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KAT MARTIN PECADO PERFECTO Argumento: PLAN PERFECTO Él era el más libertino... Randall Clayton, séptimo duque de Beldon, tiene una razón oculta para seducir a la apasionada Caitlin Harmon. Rand tiene la misión de encontrar a un asesino... y las pistas le conducen directamente al padre de Caitlin. SEDUCCIÓN PERFECTA Ella era la más tentadora... Caitlin Harmon, la alegre e intelectual hija de un aventurero americano, está segura de que no se enamorará jamás. Un simple baile con el poderoso e impulsivo duque de Beldon enciende la llama de su corazón. PECADO PERFECTO El suyo era el amor definitivo... Se convirtieron en la comidilla de Londres, hasta que la pasión y la traición los separaron. Ahora Ran deberá embarcarse en la búsqueda de toda una vida: demostrar a Caitlin que el amor es el tesoro más importante de todos.


1 Londres, Inglaterra. Marzo de 1805 Fue el sonido de su voz, profundo y melodioso, sensualmente femenino, lo que cambió la vida de él para siempre. De pie debajo de una araña de cristal en el elegante salón de baile del marqués de Wester, Randall Elliott Clayton, séptimo duque de Beldon, se volvió en busca del sonido, que no correspondía a la risa de una joven señorita, sino a la carcajada espontánea y seductora de una mujer. Rand recorrió con la vista la multitud de hombres y mujeres ataviados con costosos trajes imaginando a una belleza morena y sensual, con ojos de mirada lánguida bordeados por unas pestañas negras, aunque la lógica le decía que una risa tan franca y desinhibida sólo podía provenir de una matrona entrada en años que ya no obedecía los dictados de la sociedad. Más alto que la mayoría de los hombres allí presentes, él no tardó en localizarla. Era más joven de lo que él había imaginado, de unos veinte años, no morena y exótica sino todo lo contrario, con una cabellera de color rojo vivo con reflejos dorados y unos límpidos ojos verdes. Su cutis no era oscuro ni pálido, sino que refulgía como si hubiera pasado una temporada al sol. —Veo que has descubierto a nuestra invitada de honor. Al volverse Rand vio a su mejor amigo, Nicholas Warring, conde de Ravenworth, junto a él. Moreno y de piel atezada, casi tan alto como Rand, Nick era guapo e inteligente, pero su pasado era nebuloso y debajo de la superficie poseía una dureza que intimidaba a la gente. —¿Quién es esa mujer? ⎯preguntó Rand con indiferencia, aunque no era eso lo que sentía. —Se llama Caitlin Harmon. Su padre es Donovan Harmon, un profesor de antigüedades americano.


Rand bebió un trago de su champaña mientras examinaba, por encima de su copa, a la mujer de complexión menuda. —Americana... sí... A lo largo de sus treinta y un años, Rand se había acostado con un gran número de americanas, las cuales no observaban los mismos dictados morales que las inglesas, ni siquiera las que aún no estaban casadas. Con frecuencia viajaban sin compañía y vivían según les apetecía, una costumbre que a Rand le era muy útil. —Imagino que durante los últimos años habrán vivido en alguna isla frente a las costas de África —dijo Nick—. Quizás hayas leído sobre él en los periódicos. Sí. El profesor Harmon y su constante búsqueda del infausto collar de Cleopatra. Al pensar en ello, Rand recordó que el artículo citaba también a la hija de Harmon y el hecho de que colaboraba estrechamente con él. Rand posó de nuevo su mirada escudriñadora en aquella mujer menuda y bien formada, con unos pechos altos y voluminosos que asomaban sobre el escote de su vestido. Extraordinariamente hermosa, pensó él, notando de pronto una turgencia en la entrepierna. Las mujeres siempre le habían gustado. Disfrutaba de su compañía, y más aún en la cama. Esta le atraía poderosamente. La imaginó despojándose, con excesiva facilidad, del corpiño y la falda de su traje verde esmeralda y retirando las horquillas que sujetaban su cabellera pelirroja, suavemente ondulada. Rand sonrió para sus adentros. Y era americana, se dijo, pensando en las posibilidades que eso presentaba. Quizás había acertado con respecto a su risa. Al menos, confiaba en que así fuera. Rand no recordaba haberse sentido jamás tan impresionado por el sonido de la voz de una mujer. Caitlin Eleanor Harmon bebió un sorbo de ponche de la copa de plata que sostenía, pero en realidad no lo saboreó. Había pasado toda la velada sonriendo y asintiendo con la cabeza, respondiendo a las mismas preguntas una y otra vez, repitiendo la información referente a la próxima expedición de su padre con el fin de ayudarle a recaudar el dinero que precisaba, motivo por


el cual habían viajado a Inglaterra. Cait suspiró. Pensó que durante la velada había fingido interés en las conversaciones más aburridas que había escuchado desde hacía años. Por fortuna, al menos de momento, su anfitriona y recién adquirida amiga, Margaret Sutton, lady Trent, la habla rescatado. A partir de ese momento, los pensamientos de Cait habían pasado del tesoro enterrado a un tema infinitamente más interesante. Cait bebió otro sorbo de su ponche, centrando su atención en la figura alta y de espaldas anchas, a quien observaba disimuladamente por encima del borde plateado de su copa. —Ese hombre que está ahí enfrente —comentó Cait a lady Tren —, el alto que está debajo de la araña, ¿quién es? Rubia y de ojos azules, Maggie Sutton era cinco años mayor que Cait, pero no lo aparentaba. Los casi nueve años que habla pasado en un convento le habían conferido una inocencia que la hacia parecer más joven. Su marido era el marqués de Trent y era gracias a su interés en el proyecto del padre de Cait que ésta y Maggie se habían conocido. Teniendo en cuenta lo mucho que Cait habla anhelado disfrutar de una compañía femenina durante los dos últimos años, la marquesa era una auténtica bendición del cielo. Maggie dirigió la vista hacia el punto que observaba Cait y vio a los dos hombres que conversaban al otro lado de la pista de baile. —Lo creas o no, ese hombre moreno y endiabladamente apuesto es mi hermano Nick. Nicky es el conde de Ravenworth y, aparte de mi marido, mi persona favorita en el mundo. Pero tú te refieres al otro, ¿no es así? El hombre que te mira como si quisiera devorarte. Cait se rió. Ella no lo habría expresado de esa forma, pero era difícil no percatares del interés que mostraba ese hombre en ella. —El más alto y fornido, sí. El que tiene los ojos oscuros y el pelo castaño. ⎯¿Y unos hombros que apenas pasan por la puerta del salón de baile? Junto


con tu inteligencia, también está claro que tienes un excelente gusto en materia de hombres. Ése, querida, es el duque de Beldon. Rand Clayton tal vez sea el mejor partido de Londres. Es extremadamente rico, desde luego uno de los hombres más guapos y encantadores de la ciudad, y posiblemente uno de los más peligrosos..., al menos en lo tocante a las mujeres. Cait comprendió perfectamente a qué se refería Maggie. Con su cuerpo airo y musculoso, su hermoso perfil y su talante un tanto arrogante, el duque poseía una presencia que a ninguna mujer —ni hombre, en realidad— podía pasar inadvertida. Emanaba poder y autoridad, e incluso de lejos, cada vez que él la miraba ella sentía que aquellos feroces ojos oscuros le abrasaban la piel como el fuego. Era una lástima que fuera duque, pensó Cait. Aparte del pequeño y selecto grupo de personas con las que su padre y ella habían hecho amistad desde su llegada, a Cait la mayoría de los aristócratas le parecían arrogantes, egocéntricos y malcriados. Debido a la fortuita circunstancia de su nacimiento, se creían muy por encima de la gente común y corriente. Un duque, situado en la cúspide de la pirámide aristocrática aparte de la realeza, probablemente sería peor que los demás. Cait examinó, por debajo de sus largas pestañas, al hombre y vio que él también la observaba. Cuando él echó a andar hacia ella, sintió el fuego de su mirada y un escalofrío de advertencia recorrió su cuerpo. Él se abrió paso a través de la multitud arracimada en torno a la pista de baile y se dirigió hacia ella, avanzando con paso resuelto y elegante. Incluso de lejos, Cait sintió las chispas que brotaban del fuego que había entre ellos, la pasión y la atracción sexual. Sabía que, de haber tenido un mínimo de sentido común, habría dado media vuelta y echado a correr. Pero Caitlin nunca había temido al fuego, ni siquiera de niña. Y nada le atraía más que un reto. En vez de huir, cuando el duque se detuvo ante ella al cabo de unos momentos, Cait miró su rostro arrogante, pecaminosamente apuesto y sonrió.


—Excelencia... —Maggie se volvió para hacer las presentaciones de rigor—. Permite que te presente a mi amiga, la señorita Caitlin Harmon. El duque clavó sus ojos oscuros en los de ella. Cait era consciente de que lo miraba con descaro, tal como venía haciendo desde el momento en que había reparado en él, pero él la miraba del mismo modo, fijando en ella sus intensos ojos castaños como si no existiera otra persona en la habitación. Observó que sus ojos tenían unas motas doradas que les conferían un singular calor. Él se inclinó ceremoniosamente al tomar su mano. —Es un placer, señorita Harmon. Ardía en deseos de conocerla. —El placer es mío... excelencia. —La última palabra no sonó tan natural como ella había deseado. Caitlin, al igual que el resto de la nobleza, observaba los cánones de la sociedad británica, pero en el caso de Beldon le irritaba dirigirse a él como si fuera superior a ella. En los ojos oscuros del duque advirtió una expresión levemente divertida. Era evidente que habla adivinado sus pensamientos. —Deduzco que es usted americana, —Nací en Boston. Es cuanto tengo de americana —repuso Caitlin. Su sonrisa encerraba cierto desafío—. Quizá recuerde la Rebelión del Té. Maggie arqueó sus rubias cejas. El duque se limitó a sonreír. —Eso ocurrió mucho antes de que yo naciera. Además, la guerra ha terminado, ¿recuerda, señorita Harmon? —Sí..., es cierto. Si la memoria no me falla, terminó con la declaración de derechos, que hace a todos los hombres iguales. Creo que ese concepto no es muy común en este país, ¿o me equivoco, excelencia? —Se equivoca bastante, señorita Harmon —repuso Beldon esbozando una


sonrisa— . Aquí, en Inglaterra, conocemos bien la igualdad. Simplemente creemos que algunos hombres son más iguales que otros. —Beldon clavó en ella sus ardientes ojos castaños, los cuales brillaban de regocijo y algo más. Caitlin sintió que los latidos de su corazón se aceleraban hasta extremos alarmantes y que el ambiente entre ellos se caldeaba. Él esbozó una sonrisa de oreja a oreja y, al observar el hoyuelo que se formó en su mejilla izquierda, Caitlin pensó que, fuera o no fuera un duque, arrogante y malcriado como sin duda debía de ser, el duque de Beldon era un hombre peligrosamente atractivo. Él se volvió brevemente hacia lady Trent. —Tu hermano desea hablar contigo, Maggie. Estaré encantado de hacerle compañía a la señorita Harmon hasta que regreses. Maggie miró al hombre moreno que se hallaba al otro lado de la pista de baile. —Confío dejarla en buenos manos —dijo con cierto tono de advertencia. —Sin duda —respondió el duque—. Dado que ambos estamos de acuerdo en que la guerra ha terminado, señorita Harmon —dijo el duque centrando su atención de nuevo en ella—, ¿establecemos una tregua? Ella no pudo evitar sonreír. El duque poseía un raro encanto difícil de resistir. —De acuerdo. —Esta vez se abstuvo de pronunciar la palabra «excelencia»—. Al menos de momento. El duque esbozó una breve sonrisa. Tomó una copa de champaña de la bandeja que llevaba un criado que pasó junto a ellos y bebió un sorbo. —Según se rumorea, usted y su padre han vivido en una isla frente a las costas de África durante los últimos años. Un tanto apartados de los


ambientes mundanos, imagino. —Por decirlo de alguna manera —replicó Caitlin recordando las primitivas condiciones de vida que había tenido que soportar en Santo Amaro. —No obstante, la he observado cuando bailaba. Lo hace admirablemente para una dama que ha vivido alejada de la civilización durante tanto tiempo. ¿Baila usted el vals, señorita Harmon? Cait le dirigió una mirada escudriñadora. Incluso en América el vals era considerado un baile un tanto atrevido. Aunque ella nunca lo había bailado, conocía los pasos. Gracias a su padre, estaba tan bien educada como cualquier hombre, y por lo que a ella se refería un vals no tenía nada de escandaloso. Con todo, no dejaba de ser un reto, quizás a consecuencia del leve despecho con que ella le había contestado. Recordando que estaba allí con la misión de ayudar a su padre a recaudar fondos y que el duque era un donante en ciernes, Caitlin decidió que utilizar el título de éste era un pequeño precio a pagar con tal de lograr su propósito. —Me parece, excelencia, que en estos momentos están tocando una contradanza. — Caitlin se volvió para contemplarla pista de baile y constató que la música acababa de cesar. En éstas, como obedeciendo a una señal oculta (estaba convencida de ello) la orquesta atacó los acordes de un vals. —¿Debo interpretarlo como que no baila el vals? —insistió el duque. Ese comentario suscitó una sonrisa espontánea. —Supongo que podría intentarlo, si está dispuesto a arriesgarse a que le pise sus relucientes zapatos. El duque emitió una carcajada y miró a Caitlin con una sonrisa encantadora. —Creo que estoy dispuesto a arriesgarme.


Tras conducirla hasta la pista de baile, el duque colocó una mano en su cintura a la vez que ella apoyaba la suya en su poderoso hombro, y arrancó a bailar con ella girando alrededor de la pista con una facilidad como Caitlin jamás habría imaginado. Durante unos momentos, la conversación se detuvo mientras una docena de pares de ojos se volvía hacia ellos. Luego, otras parejas se unieron a ellos, inclusive lord y lady Trent, con la clara intención de otorgar respetabilidad al baile. —Creo que se ha granjeado una amiga comentó el duque mientras iniciaban un airoso giro⎯.. Maggie cuida con esmero de las personas que toma bajo su protección. Tiene usted suerte de haber conquistado sus simpatías. ⎯Y me siento muy agradecida por ello. Lo que más eché de menos durante los años que estuve en el extranjero fue el tener una amiga. —Supongo que su padre y lord Trent son amigos. Caitlin asintió con la cabeza. —Lord Trent siente un apasionado interés por la historia. Él y mi padre empezaron a cartearse hace unos años, cuando aparecieron ciertos indicios sobre la existencia del collar. —El collar de Cleopatra, según tengo entendido. Imagino que se trata de un tesoro muy valioso. —Sería ciertamente un hallazgo importante. Incluyendo los años dedicados al estudio, mi padre lleva casi cuatro años buscando ese collar. —Cait miró el apuesto rostro del duque, pero era difícil concentrarse sintiendo su mano grande y cálida sujetándola por la cintura y su musculoso muslo rozándola íntimamente entre las piernas cada vez que giraban. Era increíblemente ágil para un hombre de su estatura y complexión atlética, haciendo que a ella le resultara muy fácil seguir sus pasos. Caitlin se dijo que era un duque y que no


tenían absolutamente nada en común. No obstante, la música era seductora y ella comenzó a sentirse transportada por ci ritmo del baile. —Me siento flotar —comentó, cerrando los ojos unos momentos, oyendo la melodía y notando el aire fresco en sus mejillas mientras giraban. Él apretó un poco la mano en su cintura, casi imperceptiblemente, atrayéndola hacia si. —Baila usted divinamente. —Sus pupilas se clavaron en las suyas cuando ella alzó la vista—. Y yo, idiota de mí, supuse que era una novata en estas lides. —Tuve un maestro de baile que me enseñó los pasos, pero es la primera vez que intento bailar un vals —repuso Caitlin sonriendo—. Mi padre era muy estricto en materia de educación. Las comisuras de su boca se curvaron ligeramente al esbozar él una sonrisa; poseía los labios más sensuales que ella había visto jamás. —Siendo un profesor, es del todo lógico. —Sí... La palabra brotó de sus labios entrecortada y lejana. Caitlin trató de convencerse de que no debía sentirse atraída por un hombre como él, pero eso no impidió que su corazón latiera demasiado deprisa y que la boca se le secara hasta adquirir la textura del algodón. ¡Por todos los santos, no era la primera vez que bailaba con un hombre! Sin embargo, no recordaba uno solo que lograra hacerla sentir como si hubiera perdido el juicio. Cuando la música cesó, Caitlin apenas reparó en ello y, curiosamente, él tampoco.


Habrían seguido bailando de no haber sido por lord y lady Trent, quienes consiguieron situarse en la trayectoria del duque en el momento justo para evitar que éste y Caitlin hicieran el ridículo. Beldon sonrió a lord Trent, que era más bajo, pero poseía un cuerpo bien desarrollado y también era extraordinariamente apuesto. —Lo lamento —dijo el duque—. Debí prestar atención. —Pero al mirar a Cait comprobó que ella no parecía lamentar nada y siguió ciñéndola por la cintura con su poderosa mano. —Se hace tarde —comentó el marqués con una expresión cargada de significado—. Me temo que debemos marcharnos. Puesto que Caitlin y su padre se alojaban en casa de lord Trent, eso significaba que ella también debía marcharse, lo cual disgustó a Cait. —Confío en que nuestros caminos vuelvan a cruzarse, excelencia—dijo dirigiendo al duque una sonrisa. Él tomó su mano e hizo una elegante reverenda. —Cuente con ello, señorita Harmon. Dicho esto, le besó la mano y ella sintió un curioso cosquilleo que le recorría el brazo, que Cait trató de ignorar. Pero unas horas más tarde, cuando yacía bajo el dosel de seda rosa de su lecho en la fastuosa mansión urbana del marqués, Cait reflexionó sobre aquellas palabras de despedida. ¿Volvería a verlo alguna vez, tal como había dicho? La súbita aceleración de su pulso indicaba lo mucho que ansiaba que eso ocurriera. Sentado en el despacho con artesonado de roble de su abogado, en Threadneedle Street, Rand Clayton, duque de Beldon, examinó las columnas


escritas con tinta azul en el libro de cuentas, observando los números durante tanto rato que la vista se le empezó a nublar. No imaginaba la vida sin problemas. Sin deberes y responsabilidades. Anoche, durante unas breves horas, mientras bailaba con la menuda pero bellísima americana en el baile de Wester, había gozado de un respiro en su ajetreada vida. Se había divertido con el juego dialéctico que habían mantenido ambos, riendo como si no tuviera ninguna preocupación. Sí, pero eso fue anoche y hoy era hoy. Las tensiones habían regresado y él se había centrado de nuevo en sus obligaciones. Centenares de personas dependían de él. Le enojaba pensar que había fallado siquiera a una de ellas. Beldon miró los libros de cuentas que anteriormente habían pertenecido a su joven primo. —Quienquiera que fuera ese mal nacido, logró desplumar al muchacho. En menos de doce meses, Jonathan invirtió hasta el último centavo de su herencia. Su abogado, Ephram Barclay, frunció el ceño. —El joven Jonathan nunca se sentía satisfecho. Siempre necesitaba más. Estaba empeñado en hacer fortuna y demostrarse a sí mismo que era capaz de hacerlo. Al final, su ambición lo destruyó. Rand se acomodó en la amplia butaca de cuero situada al otro lado de la mesa de Ephram y se frotó los ojos, sintiéndose de pronto cansado. —Ese chico era demasiado confiado. Si hubiera acudido a mí... —Si hubiera acudido a usted, excelencia, usted le habría dicho que era una empresa demasiado arriesgada. Jonathan creía que para hacer fortuna tenía que correr ese tipo de riesgos. Por desgracia, no estaba preparado para


arrostrar las consecuencias. Y esas consecuencias eran ciertamente graves. Humillado ante sus amigos, expulsado del exclusivo club de Almack’s, con un montón de deudas que no podía saldar. En lugar de buscar ayuda, a sus veintidós años, el joven Jonathan Randall Clayton se había suicidado. Dos semanas atrás, un mozo había hallado su cadáver colgado de las vigas en ci establo de la propiedad familiar que Jonathan había hipotecado y de la que se habían apropiado sus acreedores. —No obstante los errores que pudo cometer —dijo Rand—, Jonathan era un buen muchacho. Al morir sus padres, yo debí vigilarlo más de cerca. No puedo dejar de pensar que en parte soy culpable de su desgracia. Ephram, un hombre alto, delgado, de pelo canoso que se ocupaba de los asuntos de Beldon desde hacía veinte años, se inclinó sobre la mesa de su despacho. —No debe culparse. Usted no sabía lo que ese joven se llevaba entre manos. No cobró la herencia hasta el año pasado. ¿Quién iba a suponer que la invertiría en una empresa tan arriesgada, o que después de fracasar tomaría esa trágica decisión? Pero Rand seguía culpándose de lo ocurrido. Jonathan era joven e influenciable. Durante años, el chico había jurado reconstruir su fortuna a partir de la pequeña herencia que le había dejado su padre, el tío de Rand. En lugar de ello había perdido el escaso dinero que aún poseía la familia, y había caído en tal estado de desesperación que se había suicidado. Rand miró de nuevo la hoja del balance. —Aquí no consta dónde fue a parar el dinero. —No, ahí no. Ephram tomó otra hoja y la colocó sobre la primera—. Como


puede ver, casi todo el dinero fue invertido en la compañía naviera Merriweather. Estaba destinado a la adquisición de copra de las Indias Occidentales. Una empresa fructífera habría doblado la inversión de su primo. Lamentablemente, el buque de la compañía se fue a pique durante un temporal, causando la muerte de toda la tripulación, y Jonathan perdió todo su dinero, todos los fondos que poseía en el mundo, Rand detectó algo en la voz de Ephram. Ese hombre había sido su leal confidente desde que el padre de Rand había muerto y él había heredado el ducado. ⎯De acuerdo, amigo mío. Es evidente que hay algo más en este asunto. Es mejor que me lo cuente. Ephram se quitó las gafas de montura de alambre y las deposité en la pulida mesa de roble. —Conociéndole a usted como le conozco, supuse que desearía saber todo cuanto yo hubiera logrado averiguar acerca de la compañía naviera Merriweather. He hecho algunas indagaciones no por los canales habituales, por supuesto, sino mediante la entrega de dinero a unas manos adecuadas. Por lo visto la naviera Merriweather ha perdido más de un barco con un gran sentido de la oportunidad, y un gran número de inversores han perdido grandes sumas de dinero. Rand se puso tenso. —¿Qué insinúa, Ephram? —Digo que esos cargamentos estaban financiados por entero con el dinero de los inversores, Si en lugar de hundirse el barco hubiera arribado a otro país que no fuera Inglaterra, todos los beneficios habrían ido a parar a los propietarios. Rand se inclinó hacia delante. —¿Me está diciendo que la empresa fue un fraude? —Digo que es posible que la naviera Merriweather simulara el naufragio del barco, le cambiara el nombre y lo enviara a otro lugar. Los beneficios habrían


sido enormes. Rand sintió que se le formaba un nudo de ira en la boca del estómago. —Quiero saber qué fue de ese barco. Y quiero conocer todos los detalles referentes a la naviera Merriweather. Quiero saber quién la dirige y, sobre todo, quién se encarga de recaudar el dinero para financiar sus expediciones. Involuntariamente, Rand cerró la mano que tenía apoyada en el brazo del sillón. —Quiero saber qué le ocurrió a mi primo. No cejaré hasta averiguar si la muerte de Jonathan fue el resultado de su imprudencia o si un codicioso sinvergüenza se aprovechó de la confianza que mi primo había depositado en él y lo llevó al suicidio. 2 El reflejo del hombre se desplazó sobre los espejos del salón; Phillip Rutherford, barón de Talmadge. Tenía un aspecto anodino, pensó Rand, muy distinto de lo que había imaginado. Era un individuo de unos cuarenta años, con el pelo de color castaño claro y los ojos de color avellana, medía unos diez centímetros menos que Rand y pesaba aproximadamente veinte kilos menos. Rand, que estaba de pie junto a la puerta del salón, había estado observando al barón desde su llegada. Parecía un tipo simpático, conversaba animadamente con las personas que le rodeaban y parecía caer bien a la mayoría de los presentes. Pero era lógico que un hombre que se dedicaba a estafar a la gente para llenar sus bolsillos poseyera esas cualidades. Rand lo observó durante un rato, fijándose en cómo se movía, y comprendió que su primo se dejara embaucar por él. Se preguntó por qué no se habían conocido ese individuo y é1 y decidió que antes de que la velada concluyera, él pondría remedio a eso. En esos momentos ocurrió algo que distrajo su


atención, evocando un recuerdo en el fondo de su mente, y dirigió la mirada hacia otro lado. Una risa. Profunda y melódica, sensualmente femenina. La recordaba perfectamente, recordaba a la americana menuda que era la autora de la misma. Ninguna otra mujer que él conocía se reía de esa forma abierta y espontánea y Rand sintió una punzada de deseo en la entrepierna. Durante unos momentos se olvidó del individuo vestido con un frac de color burdeos, el motivo por el que había acudido a la reunión. Recorrió la sala con los ojos, en busca de la mujer con la espléndida melena pelirroja. De pronto la vio aparecer desde detrás de un pilar de mármol; su rostro presentaba aún aquel sutil fulgor, sus pechos altos y voluminosos asomando sobre el corpiño de su traje de seda color aguamarina. —¿Por qué tengo la sensación de déjà~ vu? —Nick Warring se acercó a é1 sonriendo—. ¿O no era la señorita Harmon a quien mirabas insistentemente la última vez que nos encontramos por casualidad? Rand observó a la menuda pelirroja que se hallaba al otro lado de la sala. —Sin duda era ella —confirmó Rand, pero esta vez, junto con la punzada de deseo, sintió también un nudo en la boca del estómago. Desde el día en que se había entrevistado con su abogado, Rand había averiguado unos informes inquietantes sobre Caitlin Harmon y, en especial, sobre su padre. Concretamente que Donovan Harmon era socio de Phillip Rutherford, el hombre que Rand estaba convencido que había estafado la fortuna de su primo y había sido la causa de su muerte. Rand apretó las mandíbulas, tratando de enterrar el sabor amargo del dolor, deseando que Cait Harmon fuera otra persona, pero sin apartar la vista de ella.


—Es una mujer impresionante, ¿no crees? —Nick bebió un trago de su ginebra favorita dirigiendo a su amigo una mirada sagaz. —Desde luego. —Se aloja en casa de mi hermana ¿sabes? Por supuesto que Rand lo sabía. También sabía que el padre de Cait colaboraba con Talmadge en la recaudación de fondos para la próxima expedición que iba a emprender el profesor, solicitando contribuciones a miembros de la aristocracia, tal como habla hecho el barón con el joven Jonathan. Si Caitlin Harmon trabajaba con su padre, debía de conocer a fondo las actividades del profesor. Lo que significaba que también conocía las del barón de Talmadge. Rand posó de nuevo su escrutadora mirada en ella, que en esos momentos conversaba con Maggie, la hermana de Nick. Esa noche estaba tan radiante como la otra vez, acaso más. Con su espléndida sonrisa, su tez luminosa y su sensual cuerpo de hembra sobresalía entre las otras mujeres que se hallaban en el salón. El interés de Rand se intensificó. Esa mujer le intrigaba. Y debido a su relación con Talmadge, podía resultarle muy útil. El hecho de que él la encontrara tan atractiva no hacía sino añadir emoción a una situación ya de por sí interesante. Con ese pensamiento, junto con otros, más sensuales, que él trató de ignorar, Rand echó a andar hacia ella. —Es Rand —dijo Maggie en voz baja a Cait—. Me preguntaba cuándo aparecería de nuevo. Cait no sabía con certeza a qué se refería Maggie, pero toda intención de analizar el tema se disipó de su mente en cuanto miró hacia el lugar que observaba Maggie y vio al apuesto duque de Beldon dirigiéndose hacia ellas. Sus largas y resueltas zancadas lo condujeron al lugar situado frente a ellas, donde se detuvo para saludar cortésmente a Maggie, tras lo cual se volvió


hacia Cait. —Señorita Harmon —dijo con una elegante reverencia al tiempo que tomaba su mano—. Es un placer volver a verla. Cait sonrió y los latidos de su corazón se aceleraron cuando lo miró a los ojos. —Yo también me alegro de verlo, excelencia. —Lo dijo sinceramente, cosa que al principio asombró a Cait, pero enseguida comprendió que en realidad no le asombraba. Rand observó a la multitud de personas que les rodeaban, todas ellas cuchicheando, hablando sobre su padre y la búsqueda del collar, lo cual constituía el motivo de la fiesta. —He leído en los periódicos acerca de sus iniciativas para recaudar fondos — comentó—. A juzgar por el gentío que se ha congregado aquí esta noche, no tendrán ningún problema en llevar a cabo la expedición. Cait tomó un sorbo de su bebida mientras lo observaba por encima de la copa, sintiendo la misma atracción que había experimentado la otra vez. —Siempre es difícil reunir el dinero para una empresa tan costosa, pero sí..., creo que las cosas están saliendo tan bien como esperábamos. Maggie miró a su marido, que se hallaba entre el grupo de personas que rodeaban al profesor. —Andrew va a organizar unos eventos para apoyar la causa del doctor Harmon. Confiamos en que puedas asistir. El duque sonrió afablemente.


—Si la señorita Harmon asiste, puedes estar segura de que iré. —Rand miró a Cait y ésta sintió un extraño escalofrío. Después de contemplarla unos instantes, el duque miró a otro hombre que conversaba con el padre de Cait —. Supongo que el barón Talmadge asistirá también. Cait sonrió. —Conocimos a su excelencia en Nueva York, en una fiesta organizada, como ésta, para recaudar fondos. A lord Talmadge le atrajo la idea de buscar el collar prácticamente desde el momento en que se enteró de su existencia. Cuando llegó el momento de reunir el dinero para financiar la expedición, mi padre escribió al barón y éste se ofreció para ayudarle a recaudar fondos. Desde entonces son socios en la empresa. Al oírla mencionar al barón los ojos de Beldon parecieron adquirir una expresión sombría, pero enseguida esbozó una de sus acostumbradas sonrisas y Caít supuso que lo había imaginado. En esos momentos se acercó el marqués, el marido de Maggie. —Lamento interrumpiros —dijo dirigiéndose a su esposa y al duque—, pero se hace tarde. El profesor Harmon tiene unos compromisos mañana temprano y Cait dará una conferencia en el museo. —¿Una conferencia? —preguntó el duque arqueando una ceja. Cait sonrió fríamente. Por supuesto, un duque no aprobaría el que una mujer joven y soltera hablara en público. —Daré una charla a los miembros del Personal Auxiliar de Damas del Museo. Hablaremos sobre Santo Amaro, el trabajo de mi padre, y la próxima expedición. —Me siento impresionado, señorita Harmon. No sabía que estuviera hablando con una intelectual. Curiosamente, Cait no detectó ningún tono de censura en sus palabras. En


todo caso, no creyó detectarlo. —No soy una intelectual —replicó-----. Simplemente una mujer que a lo largo de sus viajes ha recabado unos datos interesantes. Rand esbozó uña sonrisa. —Lamento no formar parte del personal auxiliar de damas del museo. Me gustaría oír sus impresiones sobre lo que ha averiguado. Lo dijo de una forma que hizo que Cait se ruborizara. —A diferencia de ustedes, los hombres, que nos excluyen de sus clubs invadidos de humo e insisten en que nos acompañe siempre una «carabina», las mujeres somos más tolerantes. No existen normas sobre quiénes pueden y no pueden asistir a la conferencia. Si dispone de tiempo, puede usted asistir. De nuevo aquella sonrisa sutil, indefinible. —Quizá lo haga. Pero ella estaba segura de que no iría. Él no dijo nada más al respecto, y ambos se despidieron educadamente. Cuando Cait abandonó la residencia imaginó que él la estaba observando, pero probablemente era fruto de su imaginación. Un pequeño fuego crepitaba en la chimenea del estudio, de techo bajo y artesonado de roble, de la mansión que poseía el duque de Beldon en Grosvenor Square. Era temprano y se había levantado un fuerte viento que batía sobre los cristales. Rand observó a los dos hombres sentados al otro lado de su mesa: su abogado, Ephram Barclay, de pelo canoso y aspecto distinguido, y su mejor amigo, Nicholas Warring, alto y moreno, que examinaba con expresión ceñuda los papeles que sostenía con sus largos dedos. Nick leía el informe que había recibido Rand del detective de Bow Street que Ephram había


contratado, un hombre llamado Michael McConnell. Durante las últimas semanas, McConnell había descubierto muchas cosas. A raíz del naufragio del Maiden, el barco que transportaba el cargamento en el que su primo había invertido tanto dinero, la naviera Merriweather había quebrado. Los dos propietarios de la compañía, Dillon Sinclair y Richard Morris, habían abandonado el país. También se había marchado un tercer hombre, aunque había regresado hacía poco, Phillip Rutherford, barón de Talmadge, el hombre que se había encargado discretamente de recaudar fondos para la expedición. Hasta la fecha no habían hallado restos del Maiden, y Rand no podía demostrar que el naufragio había sido un fraude. Pero Ephram estaba convencido de que lo era, y a tenor de la cantidad de dinero que los tres hombres habían retirado del banco de Inglaterra antes de partir, Rand también lo estaba. —Comprendo que estés obsesionado con este asunto —dijo Nick, meneando la cabeza—. Si estafaron a Jonathan y se apropiaron del dinero de su herencia, tal como indica este documento, cabe decir que su muerte fue un asesinato. —Exactamente —contestó Rand. Nick depositó de nuevo los papeles en la esquina de la mesa. —Según he deducido, tú crees que Talmadge está preparando otra estafa, en la que está implicado el profesor Harmon. —Eso es precisamente lo que pienso. —Es un tanto difícil de creer. Donovan Harmon es íntimo amigo de mi cuñado. Si Trent no lo considerara un hombre respetable, no lo habría invitado a su casa. —¿Qué cree usted, Ephram? —preguntó Rand dirigiéndose a su abogado.


El letrado se colocó de nuevo las gafas. —Es difícil de decir. He enviado unas cartas a Harvard College, donde el profesor impartía clases sobre el antiguo Egipto, y he contratado a un investigador americano para que indague en los asuntos personales de ese hombre, pero no obtendremos respuesta hasta dentro de varias semanas. Las credenciales profesionales de Harmon son impecables. Es muy respetado entre la comunidad de coleccionistas de antigüedades. Sin embargo, en materia de dinero la historia es distinta. Rand se enderezó en su silla. —¿Distinta? ¿En qué sentido? —Desde la muerte de la esposa de Harmon, el profesor ha emprendido varias expediciones, por lo general fuera del país. Ha viajado a Egipto, ha explorado las ruinas de Pompeya y ha pasado un tiempo estudiando en La Haya. Todos esos proyectos, además de otros, han resultado un desastre financiero. Al parecer, Harmon no sabe administrar el dinero. A lo largo de los años ha realizado unos hallazgos muy valiosos, pero en cada ocasión el profesor ha regresado a América con serios apuros económicos. Rand se volvió hacia Nick. —Ese hombre necesita dinero. Eso le da un motivo. Lo que significa que es posible pensar que el profesor sabe muy bien lo que Talmadge se propone. Nick meneó la cabeza. —Debemos tener en cuenta a su hija. Conozco poco a Cait Harmon, pero lo que sé de ella me gusta. Es franca e inteligente. No puedo imaginar que sepa lo que se llevan entre manos su padre y el barón, suponiendo que sea algo fraudulento. —Espero que estés en lo cierto —repuso Rand—. Siempre has tenido una intuición muy desarrollada, por eso te pedí que vinieras aquí.


—Lo mejor que podemos hacer —apostilló Ephram—, es no adelantar acontecimientos hasta disponer de todos los datos. —Y mantener los ojos y las orejas abiertas —dijo Rand—. Nick, te agradecería que mantuvieras nuestra conversación en secreto. Tanto tu mujer como tu hermana son amigas de Cait ya ninguna de ellas se les da bien mentir. —Gracias a Dios —replicó Nick sonriendo. Rand sonrió también; ambas mujeres le gustaban. Después de echar un vistazo al barroco reloj de pared situado frente a su mesa, aparté la silla y se levantó. —Os agradezco que os hayáis molestado en venir. Estoy tratando de mantener una actitud objetiva en este asunto. Ambos me habéis sido de gran ayuda. —¿Cuál será tu siguiente paso? —preguntó Nick a Rand, dirigiéndose hacia la puerta y sosteniéndola abierta para que pasaran los dos hombres. Rand salió sonriendo al vestíbulo con suelo de mármol. Trató de convencerse de que sus prisas por marcharse no tenían nada que ver con Caitlin Harmon, pero sabía que no era verdad. —He oído decir que esta mañana han organizado una conferencia muy interesante en el Museo Británico. Con suerte, quizás aprenda algo provechoso. Nick lo miró con escepticismo. —¿Una conferencia a cargo de nuestra joven y erudita señorita Harmon, quizá? Rand sonrió de oreja a oreja. —Nunca se sabe qué tipo de persona puedes encontrarte en las entrañas de un museo


3 Con tanto sigilo como era posible para un hombre de su estatura y corpulencia, Rand se sentó en la última fila de la pequeña sala de conferencias en la que Caitlin Harmon describía su trabajo en la isla de Santo Amaro. No se había propuesto entrar, pero cuando Cait empezó a relatar la búsqueda emprendida por su padre del legendario collar de Cleopatra, no había podido resistir la tentación. Había tratado de pasar inadvertido, pero tratándose del único hombre en una sala ocupada por casi tres docenas de mujeres, era poco menos que imposible. Al final, su presencia distrajo satisfactoriamente a Cait, cuyas mejillas se tiñeron levemente de rojo y durante unos instantes perdió el hilo de lo que decía. Su confusión no duró mucho. Cait Harmon era una profesional de los pies a la cabeza. Después de echar un rápido vistazo a sus notas, reanudó su conferencia en el punto exacto donde la habla inte-rrumpido, repitiendo la leyenda del collar y lo que su padre había descubierto hasta la fecha. Rand no pudo por menos de preguntarse hasta qué punto sería cierta aquella historia y qué tenía Phillip Rutherford que ver en ella. —Hasta hace poco, existían escasos datos que confirmaran la existencia de ese collar —dijo Cait—. Pero hace tiempo que circulan rumores sobre su fabulosa belleza. Fabricado con diamantes del tamaño de huevos, unas esmeraldas y unos rubíes gigantescos, dicen que Marco Antonio lo encargó para ofrecérselo como regalo a Cleopatra. Numerosos documentos egipcios destacan el increíble trabajo del collar, la exquisita forma en que las piedras están engarzadas entre las finas hebras de oro batido. Por desgracia, alguien lo robó y nadie volvió a verlo durante centenares de años. Cait miró a los asistentes y sonrió.


—Aquí es donde entra mi padre en escena. Hace unos años, durante sus investigaciones en los archivos holandeses de La Haya, mi padre descubrió por azar unos documentos, unas declaraciones juradas que habla realizado un marinero llamado Hans van der Hagen hace casi ochenta años. Los documentos hacen referencia a la existencia del collar. Van der Hagen era un marinero a bordo de un barco de esclavos holandés llamado Zilverijder. Afirmaba que mientras capturaban esclavos en la Costa de Marfil, hallaron un objeto de incalculable valor entre las pertenencias de una de las tribus religiosas. Nadie sabe cómo llegó allí desde Egipto, pero la descripción del marinero se corresponde exactamente con ci collar de Cleopatra. Durante unos instantes el público enmudeció. —¿Qué fue del collar cuando lo hallaron los marineros holandeses? — preguntó una de las mujeres. —Eso es lo más interesante. Por lo visto, fue transportado a bordo del Zi1vert~der, pero el barco se topó con un temporal frente a la remota isla de Santo Amaro. Según los documentos holandeses, el buque desapareció sin dejar rastro, pero Van der Hagen juró que las olas lo arrastraron hasta la pedregosa orilla de la isla y que tres miembros de la tripulación habían sobrevivido al naufragio: el primer oficial del barco, Leon Metz; un marinero llamado Spruitenberg; y, por supuesto, Hans van der Hagen. »Según los documentos que halló mi padre, el afán de apoderarse del collar perdió a esos hombres. La codicia llevó al primer oficial a matar a los otros dos, o cuando menos trató de hacerlo. Van der Hagen sobrevivió, consiguió volver a tierra firme y posteriormente regresó a Holanda. En sus declaraciones juradas afirma que el primer oficial resultó gravemente herido en la refriega. Estaba convencido de que ese hombre no había logrado escapar de la isla. —Si el collar se encontraba allí —dijo una mujer que lucía un sombrero de paja—, ¿por qué no regresó en su busca?


—Lo intentó. Durante años Van der Hagen trató de recaudar el dinero suficiente para volver en busca del collar, pero nadie creyó su historia. —Al parecer, su padre sí la creyó —tercié Rand con sequedad desde su asiento en la parte trasera de la sala, haciendo que tres docenas de mujeres se volvieran para mirarlo. —En efecto. Reunió el dinero suficiente para montar la primera expedición, pero nuestros víveres se agotaron antes de que consiguiéramos dar con el collar. Lamento confesar que su fracaso le hizo perder una gran parte de credibilidad en América y ése es el motivo de que estemos aquí. —Pero si los americanos se niegan a apoyarle... Caitlin sostuvo en alto una moneda de plata, consiguiendo interrumpir las palabras de la mujer. —Este es un florín de plata holandés. La fecha que figura es 1724. Es la fecha, según los documentos marítimos holandeses, en que el barco de esclavos, el Zilvertjder, naufragó. Dos semanas antes de que partiéramos para Inglaterra, mi padre hallé esta moneda y otras semejantes a ella en la isla de Santo Amaro. Un murmullo de asombro recorrió la sala. Mal que le pesara, Rand sintió admiración. Tanto si decía la verdad como si no, Cait Harmon sabía manejar al público. Durante unos momentos, Cait siguió respondiendo a las preguntas de las intrigadas mujeres. —Me pregunto, señorita Harmon... —Una mujer delgada y feúcha sentada en la primera fila delantera se inclinó hacía delante—. Cuesta imaginar que una muchacha de... ¿veinte años? —Veintiuno —le rectificó Cait. —Sí..., bueno, yo soy algo mayor que usted, pero me cuesta imaginarla viviendo el tipo de vida que ha llevado. Cuando yo cumplí los veintiuno, ya


estaba casada y era madre de dos hermosos niños. Cait sonrió. —He pensado en una vida distinta. El matrimonio y los hijos, esas cosas que la mayoría de mujeres desean. Pero el trabajo de mi padre es lo más importante. Y a decir verdad, lo que más aprecio es mi independencia. Si me casara tendría que renunciar a ella, cosa que no estoy dispuesta a hacer. Rand reflexioné sobre sus palabras. A Cait Harmon no le interesaba el matrimonio, lo cual a él le parecía magnífico, puesto que tampoco deseaba casarse. Pero si su intuición no fallaba, ella se sentía atraída por él. Y lo cierto era que él se sentía poderosamente atraído por ella. Necesitaba hallar la forma de acercarse a Talmadge y no se le ocurría mejor forma que Cait Harmon. —Santo Amaro es la isla situada en el extremo de la cadena de islas de Cabo Verde —prosiguió Cait—. Debido a su proximidad al ecuador, posee un clima más tropical que las otras. Su costa es bellísima, pero el interior es extremadamente hostil. Hasta la fecha nuestra búsqueda no nos ha llevado más allá de un bosque situado al borde de la playa. Creemos que allí instalaron el campamento los tres tripulantes que naufragaron a bordo del Zilverzjder. —Y deduzco que allí es donde su padre cree que hallaremos el collar de Cleopatra —dijo Rand. —Nosotros creemos que se encuentra allí —repuso Cait con ese tono autosuficiente que había atraído al duque desde un principio—. Con el apoyo de personas como las que se hallan en esta sala, estamos convencidos de que daremos con el collar de Cleopatra. Caitlin fijó sus luminosos ojos verdes en el rostro de él. Rand sintió casi como si le hubiera tocado con la mano. Su cuerpo reaccionó puntualmente. Le parecía increíble que una mujer fuera capaz de hacerle sentir un deseo tan


intenso en medio de una sala llena de gente. Las preguntas continuaron, pero Rand no esperé para oírlas. Caitlin Harmon era una magnífica conferenciante, tan apasionada como su indómita cabellera roja y exactamente la mujer que él había imaginado al oír por primera vez el sonido de su voz. Costaba creer que estuviera implicada en un fraude. No obstante, a tenor de lo que él habla averiguado hasta la fecha, todo era posible. Cait siguió respondiendo a las preguntas mientras Rand se dirigía hacia la puerta. De pronto se rió por algo que habla dicho una mujer y al llegar a la puerta él se volvió para mirarla por última vez. Cait era diferente, le intrigaba. Era inteligente y apasionada y él deseaba sentir el fuego que ardía en ella. Rand no recordaba la última vez que había deseado a una mujer hasta esos extremos. Transcurrió media hora antes de que el último miembro del Personal Auxiliar de Damas saliera de la habitación, dejando sola a Cait. Tras recoger sus notas y guardarlas ordenadamente en su carpeta de cuero, alzó los ojos y vio al duque entrar de nuevo en la sala. —Excelencia, creí que se había ido. Él le dirigió una sonrisa encantadora. —Quería hablar con usted en privado. Quería decirle lo mucho que me ha gustado su charla, y supuse que, después de tanto trabajo, estaría hambrienta. Confiaba en que aceptara almorzar conmigo... —Me temo que la señorita Harmon tiene otro compromiso —dijo una voz femenina desde la puerta, la cual les resulté familiar. Al volverse, Cait vio a Elizabeth Warring y a Maggie Sutton que se dirigían por el pasillo central hacia la tarima. —A menos que te apetezca acompañarnos —dijo Elizabeth dirigiéndose al duque con una pícara sonrisa.


Él duque sonrió. —Seré muchas cosas, pero no soy masoquista. Ya he compartido a la señorita Harmon con tres docenas de mujeres. Creo que es suficiente para un día. — Rand se volvió hacia Cait y el fuego de su mirada la abrasó de las raíces del pelo hasta los dedos de los pies—. ¿Le gustan los caballos, señorita Harmon? Ella lo miró con recelo, preguntándose qué nuevo reto iba a plantearle. —Si me pregunta si sé montar a caballo, la respuesta es sí, aunque hace años que no practico la equitación. —Le preguntaba si querría asistir a una carrera de caballos. Tengo un caballo que participa en una carrera en Ascot pasado mañana. He oído decir que lady Ravenworth y su esposo también asistirán. ¿Existe alguna posibilidad de que logre convencerla a usted, y a su padre, desde luego, para que me acompañen? Elizabeth sonrió excitada. -¡Sí, ven con nosotros, Caitlin! Lo pasaremos muy bien. Caitlin bajó de la tarima sosteniendo debajo del brazo la carpeta de cuero que contenía sus notas y evitando mirar al duque. —Nunca he asistido a una carrera de caballos, pero creo que disfrutarla mucho. —¡Bravo! —Elizabeth aplaudió como una niña. Más alta y delgada que Caitlin, con el cabello varios tonos más oscuro que ella, la condesa de Ravenworth era madre de un niño de seis meses, una mujer dedicada a su esposo y su familia. A primera vista, no se parecían en nada, sin embargo Cait sentía cierta afinidad con Elizabeth, como si en el fondo fueran muy semejantes. »Si tu padre no puede ir —propuso Elizabeth—, Nicholas y yo estaremos encantados de acompañarte.


—¿Acompañarte a dónde, querida? —inquirió una voz desde la puerta. Ligeramente encorvado y con el pelo canoso, su padre se dirigió por el pasillo central hacia la tarima; el monóculo que lucía colgado de una cadena dorada en torno a su cuello oscilaba de un lado a otro. Cait sonrió afectuosamente. —No esperaba verte hasta esta tarde, padre. A las señoras ya las conoces, por supuesto. ¿Conoces a su excelencia, el duque de Beldon? Harmon se volvió, dirigiendo al duque una sonrisa forzada. —Creo que nos conocimos en casa de lord Chester. —¡Por fin doy contigo, Donovan! Me preguntaba dónde te hablas metido. — El socio del padre de Cait, Phillip Rutherford, se detuvo en el umbral. Como de costumbre, iba vestido de forma impecable, con el pelo castaño claro recién cortado y repeinado. Miró a los otros—. Lo lamento. Espero no interrumpir. —Por supuesto que no, Phillip. Pasa. Talmadge entró sonriendo. Se comportaba siempre con afabilidad y demostraba un gran entusiasmo hacia el proyecto de su padre, pero Cait no sabía con certeza qué sentimientos le inspiraba ese hombre. —Supongo que conoces a todos los presentes —comentó su padre. Talmadge miró a los otros, deteniéndose unos segundos en el duque. —Sí, desde luego. —Lord Talmadge y yo nos conocimos en casa de lord Crutchfield —dijo el duque—. Es sorprendente que no nos conociéramos antes. —En realidad, nos conocimos hace unos años —le corrigió el barón—, en un baile organizado por su padre el día en que usted cumplió veintiún años. Recuerdo que fue una fiesta espléndida. Asistieron quinientos invitados como mínimo, por lo que no me asombra que no se acuerde.


—Lo cierto es que recuerdo muy poco lo que ocurrió aquella noche ⎯comenté Beldon al tiempo que esbozaba una sonrisa—. Pero conservo el desagradable recuerdo del precio que pagué al día siguiente. Cait sonrió para sus adentros, complacida por el hecho de que el duque fuera capaz de reírse de sí mismo. —Acabo de invitar a la señorita Harmon y a su padre a la carrera de caballos que se celebra pasado mañana —explicó Beldon al barón—. Quizá desee usted acompañarnos. ⎯Le agradezco la invitación, pero el profesor y yo tenemos ya un compromiso. —En tal caso, Caitlin puede venir con lord Ravenworth y conmigo —tercié Elizabeth suavemente. El padre de Cait sonrió afablemente a su hija. —Puedes ir si lo deseas, querida. Hacía años que su padre no le prohibía nada. Ella estaba acostumbrada a vivir con total independencia y se proponía seguir haciéndolo. —Entonces está decidido —Beldon dirigió a Cait la última sonrisa y ésta sintió que el corazón le daba un vuelco—. Hasta pasado mañana, señoras. Después de una breve reverencia, el duque dio media vuelta y salió de la sala de conferencias. Era extraño lo vacía que pareció quedarse la habitación al marcharse él. Cait almorzó con Elizabeth y con Maggie y luego regresó al museo para confeccionar una lista de textos romanos antiguos que pudieran contener alguna información sobre el collar. Aunque trató de concentrarse en su trabajo, se distrajo más de una vez pensando en la carrera de caballos a la que iba asistir y en el hecho de volver a ver a Rand Clayton. Cait trató de convencerse de que no tenía más remedio que ir. El duque era un hombre rico. Si hacía una aportación a la expedición, podría tratarse de


una suma sustanciosa. Pero la verdad era otra. Cait se sentía atraída por Rand Clayton de una forma que jamás había experimentado. El mero hecho de que él la mirara con aquellos ojos de color castaño y apasionados hacia que se le formara un nudo en la boca del estómago. Una sola frase aduladora pronunciada por aquella voz al tiempo dulce como la melaza y áspera como la grava, y casi perdía el sentido. Esos sentimientos eran desconocidos para ella y Cait deseaba explorarlos. El matrimonio y los hijos no formaban parte de su futuro. Puesto que tenía que pensar en su padre, hacia aceptado ese hecho. ¿Pero qué mal había en que experimentara algo de lo que significaba ser mujer? ¿A quién perjudicaría con ello? Cait hizo caso omiso del escalofrío de advertencia que le indicaba que el experimento podía resultar más doloroso de lo que imaginaba. El sol de abril era insólitamente caluroso y lucía sobre los primeros capullos primaverales. «El cielo es casi tan azul como en Santo Amaro», pensó Cait. Ella y Elizabeth anduvieron a través del amplio césped hacia la pista del hipódromo. Cait se enderezó el sombrerito de seda de color ciruela y se alisé los guantes de cabritilla, gozando de la sensación que le producía lucir esas prendas tan femeninas, tan alejadas de la sencilla falda y blusa que llevaba en la isla. Sonrió al imaginar lo que habrían dicho las damas del museo si la hubieron visto trabajar de rodillas bajo el ardiente sol tropical. Se preguntó lo que habría dicho Beldon. Luego miró hacia el otro lado del césped y se le cortó la respiración al verle. Vestido con un frac de color marrón oscuro con ribetes dorados, unos ceñidos calzones de ante y unas botas altas, era el hombre más magnífico que ella había visto jamás.


Elizabeth debió de adivinar lo que pensaba su amiga, pues miró a Cait de soslayo. —Te gusta, ¿verdad? Cait se encogió de hombros, procurando mostrar un aire de indiferencia. —Me intriga. No estoy segura de que sea la misma cosa. —Te gusta, reconócelo —insistió Elizabeth. Cait sonrió. —De acuerdo, para no discutir digamos que me gusta. ¿Existe algún motivo por el que no debería gustarme? Elizabeth se rió. —Existen al menos una docena de motivos, los cuales tienen que ver con el hecho de ser juiciosa y nada que ver con su carácter, que yo misma te garantizo que es intachable. El problema de Rand, en lo que a ti te concierne, es que el matrimonio no le interesa. Dice que no está preparado y yo creo que en efecto no lo está. No obstante, es evidente que se siente muy atraído por ti. Cait experimenté un pequeño cosquilleo que la alarmé. —Imagino que se siente atraído por muchas mujeres. —Yo no diría eso. Más bien son las mujeres quienes se sienten atraídas por él. — Elizabeth miró a una mujer que se acercaba al duque—. Como por ejemplo lady Hadleigh. Ella y Rand dieron pábulo a numerosos rumores durante un tiempo. Ella pensaba que él le propondría matrimonio, pero creo que a él ni se le pasó por la cabeza. Caitlin observó a la mujer con el cabello espeso y negro, el rostro en forma de corazón y los labios gordezuelos.


—Es muy guapa. —Sí, lo es. Pero ella y Rand no estaban hechos el uno para el otro. Debajo de su ruda fachada, Rand es extremadamente sensible. Charlotte nunca tuvo eso en cuenta. Sensible. Cait reflexioné sobre esa palabra. No parecía un adjetivo adecuado para un hombre tan poderoso como el duque. —En circunstancias normales, te aconsejaría que no te acercaras a él —dijo Elizabeth—. Teniendo en cuenta la forma en que te mira, sería el consejo más prudente. Pero tú eres distinta de otras mujeres. En ti veo algo que me recuerda a mí misma. Pase lo que pase entre tú y Rand, estoy segura de que sabrás encajarlo. Cait no tuvo tiempo de responder, pues en aquellos momentos él las vio. Se despidió con un breve ademán de lady Hadleigh y eché a andar hacia ellas. Saludó brevemente a Elizabeth e hizo una profunda reverenda al tornar la mano de Cait. —Buenos días, señoras. Están hoy guapísimas las dos. Cait se ruborizó. Era ridículo. El hombre se había limitado a dedicarles una frase amable. Le asombré que fuera capaz de provocarle una reacción tan instantánea con unas simples palabras. —Supuse que llegarían más temprano —comenté él—. Casi había perdido la esperanza de verlas. —Nos hemos retrasado un poco —le explicó Elizabeth—. Nicholas se ha adelantado. En realidad, ya debe de haber llegado. En aquel preciso instante lo vio conversando con otros hombres. Tras saludarles con la mano, Nicholas se separé del grupo y echó a andar hacia ellos. —Aquí viene —dijo Elizabeth sonriendo—. Por lo visto todos hemos llegado justo a tiempo. Parece que los caballos ya están preparados.


—Más vale que nos apresuremos si no queremos perdernos el inicio de la carrera. El duque ofreció el brazo a Cait y ella lo aceptó. Vestida con un traje de seda de color ciruela a juego con el sombrerito, dejó que él la condujera escaleras arriba hacia la tribuna. Beldon se senté junto a ella y Elizabeth lo hizo junto a su marido. —Se disputarán tres carreras —les explicó el duque—. El caballo que llegue el primero en dos de ellas ganará la bolsa. —¿La bolsa? —El dinero que ponen los propietarios de los caballos. En este caso, diez mil libras. ¡Diez mil libras! Una fortuna. Con ese dinero su padre podría financiar varias expediciones. En el extremo de la pista se produjo un movimiento que atrajo la atención de Cait hacia la barrera y aparecieron dos mozos, conduciendo sendos caballos que avanzaban con paso nervioso: uno, negro y resplandeciente y el otro, un magnífico bayo de cuello largo. —¡Fijaos! Se dirigen hacia la línea de salida. El pulso de Cait se aceleré debido a la excitación. Nunca había presenciado una carrera de caballos y no había imaginado que fuera tan emocionante. Se pasó las palmas de las manos sobre la falda para secarse el sudor y trató de aplacar los latidos de su corazón. —Ese bayo es mío —comenté el duque—, un semental llamado Sir Harry. Compite con Chimera, una purasangre del conde de Mountriden. —Es precioso. Los dos son magníficos. Beldon sonrió.


—Antes me comenté que le gusta montar. —Me encantaba. Mi abuelo me regaló una hermosa yegua alazana cuando cumplí catorce años. Por desgracia, tuvimos que dejarla en Boston cuando partimos para Egipto. El duque frunció ligeramente el ceño. —¿Le gustó vivir allí? Cuesta imaginarse a una joven de esa edad viviendo en un lugar tan extraño. —En cierto modo, me encanté. Era como vivir en un planeta completamente distinto. Pero allí las mujeres apenas tienen libertad. Ese aspecto no me gustó nada. Beldon emitió una discreta carcajada. —Da la impresión de valora su independencia más que la mayoría de mujeres. —Quizá fuera ésa la lección que aprendí en Egipto. O quizás estoy acostumbrada a valérmelas por mí misma. Mi madre murió cuando yo tenía diez años. Mi padre quedó muy afectado. Necesitaba que alguien cuidara de él y la única persona que vivía con él era yo. A partir de ese momento, crecí muy rápidamente. —Supongo que ha viajado mucho. Cait asintió con la cabeza. Sentía su mirada sobre su rostro, observándola de aquella forma tan desconcertante, y de pronto notó como si le faltara el aliento. Cait respiré hondo para serenarse y esbozó una sonrisa para disimular su agitación. —Antes de trasladarnos a Egipto, mi padre trabajé en unas excavaciones en las ruinas de Pompeya. Más tarde colaboré con un arqueólogo danés llamado Munter en la traducción de las escrituras cuneiformes halladas en la antigua Persépolis. Eso nos llevó a los Países Bajos y, de forma indirecta, a La Haya,


donde mi padre inició su búsqueda del collar. —Y luego a la isla en la que vivieron un tiempo. —Sí. —Si la memoria no me falla, pasaron allí dos años. —Durante un tiempo vivimos en Dakar, el resto en Santo Amaro. El duque no dijo nada, pero parecía sopesar las palabras de Cait. —Mire, han alcanzado la línea de salida -—comenté Cait señalando la pista con el mero objeto de librarse de aquella mirada implacable. —Así es —respondió él, como si el hecho de ganar o perder diez mil libras le tuviera sin cuidado—. La pista sólo mide dos kilómetros y medio. Algunas pistas de carreras miden siete kilómetros, pero es muy duro para los caballos. Los animales brincaban y tiraban del bocado mientras los jinetes y los mozos luchaban para contenerlos. Tan pronto como los caballos estuvieron alineados frente a la barrera sonó el pistoletazo de salida y los animales se lanzaron a toda velocidad, con sus crines y colas al viento, nariz contra nariz, por la pista de tierra prensada. El corazón de Cait latía a la velocidad de los cascos de los caballos. Elizabeth, sentada junto a ella, no cesaba de brincar en la silla. —¡Animo, Sir Harry, puedes conseguirlo! Su marido le apreté la mano y su sonrisa parecía acariciarla. Se inclinó hacia ella y le murmuré algo al oído —sobre lo que iba a gozar cuando llegaran a casa y él la montara—, haciendo que Elizabeth se ruborizara. Cait también se sonrojé. Oyó la risa grave del duque. —Creo que no debíamos oír eso. Cait fijó la vista en la pista.


—No, supongo que no. Los caballos se disponían a doblar el primer recodo, corriendo uno junto al otro a la incómoda velocidad impuesta por los jockeys. Tal como ella había afirmado, ambos eran magníficos. Sus pelajes relucían bajo el sol primaveral, sus largos y poderosos músculos se tensaban bajo la piel. Enfilaron el tramo del fondo. Chimera iba algo adelantada, y Cait se inclinó hacia delante. De pronto Sir Harry se situé en cabeza, posición que mantuvo mientras doblaban el siguiente recodo, esforzándose en alcanzar una mayor velocidad con sus largas y potentes patas. Los jockeys azuzaban a los caballos, inclinados sobre sus cuellos y moviéndose casi con la misma gracia que los animales que montaban. Una nutrida multitud llenaba la tribuna y se hacían decenas de apuestas colaterales. Cait notó que la emoción se intensificaba, el rumor de voces subía de volumen. Cuando los caballos llegaron al último tramo, los oyó aproximarse, sus cascos removiendo la tierra y arrojándola tras de sí. Chimera seguía adelantando a su rival casi por un cuerpo, pero Sir Harry iba ganando terreno con asombrosa velocidad. Cait se mordió el labio, deseando que el caballo del duque ganara. Al pasar frente a las gradas los jockeys espolearon a los caballos con sus fustas y la multitud se puso en pie. Faltaban seis cuerpos para alcanzar la meta. Cinco. Cuatro. Tres. —¡Sir Harry está adelantando! —Cait agarré el recio antebrazo del duque, clavando los dedos en la manga de su chaqueta, haciendo que se tensaran sus músculos—. ¡Va a ganar, Rand! ¡Va a ganar! —Si... —respondió él con voz profunda y ronca—. Eso parece. Pero cuando ella alzó la vista, comprobó que en lugar de contemplar la carrera él tenía los ojos clavados en sus labios, y el calor de aquellos feroces ojos castaños parecía abrasar su vestido de seda. Por primera vez, Cait se dio cuenta de que había utilizado su nombre de pila y, turbada, volvió el rostro. Trató de recordar si algún hombre la había mirado alguna vez de aquella forma.


Los caballos atravesaron la línea de meta. Sir Harry ganó por una nariz, y Cait, Elizabeth y la mitad de la muchedumbre emitió unas exclamaciones de gozo. ⎯¡Lo ha conseguido! —Cait se volvió hacia Rand riendo—. ¡Ha ganado usted! Beldon esbozó una leve sonrisa. —El mérito es de Sir Harry. Y tendrá que ganar de nuevo si quiere regresar a casa con la bolsa. Ambos se volvieron simultáneamente hacia la pista, observando al jockey que montaba a Sir Harry hacer que el animal describiera unos círculos para que se refrescara un poco antes de la siguiente carrera. Beldon observé fijamente, con el ceño fruncido. —Está cojeando —dijo, poniéndose en pie—. Ha pasado algo. El duque se marchó sin más explicaciones. Cait lo vio dirigirse hacia la zona donde los mozos y los adiestradores se hallaban de pie junto a los caballos. Cait se volvió hacia Elizabeth y lord Ravenworth. —Si su caballo cojeaba, yo no lo noté. ¿Cómo pudo percatarse Beldon a esta distancia? —Rand conoce a sus caballos. —Ravenworth observó la escena que desarrollaba en la pista—. Si él dice que hay un problema, puedes tener la certeza de que lo hay. Lord Mountriden abandonó la tribuna para unirse al grupo y el conde y el duque se pusieron a discutir. Era evidente que los propietarios de los dos caballos no estaban de acuerdo en algo. Cait mordisqueé, nerviosa, la punta de su guante de cabritilla. Fuera lo que fuere el motivo de la disputa, el duque parecía disgustado. Echó a andar de nuevo hacia las gradas pero pasó frente a ellos como si no existieran y se acercó a un hombre que estaba sentado con un pequeño grupo de observadores en otra zona de la tribuna.


—Está hablando con lord Whitelaw —explicó Ravenworth a Cait—. Es cl hombre encargado de las apuestas. Al cabo de unos minutos Rand regresó junto a Mountriden, le entregó un sobre, dio media vuelta y se alejó. —Más vale que nos vayamos —dijo al acercarse al lugar donde los otros se hallaban sentados—. Por hoy se han terminado las carreras. —Qué lástima —replicó Elizabeth con evidente disgusto——. Yo quería aumentar mi apuesta. —¿Cómo está Sir Harry? —preguntó Cait preocupada, pensando en el hermoso bayo de cuello largo. El duque arqueé una ceja. ⎯ ¿Sir Harry? Sir Harry está perfectamente. —Pero usted dijo hace un rato que cojeaba. Beldon sonrió. —Sir Harry no, querida. La que cojeaba era Chimera. Debió de lastimarse un tendón al enfilar el último tramo. —¿ Chimera? —Cait se volvió hacia la pista tratando de localizar a la hermosa yegua negra—. Por eso no reparé en ello. Supongo que lord Mountriden habrá tenido que renunciar a la carrera. El duque meneé la cabeza. —Soy yo quien ha renunciado. Chimera es uno de los animales más increíbles que he visto jamás. Mountriden estaría dispuesto a obligarla a correr hasta que cayera muerta si creyera que con ello iba a ganar. No quiero que eso suceda.


Cait sintió como si se derritiera. Apenas daba crédito a lo que acababa de oír. ¿Diez mil libras para evitar que un animal sufriera un grave percance? Y el caballo ni siquiera era suyo. —¿Y si Mountriden lo inscribe en una carrera en otro lugar? —No lo hará. He renunciado a condición de que Chimera no vuelva a correr hasta dentro de dos meses como mínimo. Todas las apuestas colaterales quedan suspendidas hasta entonces, y pasado ese tiempo los caballos disputarán una carrera eliminatoria. Cait observó por debajo de sus pestañas el hermoso perfil del duque mientras recordaba las palabras de Elizabeth Warring. «Rand es sensible.» Ciertamente hoy había demostrado que poseía un carácter compasivo. No todos los hombres habrían estado dispuestos a renunciar a diez mil libras, en particular cuando las probabilidades se inclinaban a su favor. Elizabeth se acercó a Cait y le apreté la mano. —Y bien, ¿qué te ha parecido, Cait? ¿Has disfrutado con tu primera carrera de caballos? Cait sonrió. —Como decís los ingleses, ha sido estupenda. Elizabeth se echó a reír y el duque hizo lo propio. Luego acompañé a Cait hasta el carruaje. Durante todo el trayecto Cait sintió sus ojos fijos en ella, observándola de esa forma tan insistente. —Debo hacer un par de cosas antes de irme —dijo Beldon—. Como el carruaje de Nick también está aquí, nos reuniremos dentro de un rato con ustedes, las señoras, en la mansión. El duque tomó la mano de Cait y oprimió los labios sobre el dorso de la misma. Cait sintió su contacto, que le abrasaba la piel a través del guante. —No tardaremos en vernos de nuevo, Cait —dijo Beldon dirigiéndole una mirada intensa y utilizando su nombre de pila tal como había hecho ella antes


—. Se lo prometo. Cait se limité a asentir con la cabeza. Algo había cambiado hoy entre ellos. Algo profundo que incidía en la parte más íntimamente femenina de su naturaleza. Cait oyó en su mente unas campanadas de advertencia, pero se negó a hacerles caso 4 Nick Warring se hallaba junto a su mejor amigo, Rand Clayton, observando a su esposa y a Caitlin Harmon mientras éstas abandonaban el hipódromo en el carruaje de Elizabeth. La mirada del duque siguió al vehículo hasta que desapareció, y estaba claro lo que pensaba. —Cuidado, amigo mío —dijo Nick—. Tus intenciones se ven a una legua y, si estoy en lo cierto, distan mucho de ser honorables. Rand sonrió. No le asombraba que Nick adivinara sus pensamientos. Eran amigos desde los tiempos de Oxford, y aunque Nick había pasado por tiempos muy duros, Rand nunca le había fallado. Entre ellos existían pocos secretos. —No niego que Cait Harmon me parece atractiva —le respondió Beldon. —Sé que buscas información sobre Talmadge. Pero si pretendes utilizar a esa chica simplemente como un medio para alcanzar tus fines, no me parece justo para Cait. —No sabemos con certeza qué papel desempeña Cait Harmon en este asunto. Es posible que esté metida hasta sus bonitas cejas en la última estafa del barón. —Pero no puedes estar seguro de que exista una estafa. Puede que la expedición del profesor Harmon sea perfectamente legítima. —No —replicó Rand mientras caminaban a través del césped hacia el paddock—. Tú mismo has leído el informe. Talmadge arrastra una historia de inversiones


que invariablemente fracasan, pero él y sus socios acaban ganando siempre un montón de dinero. Ahora se ha unido a Harmon. Sólo puede haber un motivo. ⎯¿Y Caitlin? —Reconozco que cuesta creer que esté metida en esto, pero no deja de ser posible. Y como tú mismo has dicho, sea cual fuere su relación con Harmon y Talmadge, podría resultar muy útil. —Esa chica es inocente, Rand, y tú no estás en el mercado del matrimonio. Si recuerdo bien fuiste tú quien me advirtió de los riesgos de jugar con una joven dama soltera. —Caitlin es americana. Encaran la vida de distinto modo que nosotros. —¿Ésa es tu excusa? ¿Que Cait es distinta y por tanto puedes aprovecharte de ella? Rand arrugó el ceño. —No quise decir eso. —¿Entonces a qué te refieres? —Para que lo sepas, no se me ocurriría aprovecharme de Caitlin Harmon. Por otra parte, Cait es el tipo de mujer que da la impresión de que hace lo que le da la gana. Parece que sabe bien lo que quiere en la vida y, en tal caso, la situación es muy distinta. —No le des más vueltas, Rand. La chica te gusta y te has propuesto conquistarla. No seré soy quien te critique, ya que he pasado por una situación semejante. Sencillamente te advierto que te andes con cuidado. Cait no se merece que le hagas daño.


Rand no dijo nada, pero siguió con las negras cejas fruncidas en un gesto de disgusto. Rand no era el tipo de hombre que se aprovecha de una joven inocente. Aunque procuraba ocultar sus sentimientos, era gentil por naturaleza. No quería lastimar a Cait Harmon. Por otro lado, sentía una profunda sensación de fracaso por no haber logrado impedir la muerte de su joven primo y Cait Harmon podía ayudarle a descubrir la verdad de lo sucedido. Nick confiaba en que, en lo tocante a Caitlin, la conciencia de Rand le guiara por la senda adecuada. Cait estaba sentada junto a su padre en el sofá del pequeño salón privado de la suite que el barón de Talmadge había alquilado en el hotel Grillon’s en Albemarle Street. Las habitaciones estaban decoradas al estilo francés, en tonos oliva y dorado con pesadas cortinas de terciopelo y mesas con la superficie de mármol. Todo en Inglaterra le parecía increíblemente llamativo y elegante, pero, después del espartano confort de sus viajes, era lógico que apreciara el lujo más que la mayoría de la gente. —¿Qué te parece, Phillip? La pregunta de su padre interrumpió los pensamientos de Cait e hizo que centrara su atención en la conversación que se desarrollaba en la habitación. —Me temo que estamos muy lejos de alcanzar nuestro objetivo —respondió Talmadge—. Tu equipo es viejo y anticuado. Necesitamos dinero para víveres y material, el suficiente para que nos dure un año. Tenemos que contratar a porteadores y obreros. Necesitamos dinero para nuestros gastos personales, ropa, botas y demás objetos. Sentado en una silla frente a un pequeño escritorio francés, el barón examinó la lista que tenía ante él, añadiendo de vez en cuando algún artículo. La luz procedente de la lámpara de bronce de queroseno iluminaba las escasas


hebras plateadas que salpicaban el cabello castaño de sus sienes. —Lord Geoffrey es un neófito en estas lides —comentó el barón, refiriéndose al último miembro que se había unido al proyecto, Geoffrey St. Anthony, segundogénito del marqués de Wester—. Pero como tú y tu hija sabéis bien, una empresa de esta magnitud resulta muy costosa. Talmadge era un hombre apuesto, pensó Cait, distinguido y refinado. Muchas mujeres le encontraban atractivo, aunque sus conversaciones solían ser aburridas, pues se limitaba a hablar sobre la expedición y la búsqueda del collar, los rumores que había oído en algún acontecimiento social, los últimos on dit —como decía él— que circulaban entre la alta sociedad. —¿Cuánto tiempo calculas que tardaremos en reunir la suma que necesitas? — preguntó lord Geoffrey, inclinándose hacia delante en su silla. Tenía unos veinticinco años, el pelo rubio claro y una sonrisa afable. Era muy atractivo, de aspecto juvenil y cándido, y se sentía tan atraído por la idea de hallar el tesoro que se había ofrecido para acompañarlos y sufragar sus propios gastos. —Confío en que dentro de un mes dispongamos del dinero que necesitamos — respondió Talmadge—. Nuestra causa está consiguiendo un fuerte respaldo. La charla de Caitlin ha propiciado numerosas e importantes donaciones por parte de los esposos de las damas del museo, y todo indica que está haciendo grandes progresos con el duque. —¿El duque? —inquirió bruscamente Cait. —Por supuesto, querida. Si Beldon decide contribuir al proyecto, podría tratarse de una cantidad elevada gracias a ti. —Pero yo... apenas conozco a ese hombre. Si queréis hablar con él... —Parece sentirse atraído por ti, Cait. Asistió a tu conferencia, y es evidente que le gustó. Sólo te pedimos que seas amable con él. Cuando llegue el


momento oportuno, ya hablaré yo con él si tú no quieres hacerlo. Geoffrey St. Anthony se levantó de un salto. —No es justo pedir a la señorita Harmon que frecuente a un hombre como el duque con el solo objeto de recaudar dinero. Ese hombre tiene mala fama. En lo tocante a las mujeres, es uno de los peores calaveras de Londres. La señorita Harmon es una dama, no una especie de... de... —Comprendemos a qué se refiere, lord Geoffrey. —La voz de Talmadge denotaba cierta irritación—. No pedimos a Caitlin que haga nada que le resulte desagradable, sólo que nos preste el apoyo que pueda. Cait esbozó una sonrisa forzada. —Estaré encantada de ayudaros en lo que pueda —dijo. Como había hecho siempre. Antes de que apareciera en escena Phillip Rutherford, había ayudado a su padre a recaudar fondos en numerosas ocasiones. Pero en el caso de Beldon le parecía distinto, aunque no habría sabido decir por qué. La reunión prosiguió. Acordaron una estrategia. Lord Geoffrey propuso confeccionar una lista de las personas con quienes podían ponerse en contacto, tras lo cual enumeró algunas fiestas a las que podían asistir con el fin de ganar apoyo para su causa, pero Cait empezó a distraerse. ¿Qué le ocurría con Beldon? ¿Por qué el mero hecho de oír su nombre hacía que se pusiera nerviosa? En algunos momentos resultaba enojoso. En otros, la intrigaba. Lord Geoffrey le había tachado de calavera. Elizabeth habla mencionado la legión de mujeres que le perseguían constantemente. Era peligroso liarse con un hombre como ése. Cait recordó de pronto las historias que había oído contar a sus tíos. A diferencia de su padre, que había sido un marido fiel y había adorado a su


esposa casi hasta el extremo de la obsesión, los hermanos de su madre y varios de sus primos eran unos notorios donjuanes que habían dejado un rastro de corazones partidos desde Boston a Nueva York. Rand Clayton seguramente era tan calavera como el que más. No obstante, tenía algo que la atraía, que le impulsaba a confiar en él. Por absurdo que pareciera, Cait deseaba volver a verlo. Cait se preguntó si volvería a saber de él o si Beldon se había cansado de cortejarla con sutileza y había decidido perseguir a una presa más segura. Los días transcurrían sin novedad, unos días preciosos para Cait. A instancias de Maggie, ambas habían ido de compras un día con Elizabeth Warring. Aunque Cait no era rica, había heredado un pequeño fondo fiduciario de su abuela, que utilizaba para comprar ropa y demás objetos personales, y cuando el dinero de su padre se agotaba, cosa que sucedía con mucha frecuencia. El dinero le procuraba cierto grado de seguridad en una vida que prácticamente no le ofrecía ninguna. Luciendo un vestido de seda amarillo y un parasol a juego, Cait caminó junto a sus amigas por la concurrida Bond Street portando un montón de paquetes. —Tengo que detenerme unos momentos —les informó Elizabeth después de que hubieran almorzado en August Tea Shop, un pequeño y encantador restaurante en la cercana Oxford Street—. Tengo un mensaje para Nick de un amigo, que vive a pocas manzanas de aquí. —Elizabeth sonrió al agregar—: Además, creo que Cait disfrutará con el espectáculo. Optando por ir a pie en lugar de en el coche, que cargaron con sus compras, Elizabeth las condujo de nuevo por Bond Street hasta un edificio de ladrillo rojo con un letrero sobre la puerta que decía: Gentleman Jackson’s Parlour. Maggie se detuvo en la puerta, indecisa, pero Elizabeth se echó a reír. Tan pronto como Cait penetró en el edificio de techo elevado comprendió el motivo al tiempo que contemplada atónita la abigarrada colección de hombres sudorosos y medios desnudos que se dedicaban a propinarse


puñetazos. —Ahí están Nicky y Rand —murmuró Maggie señalando una zona acordonada al otro lado de la habitación, donde dos hombres con el torso desnudo brincaban y se movían de un lado a otro tratando de esquivar a su rival y esforzándose, según le pareció a Cait, por derrotarse el uno al otro. —Santo cielo —fue lo único que atinó a decir, sorprendida de haber sido capaz de articular siquiera esas palabras. —Se están entrenando —explicó Elizabeth—. Vienen aquí al menos una vez a la semana para perfeccionar sus aptitudes boxísticas. Cait sabía que los estaba mirando con excesiva insistencia, pero no podía remediarlo. Nick Warring tenía un cuerpo espléndido, alto y esbelto, de piel morena y elegantemente musculoso, pero era el otro hombre el que atrajo su atención. Más alto que lord Ravenworth y de complexión más atlética, con unos hombros anchos y poderosos y un torso cuyos músculos se tensaban bajo la piel con cada movimiento, Rand Clayton era un magnífico espécimen. Estaba cubierto de sudor y el tupido vello castaño de su pecho relucía bajo la luz de la linterna suspendida sobre el cuadrilátero. Rand alzó los ojos y, al verla ataviada con su vestido amarillo vivo, se detuvo unos instantes. Cait habría jurado que lord Ravenworth sonrió socarronamente al tiempo que descargaba un contundente puñetazo en el mentón del duque de Beldon. Elizabeth emitió una carcajada. —Creo que tu presencia le ha distraído. —A Rand no le va a gustar —apostilló Maggie, mirando con expresión preocupada a su hermano, que estaba recibiendo una lluvia de golpes a cambio del malintencionado puñetazo que había asestado a su contrincante. En aquel momento sonó una campana anunciando el fin del asalto. Ambos hombres se saludaron tocándose las manos enguantadas y Cait vio que sonreían.


—Deduzco que no se han hecho daño —dijo, notando que su corazón latía con una aceleración que no obedecía a ningún esfuerzo sino al magnífico espectáculo del duque semidesnudo que le sonreía desde el cuadrilátero. —Me asombra que no estén marcados —comentó Maggie entornando sus bonitos ojos azules—. Creo que cualquiera que disfrute recibiendo puñetazos en la cara debe de estar un poco majareta. —Tienes toda la razón, querida—dijo Elizabeth, adelantándose de nuevo—. Pero uno es mi marido y el otro mi amigo, de modo que les perdono. Rand se agachó para pasar debajo de las cuerdas que rodeaban el cuadrilátero, tomó una toalla de hilo que reposaba en una silla y se dirigió hacia ellas. Fascinada, Cait se recreó contemplando aquella prieta carne masculina, desde los hombros increíblemente anchos hasta el vientre liso y musculoso y las estrechas caderas. El duque lucía unas mallas muy ceñidas debajo de las cuales se insinuaban los músculos de sus pantorrillas y muslos y que se ajustaban como un guante al marcado paquete de su sexo. Cait se entretuvo observando esa zona unos instantes más de lo decoroso. Luego apartó la vista sintiendo que tenía las mejillas encendidas. Cuando miró al duque comprobó que éste la observaba con un gesto divertido y con una expresión intensa y sensual. Era evidente que había notado su interés en la parte masculina de su cuerpo que cualquier dama habría ignorado. Cait se volvió, confiando en disimular su turbación. Si Beldon había advertido su sofoco, no lo demostraba. —Buenas tardes, señoras —dijo sonriendo a las tres, pero sin apartar los ojos de Cait—. Qué sorpresa tan agradable. —Una sorpresa, sí. Eso parece. —Consiguiendo a duras penas reprimir la risa, Elizabeth alzó la mano y tocó el cardenal que tenía Rand en el mentón —. Puedes culpar a Cait por este infortunado golpe. Rand se frotó la zona dolorida.


