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Reconciliados La pasión había llevado al atractivo industrial Demetrio Corelli y a la fotógrafa de prensa Reva Harden al altar. Pero el orgullo y la ambición los había separado haciendo que Reva se marchara con el corazón roto. Ahora Reva había vuelto a Milán… donde Demetrio había decidido que debía estar siempre. Desde el primer instante en que Reva puso el pie en la romántica Italia, se vio asaltada por los recuerdos de Demetrio. Su ardiente deseo por el se imponía sobre todo lo demás. Pero seguía siendo el mismo hombre dominante de antes. ¿Querría ella doblegar su independencia y rendirse totalmente a aquel hombre sensual y obstinado que seguía siendo su esposo? Capitulo Uno El reloj que había encima de la mesa de Demetrio Corelli indicaba que era la una de la madrugada. Él lo miró y luego hizo lo mismo con el silencioso teléfono; después se levantó impacientemente y se dirigió hacia la ventana. Estaba en el piso treinta y cinco y, desde ahí tenía una buena vista de su


ciudad. Pensaba en Milán como en su ciudad en parte porque poseía una gran parte de ella, mucha más de lo que pensaba la gente pero, sobre todo porque se la había ganado con su trabajo y su lucha. A los treinta y seis años era multimillonario y dueño de un imperio industrial que había creado de la nada. Su voluntad inflexible y sus métodos comerciales sin compromisos le habían hecho una leyenda viva y aterradora. Lo que quería lo tomaba, rápidamente, si podía; y con paciencia, si era necesario. Una vez pensó que habìa encontrado a la mujer perfecta, el amor perfecto. Se habìa movido ràpidamente para reclamarla. Pero sòlo para descubrir que el amor se habìa vuelto cenizas. Ella se marchò, pero la cosa no habìa terminado ahì. Nunca terminaba nada hasta que no fuera a su entera satisfacción. Sus enemigos solian decir que Demetrio no dormía nunca. Y, cuando lo decian, se estremecian. Ahora se habrìan estremecido si hubieran podido ver su mirada. Estaba a punto de aceptar la mayor apuesta de su vida y estaba decidido a ganarla. Nada se iba a interponer en su camino, ni siquiera los deseos de la mujer que amó una vez. Sonó el teléfono y él atravesó el gran despacho en dos pasos y contestó.


-¿Sí? Fue un hombre el que habló. -Ella ya ha tomado el avión. Estoy a punto de seguirla. -Tenga cuidado gruñó Demetrio-. No la pierda de vista pero no permita que lo vea. Cuando despegó el vuelo de Londres a Milán, Reva Horden se preguntó por centésima vez si había sido inteligente aceptar esa misión. Era la primera vez en los diez años que llevaba trabajando como reportera gráfica que se hacía esa pregunta a sí misma. Siempre había preferido que sus trabajos fueran algo drámatico; incluso peligroso. Para Reva un reto era como un trapo rojo para un toro y, cuanto más loco fuera el asunto, más le gustaba. Por ello había resultado herida, perseguida y amenazada. Por ello había perdido su amor. Apretó la mandíbula cuando recordó a Demetrio Corelli. No le había visto desde hacía un año pero sólo su nombre podía hacer que recordara inmediatamente todo el viejo antagonismo y hostilidad en su interior como si fuera ayer mismo. Ningún otro hombre la había hecho enfadar tanto. Y también ningún otro hombre había tenido nunca semejante poder para excitar su cuerpo son sólo una palabra o una mirada.


Cuando supo que una revista italiana la quería para un trabajo dificíl casi dio un salto por la oportunidad que se le presentaba para trabajar para una de las más prestigiosas publicaciones del mundo. Pero su siguiente pensamiento fue que eso significaba tener que ir a Milán, donde había conocido a Demetrio Corelli y donde inmediatamente lo deseó de una forma tan abrasadora e insana que había confundido con el amor; Milán, donde Demetrio le había propuesto matrimonio después de una semana que fue un torbellino, donde se habían casado y habían vivido en un cegador paraíso erótico, hasta que se interpuso la realidad y ella se dió cuenta de que su marido era un monstruo de egoísmo; Milán donde seguía viviendo... Demetrio, donde había tratado de aprisionarla, de encerrarla en su habitación como lo hubiera hecho un marido de siglos pasados. Pero él se había visto confundido por la esbelta figura de ella y se había olvidado de que tenía toda la fuerza de una atleta. Se escapó saltando desde la ventana de un árbol pero, sólo el recuerdo de eso la hacía enfurecerse. El comportamiento de Demetrio había sido tan infame que ella se juró no


volver a verlo o hablar con él. Se esperó que él le rogara que volviera pero no fue así. Su secretaría le mandó sus cosas a Londres y, por lo que concernía a Demetrio en sí, sólo recibió su silencio más absoluto. Se dijo a sí misma que se alegraba. Eso la ayudaría a no pensar en él. Se dio cuenta de que, ahora, estaba pensando en él y se estremeció. Se estaba poniendo absurda. Milán era una ciudad muy grande y él ni siquiera sabría que ella estaba allí. Cuando sonó la siguiente llamada, Demetrio estaba sentado impacientemente al lado del teléfono. -Estoy en el aeropuerto de Milán -dijo el mismo hombre de las llamadas anteriores-. Acabamos de aterrizar y ella está recogiendo ahora su equipaje. -Tengo un coche esperándola -dijo Demetrio-. Llámeme de nuevo cuando esté en él. Colgó y se acercó de nuevo a la ventana. Pero esta vez estaba mirando a lo lejos, donde estaban empezando a aparecer las primeras luces del alba. Reva bostezó cuando salió de la aduana. El vuelo la había dejado bastante cansada y se moría de ganas de una ducha y un café. El editor le había dicho que un


coche la iría a recoger y entonces vio aliviada a un hombre con un cartel con el nombre de la revista que la estaba esperando. -Buon giorno, Signora Corelli -dijo el hombre. -Signorina Horden -lo corrigió ella. -Estoy aquí para llevarla al Hotel Palazzo. Deje que le lleve las maletas. El hombre tomó entonces el carrito con sus maletas y su equipo y ella lo siguió hasta el coche. Metió las cosas en el maletero mientras Reva se sentaba en el asiento trasero y volvió a bostezar y se permitió el lujo de estirar sus largas piernas, cosa que no había podido hacer en el avión. Miró al conductor cuando fue a dejar el carrito e, inmediatamente, colisionó con un hombre de mediana edad. Reva lo reconoció porque había ido en su mismo avión. Semidormida, lo vio meterse en una cabina de teléfonos. Luego el coche empezó a moverse y el hombre desapareció de su vista. El amanecer ya estaba bastante avanzado ahora y todo estaba bañado por una luz gris y suave. Se dio cuenta de que iban por la Vía Boccaccio y la asaltaron los recuerdos de la primera vez que había visto esa calle. Estaba persiguiendo a un político inglés corrupto que había huido dejando a


mucha gente en la ruina. Se le daba por muerto pero Reva le había seguido la pista hasta Milán, decidida a hacerle una buena foto que dejara bien clara su identidad. Pensando sólo en su trabajo, había atravesado la Via Boccaccio sin mirar e, inmediatamente, chirriaron unos frenos y ella estaba en el suelo, mirando fijamente el radiador de un Rolls Royce. Un hombre salió del coche y se inclinó para ayudarla. -¿Está herida? -le preguntó en italiano. Reva casi no lo oyó. Miró a su alrededor frenéticamente y vio a su presa desaparecer entre la multitud. -Déjeme -dijo ella en inglés, mientras trataba de ponerse de pie. -No hasta que esté seguro de que está bien -le contestó el hombre en un inglés bastante fluido. -Estoy bien, estoy bien. Déjeme. -Un momento -dijo él con firmeza-. No quiero que luego vaya a descubrir heridas y me demande por ellas. -Lo demandaré, de acuerdo. Por impedir que haga mi trabajo. Oh, ¡por Dios! Ahora ha desaparecido. Es demasiado tarde. Tuvo que alzar la voz porque sólo se oían el claxón de los coches y los


gritos de sus conductores. Entonces apareció un policía. Estaba tratando de aliviar un poco el caos que ella había creado. Al principio pareció muy seco pero, en cuanto reconoció al hombre que estaba con ella cambió inmediatamente. -Signor Corelli. . Corelli le contestó suavemente. Reva no pudo comprender las palabras pero reconoció en él una autoridad natural que sería lo mismo en cualquier lengua. Luego la hizo entrar en el asiento trasero de su coche. -Mire -le dijo ella furiosa-. Yo no... -Cállese y entre. ¿Quiere que la detengan? Luego cerró la puerta y le dio una orden al conductor. El coche empezó a moverse. Incluso tan sorprendida como estaba, Reva se dio cuenta de cómo el policía les abría camino. Pero lo cierto era que estaba consumida por la indignación. -¿Se da cuenta de lo que ha hecho? -El accidente fue culpa suya. Si no hubiera cruzado sin mirar no la hubiéramos atropellado. No está herida y yo estoy preparado para pagarle una suma razonable a cambio de su firma en un documento en el que renuncie a reclamaciones


posteriores. Ella explotó entonces. -¡Es usted el hombre más insoportable que haya conocido en mi vida! -Digamos que ya me he encontrado con esta clase de situación antes y que estoy bien preparado. -¿Quiere decir que se dedica a ir por ahí atropellando a la gente? -le preguntó ella sarcásticamente. -Ya se me han tirado algunas mujeres delante del coche. Ellas sabían quien era yo y habían calculado lo que podían sacarme. -Entonces, ellas tienen ventaja sobre mí -le dijo Reva-¿Quién es usted? En vez de responder, Corelli soltó un bufido. Reva siguió su mirada y vio lo que él habia visto, el reflejo de la sonrisa de su conductor en el espejo retrovisor. Él se inclinó entonces y cerró de golpe el cristal que los aislaba. Entonces, por primera vez, se fijó en ese hombre. Tendría casi cuarenta años, cabello negro, un rostro clásico y bronceado y ojos oscuros. Su bien formada boca era firme, casi dura y su barbilla daba a entender su firmeza de carácter. La autoridad emanaba de todo su cuerpo, que estaba envuelto por un traje que Reva sospechó que debía costar una fortuna.


La mayoría de las mujeres lo encontrarían poderosamente atractivo, pero ella estaba demasiado alterada. -En cualquier caso, se puede guardar su dinero -le dijo-. No me compensaría el daño que me ha hecho. Los negros ojos de él brillaron con ironía. -Muy lista pero, creo que no se le ocurrirá ningún truco con el que yo ya no me haya encontrado. Y ¿cómo podría compensar ese supuesto daño que le he hecho? -Diciéndome dónde puedo encontrar a Michael Denton. Ella sintió la satisfacción de ver que lo había pillado desprevenido. -Y, ¿quién es ese Michael...? -Es un miembro del Parlamento inglés que desapareció de una playa el mes pasado, dejando atrás un montón de ropa y muchas preguntas sin respuesta. Pero resulta que no se ahogó. Está aquí, en Milán. Y yo lo tenía al alcance cuando usted me atropelló. Él entornó los párpados. -¿Qué es usted? ¿Una detective? -No, soy reportera gráfica y usted acaba de quitarme la foto de la década. -Sigue empeñada en hacerme responsable de todo -le dijo él, enfadado-.


Pero, si se hubiera fijado en el tráfico... -Si me hubiera fijado en el tráfico lo habría perdido. -Bueno, de todas formas lo ha hecho. ´ -Ya lo se -gritó ella angustiada. Él se encogió de hombros de una forma que la llenó de furía. -Entonces, ¿qué importa? Ya lo pillará otra vez. -Por supuesto que importa. Es mi trabajo y es importante para mí hacerlo bien. ¿Podría usted hacer su trabajo si se encogiera de hombros y dijera que no importa? -Eso es diferente. -No, no lo es. No sé en qué trabaja usted, aunque parece que le va bastante bien. Pero me apuesto lo que sea a que está orgulloso de hacerlo bien, ¿no? -Sí -dijo él lentamente-. Así es. -Pues a mí me pasa lo mismo. Y ahora tengo que empezar de nuevo, gracias a usted. De repente se dio cuenta de dónde estaban y bajó el cristal de separación. -Me bajo aquí -le dijo al conductor. Pero el coche ni siquiera aminoró la velocidad. -¿Por qué aquí? -le preguntó Corelli. -Porque acabamos de pasar el Hotel Garibaldi, que es donde me estoy


hospedando. -Alto -ordenó Corelli y el coche se detuvo inmediatamente-. Giorgio está muy bien entranado. Solamente acepta órdenes de mí. Reva salió del coche con la impresión de que ese hombre insufrible se estaba riendo de ella. Pero, antes de que pudiera decir nada, él ya había cerrado la puerta y el coche se marchó. Ese fue el primer encuentro. Mirando hacía atrás, le parecía ahora muy típico que hubiera sido una pelea. Cuando recordaba su corto matrimonio sobresalían dos cosas: las peleas y la tremenda pasión que, incluso fue mucho más fuerte que la hostilidad... durante un tiempo. Una vez en su habitación del hotel Garibaldi, descubrió que estaba más magullada y agitada de lo que había pensado. Pero la herida principal la tenía en el orgullo. Trató de planear su siguiente movimiento, pero su mente funcionaba con dificultad. Corelli se había instalado en ella y se negaba a marcharse. Había estado demasiado enfadada para darse cuenta del roce de sus manos cuando la levantó y la hizo entrar en el coche, pero su piel parecía haber absorbido esa impronta y ahora


podía sentir su contacto con una extraña intensidad. Se duchó y luego se tumbó en la cama, tratando de quitarse de encima la sensación de que algo importante había sucedido en su vida. Después de una hora llamaron a su puerta y le dieron una nota. En ella decia: Michael Denton va a cenar esta noche en una trattoria de las afueras. La recogeré a las ocho en punto y la llevaré allí. Demetrio Corelli. Reva contuvo la respiración. Hacia una hora que él no sabía nada de Michael Denton y ahora sabía dónde iba a cenar y cuándo. Ese era un hombre cuyos ojos lo veían todo. No se le escapó que no le decía el nombre de la trattoria para que ella no fuese por su cuenta. Pero estaba demasiado excitada como para que eso le importara mucho. A las ocho bajó a la recepción vestida correctamente pero de una manera


informal, con un jersey y pantalones. Miró a su alrededor para ver si veía a Corelli, pero sólo había un hombre con vaqueros y una camisa de manga corta que estaba apoyado en el mostrador de la recepción. Vio sus brazos, morenos y fuertes, cubiertos de vello oscuro, su musculosa espalda y fina cintura. Entonces, cuando empezó a buscar a su acompañante, el hombre se volvió y reconoció a Corelli. Esa forma de vestir lo había transformado y parecía más joven. Toda la fuerza de su atracción masculina la golpeó de lleno y hasta se mareó un poco. -He venido para hacer las paces -le dijo él sonriendo. Esa sonrisa casi la hizo marearse de nuevo. Él tenía un encanto que era tan poderoso como todo en él. Eso lo descubrió en la velada que siguió. Esa noche no iba el conductor, condujo él mismo. Michael Denton no estaba, pero él prometió que iría. Cuando ella le preguntó cómo podía estar seguro, él sonrió y le dijo: -Tengo muchos amigos. Pronto ella se olvidó por completo de Michael Denton y la magia de la velada empezó a hacer su efecto sobre ella. Demetrio la miraba de una forma que indicaba


muy claramente que la estaba desnudando con la imaginación. Ella sabía que no debía de dejarse dominar por su evidente machismo pero, ¿cómo podría hacerlo? Ella lo estaba desnudando a él mentalmente. Antes de que la velada llegara a su punto medio, supo que deseaba a ese hombre, lo deseaba desesperadamente. Era casi terrorífico desear tanto a un hombre. Pero el propio deseo evidente de él era como una especie de seguro para ella. De todas formas, no estaba tan absorta como para no darse cuenta cuando Michael Denton apareció y se sentó unas cuantas mesas más lejos. Demetrio se inclinó para susurrarle algo al oído y, cuando sus labios le rozaron la piel, ella se estremeció. -Está viviendo aquí con el nombre de Harold Acres -murmuró-. Tengo aquí un dossier completo sobre él. He querido dártelo antes pero... se me olvidó. Ella se obligó a superar su excitación física y leer el dossier. Después de sólo unas cuantas frases supo que aquello era oro puro y, desde entonces, todo su ser se concentró en él. Todo estaba allí, incluso el número de la cuenta secreta de un banco suizo en la cual Denton había metido el dinero que había robado. Se levantó luego lentamente y se apartó un poco, colocándose entre unos árboles. Luego


sacó del bolso una pequeña cámara de fotos y tomó bastantes. Luego volvió a su mesa. -Ahora, ¿podríamos volver a lo que estábamos hablando? -le preguntó Demetrio mientras la tomaba de las manos. -No, tengo que mandar esta película a Inglaterra. No hay tiempo que perder. Demetrio se levantó y suspiró resignado. Por el camino de vuelta llamó por el teléfono portátil y, cuando terminó le dijo a ella: -Un mensajero nos está esperando en mi oficina. Ellos se ocuparán de hacer llegar la película a Inglaterra esta noche. Por supuesto, en su oficina los estaba esperando un hombre. Ella le dio la película uy una dirección y el hombre le prometió llevarla directamente desde el aeropuerto. -Ahora. . -murmuró Demetrio cuando estuvieron a solas. -Ahora yo necesito un sitio donde trabajar. Él se detuvo en seco en el acto de abrir los brazos. -Pero, tú eres fotógrafo. ¿Es qué no puede hacer eso cualquier otro? -No completamente. Ahora tengo que sacar una historia con todos los detalles que me has dado.


-Pero, ya has hecho tu trabajo. -¿De verdad te crees que voy a permitir que otro periodista meta la nariz en esto? Yo puedo escribir un texto si me empeño y me estoy empeñando. -¡Cielo Santo! -exclamó él, pero se contuvo luego-. De acuerdo, puedes usar mi oficina. En su oficina, ella se dedicó a leer el dossier y a tomar notas como una posesa. Luego utilizó el ordenador de él para poner en limpio el reportaje. Ya al amanecer, llamó por teléfono. -Con el editor de noche, por favor. ¿Hola, Bill? He encontrado a Denton. Ya te va una película de camino y te mandaré un texto por fax enseguida. Es toda una bomba. Nombres, números de cuenta, de todo. Hasta la vista. -¿Se ha podido enterar de algo? -le preguntó Demetrio secamente. Lo cierto era que el hombre se había pasado todo el rato en silencio, observándola. -No creo. Pero, ¿y qué importa? Yo estoy haciendo el trabajo y él lo único que tenía que hacer era escuchar. ¿Cómo funciona tu fax? No, está bien. No me lo digas. Ya conozco este tipo de aparato. -Qué suerte.


Ella sólo se dio cuenta mucho más tarde del ácido tono de su voz. Estaba atrapada por la euforía profesional, olvidándose del hecho de que él no compartía su excitación. -Es mi primer éxito importante -le dijo exultante-. Y mucho de él te lo debo a tí. No te preocupes, trataré de que se te nombre de alguna manera pero, me temo que será poco... Él la interrumpió en seco. -Te prohibo terminantemente que menciones mi nombre o mi persona en nada que tenga que ver con esto. ¿Estás loca? ¿Te crees que quiero que se me nombre en tu periodicucho? La forma en que dijo lo de periodicucho le molestó. -Un periódico que vende más de un millón de ejemplares diarios no es precisamente un periodicucho -le dijo ella friamente. -Un periodicucho que saca a relucir pequeños escándalos sobre canallitas. Nada por lo que merezca la pena excitarse. -No se puede decir que Denton sea precisamente un canallita. -Para mí lo es. -Entonces, ¿por qué me has ayudado?


-Para agradarte. Tu momento de gloria parecía significar mucho para tí. -Eres un paternalista de... Reva se tragó sus palabras cuando recordó que aún tenía que utilizar su fax. Él sonrió de una forma que hizo que el corazón de ella diera un respingo. -Sí, no sería muy inteligente insultarme antes de mandar eso, ¿verdad? -le dijo él bromeando. -Lo voy a hacer ahora mismo -contestó ella con toda su dignidad. Cuando terminó se dio cuenta de que él la estaba mirando como intrigado. Estaba casi sonriendo y su mirada era incitadora. De repente ella pensó que qué hacía desperdiciando el tiempo con Denton cuando lo que quería en realidad era estar entre los brazos de ese hombre... ¡Esos mismos brazos que se abrían ahora para ella! Sorprendida, fue hacía ellos. El contacto de esos labios sobre los suyos fue toda una revelación. Todo su cuerpo pareció estallar en llamas. Ningún otro beso había evocado en ella semejante respuesta, instantánea y violenta y, por un momento, se quedó como atontada. Luego respondió a las sensaciones que la estaban invadiendo y le devolvió el beso, ansiosamente. Su mente estaba yendo tan deprisa como su pulso. Sólo besarse nunca


sería suficiente con ese hombre. Quería más, lo mismo que él. Los latidos de su corazón y los hábiles movimientos de las manos y los labios de él se lo indicaban con una intensidad estremecedora. El timbre del teléfono la sorprendió entonces. Demetrio maldijo en voz baja y levantó el auricular mientras Reva se colgaba de él, sintiéndose débil por la fuerza de su respuesta y por haber tenido que interrumpirse. Mientras Demetrio escuchaba su expresión, ya impaciente, se transformó en exasperada. -Es para ti -gruñó mientras le pasaba el aparato. Ella lo tomó con manos temblorosas. Era el editor de noche. -¿Cómo has sabido dónde llamarme? En realidad eso no le importaba nada pero la pregunta le dio tiempo para recomponerse. -En el fax venía el número de Corelli -le contestó Bill-. Todo lo que me has mandado es muy impresionante pero, ¿es real? -Lo he conseguido de una fuente inmejorable -le aseguró ella. -Bueno, tan pronto como el periódico esté en máquinas se lo diré a la policia.


Ellos hablarán con la policía italiana, así que asegúrate de estar allí cuando se produzca la detención. -De acuerdo -le contestó ella, ya completamente alerta-. Iré directamente a su casa. -Muy bien. Sigue en contacto. Y bien hecho. Después de esto, estás en la cima. Reva colgó y dijó escapar un grito de satisfacción. -Ya está. Ahora, lo único que necesito es hacer unas fotos de la detención. ¿Cómo puedo ir a su casa? -Es un largo camino. -Pero, tú me puedes llevar, ¿no? -Tengo un día muy ocupado. . -Entonces, préstame a tu conductor. Por favor, Demetrio... estoy tan cerca... -Reva, mírame. ¿Qué es lo que ves? -Te veo a tí. -Si pero, ¿qué es lo que soy? ¿Ves a un hombre con deseos y sentimientos o, sólo soy tu mensajero, una criatura sin rostro que hace aparecer coches e informaciones cuando se lo pides? Llevo preguntándome eso desde hace un par de


horas. -Lo siento -le contestó ella, sintiéndose contrita inmediatamente-. Ya sé que me he dejado llevar, pero esto es muy importante para mí. -Ya lo veo -le contestó él entre dientes-. Pero, cuando termine... entonces, ¿qué? -Entonces tendrás mi gratitud eterna. -Te pediré entonces que me concedas tu atención durante cinco minutos -gruñó él. Reva le sonrió entonces. -Tendrás toda mi atención. Te lo prometo. Él le proporcionó el coche y el conductor. Para mediodía, Denton ya estaba detenido y ella tenía una exclusiva mundial. A medianoche, estaba de nuevo en los brazos de Demetrio. Hicieron el amor en el pequeño apartamento que él tenía en su oficina. La cama era lo suficientemente grande para una pareja cariñosa. Demetrio era un amante hábil que combinaba el vigor con el cariño. Bajo sus caras ropas, su cuerpo tenía la fuerza y dureza del obrero que fue en su momento. Su amplio pecho y musculosas caderas era un legado de los días en que trabajaba en la construcción para


ahorrar el dinero suficiente que le permitiera meterse en negocios y, cuando la penetró, la hizo gritar de placer. Su compatibilidad sexual fue perfecta, y sólo más tarde ella la vio como una trampa. En esos tempranos días apenas tuvieron una conversación real porque les representaba un auténtico esfuerzo no estarse tocando todo el tiempo. Su forma de hacer el amor era gloriosa pero no les permitió llegar a conocerse como personas. Cuando ella empezó a despertar de ese sueño feliz ya llevaba casada seis meses con un hombre que estaba resultando ser un completo desconocido. Entonces fue cuando empezaron sus peleas. Reva se obligó a volver al presente. No quería recordar más. La tremenda alegría de los primeros meses contrastaba demasiado cruelmente con lo que siguió: la desilusión cuando Demetrio demostró ser un monstruo que podía utilizar cualquier truco para cortarle las alas. Al final, llegó incluso a aprisionarla para evitar que se marchara de la casa. Aún le dolía el alma a Reva por la rabia que la invadía cuando


Demetrio cerraba la puerta con llave, ignorando los frenéticos golpes que ella le daba a la puerta y sus gritos pidiendo que la dejara irse. ¿Cómo podía cualquier hombre en estos días pensar que tenía el derecho de controlar a su esposa encerrándola? Pero ese hombre lo había pensado. La habría tenido prisionera hasta que hubiera roto su espíritu de independencia si no hubiera logrado escaparse. Todo eso había pasado hacía un año y, desde entonces, Reva había decidido que la pasión había muerto para ella. La pasión era una enemiga, una traidora. Su deseo por el maravilloso cuerpo de Demetrio, con sus sutiles habilidades eróticas, la había conducido a una trampa terrible, pero había aprendido la lección. Había montones de hombres disponibles. Sus grandes ojos azules, su cálida piel y su abundante cabello color miel oscura siempre los habían atraído. Pero ahora había algo más. Su matrimonio la había dejado con la belleza sensual de una mujer que había experimentado una plenitud sensual completa. Los movimientos de sus curvados labios llevaban ecos de las noches pasadas entre los brazos de Demetrio. Los hombres revoloteaban a su alrededor como polillas alrededor de una llama. Pero ella


no quería tener nada que ver con ellos. Había tomado una decisión y tenía toda la intención de perseverar en ella. No más amor. No más deseo. Sólo trabajo y la satisfacción que le producía su cada vez más floreciente carrera. Entonces oyó decir al conductor: -Hotel Palazzo. Dejó de pensar en el pasado. Eso era otra vida y ella la había dejado atrás. Demetrio Corelli no era más que un recuerdo amargo. El hotel era un edificio verdaderamente impresionante. Ella hubiera preferido algo más sencillo, pero Domani, la revista que la había contratado lo había arreglado así. Siguió al botones que le llevaba las maletas hasta la suite que le habían reservado, le dio la consabida propina y luego se puso cómoda y se quitó los zapatos. Ya tendría tiempo de deshacer las maletas más tarde. De momento, lo único que quería era una ducha,así, cuando más tarde viera al director de la revista, estaría alerta. Se desnudó y arrojó la ropa de la lavandería que había en el cuarto de baño. Luego se metió en la ducha y, mientras el agua caliente le rociaba el cuerpo,


deseó poder lavarse tan fácilmente los malos recuerdos. Por fin, salió de la ducha sintiéndose mejor. Se envolvió en una toalla y pensó que iba a llamar al servicio de habitaciones para que le subieran algo de desayuno. Pero se quedó helada en la misma puerta del cuarto de baño, horrorizada. Demetrio Corelli estaba allí, de pie y con una mirada de triunfo en el rostro. Capitulo Dos -Tú -exclamó ella, horrorizada-. ¿Cómo has entrado aquí? Como respuesta, él le mostró una llave. -¿Tienes una llave de mi habitación? -le preguntó ella, sorprendida-. Pero, ¿cómo? ¡Oh, no me lo puedo creer! ¡Debe de ser una pesadilla! -¿De verdad? -le preguntó él friamente-. ¿Cuando supiste que vendrías a Milán no pensaste en que yo te estaría esperando? -Por supuesto que no. Si se me hubiera ocurrido que me iba a encontrar contigo en alguna parte no habría venido. Ya te dije en mi última carta que no quería volver a verte. Demetrio la miró cínicamente. -Ya veo. Entonces hice muy bien en mantenerme a la sombra hasta que


llegaste. Es un placer volverte a ver, esposa querida. -Bueno, pues para mí no lo es. Quiero que te marches ahora mismo. En vez de responder, él siguió mirándola con una expresión inescrutable en el rostro. -No has cambiado nada -dijo por fin-. Sigues siendo la misma cabeza caliente que nunca ve más allá de cinco minutos en el futuro. -Sí, la peor decisión de mi vida la tomé por eso, ¿no? Y tuve mucho tiempo para lamentarlo. Él se encogió de hombros. -Los dos lo lamentamos. Pero, para mí, el ser impulsivo es una aberración. Para ti es una forma de vida. Eso te hace deliciosamente impredecible. -Ahora puedo hacer una predicción de la que puedes estar seguro. Si no sales de esta habitación inmediatamente, llamaré al encargado y haré que te echen. Él se rió y eso afectó a Reva, pero no lo mostró. -Te crees que eres demasiado importante como para que te echen del hotel, ¿verdad? Bueno, pues te equivocas y lo vas a descubrir dentro de un momento. Ella fue a tomar el teléfono, pero él llegó primero. -Por tu bien, no intentes eso. -¿Por mi bien? ¿Es que tienes el valor de amenazarme?


-No lo estaba. . -Ese es tu estilo, ¿no? Abusar de la gente y amenazarla. ¡Lo recuerdo demasiado bien! Por primera vez él perdió la compostura. -¿Te atreves a decir que abusé de ti? ¿Has olvidado tan pronto que te traté como a una reina? -Hasta el día en que me encerraste como a una prisionera. No he olvidado eso y, no lo haré nunca en la vida. A ella le pareció que él se ponía un poco más pálido. No dijo nada y, entonces, Reva tuvo la oportunidad de verlo bien. Estaba más delgado y su rostro estaba más envejecido. Tenía más arrugas en los ojos y estos parecían un poco hundidos en sus órbitas. Su boca parecía tensa y tenía el aspecto de que sonreía con menos facilidad que antes. Tenía todo el aspecto de un hombre que trabajase a menudo toda la noche y que comiera muy poco. Pero él era aún el mismo hombre que recordaba. Bajo esa ropa cara su cuerpo, grande y fuerte seguía siendo el mismo que en el pasado. Y sus manos tenían la misma maravillosa combinación de poder y gracía.


Entonces le vino a la memoria el contacto de esas manos contra su piel y su cuerpo reaccionó inmediatamente. Hasta entonces había estado demasiado enfadada para pensar en su aspecto pero, de repente, se dio cuenta de lo vulnerablemente desnuda que estaba debajo de la toalla. Pensó desesperadamente en su ropa, aún metida en las maletas y con Demetrio bloqueándole el camino. -Muy bien. Si quieres hablar, lo haremos. Pero no se me ocurre qué nos podemos decir el uno al otro. -Dos personas que una vez se amaron deberían de ser capaces de encontrar algo que decirse. -Yo nunca te he amado. -Creo que estás mintiendo. -Cree lo que quieras pero apártate para que pueda encontrar algo de ropa. Demetrio se apartó y ella se dirigió a donde tenía su equipaje. Luego abrió una bolsa y sacó algo de ropa interior. -Date la vuelta -le ordenó-. No me voy a quitar esta toalla delante de tí. -No siempre has sido tan púdica conmigo -le dijo él con una expresión que parecía de dolor. Ella le dedicó una mirada de odio por recordarle esos días en que


desplegaba su desnudez delante de los ansiosos ojos de él. Entonces no había habido nada de pudor, pero ahora... -Date la vuelta. Él se encogió de hombros. -Bueno, no importa demasiado pero, para agradarte. . Entonces se volvió por fin. Reva fue a quitarse entonces la toalla, pero se dio cuenta de que estaba muy cerca de la puerta. Si echaba a correr y lograba llegar al pasillo, podría gritar pidiendo ayuda. Dio dos pasos lentamente hacia la puerta y luego echó a correr. Pero él llegó antes, moviéndose con una velocidad increíble. La agarró fuertemente de los brazos. -He tenido suerte de estar mirando por el espejo -le dijo cuando ella trató de soltarse-. Me dio la impresión de que no debía de confiar en ti. -No tengo que merecerme la confianza de un hombre que se comporta como tú. Y no te debo ninguna lealtad. Para su horror, la sensación de estar apretada contra él le estaba produciendo un evidente placer. -Por Dios, quédate quieta y escúchame -le dijo él-. No te habría hecho


ningún bien salir por esa puerta. No me pueden echar de este hotel, ya que resulta que soy el dueño. Ella soltó un poco de aire. -Debería de haberlo supuesto. -Sí, deberías. Pero, como te he dicho, tu falta total de cálculo en todo representa una desventaja para ti. -Es mejor ser así que pasarse la vida calculando cada detalle. Demetrio pareció afectado entonces y la soltó un poco. -Tú siempre llevaste la mejor parte en nuestras discusiones -dijo con una cierta amargura. -No es eso lo que yo recuerdo. -Tienes el don de decir lo que más daño hace. Como un tonto, fui lo suficientemente caballeroso como para pelearme contigo en tu lengua, donde tú tenías ventaja. Ella se las arregló para soltarse en parte, pero él siguió agarrándola de la muñeca. -Sólo quería sacar mi ropa usada del cuarto de baño. -Y encerrarte en él. No, gracias. No me voy a poner a gritar a través de una puerta cerrada.


