Page 1


Sueño roto Delante de toda su familia, el guapísimo siciliano Lorenzo Martelli le había pedido a Helen que se casara con él. ¿Cómo podría contestar algo que no fuera "sí"? Pero a medida que se acercaba el gran día, la novia se iba poniendo más y más


nerviosa. Sin embargo, el novio estaba más entusiasmado que nunca; deseaba a Helen con todas sus fuerzas, y Lorenzo siempre conseguía lo que deseaba. Pero quizás tuviera que esperar hasta que ella estuviera preparada para convertirse en su esposa por decisión propia... Prólogo LLAMARÁN dentro de un momento -murmuró Heather, mirando el panel de embarque en el aeropuerto de Palermo. Lorenzo dejó escapar un suspiro de alegría. -Estoy deseando. ¡Nueva York, allá voy! -Intenta recordar para qué vas, hermanito -le recordó Renato-. Eres Lorenzo Martelli, director de exportación de la empresa Martelli, en viaje de negocios para abrir mercados. No Lorenzo Martelli, el playboy, que va de visita a Nueva York para pasarlo bomba. -No podrás evitar que lo pase bomba -suspiró Heather-. Pero entre orgía y orgía, seguro que puede vender algo. Tenía que admitir que su cuñado tenía pinta de playboy. Pelo oscuro, ojos azules, hermosas facciones y un cuerpazo... desde luego, era el símbolo de la belleza masculina. Un poco inconsciente, pero guapísimo. Era increíble que unos meses antes se hubiera creído enamorada de él. Y,


sobre todo, que hubiera ido a Sicilia con intención de casarse. . para descubrir que su verdadero amor era Renato. No todo el mundo entendería esa elección. Renato Martelli era un hombre difícil que no sonreía casi nunca. Lorenzo, en cambio, tenía una sonrisa para todos y era, en palabras de su marido, «demasiado guapo para la salud de cualquier mujer por encima de los dieciocho». Pero a pesar de sus hermosas facciones, Heather descubrió que el serio Renato era el hombre de su vida. Y después de solo ocho meses casados estaban esperando un niño. -Llámanos cuando llegues al hotel Elroy -le advirtió su hermano-. Y no olvides... -¿Quieres dejarme en paz? -lo interrumpió Lorenzo-. Entre tus recomendaciones y la lista de parientes que me ha hecho mamá, no voy a tener tiempo para nada. Por lo visto, tengo que cenar el jueves con los Angolini. -Nuestro abuelo y Marco Angolini crecieron juntos -le recordó Renato-. Siempre fueron muy buenos amigos. -Y yo tengo que cenar con su hijo Nicola, que es un anciano, sus tres hijos y sus cuatro hijas: Elena, Patrizia, Olivia y Carlotta. Me lo sé de memoria suspiró Lorenzo-. Y todas están solteras.


Renato soltó una carcajada, algo infrecuente en él. -Lo dices como si temieras que fueran a echarte el guante. -Digamos que los Angolini son carniceros y yo me sentiré como un filete de ternera -observó su hermano, con cara de pocos amigos. -Deberías casarte con una de esas chicas. Con la carne de los Angolini y los productos frescos Martelli, sería un matrimonio de ensueño. -Piérdete. En ese momento, dieron la orden de embarque por los altavoces. Lorenzo abrazó a Heather y después a su hermano, que le dio unos golpecitos en la espalda. -Compórtate. Si me entero de que has hecho alguna barbaridad, iré a Nueva York y te cortaré el cuello. Venga, vete. -Adiós. Os llamaré en cuanto llegue. Lorenzo desapareció por el pasillo y Renato dejó escapar un suspiro. -El problema es que esas chicas se lo rifarán. Siempre pasa lo mismo. -Pues yo conozco a una mujer que te prefirió a ti -le recordó Heather. Su marido la tomó por la cintura, sonriendo. -Estoy un poco preocupado. -¿Por qué? Lorenzo es un gran vendedor. -Lo sé. Pero me temo que cuando llegue a Estados Unidos «venderá»


demasiado. -Pues me temo que ya es tarde. Tu hermanito va camino de Nueva York. Capítulo 1 EL pavimento estaba cubierto de nieve y soplaba un viento del demonio, pero nada podía anular la belleza de Nueva York. Ni la del hotel Elroy, el más elegante, el más caro de Park Avenue. El guardia de seguridad era nuevo y no reconoció a Helen hasta que ella le mostró su pase, en el que estaba escrito con letras doradas: Helen Angolini. Curso de dirección empresarial. Nada más terminar sus estudios universitarios había empezado un programa equivalente a un máster en el que solo aceptaban a uno de cada cien candidatos y, después de seis meses, estaba ya en el nivel más alto. A pesar de sus logros académicos, Helen siempre llegaba tarde a clase. Y aquel día no era una excepción. -Hola. ¿Ya has vuelto de Boston? -la saludó Dilys, en el ascensor. ' Además de compañeras de clase, Dilys y ella vivían en el mismo apartamento y eran «compinches» en todos los sentidos. -Hola, cielo. No te había visto. -¿Vienes directamente del aeropuerto?


-Ahora mismo. Debería haber ido a casa de mis padres, pero el señor Dacre llamó para decir que me pasara por el hotel. Por eso vengo con las maletas. En ese momento se abrieron las puertas del ascensor y Dilys la tomó del brazo para llevarla al servicio de señoras. -Deja las maletas aquí y ponte tus mejores galas. Dilys Hamilton era rubia, bajita y delgada. Helen era más alta, voluptuosa, una belleza italiana de melena oscura hasta los hombros y expresivos ojos negros. Con veinticinco años, sabía muy bien cómo sacarse partido. Por ejemplo, poniéndose un vestido de color cereza. Dilys la miró con aprobación. -Divina. Vamos a dejarlos muertos. -¿Es que solo puedes pensar en los hombres? Vamos a una presentación y te recuerdo que es parte del curso -rio Helen. -¿Y qué? Me gustaba mezclar el trabajo con el placer. Venga, vamos a inspeccionar el ganado. El Salón Imperial ocupaba toda una esquina del octavo piso. Rodeado de ventanales cubiertos por cortinas de terciopelo azul, en aquel momento estaba lleno de gente. Helen vio a Jack Dacre, el jefe de estudios, que le hizo un gesto para que se acercase.


-Me alegro de que hayas venido. -Mi avión se ha retrasado. Siento llegar un poco. . -No te preocupes. Me han dicho que en Boston lo has hecho fenomenal. ¿Qué sabes de lo de esta noche? -Nada. Solo sé que es una presentación. -Una degustación, en realidad. La sección italiana del Continental se ha hecho tan famosa que van a abrir su propio restaurante. Todos los invitados están conectados de una forma u otra con el mundo de la alimentación. -Ah, muy bien. -Preséntate, charla con todo el mundo y, sobre todo, escucha -le aconsejó su jefe de estudios. Dacre se alejó entonces y Helen miró a Braden Fairley, el gerente del hotel. Estaba hablando con un hombre altísimo de pelo oscuro que lo escuchaba sin mucho interés. Fairley se movió un poco a la derecha. . y entonces sus ojos se encontraron con los del hombre. Eran azules, brillantes, llenos de una alegría contagiosa. Ella misma tuvo que sonreír cuando el joven le hizo un gesto de impaciencia. -Está buenísimo, ¿verdad? -escuchó la voz de Dilys detrás de ella. -¿Quién está buenísimo? -¿Y tú lo preguntas? ¡Pero si te lo estás comiendo con los ojos!


-Estaba mirando al señor Fairley -replicó Helen. -Sí, sí. Entre Fairley y un tío que parece un dios griego, vas a mirar a Fairley... -No seas boba. Un dios griego... ¡Ja! -Vale; pues uno de Los vigilantes de la playa. Me gustan más. Y son más accesibles. -Pues a mí no me gusta -dijo Helen, poco convencida. -¡Venga, ya! Debe medir casi un metro noventa y mira qué hombros... Además, no tiene ni gota de grasa. Mira qué estómago más plano... -¡Dilys, por favor! Que se te nota mucho. Además, ¿cómo le has visto el estómago? -No se lo he visto, pero me lo imagino. Me ha guiñado un ojo, por cierto. -Sí, tiene pinta de guiñarle un ojo a cualquiera que lleve falda. -Desde luego. Es de los que quieren meterse en la cama enseguida. -Por favor... Estar a tu lado podría destrozar mi reputación -rio Helen. -¿Ah, sí? Pues adiós, guapa -sonrió su amiga, alejándose para buscar otra presa. Pero a Helen le gustaba aquel hombre, aunque hubiese aparentado desinterés delante de Dilys. Sin querer se le iban los ojos y, al final, ocurrió lo inevitable. Él se dio cuenta de que lo estaba mirando. Helen intentó disimular, pero al final sonrió. La presencia de aquel morenazo era como un rayo de sol entre tanto pesado de traje gris.


Él no llevaba traje, sino una camisa azul de seda y un pantalón de Arman¡. Y Helen debía admitir que Dilys tenía razón; un dios griego quizá era demasiado. Pero sí parecía un vigilante de la playa. Y con ganas de pasarlo bien. De repente, se encontró a sí misma pensando en brindis frente a la chimenea, fresas, pasión... un montón de cosas absurdas. Y debía recuperar la compostura. Haciendo un esfuerzo, Helen empezó a leer folletos sobre la comida italiana. Lo memorizó todo y después hizo lo que se esperaba de ella: mezclarse con los invitados para aprender y aplicar después lo que había aprendido. Una hora más tarde se tomó un descanso. -Toma. Parece que la necesitas -le dijo un joven rubio, ofreciéndole una copa de champán. -Muchas gracias, Erik. Erik era uno de los gerentes de la cadena de hoteles Elroy. Habían ido juntos al teatro varias veces y Helen lo invitó a comer en casa de sus padres un domingo. En realidad solo eran amigos, pero para la gente del hotel eran pareja. -¿Qué tal va todo? -Bien -suspiró ella-. Pero aún tengo mucho que hacer. Helen siguió charlando, estrechando manos y aprendiendo sobre el negocio


de la restauración hasta que, una hora más tarde, decidió descansar de nuevo. -Agotador, ¿eh? -escuchó una voz tras ella. Cuando levantó la mirada, vio al «vigilante de la playa» con una sonrisa en los labios. -¿Has logrado escapar vivo de Fairley? -le preguntó, tuteándolo. No lo habría hecho con ningún otro invitado al que no conociera, pero con aquel joven tan simpático le parecía lo más normal. -¡Por fin! Fairley es agradable, pero repite las cosas diez veces. Me duele la cara de tanto sonreír. De cerca era incluso más guapo. Y más impresionante. Helen decidió que ponerse el vestido rojo había sido buena idea. Sabía que le quedaba de maravilla y, a juzgar por la mirada del hombre, no estaba equivocada en absoluto. Él la tomó entonces del brazo para llevarla hacia una ventana. -Vamos a hacer como que hablamos de trabajo para que nadie venga a molestarnos. -Muy bien. -¡Menuda vista! -Increíble, ¿verdad? ¿Es tu primer viaje a Nueva York? -preguntó Helen. Sabía que no era norteamericano, pero no habría podido decir de qué país procedía. Quizá de España o Grecia.


-Es mi primer viaje a Estados Unidos. Solo llevo aquí dos días y estoy anonadado. -¿Quieres que nos sentemos? El joven asintió con la cabeza y Helen se sentó en un sofá, dejando escapar un suspiro de alivio. -Ese suspiro habla por sí solo. -¿He suspirado? -Como alguien que lleva un mes de pie. ¿Eres una chica de la calle...? ¡Ay, no! -exclamó él entonces, dándose un golpe en la frente-. No se dice así, perdona. Ella soltó una carcajada. -No te preocupes. -Es que me he hecho un lío... No quería insultarte. Perdona. -Da igual. Y, por cierto, aquí en Nueva York cada día quedan menos en la calle. Ahora tienen su propio apartamento, un móvil y hasta una secretaria. Te preguntarás cómo lo sé. El morenazo tragó saliva. -No, no. Tú eres una mujer moderna, con grandes conocimientos sobre las condiciones de vida en esta ciudad. Y ojalá yo no hubiera abierto mi bocaza. -No pasa nada. De verdad.


Era encantador. Podría perdonársele cualquier cosa. -Además, como trabajas en este hotel supongo que verás muchas mujeres... -De ese tipo, no. En el Elroy no se permiten ciertas cosas. Él se cubrió la cara con las manos, desesperado. El gesto lo hacía parecer más joven, casi un crío. En realidad, debía de tener veintisiete o veintiocho años. No más. Y Helen estaba muerta de risa. Cuando apartó las manos, su acompañante miró la plaquita que llevaba prendida en el vestido. Y entonces puso cara de sorpresa. -¿Tienes algo que ver con el nuevo restaurante italiano? -No. Estoy haciendo un curso de dirección de empresas en el hotel y el señor Dacre me ha llamado porque cree que soy italiana y, por lo tanto, este evento debía interesarme. -¿Cree que eres italiana? Tu apellido es italiano. -Solo mi apellido. Pero yo nací en Manhattan y no he pisado Italia en toda mi vida. Tengo mi propio apartamento, pero mi madre sigue con eso de: «¿Cuándo vas a sentar la cabeza con un buen chico italiano?». -¿Y tú qué dices? -Que no hay buenos chicos italianos -contestó Helen-. Son todos como mi


padre. -¿No te gusta tu padre? -Lo adoro -sonrió ella-. Y también adoro a mis hermanos, pero antes de casarme con alguien como ellos me metería a monja. La indignación hacía brillar sus ojos y él pensó que estaba muy guapa cuando se enfadaba. Pero no se lo diría, por supuesto. No quería que le tirase encima una copa de vino. -¿De dónde son tus padres? -De Sicilia. Un sitio en el que «los hombres son hombres y las mujeres saben dónde está su sitio». ¿Puedes creer que mi padre siga diciendo eso en el siglo veintiuno? -Los sicilianos están acostumbrados a ciertos privilegios y no los soltarán fácilmente. -Pues conmigo no tienen nada que hacer - sonrió Helen. -Ya me imagino. Pero si fuera valiente te diría que no puedes disimular que eres italiana. -¿Qué? -Completamente. Siciliana, además -sonrió él-. Pero como soy un cobarde, no te lo


pienso decir. -Muy gracioso. Pero ya hemos hablado suficiente de mí. -Me gusta hablar de ti. En ese momento apareció una chica y le plantó un beso en los labios al morenazo. -Adiós, cariño. Era Angela Havering, una compañera de curso que nunca le había caído bien. -Adiós, guapa. -¿Conoces a Angela? -le preguntó Helen. -La he conocido esta tarde. Como a ti. -Pero yo no te llamo «cariño». -Puedes hacerlo si quieres. ¿Por qué no tomas una copa conmigo cuando termine este rollo? -No puedo -sonrió ella-. Tengo muchas cosas que hacer. -¿Por ejemplo? -Pues... por ejemplo planear una muerte lenta y dolorosa para Lorenzo Martelli. Él dejó su copa sobre la mesa de golpe. -¿Qué pasa? -Nada. Se me ha escurrido la copa. ¿Por qué quieres matar a ese Lorenzo


Martelli? -0 eso o me caso con él. -¿Ah, sí? -Dentro de una hora debo estar en casa de mis padres para conocerlo. Es siciliano y su familia era muy amiga de la mía. -¿Y por qué tienes que casarte con él? -Porque mis padres están empeñados. -Pero si no lo conoces... -Increíble, ¿verdad? Mis padres han arreglado la cena mientras yo estaba en Boston, pero llevo semanas oyendo que es un buen partido, que estará buscando una esposa siciliana... -¿No podía encontrar una en Sicilia? -Eso es lo que digo yo. Pero seguramente es tan gordo y feo que tiene que buscar esposa donde pueda. El asintió. -Séguramente. Haces bien diciendo que no. -Esta noche pienso sentarme a cenar muy sonriente, diciendo a todo que sí, como una obediente chica italiana -dijo Helen entonces.


-¿Obediente? No te creo. -Mis padres quieren que sea obediente y lo seré... esta noche. Me aguantaré las ganas de darle una patada en la espinilla, pero si tengo que ver a ese Lorenzo Martelli otra vez, no respondo de mí misma. -Pobrecillo. Él no tiene la culpa. -¿Que no tiene la culpa? Exterminándolo le haré un favor a todo el mundo. -¿Y ya has decidido cómo vas a hacerlo? -Había pensado tirarlo en una olla de aceite hirviendo, pero me parece demasiado bueno para él. -Y poco imaginativo. -Tienes razón -asintió Helen-. Encerrarlo en una caja con escorpiones y arañas estaría mucho mejor. -¿No estás siendo un poco drástica? Puede que te enamores de ese Lorenzo Martelli. Ella lo miró, irónica. -Prefiero la muerte. La mía, si es necesario. Pero preferiblemente, la suya. -¿Qué tienes contra ese pobre hombre? ¿Ser italiano es tan malo? - Ser un hombre italiano es lo peor. Son anticuados, dominantes y adúlteros. Especialmente, lo último.


-¿Por qué lo último? -¿Sabes cómo llaman a los maridos italianos? «Solteros casados». Un marido fiel es considerado un tonto. ¿Qué te parece? -Me parece que no conoces Italia. Ha cambiado mucho desde hace cincuenta años. -No estoy yo tan segura. -Además de adúlteros, dominantes y anticuados... ¿por lo demás te caen bien los italianos? -bromeó él entonces. -No. -¿Por qué? -Porque sé perfectamente lo que Lorenzo Martelli está pensando en este instante. -Lo dudo. -¿Qué? -Nada. Dime qué estás pensando. -Él sabe que en mi casa hay cuatro chicas solteras: Patrizia, Olivia, Carlotta y yo. Y esperará que una o todas nos echemos en sus brazos. Los Martelli son ricos, así que se creerá el rey de la creación -le contó Helen, acalorándose cada vez más-. Seguro que desfila delante de nosotras, esperando que alguna lo elija.


-¡Qué imbécil! -murmuró él. -Eso digo yo. En fin, perdona que te haya contado mi vida, pero es que cada vez que pienso en ese Martelli... ¡Uy, tengo que irme! Es tardísimo. -Yo acabo de llegar a Nueva York y no tengo coche, pero puedo acompañarte a tomar un taxi. -Muchas gracias. Por cierto, aún no me has dicho tu nombre. -Sí, bueno... perdona, tengo que despedirme de Fairley. Vuelvo enseguida. Helen buscó a Dilys para pedirle que se llevara sus maletas a casa y después al señor Dacre para despedirse. -Buen trabajo. Lo has hecho muy bien. Antes de que ella pudiera preguntarle por qué decía eso, el joven reapareció y la tomó del brazo. -¿Nos vamos? Cuando salieron a la calle para buscar un taxi, muchas cabezas se volvieron para observar a una pareja tan atractiva... y entonces a Helen se le ocurrió una brillante idea. -Ven conmigo. -¿Cómo?


-Ven a cenar a casa de mis padres. -¿Qué estás planeando? -preguntó él, receloso. -Nada. Solo quiero que me acompañes y... te sientes a mi lado en la mesa. -¿Para que ese Martelli no piense que estás disponible? -Algo así. Por favor... Es que no puedo soportar la idea de tener a un tipo gordo y sudoroso delante de mí. Él dudó un momento. Sabía que estaba metiéndose en un buen lío. Cuando Helen Angolini descubriera su identidad... -De acuerdo. Ese tipo necesita que alguien lo ponga en su sitio. -Eres genial. -Estoy loco, más bien. Cuando iban a entrar en el taxi, Erik la llamó desde la puerta del hotel. -¿Vas a casa de tus padres? -Me temo que sí. -Te llevaría yo, pero sé que no les caigo bien. Llámame mañana a primera hora, quiero que me cuentes qué tal en Boston -se despidió Erik, dándole un beso en la mejilla. -¿Tu novio? -le preguntó su acompañante. -No, un buen amigo. Lo llevé a cenar a casa una vez y mis padres se


dedicaron a sabotear la relación. Mi madre le contó cosas horribles sobre mí y mi temperamento italiano... -Helen soltó una carcajada-. Y Erik se dedicó a hablarle de sus antepasados vikingos, que se bebían la sangre de sus enemigos. Por supuesto, no he vuelto a llevarlo por allí. -Lo ves a solas, ¿no? -Salimos de vez en cuando. Después de darle al taxista la dirección de sus padres, Helen se arrellanó en el asiento. -¿Adónde vamos? -A la calle Mulberry. Está en una zona de Nueva York que llaman «la pequeña Italia» -dijo ella, exasperada. -Ah, claro. En cuanto el taxi se puso en marcha, empezó a sonar su móvil. -Hola, mamá. Sí, voy para allá. Llegaré en menos de media hora... Sí, estoy deseando conocerlo. No, de verdad, es maravilloso que nos honre con su presencia. Cuando Helen miró a su acompañante, estaba sonriendo. -Mientes muy bien. -Es más fácil decir lo que mi madre quiere escuchar. Si no es así, se desentiende. No había mucha distancia entre Park Avenue y «la pequeña Italia», pero el


ambiente era completamente diferente. Del lujo al barrio. A pesar del desdén por sus raíces italianas, a Helen le encantaban las calles en las que había crecido. Aquel sitio era su hogar, dijera lo que dijera. Pero al parar delante de la carnicería, el negocio de su familia, vio que todos sus hermanos estaban asomados a las ventanas. Como siempre, por si acaso le pasaba algo. Qué pesados. Cuando salieron del taxi, Helen sintió un escalofrío. Había dejado de nevar, pero hacía un frío tremendo. Su acompañante pagó al taxista y se volvió para mirar a «los espectadores». Helen Angolini iba a castigarlo por lo que estaba haciendo... pero la recompensa merecía la pena. -Nos están mirando. -No pierden ripio -suspiró ella. -Pues vamos a darles algo que observar. -¿Cómo? -Ven -dijo él entonces, tomándola por la cintura. -¿Qué haces? -susurró Helen, sorprendida por su poca vergüenza y... excitada por la proximidad del hombre. -Estoy dándote la oportunidad de quitarte a ese italiano gordo de encima. -No es tan fácil.


