Page 1


Todos nuestros mañanas Lori Herter 1º Con sabor a Ginger Todos Nuestros Mañanas (1986) Título Original: All our tomorrows (1984) Serie: 1º Con sabor a Ginger Editorial: Vergara Sello / Colección: Violena Plata 102 Género: Contemporáneo Protagonistas: Devin MacPherson y Ginger Cowan Argumento: Whidbey, la encantadora isla en Puget Sound, era un mundo diminuto, fácilmente invadido por la murmuración cruel y los recuerdos obsesionantes. Sin embargo, Ginger Cowan permaneció allí mucho tiempo después de su fracaso sentimental con Devin MacPherson, cuando el joven le confesó en su noche de casamiento que le había sido infiel y luego decidió marcharse a Chicago. Ginger se alejó para estudiar y a su regreso abrió un negocio de antigüedades y se dispuso a


llevar una vida tranquila. Ahora, sólo la amargura de su familia Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger ante la «traición» del muchacho parecía permanecer intacta, recordándole a la joven, una y otra vez, que Devin había regresado a Seattle…. que en cualquier momento ese hombre podría volver a su vida. ¿Qué haría Ginger si él la tomara en sus brazos… si le pidiera que cambiara el dolor del ayer por la alegría del mañana? Nº Páginas 2-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Capítulo 1 Ginger Cowan siempre se había sentido feliz de haber nacido y crecido en la isla Whidbey, especialmente en días hermosos de primavera. Si bien Seattle y el continente se hallaban a sólo cincuenta kilómetros de distancia, el bullicio de la gran ciudad apenas afectaba la vida tranquila de Langley. Y ésa era la manera en que a Ginger le gustaba. Decidió que iría a la tienda andando. Tomaría un poco más de tiempo que si fuese en su coche, pero la joven sabía lo necesario que es el ejercicio. Después de todo, cumpliría treinta años en menos de dos años. Si no lo intentaba, nunca perdería esos kilitos que le sobraban.


Cuando Ginger se preparaba para salir sonó la campanilla del teléfono. —Hola, habla Val —respondió una voz clara y brillante cuando Ginger atendió. La joven sonrió al oír el llanto de uno de los tres niños de su hermana en el teléfono. —¿Cómo están todos? —preguntó Ginger. Val se quejó diciendo: —Bueno, todos estaban tranquilos hace medio minuto. Dime Ginger, ¿no es un poco aburrida la vida en tu apartamento del ático? ¿No te gustaría tomar prestados unos niños por un tiempo para divertirte un poco? —Me encantaría, con la condición de que sea sólo por un fin de semana —comentó Ginger en broma. —¡A veces pienso que fuiste inteligente al no volver a casarte! Ginger, te llamo porque recibí algunas noticias que pensé querrías saber. Ginger mostró cierta indiferencia, pero de hecho contuvo el aliento. Había algo extraño en el tono de voz de su hermana. —Grace Smith le dijo a mamá que… Devin regresa a Seattle —la voz de Val se tornó vacilante—. La firma de Devin lo transfiere a la subsidiaria de Seattle, y Devin se convertirá en socio de la firma.


Las manos de Ginger temblaron ligeramente mientras recibía la noticia. Su voz se tornó irascible e impertinente. —Debe estar decepcionado. ¡Es probable que aspirara a irse a Nueva York! —No. Dicen que él mismo pidió ser transferido desde Chicago a Seattle —hubo un silencio momentáneo en el teléfono ya que ninguna de las dos hermanas dijo palabra alguna. —¡Qué extraño! —Esa fue la única respuesta en la que Ginger podía pensar mientras recibía y digería la noticia. Nº Páginas 3-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger —Mamá estaba perturbada —continuó diciendo Val—. Sabes cómo es, siempre insistiendo en que te arruinó la vida. Le dije que no importaba. Él vivirá y trabajará en Seattle. Es probable que sólo venga a la isla ocasionalmente para ver a su familia. No hay razón para que te encuentres con él. Y si sucede, bueno, ¿y qué? Hemos ignorado a los MacPherson en la iglesia durante todos estos años. No habrá mucha diferencia. Ginger se dio cuenta de que su hermana estaba tratando de tranquilizarla.


—Por supuesto —dijo la muchacha logrando recobrar la calma—. Deja que venga. Lo que Devin MacPherson haga no me afecta. Estoy segura de que me ha olvidado, y yo nunca pienso en él. De veras. Estaré bien. Había calma en el tono de voz de Ginger. Val no podía ver los dedos temblorosos o la mirada perpleja en los ojos grandes y castaños de su hermana. —Sé que lo estarás. No estabas tan segura cuando lo viste en el funeral de su madre… —Bueno, tú sabes, los funerales siempre nos afectan —dijo Ginger, con una risita nerviosa—. Y eso fue hace seis meses. No he pensado en eso desde entonces. De todos modos, Val, como tú dices, es probable que no me tope con él. —Aunque así fuese, creo que podrás manejarlo. Ah, una cosa más… —¿Qué? —Bueno, como tú, él no ha vuelto a casarse. Tal vez tratará… tú sabes, de volver contigo. Tú y él estuvieron tan cerca… —¡No seas tonta! Si Devin decidió hace ocho años que podía prescindir de mí, no veo por qué regresaría en mi busca ahora. Es probable que esté acostumbrado a otro tipo de mujer… la clase de mujer por la que me dejó —Ginger notó que su voz se embargaba de amargura,


y trató de controlarse—. No, Val —dijo la joven, tratando de poner un poco de humor en su tono de voz—, no vendrá a llamar a mi puerta. —Bueno, nunca se sabe —comenzó a decir Val, y luego se oyó el ruido de niños gritando que le ahogaban la voz—. Lo siento, pero tengo que ir antes que lo cubran todo con pintura. ¿Vendrás a vernos este fin de semana? —El sábado por la mañana —respondió Ginger. La muchacha simuló el habitual entusiasmo por esas visitas—. Dejaré el negocio cerrado por el fin de semana. —¡Viene la tía Ginger! —se oyó decir a Val a sus hijos, y luego percibió varios vivas agudos al unísono—. ¡Te veremos, entonces! —dijo Val, riendo mientras colgaba. Con cuidado, Ginger colgó el auricular de su teléfono. Miró nerviosa su reloj mientras se dirigía al pequeño dormitorio para dar un vistazo a su aspecto en el espejo del tocador. Después de retocarse el cabello Nº Páginas 4-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger semilargo rubio oscuro, cuyas ondas le enmarcaban el rostro, y colocar un brillo rosado en sus labios, tomó su bolso y se marchó. —¡Buenos días, señora Poole! ¿Hermoso día, verdad? —saludó a la


casera. —¡Vaya que lo es! —respondió la mujer con una sonrisa. Era una viuda que amaba la jardinería, y ella y Ginger se habían llevado muy bien durante esos últimos seis años. Después de graduarse en el colegio superior, la muchacha había pedido dinero prestado a sus padres, dueños de una tienda de antigüedades en Coupeville, para abrir una tienda propia que se especializaría en artículos de cocina y comedor, importados de todas partes del mundo. La joven había elegido mudarse a Langley para escapar de las murmuraciones y las miradas piadosas de algunos de sus vecinos, y de los desesperantes comentarios de su madre, cuyo carácter tendía a la histeria y al pesimismo. Casi ocho años atrás la tranquila y conservadora Ginger Cowan, de pronto se había convertido en el principal tema de las murmuraciones en Coupeville. Pronto se sintió sofocada en una ciudad donde todos sabían de su humillación. Le resultaba difícil recorrer la ciudad o ir a la iglesia sin que algún vecino o algún pariente ansioso por demostrarle su compasión, le diese consejos, y declarara lo conmocionados que estaban al saber que Devin, ese hombre tan encantador, podría haberse comportado de un modo tan despreciable. Entonces, la muchacha se marchó, primero para


terminar el colegio superior fuera del estado y luego para establecerse de manera permanente en Langley. Llevaba una vida apacible en el pequeño y luminoso apartamento del ático de la señora Poole. Su tienda había prosperado muy pronto, y el préstamo de sus padres había sido devuelto. La joven se pertenecía sólo a sí misma y se sentía satisfecha. Rumbo a su trabajo oyó a alguien que la llamaba por su nombre. La joven sonrió cuando vio a Marla Rosetti caminando hacia ella. —¡Hola! Caminaré un rato contigo. Estoy distribuyendo mapas otra vez. ¿Quieres algunos para tu tienda? —Seguro —dijo Ginger—. Los turistas a menudo me los piden —la muchacha tomó un fajo de mapas rectangulares de la Isla Whidbey impresos por la asociación de corredores de bolsa local para distribuir entre sus innumerables socios. —¿Estás libre para almorzar hoy? —preguntó Marla. —Sí. De hecho me gustaría verte. Recibí una llamada de mi hermana… —dijo Ginger sin terminar la frase. —¿Sucede algo malo? —preguntó Marla con inmediata preocupación. —Bueno… mi exmarido se muda a Seattle. Nº Páginas 5-134


Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger —Se muda a Seattle —repitió la joven morena, mostrándose algo perpleja—. ¿Y eso te perturba? —Los finos rasgos de la muchacha adquirieron una seria expresión—. ¿Te ha amenazado o algo parecido? Ginger se sintió un poco tonta. —No, no, por supuesto que no. Es sólo que… pero ¿por qué no esperamos y lo conversamos durante el almuerzo? Tendremos más tiempo entonces. —Por supuesto —contestó Marla, observando la sonrisa tensa de su amiga. A Ginger le gustaba conversar con Marla. Siempre hacía ver las situaciones con mayor claridad. Se habían conocido por casualidad hacía cuatro años en el salón de belleza de la ciudad. Simpatizaron de inmediato. La amistad se afianzó rápidamente y continuó con los años, aun cuando Ginger a veces se sentía fuera de ritmo con Marla. La muchacha tenía una mente muy veloz. Sin embargo, Ginger consideraba a Marla su mejor amiga. Ginger dobló, pasando por el viejo pilar totémico cerca de la escalera de madera que conducía a la playa. Unas puertas más abajo, en un edificio de marcos de madera con amplias ventanas, se encontraba «Con


Sabor a Ginger», el nombre que la joven le había dado a su tienda cuando la inauguró. Ginger entró y caminó junto a la mercadería cuidadosamente arreglada, rumbo a su pequeña oficina privada en la parte posterior. Dejó su bolso y los mapas, y miró por la ventana, por un instante, la playa de arena. ¿Por qué Devin estaría tan resuelto a mudarse? Devin. Durante todos estos meses la muchacha apenas había pensado en él. Y después de las noticias de Val, apenas podía pensar en otra cosa. En realidad, sería más fácil olvidar el pasado si su familia no se lo estuviese recordando a cada momento. ¡Cómo se preocupaban todos por ella: sus padres, tías, y primos, allá en Coupeville! ¿Estaría bien que viviera completamente sola? ¿No habría conocido a ningún hombre agradable para casarse, todavía? ¿No querría la joven una familia propia? Sólo Val parecía comprender que su hermana era perfectamente feliz así. Pero en lo referido a Devin, Val continuaba protegiendo a Ginger. Val había sido quien la encontrara aquel día en Seattle, dormida demasiado profundamente en su cama, y un frasco de pastillas para dormir sobre la mesa de noche. Era la mañana en que Devin se había marchado a Chicago definitivamente. Val había llevado a Ginger a toda prisa al hospital, y luego se tranquilizó al saber que su hermana


sólo había ingerido algunas de las pastillas. Por fortuna, Ginger se había quedado dormida en medio del llanto antes de decidirse a tomar el resto del frasco. La joven nunca se lo había dicho a Val, pero sabía que su hermana sospechaba la verdad aunque Ginger siempre negaba haber pensado en suicidarse. Nº Páginas 6-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Fue una decisión inteligente. Los cursos de finanzas del colegio le dieron a la muchacha el entrenamiento con el que pronto se convirtió en una mujer autosuficiente. Ginger tenía clientes en la tienda, los oía conversar; la joven fue a atenderlos. Resultó ser una mañana muy activa, pero aun así no tenía la distracción suficiente como para evitar que su mente regresara en forma continua al llamado telefónico de Val. Cuando se aproximaba la hora del almuerzo Ginger se puso más y más nerviosa. Estaba ansiosa por hablar con Marla. La joven morena era la única persona que podía hacerla reír y olvidar su inquietud. —Me pone nerviosa que Devin viva tan cerca. No quiero cruzarme con él otra vez —dijo Ginger mientras se servía más té. Las dos amigas estaban sentadas en su reservado habitual junto a la


ventana del frente de un pequeño restaurante. La oficina de bienes raíces donde Marla trabajaba estaba del otro lado de la calzada y su nota «Salí a Comer» podía verse pegada a la puerta. Marla se encogió de hombros. —Mi exmarido vive en Seattle y no me molesta en lo más mínimo. De hecho, cuando yo vivía allí, solíamos trabajar uno muy cerca del otro. En ocasiones me topaba con él. No era un problema grave —dijo Marla. —Lo sé, yo… supongo que soy algo tonta —había una mirada perdida en los ojos claros de Ginger—. Ha estado en Chicago durante tanto tiempo… No sé cómo manejar el hecho de que ahora esté tan cerca. —¿Y qué es lo que debes manejar? ¡Por el amor de Dios! Ginger se sintió perpleja. —No lo sé. Mis propios nervios, supongo. Si llegara a encontrarme con él… su familia aún vive cerca de Coupeville… quisiera tomar la situación con calma. Además, mi familia siempre se preocupa por mí en lo que a él concierne. —¿Por qué? —preguntó la joven morena. Sus ojos sagaces color castaño oscuro estaban algo turbados—. ¿Acaso piensan que no debías haber puesto fin a tu matrimonio? —No, piensan que hice lo correcto. Es sólo que sienten mucho rencor


hacia D-Devin—. Ginger se sonrojó un poco. Ahora ni siquiera podía pronunciar el nombre del joven sin tartamudear. Marla debía creerla una tonta. Su atractiva amiga la miró casi con sospecha. —¿Por qué no me cuentas toda la historia, Ginger? Estoy dispuesta a escucharte. ¡No evites mencionar ningún detalle trágico tampoco! Nº Páginas 7-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Ginger se echó a reír. Una de las cosas que le agradaban de Marla era su un tanto irreverente sentido del humor. —De acuerdo —respondió la muchacha, imitando el tono de voz de Marla—, ¡prepárate para una larga historia! »Todo comenzó cuando yo tenía cinco años —comenzó a decir Ginger en tono algo chistoso—. Devin tenía ocho, y un día se topó conmigo en la iglesia, en el área de juegos, un domingo a la mañana y me tiró al suelo. Yo comencé a llorar, y él regresó para ver si yo estaba bien. Me había pelado una rodilla, entonces me llevó con mi madre y se disculpó. Devin era un muchachito muy educado ya a los ocho años —dijo la joven con algo de sarcasmo—. Siempre daba una buena impresión a los adultos porque era muy amable. Yo también quedé impresionada. Cuando crecí


comencé a enamorarme de él. »Íbamos a la misma escuela y concurríamos a la misma iglesia. Además, a su madre le agradaban las antigüedades y a menudo visitaba nuestra tienda. Solía traer a Devin y a su hermano mayor, Bob, cuando todavía eran pequeños. Entonces nuestras familias se conocían muy bien. Cuando comencé el colegio superior empezamos a salir juntos…bajo la estricta supervisión de mi madre, por supuesto. Yo tenía sólo catorce años —Ginger parecía nostálgica y triste—. Fue el único novio que tuve. Crecimos muy unidos. Era amigo y compañero, además del chico que salía conmigo. Solíamos pasar horas hablando, confiándonos todo el uno al otro. Yo… yo nunca he estado tan cerca de alguien como de él… —la voz de Ginger pareció desvanecerse en el aire. —¿Dormías con él? La pregunta sacó a Ginger del trance en el que se hallaba. La muchacha miró a su amiga como adormecida durante una fracción de segundo. Había algo característico en Marla: era directa. —No —respondió Ginger con una sonrisa ligeramente vergonzosa—. Fui criada de una manera tradicional, anticuada, de visitas dominicales a la iglesia. Tal vez yo era lo que tú llamarías una virgen en el sentido literal de la palabra —Marla se echó a reír—. ¿Él no quería hacerte el amor? —


preguntó la joven con curiosidad. —Bueno, él siempre era tan caballero, tan amable, sabes… — respondió Ginger con tono irónico—. Yo también tenía miedo, y él nunca intentó presionarme. Marla asintió. —Yo solía pensar eso —agregó Ginger con sarcasmo—. ¡Solía pensar que él era maravilloso! Todo el mundo pensaba lo mismo. Devin era bien parecido e inteligente… ganó becas para el colegio superior por destacadas calificaciones… diligente y trabajador. Era el tipo de muchacho con que cada madre sueña para su hija. ¡Y yo fui lo suficientemente afortunada como para casarme con él! No dormí con él hasta nuestra noche de bodas. Y luego deseé no haberlo hecho —terminó diciendo la muchacha con amargura. Nº Páginas 8-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Los ojos de Marla se abrieron perplejos. —¡Pero qué cosas dices! ¿Era tan mal amante? —Yo… no… no sé —el rostro de Ginger se puso serio y empalideció ligeramente—. La manera en que me acariciaba… era como si se hubiese tratado de cualquier mujer. Devin había cambiado con respecto a mí.


Entonces supuse que… —la muchacha hizo una pausa—. Me adelanté un poco con la historia. Devin estaba adelantado tres años con respecto a mí en la escuela, entonces yo todavía estaba en la secundaria cuando él comenzó el colegio superior en Seattle. Durante los primeros dos años él vivía en su casa y viajaba. Las cosas no cambiaron mucho entre nosotros. Aún nos veíamos con mucha frecuencia. Pero al avanzar en sus estudios, pude sentir el cambio gradual que se operó en él. Comenzó a hablar sobre la posibilidad de mudarse a Seattle para trabajar. Decía que no había oportunidades suficientes en la isla Whidbey. A mí me gustaba vivir donde estaba, y sus comentarios sobre el tema me molestaban. Sin embargo, no quería ser un obstáculo para él si eso era mejor para su carrera. Yo tenía sólo diecisiete años, pero ya hacíamos planes para casarnos algún día. Y hubo otros pequeños cambios. Fue perdiendo su apariencia de muchacho de pueblo. A veces yo sentía que se alejaba de mí, pero aun así no parecía que sus sentimientos hacia mí hubiesen cambiado. Aún le gustaba hablar conmigo… acariciarme… Ginger se detuvo un instante. Sintió de pronto lágrimas en sus ojos, y de inmediato consiguió dominarlas. —Bueno, para hacer breve esta larga historia: Devin se graduó y obtuvo un empleo con una firma de contadores muy importante en


Seattle. Lo enviaron a Chicago para concurrir a unos seminarios de entrenamiento durante un mes. Era exactamente el mes anterior a nuestro casamiento. Después de unos días de estar allá, Devin me llamó una noche y me dijo que realmente le agradaba Chicago y las oportunidades de trabajo que allí se ofrecían. Yo me negué a trasladarme allí. »La semana siguiente, cuando Devin volvió a llamar, nuestra conversación se tornó difícil. Había conocido a una joven quien lo atraía mucho, se sentía confundido con respecto a mí… Me puse muy histérica. En realidad, estaba atónita. Devin siempre se había dedicado a mí, nunca me había preocupado que conociese a otras mujeres. Y todo estaba preparado para el casamiento. Mi vestido y los vestidos de las madrinas estaban listos, las flores ordenadas, las invitaciones ya se habían enviado. Era una ceremonia que todos habían estado esperando durante años… su familia y la mía… y la mayor parte de Coupeville, también. —¡Qué terrible! —dijo Marla. —Sí, y yo era lo suficientemente inmadura entonces como para preocuparme más por la humillación de cancelar el casamiento que por el hecho de que podría perder a Devin —dijo Ginger con tristeza—. Estaba tan segura de él por nuestra larga relación que pensé que una vez que


regresara a casa conmigo se olvidaría de ese interludio. Lloré y le rogué a Devin en el teléfono. Él trató de tranquilizarme y dijo que volvería a Nº Páginas 9-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger llamar. Al día siguiente lo hizo y dijo que se casaría conmigo como lo habíamos planeado. »Entonces nos casamos en nuestra vieja iglesia de Coupeville — continuó diciendo la joven— con media ciudad presente. Fuimos al Lago Louise en Canadá para nuestra luna de miel. Cuándo me hizo el amor… se acostó conmigo, sería un modo más preciso de describirlo… percibí que algo terriblemente malo sucedía. »Él admitió haber hecho el amor con la joven de Chicago. Nunca pensé que él podía ser infiel. ¡Nunca! Pero cuando estábamos en la cama algo se interponía entre nosotros. Debió haber estado pensando en ella, deseando estar con ella. Por eso se comportó tan mecánicamente. No sé por qué quiso llegar al casamiento. Supongo que para salvar las apariencias. Tratamos de vivir juntos en Seattle durante un mes, pero no funcionó. Sentí que me había traicionado. Todo lo que teníamos: esa relación pura, encantadora que habíamos vivido, había desaparecido ¡Él la destruyó flirteando con esa joven de Chicago! Ya no quedaba nada entre


nosotros. Entonces regresamos a Chicago donde él deseaba estar. Su firma pensó que tenía tantas posibilidades, que de buen grado lo transfirieron allí en respuesta a su pedido. Yo regresé a Coupeville y… bueno, ya sabes el resto de la historia. Marla sacudió la cabeza mostrando compasión. —Lo siento, Ginger. Debió haber sido una experiencia desagradable para ti. Siempre he tenido la idea de que temías enamorarte. Ahora entiendo por qué. Ginger rió con amargura. —Si alguien como Devin pudo ser infiel, ¡entonces cualquier hombre puede serlo! Una mujer tiene menos probabilidades de sufrir sola. —¿Todavía sientes algo por Devin? Cuando Ginger alzó la mirada sus ojos estaban encendidos. —¿Bromeas? ¡Todos estos años he sido feliz pensando que estaba a muchos kilómetros de distancia! ¡Ojalá se quedase allí! Marla miró a su amiga con detenimiento. —Puede que no quieras que regrese, pero… aún lo amas ¿no es verdad? Ginger estaba atónita y horrorizada por la conclusión a la que la joven morena había llegado.


—¿Por qué dices eso? —Porque temes verlo. Si no te importara, no te preocuparía donde estuviese. —No —dijo Ginger con una risita—. ¡No! Es sólo que mi familia, especialmente mi madre, se afligiría de que Devin estuviese cerca. Nunca han olvidado lo que él hizo. Y… bueno… yo preferiría no verlo, eso es todo. Nº Páginas 10-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Pero no continúo enamorada de él. ¡No me importa! Le dije eso a mi hermana esta mañana. Ya no significa nada para mí. —Si insistes un poco más, me convencerás —dijo Marla sonriendo. Ginger miró perpleja a su amiga. No era habitual que Marla no la tomase en serio. ¡Y ella decía la verdad! —Bueno, no me preocuparía demasiado —comentó la joven morena —. Los exmaridos a veces aparecen como monedas, y se pueden perder con la misma facilidad también. Sólo concéntrate en tu propia vida y no te preocupes por él. Ni tu familia tampoco. Es probable que estés haciéndote problema por nada. —Lo sé. Tienes razón —dijo Ginger. La joven se sentía mejor ahora, habiendo revelado sus sentimientos y su pasado con Devin, y recibiendo la


reacción más que realista de su amiga Marla. ¡Ella siempre tenía tanto sentido común! Ginger deseaba ser un poco como ella. En cambio la muchacha a veces temía parecerse a su madre, alarmándose por pequeñas cosas. —Lo siento, ¿qué dijiste? Mi mente comenzó a divagar —dijo Ginger disculpándose, al darse cuenta de que Marla estaba hablando. Los ojos de Marla se encendieron divertidos. —Dije que cené con Jack Whiting anoche. Ginger miró a Marla en silencio por un instante. Era consciente de una sensación algo desagradable en su estómago. —¿Jack? —dijo finalmente con sorpresa. Marla observó la reacción de la muchacha por menos de un segundo, luego continuó. —Fui a su galería ayer durante la hora del almuerzo para ver si tenía algún cuadro que me gustara. Tenía deseos de colocar uno sobre la chimenea. Le dije lo que buscaba, y comenzamos a hablar. Compré una pintura: uno de sus propios trabajos, y cuando Jack me ayudaba a colocarlo en mi coche, me invitó a cenar. —Jack es un pintor maravilloso. ¿Cómo es el cuadro? —preguntó Ginger con nervioso interés.


Mientras escuchaba a Marla la descripción de la marina que había adquirido, su mente estaba ocupada. La joven se preguntaba si Marla recordaría que ella misma había salido con Jack también. Ginger se había encontrado con él varias veces desde que él había abierto su galería de arte en Langley alrededor de dos años atrás. Ginger no hablaba mucho sobre eso, pero estaba segura de que se lo había mencionado a Marla. Ginger no estaba celosa. De hecho, podría haber salido con Jack muchas más veces si la muchacha hubiese mostrado más interés en él al principio, si no hubiese evitado sus insinuaciones. Ahora eran amigos que disfrutaban estar juntos de cuando en cuando. Nº Páginas 11-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Lo que preocupaba a Ginger era lo que pensaría Marla de la situación. Nunca antes las dos habían salido con el mismo hombre. ¿Acaso Marla la vería como una oponente? ¿Afectaría esto la amistad que compartían? —Entonces… ¿qué tal fue la salida? —preguntó Ginger con una sonrisa cuando Marla había terminado. —Bien. No sabía que él podía conversar tanto —dijo Marla, riendo entre dientes. —Sí, así es como ha conocido prácticamente a todos en esta ciudad


desde que se mudó aquí. Él… él me ha invitado a salir algunas veces… creo que te lo mencioné… —dijo Ginger vacilante. —Lo sé —dijo Marla todavía divertida—. Recuerdo que me lo dijiste después de una cita en la que pasó la mitad de la velada hablando sobre las otras mujeres con las que sale. ¡Hizo lo mismo anoche! Me resultó difícil en varias oportunidades contener la risa. ¡Realmente, nunca he salido con un hombre, quien en el curso de la velada, me diese una lista de todas las mujeres que cite o ha citado! Ginger se echó a reír, también. —¿Fue tan aburrido? —preguntó la joven con sorpresa. Marla hizo un gesto con la mano, mientras su voz aún estaba dominado por la risa. —No. No quiere alardear. Es sólo una persona dinámica, activa, a la que le suceden un montón de cosas, y le gusta hablar sobre todo lo que hace. ¡Es un personaje! —Sí, lo es —dijo Ginger, tranquila porque reían ambas sobre el asunto —. Pero también es divertido. ¿Saldrás con él otra vez? Marla se encogió de hombros. —¿Por qué no? ¡Valdría la pena sólo por lo divertido que será comparar opiniones sobre él contigo después!


Ginger se echó a reír otra vez. Hablar de hombres con Marla siempre era divertido. —¡Marla! —dijo la muchacha, simulando estar ofendida—. ¿Te parece agradable lo que haces? —¿Y quién dijo que yo lo soy? —replicó la joven morena. Nº Páginas 12-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Capítulo 2 Mientras quitaba el polvo a unas piezas de porcelana importada y unas bandejas de plata Ginger trataba de alejar a Devin de sus pensamientos. La joven sabía, a través de las murmuraciones de su familia, que el muchacho había realizado un ascenso vertiginoso en la empresa para la que trabajaba. Nadie había vuelto a oír comentario alguno sobre la joven con la cual había mantenido una relación amorosa. Ginger pensaba que sin duda aquella muchacha sería una de tantas en la vida de su exmarido. El joven habría descubierto en ella algún defecto que lo llevó a tener relaciones con otras mujeres. Ginger recordaba lo altivo que Devin se mostraba hacia el final. Nada ya parecía ser lo suficientemente bueno para él. Cuando Ginger era más joven solía perdonar al muchacho esa


creciente inquietud por estar en un sitio más grande y mejor. La muchacha solía justificar tal actitud pensando que como había sido un alumno destacado, era natural que desease alcanzar cierta posición en la vida. Pero entonces no se le ocurrió que Devin podría querer descartarla, también, porque no encajaría en su nuevo estilo de vida. Ella era sólo una muchacha pueblerina, agradable y dulce, pero no adecuadamente sofisticada para acompañar a un hombre ambicioso como Devin. El joven nunca había llegado a explicarlo así, pero la muchacha lo había supuesto. Después de lo sucedido, la confianza que Ginger tenía en sí misma, en sus atractivos nunca había vuelto a ser la misma. De alguna manera la muchacha no había sido lo suficientemente buena, aunque nunca supo a ciencia cierta en qué. Supuso que, ya que Devin la había traicionado sexualmente, no debía tener el atractivo físico necesario para conservarlo a su lado. La noche de bodas había sido una prueba de eso. Cuando el joven le hizo el amor aquella fría y miserable noche en Lago Louise, sufrió una experiencia humillante. Los besos y la calidez del cuerpo de Ginger no fueron entonces suficientes para hacer olvidar a Devin lo que había hallado en los brazos de otra mujer. Entonces Ginger llegó a la conclusión de que no era sexualmente atractiva. De todos modos no necesitaba un hombre en su vida. Y no tenía


deseos de casarse nuevamente. Lo que ella hubiese necesitado para conservar el amor de Devin, ciertamente no lo poseía. ¿Y qué podría pensar el muchacho ahora si la viese? La muchacha comenzó a evaluarse con crueldad, sin piedad alguna: demasiado gordita, con esos kilitos de exceso bien podría haber tenido ya tres niños como su hermana, pensó la joven, suspirando; un rostro agradable aunque no llamativo; ojos redondeados que conservaban su inocencia sin importar la clase de maquillaje que intentara utilizar. —¿Cómo estás, Ginger? Nº Páginas 13-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger La muchacha volvió la cabeza de inmediato hacia la puerta del frente. —¡Hola, Jack! ¿Cómo estás? —preguntó la joven, alarmada. —¡Bien! —respondió el hombre con amplia sonrisa, mostrando una hilera de dientes grandes y blancos debajo del bigote amplio y rubio—. Pero tú te ves algo deprimida. ¿Crees que una cena ligera y una película te alegrarán? Ginger sonrió y descubrió un sentimiento de alivio ante la amistosa invitación.


—¿Esta noche? —Ahora mismo, si estás lista. —¡Marchémonos! ¡Estoy harta de este lugar! Jack se echó a reír en su modo enérgico, tan particular—¡Pero tú amas esta tienda! Ginger no lo podía negar. Ese sitio había surgido de la nada y gracias a la joven se había convertido en un floreciente negocio, tomándose al mismo tiempo en algo así como un hijo para la muchacha, y era, sin lugar a dudas, el centro de su vida, como una vez Devin lo había sido. Con énfasis la muchacha apartó a Devin de su mente una vez más mientras se dirigía a toda prisa a su oficina en busca del bolso. Ginger cerró la tienda y ambos se marcharon. Vieron una comedia y la muchacha se divirtió. Su ánimo mejoró un poco cuando se dirigían a un pequeño restaurante especializado en tartas y emparedados. Se sentaron a una mesa pequeña y Jack habló por largo tiempo de su galería de arte, una talentosa artista con la que había cenado en Seattle, y luego mencionó que Marla había comprado un cuadro. —Tú y ella son amigas, ¿no es verdad? —Sí. Nos encontramos muy a menudo para almorzar. Realmente ha


resultado una buena amiga. —Me encantó conocerla —continuó diciendo Jack—. Cenamos juntos esa noche. Ginger sonrió. La joven había estado esperando que Jack mencionara el hecho. Y también comenzaba a preguntarse si había alguna mujer que no estuviese casada en un radio de sesenta kilómetros de Seattle que no hubiese cenado con él. Y, sin embargo, Jack no hablaba de ellas como si se tratara de citas. Eran cenas informales con una amiga… como la velada suya con él esa noche. —Marla me lo mencionó y dijo que lo había pasado bien —le dijo Ginger a Jack—. Ella es una persona muy vivaz, ¿no es así? ¡Mucho, más que yo! —La joven se dio cuenta entonces de que parecía estar a la Nº Páginas 14-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger espera de un cumplido y de inmediato deseó no haber mencionado el tema. Jack inclinó la cabeza y observó a la muchacha con curiosidad. —Eres algo reservada, pero interesante a tu modo —dijo el hombre con una sonrisa—. ¡Eres un enigma! Una dama hermosa que maneja su


propio negocio y vive sola en un ático —Jack la miraba como si ella fuese el tema de uno de sus retratos—. Miras a tu alrededor con ese par de ojos tranquilos, cálidos, de niña deseando confiar, pero al mismo tiempo mostrando cierta cautela, a veces un poco tristes, pero siempre… no sé… complacientes, como si tu mundo estuviese completo. —Quizá sea así. —Espero que sí, Ginger, por tu bien. A veces tengo una extraña sensación para contigo… —dijo Jack, y luego dejó de hablar como si estuviese en busca de las palabras adecuadas. —¿Qué? —Ginger se sentía cada vez más inquieta, pero quería que su amigo terminara la frase. —Como si te enclaustraras, como si te encerraras a propósito alejándote del mundo exterior. —¿Cómo puedo alejarme cuando me mantengo activa con mi trabajo? ¡Hasta fui a Europa el año pasado! —Sin embargo, tu actitud mental no está orientada hacia el mundo. Tengo la impresión de que tu mente está… detenida en algún lugar en el tiempo —Jack observó los ojos preocupados de la joven y dijo—: Bueno, no prestes atención a lo que digo. Nosotros los artistas siempre nos dejamos llevar por el romanticismo.


La muchacha pensó que Jack realmente se dejaba llevar por su romanticismo. La joven sonrió y deliberadamente cambió de tema de conversación. —¿Cómo describirías a Marla? Jack se recostó sobre el respaldo de la silla. —Marla. Bueno… —los ojos del hombre adquirieron una mirada muy particular—. Aguda, misteriosa con un toque de fuego en los ojos… Ginger también descansó sobre el respaldo de la silla y escuchó. «Marla puede llevarse una sorpresa», pensó la joven con oculta diversión. Dos días después, Ginger recibió en su negocio la llamada de su amiga Marla. —¿Qué te parece si almorzamos juntas? —preguntó la joven ligeramente sin aliento. —Por supuesto. ¿Te sucede algo? —No… no, no. ¿El mismo sitio y a la misma hora? Te veo después — dijo la muchacha y colgó. Nº Páginas 15-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Un par de horas más tarde Ginger estaba sentada frente a su amiga en su mesa favorita. Después de ordenar, Ginger dijo con una sonrisa:


—¡Creo que Jack está interesado en ti! Me llevó a cenar la otra noche, y claramente tuve esa impresión. —Qué bien, Ginger, tengo noticias para ti. Ahora bien… —la muchacha extendió el brazo para tocar la mano de su amiga—… no es algo para preocuparse. Ginger de inmediato se tornó ansiosa. —¿Qué? —Pusimos un aviso en los periódicos de Seattle para una casa que vendemos allí. Apareció por primera vez en el periódico de esta mañana. Recibí una llamada inmediatamente después de llegar a la oficina de… un hombre llamado Devin MacPherson. Está interesado en ver la casa. Ahora que es perfectamente posible que dos personas puedan tener el mismo nombre… Ginger estaba pálida. —No. Debe ser Devin —la joven apenas podía hablar—. Cuando éramos jóvenes él siempre decía que le gustaría tener una casa allí —la muchacha llevó una mano temblorosa a su frente y sacudió la cabeza—. ¡Ya está en Seattle! Pensé… pensé que tardaría un tiempo en llegar. ¡Mi hermana debe haber recibido noticias atrasadas! —Ginger —dijo Marla con voz seria—. Eso no significa que vayas a


verlo. ¡No pierdas la cabeza! —Lo sé. Y tienes razón. Sólo fue la sorpresa —dijo Ginger, tratando de recobrar la calma—. Me pregunto por qué querría vivir allí después de todo este tiempo. —Dijo que la casa le interesaba para los fines de semana, si bien muchas personas van y vienen de Seattle a diario. —¿Cómo… cómo sonaba al hablar? —preguntó Ginger, con aliento contenido y ojos tiesos. —Bueno, no lo sé, Ginger. Sólo era una voz como tantas por teléfono. De tono bajo, cortés, seguro de sí. Me pareció agradable. Ginger asintió, comprendiendo lo ridículo de su pregunta. —¿Vendrá a conocer la casa? —El sábado por la mañana. —¿Tú serás quien se la muestre? —Sí. Ginger colocó la mano sobre su boca y sintió por un instante que no podía respirar. Nº Páginas 16-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger —¡Ginger, cálmate! —le pidió Marla a su amiga—. Mira lo ideal de la


situación. Puedo darte un informe completo sobre él, y no tendrás que verlo en absoluto. La muchacha recobró el aliento aunque con cierta dificultad. —No le dirás… no me mencionarás… —Por supuesto que no. ¡No existe razón alguna para decir que te conozco siquiera! —Podría preguntarte si me conoces. Supongo que puede haberse enterado de que vivo en Langley —dijo Ginger con temor. —Si pregunta, simplemente le diré que te he visto alguna vez. ¿Qué te parece eso? —Supongo que está bien. Lamento ser tan tonta ante la situación. Jamás esperé que quisiera comprar una casa en la isla, o que terminaría hablando contigo. Tal vez esta isla es demasiado pequeña —los pensamientos de Ginger comenzaron a volar—. ¡Viene este sábado! ¡Se supone que debo visitar a mi familia en Coupeville este sábado! —¿Y qué hay con eso? Ve a visitarlos. —Pero si Devin va a estar en la isla, podría decidir visitar Coupeville, también. Será mejor que me quede aquí. —Pero él vendrá aquí, a nuestra oficina de bienes raíces para encontrarse conmigo —señaló Marla.


—Bueno, sólo me quedaré en casa, eso es todo. —¡Ginger, eso es ridículo! No puedes esconderte cada vez que él se dé una vuelta por aquí. Ve a Coupeville a ver a tu familia. Aunque él vaya allí, no te buscará. No si sabe que tu familia está disgustada con él. ¡Quizás tampoco desee verte a ti! —Sí, tienes razón —dijo la muchacha con calma, instada por el sentido común de su amiga—. A veces soy exactamente como mi madre. Tienes mucha razón; tengo que aprender a vivir con esto. Iré a Coupeville. Y Coupeville estaba invadida por visitantes de fin de semana que recorrían sus numerosas tiendas de antigüedades en la calle Front ese sábado. Pero la casa de su hermana en las afueras de la ciudad, donde se reunía la familia, era tranquila. Los hijos de Val jugaban a la pelota fuera de la casa, con su padre y abuelo después del almuerzo. Las mujeres estaban terminando de lavar los platos en la cocina. —Nos quedó mucha comida —comentó Val, colocando los sobrantes del almuerzo en un recipiente de plástico en la heladera. Val era un año menor que Ginger y tenía veintisiete kilos más. A pesar de que había perdido su figura, sus maneras agradables y bellos rasgos faciales no habían cambiado mucho desde su casamiento con un hombre de la ciudad hacía siete años. La joven se parecía un poco a Ginger, pero había


heredado cabello más oscuro de su madre. En personalidad, se parecía a su padre y por lo general era calma y reflexiva, características que a menudo Ginger deseaba haber heredado. Nº Páginas 17-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger —No me sorprende que haya sobrado comida —dijo Martha Cowan mientras terminaba de limpiar la encimera—. Virginia apenas comió. Ginger, irritada, colocó el último plato en la lavadora. La muchacha odiaba la manera en que su madre continuaba llamándola Virginia, cuando todos los demás la habían llamado por su sobrenombre desde su niñez. Martha había puesto a las niñas los nombres de Valerie y Virginia porque le agradaba el sonido de las sílabas al pronunciarlas, y se oponía a dejar de nombrarlas de ese modo. La mujer había deseado una familia numerosa pero sólo había dado a luz a dos niñas. Sus hijas siempre habían pensado en esa situación como un hecho afortunado. Martha, ahora a la edad de cincuenta años, sufría las consecuencias de haberse preocupado mucho por las dos hijas que tenía. —Estoy tratando dé adelgazar —respondió Ginger. Era verdad, pero la verdadera razón por la que no había comido mucho era que su apetito había desaparecido pues los nervios al saber que Devin se encontraba en


algún lugar de la isla le habían jugado una mala pasada. —¡Adelgazar! —exclamó su madre—. ¡Ahora que comienzas a verte saludable! Son esas blusas sueltas que siempre llevas que te hacen parecer gorda —Martha descansó su propio cuerpo corpulento sobre una silla junto a la mesa de la cocina y miró a su hija mayor—. Solías ser muy delgada cuando eras adolescente —dijo la mujer, sacudiendo su cabeza canosa—. Solía llevarte al médico sólo para ver si estabas bien. —Y él siempre te decía que gozaba de perfecta salud —le recordó Ginger con una sonrisa tolerante. —Bueno, los doctores no lo saben todo. ¿Para qué quieres adelgazar? ¡Te ves bien! Me alegra saber que comes lo suficiente viviendo sola como lo haces. —Siempre estás diciendo que debería casarme, mamá. A los hombres les gustan las mujeres delgadas. —¡Ah! Sólo porque Devin gustaba de ti cuando eras delgaducha no significa que suceda lo mismo con todos los hombres. ¡Y él ciertamente no se merecía tu compañía! ¡Tiene mucho coraje al asomar su cara en Coupeville! ¡Dicen que visitó a su familia aquí el miércoles pasado! Ginger sintió un estremecimiento en todo su cuerpo. Ella no había tenido esas noticias.