-De acuerdo, te prometo que no lo haré. -Pero tú no me debes ninguna lealtad -le recordó él-. Gracias por la advertencia, te mantendré aquí hasta que haya dicho lo que tengo que decir. Entonces la soltó y ella se fue a sentar en la cama. Demetrio la miró por un momento, se metió en el cuarto de baño y salió con otra toalla y se la dio. -Supongo que ya sabes que me ha contratado Domani, ¿no? -Para ser una mujer que me acusa de calcularlo todo, estás bastante lenta de reflejos hoy. Entonces ella se quedó un momento sin decir nada, cuando se dio cuenta de lo que él le estaba queriendo decir. -¿Arreglaste tú el que me contrataran? -Por supuesto que sí. No había otra forma de hacer que vinieras. -¿Quieres decir...? Cuando toda la monstruosa verdad se le apareció, Reva explotó. -Lo arreglaste todo, ¿verdad? -Hasta el último detalle. El editor de Domani me debía un favor y, además le pareció muy bien mi sugerencia de que te ofreciera un trabajo. Arreglé lo del vuelo, el coche y, por supuesto, el hotel. Te han estado observando en todo momento. Uno de mis hombres viajó contigo en el avión y me llamó tan pronto como te metiste


en el coche. Yo estaba esperándote al otro lado de la calle cuando llegaste aquí. -No me puedo creer lo que estoy oyendo. ¿Cómo puede ser alguien tan maquiavélico? ¿Así que pensaste que podías hacerme tu prisionera de nuevo? Pues te has equivocado, Demetrio. Nada en el mundo me hará volver a ti. -¿Te lo he pedido? -le preguntó él, friamente. -No, por supuesto que no. Pedir no es tu estilo, ¿verdad? Tú ordenas, preparas tus trampas y, cuando ya tienes a tu presa, cierras la jaula. -¿Vas a seguir siempre contando ese incidente? Vale, te cerré la puerta, pero si no lo hubiera hecho, tal vez estarías muerta ahora. Recuerda que querías meterte de lleno en una guerra donde ya había muerto otro fotógrafo. ¡Y resulta que yo tenía una objección irracional a que mataran a mi esposa! -¡Bonitos sentimientos! La verdad es que te sentiste frustrado por que no te obedeciera. Otros maridos no hacen prisioneras a sus esposas. -Otros maridos no tienen que aguantar a esposas que se meten en cualquier peligro sin pensarlo dos veces. -Ya te previne acerca de mi trabajo. Tú dijiste que lo sabías. Yo no me dí cuenta entonces de que lo hiciste para luego lograr salirte con la tuya.


-Yo nunca te engañé. Respeté tu deseo de seguir trabajando después del matrimonio, pero pensé que te referías a un trabajo razonable. -Razonable, tal como tú lo defines. Retratos, puestas de sol bonitas, fotografía publicitaria... todo demasiado seguro, algo opresivo. Nada de vida, de excitación. Yo soy una fotógrafa de acción. Hago fotos de la vida. -Sí, tú siempre has tenido tus mayores éxitos haciendo fotos que molestan a alguien -le dijo él secamente-. Si no hay alguien tratando de romperte la cámara te aburres. -La fotografía de prensa es la que alguien, en alguna parte, quiere evitar que yo la haga -le dijo ella, parafraseando a su editor favorito-. Y así es el negocio en que estoy metida. -Y yo fui lo suficientemente tonto como para pensar que habías tenido en cuenta mis sentimientos cuando nos casamos. Bueno, cuando preferiste irte a una guerra en vez de seguir a mi lado, ¿qué iba a hacer yo. Decirte: Ve, querida. Y, si sobrevives, mándame una postal con un agujero de bala? -¿Era el peligro que pudiera correr lo que te preocupaba? ¿O esa cena de negocios a la que no iba a poder ir? Nada se pone delante de los negocios. Ese es tu


lema. Pero no te gustó nada cuando yo lo apliqué a mi negocio. Demetrio suspiró. -Dejemos el pasado enterrado, Reva. Es inutil abrir de nuevo viejas heridas. -Estoy de acuerdo. Pero entonces ¿por qué estoy yo aquí? -Porque hay algo que quiero que hagas... No para mí, para Nicoletta. Ante la mención de la hermana pequeña de Demetrio las facciones de Reva se suavizaron. Nicoletta tenía dieciocho años la última vez que la vió, una belleza de ojos negros, con un ansia de vivir y una vehemencia que casi alcanzaba la de Reva. -¿Cómo está? ¿Me ha perdonado? -Por supuesto. No te culpó poe abandonarme. Está convencida de que todo fue por mi culpa. Las dos deberíais de llevaros tan bien como siempre. No deberías de negarte a verla. Eso le dolería mucho. Se está muriendo de ganas de hablarte del joven del que se ha enamorado. -¿Le has dicho a Nicoletta que yo iba a venir? ¿Le has contado también la forma en que me has manipulado para que lo haga? -No... exactamente -admitió él, incómodo. -No, porque ella es la chica más sincera y recta que he conocido en mi vida y, tus métodos la molestarían. ¿Qué es lo que quieres que haga por ella?


-Que la ayudes a casarse. Reva lo miró y frunció el ceño. -Pero, a mí esas cosas se me dan fatal. Nosotros... -Nosotros nos casamos lo más rápidamente posible -dijo Demetrio, continuando la frase por ella-. Y con eso ofendimos a varios cientos de personas que esperaban haber sido invitados. -Era una boda, no una convención de negocios. -De cualquier manera, no es eso lo que he querido decir. Si Nicoletta se casa yo me ocuparé de los gastos. Luego tendrán que hacerse los arreglos con la familia del novio. El heredero del Conde Torvini se tendrá que casar donde siempre lo han hecho los Torvini, en la catedral de Milán, con el Cardenal oficiando. -¿El conde Torvini? Reva recordaba a los Torvini, una familia antigua y distinguida cuyos varones terminaban bien como ministros del gobierno o como altos cargos de la jerarquía eclesiástica... Las mujeres se casaban con aristócratas o políticos y todos eran tremendamente orgullosos. -Vi una vez al conde en la recepción que dimos -dijo ella.


-Eso es. -No me gustó mucho. Era demasiado condescendiente, demasiado consciente de estar haciéndome un gran favor por dignarse estar en nuestra casa. Demetrio se encogió de hombros. -Yo me encuentro todo el rato con esa clase de actitudes. No es ningún secreto que yo me he abierto camino desde abajo y, hay muchas familias a las que les gustaría darme la espalda. Pero no se atreven. Tengo demasiado poder para ellos. Así que me reciben tanto en los negocios como en sus casas. Hacen como que me tratan como a uno de ellos mientras que, a mis espaldas, se dicen los unos a los otros lo bárbaro que soy. -Y ¿eso no te preocupa? -le preguntó Reva, mirándolo con curiosidad. Él se encogió de hombros. -Ladran, luego cabalgamos. Dejémosles pensar lo que quieran, siempre que paguen mi precio. Reva asintió, reconociendo al Demetrio que ella conocía. -¿Así que el conde Torvini va a pagarte tu precio hasta el punto de permitir que su heredero se case con Nicoletta?


-Eso depende de ti -dijo Demetrio lentamente. -¿Qué quieres decir? -No le gusta mucho la idea de que su hijo se case con mi hermana, pero no quiere ofenderme mencionando la clase social de la que procedo. Así que lo ha hecho más sutilmente y no para de hablar acerca de la santidad de la vida familiar. Para ser justo con él, he de reconocer que cree en lo que predica. Se le conoce como un marido modelo y, para él, el hecho de que yo esté viviendo lejos de mi esposa es algo que deja bien claros los orígenes oscuros de mi familia. -¡Pero eso es medieval! Demetrio se volvió a encoger de hombros. -Los Torvini son medievales. -Entonces, ¿por qué te preocupas por ellos? Te he oido decir muchas veces que los títulos no significan nada, qque lo que importa es lo que cada uno puede conseguir por sí mismo. -Y sigo creyendo en eso. Pero la felicidad de Nicoletta está en juego. Por ella yo haré todo lo que esté en mi mano para facilitar este matrimonio. Entonces Demetrio se interrumpió como si esperara que ella sugiriera algo.


Cuando Reva permaneció en silencio, suspiró y continuó hablando. -Quiero que vuelvas conmigo por un corto tiempo... sólo el suficiente como para acallar los rumores. Después de la boda podrás hacer lo que quieras. Reva lo miró fijamente. -¿Has inventado algo tan complicado sólo para pedirme esto? ¿Por qué no se te ha ocurrido simplemente tomar el teléfono y hacerlo? -Me habrías colgado. Tenía que hacerte venir aquí por cualquier medio. -Por supuesto, ahora recuerdo que tú siempre has preferido pelear en tu propio terreno. Siempre decías que la victoría es más segura de esa manera. -Me gusta ganar. -No, no es que te guste ganar. Tienes que hacerlo. Es lo único que importa y, al infierno con lo demás. -No soy un hombre sentimental ni lo pretendo ser. No me lo puedo permitir. -Siempre has dicho eso cuando deseas justificar algún hecho no muy escrupuloso, pero lo que tú llamas sentimentalismo yo lo llamo sentimientos humanos y pienso en los demás y en sus derechos. Demetrio se rió amargamente. -Yo he salido de una escuela muy dura y eso me ha enseñado a tener cuidado con cómo pienso de la demás gente. Seguramente, si me parara a pensar tanto, ellos


tendrían tiempo para apuñalarme por la espalda. -Así que eres tú el que apuñala antes. -Sobrevivo. Interpreta eso como quieras. Ódiame tanto como quieras. No me importa. Pero haz esto por Nicoletta. -¿Cuánto tiempo durará esto? -Un par de meses. Quizá tres. -Oh, no. Voy a tener un montón de trabajo que hacer en los próximos tres meses. -No es eso lo que le dijiste al editor de Domani cuando te pidió que mantuvieras vacia tu agenda de trabajo durante los próximos tres meses. Le dijiste que rechazarías cualquier otro trabajo. Reva lo miró fijamente, furiosa por la trampa que él le había preparado y por lo que fácilmente que se había metido en ella. -No me cabe duda de que fuiste tú el que le dijiste que me dijera eso. -Por supuesto. Tenía que asegurarme de que el terreno estaba bien preparado. -Pero se te olvidó algo. Si no hay trabajo para mí en Domani, yo tendré que aceptar otro trabajo para ganarme la vida. No puedo estar tres meses sin trabajar. -Entonces, te pagaré yo. Será un trato de negocios.


-No lo puedo hacer. Puede que tu hayas olvidado que nuestro matrimonio terminó, pero yo nunca lo haré. -¿Olvidar? ¿Te crees que podré olvidar alguna vez cómo me hiciste quedar como un tonto delante de todo Milán? -Si es eso lo único que te preocupa... -Tengo que preocuparme de ello. Pudo afectar mucho a mis negocios. -Negocios -repitió ella amargamente-. Siempre negocios. -Fueron esos negocios los que te vistieron con la mejor ropa que el dinero puede comprar. -Pero, el caso es que yo nunca quise la mejor ropa que el dinero puede comprar, Demetrio. Lo único que quería era vestir como yo misma. Fuiste tú el que insistía en tratar de volverme otra persona, sólo porque era así como se supone que debía ir vestida la esposa de un gran industrial. -Bueno, tú eras la esposa de un gran industrial. -También era yo misma, Reva. Y me asusté porque me di cuenta de que podía ver cómo mi ser real era fagocitado. -¿Tienes que hacer una tragedia sólo porque quería que vistieras bien? -La tragedia es que tú no comprendes qué era lo que me preocupaba. No lo


comprendiste entonces y no lo harás nunca. Nuestras mentes no se encontraron nunca. Es por eso por lo que siempre estuvimos peleando. -¿Qué importa si nos peleábamos? Siempre resolvimos satisfactoriamente nuestras diferencias en la cama. -No satisfactoriamente -dijo ella inmediatamente-. Las diferencias estuvieron siempre ahí. La pasión no resuelve nada. Ahora, que mi pasión por ti está muerta, lo veo con claridad. -No te creo. Nuestra pasión no morirá nunca. Puede que nos odiemos, pero no podemos dejar de desearnos. Eso será cierto mientras vivamos. Había un tono intenso en la voz de él que podría ser sinceridad, pero Reva pensó que sólo era el viejo deseo de controlarla y se resistió con toda su fuerza. Ya no era la esclava de Demetrio Corelli. -Puede que sea cierto para ti -le dijo friamente-, pero no para mí. Él se puso pálido. -Estás mintiendo. -Si eso es lo que quieres creer... Él se había acercado y Reva tuvo que levantar la cara para mirarlo a los ojos. Deseó escapar, salir del círculo de su peligroso encanto, pero eso sería una


admisión. En el momento en que se moviera él sabría que temía estar cerca de él. Así que se obligó a quedarse donde estaba, con la cabeza alta y mirándolo a los ojos, esperando que no revelaran la fuerza con la que le estaba latiendo el corazón. Podía sentir el calor de su cuerpo, con su leve aroma a tierra y excitación. Lo recordaba muy bien. -Mírame, Reva. Y vuelve a decirme que nuestra pasión está muerta. Algo le estaba poniendo dificil hablar a ella. -Deja esto, Demetrio. -¿Por qué? Si realmente no sientes nada por mí no hay ninguna razón para que te preocupes por lo que estoy haciendo. Dime que toda ha terminado, que tu cuerpo no responde a mí. Es fácil decir eso, ¿no? ¿No? Ella lo miró a los ojos y vio un calor interno que hizo encenderse en su interior otro viejo fuego. Las murallas que había construido a su alrededor empezaron a derrumbarse. Trató de retroceder, pero él la tomó por los hombros y la hizo acercarse más aún. -Dilo, Reva. Di que tu corazón sigue frío cuando estás cerca de mí. Di que no recuerdas lo que era estar en mis brazos... tenerme dentro de tí... amándote.


Los labios de ella intentaron pronunciar las palabras pero ningún sonido salió al exterior. Trató de apartarlo pero no se pudo mover cuando él la atrajo todavía más hasta que estuvo apretada contra él. No tuvo más remedio que levantar la mirada cuando la boca de él descendió decididamente. En el momento en que sus labios se encontraron el año anterior se desvaneció. Toda la segura indiferencia que se había creado se reveló como una tonteria. Ese era el hombre que, una vez, había vuelto a la vida su cuerpo dormido y, ese recuerdo no moriría nunca. Podría ser que él pudiera encender eso de nuevo con la simple caricia de su boca, pero ella nunca le daría la satisfacción de que lo supiera. Se quedó muy quieta mientras él dejaba su boca y empezaba a darle besos por el cuello. -Dilo, Reva. Di que esto no significa nada para ti. -Nada -dijo ella-. Déjame, Demetrio. Admite la derrota. -Eso es algo que no admito nunca. Luego él le abarcó el rostro entre las manos y volvió al asalto de su boca, miviendo los labios de una forma que era mitad una promesa, mitad una amenaza. Ella luchó desesperadamente y en silencio, sin querer abrir los labios como él le


estaba obligando. Sabía que, si lo hacía, estaría perdida. Pero no podía negarse a sentir lo que ese beso le estaba provocando. Una sensación conocida y agridulce se había despertado en ella y estaba tomando posesión insidiosamente de su cuerpo, desafiando sus frenéticos esfuerzos para ignorarla. Demetrio siempre había podido excitarla rápidamente, pero ahora lo estaba logrando a la velocidad de un rayo, ayudado por montones de recuerdos. Estaba metiéndole la lengua por entre los labios y ella ya no tuvo la fortaleza o, tal vez, la voluntad, como para evitarlo. Se estremeció cuando él le acarició la parte interna de la boca con una habilidad que la asustaba. Parecía como si se le estuvieran fundiendo los huesos. Ni siquiera pudo protestar cuando él le quitó la toalla. Sabía que aquello era una locura, pero ya estaba de nuevo en el viejo sueño, cuando nada importaba, salvo estar entre los brazos de ese hombre. El corazón le latia salvajemente cuando Demetrio la tomó en brazos y la dejó sobre la cama. Cuando la tumbó allí, ella le abrió los brazos, indefensa. Entonces él bajó la cabeza para tomar uno de sus pezones ya endurecidos entre los


dientes y a ella se le escapó un leve gemido. Estaba haciendo todo lo que había jurado no hacer nunca más, gimiendo como una chica sin experiencia, pero no lo podía evitar. Su mente podía rechazar a ese hombre, pero su cuerpo lo deseaba con toda la intensidad de una larga abstinencia. Sintió un leve roce en los muslos y los abrió para él. Sus dedos estaban rozando la delicada piel interior de los mismos y la estaban volviendo loca, como siempre. Le clavó las uñas en la espalda y entonces los dedos de él se movieron un poco más hacia arriba, lentamente. Cuando le tocó suavemente el corazón de su sensualidad ella se estremeció y, al momento siguiente, estaba desabrochándole como una posesa los botones de la camisa. Estaba dominada por el deseo, el mundo no le importaba nada mientras tuviera el amor de Demetrio. ¡Amor! Esa pequeña palabra tuvo el poder de hacer sonar unas campanillas de alarma en su cerebro. Sonaron lo suficientemente fuerte como para desvanecer la niebla que él estaba levantando en su mente con su habilidad. La habilidad de un


hombre que podía ser perfecto en cualquier cosa sólo para conseguir sus propósitos. El amor no tenía nada que ver con lo que le estaba haciendo en ese momento. Lo sabía y, estúpidamente, se había permitido olvidarlo. Entonces empezó a luchar. -Déjame -dijo sin respiración. -No -murmuró él con la boca aún pegada a su cuerpo-. Realmente no quieres que me aparte. Esa seguridad por su parte fue otra cosa que hizo que la alarma despejara aún más el deseo. Estaba tan seguro de que podía hacerla desear lo que le conviniera a él. -Déjame -gritó. -Cállate -susurró él mientras le besaba la sensible piel de detrás de la oreja-. No luches conmigo, Reva... Aterrorizada, hizo un esfuerzo final desesperado. -No -dijo violentamente-. Apártate de mí, Demetrio. Lo digo en serio. Apártate y no me vuelvas a tocar. Por un momento ella pensó que él se iba a negar a hacerlo, pero algo que debió de ver en su mirada hizo que él se apartara de golpe. Se levantó de la cama y


casi se cayó al suelo cuando se puso en pie. Reva tomó una toalla y se la puso encima del cuerpo desnudo. En ese momento odió a ese hombre. -Has tenido que hacerlo, ¿no? -le dijo amargamente-. Has tenido que conquistar a la mujercita para demostrar lo poderoso que eres. -¿Soy poderoso? -le preguntó él tranquilamente-. A mí no me lo parece. -Quiero que te marches ahora mismo. Nuestro matrimonio terminó. Lo siento por Nicoletta pero, incluso por ella, no me voy a arriesgar a volver, aunque sea brevemente, con un hombre que no tiene el menor escrúpulo. Para su sorpresa, Demetrio no intentó discutir. Salió de la habitación sin mirarla. En el momento en que se cerró la puerta, ella se levantó de un salto y echó el cerrojo. No volvería a entrar. Se metió en el cuarto de baño y volvió a la ducha. Necesitaba refrescarse con urgencia,quitarse la sensación de las manos de él sobre su cuerpo. Luego abrió las maletas y sacó algo de ropa. Una vez vestida, cerró la maleta, revisó su pasaporte y el dinero y se preparó para marcharse de allí. Pero, cuando estaba a punto de tomar las maletas, sonaron unos golpes en la puerta. Dudó. Podía ser Demetrio, pero no lo creía. Los golpes habían sido demasiado leves y amables.


-¿Quién es? -preguntó. -Soy Nicoletta. Reva gruñó en voz baja. Por supuesto, Demetrio tenía otro as en la manga. Había mandado a su hermana para ablandarla. Ese podía ser el momento más dificil pero tenía que mantener su decisión, Nicoletta la perdonaría. Abrió la puerta. Inmediatamente se vio rodeada por un torbellino, Nicoletta la abrazaba y le decía cosas incomprensibles. -Grazie, grazie. Mia sorella... Mi hermana. Siempre deseé que fueras mi hermana y ahora siento que lo eres por lo que estás haciendo por mí. La primera llamada de alarma empezó a sonar en el cerebro de Reva. -Nicoletta, por favor... La chica se apartó un poco del abrazo de oso con que había envuelto a Reva. Su hermoso rostro joven estaba brillante. -No lo digas -dijo ella poniéndole un dedo en la boca de Reva-. No me digas que no te lo agradezca. Mi corazón está lleno de gratitud hacia ti. -¿Qué... qué te ha dicho Demetrio? -Me lo ha contado todo... lo amable que eres, lo generosamente que has accedido a ayudarme. Oh, Reva, tengo tanto que contarte. Me sentía tan mal al no poder casarme con Guido que me quería morir. Pero, entonces, mi hermano


dijo que venias al rescate y me sentí llena de felicidad. No cabía ninguna duda de esa felicidad. Demetrio se la había hecho buena. Ahora sería ella la mala si arruinaba la evidente felicidad de la chica. Pensó que, ni siquiera Demetrio sería capaz de hacer algo tan mostruoso. Pero ahí estaba él, apoyado en el quicio de la puerta y observando la escena con una mirada sardónica. Reva lo miró por encima de los hombros de Nicoletta y formó con los labios las palabras: -Nunca te perdonaré esto. Nicoletta le dijo entonces: -Ahora tienes que venir a casa con nosotros. Todo está preparado para tí. -Entonces, ¿sabías que venía? -Por supuesto que lo sabía. Demetrio dijo que no te negarías porque eres muy buena y amable. Dijo que no había una persona más generosa que tú en todo el mundo. Y yo sé que tiene razón. Ya la estaba llevando hacia la puerta cuando Reva le dijo: -¿Por qué no te adelantas un momento? Yo quisiera hablar antes con Demetrio un momento.


Nicoletta le dio un beso en la mejilla y se marchó cantando. Luego Demetrio y ella se miraron en silencio. -No voy a perder el tiempo dándote mi opinión acerca de tu moral y tus métodos -dijo ella por fin-. Sería inutil. Solamente te voy a decir esto: Quiero que me prometas que no me vas a volver a tocar y que no vas a entrar en mi dormitorio. Si lo intentas, entonces terminará el trato. -Tienes mi palabra -le dijo Demetrio enseguida-. No te preocupes, Reva. La felicidad de mi hermana significa demasiado para mí como para que pueda destruirla. Ahora, ¿qué tal si bajamos y le hacemos ver al mundo la feliz pareja que somos? Capitulo Tres Cuando llegó a la calle, Reva vio cómo Nicoletta se marchaba en su descapotable rojo y no le dejaba más opción que ir con Demetrio. Ese día conducía él y se encontró a solas con él. La detuvo cuando trató de entrar en el asiento trasero del Rolls. -Siéntate a mi lado -le dijo-. Aún hay algunas cosas de las que tenemos que hablar. Estuvieron en silencio hasta que salieron de la ciudad. Entonces, Reva le


dijo: -He vuelto y voy a poner buena cara por Nicoletta pero, quiero otro dormitorio, no en el que me encerraste. -Por supuesto -le contestó Demetrio encogiéndose de hombros-. Ya no vivo en esa casa. Hace meses que la vendí. -Pero te encantaba. Solías llamarla la casa que habías construido de la nada. Él volvió a encogerse de hombros. -Me recordaba demasiado a ti y preferí librarme de ti por completo. Después de un breve silencio, Reva le dijo: -Ya veo. -La nueva casa está a unos cuantos kilómetros de la ciudad. -¿Cómo es? -Espera y lo verás. Pronto llegaron a una gran puerta de hierro y varios cientos de metros más allá apareció una casa que hizo tragar saliva a Reva. -Es un poco impresionante, ¿verdad? -le preguntó Demetrio. -Es enorme. Un palacio. -El Palazzo Corsevo. -Me resulta familiar. Espera... te he oído mencionarlo. -Mi madre trabajaba aquí. Cuando yo era niño solía hacerle recados al


padrone, el Baron Alessi. -Y ahora es tuyo -dijo ella secamente-. Por supuesto. -¿Puedo preguntarte a qué viene ese por supuesto? -Solo era una cuestión de tiempo que te transformaras en el padrone donde tus familiares habían trabajado como criados. Me sorprende que hayas tardado tanto. Él no contestó y, después de un momento, ella lo miró. Su perfil era tan impasible como si fuera de marmol. Cuando llegaron a la casa Reva vio que parecía estar en no muy buen estado. -Necesita mucho trabajo -le dijo Demetrio-. Iba camino de ser una ruina antes de que yo la comprara. Ahora conocerás a Francesca. Es mi nueva ama de llaves. Ginetta, a la que conocías, se retiró ya. -¿Qué sabe Francesca? -Oficialmente, nada. Tu retorno será una maravillosa sorpresa para todos nosotros. Extraoficialmente, por supuesto, todos los sirvientes comprenden la razón por la que ha sido preparada tu habitación. -¿Saben que sólo voy a estar aquí por poco tiempo? -Claro que no. Si mucha gente sabe un secreto, al final lo deja de ser y, no nos podemos permitir muchos cotilleos. Se supone que hemos enterrado nuestras


diferencias y estamos en medio de una gran reconciliación. El seco e irónico tono de voz de él la empujó a decirle: -Qué encantador para los dos. Al principio a ella no le gustó el gran edificio neoclásico pero, por dentro era bastante más acogedor y había flores por todas partes, dándole un aspecto agradable. Francesca quien, evidentemente, había sido puesta al dia por Nicoletta, se adelantó para decirle: -Bienvenida a su nueva casa, Signora Corelli. Espero que sea muy feliz aquí. Reva la saludó correctamente y dejó que fuera la agitada Nicoletta la que la condujera a su habitación bajo las miradas de curiosidad de los sirvientes, todos los cuales parecían tener algo que hacer en el salón. Reva fue muy consciente de las fascinadas miradas que le dirigieron mientras subía las escaleras y suspiró aliviada tan pronto como la puerta de su dormitorio estuvo firmemente cerrada detrás de ella. -Te he preparado la habitación yo misma -le dijo Nicoletta sonriendo. Allí también había flores y el sol entraba a raudales por los amplios ventanales. Había pensado ser educada y decir que le gustaba aunque no fuera así pero no fue necesario. La habitación era encantadora y estaba decorada con un


estilo tradicional. En el centro de la habitación había una cama doble en la que parecía que podían caber bien cuatro personas. Ese pensamiento la intranquilizó por un momento, pero entonces recordó que las camas en Italia suelen ser enormes, sobre todo las antiguas. Entonces recordó otra cosa acerca de las camas italianas y se sentó en el borde. Nicoletta se rió. -Te hemos puesto un colchón nuevo. Moderno y cómodo. Luego se sentó a su lado y la abrazó. -Mi querida hermana -exclamó encantada-. He deseado tanto que volvieras. Nuestra casa fue algo terrible después de que te marcharas. Demetrio estaba enfurecido y nadie se atrevia a hablarle, incluso yo. Ahora que estás en casa todo irá bien. -Pero yo no estoy en casa -le recordó Reva-. Por lo menos no por mucho tiempo. Esto es sólo por tí. En realidad no ha cambiado nada entre Demetrio y yo. -Lo comprendo pero, recuerdo cuando te casate con mi hermano. No sabes lo que te envidié. Pensé que debía de ser maravilloso estar tan enamorados como lo


estabais vosotros dos. -¿Lo estábamos? -Por supuesto que lo estabais. Todo el mundo lo podía ver. Era como si brillarais. No podíais estar separados ni un momento. ¿No lo habrás olvidado? -Sí -dijo Reva lentamente-. Lo he olvidado. Han pasado tantas cosas desde entonces. -Pero, cuando la gente se ama de esa manera debe de ser para siempre. Entonces estaba segura de ello, pero lo estoy más aún ahora que estoy enamorada yo misma. Yo sé que amaré a mi Guido para siempre jamás. -Háblame de él -dijo Reva, encantada de poder cambiar de tema-. ¿Es muy guapo? -Oh, é bellissimo. En cuanto lo ví pensé que era tan hermoso como un dios. Y también es tan encantador, tan cariñoso y... Luego le estuvo hablando de Guido durante un rato y Reva sonrió cariñosamente. Aunque ahora su corazón estaba lleno de dolor y rabia, una vez lo estuvo también lleno de alegría y confianza en el futuro. Pero su sueño se habia derrumbado en tierra. Nicoletta seguía hablando.


-Todo el mundo estará allí y yo estaré tan nerviosa... -Perdona. ¿Todo el mundo estará dónde? -En la recepción que vamos a dar para los Torvini. Oh, Reva, es tan importante que todo sea perfecto esa noche. Y entonces el conde nos dará su consentimiento y Guido y yo nos podremos casar pronto. Reva frunció el ceño. -¿No te molesta tener que hacer todo eso para convencer a los Torvini de que eres lo suficientemente buena para su hijo? ¿Es él suficientemente bueno para ti? -Estoy enamorada, mia sorella -le dijo Nicoletta con mucha dignidad-, y el amor no tiene orgullo. Además, yo soy una Corelli y los Corelli nunca dan su brazo a torcer en lo que decide el corazón. Mi madre solía decirlo a menudo. -Creía que no conociste a tu madre. Nicoletta asintió. -Murió poco después de que yo naciera. Pero Demetrio habla mucho de ella porque dice que quiere que sepa cómo era nuestra madre aunque esté muerta. Me ha contado cuántas veces le dijo ella que no admitiera la derrota. Dice que es por eso por lo que él tiene tanto éxito ahora. -Hmmm... creo que su propia naturaleza tiene algo que ver con eso.


