Page 1


Odio tus mentiras Lori Copeland Odio tus mentiras (1988) Título Original: A winning combination (1984) Editorial: Vergara Sello / Colección: Violena Plata 130 Género: Contemporáneo Protagonistas: Nikki " Franklin" Trahern y Kayla Marshall Argumento: Cuando Kayla Marshall conoció a ese vendedor tímido y gentil, supo que había hallado al hombre de su vida. Franklin, inexperto y


paradójicamente audaz, despertó en ella una pasión que superaba los límites de cualquier sentimiento que hubiera experimentado hasta entonces. Y al enterarse de que estaba embarazada, que tendría un hijo de él, Kayla creyó que su sueño más preciados e había convertido en realidad. La desilusión llegó con la terrible verdad. Su adorado Franklin no era otro que Nick Trahern, un donjuán empedernido, el jefe del que sólo tenía referencias, y cuya reputación, como hombre y profesional, dejaba mucho que desear. ¿Cómo perdonar al impostor que no había tenido reparos en engañarla? ¿Cómo volver a confiar en él después de la mentira? ¿Cómo creerle que el juego de seducción se había transformado en un amor profundo? Y por el otro lado, ¿cómo podría continuar su vida sola, cuando su corazón, su cuerpo y su piel la Lori Copeland – Odio tus mentiras instaban a aceptar al sencillo vendedor que la había cautivado y a no separarse nunca más de él…? Nº Páginas 2-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras Capítulo 1 En esa tarde de marzo, el fuerte viento pretendía l evarse los sombreros de los caballeros y obligaba a las mujeres a tomarse recatadamente las faldas vaporosas. Sin embargo, Kayla Marshall no se preocupaba demasiado por el gesto pícaro de aquella ráfaga, mientras apretaba el paso para regresar cuanto antes a su oficina, tras un almuerzo cuyo horario había transgredido vergonzosamente. Cerró los ojos y respiró hondo, cerciorándose de que la primavera impregnaba el aire con su aroma mágico. Los pies de Kayla parecían tener alas en tanto avanzaba presurosa por la acera, mirando alarmada el reloj que le indicaba despiadadamente lo


tarde que era. No había sido su intención demorarse tanto en la tienda de ropa: pero las ofertas eran tan tentadoras que no pudo resistir detenerse un minuto. Después, sencillamente, el tiempo había volado. Cuando daba la vuelta de la esquina, una nueva ráfaga la envolvió en un torbel ino violento, arrancándole de las manos la bolsa que voló locamente por los aires. Kayla se detuvo de manera abrupta, contemplando sin poder hacer nada el paquete que se alejaba, impulsado por el viento. Su buen humor se desvaneció al instante. Entonces, por el rabil o del ojo, advirtió que un sedán grande y negro estacionaba delante de la oficina en la que trabajaba. Trahern Tool and Die. Reanudó su marcha, la atención puesta en el paquete errante. El viento no parecía dispuesto a liberar a su rehén, detrás del que corría la pobre Kayla, murmurando palabrotas entre dientes por las cuales la reprendieran de pequeña. La ventolina lanzó el paquete de color rosa directamente hacia el hombre alto y rubio que salía del automóvil, quien apenas tuvo tiempo de reparar en el improvisado proyectil, cuando éste dio de l eno en su atractivo rostro. El golpe impulsó al desconocido otra vez contra el vehículo, en tanto Kayla se precipitaba, desesperada, tratando de impedir lo inevitable, sus pies ansiosos tropezaron en su prisa y sus ojos dilatados por la sorpresa, notaron horrorizados que la bolsa de papel acababa de romperse, descubriendo tres escuetas bragas que había adquirido en liquidación y que ahora se adherían impúdicamente al pecho del caballero atónito. Si en ese


instante la tierra se hubiera abierto para devorar a Kayla, la joven habría aceptado con gusto el designio de la naturaleza. —Supongo que esto le pertenece —aventuró el desconocido, con una chispita de malicia en la mirada. Su voz era grave y muy masculina. Kayla apartó la vista de las prendas y lentamente alzó la cabeza: sus ojos cristalinos recorrieron la firmeza de un cuerpo bronceado y advirtieron la suave determinación de la barbilla prolijamente afeitada; la sensualidad de unos labios bien formados: el atractivo de una nariz recta, no muy larga, de unos ojos que semejaban nubarrones en una tormenta de verano, y de un cabel o, color trigo, iluminado por el tibio sol de la mañana. Un hombre común, según la primera impresión de Kayla, cuyo rostro sonrojado enfrentaba ahora el de él. Aunque, pensándolo bien, tal vez. fuera algo más que común… —Sí —respondió, turbada; su voz se desvaneció en un susurro tímido. Se sentía como una tonta por lo ocurrido—. Permítame —se ofreció, intentando recuperar las bragas. Nº Páginas 3-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —No, espere; yo lo haré —repuso él. Ahora era su voz la que se perdía, mientras los dedos grandes procuraban, de manera infructuosa, liberar el botón de su chaqueta de gamuza del fleco endiablado que se había enlazado en él—.


¡Hum! Me parece que está enredado —murmuró, al advertir que la, prenda íntima burlaba sus esfuerzos. —Déjeme probar —insistió Kayla, poniendo manos a la obra—. Los nervios la hacían temblar tanto que tuvo que inspirar profundamente paral serenarse un poco y acabar pronto con aquella humillación. Después de unos segundos de intento frustrado de soltar la prenda. Kayla notó que el extraño empezaba a balancear su cuerpo sobre una pierna y la otra, en un gesto de impaciencia. Para colmo de males, resolló molesto y apartando bruscamente las manos de Kayla, le dijo con acidez: —¿Por qué no la arranca mejor? Así terminaremos con esto de una vez por todas. De pronto, el tono de su voz se había tornado casi rudo. Ella le devolvió una mirada furibunda. —Estas bragas son de marca —le informó— y, además, nuevas. No hace siquiera diez minutos que las compré. —Le compraré otras —gruñó él, cada vez más alterado—: pero sáquemelas pronto, por favor. Kayla suspiró, resignada, e intentó una vez más liberar la prenda. Entonces, con un nudo en el corazón, advirtió que el frágil material acababa de deshilacharse con su esfuerzo.


—¡Estará satisfecho ahora! —le dijo, secamente, mientras tomaba con rabia las otras dos prendas que él lucía sobre los hombros y las guardaba dentro de una bolsa sana—. Adiós, cinco preciosos dólares… —murmuró. —No sabe cuánto me apena todo esto… —se burló él, en tanto inspeccionaba su chaqueta. Kayla prefirió no hacerle caso, concentrándose en reunir lo que había comprado. Todavía conservaba en la mano, como un trofeo, la prenda de la humillación. ¡Vaya incidente! Por culpa de ese tonto, insolente y testarudo, encima llegaría veinte minutos tarde a su trabajo. Una mano grande y fuerte le robó la diminuta prenda para observarla en detal e. Soltando un silbido, el desconocido exclamó: —¡Por el amor de Dios! ¿Cómo se anima a usar esto? Kayla lo miró con arrogancia. —¿Por qué le sorprende? No creo que haya nada de malo en llevar ropa como… ésta. —Él tenía una expresión burlona que le repugnaba. —Pues diría que son una tortura —declaró él. Después, alentado por un pensamiento muy agradable, estudió las delicadas curvas femeninas, con una sonrisa pícara iluminándole el rostro—. Le aseguro que pondrían en una caldera a cualquier hombre. Nº Páginas 4-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —Pero yo no tengo intenciones de encender ninguna caldera —replicó Kayla, enfadada—. Y mucho menos, tiempo que perder con una conversación tan ridícula.


Ya se me hizo bastante tarde… —¡Eh! Espere —gritó él, mientras el a le volvía la espalda y se alejaba rápidamente para subir las escaleras hacia su oficina—. Dígame el tamaño de… de esas cosas que usa. Si no, no podré comprárselas… —No se preocupe; no las quiero —repuso ella con acrimonia, mientras abría la puerta—. Por suerte, puedo conseguir mis propias… torturas. —Cerró de un portazo, sel ando así la discusión. No obstante, la escena no concluiría allí, porque muy pronto, sin saberlo, volvería a verse con ese desconocido exasperante. Arrojó con prisa los paquetes dentro del armario, agradeciendo en silencio el hecho de estar sola en esa oficina. Claro que la circunstancia ofrecía también su otra cara, no tan favorable: cuando aceptó reemplazar a Paula, que salía de vacaciones con su marido, Doug, rumbo a las Bahamas, Kayla supuso que la labor no sería nada sencilla, sobre todo considerando su falta de experiencia en tareas de oficina. Sin embargo, la realidad superaba ampliamente sus expectativas. Los últimos días habían sido un verdadero caos para el a y, ahora, uno de los culpables encendía frenéticamente sus luces sobre el tablero del conmutador. —Trahern Tool and Die, buenas tardes —contestó, tratando de que su voz sonara lo más amable posible mientras oprimía el primer botón titilante—. Sí, señor,


en un momento le comunico. —Mordiéndose el labio, buscó con ansiedad el interno en la lista escrita a máquina que tenía a su lado. Después, con el aliento contenido, presionó un segundo botón, rogando para sus adentros haber pasado bien la llamada. Titubeante, repitió la hazaña cinco veces, derivando cada una de las llamadas. Tan absorta estaba en su trabajo que no advirtió que alguien abría la puerta y entraba en la oficina. —Trahern Tool and Die, buenas tar… —No alcanzó a completar la frase, pues quien estaba del otro lado de la línea la interrumpió para informarle que había llamado hacía unos instantes, sin poder comunicarse con la persona deseada—. ¡Oh, lamento mucho que se haya cortado! —se disculpó—. Espere: le pasaré de nuevo —nerviosa, tomó la lista de los números internos y tanteó otro botón. —Perdóneme, señorita. Sé que está muy ocupada, pero… Kayla no quitaba los ojos del tablero, concentrada en responder a cada una de las llamadas. En un momento dado, levantó la cabeza para ver quién era el recién llegado y, para su sorpresa y desazón, descubrió que se trataba del desconocido con quien discutiera en la calle. —¿Qué desea? —le preguntó sin la menor cordialidad. Si algo le faltaba era tener que soportar a ese tonto otra vez… —¿Qué quiero? Dígame una cosa antes: ¿En qué escuela se recibió de recepcionista? —inquirió, en broma. —En ninguna. Hasta hace unos meses estaba muy bien, trabajando en mi propia tienda en Florida —replicó en el mismo tono amable, en tanto continuaba apretando al azar los malditos botones, sin saber qué l amada convenía contestar primero—. Por favor, váyase. No puedo atenderlo ahora;


además, ya le dije que no me debe nada. Nº Páginas 5-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —¿Y qué sucedió? —insistió él, pasando por alto la petición de ella—. ¿Le dio un ataque de amnesia? Digo… para venir a dar aquí… Kayla lo miró, irritada. —¿Dónde está Paula? —Supongo que disfrutando de sus vacaciones, en algún lugar de las Bahamas. Yo estoy remplazándola… ¡Y pensar que todavía falta una semana para que regrese! ¿Hola? ¿En qué puedo servirle? ¡Maldición! —blasfemó, al advertir que, sin querer, había cortado otra comunicación. El desconocido se inclinó sobre el escritorio, contemplando a improvisada y atribulada recepcionista con una sonrisa divertida en el rostro. Era evidente que gozaba con la frustración de ella. —Déjelo sonar —le aconsejó—. Después de todo, ¿quién se enterará? Kayla suspiró, resignada. —Tiene razón. ¡Uf! Este aparato acabará volviéndome loca —refunfuñó—. ¿Qué deseaba? —preguntó después, más serena, alzando sus ojos azules para enfrentar la mirada masculina. Por un segundo, infinitamente breve, creyó estar mirando otra vez los ojos de Tony; esos ojos oscuros, sensuales, cuando no excitados o fríos e implacables en los momentos de ira. En un tiempo, Tony Platto


había sido todo para ella: su vida, su mundo, un mundo que él no vaciló en destruir, desgarrándola sin compasión. —No tiene la menor idea de quién soy, ¿verdad? —arriesgó el desconocido, observándola con expresión inquisidora. —Aunque me mate, le confieso que no —admitió el a, con una ligera actitud desafiante. Él se acercó aún más; su sonrisita se había transformado en una amplia mueca burlona. Estudiándola con ademán de intimidar, respondió: —Créame, con gusto lo haría. Claro que de otro modo. —Lo siento, pero todavía no conozco a los vendedores. ¿Tiene usted una cita? —se evadió, concentrándose otra vez en el despliegue furioso de luces sobre el tablero. —Vine a ver al señor Trahern —contestó él, adoptando un tonito comercial que correspondía a la actitud profesional de el a. —Si se refiere al señor Trahern, padre, lamento informarle que estará fuera de la ciudad durante todo el mes. En cuanto a Romeo, no sospecho siquiera dónde puede estar. —El tono de su voz no dejaba ningún lugar a dudas de que tampoco le interesaba averiguarlo—. Según tengo entendido, no suele venir muy seguido a Little Rock. —¿Romeo? Me parece que el hijo no le cae muy bien…


Descubierta, Kayla alzó los ojos y se l evó la mano a la boca, turbada por su indiscreción. —Le ruego me disculpe. Es que oí a muchas personas llamarlo por ese apodo y bien yo… Pero no debí repetirlo. Estoy tan atareada que ya no sé lo que digo… — Nº Páginas 6-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras se excusó—. Ahora, volviendo a usted, ¿tiene o no una cita, señor…? — Kayla lo interrogó con la mirada. —Eh… Franklin. Así me llamo, Franklin, y no, no tengo una cita. A decir verdad, no suele ser necesario, pues el señor Trahern me atiende sin ningún compromiso previo. ¿Por qué no le agrada Nicholas? —¿Quién? —Nicholas. Nicholas Trahern, el hijo. —Sus ojos entrecerrados sugerían ahora una cierta desconfianza. —¡Por Dios! —exclamó, exasperada—. En ningún momento dije que el señor Trahern no me gustara. Si no lo conozco… Ni siquiera estaba al tanto de que su nombre era Nicholas. —Soltó una risita irónica y continuó—: Para ser sincera, lo conocía más por sus apodos: Romeo, Labios de Fuego, Don Juan y… —Kayla se cal ó, ruborizada, y sonrió con timidez. —Siga —instó él, echando los hombros hacia atrás, como preparándose para lo peor. —Supermosca… "por lo pegajoso…"


Él levantó una ceja, sorprendido. —¿Super… qué? —Eh… Superhombre… —se apresuró a corregir, turbada, escondiendo la mirada—. De todos modos, no me gusta nada lo que escuché. Lo siento, porque supongo que ustedes son amigos… —Esa lengua suelta acabaría perdiéndola… —Digamos que sí, pero usted todavía no me ha aclarado qué tiene en contra de Nicholas. —Evidentemente la opinión de ella lo había perturbado. —¡Señor Franklin! —Kayla se puso de pie y, apoyándose en el escritorio, lo miró con gesto beligerante. —Franklin… llámeme Franklin, por favor —le pidió él, con delicadeza. —Si acabo de hacerlo… —No; me refería a que suprima lo de señor y me l ame por mi nombre. —¿Y cuál es su nombre? —A Kayla se le acababa la paciencia. —¡Franklin! —Él sonrió con picardía. Kayla resolló, incrédula. ¿De modo que su nombre es Franklin Franklin? Él se encogió de hombros, sonriendo más abiertamente. —Es original, ¿no es cierto? Pero no tiene por qué alzarme la voz. —Bajó la cabeza con timidez, en tanto una expresión modesta asomaba a su rostro—. Lamento mucho todo esto. Sé que se siente incómoda por esta conversación acerca de… de ese desfachatado de Nicholas, y también por lo sucedido entre nosotros hace un rato afuera. Créame, jamás me ocurrió nada igual. —Los ojos grises la enternecieron con su expresión contrita—. Fue un accidente que, si usted me permite, me gustaría reparar. Me haría muy feliz comprarle


un par de bragas nuevas. Kayla hubiera jurado que él se sonrojó con sólo mencionar el tema de las prendas íntimas. Nº Páginas 7-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras No obstante, lo observó con cierta desconfianza hasta convencerse de que su arrepentimiento era sincero. El enojo se desvaneció y, cansada, Kayla se dejó caer sobre la silla, en tanto suspiraba. —Perdón, no quise levantar la voz, Franklin, pero es que este no es precisamente mi mejor día. En cuanto a Nicholas Trahern, no lo conozco. Ni siquiera he visto una fotografía suya; sin embargo, por los comentarios que he oído acerca de él, casi me atrevería a afirmar que no me caería bien, de verlo o tratarlo personalmente. Discúlpeme si hiero sus sentimientos, porque sé que considera al señor Trahern su amigo, pero no puedo evitar pensar de esta manera. —No se preocupe; entiendo a qué se refiere —convino Franklin, con su mirada inocente. Dio la vuelta al escritorio y se sentó frente a el a—. Probablemente haya escuchado historias muy desagradables sobre Nick; que es un mujeriego, un tarambana, un calavera, un jugador empedernido, que no hace más que andar a caballo todo el día como un holgazán, o beber de manera descontrolada… — Buscó en el archivo de su memoria algún otro pecadil o censurable—. Que roba


dulces a los niños y le pega a los perros… —No estaba al tanto de las criaturas y los perros… En cuanto al resto, sí, eso fue lo que me contaron… —Pues bien, con mucho pesar debo admitir que es cierto. Realmente no comprendo qué ve en él una mujer decente… —En un gesto espontáneo, se acercó y tomó a Kayla de la mano—. ¿Qué puede resultar atractivo de un hombre como ése, señorita… —Ahora era él quien sutilmente le preguntaba su nombre. Indecisa, Kayla miró su pequeña mano envuelta en el calor de aquella piel bronceada. No sabía qué hacer: si apartarse o permanecer como estaba. El cambio súbito en la actitud de él la desconcertaba. De todos modos, no creyó que existiera ninguna mala intención tras el arrebato intempestivo, por lo que resolvió dejarlo pasar, al menos por el momento. —Marshal . Kayla Marshall —le dijo dulcemente. —Kayla Marshal … ¡Lindo nombre! —El timbre de su voz era grave, con una suerte de musicalidad encantadora. Los ojos grises contemplaron los azules apenas unos segundos: después, él continuó—: Como le decía, señorita Marshall, ¿qué hace que una mujer honesta se enamore de un hombre como Nicholas Trahern? Por mi parte, confieso que siempre fui muy tímido con las mujeres. No se ría,


pero me siento incómodo, inseguro… —Su voz se convirtió en un susurro, una melodía que seducía a Kayla, en tanto su mano grande acariciaba la piel suave en una cálida incitación—. Por eso —añadió— no deja de sorprenderme la facilidad con que Nick las conquista. Hace muchos años que lo conozco y, por cierto, lo aprecio; pero no puedo dejar de reconocer que resulta repugnante y vergonzoso ver cómo las mujeres se arrojan a sus pies. ¡Y es tan injusto! —agregó, suspirando desanimado. ¡Qué curioso! Kayla nunca hubiera pensado que Franklin fuera corto de carácter o que le costara l egar a una mujer. Era atractivo en verdad, muy apuesto y además, la forma en que le acariciaba la mano, estremeciéndola con un cosquilleo sensual, no sugería exactamente timidez o turbación. Como si hubiera adivinado sus pensamientos, él le soltó la mano, que cayó torpemente sobre el escritorio. Después, meneando la cabeza, avergonzado, exclamó: Nº Páginas 8-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —¡Dios mío! Por favor, señorita Marshal , no vaya usted a pensar que yo quise… propasarme… Es sólo que me siento tan cómodo en su compañía que… me


atreví a… ¡Qué bochorno! Pero le juro que no fue mi intención aprovecharme, como sin duda lo habría hecho mi amigo Nicholas. —¡Lo sé, Franklin! —le aseguró ella, palmeándole la mano para consolarlo —. Por supuesto que no pienso eso de usted. —¡Vaya que tenía problemas para comunicarse con una mujer! —. En cuanto a su amigo Nicholas —agregó Kayla —, muchas mujeres se sienten atraídas por hombres ricos, que se dedican sólo a la diversión y a la buena vida. Me han dicho también que es muy impresionante por su físico y su personalidad… Y bien… —Se encogió de hombros y sonrió como ofreciendo una disculpa por la necia debilidad de ciertas representantes del sexo débil—. Si suma todo eso, no será raro que, para algunas mujeres, resulte un hombre irresistible… —Supongo que tiene razón. Usted también se enamoraría de él si lo conociera, ¿verdad? —preguntó, esperanzado. —Me temo que no. Ese tipo de hombres son para mí como una patada en… — ¡Otra vez esa franqueza que la hacía expresarse de una manera casi impropia para una dama! Por otra parte, no deseaba asustar a Franklin con sus burdas apreciaciones—. No; jamás me atraería alguien como Nicholas Trahern — continuó


—. Ahora, si me disculpa. Franklin, debo seguir trabajando. Si me deja su tarjeta, veré que el señor Trahern se ponga en contacto con usted. Él pareció momentáneamente desconcertado. —Lo siento —se disculpó, sonriendo con inocencia, después de fingir que buscaba en el bolsillo de su chaqueta—. Creo que me quedé sin tarjetas. —Entonces dejaré un mensaje al señor Trahern. Dígame, ¿se trata de una visita puramente social o de negocios? —Pues… ambas cosas —balbuceó él. —¡Ah! ¿Con que sí era vendedor? ¿De qué? ¿Maquinarias? —le preguntó. interesada, sufriendo al ver una vez más el fatídico despliegue de luces sobre el tablero. —No, vendo… —Franklin echó una mirada en derredor, buscando con desesperación algo que lo salvara del aprieto… Por fin reparó en la pila de libros que había sobre la mesa de la salita de espera—. Vendo libros, enciclopedias, para ser preciso. —¿Enciclopedias? —Bien… no exactamente. —Sonrió con su manera seductora y agregó—: Son, en realidad, libros de consulta. Pero no hablemos de trabajo. ¿Sabe, Kayla Marshall? Estoy a punto de hacer algo que es inusual en mí —dijo, apresurándose a cambiar de tema—. Algo que usted, mi estimada señorita, me ha dado el valor de


intentar. Algo que soñé toda mi vida y nunca me animé a realizar. Invitaré a una hermosa dama a cenar conmigo esta noche. —Me parece muy bien, Franklin —lo alentó Kayla, tratando de librarse de él lo antes posible; tanto que hasta lo escoltaba discretamente hasta la puerta—. Estoy segura de que cualquier mujer se sentiría halagada de cenar con usted… —¡Muchas gracias! ¿A qué hora quiere que pase a buscarla? Nº Páginas 9-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras Kayla se quedó boquiabierta. Dejó caer los brazos a ambos lados de su cuerpo y preguntó, estupefacta: —¿A… a mí? —Sí, ya sé: no me diga nada. —Franklin se encogió de hombros y meneó la cabeza, resignado—. Seguramente me rechazará con la excusa de que tiene un compromiso esta noche. —¡Oh, Franklin! —Kayla era tan sensible que le partía el alma ver la expresión de desconsuelo en el rostro del joven, pero no deseaba salir con un vendedor al que acababa de conocer hacía apenas unos instantes. Aunque, para ser sincera consigo misma, en ese momento de su vida rehuía la compañía de cualquier hombre. —No se preocupe: estoy acostumbrado. Ahora volveré tranquilo al hotel y me prepararé unas galletas con mantequilla… No, eso fue lo que comí anoche. Mejor haré una sopa instantánea… Sí: y herviré el agua con el pequeño calentador


eléctrico que traje. Siempre lo llevo conmigo, ¡es tan útil! Después, buscaré algo con qué divertirme. —Reunió coraje y procuró sonreír. A Kayla se le hizo un nudo en la garganta. —Franklin, me encantaría que cenáramos juntos —se obligó a decir—. Cuando usted me interrumpió, estaba a punto de advertirle que salgo un poco tarde; eso es todo… —¿En serio? —Los ojos grises se encendieron con la alegría de un niño al que acaban de ofrecer un caramelo—. La hora es lo de menos, como no tengo nada que hacer… Usted dígame a qué hora quiere que pase a buscarla y yo estaré aquí. Kayla se mordió el labio, ignorando cómo y cuándo se había iniciado ese embrollo. —Si no tiene inconveniente, Franklin, primero me gustaría ir a casa a cambiarme. —Tomó un lápiz y una hoja del anotador y garabateó su dirección; vacilante, se la alcanzó y agregó—: Estaré lista a las siete. —¡Estupendo! —El rostro atractivo se iluminó de manera angelical—. Kayla, yo… ¡Se lo agradezco tanto! Y quédese tranquila, que estará segura a mi lado. No soy como mi amigo Nicholas… —le dijo, con expresión adusta. —Gracias, Franklin. Sé que pasaremos una hermosa velada —aceptó ella, sonriendo con valentía. Kayla permaneció junto a la puerta y observó cómo Franklin caminaba gallardamente, silbando por lo bajo, hacia su sedán negro. Parecía un hombre


tan agradable y sincero y, además, al fin de cuentas, ¿qué era una noche? Podría soportar lo que fuera por una noche. Por otra parte, hacía mucho tiempo que no se sentía cortejada, tratada como una dama, como una mujer. Desde que Tony rompiera el noviazgo. Cerró los ojos e imaginó los rostros de Tony y Maggie. Para ese entonces el bebé de ambos debería de tener ya seis meses y, probablemente, le estuvieran saliendo los dientitos. Por enésima vez concibió en su mente la carita de esa criatura: un bebé de cabello oscuro y ojos grises, un hijo que podría haber sido de ella y de Tony. Él había sido su primero y único amor, y después de la disolución de la pareja, Kayla había resuelto no volver a comprometerse con ningún hombre. Ni entonces ni nunca. Cuando Tony fue a verla, y con lágrimas en los ojos le suplicó que comprendiera esa aventurita pasajera, como él la definió, restándole Nº Páginas 10-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras importancia; apenas una canita al aire, que había terminado nada menos que con el embarazo de la joven en cuestión, Kayla sintió que su mundo se derrumbaba. Si bien la honestidad era una virtud que valoraba sobremanera, ¡cuánto más fácil le habría resultado separarse de Tony si él se lo hubiera dicho de otro


modo! Si la hubiera abandonado, confesándole que amaba a otra mujer, ella habría sufrido menos. Pero no, cuando se separaron, Tony le juró una y otra vez que la amaba, que estaba tan destruido como ella por lo sucedido. Sin embargo, lo abrumaba la responsabilidad por ese hijo, fruto de un desliz involuntario, por lo que había decidido casarse con la madre, prometiendo a Kayla que algún día, en algún lugar, existiría un futuro para ambos. Entonces el a había respondido, con la misma vehemencia, que todo entre ellos acababa allí. En seguida, puso en venta la tienda de ropa y tuvo la suerte de deshacerse del comercio en un mes. Dejando atrás a la inocente Kayla Marshal , se marchó a Little Rock, donde vivía Paula, su mejor amiga de la secundaria, ya casada y radicada en esa ciudad. Kayla emprendió entonces la noble y ardua tarea de empezar de nuevo. Siempre había sido una joven crédula que confiaba plenamente en los otros, pero luego de lo que había pasado con Tony, se prometió no volver a creer nunca en otro hombre. Durante los últimos meses había vagado sin rumbo, su vida sumida en un hondo vacío interior. La venta de su comercio le había dejado bastante dinero como para vivir sin trabajar durante un tiempo. Después, cuando Paula le propuso que la remplazara en su empleo durante las vacaciones, en las que el a haría un viaje con su marido, Doug, a las Bahamas, Kayla aceptó de buen grado. Estaba feliz,


feliz de sentirse útil de nuevo, feliz con el solo hecho de volver a sentir. Era un buen comienzo: tal vez no significara mucho, pero, para Kayla, representaba haber subido un peldaño con respecto al año anterior. De vuelta a la realidad, cerró la puerta y caminó, pensativa, por la pequeña oficina. Sí, sería muy agradable estar en compañía de alguien como Franklin Franklin. Kayla se sonrió de la originalidad del nombre. Quizá fuera tímido y vergonzoso, aunque por alguna extraña razón, esa timidez no le parecía del todo cierta. De todos modos, la perspectiva de salir con él la l enaba de entusiasmo. ¡Que se fueran al diablo todos los Tony Platto y Nicholas Trahern del mundo! Pero, por si acaso necesitaba algún consuelo, se reiteró la consigna: "Será sólo una noche. " ¿Qué podría perder con ese rapto de altruismo? Nada, ¡ella ya lo había perdido todo! Nº Páginas 11-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras Capítulo 2 Era ya bastante tarde cuando Kayla regresó a su apartamento. Mientras con una mano sostenía los paquetes con todo lo que había comprado, con la otra buscaba dentro de su bolso las l aves, reprendiéndose como siempre por no haberlas puesto en algún bolsillo, en lugar de arrojarlas al descuido, como era su costumbre. Diariamente tardaba cerca de cinco minutos procurando hal arlas.


Cuando por fin las encontró, abrió la puerta del apartamento y entró; arrojó las bolsas sobre la silla que estaba más cerca, y despejando su rostro de un mechón rebelde, se echó cómodamente sobre el sofá. Se quitó los zapatos y movió sus dedos, disfrutando de la encantadora libertad; sus ojos, del color de una hierba doncella, se iluminaron mientras examinaba la correspondencia y descubría entre las cartas una postal de su amiga Paula. "Esto es una maravil a. Ojalá estuvieras aquí". Kayla sonrió: estirándose perezosamente, cerró los ojos un momento e imaginó el paisaje tropical: las palmeras, que se mecen impulsadas por el viento: las playas de arenas cálidas, que abrigan la piel. No, no sólo Paula deseaba que estuviera allí… Suspirando entre soñolienta y cansada, Kayla se incorporó con renuencia y fue al lavabo para tomar una ducha, antes que Franklin pasara a buscarla. Veinte minutos más tarde, cuando se aplicaba los últimos toques de maquillaje, oyó el chirrido del timbre que anunciaba que su festejante había llegado. Miró la hora, ¡vaya que era puntual! Las siete en punto; ni un minuto antes ni un minuto después. "Será sólo una noche", se recordó por enésima vez desde que abandonara la oficina esa tarde; con una sonrisita débil, pero perfectamente creíble, abrió la puerta. Había algo en Franklin Franklin que, por un momento, hizo latir atropelladamente su corazón. Claro que semejante reacción bien podría ser la consecuencia lógica de que Kayla notara la altura de ese hombre, su físico atlético, o la manera en que l evaba una remera informal con escote en Y. que dejaba entrever un pecho musculoso, cubierto de vello rubio rizado. Tras unas gafas grandes, los ojos grises del color del acero enfrentaron a los azules, atrayéndolos con irresistible magnetismo. Con expresión pícara, él reparó en


la insinuación de las formas núbiles bajo el vestido azul noche. Una sonrisa fácil se dibujaba en las comisuras de sus labios cuando saludó a Kayla con su voz grave y sensual, que la estremeció. —Buenas noches… señorita Marshal . Está usted… muy bonita. —Le entregó un pequeño envoltorio y un ramito de nomeolvides—. Las flores me recordaron sus ojos —explicó, con una sonrisa seductora. —¡Oh. Franklin! No tenía por qué haberse molestado… —repuso Kayla, con ternura—. Sin embargo, me complace mucho que lo hiciera. ¿No me diga que me trajo bombones también? —Según cómo se miren. Seguramente lo serán a los ojos de un admirador. Vamos, ábralo. Kayla se sintió un poco turbada con tantas atenciones. ¡Qué pena que un hombre tan agradable no hubiera encontrado una mujer que le brindara el afecto y la aceptación que evidentemente él necesitaba! Tirando ansiosa de la cinta, Kayla Nº Páginas 12-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras desenvolvió el paquete y abrió la cajita. Mucho le costó ocultar su consternación al ver de qué se trataba: sobre una capa vaporosa de papel tisú, había varias bragas, mucho más insinuantes que las que el a había comprado.


—¿Le gustan? —preguntó Franklin sinceramente, el orgul o pintado en el rostro, por su buen gusto —en su opinión— excelente. —Sí… eh… en verdad, Franklin, no tenía por qué… —balbuceó Kayla, sin saber qué decir. Al parecer, él había cambiado de opinión con respecto a las bragas… O ya no las consideraba una tortura o bien su intención era abochornarla aún más. Esas bragas no alcanzarían a cubrir siquiera las partes fundamentales de su cuerpo. ¡Ni qué hablar de su comodidad! Sus ojos perspicaces notaron que el tamaño era el correcto. Ahora bien, ¿cómo podía Franklin haber acertado con la medida que ella usaba, si no estaba acostumbrado a tratar con mujeres? —Franklin, ¿cómo supo el tamaño? —Pues lo adiviné —declaró, sonriendo satisfecho. Kayla entrecerró los ojos con cierta sospecha. ¿Qué la hacía sentir incómoda en compañía de ese hombre? ¿Acaso el simple hecho de que hubiera imaginado el tamaño exacto de su ropa interior? —Bien… gracias de nuevo: pero no era necesario. —Tal vez, pero yo deseaba hacerlo, Kayla Marshal —dijo él; su voz grave volvió a estremecerla con su subyugante timbre viril. Entonces se acercó más a ella y observó, con ademán aprobatorio, el encantador rostro femenino—. Las mujeres bonitas deben l evar atuendos hermosos —explicó—. Ha sido un placer, se lo aseguro. Había algo extrañamente seductor en la presencia masculina, que robaba el aliento a Kayla; además, el repentino afecto que empezaba a sentir por él la ponía


aún más nerviosa. Franklin estaba muy cerca ahora, tanto que la envolvía diabólicamente con su aroma masculino, entremezclado con la fragancia sensual de la loción para después de afeitar. Kayla sucumbía confundida por el efecto embriagador… Y como si fuera poco, los ojos grises, tan l amativos, recorrían sus formas femeninas con una expresión tal que si se hubiera tratado de otro hombre en lugar de Franklin, habría jurado que la estaban observando para descubrir si el terreno era propicio para besarla. —Bien —rió, nerviosa—. Gracias de nuevo. —¡Por el amor de Dios! ¿Cuántas veces pensaba agradecérselo? —Y una vez más, le digo que no tiene por qué. —Luego de una última mirada apreciativa, Franklin se alejó y volvió a asumir el tono frío de un empresario—. Supongo que tendrá hambre, señorita Marshall, ¿le gusta la comida mejicana? Kayla tomó el suéter que había dejado sobre el sillón, recogió su bolso y, mientras salían, intercambió con su cortejante sonrisas cordiales. —Me encanta la comida mejicana: pero, por favor, l ámeme Kayla. —¡Oh, señorita Marshal ! —balbuceó él, tratando de parecer turbado—. No creo conocerla lo suficiente todavía para tomarme semejante confianza. El sentido del humor de Kayla, siempre a flor de piel, la hizo estallar en una carcajada sonora. Nº Páginas 13-122


Lori Copeland – Odio tus mentiras —¡Ay, Franklin! Usted sí que es especial… Me compra… tres pares de bragas… muy finas, y me dice que no me conoce lo suficiente para llamarme por mi nombre de pila. —Su alegre risa l enó cada rincón del cuarto, en tanto Franklin permanecía a su lado, sonriendo tímidamente. ¡Qué hombre más maravil oso!—. Perdóneme, Franklin —alcanzó a decir en medio de las risitas, temiendo herir los sentimientos de él—, pero lo encuentro algo… —Sí, ya sé. —Su rostro adquirió de pronto una expresión grave—. Aburrido y anticuado, ¿no es así? Pues me temo que, en efecto, soy ese tipo de hombres. Para mí, la mujer es algo especial y debe tratársela con respeto y reverencia. — Tomó la mano de Kayla y la acarició con suavidad—. Tanto más si se trata de una mujer como usted. —Se equivoca; no lo considero aburrido ni tampoco anticuado. —Kayla tomó la mano grande entre las suyas y la estrujó con afecto—. Usted es un manantial, una perla distinta en medio de todos los hombres que he conocido. No es que haya salido con muchos, pero… —Su voz se fue apagando, cuando la imagen de Tony irrumpió en su mente. —¿Existe alguien más importante que el resto en su vida? —preguntó Franklin.


estrechando aún más la mano femenina. Sus tiznados ojos grises se ensombrecieron peligrosamente. Por primera vez dudaba de la eficacia del juego con el que pretendía seducir a aquella encantadora mujer. —Lo hubo, pero de eso hace ya mucho tiempo. Ahora vámonos, Franklin, me muero de hambre, además, si mal no recuerdo, lo escuché mencionar algo acerca de enchiladas, tacos y burritos. —Deslizó el brazo por el de él, instándolo a que abandonaran el apartamento. —Enchiladas, tacos y burritos… ¡Dios mío! ¡Pero come más de lo que parece! ¡Mmmm! Creo que mi bolso corre serio riesgo… —No se preocupe —lo tranquilizó Kayla—. Usted es una persona tan encantadora que he decidido invitarlo yo esta noche. Pida lo que desee; yo pago — agregó, sonriendo. Él la fulminó con la mirada. —¡De ninguna manera! —replicó, indignado—. Era una broma. Tengo bastante dinero para pagar la cuenta; de no haber sido así, no la habría invitado. Kayla se arrepintió en ese mismo momento de sus palabras. No había sido su intención ofenderlo ni lastimar su orgul o insinuando una humilde condición. Sin embargo, supuso que Franklin era un vendedor de escasos recursos, a quien costaría mucho ganarse la vida: por esa razón había decidido ayudarlo, haciéndose cargo de los gastos o, al menos, pagando a medias. —Como usted prefiera, Franklin —accedió, encantada—. Espéreme un minuto, por favor. Pondré las flores en agua y después podemos irnos. ¡Qué extraño!


¿Sabe que no me di cuenta de que llevaba gafas hoy? Le quedan muy bien —lo halagó, mientras él la escoltaba hasta el sedán de estilo tan sobrio como el del mismo dueño. Al reflexionar sobre lo que había dicho. Kayla comprendió que hasta la más desagradable verruga sentaría bien a Franklin, aunque él evidentemente no tenía la menor idea de lo atractivo que era. Y además, muy dulce. Tal vez tuviera problemas en la cama… Kayla inspeccionó a hurtadillas las piernas largas, cubiertas por los vaqueros ajustados. La tela perfilaba a la perfección los contornos firmes y Nº Páginas 14-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras musculosos. A pesar de la tentación que representaban, los muslos constituían una zona neutral, mucho menos peligrosa que cierta parte del cuerpo asociada con su virilidad. No obstante, por respeto a Franklin, Kayla se obligó a apartar la vista hacia la ventanil a. "Sólo una miradita más", la traicionó su subconsciente. No; bastaba verlo, observar su cuerpo, para adivinar que él no podía tener ningún problema en la cama. —Es que no las uso siempre —aclaró, mientras conducía a bastante velocidad para tomar la autopista—. Las llevo sólo para descansar la vista. —¿Suele venir seguido a Little Rock? —preguntó Kayla, en tanto él subía la rampa que lo l evaba hasta el grueso del tránsito en la carretera. Al parecer, sabía exactamente adonde iban.


—Bastante seguido. —¡Maldición! murmuró Franklin entre dientes al ver las congestiones que se formaban—. Las carreras deben de haber sido una sensación… Kayla miró por la ventanilla y reparó en la enorme caravana que venía de Hot Springs. En una oportunidad, Paula le había comentado que durante la temporada de carreras, el tránsito se tornaba muy pesado, en especial los fines de semana. —Mmmm. Quisiera saber cuántos caballos habrá hecho llegar Snyder la raya… —musitó Franklin, mientras abordaba el carril más rápido. En cuanto a Kayla, conocía lo suficiente de carreras como para estar al tanto de que Snyder era uno de los jinetes más populares. —¿Le gustan las carreras? —le preguntó, sorprendida. Nunca pensó que un hombre como Franklin pudiera ser aficionado al hipódromo. Él pareció momentáneamente descolocado. —Es que… Nick tiene caballos… que participan y yo… pues me interesa averiguar cómo salen… —Yo nunca vi una carrera —confesó Kayla—. Además, no me agrada mucho el juego. Franklin se volvió hacia ella, con una sonrisita burlona. —Ya la veo, Kayla, abalanzándose sobre la ventanilla para colocar su apuesta. ¡Dos dólares a show! —Los ojos iluminados por una traviesa chispita observaban los


rizos rubios que casi cubrían el rostro de el a, impulsados por la brisa juguetona. —No entiendo nada… —admitió Kayla. —En las carreras de caballos —explicó Nick, pacientemente se pueden efectuar varias apuestas: a ganador, a placé y show, o sea segundo y tercero respectivamente, en forma separada: o si no, otra posibilidad es la trifecta, que es la apuesta a primero, segundo y tercero, en una misma carrera. Apostar a show resulta bastante seguro, si se elige un buen caballo. Claro que es muy difícil hacerse rico de esa manera. —¿Por qué? —preguntó Kayla, fascinada al ver cómo se encendía el rostro de él cuando hablaba de algo que lo entusiasmaba. —Porque si el caballo al que apuesta sus dos dólares es el vencedor, recupera el dinero más una pequeña ganancia En cambio, si se arriesga y escoge un caballo Nº Páginas 15-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras que no es favorito, obtiene mucho más dinero, si el animal triunfa. Aunque tampoco es la fórmula para hacerse millonario… —¡Ah, pero al menos no pierdo mis dos dólares! —razonó Kayla, con inteligencia—. Seguro que usted apuesta todo a que gana por muerte. —Sí —reconoció él, sonriendo—; apuesto todo a que gana por un hocico…


—Su amigo Nicholas debe de apostar al hocico, las ancas y la cola —rió Kayla, que no comprendía nada de la jerga específica de las carreras de cabal os. El comentario borró la sonrisa del rostro de Franklin. —Nick no es un jugador empedernido, si eso insinúa, Kayla; pero sí está orgulloso de sus caballos —se defendió—. No creo que haya nada de malo en su actitud… Kayla lo miró, sorprendida por el cambio súbito que se había producido en él. —Claro que no —procuró sosegarlo—. Yo solamente me refería a la diferencia en la cantidad de dinero que él apostaría y la que apostaríamos nosotros dos. ¡Qué extraño que lo protegiera tanto! Tal vez había vivido mucho tiempo a la sombra de su amigo, admirándolo por todo lo que Nick conseguía y él no, y por eso le molestaba que alguien lo denigrara hasta con la observación más inocente. —Lo siento —se disculpó Kayla—; no era mi intención criticar a Nick. Sólo fue un pensamiento en voz alta. —Está equivocada con respecto a Nick, Kayla. No es lo que muchos dicen… —Pero usted mismo admitió que los rumores eran ciertos —rebatió el a. —¿En serio? —preguntó Franklin, fingiendo sorpresa, al notar que la conversación se estaba complicando demasiado—. Bien, quizá sean verdaderos en alguna medida… —¿Y cuál es esa medida? —rió Kayla, burlándose de la turbación de él. No tenía la menor duda de que Nicholas Trahern era un esnob engreído: pero la suerte


había sido benévola con él, poniendo en su camino a un amigo tan leal como Franklin Franklin. —La de un… supermoscu… perdón, superhombre —repuso él, sondándole con malicia y guiñándole el ojo. Con lo que Kayla por poco se derretía. No podía creer que el dulce y tímido Franklin hubiera hecho semejante observación: después, recuperándose de su sorpresa, se echó a reír de manera tan contagiosa que él no pudo evitar unírsele en el rapto de hilaridad. No tenía la menor idea acerca de si Franklin era el hombre para ella, o si el a, la mujer para él; de lo único que parecía consciente era de que hacía mucho, mucho tiempo que no se sentía tan feliz. En medio de carcajadas, entraron en el restaurante mejicano, desternillándose de risa aún más al ver la expresión perpleja de los curiosos que se volvían para mirarlos. Cuando bajaron del automóvil, Franklin la tomó de la cintura. Nada más natural… Así, juntos, riendo contentos, fueron a cenar… Nº Páginas 16-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras Cuando l egó el turno de las judías y la tortilla de maíz, Kayla creyó, que explotaría. Durante la última media hora habían comido con la voracidad de un náufrago que no ha probado bocado en mucho tiempo, o la ansiedad de un condenado a muerte con derecho a una comida postrera. Sentados en el reservado en penumbra, Franklin sugirió pedir otro taco. —¡Por el amor de Dios! —exclamó Kayla, inflando los carrillos como una gordinflona—. Si continúo comiendo, voy a morir, señor. ¿No tiene usted piedad de mí?