—Sí..., creo que ella tiene la culpa —repuso sonriendo—. Me lo debe, señorita Harmon. Ninguna mujer tiene derecho a distraer a un hombre hasta ese punto. ¿Cómo puedo hacérselo pagar? Cait sintió que su pulso se aceleraba ligeramente. —No puede echarme la culpa, excelencia, por haberse olvidado de esquivar el golpe. Elizabeth soltó una carcajada. —Vamos, Maggie. Dejemos que se pongan de acuerdo en quién ha tenido la culpa. Entretanto, creo que tu marido acaba de entrar. Está ahí, hablando con Nicholas. ¿Por qué no nos acercamos y procuramos distraerlos un poco a ellos? Maggie asintió con la cabeza. —Buena idea..., aunque dudo que ninguno de los dos se muestre complacido de vernos. No creo que ni Andrew ni Nicky piensen que un pabellón de boxeo sea el lugar más indicado para una dama. Elizabeth sonrió, y Cait pensó en la suerte que tenía de ser amiga de esas mujeres tan encantadoras. —¿Y bien? —La seductora voz del duque pareció envolverla, haciendo que centrara de nuevo su atención en él. —¿Y bien qué? —¿Cómo piensa resarcirme de su intempestiva aparición? —inquirió Beldon enarcando una ceja color castaño perfectamente trazada—. ¿Quizá con un paseo por el parque? O mejor aún, un pícnic. Conozco un lugar precioso junto al Támesis, aunque un tanto alejado de la ciudad. Haré que mi cocinera nos prepare el almuerzo y pasaremos el día fuera. ¿Qué contesta? Cait debía contestar con un enérgico no. Una cosa era dar un paseo por ci


parque, acompañados por docenas de visitantes, y otra muy distinta estar a solas con Rand Clayton. Rand se enjugó el sudor de la frente con la toalla, tras lo cual se la colocó sobre aquellos hombros increíblemente anchos. —A menos, claro está, que le dé miedo. Ella reconoció el señuelo, el desafío. Casi desde el primer momento en que se habían conocido él había intuido que ella no podía resistirse a un desafío. —¿Por qué iba a tener miedo? La toalla se movió un poco y luego se detuvo sobre su nuca. —Le aseguro que jamás haría nada que usted no quisiera que hiciera, Cait. Ella no estaba segura de si debía interpretar sus palabras como una frase tranquilizadora o no. En lo tocante a Rand Clayton, tenía sobrados motivos para recelar. Pero al contemplar su recia virilidad al tiempo que sentía que sus partes íntimas estaban curiosamente húmedas y más calientes de lo normal, Cait receló aún más de si misma. Con todo, era innegable que deseaba ir con él. Y jamás se había acobardado ante nada. —De acuerdo, un pícnic. —Pero no sería tan sencillo como parecía. Su padre apenas repararía en su ausencia, pero lord y lady Trent seguramente la censurarían por ello. Un día de campo con el duque, sin la compañía de una amiga, o cuando menos de otro hombre, no era una conducta aceptable para una joven—. Mañana debo atender un par de asuntos en el museo. ¿Por qué no nos encontramos allí? Rand comprendió en el acto que ella deseaba llevar ci asunto con discreción y sonrió de gozo. —Pasaré a recogerla a las diez.


Beldon hizo una leve inclinación con la cabeza y Cait se humedeció los labios, que tenía resecos. —Espero con ilusión ese momento —repuso, y era cierto. Rand no cesaba de pasearse de un lado a otro frente a la mesa de despacho de Ephram Barclay. La habitación estaba fresca. Una capa de nubes había oscurecido el sol y la tarde había refrescado, pero su indignación le hacía sentirse acalorado. —Es condenadamente difícil de tragar, se lo aseguro. Durante un tiempo, llegué a creer que ese hombre era un impostor. —Lamento decepcionarle, pero no es el caso. Phillip es el segundogénito de Edwin Rutherford, el difunto lord Talmadge. Al parecer, sirvió como oficial en la marina de su majestad hasta que su hermano mayor, Victor, murió víctima de una neumonía hace cuatro años. Poco después Phillip regresó para reclamar su título y su herencia. Rand agitó los papeles que había estado leyendo, el último informe presentado por el detective de Bow Street. —Que según McConneli dejaba mucho que desear. Ephram se quitó las gafas con montura de alambre, apartándolas con cuidado de sus orejas desproporcionadamente grandes. —Victor era aficionado al juego. Cuando Phillip se convirtió en lord, el dinero que quedaba era escaso. Tuvo que vender la propiedad en Kent para saldar las deudas. Rand se detuvo y se volvió hacia el abogado. ⎯¿Y en qué situación se halla ahora su economía? —Tiene dinero en el banco, pero no una cantidad exorbitante. Ganó bastante con las inversiones que hizo a lo largo de los años, y por supuesto con su asociación con la naviera Merriweather, pero por lo visto el dinero se ha esfumado. A Talmadge le gusta la buena vida. Lo más probable es que se lo


gastara en caprichos. —Lo cual significa que necesitará más —dijo Rand—. ¿Qué mejor forma de desplumar a los miembros de la clase alta que por medio de una estafa que atraiga a su naturaleza filantrópica, unas donaciones para lo que él denomina «una causa profundamente noble»? —Quizá se trate efectivamente de eso. —Y puede que Donovan Harmon y Phillip Rutherford se propongan simplemente tomar el dinero y salir corriendo. Quizás el bueno del profesor no tenga la menor intención de regresar a la isla de Santo Amaro, suponiendo que haya estado alguna vez allí. —Oh, sí, estuvo allí junto con su hija. Nuestro hombre, McConnell, habló con un explorador que responde al nombre de sir Monty Walpole. Quizás haya leído usted sobre sus hallazgos en Pompeya, donde estuvo trabajando con el profesor. Rand se dejó caer pesadamente en una butaca. —Sé quién es. —Sir Monty está convencido de que el profesor tiene muchas probabilidades de hallar el collar de Cleopatra. Es más, existe la posibilidad de que él regrese con la expedición. Lo lamento, excelencia, pero al parecer es una empresa legítima. Rand no dijo nada. Todos sus instintos gritaban que Talmadge era un ladrón y un estafador. Pero no existían pruebas. —Es un fraude. Lo sé. Pero todavía no sé cómo se proponen llevarlo a cabo. En cualquier caso, estaba decidido a averiguarlo. No estaba dispuesto a permanecer cruzado de brazos y dejar que la muerte del joven Jonathan quedara impune. Talmadge era un embustero y un embaucador. Rand se proponía demostrarlo de una forma u otra.


Tras despedirse brevemente de Ephram, Rand se dirigió hacia la puerta. Los pensamientos se agolpaban en su cabeza, pasando de Rutherford a Harmon y luego a Cait. Ésta parecía sincera, demasiado inteligente para participar en una estafa. Pero su padre seguramente estaba implicado, y por lo que Rand sabía, Cait estaba dispuesta a hacer lo que fuera por él. Nick estaba convencido de que Cait era inocente, pero Rand tenía sus dudas. Las muchachas jóvenes e inocentes no aceptan acudir solas a una cita con un hombre, pero Cait había aceptado sin vacilar, incluso lo había dispuesto todo de forma que nadie hiciera preguntas. Durante un instante fugaz, él había confiado en que ella rechazara su invitación. Deseaba que fuera exactamente tal como él la imaginaba, inteligente y encantadora, en absoluto manipuladora. Pero ella había aceptado y Rand se preguntaba por qué. Confiaba en que lo había hecho simplemente porque le deseaba, porque sentía en cierta medida el ardiente y acuciante deseo que él sentía por ella. Mañana lo averiguaría. Mañana. Una ola de gozosa anticipación recorrió su cuerpo, seguida por una feroz sacudida de pasión


5 Cait se ató las cintas de su sombrero de ala ancha, estilo «carbonera», se despidió de Maggie con la mano y salió al porche de la mansión. Sentía una opresión en el pecho debido a los remordimientos. Tenía las palmas de las manos sudorosas y el corazón le latía más deprisa de lo normal. Detestaba mentir a sus amigos, pero sin duda era la solución más fácil. Cait suspiró al atravesar los adoquines, se montó en el carruaje que el marqués le había enviado y se instaló cómodamente antes de que el vehículo emprendiera el breve trayecto hasta el museo. Al menos sus anfitriones se habían resignado a que ella «anduviera por ahí», según dijeron, sin una carabina. Hacía mucho que llevaba una vida independiente como para tener en cuenta esas tonterías. Miró por la ventanilla del carruaje mientras circulaba por las concurridas calles londinenses. La tibia mañana primaveral confería al cielo un color azul celeste, pero el hermoso día no consiguió aplacar sus nervios. Cait sabía que no debía haber aceptado la invitación. Era lo correcto, lo aceptable, y el duque de Beldon lo sabía. Éste la había retado de nuevo, incitándola a pasar por alto los cánones sociales, motivo por el cual ella había aceptado. Al llegar al museo, Cait despidió al cochero y aguardó frente a la fachada a que apareciera el duque. La brisa agitaba su falda de color verde menta y Cait se ajusté el sombrero, confiando en que el ramillete de flores y hojas sujeto al ala del mismo siguiera allí. Debajo del ala, su cabello rojo con reflejos dorados, más largo de lo que se estilaba en aquel entonces, le caía en una cascada ondulada por la espalda, recogido en las sienes con unos peines de marfil que ella había adquirido a un vendedor ambulante de piel negra en Dakar. La tensión que sentía aumentó. Cait comenzó a pasearse arriba y abajo por el suelo de mármol del porche frente al museo. No debía estar allí, pensó de nuevo. Debió haber dicho no, debió hacer lo correcto por una vez en la vida,


pero cuando miró hacia la calle y vio al duque dirigirse hacia ella, alto e imponente y más guapo de lo que debía ser un hombre, su corazón pareció detenerse durante unos largos segundos y en aquel momento comprendió por qué estaba allí. —Temí que hubiera recobrado el juicio —dijo él sonriendo al detenerse junto a ella, acercándose más a la verdad de lo que imaginaba. Cait se echó a reír. —Lo cierto es que lo recuperé, hace unos minutos, pero tengo la sensación de que es demasiado tarde. El duque sonrió. —Sí, es demasiado tarde, señorita Harmon. Pero le prometo que, al final de la jornada, se alegrará de haber venido. Cait sonrió también. Se alegraba, sí, y le había gustado la forma en que él la miró al tomarla por el codo con una mano enguantada y conducirla hacia su carruaje, que aguardaba en la esquina. Era un elegante faetón de color negro, con pequeñas guirnaldas doradas pintadas en las puertas. Iba tirado por una pareja de caballos bayos de paso alto y airoso, idénticos. Era un vehículo llamativo a la par que elegante y Cait no pudo por menos de pensar: «¡Dios santo! ¡Sin cochero, ni lacayo, los dos completamente solos!» Volvió a sentir un intenso nerviosismo que se tradujo en un temblor de manos. Comenzó a articular en su mente una protesta, una excusa plausible para no ir, pero el duque la ayudé a montarse en el coche sin darle tiempo a reaccionar, instalándola en el asiento de cuero rojo, y, después de rodear el vehículo, subió junto a ella. Rand tomó las riendas y las enrollé en torno a sus dedos enguantados como si lo hubiera hecho mil veces. —¿Está preparada?


Cait tragó saliva y asintió con un breve movimiento de la cabeza. Tal como se temía, era demasiado tarde para volverse atrás. —Todo lo preparada que puedo estar. —Entonces vámonos. El duque sacudió las riendas y los caballos arrancaron al trote. Conducía el vehículo a través del tráfico con la misma facilidad con que sostenía las riendas, esquivando los carros de mercancías, los coches de alquiler, los vendedores de fruta ambulantes y los tratantes de carbón. Al poco tiempo llegaron a los límites de la ciudad y enfilaron unos caminos que bordeaban los extensos y ondulantes campos. Al llegar a un pintoresco pueblecito de muros de piedra, saludaron con la mano a un grupo de escolares y fueron perseguidos por un perro que no cesaba de ladrar. Pasaron junto a un carro cargado de heno y persiguieron a una silla de posta hasta lograr adelantarla en un tramo ancho de la carretera mientras los pasajeros se asomaban a las ventanillas para indicarles con la mano que pasaran. El corazón de Cait latía con violencia debido a la intensa excitación que sentía. Miró al duque, que echó la cabeza hacia atrás y emitió una carcajada de gozo, y ella se dio cuenta de que, en realidad, se estaba divirtiendo mucho. Lo cierto es que estaba eufórica. El aire del campo, la pericia del duque como conductor y el evidente placer que le procuraba su compañía habían logrado aplacar sus temores. Charlaron de cosas intrascendentes: el tiempo, la espléndida campiña, los caballos perfectamente adiestrados del duque. —¿Le costó adaptarse? —preguntó él al cabo de un rato, obligando a los caballos a aminorar el paso—. Me refiero al hecho de pasar tanto tiempo alejada de su hogar. Cait se recostó en el asiento, arrullada por el ritmo de las ruedas y el clip clop


de los cascos de los caballos. —Es una pregunta difícil de responder. Lo cierto es que hace años que no tengo un verdadero hogar, concretamente desde que murió mi madre. A raíz de su muerte, mi padre comenzó a viajar y yo, como es natural, fui con é1. Al morir mi madre, los países extranjeros parecían ejercer sobre mi padre una singular fascinación. Tal vez ofrecían solaz a su dolor. En cuanto a mí, al cabo de unos años de recorrer mundo, lo extraño pasó a ser normal. El duque tomó por un camino menos concurrido, detuvo a los caballos y Cait vislumbré el río, una cinta larga y ancha de color azul que desaparecía entre los árboles. —Por la charla que dio en el museo —dijo el duque—, deduzco que le gustaría descansar de tanto ajetreo. Imagino que preferiría regresar a América que a Santo Amaro. Era cierto. En todo caso, Cait deseaba estar en un lugar que constituyera su hogar, al menos durante un tiempo. —Lo que yo desee no importa. Mi padre está convencido de que dará con el collar. Si lo consigue, el hallazgo justificará todos sus esfuerzos. —¿Y usted, Cait? ¿Acaso su felicidad no es tan importante como la de su padre? Ella se encogió de hombros; el tema le hacía sentirse incómoda. —Quiero mucho a mi padre. Necesita mi ayuda para alcanzar su meta y me propongo dársela. Haré cuanto esté en mi mano para que triunfe en su empresa. Beldon la observó como si deseara formularle más preguntas pero no se atreviera. Luego sonrió y el momento pasó. Al cabo de poco más de una hora de haber abandonado la ciudad, enfilaron por un estrecho sendero que los condujo


hasta la orilla del río. Era un lugar recoleto, cubierto por un tupido tapiz de hierba verde y rodeado por una hilera de frondosos sauces, junto al que discurría el Támesis. El sol arrancaba unos reflejos dorados a la superficie del agua, y cerca de la orilla opuesta unos botes se deslizaban aguas abajo impulsados por la corriente. —Es un sitio precioso —comenté ella, mirando embelesada a su alrededor—. ¿Cómo dio con él? Beldon sonrió, haciendo que apareciera el hoyuelo en su mejilla. —Es mío. El terreno forma parte de River Willows, una propiedad que heredé junto con el ducado. Beldon detuvo a los caballos, echó el freno, enrollé las riendas alrededor del mismo y saltó del coche. Acto seguido colocó sus musculosas y grandes manos en torno a la cintura de Cait y la ayudé a apearse del faetón, pero en lugar de depositarla en el suelo, la hizo descender lentamente, sosteniéndola tan cerca de él que su cuerpo rozó el suyo. Cait sintió los tensos músculos de su vientre plano, los largos tendones de sus muslos. Noté que se le ponía la piel de gallina y una extraña sensación en el estómago, como si se derritiera. Inclinó la cabeza hacia atrás para mirar su rostro y al observar la expresión que reflejaban aquellos ojos castaños con motas doradas, se le cortó la respiración. Durante un instante creyó que iba a besarla. Pero él la deposité firmemente en el suelo y se aparto. —Espero que tenga hambre —comenté con una sonrisa desenvuelta que no encajaba con el timbre ronco de su voz—. La cocinera nos ha puesto comida suficiente para alimentar durante varias semanas a toda una expedición de su padre.


Cait emitió una carcajada entrecortada. Sentía el calor de sus manos, el contacto con su musculoso cuerpo como si él la sostuviera aún en sus brazos. —Gracias, estoy famélica. El rato que tardamos en adelantar a aquella silla de posta, que parecía sujeta a un árbol, ha contribuido a abrirme el apetito. El duque rió suavemente. —La mayoría de las mujeres me habrían pedido a gritos que me detuviera. Tengo la impresión de que a usted le hubiera gustado que fuera más deprisa. Cait sonrió. —No tenía miedo. Es usted un conductor excelente. El halago pareció complacerle, aunque no lo dijo. Extrajo una mullida manta de lana de la parte posterior del coche y se la entregó a Cait, diciendo: —Tome la manta. Yo llevaré la comida. Con esto tomó una voluminosa cesta y condujo a Cait a través de la hierba hasta un lugar situado bajo las ramas largas e inclinadas de un sauce. Cait extendió la manta en el suelo y el duque empezó a colocar sobre ella el almuerzo: capón asado frío, salmón en escabeche, salchichas, huevos duros, manzanas, una generosa porción de queso Cheshire, unas crujientes hogazas, pudín de pasas y pan de jengibre para postre. —Tiene razón, aquí hay suficiente comida para un ejército de tamaño regular. —Por lo menos un regimiento —contestó él sonriendo—. ¿Qué le parece si tratamos de hacerle justicia? Cait se senté sobre la manta, recogió las piernas debajo de ella, se quitó el sombrero y lo arrojé. —Odio ponerme los dichosos sombreros. Incluso cuando trabajo, siempre me olvido de encasquetarme un sombrero. Supongo que por eso tengo la nariz llena de pecas.


Rand se detuvo cuando se disponía a descorchar una botella de vino. —Sus pecas le dan un aire muy atractivo, señorita Harmon, pero usted estaría guapa con cualquier cosa. —Sus ojos se posaron en su rostro—. O mejor aún, sin nada. Cait se sonrojé y sintió un cosquilleo en la boca del estómago. Tras aceptar el plato que él había llenado y depositado ante ella, jugueteé con un trocito de capón, probé un mordisco de salmón y un pedazo de queso. —Todo está muy rico. —Tansy es una joya. Trabaja para nosotros desde hace casi veinte años. —Mi madre era una cocinera excelente. Le encantaba la repostería, preparar galletas, pasteles y tortas. A pesar de los años que han transcurrido, aún recuerdo el sabor que tenían. —Mi madre murió a causa de una fiebre el año pasado —dijo Rand—. Era una mujer extraordinaria, con un fuerte instinto protector, inteligente, decidida. A mentido pienso en ella, y la echo mucho de menos. Sus palabras tocaron una fibra sensible en Cait. —Mi madre era muy hermosa, y la mujer más buena que he conocido. Se ahogó durante una tormenta cuando nuestro carruaje se salió de la carretera y volcó en un río. —¿Iba usted con ella? Cait asintió con la cabeza, tratando de no hacer caso del nudo que se le había formado en la garganta. Habían pasado once años, pero el recuerdo era tan nítido como el día en que había ocurrido la desgracia. —Quedé aprisionada debajo de una rueda. De no haber sido por el tesón de mi madre, me habría ahogado sin remedio. Se sumergió en el agua una y otra vez hasta conseguir liberarme. Pero se quedó sin fuerzas y la corriente la arrastré río abajo. No hallaron su cuerpo hasta dos días más tarde. Murió por salvarme la vida.


Rand la miró a los ojos con expresión sombría y triste. —Teniendo en cuenta lo mucho que la quería, eso debió de ser muy duro para usted. Cait cerré los ojos un momento, contemplando unas imágenes que no deseaba ver, esforzándose por apartar de su mente aquellos recuerdos tan dolorosos. —Para mi padre fue aún peor. Adoraba a mi madre desde el día en que se habían conocido. El accidente lo sumió en una profunda tristeza, estaba desolado. Lo peor fue que mi madre murió por mi culpa. Si no hubiera sacrificado su vida por mí, aún estaría viva. Rand se disponía a llevarse la copa de vino a los labios, pero se detuvo a medio camino. —No debe culparse por lo ocurrido. Cait bajó la vista y jugueteé con la comida que tenía en el plato. —¿Cómo no voy a hacerlo? —¡Por el amor de Dios, Cait! —exclamó Beldon; el asombro confería cierta aspereza a su voz—. ¡Usted era una niña! Su madre era responsable de usted. La quería. Es lógico que hiciera cuanto pudiera para salvarle la vida. Cait se estremeció. ¿Por qué estaban hablando de ese tema? —Es posible, pero para mi padre fue un golpe espantoso. Tras la muerte de mi madre, no tenía a nadie a quien recurrir, no tenía quien le echara una mano excepto yo. Yo era cuanto él tenía en el mundo. En cierto modo, sigo siéndolo. —¿Y usted continúa anteponiendo los intereses de su padre a lo suyos? Cait no dijo nada. Estaba en deuda con su padre. Debido a ella, él había perdido a la mujer que amaba. El accidente había sido culpa suya y nada podía alterar eso.


El duque tomó su mano y la apreté afectuosamente. —Admiro su dedicación, Cait. Pero debe vivir su vida. No lo olvide. Ella emitió un suspiro entrecortado, bebió un sorbo de vino y fijé la vista en el río. Durante unos minutos comieron en silencio. Rand poseía una cualidad que a ella le gustaba mucho, el poder disfrutar en su compañía de un rato de silencio tanto como el hecho de conversar con él. Cuando terminaron de comer, él le tomó la mano y la ayudé a incorporarse. —¿Le apetece dar un paseo? Ella asintió con la cabeza. —Me apetece mucho. Rand la condujo hasta el río y pasearon por la orilla, escuchando el rumor del agua al lamer los juncos. —¿Qué tal va la expedición? —inquirió él. —Mejor de lo que pensábamos. Lord Talmadge nos ha sido de gran ayuda. Rand frunció ligeramente el ceño y ella se preguntó por qué el nombre del barón le producía siempre ese efecto. —¿Irá él con ustedes? —No estoy segura. Sé que a mi padre le encantaría que nos acompañara. —¿Y qué haría? El barón no es un experto arqueólogo. —Necesitamos gente que vigile a los trabajadores, que se ocupe de pagarles el jornal y de administrar los víveres. A mi padre no se le dan bien esas cosas. Confía en lord Talmadge. Se sentiría más tranquilo si nos acompañara. El duque parecía pensativo. Cait se preguntó por qué. Siguió con el tema,


pero luego cambió de parecer. Beldon no conocía a Talmadge como ella. Además, su opinión no importaba. Lo que contaba eran los deseos de su padre. Echaron a andar por un sendero algo alejado del río, cubierto de maleza, junto al que crecían unas flores blancas y amarillas y que desembocaba en un apartado claro. Con cada paso que daba, Cait sentía la presencia del duque junto a ella, de la que emanaba calor, pasión y atractivo sexual. La atraía poderosamente, como si ella fuera un metal dúctil y él un potente imán. Confiando en poder ocultar sus pensamientos, Cait contemplé el paisaje que les rodeaba y divisé un vivaracho pajarillo con alas de color cobrizo y la cola larga y blanca. El ave se posé en una rama en lo alto de un árbol y Cait lo observó atentamente. —¿Le gustan los pájaros? —preguntó Beldon. —Sí, mucho, pero sé muy poco sobre ellos. —Ese es una curruca. Es bonito ,¿verdad? —Es muy hermoso. En éstas apareció otro pájaro a pocos pasos de donde se encontraban, un animalito rechoncho, rabicorto y con un copete azul gris. —¿Sabe también cómo se llama ése? Beldon sonrió. —Trepatroncos. Es muy divertido observarlos. Cait arqueé las cejas. —¿Cómo es que sabe tanto sobre los pájaros? Me choca que un hombre de su posición se moleste en aprender esas cosas.


Beldon se sonrojé levemente. Luego carraspeé y aparté la vista, mirando a través de los árboles. —Mi interés es reciente. Elizabeth, la esposa de Nick, siempre ha sido muy aficionada a los pájaros. En cierta ocasión me habló de ellos, indicándome sus nombres y explicándome algunos detalles sobre cada uno de ellos, y comprobé que me gustaban tanto como a ella. —Me parece magnífico. Rand esbozó una media sonrisa. —¿Sí? A mi padre le habría repelido. Le habría parecido poco viril cultivar una afición que no consistiera en disparar contra ellos. Yo soy cazador, desde luego, pero también gozo observando a los pájaros como hacemos ahora usted y yo. Cait sintió una oleada de ternura. Quizás Elizabeth tenía razón. Quizás el duque de Beldon tenía una naturaleza sensible. Desde luego no era el aristócrata egocéntrico y arrogante por el que ella lo había tomado. Él bajó la vista y observó su rostro. De pronto mudé de expresión. Sus ojos se oscurecieron y adquirieron una mirada intensa. —Me gusta observar a los pájaros, pero hay otra cosa que me gustaría infinitamente más. Algo en lo que no he dejado de pensar desde el momento en que la vi al otro lado del salón de baile la noche en que nos conocimos. Cait noté que su pulso se aceleraba. Automáticamente, se humedeció los labios. ⎯¿A qué... se refiere? —Deseo besarla, Cait. He esperado el momento oportuno para hacerlo. No quiero esperar más. Rand la abrazó y oprimió sus labios sobre los suyos, unos labios cálidos y


sedosos, más delicados de lo que ella había imaginado. Las piernas apenas la sostenían y Cait clavé los dedos en las solapas de la chaqueta de él. ¡Era increíblemente alto! Cuando el beso se hizo más intenso, ella se alzó de puntillas y deslizó los brazos en torno a su cuello. El beso se prolongó más y más, al tiempo que él exploraba su boca con la lengua, haciendo que ella se sintiera desfallecer. Era un momento en ci que se combinaban la pasión y la delicadeza, intensificándose el calor y la dulzura, y un breve y extraño gemido brotó de los labios de Cait. Rand la abrazó con fuerza y la besó más intensamente, oprimiendo su boca sesgadamente primero en un sentido y luego en otro. A Cait la habían besado otros hombres. Un estudiante en el instituto de Boston donde su padre impartía clase, un joven oficial británico destacado en Dakar. Habían sido unos besos inocentes, moderados, sin exigir nada, que respetaban su juventud y la posición de su padre. El ardiente beso del duque no tenía nada de moderado, sino que era apasionado, imperioso, y Cait sintió que el fuego le corría por las venas como un reguero de pólvora. Le devolvió el beso con ¡a misma intensidad y el mismo imperioso deseo, rozando tímidamente la lengua con la suya. Le oyó gemir. La boca de Rand sabía a vino tinto; tenía un tacto caliente, viril e increíblemente erótico. —¡Dios, Caitie! —murmuré él, apartándose para besarla en el cuello—. ¿Sabes cuánto te deseo? Pienso en ello día y noche. Sus palabras hicieron que el corazón de Cait latiera más aceleradamente, que sintiera como si sus entrañas se estremecieran y fundieran. Deslizó sus temblorosos dedos a través del pelo de él y abrió la boca con avidez para recibir otro apasionado beso. Sintió la dureza de sus muslos, los músculos de sus hombros que se expandían y contraían bajo su tacto. En su vientre se acumulé un intenso calor, que se filtré a través de sus huesos y brotó por entre sus piernas. Rand la acarició con su lengua, profunda y hábilmente, y durante unos instantes ella temió que las piernas no la sostuvieran.


Sus musculosos brazos la sostuvieron al tiempo que él devoraba su boca con otro beso feroz. Ella ni siquiera oyó el sonido de los botones en la parte trasera del vestido al desabrocharse, apenas sintió la leve brisa sobre su piel abrasada. El vestido se solté y él le bajó el corpiño, pero fue el tacto ardiente de su mano, al acariciar su pecho a través de la delgada camisa de lino, lo que la alertó del peligro. Cait se tensó, indecisa, sabiendo que debía detenerlo. Rand la aplacó con unos besos delicados, mordisqueando apenas su piel, y con unas palabras tranquilizadoras. Le acarició el pezón, frotándolo entre sus dedos, provocándole unas pequeñas descargas eléctricas entre las piernas. Rand agaché la cabeza y succionó su pezón, que estaba rígido, humedeciendo el tejido, utilizando sus dientes para mordisquearlo y juguetear con él. Cait estaba segura de que iba a desvanecerse. —Rand... —musitó, aferrándose a su cuello, casi sollozando debido al placer que la invadía. Él la besó de nuevo, con tal intensidad que Cait sintió como si sus músculos perdieran toda fuerza. Entretanto, él masajeó sus senos, alzándolos, moldeándolos, sopesándolos, haciendo que se sintiera mareada hasta el punto de perder casi el sentido. Rand le mordisqueé el cuello, el lóbulo de la oreja. —River Willows está al otro lado de esa colina —dijo suavemente—. La casa está vacía, sólo quedan unos pocos sirvientes. Ven conmigo, Cait. Deja que rehaga el amor. Deja que te muestre el placer que podemos alcanzar. Ella respiraba trabajosamente, apenas capaz de comprender lo que él decía. De golpe empezó a percatarse de la verdad de su situación. Rand la había llevado allí, a una de sus propiedades. Quería hacerle el amor, corno habla hecho con decenas de mujeres. Era un calavera, un donjuán. Dios santo, ¿qué estaba haciendo ella? Elizabeth se lo había advertido, al igual que Maggie, incluso Geoffrey St. Anthony.


Ella le deseaba, sí. Desde el día en que lo había visto boxear en el ring, había pensado cien veces en su hermoso cuerpo. Cuando él la había besado, cuando la había tocado, ella había sentido un placer que jamás pudo haber imaginado. Pero no bastaba. Era una mujer. Deseaba saber qué significaba. Deseaba gozar de los placeres que él le había prometido, pero se negaba a convertirse tan sólo en otra de sus triviales conquistas. Necesitaba confiar en él, saber que en cierro modo significaba algo especial para él. Cait meneé la cabeza. —Lo... lo siento, Rand. No puedo. Los ojos de él se ensombrecieron y adquirieron una expresión feroz. —¿Por qué? Me deseas. Lo sé. Deja que te haga el amor. Es lo que ambos deseamos. Ella se aparté de él y se subió el vestido para cubrirse los senos con mano temblorosa. Debía sentirse avergonzada, pero no era así. Había querido conocer la pasión y Rand Clayton le había descubierto en parte su significado. —Creo que será mejor que me lleves a casa —dijo Cait. Él la miré en silencio unos instantes. De pronto se tensé un músculo en su mejilla. —¿Estás segura de que eso es lo que deseas? Cait meneé la cabeza, sintiendo el inesperado escozor de las lágrimas. —Ya no estoy segura de nada. Pero sé que es mejor que me vaya a casa. ¿Quieres llevarme, Rand? Entre ellos transcurrieron unos prolongados y silenciosos minutos. Luego él le tomó la cara entre las manos, inclinó la cabeza y la besó suavemente en los


labios. —Te llevaré a casa. Durante el trayecto se abstuvieron de conversar. La tensión latía en cada resquicio del musculoso cuerpo del duque, y un indecible dolor golpeaba las sienes de Cait. No debía haber venido con él. No debía haber permitido que la besara, que la tocara como lo había hecho. No debía recordar el placer que él le había procurado. No debía desear que volviera a hacerlo


6 Cait repasó la lista de nombres que acababa de facilitarle Geoffrey St. Anthony, hombres que él conocía que podían estar interesados en aportar fondos a la causa de su padre. Estaba sentada en un acogedor saloncito en la mansión de lord Trent, una estancia decorada en suaves tonos amarillos y bermejos que el aristócrata había acondicionado como estudio para uso del padre de Cait durante su estancia en Londres. Durante los últimos tres días, Cait había trabajado allí con él, revisando los libros mayores de provisiones y el horario de partida del barco, escribiendo cartas a contactos en Dakar. No había tenido noticias de Rand, ni siquiera había recibido una nota desde que él la había acompañado de regreso al museo después del pícnic. «Es mejor así», se dijo. Rand Clayton no le convenía. Era inglés, un respetado miembro de la aristocracia. Ella era americana, una plebeya. Rand estaba acostumbrado a mujeres que observaban los cánones sociales. Cait vivía a su modo. Llevaba una vida independiente desde la muerte de su madre. Había viajado, habla visto cosas que habrían hecho que la mayoría de mujeres se desmayaran al contemplarlas. ¿Hasta qué punto se escandalizaría si ella le describía los gigantescos símbolos fálicos que había visto en Pompeya, o las docenas de relieves que mostraban con todo detalle posturas eróticas prohibidas de hombres y mujeres haciendo el amor? En aquel entonces, Cait no había comprendido el significado exacto de aquellas imágenes y estatuas. Ahora era mayor y estaba más instruida. Sabía perfectamente lo que había visto, y el recuerdo de aquellas imágenes seguía intrigándola. Cait bajó la vista y contempló las leves pecas que tenía en el dorso de las manos, y pensó en las horas que había pasado de rodillas bajo el ardiente sol


de la isla. Visualizó en su mente a la hermosa lady Hadleigh, tratando de imaginarla a ella o cualquiera de la legión de mujeres de Rand trabajando en las condiciones que lo había hecho ella. Cait era muy distinta de las mujeres que él había conocido hasta la fecha. No era el tipo de mujer que atraía —más allá de un breve revolcón—a un hombre como el duque de Beldon. Rand no le convenía, se dijo Cait. Con todo, no podía dejar de pensar en él. —Y bien, señorita Harmon, ¿qué le parece? Al levantar la cabeza Cait vio a Geoffrey St. Anthony inclinado sobre la mesa; su dorada cabeza estaba a pocos centímetros de la suya. Disculpe. Geoffrey, ¿qué me ha preguntado? El joven retrocedió un paso, tropezó con la alfombra oriental y por poco se cae. —Qué torpeza —dijo alisándose la chaqueta al tiempo que sus pálidas mejillas se teñían de rojo—. No suelo ser tan imbécil. Supongo que se debe a los nervios. Tragó saliva y apartó la mirada. —Me pregunto, siempre que no tengan otro compromiso, si usted y su padre aceptarían acompañarme mañana por la noche a la ópera. Ponen Semiramide en el King’s Theatre. He oído decir que la puesta en escena es magnífica. En aquel preciso instante entró el profesor con su monóculo encajado en un ojo. ¿A la ópera, dice usted? —Sonrió como si eso le trajera gratos recuerdos—. La ópera me encantaba. Cuando vivía Manan asistíamos con tanta frecuencia como podíamos. Cait sintió una punzada de culpabilidad, como sentía siempre que su padre se refería a su madre con aquel tono de adoración.


—¿Te gustaría ir, papá? Hace años que no asistimos a la ópera. —Tantos que Cait ni recordaba cuántos. Su padre se volvió hacia el joven rubio que aguardaba con evidente impaciencia. —Le agradezco la invitación, Geoffrey. Estaremos encantados dc acompañarlo. Gcoffrey esbozó una amplia y juvenil sonrisa. —La representación empieza temprano. Pasaré a recogerlos poco antes de la seis, si les parece bien. Cait le dirigió una mirada de gratitud y comentó que le apetecía mucho asistir a la ópera. Geoffrey abandonó la mansión y ella y su padre reanudaron el trabajo. En todo caso, ella trató de concentrarse en él. No era fácil cuando el recuerdo de aquellos besos apasionados y ardientes caricias le rondaba constantemente la cabeza. —¿Desea algo antes de que me retire? —Percival Fox, el ayuda de cámara que trabajaba desde hacía tiempo al servicio de Rand, se detuvo junto a la puerta de la alcoba de su patrón. —No —masculló Rand—. Lo único que necesito es dormir unas cuantas horas. ¿Le apetece una copa de brandy? Le ayudará a olvidarse de los problemas que le plantea el profesor. Rand dejó el libro que estaba leyendo y se levantó de la silla con gesto cansado. —Puede que tengas razón. Percy sonrió al destapar una licorera de cristal. Ex sargento del ejército británico, Percival Fox había servido en la India y posteriormente en el continente europeo.


Trabajaba para Rand desde que la bala de un mosquetón le había herido en el pecho hacía diez años, obligándole a abandonar ci servicio. Durante los primeros años al servicio de Rand, Percy, que se había erigido en su guardaespaldas a título personal, había viajado con él cada vez que éste abandonaba el país, lo cual había ocurrido con frecuencia cuando su padre vivía todavía. Rand apenas ocultaba secretos a Percy, a quien consideraba más un amigo que un sirviente. Rand tomó la copa de brandy y bebió un largo trago. —Por desgracia, en estos momentos no es el profesor quien me plantea problemas, sino su hija. Percy no respondió, pero la expresión que reflejaban sus ojos fríos y grises cuando salió de la habitación y cerró la puerta decía: «Debía imaginarme que era un asunto de faldas.» Rand casi sonrió. Pero en lugar de ello depositó su copa de brandy casi llena en la mesita de noche, arrojó la bata sobre la banqueta acolchada a los pies de la cama y se acostó desnudo entre las sábanas. El tejido tenía un tacto fresco y sedoso, restregándose sensualmente contra su piel, induciéndole a pensar en una carne suave y femenina y haciendo que se lamentara de estar solo. Rand acomodó su enorme almohada de plumas y trató de conciliar el sueño, pero no cesaba de revolverse en el lecho sin conseguir pegar ojo. Fijó la vista en el dosel de raso, escuchó el rumor de la lluvia que batía sobre las ventanas y el tenue silbido del viento, y pensó en Caitlin Harmon. Durante los tres días que habían transcurrido desde la última vez que la había visto, Rand había decidido olvidarla. La escasa información que ella pudiera tener sobre su padre y Talmadge no merecía el tormento que le causaba a él, el ardiente deseo que le acuciaba día y noche. Rand cerró los ojos para apartar el recuerdo de sus pechos altos y generosos, perfectamente formados para caber en sus manos, sus grandes ojos de color


verde hoja y su cabello rojo con reflejos dorados. Como todas las noches, su miembro se ponía rígido, provocándole el acostumbrado dolor y un deseo que no le abandonaba. Anoche había experimentado un deseo tan acuciante que había salido en busca de un desahogo. Su antigua amante, Hannah Reese, una actriz del Drury Lane, siempre se alegraba de verlo. Aparte de amantes eran amigos. Hannah poseía un sexto sentido en lo tocante a Rand, y estaba siempre dispuesta a ofrecerle cualquier tipo de solaz que precisara. Rand había ido a buscarla al Theatre Royal, pero al llegar a Catherine Street comprendió que lo que deseaba no era hacerle el amor a Hannah. Deseaba a Caitlin Harmon y ninguna otra mujer podía suplantarla. Rand suspiró en el silencio mientras escuchaba el tic tac del reloj de bronce dorado y el murmullo del viento. Le atormentaba el recuerdo de las suaves curvas de Cait, el dulce sabor de sus labios, la forma en que se estremecía cuando él la besaba. Era tan apasionada como él había imaginado, pero poseía una inocencia, una candidez que no podía fingir. Ésa era la razón por la que él había decidido no volver a verla. Lo más seguro era que Nick Warring estuviera en lo cierto y esa chica fuera virgen. Rand no tenía el menor deseo de casarse, en todo caso de momento, y aunque lo hubiera deseado, la hija del profesor era demasiado independiente y tenía unas costumbres demasiado americanas para ser una duquesa adecuada. Ciertamente, admiraba su inteligencia y su carácter. Y por supuesto era una mujer apasionada. De eso no tenía queja alguna. Con todo, su padre había permitido que hiciera lo que se le antojara desde los diez años. Cait prescindía olímpicamente de los dictados de la sociedad y no tenía ninguna intención de reformarse. El hombre que se casara con ella habría de librar una dura batalla. Fuera quien fuere su futuro esposo, tendría que meterla en cintura. Por algún motivo esa idea no le atraía. Cait era independiente, sí. Tendría que aprender a someterse a la voluntad de su esposo, pero él no quería convertirla


en una mujer débil y sumisa. Su humor empeoró al imaginar a Cait Harmon en el lecho de otro hombre, su cuerpo mentido y dúctil temblando con renovada pasión. Rand profirió una blasfemia en la oscuridad, retiró las ropas de la cama, atravesó descalzo su espaciosa alcoba, se arrodilló ante el hogar y echó más leña al fuego. Pasaron más de dos horas antes hasta que, por fin, se quedó dormido. Aquella noche soñó que hacía el amor a Caitlin Harmon. Maggie Sutton se hallaba al fondo del pequeño y simétrico jardín situado en la parte posterior de su residencia urbana. Al otro lado del estrecho rectángulo que formaba el cuidado césped, Cait Harmon se detuvo frente a una antigua estatua griega a la que le faltaba un brazo. Deteriorada debido al paso del tiempo y ennegrecida por la carbonilla de Londres, no obstante seguía siendo una pieza muy hermosa y Cait la contempló con evidente admiración. —¿Sabes algo de esta estatua? —preguntó a Maggie cuando ésta se acerco—. ¿De dónde proviene? ¿Su antigüedad? —Me temo que no. Ya se estaba en el jardín cuando el padre de Andrew, el difunto marqués, adquirió la propiedad. —No deberías dejarla a la intemperie. Las inclemencias del tiempo acabarán destruyéndola. —Nunca había pensado en ello. Muchos jardines ingleses contienen estatuas como ésta. Disfruto contemplando su belleza, pero supongo que tienes razón. —Se han echado a perder una gran cantidad de tesoros antiguos. Yo misma pude comprobarlo en Pompeya y cuando estuvimos en Egipto. Mi padre fue allí confiando en hallar unos objetos que contribuyeran a esclarecer los misterios del pasado. Sostiene que los tesoros antiguos pertenecen a los pueblos, a todos los pueblos, en lugar de a un puñado de gentes ricas y privilegiadas. —Cait miró a Maggie—. Espero no haberte ofendido. Sé que mucha gente no comparte esa opinión.


Maggie movió la cabeza en sentido negativo. —No me has ofendido. En realidad, estoy completamente de acuerdo contigo. —Se volvió para observar la cabeza esculpida—. Sustituiré esta preciosa estatua por otra pieza más moderna. Quizá les interese a los del museo. Caitlin sonrió entusiasmada. —Seguro que sí. Si no, ya buscaremos otro museo. Maggie se sentó en un banco de hierro forjado situado frente a una pequeña y cantarina fuente. Indicó a Caitlin que se sentara junto a ella, y ésta se acercó al banco y se sentó. —Te vi salir al jardín —dijo Maggie—. De un tiempo a esta parte te veo distante, casi abstraída. Si te ocurre algo de lo que quieras hablar, sabes que soy tu amiga, Cait. Puedes confiar en mi discreción. Cait se apresuró a menear la cabeza. —No ocurre nada, Maggie. He estado muy atareada, eso es todo. —¿Estás segura? Supuse que tal vez se trataba de Rand. Después del día que lo vimos en el pabellón de boxeo, me preguntó si confiabas en que fuera a verte. Cait observó los pliegues de su falda de muselina amarilla, pellizcando el tejido entre sus dedos y alisándolo dc nuevo. —Vino a yerme, Maggie. Me invitó a un pícnic. Pasó a recogerme por el museo y fuimos a River Willows. —Cait se volvió hacia su amiga—. ¿Te escandaliza lo que cuento, Maggie? ¿Cómo iba a escandalizarla? Maggie sabía lo que significaba sentirse atraída por un hombre tan atractivo como Rand. Ella misma lo había sentido al conocer a Andrew.


—No me gusta nada que mi amiga ponga en juego su reputación, pero no estoy disgustada contigo. —Sé que no debí ir. Me gustaría poder decir que lo lamento. —Es evidente que te gusta. Y él se siente poderosamente atraído por ti. Cait esbozó una sonrisa un tanto melancólica y remota. —Le gustan los pájaros. ¿Lo sabías, Maggie? Conoce los nombres de todos ellos y cuando los observa se le iluminan los ojos. Pero es curioso. Creo que le avergüenza que se sepa. Maggie suspiró. —Por lo que me ha contado mi hermano, Rand tuvo una infancia difícil. Era hijo único, ¿sabes?, y según parece su padre era un tirano. Desde pequeño, Rand se siente fascinado por la belleza. Su madre me comentó una vez que de niño le gustaba pintar, pero su padre se lo prohibió. Dijo que era un pasatiempo típicamente femenino. —Es absurdo. No me asombra que Rand no hable nunca de su padre; imagino que no le quería mucho. ⎯Creo que no se llevaban bien. En todo caso, no se entendían. El duque obligó a su hijo a montar a caballo y a cazar. Rand recibió clases de esgrima, de boxeo y más tarde su padre le enseñó diversos juegos de azar. Tratándose de Rand, llegó a dominar todas esas artes. No obstante, al duque eso no le bastaba. —Elizabeth asegura que tiene un carácter sensible. No creo que sea motivo para avergonzarse. —Tú también te avergonzarías si tu padre te hubiera azotado con una vara cada vez que te sorprendía leyendo un libro de poemas o pintando. Rand dejó de cultivar esas aficiones, en todo caso hasta que se hizo adulto, pero por más que lo intentó jamás consiguió complacer al duque. Cait sintió una extraña punzada en el corazón. Su padre la quería


profundamente. La triste infancia de Rand le recordó lo afortunada que era ella. —¿Has tenido noticias de él? —inquirió Maggie. —No desde el pícnic. Creo que no le gustó cómo se desarrollaron las cosas. —¿Por qué? Cait contempló la fuente y Maggie hizo otro tanto. El agua emitía un grato sonido burbujeante, y las salpicaduras creaban unos arco iris en el aire. —Supongo que creyó que, por el mero hecho de acompañarlo, yo le permitiría.., que nosotros... haríamos el amor. —¡Santo cielo! —Rand no tuvo toda la culpa. No debí ir con él. Sé que no obró correctamente. —No me irás a decir que Rand se aprovechó de ti. No te... forzaría, ¿verdad? Cait miró a Maggie con ojos como platos. —Por supuesto que no. No creo que Rand hubiera hecho nada que yo no quisiera. Maggie expiró el aire que había estado conteniendo. —En realidad, no le creía capaz de eso. —El problema es que yo deseaba que lo hiciera. Maggie se atragantó con la siguiente la bocanada de aire que inspiró. —¿Pero no dijiste...? —No pasó nada, Maggie. En todo caso, nada que tenga importancia. Eso es lo malo.


Como no le dejó que me hiciera el amor, ya no le intereso. Maggie reflexionó sobre ello, visualizando la imagen de Rand y Cait bailando el vals. —Me gustaría creerlo, pero me temo que no puedo. Rand Clayton jamás ha renunciado a nada que deseara. Y a ti, querida, está claro que te desea. El problema es que a Rand no le interesa casarse y deduzco que a ti tampoco. —No puedo casarme con nadie, al menos de momento. Mi padre me necesita todavía. Maggie se abstuvo de ofrecerle un consejo que sabía que su amiga no deseaba oír. —Comprendo tu postura con respecto al matrimonio —dijo con tacto—, pero en este caso esa postura podría resultar peligrosa. —Maggie tomó la mano de Cait—. Debes andarte con mucho cuidado, querida. El deseo es una fuerza muy poderosa. Rand es un experto en la materia, mientras que tú eres una novata. Confiemos en que el duque se haya percatado de ello. En tal caso, tal vez sea éste el motivo de que no hayas vuelto a saber nada de él. Maggie abrazó a Cait. —Sé que es difícil, pero es mejor para ambos que Rand no se acerque a ti. Tenlo presente, Cait. Y reza para que Rand también lo tenga presente.


7 Cait eligió para la velada en la ópera un vestido de seda tornasolada que relucía destacando los tonos cobrizos de su pelo. Estaba cortado al estilo imperio, con la cintura alta y un gran escote que mostraba buena parte de sus senos. El cuerpo y el dobladillo estaban ribeteados con un cordoncillo dorado. Lucía unos escarpines dorados a juego con el vestido y unos largos guantes dorados que le llegaban más arriba del codo. Cait consultó el reloj, se miró en el espejo por última vez, se clavó otra horquilla en los resplandecientes rizos que lucía en la coronilla y bajó la escalera. Su padre aguardaba en el recibidor, ataviado con un frac color burdeos, unos calzones ceñidos de color gris y un chaleco con motas grises que ponía de relieve las hebras plateadas que salpicaban su cabello. El traje le sentaba a la perfección, pero a Caitlin le dolió comprobar lo mucho que había envejecido durante los últimos años. Donovan Harmon había sido un hombre apuesto. Ahora, rebasados los sesenta años, tenía la piel reseca y arrugada debido a los años que había pasado trabajando al sol y sus ojos habían perdido en parte su fulgor azul celeste. Tenía casi veinte años más que su madre cuando se casó con ella. Quizá la juventud y belleza de Marian Simmons habían sido en parte el motivo de que él se hubiera enamorado de ella perdidamente. —¿Estás lista, querida? —Sí, padre. —Cait se inclinó hacia él y lo besó en su ajada mejilla. Luego dio un paso atrás y observó su aspecto con ojo de experta—. Caramba, qué guapo estás esta noche. Su padre sonrió casi tímidamente. —Gracias, querida. En aquellos momentos Geoffrey St. Anthony salió de las sombras de la escalera.


Cait no se había percatado de su presencia. —Y usted, señorita Harmon, está espléndida. Cait hizo una profunda reverenda y le tomó del brazo. —Gracias, milord. Partieron en la calesa negra y resplandeciente de Geoffrey hacia el King’s Theatre, a la sazón muy en boga, ubicado en el barrio de Haymarket. Era el teatro de mayor aforo de Londres, según comprobó Cait, y uno de los más elegantes, con un auditorio en forma de herradura provisto de cinco hileras de palcos. Tras subir al tercer piso, penetraron en el palco particular del marqués de Wester, reservado aquella noche a Geoffrey. Ocuparon unas cómodas sillas de terciopelo azul desde las que contemplaban todo el escenario, el foso y la inmensa platea con capacidad para tres mil personas. Entre el público había gentes de todas las clases sociales, desde muchachas que vendían frutas y se encargaban de transmitir mensajes hasta miembros de la alta sociedad, pasando por cortesanas ataviadas con llamativas ropas. Cait estaba fascinada y habría podido entretenerse simplemente observando el abigarrado grupo de asistentes. —Me alegro que aceptara venir —comentó Geoffrey, interrumpiendo su conversación con el padre de Cait y penetrando en sus pensamientos. Vestido con un frac de color azul oscuro, un chaleco blanco y unos calzones grises, Geoffrey había cosechado al menos media docena de insistentes miradas por parte de unas mujeres que admiraban sus rubios y atractivos rasgos—. Confiaba en que... mañana por la noche quizás acepte... En aquel preciso instantes sonaron los primeros compases de la música y Cait dio un suspiro de alivio. Geoffrey era uno de los colaboradores más leales de su padre. Ambos apreciaban su ayuda y dedicación, pero a Cait no le interesaba entablar una relación con él. Lo consideraba tan sólo un amigo. La ópera dio comienzo. A Cait le asombró el alboroto del público, cuyos


ruidosos aplausos y aclamaciones a favor de Catalani, la prima donna de la ópera londinense, sofocaban los sonidos de la música. Por fin, los asistentes callaron, absortos en la representación, que tal como les había asegurado Geoffrey era excelente. Cait disfrutó de lo lindo, hasta que reparó en un hombre alto y atlético que le resultaba familiar, que estaba sentado en un palco no lejos de ellos. Al principio creyó que estaba equivocada. Aquel hombre sentado junto a una bellísima morena no podía ser Rand Clayton, pero al observar sus elegantes y desenvueltos movimientos, al vislumbrar sus dientes blancos y regulares en una sonrisa que recordaba con toda claridad, comprendió que lo era y sintió que el corazón le daba un pequeño y doloroso vuelco. «No tiene importancia —se dijo—. Él no es importante. Ese hombre no te conviene.» Pero cada vez que él se inclinaba para susurrar algo al oído de aquella hermosa mujer de pelo negro, Cait sentía que se le formaba un nudo en la boca del estómago. Cuando encendieron las velas en el entreacto, Geoffrey se levantó y ofreció el brazo a Cait, que lo tomó airosamente. ⎯¿Nos acompañas, padre? —pregunto. —No, id vosotros. Yo prefiero quedarme aquí. Cait y Geoffrey bajaron a beber unos refrescos y tomar un poco el aire, pero al llegar al pie de la escalera toparon con Beldon y la atractiva mujer que llevaba del brazo. Cait sintió de nuevo un nudo en el estómago, pero esbozó una sonrisa radiante, aunque forzada, y se acercó un poco mas a su rubio acompañante. —Excelencia —dijo Geoffrey con tono ceremonioso—. Creí verlo arriba. Había olvidado que tiene usted un palco junto al de mi padre. El duque sonrió fríamente. —Hacía tiempo que no asistía a la ópera. —Luego miró a la mujer que lo acompañaba y añadió—: ¿Se acuerda de lady Anne?


—Por supuesto. —Geoffrey se inclinó para besar la mano de la mujer. —La dama que le acompaña es la señorita Harmon —dijo Rand volviéndose hacia la atractiva morena. —Buenas tardes. —Lady Anne dirigió una sonrisa encantadora a Geoffrey y otra meramente cortés a Cait. Tenía un cutis perfecto y su pelo, corto y rizado según la moda de la época, brillaba como seda negra a la luz de las velas. De improviso Cait deseó hallarse en cualquier otro lugar menos junto a esa mujer. Beldon conversó educadamente unos momentos, pero no apartaba los ojos de Cait. —¿Disfruta de la velada, señorita Harmon? —Su voz contenía un tonillo irónico que a Cait no le pasó inadvertido, aunque no se explicaba a qué venia. —Desde luego. —Cait miró a su acompañante con una sonrisa embelesada —. Geoffrey es un hombre delicioso. Me alegro de que me invitara a venir. Rand frunció las cejas en un gesto de enojo. Sus ojos parecían despedir chispas doradas. —No sabía que fuera aficionada a la ópera. O quizá se deba simplemente al hecho de hallarse aquí con un acompañante delicioso. Cait apretó las mandíbulas. —Estoy segura, excelencia, de que hay muchas cosas sobre mí que usted ignora. Beldon la examinó lenta y concienzudamente, recorriendo todo su cuerpo con la mirada, tras lo cual posó de nuevo sus ojos oscuros y abrasadores en sus pechos. —Es posible. No obstante, hay varias cosas sobre usted que conozco bien.


Cait sintió que le ardían las mejillas. ¡Qué atrevimiento! Era evidente que el duque recordaba el día que habían pasado juntos en River Willows, evocando la forma de sus senos, cómo sus manos hábiles y expertas habían conseguido que sus pezones se pusieran duros, cómo habían temblado cuando él los había acariciado con la lengua. Se sentía abochornada. Por fin, haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad, le miró a los ojos. —¿Y usted, excelencia? ¿Les complace a lady Anne y a usted la función? ¿O quizás ofrezcan más tarde otra función que les apetece más? Rand arqueó una oscura ceja. Luego alzó ligeramente las comisuras de la boca. Había algo en su talante que cabía interpretarse como satisfacción. ¿Acaso había dejado ella entrever los celos que la devoraban? «Santo cielo —pensó Cait—, espero que no.» —En realidad —contestó Rand—, aún no he decidido qué haremos cuando acabe la ópera. ¿Y usted y lord Geoffrey? ¿Tal vez compartirán los dos solos un resopón? Cait se indignó. Geoffrey abrió la boca para informar al duque de que no estaban solos, pero Cait le interrumpió. —Eso es precisamente lo que haremos. El rostro de Geoffrey palideció y el cuerpo del duque se puso visiblemente tenso. —Creo que ha comenzado de nuevo la función —dijo Geoffrey tomando a Cait por el brazo con más fuerza de la necesaria—. Será mejor que regresemos a nuestros asientos. Discúlpenos, excelencia. Beldon hizo una ligera reverencia sin apartar sus ojos ardientes de ira en Cait.


—No debió decir usted eso —murmuró Geoffrey a Cait cuando llegaron a su palco situado en el tercer piso—. Sería escandaloso que corriera el rumor de que hemos pasado la velada solos, y Beldon se apresurará a propagar ese infundio por todo Londres. Por alguna extraña razón, Cait no creía que el duque cometiera esa bajeza. No parecía ser un hombre que se dedicara a propagar chismorreos. —Estoy segura de que comprendió que era una broma —respondió Cait con ánimo de tranquilizar a Geoffrey. Al parecer lo consiguió, pues el joven pareció calmarse y dejó el tema. Se sentaron y la ópera prosiguió. Era evidente que el padre de Cait gozaba con la representación, pero el duque había logrado amargarle la velada a ella. Esforzándose en no mirar a la pareja que ocupaba el palco de enfrente, Cait se disculpó durante la siguiente escena y se dirigió al tocador de señoras, maldiciendo para sus adentros al duque de Beldon hasta la perdición. Rand trató de concentrarse en la representación, pero no cesaba de pensar en Cait. Trató de localizarla, y recorrió los palcos con la vista hasta que dio con ella. Al verla sentada junto a Geoffrey St. Anthony, le invadió de nuevo la ira. No tenía derecho a indignarse, lo sabía. No tenía derecho alguno sobre Caitlin Harmon. Pero la impresión que había recibido al verla con St. Anthony había tenido la contundencia de un puñetazo en el estómago. Se había burlado de ella cruelmente. «¿Un resopón? ¿Ustedes dos solos?» Y ella le había contestado: «Eso es precisamente lo que haremos.» Rand emitió un gruñido de frustración. Su única satisfacción residía en el hecho de que su presencia no había dejado a Cait tan indiferente como había fingido. Anne Stanwick era joven y guapa y estaba enamorada de él. Era obvio que Caitlin se había percatado de ello. Rand la maldijo en silencio, deseando no haber


oído su risa aquella noche en el baile. Involuntariamente, Rand miró hacia el palco donde ella estaba sentada junto a St. Anthony, y por primera vez observó que había un hombre sentado al otro lado: su padre, Donovan Harmon. Rand soltó una palabrota. Ella no estaba sola con St. Anthony como había querido hacerle creer, lo cual le provocó una extraña mezcla de furia y alivio. En aquel preciso momento Cait se levantó, dijo algo a su acompañante y abandonó el palco. —Discúlpame, Anne. Vuelvo enseguida. —Rand farfulló unas palabras de disculpa a lord y lady Bainbridge, los padres de Anne, que estaban sentados en los asientos detrás de ellos, pasó a través de las cortinas y echó a andar detrás de Cait por el pasillo. Con su llamativa cabellera roja, era fácil seguirla. Rand vio que entraba en el tocador de señoras y se apostó junto a la puerta. Cuando Cait apareció de nuevo al cabo de unos minutos por entre las gruesas cortinas de terciopelo azul, él se hallaba apoyado en la pared, tratando de dominar su impaciencia y asumir una expresión distendida. Ella lo vio casi en el acto y se sonrojó de ira. Rand sonrió para sus adentros. Maldita sea, qué hermosa era esa mujer. —¿Qué haces aquí? —inquirió Cait, apoyando sus menudas manos en las caderas. Él se enderezó con un aire de indiferencia que no se correspondía con la realidad. —Ya lo sabes. Te estaba esperando. —¿Para qué? ¿No te basta una mujer en una velada? Cait trató de pasar de largo, pero él la sujeté del brazo.


—Anne Stanwick es una muchacha, no una mujer. Por lo demás, es mi prima. Mi joven e influenciable prima. La próxima vez que mires nuestro palco, quizás observes que sus padres están sentados detrás nuestro. Cait pestañeó, turbada por haberla sorprendido él espiando el palco que ocupaba y porque no se le ocurría nada que decir. —¿Sus padres? —Así es. Cait carraspeó para aclararse la garganta. —Ya, bueno... Espero que gocéis de la velada. Tras estas palabras Cait hizo ademán de alejarse, pero él no la soltó, sino que la obligó a volverse hacia él. —¿Qué me dices de St. Anthony? Ella bajó la vista y observó la mano que la tenía inmovilizada. ⎯¿Qué quieres que te diga? —He visto a tu padre sentado junto a vosotros. St. Anthony y tú no habéis venido solos. El rubor que cubría las mejillas de Cait se extendió hacia los suaves montículos de carne que asomaban sobre el corpiño de su vestido. —Fuiste tú quien dijo eso. Yo me limité a asentir. ⎯¿Por qué? —Porque estuviste muy grosero. Y ahora te ruego que me sueltes el brazo. La conversación no iba por los derroteros que él esperaba. Le soltó el brazo pero se colocó delante ella, cortándole el paso.


—Quiero saber qué hay entre tú y St. Anthony. Rand clavé la vista en aquellos ojos grandes y verdes y de pronto se le ocurrió un pensamiento angustiante que le abrasó como el fuego. La ira que había sentido antes hizo de nuevo presa en él ⎯¿Estás aquí con él debido al dinero? ¿Cuánto ha aportado a la expedición de tu padre? —Lo que haya aportado lord Geoffrey no te concierne. Rand avanzó un paso, obligándola a retroceder hacia la pared. —Imagino que será una cantidad sustanciosa. Me pregunto qué serías capaz de hacer por ese dinero . ¿Hasta dónde estarías dispuesta a llegar? —Rand le acarició el mentón con el índice y sintió que ella se estremecía—. Soy un hombre rico. Quizá lograras convencerme de aportar una suma sustanciosa si estuvieras dispuesta a... Ella le abofeteó con tal fuerza que él retrocedió inconscientemente, sintiendo que los oídos le silbaban y las mejillas le ardían. Cait se separó de él y echó a correr por el pasillo. Rand se maldijo y la persiguió. La alcanzó en el preciso momento en que ella llegaba a la entrada del palco, la apartó de las cortinas y la condujo a un pequeño hueco situado en la esquina del pasillo. La obligó a volverse hacia él y al ver que tenía los ojos arrasados en lágrimas su furia se disipó como un globo que se desinfla. ⎯¡Dios, Caitie, lo lamento! No sabía lo que decía. —Rand sacudió la cabeza y respiré hondo para serenarse—. Al verte con St. Anthony... No sé..., perdí los estribos. —Enjugó con un dedo las lágrimas que rodaban por las mejillas de Cait y comprobó que la mano le temblaba—. Confieso que estaba celoso. —Rand suspiró, sintiéndose como un idiota, sin saber a ciencia cierta por qué se había comportado de aquella forma—. No estoy acostumbrado a experimentar ese sentimiento.


Cait lo miró durante unos largos y silenciosos momentos. Luego, sus manos empezaron a moverse como por propia iniciativa, alzándose lentamente. Tocó suavemente con la palma de la mano la señal roja que él tenía en la mejilla. Rand sintió en su interior una sensación dulce y suave, que iba adquiriendo intensidad. Tragó saliva para aliviar el nudo que se le había formado en la garganta. —Lo lamento —repitió—. Me he comportado como un imbécil. ¿Podrás perdonarme? Los ojos de Cait se nublaron de nuevo. —Yo también lo lamento. No debí abofetearte. Jamás había abofeteado a nadie. Rand la abrazó. Durante unos instantes se limitó a estrecharla entre sus brazos, lo cual le produjo una sensación tan grata como natural. Entonces ella lo miró con aquellos ojos enormes y verdes y él observó que miraba sus labios. Notó que su cuerpo se tensaba y que su miembro se ponía rígido. No había más remedio que besarla. Lo hizo con ternura, delicada pero intensamente, hasta que su cuerpo menudo se puso a temblar. —Pide a lord Geoffrey que acompañe a tu padre a casa —le susurró al oído —. Diles que estás indispuesta, que tomarás un coche de alquiler, diles lo que sea con tal de deshacerte de ellos. Yo dejaré a mi prima con sus padres y pasaremos el resto de la velada juntos. Cait se tensó y se soltó suavemente de su abrazo. Era injusto que le pidiera eso y él lo sabía, pero a Rand le tenía sin cuidado. —No puedo hacerlo, Rand. Geoffrey tuvo la amabilidad de invitarme a venir aquí esta noche. Es una noche especial para mi padre. No sería justo tratarlos de esa forma. —Maldita sea, Cait. Sabes bien lo que siento por ti. Deseo verte ahora, esta noche.


Ella negó con la cabeza y enderezó aún más la espalda. —Me niego a hacerlo, Rand. Eres un duque y por lo tanto estás acostumbrado a salirte siempre con la tuya, pero esta vez no lo conseguirás. Él apreté la mandíbula. Cait tenía razón, desde luego, lo cual le irrité aún más. No obstante, la admiraba por encararse con él. Pocas mujeres lo hacían. No sólo las mujeres, sino que pocos hombres se atrevían a contradecir su voluntad. Rand inspiró aire para calmarse. —De acuerdo, si no es esta noche, ¿cuándo nos veremos? ¿Mañana? Te recogeré por la mañana e iremos a dar un paseo en coche por el parque. Cait se mordisqueó el labio inferior, que estaba hinchado y enrojecido, y él recordó su sabor. De improviso sintió el deseo de succionarlo entre los dientes y su cuerpo se tensó aún más. Rand se lamentó para sus adentros de que una mujer tan menuda fuera capaz de afectarle hasta ese punto. —No sé... —repuso Cait indecisa—. Lo que ha ocurrido esta noche no debió ocurrir. No conviene que nos sigamos viendo. Esto que hay entre nosotros, sea lo que fuere, sólo puede causarnos problemas. Lo sabes tan bien como yo. —No me importa. —Pues a mi si. Rand la tomó por la barbilla y le alzó la cara. —¿De veras? Yo creo que deseas verme tanto como yo a ti. Eres muy independiente, Cait. Eso es lo primero que observé en ti. Quieres hacer lo que a ti te apetezca, no lo que otra persona diga qué debes hacer. Ella fijó la vista en un punto situado detrás de él, incapaz de decidirse, y


Rand contuvo la respiración. Le asombraba hasta qué punto ansiaba que ella accediera. —De acuerdo, pero sólo un paseo por el parque. Luego ya veremos. Cait se volvió y esta vez él dejó que se alejara. La observé encaminarse apresuradamente hacia la cortina que daba acceso al palco. —¡Caitie! —la llamó, haciendo que ella se detuviera antes de entrar. Rand se froté la señal roja que le escocía en la mejilla y sonrió pícaramente—. Por ser tan menuda, tienes una fuerza de miedo. Cait emitió una de sus características carcajadas guturales, dio media vuelta y desapareció detrás de la cortina. Rand permaneció unos momentos en la sombra, maldiciendo el influjo que Cait Harmon ejercía sobre él y tratando de controlar su cuerpo para que retornara a su estado normal. El resto de la velada transcurrió sin que apenas se diera cuenta. No dejaba de pensar en Rand Clayton, lo cual le impedía concentrarse. De regreso a casa el marqués apenas despegó los labios; se limité a dar las gracias a Geoffrey por la agradable velada y entró en la mansión. —Señorita Harmon..., Caitlin —dijo Geoffrey, utilizando su nombre de pila como había comenzado a hacer hacía poco. Ella se volvió hacia él mientras su padre entraba en la casa. —¿Sí, Geoffrey? —Se trata de... Beldon. —Explíquese —replicó Cait con nerviosismo. —Tenga cuidado con él, Caitlin. El duque es un hombre poderoso. Está acostumbrado a conseguir lo que desea. No suele aceptar un no por respuesta. Eso no era ninguna novedad. Ella misma se lo había dicho a Rand. —Lo sé, Geoffrey.


—Usted es joven e inocente, Caitlin. No imagina lo persuasivo que puede ser ese hombre. Por supuesto que lo sabía. Más de lo que él podía sospechar. —Tendré cuidado, Geoffrey. Cait se volvió para marcharse. El frío de la noche comenzaba a filtrarse a través de su capa forrada de satén. —Dígale que no desea verlo, Caitlin. Dígale que usted y yo estamos..., bueno, dígale que la cortejo. Me gustaría hacerlo, ¿sabe? Me gustaría mucho. Cait suspiró y su aliento formó unas nubecillas en el gélido ambiente. —Me siento halagada, Geoffrey, pero el matrimonio no me interesa. En tanto mi padre precise mi ayuda, no pienso casarme ni con usted ni con nadie. — Caitlin se agachó y le besó suavemente en la mejilla—. Pero seguiré su consejo. Le agradezco que se preocupe por mí. Buenas noches, Geoffrey. Él se encasquetó de nuevo su sombrero de copa de castor, colocándoselo de forma airosamente ladeada. —Buenas noche, Caitlin. Cait se separó de él y entró en la casa. Subió las escaleras hacia su habitación, deseando hallar solaz en el sueño. Pero éste se le resistía. La advertencia de Geoffrey no cesaba de rondarle la cabeza. Cuando por fin se quedó dormida, soñó con Rand. Quizá fue al recordar su expresión contrita, o su conmovedor hoyuelo al frotarse su enrojecida mejilla. Sea como fuere, el caso es que, al contemplar su imagen en sueños, desoyendo el consejo de Geoffrey, Caitlin sonrió con ternura.


8 Al parecer, al duque no le bastaba un simple paseo por el parque en su elegante faetón de asiento elevado. En lugar de ello, Rand envió recado a Cait recomendándole que se vistiera con un traje de montar y anunciando que llegaría dentro de una hora, llevando una montura adecuada para ella. Cait se estremeció de gozo. Hacía años que no montaba simplemente por el placer de montar a caballo. Se apresuro escaleras arriba, revolvió entre un montón de prendas que hacía tiempo que no se ponía hasta que encontró un traje de amazona de terciopelo rojo oscuro y llamó a la doncella. Cuando el duque llegó a la mansión, Cait casi estaba lista. Beldon la esperaba en la entrada, pecaminosamente atractivo con unos ceñidos calzones de ante, una chaqueta de montar color marrón oscuro y botas hasta la rodilla. Al verla sonrió, contemplando con evidente admiración su traje de amazona color rubí y el diminuto sombrero a juego. El duque la condujo fuera, donde un lacayo aguardaba junto a los caballos, un imponente semental bayo purasangre y una hermosa yegua alazana semejante a la que Cait había tenido de niña. Admirando la magnífica estampa de la yegua y su pequeña y elegante cabeza, Cait acarició el esbelto cuello del animal. —Es preciosa, Rand. —Me dijiste que te gustaba montar. Dimp/es es fácil de manejar, aunque tiene mucho carácter. Cait arqueó una ceja. —¿Dímp/es? No me digas que le pusiste este nombre por ti. El se sonrojó.


—Fue una broma de Nick Warring —confesó Rand con cierta reticencia—. Supuse que preferirías dar un paseo a caballo en lugar de hacerlo en el carruaje. Ella lo miró sonriendo; no pudo evitarlo. —A veces me asusta la facilidad con que adivinas mi pensamiento. Él soltó una carcajada y la ayudó a montar. La sostuvo por la cintura al tiempo que la alzaba, y ambos se miraron a los ojos. Cait fue la primera en apartar la mirada. El duque se dirigió hacia su caballo y montó de un salto; al moverse los músculos de sus poderosos hombros se perfilaban debajo de su chaqueta de montar. —¿Estás preparada? —preguntó, acercando su caballo al de Cait. —Más que preparada. Partieron conduciendo sus monturas al paso, sorteando el tráfico que circulaba por las calles. Cait se alegraba de volver a practicar la equitación, de disfrutar del grato vínculo entre montura y jinete. Rand había recordado que le gustaba montar y, como de costumbre, se había afanado en complacerla. No tardaron llegar a Hyde Park, que como cada mañana estaba repleto de una nutrida multitud. Buena parte de la alta sociedad frecuentaba asiduamente el parque: mujeres ataviadas con trajes de seda y satén y hombres vestidos de frac con sombreros de copa de castor. Algunos parecían auténticos pavos reales. Cait contuvo varias veces la risa ante los extremos a que llegaban esos aristócratas con tal de eclipsarse mutuamente. —Veo que esta costumbre nuestra te parece cómica —comentó Rand muy serio, pero sus ojos pardos con motas doradas dejaban entrever una expresión risueña. —Digamos que algunos miembros de la aristocracia son... más pintorescos de


lo habitual. Cait señaló con la cabeza a un dandi que lucía una boa de plumas de color rosa en torno al cuello, los labios pintados y el rostro cubierto de polvos de arroz. Beldon observó al dandi y sonrió. —Lo ha expresado con gran diplomacia, señorita Harmon. ¿Pretendes decirme que no te gustan los hombres que ostentan plumas? —Las prefiero en un sombrero. —O en un pájaro. Si recuerdo bien, no eres muy aficionada a los sombreros. —Rand observó el airoso sombrerito que lucía Cait—. Aunque debo confesar que éste me gusta. Cait sonrió. —A mí también. Quizá porque tiene un aire masculino. Me da una sensación, aunque momentánea, de igualdad. Beldon se echó a reír y dieron obra vuelta por el parque. A partir de ese día, el duque fue a recogerla todos los días, portando pequeños obsequios: un ramo de rosas, una caja de costosas chocolatinas envueltas en papel de plata y atada con una cinta de raso azul. En una ocasión apareció con dátiles rellenos y una cajita de música de porcelana en forma de corazón, la cual tocaba un aria de la ópera que habían visto. Beldon se comportaba siempre como un caballero, con desenvoltura y amabilidad. Pero sus ojos decían algo muy distinto y parecían encendidos en fuego. Por las noches, Cait veía esos ojos oscuros y ardientes en sueños, imaginaba su boca besándole los pechos, y se despertaba bañada en sudor. Sabía que debía poner fin a esos encuentros, que ese hombre representaba un peligro para ella, pero lo cierto era que deseaba seguir viéndose con él.


Era una mujer. Rand la hacía sentirse como tal. Y dentro de menos de tres semanas, dejarían de verse. Durante los dos próximos días, el duque se ausentó por motivos de negocios. El lunes, pasó de nuevo a recogerla y Cait comprendió que durante el breve tiempo que habían estado separados lo había echado de menos. Esa mañana, cuando se dirigieron al parque, la yegua se mostró rebelde, encabritándose y sacudiendo la cabeza, pero Cait no tardó en controlar al animal. Ella y la yegua se habían hecho amigas y el montar todos los días había servido para perfeccionar sus dotes ecuestres. —Eres una excelente amazona —comentó Rand con cierto tono de orgullo. Paseaban por el parque, esquivando a los habituales paseantes matutinos—. Supongo que aprendiste a montar en Boston. —En la granja de mi abuelo. También monté con frecuencia en Egipto, aunque allí resultaba más difícil. No logré acostumbrarme al calor. Tras aumentar la velocidad de sus monturas, como solían hacer cada día durante un rato, pasaron al galope frente a un carruaje que Cait no había visto antes en el parque. Al reconocer a la mujer que lo ocupaba, la bella lady Hadleigh, el corazón le dio un vuelco y comenzó a latir con fuerza bajo sus costillas. Cuando la mujer saludó con la mano a Rand indicándole que se acercara, éste miró a Cait con expresión contrita, como rogándole que le perdonara, y se apresuró a complacerla. El duque se ausentó poco rato y al cabo de unos minutos regresó junto a Cait. —Deduzco que es amiga tuya —dijo Cait, tratando de no dar importancia a la sensación de celos, sabiendo que esa mujer había sido antiguamente la amante del duque. —Una vieja amiga, sí. —Él la observó con ojos escudriñadores y sagaces .


Todo terminó entre nosotros, Cait. Lady Hadleigh dejó de interesarme hace tiempo. Cait contempló su rostro y vio en él sinceridad. —¿Por qué me lo cuentas? —¿No lo adivinas? Porque tú eres la mujer que deseo, Cait, y quiero que sepas que no existe nadie más. —Rand frenó su montura debajo de un plátano que crecía junto a un apacible estanque, alejado de la multitud, y asió de las riendas del caballo de Cait para acercarlo al suyo—. Esta semana hemos pasado mucho tiempo juntos. Pero hay algo que debo saber. Cait lo miró con recelo. —Explícate. —Sé que no estás casada, pero también sé que eres distinta de otras mujeres. Has recorrido medio mundo. Has vivido como te ha apetecido.¿Sigues siendo virgen, Caitlin? Ella se sonrojó. Sabía por qué le hacía esa pregunta, o al menos creía adivinarlo. —¿Acaso importa? Caitlin observó en aquellos ardientes ojos pardos una expresión difícil de identificar, que desapareció en el acto. Rand meneó la cabeza. —No. Yo... trataba de ser galante. Te deseo, Cait. No imaginas hasta qué punto. —No soy tonta, Rand. Sé que has deseado a un sinfín de mujeres. No me interesa convertirme en otra de tus conquistas. ⎯¿Entonces lo que deseas es casarte? Cuando diste aquella charla en el museo, dijiste que no querías renunciar a tu libertad. —Y así es. En mi vida no hay lugar para un marido. Quizás en el futuro, pero


ahora no. No obstante, me gustaría pensar... en caso de que hiciéramos el amor... que para ti significaba algo más que el hecho de añadir otra hembra a tu larga lista de amantes. Rand desmontó, se acercó a ella, la alzó y la depositó en el suelo. —Mi querida Cait. Tú no eres otra hembra con la que me interesa acostarme. Jamás he conocido a nadie como tú. Ni creo que lo haga nunca. Estoy loco por ti, Caitie. Sé que partes dentro de poco. No disponemos de mucho tiempo. Disfrutemos del que nos queda. Aquella conversación era absurda. ¡Rand le pedía que fuera su amante y ella estaba a punto a aceptar! «Eres una mujer —decía una voz en su interior—. Mereces saber cómo siente una mujer.» El matrimonio, suponiendo que llegara a casarse, estaba aún muy lejos. Y lo más probable era que acabara casándose con un intelectual o un clérigo, o quizás un amigo de su padre, un hombre como Geoffrey St. Anthony. Lo cierto era que si dejaba escapar esta oportunidad, era posible que jamás experimentara la pasión que conocería con Rand. —No sé... Necesito tiempo para pensarlo. —Por desgracia disponemos de muy poco tiempo. Él tenía razón, desde luego. El momento era ahora. Pero le faltaba valor para admitirlo. Cait miró el apuesto rostro del duque y comprendió que lo deseaba tanto como él a ella. —Mi padre y lord Talmadge parten el martes. Van a Bath, donde pasarán unas semanas para hablar con posibles donantes de fondos para la expedición. Maggie y lord Trent me han invitado a ir con ellos el viernes a su residencia campestre, en Sussex. El viaje está ya organizado. Si declinara la invitación en el último momento... Rand asió su mano con fuerza, mirándola con inusitada intensidad.


—Iremos a River Willows. No te arrepentirás, Caitlin. Ella se limitó a asentir con la cabeza. Sentía una opresión en la garganta y un leve escalofrío le recorrió la espalda. No se arrepentiría, se dijo. Había dedicado su vida a su padre y a la labor de éste. Y seguiría haciéndolo. Pero merecía disfrutar de ese breve momento que se le ofrecía. Cait se negó a prestar atención a la pequeña e insistente voz que le advertía que pagaría por su locura. Y el precio sería muy alto. Phillip Rutherford, barón de Talmadge, estaba sentado ante el pequeño escritorio francés en la suite que ocupaba en el hotel Grillon de Albermarle Street. Examinaba la lista de hombres a quienes había convencido para que donaran fondos para la expedición que emprendería el profesor Harmon con el fin de hallar el collar de Cleopatra. La lista era larga. Phillip había hecho un excelente trabajo. Hacía años que se dedicaba a solicitar dinero a sus acaudaladas amistades, desde que había heredado el inútil título de su hermano. Con anterioridad, había trabajado de comisario en la marina de su majestad. Había hecho algunos negocios en el mercado negro, desviando provisiones de la marina de su destino original para venderlas al mejor postor. Pero el riesgo de que le pillaran era muy grande y el castigo muy severo. La muerte de su hermano había sido muy oportuna, en cualquier caso eso pensaba él hasta averiguar que Victor se había jugado hasta el último céntimo de la escasa fortuna familiar y había dejado a Phillip un montón de deudas. Por fortuna, los conocimientos que había adquirido en la marina le habían sido muy útiles en su nuevo papel de barón, un miembro de la próspera aristocracia. Phillip sonrió al pensar lo ingenuos que eran, en ocasiones hasta extremos inauditos. Quizá debido a que la mayoría de ellos había heredado dinero y no tenía ni remota idea de cómo administrarlo, y algunos ni siquiera sabían a ciencia cierta cuánto dinero poseían. Cuando una inversión que él les había propuesto fracasaba, se limitaban a


encogcrse de hombros. Y, por supuesto, todos creían que él también había perdido dinero en el proyecto de marras. Su última empresa, la compañía naviera Merriweather, le había reportado una importante suma. Pero por desgracia su sociedad con Sinclair y Morris había terminado y éstos habían decidido explorar un terreno más lucrativo. Las veces en que uno podía hundir el mismo barco sin levantar sospechas era limitada. Pero como de costumbre, la providencia había sido benévola con él. Durante una breve estancia en América, mientras aguardaba a que las sospechas de fraude referentes al hundimiento de la empresa Merriweather se disiparan, Phillip había conocido al profesor y, naturalmente, a su bonita hija. La cual constituía un valor añadido, había pensado Phillip, que confiaba en conquistar y seducir a la vibrante y pelirroja Caitlin Harmon. Pero Cait había mostrado escaso interés en él más allá de una relación profesional, y Phillip se había resignado. La fortuna que se proponía ganar era infinitamente más importante. Phillip miró la columna que indicaba el dinero que cada donante había aportado a la expedición. El total —para tan noble causa— era impresionante. Una cantidad muy superior a lo que necesitaban realmente. La suficiente para que Phillip pudiera quedarse con una sustanciosa parte. Un bonito incentivo, pero lo cierto era que se había lanzado a esta empresa por una razón más importante. El collar tenía un valor incalculable, por supuesto. Pero el anciano rara vez hablaba de los otros objetos que al parecer se hallaban a bordo del Zilverijder. Un impresionante botín de monedas de plata y valiosas gemas que el capitán holandés y su tripulación de tratantes de esclavos habían robado en la costa africana. Aparte del collar, el resto del tesoro no era antiguo, pero valía una fortuna. Si conseguían dar con el collar —y Phillip estaba convencido de que el profesor tenía muchas probabilidades de hallarlo— tanto mejor. Los beneficios que les reportaría le permitirían a él desaparecer en una cálida isla tropical de las Indias


Occidentales y vivir como un rey. Phillip dejé a un lado la lista que había examinado y se repantigó en su silla, pensando en el profesor y en lo cerca que estaba de cumplir el primer paso de su plan. Como de costumbre, a Phillip le asombraba la confianza que Donovan Harmon había depositado en él. ¿Qué rara cualidad poseía él, se pregunté, que hacía que los otros se comportaran como auténticos imbéciles? Todos menos Caitlin, se lamenté Phillip. Con todo, cuando estuvieran en la isla quizá lograría hallar el medio de conquistar su interés. O quizás, una vez que se hubiera apoderado del tesoro y se dispusiera a partir, la llevaría consigo. Su cuerpo se tensé al imaginar a Caitlin Harmon debatiéndose debajo de él, su roja cabellera desparramada sobre el lecho, mientras él le separaba las piernas por la fuerza y la penetraba. Phillip sonrió. «¿Por qué sería—pensé sin dejar de sonreír—, que resultaba mucho más excitante acostarse con una mujer que se resistía que con una de esas que se entregaban tan fácilmente a él?» El fin de semana se acercaba. El estado de ánimo de Cait oscilaba entre el terror y la euforia. El martes, lord Trent propuso que asistieran al baile que daba lord Mortimer para celebrar su quincuagésimo cumpleaños. El padre de Cait había partido para Bath, pero Rand accedió a acompañarlos. De no ser por el intenso nerviosismo de Cait, habría gozado de una agradable velada. Desde el momento en que el duque había llegado a la mansión, ella sintió establecerse entre ellos un calor semejante al denso y ardiente ambiente tropical. Aunque él se afané en observar las normas que dictaba el decoro, siempre se las arreglaba para estar cerca de ella. Cuando él desaparecía brevemente, ella no cesaba de buscarlo ansiosamente con la mirada. Después de una copiosa cena a medianoche que Cait apenas había podido probar, Rand la había tomado de la mano y la había obligado a levantarse.