—Tiene todo el derecho de venir aquí, mamá —dijo Val. La muchacha miró a Ginger de soslayo—. Terminaré con la cocina. ¿Por qué no te sientas? ¿Quieres un poco de limonada? —preguntó la joven con gentileza. —Mmm… de acuerdo. Gracias —Ginger sonrió débilmente y se sentó, jugando nerviosa con el borde de su túnica de algodón. La muchacha sabía que su hermana había percibido su conmoción ante las noticias sobre Devin. —¿Deseas limonada, mamá? —preguntó Val al tomar una jarra de la heladera. Nº Páginas 18-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger —¡Cuando pienso en lo que ese hombre te hizo… lo que nos hizo a todos! Para mí era como un hijo… —se lamentó trágicamente Martha. —No pienses en eso, mamá —le rogó Ginger a la mujer. —¡Bueno, no puedo evitarlo! ¡Todas estas noticias del regreso de Devin! ¿Y si trata de verte, Virginia? —la voz de Martha comenzaba a subir de tono ante su impaciente ansiedad. —Probablemente, no —dijo Ginger de modo tan persuasivo como pudo. La joven sintió entonces que su propia ansiedad aumentaba en respuesta a la de su madre.


—¡Yo no estaría tan segura! ¡No después de lo que hizo: tener esa relación con esa mujer cuando estaba a punto de casarse contigo! —Bueno, ¿y qué si me topo con él? —preguntó la muchacha dando un profundo suspiro a punto de perder el control de sus emociones—. Simplemente lo saludaré, le diré adiós y me marcharé. —¡No lo creo así! ¡Él es un hombre peligroso, Virginia! —dijo su madre con énfasis—. Él tuvo tu corazón una vez y no debe haberlo olvidado. Podría intentar usarte como lo hizo con esa muchacha de Chicago. Dicen que nunca se casó con ella ¿sabes? ¡Podría intentar recobrarte, Virginia, usarte, y luego abandonarte como lo hizo antes! ¡Te estoy advirtiendo del peligro que para ti representa! ¡Estoy segura! Y si te lastima otra vez, no sé lo que haré. ¡Estoy segura de que me voy a morir! —Madre, te estás inquietando de nuevo por nada —le dijo Val a su madre—. Sabes que el médico te dijo que no es bueno para tu salud. Recuerda tu presión. —¡Qué saben los doctores! —respondió Martha haciendo un gesto con la mano—. Recuerda —le dijo la mujer a su hija Ginger una vez más— ¿como reaccionaste cuando lo viste en el funeral de su madre? Por qué fuiste, nunca lo sabré. ¡Te dije que no lo hicieras! Ginger apartó el cabello de su frente con mano temblorosa. Trataba


de recobrar la calma. —La señora MacPherson siempre fue buena conmigo. Yo solía admirarla, era una dama. Sentía… que tenía la obligación de estar presente. —Sí, era amable, pobrecita —dijo la mujer con tristeza—. No estaba preparada para la vida de campo que su esposo le brindó. Dicen que nunca perdonó a Devin por el modo en que se comportó. El muchacho aprendió de ella sus buenas maneras, ¡pero no su sentido de lo bueno y lo malo! Lamenté mucho que muriese. Pero fue tonto de tu parte el haber ido a ese funeral. Por suerte Valeria decidió ir contigo. ¡De otro modo podrías haberte desmayado o quién sabe qué si nadie te hubiese ayudado! —¡Exageras, mamá! —exclamó Ginger enojada—. Sólo me sentí con náuseas, eso fue todo, entonces nos marchamos temprano. Nº Páginas 19-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger —¡Pero eso fue después de verlo a él! Valeria me lo dijo ella vio cómo sucedió todo —dijo Martha asintiendo en dirección a Val. La hermana de Ginger miraba el suelo en silencio—. ¿Ves cómo aún te afecta? Creo que todavía lo amas. ¡A pesar de todo! ¡Y sólo Dios sabe por qué! Por eso no


has vuelto a casarte, en todo lo que piensas es en tu negocio, por eso es que nunca te arreglas. ¡Aún lo deseas! —¡No es así! —exclamó Ginger presa de la tensión. —Mamá, por favor, ¿por qué no te vas a descansar un rato? —dijo Val intentando calmar a su madre—. Dijiste que estabas cansada. Podemos seguir hablando más tarde —Val estaba junto a la silla de su madre convenciéndola de que se pusiera de pie. —Bueno, está bien. Siento que me sube la presión. No, no es necesario que vengas conmigo —dijo la mujer alejando a su hija con la mano. —¡Quédate y haz entrar en razones a tu hermana! Val se sentó a la mesa junto a Ginger. Ambas se veían visiblemente más tranquilas cuando su madre se marchó a dormir. —¡Lo siento, Ginger! Con el paso del tiempo se torna cada vez peor. Estaba leyendo un artículo en una revista el otro día escrito por un psicólogo. Creo que mamá tiene lo que se denomina «expectativas catastróficas». Se imagina las cosas más terribles que puedan suceder y luego emplea todas sus energías en preocuparse por cómo y cuándo sucederán. Ginger asintió afligida.


—Quizás sus expectativas no estén del todo equivocadas. Mi amiga Marla… tú sabes, la agente de bienes raíces… le mostrará a Devin una casa hoy en Double Bluff Beach. Los ojos de Val examinaron detenidamente a su hermana. —Él siempre solía decir… —Que compraría una casa allí; lo sé —los hombros de Ginger parecían agobiados como por fatiga, y su voz se perdió al pronunciar las últimas palabras de la frase—. Comienza a ser inevitable que me encuentre con él en algún momento. Lo siento en mi interior. Ginger de pronto miró a Val. —¡Y no es verdad que aún lo amo! No sé por qué todo el mundo se precipita a sacar esa conclusión. Es sólo que no quiero que me tiemblen las piernas como aquel día en el funeral. No sé por qué me sucedió eso. Realmente pensé que podría manejar la situación. Todos esos años que habían pasado. Pensé que no me molestaría en lo más mínimo verlo otra vez —los ojos castaño claro de la joven parecieron por un momento perderse en una mirada distante al recordar la escena… Ambas habían llegado casi en el último minuto seis meses atrás. Ginger no quería que nadie advirtiese su presencia. Ella y Val se sentaron juntas en la parte posterior de la habitación.


Nº Páginas 20-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger El féretro se encontraba en el centro, frente a los asientos, rodeado de flores, cuya fragancia llegaba hasta ellas. Ginger apenas podía ver el rostro pálido y el perfil refinado de la mujer muerta. Algo atrajo la atención de los ojos de Ginger a la derecha del féretro, y de pronto la muchacha se encontró mirando los ojos de Devin. Hablaba y saludaba a otra persona, pero la miraba a ella. El rostro del muchacho no había cambiado: bien parecido, el cabello castaño rojizo, los luminosos ojos verdes, y la característica expresión que siempre llevaba; paciente, inteligente. A pesar de lo que Devin había hecho, no había perdido ese aspecto resuelto en su semblante que de inmediato ganaba la confianza en su carácter. La muchacha lo había mirado durante un prolongado momento para luego apartar sus ojos de él. Un terrible estremecimiento recorrió todo el cuerpo de la joven; por un instante Ginger sintió que todas las terminaciones nerviosas explotarían en cualquier momento. La muchacha sintió una extraña sensación en la cabeza. Se volvió hacia Val que la miraba de cerca, quien la ayudó a salir del salón, sin que nadie aparentemente lo hubiese notado.


Ginger sacudió la cabeza, regresando al presente. —No pensé que me molestaría —repitió la muchacha, rozándose la frente con la mano. —La habitación estaba un poco cerrada. Tal vez eso fue todo — comentó Val. —¿Lo crees así? —Ginger miró a su hermana—. Quizás. Será mejor que no vuelva a sucederme. No quiero que él piense que aún posee el control de mis emociones, porque no es así. Sólo son nervios, eso es todo. Quiero demostrarle que no lo necesité, que hice las cosas bien por mí misma. —¡Bueno, y vaya que lo hiciste! —dijo Val con voz positiva. El tono de Ginger era más calmo que el de su hermana. —Sí… lo hice. Los ojos del hombre ardían borrosos. ¿Para qué estaba ahí? El muchacho se preguntaba cómo reaccionaría la joven. ¿Acaso estaba arriesgando demasiado en su apuesta considerando que la muchacha había asistido al funeral? Ginger había desaparecido sin siquiera hablar con él, pero el joven no podía olvidar los ojos grandes e inmóviles de su exesposa que lo miraban del otro lado del salón. No hubo entonces ningún destello alentador en aquella mirada. ¿Por qué razón él


alimentaba la esperanza de que podría haber una oportunidad? ¿Acaso él era un tonto al suponer que la joven aún podría perdonarlo? Nº Páginas 21-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Devin se preguntaba lo que Ginger le hubiera dicho si se hubiesen reencontrado. Quizás la muchacha había cambiado, pensó Devin con inquietud. Ella debía de haber cambiado. ¡Él lo había hecho! Tal vez las personalidades de ambos ya no se complementarían de la manera en que solían hacerlo en una época. Sin embargo, la tienda de Ginger era el reflejo de la personalidad gentil, cuidadosa y femenina que la joven había tenido hacía años. El muchacho sonrió ligeramente recordando la atractiva exhibición en la vidriera de las teteras y las tazas de porcelana y los platos sobre el mantel de encaje. Sin duda se trataba de la obra de Ginger. Devin recordó entonces las veces en que había observado a la muchacha mientras realizaba el mismo arreglo en la tienda de antigüedades de sus padres cuando sólo tenía diez u once años. A Devin le agradaba la inteligente elección en el nombre de su tienda: «Con Sabor a Ginger». Ginger. Devin le había puesto ese sobrenombre a la muchacha cuando todavía era una niña pequeña. Tenía un sonido cálido y


mordaz: cálido como sus ojos castaños cuando solía mirar a Devin, ¿Alguna vez volvería la joven a mirarlo de esa manera? Nº Páginas 22-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Capítulo 3 Ginger se dio una ducha y se vistió tan pronto como sus manos temblosas se lo permitieron, luego se fue en su coche hasta la casa pequeña de madera que habitaba Marla. Marla sonrió al hacer entrar a su amiga que estaba deseosa de preguntar por Devin. —¡Te ves fantástica, Ginger! ¿Es nueva tu ropa? —preguntó Marla, conduciendo a Ginger hasta la cocina. —Era de mi hermana. Ella tiene algunos conjuntos tejidos que ya no puede usar porque ha aumentado de peso. Insistió en dármelos ayer —dijo la joven con un suspiro—. A mi familia parece no gustarle mi estilo de vestir —Ginger acomodó con timidez el cuello en V, que mostraba apenas la unión de su pecho alto y pleno. El material tejido color amarillo se adhería a sus graciosos contornos y disminuía de modo sorprendente al encontrarse con una pequeña cintura. —¿Qué hay de Devin? —preguntó la joven cambiando rápidamente el


tema de conversación. —¡Vaya hombre! Sé que te lastimó muchísimo hace unos años, ¡pero debo decirte que al perderlo realmente perdiste bastante! Ginger perdió por completo el equilibrio. No esperaba una reacción así por parte de Marla. —¿Qué… qué… a qué te refieres? —Tiene todo lo que la mayoría de las mujeres podría desear: es bien parecido, aún con gafas; tiene dinero, por lo menos lo parece; es inteligente y tiene una personalidad muy agradable, ¡lo que es poco habitual! Con todo eso, algunas mujeres lo aceptarían aun cuando jugase un poquito a sus espaldas. Ginger estaba atónita, y no podía responder a lo que oía. Las palabras de su amiga revoloteaban en su mente. ¿Qué esperaba? ¿Qué Marla lo describiese como un ogro? Ella misma lo había visto hacía seis meses. Sabía que todavía era bien parecido. —¿Le gustó la casa? —Parecía muy interesado. ¡Es una casa maravillosa! Le dije que probablemente se vendería rápido. Dijo que en un par de días me daría una respuesta. Ginger tenía una mirada de desamparo, como si hubiese perdido toda


esperanza. —No te preocupes, Ginger. La playa Double Bluff está del otro lado de la isla. Es probable que él no venga muy seguido a Langley. Nº Páginas 23-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger —Sólo está a quince kilómetros de distancia. ¡La isla Whidbey puede ser larga, pero no muy ancha! No sirve pensar que no lo veré. Sé que eventualmente lo haré. —Tal vez eso sea bueno —comentó Marla—. Si lo ves, tal vez te enamoras de nuevo de él. —¡Por supuesto que no! —exclamó la joven enojada. —No lo has olvidado, y eso es evidente. Es probable que tu mente no se tranquilice hasta que lo veas y hables con él otra vez. Ginger no contestó. —Al mirarlo, me imaginé a los dos juntos. Me recordó… ¿alguna vez has oído la historia de Abelardo y Eloísa? Ginger frunció el ceño enojada. Luego negó con la cabeza. —Leí para una clase de historia hace unos años en la secundaria — continuó diciendo Marla, ignorando la falta de interés de su amiga—. Sucedió en el siglo doce y es verídico. Eloísa era una muchacha de


diecisiete años y Abelardo un famoso maestro y filósofo varios años mayor que ella. Fue contratado para educarla en su casa, y de inmediato se enamoraron e iniciaron un romance. Ella tuvo un hijo de él… Ginger se mostró sorprendida. —¡Sabía que lo encontrarías interesante! —dijo Marla sonriendo, continuando entonces con el relato—. Como decía, la muchacha tuvo un niño. Más tarde se casaron en secreto, pero el tío de la joven, que estaba a cargo de ella, estaba ensañado con el hombre porque la había deshonrado. Hizo que unos hombres buscasen a Abelardo y lo castrasen. Ginger dejó el tenedor y se recostó sobre el respaldo de la silla. —¿Por qué me cuentas esto? —¡Lo verás en un minuto! Después de lo sucedido Abelardo aconsejó a Eloísa que entrara a un convento. La muchacha se hizo monja y más tarde, abadesa. Él también tomó los votos y se convirtió en sacerdote. Pasaron diez o doce años. Él le escribió una carta a un amigo contándole la historia de su vida y su relación con Eloísa. De alguna manera, Eloísa obtuvo esta carta y la leyó. Después le escribió a Abelardo una carta emocionante diciéndole que aún lo amaba, que todavía lamentaba haberlo perdido, preguntándole por qué se había olvidado por completo de ella. ¡La muchacha le escribió que si un emperador le hubiera ofrecido hacerla


su esposa ella habría preferido ser la amante de Abelardo! La joven le rogó que le escribiera y la consolara para que pudiese reunir fuerzas y continuar fiel a sus votos. Él contestó la carta y se escribieron hasta que él murió. Hasta hoy los huesos de ambos están enterrados juntos en algún lugar de Francia. Profundamente conmovida, a pesar de que no lo deseaba, Ginger apartó la mirada cuando sintió lágrimas invadiendo sus ojos. —Recuerdo que cuando leí por primera vez la carta que Eloísa le escribió a Abelardo me pregunté cómo una persona podía tener Nº Páginas 24-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger sentimientos tan fuertes hacia otra después de una década de separación —dijo Marla—. Me pareció como un cuento de hadas, y eran personas reales, y las cartas que se escribieron aún perduran. Supuse que la gente en el siglo doce era diferente, porque yo ciertamente nunca reaccionaría de esa manera. Fue cuando comenzaste a hablar de Devin el otro día que me di cuenta de que algunas mujeres sí pueden sentirse tan profundamente unidas a un hombre. Marla hizo una pausa y bajó la mirada como si estuviese meditando. Luego volvió a mirar a Ginger y dijo:


—En cierto modo, es maravilloso ser capaz de un sentimiento tan fuerte y duradero. Los peligros pueden ser mayores, pero también las recompensas. Alguien como yo sólo rasca la superficie, ¡pero tú sí que experimentas la vida! Pienso que deberías aguardar con felicidad el momento de encontrarte con Devin otra vez. Tal vez deberías buscarlo. —¿Estás loca? Lo que me hizo él hace unos años casi me destruyó. ¡No quiero tener nada que ver con él! ¡Y no me interesan tus historias del siglo doce! ¡Ya no estoy enamorada de él! Marla asintió lentamente, aceptando las protestas de su amiga. —De acuerdo, si tú lo dices —los ojos oscuros brillaron con misterio—. ¡A mí me encantaría aceptarlo si tú no lo deseas! —Marla observó a Ginger con atención. Sorprendida, Ginger abrió la boca, pero con una rapidez poco habitual respondió: —¡Eres libre de hacerlo! —¿Estás segura? —dijo Marla como si bromeara—. ¿No sientes acaso algo de celos ante mi pensamiento? —¡Realmente, Marla, lo lamentaría por ti! —respondió la joven automáticamente, ignorando una extraña sensación en su estómago. —¡De acuerdo! —dijo Marla airosamente.


—¿Nos sentamos cómodas un rato? —¿No tienes que ir a trabajar hoy? —Sí, pero tenemos sólo unos minutos. Ginger siguió a su amiga a la sala, que estaba decorada en un estilo moderno de color crema y castaños amarillentos. Al sentarse en el sofá la joven observó una caja grande y labrada, cerca de la puerta, llena de decorativos centros de mesa con velas. —¿Para qué son? —preguntó la muchacha con curiosidad. —Obsequios para celebrar el estreno de las casas que les damos a sus flamantes dueños cuando acabamos de venderlas. Los recogí ayer después del trabajo. Tendré que llevarlos a la oficina hoy —Marla rió un poco entre dientes—. Jack no se sintió muy impresionado con ellos. No le agradan las flores artificiales. Nº Páginas 25-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger —¿Lo viste otra vez? —Salimos anoche, y luego lo invité a subir a casa. —¿Comienzan a gustarse? —Bueno, es posible —contestó Marla encogiéndose de hombros—. Sabes cómo es… las cosas parecieron funcionar, y terminamos haciendo


el amor. Ginger se sentía algo extraña. No se había dado cuenta de que Marla tenía una actitud tan ligera con respecto al sexo. Parecía no tener sentimientos profundos hacia Jack Whiting, ¿y acaso no era su segunda cita con él? Ginger sintió que nunca podría dormir con un hombre del que no estuviese enamorada. Tal vez ella era demasiado anticuada, pero la afectaba el hecho de descubrir que su amiga tuviese ideas diferentes. Marla examinó la expresión de Ginger. —¿Tú y él no…? —¡No! —exclamó Ginger. —Te ves sorprendida. —No noté que las cosas marchaban tan rápidamente entre ustedes. Pero en tanto sean felices… ¿Esta es su pintura? —La muchacha señaló una marina sobre la chimenea, feliz de haber encontrado una manera de cambiar de tema. Cuando recorría el corto camino hacia su casa, la muchacha aún continuaba perpleja ante el hecho de que su amiga había realmente comenzado una relación amorosa con Jack. Entonces ¿dónde me encuentro yo exactamente?, se preguntó la joven. ¿Debería continuar viendo a Jack, o sería propiedad de Marla ahora? Si ella continuaba


citándose con Jack ¿él esperaría lo mismo de ella que de Marla? ¡Sería mejor que no! «Bueno, a quién le importa», murmuró la muchacha casi en voz alta. Ella tenía mejores cosas para preocuparse, decidió la joven mientras subía la escalera a su casa. Lo que Jack y Marla hicieran juntos no la concernía a ella. Lo que Devin hiciera (o estuviese por hacer) era mucho más importante para ella en ese momento. El lunes por la mañana Ginger caminó a su trabajo como de costumbre. Durante todo el día se obligó a alejar su mente de Marla, Jack, y Devin. Quería tener un día normal, con problemas normales y sin consecuencias. Y el día fue como lo esperaba… hasta que Marla llamó en las últimas horas de la tarde. Nº Páginas 26-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger —¿Ginger? —la voz de Marla sonaba como con prisa—. Devin acaba de irse. Va a comprar la casa. —¡Ay, no! —dijo Ginger. La muchacha pareció hundirse en el banquito detrás de la registradora. —Y eso no es todo. Observé por la ventana cuando se marchaba. No volvió a su coche. Está caminando hacia la Calle Primera. ¿No te imaginas


a dónde puede ir? ¿Supongo que no irá a verte? Ginger sintió cierta aprensión. Se tomó del mostrador con su mano libre. —¡No! ¿Estás segura? —Sí, lo vi tomando el atajo en la farmacia. —Tal vez va a comprar algo… Ginger dejó su frase a medio terminar. El cuarto se había oscurecido ligeramente, y la joven sabía, sin necesidad de levantar la mirada, que alguien se encontraba en la puerta abierta. Con el auricular del teléfono aún en su mano, la muchacha miró hacia arriba y se encontró con los ojos verdes de Devin. Ginger se quedó observándolo, sin moverse durante algunos segundos, deteniéndose en los amplios hombros y el rostro bien parecido que ella conocía tan bien y luego una calma irreal la invadió cubriéndola como una capa. —Te hablaré más tarde —dijo la muchacha en el teléfono con tono ligero como si terminase una amistosa conversación. Con una mano extrañamente firme colocó el auricular en la horquilla. Volvió a mirar al hombre que se encontraba en la puerta—. Hola —la voz de Ginger fue clara, desprovista de emoción. Entonces el hombre entró.


—Hola, Ginger —dijo el joven con voz cálida y controlada. La joven no había oído esa voz durante ocho años; el sonido bajo, sutilmente modulado la afectó como una melodía cautivante. El muchacho pareció disculparse con su actitud y sus palabras—. Es probable que te sorprenda verme… —No, no mucho —dijo la joven con frialdad—. Oí que regresarías a la zona —Ginger no tuvo tiempo de hacer un análisis, pero sus emociones se hallaban en un lugar donde nunca habían estado. Interiormente la joven estaba al borde del pánico sin embargo, en su exterior se encontraba de alguna manera distante y tranquila, como si nada importase. Todo lo que la rodeaba era real, pero la joven sentía que no podía tocar los elementos circundantes y éstos no podían hacer lo mismo con ella. —Bueno, no dudo que todos en Coupeville lo comenten —dijo el muchacho—. Te enteraste por tu familia, supongo —Ginger no hizo ningún comentario. Comenzó a atar pequeñas etiquetas con precios en la tarea que estaba ocupada cuando Marla llamó—. ¿Cómo están tus padres y Val? —Bien, gracias —respondió la joven con amabilidad. Nº Páginas 27-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger El muchacho se acercó al mostrador donde la joven estaba sentada


detrás de la caja registradora. Ginger levantó la mirada cuando sintió que el joven invadía su territorio. Por primera vez la muchacha observó lo que el hombre llevaba: un traje de tres piezas gris a rayas de fina lana. Debía de haber terminado de trabajar temprano y había venido directamente a la isla. —¿Y cómo estás tú? —Bien —Ginger observó cuando Devin colocaba sus manos sobre el borde exterior del mostrador y entonces sintió que sus nervios invadían su calma exterior. El muchacho parecía haber hecho añicos una invisible barrera. Ginger comenzaba a sentirse desprotegida. Sus ojos, sutilmente, ascendieron desde las manos grandes y firmes a su pecho cubierto por el chaleco. Años atrás, el joven solía ser delgado y bien proporcionado. La joven supuso que aún lo sería, a juzgar por lo bien que le sentaba el chaleco. Pero había una afirmación masculina en su figura ahora; su pecho parecía haberse hecho más amplio y profundo, y debajo de la chaqueta de su traje los hombros y brazos se insinuaban más musculosos y desarrollados. Había sido un muchacho bien parecido y resultó un hombre muy apuesto, en plena madurez… La mente de Ginger huyó a bloquear esos pensamientos. La joven


bajó la mirada y regresó a las etiquetas con precios, aunque sus dedos estaban temblorosos. —Siempre he querido agradecerte, Ginger —dijo el muchacho con vacilación— por venir al funeral de mi madre. Yo… aprecio mucho que… te hayas tomado la molestia… La joven levantó la mirada y la llevó al rostro del muchacho, alarmada. —No tienes por qué agradecerme. Yo la admiraba. Quise estar allí — los ojos de ambos quedaron unidos por un instante, y luego Ginger bajó la mirada, confundida. —Tú siempre le agradaste —dijo Devin con suavidad, y voz casi seria. Los ojos de Ginger volaron nuevamente hacia los ojos verdes en inesperada reacción. La muchacha vio que estaban húmedos antes de que Devin mirase hacia otra parte. Al alejarse del mostrador, el joven se dirigió al centro del salón y comenzó a mirar alrededor de la pequeña tienda. Devin sacó del bolsillo pequeño un par de gafas de carey. Ginger, aliviada cuando el muchacho se alejó de ella, no pudo sino observarlo con una especie de fascinación. Ginger examinó su perfil cincelado y el suave brillo del cabello castaño oscuro, perfectamente cortado, mientras el joven daba una recorrida visual al lugar, observando la mercadería.


—Tienes una encantadora tienda —dijo el muchacho con tono halagador—. ¿Tú sola estás a cargo de ella? —Sí. Nº Páginas 28-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Devin sonrió con nostalgia y miró a Ginger. —Me es difícil imaginarte como una mujer de negocios. —Muchas cosas son difíciles de imaginar —respondió la muchacha con un dejo de amargura. Devin se encontraba ya a distancia, y entonces la joven se sintió más fuerte y calma. Experimentó una molestia por la invasión que Devin hacía en su vida. ¿Por qué había venido a la tienda? ¿Qué deseaba? —Oí decir que tenías un negocio en Langley —continuó diciendo el joven como si no hubiese detectado el tono sarcástico en la voz de la muchacha—. Siempre me pregunté cómo sería, cómo te iría. ¿Entonces había venido por curiosidad? Ginger no podía creerlo. Devin no era el tipo de persona a la que le interesasen los asuntos de otros. —¿Tienes muchos gastos? ¿Tienes un buen margen de ganancias? — preguntó Devin.


Ginger casi se echa a reír. ¡Después de ocho años y todo lo que había sucedido entre ellos, el joven preguntaba sobre su margen de ganancias! La muchacha respondió a las preguntas, consciente todo el tiempo del farsante en el que Devin se había convertido. Con toda la preocupación de la muchacha por el regreso de su exesposo, no se imaginaba que el primer encuentro sería algo así. Los breves momentos de sarcástica diversión se disolvieron cuando el joven se acercó nuevamente al mostrador. La muchacha volvió a ponerse nerviosa. Devin sonrió ligeramente. Era la sonrisa amable y cordial que Ginger recordaba. —Casi se me olvida mencionarlo… he decidido comprar una casa en Double Bluff. Tú… recordarás que siempre me gustó ese sitio. —Sí. ¿Planeas vivir allí? —preguntó la muchacha con voz algo más débil de lo que ella esperaba. —Pensé en usarla durante los fines de semana. Tengo un condominio en Seattle. —Pensé que te agradaba la ciudad —dijo Ginger con calma, evitando cruzar su mirada con la de Devin. Los ojos verdes de Devin parpadearon, pero el joven no apartó la


mirada. —Antes sí. Y todavía me gusta, en cierto modo. Pero con el paso de los años he llegado a extrañar lo que tenía aquí en la isla Whidbey —los lúcidos ojos verdes parecían intensificar su color cuando Devin dijo su última frase. La joven sintió que su corazón se detenía. Devin apartó la mirada y cambió de tema de conversación. —Estoy en tratos con la oficina de bienes raíces de la Calle Segunda. La mujer que me mostró la casa es Marla Rosetti. ¿Tú la conoces? Nº Páginas 29-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger —Sí —fue todo lo que Ginger dijo. Él no tenía que saber que eran buenas amigas. La vida privada de Ginger le concernía sólo a ella y cuanto menos supiese él de ella, mejor, y más tranquila se sentiría. —Ha sido muy amable conmigo y sumamente atenta —comentó Devin. —Qué bien —la amabilidad de Devin se tornaba cansadora. ¿Cuánto tiempo permanecería de pie conversando amablemente?, se preguntó la muchacha. La joven miró su reloj y luego el cartel que colgaba de la ventana. Tal vez si lo cambiaba de posición para que se leyese «Cerrado», Devin entendería y se iría. Ya había tenido suficiente con este encuentro.


Sus nervios ya no podrían resistir más. Pero Devin no hacía ningún movimiento para irse. La joven jugó nerviosamente con las etiquetas. —¡Hola, Ginger! ¿Estabas por cerrar? La joven miró más allá de Devin y sus ojos se encontraron con Jack Whiting, quien entraba a la tienda. La mirada de Ginger se iluminó como si el recién llegado fuese una respuesta a sus ruegos. —¡Hola, Jack! Sí, estaba pensando en eso —dijo la muchacha casi sin aliento—. ¿Cómo estás? —¡Genial, como siempre! —respondió el hombre con alegría. Jack miró a Devin—. Lo siento, no fue mi intención interrumpirlos. —Está bien —respondió Devin de buen humor—. Sólo me detuve a saludar a Ginger. —¿Conoce a Ginger? —preguntó Jack con interés, mirando a ambos. —Sí. Crecimos juntos en Coupeville —respondió Devin antes que Ginger pudiese pronunciar palabra. —¡Entonces es nativo de la isla! Yo no, pero vivo aquí ahora. Soy Jack Whiting —dijo el hombre extendiendo la mano—. Soy dueño de la galería de arte calle abajo. —Devin MacPherson. Es un placer conocerlo —dijo el joven estrechando la mano de Jack—. Soy asesor contable de…


La muchacha comenzaba a sentir dolor de cabeza al ver a su exmarido estrechando la mano del hombre con quien ella había estado saliendo durante dos años. —Me preguntaba si querrías salir a cenar —dijo Jack volviéndose hacia Ginger— pero quizás ustedes tengas otros planes. —¡No, ningún otro plan! —dijo Ginger con inmediato entusiasmo—. Me parece bien, Jack. —Bueno, de acuerdo entonces. ¿Estás lista ahora? Ginger afirmó sacando la llave de su bolso. No miró directamente a ninguno de los dos hombres, pero podía percibir la repentina tensión en el ambiente. Nº Páginas 30-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Como si la presión fuese demasiado grande para el sensible buen talante de Jack, dijo: —Si está libre, ¿por qué no nos acompaña, Devin? Ginger sentía que se hundía en el piso. —Gracias, pero tengo que regresar a Seattle —dijo el muchacho con una ligera sonrisa. Aliviada, y con la llave en mano, Ginger salió y los dos hombres la


siguieron. Cerró con llave y dijo: —Bueno, fue agradable verte otra vez, Devin —el tono de su voz mostraba un intencional desinterés—. Espero que disfrutes tu nueva casa. Ginger alzó la mirada entonces y recibió una sorpresa semejante a una conmoción. Halló dos pares de ojos observándola detenidamente, con un destello sutil y absorto. La joven se sintió confundida de inmediato, y luego se sonrojó al darse cuenta de que los hombres la miraban con atención. Los ojos de Ginger mostraron frialdad y enojo al mismo tiempo. —Adiós, Devin. ¿Nos vamos, Jack? Los hombres se dijeron mutuamente adiós en un murmullo, y Jack siguió los pasos de Ginger, subiendo la calle. La muchacha no se volvió para mirar a Devin otra vez; estaba por completo feliz de haberse librado de él. El corazón continuaba latiéndole a un ritmo poco habitual a causa del inesperado encuentro, y sus nervios le habían jugado una mala pasada. También continuaba enojada por el modo en que los dos hombres la acababan de mirar. ¡Jack, su viejo amigo, devorándola con los ojos! Y Devin con su inmaculado traje formal y gafas, exhibiendo suma cordialidad y buenas maneras, y de pronto observándola como si quisiera…


Una llamarada de calor la debilitó, y se llevó una mano temblorosa a la frente. Luego vaciló al caminar. —¿Estás bien? —preguntó Jack, tomándola del brazo. —Sí, sólo un poco nerviosa. —¿Tiene algo que ver con Devin? Me di cuenta de que estabas ansiosa por alejarte de él. —Devin fue mi marido —dijo Ginger. No tenía sentido inventar una excusa. Jack miró perplejo a la joven. —Ahora comprendo. Supongo que me mencionaste alguna vez que eras divorciada. Parecía un hombre agradable. ¿Te desagrada verlo? —No lo he visto durante mucho tiempo —respondió la muchacha, sin darse cuenta de que en realidad no había respondido a la pregunta de su amigo. —¿Todavía te interesa? —preguntó Jack con tranquilidad. Nº Páginas 31-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger —¡No! —Ginger respondió con tanto énfasis que alarmó a Jack. El hombre sonrió comprensivamente. —Debo haberme equivocado. ¿Por qué no nos olvidamos de todo y


cenamos amable y tranquilamente? Estás hermosa hoy, Ginger —dijo Jack como si estuviese ansioso por cambiar de tema. Unas horas después, esa misma noche, Ginger analizó los sucesos del día. La conversación de Jack durante la cena aún jugaba en los oídos de la muchacha. Le había resultado difícil concentrarse en ella. Jack habló en forma insistente de Marla, haciéndole preguntas sobre la joven morena, casi como si esperase que Ginger le hablase de algunas confidencias que Marla le hubiese hecho. La joven se dio cuenta de que Jack se estaba enamorando de Marla. ¡Pobre Jack! Ginger no pensaba que su amiga tuviese los mismos sentimientos hacia él, aun cuando Marla compartiese su lecho. Ginger se había preocupado de modo innecesario por su propia posición con respecto a Jack. El hombre rubio y Ginger llevarían adelante su amistad como antes, si bien la joven tendría que ser cuidadosa para no traicionar las confidencias de su amiga. Ginger esperaba no haberlo hecho esa noche; ¡su mente estaba tan confusa! ¡Maldito Devin! ¿Por qué no se habría quedado en Chicago? Ginger deseaba que los hombres fuesen sus amigos, y nada más. No deseaba un contacto físico. La experiencia de su noche de bodas le había demostrado que el sexo no era tan interesante como lo había imaginado. La muchacha no veía que hubiese demasiado para disfrutar en el acto


físico, por lo menos no por parte de la mujer. Quizás su contrincante de Chicago había gozado con la idea de ser utilizada como una muñeca a cuerda, pero ella no. Ella había obtenido mayor placer de las caricias controladas que Devin le había prodigado antes que se casaran. En aquellos días él era tan considerado y tierno con ella… Y sin embargo, ese mismo hombre una vez había hecho algo tan insensible, tan injusto, que había eclipsado a perder las ideas positivas que la joven solía tener del amor y el casamiento. Era más seguro no depositar la confianza en un hombre, pensó la muchacha mientras empezaba a desvestirse para dormir. Detrás de esos físicos fuertes y altos, y esas voces graves y seguras, latían corazones ligeros e inconstantes. La joven supuso que los hombres y las mujeres eran diferentes. Tenían dos objetivos distintos en la vida: Las mujeres deseaban amor; los hombres, sexo. Ambos podían coexistir, pero no de modo suficiente como para lograr una sincera armonía. Y aquí estaba Jack tornándose posesivo con Marla, probablemente porque disfrutaba hacer el amor con ella y deseaba que eso continuara. Ginger no podía comprender aún lo que Marla pensaba de la relación. ¡Y Devin! Devin una vez había recibido todo el amor que ella podía darle, pero él lo descartó cuando encontró a alguien


que lo atraía más sexualmente. El sexo parecía ser la única idea que los hombres tenían en sus mentes. Y la manera en que los dos hombres la habían mirado hoy lo había comprobado. Nº Páginas 32-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Ginger apartó el elegante cubrecama del lecho y lo dejó a un lado. Después de cubrirse con las sábanas, apagó la luz. Estaba contenta de haber pasado sola todos los últimos años. Las mujeres estaban mejor viviendo solas. ¡Por fortuna las mujeres se tenían las unas a las otras para confiarse sus problemas! La muchacha sonrió al recordar que Marla la había llamado para advertirle de la llegada de Devin. ¡Exactamente lo que una verdadera amiga debería haber hecho! Y gracias a Dios, su encuentro con Devin había terminado. Si había sido ruda con él estaba feliz, hasta un poco orgullosa de sí misma. Logró manejar la situación mucho mejor de lo que esperaba. Jack no podía haber aparecido en un momento más oportuno. Devin no pensaría entonces que a ella le faltaba interés masculino. No, después de una despedida tan fría, Devin no regresaría. No era tonto; se daría cuenta de que su presencia no era deseada. Segura con esos pensamientos en su mente, la joven se volvió y se


durmió. La luz aún estaba encendida en el condominio de Seattle. Sobre la mesa de noche, junto a la cama, dos tabletas grandes se disolvían en un vaso de agua, Devin yacía en el lecho, reclinado con los hombros contra la cabecera. Su mano descansaba sobre su estómago. Tenía el rostro cansado, los ojos desolados y el estómago dolorido. Más temprano el joven había comido algo, y pronto sintió la rebelión de su estómago. Se preguntó si debería ver a un médico. Su estado tenía todas las características de una úlcera. Pero si tenía problemas digestivos, él sabía que no era su culpa, una reacción nerviosa a los cambios que el muchacho deseaba imponer en su vida. Devin presintió al entrar en la tienda de Ginger que podría recibir un gran golpe. Y así había sido… de modo sutil, pero recibió el golpe cuando el otro hombre tomó el brazo de la joven, cuando ambos se alejaron caminando. Él parecía muy agradable, pero Devin deseó haberle dado un puñetazo. ¿Ella lo amaría? ¿Y en ese momento tendrían una relación amorosa? «No pienses en eso o tendrás con seguridad una úlcera muy pronto», Devin se advirtió a sí mismo mientras tomaba el vaso de agua. Luego se recostó una vez más y cerró los ojos. Ginger estaba tan


hermosa, tan… mujer. Pero tenía la misma voz gentil y suave, la misma dulzura en los ojos… sólo que ahora había mucha distancia en ellos. Apenas lo había mirado. Ella no deseaba verlo, y eso era evidente; no lo quería de regreso en su vida. ¡Bueno, tendría que adaptarse a la situación, porque él regresaría! Aunque eso hiciera que la joven lo detestara y destruyera su salud, Devin MacPherson entraría en ese pequeño mundo de la muchacha. Nº Páginas 33-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Capítulo 4 Los siguientes días pasaron normalmente para Ginger. Se sentía mejor consigo misma que antes. El hecho de haberse librado de Devin con tanta facilidad en su tienda, le dio la seguridad de que podría manejar cualquier situación que surgiese de su proximidad. También se sentía segura de que, aun cuando ella y Devin se encontrasen otra vez, sólo sería por casualidad. Ginger llegó a su casa con unos vestidos y algunas blusas delicadamente femeninas que favorecían y destacaban sus formas y eran de mejor gusto que esas túnicas baratas que solía llevar últimamente. Además, agregó algunos pares de zapatos, pantalones y faldas.


La joven llevaba puestas algunas de esas adquisiciones (una falda color malva y una blusa de seda de tono lavanda pálido con cuello de volados) el viernes siguiente cuando Devin volvió a hacer su aparición en la tienda. Eran las primeras horas de la tarde. La muchacha estaba hablando con unos clientes en la parte trasera del negocio, cuando lo vio entrar. Los nervios de Ginger pronto se tornaron incontenibles. El regreso del joven hizo añicos su confianza en sí misma y la seguridad de que Devin no volvería a molestarla. Pero esta vez no sintió pánico. Enfrentaría a Devin. Ginger intentó prepararse mentalmente, tomándose el tiempo, terminando de tratar con sus clientes antes de dirigirse a Devin. El joven aguardó con paciencia. —Hola, Devin —dijo la muchacha con amabilidad, pero sin entusiasmo. —¡Hola! —El joven la saludó con una amplia sonrisa—. Estás adorable hoy, Ginger. La muchacha observó los ojos de Devin que se deslizaban sobre la blusa, deteniéndose por una fracción de segundo en sus evidentes curvas. Los ojos de la joven le transmitieron un mensaje a Devin: ella sabía con certeza lo que él admiraba y ella no se sentía halagada.