—Es que le hace falta engordar un poco —bromeó Franklin, observando las delicadas curvas femeninas. —¡Sí, claro! —estalló Kayla, fingiendo estar ofendida—. Debería matarlo por decir algo semejante. Vivo a yogur y ensalada todo el día para no aumentar de peso, y resulta que al señor no se le ocurre nada mejor que insinuarme que debo engordar. —No tiene por qué preocuparse por esa hermosa figura —le dijo él admirando la silueta grácil—. ¿Por qué no deja que los hombres nos encarguemos de una tarea tan grata? —Los rasgos viriles poseían una suerte de irresistible sensualidad, cuando le tomó la mano y la acercó a sus labios, en un gesto espontáneo. Ella estaba subyugada, hipnotizada, al sentir el roce de los labios de él sobre la yema de sus dedos. Después, llegó el beso fugaz sobre la piel sensible. —Franklin —susurró, sin aliento—, me cuesta creer que tenga problemas con las mujeres. Usted es una persona tan cálida, tan afectuosa… al menos conmigo. — Su voz se apagó, débil y trémula, cuando los ojos grises capturaron los de ella, mientras los labios continuaban jugando tramposamente con sus dedos finos. —Yo mismo estoy sorprendido —respondió él, contento—. Pero el mérito es suyo, Kayla, porque me hace sentir la alegría de ser un hombre que disfruta plenamente de la compañía de una mujer. El grueso cabello rubio, recortado prolijamente sobre la nuca, era una tentación para Kayla, que se moría por acariciarlo, y la tensión de los músculos varoniles, descubiertos por el suéter, cuando él le estrujó la mano,


aceleró el pulso errático de su corazón. La masculinidad arrolladora la confundía. Nunca había experimentado semejante atracción hacia un hombre, ni siquiera con Tony. El solo pensarlo la sumía en un torbellino de conmoción. Atemorizada por el efecto, retiró la mano con delicadeza y se obligó a apartar la mirada, mientras murmuraba: —Franklin, yo… no quisiera lastimarlo, pero creo que será conveniente aclararlo todo de entrada. No tengo nada en contra suyo; al contrario, me parece un encanto de persona. Pero… pero nunca existirá entre nosotros más que una amistad… —¿Por qué? preguntó él con aplomo, tomándola de la mano otra vez—. ¿Es a causa de ese hombre del que me habló antes? ¿Ese que la hizo sufrir? —¿Cómo sabe que me hizo sufrir? —Kayla soltó una risita irónica; al parecer, había menospreciado a Franklin, quien evidentemente era alguien que sabía leer muy bien entre líneas—. Tal vez me haya hecho mucho más que eso, pero… Sí; es por él… Nº Páginas 17-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —¿Qué sucedió? Cuénteme. Era difícil pensar con claridad cuantió él la miraba de ese modo, con sus ojos tan penetrantes. Lentamente. Franklin había acercado de nuevo la mano de ella a sus labios y volvía a provocarla con sus besos cálidos y suaves como el


roce de una pluma. —¿Tiene importancia? —preguntó, con un tono mezcla de cansancio y resignación, tratando por todos los medios de no remover la historia de Tony. —Para mí, sí. ¿Cómo se l amaba? —Tony. Tony Platto. —Una extraña sensación recorría el cuerpo de Kayla, en tanto él le succionaba la yema de un dedo… después el otro. Habría jurado que no era la primera vez que hacía algo así con una mujer, que estimulaba ese tipo de acercamiento… Si no fuera por ese aspecto angelical… por esos ojos… —¿Qué le hizo? —insistió Franklin. —Estábamos comprometidos. Tony salió con otra mujer y bien… pasó lo de esperar. Ella quedó embarazada, por lo que Tony decidió casarse. —¡Qué curioso que ya no doliera tanto como la última vez que habló al respecto! —¿Lo amaba? —Sí —admitió ella, con dolor. —¿Y aún lo quiere? —No lo sé —respondió, encogiéndose de hombros—. De todos modos, aquel o ya es parte del pasado. Sin embargo, los ojos azules perdieron su luminosidad; la mirada cristalina se apagó con la amargura del fracaso. —¿Así que por un canalla… —Franklin se contuvo—. Kayla, no puede permitir que una mala experiencia amorosa la prive de vivir una relación con otro hombre.


Ella le rogó un poco de comprensión. —Franklin, entonces creí que lo que existía entre Tony y yo era algo especial, sagrado. Hasta pensé que mi mundo comenzaba y terminaba en él y con gusto habría ofrendado mi vida, si me la hubiera pedido. Confié en Tony ciegamente y le entregué todo. Lo alenté en lo que soñaba: deseé lo que él deseaba. Sin embargo, cuando llegó el momento, no tuvo reparos en arrojar por la borda toda esa confianza y ese amor la misma noche en que decidió acostarse con otra mujer. Sí: mi experiencia con Tony me marcó tanto que desde que rompimos, he evitado todo compromiso con un hombre. No sé si alguien volverá a importarme; tampoco estoy segura de querer averiguarlo. Por el momento, al menos, prefiero vivir mi vida, sin tener que pensar en ningún hombre. —¿Podrá… hacerlo, Kayla? —Franklin arqueó una ceja, ton incredulidad—. ¿Qué sucedería si siente atracción por otro hombre? Digamos, mi buen amigo Nicholas… —Supongo que se tratará de una broma. Jamás me fijaría en alguien como él, así fuera el único hombre sobre la tierra—. Por alguna extraña razón, Franklin atizaba las brasas que ella creyó extinguidas con Tony. La sensación, aunque agradable, la asustaba—. ¿Por qué le sorprende que no quiera tener nada que ver con un hombre? Tenía la impresión de que usted… —Kayla se quedó en silencio un Nº Páginas 18-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras


instante, buscando las palabras adecuadas—. De que no poseía demasiada experiencia con mujeres. Al parecer, ha vivido perfectamente sin ellas. —Eh… bien… para ser sincero… —Franklin se inclinó hacia adelante, acercando su rostro al de ella, sus ojos sumamente serios—. Quisiera revelarle un secreto, Kayla. ¿Cuento con su discreción? —Claro que sí —lo alentó el a, los dedos temblorosos bajo el contacto cálido. —Yo… —Franklin echó una mirada en derredor para cerciorarse de que nadie oiría la conversación—. Pues, para ser franco, yo nunca… —balbuceó; con voz entrecortada por la vergüenza. Kayla lo miró atónita, al comprender a qué apuntaba la frase inconclusa. —¡Shhhh! —la amenazó él, mortificado—. Es algo que nunca he dicho a nadie. —Lo siento, Franklin —lo apaciguó el a, turbada, estrujando compasivamente las manos grandes—. Es que me asombra tanto que usted… ¿Qué edad tiene? —Treinta y seis. —¿Y a los treinta y seis, todavía no…? —¡Shhh! —Perdón… —se disculpó Kayla, mirando, nerviosa, a su alrededor. En voz más baja, añadió—: ¿Nunca sintió deseos? ¿O curiosidad?—. ¡Tanta abstinencia era demasiado! Encogiéndose de hombros. Franklin admitió con humildad: —A decir verdad, he pensado en eso muchas veces… "Nada más que pensado, se dijo Kayla, irritada por lo absurdo de las


circunstancias Yo, en su lugar, habría gritado o me habría trepado por las paredes. ¡Dios mío! Treinta y seis años y nunca… ¡Vaya que batió todos los registros! —¿Acaso tiene algún… problema? —le preguntó, tratando de develar el misterio. Debía existir algún motivo que justificara semejante desperdicio. —¡No! —se atajó Franklin, instantáneamente—. No tengo ningún problema. Es sólo que deseaba llegar virgen al matrimonio. Se lo advertí: soy un hombre muy anticuado —agregó, adoptando una actitud defensiva. Kayla tamborileó los dedos sobre la mesa, mientras inspeccionaba a Franklin críticamente, intrigada por saber si en verdad existiría alguien así. Si hacía apenas un segundo pensaba que habría sido mucho menos comprometedor que él se hubiera guardado su secreto, ahora le parecía un desafío fascinante. Treinta y seis años y todavía… virgen! ¡Uy! —Tal vez haya sido demasiado escrupuloso —reconoció él, con cierta culpa, tomándole la mano otra vez—: pero es que mamá siempre me decía que tuviera cuidado con las mujeres… usted me comprende… —Levantó una ceja y escudriñó, escudado tras las gafas, el pensativo rostro femenino—. En realidad, no sé por qué le cuento todo esto, si de ahora en más los dos estaremos navegando en el mismo bote… dado que ha resuelto abstenerse de una relación con un hombre… Los preocupados ojos azules sostuvieron la mirada de los grises, tristes y sombríos. Nº Páginas 19-122


Lori Copeland – Odio tus mentiras —¡Oh, vamos! Es una broma, ¿verdad? —Kayla esbozó una sonrisita presuntuosa, dándole a entender que no era tan inocente como para tragarse una historia semejante. —¡Le juro que es cierto! —declaró él, con vehemencia—. Franklin Franklin jamás ha ido a la cama con una mujer. —La fatalidad cernía sus huellas nefastas sobre las facciones viriles. —Bien, tampoco se preocupe tanto —lo animó Kayla, palmeándole la mano —. Alguna vez encontrará a la joven de su vida y entonces se sentirá orgulloso y feliz de haber esperado. —¿Qué más podría decir para consolar a un hombre que a los treinta y seis años aún era virgen? ¿Que continuara así? ¿Que evitara pensar al respecto? —Creo que será mejor que regresemos —sugirió Franklin, de pronto, soltando la mano de Kayla. Su voz apagada reflejaba a las claras su desazón. Cuidándose de no demostrar abiertamente la compasión que él le inspiraba. Kayla sonrió, radiante. —Fue una velada muy agradable, Franklin: lamento mucho que termine. —No hace falta que diga nada por compromiso —respondió él, mientras pagaba la cuenta, dejando al camarero una generosa propina. Sorprendida, ella reparó en la cantidad de dinero que llevaba en su cartera. ¡Al parecer había traído los ahorros de su vida! El viaje de vuelta no tuvo el clima de jolgorio que había reinado hasta entonces.


Kayla miraba por la ventanilla, sumida en sus propias reflexiones, en tanto Franklin conducía en silencio, también pensativo. A pesar de que hacía sólo unas horas que se conocían, él se había ganado el afecto de el a. Quizá fuera algo más que afecto, pues Kayla se sentía extrañamente ligada a él. ¡Ojalá Franklin hal ara una mujer que lo comprendiera y aceptara, como merecía! La joven se incorporó abruptamente, alarmada por los pensamientos que sobrevinieron. El mero hecho de imaginar a Franklin con otra mujer clavó en su corazón la espina de los celos. ¡Por el amor de Dios! ¡Qué tontería! Si justamente en aquel a etapa de su vida lo que menos necesitaba era comprometerse con un hombre, así fuese un ejemplar tan extraordinario como Franklin Franklin. Trató de convencerse de que lo único que la unía a él era compasión, piedad… Sí, le daba pena que atravesara por un momento tan difícil. Resultaba obvio que tenía muchos problemas, y para peor, ella no estaba en las mejores condiciones, emocionalmente hablando, para ayudarlo. Sin embargo, esos conflictos no eran nuevos en él: Franklin había convivido con ellos treinta y seis años, de modo que bien podría resistir un tiempo más. Kayla estaba resuelta: en el instante de la despedida dejaría en claro que no deseaba profundizar nada con él.


No; después de lo que le había ocurrido con Tony, no se atrevía a confiar en un hombre otra vez. Cuando por fin l egaron, Franklin aparcó el automóvil y, con las manos entrelazadas sobre el volante, se volvió hacia Kayla. —Bien, ahora nos diremos buenas noches y… adiós… —Sí, supongo que sí —convino ella—. Franklin, en cuanto a lo que le comenté antes acerca de la velada agradable que había pasado, me gustaría que me creyera, porque lo dije en serio. Nº Páginas 20-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —Existe una sola manera de que yo le crea es que… que me permita… — Turbado, Franklin no se animó a continuar. “¡Dios santo!, pensó Kayla, después de treinta y seis años de abstinencia, no se le ocurrirá pedirme que vaya a la cama con él.” —Dígame —susurró, casi sin aliento. Si Franklin osaba insinuarle algo tan ridículo… ella no sabría qué responder… ¡Era tan apuesto y viril! Antes que pudiera darse cuenta de lo que ocurría, él se le acercó muy despacio, y deslizando tiernamente su mano por el rostro de el a, concluyó con dulzura: —Permítame que le dé un beso de buenas noches… Sí, sé que es un atrevimiento de mi parte —prosiguió, con expresión contrita—; pero es que usted es tan, tan especial… —El pulgar tramposo acarició la tersura del carrillo de el a, en


tanto sus ojos le rogaban tácitamente que no lo rechazara. Un impulso irracional provocó que Kayla se echara en sus brazos. Ni siquiera consideró la propuesta; no hizo falta, pues su cuerpo ya había aceptado. Al fin y al cabo, había esperado ese beso toda la noche; lo había deseado con toda su alma… —Franklin, no tiene por qué disculparse, porque… porque no me molesta que me bese. Al… contrario —le dijo, ansiosa. Él unió su boca a la de ella, rozándola provocativamente, con un cosquil eo sensual. —¿En serio me dejaría? —preguntó él, esperanzado, tentándola con la húmeda calidez de su lengua. —Sólo un beso —le concedió Kayla. Aunque la transacción era más consigo misma que con él. —¡Por favor, señorita Marshal ! ¡Yo nunca me atrevería a proponerle nada más! —exclamó él, horrorizado, contemplándola con sus ojos angelicales. Ella sintió el efecto embriagador de los labios masculinos sobre la zona erótica de su cuello. Lentamente, como si ejecutara un castigo implacable, él avanzó hasta tomar su boca. Ella respondió, deseosa, con el apetito de su cuerpo, que desmentía todas las intenciones racionales de no entregarse a ningún hombre. Con un gemido suave, él apresó sus labios con maestría, pidiendo y otorgando, encendiendo la piel femenina con la l amarada aún tenue de la pasión. Si Franklin carecía de experiencia


con las mujeres, como decía, entonces poseía un talento natural para acercarse a el as e intentar lo desconocido. Kayla, en tanto, deslizó la mano por la mejilla de él, deleitándose con la suavidad de la piel recién afeitada, perdiéndose en la magia intrincada de su cabello rubio. Él la estrechó contra su pecho, envolviéndola en el calor de sus brazos, amoldándola a la firmeza de su masculinidad. Tras la breve eternidad del beso, cuando los labios de él se apartaron. Kayla sucumbió a una extraña desazón. Ya casi había olvidado lo grato que era que un hombre la abrazara, la besara… —Bien, ahora no será buenas noches sino adiós —dijo él, con tristeza, abandonando los labios delicados para volver a disfrutar de la suavidad del cuello delgado. —¿Se marcha mañana? —susurró el a, con voz trémula, apresando la cabellera dorada sobre su cuel o. Nº Páginas 21-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —No, me quedaré un tiempo en la ciudad; pero, como usted dijo que no deseaba ningún tipo de relación con un hombre, pensé que… que no volveríamos a vernos. —Entonces la besó otra vez, con una actitud más exigente, un reclamo más imperioso. Ella correspondió al acecho, gozando de la tortura deliciosa de sentir las manos grandes sobre su espalda.


—Pues si se queda —susurró, indefensa, desterrando de sí todo pensamiento de alejarse de él—. Quiero decir que… mientras esté aquí, no tengo inconveniente en que me l ame… —¿Está segura? —Ella asintió con la cabeza—. ¿Qué tiene que hacer mañana? —le preguntó, succionándole los labios como si saboreara un vino exquisito. —Nada. Tengo el día libre; es sábado —murmuró, en medio de los besos. —¿Aceptaría ir de gira conmigo? —¿De gira? ¿En marzo? —preguntó débilmente, mientras él seguía acosándola con sus labios. —En marzo —confirmó Franklin, seductoramente. —Me encantaría. ¿Qué sentido tenía luchar con sus sentimientos, si era obvio que ese hombre le atraía y mucho? —Entonces será mejor que me suelte —susurró él, con voz sensual—; de lo contrario, deberé contarle a mi madre que usted, Kayla Marshall… Ella se ruborizó. —¿Qué le contará? —Que, por fin, conocí a una de esas mujeres que podrían l evarme por mal camino —bromeó—. ¿Cree usted que mi virtud corre peligro? —¡Claro que no! Jamás me atrevería a despojar a su futura esposa del privilegio de ser la primera en su vida. —Kayla le sonrió con complicidad; después tomó su bolso y se despidió—: Hasta mañana, Franklin Franklin.


—Buenas noches, señorita Marshall —respondió él, con dulzura. Había transcurrido media hora y Kayla aún continuaba sonriendo feliz. Apagó las luces de su habitación y, complacida, se refugió en las sábanas frescas. Quizás esa noche señalara el comienzo de una nueva etapa para ella. Cuando rompió con Tony, pensó que ya no le quedaba nada por vivir; que de ahí en más, su existencia sería vana, vacía… pero ahora, apenas unas horas compartidas con un hombre tímido, decente, como Franklin Franklin, le habían devuelto la esperanza otra vez. ¿Qué podría perder si aceptaba el riesgo de volver a enamorarse? Franklin era distinto del resto de los hombres: era dulce, amable, considerado y además… ¡había llegado virgen hasta los treinta y seis años! Sacudiendo con incredulidad su cabellera rubia, se cubrió con la sábana. Si l egaba a surgir entre ellos un sentimiento profundo, tal como sospechaba, sería ella quien tendría el privilegio de modificar esa virtud. Por el bien de Franklin… y por el suyo, también… Nº Páginas 22-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras Capítulo 3 El sábado amaneció con un sol radiante: un día perfecto para una gira campestre. La vida de Kayla pareció despertar también con una nueva luz que daba


estímulo a su existencia y la llenaba de expectativas. Canturreaba feliz, mientras preparaba la canasta con los comestibles para ella y Franklin. Acababa de envolver los últimos emparedados de jamón y unos huevos duros, cuando oyó el timbre. Entonces su corazón brincó de alegría y sus mejillas se tiñeron de intenso rubor: en ese instante comprendió con cuánta impaciencia lo esperaba, con cuánta ansiedad deseaba disfrutar de ese día con él. Con un saltito, se acercó a la puerta y abrió. Una sonrisa de oreja a oreja acompañó el saludo: —¡Hola! El rostro de Franklin se iluminó. —¡Hola, señorita Marshal ! Ya estoy casi lista le dijo, corriéndose hacia un costado para que él entrara. Cuando Franklin pasó a su lado, el corazón de Kayla trepidó, nervioso; después, poco a poco, recuperó su ritmo normal. —¿Dónde haremos nuestra gira? —le preguntó, sonriendo. —Conozco un lugar que le encantará —respondió, detraído, concentrado en una tarea más grata: admirar la forma en que los pantalones ceñían los glúteos firmes—. ¿La ayudo? —Podría llevar la cesta, mientras busco la manta y el suéter. Espero que tenga apetito, porque le advierto que he preparado un almuerzo gigantesco.


—Me muero de hambre —contestó él, echando una mirada a la sala de estar, pequeña, pero cómoda y arreglada, con un toque de calidez y alegría. El toque personal de una mujer, una mujer encantadora… —Bien, ya estoy lista —anunció Kayla —el rostro encendido de entusiasmo. —Kayla… —comenzó Franklin, con repentina seriedad— hay algo que debe saber. —Franklin —lo interrumpió Kayla, tomando con firmeza el brazo de su admirador y conduciéndolo hasta la puerta—, no tiene que contarme nada de su vida. Usted, me agrada como es y por hoy dediquémonos a gozar este día juntos. — El pobre Franklin se sentía tan inseguro con las mujeres que consideraba que debía hablarles siempre de su limitada vida… —Pero… —Sin peros —se impuso ella. —Como usted diga. —Franklin exhaló profundamente, como resignado frente al desarrol o de las circunstancias. Sin embargo, esta vez se había metido en un buen lío y eso le preocupaba. Nº Páginas 23-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —¡Qué lindo automóvil tiene! —comentó Kayla, mientras él le abría la puerta para que entrara. Kayla pensaba que una buena forma de incentivar a Franklin era


señalarle todos los aspectos positivos de su vida. —No es mío —respondió él, secamente, hasta casi rayar en la rudeza. Los cambios súbitos en el estado de ánimo de Franklin la confundían… aunque, pensándolo bien, tal vez ése fuera su problema: un carácter absolutamente impredecible. —De todos modos, es lindo —insistió ella—. ¿De quién es? —Es prestado —replicó. —Oh… —¿No le interesa saber qué marca es el mío? —le preguntó, impaciente. Kayla se volvió y lo miró, sorprendida. —Sí, claro —respondió, algo tensa. Él no parecía estar de muy buen humor que digamos. —Pues un maldito Ferrari. —También es un lindo automóvil —evaluó ella, fríamente—. Yo tengo un Ford, un modelo no muy nuevo. —Si el propósito de Franklin era impresionarla, iba por mal camino utilizando esos modos y ese tono de voz—. Y dígame, ¿su maldito Ferrari consume mucho combustible? Volviéndose, él la hostigó con la mirada. —¿No le asombra que un vendedor de libros conduzca una Ferrari? —le preguntó, irritado. ¡Por el amor de Dios! ¡Vaya que se había levantado con el pie izquierdo ese


día! ¿Qué esperaba de ella? ¿Que lo castigara? ¿Que lo reprendiera? ¿Que le dijera que no era merecedor de un automóvil como ése, o que era un necio por endeudarse en una extravagancia semejante para la modesta vida de un vendedor? Kayla también montó en cólera; después de todo, ella poseía su geniecito… —¿Acaso a usted le sorprende que yo conduzca un Ford? Vamos, Franklin. ¿qué importa el modelo o la marca de su automóvil? Eso no significa nada para mí. Me agrada una persona por lo que es y no por lo que tiene o deja de tener. La tensión fue desapareciendo poco a poco: Franklin se relajó y en cuanto a Kayla, se le hizo imposible resistir la encantadora sonrisa conciliatoria que él le ofreció. —Lamento haberle hablado en ese tono —se disculpó Franklin. Mientras aguardaban que la luz del semáforo les diera paso, la tomó de la barbilla y, suavemente, le volvió el rostro hacia él—. Para ser una mujer a quien han lastimado mucho, Kayla, es usted una persona que confía demasiado en los hombres. Bastó que él le rozara la mejilla para que Kayla sucumbiera a un tornado de emociones. —No comprendo por qué me dice eso, Franklin. Si nosotros somos amigos, ¿por qué no habría de confiar en usted? —¡Kayla! —exclamó Franklin, irritado, alzando de nuevo el tono de voz. Nº Páginas 24-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras


¡Ay, ese humor variable! —Mire, Franklin —estal ó Kayla—, si cambió de opinión con respecto a la gira campestre, será mejor que me lo diga. No tengo ningún inconveniente en regresar a mi casa. Los contritos ojos agrisados capturaron la mirada atónita de los azules; Franklin, ahora más sereno, le aclaró con tristeza: —No, Kayla, no he cambiado de parecer. Todavía quiero que pasemos el día juntos. La confesión enturbió ligeramente la expresión de ella. —Yo también deseo vivir este día con usted. Franklin deslizó los dedos sensualmente por la mejilla de ella, hasta casi tocar sus labios. Descubría en esos ojos cristalinos una pureza, una honestidad que nunca antes había percibido en un ser humano. Kayla era una mujer muy hermosa y, además, alguien capaz de arrancar del duro corazón masculino los dulces acordes del amor. Hipnotizada, perdida en la caricia sutil de esos ojos gris tormenta. Kayla se inclinó instintivamente para recibir un beso de él, cuando un conductor intolerante hizo sonar con impaciencia la bocina del automóvil, situando a la pareja en la realidad del lugar. Ambos se echaron a reír, liberando los últimos vestigios de la tensión acumulada. Desterradas las tiranteces y resabios de roces previos. Kayla y Franklin se prepararon para vivir la magia de ese día. Durante veinte minutos anduvieron entre las colinas. La naturaleza había


soltado ya su colorido manto verde que cubría, con un don divino, los manchones rojizos de la tierra. Era aquél uno de esos inusuales días templados de marzo en que la brisa levemente cálida podría remontar un inocente barrilete hacia las alturas de un sereno cielo azul. Franklin se apartó de la carretera, tomando un camino de ripio durante dos kilómetros aproximadamente. El viaje estaba ahora salpicado de comentarios triviales… Flanquearon una cerca destinada a proteger el ganado para internarse en los verdosos pastizales. En la distancia. Kayla divisaba verjas blancas y varios caballos de raza, que correteaban por la alfombra de fresco césped. —¡Mire esos caballos! —gritó Kayla, entusiasmada, dando a Franklin una palmadita en el brazo para l amar su atención—. ¿No son preciosos? En tanto el automóvil avanzaba, ladeándose, por el terreno irregular. Franklin contemplaba con orgul o los animales briosos y saludables que lo saludaban desde lejos. —Ajá convino quedamente—. Son algunos de los potrillos más finos de Arkansas. Nacen y crecen en estas tierras. ¿Ve el gris de la izquierda? Kayla se inclinó hacia adelante para espiar el ejemplar que Franklin le había indicado. Ahora él conducía lentamente para que ambos pudieran observar en detal e el pelaje suave y bril ante, perceptible incluso en la distancia. —Sí, es de carrera, ¿no es cierto? —adivinó Kayla, con perspicacia—. Me encanta la gal ardía de sus movimientos y la forma soberbia con que alza la cabeza.


Nº Páginas 25-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —Es que tiene motivos para sentirse orgullosa —declaró Franklin, con tono paternal—. Esa potranca es una ganadora innata. Lo demostró en las últimas seis carreras… Kayla lo miró, sorprendida. —¿Esos caballos son suyos? —No… no —balbuceó él, acelerando de nuevo—. Son de Nick. "¡Otra vez Nick!", pensó Kayla, con fastidio. —No importa; aunque sean de él, igual son lindos. ¿Nick vive por aquí? — inquirió, no porque realmente le interesara sino porque como Franklin parecía idolatrar al tarambana de Nick Trahern, hablar de él era una manera más de acercarse a ese dulce vendedor. —Aquel rancho es de su propiedad, pero él rara vez viene por aquí. Tiene un buen capataz que se encarga de todo. —No me extraña… —censuró Kayla—. Me imagino que debe de estar muy ocupado en otros menesteres… —Se equivoca —rebatió Franklin, algo molesto—. Mi amigo Nick trabaja mucho para ganarse la vida, viajando por otros lados, pero tiene pensado regresar alguna vez a este lugar y disfrutar de la paz que aquí impera. Está l egando a una edad en que… —Soltó una risita irónica y continuó—; Mejor dicho, hace ya unos cuantos años que debió sentar cabeza, encontrar una mujer decente para casarse y


tener los hijos que siempre soñó. —¿Nicholas Trahern anhela tener hijos? —Kayla estaba perpleja—. Me refiero a hijos legítimos, porque por lo que me han contado acerca de su vida, debe de tener uno en cada ciudad de los Estados Unidos. —¿Así que eso le chismearon, eh? Todos rumores malintencionados… Nick no tiene hijos desparramados por el mundo, Kayla; es bastante más escrupuloso de lo que muchos piensan. No lo juzgue tan severamente, si no lo conoce. Kayla apoyó el codo en el respaldo del asiento y descansó la cabeza sobre su mano. —Lo lamento; no era mi intención criticar a su adorado Nicholas. Yo personalmente no compartiría ni un segundo de mi vida con él; pero si eso lo hace feliz, lo consideraré un asceta. —Nick no es perfecto —concedió Franklin, con un tono más sereno—, pero tampoco es tan sinvergüenza como cree. —Está bien —se rindió Kayla—. Un día de estos, si quiere, cuando el gran Nicholas Trahern se encuentre en la ciudad, aceptaré que me l eve a conocerlo. Pero no se sienta decepcionado si él no me agrada tanto como otra personita… No debe de llegarle ni a los tobil os, Franklin Franklin, así usted esté convencido de que Nick es todo lo que una mujer puede desear. —Se acercó a Franklin y lo


tomó del brazo posesivamente—. La mayoría de las mujeres buscamos un hombre honrado y cariñoso como usted. Por cierto, no me gustaría nada estar al lado de alguien que ha hecho el amor con cuanta mujer se le cruzó en el camino. —Pues Nick no se ha acostado con todas las mujeres que conoció, Kayla — murmuró él, enfadado. Nº Páginas 26-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —Ya lo sé —procuró tranquilizarlo Kayla. ¿Cuándo aprendería a no soltar tanto la lengua?—. Lo que quise decir fue que seguramente su esposa. Franklin, se sentirá la mujer más feliz del mundo al saber que es la primera en su vida… —¡Kayla! —estalló Franklin—. Usted no pretenderá un marido casto y puro como la nieve inmaculada… Un hombre tiene sus necesidades, igual que una mujer. Tomemos su caso, por ejemplo. ¿No tuvo usted relaciones con Tony? —Sí… pero fue con el único… Además, íbamos a casarnos o, al menos, eso pensé. —¿Ve? Ahí tiene. Existen ciertas cosas en el pasado de una persona que no se pueden cambiar. No debería importar tanto lo que haya sucedido en la vida de dos seres antes de que se conozcan, sino más bien lo que ocurra entre ellos a partir de ese momento.


Kayla parpadeó, confundida; meneando la cabeza, le dijo: —¿Pero de qué estamos hablando, Franklin? Yo sólo quería señalarle la diferencia que hay entre usted y su amigo. Nick Trahern; quería que supiera que no todas las mujeres se desviven por alguien como él. Al parecer, este hombre no permitiría nunca que una representante del sexo femenino lo ayudara a superar sus inseguridades y mucho menos que apuntara los defectos de su idolatrado amiguito. Además —agregó, irritada—, ¿por qué una mujer no puede sentirse halagada de que su marido sea virgen? Al fin y al cabo, la suya lo será. Franklin detuvo el automóvil bajo un viejo roble y se volvió con actitud peleadora. El ánimo beligerante no se había desvanecido por completo… —Kayla —comenzó—, me interesaría más que mi mujer se fijara en otros aspectos y no en eso. Preferiría que fuera lo bastante inteligente como para pensar que un hombre que ha conocido varias mujeres la ha elegido a el a entre todas. Preferiría que buscara un hombre que la hiciera su esposa y la madre de sus hijos, un hombre que quisiera pasar a su lado el resto de su vida. ¿No cree que eso es más importante que lo otro, armado con los prejuicios tontos y anticuados que caracterizan a los cobardes de una generación? —Sí —concedió Kayla—, pero eso no descarta la magia de una primera entrega y en cuanto a su mujer, ella tendrá que sentirse muy feliz de poseerlo todo. Él exhaló profundamente y, vencido, apoyó la cabeza sobre el volante.


—Será mejor que dejemos ese tema, pues nunca nos pondremos de acuerdo. —Como quiera —accedió Kayla, encogiéndose de hombros—. Este es un lindo lugar para quedarnos. Ha escogido bien, Franklin —lo alentó, tratando de estimular su evidentemente alicaída moral. Los instantes que sobrevinieron fueron los más felices que Kayla conociera desde hacía más de un año. Para ser sinceros, tal vez hasta fueran más dichosos que los mismos momentos que había vivido con Tony. Franklin le inspiraba confianza, la hacía sentir cómoda y, a la vez, viva, entera… No bien resolvieron quedarse allí. Franklin tomó la manta y la tendió sobre el césped. Luego, los dos, sentados a sus anchas, hablaron abiertamente de su infancia, de sus mundos, de lo que agradaba a cada uno, de lo que no les gustaba, aunque él parecía no querer ahondar demasiado en su mundo, refiriéndose a los detal es menos importantes, ajenos al compromiso de la faz afectiva. Cuando caía la noche, con su gesto Nº Páginas 27-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras cómplice, Kayla tuvo la pícara sospecha de que Franklin se estaba convirtiendo en algo más que en un amigo para el a. ¿Era razonable que una mujer se enamorara de un hombre que había conocido hacía menos de veinticuatro horas? A pesar de que oyera que cosas semejantes podían ocurrir, nunca las tomó demasiado en serio, considerándolas una fantasía o una situación tan improbable como forzada. Aun así, cuando miraba al hombre echado perezosamente junto a el a, sentía que una enorme paz invadía su alma. Tenerlo cerca la tranquilizaba y excitaba a la


vez: la hacía flotar en una nube de dicha con la simple provocación de una sonrisa. La carcajada de Franklin, ronca, sonora, sincera, estremecía a Kayla con un cosquilleo muy particular. No; ya no le cabía la menor duda de que ese día representaba un momento crucial en su vida, un clímax decisivo para su existencia. Después del infierno por el que había pasado ese último año percibía, con Franklin, el fulgor de la esperanza en el túnel de las tinieblas. Franklin Franklin estaba a punto de robarle el corazón y ella ni siquiera tenía miedo. Sí, confiaba en él: Franklin era bueno, honesto, dulce, tierno, un hombre que nunca la lastimaría. Esa sensación, esa nueva ilusión la conmovía hasta las lágrimas. —¿Por que tan seria, Kayla Marshall? —le preguntó Franklin cuando, al volverse de espaldas, advirtió la expresión adusta de ella. Los dos yacían tranquilos, bajo el cálido resplandor del sol que encendía sus pieles, como la emoción que emanaba del alma. Cómodos y satisfechos, luego del almuerzo abundante, descansaban, holgazanes. —Pensaba en la suerte que tuve al haberlo conocido. Usted es una persona tan agradable, tan especial —le dijo Kayla, sincerándose, abriéndole su corazón. Un ceño fruncido reveló una cierta preocupación en él, en tanto sus ojos grises se ensombrecieron, cargados de un deseo no concretado o difícil de realizar. —Kayla, ¿alguna vez quiso volver a vivir un día en especial? —Sí… supongo que sí. ¿Por qué? —inquirió ella, echándose distraídamente el cabello hacia atrás.


—Si pudiera… —continuó Franklin— volvería al día de, ayer… Una suerte de melancolía indicaba que él se arrepentía de lo sucedido… ¡Qué extraño! Justamente el día en que se habían conocido. —¿Por qué ayer? —preguntó Kayla, alarmada. Él giró, poniéndose de costado, y con el codo apoyado en el suelo, descansó la cabeza en la mano, observando a Kayla con profunda atención. —Hay ciertas cosas que me gustaría haber hecho de manera diferente. —Bien —suspiró Kayla, con ademán resignado: luego se volvió de espaldas y contempló el cielo mágicamente despejado—. Supongo que cada uno de nosotros, mal que mal, sentimos lo mismo alguna vez, pero no sólo aplicado al día anterior sino a todos los días de nuestra vida. —En sus pensamientos, surgió la imagen de Tony—. ¿Y qué le pasó ayer? ¿Acaso no le fue bien con las ventas? —No —respondió él con seriedad—, creo que me excedí. "Tiene una voz tan linda pensó, para sus adentros, tan clara, suave, dulce." Si alguna vez encontraba al hombre que la había lastimado tanto, le costaría mucho contenerse para no romperle hasta el último hueso. No resistía la idea de que alguien le hiciera daño… Ese pensamiento, unido al remordimiento por su propio proceder, lo atormentaba; Nº Páginas 28-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras sin embargo, se hal aba en una situación que no podía controlar. Lo que había


comenzado con una broma inocente, un desafío, un juego tonto, se había transformado en algo peligroso que lo asustaba. Nunca una mujer le había llegado tanto como aquella criatura encantadora que contemplaba, junto a él, el cielo tan puro y cristalino como su alma. Siempre le habían dicho que cuando la mujer de su vida se cruzara en su camino, intuitivamente lo sabría. Durante treinta y seis largos años había aguardado pacientemente que eso ocurriera y ahora que, por fin, la hallaba, se trataba de alguien que cortaba sus l amadas antes de contestarlas y sus acercamientos antes de poder reaccionar frente a el os. Él conformaba todo eso que el a detestaba o creía detestar. ¿Cuál sería su reacción cuando descubriera que el tímido Franklin Franklin no era otro que el don Juan Tenorio empedernido, el tarambana de Nicholas Franklin Trahern? Nick suspiró, desalentado, al menos por ahora debía guardar el secreto, pues necesitaba más tiempo, tiempo para lograr que se enamorara de él, del hombre, más al á de nombres, identidades o reputación. ¡Cuánto lo perturbaba la excesiva confianza que veía reflejada en los ojos de el a! Pero tendría que soportar la tortura, hasta encontrar la forma de salir de esa pesadil a. —Veamos, ¿qué cambiaría? —insistió ella, con expresión soñadora—. Para mí, fue un día muy lindo porque lo conocí, porque fuimos a cenar. Me divertí


mucho, Franklin. Kayla se arrimó a él y, quitándole las gafas, le hizo cosquillas en la nariz con una pajita que arrancó del césped. Él respondió, tomando una fresa de las que el a había traído y deslizándola, a su vez, por la nariz respingada. Una chispita traviesa encendía sus ojos grises. —¿En serio? —murmuró Franklin, cambiando astutamente de tema. Después, acercó la fresa a sus labios, dejando asomar la lengua para impulsar la fruta dentro de su boca. Ella reaccionó de inmediato al gesto seductor; sus sentidos vibraron explosivamente, como si hubieran entrado en corto circuito. Con la voz más serena que pudo, le preguntó: —Y usted, ¿no lo disfrutó? —No puedo creer que necesite preguntármelo —contestó él, arqueando las cejas con escepticismo—. Por supuesto que lo pasé muy bien. ¿Quiere compartirla? —Extrajo de su boca la mitad de la fruta carnosa en una sensual insinuación. En respuesta al estímulo, el corazón de Kayla comenzó a latir aceleradamente. Muy despacio. Franklin acercó sus labios a los de Kayla, dándole tiempo para considerar la invitación. ¡Como si ella pudiera rehusar tamaño ofrecimiento! Los dientes pequeños mordieron la fruta tentadora y el jugo abundante manó, chorreando


de los labios de ambos. —Mmmm. Delicioso —convino, riendo nerviosa, casi sin aliento. —Cierto —murmuró él, lamiendo los surcos del mentón y la comisura de los labios de el a—. Aunque esto me gusta mucho más —agregó, volviendo a buscar la boca femenina. De pronto, Kayla se sintió envuelta en el calor de unos brazos fuertes y sus labios finos perdidos en el acecho de los viriles, exigentes y tiernos. La lengua de Franklin exploraba las dulces cavidades de la boca de ella, en un juego exquisitamente sensual, en tanto Kayla, subyugada por la pasión creciente, rodeó con sus brazos el cuel o del hombre para acercarlo aún más. El mundo pareció Nº Páginas 29-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras desvanecerse en las redes endebles de la irrealidad, cuando las dudas de Kayla saltaron el umbral de la certeza y ella se entregó a la dicha de estar en los brazos de él. Permanecieron un instante juntos, un siglo, abrazados; la boca de Franklin violaba sin resistencia a una encantadora rehén. Cuando se separaron, ambos respiraban con dificultad, el aliento robado por la cálida intensidad de un beso. Él la contempló, deseoso, su sonrisa tan íntima como su beso. —Señorita Marshal , usted me hace cosas muy extrañas —le dijo con voz ronca, observando con sus ojos el movimiento constante de los senos, cuando el a respiraba.