—Los jardines son muy hermosos. ¿Te apetece que demos un tranquilo paseo? No era una sugerencia, sino una orden ducal. Con todo, Cait no pudo por menos de sonreír. Rand Clayton era un pobre poderoso, acostumbrado a impartir órdenes, a imponer sus deseos, y sin embargo a ella le gustaba que fuera él quien controlara la situación. Tal vez porque su padre no lo había hecho jamás. Las decisiones difíciles las tomaba ella, y no había nadie a quien Cait pudiera acudir para que la ayudara a sobrellevar su carga. No obstante, no sería fácil convivir con un hombre como el duque de Beldon. La noche que habían asistido a la ópera ella había visto el genio que gastaba. Si no se andaba con cuidado, la mujer que se casara con Rand acabaría dominada por su voluntarioso esposo. Caminaron por unos senderos pavimentados con losas en forma de conchas de ostras. Rand la condujo hacia el interior del jardín, rodeado por un tupido y verde follaje. Ante ellos, el sendero se estrechaba y las voces de los otros convidados comenzaron a disiparse. Cait sabía que no debía haber ido allí con él. Si alguien les veía, los chismosos propagarían la noticia por todo Londres. Con todo, no había muchas personas que desearan provocar las iras del duque, y menos aún por este motivo. Rand se detuvo en el sendero, en un apartado rincón del jardín. Los grillos chirriaban en los macizos de flores y a los lejos se oía el sonido amortiguado de la música que tocaba la orquesta. —Esto es precioso —comenté Cait, mirando las frondosas plantas, los narcisos y los azafranes que les rodeaban. Alzó los ojos hacia la oscura atmósfera—. Aquí se respira paz y tranquilidad. Rand alzó también la vista, inclinando la cabeza hacia atrás para contemplar el despejado cielo nocturno. —Las estrellas tienen un aspecto increíble esta noche, parecen motas de plata. La luna brilla como si un millón de velas ardieran en su interior. Cait le


miré a la cara. —Qué comentario tan poético —dijo sonriendo—. Quizá tengas alma de poeta, excelencia. Rand se sonrojé, como ella había supuesto que haría. La parecía una reacción deliciosa en un hombre de su envergadura física. Él la observé de nuevo fijamente. Luego le tomó el mentón con su enorme mano y la obligó a alzar el rostro. —¿Te das cuenta de que, desde aquellos breves momentos en la ópera, ésta es la primera vez que estamos solos? Ella sintió un pequeño escalofrío en su pecho que descendió hasta la boca del estómago. —Yo... no estoy segura de que... Rand la silencié con el beso más suave y a la par feroz que ella pudiera imaginar. Sintió una oleada de calor que se fundía a través de su cuerpo y emanaba de sus extremidades. Él besé una comisura de su boca, atrapé de nuevo sus labios y la besó con mayor intensidad. Cait emitió un suspiro de puro placer, le rodeé el cuello con los brazos y se apoyé en él, oprimiendo los senos contra su torso. Cait lo oyó gemir. Rand volvió a besarla, produciéndole una sensación ardiente y húmeda en el bajo vientre. Le mordisqueé el labio inferior y ella abrió la boca, dejando que la saboreara, deseando que lo hiciera. Su corazón latía aceleradamente. Su cuerpo no cesaba de temblar. Rand deslizó las manos hacia abajo, asiéndola por el trasero para estrecharla con más fuerza contra sí. Cait sintió su miembro rígido y una descarga de deseo le recorrió el cuerpo. —Rand... —musité—. Rand...


Él era capaz de excitarla con un solo beso, una sola caricia. Y no era sino el preludio de lo que ocurriría al día siguiente por la noche. Rand la besé de nuevo, intensa y apasionadamente, y Cait aferré sus poderosos hombros. Respiraba entrecortadamente; su corazón latía con violencia. Fue Rand quien puso fin al beso, abrazándola y estrechándola contra si. Un leve temblor agité su musculoso cuerpo. —Dios, Caitlin, me vuelves loco. ¡Qué lejos está aún mañana! Ardo en deseos de levantarte la falda y tomarte aquí mismo. Cait se sonrojé. Él nunca le había hablado de esa forma. Cuando bajó la vista y la fijó en sus escarpines, confiando en que él no notara su turbación, Rand le tomé el mentón y la obligó a alzar la cara y mirarlo a los ojos. —Creí que dijiste... —Rand observó los dos círculos rojos que ella prefería que no hubiera visto—. Ignoro lo que sabes sobre los hombres, pero tengo la sensación de que eres una novata en la materia. Ella aparté la vista. —Yo... No tengo mucha experiencia. Rand le había preguntado si era virgen. Ella se había limitado a responder con evasivas, dejando que él pensara lo que quisiera. Temía que la verdad alterara sus sentimientos hacia ella, impidiéndole contemplarla como una mujer hecha y derecha. Rand esbozó una leve sonrisa. Por extraño que pareciera, se mostraba complacido. —Lo lamento si te he asustado. No volverá a ocurrir. Cuando ella sonrió, él se agacho y la besó en la comisura de la boca. —Será mejor que regresemos. Si no aparecemos dentro de poco, Maggie y Andrew saldrán a explorar los senderos en nuestra busca. Rand le acaricié la mejilla con un dedo.


—Además, si vuelvo a besarte, quizás olvide que aún no estamos en River Willows. River Willows. La tensión retorné con la fuerza de un impacto contundente. Al día siguiente irían a la propiedad que tenía Rand junto al río, y allí ella dejaría que le hiciera el amor. Una parte de su ser deseaba no tener que aguardar siquiera un minuto mas. La otra parte esperaba aterrorizada que llegara la hora. De pie en el salón oriental, una estancia de techo alto ubicada en la parte trasera de la casa, Rand consulté el reloj sobre la repisa de mármol negro de la chimenea al fondo del salón. No eran más que las diez de la mañana. Se había levantado hacía horas, incapaz de dormir. Maldita sea, el día se le hacía interminable. Rand pensó en la noche que llegaría dentro de unas horas y los recuerdos de la anterior velada con Cait se agolparon en su mente, una salida con dos de sus mejores amigos que la presencia de una mujer que le gustaba y a quien admiraba había hecho aún más grata. En cierto modo, le asombraba. Cait vivía según las normas que ella misma se había impuesto, sin obedecer a ningún otro amo más que a sí misma. Andaba por las calles sin acompañante, visitaba a amigos y colaboradores de su padre sin llevar siquiera consigo a una doncella. Era sincera y apasionada en sus convicciones y no temía expresar su opinión, en especial referente a los temas correspondientes a su profesión. Se pronunciaba sin rodeos sobre la necesidad de proteger las antigüedades y evitar que tesoros antiguos fueran a parar a manos de unos pocos privilegiados. Rand contemplé de nuevo la vistosa vitrina que contenía su preciada colección de jade chino y rió por lo bajo, preguntándose qué diría Caitlin si la viera. La antigüedad de algunas piezas se remontaba a miles de años y le había costado una pequeña fortuna. ¿Y qué decir de sus piezas de arte griegas y romanas? Unas estatuas y bustos


que él había adquirido a lo largo de los años. Adornaban la larga galería y su exquisita belleza le deleitaba cada vez que pasaba por ella. Cait sin duda opinaría que debían hallarse en un vetusto museo mientras que Rand estaba convencido de que al común de los mortales le parecerían aburridas. —Lamento importunarlo, excelencia, pero acaba de llegar un mensajero. El mayordomo, Frederick Peterson, un hombre delgado y elegante de pelo castaño y ralo, se hallaba en la puerta sosteniendo una bandeja de plata. Rand atravesé la estancia y tomé el mensaje sellado con cera de la bandeja, rompió el sello y leyó una nota de su abogado solicitando una entrevista. No era difícil imaginar el motivo de la misma. Dos horas más tarde se presentó Ephram Barclay y Rand lo condujo a su estudio. —Deduzco que ha ocurrido algo importante —dijo Rand después de que ambos se sentaran en unas cómodas butacas situadas frente al hogar. —Sí. Mejor dicho, sí y no. —Ephram abrió la delgada cartera de cuero negra que sostenía sobre las rodillas—. Ayer tarde recibí una información que supuse que querría ver. Lamentablemente, no es sino un rumor que no ha podido ser corroborado. —Es decir, que ha obtenido información sobre Talmadge pero no tiene pruebas. —Exactamente. Con la cara tensa, preguntó: —¿Qué ha averiguado? —Esta mañana recibí una carta en respuesta a nuestras pesquisas iniciales referentes al M aiden. En Carolina del Sur circulan rumores de que el barco no se hundió. Es más, algunos marineros afirman que el Maiden arribé a Charleston con un cargamento de copra bajo el nombre del Sea Nymph. Enojado, Rand apreté la mandíbula. Tomé el informe de manos de Ephram y


leyó la primera hoja. —¿Dónde se encuentra el Sea Nymph en estos momentos? —Desgraciadamente, ha zarpado. Nuestro informador cree que el barco se dedica a transportar correspondencia y pasajeros a lo largo de la costa, pero no está seguro. Asimismo cree que sus dueños se encuentran en la costa oriental, tratando de recaudar fondos para otra fatídica empresa naviera. Rand solté una sarta de palabrotas. Luego se levantó de la butaca y se acercó al hogar. Después de contemplar las llamas durante unos momentos, apoyé un brazo en la repisa y se volvió hacia Ephram. —Debe de haber una forma de detenerlos. —Oh, sí, antes o después los detendremos. Las autoridades los vigilan de cerca. Pero debemos ser pacientes, excelencia. Rand descargó un puñetazo sobre la repisa. —La paciencia es una virtud que no poseo. Quiero que esos mal nacidos paguen lo que le hicieron a Jonathan. Y no quiero que otro desgraciado corra su misma suerte. Ephram se levantó, cruzó la habitación y apoyé una mano delgada y venosa en el hombro de Rand. —Hacemos cuanto podemos. Entretanto, no nos resta sino confiar en descubrir lo que Phillip Rutherford se propone hacer con Donovan Harmon. Rand suspiré. —Es posible que abandone el país. —En tal caso, no podemos detenerlo. Como he dicho, no poseemos pruebas


tangibles. —Y podríamos tardar meses, o años, en obtenerlas. —Las distancias son tremendas. La comunicación lleva su tiempo. —Estoy convencido de que Talmadge está metido en un asunto ilícito, lo que significa que Harmon también está implicado, pero no creo que Caitlin participe en ello. —Puede que no. Sin duda usted debe de saberlo mejor que yo. Rand miró a Ephram, pero éste no dijo nada más. —Algo se está cociendo —comenté Rand—. Tengo que averiguar de qué se trata. Ephram asintió con la cabeza. Beldon era ante todo un hombre tenaz, un bulldog que clavaba los colmillos y no soltaba su presa. —Le aconsejo precaución, excelencia. El hombre con quien trata no se anda con remilgos. Nunca se sabe de qué es capaz un hombre así. Era un buen consejo y Rand se proponía seguirlo. Pero no estaba dispuesto a darse por vencido. No hasta que Talmadge y los otros pagaran por lo que habían hecho. Rand acompañé a Ephram hasta la puerta y se quedé observando mientras éste partía en un coche de alquiler. Luego regresé a su estudio. Por enésima vez durante aquel día, Rand miré el reloj. Las horas transcurrían, pero despacio. El minutero se movía con desesperante lentitud, como si lo sujetaran unos plomos. Pero por fin llegaría la hora. Esta noche vería a Caitlin Harmon. La llevaría a River Willows, una de sus propiedades familiares, cosa que no había hecho con ninguna otra mujer, y le haría el amor apasionadamente . Gozaría de una prolongada noche de placer, tomándola hasta quedar saciado.


El solo hecho de pensarlo hizo que todo su cuerpo se tensara. Al cerrar los ojos vio su hermoso rostro, las pecas que salpicaban su nariz, sus labios rosas y carnosos y su pronunciado mentón. Imaginé que le quitaba las horquillas que sujetaban su largo cabello rojo y que le acariciaba sus pechos altos y voluminosos. Dios, la deseaba con locura. Rand miré el reloj de nuevo


9 —Lo lamento, Maggie. Pensaba salir contigo, pero olvidé que mi padre me había pedido que revisara unos documentos en el museo. Necesita esa información y me llevará un rato. La alegría de Maggie se vino abajo, como un globo al desinflarse, y Cait se sintió como una villana. Le asombraba haberse convertido en una consumada embustera y estar dispuesta a llegar a esos extremos. —Pues si tú no puedes ir —dijo Maggie—, quizá sea mejor que Andrew y yo nos quedemos también en casa. Cait meneó la cabeza. —No seas boba. Me dijiste que te apetecía escaparte de la ciudad. Además, Andrew y tú os merecéis pasar un rato a solas. Maggie se mordió el labio inferior y juntó sus pálidas manos en un gesto de preocupación. —No sé... No me parece correcto dejarte aquí sola. —Estaré perfectamente —respondió Cait con una sonrisa forzada, tratando de dominar el temblor de sus manos. Quizá no fuera una embustera tan consumada como creía—. Tengo tantas cosas que hacer que ni siquiera notaré vuestra ausencia. Maggie miró el estudio situado al fondo del pasillo, donde Andrew se afanaba en concluir el papeleo para poder marcharse. —Me hacía ilusión asistir a esa fiesta. Y el hecho de tener a Andrew para mi sola — añadió entornando los ojos—, no te imaginas...


Cait trató de sonreír, pero las comisuras de sus labios apenas se curvaron. Quizá no pudiera imaginárselo, pero a la mañana siguiente tendría una idea bastante precisa. Había leído numerosos libros sobre las cosas que ocurrian entre un hombre y una mujer, y jamás olvidaría las imágenes que había contemplado en Pompeya. Con todo, era difícil adivinar con precisión lo que le aguardaba. Cait obligó a Maggie a volverse hacia la escalera y le propinó un empujoncito. —Anda, sube a tu habitación, termina el equipaje y marchaos de una vez. Maggie la abrazó espontáneamente, tras lo cual dio media vuelta y subió apresuradamente la escalera. Al observarla, Cait sintió que sus remordimientos aumentaban. Ella y Maggie se habían hecho muy buenas amigas. Las amigas no se mentían entre si. En la entrada, el ornado reloj de pared comenzó a sonar. Dentro de dos horas Cait hablaría con el ama de llaves, la señora Beasley, para comunicarle que había recibido una nota de Sarah Whittaker, la hija de un amigo de su padre, invitándole a pasar unos días en su casa. —Es mejor que no le diga nada a lady Trent —rogó Cait al ama de llaves cuando habló con ella—. Ya sabe lo mucho que se preocupa cuando salgo sola. La señora Beasley se limitó a asentir con la cabeza. Censuraba la independencia de Cait, pero había llegado a aceptarla, como el resto de los ocupantes de la casa. —Como guste, señorita —dijo con cierta impertinencia. Veinte minutos más tarde, Cait estaba vestida y de camino al Museo Británico, esperando hallar el coche de Rand aguardando junto a la fachada. Cuando llegó el corazón le latía con violencia, como si hubiera disputado una carrera, y tenía las palmas de las manos húmedas y pegajosas. Cait aferró su bolsa de viaje con tal fuerza que sus dedos comenzaron a entumecerse,


El coche de alquiler se detuvo en Great Russell Street. Cait se encasquetó la capucha de su capa, se apeó del vehículo, entregó al conductor un chelín y se volvió en busca de Rand. Por el rabillo del ojo vio que se dirigía hacia ella a grandes zancadas, con su característico paso decidido, alto e increíblemente guapo. Cait sintió que el corazón se le encogía provocándole una opresión en el pecho. —Has venido —dijo él sonriendo, con una curiosa expresión de alivio, al tiempo que alargaba la mano para tomar su bolsa de viaje—. No estaba seguro de que aparecieras. Ella esbozó una sonrisa bobalicona. —Yo tampoco. Rand trató de coger la bolsa, pero Cait la aferraba como si sus dedos se negaran a soltarla. Lo intentó de nuevo, inútilmente, y miró su rostro. —¡Por el amor de Dios, si estás aterrorizada! Estás blanca corno la cera y no dejas de temblar. Cait se humedeció los labios, pero se sentía desvanecer. —Yo... estoy perfectamente. —No es cierto —replicó él con gesto sombrío, deslizando un brazo en torno a su cintura y conduciéndola hacia un discreto carruaje negro que ella no había visto con anterioridad—. Pero te prometo, amor mío, que conseguiré que te sientas a gusto. Rand la ayudé a montarse en el coche y se subió también. En lugar de ocupar el asiento frente a ella, se sentó a su lado y la instalé sobre sus rodillas, estrechándola contra su pecho como si fuera un objeto preciado. —No tienes nada que temer—dijo suavemente—. Nos lo tomaremos con calma y tranquilidad. Te dije una vez que jamás haría nada que tú no desees. No te miento, Cait. Disponemos de todo el tiempo del mundo. Confía en mí, haré lo que crea más conveniente para ambos.


Los temblores empezaron a remitir. Ella asintió con la cabeza, apretujada contra su pecho. —Lo lamento. Me comporto como una idiota, lo sé. —No tienes nada de idiota, Caitlin. Sé que no tienes mucha experiencia . Confía en mí y todo irá bien. Cait confiaba en él. En contra de lo que le decía su instinto, en contra de todos los consejos que le habían dado, confiaba en él como jamás había confiado en ningún hombre salvo su padre. El terror comenzó a disiparse, sus nervios se aplacaron. Cuando llegaron a River Wiliows presentaba un aspecto risueño y se estaba riendo de algo que acababa de decir Rand, ilusionada ante la gran aventura en la que se había embarcado, la aventura de convertirse en mujer. Rand condujo a Caitlin al interior del gigantesco edificio rojo llamado River Willows, una espaciosa mansión de ladrillo con tejado a dos aguas, torres y chimeneas. Los muros estaban revestidos de madera oscura y el techo era de piedra. River Willows no tenía nada de moderno, no estaba decorado según la moda de la época, pero Rand sentía un gran cariño por esa mansión, con su aire antiguo y sosegado que la hacía más acogedora que ninguna de sus otras casas. —Es tal como yo la había imaginado —dijo Cait sonriendo mientras contemplaba con evidente admiración las vigas oscurecidas y los recios muebles de madera que contenía el salón principal. Decorada principalmente en tonos rojos oscuros y azules, los sofás estaban un tanto raídos y las alfombras mostraban el paso del tiempo—. Produce una sensación de hogar, un auténtico hogar, ¿sabes?, repleto de niños y risas.


Sus palabras le complacieron más de lo aconsejable. Era una casa vieja y precisaba numerosas obras de reparación. Rand debió de haberse ocupado de ello hacía años, pero le gustaba así. —¿Has vivido aquí alguna vez, Rand? Él negó con la cabeza. Deseaba hacerlo. ¿Cuántas veces había deseado escaparse y vivir allí con su tía y su tío? —El hermano de mi padre vivía en la propiedad. Yo venía a visitarlo siempre que podía. Tenía cuatro primos con quienes jugar, tres niñas y un chico, lo cual me parecía fantástico, pues era hijo único. Eran una familia maravillosa. —¿Dónde viven en la actualidad? Rand apreté la mandíbula; su humor se había ensombrecido. —Mis tíos murieron hace unos años. Mis primos se hallan desperdigados. Las mujeres se habían casado. El chico, su primo Jonathan, el menor de los cuatro hermanos, había muerto a los veintidós años, uno más que Cait. El responsable de su muerte era Phillip Rutherford, que era como si lo hubiera asesinado. Rand dirigió a Cait una mirada más dura de lo que pretendía. —Vamos. Cenaremos arriba. Tomándola del brazo, Rand condujo a Cait hacia la amplia escalinata de roble y subieron a la suite principal. Rand había concedido el día libre a los pocos sirvientes que quedaban en la casa, salvo al mayordomo, una cocinera y una doncella, que se habían quedado para atenderlos. Habían encendido fuego en la chimenea, que crepitaba alegremente. Al igual que el resto de la casa, la habitación estaba revestida de roble oscuro y reluciente y en el techo había unas vigas a la vista. Los muebles eran de madera noble, los cortinajes de un terciopelo azul un tanto desteñido. A través de la puerta abierta, Rand veía el gigantesco lecho de cuatro postes


en el que su tía había parido a sus cuatro hijos. Su humor se ensombreció aún más. Cuando había decidido venir a River Willows, no se le había ocurrido que el fantasma de Jonathan rondaría por la casa. —¿Rand...? Al oírla pronunciar su nombre él se volvió para mirarla. Cait se hallaba frente al fuego; se había quitado el sombrero y su pelo, peinado en unos suaves rizos en lo alto de su cabeza, presentaba el mismo color rojo dorado que las llamas. Había dejado su capa sobre una silla y lucía un vestido de seda de un precioso color verde, el cual mostraba buena parte de sus senos altos y rollizos. Rand observó que su pecho se alzaba, al ritmo de su acelerada respiración, y comprendió que volvía a ser presa de los nervios. No era justo descargar su ira sobre ella. No era lo que él se había propuesto al venir a River Willows. Debía tener presente que la muerte de Jonathan no era culpa de Caitlin. Rand emitió un suspiro profundo y entrecortado, resuelto a sacudirse de encima su sombrío talante, se acercó a ella y le tomó la mano. —Lo lamento —dijo tratando de sonreír—. He desatendido mis deberes de anfitrión. ¿Te apetece beber algo? —Sin aguardar su respuesta, se dirigió hacia una mesa con la superficie de mármol que estaba junto al hogar, destapé una licorera que contenía jerez y escancié un poco en una copa. Le entregó la copa a Cait, diciendo—: Te prometo que esto te reanimara. Cait bebió un largo trago de jerez y Rand se dirigió (le nuevo a la mesa de mármol. Sin dejar de observarla por debajo de sus párpados entornados, se sirvió también una copa de jerez, pensando en lo increíblemente hermosa que era. Su humor mudé de nuevo y su cuerpo se tenso, recordándole el motivo que los había llevado allí. Cait bebió otro largo trago de jerez y él observó el movimiento de su esbelto


cuello al tragar. A la luz del fuego, Cait ofrecía un aspecto vibran-rey estaba más hermosa qtie ninguna mujer que él había conocido. Rand se dirigió hacia ella, atraído por su presencia como un imán, al igual que ci primer día que la había visto. Tomó la copa que sostenía y la deposité en la mesa. Luego, suavemente, la obligó a volverse y empezó a quitarle las horquillas del pelo. —Quiero que te lo sueltes —dijo con suavidad al tiempo que dejaba caer una horquilla al suelo—. Quiero contemplar cómo cambia de color a la luz de las llamas. Después de haberle soltado su espesa mata de cabello, Rand la peiné con los dedos, dejando que los sedosos rizos dorados se enrollaran en sus manos. El deseo hizo de nuevo presa en él, feroz y casi incontrolable. Su cuerpo se tensé y su miembro se puso rígido, hasta el extremo de dolerle. —Caitlin... Dios mío... Él se había propuesto encandilarla, seducirla lentamente. Pero en vez de ello la abrazó y la besé en la boca con ardiente pasión. Sus labios la devoraban, impacientes, ávidos, asumiendo por completo el control de la situación. Al notar que se estremecía se aparté un poco. Entonces ella le rodeé el cuello con los brazos y le besó, deslizando su pequeña y dulce lengua dentro de su boca. Rand estaba perdido. La atmósfera se había caldeado y la habitación parecía girar en torno a ellos. Rand sintió que el deseo le abrasaba las venas. Impaciente, desabroché apresuradamente los botones en la parte posterior del vestido, deslizó los tirantes sobre los hombros de Cait, se lo estiré por las caderas y observó cómo caía a sus pies. Acto seguido la tomó en brazos y la transporté hasta la alcoba, depositándola son delicadeza en el centro del mullido colchón de plumas. —Te prometí que te haría el amor despacio. Pero eres tan hermosa, tan increíblemente tentadora..., que no es fácil, Cait. —Rand... —Ella alargó los brazos y él se tendió sobre ella, oprimiendo su cuerpo contra el colchón. El deseo le abrasaba de los pies a la cabeza. Sintió los pechos de ella contra su torso, corno unos mullidos cojines,


increíblemente seductores. Atrapé su boca entre sus labios, explorándola con la lengua, y la oyó emitir un breve gemido de placer que espoleé su deseo e hizo que su pene se pusiera duro como una piedra. Le acaricié los pechos, estrujándoselos a través de la sutil barrera de su camisa, pero no era suficiente. Deseaba verla desnuda, sentir la suavidad de su piel, saborear los diminutos capullos rosas y duros de sus pezones. Emitiendo un gemido ronco, él desgarré la camisa y se deleité contemplando la forma de sus abultados pechos. —Perfectos... —murmuré, inclinándose para morder uno. Caitlin lo contuvo apoyando una mano temblorosa en su pecho. —¿Y tú? —pregunté suavemente—. Deseo contemplarte, Rand.,. si no tienes inconveniente. ¡Cómo iba a tener inconveniente! ¡Si era lo más erótico que podía hacer una mujer! Deseaba que ella lo contemplara, lo acariciara, como había hecho en sueños un centenar de veces. —Lo estoy deseando, Caitlin. Puedes contemplarme cuanto gustes. Sentándose en el borde de la cama, Rand se despojé de las botas, el calzón, la chaqueta y la camisa. Cuando se volvió, ella clavé los ojos en su pecho. —Es magnífico—dijo, acariciando los músculos que tenía él en el costado y haciendo que se estremeciera—. Perfectamente esculpido. Como una estatua griega antigua. Él rió, extrañamente complacido. Luego tomó la mano de Cait e introdujo sus pequeños dedos en su boca. —Celebro que te guste lo que ves. Rand bajó la vista. Cait deslizó la mano hasta el punto que él miraba,


palpando un pezón, explorando los músculos de su vientre, haciendo que su cuerpo se tensara dolorosamente. Cuando Rand posé los ojos sobre su pene erecto, ella se detuvo y emitió una pequeña exclamación de asombro. —Es... enorme. Pensé... supuse... Él no pudo por menos de sonreir. —¿Qué supusiste, amor mío? Cait cerró los ojos y sacudió la cabeza. A la luz de las llamas, su rostro parecía estaba muy pálido. —Jamás imaginé que lo tendrías... Yo... Bésame, Rand. Él se alzó y se tendió sobre su cuerpo dúctil y pálido e increíblemente femenino. Atrapando su rostro entre sus manos, la besé intensamente, oprimiéndola contra el colchón de plumas mientras se colocaba entre sus piernas. Sintió que ella temblaba, presa de nuevo de un ataque de nerviosismo, y decidió tratarla con menos brusquedad. La besó suavemente, succionando su labio inferior, besando las comisuras de su boca. —Confía en mí —murmuré, mordisqueándola en el cuello—. Yo te enseñaré a gozar. Rand se pregunté brevemente qué tipo de hombre la había poseído con anterioridad a él, y dedujo que no debía de ser muy hábil. Se alegraba de ser el hombre que le mostrara cuán dulce era el placer sexual. Volvió a besarla, más profundamente, saboreando el interior de su boca, haciendo que ella explorara también la suya. Le dolía todo el cuerpo. La tensión que sentía en sus músculos era casi insoportable. Le acaricié los pechos, sopesándolos, recreándose con su increíble suavidad,


y noté que los pezones se ponían duros. Rand oprimió uno y después otro entre sus labios, humedeciéndolos con la lengua, haciéndola gemir y revolverse bajo él. Su propio cuerpo estaba ardiendo. El fuego del deseo corría por sus venas, abrasando sus genitales. Comenzó a besarla debajo de los pechos hasta alcanzar el pequeño hueco de su ombligo, cuyo borde acaricié con la lengua, haciendo que ella arqueara auto-máticamente la espalda. Cait se estremeció de nuevo, pero esta vez de pasión en lugar de temor. —Te deseo —musité él acariciando el sedoso y rizado vello rojizo de su pubis, separando los delicados pliegues de carne femenina e introduciendo un dedo entre los mismos. Cait tenía la vulva caliente y húmeda. La perspectiva de penetrarla provocó a Rand una descarga eléctrica. Su deseo se acrecenté, abrasándole la piel. Rand le acaricié el interior de la vulva, hallé su pequeño clítoris y se puso a acariciarlo con una cadencia que la hizo sollozar su nombre. Estaba empapada y dispuesta y él no podía contenerse más tiempo, no deseaba contenerse ni un momento mas. Rand se situé en la entrada de la vagina de Cait y devoré su boca al tiempo que la penetraba. Introdujo su pene poco a poco, sintiendo los dedos de ella clavándose en los músculos de sus hombros, y la inconfundible barrera del himen. Cada músculo de su cuerpo se tensé. Rand la miró a los ojos, esos ojos grandes y verdes, y vio en ellos asombro e incertidumbre. —¿Por qué, Caitie? ¿Por qué no me lo dijiste? —¿Me habrías traído aquí de habértelo dicho, Rand? El cerré los ojos y movió la cabeza. —Francamente, no lo sé. —Lo deseo, Rand. Deseo que me hagas el amor. Cait era diferente de todas las mujeres que él había conocido. Lo había intuido desde el primer momento. No obstante, jamás había desvirgado a una


joven casta y pura. Cait debió de notar sus titubeos, pues le rodeé cl cuello con los brazos y tomó su rostro entre las manos para obligarle a besarla. Deslizó su pequeña lengua dentro de su boca. Rand se estremeció y la penetró del todo. Rand se maldijo al sentir que el cuerpo de ella se tensaba de dolor. Cait emitió un sofocado grito. —Lo lamento —dijo él, pugnando por controlarse—. No quería lastimarte. ¿Te sientes bien? Ella exhalé un suspiro y le dirigió una mirada trémula. —Me duele menos. Lo que siento ahora es tu miembro dentro mí. Es una sensación maravillosa. Él casi sonrió; lo habría hecho de no tener los nervios a flor de piel. En lugar de ello, la besé, suave pero intensamente. Deseaba hacerla gozar, que esa noche fuera especial para ella, una noche que Cait recordara siempre. Rand se movió hacia atrás y volvió a penetrar a Cait, tras lo cual comenzó a moverse. El placer le recorrió todo el cuerpo, un placer ardiente e intenso. Sentía su miembro envuelto en un guante de seda, rodeado de un calor líquido, y el contemplar los maravillosos pechos de Cait, hinchados debido al deseo, le impidió conservar el control. Rand incrementé el ritmo, moviéndose más y más rápidamente, penetrándola más profundamente. Caitlin sc revolvió y empezó a moverse debajo de él. Rand sentía los latidos del corazón de Cait, o quizá fueran los suyos. El fuego que invadía sus partes íntimas se hizo más ardiente, más intenso. Quería asegurarse de que ella quedara satisfecha, ofrécerle algo a cambio dcl rcgalo que ella le había dado. La penetró una y otra vez; la humedad de la vagina de ella facilitaba cl tránsito, los frenéticos movimientos de Cait le volvían loco. Nada podía detenerlo ya, no estaba dispuesto a esperar más. La deseaba con locura, y


llevaba esperando mucho tiempo. Emitió un gemido y se puso rígido. Quería retirarse, con el fin de protegerla, pero en aquel último momento cl pequeño útero de Cait se contrajo y los músculos abrazaron dulcemente su miembro al tiempo que ella alcanzaba también el orgasmo. El placer fue tan intenso, tan vívidamente erótico, que la penetré de nuevo. En ci momento de alcanzar el clímax Rand sintió como si se elevara en una espiral que no tenía fin. ¡Santo Dios! No recordaba haber sentido jamás el goce que experimenté en aquellos instantes. Cait también debió de sentirlo. Cuando el placer remitió por fin, Cait rompió a sollozar y él la abrazó con ternura. —Tranquilizate, amor mío. Todo irá bien. No llores, te lo ruego. Ella apoyé la mejilla sobre su pecho y él notó la humedad de sus lágrimas. Confiaba de todo corazón no haberla lastimado. Cait se sorbió la nariz y se enjugó las lágrimas. —Eso no figuraba en ninguna de aquellas imágenes —dijo—. Ni en los libros. —¿Qué es lo que no figuraba en los libros? —pregunté él suavemente , apartándole unos mechones rojos de la cara. —Lo que sentiría yo..., lo maravilloso que sería. Rand sintió algo que le conmovió, una emoción dulce y tierna que hizo que deseara abrazarla con más fuerza de lo que habría imaginado. Cait era tan menuda, pero una mujer tan extraordinaria. —Sé que te he lastimado. Traté de ir despacio, pero... —Estuviste maravilloso. Ha sido perfecto. Rand experimenté de nuevo aquella dulce sensación.


—Sólo duele la primera vez. —Lo sé —contesté ella sonriendo. —Sabe usted muchas cosas, señorita Harmon. Cuando regreses a Londres, habrás aprendido mucho más sobre el tema. Cait lo miré y sus labios se curvaron en una dulce sonrisa. —Sabía que no me equivocaba al elegirte. Sabía que eras el hombre que debía elegir. Él se rió. No pudo evitarlo. ⎯¡Pensé que había sido yo quien te había elegido a ti...! Cait le acaricié el vello del pecho. —Quizá fuera así..., al principio. Era la única concesión que ella estaba dispuesta a hacer, pensé él, la justa para no herir su orgullo masculino. —En todo caso, no importa. Lo que importa es qué otras cosas vas a aprender. Ella lo miré un tanto sorprendida. —¿Esta noche? —Por supuesto, mi amor. Definitivamente, esta noche. —Rand frunció el ceño—. A menos, claro está, que no te apetezca. Cait se incliné sobre él y le besé. —¿Quieres que lo probemos? Rand tenía de nuevo el miembro duro. Había intuido que Cait era una mujer ardiente desde el momento en que la vio, y le complacía constatar que había estado en lo cierto.


La besé al montarse sobre ella, le separé las piernas con las rodillas y la penetré suavemente. Había tantas cosas que deseaba enseñarle, tantas formas de gozar... Rand sonrió para sus adentros, pensando en lo inteligente que era y lo rápidamente que asimilaría las lecciones que él le daría


10 Cait se juré no pensar en lo que había hecho. Ahora no, cuando todo era tan reciente, tan lleno de misterio y maravillas. No quería preocuparse sobre las mentiras que ella había dicho, las personas que se sentirían dolidas si lo averiguaran. Decidió afrontar esos problemas cuando regresara, hacer lo que había planeado y gozar de esos pocos días que le pertenecían. Después de una noche de apasionado amor, Cait se desperté tarde a la mañana siguiente. Tenía algunas zonas del cuerpo doloridas, pero se sentía relajada y satisfecha. Emitiendo un suspiro de contento, alargó el brazo hacia el otro lado de la cama, suponiendo que tocaría cl cuerpo recio y musculoso de Rand, pero la cama estaba vacía. Durante unos instantes Cait se sintió desconcertada. En esos momentos se abrió la puerta y apareció Rand, envuelto en una bata de seda color burdeos que le rozaba las pantorrillas desnudas, sosteniendo en sus grandes manos una bandeja de comida. —Supuse que necesitarías sustento —dijo esbozando una sonrisa encantadora. Sus pecaminosos ojos castaños decían: «Para lo que tengo en mente.» Caitlin se sonrojé al recordar las cosas tan íntimas que habían hecho la noche anterior, las sensaciones que él le había hecho sentir, y se concentré en la comida: un plato de pichón asado frío, un pote de chocolate caliente, unas galletitas dulces, manzanas cortadas a rodajas y un buen trozo de queso Wilton. Sobre la bandeja había un precioso florero de cristal que contenía una rosa de tallo largo. Rand deposité la bandeja frente al hogar mientras Caitlin se ponía su bata de seda amarilla e iba a reunirse con él. Con gesto ceremonioso, Rand le retiró la silla para que ella se sentara y al hacerlo se abrió su bata. Unos apretados mechones de rizos castaños cubrían sus abultados músculos, que se tensaron cuando él se inclinó para besarla en la mejilla.


Haciendo caso omiso del cosquilleo que sentía en la boca del estómago, Cait centré su atención en el chocolate que él le sirvió y constaté que realmente necesitaba sustento. Y con razón, porque sin terminar de comer, él se quité la bata y la transporté en brazos hasta el lecho. Pasaron la mañana haciendo el amor, luego llevaron una cesta de picnic al sitio junto al río donde habían estado anteriormente. Observaron a los pájaros durante un rato y después hicieron el amor sobre la manta en un recoleto lugar protegido por un bosquecillo de sauces. Fue un día maravilloso y la velada fue aún mejor, comenzando con una elegante cena que en esta ocasión sí consumieron. Se retiraron temprano e hicieron el amor, tras lo cual, rendidos pero satisfechos, cayeron dormidos. Cait se despertó al cabo de unas horas, tendida en el gigantesco lecho de cuatro postes. Sonrió al sentir el peso de Rand contra ella. Un muro sólido de músculos y calor. En la oscuridad que reinaba fuera, percibió el leve silbido del viento, el sofocado ulular de un búho, el murmullo de las altas hierbas. Mañana Rand la acompañaría de regreso a Londres, pero no regresaría la Cait de siempre, sino una nueva Cait Harmon, totalmente distinta. En todo caso, se sentía distinta. En varias ocasiones durante el día, se miró al espejo para comprobar si su rostro dejaba entrever cómo se sentía en su interior. Pero no era así, salvo que el saludable rubor de sus mejillas delatara las emociones que experimentaba. Cait notó que Rand se movía a sus espaldas y se asombré al sentir su miembro duro oprimido contra ella. Pensé en los relieves de piedra que había visto en Pompeya. Ninguno de aquellos hombres poseía un pene tan grande. Y en los gigantescos símbolos fálicos..., quizá no fueran tan desproporcionados como ella había supuesto. Rand se incorporé sobre un codo, agaché la cabeza ligeramente y le mordisqueé el hombro. ⎯¿No puedes dormir? —pregunté a Cait, besándola en un lado del cuello.


Ella sintió la leve curva de su sonrisa sobre su piel, percibió el deseo sensual en su voz. Inconscientemente, Cait se humedeció los labios, sintiendo el calor que emanaba del cuerpo de él, sabiendo que no tardaría en penetrarla, deseando sentirlo dentro de ella. —Pues no —repuso, añadiendo con tono socarrén—: Quizá conozcas la forma de ayudarme. Rand solté una carcajada al oír su respuesta, produciéndose una profunda vibración en su pecho. —Tal vez. Estrujé el seno de Cait, jugueteando unos instantes con él, y luego deslizó los dedos entre sus piernas. La acaricié allí mientras la besaba en cl cuello y los hombros, haciendo que ella sintiera su piel ardiente y tensa. Cait notó que tenía el miembro duro, enhiesto, impaciente por tomarla. Rand ajusté un poco la posición de su cuerpo para que a ella le resultara más fácil aceptarlo y la penetré profundamente. Cait gimió suavemente. Recordaba esa postura entre las muchas que había visto esculpida en los muros de Pompeya. En aquel entonces, no había comprendido cómo un hombre y una mujer podían encajar tan perfectamente. Rand deslizó una de sus musculosas manos desde los pechos de Cait hasta su clítoris y la acaricié allí. Las deliciosas sensaciones que le provocó eliminaron todo pensamiento que pudiera tener. Su cuerpo duro y atlético se movía sobre ella, penetrándola y retirándose, siguiendo el mismo ritmo fluido que sus manos, y al cabo de unos segundos Cait sintió como si flotara, elevándose, aproximándose al orgasmo. Alcanzaron juntos el clímax, sus cuerpos íntimamente fundidos y cubiertos de sudor. Después, ella permaneció acurrucada en sus brazos mientras Rand le susurraba palabras eróticas. A él le enloquecía su cuerpo, sentir su vagina


tensa y contraída. Siempre estaba dispuesto a poseerla. Por fin, ella se quedé dormida mientras él le acariciaba suavemente el cabello. Cait habría dormido tan apaciblemente como la noche anterior, pero unas horas antes del alba se desperté y recordé que por la mañana Rand y ella partirían, poniendo fin a los idílicos momentos que habían compartido. Ahora que se había entregado por completo a Rand, no imaginaba la vida sin él. Pero tenía que resignarse. Mañana su padre regresaría también a la ciudad. Durante los días sucesivos ambos tendrían mucho trabajo, y ella apenas dispondría de tiempo para ver a Rand. Y aunque pudiera verlo, dentro de menos de dos semanas ella partiría para regresar a Santo Amaro. Habían reunido el dinero suficiente; habían adquirido las provisiones y los víveres. Su padre y los otros estaban impacientes por proseguir su búsqueda del collar. Estarían ausentes un año, quizá más. Si no conseguían hallar el collar, no habría motivo para regresar. Quizá no regresaran nunca a Inglaterra. El hombre que dormía junto a ella se movió un poco entre sus brazos, pero no se desperté y siguió abrazándola. Ella percibió su respiración acompasada, la forma en que su poderoso torso se alzaba y descendía. Por primera vez comprendió lo mucho que había llegado a quererlo. Y lo mucho que iba a echarle de menos. El corazón se le encogió al encarar la verdad que ella siempre bahía sabido: que cuando abandonara Londres lo más probable es que no volvieran a verse jamás. Maggie Sutton se detuvo un instante al pie de los escalones de hierro del


carruaje que acababa de llegar a la imponente mansión de piedra del duque de Beldon, situada en Grosvenor Square. Se ajusté el sombrero y alisé la falda de su vestido de muselina color albaricoque. Respiré hondo, subió los peldaños hasta la entrada y llamé con energía a la ornada puerta de madera tallada. Le abrió un joven criado de pelo rubio, ataviado con la librea roja y dorada de los Beldon, y un mayordomo, un hombre que según recordaba Maggie se llamaba Peterson, salió a saludarla, arqueando una delgada ceja castaña al reconocerla. —¿Lady Trent? No sabía que su excelencia la esperaba. —Me temo que no me espera —replicó ella un tanto secamente, penetrando en el gigantesco vestíbulo con el suelo de mármol negro y blanco. El mayordomo arqueé de nuevo la ceja, de forma más pronunciada. —Su excelencia está trabajando en su estudio. Sígame, haga el favor. La conduciré al salón dorado e informaré a su excelencia de que está usted aquí. Maggie le siguió y entré en una espaciosa estancia pintada de blanco, con los muros altos y adornados con molduras y unos muebles dorados. Había espejos y jarrones pintados, divanes de estilo barroco y mesas de marfil y oro con la superficie de mármol. En las paredes colgaban unos retratos con marcos dorados, junto a unos apliques italianos también dorados. —Dígale que es importante —indicó Maggie al mayordomo cuando éste se disponía a marcharse—. Dígale que no me importa aguardar hasta que pueda recibirme. El mayordomo hizo una profunda reverenda. —Como desee, señora. Con una postura perfectamente erguida, el mayordomo eché a andar por el pasillo al tiempo que sus pasos de desvanecían lentamente. En su ausencia, Maggie comenzó a pasearse de un lado a otro de la estancia,


presa de un intenso nerviosismo. Se había temido que ocurriera algo así. Ojalá hubiera hablado antes con Rand para hacerle recapacitar. Ojalá hubiera podido... En aquel preciso momento entró él, imponente como de costumbre, atravesando el umbral con paso firme, como un general al mando de un ejército. —¿A qué se debe tu visita, Maggie? ¿Ha ocurrido algo? —inquirió mirándola con expresión preocupada. Ella alzó el mentón. —Me temo que aún no puedo asegurarlo. Quizá deberías decírmelo tú. Rand la miré a los ojos unos momentos, luego volvió el rostro. —Supongo que has venido para hablar de Caitlin. Ella le dirigió una sonrisa de censura. —Muy astuto, excelencia. Andrew y yo nos ausentamos de la ciudad un par de días, y a nuestro regreso comprobamos que han ocurrido muchas cosas. —Explícate. —No juegues conmigo, Rand. Mi ama de llaves me informó de que Caitlin abandonó nuestra casa a las pocas horas de que nosotros partiéramos para el campo. No regresé hasta el domingo por la tarde. Rand se dirigió al aparador. —Quizá debas tomarte una copa para calmar los nervios. —No me apetece. No te atrevas a servirme esa copa que sabes que me muero de ganas de tomar.


—Ahora entiendo por qué Caitlin y tú os habéis hecho tan buenas amigas — dijo Rand al tiempo que esbozaba una sonrisa irónica—. Ambas tenéis mucho carácter para ser mujeres. —Así es, somos amigas, Rand. Por eso estoy aquí. Creo que Cait pasó esos días en que se ausenté de casa contigo. ¿Estuvo contigo? Rand terminó de servirse un brandy y volvió a tapar la licorera de cristal. Luego se llevé la copa a los labios y bebió un trago mientras pensaba en la pregunta y en sus consecuencias. Deposité la copa sobre la mesa con mucho cuidado y con una expresión deliberadamente neutra. —¿Es eso lo que te dijo Caitlin, que estuvo conmigo? Maggie traté de negarlo, pero él no le dio la oportunidad de hacerlo. —Si ése es el juego que se trae entre manos, si ella cree que puede utilizarte para cazarme, esa zorrita va a llevarse una sorpresa. No dejaré que nadie, ni Cait Harmon ni ninguna otra mujer, me haga caer en la trampa del matrimonio. Si eso es lo que se propone... —¡Calla, Rand Clayton! —Maggie estaba tan indignada que le temblaba la mano; apenas podía contener su furia—. Para que lo sepas, Caitlin no me ha dicho nada al respecto. No sabe que estoy aquí. Rand guardó silencio y relajé los hombros. —Lo lamento. No debí sacar conclusiones precipitadas. —No, no debiste hacerlo. Cait Harmon jamás haría semejante cosa. El matrimonio no le interesa. Tú mismo debes de saberlo. Rand suspiré y se pasé la mano a través de su espeso cabello de color castaño.


—Tienes razón. Pero es que... hay ciertas cosas que tú no sabes.., cosas referentes a Cait y a su padre que no puedo comentar con nadie. Maggie se preguntó qué serían esas cosas, pero se abstuvo de preguntárselo. Por la sombría expresión de Rand comprendió que éste no se lo diría. Rand bebió otro trago de brandy sin dejar de observarla. —Si Cait no te ha enviado aquí, ¿por qué has venido? Maggie alzó el mentón, esforzándose en contener de nuevo su ira. —Ya te lo he dicho. Porque Cait es amiga mía, al igual que tú, Rand. Durante los días que Andrew y yo nos ausentamos, la señora Beasley se sintió responsable de Cait. Cuando Cait partió para el museo, la señora Beasley hizo que la siguiera un criado, para asegurarse de que había llegado sana y salva. El criado os vio a los dos frente al museo. Te vio a ti y a Caitlin subir a tu carruaje y desaparecer. Rand agité la copa de brandy con suaves movimientos circulares. —Si quieres saber dónde estuvo Caitlin, ¿por qué no se lo preguntas a ella? —Porque se verá obligada a mentirme de nuevo. No debe de ser agradable para ella, Rand. No es ese tipo de persona. Rand observó el líquido color ámbar en el fondo de su copa. —No, no creo que lo sea. —Has tenido docenas de mujeres, Rand. Cait es joven e inocente. No quiero que sufra. —Cait es muy capaz de tomar sus propias decisiones; sin duda, como amiga suya que eres, lo sabes de sobra. En comparación con la mayoría de mujeres que conozco, es un cambio que se agradece.


—Sin duda. Todo en ella es alegre y refrescante. Dime que no habéis... que no habéis... Rand deposité la pesada licorera en la mesa con brusquedad y el impacto del cristal contra la madera resoné en la habitación. —Eso no te concierne, Maggie. Sé que lo haces por su bien, pero... —Desde luego que me concierne. No tienes la menor intención de casarte con Cait Harmon. ¿Qué será de ella si la dejas encinta? —No soy un imbécil, aunque a veces dé esa impresión. Existen dos formas de evitar que una mujer se quede encinta. Yo he tomado las debidas precauciones. Al percatarse de la expresión de disgusto que mostraba Maggie, se acercó a ella y la tomé por los hombros. —No soy tan egoísta como quizá creas. Estoy loco por ella, Maggie. Y creo que ella me quiere. Lamentablemente, nunca llegaríamos a congeniar. Cait lo sabe tan bien como yo. Yo no estoy preparado para dejarme domesticar, y aunque lo estuviera, Cait jamás accedería a casarse conmigo. Tiene la ridícula idea de que es culpable de la muerte de su madre. Jamás se casará con nadie, en tanto exista la menor posibilidad de que su padre la necesite. Maggie lo miró con los ojos llenos de lágrimas. —Ay, Rand, estoy muy preocupada por ella... por ambos. —Por favor, Maggie, trata de comprenderlo. Cait partirá de Inglaterra dentro de menos de dos semanas. Disponemos de poco tiempo. Queremos aprovecharlo al máximo. Maggie tragó saliva para aliviar el nudo que se le había formado en la garganta. Sabía lo que ocurría cuando dos personas se querían tanto como Rand y Caitlin. Lo más triste era que ninguno de ellos se daba cuenta del dolor que padecerían cuando dejaran de verse.


Maggie miró a Rand y sintió un dolor sordo en el pecho. Ninguno de ellos se había percatado aún de lo que ella había descubierto la noche en que habían asistido juntos al baile de cumpleaños de lord Mortimer, que ambos se estaban enamorando. Caitlin pasó el día en los sótanos del Museo Británico. No había mentido sobre los textos que su padre quería que revisara. Leía el latín mejor que él, y en el museo había numerosos manuscritos romanos procedentes de la antigua ciudad de Alejandría, donde había vivido Cleopatra. A última hora de la tarde, después de pasar horas trabajando en las frías salas del sótano donde se conservaban los textos, la vista se le empezó a nublar y notó que sus manos y pies estaban helados. Tenía el cuello entumecido y le dolían los hombros y la columna vertebral. Hasta el momento había descubierto varias referencias al fabuloso collar que Marco Antonio había encargado que confeccionaran para regalárselo a la reina de Egipto. Un documento incluía una exhaustiva descripción, aludiendo a las facetas exquisitamente talladas de la cadena de oro macizo, diseñada en forma de serpiente, cuyo largo cuerpo estaba cubierto de diminutas escamas. Otro documento hacía referencia a la travesía que Marco Antonio había emprendido de Italia a Siria, portando el collar para ofrecérselo a Cleopatra como regalo de boda. Corría el año 32 a.C. Él y Cleopatra se habían casado en la ciudad de Antioquía, mediante una ceremonia egipcia, la cual, a diferencia de la ley romana, permitía la poligamia, un requisito imprescindible puesto que Marco Antonio ya estaba casado. Caitlin pensé en ello, preguntándose cómo era posible que la bella y joven reina tolerara compartir su marido con otra mujer. Cait no pudo por menos de pensar en Rand. Cuando ella se marchara, ¿con cuántas mujeres se acostaría Rand? Muchas, de eso estaba convencida. En aquellos momentos Cait se alegré de marcharse para no averiguarlo ni padecer el dolor que le causaría el saberlo.


Haciendo acopio de su fuerza de voluntad, Cait borré la imagen de Rand de su pensamiento y volvió a concentrarse en las páginas del pesado tomo. A fin de cuentas, había sido un trabajo provechoso. No obstante, quedaban otros textos que deseaba terminar de revisar antes de abandonar el museo. Cait movió la cabeza en sentido circular y se froté el cuello, confiando en aliviar el dolor, pero no lo consiguió. —Trabaja usted demasiado, Caitlin. Cait se volvió sobresaltada al ver unas manos pálidas con los dedos largos y delgados posadas en sus hombros. Al alzar los ojos vio a Geoffrey St. Anthony de pie detrás de su silla. —¡Geoffrey! ¿Qué hace aquí? —He venido a verla, por supuesto. El joven sonrió y empezó a aplicarle un suave masaje, hundiendo los dedos delicadamente, aliviando la tensión de sus músculos con mayor habilidad de lo que ella habría imaginado. Cait cerró los ojos a medida que cl dolor empezó a remitir. Sabía que lo que hacía Geoffrey no era correcto, pero estaba tan cansada y el masaje era tan agradable que dejó que continuara. —¿Se siente mejor, Caitlin? Un suspiro de placer brotó de sus labios. —Mucho mejor. Cait se percaté de que Geoffrey se estaba tomando más libertades con ella; su juvenil candidez había comenzado a desaparecer bajo una creciente determinación. ⎯¿Dónde aprendió a hacer eso? Sus manos se detuvieron, pero sólo unos instantes. —No soy el joven imbécil por quien me toma, Caitlin. Soy un hombre como cualquier otro.


Cait mantuvo los ojos cerrados. —Lo cual significa que lo ha aprendido de su amante. A ella no le asombraba. Según su experiencia, pese a ser limitada, rodos los hombres eran iguales. Rand había tenido un gran número de amantes, inclusive la última, ella. Cait borró de su mente aquel ingrato pensamiento. —Una habilidad muy útil —comenté Geofrey al tiempo que movía sus mágicos dedos—. ¿No cree? Cait no tuvo tiempo de responder a su pregunta, pues en aquel preciso instante sonó en la habitación una voz profunda que le era familiar. —Una habilidad extremadamente útil —replicó Rand con evidente enojo. Cait abrió los ojos y palideció. Geoffrey renté las manos y Cait se volvió hacia la puerta. —No... no te oí entrar. —Es evidente. La ira que reflejaban sus ojos hacía que parecieran casi negros, y Cait recordé la noche que ella había asistido a la ópera con Geoffrey. Pero esa noche ella no había hecho nada malo y hoy tampoco hacía nada malo. Cait enderezó la espalda y se levanté. —Lord Geoffrey ha sido muy amable. He trabajado en este gélido sótano durante más de seis horas. Tengo todo el cuerpo entumecido y dolorido. — Cait miró a Geoffrey con una sonrisa forzada—. Le agradezco su ayuda, Geoffrey. Gracias a usted, me siento mucho mejor.


⎯Estoy seguro de que lord Geoffrey es muy habilidoso —replicó Rand, avanzando resueltamente hacia ella. Cait no hizo caso del sarcasmo que había en su voz, así como del absurdo deseo de salir corriendo. —En efecto, lo es. —No obstante, sugiero que utilice su habilidad con otra persona. —Rand se detuvo directamente frente a ella; su advertencia era inconfundible—. Y puesto que llevas tantas horas trabajando, te aconsejo que lo dejes por hoy. Cait miré la pila de libros que había sobre su mesa. —No puedo. Aún me queda trabajo. Tengo que... —Sea lo que fuere que tengas que hacer, lo harás más tarde. —Sujetándola del brazo, Rand la obligó a darse media vuelta y la condujo hacia la puerta . Discúlpenos, lord Geoffrey. En un rasgo de caballerosidad, Geoffrey se colocó ante ellos con el fin de interceptarles el paso. Fue muy atrevido por su parte, teniendo en cuenta la feroz expresión que mostraba el rostro de Rand. —Creo que la señorita Harmon no desea irse todavía. Rand lo miró con una aspereza que hizo que Geoffrey se detuviera en seco. —¿De veras? El joven palideció un poco y Caitlin se compadeció de él. —Su excelencia tiene razón, milord —replicó Cait con una sonrisa forzada —. He trabajado demasiadas horas. Creo que un poco de aire puro me sentará bien. Le agradezco su visita. Ha sido muy amable por su parte. Rand se la llevó de allí antes de que ella pudiera añadir otra palabra. No se


detuvieron hasta que llegaron al lugar donde aguardaba el carruaje de Rand. La ayudé a subir, luego subió él y cerró la portezuela bruscamente. La furia de Cait, a punto de estallar, aumentó peligrosamente. ⎯¿Qué diantres te has creído? No eres mi dueño, Rand Clayton. No soy una de tus insulsas mujeres que se doblegan ante ti. Rand tensé un músculo en la mejilla. —Y yo no soy un jovenzuelo enamoriscado como Geoffrey St. Anthony. No voy a permanecer impertérrito mientras tú te arrojas en brazos de otro hombre. Cait estaba tan furiosa que perdió los estribos. —¿Arrojarme en brazos de otro hombre? Deja que me baje ahora mismo. ¡Me niego a seguir escuchándote! Aunque el coche había arrancado, Cait se abalanzó sobre la puerta y agarró la manecilla. Rand la sujeté por la muñeca, blasfemando mientras tiraba de ella. —¡No seas necia! ¿Es que pretendes que te atropellen? En aquellos momentos Cait estaba tan furibunda que no le importaba morir arrollada por un vehículo. ⎯Geoffrey St. Anthony acababa de entrar. Vio que estaba rendida y. como habría hecho cualquier amigo, trató de ayudarme. Rand apreté la mandíbula. La miró de pies a cabeza con aquellos ojos ardientes, deteniéndose un instante en sus pechos y haciendo que éstos se tensaran bajo el vestido de muselina. —¿Es ésa la clase de ayuda que deseas, Cait? En tal caso, estaré encantado de proporcionártela.


Rand tomó el rostro de Cait entre ambas manos y oprimió con furia su boca contra la suya. Durante un solo instante, Cait se quedó tan estupefacta que no pudo reaccionar. Luego comenzó a debatirse, resuelta a no sucumbir a la furia de Rand. Éste la sostuvo contra su pecho, inmovilizándola, y el sabor de su boca, el calor de su poderoso cuerpo, los movimientos sensuales de su boca y su lengua minaron lentamente las fuerzas de Cait. Sus besos duros y calientes la dejaron sin aliento. Unos besos húmedos y voraces que hacían que se derritiera. Rand deslizó su lengua dentro de su boca una y otra vez, poseyéndola, exigiéndole que sucumbiera a su voluntad. Cait sintió que se excitaba y su cuerpo empezó a temblar como la cuerda tensada de un arco. Los besos profundos e intensos continuaron. Cait apenas se percató cuando él la alzó y la sentó sobre sus muslos, como si montara a caballo. Se le ocurrió vagamente que las cortinillas del coche estaban corridas y cuando él le separé las piernas, ella estaba preparada para recibirlo, vulnerable a lo que él deseara hacer con ella. Rand la besó de nuevo y el sabor de su boca y su olor corporal la envolvieron. Cait notó que los músculos de sus hombros se tensaban al contacto con sus manos y una oleada de calor recorrió su cuerpo. Él le acaricié los muslos con los dedos debajo de la falda, explorando delicadamente sus partes íntimas y al comprobar que estaba húmeda los deslizó dentro de su vulva. Cait emitió un sofocado gemido. —Rand,.. —musité, clavándole los dedos en los hombros a media que el mundo giraba vertiginosamente. —Yo tengo lo que necesitas, Cait —dijo él suavemente—. Deja que te lo dé. Ella se humedeció sus temblorosos labios.


—Sí... por favor... El cuerpo de Rand se tensé. Cait percibió el leve murmullo del tejido cuando él se desabroché el pantalón; luego su miembro rígido sustituyó a sus dedos y la penetró profundamente. Cait lanzó una exclamación de placer y se aferré a él, respondiendo a la increíble sensación, al ardiente calor y al ritmo que iba incrementándose lentamente. Rand la asió con sus musculosas manos por las caderas, sosteniéndola mientras se movía dentro de ella, introduciendo y retirando su pene una y otra vez. A los pocos minutos ella alcanzó el orgasmo, contrayendo los músculos de su vagina en torno al miembro viril al tiempo que la envolvían unas poderosas oleadas de una sensación increíblemente dulce. En el último momento, él se retiró, derramando su semen fuera del útero de Cait, como procuraba hacer siempre; luego la abrazó, estrechándola con ternura contra su pecho mientras ella iniciaba la espiral descendente de placer. Rand la besó suavemente en las mejillas y el lado dcl cuello, y Cait se pregunté de qué humor estaría ahora, pues su ira parecía haberse aplacado y mostraba una expresión un tanto contrita. —¿Qué tienes que me vuelves loco, Caitlin? —preguntó Rand suavemente—. Jamás he sido un hombre posesivo. Al menos hasta conocerte a ti. Era una especie de disculpa, la única que ella obtendría de é1. Curiosamente, a ella le basté. —No estaba coqueteando con él. Geoffrey no es más que un amigo. Rand sonrió con ironía. —Es posible, pero te aseguro que él no te ve como una amiga. Ella jugueteé con un pliegue de su vestido, alisándolo para eliminar las arrugas.


—Tal vez sea así. Lamentablemente, no puedo evitar lo que él sienta por mi. Rand suspiré. —No debí irrumpir de esa forma. De algún modo, en lo tocante a ti no soy capaz de conservar la calma. Ella sonrio. —Creo que lo has demostrado con toda claridad. Rand se eché a reír. —Supongo que sí. No puedo decir que lo lamento. Estos últimos días te he visto muy poco. —He estado muy ocupada tratando de terminar el trabajo. Me temí que sucedería esto. La sonrisa se borré del rostro de Rand. —Dentro de unos días partirás. No disponemos de mucho tiempo, Cait. Ella lo miró sintiendo una opresión en cl pecho. Se lamentaba de haber expresado aquel pensamiento en voz alta. Era más fácil fingir que podían continuar así eternamente. —Esta mañana mi padre me ha dicho que dentro de menos de una semana zarparemos a bordo del Merry DoIp hin. Rand tomó su mano y se la llevé a los labios. —Una perspectiva que no me hace la menor ilusión. Cait esbozó una valerosa sonrisa. —A mí tampoco. Por desgracia, no podernos hacer nada al respecto. Yo tengo mi vida y tú la tuya. Son unas vidas muy distintas, Rand, con obligaciones diferentes.


Él se limité a asentir con la cabeza. Estiré sus largas piernas cuanto pudo y se acomodé en el asiento del carruaje. —Supongo que ha llegado el momento de que te acompañe a casa. Le dije a mi cochero que siguiera adelante hasta que le ordenara que se detuviera. ¿Te veré más tarde? Cait sacudió la cabeza. —Mi padre tiene una reunión con lord Talmadge. Tenemos que repasar las listas de provisiones y ultimar los preparativos del viaje. Me ha pedido que me reúna con ellos. Rand esbozó una sonrisa levemente sarcástica. —Y tú, claro está, no puedes defraudarle. Cait se tensé. —Como he dicho, tengo ciertas obligaciones. Formo parte de su expedición y esta noche me han pedido que les ayude. Rand aparté la vista. No dijo nada más, pero sus hombros se tensaron visiblemente, como ocurría cada vez que ella mencionaba al barón o, últimamente, a su padre. Cait se preguntó extrañada el motivo mientras el carruaje avanzaba traqueteando por las calles adoquinadas11 Había anochecido cuando el carruaje de Rand regresó al Museo Británico en Great Russell Street. Un vigilante montaba guardia fuera, junto a un vendedor de manzanas cubierto con una sucia gorra de punto que vendía sus mercancías en la acera. Rand se proponía dejar a Cait instalada en un coche de alquiler y seguir luego


al vehículo hasta que llegara sano y salvo a casa de lord Trent. Pero antes debía hacer algo. El coche se detuvo en un callejón en la esquina y un lacayo abrió la portezuela. —Concédenos unos momentos —te ordenó Rand—. Enciende las lámparas y retírate. El lacayo vestido con una librea roja y dorada hizo una profunda reverencia y repuso: —Como mande, excelencia. Tras sacar pedernal y eslabón del bolsillo de su chaleco, encendió un fósforo de azufre y a continuación las bruñidas lámparas de latón en el interior del carruaje. Cuando el lacayo hubo cerrado la portezuela, Rand se volvió hacia Cait, que lo miraba con los ojos muy abiertos y expresión inquisitiva desde las caprichosas sombras del interior del carruaje. —Quizá no sea éste el momento oportuno, pero lo cierto es que nunca lo es. Debo decirte algo. Referente a Phillip Rutherford y a la expedición de tu padre. Ella se incorporó en el asiento. —¿De qué se trata? —Quizá te cueste creerlo, pero todo indica que lord Talmadge participa en esta expedición por razones más egoístas que la mera filantropía. —¿A qué te refieres? —Durante años, el barón formé parte de un plan destinado a estafar a acaudalados aristócratas, hombres que invertían dinero en una empresa naviera que él les recomendó. El buque, el Maiden, iba a viajar a las Indias Occidentales y regresar con un cargamento de copra, cuya venta produciría


suficientes beneficios para doblar el dinero de tos inversores. Pero cl barco se hundió con todos sus tripulantes y el cargamento, y los beneficios se perdieron. —Qué tragedia. —Sí, habría sido una tragedia de haberse producido realmente el naufragio. Pero corren insistentes rumores de que el barco jamás se hundió, sino que llegó a América sano y salvo bajo otro nombre. Los beneficios de la venta del cargamento fueron a parar a manos de los dos propietarios del barco, y de Phillip Rutherford. Cait guardó silencio unos instantes. Luego alzó el mentón y repuso: —¿Rumores, dices? ¿Existe alguna prueba de que lord Talmadge estuviera implicado en el fraude? —Sólo el hecho de que retiró una elevada cantidad de dinero de su cuenta bancaria poco después de que la compañía naviera se fuera a pique. Y que abandonó el país por las mismas fechas en que lo hicieran Dillon Sinclair y Richard Morris, los propietarios del barco. Aparte del hecho de que arrastra una extraña historia de iniciativas destinadas a recaudar fondos para proyectos que fracasan inevitablemente, mientras que Talmadge siempre sale beneficiado de los mismos. Rand observó a la oscilante luz de las lámparas del carruaje que los ojos verdes de Cait habían adquirido un tono más oscuro. —¿Qué tiene que ver Talmadge contigo? ¿Eras uno de los hombres que perdieron dinero en la empresa? —Mi primo Jonathan fue uno de los hombres que invirtieron dinero en el Maiden. Cuando averiguó que había perdido hasta el último centavo de la fortuna familiar, se suicidó. —Rand sintió que los músculos de sus mejillas, y de su pecho, se tensaban.


Cait apoyé su pequeña mano sobre la suya. —Lo lamento, Rand. —Mi primo tenía tan sólo veintidós años, uno más que tú, Cait. Sus padres habían muerto. Debí vigilarle más de cerca. —No fue culpa tuya —respondió ella suavemente—. No podías adivinar lo que se proponía hacer. —No se trata de si pude o no pude adivinarlo. Talmadge fue quien convenció al muchacho para que invirtiera dinero en la fraudulenta empresa. Es tan culpable de la muerte de mi primo como silo hubiera asesinado de un tiro, y me ocuparé de que pague por ello. Cait miró a Rand no sin cierta suspicacia. —De modo que quieres atrapar a Talmadge. ¿Es éste el motivo por el que demostraste tanto interés en conocerme? —Reconozco que en un principio lo fue, al menos en parte. Tú trabajabas con él. Supuse que podrías serme útil para obtener información. Creí... Roja de ira, Cait se encaré con él. —Debí suponer que llevabas algo entre manos —le espetó—-. Querías vengarte de lord Talmadge y creíste que yo te facilitaría la tarea. Por esto mc has cortejado, ¿no es así? Ése es el verdadero motivo por el que te mostraste interesado en mí, porque creías que yo te procuraría información sobre Talmadge. Cait había elevado la voz. El no había pretendido disgustarla. —Como he dicho, al principio pensé eso. Pero me sentí atraído por ti desde el momento en que te conocí. El hecho dc que trabajaras con Talmadge influyó


en cierta medida, pero... —¡Quiero bajarme! —Cait se levantó, golpeándose la cabeza contra el techo en su afán de abrir la portezuela, y pronunció una palabrota que a él le chocó que conociera siquiera—. Todos trataron de prevenirme, pero yo no les presté atención. Debí imaginarlo. ¡No debí confiar en ti! Rand la sujeté por la cintura y la obligó a sentarse de nuevo. —Esto no cierto, Cait, y tú lo sabes. Te deseé desde el momento en que te vi. El solo hecho de mirarte hace que te desee. Tu padre y TaImadge no tienen nada que ver en esto. Cait frunció el ceño, haciendo que se juntaran sus celas de color castaño oscuro. La ira que reflejaban sus ojos se intensificó. —¿Mi padre? ¿Qué tiene mi padre que ver en este asunto? Rand blasfemé para sus adentros. No había pretendido mencionar al profesor, al menos de momento. Pero no quería mentir a Cait. Respir6 hondo, confiando en lograr convencerla, y respondió: —Por lo que sabemos de Talmadge, es muy posible que la expedición de tu padre no sea sino otro fraude del barón. Lo que significa que tu padre puede estar metido en ello. El rubor que cubría el rostro de Cait se intensificó, haciendo que aparecieran unas manchas carmesí en sus mejillas. —Estás loco. —Con ayuda de tu padre, Phillip Rutherford ha recaudado una importante cantidad de dinero. —Ese dinero está destinado a nuestra expedición. ¿Acaso sugieres que mi padre miente sobre eso? ¿Estás insinuando que no va a haber una expedición? —Al parecer, vais a regresar a Santo Amaro. Tu padre debe dc creer que el collar existe y que lo hallará allí. La cuestión es ¿qué ocurrirá cuando lo


encuentre? Si en verdad existe tina antigüedad tan valiosa, debe de valer una fortuna. Tu padre necesita dinero, Cait. Un tesoro como ése sería una tentación para cualquiera. Cait crispé sus pequeñas manos. —¿Cómo sabes que necesitamos dinero? Has contratado a alguien para que investigue nuestros asuntos, ¿no es así? Al igual que hiciste con el barón. Has indagado en nuestras vidas como si fuéramos unos delincuentes. Cait se abalanzó hacia la portezuela y esta vez logré asir la manecilla antes de que él pudiera impedírselo. Se apeó del carruaje y bajó los peldaños de hierro, seguida de cerca por Rand. Cait se volvió y le espeté: —Aléjate de mí, Rand. —No hagas esto, Cait. Nos quedan pocos días. Sea cual fuere la verdad, no tiene nada que ver con nosotros. —Naturalmente que tiene que ver con nosotros, Rand. Con cl tipo d persona que eres tú. Con el tipo de persona que crees que soy yo. —Cait tenía los ojos arrasados en lágrimas-—. Mi padre es inocente de toda fechoría. Si encontramos el collar, lo llevará de regreso a Londres, tal como ha prometido. Cait se volvió y escudriñé la calle tratando de localizar un coche de alquiler vacío. Rand contuvo el deseo de abrazarla e intentar hacerla entra en razón. Sabía que no debía hacerlo. —Escúchame, Caitlin. Si te lo he dicho ha sido porque temo por ti. Trata de comprenderlo. Cait vio un coche y agité para mano para detenerlo. Luego se volvió por última vez hacia él. Al observar las lágrimas que rodaban por sus mejillas


Rand sintió que el corazón le daba un vuelco. —Adiós, Rand. —Espera, Caitlin... Pero esta vez no consiguió detenerla. Cait corrió hacia el coche, dio las señas al cochero y se montó en el vehículo. Al cabo de unos segundos, desapareció. Rand solté una blasfemia en voz baja. Sentía unas leves náuseas. Se encaminé de nuevo hacia su carruaje y ordenó al cochero que siguiera al coche de alquiler para cerciorarse de que Caitlin regresaba a casa sana y salva. Se preguntó qué les contaría a su padre y a Talmadge y si ello incidiría en el plan que se habían trazado ambos hombres. Rand había confiado en recabar la ayuda de Cait, junto con la promesa de guardar silencio, pero en lugar de ello se había granjeado su desprecio. «¿Y qué esperabas? —inquirió una voz en su interior—. Sabes lo mucho que quiere a su padre.» Pero él le había dicho la verdad, y estaba preocupado por ella. Si Talmadge era un sinvergüenza sin escrúpulos tal como él creía, no quería que Cait permaneciera cerca de ese hombre. El coche de alquiler se detuvo ante la residencia urbana del marqués y Rand vio a Caitlin apearse del mismo y entrar apresuradamente en la casa. Cerré la puerta y desapareció de la vista y Rand sintió una profunda congoja. Cait partiría con Talmadge. ¿Correría un grave peligro? Quizás el hecho de haberle revelado sus sospechas no había sino empeorado la situación. Pero Rand no lo creía. Caitlin era inteligente. Cuando recapacitara, recelaría de Phillip Rutherford y se andaría con cautela. Él había hecho lo que creía más conveniente para Cait, por supuesto, pero al mismo tiempo había destruido los últimos y preciados días que les quedaban. «No importa — se dijo—. Dentro de poco ella habrá desaparecido para siempre de mi vida.


Es preciso que empiece a olvidarme de ella hoy mismo.» Pero no lo hizo. Y durante los siguientes días, Rand comprendió que por encima de todo deseaba hacer las paces con Cait antes de que ella se marchara. Envió unas notas a casa del marqués pidiendo a Cait que se reuniera con él, suplicándole que le permitiera explicarse. Rand fue a ver a Maggie, confiando en convencerla para que mediata entre ellos, pero comprobó que ésta no sabía nada de lo ocurrido entre Cait y él. —Cait me conté que habéis discutido. Es lo único que dijo. —Maggie clavé sus ojos azules en él—. ¡Ay, Rand! Pasado mañana parten y a Cait se la ve muy desgraciada. ¿No puedes hacer nada para remediarlo? Rand sintió que se le formaba un nudo en la boca del estómago. —No si ella se niega a verme. Y era evidente que Cait no estaba dispuesta a ceder. Cait instalé su escaso equipaje en el pequeño camarote situado en popa que le habían asignado a bordo del Merry Dolphin. Habían embarcado noche antes de que éste zarpara, sacando la ropa de los baúles y disponiéndose a partir al amanecer, cuando subiera la marea. Durante los últimos días, Cait había procurado mantenerse ocupada, concentrándose en los múltiples detalles que tenían que ultimar antes de abandonar Inglaterra. Repasar las listas de las provisiones, comprobar que los artículos que habían encargado habían llegado ya. Tiendas dc campaña de lona y sillas plegables, utensilios de cocina, mosquetones, pistolas y los cuchillos de hoja larga que utilizaban para abrirse paso por la selva. Una de las listas contenía únicamente objetos de trueque: tejidos y abalorios, cuchillos de desollar y pucheros. Las horas transcurrían lenta y tediosamente, pero Caitlin se alegré de ello. Se


afané en trabajar sin descanso, hasta caer rendida y conciliar un sueño agitado. Quería llenar su mente con el sinfín de detalles que debía atender para no pensar en Rand. Pero la imagen de él se le aparecía constantemente, alto, imponente e increíblemente atractivo. Ella había hecho caso omiso de las notas que él le había enviado. Rand había acusado a su padre de ser un ladrón y eso equivalía a acusarla a ella. Pensaba en él día y noche, a cada minuto cuando no estaba trabajando. Las más de las veces, Cait se lamentaba de haberlo conocido. Otras, anhelaba estar con él, deseaba que la abrazara por última vez. La última vez que se habían visto ella se había puesto furiosa. Ahora era demasiado tarde. Pero no podía olvidar las cosas que él había dicho sobre Talmadge. ¿Y si el barón fuera realmente un ladrón y su padre hubiera depositado sin saberlo su suerte en manos de ese embaucador? Su padre confiaba en él sin reservas, pero Donovan Harmon nunca había sido un buen psicólogo. Cait se fiaba más de su propia intuición, y ese hombre nunca le había caído bien. ¿Sería el embaucador que aseguraba Rand? En ese caso, ¿qué debía hacer ella al respecto? Transmitir a su padre las sospechas de Rand no serviría de nada. Su padre no las tomaría en cuenta, quizá justificadamente puesto que no tenían pruebas contra él. En lugar de dirigir contra el barón unas acusaciones sin fundamento que sólo conseguirían disgustar a su padre y alertar a Talmadge de las sospechas de Rand, Cait decidió guardar silencio, mantener los ojos y los oídos bien abiertos y permanecer en guardia. Si las intenciones del barón eran ilícitas, ella acabaría por descubrirlas. No obstante, debía andarse con cuidado. Ese tipo de hombre era peligroso. Lo cual hizo que Cait pensara de nuevo en Rand. Le enojaba pensar que éste les había estado espiando, indagando en su pasado. Un hombre con la reputación intachable de su padre no se merecía eso. Por el mero hecho de que Rand se sintiera culpable de la muerte de su joven primo...


Esa idea hizo que Cait se detuviera en sus reflexiones. Sabia por propia experiencia lo terrible que era sentirse culpable de un hecho semejante. La muerte de su madre pesaba sobre ella de tal forma que por más que se arrepintiera no conseguía librarse del sentimiento dc culpabilidad. ¿Le había revelado Rand sus sospechas en un errado afán de protegerla? Cait deseaba pensar que sí. Deseaba atesorar siempre los recuerdos de los días que habían pasado juntos, no arrepentirse de ello. En aquel momento el barco crujió, interrumpiendo sus cavilaciones. Cait percibió el sonido del agua lamiendo el casco, sintió el leve movimiento de la proa contra el muelle. El barco no tardaría en zarpar y ella quería estar preparada. Cait reanudé su tarea. Sacó un camisón de algodón blanco, lo sacudió y colgó de un gancho junto a la puerta; luego colocó unas camisas y un par de medias de seda blancas en el cajón superior de la cómoda junto a su litera. Era tarde y ya no le quedaba nada por hacer. Había llegado el momento de acostarse, pero Cait sabía que no lograría conciliar el sueño. Permaneció tendida en su estrecha litera, con los nervios en tensión, contemplando los tablones del techo, escuchando los crujidos y gemidos del barco y pensando en Rand. Sabía que jamás lo olvidaría, que siempre desearía poder cambiar la forma en que se habían despedido. Rand había hecho lo que creía oportuno. Era un hombre de carácter tan fuerte y voluntarioso como el de ella. Estaba equivocado sobre su padre, pero él no lo sabía. Y era posible que estuviera en lo cierto con respecto a Phillip Rutherford. Cait dio vueltas en la litera hasta que por fin se quedé dormida. Soñó con Rand y las lágrimas se secaron en sus mejillas. Los primeros y tenues rayos de sol se filtraron a través del pequeño ojo de buey de su camarote. El barco gemía y se estremecía como si estuviera vivo. Cait se desperté con las voces de los marineros que estaban en cubierta, recogiendo amarras y encaramándose a los palos. Apenas había amanecido, pero la tripulación estaba disponiéndolo todo para que el barco zarpara.


Cait apoyé los pies en el suelo, se incorporé y se estiré, frotándose los ojos para espabilarse. Tras recorrer descalza los escasos pasos hasta alcanzar la mesita de teca junto a la pared, llenó una jofaina de porcelana con agua y se lavé la cara. Luego se quité el camisón y se vistió con una sencilla falda color marrón y una blusa blanca. Por último se calzó unas recias botas de color marrón, se pasé el cepillo por el pelo y se dirigió a cubierta. Su padre y Geoffrey St. Anthony se hallaban apoyados en la barandilla, junto con Phillip Talmadge y el explorador, sir Monty Walpole, que había trabajado con su padre anteriormente. Talmadge y St. Anthony habían traído consigo a sus ayudas de cámara, aparte de otros sirvientes, inclusive una cocinera inglesa y un criado que el barón hablan insistido en traerse. Era un pequeño e intrépido grupo de viajeros, la mayoría de los cuales habla subido a cubierta para presenciar el momento en que el barco abandonaría suelo inglés. En lugar de ir a reunirse con ellos, Cait se mantuvo un poco alejada, con los ojos fijos en el puerto. Los estibadores se afanaban en cargar las cajas y los barriles en los buques de elevados mástiles amarrados en el muelle. Un viento recio agitaba las velas de lona y las gaviotas revoloteaban y chillaban en lo alto. A la mortecina y grisácea luz del alba, Cait vio las torres y los campanarios de Londres asomando a través de la bruma que envolvía las calles de la ciudad. Cait asió con fuerza la barandilla. En el poco tiempo que había permanecido en Inglaterra, había hecho amistad con unas personas maravillosas. Mientras contemplaba la ciudad a lo lejos, pensé en Maggie y Andrew, en Nicholas y Elizabeth. Al pensar en Rand los ojos se le llenaron de lágrimas. Era absurdo, lo sabía, pero a través de su acuosa visión, a través de la leve bruma del amanecer, durante unos instantes imaginé que veía a Rand de pie en la esquina de un edificio en el muelle, observando el barco que estaba a punto de zarpar. Cait se enjugó una lágrima en la esquina del ojo, convencida de que la imagen desaparecería. Pero cuando miró de nuevo, comprobó que el hombre seguía allí, y había algo en él que le resultaba familiar. El corazón le dio un vuelco y empezó a latir violentamente contra sus costillas. No era Rand, se dijo Cait. Rand era un duque. Los duques no


acechan en las sombras de un muelle a una hora tan intempestiva para ver partir a su amante. Pero el hombre situado a la sombra del edificio continué allí, y cuanto más lo miraba más segura estaba Cait de que era Rand. Cait noté que se le formaba un doloroso nudo en la garganta. Las manos le temblaban. Él había acudido para verla por última vez. No se había acercado al barco, sino que se limitaba a observar mientras zarpaba, convencido de que ella se negaría a verlo, como había hecho anteriormente. Cait lo vio allí a la débil luz del amanecer, ci hombre más fuerte, amable y viril que ella habla conocido jamás, y sintió deseos de romper a llorar. Él pensaba que ella no deseaba verlo, pero estaba equivocado. Totalmente equivocado. Cait levanté su sencilla falda de algodón para no tropezar y eché a correr por la pasarela hacia el desembarcadero. —No puede bajar a tierra, señorita—le dijo un fornido marinero, interceptándole el paso—. Vamos a soltar las amarras. Cait pasó frente a él sin hacer caso. —Pues tendrán que esperar —replicó. Bajó corriendo la pasarela y vio a Rand apartarse del muro y encaminarse hacia ella. En cuanto llegó junto a él, la abrazó con fuerza. —Tenía que verte —le susurré él al oído—. Siquiera por última vez. —Te he echado de menos —murmuré ella, sintiendo que unas lágrimas de felicidad rodaban por sus mejillas—. Me alegro de que hayas venido. Rand la abrazó y ella se aferré a su cuello. Él deslizó sus musculosas manos entre su cabellera, sosteniéndola por la parte posterior de la cabeza al tiempo que la estrechaba contra sí. Cait lo miré a través de las lágrimas que empañaban sus ojos y él se incliné y la besé, intensamente, con pasión, pero a


la vez con una ternura como ella no había conocido jamás. El nudo que se le había formado le impedía tragar. Cait no había imaginado que le dolería tanto separarse de él. Deseaba aferrarse a él, permanecer abrazada a él para siempre, pero haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad puso fin a aquel beso. —Debo irme —dijo Cait—. El barco está a punto de zarpar. Pero no se movió, y él tampoco, sino que siguió abrazándola con fuerza, —Te echaré de menos, Cait. Más de lo que imaginas. —Yo también te echaré de menos, Rand —repuso Cait sintiendo que unos gruesos lagrimones le rodaban por las mejillas. —Cuídate, Caitlin. —Lo haré. Tendré presente lo que me dijiste sobre Talmadge. Él asintió con la cabeza. —Cuídate tú también, Rand. Rand la besé de nuevo, breve e intensamente, y la solté. —Adiós, Caitie. Ella traté de despedirse de él, pero no pudo articular palabra. Lo miró durante unos momentos, memorizando sus rasgos. Luego dio media vuelta y eché a andar hacia la pasarela, resuelta a no volverse, apretando el paso, como si de esta forma pudiera superar el dolor que se extendía a través de su pecho, pero éste se intensificó, devorando sus entrañas, destrozándola. Cait se levanté la falda, subió a bordo y regresó al lugar que había ocupado junto a la barandilla. Cuando el barco comenzó a alejarse del amarradero, ella agité la mano al tiempo que lo buscaba frenéticamente con los ojos, anhelando desesperadamente verlo una última vez, pero Rand habla


desaparecido. Se había esfumado de su vida con la misma rapidez con que había aparecido, dejando tras él un dulce y tierno recuerdo que ella llevaría consigo siempre. En aquel preciso momento, con el corazón destrozado y abrumada po una sensación de soledad que se abatía sobre ella en unas feroces y dolorosas oleadas, Cait comprendió la verdad que había negado durante tanto tiempo. Que había hecho algo inconcebible. Que se había enamorado desesperada, perdidamente de él12 Vestido con un frac color burdeos y un ceñido calzón negro, Nicholas Warring, conde de Ravenworth, atravesó el pasillo con suelo de mármol y entró en el estudio con artesonado de roble del duque de Beldon. Rand se hallaba sentado en una cómoda butaca delante de un gigantesco escritorio dc palo de rosa, con los codos apoyados en la lustrosa superficie, absorto en la lectura de un pequeño tomo encuadernado en cuero. Al alzar los ojos y ver a Nick, cerró el tomo con ribetes dorados y lo guardó en un cajón, pero no antes de que Nick comprobara que se trataba de un libro de poemas de William Blake. Nick no dijo nada al respecto. Sabía que su amigo se mostraba susceptible sobre esos temas, y habiendo conocido a su exigente y despótico padre, el difunto duque de Beldon, lo comprendía perfectamente. A Nick le parecía ridículo, pues jamás había conocido a un hombre más recio y viril que Rand. Pero si su amigo lo veía de ese modo, a él le parecía muy bien. Rand sonrió y se levantó, dando la vuelta al escritorio para estrecharle la mano al tiempo que apoyaba su otra manaza en el hombro de Nick. —Me alegro de verte, amigo mío. No sabía que hubieras regresado a la ciudad. Creía que tú y Elizabeth habíais ido a refugiaros de las masas en Ravenworth Hall.


