los labios de ambos se movieron rítmicamente al compás de la pasión, con los pechos desnudos de Maura apretados contra la suave mata de pelo de su torso. Ella respondía a los enfebrecidos besos de Doug con una pasión completamente nueva para ella. Y de pronto, desde algún lugar remoto de su mente, se dio cuenta de que eso era. Eso era lo que sentían un hombre y una mujer en la intimidad. Las historias que había tenido hasta entonces, incluso la de Scott, del que creía estar locamente enamorada, era una burda imitación al lado de aquello. Maura fue consciente entonces de que aquello era lo que siempre había deseado desde el principio de su relación con Scott. Que la abrazara fuerte, sentir su cuerpo contra el suyo, abrirse como una flor al calor del sol. Desnudar su alma ante él. La boca de Doug se deslizó desde los labios de Maura hacia el cuello y luego más abajo, explorando la suave curva de sus senos hasta que ella estuvo a punto de gritar de placer cuando Doug le cubrió con la boca un pezón y luego otro.


Maura cerró los ojos con fuerza, y todo su cuerpo se estremeció de placer. Tenía las manos sobre los hombros de Doug, y sentía bajo ellas toda la firmeza de sus músculos y el calor de su piel. Doug se detuvo un momento y apoyó la cabeza entre lo senos de Maura. Ella lo sintió respirar profundamente, tratando de recuperar el control. —Dios mío, Maura, eres tan hermosa... ¿Cómo se te ocurre siquiera pensar que podría estar defraudado? No sabes cómo te deseo... —susurró con la voz henchida por la pasión. Maura no supo qué contestar. ¿De verdad pensaba que era bonita? ¿Ella? ¿Alguien tan «poquita cosa»? Pero estaba segura de que no mentía, que no estaba diciendo lo que ella quería oír. Maura se sentía realmente hermosa entre sus brazos, hermosa y deseable. Increíble pero cierto. Aquel era el efecto que Doug le causaba. Maura hundió la cara en el vello de su pecho y deslizó los brazos por la anchura de su espalda. Sentía las manos de Doug sobre sus muslos, acariciándola sobre el suave tejido de su camisón, y su tacto le resultaba deliciosamente sensual. Entonces, Doug levantó la cabeza y la miró fijamente a los ojos. Le colocó las manos en las caderas y la atrajo hacia sí hasta sentarla al borde de la silla con las piernas enredadas en su cintura, y su cálida feminidad contra la parte baja de su cuerpo, de manera que a Maura no le quedara ninguna duda sobre la potencia de su deseo. Cuando Doug movió las caderas, ella se apretó contra él. Doug exhaló un suspiro y la besó con más fiereza. Maura sintió que el cuerpo de aquel hombre se estremecía entre sus brazos. —Maura, si no quieres que esto suceda no pasa nada —susurró Doug sobre sus labios—. Dímelo y pararemos.


¿Acaso había alguna razón para renunciar a él aquella noche? Desde la primera vez que se habían besado, Maura había sabido en su interior que tarde o temprano acabarían haciendo el amor, por mucho que ella se negara a reconocerlo. Y con más razón ahora, que eran marido y mujer. Por otra parte, ella no habría podido sospechar que el mero hecho de que la rozara fuera a encender de aquel modo su pasión. Pero allí estaba, con el cuerpo consumido por las llamas del deseo hacia él. Todo lo que quería en aquel momento era demostrarle cómo la hacía sentirse y cuánto lo deseaba ella también. Tal vez no era la decisión más sabia, tal vez acabaría arrepintiéndose de haberse rendido a aquellos sentimientos. Pero en aquel momento, simplemente no podía resistirse. Doug la abrazó con más fuerza, pidiendo en silencio su respuesta. Maura levantó la cabeza muy lentamente y acercó la boca a su oído. —Vamos a mi cuarto. La cama es más grande —susurró con un tono seductor que la sorprendió incluso a ella misma. Doug la miró a los ojos, y Maura sintió que la invadía una oleada de calor cuando él depositó un beso cálido entre sus pechos y le subió los tirantes del camisón. Segundos más tarde estaba de nuevo perdida en un beso apasionado mientras Doug se ponía en pie y la levantaba en brazos de la silla. Una vez en el dormitorio siguieron besándose, y, con las bocas unidas, Maura se sintió transportada hasta la cama, donde ambos aterrizaron en una maraña de brazos y piernas. La boca de Doug hacía magia sobre los picos erectos de sus senos mientras sus manos dejaban caer suavemente y con maestría el camisón de Maura y las braguitas. Ella le desabrochó los pantalones, y Doug gimió con una mezcla de placer y frustración al sentir la sensualidad de su tacto. Se apartó un instante para quitarse los calzoncillos y dejarlos caer en el suelo. Luego se aproximó de nuevo hacia ella y cubrió su cuerpo con el suyo. Maura se dejó llevar por la lujuriosa sensación de sentir su piel desnuda cubriendo cada centímetro de su cuerpo, disfrutando de la sensación de notar la fuerza de sus muslos sobre las piernas. Ningún hombre la había hecho sentirse nunca tan


sensual, tan deseable. Quería saborear y acariciar cada centímetro de él. Maura acarició sus poderosos hombros y su espalda mientras le cubría el pecho de besos. Cuando encontró uno de sus pezones masculinos, lo recorrió seductoramente con la lengua. Doug gruñó de satisfacción y la atrajo más hacia sí, apoyando toda la dureza de su virilidad contra las piernas de Maura. —Doug... —susurró Maura moviendo las caderas para hacerle ver que estaba preparada para que se hicieran uno. —Todavía no —murmuró él—. He pasado muchas noches solitarias en el cuarto de invitados, Maura. Demasiadas como para correr ahora. Recorrió los senos de Maura con la boca mientras deslizaba una mano por su cuerpo, explorando lenta y sensualmente cada curva. Cuando sus dedos descendieron aún más abajo, hasta la fuente de su calor, Maura no pudo pronunciar ni una palabra. Ni siquiera podía pensar. Sumida en un mar de sensaciones, sintió que su cuerpo se estremecía de puro placer cuando las amorosas caricias de Doug la llevaron hasta el mismo borde del placer extremo. Maura lo atrajo hacia sí con los brazos a la vez que él se inclinaba sobre ella, dispuesto a satisfacerla completamente. Le rodeó la cintura con sus largas piernas y sintió el fuerte latido del corazón de Doug como si fuera el suyo propio mientras entraba en ella. El cuerpo de Doug se acopló con el suyo a la perfección, y su poder apasionado la abrumó. Maura comenzó a seguirle el ritmo, sintiendo que ambos flotaban en una misma ola mística. Era algo increíble, imposible de describir. Maura cerró los ojos con fuerza cuando alcanzó el éxtasis. Su cerebro explosionó como una bomba de calor y luz, y todo su cuerpo tembló entre los brazos de Doug. Sintió cómo él se movía en su interior una última vez antes de explotar en un grito de satisfacción mientras gritaba su nombre.


Ella lo abrazó con fuerza, y sintió que ambos estaban volando más allá de las nubes. Entonces supo que tras aquella noche nada volvería a ser igual. Lo había dejado entrar en su cuerpo y en su corazón. Ahora, él formaba parte de ella, de su respiración, de su sangre y de su alma. Mientras se dirigían a la mansión de los Connelly en el coche deportivo de Doug, Mama iba mirando hacia delante con las manos cruzadas sobre el regazo. Odiaba el traje de chaqueta azul marino que se había puesto. Siempre había sido uno de sus favoritos, pero ahora caía en la cuenta de que llevaba mucho tiempo colgado en el armario. Se sentía totalmente pasada de moda. Los Connelly iban a pensar que Doug se había casado con una enfermerita paleta. Y cuando se enteraran de que estaba embarazada, creerían que había ido a cazarlo. No iba a caerles bien. Estaba segura. —¿Debería decirle a Doug que dieran la vuelta para cambiarse de ropa? ¿Pero qué se pondría? Maura detestaba ir de compras, y eso se reflejaba en su armario. Aun así, Doug no parecía haberse dado cuenta de su guardarropa, o de su falta de él. Desde la otra noche, cuando la había pillado por sorpresa en la cocina, habían pasado cada minuto que habían estado juntos haciendo el amor. La única prenda que él le había visto últimamente puesta era la sábana de la cama. Y el pelo... También lo tenía fatal. Maura sacó un cepillo del bolso y comenzó a peinarse, tratando de echarlo hacia atrás con una horquilla, como siempre hacía. —Tienes el pelo muy bien, Maura —dijo Doug mirándola de reojo antes de volver a concentrarse en la carretera—. Vas a romper el cepillo de tanto usarlo. Estás muy bien, tranquilízate —le aseguró por décima vez aquel día —. Vamos a comer con mi familia, no a una audiencia con la reina de Inglaterra.


—Lo siento, estoy muy nerviosa... Y puede que tu madre no sea la reina, pero sí es una princesa —señaló ella. —Ya sé que eres algo tímida —comentó Doug con simpatía—. Pero créeme, no tienes por qué sentirte intimidada. Son gente normal. —Claro, gente normal —replicó ella con acidez—. Si te olvidas de la mansión, el yate, el jet privado, su apellido conocido mundialmente y sus millones, seguro que son como la gente normal. —Vale, de acuerdo —se rindió Doug soltando una carcajada—. Pero te recuerdo que no vas a estar sola. Estás conmigo, ¿te acuerdas? Sus miradas se cruzaron un instante, y Maura sonrió finalmente. Doug tenía razón. El estaría con ella cada segundo. Cuando tomaron una desviación de la autopista que parecía llevar a los más profundo del bosque, Maura supo que no faltaba mucho para llegar. Se le hizo un nudo en el estómago. Ahora conocería a su familia, y ambos jugarían el papel de los felices recién casados, tal y como habían hecho en el hospital, donde todo el mundo había aceptado la noticia de su repentino matrimonio con menos comentarios de los que ella había esperado. Maura miró de reojo a Doug. Llevaba una chaqueta sport de lino negro, camisa también negra y pantalones grises confeccionados en algún tejido que pacería carísimo. Tenía un aspecto muy sofisticado... Y estaba muy guapo. Resultaba fácil fingir que estaba enamorada de él. Y Maura se dio cuenta de que tal vez ya no estaba fingiendo. Para bien o para mal, tanto si aquel matrimonio funcionaba como si no, lo cierto era que se estaba enamorando de su marido. Por fin llegaron a la mansión de ladrillo rojo de estilo georgiano de los


Connelly. Cuando Maura tuvo una visión completa de la casa, consideró seriamente la posibilidad de salir huyendo. Una doncella abrió la puerta y saludó a Doug por su nombre. Al instante aparecieron Emma y Grant Connelly. Mientras hacían las presentaciones en el vestíbulo, Maura trató de concentrarse en la charla de Emma y Grant, pero su mente vagaba por los lujos y las riquezas que tenía alrededor. Aparte de en las películas, nunca había visto una casa así jamás. Mirara donde mirara encontraba un tesoro: pinturas originales, esculturas, alfombras orientales antiguas... Incluso los detalles arquitectónicos de las columnas de la entrada, las molduras y el suelo de mármol llamaban su atención. Cuando se sentaron en el salón para tomar el aperitivo, Maura pudo relajarse y concentrarse en la conversación. Doug tenía razón. Su padre y su madrastra eran una pareja con los pies en la tierra y de trato educado y encantador. Y tal como Doug había predicho, Emma y Grant mencionaron enseguida que querían preparar una fiesta para celebrar la boda de su hijo. Maura trató de parecer complacida, pero sabía que la sombra de preocupación que atravesó su rostro no había pasado desapercibida para Emma. —No temas, querida. Será solo para la familia y los amigos más íntimos —le prometió—. Todo el mundo está deseando conocerte. —Hemos pensado que sería divertido hacer una barbacoa en la casa del lago —añadió Grant. —Suena bien —dijo Doug mirando de reojo a Maura mientras le apretaba la mano—. Aquí estaremos. Maura sonrió agradecida, pero se preguntó secretamente si sería capaz de repetir la actuación de ese día pero ante un público más numeroso.


Cuando terminaron de comer, Emma invitó a Maura a dar un paseo por los jardines. Así Doug tendría oportunidad de estar algo de tiempo con su padre a solas. Los jardines eran preciosos, y estaban arreglados en un estilo formal. Emma le enseñó el laberinto de arbustos en el que solían jugar sus hijos. —Estoy desando que llegue el día en que pueda perseguir a mis nietos por él —dijo con una sonrisa. Maura sintió que se sonrojaba, pero no dijo nada. ¿Habría adivinado Emma que estaba embarazada? Pero no, aquello era imposible. —Este jardín de rosas lo construimos el año pasado —comentó Emma cuando llegaron a un precioso jardín de forma circular con una fuente de piedra en el centro—. ¿Te gusta la jardinería, Maura? —Me gusta, pero no tengo tiempo ni espacio —contestó ella encogiéndose de hombros—. Vivimos en mi apartamento. Bueno, solo llevamos poco más de una semana. Doug ni siquiera ha desempacado aún todas sus cosas. —Claro, supongo que tendréis que acostumbraras todavía el uno al otro — dijo Emma con una sonrisa—. El matrimonio no es fácil, pero ustedes parecen muy felices juntos. No conozco a Doug desde hace mucho, pero nunca lo había visto tan feliz. No puede apartar los ojos de ti, querida. Aprovéchate —añadió en un susurro juguetón. Maura volvió a sonrojarse, esta vez más que antes. No sabía qué decir. Se había dado cuenta que Doug se había deshecho en atenciones hacia ella durante toda la tarde, pero Maura tenía que recordarse a sí misma que solo era una actuación de cara a su familia. Cuando regresaban a la casa, Emma la tomó del brazo de manera afectuosa.