Nicoletta se rió. -Oh, sí. Pero mi tía dice que Mamma era igual, muy decidida y llena de visión de futuro. Dice también que alguna gente pensaba que Mamma era dura pero no los que la conocían y amaban. Creo que Demetrio es como ella en eso también. Algo en la voz de la chica hizo que Reva dijera rápidamente. -Yo estoy aquí sólo para hacer mi papel. -Oh, ya lo sé. Has venido porque eres mi querida hermana. Pero cuando Demetrio me dijo lo rapidamente que estuviste de acuerdo en ayudarme, yo creo... ¿no habrás venido por ti también? Para eso no había ninguna respuesta posible. Evidentemente, Demetrio había informado mal a su hermana, haciendo imposible para Reva decirle la verdad. -Dejemos eso. -Por supuesto. Demetrio debe esperar y sufrir. Se lo merece. Luego siguieron hablando de Guido quien, a pesar de su encanto, empezó a tomar un aspecto alarmante en la mente de Reva. El chico parecía tener una existencia muy poco independiente. Incluso su trabajo provenía de su padre, dado que Guido trabajaba para la empresa que controlaba los intereses económicos de los


Torvini. Otra razón por la que debía de tener mucho cuidado en no ofender al conde. Reva se preguntó qué sucedería si tratara de imponer su voluntad y si Nicoletta se había preocupado alguna vez por eso. Por fín, dijo: -Ya es hora de que vaya deshaciendo las maletas. -¿Te envío a mi doncella? -Gracias pero lo puedo hacer yo sola. -Entonces te ayudaré yo. -De acuerdo. Pero te escandalizarás por la falta de modelos de alta costura. Como siempre. Tenía razón. Nicoletta era demasiado educada para expresar su auténtica opinión acerca del funcional guardarropa de Reva pero su mirada lo expresaba todo. De repente Reva bostezó con ganas. La falta de sueño con la que llevaba luchando se estaba apoderando de ella. -Has volado por la noche -le dijo Nicoletta-. Haré que te manden algo de desayuno y después podrás dormir. -Sólo té, por favor. Dile a Demetrio que lo siento pero que me voy a echar


un rato. -Demetrio se ha marchado. Ha ido a su oficina. Y ha dicho que, probablemente, volverá tarde esta noche ya que tiene que recuperar el tiempo que ha perdido esta mañana. Esa tarde, como había dicho, Demetrio llegó a las nueve para cenar. Cuando se sentaron a la mesa parecía preocupado. Cuando terminaron de cenar, Nicoletta miró de reojo su reloj y luego a su hermano y a Reva. Demetrio le dedicó una sorprendente sonrisa. -Ve, estoy seguro de que Reva te excusará... si es que él sigue allí ahora. -Estará -dijo Nicoletta muy segura-. Reva... yo sé que es tu primera velada aquí y que yo debería ser educada pero... -Ve -le dijo Reva, sonriendo. La chica se levantó como un remolino y los dejó a los dos cara a cara a los extremos de la gran mesa. Demetrio parecía cansado. -Gracias por tu comprensión -dijo-. Se pasan juntos la mayoría de las tardes pero, cuando no pueden él siempre la espera en la puerta. -¿No lo invitas a entrar? -No quiere entrar. Quiere estar a solas con ella. Entonces se produjo un leve silencio entre ellos antes de que él volviera a hablar.


-¿Te das cuenta de que estamos bajo observación? -Llevo dándome cuenta de ello toda la velada. -Se espera que tomemos café juntos en la sala de música. Necesitaremos un mínimo de un cuarto de hora. -Entonces, hagamos lo que se espera de nosotros -dijo ella tranquilamente. Una vez en la sala de música, un sirviente ya estaba preparando el café sobre una mesa. Demetrio lo despidió y sirvió él mismo a Reva. -Hoy he llamado al conde Torvini y lo he invitado a él y a su familia a una recepción en su honor en esta casa dentro de dos semanas. Ha aceptado y ha dicho que está ansioso por volver a verte. -Haré lo que pueda para ayudar a Nicoletta. Demetrio entonces se metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y sacó un sobre que le entregó. -¿Qué es esto? -preguntó ella. -Nuestro arreglo de negocios. Te dije que te pagaría por tus servicios. El sobre contenía un talón bancario con una gran suma de dinero a su nombre. -Prefiero no aceptarlo -dijo ella friamente-. Me gusta más ganar mi dinero de forma independiente. -Sí, tú siempre has preferido hacer las cosas a tu manera -dijo él con un


destello de ironía en la voz-. De hecho, prefieres cualquier cosa a actuar como una esposa. -Eso no es cierto. -Es bajo mi punto de vista. Pero, olvida eso. No he querido atacarte. He decidido no hacerlo y no voy a volver a romper esa decisión de nuevo. Eso era más fácil de decir que de hacer, pensó Demetrio mientras se tomaba su café. Había tomado miles de resoluciones acerca de la forma en que debía de actuar pero, sólo verla hacía que se le olvidaran. Allí estaba ella, mirándolo defensivamente y con una postura que derramaba arrogancía, algo que, una vez, encontró fascinante. Ahora era una barrera. Para su sorpresa, ella dejó el sobre en la mesa y se volvió. Su rechazo le recordó la forma en que ella había matado su amor y la ira empezó a apoderarse de nuevo de él. Cómo se moría de ganas de devolverle la jugada, de hacerla sufrir a ella lo que él había sufrido. Pero no podía hacerlo porque sus fríos sentimientos ingleses nunca habían sido iguales a los suyos. Ella podía hacerle frente en cuanto a pasión pero nunca había correspondido en amor. Ella misma se lo había dicho, se había


cebado diciéndoselo. Demetrio se levantó lentamente y la agarró por la muñeca. -Déjame inmediatamente -le dijo ella fríamente. La expresión de sus ojos lo dejó devastado. ¿Cómo podía una mujer mirar así a un hombre cuando había estado debajo de él, teniéndolo en su interior y gritando su nombre en medio del éxtasis? ¿Cómo podía ella tocarlo de tal manera que despertara inmediatamente su pasión y luego mirarlo de esa manera, con unos ojos que parecían de piedra? Sin soltarla, tomó el sobre y se lo puso en la mano. -Tómalo. Es parte de nuestro trato. -Yo no he hecho ningún trato acerca de dinero. Demetrio casi no oyó esas palabras. No era consciente de nada excepto del movimiento de sus labios, recordando cómo se habían movido esa mañana bajo los suyos, de mala gana pero sin poder evitarlo. Él había organizado su primera reunión fríamente y con todo muy claro en la mente. Ella era un enemigo que tenía que conquistar, un rival con quién tenía que negociar para asegurarse un trato a su favor. Él había hecho muchísimos


tratos en su vida. Pero sus cálculos se habían esfumado cuando se la encontró casi desnuda. Sus larguísimas piernas, cuya belleza siempre lo había excitado, estaban completamente a la vista e hicieron que se olvidara de cualquier otra cosa. Se había jurado no tocarla, decirle tranquilamente lo que le tenia que decir y con toda la compostura del mundo. Pero su proximidad había destruido esa resolución y, cuando la abrazó todo se vino abajo. Ella había respondido, aunque tratara de negarlo. Pudiera ser que él ya no le importara pero su cuerpo seguía perteneciéndole a él. Los dos lo sabían y ella no se lo podia perdonar. Entonces, pensó que no le importaba que no lo perdonara. Que lo odiara tanto como quisiera, siempre y cuando volviera a su cama. Recordó brevemente la promesa que le había hecho esa misma mañana pero la dejó a un lado. Al cuerno con las promesas. La deseaba y la tendría. -Deja de disimular, Reva -dijo sin soltarla-. Esto no tiene nada que ver con el dinero o con tratos comerciales; tiene que ver con nosotros. Sabes lo que ha


sucedido esta mañana. Sabes que aún hay algo entre nosotros. Lo que fuera estaba allí ahora, pensó él cuando notó en los dedos la forma en que se le aceleraba el pulso a ella. Pero la voz de Reva fue completamente fría. -No lo correcto. Y nada que importe. -¡Maldita sea, no me insultes! Has estado en mi cama y sabes lo que importa. -Sé que algunas cosas importan menos de lo que parece en su momento. Y yo no voy a dejar que me engañes otra vez. -Reva, escúchame y escucha bien porque no te voy a volver a hacer esta oferta. Quiero que estés de acuerdo en dejar lo pasado, pasado y te aceptaré de nuevo y te trataré tan bien como si no me hubieras rechazado nunca. ¿Comprendes? Estoy deseando perdonarte y olvidar. -Pero yo no -le cortó ella-. Yo nunca perdonaré ni olvidaré, Demetrio y, si no me sueltas ahora mismo, me marcharé de aquí esta noche. Él la soltó lentamente. Parecía agitado. -Ya te he dicho que no te iba a volver a hacer esta oferta. Has tenido tu oportunidad. -Y es culpa mía no haberla aceptado, ¿verdad? Este arreglo sólo será tolerable si nos mantenemos apartados el uno del otro.


-En ese caso debes aceptar mi dinero. Lo que nos lleva de nuevo a un trato de negocios. Ella lo miró irónicamente. -De acuerdo. En esos términos. Entonces se apartó de él con el sobre en la mano. -Y hay otra cosa. Hay una puerta entre nuestras dos habitaciones. -No te preocupes. Está bien cerrada. -Quiero las llaves. -Yo no abriré esa puerta. Tienes mi promesa. Reva sonrió sarcásticamente. -Recuerdo haberte oído hablar muy elocuentemente sobre las promesas dadas bajo presión. De acuerdo con lo que decías, no cuentan para nada. Quiero las llaves, Demetrio... todas ellas. Para su sorpresa, él se metió la mano en el bolsillo y la sacó con dos grandes llaves, que le puso en la mano. -Son todas las que hay. Y esa era una promesa que puedes creer o no, como prefieras. -De acuerdo, me la creo. -Hay otra cosa más. Entonces él se dirigió a su despacho, abrió una gran caja fuerte y volvió con


ella llevando una caja en las manos que le pasó a Reva. Ella tragó saliva cuando él la abrió. Dentro, sobre un fondo de terciopelo negro había unas piezas de joyería que desafiaban a la imaginación. Un collar, pendientes, brazalete y tiara, todas hechas con unos diamantes de lo más perfecto. -Quiero que lleves esto en la recepción. Te las enseño ahora para que las tengas en mente cuando te compres el vestido. Ya entenderás que mi esposa debe de eclipsar a cualquier otra mujer. -Lo comprendo perfectamente. ¿De dónde demonios... ? ¿No las habrás... ? -No, no las he comprado especialmente para ti. Pertenecen a esta propiedad. Mañana las llevaré de nuevo al banco para sacarlas de nuevo el día de la recepción. Y también tengo esto para tí. Entonces le puso en la mano las llaves de un coche. -Usarás ese coche mientras estés aquí. Luego miró su reloj, como un hombre que ya le había dedicado un tiempo suficiente a una parte de su ocupada agenda. -Ahora, si me perdonas, tengo algo de trabajo. -Por supuesto. Ella se quedó allí tomando café durante algunos minutos más. Entonces


volvió Nicoletta, un poco despeinada y con los ojos brillantes. Estuvo hablándole de Guido durante al menos media hora y Reva deseó poder sumarse a la alegría de la chica pero algo le decía que aquello no estaba tan claro y, antes de decir lago que la descorazonara, se fue a la cama. Demetrio se quedó en su despacho hasta bastante después de que oyera a Reva subir las escaleras. La casa estaba en silencio cuando subió a su dormitorio. Mientras se desnudaba se vio reflejado en el espejo. Se veían perfectamente las marcas que Reva le había hecho esa mañana con las uñas y esa visión le produjo una evidente satisfacción consigo mismo. Ella había revelado su necesidad, lo mismo que él. La sensación de estar juntos habia sido lo mejor de todo ese año entero y había evocado bastantes recuerdos. En el pasado, algunos de sus encuentros físicos habían sido cariñosos y dulces, pero otros habían parecido batallas. Ninguna otra mujer le había inspirado semejante vigor. Por un momento esa mañana le había parecido que todo eso volvía, pero el momento pasó y ella le había rechazado súbitamente. Recordó como hacía sólo una hora le había ofrecido que volviera, le había


ofrecido su perdón y olvido y ella lo había rechazado. ¿Cómo podía él haber olvidado tan fácilmente el primer principio de una negociación? Uno nunca tiene que ser el primero en hacer la oferta. Esa regla le había hecho salir victorioso de miles de duras negociaciones y había bajado la guardia con esa mujer, la última persona en el mundo con la que se podía permitir mostrarse débil. Pero sólo brevemente. No volvería a suceder. Había perdido una pequeña batalla, no la guerra. Reva salió de la casa inmediatamente después del desayuno y se dirigió a la sede de Domani. Una vez allí fue al despacho del director y se presentó a su secretaria. La voz que sonó por el interfono pareció desconcertada cuando el señor Luciani, el director, dijo: -Dígale a la Signora Corelli que pase. Adolfo Luciani era un hombre de mediana edad con una evidente calvicie. La estaba esperando en la puerta de su despacho y tomó la mano de Reva con demasiada vehemencia. Pero ella no se dejó engañar. Estaba muy claro que el hombre estaba incómodo.


-No soy la Signora Corelli, soy la Signorina Horden. Ese es el apellido con el que usted me ha contratado. Bueno, estoy aquí para empezar a trabajar. La incomodidad del hombre se hizo más manifiesta. -¿Es qué no ha visto a su esposo desde que llegó? -Mi esposo no tiene nada que ver con esto. Yo soy una fotógrafa y estoy aquí para trabajar. Usted me contrató. Tengo sus cartas para demostrarlo y me he tomado muchas molestias para estar disponible. Entonces, cuando el hombre pareció estar a punto de morirse de angustia, ella se suavizó un poco. -Sí, he visto a mi esposo y lo sé todo acerca de la forma en que conspiraron para traerme aquí. -Conspirar es una palabra poco afortunada, signora.. signorina. -Es una palabra perfecta. Lo que es más, ha sido algo muy poco ético por su parte utilizar de esa manera el nombre de su revista. Me pregunto lo que pensarían sus socios capitalistas si lo supieran. -No les gustaría mucho -admitió Luciani mientras se enjugaba el sudor de la frente. -Bueno, no tienen que enterarse si usted se atiene a los términos de nuestro acuerdo y me proporciona trabajo.


-No me atrevo. Le prometí a su esposo. . En ese momento Reva perdió los estribos y estalló durante un par de minutos en maldiciones en un fluido italiano. Eso hizo que Luciani la mirara con bastante más respeto, pero su miedo hacia Demetrio se impuso. -¿De verdad que teme tanto a Demetrio Corelli? -le preguntó ella por fin. -Como todo el mundo, signorina. Excepto, tal vez, usted. -¿Le tiene más miedo a él que a sus jefes? Él no es el socio capitalista, ¿no? ¿O lo es? No me diga que también ha comprado Domani. -Oh, no -dijo Luciani rápidamente-. Pero, ya ve... -Será mucho mejor para usted que me lo diga todo antes de que yo me ponga a investigar por mí misma. Luciani gimió. -Entre ustedes dos me siento como si me estuvieran apretando con unos alicates. ¿Le importaría si le digo que hacen buena pareja? -Ni se le ocurra decir nada así. No es cierto. Y ahora, ¿qué tipo de poder tiene él sobre usted? -Yo tengo mis pequeñas debilidades, signorina. Juego, quizás más de lo que debiera. -¿Quiere decir que ha perdido una fortuna? Él asintió.


-Mi esposa... no sabe nada... y no debe saberlo. -¿Me está diciendo que Demetrio Corelli le está amenazando con decírselo a su esposa? -Peor que eso, signorina. Él se ha hecho cargo de todas mis deudas. Si yo actúo como un amigo con él me las perdonará y yo seré libre. -Pero, ¿si no le hace caso irá a contárselo a su pobrecita esposa? -le preguntó Reva, verdaderamente sorprendida. Esa forma de hablar de su media naranja pareció revivir a Luciani. -Mi pobrecita esposa mide un metro ochenta y es como la hermana gemela de un luchador de sumo -le dijo, desesperado. Reva casi no pudo evitar sonreir. Luciani era un tipo bajito y fofo. -Ya entiendo el problema. De acuerdo. No hay necesidad de que me cuente nada más. Entonces se levantó, dispuesta a marcharse. -No me creará más problemas, ¿verdad, signorina? Mi vida ya es suficientemente difícil tal como es. Ella suspiró. -No, no le diré nada a nadie. No es su culpa. Cuando Reva se marchó se sentía enfurecida y frustrada. Siempre había sabido que Demetrio era un hombre poderoso, un hombre al que los demás temían.


Pero era sólo ahora que estaba experimentando ese poder sobre ella misma cuando comprendía de verdad lo persuasivo que podía llegar a ser. Su enfado era tan intenso que, por un momento, pensó que él estaba con ella. La última noche habían tenido una batalla de voluntades y había resultado casi un empate. Pero ella había salido de allí decidida a trabajar y a utilizar su dinero tan poco como le fuera posible y él la conocía lo suficiente como para suponer eso. Ahora parecía estar a su lado, retándola con su poder, el poder que había doblegado y vencido a tantos enemigos. -Pero no a mí -exclamó-. Nunca antes has tenido un enemigo como yo, Demetrio. Te has arreglado para traerme aquí, pero lucharé contigo en todo momento... y te ganaré. Capitulo Cuatro Cuando llegó a la puerta de entrada Reva oyó que la llamaban por su nombre y se volvió. Un hombre delgado y de aspecto un poco desaliñado la estaba siguiendo. -Hola -le dijo el tipo en inglés cuando llegó a su lado-. Me llamo Benno Andrese.


Reva aceptó la mano que le ofrecía. -Yo soy Reva Horden. -Lo sé. Soy un periodista free-lance y siento una gran admiración por tu trabajo. A menudo he querido poder trabajar contigo, pero supongo que Domani tiene la exclusiva de tu trabajo. -En absoluto -le contestó Reva sintiéndose cada vez más excitada profesionalmente-. Creo que podríamos trabajar muy bien juntos. -Vamos a tomar algo y hablaremos de ello. -De acuerdo. Me parece muy bien. Encontraron un pequeño bar y Benno pidió unos aperitivos. Mientras tanto ella lo estudió detenidamente. Parecía tener casi cincuenta años y tenía todo el aspecto de alguien que hubiera vivido la clásica vida frenética de los periodistas. Al cabo de un rato ya estaban hablando de sus últimos trabajos y Benno le comentó que el tipo de periodismo que él hacia no encajaba muy bien con la línea de revistas como Domani. -La cuestión es que yo entiendo el periodismo como que alguien se va a molestar mucho en alguna parte por lo que escribo. -Yo pienso igual -dijo Reva enseguida-. Mi... alguien me ha dicho


recientemente que, si no hubiera alguien tratando de romperme la cámara me aburriría. Los dos sonrieron entonces. -Pero tú no eres sólo fotógrafa. La historia de Michael Denton me hizo ponerme verde de envidia. Había tantos detalles precisos. Ha sido de lo mejorcito que has hecho. -No estoy de acuerdo -le contestó Reva un tanto fríamente. -Vamos. Admítelo. Eso fue lo que te dio un nombre. Pensé que seguirías con más cosas parecidas, pero no lo hiciste. Reva le dio un trago a su bebida y pensó que era curioso que alguien le dijera que la actuación de Demetrio hubiera hecho tanto por su carrera. -Esa historia fue algo único -dijo por fin-. Tuve acceso a cierta información pero, después de eso mi fuente... dejó de estar disponible. -¿Estás segura de que no hubo otras razones? -¿Qué quieres decir? -Bueno... Te pasaste al otro lado, ¿no? -¿Al otro lado? -Al lado de los ricos y privilegiados; donde vive Demetrio Corelli. Reva abrió la boca para decirle que todo eso fue una comedia pero no lo hizo. La red de cotilleos de Milán era demasiado eficaz como para que se


arriesgara. Benno siguió hablando. -Yo puedo comprender eso, lo que Reva Horden pueda desear hacer es una cosa y el preiodismo expuesto puede ser algo dificil para la Signora Corelli. Reva respiró profundamente. ¿Por qué siempre la iba a relacionar la gente con ese odioso apellido? -¿Has visto alguna vez el apellido Corelli en mis trabajos? -No, pero los hechos son los hechos. Tú eres la Signora Corelli y todo el mundo lo sabe. -Dejemos clara una cosa -dijo ella con firmeza-. Cuando estoy trabajando no soy la Signora Corelli. De hecho, ni siquiera voy a ser Reva Horden, dado que ese nombre también puede llevar a una asociación de ideas. Elegiré otro cualquiera, uno que no conozca nadie. -¿Cual? Reva pensó un momento. -Mi madre quería que fuera bailarina, así que me pondré uno de alguna famosa. Margot, Alicia, Antoinette... -Alicia es bonito. -Muy bien. Seré Alicia.


-¿Alicia qué? -Sólo Alicia. Dejémoslo en plan misterioso. -Pero, ¿cómo cobrarás? -A través de ti. Puedes ser mi agente cuando trabajemos juntos y quién lo publique te pagará a ti. -No será mucho. Sobre todo trabajo para Time & Tide. Es una pequeña revista que está especializada en descubrir a políticos corruptos. El problema es que siempre andan mal de dinero y pagan poco y tarde. Pero dicen la verdad. Mira, la cosa puede ser dificil y peligrosa y otros fotógrafos ya la han rechazado. -Eso es lo que me gusta -dijo ella enseguida. Benno nombró entonces una famosa fábrica de bebidas. -No te vas a creer algunas de las cosas que pasan por allí -dijo-. Sé que están utilizando un proceso de fabricación que está prohibido por la ley. Es sólo cuestión de mostrarlo al público. -¿Cómo lo has sabido? -Tengo un contacto. Él nos dejará entrar. -¿A qué estamos esperando? -Espera un momento y lo llamaré.


Benno se dirigió al teléfono del bar y habló un momento. Cuando volvió le dijo: -Vamos. En media hora se estaban colando por la puerta de la fábrica que les había abierto el nervioso informante. Les hizo ponerse unas batas blancas mientras no dejaba de mirar por encima del hombro. Cuando estuvieron vestidos se metieron entre los trabajadores, que iban todos vestidos de la misma manera. Reva hizo algunas fotos de lo que Benno le indicaba hasta que su guía les hizo pasar por una puerta que cerró a sus espaldas. -Tenéis cinco minutos -dijo, cada vez más nervioso. Aquello olía fatal, pero Reva contuvo las arcadas y empezó a hacer fotos mientras Benno tomaba notas con una pequeña grabadora. De repente sonó una alarma. -Cuidado -dijo el guia-. Alguien va a entrar en cualquier momento. Larguémonos de aquí. Al cabo de un momento estaban fuera, respirando a bocanadas aire fresco. -¡Eh, vosotros! -exclamó una voz por encima de ellos-. ¿Qué estaís haciendo aquí? ¡Seguridad!


-Hora de marcharse -dijo Benno. -Están cerrando las puertas -gritó Reva. -¿Sabes escalar? -Mírame. -Ahí está la valla. Allá vamos. Se abrió una puerta y de ella salieron cuatro perros feroces. Los dos corrieron hacia la pared que les bloqueaba la salida. Reva casi se cayó de espaldas pero Benno tiró de ella desde arriba mientras un perro le mordía el tobillo. Cuando cayó al otro lado pudo oír a los animales ladrando frustrados. Corrieron hasta que se quedaron sin respiración y, cuando creyeron estar a salvo, miraron hacía atrás. No los seguia nadie. Reva se apoyó en una pared, jadeante. El pulso le latía fuertemente por la excitación. Así era como le gustaba. -He de irme a casa y empezar a escribir -dijo Benno-. Nos veremos en ese bar mañana por la mañana y me das las fotos. Espero que sean buenas. -Lo serán. Se despidieron y ella se dirigió a donde tenía aparcado el coche. De paso para la casa se detuvo en una tienda de material fotográfico y compró algunas cosas.


Luego hizo lo mismo en una cerrajeria. Cuando entró por la puerta de la verja del palacio estaba muy orgullosa de sí misma. Había estado tan ocupada que no se había dado cuenta del paso del tiempo y ya era mediodía, hora de la siesta. La casa estaba muy tranquila y tenía suficiente intimidad como para echarle un vistazo con calma. Encantada, descubrió una cocina que nadie usaba pero donde el agua corriente seguía funcionando. Tardó un par de horas en prepararse un cuarto oscuro y ponerle una cerradura nueva a la puerta. Entonces se encerró y empezó a trabajar. El tiempo y el lugar se desvanecieron de su mente cuando se puso a revelar la película y luego a positivar y ampliar las mejores fotos. Por fin, encendió la luz y las observó satisfecha. Sólo entonces se dio cuenta del jaleo que había fuera. Abrió la puerta y escuchó. Toda la casa parecía estar en un frenesí. Una criada pasó por allí y ella le fue a preguntar: -¿Qué ha pa... ? Cuando la criada la vio dió un respingo y empezó a correr gritando: -¡La signora está aquí. La signora está aquí!


Reva la siguió y, entonces se dio cuenta de que afuera ya estaba oscuro. Demetrio apareció, muy pálido. -¿Dónde demonios te habías metido? -le preguntó-. Todo el mundo lleva dos horas buscándote. -Oh, cielos -le contestó ella-. He estado revelando unas fotos. Me temo que me olvidé del tiempo. -Tú... ¿Te das cuenta de que he... hemos estado preocupados por tí? No tienes ninguna consideración. -Lo siento. De verdad. Los ojos le brillaron desagradablemente a Demetrio. -Lo siento es algo muy fácil de decir, Reva. Siempre lo has dicho cuando has querido que comprenda la razón por la que estoy al final de tu lista de prioridades. Entonces él se volvió, pero Reva lo alcanzó inmediatamente. -Ha sido algo imperdonable por mi parte. Tendré más cuidado la próxima vez. -De paso, ¿por qué estabas revelando? -Porque, a pesar de tus esfuerzos por impedírmelo, he encontrado algo de trabajo. Demetrio se detuvo delante de la puerta de su habitación. -¿Qué trabajo?


-Oh, no. No te voy a decir nada más. No quiero que me impidas esto también. -No veo ninguna razón para que tú trabajes. -Yo las veo todas. -Entonces vamos a dejar esto muy claro. Mientras estés aquí no quiero que... Se detuvo porque Reva lo estaba mirandi irónicamente, como una advertencia. -Haz lo que te dé la gana -exclamó él y siguió andando. -¿Adónde vas? -le gritó ella. -Vuelvo a mi oficina. Donde debería estar, en vez de aquí. Reva vio cómo se metía en el coche y se marchaba. Se volvió y vió a Nicoletta esperándola dentro de la casa. -Lo siento -repitió-. Deberia haberme dado cuenta de que nadie sabía dónde estaba pero me dejé llevar. Nicoletta asintió y sonrió. -Recuerdo cuando solias perderte en tu interior, en un sitio donde nadie podía alcanzarte. Eres una artista y no puedes ser de otra forma. El estúpido de mi hermano debería haberse dado cuenta de eso. No te importe demasiado si se enfada


un poco. -Bueno, supongo que tiene derecho a enfadarse. Entonces se le ocurrió un pensamiento horrible. -No habremos tenido invitados esta noche, ¿verdad? -No. Pero, tal vez debieras decirle algo a Antonio. Te ha hecho tu soufflé favorito y ahora se ha echado a perder. Reva se acercó a la cocina y se disculpó con el cocinero. El hombre hizo como si sus sentimientos hubieran sido heridos pero se permitió ser consolado. -¿Cómo ha sabido que me gusta ese soufflé? -le preguntó ella con curiosidad. -El signor Corelli me lo dijo. Me dijo... que estudiara las notas que dejó mi predecesor. Las encontré llenas de notas de detalles de lo que le gusta a usted y lo que no. -Entiendo. Gracias, Antonio. Reva estaba demasiado impresionada como para decir nada. Se metió en su dormitorio a las once de la noche pero no se denudó. Demetrio volvería pronto y quería disculparse con él. Estaba claro que le había dicho a Antonio que le preparara su plato favorito y eso la hacía sentirse aún peor con lo que


había sucedido. Pero entonces se dio cuenta de que se estaba poniendo tontamente sentimental y el sentimentalismo no se podía utilizar con Demetrio. En sus acciones no había nada personal. Él siempre era bien organizado y eficiente y mantenerla allí contenta lo estaba haciendo por su propio interés personal. Se desnudó y se metió en la cama. Pero tardó una hora en oír el ruido del coche de él ya de vuelta. Mucho después, se quedó dormida. Demetrio maldijo cuando oyó el ruido de una sirena de policía y vio las luces por el retrovisor. Iba demasiado deprisa al salir de su casa con destino a Milán. Aunque sabía que aquello era inútil. Se necesitaba mucho más que un coche rápido para escapar de las Furias que lo perseguían. La aparente desaparición de Reva le había vuelto a meter de lleno en un negro infierno que se parecía demasiado a aquel otro que se encontró cuando un día volvió a su casa y se encontró con que ella se había marchado. Hacía un rato que había estado convencido de que ella había cambiado de opinión y se había vuelto a Inglaterra y no le solucionaba nada el que el coche estuviera allí. Podía haberse marchado a pie.


Había buscado frenéticamente por las habitaciones una posible nota suya en la que le dijera que se había vuelto a marchar y tampoco le habia servido de mucho no encontrar ninguna. Su mente rápidamente había descubierto nuevos terrores. Luego, cuando descubrió que ella había estado allí todo el tiempo, el descubrimiento de que ella le podía sacar de sus casillas tan fácilmente y el conocimiento de que le había revelado a las claras su ansiedad, todo combinado, le habían producido una emoción violenta que no se había atrevido a dejarle ver. Había salido corriendo de la casa a buscar el consuelo del trabajo, lo único que nunca le había fallado. Pero se había metido de cabeza en problemas con la ley. El policía lo reconoció enseguida. Era un chico joven que pareció hasta arrepentido de haberle sorprendido yendo a semejante velocidad. Al final tuvo que ser el propio Demetrio el que convenciera al agente de que iba a bastante más velocidad de la permitida y que le pusiera la multa de una vez. Cuando Demetrio entró en su oscura oficina no encendió las luces y se quedó mirando por los grandes ventanales las luces de la ciudad. Hacía sólo unos días que había estado en ese mismo sitio, disfrutando del triunfo de saber que su red se


estaba cerrando sobre Reva y que cada paso que ella daba la estaba acercando más aún a su poder. Ahora esos cálculos le parecian fútiles. Ella no estaba más en su poder de lo que lo había estado nunca. Lo acababa de demostrar ese mismo día, encerrándose y olvidándose por completo de él. En su momento pensó retenerla encerrándola, pero ahora había sido ella la que se había apartado de él encerrándose y dejándolo fuera. Trató de quitársela de la mente. Nueva York tenía siete horas de siferencia con Milán y aún podía hacer algún negocío. Pero, después de un par de llamadas telefónicas renunció. No tenía la cabeza en lo que estaba haciendo. Su mente estaba fija en el pequeño apartamento anexo a su oficina donde tantas horas de felicidad habían conocido juntos y que ahora estaba tan vacío como su corazón. Entonces, recordó un día de los primeros de su matrimonio que él había tenido que ir a Nueva York. Había querido que ella fuera con él pero ella le dijo que tenía que hacer unas fotos. Lo que pudo haber sido una despedida apasionada se transformó en una pelea. Él se marchó a su oficina para trabajar antes de marcharse


al aeropuerto por la tarde. A media tarde Reva lo llamó desde la recepción. -Voy a subir. ¿Está contigo tu secretaria? -le preguntó. -Sí. -Haz que no esté cuando yo llegue. El tono de su voz le dijo todo pero se quedó igual de sorprendido cuando ella apareció por la puerta y empezó a desnudarse. -Reva -exclamó él, medio riéndose y medio encantado-. ¿Qué va a pensar mi gente? La última palabra se vio cortada por la boca de ella cuando se posó sobre sus labios y, al momento siguiente, él también se estaba quitando la ropa. Al principio ni siquiera pudieron llegar al apartamento y disfrutaron sobre la alfombra. Fue algo voraz e hicieron el amor ansiosamente. Cuando terminaron, ella suspiró y le dijo: -Supongo que esto va a tener que durarme. -Vente conmigo a Nueva York. Ella volvió a suspirar. -Si pudiera. . -Ven conmigo -repitió él insistentemente. Pero ella no cedió, a pesar de que su deseo de estar con él era auténtico. Se


lo demostró antes de marcharse y ya en la cama. Eso le había dejado confuso. Era su esposa pero había actuado como una mujer de la calle, seduciéndolo sobre la alfombra y luego siguiendo su camino como siempre, independientemente. Gracias a esa especie de atontamiento sensual no había detectado a tiempo las señales de alarma. Estaba completamente seguro de que lograría hacer que ella se asentara y se volviera como las esposas de sus socios y colegas de negocios, que nunca ponían nada delante de su deber para con sus maridos y las empresas de estos. Ahora se preguntaba cómo podía haber sido tan inocente. Era más de medianoche y, de repente, decidió que allí no hacía nada, por lo que se volvió a casa. Llegó casi a la una de la madrugada y toda la casa estaba a oscuras. Una vez dentro se detuvo delante de la puerta del dormitorio de Reva y se quedó escuchando, tratando de oír su respiración. No pudo oír nada y, por fin, tomó dudoso el picaporte. La puerta estaba perfectamente cerrada. Una vez dentro de su propio dormitorio se desnudó y se dio una ducha,


tratando de olvidarse de ese dia. Tenía los nervios de punta. No pudo evitar pegar la oreja a la puerta que unía las dos habitaciones. Tal vez pudiera oír la respiración de ella. Pero tampoco oyó nada. Esa puerta también estaba cerrada. Trató de calmar el miedo que estaba empezando a embargarlo. Por supuesto que ella estaba allí. Debía de estar dentro para poder cerrar con llave. "No", susurró el demonio que tenía en la mente. "Es lo suficientemente lista como para haber cerrado desde fuera al marcharse, sólo para engañarte" Tenía que mantener su sentido de las proporciones, que era una de sus mejores armas en cualquier situación. Le había dado un instinto para distinguir lo que importaba y lo que no y había ganado más de una batalla sacrificando algo que a los demás le parecía importante pero que no lo era en realidad. Pero ese famoso sentido de las proporciones le había abandonado para ser reemplazado por el temor. Sólo importaba una cosa. ¿Estaba Reva al otro lado de la puerta o lo había vuelto a dejar? Tenía que saber la respuesta a eso, fuera lo que fuese lo que se encontrara. Encendió la luz y se acercó a la ventana que daba a la balconada de piedra. A


la luz de la luna podría ver la balconada de Reva y su ventana. Para su alivio, la ventana estaba levemente abierta. Los balcones no se unían pero sólo había un metro entre ellos. Moviéndose tan silenciosamente como una pantera pasó de uno a otro y abrió la ventana. La habitación estaba a oscuras salvo por la luz de la luna y Demetrio se acercó en silencio a la cama. Ahora la podía oír respirar y sintió un alivio tan grande que se tuvo que agarrar a un vestidor. Podía arriesgarse a dar un paso más para verla. En ese momento ella hizo un leve ruido y se dio la vuelta en la cama, apartando las sábanas y Demetrio vio que estaba desnuda. La sábana le cubría sólo de medio cuerpo para abajo. El corazón le latía a toda velocidad a Demetrio. Los pezones destacaban poderosamente contra la clara piel de sus senos. Demetrio siguió mirándola embobado mientras recordaba las noches de pasión que había pasado con esa misma mujer. De repente ella se volvió a dar la vuelta y estiró un brazo. Su mano le rozó y se apoyó en su manga. Él se quedó helado. Si se despertaba y lo veía allí sería un desastre. Con cuidado le tomó la mano con la otra suya y fue a dejársela sobre la cama.


