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Novia por equivocaciĂłn Kate Walter Argumento Sean Gallagher se negaba a pasarse la noche buscando a Annie Elliot, la ex prometida de su hermano, a la que ni siquiera conocĂ­a. Pero su hermano estaba perdidamente enamorado de ella y necesitaba que Sean la encontrara para


intentar arreglar las cosas. Leah Elliot, que volvía a casa a pasar la Navidad en el coche de su prima Annie, se precipitó en la cuneta. Sean la rescató y la llevó a su casa de campo mientras esperaban a que pasara la tormenta. Al cabo de un rato, sin embargo, la gratitud de Leah se transformó en asombro: no entendía por qué aquel hombre se mostraba tan hostil hacia ella; para colmo, sabía su apellido y estaba al tanto de que tenía problemas en su vida amorosa. Hasta que, de repente, sin mediar palabra, la besó… Novia por equivocación (2001) Título Original: Fiancee by mistake Editorial: Harlequin Ibérica Sello / Colección: Jazmín 1572 Género: Contemporáneo Protagonistas: Sean Gallagher y Leah https://www.facebook.com/novelasgratis CAPÍTULO 1 Sean Gallagher vio el coche al tomar la curva. Lo vio y lo reconoció enseguida, era el que estaba buscando. Un Renault plateado, como le había dicho Pete. Allí estaba, justo delante de él, cuando, después de dos horas, estaba a punto de abandonar la búsqueda. –¡Ya te tengo! –musitó. Después de todo, la señorita Annie Elliot no había logrado escapar. Al cabo de un instante, sin embargo, su humor dio un giro de ciento ochenta grados. El viento cesó por un momento y reveló lo que hasta entonces le


ocultaba un denso remolino de nieve. Pisó el freno con más fuerza de la que habría sido prudente, dadas las condiciones de la calzada. –¡Maldita sea! Concentrándose de nuevo en la conducción, controló su potente coche y aparcó en el arcén. Solo le faltaba hundirse en la nieve, como la mujer a la que acababa de encontrar. Probablemente, el coche de la señorita Elliot había patinado sobre el hielo y se había salido de la carretera, lo que no era de extrañar teniendo en cuenta lo estrecha y ondulada que era aquella ruta y la tormenta de nieve que se había abatido de repente sobre la zona, la peor que él recordaba. Pero aún más probable era que fuera demasiado deprisa, impaciente por poner tierra de por medio entre ella y el gran lío que había dejado atrás. Sean bajó del coche y se subió el cuello del abrigo para resguardarse del gélido viento. Era evidente que aquella mujer no podía concentrarse en la carretera, su mente debía de estar ocupada con el hombre por el que había dejado plantado a Pete. En fin, el caso era que la mala suerte de ella le había venido bien, o, mejor dicho, le había venido a Pete. A él personalmente le daba lo mismo encontrarla, pero una promesa era una promesa y… El curso de sus pensamientos se interrumpió ante la idea de que pudiera ocurrir algo que ni Pete ni él habían previsto. ¿Y si estaba gravemente herida o algo peor? Con la cabeza inclinada para protegerse del viento, se abrió paso hacia el


Renault tan deprisa como pudo, resbalando sobre la superficie helada de aquella carretera apartada. –¿Está bien? ¿Necesita ayuda? Debían de ser las palabras más hermosas del mundo, se dijo Leah sin salir de su aturdimiento, lo malo era que la cabeza aún le daba vueltas y todavía no la había abandonado la sensación de pánico. Aquellas palabras, ¿serían reales o producto de su imaginación? –¿Está bien? ¿Necesita ayuda? –escuchó, sin atreverse a abrir los ojos. La voz sensual de aquel hombre le sonó como la voz de un salvador. –¿Está herida? Corregido por SCC


2 https://www.facebook.com/novelasgratis Leah revisó mentalmente todas las partes de su cuerpo: piernas intactas; ¿brazos?, lo mismo, aunque sentía un agudo dolor en un codo y otro, menos intenso, en los hombros. Pero, afortunadamente, estaba entera. A menos que… Abrió los ojos súbitamente, unos ojos de color violeta que se concentraron en su propio reflejo en el espejo retrovisor. No. Afortunadamente, el cálido reguero que sentía sobre su mejilla no se debía a la sangre, sino a una lágrima, a una única lágrima que probablemente no era más que resultado del golpe y la desorientación. –¿No puede responderme? –dijo el hombre, con una mezcla de interés, preocupación e impaciencia. Aquellas palabras sirvieron para despertarla, para devolverla a la realidad. – Lo siento… Las palabras se ahogaron en su garganta y se sumió en el silencio al ver a su rescatador. –Yo… Santo Dios, después de todo quizás sí fuera presa de alucinaciones. Los caballeros andantes no existían y, desde luego, no en una figura tan sensual. No, no era posible, aquel hombre no podía ser real.


–Sí, sí, claro que sí –dijo, tras grandes esfuerzos, girando la cabeza–. Estoy bien. Aquel hombre tenía unos rasgos duros, bien definidos: pómulos marcados, nariz recta, boca firme, unos ojos asombrosamente azules y el cabello negro. El espectacular efecto de aquel maravilloso perfil quedaba realzado por la imponente altura y envergadura de su cuerpo, que llenaba el marco de la puerta. Pero lo verdaderamente perturbador era la identidad del poseedor de aquellos rasgos. Porque ese rostro y aquel cuerpo poderoso solo podían pertenecer a un hombre en concreto, y era la identidad de aquel hombre lo que hacía que Leah se preguntara si estaba en su sano juicio o bajo los efectos alucinógenos del accidente. –¡No! Sacudió la cabeza, luchando por librarse de aquella visión atormentadora. Ni en sus sueños más atrevidos se había atrevido a fantasear con la idea de toparse con Sean Gallagher. Era la estrella de moda de la televisión, el hombre cuya aparición semanal en una serie de enorme éxito reunía ante el televisor a todas las mujeres de Gran Bretaña. –¿No? –preguntó el rescatador–. ¿Qué quiere decir? ¿«No, no me pasa nada» o «No, no estoy bien»? Por todos los santos, ¿es que no puede decir dos frases seguidas?


–¡Claro que puedo! Corregido por SCC


3 https://www.facebook.com/novelasgratis Enfadada por aquella rudeza, Leah reaccionó por fin. Al parecer, el impresionante físico de Sean Gallagher no se correspondía con la bondad de su temperamento. –Sí, estoy bien. No, no me pasa nada, al menos eso creo. Pero como todavía no he tratado de salir del coche, la verdad es que no puedo afirmarlo. ¿Le parece respuesta suficiente o prefiere seguir interrogándome? –A la vista de esta demostración de carácter, me parece evidente que no está usted herida; al menos, no de gravedad –ese rasgo de humor tuvo un efecto casi tan devastador sobre Leah como el de la sonrisa de Gallagher sobre la rendida audiencia femenina de la serie de televisión–. Y no haré caso del tono con que ha dicho la palabra «interrogar». –¿Que no hará caso? –espetó Leah con un resoplido–. Puede que sea usted como un regalo de Dios para el resto del género femenino, como dicen las revistas, pero, por lo que a mí respecta, me resulta tan atractivo como un bloque de hielo. ¿Es que no le han dicho nunca que cuando alguien acaba de sufrir un accidente no está precisamente tranquilo? ¿No ha oído usted nunca la palabra «shock», «impresión» o «susto»?


–Sí, sí, lo siento, perdóneme. La inesperada amabilidad de Sean sorprendió a Leah de tal modo que se quedó callada. Parecía verdaderamente compungido, se dijo, concediéndole uno o dos puntos favorables. –La verdad es que para mí también ha sido un susto Compréndalo, llevo meses pasando por esta carretera sin ver absolutamente a nadie, así que imagínese cómo me he sentido al doblar la curva y ver su coche en la cuneta. ¿Qué ha ocurrido? ¿Ha patinado sobre el hielo? –Eso creo. A la voz de Leah le faltaba la confianza de antes. Apenas recordaba el accidente, pero tratar de hacerlo le causaba una repentina inquietud. –La verdad es que iba muy despacio, por la nieve, pero, de repente, no pude dominar el coche. Hizo un giro brusco y, sin que yo pudiera hacer nada, me salí de la carretera y llegué hasta aquí. ¿Aquí? ¿Y dónde era «aquí»?, se preguntó Leah. Debía de estar a mitad de camino de casa de su madre. A causa de la tormenta se había pasado la salida de la autopista. Había decidido desviarse por una carretera secundaria con el fin de alcanzar la ruta correcta. Pero se había confundido en un cruce y había acabado por perderse. Solo sabía que se encontraba en medio de los bosques de Yorkshire, a muchos kilómetros de cualquier lugar civilizado.


Y, para ser sincera, su mente no había estado precisamente concentrada en lo que estaba haciendo. Al contrario, la habían distraído los problemas que llevaban atormentándola desde hacía una semana. En realidad, ese era también Corregido por SCC


4 https://www.facebook.com/novelasgratis el motivo de que en la autopista no se hubiera saltado la salida que conducía a casa de su madre. –Creo que será mejor que salga usted del coche –intervino su rescatador–, no me parece un lugar muy seguro. ¿Puede salir sola? –Creo que sí. Era más difícil de lo que parecía. El morro del vehículo estaba inclinado hacia un lado y resultaba complicado sacar las piernas del habitáculo del conductor. –Deje que la ayude –dijo Sean Gallagher, ofreciéndole una mano enguantada. No era más que una mano y le estaba ofreciendo ayuda, se dijo Leah, de modo que ¿a qué venía aquella oleada de algo que no era ni emoción ni temor sino una extraña mezcla de ambas cosas? ¿Por qué tenía la sensación de que no debía tocarlo por nada del mundo? «Te estás comportando como una tonta», se reconvino. ¿Es que temía explotar solo con tocarlo? «¡Tienes que ser más sensata, Leah!». Pero el sentido común y la razón no tenían mucho que ver con cómo se sentía. Era como si el instinto le advirtiera que no debía arriesgarse a tener ni el más mínimo contacto con aquel hombre. –¡Ya puedo yo sola!


Oyó sus palabras antes de darse cuenta de que su lengua las había formado, y supo que eran un error desde el momento mismo de pronunciarlas. La respuesta de Gallagher, como no podía ser de otro modo, fue seca y hostil. –Como quiera. ¿Y qué esperaba?, se preguntó ella. Después de todo sus propias palabras habían sido frías y secas. Para empeorar más las cosas, su tajante declaración la obligaba a emprender sin ayuda la complicada tarea de salir del coche, lo cual dio como primer resultado que la falda de su vestido de terciopelo rojo resbalara hasta dejar sus muslos al descubierto. Por enésima vez, Leah maldijo la repentina ocurrencia de adelantar un día su estancia navideña en casa de su madre, idea que la había llevado a salir de viaje nada más terminar la fiesta de la agencia. Su madre ni siquiera la esperaba; al menos, no antes de la mañana siguiente. Pero Paula parecía tan triste y sola cuando la llamó que Leah decidió al instante adelantar su visita. Al fin y al cabo, la Navidad era una época para pasarla en familia y, en ausencia de su padre, solo Leah podía llenar el espacio familiar en la vida de su madre. De haber tenido tiempo se habría puesto algo más apropiado para el largo trayecto hacia el norte, pero, sin prever el tiempo que podía hacer, se había limitado a echarse un abrigo sobre el vestido que se había puesto para la fiesta. Aunque, desde luego, una prenda ajustada de lycra no era la vestimenta ideal


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5 https://www.facebook.com/novelasgratis para salir de aquel coche, que tenía una inclinación de mil demonios, y menos teniendo delante a un apuesto adonis de un metro noventa que observaba cada uno de sus movimientos con agudo interés. –Preciosos –murmuró aquel dios griego mientras Leah se abría paso como podía, ansiosa por ponerse de pie y recobrar una apariencia decente. Los ojos asombrosamente azules de Sean se posaron sobre su esbeltas piernas y brillaron ligeramente cuando un nuevo movimiento deslizó el vestido todavía más, revelando la pálida piel de los muslos de Leah por encima del elástico de sus medias de seda. –¿Le importaría repetir ese movimiento? –pidió Sean, con una sonrisa. –Por supuesto que sí –replicó Leah, saliendo por fin del coche. Dio un respingo al comprobar lo helado que estaba el firme de la carretera. Las gastadas suelas de los zapatos que se ponía para conducir apenas la sostenían sobre el suelo y sus pies comenzaron a resbalar. Con un grito de pánico, su mano buscó un lugar donde agarrarse. Y el lugar más adecuado resultó ser el brazo de Sean Gallagher. Leah se aferró a la manga del abrigo de Sean al tiempo que este, haciendo gala de extraordinarios reflejos, la sostenía por la cintura. La sujetó con la misma


facilidad que si se tratara de una niña y no de una mujer de uno setenta de estatura y de líneas generosas, con curvilíneas caderas y pechos voluptuosos. –Señor Gallagher, no espere ninguna repetición –dijo Leah, casi sin aliento. –Qué pena, el espectáculo merecía la pena. Ninguna reacción al oír su nombre. Probablemente estaba acostumbrado a que lo reconocieran, sobre todo las mujeres. Debía de ser uno de los inconvenientes de la fama. O, más bien, aquel hombre debía de considerarlo como una de las responsabilidades de su trabajo. La verdad era que había aparecido en las columnas de sociedad con tanta frecuencia como en televisión, con un extenso reparto de hermosas mujeres a su lado. Aunque últimamente no había leído mucho sobre él, recordó Leah; probablemente estaría filmando los últimos episodios de Inspector Callender. Dudaba mucho de que Gallagher pudiera prescindir de la vida social. –La actuación ha sido maravillosa. Leah apreciaba el tono humorístico, a pesar de que, pegada al pecho de Gallagher, no podía verle el rostro. –¿Actuación? –replicó ella, tratando de liberarse de aquellos fuertes brazos–. Sí cree usted que…


Pero aquel movimiento fue un error. En vez de soltarla, él la apretó todavía con más fuerza. Estaba tan pegada a él que podía sentir el latido del corazón de Gallagher bajo su caliente mejilla. Corregido por SCC


6 https://www.facebook.com/novelasgratis –Cálmese –dijo él, con mayor suavidad–. Acaba de sufrir un accidente. Tómese un minuto para recuperarse. Respire profundamente. Leah, convencida por la tierna caricia del pulgar de su rescatador sobre su mejilla, obedeció sin dudarlo. Pero aunque se esforzó por respirar profundamente, el efecto conseguido fue el opuesto al deseado, solo le sirvió para apercibirse del hombre que tenía a su lado de un modo nuevo y perturbador; se quedó obnubilada por el aroma de una colonia limpia y penetrante, mezclada con el olor sutil y personal de aquel cuerpo masculino. Y, de repente, sintió lo mismo que si se hubiera producido un cortocircuito en su cerebro. No podía pensar con claridad, no podía concentrarse en nada que no fuera la calidez que la rodeaba, la presión del cuerpo de Sean a lo largo del suyo. Se estremeció. –¿Tiene frío? Sean notó el estremecimiento. Sus manos se cerraron sobre los brazos de Leah, deslizándolas bajo las mangas del abrigo. –¡Está helada! Es necesario que su sangre vuelva a circular. ¿Cómo era posible?, se preguntó Leah. ¿Cómo era posible tener la piel helada cuando el cuerpo le ardía por dentro? En cuanto a su sangre, no podía correr más deprisa. Había, sin embargo, algo que sí necesitaba.


Respondiendo a un impulso sensual imposible de resistir, levantó la cabeza y besó en el cuello a Sean Gallagher. Notó que él se ponía tenso y sintió temor al rechazo. Aquel pánico momentáneo le sirvió para darse cuenta de la estupidez que acababa de cometer, pero, antes de que hubiera tenido tiempo de reaccionar, la tensión hostil del cuerpo de Gallagher se transformó en otra cosa. –Ese es tu juego, ¿verdad? –musitó él y la giró bruscamente, colocándola, en vez de a su lado, como hasta ese momento, frente a él. Los senos de Leah se apretaban contra el firme muro de su pecho; las caderas, contra las de él. Luego, apoyándose sobre el coche, Sean la rodeó con las piernas. El soplido helado del viento cesó por un instante cuando ella notó el calor del cuerpo de su rescatador, que le llegaba incluso a través de la ropa. Sean la besó en la boca, sin cuidado ni consideración, aplastándole los labios, provocándole un quejido de estupor. Cuando la lengua de Sean probó el sensible interior de su boca, Leah gimió sonoramente, como si se tratara de una invasión todavía más íntima. No pudo controlar una respuesta instintiva ante la oleada de deseo que le recorrió el cuerpo y realizó un movimiento sensual e inesperado que provocó, a su vez, una respuesta sonora en Sean. Fue como si una corriente eléctrica la recorriese de la cabeza a los pies, encendiendo en ella una hoguera de placentera excitación.


Olvidó la oscuridad que los rodeaba, el cosquilleo de la nieve al caerle sobre el rostro, las gélidas punzadas que amenazaban sus pies. No había en el mundo otra cosa que ella, aquel hombre y la excitante tormenta eléctrica que surgía Corregido por SCC


7 https://www.facebook.com/novelasgratis entre ellos. Experimentó un placer ciego e irreflexivo al sentir que las manos de él se abrían paso bajo su abrigo para posarse sobre sus pechos. Sin embargo, Sean se apartó de ella de repente, separando la boca bruscamente con una violenta imprecación. ¡Estaba besando a la prometida de su hermano! –¿A qué ha venido esto? –dijo, enfadado, con una voz cargada de violencia–. ¿Qué te crees que estabas haciendo? ¿Cómo responder?, se dijo Leah, que ni siquiera se atrevía a mirarlo a la cara, con los ojos fijos en el suelo, esforzándose por ordenar sus confusos pensamientos. ¿Qué estaba haciendo? ¿Cómo era posible echarse en brazos de un hombre al que no había visto en su vida, de un hombre del que no sabía nada, excepto las descabelladas historias que publicaba la prensa del corazón, y que aparecía en televisión una vez a la semana? –No pensaba que… –¡No pensabas! –repitió él con desprecio–. ¡No me lo puedo creer! Pero no era su mente lo que la guiaba, ¿verdad, señorita Elliot? Leah levantó la vista, perpleja. ¿Cómo diablos sabía…? Pero, al fijar la vista en Sean, la pregunta no salió de sus labios. En vez de ello, su mano la detuvo, pues se cubrió la boca con ella. Se quedó atónita, con una estupefacción que


silenció sus palabras y oscureció sus ojos. Fue entonces cuando se percató de que Sean Gallagher le había ocultado parte del rostro hasta ese momento, al abrir el coche y al tenderle la mano para ayudarla. Hasta ese instante solo le había visto el perfil derecho. El resto del tiempo ni siquiera lo había mirado y, luego, bueno, luego, al besarlo, había cerrado los ojos. –¡Sean! En aquel instante, por primera vez, pudo ver su rostro por completo y aquella visión le hizo un nudo en la garganta. A pesar de la oscuridad reinante, no había la menor duda del devastador efecto de la rotunda y salvaje cicatriz que le cruzaba el rostro, desde el ojo hasta la mandíbula. Era una cicatriz reciente, obviamente, resultado de algún horrible accidente. Los espectaculares rasgos que habían ganado a Sean Gallagher el favor de un sinnúmero de admiradoras estaban arruinados; el rostro que adornaba miles de carteles publicitarios destruido para siempre. Sean la miraba a los ojos. –Bonita, ¿eh? Su cinismo era brutal. –¡Oh, Sean! La estupefacción y la compasión apartaron cualquier otro sentimiento del corazón de Leah. Reaccionando por puro instinto, estiró la mano con


intenciรณn de tocarle el rostro herido. Corregido por SCC


8 https://www.facebook.com/novelasgratis –¡No! –advirtió él apartándose–. No pienso caer dos veces en la misma trampa. –¡No es ninguna trampa! Furiosa por el modo en que Sean había malinterpretado su gesto, Leah dio una patada en el suelo, lamentando su impulsiva compasión. –¿Por qué clase de persona me has tomado? –Por la clase de mujer –Sean hizo hincapié en la palabra deliberadamente– que se arroja en brazos de cualquiera sin pensar en quién ha dejado atrás. ¡Qué hombre más arrogante! Seguramente creía que el mero hecho de ser una estrella de televisión le daba derecho a pensar que todas las mujeres estaban locas por él. Sin embargo, sus palabras habían dado en el blanco. Y qué sabes tú de mi vida? En realidad, poco importaba el modo en que Sean Gallagher lo había averiguado, si es que, en efecto, sabía algo y no estaba pretendiendo hacer ver que sabía más de lo que realmente sabía. Lo preocupante era que ella no le había dedicado ni un solo pensamiento a Andy, no desde que Sean se había cruzado en su camino. Se mordió el labio. Se sentía culpable. ¿Cómo podía ser tan estúpida, tan


superficial? La respuesta de Sean a su pregunta fue fría, cortante, peligrosa. –Tengo la impresión de que eres la clase de mujer que utiliza sus innegables encantos para atrapar a los estúpidos, solo para masticarlos y escupirlos cuando ya no le sirven para nada. –¿En qué evidencias basas tan ultrajante afirmación?…No sabes… –No me hace falta saber. Tengo ojos. Ante el ademán de desprecio de Sean, Leah tomó plena conciencia del aspecto que debía de tener. Llevaba el pelo suelto, pues mucho antes del accidente el moño había comenzado a deshacerse. Tenía la falda arrugada y se le veían todavía las medias; el abrigo abierto, exponiendo las curvas suaves y blancas de sus pechos, evidentes gracias al generoso escote del vestido que llevaba. Tenía las mejillas rojas por el frío y le brillaban los ojos. Incapaz de soportar la fría mirada de Sean, Leah se cerró el abrigo y se anudó el cinturón. –Venía de una fiesta. Es Navidad. Paz y buena voluntad y todo eso. –Paz a todos los hombres, ¿o hay que seleccionar a unos pocos? –¡Por Dios Santo! Mira, si crees que… Leah no pudo seguir hablando, le castañeteaban los dientes y sintió un repentino y compulsivo escalofrío. La nieve seguía cayendo y, bajo las delgadas Corregido por SCC


9 https://www.facebook.com/novelasgratis suelas de sus zapatos, el suelo parecía un bloque de hielo. Con cierta inquietud, lo pateó, tratando de calentarse los pies. –No podemos seguir aquí –dijo Sean–. Nos vamos a congelar. Leah se alegró de tener una excusa para poner fin a aquella inútil confrontación. Lo único que quería era volver a meterse en el coche y seguir viaje. Era posible que, a primera vista, Sean Gallagher pareciera un caballero andante, pero, las apariencias eran muy engañosas. Era el hombre más atractivo que había conocido en su vida, pero tampoco había conocido a hombre de peor carácter en los veinticinco años que llevaba en el mundo. –¿Me ayudas a mover el coche? Sean negó con la cabeza, rotundamente. –De ningún modo –declaró–. Hay que remolcarlo con unas cadenas que yo no tengo. Y, además, dudo que arranque. Míralo. Siguiendo la dirección que Sean le indicaba con la mano, Leah comprobó que tenía razón. Su coche estaba inclinado en un ángulo muy extraño y tenía las ruedas delanteras hundidas en la cuneta. Estaba rodeado de nieve y parecía completamente inutilizable. Tendría que llamar a un taller si quería proseguir viaje. –¿Podrías llevarme al taller más cercano? –preguntó, dirigiendo una mirada


esperanzada al lugar en que el que se encontraba aparcado el coche de Sean, que tenía ya una capa de nieve sobre el techo y el capó–. Por favor –añadió con tacto, aunque mostrarse educada con aquel hombre era lo último que deseaba. Una risa fría y carente de humor demostró lo que pensaba Sean de aquella idea. –El taller más cercano, mi querida señorita Elliot, está a más de veinte kilómetros –dijo, señalando la dirección por la que había venido–. Acabo de cruzar esa carretera y, créame, con este tiempo no ha sido precisamente divertido. No tengo intención de volver a hacerlo y no quiero arriesgar la vida por nadie. ¿Has llamado a los servicios de emergencia? –No tengo servicio de ayuda en carretera. Sí, ya sé –se apresuró a decir Leah al ver el gesto de reprobación de Sean–. Debería haber suscrito uno de esos servicios, como habrás hecho tú, pero es que me dieron este coche la semana pasada. Y tampoco tengo teléfono móvil; de momento, con mi sueldo, no me lo puedo permitir. Concluyó con una mirada al caro BMW de Sean y le brillaron los ojos. –Pero supongo que tú tendrás el último modelo. Podría… –No tengo móvil –dijo Sean–. Cuando salgo, prefiero que no me localicen. Para que lo sepas, el lugar habitado más cercana es mi casa. Una de las razones por las que la compré es que está muy aislada.


–¿Y qué puedo hacer? ¿Cómo voy a llegar a casa de mi madre? –preguntó Leah, con tono de desesperación. Sean se encogió de hombros. Corregido por SCC


10 https://www.facebook.com/novelasgratis –Me parece que solo puedes hacer dos cosas. Quedarte aquí hasta mañana… Leah le devolvió una mirada burlona. Aquella, y él lo sabía, no era una opción seria. Si se quedaba allí, moriría congelada antes de la noche. –¿O? –O puedes venir conmigo. Mi casa no está lejos, como he dicho. Si nos vamos ya, llegaremos antes de que las carreteras se vuelvan impracticables. Me temo que tendrás que dejar aquí tu coche, pero como nadie va a moverlo, estará seguro. Puedes quedarte a pasar la noche conmigo. –¿Pasar la noche contigo? –repitió Leah sin poder creer lo que estaba oyendo–. Estás de broma, ¿no? Su cerebro por fin volvía a funcionar. La idea de meterse en el coche de aquel hombre y dejarse llevar a Dios sabía dónde no le resultaba atractiva en absoluto. No confiaba en él; había demostrado que era muy peligroso, en más de un sentido. Su conciencia, sin embargo, le recordó que tenía más que temer de sus propios e incontrolables impulsos que de lo que Sean Gallagher pudiera hacer.


Pero aquella idea resultaba demasiado incómoda y la rechazó de plano. –¡De ninguna manera! Prefiero enfrentarme a los elementos. Cuando el viento se llevó sus airadas palabras se dispuso a recibir una respuesta merecidamente burlona. Pero aquella respuesta no llegó. En vez de ello, Sean volvió a encogerse de hombros. –Como quieras –dijo. Y dio media vuelta. –Buenas noches. Leah se lo quedó mirando con la boca abierta. No podía creerlo. ¿Lo decía en serio?, ¿sería capaz de abandonarla? Eso parecía. Le daba la espalda y se dirigía hacia su coche. Sin su ambigua presencia, el silencio parecía de repente oscuro y helado, y lleno de sombras amenazantes. –¡No puedes hacerme esto! –gritó, venciendo el ulular del viento–. ¡No puedes dejarme aquí! Sean se detuvo y la miró frunciendo el ceño. –¿Quieres verlo? –dijo, y volvió hacia su coche. Corregido por SCC


11 https://www.facebook.com/novelasgratis CAPÍTULO 2 Espera, por favor! La llamada resonó a sus espaldas justo cuando Sean alcanzaba la puerta de su coche. Dio media vuelta. Por fin se había bajado la falda y abrochado el abrigo. No sabía si sentir alivio o decepción, lo único que tenía claro era que le resultaba mucho más fácil pensar. –¿Has cambiado de opinión? ¿Has decidido ser sensata? –Me he dado cuenta de que es lo mejor –dijo Leah, sin mirarlo a los ojos, manteniendo erguida la cabeza en un gesto de orgullo–. Si me quedó aquí, moriré congelada. Así que si tu oferta de acogerme sigue en pie, la aceptaré con mucho gusto. No tenía alternativa, pero le costaba admitirlo. –En ese caso será mejor que nos pongamos en marcha. ¿Tienes algo de equipaje? –Una bolsa, en el maletero. Lo dijo dando media vuelta para dirigirse al Renault, con las llaves en la mano. –Ya voy yo –dijo Sean quitándoselas–. Tú métete en el coche. No quería estar en el coche cuando ella subiera, no quería sufrir una vez más la visión de aquellas largas y preciosas piernas mientras ella se acomodaba en su asiento. Necesitaba recuperar el control de la situación, recordar por qué estaba allí.


