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SI QUIERO Teatro Capitol Nº3 Andrew, lord Drake, ha sido desheredado por su padre a causa de la vida disoluta que lleva. Para volver a ganarse su favor, Andrew decide fingir que ha cambiado sus malos hábitos. Como parte de su plan, quiere convencer a su padre de que está cortejando a una mujer respetable con la intención de casarse con ella. El problema es que no conoce a ninguna mujer decente, excepto Caroline Hargreaves, la hermana solterona de su amigo. De modo que hace chantaje a la reacia joven a fin de que lo ayude, y así comienza la farsa.

Título Original: I will Autor: Lisa kleypas ©2012, B de Bolsillo ISBN: 9788498726916


LISA KLEYPAS

SI QUIERO

Teatro Capitol 3


Capitulo Uno

LONDRES, 1833 No era fácil pedirle un favor a una mujer que le despreciaba. Pero Andrew, Lord Drake, siempre había estado más allá de la vergüenza y ese día no iba a ser una excepción. Necesitaba un favor de una mujer de moral integra, y la Señorita Caroline Hargreaves era la única mujer decente que conocía. Era excesivamente correcta y mojigata… y él no era el único hombre que pensaba así, a juzgar por el hecho de que siguiera soltera a la edad de veintiséis años. -¿Por qué está usted aquí? -preguntó Caroline, su voz repleta de callada hostilidad. Mantenía la mirada fija en el gran bastidor cuadrado apoyado contra el sofá, un bastidor de encaje y madera usado para devolver la forma a cortinas y manteles después de que fueran lavados. Era una tarea meticulosa que implicaba clavar un alfiler en cada diminuto lazo de encaje y colocarlo en el borde del marco, hasta que la tela quedase tensa. Aunque el rostro de Caroline era inexpresivo, su tensión interior fue traicionada por la rigidez de sus dedos mientras manoseaba un alfiletero. -Necesito algo de usted -dijo Andrew, mirándola atentamente. Probablemente era la primera vez que estaba cerca de ella estando completamente sobrio, y ahora que estaba libre de su habitual neblina alcohólica, había advertido unas cuantas cosas a cerca de la Señorita Caroline Hargreaves que le intrigaban. Era más atractiva de lo que había pensado. A pesar de las pequeñas gafas apoyadas sobre su nariz y su desaliñada manera de vestir, poseía una belleza


sutil que antes se le había escapado. Su figura no era en absoluto nada espectacular; Caroline era pequeña y delgada, sin apenas caderas o senos. Andrew prefería las mujeres voluptuosas, dispuestas a tomar parte en los vigorosos revolcones de dormitorio con los que él disfrutaba. Pero Caroline tenía un rostro encantador, con ojos castaños y espesas pestañas negras coronadas por oscuras cejas que se arqueaban con la precisión del ala de un halcón. Su cabello era una masa cuidadosamente recogida de marta cibelina, y su cutis era hermoso y limpio como el de un niño. Y esa boca… ¿Por qué en nombre de Dios nunca se había fijado antes en su boca? Delicada, expresiva, el labio superior delgado y con forma de arco, el inferior se curvaba con generosa plenitud. En este momento esos tentadores labios estaban fuertemente apretados con desagrado y su frente fruncida con expresión perpleja. -No puedo imaginar lo que pueda querer de mí, Lord Drake -dijo Caroline secamente-. Sin embargo, puedo asegurarle que no lo obtendrá. Andrew se rió de repente. Le lanzó una mirada a su amigo Cade, el hermano pequeño de Caroline, quien le había traído al salón de la casa de la familia Hargreaves. Habiendo predicho que Caroline no estaría dispuesta a ayudarle de ninguna manera, Cade ahora parecía molesto y a la vez resignado por la terquedad de su hermana. -Te lo dije -murmuró Cade. No dispuesto a renunciar tan fácilmente, Andrew volvió la atención a la mujer sentada ante él. La observó pensati-vamente, tratando de decidir que enfoque utilizar. Sin duda ella le haría arrastrarse… y no es que él la culpara en lo más mínimo. Caroline nunca había mantenido en secreto su antipatía por él, y Andrew sabía exactamente por qué. Por un lado, él era una mala influencia para su joven hermano Cade, un hombre de naturaleza agradable que se dejaba influenciar demasiado por las opiniones de sus amigos. Andrew había invitado a Cade a demasiadas tardes de apuestas, bebidas y libertinaje, y devolviéndole a casa en una condición lamentable. Como el padre de Cade estaba muerto, y su madre era una cabeza hueca incorregible, Caroline era lo más cercano a un padre que Cade tenía. Ella intentaba como mejor podía mantener a su hermano de veinticuatro años en el camino correcto, deseando que asumiera sus responsabilidades como el


hombre de la familia. Sin embargo, naturalmente Cade encontraba más tentador emular el modo de vida libertino de Andrew, y los dos se habían permitido más de una tarde disolutas. La otra razón por la que Caroline despreciaba a Andrew era por el simple hecho de que ambos eran completamente opuestos. Ella era pura. Él tenía mala reputación. Ella era honesta. Él tergiversaba la verdad para que se ajustara a sus propios propósitos. Ella era auto-disciplinada. Él nunca se había refrenado en ningún aspecto. Ella era tranquila y serena. Él no había conocido un momento de paz en toda su vida. Andrew la envidiaba, aunque siempre la había ridiculizado despiadadamente en las pocas ocasiones en las que se habían encontrado anteriormente. Ahora Caroline le odiaba, y él había venido a pedirle un favor; un favor que necesitaba desesperadamente. Andrew encontró la situación tan divertida que una sonrisa irónica traspasó la tensión en su cara. Repentinamente, decidió ser franco. La Señorita Caroline Hargreaves no parecía la clase de mujer que tolerara las medias verdades o las evasivas. -Estoy aquí porque mi padre se está muriendo -dijo. Las palabras causaron que ella se pinchara accidentalmente en el dedo y pegara un pequeño salto. Su mirada se alzó del bastidor. -Lo siento -murmuró. -Yo no. Andrew supo por la forma en que agrandó los ojos, que le había sorprendido su frialdad. No le importó. Nada podría hacerle fingir pesar por el fallecimiento de un hombre que siempre había sido una pobre excusa de padre. El conde nunca se había preocupado un bledo por él, y Andrew hacía tiempo que había dejado de intentar ganarse el corazón del manipulador hijo de puta cuyo corazón era suave y cálido como el de un bloque de granito. -Lo único que lamento -continuó Andrew tranquilamente-, es que el conde ha decidido desheredarme. Él y usted parecen compartir similares sentimientos sobre mi pecaminoso modo de vida. Me ha acusado de ser la criatura con menos moderación y más corrompida con la que se haya encontrado jamás -una leve sonrisa cruzó sus labios-. Sólo espero que tenga razón. Caroline parecía algo más que un poco perturbada por su declaración. -Parece orgulloso de ser tal desilusión para él -dijo.


-Oh, lo estoy -le aseguró con facilidad-. Mi meta es llegar a ser una desilusión tan grande para él como él lo ha sido para mí. No es una tarea fácil, comprenda, pero he demostrado estar a la altura. Ha sido el mayor éxito de toda mi vida. Vio a Caroline lanzarle una mirada molesta a Cade, quien simplemente se encogió de hombros tímidamente y se acercó a la ventana para contemplar el sereno día primaveral en el exterior. La casa de los Hargreaves estaba en el West Side de Londres. Era una agradable casa señorial de estilo georgiano, de color rosado y enmarcada por grandes hayas, la clase de casa que una seria familia inglesa debe tener. -Y por eso -continuó Andrew-, en un esfuerzo de última hora para inspirarme a reformarme, el conde me ha dejado fuera de su testamento. -Pero seguramente no pueda hacerlo del todo -dijo Caroline-. Los títulos, la propiedad en la ciudad, la finca en el condado de su familia… creía que eran vinculantes. -Sí, son vinculantes -Andrew sonrió amargamente-. Obtendré los títulos y la propiedad sin importar lo que haga el conde. No puede romper el vinculo más de lo que puedo hacerlo yo. Pero el dinero, toda la fortuna familiar, eso no está vinculado. Puede dejárselo a quien desee. Y de ese modo me encontraré convirtiéndome en uno de esos malditos aristócratas caza fortunas que tiene que casarse con una heredera con cara de caballo y una abundante dote. -Que terrible -de pronto los ojos de Caroline estaban iluminados con un brillo desafiante-. Para la heredera, quiero decir. -Caro -protestó Cade. -Está bien -dijo Andrew-. Cualquier novia mía merecería mucha simpatía. No trato bien a las mujeres. Nunca he fingido hacerlo. -¿Qué quiere decir con que no trata bien a las mujeres? -Caroline jugueteó con un alfiler, y se pinchó otra vez el dedo- ¿Es un maltratador? -No -repentinamente frunció el ceño-. Nunca dañaría físicamente a una mujer. -Simplemente es irrespetuoso con ellas, entonces. Y sin duda, negligente, poco fiable, ofensivo y poco caballeroso -se detuvo y le observó expectante. Cuando Andrew no hizo ningún comentario, ella le incito con tono afilado-. ¿Bien?


-¿Bien qué? -le respondió con sonrisa burlona- ¿Estaba haciendo una pregunta? Pensaba que pronunciaba un discurso. Se observaron el uno al otro con ojos entrecerrados y la pálida tez de Caroline tomó el tinte rosado de la cólera. La atmósfera en la habitación cambió, llegando a ser bastante cargada y candente, crepitando por la tensión. Andrew se preguntó cómo demonios una pequeña solterona delgaducha podía afectarle así. Él, quien había hecho un hábito de vida no preocuparse nunca por nadie, ni siquiera por él mismo, estaba de pronto más molesto y excitado de lo que recordaba haber estado nunca. Dios mío, pensó, debo ser un pervertido bastardo para desear a la hermana de Cade Hargreaves. Pero lo hacía. Su sangre bombeaba con calor y energía, y sus nervios hervían en implacable fuego lento mientras imaginaba las maneras en que quería que usara esa delicada e inocente boca. Era una buena cosa que Cade estuviera allí. De otro modo, Andrew no estaba seguro de que se hubiera contenido en mostrarle a la señorita Caroline Hargreaves exactamente cuán depravado era. En realidad, de pie como estaba, ese hecho pronto sería demasiado obvio a través de la delgada tela de sus elegantes pantalones de color ciervo. -¿Puedo sentarme? -preguntó abruptamente, señalando la silla cercana al sofá que ella ocupaba. Ingenua como era, Caroline no pareció advertir su creciente excitación. -Por favor. Apenas puedo esperar para escuchar los detalles de ese favor que quiere pedirme, especialmente a la vista del encanto y las buenas maneras que ha demostrado hasta ahora. Dios, le hacía querer reírse incluso mientras deseaba estrangularla. -Gracias -se sentó y se inclinó hacia delante despreocupadamente-. Si quiero ser reincorporado en el testamento del conde, no tengo más remedio que complacerle. -¿Pretende cambiar sus costumbres? -preguntó Caroline escépticamente¿Reformarse? -Por supuesto que no, mi depravado modo de vida me sienta bien. Sólo voy a fingir reformarme hasta que el viejo se encuentre con el creador. Entonces volveré a mi modo de ser, con toda mi fortuna por derecho intacta. -Que agradable para usted -el desdén centelleaba en sus ojos oscuros. Por alguna razón Andrew se sintió herido por su reacción; él, a quien nunca le había importado un comino lo que alguien pensara de él. Sintió la


necesidad de justificarse a sí mismo, de explicar de algún modo que no era de ninguna manera tan despreciable como parecía. Pero guardó silencio. Que le condenaran si intentaba explicar algo sobre sí mismo. La mirada de ella continuaba sosteniendo la suya. -¿Qué papel se supone que tengo en sus planes? -Necesito que finja interés en mí -dijo inexpresivamente-. Un interés romántico. Voy a convencer a mi padre de que he renunciado a beber, jugar y perseguir faldas… y que estoy cortejando a una mujer decente con la intención de casarme con ella. Caroline meneó la cabeza, claramente sobresaltada. -¿Desea un falso compromiso? -No hace falta ir tan lejos -replicó-. Todo lo que le estoy pidiendo es que me permita acompañarla a unas pocas funciones sociales, compartir algunos bailes, uno o dos paseos en carruaje… lo suficiente para que algunas lenguas comiencen a ponerse en movimiento hasta que los rumores le lleguen a mi padre. Le miró como si tuviera que estar en Bedlam1. -¿Qué, en el nombre del cielo, le hace creer que alguien va a creerse semejante estratagema? Usted y yo somos completamente diferentes. No puedo imaginar una pareja más incompatible. -No es tan increíble. Una mujer de su edad… -Andrew vaciló, buscando un modo diplomático de explicarse. -Está intentando decir, que dado que tengo veintiséis años, naturalmente debo estar desesperada por casarme. Tan desesperada, de hecho, que aceptaría sus avances sin importar lo repulsivo que me parece usted. Eso es lo que pensará la gente. -Tiene una lengua afilada, Señorita Hargreaves -comentó suavemente. Ella le frunció el ceño tras sus destellantes gafas. -Cierto, Lord Drake. Tengo una lengua mordaz, soy una intelectual y me he resignado a ser una solterona. ¿Por qué alguien con sentido común creería que tiene usted un interés romántico en mi? Vaya, esa era buena pregunta. Apenas unos minutos antes el propio Andrew se hubiera reído de la idea. Pero cuando se sentó junto a ella, las rodillas no lejos de las suyas, la emoción de la atracción encendió un


repentino calor. Podía oler su fragancia, a cálida piel femenina y un fresco olor a aire libre, como si acabara de estar paseando por el jardín. Cade le había confiado que su hermana pasaba mucho tiempo en el jardín y en el invernadero, cultivando rosas y experimentando con plantas. La misma Caroline parecía una rosa; exquisita, dulcemente fragante y algo más que un poco espinosa. Andrew apenas podía creer que no lo hubiera advertido antes. Le lanzó una mirada a Cade, quien se encogió de hombros para indicar que discutir con Caroline era un esfuerzo perdido. -Hargreaves, déjanos solos unos minutos -dijo cortantemente. -¿Por qué? -preguntó Caroline suspicazmente. -Quiero hablar en privado con usted. A menos… -le lanzó una sonrisa incitante garantizada para molestarla- ¿Le da miedo quedarse conmigo a solas, Señorita Hargreaves? -¡Por supuesto que no! -le dirigió a su hermano una mirada autoritariaVete, Cade, mientras trato con tu supuesto amigo. -Bien -Cade se detuvo en el umbral de la puerta, su atractiva cara de muchacho marcada por la preocupación-, simplemente grita si necesitas ayuda. -No necesitaré ayuda -le dijo Caroline firmemente-. Soy capaz de manejar a Lord Drake yo sola. -No te hablaba a ti -replicó Cade lamentablemente-. Hablaba con Drake. Andrew luchó para reprimir una mueca cuando vio a su amigo salir de la habitación. Volviendo su atención a Caroline, se movió a lado de ella en el sofá, acercándose aún más. -No se siente ahí -dijo ella agudamente. -¿Por qué? -le lanzó una mirada seductora, del tipo que había vencido muchas resistencias femeninas en el pasado- ¿La pongo nerviosa? -No. Dejé allí un alfiletero, y su trasero está a punto de parecerse a un erizo. Andrew se rió de repente, buscando el paquete hasta localizarlo bajo su nalga izquierda. -Gracias por la advertencia -dijo secamente-. Podía haber dejado que me diera cuenta yo solo. -Estuve tentada -admitió Caroline.


Andrew estaba asombrado de lo bonita que estaba, con la diversión brillando en sus ojos castaños, y las mejillas aún sonrosadas. Su anterior pregunta —por qué alguien creería que estaba interesado en ellarepentinamente parecía ridícula. ¿Por qué no iba a estar interesado en ella? Borrosas fantasías se amontonaron en su mente… quería alzar su exquisito cuerpo, sentarla en su regazo y besarla hasta dejarla sin sentido. Deseaba alzar las faldas de su sencillo vestido de batista marrón y deslizar las manos por sus piernas. Más que nada deseaba bajar la parte de arriba de su corpiño y desnudar sus pequeños senos respingones. Nunca había estado más intrigado por un par de senos, lo que era extraño teniendo en cuenta que siempre había estado interesado en mujeres bien dotadas. La observó mientras ella volvía su atención al marco de madera. Obviamente estaba distraída, pues agarraba con torpeza los alfileres y se las arregló para pincharse otra vez el dedo mientras intentaba sujetar el lazo adecuadamente. Inesperadamente exasperado, Andrew le quitó los alfileres. -Permítame -dijo. Expertamente, estiró el encaje con la cantidad justa de tensión y la aseguró con una fila de alfileres, cada pequeño lazo sujeto exactamente en la orilla del marco. Caroline no se molestó en esconder su asombro cuando le miró. -¿Cómo aprendió a hacer eso? Andrew observó el paño de encaje con mirada crítica. -Crecí como hijo único en una gran propiedad, con pocos compañeros de juegos. Los días lluviosos ayudaba al ama de llaves en sus tareas -le hizo una mueca burlándose de sí mismo-. Si está impresionada por como estiro el encaje, debería ver cómo abrillanto la plata. Ella no le devolvió la sonrisa pero le miraba con una nueva curiosidad. Cuando habló, su tono se había suavizado un par de grados. -Nadie se creerá la charada que sugiere. Sé la clase de mujeres que persigue. He hablado con Cade. Y tiene su reputación bien merecida. Usted nunca se interesaría en una mujer como yo. -Haré mi papel convincentemente -dijo-. Hay una gran fortuna en juego. Por ella cortejaría al mismo diablo. La pregunta es, ¿puede usted? -Supongo que podría -replicó sin alterarse-. Es usted un hombre que no está mal. Supongo que alguien pondría incluso encontrarle atractivo dentro de


su aspecto depravado y descuidado. Andrew le frunció el ceño. No era vanidoso, y raramente pensaba en su propia apariencia excepto para asegurarse de que estaba limpio y sus ropas bien confeccionadas. Pero sin presumir, sabía que era alto y bien proporcionado, y las mujeres a menudo alababan su largo cabello negro y sus ojos azules. El problema era su estilo de vida. Pasaba dema-siado tiempo en lugares cerrados, casi no dormía y bebía demasiado. Con frecuencia se despertaba con los ojos inyec-tados en sangre y rodeados de ojeras, y la tez pálida después de una noche de beber en abundancia. Y nunca le había importado… hasta ahora. En comparación con la elegante criatura que tenía delante, se sentía como un completo desastre. -¿Qué incentivo planeaba ofrecerme? -preguntó Caroline. Estaba claro que no tendría en cuenta su plan, simplemente tenía curiosidad por descubrir de qué modo planeaba engatusarla. Desgraciadamente, ese era el punto flojo de su plan. Tenía poco con que tentarla. Ni el dinero, ni las ventajas socia-les ni las posesiones la atraerían. Había sólo una cosa que podía proponerle que quizá sería suficientemente tentadora. -Si accede a ayudarme -dijo suavemente-, dejaré en paz a su hermano. Usted sabe la clase de influencia que soy para él. Está endeudado hasta las orejas y se esfuerza en seguir el mismo paso que el grupo de bribones y degenerados a los que me gusta llamar amigos. Dentro de poco tiempo Cade acabará como yo: corrompido, cínico, y más allá de toda redención. La expresiva cara de Caroline revelaba que eso era justamente lo que temía. -¿A cuánto asciende la deuda? -preguntó con rigidez. Él citó una suma que la asombró y enfermó. Leyendo el horror en sus ojos, Andrew experimentó una oleada de depredadora satisfacción. Sí… había supuesto correctamente. Ella quería a su hermano pequeño lo bastante para hacer cualquier cosa para salvarle. Incluso fingir enamorarse de un hombre al que despreciaba. -Eso es sólo el principio -le dijo Andrew-. Dentro de poco Cade estará en un hoyo tan profundo del que nunca será capaz de salir. -¿Y usted estaría dispuesto a permitir que eso suceda? ¿Simplemente se quedaría ahí y le permitiría que arruinase su vida? ¿Y que nos empobreciera a


mi madre y a mí? Andrew respondió con un casual encogimiento de hombros. -Es su vida -puntualizó prosaicamente-. Yo no soy su guardián. -Dios mío -dijo vacilante-. ¿No se preocupa por nadie que no sea usted mismo, verdad? Él mantuvo la expresión en blanco y estudió la superficie rozada y deslustrada de sus carísimas botas. -No, me importa un carajo a quien arrastre conmigo. Pero si decide ayudarme, cuidaré de Cade. Me cercioraré de que el resto de nuestro grupo no le inviten a sus clubs ni a nuestros burdeles favoritos. Me aseguraré que todos los prestamistas que conozco —y créame, son un número considerableno le extiendan crédito. No se le permitirá participar en las apuestas de más alto nivel de Londres. Es más, si soy readmitido en el testamento de mi padre, yo mismo asumiré las obligaciones financieras de Cade. -¿Sabe Cade algo de su plan? -Caroline estaba pálida y absorta mientras le miraba. -No, pero resultaría ser su salvación. -¿Y si me niego a aceptar su oferta? Una sonrisa dura y algo cruel curvó sus labios. La sonrisa de su padre, pensó Andrew, con amargo conocimiento. -Entonces su hermano irá al infierno… justo al lado mío. Y usted se quedará para recoger los pedazos. Odiaría ver la casa de su familia en venta para pagar las deudas de Cade. No es una perspectiva agradable para su madre, forzada a vivir de la caridad de sus parientes en la vejez. O usted, para el caso -le lanzó una mirada completamente insultante, una mirada que se demoró en su pecho-. ¿Qué habilidades tiene con las que ganar lo bastante para sostener a su familia? -Malvado -susurró Caroline temblando visiblemente, aunque era imposible discernir si se debía al temor o a la cólera, quizás a una mezcla de las dos. En el silencio Andrew sintió como se le retorcían las entrañas y de repente quiso retirarlo todo, tranquilizarla… prometerle que nunca permitiría que algo malo le pasara a su familia. Tenía un terrible sentimiento de ternura que luchó por apartar pero permaneció tercamente alojado en su interior.