Pero ella se la agarró con fuerza y tiró de él hasta que no tuvo más remedio que acercarse a la cama. Ella seguía dormida pero lo tenía agarrado. Luego llevó esa mano a uno de sus senos. El corazón casi se le paró a Demetrio. Esa era una de sus viejas señales. En los días en que la pasión los consumía ella a menudo le tomaba una mano y se la llevaba a un seno en un mensaje de deseo sin palabras. Esta vez ella le había parecido estar tan lejos durante esos días, tan fría y hostil con él... Pero ahora, dormida y desprevenida, era ella misma de nuevo. Y lo deseaba a él. Demetrio se dio cuenta de que debería haberse vestido antes de ir a esa habitación. Temblaba al ver la desnudez de ella y le estaba costando mucho mantener el control. En el pasado ese control había sido un arma sexual muy potente. Lo había utilizado para prolongar los momentos de éxtasis de una forma que a ella le encantaba. Ahora necesitaba de toda su fuerza para no quitarse la bata y tirarse encima de ella. Sólo tenía que bajar la sábana y pasarle los dedos por la suave superficie de


la parte interna de los muslos hasta llegar al lugar que seguía considerando su hogar... el lugar que siempre sería su hogar. Tembló al pensar en lo que podría pasar al cabo de unos segundos. Apartó la mano, pero entonces Reva hizo algo que le hizo pararse en seco. Suspiró. Fue algo casi inaudible pero él lo oyó. El pulso le latía a toda velocidad. La deseaba. La deseaba profundamente. El pensamiento de ese cuerpo encantador semioculto por la sábana, tan cerca y, a la vez, tan lejos le impedía casi respirar. Ella era su esposa. Le pertenecia, ¿no? Pero ella había suspirado y eso le había llegado al corazón. De repente le resultó imposible seguir. Empezó a apartar la otra mano de su seno pero ella pareció protestar y se la agarró con las dos manos mientras echaba hacia atrás la cabeza con gesto seductor. Demetrio tuvo que luchar co toda su alma para controlarse. Entonces él susurró: -Todo está bien... Sólo estás soñando. . sólo soñando... Fueron las palabras o el sonido de su voz, él no lo sabía, pero ella se calmó. Con un esfuerzo sobrehumano Demetrio se apartó de ella y abandonó la habitación. El sol en la cara fue lo que despertó a Reva y, tan pronto como abrió los


ojos se vio inundada por una maravillosa sensación de bienestar. Trató de recordar la última vez que se había sentido tan bien y descubrió, para su sorpresa, que tenía que buscar muy atrás. El año anterior había tenido sus satisfacciones y triunfos pero nada como esa sensación de alegría. No sabía la razón por la qué se sentía así pero no podía dejar de sonreir. Sintió un impulso y tomó un pequeño espejo que había en la mesilla de noche y se observó sonriendo. -Y ¿ahora por qué tengo todo el aspecto de un gato que se haya bebido un buen tazón de leche? Entonces trató de recordar dónde había oído esa misma frase. -Pareces un gato que se haya bebido un tazón de leche -le había dicho Demetrio después de la primera vez que hicieron el amor. Entonces ella le mordió el lóbulo de la oreja mientras repetía: -Más leche.. más leche.. Así había sido siempre. Una noche entre los brazos de Demetrio la había dejado siempre con una gloriosa sensación de plenitud; al mismo tiempo relajada y alerta.


Pero, ¿por qué recordaba eso ahora? Recordó la siniestra expresión de la cara de él la noche anterior y el tono enfadado de su voz... También había otro recuerdo que estaba en el borde de su consciencia. En el Demetrio le había hablado amablemente y con un cariño que ella hacía ya mucho que no oía y que era como un bálsamo para su corazón. Frunció el ceño y trató de recordar. No le había visto desde que él se marchó de la casa por la noche. Y aun asi... Se vistió deprisa y bajó al piso inferior. De repente era importante que viera a Demetrio y descubriera lo que podía ver en su mirada. Estaba poseída por una sensación extraña, era como si algo nuevo y excitante estuviera empezando en su vida. Se sentía no como la esposa desilusionada que era, sino como una jovencita ansiosa por saber si su amante compartía sus sentimientos. Era absurdo pero no le importaba. Tenía que ver a Demetrio. Cuando entró en el comedor lo hizo a toda prisa y gritando: -Demetrio. Demetrio, yo... Pero Demetrio no estaba allí Solo Nicoletta estaba sentada a la mesa.


-Ha tenido que marcharse pronto -le dijo la chica-. Pero mira, te ha dejado una nota. Reva tomó el sobre que había sobre la mesa y lo abrió. Cuando terminó de leer su alegría se había esfumado. Demetrio le decía en un tono muy formal que por motivos de trabajo tendría que quedarse a dormir en su oficina durante la semana siguiente y que volvería justo antes de la recepción Capitulo Cinco A Reva siempre le había encantado Milán. Pudiera ser que a otra gente le gustara más Roma, pero algo en su naturaleza llena de energía hacía que ella prefiriera con mucho esa ciudad del norte de Italia, dónde estaba la mayor parte de la industria y los negocios. La recepción que se avecinaba estaba siendo todo un acontecimiento en la vida social de la ciudad y la lista de invitados incluía a todo el que tuviera alguna importancia, además de algunos miembros del gobierno que llegarían de Roma para la ocasión y Nicoletta y Reva estuvieron muy ocupadas con los preparativos. Una mañana Nicoletta agarró a Reva y se la llevó. -¿A donde vamos? -le preguntó.


-Espera y verás. He encontrado un nuevo genio. Pronto estuvieron en Milán y anduvieron por las callejuelas situadas entre la Via della Spiga y la Via Monte Napoleone, donde estaban la mayoría de las tiendas de moda. Por fin se detuvieron delante de un edificio del siglo dieciocho, que tenía un cartel donde se podía leer: Primo. -Primo dice que yo no estoy mal de cosas de última moda -le dijo Nicoletta riéndose-. Pero tú le encantarás. Tenía razón. Primo era un joven profesional que la miró como tal. -¿Sabe las joyas que va a llevar? -Sí. Diamantes. -Bene. Luego la miró por unos momentos e hizo algunos rápidos dibujos, que le presentó y Reva se quedó anonadada. -En negro -le dijo Primo dramáticamente. -¿Cree que el negro es mi color? -Por supuesto. La signora no es una jovencita y sí una mujer sofisticada. -Siempre he pensado en mí misma como un poco desaliñada. -No, no -le dijo Primo imperativamente-. Una mujer con experiencia. Luego le dio una vuelta alrededor como si fuera un hombre estudiando un


caballo de carreras. -Tiene buenos hombros. Los mostraremos. -¿Sí? -le preguntó ella desmayadamente. -Los hombros deberán de ir completamente desnudos. Salvo por los diamantes. -Hace fresco en esa casa tan grande por las tardes. -Entonces tendrá que llevar una chaqueta hasta que el calor que genere tanta gente la haga desear quitársela. Entonces Primo hizo una mueca como si fuera un niño. -Dio mio. Quinientas personas todas juntas y apretadas. Va a ser un crimen para los vestidos. Luego volvió a su tono profesional, y le dijo: -Bueno, cuando vuelva la semana que viene yo ya lo tendré todo preparado para tomarle las medidas y usted habrá perdido tres kilos. -Yo creía que estaba delgada -le dijo Reva en plan rebelde. -Es cierto pero, lo es como una atleta. Para llevar una de mis creaciones debe de ser delgada como una modelo. Va a tener que hacer una dieta de uvas y champán. Reva miró a Nicoletta, que se estaba ahogando de la risa pero, durante los próximos dias siguió el consejo de Primo, lo que no le resultó muy dificil,


porque había perdido el apetito. No había visto a Demetrio desde el día en que encontró su nota en el desayuno y, a opesar de que su ausencia era un alivio, era consciente de que faltaba algo vital; tenía una sensación de estar incompleta que hacía que no le resultara dificil perder peso. El día en que tenía que probarse llegó diez minutos antes y se sentó para esperar. Tomó distraidamente una revista y entonces la recepcionista le dijo: -Es el Time & Tide de esta semana. La cliente que ha pasado antes que usted está casada con un hombre que es propietario de una fábrica de alimentación y hay un reportaje sobre ella. Está furiosa y dice que todo son mentiras... lo que significa que, probablemente, lo que dice ahí sea verdad. Reva le echó un vistazo y encontró sus fotos. Se las había enviado a Benno hacía una semana y no se esperaba que aparecieran tan pronto. Estaban bastante bien y expresaban todo lo que la factoría quería mantener en secreto. Sintió entonces un ramalazo de orgullo profesional. Al cabo de un momento apareció la cliente anterior y le brillaron los ojos cuando vio la revista en manos de Reva.


-Esos mentirosos -exclamó-. Mi marido es un hombre de buena posición, pero se atreven a atacarlo con esas mentiras. Nadie está a salvo. Luego continuó así otros cinco minutos más, mientras Primo la acompañaba afuera sin parecerlo. Luego volvió sonriendo. -Ella puede decir que son mentiras si quiere -dijo él-. Pero esas fotos no dejan dudas. -Son muy claras -dijo Reva con un tono de voz que no revelaba nada. -¿Claras? Son devastadoras. ¿Quién las hizo? Veamos... Alicia. Nunca había oído nada de ella. Luego empezaron con las pruebas y, en un momento dado, Reva se preguntó si resultaría tan bien como Primo le prometía. Luego pensó que no tenía importancia, la que tenía que estar bien era Nicoletta. Cuatro dias antes de la recepción Reva llegó a casa a la hora de almorzar y se encontró con Francesca esperándola en las escaleras. Parecía agitada. -Signora, hay un hombre al teléfono que quiere hablar con usted. La criada parecía desaprobar eso y Reva se fue a su habitación para hablar con más tranquilidad. Era Benno. -Ven y reúnete conmigo -le dijo-. Tengo algo que enseñarte. -¿Qué es?


-Sólo tráete las cámaras y montones de película. Y ponte la ropa más vieja que tengas. Luego le dio una dirección y colgó. Al cabo de pocos minutos ella ya estaba de nuevo en marcha. Benno la estaba esperando y, en cuanto vio su coche le hizo una señal para que lo siguiera y arrancó el suyo. Reva lo siguió durante casi una hora mientras se iban metiendo por barrios cada vez más pobres. Por fin se detuvieron delante de un edificio y salieron de los coches. -A esto lo llaman Casa Paraíso -le dijo Benno-. Es un nombre irónico, como ya verás. No enseñes las cámaras durante un rato, no pegan mucho aquí fuera. Luego estaremos seguros; mi contacto nos valerá. Entonces apareció un joven y se les acercó. Llevaba unos vaqueros y chaqueta, ambos muy viejos y sus zapatillas estaban tan bien en bastante mal esrado, se presentó a sí mismo como Rico. -Venid -les dijo. Tan pronto como estuvieron en el interior del edificio, Reva se sintió mal por el olor. -Los desagües -le dijo Benno-. El dueño nunca los ha arreglado.


-Y eso no es lo peor -añadió Rico-. También hay ratas y, en invierno, la lluvia se cuela por el tejado. Venid y ver. Fue un recorrido de pesadilla. Piso por piso se encontraron paredes llenas de moho y humedad. -¿Le importaría a esta gente si hago fotos? -preguntó Reva. -Se alegrarán de que lo hagas -le respondió Rico-. Esperan que los ayudeis. Reva tuvo la sensación de estarse moviendo por una pesadilla, madres que le mostraban los mordiscos que las ratas les habían dado a sus hijos e, incluso, ella misma se encontró en un momento dado cara a cara con una enorme y desafiante rata. Le hizo una buena foto. Desafío por desafío. -¿Es que no pueden obligar al dueño a que haga algo? -preguntó. -Tal vez. Si pudieran encontrarlo -dijo Benno-. Le pagan los alquileres a un tipo de una agencia. Nadie sabe en realidad de quién es el edificio. Y, cuando lo descubramos, seguramente será una compañía anónima, propiedad de otra. No va a ser fácil descubrir de quién es en realidad esta propiedad, pero da por hecho que lo voy a intentar. Cuando salieron Rico les dijo:


-Ahora tenéis vuestro reportaje y las fotos y lo publicaréis. Luego, tal vez, nos olvidaréis. -No -dijo Benno enseguida-. No voy a parar hasta que descubra al que está detrás de todo esto. Es una promesa. De camino a casa se detuvieron en un café y Benno le dijo a Reva: -¿Estás segura de que quieres llegar al final de este asunto? -Por supuesto. ¿Por qué no lo iba a estar? Él se encogió de hombros. -Se me acaba de ocurrir que, tal vez, no esté demasiado bien involucrar a la esposa de Demetrio Corelli en esto. Ella tardó un poco en comprender el significado de esas palabras y, entonces, agitó la cabeza firmemente. -No. Mi marido nunca sería responsable de un escándalo como este... -¿Estás segura de que él no es el dueño de verdad? Tiene muchas propiedades. ¿Conoces cada una de ellas? Pensándolo bien ¿sabe él todas las propiedades que tiene? Sus intereses son tan diversos que, probablemente, no lo sepa. -Le estás haciendo una injusticia -le dijo Reva un poco irónicamente-. No me imagino a Demetrio sin conocer al detalle sus propios intereses. Es el hombre más eficiente del mundo.


Al cabo de un momento, algo la impulsó a añadir: -También es decente y tiene conciencia. Nunca toleraría que una gente viviera en las condiciones que hemos visto hoy. Benno sonrió. -¿Me vas a contar lo bueno que es? Mucha gente se sorprendería de oír eso. Algo en el tono escéptico de la voz de Benno hizo que Reva se indignara. -Eso es porque mucha gente no sabe nada de él. Puede que no sea precisamente un blando en los negocios, pero los demás tampoco lo son. Él tiene honradez y sinceridad y, eso es más de lo que la mayoría de ellos puede decir. Benno sonrió. -No me comas vivo. Lo siento si te he ofendido. Por supuesto, tú lo conoces mejor que cualquiera. -Sí. Sí, por supuesto. Mientras regresaba a casa Reva estuvo pensativa. Lo que le había dicho a Benno la había obligado a afrontar lo muy poco que sabía en realidad de Demetrio. Durante el tiempo que estuvieron juntos la pasión los había dominado y no habían hablado casi nada. Lo que había dicho acerca de su integridad y honradez lo había hecho más por instinto que por un conocimiento real de la situación.


Pero lo cierto era que ese instinto era bastante fuerte. Cuando llegó a casa ya era muy tarde pero, para su alivio, Demetrio se había encerrado en su despacho y había ordenado que no le molestaran. Mejor, no le apetecía nada que la volviera a regañar por el poco caso que le hacía. Aparentemente, también había algo de desinterés por parte de él, lo que la hizo sentirse misteriosamente deprimida, como durante los últimos días. Los últimos días antes de la recepción no tuvo mucho tiempo para pensar. Tomó muy poca parte en los preparativos, ya que fueron Francesca y Nicoletta las que se ocuparon de la mayor parte de ellos. Pero, ella seguía siendo la padrona y había montones de decisiones menores que, aparentemente, nadie podía tomar salvo ella. Según se fue acercando el momento se fue poniendo cada vez más nerviosa. Era tan importante que Nicoletta quedara bien... La noche de la recepción Nicoletta apareció en la habitación de Reva y se vistieron juntas. El vestido de Nicoletta era de terciopelo color crema y la hacía estar encantadora. Con el cabello suelto la chica presentaba una imagen de juventud y belleza extremas. Sólo cuando ella estuvo completamente lista Reva se prestó atención a si misma.


El magnífico vestido negro le quedaba perfectamente y dejaba sus hombros completamente desnudos, adaptándose a su cuerpo como una segunda piel hasta la cintura y, desde allí hasta el suelo caía en linea recta. En la parte de atrás tenía un pliegue para que pudiera caminar y bailar con comodidad. También llevaba una chaqueta corta color negro y plata que Nicoletta le ayudó a ponerse y las dos observaron su imagen en el espejo. -Tuve razón al llevarte a Primo -dijo Nicoletta. -Sí. Tuviste mucha razón. En realidad estaba un poco impresionada por la imagen delespejo. Esa era una mujer que no conocía, bella, sofisticada y serena. Entonces Demetrio llamó a la puerta. -¿Puedo entrar? -Sí, sí -exclamó Nicoletta muy excitada. Él iba vestido de blanco, una soberbia imagen masculina. Entró llevando en las manos la caja con los diamantes. -¿Contamos con tu aprobación? -le preguntó Nicoletta, dándose la vuelta para hacer volar su falda. -Por supuesto que sí -dijo él sin dejar de mirar a Reva. Ella trató de mantener la compostura, pero era muy consciente de la mirada


de Demetrio y su expresión de sorpresa. Por una vez lo había pillado completamente desprevenido y eso le produjo una cierta satisfacción. Cuando se conocieron las cosas sucedieron tan deprisa entre ellos que nunca había necesitado su aprobación. "¡Y, Dios sabe que ahora tampoco la necesito!" Pensó ella. De todas formas había algo que la satisfacía misteriosamente al saber que contaba con ella. De reojo vio cómo Nicoletta salía de la habitación discretamente. Estaba a solas por primera vez desde la mañana en que se había despertado con esa alegre conciencia de él. Ahora se daba cuenta de que realmente lo había hechado de menos. Incluso su antagonismo era preferible a estar sin él. -Estás... Demetrio pareció tener problemas para encontrar las palabras adecuadas. -Estás... increíble. -Dijiste que querias que eclipsara a todas las demás mujeres -le recordó ella-. Es parte del trato. -El trato... Sí... hicimos un trato. -¿Y estos son mis... los diamantes? -Sí.


Él pareció despertar un poco y los sacó de la caja. Reva se quitó la chaqueta y se fue a poner el brazalete pero no cerraba bien con una mano. Miró a Demetrio, pero él parecía no querer acercársele. -Voy a necesitar un poco de ayuda -le dijo ella. Él siguió sin moverse. -Si te sientas y pones el brazo sobre la mesa lo podrás hacer tú sola -le dijo él. Ella trató de hacerlo así pero siguió sin lograrlo. -Si quieres que lleve esto vas a tener que ayudarme. Entonces la expresión de él no permitió la menor duda. No quería tocarla. Por un momento ella se quedó sorprendida, olvidándose de lo firmemente que se lo había prohibido. Pero entonces lo volvió a mirar a los ojos y se dio cuenta de que la estaba mirando con verdadera ansia. Por fin, él tomó el brazalete y la hizo levantar el brazo. Reva se dio cuenta entonces de que las manos le temblaban y no habría logrado cerrarlo si ella no se las hubiera tomado en las suyas. Se quedaron así por un momento, en silencio y oyendo cómo respiraba el otro. Entonces ella apartó la mano y él terminó de cerrar el


brazalete. Luego vio en el espejo cómo él le cerraba el collar. Fue un gran contraste el frío de los diamantes y luego el calor de sus dedos contra la piel. Unos temblores incontrolables la recorrieron. Lo cierto era que, en ese lugar siempre había tenido una sensibilidad excepcional, a lo largo de toda la espalda. ¿Cuántas veces la había besado él por ahí en sus noches de pasión? Se encontró con su mirada en el espejo y vio que él también se estaba haciendo la misma pregunta. -¿Por qué has estado fuera? -susurró ella. -Ya lo sabes. Luego, con un evidente esfuerzo, añadió: -Estaba haciendo lo que tú querías. Ella sonrió levemente. -Bueno, será la única vez que lo has hecho -afirmó Reva con una cierta tristeza. -No. Siempre he tratado de hacer lo que tú querías... y siempre me he equivocado. -Supongo que ninguno de los dos hemos sido muy listos. Entonces Reva suspiró, se levantó y se puso la chaqueta.


-Reva, espera... -dijo Demetrio de repente-. ¿No podriamos poner a un lado nuestras diferencias esta noche... por Nicoletta? -Creía que era eso lo que hemos estado haciendo. Si no, no habría venido aquí. -Sí, pero me refiero a más cosas. Todos van a estar observándonos, dispuestos para criticar el más mínimo fallo de esta pequeña actuación. -Entonces tendremos que hacer que no exista el más mínimo fallo en nuestra actuación -le dijo ella sonriendo-. No te preocupes, engañaremos a todo el mundo. Nicoletta entró entonces de repente en la habitación. -Ya están llegando los primeros coches -gritó. -Debemos ocupar nuestros puestos para recibir a nuestros invitados -dijo Demetrio. Entonces ofreció el brazo a Reva. Ella lo tomó y levantó la cabeza. Demetrio era uno de los pocos hombres que conocía lo suficientemente alto como para que ella tuviera que hacerlo para mirarlo a la cara. -Adelante -exclamó ella con aire decidido. Capitulo Seis La casa estaba llena de flores por todas partes y en la sala principal la


orquesta ya estaba tocando temas suaves. Los tres se instalaron en lo alto de las escaleras con Nicoletta en el centro y, casi inmediatamente, los invitados empezaron a aparecer por la puerta, todos muy sonrientes. Reva conocía a la mayoría de ellos, eran socios o colegas de los negocios de Demetrio, algunos sus rivales. Incluso esos que sabía que él no les caía bien los saludaron con respeto y muestras de amistad. Reva sabía que le temían. Era un hombre duro, un hombre sin escrúpulos. Y aún así... Demetrio se volvió a Nicoletta y sonrió para animarla. Había una evidente expresión de cariño en su rostro. Reva recordó todas sus tensas expresiones durante el tiempo que habían estado juntos. Lo había visto apasionado, incluso cariñoso, pero nunca indefenso. Siempre le había parecido que mantenía en su lugar una última barrera, como si no confiara en el poder de sus sentimientos hacia ella. ¿O, tal vez, no confiara en ella? Pero con Nicoletta, su hermana mucho más pequeña que él y a la que trataba casi como a una hija, Demetrio se sentía libre para mostrarse a sí mismo sin reservas.


Reva se encogió de hombros mentalmente. Eso era comprensible, ¿no? Pero no pudo evitar un cierto dolor en el corazón cuando pensó en lo diferentes que podían haber sido las cosas entre ellos. Volvió a la realidad y se dio cuenta de que la casa se estaba llenando de gente. En ese momento tres personas estaban avanzando hacia las escaleras. Delante iban un hombre y una mujer de cerca de sesenta años. La Condesa Torvini iba magníficamente vestida y adornada por unas esmeraldas. El conde debía de haber sido apuesto en su época pero ahora sus facciones mostraban una boca dura y una mirada cínica. Caminaban con la cabeza bien alta y un aire de arrogancia que sugería generaciones de aristócratas. El mayordomo tomó aire y anunció a la familia Torvini. Reva estrechó manos, sonrió y murmuró frases educadas cuando Demetrio la presentó. Ella sabía muy bien que la estaban midiendo. Pareció pasar la prueba porque la condesa le dedicó una pequeña sonrisa y el conde inclinó levemente la cabeza. Ella deseó poder hacer lo mismo con ellos pero le parecian tan orgullosos y desagradables que sintió


lástima por Nicoletta por ir a casarse con un miembro de esa familia. Se preguntó si debía de portarse como una buena hermana y prevenirla, pero entonces apareció Guido y Nicoletta se estremeció de alegria. Reva se dio cuenta entonces de que su cuñada no estaba para razonamientos. Estaba tremendamente enamorada, atrapada por una pasión violenta y nada de lo que le dijera serviría. Ella misma conocía muy bien ese sentimiento y la amargura a que podía llevar a cualquiera. Guido era tremendamente atractivo, con unos ojos oscuros y hermosos, unos rasgos perfectos y boca sensual. Debía de tener unos veinticuatro o veinticinco años y tenía todo el aspecto de un hombre que hubiera sido admirado toda su vida. Saludó a Reva con una cortesía encantadora y a Demetrio con deferencia pero, cuando tomó la mano de Nicoletta su alegría fue evidente. Estuvieron un rato sonriéndose hasta que el conde intervino. -Guido. Instantáneamente, el joven dejó la mano de Nicoletta, le ofreció el brazo y ella lo condujo al lugar de honor.


-Estoy encantado de renovar nuestra amistad -le dijo el conde a Reva cuando se sentaron a la mesa y se sirvió el primer plato-. Espero que me recuerdo. -Lo recuerdo muy bien -le contestó ella sonriendo. -Qué encantadora. Estaba seguro de que nuestras dos familias serían amigas, a pesar de nuestras grandes diferencias. Desafortunadamente, usted se marchó demasiado pronto. La mirada del conde estaba llena de significado. -Me temo que mi partida fue malinterpretada. Dejé Milán temporalmente a causa de mi trabajo. Mi marido siempre ha sido muy comprensivo en ese aspecto. -¿Un trabajo que la apartó de él? Verdaderamente, debe de ser un hombre excepcional -dijo el conde con una sonrisa nada sincera-. Sin duda debo de parecer muy chapado a la antigua. Nací en una... digamos, cultura más tradicional y mi querida esposa no tiene ningún interés en nada que no sea nuestra casa y la familia. -Estoy segura de que eso la hace completamente feliz. -Completamente -afirmó Torvini con una complacencia insufrible. Luego añadió-: Supongo que Nicoletta la admira mucho a usted. Dándose cuenta del peligro, Reva dijo rápidamente:


-Nicoletta y yo nos queremos mucho, pero eso no significa que seamos iguales. Ella es producto de su cultura tradicional y lo que quiere es casarse con Guido y tener muchos hijos. -¿Realmente siguen existiendo mujeres así? -No muchas. Debería de asegurarla para su hijo mientras pueda. Torvini se rió. -Es usted aguda, signora. Con respecto a mi hijo... bueno, ya veremos. Todavía hay que pensar en muchas cosas. En la familia Torvini los matrimonios nunca se han hecho sólo por placer. Un matrimonio es una alianza entre dos familias y existen cosas aceptables y no aceptables. Reva no se pudo resistir a decir: -¿En esta época? Torvini volvió a reirse. -Incluso hoy en día, las alianzas se forman. Tal vez no siempre por las mismas razones, pero los lazos familiares se estrechan de una forma que no pueden hacerse de ninguna otra manera. Nicoletta es encantadora. Mucho. Mientras hablaba miró a Nicoletta, que estaba sentada al lado de Guido, sonriéndole. Reva sintió un ramalazo de ira ante la idea de que los


sentimientos de la chica fueran apartados de esa manera. -Si se aman creo que eso debería ser suficiente -dijo firmemente-. Ella adora a su hijo. ¿Qué puede ser más aceptable que eso? -Pero, ¿cuánto dura el amor? -preguntó Torvini gravemente-. Sin una compatibilidad mental e intereses comunes, ¿qué es lo que queda cuando mueren los primeros sentimientos apasionados? -En un matrimonio perfecto, nunca mueren -insistió Reva-. Solo se suavizan. Y eso tiene poco que ver con la compatibilidad mental y los intereses comunes. -¿No? Bueno, tal vez sea esta una cuestión en la que usted me pueda instruir. Usted y su esposo parecen ser incompatibles en la mayoria de las cosas... país, orígenes, ambiciones. Pero su matrimonio es claramente un éxito. ¿Lo describiria usted asi? -¿No es una prueba suficiente mi presencia aquï? Él sonrió. -Dificilmente, signora. Usted ha estado ausente durante un largo tiempo y, ahora, reaparece en el momento oportuno. Un hombre cínico podría sospechar que ha


sido por alguna razón inconfesable. -Un hombre cínico probablemente podría sospechar cualquier cosa de cualquiera -le contestó ella tranquilamente. -Es cierto. Y no me gusta pensar en mí mismo como en un cínico. A mi manera, soy un romántico. En esta época sólo un auténtico romántico mantendría las viejas virtudes de la fidelidad y la estabilidad familiar. Muy bien, entonces. Usted y Demetrio son la prueba viviente de que se puede mantener un matrimonio sólido a pesar de unas grandes diferencias. Les doy mi enhorabuena. Y los envidio por su gran felicidad. Reva sonrió e inclinó la cabeza. No había nada más que hacer. Había llegado demasiado lejos como para retroceder ahora, pero no le gustaba nada el giro que había dado la conversación. Por suerte, el conde empezó a charlar con su vecino de mesa y Reva suspiró aliviada. De reojo vio cómo Demetrio la miraba. Cuando ella lo miró él se colocó mejor la corbata y ella se puso un dedo en la mejilla derecha. Esos movimientos podrían haber sido tomados como algo casual, pero en realidad el de Demetrio significaba que le estaba preguntando si todo iba bien


y, el de ella era la respuesta afirmativa. Un toque en la mejilla izquierda habría significado que algo iba mal. Era un código que habían perfeccionado durante su primer mes de matrimonio para comunicarse entre más gente, pero eso era ya parte del pasado. Hacía tiempo que no había pensado en eso y su respuesta había sido instintiva y sin dudar. Entonces la dura verdad se impuso como un jarro de agua fria. Demetrio había olvidado el código. No le había hecho ninguna señal, sólo se estaba ajustando mejor la corbata. Su respuesta, ¿le habría recordado algo? Si era así ¿se estaría sintiendo él triunfante por esa pequeña victoría por su parte? Horrorizada se sintió ruborizar. Se quitó entonces la chaqueta y volvió la cara para que, si alguien la veía, pensara que era por el calor. De todas formas, esperaba que nadie se lo hubiera notado, sobre todo el único hombre que comprendería la razón de ese rubor. Demetrio la observó, esperando a que lo volviera a mirar. Como ella no lo hizo se vio obligado a devolverle la atención a la Condesa Torvini, pero no oyó lo que la mujer le estaba diciendo. Tenía la mente en otra cosa. Reva había entendido


su señal. Estaba seguro de ello ya que le había contestado como lo hacía antes pero, furiosa consigo misma por haber respondido a ese recuerdo, se había vuelto. Vio entonces el color de sus mejillas que reflejaban su enfado. Si lo volviera a mirar, si volviera a encontrar su mirada, tal vez intercambiar una sonrisa nostálgica... Pero no. Lo había dejado aparte. Luego la orquesta empezó a tocar suavemente. Como invitado de honor, el conde abrió el baile con su anfitriona y Reva tomó el brazo que le ofreció galantemente. Demetrio se levantó sonriendo y condujo a la condesa a la pista. Reva vio de reojo como Nicoletta y Guido se ponían a bailar muy juntos en cuanto la orquesta empezó con un vals. Torvini bailaba correctamente y era un buen conversador, pero Reva estaba segura de que no le estaba prestando toda su atención. No paraba de mirar a su alrededor, como midiendo a los otros invitados. Fue un alivio cuando la pieza terminó. Luego ella bailó con Guido y lo encontró encantador. Sus movimientos eran fluidos e inspirados pero Reva tuvo la impresión de que le faltaba la


confianza en sí mismo que debía de tener un hombre de veintiséis años. Era fácil ver la razón por la que había conquistado el corazón de Nicoletta, pero para Reva, era aún bastante poco maduro. ¿Sería más adradable estar casada con ese joven encantador que estarlo con un hombre como Demetrio? Se preguntó. Le pareció que Nicoletta había elegido instintivamente a alguien que era toto lo contrario a su hermano y, tal vez, fuera una medida inteligente. Miró entonces a Demetrio, que estaba bailando con la esposa de uno de sus socios. Baila como lo hacía todo, eficientemente pero sin imaginación. Pero entonces su espíritu de justicia la hizo ver que Demetrio no necesitaba ser un buen bailarín para causar impacto en la pista. Lo lograba solamente sacándole una cabeza a cualquier otro hombre de los presentes irradiando un poder y confianza que le hacían parecer aparte, como el león dominante de una manada. Más adelante, Reva se encontró bailando con un hombre llamado Bruno Alessi. Se lo había presentado anteriormente pero no tenía ni idea de quién era, a


pesar de que su apellido le resultaba vagamente familiar. Debía de tener unos treinta años y una expresión de amargura en el rostro. A pesar de su buena educación, Reva sintió una hostilidad hacia ella que la sorprendió. El misterio se aclaró pronto. -¿Qué le parece vivir en mí casa, Signora Corelli? -le preguntó él. -¿Su casa? -En su momento lo fue, antes de que su esposo nos echara de ella. Ahora ella recordó dónde había oído antes el apellido Alessi. -Yo... lo siento -logró decir por fin. -No se disculpe. No fue cosa suya. Incluso ver los diamantes de mi madre alrededor de su cuello no hace que la culpe a usted personalmente. Nadie se le puede oponer. Mi padre hizo que Demetrio Corelli pudiera empezar con los negocios. Le prestó dinero y le presentó gente importante. Pero nada de eso contó para Demetrio cuando tomó posesión de nuestra casa. Toma lo que desea... como, por ejemplo, su esposa. Usted debería saber eso mejor que nadie. Reva se quedó anonadada. Ese hombre no le gustaba nada y no estaba preparada para creerlo antes de oír la otra versión de la historia. -¿No se imaginará que voy a hablar de mi marido con usted? -le dijo


fríamente. -Por supuesto que no. Supongo que usted también le tiene miedo, ¿no? -Ciertamente, no. -La mayoría de la gente de por aquí se lo tiene. Saben lo que es capaz de hacer y, lo que realmente está dispuesto a hacer... que no siempre es lo mismo. Sabe que le importa poco a quién aplasta. -Ya es suficiente -dijo ella en voz alta. Estaba cada vez más furiosa. Pensar mal de su esposo era cosa suya. Descubrir que cualquier otro lo hacía también y estaba dispuesto a hablar de esas vilezas en voz alta era intolerable. Pero Alessi no pareció darse por aludido y continuó hablando hasta que a Reva le apeteció mucho darle una bofetada y marcharse de la pista de baile. Pero eso sería hacer una escena y debía de haber una forma más sutil. De repente se detuvo y osciló levemente, llevándose la mano a la cabeza. -Estoy un poco mareada -murmuró. Algunos hombres la rodearon enseguida para ayudarla. Cuando se sentó miró con los ojos semicerrados a Bruno Alessi, que estaba con los labios muy apretados. Reva pensó que, por lo menos él, no se había dejado engañar por su mareo.