—Elizabeth sigue allí. No me propongo quedarme en Londres. En realidad, he venido para hablar contigo. Rand lo observó con cierta suspicacia. —¿Por qué tengo la impresión de que ésta no es una visita social? Nick sonrió para tranquilizarlo. —Supongo que en cierto modo lo es. He recibido una nota curiosa de mi hermana. Dice que has permanecido encerrado como un eremita durante los dos últimos meses y que ella y Andrew están preocupados por ti. Creyó que podría convencerte de que vinieras a pasar unos días con nosotros en Ravenworth. Rand dirigió la vista hacia la ventana. Habían aparecido unas nubes que ocultaban el sol, y una leve brisa agitaba las hojas de los árboles que crecían en el borde del jardín. —Reconozco que he estado recluido. No sé exactamente por qué. No me apetecía salir por ahí, como hacía antes. «¿Antes de qué?», pensó Nick, pero se abstuvo de preguntar, pues imaginaba la respuesta. —¿Sin mujeres? —inquirió esbozando una sonrisa inescrutable—. ¿Sin pasarte toda la noche en la Casa de Placer de madame Tusseau? Rand negó con la cabeza. —No me apetecía. —Al menos habrás hecho una visita a Hannah Reese, ¿no? La actriz que antiguamente había sido la amante de Rand seguía siendo una de sus favoritas.


Rand la consideraba su amiga, aparte de una cortesana muy habilidosa. —Ni siquiera a Hannah —confesó Rand—, aunque ahora que lo mencionas, no es mala idea. —Rand miró el ornado reloj que había sobre la repisa—. La mañana ya ha transcurrido. La cocinera ya tendrá el almuerzo preparado. ¿Por qué no te quedas y comemos juntos? Nick sonrio. —Excelente idea. Aguardó hasta que Rand le indicó que le siguiera por el pasillo. La comida estaba lista y aguardándoles en la terraza. Sobre una mesa cubierta con un mantel de hilo había unas bandejas de plata con tapadera, y un ramo de flores amarillas en el centro. Al acercarse, Nick comprobó que habían dispuesto un cubierto para él. —No has respondido a mi pregunta —dijo Nick sentándose en una cómoda silla de mimbre blanca—. ¿Por qué no vienes a pasar unos días con nosotros? Una temporada en el campo te levantará el ánimo. En aquel momento apareció un criado, que retiró la tapadera de plata de una bandeja que contenía empanadillas de venado y les sirvió. —Quizá tengas razón —dijo Rand—. He permanecido encerrado en la ciudad demasiado tiempo. Además, me gustaría ver al pequeño Nicky. Debe de estar muy crecido. —Te aseguro que crece por momentos. Me llena de gozo, Rand. Elizabeth y Nicky son mis tesoros más preciados. Supongo que no habrás pensado últimamente en casarte y formar una familia. Rand sacudió la cabeza. —Francamente, no. Cuando pienso en esas afectadas señoritingas entre las que debería elegir esposa, me entran nauseas. Nick rió por lo bajo, comió un pedazo de salmón y bebió un trago de vino.


—Comprendo que contemples el matrimonio como un deber. Tu padre habría querido que eligieras a la mujer adecuada, pero un pedigrí aristocrático no lo es todo. La inteligencia y la fuerza son infinitamente más importantes. Rand fijó sus ojos oscuros y perspicaces en el rostro de su amigo. —¿Te refieres a Caitlin Harmon? Nick se encogió de hombros con aire indiferente. —Era una idea. Parecías encariñado con ella. Es evidente que la echas de menos desde su partida. Rand dejó el tenedor junto a su plato. —Cait y yo jamás congeniaremos. Es demasiado independiente y no está dispuesta a cambiar. Nunca obedecerá los dictados de un marido. El hombre que se case con ella tendrá una vida infernal. —O una vida llena de retos y emociones. Rand se repantigó en su silla y esbozó una leve sonrisa. —De eso no hay duda. Esa chica es un auténtico volcán. Es tal como imaginé que seria. —Y tú la echas de menos. Rand suspiró. —Más de lo que jamás imaginé. Nick se quedó un tanto sorprendido de esa confesión. Estaba claro que a Rand le gustaba esa chica, pero estaba convencido de que no congeniarían. Nick pensó que quizás había algo más. Que en el fondo Rand temiera los


sentimientos que le inspiraba Cait. —Tú la quieres. Eres duque, puedes hacer lo que te plazca. Puedes casarte con ella, Rand. Pero Rand negó con la cabeza. —Aunque lo deseara, Cait no accedería. Vive tan sólo para complacer a su padre. Ningún otro hombre tiene la menor posibilidad de ocupar un lugar preferente en su corazon. Nick no dijo nada; agitó un poco el vino en su copa y bebió un trago. Era muy posible que su amigo estuviera en lo cierto. Cait Harmon era una mujer muy independiente. Hacía lo que le venía en gana. Y aunque correspondiera a los sentimientos de Rand hacia ella, seguramente no accedería a casarse con él. Al menos mientras creyera que su padre la necesitaba. —Ven a Ravenworth, Rand. Ven a pasar unos días con Elizabeth y conmigo en el campo. Rand se limpió los labios con una servilleta y, asombrosamente, asintió con la cabeza. —Quizá lo haga. El aire del campo aliviará mis males. —Seguro que si. Rand se volvió hacia uno los numerosos criados con librea que les atendían. —Ve en busca de Percy. Dile que quiero hablar con él. Al cabo de unos minutos apareció Percival Fox, el ayuda de cámara de Rand.


Atravesó la terraza con paso firme y rígido, más propio del sargento que había sido tiempo atrás que del criado que era ahora. —¿Me ha mandado llamar excelencia? De unos cuarenta años, de estatura y complexión mediana, con el pelo largo y negro sujeto en una coleta, Percy Fox era delgado y musculoso, y al igual que el ayuda de cámara de Nick, Elias Moody, más un amigo de su patrón que un sirviente. —Lord Ravenworth me ha invitado a ir a pasar unos días en su casa. —Tras dirigir una breve mirada a Nick, se volvió de nuevo hacia su ayuda de cámara —. Supongo que partiremos hoy mismo, teniendo en cuenta lo malhumorado que se pone su excelencia cuando se separa de su esposa Elizabeth. Nick sonrió. —Por mí perfecto, si a ti te parece bien. —Prepara mis cosas —dijo Rand volviéndose hacia su ayuda de cámara. —Sí, excelencia —contestó Percy con una ligera reverenda Con esto se alejó tan silenciosamente como había llegado. Rand depositó la servilleta sobre la mesa junto a su plato vacio. —Es asombroso. No me he ido todavía y ya empiezo a sentirme mejor. —Ya te dije que el cambio te sentaría bien. En todo caso, Nick confiaba en que fuera así. Pero el verdadero problema de Rand era Caitlin Harmon. Y ni siquiera el aire puro del campo podía aliviar los males del La isla seguía siendo tan hermosa como Cait la recordaba. Un mar de color turquesa que se extendía hasta el horizonte, cuyas aguas de un azul tenso reflejaban la


gigantesca bóveda celeste. Un cálido sol lucía sobre una playa de arena blanca donde las espumosas olas lamían la orilla y una brisa tropical refrescaba el aire salado. Vestida con una falda de sarga marrón, una blusa blanca y unas recias botas de cuero, Cait estaba de rodillas, removiendo los granos de arena con una pequeña pala de metal, confiando en descubrir otro de los numerosos florines holandeses que habían hallado desde su regreso. Habían transcurrido más de dos meses desde que habían zarpado de Inglaterra. Después de una escala en la ciudad de Dakar, en la costa africana, habían llegado a Santo Amaro y habían reanudado su búsqueda. Comoquiera que el campamento de los supervivientes del Zílverzjder había sido descubierto — unos pocos días antes de que se agotaran los fondos de la primera expedición y ellos se vieran obligados a marcharse— , hasta la fecha habían tenido más éxito del previsto. Aparte de las numerosas monedas de plata desperdigadas por la playa. habían hallado un oxidado cañón de latón en una charca poco profunda junto a la orilla. Posteriormente, unos utensilios de cocina, cubiertos, fragmentos de loza e incluso una pistola llena de agua habían engrosado la nutrida lista de hallazgos. Reinaba un ambiente animado y todos trabajaban con ahínco, sin protestar por las muchas horas que su padre insistía en que debían dedicar a la búsqueda de nuevos tesoros. Incluso lord Talmadge, que mayormente se encargaba de distribuir las provisiones y administrar el dinero para pagar a los nativos, altos, de huesos largos y piel tostada, que trabajaban para ellos, se había arremangado y puesto también a cavar. Al principio, debido a la advertencia de Rand, Cait había observado con recelo al barón, pero hastael momento no había visto nada sospechoso y se


preguntaba si el duque no estaría equivocado. Hacía un tiempo ideal; las temperaturas eran cálidas y estables, propias de la isla, y por las tardes se registraban los típicos chubascos tropicales. Todos, y en especial su padre, estaban seguros de que no tardarían en dar con el collar, además de otros valiosos artefactos que se hubieran encontrado a bordo del Zilverijder. Cait, al igual que los demás miembros de la expedición, trataba de contener su nerviosismo, lo cual quizás habría logrado de no haber averiguado recientemente que esperaba un hijo de Rand. La mano con que sostenía la pala le tembló. La inquietud le producía una opresión en el pecho. Cait empuñó con fuerza el mango de la pala y comenzó a cavar de nuevo, apartando con cuidado la arena del borde de lo que parecía ser una deteriorada caja con las esquinas de latón. En éstas apareció una sombra sobre la arena y Cait alzó la vista, echando hacia atrás el sombrero de paja de ala ancha con un dedo, para comprobar de quién se trataba. —Está pálida, Caitlin. Geoffrey St. Anthony estaba de pie en la playa, a pocos pasos de ella, mirándola con expresión preocupada. Debido a las horas que había pasado al sol, su pelo estaba más rubio que al partir de Inglaterra y su pálida tez había cobrado un color saludable que le confería un aspecto más maduro y atractivo. —No debería trabajar tanto. Sé que se ha sentido indispuesta. Se lo pregunté a Maruba y ella me dijo que durante las últimas semanas todo cuanto ingiere lo vomita. Maruba era una joven negra que habían contratado para que ayudara a Hester Wilmot, la cocinera inglesa que había venido con ellos. —No me siento indispuesta —protestó Cait, aunque en aquellos momentos le acometieron unas intensas náuseas—. Comí algo que me senté mal, eso es todo. Suele ocurrir en lugares como éste. Dentro de un par de días estaré perfectamente.


—¿Lo sabe su padre? Lo dudo. Lo único en lo que repara es en la cantidad de arena que hemos removido y el número de objetos que hemos desenterrado al final de la jornada. —Mi padre tiene muchas cosas en qué pesar. No va a preocuparse por una tontería como lo que yo deba o no deba comer. —No obstante, creo que no debería usted trabajar bajo este sol dc justicia hasta que se encuentre mejor. Cait se escudó los ojos con la mano y observó el rostro de Geoffrey. Era un rostro agradable, de rasgos regulares, con la nariz recta y unas cejas pálidas; en esos momentos fruncía el ceño en señal de preocupación. En cierto modo, pensó Cait, era agradable que alguien se preocupara por una. No estaba acostumbrada. Rand había demostrado un afán protector, pero... Cait puso fin a esas reflexiones antes de que fueran más lejos, borrando la imagen y el doloroso recuerdo de Rand de su mente. —Agradezco que se preocupe por mí, Geoffrey, de veras. Se ha convertido en un buen amigo, pero le aseguro que me encuentro bien. Geoffrey torció el gesto pero no protestó. Miró a Cait fijamente, farfulló algo entre dientes que ella no logró captar y se alejó. Aquella noche, Cait comió con apetito e intentó que él la viera. Por la mañana, volvió a vomitar, pero esta vez procuró que él no se diera cuenta. Los días transcurrieron sin novedad. Las náuseas matutinas continuaron, pero en tanto Cait vigilara lo que comía, sólo duraban un par de horas. No eran las persistentes náuseas lo que le preocupaba, sino lo que iba a hacer con respecto al niño. Esa noche, sentada frente a la hoguera del campamento, observando las llamas de color naranja y amarillo que ascendían formando una espiral hacia la oscuridad que se cernía sobre el claro, y escuchando el zumbido de los insectos, Cait contemplé a su alrededor el primitivo campamento. Consistía


en media docena de tiendas de campaña dispuestas en círculo y situado al borde de la playa. La suya contenía un estrecho camastro, un orinal debajo de él, una silla plegable y una tosca mesa. Sobre la misma había una palangana y una jofaina, junto a un pequeño retrato de su madre en un marco de plata. Lord Talmadge, lord Geoffrey, sir Monty y, por supuesto. su padre, disponían de una tienda de campaña propia. La cocinera compartía una con Maruba, mientras que el resto de los sirvientes dormían en unos sacos de dormir en el suelo del campamento. Los nativos que habían contratado disponían de su propia fogata, en torno a la cual se agrupaban para cocinar y comer. Sentada en un barril vacío colocado boca abajo que hacía las veces de taburete, Cait observó el fuego al tiempo que se llevaba la mano inconscientemente al vientre, que aún estaba liso. Dentro de pocas semanas, empezarían a notar su estado. Tenía los pechos más abultados y los pezones ligeramente hinchados. La isla se encontraba a muchos kilómetros de la civilización y no había nadie que pudiera atenderla durante el parto. Santo Dios, ¿qué podía hacer? Cait pensó en Rand como había hecho mil veces desde que había abandonado Inglaterra. Le añoraba más de lo que podía haber imaginado, pero sabía que era mejor que se hubieran separado. Rand no estaba preparado para casarse. Cait no estaba segura de que le propusiera matrimonio, aunque ella le informara de que esperaba un hijo suyo. Y aunque lo hiciera, ella no estaba hecha para ser duquesa. Lo último que deseaba era llevar una existencia aburrida, obligada a observar las rígidas normas sociales, como correspondía a la esposa de un aristócrata. Cait atesoraba su libertad y si se casaba con un hombre dominante y exigente como Rand la perdería. No estaban hechos el uno para el otro, como ambos habían comprendido desde el principio.


Por otra parte, debía pensar en su padre. Él la necesitaba más que nunca, y ella no podía abandonarlo. Sintiendo un doloroso nudo en la garganta, Cait se maldijo en silencio . ¿Cómo había sido tan estúpida de enamorarse de él? Sabía el peligro que él representaba, había advertido su letal encanto desde el momento en que lo había conocido. Debió haber sido más cauta. Pero en esos momentos, en el silencio de la noche, tendida en su pequeño camastro, lo deseaba con locura. Recordaba sus besos y anhelaba sentir ci ardiente y dulce sabor de su boca sobre la suya, el delicioso y denso calor de su miembro dentro de ella. ¿Qué diría él si supiera lo del niño? ¿Cómo reaccionaría? Un leve escalofrío se deslizó por su columna vertebral, produciéndole una desagradable sensación. Si el duque de Beldon supiera que ella esperaba un hijo suyo, tal vez un varón que un día heredaría el ducado, ¿le pediría que se casara con él? ¿O hallaría el medio de arrebatarle el niño? Cait volvió a estremecerse al percatarse de esa angustiosa posibilidad que nunca hasta ahora se había atrevido a aceptar, y en esos momentos juré no decírselo jamás. Era injusto, lo sabía, pero ni siquiera el sentimiento de culpa que sintió por negarle a Rand su hijo basté para disuadirla. No obstante, tenía que hacer algo. Santo Dios, su padre se llevaría un disgusto tremendo al saber que ella portaba en su vientre a un niño sin padre. El escándalo arruinaría su intachable reputación. Todo cuanto él había logrado con su esfuerzo, los años dedicados al estudio y al trabajo, quedarían destruidos por el rechazo social que experimentaría su hija. ¿Y qué sería del pobre e inocente niño? Nacería bastardo, marginado para siempre de la sociedad.


De golpe Cait sintió frío, aunque la noche era apacible y templada. Ojalá hubiera alguien a quien confiarse, alguien a quien pedir consejo. Recordó los ojos azules y risueños de Maggie y deseé ardientemente poder hablar con la mujer a quien consideraba su mejor amiga. Pero Maggie se encontraba muy lejos y no había ninguna otra persona a quien ella pudiera recurrir. «Ya se me ocurrirá algo—se dijo Cait con firmeza—. Haré lo que deba hacer.» Deseaba ese niño más de lo que jamás pudo haber imaginado. Los niños siempre le habían gustado. Hasta que había intervenido el destino, Cait nunca había pensado que tendría la suerte de tener uno. Sentía ya un gran amor por ese niño, y, de alguna forma, hallaría la forma de protegerlo. Haciendo caso omiso de la opresión que sentía en la boca del estómago, Cait atravesé el campamento hacia su pequeña tienda de lona. Antes de entrar se detuvo unos instantes para contemplar el manto de estrellas que cubría el cielo, unas astillas de cristal que se recortaban contra la negrura de la noche. Cait se preguntó qué haría Rand en una noche estrellada como ésa, si pensaría en ella de vez en cuando o recordaría siquiera su nombre. Maggie leyó y releyó la carta que acababa de llegar de Santo Amaro mientras se paseaba de un lado a otro de la galería decorada en color amarillo vivo que daba al jardín situado en la parte trasera de la casa. La carta había tardado un mes en llegar por barco, y en cuanto se había presentado el mensajero con ella, Maggie se había puesto tan nerviosa que había desgarrado el sobre y la había leído apresuradamente. Estaba escrita en un tono amistoso y alegre: el clima en la isla era tan agradable como de costumbre y habían recuperado un gran número dc objetos del naufragio del Zilverijder, lo cual significaba que tenían muchas probabilidades de encontrar el collar. Pero al leer el último párrafo, escrito con mano temblorosa, a Maggie sc le encogió el corazón debido a la preocupación que ic inspiraba su amiga. «Este último párrafo está dirigido a ti, querida Maggie, pues eres mi mejor


amiga y confidente. Te ruego que lo guardes en secreto, jurándolo por tu honor como mujer y tu dicha como esposa de Andrew. Lamento depositar sobre ti esta carga, pero me siento desesperada y no tengo a nadie a quien recurrir.» Maggie sc sentó en una butaca a rayas amarilla al tiempo que leía la siguiente línea. «Voy a tener un hijo de Rand.» La mano le temblaba, agitando los folios y haciendo que le resultara difícil leer la fina letra escrita con tinta azul. En su carta Caitlin le informaba de que había decidido no decir nada a Rand y exponía sus razones, entre ellas el hecho de que Rand no tenía ningún deseo de casarse, ni ella tampoco. Insistía en que Rand y ella no estaban hechos el uno para el otro y aludía a la avanzada edad de su padre y la necesidad que éste tenía de ella. «Te suplico que no nos juzgues con excesiva severidad. Estoy convencida de que, a su modo, Rand me ha querido, y yo le he querido mucho. Pero no ha podido ser.» Cait agregaba que ya amaba al bebé que llevaba en su seno y estaba segura de que hallaría el modo de resolver la situación. «Gracias por escucharme, querida Maggie —concluía la carta—. Nunca sabrás cuánto ha significado para mí tu amistad.» Estaba firmada, «con todo mi afecto, Caitlin Harmon». Maggie no reparé en que estaba llorando hasta que una lágrima rodó por su mejilla. Se la enjugó con el dorso de la mano y emitió un suspiro entrecortado. Santo Dios, se había temido que ocurriera algo así. Caitlin se hallaba a muchos kilómetros de distancia y no tenía a nadie que la ayudara. ¡Si tan sólo la hubiera escuchado Rand! Porque Rand estaba enamorado de Cait y ella de él, Maggie lo sabía, aunque ellos estuvieran demasiado ciegos para darse cuenta. Dentro de unos meses


nacería un niño fruto de ese amor, y, debido a la obstinación de sus padres, ese niño no conocería nunca a su padre. Maggie releyó la última parte de la carta una vez más, disgustada y preocupada por Caitlin, lamentándose de no poder hacer nada. Pero su querida amiga le había escrito una carta estrictamente confidencial, confiando a Maggie su secreto más íntimo. Si Maggie iba a hablar con Rand, traicionaría a Cait. No tenía derecho a comentarlo con nadie, ni siquiera con Andrew. Lo peor del caso era que, salvo escribir a Cait confiando en convencer a su amiga de que cambiara de parecer e informara al duque, Maggie no podía hacer nada. Rand se sentía inquieto de un tiempo a esta parte. Durante los últimos meses, había acabado hastiado de la interminable sucesión de fiestas y absurdos coqueteos que tanto le complacían antes. Desde su regreso de Ravenworth Hall, hacía unas semanas, Rand había pensado que tal vez había llegado el momento de sentar cabeza. Al contemplar a Nick y a Elizabeth con un hijito, se había planteado la necesidad de cumplir con sus obligaciones como duque y casarse para tener un heredero. Quizás una familia daría sentido a su tediosa y cínica existencia. El problema, según había comprobado, residía en hallar una esposa adecuada. Tal como había sospechado, ninguna de las jóvenes casaderas le atraían lo más mínimo. Margaret Foxmoor, una rubia alta y esbelta, de tez pálida, que era la sensación del momento, y Vera Petersmith, una morena con ojos rasgados cuyo padre era el marqués de Clifton y estaba dispuesto a conceder a su hija una elevada dote si Rand se casaba con ella, eran quienes reunían más requisitos. Ambas provenían de excelentes familias y estaban perfectamente educadas, como correspondía a damas de su alcurnia. Eran de carácter templado y dócil, le obedecerían sin rechistar, pero ninguna de ellas era la


mujer adecuada para él. Rand emitió un suspiro mientras observaba desde el borde de la pista de baile, en la residencia urbana del conde de Dryden. a lady Margaret bailando alegremente una contradanza con el vizconde de Brimford. Desde que había decidido buscar esposa, Rand procuraba comportarse tal como exigía la situación. Pero en esos momentos ansiaba pasar una noche licenciosa en casa de madame Tusseau, donde, al menos durante un rato, podría olvidarse de sí mismo y de sus futuras obligaciones. En lugar de ello, observó a los miembros de la aristocracia con una insulsa sonrisa pintada en el rostro, tratando de no comparar a las mujeres que había en la sala con Caitlin Harmon. Cuando lo hacía, según había constatado, todas palidecían en comparación con ella. Rand se preguntó por enésima vez dónde estaría Cait en aquellos momentos, confiando en que se encontrara sana y salva y que Phillip Rutherford no le hubiera causado problemas. Las numerosas reuniones que había mantenido al respecto con su abogado, Ephram Barclay, habían resultado infructuosas. Las probabilidades de demostrar la falsedad del barón eran tan escasas como cuando éste había partido con Donovan Harmon para Santo Amaro. Enojado, Rand apreté la mandíbula. Más pronto o más tarde ocurriría algo que confirmara sus sospechas. Pero aunque fuera así, encontrándose Talmadge a miles de kilómetros, o quizás huido en algún lugar desconocido, sus intentos por atraparlo serían completamente inútiles. —Buenas tardes, excelencia. Confiaba en hallarte aquí. Rand bajó la vista y enarcó una ceja al ver a Maggie Sutton a pocos pasos de él. —Buenas tardes, Maggie. ¿Me andabas buscando? Maggie esbozó una breve sonrisa pero sus ojos no reflejaban una expresión risueña y en su rostro se advertía una tensión que chocó a Rand.


—En realidad, pasé por tu casa hace un rato. El mayordomo informó a tu ayuda de cámara de que yo trataba de localizarte. El señor Fox me dijo que creía que ibas a asistir a la fiesta del conde. —¿Dónde está Andrew? —preguntó Rand echando una ojeada por la sala. Al no localizarlo presintió que algo andaba mal, —Jugando a los naipes en su club. He venido sola. Tengo que hablar contigo, Rand. A solas. Llevo días tratando de hacer acopio del valor suficiente para hacerlo. Como Andrew se ha ausentado esta noche, supuse que era ci momento adecuado. Maggie trató de sonreír de nuevo, pero fracasé más estrepitosamente que antes. Al observar que su mano temblaba, Rand la tomé del brazo, apoyé una mano con firmeza en su cintura y la condujo a la terraza. La amplia terraza de ladrillo que daba al jardín estaba prácticamente desierta. Tras conducir a Maggie a un discreto rincón debajo de una antorcha encendida, Rand la obligó con suavidad a volverse hacia él. —Ya veo que estás disgustada. Si hay algo que yo pueda hacer para ayudarte, sabes que lo haré. ¿Qué ocurre, Maggie? —Se trata.., de Caitlin, Rand. Éste sintió una opresión en la boca del estómago. —¿Caitlin? ¿Le ha pasado algo? ¿Está en algún apuro? —Lo cierto es que Caitlin está en un apuro muy serio, Rand. Me pidió que jurara guardar el secreto, pero mi conciencia me impide guardar silencio. Si lo hago destrozaré la vida de dos personas por las que siento un profundo afecto. Rand sintió que el corazón le latía aceleradamente. Inspiré aire para


serenarse. —Cuéntame qué le ocurre. —Caitlin espera un hijo tuyo, Rand. Éste sintió como si se le hubiera cortado el aliento. —Te equivocas. Tomé precauciones. Es imposible. Maggie alzó la cabeza bruscamente. —¿Qué es imposible? ¿Vas a tener el valor de negarme que ese hijo es tuyo? Rand noté que le temblaba la mano. Se sujeté a la balaustrada, tratando de hallar las palabras justas. —No quise decir eso. Estaba convencido de que... no importa. ¿Está ella segura? —Han pasado casi cuatro meses, Rand, tiempo más que suficiente para que una mujer lo sepa con certeza. Rand inspiré aire para tranquilizarse y se pasó la mano por el pelo, retirándose un mechón de la frente. No estaba seguro de lo que sentía, pero no era el horror que cabía imaginar. Era más bien una sensación nueva, como si despertara de un largo y desagradable sueño. —¿ Piensa regresar a Inglaterra? —No lo entiendes —le espeté Maggie con las mejillas encendidas de ira—. ¿Crees que Caitlin va a regresar para casarse contigo? Pues estás muy equivocado. Ni siquiera piensa decírtelo. Me hizo jurar que yo no te lo diría. Dice que ama a ese niño. Que hallará la forma de resolver la situación por sí sola. Por primera vez, Rand empezó a asimilar las palabras de Maggie. —No irás a decirme que... ella no desea casarse conmigo.


Maggie alzó el mentón. —Esto es exactamente lo que digo, y a juzgar por la forma en que te estás comportando no se lo reprocho. —Maggie dio media vuelta para alejarse, pero Rand la sujeté del brazo. —Te lo ruego, Maggie, no lo comprendes. Es que todo ha ocurrido muy deprisa. — Rand expiré aire, tratando de poner sus pensamientos en orden—. Cait Harmon significa mucho para mí. Si va a tener un hijo, no cabe duda que es mío. —Una comisura de su boca se curvé hacia arriba—. Y ahora que me he recobrado del golpe, me siento muy feliz. Maggie lo miré con ojos como platos, como si no diera crédito a lo que oía. —¿De veras? Rand sonrio. —Sí. Cait es un poco cabezota y no es la persona ideal para ser duquesa, pero la vida con ella nunca será aburrida. Es hermosa e inteligente, y, le guste o no, se casará conmigo. Maggie emitió una carcajada de gozo al tiempo que las lágrimas asomaban a sus ojos. Rand le tomó una mano, notando que la tenía fría, y se la llevó a los labios. —Eres una excelente amiga, Maggie Sutton, y estaré eternamente en deuda contigo por ci riesgo que has corrido al acudir a mí para contármelo. La sonrisa de Maggie se disipé. —Confío en haber hecho lo más conveniente para Caitlin... y para ti. La sonrisa de Rand también se desvaneció.


—Deja a Cait Harmon de mi cuenta. No me hace ninguna gracia que pretendiera negarme mi hijo, pero conocidndola como la conozco, prendo el motivo de su conducta. —Ella te quiere, Rand. Y creo que será una magnífica duquesa. Rand asintió con la cabeza. No estaba muy convencido de ello, pero de una cosa sí estaba seguro. Dentro de poco Cait Harmon sería la madre de su hijo. Esto la convertía en algo suyo, y Rand era un hombre que conservaba lo que era suyo. En aquellos momentos comprendió que el único error garrafal que él había cometido era permitir que Cait se marchara


13 Los días transcurrían volando, dando paso a otro mes. Cait había superado sus náuseas matutinas, pero habían aparecido otros problemas. En dos ocasiones, por la tarde, y de nuevo esa mañana, se había mareado y había perdido el conocimiento. Geoffrey había presenciado el humillante episodio y había corrido a auxiliarla, aunque por fortuna Cait se hallaba trabajando en un rincón apartado y los otros no se habían dado cuenta. Geoffrey la había observado con expresión a la vez preocupada y especulativa, y Cait había temido que se lo contara a su padre. Pero en lugar de ello, cuando comenzó a anochecer y hubieron terminado de cenar, Geoffrey se acercó a Cait, que estaba sentada en un tronco alargado frente al fuego, junto al explorador, sir Monty Walpole. —Todo esto es muy emocionante —comentaba sir Monty—. Como cuando estuve en la India, buscando la ciudad perdida de Ramaka. —Era un hombre menudo, en excelente forma física, de cuarenta y tantos años, con el pelo de un color rojizo un tanto apagado por el sol y una piel como el pergamino llena de pecas y ajada debido a sus numerosas aventuras a la intemperie—. Por desgracia, no llegamos a encontrar ese lugar. Ni siquiera pudimos demostrar que había existido. Ah, pero esta vez..., esta vez será distinto. Lo presiento —agregó alzando el puño y llevándoselo al corazón—. ¿Usted también lo presiente, querida? Cait bebió un sorbo del café negro y cargado que contenía la taza que sostenía con ambas manos. —Creo que mi padre lleva razón. Creo que si perseveramos, hallaremos el collar. —Y quizá más monedas de plata y otros tesoros. Su padre asegura que el Zílverijder saqueé las costas africanas a lo largo de centenares de kilómetros


antes de hundirse frente a la isla de Santo Amaro. —Ya, eso son meras conjeturas, aunque mi padre cree que son ciertas y él es un experto en estos temas. En aquel preciso momento se acercó el profesor; la luz del fuego arrancaba unos reflejos a su pelo entrecano, que comenzaba a escasear. Harmon sonrió sosteniendo en las manos el pesado lingote de plata que constituía su hallazgo más interesante hasta la fecha. —Un momento, sir Monty se lo ruego. Deseo enseñarle algo. Cait contemplé a los dos hombres mientras se alejaban, charlando animadamente entre sí, y frunció el ceño al observar la espalda encorvada y los hombros caídos que alteraban la postura erecta que solía mostrar su padre. Estaba envejeciendo, los años de trabajo duro habían hecho mella en él. Cait estaba preocupada por su padre, pero siempre había estado preocupada por él. La voz de Geoffrey interrumpió sus reflexiones. Había olvidado que estaba allí. —Tengo que hablar con usted, Caitlin. Confiaba en hallar un lugar tranquilo donde poder hablar a solas. Caitlin lo miró. Al observar su expresión seria, se sobresalté. Geoffrey la había visto desmayarse esa mañana, y también en otra ocasión. ¿Qué pensaría? Santo Dios, ojalá lo supiera. Cait se humedeció los labios, que tenía resecos. —¿De qué... se trata? En lugar de responder, Geoffrey la tomó del brazo, obligándola a levantarse, y la condujo a través de la playa hacia la arena firme y húmeda al borde del agua. —¿Qué ocurre, Geoffrey? —preguntó Cait cuando echaron a andar, pero él


no dijo nada. Ella tenía los nervios a flor de piel y Geoffrey parecía estar también nervioso, como indicaba la tensión de los músculos de sus hombros que se adivinaba debajo de su chaqueta de algodón. Cuando se hubieron alejado un trecho del campamento, Geoffrey se detuvo y se volvió hacia ella. —No sé cómo empezar. Lo que voy a decirle debe permanecer entre los dos. Le ruego que comprenda que se lo digo como amigo, y si me equivoco, le pido de antemano disculpas. Cait sintió que el corazón le latía aceleradamente, casi como si le golpeara las costillas. Había algo en los ojos de Geoffrey que la hizo estremecer. —Continúe. —Sé que se siente indispuesta desde hace un tiempo. Últimamente, se ha mareado en varias ocasiones. Creo..., creo adivinar lo que le ocurre, y si estoy en lo cierto, me gustaría ofrecerle una solución. Cait escudriñé su rostro, pero Geoffrey entorné los ojos, impidiéndole observar su expresión. —¿Qué trata de decirme, Geoffrey? Él le tomé la mano entre las suyas. —Le estoy pidiendo, de forma confusa y torpe, que se case conmigo. Teniendo en cuenta su estado... Cait se tensé. —¿A qué se refiere? —¿Está usted encinta, Caitlin? Tengo poca experiencia en estas cuestiones, pero sé que cuando una mujer tiene náuseas y vomita por las mañanas, como en su caso, cuando se desmaya sin ningún motivo aparente, por lo general


significa que está en estado. Durante unos instantes Cait se quedó helada. Había rezado para que nadie se diera cuenta de ello, para tener más tiempo para pensar en lo que debía hacer. Pestañeé, pero tenía los ojos llenos de lágrimas. No tenía remedio. Era inútil tratar de fingir. —Geoffrey... Sé lo que debe de estar pensando. Yo no... jamás pretendí... Él la obligó a volverse y la abrazó, y mientras la estrechaba entre sus brazos y ella rompió a llorar. —No es culpa suya —dijo él suavemente—. El niño es hijo de Beldon ,¿no es así? Cait asintió con la cabeza apoyada en el hombro de Geoffrey y notó que el cuerpo de éste se tensaba. —Ese hombre es un canalla. —Geoffrey se aparté para mirarla a los ojos—. Se aprovechó de su inocencia. Ningún hombre decente habría cometido semejante canallada. Cait se enjugó las lágrimas que rodaban por sus mejillas. —No ocurrió como usted piensa. No puedo permitir que crea eso. —Usted era virgen, Caitlin. No tenía experiencia con los hombres. Beldon es un crápula de la peor especie. Cait meneé la cabeza. —No diga eso. No es verdad. Si es usted amigo mío, debe creer que lo que sucedió entre nosotros fue tanto por iniciativa mía como suya. Yo deseaba conocer la pasión, averiguar lo que significa ser mujer. Temí que jamás tendría ocasión de comprobarlo. —Y él la ha abandonado. Supongo que usted le habrá escrito para decirle que espera un hijo.


Cait sintió una punzada de remordimientos, pero la aparté de sí con firmeza. —No se lo he dicho, y no lo haré nunca. Mi vida está aquí, con mi padre. Él me necesita y yo permaneceré mientras pueda serle útil. Geoffrey le tomó el mentón y la obligó alzar la cara; Cait sintió el calor de sus dedos finos y largos. —Cásese conmigo. Permaneceremos junto a su padre ci tiempo que usted quiera. Siempre, si es lo que desea. Ya sabe cuánto admiro al profesor. Su afán de aprender, su dedicación a descubrir secretos del pasado... Le he ofrecido mi lealtad y mi ayuda, y no le defraudaré. —Mi padre le estima mucho, Geoffrey. —En ese caso, consentirá en que nos casemos. Los tres formaremos una familia, Caitlin. Ella contemplé su animado rostro sintiendo un aguijonazo de dolor en el corazón. La respuesta a sus oraciones la tenía ante sí. Había pasado semanas angustiada, tratando de decidir lo que debía hacer. Ahora el camino estaba despejado. La reputación de su padre quedaría protegida. Su hijo tendría un apellido, nadie le despreciaría por ser un bastardo, y sin embargo... —¿Y el niño, Geoffrey? —Lo criaré como si fuera mío. Cait cerró los ojos y experimenté un espasmo de dolor. No era eso lo que ella deseaba. No estaba enamorada de Geoffrey St. Anthony. Dudaba de poder amarlo como había amado a Rand. Pero era un joven bondadoso y el profesor lo estimaba. Ella podría quedarse en Santo Amaro, ocuparse de su padre como siempre había hecho, criar a su hijo como quisiera. Geoffrey sería un marido dócil. Con su carácter amable y gentil, la libertad e independencia de la que ella siempre había gozado no corría ningún riesgo. La imagen de Rand, alto e imponente, rezumando poder y autoridad, acudió a


su mente, casi cegándola con su intensidad. Si ella le hubiera comunicado que esperaba un hijo, ¿se habría casado con ella? Y aunque lo hiciera, ¿deseaba ella un marido que se hubiera casado por un sentido del deber? —Le agradezco su ofrecimiento, Geoffrey. Es muy generoso de su parte, pero yo... necesito algo más de tiempo. —¿Cuánto tiempo, Caitlin? Ese niño fue concebido hace varios meses. Ella fijó los ojos en el mar, observando una ola que subía y rompía en la arena. —Tiene razón. Debo pensar ante todo en mi hijo. —Cait se volvió hacia él, esbozando una sonrisa forzada—. Si está seguro de que esto es lo que desea, me sentiré honrada de casarme con usted, Geoffrey. Y prometo esforzarme en ser una buena esposa. Geoffrey sonrió como un colegial y la abrazo. —No se arrepentirá, Caitlin. Acto seguido la besó con tal violencia que los dientes de ambos chocaron y él la mordió en el labio. Al notar la lengua cálida y resbaladiza de Geoffrey dentro de su boca, a Cait le acometieron unas náuseas. Cerré los ojos, confiando en sentir cualquier cosa menos repulsión. Pero no sintió más que la incómoda sensación de notar su cuerpo larguirucho y delgado oprimido contra el suyo. Ceoffrey dejó de besarla tan bruscamente que ella tropezó y por poco cae al suelo. Él se apresuré a sujetarla del brazo. —Se lo comunicaremos a su padre por la mañana —dijo—. Nos casaremos tan pronto como podamos. Cait se limité a asentir. Sentía un doloroso nudo en la garganta y tinas


inoportunas lágrimas amenazaban con rodar por sus mejillas. —Será mejor que regresemos —murmuré Cait—. Mi padre empezara a preocuparse. Cait supuso que él protestaría y se dispuso a recibir otro desagradable beso, pero Geoffrey se volvió hacia el campamento y al ver que el padre de Cait y sir Monty habían regresado junto al fuego, apoyé una mano larga y huesuda en su cintura y la condujo hacia allí. Cuando llegaron al claro, Cait le dio las buenas noches y se acercó a su padre, que estaba fumando tranquilamente una pipa. —¿Vas a acostarte? —pregunté éste. Caitlin se agaché y besó su arrugada mejilla. —Esta noche me siento un poco cansada. Nos veremos por la mañana. —Mañana será un gran día, Caitlin. Estamos muy cerca, lo presiento. Cait trató de sonreír, pero no lo consiguió. —Seguro que sí. Pero lo cierto era que le tenía sin cuidado. Dentro de poco se casaría con Geoffrey St. Anthony. Ni en sueños pudo haber imaginado que el hecho de acostarse con Rand Clayton la obligaría a tomar una decisión tan drástica. Rand se hallaba en la cubierta de la pequeña goleta de dos palos llamada Moroto, una palabra portuguesa que significa «bribón», que hacía la travesía entre Dakar, el puerto africano del interior, y la cadena de islas de Cabo Verde entre las que se hallaba Santo Amaro. El paquebote solía hacer esta travesía una vez al mes, pero a cambio de una elevada suma de guineas de oro que Rand había entregado al capitán, en esta ocasión hacía una excepción. Hacía casi cuatro semanas que Rand había partido de Inglaterra con Percy Fox, su ayuda de cámara. En primer lugar había viajado a bordo del barco de pasaje Madrigal, que había zarpado de Londres, y ahora a bordo del Maroto.


Había sido una travesía larga y tensa, pero estaba a punto a concluir. Hoy llegarían a Santo Amaro. Desde la cubierta del barco, bajo los primeros rayos dorados del amanecer, mientras la brisa húmeda y salada le alborotaba el cabello, con los pies bien plantados en el suelo para no sucumbir al vaivén del barco, Rand contemplé el pico del gigantesco volcán cubierto de nubes, el Pico del Maligno, que presidía la isla. El capitán del Moroto, un lobo de mar portugués de Sáo Vicente, situado en el extremo septentrional de las Verdes, había transportado al profesor y a sus acompañantes a la isla. El Morato iba a echar anda frente a la costa donde estaba el campamento de la expedición, y él y Percy serían conducidos a tierra en un bote. Rand esbozó una sonrisa dura y amarga. Hoy, antes del mediodía, se encontraría con la dama por la que había emprendido un viaje tan largo. No podía adivinar el recibimiento que ésta le dispensaría. Ni siquiera estaba muy seguro de lo que él mismo sentiría al verla. Cait Harmon le había engañado. De no ser por Maggie Sutton, le habría negado un hijo de su sangre. Aunque Rand procuró comprender las razones que habían llevado a Cait a hacer semejante cosa, cada vez que pensaba en ello se enfurecía. Con todo, estaba seguro de que, cuando estuvieran juntos de nuevo, ella se lo contaría. Entretanto, aunque no era un hombre paciente, esperaría hasta ver cómo se desarrollaban las cosas. La travesía le reportaba otra ventaja. Suponiendo que Phillip Rutherford formara aún parte de la expedición, Rand podría vigilarlo. Con ayuda de Percy, quizá lograra descubrir adónde había ido a parar el dinero que había recaudado Rutherford. Quizá lograran averiguar cómo se proponía el barón llevar a cabo esa estafa y si el padre de Caitlin estaba implicado en ella o no. Ése, por supuesto, no era el motivo por el que se encontraba allí. Su amigo Nick Warring le había hecho ver la realidad al respecto. —Si te casas con Caitlin y tienes un hijo, debes anteponerlos a todo lo demás.


La venganza contra Talmadge dejará de ser importante en cuanto asumas su papel de padre de familia. Créeme, lo sé. Aunque le enojaba pensar que Talmadge pudiera salir bien parado sin pagar por sus pecados, después de meditar las palabras de Nick, Rand comprendió que su amigo tenía razón. Cuando se hallara en la isla trataría de averiguar cuanto pudiera, pero Cait y el niño eran lo más importante para él. Se aproximaban a la isla. Rand distinguía las playas de arena blanca situadas en la costa y la densa y verde vegetación que sc hacía más frondosa a medida que se prolongaba hacia el interior, trepando por las laderas de las montañas hasta desaparecer entre el turbio círculo de nubes que cubría la cumbre de Pico del Maligno. Cuando dieron la vuelta a un promontorio ubicado en ci extremo sur, Rand vio el campamento del profesor instalado en una pequeña y recoleta ensenada. Su corazón comenzó a latir a tal velocidad que la sangre le golpeaba en las sienes. Rand vio a varios hombres vestidos al estilo europeo y a un grupo de nativos de piel tostada, ataviados con pintorescas ropas, que acarreaban los cubos de arena desde el yacimiento donde se hallaban cavando los miembros de la expedición hasta el campamento. Uno de los componentes del grupo trabajaba de rodillas, removiendo la arena en una zona alejada del resto. Cuando el hombre se quitó el sombrero para enjugarse el sudor de la frente, Rand vislumbré una cabellera rojiza y comprendió que era Caitlin Harmon. De pronto notó que tenía la boca seca. Por más que estaba furioso con ella, también ansiaba verla de nuevo. Lo cual no dejó de asombrarle. Sintió que tenías las palmas de las manos húmedas. Era ridículo. Ya no era un escolar imberbe, y sin embargo lo cierto era que estaba nervioso. —Bien, por fin hemos llegado —dijo Percy situándose a su lado, junto a la barandilla dcl barco. Rand no le había oído aproximarse. Era el hombre más silencioso que había


conocido jamás. —Sí, por fin estamos aquí. Confiemos en que nuestra visita sea breve. Percy lo observé por encima de su larga nariz aguileña. —Supongo que eso dependerá de su dama. —Hasta cierto punto ⎯repuso Rand, apretando las mandíbulas—. Si no entra en razón, tendré que tomar unas medidas más enérgicas. No quería permanecer más tiempo del estrictamente necesario, el suficiente para convencer a Cait, para que ésta le dijera lo del niño y para que aceptara su propuesta de matrimonio. Hasta que averiguara si Cait se lo había contado a su padre, él se limitaría a explicarle que durante los meses que habían transcurrido desde que había partido la expedición su curiosidad había podido más que él. Necesitaba un poco de diversión, un poco de aventura en su vida, y había pensado que tal vez lo hallaría en Santo Amaro. Y, por supuesto, estaba dispuesto a pagar por ese privilegio. Rand no dudaba que Talmadge aceptaría encantado su donación. El capitán amarré la goleta a poca distancia de la costa y echaron un bote al agua. Percy se instalé en la proa, Rand se sentó sobre una regala en ci centro y un marinero había empuñado los remos en popa. La caja que contenía su equipo ya había sido izada a bordo. Un marinero situado en la cubierta del Morato arrojó la voluminosa bolsa de cuero de Rand y la maleta de lona de Percy. Rand las atrapé, saludé con un gesto de gratitud al marinero y partieron; ci bote surcaba las olas más airosamente de lo que Rand había imaginado. A medida que la pequeña embarcación se aproximaba a la playa, Rand observó la isla que se alzaba ante ellos y sonrió.


Tenía unas ganas locas de contemplar el rostro de Cait Harmon cuando se diera cuenta de la identidad de su inesperado visitante. El sol caía a plomo; hacía más calor que el día anterior. En todo caso, así se lo parecía a Cait. Se quitó el sombrero de paja masculino que lucía, de ala y corona plana, y se enjugó la frente con el pañuelo de lino blanco que había adquirido en un pintoresco comercio en St. Jame’s. Las pequeñas iniciales rosas bordadas en una esquina hicieron que las lágrimas le nublaran los ojos al tiempo que le invadía una sensación de irritación. Después de encasquetarse de nuevo el sombrero, Cait guardó el pañuelo en el bolsillo de su blusa, lamentándose de que aquel estúpido objeto le recordara Londres y los amigos que tanto añoraba. Le fastidiaba que el pañuelo de martas le recordara Inglaterra y los días que había pasado con Rand. Cait suspiré y siguió cavando. Desde que había aceptado la oferta de Geoffrey hacía dos semanas, añoraba a Rand más que nunca. Trataba de no compararlo con otros hombres, pero cuando Geoffrey la llevaba a dar un paseo a la luz de la luna, cuando la abrazaba y besaba, ella no podía por menos de hacerlo. Geoffrey St. Anthony, según había podido constatar, se parecía aún menos al duque de lo que ella había imaginado. Con Geoffrey no sentía ci fuego de la gran pasión, y sin embargo estaba convencida de haber obrado bien. Los casaría el capitán del paquebote que traía las provisiones a la isla una vez al mes, el cual llegaría dentro de dos semanas. Demasiado pronto para gusto de Cait, pero no era justo para el niño aplazar el enlace más tiempo. Cait divisé por el rabillo del ojo una vela sobre las aguas de la costa. Cuando se volvió para cerciorarse, comprobó que se trataba del Moroto. ¡Santo cielo, el capitán se había adelantado! Durante unos instantes Cait sintió un vacío en la boca del estómago seguido de náuseas. Pero el capitán, según vio, se hallaba en la cubierta de mando, como si no se propusiera bajar a tierra como solía hacer, y el pequeño bote de madera había emprendido el regreso hacia el barco. Preguntándose ci motivo por el que la goleta había regresado a la isla, Cait arrojó la pala sobre la arena y se limpié


las manos. Al alzar la vista contemplé un par de recias botas de cuero y un pantalón de sarga color crema con los bajos embutidos en la parte superior de las botas. Cait siguió alzando la vista al tiempo que recorría con los ojos un par de piernas tan largas que parecía que no se acababan nunca, unas caderas estrechas y un poderoso torso que se le antojaba curiosamente familiar. —Hola, Caitlin. Cait sintió una especie de descarga eléctrica. Reprimió una exclamación de asombro al oír aquella voz grave y ronca y levantó la cabeza bruscamente. El sol iluminaba a contraluz sus anchos hombros y sus enjutas caderas, mientras que su rostro permanecía en sombra bajo el ala de un sombrero de lona de copa plana. —Rand... La palabra broté de labios de Cait entrecortada y apenas audible. Su corazón latía con tal fuerza que parecía que se le iba a saltar del pecho. Durante un dulce y memorable instante, Cait supuso que Rand había venido a buscarla, que durante los meses que ella había estado ausente él había descubierto que la amaba. Que debían permanecer siempre juntos. Pero entonces se impuso la realidad. Él no había venido a buscarla, Rand Clayton jamás haría semejante cosa. Era un duque, y ella simplemente la hija de un modesto profesor. No estaban hechos el uno para el otro y ambos lo sabían. No, Rand no había venido a buscarla; había venido a por Talmadge..., y a por su padre. Cait sintió un escalofrío que le helé la sangre en las venas, pese al ardiente sol de la isla. El duque de Beldon era un enemigo de cuidado. Cait rogó a Dios que su padre no corriera peligro alguno, preguntándose qué se proponía Rand exactamente. Traté de incorporarse, pero dio un traspiés y estuvo a punto de caer al suelo. Rand la sujeté por la muñeca y la ayudé a ponerse en pie. Cait sintió como si un rayo se hubiera abatido sobre su brazo.


—¿Estás bien? —preguntó Rand. Ella asintió con la cabeza, tratando de recobrar el equilibrio y su compostura. —Me he quedado un poco sorprendida, esto es todo. Posiblemente eres la última persona que esperaba ver en Santo Amaro. Rand esbozó una media sonrisa. —Me dijiste más de una vez lo hermosa que era y quise contemplarla con mis propios ojos. Cait inclinó la cabeza hacia atrás y se le cayó el sombrero. Sonriendo Rand lo atrapé y se lo dio. —Sé que los odias, pero este sol es muy fuerte. Celebro comprobar que te has puesto un sombrero. —¿Qué haces en la isla? Aunque lo imagino. Rand enarcó una ceja color café. —¿De veras? Cait notó que el corazón le latía con violencia. Tenía las palmas de las manos sudorosas. ¡Maldito sea! ¿Por qué había venido? ¿Justamente ahora, pocos días antes de que ella se casara? —Has venido por Talmadge —dijo Cait incapaz de reprimir su tono de amargura. —¿Cómo sabes que no he venido por ti? Ella no tuvo tiempo de responder, pues en aquel momento aparecieron su padre y Geoffrey. Geoffrey pasé frente al duque y se colocó junto a Cait, enlazándola por la cintura en un gesto posesivo. Rand no dijo nada, pero tensé un músculo en la mejilla. El padre de Cait le ofreció la mano y Rand se la estreché.


—Me alegro de verle, profesor. —¿Qué diantres le ha traído hasta aquí, Beldon? La pregunta provocó un escalofrío de terror a Cait. Por primera vez se le ocurrió que Rand quizás había averiguado que ella estaba esperando un hijo. No, no podía creerlo. Maggie era su mejor amiga. Jamás, bajo ningún concepto, la traicionaría. Rand sonrió amablemente. —Lo cierto es que me aburría. Pensé que me sentaría bien alejarme un tiempo de Inglaterra, correr una aventura. Recuerdo que me dijo que necesitaba tantos hombres como se ofrecieran para trabajar con usted. Y, naturalmente, estoy más que dispuesto a hacer una sustanciosa aportación a esta iniciativa. Geoffrey torció el gesto, pero el padre de Cait sonrió. —Bien, si lo que desea es aventura, aquí no le faltará, muchacho. Aceptaremos agradecidos la ayuda que nos brinde, ¿no es así, Geoffrey? —En realidad, pienso que nos desenvolvemos de maravilla por nuestra cuenta — contestó Geoffrey con cierta hostilidad—. No creo que desenterrar monedas antiguas y fragmentos de loza pueda interesarle a un duque. En el rostro de Rand se dibujé una sonrisa feroz. —Eso demuestra lo poco que sabe sobre los duques. Éste disfruta más que la mayoría con cualquier actividad que se practique al aire libre, y por supuesto aprovecha cualquier ocasión para escapar una temporada del mundanal ruido. Geoffrey contemplé el barco. —Confiaba en que el capitán Baptiste bajara a tierra—comenté, pero ya habían izado las velas y el barco surcaba las aguas del mar hacia tierra firme.


Caitlin traté de contener un suspiro de alivio. Rand dirigió también la vista hacia el mar. —El capitán tenía prisa por zarpar. Según me dijo, regresará dentro de dos semanas. —Sí... dos semanas. —Geoffrey atrajo a Cait hacia sí. Ella contuvo el deseo de impedírselo de un empujón—. Cuando regrese, Caitlin y yo nos casaremos. Rand clavé sus ojos oscuros en los de ella y todo rastro de ternura que hubieran mostrado antes fue sustituido por una mezcla de ira y amargura. —¿Es eso cierto, señorita Harmon? ¿Usted y lord Geoffrey van a casarse? Ella se humedeció los labios, preguntándose si sería capaz de articular una sola palabra. —Sí. Rand esbozó la sonrisa mas fría que ella había visto jamás. —Mi enhorabuena.., a ambos. Luego dio media vuelta y se puso a hablar con el padre de Cait, preguntándole dónde podía instalar su ayuda de cámara las tiendas de campaña y descargar sus pertenencias. Los dos hombres echaron a andar, dejando a Geoffrey de pie junto a Cait, y regresaron al claro, donde Percy Fox aguardaba a la sombra de una palmera. —Me dijiste que no lo sabía. —El tono de acusación que contenía la voz de Geoffrey provocó a Cait un escalofrío que le recorrió la columna vertebral. —No lo sabe. No sé qué hace aquí —mintió ella, convencida de que Rand había venido por Talmadge—. Quizá lo que dijo fuera cierto, —Y quizás haya venido por ti. Quizá confía en que reanudéis vuestra relación como si nada hubiera ocurrido. Si desea acostarse de nuevo contigo,


¿qué harás? En los ojos de Cait se reflejé un destello de ira, que ella se apresuré a reprimir. —Cumpliré lo que te he prometido, Geoffrey. Lo que hubo entre el duque y yo ha terminado. Cuando llegue el capitán dentro de dos semanas, me casaré contigo, si aún lo deseas. La tensión que mostraba el rostro de Geoffrey se suavizó un poco. —Sabes que sí—respondió tomando la cara de Cait entre sus manos—. No debí dudar de ti. Pero no me gusta que se haya presentado aquí, precisamente en estos momentos. —A mí tampoco, pero no podemos hacer nada. Estoy segura de que no permanecerá mucho tiempo. Como bien dijiste, cavar la tierra y dormir en un catre no son el tipo de lujos a los que está acostumbrado. Pero cuando Cait se volvió para observar al hombre alto y musculoso que estaba junto a su padre, pensó que no parecía hallarse fuera de lugar, como ella había imaginado. Lo cierto era que daba la impresión de haber emprendido mil aventuras como ésa y saber perfectamente en lo que se había metido. Le irritaba que Rand mostrara un aspecto tan seguro de sí y tan atractivo allí en la isla como en los rutilantes salones de baile de la aristocracia londinense. Y le irritaba aún más comprobar que seguía sintiéndose tan atraída por él como antes. Y que seguía estando muy enamorada de él


14 De pie en el borde del claro, Rand terminó de hablar con el profesor, que le indicó un lugar donde podían instalar sus tiendas de campaña. —Creo que es un buen sitio. Y tendrá un poco de privacidad. —Gracias, me parece bien. El profesor Harmon sonrió. Parecía distinto allí, más relajado, como si sc encontrara en su elemento. No lucía su característico monóculo. Rand supuso que no debía de necesitarlo en ese lugar apartado dc la civilización. —Será mejor que regrese. Tómese el tiempo que necesite para instalarse. En las tiendas de la cocinera hallará comida. Le veremos a la hora de cenar. El profesor parecía más frágil de lo que recordaba Rand, pero lo cierto era que no había prestado mucha atención al tema. Rand se quedó observándolo mientras aquel hombre de pelo canoso se alejaba, pero no pensaba en el profesor. Sus pensamientos habían vuelto a centrarse única y exclusivamente en Caitlin Harmon. Sintió una cólera abrasadora, como si un torrente de aceite hirviendo corriera por sus venas. Al alzar la vista vio a Percy dirigiéndose hacia él, portando al hombro la caja que contenía su equipo. Rand le ayudó a depositarla en el suelo. ⎯¿Cómo le ha ido con su dama? —inquirió Percy. Inconscientemente, Rand crispó los puños. —Es increíble. Recorro miles de kilómetros para averiguar que va a casarse con el atildado pavo real de Geoffrey St. Anthony; al menos eso es lo que ella cree. Percy levantó la larga barra de hierro con la que había conseguido hacerse y se dispuso a levantar la tapa de la caja.


—Eso he oído —comentó con su habitual estilo parco en palabras. Rand no le preguntó cómo se habla enterado. Entre los miembros de la expedición habla varios sirvientes ingleses y Percy tenía una gran habilidad para obtener información. —Te juro que siento deseos de estrangularla. En el rostro enjuto de Percy se dibujó una leve y taimada sonrisa. —Después de tanto tiempo sin verla, imagino que eso no es lo único que tiene ganas de hacer. En efecto, no lo era. El solo hecho de verla le había producido una erección. Rand había sentido deseos de apartarla del lado de St. Anthony, llevársela a la playa y hacerle el amor apasionadamente durante horas. Pero se había quedado allí plantado, decepcionado y furioso, sin saber si quería besarla o estrangularla. Percy logró levantar la tapa de madera y la dejó en el suelo. —Van a casarse cuando regrese el capitán Baptiste —dijo—. Obviamente, usted se propone impedirlo. ¿Qué hará? —Lo que sea —contestó Rand apretando la mandíbula—. Esa mujer va a tener un hijo mío. Necesita con urgencia un marido, y le guste o no, se casará conmigo. —Quizá debería decírselo. —Lo haré si es necesario. De momento, prefiero adoptar una estrategia más sutil. Quiero saber qué maquina esa linda cabecita. Quiero saber qué hay entre ella y St. Anthony y si sus sentimientos hacia mí han cambiado, aunque eso no afectará mi decisión.


Percy rió, se inclinó sobre la caja y sacó una pesada tienda de lona, que depositó en el suelo. Sin decir palabra, Rand se volvió para ayudarle a sacar los palos de las tiendas, una cuerda enrollada y una caja de herramientas. Ese no era el primer viaje de esa naturaleza que compartían. Antes de que su padre falleciera, Rand había emprendido varias aventuras —escalar los Alpes, cazar ciervos en los páramos escoceses y tigres en la india— y Percy le había acompañado. Había hecho esas cosas principalmente para demostrar a su padre su valía. No habla dado resultado, pero le habla servido para adquirir un sinfin de conocimientos y de experiencia, lo cual le había resultado muy útil incluso en el mundo civilizado de la aristocracia londinense. Se proponía utilizar esa experiencia para cazar una presa muy distinta, y más importante que todas las que había perseguido hasta ahora. Rand sonrió con amargura. Mientras se afanaba en levantar las tiendas de campaña y colocar en ellas el equipo, comenzó a planear su estrategia. Cait no cesaba de revolverse en la cama, incapaz de conciliar el sueño. El estrecho catre le parecía más duro que antes. Cuando por fin se quedó dormida, poco antes del amanecer, soñó con Rand y se despertó sintiendo que el corazón le latía aceleradamente. Buena parte del sueño consistía en fragmentos y retazos sin sentido, pero recordaba el final: Rand increpándola por haberle negado su hijo. Al cerrar los ojos, Cait vio su rostro, rojo de rabia mientras se inclinaba sobre la cunita de madera situada a los pies de su catre, tomaba al bebé en brazos y salía apresuradamente de la tienda de campaña, agitando el puño y jurando que ella jamás volvería a ver al bebé. Cait se estremeció y se rodeó el pecho con los brazos. ¿Sería Rand capaz de hacer eso? Era arrogante y autoritario, acostumbrado a imponer su voluntad, pero no era cruel. Mientras se vestía y se cepillaba el pelo, Cait pensó en los días que habían pasado juntos en River Willows, unos días maravillosos que ella atesoraría siempre. Recordó la furia que reflejaba el rostro de Rand cuando Geoffrey le había dicho que Cait y él iban a casarse.


Rand se había mostrado posesivo con ella en algunas ocasiones, pero de eso hacía meses. No creía que él sintiera por ella lo mismo que antes. Pero al recordar de nuevo la expresión de aquellos ojos fríos cuando él había mirado a Geoffrey, pensó que acaso estaba equivocada. Cait trató de reprimir la sensación de alegría que no tenía derecho a sentir. Era absurdo, lo sabía. Una unión entre ellos jamás darla resultado. Aunque él la amara. Eran demasiado diferentes. Además, ella debía pensar en su padre, aparte de la promesa que le había hecho a Geoffrey. Cuando levantó la pieza de lona que hacía las veces de puerta y penetró en la tienda de campaña, observó sus manos ligeramente pecosas que destacaban sobre el color marrón de su falda de sarga. Tenias las botas desgastadas, los bolsillos de su vieja blusa blanca un tanto deshilachados. Qué distinta de una dama inglesa debía de parecerle a Rand. Por ci amor de Dios, ese hombre era duque. Estaba acostumbrado a mujeres que lucían sedas y encajes, no unas botas rotas y una modesta falda de sarga. Ahora que él había contemplado a la auténtica Cait Harmon, no existía la menor posibilidad de que se mostrara interesado en ella. Ese pensamiento le provocó un dolor sordo en la zona que rodeaba su corazón e incrementó su malhumor. —Veo que empiezas a trabajar temprano. —La voz de Rand, proveniente de un rincón de la tienda de campaña, la sobresaltó. Cait pensó de nuevo en el penoso aspecto que presentaba y alzó la cabeza. —Así es, estoy trabajando. Imagino que no tienes mucha experiencia en ese tema. A propósito, ¿qué trabajo te ha asignado mi padre durante ci breve tiempo que permanezcas aquí? Rand esbozó una media sonrisa, pero no era precisamente de gozo. —¿Crees que este lugar es demasiado duro para un hombre de constitución tan delicada como la mía?


—Yo no he dicho eso, pero... sí, creo que sí. —¿Qué te hace pensar eso? No será mi falta de vigor en la cama. Cree que a este respecto, no tendrás queja de mí. Cait lo miró boquiabierta, pero se apresuró a cerrar la boca. Estaba tan furiosa que hasta su pelo debía de haber adquirido un color rojo más intenso. —No es propio de un caballero aludir a algo que sucedió entre nosotros hace tiempo. Además, yo no me refería a eso y tú lo sabes. Me limitaba a señalar que no estás acostumbrado a una vida de privaciones. Aquí vivimos con sencillez. No llevamos ropas elegantes. Casi sin darse cuenta, Cait bajó la vista y contempló su indumentaria de algodón color parduzco y llena dc polvo y sus botas manchadas dc tierra. Sintió el roce de la mano de Rand en su mejilla y lo miró a la cara. —Ya te dije una vez que estás guapa te pongas lo que te pongas. Lo dije en serio, Cait. Y sigo pensándolo. Cait se volvió; el corazón le latía con furia. —Por favor... No debes decir esas cosas. Ya no. ⎯¿Por qué? ¿No te gusta recordar los momentos que compartimos, las horas que pasamos haciendo el amor? —En vista de que ella no respondía, la expresión del semblante de Rand sc endureció—. ¿O es que temes disgustar a tu querido prometido? Perdona, pero eso no me quita cl sueñe. —Geoffrey y yo vamos a casarnos. Siquiera por ese motivo, no deberías... —¿Sabe lo nuestro, Caitlin? ¿Está enterado de las cosas tan íntimas que hicimos tú y yo? ¿La forma en que yo te acariciaba? ¿Cómo me acariciabas tú a mí? Aparte de sonrojarse, Cait sintió una sensación cálida y líquida que fluía a


través de ella y que no podía admitir. —Sabe que durante un tiempo tú y yo... mantuvimos una relación física. Sería injusto ocultárselo. —Y tú eres ante todo una persona justa. ¿No es cierto, Caitlin? Ella no respondió. No estaba siendo justa con él. Sentía una opresión en el pecho y su labio inferior comenzaba a temblar. —Debo irme. Como he dicho, algunos tenemos que trabajar. Rand no dijo nada; se limitó observar cómo se alejaba. Cait sintió aquellos ojos castaños y ardientes abrasándole la espalda mientras atravesaba la playa. Geoffrey St. Anthony vio al duque y a su ayuda de cámara de pie junto a sir Monty Walpole, que asentía con la cabeza y sonreía ante algo que acababa de decir Beldon. Dios, cómo odiaba a ese canalla. Tanto por su arrogancia como por lo que le había hecho a Caitlin. Cuando sir Monty se alejó, Geoffrey apretó la mandíbula y echó a andar. —Veo que sigue aquí —comentó, dirigiéndose al duque—. Pensé que después de dormir una noche en una cama que no es precisamente un lecho de plumas, habría cambiado de parecer. Pero supongo que. ya que está aquí, no tiene más remedio que quedarse, al menos hasta que regrese el Moroto. La expresión de Beldon se endureció. —¿Sabe, St. Anthony? El día menos pensado abrirá esa bocaza que tiene y alguien se la cerrará de un puñetazo. Geoffrey palideció. Beldon tenía una reputación endemoniada como pugilista. Aunque odiaba a ese hombre, no quería tener que vérselas con él. ⎯¿Necesita algo? —preguntó el duque—. ¿O se trata de una visita de


cortesía? —En realidad pensé que tal vez hablaba en serio cuando dijo que había venido para echar una mano. En tal caso, puede ponerse a cavar en el yacimiento. Es una labor especializada, por lo que los nativos no intervienen en ella. Yo mismo puedo mostrarle... De pronto apareció el profesor, acompañado por el barón, que sonriui al duque de una forma que parecía sincera, aunque Geoffrey había observado que cuando Beldon se hallaba presente, Talmadge siempre parecía un tanto nervioso. Esta era otra de las habilidades de ese canalla. —¡Beldon! Por fin doy con usted, muchacho. Me preguntaba dónde se habría metido. —Lo lamento —respondió el duque dirigiéndose al profesor—. Mc estaba organizando, echando un vistazo a mi alrededor para comprobar dónde podría serles más útil. Después de la cena de anoche y lo que comimos esta mañana, pensé que... —Le advertí que no está usted acostumbrado a estas cosas —le interrumpió Geoffrey—. Disponemos de unas provisiones limitadas. Nos arreglamos como podemos. Beldon le dirigió una mirada gélida, como si quisiera partirlo en dos, Geoffrey experimentó el absurdo deseo de salir corriendo. Le daba rabia, pero no podía remediarlo. Cuando el duque se volvió de nuevo hacia ei profesor, Geoffrey emitió un suspiro de alivio. —Como le decía, supuse que un poco de carne fresca les sería muy útil. En el bosque hemos visto huellas de ciervos y de pequeños cerdos salvajes. En la isla habitan muchas aves. Es probable que algunas especies sean comestibles. El profesor Harmon parecía dudar. —Eso sería muy útil, excelencia, pero me temo que es demasiado peligroso. Más allá de la playa, el bosque es tan frondoso que parece una selva. Las montañas encierran toda suerte de peligros.


—Déjelo de mi cuenta. Conozco este tipo de terreno. —No sé... —Le aseguro que seré prudente. El profesor se quitó su sombrero de lona y se rascó su cabeza entrecana. —Bueno... si está seguro... —Lo estoy. Donovan Harmon sonrió satisfecho. —Se lo agradeceríamos mucho, ¿verdad, Phillip? Nos vendría muy bien comer algo aparte de pescado y carne enlatada. Talmadge sonrió de aquella forma tan enigmática que tenía. —Sería una bendición comer carne fresca de venado. Beldon devolvió la sonrisa al barón, pero sus ojos seguían mostrando una expresión extrañamente distante. —Delo por hecho. —Si esto da resultado —dijo el profesor—, su llegada no habrá podido ser más oportuna. —Confiemos en que así sea ⎯respondió Beldon. Entonces apareció Caitlin, quien pasó junto a Geoffrey y se detuvo junto a su padre, como de costumbre. Geoffrey sintió cierta irritación, especialmente porque Beldon se había percatado de ese detalle y parecía alegrarse. Geoffrey se preguntaba si Cait seguiría sintiendo esa ridícula adoración por su padre después de que estuvieran casados. Geoffrey se había jurado que más pronto o más tarde exigiría a Cait que le respetara. Hasta el momento se había


mostrado tolerante, pero cuando estuvieran casados, esperaba ocupar un lugar preferente en el corazón de Cait. —¿Me has mandado llamar, padre? —Sí, casi lo había olvidado. Estamos a punto de desenterrar un objeto que parece ser una urna de latón muy interesante, de principios de la Edad Media. No estamos seguros de dónde procede ni cómo llegó a bordo del barco, pero supuse que querrías estas presente cuando la desenterremos. —Por supuesto. —Cait miró a Beldon como si pensara que a él también le interesara. —Su excelencia quiere ir a cazar algún animal para comer —dijo su padre—. Él y el señor Fox nos traerán carne fresca. Cait palideció levemente. Contempló al duque como si no diera crédito a lo que acababa de oír. —Pero eso es peligroso. Más allá del bosque el terreno cambia de forma dramática. Hay selvas impenetrables, ríos caudalosos, pantanos llenos de serpientes venenosas..., durante nuestra última expedición incluso vimos un leopardo. No dejes que vaya, padre. El duque la observó como no lo había hecho hasta entonces, con una ternura que enojó a Geoffrey. —Le agradezco que se preocupe por mí, Caitlin, pero Percy y yo hemos cazado en terrenos parecidos a éste. ⎯¿Ah, sí? —En la India y en Africa —repuso Beldon sonriendo afablemente. A Geoffrey le enfureció la forma en que Cait miraba a Beldon, con una mezcla de asombro y admiración. Era preciso poner fin a ese lamentable espectáculo.


—Vamos, Caitlin —dijo avanzando hacia ella y asiéndola de un brazo—. El profesor desea mostrarnos algo. —Geoffrey esbozó una sonrisa que más bien parecía una mueca y agregó—: Estoy seguro de que su excelencia está impaciente por ir a cazar. Beldon se volvió, hizo una ligera reverenda a Cait y dijo: —Buena suerte con el tesoro. —Buena suerte con la caza —respondió Cait. Geoffrey la aferró del brazo con más fuerza y la condujo casi a rastras hacia el otro extremo de la playa, maldiciendo en silencio a aquel hombre que se alejaba con paso firme y arrogante. Casi todos se hallaban dormidos en el campamento. Rand estaba sentado en la oscuridad, frente a la hoguera que casi se había apagado, contemplando las relucientes ascuas, que era cuanto quedaba en el círculo de cantos rodados grises. A lo lejos percibió el sofocado parloteo de un mono que había bajado de las montañas del interior y se había encaramado a uno de los árboles que crecían junto a la playa. Al anochecer, el grupo había comido una buena ración de carne de venado, que él y Percy habían traído por la tarde. Ambos habían conseguido abatir a uno de los pequeños ciervos comunes que habitaban en la isla, el cual les había procurado suficiente carne para alimentarse durante varios días, y todos se sentían muy animados. O casi todos. Él estaba de mal humor. Cuando hubieron terminado de cenar, St. Anthony y Cait fueron a dar un paseo por la playa. Habían desaparecido en la oscuridad y tardaron mucho en regresar. Cuando por fin habían aparecido, Cait había procurado no mirarle y se había metido apresuradamente en su tienda de campaña. Rand crispó los puños. Sintió deseos de irrumpir en su tienda de campaña y exigirle que le explicara qué había entre ellos dos. Casi la había alcanzado


cuando se percató de que podían verle, pero le tenía sin cuidado. Tras echar un vistazo a su alrededor para cerciorarse de que nadie le observaba, Rand levantó la pieza de lona de la entrada y penetró en el oscuro interior. La sofocada exclamación que emitió Cait indicaba que no estaba dormida. La joven se incorporó bruscamente, cubriéndose el pecho con una delgada manta de lana. —¿Qué haces? No puedes entrar aquí. —Por lo visto sí puedo, dado que ya estoy dentro. Cait se tensé. Envolviéndose con la manta, apoyé los pies en el suelo y se levantó. Detrás de la tienda ardía la hoguera de los nativos, la cual arrojaba la suficiente luz a través de la lona para que Rand viera que Cait llevaba un largo camisón blanco y el cabello peinado en una gruesa trenza. vista pendía sobre un hombro, rozando un abultado pecho, coronado por un pezón rosa, que él recordaba muy bien. De pronto notó que tenía el miembro tieso, tal como podía apreciarse por el bulto que asomaba a través de su pantalón de algodón. —¿Qué quieres? —La voz de Cait interrumpió sus caprichosas reflexiones. —Quiero saber qué hay entre tú y St. Anthony. ¿Te acuestas con él? Ella dirigió la vista hacia el estrecho catre. ⎯¿Tú que crees? En ese catre apenas cabe una sola persona. —No me refería a eso. —Eso no te incumbe, pero no, no me acuesto con Geoffrey. Nunca me he acostado con él. —Pero lo harás.., cuando estés casada con él.


Cait tragó saliva. Rand observó el movimiento de su garganta al tragar. —Seré su esposa, Rand. «No lo serás —pensó él, mordiéndose la lengua para no decirlo—. No mientras yo esté aquí para impedirlo.» Luego avanzó hacia ella y asió el extremo de su trenza, sintiendo deslizarse las sedosas hebras entre sus dedos. Dios, qué hermosa era, tan vibrante y llena de vida! El verla allí realzaba esa impresión. Él se había sentido atraído por ella desde el momento en que había oído el sonido de su voz. A partir de ese día, la atracción se había intensificado y ahora que él se encontraba allí, la deseaba más de lo que jamás pudo haber imaginado. —Aún no estás casada con él —dijo Rand suavemente, escudriñando su rostro. Ella sacó un poco la lengua para humedecerse los labios y él notó que su cuerpo se tensaba. Le tomó la cara entre las manos, inmovilizándola, y la besó con fuerza. Durante un instante Cait se quedó helada; luego comenzó a debatirse, empujándolo para que la soltara. Pero Rand la besó con más pasión. Sintió la guerra que se libraba en el interior de Cait, la batalla para no ceder. Estaba comprometida con St. Anthony. No era mujer que rompiera su palabra. Pero Rand también había hecho un juramento, y estaba decidido a cumplirlo. La besó con ternura, besuqueando las comisuras de su boca con unos toques leves como el aleteo de una mariposa, y luego volvió a besarla intensamente. Los labios de ella se hicieron más dúctiles, su cuerpo se doblegó a la voluntad de él. Con un leve suspiro de rendición, oprimió su cuerpo contra el suyo. —Dios, Caitie... Rand había olvidado el placer que le producía besarla, el increíble sabor de su boca, el dulce contacto de sus generosos pechos contra su torso. La besó de nuevo, esta vez


más apasionadamente, y ella se abrió a él, aceptando su lengua, abrazándola con la suya. Rand notó que tenía el miembro duro, pulsante, deseando penetrarla. Le acaricié la caja torácica, palpando cada una de sus costillas, y luego desplazó las manos hacia arriba para atrapar sus senos. Rand empezó a acariciarlos suavemente, sopesándolos, notando que estaban más abultados, pues casi no le cabían en las manos. Froté el pezón con su pulgar, sintiendo que se ponía tieso y duro al tiempo que todo el cuerpo de Caitlin se ponía rígido en sus brazos. Cait se aparté bruscamente de él y retrocedió hacia las sombras. Respiraba de forma entrecortada y su cuerpo temblaba levemente. —Eso... no debió ocurrir. —¿No? Pues yo creo que es justamente lo que debía ocurrir, pero hace tiempo. —Vete, Rand. Todo ha terminado entre nosotros. No vuelvas a aparecer por aquí. Él crispé la mandíbula. Deseaba gritarle, decirle que tenía la intención de regresar, que pronto ella sería su esposa y la besaría hasta que perdiera el mundo de vista, que le haría el amor hasta que ella le implorara que ce sara. En vez dc ello, observó cómo temblaba, vislumbré el destello de unas lágrimas en sus mejillas y guardó silencio. Blasfemando, Rand dio media vuelta. Salió precipitadamente de la tienda y al sentir el fresco aire tropical que se había levantado por la noche, inspiré profunda y repetidamente para calmar sus nervios. Se dijo que debía tener paciencia, que aún habla tiempo. La había echado en falta mis de lo que imaginaba, pero deseaba que ella acudiera a él, que le contara lo del niño. Si no lo hacía..., en fin, ya se preocuparía por ello cuando llegara el momento oportuno. De momento, sus preguntas habían sido respondidas. Ella no se acostaba con St.


Anthony, no estaba enamorada de él. Y su cuerpo decía lo que la propia Caitlin se negaba a confesar. Que seguía sintiéndose atraída por él. Que seguía deseándole. Sólo Dios sabía lo mucho que él la deseaba a ella. Sentado detrás de un montón de cajas colocadas boca arriba que hacían las veces de escritorio en su tienda de campaña, Phillip Rutherford concluyó la anotación que estaba haciendo en el libro mayor. El ocuparse de todos los gastos de la expedición era una tarea más ardua de lo que él había supuesto. Puesto que la mayoría de los nativos hablaba una mezcla de francés y portugués, y él hablaba fluidamente el francés, sus obligaciones se habían ampliado, exigiéndole más tiempo y esfuerzo de lo que él estaba acostumbrado. Por otra parte, le ofrecía mayores oportunidades. Phillip sonrió para sí. Dado que él administraba todo el dinero, inclusive la nómina, sabía con exactitud qué había que pagar y cómo sisar un poco de dinero. Sabía qué provisiones eran absolutamente necesarias y cuáles representaban un lujo adicional para los miembros de la expedición, pero no eran imprescindibles. Donovan Harmon —ese viejo ingenuo— confiaba en él totalmente, lo que significaba que los otros miembros de la expedición también lo hacían. Excepto Caitlin. Después de tantos meses como llevaban allí, esa chica se negaba a dar su brazo a torcer. Durante las primeras semanas después de haber partido de Inglaterra, él se había afanado de nuevo en cortejarla, pero cada vez que intentaba un acercamiento ella le rehuía. La mayoría de las mujeres lo encontraban atractivo, y le enojaba que Caitlin se mostrara inmune a sus encantos. Al final había llegado a la conclusión —en todo caso de momento— de que no valía la pena molestarse en tratar de conquistar a Cait Harmon. Al fin había decidido dedicar su atención a una mujer que estuviera más dispuesta a satisfacer sus necesidades, una mujer que hiciera lo que él le


ordenara. Ella se ocupaba de atenderle y hacía que su vida en aquella condenada isla fuera soportable. Para el poco tiempo que iba a permanecer allí, con ella tenía más que suficiente. En ese aspecto, las cosas también iban viento en popa. Ya habían recogido una impresionante cantidad de objetos valiosos: más monedas de plata, diez lingotes de plata, un crucifijo de oro macizo engastado con esmeraldas y rubíes, una copa de oro, varias cadenas de plata de gran valor, un exquisito joyero dorado... Habían hallado todos esos objetos enterrados en la arena, unos artículos almacenados en cajas de madera podrida que la corriente había arrastrado hasta la playa cuando el barco había embarrancado en el arrecife. Aún no habían dado con el cofre que contenía el collar de Cleopatra. Aunque lo hallaran, los artículos que habían descubierto hasta la fecha valían una pequeña fortuna. Phillip sonrió al pensar en esos objetos cuidadosamente empaquetados en una caja colocada en un rincón de su tienda. El único obstáculo hasta ahora era la intempestiva aparición del duque. De momento Beldon estaba ocupado organizándose. No tenía idea de lo que habían descubierto. A diferencia de los otros, cuando lo averiguara quizá comenzara a sospechar. Beldon nunca le había caído bien a Phillip. No se fiaba de él y estaba claro que la antipatía era mutua. Con todo, no había motivo para creer que el duque permanecería mucho tiempo en la isla. No necesitaba el dinero y la ventaja de hallarse en un lugar tan remoto no tardaría en disiparse. En tanto Phillip se andara con cautela, no había razón para preocuparse. Phillip sacó la leontina del bolsillo de su chaqueta, abrió la tapa de su reloj de oro macizo y consultó la hora. Era casi medianoche. Cerró cl libro de cuentas, apagó la lámpara y la tienda quedó sumida en la oscuridad. Fuera, el campamento estaba en silencio. Oyó el zumbido de las cigarras y el suave murmullo de las frondas de palmeras.