Maura se sorprendió al principio, pero luego se sintió reconfortada por aquel gesto. Se dio cuenta de que aquello era lo que se sentía al estar en familia, notar ese sentimiento de confort y de ser aceptada. Llevaba mucho tiempo sin experimentarlo. Cuando llegó el momento de irse, Grant y Emma le dieron un abrazo. —Ahora entiendo porqué has tenido tanta prisa en casarte —dijo el padre de Doug mirando a su hijo—. No podías dejar escapar a una chica así. Maura creyó ver que su marido se sonrojaba baja la piel de bronce de su rostro, pero disimuló cualquier signo de timidez soltando una sonora carcajada. Se despidieron de nuevo y, una vez que estuvieron solos en el coche de Doug, pusieron rumbo a su apartamento. —No ha sido tan difícil, ¿verdad? —dijo él tras unos minutos de silencio. —Son estupendos, tal y como me los habías descrito —reconoció Maura—. Aún así, ha resultado algo estresante conocer a los auténticos Connelly. —Tal vez necesites un masaje cuando lleguemos a casa —se ofreció Doug con aparente inocencia. Levantó la mano y le acarició levemente la nuca con las yemas de los dedos. Aquel contacto fue suficiente para mandar una oleada de electricidad por todo el cuerpo de Maura, en parte también por el recuerdo de su último masaje... Y lo que había venido después. —Tal vez me toque a mí darte uno —dijo inclinando la cabeza hacia atrás en el asiento—. Las enfermeras somos muy buenas para ese tipo de cosas, ¿sabes? —Eso he oído —contestó Doug pisando más a fondo el acelerador para llegar antes a casa. Grant y Emma estuvieron completamente de acuerdo en que Doug había escogido a una chica maravillosa por esposa.


—Ha sido muy repentino —reflexionó Grant—. Pero se les ve muy felices juntos. —¿Qué más puede pedir un hombre? —reconoció Emma—. Es inteligente, guapa, sensible... —Suena muy bien. ¿Cuándo puedo conocerla? —preguntó una voz familiar a sus espaldas. —¡Seth! Qué sorpresa tan agradable —exclamó Emma girándose y dándole un beso en la mejilla a su hijastro—. Si llegas a venir un poco antes habrías conocido a la esposa de Doug. —Otra vez será. Los abogados estamos siempre tan ocupados... —se lamentó Seth antes de girarse hacia su padre—. Toma, papá. AquÍ está el papeleo que querías — dijo entregándole un sobre. —Gracias. Lo estaba esperando —Seth mencionó algo de una empresa con la que había estado negociando para la Corporación antes de cambiar de tema. —Por cierto, el padre de Angie, Ed, me habló el otro día de una empresa que reúne las condiciones que buscas. Se trata de la textil Port Royal, e Altaria. —Mi asistente, Charlotte Masters, la ha estado investigando —reconoció Grant—. El informe es muy favorable. Aun hay que confirmar algunos detalles, pero creo que acabaremos firmando. —Tendré que darle las gracias a Ed por el aviso —dijo Seth. —¿Ves a menudo a Angie? —preguntó Emma, llena de curiosidad por oír noticias de su relación con su madre biológica. vHemos quedado algunas veces para cenar, y hablamos por teléfono —


explicó Seth—. Quería que conociera a Ed, su padre. Mi abuelo, como a ella le gusta decir. Me ha gustado volver a verla, pero en ocasiones resulta duro. Hemos hablado del pasado, y Angie parece muy arrepentida de no haber sido... la mejor madre del mundo. Grant estaba muy sorprendido de que Angie le hubiera pedido perdón, y se dio cuenta de que Emma pensaba lo mismo que él. —Escucharla pedirme perdón ha significado mucho para mí. Creo sinceramente que ha cambiado mucho desde aquellos años en los que tuvo que sacarme adelante sola. Supongo que entonces no lo tuvo muy fácil —dijo Seth, comprensivo. —No, no lo tuvo —reconoció Grant. Tiempo atrás se había sentido responsable de Angie Donahue, y también le había dado pena. Pero más tarde se había dado cuenta de que era de ese tipo de personas que se metía en problemas y luego le echaba la culpa de ellos a los demás. Pero no quería decir nada negativo de Angie delante de Seth, y mucho menos en aquellos momentos. Tal vez había cambiado. ¿Quién era él para juzgada? Maura abrió los ojos y se encontró el rostro de Doug a su lado en la almohada. La habitación estaba a oscuras, y poco a poco comenzó a recordar cómo habían llegado a casa desde el coche, dejando un rastro de ropa desde la puerta de entrada hasta la cama. Después de hacer el amor, habían caído en un sueño profundo y reparador uno en los brazos de otro. Maura lo tenía muy cerca, y estudió las líneas de sus facciones, los huesos marcados de las mejillas, la barbilla altanera. Sentía deseos de recorrer cada rasgo con las yemas de los dedos, pero no quería despertado.


Le dolía el corazón de solo mirado. Durante la mayor parte de la tarde, en casa de sus padres, Doug había estado pegado a ella como con pegamento, con su mirada ámbar brillante de orgullo y cariño. Maura pensó que había representado a la perfección el papel de recién casado. Pero no podía olvidarse de que se trataba solamente de una actuación. Pero por su parte era diferente. Muy diferente, y Maura lo sabía. ¿Cómo podía haberse convertido en alguien tan querido en tan poco tiempo? No sabría contestar. A veces se preguntaba si no habría tenido siempre sentimientos profundos respecto a él, ocultos bajo la capa de su amistad. Unos sentimientos que ella nunca se había atrevido a reconocer. Era un misterio, pero también una verdad indiscutible. Se estaba enamorando de él. Sentía por él cosas que no había sentido nunca por nadie. Era algo aterrador y al mismo tiempo maravilloso. Pero era importante que no olvidara que aunque él compartiera gozoso su cama y su cuerpo, no sentía lo mismo por ella. Doug había hecho todo lo posible la otra noche para disipar sus miedos, pero lo cierto era que había muchas posibilidades de que su precipitado matrimonio no funcionara. Maura no quería ni pensar en ello, pero así era. Lo único que podía hacer era esperar y observar... Y confiar en que algún día Doug la amara de verdad. Ella no podría mantener aquel matrimonio sabiendo que lo amaba y que él no sentía lo mismo. Doug abrió lentamente los ojos y le sonrió. —Me pareció que había alguien mirándome fijamente. ¿Ves algo que te guste? —Lo siento pero no —contestó ella poniéndose muy seria—. Me estaba preguntando cómo


he podido acabar con un hombre tan poco atractivo. Doug soltó una carcajada, y Maura se sentó sobre la cama tapándose el pecho desnudo con la sábana. —¿Estás otra vez dándole vueltas a las cosas? —preguntó él de broma. Pero Maura no dejó de advertir un deje de preocupación en sus palabras. —En absoluto —contestó ella manteniéndole la mirada. —Te voy a hacer una pregunta, pero quiero que seas sincera —comenzó a decir Doug apartando la mirada—. ¿Sigues pensando en Scott? Puedes decirme la verdad. No me enfadaré. —No, no pienso en él nunca —contestó Maura al instante con una pizca de amargura—. Y si lo hago, no es de la manera que tú imaginas. Solo recuerdo lo estúpida que fui al dejarme engañar por él. —Lo siento —dijo Doug acercándose a ella y rodeándole el hombro con el brazo—. No debí sacar el tema. Maura suspiró y apoyó la cabeza sobre su hombro. Se sintió mejor al instante. —¿Y qué me dices de ti? —preguntó tras una pausa—. ¿Piensas alguna vez en tu primera mujer? Doug se revolvió ligeramente, y Maura supo que le resultaba difícil hablar de ello. Estuvo a punto de decir que no importaba, que ya hablarían en otro momento del tema, pero sentía demasiada curiosidad. Necesitaba saber qué había salido mal. En ocasiones tenía la impresión de que Doug había salido muy perjudicado de aquella relación, herido de una manera que le hacía muy difícil volver a amar. Maura necesitaba saber si tenía la más mínima oportunidad de escalar los muros que rodeaban su corazón. Lentamente, Doug le fue hablando de Karen, de lo halagado que se había sentido cuando


ella se fijó en él, de la decepción de su esposa al, descubrir que no era el tipo de médico que ella esperaba, de la aventura que Karen había iniciado con un cirujano cuando se dio cuenta de que nunca lograría cambiar a Doug... Luego aspiró profundamente el aire, preguntándose si debería hablarle a Maura de cuánto deseaba tener un hijo, mientras que su esposa no estaba en esa onda. Aquello había causado a su matrimonio tanto daño como lo que más. Tarde o temprano tendría que contarle a Maura la verdadera razón por la que se había casado con ella. Una de las verdaderas razones. Doug la miró de reojo. Tenía las palabras en la punta de la lengua. Pero cuando sus ojos se cruzaron con la mirada cándida y confiada de Maura, sintió que la boca se le secaba. Las palabras se negaban a salir. Doug tragó saliva y miró hacia otro lado. —Fue lo mejor que podía pasar —dijo finalmente—. Karen se casó de nuevo después de nuestro divorcio, compró una gran mansión en la mejor zona de la ciudad, y he oído que es muy feliz. Maura adivinó que su ex mujer lo había herido mucho, y que todavía estaba enfadado. Maura se preguntó si Doug seguiría enamorado de ella, a pesar del daño que le había hecho. Karen parecía ser el tipo de mujer que volvía locos a los hombres, y ella nunca podría competir con una mujer así, y mucho menos con su recuerdo. —Ya sé que es duro hablar de este tipo de cosas —dijo Maura con dulzura—. Gracias por contármelo. Doug siguió abrazándola sin decir nada durante largo tiempo, solo acariciándole el cabello. —Nunca pienso en Karen, Maura, si es eso lo que te preocupa —dijo finalmente—. No teníamos nada en común. Apenas hablábamos de nada, al


contrario que tú y yo. Su respuesta le resultó tranquilizadora, pero Maura no tenía muy claro qué quería decir con ella. ¿Se refería solo a que eran buenos amigos? Se sentía insegura, y se preguntó si después de todo no habría sido un error haberse dejado arrastrar por sus sentimientos y haber hecho el amor con Doug. Le gustaría decirle que aquella noche en que le pidió en matrimonio no hubiera sido capaz de imaginar que se enamoraría tan rápido y tan profundamente de él. Pero no se atrevía, sobre todo teniendo en cuenta que él nunca se enamoraría de ella. —Yo tenía la sensación de que lo nuestro funcionaría —dijo Doug acariciándole el pelo, como si le hubiera leído el pensamiento—. Y yo tenía mis fantasías sobre ti. Maura levantó la cabeza y lo miró con curiosidad. ¿Cómo podría tener alguien fantasías sobre ella? Le daba cierta vergüenza, pero la idea le resultaba muy excitante, y quería conocer los detalles. —¿Fantasías como por ejemplo? Doug soltó una carcajada sensual que la excitó todavía más. Él se movió apoyó el cuerpo sobre ella con sensualidad. —Como por ejemplo... te lo mostraré. Y antes de que Maura pudiera contestar, Doug cubrió su boca con la suya en un beso profundo mientras acariciaba las curvas de su cuerpo con aire posesivo. La atrajo hacia sí bajo las sábanas hasta que estuvieron totalmente pegados, cadera con cadera. Maura sintió sus piernas fuertes y musculosas junto a las suyas y supo que Doug estaba preparado para volver a hacer el amor. Se rindió una vez más a la magia sensual de las caricias de Doug y a la pasión abrumadora que se


encendía entre ellos tan rápidamente. No le resultaba difícil olvidar que Doug nunca había pronunciado las palabras que ella quería escuchar, que él solo pensaba en lo bien que lo pasaban juntos en la cama. Y que el solo admitiría que sentía por ella una mezcla de amistad y química sexual, mientras que lo que Maura sentía era mucho más poderoso. Capítulo 5 Era una mañana clara y soleada de sábado, muy temprano, y Maura estaba en la puerta de su edificio esperando a que llegara la limusina de los Connelly. Aún no podía creerse que hubiera accedido a quedar con Emma Connelly y sus hijas, pero allí estaba. Emma había llamado un par de noches atrás para invitarla a conocer a sus hijas. La idea la había hecho sentirse intimidada, pero le habría parecido de muy mala educación por su parte negarse. Dio por hecho que Emma se refería a que iban a quedar a comer, tal vez de nuevo en la mansión de los Connelly. Esta vez Maura estaría sola, sin Doug, pero tampoco sería tan duro charlar con Emma y con sus hijas durante una hora. Pero los planes de Emma iban algo más allá. Después de todo, se recordó Maura, era una princesa. Emma quería presentarle a Alexandra, Tara y Maggie. También iba a invitar a Jennifer Anderson, su secretaria, que acababa de comprometerse con Chance, el hermano de Doug. Ambas parejas habían hablado por teléfono pero todavía no se habían conocido porque todos tenían la agenda muy apretada. El grupo había reservado un día completo de tratamientos de belleza en el Golden Palm, el centro de belleza y estética más exclusivo de Chicago. —Después del almuerzo he pensado que podríamos ir al Carrington Plaza de compras