-Apártense. Apártense. La pequeña multitud se apartó y Demetrio apareció en escena. A Reva la pilló desprevenida cuando él la tomó en brazos y se la llevó a una pequeña habitación apartada, donde cerró la puerta y la dejó sobre un sofá. Pero, en vez de dejarla tumbarse, siguió manteniéndola en sus brazos. Y con la cabeza apoyada en uno de sus hombros. -¡Reva! ¿Qué te pasa? En la voz se le notaba una fuerte emoción y eso le llegó a ella al corazón. -Demetrio -murmuró, desconcertada y sin saber cómo debía de actuar ahora. -Sí, querida. ¿Qué te pasa? ¿Qué ha sucedido? Háblame. Tú no eres de las que se desmayan fácilmente. -Y no lo he hecho -le contestó ella de mala gana. Se preguntó si él se habría dado cuenta de que la había llamado querida. -Eso es una tontería. Por supuesto que lo has hecho. Te estaba observando y te vi caer. ¿Por qué no me dijiste que te estabas encontrando mal? -Porque no me encuentro mal. Demetrio, no me pasa nada. -Eso no lo sabes. -Pues sí lo sé. No me he desmayado en absoluto. Ha sido una actuación.


Necesitaba marcharme y fue lo mejor que se me ocurrió. Él la miró incrédulo, pero luego pareció creérselo del todo y enfadarse. -Ya veo -dijo él apartándose de su lado-. Uno de tus jueguecitos. -No, no ha sido un jueguecito. Ese hombre te estaba calumniando y, si no me hubiera desmayado habría tenido que darle una bofetada. Si se hubiera esperado que Demetrio le mostrara su gratitud se habría llevado un chasco. -Deberías haber dejado que me calumniara -dijo él poniéndose en pie-. Mi espalda es muy ancha. -¿Y este es todo el agradecimiento que recibo por defenderte? -dijo ella, indignada. Demetrio sonrió. -Mi querida esposa, ¿para qué molestarse con esas cosas? Ella suspiró. -Eso, ¿para qué? -Además, ¿me defendiste? ¿O te desmayaste para evitar decir algo? ¿No tenías miedo de mostrarle lo mucho que estabas de acuerdo con él? Ella se levantó también y se enfrentó con él. -En realidad, yo estaba enfadada por ti. Aunque no me imagino la razón. -¿Qué te dijo de mi?


-Que su padre fue amable contigo y que tú se lo devolviste quitándole la casa usando métodos poco claros. Demetrio asintió. -Sí, eso es lo que me había imaginado. -¿Y bien? -¿Y bien qué? -¿Lo hiciste con métodos poco claros? A Demetrio le brillaron los ojos desagradablemente. -¡Vaya una pregunta para que se la haga una esposa a su marido! Además, tú ya lo sabes todo acerca de mis métodos. A menudo me has dado tus opiniones acerca de mi rudeza calculadora y sin escrúpulos... Se me ha olvidado el resto pero, seguramente tú lo recuerdas muy bien. -Demetrio, no juegues conmigo. Dime la verdad. Él levantó una ceja sardónicamente. -Cielos, Reva, no me digas que ahora haces preguntas antes de formarte una opinión. Por supuesto, eso es lo que se supone que hace una buena periodista pero, a mí nunca me diste el beneficio de la duda, ¿no? -Yo soy reportera gráfica, no trabajo con las palabras. -Excepto una vez. Las fotos que le hiciste a Michael Denton eran


excelentes, pero fue lo que descubriste y la forma en que lo expresaste lo que te construyó tu reputación, ¿no fue así? Si yo no hubiera sido lo suficientemente tonto como para ponértelo fácil esa vez, habrías sido una esposa mejor. -Ya salió. Siempre te ha enorgullecido haberme proporcionado mi primer éxito, ¿no? Demetrio sonrió. -Ni la mitad de lo que te enorgulleció a ti, querida. Y ahora, ¿volvemos con nuestros huéspedes? Entonces le ofreció el brazo galantemente pero era un gesto medio de broma y Reva lo aceptó. Su reentrada en la pista de baile causó una pequeña conmoción. Reva sonrió y respondió amablemente a todos los que se interesaron por su salud. Entonces de acercó el Conde Torvini muy preocupado. -Por favor -le dijo ella-. Sólo ha sido un pequeño golpe de calor. -Y, supongo que un poco de cansancio -dijo él-. Me temo que ha debido de ser agotador para usted preparar esta magnífica velada. Necesita descansar y yo conozco el lugar ideal. La semana próxima mi familia se va de vacaciones a nuestra villa del lago de Como. Nos haría muy felices si su marido y usted vinieran también. Y


Nicoletta, por supuesto. -Oh, sí. Eso sería maravilloso -dijo enseguida Nicoletta. Luego dedicó una mirada suplicante a Demetrio y Reva. A Reva no le apetecía nada esa visita, ya que significaba que, inevitablemente, tendría que estar muy cerca de Demetrio, pero no tenía ninguna posibilidad de rehusar. Mientras dudaba oyó a Demetrio aceptar y darle las gracias efusivamente al conde. La velada llegó a su final. Demetrio miró al director de la orquesta y le hizo una seña. -Le dije que tocara un último vals -le dijo a Reva-. Todavía no he bailado con mi esposa. Mientras hablaba extendió las manos hacía ella y Reva dudó. No quería estar en los brazos de Demetrio. No era nada seguro. Pero tenía que hacer su papel en la farse hasta el final, así que sonrió y permitió que él la condujera hasta la pista de baile. Nicoletta los observó, sonriendo. Luego le susurró algo a uno de las sirvientes y, al momento, las luces se atenuaron. -Esto es cosa de Nicoletta -dijo Demetrio-. Quiere bailar con Guido muy


juntos y un poco de oscuridad es muy útil para eso. Reva no le contestó enseguida. La sensación del cálido aliento de él en su hombro desnudo la estaba haciendo estremecerse y le resultaba difícil hablar. -En qué lío nos has metido aceptando la invitación del conde -dijo por fín. -No ha sido culpa mía. No había otra salida. Ya lo viste. -Sí. Todo por Nicoletta. -Esa es una señal de aprobación. Debes haberle causado muy buena impresión. -No estoy tan segura. Sospecha de mi súbita aparición. -Entonces la invitación es para probarnos mejor. -Esto es una locura -murmuró ella-. No podemos seguir así. -Podemos y durante tanto tiempo como sea necesario -dijo él apretándola contra su cuerpo. -No te pegues tanto. -Sólo estoy haciendo mi papel. Torvini nos está observando y tenemos que engañarlo a toda costa. Mírame y sonríe. Trata de hacer como si mi compañía te encantara. Ella lo miró a los ojos y entonces vio en ellos algo que no era broma, algo que la hizo respirar más rápidamente. No podía ir al lago de Como con Demetrio.


Tenía que apartarse de él rápidamente y tratar de recomponer la cordura que él estaba amenazando. -En su momento podías parecer encantada sin ningún esfuerzo. -Eso fue hace mucho tiempo. -No, menos de dos años. Eso es lo que es triste. ¿No te pone triste, Reva? Ella susurró: -Sí. Le resultaba difícil hablar. -En su momento nos habríamos pegado mucho al bailar y más adelante te habría quitado ese vestido y te besaría por todo el cuerpo. -No... No puedo soportarlo. -¿Qué no puedes soportar? ¿Que te recuerde que hubo un tiempo en que me deseabas? -No, no eso. Es sólo. . que lo hemos perdido. Tanto sentimiento, tanta felicidad. Y todo eso, al final, no contó para nada. -Yo no lo creo. Una vez nos amamos y el amor siempre tiene que contar para algo. -No fue amor, si no, no habría muerto tan pronto. Los dos sabemos lo que nos unía en realidad, Demetrio. Y eso no dura.


-¿No? ¿De verdad que has olvidado lo que había entre nosotros, cómo era dar y recibir placer durante toda la noche? Desde que te marchaste ninguna otra mujer ha pasado por mi cama. No hay ninguna otra a la que desee. Tú has destruido a todas las demás para mí. ¿Te alegra eso? -Déjalo -le dijo ella fieramente-. Deja el pasado muerto donde está. -El pasado nunca puede estar muerto cuando sentirte en mis brazos me hace olvidar todo lo demás. -Entonces abre los brazos y déjame ir. -No hasta que termine el baile. Hasta entonces estamos condenados a permanecer juntos y a soportarnos el uno al otro lo mejor que podamos. Ya te he dicho que no ha habido otra mujer en mi vida. Ella no dijo nada, entonces él insistió. -Dime tú. -He vivido como si todavía siguiéramos casados. -Seguimos casados. Eso no ha cambiado. -Ni tú tampoco -le dijo ella, enfadada. Las palabras de él y su contacto estaban haciendo que la recorriera temblores de placer.


-Tienes tan pocos escrúpulos como siempre. Me prometiste que esto no iba a suceder. -Te prometí que no trataría de dormir contigo y he mantenido mi palabra. Pero no hay nada en nuestro trato que me prohiba decir lo que quiero y, en este momento, quiero recordarte las verdades que tú prefieres olvidar. -¿Verdades? Para ti la verdad no es más que otra arma. -En este momento es la mejor que tengo. Tú y yo encontramos el éxtasis en los brazos del otro. Esa es la verdad. Y el éxtasis, una vez encontrado, no puede ser olvidado. Se ríe de todos tus intentos por olvidarlo. Hace que cada momento sea peligroso. No nos podemos ver sin recordar cómo haciamos sentir al otro. No podemos odiar sin recordar lo desagradable que es el odio ni podemos olvidar lo fácilmente que se inflama la pasión. Eso son verdades y tú lo sabes. Si no fueran verdades no les tendrías tanto miedo. -No tengo miedo -le dijo ella, retadora. -Si no tienes miedo, demuéstralo invitándome a tu cuarto esta noche. -Eres diabólico -susurró ella-. Suéltame enseguida. -¿Y hacer que todo el mundo se ponga a cotillear? ¿Es qué no comprendes


que, mientras esté sonando la música los dos somos prisioneros? Demetrio se dio cuenta de que debía de haberse mordido la lengua antes de decir eso. Vio como ella recordaba inmediatamente ese desafortunado episodio. -Reva. . Pero la música estaba terminando y ella se apartó de sus brazos y se dio la vuelta rápidamente. Capitulo Siete Cuando Reva se metió en la cama esa noche no podía dejar de pensar en todo lo que le había dicho Demetrio. Lo cierto era que ella había logrado reunir de nuevo toda su decisión y no se habia dejado llevar por la evocación del pasado que habia hecho Demetrio. Pero era era una victoria pírrica. Por dentro era un auténtico torbellino. Él había utilizado todos los trucos que conocía para encender el recuerdo de sus apasionadas noches juntos, se lo había recordado con palabras, con su contacto y con el impacto de su proximidad física. Ahora esas noches estaban vivas de nuevo en ella, tan vívidas como si hubiera sucedido el día anterior y su cuerpo estaba respondiendo indefenso a su


llamada. En ese momento su mirada se posó en la caja con los diamantes y pensó que debería devolvérselos esa misma noche a Demetrio, en ese mismo instante. Tomó la llave de la puerta que unía y separaba las dos habitaciones y se levantó. Dudó antes de usarla. La puerta se abrió con facilidad. Desde el cuarto de baño de la otra habitación se oía a Demetrio duchándose. Reva entró deprisa y se quedó muy quieta, con el corazón latiéndole fuertemente. Incluso ahora no era demasiado tarde para retroceder pero algo parecía haberse apoderado de ella y la obligaba a hacer cosas que no quería. Eso mismo la hizo apagar la luz de la mesita de noche para dejar en la oscuridad la habitación, excepto por la luz de la luna que se colaba por la ventana. Oyó cómo dejaba de sonar el agua y, un momento más tarde, se abrió la puerta del cuarto de baño. Sintió mas que vió a Demetrio detenerse y entonces la voz de él rompió el silencio. -¿Quién está ahí? ¿Qué es esto? Un impulso la hizo decir:


-Mi nombre no importa. Él puso la mano en el interruptor de la pared pero ella se rozó con él en la semioscuridad, susurrando: -No lo hagas. Es mejor así. -¿Por qué estás aquí? -He pensado que querías que estuviera. Pero, si estabas esperando a otra mujer... ¿Quieres que me marche? -No -dijo él lentamente-. Y, como tú has dicho, los nombres no importan. No importa nada, salvo que estás aquí. -¿Es qué no sabías que iba a estar? -le preguntó ella mientras se le acercaba. No podía verle el rostro pero sí que notaba el temblor de su cuerpo. -No estaba seguro. Lo esperaba pero, he esperado tantas cosas y he salido decepcionado. En el silencio que siguió ella le tocó el pecho y Demetrio contuvo la respiración. -¿No deberías tener más fe? -murmuró ella y, mientras hablaba bajó las manos y le quitó la bata de seda que llevaba, dejándolo desnudo. Pero no le tocó el cuerpo. Parecía tener miedo de hacerlo. -Te he estado observando toda la velada -le dijo él-. Eras ma mujer más


hermosa de la sala. Todos los hombres te deseaban y, podría decir que tú te estabas riendo de todos ellos. -¿De todos? -Sí, de todos. Los veías hacer el tonto por ti y te reías. Te conozco. -No, no me conoces y yo tampoco te conozco a ti. Nunca nos hemos conocido antes de esta noche. Él le acarició entonces los senos con la punta de los dedos. La sensación le pareció tan agradable a ella que casi gimió en voz alta. -Nos conocimos hace un millón de años -dijo él. -Un millón de años. Mil millones de años. Entonces ella se quitó tambien la bata y dejó que él viera su gloriosa desnudez a la luz de la luna. -Y, aun así, esta noche somos como desconocidos. Nunca antes nos habíamos visto y, tal vez no nos volvamos a ver de nuevo. Sólo hay esta noche... sin preguntas. -Sin preguntas. Demetrio la tomó entonces en sus brazos. La sensación de sus cuerpos juntos era como estar de nuevo en casa. Durante unos cuántos minutos frenéticos se acariciaron el uno al otro desesperadamente. Él le resultaba familiar pero


diferente, más duro, más esbelto, pero con la misma energía y vigor. -¿Quién eres tú? -murmuró él mientras la besaba en el rostro- ¿Quién eres tú? -Soy la mujer que estabas esperando -susurró ella-. Y tú eres el hombre que he venido a buscar. Nada más tiene importancia. -Pero, mañana. . -Silencio -le dijo ella mientras le apoyaba los dedos en los labios-. Mañana no existe. Entonces él la tomó la mano y se la besó. El calor de su aliento le produjo oleadas de placer a Reva. El brazo libre de Demetrio la estaba haciendo apretarse firmemente contra él y pudo notar sus fuertes músculos y la urgencia cálida de su excitación apretada contra su vientre. Ahora que habían empezado, Reva sabía que no había vuelta atrás. Deseaba a Demetrio y, por esa noche no le importaba lo que tuviera que hacer para tenerlo. Mañana sería diferente. Pero mañana serían otras personas. Le pasó los dedos por el oscuro y rizado cabello y luego se acercó a su boca y se la invadió con la lengua. La de él respondió inmediatamente, introduciéndose


profundamente en su boca. Ella le pasó las manos por todas las partes del cuerpo que podía alcanzar. Él era tan magnífico como siempre, de hombros anchos, caderas estrechas, con poderosos muslos. ¿Cómo se habría podido imaginar ella alguna vez que podría vivir en la misma casa que ese hombre y no desearlo hasta la locura? Ahora podía afrontar la verdad. Había estado luchando contra su creciente pasión desde el mismo instante en que él entró en su habitación el primer día en Milán y, ahora, estaba fuera de control. Lo deseaba con un ánsia básica y cruda que no admitiría una negativa. Y él la deseaba a ella. Como siempre en el pasado, el conocimiento de su deseo la excitó aún más. Por el dia no había cambiado nada. Sus personalidades chocaban como siempre. Pero aquí no había personalidades, sólo piel desnuda y el olor a la excitación de un hombre y una mujer. Además de la dulce y cálida oscuridad donde el mundo se había detenido para ellos. Él se detuvo y le pasó un brazo por debajo de las rodillas, levantándola. Reva se volvió levemente en sus brazos para que sus senos se le apoyaran en el pecho y


pudiera sentir el latir de su corazón. Su propio corazón estaba latiendo al mismo ritmo estremecedor cuando él la dejó sobre la cama y empezó a besarla como loco por todas partes. Ella gimió de placer y se ofreció a sí misma a sus caricias, acariciándole a él a su vez, deseándolo en todas partes a la vez. Entonces Reva sintió la boca de él rodeándole uno de los endurecidos pezones y, con la lengua, empezaba a producirle temblores de placer que le llegaban hasta los dedos de los pies. Cada centímetro de su cuerpo cobró nueva vida, ardiente y vibrante, haciéndola darse cuenta de que la paz de que había disfrutado durante el último año no era más que la paz de los muertos. Sin su contacto, su piel se había vuelto amorfa y fría y se había hecho creer a sí misma que aquello era paz. Nunca había habido paz en sus relaciones con Demetrio. Y nunca la podría haber. Ellos no eran de esa clase de personas. Ambos eran de temperamento caliente y vigoroso y estaban enfrascados en una batalla por la supremacía que no podía tener final, sólo alguna ocasional tregua armada. Los labios de ella formaron el nombre de Demetrio, pero no salió ningún


sonido de su boca. Eran desconocidos unidos sólo por la simple y cruda lujuria; no había necesidad de hacer ninguna pregunta. Era la única forma en que esa noche aquello podría funcionar. Pero no pudo evitar que se le escapara un: -Por favor. Él respondió inmediatamente, metiéndose entre sus piernas e introduciéndose en ella sin más demora. Ella lo acompañó tan contenta, gimiendo de satisfacción cuando sintió la dureza de él llegando al centro mismo de su pasión. Demetrio parecía estar hecho de acero, incansable y, lo suficientemente poderoso como para empujar una y otra vez con sus musculosas caderas. El placer era indescriptible. Ella empujó también contra él con movimientos fuertes y decididos, incrementando la fricción que la estaba volviendo casi loca de placer. A él siempre le había encantado el hecho de que ella fuera una amante activa a la que pudiera rendir con sus agresiones eróticas. Podía aceptar cualquier reto que ella le pusiera y hacer lo mismo con ella. La arrogancia que la enfurecía durante el día, se


transformaba por la noche en una confianza en sí mismo que le daba a ella toda la libertad. Y, una vez más, volvió a pensar en lo que había pensado en la recepción. Fuera lo que fuese Demetrio, sobre todo era un hombre. Había soportado un año entero sin la plenitud física que sólo Demetrio le podía dar y ahora la necesitaba. Lo devoró con los labios, las manos y con el resto de su cuerpo. Todos sus recuerdos estaban volviendo. Sabía dónde y cómo a él le gustaba que lo tocara, las palabras que le gustaban. Sabía las cosas que le encantaban, las que lo excitaban. Lo que lo volvía loco. Reva gimió en voz alta cuando sintió aproximarse su clímax y entonces explotó interiormente con una intensidad cegadora y el placer la recorrió en oleadas de luz y calor. Había terminado y sólo acababa de comenzar. Él seguía duro en su interior y empezó a moverse de nuevo, lentamente y, entonces, ella recordó su tremenda fuerza. Muchas noches él le había proporcionado placer hasta el amanecer, había dormido una hora y luego se había marchado a trabajar con su energía habitual. Se agarró fuertemente a él. Su cuerpo era como el acero y sus músculos se relajaban y


tensaban con toda facilidad mientras él se metía en ella y retrocedia. Reva empezó a mover las caderas en círculos siguiendo el ritmo de los movimientos de él aumentando un placer que ella ya había conocido antes con Demetrio pero, después de un año de abstinencia, volvió a ella con un ansia completamente nueva. Primo había tenido razón respecto a ella. Era una mujer de mundo, con experiencia, cuyo erotismo estaba al mismo nivel que el de Demetrio. Lo que él hiciera en la cama tenía todo el sabor del peligro. Todo en su musculoso y esbelto cuerpo reflejaba el peligro. Algunas mujeres podian encontrar eso intimidante, pero para Reva, era salvajemente excitante. Para ella la vida no era nada sin aventura. Y eso era tan cierto para el sexo como para todo lo demás. No pensaba en lo que estaba haciendo como hacer el amor. ¿Cómo podía serlo cuando habían estado de acuerdo en ser desconocidos? Eso era simplemente sexo. Un sexo salvaje, desinhibido y tremendamente disfutable. Un encuentro con un perfecto cuerpo masculino que poseía unas increibles habilidades sexuales; sexo sin


ataduras, preguntas, discusiones ni consecuencias. Era maravilloso. El placer estaba empezando a subir de nuevo pero era demasiado pronto. Ella quería más tiempo para disfrutar de ese extraordinario físico. -No -gimió-. Todavía no. Él bajó el ritmo y empujó menos profundamente; pero lo suficientemente fuerte como para seguir enviándole exquisitas vibraciones pero reteniéndose por ella. -¿Es así como te gusta? -gruñó. Y ella le contestó como tantas veces lo había hecho antes, en el pasado. -Sí... así... así. Estaba poseída por un éxtasis que le impedía pensar por completo. Le convulsionó el cuerpo, haciendo que agitara la cabeza y su cabello se desparramara por la almohada. Casi no le veía la cara a él. Estaba sonriendo y los ojos le brillaban mientras la llevaba a alturas superiores. -¿Ahora? -le preguntó por fin. -Sí -susurró ella-. Sí, ahora. Esta vez ella estaba preparada para llegar con él. Mientras la velocidad y potencia de Demetrio iba en aumento ella arqueó la espalda, completamente poseída por las emociones físicas que anulaban cualquier otra cosa. Nada había


cambiado. Después de un año seguían estando perfectamente conjuntados. Llegaron juntos al momento final, agarrándose entre sí como si el mundo se hubiera disuelto en una nube de polvo a su alrededor y no hubiera ninguna otra cosa a la que agarrarse. Reva se quedó un momento muy quieta, recuperando la respiración, antes de apoyarse en un brazo y mirar a Demetrio. Él la estaba mirando. Reva rió y empezó a acariciarle el pecho con los dedos. Demetrio no dijo nada pero la agarró por los hombros y se la acercó. Eso era algo que había hecho muy a menudo en el pasado y, esta vez, funcionó también como una señal. Reva se le subió encima. A su naturaleza independiente le encantaba esta parte, cuando podía utilizar la imaginación para con él y la fortaleza de sus muslos para aprisionarle. Ella tenía un cuerpo flexible que podía hacer cualquier cosa que quisiera. Se acunó adelante y atrás, apretando y aflojando la presión de su agarre hasta que él gimió de placer. Cuando se detuvo él le dijo de broma: -¿Te has cansado ya? -¡De eso nada! -le contestó ella al tiempo que reanudaba sus movimientos-.


Tú te cansarás antes que yo. Él estuvo a punto de decirle que nunca antes lo había hecho, pero recordó a tiempo que no había un antes. Ella era lista, pensó, así no habría ninguna amargura. Al momento siguiente Demetrio perdió toda su capacidad de pensar. Cada nervio de su cuerpo estaba absorto por las sensaciones que ella le estaba produciendo. Le puso las manos en las caderas, disfrutando de la sensación de notarlas tensándose y relajándose. El poder erótico vibraba a través de su forma delgada. Fue ella la que decidió el momento y él disfrutó de la sensación de estar en manos de una mujer que sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Cuando ambos explotaron a la vez, Reva se dejó caer sobre él, desparramando su cabello sobre el pecho de Demetrio. -¿Suficiente? -le preguntó él. -Yo te iba a hacer la misma pregunta. -Por el momento. Siempre hay un más tarde. -¿Cansado, eh? -Sólo para recuperar fuerzas para disfrutar de las cosas buenas. Y tú eres lo mejor que se ha cruzado por mi camino desde hace... un año.


-¿Qué diría tu esposa si te oyera decir eso? Él sonrió en la oscuridad. -Bueno, si tú no se lo cuentas, yo tampoco lo haré. Al momento siguiente Demetrio supo que ella se había quedado dormida sobre su pecho. Se quedó así, durmiendo tan tranquila y quieta como una niña durante una hora. Pero entonces ambos se despertaron descansados y volvieron, riendo, a amarse. Demetrio abrió los ojos y se encontró con la luz gris del amanecer en la cara. Bostezó y se estiró preguntándose a que venía esa sensación de bienestar que lo embargaba. Entonces, recordó. Se levantó lentamente de la cama y miró a su alrededor. No había ninguna señal de que hubiera habido alguien más allí pero aún olía levemente el perfume de Reva y la cama estaba completamente deshecha, como si se hubiera librado en ella una auténtica batalla. Su bata de seda estaba en el suelo, donde había caído. Probó a abrir la puerta entre las dos habitaciones y se encontró con que estaba cerrada. A su lado, sobre el vestidor, estaba la caja negra de los diamantes. Capitulo Ocho


Dos días antes de que se fueran a marchar a Como, Reva recibió una llamada de Benno Andresa pidiéndole que saliera a hacerle unas fotos a otro edificio de apartamentos. -Les pagan el alquiler a la misma compañía que la gente de Casa Paraíso -le dijo. Reva fue y descubrió que aquello era aún peor que el anterior. Benno le dijo que seguía trabajando desenrollando la madeja que conducía al dueño verdadero. -Pero alguien sabe lo que estoy haciendo -dijo-. Documentos públicos que deberían de estar al alcance de todo el mundo han desaparecido de repente. Será mejor que tú también tengas cuidado. -No te preocupes por mí -le contestó ella confiadamente. Pero, de vuelta a casa, vio un coche por el espejo retrovisor. La seguia, manteniendo siempre la misma distancia hasta que, la adelantó demasiado cerca. Ella miró a su lado y vio que el conductor también la estaba mirando. Tenía rasgos de ave de presa y ella se estremeció... Apretó el acelerador decididamente y pronto dejó atrás al otro coche y, al cabo de pocos minutos, estaba de vuelta en su casa. Desde la


puerta de verja vio por el retrovisor cómo el otro coche desaparecía por la carretera. Se dijo a sí misma que, probablemente, todo era producto de su imaginación. Pero, si no era así, el que la hubiera seguido ahora sabía dónde vivía. Tal vez fuera una suerte que se fuera a ir por una temporada. Cuando entró en la casa fue recibida por Nicoletta, que estaba muy excitada con los preparativos y se olvidó de todo el asunto. La mañana de su partida todo el mundo pareció volverse loco. Cuando todo el equipaje estaba en el coche y ellos ya estaban también dentro del mismo, un preocupado sirviente le dijo a Demetrio que la puerta de la verja estaba cerrada y que la llave la tenía un tal Toni y el hombre estaba completamente borracho. Eso le proporcionó a Reva una visión de otro aspecto de su marido. En vez de ponerse furioso, se limitó a decir: -Otra vez... -y lo dijo con aire de resignación. -¿Significa eso que estamos atrapados hasta que se despeje? -preguntó ella. -No, hay otra puerta en la parte de atrás -le contestó Demetrio.