De pronto la puerta de la tienda se abrió bruscamente y penetró una silueta delgada y morena. ⎯Bwana Phillip —dijo con voz melosa. Era una mujer alta y esbelta, dc movimientos ágiles, con la piel exquisitamente suave, del color dc chocolate con nata. Tenía los senos pequeños y altos, las nalgas redondas como dos lunas. —Hace rato que te espero —contestó él con aspereza—. ¿Dónde te habías metido? —Pero me dijiste que viniera cuando apagaras la lámpara... —No me gusta que me hagan esperar, Maruba. Ya lo sabes. —Aunque su tono era firme, contenía un deje de impaciente deseo—. Espero que mc resarzas por tu tardanza. Ella comprendió que se trataba de un juego, y esbozó una sonrisa tan felina que sólo le faltaba ponerse a ronronear. —Sí, bwana. Maruba te pide perdón. Sólo desea complacerte. Maruba se arrodillé ante él y empezó a desabrocharle rápida y hábilmente los botones de la bragueta. En cuanto hubo separado el tejido tomó en sus manos el miembro viril. —Qué grande es —dijo ella acariciándolo suavemente, sabiendo que él deseaba que se lo dijera aunque no fuera verdad. No obstante, lo que le faltaba en cuestión de tamaño lo compensaba con su fantasía. Eso siempre complacía a las mujeres. —Métetelo en la boca —le ordenó él, y ella obedeció sin reservas, deslizando la lengua por su carne con gran pericia. Phillip notó que se tensaban los músculos de todo su cuerpo a la vez que sentía mil sensaciones. Ella no tardó en llevarlo al clímax. En el momento de eyacular Phillip emitió un ronco silbido, al tiempo que introducía su yerga entre los labios de Martuba una y otra vez.


Cuando él se hubo corrido, Maruba utilizó el borde de su sarong rojo para limpiarle. Luego lo condujo hasta la cama y empezó a desnudarlo. Phillip dejó que Maruba le ayudara a quitase la chaqueta y el pantalón, las botas y las medias, aunque lo cierto es que hubiera preferido que se marchara. Pero a las mujeres les gusta creer que son útiles, que los hombres las necesitan y disfrutan con sus atenciones. Si el maldito camastro no hubiera sido tan reducido, Phillip habría dejado que ella le hiciera correrse de nuevo. Tras besarla en la comisura de la boca, Phillip le indicó que se retirara. —¿Quieres que vuelva mañana por la noche, bwana Phillip? Él asintió sonriendo, mostrando su blanca dentadura en la oscuridad. Maruba se marchó tan sigilosamente como había llegado, deteniéndose sólo para recoger la moneda de plata que él había dejado al pie de la cama. Phillip reprimió un arrebato de ira dirigido contra Cait Harmon. Si esa zorra se hubiera mostrado más amable, él podría desahogarse gratuitamente en lugar de tener que pagar por ello


15 Avanzando sigilosamente por la senda de los animales, Rand y Percival Fox se adentraron más profundamente en el bosque, portando cada uno un mosquete de cañón largo en la mano. Al llegar a la orilla de un caudaloso arroyo que brotaba de las entrañas de la montaña, se detuvieron, apoyando sus armas en el tronco de una acacia. —Aquí estaremos seguros —dijo Rand—. Los otros se niegan a llegar hasta aquí. — Se arrodilló y tomó un puñado de agua, gozando con su frescor, bebiendo hasta saciar su sed—. ¿Qué hay de Talmadge? —preguntó sin volverse—. ¿Has podido averiguar algo útil? Percy sonrió. —Pues sí. La cocinera, la viuda, la señora Wilmot, me ha informado de muchas cosas. ⎯¿Por ejemplo? ⎯¿Sabía usted que el barón controla los libros de cuentas de las provisiones? Rand frunció el ceño. —Él es quien administra el dinero, y guarda el tesoro. ⎯¿El tesoro? ¿Qué tesoro? —Rand se apartó del arroyo para mirar a su amigo a la cara—. ¿No irás a decirme que han encontrado el collar? —No, el collar no, al menos todavía. Pero han realizado unos hallazgos muy importantes. Un crucifijo de plata, diez lingotes de plata, un joyero de oro macizo engarzado con diamantes y esmeraldas y cosas por ese estilo. En un lugar han hallado más de mil florines holandeses de plata. Rand emitió un silbido. No era lo que él había imaginado.


—¿Suponía el profesor que iban a encontrar ese tesoro? No recuerdo que mencionara otros objetos aparte del collar. —Por lo visto creía que existía esa posibilidad. En realidad no le interesaba hallar otro objeto que el collar y no quiso hacer promesas que luego no pudiera cumplir. —Pero Talmadge debió de saberlo. Y debió de convencer al profesor de que tendrían éxito en la empresa. Y ahora me dices que esos objetos obran en poder de Talmadge. El profesor debe de estar loco. —Yo diría que es un ingenuo. Confía totalmente en el barón. Empiezo a pensar que ese hombre es inocente. No creo que el profesor Harmon tenga el valor de participar en un fraude. —Espero que tengas razón —repuso Rand sintiendo un profundo alivio—. Ese anciano empieza a caerme bien. —Según la señora Wilmot, que ha oído las conversaciones entre padre e hija, la señorita Harmon ha tratado en varias ocasiones de convencer a su padre para que se muestre más cauto en lo que se refiere al barón. Pero al parecer no lo ha conseguido. —Si Talmadge ha conquistado la plena confianza de Harmon, debió de hacerlo hace un tiempo —comentó Rand apoyando una mano en el hombro de Percy—. Es posible, amigo mío, que hayas descubierto el siniestro plan del barón. Los tesoros que el profesor ha hallado hasta ahora deben de valer mucho dinero. No se me ocurrió que el objetivo de ese hombre fuera tan simple. Reunir el dinero, utilizarlo para hallar el tesoro y luego robarlo. Si su plan tiene éxito, no tendrá que trabajar nunca más. Percy no parecía muy convencido. —Si ésa era su intención, el riesgo de fracasar era elevado. No tenía ninguna garantía de que el profesor hallara ningún tesoro en la isla. —Cierto. Y Talmadge no es hombre dado a correr riesgos. —Rand se frotó la


mandíbula—. No obstante, el dinero no era suyo. Y no tenía nada que perder salvo su tiempo, y podía ganar una fortuna en oro y joyas si la empresa tenía éxito. —Suponiendo que esté usted en lo cierto, ¿cómo podemos demostrarlo? ¿Y qué podemos hacer para detenerlo? —Ésa, amigo mío, es una excelente pregunta. Rand tomó su pesado mosquete y Percy hizo lo propio. Cuando echaron a andar por el sendero, la voz de Percy, que caminaba detrás de su patrón, llegó hasta éste. —Quizá le interese saber que se ve con Maruba, la sirvienta. Por lo visto tienen una relación. Rand se paró en seco y se volvió. —Caramba, eres un pozo de información. Un dato muy interesante. Quizá nos sea útil. En estos momentos, sin embargo, mi principal objetivo no es atrapar a Talmadge. Me interesa más hallar la forma de convencer a Cait Harmon de que le conviene más casarse conmigo que con Geoffrey St. Anthony. Percy soltó una carcajada que resonó a través del bosque. —Su señorita Harmon parece una mujer muy inteligente. Puesta a elegir entre usted y St. Anthony... la decisión es sencilla. Rand blasfemó entre dientes. —Debería de serlo. Si Caitlin no fuera tan condenadamente testaruda... —Si no fuera una mujer de carácter, a usted no le atraería. Rand sonrió.


⎯Quizá tengas razón. En cualquier caso, confío en que recobre pronto el juicio. Rand se abstuvo de agregar «de lo contrario», pero Percy intuyó que estaba ahí. Dentro de menos de dos semanas Cait Harmon se convertiría en la esposa de Rand, la próxima duquesa de Beldon. Abandonarían esa maldita isla y regresarían a un lugar civilizado donde ella daría a luz a su hijo con todas las garantías higiénicas y sanitarias. Rand estaba dispuesto a hacer lo que fuera con tal de conseguirlo. Tanto si le gustaba a Caitlin como si no. El sol lucía débilmente en el horizonte, amortiguado por una ligera capa de nubes. Cait vio a Rand salir del bosque y encaminarse hacia el claro, con un par de rollizas aves sobre su hombro. Llevaba más de una semana cazando, y cada vez que se marchaba ella se quedaba preocupada y nerviosa. En esos momentos, al verlo regresar, Cait sintió una sensación de alivio. Maldito fuera, pensó, no debía preocuparse por él. Rand Clayton no significaba nada para ella, ya no. Dentro de menos de una semana, Geoffrey St. Anthony se convertiría en su marido. Era en Geoffrey en quien debía pensar. Pero la selva en la isla era densa e inhóspita. El peligro acechaba por doquier. Durante la primera expedición encabezada por su padre a Santo Amaro, dos de los porteadores nativos que integraban su grupo habían muerto víctimas de los animales salvajes cuando se habían aventurado en la selva en busca de una presa. Cait miró de nuevo a Rand y le vio depositar en el suelo las aves que llevaba colgadas sobre el hombro. Luego dirigió la vista hacia el campamento, directamente a ella, y Cait sintió un leve cosquilleo. Trató de olvidar la noche en la que él irrumpió en su tienda de campaña y la besó, pero cada vez que él sonreía ella recordaba el tacto de aquellos labios firmes y viriles besándola apasionadamente, sus manos acariciando sus pechos.


Cait procuró desterrar los remordimientos que sentía por ocultarle que esperaba un hijo suyo; se dijo que no tenía más remedio, pero cien veces pensó en ir a contarle la verdad. Pensó en lo distinto que sería todo si se casara con él en lugar de hacerlo con Geoffrey St. Anthony. Por desgracia, el riesgo era demasiado grande. Cait no estaba segura de que él se casaría con ella si supiera que estaba encinta. Pero no le cabía la menor duda de que él pretendería arrebatarle el bebé. Volviéndose para rehuir la insistente mirada de Rand, resuelta a no hacer caso de él, Cait tomó la cesta que le había dado la cocinera y enfiló hacia la playa. Se hacía tarde y quería coger unas uvas silvestres que crecían en el acantilado que se alzaba sobre una cercana ensenada. Pronto subiría la marea, impidiéndole rodear el promontorio que debía salvar a fin de alcanzar la ensenada, y Cait deseaba evitarlo. No tardó en llegar a la arenosa ensenada situada al sur, junto a la que habían elegido para instalar su campamento. Presentaba la forma de una media luna, en cuya parte posterior arrancaba una empinada ladera que al cabo de unos metros formaba un ancho saliente desde el que ella podía alcanzar las uvas. Las largas vides pendían en cascada desde la cima del acantilado. Como había hecho una docena de veces, Cait trepó por la abrupta ladera, apoyando los pies en las grietas de las rocas y en los estrechos salientes para alcanzar la meseta. Al cabo de menos de una hora, Cait llenó la cesta de suculentas uvas negras y se dispuso a descender por la ladera. El nivel del mar había empezado a elevarse y ella deseaba alejarse de allí antes de que invadiera la ensenada. Casi lo había conseguido cuando la roca sobre la que apoyaba los pies empezó a desmoronarse y ella se deslizó hacia abajo. Cait gritó al notar que una parte del saliente cedía y al cabo de unos momentos aterrizó sobre unas piedras, varios metros más abajo. El golpe la dejó sin aliento. Durante unos instantes permaneció tendida, boqueando y tratando de recobrar


el aliento. No se había lastimado. Cuando los latidos de su corazón se aplacaron, Cait vio que la cesta de uvas había aterrizado a pocos palmos de donde se encontraba ella. Sonriendo satisfecha al comprobar que sus esfuerzos no habían sido en vano, alargó la mano para asirla. Por desgracia, al hacerlo otra porción del saliente cedió y Cait comenzó a deslizarse otra vez, con la falda levantada y sintiendo que las afiladas piedras le arañaban la piel del dorso de las piernas. El suelo se alzaba con alarmante velocidad y Cait extendió una mano para amortiguar el impacto, pero no lo consiguió y se golpeó la cabeza contra una roca. Durante unos momentos sintió que le silbaban los oídos y la vista se le nublaba. Pestañeó para recuperar la visión, pero ese pequeño movimiento hizo que se sintiera mareada. Cait se esforzó en reprimir la sensación de pánico y luchó contra la oscuridad que se abatía sobre ella, temiendo que si perdía el conocimiento no lograría abandonar la ensenada antes de que penetrara la marca y la arrastrara hacia el mar. Fue su último pensamiento coherente antes de que el dolor que sentía en la cabeza se intensificara y ella cerrara los ojos, sumiéndose en la oscuridad. Rand echó a andar por la playa. Empezaba a anochecer y Caitlin no había regresado. ¿Dónde diablos se había metido? Rand echó un vistazo por el campamento. ¿Y dónde estaba ese estúpido de St. Anthony? Rand crispó un músculo en su mandíbula, jurándose que si esos dos habían desaparecido disimuladamente para... Pero no terminó el pensamiento, pues en aquel preciso instante salió del bosque su rubio rival. Al cabo de unos segundos apareció en la playa Maruba,


la bonita sirvienta, que acababa de salir de entre los árboles unos metros más arriba. Qué interesante, pensó Rand, preguntándose si la chica había estado divirtiendo a Geoffrey de la misma forma que al barón. Rand dejó de pensar en St. Anthony y se concentró de nuevo en Cait con una mezcla de preocupación y alivio. Pero el sentimiento de preocupación era más fuerte. Si no se encontraba con St. Anthony, ¿dónde diablos estaba? Preguntó a los que se hallaban en el campamento si sabían dónde estaba Cait, pero nadie la había visto. —Ha ido a por uvas le informó Hester Wilmot, una mujer corpulenta y un tanto áspera, con las mejillas fláccidas y las caderas anchas—. Suele hacerlo un par de veces a la semana. No se preocupe. Regresará antes de que oscurezca. Pero estaba preocupado. Su sexto sentido no dejaba de martillearle en la nuca y él solía hacer caso de esa sensación. —¿Adónde ha ido por esas uvas? —A una ensenada en la playa, justo pasada ésta. Las uvas crecen sobre el acantilado. La tensión que había hecha presa en Rand se intensificó. Esa palabra, «acantilado», no le gustaba nada. —Gracias. Iré en su busca para que regrese sana y salva. Hester Wilmot le miró con una expresión que indicaba que estaba perdiendo el tiempo, se limpió las manos con el mandil que llevaba anudado en la cintura y continuó removiendo el puchero de sopa que estaba preparando. Diciéndose que era un idiota, que Caitlin era más que capaz de cuidar de sí misma, Rand echó a andar por la playa. Quizá se preocupaba inútilmente, pero debía pensar en el niño y, por otra parte, le atraía la idea de sorprenderla sola. De no haber estado tan preocupado, Rand habría sonreído. Deseaba reanudar


su conversación con ella a partir del punto donde la habían dejado en la tienda de campaña de Cait. Con suerte, ésta podía ser la ocasión que él buscaba. Por desgracia, cuando Rand llegó al promontorio que separaba las dos ensenadas, vio que la marca había empezado a subir. Tendría que sumergirse en el agua hasta las rodillas para alcanzar el otro lado, lo que significaba que Cait tendría que hacer lo mismo para salir. A Rand no le hizo gracia esa perspectiva. Las olas eran enormes y Caitlin menuda. Un paso en falso y la corriente la arrastraría hacia el mar. ¡Maldita mujer! Si era tan imprudente que era incapaz de cuidar de sí misma, lo menos que podía hacer era pensar en el niño. Maldiciendo a Cait y a todas las mujeres testarudas como ella, Rand desató los cordones de sus botas y se las quitó, se enrolló las perneras del pantalón y se metió en el agua. Las olas eran altas y el agua le alcanzaba casi la parte superior de los muslos, y Rand empezó a preocuparse seriamente por Cait. Quizá fuera voluntariosa y algo temeraria, pero no era estúpida. Él no creía que se expondría adrede a un riesgo semejante. Su pulso se aceleró al sospechar que debía de haberle ocurrido algún percance. —¡Cait! —gritó Rand tratando de hacerse oír sobre el estruendo de las olas —. ¿Me oyes, Caitie? —Después de rodear el promontorio, se dirigió chapoteando hacia la orilla—. ¡Caitlin! ¿Dónde estás, Cait? Pero no obtuvo respuesta y los latidos de su corazón se intensificaron al tiempo que aumentaba su temor. —¡Contéstame, Cait! Rand escudriñó los acantilados, vio las frondosas vides que descendían como una cascada desde la cima. Estaba anocheciendo, y las rocas aparecían poco más que como vagas siluetas negras a la débil luz crepuscular. Era difícil ver con claridad, pero...


¡Maldita sea! Sobre el saliente había una figura que sin duda era Cait. Rand creyó ver un trozo de su falda de sarga marrón colgando sobre el saliente, a medio camino de la empinada ladera que conducía a la cima. Rand sintió una punzada de terror. Cait estaba inmóvil. «¡Dios mío, no permitas que esté herida!» Rand trató de serenarse y empezó a subir lentamente por la ladera. Avanzando palmo a palmo, apoyando cada pie descalzo con cuidado, lamentándose de no llevar puestas las botas, siguió trepando hacia el saliente. Cuando lo alcanzó, Rand vio el cuerpo inmóvil de Cait, la palidez de su rostro que destacaba sobre el color negro de la roca volcánica. La emoción hizo presa en él y sintió una opresión en el pecho. Durante unos instantes respiró con dificultad. Rand se detuvo e inspiró profundamente, tratando de llenar sus pulmones con el freso aire marino. El tiempo apremiaba y debía conservar la calma. Siguió trepando y cuando alcanzó el saliente, se arrodilló junto a ella, le levantó la cabeza y le apretó la mano. —¡Caitlin! ¿Puedes oírme, Caitlin? Rand oyó un débil gemido. Cait pestañeó y por fin abrió los ojos. ⎯¿Rand...? Las manos le temblaban y Rand hizo un esfuerzo por controlar su emoción. —Todo irá bien. Dime dónde te duele. Ella se humedeció los labios y tragó saliva. —La cabeza... Yo... creo que me di un golpe. —¿Te caíste? ¿Te caíste del saliente? —La preocupación que le inspiraba Cait se incrementó al pensar que la criatura podía haber sufrido algún


percance. —La roca se desmoronó y resbalé. No... no fue una caída aparatosa. Pero me di un golpe en la cabeza. —No te muevas. Quiero cerciorarme de que no tienes ningún hueso roto. — Rand examinó rápidamente las piernas y los brazos de Cait por si tenía alguna fractura, y al comprobar que no se había roto nada sintió una sensación de alivio. —La marea, Rand. —Cait movió la cabeza tan bruscamente, que esbozó una mueca de dolor y Rand la ayudó a tumbarse de nuevo—. Tenemos que alejarnos de aquí — dijo Cait—. Tenemos que irnos antes de que suba la marea. —Lo sé, mi amor. Tranquilízate. Quiero que trates de incorporarte, pero despacito. ¿Podrás hacerlo? Cait asintió con la cabeza. —Creo que sí —respondió. Se incorporó con cuidado y evidente esfuerzo. Pero una vez que lo hubo conseguido, sonrió. Impulsivamente, Rand se inclinó y la besó con suavidad. —Vámonos. Salgamos de aquí. Cait aferró la mano de Rand y él la ayudó a ponerse en pie. Cait dio un tímido paso, tropezó y él se apresuró a sujetarla. —Qué mala suerte —comentó ella—. Creo que me he torcido el tobillo. Rand profirió una blasfemia y confió en que ella no la hubiera oído. —No te preocupes. Puede que tardemos un poco más, pero llegaremos abajo.


Apóyate en mí. Lenta y metódicamente, paso a paso, Rand ayudó a Cait a descender por el acantilado. Cuando llegaron abajo, a Cait le temblaban las piernas y él la tomó en brazos. —Sujétate a mi cuello. No te sueltes y yo te llevaré a casa. Ella obedeció, apoyando la cabeza en el pecho de Rand. Éste sintió el calor de su cuerpo filtrándose a través de sus ropas, percibió el olor salado que emanaba de su cabello. La abrazó con ternura, en un afán de protegerla, y dio gracias a Dios en silencio por haberle permitido llegar en el momento preciso. Pero el tiempo apremiaba. Cuando atravesaron la playa hacia el promontorio situado a un lado de la ensenada, comprobaron que el nivel del agua había subido peligrosamente. —Me temo que tendremos que mojarnos. Los brazos de Cait se tensaron alrededor de su cuello. —Tengo miedo, Rand —dijo—. No soy una buena nadadora. Él trató de sonreír para tranquilizarla. —Confía en mí. No dejaré que te ocurra nada malo. Cait observó el oleaje, la espuma blanca que saltaba sobre las rocas. —Pero... Nunca he visto la marca tan alta. —Lo conseguiremos, Caitie, te lo prometo. Sujétate bien y disfruta del paseo. Rand se metió en el agua, cada vez más profundamente, hasta que ésta le alcanzó el pecho y las olas le golpeaban el rostro. Sentía a Cait temblando, la tensión que emanaba su cuerpo menudo. Rand avanzó paso a paso por el agua, inclinándose hacia delante, resistiendo el embate de las olas, utilizando su peso para conservar el equilibrio. Cuando rodearon el promontorio y


alcanzaron la arena seca al otro lado del mismo, Rand tenía todos los músculos de su cuerpo entumecidos y estaba agotado. Emitiendo un suspiro de gratitud, Rand depositó su carga sobre la arena seca, lejos del agua, y se dejó caer junto a ella. —Lo conseguimos —dijo Cait con un suspiro de alivio. —¿Te duele aún la cabeza? —Mucho, pero no creo que sea nada serio. —¿Y el tobillo? Cait se lo palpó suavemente y esbozó una pequeña mueca de dolor. —Se trata de una leve torcedura. No soy médico, pero confío en que dentro de un par de días estaré perfectamente. —¿No te duele nada más? Al caerte... ¿no te lastimaste en otra zona del cuerpo? Cait lo observó con cierto recelo. —Ya te he dicho que estoy bien. Rand se pasó la mano por el pelo, apartándose los mechones húmedos de la frente. —Maldita sea, Cait, no debiste ir allí. ¿Y si yo no hubiera aparecido en el momento preciso? Ella dirigió la vista hacia el mar. Casi había anochecido, los últimos y mortecinos rayos de sol mostraban un tono violáceo en el borde del horizonte. —¿Cómo supiste dónde me encontraba? —Me lo dijo la señora Wilmot.


—¿Por qué saliste en mi busca? —Porque estaba preocupado por ti. No eres invencible, ¿sabes? Aunque tú lo creas. Cait le tomó la mano. Tenía la piel húmeda y fría pero cuando le tocó los dedos Rand sintió calor. —Gracias, Rand. Seguramente me has salvado la vida. Él sintió deseos de abrazarla, de asegurarle que estaba a salvo. Pero no era el momento oportuno. No, estando su padre y St. Anthony a pocos metros en la playa. —Si te he salvado la vida, ¿significa que me perteneces? Eso creen los chinos. Rand apenas podía distinguir su rostro a la tenue luz crepuscular. —¿Quieres que yo te pertenezca? —inquirió ella. Durante unos segundos Rand notó como si su corazón hubiera dejado de latir. —Sí, Cait. Pero ella meneó la cabeza. —No puedo seguir siendo tu amante, Rand. Voy a casarme con Geoffrey. Él le tomó la mano y se la llevó a los labios, besándola en el dorso. —Cásate conmigo, Caitie. Durante unos instantes ella lo miró incrédula, abriendo sus ojos verdes desmesuradamente. —No lo dirás en serio —repuso al fin—. Sabes que no funcionaría. Nuestras vidas son demasiado diferentes.


—Podríamos conseguir que funcionara, Cait. Di a St. Anthony que has cambiado de parecer. Dile que vas a casarte conmigo. Ella lo observó durante unos largos y silenciosos momentos, y él creyó ver que asomaban unas lágrimas a sus ojos. De pronto oyeron unos gritos procedentes del otro extremo de la playa y ambos se levantaron. Cait se apoyó en él para aliviar el dolor que sentía en el tobillo. —¡Caitlin! —Geoffrey St. Anthony echó a correr hacia ella—. ¡Por el amor de Dios! ¿Dónde te habías metido? Creíamos que regresarías antes de que anocheciera. — Geoffrey dirigió una mirada acusadora a Rand, quien le devolvió una mirada no menos feroz—. Se trata de tu padre. Ha ocurrido algo. Debes regresar al campamento de inmediato. ⎯¡Dios mío! Antes de que Cait pudiera dar un paso, Rand la tomó en brazos. —Se ha torcido el tobillo —informó a St. Anthony mientras echaba a andar hacia las llamas color amarillo naranja de la hoguera que ardía en el campamento, apenas visible a lo lejos—. Vaya a por mis botas —le ordenó sin volverse, y oyó a St. Anthony proferir una palabrota


16 —¡Padre! ¡Dios santo! ¿Qué ha ocurrido! Cait se revolvió frenéticamente contra el pecho de Rand y él la depositó en el suelo junto a la manta sobre la que yacía su padre junto al fuego. Sir Monty y el barón se hallaban a su lado, mostrando una expresión seria y preocupada. Cait se arrodilló junto a su padre y apoyó una mano temblorosa sobre su frente, que estaba cubierta de sudor. El profesor estaba blanco como la arena de la playa. —Estoy seguro de que no es nada grave, querida —dijo éste, esbozando una temblorosa sonrisa—. Imagino que se trata de una insolación. Cait se volvió hacia sir Monty. —¿Qué ha ocurrido? —inquirió angustiada. —Su padre estaba trabajando en el yacimiento. De pronto, cayó al suelo. Cait se mordió su trémulo labio inferior, rezando para que no se tratara de un problema cardíaco. Su padre se hacía mayor. Las personas ancianas sufrían con frecuencia ese tipo de accidentes. Cait le tomó la mano y notó que le apretaba la suya. —¿Cómo te sientes? —Un poco débil, eso es todo. Estoy seguro de que no es nada por lo que debas preocuparte. Pero ella estaba preocupada. Aterrorizada. Cada año la salud de su padre era más frágil. Cait pensó en la inesperada propuesta de matrimonio que le había hecho Rand y sintió un dolor sordo en el corazón. Luego miró el pálido rostro de su padre y comprendió que era imposible. Su padre la necesitaba ahora más que nunca.


—Debes descansar un par de días —le dijo—. Nada de sol ni esfuerzos físicos. Debes descansar para recuperar las fuerzas. En lugar de discutir como habría hecho en circunstancias normales, el profesor se limitó a asentir con la cabeza, lo cual preocupó aún más a Cait. —Estoy seguro de que se pondrá bien —dijo Geoffrey dirigiendo a Cait una mirada cargada de significado—. Nos tiene a los dos para atenderlo. Cait asintió con la cabeza. No podía mirar a Rand, le resultaba imposible. Él había estado preocupado por ella, le había salvado la vida en la ensenada. Le había pedido que se casara con él y durante un instante de locura, de felicidad, ella había pensado en aceptar. En ese momento apareció la señora Wilmot con un cuenco de agua y un paño. —Gracias —dijo Cait tomando ambos objetos. Humedeció el paño y lo colocó sobre la frente de su padre. Notó la presencia de Rand a sus espaldas y sintió como si su mirada la traspasara. Él la conocía bien. En cuanto había visto a su padre tendido sobre la manta, había comprendido que ella rechazaría su propuesta de matrimonio. Cait se volvió para mirarlo con los ojos llenos de lágrimas. Al verlas, Rand dedujo que éstas confirmaban lo que él había imaginado y dio media vuelta y se marchó. Tragando saliva para aliviar el nudo que tenía en la garganta, Cait le observó alejarse a través de las lágrimas que nublaban sus ojos hasta que la alta figura de Rand desapareció en la sombra. Su padre se movió un poco. Cait volvió a concentrarse en él. Estrujó la toalla y la aplicó de nuevo sobre su frente, que estaba cubierta de sudor y excesivamente caliente.


—Lo mantendremos en observación durante un par de días —dijo lord Talmadge—. Su postración puede deberse a una fiebre tropical. Conviene mantenerlo aislado de los demás, por si se trata de algo contagioso. Llevaba razón, pero Cait se preguntó irritada por qué sería que las pro. puestas del barón eran siempre lo que más le convenía a él. —Colocaremos su tienda de campaña lejos de las otras. Yo permaneceré junto a él unos días. Y así lo hizo. Los sirvientes les dejaban la comida frente a la tienda de campaña. Cojeando todavía un poco, Cait las transportaba al interior de la tienda y ayudaba a su padre a comer. Mandó que le llevaran su catre a la tienda de campaña y por las noches dormía allí para atender a su padre. Mientras él dormía ella permanecía sentada junto a él, y cuando estaba despierto le leía en voz alta. El profesor seguía teniendo temperatura, pero no tan alta como para hacer temer por su vida. Tres días más tarde, el profesor se levantó de la cama y prácticamente reanudó su vida normal. La postración que había sufrido comenzó a disiparse y fue recobrando lentamente las fuerzas. Como no se habían producido otros casos de fiebre entre los miembros de la expedición, instalaron de nuevo su tienda en el campamento y comía con los demás. No obstante, Cait estaba preocupada por él. No había manera de averiguar qué le había provocado la fiebre, o si volverla a atacarle. Rand se habla acercado varias veces para interesarse por el estado de su padre, pero cuando éste comenzó a recuperarse y ella se sintió más tranquila, no le había vuelto a ver. Mejor así, se dijo Cait. Pasado mañana regresaría el Moroto y ella y Geoffrey se casarían. No era lo que ella deseaba, no había imaginado que su vida tomaría esos derroteros. No obstante, su padre se mostraba más complacido


de lo que ella había supuesto. —Cuando enfermé temí no poder asistir a tu boda. —Su padre, que estaba sentado en un tronco frente al fuego, le tomó la mano—. Aún no te he dicho lo satisfecho que me siento por tu decisión. Cada año me hago más viejo. Tu futuro me preocupaba, Caitlin. Ahora sé que Geoffrey cuidará de ti y te protegerá. Y un día tendréis hijos. Sé que serás una madre excelente. Como lo fue la tuya. Cait asintió con la cabeza. Tenía un nudo en la garganta que le impedía articular palabra. Por el rabillo del ojo vio a Rand de pie en la sombra, y su postura rígida le indicó que había oído la conversación que ella había mantenido con su padre. Cait se enjugó una lágrima adherida a las pestañas y sonrió a su padre. Cuando se volvió para mirar a Rand, comprobé que había desaparecido. El ardiente sol de mediodía caía a plomo, traspasando implacable las hojas de los árboles, abrasando la arena y a los que se hallaban trabajando en la playa. Aunque por lo general la temperatura era agradable, los últimos días había hecho un calor insólito, sin que soplara una brisa que refrescara la sofocante atmósfera. Rand observó a Caitlin desde detrás de un grupo de árboles y vio que abandonaba el yacimiento, como solía hacer prácticamente cada día desde que él había llegado al campamento. Después de tomar una toalla de hilo de su tienda de campaña, Cait recorrió un breve trecho hacia el interior de la isla. Rand decidió seguirla, sabiendo que se dirigía a una charca natural en las rocas formada a los pies de una cascada que se precipitaba suavemente. Era un lugar precioso y recogido al que Cait acudía casi a diario, el lugar perfecto para llevar a cabo el plan que él había urdido. Rand sonrió con amargura, atormentado entre el deseo y los remordimientos. La estrategia que había planeado no era lo que había deseado hacer. Había confiado que Caitlin acudiera a él para contarle que esperaba un hijo suyo. A pesar de que ella había guardado silencio al respecto, el temor que él había sentido por ella aquel día en la ensenada le había llevado a proponerle matrimonio.


Durante unos momentos, en la oscuridad de la playa, Rand había creído que ella aceptaría, que le contaría lo del bebé. Pero entonces le habían comunicado que su padre estaba indispuesto y la ocasión se había echado a perder. Y todo indicaba que no volvería a presentarse. Mañana iba a casarse con Geoffrey St. Anthony. Si hasta el momento Cait había estado un tanto indecisa, la preocupación por la salud de su padre había reforzado su determinación. Pero Donovan Harmon había vivido una buena parte de su vida, y la de Cait apenas se había iniciado. Pronto se convertiría en madre del hijo de Rand, y ese niño se merecía ser criado por sus padres. Por sus dos padres. Rand se había propuesto conseguirlo. Dirigiéndose hacia el lugar al que se habla encaminado Caitlin rodeé el campamento, procurando que nadie le viera, y se adentré entre los árboles. Cuando llegó a la charca, vio que Cait se quitaba hasta la última prenda que llevaba, retiraba las horquillas que sujetaban su larga melena roja con reflejos dorados y se sumergía desnuda en la charca debajo de la cascada. Rand notó que se tensaban los músculos de su vientre. No era el momento ni el lugar idóneos, pero no cabía duda de que su cuerpo aprobaba su plan. Sumergiéndose en el agua con un suspiro de satisfacción, Cait dio unas brazadas hasta alcanzar el centro de la charca y se colocó de espaldas, dejando que su larga caballera roja flotara tras ella en el agua. Rand observó sus pezones, el triángulo de vello cobrizo entre sus muslos, el leve abultamiento de su vientre debido al hijo suyo que portaba en él. Sintió una intensa emoción que chocó con una oleada de deseo. La deseaba. La deseaba con locura. Pero había algo más. Quería a Caitlin por ella misma, por la mujer que era, por la pasión y la fuerza que albergaba dentro de sí. Era un sentimiento insólito, que él no deseaba experimentar y que le alarmo. Pero había ido allí con un propósito y estaba resuelto a llevarlo a cabo. Rand descendió por el terraplén, se detuvo junto a la charca, se sentó sobre una roca, se quitó las botas y empezó a desabrocharse los pantalones.


Cait cerró los ojos y sintió que el agua fresca y límpida fluía a través de su cabello y se deslizaba sobre su piel y entre sus dedos, eliminando el calor de la tarde y aliviando sus cuitas, en todo caso durante un rato. Mañana se casaría con Geoffrey St. Anthony. Se convertiría en la esposa de un hombre al que contemplaba tan sólo como un amigo, y su vida daría un cambio drástico. Evocó unas imágenes de Rand, el recuerdo de la preocupación que expresaba su rostro cuando la había hallado inconsciente en la ensenada, el deseo en sus ojos cuando la había besado en su tienda de campaña. Eran unos pensamientos absurdos, lo sabia, y peligrosos, que ella trató de borrar de su mente. Su padre la necesitaba, incluso más que el día en que había muerto su madre. Estaba delicado y su salud era frágil. Ella no podía abandonarlo. De pronto, Cait oyó un rumor en la orilla de la charca que le hizo abrir los ojos y volverse hacia el lugar del que provenía el sonido. Vio a Rand de pie ante ella, en toda su magnífica desnudez, mirándola con sus ojos oscuros y exhalando un calor sensual. Ella contemplé su poderoso torso, su vientre plano y musculoso, y vio que tenía el miembro erecto. El corazón le dio un vuelco en señal de advertencia. Cait se alejé nadando hacia el otro extremo de la charca, hasta tocar con los pies el fondo arenoso, y se volvió hacia él. —¿Qué... qué haces aquí? —inquirió—. No puedes venir aquí. No... de esa forma. —Como te dije antes, creo que sí puedo, puesto que ya estoy aquí. Con esto Rand se metió en el agua, que fluía alrededor de sus pantorrillas, formaba un remolino en torno a sus muslos y lamía sus nalgas.


Sumergiéndose más profundamente, Rand se dirigió hacia ella con unas brazadas lentas y poderosas. Ella sintió que el corazón le latía aceleradamente y tenía la boca seca, pese a que el agua le llegaba a los hombros. Sintió deseos de dar media vuelta y echar a correr, pero sus piernas no la obedecían. Rand tocó fondo y se incorporé junto a ella, mostrando su increíble torso y aquellos hombros anchos y musculosos. Cait tragó saliva, evitando mirar las gotitas de sudor que tenía Rand adheridas a cada uno de los rizos castaños de su pecho. —Por favor, Rand. Puede vernos alguien. Alguien que podría pensar que yo... Te suplico.., en nombre de nuestra amistad... que te vayas. Rand esbozó una leve y seductora sonrisa. —Pero en realidad no quieres que me vaya, ¿verdad, Caitie? Obraba mal, pero no, ella no quería que se fuera. Deseaba que se quedara allí. Deseaba que la besara, que la acariciara, que le hiciera el amor, de la forma en que ella recordaba en sus sueños. Cait se aparté un largo y empapado mechón que le caía sobre la cara. —Voy a casarme con Geoffrey. Mañana llegará el capitán del Moroto para celebrar la ceremonia. Rand recorrió con la vista su rostro, su cuello y la parte superior de sus senos. —Pero mañana es mañana y hoy es hoy. —La tomé por la cintura con sus manos grandes, fuertes y cálidas, sujetándola con delicadeza—. Hoy aún no estás casada. Sigues siendo Cait Harmon, y disponemos de un día más. Ella negó con la cabeza, sintiendo los mechones mojados rozándole los hombros.


Sentía una opresión en la garganta que le impedía tragar saliva. —No estaría bien, Rand. Geoffrey va a ser mi marido. Rand alzó las manos y apoyé las palmas sobre sus pechos, frotando los pezones con los pulgares, lenta y hábilmente. —Tú me deseas, Cait. ¿Puedes negarlo? Rand siguió presionándole los pezones con un movimiento rítmico, insistente, haciendo que se tensaran y palpitaran de deseo. Cait sintió un calor húmedo y resbaladizo en sus partes íntimas. ¿Podía negarlo? Podía intentarlo, pero Rand se percataría enseguida de que era mentira. —Nos merecemos esto, Cait, estar juntos por última vez. Dime que me deseas, Caitlin. Confiesa que deseas tocarme, que te penetre. Ella se mordió su tembloroso labio, decidida a no expresar lo que sentía. Las manos de él se deslizaron por su espalda, por sus nalgas, estrujándolas, atrayéndola hacia él, restregando su rígido miembro contra ella. Luego le separé las piernas, la alzó e hizo que le rodeara las caderas con las piernas. Le palpé por detrás hasta dar con su clítoris, le separé los labios con los dedos y los introdujo dentro de su vulva. —Estás caliente, Caitie, increíblemente caliente. Recuerdo lo apretado que tenías el sexo, el goce que sentí. Ella emitió un pequeño gemido cuando él comenzó a acariciarla suavemente. Se dijo que debía detenerlo, pero su excitación y su acuciante deseo hacía que se sintiera aturdida y sin fuerzas. —Dilo, Caitie. Dime que me deseas. Rand siguió deslizando sus hábiles dedos dentro y fuera de su vulva una y otra vez. Temblando, Cait apreté su cuerpo contra el suyo. Hacía tanto tiempo... Demasiado. Y


estaba enamorada de él. Cait estaba a punto de alcanzar el clímax, de correrse, cuando él detuvo su calculado ataque. Ella arqueé la espalda en un arrebato de frustración y se mordió los labios para contener un sollozo. —Dime lo que deseas —insistió él suavemente—. Dímelo, Cait, y te lo daré. —Dios, Rand... Te necesito. Te deseo con locura. Él la besó con fuerza y la penetré profundamente. Sujetándola por las caderas, la sostuvo inmóvil mientras la penetraba una y otra vez con unos movimientos largos y potentes de su abultada yerga. Cait experimenté un placer tan intenso que se le puso la carne de gallina. Clavé los dedos en los músculos de los hombros de él y echó la cabeza hacia atrás, su larga y pesada cabellera empapada en agua. Estaba aturdida, inundada de pasión, deseo y amor por él. —Córrete conmigo, Caitie. Unos movimientos más, duros y penetrantes, y Cait tuvo la sensación de que su cuerpo se fragmentaba en mil pedazos que volaban en distintas direcciones. No podía pensar, le faltaba el aliento, pero no le importé. Rand alcanzó el clímax al mismo tiempo y ella se aferré a él con fuerza, sus pensamientos lejos de allí, fluyendo con el agua de la cascada al tiempo que Rand la sostenía, su miembro enterrado todavía dentro de ella. Cuando el paroxismo comenzó a remitir para ambos, él la transporté en brazos hasta la ribera, pero no descendió por el terraplén. Vieron un saliente que hacía las veces de silla y se sentaron juntos, Rand rodeándole la cintura con un brazo, ella con la cabeza apoyada en su hombro. Cait no habría sabido decir cuánto tiempo permanecieron allí, quizá tan sólo unos segundos, o quizás unos minutos. Más tiempo de lo aconsejable. Que a ellos les supo a poco.


Cait se tensé al oír unas voces y traté de levantarse de la rocosa silla, pero Rand la sostuvo con fuerza por la cintura y la obligó a sumergirse de nuevo en el agua para ocultarse. —¡Se acerca alguien! ¡Debemos vestirnos! Rand apreté los labios en un gesto de aspereza y a ella se le helé la sangre en las venas al contemplar su expresión de satisfacción. —Es demasiado tarde, Cait. Ya están aquí. En aquel preciso momento Percival Fox, el ayuda de cámara de Rand, salió de entre los árboles. Dos pasos más atrás apareció el padre de Cait. —¡Dios santo, Cait! ¿Qué diablos...? —Su padre observé el torso desnudo de Rand y los hombros de Cait asomando a través de la superficie del agua, y comprendió que ambos estaban desnudos—. ¿Qué diantres significa esto? Cait se sumergió más profundamente en el agua, deseando poder esfumarse en el cálido aire tropical, cegada por las lágrimas y maldiciendo su temeridad. Tragó saliva y trató de responder, pero no pudo articular palabra. —Concédanos un momento, profesor —tercié Rand con tono conciliador—. Tan pronto como nos hayamos vestido, se lo aclararemos todo. —Exijo una explicación, señor. Caitlin no recordaba haber oído jamás a su padre expresarse en aquel tono. Le vio dar media vuelta y alejarse, seguido por Percival Fox. —Ánimo, Cait —dijo Rand suavemente—. No creo que casarte conmigo sea una tragedia. Ella se sentía demasiado aturdida para responder. Se dijo que debía salir del agua, que debía vestirse, pero tenía las piernas como de goma y no le obedecían. Rand la rodeé con un brazo y la ayudé a salir de la charca. Echaron a andar hacia la orilla y él le entregó la toalla de hilo que había traído ella. Rand se secó con los faldones de su camisa, se la puso y se enfundé el pantalón. Mientras ella se ponía la falda y se abrochaba las


presillas, él se até los cordones de las botas. Ninguno dijo nada mientras regresaban por el sendero hacia el campamento, pero al llegar comprobaron que el padre de Cait les estaba esperando. El profesor miré a su hija a los ojos. Cait nunca lo había visto tan cansado. En aquel momento se compadeció de él y odié al duque de Beldon. —Muy bien, señorita. Te escucho. Explícate. Unos ardientes lagrimones rodaron por las mejillas de Cait. Antes de que pudiera responder, Rand lo hizo por ella: —Esto no es lo que parece, profesor. Su hija y yo hemos... nos queremos desde hace tiempo. Sé que está comprometida con lord Geoffrey, pero creo que prefiere casarse conmigo. Sin poder contenerse, Cait se volvió hacia él y lo fulminé con la mirada. —¿Tan seguro estás de ti mismo..., excelencia? ¿Crees acaso que eres el único hombre capaz de atraerme? El rostro de Rand se endureció. Miró a Cait con una expresión que indicaba que acababa de perder la ocasión de aceptar la derrota con elegancia. —Su hija va a tener un hijo mío —dijo sin rodeos—. Creo que es motivo suficiente para que nos casemos. Sus palabras causaron a Cait un impacto más doloroso que si le hubiera asestado un puñetazo. Debió suponer que Rand sabía lo del bebé. Debió imaginarlo tan pronto como él puso los pies en la isla. De haber ella compartido su secreto con otra persona que no fuera Maggie, lo habría deducido al instante. Pero estaba segura de que su amiga jamás la traicionaría. Cait miré a Rand y se le formé un doloroso nudo en la garganta. De modo que él lo había sabido desde el principio. No la quería a ella. Nunca la había querido. Quería al bebé. Su padre fijé sus ojos azules y preocupados en ella.


—¿Es eso cierto, Caitlin? ¿Estás encinta? Cait se humedeció los labios; la ira y el rencor habían dado al traste con la escasa compostura que le restaba. —No tiene importancia. Geoffrey lo sabe todo. Me ha pedido que me case con él y yo he aceptado. Las motas doradas en los ojos de Rand parecían arder con un fuego interior. —El niño es mío. No consentiré que lo críe un estúpido petimetre. Caitlin alzó el mentón en un gesto de desafío. Sabía que le temblaban los labios. —No me casaré contigo. Ni siquiera me gustas. Su padre les interrumpió con tono áspero: —Pues esta tarde, cuando os sorprendí juntos en la charca, parecía gustarte. —El anciano se detuvo, como si le faltaran las fuerzas, pero continuó erguido —. Desde que murió tu madre, no he sido un buen padre para ti. Te he concedido demasiada libertad, he cedido con demasiada frecuencia a tus caprichos. Pero esta vez no te saldrás con la tuya. Cuando el capitán Baptiste llegue mañana, te casarás con el padre de tu hijo. Te casarás con el duque de Beldon. —Pe-pero, padre... —No se hable más. Es mi última palabra al respecto, Caitlin. Ahora te aconsejo que hables con Geoffrey y le digas que has cambiado de parecer. Cait se negaba dar su brazo a torcer, pugnando por controlar los temblores que sacudían su cuerpo. —No lo entiendes, padre. Si me caso con el duque, tendré que abandonar Santo Amaro. No puedo hacerlo. Me necesitas. No puedo...


Su padre la asió por los hombros. —Escúchame, Caitlin. Soy viejo. He tenido una vida larga y satisfactoria. Sé que no lo crees, y reconozco que me complacía dejar que te engañaras, pero lo cierto es soy más que capaz de valérmelas por mí mismo. —Pero has estado enfermo. Quizá sufras una recaída. No puedo... —Es posible que caiga enfermo, sí. Tú también. Y el duque. Ése no es el tema. —Su padre le acaricié la mejilla—. Sabes que te quiero, Caitlin. Si no creyera que el matrimonio con el duque es lo mejor para ti, no insistiría en ello. Dadas las circunstancias, y lo ocurrido esta tarde, creo queso excelencia es el hombre que te conviene. Cait calló, pero se sentía muy apenada. Parecía como si por sus venas corriera hielo. Miré a Rand, convencida de que mostraría una expresión triunfal, pero observó un gesto de preocupación que suavizaba sus rasgos. —Confía en mí, Caitlin —dijo Rand—. Lo has hecho en otras ocasiones y nunca te has arrepentido. Ella no respondió. Rand la había seducido, la había obligado a casarse con él. La obligaba a abandonar a su padre cuando más la necesitaba éste. Era imposible que confiara en él. No obstante, en su fuero interno deseaba confiar en él. Lo deseaba de todo corazón


17 —Está nervioso. —Percy Fox sonrió con expresión socarrona al contemplar a aquel hombre alto y atlético que era su amigo y su patrón desde hacía diez años, observando sus esfuerzos por anudarse la corbata blanca alrededor del cuello y ajustarse los puños debajo de su chaqueta de color marrón—. Yo sabía que más pronto o más tarde acabaría casándose con esa joven. No puedo creer que esté nervioso. —¿Pues qué esperabas? Hasta que averigüé lo del niño, el matrimonio no entraba en mis planes. Ahora no sólo voy a convertirme en padre sino también en marido. ¿No estarías tú nervioso en mi lugar? Percy emitió una carcajada. —De acuerdo, lo confieso. Supongo que es natural cuando un hombre está a punto de perder su libertad. Si le sirve de consuelo, sospecho que su novia no se lo ha tomado mejor que usted. El duque se limitó a soltar un bufido y siguió peleando con su corbata para anudársela correctamente. —Deje que le anude la corbata. Se está haciendo un lío. Percy le ajustó la corbata con su habitual pericia y retrocedió para admirar su obra. El duque estaba muy elegante con una chaqueta de color marrón oscuro y un chaleco color crema adornado con finas hebras de oro. Lucía un pantalón también color crema y unos zapatos con lustrosas hebillas doradas. —Quizás esté demasiado elegante —comentó Percy—. Según dicen, la señorita Harmon piensa casarse con usted vestida con un sencillo vestido de sarga marrón. Rand emitió un ronco sonido con la boca.


—No me sorprende. Por fortuna, me importa un bledo lo que se ponga la señora mientras se case conmigo. —El capitán Baptiste está ultimando los detalles. Imagino que no tardará en tenerlo todo preparado. El duque se quitó una inexistente pelusilla de la manga de su chaqueta de corte impecable —Cuanto antes, mejor —masculló. Percy lo miró y reprimió una sonrisa, pensando que debajo de aquella áspera fachada, de los nervios y las protestas, lo que sentía principalmente el duque de Beldon era una sensación de alivio. Por fin se casaría con su dama y, aunque ni él mismo lo supiera, era exactamente lo que había deseado desde el momento en que la había conocido. Había llegado el momento de su boda. Ni en sueños había imaginado Cait que sería así. No como una novia, sino como una mujer caída en desgracia a quien el hombre de quien esperaba un hijo le había jugado una treta para obligarla a casarse con él. Cait aguardaba delante de su tienda de campaña a que llegara su padre, resignada a su suerte pero furiosa. Llevaba su habitual falda de sarga color marrón, una sencilla blusa blanca y sus desgastadas botas marrones. Si el duque de Beldon iba a casarse con ella, debía aceptarla como era. —¿Señorita Harmon? —Maruba apareció en el claro, alta y esbelta como un junco, con una dulce sonrisa y unos rasgos delicadamente femeninos—. La cocinera dice que no tiene usted un vestido para su boda. Maruba le trae esto. Cait contempló el tejido estampado con flores color rojo vivo que Maruba portaba sobre su tostado brazo. —No es que no tenga un vestido, sino que prefiero ponerme esto. —No, no, señorita. Hoy es su boda. Tiene que estar guapa para su hombre. —


Maruba sostuvo en alto un sarong como el que lucían las nativas—. Con esto estará muy bonita, es un regalo de las mujeres. Cait meneó la cabeza, sin que se le ocurriera una fórmula educada para rechazarlo, cuando apareció su padre. —¿Pero aún no te has vestido? —El profesor observó sus ropas de trabajo con evidente disgusto—. Dime que no te propones presentarte con lo que llevas puesto. Cait alzó el mentón. —Si el duque me quiere, tiene que aceptarme como soy. Los ojos azul celeste de su padre se empañaron debido a la emoción. Acarició la mejilla de su hija con su ajada mano. —Sé que te disgusta esta situación, pero me resisto a creer que no sientes nada por él. No eres el tipo de mujer que se entrega a un hombre a menos que lo quiera. Cait bajó la vista. Por supuesto que lo quería. Estaba enamorada de él. Pero Rand no estaba enamorado de ella y no tenía derecho a hacer caso omiso de sus sentimientos, de sus deseos. —Hoy es el día de tu boda, Caitlin. Es un día muy señalado, que recordaréis el resto de vuestras vidas. ¿Quieres que dentro de veinte años tu marido recuerde a la novia que se presentó ante él vestida como una campesina? ¿Quieres que te recuerde con esta facha? Cait se mordió el labio. Veinte años. ¿Se acordaría Rand? Ella sabía que al margen de lo que ocurriera entre ellos, ella jamás olvidaría ese día. Miró su raída falda, vio la desgastada puntera de sus botas asomando debajo de ella. Emitiendo un suspiro de resignación, Cait se volvió hacia la joven de piel tostada. —Te agradezco el regalo. Será un honor para mí lucir este vestido, Maruba.


Maruba sonrió, mostrando unos dientes blanquísimos que destacaban contra con el cremoso tono oscuro de su piel. —Venga. Le ayudaré a vestirse. Luego adornaremos su pelo con flores. Con ayuda de Maruba, Cait no tardó en quitarse sus ropas de trabajo y ponerse el vistoso sarong de color rojo. Se preguntó qué pensaría Rand al verla vestida de esa forma, si no censuraría el corte a través del cual mostraba una parte del muslo al andar y el hombro que el sarong dejaba descubierto. Decidida a parecer una auténtica nativa, Cait renunció incluso a calzarse uno zapatos de ante, y aguardó pacientemente a que Maruba y una de las mujeres le prendieran una hermosa orquídea blanca de tallo púrpura en el pelo. Su padre esperaba fuera de la tienda de campaña, y esta vez sonrió al verla. —Esto ya me gusta más. Estás preciosa, hija mía. Y ello no te resta un ápice de personalidad. La mujer con la que se casa Beldon es única, distinta de las demás mujeres. Tu duque hará bien en tenerlo presente. Cait sintió un nudo en la garganta. Se alzó de puntillas y besó la arrugada mejilla de su padre. —Ojalá no tuviera que separarme de ti. Su padre le dio una palmadita en la mano. —Ha llegado el momento de que abandones el nido, pajarillo. Ya iba siendo hora. Cait se enjugó una lágrima que se deslizaba por su mejilla. —Te quiero, papá. —Estoy muy orgulloso de ti, Caitlin. No lo olvides nunca. Eres la mejor hija que pudiera tener un hombre. Tomándola de la mano, el profesor se dirigió hacia el cenador que habían instalado para la ocasión en el borde de la arena. Confeccionado con grandes hojas verdes, estaba decorado con unas orquídeas salvajes semejantes a la


que lucía Cait en el cabello. Rand aguardaba debajo del cenador. Cait contempló su alta figura de hombros anchos al tiempo que él la observaba mientras se acercaba, y no pudo por menos de advertir la expresión posesiva que dejaban entrever sus ojos. Cuando se detuvo junto a él, notó que la examinaba con su penetrante mirada, observando el ceñido sarong rojo y los centímetros de piel que dejaba al descubierto. Rand esbozó una media sonrisa. —No es exactamente como imaginé que vestiría mi novia el día de nuestra boda, pero en todo caso lo prefiero a una falda de sarga marrón y unas vieja botas. Ella lo miró disgustada. No había olvidado la treta que él le había jugado, ni el motivo por el que se casaba con ella. —Celebro que te guste. —Oh, sí, me encanta —replicó él con tono cortante—. Pero la próxima vez que te lo pongas, no será en público. Lo lucirás para mí dentro de los dominios de nuestra alcoba. El malhumor de Cait aumentó. ¡Cómo se atrevía a darle órdenes incluso antes de que estuvieran casados! Abrió la boca para contestarle que se vestía como le daba la gana, que el hecho de que se casara con él no significaba que él fuera su dueño y señor. Pero en aquel preciso instante el capitán se situó ante ellos. —Al parecer ya estamos todos. ¿Están preparados? La pregunta del capitán sobresaltó a Cait. Estaba menos preparada para dar ese paso que ninguna otra cosa que hubiera emprendido en la vida. Cait observó al pequeño grupo congregado en un semicírculo en torno a ellos: sir Monty y su padre, lord Talmadge, los trabajadores y los sirvientes. Geoffrey St. Anthony también estaba presente, rígido y con la mandíbula tan apretada


que le había producido un tic en la mejilla. Cait lo contempló unos segundos más de lo que era prudente, sufriendo un momentáneo remordimiento. Nunca había pretendido herir a Geoffrey. No había pretendido herir a su padre ni a ninguna otra persona. —Puede comenzar, capitán Baptiste —dijo Rand con un tono algo sombrío, mirando a Cait y a Geoffrey y sujetándola del brazo con firmeza. —Estimados contrayentes —dijo el capitán, leyendo un texto de la ceremonia de esponsales con marcado acento portugués—. Nos hemos reunido hoy en esta isla... Cait se distrajo pensando en otras cosas mientras el capitán leía una versión un tanto extraña de la ceremonia de esponsales, sin apenas prestar atención a sus palabras. A partir del momento en que comenzó, sus nervios se dispararon. Dios santo, iba a casarse con un hombre que no la amaba. Un hombre dominante y despótico, acostumbrado a imponer su voluntad. Había averiguado que ella iba a tener un hijo y había recorrido miles de kilómetros empeñado en casarse con ella. ¿Cómo la trataría? ¿Y la legión de mujeres con quienes había tenido una relación? ¿Cómo sería su vida con él una vez que regresaran a Inglaterra? Eran unas preguntas sin respuesta y Cait se estremeció inconscientemente. —Caitlin Harmon, ¿aceptas a este hombre, Randall Clayton, duque de Beldon, como tu legítimo esposo? Cait tragó saliva, Rand le dio un golpecito con el codo y ella emitió un entrecortado «sí». El capitán hizo la misma pregunta a Rand y éste respondió con un tono de autoridad y mirando a Cait con aspereza. Era evidente que lo que le


disgustaba era la falta de entusiasmo de ella, no la simpatía que le inspiraba Geoffrey. Peor para él. Debió pensar en eso antes de avergonzarla delante de su padre y de otros miembros de la expedición, empleando sus malas artes para obligarla a casarse con él. La ceremonia concluyó a los pocos minutos. Cuando el capitán dio permiso a Rand para besar a la novia, éste lo hizo con una intensidad casi feroz. Era evidente que estaba enojado. Quizás había supuesto que una vez que ella hubiera aceptado casarse se resignaría a su suerte. Pero tal vez ahora sospechaba que se había equivocado. —El capitán parte dentro una hora —comentó Rand mientras los otros se dirigían hacia la mesa donde estaba servido el escaso banquete que la cocinera había preparado en su honor—. Supongo que ya habrás hecho el equipaje y estarás preparada para marcharte. —He hecho el equipaje. Pero no estoy preparada para marcharme. Sabes perfectamente que habría preferido quedarme aquí con mi padre. —Y tú, excelencia, sabes muy bien que eso es imposible. Cait sintió un pellizco en la boca del estómago al recordarle Rand con su comentario que ahora le pertenecía a él. —¿Y Talmadge? —¿Qué tiene él que ver en esto? —replicó Rand frunciendo el ceño. —Si ha cometido los desmanes que dices, es capaz de cualquier cosa con tal de hacerse con el tesoro. Sé que tú no lo crees, pero mi padre es inocente de toda fechoría. Temo que pueda estar en peligro. Rand reflexionó sobre sus palabras. —Ya no estoy tan convencido de que tu padre esté implicado en el plan de


Talmadge. Hablaré con él antes de partir y le explicaré mis sospechas. Al menos servirán para que sea precavido. —¿Pero no sería mejor que nos quedáramos y...? —No, Cait. Quiero que estés de vuelta en Inglaterra cuando des a luz a mi hijo. De momento, es lo único que cuenta. Cait se abstuvo de discutir con él. En cierto modo, Rand tenía razón. Ella no quería tener a su hijo en ese primitivo paraje sin que nadie la ayudara en el parto. En cuanto a Talmadge, las sospechas de Rand no eran sino eso, meras sospechas. Hasta el momento el barón no había hecho nada indebido. Sin pruebas de sus supuestos delitos, no había motivo para que su padre no confiara en él. «No obstante, habían hallado unos valiosos tesoros. Lo suficientemente valiosos para suscitar el interés de un hombre egoísta y codicioso como Talmadge», pensó Rand. Era otro problema que añadir a una extensa lista. La partida de los recién casados estuvo acompañada por abundantes lágrimas, en todo caso por parte de Caitlin, lo cual hizo que Rand casi se arrepintiera de llevársela de allí. Casi, pero no del todo. Cait Harmon, Cait Harmon Clayton, se rectificó, flamante duquesa de Beldon, no estaba enamorada de Geoffrey St. Anthony. Y no debía a su padre su vida entera. En cierto modo él la había salvado de una trágica suerte. Casarse con St. Anthony no podía satisfacer a una mujer inteligente y de carácter fuerte como Cait. Y pasarse la vida viajando de un lugar a otro con su padre no era un futuro halagüeño, por más que Caitlin insistiera en lo contrario. Él la había salvado, se había casado con ella, había dado al niño que esperaba el apellido que le pertenecía por derecho. Maldita sea, debería sentirse agradecida. En vez de ello, Cait apenas le había dirigido la palabra desde que habían abandonado Santo Amaro. Durante los diez últimos días se había mostrado hosca y reservada. Y él no había consumado aún el matrimonio, que era lo que más le fastidiaba.


—Le veo ensimismado de nuevo —comentó Percy al reunirse con Rand en la cubierta del Swift Venture, el barco que habían tomado en Dakar. A su llegada, hablan comprobado que por fortuna a fines de semana zarpaba un barco para Inglaterra—. ¿Ya tiene problemas conyugales? —Sabes de sobra cuál es mi problema. Los diez últimos días he dormido en tu camarote. No es exactamente lo que tenía en mente cuando me casé. —Refrésqueme la memoria, ¿por qué no comparte el lecho de su bonita esposa? Sea cual fuere el motivo que me dijo, tenía tan poco fundamento que lo he olvidado. —Estoy tratando de darle tiempo, maldita sea. Quiero que acepte este matrimonio y se resigne a ser mi esposa. ⎯¿Y cree que conseguirá su propósito manteniéndose alejado de ella? —¿Me estás dando a entender que estoy equivocado? —Sólo digo que su dama sucumbió sin oponer mucha resistencia a sus dudosos encantos el día en que la sedujo junto a la charca. Si funcionó una vez, es posible que funcione de nuevo. Rand miró a su amigo, recordando aquel día con toda nitidez, preguntándose si esa táctica volvería a darle resultado. Su gesto adusto dio paso a una sonrisa. —¡Por Júpiter! Creo que llevas razón, Percy. Esa brujita se ha salido con la suya en demasiadas ocasiones. Ahora tiene un marido en quien pensar. Espero que vaya acostumbrándose a esa idea. —Exactamente —repuso Percy. Rand volvió a apoyarse en la barandilla del barco y contempló el horizonte. Faltaban unas horas hasta que anocheciera. Durante diez tristes días se había


mantenido alejado de ella, negándose el placer de su menudo y dulce cuerpo. Después de haber tomado una decisión, sintió deseos de irrumpir en el camarote de Cait, arrojarla sobre el colchón y hacerle el amor apasionadamente. Pero no lo haría. Esperaría hasta después de la cena, hasta que ella se hubiera retirado, y luego se acostaría con ella en su lecho, como debió haber hecho en su noche de bodas a bordo del Moroto. Rand se volvió para observar la escalera que conducía al camarote de Cait. «Esperaré —se dijo—. Hasta la hora de retirarse.» Pero tan pronto como el sol se ocultó en el horizonte y la oscuridad cayó sobre el barco, Rand se encaminó con paso decidido hacia el camarote que ocupaba Cait. Diez días, pensó Cait malhumorada. Diez días y Rand aún no había compartido su lecho. Había estado segura de que la primera noche él se presentaría a reclamar sus derechos conyugales, y ella estaba decidida a negárselos. Pero había pasado la noche revolviéndose en su lecho, sin apenas conciliar el sueño. Rand no había aparecido. Ella se había preguntado cómo la trataría ahora que se había convertido en su esposa. No había imaginado que prescindiría de ella por completo. Cait miró a través del ojo de buey. Nada sino el infinito mar y las olas coronadas de espuma blanca. El sol no tardaría en ponerse. Dentro de un rato se vestiría para ir a cenar, con uno de los pocos trajes elegantes que había traído consigo de Inglaterra. Rand vendría a buscarla, como hacía todas las noches, para escoltarla hasta el comedor y reunirse con el capitán y los otros pasajeros, y conversar educadamente sobre todo tipo de temas menos los que a ella le interesaban. Él se negaba a hablar de su padre, no quería hablar de Talmadge, ni siquiera de los días que él había pasado en Santo Amaro. Jamás hacía referencia al bebé, a su matrimonio o al futuro. Se las ingeniaba para no tocar ningún tema que pudiera disgustar a Cait.


Pero ella no estaba disgustada, sino aburrida a más no poder. Jamás se le había pasado por la cabeza que el matrimonio con Rand Clayton pudiera ser aburrido. Tras emitir un suspiro, Cait tomó el bastidor de su bordado, se sentó en la cama y empezó a dar unas diminutas puntadas en la tela. Bordar no le entusiasmaba, pero aún era pronto para cambiarse para cenar y estaba cansada de leer. Cait miró de nuevo por el ojo de buey y comprobó que el sol se había ocultado y que todo estaba oscuro salvo un tenue resplandor en el borde del horizonte. Al cabo de unos segundos oyó unos pasos en el pasillo, junto al camarote, tras lo cual se abrió la puerta de repente y entró Rand sin haberse molestado en llamar antes a la puerta. Cait tensó los dedos con que sujetaba el bastidor y clavó la aguja a través del tejido con demasiado fuerza. —Es pronto para cenar. ¿Qué quieres? Rand apretó la mandíbula. ⎯¿Qué quiero? —repitió, apretando la mandíbula—. ¿Es preciso que me preguntes qué quiero? Había algo en su postura, la forma en que estaba plantado con las piernas ligeramente separadas y las manos crispadas, que la alarmó. Y la expresión de sus ojos, los cuales ya no mostraban indiferencia sino e1 acuciante deseo que ella había visto en Santo Amaro. Su pulso se aceleró y el corazón empezó a latirle con fuerza. —Durante estos diez últimos días me he mantenido alejado de ti —dijo Rand —. Quería darte tiempo para que te adaptaras. Confiaba en que de ese modo acabarías aceptando nuestro matrimonio. Pero es obvio que no ha sido así. Al ver que Rand se dirigía hacia ella con expresión decidida, Caitlin


retrocedió hacia la cabecera de la cama. Rand le arrebató el bastidor de las manos, la obligó a levantarse y la abrazó con fuerza. —Eres mi esposa —masculló—. Ya va siendo hora de que te des cuenta. La respuesta que ella iba a pronunciar quedó silenciaba por un beso ardiente. Durante un instantes, Cait pensó, estupefacta, en rechazarlo. El era su marido, sí, pero eso no le daba derecho a irrumpir en su camarote con exigencias. Pero entonces se impuso la cruda realidad. Deseaba que Rand la besara. Quería que la tocata, que le hiciera el amor. El tomó su rostro entre sus manos y la besó con más intensidad, haciendo que ella emitiera un leve gemido. Ella le devolvió el beso, abriendo la boca para aceptar su abrasadora lengua, tocándola con la suya como en un lance de esgrima, enredándose con ella. Cait creyó oírle gemir. Las manos le temblaban al introducirlas debajo de la chaqueta de él y deslizársela sobre los hombros. Sintió que sus músculos se movían, tensándose, mientras ella desabrochaba los botones de su chaleco y se lo quitaba, ayudándole luego a despojarse de la camisa de lino blanco por la cabeza al tiempo que oprimía su boca sobre su torso desnudo. —Dios... Caitie... Ha sido un tormento no estar contigo. Te he echado tanto de menos... Las manos grandes y fuertes de él se enredaron en su pelo, alzando su rostro para besarla de nuevo en la boca. Rand le abrió la blusa de un manotazo, palpó el sujetador hasta dar con el extremo y tiró de él, haciendo que sus pechos se desparramaran en sus manos. Cait le desgarró el pantalón en su afán de desabrocharle los botones, y al rozar su rígido pene oprimido contra el tejido le oyó inspirar aire. Rand le apartó las manos y terminó rápidamente de desabrocharse el pantalón, liberando a su miembro hinchado y caliente, que se arqueó al sostenerlo ella en su mano.


Ella le aferró el miembro, sopesando su grosor, su longitud, y gimió de placer. Ambos estaban desnudos hasta la cintura, jadeando de impaciencia. Rand la tendió en la cama y le levantó la falda, tras lo cual se colocó entre sus piernas y empezó a besarle los pechos. Ella sintió el calor de su aliento sobre su piel, la humedad de sus besos a medida que él iba descendiendo, besándole las costillas, su abultado vientre, hasta oprimir suavemente la boca sobre su sexo. Cait emitió una exclamación de placer al experimentar una sensación abrasadora. Estaba enloquecida de deseo, la pasión corría como fuego por sus venas. Rand la acarició con las manos y la lengua, empapándola de saliva, profunda y hábilmente. Cait arqueó la espalda y hundió los dedos entre sus rizos castaños. Sus músculos se tensaron. Su cuerpo se contrajo en un espasmo de gozo y se corrió. Sollozó su nombre cuando él se tumbó sobre ella, deslizándose dentro de su vagina con un solo y profundo movimiento, llenándola hasta el límite con su verga hinchada y dura. Luego se retiró un poco y empezó a moverse, al principio despacio, luego profundamente, con mayor insistencia. La penetró una y otra vez, como si quisiera poseerla por completo, como si no pudiera contenerse. Ella se corrió de nuevo, pero él no se detuvo, penetrándola con fuerza, obligándola a pronunciar su nombre y a gritar de placer. —Caitie... —gimió él al alcanzar el orgasmo al mismo tiempo que ella. Sus músculos se contrajeron, su cuerpo estaba rígido debido al goce que abrasaba todo su ser. La besó suavemente una última vez, a medida que los latidos de su corazón aminoraban y su respiración se hacía más acompasada. Luego se tumbó junto a ella y la abrazó. Durante un rato permanecieron tendidos en silencio, escuchando el crujir de las tablas, absorbiendo el movimiento del barco mientras surcaba las aguas.


Cait sonrió con la boca oprimida contra su hombro. —Empiezo a pensar que debiste hacer esto antes. Rand esbozó una media sonrisa. —Sí, yo también lo creo. —Se volvió y le acarició la mejilla—. No pretendía obligarte a casarte conmigo, Cait. Confiaba que vinieras a mí, que me dijeras que estabas encinta. —Deseaba hacerlo. De hecho, estuve a punto de hacerlo una docena de veces. —Ahora no importa. Estamos casados. Eso es lo que cuenta, por el bien del niño. «Por el bien del niño.» En el fondo ella lo había sabido siempre, pero le dolió oírselo decir. —Teniendo en cuenta lo que acaba de ocurrir... —Rand sonrió con cierto aire de satisfacción—. ¿Crees que podríamos instaurar una tregua? Ya lo hicimos en una ocasión con excelente resultado, si no recuerdo mal. Una tregua. Sí, ella podía concederle una tregua. Estaban casados. En realidad no tenía otro remedio. Pero el comentario aún le dolía, saber que él no la amaba, que de no ser por ese niño nunca se habría casado con ella. Aún había muchos problemas entre ambos. ¿Qué ocurriría cuando llegaran a Londres? ¿Cómo sería su vida allí? Cait deseó poder prever el futuro. Pero se alegraba de no ser capaz de hacerlo. Pasaron algo más de un mes a bordo del barco. Después de haber hecho el amor aquella primera noche, Rand se instaló en el


camarote y, como había supuesto Cait, la travesía pasó de ser aburrida a una aventura de lo más excitante. Así de imprevisible era Rand. Poco a poco, Rand empezó a expresarse con mayor libertad, sin obviar ningún tema. Hablaron sobre el niño, proponiendo varios nombres, planificando la decoración del cuarto infantil que Rand se había propuesto construir en Beldon Hall, su finca rural en Buckinghamshire, donde había decidido que pasarían buena parte del tiempo. —Es extraordinariamente hermosa —dijo a Cait—, una casa inmensa de piedra rodeada por unas ondulantes colinas verdes. Lejos del ruido y la mugre de la ciudad, un lugar ideal para criar a un niño. Discutieron sobre Geoffrey St. Anthony; Caitlin lo defendía, pero Rand estaba convencido de que habría sido un marido desastroso para ella. —Lo habrías devorado y escupido a trocitos —dijo Rand sonriendo con picardía—. Tú necesitas un hombre que te sepa manejar, Caitie. No un niño. Cait reprimió una sonrisa. Rand era un hombre, de eso no cabía la menor duda. Y ella no estaba muy segura de que estuviera equivocado. Nunca se había sentido atraída por Geoffrey, y sus conversaciones eran muy aburridas. No obstante, le divertía observar esa expresión posesiva en los ojos de Rand cuando ella se refería a otro hombre. Lo cierto era que no estaban de acuerdo en todo, pero a ella le gustaba poder discutir y ponerse a gritar con él sin que la atracción que sentían mutuamente mermara un ápice. Lo mejor de todo eran las reconciliaciones. La última vez que Rand decidió que la pelea había llegado demasiado lejos la había tomado en brazos, la había llevado al camarote, la había arrojado sobre la cama y le había hecho el amor con furia. Hablaron sobre el barón; Rand le refirió la última información que había recibido de su detective de Bow Street, así como la conversación que él había


mantenido con el padre de Cait poco antes de que abandonaran Santo Amaro. —En lo que respecta a Talmadge, tu padre no atiende a razones —dijo con un suspiro de resignación—. Está convencido de que ese hombre es un santo y es imposible disuadirlo. Quizá podamos regresar a la isla cuando haya nacido la criatura para asegurarnos que el profesor no corre ningún peligro. Caitie le amaba por esos detalles, por comprender sus temores y querer ahuyentarlos. Le amaba un poco más con cada día que pasaba. Y el cariño que Rand sentía por ella parecía también aumentar. Por primera vez desde que habían zarpado de la isla, Cait empezó a abrigar la esperanza de que fueran felices. Quizá Rand llegara incluso a amarla. Al cabo de unos días llegaron a Londres y todas las esperanzas sobre el futuro que ella había albergado durante la travesía comenzaron a esfumarse y poco a poco fueron desapareciendo


18 Rand penetró en el vestíbulo de Beldon Hall. Llevaban sólo una semana residiendo en la mansión y ésta ya tenía un aire distinto, más cálido. Rand se detuvo en la entrada y, al oír el sonido de la risa de Cait procedente del piso superior, subió por la amplia escalinata de mármol. Cait estaba hablando con un vendedor de paños, eligiendo el tejido para completar la decoración del cuarto de los niños. —Un color amarillo alegre y soleado —había insistido ella, aunque Rand estaba empeñado en que fuera un azul intenso—. Quizá te equivoques —dijo ella—. Puede que sea una niña. —Es un niño —había afirmado él con tal contundencia que Caitlin había emitido una de sus carcajadas guturales—. Pero puedes pintarlo de amarillo si lo deseas. Ya no dormían juntos. Su esposa iba a entrar en el séptimo mes de gestación y él temía que un contacto íntimo pudiera lastimar al bebé. En vista de los kilos que había engordado Cait, a la mayoría de los hombres eso no les habría importado. Pero Rand se sentía más fascinado por el cuerpo de su diminuta mujer que antes. Deseaba tocarla, abrazarla, sentir los movimientos de su hijo dentro de su vientre. Y deseaba penetrarla, hacerle el amor, como lo deseaba siempre. A Rand le asustaban esos sentimientos que experimentaba con una fuerza abrumadora. Todo cuanto Caitlin le pidiera, él deseaba concedérselo, quizá porque ella rara vez le pedía nada. Él hubiera estado dispuesto a acceder a cualquiera de sus deseos. Pero, por supuesto, no lo hacía. Como duquesa de Beldon, había unas normas que ella debía observar y él estaba empeñado en que lo hiciera. Se habían acabado los paseos sola, como ella quería seguir haciendo. Las mujeres encinta no salían de sus casas. Se


habían acabado las charlas en público, y más aún las ridículas diatribas sobre unos presuntos delitos de los que él mismo era culpable. Como el tema de la valiosa colección de jade de Rand. O su colección privada de antiguos bustos romanos y helenistas. —Es increíble —le había dicho Cait un día, escandalizada al descubrir una bellísima pieza de jade china en una vitrina del salón oriental—. ¡Precisamente tú! ¡Coleccionando estos magníficos objetos para tu deleite personal! ¡Te lo tenías muy calladito aun sabiendo lo que opino sobre estas cosas! Rand había sonreído con aire socarron. —No te lo dije justamente porque sé lo que opinas sobre estas cosas. ⎯¡Ah, eres imposible! ⎯¿Y crees que tú no lo eres? Cuando nazca nuestro hijo, juro que te haré pagar una penitencia por todas las noches insomnes que me has causado, teniendo en cuenta que ya no compartes mi lecho. Ella se ruborizó de una forma encantadora y Rand pensó por enésima vez en que le había robado el corazón. Lo cierto era que la adoraba, y le aterrorizaba experimentar estos sentimientos. No conocía a ningún hombre, salvo Nick Warring, que se sintiera tan absurdamente atraído por su esposa. Su padre se habría reído de él, asegurando que era un idiota. —Las mujeres están para que nos acostemos con ellas, para procurar placer a un hombre y darle hijos. Es para lo único que sirven, y cualquier hombre que se olvide de eso no es un hombre. Por no hablar de los sentimientos que su hijo inspiraba a Rand. Pensaba en él como un ser vivo, que se movía y respiraba, que formaba parte integrante de la familia. El pequeño Jonathan Randall —el nombre que habían elegido para el bebé si era varón,


de lo que Rand estaba convencido— era tan real para él como si ya hubiera nacido y yaciera arriba en su cuarto, una diminuta versión con pelo castaño de sí mismo, O quizás un niño con pecas y el cabello cobrizo como su madre. Sería inteligente como Cait y fuerte como su padre. Rand sonrió ante esa imagen, pensando que le gustaría tener su casa llena de niños. Luego su sonrisa se desvaneció. ¿Qué demonios le pasaba? Eran las mujeres quienes contemplaban arrobadas a sus bebés, comportándose como estúpidas enamoradas, no los hombres. Rand se estremeció al pensar lo que habría dicho su padre de haberlo sabido. —¿Eres tú, Rand? Caitlin salió del cuarto de los niños y se asomó por la barandilla en la cima de la escalera. Le dirigió una de sus sonrisas radiantes y él sintió un nudo en la garganta. ¡Pero qué hermosa era la condenada! Más aún desde que portaba su hijo en el vientre. Con esa tez inmaculada y ese color saludable en sus mejillas, nunca había estado tan atractiva, en todo caso para él. —¿Por qué no subes y me ayudas a elegir el tejido? El pañero dice que el que he seleccionado es un color demasiado vivo, pero no estoy de acuerdo. Nos vendría bien tu ayuda. Él deseaba hacerlo. Los colores y las texturas se le daban bien. Ése era el motivo por el que le gustaba tanto pintar. Utilizar colores y texturas para recrear el mundo tal como él lo veía, en unos tonos alegres y vibrantes. Era una afición que habría cultivado de joven de no habérselo prohibido su padre. Rand miró a Cait y meneó la cabeza.


—Me temo que tendrás que prescindir de mí. Tengo trabajo en mi estudio. Era verdad, desde luego. Siempre tenía trabajo, responsabilidades que atender. Pero lo cierto era que tenía miedo. Cada día que pasaba con Caitlin, cada hora, cada minuto, se sentía más enamorado de ella. Comenzaba a perder el juicio en lo tocante a ella, volviéndose ridículamente blando y débil de carácter. Le aterrorizaba acabar perdidamente enamorado de ella. Cosa que Rand estaba decidido a impedir a toda costa. Cait observó a través de la ventana de la habitación roja a su marido, que estaba dando instrucciones al jardinero y ayudándole a disponer el jardín de invierno. —Ya debería estar hecho —le había dicho Rand anoche durante la cena, el único momento del día en que ella podía contar con su compañía—. Pero me gusta darle un toque distinto cada año, y como he estado ausente y no le di las instrucciones oportunas, el jardinero esperó a que yo regresara. La jardinería era otra de las numerosas aficiones de Rand, la cual, al igual que la poesía y los pájaros, se resistía a reconocer. Pero Cait se había limitado sonreír con gesto de aprobación cuando él había explicado que había ordenado al jardinero que recortara el seto en forma de leopardo, a partir del gigantesco oso que lo adornaba antes. Cait le había pedido que interrumpiera su trabajo un rato para almorzar con ella, pero él se había negado. A Cait la entristecía pensar en las pocas veces que almorzaban juntos. Cait se dijo que no debía darle importancia. Su marido era un hombre muy ocupado. Desde que habían llegado a Beldon Hall, ella había tenido ocasión de comprobar la cantidad de trabajo que llevaba a cabo un duque. Tenía que administrar sus propiedades y ocuparse de las personas cuyo sustento dependía de él. Y Rand era un hombre que se tomaba sus responsabilidades muy en serio. Pero de un tiempo a esa parte, Cait temía que no era sólo el deber lo que mantenía a Rand alejado de ella.


Tenía la sensación de que Rand la rehuía. Ya no compartía su lecho, aunque el médico les había asegurado que podían seguir manteniendo relaciones íntimas sin riesgo alguno para el niño, y en lugar de pasar las veladas jugando con ella a los naipes o al ajedrez, él solía pasarlas ahora en su estudio. Ella no sabía qué ocurría, y temía que su cuerpo deforme la hiciera repulsiva a sus ojos. Rand jamás se lo había dicho, naturalmente. Por el contrario, a menudo comentaba que estaba guapísima, pero Cait no acababa de creerlo. Mientras miraba a través de la ventana, en ese momento le vio abandonar el jardín y dirigirse hacia los establos. Era un día otoñal apacible y soleado; por el cielo se deslizaban tan sólo unas nubecillas y soplaba una leve brisa. Cait supuso que Rand iría a dar un paseo a caballo, para visitar a algunos de sus arrendatarios. Aunque ardía en deseos de acompañarlo, a medida que su cintura se ensanchaba se había visto obligada a renunciar a esa afición. No obstante, llevaba demasiado tiempo encerrada en casa y un paseo le sentaría bien. Después de tomar un chal de lana de cachemira de su alcoba, Cait salió de la casa y se encaminó hacia el riachuelo que fluía a través de las ondulantes colinas. El viento había arreciado y le alborotaba el cabello, pero el sol se filtraba a través de los árboles desprovistos de hojas y hacía calor. Cait pensó que debía de haberse puesto un sombrero para protegerse del sol, pero enseguida rechazó esa idea. Si una duquesa pecosa no encajaba con los cánones de la moda, tanto peor. Ya se había doblegado demasiadas veces a la voluntad de Rand. Ella tenía su propia personalidad. Rand ya lo sabía antes de casarse con ella. Cait subió la pequeña loma y le sorprendió verlo de pie al otro lado de la misma, en un lugar que no se divisaba desde la casa. Rand sostenía una paleta de pintura a la acuarela, rebosante de vívidos colores otoñales, y frente a él había un caballete de tres patas. Pintaba una hermosa escena que mostraba el bosquecillo de desnudos sicomoros que tenía ante él y las cristalinas aguas del arroyo que serpenteaba por entre los árboles.