-0 eres una mujer moderna o una hija obediente. Tú decides. Estaban tan cerca que sus labios se rozaban y Helen tenía dificultades para pensar con claridad. -No suelo besar a un hombre al que acabo de conocer. -Pero ellos no saben que acabamos de conocernos. -Pero si ni siquiera sé cómo te llam... Helen no pudo terminar la frase porque él la estaba besando. No era un beso agresivo, todo lo contrario. Pero tuvo la impresión de que era un experto. Aquellos labios sabían demasiado. Y le devolvían la imagen que había tenido nada más verlo en el hotel: una imagen de brindis con champán, el fuego de una chimenea... y pasión desatada. El viento era helado, pero en los brazos del hombre se sentía arropada. -Sería más convincente si me devolvieras el beso -dijo él entonces-. Ponme los brazos alrededor del cuello. Helen sabía que no debía hacerlo, pero lo hizo. Y cuando le devolvió el beso, supo que no lo hacía solo para «parecer convincente». Lo estaba besando porque quería. Después se apartó, mareada. -Yo creo que ya está bien -dijo, con voz temblorosa. -Pero si ni siquiera hemos empezado. . - murmuró él, con voz ronca. Cuando lo


miró a los ojos, Helen se dio cuenta de que también parecía un poco sorprendido. -Suéltame. Si Lorenzo Martelli te ve besándome podría rajarte. -¿Rajarme? -rio él-. Espero que tú te pongas de mi lado en la pelea. -No creo que haya ninguna pelea. -Créeme, la habrá -sonrió él, enigmático. En ese momento apareció su madre, toda sónrisas. -¡Hija mía! -exclamó, abrazándola en medio de la calle como si fuera la hija pródiga. -Mamá, he venido con... -Lo sé, lo sé. Tu padre me ha dicho quién es. -¿Papá lo conoce? -Claro que lo conoce. Fue a buscarlo al aeropuerto anteayer. ¿No hemos elegido un marido extraordinario para ti? Helen la miró, perpleja. Entonces apareció su padre y saludó a... como se llamase con un fuerte apretón de manos, como si lo conociera de toda la vida. Y Helen entendió por fin. -¡Lorenzo! -gritaron sus hermanas. Lorenzo Martelli estaba entrando en su casa de la mano de Patrizia y Carlotta y la miraba encogiéndose de hombros.


Lorenzo Martelli, al que iba a asesinar. Capítulo 2 SU madre estaba prácticamente dando saltos de alegría, besándola una y otra vez. -¿No es maravilloso? ¡Os habéis gustado inmediatamente! Ya verás cuando la tía Lucía se entere de esto. Helen hizo una mueca al pensar que la noticia podría extenderse por todo Maryland. ¿Cuánto tardaría en llegar a California? -Mamá, no le digas nada a la tía Lucía. -Tienes razón. Será mejor esperar a que pida tu mano. -¡Mamá! -Vale, vale. Pero tienes que decirme cómo os habéis conocido. -Estaba en el hotel Elroy. -Ah, claro. Lorenzo quiere vender sus productos allí. ¡Ay, va a ser un matrimonio de cine! -No va ser un matrimonio de nada, mamá - replicó Helen-. No pienso casarme con él. La señora Angolini lanzó un grito.


-¿Cómo que no vas a casarte con él? ¿Qué clase de chica besa a un hombre delante de todo el vecindario y luego dice que no quiere casarse con él? -No nos hemos besado delante de... -Helen levantó la mirada y comprobó que todos los vecinos estaban asomados a las ventanas-. Será mejor que entremos. Una cosa estaba clara: no podía decirle la verdad a sus padres. Si besar a un hombre al que acababa de conocer era horrible, besar a alguien cuyo nombre ni siquiera conocía hasta un minuto antes... Los Angolini nunca se recuperarían del susto. El apartamento que tenían encima de la carnicería era el orgullo de su padre. Aunque era muy grande, con todos ellos reunidos, más esposos e hijos, tíos y tías aquello era un caos... Cuando subieron, Lorenzo estaba en medio de una pequeña multitud, sonriendo de oreja a oreja. Había visto la bolsa de piel que llevaba en la mano y entonces descubrió el propósito. En ella había regalos, vinos italianos y delicatessen de Sicilia que hicieron llorar a su madre recordando el sitio donde había nacido. Helen estaba tan emocionada por la alegría de su mamma que casi perdonó a Lorenzo. Casi. Sus hermanas estaban en éxtasis. -Es tan guapo -suspiraba Patrizia-. Qué suerte tienes, Elena. -Me llamo Helen -replicó ella-. Y no quiero seguir hablando de Lorenzo


Martelli. -Pero yo quiero ser dama de honor en tu boda -protestó Carlotta, de solo quince años. -Si no te callas, serás un nombre más en la página de personas desaparecidas. Helen se volvió hacia Lorenzo. -Tenemos que hablar. -Mira, lo siento... -Claro que vas a sentirlo. -No lo pude evitar. Para deleite de toda su familia, Helen le puso las manos sobre los hombros, mirándolo con una sonrisa encantadora. -Eres un cerdo -dijo en voz baja. -Yo no quería engañarte. -¿Le has contado la verdad a mi familia? -No. -Mejor. Si no, estarías muerto -murmuró Helen. Lorenzo tragó saliva. Las puertas que conectaban el salón y el cuarto de estar estaban abiertas y la señora Angolini empezó a sacar platos de la cocina como para dar de comer a un ejército.


Todo el mundo quería hablar con Lorenzo, de modo que Helen no tuvo que molestarse en darle conversación. Pero mientras cenaban repasaba, horrorizada, lo que le había contado en el hotel. Que sus padres querían casarla, por ejemplo. Y había puesto verde al tal Lorenzo Martelli, sin que él se diera por aludido. Un cerdo, desde luego. Y encima, la convencía para que le diera un beso... Entonces se puso colorada como un tomate. Cuando lo miró, furiosa, comprobó que él la estaba mirando, interrogante. Tenía una sonrisa en los labios que, en otro momento, le habría parecido encantadora. Pero era un falso. Después de insultarle, quería ganar su perdón con aquella sonrisa. Pues lo tenía claro. Lorenzo estaba hablando de su familia en Palermo. Por lo visto, su padre había muerto unos años antes y su madre estaba delicada de salud. -Me llamó la semana pasada para decir que venías -sonrió Francesca, la madre de Helen -. Y yo le dije que siempre serías bienvenido en mi casa. -Desde luego esta noche me has hecho sentir bienvenido -le aseguró Lorenzo, con aquella sonrisa que, seguramente, tenía ensayada. -¿Tienes hermanos? -le preguntó Carlotta.


-Dos. Renato y Bernardo. -No sabía que tuvieras dos hermanos -murmuró su padre, pensativo-. Pensé que solo erais dos. -Somos tres -dijo Lorenzo, sin mirarlo. Después, siguió charlando con todo el mundo. Sus hermanos estaban encantados y a sus hermanas les faltaba poco para echarse en sus brazos. Menudo actor estaba hecho, pensó Helen. Lo peor de todo era que sus padres también estaban contentos, de modo que iba a resultarle difícil decirles que aquel tipo era un canalla que debería ser colgado de los pulgares hasta que jurase no acercarse jamás a una mujer. Lorenzo creía leer sus pensamientos, pero no tenía tiempo de preocuparse por el castigo que lo esperaba. Estaba acostumbrado a las grandes reuniones familiares típicas de los sicilianos, pero le costaba mucho contestar a todas las preguntas que le hacían. Además de la familia Angolini había varios parientes y uno de ellos, Giorgio, el cuñado de Francesca, lo miraba con cara de pocos amigos. Era un hombre grueso con expresión odiosa que insistía en contarle cómo su familia llevaba años intentando venderle sus productos a los Martelli y siempre habían sido rechazados, como exigiendo que se rectificase el error inmediatamente. Otra razón más para dar saltos de alegría por no tener que casarse con Helen


Angolini. Aunque ella no lo hubiera rechazado antes. En realidad, empezaba a entenderla. Los hombres de su familia eran más anticuados que los propios sicilianos. En aquella casa, los hombres no movían un plato y esperaban que fueran sus mujeres las que lo hicieran todo. Era como, si para ellos, nada hubiera cambiado en cien años. La cena fue soberbia y Lorenzo entró en la cocina para felicitar a la cocinera, pero fue interrumpido por el señor Angolini, que empezó a disertar sobre la calidad de sus productos cárnicos. Cuando pudo zafarse intentó de nuevo felicitarla, pero entonces fue Giorgio quien interrumpió con una grosería insoportable. La pobre Francesca sonrió, mientras le pedía a sus hijas que la ayudasen a limpiar la mesa. Después, el grupo se dividió en dos: las mujeres en la cocina haciendo café y los hombres sentados alrededor de la mesa, charlando. La cena terminó con un brindis por Lorenzo y una invitación para que volviese cuando quisiera. El señor Angolini bostezó y, como si fuera una señal, todo el mundo empezaron a marcharse. -Bueno, yo también tengo que irme -dijo Lorenzo. -No, tú quédate un rato -le pidió Francesca-. Nosotros tenemos que levantarnos temprano, pero Elena puede hacerte otro café. -Sí, quédate -sonrió ella-. Tenemos muchas cosas de qué hablar.


Lorenzo la miró, receloso. Cuando todos se fueron a la cama, Helen lo miró de arriba abajo. -Así que tú eres Lorenzo Martelli -dijo con los dientes apretados. -Sí. -¿Y has sido Lorenzo Martelli todo el tiempo? -¿Tú qué crees? -replicó él, a la defensiva-. Uno no cambia de nombre a voluntad. -¿Eras Lorenzo Martelli cuando estábamos hablando en el hotel? -Que yo sepa, sí. -¿Y eras Lorenzo Martelli cuando me besaste? -Sí, Helen. -¿Aunque sabías que yo te detestaba? -Detestabas a un tipo que no conocías. -Detestaba a Lorenzo Martelli entonces y ahora lo detesto más porque sé que es un canalla. ¿Quieres que te diga lo que me gustaría hacer contigo? -Mejor no. -Besarme ha sido una bajeza y si se lo cuento a mi padre, te meterá en la picadora de carne. -Si quiere que me case contigo, no me meterá en ninguna parte -replicó Lorenzo-.


Tienes razón, te he robado un beso, pero es que me dejé llevar por tu belleza y... -Ninguna persona decente haría lo que tú has hecho. -Yo no soy una persona decente -replicó él. Helen lo miró, sorprendida-. Quiero decir que... era una pequeña broma. No es para tanto. -Me engañaste. -Tienes razón. ¿Y si te devuelvo el beso? -Acércate un centímetro más y eres hombre muerto. -Yo te besé, pero tú me devolviste el beso. -¡Mentira! Nada en el mundo me haría besar a un canalla como Lorenzo Martelli. -¿Quieres no hablar de mí como si no estuviera en la habitación? Y sé cuándo una mujer me besa con ganas. -Por experiencia, ¿no? Por supuesto, tienes una vasta experiencia con las mujeres. -La suficiente. -¡Ja! -¿Te importa explicar qué has querido decir con eso? -Da igual. -Porque no querías decir nada. Cuando alguien no sabe qué decir, suelta:


«¡Ja!», así como si supiera algo que el otro no sabe... -¿No me digas? Pues deja que te explique algo, listo. No puedo contarles que no te conocía de nada porque eso sería una vergüenza para mis padres, mis hermanas, mis hermanos, mis tíos, mis tías, mis primos y sus antepasados en Sicilia. Y lo que es peor, mi madre está deseando contárselo a mi tía Lucia, que vive en Maryland, que por supuesto se lo contará a mi tía Zita, de Idaho, que llamará a Los Ángeles... Esta es una familia siciliana, amiguito. Hoy Manhattan, mañana el mundo entero. ¿Te das cuenta de que ahora todos esperan que me case contigo? -Sin problemas. Yo arreglaré el asunto. -¿Cómo? -Juro que nunca pediré tu mano. Te doy mi palabra de que estás a salvo. Para que te quedes tranquila, le diré a tus padres que... no me gustas. -¿Después de lo que vieron en la calle? -Les diré que besas fatal y... ¡no me tires eso! Lorenzo tuvo que apartarse cuando un libro pasó rozando su cabeza. -¡Fuera de aquí! -le gritó Helen. -¿No deberíamos quedar para otro día? Tus padres esperarán... -¡Fuera! -¿Vas a dormir aquí?


-No. Me voy a mi casa. -¿No deberíamos irnos juntos? Helen respiró profundamente. -Señor Martelli, si hubiera estado escuchándo me sabría que no deseo compartir el mismo planeta con usted. Y menos un taxi. -Tú tampoco me gustas, pero puedo hacer un sacrificio. -¿Quién va a saber si nos vamos juntos en taxi? -Cualquiera que esté asomado a la ventana. Ella se quedó pensativa. -Tienes razón. Llamaré a un taxi. Tenían que irse juntos o empezarían los rumores. Y ya había habido más que suficientes. Afortunadamente, el taxi llegó enseguida y cuando desapareció por la esquina de la calle, la señora Angolini apagó la luz de su dormitorio. -¿Has visto qué bien se porta con ella? -Sí, pero ¿qué eran esas voces en el salón? -preguntó su marido. -Oh, nada. Una bronca de enamorados. En el taxi, Lorenzo dejó escapar un suspiro. -¿Por qué no tomamos una copa para hacer las paces? -No tengo ganas de hacer las paces -replicó ella-. Te dejaré en el Elroy y


después me iré a casa. -Ya veo. Piensas ignorarme. -Tienes suerte de que no te haya dado un puñetazo en la nariz. El acercó la cara, retándola. -Déjame en paz -murmuró Helen, intentando no reírse. -Venga, dame un puñetazo. Si así te sientes mejor... Ella cerró el puño y le dio un puñetazo muy flojito en la cara. Un error. Lorenzo sujetó su mano y le dio un beso. El gesto la pilló por sorpresa. Estaba besando su mano, pero sentía como si estuviera besándola de nuevo en la boca. Debía decirle que parase inmediatamente. Pero no tenía ganas de hacerlo. Era como si estuviera siendo bañada por las olas, como si el vino de la cena se le hubiera subido a la cabeza. Cuando empezaba a asustarse de verdad, él la soltó y... Helen se sintió abandonada. No podía ser, aquello era absurdo. -Ya hemos llegado al hotel -suspiró, aliviada-. No te preocupes por mis padres. Mañana les diré que no volveremos a vemos. -¿Y qué pasa con la boda? -Les diré que no hay boda.


-¿Despuéss de lo que han visto? -Nos hemos dado cuenta de que fue un error. Lorenzo sonrió. -¿Qué fue un error? -La primera impresión... pero estábamos equivocados. Nos dejamos llevar. -A mí no me importaría que me llevases a alguna parte... -Corta el rollo -lo interrumpió Helen-. Esa carita de bueno te vale con mi madre, pero a mí no me engañas. -Me lo temía -dijo él, entristecido. -Buenas noches, señor Martelli. Ha sido un placer conocerlo. -No es verdad. Querías cocinarme en aceite hirviendo. -Solo estaba siendo amable. -En ese caso, señorita Angolini, gracias por una noche encantadora. Espero que nuestros caminos se crucen algún día. -No si yo puedo evitarlo -replicó ella-. Buenas noches, señor Martelli. Helen lo vio entrar en el hotel y desaparecer de su vida. Para siempre, esperaba. Después, le dio al taxista la dirección de su apartamento. Dilys estaba en pijama, viendo la televisión. -Te vi salir del hotel con el «vigilante de la playa». ¿Qué tal?


-Guapo por fuera y vacío por dentro. Un aburrido, la verdad. Al día siguiente, Jack Dacre la llamó a su despacho. -Tengo un trabajo para ti. Como el señor Martelli y tú ya habéis roto el hielo, espero que sea de tu agrado. -¿El señor Martelli? -repitió Helen, intentando disimular su agitación. -Quiero que lo acompañes por Nueva York. Por lo visto, no habla inglés tan bien como creía. Se encuentra más cómodo hablando en italiano y tú eres la única que lo habla aquí. Quiero que lo acompañes a sus reuniones para que quede satisfecho. -Sí, claro que quedará satisfecho -murmuró Helen, llamando a la puerta de Lorenzo con rabia contenida. Él abrió, mirándola con expresión de fingido pavor. - ¡No me pegues! -¿Quieres dejar de hacer el tonto? -Yo también me alegro de verte. -Eres un mentiroso. ¿Por qué le has dicho al señor Dacre que no hablas inglés? -Porque no habla... yo italiano, yo italiano. No habla... Helen intentó no sonreír, pero le resultaba difícil. -Por lo visto, debo acompañarte. ¿Quieres que discutamos el programa del día?


-¿Por qué no me enseñas Nueva York? - Señor Martelli, soy una mujer muy ocupada. -Vale, vale -dijo él, resignado-. Esta es la lista de sitios que debo visitar. Son varios restaurantes. -Pero ninguno es italiano -objetó Helen, estudiando la lista. -Claro que no. Los restaurantes italianos ya saben que los productos Martelli son los mejores. Quiero abrir nuevos mercados. -Ah, ya veo. Debería haberlo imaginado. -Como buena siciliana... -¿Qué? -Nada, nada. Vámonos. Durante las siguientes horas Helen descubrió que Lorenzo Martelli, además de guapísimo... y un cerdo, era un hombre de negocios extraordinario. Por la tarde, ya tenía una cartera de clientes, todos restaurantes norteamericanos o franceses. Afortunadamente,también tenía un almacén en el puerto, lleno de productos llegados directamente de Sicilia. -Estoy agotado -suspiró él-. Vamos a descansar un rato. El sitio que había elegido era un restaurante llamado Fives, sobre la bahía del Hudson. Helen estaba acostumbrada a ver las luces de Nueva York sobre las oscuras


aguas del río, pero aquella noche sus sentidos parecían más despiertos. Se sentía bien. Había sido un día muy agradable porque cuando no la ponía de los nervios, Lorenzo era encantador. -Deberías estar contento. -Sí, pero es como si hubiera hecho el trabajo de una semana. en un solo día. -Yo también. No he dejado de tomar notas. -¿Te he hecho trabajar mucho? -Desde luego que sí. Solo debería ser tu traductora. -La verdad es que no necesito un traductor - dijo él entonces, poniendo cara de bueno. -No, pero necesitas un «chico para todo»: anota esto, tacha lo otro... Lorenzo le tiró un beso. -Eres el mejor «chico para todo» de Nueva York -sonrió, sacando su ordenador portátil-. Vamos a grabar tus notas ahora que están frescas... Oye, no puedo leer tu letra. -Yo lo haré. Tú pide algo de comer antes de que me desmaye. Lorenzo lanzó una exclamación al ver la carta: -¡Genial! Es un restaurante vegetariano. Probaremos todos los platos para saber


si pueden mejorarse con mis productos. Helen estaba tan concentrada grabando las notas en el ordenador que no se dio cuenta de que Lorenzo había pedido por los dos. -Pero si no te he dicho lo que quiero... -He pedido un menú de degustación. -¿Y por qué no me has preguntado si me apetecía? -Pues... -Eso es lo que haría mi padre -lo regañó Helen. -Pero esto es diferente. Tu padre actúa como un patriarca, yo lo hago por motivos nobles. -¿Ah, sí? -Estoy intentando ganar dinero. Helen dejó escapar un suspiro. -Ya, claro. El motivo más noble de todos. -Hablando de tu padre, la verdad es que empiezo a entenderte. Es demasiado tradicional. -Es un hombre maravilloso -sonrió ella-. Ha trabajado mucho para sacar a la familia adelante, pero siempre tiene que ser él quien tome las decisiones. Como tú, por cierto. -No es verdad. Mi padre murió cuando yo tenía nueve años, pero nunca le habló a


mi madre... bueno, como tu padre le habla a la tuya. Y yo nunca le hablaría así a mi esposa. -NO pienso casarme contigo, Martelli. Lorenzo sonrió. -Eso díselo a tu padre. Anoche prácticamente estaba planeando cómo iban a sentarse los invitados en el banquete. -Díselo tú. Tú eres el hombre, ¿no? El que tiene autoridad, el que habla mientras la pobrecita de su mujer está callada. -¿Yo? -exclamó él, alarmado. -¿Qué eres, un hombre o un ratón? -Un ratón. Es mucho más seguro. -Para no tener que darle una explicación a mi padre, ¿eh? Lorenzo la miró durante unos segundos, en silencio. -No quieres casarte conmigo solo para llevarle la contraria, ¿verdad? -Por eso y por muchas otras razones. -Ah, bueno. Entonces, estoy a salvo. -Anda, vamos a comer -sonrió Helen-. Estoy deseando saber qué ha pedido «el gran hombre» sin contar conmigo. Capítulo 3


ESTABAN tomando una riquísima ensalada de alcachofas y Lorenzo le sirvió otra copa de vino. -¿Y tus hermanas? ¿Piensan lo mismo de tu padre? -No -contestó ella-. Discuten con mis padres todo el tiempo, pero es normal a su edad. Ellas no se sienten sofocadas por la familia, como yo. -¿Te sientes sofocada por tu familia? -Me sofocan sus expectativas. Anoche cuando nos vieron en la calle, no se sorprendieron en absoluto. Sencillamente, pensaron que su plan estaba funcionando. -Pero tú vas a darles un disgusto casándote con Erik. -Ni con Erik ni con nadie. ¿Por qué tengo que casarme con alguien? -le espetó Helen, irritada. -Porque es lo normal. Si la gente no se casa, no hay niños. -¿Es que no hay nada más en la vida? Supón que me apetezca ser directora de un hotel o de una cadena de hoteles y no quiera casarme. -¿No puedes hacer las dos cosas? -No si me caso con un siciliano -contestó ella. -Ya veo -murmuró Lorenzo, pensativo-. Entonces, si me pusiera de rodillas para


pedir tu mano, ¿me dirías que no? -Si te pusieras de rodillas llamaría a un manicomio para que vinieran a buscarte. -Ah, gracias por la advertencia. Los dos soltaron una carcajada. -Si supieras lo agradable que es hablar con alguien que no da gritos de horror por lo que digo... -Para eso están los amigos. Yo creo que necesitas un amigo, Helen. -Los hombres y las mujeres no pueden ser amigos. -¿Quién ha dicho eso? -Mis padres. Mi padre dice que es imposible porque las mujeres deben estar en la cocina y mi madre dice que es imposible porque los hombres «solo quieren una cosa». -Pues vamos a probarles que están equivocados -dijo Lorenzo entonces-. Los hombres y las mujeres deben ser amigos porque uno le enseña cosas al otro. Somos muy diferentes, pero compatibles. ¿No te parece? -Claro que sí. Pero en mi familia... -Y en la mía. Pero nosotros pertenecemos a otra generación -la interrumpió él, ofreciendo su mano. Helen la apretó, como si acabaran de firmar un pacto.


Entonces notó por el rabillo del ojo que la gente los miraba. -¿Sabes lo que están pensando? -Sí, que estamos enamorados. ¿Por qué si no van a tomarse de la mano un hombre y una mujer? Los dos se quedaron en silencio. ¿Por qué si no? -Si les dijéramos la verdad, no nos creerían. -¿Cómo iban a entender que hemos descubierto la segunda relación más importante de nuestras vidas? -¿La segunda? -Supongo que algún día me enamoraré de verdad. Y tú conocerás a un hombre al que no rechazarás en cinco minutos. -Sí, claro, supongo que sí -murmuró ella. -Pero hasta entonces... -La amistad es lo primero -sonrió Helen. -Eso es. -¿Qué has querido decir con lo de «enamorarme de verdad»? ¿Es que hay otra forma de enamorarse? -Bueno... ya sabes -murmuró Lorenzo, poniéndose colorado.