Mientras se dirigía al coche de Leah, abría el maletero y sacaba una pequeña y repleta bolsa de viaje, aprovechó para respirar profundamente e imponer algún tipo de orden a sus pensamientos. –¡Ya está bien! –se reconvino–. Lo único que tienes que hacer es llevarla a la casa y esperar a que Pete vaya a recogerla– después de todo una promesa era una promesa. Claro que había hecho aquella promesa sin pensar en las consecuencias. Cuando su hermano lo llamó estaba profundamente dormido, algo que, por otra parte, resultaba muy extraño en él. –Sean –le había dicho Pete con apremio. –¿Qué ocurre? –la voz de su hermano no dejaba lugar a dudas, algún problema se cernía sobre él. –Me ha dejado –declaró Pete sin más preámbulos–. Dice que hay otra persona. –¿Tu novia? Pero si la boda… –Sí, el día de Año Nuevo. La ha suspendido, me ha devuelto el anillo. ¿Por qué no lo sorprendía?, se preguntó Sean con cinismo. Mujeres. No había una sola de ellas en quien se pudiera confiar. Lo sabía demasiado bien y aun así había deseado que las cosas fueran distintas para su hermano pequeño. –¿Y eso cuándo ha sido? Corregido por SCC


12 https://www.facebook.com/novelasgratis –¡Ahora mismo! Estábamos cenando en mi casa para celebrar la Navidad, ya qué no la íbamos a pasar juntos, pero he notado que le pasaba algo y cuando le he preguntado, me lo ha confesado. Ha dicho que hay otra persona y se ha marchado. No he podido seguirla. Yo… –Tú has bebido mucho –concluyó Sean. Era evidente por la manera de hablar de su hermano, por la euforia de sus palabras, una euforia que en circunstancias normales no habría mostrado. –Más que mucho –admitió Pete–, no puedo conducir, por eso he pensado en ti. –¿En mí? –dijo Sean, mirando el auricular como si se tratara de su propio hermano–. ¿Y yo qué puedo hacer? –Puedes ir tras ella por mí. Se dirigía a Carborough, a pasar la Navidad en casa de sus padres. Carborough se encontraba al sur. Y para llegar tendría que cruzar Appleton Village, se dijo Sean, interpretando los pensamientos de su hermano. –Pete, sé sensato. ¿Y qué voy a hacer yo? ¿Arrojarme delante del coche y cerrarle el paso? –No tendrás que hacerlo. Escucha, siempre se para en una cafetería llamada


El Búho. ¿Sabes dónde está? Sean asintió de mala gana. –Lo único que tienes que hacer es estar allí entre las seis y las… y las ocho, así no hay miedo a equivocarse. En cuanto llegue, detenía. –¿Que la detenga? –exclamó Sean mesándose los cabellos–. Oye, hermanito, ¿y qué hago con ella?, ¿la secuestro? –Oh, ya se te ocurrirá algo –dijo Pete, confiando en su hermano, y luego suplicando–: Por favor… Sean sabía que no podía resistirse a las súplicas de su hermano. Al fin y al cabo, después de lo que había hecho por él los últimos meses, le debía mucho. No podía dejarlo en la estacada. –Ni siquiera sé cómo es, no la conozco y ella ni siquiera sabe que soy tu hermano. Claro que eso podía ser una ventaja, en caso de seguir adelante con el disparatado plan de Pete. –La reconocerás enseguida. Es alta, con el pelo oscuro y los ojos azules. Ah, y tiene un Renault plateado modelo H. Por favor, Sean, hazlo por mí. Sean suspiró, pues sabía que no tenía alternativa. –Solo dime una cosa – preguntó–. ¿Merece la pena? –Más de lo que te puedas imaginar –le aseguró su hermano–. Oh, ya sé que no puedo esperar que un viejo cínico como tú lo crea, pero espera y verás.


Algún día también tú sabrás de qué hablo, conocerás a alguien que te volverá tan loco como a mí Annie y nunca volverás a ser el mismo. Corregido por SCC


13 https://www.facebook.com/novelasgratis Ni lo sueñes, se dijo Sean. Había experimentado tanto eso que llamaban amor romántico que le bastaba para varias vidas. Además, dudaba que la novia de su hermano volviera junto a Pete. Aunque, por otro lado, también pensaba que todos merecemos una segunda oportunidad. –De acuerdo, lo haré –dijo con resignación–. Pero será mejor que te sacudas la borrachera de encima y vengas cuanto antes. Le daría un par de horas, se dijo, no más. Colgó y se dispuso a preparar la cena, o la comida, tanto daba, pues desde el desayuno no había probado bocado. Recordó que El Búho tenía una gran reputación y había llegado la hora de comprobar si la merecía. Cenaría allí, sin prisas, y si mientras tanto aparecía Annie Elliot, se ocuparía de ella. –¿Ocurre algo? La pregunta lo devolvió a la realidad con un sobresalto. No tenía idea de cuánto llevaba allí de pie, con la bolsa en la mano. –No, no pasa nada. Cerró el maletero de un golpe y luego con llave, aunque era poco probable


que alguien intentara robar. Solo con ayuda de una grúa podrían sacar el coche de allí y la nieve comenzaba a acumularse sobre él. Profirió una maldición. El tiempo era mucho peor de lo que había previsto y cada minuto que pasaba se volvía más y más peligroso. Tendrían suerte si llegaban a casa antes de que la nieve colapsara la carretera. Lo que significaba también que Pete tardaría mucho en llegar desde Hexham; lo cual, a su vez, significaba que él estaría atrapado junto a la novia de su hermano mucho más tiempo del que deseaba. Ninguno de aquellos pensamientos podía mejorar su ya de por sí deteriorado humor. Echó la bolsa en el asiento de atrás de su coche y subió, cerrando con un portazo. –¿Tenemos que ir lejos? –Unos ocho kilómetros. Tendremos que arrastrarnos hasta allí, pero llegaremos. El coche arrancó a la primera y, dando gracias en silencio por ello, Sean se dispuso a afrontar el difícil trayecto. Estaba deseando salir de aquel lugar, aunque por motivos que tenían poco que ver con el tiempo. Desde que subió al BMW fue plenamente consciente de la presencia de la mujer que tenía a su lado. Al menos, se dijo, se había abrochado el abrigo, pero sus hermosas y largas piernas se estiraban peligrosamente y el recuerdo del borde de sus medias sobre la delicada piel de los muslos bastaba para que se


le secara la garganta. No tuvo más remedio que humedecerse los labios con la lengua. –El problema es que parece que la tormenta no ha hecho más que empezar – dijo Leah con una inquietud no disimulada–. ¿Tu casa está muy aislada? Corregido por SCC


14 https://www.facebook.com/novelasgratis –Podría decirse que sí. Desde luego, no tengo ningún vecino cerca. Al menos Sean tenía algo que agradecerle a la tormenta, que lo obligara a mantener toda su atención en la carretera. Aunque una sola mirada a la mujer que llevaba a su lado habría bastado para amenazar toda su concentración. Pete le había dicho que había estado con muchos hombres y que le gustaba flirtear, pero que se había enamorado de ella a pesar de todo, y él tenía la suficiente experiencia con las mujeres como para saber que, a pesar de su hermosa envoltura, la apariencia externa podía ocultar por completo el verdadero contenido. Sin embargo, no estaba preparado para el impulso intenso y repentino que sentía hacia aquella mujer, para la poderosa y abrumadora fuerza que no era solamente una atracción puramente física y que mantenía sus nervios en alerta. Y no es que sintiera algo ni remotamente puro, al contrario. Aquella atracción parecía basarse en el susurro de unas medias de seda que no dejaban de rozar una contra otra. –Entonces podemos quedarnos aislados durante días –dijo ella, y su voz denotaba lo poco que la atraía la idea–. Decías que habías pasado por un


pueblo, podrías dar media vuelta y… –¿Y arriesgarnos a quedar atrapados en la peor tormenta de la década? De ningún modo, señora. Puede que a ti no te importe arriesgar la vida, pero, francamente, a mí sí. Sé lo que es estar en el interior de un coche fuera de control y, créeme, no me apetece repetir. Aquel comentario hizo que Leah girase la cabeza para mirarlo. –¿Fue así como ocurrió? ¿En un accidente de coche? Por un momento, Sean pensó que ella iba a apoyar la mano sobre su brazo y se puso tenso. Leah no lo hizo, pero su corazón se aceleró igualmente, mientras seguía concentrado en la carretera, esforzándose por no perder la visión de la carretera a través de la densa nieve y del rítmico movimiento de los limpiaparabrisas. –Lo siento, no debería haberlo preguntado –dijo ella, en un tono suave y conciliador. –¿Por qué no? Es un hecho, ha sucedido. Pero no necesito tu compasión. –¡No es compasión! Es evidente que no quieres hablar de ello, así que no quiero entrometerme. Querrás olvidar… –¿Olvidar? –repitió él con una áspera carcajada, carente de humor–. Si pudiera olvidar todo sería mucho más fácil. Recordar es un infierno. Si cierro los ojos… Ni siquiera tenía que hacerlo, estaba allí, en su mente, justo detrás de sus ojos. Si su voluntad se debilitaba, volvería de nuevo para dominarlo. –¡No! Esa vez Leah sí lo agarró del brazo, pero en un gesto que tenía más que ver


con el pánico que con la compasión que él había temido. Daba igual, el tacto de Corregido por SCC


15 https://www.facebook.com/novelasgratis su mano fue para él como el hierro candente y no pudo evitar retirársela con un gesto brusco. –Oh, no te preocupes, cariño. No pienso volver a tener otro accidente. Hay personas que valoran demasiado tu preciosa cara como para verla hecha añicos. Su propio hermano, por ejemplo, y haría bien en recordarlo. Aquella mujer era la prometida de su hermano: Pete la quería e iba a casarse con ella. Y eso significaba que, en lo que a él concernía, tenía que mantenerse alejado de ella. –No me refería a… –dijo Leah con un ligero temblor en el voz. –¿Estás temblando? ¿Tienes frío? Dando gracias por poder recurrir a algo con lo que distraerse, Sean se entretuvo colocando el termostato de la calefacción en el lugar correcto. Al rato, vio de reojo que Leah se arrellanaba en su asiento, al parecer, más cómoda que antes. Llegaron por fin al desvío que conducía a su casa de campo. En realidad, no se trataba más que de un camino de tierra. –Ya casi hemos llegado –dijo, deseando aparentar más confianza de la que en realidad sentía–. Aunque ahora ten cuidado, el camino es muy malo y está lleno de baches. Además, con la nieve que cubre el suelo no los veo y no voy a poder sortearlos. Será mejor que te agarres.


Sean se maldijo por haber abierto la boca, porque Leah, tomando sus instrucciones al pie de la letra, hizo lo que le sugería y se agarró a ambos lados de su asiento, haciendo con ello que las solapas de su abrigo volvieran a separarse. A los pocos segundos, merced a la circulación del aire que provocaba la calefacción, llegó hasta él el enloquecedor y delicioso olor su cuerpo. La situación se puso peor que nunca para Sean, que sintió un masculino y primitivo deseo de pisar el freno, tomarla en brazos y besarla, cosa que solo impidió recurriendo a toda su fuerza de voluntad. « ¡Concéntrate en lo que haces, tonto!», se dijo. –¿Estás bien? Demonios, ¿es que su rostro reflejaba sus pensamientos? O peor aún, ¿lo hacía su respiración u otras partes más obvias de su cuerpo? –Quiero decir que tiene que ser muy duro para ti conducir después de… «Después de tu accidente». Leah no completó la frase, pero la dejó en suspenso, de manera que Sean se dio perfecta cuenta de lo que quería decir. –¿Quieres que conduzca yo? –¡De ninguna manera! He gastado mucho dinero en este coche y no tengo ganas de verlo metido en una cuneta. –En condiciones normales soy una conductora cuidadosa y competente – replicó Leah con un tono frío y seco que hizo que la temperatura del interior del coche disminuyera unos cuantos grados–. Pero me temo que esto –dijo,


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16 https://www.facebook.com/novelasgratis indicando con una mano la cortina de nieve que caía ante ellos– queda muy lejos de lo que podríamos considerar como «condiciones normales». –Y cualquiera que merezca el calificativo de «cuidadoso» dudaría mucho antes de internarse por una carretera como esta en una noche semejante. Leah apretó los dientes, dispuesta a contraatacar. –¡Vaya, quién fue a hablar! ¿Ya no te acuerdas de que tú también te habías metido por la misma carretera? Y ya que lo dices, al menos yo venía de lejos y no podía prever el tiempo que iba a hacer; pero tú, ¿cómo es posible que no te fijaras? ¡Cuando yo salí ni siquiera nevaba! –¡Ni cuando yo salí tampoco! –replicó Sean–. Aunque debo admitir que ojalá lo hubiera hecho, así habría tenido la excusa perfecta para no moverme. Y la excusa perfecta para no atender la súplica de Pete, para no emprender una misión que consideraba perdida de antemano. En realidad nunca había albergado esperanza alguna de que la ex novia de su hermano apareciese por El Búho y mucho menos de que pudiera reconocerla y entablar conversación con ella.


De hecho, estaba tan convencido de la imposibilidad de la tarea que ni siquiera se había molestado en pedir la comida, decantándose en vez de ello por una taza de delicioso café. Apenas se la sirvieron, el cielo se encapotó y la oscuridad se cernió sobre el local, advirtiéndole de la tormenta invernal que se abatía sobre la región. Si Annie Elliot tenía el más mínimo sentido común, se dijo, jamás emprendería viaje en aquellas condiciones, se había dicho, levantándose para abonar la cuenta y dirigirse de vuelta a su casa lo antes posible, mientras conducir fuera todavía era seguro. Mientras aún estaba considerando si sería buena o mala suerte no haberse topado con el Renault plateado, el destino decidió por él y al salir de una curva se encontró con la mujer alta, morena y atractiva –tanto como su hermano había dicho– conocida por el nombre de señorita Rompecorazones Elliot. –Para no moverte y para no cargar conmigo, ¿verdad? –espetó la joven, devolviendo a Sean al presente. –Yo no he dicho eso. –¡Ni falta que hace! Pero es evidente que te habría encantado que hubiera sido otro el que me hubiera rescatado. Pues no te preocupes, porque no tengo más ganas de soportar tu compañía que tú la mía. –No podría estar más de acuerdo –dijo Sean con exasperación, y maldijo a Pete en silencio por haberlo metido en todo aquello. Y maldita aquella mujer por… por… ¿Por qué? ¿Por ser tan guapa que con solo mirarla se consumía


de deseo? Y ella lo sabía, maldita fuera. Acababa de dejar a su hermano ante el altar y ya tenía a otro hombre a tiro, por no hablar de que, a los cinco minutos de abandonar a Pete, se había precipitado sobre él. ¡Maldita mujer! Corregido por SCC


17 https://www.facebook.com/novelasgratis Había desplegado todos sus encantos, eso desde luego, aprovechando las posibilidades de aquel indecente vestido, y se había lanzado a seducirlo sin la menor contemplación. Lo había reconocido y lo trataba con tanta familiaridad como si fueran viejos amigos. Aunque desde que salía en televisión eso ocurría con tanta frecuencia que casi se había acostumbrado a ello. La gente no lo veía a él, sino al mito creado por la cadena en que trabajaba; para el público en general él no era más que un rostro de la pequeña pantalla, la brillante fotografía de una revista, una cara bonita y famosa. –Creo que lo mejor que puedes hacer es dejarme llamar por teléfono en cuanto lleguemos. Llamaré a un taller y a… –De eso nada –dijo Sean, conteniendo la rabia. No podía dejarla marchar, no antes de que Pete pudiera llegar hasta allí. Lo cual, por otro lado, le daba lástima. Las mujeres como ella no merecían la pena. Agarraría el corazón de su hermano y se serviría de él mientras le fuera de utilidad. Después, adiós, para siempre. Marnie era una maestra en aquel arte, pero, afortunadamente, hacía tiempo que Marnie no formaba ya parte de su vida. Gracias a Dios había conseguido un marido rico, desapareciendo de su vida para siempre.


Claro que su propia experiencia podía valerle para darle a aquella mujer una lección que no pudiera olvidar. De momento, le seguiría el juego, la dejaría pensar que lo tenía en sus redes y, justo cuando se dispusiera a disfrutar de su triunfo, le demostraría que no podía jugar con los sentimientos de los demás. –No creas que vas a escapar tan fácilmente. –¿Escapar? –repitió Leah con inquietud, dando muestras de flaqueza por primera vez. «Será mejor ir con más cautela», se dijo Sean, «no puedo asustarla». Al contrario, lo mejor era dejar que se confiara, que se sintiera segura, para que cayera en la trampa. De modo que esbozó una amplia sonrisa y le habló con un tono ligero y amistoso. –Mira, si hace una hora ya hubiera sido difícil llegar hasta tu coche, ahora es imposible. Con esta tormenta van a necesitar un quitanieves. Estamos atrapados, así que será mejor que nos lo tomemos con calma. Corregido por SCC


18 https://www.facebook.com/novelasgratis CAPÍTULO 3 –Ya hemos llegado.– Leah respiró aliviada. Gracias a Dios, la pesadilla de aquel viaje había terminado. Sin embargo, comenzaba a darse cuenta de que la tensión que sentía tenía más que ver con el hombre que estaba a su lado que con el peligro que suponía la tormenta. Tenía los nervios de punta. ¿Eran solo imaginaciones suyas o las palabras de Sean contenían alguna velada amenaza? «No creas que vas a escapar tan fácilmente», le había dicho, y aquellas palabras parecían sin duda ominosas. Pero al preguntarle, él les había quitado importancia con una respuesta fácil y con una sonrisa más fácil aún. Sin embargo aquella sonrisa no resultaba nada convincente y solo servía para aumentar su inquietud. –No pareces muy impresionada –declaró Sean. La ligereza de su voz convertía las preocupaciones de Leah en precaución. –Oh, lo siento –dijo, y se fijó en la casa o, al menos, en la parte que la espesa cortina de nieve le dejaba ver–. No es lo que esperaba. Al menos eso sí era cierto. De pequeñas dimensiones, cuadrada y de una piedra gris que se mimetizaba con el cielo encapotado para darle un aspecto


casi etérea, aquella casa de campo era más sencilla de lo que había imaginado. –No parece una casa propia de Sean Gallagher –dijo, con cierto nerviosismo. La sonrisa se desvaneció del rostro de Sean. –No deberías mezclar la publicidad con la realidad –declaró con frialdad. En aquel instante, Leah comprendió lo que sucedía. –Oh, lo siento, no quería asociarte al papel que interpretas. –Es un error muy corriente –dijo Sean, encogiéndose de hombros–. La gente me ve en el mismo papel todas las semanas y creen que yo soy así. Y eso a él no le gustaba lo más mínimo, como manifestaban claramente sus rasgos. Por eso durante el trayecto se había mostrado tan molesto, tan quisquilloso. Desde el principio, ella había dejado muy claro que lo había reconocido y él la había tomado por una de esas empalagosas admiradoras que harían cualquier cosa por conseguir una sonrisa de su ídolo de ojos azules. Pero, mientras una parte de ella se rebelaba ante el hecho de haber sido objeto de tal confusión, otra parte le decía que aquella confusión podía jugar en su favor. Si Sean no la veía más que como una adoradora de cabeza hueca, supondría que su comportamiento había sido el resultado de la emoción de verse cara a cara con el objeto de su adoración. De modo que aunque no pudiera explicar qué la había impulsado a besarlo,


quizás fuera mejor así, porque no podía soportar la idea de sumergirse en cuestiones de mayor calado, cuestiones que amenazaban ya con hacerle perder el control. Corregido por SCC


19 https://www.facebook.com/novelasgratis –Bueno, ¿entramos o nos quedamos aquí sentados hasta que nos muramos de frío? Aquí está la llave. Le entregó las llaves y empujó la puerta. –Deja la puerta abierta, voy a recoger tu equipaje. A Leah le bastó un gélido golpe de aire para poner alas a sus pies. Resbalando, llegó al porche como pudo, agradeciendo la mínima cobertura que ofrecía. Metió la llave en la cerradura y tras forcejear un poco, empujó la puerta con el hombro, precipitándose en el recibidor con un suspiro de alivio. Fiel a su palabra, Sean entró tras ella, dejando la bolsa en el suelo. En cuanto cruzó el umbral, cerró la puerta. Al igual que Leah, tenía la cabeza y los hombros cubiertos de copos de nieve, y también las pestañas, advirtió Leah, lo que producía un efecto extraño y encantador. –La cocina está por ahí –dijo, señalando el fondo del pasillo y sacudiéndose la nieve de los zapatos, tambaleándose como un poderoso animal, salpicándola con las frías gotas de agua que salían despedidas de sus cabellos–. La estufa estará caliente y seguro que necesitas… Dejó de hablar al advertir la mirada de Leah fija en él. ¿Por qué no podía moverse? Se preguntaba ella. Debía de parecer estúpida y vulnerable, mirándolo fijamente de aquella manera. ¿Por qué no se quitaba el abrigo y se dirigía a la cocina, como él había sugerido?


Concentrada en él, Leah se percató del instante en que comenzó a cambiar. Se fijó en cómo se ponía tenso, vio cómo se le oscurecían las pupilas y, con el oído agudizado por la sensibilidad, escuchó el cambio en su tranquila respiración, que comenzó a agitarse. –Es la primera vez que te veo con luz –dijo Sean, con una voz grave y cavernosa, como si llevara sin hablar unas horas–. Tienes los ojos color púrpura. –Como los de Elizabeth Taylor, todo el mundo lo dice –respondió Leah, oyendo sus propias palabras pero sin ser consciente de haberlas pronunciado–. Pero yo no tengo el pelo negro. Se le secó la boca inopinadamente, de manera que se humedeció los labios con la lengua, pero se quedó helada al comprobar cómo seguía Sean aquel gesto que la traicionaba. La intensidad de aquella mirada hizo que el corazón le palpitara con mayor fuerza. Pero pronto entendió su punto de vista: para él, aquel movimiento de la lengua era como una provocación. –El tuyo es más bonito –murmuró Sean–. Color arena tostada, mucho más suave. Aunque ahora hay tan poca luz que podría pasar por negro. Le apartó un mechón que le caía sobre los hombros y Leah tuvo que esforzarse por combatir la reacción instintiva de saltar hacia atrás como una gata inquieta.


–Liz Taylor es una de las mujeres más guapas del mundo. –¿Quieres halagarme los oídos? Corregido por SCC


20 https://www.facebook.com/novelasgratis Una perezosa sonrisa de una sensualidad cautivadora surgió en la hermosa boca de Sean. –Créeme, no lo necesitas. Eres una mujer preciosa, la clase de mujer que a todo el mundo le gustaría invitar a su casa o… –la voz se hizo más grave y acariciadora– o a su cama. Sus vividos ojos sostenían la mirada de Leah de un modo hipnótico y ella ya no veía el lado dañado de aquel bello rostro, la cicatriz enrojecida que le marcaba el perfil de la mandíbula. Tan solo veía la inesperada suavidad de la boca de Sean y, sobre todo, la ardiente y cautivadora intensidad de la mirada de este. –Yo… No pudo decir más antes de que la voz le fallara por completo. Tragó saliva dos veces y abrió la boca, pero su garganta no emitió sonido alguno; su capacidad de hablar la había abandonado. El silencio era tan profundo que podía oírse la respiración de Sean. Leah casi podía sentir cada exhalación como una cálida caricia sobre su piel. –Yo… –repitió Sean, dejando el sonido en suspenso, sugiriendo una pregunta. Su sonrisa, la luz de sus ojos, parecían decir que sabía qué estaba pensando


Leah exactamente y que comprendía y compartía aquellos pensamientos. Con la misma conciencia agudizada, con la sensibilidad presta a recibir la respuesta de cuanto le rodeaba, inclinó la cabeza muy lentamente. Aquel pequeño movimiento bastó para que Leah cerrase los ojos, presa del pánico. Pero solo por un instante. Por temor a que él interpretara el gesto como una invitación a besarla, volvió a abrirlos. –Sean… Una gota de agua se desprendió del cabello de Sean y le cayó junto a una ceja. Antes de que pudiera resbalar, por puro instinto, Leah alzó una mano para detenerla. –¡No! Aquella orden seca y tajante la detuvo. Lo miró a los ojos, sumida en la confusión. –Se te iba a meter en el ojo… El azul había desaparecido casi por completo de los ojos de Sean y en su lugar estos parecían un estanque de negras aguas con las orillas azuladas. –Te iba a molestar –se justificó. –Y tú odias que yo sufra ni siquiera la más mínima molestia, ¿verdad? El humor de su tono de voz corría parejo con la sensualidad de su mirada, con la calidez que suavizaba su boca. Corregido por SCC


21 https://www.facebook.com/novelasgratis Mientras Leah lo miraba con fascinación, la sonrisa de Sean creció, al tiempo que inclinaba la cabeza sobre la mano que aún se apoyaba en su mejilla. Ella sintió el calor de la piel, ligeramente áspera por la barba de un día. No pudo evitar un ahogado grito al sentir los labios de Sean sobre la palma de su mano. Aquel suave beso le provocó una reacción ardiente, como la de una corriente eléctrica intensa y salvaje que ascendiera por todos los nervios de su antebrazo. Exhaló un profundo suspiro y apartó la mano. –¿Por qué has hecho eso? – preguntó. –¿Por qué? –repitió él–. Porque quería hacerlo. Porque me apetecía y porque me ha gustado. Y porque… Sus ojos azules no ocultaban un patente y cálido deseo. Dio un paso adelante, y luego otro. Volvió a llevar la mano de Leah a sus labios. –Porque… Con los ojos fijos en los de Leah, le llenó la palma de la mano de besos suaves y breves. Añadió luego la lengua a medida que ascendía por el dedo índice, posando en la yema de este dedo un último beso, antes de llevarlo hasta la boca de Leah, como si quisiera depositarlo en ella. Leah se estremeció al probar el dedo, cuyo sabor era una mezcla de su propio sabor y del de Sean. –Porque tú también querías, ¿verdad?


–¡Oh, Dios! –Leah fue incapaz de responder. –¿Verdad? –insistió Sean. No podía negarlo, y además, ¿qué sentido tenía hacerlo? Ella sabía que tenía razón y él también. En realidad, no resultaba difícil leerlo en sus ojos, en la oscuridad de sus pupilas, en el rubor de sus mejillas y en sus turgentes senos, que subían y bajaban al ritmo de una respiración agitada. –Sí… Lo dijo con un suspiro de resignación, de derrota, pero experimentando al mismo tiempo un gran alivio, como si se hubiera quitado un gran peso de encima. –Sí –repitió con mayor convicción, elevando la voz–, sí, claro que quiero, sí. –Lo sabía. Leah oyó el ruido sordo del abrigo de Sean al caer al suelo. Fue lo último que escuchó antes de que él la tomara en sus brazos, estrechándola contra él. Enterró las manos en los cabellos de Leah antes de capturar su boca con un beso salvaje y atropellado. Ella separó los labios con un pequeño gemido y sus lenguas se unieron en un beso muy placentero. Sostenía la cabeza de Leah con una mano mientras revolvía con la otra bajo el abrigo desabrochado de ella. Metió luego una pierna entre las suyas y la empujó suavemente contra la pared, atrapándola con la fuerza de su cuerpo. –Sean… –dijo Leah, entre suspiros. –No sé cómo ha ocurrido –murmuró él, sin dejar de besarla–. Lo único que sé


es que no he podido evitarlo‌ En realidad, era inevitable desde el momento en Corregido por SCC


22 https://www.facebook.com/novelasgratis que te vi. Cuando… –se interrumpió, presa de un estremecimiento– Dios, pensé que estabas muerta, o malherida –Deja de hablar y bésame –replicó ella. –Encantado –dijo Sean, pero hizo mucho más que besarla. Su boca pareció transformarse en un maravilloso instrumento de placer. Acariciándola, rozándola, mojándola, administrando poco a poco pequeños y precisos besos sobre la aterciopelada piel que el vestido de Leah dejaba al descubierto. Las manos de Sean estaban ocupadas, moviéndose sobre el cuerpo de Leah, rodeando y sosteniendo sus pechos, presionando los pezones con los pulgares, suavemente, dándoles vida a través de la delgada tela del vestido. Ella, a su vez, deslizaba las manos sobre el fuerte pecho de Sean, sintiendo cómo se tensaban los poderosos músculos pectorales bajo sus caricias. Metió la mano bajo la camisa, en cuidadosa exploración y encontró el vello que lo cubría y sus tetillas; y se deleitó en las diferencias entre su propio físico y el de él. –Creo que estaremos más cómodos en otra habitación –dijo Sean, mientras la besaba en la mejilla. –Podría ser –dijo Leah de un modo casi ininteligible, dominada por una risa


complacida y expectante. Sean la llevó en brazos a la estancia más próxima, que abrió de una patada en la puerta. Leah advirtió veladamente una chimenea de estilo Victoriano y grandes y mullidos sillones tapizados en terciopelo color bronce. Sean la dejó en el sofá y se tendió sobre ella. –¿Mejor? –preguntó él, con la respiración entrecortada, sofocado como si acabara de correr el maratón. –Mucho mejor –le aseguró Leah con una sonrisa perezosa, abandonándose plácidamente bajo el agradable peso de su cuerpo. –Puede que ahora sí pueda besarte como es debido. El deseo que había ido creciendo con cada roce, con cada caricia, con cada beso, comenzaba a ser incontenible, incontrolable. Era como un palpito que pulsaba cada uno de sus nervios, haciendo que se retorciera bajo el cuerpo de Sean casi con violencia. Necesitaba tocarlo, acariciarlo de un modo más íntimo, quería sentir sus pieles en contacto, las manos de él sobre su cuerpo. –Llevas demasiada ropa –murmuró, subiéndole el jersey con dedos impacientes. –Yo podría decir lo mismo de ti. –Ya lo sé –dijo Leah, moviendo sus labios provocativamente–. Además, este vestido me aprieta demasiado. –¿De verdad? Pues creo que yo puedo ayudarte. El vestido de lycra se


adhería a la piel de Leah, pero a Sean le resultó muy fácil tirar de él y bajárselo hasta la cintura. Antes de quitarle el sujetador, él se incorporó un momento para deshacerse del jersey y de la camisa. Luego se tendió sobre ella para sentir Corregido por SCC


23 https://www.facebook.com/novelasgratis sobre el pecho los pezones endurecidos. Su sonrisa de satisfacción se transformó en una amplia sonrisa de triunfo al oír el suspiro de Leah, muestra del desinhibido placer que le procuraba a esta el contacto con la piel de Sean. –Eres una mujer muy atractiva –murmuró, trazando un cordón de besos desde la redondez de su hombro hasta el rosado pico de sus senos. –Oh, Dios –gimió Leah, arqueándose compulsivamente, echando la cabeza hacia atrás en total abandono, sumergiendo su cuerpo en el mar de sensaciones que la dominaba–. No pares, no pares. Pero Sean no se había detenido, simplemente había cambiado de posición para abordar caricias más íntimas. Le subió la falda, dejando al descubierto el tentador borde de sus medias, las frívolas hebillas de su liguero. Leah se incorporó de inmediato para ayudarlo. Cuando los inquisitivos y apremiantes dedos de Sean se deslizaron sobre sus caderas y bajo la fina seda que constituía la única barrera que se interponía entre él y la parte más íntima del cuerpo de Leah, esta profirió un agudo quejido cuyo sonido opacó por un momento la primera campanada de un reloj, que llegaba desde algún lugar de la casa.