Cait se aproximó para contemplar su obra más de cerca, mirando por encima del hombro de Rand sin importunarlo. Él intuyó su presencia y se volvió bruscamente. Al comprobar que era ella palideció. —¿Qué diablos haces aquí? ¿Es que no puedo darme un respiro? ¿Por qué me sigues a todas partes como una rechoncha cachorrita? Sus palabras la hirieron. Durante unos momentos, Cait no supo que contestar. —Veo que estás pintando —repuso inútil y estúpidamente, sintiéndose disgustada y abochornada al mismo tiempo. La palidez de Rand dio paso a un color encendido. —Estaba matando el tiempo. Me entretenía dando unas pinceladas, eso es todo — replicó arrancando el papel del caballete. Cait reprimió una exclamación de asombro al verle rasgar el papel por la mitad. —Como ves, ya he terminado —dijo Rand. Asombrada, Cait vio cómo arrojaba las dos mitades de la pintura al suelo, tras lo cual dio media vuelta y se dirigió hacia la casa. Cait se agachó y recogió los pedazos. Observó las firmes y nítidas pinceladas, admirando la forma en que él había captado la luz que brillaba a través de los árboles. Era una pintura excelente y le entristecía que él la hubiera destruido. ¿Pero qué mosca le había picado? En su fuero interno, Cait lo sabía. Recordaba lo que le había dicho Maggie, recordaba que el padre de Rand le había ridiculizado, incluso le había azotado, por lo que el duque llamaba «sus aventuras de faldas». Contemplándolo mientras se alejaba, Cait se levantó la falda y echó a correr


tan rápidamente como pudo, alcanzándole justo en el momento en que llegó al jardín. —¡Espera un momento, Rand! Él la oyó pero siguió avanzando con aquel paso firme y decidido que le caracterizaba. —¡Rand! Sólo quiero hablar contigo... te lo ruego... Al oír que Cait le imploraba con aquella dulzura, Rand aminoró el paso. Se detuvo junto al seto y emitió un profundo y entrecortado suspiro. —¿Qué quieres? Tengo trabajo. —Escúchame, Rand. —Cait le mostró las dos mitades de la pintura—. Es una pintura... preciosa... espléndida. No debes avergonzarte de ello. Eres un artista de gran talento. Deberías enorgullecerte. Rand escudriñó el rostro de Cait con ojos sombríos y turbulentos, pero no apareció en él el menor indicio de burla ni censura, como había imaginado. —Es sólo un pasatiempo —replicó a la defensiva. —El motivo es lo de menos, lo importante es que disfrutes con ello. Es una pintura muy hermosa. Me encantaría ver otros trabajos tuyos. Él pareció relajarse un poco. —Empecé a pintar de nuevo hace unos meses. —Ya lo hacías de niño, ¿no es así? —insistió ella, confiando en que él le hablara de ello. —Sí. A mi madre le complacía, y a mí me chiflaba. A mi padre, por supuesto, le disgustaba que yo pintara. —Opinaba que era una afición poco viril.


Rand se encogió de hombros. —Me azotó con su bastón. Más de una vez. Mi madre trataba de interceder, pero no servía de nada. Ella entonces era más joven, no la mujer fuerte en que se convirtió cuando murió mi padre. Yo guardé mis pinturas. Como he dicho, sólo empecé a pintar de nuevo hace unos meses. Cait sonrió. —Eres el hombre más fuerte que he conocido, Rand. Pero también me gusta esa otra faceta tuya. Me encanta que seas dulce y gentil. Rand carraspeó para aclararse la garganta y apartó la vista. —Lamento lo que dije. No lo dije en serio, te lo aseguro. Cait sintió que la invadía una gran dulzura. —No te seguí. No sabía que estabas allí. Él sonrió, le tomó la mano y le besó el dorso. Había tanto calor, tanta ternura en su expresión. La miró durante unos momentos y ella observó que se sentía embargado por la emoción, por un turbulento sentimiento que borró la sonrisa de sus labios. —Será mejor que regresemos —dijo él con voz ronca—. Tengo mucho trabajo. —No... no quiero entrar todavía. Adelántate tú. Rand la miró y asintió con la cabeza. Aquel momento de dulzura que habían compartido se había disipado. Había vuelto a adquirir una expresión adusta, tan impenetrable como de costumbre. Rand se alejó, dejándola junto a la entrada del jardín, y regresó a la casa. Sintiéndose más sola que nunca desde que había abandonado la isla, Cait echó a andar de nuevo hacia el bosquecillo y el riachuelo que serpenteaba entre los árboles. Maggie Sutton, condesa de Trent, se presentó con su marido en Beldon Hall dos semanas después de que el duque y su flamante esposa hubieran


regresado a Inglaterra. Rand conocía el motivo de su visita, pues les había pedido que vinieran a verlos. Al parecer, había decidido no informar a Cait de la visita y ésta dispensó a Maggie un recibimiento gélido. Maggie suspiró al salir de la bonita alcoba decorada en tonos azules que Andrew y ella compartían. Después de destruir la confianza que Cait había depositado en ella, no podía censurarla. Pero estaba resuelta a salvar la distancia que se había instaurado entre ellas debido a lo que Cait consideraba una traición por parte de su amiga. Cuando Rand y Andrew salieron a cazar, Maggie fue en busca de Cait, que se hallaba en el cuarto de los niños, una soleada habitación situada a pocos pasos de los aposentos privados de la duquesa. Los muros estaban pintados de un suave color amarillo limón y unas exquisitas molduras blancas de yeso adornaban el techo y enmarcaban las puertas. La cuna era blanca, al igual que los muebles, y el asiento de la ventana estaba cubierto con alegres cojines de color amarillo. Cait se volvió al oír acercarse a Maggie y alzó el mentón. —Creí que estabas leyendo en tu habitación. —No he venido aquí desde Londres para sentarme a leer. He venido para hablar contigo, Cait. Quiero saber cómo estás. «Quiero saber cómo te trata Rand. Quiero saber si he destrozado tu vida.» —Como ves, estoy perfectamente. El niño nacerá dentro de un par de meses. Rand atiende todas mis necesidades. La manifiesta hostilidad de Cait hirió en lo más profundo a Maggie. —Sé lo que piensas de mí, Cait, pero jamás pretendí traicionarte. No lo habría hecho por nada en el mundo. Nunca sabrás lo que me costó tomar la decisión de hablar con Rand. Te juro que no lo habría hecho de no creer que


ambos os amabais. La expresión de Cait se suavizó un poco. —¿Creías que Rand me amaba? —Pude comprobarlo cada vez que os veía juntos... La forma en que tu le mirabas... la forma en que te miraba él. Quería darte la oportunidad de ser feliz a su lado, como yo lo soy con Andrew. Cait sintió que se contraían los músculos de su garganta y las lágrimas acudieron a sus ojos. —¡Ay, Maggie, lo lamento! No lo sabía. —Ambas se abrazaron, llorando—. Tú eras mi mejor amiga. Sentí que se me partía el corazón al saber que habías contado a Rand el secreto que yo te había confiado. Maggie se sentó en un pequeño sofá tapizado en amarillo adosado a la pared y Cait se sentó a su lado. —Sólo deseaba lo mejor para ti y para Rand, lo mejor para el niño. Cuéntame qué ocurrió cuando él llegó allí... cómo llegasteis a la decisión de casaros. Tras enjugarse las lágrimas, Cait le contó la insólita historia de principio a fin, concluyendo con la forma en que Rand la había seducido en la charca y se las había ingeniado para que su padre lo descubriera. Cuando terminó, Maggie meneó la cabeza, asombrada. —Él está enamorado de ti, Cait. Me consta. —Te equivocas, Maggie. Rand se arrepiente de haberse casado conmigo. Creo que de no ser por el niño ya me habría dejado y habría regresado a Londres. Maggie le apretó la mano.


—Dale tiempo, Cait. Esos sentimientos que experimenta son nuevos para él. Rand es un hombre de emociones intensas y profundas, siempre lo ha sido. Pero está asustado, teme que sus sentimientos le desborden y no ser capaz de controlarlos. —No sé, Maggie. —¿Tú le amas? Cait asintió con expresión apenada. —Claro que le amo. Por eso me resulta tan duro. —No debe de ser fácil convivir con él. —Es testarudo y dominante. Me da órdenes como si mandara a un ejército en lugar de a su esposa. —Pero le amas. Cait sonrió con un deje de tristeza. —Sí, le amo. —Entonces no me arrepiento de lo que hice. Confío en que todo se solucione entre vosotros y que seas capaz de perdonarme. Caitlin la abrazó. —Ahora que lo sé todo, no tengo nada que perdonarte. —De modo que estás a punto de convertirte en padre. —Sentado en una butaca frente a la chimenea en el estudio de Rand, decorado con un elegante artesonado de roble, Andrew Sutton aceptó el puro que le ofreció su amigo —. ¿Qué sensación te produce? Rand sabía que Andrew era un hombre fuerte, el marido idóneo para Maggie. El marqués de Trent sabía perfectamente quién era y lo que quería obtener en


la vida. Exhalaba una solidez, una aceptación de sí mismo que Rand envidiaba. —A decir verdad, no estaba preparado para todo esto —contestó Rand—. Tú y Maggie lleváis casados mucho tiempo. Hasta que Cait irrumpió en mi vida, creí que los hijos eran todavía algo muy lejano. Pero confieso que estoy impaciente por verle la cara a mi hijo. —¿Y si es una niña? Rand sonrió. —Entonces mataré de un tiro al primer hombre que trate de cogerle la mano. Andrew soltó la carcajada y Rand también rió. En esos momentos entraron Maggie y Cait en el estudio; las risas de los hombres se disiparon lentamente. ⎯¿De qué estabais hablando? —preguntó Cait a Rand arqueando una ceja. —Una broma entre hombres, eso es todo —contestó Rand—. Teniendo en cuenta las circunstancias de nuestro matrimonio, no creo que nuestra conversación te pareciera divertida. Para alivio de Rand, Cait dejó el tema. —Hemos venido para informaros de que vamos a salir —dijo Cait—. Lady Harriman nos ha invitado a tomar el té. Regresaremos a última hora de la tarde. Rand frunció el ceño. —No me parece una buena idea. Hace fresco. Las carreteras están embarradas. Preferiría que os quedarais aquí. Cait esbozó una sonrisa forzada. —Harriman Park no está lejos, a unos pocos kilómetros de aquí. Lady


Harriman y yo somos de la misma edad. Fue un placer conocerla cuando vino a presentarnos sus respetos la semana pasada. Me gustaría cultivar su amistad. Rand se inclinó hacia el fuego, encendió la punta de su puro y dio unas lentas caladas. —Cuando nuestros invitados se hayan marchado procuraré hallar tiempo para acompañarte yo mismo. Hasta entonces... —Voy a ir, Rand. Tú serás un duque, pero gracias a nuestro matrimonio yo soy ahora duquesa. Puedo hacer lo que me plazca. Si crees que no es correcto que una mujer en mi estado sea vista en público, lo siento. Te veré esta tarde. Cait echó a andar hacia la puerta y Rand se levantó de un salto. —¡Maldita sea, Caitlin! Estás de siete meses. Podría ocurrir cualquier cosa. La carretera está llena de baches. Podría romperse una rueda del coche. Ha refrescado, podrías resfriarte. No permitiré que tú y nuestro hijo os expongáis a sufrir un percance. Antes de que Cait pudiera protestar, intervino Maggie. —Rand tiene razón —dijo con tacto—. Dejémoslo para otro momento, cuando el tiempo sea menos inclemente. Las mejillas de Cait se tiñeron de rosa. —¿Podríamos... hablar en privado, excelencia? Rand asintió secamente y la siguió por el pasillo hacia el salón oriental. No bien hubo cerrado la puerta Cait se encaró con él. —No sé qué te propones, Rand, pero lo cierto es que soy una mujer sana y normal; el hecho de que vaya a tener un hijo no influye para nada. ¿Cuánto tiempo piensas seguir dándome órdenes como si fueras un emperador? Porque si continúas así, haré las maletas y regresaré a Londres.


Rand la miró con ojos como platos. —No puedes hacer eso. —Lo haré, Rand, te lo juro. Estamos casados. Pero eso no te da derecho a controlar cada pensamiento, cada movimiento mío. Si creías que nuestro matrimonio iba a ser así, estás muy equivocado. Durante unos momentos él se quedó mirándola con una mezcla de furia y pesar. Ella tenía razón, desde luego. La había mantenido encerrada en casa en un afán de protegerla. Temía por ella, temía que le ocurriera algo al niño. Siendo como era Cait, debió comprender que no daría resultado. —De acuerdo, maldita sea —respondió Rand emitiendo un profundo suspiro —. Puedes ir a casa de lady Harriman. Pero enviaré a un par de lacayos por si ocurre algún percance. Y advertiré al cochero que procure sortear los baches. Una leve sonrisa suavizó los rasgos de Cait. Se acercó a él y lo besó suavemente en la boca. Al notar el contacto de sus labios Rand sintió como si le aplicaran un hierro candente en sus partes íntimas. —No me ocurrirá nada malo, Rand. No haré nada que pueda lastimar a tu hijo, te lo prometo. Él se limitó a asentir con la cabeza. Había cedido de nuevo a sus caprichos, pero tratándose de Cait era prácticamente imposible llevarle la contraria. Quizá no tuviera importancia, puesto que ella sólo exigía lo que creía corresponderle por derecho. Con todo, a Rand le inquietaba el influjo que ella tenía sobre él. Ojalá supiera cómo resolver el problema.


19 Las maletas de Maggie estaban preparadas y colocadas junto a las de Andrew en el vestíbulo, dispuestas para ser cargadas en el coche. Los Trent se disponían a marcharse y se estaban despidiendo de Rand en la sala roja, cuando de pronto apareció Cait, más pálida de lo habitual. Llevaban varias horas esperándola. ⎯¿Qué ha ocurrido? —inquirió Rand preocupado dirigiéndose apresuradamente hacia ella, que se hallaba en el umbral—. Supuse que te habías quedado dormida, pero estás blanca como la cera. —Algo va mal. Creo que... debemos llamar al doctor Denis. Cuando me desperté, vi... —Cait tenía el rostro encendido de angustia y turbacíon—. Esta mañana vi... unas manchas de sangre en las sábanas. Rand profirió una palabrota entre dientes, la condujo hacia el sofá y la ayudó a sentarse con delicadeza. Luego salió de la habitación, llamando al mayordomo a voces y ordenándole que enviara en el acto a un criado en busca del médico. —No fue por culpa... del trayecto hasta Harriman Park —dijo Cait a Rand cuando éste regresó, fijando los ojos en su rostro—. No pasó nada, ni siquiera noté un bache, te lo juro. Rand se inclinó sobre ella y la besó en la frente. —Tranquilízate, cariño. Estoy seguro de que no es nada grave. Te llevaré arriba, para que el médico te examine. Todo irá bien. Al cabo de unas horas llegó el doctor Denis, quien se dirigió enseguida a la alcoba de la duquesa y pidió a todos que salieran y le dejaran a solas con ella. Cait se sentía ya algo mejor. No obstante, el médico insistió en que descansara en la cama durante varios días, a lo que Cait accedió de mala gana.


Andrew regresó a Londres, pero a instancias de Rand, Maggie accedió a quedarse hasta que Caitlin se sintiera mejor. Al cabo de unos días, Cait se sintió lo suficientemente restablecida para empezar a protestar por tener que guardar cama y Rand consintió a regañadientes que pasara unas horas todos los días en el jardín. —Se desvive por protegerte —comentó Maggie sonriendo mientras se hallaban sentadas en unas cómodas y espaciosas butacas que el lacayo había instalado para ellas en el jardín—. Nunca le había visto comportarse de este modo. Cait se palpó su abultado vientre, en el que portaba al hijo de Rand. —Desea a este hijo. Creo que ya lo quiere. Será un padre maravilloso. —Recuerda su propia infancia. El viejo duque lo trataba mal. Rand desea que su hijo tenga una vida distinta. Cait sonrió. —Lo será. Ambos nos aseguraremos de ellos. En aquel instante la criatura se movió y ella sonrió. Cuando se disponía a comentárselo a Maggie sintió una inesperada punzada de dolor en el vientre que la hizo enderezarse un poco. —¿Qué pasa? ¿le sientes bien? Cait sintió otra punzada de dolor que le traspasó el cuerpo y respiré durante unos momentos de forma breve y seguida. —Algo va mal, Maggie. Noto que el niño se mueve, que se revuelve en mi interior. —Cait tenía la frente perlada de sudor—. ¡Dios mío! ¿Qué ocurre? Maggie se levantó de un salto.


—No te muevas. Quédate aquí. Maggie abandonó el jardín y entró apresuradamente en la casa llamando a Rand a voces, Tan pronto como se marchó, Cait sintió un dolor que la dejó sin aliento. Unas gotas de sudor empapaban su cabello y sus sienes y las manos le temblaban. «Dios mío, el bebé no. Aún es pronto. Todavía no. Todavía no.» Cait sintió otra punzada de dolor, unos cuchillos de acero que se le clavaban en el vientre, y la boca se le llenó de bilis. Presa de un ataque de náuseas, Cait se deslizó del asiento y cayó de rodillas sobre la hierba, donde se puso a vomitar. Al mismo tiempo se deslizó entre sus piernas un chorro de agua, seguido por otro de sangre de un color rojo intenso. Al notar la pegajosa humedad Cait se estremeció de terror. Por el rabillo del ojo vio a Rand corriendo hacia ella y comprendió que había oído la exclamación de protesta que había brotado de sus labios. Luego la oscuridad comenzó a invadir los bordes de su campo visual al tiempo que experimentaba otra punzada de dolor, la vista se le nubló y cayó desvanecida sobre la hierba. Cuando se despertó yacía en su alcoba, presa de fuertes dolores, inmersa en un mar de agonía que se resistía a desaparecer. —Tranquilízate —dijo Rand, apartando suavemente un mechón húmedo de su frente. Estaba tan pálido como ella. Maggie, que estaba al otro lado de la habitación, tenía los ojos empañados de lágrimas—. El doctor viene de camino. Resiste un poco mas. Pero Cait no podía resistirlo, no podía evitar llorar de terror, no podía soportar aquel tormento. Los dolores del parto durante varias horas. Cait sabía que era demasiado pronto, que si nacía el niño probablemente no sobreviviría. El médico llegó por fin y Rand se ausentó un rato, tan sólo unos momentos, de la habitación. Tan pronto como la acometió otra oleada de dolor y Cait contuvo a duras penas un gemido, Rand abrió bruscamente la puerta y entró apresuradamente.


⎯¿No ve que sufre? ⎯le espetó al médico—. Dele algo para aliviar sus dolores. El médico meneó la cabeza. —Es preciso que esté despierta. Ya falta poco. —¿Que falta poco? —repitió Rand aturdido. El médico confirmó sus sospechas. El niño estaba a punto de nacer. Era un parto prematuro. Lo más seguro es que el bebé moriría. Rand cerró los ojos. Caitlin emitió otro grito al tiempo que su cuerpo se contraía, esforzándose en expulsar a la criatura. Cuando se volvió para mirar a Rand, vio que las lágrimas rodaban por sus mejillas. Por fin, al cabo de varias horas, nació la criatura. Un varón, dijo el médico. Vivió tan sólo unos minutos, los suficientes para que Rand comprobara que estaba perfectamente formado, una miniatura del hijo que tanto ansiaba. Cait hundió la cabeza en la almohada y rompió a llorar. El dolor que sentía en esos momentos era más intenso, no físico, sino un dolor insoportable que desgarraba su corazón. Rand se hallaba de pie junto a Caitlin en la cima de la colina cubierta de hielo. Un viento gélido azotaba las delgadas y desnudas ramas de los árboles, apilando las secas y marchitas hojas a los pies de la verja de hierro forjado que rodeaba las lápidas y las tumbas, las sepulturas de siete generaciones de la familia Clayton. Algunas eran más recientes que otras: las de los tíos, los padres y el joven primo de Rand, recientemente fallecido. Su hijo recién nacido, Jonathan Randall Clayton. Rand sintió un nudo en la boca del estómago al leer la inscripción sobre la lápida de granito que presidía la tumba del pequeño. «Amado hijo de su madre y su padre, el duque y la duquesa de Beldon.» Los ojos le escocían. Temía romper a llorar. Pestañeó varias veces y logró reprimir las lágrimas durante un rato.


Cait permanecía rígida junto a él, con los ojos secos, contemplando fijamente el montículo de tierra húmeda y negra. Durante varios días no había cesado de llorar, hasta que sus lágrimas se habían secado. El helado viento golpeaba su austero sombrero negro, agitaba la falda de su vestido de luto estilo imperio. Cait no sentía nada, ni el viento ni el frío. Miró la fosa, y Rand notó su aturdimiento, la pesada carga de su dolor. El dolor de Cait incrementaba el suyo propio hasta hacer que fuera casi insoportable. Rand estaba desesperado, no sólo por haber perdido a su hijo, sino por Cait. Por cada una de las lágrimas de ella, él derramaba cien en silencio. La desesperación de ella era también suya, aumentada por su propio dolor. Rand se sentía invadido por la tristeza, rodeado, consumido por ella. Él sabía que Cait se culpaba de lo ocurrido. —Fue cuando me caí... —le había dicho ella— aquel día en la isla... No debí ir a por uvas. —No fue culpa tuya —había respondido él suavemente, aunque en ocasiones Rand deseaba poder echarle a ella la culpa, dirigir su cólera irracional contra alguien que no fuera Dios—. Las cosas a veces ocurren sin motivo alguno. Así es la vida. —Tal vez sea un castigo. Como en el caso de Adán y Eva. Quizá sea el precio de nuestro pecado. Rand había tratado de disuadirla, convencerla de que no era cierto, pero sabía que ella haría oídos sordos. El vicario concluyó el oficio y el pequeño grupo de familiares y allegados echaron a andar colina abajo: Nicholas y Elizabeth, Maggie yAndrew, unos pocos amigos de las propiedades vecinas. Caitlin caminaba junto a Rand, pero sin tocarle; permanecía deliberadamente apartada de él. A partir de aquel día Rand observó cómo Cait se encerraba cada vez más en sí misma, alejándose más y más de él. Se sentía frustrado y enojado. Pero no podía hacer nada al respecto, lo cual le producía una sensación de impotencia


y desesperación. Poco a poco, la tristeza y el dolor que ella sentía, que él era incapaz de aliviar, empezó a reconcomerle. La muerte de su hijo le había causado también a él un infinito dolor. Transcurrieron las fiestas navideñas. En Beldon Hall no hubo festejos, ni decoraciones navideñas, ni árbol de Navidad, ni regalos. Caitlin no lo habría permitido y Rand no soportaba contradecirla, y menos cuando ella le miraba con aquellos ojos verdes llenos de tristeza y empañados de lágrimas. A medida que discurrían los días la distancia entre ambos se acentuaba. A Rand le causaba un dolor inenarrable. Ese torrente de emoción que no podía contener le estaba destruyendo, era más temible que cualquier enemigo al que se había enfrentado. Le hacía sentirse débil y confundido, le castraba de una forma increíble. No era él mismo, había perdido su personalidad y se odiaba por ello. Cada vez que contemplaba el rostro de Caitlin, triste y demacrado, la emoción hacía presa en él, produciéndole una sensación de impotencia, un dolor aún más profundo. Se estaba convirtiendo en el hombre débil que su padre había predicho, lo cual le aterrorizaba de una forma brutal. Tenía que hacer algo para salvarse. De lo contrario, estaría irremediablemente perdido. Jamás volvería a ser el hombre fuerte y decidido que había sido, el hombre que estaba empeñado en ser de nuevo. Rand sabía que sólo había una forma. Tenía que abandonar a Caitlin, abandonar Beldon Hall. Regresaría a su vida en la ciudad, a fin de retomar el control de sus emociones. Sabía perfectamente cómo hacerlo. Conseguiría que la situación tornara a la normalidad, a como era en la época en que sólo experimentaba un sentimiento de amistad y una fuerte atracción física por Cait. Era más de lo que la mayoría de las parejas casadas sentía. Rand se conformaba con esto.


Y Cait tendría que conformarse también. Rand llevaba ausente del país más de un mes cuando Cait logró por fin superar su dolor. Ocurrió un día a fines de febrero; el ambiente era aún frío, pero el cielo mostraba un color azul cristalino, sin una sola nube en el horizonte. Quizá hiera el resplandor del sol, o el calor de sus rayos, lo que por fin traspasó la coraza que ella había erigido en torno suyo, fundiendo el hielo de su corazón. El dolor seguía ahí, la pérdida de su hijo constituía aún una herida sin cicatrizar. Pero aquel día espléndido Cait sintió unas renovadas esperanzas y comprendió por primera vez desde hacía semanas que además de su hijo había perdido a una persona no menos preciosa para ella. Rand se había marchado y el mundo de Cait estaba vacío sin él. Quizás había sido culpa suya, pensó Cait mientras paseaba por el jardín, admirando el leopardo recortado en el seto que Rand había diseñado y mandado construir. Sin duda él había sentido un dolor tan intenso como ella por la pérdida de su hijo, pero había demostrado tanta fuerza y entereza que a Cait no se le había ocurrido que pudiera sentirse tan destrozado como ella. En su fuero interno, Cait pensaba que él debió quedarse, que no debió abandonarla cuando ella más le necesitaba. Las ocasionales notas de Rand no pasaban de corteses, carecían del calor que ella recordaba. No obstante, Rand era su marido, ella le echaba de menos y ansiaba que volviera a su lado. Quizás él no la amara, pero ella le amaba y durante los últimos días había comprendido hasta qué punto. Había llegado el momento de superar su desesperación y poner de nuevo orden en su vida. A tal fin, Cait envió una nota a Woodland, la finca rural que Maggie y lord Trent poseían en Sussex, a pocos kilómetros de Londres, preguntando si podía ir a visitarlos cuando se dirigiera la ciudad. La perspectiva entusiasmó a Maggie. En la nota que recibió Cait en respuesta a la suya, Maggie le informó de que Elizabeth y lord Ravenworth irían también a visitarlos por esas mismas fechas.


«Aguardamos con impaciencia reunirnos todos de nuevo, y en especial veros a ti y a Rand.» A Cait le sorprendió comprobar que ninguno de ellos sabía que Rand ya no se encontraba en Beldon Hall, sino que llevaba varias semanas viviendo en Londres. Le preocupaba que él no se lo hubiera comunicado a sus amigos y empezó a sentir una leve sensación de angustia. Amaba a Rand y le echaba de menos. Deseaba estar con él. Cuando respondió a la nota de Maggie, Cait no se molestó de informar a su amiga de que se presentaría sola a Woodland. Necesitaba desesperadamente que Maggie la aconsejara. Debía hallar el medio de subsanar el alejamiento que se había producido entre Rand y ella. Lord Ravenworth estaría también allí. Sólo Nick Warring conocía a su marido mejor que Maggie. Cait confiaba en que pudiera ayudarla en su empeño. Había llegado el momento de pensar en el futuro, y una vez que había logrado superar su dolor en lo único en que pensaba Cait era en Rand. Recordaba cada sonrisa, cada caricia suya. Recordaba lo que sentía cuando él le hacía el amor, y deseaba que se lo volviera a hacer. Puede que Rand no la amara, pero era su marido. Estaban casados y tenían muchos años por delante. El médico le había asegurado que tenía muchas posibilidades de dar a Rand un hijo sano y robusto, que quizás el primero no hubiera arraigado en ella como era debido. Cuando Rand regresara a casa, lo intentarían de nuevo, y Cait se juró que esta vez lo conseguirían. Estaba resuelta a construir un futuro juntos. Lo único que debía hacer Cait era convencer a su marido para que regresara a casa. Rand se enfundó los guantes de cabritilla, se detuvo en el vestíbulo de su mansión londinense mientras el mayordomo le colocaba una capa forrada de satén sobre los hombros y salió. Hacía una noche espléndida en Londres; el


cielo aparecía insólitamente despejado y las estrellas lucían cual gemas sobre las calles de la ciudad. Hacía un rato había caído una leve nevada, cubriendo la suciedad y los papeles que yacían en las alcantarillas, confiriendo un aspecto pulcro y aseado a la ciudad. Así era como se sentía Rand. Su vida, pulcra y aseada, había retornado a la normalidad. Su mundo se hallaba ahora allí, entre los bailes y el relumbrón, las risas y el jolgorio de la acaudalada aristocracia londinense. Desde que había llegado a la ciudad, Rand se había lanzado a esa vida con implacable afán, para olvidar el dolor de su desastroso matrimonio, la pérdida de su amado hijo y la mujer que, sin pretenderlo, casi le había robado su virilidad. Resuelto a conseguir su propósito, rara vez regresaba a su casa antes del amanecer, por lo general un tanto ebrio, guardando de la velada un grato y vago recuerdo. Habían reaparecido algunos amigos de su pasado: lord Anthony Miles, segundogénito del marqués de Wilburn; Raymond de Young, un antiguo compañero de escuela; el vizconde de St. Ives, un apuesto calavera que Rand conocía desde hacía años; otros que él apenas conocía pero que se conformaban con ir a remolque de un duque y sus amigos, en su mayoría solteros, aunque algunos estaban casados. Bebían, jugaban y perseguían a las mujeres, al igual que Rand, que comenzaba a tener éxito en su empeño. El dolor quedaba atrás. Rand se sentía de nuevo feliz, habiendo enterrado en su interior aquellos días siniestros para no pensar en ellos, para no tener que enfrentarse a ello. De vez en cuando escribía una carta de cortesía a Cait; de momento bastaba con eso. Quizá más adelante iría a visitarla, para comprobar cómo estaba. Pero ahora no. De momento Rand se conformaba con seguir así, frecuentando el lado más oscuro y licencioso de Londres. Y reanudando su grata relación con Hannah Reese.


Rand iría más tarde a casa de ella, como solía hacer. Poco después de regresar a Londres, Rand la había instalado en una casa más amplia y lujosa, donde pudieran sentirse más cómodos. En primer lugar pasaba algunas horas en Whites, jugando a la brisca o a otro juego de naipes, y ganando invariablemente, tras lo cual asistía a las fiestas a las que le habían invitado sus amigos. Más tarde se reuniría con Hannah, que le estaría aguardando. Era rubia y de tez pálida, delgada, con unos senos pequeños en forma de cono. No se parecía en absoluto a la menuda pelirroja que amenazaba con irrumpir en sus pensamientos cuando él bajaba la guardia, para destruir su confortable universo. Hannah era tan distinta de Caitlin como la luna del sol. Rand se resistía a reconocer que echaba en falta aquel calor, aquel maravilloso resplandor. Pero por más que se había sumergido en un mundo que él creía haber abandonado para siempre, en los recovecos más fríos y encallecidos de su corazón persistía un atisbo de nostalgia. Tras ganar varios centenares de libras a su viejo rival en las carreras de caballos, lord Mountriden, que recogió con manifiesta satisfacción, Rand se marchó de Boodles poco después de medianoche y se dirigió hacia la confortable residencia urbana que ocupaba Hannah en el apacible y elegante barrio de Mayfair. Ella le estaba esperando, como de costumbre, vestida con un camisón transparente de seda francés que él le había regalado hacía unos años, recibiéndole con una copa de brandy en la mano y conduciéndolo directamente al dormitorio. —Creí que llegarías más pronto —dijo ella haciendo un mohín, aunque rara vez se quejaba—. Dijiste que saldríamos a cenar. A él no le apetecía salir. No era conversación lo que quería de Hannah, sino el simple confort de su cuerpo, la forma de mantener su mente ocupada durante otra noche. —No me di cuenta de que era tan tarde. Han estrenado una nueva ópera en el Surrey. ¿Quieres que te lleve allí una noche de esta semana?


Era más bien una farsa que una ópera, pero Hannah aceptó encantada. El teatro era más pequeño, menos frecuentado, el tipo de lugar al que un hombre llevaba a su amante. De pronto Rand evocó la imagen de Caitlin la noche en que la había besado en el King’s Theatre, bellísima y con un genio endemoniado, encarándose con él con valentía y coraje. Haciendo que la deseara como jamás había deseado a otra mujer. Rand apretó la mandíbula y apartó bruscamente aquella imagen de su memoria. —Acércate, Hannah. Ella obedeció, moviéndose con gesto airoso cubierta con el camisón color lavanda casi completamente transparente. Que él recordara, Hannah siempre había estado dispuesta a consolarlo cuando él lo necesitaba, en los momentos en que su mundo amenazaba con desmoronarse en torno a él, cuando sus obligaciones se hacían demasiado onerosas, cuando no había ninguna otra persona a quien él podía recurrir. Había algo demasiado íntimo en un beso, en todo caso eso le parecía a él. Era algo que tenía que ver con la ternura y el deseo, unas emociones que él nunca había compartido con Hannah. En lugar de besarla, le acarició los pechos, deslizó sus manos sobre su cuerpo, acariciándola con movimientos mecánicos. Poco a poco su cuerpo comenzó a responder, pero más lentamente de lo que cabía imaginar. A Rand le preocupaba comprobar que el placer que le proporcionaban sus encuentros con Hannah comenzaba a disiparse. Esa noche deseaba terminar cuanto antes. Iras arrojarla sobre la cama, se desabrochó los botones de la bragueta y le separó las piernas. Hannah emitió una exclamación cuando él la penetró. La poseyó rápidamente, sin su habitual delicadeza, sabiendo que debería esperar hasta que ella alcanzara el orgasmo, pero no queriendo hacerlo. Cuando hubieron terminado, él se levantó y empezó a vestirse.


Hannah, acurrucada en la cama, lo observó debajo de sus doradas pestañas. —Se trata de ella, ¿no es así? Pensabas en tu esposa. Rand la miró con dureza. —Jamás pienso en mi esposa. Hannah arqueó una ceja. ⎯¿Ah, no? Pues yo creo que está presente en ti en todo momento. La deseabas a ella, no a mí. Creo que finges no echarla de menos. Es tu esposa. ¿Por qué no vuelves con ella? Rand experimentó una sensación, una emoción que aunque no le era desconocida no lograba identificar. Sintió una desagradable opresión en el pecho y tensó la mandíbula para eliminarla. —No quiero hablar de mi esposa. Mientras yo pague el alquiler de esta casa, espero que respetes mis deseos. Rand sintió la mirada escrutadora de Hannah en su rostro. Era una actriz. Su profesión le exigía analizar el comportamiento de la gente y era una experta en la materia. Ella le observó limpiarse una mancha de carmín de la mejilla con un pañuelo blanco bordado y encaminarse hacia la puerta. ⎯¿No te quedas? —preguntó ella con evidente asombro—. Pero si acabas de llegar. Cierto, pero esa noche no le importaba. Rand tenía que marcharse de allí, alejarse de aquellos penetrantes ojos azules. —Volveré dentro de un par de días. le llevaré a la ópera, tal como te he prometido. Hannah no dijo nada y Rand salió y cerró la puerta silenciosamente tras él. Tratando de no hacer caso de una intensa sensación de alivio.


Lord Trent ofrecía un baile en su casa. Cait no había imaginado que tendría que asistir a una fiesta cuando había escrito a Maggie, pero Woodland Hills estaba cerca de Londres, y aunque aún no había comenzado la temporada de los eventos sociales, la aristocracia estaba más que dispuesta a divertirse. La ocasión del cumpleaños de lady Trent —o cualquier otra fecha señalada— era una excusa tan buena como cualquier otra. Caitlin había llegado a la imponente mansión de ladrillo a media mañana, en el coche que Rand había dejado en Beldon Hall para su uso. Maggie se había mostrado sorprendida al ver que estaba sola, y más aún al averiguar que Rand se hallaba en Londres. —Es increíble que no nos lo dijera. Ni siquiera se ha puesto en contacto con Nick. —Estaban sentadas en un confortable saloncito desde el que se divisaban los arbolados campos situados detrás de la casa, bebiendo té en unas tazas de porcelana con el borde de oro—. No es propio de Rand. —No sé qué hacer, Maggie. Ojalá supiera lo que piensa. Temo que aún sufre. Necesito verle, hablar con él, averiguar qué le ocurre, pero temo que no me lo dirá aunque se lo pregunte. —Sé que la pérdida de su hijo le afectó mucho. Lo noté el día que acudimos a Beldon Hall para asistir al funeral. Nunca había visto a Rand tan trastornado. Cait depositó la taza en el platillo con mano temblorosa. —Siempre da la impresión de ser fuerte. Pero el pobre sufría mucho y yo estaba tan inmersa en mi propio dolor que no me percaté de ello. —Creo que deberías ir a Grosvenor Square y averiguar lo que siente. Oblígale a escucharte. Cait bajó la vista y contempló el traje de crespón de seda negro que lucía. —Esta es la última vez que me lo pongo. Mi dolor le alejó de mi lado. No estoy dispuesta a que siga manteniéndonos separados.


Maggie sonrió. —¡Así se habla! Será mejor que comiences tu transformación esta misma noche. Espero que hayas traído algo bonito que ponerte. Cait depositó la taza y el platillo en la mesa. —He traído varios baúles llenos de ropa. No sabía cuánto tiempo permanecería en Londres. —Sus ojos mostraban una expresión decidida—. Me quedaré el tiempo que sea necesario. Maggie le apretó la mano con afecto. —Tu habitación está preparada. ¿Por qué no subes y descansas un rato? Dentro de un par de horas enviaré a una doncella para que te ayude a darte un baño y cambiarte de ropa. Caitlin asintió con la cabeza y se levantó. No le apetecía asistir al baile, pero estaba resuelta a regresar al mundo de lo vivos. Esa noche era un buen momento para hacerlo. De pie sobre el suelo de mármol blanco y negro del salón de baile de Woodland Hills, Elizabeth Warring hablaba con su cuñada Maggie Sunton. Al otro lado de la habitación, la esposa de Rand, flamante duquesa de Beldon, vestida con un traje imperio de seda color esmeralda, conversaba animadamente con William St. Anthony, marqués de Wester, cuyo segundogénito, Geoffrey, seguía en la isla de Santo Amaro, pues formaba parte de la expedición del padre de Cait. —Creo que Rand la subestima —comentó Maggie, mirando al igual que Elizabeth a su diminuta amiga—. Su espontaneidad es justamente la cualidad que más gusta a la gente. No conozco a nadie a quien la franqueza de Cait le parezca ofensiva. —Es lo que más le gusta a Rand de ella. ¿Por qué no iba a gustarle a otras personas?


—Me pregunto qué hará Rand. No es propio de él marcharse de esa forma. Cait dice que lleva más de un mes residiendo en la ciudad. —Si yo fuera ella, ya me habría presentado en Londres para averiguar por mí misma qué ocurre. —Eso es precisamente lo que se propone hacer Cait; ha decidido acortan su visita y partir para Londres por la mañana. Con un gesto de aprobación, Elizabeth abrió el abanico color ciruela a juego con su vestido y agitó el aire frente a su rostro. La duquesa le caía bien y sentía gran estima por Rand, cuya inmarcesible lealtad había salvado en una ocasión la vida de su esposo. Pero Rand era distinto de Nick. Era un hombre de emociones intensas que nunca había llegado a aceptarlas. Ella confiaba en que esas emociones no le llevaran a cometer un desatino con Caitlin. A su modo, Cait tenía un carácter tan fuerte como Rand. Y, por lo que sospechaba Elizabeth, si se sentía tratada injustamente seguramente se mostraría tan incapaz de perdonar como él. Desde detrás de su abanico, Elizabeth observó a su amiga, que se hallaba al otro lado del salón. En éstas vio acercarse a lady Hadleigh ataviada con un atractivo vestido de seda blanco y plateado, con el cabello recogido en un moño alto formado por unos seductores rizos negros. Elizabeth frunció el ceño. ¿Por qué querría la antigua amante de Rand hablar con Caitlin? Elizabeth lo ignoraba, pero su intuición le decía que fuera lo que fuere lo que deseaba decirle esa mujer no sería nada agradable. La conversación se prolongó más de lo que hubiera deseado Elizabeth. Al cabo de unos minutos, Cait dio media vuelta y se alejó. Las pecas que salpicaban su frente contrastaban con la palidez de su rostro; las manos le temblaban ligeramente mientras avanzaba con paso decidido a través del salón de baile y salía por la puerta de doble hoja. Inquieta y desconcertada, Elizabeth la siguió, deseando que su intuición estuviera errada. Confiando en que lady Hadleigh, celosa de que Rand se hubiera casado con Cait, no le hubiera dicho algo con ánimo de herirla.


Elizabeth miró en el vestíbulo, pero no la encontró. Bajó la escalera hasta la planta baja, se asomó a las salas de juego y a diversos salones rebosantes de invitados, la buscó en la terraza y los jardines. Cuando se dirigió de nuevo hacia la escalera que conducía al ala este, donde se hallaban las alcobas, vio a Caitlin bajar por ella, cubierta con una capa ribeteada de piel. ⎯¡Caitlin! ¡Por el amor de Dios! ¿Adónde vas? Elizabeth observó que el labio inferior de Cait temblaba, lo cual incrementó su preocupación. —Dile a Maggie que agradezco su hospitalidad. Dile que ha surgido un imprevisto y he tenido que marchar a Londres. ⎯¿Ahora? ¿A estas horas de la noche? Cuando llegues será medianoche. —No importa. He mandado que me traigan el coche. Me está esperando frente a la casa. Dile a Maggie que enviaré a por mis baúles en cuanto llegue. —Por favor, Cait, cuéntame qué ocurre. Cait pestañeó para contener un torrente de lágrimas. —No lo sé con certeza..., al menos todavía. Pero voy a averiguarlo. Con esto dio media vuelta y salió. Nerviosa y angustiada por Cait, Elizabeth salió inmediatamente en busca de Maggie. Fuera lo que fuere que había ocurrido, confiaba en que la esposa de Rand llegara a Londres sana y salva. Y que Rand, presa de su terrible dolor, no hubiera hecho lo que Elizabeth sospechaba que había hecho


20 Ataviada todavía con el vestido de seda color esmeralda, Cait llegó a la mansión ducal situada en Grosvenor Square poco antes de medianoche. Y comprobó perpleja que Rand no se encontraba en casa. No debió asombrarla, pero lo hizo. En su ingenua mente, Cait imaginaba a Rand en Londres llorando desesperado la muerte de su hijo, al igual que había hecho ella en el campo. Pero por lo visto Rand ya había superado su dolor. ¿Y si Lavinia Wentworth, lady Hadleigh, le había dicho la verdad? ¿Y si Rand hubiera reanudado su relación con su antigua amante, Hannah Reese? Por supuesto, esa mujer no se lo había dicho claramente. Al principio se había limitado a hacer unas sórdidas insinuaciones, contándole los rumores y las habladurías que había oído. Caitlin sacudió la cabeza para desterrar ese ingrato recuerdo de su mente. —Lo lamento, pero está usted equivocada —había dicho—. Mi esposo está en Londres por negocios. Tras lo cual Cait se había marchado dejando plantada a aquella horrible mujer. Pero el recuerdo de su repelente sonrisa de satisfacción no se había borrado de su mente durante todo el trayecto a Londres. «No lo creo —se dijo Cait—. Me niego a creerlo.» Rand se había desplazado hasta Santo Amaro en su busca, había insistido en casarse con ella, empleando un ardid para obligarla a ceder. Si tanto deseaba casarse con ella, no era lógico que ahora quisiera destruir su matrimonio. Pero lo cierto era que ella había sabido desde el principio que era el niño a quien Rand quería. Y ese niño había muerto. Al pensar en ello Cait sintió que se le encogía el corazón. Dejando a Frederick plantado a la puerta, mirándola con ojos de sueño, Cait


subió la escalera hasta los aposentos que ocupaban en el segundo piso, pugnando por librarse de una opresión en el pecho que no había sentido desde los terribles días que siguieron a la muerte de su hijo. Había defendido a Rand ante la vizcondesa, convencida de que esa mujer estaba en un error. Se había desplazado hasta Londres para verlo. Ahora tenía que averiguar la verdad. Cait pasó frente a sus habitaciones y siguió adelante hasta llegar al dormitorio de Rand. La habitación estaba un tanto desordenada; la ropa de Rand yacía sobre la cama en lugar de estar doblada y recogida en su lugar correspondiente. Entonces Cait recordó que era jueves, el día libre de Percival Fox. Por lo visto Percy había salido, ¿pero dónde estaba Rand? Cait dio media vuelta, sabiendo que tendría que aguardar hasta que él regresara. Entonces vio la nota que Rand había escrito apresuradamente y había dejado a su ayuda de cámara. Cait tomó el papel que había sobre el escritorio de palo de rosa. Al leer las palabras escritas, empezó a temblarle la mano. «Voy a la ópera y luego a Chatelaine’s. Regresaré tarde. No te necesitaré hasta mañana.» Percy siempre se preocupaba por su patrón y Rand había querido tranquilizarlo. Sea cual fuere la explicación que Cait quisiera creer, era evidente que Rand se estaba divirtiendo de lo lindo. ¿Había salido simplemente con unos amigos, tal como rezó desesperadamente Cait para que fuera cierto? ¿O estaba con su amante? Cait tragó saliva para aliviar el nudo que sentía en la garganta y enderezó los hombros, resuelta a averiguarlo. Bajó de nuevo la escalera, se detuvo para tomar su capa de manos del mayordomo y se dirigió a los establos, situados detrás de la casa. El cochero estaba quitando los arneses a los caballos. Cait le ordenó que se detuviera,


pues necesitaba de nuevo el coche. —Muy bien, excelencia —contestó el hombre con cierto fastidio—. Estará preparado en un momento. Cait se montó en el coche y se instaló en el asiento. Al cabo de unos minutos el cochero asomó la cabeza por el interior del vehículo y pregunté: —¿Adónde desea que la lleve, duquesa? —A un lugar llamado Chatelaine’s .¿Lo conoces? Cait creyó ver a la luz del farol que el cochero se sonrojaba. —Sí, señora. Lo conozco. —¿Sabes dónde está? El hombre asintió con cierta desgana. Estaba claro que había conducido a Rand allí en más de una ocasión. —De acuerdo, llévame allí. El cochero dudó unos momentos, tras lo cual se montó en el pescante, sacudiendo la cabeza como admitiendo que jamás llegaría a comprender a la nobleza. Al cabo de unos minutos atravesaron Piccadilly, pasaron frente a St. James y se dirigieron hacia Covent Gardens. A la luz del farol en el interior del vehículo Caitlin pronunció otra oración en silencio. Rand era el hombre más fuerte y bondadoso que había conocido. Jamás haría nada que la lastimara. Pero el corazón se le encogió de temor ante la posibilidad de que estuviera equivocada con respecto a él, y que sus oraciones hubieran llegado demasiado tarde. Hannah Reese estaba sentada frente al duque de Beldon en el comedor principal del Chatelaine’s, un restaurante íntimo en Covent Gardens célebre


por su chef un francés llamado Pierre Dumont cuya cocina entusiasmaba a Rand. Rand pidió una segunda botella de vino, un costoso burdeos de veintidós años, y el camarero la descorchó. Rand bebió con afán, como había hecho toda la noche. Desde su regreso a Londres, Hannah había notado que bebía más, como si pretendiera enterrar sus problemas. Ella sabía lo de la muerte de su hijo. Eran amigos, aparte de amantes. Sabía que Rand se había casado con una americana, aunque su matrimonio era un tema del que él se negaba a hablar. Hannah creía saber el motivo. Durante casi diez años, Hannah había estado enamorada de Rand Clayton. Puesto que conocía los síntomas, y sabía lo doloroso que podía ser amar a una persona, estaba convencida de que el duque amaba a su esposa. —Creí que tenías hambre —comentó Rand observando el plato de Hannah, que casi no había tocado—. Apenas has probado bocado. Ella levantó el tenedor para probar el delicado rodaballo con salsa de langosta que él había pedido. —Está muy rico. Es que estoy un poco cansada después de asistir a una representación tan larga. Rand la había llevado a la ópera como le había prometido, pero parecía distraído e incapaz de disfrutar de la velada. Rand respondió con una ambigüedad y volvió el rostro. Era evidente que no estaba pendiente de la conversación, al igual que antes no había estado pendiente de la función. Parecía distinto desde su regreso a la ciudad, por más que se esforzara en convencerse de que no había cambiado. El camarero apareció y pidieron el postre, aunque en realidad a Hannah no le apetecía y a Rand tampoco. Ella deseaba tan sólo permanecer junto a él tanto tiempo como fuera posible, y temía que cuando Rand la acompañara a casa


no se quedaría con ella. Y aunque se quedara, Hannah sospechaba que le haría el amor de un modo mecánico, casi con desgana, como venía haciéndolo últimamente. Aunque deseaba más que ninguna otra cosa que Rand pasara la noche con ella y le hiciera el amor apasionadamente, en su fuero interno pensaba que era preferible que él se fuera a su casa y tratara de resolver los problemas que le atormentaban. Hannah se preguntó qué habría hecho su esposa para herirlo de esa forma, para alejarlo de su lado. Quizás él acabaría contándoselo. Hannah deseaba que lo hiciera, que olvidara a la mujer con quien se había casado y depositara su confianza en ella. Al margen del dolor que él le hubiera causado, Rand era un hombre estupendo. Y ella estaba dispuesta a hacer lo que fuere con tal de conquistarlo. Rand paseó la comida por el plato, distraído, un poco ofuscado por el vino que había ingerido. Hannah estaba sentada frente a él, vestida con un traje de seda color albaricoque que él le había comprado a su regreso a Londres. El vestido realzaba su cabello rubio recogido en un moño, sus ojos de un azul intenso, su tez pálida. Por el escote asomaban unos pechos elegantes y puntiagudos, pero a Rand le recordaban otros, unos pechos altos y generosos, cuyo tacto era como el de la fruta madura. Hannah era muy hermosa, cada uno de sus movimientos era discretamente seductor. La mitad de los hombres de Londres se peleaban por acostarse con ella, pero cuando él la acariciaba, cuando le hacía el amor, no sentía nada. Hacía días que él había comprendido que todo había terminado entre ellos, y se lamentaba de haber acudido a ella a su regreso a Londres. Esa noche se proponía subsanar ese error. La imagen de Caitlin acudía constantemente a su mente, junto con una punzada de remordimientos, que ya no era capaz de desterrar. No debió


marcharse de su lado, no debió abandonarla en unos momentos en los que ella le necesitaba más que nunca. Era impropio de él. Nunca había sido un cobarde. Pero estaba confundido. Y el dolor.., era insoportable. Por más que lo intentaba, no podía librarse de él. Durante un tiempo, allí en Londres, había conseguido enterrarlo. Había llegado a resignarse a la muerte de su hijo, pero ahora le atormentaba otro dolor. La necesidad de regresar junto a Caitlin, el acuciante deseo de volver a verla, de abrazarla, acariciarla, estar simplemente con ella. Estaba enamorado de ella, Rand lo sabía, y había aceptado por fin esta realidad, aunque durante mucho tiempo había tratado de negarlo. Estaba enamorado de ella, y había empezado a pensar que, en lugar de una terrible debilidad, lo que había descubierto con Cait era un don increíble. Su padre no lo habría visto así. Se habría reído, burlado de él por albergar esos sentimientos. —Eres un imbécil —le habría dicho—, no eres digno de ser hijo mío. Pero cuando Rand pensaba en lo que sentía con Cait, en la dicha que no había hallado junto a ninguna otra persona, comprendía que su padre estaba equivocado. ¿Por qué no se había dado cuenta hasta ahora? ¿Por qué había tardado tanto en comprenderlo? ¿Por qué le costaba tanto reconocerlo? Rand sintió un nuevo aguijonazo de remordimientos, junto con una profunda e intensa tristeza. No debió traicionar a su esposa con Hannah, jamás debió abandonarla. ¡Dios! ¿Cómo se le había ocurrido cometer semejante infamia? Hannah hizo un comentario que él no captó. —Lo lamento —dijo Rand, volviéndose y sonriendo de manera forzada—. ¿Qué has dicho?


Ella suspiró y meneó la cabeza. —No tiene importancia. —Hannah esbozó una radiante sonrisa tan falsa como la de Rand y dejó su servilleta junto al plato—. En vista de que ninguno tiene hambre, supongo que será mejor que nos marchemos. Rand estaba deseando marcharse, ni siquiera había querido ir esa noche. Pero tenía que aclarar la situación entre ambos, era lo menos que ella se merecía. Hannah esperó a que él le retirara la silla y tras levantarse le tomó del brazo. Casi habían alcanzado la puerta cuando un sirviente la abrió y una mujer entró en la estancia de techo bajo iluminada por las velas. Lucía un vestido de seda color esmeralda, un tono más oscuro que sus ojos, y tenía el pelo de un color rojo con reflejos cobrizos poco común. Al verla, Rand notó que se le secaba la boca. Era tan maravillosa como él recordaba y más aún, tan maravillosa como para que él se hubiera enamorado de ella, pero su terror le hubiera impedido aceptarlo. Ella se detuvo junto a la puerta y él observó que tenía el vestido un poco arrugado y estaba un poco despeinada, pues los rizos que llevaba recogidos en lo alto de la cabeza habían empezado a deshacerse y un mechón pendía suavemente sobre su cuello. Ella se paró en seco en la entrada, los ojos clavados en los de él, su rostro demudado por el dolor. Al contemplarla Rand sintió que su corazón estallaba en mil pedazos. Durante unos instantes ella no dijo nada y él tampoco. Daba la impresión de que ella deseaba dar media vuelta y salir corriendo, pero permaneció erguida, sin moverse de donde estaba. Rand tragó saliva para aliviar el nudo que se le había formado en la garganta, comprendiendo de golpe y sin la menor duda de que todo cuanto deseaba lo tenía ante él. Y estaba a punto de perderlo. ⎯Caitlin... —Buenas noches, Rand. Él se quedó mudo, incapaz de articular palabra. Cuando por fin habló, lo hizo


con voz ronca y entrecortada. —Creí que estabas en el campo. ¿Qué haces en Londres? Un velo de lágrimas empañó los bonitos ojos verdes de Cait. —Quise darte una sorpresa. Cosa que evidentemente he conseguido. El dolor que expresaba el rostro de Cait le provocó a él una puñalada de dolor en el pecho. Cada latido suponía un esfuerzo, le faltaba el aliento. —Caitie... te lo ruego... no lo comprendes... Ella alzó el mentón, pestañeando para impedir que las lágrimas rodaran por sus mejillas. —Por supuesto que lo comprendo, Rand. Lo comprendo perfectamente. Él sintió que los músculos de su garganta se contraían, moviéndose hacia arriba y hacia abajo, pero fue incapaz de articular palabra. Lo que había hecho no tenía justificación. No quería humillarla tratando de inventarse una excusa. —A pesar de lo que puedas pensar —dijo con tono quedo y expresión seria —, jamás pretendí hacerte daño. —«Te quiero. Y me he comportado como un imbécil.» Cait miró a Hannah y luego de nuevo a Rand al tiempo que otro torrente de lágrimas se deslizaba por sus mejillas. —Lo que pretendías o no pretendías hacer ya no importa. Cait tragó saliva y se pasó la lengua por sus resecos y trémulos labios. En sus negras pestañas relucían unas lágrimas, como unas diminutas y húmedas púas, haciendo que el dolor que él sentía en el pecho se extendiera por todo su cuerpo. —Adiós, Rand.


Cait pronunció su nombre con voz entrecortada. Luego dio media vuelta y se alejó, con la espalda erguida y la cabeza bien alta. Echó a andar con paso rápido hacia la puerta, la abrió y bajó apresuradamente los escalones de la entrada. Al alcanzar la calle echó a correr. Rand se volvió hacia Hannah y vio que ella lo comprendía; quizá lo había comprendido siempre. —Debo irme. Te acompañaré hasta el coche. ¿No te importa? Hannah asintió con la cabeza, tratando de sonreír. Él la miró a los ojos y al ver el dolor reflejado en ellos comprendió que la había lastimado también, y su propio dolor se intensificó, abatiéndose sobre él con una fuerza abrumadora. Rand dio media vuelta, echó a correr hacia la puerta y salió, gritando el nombre de Cait, tratando de alcanzar el carruaje, pero éste arrancó y comenzó a abrirse paso entre el tráfico, avanzando a gran velocidad, hasta desaparecer entre el mar de vehículos que invadía la calzada. Desesperado, Rand corrió en busca de un coche de alquiler, pero no consiguió hallarlo. Por fin dio con un uno, se montó en él y dio al cochero las señas de su casa en Grosvenor Square, sabiendo que cuando llegara no sería capaz de decir nada que lograra convencer a Cait. Sabiendo una sola cosa con certeza. La cruda realidad que él se había negado a reconocer hasta hacía poco se había impuesto con toda nitidez en cuanto había visto aparecer a Cait: estaba completamente, perdidamente enamorado de ella. En aquel preciso instante Rand comprendió por fin lo que había estado buscando, lo que siempre había deseado. Y ahora que lo sabía, era demasiado tarde. Cait no estaba en casa cuando él atravesó apresuradamente la puerta principal


de madera tallada y subió la escalera llamándola a voces. Frederick le dijo que había estado antes, lo cual explicaba el que Cait supiera que él se encontraba en el Chatelaine’s. La nota que él había dejado para Percy se hallaba en otro lugar sobre su escritorio de palo de rosa, un poco mas arrugada que cuando él la había dejado. En ci borde, junto a una esquina, la tinta aparecía borrada en forma de lágrima. Rand sintió un nuevo aguijonazo de dolor, un dolor ardiente, pulsante, más feroz que el padecido anteriormente. Había perdido a su hijo. Entonces había creído que nada podría provocarle una mayor desesperación. Pero el dolor de perder a Cait era mil veces peor. Aparte del dolor Rand se sintió inquieto por Cait. ¿Adónde había ido? ¿Qué haría? ¿Regresaría a la casa? Durante los días sucesivos Rand se dedicó a buscarla, enviando a unos lacayos a registrar todos los hoteles de Londres, renunciando por fin a dar con ella y regresando a Beldon Hall, convencido de que había abandonado el país. No estaba en Woodland Hills y no había vuelto por allí desde la mañana en que se había marchado. ¡Maggie! Debió suponer que Cait acudiría a su amiga. Rand se dirigió allí sin pérdida de tiempo. Las ruedas del carruaje levantaron una nube de polvo al subir a toda velocidad por el sendero de grava de la propiedad. Rand se apeó del vehículo antes de que éste se detuviera, subió los peldaños de la entrada de dos en dos, sin haberse cambiado de ropa desde el día anterior, despeinado, con la barba de un día. Andrew le abrió la puerta con expresión sombría y ligeramente hosca. —¿Dónde está Cait? —preguntó Rand mirando frenéticamente a su alrededor, rezando para que estuviera allí, a salvo.


—Lo lamento, Rand. Caitlin se ha marchado. Rand cerró los ojos. Estaba a punto de caer rendido de cansancio. Llevaba tres noches sin dormir, no había comido ni bebido nada excepto numerosas tazas de café bien cargado. —¿Pero ha estado aquí? ¿Está bien? —No, Rand, no está bien —replicó Maggie desde el vestíbulo mientras se encaminaba hacia él—. Tu maravillosa esposa está hundida. Tiene el corazón hecho pedazos. Ha depositado una y otra vez su confianza en ti, y tú la has lastimado. Rand no se molestó en negarlo. Se merecía todo el desprecio de Maggie. —¿Dónde está? —Vino a recoger sus cosas, los baúles que iba a llevar consigo cuando fuera a reunirse contigo en la ciudad. Quería aclarar las cosas entre vosotros. Estaba preocupada por ti. —Maggie crispó su dulce boca en una amarga sonrisa—. Pero tú no merecías que se preocupara por ti, ¿verdad, Rand? Ya tenías a otra que se ocupara de ti. Rand sintió que las lágrimas acudían a sus ojos y pestañeó para reprimirlas. Dios, no quería que ellos se dieran cuenta. —No —repuso con voz queda—, no merecía que ella se preocupara por mí. —No necesitabas a Cait, ¿por qué habías de necesitarla? Tenías a Hannah, la sempiterna Hannah. Siempre que tenías un problema, ahí estaba Hannah para consolarte. Perdiste a tu hijo, pero en lugar de permanecer junto a Cait cuando tanto te necesitaba, fuiste corriendo a refugiarte en brazos de tu amante. Era verdad, cada una de las ásperas y dolorosas palabras que había dicho Maggie eran verdad, y él, en lugar de marcharse, se tragó su orgullo y se quedó allí, escuchándolas. —Tu padre llevaba razón, Rand. No eres como debe ser un hombre. Un


hombre de pies a cabeza jamás se habría comportado como tú lo has hecho. Un hombre dc pies a cabeza jamás habría abandonado a la mujer que amaba. Rand sintió una puñalada de dolor que se le clavó en el corazón. Cerró los ojos unos instantes, sabiendo que era cierto, que había cometido ese acto imperdonable. —Me comporte... como un cobarde. Maggie lo miró frunciendo ligeramente el ceño. —¡Dios mío! —Las lágrimas nublaron sus ojos azules—. No lo sabías, ¿verdad? Yo creí que no te importaba, que eras más parecido a tu padre dc lo que tú mismo imaginabas. Pero estaba equivocada, ¿no es cierto, Rand? Maggie alargo una mano temblorosa y acarició la hirsuta mejilla de Rand. —Dios mío, te has estado mintiendo a ti mismo. Tenías miedo de tus sentimientos y trataste de sofocarlos, ¿no es cierto? Abandonaste a Caitlin en Beldon Hall porque no comprendías qué te había ocurrido. No sabías que estabas enamorado de ella. Rand no respondió. Apenas podía articular palabra. —Estás agotado —terció Andrew suavemente, conduciéndolo hacia cl interior de la casa . Debes descansar y comer algo. Rand meneó la cabeza. —Debo encontrarla, asegurarme de que está bien. —Caitlin se ha ido, Rand —dijo Maggie al tiempo que unos gruesos lagrimones rodaban por sus mejillas—. No estoy segura dc dónde puede estar, pero dentro de poco partirá de Inglaterra para ir a reunirse con su padre. No creo que debas ir tras ella. No desea verte. No creo... no creo que llegue a perdonarte jamás.


Él asintió con la cabeza. Eso ya lo sabía, lo comprendió en el momento en que la vio entrar por la puerta del Chatelaine’s y lo vio con Hannah Reese. Caitlin era buena y leal y jamás traicionaría al hombre con quien se había casado. Esperaba la misma lealtad por parte de él. La razón que él había aducido para justificarse no importaba, ella nunca lo comprendería y no le perdonaría jamás. —Cait te escribirá —dijo Rand con voz ronca—. Te agradecería que me dieras noticias de ella. Me gustaría enviarle dinero, asegurarme de que no le falta nada. Aunque no sé si lo aceptará. —No... no creo que lo acepte. Ella tiene algo de dinero suyo..., el suficiente para cubrir sus gastos. —El barón está allí. Puede ser peligroso. Quién sabe lo que es capaz de hacer. —Pero aún no tienes ninguna prueba que confirme tus sospechas —intervino Andrew con delicadeza—. Y aunque estuvieras en lo cierto, ese hombre es un estafador, no un asesino. —Andrew tiene razón —dijo Maggie—. No te preocupes por eso. Rand asintió, confiando en que no se equivocaran. Luego pensó en Cait y esbozó una tierna sonrisa de tristeza. —Qué mujer, ¿verdad, Maggie? Jamás existirá nadie como ella.., en todo caso para mi. Maggie hundió la cabeza en el hombro de su esposo y rompió a llorar suavemente. Rand echó a andar hacia la puerta. —Rand. —Este se volvió al oír la voz de Andrew⎯ . Tal vez con el tiempo... En el rostro dc Rand se pintó de nuevo una tierna sonrisa de tristeza.


—Tal vez... —respondió para no contradecir a su amigo, sabiendo que era mentira. Cait Harmon había desaparecido para siempre de su vida y él era el único culpable. La había perdido. Y a partir de ahora su vida, su mundo sería un lugar triste y vacío sin ella. Cait hundió la pala en la tierra con furia, levantando un montón de arena tras ella. En vista de que no progresaba con la rapidez deseada, arrojó la pala a un lado y empezó a remover la abrasadora arena con sus manos. Hacía un día insólitamente caluroso. El sudor le corría por las sienes y las mejillas, atrayendo a un enjambre de mosquitos que zumbaban junto a sus oídos. Llevaba sólo una semana de regreso en Santo Amaro, pero le parecía un mes. Cait había olvidado lo aislada que se había sentido en la isla, la sensación de que cada día daba paso a otro idéntico, lo mucho que añoraba a sus amigos. Las cosas habían cambiado muy poco en los casi seis meses que ella había permanecido ausente. No habían hallado más tesoros y no había rastro del collar. No obstante, habían hallado otros objetos enterrados en la arena, cerca del bosque, algunos de los cuales su padre suponía que habían pertenecido a los tres marineros que habían naufragado en la isla: un pequeño cofre dc roble, un espejo de latón y una Biblia muy deteriorada por el agua, escrita en holandés. Lo cual había animado a los miembros dc la expedición. Como es lógico, todos se habían quedado asombrados al verla llegar a bordo del Moroto. Geoffrey y Phillip Rutherford la habían recibido con efusivas muestras dc afecto, sir Monty con amable cortesía, mientras que su padre se había mostrado al mismo tiempo feliz y preocupado. Le entristeció enterarse de la muerte del pequeño, la ruptura del matrimonio de Cait y sus consecuencias, que el cansancio y el dolor reflejados en su rostro


evidenciaban a las claras. La traición de Rand había incidido profundamente en su corazón y su mente, y por más que intentara olvidarla no lo conseguía. Lo había amado con locura. Cait se preguntaba si Rand seguiría con su amante, o si ya se había cansado de ella y había ido en busca de una nueva presa. Quizás una mujer joven como ella misma, rebosante de ideales y convencida de la sinceridad del duque. En tal caso, esa joven estaba destinada a sufrir un desengaño más doloroso de cuanto podía imaginar. Cait alzó la vista cuando una sombra cayó sobre el lugar en el que se hallaba trabajando. Su padre se agachó y luego se colocó de cuclillas junto a ella. —Hoy tampoco has comido al mediodía. Me preocupa verte tan delgada, Caitlin — dijo extendiendo una mano de dedos largos en la que resaltaban sus abultadas venas en la que sostenía un paquete envuelto en un paño de hilo—. Te he traído un poco de pan y queso. Cait meneó la cabeza. —Gracias, padre, pero no tengo hambre. —Tienes que comer, Cait. De lo contrario enfermarás. Ella miró su rostro y vio la preocupación, la angustia que expresaba. Se levantó y su padre hizo lo propio. —Tienes razón, desde luego —dijo Cait con una sonrisa forzada—. Estaba tan ocupada que no me di cuenta dc la hora.


Su padre le entregó el paquete. —Sé que te sientes herida. Ese hombre te ha destrozado el corazón y no puedo por menos de sentirme culpable. Si yo no te hubiera obligado a casarte... —Tú no tuviste la culpa. En el fondo, deseaba casarme con él más que nada en el mundo. Estaba enamorada de él. No vi cómo era en realidad. —A mí también me engañó. Creí ver en él fortaleza y bondad. Estaba convencido de que estaba muy enamorado de ti. Jamás pensé que te lastimaría como lo hizo. Cait asintió con la cabeza. Tenía un nudo en la garganta y temía romper a llorar. Durante la travesía desde Inglaterra hasta allí había derramado todas las lágrimas que estaba dispuesta a derramar. No quería verter ni una más por Rand. —Ya se me pasará, padre. Llevará cierto tiempo, pero se me pasará. —Geoffrey se alegra de que hayas vuelto. Deseaba casarse contigo. Quizás hallemos la forma de plantear de nuevo la posibilidad dc un matrimonio. Confío en que más adelante Geoffrey y tú logréis ser felices. —Si no te importa, prefiero no hablar del tema —replicó Cait sacudiendo al cabeza—. Me resulta muy doloroso, y en cualquier caso es demasiado pronto para pensar en volver a casarme. Y aunque transcurrieran muchos años, seguiría siendo prematuro. Cait ya había recorrido en una ocasión esa senda, con resultados desastrosos. En su fuero interno sabía que jamás volvería a casarse. —Ven, siéntate un ratito a la sombra —dijo su padre, dándole unas palmaditas en el hombro como si fuera una niña—. Cómete el pan y el queso que te he traído. Cait obedeció, pero sólo para complacerle. Tal vez si procuraba cuidar mejor


dc sí misma su padre dejaría de sentirse culpable por lo ocurrido y no insistiría más en el doloroso tema del matrimonio. Para Cait, el tema estaba zanjado. Su principal objetivo en la vida era alcanzar un punto en que ya no volviera a pensar jamás en Rand Clayton21 Nick Warring subió los escalones del porche principal y llamó a la puerta de madera tallada de la mansión del duque de Beldon en Grosveflor Square. El mayordomo, Frederick Peterson, lo vio a través de la mirilla y se apresuró a abrir la puerta. —Pase usted, excelencia. Nosotros... todos le agradecemos que haya acudido tan rápidamente. Aquella mañana, Nick había recibido en su residencia urbana una nota del ayuda de cámara de Rand rogándole que acudiera tan pronto como pudiera. Nick se había apresurado a hacerlo. Estaba preocupado por Rand y por lo visto Percival Fox y el resto de la servidumbre de Rand también. —Espero ser de utilidad. ¿Dónde está Percy? —Aquí, señor. —El ayuda de cámara de Rand, un hombre delgado con la nariz aguileña; su cabello negro largo hasta los hombros, que llevaba recogido en una coleta sujeta con una cinta, le golpeaba ligeramente en la nuca—. Como dice Frederick, le agradecemos que haya venido. —Rand es amigo mío. Confío en poder ayudarle. —Yo también —apostilló Percy. Su expresión preocupada le hacía parecer mayor de los cuarenta años que tenía. El ayuda de cámara lo condujo hasta un acogedor saloncito, donde pudieran hablar en privado, y cerró la puerta. —¿Cuál es el problema? —preguntó Nick cuando Percy se volvió hacia él. El ayuda de cámara suspiró. —No sé cómo expresarlo exactamente. Sé que usted es uno de sus dos


mejores amigos. Ése es el motivo por el que le envié el mensaje. No se ofenda, pero... para decirlo sin rodeos, su excelencia se ha vuelto loco. Nick sintió deseos de echarse a reír, pero la preocupación que mostraba el rostro de Percy le contuvo. —Imagino que esto está relacionado con la marcha de su esposa. —Durante las primeras semanas, su excelencia inició un proceso autodestructivo. Empezó a beber en exceso y permanecía encerrado en casa. Se odiaba a sí mismo. Jamás lo había visto tan amargado, ni siquiera después de la muerte de su hijo. Entonces, un día, la situación cambió. Supongo que comprendió que no podía seguir así, no lo sé. Dejó de beber, lo cual fue un paso positivo. Pero ahora vive presa de una cólera difusa. —Siempre ha tenido mucho genio. —Me temo que esto es mucho peor. Estalla por cualquier cosa, es propenso a arrebatos violentos. Hace dos días, despidió a la doncella del piso superior porque no colocaba las almohadas de su lecho como era debido. Ayer, mientras cenaba, estampó el plato contra la pared porque según él la salsa estaba fría. Y esta mañana... ¡ay, Señor!, esta mañana le dio un ataque porque el periódico matutino no estaba bien colocado en la mesita junto a su butaca en el estudio. En estos momentos se encuentra allí, sentado ante su escritorio, desafiándonos, por así decir, a que uno de nosotros entre allí. —No le he visto desde la disputa con su esposa. Mi hermana me contó lo ocurrido y yo sabía que lo estaba pasando mal, pero no tenía idea de que las cosas hubieran llegado a estos extremos. Me alegro de que me hayas mandado llamar, Percy.


El ayuda de cámara asintió con la cabeza. Nick sabía lo mucho que Percy valoraba su amistad con Rand, sabía que había tenido que hacer acopio de todo su valor para entrometerse en los asuntos personales de Rand y llamar a Nick. Percy abandonó el saloncito y se dirigió por el pasillo hacia el estudio de Rand. Al oír el ruido de un objeto de cristal que se hacía añicos, el ayuda de cámara se apresuró a abrir la puerta. Al entrar vio a Rand sentado en una silla frente a su mesa, de la que había arrojado todos los objetos que solía haber sobre ella. A su lado, desparramados por el suelo, se veía un montón de libros, un par de plumas con las plumillas de plata, un secante y los restos de un cenicero de cristal. El resto del estudio estaba patas arriba. Toda la estancia daba muestras de la cólera que invadía a Rand. Nick entró sigilosamente y cerró la puerta. Al percibir el leve clic de la cerradura, Rand alzó la vista. —¿Qué quieres? —inquirió. Nick contempló lenta y pausadamente el lamentable estado de la habitación. Luego miró a Rand arqueando una de sus negras cejas. ⎯¿No crees que va siendo hora de que abandones esa actitud de autocompasión? Rand se sonrojó al tiempo que apretaba las mandíbulas. Durante unos momentos no dijo nada. Luego apartó la silla bruscamente y se levantó, crispando los puños. —¿A qué te refieres? —A tu empeño en quedarte encerrado aquí compadeciéndote de ti mismo. A tus arrebatos de mal genio contra tus sirvientes cuando la única persona con quien estás furioso eres tú mismo. Rand lo miró rabioso unos instantes, luego se dejó caer como un saco de piedras en la silla.


⎯¿Y a ti qué te importa? —Me importa porque eres amigo mío y te aprecio. No me gusta verte comportarte como una fiera enjaulada cuando lo que deberías hacer es ir en busca de tu esposa. Rand se hundió en la silla, como un globo desinflado, y emitió un entrecortado suspiro. ⎯¿No crees que ya lo habría hecho de haber pensado que tenía alguna posibilidad de conseguirlo? Desde hace semanas que no pienso en otra cosa. Después de lo que le hice, Caitlin no me perdonará jamás. Nick se encogió de hombros. —«Jamás» es una palabra muy fuerte. Te conozco desde hace muchos años, Rand. Nunca te he visto tirar la toalla cuando querías conseguir algo. Tú la quieres, ¿no es cierto? ¿No es ése el motivo de este caos? —inquirió Nick echando una ojeada a los fragmentos del cenicero y demás destrozos causados por Rand. Rand suspiró. —Claro que la quiero. Estoy perdidamente enamorado de ella. Ésa fue la causa principal del problema. Empecé a comprender lo mucho que la quería y me asusté. Nick sonrió. —En tal caso, ve tras ella. Dile lo que acabas de decirme a mí. Dile que te portaste como un idiota y que no volverás a hacerlo. Rand apoyó los codos en la mesa y se pasó las manos por su cabello castaño oscuro, que estaba alborotado y un poco largo.


—No es tan sencillo como parece. Nick avanzó hacia él, sorteando una mesa que Rand había derribado y a la que le faltaba una pata y un cojín ribeteado con un fleco por el que asomaban unas plumas. —No creo que conquistar de nuevo la confianza de Cait Harmon sea sencillo. Tal vez sea lo más difícil que has hecho jamás. Pero creo que merece la pena. Y tú puedes conseguirlo. Rand meneó la cabeza. —No sé. Lo que le hice..., si ella me lo hubiera hecho a mí, creo que nunca podría perdonarla. —Quizá podrías si comprendieras por qué lo había hecho. Todos cometemos errores, Rand. Antes de que Elizabeth y yo nos casáramos, la lastimé en repetidas ocasiones, aunque eso era lo último que deseaba hacerle. Los rasgos de Rand se suavizaron y Nick observó en su rostro el primer atisbo de esperanza. —¿Crees realmente que hay alguna posibilidad? —Siempre existe una posibilidad. Cait te ama. Ésa es la razón por la que la heriste tan profundamente. Ahora levántate de esa silla y muévete. Más pronto o más tarde zarpará un barco hacia las costas africanas. Si eres inteligente, te embarcarás en él. Rand sonrió. Esa expresión, que hacía tanto que no utilizaba, debió de parecerle extraña, pues al cabo de unos segundos se disipó lentamente . ¿Cuánto hacía que Randall se había permitido sonreír de esa forma? Seguramente semanas. —Juro por Dios que lo haré —declaró Rand, mostrando de nuevo una expresión de esperanza, surgiendo de entre las tinieblas que habían anidado


tanto tiempo en su interior—. Hallaré un barco, puedes estar seguro de ello..., y no regresaré sin mi esposa. Nick sonrió al comprobar la enérgica determinación que había sustituido a la desesperación de su amigo. Sabía la dicha que aportaba ci amar a la mujer adecuada y deseaba que Rand fuera feliz. Confiaba en que Caitlin fuera lo suficientemente inteligente para saber que cuando un hombre como Rand se entregaba a ella por completo, podía confiarle su vida. Y al margen de lo que pudiera ocurrir, él jamás volvería a fallarle. ⎯¡Caitlin! ¡Corre, Caitlin! Era la voz de su padre, que parecía tan excitado que ella dedujo que había sucedido algo importante. Tras arrojar la pala al suelo, Cait echó a correr hacia un grupo de personas arracimadas en torno al yacimiento que habían estado excavando, las cuales charlaban animadamente entre si. —¿Qué ocurre, padre? ¿Qué ha pasado? —¡Mira, Caitlin! Debió de pertenecer a Leonard Metz, el último hombre vivo en la isla. Sus iniciales están grabadas en ese árbol. Ella alzó la vista y vio una extraña marca grabada con un cuchillo en el tronco de la gigantesca palmera, las iniciales LEM. Leonard Emery Metz, primer oficial del Zilverijder. Las letras se habían borrado con el paso del tiempo y era difícil descifrarlas. El árbol había crecido, por lo que las iniciales grabadas en el tronco quedaban por encima de sus cabezas. Hasta ahora, nadie había reparado en ellas. —Es maravilloso. —Cait alargó la mano para tocar el pequeño cofre de marquetería que acababan de desenterrar, acariciando los delicados dibujos geométricos incrustados en marfil. Sir Monty abrió la tapa con su mano pecosa. —Lo maravilloso es lo que contiene —comentó sonriendo; su correosa piel estaba tan tostada que parecía un nativo . Es un mapa, Caitlin.


—Que indica el lugar exacto del collar de Cleopatra —apostilló un risueño Geoffrey St. Anthony, cuyo pelo se había aclarado tanto debido al ardiente sol de la isla que era casi de color platino. Cait reprimió una exclamación de asombro al contemplar el amarillento lienzo en el que estaba trazado el mapa, cuidadosamente doblado y depositado en el cofre. Luego miró a su padre. —¿De modo que el collar está aquí, en la isla? Su padre asintió con la cabeza, aunque menos entusiasmado que antes. —Es una excelente noticia —terció Phillip Rutherford, atrayendo la atención de Cait. Era asombroso, teniendo en cuenta las primitivas condiciones en las que vivían, lo atildado que aparecía siempre. Su pantalón de sarga color marrón estaba sólo ligeramente desgastado y su camisa de lino blanca no mostraba una sola arruga. —El collar está aquí, a nuestro alcance —afirmó—. Lamentablemente, a fin de dejarlo a buen recaudo el señor Metz lo transporté tierra adentro. Tendremos que desplazarnos hacia el interior para rescatarlo. Cait sintió un leve escalofrío de temor. La empresa era arriesgada y hasta el momento habían evitado todo tipo de peligro. Con todo, no era imposible y Cait se contagié de la alegría de sus compañeros. —Al parecer vuestros esfuerzos no tardarán en verse recompensados —dijo dirigiéndose al pequeño grupo congregado en torno al cofre de marquetería —. ¿Cuándo partiremos? —Me temo que no es tan sencillo —respondió el barón—. Necesitaremos más provisiones y equipo, y por supuesto una persona que nos guíe. Aparte del problema del dinero. —Pero creí que habíamos recaudado más que suficiente.


El barón arrugó el ceño y meneé la cabeza. —La expedición ha resultado más costosa de lo que habíamos imaginado en un principio. No obstante, estoy seguro de que lograremos reunir el dinero suficiente. Así pues, decidieron que tan pronto como llegara el Moroto con un nuevo cargamento de provisiones, el barón regresaría en la goleta a Dakar para conseguir los artículos que precisaban. Aquella noche celebraron lo que creían que constituiría la última etapa de la expedición. En cuanto regresara el barón con el material que necesitaban, partirían en busca del collar. La oscuridad se había abatido sobre la isla. Phillip dejó a sus compañeros gozando del magro banquete: pescado fresco que los nativos habían preparado envuelto en algas de mar y asado sobre el fuego, melones y uvas silvestres que habían cogido para acompañar a las patatas cocidas que comían prácticamente a diario. Al regresar a su tienda de campaña, Phillip encendió la lámpara de queroseno y se sentó ante su improvisado escritorio. Una rápido repaso a los libros de cuentas que había sobre su mesa confirmé lo que ya sospechaba: que el dinero de la expedición casi había desaparecido. En todo caso el dinero que él había destinado a la expedición. Tras mascullar una palabrota, se levantó y se dirigió al rincón, rebuscó en su baúl de viaje y sacó unos libros de cuentas, más reducidos, que reservaba para su uso personal. Le enojaba tener que devolver una parte del dinero que había sisado con habilidad y paciencia. No era fácil saber dónde podía sisar, qué artículos eran absolutamente necesarios y de cuáles podían prescindir. Phillip suspiré al pensar en las horas que había dedicado a planificarlo todo.