-¿Qué elección tengo? -preguntó Caroline con enojo, anticipándose a una palabra arrepentida de él. -¿Entonces está de acuerdo con mi plan? ¿Fingirá que estamos en medio de un cortejo? -Sí.. Lo haré -le dirigió una mirada incendiaria-. ¿Cuánto tiempo llevará? ¿Semanas? ¿Meses? -Hasta que el conde me incluya de nuevo en su testamento. Si usted y yo somos lo suficientemente convincentes, no llevará mucho tiempo. -No sé si podré soportarlo -dijo, refiriéndose a él con patente aborrecimiento-. ¿Exactamente hasta dónde tiene que ir esta charada? ¿Palabras? ¿Abrazos? ¿Besos? -la perspectiva de besarlo parecía atraerla tanto como si le hubiera pedido que besara a una cabra- Se lo advierto, no permitiré que mi reputación se vea comprometida, ¡ni siquiera por Cade! -Todavía no he pensado en los detalles -mantuvo su rostro ilegible, aunque el alivio le inundó penetrantemente-. No la comprometeré. Todo lo que deseo es la apariencia de una agradable compañía. Caroline saltó del sofá como si hubiera sido liberada de repente de la ley de la gravedad. La agitación era evidente en cada línea de su cuerpo. -Esto es intolerable -murmuró-. No puedo creer que no acabe fallando en mi propio… -se giró para mirar a Andrew- ¿Cuándo comenzamos? Que sea pronto. Quiero acabar con esta escandalosa charada cuanto antes. -Su entusiasmo es gratificante -remarcó Andrew, con un repentino brillo de diversión en sus ojos-. Comencemos en quince días. Mi hermanastro y su esposa van a dar una fiesta de fin de semana en su finca. Les persuadiré de que inviten a su familia. Con suerte, mi padre también asistirá. -Y entonces, usted y yo por lo visto desarrollaremos una repentina atracción irresistible -dijo ella, elevando los ojos hacia el techo. -¿Por qué no? Más de una relación romántica ha comenzado de esa manera. En el pasado, he tenido más que unas pocas… -Por favor -le interrumpió fervientemente-. No me entretenga con historias de sus sórdidas aventuras. Ya le encuentro bastante repulsivo. -Está bien -dijo agradablemente- De ahora en adelante le dejaré a usted los temas de conversación. Su hermano dice que le gusta la horticultura. Sin duda tendremos atractivas conversaciones sobre las maravillas del abono -le complació ver que su tez de porcelana se volvía moteada por la furia.


-Si puedo convencer a una sola persona de que me siento atraída por usted -dijo Caroline entre los dientes apretados-. Juro comenzar una carrera en los escenarios. -Podría arreglarlo -replicó Andrew secamente. Su medio hermano, Logan Scott, era el actor más célebre del momento, así como el propietario y gerente del Teatro Capitol. Aunque Andrew y Logan habían sido amigos desde la infancia, sólo recientemente habían descubierto que estaban emparentados. Logan era el resultado de una aventura que el conde había tenido con una joven actriz tiempo atrás. Mientras Andrew había sido criado en una atmósfera de lujo y privilegios, Logan había crecido en una casucha, frecuentemente muerto de hambre y golpeado por la familia que se encargaba de él. Andrew dudaba que alguna vez pudiera sacudirse la culpa que sentía por eso, aunque no había sido fallo suyo. Advirtiendo que las gafas de Caroline estaban sucias, se acercó a ella con un murmullo quedo. -Estese quieta. Ella se quedó completamente rígida mientras él alargaba la mano y le arrancaba las gafas con montura de acero de la nariz. -¿Q-qué está haciendo? Yo… deténgase; devuélvamelas… -En un minuto -dijo él, usando un doblez de su suave camisa de linón para limpiar las lentes hasta que brillaran radiantes. Se detuvo para examinarlas, y observó el rostro de Caroline. Sin las gafas, sus ojos parecían grandes e insondables, su mirada levemente desenfocada. Que vulnerable parecía. De nuevo, experimentó una extraña oleada de actitud protectora-. ¿Que tal ve sin ellas? -preguntó, colocándolas cuidadosamente de nuevo en su pequeño rostro. -No muy bien -admitió en voz baja, su compostura parecía rota. Tan pronto como las gafas estuvieron seguras sobre su nariz, se apartó de Andrew e intentó recomponerse-. Ahora supongo que hará alguna broma a mis expensas. -En absoluto. Me gustan sus gafas. -¿Sí? -preguntó con obvia incredulidad- ¿Por qué? -Le hacen parecer un pequeño búho sabio. Claramente ella no lo consideró un cumplido, aunque Andrew había pretendido que lo fuera. No podía evitar imaginársela llevando nada excepto


las gafas, tan modesta y estirada hasta que él la persuadiera de que se abandonara a la pasión, su pequeño cuerpo retorciéndose incontrolablemente contra el propio… Abruptamente consciente de que su erección se inflamaba de nuevo, Andrew empujó las imágenes fuera de su mente. ¡Maldición nunca había esperado sentirse tan fascinado por la solterona hermana de Hargreaves! Debería asegurarse de que ella nunca lo notara, o le despreciaría más todavía. La única forma de evitar que ella se diera cuenta de su atracción era manteniéndola molesta y hostil. Eso no sería un problema, pensó sardónicamente. -Debería irse ahora -dijo Caroline con aspereza-. Supongo que nuestros negocios están concluidos por el momento. -Lo están -asintió-. Sin embargo, hay una última cosa. ¿Podría arreglárselas para vestir con un poco más de estilo durante la fiesta de fin de semana? Los invitados, por no mencionar a mi padre, encontrarán más fácil de aceptar mi interés en usted si no viste de una forma tan… Ahora incluso los lóbulos de sus orejas estaban púrpuras. -¿Tan qué? -dijo ella siseando. -Matronal. Caroline se quedó en silencio por un momento, obviamente conteniendo el impulso de cometer un asesinato. -Lo intentaré -dijo finalmente con voz estrangulada-Y usted, quizás, podría contratar los servicios de un ayuda de cámara decente. O sí ya tiene uno, remplazarle por otro. Ahora era el turno de Andrew de ofenderse. Él sentía un ceño retorciendo los músculos de su cara. -¿Y eso por qué? -Porque su cabello es demasiado largo, y sus botas necesitan ser lustradas, y la forma en que usted viste ¡me recuerda a una cama deshecha! -¿Eso significa que le gustaría tumbarse encima de mí? -preguntó. Se deslizó a través de la puerta del salón y la cerró justo antes de que ella lanzara un jarrón. El sonido de la porcelana rota hizo eco por toda la casa. -¡Drake! -Cade entró a zancadas desde el vestíbulo de entrada, mirándole


expectantemente- ¿Cómo ha ido? ¿Has conseguido que acepte? -Ha aceptado -dijo Andrew. Las palabras motivaron que una rápida mueca cruzara la atractiva cara juvenil de Cade. -¡Bien hecho! Ahora volverás a estar en buenos términos con tú padre, y todo irá de maravilla para nosotras, eh ¿viejo compañero? Jugar, beber, ir de parranda… ¡oh, que bien lo vamos a pasar! -Hargreaves, tengo algo que decirte -dijo Andrew cuidadosamente-. No creo que vaya a gustarte.


Capítulo Dos

CAROLINE estuvo sentada sola hasta bastante después de que Lord Drake se hubo ido. Se preguntaba con inquietud que sería de ella. Los cotilleos ciertamente abundarían una vez que se supiera la noticia de que ella y Drake estaban en medio de un cortejo. La inverosimilitud de semejante pareja causaría no pocas burlas y risitas. Especialmente a la luz del hecho de que ella era notoriamente particular en su elección de compañías. Caroline nunca había sido capaz de explicar, ni siquiera a sí misma, porque no se había enamorado nunca. Ciertamente no era una persona fría; siempre había tenido una cálida relación con amigos y familiares, y sabía que era una persona de sentimientos profundos. Y disfrutaba bailando y hablando, incluso flirteando en alguna ocasión. Pero cuando había intentando hacerse sentir algo más que una casual simpatía por algún caballero, su corazón había permanecido tercamente sin implicarse. -Por amor de Dios, el amor no es un requisito previo para el matrimonio había exclamado a menudo su madre exasperada-. No puedes permitirte esperar el amor, Caro. ¡No tienes la fortuna ni la posición social para ser tan melindrosa! Cierto, su padre había sido vizconde, pero como la mayoría de los vizcondes, no poseía una cantidad significativa de terrenos. Un titulo y una pequeña propiedad en Londres era todo de lo que los Hargreaves podían jactarse. Hubiera beneficiado a la familia tremendamente si Caroline, la única hija, pudiera haberse casado con un conde o quizás incluso un marqués. Desgraciadamente la mayoría de los pares disponibles eran o bien decrépitos ancianos, o bien tan libertinos consentidos y egoístas como lo era Andrew, Lord Drake. Con semejantes opciones, no era de extrañar que Caroline


hubiese decidido permanecer soltera. Haciendo hincapié en Andrew, Caroline frunció el ceño pensativamente. Su reacción ante él la molestaba. No sólo parecía que tenía una remarcable habilidad para provocarla, sino que parecía hacerlo intencionadamente, como si le en-cantará avivar su enfado. Pero en algún lugar en medio de la molestia, había sentido una extraña clase de atracción por él. Posiblemente no podría ser su apariencia. Después de todo, ella no era tan superficial para deshacerse por la simple belleza. Pero se había encontrado a sí misma mirando compulsivamente la oscura, arruinada belleza de su rostro… el azul profundo de los ojos ensombrecidos por la falta de sueño, la cínica boca… el aspecto abotargado de un bebedor empedernido. Andrew poseía el rostro de un hombre decidido a destruirse a sí mismo. ¡Oh, que terrible compañía era para su hermano Cade! Por no hablar de sí misma. Sus pensamientos fueron interrumpidos por la llegada de su madre, Fanny, que regresaba de una agradable tarde visitando a sus amigos. Los extraños a menudo se sorprendían al saber que eran madre e hija, porque no se parecían en nada excepto los ojos castaños. Caroline y Cade habían heredado el aspecto y el temperamento de su difunto padre. Fanny, en contraste, era rubia y rellenita, con la voluble disposición de un niño. Era siempre desconcertante tratar de hablar con Fanny, porque tenía aversión a los temas profundos y elegía no enfrentarse a las desagradables realidades. -Caro -exclamó Fanny, entrando en el salón después de entregar su sombrero adornado con plumas y su liviano chal de verano al ama de llaves-, pareces disgustada querida. ¿Qué ha causado esa expresión tan agria? ¿Ha estado nuestro querido Cade haciendo alguna de sus bromas habituales? -Nuestro querido Cade está esforzándose para asegurarse de que pases tus últimos años en un asilo -replicó Caroline secamente. Su madre arrugó la cara confundida. -Me temo que no te entiendo, querida. ¿Qué quieres decir? -Cade ha estado jugando -dijo Caroline-. Está gastando todo nuestro dinero. Dentro de poco no quedará nada. Si no lo deja pronto, tendremos que vender todo lo que poseemos… e incluso eso no será suficientemente para liquidar todas sus deudas. -¡Oh, pero estas bromeando! -dijo Fanny con una ansiosa carcajada-. Cade me prometió que trataría de refrenarse en las mesas más arriesgadas.


-Bien, pues no lo ha hecho -contestó Caroline rotundamente-. Y ahora nosotras vamos a sufrir por ello. Leyendo la verdad en los ojos de su hija, Fanny se dejó caer pesadamente en el sofá de brocado rosa. En el tenso silencio que siguió, cruzó las manos en su regazo como un niño castigado, su rosado boca formando una O de desmayo. -Es todo culpa tuya -estalló de repente. -¿Culpa mía? -Caroline le lanzó una mirada de incredulidad- ¿Por qué demonios dices eso, Madre? -No estaríamos en este apuro si te hubieras casado. Un marido rico habría proporcionado suficientes fondos para que Cade pudiera satisfacer sus pequeños hábitos con sus amigos, y cuidar de nosotros también. Ahora has esperado demasiado… tu flor se ha marchitado, y ya tienes casi veintisiete… -Deteniéndose, Fanny se quedó un poco apesadumbrada ante el pensamiento de tener una hija soltera de tan avanzada edad. Sacándose un pañuelo de encaje de la manga, se limpió los ojos delicadamente- Sí, tus mejores años han quedado atrás, y ahora la familia acabará en la ruina. Todo porque te negaste a intentar conquistar a un hombre rico. Caroline abrió la boca para discutir, después la cerró con un sonido de exasperación. Era imposible debatir con alguien tan inmune al concepto de la lógica. Había intentado discutir con Fanny en el pasado, pero sólo había servido para frustrarlas a ambas. -Madre -dijo lentamente-. Madre, deja de llorar. Tengo algunas noticias que quizás te animen. Está tarde he recibido una visita de uno de los amigos de Cade; Lord Drake… ¿le recuerdas? -No, querida. Cade tiene tantos conocidos, que nunca puedo aclararme con ellos. -Drake es el único heredero legitimo del Conde de Rochester. -Oh, ese -la expresión de Fanny brilló con interés, las lágrimas se desvanecieron instantáneamente-. ¡Sí, menuda fortuna heredará! Realmente a él si le recuerdo. Un hombre atractivo, me acuerdo, con largo cabello oscuro y ojos azules… -Y los modales de un cerdo -añadió Caroline. -Con una herencia como esa, Caro, una puede dejar pasar unas diminutas infracciones de la etiqueta. Dime, ¿qué dijo Lord Drake durante su visita?


-Él… -Caroline dudó, irritada por las palabras que estaba a punto de decir. No se atrevía a decirle a Fanny que el cortejo entre ella y Drake sería sólo una charada. Su madre era una famosa chismosa, y sería cuestión de días —no, horas- antes de que le soltara la verdad a alguien-. Él ha mostrado interés en cortejarme -dijo Caroline, con rostro pétreo-. Para ese fin, tú y yo le permitiremos escoltarnos a una fiesta de fin de semana dada por el Señor y la Señora Logan, que tendrá lugar dentro de quince días. Las noticias fueron casi demasiado para que Fanny las asimilara de una vez. -Oh, Caro -exclamó-. El hijo de un conde, interesado en ti… Apenas puedo creerlo. ¡Vaya, es poco menos que un milagro! Y si puedes mantenerlo en buenas condiciones… ¡qué fortuna conseguirás! ¡Que terrenos, que joyas! Segura-mente tendrás tu propio carruaje, y cuentas en las mejores tiendas… ¡Oh, esta es la respuesta a todos nuestros problemas! -Eso parece -dijo Caroline secamente-. Pero no pongas tus esperanzas muy arriba, Madre. El cortejo ni siquiera ha empezado, y no hay ninguna garantía de que vaya a acabar en matrimonio. -¡Oh, pero lo hará, lo hará! -Fanny prácticamente bailaba alrededor de la habitación. Sus rizos rubios revoloteaban y sus rellenas formas en constante movimiento por la excitación-. Tengo un presentimiento en los huesos. Ahora, Caro, tienes que hacer caso a mis consejos; te diré exactamente como poner el anzuelo y hacerle caer en él. Debes ser agradable, y halagar su vanidad, y echarle miradas de admiración… y nunca, nunca debes discutir con él. Y tenemos que hacer algo con tu pecho. -¿Mi pecho? -repitió Caroline en blanco. -Me permitirás que cosa un forro acolchado en el corpiño de tu blusa. Eres una chica encantadora, Caro, pero decididamente necesitas realzar tu belleza. Asaltada por una mezcla de ultraje y risa triste, Caro sacudió la cabeza y sonrió. -El forro acolchado no va engañar a nadie y menos aún a Lord Drake. Pero incluso si me las apañara para engañarle, ¿no crees que sería una gran decepción en nuestra noche de bodas descubrir que mi busto era falso? -Para entonces sería demasiado tarde para que él hiciera algo al respecto puntualizó su madre pragmáticamente-. Y yo no lo llamaría una decepción,


Caro querida. Después de todo, todo el mundo debe intentar presentarse a sí mismo a la mejor luz posible… de eso es de lo que se trata el cortejo. El truco es disfrazar todas las pequeñas faltas desagradables que puedan apartar a un hombre, y mantener un aire de misterio hasta que finalmente le pesques. -No me extraña que nunca haya atrapado un marido -dijo Caroline con una débil sonrisa-. Siempre he tratado de ser abierta y honesta con los hombres. Su madre la miró con tristeza. -No sé de dónde has sacado esas ideas, querida. La honestidad nunca ha avivado el fuego de la pasión de un hombre. -Trataré de recordarlo -replicó Caroline gravemente, luchando contra la tentación de reírse. -El carruaje está aquí -dijo Fanny con un gritito, mirando por la ventana del salón al vehículo moviéndose por el camino de entrada-. ¡Oh, es tan elegante! Todo ese lacado rojo y el armazón y las ballestas2 Salisbury y un magnifico portaequipajes de hierro forjado. Y nada menos que cuatro escoltas. Rápido, Caroline, ven y echa un vistazo. -No tenía ni idea de que estabas tan versada en las características de la construcción de un coche, Madre -dijo Ca-roline con ironía. Se unió a su madre ante la ventana, y su estomago se contrajo por la ansiedad cuando vio el escudo de armas de Rochester en el costado del carruaje. Era el momento de que comenzara la charada-. ¿Dónde está Cade? -preguntó. -En la biblioteca, creo -Fanny continuó mirando por la ventana, embelesada-. Ese querido, querido Lord Drake. De todos los conocidos de Cade, él siempre ha sido mi favorito. Divertida a pesar de su nerviosismo, Caroline se rió. -Ni siquiera le recordabas quién era hasta que te lo dije. -Pero después recordé lo mucho que me gustaba -respondió Fanny. Sonriendo irónicamente, Caroline se dirigió del salón a la pequeña biblioteca, donde su apreciada colección de libros se amontonaba ordenadamente en las estanterías de caoba. Cade estaba en el aparador, sirviéndose una copita de brandy de una licorera de cristal. -¿Estas preparado para partir? -preguntó Caroline- El carruaje de Lord Drake está aquí.


Cade se giró con el vaso en la mano. Sus facciones, tan parecidas a las suyas, marcadas en un ceño. -No, no estoy listo -dijo agriamente-. Quizás después de que me beba el resto de esta botella lo esté. -Vamos, Cade -le reprendió-. Uno creería que eres enviado a Newgate3 en lugar de acudir a una fiesta de fin de semana con amigos. -Drake no es amigo mío -murmuró Cade-. Se ha asegurado que sea privado de todos mis entretenimientos. No soy aceptado en ninguna mesa de juego de la ciudad, y no he sido invitado ni a un solo maldito club en las dos semanas pasadas. He sido reducido a jugar al Veintiuno con chelines. ¿Cómo ganaré lo suficiente para pagar mis deudas? -¿Quizás trabajando? Cade bufó ante lo que consideró un gran insulto. -Ningún Hargreaves se ha ocupado de la compraventa y comercio en al menos cuatro generaciones. -Deberías haber pensado en eso antes de perder en el juego todo lo que Padre nos dejó. Entonces no tendríamos que acudir a esta maldita fiesta, y yo no tendría que fingir interés en un hombre al que detesto. Súbitamente avergonzado, Cade se giró alejándose de ella. -Lo siento, Caro. Pero mi suerte estaba a punto de cambiar. Podría haber ganado de nuevo todo el dinero, y más. -Oh, Cade -se acercó a él y deslizó los brazos a su alrededor, presionando su mejilla contra su tensa espalda-. Hagamos lo mejor. Iremos a la propiedad de los Scott, y yo le haré caídas de ojos a Lord Drake, y tu serás agradable con todo el mundo. Y algún día Lord Drake será incluido de nuevo en el testamento de su padre, y él se hará cargo de tus deudas. Y la vida volverá a la normalidad. De pronto fueron interrumpidos por la voz del ama de llaves. -Señorita Hargreaves, Lord Drake ha llegado. ¿Debo mostrarle el salón? -¿Está mi madre todavía allí? -preguntó Caroline. -No, señorita, ha subido para ponerse su abrigo de viaje y su toca. Deseando evitar estar a solas con Drake, Caroline aguijoneó a su hermano. -Cade, ¿por qué no vas a darle la bienvenida a tu amigo?


Evidentemente, él no estaba más ansioso por ver a Drake que ella. -No, yo voy a mostrar a los lacayos como quiero que nuestros baúles y maletas sean cargados en el carruaje. Tú serás quien charlará con él -Cade se giró para mirarla, y una mueca arrepentida cruzó su cara-. Es lo que harás todo el fin de semana, querida hermana. Bien puedes practicar ahora. Lanzándole una mirada condenatoria, Caroline salió con una suspiro exasperado y se dirigió al salón. Vio la alta silueta de Andrew en el centro de la habitación, su rostro parcialmente oculto mientras miraba un paisaje colgado en la pared. -Buenos días, milord -dijo serenamente-. Confío en que esté… Su voz se fue apagando mientras él se giraba para mirarla. Por una fracción de segundo, pensó que el visitante no era Andrew, Lord Drake, sino algún otro hombre. Atónita, luchó por comprender los cambios que habían tenido lugar en él. Los largos y desaliñados mechones habían sido cortados a la altura de la nuca en el cuello y a los lados de la cabeza. La hinchazón de alcohólico había desaparecido de su rostro, dejando una mandíbula de líneas limpias y pómulos duramente cincelados. Parecía que había pasado algo de tiempo en el exterior, porque la palidez de su cara había sido reemplazada por un ligero bronceado y el viento había curtido la parte superior de sus pómulos. Y los ojos… oh, esos ojos. Ya no había círculos negros ni estaban inyectados en sangre, eran del azul claro y brillante de los zafiros. Y contenían un toque de algo -¿quizás incertidumbre?- que rompió la compostura de Caroline. Andrew parecía tan joven, tan vital, increíblemente diferente del hombre que había estado con ella en ese mismo salón quince días antes. Entonces él habló, y fue evidente que aunque su aspecto exterior hubiera cambiado, seguía siendo el mismo calavera insufrible. -Señorita Hargreaves -dijo tranquilamente-. Sin duda Cade se ha asegurado de decirle que mi parte del trato está cumplida. Ahora es su turno. Espero que haya estado practicando sus miradas enamoradas y sus replicas coquetas. De alguna manera Caroline se recuperó lo bastante para contestar. -Pensaba que todo lo que deseaba era “la apariencia de una agradable compañía”… esas fueron sus palabras exactas, ¿o no? Creo que “enamorada” es pedir demasiado, ¿no cree usted?