–¡Oh, Dios! Estás lista –susurró Sean–, aunque me temo que no me va a bastar con hacerte el amor solo una vez –dijo, enredando los dedos en el vello púbico de su preciosa amante–. Y voy a querer repetir y repetir… y repetir… Susurraba y cada una de sus palabras coincidía con una campanada, creando un ritmo que se abría paso cansinamente en la enfebrecida mente de Leah. Hasta que, a su pesar, se percató de que estaba contando los golpes, preguntándose qué hora era. Seis… siete… –Y repetir… Ocho… Nueve… ¡Nueve! La última campanada se alojó en la conciencia de Leah con la nitidez de un disparo, congelando la pasión de sus entrañas de un solo golpe. ¡Las nueve en punto! Había algo… una promesa… ¡Oh, Dios! –¡No! Fue un grito de desesperación, tan agudo y chocante que, incluso en su febril estado, Sean lo oyó y se detuvo, presa de la confusión. –Cariño… –He dicho no. Leah se incorporó, se tapó los pechos con las manos, y buscó su falda, en un desesperado intento por cubrirse. Cuando se dio cuenta de que Sean todavía


tenía las manos sobre sus muslos, las apartó con una violencia que lo dejó perplejo. Corregido por SCC


24 https://www.facebook.com/novelasgratis ¿Qué había hecho?, se preguntó Leah. ¿Cómo había dejado que ocurriera? ¿Cómo había podido ser tan estúpida para dejar que las cosas llegaran tan lejos? ¡Las nueve en punto! Le había prometido a Andy que lo llamaría a las nueve en punto para decirle que había llegado sin novedad a casa de su madre. Pero no estaba en casa de su madre, ni siquiera cerca de ella y, desde luego, no podría aplicar a su situación el calificativo «sin novedad». Estaba en casa de un hombre al que no hacía ni dos horas que conocía, un hombre del que no sabía nada excepto que aparecía en una serie de televisión una vez a la semana, un hombre al que había dejado… –¡No! Esta vez lo dijo con vergüenza y pesar. ¿Cómo podía haber olvidado…? ¿Cómo había dejado que él la hiciera olvidarlo? –Esto no ha debido ocurrir. Está mal, muy mal. Yo… voy a casarme. Lo dijo sin esperar ninguna respuesta determinada de él. Quizás una protesta, quizás un nuevo intento de persuadirla, algunos besos, un murmullo. Olvídalo, cariño, es historia, tú y yo estamos hechos el uno para el otro… Pero en vez de eso, Sean se quedó blanco como la nieve y apartó las manos en cuanto ella le comunicó la verdad de su situación, con la misma rapidez que si le


hubiera dicho que padecía una enfermedad contagiosa. Con una violenta imprecación, se separó de ella y se dirigió hacia la ventana a grandes zancadas. –¡Casarte con otro! –le oyó decir con furia–. ¡Claro que vas a casarte con otro! ¡No estás libre, eres una mentirosa! –Sean… lo siento. No pudo añadir nada más, un dolor devastador había tomado posesión de su cuerpo y se sentía igual que si hubiera recibido un puñetazo. Pero había un sentimiento de pérdida más profundo que se aferraba a sus entrañas con amargos nudos de desesperación. –Lo siento mucho. –¿Lo sientes? ¿Lo sientes? –preguntó él, girándose, con un fuego helado en su mirada azul, producto de la rabia y el odio–. ¿Lo sientes? ¿Y cómo crees que me siento yo? ¿Cómo…? Maldijo con violencia–, profusamente, dándose golpes en la frente y sin dejar de dar vueltas sobre sí mismo. –Claro que te vas a casar con otro, pero eso no te ha detenido, ¿verdad? Su voz parecía otra, más grave y contenida que antes, más amenazante y peligrosa. El brillo febril de sus ojos consiguió aterrorizarla y tuvo que apretarse contra los cojines del sofá, como si verdaderamente la hubiera


lanzado un golpe. –¿Verdad? Y dime, ¿cuántos quieres, cuántos? Corregido por SCC


25 https://www.facebook.com/novelasgratis Leah frunció el ceño. No comprendía, pero tampoco se atrevía a preguntar, se limitó a observarlo, atemorizada, sabiendo que pronto continuaría, pronto explicaría su extraña pregunta. –¿Cuántos, cariño, cuántos? ¿Eres tan insaciable que no te basta con dos? Corregido por SCC


26 https://www.facebook.com/novelasgratis CAPÍTULO 4 «Voy a casarme». Aquellas palabras resonaban sin cesar en la mente de Sean, que tenía deseos de sacudir la cabeza de un lado a otro para librarse de su ominoso sonido. Cada repetición retorcía su conciencia más dolorosamente que la anterior. Claro que iba a casarse con otro, bien lo sabía él. Aquella mujer, y no debía olvidarlo, llevaba, más que ninguna otra, el letrero de «Prohibido» para él. –Tápate, por favor –le espetó a una perpleja Leah–. ¿Crees que quiero verte así, desnuda, exhibiéndote? Leah se sintió herida. Aquellos asombrosos ojos azules llamearon de furia mientras ella posaba las piernas en el suelo y se ajustaba el vestido. –¡No me estoy exhibiendo! ¿Qué te propones, Sean? ¿Pretendes que no has tenido culpa de lo que acaba de ocurrir? ¿Qué te he seducido y no has sido más que una pobre víctima inocente de mis…? –Inocente no –replicó Sean con furia, mirándola a los ojos. Pero habría sido mejor no haberlo hecho. Con el cabello desordenado, cayéndole sobre los hombros, y los ojos muy abiertos parecía una muchacha


inocente. Efecto que acentuaba el hecho de que el maquillaje se hubiera disipado y el pintalabios, desvanecido. Desvanecido a besos, recordó, y le dieron ganas de gritar al pensar en la suavidad y dulzura de aquellos labios, cuyo sabor aún impregnaba su lengua. –Los dos hemos sentido el mismo deseo, sí, pero has sido tú la que has mentido. –¡No, no he dicho nada que no sea verdad! –¡Has mentido por omisión, que es lo mismo! Has sido tú la que no has querido decirme que estás prometida hasta que casi era demasiado tarde. –Lo sé. Consternado, Sean estuvo a punto de lamentar su dureza al observar la tristeza con que Leah asumía aquel pecado de omisión. Estuvo a punto, pero no lo hizo, pues había otro amargo hecho que tenía que asumir. Tenía que hacer frente al hecho de que ella no solo había traicionado a Pete, sino al hombre por el que lo había dejado plantado aquella misma mañana. –Pero no es un compromiso firme, quiero decir que… –¡No sé lo que quieres decir! –bramó Sean. Sabía muy bien que su compromiso estaba muy lejos de ser firme. Pete estaba destrozado, a punto de derrumbarse, pero a aquella dama parecía darle igual y había salido corriendo para echarse en brazos de su nuevo amante sin siquiera mirar atrás.


–Para mí, todo compromiso es firme. ¿Y para ti?, ¿qué es un compromiso para ti? ¿Una pequeña diversión en mitad del camino hacia algo más interesante? Corregido por SCC


27 https://www.facebook.com/novelasgratis –¡No, no! Pero no sé qué me ha pasado. –Yo sé muy bien lo que te ha sucedido, es muy sencillo. Y bastan siete letras para decirlo. Una palabra simple para un sentimiento muy básico. Voy a decirte lo que te ha pasado. Has tenido un ataque de lujuria. Lujuria pura y simple, aunque dudo que haya en ti nada remotamente puro. –¿Y tú? Supongo que a ti sí te inspiraba el más puro amor –le espetó Leah, herida en su orgullo. –¡Eso nunca! –¿«Eso nunca»? –repitió ella, sin ocultar su desprecio. Su desconcertante vulnerabilidad había desaparecido y, ante los ojos de Sean, aparecía una persona muy distinta. Al menos, veía a la mujer que verdaderamente era, la que se había estado ocultando tras una cultivada apariencia de indefensión. Se preguntó si Pete conocería aquel aspecto de ella. Lo dudaba. Siempre había descrito a su novia con términos dulces y tiernos; además, Pete siempre había sentido debilidad por las caras bonitas y las voces melosas. Lo mismo que él, le dijo la voz de su conciencia. –«Eso nunca» –repitió Leah–. Tu impulso ha sido tan básico como el mío – dijo, con una amargura que igualaba a la de Sean–. Pero, claro, supongo que en un hombre está bien sentir cosas así. Una mujer que siente deseo físico,


pasión sexual, no está tan bien considerada, ¿verdad? Porque eso no resulta muy femenino, ¿no? Y si se atreve a demostrar lo que siente, entonces, ¿qué has dicho que es?, ¿insaciable? Sean notó con gran satisfacción que sus palabras habían conseguido herirla. –Eres tú la que tiene novio. Y, según entiendo, cualquiera, hombre o mujer, que se deje arrastrar por una «pasión sexual» –repitió y, a medida que hablaba, el rostro de Marnie iba apareciendo en su mente– mientras está comprometido con otra persona es, lo repito, culpable de un comportamiento de la peor clase. Sean advirtió que sus palabras calaban hondo en Leah, cuyos maravillosos ojos lo miraban con desconcierto. –¿Qué te da derecho a ser tan endemoniadamente moralista con todo? Mientras hablaba, Leah golpeaba el suelo con los zapatos, sin prestar atención al suelo donde pisaba, mirando a Sean a los ojos. –No tienes ni idea de… ¡oh! En aquel momento, el viejo cuero de sus botas cedió por fin, y Leah tropezó. La respuesta de Sean fue instintiva, automática. Se movió con rapidez y destreza y agarró a Leah por los antebrazos, impidiendo que cayera de bruces. Esperando una resistencia mayor de la que encontró, tiró con más fuerza de la necesaria y Leah acabó apoyada en su pecho, aferrándose con una mano a


sus hombros. Corregido por SCC


28 https://www.facebook.com/novelasgratis La sensual mezcla de flores y especias que caracterizaba el perfume de Leah asaltó los sentidos de Sean y el aire pareció entibiarse con el calor de su piel. El roce de los blandos pechos contra la firme pared de su torso fue casi más de lo que podía soportar. –¡Oh, Dios! No supo si realmente llegó a pronunciar esas palabras o si la exclamación se quedó en el ámbito de sus pensamientos. Sin embargo, al cabo de un segundo, mirando el estanque azul de los ojos de ella, se dio cuenta de que no era necesario haber pronunciado palabra alguna. Ella lo sabía. Sabía que a él le bastaba con tocarla para que su cuerpo reaccionara, tensándose, inflamándose de un deseo que no podía ocultar. Esa vez, no obstante, el rostro de Leah no dio muestras de sentir nada parecido. Al contrario, su expresión era de una frialdad absoluta. –Estoy bien, gracias –dijo, secamente–. Y ahora que es evidente que no deseas que me quede aquí ni un minuto más, tal vez me dejes llamar a un taller. Durante un par de segundos, Sean sintió la tentación de acceder. Si sacaba el coche de la cuneta, se iría y lo dejaría en paz. Recuperaría el control y libraría su mente de la odiosa mezcla de culpabilidad y deseo que lo atormentaba


desde que la había visto. Pero desechó la idea. La historia no podía terminar así. Le había prometido a Pete que la retendría hasta que él pudiera llegar y pensaba cumplir su promesa. Aunque cuando aquel tonto llegara le contaría unas cuantas verdades sobre su novia. Pete lo odiaría por ello, pero él sabía que no podía dejar que su hermano persistiera en su ceguera. –Lo siento –dijo, con una sonrisa malévola–, pero no tengo teléfono. –¿Que no tienes teléfono? –repitió Leah con evidente consternación, mirando a su alrededor para comprobar si Sean decía la verdad–. Pero, ¿cómo es posible? Sean negó con la cabeza, dando gracias a Dios por tener el teléfono en la pequeña estancia que su agente había denominado humorísticamente «el estudio». –Pero tengo que llamar… –¿A tu novio? ¿O a otro pobre iluso que también espera tu llamada? Estarían encantados de saber que estás a salvo, atrapada en un remoto paraje con otro hombre y sin esperanza de salir hasta dentro de, al menos, veinticuatro horas. –Por si te interesa, te diré que a quien quiero llamar es a mi familia. Yo… Leah se interrumpió, al percatarse de lo que había dicho Sean. –¿Veinticuatro horas? No estás hablando en serio.


–En mi vida he hablado más en serio. ¿Es que no te has fijado en el tiempo que hace? Con la nieve que está cayendo, las carreteras estarán cerradas dentro Corregido por SCC


29 https://www.facebook.com/novelasgratis de un par de horas, o menos. Pero supongo que no, que no te has fijado, tu mente estaría ocupada en otras cosas. –¿Estamos atrapados? ¡No puede ser! –Si dudas de mi palabra, no tienes más que asomarte a la ventana. Leah lo hizo y comprobó cómo se amontonaba la nieve contra los muros de la casa, acumulándose en las copas de los árboles, cuyas ramas se doblaban por el peso. Su expresión fue tan desoladora como el paisaje que contemplaba. –Maldita sea. –Afróntalo, mujer –dijo Sean, poniéndose el jersey–, estamos atrapados. A mí la situación me gusta tan poco como a ti, pero me veo obligado a afrontar el hecho de que no hay más alternativa. Me parece que lo más sabio es que tú hagas lo mismo. –Creo que no tengo elección –dijo Leah con un tono de voz inesperadamente débil. Sean se giró hacia ella y se percató de que estaba temblando. –¿Tienes frío? Creo que será mejor que te enseñe tu habitación y podrás ponerte algo más abrigado. –¿Te refieres a algo menos… provocativo? –replicó ella–. ¿A algo menos


característico de la mujer por quien me tomas? –Mira, lo que quiero decir es que mientras estemos aquí atrapados, y tanto si nos gusta como si no, lo mejor que podemos hacer es ponernos cómodos y comunicarnos del modo más… racional posible. Y creo que si te pones algo menos provocativo, será mejor. Ciertamente, él podría controlar mejor la situación si, cada vez que posaba la mirada en ella, no se encontraba con la visión de su piel aterciopelada, de la deliciosa redondez de sus hombros, de la sugerente invitación de sus senos. Si no tenía que ver lo maravillosamente que se adaptaba el vestido a sus curvas, ver la falda corta que le mostraba aquellas largas, largas piernas… –¿Y dejarás de babear? –Tú también te sentirías mejor si estuvieras más abrigada –insistió Sean, evitando responder a la pulla de Lean–. Te habrás dado cuenta de que no tenemos calefacción. Te has mojado mucho mientras estábamos fuera y creo que estarías mucho mejor con algo de ropa seca y limpia. –Los dos lo estaríamos –dijo Leah, señalándolo con un gesto. Sean frunció el ceño ante el comentario y se fijó en el lugar que ella señalaba. En efecto, tenía los pantalones empapados entre las rodillas y los tobillos. Con la excitación, no se había dado cuenta de que tenía la ropa tan mojada como Leah.


–Sí, es verdad –asintió–. ¿Por qué no te das una ducha y te cambias? Agua caliente hay de sobra, dejé el termo conectado cuando me marché. Corregido por SCC


30 https://www.facebook.com/novelasgratis El pragmatismo lo ayudaba a distraerse de la desnuda carnalidad de sus pensamientos, permitiéndole mantener el control sobre una situación que amenazaba con escapársele de las manos de un momento a otro. –Mientras lo haces voy a encender la chimenea y a preparar algo de comer. ¿Qué tal suena eso? –Maravilloso –respondió Leah con un suspiro, y se pasó la mano por los ojos como si estuviera muy cansada. –¿Estás bien? Por un instante, Sean sintió por ella una sincera preocupación, una preocupación que se disipó en cuanto la vio recuperar el control de la situación, lista para rechazar cualquier movimiento de aproximación por su parte. –Sí, estoy bien. –¿Seguro? –lo cierto era que su aspecto lo desmentía. Estaba pálida y sus ojos parecían ahora demasiado grandes y desvalidos–. Puede que aún no te hayas recuperado del susto del accidente. –Estoy bien. Y si estoy bajo los efectos de un susto, no es del accidente precisamente, así que, si me dices dónde está mi habitación… Sean restó importancia al tono desdeñoso, aunque no le gustó nada la mirada


llena de desprecio que le dirigió Leah, como si él fuera una criatura apestosa y maloliente. Pero apretó la mandíbula y contuvo una respuesta llena de desprecio. –Por aquí. Recogió la bolsa de Leah en el recibidor y subió las escaleras, que crujían, hasta el piso de arriba. –El baño… –dijo, abriendo la primera de las tres puertas–, tu habitación… y la mía –señaló, y miró a Leah, que lo observaba fijamente–. ¿Y ahora qué pasa? ¡Ah, ya! Era como si pudiera leerle el pensamiento. –No puedes creer que las habitaciones estén realmente separadas. Pues tranquila, muñeca, estás a salvo. No tengo la menor intención de poner en peligro tu honra. –¿Mi honra? –replicó Leah con sequedad, aunque quizás con menos acritud que antes–. Creía que pensabas que no tenía. –Lo que yo crea carece de importancia –replicó Sean y, como no confiaba en poder resistir más tiempo el impulso de responder a aquella provocación, dejó la bolsa en la habitación de Leah y dio media vuelta para encarar las escaleras–. Las toallas están en el armario del baño.


–A lo mejor lo que temes es que sea tu propia honra la que esté amenazada – espetó Leah. Sean apretó los dientes y siguió bajando las escaleras, conteniéndose a duras penas. Corregido por SCC


31 https://www.facebook.com/novelasgratis –¡Oh Dios! –dijo entre dientes una vez abajo. Él la había acusado de no sentir otra cosa que pasión y lujuria y ella le había devuelto la acusación sin el menor rubor. Y lo malo era que tenía razón. Ese era el problema y resultaba inútil negarlo. La había deseado con tanta pasión que le dolía el cuerpo solo de recordarlo. Había sentido verdadera lujuria y la seguía sintiendo. Aparentemente, debía ser más fácil soportarlo sin tenerla delante. Había pensado que, al perderla de vista, se apagaría el fuego que le quemaba la sangre, que su pulso alocado se tranquilizaría; pero en realidad era peor, mucho peor. En fin, lo que debía hacer era llamar a Pete, cuanto antes mejor. Lo haría en aquel mismo instante, mientras ella se duchaba. Del otro lado de la línea solo le llegó la señal de ocupado. O Pete le estaba contando su desengaño a otro o había dejado el teléfono descolgado mientras trataba de recuperarse de la borrachera. El caso era que no podía hablar con él y que tenía que dejarlo para más tarde. Al cruzar el vestíbulo, oyó el ruido de la ducha. Resultaba imposible no pensar en el agua que resbalaba sobre el cuerpo desnudo de Leah; no imaginar


cómo brillaría su blanca piel bajo las gotas; ver sus manos deslizarse sobre el cuerpo, aplicando gel sobre sus senos, sobre su cintura, descender a sus caderas… –¡Demonios, no! Con un esfuerzo brutal apartó de su mente aquellas imágenes y se obligó a pensar en asuntos más prácticos. Se dirigió a la cocina a toda prisa. Lo primero era preparar un café que les diera calor a los dos y, luego, pensar en qué hacer de comer. Se concentró con tanto éxito que no se dio cuenta de que cesaba el ruido de la ducha. Estaba cortando verduras con la más absoluta concentración cuando oyó una tranquila voz a sus espaldas. –¿Puedo ayudar? Sean apretó el cuchillo en una reacción impulsiva, pero esa reacción fue lo único que se permitió. Sin volverse, negó con la cabeza y miró a su huésped solo cuando supo que su expresión y su respiración estaban bajo control. –No, no hay nada que hacer. Ya casi he terminado. Le había dicho que se pusiera algo más cómodo y eso había hecho. Pero si con ello pretendía estar menos provocativa, no lo había conseguido. Se había puesto unos vaqueros gastados que se ajustaban a la perfección a su cuerpo y el jersey color lila acentuaba el precioso color de sus ojos, que parecían más profundos y brillantes. Con el cutis libre de los artificios del maquillaje parecía todavía más guapa que antes. El largo cabello oscuro, mojado todavía, le caía suelto y en ondas sobre los hombros, rizándose en las puntas. Parecía por lo menos diez años


más joven que antes y, desde luego, más cercana, más vulnerable quizás, sobre todo si fruncía la nariz de aquella manera tan encantadora. Corregido por SCC


32 https://www.facebook.com/novelasgratis –Huele bien. ¿Qué es? ¿Comida italiana? –Exacto –respondió Sean, tratando de abandonar el peligroso curso que adoptaban sus pensamientos–. Lasaña. –¡Maravilloso! –dijo Leah, con una sonrisa que le iluminó la cara–. Estoy impresionada. –Pues no lo estés –dijo Sean, incapaz de reprimir una sonrisa ante el entusiasmo de Leah–. Tengo que admitir que ya estaba hecha, yo me he limitado a descongelarla. Aunque es casera, la hizo mi madre. –Es evidente que tienes una madre encantadora. –Le preocupaba que, abandonado a mi suerte, no comiera como es debido, y creo que tenía razón. –¿Has pasado por una mala época? Advirtiendo la mirada de sorpresa con que Sean respondió a su pregunta, Leah se dirigió a él con un ademán. –Es que no pareces el tipo de hombre que descuida algo tan importante como la alimentación y no puedo creer que no sepas cocinar. Su perspicacia dejó a Sean tan desconcertado que, antes de darse cuenta, le


confesó la verdad. –Debo admitir que en cierto momento estuve tan deprimido que nada me interesaba. La mirada de los ojos de Leah, una repentina sombra en su profundidad violeta, le advirtió que había dejado entrever más de lo conveniente. Necesitaba actuar para ocultar lo que había dejado al descubierto. –Pero eso le dio a mi madre la oportunidad perfecta para interpretar el papel de madre devota y abnegada. Y ahí tienes un congelador con suficiente comida para alimentar a un ejército –dijo, señalando con el cuchillo y comprobando, con alivio, que Leah caía en la trampa y mordía el anzuelo. –Sí, pero qué bien viene con este tiempo. Supongo que sigue nevando, ¿no? –Más que antes. Acabo de mirar por la ventana y la nieve ya ha cubierto las huellas del coche. Creo que hemos tenido mucha suerte de poder llegar hasta aquí. –Si no me hubieras encontrado, me habría visto en una situación terrible – dijo Leah, con un ligero estremecimiento–. Te estoy muy agradecida por haberme ayudado. –No podía dejarte allí. A Sean le resultaba muy difícil mantener aquella conversación. En apariencia no era más que un intercambio de comentarios triviales, y eso es lo que le


habría parecido a cualquiera que mirase en aquel momento por la ventana, pero lo que él sentía no era trivial en absoluto. Cada fibra de su cuerpo se ponía en tensión en presencia de Leah. Tenía una voz tan sedosa y musical que podría Corregido por SCC


33 https://www.facebook.com/novelasgratis escucharla la noche entera sin llegar a cansarse de ella. Casi le dolían los dedos, inquietos por tocar su brillante melena, su aterciopelada piel. No era más que un manojo de nervios con un apetito que ninguna comida podía saciar. Y ella, mientras tanto, parecía fría y con un control absoluto sobre la situación. Y ahí estaba el problema, porque no quería que se sintiera así. ¡Maldita fuera! Ojalá estuviera tan inquieta como lo estaba él. –Es igual, te lo agradezco muchísimo. –No hay de qué. La cicatriz le dolía muchísimo y se la frotó. Comprobó aterrorizado que Leah seguía el movimiento con la mirada. –¿Estabas deprimido a causa del accidente? Oye, ¿seguro que no puedo ayudar? –Puedes servir las bebidas, si quieres. Están en ese armario de ahí. Yo quiero vino, y tú sírvete lo que quieras. –Yo también quiero vino. Leah sacó una botella de vino y un par de copas. Sean tuvo la extraña sensación de que ella pretendía facilitarle las cosas, de que le estaba diciendo que se tomara su tiempo para responder a aquella pregunta. –Sí, fue después del accidente. Durante un tiempo me sentí desilusionado y


perdí el interés por todo. Hasta que oyó sus propias palabras en voz alta no creyó que fuera capaz de pronunciarlas. Nunca había hablado con nadie de su accidente. –¿Desilusionado? Me resulta raro que utilices esa palabra –dijo Leah, ofreciéndole un vaso de vino–. Comprendo que estuvieras deprimido, pero desilusionado… –Lo comprenderías si conocieras toda la historia –añadió Sean. ¡Oh, estaba hecho un bocazas!, se reprendió. Le había dado a Leah la oportunidad perfecta para que le dijera: «Cuéntamela». Y eso era algo que no había hecho ni con su madre ni con Pete. Sin embargo, Leah no insistió. Simplemente frunció el ceño y lo miró con amabilidad. –¿Cuándo tuviste el accidente? La cicatriz parece muy reciente. –Y que lo digas –respondió Sean, apretando los labios–. Salí del hospital hace ocho semanas. Leah asintió. –¿Quieres vino o no? Sean se percató en ese momento de que le estaba ofreciendo un vaso. Al tomarlo, rozó los dedos de Leah. Esta dio un respingo y se alejó unos pasos, separándose de él. –Supongo que con el tiempo será menos marcada –dijo. Corregido por SCC


34 https://www.facebook.com/novelasgratis –Querrás decir menos horrible –replicó Sean, perplejo todavía por la reacción nerviosa de Leah–. Bueno, siento desilusionarte, pero me temo que no soy como el Inspector Callender. Leah parecía sinceramente preocupada. –No me malinterpretes. Después de todo, supongo que tu cara es tu medio de vida. Supongo que debe afectarte saber que ya nunca figurarás en la lista de los diez hombres más atractivos del mundo. Y supongo que la cicatriz debe haberle hecho mucho daño a tu imagen de conquistador. ¿Por eso te escondes en este lugar tan aislado? –Ya te he dicho que es mejor que no me confundas con el personaje que interpreto –dijo Sean con frialdad–. Y para tu información, te diré que no me estoy escondiendo en ninguna parte. Antes del accidente ya había decidido tomarme dos meses de vacaciones y, dadas las circunstancias, me pareció todavía más importante tomármelos, para asegurarme de estar en plena forma cuando llegue el momento de volver al trabajo. Mientras hablaba se acercó al horno, para comprobar cómo iba la lasaña, de manera que no vio la reacción de Leah a sus palabras.


–Todavía le faltan veinte minutos. Si no te importa, voy a darme una ducha y… Se le heló la lengua al dar media vuelta y ver que Leah se acercaba al comedor y se detenía para examinar algo más detenidamente. Mientras él hablaba, ella se detuvo ante un antiguo aparador de roble que ocupaba una pared entera. Sabía muy bien lo que estaba mirando y maldijo su estupidez por no haberlo guardado mientras podía. Observó en silencio cómo se acercaba y tomaba la fotografía enmarcada, girándola hacia la luz, e imaginó con detalle lo que estaba viendo. Se trataba de una fotografía de Pete, tomada el verano anterior en el jardín de aquella misma casa. Su hermano posaba con los brazos cruzados y muy sonriente. Leah estudió el retrato durante un par de segundos, esbozando una ligera sonrisa. Y, al cabo de esos dos segundos, giró la cabeza y miró a Sean, cuyo corazón se detuvo, en espera del inevitable estallido. –Es muy guapo –dijo Leah con serenidad–. ¿Quién es? Corregido por SCC


35 https://www.facebook.com/novelasgratis CAPÍTULO 5 ¿Quién es? Solo dos palabras. Una simple pregunta. Pero cualquiera, se dijo Leah, habría dicho que se trataba de algo mucho más peligroso. Viendo la reacción de Sean, pensó que jamás había visto a nadie reaccionar de un modo tan violento ante una pregunta que parecía tan inocua. Sean se había puesto pálido, no sabía si de rabia o de qué. –« ¿Quién es?» –repitió, como si no pudiera creer lo que acababa de oír–. ¿Qué clase de pregunta es esa? –Bueno, me gustaría saber quién es. Aunque solo sea por educación. Aunque… –se dijo Leah, comprendiendo que había otra posible interpretación para su pregunta–. Lo siento. No quería inmiscuirme en tu vida privada. –¡No se trata de eso! –Bueno, entonces, ¿qué ocurre? –¡Tú sabes lo que ocurre! ¿Por qué lo preguntas cuando sabes muy bien quién es? –¡Pero si no lo sé! –exclamó Leah, presa de la más absoluta confusión. No debería haber probado el vino. Era evidente que no le sentaba. Comenzaba a


dolerle la cabeza–. Si lo supiera, no lo preguntaría. ¿Es… –no podía serlo, cómo iba a serlo– tu novio? –¡No seas ridícula! –replicó Sean con tanta firmeza que, en caso de tenerlas, habría disipado todas las dudas de Leah–. Para ti más que para nadie debería ser evidente que no soy gay. En efecto, para ella era evidente. –Pues entonces, ¿quién es? –insistió, y volvió a fijarse en la fotografía, advirtiendo una o dos cosas que no había notado antes–. ¿Es tu hermano? Sean asintió con un movimiento de cabeza y una sonrisa sardónica. –¿Y pretendes que me crea que lo acabas de adivinar por pura suerte? –Y qué ibas a creer, si no lo he visto en mi vida. Pero no ha sido «por pura suerte». Tiene tus mismos ojos y la misma boca, aunque me ha despistado el pelo que… –Y no lo has visto en tu vida, ¿no? –preguntó Sean con un extraño tono de voz, imposible de interpretar. Al cabo de un instante, sin embargo, su expresión cambió y se llenó de un evidente aborrecimiento. –Oh, vamos, Annie, ese truco no te va a funcionar. –¿Qué truco? ¿Y quién demonios es Annie? De repente, Leah recordó algo. Una pregunta que había querido hacerle a Sean cuando estaban junto al coche. ¿Habían pasado tan solo tres horas desde entonces?