-Venga, cuéntaselo a tu amiga. Eres infiel por naturaleza, ¿verdad? -Tú lo has dicho, infiel por naturaleza. ¿Dónde está el segundo plato? Entonces Helen recordó algo. -¿Por qué te pusiste nervioso cuando mi padre te preguntó por tus hermanos? ¿Tienes uno o dos? -Tengo un hermano y un hermanastro. -¿Uno de tus padres estuvo casado antes? -No exactamente -contestó él-. Me imagino lo que pensarás, pero... mi padre tuvo una relación extramatrimonial. Bernardo es hijo de otra mujer. -¿Una relación extramatrimonial? ¿Mientras estaba casado con tu madre? -Sí. -¿Y ella lo sabía? -Claro que lo sabía. Y le prometió a mi padre que, si él moría, se encargaría de su otra familia. -¿Estás diciendo que se hizo cargo de la amante de su marido? -exclamó Helen, incrédula. -No tuvo que hacerlo. Mi padre y Marta murieron a la vez, en un accidente de coche. Pero Bernardo se crio en casa desde los trece años. Ella lo miró, horrorizada.


-Tu madre debe de ser una santa. -Lo es. -Pobre mujer. -No es una pobre mujer -protestó Lorenzo-. Lleva la casa con mano de hierro, te lo aseguro. -Pero tu padre debió romperle el corazón. -Yo creo que no. Mi padre y ella siempre se llevaron muy bien. -Querrás decir que tu pobre madre tuvo que soportar la infidelidad de su marido porque no tenía otra opción. -Mira, no lo sé. Yo no soy mi madre. -Claro que no. ¿Por qué no le contaste esto a mi padre? -Porque tus hermanas son muy jóvenes y... Helen se dio cuenta de que a Lorenzo le avergonzaba el asunto. Y eso le gustó. Al menos, no le parecía lo más normal del mundo. -Eres un chico muy moderno, pero siciliano hasta la médula, ¿eh? -Tú también. -De eso nada. -Niégalo todo lo que quieras, pero es verdad.


-Como sigas por ahí te parto la cara, Martelli. -Vale, me rindo. -Háblame de tu hermanastro. ¿De verdad lo aceptasteis bien en la familia? -En realidad, es él quien nos rechaza. Ni siquiera quiso aceptar el apellido de mi padre. Ahora vive en Montedoro, un pueblecito en la costa, y no quiere saber nada del negocio familiar, ni de dinero... Conoció a una chica inglesa, Angie, y cuando se enteró de que era rica la dejó. -¿Y qué dijo ella? -Angie es médico y ha comprado la consulta del pueblo, así que viven uno enfrente del otro. Ella es como tú, no acepta que un hombre le diga lo que tiene que hacer. -Me gusta esa Angie. ¿Cómo conoció a tu hermano? -Fue a Sicilia con Heather, mi cuñada -contestó Lorenzo, sin mirarla. Y, de nuevo, Helen intuyó que se sentía avergonzado. -Heather está casada con tu hermano Renato, ¿no? -Esta ensalada es riquísima, pero estaría mejor con mis lechugas y mis pimientos -dijo Lorenzo entonces, cambiando hábilmente de conversación. -Anoche te vi discutir con Giorgio. No tengo que preguntar por qué. -El hombre insistía en que los Martelli nunca han querido comprarle productos a sus parientes en Sicilia. Pero es que no son suficientemente buenos. Por lo visto, Renato le pidió que intentasen mejorar la calidad, pero en lugar de


hacerlo se limitan a gritar que es una injusticia. -No hay excusa para tener malos productos en Sicilia. -Desde luego que no -sonrió Lorenzo. Entonces empezó a hablarle de Sicilia y sus ojos se iluminaron. Aquel hombre tan guapo parecía un niño emocionado al hablar de su tierra. Tanto que hasta Helen se emocionó. -Los Martelli saben mucho de la tierra. Llevamos muchas generaciones viviendo de ella. -Es más que eso, Lorenzo. -Sí, es verdad. Es parte de mi corazón, no puedo evitarlo. Salgo de Sicilia, pero siempre vuelvo. No se puede escapar. Lorenzo Martelli era un hombre que podría ganarse el corazón de cualquier mujer. Su encanto, su físico, su amabilidad y su simpatía hacían amarlo. Pero una mujer como ella debía armarse para evitar el peligro. -¿Cuánto tiempo vas a quedarte en Nueva York? -Un par de días. Luego me voy a Boston, Chicago, Los Ángeles... Y después tengo que volver a Sicilia para informar a Renato. Si está contento con el resultado, me dejará volver.


-¿Es un negrero? -No. Pero desde que murió mi padre se ha convertido en el patriarca de la familia. Al final de la cena, Lorenzo pidió hablar con el propietario del restaurante y con el chef, que se mostraron muy interesados por sus productos. -Renato debería estar orgulloso de ti -sonrió Helen-. ¿Y ahora qué, quieres que te muestre la vida nocturna de Nueva York? -Son las doce... Es por la mañana en Palermo y Renato me mataría si no lo llamo -suspiró él, mientras llamaba a un taxi-. Muchísimas gracias por todo, Helen. Si te parece, podemos tomar algo mañana. -Estupendo. -Vale. Te llamaré. Se vieron dos veces antes de que Lorenzo se fuera a Boston. Después volvió a Nueva York una noche y aceptó cenar de nuevo en casa de sus padres, haciendo el papel de tímido pretendiente. Algo que hacía reír a Helen, además de evitar preguntas molestas. Y luego empezó su gira por Chicago, Los Ángeles... Durante un mes estuvo llamándola fielmente cada semana para contarle sus progresos. Ella, mientras tanto, siguió haciendo su curso de dirección de empresas.


-Estas cifras no cuadran -le dijo una noche a Erik. -Tenemos que excluir ciertos beneficios porque las cantidades son despreciables. -Ah, ya veo. -¿Te apetece tomar una copa? -Estupendo. Ninguno de los dos se dio cuenta de que alguien había abierto la puerta. Ni de que el hombre que los observaba no parecía contento al verlos tan juntos. -Hola -los saludó Lorenzo. Erik se levantó para estrechar su mano. -Me alegro de volver a verte. Todo el mundo está muy contento con los productos Martelli. -Eso es lo que quería oír -sonrió él-. He vuelto a Nueva York para comprobar cómo van las ventas. -Hola, Lorenzo -lo saludó Helen. -Hola, Elena. -Estábamos a punto de salir a tomar una copa -dijo Erik-. ¿Por qué no dejas la maleta en tu habitación y te reúnes con nosotros en el bar? -Muy bien. Nos vemos dentro de diez minutos. Pero cuando Lorenzo bajó al bar, Helen estaba sola en la barra.


-Erik ha tenido que marcharse a una reunión urgente. -¿Ah, sí? Qué pena. Vámonos. -¿Adónde? -A otro sitio. -Pero tenemos que hablar sobre tus productos... -Otro día. Fueron a un café cerca del río y, mientras charlaban, Helen se dio cuenta de cuánto lo había echado de menos. Y cuánto lo echaría de menos porque estaba a punto de volver a Sicilia. -¿Tus padres siguen insistiendo en que te cases? -He tenido un golpe de suerte, o más bien una brillante idea. Le he dicho a mi madre que no puedo decidirme entre Erik y tú. -¿No me digas? -Te digo. Mi madre insiste en que eres un chico estupendo... -¿Y tú le has contado la verdad? -Decirle cómo eres en realidad no valdría de nada. Mi madre está loca por ti rio Helen. -Entonces, ¿cuando anuncies que vas a casarte con Erik tu madre se alegrará? -No voy a casarme con él. -Pues antes os he visto muy juntitos.


-Estaba explicándome unas cifras. -Ya. Pues yo creo que debo darte la enhorabuena. -¿Por qué? -Venga, Helen. Un hombre no deja sola a su chica con otro a menos que esté muy seguro. -Quizá no te ve como competencia -sugirió ella-. Sabe que somos amigos y... -Solo amigos -la interrumpió Lorenzo. -¿Qué? -Nada, nada. Por cierto, pareces cansada. -Es que estoy de exámenes. -¿Qué exámenes? -El curso de dirección de empresas. Los que saquen las mejores notas conseguirán un puesto de trabajo en el hotel Elroy. Y a partir de ahí, podrán llegar donde quieran. Su vehemencia lo sorprendió. -Veo que es muy importante para ti. -Mucho. -¿Para escapar de tu familia? -No, para afianzar mi futuro -contestó ella. -A veces el futuro está al otro lado de la puerta. Simplemente, no lo vemos


-sonrió Lorenzo. -¿Qué quieres decir con eso? -Tranquila, no es una proposición. Helen soltó una carcajada. -Perdona. -Como todo el mundo, tú necesitas que alguien te cuide. Igual que yo. Pero no quieres decírselo a tu familia porque usarían ese argumento contra ti. Ella lo miró, pensativa. -Eres la primera persona que me entiende. No resulta fácil hablar de esto. -Podemos hablar mañana por la noche... -Mañana tengo que estudiar. Dilys estará fuera de la ciudad, así que podré concentrarme. Lo siento. -Pero podremos vernos un rato, ¿no? -Es que... -Te haré la cena, ¿vale? Y después me volveré invisible. De vez en cuando te llevaré un café y después me haré invisible de nuevo. Helen lo miró, sorprendida. -¿Y lavarás los platos? -Lavaré los platos. Lo había creído solo a medias, pero al día siguiente Lorenzo estaba


esperándola en la puerta del hotel cargado con un montón de bolsas. -Tú ponte a estudiar, yo me voy a la cocina - dijo, en cuanto entraron en su apartamento. Cocinaba en silencio, como un profesional, y cada vez que Helen levantaba la mirada él la regañaba con un gesto. La cena consistió en una deliciosa ensalada de brotes tiernos, queso fresco y aceitunas y unos escalopines de ternera... -¿Esta ternera...? -Angolini -sonrió Lorenzo-. Fui a la carnicería de tu padre esta mañana y le pedí lo que más te gustaba. Me dijo que la ternera era tu favorita y que, cuando eras pequeña, solía hacerte escalopines al limón. -Sí, es verdad. Solía decir: «La mejor ternera para mi ternerita más guapa». Se me había olvidado. -Deberías haber visto su cara cuando le pedí la receta. Y ahora, sigue estudiando. El siguiente plato tardará al menos media hora. Es una receta de tu madre. -¿Otro plato? -Si quieres estudiar, necesitas proteínas -la informó Lorenzo, antes de entrar de


nuevo en la cocina. Media hora después le sirvió un carpaccio de buey que era como para chuparse los dedos. -Es verdad, es una receta de mi madre. -Sí, y por cierto, me ha advertido contra Erik. Dice que está detrás de ti. Entonces tu padre empezó a decir que eras una niña muy rebelde, que necesitabas mano dura... y tu madre le dijo que cerrase el pico. -¿Mi madre dijo eso? -Pues claro. Lo del patriarca y todo lo demás es algo que los sicilianos hacen delante de los hijos, pero cuando están solos... Tu padre hace lo que dice tu madre, Helen. Como todos. -No estoy yo tan segura. Después de tomar el delicioso carpaccio, Helen intentó ayudarlo con los platos, pero Lorenzo se negó en redondo. -A estudiar. -¿Y qué pasa con tu imagen de macho siciliano? no? -rio ella. -Yo nunca he sido un «macho siciliano», tonta. De pequeño siempre hacía lo que me mandaba mi madre. Gigi, haz esto. Gigi, haz lo otro...


-¿Gigi? -Es el diminutivo de Luigi, mi segundo nombre. Helen soltó una carcajada. -¿Y siempre hacías lo que te mandaba tu madre? -Siempre -contestó él-. Es que mi madre me daba miedo. Y ahora hago lo que me dice Heather, la mujer de Renato. A mí me manda todo el mundo. Helen no dejaba de reír. Lorenzo Martelli era encantador, desde luego. -No te rías de mí. -No puedo evitarlo. Eres un cielo -rio ella y, sin pensar, lo abrazó como abrazaría a un hermano. Lorenzo le devolvió el abrazo y empezaron a darse golpecitos en la espalda, riendo. De repente, el mundo no le parecía algo de lo que había que defenderse, sino un lugar agradable en el que podía compartir sus cosas con un amigo. Abrazada a Lorenzo, de repente el cansancio empezó a hacer mella... -¿Helen? Ella abrió los ojos. -¿Sí? -Estás dormida. -No, qué va. -Qué horror. Las mujeres no suelen dormirse en mis brazos.


-Perdona. Es que estaba tan a gusto... Será mejor que siga estudiando -dijo Helen entonces. Pero no se movió. No podía moverse. Lorenzo la apartó de golpe, con un gesto teatral. -A estudiar ahora mismo, señorita Angolini. Es una orden -dijo, poniendo cara de macho italiano-. No se me da muy bien, ¿eh? -No tienes mucha práctica. -Vale. ¿Quieres postre? -No, por favor. -Entonces te haré un café. Unos minutos después, Lorenzo ponía sobre la mesa un café humeante. Mientras él fregaba los platos Helen siguió estudiando, pero poco a poco se le fueron cerrando los ojos... y cuando despertó estaba tumbada en el sofá, con una manta por encima. -Hola, dormilona -escuchó la voz de Dilys-. ¿Qué haces en el sofá? -¿Qué hora es? -Las dos de la mañana. -Las dos de la mañana! La cocina estaba brillante como una patena y había una notita de Lorenzo pegada en la nevera:


Estabas dormida como un bebé y no he querido despertarte. Buenas noches. Que sueñes con los angelitos. Helen sonrió. Pero entonces dejó de sonreír. ¿Era su imaginación o Lorenzo la había besado en los labios antes de marcharse? capítulo 4 EL último día de Lorenzo en Nueva York, Helen fue a su habitación y lo encontró haciendo la maleta. -Ya casi he terminado. Tengo que ir a Fives para firmar el acuerdo. ¿Vienes conmigo? -Claro -sonrió ella. Después de Fives fueron al puerto para contratar el almacén durante dos meses más. Tenían un par de horas antes de que saliera su vuelo y decidieron dar un paseo por Central Park, que en el mes de marzo estaba precioso. Lorenzo la tomó de la mano y caminaron en silencio, sin rumbo, admirando las flores. Era como el último día de las vacaciones, cuando uno sabe que debe despedirse para siempre. -Tengo que marcharme -dijo Lorenzo entonces. Helen lo llevó al aeropuerto y esperó mientras él iba a buscar su tarjeta de


embarque. -¿Ya está? -Me quedan unos minutos. Podríamos tomar un café. En silencio, entraron en el bar. Helen pidió un zumo de naranja y él, un whisky. -¿Lo llevas todo? -Espero que sí. Tengo el pasaporte, que es lo más importante. -Sí, claro. -En Sicilia hará buen tiempo, ¿no? -Mejor que en Nueva York, sí. -¿Te alegras de volver? -Estoy deseando ver a mi familia -contestó Lorenzo-. Pero lo he pasado muy bien aquí. -Yo también. -¿Tendrás algún problema con tu familia cuando me vaya? -Les diré que he cambiado de opinión. ¿Qué pueden hacer? -sonrió ella-. Pero te prometo no contar nada hasta que estés a salvo al otro lado del Atlántico. -Gracias -rio Lorenzo-. Pero lo digo en serio, ¿tu padre no se pondrá muy pesado? -No te preocupes.


-Espero que Giorgio no se meta conmigo. -Giorgio siempre se mete con alguien. Pero no pienso dejar que te insulte -sonrió Helen. -Vale. Allí estaban, como la primera noche. Sin saber qué decir. Pero ambos sabían que entre ellos había un beso. Y que no iban a olvidarlo tan fácilmente. -A lo mejor empieza a gustarles Erik -sugirió Lorenzo entonces-. Cuando te hayan perdonado por preferir a un vikingo. ¿Preferir a Erik?, pensó ella. -Esta noche tenemos una reunión. -Cuidado con las reuniones -le advirtió él. -Con Erik estoy a salvo. Es un caballero. -¿Ah, sí? Pues a mí nadie puede acusarme de serlo -bromeó Lorenzo. Ojalá no hubiera sonreído, pensó Helen. Iba a echar de menos esa sonrisa. Mucho. Y quizá nunca volvería a verla. -Eres tonto. -Y tú eres muy inteligente. Y haces lo que quieres con tu vida. -Les hemos ganado la partida, ¿eh? -intentó bromear ella. -Desde luego que sí. Silencio. -Supongo que tendrás que volver al hotel, ¿no? -preguntó Lorenzo, angustiado.


-Sí, claro. No quiero llegar tarde. -Ya. -No puedo quedarme para ver despegar el avión. -No, claro. Entiendo... si tienes cosas que hacer. -Sí. -Ya. Silencio. -¿Qué ha dicho Erik? -¿Sobre qué? -Sobre mí. Como hemos salido varias veces... -Para él eres una inversión, Martelli. -Ah, ya veo. ¿Solo ha dicho eso? -Sí. Y es una suerte. -¿Por qué? -Pues porque... porque... tienes razón, es una suerte que sea tan razonable. Quedaban solo cinco minutos. Helen tenía que decir algo, pero no sabía qué y pronto sería demasiado tarde. -¿Me has dado tu dirección de correo electrónico? -preguntó Lorenzo, por enésima vez. -Sí. Y yo tengo la tuya. -Podemos escribirnos, como buenos amigos.


-Escríbeme en cuanto llegues. En ese momento dieron la orden de embarque por el altavoz. Los dos se levantaron a la vez y cuando llegaron a la puerta, Helen apretó su mano. -Bueno, adiós. -Adiós, Elena -sonrió Lorenzo. Helen lo amenazó con el puño y él tomó su mano para besarla. De repente, se había puestoo muy serio. Y, sin saber por qué, a ella se le hizo un nudo en la garganta. -Adiós. -Adiós, Helen. Voy a echarte de menos. Se besaron en la mejilla y Lorenzo se dio la vuelta. Destacaba entre los demás por su altura y... al verlo desaparecer, Helen se sintió más sola que nunca en toda su vida. Iba a marcharse, pero sus pies la llevaron hasta la pared acristalada desde donde podía ver la pista. El vuelo con destino a Roma en el que viajaba Lorenzo estaba despegando en ese momento. Helen se quedó mirando las luces del avión hasta que desaparecieron entre las nubes. De repente, su visión se volvió borrosa y pensó que había empezado a llover. Pero no llovía. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.


Cuando aterrizó en Palermo, Lorenzo tenía un horrible dolor de cabeza. Llevaba un día entero de avión en avión y solo quería irse a dormir. Su madre lo esperaba en casa con los brazos abiertos. Como siempre, a su lado estaba Fede, su primer amor y amigo del alma. -Lo has hecho muy bien en Estados Unidos, hermano -sonrió Renato-. Hay muchos pedidos. -Y tienes algo más que contamos, ¿verdad? - sonrió su madre-. ¿Sobre Elena Angolini? -Mamá, solo somos amigos. -Pero si la besaste la primera noche -exclamó ella, atónita-.. Por lo visto, esta última semana no os habéis separado y ahora dices que solo sois amigos... Estás hablando con tu madre. ¿Quién te crees que eres, una estrella de cine dando una conferencia de prensa? Lorenzo la miró, perplejo. -Pero mamá... Hemos salido a cenar y a tomar alguna copa. Nada más. -Eso no es lo que me ha contado la señora Angolini. Su hijo levantó los ojos al cielo. -Helen tenía razón. Hoy Manhattan, mañana el mundo entero.


-¿Quién es Helen? -Elena, mamá. Prefiere que la llamen Helen. ¿Dónde está Bernardo? preguntó Lorenzo entonces para cambiar de tema-. ¿Y Angie? Su madre lo dejó escapar... con una expresión que no dejaba lugar a dudas: seguirían hablando del asunto. -Bernardo ha desaparecido -le explicó Renato-. Nadie sabe dónde está, pero ya lo conoces. Volverá en cualquier momento. -Pensé que Angie y él estaban empezando a entenderse -murmuró Lorenzo--. Mamá, ¿te acuerdas de mi cumpleaños? Angie no quiso bajar de Montedoro porque estaba nevando y Bernardo tampoco apareció por aquí. Pensé que estaban juntos. -Y lo estaban. Cuando la llamé, Bernardo estaba en su casa -dijo su madre. -Pero se fue al día siguiente -suspiró Heather. Antes de irse a la cama, Lorenzo envió un amad a Helen. Iba a ser una nota corta, pero acabó convirtiéndose en una carta en la que le contaba cómo había sido el viaje, el recibimiento, la desaparición de su hermanastro... Le gustaba hablar con ella, aunque fuera a través de un ordenador. Su respuesta le llegó a la mañana siguiente: Sé que quieres mucho a tu hermanastro y será mejor que no te diga lo que pienso


de él por dejar a su novia... -Gracias -murmuró Lorenzo, sonriendo. Pero alguien debería subir a esa montaña para comprobar que Angie se encuentra bien. ¿No te parece? -Pensaba hacerlo, pensaba hacerlo -le dijo Lorenzo a la pantalla, haciendo una mueca-. Qué mujer. Pasó toda la mañana informando sobre su viaje a Renato, pero por la tarde subió a Montedoro para visitar a Angie. Su «posible» cuñada lo recibió con una sonrisa, pero parecía triste. -Cuéntame qué tal en Estados Unidos. Lorenzo le contó lo bien que le había ido económicamente y cuánto había disfrutado, sobre todo en Nueva York. -¿Cómo se llama? -le preguntó Angie entonces. -¿Quién? -La chica por la que tienes esa cara de tonto. Él soltó una carcajada. -Se llama Helen Angolini y es hija de unos amigos de mis padres. Pero no se casaría conmigo aunque fuera el último hombre del planeta. Me lo dijo nada más


conocerla. -¿Le pediste que se casara contigo nada más conocerla? -No. Pero ella me dijo que no me molestase en hacerlo o me metería en una olla de aceite hirviendo. Angie soltó una carcajada. -0 sea, que has conocido a una mujer que es inmune a tus encantos. -Si tú lo dices... -Me gusta esa chica. -Ella dijo lo mismo de ti. Angie se apoyó entonces en el respaldo de una silla, como si estuviera mareada. -¿Qué pasa? ¿Te encuentras mal? -No, estoy bien. Es que tengo mucho trabajo -murmuró ella, sin mirarlo. Pero Lorenzo sabía qué le pasaba. Estaba angus tiada por la desaparición de Bernardo. Y quizá ha bía algo más. Su palidez, el mareo... Eso solo podía significar una cosa. Al día siguiente fue a buscar a Bernardo en una granja abandonada que solía usar como refugio cuando no quería ver a nadie. -Soy tu hermano y no pienso dejar que arruines tu vida -le dijo, muy serio-. Las


cosas han cambiado. Si vas a aumentar la familia ya es hora de que empieces a formar parte de ella. Bernardo no le prometió nada, pero cuando volvía a Palermo, haciendo muecas cada vez que su deportivo se metía en algún bache de la polvorienta carretera, Lorenzo intuyó que todo iba a salir bien. De repente, pisó el freno. Por un momento, le había parecido ver a Helen entre los árboles... Helen, con el vestido rosa que llevaba el último día. Pero por supuesto, no estaba allí. Lorenzo miró a un lado y a otro de la carretera, pero estaba solo. Solo. Y, de repente, no le gustaba nada esa palabra. Había seis horas de diferencia entre Nueva York y Sicilia, de modo que Helen estaría trabajando. Quizá hablando con Erik. Quizá él estaría muy cerca como cuando entró en el despacho del hotel... Habían sido las flores de la carretera, por supuesto. Las flores le habían recordado el paseo por Central Park. Sacudiendo la cabeza, Lorenzo volvió a entrar en el coche. Pero le hubiera gustado tanto que Helen estuviera allí... Pasear con ella de la mano como habían hecho antes -de decirse adiós.