-Esta semana pasada, he obtenido una contabilidad completa de las deudas de Cade -replicó cruelmente-. Por lo que voy a tener que pagar, me debe miradas enamoradas y alguna maldita mirada más. -Tiene que culparse a sí mismo por eso. Si no hubiera llevado a Cade con usted tantas veladas… -No es del todo responsabilidad mía. Pero en este momento no me siento inclinado a discutir. Reúna sus cosas y vayámonos. Caroline asintió. Sin embargo, no parecía capaz de moverse. Sus rodillas se habían bloqueado y tenía la fuerte sospecha de que si daba un paso adelante, se caería de cara. Le miró fijamente con impotencia, mientras su corazón golpeaba con un ritmo duro e irrefrenable, y su cuerpo inundado de calor. No había experimentado semejante respuesta ante nadie en toda su vida. La conciencia de su presencia la golpeó, y se dio cuenta de cuán desesperadamente deseaba tocarle, deslizar las puntas de sus dedos por los lados de sus delgadas mejillas, besar su cínica y firme boca hasta que se suavizará contra la suya por la pasión. No podía ser, pensó con una oleada de pánico.. No podía sentir tales cosas por un hombre tan inmoral y depravado como Andrew, Lord Drake. Algo en la mirada de ojos desorbitados de ella le hizo sentir incomodo, por lo que cambió su peso de una pierna a otra, y le lanzó una mirada torva. -¿Qué está mirando? -A usted -dijo impertinentemente-. Creo que todos sus botones han sido abrochados en el ojal adecuado. Su cabello parece haber sido cepillado. Y por una vez no apesta a licor. Estaba simplemente reflejando la sorpresa de descubrir que puede conseguir parecerse a un caballero. Aunque parece que su temperamento es tan repugnante como siempre. -Hay una buena razón para eso -le informó tensamente-. Han pasado dos semanas desde que he probado una bebida o una ram.. una compañía femenina, y he pasado casi cada día en la propiedad de mi familia cerca de mi padre. He visitado a los arrendatarios y a los administradores, y he estado leyendo los libros de cuentas hasta que casi me he quedado ciego. Si no soy lo suficiente afortunado para morir pronto de aburrimiento, me pegaré un tiro. Y por encima de todo eso, estoy deseando ir a esta maldita fiesta. -Pobre hombre -dijo compasivamente-. Es terrible ser un aristócrata, ¿verdad? -Frunció el ceño y ella sonrió- Sin embargo tiene buen aspecto -


dijo-. Parece que la abstinencia le sienta bien. -No me gusta -se quejó. -Eso no es ninguna sorpresa. Él bajó la mirada hacia su rostro sonriente, y su expresión se suavizó. Antes de que Caroline pudiera reaccionar, él alargó la mano y le quitó las gafas de la nariz. -Milord -dijo agitada-. ¡Desearía que deje de hacer eso! Devuélvamelas. No puedo ver. Andrew extrajo un pañuelo doblado de su bolsillo y abrillantó las lentes. -No me extraña que sus ojos estén débiles, de la forma en que va por ahí con las gafas sucias. Ignorando sus protestas, las abrillantó meticulosamente y las alzó hacia la luz de la ventana. Sólo cuando estuvo satisfecho de que estuvieran perfectamente limpias las devolvió sobre su nariz. -Puedo ver perfectamente bien -dijo. -Había una huella en medio del cristal derecho. -De ahora en adelante, apreciaría si simplemente me dijera que están sucias, en lugar de arrancarme las gafas de la cara. Caroline sabía que estaba siendo desagradecida y de un humor espinoso. Una parte de su mente estaba horrorizada por sus propios malos modales. Sin embargo, tenía la sospecha que si no mantenía una estratégica hostilidad hacia él, haría algo completamente embarazoso; como lanzarse contra su alto y duro cuerpo y besarle. Él era tan grande, irascible y tentador, que su mera visión lanzaba una oleada de calor a través de su cuerpo. No se entendía a sí misma; siempre había pensado que tenía que gustarte un hombre antes de experimentar ese mareante remolino de atracción. Pero evidentemente su cuerpo no estaba reconciliado con sus emociones, porque le gustara o no, le deseaba. Sentir sus grandes, cálidas manos sobre su piel. Sentir sus labios en su garganta y sus pechos. Una llamarada de rubor le subió desde el corpiño hasta el comienzo del cabello, y sabía que su perceptiva mirada no se perdía la marea del traicionero color. Misericordiosamente, él no lo comentó, sino que le contestó a su observación anterior.


-Muy bien -dijo-. ¿A mí qué si se choca contra las paredes o tropieza con los adoquines cuando no pueda ver a través de sus condenadas gafas? Fue el paseo en carruaje más peculiar que Andrew hubiera experimentado. Durante tres horas sufrió bajo la desaprobadora mirada de Cade, el muchacho le consideraba un completo Judas, y eso a pesar de que Andrew iba a pagar todas sus deudas en un futuro no muy lejano. Después estaba la madre, Fanny, probablemente una de las matronas más cabezahuecas que hubiera conocido en su vida. Parloteaba en monólogos interminables, y nunca parecía requerir otra respuesta que un ocasional gruñido o un asentimiento. Cada vez que cometió el error de contestar a alguno de sus comentarios, originó una nueva ronda de tonta cháchara. Y después estaba Caroline sentada frente a él, silenciosa y exteriormente serena mientras enfocaba la mirada en el monótono paisaje fuera de la ventana. Andrew la observaba abiertamente, mientras que ella parecía completamente inconsciente de su examen. Llevaba un vestido azul con una pelliza blanca abotonada sobre el pecho. El cuello de su corpiño era modesto, no revelaba ni una insinuación de su escote; no es que ella tuviera mucho escote que mostrar. Y aún así él estaba intolerablemente excitado por la pequeña porción de piel que mostraba, el exquisito hoyuelo en la base de la garganta, y la tersura de porcelana de la parte superior de su pecho. Era diminuta, casi como una muñeca, y aún así estaba hechizado por ella, llegando a estar medio erecto a pesar de la presencia de su hermano y su madre. -¿Qué es lo que está mirando? -le preguntó pasado un rato, irritado por su negativa a encontrar su mirada- ¿Encuentra cautivadora la vista de las cercas y las vacas, no? -Tengo que mirar al paisaje -replicó Caroline sin mover la mirada-. En el momento en que trato de enfocar algo den-tro del carruaje, comienzo a sentirme enferma, especialmente cuando el camino es desigual. Ha sido así desde mi infancia. Fanny intercedió ansiosamente. -Caroline, tienes que tratar de curarte. Cuán molesto debe ser para un caballero elegante como Lord Drake que estés mirando constantemente por la ventana en lugar de participar en nuestra conversación. Andrew sonrió al ser descrito como “un caballero elegante”.


Cade habló entonces. -Ella no va a cambiar, Madre. En mi opinión Drake preferirá que Caro observe el paisaje antes que le vomite sobre los zapatos. -¡Cade, que vulgar! -Exclamó Fanny, frunciéndole el entrecejo-. Discúlpate con Lord Drake ahora mismo. -No es necesario -dijo Andrew apresuradamente. Fanny le sonrió. -Que magnánimo de su parte, señor, dejar pasar los malos modales de mi hijo. Y en cuanto a la poca afortunada condición de mi hija, estoy completamente segura de que no es un defecto que se transmita a los hijos o hijas. -Eso son buenas noticias -dijo Andrew suavemente-. Pero prefiero disfrutar de la pequeña costumbre de la Señorita Hargreaves. Me permite el privilegio de observar su encantador perfil. Caroline le miró entonces, rápidamente, girando los ojos ante su cumplido antes de volver su atención a la ventana. Vio sus labios curvarse levemente, sin embargo, traicionando su diversión ante el halago. Finalmente llegaron a la finca de los Scott, que tenía una casa que tenía fama de ser una de las más hermosas de Inglaterra. La gran mansión de piedra estaba rodeada por magnificas extensiones de césped y jardines, y un parque lleno de robles en la parte de atrás. La fila de ocho pilares en el frente era sobrepasada por los brillantes ventanales, haciendo que la fachada del edificio fuera más cristal que pared. Parecía que sólo la realeza debería vivir en semejante lugar, lo que de alguna forma lo hacía apropiado para la familia de Logan Scott. Él pertenecía a una clase de realeza, aunque a la de los escenarios londinenses. Caroline había sido lo suficientemente afortunada para ver a Scott actuar en una obra en el Teatro Capital, y como cualquier otro miembro de la audiencia, había encontrado a Scott arrebatador en su habilidad y presencia. Se decía que su Hamlet sobrepasaba incluso al del legendario David Garrick4, y que algún día la gente leería sobre él en los libros de historia. -Que interesante que un hombre como Logan Scott sea su hermanastro murmuró Caroline, mirando la gran mansión mientras Andrew la ayudaba a bajar del carruaje-. ¿Hay mucho parecido entre ustedes? -Ninguno que merezca la pena -dijo Andrew, con rostro inexpresivo-.


Logan tuvo un malditamente pobre comienzo de vida, y subió en su profesión armado con nada más que talento y determinación. Mientras que a mí me dieron todos los privilegios, y yo no he logrado nada. Hablaban en suaves murmullos, demasiado bajo para ser escuchados por Cade y Fanny. -¿Está usted celoso de él? -no puedo evitar preguntar Caroline. La sorpresa parpadeó en el rostro de Andrew, y fue evidente que poca gente se atrevía nunca a hablarle tan abiertamente. -No, ¿cómo podría estarlo? Logan ha ganado todo lo que tiene. Y es muy tolerante conmigo. Incluso me ha perdonado por la vez que intenté matarlo. -¿Qué? -Caroline tropezó levemente y se detuvo para mirarle atónita- En realidad no lo hizo, ¿verdad? Una mueca cruzó su sombrío rostro. -No habría seguido adelante con ello. Pero estaba borracho como una cuba en aquel momento, y acababa de des-cubrir que él sabía que éramos hermanos y no me lo había dicho. Así que le arrinconé en su teatro, blandiendo una pistola. -Dios mío -Caroline le miró desconcertada-. Ese es el comportamiento de un hombre loco. -No, no estaba loco. Sólo perplejo -la diversión bailoteó en sus ojos-. No se preocupe, amor. Planeo permanecer sobrio durante un tiempo… e incluso si no lo estuviera, no sería un peligro para usted. La palabra amor, dicho en ese tono bajo e intimo, le hizo algo extraño a sus entrañas. Caroline comenzó a reprenderle por la familiaridad, entonces se dio cuenta que ese era su propósito para estar aquí; para crear la impresión de que realmente eran novios. Entraron en el gran recibidor de dos pisos, forrado con revestimientos de madera oscura y ricos tapices, y les dio la bienvenida la mujer de Scott, Madeline. La muchacha era absolutamente encantadora, su cabello dorado castaño enrollado encima de la cabeza, los ojos color avellana chispeantes mientras saludaba a Andrew con juvenil exuberancia. Estaba claro que los dos se gustaban inmensamente. -Lord Drake -exclamó Madeline cogiendo entre sus pequeñas manos las de él, la mejilla vuelta hacia arriba para recibir su beso fraternal-. ¡Que buen aspecto tienes! Ha pasado al menos un mes desde la última vez que te vimos.


Estoy terriblemente enfadada contigo por permanecer alejado tanto tiempo. Andrew sonrió a su cuñada con una calidez que transformó su sombrío rostro, haciendo que Caroline contuviera la respiración. -¿Cómo está mi sobrina? -preguntó. -No la reconocerás, te lo prometo. Ha crecido al menos dos centímetros, ¡y ya tiene un diente! -liberando sus ma-nos, Madeline se giró hacia Cade, Fanny y Caroline, e hizo una elegante reverencia- Buenos días, Señor, y Lady Hargre-aves, y Señorita Caroline -su vivaz mirada trabada con la de Caroline-. Mi marido y yo estamos encantados de que se hayan unido a nosotros este fin de semana. Cualquier amigo de Lord Drake es siempre bienvenido en nuestra casa. -Siempre desprecias a mis amigos -remarcó Andrew con secamente, y Madeline le frunció el ceño rápidamente. -Tus habituales, sí. Pero amigos como estos son definitivamente bienvenidos. Caroline intercedió entonces, sonriendo a Madeline. -Señora Scott, le prometo que haremos nuestro mejor intento por distinguir de la clase habitual de compañía de Lord Drake. -Gracias -llegó la ferviente réplica de la muchacha, y luego compartieron una repentina carcajada. -Espera un minuto -dijo Andrew, sólo medio en broma-. Yo no planeaba que os convirtierais en amigas. Haría mejor en permanecer apartada de mi cuñada, Señorita Hargreaves; es una cotilla incurable. -Sí -confirmó Madeline, enviándole a Caroline una sonrisa conspiratoria-. Y algunos de mis mejores chismes son acerca de Lord Drake. Lo encontrará enormemente entretenido. Fanny, quien había estado tan admirada por la grandiosidad que les rodeaba como para permanecer muda, de pronto recuperó la voz. -Señora Scott, tenemos tantas ganas de conocer a su apreciado marido. Un hombre tan célebre, con tanto talento, tan notable… Una nueva voz se introdujo en la conversación, una voz tan profunda y distintiva que sólo podía permanecer a un hombre. -Madam, me hace un enorme honor se lo aseguro. Logan Scott se había acercado a ellos desde atrás, tan alto y atractivo


como aparecía sobre el escenario, su gran figura implacablemente vestida con pantalones grises, una chaqueta negra ajustada al cuerpo, y una crujiente corbata blanca atada con un elaborado nudo. Mirando de Andrew a su hermanastro, Caroline podía ver un vago parecido entre ellos. Ambos eran altos, hombres físicamente imponentes, fuertes, con rasgos similares. El colorido sin embargo no era el mismo. El cabello de Andrew era tan negro como el azabache, mientras que el de Logan Scott era de un vivo caoba. Y la piel de Andrew tenía un toque dorado, en oposición con el matiz más rojizo de la de Scott. Observándoles juntos, Caroline pensó que la mayor diferencia entre los dos hombres era su comportamiento. Estaba claro que Logan Scott estaba acostumbrado a la atención que su celebridad le había granjeado; era un hombre seguro de sí mismo, un poco sobrenatural, sus gestos relajados y más afables. Andrew sin embargo, era más tranquilo, mucho más reservado y privado, sus emociones despiadadamente enterradas a profundidad bajo su superficie. -Hermano -murmuró Logan Scott, mientras intercambiaban un caluroso apretón de manos. Era evidente que había un profundo afecto entre ellos. Andrew presentó a Scott a la familia Hargreaves, y a Caroline le hizo gracia ver que la presencia de esta leyenda viva había reducido a su madre a la mudez una vez más. La penetrante mirada de Scott se movió de un rostro a otro, hasta que finalmente se centró en Andrew. -Padre está aquí -dijo. Loas hermanos intercambiaron una mirada que fue difícil de interpretar, aunque era obvio que los dos compartían una comprensión del hombre que nadie más en el mundo hacía. -¿Cómo está? -preguntó Andrew. -Hoy mejor. No necesito mucha de su medicina durante la noche. En este momento está conservando sus fuerzas para el baile de esta noche -Scott se detuvo antes de añadir-. Quería verte tan pronto como llegaras. ¿Te acompaño a su habitación? Andrew asintió. -Sin duda he cometido un centenar de ofensas por las que desea reprenderme. Odiaría privarle de semejante entretenimiento. -Bien -dijo Scott sardónicamente-. Dado que yo he tenido que aguantar


una sarta de improperios hoy, no hay razón para que tú te libres. Girándose hacia Caroline, Andrew murmuró: -¿Me excusa, Señorita Hargreaves? -Desde luego -se encontró a sí misma lanzándole una breve sonrisa alentadora-. Espero que vaya bien, Señor. Cuando sus miradas se encontraron, vio sus ojos cambiar, la dura oscuridad suavizada por un cálido azul. -Después, entonces -murmuró, y se inclinó antes de salir. La intimidad de su mirada compartida había causado tibias oleadas en su estomago, y una atolondrada ligereza la recorrió. Levemente desconcertada, Caroline pensó que Logan Scott no era el único hombre de la familia con habilidad para actuar. Andrew estaba interpretando su parte tan convincentemente que cualquiera hubiera creído que tenía un interés real en ella. Casi que ella misma podría creérselo. Severamente se concentró en pensar que era todo una farsa. El dinero, no el cortejo, era la única meta de Andrew. Andrew y Logan entraron en la casa y cruzaron el vestíbulo de mármol, el enyesado del techo embellecido con escenas mitológicas y con un motivo de máscaras y cintas. Aproximándose a la gran escalinata, la cual se curvaba en una inmensa y delicada espiral, los hermanos avanzaron hacia arriba a ritmo pausado. -Tu Señorita Hargreaves parece una muchacha encantadora -comentó Logan. Andrew sonrió sardónicamente. -No es mi Señorita Hargreaves. -Es guapa -dijo Logan-. Delicada en apariencia, pero parece tener una cierta vivacidad de espíritu. -Espíritu -dijo Andrew secamente-. Sí… tiene mucho de eso. -Interesante. -¿Qué es interesante? -preguntó Andrew cautelosamente, no le gustaba el tono especulativo de su hermanastro. -Que yo sepa, nunca antes has cortejado a una mujer. -No es un cortejo real -le informó Andrew-. Es meramente una treta para engañar a Padre.


-¿Qué? -Logan se detuvo en las escaleras y le miró sorprendido-. ¿Te importaría explicarte, Andrew? -Como sabes, he sido retirado de su testamento. Para ser incluido de nuevo, tengo que convencer a Padre de que he cambiado mis escandalosas costumbres, o morirá sin dejarme ni un maldito chelín -Andrew procedió a explicarle su acuerdo con Caroline y los términos a los que habían llegado. Logan escuchó atentamente, finalmente soltó una ronca carcajada.. -Bien, si deseas que Padre cambie de idea sobre el testamento, supongo que tu relación con una mujer como la Señorita Hargreaves es una buena idea. -No es una “relación” -dijo Andrew, sintiéndose inexplicablemente a la defensiva-. Como te he dicho, es solamente una farsa. Logan miró especulativamente en su dirección. -Tengo la sospecha, Andrew, de que tu relación la Señorita Hargreaves es algo más que una charada, estés dispuesto a admitirlo o no. -Es sólo en beneficio de Padre -dijo Andrew rápidamente-. Te lo estoy diciendo, Scott, no tengo intenciones para con ella. E incluso si lo hiciera, créeme, yo sería el último hombre sobre la tierra en el que ella se interesara.


Capítulo Tres

-NI aunque fuera el último hombre sobre la tierra -dijo Caroline, mirando a su hermano-. Te digo, Cade, no siento ninguna clase de atracción en absoluto por ese… ese libertino. No seas obtuso. Sabes perfectamente que es todo una farsa. -Pensaba que lo era -dijo Cade pensativamente-, hasta que os observé a ambos durante ese condenadamente largo paseo en carruaje de hoy. Ahora no estoy tan seguro. Drake te miraba como un gato tras un ratón. No te quitó los ojos de encima ni una vez. Caroline reprimió seriamente una indeseada punzada de placer por las palabras de su hermano. Se giró hacia el gran espejo, ahuecando innecesariamente las cortas mangas de su vestido de tarde de un azul pálido. -La única razón por la que podría estar mirándome sería para distraerse de la cháchara de Madre -dijo sucintamente. -Y el modo en que le sonreías esta tarde, antes de que se fuera para ver a su padre -continuó Cade-. Parecías decididamente enamorada. -¿Enamorada? -dejó escapar un estallido de incrédulas carcajadas-. Cade, esa es la cosa más ridícula que te he oído decir. No sólo no estoy enamorada de Lord Drake, ¡apenas puedo estar en la misma habitación que él! -¿Entonces a qué vienen el vestido y el peinado nuevos? -preguntó¿Estás segura de que no estas intentando atraerle? Caroline inspeccionó su reflejo críticamente. Su vestido era sencillo pero elegante, una delgada enagua de muselina blanca cubierta por con seda de un azul transparente. El corpiño era escotado y ajustado, bordeado por una fila de brillantes abalorios plateados. Su oscuro y brillante pelo castaño recogido


en la coronilla con cintas azules y colgaba por la espalda en una masa de rizos. Sabía que no había tenido mejor aspecto en toda su vida. -Llevo un vestido nuevo porque estoy cansada de parecer una matrona dijo-. Sólo porque sea una solterona no significa que tenga que parecer un completo esperpento. -Caro -dijo su hermano con afecto, acercándose a su espalda y poniendo las manos sobre la parte superior de sus brazos-, eres soltera solamente por elección. Siempre has sido una chica preciosa. La única razón por la que no has atrapado un marido es porque aún no te has decidido a intentar conquistar a alguno. Ella se giró para abrazarle, sin importarle arrugar su vestido, y le sonrió con calidez. -Gracias, Cade. Y sólo para que quede claro, no intento conquistar a Lord Drake. Como te he dicho una docena de veces, estamos simplemente actuando. Como en el escenario de una obra. -Está bien -dijo, echándose hacia atrás para mirarla escépticamente-. Pero en mi opinión, ambos os estáis metiendo en vuestros papeles con más entusiasmo del necesario. Los sonidos del baile llegaron a los oídos de Caroline mientras bajaban por la gran escalera. La luminosa y ágil melodía de un vals giraba en el aire, atenuada por las risas y el parloteo mientras los invitados se movían a través del recorrido de habitaciones que se bifurcaban en el hall central. La atmósfera estaba fuertemente perfumada por enormes arreglos de lilas y rosas, mientras una suave brisa del jardín llegaba a través de las ventanas abiertas. Las puntas de los dedos enguantados de Caroline se deslizaban lentamente por la balaustrada de mármol tallado mientras descendían. Sostenía el brazo de Cade con la otra mano. Estaba extrañamente nerviosa, preguntándose si la tarde pasada con Andrew sería una delicia o un tormento. Fanny charlaba excitada mientras les acompañaba, mencionando los nombres de varios invitados a los que ya había visto en la finca, incluyendo pares del reino, políticos, célebres artistas, y un famoso dramaturgo. Cuando alcanzaron el rellano más bajo de las escaleras, Caroline vio a Andrew esperándoles al pie de las escaleras, con su oscuro cabello resplandeciente bajo la brillante luz proporcionada por un gran número de


velas. Como si sintiera su aproximación, él se giró y miró hacia arriba. Sus blancos dientes destellaron en una sonrisa cuando la vio, y el corazón de Caroline se aceleró, a un ritmo rápido y violento. Vestido con el formal esquema de moda, de blanco y negro, con una corbata almidonada y una chaqueta gris ajustada al cuerpo, Andrew estaba tan guapo que casi era indecoroso. Estaba tan elegante e impecable como cualquier caballero presente, pero sus impresionantes ojos azules brillaban con un encanto demoníaco. Cuando la miraba así, su mirada tan ardiente e interesada, no le parecía que toda la situación fuese una obligación. No sentía que fuese una charada. El lamentable hecho era que se sentía excitada, contenta, y completamente engañada. -Señorita Hargreaves, está usted encantadora -murmuró, después de saludar a Fanny y Cade. Le ofreció su brazo y la guió hacia el salón de baile. -¿No como una matrona? -preguntó Caroline ácidamente. -En lo más mínimo -le sonrió débilmente-. Nunca lo ha parecido, en realidad. Cuando hice ese comentario, sólo estaba intentando molestarla. -Tuvo éxito -dijo, y se detuvo con un ceño de perplejidad-. ¿Por qué quería molestarme? -Porque molestarla es más seguro que… -por alguna razón, se calló abruptamente y mantuvo la boca cerrada. -¿Más seguro que qué? -preguntó Caroline con intensa seguridad mientras él la llevaba hasta la pista de baile- ¿Qué? ¿Qué? Ignorando sus preguntas, Andrew la arrastró en un vals tan intoxicante y potente que su melodía parecía latir dentro de sus venas. Ella era como mucho una bailarina competente, pero Andrew era excepcional, y había pocos placeres semejantes a bailar con un hombre que realmente era un experto. Su brazo la sostenía, sus manos amables pero autoritarias mientras la guiaba en círculos suaves y amplios. Caroline era vagamente consciente de que la gente les observaba. Sin duda la multitud estaba asombrada de que el disoluto Lord Drake estuviera bailando el vals con la formal Señorita Hargreaves. Eran obviamente incompatibles… y sin embargo, Caroline se preguntó, ¿era realmente tan inconcebible que un calavera y una solterona se sintieran atraídos el uno por el otro? -Es usted un magnifico bailarín -no pudo evitar exclamar.