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36 https://www.facebook.com/novelasgratis –Pero antes de que sigamos con esta conversación de besugos, ¿cómo demonios sabes mi apellido? –¿Elliot? –dijo Sean con más convicción, obviamente se le había pasado la confusión–. ¿Es que no está claro? Me lo dijo Pete. –Para mí nada de esto está claro. Por ejemplo, Pete… Porque este es Pete, ¿verdad? –preguntó Leah, agitando la fotografía. Sean se limitó a responder con una sonrisa–. Pues este Pete no puede haberte dicho nada de mí porque no me conoce. Ni siquiera nos hemos visto, ¡ni una sola vez! Por lo menos, no que yo sepa. Y si me ha visto, entonces me confunde. Porque yo no soy Annie Elliot ni Annie… –y de repente se le ocurrió–: ¡Oh, Dios!, este Pete no es el Pete de Annie, ¿verdad? Sean le dirigió como respuesta una mirada penetrante como un cuchillo. –Claro que es el Pete de Annie, es tu Pete. –¡El Pete de mi prima Annie! –replicó Leah con todas sus fuerzas–. Está prometida con alguien que se llama Pete… –¡Oh, muy lista! –respondió Sean con un bufido–. Piensas con rapidez, te felicito, pero te olvidas del pequeño detalle de que ya has respondido al apellido Elliot.


–Pues claro que sí, el padre de Annie y el mío eran hermanos, bueno, medio hermanos para ser exactos. La madre de mi padre era la primera mujer de mi abuelo. El tío Joe era el más joven. Mi apellido es Elliot, es cierto, pero mi nombre es Leah, Leah Jane. –¿Qué clase de juego es este? Sean no elevó la voz, pero la pregunta era más amenazante que si lo hubiera hecho. –¡No es ningún juego! Leah no era capaz de contenerse y de inmediato lamentó el tono cortante de su voz, no tanto por la reacción de él, que frunció el ceño con desagrado, como porque al gritar su dolor de cabeza se había vuelto insoportable. –Créeme, no estoy jugando –prosiguió, más suavemente–. Y te lo puedo probar fácilmente. Espera aquí. Sin darle pie a proseguir la discusión, Leah subió a su habitación, agarró el bolso y bajó a toda prisa, rebuscando en su interior. –Toma. Sean no se había movido, seguía en la misma postura y el mismo sitio que antes, aunque había apurado su vaso de vino, que reposaba vacío en el aparador junto a la foto de su hermano. Corregido por SCC


37 https://www.facebook.com/novelasgratis Sentía una nueva y extraña tensión, como anticipando algo que sabía que no le iba a gustar en absoluto. Sus ojos se oscurecieron y miró con suspicacia el carnet de conducir que le había dado Leah. –¿Lo ves? Leah Jane Elliot. Y si quieres más pruebas aquí tienes mi chequera, mis tarjetas de crédito… Bueno, y ahora, ¿qué tienes que decir? Nada, Sean no tenía nada que decir, se limitaba a observar los documentos que Leah le había ido poniendo en las manos como si fueran serpientes venenosas a punto de atacarlo. Al cabo de unos momentos exhaló un largo suspiro y se pasó la mano por el pelo con nerviosismo. –Creo que será mejor que volvamos a empezar por el principio. Me parece que ha habido un malentendido. –¡El malentendido del siglo! –replicó Leah, metiendo en el bolso lo que había sacado–. ¿Por quién me habías tomado? ¿Es que mi prima es la novia de tu hermano? –Ex novia, acaba de dejarlo. ¿No lo sabías? –preguntó Sean, al ver la expresión de sorpresa de Leah.


–No tenía ni idea, pero Annie y yo no nos relacionamos mucho, nunca lo hemos hecho. Nuestros padres no podían ser más distintos y apenas se veían, y a nosotras nos pasa lo mismo. Al mencionar a su padre; Leah pensó en su madre, sentada sola en su casa. Menos mal que no la había llamado para decirle que llegaría por la noche, así le ahorraba la preocupación. –Hasta la semana pasada no supe que Annie iba a casarse y fue porque tuve que llamarla por lo del coche –dijo, y comprendió que tenía que explicarle a Sean lo que ocurría con el coche–. La semana pasada le compré el Renault y su hermano me lo llevó hasta Londres. ¿Tiene el coche algo que ver con todo esto? –¡Y tanto! Pero, ¿por qué no nos sentamos? Creo que te debo una explicación y me temo que va a llevar su tiempo, así que más vale que nos pongamos cómodos. La comodidad no era precisamente la sensación que Leah sentía cuando estaba junto a Sean Gallagher, se dijo. Bastaba con compartir la misma habitación para sentirse víctima de algo parecido a una sacudida de corriente eléctrica, tanto física como mentalmente. Sin embargo, estaba deseando sentarse. Sentía cierta debilidad en las piernas, probablemente estaba sufriendo los efectos físicos del shock, pues casi no la


mantenían en pie; además, le dolía mucho la cabeza, tanto que pensar comenzaba a costarle trabajo. Con un débil suspiro, se dejó caer en uno de los sofás que había junto a la chimenea. –¿Más vino? –ofreció Sean–. Tienes aspecto de necesitar una copa. –Lo que necesito es la explicación que me has prometido. Corregido por SCC


38 https://www.facebook.com/novelasgratis El alcohol solo serviría para agravar la nube de confusión que ya sentía y necesitaba la mayor claridad mental posible para entender lo que había sucedido. Si la situación era de por sí complicada, el nuevo giro de los acontecimientos parecía complicarla todavía más. –Como quieras –dijo Sean, que rellenó su vaso y fue a sentarse en el sillón situado frente al de Leah–. Como te he dicho, Pete es mi hermano. Tiene veinticinco años, es decir, es nueve años más joven que yo. Hace tres meses conoció a una chica en una fiesta. –A Annie –intervino Leah, pues Sean había hecho una pausa y miraba su vaso de borgoña como si buscara inspiración. –Tu prima Annie –respondió Sean, distraídamente–. Mi hermano debe de ser el último de los románticos: le bastó con verla para caer rendido a sus pies. Y, según él, a ella le pasó lo mismo. –Ya, pero me parece que tú no crees a ninguno de los dos –dijo Leah, indignada ante el cinismo con que hablaba Sean. –El amor a primera vista, o cualquier otro tipo de amor, es un mito, una fantasía creada para novelistas románticos o adolescentes soñadores o con exceso de hormonas. Los adultos maduros y racionales no pueden creer en él.


–Y tú, por supuesto, te cuentas entre estos últimos. El sarcasmo de Leah le valió una dura mirada por parte de Sean. –¿Quieres decir que no estás de acuerdo con lo que he dicho? –preguntó él. Leah se sintió incómoda. –Quiero decir que a mí nunca me ha ocurrido, pero que, mientras tanto, me reservo mi opinión. –Por tus palabras deduzco que no quieres a ese novio tuyo con el que dices que te vas a casar. ¿O es que no es verdad que te vayas a casar con él? –Claro que es verdad, y claro que lo quiero. Leah se preguntó si no habría hablado con demasiado nerviosismo, si no habría puesto demasiado énfasis en sus propias palabras. ¿Revelaba ese nerviosismo que se sentía culpable por no haberse acordado de Andy hasta que ya era demasiado tarde? Además, tampoco había dicho la verdad al afirmar que se iba a casar con él. Andy le había pedido que lo hicieran, pero ella todavía no había aceptado. En vez de hacerlo, le había pedido unos días para pensárselo. El compromiso al que había aludido previamente como defensa cuando las cosas comenzaban a ir demasiado lejos, en realidad, no existía. Solo había aludido a él en un momento de desesperación. Pero no quería que Sean lo supiera. Era más seguro que siguiera pensando que estaba prometida con


otro. Corregido por SCC


39 https://www.facebook.com/novelasgratis –Pero no estamos hablando de mí. Sigo esperando que me digas por qué me tomaste por la novia de tu hermano. Me temo que hay algo que no marcha bien en esa maravillosa relación. Sean asintió con una inclinación de cabeza. –Al principio todo fue sobre ruedas, pero luego… ocurrieron ciertas cosas que impidieron que Pete y Annie se vieran durante una temporada. Sin embargo, tuvo suerte. Annie esperó y, en cuanto volvieron a estar juntos, se prometieron y vivieron una relación de ensueño. Fijaron la boda para el día de Año Nuevo, decían que no podían esperar más. Pero hoy me ha llamado Pete: estaba desesperado. –Han roto –dijo Leah. Lamentaba que la historia tuviera un final tan triste. Annie parecía muy feliz la semana anterior, el día que hablaron por teléfono, y le habría gustado que su prima y su novio probasen que el amor verdadero sí existía, aunque solo fuera para hacer callar al cínico de Sean. –Ella le dijo que había otra persona –prosiguió Sean–. Le devolvió el anillo y se marchó. Leah frunció el ceño.


–No parece propio de Annie. –Pues eso es lo que ocurrió –confirmó Sean, sin ocultar su desagrado por aquel hecho–. Pete estaba destrozado. –¿Y cómo te has visto implicado tú en todo esto? –Annie iba a pasar la Navidad a casa de sus padres. Tenía que pasar por Appleton y suele parar en un bar de allí, El Búho. Se suponía que yo debía hablar con ella y lograr que se quedara hasta que llegara Pete. Y, en vez de a ella, te he encontrado a ti. –Pero, ¿no sabías…? –dijo Leah. Se interrumpió, estaba pensando en todo lo que había sucedido. –¿Que tú no eras Annie? ¿Y cómo iba a saberlo? A Annie no la conozco. Lo único que yo sabía era que estaba buscando a una mujer guapa, alta y morena que conducía un Renault plateado. Y cuando encontré a una mujer que respondía a esas señas, di por hecho que era la que estaba buscando. –Lo diste por hecho –repitió Leah con una sonrisa, evitando pensar en los piropos que indirectamente le había dirigido Sean–. Me sorprende que dieras por hecho tantas cosas. Sean levantó la cabeza bruscamente. Se sentía ofendido por el tono crítico de Leah. –¿Eso crees? ¿Y cuántas probabilidades crees que hay de que esta tarde hayan pasado por Appleton dos mujeres morenas, con el mismo apellido y


conduciendo el mismo coche? –Eso es verdad –admitió Leah–. Además es el coche de Annie, o lo era. Corregido por SCC


40 https://www.facebook.com/novelasgratis Él la había llamado por su nombre, «señorita Elliot», y ella, probablemente a consecuencia del susto del accidente, no había prestado demasiada atención a ese detalle. Quizás si entonces lo hubiera hecho, los acontecimientos posteriores se habrían desarrollado de forma distinta. Resultaba imposible no pensar en lo distinto que habría sido todo si Pete no hubiera llamado a su hermano y hubiera conocido a Sean sin que él la tomara por otra persona. –Annie me ofreció el coche porque, en su nuevo trabajo, la empresa le proporciona un vehículo –dijo–. Si no me lo hubiera vendido, yo seguiría con mi viejo Mini. Si hubiera podido, ¿habría cambiado las cosas? Esa era la cuestión que estaba detrás de todas las preguntas que se hacía Leah. –Todavía no lo domino, supongo que por eso me he salido de la carretera. –Por eso y porque esa carretera está en pésimo estado –señaló Sean. Leah se estremeció al recordar el accidente y se dio cuenta de que no se libraría de aquella sensación tan fácilmente. Se sentó al borde del sillón y estiró los brazos para calentarse las manos con el fuego de la chimenea. Se sorprendió al advertir que le temblaban ligeramente. Le dolía tanto la cabeza que le resultaba muy difícil pensar con claridad.


–Tienes que querer mucho a tu hermano para haber salido con un tiempo así. –Es cierto –declaró Sean–. Su felicidad es muy importante para mí. Él ha estado siempre a mi lado cuando lo he necesitado y es lo menos que podía hacer. –Sí, pero hasta el punto de arriesgar tu… –dijo Leah, y se interrumpió al percatarse de algo–. ¡Tu accidente! Es eso, ¿verdad? Quiero decir, por eso Pete y Annie tuvieron que separarse al principio. ¡Él estuvo cuidándote! –Eres muy perspicaz. Leah esbozó una sonrisa triunfal. –Así que, aunque no crees en el amor, no te importa arriesgar la vida y secuestrar a Annie por el bien de tu hermano –dijo y sintió una gran alegría al saber que Sean era capaz de una cosa así, lo cual, por otra parte, era difícil de explicar. –Nada de secuestrar –dijo Sean–. Después de todo, tú has venido por voluntad propia. –Sí, pero tú no me dijiste que eras el hermano de Pete, lo cual… –Ya te he dicho que no conozco a Annie, y Pete no le ha hablado de mí, al menos no como el Sean Gallagher que sale en televisión. Sabe muy bien que quiero proteger mi intimidad. Estaba esperando a Año Nuevo para presentarnos. –Pero, ¿estabas dispuesto a revelar quién eres si con eso lograbas que viniera contigo a esta casa? Dime una cosa, ¿era ese tu as en la manga? Si Annie se


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41 https://www.facebook.com/novelasgratis hubiera negado a venir por Pete, ¿crees que la idea de estar a solas con Sean Gallagher…? –dijo Leah, dejando la frase en el aire y con cierto tono sarcástico–. ¿Le habrías puesto esa zanahoria delante de la nariz para hacerla picar? ¿Eres lo bastante arrogante como para pensar que no hay mujer que pueda rechazar la ocasión de estar con la estrella más famosa de la televisión? Sean le dirigió una mirada llena de desprecio y no se dignó a dar una respuesta a su pregunta. Lo cual no sirvió más que parar añadir mayor confusión a los sentimientos encontrados de Leah. –Como ya te he dicho –respondió–, Pete puede pedirme cualquier cosa –dijo, con frialdad. Y Leah lo creyó. –Pero ahora ya no hay necesidad de que hagas nada más. –No –admitió Sean–, ahora ya no tengo que hacer nada. A no ser, claro, que decidas contarle la historia a la prensa. Leah, presa de la indignación, se irguió como un resorte y le dirigió una mirada desafiante. –¿Qué clase de persona crees que soy? Ni siquiera leo las revistas del corazón, así que no tengo la menor intención de irles con ningún cuento.


–Sería una gran exclusiva. «Una estrella de la televisión me secuestró y me llevó a su nidito de amor» –dijo Sean, con triste desprecio–. Te pagarían muy bien. Leah se sintió todavía más indignada. –No necesito esa clase de dinero. Tengo un buen trabajo y un salario decente. –¿Haciendo qué? –Soy directora de una agencia de viajes en Wimbledon. Así que no me hace falta ninguna ayudita. Sean apartó los ojos de ella y se levantó para volver a llenar su vaso de vino. De repente, parecía haber perdido todo interés por proseguir la conversación. –Si no me doy esa ducha ahora mismo, voy a tener que esperar a después de cenar. Su actitud de indiferencia solo sirvió para aumentar la indignación de Leah. –¡No hemos terminado de hablar! Sean, conmovido y perplejo por aquel tono de imprecación, dio media vuelta lentamente y la miró desde la puerta. A Leah se le congeló la sangre con aquella mirada. –Yo sí he terminado –dijo Sean amargamente–. Ya te lo he explicado todo. –¡Solo me has contado los hechos, sin más! –¿Y qué más quieres? –dijo Sean. Parecía cansado, como un padre cuya paciencia se hubiera agotado.


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42 https://www.facebook.com/novelasgratis –Mucho más. Por ejemplo, una disculpa. –¿Una disculpa? ¿Por qué? –Por la manera en que me has tratado, por traerme aquí con falsas explicaciones… Leah no prosiguió con sus imprecaciones. En el rostro de Sean comenzaban a aparecer lo que ella reconocía como señales peligrosas: los ojos entrecerrados, el ceño fruncido, los labios apretados. –Una disculpa –repitió él. Leah se estremeció–. Veamos. Me disculpo por haberte confundido con otra persona, de acuerdo, pero tú misma has reconocido que es un error que cualquiera habría podido cometer. –Yo… –dijo Leah, con intención de protestar, pero él prosiguió con su fría aclaración. –Pero, ¿voy a disculparme por haberte traído cuando abandonarte habría significado poner en peligro tu vida? ¿Voy a disculparme por ofrecerte un techo y un plato donde comer? –Podrías disculparte por haber intentado seducirme. –¿Por seducirte? –repitió Sean con agrio sarcasmo–. Oh, no, mi querida Leah, no pienso disculparme por algo que parecía tan necesario. Y, para ser fieles a la verdad, yo no he intentado seducirte. En todo caso, lo que ha ocurrido ha


sido consecuencia de un atracción por ambas partes. De lo que ha sucedido tienes tanta culpa tú como yo, pero no lamento nada. De hecho, no me importaría que sucediera de nuevo. Mientras hablaba, Sean se iba aproximando a ella, sonriendo cada vez más ampliamente. Leah, por su parte, le dirigió una furiosa mirada. –Ni lo pienses –replicó Leah, enfrentándose a él. A pesar de que en aquel momento se sentía pequeña y débil; una sensación a la que, desde luego, no estaba acostumbrada–. ¡Se helará el infierno antes de que vuelvas a tocarme! Como respuesta a su declaración, Leah esperaba una reacción airada, llena de furia, una reacción que, sorprendentemente, no se produjo. En vez de enfadarse, Sean dejó escapar una de aquellas risas heladas, carentes de humor, y sus ojos se deslizaron sobre ella, desde su atribulada cabeza hasta sus pies desnudos, que retorcía sobre la moqueta. –¿De verdad? –dijo, con desdén–. Bueno, en ese caso será mejor que me dé una ducha fría en vez de la caliente que pensaba tomar. ¿Estas segura de que no quieres unirte a mí? Leah no se molestó en contestar aquella pregunta ofensiva y prefirió desviar la mirada para no enfrentarse a la cruel sonrisa burlona que le dirigía su oponente. Otra de sus odiosas miradas le hizo apretar los dientes, como único remedio para frenar una réplica irreflexiva y peligrosa, y permaneció tensa


como un arco hasta que lo oyรณ salir de la estancia. Corregido por SCC


43 https://www.facebook.com/novelasgratis Entonces se relajó, dejando escapar un suspiro que llevaba largos segundos conteniendo, y se dejó caer sobre el respaldo del sillón. Ya no solo le dolía la cabeza sino todo el cuerpo. ¿Qué podía hacer? No podía quedarse allí. La idea de compartir un espacio tan reducido con un hombre como Sean le provocaba sudores fríos. En un impulso propiciado por el pánico, se calzó sus deteriorados zapatos y se levantó. Se colgó el bolso al hombro y se dirigió al recibidor. No pensaba en otra cosa que en escapar y con esa intención se dirigió a la entrada. Al abrir la puerta, sin embargo, se detuvo en seco. –¡Oh, no! La escena que contemplaron sus ojos anulaba toda esperanza. Nieve. A derecha e izquierda, lo único que podía ver era una capa de nieve de varios centímetros de espesor, una capa lisa e infranqueable. Del camino por el que habían llegado no quedaba el menor rastro. Incluso el coche estaba cubierto por una gruesa capa de nieve. Aventurarse por aquel paisaje helado no sería más que una estupidez que pondría su vida en peligro. Lo único que podía hacer era cerrar la puerta y esperar a que el temporal amainara. El frío del exterior se le había metido en los huesos, de manera que volvió


rápidamente al salón y se sentó junto al fuego para ver si podía calentarse, aunque fue en vano. Del piso de arriba le llegaba el sonido de la ducha y de los movimientos de Sean. Sean. ¿Quién era en realidad Sean? ¿Cómo era? Sabía cuántos años tenía, cómo se ganaba la vida. Pero cualquier telespectador también lo sabía. En realidad, no sabía nada del hombre con el que estaba atrapada, obligada a compartir el mismo techo durante solo Dios sabía cuánto tiempo. Se había sentido tan feliz al verlo aparecer junto a su coche… Le había parecido como un caballero de brillante armadura que acudía a rescatarla justo cuando lo necesitaba. Y el hecho de que su cara le resultara familiar, aunque fuera solo por haberlo visto en televisión, había añadido encanto y magia al encuentro, aunque, por otro lado, también había contribuido a desconcertarla. Ay, qué irreal había sido aquel momento. En realidad, y de ello se daba cuenta en aquel momento de reflexión, se había dejado convencer por las apariencias. Lo que había sentido estaba basado en una combinación de ingenuidad y fascinación, en las engañosas apariencias. ¿Qué había dicho él? Que no confundiera al hombre real con el personaje que interpretaba. Y, sin embargo, ella había hecho exactamente eso. Pero lo peor era que todavía no se había enfrentado a la realidad. Él era más superficial y más


egoísta y arrogante de lo que ella se había atrevido a imaginar. Porque, ¿no era verdad que incluso tomándola por Annie, que estaba prometida con su propio Corregido por SCC


44 https://www.facebook.com/novelasgratis hermano, había intentado seducirla, hacer el amor con ella?, ¿y que lo habría hecho si ella no se lo hubiera impedido? ¡Y tenía la desfachatez de echarle a ella la culpa de lo sucedido! Oyó que en el piso de arriba cesaba el ruido de la ducha y pensó que quedaba muy poco para que Sean volviera a bajar. ¿Cómo demonios iba a comportarse a partir de ese momento? Era una estupidez, pero no podía dejar de sentir una punzada de dolor al saber que su caballero andante había desaparecido para siempre. La pregunta era: ¿quién era la persona que había sustituido al caballero andante por el que ella lo había tomado? Un hombre que había acudido a rescatarla únicamente porque la había tomado por la prometida de su hermano. Un hombre que habría hecho todo lo posible por llevar a esa prometida a su casa y retenerla allí. Un hombre, en definitiva, incapaz de resistirse a la tentación de seducirla; un oportunista sexual que no había mostrado el menor arrepentimiento por el modo en que se había portado con ella. Claro que, ¿y ella? «De lo que ha sucedido», había dicho él, «tienes tú tanta


culpa como yo». Y cuánta razón tenía. Se tapó el rostro con las manos en un gesto de desesperación. Era imposible negar la evidencia. Desde el accidente no se reconocía a sí misma. Porque la verdad era que se había comportado como una desconocida, como alguien guiado únicamente por la sensualidad, que había respondido a las insinuaciones de Sean de un modo inimaginable en ella. No sabía cómo había ocurrido, pero, al parecer, Sean Gallagher tenía el poder de transformarla en una mujer distinta de la que realmente era. No se atrevía a considerar las consecuencias de que ese nuevo instinto sensual que Sean había descubierto en ella volviera a desatarse, lo cual era muy probable mientras compartiera el mismo techo con aquel hombre. Y, sin embargo, no tenía alternativa, tenía que quedarse, se encontraba en una situación sin salida. Corregido por SCC


45 https://www.facebook.com/novelasgratis CAPÍTULO 6 –No has comido mucho –dijo Sean. –No tengo hambre –replicó Leah. En efecto, a pesar de su entusiasmo previo, apenas había probado bocado. En realidad, se había limitado a picotear la comida, como si temiera que estuviera envenenada. Y tal vez lo creyera, se dijo Sean, pues en un par de ocasiones la había sorprendido observándolo como si fuera él el envenenador. No le gustaba sentirse como un intruso en su propia casa. Era una situación a la que no estaba acostumbrado. –Relájate, Leah –dijo, y vio que se ponía tensa, sorprendida por el deliberado sarcasmo de su voz–, no voy a morderte. Ella le dirigió una mirada escéptica. –Creía que era justamente eso lo que te proponías hacer. –Mira… Dispuesto a iniciar un contraataque feroz, Sean se lo pensó dos veces y cerró la boca. Le gustara o no, tendría que pasar mucho tiempo al lado de aquella mujer, de modo que era mejor comportarse de manera civilizada. –Bueno, voy a quitar la mesa. ¿O quieres algo más? –preguntó alejándose ya hacia la cocina. –No, no, nada, gracias –contestó Leah con una voz extraña y distante–. Pero


que eso no te detenga, adelante, tómate el postre. –No suelo tomar postre. Mi madre siempre ha dicho que nací sin gusto por lo dulce. ¿Café? –Bueno, ¿te ayudo? –¡No! La enfática respuesta de Sean solo se debía a que temía que la cercanía de Leah volviera a despertar en él las sensaciones lujuriosas que lo habían dominado al llegar a casa. Y tenía que suprimir esas sensaciones de la manera que fuese. Sin embargo, era como si Leah se empeñara en ponérselo difícil, pues entró en la cocina detrás de él. –Mi educación no me permite dejar que mis invitados ayuden en la cocina – dijo, poniendo la cafetera en el fuego. –Pues mis padres me dijeron que siempre hay que ayudar –replicó Leah con una sonrisa que amenazó la de por sí frágil compostura de Sean–. Además, no creo que puedas considerarme una invitada. –¿Y cómo hay que considerarte? –preguntó Sean con la intención de desconcertar a Leah. Pero se llevó una sorpresa al ver que esta, que se había acercado a la ventana, daba media vuelta esbozando una de aquellas sonrisas que conseguían hacerle un nudo en el estómago.


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46 https://www.facebook.com/novelasgratis –Pues ahora mismo me siento como ese viajero que aparece en la Biblia, abandonado en la cuneta y sin que nadie lo ayude hasta la llegada del buen samaritano. –Lo dices como si yo fuera un santo. Pero te olvidas de que te recogí porque te tomé por la novia de Pete. El agua de la cafetera comenzó a hervir en aquel momento y Sean, agradeciendo la interrupción, la retiró del fuego. Luego sacó las tazas y buscó el azucarero, creía que lo había sacado del armario al poner el café. –¿Es esto lo que buscas? –preguntó Leah. Sean le arrebató el objeto de las manos. –Entonces, ¿estás diciendo que si no me hubieras tomado por Annie, si hubieras sabido que era otra persona, no te habrías detenido a ayudarme? –No seas tonta, ¿por qué clase de animal me tomas? No habría dejado ni a un perro en el campo con esa tormenta y mucho menos a una mujer, a cualquier mujer. ¿Ni siquiera a Marnie? La pregunta se coló en la mente de Sean. Lo había sorprendido con la guardia baja. No, maldita fuera, ni siquiera a Marnie. Después de todo, ¿no era ese el


problema? Le había dado una segunda oportunidad, había creído en sus mentiras, en sus sonrientes declaraciones, pero eso solo había servido para conducirlo al desastre, al desastre más absoluto. –Lo siento –dijo Leah. Su tono de voz era distinto, tanto que Sean se preguntó si habría intuido sus más íntimos pensamientos. –Sean, ¿por qué no empezamos otra vez desde el principio? ¿Por qué no actuamos como si nos acabáramos de conocer? Un brillo de ilusión mezclado con… ¿con qué?, ¿esperanza?, iluminaba los ojos de Leah. –Como si nada hubiera ocurrido. Pero sí había ocurrido algo, algo que no podía olvidar. –Pides mucho –dijo, y quiso seguir poniendo excusas, pero la mirada de Leah poseía cierto brillo de ternura que lo había atrapado. Dio media vuelta y colocó las tazas, el azucarero y una jarrita de leche en la bandeja–. De acuerdo, empezaremos como si nada hubiera ocurrido. Empujó la puerta con el hombro y se dirigió al salón. El fuego de la chimenea bastaba para iluminar la estancia, de modo que no se molestó en encender la luz. –Y bien, señorita Elliot…


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47 https://www.facebook.com/novelasgratis Mientras servía el café se percató de que Leah, como él, evitaba el sofá, y se sentaba en uno de los sillones individuales. Tampoco se apoyó en el respaldo; al contrario: se mantuvo en el borde, bien erguida. –Hábleme un poco de usted. Para empezar, dígame cómo prefiere el café. –Con leche y sin azúcar, por favor. Leah trataba de seguir el juego, pero en sus palabras había cierta inquietud que la traicionaba. Cuando Sean le tendió la taza, su rostro estaba pálido como la luz de la chimenea. –¿Qué quieres saber? –preguntó. –Háblame de tu trabajo. Creo que sería un buen punto de partida –dijo Sean. Muchos años de formación y experiencia como actor le permitían desempeñar su papel con desenvoltura–. Después de todo, en eso me llevas ventaja. –¿No te molesta que tu vida sea de dominio público? La pregunta se le escapó a Leah con una espontaneidad que cambió por completo su aspecto. La tensión que atenazaba su cuerpo y sus facciones se relajó de repente. Parecía más joven y cálida, más tierna y vulnerable. –Quiero decir, a mí me resultaría insoportable saber que cada cosa que hago puede ser motivo de comentario.