—había añadido Emma alegremente. ¿El Carrington Plaza? Maura había leído en las revistas algo sobre la fantástica colección de tiendas exclusivas de diseño de aquel lugar, pero nunca se había atrevido a poner un pie dentro. Sabía que no podía permitirse ni comprar un cinturón en ninguna de aquellas tiendas. Ni siquiera sabía pronunciar ni la mitad de los exóticos nombres de los diseñadores. En cualquier caso, no le haría daño echar un vistazo. Aunque no comprara nada. —Cuando le mencioné a Grant la idea del Centro de Belleza. Insistió en hacerse cargo de todos los tratamientos —continuó diciendo Emma. —Muy generoso de su parte —contestó Maura, sabiendo que ya no le quedaba ninguna excusa para no ir. —A las chicas les ha encantado la idea. Están deseando conocerte. —Y yo a ellas —aseguró con sinceridad. Así que todo estaba ya concertado. Cuando le contó el plan a Doug, no pudo disimular su nerviosismo. Doug trató de no reírse, pero finalmente no pudo evitarlo. —Por el amor de Dios, Maura, tal y como lo cuentas parece que han planeado rociar te con gasolina y prenderte fuego. Tómate el día libre y déjate mimar un poco en el Centro de Belleza. Trabajas mucho, y cuando nazca el bebé no tendrás tiempo para ese tipo de cosas. Quiero que vuelvas a casa con una bolsa grande de alguna tienda. Un regalo de mi parte. Cómprate lo que quieras. Maura tomó la tarjeta de crédito que él le tendía y se la quedó mirando fijamente, como si nunca hubiera visto una. De pronto todo el mundo quería comprarle cosas. No estaba


acostumbrada a tantas atenciones. —A lo mejor puedo mirar algo para la fiesta de tus padres —replicó Maura, conmovida por su generosidad—. ¿Qué te parece mejor, un vestido de noche o algo más informal? —Estarás preciosa con cualquier cosa —insistió él besándola suavemente mientras le acariciaba las caderas—. También estás preciosa sin nada. Maura ya conocía aquel tono, y sintió que se le calentaba el cuerpo en respuesta. —Tengo que ir al hospital, Doug —le recordó mientras la boca de su marido recorría uno de sus puntos sensibles, detrás de la oreja. Pero él parecía no escucharla. Y si lo hacía, no le importaba que llegara tarde. Incluso ella se olvidó enseguida de que tenía que llegar a tiempo al trabajo, e hicieron el amor urgidos de necesidad. Aquella semana sus horarios de trabajo no habían coincidido, y Maura sentía una urgencia dolorosa de hacer el amor con él. Se había convertido en una adicta a Doug, a sus caricias, a su sabor, al aroma cálido de su piel. Le resultaba difícil pasar aunque solo fuera un día sin tenerlo cerca. Y allí estaba ahora, a las siete y media de la mañana, a punto de embarcarse en su primera excursión a un Centro de Belleza, cuando lo que más le apetecía era regresar arriba y meterse en la cama con Doug. Justo entonces, una limusina blanca se paró delante de su edificio, disipando sus sueños eróticos matinales. El conductor se bajó para abrirle la puerta de atrás. Maura entró y lo primero que vio fue a Emma Connelly vestida con un traje de chaqueta de seda verde muy primaveral. —Buenos días, Maura —la saludó Emma—. Eres nuestra última parada. Siéntate aquí a mi lado. Estas son mis hijas, Alexandra, Tara y Maggie —dijo señalando a tres jóvenes hermosas sentadas enfrente—. Jennifer Anderson nos espera en el Centro de Belleza.


Maura dio los buenos días y se acomodó en el largo asiento de cuero al lado de Emma. Sus hijas tenían la misma calidez y la misma exquisita educación que su madre, y la hicieron sentirse cómoda desde el principio. Maura estiró las piernas y se dio cuenta de que el interior del coche era casi tan amplio como su salón. Al lado de Emma había un juego de café de plata, cruasanes y un plato de cristal lleno de fresas. —Bueno, ahora formaba parte de los Connelly, y tal y como le recordaba siempre Doug, más le valdría irse acostumbrando. —¿Estás preparada para pasar el día fuera? —le preguntó Emma con una sonrisa radiante. —Más preparada de lo que lo estaré nunca —contestó ella devolviéndole la sonrisa. Maura estaba hundida en el asiento, exhausta, cuando la limusina la devolvió a su casa aquella tarde. Nunca habría sospechado que mimarse fuera un trabajo tan duro. Las hermanastras de Doug habían resultado ser una excelente compañía. La habían hecho sentirse como un familiar que hubiera regresado a casa después de muchos años. También había conocido a Jennifer Anderson, su futura cuñada. Se lo habían pasado muy bien haciendo comparaciones entre Chance y Doug. A pesar de su natural timidez con los extraños, Maura se había relajado enseguida, disfrutando de ese tipo de divertida camaradería que solo surge en compañía de otras mujeres. Le daba la sensación de que había vuelto a la universidad, con sus compañeras, solo que en aquellos días, los tratamientos de belleza se reducían a recetas caseras sacadas de las revistas y basadas en mascarillas de huevo y cosas así. En el Centro de Belleza, los ingredientes eran algo más exóticos y bastante más caros. Le habían frotado con extractos de hierbas e hidratado con lociones enriquecidas con vitaminas.


Luego la habían envuelto en algas y le habían dado un masaje que la había dejado en un estado de relajación mental total mientras inhalaba esencias de propiedades calmantes. Y eso solo había sido la sesión de belleza. A Maura le sorprendió escuchar que Emma le había reservado también un maratón en la peluquería. —Solo lo normal —dijo Emma como quien no quiere la cosa. al ver los ojos de Maura abiertos como platos. Le hicieron la manicura y la pedicura, que incluyó un masaje en los pies con aceites esenciales. Maura no tenía pensado hacerse nada en su larga melena, pero, no sabía cómo, se había dejado convencer por Emma y sus hijas para experimentar. Antes de que se diera cuenta, estaba llena de reflejos que le adornaban la cabeza con destellos dorados y rojizos. Y luego le cortaron el pelo. Sintió que el estómago se le encogía mientras veía los mechones caer al suelo. Pero todo ocurrió muy deprisa, y le parecía estúpido protestar cuando estaba claro que ya era demasiado tarde. Cuando todo acabó, se dio cuenta de que no le habían cortado tanto como pensaba. Sus rizos naturales presentaban ahora diferentes tamaños, con lo que su mata de pelo adquiría más volumen, creando un halo alrededor del óvalo de su cara. Luego le añadieron laca y le hicieron los últimos retoques, y Maura pudo admirar el resultado final con sorpresa. A Doug le gustaba que llevara el pelo suelto, y ahora podría hacerlo más a menudo con su nuevo corte. Pensó que podría escaparse de la sesión de maquillaje. Nunca se pintaba, ni siquiera tenía tiempo para ello la mayoría de los días. Pero sus nuevas amigas la habían convencido una vez más para que se diera una oportunidad. Cuando todo acabó, Maura se dio cuenta de que su «nuevo rostro» era algo que podría hacer ella misma de manera muy sencilla, y que los ligeros toques en los ojos


y en los labios le daban un aire completamente nuevo a su aspecto. Se sintió aliviada cuando por fin se marcharon del Centro de Belleza. Pararon a almorzar en un restaurante precioso lleno de flores. Maura se sentó al lado de Jennifer, y aprovechó la ocasión para conocer algo mejor a su futura cuñada. Le pareció una mujer encantadora y muy guapa. Era viuda cuando conoció a Chance, el hermano de Doug, y tenía una niña pequeña que había criado ella sola cuando su marido, un oficial de policía, murió en acto de servicio. —Chance se quedó totalmente impactado cuando Doug le contó que se había casado en secreto —le confesó Jennifer—. Pensé incluso que se iba a desmayar. No siquiera sabía que estuviera saliendo con nadie. —Todo fue muy... repentino. Lo cierto es que hemos sido amigos durante mucho tiempo y… —trató de explicar Maura. No le gustaba nada verse en aquella posición, tener que mentir sobre su relación con Doug. —Pero no parecía tener otra salida. —A mí me pareció muy romántico —le aseguró Jennifer—. Aunque tuve que tachar a Doug de mi lista de solteros para la subasta. Emma soltó una carcajada, pero Maura no entendió la broma. —Jennifer está organizando una subasta de solteros para una obra de caridad. Le está costando trabajo encontrar hombres guapos. ¿Tienen alguna sugerencia, chicas? —¿Qué les parece Justin? —preguntó Alexandra, ofreciendo a su hermano pequeño—. ¿Le habéis preguntado a él? —No. ¿Crees que se prestaría? —se interesó Jennifer—. Se lo he pedido a


Seth y me ha dicho que estaría fuera de la ciudad. Pero creo que estaba tratando de buscar una excusa educada. —Por supuesto que lo hará. Es por una buena causa —replicó Emma marcando el número de Justin en el teléfono móvil—. Y le vendrá bien salir y divertirse un poco. Desde que se hizo cargo del puesto de Daniel ha estado trabajando muy duro. Creo que no está saliendo con nadie; solo trabaja, y trabaja y trabaja. Emma se dio la vuelta ligeramente para hablar con su hijo. Maura se dio cuenta por las palabras de Emma, que aunque Justin no estaba muy dispuesto a ser subastado aunque fuera por una buena causa, fue incapaz de negarse a los deseos de su madre. —Gracias, cariño —dijo Emma—. Le diré a Jennifer que llame a tu secretaria para ultimar los detalles. Cuando Emma colgó, Jennifer se mostró encantada de añadir el nombre de Justin a su lista. Le dio las gracias a Emma y le prometió que habría decenas de mujeres guapas e inteligentes, y que Justin no seguiría soltero durante mucho tiempo. Después del almuerzo, el grupo se trasladó al Carrington Plaza. Una vez más, Maura se sintió parte de una hermandad de mujeres cuando las hermanas Connelly ocuparon literalmente los probadores de todas las tiendas exclusivas, corriendo de un lado a otro para intercambiar prendas y preguntarse unas a otras su opinión sobre cada modelo. Maura se vio atrapada enseguida por su alegría, y con algo de valor, se aventuró a comprarse varios vestidos nuevos. Ninguna de aquellas mujeres se había dado cuenta de que estaba embarazada, de eso estaba segura. Su figura apenas había cambiado, y desde luego ningún extraño podría notarlo. Aun así, la ropa que eligió no era en absoluto ajustada. Eligió para la barbacoa un vestido escotado con tirantes de apariencia simple,


pero el tejido hacía que resultara arrebatador. Los dibujos de flores en azul marino y dorado parecían pintados por un maestro, y casaban perfectamente con el tono de piel de Maura. Al principio pensó que era demasiado, pero las exclamaciones de admiración de Emma y sus hijas y los piropos que le echaron cuando se paseó con él delante de ellas fueron suficiente como para que no fuera capaz de irse sin el vestido. Maura se había quedado mirando su imagen en el espejo. No había podido evitarlo. Parecía una mujer completamente diferente a la que había salido de su apartamento aquella misma mañana, desde el pelo hasta la punta de los pies de sus zapatos nuevos. Se preguntó si Doug sería capaz de reconocerla. —Ese vestido está hecho para ti —insistió Emma—. Permíteme que te lo regale. Considéralo un regalo de boda de Grant y mío. Maura protestó, pero Emma no la escuchó, y finalmente ella aceptó agradecida, pensando en lo maravilloso que era volver a formar parte de una familia. Aquel día de lujos había sido algo muy especial. Pero para ello, lo más bonito había sido sentirse parte de las mujeres de la familia Connelly. Eran casi las seis de la tarde cuando Maura llegó a casa. Doug estaba fuera, y no sabía cuándo regresaría. Llevó las bolsas a su dormitorio y comenzó a colgar la ropa que había comprado. Se sentía algo decepcionada. Había estado imaginando la reacción de Doug ante su nueva imagen, y ni siquiera estaba en casa. Tomó el vestido que había elegido para la barbacoa y lo sujetó sobre su cuerpo mientras se miraba al espejo. ¿Por qué siempre le pasaba lo mismo? La ropa que se había comprado le parecía preciosa en la tienda, pero cuando llegaba a casa, no podía imaginarse en qué estaba pensando cuando la compró. El vestido era muy bonito, pero era demasiado para ella. Y ahora que Emma y sus hijas se lo habían visto tendría que ponérselo para la fiesta.