-Por supuesto que lo soy -dijo-. Soy competente en todos los asuntos triviales de esta vida. Son sólo las cosas importantes las que representan un problema para mí. -No tiene por qué ser de esa manera. -Oh, lo tiene -le aseguró con una sonrisa burlándose de sí mismo. Le siguió un incomodo silencio hasta que Caroline buscó la manera de romperlo. -¿Ha bajado su padre las escaleras ya? -preguntó- Seguramente usted quiera que nos vea bailando juntos. -No sé dónde está -contestó Andrew-. Y ahora mismo, me trae sin cuidado que nos vea o no. En las galerías superiores que miraban hacia la sala de baile, Logan Scott dirigió a un par de lacayos para que sentaran a su frágil padre, aquejado por un tumor, en una butaca suave y mullida. Una criada sentada en una silla cercana, lista para traer cualquier cosa que el conde pudiese requerir. Una liviana manta cubría las huesudas rodillas de Rochester, y en las manos como garras tenía una copa de un excepcional vino del Rin. Logan observó al hombre por un momento, interiormente asombrado de que Rochester, una figura que se había cernido sobre toda su vida con tal poder y malevolencia, hubiera acabado así. El una vez atractivo hombre, con sus perfectos rasgos aguileños, se había encogido en una más- cara de esquelética delicadeza y palidez. El vigoroso y musculoso cuerpo se había deteriorado hasta que apenas podía caminar sin ayuda. Uno podría pensar que la inminente cercanía de la muere habría suavizado al cruel conde, y quizás enseñarle algún remordimiento por el pasado. Pero Rochester, como era de esperar, admitía no sentir ni pizca de remordimiento. No por primera vez, Logan sintió una aguda punzada de simpatía por su hermanastro. Aunque Logan había sido criado por un arrendatario que había abusado de él físicamente, le había ido mejor que a Andrew, cuyo padre había abusado de su alma. Seguramente ningún hombre vivo era tan frío y menos cariñoso que el Conde de Rochester. Era un milagro que Andrew hubiera sobrevivido a semejante infancia. Apartando sus pensamientos del pasado, Logan miró hacia la reunión de abajo. Su mirada localizó la alta figura de su hermano, quien estaba bailando con la Señorita Hargreaves. La pequeña mujer parecía haber embrujado a


Andrew, quien por una vez no parecía aburrido, amargado ni triste. De hecho, por primera vez en su vida, parecía que Andrew estaba exactamente donde quería estar. -Allí -dijo Logan, ajustando fácilmente el peso de la alta butaca para que su padre pudiera ver mejor-. Esa es la mujer que trajo Andrew. La boca de Rochester se contrajo en una fina línea de desdén. -Una chica sin importancia -declaró-. Su aspecto es adecuado, supongo. Sin embargo, dicen que es una intelectual. No te atreverás a decirme que tu hermano tiene las miras puestas en semejante criatura. Logan sonrió levemente, acostumbrado hacia tiempo a la mordaz lengua del anciano. -Obsérvalos juntos -murmuró-. Mira cómo se comporta con ella. -Es una treta -dijo Rochester rotundamente-. Lo sé todo acerca del inútil de mi hijo y sus mañas. Podría haber predicho esto desde el momento en que borré su nombre del testamento. Procura engañarme haciendo creer que puede cambiar sus costumbres -dejo escapar un agrio cacareo-. Andrew puede cortejar a una multitud de respetables solteronas si lo desea. Pero me iré a infierno antes de readmitirle. Logan se abstuvo de comentar que ese escenario era bastante probable, y se agachó para colocar una almohada recubierta de terciopelo tras la frágil espalda del viejo. Satisfecho de que su padre tuviera un sitio confortable desde el que observar las actividades de abajo, se puso de pie y colocó una mano en la tallada baranda de caoba. -Incluso aunque fuera una treta -reflexionó en voz alta -, ¿no sería interesante que Andrew fuera atrapado en su propia trampa? -¿Qué dices? -el anciano le observó con ojos legañosos y entrecerrados, y alzó la copa de vino hasta sus labios- ¿Qué clase de trampa es esa, te importa decírmelo? -Quiero decir que es posible que Andrew pueda enamorarse de la Señorita Hargreaves. El conde se mofó. -No está en su forma de ser amar a alguien que no sea él mismo. -Estás equivocado, Padre -dijo Logan suavemente-. Es sólo que Andrew ha tenido poca relación con esa emoción… especialmente en la parte de ser el


receptor de ella. Entendiendo la sutil critica hacia la fría manera en que siempre había tratado a sus hijos, el legitimo y el bastardo, Rochester le lanzó una sonrisa desdeñosa. -Colocas la culpa de su egoísmo en mi puerta, por supuesto. Siempre has tenido excusas para él. Ten cuidado, altanero amigo, o te apartaré a ti de mi testamento también. Para obvio disgusto de Rochester, Logan prorrumpió en carcajadas. -Me importa un carajo -dijo-. No necesito ni un chelín de ti. Pero ten cuidado cuando hablas de Andrew. Él es la única razón de que estés aquí. Por alguna razón que nunca seré capaz de comprender, Andrew te quiere. Un milagro, que hayas sido capaz de engendrar un hijo que se las arregló para sobrevivir a tus tiernas misericordias y todavía tener la capacidad de amar. Admito libremente que yo no lo haría. -Eres aficionado a hacerme parecer como si fuera un monstruo -remarcó el conde fríamente-. Cuando la verdad es que sólo doy a la gente lo que se merece. Si Andrew hiciera alguna vez algo para ganarse mi cariño, se lo devolvería. Pero tendrá que ganárselo primero. -Buen Dios hombre, estas casi en tu lecho de muerte -murmuró Logan-. ¿No crees que has esperado demasiado? ¿Tienes una maldita idea de lo que Andrew haría por una palabra de elogio o de afecto tuya? Rochester no replicó, su rostro obstinadamente inflexible mientras bebía de su copa y miraba el brillo y los giros de las parejas de abajo. La regla era que ningún caballero debía nunca bailar con una chica más de tres veces en un baile. Caroline nunca supo por qué se había inventado esa regla, y nunca le había molestado como ahora. Para su asombro, descubrió que le gustaba bailar con Andrew, Lord Drake, y estaba más que un poco apenada cuando el vals terminó. Estaba más que sorprendida de darse cuenta de que Andrew podía ser una agradable compañía cuando se lo proponía. -No habría sospechado que estuviera tan informado en tantos temas -le dijo, mientras los sirvientes llenaban sus platos en las mesas de refrescos-. Asumo que ha pasado la mayor parte de su tiempo bebiendo, y aún así está notablemente bien instruido. -Puedo beber y sostener un libro al mismo tiempo -dijo. Ella le frunció el ceño.


-No intente quitarle importancia, cuando estoy intentando expresar que… usted no es… -¿No soy qué? -le incitó suavemente. -No es exactamente lo que parece. Él le dirigió una mueca levemente torcida -¿Es eso un cumplido, Señorita Hargreaves? Ella se quedó levemente aturdida cuando miró fijamente en la cálida intensidad azul de sus ojos. -Supongo que debe serlo. Una voz de mujer se interpuso en ese instante, cortando el momento de intimidad con la exquisita precisión de la hoja de un cirujano. -Vaya, prima Caroline -exclamó la mujer-, yo estoy asombrada de ver que aspecto tan elegante tienes. Es una verdadera pena que no puedas deshacerte de las gafas, querida, y entonces serías la reina del baile. La que hablaba era Julianne, Lady Brenton, la mujer más hermosa y traicionera que Caroline hubiera conocida nunca. Aún las personas que la despreciaban —y no había fin en estos- tenían que admitir que era físicamente perfecta. Julianne era esbelta, de altura media, con caderas perfectamente redondeadas y un pecho generosamente dotado. Su aspecto era realmente angelical, nariz estrecha y pequeña, labios de un natural matiz rosa profundo, sus ojos azules y de largas pestañas. Coronando toda esa perfección había un remolino de cabello rubio con un toque plateado que parecía haber sido destilado de luz de luna. Era difícil, si no imposible, creer que Caroline y esta radiante criatura estuvieran relacionadas de alguna manera, y sin embargo eran primas carnales por parte de padre. Caroline había crecido admirando a Julianne, que era sólo un año mayor que ella misma. En la madurez, sin embargo, la admiración se había vuelto gradualmente desencanto cuando se dio cuenta de que la belleza exterior de su prima ocultaba un corazón monstruosamente egoísta y calculador. Cuando ella tenía diecisiete años, Julianne se había casado con un hombre cuarenta años mayor que ella, un acaudalado conde con inclinación a coleccionar objetos hermosos. Había habido frecuentes rumores de que Julianne había sido infiel a su anciano esposo, pero había sido demasiado lista para que la atraparan. Tres años antes su marido había muerto en la cama, aparentemente de un ataque al corazón. Había habido susurradas sospechas de que su muerte


no tuvo causas tan naturales pero nunca se descubrieron pruebas. Los ojos azules de Julianne chispeaban maliciosamente mientras permanecía delante de Caroline. Su inmaculada belleza estaba complementada por un brillante vestido blanco drapeado, con un escote tan profundo que la mitad superior de sus pechos quedaba al descubierto. Deslizando una coqueta mirada sobre Andrew, Julianne observó. -Mi pobre prima está casi ciega sin sus gafas… es una lástima, ¿verdad? -Es encantadora con o sin ellas -replicó Andrew fríamente-. Y la considerable belleza de la Señorita Hargreaves es igualada por sus cualidades interiores. Es lamentable que uno no pueda decir lo mismo de otras mujeres. La fascinante sonrisa de Julianne se borró, y ella y Andrew se miraron con descarado desafío. Mensajes mudos pasaron entre ellos. El placer de Caroline se evaporó en la tarde cuando algunas cosas quedaron claras. Era obvio que Julianne y Andrew se conocían bien. Parecía haber algún resto de intimidad, de conocimiento sexual entre ellos, que sólo podía ser resultado de una antigua aventura. Por supuesto que alguna vez habían sido amantes, pensó Caroline con resentimiento. Andrew seguramente habría estado intrigado por una mujer de tal belleza sensual… y no había duda de que Julianne habría estado más que dispuesta a concederle sus favores a un hombre que era el heredero de una gran fortuna. -Lord Drake -dijo Julianne frívolamente-, estás más guapo que nunca… vaya, pareces más revigorizado. ¿A quién debemos nuestra gratitud por tan agradable transformación? -Mi padre -dijo Andrew francamente, con una sonrisa que no alcanzó sus ojos-. Me eliminó de su testamento… verdaderamente una experiencia transformadora. -Sí, había oído algo de eso -los labios en forma de arco de Julianne se fruncieron en una mueca de desilusión-. Tu herencia era uno de tus mejores atributos, querido. Una pena que la hayas perdido -le lanzó una sarcástica sonrisa a Caroline antes de añadir-, claramente tus perspectivas han menguado considerablemente. -No permitas que te retengamos, Julianne -dijo Caroline-. Sin duda tienes mucho que hacer esta noche, con tantos hombres adinerados presentes. Los ojos azules de Julianne se entrecerraron ante el velado insulto.


-Muy bien. Buenas noches, prima Caroline. Y ruego que le muestres a Lord Drake más de tu “belleza interior”; puede ser tu única oportunidad de retener su atención -una expresión felina cruzó su rostro cuando murmuró-. Si eres capaz de atraer a Drake a tu cama, prima, le encontrarás un compañero más que excitante y con talento. Te puedo dar mi garantía en ese tema. Julianne se fue con un atractivo balanceo de caderas que causó que sus faldas se agitaran suavemente. Gran cantidad de miradas masculinas siguió sus movimientos a través de la habitación, pero la de Andrew no fue una de ellas. En su lugar miraba a Caroline, quien enfrentó su ceño fruncido con una mirada acusadora. -A pesar de la sutileza y discreción de mi prima -dijo Caroline fríamente-, he logrado recibir la impresión de que una vez fueron amantes. ¿Es cierto? Hasta la interrupción de Lady Brenton, Andrew realmente había estado disfrutando. Siempre había tenido aversión a acudir a bailes y veladas, en las que se esperaba que entablara aburridas conversaciones con muchachas con la mente puesta en el matrimonio y sus aún más sosas chaperonas. Pero Caroline Hargreaves, con su rápido ingenio y su espíritu, era sorprendentemente entretenida. Durante la última media hora había tenido una peculiar sensación de bienestar, una impresión que no tenía nada que ver con el alcohol. Después había aparecido Julianne, recordándole todo su libertinaje del pasado, y la frágil sensación de felicidad se había desvanecido abruptamente. Andrew siempre había tratado de emular a su padre en no tener remordimientos por el pasado… pero ahí estaba, la inconfundible punzada de arrepentimiento, de vergüenza, por la aventura con Julianne. Y lo peor de todo era que la relación ni siquiera valió la pena. Julianne era como esos elaborados postres franceses que nunca sabían tan bien como parecían, y ciertamente nunca satisfacían el paladar. Andrew se forzó a sí mismo a devolverle a Caroline la mirada mientras respondía a su pregunta. -Es verdad -dijo bruscamente-. Tuvimos una aventura hace dos años… breve e indigna de ser recordada. Le molestó el modo en que le miraba Caroline, como si ella fuera tan perfecta que nunca hubiera hecho nada que mereciera arrepentimiento.


Maldita fuera, él nunca le había mentido, ni pretendido ser otra cosa que lo que era. Ella sabía que era un libertino, un villano… por amor de Dios, si casi había recurrido al chantaje para conseguir que ella acudiera a la fiesta de fin de semana, en primer lugar. Seriamente, se preguntó por qué demonios Logan y Madeline habían invitado a Julianne, para empezar. Bueno, él no podía objetar su presencia aquí simplemente porque una vez había tenido una aventura con ella. Si intentaba que la echaran de la finca por eso, habría otra media docena de mujeres que tendrían que ser expulsadas por el mismo motivo. Como si hubiera seguido el giro de sus pensamientos, Caroline le frunció el ceño. -Sin duda ha dormido con la mitad de las mujeres presentes. -¿Y qué si lo he hecho? ¿Qué diferencia representa eso para usted? -Ninguna en absoluto. Sólo sirve para confirmar la baja opinión que tengo de usted. Que inconveniente debe ser tener el autocontrol de una liebre de marzo. -Es mejor que ser una doncella de hielo -le dijo desdeñoso. Sus ojos castaños se agrandaron tras las lentes, y el rubor inundó su cara. -¿Qué? ¿Qué me ha llamado? La crispación en su tono de voz puso sobre aviso a una pareja cercana de que comenzaba una discusión, y Andrew se dio cuenta de que eran el centro de varias miradas especulativas. -Fuera -dijo con esfuerzo-. Continuáremos con esto en la rosaleda. -Por supuesto -aceptó Caroline con voz vengativa, luchando por mantener el rostro impasible. Diez minutos más tarde ambos se las habían arreglado para escabullirse al exterior. La rosaleda, descrita por Madeline Scott como su “habitación de rosas” era una sección del sudoeste del jardín delineada por postes y guirnaldas de cuerdas cubiertas con rosas trepadoras. Grava blanca cubría el suelo, y los fragantes cercados de lavanda llevaban hacia el arco de entrada. Había una inmensa urna de piedra sobre un pedestal en el centro de la rosaleda, rodeada por un aterciopelado parterre azul de hierba para gatos. El exótico aire perfumado no hizo nada por apaciguar la frustración de


Andrew. Cuando vio la pequeña figura de Caroline adentrarse en el jardín con un crujido de hojas, apenas pudo contenerse de abalanzarse sobre ella. En lugar de eso, se mantuvo aún quieto y silencioso, con la mandíbula apretada mientras la veía acercarse. Ella se mantuvo a un brazo de distancia, la cabeza echada hacia atrás para poder mirarle a los ojos directamente. -Sólo tengo una cosa que decir, Señor -la agitación hizo que su voz fuera tensa y alta-. Al contrario que usted, tengo una gran consideración por la verdad. Y mientras que nunca haría una excepción por una observación honesta, por poco halagüeña que sea, me molesta lo que dijo antes. ¡Porque no es cierto! ¡Está categóricamente equivocado, y no volveré a entrar en la casa hasta que lo admita! -¿Equivocado acerca de qué? -preguntó-. ¿De que sea usted una doncella de hielo? Por alguna razón el término la había encolerizado. Vio su mentón temblar por la indignación. -Sí, eso -dijo siseando. Él le lanzó una sonrisa diseñada para acrecentar su furia. -Puedo probarlo -dijo en un tono prosaico-. ¿Cuál es su edad… veintiséis? -Sí. -Y a pesar de que es bastante más bonita que la media, y que posee buena sangre y un apellido respetado, nunca ha aceptado una propuesta de matrimonio de ningún hombre. -Correcto -dijo, pareciendo brevemente desconcertada por el cumplido. Él anduvo a su alrededor, haciendo un insultante estudio completo. -Y es virgen… ¿no? Fue obvio que la pregunta la ofendió. Podía leer fácilmente el ultraje en su expresión, y su rubor era evidente incluso en la oscuridad iluminada por las estrellas. Ninguna joven recatada habría ni siquiera pensado en responder semejante pregunta. Después de una lucha larga y silenciosa, ella asintió brevemente. La pequeña confirmación le hizo algo a sus entrañas, las hizo tensarse y latir con salvaje frustración. Maldita fuera, nunca había encontrado deseable


a una virgen con anterioridad. Y sin embargo la deseaba con una intensidad volcánica… quería poseer y besar cada centímetro de su inocente cuerpo… quería hacerla gritar y gemir para él. Deseaba los perezosos minutos de después cuando ambos yacerían juntos, sudorosos y tranquilos en las secuelas de la pasión. El derecho de tocarla íntimamente, cómo y cuándo quisiera, parecía merecer cualquier precio. Y sin embargo, nunca la tendría. Había abandonado cualquier oportunidad de eso hacía mucho tiempo, incluso antes de conocerla. Quizás si hubiera llevado su vida de forma completamente diferente… Pero no podía escapar de las consecuencias de su pasado. Cubriendo su ansia con una mueca burlona, Andrew hizo un gesto con las manos para indicar que los hechos hablaban por sí mismos. -Bonita, soltera, veintiséis años y virgen. Eso conduce a una única conclusión… una doncella de hielo. -¡No lo soy! Tengo mucha más pasión, un sentimiento mucho más honesto del que usted jamás tendrá -sus ojos se entrecerraron cuando vio que a él le hacía gracia-. ¡No se atreva a reírse de mí! -se lanzó sobre él, con las manos alzadas como si fuera a atacarle. Con una risa sofocada, Andrew le agarró de los brazos y la mantuvo acorralada… hasta que se dio cuenta de que ella no estaba intentando arañarle la cara, sino poner sus brazos alrededor de su cuello. Sobresaltado, perdió su asidero, y ella inmediatamente le agarró por la nuca. Ejerció tanta presión como fue capaz, usando todo su peso para intentar que bajara la cabeza. Se resistió fácilmente, observando su pequeño rostro con sonrisa desconcertada. Él era tanto más alto que ella que cualquier intento de su parte de coaccionarle físicamente resultaba irrisorio. -Caroline -dijo, su voz inestable con partes iguales de diversión y deseo-. ¿Por casualidad está intentado besarme? Ella continuó tirando de él furiosamente, colérica y decidida. -… mostrarte… hacerte lamentar… No estoy hecha de hielo, tú arrogante, presuntuoso libertino… Escupía las palabras como una gatita iracunda. Andrew no pudo resistirlo más. Cuando vio a la diminuta e indignada hembra entre sus brazos, perdió la capacidad de pensamiento racional. Todo lo que podía pensar era cuanto la deseaba, y como unos pocos momentos robados en la rosaleda no importarían en el gran esquema de las cosas. Estaba


casi loco por la necesidad de saborearla, tocarla, de arrastrar su cuerpo hasta que tocara de arriba abajo el suyo, y el resto del mundo podía irse al infierno. Así que dejo que sucediera. Relajó el cuello y bajó la cabeza, y permitió que ella tirara de su boca hacia la suya. Algo inesperado ocurrió con la primera dulce presión de sus labios; labios inocentemente cerrados porque ella no sabía cómo besar apropiadamente. Sintió un terrible dolor presionando su corazón, oprimiendo y apretando hasta que la dura pared que lo envolvía se rompió, y el calor se precipitó en su interior. Ella era tan ligera y suave entre sus brazos, el olor de su piel cien veces más atrayente que el de las rosas, la frágil línea de su espalda arqueándose mientras intentaba empujarle más cerca. La sensación llegó demasiado fuerte, demasiado rápida, y él se quedó congelado en repentina parálisis, sin saber dónde poner sus manos, temiendo que si se movía, la aplastaría. Él manoseó sus guantes, se los quitó, y los dejó caer al suelo. Cuidadosamente tocó la espalda de Caroline y deslizo su palma hasta su cintura. Su otra mano temblando mientras la asía suavemente por la nuca. Oh, dios, era tan exquisita, un montón de muselina y seda entre sus manos, demasiado suculento para ser real. Su aliento escapaba de sus pulmones en rápidos jadeos, y luchó por mantener sus movimientos tiernos mientras la urgía a acercarse más a su cuerpo fieramente excitado. Incrementando la presión de sus labios, embaucó sus labios para que se abrieran, tocando su lengua con la suya, encontrando su embriagador sabor. Ella se asombró levemente ante la desconocida sensación. Él sabía que estaba mal besar a una virgen de esa manera, pero no podía evitarlo. Un suave sonido surgió del fondo de su garganta, y él lamió más profundamente, buscando el suave y oscuro sabor de su boca. Para su asombro, Caroline gimió y se relajó entre sus brazos, con los labios abiertos, su lengua deslizándose ardientemente contra la suya. Andrew no había esperado que ella fuera tan ardiente, tan receptiva. Debería rechazarle. Pero se rindió con una intensa confianza que lo devastó. No podía dejar de deslizar sus manos sobre ella hambrientamente, alcanzando las curvas de sus nalgas para alzarla más contra su cuerpo. Tiró de ella hacia arriba, acunándola más cerca contra el inmenso bulto de su sexo hasta que la tuvo exactamente donde la quería. Las delgadas capas de su ropa —y de la de