-¿No tendrá también la llave Toni? Para su sorpresa , Demetrio pareció molesto. -Deja que sea yo el que me preocupe de eso. Ahora, vámonos ya. Al cabo de un par de kilómetros de recorrer un camino, evidentemente abandonado, Reva vio unas cuantas cabañas. Estaban vacias y, sólo una parecía en buen estado, pero estaba todo cerrado. -Esa era nuestra casa -dijo Nicoletta-. Demetrio, para el coche para que le pueda enseñar a Reva dónde nací. Pero Demetrio lo que hizo fue acelerar. -No hay tiempo -dijo secamente. -Sólo un momento... -rogó Nicoletta. -¿Es qué quieres darle una mala impresión a los Torvini llegando tarde? -Pero sólo... Demetrio explotó entonces. -¡Maria Virgine! ¿Quieres dejarlo ya? Era tan poco propio en él gritarle de esa forma a su hermana que las dos mujeres se miraron entre sí. Luego Nicoletta cambió de expresión como si estuviera dándole la razón mentalmente. Pero, cuando Reva la miró con curiosidad, la chica se


limitó a sonreír. Un momento más tarde llegaron a la salida trasera. Demetrio salió y abrió la puerta. Cuando volvió al coche estaba sonriendo. Le guiñó un ojo a Nicoletta y puso la radio. El incidente había pasado pero había algo extraño en él y eso hizo que Reva no pudiera apartarlo de su mente. La villa de los Torvini en el Lago de Como estaba a unas tres horas por carretera de Milán. A medio camino se detuvieron a echar gasolina y, mientras Demetrio pagaba, las dos mujeres salieron a estirar las piernas y Reva aprovechó la oportunidad para preguntarle a Nicoletta. -¿Qué ha sido todo eso de la cabaña? -Nada. Sólo que íbamos a llegar tarde. Debería haberlo pensado. -No, es más que eso. Tú sabes la razón por la que Demetrio no ha querido que yo vea su antiguo hogar. ¿Por qué no me lo cuentas tú? -No es nada... Nada en absoluto. Mira, Demetrio nos está llamando. Debemos darnos prisa. Volvieron rápidamente al coche pero, durante el viaje, le llegó la respuesta a su pregunta. La cabaña era un lugar privado y especial para Demetrio y no quería


compartirlo con ella. Demetrio no podía dejarle más claro que de esa manera que lo que había sucedido entre ellos después de la recepción no era más que ñp que habían pretendido: un encuentro entre desconocidos, dos cuerpos que se atraían, se juntaron y se separaron, sin ataduras emocionales por ninguna parte. Había sido idea suya y, aún así, la completa aceptación de la misma por parte de él no dejaba de producirle un evidente vacío de corazón. Llegaron al lago a media tarde. El lago tenía casi ochenta kilómetros de largo y la forma de una Y invertida y condujeron hacia uno de los brazos de la misma, más allá de donde se juntaban ambos y hacia un pequeño pueblo de la orilla oriental. -Me muero de ganas de ver la villa -dijo Nicoletta-. Es muy famosa por su arquitectura y tesoros artísticos. Reva sonrió y vio por el retrovisor que Demetrio hacía lo mismo. A Nicoletta no le importaba nada la arquitectura. Veía la villa como su futuro hogar. Las miradas de Demetrio y Reva se encontraron en el retrovisor y rieron juntos. Entonces la sensación de vacío se esfumó. Seguía habiendo puntos de contacto entre ellos.


Cuando llegaron a la villa, Reva tragó saliva cuando vió la carretera de dos carriles que subía a la colina donde estaba situada la mansión y que estaba decorada con reproducciones de estatuas clásicas. Toda la familia Torvini estaba allí para darles la bienvenida, incluyendo no sólo al conde , la condesa y Guido, sino también un cardenal, un obispo y un ministro del gobierno, dentro de la casa estaban otros invitados. El conde les explicó que todos los veranos invitaba a unos cuantos amigos a lo que él llamaba su pequeña casa de verano. Reva se relajó pensando que la presencia de esa gente le pondría las cosas más fáciles. La habitación a la que un sirviente condujo a Reva era encantadora, decorada con un estilo clásico y con una gran balconada que daba directamente al lago y a las montañas de la otra orilla, tan altas que, incluso en pleno verano, sus cimas mantenían la nieve. Reva se quedó casi en trance ante tanta belleza. Se volvió cuando oyó un ruido a sus espaldas y se encontró con Demetrio. Detrás un hombre cargaba con las maletas de él. -Debiamos de habernos imaginado esto -dijo Demetrio rápidamente, antes de que ella pudiera decir algo.


Se volvió y le dijo unas palabras al sirviente, que inclinó la cabeza y se marchó. -Nos han dado la misma habitación -exclamó ella-. No había pensado en eso. -Ni yo. Te juro que no lo he planeado yo. Los Torvini lo han dado simplemente por hecho y ¿ qué podemos decir? -Nada. -Hay sitio más que suficiente para los dos. No tenemos por que estorbarnos. El comportamiento de él era completamente impersonal y eso debía de haber sido un alivio para ella. Pero se preguntó cómo podría él estar a solas con ella en la misma habitación y no recordar la noche anterior. Nada en su comportamiento revelaba que lo hiciera. A la hora de la cena colocaron a Reva en la mesa delante del Cardenal Torvini y se preparó a ser interrogada acerca de su matrimonio. Pero el cardenal se dedicó a entretenerla contándole anécdotas divertidas y la cena pasó tranquilamente. Después todos tomaron café en la balconada mirando al lago y un hombre de edad avanzada y con el cabello largo y blanco se sentó al lado de ella. -He estado esperando la oportunidad de poder disculparme con usted por la


rudeza de mi hijo -dijo. -¿Su hijo? -Yo soy Paulo Alessi. Debería haber ido a su recepción pero me fue imposible. Mi hijo sí fue y lamento lo que hizo. Tiene muy mal carácter. -Por favor, no se disculpe -le dijo Reva dándole calor a sus palabras-. Debe de haber sido muy duro para él vernos en su antiguo hogar. Paulo Alessi agitó la cabeza. -No es el hogar de Bruno desde que se marchó de allí hace años para irse a vivir su propia vida. Desde entonces, las únicas veces que lo he visto sólo ha sido para que me pidiera dinero. Gradualmente lo he ido vendiendo todo. He tenido que pagar sus deudas hasta que sólo me quedó la casa y algunas joyas de la familia. Yo sabía que él estaba esperando que yo muriera para poder venderlas también. Ya comprenderá, signora, que me resulta doloroso hablar así de mi propio hijo. Pero me veo en la obligación de liberarla de cualquier pensamiento desagradable que él pueda haber causado. -Me dijo que usted ayudó a empezar a mi marido. -Le presté algo de dinero hace años, que él me pagó con intereses. Puede


que él sea un hombre de negocios implacable pero es escrupulosamente honrado. Pero usted ya lo sabe, por supuesto. Reva asintió aunque se sintió tan rara como siempre que alguien daba por seguro que conocía bien a Demetrio. Ahora estaba empezando a darse cuenta de lo poco que se había preocupado de averiguar algo acerca de él y se sentía incómoda con ese pensamiento. -Demetrio me prestó dinero y yo lo avalé con la villa -continuó Alessi-. Cuando yo no se lo pude devolver, él me ofreció cancelar la deuda a cambio de la antigua cabaña de su madre. -¿Sólo la cabaña? -preguntó Reva, impresionada y sorprendida. -Era todo lo que él queria. Él sabía que Bruno vendería la casa entera y la demolería y quería prevenir eso. Tuvimos una larga charla y le sugerí que se quedara con todo. -¿Fue idea suya? -Oh, sí. Se había transformado en una carga de la que me alegré de librarme. Él me pagó un buen precio pero no quedó mucho cuando pagué las deudas de Bruno. Yo siempre procuré tener una cuenta de ahorro que ahora me


proporciona una renta aceptable. Nunca he sabido mucho de dinero, me temo, pero Demetrio lo arregló todo de forma que Bruno no pudiera tocar nada más. Eso me ha dado una gran paz de espíritu, pero ha hecho que mi hijo se enfade mucho. -Así que era eso -dijo Reva. -Por supuesto. No necesito defender a su esposo ante usted, sobre todo. Pero quería que usted conociera los hechos. Pensé que su delicadeza podía haberle impedido contarle todo acerca de mí. -Mi marido aún puede sorprenderme -afirmó Reva haciendo un esfuerzo-. Realmente nunca lo he relacionado con la delicadeza. -La mantiene oculta en los negocios, por supuesto -dijo Paulo con una sonrisa encantadora-. Mientras los demás piensen lo peor de él, mejor. Paulo se volvió para responder a una pregunta de la anfitriona sin darse cuenta de que le había clavado un cuchillo en el corazón a Reva. Por supuesto, Demetrio ofrecía esa faceta suya a sus rivales en los negocios, pero también a su esposa. Se sintió como si le hubieran dado con una puerta en las narices, dejándola fuera, en compañia de todos aquellos en los que él no confiaba.


Esa noche estaba pensativa cuando subió a su dormitorio. Demetrio seguía abajo tomándose un coñac con alguno de los demás hombres. Reva se duchó y se puso uno de sus perfumes favoritos. Le pareció como si su mente se hubiera apartado de su cuerpo y vio como desde fuera a una seductora mujer en el espejo, vestida sólo con un camisón corto. Su mente supo que esa mujer se estaba arreglando para recibir a su amante. Se veía a sí misma como si fuera un sueño y, de repente, algo surgió a la superficie de su mente como un eco. Un sueño... sólo un sueño, había dicho una voz. -Sólo estás dirmiendo -le había dicho la voz, la de Demetrio, mientras ella dormía. El placer inundó su cuerpo. ¿Sólo un sueño? A la mañana siguiente ella se había despertado llena del bienestar que sólo él le podía proporcionar. ¿Sólo un sueño? Sonrió para sí misma. Ahora sabía muchas cosas, incluyendo la razón por la que él había desaparecido a la mañana siguiente. Demetrio había tenido miedo de su pasión por ella y se había marchado. Pero ahora no lo iba a hacer. Pronto volvería a ella y la pasión volvería a empezar. Se metió en la cama, apagó la luz y se dispuso a esperarlo. Tal vez hicieran


lo mismo que la noche anterior... dos desconocidos en la oscuridad. O, tal vez, esta noche podrían ser ellos mismos y, cuando se redescubrieran el uno al otro fisicamente, podrian hablar tranquilamente y dejar que sus corazones se reconciliaran. Estaba empezando a comprender que había muchas facetas interesantes en la naturaleza de su marido y que él era un hombre más fascinante de lo que había pensado nunca. Se despertó sorprendida cuando se dio cuenta de que la luz del amanecer estaba empezando a colarse por entre las cortinas. El reloj de la mesilla de noche mostraba que había estado cuatro horas dormida. El otro lado de la cama estaba vacío y frío. Salió de la cama, se puso una bata y abrió un poco las cortinas. Abajo podía oír a Demetrio enfrascado en una conversación con el conde Torvini. Parecía completamente absorto en ella. Reva volvió a la cama y se tapó la cabeza con las sábanas. Eso era mejor que ponerse a tirar cosas, que era realmente lo que quería hacer en ese momento. Una vez que estuvo instalada por completo en la villa, Reva descubrió que


estaba disfrutando mucho más de lo que se había imaginado. El lago era como un terreno de juego donde se podía nadar, tumbarse al sol o navegar. También había un constante trasiego de gente entre las distintas villas que lo bordeaban, propiedad de la alta sociedad italiana. Había días que, como ella se iba a hacer turismo o de compras con otras mujeres y Demetrio se iba de pesca con Paulo Alessi, casi no veía a su esposo. Uno de esos días los Torvini organizaron un baile de máscaras. Demetrio se negó incluso a disfrazarse, pero Reva se mostró entusiasmada y lo hizo de campesina, con su corpiño y falda de vuelo. No paró de bailar en toda la noche; lo hizo con todo el mundo, excepto con su marido. Cuando se marcharon los invitados los Torvini y los demás siguieron la fiesta y Reva continuó bailando hasta que se quedó agotada. Demetrio no bailó tampoco con ella entonces, pero no dejó de mirarla. Reva seguía bailando mientras subía las escaleras hacia su cuarto con Demetrio al lado. -Has bebido demasiado champán -le dijo él cuando estuvieron en su


habitación. -No he bebido apenas. No he tenido tiempo. Luego bailó un poco más por la habitación, se sentó en la cama y se quitó graciosamente los zapatos. -Me lo he pasado en grande pero los pies me van a pasar factura mañana por la mañana. -Se te da muy bien bailar. No dejas de sorprenderme. -Mi madre quería que fuera bailarina. Cuando tenía cinco años iba un par de veces a la semana a clases de danza hasta que me metió en una auténtica escuela. Realmente, no daba la talla pero el director del colegio era un viejo amigo de mi madre y le hizo el favor de admitirme. Ella estuvo encantada pero yo no. -¿No querias ser bailarina? -No. Toda esa disciplina me aburría de muerte. Una se tenía que dedicar a ello en cuerpo y alma y yo no lo hacía. Estaba viviendo el sueñño de mi madre, no el mio. -¿Nunca le dijiste lo que pensabas? -Lo intenté pero no me hizo caso. Ella había sido bailarina y se había empeñado de verdad en que yo continuara con su carrera, que tuvo que interrumpir cuando se quedó embarazada y tuvo que casarse. Mi padre murió cuando yo


era muy pequeña y nos quedamos sin dinero. Ella se puso a trabajar en tres sitios para darme a mí la oportunidad. Traté de convencerla de que no era lo mío pero ella estaba empeñada de verdad. Reva se rió tristemente cuando los recuerdos dolorosos empezaron a llegarle. -Sigue -dijo Demetrio. Ella se encogió de hombros. -Seguramente ya te he contado esto antes. -En absoluto. Sabía que habias hecho danza y que tu madre te animaba, pero nada del resto. -No me animaba. Ella depositó todas sus esperanzas y sueños en mí y era algo demasiado pesado. Cuando yo tenía catorce años me rompí. Un día empecé a llorar en clase y no pude parar. La escuela le dijo que yo nunca podría ser una figura, y lo dejé. -¿Te echó ella la culpa a ti? Como Reva no le contestó, Demetrio la miró de cerca y ella se quedó como mirando al vacío.


-Reva. . Ella pareció como si saliera de un trance. -Mi madre no dijo nada. Sólo pareció perder interés en mí. Murió tres años más tarde. Oficialmente fue un ataque al corazón pero yo supe la verdad. Había perdido la razón de vivir. Reva pareció abstraida por un momento pero, a continuación, los ojos le brillaron de nuevo. -No puedes hacerte una idea de lo que quería que hiciera el tutor que encomendó el ministerio. -¿Qué? -Que me alistara en el ejército. Le dije que, por nada en el mundo viviría de esa manera, donde siempre se están recibiendo órdenes. Conseguí un trabajo como ayudante en el estudio de un fotógrafo porque nunca pasaba lo mismo dos veces seguidas y a mí me encantó eso. Descubrir que podía hacer fotos decentes fue casi accidental. Tienes razón, nunca he hablado de esto, ni siquiera he pensado en ello durante años. No me lo podía permitir. -No me sorprende -le dijo Demetrio cariñosamente-. Debe de haber sido


doloroso para tí sentir que le habias fallado a tu madre y que habías contribuido a su muerte. -Sí. Pero no es sólo el dolor. También está la ira. No puedo evitar estar resentida con ella por hacerme sentir de esa manera, por hacerme sentir que había fallado porque no era como ella. No hay un peso más pesado que las esperanzas de los demás sobre uno y juro que nunca más volveré a soportarlas aunque viva cien años. Demetrio la miró con curiosidad. Ella nunca antes había dicho nada que arrojara tanta luz sobre su carácter y su vida como mujer y esposa. "Si lo hubiera sabido antes", pensó. Podría haber sido más comprensivo con su naturaleza aventurera y no se la habría tomado solamente como un rechazo hacía él. También podía haber logrado que ella le abriera el corazón hacía ya tiempo si la hubiera animado a hacerlo, en vez de estar siempre admirando su belleza y su fascinación sexual. Había adorado a la mujer, pero también había una niña pequeña dolorida que se encondía en ella. Por la ventana se seguía viendo el jardín y las luces que lo iluminaban. En ese momento se vio la figura de Nicoletta bajando las escaleras con mucho sigilo. Cuando


llegó al final un hombre apareció de entre las sombras y la tomó en sus brazos. Los dos se quedaron allí un rato sin moverse. Habia algo casi mágico en tanta quietud, como si haberse encontrado el uno al otro respondiera a todas las preguntas. -Es tan feliz ahora -dijo Reva-. Cree que va a durar para siempre. -Tal vez tengan algún secreto que nos falta a nosotros. Por fin Nicoletta se movió y echó la cabeza hacia atrás. Guido le acarició el rostro reverentemente antes de besarla y Reva suspiró. -No deberiamos estar mirando. -Esto no es cosa nuestra, es cierto. Pero ninguno de los dos se volvió. Era como si el encantamiento del amor de esos dos jóvenes los hubieran alcanzado a ellos también. -Se abrazan como si hubieran llegado al final de un viaje -dijo Demetrio tranquilamente-. ¿Recuerdas, Reva, cómo se siente uno así? -No -le contestó ella al cabo de un momento-. A mí no me pasó eso nunca. Para mí fue como empezarlo, sin tener ni idea a dónde me iba a llevar la carretera. Recuerdo que pensaba en lo maravillosamente excitante que era aquello. Siempre he preferido el misterio a la certeza. -A mí me pasaba lo contrario. Yo quería encontrar mi hogar eterno entre


tus brazos. Pasó mucho tiempo antes de que comprendiera que palabras como eterno te hacen sentir incómoda. Y sólo ahora me he dado cuenta de la razón. Ella lo miró con curiosidad. -Nunca me dijiste que sintieras eso. -Y tú no me lo preguntaste nunca. No te culpo. Ninguno de los dos preguntamos mucho. -Nunca me pareció necesario hacerlo. Nuestro am... Lo que sucedió entre nosotros fue tan instantáneo y total que. . Nunca sentí como si hubiera preguntas sin respuesta. Demetrio asintió. -Ni yo, al principio -dijo él sin darse cuenta, aparentemente, del desliz de ella-. Sólo fue más tarde... Reva suspiró. -Sí. -Sabía que algo iba mal -dijo Demetrio con dificultad, ya que esa clase de conversaciones siempre le habían resultado bastante incómodas-. Pero no sabía lo que hacer al respecto. No soy un... -Un hombre sentimental -continuó ella bromeando un poco.


-Lo que iba a decir es un hombre sutil. Si lo fuera habría sido un marido mejor. -No fuiste peor marido que yo esposa. Ninguno de los dos teníamos ni idea de lo que era estar casados, sólo sabiamos ser amantes. Todo sucedió demasiado deprisa. Nunca nos dimos tiempo para nosotros mismos. -Ahora tenemos todo el tiempo que queramos. -Ya es demasiado tarde -dijo ella tristemente-. Hemos desarrollado demasiada amargura e ira. Hay cosas que no podemos olvidar. -Lo podemos olvidar por un rato. Mientras Demetrio hablaba tiró de las cintas que sujetaban la blusa de ella por el centro, haciendo que se abriera por completo. Siguió mirándola a la cara tratando de ver alguna señal de rechazo. Cuando no vio ninguna le pasó la blusa sobre los hombros y se la bajó hasta la cintura, haciendo aparecer los senos desnudos, sus duros pezones disiparon los últimos temores que le podían quedar. Capitulo Nueve Esta vez no fueron desconocidos, pero sí un hombre y una mujer que conocían sus cuerpos perfectamente aunque seguían ansiosos por conocerlos más aún.


-Reva -susurró Demetrio-. Dime que me deseas. -¿Es qué no lo sabes? -Necesito oírtelo decir. -Te deseo, Demetrio. -Haz que me lo crea. Demuéstramelo. Ella sonrió y empezó a desabrocharle los botones de la camisa. Él la observó ansioso hasta que ella se la abrió y le apoyó los labios en el pecho. Luego le pasó los dedos de una mano por el cabello, acariciándoselo mientras él la atraía hacia sí. Luego gimió de placar ante lo que le estaban haciendo los labios de Reva. Se quitó la camisa y, cuando ella levantó la mirada, se encontró con la de él, ansiosa. Al momento siguiente, estaba entre sus brazos y con la boca pegada a la de él, que le estaba haciendo abrirla. Le dio la bienvenida de buena gana. Esa no era la cópula frenética de la primera vez, sino un encuentro lleno de cariño. Antes ella había deseado el cuerpo de Demetrio y ahora deseaba a Demetrio y podía decir que, a él, le estaba pasando lo mismo. El leve toque de su lengua era toda una delicia que le estaba produciendo pequeños espasmos de placer mientras le respondía ella también con su


lengua. Reva se quitó lo que le quedaba de ropa. Quería estar desnuda con él. Cuando él se quitó la ropa también la tomó de la mano y se dirigieron hacia la cama. Se tumbaron, muy cerca el uno del otro, desándose y acariciándose. Reva suspiró cuando él la empezó a besar de la cabeza a los pies. Sabía por experiencia que eso le llevaría bastante tiempo y que, cuando terminara, ella estaría llena de placer y ansia. Se relajó y sonrió cuando sintió la antigua felicidad poseyéndola. Él se tomó su tiempo, poniendo toda su habilidad y control al servicio de ella. Cuando empezó a deslizar sus labios y lengua por la sedosa piel de sus muslos pudo darse cuenta de que ella ya estaba preparada para él pero no parecía tener prisa. Mientras hacía maravillas con la boca también mantenía ocupadas las manos acariciando y frotando, excitándola más aún con deliciosos toques, hasta que toda la superficie de la piel de Reva ardió de deseo. -Demetrio... -susurró ella con un tono lánguido que era casi una plegaria. Disfrutaba repitiendo ese nombre que adoraba y pensó que él era todo suyo. Sólo ahora sabía el riesgo que había aceptado al dejarlo, al abandonar esa


riqueza sensual a los ojos rapaces de otras mujeres. Pero él había depositado su fe en ella y Reva tenía que hacer lo mismo con él porque, aunque siguiera su hostilidad, se pertenecían el uno al otro. Lo oyó suspirar su nombre cuando se deslizó entre sus piernas. Su entrada fue decidida pero saboreó deliberadamente el momento. Ella lo apretó firmemente, redeándolo con los brazos cuando empezaron a moverse juntos lentamente. Se miraron y sonrieron. Era muy distinto de la otra vez. Aquella había sido una pura experiencía física y ahora ese acto estaba lleno de emoción, una emoción que le daba significado. Él susurró: "Reva", y la besó mientras la amaba. Cada empujón de sus caderas era como una reiteración de su nombre en movimiento, glorificándola. El momento del clímax fue una verdadera consumación que los unió de verdad por el corazón lo mismo que por la piel, haciéndolos completos y se llamaron por sus nombres en el mismo momento. Después siguieron tumbados juntos, abrazados, mientras sus corazones se tranquilizaban. Por fin, Reva se apoyó en el codo y lo miró. Fue a apagar la lámpara de la


mesilla de noche, pero él se lo impidió. -Esta vez vamos a dejar encendida la luz para que te pueda ver -dijo. -¿Esta vez? ¿Cuándo fue la última vez? -Una mujer desconocida entró en mi habitación la noche de la recepción. -¡Vaya atrevida! -Eso es lo que yo pensé. Sólo la dejé quedarse porque me recordaba a ti. Reva levantó una ceja. -¿Era buena? El sonrió. -No tanto como tú. Reva sonrió y empezó a besarle el pecho mientras él continuaba. -¿Y tú? ¿Has tenido algo interesante? -Oh, sí. Estuve con un hombre realmente espectacular hace unas cuantas noches. -¿Espectacular, eh? -Ya te digo, era una especie de superhombre que se conocía todos los trucos. -¿Tengo que ponerme celoso? -Definitivamente. Ella lo miró a los ojos y vio el humor que se reflejaba en sus profundidades.


Entonces Demetrio se rió y la abrazó. Ella empezó a reirse también al tiempo que daba gracias por que hubieran recuperado la risa. Había pasado mucho tiempo desde que habían compartido esa bendición. -Ven aquí -dijo él-. Ven aquí. Ella lo hizo con alegría, buscando la renovación del milagro que había perdido y que había recuperado. Y que recuperó una y otra vez. Reva se despertó y se encontró entre los brazos de Demetrio. La habitación estaba llena de una luz dorada. Se incorporó y lo miró a la cara, sonriendo. Por la noche habían hecho el amor de tal manera que la había hecho sentirse en paz con el mundo entero. Dormido, Demetrio parecía joven y vulnerable. Lo besó levemente en los labios e, inmediatamente, él la abrazó. Cuando se apartaron Demetrio la miró. -No lo hemos soñado, ¿verdad? Ella agitó la cabeza. -Estuviste en mi dormitorio esa noche -dijo ella, y era una afirmación, no una pregunta. Demetrio pareció cauto.


-¿Qué pasaría si te digo que sí? -Deja de negociar como un hombre de empresa y dímelo tú. -De acuerdo. Sí, estuve en tu dormitorio. Tenía que asegurarme de que estabas allí. Te diste la vuelta y me tocaste, así que yo te dije que sólo era un sueño y me marché tan pronto como pude. Tuve miedo de que te volvieras a marchar si te despertabas y me encontrabas allí. -Y, al día siguiente, te marchaste. -Tenía que hacerlo. Tenía miedo. Había tantos malentendidos entre nosotros y no quería tener más. Pero, ahora está bien, ¿no? -Sí pero, ¿lo está siempre entre nosotros por más de un breve tiempo? -Podría ser. Hemos encontrado la manera. Quédate conmigo, Reva. Para siempre. ¿No ves que nos pertenecemos el uno al otro? Ella suspiró. -Lo haces parecer tan simple. -Y lo es. Piensa en cómo estamos juntos. Piensa en anoche... en todas las demás noches del pasado... en todas las que puede haber en el futuro. -Las noches nunca fueron el problema -le recordó ell-. Son tan perfectas que me confunden. Podemos dormir juntos pero, ¿podemos vivir juntos? -Podemos intentarlo. Ahora nos comprendemos mejor. Hemos aprendido la


lección. Di que te quedarás conmigo -le dijo él abrazándola más fuertemente. -Demetrio, por favor... -Dilo -insistió él. Pero supo que se había pasado cuando vio el torbellino de emociones que se leyó en el rostro de ella. -Es demasiado pronto, Demetrio. Por favor, no me presiones. Tengo que pensarlo. Demetrio suspiró y la soltó. -No sé lo que hay que pensar. Es tan evidente. . De acuerdo, lo haremos a tu manera. Había un punto en cualquier negociación en el cual él sabía que la otra parte estaba preparada para hacer concesiones y lo único que quedaba era maniobrar para conseguir posiciones. Él era un maestro escondiendo su impaciencia para que las cosas fueran un éxito. Reva lo besó y se levantó de la cama. Él se tumbó y se dedicó a observar sus movimientos desnuda. -¿No te vas a levantar? -le preguntó ella. -Preferiría que volvieras aquí. -Es domingo -le recordó ella-. Anoche el conde nos dijo bastante


claramente que esperaban que fuéramos a la iglesia esta mañana. Por la forma en que lo dijeron, es el punto culminante de la semana. -Ya te dije que es un auténtico pilar de la comunidad -dijo Demetrio después de bostezar y salir de la cama-. Ahora que recuerdo, ha donado una vidriera a la iglesia local y va a ser inaugurada esta mañana en misa. Se sentiría profundamente ofendido si no vamos a admirarla. -Y no debemos ofenderlo de ninguna manera -dijo Reva bromeando. Demetrio sonrió. -Eso si queremos que Nicoletta vaya ala altar del brazo de Guido. Dos horas más tarde estaban entre la gente que entraba en la iglesia local. El conde permaneció sentado impasiblemente mientras el cura alababa su generosidad y, modestamente, declinó la oferta de ser él quien inaugurara la cristalera. Era una bella obra de arte, dividida en cuatro secciones y que ilustraba la parábola del hijo pródigo. Finalmente, el sacerdote subió al púlpito y habló de la parábola y lo que quería decir acerca de las reconciliaciones. El sol entraba por la cristalera y le daba directamente a Reva, haciéndola


estar un poco adormilada. El tema del sermón parecía perfecto para su vida en esos momentos. Ella se había marchado, pero ahora parecía como si estuviera volviendo de nuevo a casa y Demetrio la estuviera recibiendo con los brazos abiertos. Él parecía diferente, pero no estaba segura de cómo. Tal vez fuera por eso por lo que ella había dudado en quedarse a su lado. Pero ahora parecía haber un cariño y sensibilidad en él que le daba esperanzas. Seguramente ahora podrían encontrar la comprensión mutua que haría posible una vida juntos... Cuando abandonaron la iglesia, ella dijo: -Creo que iré andando a casa. -Iré contigo -dijo Demetrio enseguida. -No -le contestó ella, sonriendo-. Quiero estar sola. Necesito algo de tiempo para pensar... Sólo un poco de tiempo. Él devolvió la sonrisa y asintió. -Te esperaré. Reva empezó a caminar muy despacio. Su corazón le exigia volver con Demetrio, pero su mente seguía teniendo algunos pensamientos discordantes. Sobre


todo estaba el recuerdo de una empresa llamada Leddrio Fiscale. Eran los especialistas en finanzas que le habían proporcionado trabajo a Demetrio cuando era joven y novato. Le habían engañado, robado sus ideas y, luego, lo habían despedido. Demetrio nunca olvidaba ni perdonaba. Reva sabía todo eso porque, durante el tiempo que había vivido con él, la empresa había tenido dificultades. Los tres hombres que la dirigian eran los mismos que habían engañado a Demetrio y Reva fue testigo de una auténtica venganza casi bíblica. Demetrio había ejercido todo su terrible poder para que les fuera negada la financiación que necesitaban. Reva le había oído hablar por teléfono a todas horas, pidiendo favores y, si eso fallaba, amenazando directamente a la gente. Finalmente, cuando Leddrio estaba contra las cuerdas, compró barata la empresa, se enfrentó a los tres hombres que odiaba y les dio cinco minutos para salir del edificio antes de que los echaran los guardias de seguridad. -Han pasado tantos años -le había dicho ella entonces-. ¿Nunca perdonas? Y su respuesta fue:


-La venganza es un plato que sabe mejor frío. Pero, lo que más le había impresionado a ella fue que él vendió la empresa una semana más tarde. Después de todos los esfuerzos que había costado conseguirla se libró de ella casi tan pronto como lo hizo. Había hecho lo que quería y ahora, los mercados financieros, sus rivales, sus oponentes, incluso sus amigos, sabían, si es que no lo habían sabido antes, que Demetrio Corelli no dormía hasta que cualquier ofensa que le hicieran no había sido vengada. Pero, en cuanto lo conseguía, perdía su interés. Descubrió más tarde que los tres hombres en cuestión eran ampliamente despreciados y que Demetrio parecía haberle hecho un favor a todo el mundo. Lo que era más, los miembros inocentes de la empresa mantuvieron sus puestos de trabajo y Leddrio volvió a ponerse en pie. Pero fue un amigo que ella tenía en la bolsa de Milán el que se lo contó. A Demetrio jamás se le hubiera ocurrido justificar su acción, ni siquiera ante su esposa. Eso la hizo pensar entonces si Demetrio no querría hacerla volver sólo para echarla de su lado y demostrar que él podía ser el que terminara su matrimonio.


Parecía imposible, aunque ella conocía su tendencía a llevar su vida personal y los negocios basándose en los mismos principios. "No", pensó apasionadamente. "No lo creo. Esta vez es diferente. Ha cambiado. Sé que lo ha hecho". Una voz alegre la sacó de sus cavilaciones. -Buenos días, signora. Levantó la mirada y se dio cuenta de que había llegado a un pequeño embarcadero que pertenecía a la Villa Torvini y Guido estaba allí, sentado en una pequeña motora. Le saludó y aceptó su mano cuando él la ayudó a montar en el barco. Luego arrancó el motor y se dirigió hacia el centro del Lago. Reva echó atrás la cabeza y dejó que la brisa le agitara el cabello. -¿No deberías estar sacando a pasear a Nicoletta? -le preguntó ella, riéndose. -La llevaré más tarde. Pero no había usado esta motora desde hacía meses y la estoy probando. Entonces aminoró la marcha e hizo virar la motora. -¿Le gusta el lago? -Creo que es un sitio muy hermoso. El sueño de un fotógrafo.