Pero, ¿no ser vería como una estúpida con él puesto? ¿No se avergonzaría Doug de ella? Llena de los remordimientos del comprador, Maura decidió probárselo una vez más. Tenía que ponerse de pie en una silla para poder verse de cuerpo entero en el espejo. Estaba comprobando el largo cuando divisó a Doug en el umbral de la puerta. Maura se dio la vuelta para mirarlo y observó la expresión de estupor de su rostro. —Doug… ¿Ocurre algo? —No deberías estar así encima de una silla, Maura. Podrías hacerte daño, y también al bebé. —Tienes razón. Ella ni siquiera había pensado en ello. Comenzó a bajarse muy despacio, y Doug se colocó enseguida a su lado, tomándola de la cintura para ayudarla a bajar. —Me estaba probando este vestido. Estoy pensando en devolverlo. Doug la estaba mirando de una manera que la ponía nerviosa. La observaba fijamente como si fuera una desconocida total, como si nunca antes la hubiera visto. Tenía una expresión indescifrable: era imposible saber si lo que veía le gustaba o no. —Emma insistió mucho —explicó Maura con voz temblorosa—. ¿Te gusta? Se hizo un silencio durante largo rato. Doug ni siquiera miraba el vestido. —Es precioso. Quítatelo —dijo con una voz tan grave que apenas se escuchó. Doug le apartó el pelo hacia un lado y posó los labios sobre la suave piel de


su hombro. Su contacto la excitó al instante. A Maura le resultaba difícil mantener la mente despejada. —No te gusta, ¿verdad? —consiguió preguntar mientras la boca de Doug descendía lentamente por su cuerpo. —Me encanta. Es una maravilla —repitió él—. Pero en cuestión de cinco segundos voy a arrancártelo del cuerpo, cariño. Y estoy seguro de que no ha sido barato. Doug levantó la cabeza y la observó de nuevo, desde el peinado hasta las uñas de los pies, recién arregladas. Ya no hacía falta que dijera nada más. Ningún cumplido habría podido competir con la mirada de aprobación de sus ojos de hombre y el deseo que tenía dibujado en ellos. Una mirada que dejó a Maura sin respiración. Todas las dudas que tenía sobre su aspecto físico desaparecieron al instante. En aquellos, momentos solo sentía la absoluta seguridad de que a él le resultaba atractiva. Maura pensó que de hecho parecía encontrarla irresistible, como si ella tuviera un encanto que nunca había sospechado que poseía. Era un sentimiento desconocido para ella, pero cuando volvió a observar la mirada de deseo de Doug cuando se desabrochó el vestido, tuvo que admitir que le encantaba. Doug la ayudó a bajarse la cremallera de la espalda, y sus grandes manos le deslizaron el vestido. Antes de que la colorida tela rozara el suelo, él ya la había levantado del suelo y la llevaba a la cama. Entonces se quitó la camisa y los pantalones y se tumbó a su lado. Segundos más tarde, Maura cerró los ojos mientras sus bocas y sus cuerpos se unían en un beso profundo. Aunque había sido él quien se había lanzado, henchido por la pasión, Maura sintió un extraño y nuevo poder sobre él. Un poder puramente femenino. Mientras Doug la acariciaba y la besaba como un hombre hambriento sentado a la mesa de


un festín, Maura tuvo que admitir que le gustaba aquella sensación. Le gustaba mucho. A la mañana siguiente, Maura se levantó cuando los rayos de sol entraban por la ventana de la habitación. Se dio cuenta enseguida de que el lado de Doug estaba vacío, y se quedó impresionada al ver que había dormido hasta casi las diez. Se levantó y se dirigió al cuarto de baño. Se había olvidado de su nuevo corte de pelo, y apenas podía reconocerse en el espejo mientras se lavaba la cara. Una vez en la cocina, Maura se dejó llevar por el aroma del café y el beicon. La mesa estaba puesta para el desayuno, y Doug estaba en la cocina preparando huevos revueltos. —Qué bien huele este café —exclamó Maura sirviéndose una taza—. No puedo creer que me hayas dejado dormir hasta tan tarde. —Me imaginé que la jornada en el Centro de Belleza te habría dejado agotada —bromeó Doug, mirándola por encima de sus anchos hombros. —Sí que estaba cansada —replicó ella sonriendo—. Pero creo que lo que me cansó fue la noche que vino después. Doug se dio la vuelta y sus miradas se cruzaron. Maura sabía que estaban pensando en lo mismo, recordando cómo habían hecho el amor la noche anterior. Y con algo de suerte habría repetición de la obra aquella mañana. El cuerpo de Maura se estremeció solo de pensarlo, pero trató de que no se le notara. Untó mermelada sobre su tostada mientras Doug se sentaba a su lado, abriendo el periódico por la primera página.


—¿Por qué no nos vamos fuera hoy? —dijo tras unos minutos de silencio—. Conozco una antigua posada maravillosa en un lago cercano. Podríamos ir y hacer algo de senderismo. —Suena estupendo —contestó ella con la boca llena—. Me encantaría salir de la ciudad. Mientras Doug leía los titulares, Maura se concentró en el desayuno. Le había gustado que él pensara en pasar el día con ella. Tenían un montón de cosas aburridas que hacer en casa, como por ejemplo desembalar las cajas que quedaban de Doug. Pero aquello sería mucho más divertido, mucho más parecido a una cita romántica. El tipo de plan que se hace con alguien a quien se acaba de conocer. Ya pesar de la intimidad física que ellos habían compartido, Maura estaba emocionada, como si fueran a salir juntos por primera vez. Doug había pasado ya unas cuantas noches haciéndole el amor apasionadamente, pero Maura tenía claro para aquel entonces que aquello no significaba que la amara. Aunque en el fondo ella confiaba en ganar su corazón, y puede que aquel día fuera el principio. Al menos, tenía esa esperanza. El tiempo era magnífico, y condujeron con la capota del coche levantada. A Maura le encantaba sentir el sol sobre la piel. No hablaron mucho durante el camino, pero el silencio que había entre ellos era muy relajado. La posada resultó ser un edificio victoriano de torres y tejas con un porche que daba la vuelta alrededor de la construcción. —¡Qué sitio tan bonito! —exclamó Maura cuando llegaron. —Pensé que te gustaría —contestó Doug, felicitándose a sí mismo por haber acertado con la elección.


Se hicieron con mapas de las rutas de senderismo y se pusieron en marcha. Maura sentía que podría caminar todo el día, pero a Doug le preocupaba que pudiera cansarse y la obligaba a pararse a beber cada treinta segundos, o al menos eso le parecía a ella. —Por el amor de Dios, Doug, se supone que las embarazadas tenemos que hacer ejercicio —protestó—. Deja de atosigarme. —Pues tendrás que acostumbrarte a que te cuide —respondió Doug, tratando de dejar de lado su preocupación—. Porque pienso estar contigo bastante tiempo. Maura soltó una carcajada y lo miró, sorprendida por la seriedad de su tono. —¿Es una amenaza o una promesa? —Es un hecho —contestó él mirándola a los ojos. Fue Maura la que finalmente desvió la mirada y dio otro sorbo a su botella de agua. Se obligó a sí misma a aparentar indiferencia ante la emoción que le había causado aquella promesa de futuro. Llegaron entonces a un tramo de la ruta donde el camino era más dificultoso y el sendero estaba cubierto de piedras. Doug pasó delante y la tomó de la mano, asegurándose de que Maura no perdía pie. Cuando alcanzaron finalmente el lago, descansaron un rato a la sombra y luego entraron a comer. Tal y como Maura había esperado, la decoración era elegante, muy trabajada y absolutamente victoriana. Maura sabía algo sobre antigüedades y el estilo de aquella época, y pudo responder a algunas de las preguntas de Doug. —Te imagino perfectamente en una casa antigua dentro de unos años, Maura —comentó él—. Una casa destrozada que necesite miles de reparaciones pero con un


gran potencial. Me apuesto lo que sea a que prefieres eso a una casa de nueva construcción, ¿a que sí? —¿Una casa? A decir verdad, no he pensado en mudarme —admitió Maura. Le había sorprendido el comentario de Doug. Nunca podría haber sospechado que él la imaginara en ningún tipo específico de casa. Nunca habría sospechado que él pensara para nada en su futuro. —Me refiero a cuando nazca el niño —se explicó Doug—. El apartamento está bien para el principio, pero enseguida necesitaremos más espacio. He pensado que lo mejor sería que nos mudáramos a las afueras de la ciudad. Creo que sería lo mejor para el niño. —Sí, probablemente —reconoció Maura. El camarero les tomó nota y cambiaron de conversación, pero la mente de Doug se trasladó enseguida al futuro y trató de llevar a Maura con él, hablando de la casa que comprarían más adelante. Le estaba hablando como un marido de verdad. Maura se emocionó tanto que estuvo a punto de atragantarse con la comida. Demasiado conmovida para hablar, dejó el tenedor en la mesa y bebió un sorbo de agua. —¿Y qué hay de nuestro acuerdo? —se atrevió a preguntar finalmente—. Ya sabes, ver qué tal va nuestro matrimonio después de que nazca el niño. —Claro... claro, por supuesto —contestó Doug, transformando la expresión cálida de sus facciones en otra más endurecida—. Estoy dando por hecho que ambos estaremos de acuerdo en seguir juntos para entonces, pero tal vez no debería. Tal vez tú tienes ya dudas... —¿Yo? No, la verdad es que no —contestó Maura rápidamente. Miró hacia la mesa para ordenar sus pensamientos. Sí que tenía dudas. No


sabía cuánto tiempo podría seguir con Doug, viviendo esa farsa que era su matrimonio, sabiendo que él no la amaba. Tal vez era el momento de decírselo a él. Pero cuando levantó la vista para mirarlo, Maura se preguntó si no estaría cometiendo un terrible error. Sabía que a Doug no le gustaba que le pusieran ultimátums, y si se sinceraba con él, podría parecer que estaba tratando de arrinconarlo emocionalmente. O te enamoras de mí, o atente a las consecuencias. Maura sabía que con aquella actitud no llegaría muy lejos. Lo miró fijamente y suspiró. Si pudiera al menos imaginar que Doug sentía por ella algo parecido, que eran una pareja de enamorados esperando la llegada de su bebé... Pero él no sentía lo mismo. De otro modo, ya se lo hubiera dicho. —¿Qué te pasa, Maura? ¿He dicho algo que te molestara? —preguntó Doug finalmente. —No, en absoluto —mintió ella negando con la cabeza—. Es solo que me abruma pensar en el futuro cuando todavía me queda tanto embarazo por delante. —Claro, lo comprendo —contestó Doug tomándola de la mano—. No quería agobiarte. Supongo que tendremos que esperar a ver cómo te sientes... Cómo nos sentimos ambos cuando nazca el bebé. Pero quiero que sepas que no estás sola en esto, Maura. Me temo que a veces te olvidas de eso. Cuando Maura lo miró a los ojos, se encontró una mirada tierna y cariñosa que le caldeó el corazón. No había sido la confesión de amor que ella estaba deseando oír, pero al menos era algo. Acabaron el día dando un paseo en bote por el lago. Doug hizo el trabajo duro mientras Maura se sentaba al fondo, rozando el agua con los dedos como si fuera una dama del siglo pasado. A veces hablaban, y otras simplemente disfrutaban juntos de la tranquilidad. La caída del sol anunciaba el final del día, y ellos lo contemplaron esconderse tras los bosques con las manos tomadas y sin decir una palabra.


Mientras regresaban a la ciudad, Maura recordó la noche en que Doug le había pedido que se casara con él, y lo negro que le había parecido entonces el futuro que la esperaba. Pero tal vez el futuro funcionara de la manera en que Doug había planeado hoy. Aquello le resultaba demasiado maravilloso, incluso para solo imaginario. Aunque Doug no la quisiera, si el día que habían pasado juntos daba alguna pista, con el tiempo, puede que él llegaría a sentir algo más por ella. En aquel instante, a Maura le pareció que, con algo de tiempo, todo era posible. Capítulo 6 Cada día que pasaba le resultaba más difícil a Maura no confesarle a Doug el amor que sentía por él. Pero sabía que, tras el fracaso de su primer matrimonio, él no quería que su felicidad volviera a depender de nadie. y, le gustara o no, Maura tenía que admitir que el amor nunca había formado parte de su acuerdo. Aquella era una de esas raras noches en las que ella y Doug estarían en casa juntos, y quería que fuera una velada especial. La tarde que habían pasado en el campo había servido entre otras cosas para convencerla de que algunos rituales del cortejo eran exactamente lo que necesitaba. Aquella noche era la oportunidad perfecta para meter una inyección de velocidad a su plan secreto. Había decidido hacer paella, una de sus especialidades. Sabía que a Doug le encantaba, y estaba deseando sorprenderlo. Maura había comprado incluso flores frescas y velas para la mesa, y había sacado su mejor vajilla. Cuando estaba a punto de meterse en la ducha, sonó el teléfono. Pensó que sería Doug, y lo descolgó al instante. —¿Maura? Hola, soy yo. Scott. Impactada por escuchar la voz de Scott Walker, durante un instante fue incapaz de responder. Lo saludó y aguantó su charla banal durante unos


momentos antes de preguntarle directamente porqué la había llamado. —Bueno, no se... Me dijeron que te habías casado, y nada menos que con mi viejo amigo Doug. Solo quería felicitaras a los dos. —Estás de broma, ¿no? —preguntó Maura, incrédula. —No seas así, Maura —contestó él con el tono de voz que solía utilizar para calmarla en el pasado—. Solo tenía curiosidad por saber cómo os iba. Nada más. —Tu interés es conmovedor, Scott —replicó Maura sin poder disimular su acidez. —Estaba preocupado por ti, de verdad —insistió él—. Me ha parecido todo muy precipitado, sobre todo teniendo en cuenta tus... circunstancias especiales. Aquella era le manera que Scott tenía de referirse educadamente a su embarazo, «sus» circunstancias especiales, como si Maura se las hubiera arreglado para embarazarse a sí misma. —Sabía que eran amigos, pero tal vez no me di cuenta de cuánto —añadió Scott. —¿A qué te refieres? —lo retó Maura. —Ya sabes a lo que me refiero. Tal vez yo ni siquiera sea el padre de tu hijo. A lo mejor es Doug Connelly. No encuentro otra razón para que se haya casado contigo tan de repente. Creo que tengo derecho a saber la verdad — añadió en tono ofendido, como si fuera la parte agraviada. Maura estaba tan furiosa que era incapaz de reaccionar. Respiró varias veces con profundidad, recordándose a sí misma que tenía que pensar en el bebé.