Aquella noche volvió a mandarle un e-mail, pero no le comentó sus sospechas de un embarazo para que no pensara mal de Bernardo. En su réplica, Helen decía: Ayer me pasó una cosa muy rara. Volvía a casa por Central Park y podría haber jurado que te vi entre los árboles. No eras tú, por supuesto, pero... A Lorenzo se le puso la piel de gallina. Por supuesto se acordaban el uno del otro. Era normal. Pero que les hubiera pasado a los dos lo mismo... Le contaría que él había tenido la misma impresión y se reirían del asunto. Pero no lo hizo. No encontraba palabras. Pasó una semana sin recibir noticias de Helen y eso le dolió. Habían sido amigos... y, además, ella tenía obligación de llamarlo para contarle cómo iban sus pedidos en el hotel Elroy. Contento por tener una excusa marcó su número de teléfono, pero estaba puesto el contestador. Podría mandarle un e-mail, pero sentía el absurdo deseo de escuchar su voz. Siguió llamando hasta las cinco de la mañana, las once de la noche en Nueva York, y cuando por fin descolgaron, Lorenzo soltó el auricular como si lo quemara. Erik. Erik en casa de Helen a las once de la noche.


Seguramente para entonces estarían prometidos. Estupendo. Fenomenal. Era una buena noticia, se dijo a sí mismo. Pero estaba mintiéndose. Al día siguiente, recibió un e-mail. En él, Helen le contaba que había ido al cine con Erik y que después cenaron en su casa: El teléfono sonó cuando estábamos haciendo la cena y le pedí a Erik que contestase. Colgaron inmediatamente, pero yo sé quién era. Mi madre, por supuesto. Volvió a llamar poco después y me dio la charla porque oía una voz de hombre en la cocina... ¡Qué pesada es! Lorenzo decidió contestar al correo sin mencionar al vikingo de Erik y sin contarle que el de la primera llamada había sido él. Durante unos días estuvieron contándose lo que pasaba a un lado y otro del Atlántico, pidiendo y recibiendo consejos y, en general, riéndose de todo. -Bernardo ha pedido la mano de Angie, pero ella dice que no. Está embarazada, pero se niega a casarse -estaba escribiendo Lorenzo en ese momento. La respuesta de Helen fue: Si solo le ha propuesto matrimonio por lo del niño, deberían ahorcarlo. Una respuesta típica de la señorita Angolini, desde luego. -Recuerda que esto es Sicilia -escribió Lorenzo. ¡Pues más a mi favor!, contestó ella.


Helen estaba de exámenes y Lorenzo llamó a Interflora para enviarle un ramo de rosas rojas con una nota que debía decir: «Con todo mi cariño y mis mejores deseos». Pero en cuanto colgó, se dio cuenta de que era un error. Volvió a llamar y pidió que fueran rosas blancas y que la nota dijera: «Con mis mejores deseos». -¿Nada de «cariño»? -preguntó la telefonista. -Nada de «cariño». Lorenzo colgó, suspirando. Quizá rosas blancas. y buenos deseos eran poca cosa. Volvió a llamar a Interflora: -Rosas amarillas y la tarjeta debe decir: «Suerte con tus exámenes». -Muy bien, señor Martelli. Diez minutos más tarde, volvió a llamar: -He cambiado de opinión. -Ya he dado la orden, pero puedo cancelarla. ¿Le gustaría enviar un osito de peluche en lugar de flores? -Ah, eso estaría muy bien. -¿Qué expresión quiere que tenga? -¿Cómo? -preguntó Lorenzo. -¿Quiere que el osito tenga cara de bueno, que sonría, que esté triste...?


-Que sonría. Y en la tarjeta debe decir: «Buena suerte». Cuando por fin colgó, estaba tan cansado como si hubiera corrido veinte kilómetros. Helen lo llamó por la noche para darle las gracias. -¿Ha llegado mi osito? -Sí. Y también han llegado... -Había pensado mandarte flores, pero las flores se marchitan. Sin embargo, cada vez que veas el oso te acordarás de mí. -Sí, es verdad. Las flores se mueren -rio Helen-. Yo prefiero a Gigi. -¿Gigi? -Un oso no puede llamarse Lorenzo, ¿no? -No, es verdad. No es nombre de oso -asintió él-. Que tengas mucha suerte con los exámenes. Llámame en cuanto te den las notas. Después de colgar, Helen besó la cabecita peluda de Gigi y lo colocó junto al ramo de rosas blancas, el ramo de rosas amarillas y el ramo de rosas rojas. Con las tres tarjetas. Evidentemente, Lorenzo Martelli estaba hecho un lío. Los exámenes duraron tres días. Helen sabía muy bien, en teoría, cómo dirigir un hotel, pero los exámenes prácticos eran durísimos. Cuando llegó a su casa y comprobó algunas de las respuestas, dejó escapar un suspiro de desaliento.


Gigi, desde la cómoda, la miraba con expresión animosa. -Mañana te llevo conmigo. Te necesito. Al día siguiente se sentía llena de confianza. Por supuesto, era absurdo imaginar que Gigi iba a ayudarla desde el bolso, pero el examen le salió bordado. -El lunes por la noche quiero invitarte a cenar -le dijo Erik-. ¿Conoces el restaurante Jacaranda? -Claro que sí. Es carísimo. ¿Has heredado una fortuna? -No, quiero llevarte allí porque tenemos que hablar. -¿De qué? -Lo sabrás el lunes. Aquello la dejó preocupada. Helen no estaba preparada para una relación seria con Erik. Aunque no sabía por qué. Erik Jansen era todo lo que siempre había buscado en un hombre: serio, responsable, no italiano. En el otro lado de la balanza estaba Lorenzo Martelli, un chico muy simpático, pero seguramente infiel por naturaleza. Y, además, siciliano de pura cepa. Pero con unos ojos azules que hacían latir su corazón... Lo cual era una tontería, porque solo eran amigos. Para probarlo, le contó lo de la cena en Jacaranda por e-mail y esperó su respuesta.


¿Erik va a llevarte al Jacaranda? Debe de ser una ocasión muy especial. -Dice que quiere hablar conmigo -murmuró Helen mientras escribía la frase. ¿ Va a pedir tu mano? -¡Qué bobada! -exclamó ella. El lunes por la noche, Erik fue a buscarla a casa y cuando estaban en el restaurante sacó una cajita de Cartier. -Ábrela. La caja contenía un colgante de oro que Helen miró con recelo. -Erik, yo... -Quiero regalártelo por dos razones. La primera, para felicitarte por haber pasado los exámenes. Te lo comunicarán por escrito dentro de un par de días, pero ya he pedido que te pongan a trabajar conmigo. La segunda es... bueno, me resulta difícil decirlo, pero supongo que tú ya lo sabes -dijo Erik entonces, tomando su mano. Helen lo escuchó y con cada palabra su sonrisa iba en aumento. Cuando salieron del Jacaranda, llevaba puesto el colgante y se sentía más feliz que nunca. Al llegar a casa encendió el ordenador y encontró un mensaje de Lorenzo: ¿Vas a casarte con él? -No -contestó sencillamente. Lorenzo consideró ese monosílabo durante largo rato. Pero los amigos se lo cuentan todo, ¿no? Helen se lo contaría cuando estuviera dispuesta.


Mostrarse ansioso sería un error. De modo que no preguntó. Y ella no le dio ninguna explicación. Y una semana más tarde se dio cuenta de que Helen Angolini no pensaba contarle qué había pasado en el Jacaranda. Capítulo 5 LORENZO le envió otro osito de peluche para darle la enhorabuena por aprobar los exámenes y un e-mail para darle una buena noticia: Angie y Bernardo por fin se han casado en Montedoro. Mi hermanastro estaba volviéndose loco porque ella se negaba, así que tuvo que pedirle ayuda a mi madre. -¿Y qué hizo tu madre? -sonrió Helen, mientras escribía la frase. Nos hizo aparecer a todos en casa de Angie para decirle que era el día de su boda. -¿La habéis secuestrado? Claro que no, tonta. Bernardo y ella se quieren. Lo que pasa es que estaban enfadados. -Querrás decir que Angie no hacía lo que Bernardo esperaba y entre todos la habéis manipulado -replicó Helen, enfadada. No es eso.


Aquella vez, ella no replicó. Alarmado, Lorenzo la llamó por teléfono. -No es eso -repitió-. Estamos locos por Angie y no queríamos perderla. -Esto prueba que yo tenía razón. Angie debería haber dejado a tu hermano plantado en el altar. Diez mil kilómetros y ciertas ganas de divertirse obligaron a Lorenzo a decir: -En Sicilia una mujer no puede hacer eso. Inmediatamente, tuvo que apartarse el auricular de la oreja. - ¡Martelli, tienes suerte de estar al otro lado del Atlántico! -Lo sé. Si estuviera contigo tendría que decir: Sí, cariño. No, cariño. Lo que tú digas, cariño. Helen soltó una carcajada. Una carcajada preciosa. Afortunadamente, estaban a diez mil kilómetros de distancia. Si no fuera así, Lorenzo podría haber hecho algo que habría destrozado su amistad para siempre. -¿Sigues ahí, tonto? -Claro. -Es que te has quedado muy callado. -Estaba pensando. -¿En qué? -Me habría gustado que estuvieras aquí. Ha sido una boda preciosa.


-¿De verdad? -De verdad. Me gustaría que conocieras a mi familia. -¿No te alegras de haber escapado de mí? -Por supuesto. ¿Cómo estás? -Bien. Trabajando mucho. -¿Cómo está Erik? -No está aquí. «No está aquí». De modo que no estaba en su apartamento, pensó Lorenzo sin poder disimular una sonrisa de satisfacción. -¿Qué hora es Nueva York? -Las once. Hora de irse a la cama. -¿Te he despertado? -No. Además, prefiero que me hayas llamado. Alguien tiene que darte una lección. -Ah, ya veo. Soy yo el que necesita una lección, ¿no? -Sí. Por cierto, debe de ser tardísimo en Sicilia. ¿Por qué no estás en la cama? -Estoy en la cama... con una rubia explosiva. Helen se quedó en silencio durante unos segundos. -No te creo. -Estoy solo, boba.


-Ya lo sabía. Bajo ese aspecto de playboy hay un corderito. -Mentira -rio él-. Mentira podrida. Colgaron riendo y Lorenzo intentó dormir. Pero no podía. Le hubiera gustado decirle algo más. Al que no se atrevía a decir. Nadie había disfrutado de la boda de Bernardo más que él. En el banquete bailó con todas las chicas, como exigía su reputación, y todos aplaudieron, realmente felices, cuando la maroma anunció su intención de casarse con Fede. Pero su madre tenía otro matrimonio en mente y, de repente, todo el mundo se quedó mirándolo. -¿Yo? ¡De eso nada! -exclamó-. Me lo pensaré dentro de diez años. Pero por ahora, nada de nada. Los invitados sonrieron, incrédulos. Y Lorenzo debía admitir que, por un momento, había visto la preciosa cara de Helen. Lo cual era completamente absurdo porque ella era la última persona en la que pensaría corno esposa y madre de sus hijos. ¿0 no? Después del banquete, entró en la habitación de su madre para darle las buenas noches.


-Todo ha salido muy bien. ¿Verdad, hijo? -Sí. Yo no las tenía todas conmigo hasta que Angie dio el «sí, quiero». -Pues yo no estaba preocupada. Cuando Bernardo vino a pedirme ayuda supe que Angie era la mujer de su vida. -¿Y cómo lo ha sabido? -preguntó Lorenzo impulsivamente-. ¿Cómo se sabe cuándo uno ha encontrado a la mujer de su vida? -Bernardo es un hombre muy orgulloso -suspiró su madre-. Y, sin embargo, descubrió que Angie le importaba más que su orgullo. Así se sabe cuando uno ha encontrado a su media naranja. Quizá un día tú también... -Déjalo, mamá. -Me preocupas, hijo. -¿Yo? Mi vida es maravillosa. -Lo sé. Pero a veces me parece que estás... perdido. -¿No pensarás arreglar mi matrimonio como has arreglado el de los demás? -¿Yo? No creo que tenga que hacerlo. ¿Sabes cuántas veces nos has hablado de Elena Angolini? -¿Ah, sí? -murmuró Lorenzo, alarmado-. Pues olvídate. Está prácticamente prometida con un americano.


-¿Por eso estás tan enfadado? -No estoy enfadado. Buenas noches, mamá. -Buenas noches, hijo. Helen llegó corriendo al aeropuerto. Sabía que Lorenzo tendría que pasar por la larga cola de emigración pero aun así... Afortunadamente, su vuelo llegaba con retraso. Nerviosa, fue al bar para pedir un café y se quedó mirando la pared acristalada desde la que podía ver el avión en el que llegaría su amigo. Era increíble cuánto pensaba en él, considerando lo ocupada que estaba. Durante el día trabajaba como ayudante de Erik. Por las noches salía con sus amigas o... con algún amigo. Hombres de negocios, estudiantes, algún actor... todos la aburrían. Antes de conocer a Lorenzo no sabía lo importante que era reírse con un hombre, pero desde entonces no encontraba en nadie el sentido del humor y la alegría del italiano. Todos intentaban impresionarla con regalos o cumplidos, pero eso solo la hacía recordar más a Lorenzo, que nunca usaba palabras cariñosas, pero en cuyos ojos había una intensidad que no encontraba en ningún otro hombre. Llevaba pensando en él tres largos y solitarios meses. Y nada habría cambiado si no fuera por la decisión de la compañía Elroy de expandirse. -Aún no se ha anunciado oficialmente -le había dicho Helen por teléfono-


pero están comprando hoteles por todo el país. Habrá un Elroy en Chicago, otro en Boston, en Los Ángeles, Las Vegas... Y todos los contratos están abiertos a negociación. ciacion. -Me voy para allá -le había dicho Lorenzo inmediatamente. Se encontrarían unos minutos más tarde. Vería su sonrisa y el mundo se iluminaría de nuevo. Pero pasó una hora, dos... Helen empezó a preocuparse. Y cuando llamó a información se preocupó más. -El avión tiene un problema con el tren de aterrizaje. Están dando vueltas para intentar solucionarlo. -¿Y si no pueden? -preguntó ella, pálida. -Tendrán que tomar tierra sin el tren de aterrizaje. Técnicamente es un accidente, pero no pasará nada. Los pasajeros saldrán del avión bajando por el tobogán hinchable y nadie resultará herido. Helen se volvió hacia la pared acristalada, con el corazón en un puño. No iba a pasar nada, no iba a pasar nada... Pero podía ver los camiones de bomberos y las ambulancias colocadas a un lado de la pista.


Entonces oyó un mensaje por el altavoz: «Señoras y señores, el vuelo 56 procedente de Roma tomará tierra en diez minutos». No habían dicho nada sobre el tren de aterrizaje. . Y Lorenzo estaba en ese avión, con su sonrisa, con sus planes. Estaba en aquel avión y unos minutos después podría estar muerto. Histérica, Helen se apoyó en la pared para no perder el sitio. La noticia debía de haber corrido como la pólvora porque frente al cristal había un enorme grupo de gente, todos tan angustiados como ella. El cielo estaba cubierto de nubes, pero cuando por fin vislumbraron las luces del avión todo el mundo empezó a aplaudir. El trenn de aterrizaje estaba bajado. Helen se quedó inmóvil, observando aquel enorme pájaro metálico tomar tierra y acercarse a la terminal. Estaba paralizada. Todo aquella era una ilusión. El avión se había estrellado. Lorenzo estaba muerto y jamás volvería a verlo. -Helen... ¿Helen? Él estaba a su lado, mirándola con expresión de sorpresa. -¡Lorenzo !


-¿Por qué lloras, cara? La ternura de aquella palabra en italiano fue demasiado para ella. -No estoy llorando -dijo Helen, entre sollozos. -Pero tonta... ¿Por qué lloras? -¡Que no estoy llorando! -El avión ha tenido un problemilla... -¿Lo sabíais? -Dijeron que nos preparásemos para un aterrizaje de emergencia -sonrió él-. Pero yo sabía que no podía pasar nada. Nadie puede conmigo. -Sí, sí... Yo también lo sabía. Un segundo después estaba en sus brazos, llorando como una niña. Y Lorenzo la apretaba contra su corazón. -Pensé que no volvería a verte -dijo con voz ronca. -¿Cómo te atreves a darme ese susto? ¿Cómo te atreves? -Necesito una copa -dijo él entonces. -¿Has pasado mucho miedo? -le preguntó Helen, enredando los brazos alrededor de su cintura. -Un poco, la verdad. Pero me hice el valiente, ya me conoces. Estaba bronceado y más guapo que nunca. Pero seguía enfadada con él por


darle semejante susto. -¿Has tenido miedo por mí? -le preguntó Lorenzo, una vez sentados en el bar. -¿Miedo yo? ¿Qué dices? Solo pensé que era muy típico de ti estar en un avión con problemas. Seguramente, fue culpa tuya. -Seguramente -río él. -Eres una complicación... -¿Yo, una complicación? -¡No me mires con esa cara de inocente! Desde que apareciste en mi vida, engañándome y engañando a todo el mundo... -Engañar es una palabra muy fuerte. -Me has complicado la vida desde el primer día. «Besándome delante de mis padres, apareciendo en mis sueños cada noche, haciendo que te eche de menos y mostrándome una verdad que no quería ver», pensó Helen. Pero no lo dijo en voz alta. Lorenzo tomó su mano entonces, sin dejar de sonreír. -¿Sabes una cosa? Te pareces a mi madre. -¿Por qué?


-Cuando tenía ocho años me perdí y, cuando por fin me encontraron, mi madre me echó una bronca... Helen miró sus manos unidas. El gesto le producía una sensación de felicidad tan grande que a duras penas podía controlarse. -Deberíamos irnos. -Sí, claro. Una vez en el coche, Lorenzo se puso a hacer planes: -Estaré unos días en Nueva York para hablar con mis clientes y después Boston, Chicago, Las Vegas, Los Ángeles, Dallas, Nueva Orleans... ¡voy a estar hasta arriba de trabajo! -¿Volverás de Nueva Orleans o te irás a casa directamente desde allí? -No estoy seguro -contestó él, sin mirarla-. ¿Podemos cenar juntos esta noche? -Creo que sí -contestó Helen, como si no estuviera segura. Pero la fecha llevaba semanas marcada en su agenda. Con rotulador rojo. -Nos encontraremos en el bar del hotel a las ocho. ¿De acuerdo? Helen llegó al bar a las ocho menos cinco. Llevaba un precioso vestido de color verde agua y sandalias de tacón. Lorenzo, una camisa blanca que resaltaba su bronceado y pantalones grises de Armani.


Al verlo, le dio un vuelco el corazón. Pero era normal, se dijo, después del susto que había pasado en el aeropuerto. -No me has dicho dónde vamos a cenar. -En Jacaranda -sonrió él, mientras entraban en el taxi-. Por cierto, estás preciosa... ¿Qué pasa, qué he dicho? -No me digas que estoy preciosa. Lorenzo abrió los ojos como platos. -¿Por qué? -Porque eso es lo que dicen los otros. -¿Quiénes son los otros? -Los «otros» son... otros amigos -contestó Helen. -¿Y a Erik no le importa que salgas con otros amigos? -No. -Entonces, ¿qué pasa? ¿Estáis prometidos o no? -Ya te dije que no. -Sí, pero no me has contado nada. ¿Qué tenía que decirte cuando te invitó a cenar en Jacaranda? Helen sonrió. -Quería darme este colgante. -Muy bonito. Debe de haberle costado caro. -Mil dólares exactamente.


-¿Y tú cómo lo sabes? ¿Te lo dijo él? -No, pero he visto uno parecido en la joyería del hotel. -¿Un hombre te regala un colgante de mil dólares y no es un regalo de compromiso? -preguntó Lorenzo, incrédulo. -No. Era más bien un regalo de despedida. -¿Está saliendo con otra persona? -Siempre ha salido con otra persona. Yo solo era un «escaparate». -No te entiendo. -La otra persona se llama Paul -explicó Helen. -¿Quieres decir...? -Exactamente. Los dos soltaron una carcajada. Pero ella estaba pensando en algo que Erik le había dicho: «Es evidente que estás enamorada de Lorenzo Martelli, por eso sé que no te doy un disgusto». Eso era algo que, por supuesto, Helen no pensaba decirle. -Entonces, no hay nada entre Erik y tú. -Nada. Somos amigos, por supuesto. . ¿Por qué me miras así? -No estoy mirándote de ninguna forma -contestó él. No podía dejar de sonreír.


De repente, era como si escuchase el canto de un millón de pájaros. Cuando llegaron al restaurante, Lorenzo pidió una botella de champán francés. -Por tu éxito en los exámenes -dijo, levantando su copa. -Gracias. Se lo debo a Gigi. -¿Al osito de peluche? -Eso es. ¿Cómo se te ocurrió mandarme un osito? La mayoría de los hombres se limita a enviar flores. -Yo soy más original... -contestó Lorenzo. Pero el brillo irónico en los ojos de Helen le dijo que lo había pillado-. ¿Por qué me miras así? ¿Es que...? -Tres ramos de flores. Y tres tarjetas. Él puso cara de horror. -Intenté cancelarlas porque pensé que... bueno, que tú lo entenderías de otra forma. -Me gustaron mucho, Lorenzo -sonrió Helen-. Especialmente la primera. -¿La que decía...? -Con todo mi cariño. -Sí, bueno, lo del «cariño» puede interpretarse de muchas formas, pero... -¿Pero qué? -Pero... nada, no sé.


-Yo tampoco. Entonces se quedaron en silencio. Todo lo que intentaban negar estaba en sus ojos. Era como la primera, noche, cuando él la besó, cuando ella le de volvió el beso. Pero lo que ocurrió aquella noche fue... una tontería. Una broma. -Me parece que tenemos un problema -dijo entonces Lorenzo. -No... necesariamente. -Ah -murmuró él, desilusionado-. Pensé que tú... lo siento. -No tienes por qué. Lo que pasa es que lo del avión... cuando pensé que podría haberte pasado algo... -Y yo pensé que no volvería a verte. -Esa clase de cosas hace que uno se ponga emotivo. Pero no significa nada. -No, claro que no. -Si somos sensatos y no exageramos... -No, claro. Ah, aquí está la cena -dijo Lorenzo. Después de eso no volvieron a hablar de tan peligrosas emociones. Tampoco hablaron de mucho más. Los dos parecían deprimidos. Los preciosos días en Nueva York, tan esperados, parecieron convertirse en nada. Tuvieron una comida de trabajo con Erik, varias reuniones, varias visitas de cortesía a los restaurantes que se habían convertido en clientes de los Martelli... Y el móvil de Lorenzo no dejaba de sonar.