—¡¿Yo?! —exclamó Kayla, la voz entrecortada. Todavía sentía la impresión deliciosa de los labios viriles en los de ella—. ¿Está seguro de que no poseía ninguna experiencia antes? Me cuesta creer que sea tímido. —Tal vez haya estado esperando a la mujer que pudiera ayudarme a salvar ese pequeño obstáculo… —Kayla sorbió las palabras de labios de él, cuando Franklin volvió a besarla. La obligó a abrir la boca para que su lengua ávida l egara a explorarla, en tanto sus brazos fuertes estrechaban la figura esbelta contra la firmeza de su ansiosa masculinidad. Los labios devoraban en su apremio los femeninos, tiernos y rosados, y en aquel momento mágico, un despliegue de cohetes, tambores y campanas elevaron su tintineo o su estruendo en la cabeza de Kayla, embriagada con el reclamo ardiente de un hombre arrolladoramente viril. Kayla lo envolvió, a su vez, en un abrazo fogoso, acercándolo más, consciente de la excitación que lo acosaba, sensible a la tensión de los músculos de los miembros de él, presionados contra los suyos. Las grandes manos estrujaban la delicadeza de las formas femeninas encendiendo brasas candentes de pasión. El cuerpo, reflejo de una unión interior, representaba la simbiosis de dos mundos. Él comenzó a murmurar su nombre de manera casi incoherente, en tanto las manos, armas expresivas más fieles, hurgaban tentadoramente en el delgado material de la blusa. La mente de Kayla, sumida en una delirante confusión, se ahogaba en el roce de la piel masculina, aun así consciente de la fragilidad del momento que muy


pronto se les escaparía de las manos. —Franklin —jadeó Kayla, sin aliento—, su mujer… —¿Mi qué? —suspiró él, mientras sus labios recorrían el sendero del cuel o delgado. —Su futura esposa —aclaró Kayla—. Me parece que sería injusto que luego de tantos años de abstinencia, ahora… —La respiración de Kayla se tornaba involuntariamente más y más agitada, como una reacción a los besos que él le prodigaba y con los que parecía beber la misma sangre de sus venas. ¿Qué pasaba con ella? ¿Por qué se preocupaba por esa posible futura mujer, cuando entonces, prácticamente, se moría por sentir el contacto de su innegable masculinidad? Franklin se apartó, luchando con denuedo por controlar el brote de pasión. —Sí. claro… mi mujer. Tengo que pensar en ella —murmuró, con voz débil. —¡Oh, Franklin! —susurró Kayla, escondiendo el rostro en el cuel o de él, donde depositó un beso tierno—. No quiero que crea que no lo deseo… Sin embargo, por todo lo que hablamos antes, será mejor que no sigamos adelante con Nº Páginas 30-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras esto —decirle que no lo deseaba era mentirle, porque en verdad le encantaba transmitírselo—. ¡Hace tan poco que nos conocemos! Admito que entre nosotros hubo un acercamiento muy especial, pero de igual modo… me parece que estamos yendo con demasiada rapidez. —El pobre hombre terminaría considerándola una de


esas mujeres sobre las que su madre le había advertido. Probablemente hasta lo hubiera asustado por la forma descontrolada con que respondió a sus besos; pero, aunque hubiera querido, no habría podido reprimirse, pues las manos de él eran tan cálidas, tan suaves y gentiles cuando la acurrucaba en sus brazos o escondía el rostro en la masa satinada de sus propios rizos dorados. —Está bien, preciosa… ¡Shhh! Entiendo y lo siento —se disculpó él, sinceramente. —No fue culpa suya, Franklin, sino mía. No sé qué me sucedió; no me comporto así con cada hombre que conozco —le aseguró, su bello rostro lleno de consternación. —Pues nunca pasó por mi mente algo semejante —susurró él, con ternura—. En cuanto a mí, me merezco una buena trompada por haberme propasado. — Acercándola, le rogó que lo perdonara. —No tengo nada que perdonarle —lo absolvió el a, embriagándose con el aroma erótico de la loción para después de afeitar—. Sin embargo, todo esto nos sirvió para comprobar algo. —¿Qué? —preguntó él, intrigado, tratando de dominar su cuerpo, que reaccionaba instintivamente al deseo que el a le provocaba. —Pues que poco a poco está superando su problema con las mujeres le dijo, procurando alentarlo—. Si no me hubiera hablado de sus conflictos, jamás se me habría ocurrido que es tímido. Sus besos sugieren justamente lo contrario — agregó,


con una sonrisa—. Estoy segura de que su amigo Nick estaría orgul oso de usted. —Kayla, no sabe cuánto me estimula con lo que me dice, pero creo que ni siquiera mi amigo Nick se sentiría orgul oso de mi actitud, hace un momento — se reprochó, rozando con sus labios los de el a una última vez. —Quizás él no, pero yo sí, Franklin Franklin. Mis amigos me critican porque soy demasiado confiada: pero eso es algo que aprendí de mis padres: ellos me enseñaron que lo único importante en la vida es amar, creer en el otro y conservar siempre la esperanza. Hoy tengo la sensación de que todos esos valores han renacido en mí. Me alegro mucho de haberlo conocido, Franklin, pues estoy convencida de que esta relación nos hará bien a ambos. Si no me equivoco, dijo que vivía cerca de aquí, ¿no es cierto? —Sí. —Entonces tendremos oportunidad de conocernos mejor —se alegró, mientras comenzaba a guardar todo en la canasta—. ¡Quién sabe! —exclamó, con una mueca atrevida—. Esto puede ser el comienzo de algo especial. Volvió a ponerse seria y agregó: —Recuérdelo, Franklin: alguien a quien amar, algo que nos haga sentir vivos y nos proporcione esperanzas. Es lo único importante en esta bendita existencia, y quizá podamos descubrirlo juntos.


Nº Páginas 31-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —¿Por qué no? —murmuró él, incómodo. No tenía la menor duda de que Kayla Marshall sería algo especial, pues significaba el desafío más importante y más difícil que le tocaría vivir. Esta vez fue él quien rememoró una enseñanza que sus padres le habían inculcado: "Nada puede cambiar el pasado, pero en tus manos está la posibilidad de no arruinar el presente, preocupándote inútilmente por el mañana". Había l egado el momento de ponerlo en práctica: al fin y al cabo, no le quedaba otra salida más que vivir y aceptar los riesgos que se fueran presentando. Nº Páginas 32-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras Capítulo 4 Los días subsiguientes fueron maravil osos para Kayla. Las horas transcurrían rápidamente, ahora que empezaba a acostumbrarse al trabajo de la oficina; no podía ser de otra manera, sobre todo cuando contaba con el aliciente de saber que por la noche se encontraría con Franklin. A pesar de que en él afloraban de vez en cuando ciertos rasgos de timidez, Kayla notó que una nueva y muy grata faceta


cobraba vida en su personalidad: Franklin se estaba abriendo, enseñándole las bondades de su mundo. Siempre se comportaba como un perfecto cabal ero que la trataba con la ternura, el respeto y el afecto que el a siempre había soñado. No porque Tony no le demostrara cariño: por el contrario, lo hacía, pero no de la misma forma. Franklin jamás se olvidaba de traerle un regalito, fuera el chocolate o la golosina preferida de Kayla, o el relicario absurdamente caro que le había obsequiado la noche anterior. Las ofrendas eran correspondidas de manera invariable, con un aluvión de besos y abrazos por parte de Kayla. A medida que pasaba el tiempo, la asiduidad de los encuentros —se veían todos los días— alimentó la confianza entre ambos, y en cuanto a Kayla, fue creciendo inevitablemente el cariño que sentía por ese hombre extraordinario que había conocido hacía tan poco, apenas una semana y media. El miércoles a la tarde, Franklin la llamó para combinar la hora de la cita. El solo hecho de escuchar la voz de él desató un cosquil eo en el sensible vientre femenino. —Hola, preciosa, ¿cómo está? ¿Sabe usted que me resulta casi imposible concentrarme en mi trabajo desde que la conozco? —¡Qué curioso! A mí me ocurre lo mismo. ¿Por qué será? —le preguntó, reclinándose en el respaldo de la silla y cerrando los ojos con expresión soñadora,


en tanto imaginaba el rostro de su Franklin. —No sé. Tal vez sea por culpa de unos ojos azules, enormes y expresivos, o del sabor del lápiz labial que usa. ¿De qué es? ¿De frutil a? Kayla soltó una ligera carcajada. —No tiene sabor. Además, no es más original que se fije únicamente en el sabor del lápiz de labios de una mujer, cuando la besa. ¿No puede dejar volar un poco más su fantasía? —¡Oh! Pero le aseguro que sí vuela, cuando beso a una cierta dama encantadora —le dijo, en tono seductor—. A propósito, ¿a que no adivina qué cosa me muero por hacer en este instante? —¿Darme un beso? —Entre otras cosas. Kayla sonrió con picardía. —Yo me conformaría con que me dijera quién habla… —¡Kayla! —¡Oh, Franklin, discúlpame! No te reconocí. —Estás muy bromista últimamente —le reprochó él, entrando en el juego. Nº Páginas 33-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —Sí, lo sé. Lo siento. —Yo no. Me gustas tal cual eres. Bien, ¿qué te parecería ir a un parque de


atracciones esta noche? —Me encantaría, pero no sabía que hubiera uno en la zona. —Pues sí; está en las afueras. Lo vi hoy cuando venía a trabajar. ¿A qué no sabes qué más descubrí? —No, dime. —Le fascinaba ese tono casi infantil de Franklin, cuando algo lo entusiasmaba. —Una rueda gigante. Kayla sintió náuseas de solo pensar en el efecto que le producía ese tipo de diversión. —¿Y entonces? —Y entonces se me ocurrió que sería lindo estar allí arriba los dos solos y que, de pronto, la máquina se detuviera, para que… Ella no lo dejó terminar. —Te advierto que la altura me aterra… —Confía en mí. Si algo l egara a suceder, te prometo que estaré a tu lado para evitar que pienses en las alturas. —¿Estás seguro? —preguntó Kayla, traviesa. —Otra vez bromeas, pequeña tramposa. ¿A qué hora quieres que pase a buscarte esta noche? —Como de costumbre, supongo. Hoy no tengo mucho que hacer en la oficina. —¿El señor Trahern sigue de viaje? —inquirió él, con calma. —Sí, ambos: padre e hijo, gracias a Dios. Ya te comenté que según Paula,


Nicholas viene muy poco por aquí. ¿Sabes? Me gustaría que un día de estos Romeo se diera una vueltita, así podría conocerlo; pero me parece que viene por las noches a adelantar su trabajo, porque siempre hay una pila enorme de hojas para pasar a máquina o correspondencia urgente para enviar —observó, con expresión pensativa —. Me muero por ver cómo es el hombre por el que se desviven todas las mujeres. —Tal vez deba resolver algún problema —replicó Franklin, cortante, justificando a Nick, nada menos que a sí mismo—. Y ahora, perdóname, pero yo sí tengo mucho trabajo. Estaré en tu casa a las siete. —Y colgó. Aún con el auricular en la mano, Kayla frunció el ceño, entre sorprendida y molesta. Después lo depositó sobre la horquil a y suspiró, resignada: al parecer Franklin estaba en uno de esos días en que su estado de ánimo variaba de un momento a otro. Concentrándose con renuencia en su trabajo, confió en poder cambiar el mal humor de él cuando se encontraran más tarde. Nº Páginas 34-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras Kayla se sorprendió al ver que un coche Ferrari colorado estacionaba delante de su casa. El asombro se desvaneció al advertir que se trataba de Franklin, quien venía con su automóvil, que hasta entonces había estado en el taller. —¡Esto es lo que yo l amo un lujo! ¡Es hermoso! —exclamó, dando la vuelta al vehículo, para admirarlo—. ¿Cuánto hace que lo tienes? —Alrededor de un año. ¿Te gusta? —preguntó Franklin, incapaz de


disimular su orgullo. —Mucho; pero debe de haberte costado una fortuna —supuso Kayla, intrigada por saber qué malabarismos realizaría su novio para pagar, con su reducido sueldo, los gastos de un automóvil tan caro. —Vamos, sube. Quiero mostrarte cómo anda. Es tan suave como un avión — se jactó. Apenas unos minutos después, Kayla pudo comprobar que Franklin no exageraba: el automóvil se deslizaba, como si ni siquiera rozara la carretera. —¿Dónde te gustaría comer esta noche? —le preguntó él, inclinándose para robarle un beso. Los ojos enamorados de Kayla sostuvieron la mirada masculina. —Donde tú quieras. De pronto, los neumáticos elevaron al aire su chirrido cuando Franklin, impulsivamente, viró hacia otro carril y se detuvo en un recodo de la carretera. Con un movimiento mucho menos brusco, reclamó la cercanía de Kayla; la estrechó contra su pecho y le dio un beso ardiente que no tardó en encenderla. Los labios viriles recibieron las delicadas formas de la boca femenina, con cálida emoción, regodeándose en su pureza, deleitándose en su dulzura de miel. Los cuerpos unidos tejieron las redes de una creciente excitación; él hundió las manos en la carne suave, soltando un quejido casi desgarrante en el instante mismo en que demandó una respuesta en ardiente posesión. Cuando se separaron, Kayla percibió el ritmo agitado de la respiración de él sobre la mejilla: entonces, tan ansiosa


como Franklin, escondió la cabeza en el pecho fuerte, mientras le confesaba: —Te extrañé tanto hoy. Sé que es una locura sentir… —No quería decir amor; pero eso era justamente lo que le había ocurrido. Se había enamorado de Franklin con tanta rapidez que no tuvo tiempo de protegerse tras defensas inconscientes. No había buscado ni provocado la situación, pero como ésta surgiera con naturalidad, pues se limitaba a vivirla con plenitud. Los brazos protectores la estrujaron con más fuerza y esta vez él deslizó su mejilla por la fragancia fresca del cabello de ella. —Sigue —le instó. —Para sentir… para sentirme tan cerca de ti. Hace tan poco que nos conocemos y ya… Resultaba imposible hallar las palabras precisas. Sus sentimientos hacia Franklin, desconocidos, inexpresables y perturbadores la estaban consumiendo, asfixiándola; su piel, en respuesta instintiva, le proporcionaba una explicación más fehaciente, pues lo único que podía hacer era entregarse a ese hombre maravilloso en cuerpo, alma y mente. Nº Páginas 35-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras


Franklin la abrazaba en silencio, los ojos cerrados, herido por la forma en que la vida parecía burlarse de él. Durante treinta y seis años las mujeres no habían sido nada más que un objeto sexual, muñequitas a quienes no necesitaba más que para un frío contacto carnal que le sirviera de descarga. Sin embargo, el breve tiempo que había pasado junto a Kayla despertó en él el deseo de iniciar una nueva vida. Una vida al lado de una mujer con la cual compartir momentos, concebir sueños, tener hijos, envejecer… ¿Qué ocurriría con sus esperanzas, con sus ilusiones? ¿Acaso se harían añicos cuando el a se enterara de quién era él en realidad? Había sido tan cauteloso hasta entonces: la había llevado a restaurantes ubicados en las afueras de la ciudad, para evitar que algún conocido cometiera la indiscreción de descubrirlo, de revelar que su verdadero nombre era Nicholas Trahern y no Franklin Franklin. Cuando ese momento llegara… ¡Dios mío! Se estremeció con solo pensar en las consecuencias. —¿Tienes frío? —inquirió Kayla, cobijándose en él. —No, al contrario —bromeó, la voz entrecortada por la emoción. —¿Y hambre? Él le alzó la barbilla para que lo mirara a los ojos.


—Sólo de ti —susurró, acercando sus labios ansiosos una vez más; la besó a su manera lenta, embriagadora, hasta que el fuego del deseo alcanzó una dimensión en extremo peligrosa—. Con todo el dolor del alma, preciosa, creo que debemos poner límite a esto —jadeó Franklin, apartándose de Kayla con renuencia —. ¿Viste cómo nos miran todos? —No me importa —declaró el a, audaz, dándole un beso en la punta de la nariz —. Son todos unos curiosos. Sin embargo, supongo que será mejor que nos vayamos. Después de un último beso, Kayla se acomodó en su asiento. —¿Qué tienes ganas de hacer? —insistió Franklin, con inocencia, volviendo a su pregunta original respecto del lugar al que irían esa noche. Traviesamente. Kayla se le acercó y comenzó a succionarle el lóbulo de la oreja. —¿En verdad quieres saberlo? —Kayla, te advierto que si seguimos así, nos estrellaremos —la reprendió Franklin, tratando de mantener la vista fija en el tránsito, en tanto robaba besos a la joven impertinente que lo seducía—. Eres una desvergonzada. —Sí —reconoció el a, tentándolo con su cálida insinuación. —¡Kayla! —volvió a protestar Franklin, con debilidad—. Si lo que pretendes es torturarme, te aseguro que lo estás logrando. —De acuerdo —se rindió ella, no sin antes besarlo por última vez—.


Prometo portarme bien. —Aunque sea por ahora —le rogó él, guiñándote el ojo con gesto cómplice —. Ten en cuenta que estoy en desventaja: ya verás luego quién de los dos suplicará misericordia. —Los ojos grises le proporcionaron la respuesta. Nº Páginas 36-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras Entonces conversaron animadamente, hasta que por fin llegaron a un restaurante situado en las afueras. —Me sorprendes, franklin: siempre vamos a lugares oscuros y románticos. —Me agraden los sitios reservados —declaró él, con naturalidad. —Sí, pero es que al menos una vez me gustaría comer en un restaurante donde pueda leer el menú —rió Kayla alegre—. ¿Qué pedirás? —Mmmm. Probaré las costillas de cerdo. ¿Y tú? —Lo mismo, con una enorme patata hervida. —El apetito de Kayla se había tornado veraz en los últimos días. De continuar así, seguramente recuperaría en muy poco tiempo el peso que perdió después de su ruptura con Tony. Después que la camarera se marchó con el pedido, Kayla se volvió hacia Franklin, los ojos chispeantes de entusiasmo. —¿Sabes una cosa? Él meneó la cabeza, sonriéndole con ternura: le tomó la mano y le succionó los dedos lentamente. —¡Franklin! —protestó Kayla, sintiendo la vaga excitación del deseo—.


Quiero contarte algo. —Te escucho. —Pero es que cuando me besas así, no puedo pensar. —Entonces estamos iguales, porque yo olvidé lo que era la lucidez el mismo día que te conocí. —La lengua de Franklin, como una pluma suave, lamía seductoramente la mano de Kayla. —¡Oh, Franklin! —exclamó ella, devorándolo con la mirada—. ¡Ojalá te hubiera encontrado antes! La camarera se adelantó a la respuesta de él, trayéndoles las ensaladas que acompañarían la carne: sonriendo, resignados, tomaron los tenedores y empezaron a comer. —¿Qué querías decirme? —preguntó Franklin, abriendo un paquete de galletas y ofreciendo una a Kayla. —Esta tarde se me ocurrió una idea que me llena de entusiasmo. Creo que una vez te hablé de que tenía una tienda en Florida. —Él asintió—. Atenderla me encantaba —continuó el a. De pronto, un velo de dolor ensombreció sus facciones —. Pero cuando Tony y yo nos separamos, decidí venderla y trasladarme aquí. La venta me proporcionó bastante dinero, con lo que pude vivir sin trabajar durante un tiempo. Cuando l egué, no estaba muy convencida de querer quedarme; pero ahora


la situación cambió y estoy pensando en abrir otro local en Little Rock. No sé si ingresar en el mundo de las finanzas me habrá motivado, pero el hecho es que l amé a una inmobiliaria y me dieron una lista de locales disponibles. —El rostro de Kayla se iluminó con la perspectiva de retornar a la actividad que más le agradaba; dejó el tenedor sobre la mesa y tomó la mano de Franklin entre las suyas—. ¿Me ayudarías a elegirlo? Nº Páginas 37-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —¿No crees que deberías tomarte un tiempo para pensarlo, Kayla? Tal vez aparezca un hombre rico en tu vida, que te propondrá matrimonio, con lo cual no tendrás ya necesidad de trabajar —le dijo seriamente, acariciándole la mano. —Pero no es lo que busco, Franklin. Jamás me propuse casarme con un hombre de dinero; prefiero hallar a alguien rico por dentro, un hombre común y corriente, con quien luchar para forjarnos un porvenir. —"No tengo ningún inconveniente en que sea un vendedor de enciclopedias", pensó, aunque obviamente se abstuvo de expresarlo—. Además, si consigo abrir una tienda aquí, podremos continuar viéndonos, ya que vives cerca… —Sí, relativamente… —¡Relativamente! ¿Por qué siempre te evades cuando hablamos de dónde vives? —le preguntó, molesta. Kayla suponía que él tenía un apartamento pequeño


en alguna zona humilde, y que se negaba a mostrárselo por temor a que el a lo considerara demasiado sencillo. Seguramente invertía la mayor parte de su sueldo en mantener la Ferrari. —No te oculto nada, Kayla. Algún día te l evaré a casa —murmuró él, con voz apagada. —Franklin, no me interesa dónde vivas, ni la ropa que uses ni el automóvil que conduzcas. Eres tú quien me importa. —¡Kayla! —la interrumpió Franklin, fastidiado, arrojando el tenedor sobre la mesa—. Tú y yo tenemos que hablar. —¿De qué? —Ella lo miró tan seria que el coraje de Franklin se desvaneció. No era ese el momento de confesarle la verdad; no, lo mejor sería proceder con tacto, con diplomacia, pues de lo contrario se arriesgaba a perderla. No le cabía la menor duda al respecto. ¿Qué más podría esperar después de la forma en que le había mentido, en que la había engañado? Alguna vez tendría que enfrentar el hecho y sufrir las consecuencias, pero prefería demorar ese instante amargo el mayor tiempo posible. —De… de la conveniencia de independizarte, dadas las circunstancias… —¡Ah, pero me tengo mucha fe, Franklin! Me iba muy bien en Florida con la ropa que… —Pero no es una buena época para las ventas. Hay demasiada competencia. —En verdad, Franklin no deseaba verla convertida en una mujer de negocios; no sólo no le agradaba la perspectiva sino que la estimaba superflua, dado que él, con


su dinero, podría mantenerla sin problemas. —¡Por el amor de Dios, Franklin! —insistió ella—. Sabes perfectamente que no soy una mujer rica, así que debo trabajar para vivir. Todavía me quedan algunos ahorros; pero de todos modos, creo que es tiempo de empezar a pensar en el futuro. Además, si a la inversa de lo que tú dices, no l egara a casarme con ningún magnate, al menos contaría con una pequeña empresa, un capital con el que podría contribuir para comprar una casa con mi pareja —agregó, con un brillo muy particular en la mirada—. Cuando tenga hijos, es posible que acepte quedarme en mi hogar, pero hasta entonces creo que no se justifica —observó, rogando no espantar a Franklin con toda esa cháchara respecto del matrimonio y los hijos. Nº Páginas 38-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras Franklin perdió el apetito al ver que no conseguiría persuadirla; de pronto, lo asaltó el deseo de estrellar los puños sobre la mesa y gritarle en la cara la terrible verdad: que él era un sinvergüenza que no merecía el amor ni la confianza que veía reflejados en los ojos de ella. Al parecer, Kayla no tenía conciencia del dilema por el que el joven atravesaba, pues comía tranquila, felicitándolo —como siempre— por la acertada elección del platillo. El pobre Nick pensó que si algún ángel vengativo se había propuesto saldar cuentas con él, estaba realizando un trabajo excelente; desconcertado, tomó de nuevo el tenedor y lo hundió en la carne, como si ella fuera la culpable de los acontecimientos. Sin duda, ese travieso ángel guardián merecía una


medalla por su brillante labor… Unas horas más tarde, Kayla y Franklin jugaban como dos criaturas en el parque de atracciones. Kayla notó, contenta, que el estado súbito de introspección de Franklin volvía a esfumarse. ¡Era un hombre tan extraño! Tierno y cariñoso, un instante; malhumorado y casi rudo, al siguiente. Anhelaba con desesperación descubrir qué lo molestaba a veces. Había hecho todo lo que estaba a su alcance para alimentar la confianza de él y asegurarle que era un hombre perfectamente deseable. Salvo… Otra vez la asaltó la idea que la había perseguido toda la tarde. Sólo había existido un hombre en la vida de Kayla Marshall: Tony Platto; un hombre al que el a había ofrendado su amor en cuerpo y alma. Ahora otro hombre ocupaba el lugar de Tony en su corazón. ¿Cómo podría no entregarse a Franklin en la misma forma en que lo había hecho con Tony? A pesar de que Franklin le había demostrado que era un compañero tierno y fogoso, nunca traspasaba el umbral que él mismo había fijado, limitándose a acariciarla con controlada pasión. Kayla adivinaba lo difícil que debía de ser para Franklin contenerse, y más de una vez había percibido la fuerza arrol adora del deseo que se apoderaba de él, cuando la estrujaba con fuerza contra su cuerpo ansioso. Los


besos ardientes encendían un fuego en ambos, un fuego que él se empeñaba en dejar latente, apartándola aún con la respiración entrecortada, fruto de la desbordante excitación. Llegado un determinado punto, Franklin detenía el juego, conformándose con el descubrimiento incipiente. En varias oportunidades. Kayla quiso decirle que no se reprimiera, que no había nada malo en lo que hacían, que el a lo amaba y con gusto se habría entregado a él. Sin embargo, como nunca se lo insinuó, Kayla sintió vergüenza de ofrecerse tan abiertamente. Por el contrario, prefirió regresar a su casa con la necesidad insatisfecha y pasar la noche dando vueltas en la cama, inquieta, consumida por sueños en los que siempre aparecía la figura de un hombre alto, de cabel o rubio y piel bronceada, cuyos besos incitaban su carne sedienta. En toda la tarde no había dejado de pensar que tal vez Franklin fuera demasiado tímido para tomar la iniciativa. Todavía virgen, seguramente dependería de su compañera… Si hasta quizá le provocara pudor desnudarse delante de una mujer. Siendo así, el a tendría que preparar el terreno, una perspectiva que la excitaba sobremanera. El solo imaginar a Franklin desnudo a su lado le producía un agudo cosquilleo en el vientre. El cuerpo de él, siempre cubierto con el traje de la formalidad, no había dejado entrever mucho de sus atractivos; pero lo poco que Kayla había visto bastaba para hacer que las rodillas le flaquearan y una ola de Nº Páginas 39-122


Lori Copeland – Odio tus mentiras deseo sacudiera su piel. Hacer el amor con Franklin no representaría ningún sacrificio para el a, de eso estaba segura: podría sobrellevar perfectamente su inexperiencia y, además, ayudarlo, siendo ella quien lo guiara. Lo primero que tenía que hacer era convencerlo de que se marcharan del parque de atracciones y la llevara a su casa. Después, ella misma se encargaría de todo. —Franklin, estoy, cansada —fingió—. ¿Qué te parece si nos vamos? —le pidió y no por primera vez, pasando de una mano a la otra los dos osos panda y la monstruosa serpiente embalsamada que Franklin había ganado, tirando al blanco. Aunque no fueron esos los únicos trofeos que él había obtenido; en realidad, eran tantos que el a tuvo que regalarlos a unas criaturas que contemplaban embelesadas al gran campeón. —¿Qué prisa tienes? Yo había pensado en dar otra vuelta en la rueda gigante —protestó Franklin, ajeno a los planes que urdía la loca cabecita femenina. —¡Oh, no! Ya subimos cuatro veces, y en todas estuve a punto de desmayarme. —¿En serio? Pues yo me siento mejor que nunca… —Resultaba obvio que Franklin superaba sus inhibiciones, cuando la máquina se detenía en las alturas, en ese mundo secreto, lejos de testigos. Y en aquel os minutos de mágica soledad, costaba mucho a Kayla creer que Franklin carezca de experiencia con las mujeres.


—No lo dudo: pero por más que digas y hagas, no lograrás persuadirme a que suba de nuevo. Vamos a casa, por favor. —Está bien —accedió él, con renuencia—. ¿Y si probamos el látigo? —Menos aún —declaró Kayla, decidida, estremeciéndose con solo pensar en lo brusco de ese juego. Él la tomó de la mano y juntos caminaron por el parque, deteniéndose en cada juego, con el que Franklin como una criatura procuraba tentar a su pareja. —Si acepto acompañarte una última vez, ¿me prometes que después nos marcharemos? —¡Prometido! —exclamó él, con una sonrisa angelical. Era insólito ver cómo algo tan simple como un parque de atracciones podía hacer aflorar en un hombre al niño que anidaba en su corazón—. ¡Pero yo elijo! —exigió la criatura. Apenas cinco minutos más tarde. Kayla y Franklin subían a la rueda gigante. Nerviosa, el estómago revuelto, el a estrujaba los trofeos y escondía el rostro para no mirar. La altura le provocaba vértigo y mucho más el desliz inestable de la máquina, una vez arriba. —¡Qué hermoso se ve el parque desde aquí! Con las luces como luciérnagas… —¡Quédate quieto! —gritó Kayla, los nudil os blancos por la fuerza con que apretaba la vara del asiento, asustada de que éste se balanceara. Franklin sonrió con malicia y sin hacer caso del ruego de ella, agitó las piernas para que el carrito se moviera aún más. —¡Dios mío! —exclamó Kayla, desesperada, rodeando con los brazos el


cuello de Franklin y refugiándose en el pecho de él—. ¡Franklin, por favor! —suplicó, indefensa. Nº Páginas 40-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —Por favor… ¿qué? —murmuró el, alzándole la barbilla para que sus ojos se encontraran. Bastó que Kayla se viera reflejada en la transparencia de la mirada de él para que se olvidara de todo, menos de que estaba junto al hombre que amaba. —Por favor, bésame —continuó, atenta sólo a la presencia de él. Franklin no tardó en complacer el pedido, después, ya no dejaron de besarse mientras duró la vuelta, y los cuerpos, fieles a la necesidad de sentirse, parecían íntimamente amalgamados. Cuando la diversión llego a su fin. Kayla lamentó que así ocurriera, pues por primera vez en su vida —de manera harto curiosa— aquel juego tonto no había atacado su estómago delicado… Estaba oscureciendo cuando l egaron al apartamento de Kayla. Los dos estaban sentados en el mismo asiento, el de él, tal como Franklin había sugerido; bien juntitos, los cuerpos casi pegados, sembraron de tórridos besos el lento camino de retorno. Ahora, después de aparcar el automóvil, Franklin dedicaba toda su atención a la joven que tenía al lado, besándola apasionadamente hasta sentir que su cuerpo estaba a punto de saltar los límites del control; suspirando, resignado, liberó a su amada y apretó con fuerza el volante, descargando en él la tensión. —Bien, es hora de despedirnos.


—¿Cómo de despedirnos? —preguntó ella, alarmada—. ¿No entrarás siquiera un momento? —Ya se le había hecho costumbre que él se quedara en su casa al menos un ratito. —Creo que esta noche será mejor que me vaya —respondió Franklin, consciente de que si traspasaba la puerta, no volvería a salir hasta el otro día. Kayla era como una droga que atacaba sus sentidos, alimentando en él el deseo de hacerle el amor, un deseo que burlaba las redes de la contención. Sin embargo, no debía tocarla hasta haberle revelado la verdad; entonces, sólo entonces se permitiría el lujo de tomarla en sus brazos y desnudarla… prenda por prenda… La imagen tentadora apareció en su mente, por lo que meneó la cabeza, como queriendo borrarla lo antes posible. —¿Por qué? Si no es tarde —lo provocó Kayla, con un beso. —No —acordó él, débilmente, delineando con su lengua el contorno de los labios femeninos—, pero me parece que no sería prudente… —No lo sabrás hasta que entremos —insistió Kayla, pensando en lo difícil que debía de ser para él dominarse y, al mismo tiempo, contemplando con cierta lástima esa evidente falta de experiencia que lo hacía titubear. No obstante, tenía que dejar de lado debilidades, si quería que Franklin saltara por fin la barrera y le brindara la ternura de su amor. Esperaba que fuera en su casa, pues la entrega debía ocurrir en un espacio íntimo, adecuado, cuyo cómplice fuera un tiempo extendido al


azar. Por cierto, el automóvil era un sitio reducido, nada apropiado para lograr el ansiado clima especial de una primera vez, por partida doble en este caso, motivada por el candor inusual de Franklin. Kayla sabía que hacerlo al í, forzar el momento, acabaría estropeándolo. Nº Páginas 41-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras Franklin gimió al sentir que los dedos suaves y pícaros le desprendían la camisa y se deslizaban provocativamente por la mata de vello tupido que le cubría el pecho. —Mmmm… me gusta —susurró Kayla, acercando los labios que siguieron el derrotero iniciado por las manos. —Kayla… —La voz de Franklin, apenas un quejido, procuró cortar el arrebato, en tanto sus manos, en débil defensa, retiraban las de ella—. Acabo de cambiar de opinión. Entremos. —Tenía que salir de ese automóvil, antes que todos los votos de castidad que había hecho se convirtieran en eso solamente: meras promesas. —¡Estupendo! —aceptó Kayla, de buena gana, satisfecha al ver que su plan no quedaría frustrado por el empecinamiento de él. —Pero me iré en seguida le advirtió Franklin, tomando su chaqueta y


cubriéndose los muslos discretamente. Los brazos alrededor de la cintura de su hombre, Kayla caminaba, contenta, a su lado, ofreciéndole en silencio el apoyo que él necesitaba. Cuando l egaron, Kayla rescató las l aves del bolso y abrió la puerta. El apartamento estaba sumido en una absoluta oscuridad. Ansioso, Franklin buscó la peril a de la luz: pero una mano traviesa y delicada se interpuso. —No enciendas la luz, por favor. El cuarto estaba en silencio: sólo se oía el tic-tac constante del reloj. ¡Kayla estaba tan nerviosa! Nunca se había visto en la situación de tener que seducir a un hombre, de modo que no tenía la menor idea de por dónde empezar. En su relación con Tony, siempre había sido él quien tomaba la iniciativa. Franklin se quedó cal ado un instante; después, con voz poco firme, preguntó: —¿Por qué? Ella respiró hondo, y dejando de lado su orgul o, contestó: —Porque quiero que hagamos el amor. —¡No! —Franklin se apartó, enfadado. Reuniendo el poco coraje con el que contaba en ese momento, Kayla le interrumpió el paso. —Sí —le dijo, con aplomo—. Y no te escapes, porque sé que tú también lo deseas.


—¡No! —estalló él, volviendo a alejarse. —Sí —insistió ella tranquila—; pero eres tan tímido que jamás me lo pedirás… No te preocupes; no tiene importancia, porque yo… me enamoré de ti. Ahora, si tú no me correspondes, amor, yo… —¡Kayla, por el amor de Dios! Sabes que te amo… —¿En serio? —preguntó ella, el rostro radiante de felicidad. —Claro que te amo y es precisamente por ese sentimiento que no puedo permitir que esto suceda. —Pero si los dos nos amamos es perfectamente natural que pase, Franklin — argumentó ella, en tono gentil, aproximándose lentamente, hasta cercarlo contra la Nº Páginas 42-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras pared—. No sería lo mismo si no nos quisiéramos: si lo hiciéramos sólo por hacerlo. Entonces estaría de acuerdo contigo en que no se justifica. Yo me enamoré de ti casi desde el primer día en que salimos, cuando me trajiste el ramito de nomeolvides. —Mientras hablaba, Kayla deslizaba juguetonamente los dedos por el pecho de él y comenzaba a desprenderle los botones de la camisa—. No puedo dejar de pensar en ti, Franklin, te extraño cada minuto de mi día, sueño contigo de


noche… —Kayla, por favor… —suplicó él, tratando de sofocar la acometida. ¡Cuánto le costaba! —. Hay algo que no entiendes… —Lo único que entiendo es que te amo, y por lo que tú dijiste, también me amas. —Los botones se rendían uno a uno—. No me hace falta nada más. —Te equivocas: ni siquiera sabes nada de mí. —Sé que te amo y eso me basta. Al menos por ahora. Quítate la camisa — ordenó, con vehemencia. —¡No! —gritó él, mientras estrujaba la prenda, queriendo volver a cerrarla —. Es una locura. Kayla se detuvo, asaltada por las dudas. —¿En verdad no deseas hacer el amor conmigo? —¡Yo no dije eso! —protestó él, abrazándola—. Esa idea me persigue desde que te conocí, pero no es el momento —susurró, con voz entrecortada. Cerró los ojos y procuró dominar el deseo que lo acosaba, un deseo que le instaba a tomarla en sus brazos y llevarla a la habitación, para demostrarle todo lo que el a representaba en su vida. El solo pensar en la dicha de tenerla en sus brazos y gozar de aquel cuerpo frágil encendía en él la hoguera de la pasión. Sin embargo, debía resistirse, aunque no encontrara las palabras adecuadas para expresarle fehacientemente su frustración. —Yo te amo, Franklin. ¿Eso no significa nada para ti? Cuando Tony me dejó, creí que jamás volvería a enamorarme: pero tú apareciste en mi camino y, de pronto,


siento deseos de amar, de vivir. Sé que es difícil para un hombre como tú, con principios morales tan arraigados, aceptar una relación sexual, antes de casarse. Te repito que si no hay amor, tampoco a mí me parece bien. Como ves, yo también soy anticuada. Pero Tony me enseñó que cuando se ama a alguien de verdad, es inevitable sentir el deseo, la necesidad de estar con esa persona, de compartirlo todo… —Si no te molesta, preferiría que no mezclaras a Tony en esto —le dijo con seriedad, apremiado por el fantasma de los celos. —No tienes por qué sentir celos de Tony —repuso Kayla, percibiendo lo que pasaba por la mente y el corazón de Franklin—. Él pertenece a mi pasado: es a ti a quien amo ahora—. Una vez más procuró despojarlo de la camisa; embelesada, contuvo el aliento al descubrir el vel o del pecho viril—. Hagamos el amor — rogó Kayla con ternura, esperando que su madre jamás se enterara de su audacia. Sin embargo, aunque así fuera, un vivo estímulo superaba todo temor, todo pudor. Kayla sentía la respiración agitada de él en su mejilla y advertía la lucha que sacudía las emociones masculinas. No obstante, la batalla estaba siendo ganada en favor del amor. Ella tomó a Franklin de la mano y lo guio hasta el dormitorio. Su corazón latía


Nº Páginas 43-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras con el ritmo ensordecedor de un tambor. Una vez cerca de la cama. Kayla le quitó las gafas y después, titubeando, desprendió la hebil a del cinturón y lo deslizó lentamente por las presillas. En apenas unos minutos, los pantalones y la camisa quedaron olvidados en el suelo; sólo la luz de la calle burlaba las hendiduras de la ventana y cernía su halo tenue sobre la silueta de Franklin. Kayla devoró con los ojos las formas del hombre que amaba, subyugada por la arrolladora masculinidad que emanaba de él. Franklin parecía tan fuerte y tan vulnerable, tan protector y tan indefenso en medio del frágil resplandor. Su pecho era enorme, de músculos desarrollados y vello tan rubio como su pelo, aunque más grueso y rizado; la cintura estrecha cedía paso a unos miembros largos y vigorosos como los de un vikingo. Un agudo temblor estremeció a Kayla cuando deslizó las manos por el cuerpo de él para acariciarlo, para sentir la suavidad y calidez de su piel. —Esto es una locura —murmuró Franklin, con voz ronca y débil que se desvaneció ante el torrente del deseo que ella encendía. —No, mi amor, no es una locura. ¿Tú… no quieres sentirme? Vamos, desvísteme, Franklin —le pidió, l evando la mano de él hasta el botón superior de su


blusa. —¡No! No quiero… —La protesta se consumió en la demanda del cuerpo ansioso, en tanto los dedos —fieles súbditos— desprendían el primer botón, luego el segundo—. Está bien, pero no iremos más allá de eso. —Sé lo difícil que debe de ser para ti, cariño. Créeme que no es algo que haría con cualquier hombre, pero tú me diste tanta dicha, tanto amor, Franklin, que necesito corresponderte de la misma manera. ¡Deseo tanto que tú también seas feliz! —le dijo, acercando los labios. Para entonces Franklin le había desprendido todos los botones de la blusa y deslizado, con dedos temblorosos, la prenda por los hombros de el a. ¡Vaya lucha la que libraba! Por un lado, su mente buscaba con desesperación eludir la situación, en tanto su corazón gritaba sus ansias de soltarse, de dejar que los acontecimientos sucedieran y pudiera así amarla, como tantas veces había soñado. —Ves qué sencillo es —susurró ella, cuando los labios de Franklin iniciaron, ansiosos, el derrotero por el cuello y los hombros desnudos, devorando a su paso la suavidad perfumada de la piel femenina—. Acaríciame aquí. —Kayla guió las manos de él hacia sus redondeces expectantes—. Y aquí —continuó, indicándole las zonas en que el roce incitaría su placer. Él accedía gustoso, de repente dispuesto a ser el más aplicado de los


discípulos. ¡Y lo logró con las mejores calificaciones! Sus manos cobraron vida, regalando a Kayla la magia de su experiencia. Ella gimió embelesada, cautivada… —¿Hay algo más que deba hacer? —preguntó el supuesto aprendiz. —No, mi amor —lo tranquilizó ella—. Lo estás haciendo magníficamente. —¿En serio? —Franklin acariciaba lenta, tentadoramente, la piel fragante, en tanto sus labios se sumaban al complot, recorriendo el camino que aquéllas habían creado—. Es extraño —comentó—. Siempre pensé que una mujer esperaría más… —La estrechó en sus brazos y le susurró al oído palabras seductoras, mientras su Nº Páginas 44-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras cuerpo, duende ansioso, las l evaba a la práctica, describiéndolas con mayor precisión. —¡Franklin! —jadeó Kayla, estremecida por el ataque intempestivo—. ¡Oh, Franklin! Hacía sólo unos minutos que estaban juntos en la intimidad y él ya parecía saltar las vallas del pudor, haciendo gala de una pericia natural. Era, en verdad, sorprendente, y Kayla así se lo expresó, elogiándolo a medida que él avanzaba por el terreno certero. Franklin gimió, vencido, recostando a su dama junto a él, acercando su boca a la de ella en la tenue oscuridad, descubriendo la bel eza de Kayla Marshall


y disfrutándola, gozándola en un placer casi egoísta. Los senos eran grandes y firmes; la cintura menuda parecía creada para que Franklin reconociera sus curvas delicadas y las piernas, largas y delgadas, eran al tacto suaves como la seda. No recordaba haber experimentado tantas emociones juntas en toda su vida: repulsión y odio hacia su propia persona, por lo que hacía a esa mujer, y a la vez, una increíble excitación que —paradójicamente— sólo el a podía provocarle. Los labios se encontraban a cada instante, como si cada uno bebiera del otro el sentido mágico del amor y la satisfacción. Él representaba mucho más de lo que Kayla había soñado; sus caricias buscaban, con ternura, los lugares secretos de su femineidad, elevándola diestramente al punto culminante de la locura. —Ámame, Franklin… ámame ahora, por favor —suplicó Kayla, pensando también en él, convencida de que tras treinta y seis largos y miserables años, Franklin merecía disfrutar de las delicias de su masculinidad. La conciencia de Franklin intervino, censuradora, en ese instante. —No puedo, Kayla —respondió, apartándose, para sentarse, triste, desconsolado, al borde de la cama. Su mente buscaba con denuedo encontrar el medio que le permitiera escapar de aquel a pesadilla—. Tienes que ayudarme — rogó, con la respiración agitada—. No podré hacerlo solo. Ella malentendió sus palabras, tomándolas por un nuevo rapto de timidez; entonces, su alma maternal la impulsó a arrodillarse a su lado y, rodeándole la cintura con los brazos, procuró apaciguarlo con sus besos seductores.