—Lo cierto es que soy absolutamente culpable de haber estado con un hombre como tú —respondió con voz acalorada—. ¿Cómo te atreves a llamarme y hacerme semejantes acusaciones? No quiero volver a saber nada de ti en toda mi vida. ¿Entiendes, Scott? —Mira, Maura no tienes porqué... Pero la voz de Scott se cortó cuando Maura colgó de golpe el teléfono. Unos minutos más tarde llegó Doug, y Maura seguía sentada en la mesa de la cocina, temblando de rabia y tratando de tranquilizarse. —Maura, ¿te encuentras bien? —dijo él colocándole la mano sobre el hombro y mirándola con preocupación. —Estoy bien. He recibido una llamada de Scott, eso es todo. Quería felicitarnos por la boda —replicó ella con amargura. —¿Solo quería eso? —contestó Doug con rabia apenas contenida—. ¿Y que sientes tras haber hablado con él? Maura se encogió de hombros. «Ira» era la palabra que más se ajustaba a sus sentimientos. Pero si lo admitía en voz alta, tendría que contarle a Doug el resto de los detalles desagradables de la conversación. —¿Te ha dicho algo que te haya molestado? —preguntó Doug cruzándose de brazos con expresión sombría. Maura lo miró un instante y luego desvió la vista. No le gustaba nada mentirle, pero la verdad era demasiado desagradable como para contarla. Y no quería que aquello se convirtiera en una espiral, y que Doug le devolviera


la llamada a Scott. No quería volver a saber nada de aquel hombre nunca más. —¿Te ha dicho que se arrepiente de cómo te trató, o que te echa de menos y quiere volver contigo? —preguntó en tono neutro, como si fuera un abogado interrogando a un testigo. —No, para nada —contestó Maura levantándose para servirse un vaso de agua. La reacción de Doug la había descolocado. ¿Qué era lo que le molestaba? Si no supiera la verdad, pensaría que estaba celoso. Pero aquello era una estupidez. Tal vez se había mezclado un cierto sentido de la posesión con la aversión que sentía por Scott, pero no podía tratarse de celos. Decididamente no. —¿Crees que volverás a tener noticias suyas? —preguntó Doug. —Seguro que no —contestó ella con sinceridad—. Le dije claramente que no volviera a llamar aquí. Doug no dijo nada. Tenía la boca apretada en un gesto duro y el ceño fruncido. Maura quería acercarse a él, abrazarlo y asegurarle que no sentía por Scott Walker nada más que rabia y desdén. Quería decirle que era de él de quien estaba enamorada, por si no lo sabía todavía a aquellas alturas. Pero Doug parecía tan distante que no tuvo el valor de decirle nada. A Doug le habían cambiado el turno y tenía que volver al hospital aquella noche. Maura se tomó la noticia con calma, aunque viera cómo sus románticos planes se desvanecían en un suspiro. Comieron a toda prisa y hablaron de asuntos sin importancia. y aunque Doug no dejó de alabar la comida, la atmósfera estaba tensa y cargada, con la sombra de la llamada de Scott Walker sobre sus cabezas. —Siento tener que marcharme tan deprisa —dijo él mientras se preparaba para salir—. No


me esperes levantada. Llegaré tarde. Maura asintió con la cabeza. Sentía un nudo en la garganta que le hacía imposible pronunciar palabra. Estaba triste y confundida, como si algo importante hubiera cambiado de pronto entre ellos sin saber porqué. El apartamento se quedó vacío y silencioso en el instante en que se escuchó el sonido de la puerta cerrándose. Maura pensó que era curioso, ya que antes de la llegada de Doug nunca se había sentido sola cuando estaba en casa. Pero ahora vagaba de habitación en habitación, como si estuviera buscando una parte de sí misma. Apagó las velas y recogió los jarrones de flores. Aquel ambiente romántico le parecía ahora una estupidez, y se sintió avergonzada. Se dio una ducha y se metió en la cama con uno de sus libros sobre embarazo y bebés. Enseguida se quedó dormida. Cuando horas más tarde Doug regresó a casa, Maura se despertó al sentirlo en la oscuridad quitándose la ropa y deslizándose luego entre las sábanas a su lado. Esperó a que la buscara, como siempre hacía. Pero cuando él se dio la vuelta y pareció quedarse dormido, Maura no tuvo valor para molestarlo, aunque sus brazos clamaban por sentirlo cerca. Era el final de un día agotador, una jornada de reuniones, decisiones, y mucha gente trayendo un sinfín de problemas a su puerta. Grant Connelly abrió una carpeta llena de documentos que necesitaban su firma y revisó el primero de ellos. Cuando sonó el intercomunicador, apretó el botón y contestó al instante. —Tiene una visita, señor Connelly. La señora Angie Donahue. La voz profesional y neutra de su asistente no pudo ocultar un matiz de duda. Charlotte Masters conocía su agenda diaria mejor que él mismo, y sabía que raramente incluía visitas inesperadas, a no ser que se tratara de Emma o alguno de sus hijos.


Grant se quitó las gafas de lectura y las colocó sobre la mesa. ¿Qué estaba haciendo Angie Donahue allí? Grant pensó con súbita preocupación que tal vez su visita tendría algo que ver con Seth. —Pero, ¿por qué no había llamado por teléfono en lugar de presentarse sin avisar? Pero así era Angie, siempre pensando que el mundo giraba alrededor de ella. Grant alargó la mano y pulsó el botón del intercomunicador para responder. —Dile que pase —dijo con brusquedad. Tenía que admitir que sentía curiosidad por saber qué tenía que decirle después de tantos años. Grant se pasó la mano por el cabello, se estiró la corbata y se alisó la chaqueta del traje justo antes de escuchar una llamada suave a la puerta de su despacho. —Adelante, por favor —dijo. Angie abrió la puerta muy despacio y entró. Él se puso de pie y rodeó la gran mesa de su escritorio para recibirla. —Hola, Grant. ¿No soy lo peor, invadiéndote de esta manera? —preguntó ella con risa infantil mientras le tendía la mano—. Te agradezco que me recibas.. Ya sé que siempre estás terriblemente ocupado. —Menuda sorpresa —dijo Grant tomándole la mano entre las suyas—. Estás estupenda. No has cambiado nada. Y en cierto modo, el cumplido era sincero. Apenas había cambiado de estilo en todos aquellos años. Nunca le había dado vergüenza tratar de atraer todas las miradas sobre ella. Su pelo color platino y las joyas de oro contrastaban con el traje de chaqueta rojo que llevaba puesto. Seguía estando delgada, y los zapatos de tacón negro la colocaban a gran altura, de manera que podía mirar con sus ojos ámbar casi directamente en los de Grant.


—Gracias por el cumplido, Grant —replicó Angie con coquetería—. Eres muy amable. Tú también estás muy bien. Levantó los ojos para lanzarle una mirada de pura adoración femenina que en el pasado había sido suficiente para doblegar la fuerza de voluntad de Grant. Angie se sentó en uno de los sillones de cuero, mientras que Grant hacía lo propio en el sofá que estaba a su lado. —Lo creas o no, estaba comiendo con una amiga en el restaurante que está aquí al lado, y al pasar delante de tu edificio de regreso al centro, me paré y pensé: ¿Por qué no subo a ver a Grant? —explicó Angie con locuacidad—. Sabes, Seth no para de hablarme de ti todo el tiempo, y eso me hace pensar en nosotros. En el pasado, quiero decir —añadió con suavidad. Grant forzó una sonrisa. No estaba de humor para recorrer la senda de los recuerdos con Angie Donahue, y esperaba que no fuera eso lo que ella tenía en mente. —Bueno, ya sabes que no se puede volver atrás —dijo con firmeza—. Solo podemos ir hacia delante. Me alegro mucho de que Seth y tú hayan retornado el contacto. —¡Oh, sí, es maravilloso! Emma y tú habéis hecho un gran trabajo en su educación. ¡Es tan inteligente! Estoy tan orgullosa de él... ¿Cómo podría agradecértelo? Me temo que nunca podré. De pronto pareció como si Angie se fuera a echar a llorar, y Grant no supo cómo reaccionar. Luego recordó que aquella era una de las características de Angie: era capaz de estar feliz y ponerse triste al instante. Al principio aquello le había resultado fascinador y muy excitante, hasta que descubrió que en realidad estaba todo calculado, y que Angie era una actriz en busca de escenario.


—Sí; estamos muy orgullosos de él —dijo llanamente—. Sé que para Seth ha sido muy importante reencontrarse contigo. No debió ser fácil para ti dar el primer paso —añadió dándole un voto de confianza. —Gracias, Grant. Es muy amable de tu parte decir eso, teniendo en cuenta las circunstancias —dijo ella dirigiéndole una mirada que trataba de parecer inocente—. He tenido mucho tiempo para pensar en el pasado, en los errores que he cometido. Ahora veo que podría haber sido una madre mejor. Estoy intentando recuperar el tiempo con él —dijo mirándolo ahora con seriedad—. Sabes, me arrepiento de mi pasado. De la manera en que traté a Seth... y a ti, Grant. Ya sé que no puedo cambiar las cosas, pero quiero que sepas que tengo remordimientos. Grant aspiró con fuerza el aire y volvió a sentarse frente a su escritorio. Aquella confesión no era propia de la mujer que él había conocido. Tal vez había cambiado. Tal vez él había sido demasiado duro con ella. —La verdad es que no pienso mucho en aquellos tiempos —reflexionó Grant —. Los dos cometimos errores y yo no te guardo ningún rencor, créeme. Angie pareció dudar un instante antes de componer una sonrisa. —Bueno, ya hemos hablado bastante de mí —dijo cambiando bruscamente de tema—. ¿Qué tal tú? ¿Cómo va el negocio? Grant contestó educadamente y de manera general, como lo haría con cualquier desconocido. Angie Donahue había sido su asistente en el pasado, su confidente, su amante, y todo lo demás. Conocía sus asuntos de negocios hasta el más mínimo detalle. Le resultaba muy extraño pensar ahora que habían compartido semejante intimidad. Ahora se sentía incómodo comentándole cosas que eran incluso del dominio público. Angie había perdido su confianza mucho tiempo atrás, y haría falta algo más que unas cuantas palabras de disculpa para recuperarla. El intercomunicador sonó en aquel instante, y Grant se disculpó antes de


contestarlo. —Me marcho, señor Connelly —le informó Charlotte—. ¿Necesita usted algo? —No, Charlotte, muchas gracias. Buenas noches. Cuando Grant se volvió hacia Angie, esta miró el reloj y se puso en pie bruscamente. —¡Oh, qué tarde es! No pretendía entretenerte. Tú también querrás marcharte —se disculpó. —Tengo mucho trabajo que hacer antes de irme —contestó Grant mirando de reojo la pila de informes que tenía sobre la mesa—. Y también tengo que hacer algunas llamadas. Me queda aún un buen rato. —Supongo que hay cosas que nunca cambian —dijo ella con una sonrisa mientras recogía el bolso. —Me alegro de haberte visto, Angie —afirmó Grant estrechándole la mano. —Espero verte pronto —contestó ella desde el umbral—. No dejemos que pasen otros veinte años. Angie cerró la puerta y se marchó. Grant respiró aliviado; pero estaba demasiado distraído como para concentrarse en el trabajo. ¿De qué iba todo aquello? Después de veinte años, y después de haber pasado con toda seguridad por delante de su edificio miles de veces, de pronto Angie había sentido el impulso de subir a decirle hola... Grant sacudió la cabeza y volvió a ponerse las gafas de lectura. Tenía el presentimiento de que Angie perseguía algún propósito con aquella visita, aunque no sabría decir cuál.


Angie comprobó encantada que estaba completamente sola en el despacho de al lado. El teléfono de Charlotte estaba iluminado, indicando que Grant estaba haciendo sus llamadas telefónicas. Angie se movió muy despacio hacia la mesa de Charlotte y encendió el ordenador. En algún lugar de su mente se preguntó qué le diría a Grant si salía de pronto y la pillaba allí. Pero se tranquilizó a sí misma diciéndose que eso no iba a ocurrir. Abrió entonces el bolso y sacó un disquete. En cuestión de segundos habría acabado. Introdujo el disquete en el ordenador y apretó las teclas adecuadas. El mensaje de la pantalla indicó que los archivos de su disquete se estaban transfiriendo al disco duro del ordenador de Charlotte. En pocos segundos, el trabajo estaba hecho. Angie sacó el disquete y apagó el ordenador. Luego extrajo una tarjeta de visita del bolso y la colocó en el centro de la mesa de Charlotte. Entonces cerró el bolso y salió a buen paso del despacho. El resto de la planta parecía vacía. Las luces de las demás oficinas estaban apagadas, y Angie sintió una profunda satisfacción por el éxito de su empresa mientras se dirigía taconeando hacia los ascensores. Hacía veinte años que no pisaba aquel edificio, pero su corta visita había resultado de lo más productiva. Cuando Charlotte encendiera el ordenador a la mañana siguiente, el virus se extendería por las terminales de toda la Corporación Connelly en cuestión de segundos. El virus lo contaminaría todo, provocando un gigantesco caos en todo el sistema. Angie entró en el ascensor y sintió un escalo frío de satisfacción mientras pulsaba el botón de la planta baja. Al principio, Charlotte se quedaría desconcertada. Pero luego recordaría la llamada anónima que había recibido la semana pasada informándole de que en algún momento el sistema se colapsaría y que encontraría una tarjeta de visita en su escritorio con el nombre de unos técnicos informáticos. Lo único que tenía que hacer para solucionar el problema era llamar a aquellos técnicos, los únicos que podrían arreglarlo.