—¿Estás en la ciudad para ver la casa? —«Será mejor que tenga una buena razón para darme», pensó la joven. —Sí. Me detuve a ver a Marla para discutir mi oferta sobre la casa, pero ha salido con otro cliente. Pensé visitarte unos minutos hasta que ella vuelva. —Bueno —dijo la joven dando un paso hacia atrás y haciendo un gesto con la mano para señalar el salón lleno de mercadería— eres libre de dar un vistazo a tu alrededor. Tienes que disculparme, pero debo ocuparme de mi contabilidad —la muchacha comenzó a alejarse de Devin, caminando hacia el cuarto trasero, pero de inmediato sintió que el joven estaba a sus espaldas. Nº Páginas 34-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger —¿Te molestaría que diese un vistazo a tus libros? Me interesaría conocer los métodos que utilizas. ¡Qué bien pensado, Ginger!, se dijo la muchacha a sí misma con malhumor. Era obvio que había resultado un argumento muy pobre para alejarse de Devin. La intuición le decía que el muchacho estaría encantado de aconsejarla en forma gratuita. —Mis métodos son un tanto malos —dijo Ginger fingiendo reírse de si


misma—. Me avergonzaría mostrar mis libros a un contador tan importante como tú. ¿Por qué trataba de inventar excusas agradables? ¿Por qué simplemente no le decía al joven que se marchase? Devin se mostraba tan dulce y amable que le resultó difícil a Ginger hablarle con enojo. Devin rió levemente ante la autosubestimación de la joven. —Apuesto que eres muy cuidadosa y prolija, como lo eres en todo. Ginger hizo una pausa para mirar al joven. —¿Y cómo sabes de qué modo soy? —preguntó la muchacha con tono desafiante. —Tú… solías ser así. —¿Hace ocho años? La gente cambia. —No creo que lo hayas hecho tú —dijo el joven con suavidad, mirando los ojos desafiantes de Ginger. Estaban cerca de la puerta de la oficina de Ginger y la luz de la ventana trasera brillaba en los ojos verdes de Devin. Les daba esa cualidad luminosa y casi etérea que siempre la había llenado de admiración y de cierto temor cuando Ginger era más joven. La muchacha apartó la mirada, enojada ante el recuerdo y la seguridad en la voz de Devin. El comentario del joven acerca de que Ginger no había cambiado la molestó, como si Devin estuviese insinuando


que ella podía sentir lo mismo por él que años atrás. Las quijadas de Ginger se pusieron tensas para contener la ola de resentimiento, combinada con otras emociones que la joven no tenía tiempo de analizar. Ginger entró a la oficina, y Devin siguió sus pasos. Que Devin viese o no sus libros realmente no le importaba a ella. Por el momento estaba contenta de tener un recurso para mantenerlo ocupado mientras ella recobraba la calma. Pero eso era difícil. El corazón de Ginger comenzaba a palpitar con fuerza ahora. ¿Acaso Devin esperaba recuperar lo que alguna vez los había unido? ¿Por eso estaría allí? Y luego se formuló otra pregunta. ¿Por qué? ¿Por qué ahora? ¿Y por qué lo haría? Después de todas las mujeres que sin duda habría conocido, incluyendo a la muchacha por la que la había abandonado, ¿por qué regresaría por ella ahora? Tal vez Ginger estaba malinterpretando las intenciones de Devin, intentando tranquilizar su todavía dañado ego. Nº Páginas 35-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Al inclinar la cabeza sobre el libro mayor que Devin había abierto sobre el escritorio, Ginger examinó al joven. Observó su perfil serio, su


aplicación realzada por las gafas, el elegante traje gris, la corbata conservadora, prolijamente anudada. Devin le parecía un garboso retrato de dedicación al decoro. La mente precisa del muchacho podía examinar las hileras de números y hallar cualquier error. Sus maneras refinadas y voz bien modulada podían decirle con amabilidad y exactitud dónde había cometido el error. Era lo que cualquier hombre maduro, con una mente inteligente y bien entrenada, debía ser. Y, sin embargo, debajo de esa perfecta apariencia, él era quien había faltado a ese decoro. Y habiendo rechazado a Ginger una vez, no volvería a desearía. Ahora no, ahora, cuando había alcanzado tal perfección, pensó la joven con un sarcasmo que le destrozaba el corazón. ¡Qué tonta fue al llegar a pensar que Devin aún podría desearla! ¡Y, de todos modos, ella no lo necesitaba! Devin hojeaba lentamente las páginas, encolumnadas, verdes, del libro mayor. Una sonrisa comenzó a asomar en su rostro. —¡Estoy impresionado, Ginger! Muy bien hecho. ¡Y esto proviene de la muchachita que solía derramar lágrimas ante sus cálculos de álgebra! Ginger se puso seria, y se alejó. Devin solía ayudarla hacía ya muchos años con sus deberes de matemáticas. De pronto una imagen le vino a la mente y entonces recordó cuando los dos se encontraban en la vieja mesa


de cocina de Martha Cowan, su madre. Los libros y papeles de la muchacha estaban esparcidos sobre ella, y Devin le ayudaba a comprender los ejercicios paso por paso. Y era verdad que solía llorar a veces, presa de la frustración. Pero Devin la tranquilizaba y con paciencia analizaba con ella cada problema hasta que la muchacha comprendía. Y luego la besaba. Los ojos de Ginger se llenaron de lágrimas. La joven se esforzó por contenerlas, diciéndose a sí misma lo tonta que era al dejar que los viejos recuerdos afectaran tanto su control emocional. —La contabilidad para el negocio es muy diferente del álgebra —le dijo la muchacha a Devin con voz tensa. Ginger oyó que el joven se acercaba y pronto lo sintió detrás de sus hombros. —Sí, lo es —respondió el muchacho con calma. La presencia masculina, esa voz tan cerca de su oído, el calor que irradiaba ese cuerpo, parecía invadirla hasta que la muchacha comenzó a sentirse perturbada, demasiado acalorada, y algo aturdida. Devin miró a Ginger reparando en su suave cabello ondeado y pequeños hombros. Estaba tan quieta frente a él, como si temiese volverse. ¿Estar tan cerca la afectaba a ella de la misma manera que a él?,


se preguntó el joven. El corazón de Devin comenzó a palpitar con tanta fuerza que se preocupó por que la muchacha pudiese oírlo. El joven Nº Páginas 36-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger deseaba rodear a Ginger con sus brazos, besarla, pero era demasiado pronto. Ella podría resistirse. Devin temía hasta rozarle la mano. ¡Bueno, di algo!, se dijo el muchacho a sí mismo. El silencio se tornaba excesivamente prolongado. —Ginger… —Devin extendió la mano para tocar el brazo de la joven, pero luego puso la mano en el bolsillo—. ¿Por qué no cenamos juntos esta noche? —El mismo Devin se sorprendió de que su voz sonara tan calma. Los ojos de Devin vacilaron cuando la joven de pronto se volvió para enfrentarlo, dando un paso atrás. Él se mantuvo firme; podía interpretar las señales en los hermosos ojos de la joven, plenos de resentimiento y cautela. —¿Por qué deberíamos hacerlo? —La voz de Ginger era fría mientras no dejaba de mirar a Devin. El muchacho pensó que Ginger era increíblemente directa. La mente del joven buscaba una respuesta. —¿Por qué no? Ya que me he mudado otra vez a la zona, pensé que


podíamos ser amigos. Antes lo fuimos. —Sí. Fuimos más que amigos, Devin. Pero preferiría no recordar. No siento que haya espacio o necesidad para la amistad entre nosotros. No me interesa cenar contigo. Devin miró a Ginger de pie allí, con sus tacones altos, de brazos cruzados sobre su blusa delicada, mientras pronunciaba esas palabras. La voz de la muchacha tembló levemente por el enojo. En apariencia, el joven toleró el rechazo de Ginger sin perder la calma. Pero debió respirar profundamente al sentir la reacción de su estómago. Pero el muchacho no tenía intenciones de darse por vencido sin una pequeña discusión. —¿Por qué no puede haber espacio para la amistad? Todos necesitamos amigos. Yo siento necesidad de tu amistad. Devin observó cierta alarma indefensa en los ojos de la muchacha por un instante. Pero la expresión de Ginger era segura, y su voz, ruda al responder: —¿Entonces por qué la traicionaste hace ocho años? Devin bajó la cabeza, sintiéndose como si la joven le hubiese dado un puñetazo en su dolorido estómago. —Yo… —¿Qué podía decir el muchacho?—. No fue mi intención lastimarte, Ginger. Ya te lo he dicho.


—¡Nunca comprendí cómo pudiste tener una aventura con otra mujer y pensar que no me dolería! —exclamó la joven con furia. Devin se sintió presa del dolor. —Sé que nunca lo comprendiste. Yo tampoco me comprendí a mí mismo entonces… —el joven dejó de hablar. No tenía sentido tratar de dar explicaciones ahora. No había tiempo, y, de todos modos, la muchacha no se mostraba receptiva. Nº Páginas 37-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger —Ginger, ¿por qué debemos permitir que algo que sucedió hace ya ocho años influya sobre la decisión de que cenemos juntos esta noche? ¿No podemos olvidar el pasado por esta vez? La voz y la expresión de la joven eran serias cuando respondió; su labio inferior comenzaba a temblarle. El muchacho se dio cuenta de que había presionado demasiado a la joven. —Es al revés —dijo la muchacha—. He olvidado el pasado. ¡Es sólo que no quiero que me lo recuerden otra vez! Ahora me siento bien y me va bien, pero no tengo inconveniente en decir que me llevó cierto tiempo superar lo que ocurrió. Ahora que todo ha pasado, lo quiero dejar allí, en el pasado. No deseo tu amistad, Devin. ¡Tengo amigos, amigos en los que


puedo confiar! Debes perdonar mi sinceridad, ¡pero no confío en ti! ¡No sé lo que deseas o por qué has regresado aquí, pero sólo hazme un favor: déjame sola! La voz de Ginger se quebró en la última palabra, y la muchacha llevó por unos momentos una mano temblorosa a sus labios. Luego se irguió aunque Devin percibió que todo el cuerpo de la joven se estremeció al tratar de controlar su emoción. La herida de hacía ya tantos años se había abierto. Devin había deseado con todo su corazón evitar que eso sucediera. Hubiese abrazado a la joven para intentar reconfortarla si no hubiese sabido cuánto desprecio sentía Ginger por él. Devin se sintió desprotegido, agotado. No había nada por hacer. Al mirar a la muchacha, el joven trató de pensar en algo que pudiera decir ante tales circunstancias. Por fin el muchacho sólo se volvió y con tranquilidad se retiró, dejando a Ginger en el lugar. La joven siempre había sido una persona emocionalmente intensa. Años atrás, el muchacho había aprendido a hablar con ella, a darle seguridad. Pero ahora Ginger no se lo permitiría. Mientras Devin se dirigía a la Calle Segunda, trató de respirar profundamente para calmar sus propias emociones y su estómago


ardiente. El muchacho debía tranquilizarse para discutir el tema de la casa. Al entrar a la oficina de bienes raíces, Marla Rosetti estaba allí. El joven se sentó junto al escritorio y ambos trataron el negocio durante un rato. Al terminar la conversación sobre la casa, Devin tomó un rollo de tabletas antiácidas de su bolsillo, y la puso en su boca. —Se ve algo cansado hoy —dijo Marla—. ¿Se siente bien? —Sólo se trata del estómago rebelde —respondió Devin. Pensativo, el muchacho observó la mano izquierda de la joven morena. Devin había notado que Marla no llevaba sortija y supuso que era soltera o divorciada, como Ginger. Devin se preguntó cuál sería el caso—. ¿Vive aquí en Langley? —Sí, me mudé aquí hace cinco años. Nº Páginas 38-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger —Entiendo que conoce a Ginger Cowan. Su tienda se encuentra en la Calle Primera… —¡Por supuesto! —respondió Marla con el rostro iluminado—. ¡Hemos sido grandes amigas durante años! —¿De veras? —dijo Devin, apoyándose, pensativo, contra el borde del


escritorio. El muchacho había deseado que así fuera. Entonces se irguió y le sonrió a la joven agente. La muchacha lo miraba, expectante, como si estuviese dispuesta a recibir cualquier comentario que el joven estuviese por hacer—. Yo… estoy un tanto solo esta noche —comenzó a decir Devin algo vacilante. La expresión de entusiasmo de Marla alentó al muchacho a terminar de hablar—. Si no está ocupada, ¿le gustaría cenar conmigo? Marla sonrió con calidez. —Sucede que yo también estoy sola. ¡Y me encantaría! En la tienda de Ginger en la Calle Primera, su dueña estaba sentada junto a su escritorio en la pequeña oficina. Algunas lágrimas se deslizaban por sus mejillas, y un tanto enojada, la muchacha las apartó con las yemas de los dedos que todavía temblaban. Por lo menos, había evitado llorar delante de Devin. Al día siguiente Ginger llamó a Marla para invitarla a almorzar. La joven sentía la necesidad de conversar con ella sobre lo sucedido. Era agradable tener a alguien en quien confiar. Se encontraron en el sitio habitual. Para iniciar la conversación, mientras aguardaban a que la camarera les tomase el pedido, Ginger le preguntó a Marla si continuaba viendo a Jack. —Sí, todavía lo veo —respondió la joven morena con tranquilidad,


aunque sin revelar demasiado—. A propósito, Devin pasó por la oficina ayer. —¡Lo sé! Entró a mi tienda mientras esperaba que tú regresaras. ¿Hay algún problema con la casa que va a comprar? —preguntó Ginger, deseando volver al tema que le interesaba, pero por alguna razón sintió la necesidad de ser cuidadosa en la manera en que lo abordara. Se sentía algo incómoda con Marla hoy, y no sabía con exactitud por qué. Marla parecía segura y tranquila aunque un poco menos abierta que de costumbre—. En realidad, no. Devin y el vendedor han estado haciendo ofertas contraofertas. Pronto llegarán a un acuerdo en la suma. Después de un corto silencio entre ambas, Marla dijo: —¿Qué tenía que decirte Devin? Ginger estaba contenta de que su amiga se lo hubiese preguntado. —Quiere que seamos amigos otra vez. ¡Hasta me invitó a cenar! Rechacé la invitación. Marla asintió una vez más. Nº Páginas 39-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger —Parecía algo perturbado cuando llegó a la oficina. Me invitó a cenar con él.


—¿Sí? —El ruido en el poblado restaurante parecía desvanecerse lentamente, y Ginger sintió una repentina quietud a su alrededor. La muchacha intentó sonreír como si le divirtiera el comentario—. ¿Y fuiste? —Sí. Me llevó a un sitio agradable. Ginger abrió aun más los ojos, pero se preocupó por no dar evidencias claras de su conmoción. —¿Po… por qué? —¿Por qué fui? —dijo Marla, con voz y actitud positiva. La joven morena se encogió de hombros—. No tenía nada mejor que hacer anoche. Hemos trabajado juntos con respecto a la casa, y me imaginé que ésta era la forma de agradecerme mi ayuda. ¿No te importa, verdad? Dijiste que no tenías interés en él. —No… no, por supuesto que no. Fue sólo una… una sorpresa —la respuesta de Marla era extraña; toda su actitud con respecto a Devin parecía diferente. ¿No era poco habitual que un comprador llevase a su agente de bienes raíces a cenar para agradecerle su ayuda? ¿Su alta comisión por la venta no sería pago suficiente? ¿Acaso Marla no pensaba que todo era algo extraño? No se comportaba como si lo pensara así—. ¿De qué hablaron? Marla dio un profundo suspiro, como si estuviese algo aburrida.


—Bueno… veamos. Él habló de su trabajo, discutimos el tema de la casa una vez más, me habló de Coupeville… —¿Dijo algo acerca de mí? —Sí. Él… habló de ti y de él. Me contó que crecieron juntos — respondió Marla con cierta dureza. —¿Mencionó que había ido a verme ayer? —Sí. —¿Qué dijo? —Ginger se preguntó por qué tenía que obligar a Marla a que le diese información. Antes la joven morena solía ser muy espontánea cuando hablaba de Devin. —Que se detuvo a verte. —¿Eso es todo? —Bueno… hablamos de tantas cosas, Ginger… no recuerdo todo lo que dijo. Ginger dejó de hacer preguntas. Era evidente que Marla no quería dar respuestas completas. La joven no podía creer que su amiga no recordara lo conversado. ¿Acaso Marla intentaba ahorrarle disgustos? ¿Devin habría dicho algo desagradable sobre ella frente a Marla que no deseaba repetir porque la afectaría mucho? Pero Marla por lo general era mucho más directa con


Nº Páginas 40-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger respecto a las cosas. Ginger no podía evitar sentir que su amiga estaba ocultando algo. ¿Pero de qué se trataba? ¿Acaso ella y Devin…? No, Marla se veía con Jack. No podía tener dos relaciones amorosas al mismo tiempo. ¿O sí? De pronto imaginó a Marla y a Devin juntos y comenzó a sentirse mal. Permitía que sus pensamientos la dominaran, se dijo Ginger a sí misma. Marla no haría algo así. Aun cuando alguna vez había dicho que Devin le parecía atractivo, no lo haría. La joven morena no había dado señas de que la velada que compartieron hubiese consistido en algo más que una conversación en un restaurante. —¿Sucede algo malo? Pareces estar mal —dijo Marla. Ginger miró a su amiga. Había cierta distancia en los ojos de Marla que la joven nunca había visto. —No me sucede nada —«¿Realmente te importa?», quería preguntar Ginger. Tal vez era injusta con su amiga. Quizás Marla se sentía aburrida de tener que escuchar constantemente esos comentarios sobre Devin. Tal vez también se había aburrido cuando estaba cenando con él. ¿Acaso


Marla estaba tan cansada del asunto que ni siquiera quería hablar más? Ginger no sabía qué pensar. Después las jóvenes conversaron sobre temas sin importancia; no era para nada uno de esos almuerzos divertidos y estimulantes. Ginger regresó a la tienda confusa y deprimida. Durante la semana siguiente Ginger no tuvo noticias de Devin, y evitó a Marla. La joven se sorprendió cuando la muchacha morena la llamó a principios de la semana para invitarla a almorzar. Ginger halló una excusa para no ir. En cierto modo prefería estar sola, temiendo sentirse incómoda con Marla otra vez. El viernes Marla llamó una vez más y se mostró tan afectuosa y entusiasta en el teléfono que Ginger no pudo resistir la invitación a almorzar. Mientras se dirigía a la Calle Segunda, Ginger esperaba que la amistad entre ellas recuperase su habitual facilidad. La muchacha decidió que no tocaría el tema de Devin. Al acercarse al pequeño restaurante, Ginger vio a través del inmenso ventanal del frente que Marla ya se encontraba en el reservado habitual. Con una sonrisa Ginger abrió la puerta y entró. Saludó a Marla y se sentó frente a ella. —¡Qué hermoso vestido, Ginger! —dijo la joven morena, mientras sus ojos oscuros apreciaban la elaborada confección de los hombros y las


mangas. Era uno de los nuevos vestidos de Ginger, con pliegues pequeños y delicados y un color realmente bello. —Gracias. Costaba más de lo que deseaba gastar, pero no pude resistirme. —¡Te queda encantador! Bueno, ¿cómo marchan las cosas en la tienda? —preguntó Marla. La muchacha escuchó con un interés poco Nº Páginas 41-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger habitual mientras Ginger le describía los contenidos de un embarque de porcelana que acababa de recibir de Inglaterra. Ginger se sintió feliz de que el entendimiento entre las dos se hubiese reanudado, aunque aún tenía la impresión de que algo no funcionaba del todo bien. Marla se mostraba en extremo atenta. Parecía una actitud forzada. Sin embargo, pensando de modo positivo, la muchacha atribuyó la conducta de su amiga, a cierto nerviosismo. Supuso que su amiga no se sentía bien, quizás algo culpable, por la incomodidad de su último encuentro y deseaba solucionar la situación. El almuerzo fue muy amigable, y conversaron sobre varias cosas. Ginger preguntó acerca de Jack Whiting, y Marla relató una divertida


historia de su última salida con él. Parecía que las cosas se encontraban en una etapa positiva entre ellos, si bien Ginger aún se sorprendía por el modo en que Marla bromeaba sobre Jack. Parecía que no tomara su relación con Whiting con mucha seriedad. Ginger esperaba que Jack no terminase con el corazón roto; pero quizá la joven estaba juzgando los sentimientos de ambos de manera equivocada. De todos modos, no era asunto de ella. Mientras probaba su pastel de fresa, la muchacha observó que Marla miraba por la ventana en dirección a su oficina. —¿Ya tienes que regresar? —preguntó Ginger. Los ojos de Marla regresaron de inmediato al restaurante. —No. No, todavía no —dijo la joven mirando la hora en su reloj. Ginger se volvió y se acercó al vidrio. El corazón de la joven se paralizó al ver que Devin se acercaba y saludaba a Marla. Luego miró a Marla. —¿Sabías que él vendría? —No… bueno, no tan temprano. Dijo que vendría esta tarde. Debe haber dejado su oficina más temprano de lo que había pensado —Marla se veía confusa y evitó la mirada de su amiga. Ginger estaba sorprendida y dolida al mismo tiempo, pues Marla no le


había mencionado que vería a Devin. En el instante siguiente se abrió la puerta del restaurante y Devin entró. —Vi tu cartel en la puerta de la oficina —le dijo a Marla al acercarse a la mesa. Ginger estaba de espaldas a la puerta, y oculta por el respaldo alto del asiento del reservado. Cuando Devin estuvo junto a la mesa, la sonrisa de su rostro se desvaneció. —¡Ginger! —exclamó el joven, evidentemente sorprendido al encontrarla allí. Marla se mostraba muy incómoda. —Lamento ser un obstáculo —dijo Ginger con voz tensa. Nº Páginas 42-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger —¡No, por supuesto que no! —dijo Devin—. Sólo… vine para discutir con Marla sobre la casa. No nos molestas en absoluto. «¡Por supuesto! Ambos tienen la palabra culpable escrita sobre sus rostros. Creen que soy estúpida», pensó la joven. Los ojos de Ginger cayeron sobre el mantel y permanecieron allí. «¡No hagas el ridículo, Ginger! ‘No exageres’. Tal vez estás juzgando la situación equivocadamente. Tal vez ellos no…» —¡Bueno, siéntate, Devin! —dijo Marla haciendo sitio para que el


muchacho se sentara—. ¡Únete a nosotras! La incomodidad de Marla pareció desaparecer. Ginger miró a su amiga, sorprendida, con dolor y sospecha aún en sus ojos. Marla le sonrió con dulzura, luego miró a Devin quien, con cierta cautela, había elegido el asiento junto a la joven morena. —Me alegra haberlas visto por la ventana. Con dedos temblorosos Ginger abrió su bolso y sacó dinero de la cartera para pagar su cuenta. Sería mejor que se marchara antes de ponerse una vez más en ridículo. No había nada que comprobase que hubiera algo más que una cuestión de negocios. Y, de todos modos, ¿a quién le importaba? ¡Si querían tener una relación amorosa, allá ellos! A ella no le concernía. Ginger colocó el dinero sobre la mesa. Con voz medianamente calma, la muchacha dijo: —Tengo que regresar a la tienda —sin volver a mirarlos, la joven abandonó su asiento y se dirigió a la puerta. Oyó que ambos murmuraban algo en respuesta, pero no prestó atención. En breves instantes, se encontraba otra vez en su tienda, sola en el santuario de su pequeña oficina. Durante las siguientes dos horas Ginger trató de analizar su propia


reacción y especular sobre la aparente relación entre su amiga y Devin. Pero tenía tal confusión, que pronto se dio por vencida, diciéndose a sí misma que de todos modos no importaba. Sin embargo, sus pensamientos no la dejaban sola. La imagen de Marla y Devin sentados juntos frente a ella recurría una y otra vez en su mente. Hacían una pareja agradable. Marla tenía la delicada sofisticación y la rapidez mental que seguramente Devin desearía en una mujer. Y Marla ya había aclarado que Devin le parecía atractivo. De pronto Ginger sintió deseos de llorar. Con determinación la muchacha se puso de pie y caminó hasta el cuarto principal de su tienda. Para distraerse, la joven tomó un paño y comenzó a limpiar. Era una tarde poco activa. Sólo un cliente había entrado a mirar por unos instantes, marchándose luego sin comprar nada. Ginger colocaba unos candelabros de bronce que había lustrado en su sitio correspondiente cuando Devin entró a la tienda. La joven se puso tensa se sintió ahogada por el resentimiento. ¿Qué hacía él aquí? Nº Páginas 43-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger —¿Ginger? —dijo el joven al acercarse. —Hola —respondió la muchacha con fría calma.


Devin se acercó conservando cierta distancia y se detuvo. —No tenías que correr tan aprisa. Ginger no respondió a ese comentario. —¿Cómo marchan las cosas con la casa? —La voz de la joven sonaba agresiva, aun para ella misma. —Bien. Con la colaboración de Marla, el vendedor y yo hemos llegado a un acuerdo en la cantidad. Hasta ha realizado la financiación. Por eso vine hasta aquí… para discutir el asunto con ella y firmar los documentos. —¿Te llevó toda la tarde arreglar esos asuntos con Marla? —De inmediato la muchacha deseó no haber hecho ese comentario. Devin apoyó un codo sobre la estantería de exhibición junto a la cual ambos se encontraban. —¿Sabes, Ginger? Pareces algo celosa. Ginger miró de soslayo a Devin en actitud hostil. El joven continuó. —¿Lo estás? —¡Yo no arriesgaría conclusiones! —dijo la muchacha con frialdad. En lo más profundo de su ser le resultaba difícil negarlo. —Es difícil no hacerlo, especialmente porque se trata de algo que me agradaría creer. Me agrada Marla, pero nuestra relación es estrictamente


de negocios. No hay razón para que tú… —Cenaste con ella —dijo la muchacha con voz tan fría como pudo lograr. —¿Ella te lo dijo? —preguntó el joven, sorprendido. —Sí. Somos viejas amigas —dijo Ginger, mirando a Devin de frente—. No es la primera vez que tenemos complicaciones con el mismo hombre — Ginger sabía que su afirmación tendía a exagerar la verdad, pero no le importaba. No quería que Devin pensara que podía enfrentar a Marla y a ella para lograr sus propósitos. Los ojos de Devin se oscurecieron al mirar a la muchacha. Pero su voz fue gentil al decir: —Te pregunté a ti primero si querías cenar conmigo, ¿lo recuerdas? Ginger bajó la mirada y no respondió. —Tú rechazaste mi invitación, y no sentía deseos de cenar solo. Lo que me gustaría saber es por qué te enoja tanto eso. —¡No me enoja! —Ginger —dijo el muchacho con voz divertida y tono de reprimenda— no te olvides de que te conozco muy bien. Creo que estás celosa —la Nº Páginas 44-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger


joven se alejó del muchacho, pero él la tomó del brazo y la mantuvo junto a sí—. Y si lo estás, entonces eso significa que aún conservas ciertos sentimientos hacia mí. Las palabras de Devin provocaron a la joven. —¡Qué ego tienen ustedes los hombres! —La muchacha se volvió y miró con ira al joven—. ¡Sí, tengo sentimientos hacia ti, Devin: resentimiento, amargura… simple ira ante tu audacia de regresar aquí y tratar de abrirte paso dentro de mi vida! —Ginger pudo ver por la expresión dolorida de Devin que sus palabras lo herían—. Ya no me conoces tan bien. ¡Fui lo suficientemente inocente como para cegarme ante tu falta de integridad, tu inconstancia, tu… tu debilidad para con las mujeres fáciles! ¡Ahora soy un poco más madura… o por lo menos lo suficientemente inteligente como para saber que no debía acercarme a ti! Ambos permanecieron allí durante un instante sin decir nada. —Entonces me odias —dijo por fin Devin—. Yo… esperaba que lo hicieras, y lo comprendo. Puede que te sorprenda saber que en cierto modo me alegra que me odies. Era tu indiferencia lo que temía. Ginger se puso seria y miró perpleja a Devin. —Pero tú no eres indiferente —continuó diciendo el joven—. De alguna manera todavía te importo, aun cuando sea de un modo negativo.


Hay una línea muy delgada entre el amor y el odio, ¿lo sabías? Un amor que ha sido traicionado, naturalmente se convierte en odio. Pero quizás… Las lágrimas humedecieron los ojos de Ginger. Devin era tan incisivo; podía pensar con tanta cordura… Era rápido e instintivo como Marla. ¿Cómo podría competir con él? Le llevaría medio día de razonamiento analizar sus emociones y hallar una buena respuesta para el argumento del joven. —De acuerdo, puede que sea verdad —dijo la muchacha—. Es difícil para cualquiera olvidar por completo un viejo amor. Pero eso no significa que una persona deba alimentar lo que queda de un sentimiento. No sé qué es lo que buscas de mí, Devin, pero no quiero nada de ti. ¡Ni amistad, ni amor, ni nada! La expresión de Devin era de un total abatimiento, pero permaneció donde estaba, sin dar señas de querer marcharse. El joven se veía algo pálido, como si no se sintiera bien. Ginger se alejó de Devin y se dirigió hacia la caja registradora. De modo ausente, la joven jugó con una estilográfica sobre el mostrador. Después de unos instantes, oyó pasos y, cerca, la voz de Devin. —Ginger, cena conmigo esta noche. La muchacha se volvió abruptamente.


—¿No has oído nada de lo que te he dicho? —dijo la joven, perpleja. —Lo oí. No estoy de acuerdo. Ginger podía observar el rostro testarudo de Devin ahora. Nº Páginas 45-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger —¡No me importa si estás o no de acuerdo! —Creo que la forma en que me tratas es muy injusta. —¡Injusta! —Sí. Años atrás te hice mucho daño; nunca lo he negado. ¿No puedes darme la oportunidad de compensarte por eso? —No quiero ninguna compensación. —Por lo menos quiero la oportunidad de llegar a un acuerdo de paz entre nosotros, ¿es posible? ¿Acaso es saludable que continuemos de esta manera durante el resto de nuestras vidas… tú con tu amargura, y yo con mi culpa? —¿Culpa? —repitió la joven con dudas. —Por supuesto. Ya te dije lo mal que me sentía entonces por lo que te hice. Y eso no ha cambiado. —¡Aparentemente no pensaste en eso cuando te involucraste con esa mujer! Creo que ahora no puedo sentir lástima por tus sentimientos.


—¿Cómo sabes lo que pensé? —dijo el joven, con enojo en el tono de su voz. El muchacho hizo una pausa, parpadeando como si deseara contener la emoción—. Ginger —comenzó Devin una vez más en un tono más controlado e intelectual —hace años la ley inglesa dictó que una persona que no pudiese pagar sus deudas debía ser enviada a una prisión de deudores. Eso siempre me pareció un castigo muy injusto. Si una persona está encerrada en una cárcel, nunca podrá reunir el dinero para pagar su deuda. Permanecería en prisión por el resto de su vida, sin esperanza alguna. Siempre tuviste un sentido de la justicia, Ginger. Si me apartas, si no cenas conmigo esta noche, ¿cómo podré tener un modo de compensarte por lo que hice? ¿Acaso ella deseaba que Devin tratara de enmendar las cosas? Ginger cerró los ojos. Sinceramente estaba demasiado agotada como para continuar discutiendo con él. Devin casi había conseguido hacerla sentirse culpable. Tal vez si sólo cenaba con él, el joven se marcharía y la dejaría tranquila. —De acuerdo —dijo la muchacha en un murmullo, de mala gana—. ¡Cenaré contigo! Ginger cerró el negocio temprano porque deseaba terminar con esa cena de una vez por todas.


—¿Dónde iremos? —preguntó la joven, resignada, mientras Devin la guiaba hasta su coche. —Ya que llevas un vestido tan elegante, busquemos un buen lugar — Ginger sonrió ligeramente ante el cumplido. Cuando el joven abrió la puerta, la muchacha se dio cuenta de que subía a un Mercedes. —Es un coche hermoso —reconoció la joven con tono frío cuando Devin se sentó frente al volante—. ¿Lo compraste en Chicago? —Sí. Lo conduje hasta aquí. Fue un viaje solitario. Nº Páginas 46-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Pasaron junto a la casa de Ginger al tomar el camino que los alejaba de la ciudad, pero la muchacha pensó que era innecesario mencionarlo. —¿Por qué dejaste Chicago? Devin vaciló por unos minutos antes de responder. —Comencé a sentirme como un alma perdida. Me gusta Chicago, pero para mí nunca fue un hogar. Coupeville ya no es el sitio adecuado para mí, tampoco. Me he acostumbrado al ambiente de una ciudad grande. Pensé que tal vez Seattle sería un asunto intermedio entre ambas. Está cerca de la isla Whidbey, donde están mis raíces, y al ser una ciudad grande tiene muchas de las ventajas que ofrece Chicago.


—¿Por qué vas a comprar la casa en Double Bluff, entonces? Devin dio un vistazo a la muchacha y sonrió. —Trato de cumplir otro deseo, supongo. Mis primeras fantasías de vivir feliz en Chicago nunca se hicieron realidad. Nunca me he conformado. Pensé que pasando los fines de semana en Double Bluff podría darme la oportunidad de hallar el equilibrio, o lo que sea que necesite. ¿Eres feliz en Langley? Ginger respondió de modo afirmativo, y hablaron de la ciudad y la tienda de antigüedades mientras se dirigían hacia el norte, tomando la ruta principal de la isla. —¿No vamos a comer en Coupeville, verdad? —preguntó la muchacha. Temía que alguien de su familia o algún viejo conocido los viera juntos, una posibilidad que ocasionaría la conmoción de sus parientes. —No, sólo pasaremos por allí. —¿Adónde vamos, Devin? —preguntó la joven con creciente ansiedad. El muchacho no respondió. —¡Devin! —Casi presa del horror Ginger observó que el joven descendía por el pequeño camino que los conducía a la Posada Capitán


Whidbey. Era también el lugar donde casi ocho años antes, se había celebrado la cena de su casamiento. Devin se detuvo frente a la estructura de dos pisos, una construcción vieja aunque compacta. Los troncos de color gris oscuro por el paso del tiempo, le daban una apariencia fantasmal. Ginger se estremeció al verla. —¿Estás loco, Devin? ¡No me llevarás ahí! —Ginger… —¡No lo harás! ¿Deseas ser cruel? ¿Cómo puedes siquiera pensar en…? —¡Ginger! Calla. No te sientas mal —dijo el joven con calma—. No entraremos si no lo deseas. Nº Páginas 47-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger —¡No lo deseo! —dijo la muchacha presa de la ira—. ¡No puedo creer que tengas el coraje de traerme aquí! —Sí… sí, tengo ese coraje —respondió el muchacho con suavidad—. Pero Ginger, recuerda que nos encontraremos con el pasado casi en cualquier sitio de esta isla. ¿Por qué no superar el peor escollo primero, para que el resto resulte más fácil?


—¿Qué… qué quieres decir con eso del resto? Sólo acepté cenar contigo esta noche porque de algún modo me convenciste. ¡Pero no tengo planeadas futuras salidas contigo! Devin respiró con profundidad y vaciló. —Llevará un tiempo, más de una cena juntos… para… para tratar de dejar las cosas claras y limpiar las bases para asentar una nueva amistad entre nosotros. —¡No quiero que seamos amigos! —¡Yo sí! —respondió el muchacho con delicadeza—. Pensé que habíamos solucionado ese inconveniente en tu tienda hace un rato. Tu sentido de la justicia te ha dicho que me debes la oportunidad de compensarte por el modo en que te herí, ¿lo recuerdas? No es bueno para ninguno de nosotros vivir con esos recuerdos desafortunados. Tenemos que ser capaces de enfrentar el pasado, mirarlo a los ojos. Ginger pensó que Devin parecía un sacerdote o un actor. ¿Por qué no lo eché de la tienda cuando entró? La muchacha no dijo nada en voz alta pero se dio cuenta de que Devin estudiaba su silencio. —No creo que compartir una cena sea una experiencia tan traumática. Es el recuerdo lo que hace desagradable el lugar; y es ese recuerdo que debemos superar.


Ginger había escuchado suficiente. Era probable que pudiese continuar así durante toda la noche. La muchacha salió del coche y luego cerró dando un portazo. Dio la vuelta al vehículo estacionado y subió la escalera de la posada, dejando a Devin en apuros para alcanzarla. Al llegar al interior del salón la muchacha se estremeció. No había cambiado mucho. Esta noche la atmósfera era diferente, sin embargo, a la de aquella tarde después de la ceremonia de casamiento. Las mesas estaban arregladas de otra manera para la fiesta en aquel entonces, y el cuarto estaba invadido por la risa y los comentarios de amigos y parientes. Había sido un día feliz, esperado durante mucho tiempo para los Cowan y los MacPherson. La dueña del lugar los ubicó en una mesa cerca de una de las ventanas. —¿No es tan malo estar aquí, no es verdad? La joven miró a su alrededor con ansiedad. Nº Páginas 48-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger —Preferiría no responder a eso —contestó la muchacha tratando de sonar petulante.


—De acuerdo —dijo el joven con una pequeña sonrisa—. Aprecio que hayas venido, Ginger. Gracias. La joven se sintió incómoda y no respondió. Un movimiento de Devin llamó la atención de la muchacha; observó rápidamente al muchacho cuando colocaba un caramelo blanco en su boca. —¿Caramelos antes de comer, Devin? ¿No vas a ofrecerme uno? Devin parecía no tener respuestas. —Es una tableta antiácida. Si te gusta el sabor de la menta, te daré una. —No, gracias —la muchacha vaciló pero no pudo evitar preguntar a Devin—: ¿No te sientes bien? —Estoy bien. La joven se puso seria. —¿Tomas las pastillas por diversión? Devin sonrió con timidez. —No, mi estómago me trae algunos problemas. Muchos contadores tienen el mismo inconveniente… ¿sabes? preocuparnos con las fechas de entrega y tratando de complacer a los clientes. —Es parte de la razón por la que dejaste Chicago… para alejarte de


las presiones. —Bueno, con la compañía donde trabajo, la presión es terrible en todas partes. Ginger sintió deseos de preguntar a Devin más acerca de lo que parecía una dolencia crónica, pero se obligó a no mostrar interés. No quería que el muchacho pensara que se preocupaba por su salud. Hablaron sobre muchos temas: la familia de Ginger, la de Devin, Langley, Coupeville; el muchacho siempre, o la mayoría de las veces, iniciaba y mantenía el curso de la conversación, ya que Ginger no parecía interesada en hablar. En un momento, Devin le preguntó a la joven sobre Jack Whiting. —¿Hace mucho que lo conoces? —Hace unos años. —¿Has salido mucho con él? —Regularmente —respondió la muchacha, decidiendo que el joven interpretara la respuesta como él deseara. —¿Hay algo… serio entre ustedes? Nº Páginas 49-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Devin había hecho la pregunta abiertamente. La joven pensó un


instante antes de responder. Algo la hizo decir de inmediato: —En estos momentos mantiene una relación amorosa con Marla. Devin dejó de jugar con la comida en su plato y miró fijamente a la joven. Al principio algo así como una actitud de alivio quedó expresada en su rostro, pero en el instante siguiente sus ojos se oscurecieron y se centraron en la muchacha. Era fácil interpretar sus pensamientos: Devin quería saber si Ginger había tenido una relación similar con Jack. Con una sonrisa enigmática la joven bajó la mirada con calma, alejándola de los ojos inquisidores del muchacho y terminó el último bocado de salmón en su plato. Devin no dijo nada por un rato, y ambos terminaron la cena en silencio. Cuando Devin dejó el tenedor por última vez, los ojos de Ginger se concentraron en la copa llena de vino del joven. La muchacha recordó haber oído que el alcohol irritaba la úlcera de estómago. —Devin, ¿no tienes úlcera, verdad? —La voz de la muchacha sonaba como la de una niña pequeña, si bien había esperado mostrarse indiferente. Los ojos de Devin mostraron al mirar a Ginger un aire cauteloso. —No, no lo creo. —¿Has visto a un médico para solucionar tu problema estomacal?


—No. No es nada. Una sombra de preocupación oscureció los ojos castaños claros de la joven. Ginger veía que Devin requería de cuidados. —Tal vez deberías hacerlo —dijo la muchacha, mostrándose más solícita de lo que deseaba. Devin sonrió ligeramente. —¿Quieres un postre? —No, gracias. —¿Caminamos un poco? La pareja pasó un rato caminando cerca del agua, observando los hospedajes nocturnos, nuevos y viejos que la taberna proveía a sus clientes. Cuando oscureció por completo regresaron a Langley. Ginger guió a Devin hasta su casa y él la acompañó hasta la entrada de la puerta trasera. La muchacha supuso que el joven no tendría inconveniente alguno en entrar, pero ella no pensaba invitarlo. Devin hizo una leve sonrisa. —Parece un lugar muy agradable —dijo el joven bajo la pálida luz de la galería. —Sí, lo es —respondió la muchacha con frialdad—. Bueno, gracias por la cena, Devin —la joven extendió la mano. Devin la tomó y se la quedó.


Ginger de inmediato se dio cuenta de que había tomado una actitud Nº Páginas 50-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger equivocada. Los nervios de su espina dorsal comenzaron a arder al sentir la calidez de las manos grandes, y otrora amadas, del muchacho. —No fue tan desagradable, ¿no es verdad? —Supongo que no —admitió la joven. Si no discutía con Devin, tal vez el muchacho se marcharía con mayor prisa. Devin se estaba acercando, y la mano de Ginger quedó atrapada ahora en ambas manos tiernas del joven. La muchacha intentó alejarse, pero Devin no se lo permitió—. Voy a entrar ahora, Devin. —Aún no. Ginger se sintió presa del pánico al ver la mirada de Devin pero no tenía tiempo para escapar. En el instante siguiente la muchacha se encontraba en los brazos del joven, envuelta por su calidez y su fuerza masculina. El suave pecho de Ginger quedó atrapado por el torso firme cubierto por el chaleco, y los miembros musculosos se encontraron con las piernas de la joven. Cuando la muchacha abrió la boca para protestar, su grito quedó ahogado. Ginger luchó contra la firme insistencia del beso de Devin, pero fue inútil. Los labios recios se desligaron posesivamente sobre


la boca de Ginger, en un movimiento sensual y ardiente. En sólo unos segundos el muchacho había logrado dominarla física y mentalmente. Ginger se sintió perdida y débil. La boca de Devin devoró la suya mientras sus fuertes manos recorrían con seguridad acariciante la espalda de la joven hasta llegar a la cintura esbelta y las caderas redondeadas. Parte de Ginger estaba horrorizada al sentir esta incontenible sensación de deseo que la envolvía. Pero otra parte de su ser anhelaba la plena realización. La muchacha luchó incansablemente por sofocar las indomables sensaciones que crecían dentro de su ser, y colocó sus manos contra el torso del muchacho en un esfuerzo renovado por luchar contra él. A Devin no le fue difícil mantenerla junto a él. El beso del joven se intensificó, y al sentir las manos fuertes y cálidas a través del fino vestido, los sentidos de Ginger comenzaron a desvanecerse. Lentamente la muchacha se dio por vencida y dominada por el abrazo. —Devin —dijo la joven en un murmullo cuando por fin el joven apartó sus labios. —Quiero verte mañana —Devin habló con tono suave y seguro que sugería que estaba listo para discutir si fuese necesario. —No —susurró la joven casi como en un sollozo.