-Espero que Demetrio y usted vengan a menudo a quedarse con Nicoletta y conmigo cuando estemos casados. -Entonces, ¿estás tan seguro de que eso es lo que va a suceder? El sonrió, confiado. -Eso creo. A papá le gusta refunfuñar, pero es un buen hombre de negocios y, al final, dirá que sí. -¿Qué tiene que ver ser un buen hombre de negocios con vuestro matrimonio? -Nosotros tenemos una compañía como la de su esposo, pero más pequeña. Desde hace algún tiempo Demetrio y papá se están arañando el uno al otro como gatos en un tejado. Torvini necesita el dinero de Corelli y Corelli necesita los puntos de distribución de Torvini. El trato será bueno para las dos partes aunque, tal vez Demetrio lo necesite más que nosotros. -¿Por qué dice eso? -le preguntó Reva -le preguntó Reva con una voz que casi no reconoció como la suya. -Porque, si tenemos que hacerlo, podemos conseguir dinero en cualquier parte. Pero Demetrio tiene que utilizar nuestros puntos. Crear los suyos propios requeriría demasiado tiempo y necesita espacio rápidamente -dijo Guido riéndose a


continuación-. Me temo que esa posición le molesta mucho. Está muy acostumbrado a ser él quien tenga la sartén por el mango, pero lo disimula muy bien. -Sí, él disimula las cosas muy bien -murmuró Reva. Guido la miró con curiosidad. -¿No sabía usted esto? -No. Lo cierto es que nunca he prestado mucho int... Bueno, nunca me he metido en los negocios de mi marido. -Cuando todo esto haya terminado, las dos empresas estarán atadas muy firmemente. Tiene sentido entonces asegurar el acuerdo con un matrimonio. -Sí, eso ya lo veo -dijo Reva y su sonrisa no reveló nada del torbellino que tenía dentro-. ¿Te importaría llevarme de vuelta a la orilla? Me estoy mareando un poco. Guido la llevó inmediatamente a la orilla y, cuando ella llegó a la casa y entró en su habitación, Demetrio estaba allí y sonrió en cuanto la vio. -Ven aquí -le dijo él, tan contento-. Dame un beso. La sonrisa se borró de su rostro en cuanto le vio la expresión. -¿Qué pasa? -Debería haberlo sabido, ¿no? -le dijo ella amargamente-. Debería haber sabido que sigues siendo el mismo monstruo calculador y obsesionado por


los negocios de siempre. Pero, como una tonta, pensé que habías cambiado. Pensé que las cosas podían ser distintas entre nosotros. -No sé de lo que me estás hablando. -¿No? Entonces, ¿te dice algo los puntos de distribución de Torvini? Demetrio maldijo y se puso pálido. -¿Quién te ha hablado de eso? -Guido. Naturalmente, él no veía ninguna razón para no hacerlo. ¿Cómo podía él suponer que tú me lo habías ocultado deliberadamente para poder manipularme con más facilidad? -Eso no es cierto -dijo él, rápidamente. -Por supuesto que lo es. Ya puedes dejar de disimular. Oh, has sido tan convincente. Todo era por la felicidad de Nicoletta, dijiste- Aunque habría sonado mejor todo por el bien de Corelli Industriale. Siempre se te ha dado muy bien saber los botones que tenías que presionar. Soy una tonta por haberme dejado engañar otra vez cuando sabía muy bien cómo eres. -No lo sabes. Nunca has tenido ni la menor idea. Siempre te has precipitado


en sacar conclusiones. -¿Me he precipitado con mis conclusiones esta vez, Demetrio? ¿Es qué esta boda no es una cuestión de negocios para ti? Demetrio respiró profundamente. -No es eso. -Sea como sea, lo importante es que me lo ocultaste. -Por supuesto que lo hice. Sabía que lo malinterpretarías, como lo has hecho. Yo quería este trato, pero quería más la felicidad de Nicoletta. -Y sucede que ambas cosas van juntas muy convenientemente. -Fue por los negocios por lo que conocí a Torvini y Nicoletta conoció a Guido. Reva, te suplico que no le des mayor importancia a esto. -Te refieres a que no fastidie ahora el asunto. Pero, ¿qué asunto, Demetrio? Él se llevó una mano a la cabeza. -¿Por qué siempre tienes que estar esperando lo peor de mí? -Experiencia. -Si te hubieras molestado alguna vez en interesarte por mi trabajo, te habrías dado cuenta de lo a menudo que los negocios y la familia van de la mano. No hay nada deshonesto en eso. -¿No llamas deshonesto a jugar con mis sentimientos para hacer que me


quede contigo? -le preguntó ella, furiosa. Demetrio se rió amargamente. -Una vez dijiste que no tenias ningún sentimiento en lo que a mí concernía, ¿ha cambiado eso? Ella respiró profundamente y se dio cuenta de que aquello era un intento de atraparla. Pero, si Demetrio pensaba que la iba a hacer afirmar algo, estaba muy equivocado. -Mis sentimientos hacia ti son los que eran el año pasado -le dijo firmemente-. Desconfianza e ira. -Así que fueron desconfianza e ira las que te lanzaron a mis brazos anoche, ¿no? -Eso fue una locura y, ahora que vuelvo a estar cuerda, me arrepiento de ello. Nunca volverás a actuar conmigo como si fueras un dictador. -Nunca lo he sido. Sólo han sido imaginaciones tuyas. -¿Fue también una imaginación mía cuando me encerraste por osar desafiar tu autoridad? Él levantó los brazos al cielo. -¡Maria Virgine! ¡Otra vez con eso! -Sí, otra vez. Como siempre. Y no lo dejaré nunca porque es la suma de lo que eres y de por qué nunca debo confíar en tí. En realidad, no has cambiado.


Sólo que tus métodos son más sofisticados. Los lazos de afecto son mejores que los cerrojos y barrotes. ¿verdad? -Yo nunca he dicho que haya cambiado, Reva. Soy lo que soy. No soy ningún sentimental, eso ya lo sabes. -¡No, no lo res! -gritó ella-. Eres cruel, frío, duro y calculador. ¡Has manipulado a tu propia esposa y a tu hermana para hacer un buen negocio! Demetrio la miró, horrorizado. Trató frenéticamente de encontrar las palabras que la convencieran de la profundidad de su dolor y miedo, pero sin sacrificar nada de su orgullo. No encontró nada y, lo mejor que se le ocurrió fue: -No comprendes cómo se hacen los negocios. No es... como parece. Si supieras más... te darías cuenta de ello. -En otras palabras, que me meta en mis asuntos, ¿no? -le dijo ella furiosamente. Él había tratado de no decirlo con esas palabras pero estaban discutiendo en inglés, un idioma que él hablaba perfectamente pero que no era el suyo propio y lo notaba para poder explicar lo que sentía. -Muy bien -dijo él fríamente-. Si quieres decirlo así, tal vez sea lo mejor.


No puedo separar los negocios de la familia sólo porque tú reaccionas demasiado emocionalmente sobre algo que es realmente muy simple. Así que te sugiero que te metas en lo que sepas. -¡Demasiado emocionalmente! -exclamó ella-. Me decepcionas. Me has hecho ver de nuevo que eres un cínico arrogante, completamente indiferente a mis mentimientos y que estás preparado a destruir cualquier oportunidad que exista de revivir nuestro matrimonio y, cuando yo me atrevo a protestar acerca de tus prioridades y tu moral retorcida, resulta que me pongo demasiado emocional. ¿Cómo te atreves? -Como siempre, lo distorsionas todo sólo para conseguir ventaja en la discusión -dijo él fríamente-. Yo hice. . hice lo que era necesario. -Necesario para tus propósitos. -Mis propósitos deberían ser los tuyos. Somos marido y mujer. Deberíamos estar trabajando en la misma dirección pero tú... Por fin su dolor se tradujo en palabras y estalló. -Nunca has sido una esposa real para mí. Ella lo miró en silencio. Cuando pudo hablar lo hizo con una voz que no le


pareció la suya en absoluto. -Entonces, no hay nada más que decir -susurró y se marchó de allí. Capitulo Diez Con la cantidad de actividades que había en la Villa Torvini era perfectamente posible que dos personas pudieran evitarse la una a la otra sin provocar muchos comentarios. Durante los siguientes días Reva y Demetrio se dedicaron con energía a evitarse. Él se fue siempre a pescar y ella se dedicó a explorar los alrededores con sus cámaras. Cuando estaban juntos o en compañía de otros, se las arreglaban para parecer cordiales pero era toda una comedia. Una mañana, estando juntos en la mesa del desayuno, Demetrio observó con curiosidad los vaqueros y el jersey de ella. -Voy a subir unas montañas -le explicó ella-. Me han contado de unas interesantes formaciones rocosas que hay por aquí y me gustaría hacerles una fotos. -¿Va alguien más contigo? -No, no me parece bien pedirle a alguien que me acompañe cuando yo voy a estar haciendo fotos. Luego ella se volvió a una doncella que acababa de entrar y le dijo: -¿Está ya preparado mi almuerzo? Muy bien, gracias.


Cuando la sirvienta se marchó, ella le preguntó: -¿Te vas de pesca hoy también? -No, yo. . Reva. . En ese momento entró la condesa y Reva se puso a hablar con ella. Cuando salió de la casa no había vuelto a ver a Demetrio. Se puso a andar por un sendero durante unas horas y se detuvo en una trattoria de un caserío. Se tomó un vino en una mesa exterior que daba al lago, que ahora parecía mucho más lejano. -¿Le importa si me siento aquí? Ella levantó la mirada y vio a un hombre más bien gordo y de mediana edad con una expresión amigable y que vestía de uniforme. Le sonrió y el hombre se sentó a su lado en el banco. Empezaron a charlar y él se presentó a si mismo como Tonio, el jefe local de policía. -Seguramente no habrá muchos delitos en un sitio tan apacible, ¿verdad? -le preguntó Reva. -Es cierto -dijo Tonio y no pareció demasiado contento-. Mis hombres y yo nos dedicamos más a rescatar gente que a detenerla. A eso de un par de kilómetros de aquí el sendero se vuelve peligroso. La ladera de la montaña se empina y el


sendero se estrecha.Tenga cuidado si va a hacer fotos. No se distraiga y no vaya a dar un paso y se caiga por el borde. Reva le prometió que no lo haría y pronto llegó al sitio que le había mencionado Tonio. El sendero no sólo era estrecho y empinado, sino que se retorcía de tal forma que era imposible ver más allá de unos cuantos metros. La caída desde allí empezaba a ser impreionante. Fascinada, se tumbó de boca y empezó a disparar la cámara, ansiosa por explorar todas las facetas de semejante belleza. Cargó película y se puso en pie con cuidado. El día estaba resultando mejor de lo que se había imaginado. Pero, tan pronto como dobló el siguiente recodo del camino, se quedó helada. Había un hombre allí, apoyado contra una piedra y miraba en su dirección como si la estuviera esperando. Tenía el perfil de un ave de presa y, de repente, ella se dió cuenta de dónde lo había visto antes. Era el conductor del coche que la había seguido antes de marcharse de Milán... Se quedaron un momento observándose el uno a la otra. Entonces Reva avanzó desafiante hacia él, levantó la cámara y se la encaró. Le hizo la foto,


bajó la cámara y dijo tranquilamente: -No pude hacérsela la primera vez. Por un momento el hombre se quedó muy quieto. Entonces su brazo se movió tan rápidamente que ella no lo pudo ver. Agarró la correa de la cámara y se la retorció en el cuello, ahogándola. Mientras la sujetaba con una mano, con la otra soltó la cámara y la tiró montaña abajo. -Y nadie podrá ver esta -dijo el tipo con una suavidad mortal-. Ha sido una tonta, signora. Se ha metido en cosas que no son asunto suyo. Haga caso de esta advertencía porque es la única que va a tener. La próxima vez... El hombre se interrumpió y la arrastró hasta que ella tuvo una terrorífica visión del precipicio. -La próxima vez... -repitió. Todo había sido tan rápido que Reva no tuvo tiempo de reaccionar. Ahora el corazón le latía fuertemente por el miedo, menos al peligro que a su propia indefensión. Ni siquiera podía gritar porque la correa de la cámara la estaba estrangulando. Estaba empezando a perder el conocimiento... De repente se vió libre y pudo respirar de nuevo. Tomó aire


desesperadamente mientras todo le daba vueltas. Entonces se dio cuenta de que había unos ruidos detrás y se volvió. Vio entonces a su atacante apoyado contra la pared de granito mientras Demetrio lo agarraba por el cuello. Todavía se sentía demasiado mal para hacer algo más que tratar de mantener el equilibrio y apoyarse a su vez en la pared. La mirada de Demetrio era la de una persona dispuesta a matar. Entonces temió otra cosa. Por Demetrio, no podía dejar que matara a ese hombre. -Demetrio... no -logró decir como un graznido. Pero él la oyó y se volvió, momento que aprovechó el otro para darle un formidable puñetazo en el estómago. Demetrio se dobló y trató de respirar. Reva gritó cuando vio que resbalaba y se arrojó hacia delante, tratando de agarrarlo. Al momento siguiente estaba al borde del precipicio con las manos vacias y gritando el nombre de Demetrio cuando el cayó por el barranco. Sin esperar a ver lo que había pasado, el hombre se dio la vuelta y salió corriendo. Reva se tiró al suelo, tratando de ver a Demetrio a través de las lágrimas. -Oh, cielos -gimió-. Por favor, no.


Entonces oyó su nombre y por un momento pensó que estaba teniendo alucinaciones. De repente se dio cuenta de que Demetrio la estaba llamando. Se asomó más aún arrastrándose por el suelo y vió que él estaba precariamente sujeto a una repisa unos metros más abajo. -Aguanta. Voy por ayuda -le gritó. Luego echó a correr en dirección al pueblo y se dio casi de bruces con Toni, que acababa de terminar su siesta. Al momento siguiente el policía estaba llamando por teléfono al equipo local de rescate. Eran montañeros y estaban más preparados para situaciones como esa. -Tengo el coche fuera -le dijo él-. Muéstreme exactamente dónde está su esposo. De camino ella le dio la descripción del atacante y Toni la difundió por la radio. -Mis hombres lo atraparán. Ella apenas lo escuchó. Sólo era capaz de rezar mentalmente para que Demetrio estuviera vivo cuando llegaran. Cuando llegaron al lugar en cuestión ella casi no se atrevió a mirar pero, cuando lo hizo, Demetrio seguía allí, aunque parecía como sin sentido.


Inmediatamente después llegaron unos jóvenes alpinistas que se hicieron cargo de la situación y, en pocos momentos, uno de ellos bajó sujeto a las cuerdas que habían tendido y volvió a subir con Demetrio colgado a su espalda con mucho cuidado. Reva se dio cuenta de que Demetrio se movía un poco y usaba los brazos para apartarse él mismo de la roca. -Gracias a Dios -susurró-. Gracias a Dios. Cuando llegaron arriba dejaron a Demetrio tumbado en la hierba con los ojos cerrados. Reva se arrodilló a su lado cuando los abrió y le sonrió agitada, esperando que él sonriera también. Pero él se limitó a mirarla como atontado y sólo respondió cuando el jefe de policía le dijo: -Ahora lo llevaremos al hospital, signore. -Nada de hospitales. No tengo nada roto. Sólo llévenme a casa. Cuando los hombres fueron a levantarlo él insistió y entonces se mostraron de acuerdo en llevarlo a la Villa Torvini. Reva les dio las gracias a los tres jóvenes y entró en el asiento trasero del coche de Toni con Demetrio y el policía delante. Entonces Demetrio se volvió y la miró. -¿Estás bien? -le preguntó él.


Ella asintió y Demetrio cerró los ojos. Entonces Reva le dijo al sargento: -Por favor, ¿podría usar la radio para llamar a un médico que vaya a la villa? El policía lo hizo. Cuando llegaron, Demetrio se empeñó en salir del coche por su propio pie y andar sin ayuda hasta la entrada por las escaleras. -No seas estúpido -le suplicó Reva-, deja que te ayuden. -Eso sería mostrar debilidad -gruñó él-. Y no me lo puedo permitir. -¿Por qué demonios no? -Porque Torvini es un rival de los negocios y tú misma has dicho que yo nunca permito que nada se interponga en los negocios. Guido le ofreció su brazo para ayudarle y, cuando Nicoletta se le acercó, preocupada, él rechazó la ayuda y sonrió a su hermana. -No seas tonta, yo estoy bien. Cuidad a Reva. Cuando estaba a punto de llegar a la parte de arriba de las escaleras cerró los ojos de nuevo y fue a caerse. El Conde Torvini dio una orden y unos sirvientes ayudaron a subir a Demetrio. El médico apareció casi inmediatamente y, entre todos subieron a Demetrio a su habitación para que le pudiera examinar allí. Por suerte, no tenía más que algunos golpes y raspaduras sin importancia, pero el shock había sido importante y era necesario que descansara.


Más tarde, la condesa le dijo a Reva si prefería que les fuera servida la cena en la habitación, y ella asintió, ya que quería estar cerca de Demetrio para cuidar de él. Cuando entró ella en la habitación estaba a oscuras y, evidentemente, Demetrio estaba profundamente dormido. Reva se desnudó y se duchó. Le dolían todos los músculos por la tensión. Cuando se le sirvió la cena le resultó imposible comer algo, salió un momento al balcón y el aire fresco fue cómo un bálsamo para ella. Luego volvió a la cama y se sentó en ella. Demetrio seguía profundamente dormido, tumbado de espaldas. Muy lentamente, ella se inclinó y le rozó los labios con los suyos. -Te amo -susurró-. Y, de alguna manera, de ahora en adelante, los dos vamos a hacer que esto funcione porque yo no puedo vivir sin tí. Eso lo he descubierto hoy. Lo miró y una especie de sentimiento de posesión la invadió. Era suyo. Casi lo había perdido, pero ahora lo tenía allí a salvo. Toda sus sofisticación habitual había desaparecido y había dejado sólo el crudo instinto de protegerlo a toda costa. Él era su tesoro y, si fuera posible, lo habría encerrado donde el mundo no pudiera


alcanzarlo. Se rió entonces de sus propios pensamientos. Pero, entonces la risa murió en sus labios cuando se dio cuenta de una cosa. Demetrio la había encerrado una vez para que no fuera a correr peligros y ella le había acusado de actuar así por egoísmo, no por amor. Pero ahora ella sentía el mismo sentimiento protector y se daba cuenta de que aquello era amor, un amor de verdad y del de siempre. Pero también veía otras cosas, cosas que la preocupaban profundamente. Veía que su infancia, en la que había sufrido tanto autoritarismo, había causado que se hubiera tomado como una religión su libertad personal y que, por eso mismo, había prestado muy poca atención a los sentimientos y necesidades de Demetrio. Había pensado que se podía casar y seguir de la misma manera, así que se había tomado las protestas de él como una manifestación de su egoismo y de su deseo de sojuzgarla. Entonces pensó que la palabra egoísta le pegaba a ella mejor que a su marido. Él se había casado con ella porque quería estar a su lado y, lo único que le había pedido era que tuviera en cuenta sus sufrimientos antes de meterse en algo


peligroso. Pero ella nunca se había creído lo de su sufrimiento porque, hasta esa misma tarde, no había comprendido lo que era sufrir. -Pero, ahora lo sé -susurró-. He sido egoísta y obstinada y, ni siquiera traté de comprenderte. Pero he madurado ahora. Te amo. ¿Me oyes? Te amo. Y me pasaré la vida haciéndolo. Pero, cuando te despiertes, vamos a tener muchas cosas de qué hablar. Hasta entonces, duerme, mi amor, mientras yo te vigilo para que estés a salvo. Reva abrió los ojos varias horas más tarde. Ya había oscurecido y Demetrio no se había despertado aún. Fue al baño a echarse un poco de agua fría en la cara y, cuando volvió, Demetrio abrió los ojos. Ella se le acercó, sonriendo. -Tienes mejor aspecto. Demetrio frunció el ceño. Parecía aún un poco adormilado. -¿Qué pasó? -Descubriste a un hombre atacándome y me lo quitaste de encima. ¿No lo recuerdas? -Sí -dijo él mientras se frotaba los ojos-. Creo que le oí decir algo. . algo de que estabas interfiriendo. ¿O es qué me lo he imaginado? -No.


-¿Qué quería decir? -Eso no importa ahora. Quiero decirte... -Me gustaría saber lo que quiso decir, Reva. Ella suspiró. -Estaba tratando de asustarme para que dejara una historia en la que estoy trabajando. Demetrio pareció liberarse de lo que le quedaba de sueño de repente. -¿Qué? -He estado haciendo ciertas fotos que no les deben gustar a algunas personas y que deben querer que no salgan a la luz. Él la miró con un humor amargo y la mirada se le endureció. -Por supuesto. ¿Cuándo no lo estás haciendo? Yo había esperado que dejaras de trabajar mientras estábamos aquí, pero parece que no ha sido así. -Y dejé de trabajar. Esto es acerca de unas fotos que hice en Milán. Ese hombre me siguió hasta aquí. Ya había tratado de sacarme de la carretera antes de que nos marcháramos. Creí que me lo había imaginado, pero era el mismo hombre. -Bueno, esto te lo pone todo encantador para ti, ¿no? -¿Qué? -Así es como más te gusta, la excitación, el peligro. No puedes vivir sin ello,


¿verdad? Es mucho más excitante que la rutina doméstica con un hombre que, ni te gusta ni confias en él. Siento haber aparecido para estropearte la diversión. -Demetrio, por favor, no hables así. He esperado ansiosa a que te despertaras para decirte lo que siento. -Creo que ya me lo dijiste. Muy claramente. -No, espera, las cosas son distintas. -Vamos, Reva, ¿no te irás a poner tan afectada sólo porque yo llegué al galope para recatarte? Estoy seguro de que podrías habértelas arreglado con él muy eficazmente sin mi intervención. -Bueno, yo no podría... Fue una suerte que tú aparecieras justo en ese momento... -¡No creo! ¡Acabas de decirme que él sólo estaba tratando de asustarte! -Pues lo estaba consiguiendo bastante bien. ¿Es qué no te puedes quedar callado mientras te digo que te lo agradezco? -De acuerdo. Considéralo dicho -dijo Demetrio como aburrido. Ella lo miró. Ya empezaba a enfurecerla ese hombre. -No vas a ceder ni un centímetro, ¿verdad? -Sólo estoy siguiendo tu ejemplo, querida esposa. Tú no cedes nunca un


centímetro. He decidido que, en eso, tienes toda la razón. Ella hizo un último y desesperado intento. -Demetrio ¿Por qué estabas allí, tan cerca de mí? -Por puro accidente. Si te atreves a sugerir que te estaba siguiendo con la esperanza de una reconciliación, ya lo puedes olvidar. Nunca me habrías persuadido para ello. -Nunca se me habría ocurrido -le dijo ella fríamente. Estaba demasiado herida como para pensar con claridad. O para detectar el exagerado énfasis del tono de voz de Demetrio. Reva se levantó de la cama. -No les he contado a los Torvini lo que pasó en realidad -dijo-. Creen que fue un intento de robo. La verdad no les haría pensar más amablemente de nosotros. El conde Torvini ya me desaprueba por tener un trabajo. Como tú. -Yo nunca he desaprobado tu trabajo, Reva. Es sólo su naturaleza demasiado absorbente lo que me due... lo que me preocupa. Siempre me he sentido como si me reservaras para los momentos libres que te dejaba tu trabajo, cuando no tienes nada mejor que hacer. -Eso no es cierto. Pero, ahora veo lo que puede haber sido para tí.


Demetrio, deja que te explique. . -¿Es esto realmente necesario? ¿Vamos a tener que volver a algo tan antiguo, algo que siempre nos ha llevado a pelearnos? -Al principio no nos peleábamos -le dijo ella. -Porque nos distraíamos de otra manera. Pero eso fue un error, ¿no? Porque, sin eso, habríamos visto la verdad mucho antes. -¿La verdad? -Que no nos soportamos y nunca lo hemos hecho. Eso mismo te he oído decir a ti misma. -Sí -dijo ella después de un momento-. Sí, lo he hecho. Pero eso fue hace ya mucho tiempo. -Sólo hace unos días. Ya me he dado cuenta de que nuestras conversaciones no tienen un número muy alto en tu lista de prioridades, pero normalmente, te las arreglas mejor que esto. -Puede que sea hace unos días en el tiempo real, pero a mí me parece mucho más. Si me dejaras explicarte lo que he estado pensando... -¿No te habrás permitido ponerte sentimental con este incidente trivial? Vamos, querida, normalmente estás por encima de esas debilidades. Esas palabras la golpearon como un puñetazo en el estómago. Sentimentalismo y debilidad, las dos cosas que Demetrio más despreciaba. Se


las arregló para encogerse de hombros y contestarle como si estuviera tan tranquila: -Yo no tengo más tiempo para la debilidad que tú mismo. En eso, por lo menos, hacemos buena pareja. Desafortunadamente, no es suficiente. -¡Qué bien encontrar algo en lo que estemos de acuerdo! -dijo él ironicamente. Reva se volvió para ocultar la desesperación que se asomó a sus rasgos. Demetrio se acomodó mejor en la almohada; estaba cansado por el esfuerzo que le había supuesto parecer irónico, y aliviado por que ella se hubiera vuelto de espaldas antes de que pudiera ver el verdadera sentimiento que se asomaba a su mirada. Quiso maldecir cuando recordó la forma en que se había apresurado tras ella por la montaña, esperando encontrar un momento para arreglar las cosas y lo inocentemente que había ido en su ayuda y la alegría que le había producido descubrir que ella aún lo necesitaba para algo. Y todo eso se había transformado en una mala broma. Todo no era más que un episodio en la aventura privada de ella. Para Reva, esos momentos no eran más que la demostración de su éxito. Se sentía como San Jorge, galopando para


rescatar a una doncella del dragón... sólo para descubrir que la doncella estaba armada con un lanzallamas. Bueno, pues no más, se prometió a sí mismo. Reva le había hecho hacer el tonto por última vez. Apretaría los dientes y haría su papel hasta que su hermana estuviera casada y, luego, no volvería a ver más a su esposa. Capitulo Once Tan pronto como le fue posible, Reva salió de la villa para llamar a Benno, pero no consiguió localizarle en su casa y le dejó un mensaje en el contestador automático diciendo que era Alicia. Cuando volvió a la villa se encontró con Nicoletta con lágrimas en los ojos, mirando cómo Guido salía en la motora. -¿Qué pasa? -le preguntó-. ¿Os habeís peleado? -No, eso nunca lo hacemos. Le ha pedido a su padre que dé el consentimiento a nuestro matrimonio... -Y ¿se ha negado el conde? No me lo puedo creer. Nicoletta agitó la cabeza. -Entonces, ¿por qué lloras?


-Quiere un noviazgo largo. De, por lo menos, un año. -Ya veo. Así que ese es su juego. Espera que Guido se cansé de tí. -No. Nuestro compromiso va a ser anunciado enseguida. A Reva eso le pareció que estaba muy claro. El conde elaboraría semejante pantomima para lograr firmar el acuerdo con Demetrio y, al cabo de un año, podría ser que rompiera el noviazgo. No le haría daño expresando su opinión pero estaba muy claro. Entró en la casa y se encontró con Demetrio. -¿Vas a dejar que se salga con la suya en esto? -Dime cómo se puede evitar. Torvini ha dado su consentimiento, muy públicamente. ¿Qué voy a hacer? ¿Acusarlo de mala fe? ¿Le servirá de algo a Nicoletta? Lo mejor que puedo hacer es esperar, poner algunas cláusulas en el trato que me den alguna ventaja sobre él de aquí a un año. Pero tú siempre eres la misma. Para ti tiene que haber una acción impulsiva. -Esperar no nos va a servir de nada. -Si quieres una acción rápida, estás hablando con la persona equivocada -dijo Demetrio-. Guido es el único que puede hacer algo. Debería ser un hombre y


enfrentarse a su padre. Si no puede hacer eso, tal vez Nicoletta estaría mejor sin él. -No le digas eso a ella. Ya es suficientemente infeliz. -Pero es verdad y lo sabes. ¿Te casarías tú con semejante blandengue? Reva se encogió de hombros. -Ya sabes que tengo un gusto sorprendente con los hombres. Ya no confío en mí misma. Demetrio sonrió cínicamente. -Muy inteligente. Fuera lo que fuese a lo que estaba jugando el Conde Torvini, estaba funcionando deprisa. La fiesta para celebrar el compromiso fue programada para dos días más adelante y fueron invitadas la mayoría de las familias aristocráticas de los alrededores. Para Reva aquello representaba un auténtico dilema, ya que no había forma de que se quedara con Demetrio indefinidamente hasta que tuviera lugar la boda, pero no quería fastidiarle los planes a Nicoletta. Estaba segura que iba a recordar esa fiesta como la velada de su vida. Desde el primer momento hubo una evidente tensión en el ambiente. La condesa anunció que trs de los invitados habían cancelado su asistencía en el


último momento y los que fueron llegando actuaban de una forma muy extraña, como demasiado amablemente y miraban con curiosidad a sus anfitriones. Entonces llamaron al teléfono a la condesa y volvió diciendo que había habido más cancelaciones. Nicoletta estaba desesperada. -Me desaprueban -gimió. -Eso es una tontería -le dijo Reva enseguida-. Si eso fuera cierto, no habrían aceptado venir al principio. -Aceptaron porque no sabían la razón para la que habían sido invitados -insistió Nicoletta-. Pero ahora han oído rumores sobre el compromiso y están mostrando lo que piensan. Reva trató de consolarla pero había algo en el ambiente que la hacía estar incómoda a ella también. Por fin quedó claro que no iba a ir nadie más y, casi la mitad de la gente que había sido invitada se sentó para cenar. Fue una cena incómoda. Algunos de los presentes no sabían qué era lo que pasaba y, los que lo sabían, estaban demasiado avergonzados para hablar. Entonces llegó un sirviente para llamar al teléfono


al conde. Él tomó la llamada en una habitación cercana y, enseguida le oyeron gritar. -¡Mentiras! ¡Mentiras! Guido se levantó y se dirigió a donde estaba su padre. Después de un momento lo siguió la condesa. -Ya se lo han dicho -dijo un hombre de los que estaban sentados a la mesa. -¿Le han dicho qué? -preguntó Reva-. ¿Qué demonios está pasando? -Time & Tide ha salido esta tarde -dijo otro hombre-. Hay un artículo acerca de unas propiedades bastante vergonzantes. Las fotos son increíbles. Niños con mordeduras de ratas, esa clase de cosas. El periodista ha seguido la pista de la propiedad y ha llegado hasta Torvini. Él puede decir que todo son mentiras, si quiere, pero el periodista se ha tomado mucho trabajo en comprobar los hechos. A mí me parece algo suficientemente cierto. -Seguramente eso es imposible -dijo una mujer-. Es un hombre tan espléndido y recto. Nadie podría hacer más que él para proteger la moral pública. -La moral pública y la privada no siempre son lo mismo -dijo alguien y hubo risas generalizadas.


-A mí esto me parece muy convincente -dijo el primer hombre. Miró pápidamente por encima del hombro y se sacó unos papeles del bolsillo y los dejó sobre la mesa. -Recorté esto antes de venir. Una pequeña multitud se formó a su alrededor. Reva no se juntó con ellos. Estaba mirando al vacío mientras el horror le recorría el cuerpo. Demetrio la estaba mirando en silencio. Fue Paulo Alessi el que habló a continuación. -Yo conozco esa compañía. Es una prolongación de otra llamada Royales y, se que es cierto que Torvini la controla. La gente empezó a mirarse entre sí. -¿Es cierto, entonces? -preguntaron todos. -Lo es -dijo Alessi-. Miren, la mayoría de nosotros tiene intereses en negocios y, ninguno de nosotros somos santos. Pero hay límites. A mí me daría verguenza tener cerdos en casas como esas, así que mucho más seres humanos. Hubo un murmullo de aprobación. Como Alessi había dicho, no eran santos, pero sí gente decente y eso los ponía enfermos. De repente se produjo un silencio y todos se volvieron hacia la puerta. El


Conde Torvini estaba allí, muy pálido. -Son mentiras -dijo-. ¿Cómo se pueden creer la suciedad que aparece en ese papelucho? -Pero, usted controla Royale ¿no? -dijo Alessi. Torvini no contestó. Fue otra voz la que dijo: -Sí, así es. Torvini se volvió a su hijo, que estaba a su lado tan pálido como un muerto. -Tú. ¡Cállate! Guido no le contestó y pasó a su lado para colocarse al lado del grupo que tenía los recortes de prensa. -¿Puedo? -preguntó educadamente y tomó los papeles. Los leyó durante un momento y luego miró en silencio a su padre. Para los demás, su rostro pareció inexpresivo, pero Torvini debió ver algo más porque gritó: -¡No eres mi hijo si crees esas mentiras! Guido estaba muy quieto. -Tal vez sea mejor no ser tu hijo si esto es lo que parece. Siempre me has mantenido fuera de las tomas de decisión de verdad, pero sé lo suficiente de tus negocios como para reconocer que estas son compañías tuyas. Entonces pareció estremecerse.