La última noche cenaron en casa de los Angolini, sufriendo las indirectas de sus padres y los comentarios groseros de Giorgio. -Lo siento -se disculpó Helen en el taxi-. Lo siento mucho. -No te preocupes. La familia es algo inevitable. Pero lo mínimo que puedes hacer es invitarme a una copa. «Di que no», le advirtió una vocecita. «Estás muy sentimental y no es el momento». -De acuerdo. Te la mereces, eres un santo. Fueron al bar del Elroy, famoso por tener una de las mejores orquestas de jazz de la ciudad, y tomaron una copa charlando sobre un millón de cosas. Los últimos tres días la habían dejado agotada. Tres días negándose lo que había descubierto en el aeropuerto, aparentando que no era cierto, mirando el futuro con tristeza. Él la miraba con desconsuelo y Helen sabía que estaba pensando lo mismo,. -Me marcho mañana muy temprano. -Lo sé. Tenemos que despedirnos. -Sí -murmuró Lorenzo, inclinándose para rozar sus labios-. Elena... -No -murmuró Helen.


-Pero tú sabes... -Hay cosas que es mejor no saber. Si lo olvidamos... podemos perderlo todo. -0 ganarlo todo. Ella negó con la cabeza. -Supongo que tienes razón.. -dijo Lorenzo entonces-. Solo quería pedirle opinión a mi amiga. -No quiero arruinar esta amistad. La más bonita que ha tenido nunca. Pero deseaba tanto volver a sentir sus labios, volver a apretarse contra su pecho con los ojos cerrados... -Helen... -Es hora de despedirnos. No quiero que pierdas el avión por mi culpa. -Sí, claro. Tomaron el ascensor para subir al vestíbulo y en cuanto las puertas se cerraron, Lorenzo tomó su cara entre las manos. -No tenemos que despedirnos... todavía. -Yo... No pudo terminar la frase porque él la besó, hambriento, ansioso. Eran amigos, se decía Helen a sí misma, solo amigos. Pero el deseo recorría sus venas, riéndose de aquella afirmación. Quería que la tocase por todas partes y


tocarlo a él. El deseo era tan grande que casi podía sentir las manos del hombre acariciándola íntimamente. Asustada, se apoyó sobre su pecho, rezando para recuperar el sentido común. Pero el sentido común desapareció frente al deseo de estar desnuda con él. Sabía que era bonita y... ¿qué sentido tiene serlo si el hombre que amas no puede disfrutar de esa belleza? En ese momento se abrieron las puertas del ascensor. Había gente esperando y los dos se apartaron torpemente. Bajo las brillantes luces del vestíbulo, el momento se había roto. -Buenas noches, señor Martelli. -Buenas noches, señorita Angolini. Le agradezco mucho su ayuda. -Por favor, llámeme si necesita algo. -Por supuesto. Lorenzo volvió a entrar en el ascensor y las puertas se cerraron. Helen lo había esperado con tanta ilusión... pero él estaría viajando por todo el país y solo le quedaba rezar para que volviera a Nueva York durante un par de días antes de irse a Palermo. Quizá para siempre. Había hecho lo que debía hacer. Lorenzo Martelli volvería a Sicilia y ella no


podría irse con él. Aunque se lo hubiera pedido. Y no lo había hecho. De modo que debía estar contenta por no haberse dejado llevar. Helen se dijo eso mil veces mientras volvía a casa. Entonces, ¿por qué una vocecita le decía que estaba cometiendo el mayor error de su vida? Capítulo 6 HABÍA cola en el mostrador del hotel Elroy en Nueva Orleans. Helen, abanicándose por el calor y los nervios, se preguntó si había hecho bien apareciendo sin avisar. Lorenzo llevaba seis semanas de viaje, su ausencia paliada en parte por los email que le enviaba casii cada noche y por alguna llamada de teléfono. Cuando estaba en Los Ángeles lo imaginó en la playa, llamando la atención de las chicas con su piel bronceada. Seguramente habría conocido a muchas, pero su silencio al respecto le parecía ominoso. Estaba segura de que tenía una o varias chicas en cada ciudad y estaba dispuesta a enterarse. De ese modo, podría poner a Lorenzo Martelli en perspectiva de una vez por todas. Así era como se explicaba el absurdo viaje a Nueva Orleans. Estaba diciéndose a sí misma que había sido una locura cuando vio a Lorenzo salir del ascensor. La realidad era tan parecida a sus más horribles pesadillas que debía de seguir soñando. Estaba más moreno que nunca... y a su lado había una pelirroja de unos dieciocho


años con la cara tersa y dos pechos que parecían sujetos por un andamio. Helen, que acababa de llegar del aeropuerto, se sintió arrugada y vieja como una patata. Parecían llegar de la piscina porque Lorenzo llevaba pantalón corto y la chica iba vestida, o desvestida, con un pareo que dejaba al descubierto el ombligo y la parte superior del biquini. Y lo llevaba tomado por la cintura como diciéndole a todo el mundo que el morenazo era suyo. Helen intentó esconderse. Pero no tenía medio de escapar, así que se colocó detrás de un alemán muy alto. -¡Lorenzo! -lo llamó alguien entonces. Era un señor mayor, acompañado de su mujer-. Nosotros nos vamos a dormir. ¿Por qué no te llevas a Calypso de compras? -Tengo mucho trabajo, señor Baxter -contestó Lorenzo, intentando apartarse de la pelirroja... tarea imposible, por cierto. -Ya te he dicho que me llames Dagwood. -Tengo mucho trabajo, Dagwood. -¡Venga, hombre! Ya te has llevado un millón de mi cuenta, puedes tomarte unas horas libres. -Pero es que mi novia llegará de un momento a otro -dijo Lorenzo entonces, desesperado.


-No tienes novia -rio Calypso-. Solo estás haciéndote el duro. -Claro que tengo novia. Se llama Helen y llegará en cualquier momento, Helen abrió los ojos como platos. -Pues llámala y dile que no venga -rio Dagwood-. Eres un hombre joven, y debes disfrutar de la vida. -Sí, bueno. . Tengo que hacer una llamada - dijo Lorenzo, sacando el móvil del bolsillo, desesperado-. Calypso, espérame en el bar, por favor - le pidió a la pelirroja-. ¿Hotel Elroy? ¿Ha llegado la señorita Angolini...? ¿Cómo que está de vacaciones? ¡Eso no puede ser! ¡Es un asunto de vida o muerte! -¿De vida o muerte? -repitió Helen entonces, colocándose frente a él. Lorenzo estuvo a punto de desmayarse. -¿Qué haces aquí? -preguntó, como si estuviera viendo un fantasma. -Has frotado la lámpara y aquí estoy -sonrió ella-. ¿Cuál es ese asunto de vida o muerte? ¿Los Baxter? -Helen, tienes que salvarme. Esa chica es una piraña y no puedo librarme de ella porque su padre acaba de hacer un pedido por un millón de dólares. ¡Socorro! -Venga ya.


-Mi virtud está en peligro, Helen. Estoy intentando protegerme. -Por favor, es una niña. -¿Una niña? ¡Se ha divorciado dos veces! Calypso no es una niña, es una fiera. -¿Y se ha enamorado de ti? -Llevo llamándote desde anoche, pero no he logrado encontrarte. -Porque estaba en el avión. -¿Sabías que te necesitaba? -No. En realidad, no sé por qué he venido -contestó Helen-. Pero es una chica guapísima. ¿Es que no te gusta? -¡Claro que no me gusta! Qué pregunta más tonta -replicó Lorenzo; ofendido. - ¡Cuidado! El señor Baxter viene para acá. -Muy bien. Hay que entrar en acción -dijo él entonces, abrazándola como si quisiera dejarla sin aire en los pulmones-. ¡Cariño, por fin has llegado! Helen no pudo contestar porque Lorenzo la estaba besando. Era un beso teatral, necesario para quitarse de encima a los Baxter, pero bajo todo aquel teatro había algo. . algo de lo que hablarían más tarde. - ¡Lorenzo! -Ah, hola señor Baxter. Cielo, te presento a Dagwood Baxter, su mujer Margaret


y su hija, Calypso. -¿Quién es? -preguntó la pelirroja, con muy malas maneras. -Mi novia, Helen Angolini -contestó Lorenzo, con una sonrisa deoreja a oreja. Todos la miraban con expresión sorprendida, pero la señora Baxter decidió que debían cenar juntos aquella noche. -Nos vemos a las nueve en la terraza de la piscina -suspiró Margaret, que parecía más que harta de su marido y su hija. -Yó hubiera preferido cenar a solas contigo -le confesó Lorenzo, en el ascensor-. Pero al menos me libraré de esa vampira. -Estás asustado -rio Helen. -Pues claro que lo estoy. Soy un chico anticuado. Mi madre me enseñó a no salir con chicas como Calypso. Necesito protección, Helen. -No creo que yo la impresione. -Esta noche en la cena, ¿podrías ponerte en plan posesivo? -¿Qué? -En plan leona, ya sabes. Italiana -sonrió Lorenzo. -Haré un esfuerzo.


-No me quites los ojos de encima. Como si yo fuera tu dueño y señor. -¡Ja! Dueño y señor... -Eso, tú ríete de un hombre que lo está pasando fatal. Helen soltó una carcajada. -¿Alguna instrucción más? -Ponte un vestido sexy. -¿Cómo de sexy? -Muy sexy. Para que Calypso se dé cuenta de que no tiene nada que hacer. -Eres imposible, Lorenzo. -¿Por qué? -preguntó él, con cara de inocente. -Eres un egoísta, engreído... -¿Vas a ayudarme o no? -¡Sí! Helen lo pasó estupendamente eligiendo el vestido para la cena. Solía comprar ropa elegante, pero aquel día tenía que impresionar a una fiera pelirroja, de modo que bajó a la boutique del hotel y compró un vestido de color rojo con tal escote que era imposible ponerse sujetador. La falda llegaba por encima de las rodillas y se puso, además, unas sandalias de tacón vertiginoso para mostrar pierna. ¿No quería sexy? Pues toma sexy.


Pero cuando Lorenzo apareció en la puerta de su habitación, la que se quedó boquiabierta fue ella. Llevaba una camisa blanca de seda con dos botones desabrochados y con aquel torso, aquellos hombros tan anchos... estaba para comérselo. -¿Qué tal estoy? -le preguntó Helen. Lorenzo tomó aire. -No estás mal. No tenía que decir nada más. Prácticamente se le salían los ojos de las órbitas. -Entonces vamos allá, «dueño y señor». Durante toda la cena, Helen tuvo que escuchar cómo Dagwood había hecho una fortuna. Era el típico hombre hecho a sí mismo, acostumbrado a comprar todo lo que quería. Y bastante insoportable. Su mujer, que era licenciada en Filología francesa, tenía una conversación mucho más interesante, pero él solía cortarla con frases hirientes para disimular su admiración. Hombres... Helen había pensado que su vestido era atrevido hasta que vio el de Calypso, abierto por arriba y por abajo de tal forma que las aberturas casi se encontraban. Lorenzo intentaba no mirarla, pero las posturas de la pelirroja hacían que fuera casi


imposible. -¿Desde cuándo salís juntos? -le preguntó Dagwood. -Desde enero -contestó él-. Y hablamos de matrimonio a los diez minutos de conocemos. -¿Tan calientes estabais? -preguntó Calypso. Helen tragó saliva. -Pues sí. Muy calientes. -Lleváis muchas semanas sin veras, ¿no? - sonrió Dagwood. -Lorenzo me llama cada noche para contarme... -Segura que no te lo ha contado todo -la interrumpió Calypso-. ¿Verdad, Lorenzo? La deslenguada pelirroja miró a su «presunto» novio con muy malas intenciones. Y entonces, sin cortarse un pelo, metió la mano por debajo de la mesa. Al ver la expresión horrorizada de Lorenzo, Helen decidió que debía entran en acción. -Si no le quitas la mano de encima a mi hombre, te tiro a la piscina. -Papá! -gritó Calypso. Dagwood se levantó de la silla, furioso. -No tengo por qué soportar esto, Lorenzo. Así que espabila ahora mismo.


Él lo miró con los ojos brillantes de furia siciliana. -¿Qué quiere decir con eso, señor Baxter? -Tu novia acaba de insultar a mi hija. -En realidad, no -intervino Margaret-. Solo ha dicho que la tiraría a la piscina. Eso no es un insulto, querido. -Peor aún. La ha amenazado. ¿Qué piensas hacer, Lorenzo? Él se levantó y algo en sus ojos le dijo a Dagwood Baxter que diese un paso atrás. -Voy a casarme con ella. Eso es lo que voy a hacer. -Pues entonces olvídate del pedido. -Señor Baxter, puede meterse su pedido en... Dagwood tomó a su hija de la mano y se marchó con toda la dignidad de la que era capaz. Antes de alejarse, Margaret se volvió y les guiñó un ojo. Helen soltó una carcajada. -¡Menudo numerito! -Has estado genial -sonrió Lorenzo. -Tú sí que has estado bien. El primer hombre que rechaza un millón de dólares para casarse conmigo. -Helen... -Sé que no era en serio, tonto. -Claro que no. No tengo ganas de morir cocido en aceite -dijo él, sin mirarla.


-Pero sigo pensando que eres estupendo. -Sí, estupendo. Y un cobarde también. -¿Qué? -Nada. Vamos a bailar. Las parejas se agolpaban en la pista de baile, al lado de la piscina, donde había una orquesta. -¿Cómo piensas explicarle a Renato que has perdido un millón de dólares? -Le diré que venga a charlar con Calypso personalmente. Y ahora olvídate de Renato. Quiero concentrarme en ese vestido tuyo. ¿De dónde lo has sacado? -De la boutique del hotel. -¿Ah, sí? Pues es muy... impropio. -Impropio tú, listo. Y deja de mirarme el escote. -¿Cóma voy a dejar de mirar? -Si me aprietas un poco más, no podrás mirarlo -sugirió ella. -¿Así? -preguntó Lorenzo. -Mucho mejor. La música era suave, romántica. No deberían estar bailando así, pensó Helen. Pero le gustaba tener a Lorenzo tan cerca, sentir su aliento en el cuello. -¿Cuándo tienes que marcharte? -Dentro de un par de días. ¿Puedes quedarte en Nueva Orleans? -Dos días... sí.


Y después, nada. Durante el resto de su vida. -Yo volveré a Nueva York dentro de unos meses -dijo Lorenzo entonces, como si hubiera leído sus pensamientos-. Y tú puedes ir a Sicilia. -Eso podría interpretarse de muchas formas. -Todo el mundo cree que estamos enamorados -murmuró él, rozando sus labios. Helen intentó hablar, pero no podía hacerlo. Tener su boca tan cerca la mareaba, la dejaba sin fuerzas. -Ya no hay música... -Sí, estamos dando un espectáculo. Vámonos de aquí. Cuando llegaron a la puerta de su habitación, Lorenzo apretó su mano. -Elena... -No, por favor. Vete a dormir. -Buenas noches -murmuró él. Helen lo miró a los ojos y no pudo cerrar la puerta. Le resultaba imposible decirle adiós. En silencio, dio un paso atrás y él dio un paso adelante. Intentó encender la luz, pero Lorenzo la detuvo y se quedaron a oscuras, escuchando sus respiraciones. -Elena... Helen no lo corrigió. Le parecía normal llamarse Elena en ese momento, con toda


la sangre siciliana corriendo por sus venas. De repente, estaban besándose con todo el deseo que habían guardado durante tanto tiempo. Parecia que hubiera pasado un siglo desde el primer día y, sin embargo, aquel beso era una continuación del primero. -Dijimos que no deberíamos hacer esto - murmuró Lorenzo. -Pues nos equivocamos -susurró Helen, sin dejar de besarlo. Apenas se daba cuenta de que estaba quitándole el vestido... y bajo el vestido apenas llevaba nada. -Debía de estar loco cuando te pedí que te pusieras algo sexy. Ha sido una tortura toda la noche. Apenas podía verlo en la oscuridad, pero Helen acariciaba sus anchos hombros, el torso suave y duro como una piedra. «Vigilante de la playa», lo había llamado Dilys. Con toda la razón. Sus manos la excitaban como las de ningún otro hombre. Lorenzo le quitó las braguitas y la tumbó sobre la cama para besarla con la boca abierta, ansioso. Cuando inclinó la cabeza para acariciar sus pechos con la lengua, dentro de ella se despertó una tempestad. Helen abrió la boca, retándolo, haciendo que la excitación del hombre llegase hasta un punto sin retorno. Lorenzo tenía el cuerpo de un hombre acostumbrado al ejercicio y podía sentir


su fuerza, pero también su control y su ternura. Y eso la enamoró aún más. Sabía que en cualquier momento se colocaría encima y estaba preparada, más que eso. Lo deseaba con todas sus fuerzas... Entonces sonó el teléfono. -¡Oh, no! No pienso contestar. -No soy de piedra, cara. Tienes que contestar. -¿Quién puede llamarme a estas horas? -suspiró ella. -Entérate y líbrate de quien sea lo antes posible. Helen descolgó el auricular. -Dígame. -Tengo que hablar urgentemente con Lorenzo Martelli -escuchó una voz femenina al otro lado del hilo-. No lo encuentro en su habitación y... -Un momento. Es para ti. Se levantó para dejarlo hablar a solas, pero antes de entrar en el baño escuchó que la llamaba carissima y cerró la puerta murmurando maldiciones sicilianas. Sobre todo, dirigidas al recepcionista del hotel, que había desviado la llamada a su habitación. ¿Quién sería la tal carissima? Un minuto antes estaban haciendo el amor y, de repente, aquella extraña interrumpía el momento más bonito de su vida.


-Tonterías -se dijo a sí misma. Pero su corazón seguía latiendo a mil por hora mientras se miraba al espejo. Lo deseaba con todas sus fuerzas y carissima se había interpuesto entre los dos. Cuando lo oyó colgar, salió del baño y la expresión de Lorenzo la hizo olvidar todo lo demás. -¿Qué pasa? ¿Por qué estás tan pálido? -Era Heather, mi cuñada. Mi madre está en el hospital. -¿Qué ha pasado? -Tengo que volver a casa. Mi madre ha sufrido un infarto -contestó él, sin mirarla-. Es tan mayor la pobre... Helen lo abrazó para darle fuerzas y Lorenzo la estrechó contra su corazón, angustiado. -Cuanto antes te vayas, mejor. Haz las maletas mientras yo llamo a la agencia de viajes. -Helen, ven conmigo. -¿Qué? -Ven conmigo a Sicilia. Te necesito... -No va a pasar nada -sonrió ella, para darle valor-. Pero iré contigo. Lorenzo la miró, pensativo.


-No, es mejor que no. Tienes que trabajar y no quiero crearte problemas. No sé en qué estaba pensando para pedirte que lo dejaras todo y vinieras conmigo al otro lado del mundo. Perdóname. -¿De qué estás hablando? -le espetó Helen, irritada-. Si quieres que vaya contigo, iré contigo. -Pero no puedes arriesgarte ahora. Acabas de conseguir un trabajo estupendo y... -Hablaré con Erik. Seguro que no le importa darme unos días de vacaciones. -Eres maravillosa -suspiró Lorenzo. Unos minutos después, Helen había conseguido dos billetes para Nueva York. Desde el aeropuerto llamó a Erik para pedirle una semana de vacaciones y, como había supuesto, él no le puso ningún problema. -Necesito mi pasaporte. Voy a llamar a Dilys para que me lo traiga. Mientras esperaban, empezó a darle vueltas a la cabeza. Lorenzo tenía razón, debía pensar en su trabajo. Pero en lo único que podía pensar era en la expresión de pánico que había visto en sus ojos y en cómo la necesitaba. Capítulo 7 HELEN tuvo una impresión rara cuando llegó a Sicilia. Aquel era el lugar que había afectado toda su vida, incluso su personalidad. «La vieja Sicilia» fue


siempre como un miembro más de la familia, algo contra lo que siempre se había rebelado. Y allí estaba, un triángulo de tierra flotando en el Mediterráneo, y lo único que podía pensar era que le parecía preciosa. Lorenzo estaba pálido, contando los segundos que quedaban para aterrizar y poder ir al hospital... si su hermano no estaba esperándolo en el aeropuerto con una noticia mucho peor. Helen apretó su mano para darle valor y él le devolvió el apretón, intentando sonreír. Su miedo le tocaba el corazón, Cuando decidió hacer el amor con él había sido por algo más que por una pasión que ya no podía disimular. Estaba enamorada. Como nunca. Mientras pasaban la aduana, Lorenzo miraba alrededor hasta que por fin vio a una joven embarazada que le hacía señas con la mano. -Mamá está fuera de peligro y deseando verte -sonrió Heather. Lorenzo la abrazó, contento. -Helen, te presento a Heather, mi cuñada. Heather, te presento a Helen Angolini. Ha venido conmigo porque... -Bienvenida, Helen. Estábamos deseando conocerte después de todo lo que nos ha contado Lorenzo.


Unos minutos después estaban en un coche, en dirección al hospital. -Al principio nos asustamos muchísimo, pero ya está mejor... Helen escuchaba, sin intervenir. De modo que aquella era Heather, su cuñada. La mujer a la que Lorenzo había llamado carissima por teléfono. Evidentemente, había un gran afecto entre ellos. Poco después llegaron al hospital. En la puerta de la habitación había un hombre que se parecía mucho a Lorenzo. Debía de ser Renato, su hermano. -Mamá acaba de despertarse y lo primero que ha hecho es preguntar por ti. Cuando abrió la puerta, Helen pudo ver a una mujer de cabello blanco tumbada en la cama. Lorenzo entró a toda prisa y la envolvió en un abrazo de oso. -Encantado de conocerte, Helen -la saludó Renato entonces-. Mi hermano nos ha hablado mucho de ti. Ya era hora de que vinieras. Ella no sabía qué decir. Afortunadamente, en ese momento llegaba Bernardo con su esposa Angie y no tuvo que decir nada. Más saludos. Más comentarios sobre su deseada presencia en la isla. -Es estupendo que hayas venido -sonrió Angie-, Una buena noticia es justo lo que María necesita ahora mismo.


-¿Una buena noticia? -Bueno, supongo que es demasiado pronto para hacerlo oficial, pero deja que te cuente un secreto: yo estaba esperando esto desde que Lorenzo volvió en marzo, quejándose porque no querías casarte con él. _¿Qué? -Ha sido una táctica estupenda. Lo que Lorenzo necesitaba era una mujer que no cayese en sus brazos -siguió Angie-. Así que enseguida supo que tú eras la mujer de su vida. -Pero yo no estaba intentando atrapar a Lorenzo. Solo he venido porque... Helen no terminó la frase. ¿Por qué estaba allí? ¿Qué mujer atraviesa un océano para estar con un hombre a menos que este sea el amor de su vida? ¿No había sabido desde el principio lo que pensaría su familia? Además de la bromita en Nueva Orleans, Lorenzo no le había pedido que se casara con él. Pero quizá esa pregunta, ya no era necesaria. Renato la tomó del brazo. -Helen, mi madre quiere conocerte. Cuando entró, la mujer la esperaba con los brazos abiertos. -Hija mía. Helen se quedó petrificada.