—¡Sí! Pasaré por ti alrededor de las diez. —Mi tienda… tengo que trabajar… —Tu tienda cierra los sábados —Devin acercó una vez más a Ginger contra su pecho amplio, besando la boca de la joven con pasión. —¡No… no tienes derecho! —¡Tal vez no lo tenga, pero lo tomo! —dijo el joven volviendo a besarla. Nº Páginas 51-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Y de nuevo sus labios recios se posaron sobre la boca de Ginger con firmeza. Nº Páginas 52-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Capítulo 5 Ginger, nerviosa, miraba su reloj. Eran las diez. Era probable que Devin ya hubiese descubierto su propósito de romper la cita. Y era mejor así. ¡El joven no tenía por qué insistir en pasar el día con ella! Un recuerdo vívido de la fuerza sensual que Ginger había sentido mientras se encontraba entre esos brazos recios la invadió. Los besos de Devin eran tan avasalladores, más de lo que ella recordaba desde los días


del noviazgo. Su madre tenía razón: Devin era peligroso. Ginger tenía que ser fuerte, se dijo a sí misma mientras desempacaba unos juegos de cubiertos que le habían enviado el día anterior, y con aire ausente los dispuso sobre un estante. Ella no podía permitir que el joven utilizara su debilidad para hacer de ella lo que él deseara. Pero Devin estaba en lo cierto… aún cuando ella lo odiara, el muchacho todavía le importaba. Ginger se asustó al darse cuenta de sus sentimientos. No podía permitirse confiar en él otra vez. Ella debía… —Hola, Ginger. La muchacha se volvió. Devin se encontraba a pocos pasos. La joven no lo había oído entrar por la puerta del frente de la tienda. —¡No tienes que atemorizarme de esa manera! —Lo siento. Me alegro de encontrarte aquí. —¿Dónde más podría estar? —respondió la joven, irritada. —Afuera, en los bosques, ocultándote de mí. —Tal vez es lo que debería haber hecho —dijo la muchacha mientras continuaba desempacando. Sin embargo, Ginger no olvidó reparar en lo atractivo que se veía el joven con los pantalones tostados, la camisa con cuello abierto, y una chaqueta informal. —¿Por qué no lo hiciste?


—¿Qué? —preguntó Ginger, enojada, sin comprender. —Nada —respondió Devin con calma. El muchacho vaciló sólo un instante, luego dijo—: Marla me dio la llave de la casa. Le dije que quería ir a verla, ver qué clase de muebles necesitaré comprar y todo eso. —¿Eso está bien? No eres el dueño legal todavía. —No exactamente —admitió el joven—. Debido a que el dueño actual se encuentra en la costa este, Marla supuso que el hombre nunca notaría la diferencia. Ella tratará de hacer los arreglos para que yo rente la casa hasta la fecha de cierre, cuando yo tome posesión legal. De esa manera podré hacer uso de ella con anterioridad. —¡Qué atenta es Marla! —dijo Ginger. La muchacha no tenía intenciones de parecer maliciosa, pero sabía que así era. Ginger oyó una Nº Páginas 53-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger risa suave, y de pronto los brazos de Devin la rodearon acercándola a él—. ¿Qué haces? —dijo la joven tratando de alejarse. —Te abrazo. —¡No quiero que lo hagas! —¡Qué mal! —dijo el muchacho mientras sus labios se deslizaban por la mejilla de la joven—. ¡Ven a la casa conmigo! Deseo que la veas.


—No —dijo la muchacha tratando de librarse de los fuertes brazos de Devin. —Teníamos una cita. —Yo no estaba de acuerdo. —Puedes cambiar de parecer —dijo el joven con voz suave e incitadora junto al oído de la muchacha. Ginger sintió un ligero estremecimiento. Era terrible; Devin se mostraba dulce y juguetón, como lo había sido con ella años atrás. La muchacha se asustó al darse cuenta de que prácticamente disfrutaba de esa actitud. Con toda la fuerza que pudo reunir, Ginger se apartó de Devin. Con rapidez la joven se alejó del muchacho y se refugió detrás del mostrador, cerca de la caja registradora. —¿Me temes, Ginger? —El tono de voz de Devin era calmo y comprensivo. —No. ¿Por qué? —dijo la muchacha a la defensiva, intentando mostrarse enérgica. —No lo sé, pero creo que me tienes miedo. Nunca te sentiste así conmigo —había un rasgo vulnerable en la voz del joven, y Ginger sintió que se debilitaba su propia resistencia. La muchacha nunca había sabido si el joven era consciente, pero ella


siempre había sido agudamente sensible a la voz de Devin. Podía hipnotizar con su gentileza, y el muchacho era capaz, lo supiese o no, de utilizar ese recurso para invadirla con su propia emoción. Era por eso que, años atrás. Devin lograba calmar a Ginger con unas pocas palabras cuando la joven se sentía mal. —¿Temes darte permiso para interesarte en mí otra vez? Y si lo haces crees que haré algo que te haga daño ¿no es así? —dijo el joven, con voz aún irregular—. No lo haría, Ginger. Es lo último que desearía hacer. Sé que te es difícil confiar en mí ahora, pero espero que lo intentes. Tú… me importas mucho. Las palabras de Devin tuvieron el efecto de un viento fuerte, haciéndole perder el equilibrio. Se le llenaron los ojos de lágrimas, y la expresión estoica de su rostro se debilitó. La muchacha se alejó ligeramente de Devin, los brazos firmes rodearon a la joven. La delicada espalda parecía unida al firme pecho, y el rostro de Devin se encontraba junto al de la muchacha. —Por favor, pasa el día conmigo. Nº Páginas 54-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Ginger respiró profundamente pues apenas podía hablar.


—Debo trabajar hoy. —Es un hermoso día de primavera. ¿Por qué pasarlo adentro? —Los brazos de Devin estaban sobre los de Ginger; con delicadeza el muchacho tomó una de las pequeñas muñecas de la joven y la sacudió mientras pronunciaba las palabras, como si estuviese reprendiendo a una niña. La actitud casi hizo reír a Ginger, y sin embargo la joven no había terminado con sus lágrimas. Por adentro, la muchacha sentía una especie de histeria. —Tengo que pagar la renta —dijo Ginger, tratando de conservar su temple de mujer adulta—. No puedo ganar dinero si cierro el negocio. —Vi tus libros. No te va tan mal. —Porque abro la tienda los sábados y gano dinero extra —respondió la muchacha. «Fue una buena respuesta», se dijo a sí misma, felicitándose. —De acuerdo —dijo el muchacho— veamos lo que puedo hacer —de pronto, Devin apartó sus brazos de la joven y se alejó. La muchacha no comprendía lo que sucedía. Devin recorrió la tienda durante unos minutos, y luego eligió una bandeja sobre la que colocó un juego de té muy costoso de porcelana inglesa. Era uno de los juegos favoritos de la muchacha. Devin lo colocó


cerca de la caja registradora. —Me gustaría comprar esto —dijo el joven, sacando la cartera. —¿Qué harás con un juego de té inglés? —preguntó la muchacha con sospechosa perplejidad. —Bueno, sabe, señora propietaria, voy a comprar una casa y necesito adquirir cosas para ella. ¿Cuánto cuesta? —Has visto el precio en la etiqueta: son doscientos setenta y cinco dólares. —Bien. Supongo que aceptas tarjeta MasterCard o Visa. —Devin, sólo haces esto para que yo… ¡no te lo venderé! —¿Que no me lo venderás? —dijo el joven con calmada indignación—. ¿No harás trato conmigo? —¡No! —¿Hace discriminaciones con ciertos clientes en esta tienda, señora… señorita Cowan? ¡Me temo que tendré que informar de esta situación a las autoridades del gobierno! Consternada, la muchacha quería llorar y reír al mismo tiempo. —¡Ay, Devin! —dijo Ginger mientras tomaba la tarjeta de crédito del joven. —Gracias. ¡Y quiero que me lo envuelva bien!


Nº Páginas 55-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger *** Unas horas más tarde Devin tomaba la mano de Ginger mientras caminaban por la playa. Ginger no se opuso. La joven disfrutaba del día y había abandonado toda idea de pelea con Devin, por lo menos por un tiempo. Ella no veía ningún peligro en caminar por la playa con su exesposo en un día maravilloso y soleado. Fue un rato maravilloso. Pasearon, juguetearon y hasta mantuvieron una pequeña pelea por el agua que se olvidó de inmediato en un abrazo ardiente y urgente. Las manos de Ginger llegaron hasta los hombros de Devin, y luego se unieron alrededor del cuello firme. La muchacha notó que había estado esperando, deseando que el joven la besara, durante horas. Los brazos de Devin rodearon con firmeza a la joven, estrechándole el cuerpo, encerrando los bien formados senos contra el amplio pecho. El contacto y la fuerza de esa presión entre los dos cuerpos excitaron a Ginger, haciendo que su pulso comenzara a acelerarse. La muchacha se sintió aturdida al devolver cada uno de los besos intensos. La joven cerró


los ojos como en un ensueño mientras sus labios ardientes y deseosos se abrían ante aquella boca. Cuando el beso se profundizó, las manos de Devin se deslizaron por la espalda de Ginger, acariciando la suave tela sedosa de la blusa, llegando luego a la pequeña cintura para recorrer entonces con firmeza el delicado trasero. Lentamente las manos del muchacho se deslizaron por los costados de la esbelta cintura, luego ascendieron hasta los senos. Las palmas de las manos acariciaron y dejaron su huella en los redondeados contornos, haciendo estremecer ligeramente a la joven en un frenesí sensual. Ginger recordó aquellos años de juventud, los momentos lejos de familiares avizores, cuando Devin desprendía con delicadeza los botones de su blusa y mimaba sus senos desnudos. Joven e inexperta, la muchacha se avergonzaba y se sentía algo inquieta al principio, llegando después a ansiar aquellas íntimas caricias. Y ahora volvía a desearlas. —Ay, Ginger —le susurró Devin con sentimiento cuando por fin apartó su boca de los labios de la joven. Con debilidad, la muchacha descansó su frente sobre el cuello de Devin, y el muchacho reclinó la cabeza sobre la de ella, mientras su mejilla tomaba contacto con el cabello sedoso. Los brazos del joven se deslizaron una vez más por el cuerpo de Ginger en un


cálido abrazo—. Te extrañé tanto… Traté todos estos años de olvidarte, pero no pude. Todos los sentimientos positivos y ansiosos hacia Devin se desvanecieron con los recuerdos terribles que las palabras del joven le devolvieron a su mente. Los ojos de la muchacha comenzaron a llenarse de lágrimas y la expresión de su rostro mostró cierta perturbación mientras su cuerpo empezaba a manifestar cierto rechazo. Nº Páginas 56-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger —¿Ginger? —¿Entonces por qué me dejaste? ¿Por qué tuviste que irte a Chicago? ¿Por qué hiciste el amor con esa mujer cuando sabías que pronto te casarías conmigo y me tendrías a mí para hacerlo? —preguntó la muchacha, presa de una incontrolable emoción—. ¿Era demasiado aguardar dos o tres semanas después de todos esos años compartidos? ¿O acaso ella era más hermosa que yo? —Ginger… —¡No trates de calmarme! Regresas ahora, acariciándome y besándome, como si yo debiera olvidarme de todo. Bueno, no lo haré… ¡No puedo hacerlo! ¡Conque me extrañaste… vaya que es terrible! ¡Casi


estuve a punto de matarme cuando te marchaste! Ginger observó el horror en el rostro de Devin antes de apartarse de sus brazos y comenzar a correr por la playa. —¡Ginger! —oyó la joven exclamar al muchacho detrás de ella, pero no se detuvo. Sin embargo, en unos instantes el joven puso punto final a la huida de Ginger, encerrándola en sus fuertes brazos. —¡Eso es algo que debemos discutir! —dijo el muchacho mientras sostenía con firmeza los brazos delicados y obligaba a la joven a que lo mirase. —¡No quiero hablar, quiero olvidarlo! —dijo la muchacha, tratando de no darse por vencida. —Pero dijiste que no podías olvidar. Yo tampoco. Si hablamos sobre el tema, es posible que de alguna manera dejemos atrás esos malos recuerdos —Ginger estaba llorando ahora, y el muchacho recostó la cabeza de la joven sobre su hombro—. Permíteme explicarte. ¿Por qué no vamos a la casa? Ginger luchó con todas sus fuerzas para controlar sus emociones ingobernables. Deseaba conservar algo de su dignidad. Además, cuando ella permitía cierta libertad a sus emociones, sólo lograba quedar más vulnerable frente a los brazos fuertes y la voz reconfortante de Devin. Eso


era algo que no debía permitir. Ginger deseaba ver al joven exactamente como era, no como él mismo quería convencerla de que era. La joven se secó las lágrimas con las manos y se apartó del muchacho. —De acuerdo —dijo la muchacha con un tono de voz firme, casi desafiante—. Me gustaría oírte. ¡Nunca me explicaste satisfactoriamente por qué me traicionaste! —Lo sé —dijo el joven con calma. El muchacho tomó la mano de Ginger y la condujo hasta la casa. —Bueno —dijo la muchacha después de varios minutos de silencio. —Es difícil comenzar —dijo el muchacho con suavidad. Se veía cansado y preocupado al mismo tiempo—. ¿Recuerdas, Ginger, lo bien que me iba en la escuela, cuando ganaba todas esas becas y lo demás? Nº Páginas 57-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger —Por supuesto. Todos estábamos orgullosos de ti. —Lo sé. Pero fue por ese entonces que la idea de mi propia inteligencia comenzó a impresionarme a mí como a todos los demás. Todos tenían expectativas depositadas en mí: mi familia, mis maestros, todos. Comencé a fijarme objetivos altos; sentía que no debía decepcionar


a nadie —el joven hizo una pausa—. Eso no es justo. No debería culpar a los demás. También yo deseaba éxito para mí mismo. Pero eso me ponía nervioso. Aquí era un muchacho granjero que había asistido a un pequeño colegio y había vivido toda su vida en una isla. ¿Cómo podría competir en una gran universidad y triunfar en el mundo de los negocios? »Pero lo hice, y entonces, una parte de mi comenzó a creer en todo eso; y era verdad, yo tenía esa habilidad. Pero en mi interior, siempre estaba preocupado, al saber que no tenía la sofisticación, la sabiduría que me imaginaba en otros con los que debería competir. Entonces me sentía muy inseguro. Mientras tanto estaba mi meta de convertirme en un ejecutivo sobresaliente. —¿Y dónde se supone que debía encajar yo en todos esos planes? — preguntó Ginger. Devin se encogió de hombros y se inclinó hacia adelante, sus codos descansando sobre las rodillas. —Siempre te vi allí, junto a mí. Comencé a preocuparme cuando parecía que no deseabas dejar la isla, pero… supongo que imaginé que me seguirías a cualquier lugar que fuese. Solías ser muy dependiente de mí emocional y también intelectualmente. Eras muy joven. No parecías capaz de ser responsable de ti misma.


—¿Por qué me querías, entonces? —preguntó Ginger, un poco disgustada con la descripción que Devin había hecho de su entonces joven personalidad, si bien la muchacha sabía que era bastante precisa. —Te amaba. Siempre te amé. Aun cuando estábamos en la escuela y éramos niños, tenía un sentimiento especial hacia ti, deseaba protegerte. Y cuando crecías, cada vez eras más hermosa… siempre femenina y cambiante. Recuerdo cada etapa que atravesaste: tímida al principio, luego tonta y risueña, después distante. Traté de ignorarte durante un tiempo, e interesarme por las muchachas de mi edad, pero nunca pude evitar ese acercamiento hacia ti. Entonces, cuando fuiste lo suficientemente grande y tu madre lo permitió, comencé a salir contigo, y… tú recuerdas lo íntima que se tornó nuestra relación con el paso de los años… Los ojos de Devin brillaban ahora al mirar a Ginger, y la joven se vio obligada a apartar la mirada. La muchacha intentó eliminar la angustia depositada en la garganta mientras las lágrimas amenazaban aparecer en sus ojos. —Lo que hubo entre nosotros es también demasiado complicado… un tema sumamente delicado como para intentar analizarlo. Simplemente te amaba. Eras parte de mí. Aun con mis crecientes inseguridades cuando


estaba en la universidad y cuando comencé a trabajar, yo sabía que Nº Páginas 58-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger siempre que estuviese contigo podría ser yo mismo otra vez y no preocuparme porque tú me aceptaras. En tanto estuvieras junto a mí, de algún modo yo también estaría junto a ti. Ginger dio un ligero suspiro antes de hablar. —Nunca hablaste de tus inseguridades. —No —admitió Devin, bajando la mirada—. Me enfrentaba a un sinfín de presiones. Ginger. No sólo lograr los objetivos de mi carrera, sino también convertirme en esposo y mantenerte en forma adecuada. ¡Éramos tan jóvenes! No dije nada porque no quería que pensaras que no podía hacerme cargo de la situación. Siempre habías encontrado una guía en mí, no deseaba que pensaras que podría fallarte entonces, cuando planeábamos casarnos. —Ya veo —dijo la muchacha con suavidad. Luego Ginger levantó la mirada—. ¿Entonces qué sucedió en Chicago? Devin dio un suspiro, como si temiese tratar el tema principal. —Todavía no estoy exactamente seguro de cómo o por qué… —el muchacho se detuvo y luego empezó otra vez—. Asistía a las clases de


entrenamiento de la compañía. Me enamoré de Chicago… los altos edificios, la atmósfera desafiante de los negocios, la paz de la ciudad. El centro de Chicago es bastante atractivo. Aún pienso que te gustaría si fueras allí. Ginger bajó los ojos. —También tiene una comunidad poderosa y con muchas influencias, y decidí que sería mejor para mí comenzar allí que en Seattle. Por supuesto, cuando te llamé, tú… tú no aceptaste vivir allí. Bueno… —Devin volvió a suspirar, con más tensión esta vez—. Como tú sabes, conocí a la… la muchacha típica de Chicago que también asistía al curso. Tenía mi edad, era muy atractiva y equilibrada, y… ¿qué puedo decir? No precisamente inocente. Nos conocimos entre clases. Me sentía mal entonces por tu actitud. Creo que, de alguna manera, ella comenzó a personificar todo lo que yo deseaba entonces. Ella era de Chicago y sabía cómo manejarse. Era brillante y sofisticada. Y puedo decir que se sentía atraída por mí. De hecho, me hizo saber que así era. Eso solo me enloqueció. Pensé ¿qué podría ver ella en mí, un inexperto muchacho granjero vestido con un traje de tres piezas tratando de simular que pertenecía a ese sitio? El interés de esa joven se me subió a la cabeza, al mismo tipo que tú desequilibrabas la balanza respecto de mis planes para


el futuro. Pero tú me retenías y… ella estaba muy cerca de mí y me hacía notar su presencia. Yo era demasiado impresionable e inmaduro entonces para manejar toda la situación; quedé envuelto en un remolino incontrolable y perdí el sentido, el rumbo que debía tomar. »Ella… me invitó a su apartamento para cenar una noche. Supongo que yo era aún un tanto inocente; pensé que no habría daño alguno en visitarla. Tal vez me mentí a mi mismo; no lo sé. Fui a verla. En realidad no creo que desees oír los detalles. Nº Páginas 59-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Tensa, Ginger miró las manos quietas sobre su regazo. —¿Cuánto tiempo te viste con ella? —Unas pocas veces, hasta… aquel día que te llamé por teléfono, cuando te pedí que pospusiéramos la boda porque estaba confundido con todo. Te pusiste tan mal, que me sentí deshecho. Era la primera vez que comenzaba a tener cierta idea de lo que en realidad te había hecho a ti, y a nuestro futuro. Lo pensé y decidí que si no te contaba todo, tal vez podríamos continuar con nuestros planes —los ojos de Devin estaban húmedos, y su voz ronca por la emoción ahora que pronunciaba las últimas palabras.


—Y no funcionó —respondió Ginger, controlando sus propias lágrimas —. ¿Nunca volviste a verla? —No. —¿Por qué no me explicaste todas estas cosas antes? —No sabía cómo hacerlo, Ginger. En ese entonces no podía analizar todo del modo que puedo hacerlo ahora, después de ocho años de reflexión. Además, cuando tú descubriste mi aventura, tuvimos problemas para hablar. Ginger asintió, recordando la atmósfera profundamente tensa entre ellos, después de las revelaciones que había traído consigo la noche de bodas. Ambos permanecieron en silencio por largo tiempo. Por fin la voz de Ginger irrumpió. —¿Entonces por qué has regresado? ¿Qué quieres de mí ahora? —Lo que estés dispuesta a darme —respondió el muchacho—. En todos estos años no he sido realmente feliz. Cuando al principio nos divorciamos y regresé a Chicago, pensé, «bueno, tendré que comenzar una nueva vida. Tal vez ella y yo después de todo no estábamos hechos el uno para el otro. Tal vez lo que sucedió fue para mejor». Todavía no quería enfrentar mi propia culpabilidad y evadí la situación de esa manera. Pero


perderte fue una gran herida que sangra en forma constante. Siempre me aseguraba a mí mismo que era joven, y que lo superaría —el muchacho hizo una pausa—. Pero nunca lo superé. Ginger estuvo a punto de hablar, pero Devin volvió a tomar la palabra. —Pasó año tras año. Progresé en mi carrera. Salí con una variedad de mujeres. Nada… ninguna… pudo llenar el vacío que dejaste cuando te perdí. Sabía que te necesitaba a ti, pero supuse que me odiabas, o que me habías olvidado. Supe a través de mi familia que no habías vuelto a casarte, pero no deposité demasiadas esperanzas en el hecho. Me imaginé que no me querrías de ninguna manera. »Luego tuve que regresar para el funeral de mi madre. Quedé perplejo al verte allí. No me hablaste; podía comprender la razón. Verte después de todo este tiempo, me golpeó. Decidí que no había nada que Nº Páginas 60-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger hacer más que regresar aquí y tratar… de ver si había algo de lo que habíamos compartido que pudiese salvarse. Yo sabía que podría ser más doloroso que dejar las cosas como estaban y continuar sin ti, pero tenía que intentarlo. La vida no parecía valer la pena ya. Me llevó mucho tiempo


y muchas discusiones con mis superiores desligarme del ambiente de negocios de Chicago, pero lo hice. Entonces ahora estoy aquí, abriéndome paso en tu vida —dijo el joven, sonriendo en actitud de disculpa. Ginger devolvió la misma sonrisa pálida. La muchacha no sabía qué decir. —¿Qué piensas, Ginger? ¿Cuáles son mis posibilidades? La muchacha consideró la pregunta con rostro triste. —No lo sé, Devin —dijo la joven por fin—. A pesar de que ha pasado mucho tiempo, aún es difícil para mí olvidar el hecho de que me fuiste infiel. Ahora comprendo mejor lo que te llevó a esa situación. Tal vez hasta en parte haya sido mi culpa. Pero el hecho de que tú… cuando estábamos tan cerca el uno del otro, pudiste haber sido tan… cómo pudiste tener una relación íntima con una… una mujer que apenas conocías. Yo no podría haber hecho eso, Devin. Aún ahora no podría… dormir con alguien que acabo de conocer. —Los hombres se sienten atraídos sexualmente con más rapidez que las mujeres. También el ego del hombre está involucrado en todo esto. Y yo era muy joven. Pero no creo que pueda darte ninguna respuesta que te satisfaga. No tengo una buena excusa. Todo lo que puedo hacer es admitir mi error.


Ginger permaneció inmóvil, mirándose las manos con expresión decepcionada. Después de unos instantes. Devin se sentó junto a la muchacha y colocó su mano sobre la de ella. —Sé que será difícil olvidar lo que sucedió, Ginger. ¿No podríamos dejarlo a un lado por el momento y recomenzar? Compartimos tanto una vez… Creo que el potencial todavía está allí… por lo menos lo está para mí. Aún creo que eres hermosa. Todavía me fascinas… aún más, ahora que ambos somos maduros. Los ojos de Devin descendieron y recorrieron las curvas de la joven. La mirada de Ginger atrapó la del muchacho y éste sonrió con timidez. Algo hizo que la joven le devolviera la sonrisa, una sonrisa ligera. Ginger no podía negarse ni siquiera a sí misma que se sentía feliz de que Devin la deseara. —Tal vez me esté engañando a mí mismo, pero creo que todavía me encuentras atractivo, también. ¿Es así? Devin era algo más que atractivo para ella. La joven ni siquiera podía comenzar a expresar lo que el muchacho significaba para ella. Sin pronunciar palabra asintió en respuesta a la pregunta. Devin acercó a la joven y con delicadeza apartó una lágrima con su dedo pulgar. El muchacho acercó su rostro y besó ligeramente los ojos, las


mejillas y luego los labios de la joven. Nº Páginas 61-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger —Intentémoslo, Ginger —dijo el muchacho con voz emocionada—. Tenemos mucho que recuperar. ¿Pasarás un tiempo conmigo para que podamos conocernos otra vez? —De acuerdo —le susurró la joven, descansando el rostro debajo del recio mentón. Devin rodeó con un brazo a la muchacha. —¿No intentarás evitarme como esta mañana? —No. —¿Lo prometes? Ginger se rió con lágrimas en los ojos. El pedido de Devin de una promesa le recordó a la muchacha la época en que ambos eran niños. —¡Sí! —De acuerdo —Devin pareció satisfecho. Le besaba la frente mientras su mano jugaba con el cabello rubio. El muchacho deslizó las puntas de los dedos por la mejilla de la joven hasta llegar al mentón, luego levantó su delicado rostro. Los ojos de Devin recorrieron los suaves contornos del rostro, examinando con cariño su femenina dulzura.


Los labios de Devin se acercaban a Ginger, encontrándose con su boca, con gentil insistencia. El corazón de Ginger comenzó a palpitar con fuerza cuando el beso se intensificó. Las manos de Ginger rodearon el cuello del muchacho. Los ojos de Ginger se cerraron cuando Devin probó la suavidad de su boca, y sus fuertes brazos tomaron con firmeza las curvas rendidas contra su cuerpo imponente. La muchacha sintió una fuerza incontenible que cobraba vida dentro de su ser, la misma que había sentido un momento antes cuando Devin la había besado en la playa. Era una sensación positiva y reconfortante que le hizo saber que era bueno estar viva junto a Devin MacPherson. La joven comprendía entonces que Devin estaba en lo cierto. Ella debería alimentar el remanente de sus sentimientos hacia él, quizás hasta dejaría que afloraran otra vez. La boca húmeda, recia y ardiente abandonó los labios de la joven y descendió por el delicado mentón hacia la sensible piel del cuello. Un pequeño suspiro de placer se filtró por la garganta de la muchacha. Luego, mientras Ginger sentía que la mano cálida de Devin se movía lentamente en una suave incursión por los delicados senos, su corazón comenzó a palpitar ante la perspectiva de lo que podría suceder. El pecho de Ginger


reflejaba su respiración irregular cuando los dedos del joven se dirigieron a la hilera de botones de la blusa y comenzaron a desprenderlos. Ginger observó que las manos de Devin temblaban. Pero sus dedos fuertes finalizaron la tarea y se perdieron tras la sedosa tela, rumbo al sostén de encaje color crema que se encontraba debajo de ella. Los dedos de Devin se deslizaron por la suave piel por encima del sitio confinado por el sostén. Pronto sus labios siguieron a sus manos, Nº Páginas 62-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger mientras los dedos desprendían el broche de la delicada prenda. En un instante, los senos cálidos y voluptuosos estaban completamente al descubierto y las cimas rosadas se insinuaron ante el joven, inocentes y tentadoras. De pronto Ginger se sintió avergonzada, e inclinó la cabeza, confundida, pero de inmediato se sintió abrigada y reconfortada por el susurro ronco del muchacho. —Eres hermosa, Ginger… más hermosa de lo que nunca imaginé. ¡Ay, amor mío! —Devin apartó la blusa y el sostén hasta quitarlos por completo. Mientras uno de los fuertes brazos rodeaba la espalda desnuda para acercar a la muchacha, la otra mano acariciaba con reverencia los


delicados senos. Ginger cerró los ojos en un ensueño de placer y descansaba su rostro sobre el hombro de Devin. Hacía ocho años que la joven no experimentaba ése íntimo júbilo del roce de aquellas manos. La muchacha se daba cuenta de cuánto añoraba esa sensación. Los dedos de la joven empezaron a desprender los botones de la camisa y luego apartaron la tela para revelar el pecho viril que manifestaba la respiración irregular de su dueño. Con un movimiento felino Ginger deslizó sus senos contra la piel expuesta de Devin, y sintió la agradable rudeza de la gruesa mata de vello que formaba una V en dirección al cinturón. Devin acercó aún más a la muchacha, cubriéndole los senos con fuerza. Pero Ginger se abrazó a él con la misma furia, encontrando sus labios con igual pasión. El muchacho parecía haber recobrado fuerzas y besó a la joven con una intensidad que la conmocionó. Después de un interminable minuto que dejó a la muchacha jubilosamente aterida, el joven apartó sus labios. En el instante siguiente Devin se reclinó frente a la joven y sus labios se deslizaron ardientes sobre la blanca suavidad de los senos, el rostro masculino parcialmente cubierto por la piel firme y cálida. Ginger sonrió con intenso placer y acercó el


rostro del joven hacia ella mientras la boca masculina tomaba para sí una de las cimas rosadas, Ante el estímulo del interior de esa boca, la muchacha experimentó sensaciones electrizantes que despertaban las terminaciones nerviosas de su cuerpo. Mientras Ginger se perdía en su gloriosa sensualidad, no se dio cuenta de que el muchacho la había tomado de la cintura y la acercaba a su cuerpo. En un instante, Ginger se encontró junto al joven, frente a frente, sobre la alfombra blanca. —¡Devin! —exclamó la muchacha, riendo un poco al tomar conciencia de lo que su compañero de juego amoroso había hecho. Con el cuello reclinado cómodamente sobre la alfombra suave, Devin miró el rostro femenino. Los ojos verdes estaban encendidos de pasión. Los labios del joven se disolvieron en una sonrisa por un instante, mientras sus ojos adoraban a Ginger; después la mano recia en el cuello de la muchacha acercó su rostro y su boca. Nº Páginas 63-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Fue un beso prolongado, profundo y sensual. Mientras esas bocas se movían en armonía, las manos del muchacho le acariciaron la espalda, y los costados de los senos; luego llegaron a las caderas, presionando el


esbelto cuerpo contra su firme estructura mientras Devin arqueaba sus propias caderas y miembros hacia arriba. Ginger se puso tensa involuntariamente, sin saber la razón. La joven intentó ignorar la sensación de alarma y presionó sus dedos con mayor firmeza sobre los anchos hombros. Al sostener a Ginger contra su cuerpo, Devin recostó a la muchacha sobre la alfombra, quedando encima de ella. De pronto la joven sintió el peso del cuerpo de Devin que le cubría el pecho, abdomen y miembros, y una vez más se puso rígida. La terrible visión de la noche de bodas se detuvo frente a sus ojos. El recuerdo humillante de Devin sobre su cuerpo en el lecho del hotel, utilizando su cuerpo sin amor la hizo sentirse mal. Ella no podía permitir que Devin lo hiciera otra vez. —¡Devin! —exclamó la joven, tratando de apartar al muchacho, colocando sus pequeñas manos contra los fuertes hombros. Devin se apartó de la muchacha y vio su dolorosa expresión. —¿Qué sucede, querida? La joven no podía responder, pero se alejó del muchacho para sentarse sola sobre la alfombra. Se cubrió los senos desnudos con los brazos. Devin se sentó junto a la joven y se acercó a tocar el delicado brazo,


pero la muchacha se alejó una vez más. Los ojos de Ginger estaban tensamente concentrados en la alfombra que tenía frente a ella. —Lo siento si me apresuré demasiado. No fue mi intención, pero… estabas respondiendo tan bien… Pensé que tú también lo deseabas —dijo el joven con delicadeza. Ginger sabía que Devin la estaba examinando, esperando alguna respuesta de ella, para saber qué era lo que sucedía, pero la muchacha no podía pronunciar palabra. Una parte de ella pensó con resentimiento que él debería saberlo; él debía recordar la noche de bodas. La manera fría e insensible en que la había tocado aquella noche. ¿Acaso Devin no recordaba? ¿Por que tenía ella que mencionar el tema? ¿Por qué Devin se comportaba como si pensara que la muchacha sólo temía compartir su intimidad con él tan pronto? ¿Él no sabía que había destruido la fantasía de la joven sobre lo que sería hacer el amor con él? Devin se acercó lentamente a Ginger. —Tal vez será mejor que te pongas esto otra vez —dijo el joven con suavidad alcanzándole su blusa. Los ojos de Ginger se cubrieron de lágrimas. Devin se puso de pie. Mientras se abotonaba la camisa, el joven se alejó un poco. Ginger se vistió dando la espalda al muchacho, con manos temblorosas que


luchaban con la tela de la blusa. Nº Páginas 64-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger La joven se puso de pie y salió del cuarto, tomándose de la baranda con firmeza pues las piernas le temblaban. —¡Ginger, espera! —la muchacha sintió la voz del joven y sus pasos apresurados tras ella. De pronto la mano firme tomó la muñeca pequeña. Los delicados dedos se afirmaron sobre el pasamanos—. ¡Te amo! Ginger quedó inmóvil, tiesa. —No digas eso —susurró la muchacha. —¿Por qué no? Es verdad. ¡Te amo más que nunca! La voz de Devin era tan segura y positiva que cualquier persona le creería. Una vez Ginger había creído en él, y el muchacho había destruido esa confianza. Y cuando él regresó para casarse, después de abandonar los brazos de otra mujer, la había llevado al lecho de un modo que mostraba poco afecto. No había sido rudo, ni la había lastimado físicamente, pero no había mostrado amor, totalmente inmerso en su propia, cruda pasión, casi como si la joven fuese sólo un cuerpo de mujer, puesto allí para su conveniencia. Ginger entonces se sintió usada y en cierto modo degradada. La relación amorosa en el lecho había borrado


todas las expectativas de realización en los brazos de Devin. —¿Cómo puedes saber lo que sientes? —preguntó la muchacha—. Ha pasado poco tiempo desde tu regreso. Es demasiado pronto para… —¡Te amo, Ginger! —La joven sintió la mano firme en su muñeca que luego le tomaba el brazo—. La verdad es que nunca he logrado dejar de amarte. Me has impedido que repare en cualquier otra mujer. Ahora, al estar cerca de ti otra vez, sé que nunca seré feliz sin ti. El tono insistente de Devin perturbaba a la joven. La muchacha bajó un peldaño, esperando alejarse de Devin, pero el joven continuó tomándola del brazo y la siguió. —No sé lo que sucedió arriba —continuó diciendo el joven—. Lamento si… si de alguna manera te he ofendido. Es que te deseaba tanto, yo… — Devin pareció detenerse cuando el cuerpo de Ginger se tornó inmóvil por completo. El muchacho hizo una pausa y luego dijo con voz segura—: Nunca te obligaría a nada que no desearas hacer. Trataremos de mantener una relación platónica por un tiempo… —¡No quiero volver a verte! —dijo la joven. —¡No hablas en serio! —La voz de Devin parecía herida, desesperada. La muchacha no se atrevía a mirarlo. —¡Hablo en serio! —Ginger hubiese pronunciado el nombre del joven


para otorgar más énfasis a su afirmación, pero no pudo hacerlo—. No quiero verte. ¡Quiero que me dejes sola! —Me lo debes… —¡No te debo nada! —¡Pero lo prometiste! Nº Páginas 65-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger —¿Prometer? —dijo la muchacha con enojosa confusión, casi volviéndose—. ¿Qué quieres decir? —Hace un momento, arriba, me prometiste pasar un tiempo conmigo. ¿Lo recuerdas? Tú solías cumplir tus promesas, Ginger. —¡Ya no somos niños! Devin se colocó entre la joven y el pasamanos e hizo que la muchacha lo mirara. Los ojos verdes tenían una mirada firme e intensa, pero su rostro estaba pálido. —¡No, somos adultos! ¡Con más razón debes cumplir tus promesas! —Me engañaste para que lo dijera —dijo la muchacha rehusándose con debilidad. Devin apartó el cabello de la mejilla de la joven y la acarició. El roce delicado hizo que la muchacha deseara llorar.


—No te engañé. Puede que no lo hayas tomado en serio cuando te lo hice prometer, pero sí hablaba en serio. Te conozco bien, Ginger. Siempre quisiste alejarte de las inseguridades. Por eso solías necesitarme. Yo era tu roca firme. Ahora no me tienes como apoyo, y tal vez eso sea bueno. Debes hallar en ti misma esa fuerza. Algo que hice arriba te atemorizó, y quieres huir otra vez. ¿Por qué no tratas de enfrentarlo… de enfrentarme? ¿Por qué no intentas ser lo suficientemente madura como para mantener tu promesa, y pasar por esta situación conmigo y ver hasta dónde llegamos? Espero que mantengas tu palabra, Ginger. La muchacha escuchó con mente rebelde, pero la afirmación de Devin acerca de la madurez la hirió. —¿Por cuánto tiempo? —dijo con amargura. —Lo que sea necesario. —¿Hasta que me seduzcas? —El tono de la muchacha era cáustico. Devin miró a Ginger, vacilante. —Hasta la Navidad. La muchacha apartó su brazo de las manos fuertes de Devin. —Y recuerda… dijiste que sería platónico. Ahora tú debes cumplir con eso. Devin jamás había pensado que Ginger pudiese temerle en el aspecto


físico cuando eran jóvenes; lo que ella temía por entonces eran las posibles consecuencias de la relación prematrimonial. Y la noche de bodas la muchacha se había mostrado cálida y dispuesta. ¡Dios mío! pensó el muchacho cubriéndose el rostro con las manos. Ese era el problema. No se podía escapar a la verdad. Naturalmente, Ginger lo recordaría, aunque él mismo había guardado esos pensamientos en los rincones más ocultos de su conciencia desde entonces. Intentar hacer olvidar a Ginger esa particular noche era imposible. Devin pudo recordar con claridad las lágrimas silenciosas de Ginger, la Nº Páginas 66-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger terrible mirada de desilusión y humillación. Y luego la joven le hizo esa pregunta que él esperaba que nunca tendría que responder. Pero él, ya maduro, valoraba el amor de la muchacha. Borraría ese mal recuerdo. Y había una sola manera de hacerlo. Nº Páginas 67-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Capítulo 6 Días después Ginger trabajaba en su tienda cuando sonó el teléfono. —Hola, Con Sabor a Ginger —respondió la joven.


—Ginger, soy yo, Devin. —Ah —la voz de la muchacha mostró una evidente falta de entusiasmo. —Lo sé, estás encantada de saber de mí —dijo el joven en broma, aunque al mismo tiempo parecía algo triste por la actitud de Ginger—. Temo que no podré verte este fin de semana como habíamos acordado. Ha surgido algo. —No hay ningún inconveniente. —Sé que no lo hay para ti —respondió el joven con tono bajo, cargado de resignación—. ¿El miércoles? Para entonces debería… creo que podré tomarme parte de la tarde libre. Podríamos pasear juntos. —¿Por qué supones que yo puedo tomarme la tarde libre? —preguntó la muchacha con tono cortante. —Sólo sería desde, las tres. No es mucho. Vamos, Ginger —dijo el joven con insistencia. —Supongo que me recordarás la promesa que hice si no acepto. —Podría hacerlo. —¿Y qué sucedería si te digo que no me importa la promesa que me forzaste a hacer, que no deseo verte? —dijo la joven perdiendo el control. —Ginger… —comenzó a decir Devin, y luego hubo un largo silencio—.


Sé buena conmigo, Ginger, por lo menos durante esta llamada telefónica. Sólo… dime que nos veremos el miércoles. Entonces podrás discutir conmigo. Te compraré un juego de tablas para cortar pan para compensar el ingreso de dinero que pierdas al cerrar más temprano. El tono de Devin era tan extraño que la joven se sintió perdida. Sintió que algo no funcionaba bien, que el joven tenía alguna dificultad, pero no deseaba preguntar de qué se trataba por miedo a que él pensara que ella estaba preocupada. —Entonces, ¿qué te parece el miércoles, alrededor de las tres? —Supongo que… bien —dijo sin más la joven. —Mientras tanto, cuídate —dijo el muchacho con seriedad. —Lo haré —Ginger quedó algo sorprendida por el comentario de Devin; ella no estaba enferma. —Te amo. La joven se puso tensa. Nº Páginas 68-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger —A-adiós, Devin —dijo la muchacha y a toda prisa colgó. *** Un nuevo almuerzo reunía a Ginger y Marla.