él- no hacían nada por amortiguar la sensación. Ella jadeó y se contoneó deliciosamente, y apretó sus manos contra su cuello hasta que sus pies casi abandonaron el suelo. -Caroline -dijo roncamente, su boca deslizándose hacia abajo por la delicada línea de su garganta-, me estás volviendo loco. Tenemos que parar ahora. No debería estar haciendo esto… -Sí. Sí -su aliento escapando en rápidas y ardientes oleadas, y ella se enroscó a su alrededor, frotándose contra la dura protuberancia de sus caderas. Se besaron de nuevo, la boca de ella pegándose a la suya con un dulce frenesí, y Andrew hizo un quedo sonido desesperado. -Detenme -murmuró, afianzando su mano contra su contoneante trasero-. Dime que te deje ir… abofetéame… Ella inclinó la cabeza hacia atrás, ronroneando como un gatito cuando él le acarició el suave hueco tras la oreja. -¿Por qué debería pegarte? -preguntó guturalmente. Era demasiado inocente para comprender completamente las connotaciones sexuales de su pregunta. Incluso así, Andrew sintió que se ponía imposiblemente duro, y contuvo un bajo gemido de deseo. -Caroline -susurró con voz áspera-, tú ganas. Estaba equivocado cuando te llame… No, ya no más; no puedo resistirlo. Tú ganas -la apartó de su dolorido cuerpo-. Ahora no te acerques -añadió cortantemente-, o perderás tu virginidad en este condenado jardín. Reconociendo la vehemencia en su tono, Caroline prudentemente mantuvo un par de pies de distancia. Se abrazó a sí misma con sus esbeltos brazos, temblando. Durante un rato no hubo más sonido que el de sus trabajosas respiraciones. -Deberíamos volver -dijo ella finalmente-. La gente se dará cuenta de que ambos hemos desaparecido. Yo… yo no deseo ver comprometida… esto…, mi reputación… -a su voz siguió un difícil silencio, y se atrevió a mirarleAndrew -confesó con voz temblorosa-, nunca me había sentido de esta manera ant… -No lo digas -la interrumpió-. Por tú bien, por el mío, no vamos a dejar que esto suceda de nuevo. Vamos a mantener nuestro trato; no quiero complicaciones. -Pero no quieres…


-No -dijo lacónicamente-. Quiero sólo la farsa de una relación entre tú y yo, nada más. Si realmente acabara enredándome contigo, tendría que transformar mi vida completamente. Y es condenadamente tarde para eso. Estoy más allá de la redención y nadie, ni siquiera tú, merece la pena que cambie mis costumbres. Ella permaneció callada por un momento, sus aturdidos ojos enfocados en su cara. -Conozco alguien por quien vale la pena hacerlo -dijo finalmente. -¿Quién? -Tú -su mirada era directa e inocente-. Tú mereces ser salvado, Andrew. Con sólo unas pocas palabras, le derribó. Andrew sacudió la cabeza, incapaz de hablar. Quiso tomarla entre sus brazos otra vez… adorarla… embelesarla. Ninguna mujer había expresado jamás la más leve insinuación de fe en él, en su alma sin valor, y aunque quiso responder con desprecio, no pudo. Un deseo imposible lo consumió en una gran llama purificadora; que de alguna manera pudiera convertirse en digno de ella. Ansiaba decirle como se sentía. En cambio apartó la cara y se las arregló para decir unas pocas palabras ásperas. -Entra tú primero. Durante el resto de la fiesta, y los siguientes tres meses, Andrew fue un perfecto caballero. Era atento, pensativo, de buen humor, haciendo que todos los que le conocían bromearan diciendo que el malvado Lord Drake había sido secuestrado y reemplazado por un desconocido idéntico. Aquellos que eran conscientes del pobre estado de salud del Conde de Rochester suponían que Andrew estaba haciendo un esfuerzo por ganar el favor de su padre antes de que el viejo muriera y le dejara sin la fortuna familiar. Era un esfuerzo transparente, reían disimuladamente los chismosos, y muy propio del carácter del taimado Lord Drake. Lo extraño era que, cuanto más tiempo pretendía Andrew que se había reformado, más le parecía a Caroline que estaba cambiando en realidad. Se reunió con los agentes de las fincas de Rochester y desarrolló un plan para mejorar la tierra de formas que ayudarían inmensamente a los arrendatarios. Después para perplejidad de todos los que le conocían, Andrew vendió muchas de sus propiedades personales, incluyendo una reata premiada de purasangres, para financiar las mejoras.


No estaba en su carácter tomar semejante riesgo, especialmente cuando no había garantía de que fuera a heredar la fortuna Rochester. Pero cuando Caroline le preguntó por qué parecía tan decidido a ayudar a los arrendatarios de Rochester, él se rió y se encogió de hombros como si fuera un asunto sin importancia. -Los cambios tendrían que hacerse obtenga o no el dinero del conde dijo-. Y estaba harto de mantener esos condenados caballos; demasiado caro. -¿Entonces que me dices a cerca de tus propiedades en la ciudad? preguntó Caroline-. He oído que tu padre planeaba desahuciar a unos arrendatarios de un suburbio de Whiterfriars en lugar de repararlo; y tú les has permitido quedarse, y estás renovando el edificio además. El rostro de Andrew fue cuidadosamente inexpresivo mientras replicaba. -Al contrario que mi padre, no deseo ser conocido como el Señor de un tugurio. Pero no confundas mis motivos como altruistas; es meramente una decisión de negocios. Cualquier dinero que gaste en la propiedad incrementará su valor. Caroline le sonrió y se inclinó acercándose como si fuera a confesarle un secreto. -Creo, mi señor, que realmente te preocupas por esa gente. -Soy prácticamente un santo -concordó sardónicamente, con un burlón arqueamiento de su ceja. Ella continuó sonriendo, sin embargo, dándose cuenta de que no era tan perverso como pretendía. Por qué Andrew había comenzado a preocuparse por gente cuya existencia nunca se había molestado en notar antes, era un misterio. Quizás tuviera algo que ver con el inminente fallecimiento de su padre… quizás finalmente se le había ocurrido a Andrew que el peso de la responsabilidad caería pronto sobre sus hombros. Pero fácilmente podría haber dejado las cosas como estaban, permitiendo a los administradores y agentes de su padre tomar las decisiones. En su lugar había tomado las riendas en sus manos, tentativamente al principio, después con creciente confianza. De acuerdo con su trato, Andrew llevaba a Caroline a pasear por el parque, la escoltaba a veladas musicales y al teatro. Dado que Fanny era necesaria para actuar como acompañante, había pocas ocasiones en que Caroline podía hablar con Andrew en privado. Se vieron forzados a discutir


decorosos asuntos como la literatura o horticultura, y su contacto físico estaba limitado al ocasional roce de sus dedos, o a la presión de su hombro contra el de ella cuando se sentaban juntos. Y sin embargo, esos fugaces momento de cercanía —una fija mirada muda, una caricia robada a su brazo o su mano- eran tremendamente excitantes. La conciencia que Caroline tenía de Andrew era tan intolerable que a veces pensaba que se incendiaría en llamas. No podía parar de pensar en el apasionado abrazo en la rosaleda de los Scott, el placer de la boca de Andrew en la suya. Pero él era tan despiadadamente cortés ahora que comenzó a preguntarse si el episodio no hubiera sido quizás un tórrido sueño conjurado por su propia imaginación febril. Andrew, lord Drake, era un enigma fascinante. Le parecía a Caroline que era dos hombres diferentes; el libertino arrogante y sin moderación, y el atractivo extraño que tropezaba indeciso en su intento de convertirse en un caballero. El primer hombre no la había atraído en lo más mínimo. El segundo… bueno, eso era un asunto completamente diferente. Veía que él luchaba, dividido entre los fáciles placeres del pasado y los deberes que se cernían sobre él. Todavía no había retomado su beber y perseguir faldas; lo hubiera admitido libremente si lo hubiese hecho. Y según Cade, Andrew raramente visitaba su club estos días. En cambio pasaba su tiempo practicando esgrima, boxeando o cabalgando hasta que casi se dejaba caer de agotamiento. Había perdido peso, quizás algo más de seis kilos, hasta que sus pantalones lo colgaron anticuadamente flojos y tuvieron que ser modificados. Aunque Andrew siempre había sido un hombre bien formado, su cuerpo ahora era tremendamente delgado y duro, los músculos de sus brazos y su espalda tensando las costuras de su abrigo. -¿Por qué te mantienes tan activo? -no pudo resistirse Caroline a preguntarle un día, mientras podaba un arríate de pensamientos púrpuras en su jardín. Andrew se repantigó cerca en un pequeño banco mientras la observaba cortar cuidadosamente los capullos secos de cada tallo-. Mi hermano dice que has estado en el Club Pugilístico casi cada día la semana pasada. Cuando Andrew se tomó tanto tiempo para contestar, Caroline se detuvo en su trabajo de horticultura y miró sobre su hombro. Era un frío día de noviembre, y una brisa había atrapado un mechón de su pelo de marta que


había escapado bajo su tocado, y lo sopló contra su mejilla. Utilizó la mano enguantada para apartar el mechón errante, manchando su cara de tierra sin darse cuenta. Su corazón dio un vuelco de repentina anticipación cuando vio la expresión en los penetrantes ojos azules de Andrew. -Mantenerme activo me distrae de… las cosas -Andrew se puso en pie y se acercó a ella lentamente, sacando un pañuelo de su bolsillo-. Aquí, estate quieta. Le limpió suavemente el rastro de tierra, después alcanzó sus gafas para limpiarlas en un gesto que se había convertido en habitual. Privada de sus lentes correctoras, Caroline alzó la mirada hacia su oscura y borrosa cara con miope atención. -¿Qué cosas? -preguntó jadeante- Presumo que te refieres a beber y al juego… -No, no es eso -él reemplazó sus gafas con gran cuidado y utilizó la punta de los dedos para acariciar un sedoso zarcillo de pelo tras su oreja-. ¿No puedes imaginarte lo que me está molestando? -preguntó suavemente- ¿Lo que me mantiene despierto a menos que me agote antes de acostarme cada noche? Él permanecía muy cerca, su mirada sosteniendo la suya íntimamente. Incluso aunque no la estaba tocando, Caroline se sentía rodeada por su viril presencia. Las tijeras cayeron de sus dedos de repente lasos, cayendo a la tierra con un sordo y suave ruido. -Oh, yo… -se detuvo para humedecerse los labios-. Supongo que echas de menos tener una mujer. Pero no hay razón por la que no puedas… quiero decir, hay tantas que estarían deseosas de… -ruborizando, atrapó su labio inferior con los dientes y se debatió con el silencio. -Me he convertido en condenadamente selectivo -se inclinó más cerca y su aliento cayó sobre su oreja, mandando una agradable sensación por su espina dorsal-. Caroline, mírame. Hay algo que no tengo derecho a preguntar… pero… -¿Sí? -susurró. -He estado considerando mi situación -dijo cuidadosamente-Caroline… incluso si mi padre no me deja un chelín, yo podría proporcionarle a alguien una vida acomodada. Tengo unas pocas inversiones, así como una finca. No sería un gran modo de vivir, pero…


-¿Sí? -consiguió decir Caroline, su corazón martilleando locamente en su pecho- Continúa. -Sabes… -¡Caroline! -llegó la chillona voz de su madre desde las contraventanas francesas que se abrían al jardín desde el salón- ¡Caroline, insisto en que entres y te comportes como una buena anfitriona, en lugar de tener al pobre Lord Drake de pies y mirándote cavar agujeros en la tierra! Sospecho que ni siquiera le has ofrecido un refrigerio, y… Vaya, este viento es intolerable, vas a conseguir que se muera de frío. ¡Entrad inmediatamente, os lo ordeno! -Sí, madre -Dijo Caroline con seriedad, llena de frustración. Miró a Andrew que había perdido su intensa seriedad y estaba estudiándola con una repentina sonrisa-. Antes de que entremos -sugirió-, puedes terminar lo que ibas a decir… -Más tarde -dijo, agachándose para recuperar las tijeras caídas. Sus puños se apretaron y casi dio una patada por la molestia. Quiso estrangular a su madre por romper lo que era indudablemente el momento de mayor importancia de su vida. ¿Y si Andrew había estado intentando hacerle una proposición? El corazón le dio un vuelco al pensarlo. ¿Tendría que decidir aceptar semejante riesgo… sería capaz de confiar en que él permanecería como era ahora, en lugar de convertirse de nuevo en el calavera que había sido siempre? Sí, pensó en un ataque de vertiginoso asombro. Sí, habría aceptado la oportunidad. Porque se había enamorado de él, imperfecto como era. Amaba cada atractivo y mancillado centímetro de él, por dentro y por fuera. Quería ayudarlo en su propósito de convertirse en un hombre mejor. Y si permanecía un trocito del bribón… Una irresistible sonrisa tiró de sus labios. Bueno, disfrutaría de esa parte de él también. Quince días más tarde, a principios de noviembre, Caroline recibió noticias de que el Conde de Rochester estaba en su lecho de muerte. El breve mensaje de Andrew también incluía una sorprendente petición. El Conde quería verla, por razones que no había explicado a nadie, ni siquiera a Andrew. Te pido humildemente tu indulgencia en este asunto, había escrito Andrew, cuando tu presencia quizás pueda traer algo de paz al conde en sus últimas horas. Mi coche te traerá a la propiedad si deseas venir… y si no lo


haces, entenderé y respetaré tu decisión. Tu siervo. Y había firmado con su nombre Andrew, con una familiaridad que era inapropiada y sin embargo conmovedora, indicando la distracción de su mente. O quizás traicionando sus sentimientos por ella. -¿Señorita Hargreaves? -murmuró el lacayo de librea, evidentemente había sido informado de la posibilidad de que volviera con ellos- ¿Debemos llevarla a la propiedad de Rochester? -Sí -dijo Caroline al momento-. Necesito unos minutos para estar lista. Llevaré una doncella conmigo. -Sí, señorita. Caroline estuvo ocupada con pensamientos sobre Andrew mientras el carruaje viajaba hacia Rochester Hall en Buckinghamsire, donde el conde había decidido pasar sus últimos días. Aunque Caroline nunca había visto el lugar, Andrew se lo había descrito. Los Rochester poseían quinientos acres, incluyendo la aldea local, los bosques que la rodeaban, y una de las tierras de labranza más fértiles de Inglaterra. Había sido entregada a la familia por Enrique II en el siglo doce, había dicho Andrew, y había pasado a hacer un comentario sarcástico de cómo la orgullosa y antigua herencia pasaría pronto a las manos de un completo réprobo. Caroline entendía que Andrew no se sentía del todo digno del titulo y las responsabilidades que heredaría. Sentía una dolorosa necesidad de reconfortarlo, de encontrar una manera de convencerle de que era mucho mejor hombre de lo que él mismo creía. Con pensamientos confusos, Caroline mantuvo la mirada enfocada en el paisaje de fuera de la ventanilla, la tierra cubierta de bosques y viñedos, las aldeas con cabañas construidas con pedernal de las colinas de Chiltern. Finalmente la masiva estructura de Rochester Hall, construido con piedra férrea amarillo miel y arenisca gris, tallada con robusta mampostería medieval. Una puerta central en la entrada dio acceso al carruaje a un patio abierto. Caroline fue escoltada por un lacayo al gran vestíbulo central, que era alto, con corrientes de aire frío y ornamentado con tapices de ricos colores. Rochester Hall había sido una vez una fortaleza, su techo lleno de parapetos y almenas, ventanas altas y estrechas para permitir a los arqueros defender el edificio. Ahora era simplemente una casa basta y fría que parecía necesitar desesperadamente la mano de una mujer que suavizara el lugar y lo hiciera


más confortable. -Señorita Hargreaves -la profunda voz de Andrew hizo eco contra las brillantes paredes de arenisca mientras se acercaba a ella. Sintió un estremecimiento de alegría cuando llegó hasta ella y tomó sus manos. El calor de sus dedos penetró la barrera de los guantes mientras él sostenía su mano en un firme apretón. -Caro -dijo suavemente, e hizo un gesto de asentimiento hacia el lacayo para que les dejara. Ella le miró con mirada penetrante. Sus emociones sostenidas con rienda firme… era imposible leer los pensamientos tras la máscara inexpresiva de su rostro. Pero de alguna manera sintió su angustia oculta y anheló abrazarle y confortarle. -¿Cómo fue el paseo en carruaje? -preguntó, todavía reteniendo sus manos-. Espero que no haya sido muy incomodo. Caroline sonrió levemente, dándose cuenta que él recordaba cómo el movimiento de un largo viaje en carruaje le hacía marearse. -No. Estuvo perfectamente bien. Miré por la ventana todo el camino. -Gracias por venir -murmuró-. No te hubiera culpado si te hubieses negado. Dios sabe por qué Rochester preguntó por ti; es a causa de algún capricho que no explicará. -Estoy contenta de estar aquí -le interrumpió amablemente-. No por su bien sino por el tuyo. Estar aquí como tu amiga, como tu… -su voz se fue apagando mientras titubeaba buscando una palabra apropiada. Su consternación provocó una breve sonrisa en Andrew, y sus ojos azules fueron de pronto tiernos. -Querida pequeña amiga -susurró, llevando su pequeña mano enguantada hasta su boca. La emoción brotó en ella, una singular alegría profunda que parecía llenar su pecho y garganta con una suave calidez. La felicidad de que él la necesitara, que le diera la bienvenida, era casi demasiada para soportarla. Caroline miró a la pesada escalera de roble que subía al primer piso, la abierta balaustrada que lanzaba sombras largas y dentadas por el gran vestíbulo. Vaya sitio cavernoso y estéril para que un muchacho crezca en él, pensó. Andrew le había dicho que su madre había muerto pocas después de


traerle al mundo. Había pasado su infancia allí, a merced de un padre cuyo corazón era tan cálido y suave como el glaciar. -¿Deberíamos subir a verle? -preguntó, refiriéndose al conde. -En un minuto -replicó Andrew-. Logan y su mujer están con él ahora. El doctor dice que es sólo cuestión de horas antes de que… -se detuvo, su garganta parecía demasiado cerrada, y le lanzó a ella una mirada llena de desconcertada furia, la mayor parte dirigida hacia él mismo-. Dios, todo el tiempo he deseado que muriera. Pero ahora siento… -¿Remordimientos? -sugirió Caroline suavemente, quitándose el guante y posando sus dedos contra la dura y bien afeitada mejilla. Los músculos de su barbilla se tensaron contra su mano-. Y quizás pena -dijo-, por todo lo que podría haber sido, y por toda la desilusión que os causasteis el uno al otro. Él no pudo replicar, sólo hacer un pequeño gesto de asentimiento con la cabeza. -¿Y quizás un poco de miedo? -preguntó, atreviéndose a acariciar su mejilla con delicadeza-. Porque pronto tú serás Lord Rochester… algo que has odiado y temido toda tu vida. Andrew comenzó a respirar en profundas oleadas, los ojos cerrados como si su vida dependiera de ello. -Si sólo pudiera evitar que ocurriera -dijo roncamente. -Tú eres un hombre mejor que tu padre -susurró-. Cuidarás de la gente que depende de ti. No hay nada que temer. Sé que no caerás en tus viejas maneras. Eres un buen hombre, aunque tú no lo creas. Él estaba muy quieto, lanzándole una mirada que la hizo arder por completo. Aunque no se movió para abrazarla, tenía la sensación de estar poseída, capturada por su mirada y su potente voluntad más allá de cualquier esperanza de liberación. -Caro -dijo él finalmente, su voz fuertemente controlada-. Ni siquiera puedo estar sin ti. Ella sonrió débilmente. -No tendrás que hacerlo. Fueron interrumpidos al acercarse una doncella que había sido enviada del piso de arriba. -Milord -murmuró la alta y desgarbada muchacha, haciendo una


incómoda reverencia-. El Señor Scott me envía a preguntar si la Señorita Hargreaves está aquí y si por favor atendería al conde… -Yo la llevaré donde Rochester -contestó Andrew con seriedad. -Sí, milord -la doncella corrió escaleras arriba por delante de ellos, mientras Andrew colocaba con cuidado la pequeña mano de Caroline en su brazo. La miró con preocupación. -No tienes que verle si no quieres. -Por supuesto que quiero verle -replicó Caroline-. Siento muchísima curiosidad acerca de lo que dirá. El Conde de Rochester estaba atendido por dos médicos, así como el Señor Scott y su mujer Madeline. La atmósfera en la habitación era opresivamente sombría y sofocante, con todas las ventanas cerradas y las pesadas cortinas de terciopelo corridas. Un deprimente final para un hombre infeliz, reflexionó Caroline en silencio. En su opinión el conde era extremadamente afortunado por tener a sus dos hijos consigo, considerando la espantosa manera en que siempre los había tratado. El conde estaba en una posición semireclinada con un montón de almohadas tras su espalda. Su cabeza se volvió cuando Caroline entró en la habitación, y su legañosa mirada pegada a ella. -La muchachita Hargreaves -dijo suavemente. Parecía que le costaba un gran esfuerzo hablar. Se dirigió a los otros ocupantes de la habitación mientras seguía mirando a Caroline-. Dejadnos, todos. Deseo… hablar con la Señorita Hargreaves… en privado. Todos obedecieron en masa menos Andrew, que se demoró mirando fijamente a Caroline a la cara. Ella le lanzó una sonrisa alentadora y un gesto para que saliera de la habitación. -Estaré justo fuera -murmuró-. Llámame si lo deseas. Cuando la puerta se cerró, Caroline se dirigió a la silla a lado de la cama y se sentó, cruzando las manos en su regazo. Su cara estaba casi al nivel de la del conde, y no se molestó en disimular su curiosidad mientras le miraba. Debía haber sido atractivo alguna vez, pensó, aunque tenía la innata arrogancia de un hombre que siempre se había tomado a sí mismo demasiado seriamente. -Señor -dijo-, he venido, como usted pidió. ¿Puedo preguntar por qué


deseaba verme? Rochester ignoró la pregunta por un momento, su cortante mirada moviéndose sobre ella especulativamente. -Atractiva, pero… difícilmente una gran belleza -observó-. ¿Qué es… lo que él ve en usted, me pregunto? -Quizás debería preguntárselo a Lord Drake -sugirió Caroline con calma. -No discutirá sobre usted -replicó contemplándola ceñudo-. Envíe por usted porque… quería la respuesta a una pregunta. Cuando mi hijo le proponga… ¿aceptará? Asombrada, Caroline le miró sin pestañear. -No me ha propuesto matrimonio, señor, ni ha dado muestras de que esté considerando hacer tal proposición… -Lo hará -le aseguró Rochester, su cara contraída en un espasmo de dolor. Manoteando, alargó la mano para coger un pequeño frasco de la mesilla. Automáticamente Caroline se movió para ayudarle, captando el nocivo olor de licores mezclados con tónicos medicinales mientras acercaba el borde del frasco a sus marchitos labios. Volviendo a reclinarse en las almohadas, el conde la miro especulativamente. -Usted parece haber forjado un… milagro, Señorita Hargreaves. De algún modo… ha sacado a mi hijo de su conocido ensimismamiento. Le conozco… muy bien, sabe. Sospecho que su relación comenzó como un plan para engañarme, sin embargo… parece haber cambiado. Parece amarla, aunque… uno nunca le habría creído capaz de ello. -Quizás no conoce a Lord Drake también como cree que lo hace -dijo Caroline, incapaz de mantener la crispación fuera de su voz-. Sólo necesita alguien que crea en él, y que le aliente. Es un buen hombre, cariñoso… -Por favor -murmuró, levantando una nudosa mano en gesto de autodefensa-. No gaste… el poco tiempo que me queda… con entusiastas descripciones… de mi inútil progenie. -Entonces contestaré su pregunta -contestó Caroline sin alterarse-. Sí, señor, si su hijo me lo propone, aceptaré gustosamente. Y si usted no le deja su fortuna, no me importará un car… y a él tampoco. Algunas cosas son más importantes que el dinero, aunque estoy segura de que se burlará de mí por decirlo.