—Está bien, Franklin; te entiendo. —No; no comprendes, Kayla. Créeme. Pero… ¡Dios mío! ¡Te amo tanto! — Se volvió hacia ella, su rostro convertido en una agónica máscara, sus mejillas extrañamente húmedas. Esta vez fue ella quien lo obligó a recostarse; en realidad, él ya era un rehén que no ofrecía resistencia, pues la batalla de la indecisión había terminado. El cuerpo de Kayla cubrió con su fragilidad la figura atlética de Franklin, iniciando, con sus labios, su boca y sus manos, el juego lento y sensual, la cálida exploración… Puso el corazón en ese encuentro, susurrando a Franklin palabras alentadoras, instruyéndolo, pidiéndole que se tranquilizara y disfrutara del momento. Acarició las formas masculinas, tensionándolas por efecto de la excitación, y arrancó de su hombre gemidos de placer. El cuerpo viril vibró en el éxtasis y Kayla, artífice de la maravilla, imploraba en silencio que la experiencia fuera tan importante para Franklin como lo era para el a. Nº Páginas 45-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras Cuando por fin el deseo que los acosaba alcanzó el punto culminante, el límite en el que ya no existía retorno posible, Franklin se unió a ella en una fusión explosiva, ardiente y muy, muy dulce. Las sensaciones que los envolvían ahogándolos, destruyéndolos, y haciéndolos renacer, perduraron aun después del clímax. Una vez más, el amor transformaba la vida de Kayla, sólo que ahora el resultado sería distinto. Pues el hombre que había elegido,


el hombre a quien entregaba su confianza, su fe, su misma vida correspondía a ese amor y nunca llegaría a traicionarla. No había dudas en el corazón de Kayla. Nada empañaba su dicha. Kayla Franklin… Sonaba bien. Con ese grato pensamiento flotando etéreo en su mente, emprendió el camino de un profundo sueño, cobijada en los brazos de Franklin, que era lo mismo que decir, en los brazos del amor. A la mañana siguiente, el ruido de un trueno y las primeras gotas de lluvia que golpeaban el cristal despertaron a Kayla. "Una tormenta primaveral", pensó, acurrucándose en el cuerpo cálido de Franklin. Le encantaban las tormentas y el sonido del viento que, como un látigo, azotaba las ramas de los árboles. Una sonrisa curvó sus labios cuando Franklin capturó la redondez de un seno. En un primer momento, creyó que lo de la noche anterior había sido apenas un sueño… después, que su príncipe azul ya se había marchado. Pero no… él estaba al í: una viva realidad, con su cuerpo musculoso que la reclamaba fervientemente, sus labios ansiosos que la provocaban con sus besos adulces, seductores, salvajes. El apetito que inspiraba su deseo, lejos de haberse sosegado, se había alimentado con la proximidad. Esta vez, el Franklin que le hizo el amor en las primeras horas del despertar no fue el mismo hombre tímido, a quien tanto costara saltar la val a del pudor. En lugar del hombre recatado y vergonzoso, aparecía el amante tierno y experimentado, alguien que sabía muy bien qué camino debía seguir para l evar a su dama a la cima de la pasión, al jardín pletórico del Edén… La tormenta que estremecía el cielo era apenas un susurro, comparada con la


violenta tempestad interior, en donde los gritos y gemidos de los enamorados se elevaban al aire como trofeos de satisfacción. Un cúmulo de estrellas más puras y brillantes surcaron el universo en el instante en que los amantes acariciaron las alturas deseadas. Cuando el juego cesó, la tormenta aún estal aba estridente afuera; pero dentro de la habitación, sólo se oían susurros, jadeos y los ritmos agitados del corazón. Empezaba el momento del sosiego. —Franklin, no tuve oportunidad de preguntártelo anoche. Dime, ¿fue todo… como esperabas? —murmuró Kayla, su cuerpo sumido en las brasas candentes. —¿Me lo preguntas en serio? Fue maravilloso —susurró él, con voz débil—. Yo la amo, señorita. Kayla se sintió feliz, tranquila, aliviada de saber que la primera vez había sido especial para Franklin. Además, eso alimentaba su ego femenino, pues había sido el a quien lo había guiado. Sonrió, satisfecha… Y en cuanto al segundo encuentro, por cierto no había ido en zaga al primero. —Yo también lo amo —respondió—. ¿Qué hora es? Franklin tomó el reloj que estaba sobre la mesa de noche y, en la oscuridad, intentó ver las manivelas. —Casi las cinco. Nº Páginas 46-122


Lori Copeland – Odio tus mentiras —Mmmm —ronroneó ella, perezosa, rodeándole la cintura con los brazos—. Todavía nos queda tiempo para dormir. —No mucho, porque yo tengo que salir en una hora —le dijo Franklin, bostezando. —¿De viaje? —Sí, iba a decírtelo anoche antes que… que tú me corrompieras —Franklin sonrió con picardía. Luego se apartó, echando sobre ellos las mantas—. Me parece que me quedaré aquí… solo… porque usted, señorita, es un peligro. ¿Sabe que me agotó anoche? Pero se lo agradezco —agregó dulcemente, con una sonrisa clara en la voz. —Por nada contestó —Kayla, contenta—. ¿Vendrás esta noche? —Su alegría no tardó en disiparse. —No —la voz de Franklin se tornó solemne—. No regresaré hasta el domingo. —¡Hasta el domingo! —repitió Kayla, desilusionada—. ¿Y por qué tanto tiempo? —Por… trabajo. ¿Por trabajo? A Kayla se le antojaba demasiado extraño. Por lo común, los viajes de Franklin duraban apenas un día, o al menos así había sido desde que lo conoció. —¡Qué lástima! —se lamentó—. Quería que me ayudaras a buscar un local


para instalar mi tienda. —Ya te dije que no tienes por qué trabajar; yo puedo mantenerte perfectamente —observó él, determinante; aunque aplacando la posible rudeza con un beso prolongado. —Sí, pero deseo ayudarte hasta que podamos comprarnos una casa. Paula regresa el lunes, así que a partir del martes dispondré de todo el tiempo del mundo para dedicarme a la tienda. —Todavía no habían hablado de matrimonio, pero aun así Kayla estaba segura de que se casarían muy pronto. —Haz lo que quieras —se rindió él, aunque para sus adentros confiaba en poder convencerla más adelante. Ahora debía resolver otro problema más urgente: salir de ese embrol o y aclarar la situación, tratando de no lastimar a Kayla y mucho menos, perderla. Asaltado por el miedo, Franklin oyó la respiración calma de la mujer que, a su lado, se había quedado dormida. Sí, debía buscar pronto la salida o de lo contrario se volvería loco. No podía darse el lujo de que el a, por accidente, descubriera su identidad. Por el momento, la única persona capaz de develar el misterio era Paula, aunque lo tranquilizaba saber que su secretaria nunca podría asociar a Franklin Franklin con Nicholas Trahern. Sería muy cauteloso: evitaría estar en la oficina durante el día, adelantando su trabajo por la noche o en las horas en que estaba seguro que no habría moros en la costa. De esta manera, también cumpliría con la


promesa que había hecho a su padre de encargarse de ciertos asuntos, mientras él estuviera de viaje. El plan daría resultado… Nick estrujó posesivamente el bultito cálido y alzó los ojos al cielo, rogando, esperanzado, que así fuera… Nº Páginas 47-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras Capítulo 5 —No sabes cómo me alegra verte contenta de nuevo. —Sentada en el escritorio, Paula se inclinó hacia adelante y estrujó la mano de su amiga—. Ya estaba empezando a preocuparme. Kayla sonrió, agradecida. —Fuiste tan buena amiga, Paula: todavía no entiendo cómo pudiste soportarme todo este tiempo. —Tenías motivos para estar como estabas —la tranquilizó Paula, dándole una palmadita en la mano—. No conozco a ese tal Franklin, pero te aseguro que en este momento me encantaría l enarlo de besos. —¡Eso sí que no! —saltó Kayla, fingiendo celos—. Nadie besa a mi Franklin más que yo. Paula, sé que amé a Tony, pero lo que siento por Franklin es tan distinto, tan… —Kayla buscaba las palabras adecuadas para expresar sus sentimientos; pero, como suele suceder, las emociones escapan a toda definición. Estaba tan enamorada de Franklin que la vida le parecía más hermosa que nunca.


—Se nota… —comentó Paula, compartiendo la felicidad de su amiga—. A propósito, ¿dónde lo conociste? —Exactamente en esa silla —respondió Kayla, señalando el asiento de Paula —. ¿En serio no te acuerdas de él? —Le parecía increíble que Paula, aun estando casada, pudiera haber olvidado a un hombre tan apuesto como Franklin. —No… —El rostro de Paula era la viva imagen de la concentración—. No recuerdo a ningún vendedor de enciclopedias con la descripción que tú me das de Franklin. Tal vez sea nuevo en la compañía. —No creo, porque preguntó por ti. No te preocupes; seguramente lo reconocerás cuando lo veas. —¿Y cuándo estimas que Doug y yo tendremos ese honor? —bromeó Paula. —Muy pronto, lo prometo. Si no fuera por su trabajo… Está viajando mucho últimamente —le contó Kayla, algo inquieta por las desapariciones esporádicas de su novio. —Pero puede ser un sábado o un domingo —sugirió Paula, ansiosa de conocer al hombre que tanto había cambiado la vida de su mejor amiga—. ¿Qué te parece este fin de semana? —No; este fin de semana, no —replicó Kayla, frunciendo el ceño. Apenas anoche Franklin le había dicho que estaría ausente el fin de semana—. Franklin se va en viaje de negocios.


—Tu novio no debe de ser muy divertido que digamos si se pasa la vida trabajando —suspiró Paula, arrojando el último trozo de su emparedado al cesto de la basura. Desde que Paula regresara de sus vacaciones, las dos amigas no habían tenido tiempo de cambiar más que unas palabras. Ese día Kayla, que había salido a ver locales, decidió pasar por la oficina y proponer a Paula que almorzaran juntas. Nº Páginas 48-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —Sí, ya lo pensé —admitió Kayla—. Pero es tan tímido… Necesitará tiempo para superarlo. —¿Cómo anda la búsqueda del local? —No muy bien. Si el lugar no es pequeño, el alquiler resulta demasiado alto… —Kayla se encogió de hombros—. Tengo la sensación de estar dando vueltas siempre en el mismo lugar. Espero que Franklin me ayude, aunque en realidad no puedo contar mucho con su cooperación, porque no está de acuerdo en que abra la tienda. —¿Por qué no? —Supongo que tiene que ver con la idea de que si me caso deberé quedarme en casa y cuidar a mis hijos —explicó Kayla, contenta. Paula sonrió, comprendiendo la indirecta.


—Mmm. Me parece que va en serio… —Eso creo —rió Kayla—. No me ha propuesto que nos casemos todavía, pero no se cansa de decirme que me ama y que le gustaría formar una familia. Estará tratando de reunir coraje para pedírmelo. —¡Kayla! Deberías ayudarlo… Si ese pobre muchacho es tan tímido como dices… —¿Estás bromeando? Si lo intenté todo… Lo único que falta es que yo misma me escriba en un papel: "Kayla, ¿te casarías conmigo?" y se lo entregue para que lo lea. —Dale tiempo; estoy segura de que muy pronto se animará. Y tú, Kayla, ¿estás dispuesta a convertirte en un ama de casa, atender tu hogar y cuidar a tres o cuatro niños? —La pregunta de Paula encerraba cierto desafío. —Con Franklin, sí —suspiró Kayla, con expresión soñadora. —Entonces te ruego que no pongas a tu hijo el nombre del padre. Franklin Franklin. ¡Uf! Es horrible… —declaró Paula, con sinceridad. Kayla frunció el ceño. —Sí, es cierto; pero el nombre es lo que menos importa. Me interesa él como persona y te aseguro que me casaría así se llamara Mortimer Snerd. Paula meneó la cabeza. —¡Hum! Mi querida amiga, eres un caso perdido… —Sí —reconoció Kayla, sonriendo inocente. Paula miró el reloj sobre la pared y terminó su vaso de leche.


—Lo pasé muy bien, Kayla, pero lamentablemente tengo que ponerme a trabajar. ¿No extrañas la oficina? —Francamente no. Y no porque el trabajo fuera muy complicado, pero no terminaba de pasar a máquina todo lo que Trahern hijo me dejaba, cuando aparecía sobre mi escritorio otra pila enorme de papeles. —¿No es un encanto? —preguntó Paula, distraídamente, mientras se aplicaba el lápiz de labios. Nº Páginas 49-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —¿Quién? —Nicholas. A él te referías, ¿verdad? —¡Oh! Nick… Sí, de él hablaba; pero no sé si es un encanto o no, porque nunca lo vi. Siempre venía a la oficina cuando yo ya no estaba. A propósito, ¿sabías que Franklin y Nick son muy amigos? Es increíble que dos personas tan distintas se lleven tan bien… —¿En serio? —Paula dejó de cepil arse el cabel o y miró a su amiga, sorprendida por la revelación. Pues es una amistad muy especial. —Ajá. Sin embargo, lo que más me asombra, y por supuesto me agrada, es que Franklin no se ha contagiado —comentó Kayla, pensativa. —Nick no es tan malo —lo defendió Paula—. Muchos exageran en cuanto a su reputación; para mí, es un hombre agradable. Pensándolo bien, ustedes dos harían


una muy buena pareja. Yo estoy convencida de que cuando Nick encuentre a la mujer de su vida, sentará cabeza y se convertirá en el hombre más fiel y feliz de la tierra. —No, gracias —rehusó Kayla—. Deja que Don Juan se busque a otra. Yo ya estoy comprometida y por nada del mundo cambiaría a mi Franklin por él. Aunque, por curiosidad, me gustaría saber cómo es… —¿Nunca viste una fotografía suya? —preguntó Paula, asombrada. —No. ¿Hay alguna aquí? —Si no me equivoco, había unos retratos que Nicholas y su padre se sacaron hace unos años. Espera un minuto: veré si las encuentro. Paula se puso de pie y se acercó al archivo de metal: buscó unos instantes, pero luego, al no hallar las fotografías, cerró lentamente la puerta, desalentada. —¡Qué extraño! Hubiera jurado que estaban aquí. Bien, tendré que reclamar unas copias, por si acaso. Lo siento, Kayla —se lamentó, encogiéndose de hombros. —No te preocupes —la tranquilizó Kayla—. Sólo quería divertirme un rato, descubriendo al hombre al que todos temen y que las mujeres adoran. —Te repito que Nicholas es un hombre agradable y, además, muy, pero muy rico —comentó Paula, pensativa—. Eso explica que las mujeres se vuelvan locas por él. Mira hasta qué punto llegará el delirio de ellas que él se niega a atender llamadas femeninas, a menos que le asegure que no se trata de ningún asunto personal. —¡Pobrecito! —exclamó Kayla, con ironía—. Las mujeres lo persiguen.


Paula se echó a reír de la acotación de su amiga. Después, más seria, le dijo: —Kayla, tengo que pedirte que te vayas y me dejes hacer mi trabajo: de lo contrario, me despedirán… —Está bien, me marcho: pero sólo si me prometes que hablarás coro Doug por el asunto del sábado. —¡Ay, qué tonta soy! Casi me olvidaba… —¿No le molestará? —preguntó Kayla, inquieta. Nº Páginas 50-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —Por supuesto que no. ¡Cómo se te ocurre! Te l amaré por teléfono para combinar la hora en que te pasaremos a buscar. Doug jamás se perdería la oportunidad de asistir a las carreras, y menos si se trata de la última de la temporada. El sábado se corre el Arkansas Derby. —¿En serio? ¿Y es importante? —Lo único que sé es que se trata de una de las cuatro carreras que se organizan anualmente por un premio de doscientos cincuenta mil dólares, y que se corre sobre una distancia de mil seiscientos metros. ¡Eh! Ahora que le pienso participarán algunos de los caballos de Nicholas. Él va a Hot Springs casi todas las semanas, así que me parece que en lugar de conocerlo por fotografías, lo verás en persona. —¡Por lo que me interesa! —respondió Kayla, con ademán despreciativo—. Me


basta con aprender algo sobre carreras para poder hablar después con Franklin de su tema preferido. —Doug te ayudará. Bien, te llamo esta noche para confirmar, ¿de acuerdo? —De acuerdo. Kayla salió de la oficina, murmurando por lo bajo. Tenía que hacer algunas compras, antes que Franklin pasara a buscarla. Deseaba estar muy bonita esa noche, que él la viera especial. Durante las últimas semanas se habían encontrado casi todos los días, salvo aquellos en que él estaba de viaje. De todas maneras, a pesar del tiempo compartido, aún no conocía el apartamento de él, dado que resultaba mucho más sencillo para Franklin quedarse a dormir en su casa, evitándose, de ese modo, tener que realizar dos viajes, uno de ida y otro de vuelta a la ciudad. Kayla se estremeció al recordar los instantes en que estaba en brazos de su amor. Ahora los papeles se habían invertido, y lejos de ser ella la maestra, se había convertido en una discípula que aprendía, a voluntad, del arte de él. La experiencia sexual con Franklin superaba ampliamente sus fantasías y en la actualidad la felicidad de Kayla burlaba cualquier límite. Ella era una mujer en la búsqueda constante de la mejor manera de llegar a su pareja y descubrir su mundo. Por eso, aprovechando que Franklin estaría de viaje, había pedido a su amiga Paula que preguntara a Doug si le molestaría l evarla a ver las carreras y explicarle detal es que desconocía, para así impresionar a su novio, cuando él regresara. Seguramente Franklin se sentiría muy orgul oso de ella. Por supuesto, no le había


comentado nada al respecto, para que la sorpresa fuera aún mayor. Sin embargo, ése no fue el único secreto que guardó celosamente esa noche, cuando estuvo con Franklin en la cama. Acarició su vientre con la esperanza de contar con otra noticia con que recibirlo, una noticia que la llenaba de entusiasmo. Pero era demasiado pronto para crearse expectativas; primero tendría que consultar con el médico, esperar los análisis y después… Soltando un suspiro, se acurrucó en el pecho de Franklin y acarició con los dedos los vel os rubios. —¿Te dije ya cuánto te amo? —Si no me equivoco, lo mencionaste unas mil veces; pero me encanta. Jamás podría cansarme de escucharlo —bromeó él, capturando los dedos frágiles para besarlos con ternura. Nº Páginas 51-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —¿De modo que es evidente que estoy loca por ti? —Sí y me parece perfecto, aunque no sé qué opinarán tus amigos cuando vean la leyenda "amo a Franklin Franklin" en la remera que te compraste hoy. —No me preocupa lo que piensen porque, en verdad, amo a Franklin Franklin. —Y él a ti —le aseguró, dándole un beso en la punta de la nariz—. No te imaginas cuánto te extrañaré. En serio, Kayla, me gustaría mucho que tú y yo… —¿Qué, Franklin?


—Que tú y yo… viajáramos juntos. —¿Y cuándo será eso? —le preguntó ella con voz sensual, mientras su mano se deslizaba provocativamente por la carne firme—. ¿Por qué no puedo acompañarte ahora? —Mi amor, ya te dije que esperaras unas semanas; después, estaremos juntos todo el tiempo que quieras. —Franklin ya había tomado una decisión: cuando regresara el lunes la llevaría a algún lugar en que pudieran estar solos un par de días, y en el ínterin, buscaría la manera de revelarle su identidad. Plenamente consciente de las posibles consecuencias, Franklin pensaba l evar a cabo sus planes porque no podía encarar la relación con una mentira, porque un amor tan puro debía estar l eno de verdad. La amaba y por eso estaba dispuesto a pelear por el a, para que le creyera. No sería sencillo; pero sabía que Kayla también lo amaba y eso le inspiraba confianza para hablar. Estaba seguro de que comprendería cuando le explicara todo, cuando le dijera que la había engañado en un principio, tal vez como una broma, y porque ella le gustaba. Después, esa primera mentira había generado otras, hasta que la situación se tornó incontrolable. Sin embargo, Franklin entendía que ya era tiempo de poner Fin a ese embrollo y aclarar todo de una vez, a pesar de los riesgos: pues, en definitiva, ya no toleraba vivir con la angustia y el sobresalto de que algún día la joven se enterara por otro de quién era en verdad. Las ojeras que enmarcaban sus ojos no respondían a largas horas de trabajo sino a


su insomnio, fruto de la intranquilidad. La ropa le quedaba grande, pues había perdido bastante peso: su apetito había mermado y su nerviosismo no lo dejaba vivir. Las carreras eran lo único que todavía despertaba su interés. No obstante, para asistir a las carreras debía recurrir a un nuevo embuste: inventar un viaje por asuntos de trabajo. En realidad, se trataba de trabajo; claro que no el tipo de trabajo que Kayla imaginaba. No; evidentemente lo mejor sería terminar con tantas historias para darse definitivamente el lujo de vivir en plenitud la dicha del momento, junto a la mujer que amaba. —Kayla, mi amor —comenzó con expresión grave, dejando de acariciarla—, no puedes acompañarme ahora: pero quisiera que el lunes, cuando regrese, tú y yo nos escapáramos unos días, solos… —¿No tendrás problema en el trabajo si faltas tanto tiempo? —Por eso no te preocupes —la tranquilizó él—. Sólo dime sí o no —insistió, despejando el rostro querido de un travieso mechón dorado. —Iría a cualquier parte contigo, Franklin; creí que lo sabías. —En eso confío, Kayla. Ella inclinó la cabeza, mirándolo sorprendida. Nº Páginas 52-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —¿Qué quieres decir?


—Que te amo, recuérdalo. Cuando vuelvas la vista atrás y pienses en lo nuestro, quiero que siempre te acuerdes de eso, de que te amo con todo mi corazón. Con un gemido, reclamó un beso de ella y entonces todo pareció desvanecerse. ¿Durante cuánto tiempo estaría seguro su mundo? Nicholas no deseaba pensar en nada que no fuera esa noche. Por eso, fiel a su deseo, hizo el amor a la mujer que tenía en sus brazos, casi salvajemente, tras lo cual ambos quedaron, estremecidos y ella, preocupada por la angustia que de pronto se había apoderado de él. Franklin era un hombre extraño, imprevisible, pero maravilloso. Kayla se preguntaba si alguna vez l egaría a acostumbrarse a esos constantes cambios de humor. No lo sabía, aunque no le importaba demasiado. Cobijada en el calor de los brazos de él, pensó únicamente en que lo amaba y en que Franklin era lo mejor que le había sucedido en la vida. Por más que no fuera perfecto… al fin y al cabo, ella tampoco lo era… Idénticos pensamientos pasaban por la mente de Kayla el viernes a la mañana, cuando salió del consultorio. ¡Un hijo! ¡Estaba esperando un hijo de Franklin! Sin duda, él se sentiría muy feliz con la perspectiva de ser padre y, por supuesto, le propondría matrimonio no bien se enterara. Kayla acarició su vientre y sonrió. Su hijo tendría la suerte de l amar papá a uno de los hombres más buenos y decentes del mundo. En ese momento, en medio de los bocinazos y el ritmo alocado


del tránsito, Kayla lanzó un gritito de alegría, al pensar en su hijo y en el amor que sentía por el padre. La señora de Franklin Franklin… Nada más grato y natural. ¡Por Dios! ¿Qué más podría esperar de la vida una mujer? Todos los años, para la primavera, la pequeña ciudad de Hot Springs, ubicada aproximadamente a noventa kilómetros al sudoeste de Little Rock, era testigo durante diez días de la intensa agitación que animaba a cerca de veintitrés mil aficionados que se agolpaban en las instalaciones del hipódromo. Desde la segunda semana de febrero hasta la tercera de abril, los enfervorizados fanáticos se apretujaban frente a la hermosa pista de Oaklaron, con los corazones latiendo alborozados ante el grito de: ¡Largaron! Y hoy, por supuesto, no sería la excepción. Kayla, Paula y Doug se sumaban a la ola de simpatizantes atrapados en la excitación que prevalecía en el estadio. Era un día radiante, en que el sol resplandecía con su fulgor pícaro sobre la pista pintoresca. A Kayla le habría encantado ver desde afuera las carreras, pero Doug ya había comprado boletos para las plateas, con reservados de cinco pisos recubiertos de vidrio. —¡Nunca vi nada igual! —comentó Kayla, buscando en el bolsil o más dinero para adquirir otro programa.


Doug se adelantó a el a, extrayendo el dólar que hacía falta. Kayla, es el sexto programa que compras. ¿No te parece que ya es bastante? Nº Páginas 53-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —Pero es que esos hombres dijeron que los estudiara bien y apostara a las fijas —protestó. Kayla, confundida. —¡Oh, sí, claro! —exclamó Doug, con ironía, esbozando una sonrisita escéptica. —¿No es así? —preguntó Kayla, desorientada. Paula la tomó del brazo y la condujo entre la multitud. —Lección número uno —anunció—: toda vez que alguien te diga que tiene una apuesta segura, huye despavorida. —La única fija aquí —intervino Doug son las salchichas. A propósito, ¿alguien quiere una? Kayla y Paula prefirieron esperar un poco; pero a Doug se le hacía agua la boca de solo pensar en los bastoncitos tiernos y jugosos, envueltos en panecillos calientes y condimentados con mostaza, por lo que separándose de las mujeres se acercó a uno de los puestos para satisfacer su antojo. —Ven, vamos a sentarnos —propuso Paula a gritos, apenas perceptibles entre el vocerío general—. Doug se reunirá con nosotras luego. Kayla siguió a Paula, que bajó los escalones hasta la hilera que les correspondía. La ubicación era inmejorable, dado que ofrecía un panorama excelente de la pista. El corazón de Kayla latía, ansioso, anticipándose a lo que habría de venir. A su alrededor, todos programaban sus apuestas, analizando concienzudamente las posibilidades de tal o cual caballo. La doble era la apuesta inicial.


—¿Qué es una apuesta doble? —preguntó Kayla, mirando el programa sin entender absolutamente nada. —Es algo muy sencil o, ya verás. Tienes que apostar sólo dos dólares a los caballos que crees que ganarán las dos primeras carreras —explicó Paula, con paciencia—. Por ejemplo, yo jugaré a este caballo. Molly's Mother, como favorita para la primera carrera y… Mmmm… a Bokl Mary, para la segunda. Si los dos caballos vencen, gano. —¿En qué te basas para decidir a quién apuestas? —En el jinete. Miro en el programa quién es el más famoso y apuesto al caballo que monta —respondió Paula, con aire de entendida. Kayla la miró de soslayo, desconfiando de la astucia de su amiga. —¿Y te da resultado? —No siempre —admitió Paula. —Mmmm… no sé —comentó Kayla, nada convencida con los métodos de Paula—. Preferiría ver los cabal os antes de apostar. —Buena idea. Iremos al paddock, antes que comiencen las carreras. Lección número dos: el paddock es el lugar donde exhiben los cabal os. Si no me equivoco es obligatorio mostrar al público todos los animales; aunque también podrás verlos, como también a los jinetes, en el desfile preliminar. —¿El desfile preliminar? Nº Páginas 54-122


Lori Copeland – Odio tus mentiras —Sí, los jinetes pasean los cabal os delante de las tribunas, antes de cada carrera. Traje unos anteojos prismáticos para que podamos verlos mejor. Después iremos hasta las ventanillas a hacer las apuestas, ¿te parece bien? —¡Ay, Paula! ¿No se puede elegir de otra manera? —Kayla presentía un destino nefasto para sus dos dólares, si alguno de los jinetes famosos y experimentados de los que hablaba Paula estaba justamente en un mal día. Paula la miró, ofendida. —¿Cómo sabrás si da resultado, si no pruebas? En ese momento regresó Doug con tres refrescos y dos salchichas para él. Mientras bebían, leyeron las pizarras expuestas delante de las tribunas. Kayla observaba, extasiada, el despliegue del tablero automático que exhibía los nombres de las personalidades presentes y la hora de iniciación de la primera carrera; un casillero con el tiempo que echaría el caballo ganador y la hora del día. A un costado de la pizarra aparecía anunciada la cantidad total de apuestas, divididas en ganador, segundo y tercero: las apuestas especiales y los dividendos correspondientes. Ahora alcanzaba a comprender el entusiasmo de Franklin; si hasta el a misma, que apenas acababa de l egar, estaba impaciente por que se largara la primera carrera.


—Estimadas señoras, ¿han escogido ya sus favoritos? —preguntó Doug, con la boca l ena. —Aún no; no he podido ver bien los caballos —se justificó Paula, todavía mortificada por la acotación de Kayla—. ¿Y tú? —Yo sí —declaró él, decidido—. En todas las carreras compite un caballo de Trahern. Ahí va mi dinero; a un pozo seguro. Al observar el programa, Kayla descubrió que Nicholas Trahern era el dueño de My Pretty Baby, que participaba en la primera carrera, y de Ghetta Leadout, que intervenía en la segunda. — ¿Ghetta Leadout? ¡Vaya nombre para un caballo! —exclamó Kayla, con una mueca de disgusto. Doug se inclinó hacia ella y, mirándola seriamente, le explicó: —Se dice get-the-lead-out, que tiene que ver con quien toma la delantera. Cómo se ve que nunca gritaste a más no poder cuando los caballos se acercan a la recta final, cuerpo a cuerpo con el puntero. ¡No sabes lo que fue aquella vez! — rememoró Doug—. En mi opinión, no pudieron bautizar a ese cabal o con un nombre más apropiado. —¿Y qué te parece el jinete? —preguntó Paula, atenta. —¡Qué sé yo! —exclamó Doug, reprobando a su mujer con una mirada de fastidio—. De todas maneras, señoras, les aconsejo que escojan bien sus apuestas, porque la pista está muy ligera, así que la competencia será muy ardua.


—Perdona… pero ¿qué quiere decir que la pista está muy ligera? —inquirió Kayla, avergonzada de su ignorancia; sin embargo, para eso estaba al í: para aprender. —Oh, lo siento, Kayla… Me refería a las condiciones de la pista. Se le dice pista ligera, cuando está seca; en realidad, es la ideal, o al menos yo prefiero calcular mis apuestas así y no cuando está húmeda, lenta o fangosa. Nº Páginas 55-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —¿Quién determina las reglas? —preguntó Kayla, interesada—. ¿Los dueños de los cabal os? ¿Los jinetes? —¡Por el amor de Dios, no! La Comisión hípica local es la que establece el reglamento, junto con el Jockey Club. Kayla, te advierto que no soy ningún perito en la materia, pero trataré de contestar a tus preguntas siempre que pueda. Kayla arqueó las cejas, en un gesto de vacilación, preguntándose si lograría recordar todo lo aprendido y aplicarlo en el momento oportuno. —Hablemos de los caballos… ¿Cómo sé cuando un animal es un pura sangre? —Por eso no te preocupes: en los periódicos y revistas especializadas aparece; pero, de todas formas, existen ciertos rasgos que te ayudan a darte cuenta. —¿Por ejemplo? —perseveró Kayla. —Déjame ver… Algunos caballos tienen una línea blanca que bordea la pezuña, encima del vaso. —¿Qué es el vaso? —El casco. Otra característica es la estrella blanca en la frente o la línea


transversal en la cabeza. Las tijeras son unas marquitas blancas o del color de la carne sobre el hocico o los labios. Un caballo calvo es aquél que tiene toda la cabeza blanca, incluso la piel alrededor de los ojos y el hocico. La banda, que es siempre bastante estrecha, se extiende de los ojos al puente de la nariz. Para terminar, cuando la parte inferior de las patas es toda blanca, se le dice calceta. Bostezando, aburrida. Paula apoyó la cabeza en el hombro de Kayla. —Jamás hagas a Doug una pregunta sencilla: mi marido tiene la manía de complicarlo todo con detal es y más detalles. —¡Ella quería saber! —se defendió Doug. —Es cierto, Paula; en verdad, me interesa mucho lo que Doug me está explicando. El aludido echó a su mujer una mirada de superioridad y continuó su descripción. Los pura sangre pueden ser de diversos colores: zainos, rosillos, grises, bayos, negros y castaños, todos reconocidos por el Jockey Club. —Aquí dice que los cabal os tienen tres años… —exclamó Kayla, sorprendida, al descubrir el dato en el programa. —Sí —confirmó Doug, estudiando la información que figuraba en la hoja—. Los miércoles corren las potrancas y yeguas… —Continúa —instó Kayla, interesada. —Una potranca es una yegua de menos de cinco años. Un producto tiene entre uno y dos años. El potril o es un macho de hasta cinco años; a partir de esa edad, se considera ya un caballo adulto —refirió Doug, con paciencia y la yegua es la


hembra de más de cinco años. Como te iba diciendo, los jueves y viernes participan las potrancas de cuatro años a cinco; en cambio, hoy corren animales más pequeños, de sólo tres años. ¿Está claro? —Clarísimo… —respondió Kayla, con ironía. Nº Páginas 56-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —Sí, sé que es algo confuso —admitió Doug, riendo—. Creo que resultará más sencillo para ti si en lugar de darte tantas explicaciones teóricas, ves directamente los caballos. Las carreras no empiezan hasta la una, así que disponemos de bastante tiempo para recorrer tranquilos el paddock. Ahí podré mostrarte prácticamente todo lo que te dije. ¿Alguien quiere una salchicha o una hamburguesa? —reiteró el catedrático hambriento. —¡Doug! —lo reprendió Paula—. ¿Te comerás otra salchicha? Una vergüenza casi infantil ensombreció el rostro de Doug; sin embargo, eso no impidió que contestara con absoluta franqueza. —Te aseguro que podría comerme tres más. Paula meneó la cabeza, incrédula. —Mmmm. Kayla, me parece que hoy tendremos que sacarlo de aquí cargándolo sobre nuestras espaldas. —Está bien —se rindió Doug—. Me conformaré con algo más liviano, como un emparedado de jamón y queso. ¿Me acompañan? Esta vez la propuesta fue aceptada. Paula y Kayla esperaron a que Doug regresara con los emparedados y luego los tres bajaron hacia el paddock, que según


la opinión de Kayla, parecía una cueva enorme con establos. —¡Miren qué bellezas! —exclamó Doug, entusiasmado. Nadie podía discutírselo: los cabal os paseados de las bridas eran realmente una belleza. Su pelaje oscuro, sedoso y bril ante, resplandecía en todo su esplendor, mientras los mozos de cuadra los preparaban para la carrera, colocándoles la sil a de montar y los números que los identificaban. —¡Qué frágiles parecen las patas! —comentó Paula, admirada—. Nunca llegaré a entender cómo soportan las presiones de las carreras. —Justamente esa es la zona más vulnerable —les explicó Doug—. Las rodillas, jarretes, patas y menudil os. La exigencia del desplazamiento provoca la mayor parte de los accidentes. —Me imagino… —observó Kayla, enternecida con solo pensar en el esfuerzo que debían realizar aquellos miembros. De pronto, algo llamó la atención de Kayla: sobre un rincón del paddock, se movía, inquieta, una impactante potranca de color gris. Sus ojos repararon en la gracia de ese equino, tan parecido al que Franklin orgul osamente le había señalado el día de la gira, y que ahora entraba haciendo cabriolas, como festejando de antemano un triunfo seguro en la carrera en la que participaba. Ese ejemplar de pura sangre, por cierto, parecía un… —¿cómo lo había denominado Franklin?— un ganador nato. El mozo l evó a la potranca hasta uno de los establos, cerca de la puerta. Distraída por los movimientos constantes del animal, Kayla no reparó en la figura de un hombre alto y rubio, que se inclinaba para revisar los cascos de las patas traseras.


—¡Eh! ¡Miren quien está ahí! Nicholas… —señaló Paula—. Sabía que lo encontraríamos. Nº Páginas 57-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras Kayla se volvió, casi esperando ver un harén que agitaba hojas de palmeras sobre la cabeza del señor. —¿En serio? ¿Dónde? —preguntó, sin demasiado interés. —Allá. Es aquél que está agachado, mirando las patas del cabal o gris. Los ojos de Kayla se orientaron hacia el lugar indicado y entonces su rostro se encendió de alegría. —¡Paula! —exclamó—. ¡Ahí está Franklin! Debe de haber venido a acompañar a Nicholas. ¿Me oirá si le grito? —No sé; hay mucho ruido aquí —respondió Paula—. ¿Cuál es Franklin? —El de pantalones y camisa azul, tonta. ¿No es un bombón? —La voz de Kayla reflejaba a las claras el amor que sentía por Franklin. —Pantalones y camisa azul… No veo a nadie vestido así, salvo a Nicholas. Dime, ¿Franklin está ahora de pie junto a la potranca? —Sí, Paula, está hablando con el otro hombre que pone esa cosa en la cabeza del cabal o. Las dos amigas observaban con atención a los hombres que estaban en el establo: una cierta sospecha asaltó a Paula, cuya sonrisa se fue desvaneciendo lentamente. —¿Es Franklin… balbuceó, tratando de burlar el nudo que la asfixiaba—.


¿Es Franklin…? Kayla se volvió, preocupada, a su amiga. —Paula, ¿qué sucede? Paula se aclaró la voz y lo intentó de nuevo. —¿Es Franklin el que se arrodil a otra vez? Kayla miró hacia el establo. —Sí, es él. Es apuesto, ¿verdad? —¡Oh, Kayla! —suspiró Paula, sintiendo que el corazón le daba un vuelco—. Debe de haber una equivocación… —¿Una equivocación? ¿A qué te refieres? —preguntó Kayla, sonriendo inocente. —Ese… ese no es… ese hombre que está agazapado es Nicholas Trahern — Paula no pudo evitar decir la verdad; además, tenía la impresión de que Kayla le estaba tomando el pelo. Una nube nefasta, como un mal augurio, se cernió sobre el mundo de Kayla, hasta entonces resplandeciente de felicidad. —No me hace gracia, Paula —dijo seria, la voz convertida en un débil susurro. —No era esa mi intención —repuso Paula, tomando la mano de su amiga y estrujándola, en un gesto de solidaridad. —Espera… debe de haber alguna explicación que justifique todo esto; no saques conclusiones precipitadas la apaciguó Doug. Nº Páginas 58-122


Lori Copeland – Odio tus mentiras Kayla enfrentó, pálida, a sus amigos. —No sé de qué están hablando… Franklin no me mentiría; no sería capaz de hacerme eso… —Su voz se fue perdiendo en un lamento; los ojos de nuevo fijos en el fantasma que estaba del otro lado del paddock, Kayla sucumbió a la horrible sensación de que le habían dado una trompada en el estómago. O tal vez le habían clavado un puñal por la espalda… No; seguramente se trataba de un broma, una broma de muy mal gusto… Como si hubiera percibido algo extraño en el ambiente, el hombre alto, de pantalones azules se puso de pie y miró hacia la multitud, tratando de descubrir el origen de aquel a onda que lo perturbaba. No tardó en averiguar a qué respondía su inquietud: en medio de los testigos, descubrió el rostro querido, sumido en la perplejidad. Movido por un impulso, Franklin corrió al encuentro de la joven apoyada sobre la baranda, gritando, desesperado, su nombre. El sonido de su voz fue como una bofetada para Kayla, que se alejó de inmediato, abriéndose paso entre las personas al í congregadas. Su mente era un caos: nada menos que su Franklin, el hombre tímido, maravilloso, en el que ella confiaba plenamente, la había engañado. Su nombre no era Franklin Franklin sino Nicholas Trahern, el maldito don Juan Tenorio, el seductor irresistible… Cómo se habría reído de ella todas esas semanas… esas noches en que el a —¡pobre ingenua!— creyó inducirlo al


goce del amor… esas noches en que le había transmitido todo lo que daba placer a una mujer, en que le había susurrado cuánto lo amaba… Con un enorme vacío en el estómago, echó a correr, los ojos empañados de lágrimas, hacia la cal e, en dirección al motel en el que ella, junto con Paula y Doug habían reservado cuartos para pasar el fin de semana en Hot Springs; pero ahora… Un bocinazo impaciente la sobresaltó. La historia se repetía y su dolor era tan grande que casi no lo podía aceptar. Si había sufrido cuando Tony la traicionó, tanto más sufría ahora que se enteraba de que el dulce Franklin no era más que un invento, una sarta de mentiras. Como un eco, creyó oír que la l amaban; pero ni siquiera reaccionó, pues corría ciegamente por la acera, tratando de escapar, desesperada. —¡Kayla, maldita sea! ¡Ven acá! —La voz de Franklin sonaba amenazadora, como un trueno que quebraba el aire: sin embargo, Kayla no se detuvo. Hubiera corrido hasta el mismo fin del mundo, si con eso conseguía borrar a todos los Tony Platto y Nicholas Trahern de su mente atormentada. Continuó corriendo, ausente, hasta que llegó al motel. La llave le significó cierta demora, pues sus dedos temblaban por efecto de la tensión. Cuando por fin logró insertarla en la cerradura, se precipitó hacia el interior de su cuarto y trabó la puerta. Le dolían las piernas tras la agitada carrera y los ojos le ardían por las lágrimas derramadas. Reclinada sobre la puerta, deslizo las manos por su vientre. ¡El bebé! Tenía que pensar en su hijo… La corrida podría poner en peligro su vida y en


cuanto a el a, semejante explosión no sería nada propicia en su estado. —¡Oh, Dios! —se lamentó, sentándose en el suelo y escondiendo el rostro lloroso entre las manos—. ¿Por qué a mí otra vez? ¿Qué he hecho para merecer tanto castigo? —Alzó los ojos en una plegaria a su padre celestial. Yo lo amaba — confesó—. Lo amaba de verdad. ¿Cómo pudo ser capaz de estafarme de esa manera? —Kayla imploraba una respuesta —cualquiera fuera— que paliara el dolor de su corazón; pero sólo el sonido sofocado de los pocos automóviles que ahora Nº Páginas 59-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras transitaban por la calle invadía la quietud del cuarto. Hoy no había respuestas para Kayla Marshal … y tal vez nunca las habría… Procurando serenarse, irguió los hombros y se enjugó las lágrimas. No importaba lo que de ahí en más le deparara el destino: Kayla sabía que podría soportarlo. Por otra parte, ahora, a diferencia de la primera vez, contaba con un hermoso aliciente, algo que la recompensaría por la pérdida del amor: su hijo. Kayla volvió a acariciar su vientre; una criatura que nada ni nadie podría arrebatarle jamás… Una imperiosa l amada a la puerta quebró la paz incipiente de Kayla que saltó, como si hubiera recibido un disparo de pistola. Su mente volvió de


inmediato a la realidad. —¡Kayla, abre! —demandó Nick. —¡No! —gritó ella. —Te lo advierto, Kayla: abre la puerta si no quieres que arme un escándalo en medio del corredor —le previno él, decidido. —Únicamente prendiendo fuego a este lugar podrá sacarme de aquí, señor Trahern —replicó—. ¡Váyase! No quiero volver a verlo en mi vida, ¿me oyó? —Sí —contestó él, con voz ahogada—. Y no sólo yo te oí sino todos cuantos pasan a mi lado en este momento, Kayla —insistió—, abre la puerta: tenemos que hablar… —¡No! Antes prefiero morir… —Tú lo quisiste —replicó él, furioso, dando patadas a la puerta para abrirla por la fuerza. —No te atrevas a entrar, Frank… o Nicholas, como te l ames, o avisaré que envíen a la policía. —Las palabras de Kayla se confundieron con los golpes que llenaron de polvillo la habitación. Nerviosa, se precipitó hacia el teléfono y comenzó a marcar el número de la conserjería; en eso, la puerta cedió y Nicholas entró como un huracán. Quitándole el auricular de las manos, lo estrel ó sobre la horquilla. —Siéntese, señorita Marshal —le ordenó, su rostro transformado por la


máscara de la ira. —¡No quiero! —Nicholas la empujó con rudeza hacia la cama y la cercó con su cuerpo; sus ojos amenazantes la intimidaron a que obedeciera. —No puedes tratarme así —se quejó Kayla—. Alguien te escuchará y llamará a la gerencia, ya verás. —No te hagas ilusiones. Todo el mundo cree que estamos de luna de miel y que tenemos una pequeña rencil a. Lo siento, pero creo que nadie vendrá a rescatarte. —Jadeando agitado, Nick procuró controlar a la fierecil a inquieta —. Me parece que fui bastante convincente. —Pero claro… ¡qué tonta soy! Olvidé lo bien que mientes, Nicholas —le espetó el a. El dolor ensombreció las facciones varoniles y un halo de preocupación se cernió sobre sus ojos grises. Nº Páginas 60-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —Quiero que hablemos al respecto. Entonces sobrevino una tregua momentánea en la que las miradas se encontraron en recíproca angustia. Ajenas a su control, las lágrimas continuaban deslizándose por las mejillas de Kayla, en tanto observaba ese rostro angelical que la había perseguido día y noche. Él aún poseía los rasgos dulces e ingenuos que el a adoraba; la misma piel bronceada, los ojos platinados, el suave cabel o de oro y el mentón firme que con tanto amor había besado… Sin embargo, a pesar de


que el rostro le era familiar, Kayla tenía la horrible sensación de estar contemplando a un extraño, un embustero, un canal a, que no había dudado en traicionarla… Nº Páginas 61-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras Capítulo 6 —No me mires así, Kayla —le pidió Nick, con expresión contrita, cargada de dolor. Se acercó, como si fuera a besarla, pero ella se alejó, enfadada. —¡No me toques, bastardo! —Deja de insultarme, por favor —la contuvo él, zamarreándola para que reaccionara—. Ni siquiera me diste la oportunidad de explicártelo. —¡Já! Como si pudieras… —¡Claro que puedo! ¿Quieres escucharme? —¡No! No quiero estar un solo minuto más contigo y mucho menos esperar a que te dignes explicarme por qué me mentiste tanto —gritó ella, luchando para librarse del acecho de él—. Te advierto que llamaré a la policía si no me dejas en paz. Nicholas la impulsó de bruces sobre la cama y, con el peso de su cuerpo, cercó a su prisionera. —Kayla —le dijo, con determinación—, discutiremos esto, así tenga que pasarme la noche sentado encima de ti. Kayla apretaba los puños con fuerza, furiosa porque no podía moverse. —Te odio, ¿sabes? ¡Te odio con toda mi alma!