—Hace tiempo que no te veo —dijo Marla cuando se sentaron en su reservado habitual—. ¿Cómo marchan las cosas entre tú y Devin? —Hemos acordado vernos por un tiempo. —¿Hay posibilidades de que vuelvan a estar juntos? —preguntó la joven morena con tono esperanzado. —Yo no diría eso —respondió Ginger. —Pero él lo debe desear, ¿no? —Sí —dijo la muchacha, extrañada de que Marla le hiciese preguntas personales como si nunca hubiese habido un desacuerdo en su amistad. —Entonces, tú eres quien no está segura. —Sí… es más que eso. Yo preferiría no tratarlo en absoluto, pero me hizo prometerle que lo vería durante un mes —admitió la joven. —Hizo que se lo prometieras —repitió la joven morena con tono sarcástico—. ¡No hubiese tenido problemas en convencerme a mí! La sinceridad de Marla hizo sonreír a Ginger. Era extraño ver a su amiga envidiosa. Era más lógico que Ginger envidiase a Marla por la seguridad en sí misma, y por su figura esbelta. —Nunca te fue infiel a ti —le recordó Ginger a Marla. —Tal vez Devin lo lamente con sinceridad y sienta mucho lo que hizo hace años —le sugirió Marla.


—Sí, eso es lo que él dice. —¿No le crees? —Yo… —Ginger no podía hallar las palabras exactas. Nunca se había hecho esa pregunta—. Supongo que le creo. —¡Realmente debe amarte! Ginger asintió. —Eso dice, también. —¡Bueno, debe ser así, Ginger! Dejó su puesto en Chicago y volvió hasta aquí para quedarse, esperando recuperarte a pesar de que tienes todas las razones para odiarlo. Para eso hay que tener muchas agallas… y mucho amor hacia ti también. —¿Cómo sabes que lo hizo todo por mí? —preguntó la joven, curiosa. —¡Es obvio! Nº Páginas 69-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger —Tal vez sólo se cansó de Chicago. Ahora que Devin está aquí, quizás se interesa en mí porque se imagina que soy una presa fácil. —¿Una presa para qué? —Sexo. Marla miró a su amiga con perplejidad.


—¿Realmente piensas que es eso todo lo que busca? —No lo sé. Es posible. Ya ha tratado de… —Ginger dejó de hablar pues sentía que era innecesario terminar la frase. —Pero Ginger, si él te ama, es natural que también te desee. —No creo que un hombre necesite estar enamorado para obtener una relación sexual del sitio más conveniente. Devin durmió con esa mujer en Chicago y no estaba enamorado de ella. —Tal vez era ella la que buscaba una relación conveniente —sugirió la muchacha morena. Ginger miró a Marla con ojos acusadores. —¡Ya que eres buena defensora de Devin! No hay dudas de que te ha impresionado muy bien… pero Devin siempre ha tenido cierto talento para eso. ¿Por qué lo defiendes? ¿Te ha confesado que soy una mujer insensible o algo parecido? —¡No! —respondió Marla de inmediato, mientras sus ojos denotaban una especie de alarma—. Te dije hace tiempo que pienso que Devin aún te ama y es evidente que le importas mucho. Deberías darle una oportunidad. Cuando veo a Devin, él simplemente… habla sobre la casa, firma los papeles que le doy, y… mastica esas tabletas antiácidas —la voz de Marla insinuó cierto enojo al terminar la frase.


—Le estoy dando una oportunidad —se defendió Ginger. —¡Si no lo haces, hay cientos de mujeres que estarían deseosas de ocupar tu lugar! Podrías lamentarte por perder esa oportunidad. La advertencia de Marla molestó a Ginger. Después de unos instantes de silencio se despidieron amigablemente. Ese día para alegría y sorpresa de Ginger, Jack la invitó a cenar. —¡Encantada! —respondió Ginger—. ¿Marla está ocupada esta noche? —preguntó la joven con una sonrisa traviesa. Jack le devolvió la sonrisa con cierta timidez. —Supongo que sabes que ella y yo nos hemos estado viendo muy a menudo. Sí, tenía que ver a uno de sus clientes… alguien que está en un hospital, supongo que tiene que cerrar un negocio. Ginger y Jack salieron a cenar, y a los postres el hombre acertó a mencionar que Marla había salido a cenar la semana anterior con un cliente que estaba por comprar una casa en la playa Double Bluff. Ginger dejó su café y miró fijamente a su acompañante. Nº Páginas 70-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger —Debe haber sido Devin. Está por adquirir una casa allí, y Marla es su agente. Dudo que tenga dos clientes que compren en esa misma zona.


—¿MacPherson? ¿Tu exmarido? —Sí. —¡Comprendo! —dijo Jack, mostrando cierta inquietud ante las noticias—. ¿Tú sabías que habían salido juntos? —No, no la semana pasada. Sé que cenaron juntos hace dos o tres semanas. —¡Esto cada vez se pone más interesante! —dijo Jack con creciente incomodidad. —Tal vez ella no se dio cuenta de que tú lo habías conocido y fue por eso que no mencionó su nombre. —Tal vez… Marla no es la clase de mujer que un hombre pueda poseer por completo. Supongo que ésa es la razón por la que ella me tiene fascinado —dijo el hombre, con tono algo desesperanzado. Ginger observó la mirada baja de Jack y su bigote inclinado rubio, y sintió lástima por él. Ginger no podía asegurarle que su amiga lo correspondiera en sus sentimientos, pero sí estaba segura de otra cosa. —Devin y yo nos hemos visto muy a menudo —le dijo la joven a Jack —. De hecho, dice… que me ama, y desea que volvamos a estar juntos. —¡Ah! —dijo Jack, con una voz que denotaba cierta comprensión de la situación.


—Sí —Ginger sonrió ante el alivio instantáneo del hombre—. Me molestó un poco el hecho de que Marla me dijese que Devin la había llevado a cenar la primera vez. Pero era sólo porque trabajaban juntos por lo de la casa. Me imagino que el que estuviesen juntos la semana pasada tuvo que ver con lo mismo. Si bien ninguno de los dos me lo mencionó… —la voz de Ginger terminó la frase lentamente con cierta sensación de duda. La joven la sofocó. Tal vez ninguno de los dos lo había mencionado porque sabían que podría afectarla. La cena era probablemente otra extensión de sus reuniones de negocios, se dijo la joven a sí misma, algo tan inofensivo como su salida con Jack. —Eso me tranquiliza un poco —dijo Jack—. Cuando me encontré con Devin ese día pensé que aún había algo entre ustedes. ¿Entonces están de nuevo juntos? —Algo así —dijo Ginger—. Nos estamos viendo para ver cómo funcionamos juntos. —Eso parece bueno. Me agradó Devin. Quiero decir que… no quiero que esté cerca de Marla, pero… ahora que sé que tú eres el centro de su interés, ¡creo que es un muchacho muy encantador! —dijo Jack con amplia sonrisa. ***


Nº Páginas 71-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Mientras Ginger estaba absorta en sus pensamientos, Devin llegó hasta la puerta de la tienda de Ginger. La muchacha levantó la mirada cuando el joven entró. No se veía radiante de felicidad al verlo. El muchacho se preguntó si alguna vez sucedería eso con ella. —Estás hermosa hoy —dijo el muchacho como saludo. Caminó hasta donde Ginger se encontraba acomodando algunos artículos y besó ligeramente a la joven cerca de la boca. El muchacho estuvo feliz al ver que Ginger no intentaba alejarse, a pesar de que tampoco respondió al beso—. Te extrañé —murmuró él. Ginger hizo una leve sonrisa y bajó la cabeza. Devin deseaba interpretar las actitudes de la muchacha. Se veía tan calma… no daba muestras de aceptarlo ni rechazarlo. Un cuarto de hora más tarde la pareja estaba a mitad de camino, dirigiéndose al norte de la isla, y el joven aún tenía dificultades para hacer hablar un poco a la muchacha. —Entonces trabajaste el sábado —dijo Devin, resumiendo unas pocas frases que había obtenido de la joven—. ¿Y cómo te fue el domingo?


Devin observó el largo y silencioso suspiro de la muchacha antes de responder. —Visité a mi familia en Coupeville. —Ah —dijo el muchacho lamentando haber hecho la pregunta—. ¿Les dijiste que nos estábamos viendo? —Sí. —¿Cómo reaccionaron? —¿Y cómo crees? Por lo menos Devin había logrado producir cierta reacción en la joven. —No estaban demasiado felices, supongo… especialmente tu madre ¿no? —Así es. —Ginger, tu madre fue siempre extremadamente sensible. —Lo sé. —¿Por qué prestarle atención? ¿Qué hay de Val? Ella y tu padre siempre fueron muy equilibrados. —Ella no dijo mucho. Creo que se reserva el juicio. Devin estaba decepcionado ante la respuesta ambigua de la joven. Él esperaba apoyo de Val; podría necesitarlo. Ambos abandonaron el coche y caminaron por un sendero que los


conducía a una zona boscosa en la que había rododendros en flor de varios colores. Nº Páginas 72-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Devin tomó la mano de Ginger mientras caminaban en silencio, y la muchacha lo aceptó. Sin embargo, miraba hacia otro lado para evitar que sus ojos se encontraran. El muchacho se daba cuenta de que iba a ser una tarea lenta lograr progresos en la nueva relación. Mirarla y al mismo tiempo no poder acariciarla era una verdadera tortura. Por la manera inquieta en que Ginger observaba las flores y los árboles que los rodeaban y la tensión de su pequeña mano en la suya, Devin sintió que la joven se tornaba incómoda o nerviosa. De pronto, como necesitando romper ese silencio que los encerraba en los bosques, la muchacha dijo: —¿Cómo te sientes? Devin no dijo nada por un instante. El tono de voz de Ginger era frío e irritado y el muchacho sintió cierto desagrado por la pregunta. —¡Bien! —dijo el muchacho, aunque su indiferencia en la forma de hablar le resultaba falsa a sus propios oídos. No era que estuviese mintiendo; era verdad que hoy se sentía bien.


—¿No más tabletas antiácidas? —Mm… no —Devin deseaba que Ginger cambiara de tema, pero la joven lo miraba con curiosidad. —¿Has visto a un médico, Devin? La muchacha debía tener un sexto sentido, pensó el joven. —Sí, lo hice. Me puso a dieta y me dio una medicina. Ahora estoy bien. —¿Qué te dijo con respecto a tu problema? Era mejor que lo admitiera, se dijo Devin a sí mismo. Si continuaban viéndose, tarde o temprano, Ginger de todos modos lo averiguaría. —Era una úlcera. Ginger parecía triste. Tal vez Devin obtendría de ella por lo menos un poco de piedad. Sin embargo, el joven odiaba la idea de que la muchacha pudiese pensar que él no era física o emocionalmente fuerte. —¿Fuiste a un hospital? —El tono de voz de Ginger cambió levemente. —Sí. —¿Cuándo? —El día que te llamé —Devin casi se desmayó esa mañana. Uno de sus colaboradores insistió en llevarlo a un médico, quien de inmediato lo


admitió en un hospital. Pero Devin no pensaba contar todo eso a la joven. —¿Por cuánto tiempo? —Unos días. La muchacha hizo un silencio. Algo había cambiado. Ginger apartó su mano de la de Devin. Nº Páginas 73-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger —¿Qué sucede? La joven vaciló, y Devin temía que ella no respondiera. Por fin Ginger dijo: —¿Alguien te visitó en el hospital? —Marla pasó a verme —dijo el muchacho con tono indiferente—. Había intentado llamarme a la oficina… por algo de la casa… y le informaron que yo estaba internado. Entonces vino a verme más tarde. Pienso que fue una amabilidad de su parte. —Sí, Marla es… muy atenta. Devin rodeó con su brazo a la joven y la acercó hacia él. La muchacha parecía suave y cálida, y el corazón del joven comenzó a latir aceleradamente. —Hubiese preferido que tú me visitaras —dijo Devin en voz baja,


sonriendo ante los dubitativos ojos castaños. —No me dijiste a mí que estabas en el hospital. —No se lo dije a nadie. ¡No me veía muy bien con tubos que entraban y salían por mi nariz! —¡Maldición! Devin quería parecer divertido, pero no debía haber mencionado eso. La muchacha se veía alarmada. —¿Tubos? ¿Por qué? ¿Estás tan seriamente enfermo? —No, no. Mi úlcera sangraba un poco y ésa es la manera de detener… —¡Ay, no, Devin! —Ginger parecía a punto de llorar. Sus manos se asían al tejido del suéter del muchacho. —Todo está bien, Ginger. Detuvieron la hemorragia con facilidad. Estoy siguiendo la dieta y ahora estoy bien. ¡De veras! —La joven parecía no cambiar de actitud. Todavía se veía muy preocupada, y Devin la mantuvo cerca con su abrazo—. Me alegra que estés preocupada —dijo el muchacho con humor mientras la besaba en la frente. Ginger se puso tensa en los fuertes brazos. Parecía que Devin había dicho las palabras equivocadas. El joven suspiró. Aquí estaba él, completamente solo con Ginger en un maravilloso jardín, en una tarde brillante de primavera… y él y su úlcera no iban a ninguna parte. Durante las siguientes semanas Devin visitó a Ginger con regularidad, cenaron afuera y pasearon por varios sitios.


Uno de esos paseos fue a un lugar con cálidos recuerdos. —Este siempre fue un sitio particularmente bello —dijo Devin con nostalgia mientras lo recorría con la mirada. —Sí —murmuró la muchacha, sumida en los recuerdos. El mes que Ginger había prometido a Devin casi llegaba a su fin, y el joven sin duda alguna esperaba una extensión de ese plazo. Ginger no Nº Páginas 74-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger sabía lo que quería. Pero, en un momento de reflexión, la muchacha se dio cuenta de que ya no podía imaginarse diciendo a Devin que no deseaba volver a verlo. Devin tomó a la muchacha en sus brazos. —Te amo, Ginger. Y creo que tú también me quieres. Por lo menos, de cuando en cuando, veo una pequeña señal que me da esperanzas. Ginger, yo… quiero que vuelvas a casarte conmigo. Podríamos vivir juntos en la casa, del modo en que yo solía soñar que viviríamos hace unos años. No está tan lejos de tu tienda… Las palabras de Devin invadieron la mente de la joven. —¡Casarme contigo! —dijo la muchacha en un susurro tornándose pálida.


—¡Sí! —Devin tomó con mayor firmeza los brazos de Ginger—. Nunca deberíamos habernos divorciado. Es mi culpa; yo no sabía qué decirte, cómo manejar las cosas después… después que descubriste lo que yo había hecho. Te dejé partir. Parecías despreciarme tanto… Pensé que era mejor salir de tu vida. Hice un último intento cuando te pedí que vinieras a Chicago conmigo, pero no quisiste. He estado enojado conmigo mismo desde entonces por haberme dado por vencido con tanta facilidad. Eres la única mujer que podría imaginarme como mi esposa. —Ay, Devin… —dijo la muchacha, sacudiendo lentamente la cabeza. ¡Nunca podría haber imaginado algo así! —Ahora no digas nada —se apresuró el joven a decir—. Debes pensarlo por lo menos un tiempo. Estoy seguro de que juntos podremos solucionar los problemas. Ginger se mantuvo en silencio por un tiempo. El tono en la voz de Devin era tan serio y esperanzado, que la muchacha halló difícil decir algo que lo decepcionara. Pero tenía que hacerlo. Tal vez aún se interesaba por él, hasta en cierto modo podía quererlo, pero el recuerdo de la noche de bodas y de la infidelidad del joven le hacía imposible pensar en casarse nuevamente con él. Era mejor que Devin lo supiese ahora. —Devin… —comenzó a decir la joven—. Nuestra noche de bodas… la


manera en que tú… Los sensibles ojos verdes de Devin leyeron los de la muchacha, y el joven apartó sus manos de los delicados hombros. —Lo sé, querida, ¿Cómo puedo… qué puedo decir? Tú todavía no sabías entonces que yo te había sido infiel. Pero yo sabía lo que había hecho. ¿Puedes siquiera imaginarte lo difícil que fue para mí mirarte a los ojos? Mi culpa era un obstáculo, entonces traté de no pensar en ti para nada. Devin se volvió y miró otra vez a la muchacha, y sus ojos reflejaban la luz brillante del sol a través de un velo de lágrimas. —Creo que sé lo frío que debo haberte parecido aquella noche. En las semanas siguientes traté de demostrarte que éste no era el modo en que Nº Páginas 75-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger deseaba hacerte el amor, pero no me permitiste acercarme a ti otra vez — la voz de Devin mostraba calma y una profunda lamentación. El joven tomó las manos de la muchacha en las suyas—. Te prometo, Ginger, que ahora no seré así contigo. Te deseo tanto, que te ahogaría con amor si me lo permitieras. Podría habértelo demostrado aquel día en la casa, pero tú te asustaste. Fue por ese recuerdo, ¿no es así?


La muchacha asintió en silencio. —Querida, realmente pienso que eso es algo que podemos solucionar. Tengo una idea. ¿Por qué no pasamos un largo fin de semana y vamos al lago Louise? —sugirió Devin. Ginger abrió los ojos con terrible rechazo. —¿Estás demente? ¡No deseo volver a ver ese lugar! —Comprendo cómo te sientes. Es un mal recuerdo para ambos. Por eso deberíamos regresar y reemplazarlo con uno bueno. —¿Y cómo haríamos eso? ¿Tratando de meterme en tu cama en la oportunidad más cercana? —Ginger, te dije una vez y te lo prometo ahora. Nunca te presionaré para que hagas lo que no deseas hacer. La muchacha miró al joven consternada. —¡No quería cenar en la posada del Capitán Whidbey, no quería ir a tu casa ese día, ni siquiera quería verte al principio, y sin embargo terminé haciendo todas esas cosas! —Porque no puedes resistir mi lógica y mi amistosa persuasión —dijo el joven besando a la muchacha en la mejilla. Devin tomó a la joven de los hombros—. ¡Hablo con seriedad cuando digo que deseo casarme contigo! El último mes ha sido muy hermoso, pero quiero algo permanente entre


nosotros. Quiero vivir contigo. No podría soportar que sólo fuéramos amigos; siempre fuimos algo más que eso el uno para el otro. ¿Preferirías dejar de verme definitivamente, Ginger? —preguntó el joven. Su voz era de pronto vulnerable. Ginger inclinó la cabeza y sintió las lágrimas en sus ojos. La joven estuvo un rato en silencio, sintiendo las manos fuertes del muchacho en sus hombros, sabiendo que el joven esperaba y percibía su aguda ansiedad. —No —respondió susurrante la joven por fin. La muchacha no estaba segura de lo que sentía por Devin pero no quería dejar de verlo, Ginger sintió que la presión de las manos de Devin disminuía en sus hombros y podía oír la alegría contenida en su voz. —El lago Louise es hermoso, Ginger. Lo veremos con nuevos ojos esta vez. Podríamos tomar el tren desde Vancouver… ¡eso sería divertido! —En la luna de miel la pareja había ido en avión hasta Calgary, Canadá, y luego viajaron en coche hasta el lago. —Supongo que querrás que compartamos el cuarto en el hotel. Nº Páginas 76-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger —Sería más económico. Es un sitio bastante costoso.


—Y más abrigado de esa manera —dijo la muchacha con resentimiento. —Ginger, te prometo que no te tocaré si no lo deseas. Ya he cometido algunas faltas contra mí mismo; no es mi interés intentarlo otra vez. Ginger bajó la mirada, pensativa. Era algo positivo. Por una vez la lógica de Devin estaba a su favor. —Sólo iremos y trataremos de divertirnos y ver cómo funcionan las cosas. Lo consideraremos un experimento. ¿De acuerdo? Nº Páginas 77-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Capítulo 7 —Bueno… aquí estamos —murmuró Ginger al acercarse al ventanal levemente abierto. La muchacha no pudo evitar estremecerse: aquí estaba de nuevo con Devin donde había tenido lugar el episodio más terrible de su vida. —¿Hermoso, verdad? —dijo Devin. El joven se encontraba detrás de Ginger y rozó ligeramente con su mano el hombro de la muchacha. Ginger retrocedió y se alejó de él. De pronto el viaje le pareció una triste idea y deseó no haber venido. —Ginger —dijo Devin siguiendo a la muchacha cuando ella se alejó


inquieta de la ventana—. Lo siento. Sé que es difícil estar aquí otra vez. También lo es para mí. Pero nos acostumbraremos. Las cosas marcharán mejor en poco tiempo, lo prometo. —¿Cómo puedes prometer eso? —preguntó la joven con frialdad. —Sólo lo sé, eso es todo. ¿Ahora por qué no desempacamos y luego vamos a cenar? —De acuerdo —dijo la muchacha suspirando. La perspectiva de permanecer en ese cuarto durante dos noches era lo suficientemente mala como para tener que soportar también esa insistente alegría. ¿O acaso Devin tenía tantas esperanzas porque pensaba que compartirían una de las dos camas dobles del amplio cuarto?, se preguntó Ginger mientras abría la maleta. Si eso era lo que el joven pensaba, se iba a encontrar con una gran desilusión. La boca recia de Devin se acercó sorpresivamente a la de Ginger y la joven supo entonces que la besaría. No intentó detenerlo. Cuando la boca ardiente de Devin se unió a la de Ginger, el joven acercó el cuerpo de la muchacha hacia él un poco más. Era un beso cariñoso, afectivo y protector, pero sin la desenfrenada pasión que casi no pudo controlar aquel día, hacía ya seis semanas, en la casa de la playa. Ginger estaba nerviosa, sin embargo, cuando la calidez masculina invadió


el cuerpo de Ginger, penetrando su ropa, la muchacha dejó de temblar y comenzó a recobrar la calma, al darse cuenta de que el joven quería darle afecto y se interesaba profundamente por sus sentimientos, necesidades y miedos. Ginger deslizó los brazos alrededor de Devin, debajo de su chaqueta y se permitió disfrutar de su ternura. En el momento en que la joven comenzaba a devolver en parte esa ternura que Devin le prodigaba, el muchacho interrumpió el beso y se alejó un poco. De inmediato, Devin reclamó la cama que estaba junto a la ventana, creando, a propósito, una divertida discusión sobre quien se despertaría Nº Páginas 78-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger para admirar la hermosa vista. Por fin, el joven se dio por vencido y dejó a Ginger la cama de la ventana. Más tarde, cuando Ginger salió tímidamente del baño, llevando una larga bata encima de su fino camisón, descubrió a Devin en el borde de la cama en pijama y bata. Estaba leyendo un folleto guía del lago Louise. Cuando la muchacha pasó con cautela junto al joven, él dijo: —Creo que mañana deberíamos levantarnos temprano y tomar la carretera que lleva al lago Agnes. Parece el paseo más popular de las Rocallosas Canadienses.


—¿Dónde está el lago Agnes? —preguntó la muchacha. Mientras Devin volvía a mirar una página anterior, la joven se quitó aprisa la bata y se acostó, cubriéndose con los cobertores hasta el mentón. —Está en las montañas a un nivel más alto que el Lago Louise. El camino es… veamos aquí… de tres kilómetros y medio. Se supone que el viaje nos llevará alrededor de cuatro horas. —¿Cuatro horas? —repitió la muchacha con cierta duda. Luego se tranquilizó ya que se encontraba a salvo debajo de las sábanas y Devin parecía inmerso en los planes para el día siguiente. —Regresaremos para el almuerzo —Devin levantó la mirada y sonrió. —¿Todo se encuentra colina arriba? —No. De regreso será colina abajo. Ginger rió un poco. —No sé si estoy lista para eso. No acostumbro hacer mucho ejercicio. —¡Entonces ya es hora de que lo hagas! He hecho gimnasia dos o tres veces por semana durante los últimos cinco años. —¡Bien por ti! —dijo la joven con sarcasmo—. Puedes llevarme en brazos. —¡De acuerdo! —Devin puso el libro sobre la mesa de luz y caminó hasta la cama de la muchacha. Cuando Ginger vio al joven acercarse, se


puso tensa, y sus dedos tomaron con firmeza el borde de la manta junto a su mentón. —No te preocupes —dijo el muchacho, inclinándose—. Es sólo un beso de buenas noches. El beso de Devin duró un prolongado segundo. Nuevamente, justo cuando Ginger comenzaba a apreciar la dulzura ce esa boca recia, el joven se apartó. —Que duermas bien, querida —dijo el muchacho con suavidad, acariciándole la mejilla—. Mañana será un hermoso día. Los ojos de Ginger siguieron a Devin cuando regresaba a su cama, se quitaba la bata y se cubría con las sábanas. Luego Devin apagó la luz. Se sentía contenta… hasta, en cierto modo, esperanzada. Nº Páginas 79-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Se despertó algo tarde. Devin ya estaba vestido y la observaba desde la ventana. La muchacha comenzó a sonreírle hasta que notó que los cobertores le llegaban a la cintura. El camisón sin mangas y de cuello bajo estaba algo inclinado, revelando buena parte de sus blanco pecho. De inmediato la joven comenzó a arreglar la fina prenda blanca, preguntándose cuanto tiempo habría permanecido Devin mirándola de esa


manera. Pero el muchacho le prestó su ayuda, acercándose para darle la bata. —Es hora de levantarse —dijo el joven con humor—. Ahora deberíamos estar a mitad de camino rumbo al lago Agnes. —Podrías haberme despertado —respondió Ginger refunfuñando. La muchacha se puso las únicas prendas viejas que había traído: un par de jeans y una camiseta de su hermana. Después del desayuno la pareja halló el camino principal rumbo al lago Agnes. —¿No podemos detenernos y descansar un minuto? —preguntó Ginger a poco de andar. Estaban en medio de un espeso bosque. Devin respiraba con normalidad, como si sólo hubiese caminado media calle en una acera recta. —¡Debes estar fuera de forma, Ginger! —dijo el joven en tono de broma, mirándola sonriente—. Y no es que te veas fuera de forma — agregó el muchacho con tono más suave. La muchacha no sabía cómo reaccionar ante el comentario. Deseaba sonreír, pero no lo hizo. —Será mejor que sigamos —Devin la tomó de la mano y continuaron el camino. Era cada vez más riguroso, ascendía a través de densos


bosques, hasta que los árboles empezaron a mermar. Ginger preguntó al apoyar su cuerpo exhausto contra una roca alta—: Devin, ¿por qué hacemos esto? El joven también respiraba con dificultad. —Para llegar a la cima —respondió el muchacho con voz entrecortada. Ginger lo miró exasperada, luego se puso de pie y juguetonamente colocó las palmas de las manos sobre el pecho, con firmeza, empujándolo y haciéndole perder el equilibrio. La muchacha, por supuesto, no lo logró. Riendo, ambos se cayeron abrazados y Devin sostuvo a la joven con calidez. El muchacho intentó besarla, pero el beso no pudo durar mucho tiempo pues ambos estaban sin aliento. Se separaron riéndose de sí mismos. Después de otro tramo largo pero placentero llegaron. El lago Agnes era pequeño y pintoresco, oculto entre las montañas, y como era el primer mes de la primavera canadiense, aún permanecía en parte cubierto por el hielo. Nº Páginas 80-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Dos horas más tarde, después de realizar el descenso, una tarea


mucho más fácil, regresaron finalmente al lago Louise. Al acercarse el fin de la tarde, tanto Ginger como Devin quedaron cansados por los esfuerzos del día. Cuando regresaron a su habitación Ginger se recostó sobre la cama. —¡Estoy exhausta! —Estaba demasiado cansada aún para reaccionar cuando Devin se sentó junto a ella, extendiendo inconscientemente su brazo sobre la cintura de la joven. —Yo también —dijo Devin, acomodando la cabeza sobre el hombro de Ginger. A la muchacha le parecía, mientras su mente se sumergía lentamente en un sueño profundo, que eran como una pareja que había estado casada durante años. Ginger se sentía contenta, segura y feliz, como si su vieja relación con Devin nunca se hubiese interrumpido, como si hubiesen estado juntos así toda la vida. En un par de horas se ducharon y cambiaron de ropa, y bajaron al salón comedor para cenar. Se sentaron uno junto al otro en una mesa pequeña, cerca de uno de los inmensos ventanales con arcada que miraban hacia el lago. Ginger miró a Devin con cierta preocupación y preguntó: —¿Te has sentido bien últimamente? ¿Todavía tomas esa medicación


que te recetó el médico? El muchacho asintió. —¡Me siento maravillosamente! —Estoy contenta. El aire de montaña te sienta bien. Devin sacudió levemente la cabeza mientras miraba a su querida acompañante. —Me siento bien porque estoy feliz aquí contigo. Ginger bajó la mirada y Devin le tomó la mano y se inclinó para besar a la muchacha. Luego la joven le devolvió el beso y se encontró susurrando: —Yo también estoy feliz de estar contigo. Los ojos de Devin se humedecieron. El muchacho bajó la cabeza y tímidamente se ajustó las gafas. Las lágrimas invadieron los ojos de Ginger. El muchacho acarició la mejilla de la joven y luego se inclinó para besarla. Una vez más el beso fue cálido y reconfortante. Ginger rodeó con sus brazos el cuello del joven para mantenerlo cerca mientras ella respondía con sincero afecto. Los labios de ambos se unieron y la húmeda calidez se incrementó hasta transformarse en una lujosa espiral ascendente de los


sentidos. Devin no hizo ningún movimiento para poner punto final al beso, Nº Páginas 81-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger y en cambio pareció concentrarse en él, suave pero insistentemente, moviendo sus labios sobre los de la muchacha. Devin abrió los labios y Ginger respondió del mismo modo. De inmediato esa intimidad se profundizó mientras el joven exploraba la dulzura de la pequeña boca. Al tomar conciencia de que su propia respiración se aceleraba de manera suave como la de Devin, Ginger sintió las manos del joven acariciando inquietas su espalda para luego percibir la intensa curva de sus senos a través del vestido bajo el suéter semiabierto. En respuesta a las caricias. Ginger se estremeció, ansiosa por recibir más afecto, y al mismo tiempo, inquieta al saber a lo que esta exploración sensual podría conducir. El modo puramente afectuoso de Devin se desvanecía a toda prisa. Ginger sintió que las manos del muchacho comenzaban a temblar. La actitud platónica y afectuosa que Devin solía prodigarle, había desaparecido, y la joven estaba casi segura de lo que sucedería cuando llegaran a la habitación. En cierto modo Ginger deseaba dar a Devin la intimidad que él quería,


y una vocecita osada dentro de su ser le decía que ella también la deseaba. Pero temía repetir el pasado, hacer añicos la felicidad recién alcanzada. Ginger ignoraba si estaba lista para esa prueba final de su reanudada relación. No quería decepcionar a Devin; el joven había sido paciente, y comprensivo entonces ella debería intentarlo. Tal vez todo marcharía bien. Devin abrió la puerta de la habitación y encendió la luz al entrar. Ginger no tuvo que aguardar mucho tiempo. En menos de un segundo el joven la abrazó mientras los labios recios y ardientes le quemaban los suyos con pasión, como si una llama interna se hubiese acrecentado en el camino de regreso a la habitación, mientras la de ella se hubiese apaciguado por el temor. —Déjame hacerte el amor —dijo el joven con voz urgente, y el aliento ardiente sobre la mejilla de la muchacha. Ginger intentó alejarse y apartó su rostro. —Yo… no estoy segura, Devin. Déjame pensarlo un poco. —No es momento para pensar —le murmuró el joven mientras sus labios ardientes se deslizaban por el cuello de la muchacha. La joven sintió que la mano de Devin desprendía los botones del suéter. La respuesta anticipada de los sentidos de la muchacha la hicieron temblar. Ginger


gimió cuando la mano poderosa se cerró con firmeza sobre su pecho suave, acariciándolo a través del delgado vestido hasta que la joven recostó su cuerpo sobre el de Devin en busca de apoyo. Cuando la boca de Devin tomó posesión de los labios de Ginger, las rodillas de la joven se debilitaron. En un instante el muchacho la levantó en sus fuertes brazos, y la llevó a la más cercana de las dos camas. A toda prisa Devin se desvistió antes de recostarse junto a la joven. La muchacha permanecía inmóvil, mirando el cielorraso mientras sentía que el joven hacía a un lado el suéter y luego le desprendía los botones Nº Páginas 82-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger del vestido. Al sentir su cuerpo expuesto, la muchacha se puso tensa y contuvo el aliento, temiendo ser presa del pánico. Luego sintió que el sostén se desprendía, y respiró profundamente cuando las firmes manos acariciaron una vez más la exquisita suavidad de sus senos desnudos. La boca de Devin tomó una cima rosada, y la incitó con la inquietante humedad de su interior. La sensación hizo que Ginger inhalara con profundidad, haciendo que sus senos se irguieran contra los labios del joven. Entonces su piel suave vibró ante el renovado contacto. Colocando un brazo debajo del cuerpo de Ginger, Devin la levantó


ligeramente y después, con sumo cuidado apartó el vestido. El joven obviamente disfrutaba la tarea. El cuerpo dócil de Ginger yacía indefenso ante Devin sobre el lecho, mientras los ojos castaños la devoraban recorriendo las voluptuosas curvas, desde los miembros suaves y delicados hasta la graciosa línea de las caderas redondeadas, y la pequeña cintura, sobre la piel tierna y sedosa del abdomen hasta las colinas de sus senos plenos. —Ginger, eres tan hermosa… —las palabras del muchacho apenas tenían coherencia. Ahora Devin respiraba con dificultad, como le había sucedido por la tarde en la empinada cuesta. Pero había una intensidad urgente y estremecedora en esa respiración que le recordaba a Ginger… el modo en que Devin le había hecho el amor ocho años antes. Devin le parecía inmenso, con recios músculos en los hombros y brazos al acercarse a ella. Cuando su cuerpo varonil se colocó sobre el suyo y bloqueó la luz de la lámpara en la mesa de noche transformándolo en una sombra que para ella era siniestra, con increíble claridad llegó el recuerdo de sus sentimientos aquella particular noche de bodas. Ginger se estremeció. Levantando las manos, la muchacha intentó apartar a Devin cuando su inmensa estructura le cubría el cuerpo. —¡No, Devin! —exclamó Ginger. La muchacha se hizo a un lado—.


¡Por favor, no! Devin miró a Ginger, atónito. —¿Qué sucede, querida? —El muchacho tomó el brazo de la joven pero ella apartó la mano comprensiva. —¡No quiero hacerlo! —Pero… ¿por qué? Estabas respondiendo. —¡No! —Sí, lo estabas haciendo. No te hubiese desvestido si… —¡Sí, lo hubieras hecho! ¡En todo lo que piensas es en tus propias necesidades! ¡Sólo soy un cuerpo para ti…! ¡Yo podría ser cualquier mujer! ¡Podrías poseerme esta noche y hacer lo mismo con otra mujer mañana y todo sería igual para ti! ¡Como lo fuiste con esa mujerzuela en Chicago, y volviste a mí en nuestra noche de bodas! ¡Eres el mismo de siempre! — Las palabras acusadoras salieron de la boca de Ginger con tono histérico. Nº Páginas 83-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger —Ginger, no sabes cómo me comportaría contigo esta noche. ¡Apenas hemos comenzado! Imaginas muchas cosas. Debemos tratar de olvidar el pasado. —¡No puedo olvidar!


—¡Entonces no hay futuro para nosotros! —dijo el muchacho con voz ronca. Un tenso silencio siguió a la lastimera afirmación de Devin. Sus palabras y el tono de su voz sacudieron a la joven, llevando la realidad a su mente frenética. Ningún futuro con Devin significaba un vacío total. Ginger se sentó en el borde de la cama y apartó el cabello de su frente con mano temblorosa. —Yo… yo no estoy lista aún para hacer el amor contigo, eso es todo —dijo la muchacha con más calma, tratando de mostrarse más tranquila y razonable—. Necesito más tiempo. —¡Piensas demasiado! Modificas las cosas hasta que adquieren gigantescas proporciones. Nos llevamos de maravilla durante todo el día, Ginger. ¿Qué sucedió? ¿Qué hice en los últimos diez minutos para causar esta situación? —preguntó el joven con genuina perplejidad. —La… la manera en que me mirabas, que me acariciabas… —dijo la joven con enojo—. Muy pronto estarías encima de mí como en nuestra noche de bodas, pensando sólo en tu propio placer. Devin, indefenso, recorrió el cuarto con la mirada. —¿Realmente piensas eso de mí? Me incitaste y deseaba hacerte feliz. No puedo evitar parecer agresivo —dijo el muchacho, gesticulando


con sus manos en el aire. La voz se tornó sarcástica—. ¿Jack Whiting lo hace sin mirarte ni tocarte? La muchacha, perpleja, se volvió. —¡Jack! ¿Qué quieres decir? —La mirada intensa de Devin le recordó a Ginger lo que una vez le había hecho creer. La joven sacudió la cabeza —. No, Jack y yo nunca… Sólo somos buenos amigos. Eres el único hombre con el que he dormido. El recuerdo de aquella ocasión hizo que temiese experimentar con cualquier otro hombre —dijo la muchacha con amargura —. ¡Imaginar lo que el sexo puede ser es más agradable para mí! La breve luz que se encendió en la mirada de Devin al saber que no había existido otro hombre se desvaneció con la última afirmación. —Eres prácticamente una muchacha virgen. Yo… no me di cuenta. Supuse que… —¿Que había tenido otras relaciones amorosas, como tú? Devin bajó la mirada ante los ojos acusadores de Ginger. —No estoy orgulloso del resultado de mi propia vida. Pero si te ayuda… no ha habido tantas mujeres en mi vida. Y las que conocí me decepcionaron… porque no eran como tú. Nº Páginas 84-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger


Ginger apartó la mirada ante Devin pues no deseaba creer en él, no quería sentirse suavizada por sus palabras. —Ginger —dijo la joven de inmediato—. ¿Es porque ya no estamos casados que temes hacer el amor conmigo? Esperaré y primero me casaré contigo. ¿Entonces te sentirías mejor? —¡No! —respondió la muchacha. Lo último que Ginger quería pensar era en el casamiento—. No… no es eso —le parecía extraño a la muchacha… una oferta galante, la de esperar hasta la unión matrimonial cuando unos minutos antes, el joven tenía en mente su propio deseo físico. Tal vez sus percepciones sobre Devin estaban erradas. Ginger estaba profundamente confundida. —¿Qué es, entonces? —preguntó el joven con paciencia. —Es… siento que no te importo. Es como si fueras un perro hambriento y yo un pedazo de carne —dijo la muchacha, herida. Ginger levantó la mirada y vio tristeza y perplejidad en los ojos del joven. —¿Que tú no me importas? ¡Te amo! ¿Hice algo para lastimarte? ¿No fui gentil contigo? —No, no me lastimaste —admitió la muchacha—, pero estabas inmerso en tu propia pasión, como en nuestra noche de bodas.


Comenzaste a hacerme el amor de la misma manera que entonces. ¡Y entonces no me gustó! Devin miró a la joven, pensativo. —Tal vez empiezo a entender. Querida, hay un mundo de diferencia entre este momento y lo que sucedió hace ocho años —dijo el joven con seriedad—. En nuestra noche de bodas no pensé complacerte. No pude hacerlo porque estaba dominado por la culpa. Pero esa noche, Ginger, está a millones de años luz. Ambos hemos crecido. Todo lo que deseo es demostrarte cuánto me importas, cuánto te amo física, mental y espiritualmente. En lugar de hacerte a un lado, quiero ser parte de ti, de todas, las maneras posibles. No será como antes, en absoluto. Ginger miró a Devin con cierta desconfianza. Con una ligera sonrisa el joven tomó la mano de la muchacha en la suya. —Será igual para mí, tú deseando la realización plena tanto como yo —Devin rió entre dientes, con afecto—. Te sentirás tan ansiosa ante la perspectiva de nuestra pasión como yo. Ginger se apartó levemente de Devin. De pronto se sintió sola, como si ella y él perteneciesen a mundos distintos. La joven se puso tensa guando sintió que Devin acariciaba su seno desnudo.


—Ginger, intentémoslo otra vez. Debo haberme movido demasiado aprisa hace un rato. Lo siento. No me di cuenta de que estuvieses tan… herida aún. Lo tomaremos con calma. Nº Páginas 85-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger —No —respondió la muchacha, poniéndose de pie y dirigiéndose a la otra cama. Apartó los cobertores y de inmediato se cubrió con las sábanas —. No, Devin —dijo Ginger mirando al joven con inquietud—. No… no estoy lista aún. Todo, salvo este último «accidente» ha sido hermoso entre nosotros el día de hoy. Dejemos las cosas así. Devin respiró con profundidad y su rostro se ensombreció. —¿Cuándo estarás lista? —No lo sé. —¿Cuánto tiempo piensas que puedo esperar, Ginger? ¿Sabes lo difícil que es para mí estar en este cuarto y no poder tocarte? ¡Anoche fue insoportable! —Tú fuiste quien quiso una sola habitación —le recordó la muchacha. —¡Porque el propósito de este viaje era que nos uniéramos otra vez! —Eso no fue lo que dijiste. Me dijiste que no me obligarías a hacer nada que yo no deseara. ¡Bueno, no lo deseo!