-Señora Martelli... -No me llames así. Llámame María. Muchísimas gracias por venir desde tan lejos. Lorenzo me ha hablado tanto de ti... -No hables, mamá. Estás cansada. -Sí, es verdad. Pero tengo que decir algo más -siguió María, mirando a un hombre alto de pelo blanco que estaba al otro lado de la cama-. Ferie y yo hemos decidido adelantar la fecha de la boda para poder disfrutar del tiempo que nos quede. Se miraban con tanto amor que todo el mundo en la habitación permaneció en silencio. -Me alegro mucho por ustedes -consiguió decir Helen. -Te quedarás para la boda, ¿verdad? Así estará toda la familia reunida. Ella intentó decir algo, pero no le salían las palabras. La marea estaba arrastrándola a enorme velocidad. Lorenzo se quedó con su madre mientras el resto de la familia iba a la finca. Estaba a media hora del hospital, por una carretera de tierra desde- la que podía verse el mar. Cuando por fin llegaron, Helen admiró el edificio amarillo de tres pisos, cada uno menor que el anterior para dejar espacio a una terraza. Y cada terraza estaba


cubierta de rosas, buganvillas, geranios, jazmines... Era un vergel colgado sobre el Mediterráneo. Una gran escalera de madera llevaba a las habitaciones y los suelos eran de cerámica antigua. -Yo tardéé un poco en acostumbrarme -sonrió Heather-. Pero ahora es mi hogar. -¿Vives aquí todo el año? -Renato y yo tenemos una casita a unos kilómetros de aquí. Pero como María está enferma... Además, yo estoy a punto de dar a luz. Heather abrió la puerta de su cuarto, en el que había una enorme cama con dosel. Una criada estaba deshaciendo las maletas y pareció sorprendida al verlas. -¿Qué haces aquí, Sara? Le dije a Ania que se encargase de esta habitación. -Ania ha tenido que salir, señora. -Muy bien. Puedes marcharte. A Helen la sorprendió la frialdad de Heather. Era una chica tan simpática y, sin embargo, al hablar con la criada... -La habitación tiene una vista estupenda. Mira, ven a la terraza. -Es increíble. Llevo toda mi vida oyendo hablar de este paisaje, pero no suponía que fuera tan precioso. Y la habitación es un sueño.


-Aquí solía dormir yo. . al principio. -¿Antes de casarte con Renato? -Sí... claro -contestó Heather, sin mirarla-. ¿Por qué no te tumbas un rato? -De acuerdo. ¿Qué estaba haciendo allí?, se preguntó Helen. Precisamente el lugar que había jurado no visitar nunca. Estaba allí por Lorenzo. Porque lo amaba. Y por que lo deseaba como nunca había deseado a nadie. El cansancio del viaje hizo que se quedase dormida y. . la despertaron los labios de Lorenzo. -Me hacía tan feliz pensar que iba a encontrarte aquí. ¿Qué, habría hecho si no hubieras venido conmigo? -Pero tu madre está mejor. No me necesitas. -Siempre te necesitaré, cara. Además, hemos dejado algo sin terminar. -¿Y cuando lo terminemos podré irme a casa? -bromeó ella. Lorenzo se puso serio. -No terminaremos nunca. Nunca mientras yo viva. Entonces la besó larga y profundamente. Y Helen se dejó hacer, embriagada por


una emoción desconocida. ¿Cómo podía dejarlo? ¿Cómo podía volver a Nueva York? -Cenamos dentro de media hora -dijo él, cuando pudo apartarse. -Ah, qué bien. Tengo tiempo de ducharme. Media hora después, con un vestido azul cobalto discreto y elegante, Helen salió al pasillo y se encontró a Lorenzo y Heather subiendo por la escalera de la mano. Desde luego, se tenían mucho cariño. Las familias italianas son tan afectuosas... -Hemos venido a buscarte -dijo ella. -Muchas gracias. Ya estoy lista. -Acaba de llamar Dagwood Baxter para cancelar el pedido. ¿Qué ha pasado? -preguntó Renato cuando entraron en el comedor. -Le dije que podía metérselo... ya sabes dónde -contestó Lorenzo. -¿Par qué? -Porque insultó a Helen. -En ese caso, hiciste bien -sonrió su hermano. Fue así durante toda la cena: sonrisas de aceptación, bromas. Era como estar en su propia casa. Helen se culpó a sí misma por sentir cierta aprensión, pero el instinto le decía que había algo... Era absurdo. Todo iba a salir bien. Los preparativos para la boda de Fede y María iban a toda prisa.


Aquel día estaban discutiendo sobre quién sería el padrino. Por supuesto, tanto Renato como Lorenzo querían ese honor.. Bernardo, al no ser hijo de María, no intervenía, pero su aire de despreocupación no convencía a nadie. -¿Por qué no sois padrinos los tres? -sugirió Helen-. Cada uno de vosotros la toma de un brazo y el tercero, va delante. -Qué idea tan maravillosa -suspiró María-. Mis tres hijos irán escoltándome. -Muchas gracias, Helen -dijo Angie en voz baja. -Ya eres uno de los nuestros -sonrió María, entusiasmada. Helen no se atrevió a decir: «No es verdad, no soy uno de los vuestros. Nunca lo seré». Aquella noche, Lorenzo y ella se sentaron en la terraza para disfrutar de la brisa. -Mi madre está loca por ti. Quiere que seas su dama de honor. -¿Y qué pasa con Heather y Angie? -Las dos están embarazadas y no podrían estar pendientes de vestirla y atenderla. -Pero yo no soy de la familia. -Pronto lo serás.


Era, el momento de decir que no. Pero en lugar de hacerlo, Helen dejó que Lorenzo la abrazase y que sus besos borraran todo lo demás. «Hemos dejado algo sin terminar», le había dicho. Pero lo que podrían haber hecho en Nueva Orleans era imposible en la respetable casa de los Martelli. A menos que estuvieran casados... Helen decidió no pensar más en ello. De todas las razones idiotas para casarse con un hombre, el deseo de acostarse con él debía de ser el más absurdo de todos. Daba igual que al verlo se le acelerase el corazón, que sus caricias la hicieran temblar. Daba igual que se acostase pensando en él y se levantase pensando en él. Que no pudiera imaginar la vida sin aquella sonrisa traviesa. Debía dejar de pensar esas cosas porque Lorenzo era siciliano y ella había jurado no casarse con un hombre como su padre. De modo que después de la boda tendría que decirle que volvía a Nueva York. Pero aún no. Todavía no. A la mañana siguiente, María llamó a Heather para tomar café. Además de su boda, la principal obsesión de la señora Martelli era el nacimiento de su primer nieto. -¿Cómo te encuentras? Sé que estás llevando toda la casa y eso no es fácil para


una mujer embarazada. -La casa se lleva sola. Pero me temo que he tenido que despedir a Sara. -¿Por qué? -Por robar, mamá. -¿Otra vez? -suspiró María-. Yo la pillé hace meses, pero me prometió que no volvería a hacerlo. -Se ha llevado alguna joya mía, nada importante. Pero me temo que había puesto los ojos en las maletas de Helen. -Ah, entonces has hecho bien. Elena va a ser mi dama de honor... Ah, Elena, estábamos hablando de ti. Hola, Angie. Qué bien, ya estamos todas juntas. ¿Por qué no comemos en la terraza? Durante dos horas hablaron de los parientes, de Nueva York, de Sicilia y de la boda. Después, María se retiró para dormir un poco y Heather y Angie hicieron lo mismo. Helen, acostumbrada a no parar un momento, no sabía qué hacer con tanto tiempo libre. Una llamada de teléfono la salvó del aburrimiento. Era Erik. -Puedes serle muy útil a la empresa en Sicilia. ¿Conoces el Castello di Farini? -¿El palacio de Palermo? Sí. -La cadena Elroy lo ha comprado para convertirlo en un hotel, pero ahora resulta


que tenemos problemas con el propietario. Los abogados americanos no entienden a los sicilianos y los sicilianos no entienden a nuestros abogados. Tú conoces bien las dos partes, así que podrías servimos de gran ayuda... Helen tomó notas mientras hablaban, encantada de poder hacer algo. -Estupendo. Voy a hablar con el propietario ahora mismo. Prácticamente salió corriendo hacia el garaje, justo cuando llegaba Lorenzo en su coche. -¿Adónde vas con tanta prisa? Helen se lo explicó y él se ofreció a llevarla a Palermo. -Erik dice que conozco a las dos partes. 0 sea, que como todo el mundo, también él piensa que soy más siciliana de lo que soy... ¿De qué te ríes? -Es la primera que admites ser siciliana. Aún haré carrera de ti. -Si antes no te parto la nariz de un puñetazo. -¿Quieres que te eche una mano con el propietario? -No, gracias, caro. Prefiero hacerlo sola. Entonces se fijó en un edificio del siglo diecinueve al lado de la carretera. Era un lugar magnífico, hermosísimo y en muy buenas condiciones. -¿Qué es eso? -El palacio Lombardi. Van a convertirlo en un museo... Lorenzo siguió explicándole los detalles hasta que llegaron a la puerta del


Castello di Farini. -¿Te espero o prefieres volver andando a casa? -Llamaré un taxi. Pero gracias de todas formas. El propietario del palacio estaba esperándola en la puerta, muy sonriente. Las dificultades que tenía para vender no eran más que una táctica para subir el precio. Y mientras tomaban una copa de vino, Helen decidió poner en práctica su propia estrategia. Le dijo que podían esperar, pero no demasiado porque la cadena Elroy estaba pensando en comprar el palacio Lombardi. En media hora tenía todas las dificultades solucionadas. Contenta por su éxito, se acercó al edificio de Correos para llamar a Erik. -Ya está. Todo solucionado. Cuando le contó la historia, él se partía de risa. -Excelente. Te debo una, Helen. -Pero si hubiera dicho que no, me habrías despedido. -Probablemente. En cualquier caso, ha salido bien. Tienes que hablar con Axel Roderick, el futuro director del hotel. A partir de ahora, y si él no pone ninguna pega, eres su segunda de a bordo. Helen lo llamó a Nueva York y, después-de charlar durante media hora, quedaron


en el aeropuerto de Palermo a la semana siguiente. Colgó el teléfono con una sensación de triunfo y cuando llegó a la finca encontró a Lorenzo esperándola con cara de preocupación. -¿Qué ha pasado? -Perdona, es que he tenido que hacer unas llamadas. Pero todo ha salido de maravilla. Mientras cenaban, les contó la historia del hotel y todos aplaudieron su iniciativa. -El Ayuntamiento nunca vendería el palacio Lombardi. Afortunadamente, el propietario del Castello di Farini no debe de saberlo -sonrió Renato. -Lo sabía. Pero le dije que no contase con eso porque la cadena Elroy es muy poderosa. Angie soltó una carcajada. -Qué maquiavélica. -Lorenzo, ten cuidado con esta chica -río Renato-. Es más peligrosa de lo que habías creído. De nuevo, Helen se sintió metida en una trampa. Una trampa hermosa y apasionante, pero una trampa de todas formas. Aunque la culpa era suya. ¿No había dado ella el primer paso? ¡Trabajar en el hotel Elroy de Palermo!


¿No era lógico que los Martelli lo vieran como un signo de que iba a quedarse en Sicilia? Capítulo 8 ALEX Roderick era un hombre de cincuenta años, grueso y simpático. Era también un buen administrador, pero sobre todo un empleado modelo. Su objetivo en la vida era impresionar a sus jefes y para ello no dudaba en dejarse aconsejar... y en dejar que los demás hicieran el trabajo por él. Después de escuchar las ideas de Helen, estaba convencido de aquella joven tan enérgica y brillante era la respuesta a todas sus plegarias. Y cuando le confirmó que deseaba tenerla a su lado como ayudante personal, Helen no dudó en aceptar. De ese modo, podría quedarse en Sicilia el tiempo suficiente como para tomar una decisión sobre Lorenzo. Debía incorporarse a su trabajo una semana después de la boda de María y Fede, que tendría lugar en la catedral de Palermo. Helen fue la primera en llegar y poco después lo hicieron los demás. María estaba guapísima con un vestido de color gris y un collar de perlas, regalo de Ferie, como único ornamento. Debía ser una de las bodas más bonitas que se habían celebrado en Palermo. Cuando llegó el momento de entregar a la novia, los tres hermanos se levantaron. Y el más alto y más guapo de los tres era Lorenzo. El rostro de María se iluminó cuando llegó al altar, donde la esperaba su prometido. Habían esperado cuarenta años para eso. Sus vidas fueron por


caminos distintos, pero el amor que sentían el uno por el otro no había muerto nunca. Cuando Helen levantó los ojos, Lorenzo estaba mirándola. Su tierna sonrisa le indicaba que ellos debían hacer lo mismo y el instinto le decía que era verdad. Tras la ceremonia hubo un gran banquete en la finca, con una tarta que casi le había costado un infarto a Sofía, la cocinera. Hubo brindis y discursos, incluyendo uno de Fede que, como siempre, parecía un poco tímido. Cuando María fue a cambiarse de ropa y Fede se quedó solo, Helen se sentó a su lado. Desde el principio, le había gustado aquel hombre callado y serio. -Me siento un poco abrumada por la familia Martelli -le confesó-. Aunque son maravillosos conmigo. -A mí me pasa lo mismo -sonrió él. -Espero que eso no sea un problema para usted. Habían decidido que Fede viviría en la finca, dejando el negocio de flores a su hijo. -Entiendo a qué te refieres, pero yo tengo una buena pensión. Si fuera más joven, no habría aceptado vivir en casa de mi esposa, pero a mi edad esas cosas ya no importan tanto. Lo único que importa es el amor.


-Eso es cierto -dijo Lorenzo, detrás de ellos-. Todos estamos muy contentos de tenerte en la familia, Fede. El hombre asintió, sin poder evitar una sonrisa. Era evidente que Lorenzo pensaba haberlo metido en la familia de la novia y no al revés, pero esas cosas eran de relativa importancia, como él mismo había dicho. Lo único importante era el amor que sentía por María. -Voy a ver cómo está mi esposa. -La ceremonia ha sido divina -dijo Helen entonces. -Creía que no te gustaban las reuniones familiares. Especialmente, cuando se trata de familias italianas -bromeó Lorenzo-. Una pena, porque la mía te aprecia mucho. -Yo también, pero... -Tienes tu trabajo -terminó él la frase-. Pero sigues teniendo todo lo que quieres, ¿no? Ahora trabajas para el hotel Elroy de Palermo... -No es tan fácil. -Lo es, si nos queremos. Llevo mucho tiempo intentando disimular que estoy enamorado de ti, Helen. Pero no he podido engañarte. -No, es verdad. -Tú sabes lo que quiero. ¿Es lo que tú quieres? Era como una alfombra de flores tendida frente a ella. Pero llevaba a un


futuro incierto, un futuro que tendría que aceptar a ciegas. En ese momento se dio cuenta de que todo el mundo estaba silencio, pendiente de sus palabras. Y entonces Lorenzo hizo algo imperdonable. Algo que la dejó sin palabras. Clavó una rodilla en el suelo y tomó su mano. -Elena, ¿quieres casarte conmigo? -Levántate, bobo. -No hasta que digas que sí. -Entonces te quedarás ahí para siempre. -Muy bien, me quedaré aquí. ¿Quieres casarte conmigo? De repente, todo el mundo se puso a aplaudir y Helen se vio en los brazos de Lorenzo como si hubiera dicho que sí, aunque no recordaba haberlo hecho. Pero ¿quiénn puede rechazar a un hombre que se pone de rodillas delante de toda su familia? Las primeras semanas en Sicilia habían estado llenas de momentos dramáticos. Primero la enfermedad de María, después su boda... Y mientras estaban celebrando su compromiso con Lorenzo, nació el hijo de


Heather y Renato. Fue un parto extraordinariamente difícil y durante toda una noche la familia Martelli estuvo en el hospital, temiendo lo peor. Helen recordaba la expresión impenetrable de Renato. No mostraba ninguna emoción, tan asustado estaba. Lorenzo, sin embargo, paseaba de un lado a otro como si fuera el padre. Cuando el médico salió para decir que Heather había tenido un niño perfectamente sano, fue Lorenzo quien se puso a dar saltos de alegría. Su chico era muy emotivo, desde luego. ¿Cómo no iba a quererlo? Heather volvió a casa unos días más tarde y cuando Helen se quedó a solas con ella, le comentó que se sentía parte de la familia, como si lo hubiera sido siempre. -Es verdad. Los Martelli se apoderan de ti desde el primer momento. Lo había dicho con una sonrisa de felicidad, de modo que para ella no era ningún problema. Para Helen era otro asunto. Envidiaba a Angie y Bernardo, que vivían en Montedoro. A Angie sobre todo, por tener su consulta y su vida profesional solucionada. Afortunadamente, Lorenzo también estaba de acuerdo en que no debían vivir en


la finca y pasaron muchas horas alegres buscando una casa en Palermo. Encontraron una con jardín cerca del puerto y la alquilaron inmediatamente, firmando un contrato con opción a compra. -También tendremos que comprar los muebles. Pero no voy a poder ayudarte porque Renato me está esclavizando. Ahora mismo tengo que ir a Milán. -No puedo acompañarte al aeropuerto. Tengo una reunión dentro de media hora con los decoradores -suspiró Helen. -¿Y Axel? -Axel es un cielo, pero su idea del trabajo duro consiste en darme una palmadita en la espalda. -Espero que solo te dé palmaditas. Adiós, cara -se despidió Lorenzo. Con tanto trabajo, Helen tenía poco tiempo para preparar la boda, lo cual era perfecto para los Martelli, que se encargaron de todo. Cada día, cuando volvía a casa, ya habían arreglado algún detalle de la ceremonia y el banquete. Iba a ser todo un evento en Palermo. -Me gustaría que mi boda fuera como la tuya,, Angie. Solo con la familia y los amigos íntimos - le confesó Helen una noche. -Te comprendo -sonrió ella-. La catedral de Palermo... Y el coro del señor Vanzini.


Pietro Vanzini había compuesto un Aleluya para la ceremonia y estaba todo el día ensayándolo. Era una obra hermosa, pero demasiado... demasiado para su boda, pensaba Helen. -Y con invitados de todas partes del mundo. Además de mi familia en Nueva York, Los Ángeles, Idaho... y gente que no conozco absolutamente de nada. Y Giorgio. -¿Quién es Giorgio? -Un tío mío. Cree que, como voy a casarme con Lorenzo, su familia podrá hacer negocios con los Martelli. Me ha llamado dos veces exigiendo que «use mi influencia». Pero Lorenzo dice que los productos no son suficientemente buenos. -Deja que lo solucionen entre ellos -sonrió Heather, acunando a Vittorio, su hijo-. No hace falta que intervengas. -Prefiero solucionarlo yo, Heather. Es mi tío. -No te pongas así -rio su futura cuñada-. Solo quería decir que, detrás de esa cara de niño travieso, Lorenzo tiene mucho carácter. -Y yo también -dijo Helen. Después hablaron del vestido de novia. María había insistido en regalárselo y ella se sentía agobiada. Todo el mundo parecía tener su propia idea de cómo debía ser la boda... todos, excepto la novia.


Si Lorenzo estuviera con ella... Pero estaba en Milán, trabajando, y Helen tenía la impresión de que iba a casarse con un fantasma. Dos días antes de la boda se despidió de la gente del hotel. Volvería tres semanas más tarde, convertida en la señora de Lorenzo Martelli. Axel le dio su regalo, deseándole que no se marease en el barco de Renato, donde pasarían la luna de miel. Hacía un día maravilloso y en lugar de ir a casa, Helen se acercó al puerto. Desde allí podía ver el barco de Renato, el Santa María, en el que Lorenzo y ella estarían solos para terminar... lo que no habían terminado en Nueva Orleans. Al volverse, perdida en sus pensamientos, se chocó con alguien. -Perdone, no la había visto. -No pasa nada. -¿No eres Sara, la criada de la finca Martelli? -le preguntó Helen. -Sí, soy yo. -Pero ya no trabajas allí, ¿no? La joven miró al suelo, entristecida. -No. -¿Quieres que tomemos un café? -De acuerdo. Poco después se sentaban en una terraza del puerto. -Te fuiste de la finca sin decir adiós. ¿Te ofrecieron un trabajo mejor? La joven negó con la cabeza.


-Me despidieron. La señora Martelli estaba muy enfadada conmigo. -¿María? -No. Heather. -¿Por qué? -Dije algo que no le gustó. Yo no quería hacer daño, pero en esa casa nadie puede decir nada... por usted. -¿Por mí? ¿Qué tengo yo que ver? -Mire, señorita, no quiero más problemas. -No tendrás ningúnn problema. Pero quiero que me lo expliques, Sara. -Pero si ellos no se lo han dicho... -Cuéntamelo, por favor -insistió Helen. -Es sobre Lorenzo. Iba-a casarse con ella, pero después no lo hizo. -¿Con ella? -Con Heather. Vino a Sicilia para casarse con él, pero el día de la boda Lorenzo no apareció en la catedral. Le había dejado una nota diciendo que no podía casarse. -No digas bobadas. Si fuera así, alguien me lo habría contado. -Es un escándalo y nadie puede hablar de ello -insistió Sara. -Has dicho la catedral...


-Sí, la de Palermo. Había cientos de invitados, pero el novio no apareció. Helen no dijo nada. De repente, se le estaba cayendo el mundo encima. -Pero Heather se casó con Renato el año pasado... -Por supuesto. La señora Martelli arregló el matrimonio. -¿Qué quieres decir? -Lo arregló por el buen nombre de la familia. Heather tenía que salvar su orgullo y por eso Renato se casó con ella. Pero seguía enamorada de Lorenzo; quizá todavía lo está. ¿No lo sabía? -No -contestó Helen, con un nudo en la garganta-. No lo sabía. -Seguro que Lorenzo la quiere a usted. Pero dicen... -¿Qué dicen? -Que Renato es muy celoso porque su hermano y su mujer siguen... teniéndose mucho cariño. Hace unos meses él se fue a Londres y la llamó por teléfono cuando yo estaba en la habitación. -¿Y qué? -Heather me echó, pero le oí decir: «sí, estoy sola». Y luego le oí decir que se verían aquel a misma noche. -No te creo. Debiste de oír mal. -Lo oí perfectamente -replicó Sara-. Fue hace unos meses. Helen se levantó. Si tenía que escuchar más barbaridades se volvería loca.