Pero si no colaboraba, Grant Connelly y el resto de la empresa conocerían la existencia de su hermano Brad, que cumplía condena en prisión por posesión y tráfico de drogas. No solo sería embarazoso para Charlotte, que había hecho lo imposible por ocultada verdad, sino que también podría costarle el puesto de trabajo. Angie solo había conocido a la joven de pasada, pero tenía la impresión de que colaboraría. No tenía elección. Angie suspiró y se puso las gafas de sol mientras salía al vestíbulo. Pensó que de hecho nadie tenía elección, si se miraba bien. Angie sentía en ocasiones que cada minuto de su vida estaba ya escrito de antemano y que no había tenido elección en los caminos que había elegido ni en los errores que había cometido. Pero incluso si hubiera podido ser distinto, sabía en el {onda de su corazón que en realidad no quería cambiar. Se sentía muy a gusto con las cosas tal y como estaban. Capítulo 7 Mientras el coche enfilaba la carretera rumbo a la casa de campo de los Connelly en el lago Geneva, Maura deseó que el cambio de escenario ayudara a disipar la tensión que se había creado entre ella y Doug los últimos días. Ella había reunido incluso el valor para preguntarle si había algún problema, pero él había eludido la pregunta con alguna respuesta vaga. Apenas le había dirigido la palabra mientras hacían el equipaje y salían de viaje hacia casa de sus padres. Maura pensó que a lo mejor estaba nervioso por la fiesta de aquella noche. Ella desde luego lo estaba. La fiesta de celebración de su boda comenzaría oficialmente en algún momento a última hora de la tarde, pero Grant y Emma les habían pedido que llegaran antes, porque tenían una sorpresa esperándolos. Maura y Doug sospechaban que se trataba de un regalo de bodas que desearían entregarles en privado. Doug estaba deseando llegar al lago cuanto antes para salir a navegar un rato en uno de los barcos de Grant.


En momentos como aquel, Doug siempre había encontrado la manera de hacerla sentirse mejor a pesar de su timidez. Pero ahora parecía tan distraído que Maura no tenía ganas de confiarle sus temores. De hecho, durante los últimos días, no se había sentido cómoda hablando con él de nada, y parecía que a él le ocurría lo mismo. Tampoco habían hecho el amor, ni siquiera se habían tocado. Maura no estaba muy segura de qué había pasado exactamente. No habían tenido ninguna discusión, ni siquiera un desacuerdo. Pero desde el miércoles por la noche, cuando le habían fallado sus planes de cena romántica, la atmósfera se había hecho densa. Maura se preguntó si Doug estaría empezando a arrepentirse de haberse casado con ella. ¿Qué otra razón podía haber si no para su súbito distanciamiento? Era irónico que estuvieran a punto de celebrar una gran fiesta en honor de su matrimonio cuando apenas se hablaban. Maura se revolvió en el asiento y exhaló un profundo suspiro sin darse cuenta. —¿Te encuentras bien? —le preguntó Doug girándose hacia ella—. ¿Quieres que pare? —Estoy bien —contestó Maura mirando por la ventanilla—. ¿Falta mucho para llegar? —No, media hora aproximadamente —contestó él con una media sonrisa alargando la mano para tomar la suya. Aquel gesto tan simple escondía más ternura de la que le había demostrado en los últimos días. Maura se sintió conmovida. Tras tomar una desviación, llegaron a un camino de gravilla que llevaba hasta la casa. La mansión estaba a la orilla del lago, y a Maura le pareció enorme, construida en gran parte enmadera. Pero aún no había visto nada. A medida que se acercaban, divisó dos canchas de tenis, una piscina, y más a lo lejos, los establos. Emma y Grant estaban fuera de la casa y se acercaron al coche a recibirlos. Doug estaba deseando ir al lago con Grant, pero Emma insistió en que ambos


tenían que entrar primero en la cabaña para recibir su sorpresa. No podían negarse, y entraron. «La cabaña», como la llamaban Grant y Emma, era impresionante, y Maura se detuvo un instante para admirar las líneas limpias y claras de su diseño. Había ventanales desde el suelo hasta el techo en el salón grande y despejado en el que entraron, con vistas a las azules aguas del lago. El mobiliario, de estilo colonial, parecía cómodo y sencillo, pero Maura no tenía ninguna duda de que era el más caro que el dinero podía comprar. Mientras Maura y Doug admiraban la casa y las vistas, Emma desapareció un instante en la habitación de al lado. Volvió al momento y los llamó desde el umbral de la puerta. —Maura y Doug, aquí tienen su sorpresa —anunció con alegría—. Tobías y Miss Lilly. Cuando supieron que se habían casado en secreto, no pude retenerlos. Han venido desde Palm Springs para la fiesta. Maura reconoció aquellos nombres al instante. Eran los abuelos de Doug, los padres de Grant. Doug solo los había visto una vez, en la fiesta de bienvenida a la familia que les organizaron a él y a Chanceo Tobías era mayor pero seguía teniendo un aspecto fuerte, y se parecía mucho a Grant físicamente. Miss Lilly era una anciana atractiva de piel clara y brillante sin apenas arrugas y un halo de pelo blanco alrededor del rostro. —Qué alegría volver a verte, Doug —dijo Tobías mientras estrechaba cariñosamente su mano. —Hola, nieto —dijo simplemente Lilly poniéndose de puntillas para besarlo en la mejilla—. Dios mío, no me acostumbro a lo guapo que eres. —Les presento a mi mujer —contestó él, halagado por el piropo—. Se llama


Maura. Doug le pasó el brazo por el hombro y la atrajo hacia sí. Ella volvió a sentirse conectada con él, como si fueran una pareja de verdad. Emma anunció que la comida estaba servida en el patio, y todos salieron por la puerta de cristal. Tomaron asiento alrededor de la gran mesa redonda, y Maura se alegró de que Lilly y Tobías estuvieran allí. Ahora sería Doug el centro de atención, y ella se sentiría más liberada. Cuando acabó el almuerzo, los hombres salieron a dar un paseo en barco y Emma se marchó a ocuparse de los detalles de última hora de la fiesta. Miss Lilly se retiró a echar una cabezadita. Maura estaba encantada de tener algo de tiempo para estar sola. Se puso el traje de baño y bajó al lago para darse un chapuzón. La natación y el sol le sentaron de maravilla, pero pronto se sintió muy cansada y regresó a duras penas a su habitación, donde se quedó dormida casi al instante. Tuvo unos sueños muy reales, la mayoría de ellos con Doug de protagonista. Soñó que tenía un bebé en brazos y se lo pasaba a éL Doug tenía en la cara una expresión inconfundible de felicidad mientras levantaba el niño hacia el cielo. Luego se giraba hacia Maura y la besaba apasionadamente en la boca. Maura lo besó a su vez mientras le acariciaba una mejilla. Aspiró el aroma de su piel cálida, de su pelo... Parecía tan real... Demasiado real, de hecho. Maura abrió los ojos y encontró la cara de Doug al lado de la suya en la oscuridad de la habitación. —Eras tú... me estabas besando —dijo adormilada. —Sí. No he podido evitarlo —confesó él apartándole el pelo de la cara. —Estaba soñando —comenzó a decir Maura mientras se sentaba en la cama. Doug se sentó también a su lado.


—Con tu marido, espero —dijo de broma antes de rectificar—. Espera, no tienes porqué contestarme. Maura observó cómo se incorporaba y se quitaba la camiseta. Tenía un cuerpo magnífico: un pecho musculoso, los hombros anchos y la cintura estrecha. Era difícil pensar en otra cosa cuando lo tenía delante. Maura estaba deseando hacer el amor en aquel momento, pero sabía que no tenían mucho tiempo antes de la fiesta. —No seas tonto. Claro que estaba soñando contigo —respondió ella con una risa nerviosa. —Puedes soñar con quien quieras, Maura —contestó él colocándose una toalla sobre los hombros antes de entrar al baño—. No me debes ninguna explicación. Maura sintió una punzada de dolor. No sabía por dónde iban los tiros, y no supo qué responder. Doug cerró la puerta del baño, y ella escuchó el sonido de la ducha. Le echó un vistazo al reloj y se dio cuenta de que era algo tarde. Los invitados estaban a punto de llegar y ella estaba todavía sin arreglarse. Tendría que preguntarle más tarde a Doug qué había querido decir con aquel comentario tan críptico, pero ahora era el momento de actuar como los felices recién casados, y esta vez ante un público muy numeroso. Doug la tomó de la mano mientras cruzaban la casa para llegar al patio. La mayoría de los invitados ya habían llegado, y todo el mundo los saludaba mientras ellos avanzaban lentamente entre la multitud. Entre presentación y presentación, Maura tuvo oportunidad de observar con asombro cómo la parte exterior de la cabaña se había transformado para la ocasión, con lucecitas blancas en los árboles, y velas y flores por todas partes. Los camareros pasaban entre la gente con bandejas repletas de deliciosos


aperitivos y bebidas, y un trío de músicos interpretaba suavemente piezas de jazz. A poca distancia del muelle estaba la larga fila de barbacoas, manejadas por chefs con altos gorros blancos y delantales rojos. El aroma de las costillas, la carne y el pollo impregnaba el aire. Maura se dio cuenta de que estaba hambrienta y agarró al vuelo un canapé de gambas de una bandeja. —¿Es esto lo que vosotros consideráis una barbacoa informal? —le susurró al oído a Doug en un instante en que estuvieron solos. —Emma está acostumbrada a hacer las cosas a escala real —contestó él con una sonrisa—. La han educado así. —Aquí están los invitados de honor —dijo entonces a su espalda un hombre alto que era la viva imagen de Doug—. ¿Dónde os habíais metido? Os hemos buscado por todas partes. Maura pensó que aquel tenía que ser el hermano gemelo de Doug, Chance, que era miembro de las patrullas especiales de la Marina. Y con él estaba Jennifer, su prometida. Doug pareció sorprendido al principio, pero luego mudó la expresión hacia una de felicidad absoluta mientras abrazaba a su hermano. —¿Qué estás haciendo aquí? Creí que estabas fuera. —El Alto Mando retrasó la misión en el último minuto, así que decidí darte una sorpresa, doctor. Y al parecer ha funcionado —afirmó antes de girarse hacia Maura—. ¿No vas a presentarme a tu bellísima esposa? Doug hizo las presentaciones e intercambió un par de bromas fraternales con Chance. A Maura le cayó bien al instante su cuñado, y se dio cuenta enseguida de que aunque ambos hombres eran físicamente iguales, tenían personalidades opuestas. Chance era encantador, abierto, e incluso algo impetuoso, todo un contraste frente a la personalidad intensa y en ocasiones


introvertida de Doug. Chance y Doug tenían miles de cosas de las que hablar, y mientras lo hacían, Maura se sentó en la mesita con Jennifer. Se alegraba de volver a verla. Tenía el presentimiento de que acabarían siendo buenas amigas, si es que su matrimonio con Doug duraba lo suficiente. —Bueno, ¿y qué talla vida de casada? —preguntó Jennifer—. Parece que te va bastante bien... —Sí, eso parece —replicó Maura, sintiéndose ligeramente culpable por decir una mentira. —¿Y cómo te encuentras? Jennifer formuló la pregunta como quien no quiere la cosa, pero Maura supo por el brillo de sus ojos que sabía que estaba embarazada. —Bien —contestó encogiéndose de hombros como sin no hubiera captado la indirecta—. Un poco cansada del trabajo, tal vez. Es agradable tomarse un respiro en un sitio tan bonito como éste. —Bueno, no trabajes demasiado —la aconsejó Jennifer—. Por tu estado, me refiero. Maura sintió ira hacia Doug por airear su secreto, aunque hubiera sido a su hermano. Si Chance y Jennifer sabían que estaba embarazada, seguro que habría mucha gente más al tanto. —¡Oh, querida, cuánto lo siento! —dijo Jennifer rozando el brazo de Maura con la mano—. Se suponía que no debía decirte que lo sabía. Se lo prometí a Chance un millón de veces. Su futura cuñada sacudió la cabeza con remordimientos, sintiéndose avergonzada, y Maura no tuvo más remedio que perdonarla al instante.