Devin miró a la muchacha, enojado, aparentemente sin otro argumento que esgrimir. En una silenciosa explosión de frustración, el joven tomó la camisa que se encontraba junto a él y la arrojó lejos. Luego se puso de pie, sacó el pijama de la maleta y entró furioso al cuarto de baño. Ginger dio un salto cuando Devin se encerró de un portazo. Nunca lo había visto tan enojado. Ginger sintió la ducha por un rato largo. Permaneció tensa bajo las sábanas, simulando estar dormida, cuando lo oyó salir. En un segundo se apagaron las luces y Devin se acostó en la otra cama. Nº Páginas 86-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Capítulo 8 Devin, inquieto, cambió varias veces de posición en el asiento. Su úlcera lo estaba afectando otra vez. Si no hubiese tenido una medicina, ahora se sentiría muy mal, él estaba seguro de eso. De este modo, la incomodidad por lo visto podía tolerarse. Cenarían muy pronto, y eso mitigaría la desagradable sensación del estómago. Devin miró de soslayo a Ginger, que leía con tranquilidad en el asiento junto a la ventanilla. La joven no había hablado mucho durante el día, y él tampoco. Esa mañana, después del desayuno, habían pasado


algunas horas separados. Ginger dijo que deseaba ver los negocios de regalos en el hotel, cuando Devin le comunicó que daría un paseo. No había entre ellos actitudes de enojo o frialdad; sólo parecía que no había nada que decir y era más cómodo para ambos estar separados. El fin de semana en el lago Louise había resultado un fiasco. Devin no se había dado cuenta hasta entonces de que Ginger conservaba tantas cicatrices emocionales. El muchacho en un principio pensaba que la joven vacilaba en dormir con él ante el recuerdo de su infidelidad y la asociación que ella hacía en su mente con la noche de bodas. Devin no sabía que su insensibilidad hacia su entonces esposa había tenido un efecto tan profundo y duradero, que llegó a alejarla de otros hombres. ¿Y cómo se había comportado él la noche anterior? ¡Con enojo y resentimiento! Bueno, no podía culparse con demasiada amargura. Él se sentía terriblemente frustrado. La sensación había crecido durante todo el día, desde el momento en que vio a Ginger en su lecho esa mañana con el cobertor a un lado. El día anterior el joven había logrado contener sus instintos. Sin embargo, al ver a la muchacha con ese ligero camisón y luego ascendiendo el sendero con aquella camiseta diminuta y su hermoso pecho, realzado por la respiración irregular, acelerada y la falta de aliento, fue demasiado. Cuando Ginger respondió a sus besos, Devin


pensó que todo volvería a la normalidad. Se habían llevado tan bien hasta entonces que pensó en el acto amoroso como en un final apropiado, que se daría con facilidad. ¡Y cómo había ansiado ese momento! «Mi querida Finger», pensó Devin con dolor. «Con un error adolescente, tonto, desconsiderado de mi parte he dañado las vidas de ambos… tal vez de modo permanente». Si él nunca le hubiera sido infiel, y el primer encuentro amoroso entre ellos no se hubiera visto afectado, se habría ahorrado todos esos años de soledad; los hubiese pasado con Ginger, y ella no hubiera llegado a temer el sexo estando con él. La culpa era por completo suya. «Ha estado tan callado», pensó Ginger. Devin parecía estar lejos de ella, inmerso en sí mismo, pensando, sentado junto a ella, mientras su cabeza descansaba sobre el alto respaldo. No habían conversado mucho durante la cena, y desde entonces Devin ni siquiera había intentado iniciar una conversación. ¿Se estaría dando por vencido? ¿Habría tenido Nº Páginas 87-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger suficiente y estaba harto del nerviosismo de Ginger? ¿Pensaba que ella no justificaba, después de todo, el esfuerzo? Ginger sintió lágrimas asomando a sus ojos y trató de contenerlas.


¿Por qué tuvo que asustarse la noche anterior?, se preguntó a sí misma. ¿Cuándo aprendería a controlar sus emociones? Si pensaba recuperar definitivamente a Devin (y ella sabía ahora que eso era lo que más deseaba en el mundo) tendría que aprender a confiar en él otra vez. Tendría que abrirse a él, Ginger pensó que de otro modo él no permanecería junto a ella. Si ella pudiese dar a Devin lo que había deseado compartir con él años atrás, llegar al éxtasis en sus brazos… La muchacha dio un nuevo vistazo al perfil adusto de Devin, y luego se miró las manos jugando nerviosamente sobre su regazo. Ella podía hacerlo, se dijo a sí misma. Si tan sólo pudiese refrenar ese pánico, entonces tal vez todo marcharía bien entre ellos. Lo haría feliz, para que pudiesen recuperar la relación fuerte, estrecha y cálida que habían compartido años atrás. Ginger nunca había encontrado a alguien que reemplazara a Devin, y no podía tolerar perderlo ahora. Lenta y tensamente Ginger se acomodó en su asiento, mientras sus manos tomaban con firmeza los extremos de los apoyabrazos. —Creo que regresaré a nuestro compartimento, Devin. Tengo… sueño. ¿Vienes tú? —dijo la joven, deslizándose hacia el borde de la silla y volviéndose hacia él. La voz de Ginger pareció irrumpir en los pensamientos de Devin.


—No, creo que me quedaré aquí un rato. Ve tú —el muchacho volvió a acomodarse en su asiento, dejando espacio para que Ginger pasara hacia el corredor—. Puedes hallar el camino sola ¿verdad? —preguntó el joven, observando el rostro preocupado bajo la luz tenue del coche. —Sí —respondió la muchacha. De inmediato se dio cuenta de que debía haber dicho que no. Se mordió los labios. ¿Por qué no podía pensar con mayor celeridad?—. ¿Estás seguro de que no quieres venir? —Dentro de un rato —respondió el joven con una leve sonrisa. Ginger podía percibir la paciencia de Devin. No había nada que hacer excepto marcharse como lo había anunciado antes. Ginger se cambió aprisa y se puso un camisón blanco; era largo, gracioso y algo recatado aun cuando el escote se profundizaba en el pecho. Sólo porque la muchacha dormía de costado, el camisón había insinuado algo más a la vista de Devin. La muchacha deseaba que la prenda fuese un poco más seductora. Necesitaba toda la confianza que pudiese reunir después de lo sucedido la noche anterior. Después de cepillarse el cabello se miró varias veces al espejo. En lugar de verse ardiente y sensual, parecía ansiosa, pálida y nerviosa. Ginger subió los peldaños alfombrados de la escalera de metal hacia la litera superior. Las dos camas eran iguales, pero la litera superior


parecía ser más espaciosa con el techo alto del tren. La joven apartó la Nº Páginas 88-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger manta y la sábana y luego la subió hasta la cintura, recostándose después sobre las dos almohadas suaves. Encendió la lámpara de lectura sobre el muro a sus espaldas y tomó el libro que había intentado leer más temprano. Pasó una hora, luego dos, y Devin aún no había regresado. Ginger intentaba desesperadamente contener las lágrimas y se mordía las uñas. ¿Acaso se habría quedado dormido? ¿O habría decidido pasar la noche fuera en lugar de tener que enfrentar quizás otro encuentro emotivo con ella? ¿O todo habría terminado entre ellos? ¿La dejaría? ¿Acaso la odiaba? Ginger intentaba decirse a sí misma que se estaba dejando llevar por sus pensamientos negativos cuando el repentino movimiento de la manija de la puerta la sobresaltó. De inmediato y con nerviosismo levantó el libro de su regazo, lo abrió y simuló leer. —¿Todavía despierta? Pensé que ya estarías durmiendo —de pronto Devin se encontraba de pie junto a la litera mirándola. La parte superior del colchón estaba a la altura de su recio mentón. Al mirarlo la joven pensó que veía cierto dejo de enojo en los ojos verdes, como si hubiese


preferido que ella estuviese ya dormida. —Yo… comencé a leer. No pude dejarlo —el corazón de la joven palpitaba al mentir. La muchacha trató de sonreír, esperando parecer calmada y tranquila. —El tren llega a Vancouver a las siete de la mañana. Ser mejor que duermas un poco —le aconsejó Devin en tono paternal. —Y tú también. ¿Por qué estuviste fuera tanto tiempo? —No lo sé —dijo Devin encogiéndose cansadamente de hombros. Dándole la espalda a la muchacha, el joven comenzó a desprenderse los botones de la camisa. Devin se encerraba en si mismo y se alejaba de ella. La muchacha observó en silencio mientras el joven se quitaba la camisa. Cuando Devin colocaba la camisa en un gancho del muro, miró a la joven y la encontró observando el espejo. Después de mirar en dirección del espejo él mismo, Devin dijo: —Ahora vienen mis pantalones, Ginger. A menos que desees mirar, será mejor que leas tu libro o te duermas. El tono de advertencia del muchacho era un tanto fraternal, como si quisiera ahorrarle a Ginger una sensación de alarma. Pero la joven también percibía cierto toque de impaciencia.


Ginger respiró con profundidad. —Ta-tal vez desee mirar. Al oír esas palabras Devin se volvió, enfrentando a la muchacha. —Después del modo en que reaccionaste anoche, tú… Nº Páginas 89-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger —Lamento lo de anoche —dijo la joven disculpándose de inmediato. Sus ojos se cubrieron de lágrimas, y sus dedos temblorosos llegaron a sus labios tratando de sofocar una repentina ola de emoción. —Está bien, querida —Devin se acercó a la cabecera de la cama de Ginger y la miró, colocando una mano delicada sobre su brazo—. Yo también lo siento. No llores. —No estoy llorando —le aseguró la joven rápidamente, tomando su mano y alejándola de sus labios mientras sacudía la cabeza. Cuando la muchacha miró el rostro preocupado de Devin, con sus ojos humedecidos por las lágrimas, estaba contenta de que finalmente hubiesen hablado de la noche anterior—. ¿Qué… qué debemos hacer? —preguntó Ginger, mientras su corazón comenzaba a palpitar con fuerza una vez más. —¿Hacer? —Devin se puso algo serio—. No te preocupes por eso ahora, querida —dijo el joven con suavidad—. Es tarde. Sólo duérmete —


Devin apretó ligeramente el brazo de Ginger para tranquilizarla, y luego comenzó a alejarse. Pero la muchacha tomó la mano del joven en la suya. Devin se volvió otra vez, y sus ojos verdes querían entender. Casi sin aliento, Ginger apenas podía hablar. —Devin… por… por favor… qué-quédate aquí conmigo esta noche. Los ojos de Devin se abrieron aún más, y luego miraron perplejos a la joven. —¿Quieres decir que…? La muchacha asintió, sintiéndose de pronto demasiado débil para hablar. —¿Aquí? ¿Ahora? ¿No crees que sería mejor que esperásemos un poco después de lo de anoche? —No —respondió la muchacha en un susurro que apenas podía oírse por encima del ruido del tren—. Quiero solucionar todo contigo ahora. Quiero que seamos felices —Ginger hablaba con intensidad, tomando con firmeza y sin darse cuenta, la mano de Devin. Cuando tomó conciencia de su actitud tímidamente disminuyó la presión de su mano. Los dedos temblorosos de la muchacha se acercaron a Devin, acariciando ligeramente el hombro hasta llegar a la nuca, y luego hacia arriba para perderse en los suaves bordes del cabello castaño oscuro.


Ante sus caricias la joven sintió una leve reacción en el cuerpo de Devin. Cuando la mano de Ginger llegó nuevamente a la nuca, el muchacho se volvió hacia ella una vez más. Sus ojos brillaban con una intensidad interior extraña y atemorizante. La muchacha vio en ella toda la esperanza y la desesperación y el deseo que Devin parecía haber ocultado durante todo el día. —Ginger, anoche fue demasiado difícil —dijo el joven con voz forzada y ronca—. No digas que estás preparada a menos que sea verdad. Nº Páginas 90-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger —Lo estoy —Ginger se inclinó para besar al muchacho y sintió que él temblaba mientras sus labios se unían con firmeza. Devin colocó sus manos a ambos lados del rostro de Ginger y miró hacia un lado diciendo: —¿Estás completamente segura? —Sí —le dijo la muchacha. Todo lo que sabía era que no podía perder a este hombre. —De acuerdo, querida —dijo el joven besándola otra vez. Luego el muchacho se alejó un poco y en unos minutos estaba completamente desvestido. Los ojos de Ginger se abrieron aún más con una mezcla de admiración y temor ante la visión que tenía de Devin por el espejo: sus


piernas y músculos fuertes y musculosos, y las posaderas firmes y tensas. De pronto, sintiéndose pequeña e indefensa, Ginger se deslizó debajo de las sábanas como en busca de protección. Devin apagó la luz del cuarto de modo que sólo la luz de lectura permanecía encendida en la oscuridad del compartimento. Ginger observó los músculos ondulantes cuando el muchacho subió la escalerita. De inmediato el joven se encontraba con ella en la litera superior. Devin se deslizó junto a la muchacha dando la espalda al muro, luego apartó el cobertor y se cobijó entonces con ella. Ginger se puso algo tensa al sentir ese cuerpo enorme que yacía junto a ella, mientras uno de sus muslos tomaba contacto con su pierna a través del fino material del camisón. Devin se recostó y miró a la muchacha. Tocando el rostro de la joven con su mano dijo: —¿Estás nerviosa otra vez, no es así? —N-no. —Sí, lo estás. ¿Tanto me temes? —Pareces tan fuerte y grande —dijo la muchacha tratando de explicar sus sensaciones con vergüenza. —No te lastimaré. —Lo sé. Lo siento…


Devin acalló la voz de la joven con sus dedos. —No te disculpes por lo que sientes. Lo tomaremos con calma, sin prisa, Ginger. Trata de relajarte. Los dedos de Devin dibujaron la boca de Ginger y luego descendieron por su cuello, entonces su mano inmensa tomó un costado del rostro de la joven y lo acercó para besarla, inclinándose él mismo. La muchacha cerró los ojos mientras los labios recios y cálidos la acariciaban; la mente de la joven navegó cómodamente por un instante ante la lánguida dulzura de los labios de Devin. Luego, el recordar con exactitud que este beso era la antesala del acto amoroso destruyó la momentánea calma de la joven. Antes que Ginger hiciese el más ligero movimiento, Devin pareció percibir esta renovada aprensión. El joven alejó su boca de la de Ginger y la miró. La muchacha apartó la mirada. Nº Páginas 91-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger —Querida —dijo Devin volviendo el rostro de la joven hacia él una vez más— esto puede parecer extraño, pero trata de entender lo que digo: No estás completamente sola aquí, enfrentando esta situación por ti misma. Yo también estoy aquí, contigo. No soy el enemigo. Todo lo que sientas, yo trato de sentirlo, y lo comparto contigo. Tú y yo… podemos ser uno solo.


Por fin. Un eco leve y casi olvidado de las palabras del sacerdote en la ceremonia de casamiento hizo una suave irrupción en la mente de la joven. Una lágrima asomó por el ojo de la muchacha y cayó sobre su cabello. Devin secó el rostro de Ginger con sus dedos, y la muchacha dijo en un murmullo: —Te amo Devin —lágrimas renovadas ahogaron un poco la voz de Ginger—. Siempre te he amado. Y siempre lo haré. Una humedad transparente hizo resplandecer los luminosos ojos verdes. —Temía que nunca volvería a oír esas palabras de tus labios. Ay, Ginger, siempre te he amado. Quiero que seas mía para siempre. Sé mía, querida. La viva emoción que la pareja compartía parecía tangible. La muchacha lanzó un ligero sollozo cuando Devin la tomó en sus brazos y la acercó a él. El beso del joven fue apasionado, y su abrazo tan fuerte que se sintió débil entre esos brazos mientras al mismo tiempo sentía que una nueva vida crecía dentro de su ser. Ahora Ginger deseaba con desesperación hacer feliz al muchacho, devolverle toda la felicidad que sus palabras sensibles y cariñosas le habían dado a ella. Ginger quería


entregarse a él. Con ternura Devin recostó a la muchacha sobre la almohada, mientras le regalaba una mirada de adoración. Con una caricia más que gentil, los dedos de Devin se deslizaron sobre la sedosa tela del camisón de la muchacha desde el delicado hombro hacia abajo, y luego sobre la inclinación ascendente de uno de los senos. La sensación agradable hizo sonreír a la joven. Devin lo notó y le devolvió la sonrisa. Luego el muchacho acercó el rostro al de Ginger y le susurró al oído: —Quiero desvestirte. —Sí —dijo la muchacha con una sensación de ansiedad que la invadía. Devin apartó el camisón de los hombros de la muchacha y luego de los brazos hasta llegar a la cintura, revelando lentamente los delicados senos. Devin observó el cuerpo de la joven detenidamente y mordisqueó con cariño una de las cimas rosadas. Una leve sensación eléctrica recorrió el cuerpo de Ginger y despertó en ella un ansia por recibir más. Pero Devin continuó apartando el camisón, moviendo la banda elástica por encima del abdomen y las caderas, luego los muslos hasta quitarlo por completo y encontrarse con el cuerpo desnudo de la muchacha junto a él. Devin lo miró por completo: el pecho pleno, la pequeña cintura, y las curvas


Nº Páginas 92-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger redondeadas y sensuales de los muslos y las caderas que parecían invitarlo a acercarse aún más. Sintiéndose pudorosa ante la mirada intensa de Devin, la muchacha dobló una rodilla hacia la otra, queriendo ocultarse. Pero el movimiento realzó la curva provocativamente inclinada de su cadera, y los ojos de Devin se encendieron. El joven recorrió con su mano el muslo suave, y luego la siguieron sus labios, ascendiendo hacia la cadera y luego por el delicado abdomen. Los músculos del estómago se contrajeron en temblores ante cada contacto con esa boca húmeda y ardiente. Entonces Devin miró el rostro de Ginger. Los ojos de la joven lo miraban grandes y perplejos. La muchacha se sintió nerviosa, confundida por las diferentes sensaciones de su cuerpo y al mismo tiempo insegura por lo que el joven haría después. Ginger estaba habituada a las caricias de Devin en sus senos, pero nunca había imaginado lo que el muchacho haría después. Nunca imaginó que un hombre desearía besarle el abdomen y los muslos. Devin pareció adivinar el estado emocional de la muchacha, pues se acercó entonces, recostándose sobre un brazo junto a la joven y cubrió


sus cuerpos con las cobijas hasta las cinturas. —Eres tan dulce, Ginger —dijo el joven, esparciendo ligeros besos sobre el rostro de la muchacha—. ¡Qué inocente y sensual! Devin, presa de un impulso, abrió con un beso ardiente e intenso la boca de la joven para explorarla por completo, mientras sus brazos la estrechaban y la respiración del joven se aceleraba. Debajo de las cobijas Ginger pudo sentir la creciente excitación de ese hombre, y comenzó a alarmarse aun a pesar de sí misma. La muchacha intentó mantenerse tranquila y con su cuerpo relajado para que Devin no notara que se sentía tensa otra vez, pero el joven se dio cuenta. Devin apartó sus labios de la boca de Ginger y la miró; con dedos temblorosos que le acariciaban la mejilla. —Lo siento… Voy demasiado aprisa para ti otra vez. Es tan difícil… —No, Devin, no te preocupes por mí —le respondió la muchacha, interrumpiéndolo. La joven extendió la mano para acariciar el cabello del joven—. Te lo dije, quiero hacerte feliz. Tal vez estaré un poco nerviosa, pero no será como anoche, lo prometo —dijo la muchacha, rogando que pudiese cumplir con la promesa. —Yo también deseo que lo disfrutes —dijo el muchacho con seriedad. Ginger apartó la mirada.


—Tal vez… lo deseo. Pero no me importará si no sucede ahora —la muchacha volvió a mirar a Devin—. Todo lo que deseo es darte placer. Eso será suficiente para mí. Devin miró a la muchacha con preocupación por un instante, inclinando la cabeza como inseguro de lo que debía decir. El joven sonrió Nº Páginas 93-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger con tristeza, luego se inclinó para besar a la muchacha con infinita ternura. Observando las cálidas inclinaciones de los senos, Devin extendió su mano para acariciarlos. El joven notó el ligero cambio de expresión en el rostro de Ginger, la mirada tranquila y la ligera separación de sus labios mientras la calidez de esa mano recia pero gentil y cariñosa le recorría el cuerpo, acunándola y al mismo tiempo excitándola. —Te agrada esto, ¿verdad? —dijo el muchacho con suavidad, observando a Ginger hasta capturar la mirada de la joven. —Sí. Devin sonrió, y el sonido bajo, divertido y masculino de su voz invadió los sentidos de la muchacha. —Siempre fue así. Recuerdo muy bien todos esos besos a escondidas


y las caricias también, cuando nuestros padres no estaban cerca. Ginger también sonrió, cerrando los ojos cuando una sensación placentera penetró su cuerpo con el roce de las manos de Devin. Las sábanas parecían haberse transformado en seda bajo el cuerpo de la muchacha, que se sentía embriagada como si hubiese bebido champagne. Sin pensar en lo que hacía, la joven acercó la mano para recorrer con sus dedos la mata de vello del pecho de Devin. La joven jugó con ella, y luego deslizó las puntas de los dedos por la piel del pecho para acariciarla como Devin hacía con ella. Cuando el muchacho cerró los ojos y su frente se contrajo ligeramente en una actitud de dolor sensual, la joven sonrió una vez más. —También te agrada —dijo Ginger con tono juguetón. El muchacho abrió los ojos, y la joven vio la ardiente luz interior en los ojos verdes, que la miraban. Ahora en lugar de asustarla, hacía que sus sentidos se perdiesen en un remolino interminable. La boca de la muchacha se suavizó y sus ojos transmitían su deseo—. Devin, me agrada que me beses los senos —dijo la joven con timidez. Los ojos de Devin se abrieron aún más, y sus labios dibujaron una sonrisa. El muchacho se inclinó para besar en un sendero circular una de las rosadas cimas, y luego la tomó y acarició con el interior de su boca


hasta contraería y transformarla en una fruta madura. La joven sintió que sus senos se hinchaban y se tornaban tensos bajo tantas caricias. Cuando Devin hizo lo propio con el otro seno, la muchacha comenzó a acariciarle el cabello, el cuello y los poderosos músculos de los hombros. La respiración acelerada de la joven hizo que su pecho se irguiera y descendiera contra los labios de Devin. Ginger acercó aun más el rostro del joven y pudo oír su dificultosa respiración. Pero todo estaba bien. La muchacha se encontraba en una especie de delirio. Tímidamente la muchacha deslizó sus dedos por la firme columna del cuello de Devin hasta llegar al pecho. Una llama se encendió en los ojos de Devin, y sus labios sonrientes dibujaron una línea firme. La mano del joven descansó en sus bellos y Nº Páginas 94-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger plenos senos mientras se acercaba para besarla. No le llevó mucho tiempo a sus labios insistentes y sus manos expertas llevar a la muchacha a un punto culmen. El corazón de Ginger palpitaba a un ritmo incesante cuando los labios de Devin acariciaron con seducción las cimas rosadas una vez más mientras una mano se deslizaba por el delicado abdomen debajo de las sábanas. El muchacho acarició la piel suave en movimientos circulares


y luego su mano se dirigió a ese sitio íntimo que la muchacha anteriormente había tratado de ocultar. Ginger gimió cuando una ola de placer intenso invadió su cuerpo. Con otros ligeros y pequeños movimientos de los dedos de Devin la muchacha volvió a estremecerse. Entonces la respiración de la joven se tornó errática. —¡Ay! ¡Ay, Devin! —exclamó la muchacha sin aliento, tomando con firmeza los hombros de Devin. —¿Te sientes bien, querida? —preguntó el muchacho mientras mimaba la mejilla de la joven con su nariz recta. —Sí —respondió la joven aún sin aliento mientras una pulsación eléctrica la invadía una vez más, sumergiéndola en un mar de tensiones. —Hace años solías detenerme cuando hacía esto. —Me… sentía avergonzada —respondió la joven con respiración irregular—. Y… la sensación… me asustaba. —¿Te asusta ahora? —preguntó el joven con suavidad, sin detener el movimiento mágico de sus dedos. —Un poco —la muchacha se acercó al cuerpo del joven, rodeando con su delicado brazo el amplio torso como buscando protección. —¿Pero no tanto como para que desees que me detenga? —preguntó


el muchacho como si ya conociese la respuesta. —¡No! —La voz de Ginger fue un ruego. Devin sonrió entonces y besó a la joven, con suavidad al principio, y luego con mayor insistencia cuando su propia pasión comenzó a acrecentarse. La muchacha acarició el poderoso cuerpo con sus manos y arqueó la espalda para que sus suaves senos se encontraran unidos al pecho del joven. —¡Ginger! —dijo el muchacho con voz ronca, como si su propia resistencia a sus deseos se debilitara en forma radical, y su paciencia de pronto se desintegrara. Al percibir esto junto al cuerpo del muchacho, Ginger contuvo el aliento por un instante, y luego dijo casi en un susurro: —¿Me quieres… ahora? —¡Sí, querida, sí! Ginger pensó que Devin recostaría su cuerpo sobre el de ella como lo había hecho antes. Pero, en cambio, indicó a la joven que se volviera ligeramente y se alejara de él, luego acercó la delicada espalda contra su Nº Páginas 95-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger pecho firme de modo que la joven se encontró en parte en contacto con el


cuerpo de Devin y en parte sobre el pequeño lecho. La muchacha sintió que los muslos firmes se acercaban a la parte trasera de los suyos, luego el joven cambió ligeramente de posición a Ginger hasta que las piernas de ambos se entrelazaron. Entonces llegó el momento maravillosamente reconfortante en que se unieron por fin, en el que el íntimo sitio que la joven solía ocultar le daba la bienvenida, después de las maravillosas caricias dispensadas por su amado. Con alegría la muchacha oyó el gemido de placer de Devin cuando sus cuerpos se amoldaron. Los brazos firmes la estrecharon, y una mano le acariciaba los senos mientras la otra vagaba inquieta por las caderas. —¡Me siento tan bien contigo! —murmuró el joven con voz ronca. Las palabras de Devin llenaron a la muchacha de orgullo y confianza al saber que podía complacerlo. Luego el joven inició un movimiento circular, de sus muslos y caderas contra la muchacha. En un instante Ginger experimentó una sensación nueva y agradable. Los músculos en los muslos de la muchacha comenzaron a flexionarse al unísono con los de Devin, y al mismo tiempo se movía contra el joven en una deliciosa fricción hacia adentro y hacia afuera. Una parte de Ginger estaba un poco perpleja ante la sensación que le surcaba el cuerpo, mientras otra parte de su ser estaba inmersa en un placer total. Ginger pensó que podría


continuar así para siempre. —¿Devin? —Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de la muchacha al recostar su cabeza contra la de Devin sobre la almohada—. Me gusta esto —la joven suspiró. Ginger sintió que Devin reía entre dientes. —¿De veras? —No te rías de mí —dijo la muchacha simulando cierto enojo. —No lo hago, dulzura —Devin abrazó a la joven una vez más—. ¡Eres tan increíblemente adorable! Las cosas que dices, tu maravilloso cuerpo… ¡La suavidad de tu piel cuando te acaricio! Temo que no pueda controlarme por mucho más tiempo, querida. Ginger percibió el dolor en la voz de Devin y supo que el joven estaba preocupado por la realización de la muchacha. La joven iba a decirle a Devin que su satisfacción masculina era suficiente para ella. Pero una rápida ola erótica invadió el cuerpo de la muchacha y apartó esas palabras de su mente. Los dedos de Devin habían hallado una vez más aquel sitio pequeño y oculto entre sus delicadas piernas, produciéndole sensaciones incontrolables que le surcaron el cuerpo y la obligaron a acercarse al joven en una urgente necesidad por obtener más. También percibió dentro de su ser una creciente ansiedad por… por


algo. La muchacha sintió una tensión en su interior cuando ambos se unieron en un movimiento con ritmo paralelamente creciente. Nº Páginas 96-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger De inmediato todo se tornó imposible de contener. La joven sintió que se acercaba al borde de un acantilado impresionante. Temía pasar por encima de él. Deseaba esperar, intentar controlar sus impulsos y sensaciones. El incontrolable frenesí que sentía era desconocido, insoportable y atemorizante. La mano de Ginger tomó la muñeca del joven. —Devin… —La muchacha no sabía qué decir. Su voz era trémula. El tono bajo y masculino de Devin le susurraba al oído de la muchacha: —Todo está bien. Tranquilízate. Deja que todo suceda. —Tengo miedo. Devin hizo silencio durante unos instantes mientras sus movimientos eran más lentos. —¿Quieres que me detenga? —Había un dejo de dolor en su voz. El joven apenas se movía contra el cuerpo de la muchacha ahora.


Cada célula dentro de su cuerpo inexperto sentía la intensa pérdida de esa energía masculina. El cuerpo de Ginger clamaba por los deseos. —¡No! ¡No! Por favor… Ohhh… —Ginger se sintió maravillosamente aliviada cuando Devin reanudó sus movimientos. Pero la joven sintió esa presión torturante que parecía encerrarla en una tensión insoportable, de la que no podía escapar ni soltarse. La muchacha se tomó del borde de la cama, luego tomó con firmeza el brazo de Devin, respiración entrecortada de Ginger se transformó en ligeros sollozos. —Querida, trata de calmarte. No luches. No temas. —Ay, Devin —dijo la muchacha gimiendo, y comenzando a llorar con agonizante frustración. Pero el nombre del joven en sus labios fue ahogado por un repentino y violento ruido, como si el tren fuera golpeado por un tremendo terremoto, pues las paredes metálicas del compartimento vibraron y la cama se sacudió. El rugido penetró los sentidos de ambos, estremeciendo sus cuerpos. Todo pensamiento se detuvo mientras yacían unidos. Ginger sintió como si algo los estuviese barriendo para luego huir. —Es otro tren que pasó. Todo está bien —dijo Devin, descansando sobre el cuerpo de la muchacha después de la conmoción causada por el repentino ruido. Luego el cuerpo masculino comenzó a sacudirse pero esta


vez de risa—. ¡Vaya momento para pasar! —dijo el joven, con una voz que parecía ahogarse en el continuo estrépito. El rítmico rugir que provenía del exterior parecía suspender el tiempo cuando el prolongado tren continuó pasando. La fuerte vibración unida a la tensión ya extremadamente alta de la muchacha, la llevó al borde de la histeria. Ginger no sabía si reír o llorar. —Bueno, esto no debe echar a perder nuestra concentración, querida —dijo Devin, acariciando la piel de la joven debajo de sus senos—. Sólo porque la cama se sacuda… Nº Páginas 97-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger De pronto toda la situación parecía algo risueña y fuera de lo común. La histeria de la joven dio lugar a una carcajada. Mientras Ginger reía con Devin, la muchacha se dio cuenta de que nunca había apreciado el buen humor del joven antes en su vida. Devin, divertido aún, besó a la muchacha en la mejilla. Luego inició los sensuales movimientos una vez más. Las caderas y los muslos llevaron a ambos a esa etapa erótica que habían abandonado unos minutos antes. Las manos y los dedos expertos una vez más lograron su hechizo al acariciar los suaves senos y tensas cimas rosadas y aquel sitio vulnerable


y húmedo como la miel, entre sus delicados muslos, que ahora, después de un breve respiro era ultrasensible al roce masculino. Afuera, el estrepitoso tren continuó su camino. La vibración alta e intensa parecía formar parte del cuerpo de la muchacha, llevándola sin cesar hacia adelante sin posibilidad de echarse atrás. Para sorpresa de Ginger, ese firme cerrojo dentro de su ser parecía ahora haberse desvanecido, como si su risa lo hubiese hecho añicos y finalmente dispersado. Ginger cerró los ojos. La estructura recia de Devin continuaba sus movimientos contra el delicado cuerpo, y sus expertas manos realizaban una tarea sensual como una magia ardiente. La muchacha sintió que daba un salto hacia adelante. Sí… ascendía. ¡Como un tren subiendo una empinada cuesta… sí! Tan empinada…. tan maravillosamente alta. ¡Ay, sí! ¡Sí! De inmediato, Ginger supo que había llegado a la cima. La profunda tensión debajo de su abdomen de pronto se desvaneció. Entonces supo en su alma que la bendita liberación tendría lugar. Estaba sólo a un instante de alcanzarla, un hermoso y breve instante… muy cerca… La cabeza de la muchacha cayó sobre el hombro de Devin cuando instintivamente arqueó la espalda y el cuello. La joven respiraba en


sonidos entrecortados y agudos, en contraste con los murmullos bajos y firmes de Devin. Sus cuerpos se unieron juntos con total tensión. Y luego sucedió: una violenta explosión interna que sacudió el cuerpo y el espíritu de la muchacha. La joven sintió que su sangre se cargaba de pequeñas estrellas que fluían como si proviniesen de un volcán. Ginger lanzó un grito, hallando el éxtasis, disfrutando de la culminación trato como de la satisfacción del deseo de Devin. Cuando todo llegó a su fin, Ginger permaneció junto al joven, y sus delicados miembros parecían fuerzas contra la estructura firme que también descansaba después de la afanosa empresa. Una capa de delicado rocío cubría la piel de la muchacha. Todo había terminado. Ginger había alcanzado el borde del acantilado, y Devin le había brindado la capacidad de volar. Qué curioso y maravilloso que al dar al joven tanto placer, él lo hubiese devuelto y al mismo tiempo le hubiese dado a ella el regalo más preciado: una sensación de total libertad que ella sabía, siempre había deseado. Nº Páginas 98-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Las preocupaciones de la muchacha parecieron alejarse de ella definitivamente. Afuera el tren había pasado, y Ginger no sabía cuándo.


Pero al mismo tiempo sintió que su yo anterior se había marchado para siempre con ese tren. Este nuevo yo libre, permanecería debajo de las cálidas cobijas con Devin, y allí la joven sería feliz para siempre. «Qué hermosa, vivaz y contenta se ve Ginger», pensó Devin con una sonrisa mientras daba Un vistazo a la encantadora rubia que se encontraba junto a él. La joven estaba sentada junto a la ventana, ocupando ambos un lado de la mesa del desayuno. Esa mañana se habían despertado abrazados. Si él pudiese despertar cada mañana de esa manera, su vida sería como el paraíso. Pero no era necesario desearlo. Devin estaba seguro de que pronto sería así. —Devin —dijo la muchacha, volviéndose de pronto hacia el joven, con un nuevo resplandor en sus ojos castaño claro— el sol está radiante esta mañana, ¿no es así? —Había entusiasmo en su voz como si el sol hubiera salido sólo para ellos. Devin le sonrió. —Es un hermoso día. Los ojos de Ginger miraron cada rasgo en el rostro de Devin con detenimiento, sin el más ligero indicio travieso en la mirada. El joven la observó con curiosidad. ¿En qué estaría pensando?


—¿Sabes a quién te pareces? —preguntó Ginger. La voz de la joven era dulce como la miel. —¿A quién? ¡No me das siquiera una ayuda! —dijo el muchacho, divertido por la extraña pregunta de la joven. —A Clark Kent… todo prolijidad y buenas maneras. Y anoche te convertiste en Superman. Devin se sonrojó. Con nerviosismo se acomodó las gafas y miró rápidamente la mesa que tenían atrás, esperando que nadie hubiese oído a la joven. Cuando volvió a mirar a Ginger, la muchacha lo observaba con una inmensa sonrisa, disfrutando por completo de la pérdida de compostura de su querido acompañante. —Ahora, comportémonos como es debido —le pidió Devin a la joven con voz calma. —¡Eso no es divertido! —respondió la muchacha—. ¿Qué hubiera sucedido anoche si nos hubiésemos «comportado»? ¡Lo que hubiésemos perdido! —Una tenue llama de sensualidad iluminó el rostro de la joven—. ¿Quieres saber lo que quiero hacer cuando regresemos al compartimento? —preguntó Ginger a Devin en un provocativo susurro. Nº Páginas 99-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger


—No, no quiero saberlo. Ten, come una tostada —dijo el muchacho observando que el camarero las había colocado sobre la mesa. Devin tomó una de la fuente. Ginger rió suavemente, con un sonido semejante a una campanilla en los oídos del joven. Cuando Devin se inclinó para colocar la tostada en el plato de Ginger, la muchacha lo besó en la mejilla. El roce suave y duradero de la delicada boca encendió a Devin como una chispa que se obligó a ignorar. El joven sintió una renovada llama de calor en su rostro y agradeció que el camarero no hubiese hecho sentar a nadie en la mesa frente a ellos todavía. Ginger observó el sonrojo de Devin. —No sabes qué hacer conmigo ¿verdad? —dijo la muchacha, evidentemente orgullosa de sí misma. —¡No! ¿Quién te dio cuerda esta mañana? —¡Tú… unas horas antes del amanecer! Devin cerró los ojos. Había caído en la trampa de Ginger. El tono dulce y acariciante en la voz de la joven causaba cierto efecto en el muchacho. ¡Ginger era ciertamente avasallante! El muchacho abrió los ojos y comenzó a colocar mantequilla en una tostada para la joven. ¿Por qué razón no podía distraer a la muchacha ahora? El joven deseaba que el


camarero llegara con el resto del desayuno. —¿Devin? —La voz de la muchacha parecía ahora un secreto susurro. A propósito, Devin no respondió, pero eso no pareció detener a la muchacha—. ¿Crees que alguien nos oyó anoche, después del paso del tren? El joven devolvió la mirada a la muchacha y dio un profundo suspiro. —No lo sé. ¡Pero si continúas hablando, todo el mundo sabrá exactamente de quién se trataba si oyeron algo! Media hora más tarde la pareja se encontraba de nuevo en el compartimento. —Ginger —dijo Devin, alejándola un poco de él. La muchacha besaba con pasión el cuello del joven, mientras sus dedos debajo de la camisa acariciaban con suavidad el pecho recio. Devin no podía resistirlo más—. Ginger, aún tenemos algo que conversar. ¿Cuándo vamos a casarnos? Deberíamos comenzar a hacer planes. Una expresión perpleja invadió el rostro de la muchacha. Devin notó que Ginger hizo un esfuerzo inmediato por ocultarla. —Sólo… me acostumbré a la primera etapa, Devin —dijo la muchacha con tono divertido—. ¿No…no podemos… esperar un poco antes de ir a la segunda etapa?


Devin consideró extraña la reacción de la joven. El muchacho no creía que volver a casarse con él sería algo fabuloso para ella en este momento de su vida, especialmente después de la noche anterior. Pero era probable Nº Páginas 100-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger que Ginger tuviese razón. Tal vez presionarla para que se casaran era demasiado a tan poco tiempo de reanudada la relación. —De acuerdo, esperaremos. ¡Pero no demasiado! —dijo el joven, sacudiendo ligeramente a la muchacha. Una luz penetró los ojos castaños de Ginger ante la gentil rudeza de Devin. Los delicados brazos llegaron al cuello del joven una vez más y ambos se sumergieron en un apasionado beso. Marla miró a Ginger con curiosidad cuando ambas estaban sentadas en el sitio de siempre a la hora de almorzar. Era lunes. —¡Te ves absolutamente fantástica, Ginger! Supongo que tu fin de semana con Devin fue mejor de lo que esperabas —Ginger le había contado a su amiga los terribles acontecimientos del viaje al lago Louise durante el almuerzo un día de la semana anterior. —¡Fue maravilloso! —dijo Ginger con suavidad, diciendo la última palabra con más lentitud.


Marla parecía un tanto incómoda. —Bueno ¿vas a contármelo? —La muchacha parecía en realidad no querer saber demasiado. Ginger, plena de felicidad, estaba inquieta por compartirla con alguien. —Tuvimos que superar una serie de escollos, por supuesto —dijo la muchacha con una sonrisa—. Pero los solucionamos… ¡en la litera superior del tren que nos trajo de regreso! —Ginger terminó la frase con una risita vergonzosa aunque satisfecha. —Comprendo —dijo Marla bajando la mirada, moviéndose inquieta en el asiento. Luego sonrió—. Bueno, ¿fue mejor que tu noche de bodas? —Ay, Marla, nunca hubiese soñado que Devin pudiese comportarse de la manera en que lo hizo. Fue tan dulce y tierno… y al mismo tiempo… tú sabes, recio y fuerte. Ginger regresó de su particular mundo, y sus ojos se enfocaron en la mujer morena que le encontraba del otro lado de la mesa. Marla se veía extraña, como si estuviese algo confundida. —¿Sucede algo malo, Marla? ¿No te sientes bien? Los ojos de la joven morena miraban serios. Luego la muchacha se rió entre dientes.