-Me averguenzo de ser tu hijo. Torvini perdió todo el control sobre sí mismo. -¿Cómo te atreves a hablarme así? -gritó-. Te has aliado con esos traidores en mi contra. Tú... Entonces se volvió hacía Demetrio, que había estado observando muy fríamente toda la escena. -Esto es un truco suyo para desacreditarme. Usted ha planeado esto, usted y su esposa. ¿Cree que no sabía quién era esa tal Alicia? -Entonces, usted sabía más que yo hasta ahora -le dijo Demetrio-. Y le sugiero, por su dignidad, que pospongamos el resto de esta discusión hasta otro momento más conveniente. -Nunca habrá un momento mejor para decirle que ningún hijo mío se casará con alguien de su familia. -¿Cómo? -dijo Demetrio casi dejándose llevar por la ira, pero se contuvo e hizo un gesto hacia la foto donde aparecía un niño mordido por las ratas-. ¿Se imagina usted que yo permitiría semejante matrimonio, que dejaría que mi hermana se relacionara con esto? Guido se metió entonces entre ellos. -Ya es suficiente -dijo-. He esperado demasiado para ser yo mismo, pero no


es demasiado tarde. Luego se dirigió a donde estaba Nicoletta, que se había levantado de su silla y lo estaba mirando fijamente. -Nicoletta Corelli -dijo él tranquilamente-. ¿Querrías casarte con un hombre pobre, de una familia caída en desgracia, un hombre sin trabajo, sin hogar y con sólo su amor para ofrecerte? Nicoletta le sonrió y los ojos se le llenaron de lágrimas de alegría. -Sólo quiero ser tu esposa -dijo ella-. Ahora ya nada se interpone entre nosotros. Y así era como debía ser, pensó Reva, cuando todo lo demás desaparecía y sólo quedaba el amor. Así era como nunca había sido entre Demetrio y ella. Miró a su marido, pero él también tenía la mirada fija en la joven pareja y no dijo nada. La gente empezó a marcharse, avergonzada, y Demetrio pareció salir entonces de un trance. -Creo que será mejor que nos marchemos inmediatamente -le dijo a Reva. -Yo también me marcho -dijo Guido. -No -exclamó Torvini. -Debo hacerlo, papá. Ya no puedo seguir trabajando para tí. Debo seguir mi propio camino. Tanto tú como mi madre estáis invitados a mi boda, que será


tan pronto como sea posible. Despues de eso, nos volveremos a ver cuando tú arregles esas casas y cualquiera otras que tengas como ellas. No hasta entonces. -Lo prohíbo -exclamó Torvini-. Prohíbo esta boda. Guido lo miró con lástima y luego se llevó a Nicoletta, al tiempo que decía. -Tenemos muchas cosas de qué hablar. Reva ya había empezado a hacer las maletas cuando Demetrio entró en el dormitorío. Levantó la mirada y vio que él la estaba mirando fijamente. Sus ojos eran tremendamente fríos. -¡Me impresiona que tú me acuses de ser un tipo despiadado! -dijo-. Tú sí que eres fría. Esto te lo tengo que admitir. -No hables así. No te creerás que yo sabía algo de esto, ¿verdad? Sabes que no soy capaz de algo así. -Creo que los dos hemos dicho que no nos conocíamos bien. En este momento, me alegro de saber que creo de lo que eres capaz. -No de esto. No de esto. Él se encogió de hombros. -¿Por qué no? Es una gran historia y tus fotos eran magníficas. Te doy la enhorabuena. La sensación que has causado esta noche debe haber superado


tus sueños más alocados. Incluso habrá causado más sensación en Milán. Luego él miró sardónicamente el equipaje de ella y continuó. -Tienes razón al querer volver pronto. Habrá buen fruto de esto y debes estar allí para recogerlo. -¿De verdad crees que puedo ser tan cínica? -le preguntó ella, angustiada. -No cínica, sólo profesional. Has trabajado duro para tu momento de gloría. Casi te ha costado la vida. Deberías disfrutarlo. -¡Por Dios, no hables así! -¿Cómo? -Como si no hubiera nada más en ti que hielo. -Pero es que no hay nada más. Tú te llevaste el resto hace ya tiempo. El hielo me va bastante bien. Lo mismo que me parece que a ti. Sólo un cerebri frío como el hielo podía haber sacado esto, viviendo con tu presa, engañando a todo el mundo, incluido yo. Sobre todo a mí. ¿Estás orgullosa de ti misma por esto? Pero no te ha resultadi dificil, ¿verdad? Se me engaña con facilidad en lo que a tí concierne. Estoy tan ansioso de creerme cualquier cosa buena de tí, tengo tan pocas ganas de ver lo


malo hasta que me lo encuentro delante de las narices. Oh, hiciste un bonito trabajo conmigo, Reva. Además... -Demetrio se detuvo, algo parecía haberlo sorprendido. Bruscamente se volvió y se dirigió al balcón. Reva se sintió fatal. Eso no podía seguir sucediendo. Era una pesadilla. Pero no podía despertar. Sólo podía luchar para salir de ella con toda la persuasión de que era capaz. Una vez, quizás, podría haber llamado a su amado para hablar con él. Pero parecía que ya no quedaba amor. -Demetrio, escúchame -le imploró ella. -Te escucho -le dijo él sobre el hombro, sin mirarla. -Yo soy Alicia. Hice esas fotos. Pero no tenía ni idea de que era Torvini el dueño de esos pisos. No lo sabía nadie. Ese era el punto clave del asunto. Tapó muy bien su rastro. Durante todo este tiempo el periodista ha estado trabajando tratando de averiguar quién era el verdadero propietario de esas compañías. Me vine para aquí antes de que se supiera nada. Demetrio se rió sarcásticamente. -¿Esperas que me crea que no sabías nada de eso y ha sido él quien encontró


la información? -Yo no lo sabía. Después de lo sucedido en la montaña traté de llamarlo pero, al parecer se había escondido. No conseguí contactar con él. Como él no contestó, Reva se acercó y le obligó a mirarla a los ojos. Su expresión era horriblemente fría. -No me mires así -suplicó ella. -Prefiero ni mirarte. Demetrio intentó volverse otra vez pero ella siguió insistiendo. -No podemos seguir así, Demetrio. Debes creerme. Él la miró de mala gana. -Tienes una cara tan cándida -exclamó él-. Tan inocente y abierta. Miras como si guardases un secreto, como si no hubieras roto un plato en tu vida. Siempre. -¿Siempre qué? ¿No te vas a creer de verdad que te he traicionado? ¿Y Nicoletta? ¿Qué pasa con ella? ¿Crees que he roto su corazón? -Pero no se lo has roto. Ella se salió con la suya. Torvini se acabó. Guido ya lo ha desafiado. No necesitan ahora el permiso de nadie. Lo que significa que ya puedes dejar de hacer como si yo significara algo para tí y ya te puedes apartar de mí cuanto antes.


-No estoy disimulando nada, yo te quiero. Lo supe cuando estuviste a punto de morir. -Por favor, Reva, esto no es necesario. Has ganado, felicidades. Ya no te puedo sujetar más. ¿Por qué no terminas de hacer las maletas, que yo tengo aún algo que hacer? Demetrio se soltó de ella y Reva se quedó helada cuando él se alejó por las escaleras. Apenas podía pensar en la desgracia que se avecinaba. En el pasado había visto a Demetrio enfadado y amargado, pero nunca antes había visto esa helada expresión en su rostro. Y esto había pasado justo cuando acababa de averiguar sus sentimientos hacia él. Ya era demasiado tarde. Torvini puso mala cara cuando Demetrio entró en su despacho. -Mi familia y yo nos marchamos -dijo Demetrio-. Usted y yo no tenemos nada más de que hablar. Ni de negocios ni de asuntos privados. -Se está poniendo demasiado a las bravas pero todavía necesita mis puntos de distribución. Volverá a mi y, cuando lo haga, le haré pagar por esto. -Nada en este mundo podrá hacer que vuelva a tener un contacto con usted -le dijo Demetrio secamente-. Si pudiese evitar que mi hermana tomase el apellido


Torvini lo haría, pero no lo puedo hacer y tendré que aguantarme. Aparte de esto, usted ya no existe para mí. Explotar a sus pobres inquilinos ya era malo, pero hizo algo peor por lo cual nunca le olvidaré. Solía pensar que la venganza es un plato que sabe mejor frío pero, esta venganza me la voy a tomar ahora mismo. El puño de Demetrio se estrelló contra el estómago de Torvini y lo pilló completamente desprevenido y se cayó contra la pared; soltó un gemido de miedo cuando vio que Demetrio se avalanzaba de nuevo sobre él. Pero Demetrio no volvió a golpearlo; lo agarró por las solapas y lo arrastró como a una rata. Lo sacudió hasta que Torvini se tambaleó y entonces lo lanzó sobre un sofá. -Usted ha mandado a sus gorilas a por mi esposa y tiene suerte de que no lo mate por ello. Luego hizo un gesto como si se estuviera limpiando algo sucio de sus manos y se marchó. Capitulo Doce Al día siguiente de su regreso a Milán, Nicoletta y Guido se fueron juntos al ayuntamiento y volvieron con la noticia de que la boda sería al cabo de dos semanas, lo


más pronto que permitía la ley. Guido entonces desapareció durante un par de días y, cuando volvió, dijo que tenía un empleo. -Te habría dado un trabajo -dijo Demetrio. -Ya lo sé y, te lo agradezco -le aseguró Guido-. Pero yo quería, por una vez, conseguirlo por mí mismo, como un mérito. No gracias a la familia. -¿Para que compañía vas a trabajar? -Voy a enseñar matemáticas en una escuela de Roma. -¿Qué? -dijo Demetrio sorprendido-. ¿Sabes lo que gana un profesor? -Estoy seguro de que te parecerá muy poco -dijo Guido con una sonrisa dulce-. Pero es dinero honrado. -Y estaremos juntos -dijo Nicoletta tomándole la mano-. Eso es lo que importa, mi amor. -¿Y tú piensas en serio que telo voy a permitir? -le dijo Demetrio. Entonces Demetrio se quedó pensativo y Reva se dio cuenta de que estaba percatándose de algo. Entonces él dijo pesadamente. -Es que Roma está tan lejos... -Es mejor que esto -dijo Guido. -Sí, supongo que sí -afirmó Demetrio. Cuando los dos jóvenes se habían marchado, Demetrio sonrió cálidamente a


Reva. -He aprendido algo inteligente. -Sí, tratar de mantener a la gente por la fuerza no funciona. -Supongo que ahora te marcharás. -Me quedaré para la boda. Para no hacerle daño a Nicoletta. -Si te imaginas que cualquiera de esos dos se va a dar cuenta de quién está o no está, te engañas. Están en su propio mundo. -Ya lo sé. Espero que puedan hacer que ese mundo dure para siempre. -¿Crees que podrán? -Quizás. Son más inteligentes de lo que nosotros fuimos nunca -dijo Reva. -Eso es cierto. Durante las siguientes dos semanas Demetrio estuvo completamente ocupado con su trabajo y Reva apenas lo veía. Una vez que él regresó tarde y, aparentemente estaba muy cansado, Reva se arriesgó a sugerirle que necesitaba descansar más. -No puedo descansar justo ahora -le dijo él bruscamente-. Tengo muchas cosas que hacer en el trabajo. -¿Porque has perdido los puntos de distribución de Torvini? ¿Puedes encontrar otros? -Ah... Esa no es la cuestión -dijo él-. Por suerte no los necesito ya.


-Pero. . -Es demasiado complicado para explicártelo -le dijo él bruscamente. -Demetrio, no he querido hacerte daño. -Al contrario, me hiciste un favor revelándome la verdad acerca de Torvini antes de que cerrara el trato. Hubiera odiado estar relacionado con semejante escándalo. Te lo debo a tí. Pero aunque sus palabras parecían agradecérselo, su mirada era distante y Reva supo que, realmente, no había comunicación entre ellos. Tenía muchas cosas que hacer para llenar su tiempo. Empezando con una comida de celebración con Benno Andrese, que había salido de su escondrijo y que estaba jubiloso por su éxito. Benno insistió en que se quedara trabahando con él, porque estaba seguro de que cosecharían muchos más éxitos como ese, pero Reva se negó y le dijo que no tenía nada más que hacer en Italia. Luego Reva se marchó de tiendas con Nicoletta para buscar un traje de novia. La ceremonia estaba planeada para que tuviera lugar en la pequeña iglesia de la posesión de Demetrio. Después la novia y el novio irían de viaje de novios a Nápoles antes de irse a vivir a Roma, donde Nicoletta trataría de encontrar también un


trabajo. Un par de días antes de la boda, Reva se puso a explorar todo el terreno de la casa. Era un lugar precioso y, en un momento dado, se dirigió hacía la casita que había sido de la familia de Demetrio antes de hacerse rico. Desde el día en que se habían marchado al lago de Como y Demetrio había evitado enseñarle esa casita, Reva había sabido que, algún día, ella volvería. Eso la tenía un poco preocupada y, ya que estaba cerca de apartar de su vida a su marido para siempre, algo la condujo hacia allí. Todas las demás casitas estaban casi en ruinas, pero la de Demetrio se conservaba en perfecto estado. Lo más curioso de todo era un pequeño generador exterior. Las ventanas estaban cerradas, lo mismo que las puertas delantera y trasera. Pero Reva sabía como abrir una puerta como los auténticos ladrones y, al cabo de poco tiempo, ya estaba dentro. Cuando se acostumbró a la oscuridad se dirigió a las ventanas y las abrió. Las paredes interiores eran blancas y la decoración bastante elemental. Dos sillas de madera, una mesa y unas fotos de la madre de Demetrio colgadas que parecían


sacadas de una revista y un plato decorativo rajado. Se dirigió hacía una foto enmarcada, que parecía estar fuera de lugar en esa habitación. El marco era ovalado y parecía de oro. Eso significaba que era Demetrio el que lo había puesto allí. Reva la miró cuidadosamente y se dio cuenta del parecido que había entre la madre y el hijo. Esa mujer parecía haber llevado una vida dura. Podía haber tenido cualquier edad de los cuarenta y los sesenta años. Detrás de la foto había unas palabras escritas con letra de Demetrio: En esta casa vivió y murió María Corelli. Una pobre mujer que no tuvo nada pero que amó a su hijo y a su hija. Reva leyó varias veces esa frase, tratando de comprender la razón por la que la simplicidad de esas palabras la hacían sentir ganas de llorar. Había algo conmovedor en la forma en que Demetrio había incluido a Nicoletta, que tenía sólo unas semanas cuando su madre murió. Reva recordó que Nicoletta le decía que su hermano no dejaba de hablarle de su madre, tratando de recrear los lazos que habían sido creuelmente rotos tan


pronto. Ahí había otra pista sobre el corazón de él, un corazón que ella nunca había llegado a entender. De repente lo recordó diciendo: -Yo quiero encontrar mi hogar en tus brazos. Demetrio había estado solo desde que su madre murió y, quizás, incluso desde antes. Donde Reva había querido una relación espontánea e impredecible él queria una mayor estabilidad. Él quería un amor verdadero y ella no se lo había dado nunca. Pensaba que era suficiente con tener un amor apasionado. Era tan fácil de entender. Ahora era demasiado tarde. Subió unas escaleras, preguntándose si podría identificar el dormitorio de él cuando niño. Encontró una habitación principal, seguramente la de María y otra más pequeña y se quedó sorprendida por lo que encontró. La habitación estaba casi vacia. En una esquina había un montón de cajones. En la otra, algo incongruente allí, una televisión con un video, pero no había ninguna cinta por ahí. Encendió la televisión y vio que había una cinta en el video. Reva dudó un momento antes de que la curiosidad la venciera y lo puso en marcha. Al cabo


de unos segundos se dio cuenta de que era una entrevista que le habían hecho a ella en una televisión local unos seis meses atrás y que, con seguridad nunca se había visto fuera de Inglaterra, ya que estaba en inglés y sin subtítulos en italiano. Demetrio debía de haberse esforzado mucho para conseguirla. Ella se levantó impulsivamente y se dirigió a los cajones y empezó a abrirlos. Encontró otra cinta que le habían grabado en su casa. En otro cajón encontró ejemplares de prensa escrita con sus trabajos y doce números de una revista mensual de fotografía para la que había escrito una columna que incluía su foto. Detrás de la última encontró la respuesta a todo aquello. Había una carta de un servicio de documentación dirigida a Demetrio preguntándole si deseaba seguir recibiendo todo el material relacionado con Reva Horden. Se sentó, aturdida por el descubrimiento. Ante esa evidencia, Demetrio Corelli, el hombre que presumía de duro y poco sentimental, parecía inmerso en el más meloso sentimentalismo y este era el sitio que nunca habría querido mostrarle a ella. Oyó un sonido procedente de la puerta. Se volvió y se encontró a Nicoletta.


-Me preguntaba si alguna vez verías esto -dijo Nicoletta-. Esta habitación te puede decir tanto de mi hermano. -¿Sabías esto? -Sí, lo descubrí un día por casualidad, pero mi hermano me hizo prometer que no hablaría nunca de ello. Es por eso por lo que no quiso que viniéramos aquí cuando nos íbamos a Como. -Pero, ¿por qué no me lo dijiste? -Ya te dije que me lo prohibió. Su orgullo no le dejaba decirte lo mucho que le importas. Habla del orgullo aristocrático de Torvini, pero el suyo propio es mucho más terrible e inflexible y es incapaz de verlo. Puede hablar de su amor pero no de sus necesidades. Para él la necesidad es debilidad. -Pero él te lo contó. -Yo descubrí esto por accidente. Él tenía cerrada esta habitación y me dijo que era porque el suelo no era seguro. Pero un día yo vine aquí y oí un ruido dentro. Subí las escaleras y llegué aquí sin que él me viese. Estaba viendo tu video. Cuando terminó lo volvió a ver una y otra vez. Cuando me descubrió allí se puso furioso y me ordenó que me fuese. Nunca hablamos de ello, pero yo sé que él viene aquí y


se encierra en esta habitación durante horas. Reva, mira a tu alrededor y observa la verdad. Hay tanto amor aquí. -Sí -dijo Reva lentamente-. Aquí hay amor. Pero, ¿entonces por qué...? -Porque él es como es. Cómo tú eres como eres. Ninguno de los dos puede cambiar, pero podeis amaros a pesar de vuestras diferencias. Cuando le digas que has estado aquí... -¡No! -exclamó Reva-. No puedo decírselo. Ni tú tampoco debes hacerlo. Si él quisiera que lo conociese me lo diría. -Pero es tan simple. . -No es tan simple como parece. Algunas cosas no pueden ser forzadas. Una de ellas es el orgullo. -Y el amor es la otra -dijo Nicoletta-. Pero, si tienes amor o amas, no necesitas el orgullo. -Entonces, quizás nunca hubo amor. Demetrio y yo no nos entendimos el uno al otro desde el principio. Quizá porque nosotros nunca pretendimos llegar a nada más. -No lo creo -dijo Nicoletta-. Escúchame. Yo solía pensar que sabía del amor. Ahora sé que era sólo un juego de niños. Pero, desde que esto sucedió me he


encontrado con que Guido me necesita. Esa necesidad es amor verdadero. Demetrio te necesita. ¿Cómo puedes marcharte y dejarlo solo en esa casa inhóspita? ¿Sabes lo solo que se sentirá? -Yo no puedo estar sólo para hacerle compañía. Ha de ser más que eso. Dices que él me necesita, pero se moriría antes de decírmelo. -Porque es tonto, pero eso no significa que tú lo seas también. Reva la miró cariñosamente. El amor triunfante de Nicoletta hizo que pensara que el amor podría resolver todos los problemas. Si todo fuese tan fácil, pensó. -Demetrio no me dice la verdad -dijo ella-. Él sabe que yo fuí la que hizo las fotos de aquel artículo y cree que estaba intentando sabotearlo todo. Pero yo no sabía quién era el dueño de esos pisos, Nicoletta. De verdad que no lo sabía. Fue sólo un desafortunado incidente. -Por supuesto -dijo Nicoletta-. Yo sé que tú no eres una traidora y, en el fondo, Demetrio lo sabe también. Oh, Reva, ha de pasar algo que os junte de nuevo. Será una sombra sobre mi boda si vosotros os separáis. -Bueno, supongo que no podemos estar como tú y Guido. Sé feliz con él,


Nicoletta y no te preocupes por nosotros. Demetrio realmente no me necesita. Tiene todo lo que quiere. La noche anterior a la boda Nicoletta entró en la habitación que Demetrio usaba como despacho en la casa y le pasó los brazos por el cuello. -He venido para despedirme. Mañana no habrá tiempo para hacerlo apropiadamente. -Tienes razón -dijo él. -Quiero darte las gracias. Temía que me prohibieses casarme con Guido porque soy menor de edad. -Ya le puedes agradecer a Reva que no lo hiciese. Yo cometí un error con ella que pagaré durante el resto de mi vida y no quería hacer que me odiases tú también. -Pero si ella no te odia -dijo Nicoletta. -Solía hacerlo. Ahora sólo es indiferente. Lo único que está esperando es a mañana para terminar con esto. Entonces ella volverá a su vida verdadera. -Su vida verdadera eres tú -insistió Nicoletta. -Reva no lo piensa así, según creo. -¿Sí? -le preguntó Nicoletta tratando de animarlo. Demetrio insistió.


-Nada, ya se ha dicho todo. Déjala que vuelva a Inglaterra. Allí tiene todo lo que necesita. El sol daba de lleno en la pequeña iglesía cuando la novia llegaba del brazo de su hermano con su cuñada como dama de honor. El novio llegó solo con su madre y un amigo, ya que su padre rehusó estar presente. A Reva le brillaba la mirada al ver a Guido y Nicoletta darse el uno al otro con todo su corazón. Esa era la única clase de amor que contaba. Algo que le había sido imposible conseguir con Demetrio y que nunca querría de otro hombre. Después de una pequeña recepción, Demetrio los condujo al aeropuerto. Todo fueron abrazos. Reva trató con no cruzarse con la mirada de Nicoletta. Temía la pregunta que podía encontrar en ellos. Si aquello pudiera terminar pronto... Cuando Guido y Nicoletta ya se iban hacía el avión, Nicoletta gritó en el último momento: -¡Sois unos tontos! ¡Los dos! Luego se marcharon. Reva y Demetrio volvieron en silencio al coche. Demetrio se puso al volante pero no arrancó. Parecía sumido en sus pensamientos.


-Será mejor que volvamos -dijo Reva-. Todavía tengo que terminar de hacer las maletas. Demetrio le dijo entonces haciendo un evidente esfuerzo: -Reva, ¿has pensado en lo qué estás haciendo? -No he pensado en nada más. -Quizá Nicoletta tenga razón y seamos tontos. Creo que has tomado una decisión cuestionable. Al menos deberiamos hablar de ello. Entonces, pensó él, quizás las palabras rompieran la barrera del orgullo y le tocaran el corazón. -¿Hay algo más que decir que no lo hayamos dicho ya? -De alguna forma, nos hemos dicho demasiadas cosas. Nos hemos lanzado acusaciones el uno al otro en vez de discutir nuestra situación con calma. -¿Te crees que una discusión calmada ayudaría? -le preguntó ella. -Es lo único, que realmente no hemos intentado nunca. Creo que nosotros tenemos algo, algo que merece la pena conservar. Demetrio podría haber estado hablando acerca de activos en una sala de juntas, pensó ella. Como una confirmación a sus pensamientos, sonó el teléfono del coche. Demetrio lo descolgó y sus facciones se oscurecieron. -¿Ir a la oficina? ¿Ahora? -dijo él.


Reva pudo oír la voz de su secretaria. -El signor Bruschi está aquí. Ha dicho que es importante que usted hable con él. -Muy bien, voy para allá. Demetrio sacó el coche del aparcamiento y se dirigió de vuelta a la ciudad. Reva pensó que, si le quedaba alguna duda acerca de su decisión de volver a Inglaterra, aquella era su respuesta. Incluso cuando él le está hablando de estar juntos, los negocios eran lo primero. Cuando llegaron a la oficina, le dijo Demetrio: -¿Te importaría esperar en el coche? No tardaré mucho. -Voy a subir contigo. Necesito agua para tomarme una aspirina y luego me iré a casa en un taxi. Por favor, no interrumpas tu reunión por mí. Él puso mala cara pero no discutió. Cuando llegaron a la oficina le indicó a su secretaria que le diera a ella algo de beber y se dirigió directamente al despacho. Por la puerta abierta, Reva vió a un hombre gordo levantarse y mirar a Demetrio. Sólo hubo un momento en que ella fue visible al desconocido y tuvo la extraña sensación de haberlo visto antes. Entonces se cerró la puerta.


Tomó su agua mineral y se tomó unas aspirinas para el dolor de cabeza. Estaba horriblemente cansada. Por un momento, en el aeropuerto tuvo un atisbo de esperanza, pero ya había desaparecido. No había nada de pasión en la voz de Demetrio y se habían confirmado sus pensamientos de que ella significaba para él menos que una reunión de negocios. La secretaria estaba de nuevo al teléfono, hablando agitadamente. -¿Va algo mal? -le preguntó Reva cuando colgó. -Sí. Está pasando algo que no es normal abajo. Tengo que ir a ver qué pasa. Si él pregunta por mí... -Le diré que has ido a resolver un problema -le prometió Reva. La secretaria se lo agradeció y salió corriendo. Reva pensó que ya era hora de llamar a un taxi y tomó el teléfono pero no supo qué hacer con tanta tecla. Le dió a una al azar y se dio cuenta de que había accionado el interfono del despacho de Demetrio. Fue a colgar, pero oyó entonces la voz de Demetrio. Estaban hablando de Alicia. -Ella es una amenaza para todos nosotros -dijo una voz que Reva no reconoció-. Y descubrir que tú estás casado con ella...


-Ya hemos hablado de esto anteriormente -dijo Demetrio. -Creo que entendiste la necesidad de librarte de ella. Entonces Demetrio estalló. -Ten cuidado con lo que dices, Bruschi. Estás hablando de mi esposa. -Pero, ¿por cuanto tiempo más? Esa es la cuestión. -Para siempre, si la puedo persuadir de ello -dijo Demetrio simplemente. -¡Maldita sea! ¿Es qué no te das cuenta de lo perjudicial que es ella para ti? Desde lo del bloque de apartamentos te han desaparecido millones en acciones de la empresa. Y ¿por qué? Porque nadie quiere arriesgarse a tener contacto con un hombre cuya esposa se dedica a espiar a sus asociados para sacar a la luz sus pequeñas trampas. -No te atrevas a volver a hablar así de mi mujer si aprecias en algo tu seguridad. Ella no es una espía. No tenía ni idea de que Torvini era corrupto. -Si te crees eso es que eres un inocente. -Me han llamado muchas cosas, Bruschi pero, inocente nunca. Sé distinguir quién es honrado y quién no lo es y mi mujer es la persona más honrada del mundo. Es una persona de principios y valor y eso es más de lo que se puede decir de los que me


han abandonado en estampida. -Bueno, si realmente piensas permitirle que se quede... -Te equivocas -dijo Demetrio-, no sólo le voy a permitir que se quede sino que, se lo voy a rogar e implorar. ¿Te ha quedado claro? -Perfectamente. Creo que estás completamente loco -dijo Bruschi. -No estoy loco. Acabo de recuperar mi sentido común. Reva estaba luchando contra las lágrimas que se le escapaban. El descubrimiento de que estaba arruinando los negocios de Demetrio, el trabajo de toda su vida, la golpeó como un pñetazo. Se preguntó cómo podía haber sido tan estúpida y egoísta como para no haber pensado en ello. También había oído algo que la llenó de preocupación: Demetrio la había defendido con una generosidad que hizo que se le formara un nudo en la garganta. Eso era el entendimiento que siempre había deseado pero había sido conseguido a cambio de un terrible precio. Se enjugó las lágrimas rápidamente cuando vio que la puerta se abría, pero no fue lo suficientemente rápida. Bruschi se marchaba y se detuvo delante de ella. -Espero que se dé cuenta de verdad del daño que le hace permaneciendo


aquí, signora. Luego se marchó sin darle la oportunidad de contestar. La mirada aguda de Demetrio se fijó en la posición del intercomunicador. -¿Cuánto has oído? -le preguntó él rápidamente. -Lo suficiente como para saber que te estoy arruinando. -No me estás arruinando. Saldré de esta. -Supón que no es así. Ese hombre ha dicho que has perdido millones en acciones. Oh ¿Cómo he podido ser tan estúpida y egoísta? ¿Por qué no me contaste lo que estaba pasando? -Decirte ¿qué? ¿Que unos cuantos tontos corren asustados porque mi mujer está dedicada a la verdad? ¿Por qué debía yo preocuparte por semejante estupidez? -Porque no es una estupidez. Es una amenaza para lo más importante de toda tu vida. -No -le dijo él simplemente y con un tono de voz que ella no había oído antes-. Sólo es una amenaza para mi negocio. Y, ningún hombre debería hacer de un negocio lo más importante de su vida. Lo más importante de mi vida va a ser... algo más. -Pero yo nunca me perdonaré por hacerte esto.


Demetrio la miró. -¿Me estás diciendo que vas a dejar de sacar a la luz corruptos y a dejar de defender a la gente por mí? Ella se llevó las manos a la boca al darse cuenta del dilema que Demetrio le estaba planteando. -Quizás yo... Quizás sería esa una forma de... -No sería bueno para ninguno de los dos. La verdad se reflejó en el rostro de Reva, pero Demetrio la miró comprensivamente como si la estuviera animando para que fuera ella la que dijese la palabra crucial. -No -dijo ella por fin-. No podría hacerlo. -Gracias a Dios -exclamó él fervientemente-. Por suerte sigues siendo tú misma. Sobreviviré a cualquier cosa que me hagan. Tendré que reducir drásticamente la compañía, pero la volveré a levantar. Si tengo que hacerlo, venderé la villa. Prefiero disfrutar abriéndome camino de nuevo a mi manera. Escalar la montaña siempre ha sido más divertido que estar en la cima. Pero, incluso si pensara que nunca volveré a estar en la cima...


Demetrio la miró y había algo nuevo en su expresión, algo que la hizo alterarse de una forma diferente de la excitación sexual que él le podía inspirar tan fácilmente. Era como un torbellino en el corazón. -Incluso si pensara que todo me iba a costar, trabajaría para lograrlo -dijo él decididamente-. Seguiría pidiéndote y suplicándote que te quedaras conmigo porque te necesito mucho. Necesito tu espíritu de valor y decencia. Necesito tu forma de negarte a la derrota, tu desafiante y saludable forma de ser. Pero, lo que más necesito, es tu amor. Reva seguía mirándolo fijamente, le resultaba casi imposible creer lo que estaba oyendo. Pero ese era un nuevo Demetrio, que decía cosas increíbles. -Nicoletta dijo que los dos éramos unos tontos. Y he sido un tonto desde el principio. Cuando te engañé para que volvieras a Milán estaba decidido a utilizar la situación como una forma de volver a ti, pero pensé que podría hacerlo sin sacrificar mi orgullo y ocultándote lo desesperadamente que te necesitaba. Esa fue la mayor tontería que hice. El amor no tiene orgullo. Si lo hubiera sabido antes... Demetrio no continuó. Reva ya estaba en sus brazos, intentando decirle mientras lo besaba que ella también había aprendido y que había vuelto a


renacer el amor. -No digas nada más -suplicó ella en cuanto pudo hablar-. Yo estaba equivocada también. . tan equivocada... -No tanto como yo -dijo él rápidamente-. Dime que podemos perdonar el pasado. -Yo te perdonaré si tú me perdonas a mí. -Intenté pedirte que volvieras conmigo cuando volvíamos del aeropuero, pero no encontré las palabras adecuadas. Cuando ese hombre se metió contigo, de repente las descubrí. Lo cierto es que, mientras estemos juntos seremos invencibles. -Juntos -dijo ella lentamente-. Suena muy bien. Reva apoyó la cabeza sobre el pecho de Demetrio. Entonces un nuevo pensamiento se le ocurrió. -Si vendes la villa, Demetrio, ¿podrás mantener la casita de tu madre? -Sí, ya lo he pensado. Y, sobre la casita, hay algo que tengo que decirte. Hará que te rías de mí, pero no me importará. -Dime -dijo ella riéndose. -Más tarde. Esta noche. Cuando estemos en brazos el uno del otro será el momento de los secretos. ¿Por qué te ries?


-Porque yo también tengo que contarte un secreto sobre la casita, pero puede esperar. Tenemos todo el tiempo del mundo. -Ven conmigo a casa, querida. Ya es hora de comenzar nuestro matrimonio. Lucy Gordon - Reconciliados (Harlequín by Mariquiña)

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Sinopsis: La pasión había llevado al atractivo industrial Demetrio Corelli y a la fotógrafa de prensa Reva Harden al altar. Pero el orgull...

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