La joven criada se quedó en la terraza, sonriendo. Había esperado poder vengarse de Heather Martelli y la oportunidad se había presentado antes de lo que esperaba. Helen fue a la casa que había alquilado con Lorenzo y donde nadie podría molestarla. Le daba vueltas la cabeza y necesitaba tiempo para poder pensar. Lorenzo y Heather habían estado enamorados. Iban a casarse. Y él la dejó plantada en el altar. Quizá no era cierto. ¿Por qué había creído a Sara? Quizá todo era una invención. Sin embargo, un recuerdo la perturbaba. Heather abriendo su cuarto el primer día... «Aquí solía dormir yo al principio...». Pero su novio era Lorenzo, no Renato. Y Lorenzo no se lo había contado. ¿Por qué? Creía que, además de novios, eran amigos. Creía que tenían confianza el uno en el otro. Pero de repente, la confianza había volado por los aires. Sara había sugerido que Heather se casó con Renato solo para salvar su orgullo, pero que seguía habiendo algo entre Lorenzo y ella; que habían traicionado a su marido y hermano. Una tontería, se dijo a sí misma. No podía ser. Eran muy cariñosos el uno con el


otro, pero porque Lorenzo era una persona muy afectuosa. Y cuando Heather estaba en el hospital. , había llorado. Renato parecía de piedra, pero Lorenzo había llorado. No significaba nada. Renato era una persona introvertida y Lorenzo todo lo contrario, un hombre al que le gustaba mostrar sus emociones. Pero no le había contado que dejó a Heather plantada ante el altar. ¿Sería cierto? ¿Sería una invención de Sara? Tenía que hablar con él inmediatamente. 0 no habría boda. Capítulo 9 LLAMÓ a Lorenzo tres veces, pero no lo encontró en el hotel. Además, era absurdo, no podían hablar de un asunto tan delicado por teléfono. Aquel día fue horrible. La sonrisa de Heather, que siempre le había parecido encantadora, le parecía entonces cargada de doble sentido. Y si pensó que el regreso de Lorenzo les daría oportunidad de hablar, estaba equivocada. -Yo también quiero estar a solas contigo - sonrió él, mientras volvían a la finca en un coche conducido por el chófer de María-. Pero estoy hasta las cejas de trabajo. Renato me necesita casi hasta el último momento. Pero no te preocupes, después de la boda tendremos todo el tiempo del mundo para hablar. -Es muy importante, Lorenzo.


Como respuesta, él la tomó en sus brazos. -Esto sí es importante. El amor es importante. De repente, el encanto de su prometido le parecía peligroso. En realidad, era su mejor arma. Cuando lo miró, intentó descubrir el rostro de un hombre que deja a su novia plantada en el altar para acostarse con ella cuando ya es la esposa de su hermano. Pero no veía nada de eso, solo veía a su Lorenzo. Sin embargo... ¿cómo había conseguido que ella, tan contraria a casarse con un italiano, tan contraria a vivir en Sicilia, hubiese dado un giro de ciento ochenta grados a su vida? La finca y los hoteles de Palermo habían sido invadidos por los invitados. Sus padres estaban más que felices visitando la casa de la que tanto habían oído hablar y Helen se preguntó qué dirían si supieran que estaba pensando cancelar la boda. Pero eso era una exageración. Hablaría con Lorenzo y él se lo explicaría todo. Tenía que ser una invención de Sara. El día pasó y no tuvo un solo momento a solas con su prometido. Y por la noche, Renato había organizado una despedida de soltero. -Lorenzo, por favor... -No te preocupes, Elena -sonrió Renato-. Prometo traerlo a casa relativamente


sobrio. Y cumplió su palabra. A las dos de la mañana, entre todos empujaban a Lorenzo por la escalera, relativamente sobrio, pero incapaz de mantener una conversación seria. Helen los observó, con el corazón en un puño. No pudo pegar ojo en toda la noche y, a las siete, la criada entró con la bandeja del desayuno. Era el día de su boda. La habitación se llenó de mujeres que intentaban ayudarla a ponerse el vestido de novia. Era de color marfil, un color que le iba mucho mejor a su complexión que el blanco. La falda tenía flores bordadas en pedrería y el velo se sujetaba con una diadema de diamantes. Era un sueño de vestido, pero Helen se sentía ahogada. -¿Dónde está Lorenzo? Tengo que hablar con él. -¿E1 día de tu boda? -exclamó su madre-. No puedes verlo con el vestido puesto. Trae mala suerte. -Eso es una superstición estúpida... En ese momento, su padre llamó a la puerta. -¿Todo listo? -Ahora quiere ver a Lorenzo -se quejó su madre.


-¡No puede ver al novio! -Papá, tengo que... -Tonterías. No puedes ver al novio el día de la boda. -Quizá sí, cariño -dijo su madre entonces. En el rostro de Helen había visto que algo grave estaba pasando. -No puede verlo. Eso son tonterías. Ya hablará con él después -insistió Nicola. Helen se asomó a la terraza y vio los primeros coches dirigiéndose a la catedral-. Tenemos que irnos, Elena. -Papá... -Soy el hombre más feliz del mundo, cariño. Suspirando, Helen tomó su brazo y juntos salieron de la habitación. Pero mientras descendían la escalera, le pareció ver otra novia a su lado: Heather. Con un traje muy parecido al suyo, también se dirigía a la catedral para casarse con Lorenzo. Pero él no estaba allí. ¿Cómo podía alguien hacer algo tan horrible, tan humillante para otra persona? Poco después salían de la finca, tomaban la carretera de Palermo y llegaban a la calle que llevaba a la catedral.


Con gesto de orgullo, su padre la ayudó a salir del coche. Mientras recorrían el pasillo, Helen tenía la impresión de que el altar se alejaba cada vez más, que no llegaría nunca. Lorenzo estaba allí, sonriendo. Todo iba a salir bien, se dijo. ¿Cómo podía dudar de su amor cuando la miraba de esa forma? Incluso alargó la mano antes de que llegase, ardiente, enamorado. Helen apenas se enteró de la ceremonia hasta que Lorenzo empezó a decir: -Yo, Lorenzo Luigi, te tomo como esposo y prometo serte fiel en la pobreza y en la riqueza, en la salud y en la enfermedad hasta que la muerte nos separe. Entonces llegó su turno. Él la estaba mirando, con los ojos llenos de amor. -Yo, Elena, te tamo... -empezó a decir. Pero tenía un nudo en la garganta-. Yo, Elena... El silencio pareció alargarse hasta el infinito. Lorenzo la miraba, sorprendido, y su corazón latía con tal violencia que parecía querer salirse de su pecho. -Lo siento. No puedo... -No pasa nada, carísima -dijo él entonces-. Solo un paso y estaremos juntos para siempre. Para siempre. Con un hombre en el que no podía confiar. -No, lo siento. No puedo... ¡No puedo!


Helen se levantó el vestido de novia y salió corriendo de la catedral. A su alrededor, un coro de gritos horrorizados. -¡Arranque! -le dijo al chófer. El hombre arrancó, nervioso, justo cuando Lorenzo salía a la plaza. -¡Elena! ¡Elena! -No soy Elena -murmuró ella-. Soy Helen. Nunca lo has entendido. Si pudiera llegar a casa y quitarse aquel vestido... Si pudiera hacer la maleta y correr hacia el aeropuerto, dejaría atrás aquella pesadilla. Tenía que escapar y olvidar que había conocido a un encantador de serpientes, a un mentiroso que se llamaba Lorenzo Martelli. Cuando pudo dejar de llorar, miró por la ventanilla y vio que un coche los seguía de cerca. -Vaya más rápido -le dijo al conductor. Unos minutos después llegaban a la finca y Helen subía corriendo a su habitación, horrorizada por lo que estaba pasando. Entonces oyó pasos en la escalera. -Elena... ¿qué ha pasado? ¡Por Dios bendito, abre la puerta! -Ahora no. Necesito estar sola... -murmuró, dejándose caer sobre la cama. Pero entonces oyó pasos en la terraza y se apresuró a cerrar la puerta.


-¡Elena! Abre ahora mismo o rompo el cristal. No tenía duda de que lo haría, de modo que abrió, temblando. Lorenzo estaba allí mirándola con una expresión indescifrable. -¿Qué ha pasado? ¿Has perdido el valor? -He perdido mi amor, Lorenzo. -¿Qué? -Ya no te conozco. Y si no te conozco, ¿cómo puedo amarte? -¿De qué estás hablando? -¿Quién eres, Lorenzo? -Ya sabes quién soy. El hombre que te ama. -No, pensé que eras ese hombre, pero no es verdad. Tú eres alguien que miente, que hace cosas horribles y las esconde detrás de una sonrisa. ¿De qué más eres capaz? -No entiendo nada de lo que dices. -Sé lo que hay entre Heather y tú, Lorenzo. -No hay nada entre Heather y yo. -Pero lo hubo. Ibas a casarte con ella y la dejaste plantada en el altar. -¡Por eso te fuiste corriendo! ¿Qué intentabas hacer? ¿Vengarte en nombre de


todas las mujeres? -No es eso. Intenté hablar contigo, pero no encontrabas un momento para mí -contestó ella-. Ya había aceptado casarme contigo, de modo que dejé de ser importante. -Porque tenía muchas cosas que hacer, Helen. -Deberías habérmelo dicho antes. -Tienes razón -suspiró Lorenzo-. Debería habértelo dicho, pero todo esto ha sido tan... bonito. Debería habértelo dicho, pero te quiero. ¿Eso no es suficiente? -No, no es suficiente. Me has faltado al respeto. -Eso no es verdad. -¿No crees que sea faltarme al respeto no contarme algo que todo el mundo sabe? No, claro. Porque así es como se comporta un siciliano, ¿no? -¿Quieres dejar de hablar así? Esos prejuicios tuyos son absurdos. En Sicilia nadie se comporta como tu padre, Helen. Estamos en el siglo veintiuno. -No es verdad. Yo pensé que eras diferente, pero me he equivocado. -Sé que debería haber hablado contigo, pero no pensé que tuviera tanta importancia. -¡Fue hace poco más de un año! -Mucho tiempo, Helen. Toda una vida. Heather y yo no estábamos hechos el uno


para el otro. Yo pensé que la quería, pero... -¿Y cambiaste de opinión el día de la boda? -Esa boda era un error. Heather y yo no estábamos enamorados. -¿Ah, no? ¿Y seguro que no lo lamentaste después? Ella estaba muy convencida de que seguíais enamorados. -¿Heather? -No, Sara. Estaba en la habitación cuando la llamaste desde Londres. -¿Sara? Mio Dio! ¡Heather la despidió por robar! ¡Debe haberlo pasado en grande contándote esa historia! -Entonces, ¿no es verdad? ¿No dejaste a Heather plantada en el altar? -Sí, así fue y me avergüenzo. Pero si dejas que te explique... -Es demasiado tarde. Me has mentido, Lorenzo. -No he mentido. Sencillamente, no te lo conté porque... pensé que nuestro amor era tan especial que estaba por encima de todo. Helen se volvió para que no vieraa cómo la afectaban sus palabras. Más que eso, era su tono estremecido lo que tocaba su corazón. Pero intentó contener las lágrimas. No podía mostrarse débil.


-Escúchame, cariño. Me equivoqué, lo siento. Pero te quiero más que a nada en el mundo. No es demasiado tarde. Podemos volver a la catedral y... -¡No, por favor! -gritó ella-. No puedo volver como si no hubiera pasado nada. Tú hablas de amor, pero... ¿de verdad crees en él? ¿Cuánto duró tu amor por Heather? ¿Y si cambias de opinión sobre mí, Lorenzo? No será tan fácill después de la boda, pero supongo que habrás encontrado la forma de hacer lo que te da la gana, casado o no. Antes estaba pálido, pero en aquel momento Lorenzo se puso lívido. -Ten cuidado con lo que dices -murmuró. -¿Por qué? ¿Debo tener miedo de ti? -No. Deberías tener miedo de ti misma. Estás a punto de decir algo que hará imposible una reconciliación, Helen. -No habrá reconciliación. He cometido un error y, afortunadamente, me he dado cuenta a tiempo. -No digas eso, Elena. Por favor... -No me llames Elena. Elena es una estúpida que se deja manipular por ti. Ahora lo entiendo todo. -¿A qué te refieres? -Mírame a los ojos y dime que no hiciste nada para que me dieran el trabajo en


Palermo. -¿Cómo? -Dímelo. Lorenzo dejó escapar un suspiro. -Llamé a Erik y le comenté que trabajar para el Elroy de Palermo sería un puesto ideal para ti. Pero no te lo habrían dado si no confiaran en tus cualificaciones. Solo quería estar contigo, Helen. -Pero no me lo dijiste. Lo has hecho por detrás, sin que yo me enterase. Me has manipulado, Lorenzo. Querías que estuviera contigo y has movido las cuerdas para que no pudiera decir que no. -Quería que estuvieras conmigo. ¿Eso es un crimen? -Me pregunto qué harías si quisieras que dejase mi trabajo. Supongo que solo tendrías que hacer un par de llamadas... -¿De verdad crees que haría eso? -No lo sé. Dices que Sara me contó esto por despecho, pero es verdad. Y también es verdad que Heather y tú sois muy cariñosos el uno con el otro... -¿Qué estás sugiriendo? -¿Qué pasó cuando llamaste desde Londres? ¿Por qué la llamaste a ella precisamente? Lorenzo no contestó. La miraba a los ojos como un hombre al que hubieran


asestado una puñalada mortal. -Si eso es lo que piensas de mí, me sorprende que hayamos llegado al altar dijo por fin. -Quería hablar contigo. Te dije que era muy importante. -¿Hablar? ¿De qué quieres hablar si piensas que me acuesto con mi cuñada? ¿De qué podríamos hablar? -De nada -suspiró Helen. -Nunca has entendido cómo te quiero. Te quise desde el principio y casi me volví loco de pena cuando tuve que marcharme de Nueva York. Me comían los celos pensando en Erik... porque te creía mía. Sí, mía, Helen, soy siciliano y pensamos así. Pero también creía ser tuyo, quería ser tuyo en cuerpo y alma. Me habría tirado al suelo para que me pisaras si hubieras querido hacerlo dijo entonces Lorenzo-. Te he amado más de lo que nunca he amado a nadie, pero ahora.., ojalá no nos hubiéramos conocido nunca. Entonces empezaron a oír ruidos. Los coches llegando a la finca, pasos en la escalera y la terraza... Unos segundos después, la habitación se llenaba de gente. - ¡Qué desgracia, qué desgracia! ¡Mi hija avergonzándonos a todos... ! -Lo siento, papa. No podía ser. -Lorenzo, te pido perdón en nombre de los Angolini. -Helen no ha avergonzado a nadie -dijo él-. Ha cambiado de opinión y tenía derecho a hacerlo. Algún día nos alegraremos por ello.


-Dejarte plantado ante el altar... no hay perdón para un acto tan cobarde. -Yo mismo hice eso una vez. Hace un año dejé plantada a mi novia en la catedral -confesó Lorenzo. Nicola Angolini lo miró, incrédulo-: Elena no tiene la culpa de nada. Son cosas que ocurren y si hay que culpar a alguien, cúlpeme a mí. Entonces apareció Giorgio en la habitación, con la cara roja de furia. -¡Estás loca, Helen! ¡Tenías la oportunidad de hacer un bien a toda tu familia y la has tirado por el suelo! ¿Cómo puedes ser tan egoísta? -¡Cállate! -le espetó Lorenzo-. No te permito que le hables así. Giorgio dio un paso atrás. -Pero... -Vete de Palermo. ¡Vete ahora mismo o no respondo! Nadie lo había visto nunca así. Estaba tan furioso que tuvo que sujetarse a una silla para no agarrar a Giorgio por el cuello. -Lorenzo, por Dios... -empezó a decir su madre. - Quiero estar a solas con Elena, por favor. Todos obedecieron. Ninguno se habría atrevido a desafiarlo. Solo María dudó un momento, besando a Helen en la mejilla antes de salir. -Gracias.


-De nada, hija. Capítulo 10 QUIERO que me escuches, Helen -dijo Lorenzo, con el tono de un hombre maduro, como si el niño que era hubiese desaparecido-. Tenemos que arreglar esto como sea. -¿Arreglar? ¿Cómo lo arreglaste la última vez? -Desaparecí durante unos días. Tú has sido más valiente. -Sí, una auténtica heroína -replicó ella, irónica. -Sí lo eres. Con la presión de tu familia y de la mía, con mi obsesión por casarme lo antes posible sin escucharte... Sí, has tenido valor. Aunque no puedo decir que eso me alegre. -¿Estás defendiéndome? -¿Qué voy a decir? ¿Que es horrible lo que has hecho? Yo mismo lo hice el año pasado. Había tal dolor en su rostro que Helen deseó acariciarlo. Pero eso ya no podía ser. Nunca más. -Lorenzo... -¿Quieres cambiarte de ropa? La mayor parte de sus cosas estaban guardadas para la luna de miel, pero Helen encontró un par de vaqueros y una camiseta.


Cuando salió del cuarto de baño, Ania, la criada, había subido una bandeja con sándwiches y café. Era curioso. Cuando estaba triste, su madre la consolaba con comida y Lorenzo estaba haciendo lo mismo. -¿Tú no quieres comer nada? -No, gracias. Helen se preguntó qué estaría pasando abajo, con todos los invitados, el banquete. . -Ay, Dios mío -murmuró. -¿Qué pasa? -El banquete, la tarta que ha hecho Sophia... -No te preocupes -dijo Lorenzo-. En esta casa estamos acostumbrados. -¿Cómo puedes bromear sobre algo tan horrible? -Es mejor que ponerse a llorar, ¿no? -intentó sonreír él. Pero Helen veía el dolor en sus ojos, en su expresión, en su postura-. ¿Qué quieres que haga? ¿Que me porte como tú crees que se porta un siciliano, jurando vengarme de tu familia hasta la tercera generación? -Entonces, ¿qué vamos a hacer? -suspiró Helen. -No lo sé. -Cuanto antes me vaya de Sicilia, mejor. -¿Por qué vas a marcharte como si hubieras hecho algo malo? ¿Puedes imaginarte


un vuelo a Nueva York con tu padre? -No tengo que irme con ellos. Pero debo volver a Nueva York. -A Erik no le haría gracia que dejaras el trabajo en Palermo sin terminar, ¿no? Y ese Giorgio... Yo no estaré allí para... -¿Protegerme? -¿Por qué no? -Llevo veinticinco años sin ti, Lorenzo. Te lo agradezco, pero sé cuidar de mí misma. -No vamos a casarnos, pero podemos seguir siendo amigos. -¿Después de lo que ha pasado? -¿Por qué no? Por favor, Helen. La idea de quedarse en Sicilia no le hacía gracia, pero volver a Nueva York y enfrentarse con su familia... -No sé qué hacer. -Escucha el consejo de un amigo -dijo él entonces, tomando su mano-. Puedes instalarte en algún hotel de Palermo. Yo daré todas las explicaciones que sean necesarias. No te preocupes. Todo va a salir bien. El despacho de Helen en el hotel Elroy-Palermo era grande, forrado de madera y con una preciosa vista de la ciudad. Desde el principio, Axel le había dado


carta blanca porque sabía hacer su trabajo y eso, al fin y al cabo, era un beneficio para él. Las reformas iban muy rápidas y pronto llegaría el día de la inauguración. Helen trabajaba quince horas al día y era lo mejor. Así no tenía tiempo de pensar en Lorenzo. -Parece que tus contactos con la familia Martelli nos benefician, aunque no te hayas casado -le dijo Axel una mañana. -¿Perdona? -¿Has negociado tú el contrato con los Marteili? -Yo no llevo ese departamento. -¿Por qué crees que nos hacen un precio tan bajo si ofrecen sus mejores productos? -rio Axel. Como Helen no podía protestar porque los Martelli les ofrecieran precios bajos, tuvo que aceptar la situación. Aunque no le gustase. Aquella mañana, su secretaria la informó de que Heather Martelli estaba esperando. Habían pasado dos meses desde la boda que nunca se celebró, pero Heather llevó a su niño y, al verlo, las exclamaciones de alegría rompieron el hielo. -¿Sabes que Angie ha tenido una niña?


-Sí, lo he leído en el periódico. -Bernardo está como loco. -Ya me lo imagino. -María está encantada de que, por fin, sea parte de la familia -sonrió Heather-. Y también le alegró mucho tu carta. -Tuve que escribirle después de marcharme sin decir adiós. -Seguimos esperando que vuelvas, Helen -dijo Heather entonces. -¿Volver? ¿Después de lo que ha pasado? -No te preocupes por Lorenzo. Está en Alemania. -¿Qué tal le va? -Muy bien. Ya sabes que es un vendedor nato. Ella asintió. -Puede vender cualquier cosa, desde luego. -Pero a veces se le olvida vender lo más importante, la verdad -dijo Heather entonces-. Lorenzo me ha contado lo que pasó. Pero debes creerme, Helen. Lorenzo y yo nunca estuvimos enamorados de verdad. Nos gustábamos mucho y él era tan divertido... -rio la joven-. En realidad, fue Renato quien prácticamente lo obligó a pedir mi mano. -¿Y él lo hizo? -Entonces era un crío, no el hombre que es ahora. Nos gustábamos y... parecía


suficiente. Pero cuando vine a Sicilia, me enamoré de Renato. No sabíamos qué hacer porque solo quedaban unos días para la boda y Lorenzo tomó la decisión de dejarme en el altar. Suena horrible, pero te aseguro que Renato y yo le estaremos agradecidos toda la vida. -Pero... -Lo que Sara te contó no era más que su versión para vengarse de mí porque la había despedido, Helen. -Me dijo que María arregló tu matrimonio con Renato para salvar tu buen nombre. -Eso no es verdad. Renato pidió mi mano media hora después, en la finca. Y yo me mona de felicidad. -Entonces, ¿no seguías enamorada de Lorenzo? -Nunca estuve enamorada de él, Helen. -Cuando Lorenzo estaba en Londres... Sara me dijo que te llamó para verte. A solas. Heather soltó una carcajada. -Desde luego que sí. Estaba en una comisaría y necesitaba que alguien pagase la fianza. -¿En una comisaría? -Lo habían detenido por conducir por encima del límite de velocidad. No hubo


ningún accidente, pero ya sabes que en Inglaterra no te ponen una multa como aquí. Allí te llevan directamente a la comisaría. -Entonces, ¿fuiste a Londres? -Tuve que tomar un vuelo a toda prisa, pagar la fianza y volver aquí sin decirle nada a mi marido. Y durante todo el camino fui echándole la bronca a Lorenzo por ser tan crío. Helen enterró la cara entre las manos. -Dios mío... Entonces, entre él y tú... -Entre Lorenzo y yo no hay nada, Helen. Es mi cuñado y lo quiero mucho. Nada más. Los meses pasaban y Helen seguía sin saber nada de Lorenzo. Era lo más lógico. Había decidido quedarse allí a pasar la Navidad, concentrándose en los miles de problemas que debía resolver en el hotel; sobre todo, en la publicidad para el día de la inauguración, en febrero. Debían organizar un evento que despertase el interés de todos los medios de comunicación pero, por el momento, a Axel no se le había ocurrido nada. Y a Helen tampoco. Mientras volvía a su apartamento por las calles tranquilas de Palermo,


pensaba en cómo había avanzado profesionalmente. Tenía una secretaria, un despacho estupendo y un sueldo enorme. Todo lo que siempre había querido. Pero estaba sola. Sus ambiciones nunca habían incluido eso porque no pudo anticipar que conocería al hombre de su vida... y no podría serlo. Desde la ventana de su apartamento podía ver el puerto y el barco de Renato, donde Lorenzo y ella iban a pasar su luna de miel. Entonces recordó sus palabras: «Nunca has entendido cómo te quiero. Te quise desde el principio y casi me volví loco de pena cuando tuve que marcharme de Nueva York. Me comían los celos pensando en Erik... porque te creía mía. Sí, mía,. Helen, soy siciliano y pensamos así. Pero también creía ser tuyo, quería ser tuyo en cuerpo y alma. Me habría tirado al suelo para que me pisaras si hubieras querido hacerlo. Te he amado más de lo que nunca he amado a nadie, pero ahora... ojalá no nos hubiéramos conocido nunca». Le había ofrecido su amistad, pero la amistad nunca sería suficiente. Había descubierto, demasiado tarde, que Lorenzo era el amor de su vida. Que nunca encontraría a nadie como él. Con el corazón en un puño, Helen decidió bajar al puerto para ver el Santa María. No sabía por qué. Quizá para recordar algo... que nunca había tenido.