—Estoy bien… ¡sólo verde de envidia, eso es todo! ¡No tienes que contarme todos los detalles, Ginger! Las mejillas de la joven se sonrojaron. —Bueno, háblame de Jack. Nº Páginas 101-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Marla sonrió con lástima. —No es así con él. Bueno, no me tomes en serio. Es sólo que siempre albergué una… ligera esperanza de que Devin se diera por vencido contigo y reparara en mí. Me sentía muy atraída hacia él y curiosa por saber lo que había debajo de esa actitud amable. No te sorprendas, Ginger. ¡Te lo advertí! Es por eso que me sentía incómoda contigo hace un rato. Insistías tanto con que ya no querías saber nada de él, que hice lo que pude sin ser demasiado obvia para tratar de atraerlo hacia mí. Más tarde diste señas de estar celosa, entonces decidí no continuar con mi actitud. Para cuando Devin estaba en el hospital con una úlcera que tú le habías ocasionado, decidí que de todos modos no serviría de nada persistir en mi actitud. Estaba tan enamorado de ti que en realidad nunca reparó en mí —Marla hizo una pausa para reírse—. ¡Apuesto a que ni siquiera podría describirme! Entonces, Ginger… espero que no te moleste


mi sinceridad, pero una parte de mí desea haber compartido lo que tú… — Marla rió otra vez— ese glorioso fin de semana con él, en tu lugar. Pero me alegro por ti, sinceramente. Siempre pensé que ustedes deberían estar juntos ¿lo recuerdas? Ginger asintió. —Lo recuerdo. La muchacha sabía que Devin le pertenecía, de todos modos. Sus ojos aún mostraban confusión. —Pero cuéntame algo de Jack. Marla miró hacia un lado. —Sí, bueno… ése es otro aspecto a considerar, otra razón por la que me di por vencida con Devin. Jack… —La joven morena rió un poco y sacudió la cabeza, como si algo fuese perfectamente ridículo—. Jack desea casarse conmigo. Ginger miró a Marla con repentina comprensión. —Y tú no lo deseas. —No lo sé. Yo… él… es tan… ¡Mírame a mi tartamudeando! No lo sé, Ginger, él me causa cierto efecto. Me persigue. De hecho, se ha comportado un poco como Devin yendo atrás de ti. Siempre está allí, cada vez que me vuelvo. ¡Me estoy tornando claustrofóbica! ¡Pensé que a esta


altura ya me habría librado de él! Pero no lo he hecho, y eso es lo que me sorprende. Ginger sonrió entusiasmada. —¡Tal vez estés enamorada, Marla! —¿Quién, yo? —dijo la joven morena con altanería. Pero Ginger notó un sonrojo en su rostro. —Yo pensé que ya no amaba a Devin, pero sí lo amo. Sólo comencé a darme cuenta hace unas pocas semanas. Podría suceder lo mismo contigo. Nº Páginas 102-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Marla sonrió con ironía. —¡Eso sería una sorpresa! ¿Y qué hay de ti? Supongo que tú y Devin volverán a casarse. La expresión confiada de Ginger cambió y se tornó más seria. Luego se humedeció los labios. —Él quiere hacerlo. Pero creo que no aceptaré. Marla estaba algo alarmada. —¿Por qué? —No veo por qué tengamos que hacerlo. Estuve casada con él una


vez; el matrimonio no nos mantuvo juntos. Después de estar sola durante todos estos años, no sé si deseo estar casada. Tú te has sentido feliz manteniendo una relación amorosa con Jack, ¿no es así? —Pero Ginger —dijo Marla con inquietud—, yo soy diferente. —¿En qué? —Bueno… jamás imaginé que pudieses tener una relación amorosa a largo plazo con un hombre. Lo que quiero decir es que… bueno, eras virgen cuando te casaste, sólo te has involucrado profundamente con un hombre en tú vida, y aun así te aseguraste de que todavía estabas enamorada de él antes de hacer el amor otra vez. Has conducido tu vida con mayor reserva que yo. —Aprendí hace mucho tiempo que nada posee lazos ni es permanente, Marla. ¿Recuerdas la conversación que tuvimos una vez… sobre las mujeres que llevaban una vida mejor estando solas? Estuviste de acuerdo conmigo. Sólo porque ame a Devin no significa que deba olvidar las lecciones que la experiencia me ha enseñado. Marla miró a Ginger con preocupación. —Dudo que Devin esté feliz si piensas así. ¿Se lo has dicho ya? Ginger bajó la mirada. —No.


—¿No crees que deberías hacerlo? El labio inferior de Ginger tembló ligeramente. —Supongo que se acostumbrará a la idea con el paso del tiempo. Ambos tenemos nuestras actividades. Podemos vernos cuando queramos, y pasar juntos los fines de semana en la casa. Nos tenemos el uno al otro para amar, y hacer el amor. Es todo lo que deseo, y no sé qué más pueda desear Devin. Una licencia de matrimonio es sólo eso, un pedazo de papel. Nº Páginas 103-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Capítulo 9 Sentado en su sillón, Devin se veía inquieto. Deseaba poder ver a Ginger esa noche pero tenía que cenar con un cliente en Seattle, y terminaría muy tarde como para ir hasta la isla Whidbey. La joven no quería que Devin fuese a su apartamento en el ático; la señora Poole podría no entender las circunstancias. Si estuviesen casados, él podría verla esta noche y cada noche. Hasta podría haber cenado con él y su cliente. De pronto una extraña sensación se apoderó de Devin. Una luz pareció encenderse en su mente. Se daba cuenta, después de todo este tiempo, de lo que en realidad sucedía. ¡Y él había permitido que


sucediera! Ginger nunca le permitía tiempo suficiente para pensar de modo racional. Cada vez que el joven mencionaba el tema de su unión matrimonial, la muchacha daba respuestas evasivas, y luego lo hacía olvidar el tema con sus caricias. ¿Por qué? Realmente Devin no deseaba considerar las razones. ¡Ella se casaría con él! Otro pensamiento invadió la mente del joven. La semana anterior, cuando el muchacho vio a Marla, ella le había preguntado si era feliz con Ginger. Devin no había pensado en esa pregunta entonces, pero quizás Marla podía ver con más claridad que él lo que ocurría. Ahora podía tomar conciencia de eso: Marla sabía que Ginger jugaba con él una especie de peligroso juego. Devin llegaría al fondo de la cuestión. Al día siguiente por la noche se encontraría con Ginger. Y las cosas serían diferentes. En la isla de Whidbey; Ginger se encontraba hablando por teléfono con Val. —La razón por la que llamé es que se acerca el cumpleaños de Brian, sabes. Cumplirá cinco. Celebraremos la habitual fiesta familiar para él el jueves por la noche. Vendrás ¿no es así? —¡Ay… por supuesto! —Ginger se veía perturbada. Realmente no tenía deseos de ir, pero no podía decepcionar a su sobrinito. Bueno, lo


sobrellevaría de alguna manera. Sólo evitaría cualquier pregunta con respecto a Devin. —¡Bien! Brian se alegrará mucho. Los niños te han extrañado. ¿Has visto a Devin? Las manos de Ginger comenzaron a temblar. —Sí… algunas veces. —¿Para cenar? Nº Páginas 104-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger —Sí —la joven respondió con demasiada rapidez y entusiasmo. Sonaba como una mentira aún en su propio oído. Val permaneció en silencio por un instante. —Es más que eso ¿no es verdad? Ginger vaciló mientras se tornaba inflexible. —Lo que hay entre Devin y yo no es algo que te concierne, Val — respondió la muchacha con tranquilidad y firmeza. —¡No quiero entrometerme, pero soy tu hermana! ¡Soy la que te llevó al hospital para que te lavasen el estómago cuando tomaste esas pastillas para dormir a causa de él! Me preocupas y quiero asegurarme de que seas feliz.


—No tomé tantas pastillas —dijo Ginger, sin deseos de recordar el episodio. —Lo sé, pero apuesto a que lo pensaste. Ginger, ¿acaso él es la razón por la que nunca vienes a visitarnos? Ginger se humedeció los labios. Deseaba poder mentir con más habilidad; ahora se veía forzada a decir la verdad. —Sí. —¿Es serio? —¿Qué es lo que deseas saber, Val? ¿Si dormimos juntos o no? Hubo un silencio. —Creo que lo sé —la voz de Valerie mostró un tono condescendiente —. De otro modo no te alejarías tanto de nosotros, ni siquiera una llamada telefónica durante el último mes. Las lágrimas invadieron los ojos de Ginger. No sabía qué decir. —¿Lo amas tanto? —preguntó Val con delicadeza. —Sí. —¿Vas a casarte con él otra vez? Ginger trató de contener las lágrimas y dijo con voz más controlada: —No. Tengo intenciones de permanecer soltera. —¿No? ¿Vas a mantener una relación a largo plazo con él?


—Muchas personas lo hacen hoy en día. —No en Coupeville. —¡No vivo ya en Coupeville! Es mi vida, Val. No necesito la aprobación de nadie para lo que decida hacer. —Sí, lo sé —dijo Val suspirando—. Supongo que lo amas tanto que aceptarás lo que él esté dispuesto a darte. Sólo deseo que las cosas fuesen diferentes. ¿Estarás bien? Nº Páginas 105-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger —Estoy perfectamente bien —le aseguró la muchacha a su hermana, sin molestarse en mencionar que Devin insistía en el matrimonio—. Devin es en realidad muy tierno y dulce. —Bueno, trataré de evitar que mamá se entere de esto. Puede que sea difícil. Sabes cómo hace preguntas. —Igual que tú —dijo Ginger. Era la media tarde del martes, al día siguiente, cuando Ginger deseaba ansiosamente que el tiempo pasase con más rapidez para que Devin llegara y pudiesen irse a la casa. La joven no lo había visto desde el fin de semana y ansiaba sentir el roce de su piel. Lo necesitaba tanto… ¡Cómo había cambiado su vida desde que se convirtieron en


amantes! En lugar de que un día fuese igual al otro, ahora su vida estaba dividida entre los días comunes y aquellos en los que veía al joven. Siempre había algo que esperar, su vida tenía un nuevo significado. También Ginger había cambiado de otras maneras. Había perdido algo de peso y había entonado sus músculos con la gimnasia. Devin le había enseñado la manera adecuada de hacer ejercicios. Sentía que tenía más energía, y se veía mejor. En lugar de haraganear en la tienda, la muchacha empleaba el tiempo de modo más eficiente. El lugar nunca había estado tan organizado y arreglado. Y todo a causa de Devin. La joven adoraba complacerlo. Quería que el muchacho continuara deseándola de la manera en que lo hacía. Era cuando Ginger estaba en los brazos de ese hombre cuando se sentía más vibrante y viva… en sus brazos, en la cama que compartían en la casa. La muchacha oyó pasos en la puerta entonces y se volvió para dar la bienvenida a su cliente. Y allí vio la corpulenta figura de su madre, entrando, con expresión estupefacta, seguida de Val, cuyo rostro reflejaba a cada segundo sus disculpas. —Mamá me preguntó si había conversado contigo acerca de la fiesta de Brian y… Ginger asintió con seriedad, comprendiendo de inmediato que Val no


había podido guardar su secreto. —Ella insistió en que viniésemos a Langley en mi automóvil para verte —agregó la hermana de la muchacha con voz sumisa y apagada. —¡Pensé que sería mejor hablarte y devolverte el sentido común antes que el resto de la familia te vea! ¡Tener relaciones vergonzosas con ese hombre! ¿Has perdido la noción de las cosas, Virginia? ¡No puedo creerlo! No me explico cómo puedes comportarte de la manera en que lo haces. ¿Acaso no te he criado de la manera apropiada? —La voz de Martha Cowan parecía ahogarse por la emoción. Ginger trató de permanecer calma. —Vayamos a mi oficina. No deseo que mis clientes entren y se encuentren con esto —dijo la muchacha disgustada. Nº Páginas 106-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Cuando las tres se encontraban ya en el pequeño cuarto trasero, Ginger cerró la puerta, dejándola un poco entreabierta para poder oír a algún cliente que pudiese entrar al salón principal. La muchacha se sentó detrás de su escritorio. —Mira, mamá, voy a cumplir veintinueve años en unas semanas. ¡Y no necesito tu permiso para tomar decisiones, y de eso hace mucho


tiempo! ¡Si tengo una relación con alguien, cualquiera, aun Devin… lo haré! —¡No puedo imaginar qué tienes en la cabeza! Es bastante ya que te comportes como una vulgar prostituta… ¿pero por qué con él? —Martha temblaba ahora enojada y envuelta en lágrimas de tristeza al mismo tiempo. El rostro de Ginger se sonrojó ante la expresión que su madre había utilizado. —¡Cómo te atreves a hablarme de ese modo! No es así como son las cosas. Lo amo y él me ama. ¡No hay nada bajo en nuestra relación! —¡Si él te amase se casaría contigo, tonta niña! —exclamó la señora Cowan, señalando a su hija con un dedo en alto. Ginger estaba perpleja. —¡Pensé que lo último que desearías sería verme casada con él otra vez! —¡Si piensas continuar durmiendo con él, prefiero verte adecuadamente casada! Por supuesto que él no es el hombre que yo elegiría. Pero de todos modos no me escucharías. ¡Ya que has decidido involucrarte sentimentalmente con él otra vez, y correr el riesgo de que vuelva a arruinarte la vida, podrías utilizar por una vez tu sentido común!


Si esta «relación» como tú tan bellamente la llamas, fuese legal, por lo menos te protegerías un poco. Tendrías algunos derechos bajo la ley. ¿Acaso no te das cuenta de que te está usando? —¡Lo único quizás que en realidad te preocupa, madre, es lo que tus vecinos pensarán si se enteran! Puedo cuidar de mí misma. Sucede que creo que una mujer está mejor siendo soltera. Devin y yo nos amamos profundamente pero sucede que no queremos casarnos. Y simplemente tendrás que aceptar… Una voz en tono bajo interrumpió a la joven. —¿Qué quieres decir con eso de que no deseamos casarnos? Ginger se puso pálida al mirar los ojos serios de Devin del otro lado del cuarto, de pie en la entrada con la puerta entreabierta. El muchacho entró y cerró la puerta. —Lamento interrumpir esta agradable reunión familiar, pero ya que estoy aquí, bien podría unirme a la conversación, ya que me concierne, también —dijo el joven, mirando detenidamente a Ginger. Nº Páginas 107-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Los ojos de la joven bajaron la mirada. Si no hubiese estado tan distraída podría haber oído entrar a Devin. Ya había sido particularmente


difícil evitar el tema del casamiento con él. Ginger no deseaba enfrentarse con Devin sobre el mismo punto; la joven insistía en esperar que el muchacho se olvidara de la idea una vez que sus vidas estuviesen reacomodadas, pero no lo había hecho. Y ahora Devin la había descubierto mintiendo acerca del tema. La voz de Devin hizo que sus ojos volvieran a la realidad. La muchacha lo encontró dirigiéndose a su hermana Valerie. —Hola, Val. Me alegra verte de nuevo —dijo el joven con sonrisa cordial pero que insinuaba cierta tensión. —No has cambiado mucho —dijo la muchacha con delicadeza. Sus ojos se dirigieron entonces a los de su hermana Ginger, con una extraña luz en sus ojos, como si comenzara a comprender o quizás recordar, la razón por la que Ginger estaba tan profundamente unida a este hombre. —Sí y no —respondió Devin con una pequeña y enigmática sonrisa. Sus ojos color verde claro se concentraron en el rostro preocupado de Martha. Ginger notó que había lágrimas en los ojos de su madre y que apartó la mirada cuando el muchacho la miró a los ojos. Era como si esta mujer tuviese problemas en enfrentarlo. Por una vez, la señora Cowan enmudeció. —Sucede que estoy de acuerdo con usted, señora Cowan —dijo Devin


con su modo suave y encantador—. Lo siento, pero oí buena parte de lo que se dijo. Creo que está en lo cierto… ¡ella debería casarse conmigo! Era lo que yo deseaba en un principio. De hecho, he tratado en repetidas oportunidades de hacer que Ginger ponga una fecha durante el último mes. ¡Pero ella siempre… cambia de tema! —Devin miró a Ginger como reprendiéndola—. Es curioso que ella no les haya hablado de esta cuestión. Ginger abrió la boca pero no halló nada que decir. Su delgado cuello pareció encenderse en llamas. La joven sentía como si la obligasen a pararse en un rincón como una niña. Había mentido, y Devin tenía intenciones de castigarla. La sensación de estar repentinamente alejada del joven hizo que deseara echarse a llorar. Mientras Ginger observaba de mal humor la parte superior de su escritorio, Martha recuperó el habla. —¿Y bien, Virginia? —La voz temblorosa de la mujer exigía una explicación. —Esto es algo entre Devin y yo —dijo la muchacha con tono beligerante, sin alzar la mirada. —Tiene razón —dijo Val con calma—. Debemos marcharnos, madre. Vamos —Valerie tomó el brazo de su madre, y la instó a dirigirse hacia la


puerta. Devin se hizo a un lado. Cuando pasaron junto al joven, Martha Cowan hizo algo por completo inesperado: acercándose, colocó su mano Nº Páginas 108-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger sobre la manga de Devin y apretó el brazo del muchacho. Sin decir nada, sin siquiera mirarlo, se alejó caminando detrás de Val. Ginger observó la escena y se sintió traicionada. —Realmente, te ama, ¿sabes? —le dijo la muchacha a Devin con suavidad cuando las mujeres se habían marchado—. Ella siempre decía que eras como un hijo para ella. Por eso se sintió tan amargada cuando… —Y tenía razones para hacerlo —respondió Devin. El joven se acercó al escritorio de Ginger y la miró—. Ahora bien: ¿Qué quisiste decir con que nosotros no queremos casarnos? —Yo… no creí necesario contarles todo acerca de nosotros. —Eso no contesta a mi pregunta. Sabes que quiero casarme contigo. Y tú nunca me has dicho que no deseas lo mismo. Ginger se mordió los labios. No tenía muchas explicaciones para dar. La muchacha podía percibir el enojo que aumentaba en la voz del joven. —Hagámoslo simple. ¿Piensas casarte conmigo? Ginger se llevó los dedos temblorosos a la frente.


—Por favor, hablemos de eso más tarde. Ver a mi madre siempre me afecta. Va-vamos a la casa, ¿sí? —Ginger levantó la mirada para enfrentar los ojos de Devin, como si fuese una niñita—. Me sentiré mejor cuando estemos solos allí. Devin miró detenidamente a Ginger. —Has contestado a mi pregunta. ¡Toda esta actitud evasiva significa que no quieres casarte conmigo! Ginger se puso de pie y corrió hacia el joven. Lo tomó de las solapas y dijo: —No me malinterpretes, Devin. ¡Te amo… más que a nada en el mundo! No podría vivir sin ti. ¡Te amo con desesperación! —¿Entonces por qué no te casas conmigo? —le preguntó el muchacho sin hacer un solo movimiento. La muchacha miró a Devin como rogándole. —Devin, ahora tenemos todo lo que tendríamos si estuviésemos casados. Yo… me he acostumbrado a mi vida de soltera. No sabría ya cómo ser una esposa y ama de casa. Me gustan las cosas como son ahora. No veo qué tiene de malo eso. Devin apartó la mirada de la joven. La muchacha podía ver que el joven estaba profundamente perturbado, y eso la lastimaba. Devin tomó


las manos de Ginger y lentamente las alejó de su chaqueta. Con voz profunda dijo: —De acuerdo, busquemos algún sitio para cenar, y luego nos iremos a la casa. Hablaremos allí luego. Nº Páginas 109-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Cuando por fin llegaron a la casa, entraron y Devin encendió las luces. Entró a la sala y miró pensativamente a su alrededor. —¿Devin? —dijo la muchacha siguiendo los pasos del joven. Ginger lo tomó del brazo. —Mira este lugar —dijo el muchacho—. No se ve muy diferente a la primera vez que lo vi. Tiene un par de sillas plegadizas y una chimenea que apenas se ha usado, pero eso es todo. Pensé que para este entonces éste sería nuestro hogar, que viviríamos aquí juntos. —Es… es como nuestro hogar. Devin miró a la joven con sarcasmo. —No sé cuál es tu idea de un hogar, pero siempre pensé que significaba un sitio cómodo, con muebles, al que uno regresa todas las noches. ¡Esto sólo es un sitio vacío para citas! —Po-podemos comprar muebles, Devin. Estuve demasiado ocupada


para… —Pensaste que si comprásemos muebles, sólo habría un solo paso a tomar, y no querías acercarte tanto al matrimonio. No sé por qué no me di cuenta antes. Tu conducta durante el último mes ahora me es sorprendentemente clara. Ginger rodeó con sus brazos la cintura del joven y recostó su cabeza sobre el firme hombro. —Lo haces parecer como si te hubiese estado engañando. Y no lo hice. Sólo… —¡Sólo que nunca has sido lo suficientemente directa conmigo como para decirme que no deseas casarte! ¿Por qué? —Temí que te enojases —dijo la muchacha con tono bajo y ahogado. —¡Enojado o no, es algo que deberíamos haber discutido! —Temía perderte —respondió la muchacha en un susurro desesperado. Las lágrimas rozaron las mejillas de la joven. Ginger miró a Devin con ojos llorosos—. Te amo tanto… El rostro de Devin se tranquilizó. —Entonces no veo por qué no puedes casarte conmigo. No espero que juegues el papel del ama de casa perfecta ni nada por el estilo. Puedes continuar siendo la misma mujer de siempre, en tu tienda de


antigüedades. Pero podríamos vivir juntos, vernos cada día, regresar a la noche para estar juntos otra vez… —Yo… podría vivir contigo aquí. El rostro de Devin se encendió por una fracción de segundo, y luego sus ojos se pusieron serios. —¿Quieres decir vivir juntos sin estar casados? ¡No, Ginger! Quiero una esposa, no una amante. Deseo algo permanente y estable dentro de una relación legal. Cuando te lleve a las reuniones con mis clientes quiero Nº Páginas 110-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger presentarte a ellos, pero no como mi dama o mi compañera o cualquier eufemismo que suela utilizarse actualmente. ¡Maldición, quiero decir que eres mi esposa! Una vez más, Ginger carecía de respuestas. —¿Por qué le dijiste a tu madre que crees que una mujer está mejor permaneciendo soltera? Yo lo he estado durante todos estos años y no veo nada maravilloso en eso. ¿Le temes al compromiso? No hubo repuesta alguna. Ginger sentía que no podía pensar. La expresión dubitativa de Devin cambió. —¿O… temes confiar en mí? ¿Temes acaso que te sea infiel otra vez?


Te prometo Ginger… Ginger levantó la cabeza. —¡No! —respondió la joven de inmediato, sin dejar que Devin terminara la frase. Ella no quería que el muchacho pensara eso—. No, creo en ti, Devin. Tal vez sea porque… cuando éramos jóvenes todo estaba bien entre nosotros hasta que llegamos a la etapa del casamiento. Luego todo se fue por la borda. Todo ha marchado bien entre nosotros ahora… entonces ¿por qué razón debemos correr riesgos? Tal vez el casamiento no es lo adecuado para nosotros. —¿Qué clase de lógica extraña es ésa? —preguntó el muchacho con impaciencia efervescente—. ¡Además no todo marcha bien entre nosotros! —Porque estamos hablando de matrimonio. Devin, no veo por qué razón tenemos que precipitar las cosas. No hace tanto tiempo que mantenemos esta nueva relación. Hay muchísimo tiempo por delante para casarnos… si… si deseamos hacerlo. ¿No deberíamos ambos estar seguros? Devin suspiró lenta y tranquilamente. —Supongo que sí —murmuró el joven de mala gana. Ginger se tranquilizó un poco. ¡Había ganado! Una sonrisa invadió los ojos de la muchacha, y acarició con sus manos el chaleco del traje de


Devin. —Olvidémonos de eso ahora, querido. Tenemos otras cosas que hacer. Los ojos de Devin parecieron clavarse en los de Ginger con resentimiento. —¿Hacer el amor? —dijo el muchacho con voz teñida de sarcasmo. —¿A-acaso no lo deseas? —¡Es todo lo que deseas hacer! ¿No existe una expresión que dice que hay algo más en el amor que hacer el amor? Ginger dio un paso atrás alejándose de Devin. Una vez más su expresión reflejaba que estaba al borde del llanto. Nº Páginas 111-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger —Yo… yo pensé que tú lo disfrutabas… —¡Por supuesto que sí! Pero te comportas como si ésa fuese la única razón por la que estamos juntos. ¡A veces pareces no pensar en otra cosa! Ginger llevó las manos a su rostro y se alejó de Devin. Las palabras del muchacho la habían lastimado profundamente. ¡Todo lo que ella deseaba era complacerlo y ahora él la ponía en ridículo! ¿Cómo se suponía que debía comportarse? ¿Qué era lo que él deseaba?


—No llores —dijo el muchacho molesto—. Siempre te pones mal. —Lamento convertirme en tanta molestia para ti —dijo la joven con herido enojo, y voz ahogada por la emoción—. ¡Si no deseas estar conmigo, entonces déjame sola! —La muchacha se volvió y subió aprisa las escaleras buscando refugio en el dormitorio. La joven se hallaba boca abajo sobre el lecho, sollozando, cuando oyó una voz y sintió que el colchón se hundía cuando Devin se inclinó sobre ella. —Lo siento, Ginger. No debería haber dicho esas cosas —la muchacha sintió una mano delicada que le acariciaba el cabello, y luego descendía: para hacer lo mismo con su hombro—. No llores. Te amo y quiero estar contigo. Los sollozos desaparecieron por fin. Ginger rozó su mejilla húmeda contra el cubrecama, sin mirar a Devin, tratando de aquietar su respiración convulsiva. Entonces sintió que Devin apartaba el cabello de su rostro. Los labios y la respiración cálida del muchacho acariciaron la mejilla. —¿Quieres hacer el amor, dulzura? —le preguntó el joven con una voz acariciante. Las lágrimas de alivio invadieron los ojos de Ginger. Sin poder hablar,


asintió con la cabeza. Devin la tomó entre sus brazos durante unos minutos hasta que sus intensas emociones se calmaron. Lugo se desvistieron y recostaron bajo las sábanas. Cuando Ginger sintió por primera vez el roce de Devin sobre su cuerpo en la oscuridad, pensó que todo marcharía bien. Pero aun cuando estaban tan juntos, lentamente la muchacha comenzó a sentir distancia entre ellos. Ginger utilizó todos los recursos amorosos que había aprendido durante el último mes para complacer al joven y él respondió con su habitual pasión sexual. Pero si bien la muchacha abrazaba el cuerpo incitante de Devin, devolviendo esa pasión masculina con cada movimiento que la suya despertaba en ella, aún había algo ausente. Un aspecto etéreo y espiritual del que la joven no había estado consciente antes, había desaparecido, y sólo se daba cuenta porque estaba ausente. Se habían unido esta vez, pero sólo con sus cuerpos. Algo faltaba. Algo estaba mal. Nº Páginas 112-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Cuando todo llegó a su fin, ambos se alejaron instintivamente el uno del otro en lugar de quedarse dormidos en un abrazo. Cuando Devin volvió


la espalda y su calidez se alejó del cuerpo de la joven en la oscuridad, la muchacha hundió su rostro en la almohada. Ginger pensaba que había aprendido todos los recursos que su cuerpo le brindaba para fortalecer el amor de Devin, pero ahora sabía que estaba fallando. Eso no era suficiente para él. Lo que no había poseído en el momento en que se casaron, aparentemente aún no lo tenía. La almohada de la muchacha se humedeció con sus lágrimas mientras se preguntaba qué necesitaba Devin que ella no podía darle. ¿Acaso lo estaba perdiendo otra vez? Ginger estaba nerviosa a la mañana siguiente cuando Devin la condujo en su coche hasta Langley antes de regresar él mismo a Seattle. Cuando el muchacho la dejó en la casa de la señora Poole, le tomó la mano y le dijo: —Volveré a la casa este jueves por la tarde, después del trabajo. Me tomaré el día viernes libre y podremos pasar un fin de semana lago en Double Bluff. Necesitamos pasar mucho tiempo juntos para conversar. Nº Páginas 113-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Capítulo 10 Ginger aún estaba en la tienda el jueves, alrededor de las cinco, cuando Val llamó por teléfono.


—Me temo que debemos cancelar la fiesta de cumpleaños, Ginger — dijo la joven—. Brian no se ha sentido muy bien todo el día. Esperaba que aun así pudiésemos celebrar el cumpleaños, pero ahora tiene fiebre, de modo que no hay nada que hacer más que posponer la fiesta. —Que lástima —dijo Ginger con sinceridad—. Espero que no sea nada serio. —No lo creo. Te haré saber cuando el niño esté mejor. Ginger cerró la tienda por el fin de semana y se marchó a su apartamento en el ático. Mientras recogía algunas prendas más para llevarse en el largo fin de semana, se preguntaba si Devin estaría todavía en la isla. Cuanto más se acercaba el momento en que lo vería otra vez, mayor era la ansiedad que se apoderaba de ella. La joven sabía que Devin deseaba discutir el tema del casamiento nuevamente, y ella no. Más que nunca Ginger pensaba que casarse con él era una mala idea. El joven ya se estaba cansando del carácter sensible de la muchacha. Ella temía que la relación comenzara a fracasar. ¿Si se casara con él, el tedio de la vida diaria juntos no haría que todo empeorara? ¿Por que Devin no se daba cuenta de eso? Tal vez lo que el joven quería conversar el fin de semana fuera si debían continuar viéndose. Ginger se puso pálida. ¡Dios mío! ¿Acaso ya lo he perdido? Las


lágrimas comenzaron a invadir los ojos de la joven, y debió esforzarse para contener sus emociones. No puede ser que las cosas marchen tan mal, se dijo la muchacha a sí misma. Estaba permitiendo que sus pensamientos la dominaran otra vez. Devin aún la amaba. Él se lo había dicho antes de hacerle el amor dos días atrás. Y si la relación física no era exactamente igual, eso no debía significar que la relación sentimental estuviera terminada. ¡Qué ridícula era! Cuando Ginger se encontraba camino a Double Bluff eran casi las siete y media. Cuando la muchacha llegó, vio dos coches en la calzada: el Mercedes de Devin y un Datsun blanco. El segundo automóvil le resultaba familiar. Marla tenía un coche como ése. Ginger miró con mayor detenimiento y observó el emblema de la oficina de bienes raíces de Marla en la ventanilla trasera. «Qué extraño», pensó la joven. Ni Marla ni Devin habían mencionado que debían discutir ningún otro punto del negocio sobre la venta de la casa. De hecho, la fecha de cierre había tenido lugar hacía casi dos semanas, y Devin era ya el dueño legal. Una extraña sensación invadió a Ginger. ¿Por qué Marla estaría allí justo en el momento en que Devin sabía que la joven se encontraba en Coupeville? Nº Páginas 114-134


Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger La joven se preguntó con molesto nerviosismo si debía entrar y enfrentarse con ellos, para descubrir con exactitud lo que estaba sucediendo. ¿Y si la situación era perfectamente inocente? Entonces se pondría en ridículo. ¿Y si… si no fuese inocente? ¿Podría enfrentarse a ella? Ginger se mordió las uñas. No había luces encendidas en la casa, pero afuera aún no había oscurecido. La joven pensó entrar por una ventana, pero la idea la hacía sentir peor. Tenía el orgullo suficiente como para no recurrir a eso. Tal vez estaba tomando las cosas a la tremenda. Ginger sabía que eso era característico en ella. Después de unos minutos, Ginger decidió finalmente que lo mejor sería regresar a Langley, esperar un par de horas, y luego volver a la casa. De ese modo no se enfrentaría con una situación incómoda al entrar y verlos, cualquiera fuesen las circunstancias. Era sumamente probable que todo fuese por completo inocente y que Marla se marchase pronto. Si no… bueno, lo pensaría si llegara a suceder. Mientras su coche atravesaba la oscuridad del camino hacia Double Bluff, el creciente nerviosismo de Ginger comenzó a darle una ligera


sensación de náusea. Continuaba diciéndose a sí misma lo tonta que era al sospechar. Pero cuando por fin la muchacha volvió a la casa, vio que no lo era. Helada, de la cabeza a los pies, la muchacha vio que el automóvil de Marla aún estaba allí. Desde la parte trasera toda la casa parecía a oscuras, incluyendo el dormitorio de arriba. Al mirar la ventana lateral superior, la joven recordó las palabras de Marla: hubiese deseado ser ella la que pasara el fin de semana en el lago Louise con Devin, en lugar de haberlo hecho su amiga. Lágrimas ardientes casi quemaron los ojos de Ginger. ¡Qué inteligente fue Marla al eliminar sus sospechas con tanta sinceridad! ¡Qué estúpida había sido ella en confiar en esa clase de amiga! Marla sospechaba que había serios problemas entre Ginger y Devin, y sabía con exactitud cuándo dar el paso correcto. Las palabras falsas de Marla parecían arder en la mente de Ginger. Me alegro por ti… Y Devin tampoco tenía perdón. ¡Él y sus promesas de ser fiel! No era capaz de hacerlo. ¡Ambos la habían traicionado! Y ahora ella había perdido a Devin… a menos que… ¿acaso podía ser que ella no estuviese en lo cierto, que lo que sucediera allí en la casa no fuese algo malo? Un rato después Ginger estaba sentada a la mesa de su cocina, tensa, con las manos sobre los ojos. La rodeaba el silencio. Dentro, se sentía hecha un sin fin de nudos. Mentiras. ¿Ambos le habían dicho nada más


que mentiras? ¿Cómo podían hacer algo así? Ella los amaba a ambos… De pronto la sacudió el sonido del teléfono. De inmediato corrió a atender, pensando que podría ser alguno de los dos. —Hola, Ginger, ¿cómo estás? Habla Jack —dijo una voz amistosa ante el ansioso «Hola» de la muchacha—. Sólo llamaba para saber si Marla estaba allí visitándote esta noche. ¿Está ahí? Nº Páginas 115-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger —N-no, ella… no —respondió la joven vacilante, sabiendo dónde se encontraba Marla en realidad. Jack parecía decepcionado y algo preocupado a la vez. —El otro día ella me dijo que estaría libre esta noche para verse conmigo, pero no ha venido por aquí y ni siquiera me ha llamado. Llamé a su oficina y me dijeron que se marchó alrededor de las siete. Y no contesta el teléfono en su casa. Los labios de Ginger experimentaron un ligero temblor. No quería decirle a Jack lo que parecía suceder, sabiendo que le dolería. Y también se sentía curiosamente avergonzada. Aparentemente Devin volvía a dejarla por otra mujer. Pero Jack debía saberlo, ¿no? —Me fui en coche hasta la casa de Devin esta noche —comenzó a


decir la joven—. Y vi el… el coche de Marla allí. No estaba segura, no sabía qué pensar, entonces me fui y regresé hace alrededor de una hora. Su coche aún estaba allí. Supones que pueda haber alguna cuestión de negocio… Hubo un largo silencio del otro lado de la línea. —Ella no me dijo nada sobre eso —respondió por fin Jack con voz seria—. Pero a ella no le gusta contarme lo que hace… parece pensar que no me concierne —agregó el hombre con voz tensa—. ¿Cuánto hace que ella está allí? —Por lo menos desde las siete y media. Yo le había dicho a Devin que estaría en Coupeville esta noche. —Qué interesante. Yo pensé que no te preocupabas por ella y Devin. —Y no lo hacía, pero… tal vez he sido una tonta. Marla me ha dicho en varias oportunidades que Devin le parecía muy atractivo. Solía decir que si a mí no me interesaba, ella estarla feliz de salir con él. Y cuando regresé de un viaje al lago Louise con él, cuando… él y yo comenzáramos a ser amantes, ella me dijo que me envidiaba, que… hubiese deseado estar en mi lugar —Ginger inclinó la cabeza, mientras sus ojos se cubrían de lágrimas. —¡Eso parece aclarar por completo las cosas! —Jack parecía enojado,


harto—. ¡Bueno, hay un solo modo de averiguar lo que sucede en realidad! —Qué… ¿qué piensas hacer? —preguntó Ginger. —¡Ir hasta allá! ¿Quieres venir? En diez minutos Jack había pasado a buscar a Ginger en su coche y juntos se dirigieron a Double Bluff. Cuando la joven señaló la casa, Jack detuvo el automóvil. Al ver el coche de Marla, el hombre bajó de inmediato, cerrando de un portazo la puerta. Sin esperar a Ginger, atravesó el pequeño patio trasero rumbo a la puerta y llamó varias veces con golpes de puño. Ginger salió pero permaneció cerca del coche, temblando. Nº Páginas 116-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Cuando Jack volvió a golpear la puerta, ésta se abrió. Ginger vio a Devin y escuchó las voces de los dos hombres. —¡Quiero ver a Marla, MacPherson! —¿Marla? Por supuesto, ella está aquí. Entre —dijo Devin cuando Jack entró haciendo a un lado al joven. Devin se alejó de la puerta, dejándola abierta al seguir los pasos de Jack. El muchacho no había notado la presencia de Ginger. A través de la puerta abierta la joven podía ver las luces de la sala. Como un animalito nervioso, la muchacha esperó y


observó unos minutos, y luego ya no podía soportar no saber la verdad de la situación. Ginger llegó a la puerta de atrás. Al entrar pudo ver a Jack y Marla discutiendo en el otro cuarto. Devin los observaba con perturbada expresión. —¡No te debo ninguna excusa! —le decía Marla a Jack—. Hemos estado sentados aquí conversando y tomando café. ¿Qué excusa tienes tú para llamar a la puerta de esa manera? —Tenía razones para creer que había algo más entre ustedes dos que sólo una mera conversación. No te molestaré con algunas de las cosas que Ginger me ha dicho. ¡Sólo deseo aclararte que no pienso soportar esta situación ni un minuto más! Marla se puso algo pálida pero no se echó atrás. —¡Y yo no voy a tolerar que intentes controlar mis actos! Ni siquiera puedo pasar una velada conversando con un amigo porque resulta que es un hombre… —¿De qué estaban hablando? —preguntó Jack, cruzando los brazos sobre su pecho como amenazando a Marla—. ¿Negocios, acaso? —¡Hablábamos de Ginger! —respondió Marla acaloradamente—. ¡Y eso no es algo que a ti te concierna! Como soy su mejor amiga, Devin a


menudo me ha pedido consejo a causa de los problemas que tienen. Jack miró a Devin. —¿De modo que tú la invitaste sólo para tomar café porque Ginger iba a estar fuera esta noche? —Los ojos de Jack eran como dos hierros candentes—. ¿Es así como fue? —Marla llamó alrededor de las siete y me preguntó si estaría en casa para poder traerme el obsequio de bienvenida que da su oficina de bienes raíces… ese centro de velas junto al hogar —respondió Devin con molesta paciencia mientras señalaba un decorativo arreglo con una vela y flores artificiales. Ginger podía verlo de soslayo detrás de Marla. Era similar a los que la joven había visto una vez en una caja grande en la casa de su amiga. —Cuando Marla llegó aquí, le ofrecí un poco de café y empezamos a conversar. Ginger y yo hemos tenido problemas… —Devin dejó de hablar haciendo un gesto mudo con su mano. Jack parecía haberse tranquilizado. Nº Páginas 117-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger —Ya veo. —¿Y qué te hizo venir aquí de esa manera? —preguntó Marla enojada.