—Sí, me imagino que eso piensas ahora… —No; si no lo pienso… ¡Estoy segura! Nicholas cerró los ojos con tristeza. —Por favor, mi amor, no digas eso. —¡Y tú no me llames nunca más mi amor! No soy tu amor; no soy nada tuyo… —La voz entrecortada de Kayla se perdió en un quejido. —Eso no es cierto. ¡Dios santo, Kayla! Tú eres todo para mí —confesó él—. Yo sabía que esto iba a pasar. Debí hablarte antes, pero ocurre que el día que nos conocimos, ¿te acuerdas de ese día? Kayla guardó silencio, evocando con dolor aquel primer encuentro, la forma en que ella quitó sus tontas bragas del pecho de él… Tal vez por aquello de que "el que calla, otorga", Nick malentendió el silencio de Kayla, tomándolo como un asentimiento de que estaba escuchando. —Ese día —continuó—, tú pusiste bien en claro cuál era tu posición con respecto a los hombres como yo… como Nick Trahern. ¿Cómo hubiera podido acercarme a ti si te hubiera dicho la verdad? Por eso inventé lo de Franklin Franklin, que en realidad no es del todo mentira, porque sí me l amo Franklin: Nicholas Franklin Trahern —explicó Nick, justificando su actitud con cierto derecho. Kayla aún permanecía callada. —¿Me estás escuchando, amor? Nº Páginas 62-122


Lori Copeland – Odio tus mentiras —¡No! Y suéltame, por favor, que quiero irme a casa… —No, no te dejaré hasta convencerte de que lo que ocurrió entre nosotros estas seis semanas no fue una mentira. Yo te amo, Kayla. La indignación encegueció a Kayla, que se libró de él con violencia. Volviéndose de costado, fulminó a Nick con una mirada que reflejaba el odio que había en su corazón. —¿En verdad esperas que crea que lo que me hiciste fue por amor? Lo siento, Frank… Lo siento, pero ésa no es la idea que yo tengo del amor. Me imagino cómo te habrás reído de la inocente Kayla Marshal , que se tragó el cuento de que jamás habías estado con una mujer. —A pesar del nudo en la garganta, que la asfixiaba, Kayla prosiguió—: ¿Te divertiste mucho, Nicholas, aquella noche en que te induje a que me hicieras el amor? "Acaríciame aquí y aquí…" ¿Recuerdas? —¡Basta, Kayla! —la interrumpió Nick, con los ojos turbios por las lágrimas —. No te permitiré que subestimes lo nuestro. Sé que estuve mal y lo lamento. —Bien, al menos eres lo bastante hombre para admitirlo. Sí, Nicholas, tu comportamiento fue cruel, despreciable y jamás, jamás te perdonaré por eso. —Kayla, no sabes lo que dices. —No estés tan seguro. Todavía no has escuchado todo lo que pienso de ti. A


partir de este momento espero no volver a verte en mi vida; en lo que a mí respecta, nunca conocí a Nicholas Trahern. El hombre que yo amé, Franklin Franklin… —Su voz entrecortada la ahogaba y un torrente de lágrimas amenazaba con empañar sus bellos ojos—. El hombre que yo amé con todo mi corazón acaba de morir. Lloraré a Franklin hasta el día de mi propia muerte; pero, por ti, Nicholas Trahern, no siento absolutamente nada. Nicholas se acercó a el a y, forcejeando, volvió a hacerla su rehén; la estrujó contra su pecho y capturó los labios femeninos, de manera tan brusca que la lastimó. El ataque intempestivo tomó tan de sorpresa a Kayla que, en un principio quedó paralizada: pero luego, cuando se dio cuenta de lo que él pretendía, se apartó, sacudiendo su cuerpo compulsivamente, y lanzó a Nick una bofetada. —¡No vuelvas a hacer eso nunca! —estalló. —¿Quieres decir que… que das por terminado lo nuestro por un absurdo malentendido? —le preguntó Nick, su rostro convertido en la máscara de la tortura. —Eso es exactamente lo que quiero decir. Te odio, ¿entiendes? —reiteró. —No te creo, Kayla. No es a mí a quien odias; detestas lo que hice y no puedo culparte. Te concederé tiempo para que recapacites… Me imagino que debe de haber sido un golpe terrible para ti…


—No, Nick; no intentes volver a verme después de hoy. El juego acabó; además, ya te divertiste bastante: ¿no te parece? —Kayla —la detuvo Nick—, ¿recuerdas que te pedí que a mi regreso, nos fuéramos por unos días? Mi amor, iba a decírtelo entonces, te lo juro. Sabía que esta situación no podía prolongarse eternamente. Después de confesarte quién era, pensaba… pensaba proponerte matrimonio. Por favor, Kayla, tienes que creerme. Nº Páginas 63-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —¡No te creo una sola palabra. Nick! Cuanto antes lo aceptes, mejor… Vuelve a tu mundo: a las mujeres, a los cabal os, a las mentiras… a todo lo que un hombre como tú está acostumbrado… Pero a mí, déjame tranquila. Herido por semejante humillación, Nick adoptó también un tono frío y altanero. —¿Eso quieres realmente? —Sí —Kayla se alejó hacia la ventana—. Sí; eso quiero. —Muy bien; nunca volveré a molestarte. Creo que me equivoqué contigo, Kayla: eres igual a todas las demás: frías, egoístas, calculadoras, sin la menor comprensión… Pero ¿sabes? Te felicito, porque tú también lograste engañarme, representando el papel de la mujer cálida, generosa, encantadora… —¡Sal de mi habitación, Nick! ¡Ya mismo! —¡Con sumo placer! —Nick se dirigió a la puerta y la abrió con brusquedad —.


Aunque no me creas, traté de decírtelo… —reiteró, antes de marcharse. Ella respondió, cerrándole la puerta en la cara. —¡Vete! —le gritó, a través de la inerte madera. El silencio del cuarto era sofocante; Kayla caminó lentamente hasta la cama y se arrojó en ella, cansada, rendida… Por más que intentara convencerse una y mil veces de que odiaba a Nick, la verdad de su amor era una espina que le desgarraba el alma. Experimentaba amargura, desazón, soledad, hasta la sensación de haber sido usada y traicionada; pero… ¿odio? ¿Sería esa la palabra para definir lo que sentía por Nick? Dicen que del amor al odio existe un solo paso… ¿De qué lado del umbral estarían sus sentimientos entonces? Volviéndose de espaldas, sumida en la apatía, contempló el techo sin verlo en realidad. No podía precisar lo que sentía entonces; necesitaba tiempo… Lo único que tenía en claro era que no deseaba volver a ver a Nick; que no le diría que estaba embarazada, que esperaba un hijo suyo… Por suerte, no había echado raíces en esa ciudad, de modo que la partida no sería tan dura. Gracias a Dios, ni siquiera había encontrado el local que buscaba para la tienda… Nada le impediría hacer las maletas y marcharse en seguida, dejando atrás el pasado. Aunque jamás olvidara… Como no podía ser de otra manera, el viaje de regreso a Little Rock fue sumamente tenso. Doug y Paula llegaron al motel poco después que Nick se marchara. Por respeto a Kayla, no hablaron demasiado: sólo propusiera preparar los bolsos e irse cuanto antes. Paula había demostrado a su amiga su comprensión, abrazándola en silencio. Las palabras sobraban: ambas sabían


que la historia se repetía —con ligeras variantes— en un lapso muy breve. Kayla aún no se había recuperado totalmente de su primera desilusión, cuando sobrevino ese segundo golpe, tal vez más fuerte y desagradable que el anterior. Se sentía como una tonta, engañada dos veces como una criatura, y en cuanto a Paula, si bien entendía a su amiga, poco podía hacer para brindarle consuelo, pues el curso de los acontecimientos había sido una sorpresa hasta para ella. Kayla no dejaba de castigarse por su excesiva credulidad. "Siempre la misma tonta", se decía. Ahora, al volver la vista atrás y reconsiderar les hechos, comprendía que también había sido culpa suya. Todas las veces que veía a Franklin preocupado, como si algo lo molestara, todas las ocasiones en que él insistía en que debían hablar… la forma en que su arte para hacer el amor había mejorado de la Nº Páginas 64-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras noche a la mañana, su humor cambiante… Sí, todo concordaba. ¿Cómo pudo ser tan necia para no sospechar nada con los indicios que él le había dado, en especial en las últimas semanas? El amor la había enceguecido, porque lo que menos imaginaba era que Franklin, su Franklin, no era quien decía ser. Apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos, ante la amenaza de las náuseas que no le había concedido respiro es toda la tarde. Su mente era pura confusión… Lo único que deseaba entonces era regresar pronto a su casa, para dar rienda suelta a sus emociones con absoluta libertad. Por fin, llegaron; Kayla se despidió apresuradamente, prometiendo a Paula


que la l amaría al día siguiente. Una vez en su apartamento, fue directamente al lavabo a tomar una ducha, aliviada de haberse librado de sus amigos, pues no habría resistido hablar de lo ocurrido ni que le formularan preguntas. Después se recostó en la cama, dejando su cuarto a oscuras; eso la ayudaría a relajarse. Se quedó quieta y cerró los ojos, derramando las lágrimas durante tanto tiempo contenidas. Cuando despertó, en la misma posición en que se había quedado dormida, era ya de mañana. Al intentar incorporarse, una sensación nauseosa tornó a envolverla, aunque esta vez fue con tanta intensidad que Kayla se precipitó al lavabo y vomitó. Luego regresó a la cama y se puso una toalla húmeda en la frente. ¡Vaya momento oportuno para pescarse una gripe! Pensar que tenía tanto que hacer y le flaqueaban las fuerzas hasta para levantar la cabeza de la almohada. Evidentemente, hoy sería un día perdido las maletas y la partida quedarían postergadas hasta mañana… eso si tenía la suerte de seguir viva… Una semana después, Kayla continuaba contemplando la misma mancha en el techo, deseando que alguien se compadeciera de ella y la asesinara. Las horas de constante malestar se habían transformado en días. Al principio se asustó, pensando que había contraído alguna exótica enfermedad tropical, cuyo germen debía de estar en los plátanos que comprara en el supermercado la


última vez. Luego de varios días de no tolerar siquiera un vaso de agua, decidió consultar con el médico. El profesional le dijo que su estado se debía, simplemente, a una reacción natural al embarazo, con lo cual Kayla regresó, tranquila, a su casa, aliviada de saber que no tenía los días contados —como era su temor—; pues si bien en ese momento no le atraía demasiado la vida, muchos menos la perspectiva de pasar a mejor mundo. Paula se comportó como un verdadero ángel; no dejó de ir a la casa de Kayla un solo día de la semana para ver cómo seguía la enferma y tentarla también con alguna que otra delicia. Kayla, que no había probado bocado durante varios días, estaba bastante más delgada. —¡Hola! Te traje leche chocolatada —anunció Paula, entrando en la habitación. A Kayla se le revolvió el estómago de solo pensar en la leche… Si hasta el perfume de Paula le provocaba náuseas. —Gracias, Paula. Guárdala en la nevera, por favor. Tal vez la tome más tarde. Nº Páginas 65-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —Vamos —insistió Paula—. Prueba un poquito al menos; no comiste nada anoche ni esta mañana. —Lo sé, pero te juro que no puedo, Paula. —Esto no es normal —comentó Paula—. ¿Qué dice tu médico?


—Que en algunas mujeres los primeros tiempos de embarazo se presentan con más complicaciones que en otras; pero está seguro de que en unas cuantas semanas, las náuseas desaparecerán. Eso, si sobrevivo hasta entonces. —Realmente me preocupas —confesó Paula, refrescando el paño que Kayla tenía en la frente—. Al margen de tu estado físico… ¿te sientes bien? — preguntó, inquieta por la palidez de su amiga. Casi no habían tocado el tema de Nicholas Trahern desde que regresaron de Hot Springs. Kayla se sentía bastante mal ya como para pensar en Franklin. Las noches eran lo más terrible, pues en esos momentos Kayla ansiaba tener a Nick a su lado, para que la ayudara, brindándole el apoyo y el afecto que tanto necesitaba. —Estoy bien. —Me preguntó varias veces… por ti. —Paula se mordió los labios, consciente de que el asunto era aún demasiado espinoso para Kayla; sin embargo, creyó que su amiga se alegraría de que él no la hubiera olvidado. Kayla no contestó, prefiriendo eludir la situación, y volvió la vista hacia la pared. —Creo que le importas, Kayla —continuó Paula—. Además, no olvides que tú también heriste su orgul o y sus sentimientos. ¿No te parece que él debería saber lo de la criatura? —¡No! No quiero que se entere —declaró Kayla, con aplomo, pero decidida. —Pero lo necesitas —razonó Paula—. No puedes afrontar esto sola. —Muchas mujeres son madres solteras y han salido adelante. Yo no soy


menos que nadie… —Lo que pienso es que eres una testaruda. Dime, ¿quién cuidará de ti, mientras yo no esté? —¿Adónde vas? —inquirió Kayla, sorprendida. —Te dije que operaban a mamá el viernes a la mañana, y le prometí que la acompañaría en todo momento. Faltaré alrededor de una semana o más. Tú no puedes siquiera incorporarte, Kayla. ¿Quieres decirme quién te atenderá? —Ya me las arreglaré, no te preocupes. No es la primera vez que me quedo sola… Discúlpame… —Kayla saltó de la cama y corrió al lavabo. Cuando regresó a la cama, le temblaban las piernas de debilidad. Una copa de soda con limón que Paula le había preparado la aguardaba sobre la mesa de noche. —¡Esto es horrible! —exclamó, soltando una carcajada irónica, los ojos l enos de lágrimas—. No puedo más, Paula; me siento tan inútil. —Volvió a recostarse y rompió a l orar como una criatura. —¿Llamo a Nick? —insistió Paula. —No. Nº Páginas 66-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —Entonces te l evaré al hospital y haré que te internen, hasta que yo vuelva. No entiendo cómo el médico te mandó a casa, en este estado. —¡Paula, basta, por favor! —suplicó Kayla, tapándose los oídos—. No quiero oírte más. Te agradezco mucho todo lo que hiciste por mí, pero deja de preocuparte;


yo estaré bien. —No me importa lo que digas. Llamaré a Nick. —¡No! Te advierto que si lo haces, Paula, no volveré a hablarte en toda mi vida. Prométeme que ni siquiera se te ocurrirá… Paula cruzó los dedos mentalmente. —Te lo juro. —Bien… —suspiró Kayla, cerrando los ojos al sentir otra vez las odiosas náuseas—. Un problema menos… Después que Paula se marchó, Kayla comenzó a pensar en la promesa de su amiga. Paula no era capaz de mentirle; además, sería una aberración engañar a una persona convaleciente. Su secreto estaba a buen resguardo… Por otra parte, en el instante mismo en que pudiera tenerse en pie, sin caerse al siguiente, prepararía las maletas para marcharse, poniendo la mayor distancia posible entre el a y el padre de su hijo. Saltó de la cama y corrió al lavabo. La pesadil a acabaría en unas semanas: o volvía a ser la Kayla de antes o se moría. Una de dos… Aunque, pensándolo bien, cualquiera de las dos posibilidades sería la salvación… La noche antes de que Paula partiera a casa de su madre, ella y Doug fueron a visitar a Kayla. Para entonces, la enferma tenía el cabel o hecho un desastre y una palidez


casi espectral. No estaba de demasiado humor para recibir visitas; aun así apreciaba todo cuanto hacían por el a. —Te dejé cinco cajas de sopa de pollo —comenzó Paula. —Por favor —la interrumpió Kayla—. Escríbelo en un papel; lo leeré cuando mi estómago lo resista. —La sola mención de la sopa de pollo le produjo náuseas, en tanto en su mente imaginaba los trocitos que nadaban en el líquido amarillento… —Perdóname, Doug —se disculpó, al pasar delante de él para entrar en el lavabo. Le l evó media hora convencer a sus amigos de que se marcharan. En el momento en que ellos traspasaron la puerta, Kayla estaba agotada, pero feliz de encontrarse sola de nuevo. En la distancia se oía el sonido reverberante de un trueno, que le recordó aquel a tormenta que la despertara después de la primera noche que compartió con Franklin. Durante un instante, breve y doloroso, evocó la sensación de sus labios en los de el a. Presintiendo que otra tormenta estaba a punto de desatarse, Kayla se volvió de bruces y escondió la cabeza bajo la almohada. No quería recuerdos de Franklin, por más remotos que fueran. Durante la última semana se había obligado a no pensar en él, pues se sentía demasiado vulnerable para permitir que el pasado la asaltara. Dormitando por momentos, oyó el latigazo del viento sobre los árboles y las ventanas, y el estal ido de un trueno que parecía quebrar la habitación.


Nº Páginas 67-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras El cese del diluvio trajo la calma; cuando Kayla despertó, varias horas más tarde, sólo se oía el repiqueteo melodioso de las gotas que golpeaban en el cristal. El chirrido del timbre la sobresaltó. Miró el reloj sobre la mesa de noche: era casi medianoche. Supuso que Paula y Doug habían decidido salir por la mañana, en lugar de la noche, por lo que se quedó tranquila en la cama, aguardando oír la l ave en la cerradura. Con buen criterio, pensó que Paula prefería verla de nuevo antes de irse, pues en verdad no era la primera vez que su amiga pasaba, siendo ya muy tarde, para evitar que ella se levantara. Al minuto siguiente, tal como sospechaba, oyó que abrían la puerta y que alguien entraba en el apartamento. —¿Paula? —la l amó quedamente. No hubo respuesta… pero los pasos se oían cada vez más cerca del cuarto. El corazón de Kayla comenzó a latir con fuerza: sí, tenía miedo, pues para entonces, Paula le habría contestado. Sentándose en la cama, espió en la oscuridad. —Paula —reiteró, titubeante. —No; no soy Paula. —La clara voz de Nick emergió de las sombras. ¡Esa mentirosa, lengua suelta de Paula la había traicionado! ¡Pero ya se las


pagaría! —¿Cómo conseguiste la llave de mi apartamento? Paula te la dio, ¿no es cierto? —preguntó Kayla, disgustada—. Pues puedes irte por donde viniste, Nick. Ya mismo… o llamaré a la policía. —Será mejor que te cal es —le previno él—. Estoy aquí y me quedaré, y nada de que l amarás a la policía. ¿Dónde está la luz? —Búscala —replicó Kayla, cortés; como una criatura, se hundió en el colchón mul ido y escondió la cabeza bajo la almohada. ¡Dios mío! ¿Qué le habría contado Paula? No todo, seguramente… Sin embargo, aunque no le hubiera revelado su mayor secreto. Kayla nunca le perdonaría que hubiera entregado a Nick las l aves de su apartamento. ¿Cómo podía haberle jugado tan sucio? Lentamente, sacó una mano oculta y la deslizó bajo la almohada para tratar de arreglar un poco ese cabello que era un verdadero desastre. ¡Y pensar que nada menos que Nick estaba en la habitación, buscando la l ave de la luz! —No enciendas la luz —susurró, con voz sofocada, desde su refugio. Al fin y al cabo, la lámpara que Paula había dejado prendida en la sala de estar iluminaba bastante… ¿Qué más necesitaba? ¿Reflectores? —¿Por qué no? —La voz familiar incitó los recuerdos. —Déjala así… —insistió ella—. ¿A qué viniste, Nick? —le preguntó después. El sonido de los pasos que se acercaban turbó a Kayla; si bien él no intentó siquiera tocarla, su mera presencia la estremecía. —Quítate la sábana de la cabeza que quiero hablar contigo.


—Puedes hacerlo igual. ¿Qué deseas? —Por nada del mundo permitiría que él la viera en semejante estado. Nick se aproximó aún más y, al hacerlo, pisó sin querer el recipiente que Kayla tenía al lado de la cama, por si acaso no alcanzaba a llegar hasta el lavabo. —¿Qué es esto? Nº Páginas 68-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —Eso es para los vómitos… Saca el pie, por favor. Nick se apartó, como si algo lo hubiera quemado. —Para… ¿qué? No estará l eno… Kayla hubiera dado lo que fuera por el placer de decirle que estaba hasta el borde; pero, como no era cierto, decidió recurrir a una segunda maldad: no contestarle para que se le clavara la espina de la duda. —¿Y? —No me acuerdo. —Encenderé la luz —dijo Nick, decidido. —Si lo haces grito —le advirtió Kayla, cubriéndose más con la sábana. —Está bien, está bien —se rindió él—. No hagas un escándalo. —A tientas llegó hasta la silla y, con cuidado, se quitó los zapatos. Antes de volvérselos a poner, les echaría una buena mirada, a la luz. Los dos permanecieron callados unos cuantos minutos. El silencio alteraba a Kayla. ¿Quién pensaba él que era para venir así, a su casa, a medianoche,


sentarse junto a su cama y encima sin decir una sola palabra? En cualquier momento la asaltaría el deseo de ir al lavabo a cumplir con el ritual de cada hora y, para eso, tendría que pasar por sobre las piernas de Nick. El mero hecho de pensarlo le provocaba repulsión. —¿Cenaste? —Preguntó, por fin, Nicholas, rompiendo el silencio. —Sí; comí chop suey y después fui a bailar con una amiga. —Estoy hablando en serio, Kayla. ¿Comiste o no? —No, pero no quiero comer. ¡Ay! Cuando vea a Paula, me va a escuchar — resolló, alzando la sábana para poder respirar. Nick aprovechó para quitarle la sábana de la cabeza y arroparla solamente hasta la barbil a. —Perdóname, pero tenía la sensación de estar conversando con un miembro del Ku Klux Klan. Lejos de apartarse en seguida, dejó que su mano rozara la suavidad de la mejilla de ella. —¿Cómo estás, amor? —susurró. Tal vez se debiera al tiempo que había estado enferma, tal vez al contacto cálido de aquel a mano protectora, o quizás a las largas e interminables horas de soledad; no lo sabía, pero lo cierto fue que Kayla vio mermadas sus defensas y, en el tenue resplandor de la lámpara de la sala, dibujó el rostro que tanto había amado. —Oh, Franklin… me he sentido tan mal —lloró, olvidándose por un instante de que Franklin ya no existía.


—Lo sé, mi vida; lo sé y lo siento tanto. —Él la tomó en sus brazos y la estrujó contra su pecho fuerte. Kayla dio rienda suelta a su desconsuelo y liberó su temor, derramando lágrimas profusas, lágrimas contenidas durante semanas; rompiendo en gemidos que desgarraron su propio cuerpo, sacudiéndolo con violencia, pero limpiando su alma. Nick la mecía tiernamente, murmurándole al oído palabras de Nº Páginas 69-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras consuelo, asegurándole que él estaba allí para acompañarla, diciéndole que jamás volvería a estar sola. Cuando las lágrimas se sosegaron. Nick encendió la luz de la lámpara de noche y fue al lavabo a humedecer la toalla que Kayla se ponía sobre la frente. Ella quedó en la cama, agobiada por el cansancio; su rostro colorado por la explosión, su cuerpo acosado por los ataques de hipo. No era así como quería que Nick la viera, pero, ¿qué podía hacer? A su regreso, él le colocó el paño sobre la cara y se sentó a su lado. —¿Por qué no me dijiste que estabas embarazada? —Porque… porque… hic… no es asunto… hic… tuyo.


—¿Ah, no? Te recuerdo que ese hijo que tendrás es mío. —¡Yo… hic… yo… no… hic… no lo veo así! —replicó Kayla, con la mayor dignidad posible, dadas las circunstancias. —Pues yo sí. Y en cuanto te sientas mejor, nos casaremos. —No hubo emoción alguna en la voz de él, cuando se lo propuso. Nada de declaraciones como: "Te amo, Kayla, esperes un hijo o no", ni "quiero que seas mi mujer, porque no puedo vivir sin ti". ¡No! Apenas un frío e indiferente: "En cuanto te sientas mejor, nos casaremos. " —No me casaría contigo… hic… así fueras… hic… el único hombre sobre la… tierra —rehusó ella—. Te juro que mataría a Paula por habértelo dicho. —¿Puedes por una vez ser un poco sensata? Si piensas que dejaré que mi hijo venga al mundo sin llevar mi apel ido, estás… —No hay nada que puedas hacer al respecto, Nicholas —lo interrumpió Kayla, en tono desafiante. —¿A qué te refieres con que no hay nada que pueda hacer? Todo lo contrario; ya lo verás. —¡Oh! Me encantaría ver cómo te desenvuelves —respondió el a, con ironía —; pero sucede que después que me enteré de que estaba embarazada, consulté con un abogado para que me asesorara, en caso de que se presentase esta situación. Eres un padre soltero, Nick, lo cual significa que posees muy pocos derechos sobre la criatura. A decir verdad, prácticamente ninguno; a menos que consigas


demostrar que no soy una buena madre y, modestia aparte, dudo mucho de que lo logres. —Estás pasando algo por alto, Kayla, y es que tengo poder y dinero para pelear por su tenencia. Llevaré el caso a los tribunales, si es necesario, y te aseguro que lo pasarás muy mal si intentas chantajearme —le advirtió Nick, el rostro transformado por la ira. —¡Guárdate tu dinero, Nick! O gástalo inútilmente, si eso te complace. Tú no eres el padre de este niño. Su padre se llamaba Franklin Franklin. Yo ni siquiera conocía a Nick Trahern, cuando el bebé fue concebido. ¿Qué piensas que dirá el juez a todo esto? Tras un primer momento de desorientación, Nick volvió a tomar las riendas. —Está bien, no haré nada judicialmente; pero si no te casas conmigo, Kayla, no me moveré de la puerta de tu casa hasta que el niño cumpla dieciocho años, si es necesario. No te daré un segundo de paz, te lo aseguro. Mira que puedo ser muy testarudo, cuando algo que considero mío está en peligro. ¡Así que piénsalo! Nº Páginas 70-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —No tengo nada que pensar. Acepta tu derrota, Nick: por primera vez en tu vida ni tu dinero, ni tu poder, ni tus mentiras te salvarán. Ningún juez te concederá la custodia de la criatura, en estas circunstancias, y por mi parte, nunca me casaría con un hombre por el solo hecho de que mi hijo lleve su apellido. Antes, prefiero darle el mío.


Nick se incorporó bruscamente y, nervioso, se acercó a la ventana. Los músculos de su rostro tensos, miraba hacia la oscuridad de la noche, como si ella pudiera brindarle la tranquilidad que tanta falta le hacía. —¿Cómo lo mantendrás tú sola? Ni siquiera tienes un empleo. —Aún me quedan algunos ahorros… Con eso me arreglaré, hasta que nazca el niño —respondió el a, con calma. —¿Y para los gastos del parto? —También tengo… Mira, yo no dije que no dejaría que me ayudases… —Si bien iba en contra de sus deseos reconocer que necesitaría una mano, económicamente hablando, Kayla no era ninguna tonta; sabía que su presupuesto era muy reducido, pues sus ahorros no durarían de por vida, y en cuanto a la tienda, tendría que postergar el proyecto, al menos por entonces. —¿Quiere decir que estás dispuesta a aceptar mí dinero, pero no mi apellido? —le preguntó Nick, con sarcasmo. —Si por mí fuera, no aceptaría ni lo uno ni lo otro. Mejor hagamos cuenta de que no dije nada… No quiero tu ayuda, Nick; lo único que deseo es que te olvides de que alguna vez nos conocimos. Eso mismo haré yo. —Estás loca si piensas que me apartaré de tu vida —contestó Nick, inflexible, volviéndose para enfrentarla—. Te guste o no, ese hijo que l evas en tu vientre es tan mío como tuyo. Es mi propia carne y mi sangre, de modo que no te hagas demasiadas ilusiones de que lo abandone. No te cases conmigo, si no quieres; continúa odiándome, si eso te satisface; pero nada cambiará un hecho, Kayla: ese niño también es mi hijo y él sabrá que tiene un padre que lo ama y lo desea.


¿Está claro? Ella lo miró, furiosa. —¡Muy claro! ¿Pero qué harás si me voy, Nick? Porque te advierto que tengo intenciones de marcharme muy lejos para que nunca puedas verlo —lo amenazó. —Adelante, hazlo —la desafió él—. Y yo contrataré un detective para que te vigile las veinticuatro horas del día, a partir del momento en que salga de esta casa. Te cansarás de huir, especialmente con un niño a cuestas; un bebé que precisa tanto de un hogar, de afecto y protección. Dime, ¿así tratarás a nuestro hijo, Kayla? —¡Te odio, Nicholas! —gritó, sintiendo náuseas otra vez. La visita de él la había perturbado sobremanera. —Lo siento, pero es culpa tuya, Kayla: tú me obligas a actuar de este modo. Sería mucho más razonable que reconsideraras casarte conmigo. —¡Eso nunca! ¡Antes prefiero morir! —Entonces, acostúmbrate a la idea de que estaré cerca, para asegurarme de que vivas hasta que nazca el bebé. Después sí hablaremos en la corte… ¿Tienes ganas de vomitar de nuevo? Nº Páginas 71-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —Sí. ¿Quieres correrte, por favor? —Kayla se incorporó, camino del lavabo. —Eso pensé. ¡Estás tan amarilla!


—No pienso escuchar tus agradables comentarios —repuso ella, encerrándose en el lavabo y dando un portazo. —¡Ah! Y no te dije que tu cabello parece una tela de araña. Kayla se vengó, imaginándose que vomitaba encima de Nick. Cuando volvía a la cama, descubrió atónita que él abría, con absoluta tranquilidad, el sofá que estaba en la habitación contigua. —¿Qué estás haciendo? —Pues acostarme. ¿Por qué? —Aquí no. —¡Oh, sí! —replicó él, caprichoso—. Tengo una hora de viaje hasta la finca, así que como verás no me resulta muy cómodo ir y venir para atenderte. Mañana te prepararé el desayuno… —¿Quién dijo que quiero que me prepares el desayuno? —Mírate, Kayla; debes de haber perdido cinco kilos como mínimo esta semana, y eso no es nada bueno para el bebé —respondió Nick—. Me ocuparé que comas como corresponde, de ahora en más. —No soporto la comida, Nick —contestó el a, entre dientes—. ¿Crees que soy tonta? La única razón por la que trato de comer es por la criatura… —Probaremos con algo muy liviano para que tu estómago no lo rechace, ahora, ¿por qué no vuelves a la cama y descansas? Tienes un aspecto horrible… Kayla podría haber reaccionado, estampando el pie contra el suelo o gritando furiosa, o tirándose de los pelos: pero era evidente que Nick estaba resuelto a


salirse con la suya esa noche. En cuanto a el a, l evaba las de perder, debido a su estado. Sin embargo, cuando se recuperara, todo cambiaría. ¡Ya vería ese engreído de lo que ella era capaz! Nº Páginas 72-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras Capítulo 7 Abril transcurrió rápidamente. Pronto llegó mayo y después de mayo, junio. La vida de Kayla se había transformado en un discurrir sumamente monótono, con una sola variante: la intensidad de su malestar día tras día. Cada mañana Nick pasaba por el apartamento y regresaba por la noche. Sus visitas significaban obligar a Kayla, con paciencia, a ingerir las comidas que le preparaba. Bocado tras bocado, se miraban desafiantes: los ojos grises, firmes y decididos; los azules, rebeldes y caprichosos. Había días en que ésa era la única comunicación entre ambos, dado que apenas si intercambiaban palabras. La razón por la cual Kayla soportaba el suplicio era por el futuro placer de la venganza: cuando estuviera bien, se daría el gusto de echar a Nick de su casa. Diariamente, mientras acomodaba el apartamento. Nick solía comentar algo acerca de la hacienda, de una remodelación que, al parecer, estaba efectuando. Hasta se había tomado la costumbre de traer a Kayla varias revistas de decoración


para que ella escogiese los diseños que le agradaban. Las primeras seis semanas fueron de una total resistencia, en la que Kayla se empeñó en rechazar todas y cada una de las propuestas. ¡Estaba loco si pensaba que el a lo ayudaría a arreglar su casa! Sin enojarse ni formular la menor observación, Nick retiraba las revistas que el a había ojeado y descartado, remplazándolas por una nueva pila para ser sometidas a consideración de la voluntariosa experta. No obstante, mal que le pesara, Kayla no podía dejar de reconocer que Nick estaba siempre a su lado cuando lo necesitaba. Cada vez que corría al lavabo, él se le acercaba con una toalla húmeda y limpia. Nunca se olvidaba de las consultas con el médico; por el contrario, l egaba invariablemente una hora antes para l evarla en su automóvil. Incluso, en ocasiones, solía dejar a Kayla en la sala de espera y hablar él mismo con el especialista. Se encargaba de hacer las compras, lavar la ropa y preparar la comida. Kayla se preguntaba cómo tendría tiempo para él, para organizar su propia vida; sin Nick nunca faltaba a su trabajo y rara vez se iba temprano de la casa de ella. Kayla suponía entonces que él acudiría a alguna cita; pero como eludían los temas personales, nunca conversaron al respecto. Se engañaba diciéndose que no le interesaba en qué invirtiera Nick su tiempo libre, mientras no la molestara. Y en verdad, él no lo hacía. Ni una vez desde que comenzó a cuidarla intentó nada con el a, ni siquiera tocarla, más allá de lo exigido por su estado. Tampoco le dijo que la amaba, y mucho menos volvió a


proponerle matrimonio. Nick era algo así como un sirviente, amable, cortés. En cuanto al bebé, se refería a él como nuestro hijo y nunca, nunca, dejaba de traerle un obsequio, pero tan ridículo que el niño sólo podría disfrutarlo cuando ingresara en la escuela primaria. Un rincón del apartamento estaba colmado de pequeños camiones, trenes eléctricos, balones y triciclos. ¡Era el mismísimo almacén de Santa Claus! Kayla solía mirar todo esto con desprecio, jurándose una y otra vez que si por ella fuera, su hijo jamás los vería. Tenía firmes intenciones de apartar al bebé del lado de Nick, y mucho más de evitar que llegara a la edad en que pudiera gozar de esos juguetes. No pasaba un solo día sin alimentar la idea de escaparse, concibiendo mil y una posibilidades para hacerlo. Incluso, en una oportunidad en que se sentía mejor, preparó una maleta y consiguió l evarla hasta el automóvil. Sin embargo, ese día hacía un calor intolerable que la afectó sobremanera, tanto que las odiadas náuseas Nº Páginas 73-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras comenzaron de nuevo. Como en lugar de mejorar, su estado empeoraba a cada minuto, desistió del intento y retornó a la casa. Cuando, por la noche, l egó Nicholas, observó la maleta con cierta sospecha; pero no dijo una palabra. Sólo se limitó a desempacar y regresar el bolso al armario. ¡Uf! ¡Cómo la


exasperaban la afabilidad y el aplomo de él! Al menos, ya no se quedaba a dormir como la primera noche, y hasta le concedía unas horas de vida privada por la mañana, antes que llegara para prepararle el desayuno. Al principio, Kayla hacía cuenta de que estaba sola; en realidad, no le resultaba muy difícil, dado que estaba tan mal que si el mismo monstruo de las cavernas hubiera aparecido en su habitación, ni siquiera lo habría advertido. Sin embargo, con el correr de los días. Kayla comenzó a espiarlo a hurtadil as: lo vio lavar los platos, barrer y ocuparse de otras tareas domésticas. Y de vez en cuando hasta se permitió aspirar el aroma de la loción para después de afeitar, ésa que perfumara la piel de su Franklin. La pícara fragancia removía los recuerdos, y en su interior, Kayla se estremecía al pensar en las noches que pasaron juntos, amándose o perdidos sólo en un abrazo. Esas noches en que él solía susurrarle toda clase de indecencias, a las que ella correspondía sin ninguna resistencia ni pudor. Nicholas estaba siempre impecable, y sin las gafas que ahora resultaban innecesarias, increíblemente irresistible. En ocasiones, Kayla no lograba apartar los ojos de él. Una noche, luego de cenar, Nick se sentó en la silla que estaba junto a la cama de Kayla y no se movió de al í. Sacó del maletín una publicación especializada en carreras de cabal os y comenzó a leer. Evidentemente, no tenía prisa alguna por marcharse.


—Supongo que no tendrás idea de lo que come un cabal o cuando lo entrenan, ¿verdad? —aventuró en tono amigable, procurando entablar una conversación. —No. —La respuesta cortante de Kayla no dejaba lugar a dudas de que el tema no le interesaba en absoluto. ¿Por qué no te vas? —le preguntó, cordialmente. —Porque no quiero. Vamos, adivina. ¿Qué se te ocurre que puede comer? —Emparedados de jamón y queso y tortilla de huevos. —Kayla tomó la novela que estaba leyendo y buscó la página en la que había abandonado la lectura la noche anterior. —Perdiste. Come avena, afrecho y heno. —¡Qué rico! —Segunda adivinanza: ¿Cuánto pesa una potranca? ¡Ah, no! Espera… Probablemente no sepas qué es una potranca —observó Nick, disculpándose por ponerla en tal aprieto. —¡Sí que sé! —exclamó Kayla, orgullosa, aunque sin pensar, pues continuaba sin el menor deseo de participar del jueguito tonto que él proponía. Nick la miró, sorprendido. —¿En serio sabes? —Una potranca es una yegua de menos de cinco años —contestó el a. Nº Páginas 74-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras


—¡Vaya! ¿Quién te lo dijo? Kayla se encogió de hombros con indiferencia y volvió a concentrarse en su novela. —Doug. El día que fuimos al hipódromo. —Una punzada de dolor atravesó el corazón femenino, al evocar el momento en que descubrió la verdad. —Oh —murmuró Nick, pensativo—. Y bien, ¿sabes cuánto pesa? —No. No l evaba la balanza ese día. Él entrecerró los ojos, castigándola con la mirada. —Algo más de quinientos kilos. Muy bien; ahí va otra: ¿En qué fecha cumplen años los cabal os? —¡Qué sé yo! Me rindo… —Kayla se volvió hacia la pared y reanudó la lectura. —El primero de enero. No te divierte esto, ¿verdad? —¿Cómo te diste cuenta? Sin hacer caso de la respuesta de ella, continuó: —Veamos si adivinas esta: ¿Cuánto pesa normalmente un jinete? —Algo más de quinientos kilos. ¡Ah, no! Perdona… Ese era el cabal o… Nick cerró la revista, furioso, y se incorporó, dispuesto a marcharse. —La señora no posee el menor interés en las carreras, ¿no es cierto? —Tú lo dijiste. No me interesan en absoluto. —Pues nuestro hijo se criará en una hacienda, de modo que estará rodeado de


caballos. Por él, al menos, podrías poner un poco de buena voluntad. El rostro vuelto hacia la pared, Kayla mantuvo su actitud despreciativa. Nick suspiró, resignado, e inclinándose hacia ella, le preguntó: —¿Necesitas algo antes de que me marche? —No, nada; gracias. Bien, entonces será hasta mañana. Kayla oyó los pasos que se alejaban hacia la puerta. Respiró hondo para reunir coraje y, cerrando los ojos, lo l amó quedamente: —Nicholas… Él se detuvo un instante, todavía de espaldas; luego volvió la cabeza hacia ella. —¿Qué? —¿Cuánto… cuánto pesa un jinete? Una momentánea ternura suavizó las facciones de Nick; pero Kayla no l egó a percibirlo, pues —como una criatura caprichosa— continuaba con los ojos fijos en la pared. —De cincuenta y cinco a sesenta kilos. —¡Qué… interesante! —murmuró el a, en tono conciliador. —¿Estás segura de que no quieres nada? —insistió Nick. Nº Páginas 75-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras


—No. —Entonces me voy. Buenas noches. —Buenas noches. —Por primera vez. Kayla no deseaba que se marchara; pero, por Dios, no sabía por qué. Cuando la puerta de la habitación se cerró. Kayla dejó el libro sobre la cama y, volviéndose de espaldas, cubrió con los brazos sus ojos, llenos de lágrimas. Se había sentido muy deprimida todo el día: seguramente, ésa era la razón por la que ansiaba que él se quedara esa noche. De pronto, se sentó y se l evó las manos al vientre. ¡Una patadita! ¡El bebé se había movido! Entre lágrimas y risas entrecortadas, volvió a experimentar la agradable sensación… esa sensación que le recordaba el hecho sublime de que otra vida latía dentro de el a. Con una extraña mezcla de dolor, placer y orgullo, reparó en que esa criaturita que todavía no había nacido, algún día la llamaría mamá. ¡Nick! Su intuición le decía que a él le encantaría sentir al bebé… Abandonó el lecho de un salto y corrió a la ventana: espiando en la oscuridad, vio que las luces de la Ferrari iluminaban las cal es desiertas. Una mueca de disgusto surcó el rostro de Kayla, que —decepcionada— soltó el cortinado y regresó a su prisión. No importaba… Había sido una ocurrencia tonta llamarlo para que compartiera su alegría. Al fin y al cabo, él era el hombre que habría de arrebatarle a su hijo, cuando naciera. ¿Por qué tendría que preocuparse entonces de que él no participara en aquella maravil a?