–Es parte de mi trabajo. Si quieres ser actor, tienes que aceptarlo y, cuando te llega, aprendes a vivir con ello. Pero tengo que admitir que muchas veces me dan ganas de mandar al infierno a todo el mundo. –¿Como por ejemplo ahora, cuando estás convaleciente de un accidente? Ahora entiendo por qué prefieres vivir aquí, en esta casa, en vez de en un lugar menos aislado. Es tranquilo e íntimo, y puedes quedarte aquí hasta que seas capaz de enfrentarte de nuevo al mundo. ¿Por eso no conoces todavía a la novia de tu hermano, porque preferías no descubrir tu identidad todavía? –Exacto. De modo que, aparte de guapa, era inteligente. Pues se trataba de una combinación potencialmente muy peligrosa. Y, además, despertaba su curiosidad. Quería saber muchas más cosas de ella. –Pero estábamos hablando de ti. Me gustaría saber más acerca de tu fulgurante carrera en el mundo de las agencias de viajes. No se molestó en disimular su genuino interés por ella. Leah, por su parte, se mostró sorprendida. –Llamarla fulgurante es exagerar. Trabajo en una sucursal de una agencia de implantación nacional en la que comencé a hacer prácticas después de estudiar Turismo. Hace tres meses me hicieron directora. –No está mal para una mujer de… ¿veintidós? Leah sonrió.


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48 https://www.facebook.com/novelasgratis –Veinticinco. Y si lo que quieres es halagarme… –No era mi intención. Solo estaba tratando de adivinar tu edad. No me he acercado mucho, debo admitirlo, pero bueno, lo que se me da realmente bien son los números del pie. –¿Números del pie? –preguntó Leah, sin poder creer lo que estaba oyendo y con una sonrisa que iluminaba sus ojos. –Exacto –respondió Sean, también con una sonrisa–. Tengo una vasta experiencia en los números de pie femeninos. Leah sintió una curiosidad a la que no podía resistirse. Se descalzó y estiró la pierna, mostrándole a Sean la planta del pie. –Treinta y siete –declaró él. Leah echó la cabeza hacia atrás. Era un gesto de sorpresa. –Pero, ¿cómo…? Sean se echó a reír. –No siempre he sido famoso. Muchas veces me he visto obligado a «descansar» entre rodaje y rodaje, muchas veces más tiempo del que me habría gustado. En tales ocasiones, aceptaba cualquier trabajo que me permitiera pagar el alquiler. Y así fue como pasé casi un año de dependiente en una


zapatería. –¿Tú? –exclamó Lean, sin poder creerlo–. Apuesto a que eras un vendedor de primera. Lo único que tenías que hacer era poner en juego tu famosa sonrisa y tus dientas comprarían hasta unas babuchas para ir a esquiar. –¿Y ahora quién está halagando los oídos de quién? Leah sonrió, se sentía mucho más relajada. –Bueno –prosiguió Sean–, háblame de tu trabajo en la agencia de viajes. ¿Conoces los lugares que vendes? –Algunos sí. Es una de las ventajas de este trabajo. Puedes vender mejor un destino si lo conoces, así que muchos hoteles nos dan invitaciones. –¿Y adonde irías de vacaciones?, ¿qué país te atrae más? ¿O es lo mismo que preguntarle a un chef qué plato prefiere? Cuando es parte de tu trabajo, ¿esos sitios pierden interés? –¡Oh, no! Me encanta viajar. Durante mucho tiempo estuve pensando en trabajar en hoteles, y cambiarme de uno a otro cada seis meses, pero luego decidí que es mejor conocer todos esos sitios en vacaciones. ¿Que cuál me gusta más? Pues es difícil de decir –se concentró, frunciendo el ceño, como si quisiera dar una opinión lo más exacta posible–. Me encanta España, sobre todo Almería y Granada. Y me gustaría conocer mejor Canadá, solo he estado en Toronto. Pero el lugar que más me gusta del mundo es Madeira.


Hablaba con un entusiasmo que iluminaba su rostro y, mientras lo hacía, se había quitado el otro zapato y metía los pies entre las patas del sillón. Parecía una niña pequeña, se dijo Sean, pero pronto tuvo pensamientos muy poco Corregido por SCC


49 https://www.facebook.com/novelasgratis apropiados. Tuvo que apartar los ojos de su la sonriente boca de Leah, pues no quería recordar el sabor de aquellos labios, tan suaves y turgentes. –Tengo debilidad por las islas –prosiguió Leah–, y Madeira es una de las más bonitas que he visitado. Tiene unas flores asombrosas, incluso en las cunetas, y luego está ese sistema de canales de irrigación, las levadas, que se puede visitar. –Donde el aire está perfumado por los eucaliptos –intervino Sean, únicamente por distraer sus pensamientos. –¿Has estado en Madeira? –Hace un par de años, con Pete. Visitamos las levadas, como cualquier turista. –Y tomaríais el té en la terraza del Reids. –Por supuesto. ¿A qué se debía el rubor de las mejillas de Leah? ¿Al café o era producto del fuego de la chimenea? Era poco probable, se dijo Sean, observándola detenidamente, viendo que su sonrisa se desvanecía y que se frotaba la sien. –¿Estás bien? –Sí –respondió ella–, es solo que no consigo entrar en calor. –Pues ahora aquí hace casi demasiado calor.


–¿De verdad? –parecía sorprendida–. Creo que no me he recobrado del shock. A lo mejor tendría que ponerme otro jersey. Con evidente esfuerzo, volvió a concentrar la mirada en Sean. –¿Pete es tu único hermano o sois más? –No, solo somos Pete y yo. Además, le llevo muchos años, así que es un auténtico hermano pequeño. Siempre he cuidado de él, desde el colegio. –Y lo sigues haciendo. ¿No es hora de que lo dejes enfrentarse solo a sus propios problemas? Sean se levantó para servirse más café. Cuando le ofreció a Leah, se dio cuenta de que ella apenas había bebido nada. –También él me ha cuidado a mí. ¿No te gusta el café? –Sí, sí –dijo Leah, y se quedó mirando su taza–. Pero es que ahora no me apetece. –Tampoco has comido nada. –No tenía hambre. Supongo que te refieres a que, cuando tuviste el accidente, tu hermano se ocupó de ti, ¿verdad? Sean se dio cuenta de que Leah cambiaba de tema deliberadamente, pero prefirió no mencionarlo y responder a la pregunta. –Sí. Pete me apoyó mucho después del accidente. Lo dejó todo, dejó su negocio en manos de su socio y se vino conmigo el tiempo necesario. Seguiría


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50 https://www.facebook.com/novelasgratis aquí si lo necesitase, pero me pareció que ya había hecho suficiente y que su novia lo necesitaba más que yo –dijo Sean, y chasqueó la lengua al recordar la última llamada de Pete–. Creo que habría hecho mejor manteniéndolo aquí. Si no hubiera vuelto con ella, no habría podido hacerle daño. –Dudo que Pete lo vea de ese modo –replicó Leah–. Por lo que me has contado, es evidente que todavía la quiere y espera que vuelva a su lado. –Peor para él –dijo Sean con cinismo–. En mi opinión, el amor es una emoción sobrevalorada, causa más problemas que satisfacciones, no merece la pena. –No puedo creer que lo digas en serio. –Hablo completamente en serio y es una opinión fundada en la experiencia – dijo Sean, pensando en Marnie. –Pero, ¿y tus padres? –Mi padre ni siquiera se quedó el tiempo suficiente para saber que mi madre estaba embarazada de Pete. Por eso Pete y yo nos llevamos tan bien, soy el único padre que ha tenido. –Pero si no eras más que un niño…


El sincero interés de Leah solo sirvió para incomodar más a Sean, que se levantó a encender la luz. Un ambiente menos íntimo sería también más seguro. –Lo bastante mayor para darme cuenta de que «te quiero» rara vez significa «para siempre». Leah parpadeó al encenderse la luz. Estaba más pálida que nunca, advirtió Sean, que observó cómo dejaba la taza de café sobre la chimenea con cierta dificultad. Era evidente que no se encontraba bien, pero, ¿era el shock del accidente o algo distinto? –No estoy de acuerdo… –No esperaba que lo estuvieses. Cómo ibas a estarlo, si te vas a casar con… –Andy –dijo Leah. Su voz era débil y ligeramente temblorosa. –Sí, Andy –dijo Sean, repitiendo el nombre con desdén. En realidad, se había olvidado por completo del tal Andy. Se había alegrado tanto al saber que Leah no era la novia de su hermano que se había olvidado de que era la novia de otro. Y mientras había durado ese olvido, se había sentido muy aliviado y cómodo. ¡Demonios, si incluso empezaba a gustarle! –¿Quieres que te hable de Andy? –preguntó Leah. –¡No, no quiero saber nada de él! Sean no quería conocer ningún detalle, no quería ver cómo cambiaba el


rostro de Leah mientras le hablaba del hombre con el que iba a casarse. Le brillarĂ­an los ojos y sus labios esbozarĂ­an una sonrisa al decir el nombre del hombre al que amaba. Corregido por SCC


51 https://www.facebook.com/novelasgratis ¡Nada de eso! ¡No lo amaba! ¿Cómo iba a amarlo y comportarse del modo en que lo había hecho? ¿Cómo podía haber prometido casarse con él y caer en sus brazos de un modo tan apasionado? –Pero deberías saber qué… Lean no llegó a terminar la frase. Lo que iba a decir se vio interrumpido bruscamente al oír el sonido que llegaba desde otro rincón de la casa, amortiguado ligeramente por la barrera de un par de puertas cerradas. –¡Un teléfono! –exclamó con perplejidad e indignación–. ¡Tienes teléfono! Pero habías dicho que… –Lo sé –dijo Sean, y se interrumpió. El contestador automático contestaría la llamada–. Yo… Leah interrumpió sus explicaciones y se puso de pie. –¡Me has engañado! –exclamó con un brillo airado en sus ojos violeta, pero había algo más oscuro e inquietante en su mirada de amatista–. ¡Me has hecho creer que no podía llamar a nadie! ¡Me has mentido! –Te tomé por la novia de Pete y no quería que llamases al hombre por el que


ella lo ha abandonado. A Sean le resultaba más fácil enfrentarse a Leah cuando estaba furiosa que cuando demostraba inquietud o preocupación, como segundos antes. Su mirada de reproche bastaba para retorcerle las tripas con una punzada de culpabilidad. –Pero hace más de una hora que sabes que no soy Annie y aun así… Leah hizo un gesto violento que estuvo a punto de hacerla caer. Se agarró al respaldo del sillón con dificultad. –Sean… –pronunció su nombre dirigiéndole una mirada llena de temor. –¿Qué ocurre? El instinto lo empujó a la acción antes de darle tiempo a pensar. Se acercó a ella con una zancada y la sujetó por los brazos con ambas manos. Oh, Dios, se dijo, no era eso lo que quería. O, más bien, era exactamente lo que quería, aunque se hubiera negado a reconocerlo hasta aquel instante. La suavidad de aquella piel, el sonido de la respiración a través de los labios entreabiertos de Leah se apoderó de él con la fuerza de un ciclón. –Sean… Leah volvió a pronunciar su nombre, pero esta vez con un tono de desesperación que lo preocupó de veras. –Leah, ¿estás bien?


Sintió una punzada en el corazón cuando ella le echó los brazos al cuello, gesto que la acercó todavía más a él. Sintió sus pechos contra la dura pared de su propio torso. Dios Santo, ¿es que no se daba cuenta de lo que le estaba haciendo? Corregido por SCC


52 https://www.facebook.com/novelasgratis Pero entonces Leah profirió un sordo gemido, como el de un bebé cuando llega por fin a los brazos de su padre, y levantó la cara para mirarlo, apoyando la mejilla satinada contra el rostro del hombre que la sujetaba. Sin embargo, Sean sintió una aguda inquietud seguida por una inesperada angustia, por la convicción de que ocurría algo preocupante. Y la necesidad de ayudarla, de protegerla, de cuidar de ella. –¿Qué ocurre, Leah? ¿Qué ocurre? ¡Oh, Dios! Tocó su rostro, e hizo una mueca al comprobar que estaba ardiendo de fiebre. –¿Qué ocurre, Leah? Leah abrió la boca, trató de articular las palabras, pero no pudo. Sacudió la cabeza con angustia y se le llenaron los ojos con lágrimas de frustración. Luego, de repente, con un grito pequeño y ahogado, se estrechó contra los brazos de Sean y se derrumbó como una delicada hoja otoñal cayendo suavemente al suelo. Corregido por SCC


53 https://www.facebook.com/novelasgratis CAPÍTULO 7 ¡Un teléfono! Fue lo primero que se le ocurrió cuando finalmente emergió de los profundos océanos del sueño. Sean tenía teléfono y todo aquel tiempo la había engañado diciéndole que no podía llamar a nadie, que estaban completamente aislados. La rabia que sintió le dio fuerzas para despertarse del todo. Abrió los ojos completamente y se quedó mirando el techo color crema que había sobre ella. ¿Techo color crema? Algo no marchaba bien. Trató de ordenar lentamente sus confusos pensamientos, para averiguar por qué se sentía tan incómoda. Desplazó la mirada del techo a la ventana y se fijó en las cortinas verdes y en la moqueta de la habitación que le había asignado Sean. ¡Habitación! ¡Eso es! Darse cuenta de que estaba en la habitación, metida en la cama, sirvió para que se irguiera como empujada por un resorte. Pero con la brusquedad del movimiento se mareó. ¡Piensa! Recordó que estaban abajo y que le dolía la cabeza cada vez más, y luego


aquella sensación de debilidad insoportable. Se había puesto de pie y… Luego fue como si una enorme nube negra se hubiera apoderado de ella engulléndola. –¡Oh, Dios mío! –murmuró débilmente y volvió a sentir el mismo pánico que en el momento de desmayarse. Un pánico que aumentó cuando, gracias al contacto con las sábanas, se percató de que tanto sus vaqueros como el jersey habían desaparecido. Una pequeña exploración con la punta de los dedos no le dejó lugar a dudas. Estaba completamente desnuda. –Así que estás despierta. La voz sonó detrás de ella. Dio media vuelta y se quedó mirando los ojos azules de Sean. –Me alegro de ver progresos, comenzaba a pensar que… –dijo Sean, pero Leah no escuchaba. –¿Qué me has hecho? –le espetó, con una voz temblorosa que delataba su inquietud. –¿Hecho? –replicó Sean, frunciendo el ceño–. Nada. –¿Nada? ¡Estoy desnuda! Sean no se inmutó. Se limitó a encogerse de hombros con indiferencia. –Sí, bueno –dijo. En su mirada, al cruzarse con la mirada indignada de Leah, no había el menor rastro de embarazo o vergüenza–. No habrías estado


cรณmoda si te hubiera dejado vestida. Corregido por SCC


54 https://www.facebook.com/novelasgratis –¿Cómoda? –repitió Leah, tratando de poner coto al torrente de imágenes que provocaban las palabras de Sean. Además él, se dijo Leah, se había cambiado de ropa. En la cena no llevaba aquel jersey verde, ni los pantalones negros. ¿Cuándo se había cambiado? Otro detalle la alarmó todavía más. Por la ventana no entraba el reflejo oscuro de la noche, sino la brillante luz del día. ¿Era posible que la hubiera drogado? –¿Cómo te has atrevido a…? –Cálmate, mujer. No era cuestión de atreverse o no. Y vete olvidando el oscuro y pervertido comportamiento que quieres atribuirme. He hecho lo que he hecho pensando únicamente en tu comodidad. Te desmayaste, estabas muerta de frío y tenías mucha fiebre, lo que me recuerda… –dijo y se acercó a la mesilla, sobre la que dejó un vaso de agua–. Toma, bébete esto, te sentará bien. Y perdona, pero… Le puso la mano en la frente, con un gesto frío e impersonal, tan rápido que Leah apenas tuvo tiempo de notarlo antes de que retirase la mano. –¿Ves? Te he tocado y no ha pasado nada –bromeó Sean–. La fiebre va bajando, ¿qué tal te encuentras?


–Bien –respondió Leah secamente. Se fijó en Sean, llena de suspicacia. Sus explicaciones eran muy lógicas, pero ella no podía librarse de la idea que la había asaltado al despertar. Sean la había engañado una vez, de modo que, ¿por qué no iba a engañarla de nuevo? –Me encuentro un poco cansada –dijo, lo cual solo se correspondía ligeramente con la realidad. Se sentía igual que si hubiera peleado diez asaltos contra el campeón mundial de los pesos pesados. –No me extraña –dijo Sean–, y supongo que esa sensación te durará todavía un tiempo. Has pasado un par de días muy malos. –¿Días? –replicó Leah. No le importaba parecer un loro, repitiendo todo lo que Sean decía. Era tan sorprendente y preocupante que sintió el impulso de incorporarse, pero, recordando que estaba desnuda, se quedó como estaba–. ¿Has dicho días? ¿Cuánto tiempo…? –Llevas tres días en la cama. Leah le dirigió una mirada llena de confusión y él se acercó a sentarse al borde de la cama. –Tienes un virus –explicó Sean– El médico dijo que. –¿El médico? ¿Qué médico? ¿Había estado alguien en la casa en aquellos días? ¿Por qué no se la había llevado? Corregido por SCC


55 https://www.facebook.com/novelasgratis –El médico al que llamé cuando te desmayaste. No soy tan irresponsable como para rechazar la ayuda médica cuando era evidente que estabas muy enferma. El tono seco y ligeramente duro de Sean demostraba lo mucho que le habían dolido las sospechas de Leah. –No me refería a eso. –Ah, ya. Te preguntabas si ha venido hasta aquí. Pues no, siento decepcionarte, pero no ha podido. Además no hacía falta, enumeró todos tus síntomas sin molestarse en preguntar. Parece ser que la mitad de la población ha caído víctima de ese virus. Está claro que ya lo tenías antes de salir de Londres. En efecto, sus tres compañeros de la agencia de viajes ya habían enfermado del mismo virus, que se cebaba con la población británica aquel invierno. –Has estado fuera de combate bastante tiempo –concluyó Sean. Eso parecía, se dijo Leah. ¿Cómo podía haber perdido tres días? Afortunadamente, la oscura nube que había nublado su cerebro comenzaba a disiparse. Recordó poco a poco, de forma deslavazada, ciertas sensaciones que


la habían dominado aquellos días. En primer lugar, la sensación de estar muy enferma, dominada por la fiebre. La sensación de tener el cuerpo bañado en sudor y la opuesta, la de tiritar, incapaz de entrar en calor. Y siempre había habido alguien a su lado. Alguien de manos amables y voz suave y atenta. Alguien que le había dado agua fresca cuando le ardía la garganta, que la había envuelto en mantas y puesto botellas de agua caliente en la cama. También le parecía recordar… Pero su mente rechazó un recuerdo que no parecía más que resultado del delirio que acompaña a la fiebre. –¿Y me has cuidado durante todo ese tiempo? –Nadie más podía hacerlo –dijo Sean con naturalidad, con el mismo tono impersonal de los médicos. Gracias a ello, Leah tuvo el valor de hacer la siguiente pregunta. –¿Y mi ropa? –Ya te he dicho que me parecía que ibas a estar más cómoda sin ella. Encontré un camisón en tu bolsa, pero se empapó de sudor, así que lo cambié por una de mis camisetas. He tenido que cambiarte varias veces, tu camisón está en la lavadora. Leah sintió un gran alivio, que se reflejaba en su rostro. Estaba demasiado débil como para molestarse en ocultar lo que sentía. Pero otra cuestión la inquietaba todavía.


–Supongo que no he estado siempre… con fiebre. Sean comprendió lo que quería inferir. Corregido por SCC


56 https://www.facebook.com/novelasgratis –No, había momentos en que tenías mucho frío –dijo, volviendo al tono seco e impersonal–. Y sí –añadió, era evidente que sabía lo que Leah estaba pensando–, anoche tuve que hacer lo único que podía hacer para que entraras en calor. Me acosté a tu lado. No sé qué estarás pensando, pero no te he tocado, al menos no más de lo estrictamente necesario para que entrases en calor. No soy el monstruo depravado por el que pareces tomarme y tampoco estoy tan desesperado como para aprovecharme de una mujer inconsciente. Las mejillas de Leah se sonrojaron por motivos que nada tenían que ver con la fiebre. –Jamás he pensado que lo estuvieras. –Claro que lo has pensado. Lo llevabas escrito en la cara. Pero, francamente, no me interesan las pacientes comatosas, prefiero a mis amantes plenamente despiertas y apasionadas. Leah se dio cuenta, quizás demasiado tarde, de que ella era la única culpable del amargo humor que en aquellos momentos empleaba Sean. De no haber sido por sus estúpidos temores, era probable que él no hubiera recurrido a aquella clase de ironía tan desagradable.


–Sean… –este, que se disponía ya a marcharse, dio media vuelta–. Lo siento. Ha sido una estupidez por mi parte. Y gracias por cuidar de mí. –No podía dejarte tirada en el suelo del salón, inconsciente –dijo Sean, hablando absolutamente en serio. Se dio la vuelta para marcharse, pero se detuvo–. ¿Te apetece comer algo? Te sentaría bien, llevas tres días sin comer. Aunque solo sea una sopa… –Sí, la verdad es que sí. Sean salió de la habitación y Leah volvió a dormirse, esta vez, plácidamente. Oyó llegar a Sean y se despertó. Llevaba una bandeja con un cuenco de sopa y de su brazo colgaba una camiseta azul que tiró sobre la cama. –Toma, puedes ponértela hasta que el camisón esté seco. Esperaba que lo estuviera ya, pero el suministro eléctrico se ha restablecido hace poco. Leah se estiró para recoger la camiseta, intrigada por el comentario. –¿Se ha ido la luz? Sean asintió. –Seguramente por la nieve. Hemos pasado un día entero sin luz, por eso tuve que recurrir a medidas extremas para mantenerte caliente. –Oh –balbuceó Leah. Sean la miraba con un brillo burlón y ella se sonrojó, poniéndose la camiseta tanto para cubrirse como para ocultar la vergüenza que sentía.


–¿No te parece un poco tarde para tanto pudor? –preguntó Sean con suavidad, pero sin que lo abandonara su mirada burlona–. No hay nada que no haya visto ya. Corregido por SCC


57 https://www.facebook.com/novelasgratis –¡Pero estaba inconsciente! –En realidad, estaba pensando en otra ocasión muy distinta –replicó Sean, divertido al comprobar con qué interés se detenía Leah a considerar a qué ocasión se refería y cómo se sonrojaba de nuevo al recordar la noche en que habían llegado a la casa. –Razón de más para evitar la repetición de tales hechos –dijo Leah, desviando la mirada. –Tienes un cuerpo precioso –dijo Sean con una voz suave y sugerente. Al oírlo, a Leah se le puso la piel de gallina–, pero seguro que ya lo sabes. Además, es necesario algo más que vislumbrar el cuerpo desnudo de una mujer para que sienta la llamada de la lujuria. Las mujeres con las que me he acostado lo deseaban tanto como yo. –¡No faltaba más! –dijo Leah entre dientes. –Y a mí no me gustaría de ningún otro modo –dijo Sean y esperó un momento, calculadamente, para que Leah se relajase un poco y asumiera por completo lo que estaba a punto de decirle–. Muy pronto tú también lo desearás. Y yo puedo esperar.


–Pues quédate esperando… –replicó Leah. Recordaba su propia reacción, la pérdida total de control que había experimentado había estado a punto de hacerle perder la razón. Aquella furiosa reacción provocó la malévola sonrisa de Sean. –Ya veo que te encuentras mejor –dijo–. ¿No quieres tomarte la sopa? Leah sospechaba que se atragantaría con cualquier cosa que se llevara a la boca, pero prefería estar ocupada en algo para poder evitar los brillantes ojos azules de Sean. La sopa la reconfortó y dio gracias por la agradable sensación de calor que le proporcionaba al deslizarse por su garganta. Mientras comía, Sean se acomodó en una silla y estiró las piernas. –Estoy sorprendido de que no me hayas preguntado por el tiempo. Habría apostado a que tu primera pregunta sería: «¿cuándo voy a poder salir de aquí?». –¿Cuándo voy a poder salir de aquí? –preguntó Leah con una sonrisa. Sean soltó una carcajada. –Lo siento, pero no te vas a librar de mí tan fácilmente. Hace dos días dejó de nevar, pero luego ha caído una helada de tal magnitud que las carreteras deben de estar más peligrosas que antes. Además, dudo que los quitanieves lleguen hasta aquí. Supongo que lo mejor es que nos resignemos a pasar la Navidad juntos. –¡La Navidad! Leah perdió el buen humor en un instante.


–¿Qué día es hoy? Corregido por SCC


58 https://www.facebook.com/novelasgratis –Veintitrés –respondió Sean con indiferencia–, mañana es Nochebuena. –¡No puede ser! –exclamó Leah, apartando el cuenco de sopa vacío. Su madre debía de estar muy preocupada. La esperaba hacía dos días–. Tengo que llamar por teléfono. Sean se irguió y la miró a los ojos. –No, me temo que no puedes. –¡Oh, vamos, no empieces con eso otra vez! Ahora sé que tienes teléfono. –Sí, pero no puedes utilizarlo. –¡No puedes impedirme que llame! Escucha, especie de secuestrador, puede que estemos aislados, ¡pero no soy tu prisionera! No puedes obligarme a… ¡Sean! Se interrumpió, echándose hacia atrás como si quisiera hundirse en la almohada, al ver que él, con una mirada llena de furia, se ponía en pie y se acercaba junto a ella. Le arrebató el cuenco de sopa y lo dejó en la mesilla con tal brusquedad que a Leah la sorprendió que no se hiciera añicos. Se acercó a la cama y, sin mediar palabra, la alzó en sus brazos con una


facilidad que hablaba bien a las claras de la potencia de sus músculos. –¡Sean! Fue una protesta débil, demasiado débil para tenerla en cuenta. En realidad, Leah ni siquiera supo si Sean la había oído. Con ella en brazos, fue hasta la puerta, la abrió de una patada y la llevó al piso de abajo. –Sean… –dijo casi con un susurro. –¡Cállate! Leah no volvió a abrir la boca. Estaba aterrorizada, pero ya por otra razón. Bajaban tan deprisa que podían caerse en cualquier momento. De pronto Sean se echó a reír. –No tengas miedo –murmuró con un tono que nada tenía que ver con el anterior. Al contrario, su voz era cálida y amable–. Estás en buenas manos – dijo, y la estrechó con más fuerza, como para demostrar que lo que decía era cierto. Y fue en ese momento cuando todo cambió. Leah se percató de que estaba temblando de nuevo, pero esa vez por motivos muy distintos. No era el miedo lo que la atenazaba, haciendo que se le acelerase el pulso, sino algo completamente diferente. Las sensaciones que recoman su cuerpo correspondían a una excitación puramente física, una excitación que hacía que la sangre corriera por sus venas con la misma sensación febril que antes motivara su enfermedad.


Le daba vueltas la cabeza, más de un modo que nada tenía que ver con su debilidad física. Incapaz de pensar, incapaz incluso de respirar, solo era Corregido por SCC


59 https://www.facebook.com/novelasgratis consciente del efecto que la cercanía de Sean provocaba en todos sus sentidos. Levantó la cabeza y lo miró. Desde donde estaba, la horrible cicatriz no era visible y su rostro había recobrado la maravillosa perfección que había conquistado el corazón de tantas mujeres. En el vestíbulo, Sean giró a la izquierda, dirigiéndose a una parte de la casa que ella no conocía. Mirando a su alrededor, Leah no pudo reprimir una exclamación de alegría al ver la pequeña y coqueta habitación, con las paredes forradas de estanterías llenas de libros y una vieja mesa de roble junto a la ventana. Enseguida vio el teléfono sobre la mesa y su humor cambió por completo. Recordar cómo le había mentido su anfitrión le dolió tanto como una puñalada. –¡Ahí lo tienes! –dijo Sean, y la depositó en un sillón de cuero de alto respaldo–. Vamos a solucionar esto de una vez por todas. Leah lo miró a los ojos. La calidez que sintiera momentos antes, el delirio febril que se había apoderado de ella, se disipó con tanta rapidez como si nunca hubiera existido. Viendo la cara de Sean, ya de frente, se le ocurrió que esos dos perfiles representaban los dos aspectos completamente distintos de su personalidad. Por un lado era la cara de un ángel de masculina belleza. Hacía


años, recordó, había visto en una Biblia una ilustración del arcángel San Gabriel que poseía la misma mezcla de poder y atractivo que emanaban los hermosos rasgos de Sean. Pero el otro perfil era todo lo contrario. En él aparecían los rasgos del diablo encarnado. Y lo peor era que la personalidad de Sean demostraba también ambas facetas. El problema era que no sabía a cuál de las dos se estaba enfrentando en aquel momento. –Si no te fías de mi palabra, puede que tus oídos te convenzan –dijo Sean y con un gesto rápido y violento dejó el teléfono sobre el regazo de Leah–. Vamos, adelante –la incitó al ver que vacilaba–. Intenta llamar a alguien si tanto te apetece. Con los nervios de punta, Leah levantó el auricular. Casi no podía creer que Sean le permitiera hacerlo. Pero, en cuanto se lo llevó al oído, comprobó lo que ocurría. El teléfono no daba la señal, no había línea. –Hace tres días que estamos sin teléfono –dijo Sean con frialdad–. Afortunadamente, la línea se cortó después de que hablase con el médico. Y también había un mensaje de Pete –dijo, esbozando una sonrisa irónica–. Decía que se había dado cuenta de que me había dado una descripción equivocada del coche de Annie. En el estado en que estaba, decía, se había olvidado de que desde hacía una semana tenía otro.