Su intuición le aconsejaba que tomara el dinero que había logrado sustraer, junto con la porción del tesoro que pudiera ocultar entre las pertenencias que iba a llevarse a Dakar, zarpar en el Moroto y no regresar jamás. Era lo más inteligente, lo más sensato. Pero la posibilidad de dar con el collar era irresistible. ¿Por qué iba a conformarse con una parte del tesoro si podía hacerse con todo él? Por supuesto, no sería sencillo. Al principio, Phillip se había propuesto hacer que un bote le esperara una noche, subir a bordo sin ser visto con el tesoro y partir. Podía vivir desahogadamente en las Indias Occidentales, o en cualquier otro lugar que eligiera. Pero existía siempre el riesgo de dejar algún cabo suelto. Era preferible esperar a encontrar el collar y luego desembarazarse del profesor, de sir Monty y de lord Geoffrey. A fin de cuentas, en esos lugares alejados de la civilización ocurrían accidentes con frecuencia. Caitlin no sería un problema. Phillip se la llevaría consigo tal como había pensado hacer desde un principio. Una vez que él hubiera quitado de en medio a su padre y ella no tuviera a quien recurrir, se doblegaría a su voluntad. Phillip notó que su miembro se ponía rígido ante la perspectiva. Consultó su reloj, sabiendo que dentro de poco aparecería Maruba y el dolor en su entrepierna se intensificó. La había mandado llamar cada noche desde el regreso de Caitie. Esa pelirroja encendía su deseo, o quizá se debía a que aún no la había poseído y llevaba meses recreándose con unas deliciosas imágenes del goce que le produciría obligarla a someterse a él. Sea cual fuere el motivo, él la deseaba y pronto sería suya. De pronto oyó un ligero ruido junto a su tienda de campaña y su cuerpo se tensé, convencido de que sería Maruba y que no tardaría en desahogarse con ella. Phillip esperé a que abriera la puerta. En vista de que no lo hacía, se


dirigió hacia la entrada de la tienda para comprobar qué ocurría. Phillip abrió la puerta de la tienda pero sólo vio oscuridad. Eché un vistazo en derredor suyo, preocupado, preguntándose si habría algún animal salvaje husmeando por los alrededores. Quizá se había acercado un leopardo desde el interior de la isla. En esos momentos Phillip percibió un movimiento entre los árboles, un destello blanco en la oscuridad, y vislumbró el borde de una falda de sarga color marrón al tiempo que una figura pasaba apresuradamente de largo. Phillip frunció el ceño, convencido de que era Cait, preguntándose qué querría, por qué le había estado espiando. Entonces se acordé de los libros de cuentas. Quizás ella lo había visto trabajando a la luz de la lámpara que relucía a través de la tienda. En cualquier caso, estaba demasiado oscuro para que Cait hubiera podido reparar en los detalles. Con todo, Phillip se quedé preocupado. Desde su regreso, Cait le había observado en varias ocasiones con más insistencia de la normal. Pero quizá se sentía intrigada por él. Phillip sonrió. Cait era ahora una mujer casada. Una mujer casada en la plenitud de su vida tiene ciertas necesidades y Cait ya no tenía marido. Quizás había comprendido por fin el placer que podían compartir ambos. Phillip confiaba en que así fuera. Sobre todo, confiaba en que Cait no le hubiera estado espiando. Lamentaría profundamente que Cait sufriera uno de esos accidentes tan frecuentes en esos parajes. Rand se hallaba junto a Percy Fox en la popa del Moroto. Mientras el barco surcaba las aguas, Rand contemplé la isla de Santo Amaro que se alzaba frete a ellos, la cima coronada de nubes del Pico del Maligno, el denso follaje verde oscuro que se extendía por la ladera de la montaña hacia la ancha playa de arena blanca. A medida que la goleta se aproximaba, divisé el círculo de tiendas instaladas


en el campamento de la expedición, y ese primer atisbo le produjo una sensación de alivio. El profesor seguía allí, tal como le había asegurado el capitán Baptiste, junto con su hija, a quien el capitán había transportado a Santo Amaro hacía poco más de un mes. Rand observé la isla que se alzaba ante ellos y pensó por enésima vez en lo que diría, lo que haría, cuando llegara. Se le había ocurrido que le diría a Cait que lamentaba lo ocurrido, postrarse a sus pies y rogarle que le perdonara. Si hubiera creído por un solo instante que daría resultado, lo haría sin pensárselo dos veces. Pero, lamentablemente, estaba convencido de que Caitlin se reiría en sus narices, daría media vuelta y lo dejaría allí plantado. No, Cait no le perdonaría tan fácilmente. Tendría que demostrarle que estaba sinceramente arrepentido, conquistar la confianza de Cait que él mismo había destruido con su conducta. Pero no sabía cómo hacerlo. Sólo sabía que haría lo que fuere con tal de conseguirlo. El fracaso estaba totalmente descartado. La amaba demasiado para contemplar esa posibilidad. —Casi hemos llegado —dijo Percy, interrumpiendo sus pensamientos. Junté sus negras cejas en un gesto de preocupación mientras observaba el lugar donde desembarcarían—. Mire —dijo señalando a un grupo de personas congregadas, mirando cómo se aproximaba el barco—. ¿Qué estarán haciendo allí? Rand se volvió hacia el punto que señalaba Percy. —Esperan la llegada del barco, que seguramente les trae provisiones.


—Baptiste no dijo nada de eso. Nos cobré por llevarnos a la isla un día en que el barco no hace esa travesía, ¿recuerda? Rand frunció el entrecejo, notando que su pulso se aceleraba. —Es cierto. Espero que no haya sucedido nada malo. Percy emitió una risita. —Su esposa ha recorrido muchas millas marinas desde Inglaterra para alejarse de usted. Probablemente le asesinará tan pronto como le eche la vista encima. ¿Qué otra cosa podría suceder? Rand rió de buena gana. —Olvídalo, he captado tu mensaje. No obstante, se preguntó por qué habían suspendido el trabajo y toda la expedición estaba congregada en la playa. Cuando subieron a bordo de un bote y se dirigieron a tierra, Rand distinguió claramente la figura delgada y levemente encorvada del profesor, el pelo rubio pálido de Geoffrey St. Anthony, el rostro pecoso y curtido de Sir Monty y la atildada apariencia de Talmadge. Tan pronto como Cait apareció por detrás de su padre, Rand reconoció su sencilla falda de sarga marrón y su blusa blanca y el sombrero de ala ancha que cubría buena parte de su vistosa cabellera. Su corazón latía con fuerza, iniciando una sorda cadencia contra sus costillas. Sintió que tenía la boca seca y una opresión en el pecho, que identificó como una sensación de temor. «Tengo mucho que perder —pensé——. Hay mucho en juego.» En una ocasión se había comportado como un cobarde, pero no volvería a ocurrir. —Bien, Percival, parece que en tierra nos aguarda un comité de recepción. Percy rezongó: —Estoy seguro de que están encantados de vernos.


Rand se volvió hacia él y sonrió. —Quizás estén deseosos de hincarle el diente a un pedazo de carne fresca. Probablemente no han vuelto a probarla desde que nos marchamos hace seis meses. —Confiemos en que así sea. Rand no dijo más y Percy tampoco. Se limitaron a contemplar la costa que estaba cada vez más cerca. Rand rezó en silencio para que no le pegaran un tiro nada más desembarcar. Cait, de pie junto a su padre, observó al bote que surcaba las aguas, dirigiéndose hacia la playa. Pestañeé, convencida de que la imagen que veía se esfumaría, rezando para que desapareciera. Pero su corazón latía desaforadamente, golpeándole el pecho, y el hombre alto de hombros anchos sentado en el centro del bote no apartaba la vista de ella. No cabía la menor duda de quién se trataba. —¡Por todos los santos! —Los rasgos de su padre se endurecieron al reconocer al hombre alto y musculoso a bordo del bote—. ¡No puedo creer que sea él! Pero lo era, sin duda. Vestía las mismas prendas que cuando había llegado por primera vez: un pantalón de sarga color crema con los bajos enfundados en unas botas altas de cuero, una sencilla camisa de lino blanca y un sombrero de lona de ala ancha. Presentaba un aspecto atlético y en forma y más atractivo que nunca, pensó Cait. La ira hizo presa en ella. Le enfurecía que él se hubiera atrevido a ir de nuevo tras ella y al mismo tiempo experimentaba otra sensación que se negaba a reconocer. Cait aferré el brazo de su padre para sostenerse, pues le temblaba las rodillas. Esperaron pacientemente hasta el que bote llegó ala playa, tras lo cual Rand saltó al agua, se echó la bolsa de viaje sobre sus increíblemente poderosos hombros y avanzó chapoteando hasta la orilla.


Tras salvar la distancia que lo separaba del grupo, Rand arrojó la bolsa sobre la arena, miró el rostro pálido y demudado de Cait y luego se volvió hacia el profesor. —Saludos, profesor. —Tiene usted mucho valor, joven, al regresar aquí después de la forma en que se ha comportado. Rand miró a Cait y su rostro adquirió una expresión tierna, apenada y profundamente compungida. Cait pestañeé, creyendo que lo había imaginado. —Aquí hay algo que me pertenece. Geoffrey dio un paso adelante y se plantó frente a él con las piernas separadas, en una actitud beligerante. —Ya no. Cait ya no le quiere, de otro modo no habría abandonado Inglaterra. Rand no le hizo caso. —Sé que existen... ciertos problemas entre Cait y yo que debemos resolver. He venido aquí confiando... —Aquí no eres bienvenido —replicó Cait cuando por fin pudo articular palabra—. Ni ahora ni nunca. Su padre la aparté a un lado en un gesto protector. —Mi hija no le quiere aquí. Y yo tampoco. Rand no se movió. Cait había olvidado lo alto que era, lo increíblemente imponente que resultaba. —Lo lamento, profesor. Esta isla no les pertenece. He viajado desde muy


lejos y me propongo quedarme aquí. Más vale que se vayan haciendo a la idea. Furiosa, Cait apreté la mandíbula. —Sé que legalmente sigo siendo tu mujer. Si has venido con la intención de llevarme a rastras a Inglaterra, olvídalo. No pienso regresar y no puedes obligarme. Rand la miró a los ojos. Ella sintió el calor de su mirada, la ternura que sabía que era mentira. —No he venido aquí para obligarte a hacer nada que tú no quieras, Cait. ⎯¿Entonces por qué has venido? —Digamos que vine para asegurarme de que estabas bien. Como has dicho, sigues siendo mi esposa, por más que te pese. Cait aparté la vista de aquellos ojos oscuros y escudriñadores que seguían teniendo el poder de conmoverla. No era de extrañar que ella hubiera sucumbido a su encanto. Rand exhalaba una mezcla de fuerza y ternura, de dureza y vulnerabilidad, que le hacía casi irresistible. Ella sabía que se trataba de una mera fachada, y no estaba dispuesta a dejarse seducir. —Por favor, padre..., oblígalo a marcharse. —No es tan sencillo, querida. Como ha dicho muy bien el duque, tiene tanto derecho a quedarse aquí como nosotros. —Además —tercié Rand—, les recompensaré por ello. Talmadge irrumpió en el círculo, acompañado por Sir Monty. —¿En qué sentido? —inquirió el barón—. ¿Insinúa que... si le permitimos que se quede... hará una aportación, como cuando llegó aquí por primera vez?


—Más que eso —contesté Rand sin apartar la vista de Cait—. Estoy dispuesto a financiar toda la expedición, a proporcionarles todo cuanto necesiten desde este momento hasta que den con el collar, o bien desistiré y regresaré a casa. Talmadge se volvió hacia el profesor. —¿Ha oído eso, profesor? Quizá sea éste nuestro día de suerte. De pronto, con la llegada del duque, nuestros problemas se han resuelto. —No me importa —protestó Cait furiosa, sintiendo un calor abrasador en la nuca—. ¡No le quiero aquí! ¡Quiero que se monte en ese barco y se largue ahora mismo! —¿Qué problemas? —pregunté Rand suavemente, haciendo caso omiso de las protestas de Cait, como si no estuviera presente. —Dígaselo usted, profesor —insistió el barón—. Hemos trabajado duramente para llegar hasta aquí. Con el dinero de Beldon, alcanzaríamos nuestro propósito. El padre de Cait aparté la mirada; en su rostro se dibujaba la emoción. Luego suspiré y dijo: —Hace cuatro días hallamos un pequeño cofre con incrustaciones de marfil. Estaba enterrado entre las pertenencias de Leonard Metz, según creemos, el primer oficial del Zilverijder, el último superviviente que quedó en Santo Amaro. —Continúe. —Por lo visto, Metz debió de percatarse de que uno de los tripulantes, un hombre llamado Hans Van der Hagen, que él creía haber matado, se había salvado y había huido de la isla. Metz temió que ese hombre regresara y robara el tesoro. Según un mapa que hallamos dentro del cofre, Metz transporté el tesoro tierra adentro. El dibujo del mapa indica el lugar exacto


donde se encuentra el collar de Cleopatra. Tras reflexionar unos instantes, Rand contestó: —Y ustedes, claro está, pretenden ir en su busca. —Sí. —Ese es el motivo de que nos hubiéramos congregado aquí para esperar la llegada del Moroto —intervino Talmadge—. Suponíamos que no volvería hasta dentro de dos semanas y, como puede imaginar, estamos impacientes por proseguir con nuestra búsqueda. Necesitamos más provisiones y material, y unos porteadores dispuestos a ayudar a transportarlo tierra adentro. Cuando vimos que la goleta se dirigía hacia aquí, confiamos en que las cosas se agilizaran un poco. —Es un viaje complicado —dijo el profesor—. Necesitamos un guía experimentado que nos conduzca. En Dakar hay varios hombres que conocen bien la isla. Phillip regresará con el barco para obtener lo que precisamos a fin de ponernos en marcha. Rand miró a Talmadge con aspereza. Era evidente que no se fiaba de ese hombre, y Cait, después de lo que le había contado Rand, tampoco. Desde su regreso no había dejado de observarlo, decidida a proteger a su padre en caso de que ese hombre resultara un canalla. Cait se preguntó si Rand habría descubierto alguna prueba contra él y era Talmadge y no ella el verdadero motivo que lo había llevado allí. Al pensar en ello Cait notó que se le encogía el corazón. Era absurdo especular sobre el motivo que había traído a Rand. El caso es que estaba allí y era lo último que ella deseaba. La idea de verlo cada día, de recordar la forma en que la había seducido, conquistado su corazón, para luego arrojarla de su lado como una basura y regresar a su amante, se le hacía insoportable. —Las provisiones que necesitan cuestan dinero —dijo Rand—. Yo puedo


encargarme de ello, sufragar todos los gastos del proyecto. Talmadge dirigió al padre de Cait una mirada implorante. Según el barón, el dinero prácticamente se había esfumado. Quedaba lo suficiente para un último intento de trasladarse al interior de la isla, pero las provisiones escaseaban, tendrían que arreglarse con el viejo y gastado material y no podían permitirse el lujo de contratar a un guía. El profesor se volvió hacia Cait. Ella observé en su rostro una renovada esperanza. —Me temo que en vista de las circunstancias, debe ser mi hija quien diga la última palabra. Cait cerré los ojos, esforzándose en controlar la sensación de mareo que experimentaba. Deseaba decir que no, decir a Rand que regresara a Inglaterra y no volviera a acercarse a ella. Si lo hacía, su padre fracasaría en su empresa. Si permitía que Rand se quedara, dispondrían del dinero que tanto necesitaban y probablemente conseguirían lo que se habían propuesto. El sueño de su padre se convertiría por fin en realidad, un don más precioso que todo cuanto ella pudiera darle. Cait se humedeció los labios y notó que temblaban. —De acuerdo, puede quedarse... con una condición. —¿Qué condición es ésa? —preguntó Rand fijando los ojos en su rostro. Cait trató de no reparar en el calor que emanaban, en la forma en que recorrían su cuerpo como si la acariciaran. —Que te mantengas alejado de mi persona. No quiero que te acerques a mí. Rand meneé la cabeza. —Lo lamento, no puedo aceptar esa condición. —Si tienes intención de reclamar tus derechos conyugales...


—No. Sé cómo te sientes, y tienes todo el derecho de sentirte así. Cait arrugó el ceño, pues las palabras de Rand la habían dejado desconcertada. —Esto no me gusta, no me gusta nada. Pero lo cierto es que necesitamos tu dinero. Puedes quedarte. Pero no te acerques a mí, te lo advierto. Las comisuras de la sensual boca de Rand se curvaron hacia arriba. —No sueles facilitar las cosas, ¿verdad, Cait? «A ti no», pensé ella, pero se abstuvo de decirlo. Talmadge sonrió y asumió el control de la situación. —Entonces está decidido. Partiré a bordo del Moroto tal como estaba previsto. —Muy bien —repuso Rand—. Pero el señor Fox ira con usted. En Dakar hay numerosos bancos. Llevará una letra de cambio para obtener el dinero que precisen. Cait no dijo nada. Observó a Rand disimuladamente, por debajo de sus pestañas. Estaba convencida de que quien le interesaba era principalmente Talmadge, pero tenía los ojos fijos en ella y la miraba con la expresión más dulce y tierna que ella había contemplado jamás en su rostro. En su mente se dispararon unas señales de alarma. Santo Dios, ese hombre no significaba ya nada para ella. Después de lo que él le había hecho pasar, de lo que ella había sufrido, estaba más que escarmentada. Cait contemplé una última vez aquellos seductores ojos negros y endureció su corazón. No quería volver a saber nada del duque de Beldon.


Y nada de cuanto él pudiera hacer o decir lograría hacerla cambiar de parecer22 Rand instalé una tienda de campaña para él y otra para Percy, que había partido a bordo del Moroto, algo alejadas de las otras, en un bosquecillo. No obstante, podía divisar la hoguera del campamento y observar a las personas que se sentaban en torno a ella. Podía ver a su esposa, y el deseo que sentía hacia ella y que había logrado dominar durante la larga travesía pulsaba de nuevo en su pecho. En cuanto la había visto en la playa había experimentado una impresión tan tremenda que se le había formado un nudo en la garganta. Había sentido deseos de abrazarla, de besarla, de decirle lo arrepentido que estaba. Le asombraba haber sido capaz de volver con Hannah, de haber sido tan estúpido como para arriesgar todo cuanto poseía. Pero tal como había apuntado Nick Warring, todos cometemos errores. Él había cometido un error garrafal, pero no dejaría que destrozara su vida ni la de Cait. Hallaría el medio de subsanar la ruptura entre ellos, de conquistar de nuevo la confianza de Cait, y atesoraría esa confianza con cada átomo de su ser. Jamás volvería a hacer nada para destruir esa confianza. La clave residía en el tiempo. Rand decidió tomarse las cosas con calma, hacer acopio de toda su paciencia. No sería sencillo. No era un hombre paciente. Pero estaba resuelto a conseguirlo. A lo largo de las dos semanas sucesivas, Rand tuvo ocasión de comprobar lo difícil que era la tarea que se había impuesto. Se esforzaba en mantenerse alejado de ella, la veía sólo a las horas de comer y de cenar y cuando se topaba con ella casualmente. En cierta ocasión se encontró con ella en el sendero que arrancaba del campamento.


Ella se detuvo, con expresión recelosa, observándole por debajo de sus espesas pestañas color castaño oscuro. Rand, al adivinar sus pensamientos, sonrió para sí y pronunció las palabras que ella estaba pensando decirle. —No estarás siguiéndome, ¿verdad, Cait? Ella arqueé las cejas. —¿Seguirte? ¿A santo de qué iba yo a seguirte? Él se encogió de hombros y respondió: —Eres mi esposa. Si deseas algo de mí, tienes todo el derecho de pedírmelo. —Acto seguido esbozó una media sonrisa—. Los derechos conyugales se aplican a los dos. Ella se sonrojé. —¿Los derechos conyugales? Si piensas que tengo el menor deseo de... de hacer esas cosas de nuevo contigo... —Ojalá lo desearas. Cait no dijo nada, pero lo observé durante un largo rato. —Debo regresar. Haz el favor de dejarme pasar... Él no se movió, sino que permaneció donde estaba, apoyado contra una peña de granito. Cait suspiré y se aparté un mechón que le pendía sobre la frente. —Hubo un tiempo, Rand, en que deseaba muchas cosas de ti. Más que una mera relación física. Pero ese tiempo ha pasado. Cait trató de rodearle, pero él la sujeté suavemente del brazo. —Quizá vuelvan esos tiempos. En ese caso no tendrás que pedírmelo. Yo te daré todo cuanto necesites y más. —Si te refieres a dinero, para mí no significa nada. Ya deberías saberlo.


—No me refería a dinero. Lo que puedo darte proviene de aquí —respondió Rand llevándose una mano al corazón—. Me llevó un tiempo, pero por fin he comprendido que esto vale mucho más que cualquier otra cosa en el mundo. Cait calló, pero su rostro dejaba traslucir diversas emociones. Luego aparté el brazo bruscamente y prosiguió su camino por el sendero. Transcurrieron unos días. Percy y Talmadge regresaron de Dakar, junto con las provisiones, el material y los porteadores que necesitaban. Rand se preguntaba si el barón se proponía abandonar la isla con una parte del tesoro que habían desenterrado o simplemente no regresar jamás. Ése había sido uno de los motivos por los que había enviado a Percy con él. Al parecer, la tentación de hacerse con una mayor riqueza era irresistible. Con ellos llegó un tercer hombre, un alemán fornido y rubio llamado Max von Schnell. Lucía un frondoso mostacho que se rizaba en las puntas y se pavoneaba al caminar. Rand le tomó manía desde el principio. —Yo también hubiera preferido otro guía —dijo Percy cuando estuvieron sentados ante la pequeña hoguera que habían encendido frente a sus tiendas de campaña—. Los mejores guías son casi todos de habla francesa. Lamentablemente, no había ninguno disponible y nadie que conociera la isla tan bien como él. Según parece, Von Schnell vivió aquí con su esposa nativa hasta que ésta murió hace un par de años. Él afirma que conoce cada sendero, cada roca y cada desfiladero, y la mejor ruta para escalar la montaña. Rand tuvo que reconocer que el alemán parecía eficiente. Duro como el acero y acostumbrado a desenvolverse en la selva. Pero a Rand no le gustaba la forma en que miraba a las mujeres. Incluso Maruba, que no tenía reparo en acostarse con ese tipo de hombres a cambio de dinero, se ponía nerviosa cuando Von Schnell andaba cerca. Caitlin debía de pensar lo mismo, pues rara vez se acercaba a él, que era justamente lo que Rand deseaba. Tres días después de que el barón y Percy regresaran, reunieron todo el


material, cargaron el equipo en unas mochilas, ordenaron a los porteadores que se dispusieran a partir y se pusieron en marcha. Mientras avanzaban en fila india a través de la densa espesura tropical, Rand se situé detrás de Cait. Cuando ella se percaté, se detuvo, se volvió y retrocedió por el sendero. —¿Qué te propones? Te dije que me dejaras en paz. —Yo he cazado en estas selvas, Cait. Tú misma dijiste que eran muy peligrosas. —Puedo arreglármelas sola. —Ya lo sé, pero no tan bien como yo, en particular por estos parajes. Caminaré detrás de ti, de modo que más vale que te hagas a la idea. —¿Por qué? ¿Qué te importa lo que pueda ocurrirme? Antes te tenía sin cuidado. Rand le tomó suavemente el mentón. —Te equivocas, Cait. Siempre me ha importado. Pero temía reconocerlo ante mí mismo. Cait no respondió, sino que lo observó en silencio, como solía hacer últimamente. Luego dio media vuelta y echó a andar. Aquella noche acamparon en un claro situado a los pies de la vertiente de un acantilado sembrada de pedregal de granito. Un cielo turbulento amenazaba descargar una típica tormenta tropical. Pero no llovió, y después de comer unos trozos de cecina de venado y unas galletas resecas, se acostaron en sus sacos de dormir y trataron de conciliar el sueño. Rand colocó sus mantas no lejos de las de Cait, y aunque ella le miró indignada, no


protestó sino que le ignoré olímpicamente, se arrebujé en su saco de dormir y se volvió de espaldas a él. Rand, que aún no tenía sueño, permaneció un rato observando el fuego que había quedado reducido a unas brasas, escuchando los chillidos de los murciélagos y el zumbido de los insectos, pero principalmente observando a Cait. Recordé los momentos que habían compartido, los días pasados en River Willows, el dolor sentido con la muerte de su hijo, cuando habían hecho el amor en la isla, en la charca situada debajo de la cascada. Rand pensó en los momentos dichosos a bordo del barco durante la travesía de regreso a Inglaterra, recordando el tacto de su cuerpo junto al suyo, la forma exacta de sus pechos. Pensó en el increíble goce que sentía al penetrarla y notó que su miembro se tensaba, aumentando de peso y volumen. La deseaba como la deseaba siempre, de forma imperiosa y acuciante. Pero ahora quería mucho mas. Rand la oyó moverse y pensó que, por más que ella lo fingiera, no estaba dormida. Entonces vio un cuerpo delgado y escamoso, de color verde, descender por la rama de un árbol, deslizándose hacia ella hasta quedar suspendido a menos de un palmo de su mejilla. Por la forma de pala de su cabeza Rand comprendió que se trataba de una serpiente venenosa y sintió un escalofrío de terror. —No te muevas, Cait. —Pese a la advertencia, ella empezó a moverse—. Por el amor de Dios, por una vez haz lo que te digo. Cait se tensé y él comprendió que había presentido el peligro, que lo había detectado en su voz. Rand extendió la mano hacia atrás, hacia la funda de cuero que llevaba en la cintura, sacó lentamente su cuchillo de hoja fina y lo acercó a la serpiente. —No temas —dijo—. Tranquilízate. No hagas ningún movimiento brusco. Cait se estremeció y la serpiente alzó la cabeza. Asomé su lengua bífida y abrió su mandíbula articulada, emitiendo un silbido agudo y mortífero, mostrando sus relucientes fauces bajo el tenue resplandor del fuego. En aquel


preciso instante Rand le asesté una cuchillada al tiempo que empujaba a Cait para alejarla de la zona de peligro. La cabeza de la serpiente se separé limpiamente del tronco. —¡Rand! ¡Rand! —exclamó Cait arrojándole los brazos al cuello—. ¡Dios mío! ¡Por poco me muerde! Rand la estrechó contra sí, sintiendo su menudo cuerpo temblar. —Estás a salvo, mi amor, yo te protegeré. La serpiente está muerta. No tienes nada que temer. Cait siguió temblando violentamente, oprimiendo su cuerpo contra el suyo. Rand cerró los ojos. ¡Dios, que dicha sentía al abrazarla! ¡Ojalá pudiera abrazarla siempre así, protegerla y salvarla de cualquier peligro! Rand tensé la mandíbula. Esa maldita serpiente había estado a punto de morderla. El tumulto despertó a todo el campamento. El profesor y Geoffrey se acercaron corriendo a Cait, quien al darse cuenta de que estaba abrazada a Rand se separé de él, avergonzada. —¡Caitlin! ¿Qué diablos...? —Al ver la serpiente, el profesor se puso pálido —. ¡Dios mío, una makimbo verde! —En todo caso así es como la llaman los nativos —tercié sir Monty—. Son extremadamente venenosas. El profesor fijó al vista en Rand. —Gracias a Dios que estaba usted presente. Rand se limité a asentir con la cabeza. Ya le había dado gracias al Señor más de una vez.


—Quizá convendría que Cait colocara su saco de dormir junto al mío — propuso St. Anthony, mirando a Rand con expresión hostil—. Yo puedo protegerla tan bien como usted. Rand meneé la cabeza. —Cait se queda aquí. Por una vez, Cait no discutió con él. Rand supuso que aún estaba demasiado conmocionada para protestar. —Ahora que ha pasado el peligro —dijo el fornido alemán—, será mejor que durmamos un rato. Tiene usted una vista muy aguda, ¿eh, inglés? Quizá nos resulte útil en este viaje. Rand no contestó. Era evidente que el alemán tampoco sentía simpatía por él. Rand sospechaba que era porque él no le quitaba ojo a Cait. Rand regresó junto a su saco de dormir, pero no durmió. Cada vez que cerraba los ojos, veía los mortíferos colmillos de la serpiente verde a escasos centímetros del rostro de Cait. Iniciaron el ascenso, avanzando casi siempre junto a un caudaloso río que desembocaba en el mar, mientras el sendero se hacía cada vez más duro y escarpado. Atravesaron abruptos desfiladeros y profundos precipicios, pasaron de la luz del sol a la densa sombra; las salpicaduras del río hacían que las piedras estuvieran resbaladizas y empapaban sus ropas. A un lado del sendero se alzaban unos temibles riscos cortados a pico, y al otro, unas agujas de roca volcánica que presentaban unas caprichosas formas, esculpidas por el viento y la lluvia. A cada paso que daba, Cait sentía a su espalda la presencia de Rand. Por más que le fastidiara reconocerlo, eso la tranquilizaba. Anoche, probablemente Rand le había


salvado la vida. Ella estaba en deuda con él, lo cual era lo último que deseaba. Cuando se detuvieron por la noche para acampar, ella hizo caso omiso de sus entumecidos músculos, de la fatiga que había hecho presa en cada rincón de su cuerpo, y fue en busca de él. —Ha ido a cazar —le dijo su padre cuando Cait preguntó dónde estaba Rand —. No creo que ande muy lejos. Cait se encontró con un nativo que portaba un par de aves y al cabo de un rato vio a Rand, de cuclillas mientras limpiaba su mosquete. Al verla dejó el arma en el suelo, se levantó y se dirigió hacia ella, que se hallaba casi perdida entre el espeso follaje verde oscuro de la selva. —¿Me buscabas? Cait asintió y se humedeció los labios, que estaban más resecos de lo normal. —Vine a darte las gracias... por lo que hiciste anoche. —No tienes que darme las gracias. Soy tu marido. Tengo la obligación de protegerte. Ella se tensó. «Marido.» Tiempo atrás así era como lo consideraba, le enorgullecía que fuera su marido. Pero ya no. Ahora, cuando lo miraba, recordaba que la había abandonado para volver junto a su amante. —Los maridos tienen varias obligaciones, Rand. Antes no te preocupabas por ellas. ⎯Pues debí hacerlo. Entonces no lo sabía. —Y supongo que ahora sí. Que conoces tus obligaciones. —Sí —repuso él mirándola a los ojos. Cait carraspeé para aclararse la garganta, sintiéndose incómoda bajo su penetrante mirada, negándose a dejarse convencer por un vocablo tan simple.


—En cualquier caso, estoy en deuda contigo y deseo devolverte el favor. —¿Devolvérmelo? ¿Cómo? —Procurándote información. —¿Qué clase de información? —preguntó Rand arqueando una ceja. —La que andas buscando. Cuando regresé a la isla, estaba preocupada por lo que me habías contado sobre el barón. No estaba segura de que fuera cierto, pero me preocupaba que pudiera ocurrirle algo a mi padre. Nunca me he fiado de ese hombre, pero mi padre sí. Empecé a vigilarlo. Quería averiguar si era la clase de hombre que tú creías. ⎯¿Y? —Una noche le observé mientras repasaba los libros de cuentas en su tienda de campaña. Lo hacía con mucha frecuencia, pero esa noche hizo algo que me llamó la atención. Vi su sombra recortada sobre la lona a la luz de la lámpara de queroseno en el interior de la tienda. Se puso a rebuscar en su baúl y me pregunté que contendría éste. Después de que tú llegaras a la isla, un día en que Talmadge se hallaba en Dakar, entré en su tienda y descubrí qué era. Rand apreté la mandíbula. —No debiste hacerlo. Ese hombre puede ser peligroso. No quiero que tu... —¿No quieres saber qué descubrí? Rand suspiré. —De acuerdo. ¿Qué descubriste? —Un segundo juego de libros. Los cuales muestran la cantidad de dinero que Talmadge ha robado de los fondos de la expedición. Tú tenías razón. Si has venido aquí a por Talmadge...


—No he venido a por Talmadge. Ya no me importa vengarme de él. No si significa perderte. Cait contemplé su rostro. El dolor se confundía con los recuerdos siniestros y atroces de su traición. —Me perdiste hace meses, Rand. El día en que te acostaste de nuevo con Hannah Reese. Cait se volvió para marcharse, pero él la sujeté del brazo. —Fui un estúpido, Cait. Lo comprendí antes de la noche en que me hallaste en el Chatelaine’s. ¿Tienes idea de hasta qué punto me arrepiento de lo que hice? —Rand le acaricié el brazo suavemente, restregando el tejido contra su piel, provocándole un cosquilleo—. No lo creo —agrego moviendo la cabeza con tristeza—. Es imposible que puedas imaginar hasta qué punto quisiera borrar lo que hice. —Suéltame, Rand. Él no quería hacerlo, según comprendió Cait al mirarlo a los ojos. Por fin, emitiendo un suspiro de resignación, le solté el brazo y se aparté. —Gracias por contarme lo del barón —dijo. —¿Vas a decírselo a mi padre? —Aún no. Aquí hay muchos peligros. Las cosas podrían torcerse. No hay motivo para alertar a Talmadge hasta que hayamos regresado sanos y salvos de la montaña. —Sí... eso pensé yo también. Cait siguió observando su rostro. Un rostro tan hermoso... Que ella había amado tanto... Haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad, Cait se volvió y eché a andar. —Buenas noches, Cait —dijo Rand.


El meloso sonido de su voz la siguió. Cait no respondió, sino que tragó saliva para aliviar el nudo que sentía en la garganta y prosiguió por el sendero hacia el campamento. El día siguiente fue idéntico al anterior, pero en esta ocasión anduvieron bajo unas nubes planas de color púrpura y una fina llovizna. Los porteadores avanzaban en fila india junto al río, tan rezagados que Von Schnell les increpé para que se apresuraran. Por la tarde salió el sol y la atmósfera se hizo calurosa y húmeda. El río se precipitaba sobre un desfiladero, estallando en gigantescas nubes de espuma al llegar al fondo, y Von Schnell decidió que era demasiado tarde para atravesarlo. Uno de los porteadores escalé el desfiladero por la otra vertiente. Le arrojaron un cabo del que colgaban unas piedras, sujeto a una soga más gruesa y resistente que utilizarían a modo de puente, y luego varios más. El porteador até la soga a un recio árbol situado al otro lado del desfiladero y los hombres se pusieron manos a la obra, tejiendo una especie de improvisado puente colgante. Cait vio a Rand entre ellos. Se quitó la camisa y comenzó a trabajar, desnudo hasta la cintura como los porteadores. Cait admiré la flexión de los músculos sobre los huesos, las gruesas bandas que se movían sobre los hombros y se tensaban sobre las costillas. Los músculos de su espalda creaban unos valles profundos y sensuales que cambiaban de forma mientras él se afanaba con la soga. Cait recordó lo que había sentido al tocarlos, al oprimir la boca sobre esa carne lisa y cálida. Recordó la sensación que había experimentado al estrujar sus nalgas redondas y musculosas, cómo se movían cuando él la penetraba. Cait sintió un delicioso cosquilleo de deseo en el vientre, a la par que rabia y el afán de resistirse a él. Al anochecer habían construido un recio puente de sogas y los hombres se sentaron en torno a la hoguera del campamento, satisfechos del resultado de sus esfuerzos. Durante el día, Percy Fox había abatido de un tiro a un jabalí. Los porteadores lo transportaron hasta el campamento y todos aguardaban con


impaciencia hincarle el diente. Todos salvo Rand, que al parecer había desaparecido. Un demonio en su interior impulsé a Cait a ir en su busca, un extraño presentimiento, o quizá fuera porque estaba preocupada por el hombre del que había estado enamorada. Sea como fuere, Cait se adentré unos metros en la selva, confiando en dar con él, y por fin lo encontré. Estaba apoyado contra un árbol, de espaldas, con su mosquete apoyado también en el tronco. —¿Has salido a cazar? —preguntó ella, atrayendo su atención. Al verla, Rand se aparté del árbol y esbozó una suave sonrisa. Ella sintió una tensión dentro de su cuerpo y deseé no estar allí. —Quería explorar el terreno. Von Schnell parece saber lo que hace, pero nunca está de más asegurarse. Cait observó el mosquete. —No me gusta salir sin él —dijo Rand—. En estos parajes puede ocurrir cualquier cosa. —Su expresión se ensombreció—. A propósito, ¿qué diablos haces aquí sola? Después de lo ocurrido con la serpiente, deberías saber mejor que nadie que es peligroso que deambules sola por aquí. Cait miró a su alrededor y comprobó que se había alejado más de la cuenta. —Lo lamento, no sabía que me había alejado tanto. —¿Por qué has venido hasta aquí? ¿Qué podía decir ella? ¿Que un sexto sentido la había impulsado? ¿Qué estaba preocupada por él? Aunque fuera cierto, jamás se lo habría confesado. —No lo sé. Quizá necesitaba un poco de aire.


—La próxima vez que necesites aire, ve a buscarlo cerca del campamento. Cait se disponía a decirle que ya no tenía que obedecer sus órdenes, cuando alzó la vista hacia la copa del árbol. Al instante se puso pálida y noté un vacío en la boca del estómago. Rand debió de percatarse, pues se quedé inmóvil. —¿Qué pasa? —inquirió, alargando la mano lenta e instintivamente para empuñar su arma. —Un leopardo —musité ella mientras él asía el largo cañón del mosquete y lo atraía hacia él—. Está agazapado sobre la rama a tu derecha. Enseña los colmillos. Dios, Rand, nos va a... Rand se echó el mosquete al hombro en el preciso momento en que el leopardo se arrojaba sobre él. Disparé y Cait lanzó un grito. Rand cayó bajo la pesada mole compuesta por un pelo amarillo con manchas negras, unos colmillos gigantescos y unas garras afiladas como cuchillas. Cait se volvió y empezó a buscar desesperadamente por entre los arbustos algún objeto contundente, al tiempo que su corazón latía con tal violencia que temió que le estallara en el pecho. Agarró una gruesa rama, se abalanzó hacia el leopardo y le golpeó en la cabeza con todas sus fuerzas. El leopardo no se movió, pero Rand tampoco. —¡Rand! ¡Rand! Sintiendo que las piernas apenas la sostenían, Cait utilizó la rama para quitarle de encima al inmenso leopardo, tras lo cual se arrodillé junto a él y aplicó la mejilla sobre su pecho. Percibió los latidos acompasados de su corazón, noté que respiraba con normalidad y de pronto le oyó gemir. —¿Estás bien, Rand? Él se incorporé despacio, apartando de sí al leopardo, dando un su piro de alivio al desembarazarse de aquel peso. Respiraba de forma entrecortada y sacudió la cabeza como para espabilarse. —Me dejé aturdido. Al caer al suelo me di un golpe en la cabeza, pero aparte


de eso, estoy bien. —Rand contemplé su rostro, en el que se reflejaba la preocupación, y agregó—: Gracias a ti. —¿Gracias a mí? —Cait miré la rama que aún sostenía en la mano, la arrojó al suelo y se sonrojó—. Creo que el leopardo ya estaba muerto cuado le golpeé. Rand se puso en pie lenta y torpemente. —En ese momento no lo sabías. —No, pero... —Si no hubieras reparado en él, me habría atacado antes de que yo pudiera empuñar mi mosquete. De no haber estado tú aquí, el leopardo seguramente me habría matado. Cait se estremeció al pensar en ello. Al mirar a Rand vio que tenía desgarrada la manga de la camisa y unos profundos arañazos en el bíceps, los cuales sangraban. Al pensar en lo cerca que había estado de resultar malherido, Cait se sintió mareada y a punto estuvo de arrojarse en sus brazos y llorar de alivio. Era estúpido, ridículo, el que todavía experimentara unos sentimientos tan intensos hacia él. ¿Es que había perdido su dignidad? ¿Qué clase de mujer sigue amando a un hombre que la ha traicionado con otra mujer? —Hay que curarte esa herida en el brazo —dijo ella con calma, aunque estaba hecha un manojo de nervios—. Será mejor que regresemos al campamento. Rand asintió con la cabeza. Pero no aparté la vista de ella durante todo el trayecto de regreso y ella comprendió que no cesaba de hacer cábalas, preguntándose por qué había ido ella en su busca.


Cait rezó para que no lo averiguara23 Cuando los miembros de la expedición se reunieron en torno a la hoguera para cenar, Rand meditó sobre lo que había ocurrido aquel día. ¿Era una coincidencia que Cait se hubiera topado con él? ¿O había salido en su busca? En tal caso, ¿qué quería de él? Rand deseaba creer que ella había ido en su busca. Tal vez, inconscientemente, deseara tan sólo verlo, del mismo modo que él ansiaba verla en todo momento. Le animó pensar que pudiera ser así y reafirmó su empeño de conquistarla de nuevo. De algún modo, conseguiría hallar el medio de traspasar la barrera que ella había erigido, de convencerla de que era otro hombre. Al verla sentada junto a Geoffrey St. Anthony sintió una leve tensión en todo su cuerpo. Como de costumbre, no oyó los sigilosos pasos de Percy al acercarse. —St. Anthony no significa nada para ella —comentó Percy mirando también a Cait—. Les he observado juntos. Ella le aprecia como amigo, nada más. —Él deseaba casarse con ella. —Y ella deseaba casarse con usted, tanto si lo reconoce como si no. —Pues ya estamos casados, para bien o para mal. Como marido, fui un completo desastre. —En este caso la palabra clave es «fui». Le conozco, he sido su amigo desde hace más de diez años. Cuando se empeña en algo, nunca fracasa. Está decidido a ser un marido bondadoso y fiel para Cait Harmon. Y estoy convencido de que lo será. —Eso suponiendo que ella me dé una oportunidad. Percy se encogió de hombros. —Por desgracia, así es. Entretanto, la cena está preparada. ¿Qué le parece si


comemos algo? Los sirvientes habían desollado el jabalí que Percy había abatido, preparado y cortado en grandes pedazos, que se asaban en un espetón sobre el fuego. Sobre las brasas caía un suculento jugo, y todo el campamento estaba invadido por el delicioso aroma. Rand notó que sus tripas protestaban de hambre. Tomó un plato de hojalata de una pila sobre una roca cerca del fuego y se colocó en fila detrás de Percy y del profesor. Los tres hombres llenaron sus platos con carne, patatas, cebollas silvestres y pan sin levadura. Rand se sentó a comer en una roca lisa. Ante su sorpresa, el profesor se sentó junto a él. —¿Cómo va el brazo? —preguntó Donovan Harmon, saboreando un suculento bocado de carne. Inconscientemente, Rand se tocó las vendas debajo de su camisa que cubrían los dolorosos rasguños que le había causado el leopardo. —Me duele mucho, pero los arañazos son superficiales. Su hija me limpió la herida y la vendó. Si no se produce una gangrena, dentro de unos días habrán cicatrizado. El profesor tragó un bocado y bebió un sorbo de café en una taza de hojalata. —Para ella es muy duro... que esté usted aquí. Reconozco que a mi tampoco me hacía gracia su presencia. —Lamento el dolor que le he causado a su hija..., más de lo que usted pueda imaginar. Estoy decidido a compensarlo con creces. —Mi hija no es mujer que deposite su confianza fácilmente. Cuando murió su madre, aprendió a ocultar sus emociones. A lo largo de los años, ha hecho pocas amistades. Sabía que más pronto o más tarde abandonaríamos el lugar donde residíamos en aquellos momentos. La idea de perder a un amigo le resultaba muy dolorosa. Cait opinaba que era mejor guardar las distancias, y eso era lo que hacía.


—Compartía una amistad muy estrecha con Margaret Sutton, y creo que también consideraba a Elizabeth Warring una buena amiga. —Si. Quizá se deba al hecho de que Caitlin ha pasado mucho tiempo sola. O que se estaba haciendo mujer y se creía capacitada para asumir ese riesgo. Entonces le conoció a usted y bajó aún más la guardia. Al final, pagó un precio muy alto. Rand tragó el trozo de cerdo que había estado masticando, pero se le quedó atravesado. Contempló la comida que empezaba a enfriarse en el plato y lo dejó a un lado, pues había perdido el apetito. —Deseo resolver nuestras diferencias. Yo cometí un error, un grave error. Pero he pagado por él, al igual que ella. Cait es mi esposa. No me marcharé de aquí sin ella. El profesor escrutó el rostro de Rand y vio en él una expresión de determinación y de sinceridad, al menos en eso confiaba. Iba a responder pero se detuvo al aparecer Geoffrey St. Anthony acompañado por Phillip Rutherford. —Nos hemos enterado del episodio del leopardo —comentó Talmadge—. Uno de los porteadores trajo la piel. Un magnífico ejemplar. Por lo visto Caitlin se ha convertido en toda una heroína. Rand miró al barón, sintiendo la misma antipatía que le había inspirado desde el principio. —Para mí lo es, desde luego. —Teniendo en cuenta la forma en que la ha tratado usted —dijo Geoffrey con despecho—, me asombra que no dejara que lo devorara esa fiera. Rand tensó los músculos de su rostro. —Lamento defraudarle, St. Anthony. Estoy vivito y coleando y me propongo seguir así. —Estoy seguro de que St. Anthony no lo ha dicho con mala fe —terció


Talmadge diplomáticamente. Rand sintió deseos de encararse con ese canalla, de decirle que había estado robando el dinero de la expedición, estafándoles al igual que había estafado a su primo y Dios sabe a cuántos incautos. Pero ése no era el momento adecuado, no cuando ello podía poner a Caitlin en peligro. En esos momentos aparecieron Percy y sir Monty, y su presencia distrajo a Rand de sus amargos pensamientos. —Buen trabajo, amigo —dijo sir Monty sonriendo y propinando a Rand una palmada en la espalda que le provocó un intenso dolor en el brazo—. He visto la piel del leopardo. Un animal gigantesco. Menos mal que no causó daños más graves. —Gracias a Cait. —Eso me han dicho. Menos mal que fue en busca de usted. Me preguntó si le había visto y le dije que creía que había enfilado en esa dirección. Rand miró a St. Anthony, que al oír esa noticia apretó los labios. Rand le dirigió una sonrisa de satisfacción, sintiéndose más animado al averiguar que Cait había salido en su busca. —Sí, he tenido mucha suerte. Los dos hombres se miraron hasta que sir Monty indicó con un gesto de cabeza que una persona se acercaba a ellos, y carraspeó en señal de disimulo. —Buenas tardes, Caitlin. Al alcanzar el grupo Cait se detuvo junto a su padre. —Buenas tardes, caballeros. —Precisamente estábamos comentando su heroicidad.


—¿Mi heroicidad? ¿A qué se refiere? —¿De modo que el hecho de haberme salvado la vida no lo consideras una heroicidad? —repuso Rand sonriendo. Cait miró a su padre tratando de reprimir la risa. —Simplemente vi al leopardo unos segundos antes de que lo hicieras tú. —Querrás decir unos segundos antes de que me devorara. Todos soltaron la carcajada, inclusive Cait. —Supongo que pudo haber ido mucho peor. —Muchísimo más —contestó Rand—. Teniendo en cuenta lo que valoro mis cuatro extremidades. Todos rieron de nuevo, a excepción de St. Anthony. —No quería interrumpirles —dijo Cait sonriendo a Percy—. Sólo quería darle las gracias al señor Fox por la maravillosa cena que nos ha ofrecido. Hacía mucho tiempo que no probaba nada tan rico. Percy hizo una elegante reverencia. —Ha sido un placer, excelencia. Cait palideció como si la hubieran golpeado. La sonrisa no se borró, pero sus mejillas perdieron todo su color. Era raro que alguien la llamara de ese modo, y el recordatorio no le sentó nada bien. Rand blasfemó en silencio. Maldita sea, la mera idea de estar casada con él la horripilaba. Cait dirigió una última mirada al círculo de hombres, se disculpó y se alejó discretamente. Cuando el grupo se dispersó, algunos para jugar a los naipes, otros para leer un rato antes de acostarse, Rand fue en busca de Cait, a la que halló sola en los límites del campamento. Estaba sentada en un tronco caído en el suelo,


remendando una de las camisas de hilo de su padre a la luz de una lámpara de queroseno suspendida de un cable. —¿Cómo ha estado tu padre estos últimos meses? —inquirió Rand al acercarse a ella—. Confío en que no haya vuelto a enfermar. Cait alzó la vista y al verlo, se enderezó un poco. —Hasta ahora, no. Afortunadamente, parece estar sano. Rand asintió con la cabeza. —Lo celebro. Cait depositó la labor sobre su regazo. —¿Deseabas algo? ¿Que si deseaba algo? ¡Y de qué manera! El solo hecho de contemplarla a la luz de la lámpara le hacía desearla con locura. Cada momento que pasaba junto a ella era un tormento, pero era peor estar separado. —Vine a darte las gracias de nuevo.., por lo que hiciste hoy. —Era una excusa tan buena como otra cualquiera—. De no ser por ti, estaría muerto. Cait meneó la cabeza. —No lo creo. Has demostrado saber desenvolverte muy bien en este territorio. Jamás lo hubiera pensado, pero es así. Rand sonrió. —Estuve en la India, ¿recuerdas? Y cacé animales salvajes en África. En algunas zonas el terreno es muy parecido a éste. —Has aprendido a cuidar de ti mismo. Aunque imagino que lo hiciste para impresionar a tu padre.


—Supongo que en aquella época lo hice por ese motivo. Pero en cierto modo, le estoy agradecido a mi padre. Me enseñó unas cosas que me han resultado muy útiles. —Seguro que sí. —Cait tomó de nuevo su labor, clavando la aguja con demasiada fuerza a través del tejido—. Tu padre insistió en que aprendieras actividades viriles. ¿Te enseñó también que un hombre debe tener una amante además de una esposa? Aquellos ojos verdes y límpidos se fijaron en su rostro y Rand sintió una punzada de arrepentimiento que se clavó en él como un cuchillo romo. —Con su ejemplo, supongo que sí. En eso, comprendí que estaba equivocado. Cait arqueó una ceja castaña. —¿Equivocado? ¿Pretendes decir que si pudieras retroceder en el tiempo me serías fiel? —Digo que si accedieras a ser de nuevo mi esposa, no volvería a haber jamás otra mujer. Cait lo miró fijamente. Pestañeó varias veces, y el lejano resplandor del fuego puso de relieve el inconfundible fulgor de las lágrimas. —No... no te creo, Rand. —He cometido errores, Cait, pero nunca te he mentido. No mentiría sobre algo tan importante como esto. Pero ella meneó la cabeza. Se levantó bruscamente, como si no soportara seguir viéndolo ni un momento más y, sosteniendo la camisa frente a ella, con la espalda rígida, echó a andar hacia el campamento.


Rand la observó alejarse. Los arañazos en el brazo le dolían, pero en su pecho sentía un nudo, un dolor distinto, infinitamente más intenso. ¿Cómo lograría convencerla? Pero no se le ocurrió ninguna respuesta. Rand emitió un suspiro de derrota, regresó al campamento y arrojó su saco de dormir a pocos pasos de donde se hallaba el de Cait, previendo otra larga noche sin pegar ojo. Al despuntar las primeras luces, se reunieron junto al río para atravesar el puente colgante que habían construido con sogas el día anterior. A sus pies, el río se precipitaba en grandes láminas blancas hacia el estrecho y escarpado desfiladero situado veinte metros más abajo. —Se llama el Desfiladero de los Ángeles —explicó Von Schnell al pequeño grupo que le rodeaba, compuesto por el profesor y Geoffrey St. Anthony, sir Monty Walpole, Caitlin y Rand—. Gargantúa de Anjos, en portugués. —El alemán sonrió debajo de su tupido bigote rubio—. Si caen por él, irán a reunirse con los ángeles. Rand no dijo nada, pero observó que Caitlin se estremecía. Von Schnell también observó el movimiento. Clavó sus pálidos ojos azules en Cait, examinándola de pies a cabeza, calibrando sus curvas de mujer, deteniéndose unos instantes en sus pechos, deslizándose sobre sus caderas. Rand tuvo que contenerse para no asestarle un puñetazo. Von Schnell no le gustaba, no le gustaba que mirara a Cait con aquella expresión babeante de deseo. Pero el profesor necesitaba que el fornido alemán les guiara hasta la cima, y Rand no estaba dispuesto a hacer nada que pudiera destruir aquello por lo que Cait y su padre se habían esforzado tanto en alcanzar. Seguiría comportándose como lo había hecho hasta ahora y los vigilaría a ambos muy de cerca. Von Schnell fue el primero que atravesó el puente, haciendo que éste oscilara en el aire debido a su corpulencia, pero llegó al otro lado sano y salvo y los


otros emprendieron la misma travesía. Cait aguardó junto a St. Anthony, que parecía empeñado en aconsejarla. —Yo cruzaré primero —le dijo—, y luego la esperaré al otro lado. Recuerde que no debe mirar hacia abajo. Por primera vez, Rand reparé en lo pálida que estaba; su piel, que solía mostrar un ligero tono tostado, presentaba el color de la arena. En cuanto St. Anthony se dirigió hacia el puente, Rand se acercó a ella. —Dime que no tienes miedo de las alturas. Cait encogió sus pequeños hombros. —Da lo mismo. Tengo que atravesar y lo haré. Rand miró el puente y el escarpado desfiladero y solté una palabrota en voz baja. —Si supiera que el puente resistiría el peso, te llevaría a través de él en brazos. Pero no creo que sea buena idea. ¡Maldita sea, ojalá estuvieras en casa, a salvo! No soporto ver cómo te arriesgas todos los días a sufrir un accidente. —Nadie te pidió que vinieras, Rand. Él fijó la vista en su rostro. —Tuve que hacerlo, Cait. ⎯¿Por qué? «Porque te quiero.» Pero no lo dijo. Sabía que ella no le creería. Alguien gritó que le tocaba el turno a Cait y ella se volvió y echó a andar rígidamente hacia el estrecho puente colgante. El viento se había levantado y el puente oscilaba de modo precario. Veinte metros más abajo el río se precipitaba contra las escarpadas rocas y estallaba en plumas de espuma blanca.


Rand la alcanzó momentos antes de que ella comenzara a cruzar ci puente. —Por una vez St. Anthony lleva razón. No mires abajo. Sujétate a las cuerdas y sigue adelante. Mantén los ojos sobre Geoffrey, que te espera al otro lado. Cait se humedeció los labios y asintió con la cabeza. —Nos veremos allí. Rand sonrió y Cait le devolvió una valerosa y trémula sonrisa. Ambos experimentaron una fugaz sensación, una sensación muy dulce que habían compartido tiempo atrás; Rand deseé aferrarse a ella desesperadamente. Se inclinó sobre Cait y le planté un breve e intenso beso en los labios. —Andando —dijo con voz ronca—. No pienses en nada más que en colocar un pie delante del otro. Ella lo miré e inconscientemente se llevó un dedo a los labios. Después de respirar hondo, se volvió y asió las cuerdas. Comenzó a avanzar vacilante y lentamente, paso a paso. Una ráfaga de viento sacudió el puente, haciéndolo oscilar violentamente de un lado a otro, y Rand sintió que se le encogía el corazón. —Resiste, Cait —murmuré. No se atrevía a gritar por temor a sobresaltarla. Cuando hubo recorrido dos terceras partes del trayecto, Cait se detuvo. Rand sintió la tensión que atenazaba su cuerpo como si fuera el suyo propio. —Adelante, amor mío —la animé—, lo conseguirás. Cait eché a andar de nuevo, esta vez con paso más decidido, más segura de sí. Cuando por fin alcanzó el otro lado del puente Rand cerró los ojos y sintió una profunda sensación de alivio. Ni siquiera le molesté que St. Anthony la abrazara. El resto de los porteadores atravesaron el puente, más confiados después de


haber observado cómo lo hacía Cait. A continuación lo atravesaron las dos nativas que se encargaban de preparar la comida, seguidas por Maruba, que Rand sospechaba que se había incorporado a la expedición para atender las necesidades del barón. Hester Wilmot, la cocinera inglesa, se había quedado con los dos ayudas de cámara y el lacayo en el campamento base. Rand fue el último que atravesé el puente. El viento soplaba con fuerza, haciendo que la travesía resultara peligrosa. Unos remolinos de tierra y hojas le nublaban la vista, impidiéndole ver con claridad. Cuando alcanzó el centro del puente, miré hacia abajo y al contemplar el caudaloso río comprendió el terror que debió de sentir Caitlin. Rand alabé en silencio su coraje. Al aproximarse al otro lado del puente la miró y vio la inconfundible expresión de angustia que traslucía su rostro. Ella le quería, de eso estaba seguro. Era suya y, costara lo que costase, él estaba decidido a convertirla de nuevo en su esposa. Cuando Rand llegó al otro lado ella sonrió, sintiendo un alivio casi tan grande como había sentido él. —¿Estás bien? —le preguntó Rand cuando enfilaron el sendero. —Perfectamente, pero espero que cuando bajemos lo hagamos por otra ruta. Rand esbozó una sonrisa. —A decir verdad, yo también. Ella no dijo nada más, y el calor de su expresión se disipé lentamente. Luego se volvió y comenzó a subir por el sendero junto con los otros mientras Rand echaba a andar detrás de ella, como hacía siempre. Rand recordé el temor que había experimentado al verla atravesar el precario puente. No veía el momento en que alcanzaran por fin la cima. Siguieron escalando la montaña todo el día, avanzando lenta pero sistemáticamente.


Hacia el mediodía apareció un denso círculo de nubes que rodeé las vertientes superiores del Pico del Maligno, el cual desapareció engullido por la espesa y grisácea bruma. A última hora de la tarde salió de nuevo el sol y ellos continuaron subiendo, aproximándose a la gigantesca cima volcánica. Dentro de dos días alcanzarían el lugar indicado en el mapa, donde Leonard Metz había ocultado el collar de Cleopatra; en todo caso, confiaban en que fuera así. El día anterior habían llegado a una encrucijada en la montaña y tomado por el sendero que describía Metz en el mapa, y que el padre de Cait llevaba siempre consigo. Después de escalar la montaña durante varios días seguidos, Cait sentía que sus piernas estaban más fuertes, pero los músculos de sus brazos y la espalda le dolían desde el amanecer hasta que se ponía el sol. Se froté su entumecido cuello y dio un suspiro de alivio cuando Von Schnell decidió hacer un alto en el camino para que los viajeros hicieran sus necesidades y recuperaran el resuello. Cait acababa de regresar de una rápida visita al bosque cuando vio a Rand hablando con el fornido alemán. Ella no pudo captar lo que decían y al poco Von Schnell se alejé. Cuando Rand eché a andar de nuevo hacia el sendero se acercó a él Maruba. Cait se paré en seco, sintiendo un nudo de tensión en la boca del estómago. Maruba era una hermosa mujer, esbelta, morena y exótica, y Cait sabía que había tenido una relación con Phillip Rutherford. La había visto en dos ocasiones con Geoffrey St. Anthony, y Cait se pregunté si también había seducido a Rand con sus encantos. Le preocupaba pensar en esa posibilidad, toda vez que él seguía insistiendo en que volviera a ser su esposa. ¿Por qué todos los hombres de su vida necesitaban siempre a otras mujeres? Cait observé a Maruba, y al verla mirar a Rand al tiempo que esbozaba una pausada y seductora sonrisa, sintió náuseas. La chica deslizó un tostado dedo sobre la «uve» abierta de su camisa y se aproximé más a él. Luego Maruba se alzó de


puntillas y le murmuré algo al oído. Cait sintió como si le hubieran asestado una puñalada en el corazón. Entonces Rand tomé la mano de Maruba, la aparté son suavidad y meneé la cabeza en sentido negativo. Acto seguido dio media vuelta y se alejé, sin volverse, dejando a Maruba ahí plantada. Cait observé su alta figura enfilar de nuevo el sendero y notó que el dolor que había sentido en el corazón empezaba a remitir. Luego se volvió hacia Maruba. La esbelta muchacha se encaminé hacia ella, sin que su bonito rostro de color del cacao dejara entrever el menor asomo de arrepentimiento, y se detuvo frente a Cait. Maruba señalé con la cabeza a Rand, que seguía avanzando por el sendero con su poderosa espalda erguida. —Su marido.., es un buen hombre —dijo. Cait la miré perpleja. Maruba le dirigió una sonrisa de complicidad, típicamente femenina, que casi acabé en una carcajada y prosiguió su camino. Cait comprendió de pronto y con toda nitidez que la chica sabía desde un principio que ella les observaba. Pero Rand no lo sabía. Lo que había ocurrido entre marido y mujer no era un secreto para nadie. Era difícil que hubiera secretos entre un grupo de personas que convivían en un espacio tan reducido. Quizá Maruba había querido ponerle a prueba. El hecho de que Rand no hubiera aceptado lo que la hermosa joven le ofrecía produjo un profundo alivio a Cait, así como una curiosa sensación de ternura. Era absurdo. No significaba nada. Puede que él no deseara a Maruba. Con todo, la sensación de ternura persistía. Cenaron temprano una comida a base de pan sin levadura y un cocido poco consistente preparado con hierbas del campo y la carne de diversos animales


de pequeño tamaño. Cait no sabía exactamente qué comía y, por prudencia, se abstuvo de preguntarlo. Luego fue a dar un paseo, para desentumecer sus doloridos músculos, procurando no alejarse demasiado. Se hallaba en la penumbra, observando la distante hoguera del campamento, cuando oyó el rumor de hojas y unos pasos a su espalda. Convencida de que era Rand, su corazón se aceleré. Eché a correr pero de pronto una enorme y áspera manaza le tapé la boca y la emoción que ella había tratado de reprimir dio paso al terror. Cait aferré la mano, tratando de lograr que la soltara, pero sintió que un recio brazo la sujetaba por la cintura. El fornido alemán la levantó en el aire y empezó a arrastrarla hacia la espesura. El corazón le latía con tal violencia que parecía que fuera a estallarle en el pecho. Cait se debatió con vehemencia, propinando patadas a diestro y siniestro con sus pesadas botas de cuero, y sintió una momentánea satisfacción al oírle lanzar un ronco gemido de dolor. Von Schnell la obligó a volverse y la empujó contra un árbol. —Pórtese bien o se arrepentirá. —Suélteme... o se arrepentirá. El alemán esbozó debajo de su bigote rubio una mueca que pretendía ser una sonrisa. —No quiero lastimarla. El alemán le pasé la mano por el cuello, deslizándola sobre un pecho, y Cait se estremeció. Deseaba echar a correr, pero era un hombre corpulento y fuerte y ella pensé que sólo tendría una oportunidad. —¿Qué quiere? Por toda respuesta el alemán le estrujé un pecho y Cait sintió que la invadían las náuseas.


—Está casada pero no duerme con su marido. Usted me atrae. Podría darle lo que él no le da. —No me interesa nada de lo que usted pueda darme, Von Schnell. Suélteme de una vez. —Un beso... es cuanto le pido. Un besito y dejaré que se vaya. Von Schnell agaché la cabeza pero Cait volvió el rostro. Traté de soltarse, pero él la sostenía con fuerza, sujetándola contra la áspera corteza del árbol. —Gritaré —le advirtió Cait. —No se lo aconsejo si pretende alcanzar la cima. Su padre necesita que les guíe hasta allí y usted lo sabe. —El alemán le estrujé el pecho con más fuerza —. Le daré a su padre su tesoro y usted me dará lo que yo necesito. Cuando Von Schnell se incliné sobre ella, Cait pugné desesperadamente para liberarse. Al cabo de unos segundos oyó un gruñido, el impacto de un puñetazo sobre carne y al volverse vio a Von Schnell tendido en el suelo cuan largo era, a pocos metros de donde ella se encontraba. Rand estaba de pie junto a él, con las piernas separadas y los puños cerrados. —Como vuelva á acercarse a ella, Von Schnell, le juro por lo más sagrado que le mataré. —¿Me está amenazado? —No es una amenaza, es una promesa. Rezongando, Von Schnell se levanté y se froté la mandíbula con su enorme y áspera manaza. —No haga promesas que no pueda cumplir, inglés. El alemán miré fríamente a Rand, se sacudió la tierra que tenía adherida a la ropa y desapareció en el bosque con pasos estrepitosos, haciendo que un sinfín de pequeños roedores salieran apresuradamente de sus madrigueras.


Rand miró a Cait con dureza. —¿No te dije que te quedaras cerca del campamento? Ella se irguió, obligando a sus temblorosas piernas a que permanecieran rígidas. —Ya no tengo por qué obedecer tus órdenes, por si lo habías olvidado. —¿Qué hacías aquí con Von Schnell? —Te aseguro que no vine por voluntad propia. Rand se pasé una mano por la cara, tratando de dominarse, y al fin la tensión de su cuerpo se relajé. —Lo lamento. —Después de emitir un suspiro de resignación, avanzó hacia ella—. Es que... —Sintió deseos de abrazarla, pero se aparté—. Me percaté de que te habías ido y empecé a preocuparme. Al parecer mi preocupación no tenía fundamento. —Yo misma hubiera resuelto la situación con Von Schnell. —Era mentira. Se alegraba de que Rand hubiera aparecido en el momento preciso, pero no quería confesárselo—. No tenias por qué intervenir. Rand apreté las mandíbulas. —Eres mi esposa, Cait, te guste o no te guste. No dejaré que ningún hombre te ponga las manos encima. Ni ahora ni nunca. Ella sintió una curiosa mezcla de euforia y cólera. La cólera se impuso. —Querrás decir ningún hombre salvo tú, ¿verdad? —Cait sabía que le estaba provocando, que el calor de la batalla aún ardía en sus venas, pero no pudo resistirse. Vio el fuego de la pasión reflejado en sus ojos, un deseo que no molestaba en ocultar, justo antes de que él alargara el brazo y la estrechara contra sí,


—Eso es exactamente lo que quiero decir. Oprimiendo sus labios contra los suyos en un beso feroz, Rand la sostuvo con fuerza, atrapada en sus brazos, incapaz de moverse. Durante unos instantes Cait permaneció inerme, luchando contra la abrasadora sensación que la impregnaba como una cálida lluvia tropical, el acuciante deseo que había sentido durante tanto tiempo. Rand oprimió sus labios sobre los de ella con dulzura, moviéndolos con exquisito cuidado, acariciándolos, saboreándolos lentamente, luego oprimiéndolos más profundamente separando sus labios con su lengua y deslizándola dentro de su boca. Una extremada ternura combinada con una feroz insistencia, un beso tan tremendamente apasionado, tan increíblemente dulce, que Cait noté que sus ojos se llenaban de lágrimas. El deseo hizo presa en ella, imponiéndose sobre la lógica y la prudencia, y durante un instante ella le devolvió el beso. El amor que sentía por él llenaba cada poro de su cuerpo y hacía que su corazón rebosara ternura. Él constituía su mundo, su amor, el único hombre capaz de satisfacer el deseo que le abrasaba las venas. De pronto evocó el pasado. unas imágenes de la noche en que ella lo encontré con Hannah Reese, unas imágenes de Rand haciéndole el amor a esa mujer, acariciándola, tocando sus partes íntimas como la había tocado a ella. Cait evocó los terribles días después de haberlo dejado, el insoportable dolor de la pérdida, de la traición, el mar de lágrimas que había derramado, y se separé bruscamente. —No... —musité, temblando, con voz entrecortada, tratando de recuperar el resuello—. Basta, Rand, te lo ruego... Él le acaricié la mejilla con su musculosa mano. —¿Por qué, Caitie? Eres mi esposa. Tengo derecho a besarte.


Pero ella meneé la cabeza y retrocedió. —No... ya no. —Dime que no me quieres. Dime que eres capaz de mirarme, de besarme sin sentir nada de lo que sentías antes. Dímelo y me alejaré de ti y no volveré a importunarte. Ella deseaba decírselo. Deseaba herirle como él la había herido a ella. Traté de articular las palabras, pero no pudo mentir. Cait retrocedió otro paso, se volvió y eché a correr hacia la hoguera mientras Rand la observaba con una expresión entre enojada y compungida. Phillip Rutherford esperaba impaciente detrás de unas rocas, un poco alejado del claro. Era tarde. Casi todos dormían en el campamento. Unos densos nubarrones grises ocultaban la luna, deslizándose sobre un mar coronado de espuma. —¿Bwana Phillip? ¿Está ahí, bwana Phillip? —Maruba sofocó un grito de asombro cuando él la agarró del brazo y la arrastré hacia un claro en el bosque protegido por el frondoso follaje. —Te he dicho cien veces que no me gusta que me hagan esperar, Maruba. Ella se mordió su labio gordezuelo, observándolo por debajo de sus pestañas. —Lo lamento. No me di cuenta de que era tan tarde. ⎯¿Ah, no? Quizá no te diste cuenta porque estabas ocupada coqueteando con su excelencia, el condenado duque de Beldon. Te vi hace un rato con él —le espeté ásperamente—. Vi que te ofrecías a él. Estaba muy claro. Maruba denegó con la cabeza. —No, no, no lo comprende. Era sólo un juego. Yo quería comprobar... Phillip le torció el brazo, colocándoselo en la espalda y haciendo que la joven lanzara un grito de dolor.


—¿Qué era lo que querías comprobar? ¿Si ese cabrón tiene una yerga tan grande como imaginas? ¿Si sabe follarte mejor que yo? Phillip la obligó a volverse, la tumbé sobre una roca y empezó a subirle la falda del sarong. —¿Quieres que lo comprobemos? Situado detrás de ella, Phillip empezó a frotarle los pezones y a acariciarla entre las piernas, pero por poco rato. Estaba cansado de esos jueguecitos, cansado de fingir que no era una puta. Le separé las piernas, se desabroché el pantalón y se sacó el miembro. Tras unas pocas caricias más, ella se humedeció. Él noté que se tensaba cuando la penetré bruscamente por detrás, pero le tenía sin cuidado. Emitiendo un gruñido de placer, la asió por las caderas y empezó a moverse dentro de ella con fuerza, penetrándola una y otra vez. Le gustaba el sonido del impacto de carne contra carne; tenía la piel caliente y resbaladiza debido al sudor. Sus músculos se tensaron y contrajeron y un estremecimiento le sacudió todo el cuerpo en el momento de eyacular. Phillip permaneció inmóvil unos instantes, dejando que la fresca brisa tropical le refrescara su ardiente piel. Cuando las sensaciones de placer comenzaron a remitir, se retiró y dejé que Maruba se volviera y se arregalara la ropa. La joven miré la roca y al ver que él no le había dejado allí dinero, se volvió perpleja hacia él. —Esta noche no has ganado nada, puta. Me has disgustado, Maruba. — Phillip le tomó el mentón—. Apártate de Beldon... y de St. Anthony. Hasta que yo te indique lo contrario, tu cuerpo me pertenece a mi. Ella reprimió una exclamación de dolor cuando él le apreté la mandíbula y clavé sus ojos negros en los suyos, atemorizados. —¿Has entendido?


—Sí, bwana —asintió Maruba con vehemencia. Phillip dejó que se fuera y ella regresó sigilosamente al lugar donde dormía junto a las otras mujeres. Phillip aguardé unos minutos y luego regresó junto a su saco de dormir y se tumbé sobre él. Al notar una piedra que se le clavaba en la espalda hizo una mueca y la retiré, pensando: «Al menos no está lleno de mosquitos.» En la playa se había sentido a gusto, pero estaba harto de esa maldita selva. Harto de la humedad y el calor. Ansiaba saborear un buen vino, acostarse en un mullido lecho de plumas, aspirar el olor de unas sábanas limpias. Estaba deseando largarse de esa condenada isla, lo cual haría dentro de unos días. Phillip sonrió al pensar en los planes que se había forjado en Dakar. Dentro de unos días, el barco que había alquilado le esperaría en una recoleta cala junto al campamento. Una vez que se hubiera apoderado del collar regresaría al campamento, recogería el resto del tesoro y se marcharía. Los nativos y los pocos criados ingleses que se habían quedado en el campamento no le preocupaban. Era el profesor y los otros, en particular el arrogante duque de Beldon, quienes le preocupaban. La presencia de ese hombre le había incomodado desde el principio. Para desgracia suya, el muy imbécil había decidido abandonar a su zorra inglesa y venir en busca de su esposa precisamente en esos momentos. Sería el mayor —y último— error que cometía en su vida. Phíllip sintió que comenzaba a lloviznar, como solía hacer todas las noches, y blasfemé en silencio, deseando estar ya muy lejos de allí. Aún no había decidido cómo deshacerse de Beldon y de los otros, pero Von Schnell había accedido a echarle una mano a cambio de una parte del botín. Sus agotados compañeros no tardarían en sufrir un accidente mortal en esa primitiva isla, y él disfrutaría del tesoro que se había ganado a pulso. Y algo con lo que entretenerse. Phillip pensé en Caitlin Harmon, que dormía apaciblemente en el


campamento. La inquietud que le había infundido el hecho de que Cait le hubiera espiado se había desvanecido. Al parecer, no había logrado averiguar nada que pudiera perjudicarle. Pensó en sus generosos pechos y su hermoso cuerpo, por fin supeditado a él, pensé en que le haría lo mismo que acababa de hacer a Maruba... y sonrió 24 Cait estaba cubierta de polvo y tenía calor y había decidido que después de acampar buscaría un lugar en el río donde bañarse y lavar su ropa. Von Schnell eligió un lugar donde acampar en una explanada pedregosa junto al río, al abrigo del viento, que a esa altura soplaba con fuerza. Era una zona menos selvática, por lo que había menos peligro de sufrir un accidente. Mientras instalaban las tiendas de campaña, Cait se echó una toalla de lino al hombro, tomó una muda limpia y se dirigió hacia el río, a un lugar que había visto poco antes de que se detuvieran. Por desgracia, cuando llegó allí, comprobó que se le había adelantado otra persona. Sintió una sensación de enojo mezclada con el deseo de espiar al intruso. El río formaba unos remolinos en la orilla, una larga cadena de remolinos que discurrían suavemente, y Rand nadó con agilidad a través del agua, sumergiéndose y apareciendo de nuevo en la superficie con la espalda cubierta de espuma. Estaba desnudo, según comprobó Cait, magnífica y espléndidamente desnudo, y a ella le habría resultado tan imposible apartar la vista como desplegar unas alas y deslizarse volando sobre el Desfiladero de los Ángeles. Oculta tras los árboles, Cait se permitió el lujo de observar su magnífico cuerpo con detenimiento. Lo recordaba muy bien, las sólidas hendiduras debajo de cada una de sus costillas, las duras bandas de músculo sobre sus hombros, la esponjosa textura de su vello rizado sobre el pecho. Añoraba las caricias íntimas que habían compartido, poder tocarlo y que él la tocara a ella, sentirlo dentro de ella. Ese pensamiento hizo que su corazón comenzara a latir más deprisa, impidiéndole respirar con normalidad.


Rand se incorporó, con el agua hasta la cintura, dejando que unas relucientes gotas cayeran en cascada sobre sus poderosos hombros y su musculoso pecho. Se apartó un mechón castaño de la frente, haciendo que los músculos de su vientre se contrajeran. Cait sintió que sus entrañas se contraían al mismo tiempo y que su pulso se aceleraba de nuevo. La invadió una suave oleada de deseo que hundió sus garras en ella, resistiéndose a desaparecer. Le temblaban las manos de deseo de tocar aquella piel lisa y húmeda, sentir aquellos músculos gruesos y duros, deslizar la lengua sobre uno de sus pezones lisos de cobre. Una suave sensación de calor se extendió por su cuerpo, instalándose en su bajo vientre. Siguió descendiendo, impregnando su útero y pulsando en la zona más íntima del cuerpo femenino. Rand se sumergió bajo el agua y los músculos de sus nalgas se tensaron. Cait notó que sus pezones se endurecían debajo de su blusa de algodón. El deseo hizo que su vulva se humedeciera y maldijo a Rand por el influjo que aún tenía sobre ella. Pero no se volvió, no podía moverse. Hipnotizada, le observó dirigirse a nado hacia la orilla y salir lentamente del agua. Rand dirigió la vista hacia los árboles, donde se ocultaba Cait, y ésta contuvo el aliento, rezando para que no la viera. A medida que Rand se aproximaba a la orilla, el nivel del agua descendió por debajo de sus caderas, sus muslos y sus tobillos, y ella vio que estaba sexualmente excitado, que su largo pene estaba rígido e hinchado, enhiesto contra su vientre. Rand la miró sonriendo. ¡La había visto! Rand echó a andar con paso decidido y sin el menor pudor hacia ella, salvando a grandes zancadas la distancia que les separaba. Cait oyó una voz de alarma en su interior, pero se entretuvo un instante más del necesario observándole. Cuando dio media vuelta y echó a correr, Rand la alcanzó antes de que ella hubiera dado tres pasos, la obligó a volverse y la estrechó con fuerza contra su pecho. —Espero que te guste lo que has visto, pequeña espía.


—¡Suéltame! —Sabía que estabas ahí. Te vi observándome. Rand la miró de pies a cabeza, lenta y pausadamente, recorriendo cada centímetro de su cuerpo con sus ojos castaños y ardientes. Su cuerpo empapado le mojó la blusa, que dejaba transparentar las aureolas rosadas de los pezones. Él fijó su mirada abrasadora allí, haciendo que sus pezones se pusieran duros como guijarros. Ella sintió la rigidez de su miembro, el calor que emanaba incluso a través de la ropa. —¿Ves lo que me haces, Cait? ¿Lo que me haces siempre? Rand se apartó un poco y al bajar la vista ella vio que tenía el pene duro e hinchado, pulsando de deseo, y sintió que el fuego corría por sus venas. Cait quiso replicar, pero tenía los labios como entumecidos y no pudo moverlos. Él estaba a unos centímetros de ella, lo suficientemente cerca para que ella sintiera el calor que exhalaba su musculoso cuerpo. Su piel, húmeda y resbaladiza, relucía bajo el sol que se derramaba a través de las ramas de los árboles. Era un hombre magnífico, espléndido en su desnudez. Ella trató de apartarlo apoyando sus temblorosas manos contra su pecho. —Yo... vine sólo para bañarme. Estaba... esperaba a que te fueras. Rand emitió una risita de incredulidad. Sabía qué estaba esperando, reconocía el deseo que ella no podía ocultar. Alargó la mano y le apretó suavemente un pecho, frotando el rígido pezón con el pulgar, restregándoselo delicada, seductoramente, hasta que ella lanzó un débil gemido. —Siempre ha sido así entre nosotros. Y siempre lo será, Cait. Rand empezó a masajearle los pechos, haciendo que éstos se hincharan en las palmas de sus manos. No apartaba la vista de sus labios. Al ver que ella se los humedecía con la lengua, adivinó lo que estaba pensando. La acarició suavemente, con habilidad, y ella se oyó emitir otro gemido de placer.


Rand se inclinó sobre ella y la besó en el cuello, tras lo cual siguió besándola a lo argo de la mandíbula y en el pulso que latía ferozmente en la base de su cuello. Estiró el cordón de su blusa, abriéndosela, se la bajó y le besó los pechos. Cait se sintió desfallecer y se aferró a sus hombros. Él le pasó la lengua alrededor del pezón, succionándolo con delicadeza, luego con más intensidad, chupándolo ávidamente, y ella notó que sus piernas apenas la sostenían. ¡Dios santo, no era posible que estuviera haciendo eso!, se dijo Cait. El riesgo era demasiado grande. Pero su cuerpo se negaba a atender a razones. Él era su marido. Una mujer tiene las mismas necesidades que un hombre. ¿Qué importaba si, por una vez en la vida, ella hacía algo para satisfacer sus propios deseos? Rand le rodeó la cintura con su musculoso brazo y la tendió sobre la verde y mullida hierba. Le quitó la blusa, le desabrochó las presillas de la falda y se la quitó, luego le quitó suavemente la camisola. Se inclinó sobre ella y le besó los pechos, se deslizó hacia abajo besándole el vientre, acariciándole el ombligo con la lengua y luego descendió un poco más, aplicando su boca sobre el punto húmedo e hinchado entre sus piernas. Al chupárselo ella sintió una feroz sacudida, un calor abrasador que la envolvía en abrumadoras e intensas oleadas. Pero eso no bastaba. —Dime que me deseas —murmuró él, oprimiendo la boca sobre la cara interior de su muslo, lamiéndoselo—. Dime que me deseas tanto como yo te deseo a ti. Ella le necesitaba. Como una flor necesita la lluvia. Pero no podía pronunciar las palabras, no quería que él supiera el influjo que ejercía sobre ella. —Deseo sentirte dentro de mí —respondió con voz suave y temblorosa—. Ahora, Rand, en este momento. Él se colocó sobre ella con un movimiento ágil y ella le rodeó el cuello con


los brazos. Él la besó apasionada, intensamente, explorando el interior de su boca con su lengua, tomándola con pericia y determinación. Era un beso ferozmente imperioso, pero al mismo tiempo dulce, y Cait se sintió embargada por una profunda ternura. Las lágrimas empañaron sus ojos mientras introducía sus dedos entre el pelo castaño y húmedo de Rand. Le deseaba. Le deseaba con locura. ¡Santo Dios, aún le amaba! —Caitie... —musitó Rand—. Mi querida Caitie, cuánto te he echado de menos... Las lágrimas rodaron por las mejillas de Cait. Unas hermosas palabras. Unas palabras increíblemente hermosas. Pero no eran sino eso, palabras, y no importaban. Verdad o mentira. Nada de ello tenía importancia. Ya no. Lo único importante era el deseo, esa profunda e incontrolable necesidad de sentirse unida una vez más a ese hombre. El torso de Rand le oprimía los pechos, haciendo que sus pezones duros como diamantes le escocieran. Él los empapó de saliva con la lengua como si se hubiera dado cuenta, como si quisiera aliviar la abrasadora sensación que traspasaba a Cait hasta sus partes más íntimas. Ella sintió su miembro duro apretado contra ella y deseó que la penetrara. —Por favor... —murmuró ella, arqueando el cuerpo—. Por favor, Rand, te necesito... Él dudó sólo un momento, mirándola con aquellos ojos negros y penetrantes, rebosantes de una emoción que ella no alcanzaba a identificar. Luego se colocó en la entrada de su vulva y la penetró. —Caitie... —murmuró él, penetrándola más profundamente, hasta quedar completamente empalado. Luego se retiró y volvió a penetrarla hasta el fondo, con un movimiento rápido y enérgico, reivindicando su derecho sobre ella de forma primitiva.