Con un suspiro de alivio, regresó a la cama y apagó la luz. Mañana sería otro día: otro largo e interminable día… —Hoy tienes más apetito que de costumbre —observó Nick, satisfecho, a la mañana siguiente, mientras le servía una taza más de café. Kayla devoró la última porción de la tortilla de jamón y huevos y volvió a sentarse en la silla. —Es que estoy mucho mejor —respondió. Había llegado ya agosto y, con él, la tranquilidad de sentir que los estados nauseosos eran cada vez más esporádicos. —Veamos, ¿en qué mes entras? —preguntó Nick, untándole otra tostada con mantequil a. —En el quinto. No, Nick —rehusó Kayla—; no quiero más tostadas. —Una más, ¿sí? —instó él, persuasivamente—. Con mermelada, que al bebé le encanta —agregó, con una sonrisa. —Con tanta mermelada, dentro de poco ni el bebé ni yo pasaremos por esa puerta. Kayla sonrió también, mientras embadurnaba la tostada con el dulce de fresas. —Sí, ya noté que estás un poco más gordita —bromeó Nick. —Eh, mira… —Kayla apartó la bandeja y, tocando su vientre redondeado, comentó—: Me parece que en poco tiempo deberé empezar a comprarme ropa para futura mamá. Ya no me cabe nada de lo que tengo. Nº Páginas 76-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —Perfecto. Avísame cuando precises dinero —le dijo Nick, añadiendo crema


al café. —No quiero tu dinero —replicó Kayla, bruscamente, dejando de sonreír—. Yo puedo comprarme mi propia ropa. —Tú las compras y yo las pago —contestó Nick serenamente, pero con firmeza —. ¿Se movió ya el bebé? —preguntó luego—. Según la enciclopedia para padres, se acerca la fecha en que empieza a hacerlo. —Ajá —respondió Kayla, con indiferencia, tomando otra tostada. —¿Cuándo? —inquirió Nick, nervioso. —Hace un par de semanas —repuso ella, encogiéndose de hombros, como restando importancia al tema. —¿Un par de semanas y no me dijiste nada? —le reprochó Nick, incrédulo. —¿Por qué habría de contártelo? Que yo sepa, no es asunto tuyo. —Dejó la tostada en el plato, pues repentinamente había perdido el apetito. —¡Qué necio fui! ¡Pensar que estaba convencido de que me lo dirías…! — murmuró Nick, con voz apagada, evidentemente decepcionado. —No se me ocurrió —mintió Kayla. Nick la miró de manera seca y fría: sus ojos recorrieron con lentitud los senos, más henchidos, y el vientre pronunciado. —¿Podrías, al menos, dignarte comunicármelo la próxima vez? Kayla volvió a encogerse de hombros. —Pues se movió hace un ratito.


—¿En serio? —Nick saltó de la silla, entusiasmado por sentir los movimientos del bebé. Sin embargo, indeciso, esperó la aprobación de Kayla —. ¿Puedo? Ella no se atrevió a enfrentar la mirada expectante. —Sí, ¿por qué no? Aunque no creo que lo haga de nuevo… Ansioso, Nick apoyó la mano en el vientre materno; luego de unos instantes de silenciosa espera, una sonrisa de oreja a oreja surcó su rostro. —¡Ahí está! —exclamó—. Acaba de hacerlo, ¿no es cierto? La sonrisa radiante de Kayla le brindó la respuesta. —Sí, ¿lo sentiste? —Por supuesto que sí. ¡Ey! Este niño va a tener carácter. ¡Ahí está otra vez! El benjamín Trahern estaba representando todo un espectáculo para satisfacer a sus papitos. —¿Duele? —inquirió Nick, súbitamente preocupado por el malestar que las travesuras de la criatura podrían traer a Kayla. —No, apenas si lo siento —le aseguró ella—: pero, si le damos un poco más de tiempo, unos meses, se convertirá en todo un boxeador. —¿Por qué dices boxeador? ¿Acaso piensas que es un varoncito? Nº Páginas 77-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —No lo sé; no tengo la menor idea. Aunque también sería lindo que fuera una nena, ¿no es cierto? —Para ser sincero, no me importa si es nena o varón. Lo único que deseo es que tú salgas bien de todo esto y que el bebé sea sanito.


De pronto, ambos se miraron y, en el encuentro, el clima cambió. Un destello de amor encendió súbitamente los ojos de Kayla. —Por favor, Nicholas, no me quites al bebé; es lo único que tengo —suplicó, olvidándose de su orgullo—. Tú te casarás y tendrás otros hijos. Este es mío, déjamelo. —No me pidas eso, Kayla, porque no puedo complacerte. —Los ojos grises la contemplaron, cargados de angustia—. Te juro que no es mi intención lastimarte más de lo que ya lo he hecho; pero no abandonaré a ese niño, porque lo amo tanto como tú y me despreciaría a mí mismo, como persona, si supiera que en algún lugar del mundo, tengo un hijo o una hija que piensa que su padre lo ha desamparado o rechazado. Todo lo que deseo es compartir contigo este bebé, Kayla — intentó persuadirla—, protegerlo y cuidarlo; nada más. —¡Pero no es justo! —protestó Kayla—. Tú posees mucho dinero, Nick, para comprar la misma felicidad, si así lo quieres. ¿Por qué eres tan egoísta y me niegas el derecho de quedarme con algo solo para mí? —Te equivocas: la felicidad no se logra con dinero, Kayla. Te repito que no busco herirte, pero no permitiré que alejes al niño de mi lado. Por lo menos, no hasta haber luchado por él con uñas y dientes. —¡Eres un desalmado! —gritó Kayla, furiosa, mientras buscaba algo que arrojar al insolente. Tanto el a como Nick repararon en la tostada que había quedado olvidada en el plato.


—¡Ah, no! —intentó detenerla Nick—. No me tires eso, Kayla, porque… La amenaza no surtió el menor efecto, pues en ese instante, el improvisado proyectil pasó apenas a unos centímetros de la cabeza de él y fue a dar de l eno en la pared. —¡Fal aste! —se burló Nick. —Pues no erraré esta vez —replicó el a, tomando el frasco de mermelada, que volcó en la camisa blanca de él. Irritada, le volvió la espalda y se alejó hacia la cocina. —¡Eh! ¿Te dijeron que el embarazo te ha puesto de un humor insoportable? —Si no te gusta, vete —le gritó el a, en represalia. —¡No quiero! —replicó él, caprichoso. Sin embargo, su enojo no tardó en desvanecerse: al parecer, el sabor dulce de la mermelada sosegó sus nervios —. Mmmm… es rica —murmuró, succionándose el dedo—. Ahora entiendo por qué al bebé le gusta tanto —agregó, sonriendo a Kayla y guiñándole el ojo con malicia. La borrasca no se disipó tan fácilmente para ella; echándole una mirada furibunda, se alejó resol ando hacia la cocina. Nº Páginas 78-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —Bien… —suspiró Nick, resignado, mientras se quitaba la camisa— el libro decía que habría días como estos…


—¿Qué quieres comer? —pregunto Nick, que de pie junto a la cocina sostenía una espátula, dispuesto a prepararle el desayuno del día siguiente. El ánimo beligerante de Kayla continuaba latente desde el día anterior, en el que apenas si había dirigido la palabra a Nick. —Tortil a de jamón y huevos. —La fierecilla se sentó a la mesa, y tomando el tenedor cual criatura, reclamó que le sirvieran la comida. —No, mejor no… —¿Por qué? —Porque no queda más mermelada —señaló él, con ademán reprobador—. Y yo sé que a ti, querida, no te gusta comer tortil a si no la acompañas con tostadas con mermelada. Kayla bajó la cabeza, avergonzada. —Panqueques entonces. —¿Qué tal unos emparedados de jamón y queso? —Hmmmm… está bien. —Él conseguía exasperarla, sin el menor esfuerzo. Cuando se volvió para servirle una copa de jugo de naranja y otra de leche, Kayla, que tenía la secreta esperanza de librarse de él, comentó: —Nick, ya no es necesario que te molestes viniendo hasta aquí. Me siento mucho mejor ahora, así que puedo prepararme yo sola el desayuno. —No me digas… No probarías bocado si yo no estuviera —repuso él, con firmeza—. Mira, Kayla Marshall, te guste o no, cuidaré de ti hasta que nazca el bebé. Un rapto de ira asaltó a Kayla. ¡Hasta que nazca el bebé! ¡Siempre el bebé!


—No te quiero a mi lado hasta que el bebé nazca, Nick —protestó—. No te ilusiones demasiado con que me lo quitarás, porque te juro que haré lo imposible para impedirlo. Y l évate la leche: prefiero café. —Irritada. Kayla empujó la copa hacia él. —No, no te daré café hasta que tomes la leche —repuso Nick, con paciencia, enjugando de la copa las gotitas que se habían derramado—. ¿Es posible que todas las mañanas volvamos sobre lo mismo, Kayla? Si sabes que en tu estado es conveniente que bebas leche… Por el bebé… Kayla apretó los dientes con rabia y arrojó el tenedor sobre la mesa. Era consciente de que se estaba comportando como una criatura malcriada, pero no le importaba. Por otra parte, era más fuerte que ella, pues una sola palabra de Nick bastaba para sacarla de quicio. —¿Cuántos emparedados quieres? —le preguntó Nick, con calma, acercándose a la cocina. Kayla no contestó. Nº Páginas 79-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —¿Dos? Muy bien. Parece que tienes apetito esta mañana. —Cortó dos rebanadas de pan y preparó el fiambre—. ¿Dormiste bien anoche? Kayla suspiró, algo más serena, y tomando la copa de jugo, respondió: —No muy bien; hacía mucho calor.


—Es el aire acondicionado. Creo que no está funcionando como debería. Llamaré a la dueña para que se ocupe de repararlo. La palabra dueña alarmó a Kayla. —¡Dios mío! —exclamó—. Acabo de darme cuenta de que hace meses que no pago el alquiler. No entiendo cómo todavía no me ha puesto de patitas en la calle. — ¿Cómo podía ser que se le hubiera escapado algo tan importante? Bien, no era de extrañarse: había estado tan mal que apenas reparaba en el paso de los días, y mucho menos podía estar atenta a sus responsabilidades financieras. —Yo me hice cargo del alquiler —respondió Nick, satisfecho. —¡¿Qué?! —Kayla dejó la copa sobre la mesa y lo miró, atontada. —Dije que me hice cargo de tus deudas. Toma: aquí tienes para empezar, mientras te preparo el otro. —Le alcanzó el plato con el emparedado y volvió a la cocina. —¿Con qué derecho interfieres en mis asuntos? —le reprochó, irritada. —Mira, no pienso discutir contigo por haberte hecho el favor de encargarme de todo, mientras tú debías guardar cama para no perder a mi hijo. Si te molesta deberme dinero, me lo reintegrarás más adelante. —Por supuesto —respondió el a, orgullosa—. Haz una lista con todos los gastos, incluso las compras de estos días. —¡Cómo no! Pediré a Paula que te envíe un informe detal ado —convino Nick, harto de los arrebatos de el a—. ¡Ahora, come! —le ordenó. —¡Deja tranquila a Paula! —murmuró Kayla, con la boca llena—. Además, no confío en el a: es una embustera traidora. Envíalo tú.


—Creí que Paula era mejor que yo —se burló Nick, alcanzándole otro emparedado. —No; son los dos de la misma calaña. —Hoy en Sears liquidan ropa de bebé —observó Nick, cambiando de tema —. ¿Irás? —Debería… —replicó, malhumorada—. Necesito empezar a comprar cosas para el bebé. —¿Para qué? —repuso Nick—. Con lo que yo compré basta para seis bebés. ¿No viste acaso el paquetito que traje ayer? —Sí y espero que algún pequeño necesitado pueda usarla, porque mi hijo no la llevará. —Te equivocas: será para nuestro hijo —rebatió Nick, tapándole la boca con el emparedado. —¡Sácame la mano de encima! —gritó Kayla, furiosa. Nº Páginas 80-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —Está bien; dejemos el tema de la ropa. Ya que te sientes mejor, ¿por qué no me acompañas a casa esta noche? —propuso Nick—. Me gustaría que vieras el trabajo de los carpinteros y me dieras tu opinión. —¡No iré a ningún lado contigo! —rehusó, obstinada. —Vamos… ¿en qué puede perjudicarte tomar un poco de aire fresco? — intentó persuadirla Nick—. No has salido desde hace un mes… Si es por causa mía,


no veo qué diferencia hay entre que estemos aquí o en el automóvil. Kayla consideró la propuesta tentadora. Sí; sería lindo salir… después de tanto tiempo de estar en cama. —¿Y cuándo regresaríamos? —En un par de horas o en cuanto tú te sientas cansada. No quiero agotarte. Kayla suspiró, resignada. —Está bien —se rindió. —¡Estupendo! —Nick sonrió, complacido. —Esta noche cenaremos fuera. Ella aceptó la idea de buena gana. —Ahora que no es necesario que te escondas del mundo, espero comer en un restaurante en el que haya luz. El comentario puso a Nick en su lugar. —Como Franklin o como Nick, Kayla, te habría llevado a los sitios más oscuros. No olvides que pasamos momentos muy gratos en la penumbra — respondió, con una de esas sonrisas odiosas con las que desarmaba a su enemigo. Kayla se ruborizó y su cuerpo, estremecido, vibró con el eco de la voz de él. Era la primera vez, desde que se había originado esa situación tan incómoda entre ambos, que él le hacía una insinuación tan íntima. —¡Ah! También me gustaría que uno de estos días conocieras a mis padres — declaró Nick, decidido.


Kayla se puso colorada como un tomate. —No, Nick, por favor… —¿Por qué no? —Él la miró, extrañado. —¿Conocer a tus padres en el estado en que me encuentro? Redonda como un barril, por culpa de tu hijo… No, no puedo… Además, ¿qué sentido tiene? —Es su nieto, Kayla. ¿No crees que les agradará conocer a la madre? —¿Les… contaste ya lo del… bebé? —balbuceó. —No; todavía no, porque están de viaje. Pero en cuanto regresen, por supuesto que hablaré con ellos —contestó él, con calma. —No; no quiero conocerlos. Me moriría de vergüenza y si tú tuvieras dos dedos de frente, te sucedería lo mismo. A menos que no sea yo la primera mujer que llevas, embarazada, a tu casa. —¡No seas ridícula! —replicó Nick—. ¿Se lo dijiste a tu tía? Nº Páginas 81-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras En una oportunidad. Kayla había mencionado que una tía la había criado, después que sus padres fallecieron cuando tenía apenas ocho años. —No y no sé si lo haré —contestó, algo incómoda—. En realidad, no somos muy unidas que digamos. Por otra parte, hace años que no la veo. Debí haber sido más precavida —murmuró, mirando con reparo su vientre pronunciado—. O ya que yo no lo pensé, al menos tú tendrías que haberte cuidado. —Kayla era plenamente


consciente de la razón por la que no había tomado los recaudos necesarios; porque en aquel tiempo estaba dispuesta a casarse con Franklin, no bien él se lo pidiera. Pero que Nick hubiera sido tan negligente no le cabía en la cabeza. Seguramente con sus otras amantes evitaría correr riesgos… Al parecer, Nick había perdido todo interés en la conversación, pues escondido tras el periódico, leía atento el artículo sobre la liquidación en Sears. —¿Por qué no lo hiciste? —exigió saber Kayla, robándole el periódico, exasperada. —¿Piensas recortar el anuncio? —le preguntó él, secándose con la servilleta el café que se le había volcado con el arrebato de el a—. ¿Por qué no hice qué? —¿Por qué no te cuidaste para que yo no quedara embarazada? Nick se encogió de hombros con indiferencia. —Porque pensé que tú lo hacías. —Los hombres siempre piensan que de todo se ocupan las mujeres. ¿Por qué no me lo preguntaste? —insistió. —Porque no me importaba, Kayla. En ese momento, tus sentimientos con respecto a mí eran… eran tan diferentes, que simplemente pensé que si quedabas embarazada, nos casaríamos. Me encantaba la idea de que fueras la madre de mis hijos y, además, tenía la intención de protegerte hasta que dieras a luz y cuidar de ti y del bebé, después del parto.


—¿Eres así con todas las mujeres? —preguntó Kayla, incrédula. —No, sólo contigo —confesó Nick, con sinceridad. La respuesta de él le robó el aliento: era tan directa, honesta y sincera. ¿Por qué era tan dulce y bueno con ella, después de la forma cruel en que la había engañado? Aunque, en lo que a ese asunto se refería, habría sido mucho más justo para el a que le dijera la verdad de entrada; así se habrían ahorrado llegar a una situación tan desagradable. —¿Por qué tuviste que mentirme, Nick? —le preguntó, con voz acongojada. —Ya te lo dije. Fue una broma tonta que se me ocurrió sin pensar. Lo lamentaré toda mi vida, pero no hay nada que pueda hacer para remediarlo — replicó, con impaciencia. Nick se puso de pie y, mirándola a los ojos, continuó: —Y hasta que tú no me perdones, no podré reparar mi error, Kayla. Ella meneó la cabeza, manteniendo su actitud negativa. Nº Páginas 82-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —Lo siento, Nick. Quisiera perdonarte, pero no puedo. No: no es cierto. Creo que ya te perdoné. —Era verdad, él se había ganado su perdón, con la comprensión y ternura que le brindó en esos días tan difíciles para ella—. Pero no puedo olvidarlo. Con notoria tristeza, Nick tomó su chaqueta y se la puso, listo para marcharse.


—Lo sé y lamento mucho que sientas así; de todos modos, existe un hecho indiscutible: un hijo en camino que es tuyo y mío y al que no pienso renunciar. Kayla contuvo el aliento, esperando que él le dijera que la amaba, como antes, que volviera a proponerle matrimonio; pero Nick permaneció en silencio. Al parecer, el poco cariño que ella le inspiraba se había marchitado con el correr de los días. "¡Qué importa!", se dijo, desafiante. No se casaría con él, así se lo pidiera de rodillas… —Nos vemos a la noche —se despidió Nick, con un suspiro de cansancio—. Llámame, si me necesitas. —No te preocupes; estaré bien —Kayla eludió la mirada de Nick, turbada por lo atractivo y viril que lo encontraba esa mañana. Le costó mucho contener las lágrimas hasta que él se marchó. Por un momento, tuvo el loco impulso de arrojarse en sus brazos, para sentir su calor y su protección, para reunir las fuerzas que le permitieran soportar un nuevo día. Pero, por supuesto, no lo hizo; porque él la habría considerado una tonta… y seguramente no le faltaría razón. Sus emociones habían sido un caos de turbulencia durante todo su embarazo, y el día de hoy no sería la excepción. A veces tenía la sensación de que amaba a Nick tan profundamente como había querido a Franklin. Se parecían


tanto en algunos aspectos… Claro, eran el mismo hombre; salvo que Franklin era tímido e inseguro, mientras que Nick resultaba audaz y decidido. Sin embargo, era capaz de demostrar la misma ternura que Franklin. Casi todos los días le había hecho regalitos, a pesar de que ella —como una testaruda— los había rechazado; por eso ahora, junto a su cama, había una pila enorme de dulces y chocolates. Se había quedado hasta tarde con el a mirando televisión o leyéndole, cuando se sentía peor, y hasta le traía helado, al menos dos veces por semana, acordándose del sabor que prefería. Sin embargo, nunca le expresó en palabras ningún tipo de sentimiento especial hacia el a… Sólo el bebé recibía tal distinción. Algo faltaba para que la relación fuera plena y consistía tal vez, en el ingrediente primordial; la confianza. Kayla no confiaba en Nick. Siempre buscaba algún motivo con que justificar la actitud de él, e invariablemente lo hallaba. Nick se comportaba tan bien con ella sólo por el bebé, porque lo amaba… Y si no hubiera sido porque quedó embarazada, jamás habrían vuelto a verse después de la discusión en Hot Springs. Estaba convencida de eso. Aunque le había propuesto matrimonio. Kayla estaba segura de que se trataba meramente de una cuestión de hombría. Con ella embarazada, había que afrontar los hechos. No; nada más que el


sentido de la responsabilidad alentaba a Nick… Últimamente había comenzado a preguntarse si no había sido demasiado atropellada al rehusar casarse con él. Si bien era cierto que no deseaba aceptar nada de Nick, también sabía que sería muy difícil educar sola a una criatura, en especial si él cumplía su promesa de no dejarla en paz, si le negaba la custodia del niño. ¿Sería eso lo mejor para el bebé? Kayla acarició con infinito amor su vientre Nº Páginas 83-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras fecundo. Amaba a ese hijo con todas sus fuerzas… No; no permitiría que lo arrancaran de su lado. Conseguiría un buen abogado, apelaría al recurso que fuera necesario para no perderlo. Nick no tenía derecho a quitárselo… En realidad, no pensaba que él fuera capaz de algo semejante, pero como siempre decía que poseía dinero y poder… Cansada, abandonó la cocina y se refugió en el lavabo para tomar una ducha. Había decidido ir a Sears: quizá comprar su propio ajuar para el bebé la ayudaría a salir de su depresión. Al menos, valía la pena intentarlo… Hacía tanto calor en la tienda, colmada de personas, que Kayla deseó con toda su alma no haber salido de su casa. Entonces se le ocurrió que no se sentía tan bien como había pensado; pero ya que estaba al í, lo mejor sería sacar partido de la visita. Imaginando cómo sería su bebé, la futura mamá escogía entre las prendas diminutas. ¿Tendría su hijo la nariz recta y soberbia de Nick o sus


ojos gris oscuro? Kayla se contuvo, consciente de lo que estaba haciendo: ya se había castigado bastante como para continuar l oriqueando por él. Distraída, observó las cajas de pañales con diseños diferentes e imágenes tan tiernas como quien los habría de usar. De pronto, alzó la vista, confundida, al advertir que había llevado por delante a un cabal ero interesado en ver una cuna. —Disculpe… —Kayla entrecerró los ojos con cierta sospecha—. ¿Qué haces aquí? —preguntó, cuando descubrió de quién se trataba. Los ojos platinados recorrieron la silueta frágil y se detuvieron principalmente en el vientre redondeado. —Muy simple: comprando una cuna para mi hijo. —¡Pues guárdatela! Yo se la compraré. Además, el bebé no vivirá contigo, de modo que no necesitarás ninguna cuna, Nick. —No tengo la menor intención de discutir esto otra vez, Kayla —replicó él, obstinado, mientras acercaba una cunita—. ¿Por qué no ahorras dinero para el juicio? Te hará falta. Ver a Nick tomar una caja de pañales que el a había pensado comprar, y colocársela resueltamente bajo el brazo fue la gota que derramó el vaso para Kayla, cuyo temperamento entró en ebullición. Irritada, notó que esa tarde él había recurrido a su disfraz de Franklin. Llevaba las mismas gafas de grueso marco — sus aliados, durante la parodia—, tras las cuales observaba, interesado, el precio de un


sonajero. Resultaba obvio que estaba a la pesca de otra inocente mujer, una pobre víctima que caería —como el a— en las redes de la consumada seducción viril. Los celos hicieron presa de Kayla con sólo imaginar a Nick con otra mujer. No le cabía duda de que él había tenido sus amantes todo ese tiempo que estuvo con el a. Un hombre con su apetito sexual no podía permanecer fiel al celibato durante tantos meses… y como la descarga no había l egado por su lado, pues nunca habían dormido juntos… ¡Oh, no! La idea era terrible, toda una tortura: que Nick besara a otra mujer… que sus manos exploraran las formas de otro cuerpo, como tantas veces y tan deliciosamente lo habían hecho con el de ella… Nº Páginas 84-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras Kayla estaba ya a punto de estallar. Estampando el pie contra el suelo, le advirtió con hostilidad: —¡Deja eso, Nicholas! Ya compré una caja. Si continúas así, te llenarás de artículos para bebé que no necesitarás. La respuesta de Franklin fue tomar un par de biberones que se sumaron a la pila de objetos sobre el mostrador. —Es mi problema, Kayla; así que, si no te molesta, yo me ocuparé de eso — respondió, con fingida dulzura; después, volviéndose a ella, la miró fijamente a los ojos y le dijo—: ¿Sabes? No tienes buen aspecto. ¿Por qué no regresas a casa?


¡Vaya momento para sugerir algo semejante! —¡Nicholas Trahern, me estás cansando! —estalló—. Y hazme el favor de quitarte esas ridículas gafas. ¿A quién quieres impresionar hoy con tu representación? —En puntas de pie, Kayla le robó las gafas y las estrelló contra el suelo. Nick miró, consternado, los cristales rotos. —¡Maldita sea, Kayla! Esas eran las mejores gafas que tenía —se quejó, con voz lastimera. El embarazo la había puesto quisquillosa e irritable en grado sumo y él, en verdad, estaba ya hasta la coronilla de sus arrebatos… —¿No irás a decirme que las necesitas? —lo desafió ella, al borde de la histeria. —Sí —se defendió Nick—. En eso no te mentí. El médico me aconsejó usarlas para no forzar demasiado la vista. Ella lo observó, incrédula; en ese instante pasaron por su mente todas y cada una de las historias inventadas por Nick. Sabía que su actitud era irracional; sin embargo, no podía evitarlo, porque él, consciente o inconscientemente, la provocaba. Kayla se llevó las manos a las caderas, en ademán beligerante y volvió a pisar las gafas. —Te creo, Nicholas… —dijo, con ironía. —¡Esto es el colmo! —explotó él. Sintiéndose mejor después de la rabieta. Kayla salió de la tienda, dejando a Nick solo con la vendedora, para que contemplara los destrozos que ella había originado.


Él se volvió con cierta vergüenza a la empleada y, encogiéndose de hombros, procuró disculpar a Kayla, adoptando una postura filosófica. —Son las hormonas… —explicó. Kayla llegó al apartamento en un estado de total exasperación. ¡Pensar que esa mañana había sentido remordimientos con respecto a Nicholas y hasta había considerado…! No; sin duda, estaba rematadamente loca. ¿Cómo se le había ocurrido que podían vivir juntos? Su enojo fue en aumento cuando reparó en la docena de cajas que la saludaban desde el sofá, mostrando — orgullosas— el nombre de la tienda de ropa para futura mamá. Nº Páginas 85-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras Furiosa, rasgó el papel e investigó el interior: las prendas eran una más encantadora que la otra. El supermosca o el superhombre había atacado de nuevo… ¡Ah! Pero el a devolvería hasta la última prenda. ¿Qué se creía? ¿Que se iba a salir con la suya? ¿A imponer su voluntad, así como así, sin el menor descaro? Calzándose nuevamente, juntó las cajas y las llevó al automóvil. Pasó el resto de a tarde ocupada en la devolución de todo lo que él había comprado, y obteniendo el dinero a cambio. ¡Nick había invertido una fortuna en un guardarropa para ella! Más tarde, se dirigió al banco donde tenía su cuenta de ahorros, de la que extrajo dinero para saldar sus deudas con Nick y comprarse, además, tres o cuatro vestidos sencillos y un par de pantalones que le duraran para todo el embarazo. Después de obtener lo que buscaba, se sentó, agotada, al volante de su automóvil y condujo hasta la casa, sintiéndose satisfecha de sus logros, frutos de su afán


de independencia. No había sido fácil, pero de alguna manera, se las había ingeniado para resistir la tempestad y salir airosa, como tantas otras veces… Nº Páginas 86-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras Capítulo 8 —Te advierto, Nick, que estoy cansada y de muy mal humor, así que te agradeceré que no volvamos muy tarde —le previno Kayla, cuando salían del apartamento. ¡Ojalá no le hubiera prometido acompañarlo! Ir de compras la había agotado: le dolía la espalda, tenía los pies hinchados y sentía otra vez, aunque no muy fuertes, esas náuseas desagradables. —Ya lo sé; me lo advertiste por lo menos unas cien veces y todavía no llegamos al automóvil —protestó Nick—. En cuanto a que estés cansada y de mal humor, ¿que tendría que decir yo, entonces, que tuve que pasarme tres horas en la óptica? Kayla observó que él l evaba un nuevo par de gafas. Era como estar de nuevo con Franklin… Cerró los ojos un segundo, asaltada por los recuerdos entre dulces y dolorosos, que ya no eran más que eso: sólo recuerdos… Cuando se acercaban a un Chevrolet, Nick se adelantó para abrirle la puerta. Kayla, que inspeccionaba el vehículo con actitud despectiva, le preguntó: —¿Cuántos automóviles tienes?


Sólo dos. Este lo compré para manejarme en la hacienda. Ella procuró no mirar esos vaqueros nuevos, de corte moderno, que tan tentadoramente delineaban las piernas varoniles. —Debe de ser lindo tener dinero —señaló, con resentimiento. —Francamente, sí —admitió él—. Tú también podrías tenerlo, si quisieras. — Nick puso en marcha el Chevrolet y salió hacia la carretera—. Ese vestido que llevas, por ejemplo… Kayla miró, sorprendida, su atuendo de futura mamá. —¿Qué pasa con mi vestido? —Nada, es tan discreto que espero que de un momento a otro se asomen elefantes y payasos, por entre esas rayas ridículas —contestó Nick, con honestidad —. ¿Se puede saber por qué devolviste lo que te compré y te quedaste con… eso? —Porque, si mal no recuerdo, te dije claramente que no quería que me compraras ropa. Además, no veo nada de malo en este vestido. —En realidad, en el mismo momento en que lo adquirió, Kayla consideró que el diseño a rayas coloradas y blancas era algo chil ón; pero no podía dar el brazo a torcer. Por otra parte, lo había pagado muy barato, dado que estaba en liquidación. —Vístete como prefieras, Kayla. Eso sí, no te sorprendas si ves que una compañía de circo empieza a seguirnos. Se detuvieron a cenar en un restaurante chino, ubicado en las afueras de la


ciudad. Durante la comida, dejaron de agredirse y criticarse mutuamente. Nick le comentó que tenía algunos problemas con dos de sus pura sangre y Kayla descubrió, para su sorpresa, que escuchaba con suma atención mientras conversaban acerca de caballos. Era extraño, pero de un tiempo a esta parte había Nº Páginas 87-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras comenzado a interesarse por las carreras, a tal punto que hasta se había prometido volver al hipódromo y presenciar una, para sacarse el gusto. Después de cenar abandonaron el restaurante de mucha mejor disposición; al parecer, la charla contribuyó a disminuir el nivel de agresividad entre el os. Había refrescado bastante y una brisa más intensa los envolvía cuando iban camino de la hacienda de Nick. En torno de la pareja, los ecos del verano estallaban con su vivacidad, mientras los grillos y saltamontes asociaban la cabeza, contentos de saludar a la estación feliz. El Chevrolet traspasó el portal, que marcaba la entrada al terreno de los Trahern, y avanzó por el campo fértil. El escenario familiar recordó a Kayla aquel a gira que compartiera con Franklin. Esa noche no había animales en las pasturas, como la otra vez. —¡Oh, qué lástima! Pensé que podría ver los cabal os —se lamentó, decepcionada.


—Están en los establos. Te l evaré más tarde, si quieres —le dijo Nick, pellizcándole juguetonamente la nariz. —Me encantaría; pero igual me l ama la atención que estén aquí. ¿No corren esta semana? —No —respondió Nick—; pero sí compiten la semana que viene, por lo que me marcho a Ak-Sar-Ben, para verlos. —¿Adónde? —Kayla frunció el ceño, desorientada. —Ak-Sar-Ben. Piensa, ¿qué puede ser? El nombre del lugar había sido pronunciado al revés. —¿A Nebraska? —arriesgó Kayla, sonriendo. —Exacto. A Omaha. ¿Qué opinas? ¿Te sentirás bien como para acompañarme? La sonrisa de Kayla se desvaneció. —No. —No te apresures… —le pidió él, volviendo a pellizcarle suavemente la nariz —. ¿Por qué no lo piensas un poco? Estaríamos fuera sólo un par de días. ¿Sabes? En Nebraska hay una pista hermosa, y según me han comentado, la carrera a la que tú asististe resultó muy emocionante, así que no quisiera imaginarme lo que puede ser ésta… —Nick bajó el tono de voz—. Kayla, me gustaría hacerte olvidar el mal


momento que pasaste por mi culpa y, además, mostrarte una parte de mi vida que es muy importante para mí. De pronto, habían retrocedido en el tiempo y eran otra vez Franklin y Kayla. Ahora que recorrían el camino sinuoso hacia la mansión de Nick, la tensión entre ambos no sólo había disminuido, sino que hasta se había gestado un cierto clima de cordialidad. Kayla consideraba en silencio la invitación de él, extrañada de que ya no sintiera la irritación de unos momentos antes. ¿Cómo era posible que olvidara que el hombre que estaba a su lado era el mismo que pretendía arrebatarle a su hijo, cuando se separaran en apenas un par de meses? Porque por lógica tendrían que distanciarse. Después que naciera el bebé, Kayla estaba dispuesta a marcharse de la ciudad; pero, por ahora, mientras ese momento no l egara, ¿qué mal podía haber Nº Páginas 88-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras en ceder un poco en su actitud defensiva y aceptar acompañarlo a Nebraska? Por cierto, le encantaría ver la carrera y además, carecía de sentido negarse a ir con él a todas partes, cuando de todos modos, Nick pasaba con el a la mayor parte del día. Aunque también eso tendría que terminar tarde o temprano, dado que había empezado a sentirse mejor. —¿Lo estás pensando? —le preguntó Nick, suavemente. —Sí —murmuró el a.


—Prometo hacer lo imposible para que te diviertas. —¿Dónde nos alojaremos? —La duda la asaltó de golpe. —En un motel —la tranquilizó Nick, regalándole una de sus miradas angelicales—. Dormiremos en cuartos separados —agregó. —Si no voy… ¿significa que gozaré de dos días de absoluta libertad, en la que no deberé tomar esa asquerosa leche a la que me obligas? —le preguntó Kayla, sonriendo con malicia. —No; no te librarás tan fácilmente. Pediré a la traidora de Paula que te cuide, mientras yo no esté. —Nada de eso. Todavía estamos peleadas… —Mejor di que tú lo estás. Y ya es hora de que te dejes de tonterías. Sabes perfectamente que Paula lo hizo por tu bien. Por otra parte, aunque el a no me hubiera dicho lo del bebé, de todas formas, me habría enterado —respondió Nick, seriamente. —No veo cómo —discutió ella—. Si mi embarazo no hubiera venido tan mal, me habría marchado apenas volvimos de Hot Springs. Para ese momento ya habían llegado a la casa; Nick estacionó el automóvil y apagó el motor. —Yo no me habría quedado de brazos cruzados, Kayla —le aseguró—, permitiéndote que te alejaras de mi vida, así como así. Ella contuvo el aliento, al advertir esa mirada de… ¿de qué? ¿De ternura? ¿De amor? No lo sabía. Sin embargo, el momento pasó, antes que pudiera averiguarlo; obligándose a apartar la vista de el a. Nick abrió la puerta del Chevrolet para que bajara.


—Vamos, quiero que veas el trabajo de los carpinteros. —¿Por qué la estás remodelando? —le preguntó Kayla, mientras él la ayudaba a salir del automóvil. —Compré esta casa hace unos años —le contó Nick, tomándola del brazo para escoltarla hasta la entrada. El sendero de arcil a rojiza estaba bordeado de caléndulas, dalias y lilas de vivos colores, que resaltaban en la oscuridad de la noche estival—. Entonces no tenía las posibilidades ni la intención de decorarla, como quería. Es curioso —murmuró, deteniéndose para observar la casa y los pastizales de color verde esmeralda que la rodeaban—. Me enamoré de este lugar apenas lo vi. Supe que aquí construiría mi hogar y criaría a mis hijos. Kayla acompañó con sus ojos la mirada de él, con lo que percibió también ella la belleza a la que Nick se refería. En la casa se respiraba un aire de paz, de Nº Páginas 89-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras tranquilidad que sólo podía encontrarse en las onduladas colinas de Arkansas, pobladas de arces y robles altos y majestuosos. —Es curioso —comentó Kayla, pensativa—, nunca creí que fueras de la clase de hombre que aspira a formar un hogar y una familia. —No era su propósito formular una crítica ni parecer sarcástica; en verdad, las palabras de él la habían sorprendido. —Eso demuestra lo poco que me conoces —señaló Nick, cortante. —No quise ofenderte —se defendió ella—; pero tenía una opinión tan distinta de ti… —Sí, soy plenamente consciente de cuál es tu opinión con respecto a mí. — Nick buscó la l ave en el bolsil o de sus vaqueros—. El problema es que no sé cómo


cambiarla. La puerta se abrió de par en par, descubriendo el interior. Kayla abrió grandes los ojos, maravil ada, al ver la casa en bloques de madera rojiza, enmarcados por bordes más oscuros del color del chocolate. Había un clima del hogar en la mansión, dividida en un amplio comedor, cocina y sala de estar. Los techos poseían vigas de madera al descubierto y, sobre un rincón del cuarto, cerca de la enorme chimenea, varias alfombras —todas tejidas a mano— daban su toque de color al suelo de madera. Encima de la estufa había recipientes antiguos y utensilios de cocina, y una ol a gigante descansaba sobre el lecho de cenizas, acumulado en la parrilla. Dos sofás, en tono de ocre, montaban guardia delante del hogar, separados por una mesa redonda de pino, increíblemente grande. Kayla no había visto nunca una habitación tan hermosa; sólo en las revistas de decoración se observaba tan fina elegancia y, sin embargo, el ambiente derrochaba simplicidad, por lo que cualquiera, hasta la más reacia y tímida de las visitas se sentiría como en su propia casa. Cuatro ventanales enormes y una puerta estilo francés permitían el paso de la luz exterior, otorgando calidez al cuarto, ya en penumbra. —Nicholas… ¡qué hermoso! —susurró Kayla, acercándose al canapé, contorneado en madera de pino. —¿Te gusta? —preguntó él, tratando de descubrir la expresión del rostro de el a. —¿Que si me gusta? Nunca vi una casa como ésta —respondió, encantada.


Kayla se detuvo un momento en el comedor para admirar la réplica de una mesa antigua, de estilo colonial y el diseño de arabescos de las puertas del aparador. —¿Dónde conseguiste estas sillas? ¡Me encantan! —exclamó. Nick reparó en los muebles de estilo clásico y, sonriendo, contestó: —Tú las elegiste, ¿no te acuerdas? Kayla las observó con más detenimiento. —¿Yo? ¿Cuándo? —No le cabía la menor duda de que habría escogido sillas como esas, de haber tenido la oportunidad; el problema era que no recordaba haber visto en su vida aquellos muebles. Nick le refrescó la memoria. Nº Páginas 90-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —Fue una de las pocas cosas que seleccionaste de las revistas que te llevé. —¿Las compraste sólo porque a mí me gustaban? —le preguntó, sorprendida. —Sí —contestó él, con franqueza, entonces la tomó del brazo y la llevó a recorrer otros sectores de la casa, antes que Kayla se atreviera a protestar—. Pero éstos no son los únicos cambios que deseo efectuar —comentó, entusiasmado —. Todavía no he empezado con los dormitorios ni tampoco con dos de los lavabos, que necesitan una refacción. —A medida que se acercaban a los ambientes en cuestión, Nick describía en detalle lo que deseaba lograr en


cada uno de el os. Kayla no pudo menos que contemplar, extasiada, la elegancia y calidad de los muebles; en apenas unos minutos se vio atrapada en el entusiasmo desbordante de Nick. —¿Sabes qué hace falta a este dormitorio? —indicó, cuando él la l evó al cuarto de huéspedes—. Una enorme cama con cabecera antigua de raso; estoy segura de que le daría realce y distinción. —Estoy de acuerdo. Justamente eso había pensado —convino Nick—. En un tono azul intenso, con un acolchado en rosa viejo. Me encanta esa combinación. Mientras atravesaban el vestíbulo, Nick la tomó de la cintura con la mayor naturalidad, como si ella le perteneciera y le hubiera pertenecido siempre. —También pensé colgar unos cortinados transparentes y tal vez comprar una mecedora que pondríamos junto a la ventana, para que nuestros invitados puedan contemplar a sus anchas los campos y los caballos. Kayla reparó en la palabra nuestros; pero no le dio mayor importancia, atribuyéndola simplemente a un desliz involuntario de parte de él. Nick estaba más que ensimismado en sus proyectos de remodelar su casa. Pasando al vestíbulo, sobre la derecha, había un cuarto hacia el cual condujo Nick. La habitación estaba junto al dormitorio principal. Nick abrió la puerta muy despacio —como si se tratara de una caja de sorpresas— y se corrió hacia un costado, para que Kayla entrara. —No te enojes —le pidió, previniendo un posible arrebato de ella.