Leah se derrumbó. Su madre estaría frenética pensando qué le habría ocurrido. Sus ojos se inundaron de lágrimas, pero, consciente de que Sean la estaba mirando, se las secó con el dorso de la mano. Corregido por SCC


60 https://www.facebook.com/novelasgratis –Eh, no puede ser tan malo –dijo él. La inesperada ternura de aquella voz, junto a la solicitud con que se arrodilló junto a su silla, la perdieron. Fue como encender una cerilla en un campo de hierba seca: dio rienda suelta a todas las emociones que había estado conteniendo. –¿Crees que no? –le espetó–. ¿Eso crees? ¿Sabes lo que has hecho con tu maldito plan para secuestrarme y traerme aquí? No te haces idea, ¿verdad? Sean había levantado la cabeza y fruncía el ceño dispuesto a replicarla, pero Leah sorprendió en sus ojos algo nuevo, algo que no había visto. Se percató de que lo había sorprendido con la guardia baja, de que había traspasado por fin la brillante armadura bajo la que ocultaba la parte más tierna de sí mismo, esa que su aplastante seguridad escondía. Tuvo una sensación de triunfo que solo sirvió para alimentar su ya ardiente rabia. –¿Sabes adonde me dirigía cuando me encontraste? ¡A mi casa, a casa de mi madre! Me esperaba el viernes por la noche, así que estará muerta de preocupación. Y por si eso no fuera bastante, está pasando por una época en que me necesita y… –La llamé yo –dijo Sean con firmeza cuando Leah se interrumpió para tomar aire. –¿Tú qué?


–Yo la llamé –dijo Sean. Leah estaba perpleja–. Después de hablar con el médico, busqué el número en tu agenda y la llamé. Le dije que estabas a salvo, conmigo. –A salvo –repitió Leah. Desde luego no era la palabra que mejor describía su situación–. Así que la has llamado –dijo por fin. Sentía un gran alivio. Su mal humor se evaporó como el rocío con la luz del sol–. ¡Oh, es maravilloso! Gracias, Sean –dijo y con un irreflexivo impulso se levantó de la silla y le echó los brazos al cuello–. Muchas gracias. También el beso que le plantó en la mejilla fue un gesto irreflexivo, provocado por su repentino y gran alivio, pero a ella la sorprendió tanto como a él. Por espacio de un segundo, Sean se quedó absolutamente perplejo mirando a los ojos a Leah. Pero entonces, justo cuando ella iba a separarse, él se despertó de su trance momentáneo y reaccionó con una velocidad y fuerza para las que Leah no estaba preparada. La estrechó en sus brazos y la besó con ferocidad. La mente de Leah se escindió en dos por espacio de unos segundos. Una mitad aceptaba la fiera pasión del beso de Sean; la otra se resistía con todas sus fuerzas, luchando desesperadamente contra la sensación de ardiente deseo que amenazaba con engullirla. Y ganó el deseo. Se estrechó contra él y separó los labios, rindiéndose al apremio de la lengua Sean. Eran sus propios brazos los que ahora lo


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61 https://www.facebook.com/novelasgratis estrechaban a él, sus manos las que se enredaban en los oscuros cabellos de aquel hombre. Se apretó contra él, sintiendo el calor y la fuerza del deseo entre los muslos de Sean. La camiseta azul apenas le llegaba a las rodillas y no suponía barrera alguna para la cálida exploración de las manos de Sean, que se movían sobre la curva de sus caderas y sobre la suave piel que protegía el algodón de la camiseta. Con un gemido sordo y profundo lo incitó a proseguir con aquellas caricias que despertaban en ella sensaciones deliciosas. Luego, tras un momento de vacilación, las manos ascendieron bajo el borde de la camiseta, acercándose más y más… Pero entonces, de manera inesperada y decepcionante, Sean se separó de ella tan de repente como la había abrazado, y Leah cayó sobre la silla como un peso muerto, exhausta y sin comprender lo que había ocurrido. Sean lanzó un improperio brutal y colérico y Leah sintió una punzada de sorpresa y temor. Y de nuevo, sin previo aviso, él cambió de humor y se ocultó tras la fachada de indiferencia de que había hecho gala anteriormente. Perpleja, sumida en el desconcierto, Leah se preguntó cuál de las dos caras de aquel hombre odiaba más. –No es necesario que me des las gracias, era lo menos que podía hacer.


Leah no podía creer lo que veía. Ante una exhibición tal de frialdad se mostró incapaz de formular ningún pensamiento racional. ¿Era humano aquel hombre? ¿O se había engañado ella al pensar que también él era víctima de la pasión abrasadora que la había dominado por completo? En ese momento se percató de que a él le temblaba la mano izquierda mientras se apartaba el flequillo de la cara y de que se esforzaba por no mirarla a los ojos. De esa manera supo que su armadura no era perfecta, que era todavía vulnerable. –Y también habría llamado a tu novio, pero no sabía quién era. Tienes anotados cuatro Andrews en la agenda –declaró Sean y con aquel frío aserto demostró que había recobrado la compostura por completo. Era un comentario lleno de malicia, pues inducía a pensar en la cantidad de nombres masculinos que aparecían en su agenda. Y podría haberlo decepcionado, diciéndole que la mayoría de aquellos nombres eran de antiguos compañeros de estudios a los que no veía desde hacía dos años o de compañeros de trabajo y clientes importantes, pero Sean prefería tomarla por lo que no era y la condenaba. –Así que me temo que tu pequeño Andy no sabe dónde estás. A no ser, claro, que tu madre lo haya llamado para decírselo. –Estoy segura de que lo ha hecho. Corregido por SCC


62 https://www.facebook.com/novelasgratis Era imposible no sentir cierto alivio al saber que Sean no había logrado dar con Andy. De haberlo hecho, quizás hubiera averiguado que su supuesto compromiso no era tal y ella prefería que siguiera creyendo que estaba comprometida, pues necesitaba tiempo para aclarar sus sentimientos antes de confesarle la verdad. Y esto daba paso al verdadero problema. Había sido Sean quien había pensado en Andy hasta el punto de querer llamarlo para tranquilizarlo, mientras que ella había pensado ante todo en su madre. En honor a la verdad tenía que admitir que ni siquiera había pensado en Andy. Si de verdad lo amase, se dijo, contactar con él se habría convertido en su obsesión. ¡Oh, Dios! ¿Cómo había llegado siquiera a considerar seriamente casarse con él? Se estremeció ligeramente. En los últimos meses, cuando los pilares de su vida se iban derrumbando uno a uno, Andy había sido su puerto seguro, su brújula, algo a lo que aferrarse cuando las cosas se ponían realmente difíciles. Pero, tras conocer a Sean, también su relación con Andy estaba en peligro y su propia imagen de sí misma se debilitaba cada vez más. Como el temporal


que azotaba la región, Sean se había abatido sobre su vida borrando toda indicación de los antiguos caminos. Y tras la tormenta que había provocado solo quedaba un territorio desolado y desconocido en el que no conseguía reconocerse. Corregido por SCC


63 https://www.facebook.com/novelasgratis CAPÍTULO 8 ¡Dios, como se podía ser tan tonto! Sean no podía creer cómo había podido comportarse de una manera tan estúpida. ¿Qué demonios lo había poseído para reaccionar cómo lo había hecho? Ya no era ningún adolescente que, víctima del poder hormonal, se abalanzaba sobre las chicas a la menor oportunidad. En todo caso, y dada la imagen que le daba el papel que interpretaba en la televisión, su problema solía ser el contrario: las mujeres hacían cualquier cosa para conseguir su atención –y mucho más que su atención–. El tiempo y la experiencia le habían enseñado que las relaciones de una sola noche solían ofrecer como única consecuencia una confusa insatisfacción, lo que indicaba que a menudo no valía la pena el esfuerzo. Pero con aquella mujer… Bastaba una sonrisa y lo tenía en sus manos. Lo besaba y ardía en llamas, incapaz de pensar en otra cosa que en el modo en que se sentía entre sus brazos, en la suavidad de su piel, en la calidez de sus labios. Sabía que era como las demás, le había dicho que iba a casarse con otro – cosa


que a ella no parecía importarle lo más mínimo–, y aun así, no podía contenerse. Para él, un noviazgo era un compromiso, el mayor después del matrimonio, y lo pensaba en serio. Después de cómo se había portado Marnie, había jurado que nunca más volvería a verse implicado en ningún tipo de relación triangular con una mujer comprometida ya con otro, y le había resultado muy fácil mantenerse fiel a su promesa. –Me gustaría volver a la cama –dijo Leah, interrumpiendo sus pensamientos. Estaba hecha un ovillo en el sillón, parecía muy vulnerable y endiabladamente femenina. La tela de la camiseta colgaba sobre las curvas y valles de su cuerpo de un modo que garantizaba un aumento seguro de la tensión arterial de Sean. Desde luego, a él aquella camiseta no le sentaba tan bien. Pero el cálido efecto de su aspecto físico se veía contrarrestado por la frialdad de su voz y de su mirada. –De acuerdo –dijo él, obligado a concentrarse en cuestiones prácticas–. ¿Crees que podrás subir las escaleras tú sola? La mirada de Leah le decía que lo haría aunque muriese en el intento. Al menos aquella era una cuestión en la que los dos estaban de acuerdo. Tenerla de nuevo en brazos era lo último que Sean deseaba, pues corría peligro de no poder controlar sus instintos más básicos.


Sin embargo, cuando Leah se levantó resultó evidente que, por muy fuerte que fuera su determinación, no bastaba para sostenerla. Aún estaba convaleciente y no tenía fuerzas para mantenerse en pie. –No… sé si voy a poder. Corregido por SCC


64 https://www.facebook.com/novelasgratis Le costó admitirlo y la única solución posible a su problema le hacía tan poca gracia como a él. Porque a Sean no le gustaba perder el control y hacía unos segundos lo había perdido de un modo que le resultaba patético. No quería que volviera a suceder lo mismo. No quería reavivar el fuego que tanto le había costado sofocar. Suspiró profundamente y miró a Leah, fijando la mirada en su frente para evitar cualquier posible tentación. –Mira, tengo una idea mejor –dijo, no con la voz que pretendía, pues se le había hecho un nudo en la garganta–. Con el fuego de la chimenea creo que el salón está más caliente que la habitación. ¿Por qué no te echas en el sofá? Yo te bajo una manta para que te tapes. –Me parece bien. –Pues entonces, eso es lo que vamos a hacer –dijo Sean, atreviéndose a mirarla a la cara. ¿Expresaría su rostro el alivio que reflejaba el de Leah? ¿Significaba ese alivio que también ella sentía chispas cuando se tocaban? El mero hecho de pensarlo le encendió la sangre y provocó que los latidos de su corazón se precipitaran como si acabara de emprender una carrera.


Leah se apoyó en su brazo, evitando el contacto en la medida de lo posible y así caminaron hacia el salón, donde ella se soltó enseguida y se dejó caer en el sofá con evidente alivio. –Voy por la manta –dijo Sean, satisfecho de encontrar una excusa que lo alejara de la estancia y debatiéndose por recuperar el control de sí mismo mientras subía los escalones de dos en dos. ¿Era consciente ella de lo que le hacía con solo tocarlo? Seguramente. Pero no le había gustado el modo en que se había soltado, con ansia, impaciente por hacerlo, como si el contacto con él la contaminara. Le dolía hasta el punto de sentir una punzada en las entrañas. Agarró de un tirón la manta de la cama y, sin molestarse en doblarla, bajó las escaleras. Leah estaba en el sofá con las piernas encogidas, mirando el fuego fijamente. Sean se detuvo en la puerta un par de segundos, observándola. Recorrió con la mirada su cabello desordenado, sus mejillas sonrosadas, sus largas pestañas; la posó en sus bellos ojos, y luego la deslizó hacia abajo, fijándose en la curva suave de sus pechos hasta llegar al lugar en que la tela de la camiseta daba paso a la aterciopelada piel de sus piernas. Sintió que un involuntario calor crecía en su interior, provocando un incontrolado movimiento que hizo que ella se volviera para mirarlo. Durante un prolongado instante se miraron a los ojos. Sean tuvo la incómoda sensación de que Leah le leía el pensamiento y veía las lujuriosas imágenes que se agolpaban en su mente. Así que su sorpresa fue mayúscula al ver que


sonreĂ­a. Corregido por SCC


65 https://www.facebook.com/novelasgratis –Me estaba acordando –dijo ella– de cuando era niña y me gustaba ver objetos en las llamas. Hace muchos años que no estoy delante de un fuego. En mi apartamento de Londres tengo chimenea, pero con una estufa eléctrica. –Pete quería que pusiera una aquí. Una de gas –dijo Sean, echando la manta sobre las piernas de Leah. Se le ocurrió arroparla, pero lo pensó dos veces y, en vez de hacerlo, fue a sentarse a uno de los sillones. Comprobó que, una vez cubierto por entero el lujurioso cuerpo de su huésped, respiraba mejor. –Pero yo prefiero mantener la chimenea tal como está –dijo y por la expresión de Leah supo que ella estaba de acuerdo–. Esas estufas no son lo mismo, ni mucho menos, pero mi hermano es un hombre práctico. –Excepto en lo que se refiere a sus novias –recordó Leah y Sean frunció los labios. –Y que lo digas. Su vida amorosa siempre ha sido muy complicada. –Y ahora también ha complicado la tuya. Sean recordó a Marnie. –No creo que pueda echarle a Pete la culpa de todo. Soy muy capaz de echar a perder mi vida, te lo aseguro.


Leah quería saber cuándo había ocurrido eso, pero Sean no tenía intención de contárselo, así que pasó a un tema muy diferente. –Tu madre me ha parecido una mujer encantadora. Era la primera vez que hablábamos y me trató como si nos conociéramos desde hace años. Leah sonrió ampliamente y Sean se sintió reconfortado. –Sí, así es mi madre. Le encanta conocer gente nueva y saber cómo son –dijo y, de repente, una sombra cruzó su rostro–. ¿Estaba bien? –Eso me pareció –dijo él, frunciendo el ceño–. ¿Por qué?, ¿hay algún problema? Antes has dicho que tu madre te necesitaba ahora más que nunca. ¿Por qué?, ¿le pasa algo? Leah se llevó una gran sorpresa al ver que Sean recordaba aquel detalle. ¿Cómo había podido llegar a pensar que era un bruto sin corazón? –Mi padre… –¿Está enfermo? –inquirió Sean, pero Leah no respondió–. ¿Peor que eso? –Oh, no. Pero han tenido problemas. Hace seis meses mi padre se marchó. Decía que necesitaba más espacio… –Lo típico –dijo Sean, con cinismo–. Apuesto a que mi viejo dijo lo mismo cuando dejó a mi madre. Yo mismo he recurrido a eso una o dos veces. El comentario le valió una dura mirada de Leah. –A veces ocurre.


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66 https://www.facebook.com/novelasgratis –No a mis padres –dijo Leah con tristeza–. Al menos, yo esperaba que no les ocurriese. Se conocían desde la infancia y hace dos años celebraron sus bodas de plata. –Pues da gracias, has tenido suerte –dijo Sean, y se levantó para atizar el fuego. En cuanto lo hizo, las llamas brillaron con renovado vigor–. Por lo menos tú creciste a su lado, no todos tienen esa suerte. –Sé que tu padre se marchó, pero eso no significa… –Nada es para siempre. Y ella lo sabía muy bien, se dijo Sean, recordando con qué facilidad había olvidado al novio con el que iba a casarse para echarse en sus brazos. Puede que exteriormente Leah pareciese vulnerable, pero en su interior era una persona completamente distinta. –Así son las cosas. Un hombre y una mujer no pueden permanecer siempre juntos –añadió. –Pues yo creo que no tiene por qué ser así. –¿No? Si crees eso, te estás engañando a ti misma. Si buscas la monogamia, cásate con un cisne, o con un caballito de mar. Se supone que ellos sí se aparean de por vida. –¡«Aparean»! –repitió Leah con desagrado–. La mayoría de la gente lo llama


amor. –En efecto, y yo no les creería. Ciertamente, él no la creía a ella cuando apelaba al amor que sentía por su novio. Al pensar en su hipocresía, a Sean se le hizo un nudo en el estómago. No podía seguir avivando el fuego, pero le resultaba muy difícil sentarse delante de ella sin hacer nada. –¿Quieres que te traiga algo? ¿Un té? –No tienes por qué ser tan solícito –dijo Leah, que seguía dándole vueltas a la palabra «aparearse»–. Debo de ser una gran molestia para ti. –¿He dicho yo eso? Te has puesto enferma y ya está. Además, después del tiempo que yo me pasé en el hospital y luego convaleciente, ahora me encanta desempeñar el papel de enfermero. –Seguro que eras un paciente horrible. –El peor –dijo Sean, y respondió a la luminosa sonrisa de Leah con otra–. Nunca se me ha dado bien estarme sentado sin hacer nada, así que me alegro de jugar a las enfermeras por un tiempo. Lo asombroso era, se dijo Sean mientras se dirigía a la cocina por el té que tenía preparado en la tetera, que hablaba absolutamente en serio. En los dos últimos días se había librado de una gran parte de la inquietud y angustia que lo acompañaban desde el accidente. Estaba de mejor humor y había dejado de


tener pesadillas. Corregido por SCC


67 https://www.facebook.com/novelasgratis –Bueno, cuéntame algo más de tu familia –dijo Leah, aceptando la taza de té con una sonrisa–. Me has hablado de Pete, pero, ¿y tu madre? ¿Lo pasó muy mal cuando tu padre os dejó? –Se quedó destrozada –dijo Sean, volviendo a su sillón junto al fuego–. Con un niño y otro por venir… De la noche a la mañana tuvo que arreglárselas sola. Yo hice cuanto pude por ocuparme de ella y de Pete cuando nació. –¿A los nueve años? Debiste de madurar muy pronto. –Soy Capricornio –dijo Sean, con una sonrisa–. Mi cumpleaños es el doce de enero. Alguien me dijo una vez que los Capricornios nacemos ya viejos. –Yo también lo he oído –dijo Leah–, pero se supone que van rejuveneciendo a medida que envejecen físicamente. Así que si vuelvo aquí dentro de veinte años, tú serás como mi primo de dieciséis años, James. Pero supongo que entonces te pareceré demasiado mayor. A no ser, claro, que te gusten las mujeres maduras. Era una idea turbadora, pero aún más inquietante era el hecho de que Sean Gallagher, que no creía en los sentimientos duraderos, que pensaba que «por siempre jamás» era solo una frase de cuento de hadas, estuviera considerando


seriamente qué se sentiría al estar con la misma mujer –la mujer que tenía delante– durante veinte años. –Estoy seguro de que cualquier joven con sangre en las venas se seguirá interesando por ti dentro de veinte años. Leah lo miró por encima del borde de su taza. –¡Pero si tendré cuarenta y cinco! –Oh, vamos, sabes muy bien que posees el tipo de belleza que mejora con la edad. Los ojos, la estructura ósea, eso nunca envejece. –Oh, por favor –protestó Leah, sonrojándose y con un brillo en los ojos–. No son más que cumplidos. –Ya te he dicho que no suelo recurrir a los cumplidos –dijo Sean–. Y menos contigo. Tú sabes que lo que digo es verdad, lo compruebas cada vez que te miras al espejo. El tiempo nunca te robará la belleza. Durante intensos segundos, se miraron a los ojos, comunicándose a un nivel demasiado profundo o primitivo para expresarlo con palabras. Luego, bruscamente, Leah parpadeó y agachó la vista una vez más. Se había sonrojado hasta la raíz del cabello. –Qué bueno está este té –dijo. –Cobarde –replicó Sean, sin apartar la mirada de ella y sin saber si sentir alivio o decepción al ver que Leah cambiaba de tema.


Leah levantó la vista y lo miró a los ojos de nuevo. –No es cobardía, es sentido común –dijo con serenidad–. Ambos sabemos que esto no es real, que es solo una especie de fiebre, el resultado de estar Corregido por SCC


68 https://www.facebook.com/novelasgratis atrapados por la nieve durante varios días. Cuando podamos salir, se fundirá, como la nieve. Y ella volvería con su novio, con el hombre con quien iba a casarse. No lo dijo, pero se infería por sus palabras, por el modo en que apartaba la vista, se dijo Sean. –Entendido, lo acepto –dijo él, secamente–. ¿Quieres más té? –Sí, por favor –dijo Leah casi en un murmullo–. Qué sed tenía. –No me extraña –replicó Sean con una tranquilidad que lo sorprendió incluso a él, pues estaba a años luz de cómo se sentía realmente–. Al fin y al cabo, llevas tres días sin comer ni beber como es debido. No sabes lo que me ha costado darte de beber. Al oír aquello, Leah levantó la vista. –Te estoy muy agradecida por el modo en que me has cuidado. Has sido muy atento. Era imposible saber lo que estaba pensando realmente, pero la intensa mirada de aquellos ojos aterciopelados, su profundidad, consiguieron que a Sean se le hiciera un nudo en la garganta. –Ya te he dicho que no has sido una paciente difícil. Yo fui mucho peor –dijo con la intención de relajar el ambiente, pero consiguió el efecto contrario,


pues Leah frunció el ceño en un gesto de evidente preocupación. –¿Lo pasaste muy mal? –No lo recuerdo bien –respondió Sean, encogiéndose de hombros–, pero en el hospital no lo pasé mal del todo. La taza de Leah estaba vacía, de manera que se levantó para llenarla, consciente de que ella seguía todos sus movimientos. Tras dársela, le pareció más natural sentarse en un extremo del sofá, a los pies de ella, que volver al sitio que ocupaba antes. Leah no puso ninguna objeción, al contrario, le hizo sitio y se giró para mirarlo de frente. –Así que fue durante la convalecencia cuando lo pasaste mal, ¿no? Pero tenías a tu hermano… Sean asintió. Su gesto era sombrío, recordando los lejanos y oscuros días que habían seguido a su estancia en el hospital. –Se quedó a mi lado durante semanas, al final tuve que decirle que se marchara. Espera, deja que coloque los cojines. No pareces muy cómoda. Si con aquellas frases esperaba distraer a Leah, no lo consiguió, pues ella esperó pacientemente a que acomodara los cojines antes de reanudar sus preguntas. –Así está bien, gracias. Bueno, ¿y fue entonces cuando te habló de Annie? Sean asintió, apoyándose en el brazo del sofá.


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69 https://www.facebook.com/novelasgratis –El muy idiota no me había dicho una palabra, pero en cuanto la mencionó fue incapaz de callarse. No paraba de hablar de ella: Annie esto, Annie lo otro, Annie lo de más allá… Hasta pensé que me volvería loco si oía su nombre una sola vez más –dijo y se frotó la mejilla en la que tenía la cicatriz, ausente, como transportado a la época de la que estaba hablando–. Tenía muchas esperanzas en esa relación. –Nunca se sabe, aún podría arreglarse. Puede que solo sea una tormenta en un vaso de agua o un caso exagerado de nervios prenupciales. ¿No te duele? Sorprendido por la pregunta, Sean miró a Leah, que lo miraba a su vez con gesto de preocupación. –A veces –dijo lentamente–. Pero nada comparado con cómo me dolía cuando se me pasó la anestesia. Resulta irónico, al principio no conseguía acordarme de lo que había ocurrido y, ahora que lo recuerdo, daría cualquier cosa por olvidarlo. Viendo el gesto de sincera preocupación de Leah, Sean se incorporó y le agarró una mano. –Eh, que es cosa del pasado. Créeme, ya lo he superado.


¿Estaba llorando? ¿Eran lágrimas lo que hacía que sus ojos brillasen como si fueran joyas? ¿Cómo era posible? –Sean, lo siento. –¿El qué? –Lo que te he dicho antes. No debí decir que habías elegido este lugar para esconderte. Tendría que haber pensado que… Quiero decir, no sé lo que pasó y no debería opinar a la ligera. –¿Quieres saberlo? –preguntó Sean, y la pregunta le sorprendió tanto como a Leah, pues hasta que se oyó decirlo pensó que jamás la haría. –Como quieras. –No importa –dijo Sean, encogiéndose de hombros–. Si quieres saber lo que pasó, te lo contaré. De repente, deseaba que lo supiera, aunque no podía explicar por qué. No sabía si quería impresionarla con la verdad o si, simplemente, había llegado la hora de compartir su historia con alguien, con cualquiera. –Fue una mujer. Una novia… Solo llevábamos seis meses saliendo cuando le pedí que se casase conmigo –dijo, e hizo una pausa para asimilar el doloroso recuerdo–. Creía que compartíamos algo especial, algo único. Y esa ilusión duró otros dos meses, hasta que supe que mientras estábamos juntos, desde el principio, había estado viendo a otro, acostándose con él mientras llevaba


puesto mi anillo de compromiso –dijo, y volvió a interrumpirse, sacudiendo la cabeza a ambos lados–. Yo pasaba mucho tiempo fuera rodando, así que supongo que pensaba que no podía sorprenderla… El pobre diablo, el otro, también pensaba que se casaría con él. Nos peleamos y me tiró el anillo a la Corregido por SCC


70 https://www.facebook.com/novelasgratis cara; salió huyendo para ir con él, supongo. Pero entonces cometí el error de que me vieran con otra persona y Marnie se presentó en mi casa. Una ligera presión en la mano lo hizo mirar hacia abajo. Había olvidado que sostenía la mano de Leah, que le apretaba la suya mientras escuchaba. –¿Qué pasó? –La gran escena de reconciliación –dijo Sean con una risa amarga–. Al principio fue todo dulzura y amabilidad. Me dijo que lo sentía mucho, me suplicó que la perdonara. –¿Y lo hiciste? –preguntó Leah. Sean torció el gesto. –Sí. Fui lo bastante tonto como para pensármelo. Lo intenté, pero en el fondo sabía que no podía funcionar. Recuerdo que la miré y no pude recordar qué demonios había visto en ella, solo veía sus engaños, sus mentiras, pero cuando intenté explicárselo, se puso hecha una furia. Empezó a gritar, a llorar y me amenazó con hacerse daño o con hacérmelo a mí… Yo había cometido el error de mantener aquella conversación en el coche, cuando la llevaba de vuelta a casa.


–No… Sean asintió en silencio. –Era una carretera comarcal. Afortunadamente no venía nadie y, de repente, agarró el volante. Estaba histérica, desquiciada. Lo último que recuerdo es su grito, diciendo que si yo no podía ser suyo, no sería de nadie más… Nos estrellamos contra un árbol. Sean concluyó su relato con una mirada sombría y una expresión llena de cinismo. –Yo tuve que estar dos semanas en el hospital y ella salió al día siguiente. Solo se rompió la muñeca. –Oh, Dios mío. –Seis semanas después se casó con otro. Según he oído, creo que ya le ha sido infiel –dijo Sean, concluyendo su historia y mirando el rostro perplejo y atento de Leah, cuya mano soltó poco a poco–. Tú me has preguntado. Pero algo había salido mal. Había querido impresionarla y era obvio que lo había conseguido, pero en lugar de sentirse satisfecho lo que sentía era cierta incomodidad… y el deseo de no haber abierto la boca. Tal vez no se estuviera escondiendo, como ella había dicho, pero en aquel momento se daba cuenta de que, al menos mentalmente, había hecho algo muy parecido.


En los meses que habían seguido al accidente, había mantenido las circunstancias que lo rodearon en el más absoluto secreto, pero eso, y de ello se daba cuenta en aquel preciso instante, solo había servido para que siguieran Corregido por SCC


71 https://www.facebook.com/novelasgratis atormentándolo. En realidad, contarlo todo no había sido más que un intento de exorcizar aquellos demonios y, por alguna razón, había elegido a Leah para que fuera testigo de tal exorcismo. Durante el resto de la tarde no pudo apartar de su mente aquel pensamiento y, debido a ello, mantuvo una actitud distante e incómoda. Tras un par de intentos de reanudar la conversación, Leah se dio por vencida y se refugió en las páginas de una de las muchas novelas que poblaban las estanterías. La lectura la mantuvo ocupada hasta tarde y, a eso de las diez, se estiró fatigosamente y bostezó. –Hora de que vuelvas a la cama –dijo Sean, poniéndose en pie–. No conviene abusar. –Pero si me he pasado una eternidad en la cama. Ni siquiera estoy segura de que pueda conciliar el sueño. –Esto puede ayudarte –dijo Sean, y sacó un frasco de un cajón, extrayendo dos pastillas–. Solo es un somnífero muy suave –explicó, al notar la mirada suspicaz de Leah–. Todavía me quedan algunas del accidente y el médico ha dicho que deberías tomarlas en caso de que vuelva a subirte la fiebre y no puedas dormir.