Rochester la sorprendió sonriendo levemente, relajándose más sobre las almohadas. -No me burlaré -murmuró, pareciendo exhausto pero extrañamente sereno-. Creo… que quizás usted sea su salvación. Váyase ahora, Señorita Hargreaves… Dígale a Andrew que venga. -Sí, señor. Dejó la habitación rápidamente, sus emociones un caos, sintiéndose fría y ansiosa y queriendo sentir el consuelo de los brazos de Andrew a su alrededor.


Capítulo Cuatro

HABÍAN pasado dos semanas desde que el Conde de Rochester había muerto, dejando a Andrew toda su fortuna así como el titulo y las propiedades correspondientes. Dos interminables semanas durante las cuales Caroline no había sabido nada de Andrew. Al principio había sido paciente, comprendiendo que Andrew debía estar en medio de un lío de preparativos para el funeral y decisiones de negocio. Sabía que él vendría a ella tan pronto como fuera posible. Pero un día seguía a otro, y cuado él no mandó ni una frase escrita, Caroline se dio cuenta que algo iba mal. Consumida por la preocupación, consideró escribirle, o incluso hacerle una inesperada visita en Rochester Hall, pero era impensable que una mujer soltera de menos de treinta años fuera tan lanzada. Finalmente decidió enviar a su hermano Cade para que encontrara a Andrew, ordenándole que averiguara si Andrew estaba bien, si necesitaba algo… si estaba pensando en ella. Mientras Andrew iba en su misión para localizar al nuevo Lord Rochester, Caroline se sentó el jardín bajo el frío invernal mirando tristemente a sus plantas podadas y las desnudas ramas de sus preciados arces japoneses. Faltaban sólo dos semanas para Navidad, pensó lánguidamente. Por el bien de su familia, Caroline había decorado la casa con ramas de árboles de hoja perenne y acebo y había adornada las puertas con guirnaldas de frutos y lazos. Pero sentía que en lugar de una alegre Navidad, estaba a punto de experimentar una rotura de corazón por primera vez en su vida, y la negra miseria que la esperaba era demasiado espantosa para pensar en ella. Algo estaba verdaderamente mal, o Andrew habría venido a ella ya. Y sin embargo no se podía imaginar que le mantenía apartado. Sabía que él la necesitaba, tal como ella le necesitaba a él, y nada se interpondría en que


estuvieran juntos, si así lo deseaban. ¿Por qué, entonces, no había venido? Justo cuando Caroline pensaba que se iba a volver loca por las preguntas sin respuesta que la inundaban, Cade volvió a casa. La expresión de su rostro no apaciguó su preocupación. -Tus manos están heladas -dijo, rozándole los tiesos dedos y guiándola hacia el salón, donde un tibio fuego ardía en la chimenea-. Has estado fuera demasiado tiempo; espera, pediré un poco de té. -No quiero té -Caroline se sentó rígidamente en el sofá, mientras la alta figura de su forma se agachaba a su lado-. Cade, ¿le has encontrado? ¿Cómo está? ¡Oh, dime algo o me volveré loca! -Sí, le encontré -Cade frunció el ceño y tomo sus manos otra vez, calentándolas con las suyas. Soltó un suave suspiro-. Drake… esto, Lord Rochester… ha estado bebiendo otra vez, demasiado. Me temo que ha vuelto a sus viejos hábitos. Le miró con una entumecida mirada incrédula. -Pero eso no es posible. -Eso no es todo -dijo Cade sombrío-. Para sorpresa de todos, Rochester se ha comprometido de repente; nada menos que con nuestra querida prima Julianne. Ahora que tiene la fortuna familiar en su posesión, parece que Julianne ve sus encantos bajo una nueva luz. Las amonestaciones se leerán en la iglesia mañana. Se casarán cuando comience el año. -Cade, no bromees así -dijo Caroline en un descarnado susurro-. No es verdad… no es verdad… -se detuvo, de pronto incapaz de respirar, mientras chispas brillantes bailaban locamente delante de su vista. Escuchó la voz de su hermano como si viniera desde muy lejos, y sintió el fuerte, urgente apretón de sus manos. -Dios mío -su voz estaba cubierta por un zumbido que inundaba sus oídos-, aquí, baja la cabeza… Caro, ¿qué demonios va mal? Luchó por aire, por equilibrio, mientras su corazón se rompió dolorosamente en pedazos. -No p-puede casarse con ella -dijo entre dientes. -Caroline -su hermano era inesperadamente constante y fuerte, sosteniéndola en un apretado abrazo-, Buen Dios… No tenía ni idea que esos eran tus sentimientos. Se suponía que era una farsa. No me digas que tuviste el poco sentido de enamorarte de Lord Rochester, que es la peor elección que


una mujer como tú podría hacer… -Sí, le amo -dijo con voz estrangulada. Las lágrimas derramándose por sus mejillas en cálidos regueros-. Y él me ama, Cade, lo hace… ¡Oh, esto no tiene sentido! -¿Te alentó a creer que se casaría contigo? -preguntó su hermano suavemente-. ¿Dijo alguna vez que te amaba? -No con esas palabras -dijo en un sollozo-. Pero la forma en que estaba conmigo… me hizo creer -enterró la cara entre sus manos, llorando violentamente-. ¿Por qué se casaría con Julianne, de entre toda la gente? Es malvada… oh, hay cosas acerca de ella que tu no sabes… cosas que papá me contó antes de morir. ¡Ella arruinará a Andrew! -Ya ha comenzado a hacerlo, por lo que parece -dijo Cade cruelmente. Encontró un pañuelo en su bolsillo y le limpió la cara empapada-. Rochester es más miserable de lo que nunca le he visto. No explica nada, excepto para decir que Julianne es una apropiada mujer para él, y que todos estarán mejor así. Y Caro… -su voz se tornó muy amable- Quizás tenga razón. Tú y Andrew… no es una buena pareja. -Déjame sola -susurró Caroline. Con suavidad se apartó de su abrazo y salió del salón. Cojeó como una vieja buscando la intimidad de su dormitorio, ignorando las preocupadas preguntas de Cade. Necesitaba estar sola, arrastrarse hasta su cama y esconderse como un animal herido. Quizás allí encontraría una manera de curar sus terribles heridas internas. Durante dos días Caroline permaneció en su habitación, demasiado destrozada para llorar o hablar. No podía dormir ni comer, mientras su cansada mente repasaba implacablemente cada recuerdo de Andrew. Él no le había hecho promesas, no le había jurado amarla, no le había dado ningún indicio de sus sentimientos. No podía acusarle de traición. Aún así, su angustia evolucionó hasta una herida furiosa. Quería confrontarle, forzarle a admitir sus sentimientos, o al menos decirle qué había sido mentira y qué verdad. Seguramente tenía derecho a recibir una explicación. Pero Andrew la había abandonado sin una explicación, dejándola preguntándose desesperadamente que había ido mal entre ellos. Este había sido su plan desde el principio, pensó con creciente desesperación. Sólo había querido su compañía hasta que su padre muriese y


le dejara la fortuna Rochester. Ahora que Andrew había obtenido lo que quería, ella ya no era importante para él. ¿Pero no había llegado a preocuparse por ella un poco? Sabía que no se había imaginado la ternura en su voz cuando había dicho, Ni siquiera puedo estar sin ti… ¿Por qué habría dicho eso, si no lo sentía? Para fatigada diversión de Caroline, su madre, Fanny, había recibido las noticias de las inminentes nupcias de Andrew con un gran despliegue de histerismo. Se había tumbado en su cama inmediatamente, insistiendo en que los criados aguardaran a sus manos y pies hasta que se recuperara. Toda la casa se había centrado alrededor de Fanny y sus delicados nervios, dejando a Caroline misericordiosamente en paz. La única persona con la que Caroline hablaba era Cade, quien se había convertido en una sorprendente fuente de apoyo. -¿Qué puedo hacer? -preguntó suavemente, mientras se acercaba a Caroline que estaba sentada ante la ventana mirando en blanco hacia el jardín- Tiene que haber algo que pueda hacer para que te sientas mejor. Se giró hacia su hermano con una decaída sonrisa. -Sospecho que me sentiré mejor con el paso del tiempo, aunque ahora mismo dudo que alguna vez me vuelva a sentir feliz. -El bastardo de Rochester -murmuró Cade, hundiéndose a lado de ella-. ¿Debería ir a darle una paliza por ti? Dejo escapar una tenue risita. -No, Cade. Eso no me satisfaría en lo más mínimo. Y sospecho que Andrew tiene bastante sufrimiento esperándole, si realmente planea seguir con sus planes de casarse con Julianne. -Cierto -consideró Cade amablemente-. Hay algo que debo decirte, Caro, aunque probablemente lo desaprobarás. Rochester me mandó un mensaje ayer, informándome de que había pagado todas mis deudas. Supongo que debería devolverle el dinero; pero no quiero. -Haz lo que te parezca -lánguidamente se echó hacia delante, hasta que su frente chocó contra el frío y duro cristal de la ventana. -Bueno, ahora que no tengo deudas, y tú eres indirectamente responsable de mi buena fortuna… Quiero hacer algo por ti. Es casi Navidad, después de todo. Déjame comprarte un bonito collar, o un vestido nuevo… sólo dime lo que quieres.


-Cade -se volvió sin entusiasmo, sin abrir los ojos-, lo único que me gustaría es tener a Rochester atado como un pavo de Navidad, completamente a mi merced. Dado que no puedes hacer que eso suceda, no deseo nada. Un extenso silencio siguió a su declaración, y después sintió una amable palmada en el hombre. -Está bien, querida hermana. El día siguiente, Caroline hizo un genuino esfuerzo por sacudirse a sí misma de su nube de melancolía. Tomó un largo y vaporo baño y se lavó el cabello, y se puso un cómodo vestido que estaba lejos de estar a la moda pero siempre había sido su favorito. Los pliegues del desgastado terciopelo verde drapeados suavemente sobre su cuerpo mientras se sentaba para secarse el pelo. Estaba frío y borrascoso fuera, y tiritó cuando echó una mirada al helado cielo gris a través de la ventana de su habitación. Justo cuando contemplaba la idea de pedir que le enviaran una bandeja de té y tostadas, la puerta cerrada fue atacada por un enérgico puño. -Caro -le llegó la voz de Cade-. Caro, ¿puedo entrar? Tengo que hablar contigo. Su puño golpeó los paneles de madera otra vez, como si tuviera algún asunto urgente. Una débil sonrisa interrogativa se instalo en su rostro. -Sí, entra -dijo-, antes de que tires abajo la puerta. Cade irrumpió en la habitación, con una expresión muy extraña… su cara tensa y triunfante, y un aire de ferocidad adherido a él. Su oscuro cabello castaño desaliñado y su corbata de seda negra colgando débilmente a cualquier lado del cuello. -Cade -dijo Caroline preocupada-, en el nombre del cielo ¿qué sucede? ¿Has estado peleando? ¿Cuál es el problema? Una mezcla de júbilo y desafío cruzó su cara, haciéndole parecer más juvenil de sus veinticuatro años. Cuando habló, sonó levemente sin aliento. -Hoy he estado muy ocupado. -¿Haciendo qué? -preguntó cautelosamente. -Te tengo un regalo de Navidad. Ha requerido un esfuerzo, déjame que te lo diga. He tenido que llevar un par de hombres para que me ayudaran y…


Bien, no deberíamos perder tiempo hablando. Coge tu capa de viaje. Caroline le miró completamente perpleja. -Cade, ¿está mi regalo fuera? ¿Tengo que meterlo yo misma, en un día tan frío? Preferiría esperar. Tu mejor que nadie sabes por lo que acabo de pasar, y… -Este presente no aguantará mucho tiempo -contestó serio. Buscando en su bolsillo, extrajo una pequeñísima llave, atada a un frívolo lazo rojo-. Aquí, toma esto -apretando la llave en su palma-. Y nunca digas que no me tomo molestias por ti. Estupefacta, observó la llave en su mano. -Nunca había visto una llave como esta. ¿A qué pertenece? Su hermano respondió con una sonrisa desesperante. -Coge tu capa y te enterarás. Caroline hizo girar los ojos. -No estoy de humor para una de tus bromas -dijo impertinentemente-. Y no me apetece salir. Pero te complaceré. Sólo haz caso a mis palabras: si este regalo es menos que el rescate de una reina en joyas, me disgustaré mucho contigo. ¿Ahora, me concedes al menos unos minutos para que me recoja el pelo? -Muy bien -dijo impaciente-. Pero date prisa. Caroline no pudo evitar sentirse divertida por la contenida euforia de su hermano. Bailoteó alrededor de ella como un duende juguetón cuando le siguió escaleras abajo un minuto más tarde. No había duda de que él pensaba que su misterioso regalo serviría para distraerla de su corazón roto… y aunque su táctica era transparente, ella apreció el cariñoso pensamiento tras ella. Abriendo la puerta con una floritura, Cade hizo un gesto hacia el carruaje de la familia y la pareja de caballos castaños que pateaban y resoplaban impacientemente mientras el viento soplaba a su alrededor.. El cochero y lacayo de la familia también esperaban, llevando pesados abrigos y largos sombreros para protegerse del frío. -Oh, Cade -dijo Caroline con un gemido, volviéndose hacia la casa-, no voy a ninguna parte en ese carruaje. Estoy cansada, hambrienta, y quiero pasar una pacifica tarde en casa.


Cade la asustó tomando su pequeña cara entre las manos, y mirándole con sus ojos negros y suplicantes -Por favor Caro - murmuró-. Por una vez, no discutas ni des problemas. Sólo haz lo que te pido. Entra en el coche y lleva la condenada llave contigo. Le devolvió la fija mirada con una desconcertada, sacudiendo la cabeza entre sus manos. Una sombría, extraña sospecha surgió en su interior. -Cade -susurró-. ¿Qué has hecho? Él no respondió, sólo la guió hacia el coche y la ayudó a entrar, mientras el lacayo le dio una manta para el regazo y movió el calentador de porcelana directamente bajos sus pies. -¿Dónde me llevará el carruaje? -preguntó Caroline, y Cade se encogió de hombros con aire despreocupado. -Un amigo mío, Sambrooke, tiene una cabaña familiar en las afueras de Londres que usa para encontrarse con su… Bueno, eso no importa. Por hoy, el lugar está desocupado y a tu disposición. -¿Por qué no has podido traer mi regalo aquí? -le inmovilizó con una mirada de duda. Por alguna razón, la pregunta le hizo reír brevemente. -Porque necesitas verlo en privado -apoyándose en el coche, la rozó con un frío beso en la mejilla-. Buena suerte -murmuró, y se retiró. Ella miró en blanco a través de la ventana del carruaje cuando la puerta se cerro con un golpe firme. El pánico revolvió sus pensamientos, convirtiéndoles en un revoltijo incoherente. ¿Buena suerte? ¿Qué había querido decir con eso, en nombre de Dios? ¿Por casualidad esto tenía algo que ver con Andrew? ¡Oh, asesinaría gustosamente a su hermano si era así! El carruaje dejó atrás Hyde Park para entrar en una zona al oeste de Londres donde todavía había extensiones de tierra escasamente desarrollada. Cuando el vehículo se detuvo, Caroline luchó para contener su agitación. Se preguntó salvajemente qué había arreglado su hermano, y porque ella había sido tan idiota de caer en sus planes. El lacayo abrió la puerta del coche y colocó un peldaño en el suelo. Caroline no se movió, sin embargo. Permaneció dentro del vehículo y observó la tosca y modesta casa blanca, con su escarpado techo de pizarra y el patio del frente cubierto de granito. -Peter -le dijo al lacayo, un antiguo y confiable sirviente de la familia-, ¿tienes idea de qué va todo esto? Debes decírmelo si lo sabes. Sacudió la cabeza.


-No, señorita, no sé nada. ¿Desea regresar a casa? Caroline consideró la idea y la abandonó casi a la vez. Se había aventurado demasiado lejos para volver ahora. -No, entraré -dijo reluctantemente-. ¿Me esperarás aquí? -Sí quiere, señorita. Pero las instrucciones de lord Hargreaves fueron dejarla aquí y volver en exactamente dos horas. -Tengo unas pocas palabras selectas para mi hermano. Enderezando los hombros, se echó la capa alrededor y saltó del coche. Silenciosamente comenzó a planear la lista de cosas que haría para castigar a Cade. -Muy bien, Peter. Tú y el coche marcharos como ordenó mi hermano. Odiaría frustrar sus deseos, ya que parece que decidió exactamente cómo había que hacer las cosas. Peter abrió la puerta para ella y la ayudó a quitarse la capa antes de volver al carruaje. . El vehículo rodó tranquilamente alejándose, sus pesadas ruedas haciendo crujir la helada grava del patio. Cautelosamente Caroline agarró la llave y se aventuró dentro de la cabaña. El lugar estaba amueblado modestamente, con paneles de roble, algunos retratos de familia, un conjunto de sillas con respaldo de madera y un rincón de la biblioteca llena de antiguos libros de tapa de cuero. El aire era frío, pero un acogedor fuego pequeño había sido encendido en la habitación. ¿Había sido encendido para su comodidad o para la de alguien más? -¿Hola? -llamó titubeantemente-. ¿Hay alguien aquí? Responda. ¿Hola? Escuchó un grito amortiguado desde algún rincón alejado de la casa. El sonido fue un poco agradable comienzo, produciendo un hormigueo de nervios a lo largo de sus hombros y su espalda. Su aliento escapaba en cortos jadeos, y apretó la llave hasta que sus aristas se clavaron profundamente en su sudorosa palma. Se forzó a sí misma a moverse. Un paso, después otro, hasta que se encontró corriendo por la casa, buscando a quien quiera que hubiese gritado. -¿Hola, dónde está? -llamó repetidas veces, avanzando hacia la parte trasera de la casa- ¿Dónde..? El parpadeo de la luz de una chimenea salía de una de las habitaciones al final del vestíbulo. Alzando sus faldas de terciopelo, Caroline se apresuró


hacia el cuarto. Cruzó el umbral como un rayo y se paró tan de repente que el pelo le cayó hacia delante. Impaciente, se lo echó hacia tras y observó con asombro la escena ante ella. Era un dormitorio, tan pequeño que sólo cabían tres muebles: un lavabo, una mesita de noche y una gran madera tallada en palisandro. Sin embargo, el otro invitado a esta cita romántica no había venido tan gustoso como ella misma. … lo único que me gustaría es tener a Rochester atado como un pavo de Navidad, completamente a mi merced, le había dicho sin pensar al estúpido de su hermano. Y Cade, el loco borrico, de alguna manera se las había arreglado para conseguirlo. Andrew, el séptimo Conde de Rochester, estaba tumbado en la cama, sus manos atados por encima de la cabeza con lo que parecían ser unas esposas de metal unidas por una cadena y cerradas. La cadena había sido pasada entre un par de aperturas talladas en la sólida cabecera de palisandro, manteniendo seguramente preso a Andrew. Su oscura cabeza se levantó de la almohada, y sus ojos brillaron con un impío color azul en su ruborizada cara. Tiró de las esposas con tanta fuerza que seguramente se magulló las muñecas atadas. -Quítame estas malditas cosas -dijo en un gruñido, su voz conteniendo el suficiente tono de ferocidad para hacerla estremecerse. Parecía un magnifico animal salvaje, los poderosos músculos de sus brazos casi reventando las mangas de su camisa, su tenso cuerpo arqueándose en la cama. -Lo siento tanto -dijo con una boqueada, instintivamente apresurándose para ayudarle-. Dios mío… fue Cade… no sé que se le metió en la cabeza. -Voy a matarle -murmuró Andrew, continuando tirando salvajemente de sus muñecas atadas. -Espera, te harás daño. Tengo la llave. Sólo permanece quieto y déjame. -¿Le pediste tú que hiciera esto? -preguntó con un gruñido cuando ella se subió a la cama a su lado. -No -dijo inmediatamente, después sintió el color escarlata expandiéndose por sus mejillas. No exactamente. Sólo dije que deseaba… -se calló y se mordió el labio-. Me contó lo de tu compromiso con la prima Julianne, sabes, y yo… -continuando ruborizándose, se arrastró sobre él para alcanzar los cierres de las esposas. La delicada curva de un seno rozó su pecho, y el cuerpo entero de Andrew dio un tirón como si se hubiera quemado. Para


desmayo de Caroline, la llave cayó de sus dedos, entre el colchón y la cabecera- Estate quieto -dijo, manteniendo la mirada lejos de su cara mientras elevaba su cuerpo sobre el de él, manoteando en busca de la llave. No era fácil evitar el contacto visual cuando sus caras estaban tan cerca. La musculosa masa de su cuerpo, estaba dura e inmóvil bajo el suyo. Escuchó el cambio de su respiración, volviéndose profunda y rápida mientras ella se esforzaba por recuperar la llave. La punta de sus dedos se curvaron alrededor de la llave y la levantó haciendo palanca para sacarla del colchón. -La tengo -murmuró, arriesgándose a mirarle. Los ojos de Andrew estaban cerrados, su nariz y su boca casi tocando la curva de su pecho. Pareció absorto en su olor, saboreándolo con peculiar intensidad, como si fuera un hombre condenado al que le hubieran ofrecido su última comida. -¿Andrew? -preguntó con dolorosa confusión. Su expresión se volvió más cerrada y dura, sus ojos azules opacos. -¡Abre estas malditas cosas! Tiró de la cadena que unía las esposas. El ruido la asustó, tintineando a través de sus nervios. Vio los profundos surcos que las cadenas habían dejado en el sólido palisandro, pero a pesar de los implacables tirones y roces, la madera había resistido al áspero metal. Su mirada resbaló sobre la llave en su mano. En lugar de utilizarla para abrir las esposas, cerró los dedos alrededor de ella. Terribles, malvados pensamientos se formaron en su mente. Lo correcto sería liberar a Andrew tan rápido como fuera posible. Pero por primera en su formal y decorosa vida, no quería hacer lo que era correcto. -Antes de que te deje ir -dijo en una voz baja que no parecía la suya-, quiero la respuesta a una pregunta. ¿Por qué me alejaste a favor de Julianne? Él continuó mirándola con esa mirada ártica. -Maldito sea si respondo cualquier pregunta mientras estoy encadenado a la cama. -¿Y si te libero? ¿Me responderás entonces? -No. Busco en sus ojos algún signo del hombre que había llegado a amar, el


Andrew que había sido divertido, que se burlaba de sí mismo, tierno. No había nada excepto amargura en las profundidades de sus helados ojos azules, como si hubiera perdido todo sentimiento por ella, por él mismo, y por todo lo que importaba. Haría falta algo catastrófico para llegar al interior de ese implacable extraño. -¿Porque Julianne? -insistió- Me dijiste que la aventura con ella no era nada digno de recordar. ¿Era una mentira? ¿Has decidido que ella puede ofrecerte algo más, algo mejor, que yo? -Ella es mejor pareja para mí de lo que tú podrías ser nunca. De pronto dolía respirar. -¿Porque ella es más hermosa? ¿Más apasionada? -se forzó a preguntar. Andrew trató de formar la palabra sí, pero no salía de sus labios. Se asentó para asentir con la cabeza. Ese movimiento debería haberla destruido, porque confirmaba cada duda que siempre había tenido sobre sí misma. Pero el aspecto de Andrew… la sacudida de la mandíbula, la extraña mirada en sus ojos… por una fracción de segundo pareció poseído por pura agonía. Y sólo podía haber una razón para eso. -Estás mintiendo -susurró. -No lo hago. De golpe Caroline dio rienda suelta a los desesperados impulsos que se arremolinaban en su cabeza. Era una mujer que no tenía nada que perder. -Entonces te probaré que te equivocas -dijo vacilante-. Voy a probarte que puedo darte cien veces más satisfacción que Julianne. -¿Cómo? -Voy a hacerte el amor -dijo, sentándose en la cama junto a él. Sus temblorosos dedos fueron de su cuello a su vestido, y comenzó a trabajar en los lazos de seda abrochados en el frente del corpiño-. Ahora mismo, en esta cama, mientras estás indefenso para impedirlo. Y no pararé hasta que admitas que estás equivocado. Te sacaré una explicación, milord, de una forma o de otra. Claramente le había sorprendido. Sabía que nunca había esperado semejante agresión femenina de una respetable solterona. -No tienes arrestos para hacerlo -dijo él con suavidad.