—No pasa nada. Supongo que es normal que Doug quisiera compartir la noticia con su hermano. Es comprensible —razonó Maura. —La verdad es que están muy unidos. Y Chance está encantado, Maura, no sabes cuánto. Sobre todo teniendo en cuenta que el primer matrimonio de Doug fracasó porque su ex mujer no quería tener hijos. Chance dice que hace mucho tiempo que Doug desea ser padre —explicó Jennifer—. Para él, esto es un sueño hecho realidad. ¿Su mujer no había querido tener hijos y por eso habían roto? Aquello tenía sentido. Entonces, Doug se había casado con ella solamente por el bebé. Ella no le importaba, al menos no de la manera importante. Doug nunca la había amado como lo amaba ella. Quería convertirse en padre, y Maura era una futura madre conveniente. Aquel era su sueño hecho realidad, y la peor pesadilla de Maura. Estaba impactada. Apenas podía respirar, y la voz de Jennifer parecía llegarle desde muy lejos. Maura se llevó la mano a la frente, sintiéndose completamente mareada. —Maura, ¿te encuentras bien? —preguntó Jennifer preocupada—. Estás muy pálida. ¿Te traigo algo? —Estoy bien, de verdad —contestó ella incorporándose y forzando una sonrisa. Maura trató de controlar sus emociones. Estaba en medio de una fiesta en su honor. No podía pensar en todo aquello en esos momentos. —Maura no se encuentra muy bien —advirtió Jennifer cuando Doug apareció —. Ahora mismo iba a ir a buscarte. Maura levantó la vista y se encontró con la mirada de Doug. Parecía


preocupado. Se sentó a su lado, y sus cuñados desaparecieron educadamente, dejándolos solos. —¿Estás mareada? —le preguntó—. Tal vez te han bajado los niveles de azúcar y necesites comer algo... —Sí, puede que sea eso —respondió ella dando un sorbo a la bebida fresca que él le ofreció, pero evitando mirarlo a los ojos. —No te habrás caído, ¿verdad? —preguntó Doug de repente. —No, no me he caído —contestó Maura cortante—. Vayamos a por algo de comer. Estoy hambrienta. —Tú espera aquí —respondió él rozándola en el hombro—. Yo te lo traigo. Se quedó sentada mientras Doug desaparecía entre la multitud. Entonces, Maura empezó a recordar los gestos de cariño que él le había dedicado. Aquel hombre no la quería, solo estaba interesado en la vida que crecía dentro de ella. Como si ella fuera una yegua del establo de los Connelly. Aquella situación era intolerable. Maura pensó que iba a deshacerse en llanto, pero no podía avergonzar a los Connelly. Se habían molestado mucho en prepararles la fiesta. Tendría que controlarse, al menos hasta que estuviera a solas con Doug y pudiera enfrentarse a él. Tal vez no era para tanto. Tal vez Jennifer no había entendido bien la historia. La única manera de averiguar la verdad era hablando directamente con Doug. Eso era lo que tenía que hacer. Mientras Maura lo esperaba, Chance pasó por allí y se detuvo a charlar con ella para hacerle compañía, y enseguida se unió a ellos Grant, que le presentó a su hijo Rafe. Todos se sentaron a su lado.


Cuando Doug regresó con un plato de comida en cada mano y se encontró a Maura sentada con tres hombres, se detuvo un instante y compuso una mueca. —Pareces Scarlet O'Hara sentada en la barbacoa de los doce robles —dijo muy serio—. Le he traído su cena, señorita Scarlet. Creo que eso merece al menos un sitio, ¿no? —Tu mujer es encantadora —dijo Rafe felicitando a su hermanastro—. Eres un hombre afortunado. —Gracias. Sí que lo soy —respondió Doug con firmeza mirando a Maura. Pero ello evitó su mirada y se dispuso a comer. Grant le contó a Rafe lo que había ocurrido con el sistema informático de la Corporación Connelly. Al parecer, Rafe era analista de sistemas y experto en seguridad informática, y tenía mucho prestigio. Se dedicaba a viajar por todo el país y el resto del mundo para visitar a sus adinerados clientes. Cuando su padre terminó de hablar, Rafe frunció el ceño. —Ojalá pudiera ayudar. Pero mi agenda... —Lo sé, lo sé —respondió Grant, impidiéndole disculparse—. Tienes muchos compromisos. Ahora te toca Phoenix, ¿no? —Estaré allí al menos tres meses —contestó Rafe asintiendo con la cabeza—. ¿Han conseguido tus técnicos arreglar el desastre? —Llamamos a una gente de fuera, Broderton's Computing. Me los recomendó Charlotte, y


parecen muy buenos. Puede que los llamemos más veces. Al final del día ya estaba todo el sistema funcionando de nuevo. —Broderton... No me suena el nombre —dijo Rafe pensativo—. ¿Qué creen que causó el colapso? —Algún virus que llegó probablemente por correo electrónico —replicó Grant con el ceño fruncido—. No soy un experto en informática, pero todo este asunto me parece muy extraño. Nuestros empleados saben que no deben abrir e—mails que no sean de la Corporación, y además tenemos un buen antivirus. —De todas maneras, llevo dos años diciéndote que deberías poner al día todo el sistema —replicó su hijo. —Es verdad —reconoció Grant dándole un sorbo a su vaso—. Cuando vuelvas de Phoenix, busca un hueco en tu agenda para trabajar en la Corporación Connelly. Esta historia me ha asustado. —Si lo dices de verdad, más vale que Charlotte hable con mi secretaria mañana mismo. Tengo muchos compromisos, pero creo que podré ponerme con lo tuyo después de Navidad. —Tal vez debería llamar a Broderton —contestó Grant, irónico—. Al parecer, ellos se preocupan más por mi negocio que mi propio hijo. —Mira, he aquí la persona que necesitamos —lo interrumpió Rafe levantando la voz—. Eh, Charlie, ven un momento.


Una mujer muy atractiva de cabellos rojizo se detuvo entonces, frunció el ceño y se acercó a la mesa. —¿Eres tú quien ha bramado? —preguntó educadamente. Rafa compuso una mueca. Grant le presentó a Maura a la joven. Era su asistente, Charlotte Masterson. Maura pensó que tenía una cara muy interesante, algo dura para los cánones de belleza convencionales, pero muy atractiva. Y Rafe debía pensar lo mismo, a juzgar por el modo en que la estaba mirando. —¿Qué sabes de la empresa Broderton, Charlie? —le preguntó—. ¿Podrán cambiar todo el sistema de la Corporación, o crees que mi padre debe esperar para tener al mejor, o sea, a mí? —añadió con una mueca. —¿Broderton? —se preguntó Charlotte con la mirada perdida entre Rafe y su padre—. La verdad es que no sé mucho de ellos. Me los recomendaron, pero yo no los llamaría para algo tan importante. Definitivamente no —finalizó dando un suspiro. —¿Qué te ocurre? —preguntó Rafe dejando de sonreír mientras estudiaba el rostro de Charlotte—. No has hecho nada para vapulear mi ego, y tampoco has protestado cuando te he llamado Charlie. Algo no anda bien. —La verdad es que no me encuentro muy bien —replicó ella forzando una sonrisa—. Voy a buscar a Emma para que me disculpe por marcharme temprano. Grant no quería ni oír hablar de que Charlotte regresara a casa conduciendo si no se


encontraba bien. Maura se dio cuenta de que Rafe se ofrecía inmediatamente voluntario para aquella misión. Charlotte protestó, pero cuando dos hombres Connelly decidían que había que proteger a una dama, la protegían tanto si a ella le gustaba como si no. El resto de la fiesta transcurrió muy deprisa. Maura se distrajo de sus preocupaciones charlando con unos y otros. Emma y Grant estuvieron hablando con ella para darle la bienvenida a la familia con palabras sencillas y sinceras que le hicieron brotar las lágrimas. Desde que había perdido a sus padres y se había quedado sin hogar, Maura había deseado volver a sentirse parte de una familia. Y ahora, después de tanto tiempo, se sentía de verdad bienvenida, incluso querida por aquellos maravillosos Connelly. Maura deseó que aquello durara para siempre. Pero cuando miró de reojo la fuerte figura de Doug a su lado, sintió una punzada de dolor en el corazón. No duraría. No después de aquella noche, en la que había conocido la amarga realidad. La fiesta terminó a altas horas de la noche, y Maura se fue a la cama mientras Doug se quedaba hablando con su hermano y algunos de sus hermanas tras. Estaba tan cansada que se quedó dormida al instante. A la mañana siguiente, la, despertó el sonido del teléfono móvil de Doug. Él lo descolgó y con testó con voz ronca sin levantar apenas la cabeza de la almohada. Maura no tuvo que hacer ninguna pregunta para adivinar lo que ocurría. Lo necesitaban en el hospital y tenía que salir inmediatamente para allá. —¿Quieres que vaya contigo? Solo necesito cinco minutos —aseguró Maura preparándose para saltar de la cama. —No, tú quédate y duerme un poco más —contestó él con firmeza mientras se ponía los pantalones y una camisa limpia—. Grant y Emma te llevarán de vuelta a la ciudad.


—No te preocupes. Estaré bien. Yo te llevaré tus cosas. —Gracias —contestó Doug sentándose a su lado en la cama y mirándola fijamente a los ojos. Maura sintió cómo se inclinaba sobre ella, y abrió la boca a la espera de un beso. Pero entonces Doug exhaló un profundo suspiro y miró hacia otro lado. —Bueno, pues entonces será mejor que me vaya —dijo poniéndose en pie y agarrando las llaves y la cartera de la mesita de noche—. Te veré en casa. —Sí, nos vemos luego —repitió Maura absurdamente mientras lo veía dirigirse a la puerta. Sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, pero no sabría decir porqué. Por suerte, apenas había amanecido, y la habitación estaba tan en penumbra que Doug no pudo ver su reacción al verlo marchar. Capítulo 8 Durante los días siguientes, Maura trató muchas veces de encararse a Doug, pero sus horarios no estaban sincronizados. Nunca encontraba el momento oportuno. La tensión que había sentido antes de la fiesta había ido en aumento. Ya no surgía solo de parte de Doug, sino también de Maura. Estaba totalmente distraída, casi no dormía, apenas comía, y tenía que esforzarse por no perder la concentración en el trabajo. Aquello no podía seguir así, y el viernes decidió que hablaría con él fuera como fuera. No se había encontrado muy bien en el hospital, y la enfermera jefe le había dejado volver a casa antes de terminar su turno. Una vez en casa, se dio una ducha y se estaba vistiendo en el dormitorio cuando escuchó la llave de Doug en la cerradura. —Maura, ¿dónde estás? —gritó tras cerrar la puerta. —Estoy aquí —contestó ella, preguntándose el porqué del tono de alarma en su voz.


—¿Estás bien? —exclamó Doug entrando en el cuarto y mirándola fijamente —. Me han dicho en la sala de enfermeras que te habías ido a casa. —No es nada grave. Solo estoy un poco cansada —contestó ella quitándole importancia. —Deberías echarte un rato —dijo Doug acercándose y acariciándole una mejilla. Maura se sintió aliviada durante un instante al sentir su contacto, pero se apartó enseguida. —¿Qué te ocurre? —la urgió Doug tocándole el hombro para obligada a mirado de frente. —Te preocupas demasiado por mí —contestó ella secamente sin dejar de darle la espalda—. O quizá no de mí... solo del bebé. Cuando Maura se giró para mirado, la expresión de Doug reflejaba una confusión total, y la miraba con los ojos entornados. —Por supuesto que me preocupa el bebé. Todavía no has pasado el primer trimestre. Aún estás en periodo de riesgo —le recordó desde su posición de médico. —¿Y entonces qué pasaría, Doug? —lo retó Maura—. ¿Ya no habría trato? —¿Trato? ¿De qué estás hablando, Maura? ¿Qué trato? —replicó él con las manos en jarras, mirándola con el ceño completamente fruncido. —El trato que hicimos cuando nos casamos. Tú te casas conmigo, le das un apellido a mi hijo .Y yo por mi parte fabrico un niño. Esa fue la única razón por la que te casaste conmigo, ¿verdad? Para tener un hijo —dijo Maura con la voz entrecortada por la emoción.


Observó entonces que el rostro de Doug palidecía por completo ante sus palabras. Se sentía fatal por ponerlo contra las cuerdas de aquella manera, pero tenía que saber la verdad. —Nunca he negado que me gustara la idea de tener una familia. Pero me casé contigo porque quería ayudarte, porque pensaba que no te merecías que te trataran como Scott lo había hecho... aunque probablemente sigas enamorada de él —añadió con ira apenas contenida. —¿Enamorada de Scott? ¡No seas ridículo! —le espetó Maura—. No intentes cambiar de tema. Me he enterado que tu primer matrimonio fracasó porque ella no quería tener hijos. ¿Es verdad? —¿Quién te ha dicho eso? —replicó Doug con tono grave avanzando hacia ella con expresión sombría. Maura dio un paso atrás instintivamente, arrepentida por haber iniciado aquella discusión. Pero tenían que llegar hasta el fondo de la cuestión, por muy doloroso que resultara el viaje. —No importa quién me lo contara —replicó ella, retornando el control de sus nervios—. Es la verdad, ¿no es cierto? Tú querías un bebé y allí estaba yo, preparada para conseguirte uno sin hacer preguntas. Parecía que Doug iba a decir algo, pero guardó silencio. Maura lo vio exhalar profundamente el aire, como si tratara de mantener la calma. —No niego que siempre he querido ser padre, y que quiero este hijo, y más si es posible —dijo finalmente—. Pero esa no ha sido la única razón por la que me casé contigo, Maura. Y ahora que estamos juntos, sé que hubo otras razones por las que me acerqué a ti la noche que me declaré —continuó aproximándose a ella hasta tomarla de las manos—. No lo mandemos todo al garete por culpa de los cotilleos y los malentendidos.