-¡Helen! Qué alegría volver a verte. Era Bernardo. -Hola. ¿Cómo estás? -Mejor que nunca. ¿Sabes que tengo una niña? -Sí, ya me han dicho. -Pero no la conoces. ¿Por qué no vienes conmigo a Montedoro? -No, no puedo... -¿Por qué no? Venga, te traeré de vuelta después de cenar. Era tan amable que Helen no pudo rechazar la invitación. Poco después llegaban a la casita donde Bernardo había nacido. Tenía un patio con una antigua fuente de piedra y era un sitio delicioso. -¡Angie! Tenemos visita. -¡Helen! Qué alegría. -He venido para conocer a tu niña. -¡Ah, qué bien! Pero. . -¿Vengo en mal momento? -Todo lo contrario. Vienes en el mejor momento. Cuando entró en el salón, todo se detuvo. El tiempo, su corazón... -Hola, Helen -la saludó Lorenzo. Estaba frente a la chimenea, con la niña en brazos. Y Helen pensó que nunca había visto una imagen más hermosa en toda su vida.


-Hola. Bernardo quería que conociese a su hija y... -Mírala. Es preciosa -sonrió él-. ¿Qué tal se te dan los niños? -¿Me preguntas a mí, con la experiencia que tengo? -Sí, es verdad. Yo también. -¿Cómo se llama? -Anua María Leonora. Pero aún no la han bautizado. Lorenzo Martelli, que siempre había sido un espíritu libre, parecía más maduro, más serio. ¿Podría algún día borrar los hermosos recuerdos que tenía de aquel hombre? ¿Podría borrarlo algún día de su corazón? -¿Helen? -¿Perdona? -Te he preguntado qué tal va el hotel. -Ah, muy bien. Me paso el día persiguiendo a los albañiles, pero todo va de maravilla -contestó ella-. ¿Qué tal tu trabajo? -Muy bien. Hasta Renato, que es un negrero, está contento. Siguieron charlando así durante media hora. Era increíble cómo dos personass podían hablar de cosas triviales sin tocar la amarga verdad que había entre ellos. -Tengo que marcharme -dijo Helen poco después.


-¿Quieres que te lleve? -preguntó Lorenzo. Ella no sabía qué decir. Sería absurdo rechazarlo si también debía volver a Palermo. -Gracias. -Me ha dado una alegría que Helen viniera a visitamos -sonrió Angie cuando se quedó a solas con su marido. -Sí, ha sido una suerte encontrármela. -¿No se te ocurrió pensar que Lorenzo estaba aquí? -Sí, bueno... -contestó Bernardo, encogiéndose de hombros. Angie sonrió. -¿Tú crees que volverán a estar juntos? -No lo sé -suspiró él-. Pero al menos lo habremos intentado. Durante un rato, Lorenzo pareció concentrado en la estrecha carretera. De vez en cuando Helen lo miraba, con el corazón encogido al ver la tristeza que había en el rostro del hombre. -¿Cómo van los planes para la inauguración del hotel? -Regular. Sigo sin tener una buena idea. -Deberías llamar a tu amigo Frank, del que me hablaste en Nueva York. Ese que tiene conexiones con el mundo del espectáculo. -Es verdad, se me había olvidado Frank -exclamó Helen-. Él conoce a mucha


gente del cine. Gracias, Lorenzo. No sé cómo he podido olvidarme de Frank. -Me alegro de poder ayudarte. -Oye, mi apartamento no está por aquí... -Hay un café muy agradable cerca de la plaza. Allí podremos charlar -dijo Lorenzo, sin mirarla. Helen no discutió. Poco después, bajaban del coche y se sentaban en una pequeña terraza. -¿De qué quieres hablar? -Del día de Navidad. Mi madre quiere que lo pases con nosotros. Está muy triste porque no habéis vuelto a veros. -¿Cómo voy a ir, Lorenzo? -suspiró Helen. -Estás enfadada conmigo, no con ella. -No estoy enfadada contigo. Heather fue a verme y me contó la verdad -dijo ella entonces. -Te contó lo que debería haberte contado yo. Mira, no vamos a discutir sobre eso. Los dos sabemos la verdad. Tenía miedo de decírtelo porque sabía lo que pensarías: que era infiel por naturaleza, como me dijiste el primer día en Nueva York. -Pero debías saber que, tarde o temprano, me enteraría...


-Yo no soy como Renato, ni como Bernardo. Yo no planeo mi vida con años de antelación - suspiró Lorenzo-. Me doy el golpe y si he logrado sobrevivir, me digo a mí mismo que debería haberlo pensado antes. -¿Sigues siendo así? -No lo sé. Últimamente, le doy muchas vueltas a las cosas. Y cuando me miro al espejo, no me gusta nada lo que veo. -No cambies -dijo Helen impulsivamente-. No serías tú si te volvieras calculador. Alguien había empezado a tocar un acordeón bajo los árboles de la plaza y varias parejas empezaron a bailar. -Ven -dijo él, tomándola de la mano. -No podemos bailar... -¿Por qué no? La ponía nerviosa estar entre sus brazos. Más que eso. Le recordaba cosas que no debía recordar. -No sé cómo puedes estar tan tranquilo. -Porque estoy contigo. Una vez la había excitado el brillo travieso de aquellos ojos azules, pero en aquel momento lo hermoso era la bondad que veía en ellos.


Era un hombre guapísimo, de la mejor familia de Palermo. Un hombre que podría tener a cualquiera. Y, sin embargo, estaba bailando con la mujer que lo había humillado. Helen se percataba de las miradas y las risitas de algunos de sus vecinos. Incluso vieron a un grupo de chicos poniéndose los dedos sobre la frente, en una clara alusión a los supuestos cuernos de Lorenzo. -¿Has visto eso? -Son Enrico, Carlo y Franco, antiguos compañeros de colegio. Son unos ignorantes, no hagas caso. -Pero te están insultando -replicó ella, intentando contener las lágrimas. -No llores. ¿Qué va a pensar la gente? -No lo sé. Y me da igual. Tampoco sé lo que yo pienso. Hemos estado interpretando un papel desde el principio. Desde que decidimos ser amigos. -¿Amigos? Me he dado montones de duchas frías por ti - sonrió Lorenzo. -A eso me refiero. No hemos sido sinceros el uno con el otro. -Tienes razón. Y este es buen momento para empezar a serlo. Lorenzo se inclinó para buscar sus labios. -No creo que sea buena idea. -Estoy siendo sincero. Esto es lo que quería hacer. -Pero has dicho... -¿Qué he dicho? -la interrumpió él.


-Nada, déjalo. En sus brazos todo daba igual. En sus brazos, el futuro no parecía tan oscuro, tan siniestro. Era como si le hubieran devuelto la alegría. Y aquella vez sabría cómo protegerla. -Ven a la finca el día de Navidad, Helen. Tenemos muchas cosas de qué hablar. -De acuerdo, iré. -Gracias. Volvieron a la terraza y mientras ella tomaba el bolso lo vio guardando un papel que había sobre la mesa. -¿Qué es eso? -Nada. -¿Qué es, Lorenzo? -Nada importante. Helen le quitó el papel. En él había escrita una sola palabra: Cornudo. -¿Eso es lo que piensan de ti porque actuaste como un hombre civilizado? -exclamó, horrorizada-. Y tú no entiendes que siempre haya despreciado este país.. -A mí no me importa, Helen. -No voy a aceptar sacrificios. Por favor, dile a tu madre que no puedo ir a la finca en Navidad. De hecho, no quiero volver a verte nunca.


Lorenzo no intentó retenerla. Solo la observó desaparecer mientras rompía el papel en pedacitos. Capítulo 11 EL hotel se inauguró con gran éxito. Gracias a Frank, habían conseguido que dos jóvenes ctores de Hollywood se casaran en Palermo aquel día... y celebrasen el banquete en el hotel Elroy, por supuesto. Las fotografías dieron la vuelta al mundo. -Bien hecho -sonrió Lorenzo, llevándola aparte-. Ha sido un exitazo. -No sabía que ibas a venir. -Debería haber venido Renato, pero le pedí que me cediera el puesto. Intentas evitarme a toda costa y esta era la única forma de verte. -No estoy... -No has querido comer con nosotros en Navidad, ni el día del bautizo de Anna. Toda la familia estaba allí... menos tú. -Yo no soy parte de la familia, Lorenzo. Además, ¿cómo podía ir sabiendo lo que la gente murmura? -Eso se ha terminado. Ya han pasado muchos meses y la gente se dedica a hablar de otras cosas.


-Yo no lo creo. ¿Es que no puedes hacer algo? -¿Por ejemplo? Tengo una vieja escopeta de mi padre. Podría salir a pegar tiros, pero la verdad es que se me da fatal y seguramente rompería algún jarrón de mi madre, que se enfadaría conmigo y... -¿Es que no puedes tomarte esto en serio? -No, no puedo. No puedo tomarme en serio eso de la vendetta, Helen. Siento desilusionarte. Ella lo miró, sorprendida. No le importaban en absoluto unos comentarios que, a otro hombre, le habrían destrozado la vida. ¿Por qué? Al día siguiente, después de haber recibido cientos de llamadas de felicitación, Helen subió a su coche y se dirigió a la finca. -No puedo hablar con él. No quiere razonar - le dijo a María. -Ya lo sé. -No quiere hablar en serio de nada. -Nunca ha podido. -Y en cuanto a lo que pasó, lo único que le importa es que nadie se meta conmigo -insistió Helen.


-Desde el primer día. Intentaba esconderlo, pero yo supe que «Elena» era la mujer de su vida -dijo María. -Ya no me llama Elena. Ahora soy solo Helen. -¿No era eso lo que querías? -Era lo que quería antes, no ahora. Antes no entendía muchas cosas. -Ah, ese es el principio de la sabiduría -sonrió la anciana. - ¿Y para qué quiero ser sabia? Es demasiado tarde. Cuando pienso en lo que está pasando el pobre... -Lorenzo ya no vive aquí. Se mudó a la casa hace meses. -¿La casa que alquilamos? -Esa misma. -¿Y vive allí, solo? -No tiene ninguna otra mujer, querida. -Ya, claro. Lorenzo, solo en la casa que iban a compartir. En la cama, solo. Comiendo solo. Lorenzo, un hombre que adoraba estar rodeado de gente. Su Lorenzo, solo. -No entiendes lo que pasa, ¿verdad? -preguntó María entonces. -Creía entenderlo, pero... -En realidad, es muy sencillo. La gente piensa que has insultado a Lorenzo y,


en lugar de vengarse, él te protege. Por eso lo creen un tonto. Un hombre que muestra tanta devoción por una mujer no lo tiene fácil en Sicilia. Está enamorado de ti, Helen. ¿Por qué si no soportaría las humillaciones? Que un hombre te ame así es un honor... y una carga. ¿Eres suficientemente fuerte como para llevar esa carga, Elena? -Sí -contestó ella-. Pensé que lo amaba antes, pero ahora... ahora sé que lo amo de verdad. Y lo sé porque es un hombre al que respeto y admiro. -Entonces sabrás lo que debes hacer. El pequeño hotel estaba en el corazón de Palermo y, desde la habitación, Helen podía vigilar la calle y la terraza del café que había debajo. Todo estaba planeado y tanto Renato como Bernardo habían recibido cuidadosas instrucciones. Aquella noche, con el vestido rojo que llevó el primer día en Nueva York, Helen estaba en el balcón, esperando su momento. Unos minutos después Renato apareció al final de la calle con Lorenzo y se sentaron en la terraza. El primero de sus aliados estaba siguiendo fielmente sus instrucciones. Solo necesitaba al segundo...


Entonces apareció Bernardo, acompañado por Enrico, Carlo y Franco, los chicos que le habían puesto los cuernos en la plaza. Y, como estaba previsto, se sentaron cerca de la mesa de Renato y Lorenzo. Todo estaba preparado. Lo único que Helen tenía que hacer era bajar a la plaza y hacer su papel. ¿Lo entendería Lorenzo? ¿Sabría por qué lo estaba haciendo? Pero aunque no fuera así, habría restaurado su dignidad en Palermo. Dejó la luz encendida y las cortinas abiertas para que desde la plaza pudieran ver el interior y salió de la habitación. Lorenzo la vio acercarse, sorprendido. Ella caminaba tranquilamente, intentando disimular que tenía el corazón acelerado y la boca seca. Enrico, Carlo y Franco la miraban con una sonrisa en los labios, esperando ávidamente poder reírse de nuevo de un Martelli cornudo. Helen se acercó a Lorenzo entonces con una sonrisa que no dejaba lugar a dudas. -Hola. -Hola -dijo él, levantándose. Entonces, sin previo aviso, Helen le echó los brazos al cuello. Al principio Lorenzo no le devolvió el beso, pero daba igual. El objetivo era que su infiel prometida lo estaba buscando.. de cara a la galería.


Por fin, Helen se apartó. -¿Eso era todo lo que querías? -murmuró Lorenzo, perplejo. -No. Quiero casarme conmigo. El la miró, sin entender. -¿Quieres casarte conmigo? -Sí. Helen lo tomó de la mano para llevarlo a su habitación. Lorenzo no entendía lo que estaba pasando, pero no iba a rechazarla en público. Una vez arriba, lo llevó hasta el balcón para que pudieran verlos desde abajo. Como había supuesto, un pequeño grupo de gente se había levantado para ver el espectáculo. Entre ellos, Enrico, Carlo y Franco, por supuesto. -Bésame, Lorenzo. -No quiero besarte delante de una multitud. -Pero tienes que hacerlo -murmuró Helen-. Quiero que sepan que soy tuya. -¿Crees que me importa lo que piensen? ¿Creess que me importa alguien más que tú? -Sé que no -contestó ella, abrazándolo de nuevo-. Pero a mí sí. Y a ellos, también. Apaga la luz. -Lo tenías todo preparado, ¿verdad?


-Hasta el último detalle. Lorenzo apagó la luz y entonces empezaron los aplausos en la calle. Pero ninguno de los dos oía nada. -Elena, ¿seguro que quieres hacerlo? -Tenemos que terminar lo que habíamos empezado. -Elena... Helen. -Soy Elena. Siempre seré Elena para ti. En la oscuridad, se apretó contra el pecho del hombre buscandoo todo lo que le ,había faltado durante aquellos meses. Y Lorenzo la abrazó como si le fuera la vida en ello. Nervioso, tardó unos segundos en desabrochar el vestido y abrió los ojos, impresionado, cuando vio que no llevaba nada debajo. -Eres tan preciosa... -No me hagas esperar, mi amor. Lorenzo cerró las cortinas y la llevó a la cama, temblando. Helen le ofreció todo lo que era, todo lo que podría ser algún día. Y, él lo aceptó con apasionada gratitud. Habían hecho un pacto de amor. -No me has contestado -le recordó ella entonces.


-¿A qué te refieres, carissima? -Te he pedido que te cases conmigo. Lorenzo besó su mano. -No hay nada que desee en el mundo más que casarme contigo... Elena. Capítulo 12 HELEN estaba dando vueltas frente al espejo para comprobar que el vestido caía de forma perfecta. -Estás preciosa -sonrió Heather, mientras le colocaba la diadema. -¿Seguro que está bien sujeta? -No se caerá por nada del mundo. -¿Crees que debería haberme puesto otro vestido? Quizá trae mala suerte llevar el mismo que la última vez... -Este es tu vestido de novia, Helen. La boda tiene lugar un poco más tarde de lo esperado. . pero todo lo demás es igual. -Bueno, no todo -rio Angie. Las tres rieron, nerviosas. Entonces llamaron a la puerta y el padre de Helen asomó la cabeza, sonriente. Angie y Heather se despidieron y su padre la tomó del brazo. -¿Esta vez no tienes dudas? -No he estado más segura de nada en toda mi vida.


-Entonces, ¿nos vamos? -Sí... no. ¿Dónde está la flor? -preguntó Helen, señalando la solapa. Su padre se miró el ojal. -No lo sé. Pero tu madre me dio una, estoy seguro. -Ve a buscarla, anda. Mientras esperaba, Helen salió a la terraza. Frente a ella, un paisaje verde, lleno de flores. Un momento perfecto para empezar una nueva vida con el hombre del que estaba enamorada. Su padre volvió a la habitación poco después. -Ya la tengo. Vámonos, es tarde. -¿Tarde? -No te preocupes. Todas las novias llegan un poco tarde - sonrió Nicola Angolini. -Yo no puedo, papá. Después de lo que pasó la última vez... -Tranquila, tranquila. Poco después tomaban la carretera que llevaba a Palermo. Mientras se dirigían a la catedral, Helen imaginó el rostro de su prometido, esperándola en el altar... En ese momento el chófer dio un volantazo. Había una piedra en medio del camino y, para evitarla, Guido llevó el coche a un lado de la carretera. Pero se quedó ladeado en el arcén.


-¡No puede ser! ¡Esto no puede estar pasándome a mí! Lorenzo estaría esperándola, pensando que lo había abandonado de nuevo... -Podemos llamarlo al móvil -sugirió su padre. Pero el móvil de Lorenzo estaba apagado. Y el de Renato. Y el de Heather. Todos estaban en la catedral. Y en la catedral no se puede tener el móvil encendido. Ella enterró la cara entre las manos. -Tengo que llegar... -¿Cómo, volando? -preguntó su padre. Helen salió del coche y miró la carretera. El único vehículo que se acercaba era un carro tirado por mulas. -Acabo de encontrar un medio de transporte. -¿Piensas ir a la catedral en un carro? -Tiene ruedas, ¿no? -Helen se colocó en me dio de la carretera, haciéndole señas al conductor-. Tengo que estar en la catedral de Palermo dentro de cinco minutos. ¿Puede llevarme? -No tengo sitio... -contestó el hombre señalando la parte trasera, en la que había cuatro enormes cerdos-. Los llevo al mercado. -Se los compro ahora mismo. ¿Cuánto quiere?


El hombre dijo un precio y Nicola saltó, indignado: -¡Es carísimo! ¡Yo compro carne de cerdo todos los días y eso es un robo! -Pues entonces lleve usted a la novia a la catedral -replicó el hombre. Estuvieron discutiendo durante un rato sobre el precio y, al final, llegaron a un acuerdo. Pero el único que llevaba dinero era Guido y no tenía suficiente. -Le doy mi palabra de que le daremos el dinero después de la boda -dijo Helen. -¿Su palabra? -Voy a casarse con Lorenzo Martelli... si me deja ese maldito carro. -De acuerdo -dijo el hombre, saltando para sacar a los cerdos. -Guido, vas a tener que quedarte... con el ganado. -No se preocupe, señorita -rio el hombre-. Cosas más raras he hecho. -Estupendo. Cuida de mis cerdos. Pienso dárselos a mi marido como regalo de boda - sonrió Helen-. Sube, papá. -¿Yo? ¿Esperas que llegue a la catedral de Palermo en un carro tirado por mulas? -¡Sube, papá! No tengo tiempo de discutir. Su padre obedeció, murmurando algo sobre que solo le daba disgustos. -En un carro tirado por mulas... -Papá, vamos a llegar a la catedral en cinco minutos y tú vas a llevarme al altar.


¡Así que deja de quejarte! -No te preocupes, estará a punto de llegar - murmuró Renato. -Debería haber llegado hace diez minutos - dijo Lorenzo, mirando hacia la puerta de la catedral. -Elena es una buena persona. Si pensaba dejarte plantado otra vez, vendría a decírtelo. -Estupendo, tú anímalo -rio Bernardo. Los invitados empezaban a ponerse nerviosos, temiendo lo peor. Lorenzo sabía lo que estaban pensando y hubiera querido gritar que no pasaba nada, que su Elena estaba a punto de llegar. Pero los minutos pasaban y Helen no llegaba. No podía abandonarlo de nuevo. Era imposible. -¿Qué ha sido eso? -preguntó Renato. -¿Qué? -¿No oyes gritos en la calle? Bernardo salió corriendo. -¡Ven a ver esto! -gritó Angie, tomando a su marido de la mano. Bernardo se quedó de piedra. No podía ser.


-¡Lorenzo, ven corriendo! No solo Lorenzo, la mitad de los invitados se levantaron de sus asientos para asomarse a la puerta de la catedral. Y allí, subida en un carro tirado por mulas, estaba Elena con su padre. -Si no me equivoco, ese es el carro de Enrico Cacelli. -¿El porquero? -preguntó Bernardo. -El mismo -contestó Renato. -Cualquier mujer quiere llegar a su boda en una limusina. -Pero mi Elena no -rio Lorenzo-. Mi Elena no es como las demás mujeres. La novia empezó a hacerle señas, frenética. Cuando Lorenzo llegó a su lado, intentó explicarle lo que había pasado, pero él la silenció con sus labios. -Da igual, mi amor -dijo, llevándola en brazos hasta la catedral. -No quería que pensaras que no iba a venir. -Sabía que vendrías. Pero ahora no pienso soltarte hasta que el sacerdote nos case -rio Lorenzo -. No voy a soltarte hasta que seas la señora Martelli. -Eso es lo que quiero. Más que nada en el mundo. La multitud estaba aplaudiendo, encantada con el espectáculo, y el coroo empezó a entonar los primeros acordes del Aleluya. Mientras tanto, Lorenzo Martelli y Elena Angolini entraban en la catedral


para celebrar una boda que había tardado demasiado tiempo. Lucy Gordon - Serie Novios italianos 3 - Sueño roto (Harlequín by Mariquiña)

Sueno roto lucy gordon  

Serie Novios italianos 3 Sinopsis: Delante de toda su familia, el guapísimo siciliano Lorenzo Martelli le había pedido a Helen que se cas...

Sueno roto lucy gordon  

Serie Novios italianos 3 Sinopsis: Delante de toda su familia, el guapísimo siciliano Lorenzo Martelli le había pedido a Helen que se cas...

Advertisement