Bueno, eso había sellado su destino. Ciertamente ella no se echaría atrás después de tal desafío. Resueltamente Caroline continuó con los broches de seda hasta que su corpiño se abrió revelando la fina blusa de muselina. Un sentimiento de irrealidad se asentó sobre ella mientras sacaba sus brazos de una manga, después de la otra. En toda su vida adulta, nunca se había desvestido delante de alguien. Se le puso la carne de gallina, y se frotó los desnudos brazos. La blusa cubría tan poco que bien podría estar desnuda. No se habría sorprendido que Andrew decidiera burlarse de ella, pero él no parecía divertido ni enfadado ante su despliegue. Parecía… fascinado. Su mirada deslizándose por su cuerpo, demorándose en las rosadas sombras de sus pezones, después volvió la cara. -Es suficiente -murmuró-. Por mucho que disfrute con la visión, no hay motivo para esto. -No estoy de acuerdo -se bajó de la cama y dejó caer el pesado vestido al suelo, donde yació en un montón suave. Permaneciendo con la blusa y las bragas, todavía trató de hablar entre dientes-. Voy a hacer que me hables, milord, no importa lo que cueste. Antes que acabe, te tendré balbuceando como un idiota. Le salió la respiración con una carcajada incrédula. El sonido la animó, lo hacía más humano y menos el glacial extraño. -En primer lugar, no merezco el esfuerzo. Segundo, no sabes qué demonios estás haciendo, lo que hace dudosos tus planes. -Sé lo suficiente -dijo con una falsa baladronada-. El intercambio sexual es simplemente un asunto mecánico… e incluso en mi experiencia, creo que puedo imaginarme como funciona. -No es simplemente una cosa mecánica -tiró de las esposas con una nueva urgencia, su cara repentinamente contorsionada por… ¿miedo?… ¿preocupación?-. Maldita sea, Caroline. Admiro tu determinación, pero tienes que parar esto ahora, ¿entiendes? No te vas a causar a ti misma más que dolor y frustración. Te mereces algo mejor que tu primera vez se convierta en desesperación. ¡Déjame que me vaya maldita bruja obstinada! El estallido de furia desesperada la complació. Significaba que estaba rompiendo las murallas que él había construido entre ellos, dejándole vulnerable al nuevo asalto. -Puedes gritar todo lo que quieras -dijo-. No hay nadie que te oiga.


Se arrastró sobre la cama, mientras el cuerpo entero de él se ponía rígido. -Eres una tonta si crees que voy a cooperar -dijo entre sus dientes apretados. -Creo que antes de lo que esperas estarás cooperando con gran entusiasmo -Caroline se complació perversamente en volverse más fría y tranquila cuanto más enfadado estaba él-. Después de todo no has tenido una mujer en… ¿cuántos meses? Al menos tres. Incluso si carezco de las habilidades apropiadas, será capaz de hacer contigo lo que me plazca. -¿Qué me dices de Julianne? -sus brazos destacaban con sus pesados músculos cuando tiró de las esposas-. Puedo haberla tenido un centenar de veces ahora, por lo que tú sabes. -No lo has hecho -dijo-. No te sientes atraído por ella; ese fue evidente cuando os vi juntos. Comenzó con el apretado nudo de su corbata, desatando la húmeda tela de almidón que conservaba el olor de su cuerpo. Cuando su larga garganta dorada apareció, toco el hueco triangular de la base con un dedo tierno. -Esto está mejor -dijo con delicadeza-. Ahora puedes respirar. De hecho estaba respirando, con la fuerza de un hombre que hubiera corrido diez millas sin parar. Su mirada fija en la suya, ya no fría, sino brillante por la furia. -Detente. Te lo advierto, Caroline, detente ahora. -¿O qué? ¿Qué puedes hacer para castigarme que sea peor que lo que ya me has hecho? -los dedos se fueron a los botones de su chaleco y su camisa, y los liberó en rápida sucesión. Abrió los bordes de sus anchas prendas de vestir, desnudando un torso marcadamente musculoso. La vista de su cuerpo, todo ese fiero poder rendido indefenso ante ella, era impresionante. -Nunca quise herirte -dijo-. Sabías desde el principio que nuestra relación era una farsa. -Sí, pero se convirtió en algo más, y tú y yo lo sabemos -tiernamente tocó los densos rizos que cubrían su pecho, sus dedos explorando la ardiente piel que había debajo. Él saltó ante el rozo de la fría mano, la respiración escapando en un silbido entre sus dientes. Cuantas veces había soñado con hacer esto, explorando su cuerpo, acariciándolo. La superficie de su estomago estaba llena de duros músculos, tan diferente de la lisa blandura de la suya. Acarició la tensa piel dorada, tan dura y sedosa palo su mano.


-Dime por qué vas a casarte con Julianne cuando estás enamorado de mí. -Yo… no -logró decir estrangulado-. No puedes me-meterte en tu dura cabeza que… Sus palabras acabaron con un ronco gruñido cuando ella lo montó con un movimiento decidido, sus muslos separados sólo por las capas de sus pantalones y la fina gasa de sus bragas. Sonrojada y decidida, Caroline se sentó sobre él con una postura totalmente lasciva. Sintió la protuberancia de su sexo anidado en el hueco entre sus muslos. La lasciva presión de él contra esa parte intima de su cuerpo causó que una oleada de sedoso calor recorriera su cuerpo. Ella cambió su peso hasta que él le dio un codazo en su zona más sensible, una pequeña cumbre que latía frenéticamente ante su cercanía. -Está bien -dijo boqueando-. Está bien, lo admito… te amo, condenada zorra torturadora, ahora bájate de encima. -Cásate conmigo -insistió ella-. Prométeme que romperás el compromiso con mi prima. -No. Caroline alzó las manos hasta sus cabellos, aflojándose las horquillas, permitiendo que los rizados mechones castaños cayeran en cascada hasta su cintura. Él no le había visto antes el pelo suelto, y sus encancelados dedos se movieron como si anhelara tocarla. -Te quiero -dijo ella, acariciando el vello de su pecho, aplastando su palma contra su corazón que latía como un trueno. Las texturas de su cuerpo —áspera seda, duro músculo, huesos, y nervio- la fascinó. Quería besarle y acariciarle por todas partes-. Nos pertenecemos. No debería haber obstáculos entre nosotros, Andrew. -El amor no hará que cambie nada -casi se trabó-, pequeña tonta idealista… El aliento atrapado en su garganta mientras ella agarraba el dobladillo de su camisola, sacándosela por la cabeza y tirando la prenda lejos. La parte superior de su cuerpo estaba completamente desnudo, los pequeños y firmes globos de sus pechos botaban delicadamente, las rosadas puntas contraídas por el aire frío. Él le miró los pechos sin pestañear, y sus ojos brillaron con hambre lobuna antes de que apartara el rostro. -¿Te gustaría besarlos? -susurró Caroline, casi sin atreverse a creer su propio descaro-. Sé que has imaginado esto, Andrew, como lo he hecho yo -


se inclinó sobre él, rozando sus pezones contra su pecho, y él tembló al sentir el encuentro de sus cuerpos. Mantenía la cara apartada, la boca tensa, la respiración le llegaba en duras ráfagas-. Bésame -le urgió-. Bésame sólo una vez, Andrew. Por favor. Te necesito… necesito saborearte… bésame de la manera en que lo he soñado durante tanto tiempo. Un profundo gemido vibró dentro de su pecho. Su boca se alzó, buscando la suya. Ella presionó los labios contra los suyos, su lengua deslizándose delicadamente en su boca caliente y dulce. Ardientemente moldeó su cuerpo contra el de él, envolviendo con sus brazos su cabeza, besándole una y otra vez. Tocó los grilletes de sus muñecas, las puntas de los dedos rozando sus palmas. Él murmuró frenético contra su garganta. -Sí… sí… déjame ir, Caroline… la llave… -No -se movió más arriba por su pecho, arrastrando su fervorosa boca por la piel salada de su garganta-. Todavía no. La boca buscó el tierno lugar donde el cuello se encontraba con la curva del hombro, y se contoneó contra él, deseando más, su cuerpo lleno de un anhelo que no parecía capaz de satisfacer. Se elevó más alto, más alto, hasta que casi por accidente su pezón rozó el borde de su barbilla. Él lo atrapó inmediatamente, su boca abierta sobre la tierna cresta, absorbiéndola. Su lengua rodeando el delicado pico y lamiéndolo con rápidos y pequeños golpes. Durante largo rato succionó y lamió, hasta que Caroline gimió implorantemente. La boca liberó el rosáceo pezón, la lengua acariciándolo con un último lametón. -Dame el otro -dijo en un ronco susurro-. Pónmelo en la boca. Temblando, obedeció, guiando su pecho hasta sus labios. Andrew se deleitó en él con ansía, y ella jadeó por la sensación de ser capturada por su boca, atrapada por su calor y urgencia. La exquisita tensión se unió entre sus muslos abiertos. Se retorció, se onduló, se presionó tan cerca de él como era posible, pero no era suficientemente cerca. Quería ser llenada por él, doblegada, adorada, poseída. -Andrew -dijo, su voz baja y salvaje-. Te deseo… Te deseo con tanta desesperación que podría morir por ello. Déjame… déjame… -apartó el pecho de su boca y le besó de nuevo, y alargó la mano frenéticamente hacia abajo, a la forma inmensa y abultada en el frente de sus pantalones. -No -le oyó decir roncamente, pero ella desabrochó sus pantalones con


dedos vacilantes. Andrew juró y miró el techo, parecía que quería hacer que su cuerpo no respondiera… pero cuando su pequeña mano fría se deslizó dentro de sus pantalones, gimió y se sonrojó alarmantemente. Caroline sacó la dura y pulsante longitud de su sexo, y agarró la gruesa vara con dedos temblorosos. Estaba fascinada por el tacto satinado de su piel, el nido de densos rizos en la ingle, el enorme y sorprendentemente descarado peso de sus testículos. El pensamiento de tomar la potente longitud de él dentro de su propio cuerpo era tan chocante como excitante. Le acarició con torpeza y se asustó por su inmediata respuesta, la instintiva oleada hacia arriba de sus caderas, el constreñido gemido de placer que surgió de su garganta. -¿Es esta la forma adecuada? -preguntó, sus dedos deslizándose hasta la gran punta redonda. -Caroline… -su mirada atormentada se clavó en su rostro-. Caroline, escúchame. No deseo esto. No será bueno para ti. Hay cosas que no te he hecho… cosas que tu cuerpo necesita… por amor de Dios… -No me importa. Quiero hacer el amor contigo. Ella se quitó las bragas, las ligas y las medias, y volvió a agacharse sobre su ingle, sintiéndose torpe y sin embargo inflamada. -Dime que tengo que hacer -rogó, y presionó la punta de su sexo directamente contra la suave cueva de su cuerpo. Bajó su peso experimentalmente y se detuvo ante la intensa presión y dolor que la amenazó. Parecía imposible hacer que sus cuerpos se unieran. Frustrada y desconcertada, lo intentó de nuevo, pero no logró empujar la tensa longitud de él por su estrechamente cerrada apertura. Miró el rostro de Andrew, su mirada suplicante. -Ayúdame. Dime que estoy haciendo mal. Incluso en ese momento crucial de intimidad, él no cedería. -Es momento de parar, Caroline. La irrevocabilidad de su negativa era imposible de ignorar. Un sentimiento de total derrota la inundó. Tomó una larga, temblorosa respiración, y otra, pero nada aliviaría el ardiente dolor de sus pulmones. -Está bien -consiguió susurrar-. Está bien. Lo siento. Las lágrimas aguijonearon sus ojos, y se bajó las gafas para enjugárselas


furiosamente. Le había perdido de nuevo, esta vez permanentemente. Cualquier hombre que pudiera resistirse a una mujer en semejante momento, mientras ella le rogaba que le hiciera el amor, no podía estar de verdad enamorado de ella. Andando a tientas para coger la llave, continuó llorando silenciosamente. Por alguna razón la vista de sus lágrimas le llevó a un contenido frenesí, su cuerpo tieso por el esfuerzo de no golpear las cadenas. -Caroline -dijo con un tembloroso susurro-. Por favor abre la maldita cerradura. Por favor. Dios… no. Sólo coge la llave. Sí. Déjame ir, déjame… Tan pronto como giró la diminuta llave en la cerradura, el mundo pareció explotar con el movimiento. Andrew se movió con la rapidez de un exuberante tigre, liberando sus muñecas y abalanzándose sobre ella. Demasiado sorprendida para reaccionar, Caroline se encontró a sí misma lanzada por los aires y aplastada de espaldas. El peso de su cuerpo medio desnudo la aplastó profundamente contra el colchón, el sorprendente empuje de su erección duramente contra su tembloroso estomago. Se movió contra ella una vez, dos, tres veces, con sus testículos pasando muy lentamente y apretándose contra sus rizos oscuros, y después todavía siguió, sosteniéndola hasta que ella apenas pudo respirar. Un gemido escapó de él, y un ardiente liquido se derramó entre sus cuerpos, deslizándose por su estomago. Aturdida, Caroline yacía quieta y silenciosa, su mirada recorriendo los tensos rasgos de él. Andrew dejó escapar un confuso suspiro y abrió los ojos, que se habían convertido en una brillante sombra de azul líquido. -No te muevas -le dijo con suavidad-. Permanece tumbada un rato. No tenía otra elección. Sus miembros estaban débiles y temblorosos… ardía como si tuviera fiebre. Tristemente le observó abandonar la cama, después bajo la mirada hacia su estomago. Tocó con la punta de un dedo la mancha brillante de líquido, sintiéndose a la vez desconcertada y triste. Andrew volvió con un trapo húmedo, y se unió a ella en la cama. Cerrando los ojos, Caroline es estremeció por el frío de la tela mientras limpiaba su cuerpo con delicadeza. No podía soportar la visión de su rostro impasible, ni podía pararse a pensar en lo que él le diría. Sin duda la regañaría por su parte en esa humillante aventura, y desde luego se lo merecía. Se mordió el labio y tensó los miembros contra los temblores que la sacudieron… estaba caliente por todas partes, las caderas alzándose incontrolablemente, un sollozo


atenazó su garganta. -Déjame sola -susurró, sintiendo como si fuera a romperse en pedazos. La tela se apartó, y los dedos de Andrew se engancharon con cuidado bajo los bordes de sus gafas para retirarlas de su cara mojada. Levantó los párpados. Él estaba inclinándose sobre ella, tan cerca que sus rasgos estaban sólo levemente borrosos. Su mirada viajó lentamente por la longitud del esbelto cuerpo de ella. -Dios mío, como te quiero -murmuró, sorprendiéndola, mientras ahuecaba las manos sobre sus pechos y los apretaba con delicadeza. Las puntas de sus dedos se deslizaron hacia abajo en un perezoso camino, hasta que resbalaron en la hinchada grieta entre sus muslos. Caroline se arqueó salvajemente, complementa indefensa ante sus caricias, mientras pequeños gritos suplicantes escapaban de su garganta. -Sí -su voz era como terciopelo oscuro, la lengua lamiendo el lóbulo de su oreja-. Yo me encargaré de ti ahora. Sólo dime lo que quieres, cielo. Dímelo, y lo haré. -Andrew -jadeó mientras él separaba los tiernos labios y la acarició directamente entre ellos-. No m-me t-tortures, por favor… La diversión se unió a su voz. -Después de lo que me has hecho, creo que mereces unos pocos minutos de tortura… ¿no te parece? -la punta de su dedo trazó un pequeño circulo alrededor de la dolorida pequeña cima de carne donde se reunían todas las sensaciones- ¿Te gustaría que te besara aquí? -preguntó suavemente- ¿que lo acaricie con mi lengua? La pregunta la afectó —nunca había imaginado semejante cosa- y sin embargo todo su cuerpo temblaba en respuesta. -Dímelo -la incitó dulcemente. Sus labios se secaron, y tuvo que humedecérselos con la lengua antes de pode hablar. Para su completa vergüenza, una vez que dejó escapar las primeras palabras, no pudo evitar rogarle descaradamente. -Sí, Andrew… bésame ahí… usa la lengua, te necesito ya, ahora por favor… Su voz se disolvió en salvajes gemidos cuando él se movió hacia abajo, su oscura cabeza escondida entre sus piernas extendidas, sus dedos alisando


los pequeños rizos oscuros y abriendo sus rosados labios aún más anchos. Su aliento la toco primero, una suave corriente de vapor, y después su lengua bailoteó sobre ella, empujando dulcemente la pequeña protuberancia, lamiéndola con rápidas caricias. Caroline se mordió el labio inferior con dureza, luchando desesperadamente por permanecer en silencio a pesar del intenso placer de su boca sobre ella. Andrew alzó la cabeza como si hubiera oído los amortiguados sonidos que hacía, y sonrió diabólicamente. -Grita todo lo que quieras -murmuró-. No hay nadie que te oiga. Su boca volvió a ella, y dejó escapar un grito, su trasero alzándose ansiosamente del colchón como si se empujara a sí misma contra él. Él gruñó de satisfacción y sostuvo sus tensas nalgas en sus grandes y tibias manos, mientras su boca continuaba deleitándose en ella. Sentía la ancha punta de su dedo golpear contra la diminuta apertura de su cuerpo, rodeándolo, incitándola… entrando con delicada habilidad. -Siente lo húmeda que estas -murmuró contra la carne resbaladiza-. Estás lista para ser tomada ahora. Podría deslizar cada centímetro de mi verga en tu interior. Después entendió porque ella no había sido capaz de acomodarle antes. -Por favor -susurró, muriendo de necesidad-. Por favor, Andrew. Sus labios regresaron a su vulva, acariciando con la nariz los pliegues húmedos y sensibles. Jadeando, Caroline continuó quieta mientras su dedo se deslizaba profundamente en su interior, acariciándola a la vez con los tirones dulces y rítmicos de su boca. -Dios mío -dijo entre frenéticos jadeos para respirar-, no puedo… oh, no puedo soportarlo, por favor Andrew, Dios mío… El mundo se desvaneció en una explosión de salvajes bendiciones. Sollozó y tembló, cabalgando la corriente de puro éxtasis hasta que finalmente la llevó a una marea de letargo como nada que hubiese experimentado jamás. Sólo entonces su boca y sus dedos la abandonaron. Andrew tiró de los cobertores y sábanas, medio alzando el cuerpo de Caroline contra el suyo, hasta que estuvieron envueltos en un capullo de tibias sábanas. Ella yacía junto a él, su pierna doblada sobre la de él, su cabeza usando de almohada su hombro. Temblorosa, exhausta, se relajó en sus brazos, compartiendo la total paz de después de unirse, como la calma


después de una violenta tormenta. La mano de Andrew alisó las suaves ondas salvajes de su cabello, extendiéndolas sobre su propio pecho. Tras un largo momento de agridulce satisfacción, habló quedamente, sus labios acariciando su frente. -Nunca fue una farsa para mí, Caroline Me enamoré de ti desde el momento en que acordamos nuestro infernal trato. Me encantó tu espíritu, tu fuerza, tu belleza… inmediatamente me di cuenta de lo especial que eras. Y sabía que no te merecía. Pero tenía la maldita idea insensata de que de alguna forma sería capaz de convertirme en digno de ti. Quería tener un nuevo comienzo, contigo a mi lado. Incluso dejó de preocuparme la condenada fortuna de mi padre. Pero en mi arrogancia no consideré el hecho de que nadie puede escapar a su pasado. Y tengo miles de cosas para expiar… cosas que continuarán apareciendo para obsesionarme el resto de mi vida. Tú no quieres ser parte de esa fealdad, Caroline. Ningún hombre que ame a una mujer le pediría que viva con él, preguntándose cada día cuándo reaparecerá alguna despreciable parte de su pasado. -No lo entiendo -se alzó sobre su pecho, mirando su grave, tierna expresión-. Dime que ha hecho Julianne para cambiarlo todo. Él suspiró y le echó hacia atrás un mechón de cabello. Estaba claro que no quería contárselo, pero ya no lo seguiría ocultando la verdad. -Sabes que una vez Julianne y yo tuvimos una aventura. Durante un tiempo después de eso, continuamos siendo más o menos amigos. Somos notablemente parecidos, Julianne y yo; ambos egoístas, manipuladores e insensibles… -No -dijo Caroline rápidamente, colocando los dedos en su boca-. Tú no eres así, Andrew. Al menos ya no. Una desolada sonrisa curvó sus labios, y le besó los dedos antes de continuar. -Después que acabara la aventura, Julianne y yo nos divertíamos practicando un juego que nosotros habíamos inventado. Cada uno de nosotros tenía que nombrar una cierta persona -siempre alguien virtuoso y respetablea quien el otro tenía que seducir. Cuanto más difícil era el objetivo, más irresistible era el desafío. Yo nombré a un alto magistrado, el padre de siete hijos, a quien Julianne engatusó para tener una aventura. -¿Y a quién eligió ella para ti? -preguntó Caroline quedamente,