–No tengo fiebre y no me gusta tomar pastillas. Odio la manera en que me hacen sentir. Las tomo tan pocas veces que cuando lo hago es como si me drogara. Sean suspiró con exasperación. –Bueno, pero si no te las tomas, puede que no duermas y que te suba la fiebre y entonces querida, no creas que voy a ir a dártelas. De eso nada; para variar, pienso dormir como un lirón. –¡Está bien! Ya que te has puesto tan gracioso… –dijo Leah con una sonrisa y se metió las pastillas en la boca, tragándolas con ayuda de un vaso de agua–. Ya está, ¿contento? Retiro eso que he dicho de que eres una enfermera muy amable. Eres un bruto y un animal. –Tú me obligas a ello. Bueno, ¿te ayudo a subir o no quieres saber nada de este bruto? Sean esperaba que Leah protestase, que se negara en redondo, de modo que se sorprendió al ver cómo esbozaba una sonrisa amplia y convincente. –Sena muy amable por tu parte –dijo con dulzura. Cuando por fin la depositó en la cama, Sean experimentó un gran alivio, que fue todavía mayor al cubrirla con la manta. Se despidió de ella y se dirigió a su habitación para acostarse. Al pasar junto a la cómoda se miró al espejo y vio en sus ojos el pánico que acababa de sentir al llevar a Leah en brazos, un pánico que no solo reflejaban


sus ojos sino las líneas que rodeaban su boca, sus labios apretados, las ojeras. Apenas se reconocía en la imagen que lo miraba desde el espejo. ¿Qué Corregido por SCC


72 https://www.facebook.com/novelasgratis demonios le estaba pasando? ¿Cómo era posible que aquella mujer se le hubiera metido hasta tal punto debajo de la piel, en los huesos, en el fondo de su alma? Nunca le había ocurrido nada parecido. El sonido de la ducha lo distrajo de sus pensamientos. ¿Qué demonios ocurría ahora? Al abrir la puerta del baño, vio que Leah estaba comprobando la temperatura del agua. –¿Qué haces? –Quiero ducharme. –¿Estás de broma? –Estoy hecha un asco. Mira qué pelo, es horrible –dijo Leah, mostrándole un mechón de sus cabellos, que soltó como si le diera asco. –Has estado muy enferma, todavía lo estás. Deberías meterte en la cama. –Pero es que estoy muy sucia. Llevo días sin lavarme, he sudado y… ¡agh! No puedo irme así a la cama. Tengo que darme una ducha. –¡Señor, dame paciencia! No estás curada todavía y…


–¡Oh, Sean, por favor! –suplicó Leah, poniéndole una mano en el brazo–. Solo será un minuto –dijo, y se acercó todavía más, apoyando su mejilla en la de él–. Por favor –susurró. Sean tragó saliva. Le habría hecho falta un corazón mucho más cruel que el suyo para resistirse a esa petición. Sintió una punzada en las entrañas. ¿Se daba cuenta de lo que le estaba haciendo? Oh, Dios. Levantó la vista y, al mirarla a los ojos, se le hizo un nudo en la garganta. Leah no había mentido sobre los posibles efectos del somnífero. A pesar de que eran muy suaves, combinados con la debilidad provocada por el virus habían provocado un extraño efecto. Leah estaba drogada y solo había una manera de resolver el problema. –Por favor… ¡Maldita fuera! –Está bien –dijo Sean, y estiró una mano para abrir el grifo de la ducha mientras con la otra seguía sosteniendo a Leah. Se descalzó de una patada y esperó a que el agua alcanzara la temperatura adecuada–. Está bien, nos vamos a dar una ducha. Le quitó a Leah la camiseta antes de que esta tuviera tiempo de darse cuenta.


–¡Oye! –protestó ella. –¿Quieres ducharte sí o no? –preguntó Sean de forma imperiosa–. Pues entonces, calla. Corregido por SCC


73 https://www.facebook.com/novelasgratis La metió en la ducha y se colocó a su lado, sosteniéndola bajo el chorro. Cerró los ojos, como si con aquel gesto pudiera contener el torrente de sensaciones que comenzaban a agolparse en su vientre. –¡Sean! –exclamó Lean, aferrándose a sus brazos–. ¡Estás vestido! –Ya se secará. Ducharse vestido era la única manera de salir vivo de aquella situación. No tenía la menor esperanza de que su cuerpo se abstuviera de reaccionar ante la desnudez y proximidad de Lean, pero al menos vestido podría disimular tal reacción. –Ahora te voy a lavar… Así que imagina que soy tu médico o tu enfermera. Al fin y al cabo, ese ha sido mi papel durante estos días. No hay en esto nada personal, así que agárrate a mí y trataré de ser lo más rápido que pueda. ¿De acuerdo? Leah asintió, sujetándose en los hombros de Sean. –Sí, Sean –dijo obedientemente. Pero tan obedientemente que Sean sospechó que estaba tramando algo. –Leah… –dijo, y la obligó a mirarlo levantando su barbilla con un dedo. –Lo que tú digas, Sean.


« ¡Oh, Señor, ayúdame!», suplicó él en silencio y cerró los ojos, debatiéndose con las sensaciones que recorrían su cuerpo. «Imagina que soy tu médico», había dicho, pero cualquier médico sería expulsado de la carrera únicamente por tener pensamientos como los que él tenía en aquel momento. Qué ingenuo había sido al creer que podía permanecer ajeno a su delicada piel, a su cálido cuerpo desnudo. Que podría mantener en control ante la maravillosa sensación de sentir cómo sus manos se deslizaban sobre aquellas curvas mojadas y resbaladizas, aquellos hermosos senos, aquella cintura… –Oh, Sean, qué bien. Leah se apretaba contra él, dejándolo hacer, incrementando la presión contra su cuerpo y ronroneando como una gata satisfecha. –Qué bien, qué bien. –¡Leah! –la amonestó, dirigiendo las manos hacia partes menos peligrosas de su cuerpo. –¡No, no pares! –protestó haciendo un puchero y buscó sus manos una vez más, colocándolas sobre sus senos–. Así me gusta más. Y a él también le gustaba más, mucho más. –¡Leah! –¿Qué pasa? –se quejó ella–. ¿Ya no te gusto? Yo creía que te gustaba, que querías…


–Ya sabes que sí, pero ahora no puede ser. Corregido por SCC


74 https://www.facebook.com/novelasgratis –¡Claro que puede ser! Tenemos todo lo que necesitamos, estamos tú y yo y… –Y tú, preciosa, estás en las nubes, flotando como una cometa. A Sean le dieron ganas de reír ante la ironía de la situación. ¿No le había advertido ella de que el somnífero podía causarle efectos extraños? –Flotando –repitió Leah, con una risa maravillosa–. Debe de ser el efecto que tienes sobre mí –dijo, y frunció el ceño fijando la vista en el jersey empapado de Sean–. ¡No te irás a duchar vestido! Se quedó helado al ver que deslizaba los dedos bajo la prenda, con una caricia sobre su piel que le encendió el pecho. Lo peor, sin embargo, fue cuando trató de quitarle el cinturón. –¡Ya basta! –exclamó, reaccionando como si lo hubiera picado una avispa, y decidió poner fin a aquel tormento. Cerró el grifo con un solo movimiento de muñeca, rápido y efectivo. –¡Me lo estaba pasando muy bien! Sean, sin hacer caso de las protestas de Leah, la sacó de la ducha, sosteniéndola sobre la alfombrilla. Segundos después, cubierto el cuerpo de Leah con una enorme toalla verde, recuperó parte del control que había estado


a punto de perder por completo. –Será mejor que te meta en la cama antes de que te caigas redonda – masculló. –¿Y tú? ¿Vienes conmigo? –preguntó Leah con una sonrisa provocativa y de efecto devastador. Sean tuvo que convencerse mil veces de que no sabía lo que estaba diciendo para no aceptar aquella invitación. –No seas tonta, tienes que dormir. –¿Dormir? Yo no quiero dormir –dijo, casi susurrando, junto a la mejilla de Sean–. Conozco una manera más agradable de pasar la noche. –¡Leah, déjate de tonterías! –zanjó, y la rechazó con autoridad, sacudiéndola un poco para despertarla. Sintió una gran decepción al ver que la sensualidad de la mirada de Leah se desvanecía. –Perdona, ha sido una tontería –dijo ella. –Tu camisón está seco, puedes ponértelo. Toma –dijo él, decidido a mantener su mente ocupada en asuntos prácticos, y la llevó a su habitación–. Póntelo – le ordenó al ver que ella no reaccionaba. No podía seguir confiando en él mismo por más tiempo y la idea de quitarle la toalla y ponerle el camisón podía tener consecuencias fatales para su autocontrol. –Voy a ponerme ropa seca. Ahora vuelvo. Lo que en realidad necesitaba era otra ducha, pero de agua helada, y un buen


trago de whisky. Pero no podía arriesgarse a que Leah lo siguiera hasta el baño. Un hombre podía decir no un número limitado de veces. Corregido por SCC


75 https://www.facebook.com/novelasgratis Se concentró en la tarea de quitarse la ropa mojada y se puso un jersey de cachemir color beige. Quería darle a Leah tiempo más que suficiente para cambiarse también ella, de modo que se entretuvo deliberadamente y no salió de su cuarto hasta pasados más de diez minutos. Comprobó con gran alivio que no solo se había cambiado, sino que se había metido en la cama. Se había tapado hasta el cuello y tenía los ojos cerrados; además, su respiración era profunda y regular. Parecía una niña pequeña, con el pelo todavía mojado y estirado sobre la almohada. Tuvo la tentación de acariciárselo, una tentación quizá demasiado fuerte como para poder resistirse a ella. Resultaba imposible no pensar en la noche anterior cuando la falta de corriente eléctrica lo había obligado a meterse en la cama con ella para darle calor. Se le secó la boca al recordar cómo había yacido a su lado, incapaz de dormir, apretándose contra su cuerpo, con las piernas entrelazadas y escuchando el ruido de su respiración. –¡Oh, demonios! ¡Deja ya de pensar en eso, idiota –masculló–, y sal de aquí ahora mismo! Sintió un gran alivio al percatarse de que, al menos, su estúpido cuerpo obedecía los furiosos dictados de su mente y se movía. Pero no pudo evitar dar media vuelta, solo un momento, y depositar sobre la


mejilla de Leah el más delicado y suave de los besos. –Buenas noches, preciosa, que duermas bien –susurró antes de salir apresuradamente de la habitación, como alma que lleva el diablo. Corregido por SCC


76 https://www.facebook.com/novelasgratis CAPÍTULO 9 A la mañana siguiente Leah se despertó con una maravillosa sensación de paz y bienestar. Bostezando y estirándose como una gata en la calidez de su cama, se encontró sonriendo de pura satisfacción. ¡Se sentía tan bien! La debilidad y el cansancio del día anterior se habían esfumado y tenía la cabeza despejada y el cuerpo totalmente relajado. Se incorporó, apartó las mantas y se sentó en la cama. Y fue entonces cuando recordó la noche anterior, con tal nitidez que se sonrojó de vergüenza. ¿Qué había hecho? Sean había sido tan amable, tan considerado… Se había dado cuenta de que estaba muy incómoda, después de tres días sin ducharse, y había actuado en consecuencia. Además, había mantenido las distancias, sin hacer ningún movimiento gratuito. ¿Y ella? ¿Cómo lo había recompensado ella? Pues tratando con la mayor torpeza del mundo de seducirlo, pidiéndole que se acostara con ella; y él, por supuesto, se había negado. De una manera amable, con mucho tacto, como todo lo que hacía, pero se había negado. ¡Se sentía como una tonta! ¿Qué podía decirle? No le apetecía verlo, se sentía


avergonzada, pero aplazando su encuentro no conseguiría nada. De modo que se levantó y, después de ir al baño, se puso unos vaqueros y el jersey más bonito que tenía, un jersey azul de lana con flores. Necesitaba potenciar al máximo su autoestima para bajar y presentarse ante su anfitrión. Sean estaba en la cocina, tomando una taza de café. Tenía aspecto de haber pasado peor noche que ella, con ojeras y el rostro cansado, y parecía muy sorprendido de verla, aunque, en su expresión no había rastro del azora– miento que ella sentía. –Buenos días –la saludó–. Tienes buen aspecto. –Me siento mucho mejor, gracias –dijo Leah, sin atreverse a mirarlo a los ojos. –¿Has dormido bien? –¡Muy bien! – al menos eso era cierto–. ¿Qué tal está el tiempo? A través de la ventana se veía la brillante capa de nieve que todavía cubría el suelo. –Bueno, no ha vuelto a nevar, pero tampoco ha subido la temperatura, por lo menos no lo suficiente como para que se derrita la nieve, así que supongo que las carreteras siguen igual. –¿Y el teléfono? –La línea sigue cortada –dijo Sean, y llenó otra taza de café para ella–. ¿Te apetece desayunar?


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77 https://www.facebook.com/novelasgratis –Sí, gracias, me parece que he recuperado el apetito. –Desde luego has recuperado el color. Se comportaban con la cautela de unos desconocidos; mantenían una conversación educada, pero carente de significado. En fin, se dijo Leah, si Sean no hacía mención a lo ocurrido la noche anterior, desde luego ella no pensaba hacerlo. –Bueno, ¿qué planes tienes para hoy? –preguntó. –¿Hacer? –dijo Sean, enarcando una ceja con gesto sardónico–. ¿Y qué podemos hacer si estamos atrapados y no hay forma de salir? ¿Tienes alguna sugerencia? –Pero es Nochebuena –dijo Leah, pasando por alto las picaras implicaciones de las palabras de Sean–. No podemos dejar que pase como un día cualquiera, tenemos que hacer algo. –¿Y qué sugieres? –Bueno, si estuviera en mi casa, pondría adornos y el árbol. –Pues lo siento, pero no tengo ni adornos ni árbol. –¡Pues vamos a improvisar! –sugirió Leah, negándose a que Sean se


parapetara tras el humor sarcástico de la primera noche–. Tiene que haber algo… ¡Ah, ya sé! Salió corriendo hacia el salón y abrió las cortinas. El jardín estaba cubierto de nieve. –¡Mira! –¿Qué tengo que mirar? –respondió él, que la había seguido–. Solo veo nieve y más nieve. Es muy bonito, igual que en las tarjetas de Navidad, pero en realidad es peligroso y poco recomendable. –No has mirado bien. Hay dos árboles maravillosos. Solo tenemos que cortar un par ramas –dijo, e hizo ademán de dirigirse a la puerta. Pero Sean la detuvo, agarrándola por el brazo. –¡De ninguna manera! –declaró–. ¿No te das cuenta de que acabas de salir de una grave enfermedad? ¿Y qué quieres? ¿Arriesgarte a pescar una pulmonía? No sé si tú quieres seguir haciendo el papel de enferma, pero yo estoy cansado del de enfermero. Leah se quedó muy sorprendida de su vehemencia. Era evidente que, una vez curada, se había acabado su ternura y amabilidad. –Si pudiera irme de aquí, me iría, pero mientras tenga que permanecer en esta casa –declaró– pienso hacer todo lo posible para estar bien. –¿Y eso implica adornar la casa? –dijo Sean. Era evidente que su humor, y por tanto la atmósfera reinante en la casa, tenía poco que ver con el tradicional en tales fechas de celebración–. Está bien, si esto no te gusta, dime


qué quieres y yo te lo traeré. Corregido por SCC


78 https://www.facebook.com/novelasgratis Lo que él quería, se dijo Leah, era que se estuviera tranquila hasta el momento en que pudiera por fin librarse de ella. Bien, por ella no había problema, se dijo con una punzada de dolor en el estómago. Se concentraría en la decoración y no le pediría nada, absolutamente nada. Concentrarse, por otro lado, le resultó más fácil de lo que suponía. Desde el momento en que Sean volvió cargado de ramas de acebo, la tarea de preparar un árbol de Navidad la absorbió por completo. Ató las ramas para formar una guirnalda y la colgó de la repisa de la chimenea, decorándola con lazos de cinta roja que llevaba en la bolsa para utilizarla en la decoración navideña en casa de su madre. Sean, a regañadientes, le había dado una caja de velas que también aprovechó, con lo que consiguió un efecto muy aparente. Luego, con las bayas de las ramas decoró una enorme fuente, ayudándose también de las velas; y con las ramas sobrantes, el aparador. Estuvo entretenida casi todo el día, pero una vez concluida la labor, pudo observar el resultado con gran satisfacción. –Se te da bien –dijo Sean, que entró en el salón a tiempo de ver su sonrisa


triunfal–. Seguro que tienes talento artístico. –Cuando vivía con mis padres siempre era yo la que me ocupaba de estas cosas –dijo ella, y una sombra de pesar cruzó su semblante–. Ahora no habrá nadie que lo haga. –Eh –dijo Sean, aproximándose a ella y tocándole la mejilla ligeramente–, que tu madre sabe que estás bien. –Ojalá pudiera llamarla y hablar con ella. La gentil mano de Sean abandonó el lugar donde estaba, dejando un espacio frío y desangelado en el lugar en que se había apoyado. –Quién sabe, es posible que el teléfono se arregle antes de esta noche y puedas hablar con ella… y con tu prometido –añadió Sean intencionadamente. –Con Andy –puntualizó ella. Pero Andy nunca llegaría a ser su prometido, de eso estaba segura. Siempre había sabido que su relación con él no podía describirse como una gran pasión, pero le importaba lo suficiente como para tener que pensarse si se casaba con él o no. No obstante, desde que Sean Gallagher había irrumpido en su vida, en su corazón no había sitio para Andy. Había tratado de decirse que era solo algo temporal, motivado por su obligada proximidad, pero no podía seguir esquivando la verdad por más


tiempo. Estaba obsesionada con Sean y no podĂ­a hacer nada por evitarlo. Bastaba una mirada suya para que se le encendiera la sangre, que la besara para liberar el deseo que palpitaba bajo la superficie de su mente, como lava ardiente en el seno de un volcĂĄn activo. Corregido por SCC


79 https://www.facebook.com/novelasgratis –Has hecho maravillas con la habitación. Ahora sí que parece que estemos en Navidad, pero hay un pequeño problema… Era evidente que Sean quería cambiar de tema, cosa que ella agradecía. –¿Y qué problema es ese? –Me temo que no podremos tener una cena que esté a la altura. No tengo pavo. Lo dijo con una expresión tan ingenua que Leah sintió que se le calentaba el alma. –¿No hay pavo? –dijo con exagerada consternación–. ¿Y pastel de ciruelas? Sean negó con la cabeza, esbozando una sonrisa. –¿Pudin de Navidad? –Tampoco hay pudin –dijo él y sonrió–. Y para serte sincero, odio el pudin de Navidad. –¡Qué sacrilegio! –bromeó Leah, con un brillo burlón en los ojos–. ¡No hay Navidad sin un auténtico pudin de Navidad! –dijo y decidió apiadarse de él–. La verdad es que a mí tampoco me gusta. Nunca me ha gustado la fruta escarchada, así que me encantaría tomar cualquier otra cosa.


–Habrá que asaltar el congelador. A Leah le brillaron los ojos. –Podemos tomar lo que queramos, nuestra comida favorita. Nadie sabrá nunca que nos hemos saltado la tradición –dijo, y colocó la última rama de acebo con un suspiro de satisfacción–. ¡Ya está! ¡Ay! Sintió un dolor agudo e inesperado. Distraída por la conversación, la última rama de acebo le había hecho un corte en el dedo pulgar. –¿Qué pasa? –intervino Sean–. Déjame ver. Leah le enseñó la mano y observó con perplejidad cómo él la tomaba y se llevaba a la boca para besarla. –Sean… –dijo con un estremecido susurro. Él la miró a los ojos, oscurecidos, intensos. Leah apenas se dio cuenta de que la había soltado y de que se llevaba su propia mano a la boca, besándola, para sentir en ella el beso de Sean. –Yo… –comenzó él, pero no podía dejarlo hablar. Había llegado el momento. Si tenía que explicarse, se dijo, tenía que ser en aquel momento. Y no podía dejarse nada en el tintero. –Quiero hablarte de Andy. Pero pronunciar el nombre del otro hombre fue un error. Nada más hacerlo vio que Sean se ponía tenso y se desvanecía la calidez de su mirada. –Leah…


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80 https://www.facebook.com/novelasgratis –No, no, deja que te explique. No es lo que tú crees. ¡Por favor, deja que te explique! Ya te he dicho que mis padres se han separado. Pues bien, para mí fue un choque, me afectó muchísimo. Pensé que los cimientos de mi mundo se derrumbaban, me sentía perdida y entonces conocí a Andy. Sean escuchaba, eso ya era algo. Leah temía que se diera la vuelta en cualquier momento y se marchara, pero, al parecer, estaba dispuesto a darle una oportunidad. Y ella quería aprovecharla, quería contárselo todo, aclarar la situación de una vez por todas. –Es mucho mayor que yo, tiene cerca de cuarenta años, y creo que fue eso lo que me atrajo de él. Pero ahora me doy cuenta de que estaba buscando a alguien en quien apoyarme, un hombro sobre el que llorar, alguien que me diera la seguridad que había perdido, y yo creía que Andy era esa persona, quería que lo fuera. –Y por eso ibas a casarte con él. –En realidad, él me pidió que nos casáramos, pero yo le dije que tenía que pensármelo. La mirada de Sean se volvía más profunda y más densa a medida que asimilaba las palabras de Leah. Ella casi podía escuchar cómo trabajaba su


cerebro, recordando lo dicho en los últimos días, centrándose en el primer día… –Así que me dijiste que te ibas a casar con él para impedir que yo… –Sí, quería protegerme y mentí. ¿Qué ocurría? Desde luego, no lo que ella esperaba. Pero, ¿qué esperaba? ¿De verdad había creído que cuando le confesara que en realidad no estaba prometida él se limitara a esbozar una sonrisa de alivio y le abriera los brazos de par en par? Pues si era eso lo que había soñado, se había equivocado de cabo a rabo. –Tenía miedo –insistió mientras Sean se alejaba. –Será mejor que preparemos la cena –dijo él, y Leah no pudo creer que fuera capaz de tanta indiferencia, de tanta frialdad–. Ah, y Leah… la próxima vez no recurras a tales cuentos, basta con un simple «no». ¿Cómo podía decirle que le habría sido imposible pronunciar ese no? ¿Cómo podía arriesgarse a decirle que, en lo que a él concernía, esa palabra no había entrado en su cabeza? Porque Sean le había hecho sentir una excitación física desconocida para ella, una excitación que derretía su cerebro hasta el punto de impedirle pensar, de anular la voluntad necesaria para decir no. –Échale un vistazo al congelador y mira a ver si hay algo que te apetezca – dijo Sean. Su tono fue de tal indiferencia que dejaba bien a las claras que para él el tema «Andy» estaba cerrado. No había nada más que decir. –Y mira a ver qué dulces hay.


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81 https://www.facebook.com/novelasgratis Iba a ser una cena muy incómoda, se dijo Leah, pero Sean abrió un armario y ella se fijó en algo que le hizo olvidar toda pesadumbre. –¡Tacos! –exclamó entusiasmada–. Me encantan los tacos con chile, ¿tienes chile? –¿Que si tengo chile? –dijo Sean, tirando de uno de los cajones del congelador de la nevera–. Mi hermano se moriría de risa si te escuchara hacer esa pregunta, por algo tengo reputación de tener la boca más resistente de la familia. Es obvio que estamos hechos el uno para el otro. ¿Te gustan muy picantes? –¿Cuánto picante puedes resistir? «Hechos el uno para el otro», solo era una frase, se dijo Leah, una frase que no significaba nada. –Tendríamos que vestirnos para cenar –dijo Sean para sorpresa de Leah cuando los tacos estaban listos, junto a una ensalada y una botella de vino. –¿Para celebrar qué? –preguntó Leah. –Es evidente, la Nochebuena y que ya estás curada –dijo Sean. Leah seguía mirándolo fijamente a los ojos–. Está bien, lo admito, es solo una excusa para que te pongas el vestido de terciopelo rojo que llevabas el otro día y que


apenas pude disfrutar. ¿A causa de la oscuridad de la noche o porque estaba demasiado impaciente por quitárselo?, se preguntó Leah, pero enseguida se dio cuenta de que no le importaba. No sabía por qué le estaba ofreciendo Sean aquella oportunidad, pero pensaba aferrarse a ella con uñas y dientes. –Solo si me prometes que tú también te vas a poner algo elegante. ¿Tienes algo adecuado? –No tengo esmoquin, si te refieres a eso –dijo Sean, sumándose al tono alegre de Leah–. Últimamente no hay muchas ocasiones de lucirlo por aquí, en las verdes praderas de Yorkshire, pero te prometo que no desluciré. –Está bien, en ese caso subo a arreglarme. Subió las escaleras a toda prisa, presa de una extraña emoción. Sacó silbando el vestido del armario y dio gracias Dios porque fuera de lycra, pues gracias a ello había sobrevivido a la humedad sin alterarse. Tras darse una ducha rápida, se echó un poco de perfume. El maquillaje disimuló las últimas secuelas de su enfermedad y una sombra de ojos marrón sirvió para destacar el azul de sus ojos. El último detalle fue un pintalabios de llamativo color que le daba a su boca un aspecto muy sensual. Al ponerse el vestido le palpitó el corazón al recordar cómo la había mirado Sean la última vez que lo había llevado puesto. Era imposible olvidar los besos y abrazos de aquella primera noche y las consecuencias que habían tenido.


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82 https://www.facebook.com/novelasgratis Ya en la puerta, tuvo un impulso repentino. Se acercó a su bolsa y sacó un paquete pequeño, pero muy bien envuelto. Era uno de los regalos que llevaba para sus amigos, poca cosa, en realidad, pero como todo el mundo decía, «el detalle es lo que cuenta». Ya en el salón, colocó el paquete a los pies de la chimenea, que, a falta de árbol, era el mejor lugar para dejar los regalos. Luego, nerviosa como una adolescente en su primera cita, se levantó para dirigirle a Sean, que entraba por la puerta, una luminosa sonrisa. Una sonrisa que se desvaneció al verlo. Alto y apuesto, con un traje oscuro que le sentaba a la perfección, camisa blanca y una elegante corbata, parecía salido de un cuento de hadas. Por primera vez, su imagen correspondía con la de la luminosa estrella del mundo del espectáculo, con el Sean Gallagher que había visto en las revistas y en los periódicos. El hombre que asistía a los estrenos y a las entregas de premios y no el paciente enfermero que la había atendido durante su corta enfermedad, el hombre que… Se sonrojó al recordar la ducha del día anterior, la torpe tentativa de seducción con que había intentado corresponderle. –¿Estoy bien? –preguntó Sean, probablemente para interrumpir el silencio que se alzaba entre ellos.


Leah, con un nudo en la garganta, se limitó a asentir. –¿Sabes lo que me haces sentir vestida así? –dijo él, con voz grave y llena de intención. A la luz de las velas, sus ojos eran como estanques profundos y su mirada una caricia–. Tengo la tentación de… Se interrumpió y sacudió la cabeza como si quisiera desechar lo que había estado a punto de revelar. –Ven a sentarte –dijo, acercándose a Leah y llevándola de la mano al sofá–. Vamos a hacer las cosas bien y a tomar algo antes de sentarnos a cenar. ¿Qué te apetece? ¿Jerez o…? –Un jerez está bien –dijo Leah, que se había percatado de las intenciones de Sean. Se proponía comenzar de cero una vez más, actuar como si acabaran de conocerse, como si aquella fuera su primera cita y todo debiera ser perfecto. Y ella, comprendiéndolo, le siguió el juego. Sean inició una conversación sobre un tema inofensivo y ella colaboró con sus comentarios, respondió a sus preguntas y escuchó cuando él le habló de la música que le gustaba, de los libros que había leído. Y durante todo el tiempo, estaba maravillada por la facilidad con que iba creando, poco a poco, un ambiente tranquilo y relajado – aunque, desde luego el alcohol también la ayudaba a relajarse–, en el que ella se sentía a gusto para sonreír, reírse o hacer cualquier tipo de comentarios y confidencias.