Kayla observó el cuarto lleno de juguetes, decorado con muebles de una conocida casa de bebés, una mecedora y varios trencitos eléctricos. —Nick… —Eso fue todo lo que pudo decir. Su intención era que el tono de su voz sonara recriminatorio: pero fracasó rotundamente, pues resultó muy débil, para nada autoritario. —Y esto, ¿por qué? —Sus ojos repararon en una enorme jirafa que, solitaria, aguardaba la l egada de su dueño, para sonreír. —Tú sabes por qué —Nick se reclinó contra la puerta y observó fijamente a Kayla—. Quiero que mi hijo tenga todo lo mejor y si está a mi alcance, brindárselo… Suspirando, Kayla se acercó a la cuna, donde acarició con ternura las sábanas de colores y la colcha tejida a mano. Era tan suave, tan cálida y hermosa como la misma habitación, que obviamente había sido decorada con sumo cuidado e infinito amor. Como tantas otras veces, ansió que todo fuera diferente entre el a y Nick, que ése fuera su hogar y aquella preciosura, la habitación donde cuidar a su bebé, protegerlo y velar por él. Se imaginaba sentada en la mecedora, con el niño en sus brazos, acunándolo para que se durmiera. Entonces entraría Nick y juntos Nº Páginas 91-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras acostarían a la criatura y arroparían su cuerpito tierno y perfumado con las mantas suaves. Después le darían un beso y saldrían en puntas de pie de la habitación y, por supuesto, Nick la tomaría de la cintura para llevarla al dormitorio de ambos.


Luego cerraría la puerta y la miraría, con los ojos llenos de amor y pasión, con un fuego que la encendería toda… —Daría lo que fuera por saber qué piensas. —La voz de Nick interrumpió los sueños color de rosa. Ella soltó una carcajada leve. —No tiene importancia. Sólo estaba pensando. —¿En qué? —En lo hermoso que es todo esto. Espero que tengas muchos hijos que disfruten; pero cuídate de no malcriarlos. Sería un error que podrías cometer, sin darte cuenta. —¿Quién pretende malcriarlos? —estal ó Nick, indignado. —Tú —insistió el a, acercándose a la mecedora, donde comenzó a hamacarse —. Mis padres murieron cuando yo era muy pequeña. Entonces fui a vivir con una tía, a quien no entusiasmaba demasiado la perspectiva de hacerse cargo de una criatura de ocho años. Me dio de comer, me compró ropa e hizo todo lo que se esperaba de ella; sólo algo me negó, lo más importante: amor. Nunca me quiso. Cuando cumplí los catorce, conseguí mi primer empleo. Entre la escuela y el trabajo me quedaba muy poco tiempo para estar en casa, y como nos veíamos menos, nos


llevábamos mejor. A los dieciséis, me mudé a un apartamento que estaba detrás de la casa de una anciana, para la que comencé a trabajar. Me ocupaba de limpiar la casa de la señora Swain, que así se l amaba la anciana, iba a la escuela y después, por la noche, trabajaba seis horas en una fábrica de ropa. —No tenía idea de que hubieras padecido tanto —acotó Nick, mirándola cómo se hamacaba—. Lo único que me contaste fue que tus padres habían muerto y que, desde entonces, habías vivido con una tía. Kayla se encogió de hombros. —Nunca hablo al respecto. De todas formas, cuando cumplí los dieciocho, cobré una pequeña herencia que me dejaron mis padres; puse el dinero en el banco y al finalizar mis estudios, compré la tienda. Tuve que trabajar mucho, Nick; pero, con esfuerzo, logré salir adelante. Probablemente aún estaría al á, si no hubiera sido por Tony… —reflexionó, escondiendo la mirada—. En fin, lo que intento decir es que no quiero que mi hijo tenga todo servido en bandeja de plata. Lógicamente, no es mi intención que pase por lo que yo pasé, pero sí espero que se acostumbre al hecho de que vivir en este mundo es difícil, Nick. Me gustaría que supiera, aun desde niño, que hay que luchar por lo que se anhela, y no que crea que todo viene del cielo.


Seguramente no entenderás de qué hablo… —El movimiento acompasado de la mecedora hacía chirriar rítmicamente el suelo de madera. Kayla se hamacaba, mirando por la ventana el manto negruzco de la oscuridad que todo lo envolvía. —Nunca me faltó nada, si a eso te refieres; pero tampoco me rodearon de dinero y juguetes. Papá consiguió lo que consiguió con el sudor de su frente, y por él aprendí a valorar cada centavo. La fortuna de los Trahern es el resultado de un arduo trabajo, más algunas buenas inversiones y una mano firme en la hacienda. Mi Nº Páginas 92-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras hijo o hija aprenderá lo mismo, Kayla; pero yo tengo la suerte de contar con el dinero para allanarle el camino. Me imagino que no te opondrás a que así sea. —A lo único que me opongo, Nick —repuso ella, con firmeza— es a iniciar un juicio extenso por la tenencia de la criatura. —Si fueras un poco razonable, no habría necesidad de recurrir a juicio de ninguna índole —respondió él, quedamente. —¿Si fuera razonable? Supongo que lo que pretendes es que renuncie a mi hijo. —Yo no dije eso. Existen otras posibilidades. —¿Matrimonio?


—Sí, era una. —La tensión endurecía las facciones de Nick, que ahora miraba con ella por la ventana abierta. La amaba; pero no volvería a pedirle que se casara con él hasta que no le demostrara un poco de amor y consideración—. Pero tú la descartaste. Si en ese instante él le hubiera propuesto matrimonio, Kayla se habría arrojado en sus brazos, dándole el sí. Estaba cansada de pelear; no obstante, su orgullo le impedía rebajarse a ser ella quien tomara la iniciativa. Y al parecer, él no estaba dispuesto a reiterar el ofrecimiento. —¿Entonces? ¿Qué otra opción nos queda? —preguntó. Nick suspiró, resignado. —¿Te das cuenta, Kayla, de que si quisiera podría muy bien inclinar la balanza a mi favor, contratando a un buen abogado y comprando —si es necesario— a testigos que te difamarían? Sin embargo, eso sería muy sucio de mi parte y, además, no creo que te merezcas algo así, a menos, claro, que me obligues a l egar a tal extremo. De todas maneras, sí estoy dispuesto a hacer algo al respecto. Si no aceptas casarte conmigo, entonces, en cuanto el bebé nazca, declararé legalmente que el niño es mío y pediré a la corte que me conceda, como padre, mis derechos para verlo cuando me plazca. Por otra parte, pienso mantenerlo y encargarme de su educación. —¡Testigos! Pero yo no cometí nada… inmoral, Nick. La mirada masculina se tornó severa. —Te dije que con dinero se pueden hacer muchas cosas, Kayla.


Ella cerró los ojos, lastimada. —Todo este asunto no nos traerá más que dolores de cabeza, Nick. ¿Y qué sucedería si nos casamos? Tal vez yo quiera trasladarme a otro estado. —No te lo permitiré, Kayla. —Las palabras de Nick, cargadas de ira, quebraron la apacibilidad de la noche. —¡No puedes prohibírmelo! —Confundida, agitada. Kayla se mecía con más rapidez—. Y supongamos que no me caso, ¿cómo se te ocurre que me puedo sentir compartiendo a mi hijo con otra mujer? —Creo que te anticipas demasiado a los acontecimientos. Al menos por ahora, no tengo intenciones de casarme —replicó él. Nº Páginas 93-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —¿No sales con nadie, ahora? —inquirió Kayla, mortificada por la forma en que había revelado sus sentimientos. —¿Quieres decir últimamente —Nick recibió, sorprendido, la pregunta inesperada—. ¿Desde que te conocí? —No… ¡desde tu adolescencia! —exclamó ella, impaciente, eludiendo la mirada de él. —Desde mi adolescencia salí con unas cuantas mujeres. Desde que te conocí… con ninguna —le aclaró Nick, sonriendo. —Habrás tenido un pasado muy movido —murmuró el a, acosada por el fantasma de los celos, de sólo imaginar a Nick con otras mujeres. Todos los rumores que había oído con respecto a Romeo Trahern le asaltaron entonces, l evando su grado de irritación a un límite muy peligroso.


Suspirando, Nick se acercó a el a y se arrodilló a su lado. —No sé por qué me molesto en explicarte esto, pero por algún motivo deseo hacerlo. Tienes razón: nunca he sido un santo. En mi época de estudiante, e incluso varios años después, llevé una vida bastante… licenciosa; sin embargo, nunca prometí nada, Kayla. Cuando salía con una mujer le aclaraba, desde un principio, que no buscaba ningún tipo de compromiso. Las mujeres con las que iniciaba ese tipo de relación… hum… —Se aclaró la voz antes de proseguir; entonces Kayla creyó advertir un destel o pícaro en sus ojos grises —. Las mujeres con las que… salía estaban plenamente de acuerdo en que no debían existir ataduras… La consigna era pasar el rato y luego, adiós. —Supongo que te encantaba burlarte de ellas lo interrumpió Kayla—, inventando historias que no eran ciertas. ¿Cuántas veces representaste a Franklin, Nick? Él la miró severamente. —Sólo una. De nuevo estás en lo cierto: en aquel tiempo no habría vacilado en usar a Franklin para conseguir una cita con una joven encantadora. Kayla enfrentó la mirada sincera. —¿Y ahora? —Preferiría que me cortaran la lengua, antes de recurrir a un ardid tan sucio — le dijo, con una sonrisa—. Aprendí muy bien la lección. —Fue una canallada —lo definió ella. —De acuerdo.


—Una bajeza. —Una actitud despreciable y todos los peores adjetivos que quieras aplicarle agregó Nick—. Pero pertenece al pasado. El único consuelo que puedo ofrecerte es la promesa de no volverlo a hacer. Kayla sentía cómo se derretía el hielo de su corazón con sólo contemplar esos ojos que reflejaban sinceridad. —¿Me perdonas? —le preguntó, titubeante. —Tal vez —Kayla sonrió, profundamente aliviada. Nº Páginas 94-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —Muy bien. —Los ojos grises se iluminaron—. Ahora viene lo más importante, ¿puedes olvidar? ¿Podría? Esa pregunta le había dado vueltas toda la semana. ¿Podría la mentira de Nick eclipsar para siempre sus sentimientos hacia él? —No… sé —admitió, con franqueza—. Te juro que lo intento. Nick; pero hay veces que el rencor se apodera de mí… cuando pienso en cómo te habrás reído de mi ingenuidad, de todo lo que hice y dije. Incluso de la forma en que me refería a Nicholas Trahern, guiándome por rumores, hablando por boca de ganso… —Te equivocas —la interrumpió él, acariciándole la mejil a—. En esos momentos me sentía como una basura por engañarte.


—Si me hubieras dicho la verdad… —Sí, Kayla; pero ya no tiene sentido lamentarse. Ha corrido bastante agua bajo el puente, ¿no crees? Si le hubiera dicho la verdad… Eso era algo que Nick se repetía incansablemente, durante las noches de insomnio. —Mírame, Kayla. —La tomó de la barbilla para alzarle el rostro hacia él—. Todos estos meses me he esforzado por cambiar la opinión que tienes de Nicholas Trahern, que por más calavera e irresponsable que sea, también es, en el fondo de su corazón, todo eso que tú viste en Franklin. ¿No te das cuenta? Soy el mismo hombre por el que tú sentiste atracción, con el que de buena gana, compartiste la cama, tu tiempo y tu mundo. —Una expresión solemne se reflejó en su rostro —. Nunca fui más feliz en toda mi vida, Kayla. Durante treinta y seis años busqué a la mujer con la que quiero vivir y envejecer y cuando, por fin, la encuentro, resulta que no puedo hablarle de mis sentimientos por haber cometido una estúpida indiscreción. ¿No habrá alguna forma de empezar de nuevo, Kayla? Tal vez si lo intentáramos sin mentiras, podríamos salvar todo lo hermoso que una vez nos unió. —No sé, Nicholas —titubeó el a. ¡Le costaba tanto decir que no! ¿Pero qué sucedería si no lograban recuperar aquel amor? Él aún la amenazaría con arrebatarle a su hijo, sólo que entonces habría más odio y rencor entre ellos. Deseaba con toda su alma creer en Nick… pero no conseguía superar ese


amargo pensamiento de que él deseaba la custodia del niño y que, para lograrlo, recurriría al único método que conocía: someter a la madre. Si ella aceptaba casarse con él — eso en el supuesto caso de que volviera a pedírselo—, sería sólo una cuestión de conveniencia para Nicholas. Un compromiso del que él, finalmente, se hartaría para regresar al mundo de la libertad, de las relaciones sin ataduras, que tanto le agradaba. Kayla no podía correr el riesgo, pues estaría poniendo en peligro lo único que le quedaba en la vida: su hijo. El precio era demasiado alto. Nicholas apartó lentamente la mano del rostro de el a: en sus ojos se reflejaba la amargura de la desilusión. —Está bien, Kayla; si así lo deseas, no puedo hacer nada para remediarlo. Yo también tengo mi orgullo, ¿sabes?, de modo que no me rebajaré más. Lo que hagas con tu vida es asunto tuyo, pero sí me atañe lo que decidas con respecto a mi hijo. Jamás te desligarás totalmente de mí, por lo que será mejor que te vayas acostumbrando a la idea… De esa manera, será mucho más sencil o para los dos. Nº Páginas 95-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —Me casaré con un hombre de ciento veinte kilos, Nicholas Trahern, para que me defienda de ti —lo amenazó el a; su temperamento finalmente explotó.


—Te aconsejo que busques a alguien de doscientos —respondió él—. Sólo así podrás contenerme. —No me asustas —le advirtió ella. —Bien, tal vez esto sí lo haga: yo también me casaré con una mujer que espero sea bien víbora para mantenerte bajo control. Si piensas que lidiar con el padre de tu hijo será duro, no te imaginas lo que puede llegar a ser enfrentarse con la madrastra. Kayla se incorporó de un salto, y acercándose a él con gesto intimidatorio, lo desafió: —Atrévete, Nicholas Trahern, y verás lo que te pasa. —Ya tenía bastante con compartir a su hijo con ese maniático, sin tener que pensar encima en otra mujer. Con una sonrisita maliciosa, Nick se abalanzó sobre ella y la alzó en brazos. Tomada por sorpresa, Kayla gritó, alarmada: —Esto es para recordarte que soy un poco más grande que tú, así que será mejor que empieces a portarte bien —le previno, saliendo del cuarto con ella aún en brazos. Kayla procuraba en vano zafarse. El aroma intenso de la loción para después de afeitar, y el contacto de su cuerpo, eran armas más certeras que el ataque intempestivo; tan certeras que mucho le costaba contenerse para no echarle los brazos al cuel o y dejar que la llevara adonde él quisiera. —¡Bájame, tonto! —gritaba, mientras Nick la paseaba por toda la casa, al parecer ajeno a los puñetazos y ataques de el a para defenderse. —Nada de eso. Te llevaré al establo y te encerraré con los cabal os. Quizá de ese modo sea más fácil manejarte.


Nick abrió la puerta del fondo, que daba a un enorme patio techado, frente a una piscina de forma ovalada cuya agua resplandecía tentadoramente y alrededor de la cuál había canteros con las mismas flores que Kayla había visto en la entrada. Su natural curiosidad la l evó a dejar de pelear por un instante. —Este lugar es bel ísimo —comentó, admirada—. No me sorprende que te guste tanto. —Es una característica arraigada de mi personalidad. No puedo evitar que me gusten las cosas bel as, aunque algunas estén pesando tanto como uno de mis caballos —señaló, guiñándole el ojo y estrujándola más contra su pecho. —Es tu culpa —replicó ella, con una chispita de agresividad aún en los ojos —. Y deja de insultarme. Si tu hijo no comiera como un cerdito, yo no estaría como estoy. —Recuérdame que hable con él, en cuanto lo tenga frente a frente —sonrió Nick. De pronto, la hilaridad se desvaneció con el encuentro de las miradas y entre ambos surgió la excitación de tenerse cerca. Nick cercó sus brazos en una actitud más posesiva. —Mmmm, ¡qué hermoso es sentirte así! Nº Páginas 96-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —¿Aunque esté hecha una vaca? —Ajá —respondió él—. Aun así, eres linda. —Y tú, terrible —contestó el a, sacándole la lengua, detestando la sensación


de placer que experimentaba por estar en sus brazos. —No; no lo soy —repuso él, con seriedad—. Y pienso demostrártelo, así deba pasarme el resto de mi vida tratando de convencerte. —¿Me besarás? —inquirió el a, expectante, deseando fervientemente que él lo hiciera. La pregunta tomó por sorpresa a Nick. —¿Quieres que te bese? —Sí y no —admitió Kayla, en tanto su corazón comenzaba a latir con fuerza, ante la perspectiva de sentir los labios de él. —Sí y no. ¿Qué clase de respuesta es ésa? O quieres o no quieres. Kayla se encogió de hombros, con picardía. —Son las hormonas —se disculpó, recurriendo a la disculpa que normalmente ofrecía Nick para justificar de algún modo, la confusión que experimentaba en ese momento. —¿Y entonces? —instó Kayla, rogando que él la besara, como se debía—. ¿Qué te detiene? La respiración de Nick se tornó más agitada, cuando el a le rodeó el cuello provocativamente. —Cuando te bese —susurró él—, quiero estar seguro de que esperas que lo haga. Entonces sólo dímelo y lo haré. Kayla tuvo la sensación de que le arrojaban un balde de agua fría; bajando los brazos, le preguntó: —¿No me besarás?


—No; hoy no —Nick comenzó a caminar hacia el establo—. Pero te aseguro que lo pensaré cuando me lo proponga de nuevo, mami… —le dijo, sonriendo con soberbia. —¡Espérate sentado! —estal ó ella, golpeando con los puños el pecho fuerte. La carcajada de Nick resonó en las tranquilas colinas de Arkansas. No se trataba de que no deseara darle un beso; todo lo contrario, pero sí podía esperar y muy confiado, pues sabía que ella pronto se lo pediría otra vez… La caminata hacia los apacibles establos resultó encantadora. Un halo de serenidad envolvía a Kayla y a Nick, mientras recorrían cada una de las cabal erizas y acariciaban los caballos. Él no dejó de rodearla con su brazo protector, en tanto le explicaba los distintos procedimientos para el cuidado de los animales, o le mostraba uno de sus preferidos, una yegua que estaba a punto de dar a luz. —¿Cuándo nacerá el potrillo? —preguntó Kayla, entre susurros, mirando desde la entrada, junto con Nick, a la madre encinta. —Pronto. Según Joseph, el parto se producirá de un momento a otro. Nº Páginas 97-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —¿Es Joseph el hombre que se hace cargo de la finca? Nick acarició con ternura los flancos prominentes del animal. —Sí, conoce mucho de caballos; en realidad, no sé qué haría sin él. ¿Qué sucede, preciosa? ¿Te sientes mal hoy? —preguntó, procurando sosegar a la


yegua, algo inquieta. —¿Quién se ocupa de la casa? —preguntó Kayla. —Durante las últimas semanas me las ingenié como pude. El ama de llaves está pasando unos días con su hijo y su familia. Como pensaba redecorar la casa, le dije que se tomara unas vacaciones. De todos modos, no la necesitaba porque sólo he venido aquí para dormir, desde que tu embarazo te obligó a guardar cama. Kayla frotó, pensativa, las orejas de la yegua, sintiendo cierta empatía por el animal que atravesaba por su misma situación. —Ya no tienes por qué venir todos los días —dijo a Nick—, porque estoy empezando a sentirme mejor, de modo que puedo arreglarme sola perfectamente. Él no respondió; apenas continuó acariciando el lomo del caballo, al parecer, sumido en sus propios pensamientos y ajeno a la presencia de Kayla. —¿Cómo te gustaría llamar al potrillo de Sheba? Kayla soltó una carcajada. —¡Qué sé yo! —exclamó, encogiéndose de hombros—. Además, ya tengo bastante con pensar en un nombre para el bebé. Nick se volvió hacia ella. —Eso no es nada difícil; yo te ayudaré. —¡Ah, no! —se atajó Kayla—. No quiero que mi hijo se llame Daddy’s Bouncing Baby Boy o cosa que se le parezca —bromeó, recordando los nombres que había leído en el programa.


—Ni siquiera bautizaría a un caballo con ese nombre —replicó Nick—. Por otra parte, existen ciertas reglas con respecto a la cantidad de palabras y letras que pueden tener los nombres de los animales. ¿Ocurre lo mismo con los bebés? —No; creo que no. De todos modos, me gusta mucho el nombre Jared. Nick lo pensó un instante. —Jared Nicholas Trahern… No está mal. —Que yo sepa, no dije que su segundo nombre sería Nicholas ni su apel ido Trahern —discutió Kayla. —Mira, haré un trato contigo. Si es varón, lo llamaremos Jared Nicholas Trahern, y si es nena, Kayla Gayle Trahern. Gayle, por mi abuela —le explicó. —¿Kayla Gayle? No sé, Nick; no se me ocurrió que se llamara como yo. —Bien, a mí sí. Me agrada tu nombre —comentó él, con naturalidad. —Kayla Gayle… Bien, déjame pensarlo. Nº Páginas 98-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —En realidad, no me importa si es nena o varón —concluyó Nick, dando una última palmada a la yegua y cerrando, luego, la puerta de la cabal eriza—, mientras sea tan lindo como la madre e inteligente y personal como el padre. —Modestia aparte —bromeó Kayla, mientras él volvía a tomarla de la cintura, para escoltarla fuera del establo. —Es que no quiero caer en la falsa modestia —se justificó él—. Simplemente soy honesto.


—¡Já! —exclamó Kayla, con ironía, acercándose más a él, como si con su cuerpo le diera la razón. ¿Honesto o tramposo? Esa era la pregunta con que la castigaba su mente, en tanto regresaban a la casa, amparados por un cielo poblado de estrellas. ¿Por qué no podía aclarar su confusión e inclinar definitivamente la balanza hacia uno de los extremos? —Nick, ¿hablabas en serio cuando dijiste que…? —Kayla bajó la voz—. ¿Cuando dijiste que desde que me conociste, no… saliste con nadie más? — Por alguna extraña razón, dilucidar aquel asunto era sumamente importante para ella esa noche. —No; no he salido con nadie. ¿De dónde quieres que saque el tiempo? —No es mi intención interferir en tu vida privada —le dijo ella, con solemnidad —. Ahora que me siento mejor, puedes… hacer lo que desees con tu tiempo… —En eso estoy… —¿Ah, sí? —Kayla frunció el ceño. —Ajá. —Nick suspiró, con actitud melodramática—. Al fin y al cabo, debo empezar a buscar una mujer que viva conmigo, se ocupe de la casa y cuide de mi hijo… —Se calló un instante y luego continuó—: Por lo menos durante los fines de semana y el verano… ¡Ah! Y por supuesto, defenderme del padrastro, un hombrón de ciento veinte kilos, que no me dejará en paz por molestar a la madre. Eso, claro, siempre que tú no cambies de opinión, te dejes de tonterías y razones con


cierta lógica. —No he cambiado de opinión —repuso ella—. Además, nadie me lo ha pedido. —Contuvo el aliento, esperando que él reiterara su propuesta de matrimonio. —Sabes que la oferta sigue en pie —le dijo él—. Cuando te decidas a aceptarla, comunícamelo. —¿Y mientras tanto, tú te dedicarás a buscar otra… mujer? —supuso ella. —¡Estás celosa! —¡Claro que no! ¿Te pondrías tú celoso, si yo saliera con otro? —Por supuesto que no —se burló él—. Sal con quien te plazca; eso te ayudará a recuperar la cordura: así apreciarás antes a quien ahora tienes a tu lado. —Tomaré en cuenta su consejo, señor Trahern —replicó ella, preguntándose quién se atrevería a invitarla a salir en su estado. —Eso sí —le recomendó Nick, ayudándola a subir al Chevrolet otra vez—; ten cuidado de dónde llevas a mi hijo. ¡Ah! Y acuérdate de beber leche, en lugar de cerveza, y de estar en casa acostada a las nueve de la noche. Aparte de eso, cuentas con mi bendición para salir y divertirte. Nº Páginas 99-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras Kayla lo miró, incrédula. —¿Quién podría pasarla bien con semejantes reglas? Nick se volvió a ella y, encogiéndose de hombros, reconoció:


—Sí, supongo que resultará difícil. Bien, entonces, tal vez sea mejor — continuó, mientras se sentaba junto a ella y encendía el motor del automóvil — que te quedes en casa como una buena niña y te olvides de esa loca idea. Si te comportas como es debido, llevaré a mi novia para que te haga compañía. —¡Vaya! Entonces tendremos una familia numerosa —reflexionó ella, en broma —: Jared o Gayle, Kayla, Nick y la guardiana. Será tan entretenido que realmente no veo la hora de que llegue el momento en que estemos todos juntos… —Un gesto irónico puso fin al comentario, mientras Nick conducía el Chevrolet por la carretera, camino a la ciudad. Nº Páginas 100-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras Capítulo 9 La camioneta alquilada se detuvo en la puerta del hotel Marriott. Nick bajó de un salto y se adelantó a hacer las reservaciones. Apenas unos minutos más tarde regresó con las llaves de dos cuartos. Kayla no pudo evitar lamentar que él, fiel a su palabra, hubiera tomado dos habitaciones separadas; pero, por suerte o por desgracia, logró ocultar su desilusión. —Tú dijiste dormitorios separados, ¿no es cierto? —la hostigó Nick,


sonriendo con malicia, mientras sacudía las llaves delante de la nariz de ella. —Sí —respondió Kayla, con aplomo. —¡Muy bien! Como verás, he seguido al pie de la letra tus instrucciones. Dormiremos en habitaciones separadas —recalcó. —Gracias —repuso ella, fríamente, haciendo caso omiso de la sonrisita burlona. —Entremos ya el equipaje, así podremos ir a ver la pista —sugirió Nick, abriéndole la puerta para que bajara. No bien el avión llegó a Nebraska a las diez de la mañana, Nick alquiló un automóvil para ir directamente al hotel. En menos de una hora salían de la carretera Mercy hacia los campos de AkSar-Ben, un complejo gigante de aproximadamente ciento veinte hectáreas, ubicado en el centro de Omaha. —No te imaginas todo lo que tienen: un anfiteatro, vestuarios muy cómodos, establos enormes y los mejores pastos para alimentar a los animales — comentó Nick, entusiasmado, cuando iban hacia el hipódromo—. Quiero que conozcas al preparador de los míos, al mozo de cuadra y a algunos de los jinetes que l evan los colores del equipo Trahern. —¿Te refieres a los colores de los uniformes? —preguntó Kayla, intrigada. —Exacto —Nick se volvió hacia el a—. Confeccionados con las sedas del patrón… —Por supuesto… ¡Cómo no se me ocurrió! —exclamó ella, con ironía.


—No te preocupes, pronto conocerás los secretos del ambiente. Con el correr de las horas, Kayla, por cierto, se familiarizó con el medio y con buena parte de la jerga turfística. Nick la l evó a los vestuarios, donde le presentó a un grupo de brillantes personalidades, nombres que ella olvidó no bien se los mencionaron. A las dos de la tarde se iniciaba el período de descanso; todo era tranquilidad en el hipódromo, previo a la revolución. Nick y Kayla almorzaron ligeramente y cuando terminaron, era ya la hora de iniciación de las carreras. La agitación había comenzado: un clima de expectativa y revuelo impregnaba el ambiente, mientras los aficionados se acercaban a las ventanillas para efectuar sus apuestas. Ella y Nick comieron, jugaron, bebieron gaseosas y cerveza… todo en un clima de hilaridad que desterró —o al menos, relegó por el momento— los problemas con los que venían luchando desde hacía varios meses. Nº Páginas 101-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras El entusiasmo de ella l egó a su clímax cuando se acercaron a una ventanil a, cayendo ya la tarde, para apostar a sus favoritos en una carrera en la que participaba uno de los caballos de Nick. —Creo que apostaré cuatro dólares a éste —anunció Kayla, señalando el caballo en cuestión, demostrando así su confianza en Nick. —¡Cuatro dólares! —Nick se atragantó con la sorpresa—. Esto es un honor:


¡Doña despilfarro apostará cuatro dólares a mi cabal o! —exclamó, incrédulo. —No te hagas el tonto, Nicholas —repuso ella, ofendida—. Sé que mi dinero está bien puesto. Confío en ese caballo. Cuando los caballos se precipitaron a la recta, el rumor de la multitud era realmente ensordecedor. Kayla fijó su atención en el caballo que tenía los colores del equipo Trahern: castaño y amarillo y el número cuatro. Kayla contuvo el aliento, mientras Ghetta Leadout avanzaba por la pista. Por el altavoz, alguien informaba sobre las posiciones de los caballos; sin embargo, Nick, ajeno a esos resultados, no quitaba los ojos de la cámara que pendía del techo. En la recta final, los simpatizantes estallaron en delirio. Nick se acercó a Kayla y, a los gritos, le recomendó: —¡Mírala! Ghetta Leadout recuperó terreno y se puso cabeza a cabeza con el puntero. Kayla saltaba entusiasmada, vociferando el nombre del caballo número cuatro. Estaba tan fuera de sí que no se dio cuenta de que había roto los boletos en mil pedacitos, que cayeron desparramándose por el suelo, cuando por fin aclamó a Ghetta Leadout, que acababa de ganar, con un cuerpo de ventaja sobre el segundo. —¡Ganó! ¡Ganó! —Kayla abrazó a Nick, asfixiándolo casi en su entusiasmo —. ¿No estás contento? Tu caballo triunfó.


—No tenía duda de que vencería —respondió Nick, con una sonrisa, cerrando los ojos al sentir la suavidad del cuerpo femenino sobre él—. No quisiera desilusionarte —añadió—, pero mira lo que has hecho con tus boletos. Kayla miró sus manos vacías y luego los pedacitos bajo sus pies. —¡Dios santo! ¡Mis cuatro dólares! —exclamó, decepcionada. Nick se echó a reír, estrujándola con más fuerza. —No te preocupes. Estoy dispuesto a compartir mis ganancias contigo —la consoló, mientras la alzaba en brazos y la hacía dar vueltas por el aire. —No me importa, Nicholas; créeme. Tu cabal o ganó y es lo único que interesa. Era ya tarde cuando salieron hacia el hotel. Kayla no sólo había pasado uno de los mejores días de su vida, sino que se marchaba con mucho más dinero que a la ida. —Creo que aún no aprendiste el valor del dinero —lo reprendió cuando subían al automóvil, para emprender el retorno al motel—. Si no hubiera sido por mí, te habrías gastado todo. —O habría ganado una fortuna —rebatió él—. De todos modos, me divertí. ¿Y tú? —le preguntó, sonriéndole con ternura. Nº Páginas 102-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —Sí, mucho.


—¿Estás cansada? —Un poco —Kayla apoyó la cabeza en el respaldo del asiento y cerró los ojos. —Cuando l eguemos al hotel, te darás un buen baño y te recostarás un rato, antes de ir a cenar —le dijo Nick, con firmeza. —No me opongo —repuso ella, soñando con el beso que él le diera esa tarde. ¡Con cuánto placer había recibido ese gesto! Ya en el hotel, Nick le abrió la puerta de la habitación; después, la cercó con su brazo, que descansó en el batiente. —¿Necesitas algo? —No. —Ella sintió un intenso cosquilleo en el estómago, por la forma en que él la devoraba con la mirada, si bien no hizo el menor intento por acercársele o acariciarla. —Estoy en el cuarto contiguo. Si me necesitas, sólo tienes que gritar. —¿Qué deseas que grite? —bromeó el a, con timidez, sorprendida de que en su corazón no existiera la animosidad que normalmente alentaba hacia él. —No dudo de que me arrestarían, si contestara a esa pregunta —repuso Nick —. Pero no me hagas caso; debes sentirte libre de gritar lo que quieras. —Muy bien; lo haré. —Esperó ansiosa que la besara, pero él no lo hizo. —Te dejaré descansar un rato; luego te llamaré por teléfono para decidir dónde iremos a cenar, ¿de acuerdo? —De acuerdo.


Distraídamente, le despejó el rostro de un travieso rizo rubio. —Quería decirte que… estás muy bonita. Había escuchado que las mujeres embarazadas poseían un brillo muy especial, como un halo mágico que las rodeaba, aunque, para ser sincero, yo jamás lo noté. Para mí, no eran más que unas gordinflonas, de aspecto deprimente. —¿Y yo no lo soy? —No. —Él recorrió con su dedo el contorno del rostro de el a—. Tú, en cambio, me pareces encantadora y, además, sumamente deseable. El pulso de Kayla se aceleró ante el estímulo de la mirada masculina. Aquel era un hombre muy distinto del Nick y el Franklin que había conocido, pues la expresión que teñía sus ojos grises era la de un hombre que necesitaba desesperadamente a una mujer, pero no a cualquiera, sino a la mujer que amaba. —Será mejor que vayas a tomar ese baño —le aconsejó, retirando la mano—, antes que sea demasiado tarde. Permaneció bastante tiempo en la bañera, sumida en sus reflexiones. Cuando por fin se secó, el efecto reconfortante del baño le había dejado la piel cálida y rosada y los músculos, relajados, luego de la intensa actividad. Mientras se perfumaba, inspeccionó y reconoció los cambios que paulatinamente se iban produciendo en sus formas suaves. Nº Páginas 103-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras Un ruidito en la puerta contigua interrumpió sus cavilaciones. Curiosa, se


puso una bata ligera y abrió la puerta de su habitación, para ver qué ocurría. —¡Hola! —Nick estaba reclinado contra la puerta, con una toalla alrededor del cuello—. ¿Te desperté? —Sus ojos contemplaron un instante la bata azul que resaltaba, con su tonalidad similar, el color de los ojos de ella. —No; acabo de terminar de bañarme —respondió Kayla, atenta a la mirada de deseo. —No era mi intención molestarte. Decidí darme una ducha yo también y bajar al bar a beber un trago, mientras tú dormías. —Oh. —No sabía qué decir. Hubiera querido acompañarlo, pero no era justo imponerle su presencia. —Por casualidad, ¿trajiste jabón? Esas barritas que te dan en los hoteles y que no sirven para nada me exasperan. —¡Oh, sí! Traje uno… Espera. —Kayla volvió al lavabo y regresó unos minutos después con una pastilla de jabón envuelta en papel tisú. Aquí tienes. A mí no me molesta usar los jaboncitos. —El baño te hizo bien, ¿verdad? —observó él, con naturalidad, mientras tomaba el jabón que el a le entregaba. —Sí; me relajó bastante, aunque todavía me duelen un poco los músculos por haber saltado todo el día —contestó, con una sonrisa. —¿Tienes alguna loción? —¿Una loción? Creo que sí, pero… ¿para qué? —Para ofrecerme como masajista —respondió, sin ninguna intención más que aliviar el dolor de ella.


—Oh… pero no es necesario… —susurró, ruborizada. —Tal vez no, pero será un placer hacerte masajes. Vamos, trae una loción… —Nick… —Ve a buscarla, Kayla —reiteró Nick, con voz suave y persuasiva, vibró en la habitación, en silencio. Unos segundos después, ella le alcanzaba, temblando, el frasco de loción. —Deja de mirarme como si yo fuera el lobo y tú, Caperucita —le pidió, sonriendo, en tanto la tomaba de la mano y la l evaba hasta la cama—. Te gustará, te lo prometo. A Kayla no le cabía la menor duda de que así sería. —Quítate la bata —instó Nick, poniendo de bruces a la futura mamá—. ¿Estás cómoda boca abajo? —Sí —repuso ella, despojándose de la bata hasta la cintura. —No quiero que nuestro hijo salga con una nariz de boxeador —bromeó, destapando el frasco de loción y vertiendo una pequeña cantidad en su mano. Una risita sofocada festejó la broma. Nº Páginas 104-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras Las manos grandes acariciaron la piel desnuda, masajeándola delicadamente. —¿Te agrada?


—Mmmm… mucho —murmuró Kayla, como una gatita mimosa, sintiendo cómo se aflojaba su cuerpo. Aunque, de todos modos, el contacto de él no era precisamente la panacea más relajante, pues su sola presencia hacía estallar, como una bomba, el delicado corazón femenino. —¿Te hago más aquí? —le preguntó, masajeando la zona lumbar, de la que el a siempre se había quejado. —Sí —susurró. —Tu piel es tan suave —comentó él, maravillado—, tan suave y perfumada. Los dedos hábiles se deslizaron hacia las costil as, rozando apenas las redondeces de los senos. Kayla contorneó su cuerpo, procurando apartarse de la fuente de tentación. —Quédate quieta —murmuró él, apaciguándola, concentrándose en la parte posterior de las piernas, para eliminar los nudos tensos—. ¿Acaso me tienes miedo? —No —contestó ella, casi sin aliento—, no te tengo miedo. —Era ella misma quien le preocupaba. —¿Piensas que trataré de hacerte el amor? —Kayla escuchó, perpleja, la pregunta que él formuló con el mayor de los aplomos. —No sé… —Te dije una vez que también poseo mi orgullo, Kayla; no seré yo quien te lo pida. Kayla sintió que el corazón le daba un vuelco. ¿Debería ser ella quien se lo insinuara?


Nick tomó el frasco de loción y vertió en su mano otra pequeña cantidad. Después de taparlo, lo puso sobre la mesa de noche. Entonces, con premeditada lentitud, quitó la bata a Kayla y la arrojó sobre la sil a que estaba junto a la cama. —Nick —protestó Kayla, cubriendo con la sábana los glúteos desnudos. Él la detuvo en el intento, su mano capturó el brazo de el a y lo apresó sobre la cama. —Cariño, relájate y goza… Si yo no estoy descubriendo nada que no haya visto antes. —En apenas unos minutos. Nick había desparramado la loción por la espalda y los glúteos de el a, eliminando los dolores y centros de tensión. Poco a poco, sus movimientos se tornaron más excitantes y su respiración, más agitada; tiernamente, volvió a su mujer de espaldas y escondió la cabeza en su cuello suave y perfumado. —Espero hacerla sentir mejor, porque lo que es usted, señora, me está destruyendo —confesó. —No deberíamos hacer esto, Nick —repuso ella, con dulzura, acercándole la cabeza hacia su pecho. Nº Páginas 105-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras En ese instante Nick se apartó para recorrer con sus ojos la longitud del bel o cuerpo. Con ambas manos a cada lado del vientre fértil, empezó a darle besitos alrededor del ombligo. —¡Hola, papá! —murmuró, quedamente, saludando a su hijo—. Deseaba decirte que te quiero mucho. —Las manos estrujaron entonces el cuerpo todo, a medida que él, hombre hambriento, ascendía hacia la cima de los senos.


Allí se detuvo, para rozarlos apenas y sentir la dulzura de su calor—. ¿Amamantarás al bebé? —Sí; lo he estado pensando y creo que es lo mejor. Además, el doctor Walters me lo aconsejó. —Estoy de acuerdo —convino Nick, tomando de nuevo el frasco de loción —. A pesar de que me llenan de placer. Dios quiso que fueran algo más que meros puntos decorativos —murmuró, masajeando con una generosa cantidad los objetos en cuestión. Se detuvo un momento, como suspendido en el tiempo, y acercó su boca a la de el a. Era el primer beso que compartían en mucho tiempo. La lengua de Nick iniciaba con su gemela su danza alocada, en tanto sus manos rodeaban los senos henchidos. Beso tras beso, los cuerpos unidos disfrutaron del frenesí avasallante en silencio, temiendo que la mera palabra rompiera el hechizo. Kayla deslizó las manos por la espalda viril, envuelta en la camisa, como si pretendiera derribar esa barrera absurda que los separaba. Atento a su necesidad, comprendiéndola plenamente, él se incorporó para despojarse de su ropa; luego, desnudo, vaciló un instante… un instante que permitió a Kayla embriagarse, deleitarse con la mágica incitación del cuerpo masculino. La llama del deseo que encendía los ojos de ambos era mucho más elocuente que cualquier fría o burda palabra. El lenguaje del cuerpo era claro: cuando Nick la tomó en sus brazos, ella supo sin pudor, miedos ni confusiones, que lo amaba con


toda su alma. Lo que había sucedido entre ellos era ya parte del pasado; lo importante era el presente. Y si en ese presente, Nicholas no la amaba, ella se esforzaría por lograr que el amor de él creciera y se alimentara en un futuro. Ella sí lo amaba; estaba plenamente segura y dispuesta a hacer lo imposible para que él correspondiera con el mismo desenfreno, con la misma locura, a esa pasión avasallante. —Estamos yendo con demasiada rapidez, Kayla… Hundiendo las manos en la masa profusa de vellos que cubrían el pecho de él, Kayla lo besó con inmenso amor, con devoción, buscando tentar con su acecho las zonas que sabía, por experiencia, que volvían loco a Nick. El juego ligero pronto cesó y los besos se transformaron en la expresión sublime de un estal ido feroz. —Lo siento tanto, Kayla. Créeme; lamento mucho todo lo que ocurrió con nosotros —murmuró Nick, estrechándola como si temiera perderla. —Lo sé, mi amor; lo sé —susurró el a, comprendiendo su agonía; consciente de que el camino que deberían recorrer no sería nada fácil. —Amo a este hijo, Kayla. No quiero que volvamos a pelear por él. Nº Páginas 106-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras El bebé… ¿Era todo lo que le interesaba? Al parecer, para Nick, no había nada más importante en el mundo. —Encontraremos una solución, Nick; ya verás —aseguró ella, con la solemnidad de un juramento.


—Jamás te dejaré ir, Kayla —murmuró él, dando rienda suelta a toda su pasión. En ese instante, se acabaron las palabras y hasta el mismo mundo se desvaneció con el encuentro de los cuerpos ansiosos. Cada movimiento, cada murmullo, cada gemido, cada beso era un gesto elocuente, una prueba de infinito amor. —¿Estás bien? —preguntó Nick, con voz ronca, todavía cargada de emoción, apartándose para liberarla del peso de su cuerpo. —Sí —contestó ella, molesta. Secretamente hubiera deseado arrancarle la cabeza por preocuparse tanto por el bebé. ¡Con lo que el a quería quedarse horas y horas en sus brazos, besándolo, sintiendo sus caricias, recibiendo sus besos, susurrándose mutuamente palabras de amor! Pero a él lo único que le inquietaba era el bienestar del bebé… Nick la tomó de la barbil a, obligándola a mirarlo a los ojos. —¿Qué sucede? —Nada. —Vamos… te conozco. Si te lastimé, lo siento; pero es que hace tanto que… —¡No me hiciste nada! —explotó el a, alejándose para refugiarse en el lavabo. Cuando regresó, él estaba tendido de espaldas, mirando plácidamente el techo. Nick se corrió y, con un gesto, le indicó que se acercara y se recostara a su lado; estrujándola contra su pecho, volvió a preguntar: —¿En serio no te hice daño? —¡No!