experimentando una extraña mezcla de repulsión y compasión mientras escuchaba la sórdida historia. -Una de sus “amigas”; la mujer del embajador de Italia. Bonita, tímida, y conocida por su modestia y sus modales temerosos de Dios. -Tuviste éxito con ella, supongo. Él asintió sin expresión. -Era una buena mujer con mucho que perder. Tenía un matrimonio feliz, un marido cariñoso, tres hijos sanos… Dios sabe cómo fui capaz de persuadirla en tener un devaneo. Pero lo hice. Y después de eso, la única manera en que ella pudo acallar su culpa fue convenciéndose a sí misma de que se había enamorado de mí. Me escribió unas pocas cartas de amor, altamente incriminatorias y que pronto vino a lamentar. Quise quemarlas debería haberlo hecho- pero se las devolví, pensando que aliviaría su preocupación si las podía destruir ella misma. Después nunca tendría que temer que alguna de ellas apareciera y arruinara su vida. En cambio la pequeña tonta las guardó, y por alguna razón que nunca entenderé, se las enseñó a Julianne, que actuaba como una amiga preocupada. -Y de alguna manera Julianne se hizo con ellas -dijo Caroline suavemente. -Las ha tenido durante casi cinco años. Y el día después de que mi padre muriera, y se dio a conocer que me había legado la fortuna Rochester, Julianne me hizo una inesperada visita. Se ha gastado toda la fortuna de su difunto marido. Si desea mantener su actual estilo de vida, tendrá que casarse con un hombre rico. Y parece que he tenido el dudoso honor de ser el novio que ella ha escogido. -¿Te está chantajeando con las cartas? Él asintió. -A menos que acceda a casarme con ella, Julianne dijo que haría publicas las malditas cosas, y arruinaría la vida de su así llamada amiga. Y dos cosas me quedaron claras. No podría tenerte como mi esposa sabiendo que nuestro matrimonio está basado en la destrucción de la vida de otra persona. Y con mi pasado, es sólo cuestión de tiempo hasta que algo más asome su fea cabeza. Llegarías a odiarme, siendo constantemente enfrentada con una nueva evidencia de los pecados que he cometido -su boca se curvó amargamente-. Maldita cosa inoportuna, desarrollar una conciencia. Era


endemoniadamente más fácil cuando no tenía una. Caroline estaba en silencio, mirando su pecho mientras sus dedos acariciaban lentamente los rizos oscuros. Una cosa era que te dijeran que un hombre tenía un pasado malvado, y ciertamente Andrew nunca había pretendido otra cosa. Pero el conocimiento era mucho más impresionante ahora que conocía unos pocos detalles de su libertinaje anterior. La idea de su aventura con Julianne, y los repugnante juegos que habían practicado con la vida de otros, la enfermaban. Nadie la culparía por rechazar a Andrew, por estar de acuerdo en que era demasiado inmoral y corrupto. Y sin embargo… el hecho de que hubiese aprendido a sentir remordimientos, que desease proteger a la esposa del embajador incluso a costa de su propia felicidad… eso significaba que había cambiado. Significaba que era capaz de convertirse en un hombre muchísimo mejor de lo que había sido. Además, el amor era preocuparse por el hombre entero, incluyendo sus defectos… y confiando en que él sentía lo mismo por ella. Para ella, eso merecía cualquier riesgo. Sonrió ante la siniestra cara de Andrew. -No es una sorpresa para mí que tengas unas pocas imperfecciones -se subió mejor encima de su pecho, sus senos rozando la tibia mata de pelo-. Bueno, más que unos pocas. Eres un malvado sinvergüenza, y espero que en el futuro habrá más sorpresas desagradables de tu pasado. Pero eres mi sinvergüenza, y quiero afrontar todos los momentos desagradables de la vida, y los maravillosos contigo. Sus dedos se deslizaron en su pelo, agarrando su caballera y mirándola con fiera adoración. Cuando habló su voz estaba levemente ronca. -¿Qué pasa si decides que te mereces algo mejor? -Es demasiado tarde ahora -dijo razonablemente-. Tienes que casarte conmigo después de corromperme esta tarde. Cariñosamente la atrajo hacia él y besó sus mejillas. -Mi precioso amor… no te he corrompido. No completamente, en todo caso. Todavía eres virgen. -No durante mucho rato -se contoneó contra su cuerpo, sintiendo crecer su erección contra el interior de sus muslos-. Hazme el amor -acarició su garganta con la nariz y depositó besos por la firme línea de su mandíbula-. Completamente esta vez.


La alzó de su pecho tan fácilmente como si fuera una gatita exploradora y mirándola fijamente con atormentado anhelo. -Todavía está el asunto de Julianne y la esposa del embajador. -Oh, eso -se encaramó sobre él, con su cabello derramándose por pecho y su espalda, y tocó los pequeños y oscuros pezones de él con los pulgares-. Yo trataré con mi prima Julianne -le informó-. Tendrás esas cartas de vuelta, Andrew. Será mi regalo de Navidad para ti. Su mirada era patentemente dudosa. -¿Cómo? -No quiero explicarlo justo ahora. Lo que quiero es… -Sé lo que quieres -dijo secamente, rodando para sujetarla bajo él-. Pero no vas a conseguirlo, Caroline. No tomaré tu virginidad hasta que sea libre para ofrecerte matrimonio. Ahora explícame por qué estás tan segura de poder recuperar las cartas. Ella recorrió con las manos sus musculosos antebrazos. -Bueno… nunca le he contado esto a nadie, ni siquiera a Cade, ni mucho menos a mi madre. Pero poco después de que el marido de Julianne muriera; ¿supongo que habrás oído que su muerte no se debió del todo a causas naturales? -No había pruebas que indicaran otra cosa. -No que nadie las conozca. Pero justo después de que Lord Brenton falleciera, su ayuda de cámara, el señor Stevens, hizo una visita a mi padre una noche. Mi padre era un hombre muy respetado y sumamente confiable, y el ayuda de cámara le había conocido con anterioridad. Stevens se comportaba de modo extraño esa noche; parecía terriblemente asustado, y rogó a mi padre que le ayudara. Sospechaba que Julianne había envenenado al anciano Lord Brenton; ella había estado recientemente en la botica y Stevens la había atrapado vertiendo algo en la botella de la medicina de Brenton el día antes de que muriera. Pero Stevens tenía miedo de enfrentarse a Julianne. Pensó que ella de alguna manera falsamente lo implicaría en el asesinato, o le castigará de alguna otra manera taimada. Para protegerse a sí mismo, reunió todas las evidencias de la culpabilidad de Julianne, incluyendo la botella contaminada. Rogó a mi padre que le ayudara a encontrar un nuevo empleo, y mi padre le recomendó a un amigo que estaba viviendo en el extranjero.


-¿Por qué te habló tu padre de esto? -Él y yo estábamos muy unidos; éramos confidentes y había pocos secretos entre nosotros -le lanzó una pequeña sonrisa triunfante-. Sé exactamente dónde está Stevens. Y también sé dónde está escondida la evidencia contra Julianne. Así que a menos que mi prima desee afrontar ser acusada y enjuiciada por el asesinato de su fallecido marido, me dará esas cartas. -Cielo… -presionó los labios cariñosamente sobre su frente-. No vas a confrontar a Julianne con esto. Es una mujer peligrosa. -No es contrincante para mí -replicó Caroline-. Porque no le voy a permitir ni a nadie más, interponerse con lo que quiero. -¿Y qué es eso? -preguntó él. -Tú -deslizó las manos por sus hombros y alzó las rodillas a ambos lados de sus muslos-. Todo tú… incluyendo cada momento de tu pasado, presente y futuro.


Capítulo Cinco

LA cosa más difícil que Andrew, lord Rochester, había hecho nunca fue esperar durante los tres días siguientes. Se paseó arriba y abajo ansioso y preocupado por toda la residencia familiar, alternando entre el aburrimiento y la ansiedad. Casi se volvió loco por el suspense. Pero Caroline le había pedido que esperara a tener noticias suyas, y aunque le matara, mantendría su promesa. Aunque lo intentaba, no podía reunir mucha esperanza de que ella recuperara las cartas. Julianne eran tan astuta y artera como Caroline honesta… y no era el truco más fácil del mundo chantajear a un chantajista. Más aún, el pensamiento de Caroline rebajándose de esa manera en un intento de limpiar el desagradable lío que él había ayudado a crear.. le hacía retorcerse. Ya debería estar acostumbrado al calor de la vergüenza, pero aún sufría poderosamente al pensarlo. Un hombre debería proteger a la mujer que amaba -debería mantenerla a salvo y feliz- y en cambio Caroline tenía que rescatarle a él. Gruñendo, pensó anhelantemente en beber; pero se condenaría a sí mismo si se ahogaba en el consolador olvido del alcohol otra vez. Desde ahora afrontaría la vida sin ningún conveniente apoyo. No se permitiría a sí mismo más excusas, ningún lugar para esconderse. Y entonces, justo unos pocos días antes de Navidad, un lacayo enviado desde la residencia Hargreaves vino a la finca Rochester trayendo un pequeño paquete envuelto. -Milord -dijo el lacayo, haciendo una reverencia respetuosamente-. La Señorita Hargreaves me ordenó depositar esto en sus manos, y en las de nadie más. Casi frenéticamente, Andrew abrió la nota sellada unida al paquete. Su mirada saltando por las líneas cuidadosamente escritas.


Mi Señor Por favor acepta este temprano regalo de Navidad. Haz con ello lo que quieras, y sabe que no conlleva ninguna obligación; salvo que canceles el compromiso con mi prima. Creo que pronto dirigirá sus atenciones románticas hacia algún otro desafortunado caballero. Tuya, Caroline. -Lord Rochester, ¿debo llevar su respuesta a la Señorita Hargreaves? preguntó el lacayo. Andrew sacudió la cabeza, mientras un extraño sentimiento de alivio se cernía sobre él. Era la primera vez en su vida que se sentía tan libre, tan lleno de anticipación. -No -dijo, su voz ligeramente grave-. Responderé a la Señorita Hargreaves en persona. Dígale que iré a verla el día de Navidad. -Sí, milord. Caroline estaba sentada ante el fuego, disfrutando del leño de Navidad mientras lanzaba un haz de luz dorada sobre el recibidor familiar. Las ventanas estaban adornadas con brillantes ramas de acebo y festoneadas con cintas y ramos de bayas. Las velas de cera verde ardían sobre la repisa de la chimenea. Tras una agradable mañana intercambiando obsequios con la familia y los sirvientes, todos habían salido para continuar con varias diversiones, ya que había abundantes fiestas y cenas donde escoger. Cade acompañaba obedientemente a Fanny a no menos de tres eventos, y probablemente no volverían hasta pasada la medianoche. Caroline había resistido sus ruegos de que les acompañara y se había negado a responder sus preguntas respectos a sus planes. -¿Es Lord Rochester? -había demandado Fanny con una mezcla de entusiasmo y preocupación-. ¿Esperas su invitación, querida? Si es así, debería advertirte del modo correcto de… -Madre -la interrumpió Cade, lanzando una arrepentida sonrisa en dirección a Caroline-, si no quieres llegar tarde a la fiesta de los Danbury, tenemos que irnos. -Sí, pero tengo que decirle a Caroline…


-Créeme -dijo Cade firmemente, colocando con un plaf el sombrero de su madre sobre su cabeza y tirando de ella hacia la entrada-, si Rochester decide aparecer, Caroline sabrá exactamente cómo tratar con él. Gracias, vocalizó Caroline en silencio, e intercambiaron una sonrisa antes de llevarse a su inquisitiva madre del lugar. Los sirvientes tenían todos el día libre, y la casa estaba silenciosa mientras Caroline esperaba. Los sonidos de la Navidad llegaban del exterior… el paso de trovadores, niños cantando villancicos, grupos de alegres juerguistas de casa en casa. Finalmente, cuando el reloj dio la una, sonó un golpe en la puerta. Caroline sintió su corazón saltar. Corrió apresuradamente hacia la puerta y se lanzó a abrir. Andrew permanecía allí, alto y atractivo, su expresión seria y un toque de incertidumbre. Se miraron el uno al otro, y aunque Caroline permaneció inmóvil, sintió todo su ser lanzándose hacia él, su alma expandiéndose por el anhelo. -Estás aquí -dijo, casi asustada de lo que pasaría después. Quería que él la agarrara entre sus brazos y que la besara, pero en cambio se quitó el sombrero y habló quedamente. -¿Puedo entrar? Le hizo pasar, le ayudó con el abrigo, y miró como colgaba el sombrero en el perchero. Se giró para encararla, sus vívidos ojos azules llenos de un calor que la hizo temblar. -Feliz Navidad -le dijo. Caroline se retorció las manos nerviosamente. -Feliz Navidad. ¿Entramos en el salón? Él asintió, su mirada todavía fija en ella. No parecía importarle dónde fueran mientras la seguía sin hablar al salón. -¿Estas sola? -preguntó, dándose cuenta del silencio de la casa. -Sí -demasiado agitada para sentarse, Caroline se quedó de pie ante el fuego y miró su rostro medio en sombras-. Andrew -dijo impulsivamente-, antes de que me digas nada, quiero dejar claro… mi regalo… las cartas… no estás obligado a darme nada a cambio. Quiero decir, no tienes que sentir que me debes…


Él la tocó entonces, sus grandes, cuidadosas manos enmarcando levemente su rostro, los pulgares rozando sus ruborizadas mejillas. El modo en que la miraba, tierno y sin embargo de algún modo devorados, hizo que todo su cuerpo hormigueara de deleite. -Pero estoy obligado -murmuró-, por mi corazón, mi alma, y demasiadas partes de mi cuerpo para nombrarlas -una sonrisa curvó sus labios-. Desgraciadamente lo único que puedo ofrecer es un obsequio bastante dudoso… algo manchado y dañado, y de muy dudoso valor. Yo mismo -se estiró para tomar sus pequeñas y esbeltas manos y llevarlas hasta su boca, presionando ardientes besos en sus dedos- ¿Me aceptarás, Caroline? La felicidad creció en su interior, constriñendo su garganta. -Lo haré. Eres exactamente lo que quiero. Él rió de pronto, y rompió el ferviente apretón de sus manos para buscar algo en su bolsillo. -Que Dios te ayude entonces -extrajo un objeto brillante y lo deslizó en su dedo anular. Quedaba un poco flojo. Caroline cerró la mano en un puño mientras miraba el anillo. Era una banda de oro recargadamente tallada, adornada con un inmenso diamante. La gema relucía con un brillo celestial a la luz del leño de Navidad, haciéndole contener la respiración-. Pertenecía a mi madre -dijo Andrew, observando su cara atentamente-. Me lo legó a mí, y esperaba que algún día se lo diera a mi esposa. -Es encantador -dijo Caroline, le picaban los ojos. Alzó su boca para besarle, y sintió el suave roce de sus labios contra los suyos. -Aquí -murmuró él, una sonrisa perceptible en su voz, y le quitó las gafas para limpiarlas-. Ni siquiera puedes ver la maldita cosa, de la forma en que están manchadas -devolviéndola las relucientes gafas, la tomó de la cintura y la empujó hacia él. Su tono sobrio cuando habló de nuevo-. ¿Fue difícil obtener las cartas de Julianne? -En absoluto -Caroline no pudo suprimir un toque de presunción cuando contestó-. Lo disfrute, de verdad. Julianne estaba furiosa; no tengo dudas de que quería arañarme los ojos. Y naturalmente negó tener algo que ver con la muerte de Lord Brenton. Pero de igual modo me dio las cartas. Puedo asegurarte que nunca volverá a darnos problemas. Andrew la abrazó estrechamente, sus manos deslizándose repetidamente por su espalda. Después habló quedamente contra su pelo, con un tono


significativo que hizo que se le erizaran los pelos de la nuca de entusiasmo. -Hay un asunto del que tengo que encargarme. Según recuerdo, te dejé virgen la última vez que nos encontramos. -Lo hiciste -replicó Caroline con una sonrisa insegura-. Para mi disgusto. Su boca cubrió la de ella, y la besó con una mezcla de adoración y ávida lujuria que causó que se le debilitaran las rodillas. Se inclinó fuertemente contra él, su lengua deslizándose y enredándose con la suya. La excitación latió con fuerza en su interior, y se arqueó contra él en un esfuerzo por hacer el abrazo más íntimo, su cuerpo anhelando el peso y la presión de él. -Entonces daré lo mejor de mí mismo para complacerte esta vez -dijo cuando sus labios se apartaron-. Llévame a tu dormitorio. -¿Ahora? ¿Aquí? -¿Por qué no? -le sintió sonreír contra su mejilla- ¿Estás preocupada por el decoro? ¿Tú, que me tuviste esposado a una cama… -Eso fue cosa de Cade, no mía -dijo, sonrojándose. -Bueno, no te importo aprovecharte de la situación, ¿no? -¡Estaba desesperada! -Sí, lo recuerdo -todavía sonriendo, besó el costado de su cuello y deslizó las manos hacia sus pechos, acariciando la delicada curva hasta que su pezón se contrajo en una dura punta-. ¿Preferirías esperar hasta que nos casemos? murmuró. Ella tomó su mano y tiró de él fuera del salón, llevándole escaleras arriba hacia su habitación. Las paredes estaban cubiertas con papel de rosas que conjuntaba con el cubrecama bordado de rosa y blanco. En un ambiente tan delicado, Andrew parecía más alto y masculino que nunca. Caroline le observó en fascinado deleite mientras él comenzaba a quitarse la ropa, desechando el abrigo, la corbata, el chaleco y camisa, doblando las finas prendas en el respaldo de una silla. Ella desabrochó su propio vestido y dio un paso para salir de él, dejando que cayera en un montón arrugado en el suelo. Mientras ella permanecía en sus prendas interiores y medias, Andrew se acercó a ella y la apretó contra su cuerpo desnudo. La dura, agresiva erección quemando a través de la frágil muselina de sus bragas, y ella dejó escapar un pequeño jadeo. -¿Tienes miedo? -susurró, alzándola contra él hasta que los dedos de sus pies casi abandonaron el suelo.


Ella giró la cara en su cuello, respirando el aroma de su cálida piel, sus manos acariciando la densa y fría seda de su cabello. -Oh, no -jadeó-. No te detengas, Andrew. Quiero ser tuya. Quiero sentirte dentro de mí. Él la sentó en la cama, y le quitó las ropas lentamente, besando cada milímetro de su piel mientras la destapaba, hasta que ella yació desnuda y abierta ante él. Murmurándole su amor, acarició sus pechos con la boca, lamiendo y provocando hasta que sus pezones formaron brotes rosados y tirantes. Caroline se arqueó en ardiente respuesta, urgiéndole a tomarla, hasta que él se apartó con una risa jadeante. -No tan deprisa -dijo, su mano descendiendo por su estomago, con circulares caricias tranquilizadoras-. No estás lista para mí todavía. -Lo estoy -insistió, su cuerpo dolorido y febril, su corazón latiendo violentamente. Él sonrió y la giró sobre el estomago, y ella gimió cuando sintió su boca descendiendo por su espina dorsal, besando y mordisqueando. Los dientes pellizcando sus nalgas antes de viajar a los frágiles pliegues de la parte de atrás de las rodillas. -Andrew -gimió, retorciéndose en el tormento-. Por favor, no me hagas esperar. Él la dio vuelta una vez más, y su malvada boca vagó por el interior de su muslo, más arriba y más arriba, y sus fuertes manos cuidadosamente incitándola a apartar los muslos. Caroline lloriqueó al sentirle lamer la suave y húmeda hendidura entre sus piernas. Otra caricia más profunda de su lengua, y otra, y después él encontró el terriblemente tierno brote y succionó, su lengua lamiendo, hasta que ella se estremeció y chilló, sus gritos de éxtasis amortiguados por los dobleces del cubrecama. Andrew besó sus labios y se asentó entre sus muslos. Gimió animándolo cuando sintió la cabeza de su sexo abriéndose paso contra el centro resbaladizo de su sexo. Él empujó con cuidado, llenándola… dudando cuando ella jadeó incomoda. -No -dijo ella, aferrándose con frenesí a sus caderas-, no te pares… te necesito… por favor, Andrew… Él gimió y empujó hacia delante, enterrándose completamente, mientras la carne de ella latía dulcemente a su alrededor.


-Cariño -susurró, respirando con dificultad, mientras las caderas seguían adelantándose con lentos embates. Su cara estaba mojada, bañada de sudor y calor, sus largas y oscuras pestañas cubiertas de humedad. Caroline se paralizó ante la visión de él; era un hombre tan hermoso… y era suyo. Él la invadió con un ritmo paciente y lento, sus músculos rígidos, sus antebrazos apoyados a ambos lados de su cabeza. Retorciéndose de placer, lazó los muslos para tomarle más profundamente. La boca de él atrapó la suya con ávidez, mientras la exploraba a conciencia con su lengua. -Te amo -susurró ella entre besos, sus húmedos labios moviéndose contra los de él-. Te amo, Andrew te amo… Las palabras parecieron romper su autocontrol, y sus embates se hicieron más fuertes, más profundos, hasta que se enterró en su interior y se estremeció violentamente, entregado a la pasión, su respiración deteniéndose en una bruma de agonizante placer. Largos, perezosos minutos después, mientras continuaban enredados juntos, los latidos de sus corazones volviendo a un ritmo normal, Caroline besó el hombro de Andrew. -Querido -dijo soñolientamente-quiero pedirte algo. -Lo que sea -sus dedos jugaron con el cabello de ella, examinando los sedosos mechones. -Cualquier cosa que suceda, lo afrontaremos juntos. Prométeme que confiarás en mi y no volverás a tener secretos conmigo de nuevo. -Lo haré -Andrew se alzó sobre un codo, mirándola con una sonrisa torcida-. Ahora quiero pedirte algo yo. ¿Podemos olvidar la gran boda, y en cambio tener una pequeña ceremonia el día de Año Nuevo? -Por supuesto -dijo Caroline inmediatamente-. No hubiera querido una gran boda en ningún caso. ¿Pero por qué tan pronto? Él bajó la boca hasta la suya, sus labios cálidos y acariciadores. -Porque quiero que mi nuevo comienzo coincida con el año nuevo. Y porque te necesito demasiado desesperadamente para esperar. Ella sonrió y sacudió la cabeza asombrada, sus ojos brillando mientras le miraba fijamente. -Bueno, yo te necesito incluso más. -Muéstramelo -susurró él, y ella así lo hizo.


FIN


NOTAS 1

Sobrenombre del “Bethlehem Royal Hospital”, el primer asilo para locos de Inglaterra (N. de la T.) 2 Cada uno de los muelles en que descansa la caja de los carruajes para apoyarse en los ejes de las ruedas. (N. de la T) 3 Construida en 1188 y reconstruida en 1770, la de Newgate era la principal prisión de Londres en la primera mitad del Siglo XIX, donde se enviaba a los presos antes de ejecutarlos. (N. de la T) 4 David Garrick (1717 - 1790), actor británico, gerente teatral y dramaturgo, considerado uno de los más grandes actores del teatro británico. (N. de la T)

Si quiero lisa kleypas  

Andrew, lord Drake, ha sido desheredado por su padre a causa de la vida disoluta que lleva. Para volver a ganarse su favor, Andrew decide fi...

Si quiero lisa kleypas  

Andrew, lord Drake, ha sido desheredado por su padre a causa de la vida disoluta que lleva. Para volver a ganarse su favor, Andrew decide fi...

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