Ginger retrocedió tras la pared de la cocina y cerró los ojos. Nadie la había visto. La joven deseaba no tener que volver a ver a ninguno de ellos. Sus confusas emociones habían prejuzgado toda la situación, poniendo en conflicto a todos. Entonces la muchacha oyó la voz de Jack que decía: —Ginger vio que tu coche ha estado aquí toda la noche. Sucede que llamé a su casa para preguntarle si sabía dónde estabas. Fui lo suficientemente tonto como para preocúpame por ti. Ella me contó lo sucedido y ambos pensamos lo peor. ¡Pero por lo que tú le dijiste en el pasado, Marla, yo diría que la suposición podía haber sido una realidad! —¡Se supone que Ginger debía estar en Coupeville! —dijo Devin. —Eso se canceló o algo parecido. Ella está aquí, conmigo, afuera en el coche. El último fragmento de orgullo hizo que Ginger diera un paso hacia adelante, para hacer conocer su presencia. Al dirigirse a la puerta se topó con Devin. —¡Ginger! —dijo el muchacho, tomándola con firmeza y casi de modo salvaje de los hombros—. ¿Qué diablos sucede contigo? —La voz del joven reflejaba claramente su enojo. —¡Devin! —exclamó Marla, corriendo hacia ellos—. No te enojes con


ella. Fue una conclusión natural. Ella no sabía. Devin parecía no oír a Marla. —¿Cómo pudiste suponer que yo haría algo así? ¡Con tu mejor amiga! ¿Acaso no tienes ni un mínimo de fe en mí? ¿Después de todas estas semanas todavía debo darme la cabeza contra la pared tratando de convencerte? —Lo… lo siento, Devin —la voz de Ginger se debilitaba por la fuerza de los brazos del joven que no la abandonaban. —¡Lo sientes! —exclamó Devin con voz ruda. —¡Devin, cálmate! —dijo Marla. La joven morena tomó uno de los brazos del muchacho para apartarlo de Ginger—. ¡Esto no soluciona nada! ¡No la convencerás de que te crea actuando de esta manera! Devin soltó a la muchacha pero no dejó de mirarla con ira. —¡Tal vez ya estoy cansado de intentar que ella me crea! Marla se veía exasperada. —¡Acabas de pasar dos horas diciéndome cuánto la amas! Los ojos furiosos de Devin se volvieron hacia Marla. —¡Y qué! Se lo he dicho a ella una y otra vez y parece que no entiende razones. ¡Teme casarse conmigo, parece que cree que debe Nº Páginas 118-134


Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger impresionarme en la cama para conservarme, y ahora, ante una circunstancia ligeramente dudosa, de inmediato supone que le he sido infiel! Sé que lo fui una vez, cuando era tonto e inmaduro, ¿pero no es tiempo ya de que lo olvide? Ginger se volvió y recostó la frente contra el marco de la puerta, llorando con las manos en el rostro. —¡Ninguna mujer se olvida por completo de algo así! —Marla dijo con tono cortante—. Ginger tiene que aprender a aceptarlo y vivir con eso, y tal vez no haya podido aun lograrlo. Tú la conoces mejor que yo, Devin. Todo lo que necesitas es paciencia. —¡Tal vez ya no la tenga! —Devin se alejó de ellas. Ginger oyó el tono decisivo en la voz resentida de Devin, y un profundo sollozo la hizo estremecer. ¡Lo había perdido, y no era culpa de nadie más que de ella! —Todo está bien, Ginger —dijo Marla con suavidad, tocando el hombro de la muchacha—. Lamento lo sucedido. Puedo darme cuenta ahora por qué pensaste… Sé que en parte la culpa es mía. No deberías tomar con tanta seriedad lo que te digo. —¡Sí, es tu culpa! —le dijo Jack a Marla con tono cortante—. Quiero


hablar contigo. Vamos. Ellos dos deben estar solos para resolver sus propios problemas. —¡Me iré cuando esté lista! —le replicó la joven morena. Ginger apartó las manos de su rostro húmedo, aún más apenada, al ver que Jack y Marla seguían disgustados… y todo a causa de ella. —Jack, lo siento —dijo Ginger—. No… —Está bien —respondió el hombre—. ¡Me alegro de que haya sucedido! He aprendido algo esta noche —Jack se dirigió entonces a Marla —. ¡Nos vamos ya! Los labios de Marla se pusieron tensos y ligeramente pálidos. —Te hablaré más tarde, Ginger. No te preocupes, todo se solucionará, estoy segura —dijo a su joven amiga. Marla siguió entonces a Jack, un tanto de mala gana, hacia la cocina, rumbo a la puerta de salida. Devin, erguido por la tensión, estaba de pie en medio de la sala, dando la espalda a Ginger. La muchacha, con piernas temblorosas y débiles, se acercó al joven. —Lamento haber pensado mal de ustedes —dijo Ginger observando el rígido perfil del muchacho—. Sabes que tomo las cosas a la tremenda. Trataré de no volver a comportarme así. Lo prometo… ¡trataré de mejorar! —Nunca confiarás en mí, ¿no es verdad? —Los ojos de Devin miraban


distantes a través de la ventana, hacia el mar negro por la oscuridad de la noche—. Como dijo Marla, nunca podrás olvidar. Esa cicatriz no se borrará jamás en ti, evitando que me tengas confianza. Esa es la razón por la que no te casas conmigo ¿no es así? Es sólo que no querías admitirlo. Nº Páginas 119-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger —No… no lo sé, Devin. Me siento mal y confundida ahora. ¡Todo lo que sé es que te amo! Por favor, trata de no enfadarte conmigo. Me lastimas. —¿En serio? Te diré lo que me duele a mí…. hacerte el amor cuando no hay entre nosotros un compromiso de por medio; no saber cuánto tiempo permanecerás conmigo o cuándo alguna sospecha sin fundamento te alejará de mí. No puedo continuar así, Ginger. Fue muy difícil recuperar tu cariño. Cuando dijiste que me amabas, pensé que todo marcharía bien de ahí en más. Pero estaba equivocado. Si no puedo ganar tu confianza, nunca aceptarás ser mi esposa. ¿Qué me queda por hacer? Nada. Había una falta de esperanza total en el comportamiento y en el rostro de Devin. Lentamente se alejó más de la muchacha y se dirigió a la cocina. —Devin —dijo la joven, tomándole el brazo— no es tan terrible como


piensas. ¿Dónde vas… adónde? —Me voy para siempre. —¡No, Devin, no! ¡No te marches! —Ginger intentó tomar con fuerza el brazo del muchacho que se dirigía a la puerta y se sintió llevada por el impulso del joven que seguía su camino sin detenerse. —¿Por qué razón habría de quedarme? ¡No hay futuro para nosotros! ¿Por qué prolongar algo que pronto terminará de cualquier manera? Prefiero ser infeliz por mí mismo. —¡Por supuesto que hay un futuro para nosotros! —exclamó Ginger. Con toda la fuerza que pudo reunir tomó el brazo del joven hacia atrás tratando de retenerlo—. ¡Devin, por favor! —¿Qué futuro? ¿Encontrarme contigo en esta casa vacía un fin de semana tras otro hasta que sospeches que tengo una aventura con alguna otra mujer? ¿Y pasar por esta situación otra vez? ¡Esa no es vida para mí! Todo lo que quiero es casarme, llevar una vida tranquila con mi esposa, y continuar con mi carrera. El problema es —dijo el muchacho con ojos enrojecidos y llorosos— que tú eres la única que siempre he deseado como esposa. Pero ése es mi problema —Devin se veía derrotado—. A ti te hace feliz ser soltera. ¡Supongo que yo también deberé serlo! —El joven llegó a su coche y abrió la puerta. Ginger continuaba tomándolo del brazo


—. Será mejor que dejemos de vernos. La muchacha sintió que la tierra se abría a sus pies. —¡No, Devin! —gritó la joven, sollozando—. ¡No puedo vivir sin ti! ¡No me dejes otra vez! ¡Por favor! ¡Quédate! ¡No, por favor! —¡Déjame ir! —dijo Devin tratando de apartar a Ginger de su camino. —¡No! —Cuando Devin logró alejar las manos de Ginger de su brazo, la joven le rodeó la cintura con sus brazos—. ¡No me dejes! ¡Nunca he amado a nadie que no fueses tú! —Los ojos de Ginger miraron al joven desesperados. Nº Páginas 120-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger —¡Viviré contigo… aquí… o en Seattle, si lo deseas! ¡Seremos felices! ¡Te prometo que no sospecharé de ti! ¡Confiaré en ti! Devin tomó a Ginger de los hombros y trató de alejarla. —¡Estás histérica! La joven intentó calmarse y recuperó la voz. —No, no lo estoy. ¡Es verdad lo que digo! ¡No, no quiero ser soltera, no! Viviré contigo… donde tú desees. —¡Te dije que no quiero una amante sino una esposa! —¡De acuerdo! Me casaré contigo entonces. ¡Lo que desees… lo haré!


¡Pero no me dejes! Devin miró a la muchacha bajo la tenue luz de la luna por un momento, como si quisiera creer en ella, pero sus ojos se oscurecieron. —Sólo lo dices porque te sientes mal y me dirías lo que fuera necesario para calmarme. Mañana cambiarás de parecer. —¡No, no lo haré! —Ginger rogaba que el joven le creyera. —Sí, lo harás. ¡Me dirás que no lo has hecho, y sólo hallarás una excusa para posponer una vez más la fecha de la boda! —Devin logró liberarse de Ginger; luego tomó otra vez los brazos de la joven y la apartó con rudeza—. ¡Aun cuando te casases conmigo, nunca confiarías en mí! —Sí, te prometo que lo haré —la muchacha luchó por no apartarse de Devin, pero el joven la mantuvo a distancia. —No funcionará, Ginger. No hay esperanzas. ¡Quiero irme ahora antes de que enloquezca andando en círculos contigo! Ya tengo una úlcera. ¡Ya no puedo soportar esta situación! Con esas palabras, proferidas a la muchacha con voz que reflejaba su aturdimiento, Devin subió a su coche y cerró la puerta. Encendió el motor. Aun cuando el automóvil comenzó a alejarse, la muchacha corrió a un costado del vehículo y sus dedos asían con firmeza la manija de la puerta. —¡Devin, no te vayas! —exclamó la muchacha casi en un alarido—.


¡Te amo! Cuando el coche se alejó raudamente rumbo al camino, Ginger se vio obligada a alejarse. Entonces el coche partió a toda velocidad mientras Devin miraba hacia adelante con fría determinación como si no se atreviera a volverse para mirar a Ginger. La muchacha corrió tras el Mercedes hasta que viró hacia el camino principal. Se detuvo entonces, sintiéndose sin aliento ni fuerzas, con el corazón palpitándole en el pecho al ver que las luces del automóvil desaparecían en la oscuridad. Ginger se llevó la mano a los labios para contener los sollozos. Había un profundo silencio a su alrededor. Si alguno de los vecinos había oído lo que sucedía, ninguno salió a investigar. Caminando con dificultad, la muchacha regresó lentamente a la casa, aterida. Cuando llegó a la puerta trasera, entró. Luego, con un sollozo prolongado y desgarrador de su garganta, sintió el temblor de sus piernas y cayó lentamente al suelo. Nº Páginas 121-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Ginger levantó la cabeza sin saber cuánto tiempo había permanecido en el suelo semiinconsciente y llorando. El reloj de la pared daba las once. La muchacha se obligó con cierta dificultad a sentarse. Tenía el cabello desordenado, el suéter y los pantalones arrugados, y el rostro pálido por


completo, a excepción de los ojos rojos e hinchados. ¿Por qué razón no podía retener a su lado al hombre que amaba? ¿Cómo podría seguir viviendo? Necesitaba el amor de Devin para subsistir. Sin él su vida no era nada más que un vacío: sin sentido, ni objetivos, desprovista de… La joven oyó un motor que se detenía del otro lado de la puerta. ¡Devin! ¡Ha regresado! ¡Había cambiado de parecer! La muchacha hizo un esfuerzo para ponerse de pie y abrió la puerta trasera. Pero al mirar el patio oscuro, vio el Datsun de Marla, no el Mercedes. Y luego su amiga corrió hacia ella. —¡Ginger! ¡Te ves terrible! ¿Qué sucedió? La joven comenzó a temblar violentamente. —¡Ay, Marla, Devin me ha dejado! Nunca regresará… —La muchacha comenzó a sollozar sobre el hombro de su amiga. —¡No seas tonta! —dijo la joven morena, tratando de calmar a Ginger, a pesar de que había un indicio de alarma en su voz—. Vamos, entremos y sentémonos. Con la ayuda de su amiga, Ginger fue conducida a la cocina. Marla cerró la puerta de atrás y caminó con ella hasta la sala. Colocó el débil cuerpo de Ginger sobre una de las sillas plegables y luego acercó la otra


para sentarse junto a la muchacha. —¡Deja de llorar y dime lo que ocurrió! Ginger contuvo las lágrimas. —Me dijo que yo nunca confiaría en él… y que nunca aceptaría casarme con él… y que ya ha tenido suficiente de mí. Él… no quiere volver a verme. Subió a su coche y se marchó… ¡Y no sé qué haré Marla! —La voz de Ginger terminó la frase dando lugar a otra hola de sollozos. —Lo que vas a hacer es componerte. ¡Él regresará! —Pero Marla, él dijo… —Estaba enojado por lo sucedido. Se sentía mal cuando me decía que tú no te casarías con él. Es todo lo que hablamos durante dos horas… lo que podía hacer para convencerte de que fueses su esposa. Devin no puede comprender por qué no quieres hacerlo y sinceramente, yo tampoco. —Lo perdí antes —dijo Ginger entre sollozos—. Supongo que yo sabía que sucedería otra vez. No podría soportar otro divorcio. —Pero Ginger, Devin me dijo una vez que él no deseaba entonces divorciarse de ti. Nº Páginas 122-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger


Eso hizo detener a Ginger. —¿Qué podría haber hecho si me había sido infiel? —¿Intentar perdonarlo? —sugirió Marla. La muchacha enmudeció y bajó la mirada. —Bueno, no tiene sentido volver atrás. Ahora tienes otros problemas que resolver. ¡Para retener a Devin esta vez, Ginger, tendrás que casarte con él! El mentón de la joven comenzó a temblar. —¡Pero… cuando Devin salió de la casa, le dije que me casaría! Me respondió que yo estaba histérica y que en realidad no lo sentía así —la muchacha bajó la cabeza—. ¡Ay, Marla! Ojalá no fuese tan sensible. Pienso que ésa es la razón por la que Devin está cansado de mí. —¡Él no está cansado de ti! Tus emociones obstaculizan tu percepción de las cosas —dijo Marla. —Bueno, ¿y qué se supone que debo hacer? —¡Casarte con él! —Pero se marchó… —¡Regresará! No lo pienses dos veces. Los ojos de Ginger se abrieron, y por primera vez hubo un ligero destello de esperanza.


—¿Sinceramente lo crees así? —Por supuesto, Ginger. ¡Nunca vi a un hombre cuyos pensamientos giraran pura y exclusivamente alrededor de una mujer como en el caso de Devin! A veces se torna algo obsesivo. Y cansador. ¡Nunca he hablado con él por más de dos minutos de otro tema que no fueses tú! A propósito, ésa es —dijo Marla bajando la mirada—, ésa es la razón por la que regresé. Quería explicarte que Devin y yo nos hemos encontrado a menudo para hablar sobre ti. Todo comenzó cuando trabajábamos con los documentos para la compra de la casa. Él me preguntó sobre ti y descubrió que yo era tu amiga, entonces le permití que me sacara información sobre ti. Como te dije, en ese momento mis sentimientos estaban confusos. Lo hice porque pensaba que ustedes debían estar juntos, pero también no me importaba estar disponible en caso de que las cosas no funcionaran bien entre ustedes dos. ¡Como te dije antes, me olvidé de la idea de inmediato! Lo que Devin le dijo a Jack sobre lo ocurrido esta noche es exactamente la verdad. Quería que estuvieses segura de eso, Ginger. Lo siento. Me he comportado muy descuidadamente… es característico en mí. Y supongo que no tendría que haber sido tan sincera contigo aquel día durante el almuerzo. Ginger esbozó una ligera sonrisa.


—Está bien. Siento haber involucrado a Jack en todo esto. Siento que les he causado un problema a los dos. Nº Páginas 123-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger —El problema ya existía. Sólo ha recrudecido. —¿Aún está enojado? —Sí —respondió Marla con un cansado suspiro—. Quiere… quiere terminar la relación. Dice que podemos seguir siendo amigos, pero no desea continuar nuestro noviazgo. Soy demasiado independiente, demasiado liberal para él. —Pero quería casarse contigo —dijo Ginger con ojos apenados. La ligera sonrisa de Marla llevaba dolor dentro de sí. —Sí. ¡Cuando me lo mencionó, me eché a reír! Creo que no volveré a oírlo hablar del tema. —Lo siento. Marla inclinó la cabeza en actitud pensativa. Su tono ligero no coincidía con la expresión de su rostro. —¡Yo no! No estoy preparada para acarrear la bola y la cadena. Y además puedo recuperar a Jack si lo deseo —Marla dirigió su mirada vivaz hacia su amiga—. ¡Y eso es lo que tienes que pensar respecto de Devin!


Ginger con tristeza negó con un movimiento de la cabeza. —¡Ay, Ginger! ¡Tienes todas las cuerdas! ¡Lo único que tienes que hacer es tirar de ellas! —Ginger miró a Marla como si estuviese hablando en una lengua extranjera—. De acuerdo —dijo la joven morena con una risita— ¿por qué no tratas de dormir un poco ahora? Mañana verás las cosas de modo más optimista. Tal vez deberías tomar algo para dormir. Tengo unas pastillas en casa. No tengo inconveniente en ir a… Ginger de pronto se tornó pálida. —¡No! —La muchacha respiró profundamente tratando de detener un ataque de náuseas—. No quiero pastillas. Marla miró a la joven con nueva preocupación. —¿Estás bien? ¿Quieres que pase la noche aquí contigo? —No —Ginger trató de sonreír—. Gracias, pero estaré bien. Tienes que trabajar mañana. Será mejor que te vayas a casa y duermas bien. Después que Ginger le aseguró varias veces que se encontraba bien, Marla se marchó. La joven estaba sola otra vez. Era medianoche. La muchacha comenzó a caminar sin rumbo por la casa, y su mente estaba todavía confusa, pero con el paso de los minutos comenzaba a aclararse. Cuando Marla mencionó las píldoras para dormir la joven deseó asirse a la realidad.


«No más histeria», se dijo Ginger a sí misma. El pasado no se repetiría. Por primera vez la joven se dio cuenta de que había un instinto de preservación dentro de ella. Debía de haber estado presente también años atrás, pues algo había evitado que bebiera el resto de las píldoras del frasco. Y de alguna manera la muchacha había sobrevivido después de aquellos acontecimientos, el divorcio, la reconstrucción de su vida y el Nº Páginas 124-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger descubrimiento de una carrera. Algo dentro de ella había querido vivir y le había dado fuerzas para salir adelante. Ginger dejó de caminar un instante para mirar por la ventana la playa oscura. No debía decirse a sí misma que no podía vivir sin Devin. —No era verdad. ¡Lo había hecho durante ocho años! Aun cuando no volviese a verlo, viviría de algún modo. Pero sólo existiría, como lo había hecho durante todos esos años, sin él, pensó la muchacha. Inquieta, Ginger se alejó de la ventana y regresó a la cocina. Sólo existiendo. De pronto se sintió invadida por la desesperanza. Ginger continuó vagando de un cuarto a otro durante las siguientes dos horas, sentándose por momentos, y luego poniéndose de pie. Oscilaba


entre la desesperación, la aceptación triste de su vida sin Devin, y, a veces, pequeños momentos de esperanza. Fue durante uno de sus momentos de tristeza cuando estaba en la cocina que sus ojos de detuvieron en un frasco que se encontraba sobre la encimera. Era la receta de Devin. Su medicina. La inmediata preocupación de la joven fue que el muchacho no la tenía consigo y podría necesitarla para su úlcera, ya que se sentía mal. Y luego Ginger pensó que el joven podría regresar por ella. Por lo menos, le daba una excusa a ella para llamarlo y decirle que la había dejado allí, y quizás… Ginger dio un vistazo a su reloj. Era más de la una, pero Devin podía estar despierto, como ella. El corazón de la joven comenzó a palpitar. Pensó, discutió consigo misma, se dio ánimos. Después de quince minutos de intensa y ansiosa deliberación interna, la muchacha se dirigió al teléfono y marcó el número con manos frías. Presa del pánico al primer llamado, la joven se obligó a tomar el auricular con más firmeza. Pero fue inútil. Sonó diez veces, y nadie respondió. Ahora la invadía una nueva ansiedad. ¿Dónde estaba Devin? Había tenido tiempo suficiente para regresar a casa. ¿Estaría enfermo? ¿Estaría en algún lugar necesitando ayuda? ¿O sólo estaría en su coche, recorriendo la ciudad, como hacía ella yendo de un cuarto al otro de la


casa? No había nada que ella pudiese hacer, la muchacha se dijo a sí misma sentada presa de la tensión en una silla plegable. Y no había razón para asustarse, se recordó también a sí misma. Devin era un hombre adulto. Podía cuidarse solo. Sin duda, podía cuidar de ella, también. Podía hacerlo. Ginger tuvo una sensación casi física de que todo se reconstruía dentro de su ser. Por una vez se sintió entera, optimista y esperanzada… todo eso por sí misma, también, sin Devin para lograrlo. ¡Quizás no era demasiado tarde! Le diría a Devin con mucha calma que sí deseaba casarse, que ya no temía asumir un compromiso con él. Y se lo diría de un modo adulto, para que el joven supiese que lo había pensado con detenimiento y que no era resultado de la histeria. Nº Páginas 125-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Ginger estaba ansiosa de hablar con Devin. Si pudiese decirle todo eso, todo marcharía bien. La joven sintió que su pulso se aceleraba. Se dijo a sí misma que estaba excesivamente ansiosa. Tampoco tenía que entusiasmarse demasiado. Hacer que Devin le creyera podría llevarle algo de tiempo, y necesitaba estar preparada para eso. Mantenerse en calma y serenidad era para ella una ardua tarea. Pero lo lograría. ¡Estaba decidida


a hacerlo! Hora tras hora Ginger se tornó más tranquila y optimista. Cuando el amanecer iluminaba gradualmente el cielo, la muchacha había ideado varias estrategias, todas muy razonables y bien pensadas. Mientras observaba por la ventana la salida del sol, hizo una lista mental de ellas. Plan A: Llamaría a Devin de nuevo a las ocho y le diría que había dejado su medicina en la casa. Si no respondiera, no se preocuparía. Llamaría otra vez más tarde. En algún momento tendría que regresar. Si el joven contestara el teléfono, pero no quisiera hablar con ella, entonces… el Plan B: Se iría a Seattle y hablaría con él. Tendría que llamar a Marla y pedirle que la llevara hasta su casa para recoger el automóvil, luego… Un ruido interrumpió los pensamientos de Ginger. ¡Alguien abría la puerta de la cocina! La joven se alejó abruptamente de la ventana y miró a través del cuarto hacia la cocina. De pronto allí se encontraba Devin, cansado, pálido, con ojos de mirada intensa observando a la muchacha. —¡Devin! —Ginger sonrió, mientras corría hacia él con ojos llorosos—. ¡Estoy tan feliz de verte! —Entusiasmada, Ginger tomó la mano del joven en las suyas, pero él parecía no notar lo que sucedía. Devin la miró seriamente, agobiado de inquietud aunque rígido. —¿Decías la verdad cuando afirmaste que te casarías conmigo?


La joven quería gritar: ¡sí! ¡Sí! Pero se mordió los labios, intentando Contenerse. —Sí, me casaré contigo. Cuando lo desees —a pesar del palpitar de su corazón la muchacha parecía tratar una reunión de negocios. Los ojos enrojecidos de Devin se abrieron ligeramente detrás de las gafas de fino marco. Estaba perplejo. —¡B-bien! Bueno, entonces… —Tratando de orientarse y buscando un punto de apoyo, el joven caminó pensativo hasta un banquito junto a la encimera de la cocina y se sentó. —¿Te sientes bien? ¿Necesitas tomar esto? —preguntó la muchacha topando el frasco con la medicina. Devin miró a la joven como aturdido. —Sí, lo necesito… —murmuró. —¿Quieres un poco de agua para tomar la medicina? —preguntó Ginger solícitamente. —¡No importa eso ahora! Tenemos cosas que arreglar primero. ¡Nos casaremos tan pronto como sea posible… en dos o tres semanas! —Devin miró con seriedad a la muchacha, esperando alguna oposición. Nº Páginas 126-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger


—Bien. —Quiero poner la casa en orden. Mientras esperamos, quiero que te concentres en decorarla y hacerla un lugar habitable. Te ayudaré pero tú sabes más sobre estas cosas que yo. —De acuerdo, Devin. El joven miró a la muchacha, inquieto, como si las cosas marchasen demasiado bien. —Lo último es que no voy a dormir contigo otra vez hasta que estemos casados. Ginger respiró profundamente y bajó la mirada. Esto no era tan fácil de aceptar. La joven sentía que podría necesitar sentirse segura a través de él… No. ¿Acaso no había dejado a un lado la idea de que Devin debía probarle su amor por medio del sexo? —De acuerdo. Esperaremos —dijo la muchacha—. ¡Ahora, Devin mi ultimátum para ti es —agregó la joven sosteniendo el frasco con el remedio— será mejor que tomes esto antes de decir una sola palabra más! ¡No deseo posponer nuestro casamiento porque debas regresar al hospital! La expresión seria del joven se transformó en una sonrisa. Devin tomó la medicina. Luego dijo:


—¿Entré en la casa correcta? ¿Es éste el mismo lugar que dejé anoche? Ginger sonrió, con el rostro iluminado. —La misma casa, aunque una mujer ligeramente distinta. —Así me pareció. No demasiado diferente, espero —dijo el muchacho al rodear con su brazo la cintura de la joven para acercarla hacia él. Ginger acarició con sus brazos los hombros de Devin y se acercó a su recio cuerpo. —No. Acabo de darme cuenta de que supero mejor una crisis si no me atemorizo todo el tiempo. Puede que lleve un tiempo, pero mejoraré. Tal vez entonces no necesitarás tampoco de esta medicina —dijo la muchacha, parpadeando ante lo húmedo de sus ojos. —Esa falta es tan tuya como mía. Yo también soy sensible. Sólo guardo las cosas dentro de mí, donde me producen daño. —¿Dónde estabas? Traté de llamarte… —Estuve dando vueltas en el coche por largo tiempo. Primero tenía intenciones de irme a casa, pero me di cuenta de que no quería realmente dejar la isla. Entonces di unas vueltas en mi automóvil y luego por fin regresé aquí. Estacioné en el área de estacionamiento público y me limité a sentarme sobre un tronco en la playa durante el resto de la noche, para


pensar. Al amanecer decidí entrar y hablar contigo… darnos otra oportunidad. Nº Páginas 127-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger —¿Quieres decir que todo este tiempo estabas sólo a unos pasos de aquí? Devin se inclinó y besó a la joven. —¿Crees que es fácil alejarse de ti? El casamiento fue una ceremonia simple en la oficina del juez de paz en Seattle. Jack y Marla estaban allí como testigos. Ningún miembro de las dos familias, los Cowan o los MacPherson, vinieron pues no tenían idea de que la unión matrimonial se celebraría. Ginger pensó que sólo complicarían las cosas y Devin estuvo de acuerdo. El joven no deseaba tomar una decisión que afectara el equilibrio emocional de Ginger. Después de la ceremonia que tuvo lugar por la mañana, la pareja celebró con Jack y Marla en el mejor restaurante de la zona. Cuando Devin y Ginger regresaban a su casa en Double Bluff más tarde, el joven debió admitir que su esposa lo había sorprendido. La muchacha aparentemente no había tenido un solo momento para reconsiderar lo sucedido. Se había dedicado por completo al proyecto de


decorar la casa, había redecorado todo el lugar, con la excepción de las alfombras. Nuevo papel para los muros, nuevos muebles, ropa de cama, y manteles, nueva vajilla, y los había ordenado meticulosamente. Cuando Devin vio el lugar en forma breve en la mitad de la semana, comenzaba a verse como un decorado de una revista de decoración de interiores. Pero así era Ginger. Nunca hacía las cosas por la mitad. A pesar de que estaba más tranquila ahora de lo que Devin había esperado, el joven sintió que el hecho de que Ginger se volcara por completo a la tarea era la manera de reemplazar la actividad sexual que el muchacho le había negado. Ginger aún estaba preocupada por complacer a Devin, y el joven así lo temía. Ahora intentaba ser la esposa perfecta. Ginger se había mostrado algo nerviosa durante la ceremonia esa mañana. Pero no lloró. Había vivido la experiencia con calma, aunque por momentos un poco pálida. ¡Él, por otro lado, tuvo algunos problemas para repetir el juramento, por la emoción que lo embargaba no podía pronunciar las palabras! Y Marla sacó su pañuelo para secarse las lágrimas. Ginger se había mostrado tranquila durante el almuerzo después de la ceremonia. No se sentía triste, sólo como si no supiese muy bien lo que estaba haciendo allí. No, pensó Devin, mirando de soslayo a su encantadora esposa, había algo que aún no se había resuelto. El


muchacho suponía que la joven siempre tendría sus pequeños misterios que él mismo resolvería. Ginger rió alegremente mientras Devin la cruzó en brazos el umbral de la casa. La dejó en la cocina y, sin apartarse de ella, la besó con afecto. La muchacha respondió al beso, luego se alejó y le dijo a su flamante esposo con entusiasmo: —El juego de comedor fue enviado por fin ayer. ¿Quieres verlo? Nº Páginas 128-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Tomándolo de la mano, la joven condujo al muchacho hacia una de las esquinas de la sala. El juego de muebles era de estilo colonial, como el resto de la sala. Una vitrina exhibía el juego de té que Devin había adquirido meses atrás, y algunas otras piezas que la joven había traído de la tienda. —¡Se ve maravilloso, querida! —Entonces… la casa está terminada ahora. Espero que todo esté bien —dijo la muchacha con nerviosismo. Ginger se había sentido extraña y perdida durante todo el día. Habiendo sido soltera durante tanto tiempo, la muchacha no sabía bien, como esposa, lo que debía hacer o cómo se suponía que debía


comportarse. Durante toda la ceremonia la joven estaba plena y felizmente consciente de que entraba a una etapa de su vida completamente nueva. Y de pronto se había sentido poco segura de lo que le aguardaba. Había logrado sobrellevar el temor. La ceremonia y la cena habían pasado también. ¿Pero qué sucedería ahora? —Has hecho un trabajo maravilloso Ginger —decía Devin—. ¡Estoy orgulloso de ti! De pronto la muchacha Se sintió cálidamente gratificada ante el halago de su esposo. La joven bajó la mirada sonrió. Devin levantó el mentón de la muchacha con sus dedos. —De pronto pareces tímida —la voz del joven dijo en secreto—: ¿Temes al lecho matrimonial, mi pequeña esposa? Por alguna razón desconocida la muchacha sintió que se sonrojaba. Trató de reír pero luego se alejó confundida. Devin colocó sus manos sobre los hombros de la joven, haciendo que se enfrentara con él. —¿Qué es todo esto? —No lo sé —dijo Ginger, bajando la mirada—. Realmente actuaba como una tonta. —¿Porque no hemos hecho el amor durante tanto tiempo, te sientes


ansiosa? La preocupación hizo que la joven frunciera el ceño. —La última vez… —La última vez yo estaba enojado porque temía que nunca te fueras a casar conmigo. Ginger subió con Devin a su dormitorio amueblado. Caminando hacia el tocador de arce, la muchacha comenzó a quitarse los pequeños pendientes de perlas costosísimas que Devin le había dado como obsequio de casamiento. La joven llevaba un traje blanco de una tela tramada que tenía lunares de tono castaño claro. Ginger lo había comprado especialmente para ese día, junto con una blusa de seda estilo Victoriano de color blanco que llevaba hileras de encaje, anchas y elegantes, que Nº Páginas 129-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger formaban una V sobre el pecho hasta la cintura. La pareja se había detenido en una casa de fotografía antes de la cena para tomarse la tradicional foto de casamiento. Cuando Ginger colocaba los pendientes sobre el tocador, Devin se acercó desde atrás, observándola con admiración en el espejo. El joven ayudó a la muchacha a quitarse la chaqueta y la dejó a un lado.


—Me encanta esta blusa, Ginger —dijo el muchacho mientras sus manos llegaban a los delicados hombros—. ¡Creo que es la prenda más sugestiva que te he visto lucir! Ginger estaba un tanto horrorizada. —¿Mi traje de boda? Pero estoy toda cubierta. —Tal vez sea por eso. Te ves tan femenina y delicada. ¡Tienes clase! —Los ojos de Devin brillaron cuando sus manos descendieron suavemente sobre el frente de encaje—. Hay algo totalmente devastador en la manera en que las puntillas se deslizan sobre tu cuerpo —el exquisito y filigranado material cubría y al mismo tiempo acentuaba los senos de la joven, de modo provocativo—. Debí hacer un esfuerzo para contenerme y no dejar mover mis manos en la casa de fotografía. ¡Y durante la cena también! Las manos de Devin recorrían ahora los suaves senos, jugando ligeramente con el rico encaje. Ginger sintió la caricia a través de la tela. Y de pronto sintió que sus fibras nerviosas cobraban vida. El hecho de observar al joven acariciarla en el espejo agregaba una dimensión atormentadora a su creciente excitación. Las manos recias se veían oscuras y masculinas contra el encaje. Ginger sintió un estremecimiento que corría por su espina dorsal. —Devin… —dijo la muchacha con suavidad. Ginger se volvió hacia el


joven buscando más de lo que ya recibía. Pero al mirarlo, la muchacha sonrió y luego tomó las gafas y las colocó sobre el tocador. Devin parpadeó ligeramente en tanto sus extraordinarios ojos verdes se adaptaban a una nueva visión de su esposa. Con cierta diversión el joven dijo: —¿Estás cambiando a Clark Kent por Superman? —Así lo espero —Ginger hubiese querido contener sus impulsos y dejar que Devin iniciara esta vez el contacto amoroso, ya que el muchacho había notado anteriormente la ansiedad que ella sentía por complacerlo. Pero sus instintos femeninos pudieron más y se estiró para besar a su flamante marido. De inmediato los brazos de Devin la acercaron, y la joven verificó la pasión que con ella compartía. Los brazos de Ginger rodearon el firme cuello cuando el encaje y su piel se perdieron contra la firmeza del pecho en un fuerte abrazo. La boca cálida de Devin comenzó a arder cuando esos labios acariciaron de modo insistente los de la joven. Los labios de Ginger se abrieron ante la presión, de modo que el muchacho pudo paladear la dulzura en la boca femenina. Nº Páginas 130-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Los labios de Devin se alejaron y empezaron a recorrer la mejilla de


Ginger rumbo a su cuello, besándola junto al borde del cuello de encaje. —Ay, Ginger —dijo el muchacho con voz ronca, y sin aliento—. He sufrido bastante intentando alejarme de ti durante las últimas semanas. Pensé que el día de nuestro casamiento no llegaría nunca. Te deseo tanto, que si… si no estás en mis brazos en nuestro lecho en los próximos minutos, creo que me desintegraré. Los ojos húmedos de Ginger resplandecieron de pasión mientras asentía con una sonrisa. La muchacha aflojó la corbata de Devin y se la quitó, para luego comenzar a desprender los botones del chaleco del traje gris claro. Devin, mientras tanto, con dedos ardientes y trémulos por la expectativa buscaban en el recamado encaje los diminutos botones que recorrían el frente de la blusa. Cuando por fin los encontró, los pequeñísimos ojales hicieron difícil la tarea de apartar los botones. —Estos botones pueden llevarme a una institución para enfermos mentales —murmuró el muchacho con impaciencia. Ginger se rió y dijo: —Permíteme. Mientras sus dedos delicados desprendían hábilmente un botón tras otro, los ojos de Devin parecían chispas encendidas e intensas. Cuando por fin Ginger levantó la mirada, poniendo fin a su ardua tarea, estuvo a


punto de atemorizarse. Devin parecía listo para devorarla. Hasta los firmes músculos de los brazos y los hombros se contrajeron levemente. —¡Me vuelves loco! —dijo el joven, mordiendo levemente el hombro y el cuello de Ginger—. Lo sabes muy bien ¿no es verdad? ¡Pequeña sirena! —Los dedos ardientes hallaron el broche del sostén en la espalda. De inmediato la joven sintió que el delicado material se apartaba de su cuerpo. Los senos quedaron libres de su protección y la muchacha tembló ante la expectativa. Los dedos trémulos de Ginger acariciaron el pecho de Devin ascendiendo y perdiéndose entre el vello masculino. Las manos fuertes en la delicada espalda la acercaron al recio cuerpo del joven. —¡Devin! —exclamó la muchacha con urgencia, abrazando a su querido esposo—. Eres tan fuerte… —la joven se sentía desfallecer. Las manos de Devin se movieron de modo posesivo, acariciando la suave piel de la espalda y luego los costados de los senos. —¡Eres tan delicada! —murmuró el muchacho casi sin coherencia—. Te necesito, ángel. No puedo… La voz de Devin fue interrumpida por una llamada telefónica junto a la cama. El sonido agudo sobresaltó a ambos. —Ay, no —dijo la muchacha, casi gimiendo—. No tenemos que contestar.


—¡No! —exclamó el joven, besándola. Pero la llamada persistió. Después de sonar por novena vez, Devin dijo—: ¡Maldición! —y después de otro llamado—: Tal vez es alguien de mi oficina. ¡Me libraré de ellos! Nº Páginas 131-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Cada movimiento del sensual cuerpo de Devin reflejaba en su andar la molestia que sentía, al acercarse a la mesa de noche. —¿Hola? Sí, soy yo, Devin… Ginger no escuchó mucho. La joven sentía como si todo su cuerpo palpitase con un deseo aún no gratificado. Pensando en adelantar algunos pasos, la muchacha se quitó el resto de la ropa interior. De pronto Ginger se dio cuenta de que Devin decía algo sobre su casamiento. Su tono era ahora cálido y amistoso. Luego dijo: —¡A nosotros también nos gustaría verte, Val! —Ginger quedó perpleja ante la mención del nombre de su hermana. Inesperadamente la joven se sintió desnuda con la presencia de su familia en el teléfono y tomó su blusa. En tanto Devin decía: —¡Seguro, me parece bien! Le diré a Ginger. ¡Te veremos luego! Devin se volvió hacia Ginger con una amplia sonrisa. —Tu hermana y su familia quieren venir a felicitarnos. Consiguió este


teléfono a través de la señora Poole. Val estaba feliz de saber que nos hemos casado. Pensé que sería agradable que compartiesen parte del día con nosotros. No tienes inconveniente ¿verdad? —No —respondió la joven, sintiéndose como si alguien le hubiese quitado la alfombra debajo de sus pies—. ¿Cu-cuándo? —En un par de horas. Pensé que eso nos daría tiempo suficiente para terminar… lo que habíamos comenzado —dijo el muchacho con una sonrisa. —¿Dos horas? Yo… tendría que aspirar la alfombra de abajo. No tuve tiempo de hacerlo ayer. Debía arreglar el dobladillo de la falda. Y tengo que arreglar algunas cosas aquí arriba —Ginger miró horrorizada la ropa esparcida por el suelo. Y no hay mucho en el refrigerador para ofrecerles… Devin se echó a reír poniéndose de pie. —¿Sabes? hablas exactamente como una esposa. —¿Y acaso no era eso lo que deseabas? —dijo la muchacha, enojada —. Quieres que lleve adelante un buen hogar ¿no es así? —No me estoy quejando —dijo Devin acercándose a la muchacha. La tomó de la mano y la condujo hasta el lecho—. Pero la alfombra me pareció estar en buenas condiciones, me llevará sólo un minuto recoger nuestra ropa, y podemos salir todos a comer. No hay problema alguno.


—Pero… —la joven aún estaba confundida. —Ginger, ¿a quién deseas impresionar? ¿A tu hermana o a mí? —Bueno… a ti. —Así lo creí —Devin sonrió con delicadeza y acarició el rostro de la joven—. ¿Cuándo va a entender tu hermosa cabecita que te amo por lo que eres? No tienes que trabajar para complacerme o alegrarme… o mantenerme divertido. No me voy a ninguna parte esta vez, querida. Nº Páginas 132-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger Busqué durante ocho años y jamás hallé a alguien que se te pudiese igualar. ¡Eres la única! Cálidas lágrimas de felicidad invadieron los ojos de la muchacha al sentirse deseada y amada a la vez. —Sólo pensé que debía limpiar la alfombra, eso es todo —murmuró la joven con timidez. Ginger pareció derretirse cuando el joven la tomó en sus brazos. —¡Lo primero es lo primero, mi amor! —exclamó el muchacho contra el cabello rubio de su flamante esposa. —¿Esto es primero? —Los ojos de Ginger señalaron la cama junto a ellos.


—¡Será mejor que así lo creas! De acuerdo pensó la joven. Podría vivir con eso. Sonriéndole a Devin, la muchacha empezó a quitarse la blusa que se había puesto otra vez. —No —dijo Devin, mientras sus manos acariciaban con ternura los senos de Ginger a través del suntuoso encaje—. Déjatela puesta, me agrada. Devin terminó de desvestirse y recostó a la joven sobre el lecho. Inclinándose sobre ella, apartó el encaje que le cubría el pecho, descubriendo una vez más las delicadas cimas rosadas. Su boca recia tomó una de ellas. Ginger gimió de placer ante las sensaciones eróticas que los labios masculinos y ardientes y el interior de esa boca despertaban y arrancaban del pétalo rosado. Entonces Devin hizo lo propio con la otra cima. Utilizando la experiencia de sus manos y sus labios, Devin devolvió la pasión urgente que se había encendido entre ellos sólo unos minutos atrás, antes de la llamada telefónica. De inmediato Ginger arqueó la espalda, acercando su pecho al del muchacho. Las suaves caderas comenzaron un movimiento tradicional, antiguo como la vida misma, impacientes por el delicado roce de sus dedos poderosos en su secreto y femenino interior. La joven gimió con placer desesperado ante las ardientes sensaciones que le invadían el


cuerpo por el contacto de su intimidad con las manos de Devin. Los dedos inquietos de la muchacha acariciaron a su amado con la misma sensibilidad y ardor hasta que la respiración del joven, pesada e irregular, dio lugar a un ronco murmullo. —¡Ginger, te necesito… ahora! Los suaves miembros de la joven recibieron con ansias a Devin. Ella y él se hicieron uno solo: un cuerpo, una mente, un espíritu. ¡Verdaderamente uno solo! Ginger era profunda y felizmente consciente de eso aun ante el culminante momento de consumación de su nuevo matrimonio, y más tarde en el dulce júbilo del deseo cumplido. Ahora Ginger MacPherson sabía que sería así para siempre. Nº Páginas 133-134 Lori Herter – Todos nuestros mañanas – 1º Con sabor a Ginger


Fin Nยบ Pรกginas 134-134

Todos nuestros mananas lori herter  

Serie 1º Con sabor a Ginger Argumento: Whidbey, la encantadora isla en Puget Sound, era un mundodiminuto, fácilmente...

Todos nuestros mananas lori herter  

Serie 1º Con sabor a Ginger Argumento: Whidbey, la encantadora isla en Puget Sound, era un mundodiminuto, fácilmente...

Advertisement