Luego sus movimientos se aceleraron, haciéndose más seductores, más eróticos. Ella no quería pensar en eso, reconocer que aquellos movimientos largos, profundos y penetrantes estaban destinados a poseerla. En lugar de ello, se deleité con ci calor abrasador y el placer que la invadía, disfrutando de la pasión que hacía tanto tiempo que no habían compartido. Cait le clavó los dedos en los hombros al tiempo que arqueaba su cuerpo para sentirlo completamente dentro de sí. Rand la penetró una y otra vez, haciendo que su placer se expandiera, se hinchara, invadiera todos sus sentidos. Cada movimiento hacia dentro y hacia fuera le producía un goce indecible, más y más intenso. Cait le rodeó las caderas con las piernas, apretándose contra él, al tiempo que se aproximaba al paroxismo. Rand musité su nombre y un instante más tarde Cait se sintió invadida por unas gigantescas olas de placer. Se mordió ci labio para no pronunciar su nombre al tiempo que un segundo espasmo sacudía todo su cuerpo. Rand la siguió embistiendo con furia y de pronto su cuerpo se tensó. Sus músculos se contrajeron y en el momento de eyacular se estremeció de pies a cabeza. La estrechó contra él mientras el placer comenzaba a remitir, apoyando la cabeza de ella contra su hombro. Cait lo abrazó con fuerza, aspirando su olor, deleitándose al palpar los músculos duros y lisos que se insinuaban bajo su húmeda piel, la fragancia limpia como el agua del río de su pelo. Permanecieron un rato abrazados, saboreando el momento, la dulzura. Cait habría deseado estar abrazada a él eternamente, que el mundo se detuviera justamente en ese momento. Pero el mundo no esperaba a nadie, y por fin, en silencio, Rand se puso en pie. Luego se agachó, la tomó en brazos estrechándola contra su pecho y la transporté hasta el río, sumergiéndose profundamente, hasta que la fresca agua les lamió suavemente. Cait sintió que el agua del río aliviaba sus tensos músculos y el ardor de su


piel, que lavaba y refrescaba su cuerpo, pero al mismo tiempo le despejé la cabeza. Ella y Rand estaban desnudos y ella acababa de hacerle el amor. ¡Dios, cómo se le había ocurrido hacer eso! Rand, de pie en el agua que le alcanzaba los hombros, la rodeé con sus brazos por la cintura y la estrechó contra si. —Dime que me perdonas —dijo suavemente—. Dime que regresarás a casa y serás mi esposa. Ella lo deseaba, sí. Por primera vez, Cait comprendió lo mucho que lo deseaba. Pero Rand era Rand, uno de los hombres más apuestos y encantadores de Inglaterra, y al margen de lo que dijera, jamás le bastaría una sola mujer. Cait sintió que se le formaba un doloroso nudo en la garganta. Había cometido un error entregándose a él, pero no se arrepentía de ello. Se desembarazó del círculo protector de sus brazos y al alejarse súbitamente del calor que emanaba él se estremeció. —Lo lamento, Rand. Lo que hicimos hace unos momentos... no... no debió haber ocurrido jamás. Entre nosotros todo ha terminado. Terminé la noche que te seguí hasta el Chatelaine’s. El rostro de Rand se contrajo. —Tu cuerpo no corrobora tus palabras —repuso contemplando descaradamente los pechos desnudos de Cait, quien se los cubrió inconscientemente con las manos—. Tú me deseabas, tanto como yo te deseaba a ti. No puedes negarlo. Ella meneé lentamente la cabeza. —A veces el desear algo no basta. Ese fue el error que cometí cuando nos conocimos. Te deseaba tanto que no calculé las consecuencias. Ahora he escarmentado. No me fío de ti, Rand, y jamás volveré a fiarme. El rostro de Rand dejaba entrever una docena de emociones. Cait sólo


identificó una de ellas. Era difícil no reconocer la desesperación. Cait sintió que se le encogía el corazón, pero desterré ese sentimiento. Con él desapareció el atisbo de esperanza que la llevaba a confiar de nuevo en él. No debía hacerlo. No podía permitirse el lujo de exponerse. Si lo hacía y él volvía a fallarle, no sobreviviría de nuevo a ese terrible dolor. Dio media vuelta y se encaminé chapoteando hacia la orilla para recoger la toalla que había traído consigo. Se secó como pudo y se puso la falda y la blusa limpias. Presintió que Rand estaba a sus espaldas y al volverse comprobé que él también se había vestido. Rand le aparté un mechón húmedo que tenía adherido a la mejilla y se lo colocó hacia arras. —No me crees —dijo, imitando sus palabras—, y no te fías de mí. No es la mejor base para un matrimonio, ¿verdad, Cait? Cait no respondió. No había nada que decir. —Pero si yo te estuviera diciendo la verdad.., si fuera un hombre digno de que creyeras en mí, podríamos ser muy felices. Podríamos formar una familia. Podríamos tener todo cuanto deseáramos, ¿no es cierto, Cait? Ella sintió de nuevo un nudo que le oprimía la garganta. «Todo.» Si ella pudiera confiar en él, Rand sería el hombre que ella había creído tiempo atrás, ingenuamente, que era. El hombre más fuerte, amable y bondadoso que jamás había conocido. Si eso fuera cierto, su matrimonio sería maravilloso, como el que ella había imaginado. Pero no lo tendría todo. No a menos que tuviera el amor de él. Rand se levantó de su saco de dormir al oír las excitadas voces de los madrugadores ocupantes del campamento. Todos sabían que las largas semanas de búsqueda, las esperanzas y los sueños que los miembros de la expedición habían sustentado hasta


entonces, obtendrían un día respuesta. Si el collar no se encontraba en el lugar indicado en el mapa del marinero holandés, probablemente jamás darían con él. Habrían desperdiciado muchas horas de agotadores esfuerzos y habrían fracasado en su empresa. Rand se situé como de costumbre detrás de Cait, que ese día caminaba con renovado vigor. Lucía su sombrero de ala ancha encasquetado sobre la frente y el cabello recogido en una gruesa trenza pelirroja a la espalda, cuyas puntas doradas resplandecían bajo el sol. Rand observé el movimiento de sus caderas al andar, recordando lo que había ocurrido junto al río. Quizá Cait pensara que todo había terminado entre ellos, pero Rand no estaba convencido, ni mucho menos. No cuando aún era capaz de hacer que el cuerpo de Cait respondiera con tan increíble pasión, cuando al penetrarla se sentía tan perfecta y maravillosamente acoplado a ella. Uno de los porteadores que se habían adelantado para explorar el terreno con Von Schnell regresó apresuradamente junto al profesor y señalé excitado el sendero que se abría ante ellos. Donovan Harmon asintió con la cabeza y apreté el paso; los otros hicieron lo propio. Hasta Rand no podía por menos de sentirse atraído por la posibilidad de hallar un objeto tan antiguo y de un valor incalculable. Al margen de lo que hallaran, sería una jornada memorable, pero no debían bajar la guardia. La codicia impulsaba a los hombres a cometer todo tipo de desmanes. Si por un milagro conseguían hallar el collar, tendrían que transportarlo de regreso al campamento. Con hombres como Talmadge y Von Schnell entre ellos, el descenso por la montaña podía resultar infinitamente más peligroso que la escalada a la cima. El sendero era muy abrupto, pero al cabo de un trecho se hizo más ancho; el río no era más que un pequeño riachuelo que fluía suavemente sobre las rocas lisas cubiertas de líquenes. El cielo de un azul cerúleo aparecía tachonado por unas pocas nubecillas blancas, y el viento soplaba en refrescantes ráfagas sobre los escarpados precipicios.


Unas pintorescos pájaros, dc color rojo y amarillo vivo, chillaban posados en las copas de los árboles y Rand se detuvo en varias ocasiones para observarlos. Rodearon un elevado peñasco y al alzar la vista Rand vio a Von Schnell esperándoles junto a un bosquecillo. Talmadge y el profesor se adelantaron apresuradamente hacia él, seguidos por sir Monty y lord Geoffrey. Cait se volvió para mirar a Rand, tras lo cual se levantó la falda y eché a correr tras ellos. Al parecer, habían hallado el lugar indicado en el mapa. Rand asió con fuerza su mosquete, que de un tiempo a esa parte rara vez lo apartaba de su lado. Con la otra mano palpé el cuchillo que llevaba colgado del cinto, a la espalda. Quizá se mostraba exageradamente cauto, pero sabía con certeza que el barón era un ladrón y su pelea con Von Schnell había confirmado sus sospechas con respecto al fornido alemán. Más valía prevenir que curar. Rand se acercó a Cait y apoyé la culata del mosquete sobre la hierba, pero sin soltar el canon. —Deduzco que éste es el lugar. —El mapa indicaba ciertas señales. Sabemos que se halla justo debajo de la cima, en esta vertiente de la montaña. Ayer pasamos frente al primer indicador. Una roca con forma de hongo. Mi padre dijo a Von Schnell que se detuviera tan pronto como observara una grieta en el volcán, otra señal indicada en el mapa. Mira, ahí está — agregó Cait señalando con la mano. Su padre examinaba afanosamente el trozo de tela sobre el que aparecía el mapa trazado con tinta desteñida, en busca del resto de las marcas. Con cada confirmación, sonreía a Cait y señalaba el lugar donde se hallaba. —Hemos dado con el lugar indicado —dijo—. Éste es el punto descrito por


Metz. Según el mapa, el collar debe de estar enterrado no lejos del sendero, debajo de un árbol que ostenta la señal de la cruz. Todos se dispersaron en busca del collar. Rand permanecía cerca de Cait, que se detenía para examinar concienzudamente el tronco de cada árbol. Transcurrió una hora, pero no había ni rastro del escondite del collar. Se adentraron en la espesura, donde hacía más calor y humedad. Rand noté que tenía la frente perlada de sudor. No podía evitar recordar la mortífera serpiente verde, y cuando Cait se agaché para examinar un árbol más de cerca, la agarré del brazo y la aparté suavemente. —Debes ser más prudente, Cait. Este lugar podría ser peligroso. La luz es escasa y la vegetación es muy frondosa. ¿Recuerdas la serpiente que por poco te muerde? Aquí podrías encontrarte a otra igual. Cait se estremeció. —Tenlo presente y mantén los ojos bien abiertos. Cait asintió y siguió avanzando con más precaución entre el denso follaje del bosque tropical. Los porteadores instalaron el campamento para pasar otra noche en la montaña y los ánimos comenzaron a decaer. —¿Por qué diablos no está aquí? —Talmadge se acercó al lugar donde Cait y Rand habían comenzado a explorar la zona junto al profesor. En lugar de la pulcra apariencia que lucía habitualmente, por primera vez el barón parecía fatigado. Su pantalón de algodón estaba arrugado y llevaba la camisa desabrochada, mostrando el vello entrecano que le crecía en el pecho—. Me aseguraste que lo hallaríamos —le espeté al profesor—. Nos dijiste que se encontraba aquí. —Lo lamento, Phillip. Supuse que, cuando nos hiciéramos con el mapa, todo sería más fácil. —El profesor miré a su alrededor, pero sólo vio la densa


vegetación selvática—. Está aquí. Lo presiento. No podemos rendirnos. El barón sacó un pañuelo de un bolsillo en la costura del pantalón y se enjugó el cogote. —Espero que así sea. Después de las penurias que he tenido que soportar por culpa tuya, espero que tengas razón. Donovan Harmon arrugó el ceño ante la aspereza de su tono. —Lo encontraremos, Phillip. No nos iremos de aquí hasta haberlo encontrado. Pero esa tarde no lo encontraron y al anochecer tuvieron que suspender la búsqueda. Durante la cena apenas despegaron los labios. Aunque Percy y uno de los porteadores cazaron un pequeño ciervo común y la carne de venado estaba tierna y riquísima, los hombres no tenían ganas de charlar. Cait se senté a cenar junto a su padre, tratando de elevarle la moral, pero en varias ocasiones Rand la sorprendió mirándolo con disimulo. Se preguntó si estaría pensando en hacer el amor junto al río y confié en que así fuera. Si la seducción era el único medio de que él disponía, no dudaría en emplearlo. Se lanzaría de nuevo al ataque enseguida, tan pronto como hubieran descendido la montaña sanos y salvos. Aunque el resto del grupo permaneció en silencio, cada cual enfrascado en sus pensamientos, Rand se sintió de pronto más animado. Los miembros de la expedición se levantaron antes del alba y reanudaron la búsqueda del tesoro en el frondoso bosque tropical. A medida que avanzaban formando un círculo cada vez más amplio, el follaje se espesaba y resultaba .más difícil avanzar. Por fin Von Schnell se vio obligado a recurrir a los recios cuchillos de hoja larga que habían traído para abrirse paso por entre las parras y las hojas. Los monos parloteaban en las copas de los elevados árboles, Cait los observó


sonriendo mientras brincaban de rama en rama, utilizando sus largas colas prensiles a modo de una mano adicional. Un pequeño mono de color pardo con una carita blanca agarré una rama que era demasiado delgada para sostenerlo. La rama se partió y el monito cayó, aterrizando en el suelo a los pies de Cait. Cait solté una carcajada y el mono se escabulló con cara de indignación. —Son la mar de divertidos, ¿no crees? —La voz grave de Rand hizo que Cait sintiera un cálido cosquilleo en la piel. —En el otro campamento apenas vimos a ningún mono —repuso Cait—. Por lo visto les gusta más estar aquí arriba. —Eso parece. —Rand sonrió, la tomó de la mano y empezó a arrastrarla a través de un claro en el sotobosque—. He encontrado algo que quiero que veas. Cait dudó sólo unos instantes. A fin de cuentas, todos estaban embarcados en la misma empresa y cualquier indicio podía serles útil. Cait dejé que Rand la condujera por una senda de animales que discurría hacia el sendero principal efectuando un rodeo. Antes de llegar a él, Rand se detuvo. —Fíjate en esos árboles —dijo. Cait miré a través del denso follaje, débilmente iluminado, pero sólo vio los tenues rayos de sol que se filtraban a través de la frondosa vegetación, que olía a tierra húmeda y a hojas empapadas de agua. Percibió el murmullo de un riachuelo cercano. —No veo nada. —Ahí no —contestó Rand, señalando hacia la izquierda—. Allí.


Cait achicó los ojos para mirar a través del sotobosque y de pronto vio dos árboles, cuyos troncos estaban unidos; el de la derecha crecía casi en sentido perpendicular al de la izquierda. Vistos a cierta distancia, los árboles parecían formar una cruz natural. —¡Santo Dios! ¿Crees que Metz se refería a unos árboles atravesados en lugar de a la marca de una cruz en el árbol? —Creo que eso es exactamente a lo que se refería —contestó Rand sonriendo —. Acércate. Cait lo siguió picada por la curiosidad, deteniéndose a los pies del árbol para examinar un agujero que Rand había practicado con las manos. En el fondo del mismo había una cajita de metal, medio oxidada. Cait se arrodillé frente a la cajita, la tomé en sus manos y la extrajo del agujero. Después de depositarla suavemente en el suelo, abrió con cuidado la tapa. Al mirar dentro Cait sintió como si le hubieran arrojado un jarro de agua fría. Aparte de los restos de una mohosa bolsa de tela que estaba hecha jirones, la caja estaba vacía. Cait se sintió muy desmoralizada al pensar en su padre y sus sueños perdidos. De golpe sintió el peso del espléndido collar de oro batido que Rand le había colocado en torno al cuello. Palpé con los dedos las escamas de una exquisita serpiente de oro, engarzada con unas gemas perfectamente talladas: el collar de Cleopatra. —Lo habéis hallado, Cait —dijo Rand con tono quedo—. Tú y tu padre. Es exactamente como dijisteis que era. Cait tragó saliva para aliviar la opresión que sentía en la garganta. Se quitó el collar con manos temblorosas y lo sostuvo en alto para examinarlo. Pese a la escasa luz que se filtraba a través de los árboles, resplandecía como si estuviera iluminado por un millar de soles, poniendo de relieve los espléndidos rubíes sangre de pichón,


de los diamantes y el exquisito fulgor de las esmeraldas. —Es... magnífico. —Sí... —respondió él, pero al mirarlo Cait observó que tenía los ojos fijos en su rostro—. Magnífico. Ella le miré a los ojos, sosteniendo el collar con tal fuerza que las rutilantes gemas se le clavaron en las palmas de las manos. Por fin, aparté la mirada. —Debemos ir en busca de mi padre. Tenemos que mostrarle lo que hemos encontrado y el lugar donde lo hemos hallado. Rand asintió con la cabeza. Recogió su mosquete, tomé a Cait de la mano y echaron a andar de nuevo hacia el campamento. —¡El collar! —grité alguien al percibir el destello del oro y las gemas que Cait sostenía en un gesto protector contra su pecho—. ¡Bendito sea Dios! ¡Cait ha encontrado el collar! Cait reconoció la voz de sir Monty y lo vio echar a correr hacia ella. Geoffrey hizo otro tanto, seguido de Talmadge y Von Schnell y, por último, de su padre. El profesor tenía el rostro arrebolado debido al agotador esfuerzo, pero sonreía y sus ojos nunca le habían parecido a Cait tan luminosos y de un azul tan puro. —¡Mi querida y dulce niña, lo has hallado! Cait sonrió y le entregó el collar. Las manos de su padre temblaban como habían temblado las suyas, y al mirarlo observé que tenía los ojos llenos de lágrimas. —Decían que no era real. Decían que era un mito, pero yo siempre presentí que era cierto. Juré que un día lo encontraría. Que demostraría al mundo que existía. —El profesor se secó las lágrimas que rodaban por sus mejillas—. ¿Dónde diantres estaba enterrado?


Cait sonrió y le tomé de la mano. —Ven, te lo mostraré. Todo el grupo se adentré de nuevo en la espesura, deteniéndose delante de los dos árboles cruzados. —Rand descifré el misterio. Vio los árboles y dedujo que Metz se refería a ellos. Encontré el collar en el lugar exacto. —Cait observé a su padre, quien se arrodillé a los pies del árbol para examinar detenidamente la cajita oxidada. Era posible que la caja o los retazos de tejido en que estaba envuelta contuvieran unos datos desconocidos sobre el pasado. Quizás algún día los arqueólogos hallarían la forma de descifrar esas pistas. De momento, Cait se daba por satisfecha de que hubieran encontrado aquel tesoro tan maravilloso y de poder compartirlo con el mundo. El collar pasó de mano en mano para que los miembros de la expedición pudieran examinarlo, inclusive Von Schnell, y todos emitieron exclamaciones de asombro al admirar la exquisita obra de artesanía. Cuando le tocó el turno a Phillip Rutherford, éste examinó cada una de las preciosas gemas y las acaricié casi con amor. —Lo guardaré en mi mochila hasta que regresemos al campamento base — dijo—— . De este modo estaremos seguros de que llegará sin sufrir daño alguno. Cait noté que Rand, que estaba detrás de ella, se tensaba. Quizá se dispusiera a protestar, pero el profesor se apresuré a arrebatar el collar de manos de su socio. —Deseo conservarlo un rato. Así podré examinarlo más detenidamente. Talmadge apreté la mandíbula, pero Cait emitió un suspiro de alivio.


—Empezaremos a descender la montaña al amanecer —dijo Von Schnell—. Cuanto antes abandonemos este lugar, tanto mejor. Cait estaba de acuerdo. Deseaba hallarse de regreso sana y salva en el campamento base, lejos de la amenaza que representaban las fieras, el peligroso terreno y las serpientes mortíferas. A partir de allí regresarían a Inglaterra con el collar y su padre recibiría los honores a los que hacía tiempo se había hecho acreedor gracias a su inteligencia y al ahínco con que había trabajado. Regresaron caminando en fila india por la senda de los animales hasta el campamento, donde pasarían la última noche antes de emprender el descenso por la montaña hasta llegar a lugar seguro en la playa. Durante todo el trayecto, Cait notó la presencia de Rand a su espalda y no pudo evitar el recuerdo del instante en que él le había colocado el collar en torno al cuello. Aunque viviera cien años, jamás olvidaría la expresión de ternura que mostraba Rand en aquel momento. Le estaba ofreciendo el regalo más preciado que ella recibiría jamás, un regalo que ella deseaba entregar a su padre más que ninguna otra cosa en el mundo. Cait pensó en los otros regalos que él le había hecho, las espléndidas rosas, la bonita cajita de música, la hermosa yegua que Rand había comprado para que ella la montara, unos regalos elegidos con esmero y destinados a complacerla. Recordó la sensibilidad que él había demostrado con el caballo que se había lastimado el día de la carrera, su timidez al mostrarle el cuadro que estaba pintando, su amor por los pájaros de rara belleza. Recordó de nuevo las palabras que él había pronunciado: «Jamás te mentiría, Cait.» Era una verdad que ella no podía negar. Durante los últimos días esa verdad había aflorado una y otra vez en su mente, insistente, atormentándola, implorando que la aceptara. Cait nunca había sido cobarde, ¿pero hasta qué extremo llegaba su valentía? ¿Estaba


dispuesta a arriesgarse de nuevo? Oyó los pasos de Rand en el sendero tras ella, protegiéndola como había hecho desde el momento en que había llegado a la isla. ¿Y si su promesa de fidelidad fuera cierta? ¿Y si ella pudiera confiar en él como había hecho anteriormente? Las preguntas no cesaban de rondarle la cabeza. Cait sabía que no dejarían de atormentarla durante todo el trayecto de regreso.


25 En el aire resonaban los cantos, los enfervorizados gritos y exclamaciones de los porteadores que celebraban el éxito de la expedición. Esa noche gozarían de un banquete: una enorme tortuga de agua dulce asada en su caparazón, un abundante surtido de pescados envueltos en hojas del tamaño de platos y enterrados debajo de piedras y brasas, nueces y frutas que habían recogido en el bosque. Las rollizas larvas de unas polillas que medían casi quince centímetros de longitud constituían un manjar muy especial, aunque Rand suponía que la mitad de la expedición declinaría probarlo. Se sentían eufóricos y celebraron el éxito de la empresa hasta entrada la noche. La conversación giraba sobre el viaje de regreso a Inglaterra. Los tesoros que habían hallado serían cedidos al Museo Británico, tal como había prometido el profesor, y todos se sentían felices de regresar victoriosos a Londres. «Todos —pensó Rand—, salvo Cait.» Cuando terminaron de cenar y el espíritu festivo empezó a decaer, los miembros de la expedición se dirigieron hacia sus respectivos sacos de dormir para acostarse. Cait, a diferencia de los otros, se alejó sola y discretamente. Rand la siguió al cabo de unos minutos, y ella se volvió al percibir el sofocado sonido de sus pasos sobre la mullida y musgosa hierba. ⎯¿Por qué tengo la sensación de tener una sombra viviente que me sigue desde el día que emprendí esta expedición? Rand esbozó una pequeña sonrisa. —Porque eso es exactamente lo que soy, y lo que pienso seguir siendo hasta que hayas regresado sana y salva a Inglaterra. Cait escrutó la oscuridad; el canto de las cigarras irrumpía en el silencio de la noche.


—Tengo que regresar. Mi padre tiene que cumplir unos compromisos, y se merece los honores que le dispensarán a nuestra llegada. Pero nuestra estancia allí será breve. —Cait se volvió lentamente para mirarlo—. Cuando hayamos terminado, regresaremos a América, Rand. Él trató dc descifrar su expresión a la luz de la luna que se filtraba sesgadamente a través de las hojas, al tiempo que sentía una opresión en el pecho. —Eres mi esposa, Cait. Una esposa debe permanecer junto a su marido. —No debimos casarnos. Lo hicimos sólo por el niño. —¿Estás segura de eso? —Por supuesto. Después de que yo perdiera a... nuestro hijo, tú regresaste a la vida que te complace. Una vida en la que yo no tenía cabida. —¿Crees que regresé a Londres porque añoraba la vida que llevaba antes de casarme contigo? ⎯¿Y no es así? —Fui a Londres porque tenía miedo. Cait emitió una risa burlona, un sonido ronco y desagradable. —¿De qué diantres tenías miedo? Rand respiró hondo, tratando de hallar las palabras adecuadas. Se pasó la mano por el pelo, alborotándolo un poco. —Es difícil de explicar. Tardé meses en comprenderlo yo mismo. Sólo puedo decir que cuando perdiste el niño me ocurrió algo totalmente inesperado. Vi una faceta de mí mismo que no había visto antes, una faceta terriblemente


sensible. En aquellos momentos lo confundí con debilidad. Desde que era un niño luché contra ese tipo de emociones. Más tarde comprendí que lo que temía eran los sentimientos que experimentaba hacia ti, y hacia el niño que hubiéramos tenido. Y no soportaba el dolor. Ni el mío ni el tuyo. No soportaba verte sufrir sin poder hacer nada al respecto. De modo que huí. Cait lo miró tratando de hallar en su rostro la verdad, con una expresión entre preocupada, sombría y perpleja. Vestida con aquella ropa sencilla y recios zapatones, con la nariz levemente tostada por el sol y la trenza medio deshecha, Rand pensó que no había en Londres una mujer que pudiera compararse con ella. Ansiaba abrazarla, suplicarle que lo perdonara. Deseaba besarla hasta que ella le implorara que le hiciera el amor, como había hecho aquel día junto al río. Rand tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para no moverse, para hacer caso omiso del imperioso deseo que le invadía y de los profundos sentimientos de amor. Cait se alejó unos pasos y cogió una florecilla roja de una de las exuberantes plantas que abundaban a su alrededor. —Me gustaría creer que existía otro motivo que te llevó a abandonarme aparte del deseo de acostarte con otra mujer. —Cait arrancó un pétalo de la flor y lo alisé con los dedos—. Pero aunque me dijeras la verdad, no importa. Nuestra relación nunca hubiera funcionado. Somos demasiado distintos. —¿En qué sentido somos distintos? Cait dejó caer la flor al suelo y se volvió hacia Rand. —Pongamos como ejemplo tu colección de jade. Tú crees que manteniéndola encerrada en tu mansión, donde sólo puedes admirarla tú, está más protegida. Yo en cambio creo que es un pecado que impidas que otros contemplen esa belleza. Es un tesoro del que todo el mundo debería poder gozar


contemplándolo. Rand no pudo por menos de sonreír. —Quizá sea por eso que he donado la colección al museo, junto con mis bustos griegos y romanos, en tu nombre. Cait lo miró con ojos como platos. —¿Has hecho eso? —No soy un ogro, Cait. Comprendí el mérito de tu razonamiento, aunque en aquel momento no estuviera de acuerdo. Para ti era importante, y eso hacía que para mí también lo fuera. —Rand avanzó hacia ella y la tomó por los hombros—. No puedo deshacer el pasado, Cait. Ojalá pudiera, pero es imposible. Pero puedo compensarte por el daño que te causé. Siempre que me concedas la oportunidad de hacerlo. Ella lo miré con los ojos nublados por la emoción, pero meneé la cabeza en sentido negativo. —Ojalá tuviera las fuerzas para volver a intentarlo. Pero ahora soy yo quien tiene miedo. Rand la sujetó con fuerza por los hombros. Deseaba zarandearla, obligarla a comprender. —Tú me quieres, lo sé. Lo veo en tus ojos, lo siento cuando te beso. El dolor que traslucía el rostro de Cait era inconfundible. Rand sintió que se le encogía el corazón al observar que tenía los ojos llenos de lágrimas. —Te he querido mucho, Rand —repuso Cait suavemente—. Muchísimo. Durante unos momentos permaneció inmóvil, con los ojos clavados en los suyos, observando la angustiada expresión que mostraba su rostro. Luego se secó las lágrimas que rodaban por sus mejillas, dio media vuelta y echó a andar hacia el campamento.


Aunque sintió deseos de seguirla, se quedó inmóvil como una estatua. «Te he querido mucho, Rand. Muchísimo.» Rand sintió que las lágrimas acudían a sus ojos. Tiempo atrás se hubiera sentido avergonzado. Ahora le tenía sin cuidado. Su esposa le amaba. Otras personas se lo habían dicho, Maggie y Nick, incluso Percy estaba convencido de ello, pero Cait jamás había pronunciado esas palabras, y era tan fuerte, tan independiente, que a él no se le había ocurrido que pudiera ser cierto. ¿Cómo iba a pensar eso? ¿Cómo iba a darse cuenta de que Cait lo amaba cuando había estado tan ciego que ni siquiera había reconocido sus propios sentimientos hacia ella? En lugar de ello había huido, la había traicionado con Hannah y había destruido por completo el amor que Cait sentía hacia él. Por primera vez desde que había llegado a la isla, Rand presintió que iba a fracasar. Después de la forma en que la había tratado, no se merecía una esposa como Cait. No seguiría atosigándola. La acompañaría de regreso a Inglaterra, para asegurarse de que llegaba sana y salva, y luego, si eso era lo que Cait deseaba, la ayudaría a ella y a su padre a regresar a América. Quizá fuera una penitencia justa por sus pecados perder a la mujer que había amado. Al amanecer iniciaron el descenso por la montaña, siguiendo la misma ruta, mal que le pesara a Cait, por la que habían subido. Durante dos días pensó angustiada en el momento en que llegarían al puente colgante. Se dijo que ya lo había atravesado una vez y que podía volver a hacerlo. Pero durante todo el camino permaneció en silencio, enfrascada en sus pensamientos. Al igual que Rand. Aunque permaneció cerca de ella, desde la última conversación que habían mantenido él apenas había despegado los labios. No se acercó a ella hasta que por la noche se acostó en su saco de dormir y, al igual que Cait, trató en vano de conciliar el sueño.


Ella le había sorprendido con su declaración de amor, de eso estaba seguro. ¿Realmente él no lo sabía? O quizá no quería oír la verdad. Quizás el hecho de que ella le confesara sus sentimientos más íntimos le había atemorizado de nuevo. En tal caso, era posible que regresara a Inglaterra y la dejara por fin en paz. Ese pensamiento debía tranquilizarla. Pero no fue así. En vez de ello, la desesperación le producía un intenso e incesante dolor en el pecho. De golpe Cait comprendió con pavorosa claridad que deseaba creer de nuevo en él, que había empezado a pensar que quizá pudieran volver a empezar. Sus dudas volvieron a acometerla con renovado vigor y ella ya no sabía qué pensar. Cait se colocó la pequeña mochila más cómodamente sobre los hombros. Era mucho más sencillo descender que subir por la montaña, lo cual significaba que avanzaban a mayor velocidad. Por la tarde del segundo día alcanzaron el puente colgante. Comenzó a lloviznar y el barro del camino empapé las botas de los exploradores. —El puente estará mojado y un poco resbaladizo —comenté el fornido alemán. Durante esa noche llovió en la cima de la montaña. El nivel del agua ascendió, aunque ello no tenía importancia puesto que el río discurría a través del desfiladero más abajo, pero Cait observó la espuma que brotaba del fondo del mismo y bañaba las rocas, las cuales presentaban un aspecto aún más siniestro que antes. Von Schnell fue el primero en atravesar el puente, sujetando la cuerda con firmeza, avanzando con paso enérgico, dando casi la impresión de que era una empresa fácil.


Luego lo atravesé Talmadge, seguido por Maruba y las otras mujeres. El profesor y Geoffrey se acercaron a Cait, que temblaba ligeramente. —¿Te sientes con ánimo para atravesare el puente? —preguntó Geoffrey. —Por supuesto —respondió Cait sonriendo de modo un tanto forzado—. Ya lo conseguí una vez, ¿no? —Ésta es mi chica —dijo su padre apretándole la mano. —Adelante, profesor —dijo Geoffrey—. Yo me quedaré con Cait. El padre de Cait asintió con la cabeza y echó a andar a través del puente. Sus pasos eran más vacilantes que los de los otros y le llevó más rato, pero por fin consiguió alcanzar el extremo opuesto. —Te esperaré al otro lado —dijo Geoffrey a Cait—. Como la vez anterior. Después de esbozar una breve sonrisa tranquilizadora, avanzó hacia el puente y lo atravesé sin mayores problemas. Ahora le tocaba el turno a Cait. Buscó con la vista a Rand, que en aquel momento se acercó a ella. —Hoy apenas sopla viento —comenté——. Eso facilita la tarea. —Rand fijé sus ojos, ensombrecidos por la inquietud y la conmiseración, en el rostro de Cait, que estaba más pálido de lo habitual—. Haz exactamente lo que hiciste la otra vez. Avanza paso a paso y recuerda que no debes mirar abajo. —¿Lo atravesarás detrás de mí? Rand le dirigió una sonrisa tranquilizadora. —Te seguirá Percy. Yo me quedaré aquí hasta que todos hayáis conseguido cruzar el puente. Cait se limité a asentir. Recordaba bien lo que le había costado atravesar el puente la última vez, cuando se dirigían hacia el desfiladero. Después de inspirar una profunda y temblorosa bocanada de aire, avanzó hacia el puente.


Tal como le había recomendado Rand, mantuvo los ojos fijos en Geoffrey, reprimió su terror y avanzó paso a paso hasta alcanzar el otro extremo. En esta ocasión le pareció mucho más sencillo que la vez anterior. Rand exhorté a los otros porteadores a que atravesaran el puente y éstos llegaron al otro lado sin más complicaciones, salvo dos, que permanecieron rezagados junto con Rand y sir Monty El pequeño explorador dijo algo que quedó sofocado por el estrépito del río, indicó a Rand que se adelantara y a continuación él y los porteadores comenzaron a subir por el sendero por el que habían venido. Rand atravesé el puente con su habitual pericia, y una vez que hubo alcanzado el otro extremo sano y salvo, Cait emitió un suspiro de alivio. —Por lo visto a Walpole se le ha caído el diario del bolsillo —dijo Rand a Cait, reuniéndose con ella en el borde del desfiladero para esperar a que regresara el explorador—. Supone que ocurrió cuando trepé sobre aquel árbol que estaba caído, más atrás. Se ha llevado a un par de porteadores para que le ayuden a buscarlo. Siguieron observando el sendero que conducía al bosque hasta que al cabo de unos minutos apareció de nuevo sir Monty, sonriendo satisfecho y agitando un volumen con tapas de cuero rojo. Cuando alcanzó el puente, guardó el diario en la mochila y se dispuso a atravesarlo. Los dos porteadores que le acompañaban aguardaron hasta que el explorador hubo llegado al otro lado. Luego éstos se dispusieron a atravesar también el puente. El primero de los dos porteadores logró alcanzar el otro extremo. El segundo había alcanzado el centro del desfiladero cuando ocurrió la desgracia. Sin comprender el motivo, Cait observó horrorizada mientras la cuerda atada al árbol situado en el lado del desfiladero donde se hallaba ella comenzó de pronto a deshilacharse y a soltarse, hasta que se rompió. Alguien gritó al flaco porteador de piel tostada que se sujetara con fuerza a la cuerda, pero era demasiado tarde.


Cait gritó al ver que el precario puente de cuerda se desmoronaba bajo los pies desnudos del porteador, que cayó dando volteretas, precipitándose hacia el caudaloso río. El angustiado alarido del pobre hombre reverberé entre los escarpados muros del desfiladero y se estampé contra las afiladas rocas que había en el fondo. Cait emitió un chillido y se volvió. Rand abrazó a Cait, estrechando su tembloroso cuerpo contra sí, y ella sepulté la cara en su hombro y rompió a sollozar. Durante unos minutos que les parecieron eternos, ninguno dijo una palabra. Sólo se oía el estrépito del agua, el eco del viento a través del cañón y el monótono sonido de los sollozos de Cait, que se mezclaban con el lamento fúnebre de las nativas. —Todo tiene un precio —dijo Rand suavemente, apartándole unos mechones de la frente—. Nada importante resulta gratuito en este mundo. Cait se estremeció. Pensó en la verdad de sus palabras y trató de reprimir su llanto. En aquel momento se acercó su padre, con la mirada apesadumbrada, demudado, como si en los dos últimos minutos hubiera envejecido diez años. —Era un buen hombre —dijo meneando la cabeza con tristeza—. Un excelente trabajador. Ha sido una desgracia... una trágica desgracia. Cait miró a Rand y de pronto se le ocurrió una idea angustiosa. —Pudo haberte ocurrido a ti —musité clavando los ojos en su rostro—. Tú ibas a ser el último en atravesar el puente. Si sir Monty no hubiera perdido su diario, habrías muerto tú. Mientras los otros se agrupaban de nuevo para proseguir el viaje, Rand se volvió para contemplar el puente. Luego se acercó al árbol que habían utilizado para asegurar la cuerda y tomó el cabo que colgaba del mismo para examinarlo. Estaba deshilachado y roto, pero era evidente que alguien había cortado una parte de los filamentos.


Rand solté una palabrota al tiempo que apretaba en sus manos el recio trozo de cáñamo. —¿Qué... qué significa? —preguntó Cait aproximándose a él. Rand le mostró la cuerda, haciéndola girar lentamente entre sus manos. —Significa que alguien no quería que atravesáramos el puente. —Rand señalé ci extremo romo de la cuerda, que había sido cortada con un cuchillo —. No la partieron en dos. Quienquiera que lo hiciera quiso asegurarse de que el puente permaneciera intacto el tiempo suficiente para que él se alejara. Probablemente lo hizo cuando el profesor hubo alcanzado el otro lado del puente, puesto que era quien portaba el collar. ¿No viste a nadie en esta zona? Cait negó con la cabeza. —No, no vi a nadie. Todos estábamos pendientes de atravesar el puente. Rand examinó el cabo de cuerda. —Era imposible calcular el momento exacto en que el puente se rompería, ni siquiera si llegaría a romperse. Supongo que la persona que lo hizo confiaba en eliminar cuando menos a uno de nosotros. Probablemente a mí. Cait sintió que un ligero escalofrío le recorría el cuerpo. —¿Crees que fue el barón? —Tal vez. Pero quizá fuera Von Schnell. Lo cierto es que también pudo haberlo hecho uno de los porteadores. Todos vieron el collar. Quizás uno de los nativos confiaba en apoderarse de él. Rand observó que Cait lo miraba inquisitivamente. —Pero tú no lo crees , ¿verdad? —inquirió ésta. —No.


—En tal caso, mi padre podría correr un grave peligro. —Por el contrario, creo que el hecho de que lleve el collar garantiza su seguridad, al menos hasta que lleguemos al campamento. —Esto no me gusta, Rand. —Ni a mí. Pero hasta que descubramos con certeza quién lo hizo no podemos hacer nada al respecto. Ésa era la verdad, pensó Rand, por desesperante que fuera. Todos corrían peligro, sobre todo Caitlin. Rand profirió una palabrota para sus adentros. Por segunda vez en su vida se sentía impotente para protegerla. Le había fallado una vez. Pero no volvería a hacerlo. Los exploradores reemprendieron la marcha, avanzando por el sendero silenciosos y taciturnos tras haber perdido a un compañero. Cait no cesaba de pensar en la cuerda que Rand le había mostrado, viendo una imagen del desdichado porteador precipitándose al vacío, a una muerte atroz, sabiendo que había sido un asesinato. Rand no comenté a los otros sus sospechas, pero cuando se detuvieron para pasar la noche recordé al padre de Cait y a los otros que portaban un objeto muy valioso y que debían permanecer alerta. Por desgracia, su recomendación fue en vano. Aquella noche sir Monty y tres porteadores sufrieron una indisposición. Ocurrió después de cenar. El pequeño explorador comenzó de pronto a sudar, sintiéndose mareado y débil, y se puso a temblar de pies a cabeza. Se sentó en un tronco caído en el suelo, pidió a Rand un poco de agua y perdió el conocimiento con la cantimplora de madera en los labios. —¡Dios mío! —Cait se apresuré a auxiliar a sir Monty, postrándose de rodillas junto a él. Le tocó la frente, que estaba caliente y húmeda, y observé que tenía la piel muy tensa—. ¡Está ardiendo!


—Ayúdame a tenderlo sobre su saco de dormir —ordenó Rand a Percy, que estaba junto al profesor y los otros, los cuales se habían arracimado en torno al explorador con aire preocupado. Armada con un cuenco de agua y unas toallas limpias, Cait se arrodillé junto al desdichado explorador, le quité la chaqueta y la camisa y le aplicó unas compresas de agua fría en el cuello y los hombros. Su padre no se apartaba de su lado. Él y el pequeño explorador se habían hecho muy amigos y la inquietud del profesor era patente en los rasgos crispados de su rostro. Sir Monty recobraba la conciencia de vez en cuando, y Rand le hablaba en voz baja cada vez que parecía reanimarse. Poco después cerré los ojos y no volvió a despertarse. Al cabo de una hora, los otros tres hombres estaban también indispuestos. —Sea lo que fuere —dijo Cait aplicando una nueva compresa sobre la frente del explorador—, debe de ser una enfermedad muy contagiosa. A tenor de ello, Cait pidió a los otros que se alejaran, pero Rand se negó a marcharse. Rand observó el rostro encendido de sir Monty, contemplé a los otros tres hombres enfermos y meneé la cabeza. —Yo no estoy muy convencido. —¿Qué quieres decir? —preguntó Cait. —Esta tarde, Walpole cazó un conejo de un tiro. Según explicó, lo compartió con uno de los porteadores, que a su vez lo compartió con dos de sus amigos. —Y ésos son los tres otros hombres que han enfermado —dijo Cait sin apartar la vista de su rostro. —Eso parece. —Rand se volvió hacia Percy, que no se separaba de su lado —. Dile a Maruba que vaya en busca de la anciana que atiende a los nativos. Percy asintió con la cabeza y se alejé. Al cabo de unos minutos regresó


acompañado por la alta y esbelta nativa y la arrugada anciana que hacía las veces de cocinera durante la expedición. —¿Deseabas vernos, bwana? —Quiero que la anciana eche un vistazo a este hombre. Creo que él y los otros han comido algo venenoso. Quizás ella pueda ayudarlos. Maruba tradujo sus palabras a la anciana y luego sonrió. —Visona sabe mucho de remedios medicinales. La anciana se arrodillé junto a sir Monty y arrugó el ceño al observar el tono grisáceo de su piel. Le tocó la frente, le abrió la boca y le examinó la lengua. Dijo algo que parecía una mezcla de portugués, francés y el dialecto nativo que hablaban muchos de ellos. Maruba asintió. —Dice que cree que la causa puede ser el cardo rosáceo. A veces la gente lo utiliza para envenenar a sus enemigos. Rand arrugó el ceño. Miré unos momentos a Talmadge, que estaba hablando con Geoffrey junto al fuego. —¿Existe un antídoto? La anciana alzó una huesuda mano y agité la bolsita de cuero que llevaba. Luego esbozó una sonrisa desdentada y comenzó a parlotear de nuevo. —Hojas de acacia y cuerpos de insectos machados —explicó Maruba—. Visona dice que preparará una poción. Se la dará a beber al hombre. Si no muere, por la mañana su enfermedad habrá desaparecido. Cait sintió que se le encogía el corazón. ¡Dios santo, Sir Monty no podía morir! Era un hombre encantador. —Dile que la prepare —ordenó Rand a Maruba con expresión grave—. Dile que atienda también a los otros.


Cait se arrodillé de nuevo junto al explorador de carácter jovial y el rostro cubierto de pecas. —Estoy segura de que alguien lo ha envenenado. No creo que lord Talmadge sea capaz de semejante cosa. —Es difícil adivinar de qué es capaz un hombre por esa cantidad de dinero. Tenemos suerte de que quienquiera que lo hizo no intentara matarnos también a nosotros. Cait enjuagó la toalla y la aplicó sobre el enjuto torso del explorador, deslizándola sobre el vello rizado y gris. —¿Por qué crees que no lo hicieron? —Quizá no tuvieran oportunidad. Sir Monty dijo que dejó el conejo asándose en el fuego. Cualquiera pudo acercarse y echarle el veneno. —Von Schnell estuvo casado con una nativa. Es posible que sepa extraer el veneno del cardo. Rand asintió con la cabeza. —O puede que Talmadge trajera el veneno consigo desde Dakar. —Tengo miedo, Rand. Quienquiera que lo hizo, desea el collar lo suficiente como para matar. Y todavía estamos a dos jornadas de viaje del campamento base. Rand tensé un músculo en su mejilla. —Debemos hablar con los otros para informarles del peligro que corren. Y así fue. Después de reunir a todos, Rand les conté que alguien había cortado la cuerda del puente y había echado veneno a la carne. No dijo más, no expresó sus sospechas sobre la persona que lo había hecho, pues no tenía la certeza.


—Les aconsejo precaución —añadió—-. Si observan algo sospechoso, lo que sea, díganselo a Percy o a mí. —¿Cree que pudo haber sido uno de los porteadores? —pregunté Von Schnell dirigiendo sus ojos de color azul pálido hacia la segunda fogata. —Es posible —contesté Rand encogiéndose de hombros—. Lamento decir que pudo haber sido cualquiera de nosotros. La persona que ansía hacerse con el collar y está dispuesta a todo con tal de conseguirlo. Los hombres se miraron con recelo, como si con un solo golpe de vista pudieran descubrir al culpable. Luego se dirigieron hacia sus respectivos sacos de dormir sin apenas despegar los labios, ensimismados en sus pensamientos. Cait y su padre se quedaron para velar a sir Monty, y Rand decidió hacer otro tanto. Se turnaban para dormir un rato, tras lo cual se sentaban de nuevo junto al enfermo. Por la mañana, la fiebre había bajado. —Creo que se recuperará —dijo Cait aliviada. —Eso parece —convino Rand. Le dejaron dormir un rato más que al resto de la expedición; esperaron a que todos hubieran recogido sus pertenencias y estuvieran listos para partir antes de despertar al exhausto sir Monty. El hombrecillo aceptó la cantimplora de agua que le ofreció Rand y bebió con avidez. —No sé cómo darle las gracias, amigo —dijo con tono cansino—. Ya estaría muerto de no haberle pedido usted ayuda a la anciana. Sir Monty tomó su camisa y Rand le ayudé a enfundársela por su enmarañada y pelirroja pelambrera.


En esos momentos se acercó el padre de Cait. —Gracias a Dios que estás aún entre los vivos —comenté apoyando la mano en el hombro de su amigo—. La cuestión es si te sientes lo bastante fuerte para continuar descendiendo la colina por este abominable sendero. —Prefiero continuar que quedarme aquí arriba. —Sir Monty esbozó una sonrisa que más parecía una mueca—. Me siento un poco débil, pero puedo caminar. —¡Excelente! ¡Excelente! Sabía que dirías esto. No me cabía la menor duda. A medida que descendían la montaña el sendero se hizo más practicable. Sólo tenían que atravesar un punto peligroso, donde el sendero se estrechaba hacia la mitad de un precipicio cortado a pico, y el resto del camino hasta el campamento base era fácil. Cait observé el último obstáculo que debían salvar, pensando en el porteador que había hallado la muerte y recordando la grave indisposición que había sufrido sir Monty, y sintió que un escalofrío le recorría el cuerpo.


26 El cielo presentaba un aspecto encapotado y siniestro. Un fuerte viento soplaba del turbulento mar, arrancando las flores marchitas de sus tallos, arrastrando hojas y pedacitos de musgo y haciéndolos girar como un torbellino en torno a las recias botas marrones de Rand. El mal tiempo entorpecería la marcha a través del lugar donde el camino se estrechaba, y si estallaba una tormenta la situación empeoraría aún mas. El reducido grupo se detuvo en la cima del escarpado precipicio para preparar el arriesgado descenso, cerciorándose de que llevaban todos sus enseres y respirando hondo antes de acometerlo. En ese lugar el sendero describía un pronunciado declive. A mitad de camino caía en picado, hasta un punto situado a seis metros sobre el pedregal de granito que se alzaba a los pies del precipicio. Allí se nivelaba hasta alcanzar el lado opuesto, donde volvía a ensancharse para prolongarse hacia la selva. Rand contempló el escarpado precipicio, la ladera de granito más abajo del angosto sendero. Su instinto le decía que ése sería el lugar que el agresor elegiría para atacar de nuevo. Pero se equivocaba. Al volverse para mirar a Cait y asegurarse de que permanecía junto a él en el momento de acometer ese obstáculo, Rand se quedó de piedra al verla a unos metros de distancia, pegada a Phillip Rutherford, que la sujetaba por el cuello como si se dispusiera a estrangularla. Talmadge amartilló la pistola que apuntaba a la sien de Cait y Rand sintió que le invadía la ira. Durante unos instantes apenas pudo respirar. No se esperaba eso. No era propio de Talmadge adoptar una actitud semejante en público. Era un estafador y un ladrón. Hasta ahora había tenido éxito en sus empresas fraudulentas utilizando su


ingenio, no la fuerza. Rand sintió que el estómago se le encogía de temor por Cait. Por lo visto el barón se había cansado de esperar y había decidido pasar a la acción. Rand repasó mentalmente sus opciones, mirando disimuladamente su mosquete, apoyado en un árbol situado a pocos pasos de distancia. Demasiado alejado para que él pudiera utilizarlo, en todo caso en esos momentos. Miró a Talmadge y lo maldijo en silencio. Debió haber matado a ese canalla en cuanto descubrió el papel que había desempeñado en la muerte de su primo. —Bien, caballeros... —Todos estaban pendientes de las palabras del barón. Esbozó la sonrisa más pérfida que Rand había visto jamás—. Todo indica que vamos a separarnos aquí. El profesor miró a Talmadge como si no diera crédito a lo que veían sus viejos ojos. —¡Por todos los santos! ¿Qué diablos te propones? —Nada que tú puedas comprender, profesor. Sencillamente tomar lo que es mío, eso es todo. Lo que me he ganado trabajando durante meses en esta condenada isla. A ti quizá te guste esta vida, amigo mío, pero te aseguro que a mí no. Y ahora, haz el favor de entregarme el collar y nadie resultará herido. Sir Monty avanzó un paso hacia él. —No te servirá de nada —dijo con el rostro encendido, pero esta vez no era a causa de la fiebre—. Puedes robar el collar si quieres, pero no lograrás salir de la isla. —¿Tú crees? —replicó el barón esbozando una pequeña sonrisa.


—¿Y Caitlin? —preguntó Rand con una calma tanto más amenazadora debido precisamente a su suavidad. Tenía los ojos fijos en su menuda figura pelirroja y se maldijo por haber apartado siquiera un momento la vista de ella. Vio que estaba temblando, y tan pálida que las pecas de su nariz resaltaban sobre la blancura de su tez. Pero tenía los pies plantados con firmeza en el suelo, con las piernas separadas, como si estuviera dispuesta a escapar a la primera oportunidad que se presentara. Rand apretó la mandíbula y rezó en silencio para que a Cait no se le ocurriera moverse, al menos de momento. —Ah... Caitlin, sí —contestó Talmadge con una sonrisa sardónica que avivó el odio que inspiraba a Rand—. Supongo que, siendo como es su amante esposo, está preocupado por ella. Creo que es evidente, excelencia, que su bella esposa vendrá conmigo. Rand se tensó y Cait se puso aún más pálida, suponiendo que eso fuera posible. —Si desea que siga con vida —prosiguió el barón—, ordene al profesor que me entregue el collar de inmediato. El anciano se agachó, se quitó la mochila que llevaba colgada sobre sus enjutos hombros, la abrió apresuradamente y extrajo el collar que había envuelto cuidadosamente en un paño. —Muy bien. Ahora, profesor, acércate lentamente. Ábreme la chaqueta y guárdalo en mi bolsillo. Donovan Harmon obedeció, abriendo la chaqueta de sarga del barón y metiendo el collar en un bolsillo interior. —Gracias, profesor. Ahora me temo que debemos marcharnos. —Talmadge hizo un leve ademán de despedida con la cabeza y comenzó a retroceder, arrastrando consigo a Cait—. En cuanto al resto de ustedes, no se muevan hasta que nos hayamos alejado. Si observo que alguno nos sigue, mataré a


Caitlin. Cait comenzó a revolverse, tratando de liberarse del brazo que la sujetaba por el cuello y de propinar una patada al barón en las espinillas. —¡Haz lo que él dice, Cait! —Esta no solía obedecerle, pero Rand confié en que esta vez lo hiciera—. Mientras hagas lo que te ordene, no te lastimará. ⎯Rand dirigió a Talmadge una mirada tan gélida como amenazadora—. ¿No es así..., barón? En los labios del barón volvió a dibujarse aquella pérfida sonrisa, junto con una expresión que Rand interpretó como lujuria. —Por supuesto. Caitlin y yo vamos a estrechar nuestros lazos de amistad. Vamos a hacernos amigos íntimos. Rand tensé la mandíbula. La sensación de impotencia espoleé su furia, el deseo de estrangular a Phillip Rutherford con sus propias manos. La pareja retrocedió lentamente, paso a paso, y Rand contuvo el aliento. El sendero que atravesaba la cara del precipicio presentaba numerosas dificultades. El hecho de que avanzaran juntos de este modo complicaría la situación. Rand observó a Cait mientras ésta retrocedía, alejándose de él, y sintió una puñalada de dolor en el pecho. Emitió un suspiro entrecortado, sabiendo que si quería ayudar a Cait debía conservar la calma. Rand los observó alejarse por el estrecho y precario sendero, paso a paso, y repasé de nuevo sus opciones. Aunque no alcanzaba a ver a Percy debido a la frondosa vegetación, Rand intuía su presencia a pocos metros. Los otros observaban la escena sin emitir el menor sonido, entre fascinados y horrorizados, rezando en silencio por Cait. El único que faltaba era Von Schnell. Qué casualidad, suponiendo que lo fuera. Pero Rand no creía que fuera una casualidad, y la ausencia del alemán le mosqueé. No presagiaba nada bueno


para ellos. No obstante, esperé, permitiendo a la pareja que prosiguiera a lo largo del saliente y alcanzara el punto situado a mitad de camino donde el peligro disminuía, aunque una caída sobre las abruptas peñas que se alzaban seis metros más abajo podía significar la rotura de un brazo o una pierna. Cait no trató de soltarse del barón y Rand pronunció una silenciosa oración de gratitud por su sensatez. Cait y el barón continuaron avanzando lentamente hasta alcanzar el lugar al otro lado de la cara del precipicio donde el sendero se ensanchaba. Cuando desaparecieron en la selva, Rand se volvió, metió la mano en la mochila y sacó la pistola. A continuación agarró su mosquete y echó a correr tras ellos. Cuando Rand comenzó a descender por el sendero, Percy tomó un arma y le siguió en silencio. —¡Voy con ustedes! —grité el profesor, ocupando la tercera posición. Sir Monty tomó un mosquete y le siguió. El viento había arreciado. Unas nubes se cernían sobre la montaña y comenzaron a caer unas gotas. Estaba a punto de estallar la tormenta y tenían que atravesar la cara del escarpado precipicio. Los porteadores también eran conscientes de ello. Cuando Rand alcanzó el punto a mitad de camino, todo el grupo había comenzado a descender por el sendero, dirigiéndose hacia el lugar seguro situado al otro lado del precipicio. Rand reptó lentamente por el angosto saliente, apoyando cada pie con gran precaución. Los expedicionarios en fila india avanzaban a lo largo del sendero, y el instinto de peligro de Rand hizo que se le erizaran los pelos de la nuca. No cesaba de explorar con la vista el paisaje frente a él y a su espalda, sobre el precipicio y entre el amasijo de peñas más abajo en busca de Von Schnell. Cuando lo vio, oculto detrás de una roca de granito sobre el precipicio, era demasiado tarde. Maldiciendo a medida que empezaron a llover los primeros cantos rodados, Rand se echó el mosquete al hombro y disparé. El proyectil


de plomo alcanzó a Von Schnell en el pecho y éste retrocedió debido al impacto. Pese a la distancia, Rand distinguió la expresión de sorpresa en el rostro de fornido alemán. Luego su cuerpo se doblé y cayó, desapareciendo de la vista. Pero Von Schnell había hecho un buen trabajo y el alud de piedras continué, una piedras grandes y pesadas que caían a su alrededor. Rand oyó a su espalda los gritos de los aterrorizados porteadores y temió que las piedras hubieran alcanzado a algunos de ellos, cayendo al vacío y estrellándose contra las peñas más abajo. Sólo había un lugar hacia el cual dirigirse, la pedregosa ladera situada debajo del saliente, situada seis metros más abajo, donde podían refugiarse de la lluvia de piedras que caía de la cima. Al divisar una roca que parecía más lisa que las otras, Rand saltó con las rodillas encogidas y aterrizó sobre las puntas de los pies. Percy aterrizó a su lado. Simultáneamente vieron una gigantesca peña de granito y se apresuraron a ocultarse debajo de ella, apretujándose en el pequeño espacio para huir de las mortíferas piedras que seguían cayendo de la cima. En la pedregosa ladera, no lejos de donde se hallaban, Rand reconoció a St. Anthony y confié en que el profesor y sir Monty hubieran aterrizado sanos y salvos. Cuando por fin cesó el alud de cantos rodados, él y Percy salieron de debajo de la peña y comprobaron que lord Geoffrey se había lastimado un brazo, que dos de los porteadores situados en la parte superior del sendero habían caído al vacío y habían muerto, y que otro había muerto aplastado por el alud de piedras, pero las mujeres estaban indemnes y el profesor y sir Monty habían logrado saltar sin sufrir mayores daños que unos pequeños rasguños y contusiones. Rand alzó la vista y contemplé el saliente, que había quedado parcialmente bloqueado debido al alud. —Es preciso curar el brazo de Geoffrey —dijo a sir Monty—. Algunos porteadores han sufrido cortes y arañazos. ¿Puede ocuparse de ellos? El pequeño explorador asintió con la cabeza.


—Tendrá que rodear esas peñas y subir de nuevo por el sendero hasta llegar al otro lado del precipicio. ¿Se siente capaz de hacerlo? Esta vez fue el profesor quien movió la cabeza en sentido afirmativo. —De acuerdo. Yo iré en busca de Cait. Donovan Harmon le asió del brazo. —Tenga cuidado, hijo mío —dijo—. Y devuélvame a mi hija sana y salva. Rand apreté afectuosamente el escuálido hombro del profesor. —Regresaré con ella, se lo aseguro. —Nos reuniremos en el campamento base —tercié sir Monty al tiempo que Rand recogía la pistola que había dejado caer al saltar y, tras cerciorarse de que estaba cargada, se la colocaba en la cintura del pantalón. Rand se despidió con la mano y luego él y Percy comenzaron a trepar a través del peligroso amasijo de peñas hacia el lugar donde el sendero descendía por la montaña. Talmadge había conseguido apoderarse de Cait y del collar, y era evidente que había urdido un plan para abandonar la isla. Si lo conseguía, Rand y los otros probablemente tendrían que esperar en Santo Amaro hasta que regresara el Moroto. Para entonces, el barón se hallaría a muchos kilómetros y Rand quizá no volviera a dar con él ni con Cait. ¡Dios! ¿Qué haría Talmadge con Cait una vez que estuviera a solas con ella? El temor le produjo una opresión en el pecho. Si ese canalla tocaba un solo pelo de Cait, era hombre muerto. Los dedos del barón se clavaron en el brazo de Cait mientras la arrastraba por el sendero. —¡Apresúrate! El camino estaba embarrado y resbaladizo y la bruma había dado paso a un aguacero que amenazaba convertirse en una lluvia torrencial.


—¿Qué cree que hago? ¡Camino tan deprisa como me es posible! En cierto sentido era verdad, pues el ritmo impuesto por el barón era brutal y Cait tenía agujetas en el costado, el cuello y los hombros. Pero como es lógico, al mismo tiempo trataba de obligarlo a aminorar el paso de diversas formas, tropezando con ramas atravesadas en el camino, metiendo el pie en pequeños baches y simulando caer al suelo, es decir, entorpeciendo la marcha. —No sé a qué viene.., tanta prisa —dijo Cait, tratando de recuperar el resuello mientras el barón la llevaba a rastras—. No puede abandonar la isla hasta que llegue el Moroto y eso... no ocurrirá hasta dentro de más de una semana. Talmadge la obligó a volverse hacia él, haciendo que tropezara de nuevo. —Hay un barco aguardándome en la cala situada al sur del campamento base. Esta noche estaremos a bordo de él. Cait sintió un escalofrío. ¿Esa noche? ¡Era imposible que llegaran esa noche! Pero cuando echaron a andar de nuevo Cait se percaté de que avanzaban muy deprisa. —¿Y... y el resto del tesoro? No pensará marcharse sin llevárselo. Talmadge no se molesté en detenerse, sino que le apreté el brazo con más fuerza y continué adelante. —Lo llevaremos con nosotros. En el campamento sólo quedan unos pocos nativos ancianos, un par de ayudas de cámara, un lacayo y esa cocinera vieja y chiflada, Hester Wilmot. No creo que sean capaces de detenerme. No, seguro que no. Talmadge era un barón y el hombre que los había contratado. Probablemente incluso le ayudarían.


Cait miró la pistola que tenía apuntada contra su costado. Hasta el momento no había tratado de huir. Rand le había dicho que hiciera lo que le ordenara el barón. Ella lo había interpretado como un mensaje diciéndole que esperara hasta que él pudiera alcanzarlos. De momento parecía un buen plan. Al divisar un agujero cubierto parcialmente, Cait lo pisé adrede, lo cual le concedió unos momentos para mirar hacia atrás. Pero no había rastro de Rand. Talmadge la obligó a enderezarse y le propiné un bofetón. —¿Me tomas por idiota? ¿Crees que no sé qué te propones? Si piensas que tu maldito duque va a venir a por ti, estás muy equivocada. En estos momentos ese imbécil está sepultado bajo una tonelada de piedras. —Talmadge la zarandeé violentamente—. Está muerto, ¿entiendes? Ha desaparecido para siempre de tu vida. Beldon está muerto y me perteneces. Será mejor que empieces a aceptarlo. Con el tiempo —añadió sonriendo—, quizás incluso te alegres de ello. Cait meneé la cabeza enérgicamente para negarlo. Las lágrimas le nublaban la vista, pero se negaba a romper a llorar. Se dejé conducir a rastras sin oponer resistencia; tenía la mejilla enrojecida por la bofetada y le escocía, pero apenas sentía nada. Rand no podía estar muerto. No podía creerlo. Era imposible. Talmadge habría tenido que contar con un cómplice, una persona dispuesta a cometer un asesinato... El pensamiento concluyó bruscamente, pues de improviso se le ocurrió la respuesta con tal fuerza y claridad que sintió un regusto a bilis en la boca. ¡Von Schnell! ¡Santo Dios, era posible! Más que posible. Quizás el alemán era el responsable de la muerte del porteador en el puente. Quizás había envenenado a sir Monty. Las lágrimas que Cait había tratado de reprimir acudieron a sus ojos y contuvo un sollozo, negándose a que el barón la oyera llorar. Volvió a dar un


traspiés, pero no se cayó. La lluvia había empapado sus ropas, que se pegaban a su piel, proporcionándole una sensación incómoda debido a la humedad y la pesadez de las mismas, haciendo que cada paso resultara más difícil que el anterior. Cait visualizó la imagen de Rand, imaginando su paso firme y decidido, sintiendo su imponente presencia como si realmente estuviera allí. Los labios le temblaron al recordar sus apasionados besos. Cait respiré varias veces de forma breve y entrecortada y luego profundamente, para serenarse, para no perder la calma. Era imposible adivinar si Von Schnell había conseguido su propósito de matar a Rand. Ni siquiera Talmadge podía saberlo. Rand había sospechado desde el principio del alto y fornido alemán, y lógicamente recelaba de él. Cait volvió a respirar hondo y, haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad, continué avanzando por el sendero. Rand estaba vivo. Tenía que creerlo. Debía tener un poco más de paciencia. Si no perdía los nervios, más pronto o más tarde Rand los alcanzaría. No tardaría en dar con Talmadge y entonces ella podría escapar. Cait comprendió que confiaba en que su esposo la salvaría, que había depositado su vida en sus manos. Emitió un suspiro entrecortado y se enjugó las lágrimas de las mejillas. Sabía que Rand la protegería. Si él la deseaba aún, quizás ella hallaría el valor suficiente para entregarle de nuevo su corazón. Comenzaba a anochecer. Los sonidos nocturnos invadían la selva a medida que la violácea luz crepuscular declinaba, más siniestros que nunca. Una inmensa lechuza blanca, posada en la rama de un árbol que crecía junto al sendero, agité sus emplumadas alas y Cait se sobresalté. Sintió los ojos saltones y amarillos de la lechuza fijos en ella, la silenciosa advertencia de


una adivina. Un mono emitió un estentóreo mensaje desde la copa de un árbol y Cait sintió que un escalofrío le recorría la columna vertebral. Un pequeño lagarto verde se atravesé en su camino, se detuvo junto al sendero y emitió un silbido de enojo cuando ella y Talmadge pasaron. «¡Ojo! —parecían decirle todos—. ¡Estás en peligro!» De eso no cabía duda. Cait había subestimado a Talmadge desde el principio. Ni siquiera Rand había intuido que era un monstruo frío y cruel. Rand. Cait sintió que el estómago se le contraía de temor. No podía estar muerto. Era imposible. Era tan vital, tan magnético. Poseía una fuerza tan increíble. Él llenaba su vida, hacía que fuera completa. Perderlo le causaría un indecible dolor. Perderlo de nuevo la destruiría. Esa idea la golpeé con la fuerza de una tormenta. En aquel momento Cait comprendió lo desesperadamente, lo completamente que le amaba. Al margen de los errores que él hubiera podido cometer, ella le amaba. Siempre le amaría. «Dios mío, no dejes que le ocurra nada malo.» Cait hizo acopio de todo su valor y se concentré de nuevo en el sendero, que comenzaba a allanarse, al tiempo que la vegetación se hacía menos densa. Empezaron a entrar en un entorno que le resultaba familiar y comprendió que se hallaban cerca del campamento base. Tenía las botas cubiertas de barro, la falda y la blusa sucias y rotas por todas partes. La cinta que sujetaba su trenza se había deshecho, dejando su espesa cabellera pelirroja desparramada sobre sus hombros. Tras doblar un recodo en el sendero Talmadge le dio un tirón en la mano para obligarla a detenerse junto a una acacia. Durante unos instantes Cait pensé


que simplemente le ofrecía la rara oportunidad de descansar. De pronto oyó la voz de Rand y volvió la cabeza bruscamente al tiempo que su corazón comenzaba a latir de forma acelerada. Al ver su alta figura plantada en medio del camino, la invadió un sentimiento de amor hacia él con tal fuerza que le produjo vértigo. —Suéltela, Talmadge —le advirtió Rand con tono áspero y decidido. El barón estiró del brazo para colocarla frente a él, clavándole los dedos en el brazo, y apoyé la pistola con firmeza contra sus costillas. —Todo ha terminado —dijo Rand—. Su pequeño plan para matarnos ha fracasado. —Rand apreté los labios en un gesto adusto—. Yo sigo vivo, y usted tiene a mi esposa. Si no la suelta, le mataré. Cait percibió un siniestro clic cuando el barón amartillé la pistola. —¿Cree que puede detenerme? Si lo intenta mataré a su mujer. Talmadge retrocedió y Rand siguió avanzando hacia él como el leopardo que le había atacado en la selva. Cait se volvió para contemplar el sendero que habían recorrido. Si Talmadge retrocedía unos pasos más toparía con la raíz superficial que Cait había visto al descender la montaña. Quizás el barón se había olvidado de ella. Cait notó que sus músculos se tensaban a medida que se acercaba la oportunidad que buscaba, preparándose para el momento en que quizá Talmadge tropezaría con la raíz y ella podría escapar. Cait rezó para que el barón no reparara en ella si miraba hacia atrás. Pero Talmadge tenía toda la atención centrada en Rand. Con repentina y meridiana claridad, Cait comprendió que Talmadge se proponía matarlo y se apoderé de ella una sensación de pánico que le provocó náuseas. La raíz se hallaba a escasos centímetros. Cait sintió que los latidos de su


corazón se aceleraban. Transcurrió un segundo, luego otro. El tacón de la bota de Talmadge chocó con la raíz, tal como había confiado ella, y durante una fracción de segundo éste bajó la pistola, momento que aprovechó Cait para propinarle un empujón con todas sus fuerzas y echar a correr. —¡Zorra! —grité Talmadge a sus espaldas. Cait vio a Rand empuñar su arma, comprendió que el barón había apuntado la pistola hacia ella, y oyó un disparo de pistola. Al volverse vio a Talmadge desplomarse en el suelo, con el pecho manchado de sangre. Cait echó a correr. Rand la aferré en sus brazos y durante un segundo suspendido en el tiempo Cait se sintió a salvo, protegida, su mundo recompuesto. Luego el tiempo se disgregó en segmentos que chocaron entre sí durante el tiempo que duré un latido de su corazón y, al mismo tiempo, cada instante fugaz le pareció una eternidad que quedaría grabada para siempre en su mente. Sosteniéndola entre sus brazos, Rand miré a Talmadge y debió ver que se movía. Cait le oyó pronunciar una palabrota en voz baja. Acto seguido Rand la colocó detrás de él y se interpuso en la trayectoria de la bala destinada a ella. En aquel momento el barón disparé su pistola. —¡Raaand! El grito horrorizado de Cait resoné en el silencio de la selva. Simultáneamente, la bala de un mosquete disparado desde el denso follaje alcanzó a Talmadge de lleno. Éste se agité convulsivamente unos segundos y luego permaneció inmóvil, con los ojos vueltos hacia arriba. Cait corrió junto a Rand, jadeando, sintiendo un dolor que le abrasaba el pecho.


Percy corrió hacia ella al tiempo que Cait apoyé la cabeza de Rand sobre su regazo con manos temblorosas y le aparté un oscuro mechón de la frente. —Rand —musité. Las lágrimas que le inundaban los ojos comenzaron a deslizarse dejando unos surcos húmedos en sus mejillas, cayendo sobre la chaqueta de Rand, empapando el tejido del que brotaba una mancha roja de sangre. Percy se arrodillé junto a ella y desgarré la camisa de Rand. Al observar la sombría expresión en el aguileño rostro del ayuda de cámara, Cait sintió que se le encogía el corazón. Besó a Rand en la frente mientras Percy se afanaba en su tarea, taponando la herida con un pañuelo para detener la hemorragia y examinar el daño causado por la bala. Cait acaricié el rostro de su amado esposo, apartando de nuevo un mechón de su frente. —Dios mío, Rand..., ¿por qué? ¿Por qué lo hiciste? Rand apoyé una mano temblorosa en su mejilla. Los músculos de su pecho estaban contraídos debido al dolor, pero en sus labios se dibujé una dulce y triste sonrisa. —Porque te amo, Caitie. ¿Es que no lo sabías? —Rand... Dios santo... —Te amo —repitió él—. Daría mi vida por protegerte. —Rand... —Y jamás volveré a lastimarte. Rand dejó caer la mano y Cait reprimió un sollozo. Luego acercó aquella mano musculosa y tostada por el sol a los labios y deposité un beso en la palma. —Quería volver contigo —dijo Cait—. Deseaba volver a ser tu esposa. ¡Ay,


Rand, no imaginas cuánto lo deseaba! Durante unos momentos aquellos ojos fieros y oscuros se clavaron en su rostro y Cait vio en ellos tanto amor que creyó que se le iba a partir el corazón. —Te amo —murmuré. Rand sonrió con una expresión tan gozosa que a Cait se le volvieron a llenar los ojos de lágrimas. ⎯Pase lo que pase... quiero que tengas presente... —No... —Cait aplicó sus trémulos dedos sobre los labios de Rand para silenciado— . No dejaré que lo digas. No vas a morir. No lo permitiré. —Su voz se quebré al pronunciar la última frase y el dolor que atenazaba su garganta se intensificó. Rand sonrió. —Hay algunas causas por las que uno sacrificaría su vida. Tú eres una de ellas, Cait. Pero ella meneé la cabeza al tiempo que unas ardientes lágrimas seguían deslizándose por sus mejillas. —¿De veras estabas dispuesta a... regresar junto a mí? —Sí... ¡Dios, sí! No quiero vivir sin ti, Rand. No volveremos a separarnos nunca. —¿Entonces me crees cuando... te aseguro que... jamás volveré a hacerte daño? —Te creo, Rand. Y confío en ti. Eres el hombre más bueno que he conocido jamás.


Él le apreté un poco la mano. —Si confías en mí, nada más importa. Si me amas, pase lo que pase, tenemos todo cuanto podemos desear, ¿no es así, Caitie? ¡Dios santo!, el dolor era casi insoportable. Rand casi sonrió, pero al tratar de hacerlo aquellos hermosos ojos con motas doradas se cerraron y la mano con que apretaba la de Cait cayó inerte. —No... —murmuré Cait desesperada, sintiendo que la angustia le destrozaba el corazón—. Te lo suplico, Rand, no te mueras, ahora no, no cuando tenemos tanto por lo que vivir. Cait lo miró al tiempo que sentía en su pecho un dolor sordo producido por la pérdida. Rand iba a morir, lo presentía. Toda su vida había estado jalonada por una pérdida tras otra. Había perdido a su madre, a sus amigos. Había perdido a Rand en una ocasión y ahora iba a perderlo para siempre. Cait oprimió los labios contra los suyos, sintiendo su efímero calor, y musité su nombre. Unas lágrimas ardientes rodaron por sus mejillas. Cait pensó en todo cuanto podían tener, el futuro que se alzaba ante ellos si él conseguía sobrevivir. Le apreté la mano con tanta fuerza que casi se hizo daño. —¡No lo tenemos todo! —exclamé con fiereza—. No tenemos un hijo. Tú no tienes un hijo, Rand, el heredero que necesitas para asegurar el nombre de tu familia. ¡No puedes morir sin haber tenido un hijo! —Cait siguió apretándole los dedos con rudeza—. No lo tenemos todo, ¿me oyes? ¡No hasta que tengamos un hijo! Percy la asió por los hombros, tratando de apartarla con delicadeza, pero ella se negó a moverse. En vez de ello, aferré la mano de Rand y le imploré de nuevo que no la abandonara. Percy se retiró unos instantes. Hablé con alguien, tras lo cual la anciana Visona avanzó hacia ellos. Se detuvo junto a Rand, le abrió la camisa ensangrentada y comenzó a examinar la herida.


Visona sintió los latidos del corazón de Rand debajo de la mano de Cait, débiles e irregulares, pero aún estaba vivo. La anciana se puso a rezar al tiempo que vertía una mezcla de hierbas sobre la herida, cubriéndola con unas hojas desmenuzadas, hablándole suavemente con aquella cadencia tan característica. Cait acaricié la cabeza de Rand, apartándole el pelo de la frente, sin tener en cuenta la sangre que empapaba su falda. La sangre de Rand. La sangre que él había dado para salvarle la vida. «Te amo, Caitie. ¿Es que no lo sabías?» Lo cierto era que sí lo sabía. Hacía tiempo que en su fuero interno lo sabía. Desde el momento en que se habían conocido, todo cuanto él había hecho confirmaba su amor hacia ella. Todo menos aquel error. Aquel terrible y casi imperdonable error. Desde que Rand había regresado a la isla, ella había visto en sus ojos el arrepentimiento, había comprendido que estaba profundamente apenado por lo ocurrido. Él le había demostrado su amor una y otra vez, ganándose de nuevo su confianza, haciendo que lo deseara con locura. Rand Clayton era todo cuanto ella había intuido que era y más. Era un hombre entre los hombres y ella lo amaba como jamás amaría a otro. Sentada en el mullido suelo de barro de la selva, Cait incliné la cabeza y se puso a rezar. Cuando hubo terminado, besé a Rand en la mejilla y vio a Percy dirigirse hacia ellos, con expresión seria. El ayuda de cámara esperé a que Visona terminara su labor, tras lo cual se arrodillé para examinar a su amigo. —¿Cómo... cómo? —Cait tragó saliva para aliviar la opresión que le producía el nudo en la garganta y lo intenté de nuevo—. ¿Cómo está? Percy meneé la cabeza. —Está mal, no quiero mentirle. Pero su respiración se ha normalizado en los últimos minutos y los latidos de su corazón también son más regulares. Su marido es un hombre fuerte, y tiene una poderosa razón para vivir. —Percy contemplé el rostro de


Cait—. Yo comprendí antes de que él se diera cuenta lo mucho que la amaba a usted. Ahora creo que sabe lo mucho que usted lo ama. Las palabras de Percy tardaron unos instantes en penetrar a través de la desesperación que invadía la mente de Cait. —¿Está diciendo que... es posible que sobreviva? —Hace unos minutos le habría respondido negativamente. Ahora...—Percy tomé de nuevo el pulso de Rand y pareció satisfecho al comprobar que latía con normalidad—. La bala le atravesé el pecho, lo cual significa que tendremos que extraerla. Sangraba mucho, pero Visona ha conseguido detener la hemorragia. Sí, si logramos mantenerlo con vida durante las próximas horas, creo que existe la posibilidad de que sobreviva. Cait sintió que se reavivaba su esperanza, pero temía aferrarse a ella. —Me quedaré junto a él —se limité a responder. Percy esbozó una leve sonrisa. —Nunca lo dudé..., excelencia. Cait sintió que se le contraía la garganta. Era la esposa de Rand, la duquesa de Beldon. Jamás volvería a negarlo. Ella y el ayuda de cámara instalaron a Rand lo más cómodamente posible, pero no se atrevieron a moverlo. Percy confeccioné una especie de toldo de lona para protegerlos de la lluvia. Cait se sentó en el barro junto a Rand y durante las próximas treinta y seis horas no se aparté de su lado. Treinta y seis horas y diez minutos después de caer herido por un disparo de pistola, Randall Elliot Clayton, séptimo duque de Beldon, abrió los ojos y vio a su bella esposa sentado junto a él, con la cabeza inclinada, rezando, sosteniendo con su pequeña mano la de él, y se juré que, aunque le costara un esfuerzo sobrehumano, viviría Epílogo


Ephram Barclay llamó con los nudillos a la ornada puerta principal de Beldon Hall. Su frac de color gris oscuro estaba cubierto de polvo y la espalda le dolía debido a las muchas horas de viaje. Había partido apresuradamente de Londres hacia el campo, pues deseaba informar a su cliente en persona la noticia que acababa de recibir. Un par de lacayos ataviados con la librea roja y dorada de la mansión de los Beldon abrieron la puerta. El mayordomo, un hombre delgado y elegante, con el pelo ralo y canoso, le hizo pasar. —Su excelencia recibió su nota —dijo el mayordomo—. Le comunicaré que está usted aquí. Ephram había enviado un mensajero para informar al duque de su inminente llegada, sabiendo que su excelencia estaría ansioso por conocer la noticia. El duque y su esposa se habían instalado en Belton Hall al cabo de una semana de regresar a Inglaterra, habiendo partido para el campo unos días después de la entrega por parte del profesor Harmon —en la actualidad sir Donovan Harmon— del famoso collar de Cleopatra al Museo Británico. Ephram había leído en la prensa el accidente que había sufrido el duque en la isla, que había estado a punto de costarle la vida. Incluso después de un mes de convalecencia a bordo del buque que lo había trasladado a casa desde Dakar, Rand estaba aún pálido y un poco débil la última vez que lo había visto Ephram. Pero hoy no, según observó Ephram al penetrar en el estudio del duque y hallarlo esperándole de pie junto a su escritorio, rodeando con un brazo la esbelta cintura de su esposa. Mostraba un aspecto inmejorable y más fuerte que nunca. En cuanto a la dama, ¡santo cielo!, con su cabello rojo vivo y sus grandes ojos verdes era una auténtica belleza. Pese a ser de complexión menuda, su persona emanaba una


fuerza, una fortaleza de carácter imposible de no apreciar. Ella dirigió a su marido una tierna y dulce sonrisa antes de que ambos se dirigieran hacia él, y Ephram comprendió en el acto que las historias que había oído eran ciertas. El duque de Beldon y su duquesa estaban, sin duda alguna, profundamente enamorados. —¡Ephram! Me alegro de verlo, amigo mío —dijo Beldon propinando al abogado una afectuosa palmada en el hombro que hizo que a éste se le cayeran momentáneamente las gafas con montura de alambre. Ephram volvió a ajustárselas sobre el caballete de la nariz. —Es un placer verlo, excelencia. Rand le presentó a su esposa y la duquesa sonrió cálidamente. —Mi esposo me ha hablado mucho de usted. Celebro conocerlo. Durante unos momentos conversaron animadamente, pero Ephram observó en los oscuros del duque una expresión de impaciencia. Era obvio que desde su matrimonio se había operado en él un cambio, un cambio favorable. Pero la paciencia era una virtud de la que seguía careciendo. —En su nota indicaba que había recibido cierta información con respecto a mi primo. —Así es, y me he apresurado a traérsela. Se aproximaron al hogar y se sentaron en unas butacas situadas frente al mismo. Ephram apoyó su cartera de piel sobre las rodillas, la abrió y extrajo unos folios que había recibido hacía dos días de América, los cuales entregó al duque.


—Según recordará —dijo Ephram—, la última noticia que recibimos a propósito del Sea Nymph, el barco recorría la isla como paquebote. Los propietarios, Dillon Sinclair y Richard Morris, habían conseguido escapar. El duque alzó la vista de los papeles que estaba leyendo. —Continúe. —Según este último informe, de hace más de dos meses, esos hombres fueron arrestados durante una cena en casa de un importante banquero en Nueva York, donde habían comenzado de nuevo a recaudar inversiones en empresas marítimas. —Ephram sonrió—. Intereses en un cargamento de copra que el Sea Nymph recogería en las Indias Occidentales. Calculaban que los beneficios serían muy elevados. El duque examinó los documentos. Ephram observó que su esposa había introducido su delicada mano debajo de la mano grande y musculosa de Beldon. —¿Dónde se encuentran ahora esos dos hombres? —inquirió éste. —Encarcelados en una sórdida prisión americana, en espera de ser juzgados, pero eso es un mero formulismo. Los hombres ya han confesado sus delitos. También han confesado el nombre de su cómplice en Inglaterra: Phillip Rutherford, barón de Talmadge. Según Sinclair y Morris, fue Talmadge quien propuso la idea de la estafa. —Entonces todo ha terminado. —El duque relajó los hombros. La duquesa se llevó su mano a los labios y depositó un beso sobre el dorso. —Talmadge obtuvo su merecido —dijo ella—. Lástima que no ocurriera antes. El duque asintió con la cabeza. Posó sus intensos ojos oscuros en el bonito rostro de su esposa al tiempo que esbozaba una tierna sonrisa. Al darse cuenta de lo que estaba haciendo, Rand carraspeó para aclararse la garganta y se volvió hacia Ephram, quien se puso en pie.


—Le agradezco que haya venido —dijo el duque, ayudando a su esposa a levantarse—. Hemos dispuesto una habitación para usted arriba. Puede emprender el viaje de regreso a casa por la mañana, después de haber cenado y descansado unas horas. —Se lo agradezco, excelencia —respondió Ephram inclinando la cabeza. La duquesa le tomó de la mano. —Gracias por haber venido, señor Barclay, y dejar este asunto zanjado de una vez por todas. Aunque el barón haya muerto, sé que el tema de la estafa y la muerte de su primo seguían obsesionando a mi esposo. Pero Ephram no estaba muy convencido. Al observar al duque tan enamorado de su menuda esposa, le pareció que Rand Clayton tenía otras cosas más importantes en que pensar que la venganza. Tenía una mujer a la que era evidente que amaba y un espléndido futuro ante sí. Un día tendrían hijos. Ésas eran las cosas más importantes. —Aún no les he felicitado a ambos por su boda. —Gracias, señor Barclay. La duquesa le miró con una sonrisa encantadora y Ephram empezó a pensar que al elegir a la pequeña americana, el duque de Beldon había seleccionado a la mujer idónea para ser su duquesa. Al dirigir una última mirada a la habitación, Ephram comprendió que eso era justamente lo que pensaba el duque.

Pecado perfecto kat martin  

Randall Clayton, Séptimo Duque de Beldon, tiene una razón oculta para seducir a la apasionada Caitlin Harmon. Su misión es encontrar a un as...

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