Doug se quedó sin palabras y la miró fijamente a los ojos. Parecía lleno de emoción. ¿Acaso iba a decide que la quería? Maura deseó con todas sus fuerzas que así fuera. Aquella sería la única manera de arreglar las cosas entre ellos. —No es solo por el bebé, Maura —dijo finalmente estrechándole las manos con más fuerza—. Sé que es lo mejor para nosotros. Sé que hemos hecho lo correcto. Maura sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. No había dicho las palabras. No la amaba. Un sentimiento de decepción amorosa se mezcló en su corazón con el profundo amor que sentía por él. Un amor que nunca sería correspondido. Incapaz de contener el llanto por más tiempo, Maura se apartó de él, aunque estaba desando arrojarse en sus brazos. Le dio la espalda para que Doug no pudiera leer la decepción en sus ojos, para que no llegara a saber cuánto lo amaba. —Puede que tú estés totalmente satisfecho con este acuerdo, Doug —dijo finalmente—. Pero siento decirte que yo no. Para mí no es suficiente. Nuestro matrimonio... No funciona. —Pero apenas llevamos casados un mes —replicó Doug—. Pensé que nos íbamos a dar una oportunidad al menos hasta que naciera el bebé. Otra vez el bebé. Mama sintió deseos de gritar. —Ya sé que eso fue lo que dije —replicó tratando de aparentar calma—. Pero estaba equivocada. No puedo seguir contigo hasta entonces. Yo... Maura se detuvo. “No me di cuenta entonces de lo difícil que me resultaría vivir contigo sabiendo que solo te habías casado conmigo por el bebé, sabiendo lo mucho que yo te amo y lo imposible que parece resultarte a ti


enamorarte de mí”. No llegó a pronunciar aquellas palabras, pero su eco se expandió por su cerebro mientras contemplaba la cara de estupor de Doug. —No puedes hacerme esto —dijo él de pronto acercándose otra vez a ella—. No te dejaré marchar —insistió con gravedad. Maura no supo qué decir. Aquella reacción parecía una prueba de sus sentimientos hacia ella. Pero eran solo sentimientos de posesión. Tal vez Doug temía la vergüenza que supondría que ella lo dejara así. Y entonces, cuando Maura estaba a punto de responder, el sonido del teléfono móvil de Doug interrumpió el silencio. —¡Maldita sea! —exclamó él mientras contestaba la llamada. Respondió con sequedad a quien quiera que estuviera al otro lado de la línea. Unos segundos más tarde colgó el teléfono y miró a Maura fijamente con cara de circunstancias. —Han vuelto a ingresar a Jill Dixon —le informó. Se trataba de una paciente de cinco años a la que le habían practicado una angioplastia la semana anterior, y a la que acababan de darle el alta—. Han surgido complicaciones —continuó Doug—. Están preparando el quirófano para operarla. Maura sintió que se le ponía la carne de gallina. Rezó en silencio una plegaria para que la niña sobreviviera y saliera adelante. Sus propios problemas le parecieron de pronto una insignificancia. —Vete —le dijo a Doug—. Tienes que ir. Él asintió con la cabeza pero no se movió. —Prométeme que no harás nada hasta que yo regresé —la urgió—. Podemos arreglar esto. Sé que podemos.


—De acuerdo. Te lo prometo —replicó Maura tras pensárselo unos instantes —. Ahora vete. Sabía que le estaba mintiendo, pero era necesario que saliera para el hospital y se dedicara a Jill Dixon con la mente lo más despejada posible. Tras dirigirle una última e intensa mirada, Doug se dio la vuelta y salió de la habitación. Maura escuchó el sonido de la puerta al cerrarse y exhaló un hondo suspiro. Luego se sentó en la cama y hundió la cabeza entre las manos. Sentía deseos de llorar hasta quedar exhausta, pero no tenía tiempo que perder. Se levantó con algo de esfuerzo y sacó una bolsa de viaje del armario. Casi sin pensar, comenzó a meter en ella algo de ropa. Ya volvería más tarde por el resto de las cosas. Cuando salió a la calle, la lluvia que había comenzado a caer suavemente a primera hora de la tarde se desataba ahora con más fuerza. Pero Maura apenas se dio cuenta de ello cuando llegó a su coche, metió la bolsa dentro y se colocó frente al volante. Mientras conducía, se dijo a sí misma que era muy radical dejar su propio apartamento, pero era la única manera. No habría sido capaz de convencer a Doug para que se marchara. Tenía que hacerlo ella. Buscaría un hotel para pasar el fin de semana, y luego tal vez se marchara algún tiempo a casa de su hermana. Era cierto que había muchas cosas buenas en su relación con Doug: la conexión que tenían, el respeto y la mutua compresión... Por no mencionar lo bien que hacían el amor juntos. Pero si él no la amaba, todo aquello no era suficiente. Y si la amara, ya se lo habría dicho. Estaba claro que Doug no quería que se marchara, y él sabía que aquellas eran las únicas palabras que Maura quería escuchar.


Pero no las pronunció. Ni esas ni ningunas parecidas. Así que Maura no tenía elección: Tenía que marcharse. Echaría de menos las caricias apasionadas de Doug. Nunca conocería un amor como aquel con ningún otro hombre. Nunca dejaría que nadie se acercara tanto a su corazón: se pagaba un precio demasiado alto y excesivamente doloroso. Tendría una vida solitaria, una vida dedicada a su hijo. Maura sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas y estiró el brazo para agarrar los pañuelos de papel que llevaba en el bolso que estaba en el asiento del copiloto. En aquel instante, el semáforo pasó de naranja a rojo, y Maura apretó el pedal del freno con todas sus fuerzas. Escuchó entonces el chirriar de otros frenos a su espalda. Vio a través del espejo retrovisor las luces largas que el conductor prendía y escuchó con claridad el sonido desesperado de su bocina. —Dios mío... —exclamó Maura. Ya no quedaba tiempo para reaccionar. Cerró los ojos con fuerza y cruzó los brazos sobre el abdomen instintivamente, para proteger al bebé del impacto que estaba a punto de recibir. Luego escuchó el sordo sonido del metal contra metal y sintió que el coche era propulsado hacia delante. Maura se escuchó a sí misma gritar cuando sintió un dolor en el centro de su cuerpo mientras su coche se empotraba. Tuvo tiempo de ver cómo la parte delantera de su vehículo se rajaba como una hoja de papel antes de que saltara el airbag, ocupando todo su campo de visión. Luego inclinó la cabeza hacia delante y todo se nubló a su alrededor. Maura se despertó lentamente. Supo de inmediato que estaba en el hospital. Los sonidos y los olores, tan familiares, le habían penetrado en el subconsciente. Se sentía mareada y algo confusa. Trató de incorporarse, pensando en un principio que estaba de turno y que tendría que estar trabajando, y no tumbada en una cama.


Entonces sintió una mano cálida sobre el hombro. Una enfermera del servicio de urgencias a la que conocía de vista la estaba sonriendo. —No pasa nada, Maura. Échate e intenta relajarte. ¿Cómo te sientes? —No lo sé —contestó ella sinceramente—. Me duele mucho la cabeza, y tengo la boca muy seca. Me cuesta hablar. —Le diré a la Doctora Tyler que venga —le dijo la enfermera, mencionando el nombre de la ginecóloga de Maura—. Estaba esperando para hablar contigo. Maura asintió con la cabeza y observó a su compañera desaparecer tras las cortinas verdes. Comenzó a recordar que había tenido un accidente de coche. Rememoró el impacto, y algunas imágenes de la policía y el personal sanitario llegando en una ambulancia. Tal vez estuvo consciente hasta entonces. Maura sintió una repentina punzada de preocupación. ¡El bebé! ¿Estaba bien su bebé? Quería preguntarlo, pero la enfermera se había marchado ya. Se giró y llamó al botón de emergencia que tenía en la cama antes de colocarse las manos sobre el vientre. No sentía ningún dolor, pero tal vez el impacto había hecho daño al feto. Pero no, aquello sería demasiado terrible. No quería ni pensar en ello. Las lágrimas le resbalaron por las mejillas antes de caer sobre la almohada. Se sentía vacía y muy sola. ¿Habría perdido todo de una sola estocada, a Doug y al bebé? Entonces vio que se movían las cortinas y supuso que sería la enfermera, respondiendo a su llamada. Durante un segundo fue incapaz de abrir los ojos, temerosa de preguntarle por el bebé. Y


de pronto sintió a alguien muy cerca de ella, abrazándola, besándola en el pelo y en las mejillas. —Maura, gracias a Dios que estás bien... Abrió los ojos y se encontró con Doug, su rostro pegado al suyo, la expresión preocupada. Le brillaban tanto sus ojos color de ámbar que Maura se preguntó si no estaría a punto de llorar. —Tengo miedo, Doug —admitió ella con un sollozo—. Tengo miedo de haber perdido el bebé... Doug la abrazó con fuerza, rodeándola de cariño. —Tú estás bien, y eso es lo importante —la tranquilizó—. Por suerte tuviste tiempo antes de desmayarte de decirle al médico que te atendió en el accidente que estabas embarazada, así que te hicieron una ecografía nada más llegar al hospital. Pero tu médico quiere examinarte otra vez para asegurarse. —Pero y sí... —comenzó a decir Maura, tratando de contener las lágrimas pero sin conseguirlo. —Sé que es duro, Maura, pero lo superaremos —le prometió Doug en un susurro sin dejar de abrazarla—. Volveremos a intentarlo. Dios mío, cuando pienso que esta noche he estado a punto de perderte... Dejó la frase incompleta antes de hundir el rostro en el cabello de Maura, abrazándola aún con más fuerza. —Te quiero con toda mi alma —murmuró Doug con voz profunda. Se inclinó hacia atrás lo suficiente como para poder mirarla a la cara, y le levantó la barbilla con las yemas de los dedos. —Te quiero, Maura —insistió—. Te quiero con toda la fuerza de mi corazón. Lamento haber tardado tanto en decírtelo, pero estaba asustado. Asustado de amar tanto a alguien a quien podía perder. Creo que te lo he querido desde el


día en que te vi. Ahora me doy cuenta. Aquella era una confesión impresionante, y Maura no tenía palabras para describir sus sentimientos. Doug bajó la vista un instante antes de volver a mirarla. —Esta noche ibas a dejarme, ¿verdad? —Sí —confesó ella asintiendo con la cabeza—. No podía quedarme. Pensé que no me querías, y no podía seguir viviendo contigo sabiendo que solo estabas conmigo por el bebé. —Suceda lo que suceda hoy, Maura, yo siempre te amaré. Siempre —repitió Doug estrechándola contra sí con emoción—. Estaré contigo para siempre, aunque no podamos tener hijos. Me da igual si los adoptamos o si no tenemos familia. Lo único que sé es que no podría vivir sin ti. Maura estaba tan emocionada que no supo qué decir. Aquel hombre tan maravilloso estaba enamorado de ella... No se lo podía creer. —Yo también te amo, Doug —susurró—. Supongo que ya lo sabías, ¿no? —No, no lo sabía —contestó él acariciándole suavemente la espalda—. Pensé que todavía sentías algo por Scott, sobre todo después de la noche que llamó y noté que tratabas de mantener en secreto lo que habíais hablado. Maura lo miró con sorpresa. Ahora entendía porqué se había distanciado tanto de ella desde entonces. Pero en lugar de darle ninguna explicación, lo besó apasionadamente en la boca. Se sentía completamente transportada cuando escuchó a alguien aclarándose la garganta. Maura se apartó de Doug y levantó la vista para encontrarse con su médico. —¿Hay alguna noticia sobre el bebé, doctora Tyler? —preguntó él sin dejar


de abrazar a Maura. —Los análisis de sangre son positivos —respondió la doctora—. Has sangrado un poco, Maura, pero parece que el bebé está bien. Vamos a hacer otra ecografía y a echar un vistazo. ¿Preparada? Maura miró a Doug a los ojos y encontró en ellos toda la fuerza y el amor que necesitaba. —Sí, estamos preparados —contestó girándose hacia la doctora. Minutos más tarde, Maura era transportada en camilla hacia una sala de observaciones. Doug estaba a su lado, sujetándole la mano, mientras la doctora Tyler la examinaba. Se tomó su tiempo, y no dijo ni una palabra mientras lo hacía. Maura estaba tan nerviosa que apenas podía respirar, pero la presencia de Doug la tranquilizaba. Y eso que él también tenía una mirada de preocupación. Aunque fuera médico, en aquellos momentos no era más que un padre preocupado. —Aquí está el bebé —dijo la doctora de pronto con alegría. Señaló un puntito brillante en la pantalla, y Maura se incorporó para verlo. Luego cruzó la mirada con la de Doug, de una manera que solo los padres pueden hacerla. —Es precioso —dijo él con voz ahogada. —O preciosa —lo corrigió Maura con una sonrisa. —Es un poco pronto para iniciar esa discusión, chicos —dijo la doctora con firmeza—. Niño o niña, el caso es que vuestro bebé está perfectamente. Eres una mujer con suerte, Maura


—concluyó mientras se quitaba los guantes. —Sí, lo sé —reconoció ella. Doug la besó suavemente en la frente, y supo que era más afortunada de lo que nunca había soñado ser. Entonces lo miró a los ojos antes de besarlo en la boca con pasión. Y Maura sintió que aquel instante, aquel beso, marcaban el verdadero comienzo de su matrimonio. Kate Little - Serie Multiautor Connelly 5 - Una solución ideal (Harlequín by Mariquiña)

Una solucion ideal kate little  

Serie Multiautor Connelly 5 Sinopsis: Sólo por el niño... Maura Chambers estaba embarazada y necesitaba ayuda. Doug Connelly siempre est...

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