—¿Tienes hambre? —le preguntó él. —No; tengo sueño. —Mmmm… yo también. ¿Qué te parece si dejamos la cena para más tarde? — propuso Nick, bostezando, holgazán, mientras acomodaba la almohada—. Despiértame en un par de horas. —¡Despiértate solo! —replicó ella, malhumorada—. Tal vez yo quiera dormir más que un par de horas. —Yo te sacaré las ganas de dormir tanto —le insinuó él, provocativamente, en tanto le besaba el cuello. —Déjame, Nick —lo rechazó ella, con frialdad. Él la miró, sorprendido; después, suspirando, resignado, cubrió su cuerpo y el de el a con las mantas. —No veo la hora de que vuelvas a ser la Kayla de antes. —¡Jamás volveré a ser la Kayla de antes! —replicó el a. Nº Páginas 107-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —Claro que sí —rebatió él, confiado, acurrucándose en el calor del cuerpo femenino. —Lo único que te importa es tu hijo —le reprochó, rencorosa. —Y mi Kayla —le aclaró él—. Deja de pelear y duerme que el bebé necesita descansar. ¡Ay! —se quejó, al recibir un tremendo codazo en el estómago—. ¿Se puede saber por que hiciste eso? —estalló, abandonando, enfadado, el lecho y tomando su ropa, dispuesto a marcharse.


—¿Adónde vas? —demandó ella. —A mi cama —repuso él, indignado—. Tengo la sensación de que no me quieren aquí… —¡No seas tonto! ¡Vuelve acá, Nicholas Trahern! —le ordenó ella. Nick dejó caer su ropa, y mirando exasperado a Kayla, se rindió: —Está bien, ¡pero no me grites! Con lágrimas en los ojos, Kayla se desplomó sobre la almohada. ¿A qué se deberían esos continuos y repentinos cambios de humor? Nick colgó los pantalones sobre el respaldo de la sil a y regresó a la cama; abrazó con ternura a Kayla, sin decir palabra, tan sólo la consoló, permitiendo que se descargara. En realidad, no le preocupaban demasiado sus variables estados de ánimo; en el libro decía que habría días como esos… aunque personalmente, en lo profundo de su corazón, ansiaba, desesperado, que llegara el día en que podría con sumo gusto y placer deshacerse de ese maldito libro, arrojándolo al primer cesto de basura que encontrara. A pesar de que la idea no le agradaba en lo más mínimo, Nick sabía que debía conceder a Kayla un respiro, una tregua para que el a reaccionara. Sin embargo, su inconsciente lo traicionó. La amaba con toda su alma y había hecho lo imposible para demostrárselo; pero como ella no se daba cuenta de la magnitud de sus sentimientos, pensó que lo mejor sería presionarla de alguna manera. —Kayla, escúchame por favor —le rogó, volviendo hacia él el rostro afligido —. Te lo preguntaré por última vez. ¿Te dejarás de tonterías y te casarás


conmigo? Nick no pudo escoger peor momento para proponerle matrimonio, pues Kayla estaba más segura que nunca de que él amaba únicamente al bebé que llevaba en su vientre. —¡No! —respondió, obstinada. —Muy bien. Entonces no tiene sentido prolongar esta situación. —Resuelto, Nick apartó de sí el cuerpo tembloroso. —¿Qué quieres decir? —preguntó ella, lloriqueando. Nick eludió la mirada cristalina, temiendo que esos puros ojos azules le jugaran una mala pasada, impidiéndole llevar a cabo sus planes. No obstante, si el a hablaba en serio, si en verdad, no tenía la menor intención de casarse con él, sería conveniente terminar la relación cuanto antes, alejándose para no sufrir más después. —Que estoy cansado de pelear, Kayla —confesó, incorporándose en la cama para vestirse—. Saldremos para Arkansas a primera hora de la mañana. Ya que tú Nº Páginas 108-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras estás mejor, no habrá necesidad de que vaya a cuidarte. Como ves, ya no te molestaré más; no volveremos a vernos hasta que nazca el bebé. El corazón de Kayla trepidó, ansioso, ante las frías palabras. —¿De modo que me abandonas y también al bebé? —No; al bebé, no. No te ilusiones, no he cambiado de opinión. Cuando nazca, estoy dispuesto a hacer todo lo que te dije; pero en vista de que tú te niegas tercamente a casarte conmigo, no veo por qué razón debo seguir


rebajándome a tus pies… —Entonces sí la miró, hondamente dolido—. Cuando estés preparada para volver a mí… —¡Eso nunca! —gritó ella, furiosa, sintiéndose traicionada otra vez—. ¡Ojalá me lo hubieras dicho antes, para no haber cometido la estupidez de acostarme con un hombre que…! —Ninguno denigró al otro por eso o, en todo caso, la humillación fue mutua — replicó él, interrumpiéndola; recogió su camisa y se dirigió a la puerta—. Tampoco nadie salió herido —añadió quedamente—. No olvides que nos vamos mañana temprano —le recordó, como despedida. —No te preocupes estaré lista —repuso ella, con orgullo. Él abandonó la habitación dando un portazo. Frustración por frustración, Kayla se echó sobre las sábanas revueltas, pegando puñetazos a la almohada, como si el a fuera la culpable de una situación que, por desgracia, parecía no tener fin… Nº Páginas 109-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras Capítulo 10 —¿Qué color te gusta más? ¿Púrpura o salmón? —preguntó Paula, mientras ojeaba una revista en la que había estado enfrascada toda la tarde.


Kayla la miró un momento y luego volvió los ojos al libro que tenía en sus manos. —Ninguno de los dos, ¿por qué? —Mera curiosidad —respondió Paula, con aire de misterio—. ¿Cuál es tu color preferido? Suspirando, Kayla dejó el libro a un costado, incapaz de concentrarse en la historia. Si había pensado que los primeros meses de su embarazo habían sido difíciles, los últimos resultaron realmente intolerables. A pesar de que ya no sufría malestar ni síntomas desagradables, desde hacía algo más de un mes y medio su vida se había sumido en un vacío agobiante. Después de la discusión en Nebraska. Nick no la había llamado ni pasado por su casa: ni siquiera había tratado de comunicarse de alguna manera para saber cómo se encontraba. Al principio, ella misma estaba tan enfadada como él; pero a medida que transcurrieron los días, monótonos, su enojo había mermado hasta desaparecer por completo, una sensación de soledad y profunda tristeza la abrumaba entonces, sumada a la necesidad de volver a ver a Nicholas. Si no hubiera sido por Paula, no habría sabido qué hacer durante esos eternos dos meses. Olvidando las diferencias entre ambas. Kayla había recurrido a Paula, refugiándose en ella como un animalito herido, con la esperanza de que su amiga la aconsejara o la guiara para decidir cómo le convenía actuar en aquel as circunstancias. Sin embargo, Paula se había abstenido de formular comentario alguno, limitándose a escuchar a su amiga y dejándola que se desahogara y evaluara por sí misma los pro y los contras de su matrimonio con Nicholas Trahern, cosa que Kayla hacía constantemente, si bien no l egaba a ninguna


conclusión. Era ya octubre; con el cambio de mes. Kayla comenzó a mentirse más pesada, con las incomodidades propias de la cercanía del parto. Ahora el bebé no dejaba de moverse, dando pataditas al vientre materno como si ya quisiera nacer; de noche, cuando estaba recostada en su cama, percibiendo y, de algún modo, correspondiendo al único mecanismo de comunicación que utilizaba su hijo, recordaba el rostro radiante de Nick, el día que él también sintió al niño. Estaba tan orgulloso… —Y bien, ¿cuál es tu color preferido? —insistió Paula. —¿Color? ¡Qué sé yo, Paula! ¿Es tan importante? —No… era sólo para hablar de algo —continuó Paula, viva—. ¿Te gusta el azul? —Me da lo mismo —respondió Kayla, encogiéndose de hombros, indiferente. Con esfuerzo, se incorporó del sofá y marchó a la cocina, donde se sirvió una taza de café. Mientras bebía la infusión reconfortante, miraba, pensativa, por la ventana, contemplando el hermoso espectáculo que ofrecían los árboles en esa época del año. El único arce que poblaba el patio enseñaba, altanero, los colores que el otoño Nº Páginas 110-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras pintaba en sus ramas. Aquella había sido siempre la estación preferida de


Kayla, con sus días cálidos y las noches pícaramente frescas. La imagen de Nick volvió a asaltarla… ¿Dónde, estaría entonces? Él se había mantenido fiel a su palabra: le dijo que no iría a verla y no lo hizo; le dijo que esperaría que el a lo buscara y su silencio y su ausencia eran pruebas más que elocuentes de que así sería. Muchas veces Kayla había considerado la posibilidad de ir a su encuentro, pero su amor propio la había detenido. Estaba convencida de que el bebé era todo lo que importaba a Nicholas… Cuando regresó a la sala, vio que Paula se ponía el suéter, preparándose para marcharse. —¿Ya te vas? —preguntó, decepcionada, pensando en que le aguardaba otra noche larga e interminable. —Sí: prometí a Doug que le prepararía una cena decente esta noche. —Paula no pudo evitar reparar en la expresión ansiosa de Kayla—. ¿Por qué no vienes conmigo? —sugirió—, Doug te traería después. —No, gracias, Paula: no tengo apetito. Me haré un emparedado y me quedaré mirando televisión… Paula se acercó a su amiga, y estrechándola con cariño, le dijo: —No sabes cómo me gustaría poder ayudarte. —Sí que lo sé y no tengo más que palabras de agradecimiento por todo lo que ya hiciste —le aseguró, respondiendo a la muestra de afecto. —Lo único que tienes que hacer es ir a verlo —dijo Paula, en tono solemne, mirándola con gravedad—. Es todo lo que quiere, Kayla: un pequeño indicio de que cederás un poco. —Un indicio de que le dejaré al bebé, querrás decir… —acusó Kayla—. Pero no estoy dispuesta a hacerlo, Paula…


—¡Eso no es cierto! —Lo defendió su amiga, meneando la cabeza—. Nick te ama tanto como quiere al bebé. Si no fueras tan obstinada, te darías cuenta. —Te equivocas. Si me amara, no me habría abandonado —contestó Kayla, con una actitud empecinada—. Se habría quedado conmigo hasta que el bebé naciera y… —Y… ¿qué? ¿Te habría suplicado que te casaras con él? Kayla, en serio, hasta que te conoció, a Nick jamás se le hubiera ocurrido pedir una cita a una mujer, a no ser que ella fuera muy, muy especial. Nunca, ¿me oyes? Nunca persiguió a ninguna mujer y mucho menos toleró sus caprichos. Eres tú la única tonta que se niega a ver cuánto ha cambiado. —¿Ha estado… está saliendo con alguien? —Kayla estaba segura de que si así era, Paula lo sabría. —¿Te importaría? —Por supuesto que me importaría —estal ó Kayla; después, recuperando el control, agregó—: quiero… quiero que sea feliz. —Entonces déjate de tonterías y cásate con él —dijo Paula, con decisión, tomando las llaves del automóvil y dirigiéndose a la puerta—. Seguramente Nº Páginas 111-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras esperarás hasta el último minuto, obligándolo a que se case contigo en la sala de partos… ¿Recuerdas ese filme de Doris Day? ¿La escena en la que a la protagonista la l evaban corriendo a la sala de partos y el pastor iba detrás, bendiciendo la boda de la madre con el padre del niño? —evocó, con una carcajada. —Sí, me acuerdo… —contestó Kayla, esbozando una sonrisa—. Pero esas cosas sólo ocurren en los filmes, Paula; yo elegiría un momento mucho mejor para


casarme que cinco minutos antes que nazca el bebé… —Pues apúrate, porque no falta mucho para diciembre —le previno Paula—. A propósito, ¿sabes que me gusta cómo te queda ese vestido? ¿Qué color es? Kayla observó su atuendo, al que no consideraba nada extraordinario. —Verde botel a, supongo… —Es lindo… ¿A ti te gusta? —¡Paula! ¿Por qué me preguntas tanto si me gusta tal o cual color? —Por nada… Sólo quería saber. ¿Te gusta o no? —insistió. —¡Sí! —Estupendo… Te llamaré más tarde, querida. —Paula le arrojó un beso con la mano y se marchó. Transcurrieron otras dos semanas interminables durante las cuales Kayla continuó luchando por esclarecer sus sentimientos con respecto a Nick. Oír que el teléfono sonaba, cierto jueves a la noche, representó un inmenso alivio para el a, en medio de la cotidiana monotonía. Casi se cae del asombro, cuando al levantar el auricular, escuchó una voz muy conocida. —¿Hablo con la joven más bonita del mundo? —¿Tony? —Sí, Tony. ¿Te sorprende que te l ame? ¿Que si la sorprendía? No era ese precisamente el término apropiado. Era mucho más que sorpresa, pues la voz de Tony removía un pasado en el que no había pensado desde hacía meses…


—¿De dónde hablas? —preguntó, con una carcajada nerviosa. —Estoy aquí, en la ciudad, de paso, en viaje de negocios. Llegué esta mañana. Kayla, ¿aceptarías una invitación para tomar algo conmigo? —No sé, Tony… —titubeó ella, pensando en su esposa. —Si es por Maggie, no te preocupes —adivinó él—. Le dije que la primera persona a quien l amaría serías tú y estuvo de acuerdo. Me encantaría verte, Kayla… —Podría ser… ¿dónde estás? —En un bar cerca del aeropuerto. Espera un minuto. —Aunque tapó con la mano el auricular, Kayla lo oyó preguntar dónde estaba—. Mira, mejor dime tú donde podemos encontrarnos. Este no es precisamente un lugar digno para una dama. Nº Páginas 112-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras Kayla se echó a reír. —Está bien. —Después de darle el nombre de una famosa confitería, acordaron encontrarse en una hora. Cuando colgó, Kayla no pudo evitar preguntarse por qué la había llamado. Le resultaba sumamente extraño, pues desde que rompieron, no había tenido una sola noticia de Tony; ni siquiera sabía dónde vivía. Era obvio que él la había buscado y averiguado que se había trasladado a Little Rock.


Una hora más tarde dejó el automóvil en el estacionamiento privado de la confitería y se dirigió al lugar, tenuemente iluminado; ansiosa, miraba a uno y otro lado, rogando que Tony hubiera llegado antes que el a. Él estaba al í; en seguida, se le acercó para estrecharla en un caluroso abrazo. —¡Vaya! ¿Pero qué veo? —exclamó Tony, reparando en la figura rolliza. Kayla sonrió, ruborizada. —Estoy un poco más gorda, ¿no? —¡Un poco! ¿Cuántos niños tienes ahí adentro? —bromeó Tony, rodeándola con su brazo para conducirla hasta la mesa que había reservado. Kayla no pensó nada en particular de la deferencia de Tony, pues él siempre había sido considerado y atento con las mujeres. —Creo que sólo uno, aunque es algo grande… —contestó, suspirando, en tanto se sentaba en la silla que galantemente le habían corrido. —Estás muy linda… —apreció él, los ojos resplandecientes de genuina alegría —. ¿Cuánto hacía que no nos veíamos? —Mucho —comentó Kayla, pensativa—. ¿Cómo están Maggie y el niño? —Muy bien, Maggie, cada día más bonita y Tony, cada vez más parecido a su padre —señaló, satisfecho, mientras buscaba en el bolsil o una fotografía de su hijo. Pasaron los cinco minutos siguientes mirando fotografías del prodigio que, según su padre, era todo un experto en travesuras.


—Dime si no es el niño más hermoso del mundo —observó, consciente a que su orgullo de padre lo traicionaba. —Sí, es un bebé muy lindo —le aseguró Kayla—. Te veo muy feliz, Tony. —Sí, lo soy —confesó él—. Creo que más de lo que merezco. Ella le estrujó la mano. —Me alegro mucho… —Esa es la razón por la que quería verte, Kayla. Maggie sabe que nunca dejé de sentirme mal, culpable, por lo que sucedió con nosotros. Yo necesitaba asegurarme de que eras tan feliz como yo; por eso es un alivio tremendo para mí verte así, casada y esperando un hijo. ¿Quién es el marido afortunado? ¿Lo conozco? —El marido afortunado… —La omnipotencia que Kayla había demostrado hasta ese momento, no sólo con Tony, se hizo añicos ante la pregunta de él. La mortificaba expresar lo que realmente sentía, o incluso echarse a llorar justo delante de su exnovio pero era inevitable… Nº Páginas 113-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —Perdona —murmuró, buscando a tientas un pañuelo dentro de su bolso. Sus lágrimas, tramposas, no le concedieron tiempo; gentilmente Tony le ofreció el suyo, mientras decía: —Mmmm… me parece que las cosas no están tan bien… —No, no es eso… No sé por qué se me da por l orar últimamente —se quejó, aspirando por la nariz, para contener las lágrimas—. Espero que no pienses que estoy loca.


—En absoluto. Maggie estaba tan sensible que lloró casi todo el embarazo. Cuando por fin tuvo el bebé, me sentí tan feliz que por poco salto y grito de la alegría —comentó, procurando consolarla, en tanto la ayudaba a enjugarse las lágrimas —. Te hará bien beber algo fuerte. —Con un gesto. Tony indicó al camarero que se acercara y le pidió una copa de vino blanco—. Quieres contármelo — sugirió luego—. Sé que es perfectamente normal que una mujer l ore cuando está embarazada; pero por lo general, existe una causa —añadió, presintiendo que en realidad había un motivo. Tony siempre había sido una persona a quien agradaba escuchar; de modo que fue sencillo para Kayla abrirse y referirle la historia de lo ocurrido esos siete meses. Le habló de su amor por Nick y de la frustración que significó para ella que le mintiera. Tony aún sabía escuchar, de modo que la dejó descargarse, interrumpiéndola sólo ocasionalmente para formular alguna pregunta acerca de uno que otro detalle. Una hora después, Kayla todavía continuaba lloriqueando, aunque sentía que le habían quitado un enorme peso de encima. Había resultado una terapia maravillosa contar sus problemas a otra persona, aparte de Paula; porque si bien su amiga se había portado como una santa, su actitud era muy parcial, pues estaba en


todo de acuerdo con Nick. —Bien, al parecer, la cuestión se resume en lo siguiente: o te casas con este hombre y das a tu hijo un apellido o sales adelante sola, como una madre soltera — redondeó Tony, unos minutos más tarde. —No exactamente. El problema es que Nick desea casarse conmigo sólo por el bebé y yo porque… —Porque lo amas. ¿Correcto? —Sí —asintió Kayla, mientras se sonaba la nariz. —Creo que, en verdad, te ama —razonó Tony—. No muchos hombres hubieran dejado de lado su mundo para cuidar a una mujer que está enferma… —Tú lo habrías hecho —le recordó Kayla—. Cuando supiste que Maggie estaba embarazada, me dijiste que no la amabas y, sin embargo, te casaste con el a. Como Nicholas, te sentías responsable por la criatura… Nervioso, Tony jugaba con la servil eta sobre la que estaba apoyada su copa. —Entonces estaba muy enamorado de ti, Kayla, y es cierto, tenía que escoger entre el amor y la responsabilidad; pero jamás me arrepentí de la decisión que tomé. Maggie es una mujer maravillosa y ahora mis sentimientos hacia ella cambiaron. La amo profundamente y soy muy feliz a su lado. Lo único que enturbiaba nuestra dicha


era que tú hubieras quedado destruida. Nº Páginas 114-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —No sé si fue así —lo tranquilizó Kayla—. Al principio fue duro, pero cuando conocí a Nick… —Descubriste que el amor puede llegar de diversas maneras… —Sí —susurró el a. —Dime, este tal Nicholas… ¿por casualidad mide algo así como un metro ochenta y tiene el cabello rubio? —preguntó Tony, de pronto. Kayla alzó la vista, sorprendida. —Sí, ¿por qué? —Porque a menos que me equivoque, que no creo, entró hará unos diez minutos con otros dos hombres y ha estado sentado en el bar, sin quitarnos los ojos de encima —respondió Tony, sorbiendo su trago con absoluta naturalidad. Como un rayo, Kayla se volvió hacia el lugar de supuesta vigilia, donde se encontró con unos ojos grises, con una expresión nada halagüeña. —¡Dios mío! ¡Es Nick! —balbuceó, escondiendo la cabeza, turbada—. Espero que no me haya visto. —¿Que no te haya visto? Si no ha dejado de mirarte desde que atravesó esa puerta. —Iré al lavabo —se le ocurrió entonces, rogando que para cuando regresara, Nick ya se hubiera marchado.


Como un caballero, Tony se puso de pie cuando el a se incorporaba, para atravesar —presurosa— el salón tenuemente iluminado. El lavabo estaba en el otro extremo; por suerte, bastante lejos del bar. Veinte minutos más tarde, ya no le quedaban excusas para permanecer allí; se había peinado y aplicado tanto rubor que la encargada del lavabo comenzó a observarla con cierta perspicacia, considerándola algo excéntrica. Salió casi en puntas de pie, asomando la cabeza para ver si había moros en la costa. Suspirando, aliviada, advirtió que la silla que ocupaba Nick estaba vacía. —¿Busca a alguien, señorita Marshall? —la sorprendió una irritada voz masculina. Kayla se volvió. —¡Nicholas! Pensé que te habías ido… —Pues te equivocaste. ¿Quién es ese hombre? —le preguntó, sin rodeos. —No es asunto tuyo —replicó el a, intentando alejarse. ¿Quién se creía que era? Luego de todas esas semanas de ausencia se tomaba el derecho de reaparecer así, de pronto, y además, exigirle que diera cuenta de las personas que la acompañaban. Él frustró su intento. —No; no te escaparás, Kayla. —La tomó, del brazo y, con brusquedad, la llevó hasta un rincón más oscuro; apoyando ambos brazos sobre la columna, apresó a Kayla contra la pared—. ¿Quién es ese hombre? —Tony —contestó ella, tratando de no hacer caso de lo cerca que estaba él, embriagándola con el aroma intenso de la loción para después de afeitar. Nº Páginas 115-122


Lori Copeland – Odio tus mentiras —¿Tony? —Nick frunció el ceño, procurando ubicar al intruso. Apenas unos segundos más tarde, una mezcla de tristeza, rabia e incredulidad desterró de su rostro la expresión de desconcierto—. ¿Tony? El canal a con el que estuviste comprometida… —Exacto. ¡Ahora, por favor, apártate de mi camino! —Kayla empujó, infructuosamente, el cuerpo fuerte. —¿Se puede saber qué estás haciendo con él? —preguntó Nick, capturando en una sola mano las muñecas inquietas. —No tengo por qué darte explicaciones acerca de a quién veo o dejo de ver — replicó ella, abandonando el forcejeo por un instante, si bien todavía continuaba enfadada. —¡Eso te crees tú! —rebatió él—. Vamos, dime, ¿qué quiere ese mequetrefe? ¿No estará buscando reconciliarse contigo en el estado en que te encuentras? —¡Me haces daño, Nicholas! —murmuró ella, entre dientes—. Suéltame, por favor… Él luchaba con denuedo por sobreponerse a su ira; muy, muy lentamente, liberó a su presa que estaba más que sorprendida por el arrebato intempestivo, pues nunca lo había visto tan enojado. Al contrario, Nicholas era una persona con un carácter bastante estable… Al menos hasta entonces… —Muy bien, Kayla, antes de que pierda totalmente mi paciencia, quiero que vayas hasta la mesa y digas a ese tonto que se vaya, ¿está claro? —¡Estás loco! No pienso decir a Tony que… —Entonces lo haré yo. —Nick se volvió, decidido, hacia la mesa que


ocupaba Tony, que espiaba la escena con cierto disimulo. —¡No! —Kayla lo detuvo, tomándolo de la parte inferior de la chaqueta—. Si vas tú, armarás un escándalo… —¿Cómo adivinaste? —admitió él—. Kayla, por última vez —insistió, con el tono imperativo de una orden—, irás ahora mismo hasta la mesa y dirás a Tony que lo lamentas mucho, pero que te tienes que ir… —Si crees que te daré el gusto… —Es necesario que hablemos —la interrumpió Nick, con firmeza, en tanto se acomodaba la chaqueta con ademanes exagerados—. Haz lo que te digo, por favor. Yo te esperaré afuera. ¡Ah! Y no intentes nada raro —le advirtió—, porque no estoy dispuesto a tolerar más chiquilinadas. Luego de ofrecer a Tony una disculpa, Kayla le explicó qué sucedía y se despidió, diciéndole que le encantaría verlo en otra oportunidad para saber más acerca de Maggie y el bebé. Tony le aseguró que no habría inconveniente para que así fuera y le deseó suerte con Nick. Riendo nerviosa, Kayla pensó que en verdad la precisaría, pues si Nick seguía de tan mal humor, seguramente le aguardarían momentos muy, muy desagradables… Al salir de la confitería, sintió frío; se puso entonces la chaqueta ligera de lino, que había l evado, cuando vio acercarse la Ferrari, que se detuvo abruptamente cerca de la acera. Nick se inclinó para abrirle la puerta y, con un gesto austero, le indicó que subiera.


Nº Páginas 116-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —Tengo el automóvil aquí —protestó ella, cuando él la impulsaba hacia el interior del vehículo. —Más tarde enviaré a alguien a buscarlo —replicó Nick, en tanto se alejaban a toda prisa. Las ruedas, furiosas, chirriaron en el pavimento. Durante cinco minutos no se dirigieron la palabra. La luz que irradiaba el tablero de instrumentos se reflejaba en el rostro de Nick, con un halo casi siniestro que atemorizó a Kayla, quien, no obstante, reuniendo coraje, decidió iniciar la conversación. —¿De qué querías hablarme? —le preguntó con el mayor aplomo posible, procurando no encender, al menos todavía, el reguero de pólvora. —¿Por qué saliste con Tony? Ella suspiró, exasperada. —Porque me llamó para invitarme a tomar un café. ¿Cómo supiste que yo vendría a este lugar? —No lo sabía —se defendió él—. Fui con unos clientes de la empresa y te vi; pero no tenía la menor idea de que tú estarías allí, con tu… noviecito. —¡Por el amor de Dios, Nicholas! Él no es mi novio. Está casado y es muy feliz en su matrimonio —le explicó Kayla, pacientemente, perdiendo de pronto toda intención de pelear con él. Estaba tan contenta de estar a su lado que no deseaba desaprovechar el tiempo, discutiendo. —¿Ah, sí? ¿Por qué te invitó a salir entonces? —demandó Nick furioso, descargando su ira en la palanca de cambios—. Si es tan feliz como dice, ¿por qué


no vino con su esposa? —¡Qué sé yo! Habrá preferido quedarse en casa. Tony está aquí en viaje de negocios y, según me comentó, su mujer sabía que me llamaría. ¿Adónde vamos? —preguntó, en tanto Nick maldecía al conductor de un automóvil al que tuvo que esquivar. —Te llevo a tu casa. —Gracias, pero no quiero ir a casa. Tony y yo conversábamos… —No me interesa lo que hablabas con… Tony. ¿Cómo crees que me sentí, cuando entré y te vi sentada con él? —No pienso que hayas sentido nada, porque yo no te importo —replicó, herida. —Te equivocas… Me importas mucho —le dijo él, casi a gritos. —Claro… olvidaba que soy la madre de tu hijo; pero no te inquietes, Nick, el bebé está muy bien. —Lo sé; hablo con el doctor Walters todas las semanas —le informó Nick. —¿En serio? —Kayla lo miró con incredulidad—. ¿Por qué? —Para mantenerme al tanto de cómo siguen tú y el bebé. ¿Por qué otro motivo habría de l amarlo? La confesión sorprendió sobremanera a Kayla; después de todas esas semanas de alejamiento, lo que menos esperaba era que él se hubiera preocupado por el a. Nº Páginas 117-122


Lori Copeland – Odio tus mentiras —Además, me enteré de que no estás bebiendo toda la leche que deberías — la reprendió con severidad, virando bruscamente para evitar otro vehículo. —¿El doctor Walters te lo dijo? ¡Nick, conduce más despacio, por favor nos estrel aremos! —suplicó, alarmada. —No, fue Paula —respondió él, alzando también la voz, sin hacer el menor caso del ruego de ella. —¡Paula! ¡Siempre Paula! —Kayla elevó las manos al aire, disgustada. El motor, exigido, soltaba su ronroneo, cuando —de pronto— Nick apretó a fondo los frenos, con lo que el automóvil se detuvo abruptamente, en medio de chirridos de protesta—. Ya es suficiente, Kayla; estoy harto de esta situación. He aguardado pacientemente durante siete largas e intermites semanas que razonaras con cierta lógica, pero es obvio que he fracasado… Ella estaba a punto de responder, cuando una mano fuerte se cernió sobre su boca, obligándola a callar su protesta. —¡Ah, no! Esta vez serás tú quien me escuche —declaró Nick, con firmeza —. Kayla, te he pedido que te cases conmigo; te lo he suplicado; he esperado pacientemente que aceptaras… y para serte sincero, estoy bastante cansado de pedir, suplicar y esperar pacientemente, sin ningún resultado. En una palabra, estoy harto de tener contemplaciones contigo. Quiero que vayas a tu casa, prepares una maleta, tomes un taxi y vengas para la hacienda. ¿Por qué te pido que vengas en taxi y no te l evo yo? Porque, aunque no sirva de mucho, me queda el


consuelo de que, en cierta forma, viniste a mí. Aunque sea presionada, no importa; pero es por orgullo, ¿sabes? Jamás en mi vida me puse de rodillas ni me arrastré por una mujer, si bien en estas circunstancias, por ti lo haría, si supiera que con mi actitud consigo algo. Sé que no me crees, que piensas que lo único que me importa es el bebé; pero te aseguro que más errada no puedes estar. Es cierto, quiero a este hijo, Kayla; pero más te quiero a ti… Y te advierto que es la primera vez en mi vida que digo algo así a una mujer. —Los ojos grises poseían una expresión solemne que ratificaba la sinceridad y gravedad de sus palabras—. Me gustaría que recordaras lo que hablamos la última noche que estuvimos juntos, antes que comenzara esta parodia. Entonces sabrás que hubo algo más trascendente que la mentira que te atormentó, y es una hermosa verdad. Piensa, Kayla; es importante. Y cuando lo recuerdes, toma un taxi y ven a mí; yo te estaré esperando. Con la otra mano, le abrió la puerta; después, la dejó en libertad. Desorientada, Kayla permaneció de pie, envuelta en la fresca oscuridad de la noche. Al ver desvanecerse el haz de luz de la Ferrari reparó en que Nick se había marchado y en que había quedado sola en la puerta de su casa.


Su mente comenzó a considerar cada una de las palabras… ¿Qué le había dicho él esa última noche, antes que ella descubriera su verdadera identidad? Entró al apartamento a oscuras y, sin encender las luces, se sentó en el sofá, para meditar con tranquilidad sobre lo que había sucedido seis meses atrás. Ese día había ido a ver a Paula a la oficina; almorzaron juntas y hablaron de Franklin. Después, salió de compras, porque quería estar más linda que nunca, esa noche, cuando se encontrara con su novio. Él la l evó a cenar y luego volvieron a su casa e hicieron el amor. Estuvieron juntos, abrazados, como siempre, y entonces él le pidió que se escaparan por unos días, solos, no bien regresara el lunes. Kayla recordaba los besos, los susurros… hasta la seriedad de los ojos grises, cuando Nick la tomó de la Nº Páginas 118-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras barbilla y murmuró… Kayla parpadeó para evitar las lágrimas prontas. Él le había confesado que… Una hermosa sonrisa iluminó su rostro cuando se incorporó del sofá para ir corriendo hasta el dormitorio a empacar. Estaba oscureciendo ya cuando el taxi atravesó la puerta que señalaba la entrada a la Finca de los Trahern y siguió, camino a la casa. Una luna llena, símbolo de buen augurio, irradiaba su luz bienhechora sobre los pastizales fértiles.


Cuando el conductor del taxi bajaba la maleta, Kayla le pagó por sus servicios. La casa estaba completamente a oscuras, salvo por el resplandor tenue de una lámpara encendida en el fondo, donde Kayla sabía que Nick la estaría esperando. Mientras el taxi se alejaba, el a se acercó a la puerta y golpeó suavemente; como nadie respondió a la l amada, intentó abrir, con lo que descubrió que no habían puesto llave. Entró, sin hacer ruido, alentada por la certeza de que sería muy bien recibida. Al fin y al cabo, ése era ahora su hogar… Tranquila, recorrió la casa en penumbra, guiada por la luna cómplice, cuyos rayos platinados burlaban las ventanas. En la distancia, veía la luz que provenía del cuarto en el que estaba Nick. Cuando abrió la puerta, los débiles rayos acariciaron su silueta y el duende del amor, cual ángel guardián, l enó su corazón. Nick estaba de espaldas, mirando por la ventana. Al sentir los pasos familiares, se volvió; tenía una copa de whisky en la mano. La otra, libre, la tendió a la tierna visita, cuya figura había reconocido con una mirada ansiosa. Ella se acercó lentamente, disfrutando del placer de una cálida bienvenida. —Te estuve esperando —le dijo él, con voz suave, eco de un profundo amor. —¿Mucho tiempo? —preguntó el a, la voz entrecortada de emoción. —Toda mi vida —confesó él. —Bien, aquí estoy. —Donde perteneces; donde siempre debiste estar. Ella asintió. Los ojos se convirtieron entonces en el elemento elocuente de la


comunicación; los enamorados se devoraron con la mirada, saciándose tras la distancia, recuperando en un instante todo el tiempo que no se habían tenido. Sólo el quejido frágil del fuego que ardía en el hogar quebraba el silencio de la habitación. —¿Te acordaste de lo que te dije aquella noche? —inquirió él, impaciente. —Sí —repuso ella, sonriendo—; ahora lo recuerdo. Lo había olvidado, ¿sabes? Había olvidado esa noche y lo que me dijiste entonces. —Eso pensé —observó él—. ¿Quieres refrescarme la memoria? —No me digas que tú tampoco te acuerdas —bromeó ella, echándole los brazos al cuel o. —Jamás podría dejar de tenerlo presente, dado que tú eres la única mujer a la que se lo he confesado. —Nick inclinó la cabeza y rozó levemente los labios femeninos. Pero quiero escucharte decirlo. —Dijiste que… que me amabas. Dijiste que recordara siempre que me amabas con todo tu corazón… —¿Y me crees? Porque si no es así, entra en ese cuarto: allí te espera una enorme cama de matrimonio, con cabecera de raso… como te gustaba. En el a, Nº Páginas 119-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras estoy dispuesto a demostrarte cada una de mis palabras —le ofreció, en una tentadora insinuación. —Tengo la firme intención de pasar todo el tiempo del mundo en esa cama —le aseguró el a—, pero antes me encantaría escucharlo otra vez.


—¿Qué? ¿Que te amo? —Sí —respondió ella, tímidamente, sintiendo cómo se agitaba su respiración cuando él deslizó la mano bajo la blusa y le desprendió el sostén. —¡Vaya que están creciendo! —bromeó Nick, cubriendo con sus manos los voluptuosos tesoros que había descubierto—. Veamos, ¿de qué estábamos hablando, antes que tú me distrajeras? ¡Ah, sí! De que querías que te dijera que te amo… —¿Te molesta mucho repetirlo? —preguntó ella, feliz. —En absoluto. En realidad, pensaba decírtelo todos los días, sin saltear uno, durante los próximos cincuenta años. Te amo, Kayla; te amaré por el resto de nuestras vidas. Ella se apartó un momento para inspeccionarle críticamente la nariz. —¿Qué sucede? —Nada; sólo estaba viendo si te había crecido como a Pinocho —sonrió, inocente, y volvió a rodearlo con los brazos. —No creo que mi nariz haya aumentado de tamaño; pero, si fuera tú, no confiaría en otra parte de mi cuerpo —confesó él, con una sonrisa, antes de capturar sus labios en un beso encendido de pasión. Cuando se separaron, unos instantes después, Nick se inclinó para alzarla en brazos y llevarla al dormitorio, deseoso de gozar cuanto antes de la intimidad. —Hay algo que me gustaría saber, antes de cumplir mi palabra de demostrarte todo cuanto te dije y que he tratado de que comprendieras durante estos largos siete meses, ¿estás segura de que no son mel izos?


—Sí… —rió el a, dichosa, apoyando la cabeza en el hombro protector—. Aunque quizá la próxima vez no tengamos tanta suerte. —Yo me conformaría con cinco o seis —contestó Nick—; pero, claro, teniendo en cuenta lo mala y agresiva que te pones cuando estás embarazada, creo que sería mejor tener mellizos dos veces. Kayla se encogió de hombros, mientras, con dulzura, acercaba su boca a la de él. —Son las hormonas… le recordó. Nick la recostó con delicadeza sobre el lecho expectante y comenzó a desabrocharse la camisa. El solo ver ese pecho ancho, cubierto de rizados vellos, bastó para que Kayla temblara, débil y frágil. —Ahora, hablando en serio, Kayla, quisiera decirte algo, para dar por terminado el tema y no volver a tocarlo nunca más. Siento mucho que nuestra relación se iniciara con una mentira, pero te prometo que no habrá más engaños entre nosotros. Creo que ya tuve bastante castigo cuando, en las noches de Nº Páginas 120-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras insomnio, no dejaba de pensar que por una estúpida equivocación podía perder todo lo que habíamos construido. Sé que no será fácil para ti olvidar y superar aquel a etapa, pero te aseguro que haré lo imposible para no defraudar esa confianza que hoy empiezas a tener en mí. Luego de despojarse de la camisa, de los pantalones y de su ropa interior, Nick miró a Kayla con ojos encendidos de pasión; expresión que ella correspondió, pues el fuego del deseo era mutuo. Ella deslizó sus manos por las piernas desnudas


de su hombre, maravillada de que un amor tan grande, infinito, pudiera caber en el espacio reducido de su corazón. —Te creo —contestó, con sinceridad—. Además, si te atrevieras a mentirme otra vez, Nicholas Trahern, te juro que te arrancaré la cabeza. —Muy bien, ahora que todo está arreglado, ven acá —susurró él, con voz ronca, en tanto se acostaba junto a ella y la rodeaba con sus brazos fuertes—. A propósito —comentó, apoyándose en los codos y mirándola de manera angelical —, ¿te dije que nos casamos pasado mañana? Kayla sonrió. —Sería lindo, pero imposible, Nick. No puedo tener todo listo en tan poco tiempo. Él enredó su dedo distraídamente en la punta de un rizo rubio, como una criatura que está a punto de confesar una travesura y, aclarándose la voz, tentó el terreno. —Mi amor, no te enojes, pero tengo que contarte algo. Kayla entrecerró los ojos, en actitud de sospecha. —¿Qué? —Mira, yo… yo siempre supe que… alguna vez te casarías conmigo y, como se nos va el tiempo… No deseaba que para irnos de luna de miel debiéramos contratar antes a una persona para que cuidara de nuestro hijo, entonces… — le explicó, con cierta timidez. —¿Entonces, qué? —insistió Kayla, sentándose en la cama y mirándolo con desconfianza.


—Entonces… Paula y yo… Claro que puedes cambiar lo que quieras, salvo el color de los vestidos de las damas de honor, porque ya han sido confeccionados. La torta y las flores están encargadas y hemos hecho también los trámites para la iglesia, pero todavía puedes escoger la música para la ceremonia. Paula no tiene que dar una respuesta definitiva al respecto hasta mañana a las diez. Kayla lo escuchaba, boquiabierta. —¿De modo que planeaste nuestra boda, sin siquiera consultarme sin saber si yo aceptaría? —Mi amor, te repito, no te enojes; pero estaba seguro de que de una forma u otra nos casaríamos. Te quedaban exactamente treinta y seis horas para decidirte; si no, yo habría ido a buscarte para llevarte a la fuerza a la iglesia y nos habríamos casado con esa ridícula carpa de circo que te empeñas en usar declaró con determinación—. Paula y Doug estaban dispuestos a ayudarme. Nº Páginas 121-122 Lori Copeland – Odio tus mentiras —¿Y el traje de novia? —protestó Kayla, sorprendida de que él hubiera l egado a tales extremos para organizar la boda. —¡Ah, es hermoso! Te encantará —le aseguró, preparando con sus besos la rendición de ella—. No te resistas, Kayla; te amo y quiero que nos casemos el sábado a las dos en punto de la tarde. —¡Tú! ¡No puedo creerlo! —exclamó el a, con ternura. —No sé de qué te extrañas. Te dije que puedo ser muy obstinado cuando quiero conseguir algo. Y jamás quise nada tanto como a ti —susurró, con voz


cargada de emoción—. No estás enojada, ¿verdad, mi vida? Le l evó muy poco tiempo convencer a Kayla de que aceptara la boda… Apenas unos minutos después, Nick apagaba la luz de la lámpara sobre la mesa de noche, dado que la pasión que enfervorizaba los cuerpos relegaba, por el momento, todo lo demás. —Nick… —murmuró el a, en los mismos labios de él—. Por casualidad, ¿los vestidos de las damas de honor son de color verde botella? —Sí —respondió, respirando agitado—. ¿Por qué? —Por nada. —Kayla reprimió su enojo, concentrándose sólo en el hombre que tenía en sus brazos y que tanto la excitaba. Sin embargo; muy, muy escondida en su mente, una vocecita alegre y traviesa gritaba a todo pulmón: "Paula, eres una embustera tramposa, una traidora entremetida, una amiga maravillosa". Fin Nº Páginas 122-122

Odio tus mentiras lori copeland  

RESEÑA: Cuando Kayla Marshall conoció a ese vendedor tímido y gentil, supo que había hallado al hombre de su vida. Franklin, inexperto y par...

Odio tus mentiras lori copeland  

RESEÑA: Cuando Kayla Marshall conoció a ese vendedor tímido y gentil, supo que había hallado al hombre de su vida. Franklin, inexperto y par...

Advertisement