–Háblame de tu madre –dijo Leah cuando ya estaban en la mesa y Sean llenaba los tacos con una sabrosa mezcla de chile, lechuga y queso, aderezados con salsa de tomate–. ¿Se ha recuperado de la marcha de tu padre? Corregido por SCC


83 https://www.facebook.com/novelasgratis –Tardó mucho, pero hace cinco años conoció a otro hombre, mucho más joven que ella, y se casaron en agosto pasado. –¿Y no te importa? –¿Que sea más joven que ella? Si la hace feliz, por mí como si tiene noventa o acaba de llegar de Marte. Ya era hora de que en mi familia alguien tuviera éxito en una relación sentimental. Al oír aquellas palabras, Leah recordó algo que llevaba tiempo dándole vueltas en la cabeza. –Me dijiste que habías salido con otra mujer… –comenzó, vacilante, sorprendida al comprobar cuánto le importaba. –¿Después de Marnie? Eso se acabó. –¿La dejaste? –No, fue ella la que me dejó a mí –aclaró Sean, moviendo su copa, mirando fijamente el vino que contenía–. Después del accidente. –¿Por la cicatriz? –a Leah le resultaba difícil creer que alguien pudiera ser tan superficial. –Más bien por lo que podría significar –respondió Sean, torciendo el gesto con amargura–. La posibilidad de que no haya más papeles protagonistas, de que deje de ser una estrella. No le gustaba lo que eso podría significar para su


propio futuro. –¡Pero es horrible! Sean se encogió de hombros. –Al menos fue sincera. –Entonces no sentía por ti ni un ápice de amor. Amor. Esa era la emoción con la que llevaba días luchando, el sentimiento que había ido creciendo en su interior desde su catastrófico encuentro en la nieve. –¿Amor? –repitió Sean, como si se tratara de una palabra cuyo significado desconocía–. Yo no quería amor. Marnie me curó de esa enfermedad. –No digas eso, todos… –¿Todos necesitamos amor? ¿Era eso lo que ibas a decir? –preguntó Sean con un deje sardónico en sus palabras–. Eso no es verdad, no todo el mundo quiere comprometerse. –Pues… –dijo Leah, ¿por qué no podía parar?, ¿por qué tenía que revelar hasta tal punto sus sentimientos? –Pues tú sí. ¿Es eso lo que tu novio te ha prometido?, ¿amor y felicidad eterna? Corregido por SCC


84 https://www.facebook.com/novelasgratis –Ya te he dicho que no me voy a casar con Andy–dijo Leah, y se concentró en poner chile en un taco. –Sí, me lo has dicho –dijo Sean, y rellenó los vasos de vino. Consciente de que ya había bebido bastante, Leah quiso protestar. Pero como ya había mordido el taco y tenía la boca llena, su protesta no consistió más que en un murmullo incoherente que se transformó en una exclamación de disgusto cuando el taco se quebró, manchándole la mano de salsa de tomate. Depositó el taco en el plato y comenzó a lamerse los dedos para limpiarlos. Pero se quedó de piedra al ver con qué ojos la miraba Sean. –Te has manchado la barbilla –dijo él, y se la limpió con su servilleta–. Y aquí tienes más. Mira cómo te has puesto –dijo y le limpió el labio superior delicadamente. A Leah le pareció que se le paraba el corazón, para reanudar sus latidos apresuradamente. Tragó saliva y respiró profundamente. –Eso es lo malo, o lo bueno, según se mire, de comer tacos –dijo, con la única intención de interrumpir el silencio, de distraer sus pensamientos–. Es la clase de comida que solo se puede tomar con alguien muy cercano o con alguien al


que no vas a volver a ver en tu vida, para que no te importe pasar por un perfecto cochino –dijo Leah, dándose cuenta demasiado tarde de la trampa en que ella misma se había metido. –¿Y en cuál de esas dos categorías entramos tú y yo? –Pues… –dijo ella, humedeciéndose los labios– no lo sé. –¿En cuál te gustaría estar? –insistió Sean. –Pues… Leah no encontraba las palabras apropiadas, se limitaba a concentrar la mirada en los maravillosos e hipnóticos ojos de Sean, viendo en ellos el reflejo de las velas. –Puede que te resulte más fácil responder a la siguiente pregunta, porque esta nieve no puede durar para siempre, así que dime, ¿qué vas a hacer? Leah se quedó paralizada. Podía evitar la respuesta, fingir que no entendía lo que Sean quería decir, pero hacerlo sería una debilidad imperdonable, y Sean lo sabía. –Leah –insistió él–, ¿qué le vas a decir a Andy? Leah dio un profundo suspiro. De repente, todo le parecía muy sencillo. Fue como si una luz se iluminara en su mente, confiriendo a la situación una inusitada claridad. No tenía que pensar, ni que cuestionarse nada. En su mente ya no había espacio para la duda, sino una única respuesta posible.


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85 https://www.facebook.com/novelasgratis –No –dijo con absoluta convicción–, le voy a decir que no, que no me voy a casar con él. Por la expresión de Sean supo que se daba perfecta cuenta de todo lo que implicaba aquella respuesta. –Leah… Y cuando retiró su silla, sin apartar la mirada de ella, se dio cuenta de que debía añadir algo más para que no quedara el menor resquicio para la duda. –Y la respuesta a tu otra pregunta es sí –dijo, con firmeza, sin vacilación–. Decirle «no» a Andy, significa decirte a ti «sí». Se levantó y se acercó a ella, estrechándola entre sus brazos. Ella se dejó llevar. En su mente no había espacio para la vacilación, ni siquiera podía pensar. No era más que deseo, necesidad. Sintió que el cuerpo se le inflamaba con el contacto de las manos de Sean, con el roce fiero de sus labios. Un incendio alimentado por la certeza de que lo que hacían era lo adecuado, lo que debían hacer, lo que habían deseado desde el primer momento. No había tiempo para la gentileza, para la cautela, estaban hambrientos el uno del otro, deseosos de tocarse, de recibir del otro las caricias más íntimas.


Leah le desabotonó la camisa apresuradamente, mientras él se afanaba por quitarle el vestido, tirando de él hacia arriba, acariciándole las piernas, los muslos, las nalgas. –Es mejor que subamos –dijo con la respiración entrecortada. –¿Eso crees? –replicó ella–. No quiero perder ni un minuto –dijo y siguió besándolo. En efecto, no había un minuto que perder. ¿Qué importaba que sobre la cama pudieran estar más cómodos? Cada uno de los momentos que habían compartido desde su primer encuentro tenía el único sentido de conducirlos a lo que en esos momentos estaba sucediendo. Cada minuto pasado en compañía del otro servía para alimentar la pasión de aquel momento. Y había habido tantos que aquel momento de culminación era un infierno de pasión que ninguno de los dos podía contener. Se dirigieron ante la chimenea, tendiéndose sobre la alfombra, sin saber quién había llevado a quién, ayudándose a desnudarse, disfrutando de cada momento, gozando del estallido de fuego en el que se sumergían gozosamente. Fue Leah la primera en quedarse desnuda y su pálida piel refulgió ante las llamas de la chimenea. –Tú también –dijo, tendiéndose ante el fuego.


Sean se tendió ¿su lado, quitándose la camisa que ella le había desabrochado. –Yo también –susurró con una sonrisa y se inclinó sobre sus pechos, llenándole el cuerpo de besos mientras terminaba de desnudarse. Corregido por SCC


86 https://www.facebook.com/novelasgratis Cuando Leah fue a quitarse las bragas, él la detuvo, con impaciencia. –¡No! –exclamó, aferrando sus manos y colocándolas detrás de la nuca–. Ese placer es mío –gruñó, con una voz poseída de excitación, más masculina y grave que nunca–. Quédate quieta. Leah lo intentó. Intentó dominar el deseo que la embargaba, que le aceleraba el pulso. Pero cuando la mano libre de Sean comenzó a ofrecerle el placer que buscaba, deslizándose sobre su estómago, por sus caderas, rodeando sus pechos, descendiendo a su vientre, no pudo resistirlo más. Se arqueó bajo su atormentadora caricia y le brillaron los ojos con un deseo que creía imposible. Luego profirió un largo gemido. –Paciencia, cariño, paciencia –dijo riendo. Y la risa de Sean fue la gota que colmó el vaso. –Veamos lo paciente que puedes ser tú –replicó liberándose y poniéndose encima de él. Con una sonrisa triunfal, lo sintió temblar bajo sus dedos, gemir su rendición. Comenzó a besarlo y acariciarle el pecho, y luego descendió hacia su estómago… y más abajo. Cuando las manos de Leah se cerraron sobre la parte


más íntima de su cuerpo, él profirió una entrecortada maldición y ella se deleitó ante su evidente pérdida de control. –Eres una bruja –rugió él, mas no tardó en cobrarse cumplida venganza, guiando a Leah a la cima del placer. Primero recorrió su cuerpo con las manos y la boca, en un progresivo y apasionado tormento. Luego se tendió sobre ella, urgiéndola a separar las piernas, sosteniéndose con los brazos, separándose de ella ligeramente para ver su rostro al penetrarla. –¿Era esto lo que querías, Leah? ¿Era esto? –¡Sí, sí! –dijo ella, aferrándose a los hombros de Sean, sintiendo en su interior todo el peso y la fuerza del cuerpo de aquel hombre–. Es lo que siempre he querido… siempre… Cuando Sean comenzó a moverse de nuevo, Leah no pudo hablar más. En su cuerpo solo había espacio para sentir. Luego, lenta e inexorablemente, el ritmo fue aumentando, hasta que la pasión ya no podía seguir creciendo y tenía que consumirse con una última y maravillosa llamarada. Leah se estrechó contra él, incapaz de hablar, incapaz de pensar, y Sean la sostuvo en sus brazos, conmovido él también por la intensidad de lo que acababan de experimentar. Era como si los dos necesitaran tiempo para comprenderlo y asumirlo. Luego, se quedaron plácidamente dormidos.


–Leah –susurró él más tarde–. Leah, despierta. –Mmm. Corregido por SCC


87 https://www.facebook.com/novelasgratis Leah no quería moverse, quería quedarse donde estaba, medio dormida, sumergida en la maravillosa sensación que inundaba su cuerpo entero. –Leah –insistió Sean–, quiero enseñarte algo. Leah se incorporó por fin, bostezando. A su lado, Sean se había puesto los pantalones y la camisa, aunque no se la había abrochado. –¿Qué? –preguntó Leah, confusa. –Aquí no –dijo él, riendo–. Vamos fuera. Toma, ponte esto –dijo, dándole uno de sus jerseys. La llevó en brazos a través de la cocina, dejándola en el suelo antes de abrir la puerta y señalando hacia el exterior. –Mira… –Nieve –dijo Leah, decepcionada–. Me has traído para que… –No –dijo Sean, y le elevó la barbilla amablemente, para que mirase hacia el cielo–. Mira. Y Leah lo vio. El pálido y reluciente perfil de la luna llena, alto y claro en el cielo, y en uno de sus lados, la sombra oscura que, como un mordisco, se solapaba sobre ella, ocultándola. –¡Un eclipse! –dijo, dejando escapar un suspiro–. Siempre he querido ver uno


y nunca había podido. No supo cuánto tiempo permanecieron de pie ante la puerta, el uno en brazos del otro, con los ojos fijos en el cielo nocturno. Solo era consciente del mágico acontecimiento que se desarrollaba ante ellos, con la vista fija en la sombra que iba ocultando la blanca luz de la luna hasta que de ella no quedó más que una delgada línea. Y entonces se volvió hacia el hombre que estaba a su lado. –¡Oh, Sean! Ha sido mágico. –No ha sido la estrella de Oriente, pero casi –dijo él, sonriendo y fue a besarla en la frente, pero Leah se estremeció con un incómodo e inquietante escalofrío–. ¡Estás helada! –exclamó, con preocupación–. Te he tenido aquí fuera demasiado tiempo. –No pasa nada, estoy bien –dijo ella, pero el escalofrío persistía. –Soy un estúpido. He olvidado que estabas enferma. Leah, lo siento, lo siento –dijo él–. Voy a llevarte a la cama. Pero no a dormir, dijeron sus ojos, y la abrazó, al tiempo que la envolvía con su sonrisa, una sonrisa que disipó la negra sombra que se cernía sobre Leah antes de echarse en brazos se Sean y dejarse llevar al piso de arriba. Corregido por SCC


88 https://www.facebook.com/novelasgratis CAPÍTULO10 Sean se despertó con una sonrisa de satisfacción pintada en el rostro, sonrisa que se hizo aún más abierta cuando al estirarse se topó con el dulce y cálido cuerpo de la mujer que estaba tendida a su lado. –Leah –murmuró agachándose hacia ella. Pero se detuvo repentinamente cuando un nuevo sonido se abrió paso en su mente. Hacía tanto tiempo que no lo escuchaba que le costó reconocerlo. Lluvia. Gruesas gotas repiqueteaban sobre el tejado con un ruido ensordecedor si se comparaba con el silencio de los días de la nevada. Como impulsado por un resorte, se sentó en la cama y miró por la ventana para comprobar que efectivamente la nieve se estaba derritiendo. Moviéndose con cuidado para no despertar a su pareja, se levantó y se vistió rápidamente. Bajó y abrió la puerta principal: en lugar de los montones de nieve de los días pasados, no había más que una extensión de barro, interrumpida ocasionalmente por placas de hielo. Era evidente que había estado lloviendo con fuerza. Pero, por supuesto, ni él ni Leah se habían dado cuenta de lo ocurrido en el mundo exterior durante las últimas… sesenta horas. Habían pasado el día de


Navidad, el siguiente y casi doce horas del veintisiete. A decir verdad, ni habían reparado en si era de día o de noche, tan perdidos habían estado en su mundo privado de sensualidad y pasión. Solo habían salido del dormitorio para comer unos sándwiches y tomar algo de café que les había sabido mejor que la más suculenta comida de Navidad. Sean volvió a sonreír al imaginarse a Leah dormida en el cuarto de arriba. Le prepararía té y algo para desayunar y se lo subiría. La despertaría con sus besos, suave, tiernamente, y con un poco de suerte volverían a olvidarse de la comida. Un agudo sonido rompió la calma de la mañana y lo sacó de sopetón de su ensoñación. Tras el primer sobresalto, Sean cayó en la cuenta de que ya habían reparado la línea telefónica. –¿Sean? ¡Hola! –le costó reconocer la voz de su hermano, parecía muy animado y feliz–. ¡Feliz Navidad! Con un poco de retraso, pero ¿qué importa? –¿Pete? –replicó–. ¿Desde dónde estás llamando? –Desde mi casa –respondió su hermano alegremente–, donde he pasado las más maravillosas navidades de mi vida. Nunca me había divertido tanto. Y Annie… ¿Annie? El nombre resonó en su cerebro como un gigantesco gong.


–Oye, para un momento. ¿Has dicho «Annie»? Corregido por SCC


89 https://www.facebook.com/novelasgratis –¡Claro! Está aquí, a mi lado, no nos hemos separado ni un momento en los últimos seis días. Ya sé que tendría que habértelo dicho, y lo intenté te lo aseguro, pero, la línea estaba estropeada. –Sí, por la tormenta –respondió Sean. Seis días: justo cuando se cortó el teléfono y Leah se puso enferma. –No fue más que un estúpido error –continuó Pete, tan feliz que ni reparó en la extraña actitud de su hermano–. A la muy tonta le dio un ataque de pánico. ¡Pensaba que no era lo suficientemente buena para mí! ¿Puedes creerlo? Así que se inventó toda esa historia de que había otro hombre con el único fin de dejarme libre, cuando, como sabes muy bien, la última cosa que yo deseaba en el mundo era librarme de ella. Mientras Sean murmuraba algo parecido al asentimiento, oyó que Leah bajaba las escaleras. –Tenía pensado pasar unos días en casa de sus padres, pero la tormenta de nieve la obligó a regresar, así que cuando pasé por su apartamento, estaba allí y… Sean no prestó atención al resto de la historia ya que se abrió la puerta del estudio y apareció Leah en el umbral, con los ojos aún soñolientos y el pelo


revuelto. Solo llevaba puesto el albornoz de Sean. Su dulce sonrisa tuvo el poder de dejarlo sin aliento; automáticamente estiró el brazo para asirla de la mano y, con un rápido movimiento, atraerla junto a él, de forma que la espalda de ella quedó pegada contra el pecho de él. La apretaba con tanta fuerza que Leah no pudo por menos que notar la inmediata excitación que su simple presencia provocaba en Sean. Señalando el teléfono le preguntó con quién estaba hablando. –Es Pete –murmuró Sean tapando el auricular–. ¿Sabes qué?, Annie ha vuelto con él, así que parece que todo este jaleo no ha servido para nada –como su hermano reclamara su atención, Sean volvió a ponerse al aparato no sin antes pedirle a Leah que hiciera un poco de café–. Iré a tomarlo contigo en cuanto pueda –le prometió. Se la quedó mirando, fascinado por la gracia de cada uno de sus movimientos, solazándose en las suaves curvas de su cuerpo, el balanceo de sus caderas, hasta que desapareció por la puerta. –¡Sean! –exclamó Pete intrigado–. ¿Qué pasa? ¿Con quién estás hablando? –No pasa nada, no te preocupes –todavía no quería compartir con nadie los dulces momentos que estaba viviendo con Leah–. Digamos que estoy «entretenido» con un regalo de Navidad muy especial –concedió al fin. –Entiendo –dijo Pete con una carcajada–. Siempre fuiste mejor que yo en eso de guardar los secretos…


–Bueno –repuso Sean con pretendida indiferencia–, por lo que recuerdo, lo mejor de la mañana de Navidad era desenvolver los regalos. Una vez hecho eso, Corregido por SCC


90 https://www.facebook.com/novelasgratis a menudo el regalo pierde su atractivo. A veces un envoltorio espectacular o llamativo esconde un regalo decepcionante… –Por lo que yo recuerdo –le interrumpió Pete–, siempre ocultabas los mejores regalos que te habían hecho, mientras que yo apenas podía esperar a enseñar los míos a todo el mundo. –Y por lo que parece, las cosas no han cambiado mucho ahora que ya somos mayores –declaró Sean, suponiendo que su hermano iba a entender perfectamente aquella alusión. –Está bien, te dejaré con tu regalo –se rindió Pete enfatizando la última palabra–. Solo quería decirte que los planes de boda siguen adelante. Ya te veré para Año Nuevo. ¿Por qué no me enseñas entonces eso tan «especial» que guardas ahí? –No quiero comprometerme –Sean no prometer nada. Aunque habían pasado seis días maravillosos, quería esperar a ver qué ocurriría entre ellos cuando el mundo real irrumpiera en su idílica existencia–. No quiero exponerla todavía a una reunión familiar. –Muy típico de ti –se rió su hermano–. Si quieres saber lo que opino, te diré que creo que esta vez te han pillado… ¡y que ni siquiera sabes cómo ha sido!


Claro que lo sabía, se dijo Sean tras colgar el teléfono. Sabía perfectamente cuál era el efecto que tenía Leah sobre él. El problema estribaba en que no tenía ni idea de qué hacer al respecto: se había pasado tanto tiempo negando la existencia del amor verdadero no sabía cómo reaccionar. Lo único que tenía claro era que llevaba demasiado tiempo alejado de Leah. Quería volver a su lado, ver su sonrisa, escuchar su voz, besarla… Estaba a punto de ir a su encuentro cuando un pensamiento repentino le hizo detenerse y levantar de nuevo el teléfono. –Se te ha quedado el café frío –dijo Leah algo cortante. –No he podido cortar antes –se justificó Sean, sorprendido de que lo hubiera esperado tanto tiempo–. Después tuve que hacer otra llamada… para ti. –¿Qué quieres decir? –preguntó Leah al tiempo que le daba otra taza de café caliente. –Llamé al taller y les pedí que pasaran a buscar tu coche tan pronto como pudieran y que lo revisaran cuanto antes. Quedamos en que me llamarían en cuanto estuviese listo. –Muy amable de tu parte. Gracias –replicó Leah distraídamente. –Y ahora que el teléfono funciona, puedes llamar a tu madre para decirle que estás bien. También puedes llamar al trabajo. ¿Cuándo tienes que volver a la agencia?


–Después de Año Nuevo. Me tomé varios días más de vacaciones para pasarlos con mi madre. Corregido por SCC


91 https://www.facebook.com/novelasgratis Sean se estremeció, no por lo que ella había dicho, sino por el tono de su voz, tan frío y distante como el de un robot carente de emociones y sentimientos. Dejó la taza en la mesa y le tendió la mano. –Ven aquí –dijo, pero ella no se movió, limitándose a mirarlo con expresión sombría–. ¿Ocurre algo? –¿Que si ocurre algo? –repitió ella irónicamente. Se estaba esforzando por aparentar dureza, pero era evidente que la asolaba un terrible conflicto interior– . ¿Por dónde quieres que empecemos? ¿Qué tal con eso de que ya que la novia de tu hermano ha vuelto con él «todo este jaleo no ha servido para nada»? –le espetó con infinita amargura. –Leah… –¿Qué es exactamente lo que no ha servido para nada, Sean? ¿El que casi me secuestraras, reteniéndome a tu lado? ¿O tal vez el que me sedujeras y que durante los dos últimos días me convirtieras en tu «regalito» de Navidad? Así que era eso. –No sabía que estuvieras escuchando –ojalá no lo hubiera hecho. En boca de Leah, aquellas palabras parecían más insultantes de lo que él hubiera siquiera


imaginado. –¡Y no estaba escuchando! –estalló Leah con los ojos relampagueantes de pura furia–. Al fin y al cabo, no importa lo que digas delante de mí, como te importo tan poco… Sean no sabía cómo defenderse de aquellas acidas acusaciones sin enredarse más en su propia trampa. Se acercó a la ventana y se quedó mirando la lluvia, que caía con más fuerza que nunca. –Así que estabas escuchando detrás de la puerta –empezó a decir sin pensar, ocultando su confusión tras una fachada de ira–. Pues ya sabes lo que se dice: «quien detrás de las puertas escucha, su mal oye». –¡Yo no te estaba espiando! –¿Ah, no? ¿Qué hacías entonces? Por lo que recuerdo, te pedí que prepararas el café. –Y yo no recuerdo haber aceptado ser tu esclava. El que me haya acostado contigo no te da derecho sobre mi cuerpo… o sobre mi mente. –¡Y que yo me haya acostado contigo no te da derecho a inmiscuirte en mi vida! Era una llamada personal, estaba hablando con mi hermano, y tú invadiste mi privacidad quedándote a escuchar. ¡No era de tu incumbencia! –Claro que no –farfulló Leah–. Después de todo, no soy más que algo sin importancia, algo de lo que disfrutas solo al principio, mientras lo


desenvuelves, pero que deja de interesarte en cuanto juegas un poco… –¡Leah, no digas eso…! Corregido por SCC


92 https://www.facebook.com/novelasgratis ¡Maldición! ¿Quién sería el estúpido que había dicho que la mejor defensa era un buen ataque? Lo único que había conseguido era herir sus sentimientos más allá de toda medida. Y lo peor de todo era que no tenía ni la menor idea de cómo arreglarlo. –¡No es lo que crees! –protestó, pero cuando se acercó para agarrarla de la mano, ella se apartó lanzándole una mirada tan fría y triste que hizo que se le removieran las entrañas–. ¡Lo siento! –exclamó. La joven parecía un pájaro herido; temía que saliera corriendo y no pudiera verla nunca más–. Leah, por favor, solo has escuchado una parte de la conversación. Pete… –¡Ah! ¿Así que ha sido Pete el que ha dicho que no quiere comprometerse, el que no quiere que conozca a su familia…? Sean se quedó horrorizado ante sus propias palabras. ¿Cómo no se había dado cuenta de lo terribles que eran? –Por favor, no quería decir eso… –aunque ella le lanzó una mirada retadora, no apartó la cara cuando él la besó en la frente–. Sabes muy bien lo que siento por ti, Leah, lo sabes… Los labios de Sean descendieron por la dulce curva de la mejilla hasta la boca. Poco a poco consiguió vencer su resistencia y que respondiera con pasión a sus caricias.


–Cuando se comparte algo como esto, lo demás no importa, cariño – murmuró persuasivo. Leah se apretó contra su cuerpo con un gemido. El albornoz apenas fue un obstáculo para las manos que buscaban con urgencia acariciar aquella piel tan suave y cálida, excitante y tentadora… –Ves… –continuó satisfecho–. No merece la pena que nos peleemos. Volvamos a la cama y te demostraré lo bien que podemos comunicarnos, déjame… –¡No! –exclamó furiosa al tiempo que se desasía de su abrazo, y apretaba el cinturón del albornoz con determinación–. No es esto lo que quiero. –¡Mentirosa! Es lo único que has querido durante estos tres días –nada más pronunciarlas, Sean se arrepintió de aquellas miserables palabras, pero el daño ya estaba hecho. Aunque no se había movido ni un centímetro, era como si Leah estuviera a miles de años luz de distancia. –Sí, eso era lo que quería, pero ya no me basta… –¿Y qué es lo que quieres entonces? –pero antes de que ella dijera nada, Sean adivinó la respuesta–. ¡Compromiso! –exclamó con cinismo–. ¡Claro, eso es! La típica artimaña femenina: matrimonio o nada. Leah lo miró. Sus ojos color violeta relucían en su pálido rostro. –No he hablado nunca de boda –dijo, aunque no pudo negarse que fuera


aquello lo que deseaba–. No puedo entregarme a cambio de nada. Corregido por SCC


93 https://www.facebook.com/novelasgratis –¡Nada, dices! –le espetó Sean con dureza–. ¿Acaso es que estos días no han significado nada para ti? La pasión que hemos compartido, el deseo que ardía como una llama… –Sí, y todos sabemos lo rápido que se apaga una llama. No puedo, Sean. Sin amor, sin compromiso, esa pasión acabaría por destruirme. Sería como el eclipse del día de Nochebuena: la pasión sería como la luz del Sol, imponiéndose sobre el reflejo de la Luna… Y yo sería como la Luna: ¡quedaría anulada! Sean lanzó una maldición entre dientes. –Entonces, si no puedes aceptar las cosas como son, será mejor que lo dejemos. No puedo ofrecerte nada más, Lean. No voy a prometerte algo que no voy a cumplir –esperaba que aquella muestra de sinceridad le llegara al corazón. –Y yo no puedo vivir con el temor de que un día, tarde o temprano, te canses de mí y me dejes. Y no, no intentes negarlo –se apresuró a añadir Lean al ver que él quería protestar–. Mira, no hace ni dos horas que el teléfono funciona y ya has llamado al taller para asegurarte de que el coche esté arreglado para


cuando quieras librarte de mí. –¡No, nada de eso…! –Déjalo, Sean –lo interrumpió con suavidad–. Los dos sabemos bien lo que queremos –dijo, y se dio la vuelta para marcharse. –¿Dónde vas? –A vestirme –respondió en voz baja–. Después, te rogaría que fueras tan amable de llevarme al taller. No tardó apenas nada en arreglarse; desde luego, no lo suficiente como para darle tiempo a encontrar una solución al lío en el que se había metido. Leah buscó su bolso en el recibidor y lanzó una triste mirada a los adornos que tan feliz la habían hecho apenas unos días antes. En el último momento se fijó en el pequeño objeto alegremente envuelto al pie de la chimenea. –No abriste tu regalo –dijo con amargura. –Es verdad –no habían vuelto a acordarse de él, tan ocupados habían estado haciendo el amor, demasiado absortos el uno en el otro como para reparar en nada más. –Voy a dejarlo ahí. No lo quiero, y tampoco puedo dárselo a… –¿A quién no puedes dárselo? –quiso saber Sean. Pero no le hacía falta oír la respuesta. La revelación se abrió paso en su mente como un brutal fogonazo–. Te refieres a Andy, ¿verdad? Era el regalo de


Andy… –¿Acaso me creerías si te dijera que no? –replicó Leah pálida–. ¿Acaso importa para quién lo compré? Corregido por SCC


94 https://www.facebook.com/novelasgratis –¿Importar, dices? –apenas podía soportar el dolor. Le dolía tanto que lo único que quería era asir el corazón de Leah y rompérselo también en mil pedazos–. ¡Claro que me importa! –casi gritó–. ¡Toma, llévatelo! –ciego de rabia, la obligó a agarrar el regalo, sin darse cuenta de que Leah estaba tan nerviosa que se le cayó al suelo–. ¡Tómalo y vete! ¿Acaso creías que iba a gustarme, que me conformaría con las sobras? –No te importaba tanto eso cuando lo que querías era acostarte conmigo. –No, claro que no –ciego de rabia y celos, Sean no pudo resistir la tentación de mostrarse deliberadamente cruel–. Es sorprendente lo poco exigentes que nos volvemos cuando acucia la necesidad. –Eso que dices es muy cierto –replicó orgullosa–. Para los dos. Por lo menos, ahora sabemos lo que pensamos realmente… ¿Puedo pedirte un último favor? – añadió tras una pausa. –Dime –incluso entonces Sean no pudo reprimir un brote, irracional, estúpido, de esperanza. Sin embargo, era demasiado tarde para aquel sentimiento, y las siguientes palabras de Leah no hicieron sino confirmarlo. –Déjame llamar para pedir un taxi. Esperaré en el taller hasta que arreglen el coche. Me parece más conveniente que cortemos por lo sano. –Estoy de acuerdo –Sean no supo de dónde sacó las fuerzas para articular


aquellas palabras y para señalar con un gesto la puerta del estudio–. Llama cuando quieras… Corregido por SCC


95 https://www.facebook.com/novelasgratis CAPÍTULO 11 –Las cinco y cuarto. A Dios gracias, solo queda un cuarto de hora para largarnos. Leah sonrió mientras Melanie, su compañera, se recostaba en su silla exhalando un exagerado suspiro de alivio. –La verdad es que ha sido un día terrible –comentó, pensando para sus adentros que su amiga no tenía la menor idea de lo que le había pasado. –Parece como si todo el mundo se hubiera puesto de acuerdo para salir de vacaciones… Supongo que quieren aprovechar las ofertas post navideñas y huir de este horrible clima –Leah asintió mirando hacia los cristales de las ventanas, donde se estrellaban ráfagas de lluvia–. Soñarán con lugares más cálidos como… –lanzó un gemido al oír el timbre que anunciaba la entrada de un cliente en la parte principal de la agencia–. Ya voy… Melanie se levantó cansinamente. Leah se concentró de nuevo en los informes… o, mejor dicho, intentó concentrarse. La triste verdad era que notaba que su capacidad de trabajo había mermado bastante desde que regresara a Londres tras las vacaciones, pero aquel día estaba peor que nunca. Con un suspiro, se frotó con la mano los ojos, hinchados y enrojecidos por la


falta de sueño. Desde que volviera de Yorkshire, se sentía como si le faltara la mitad de su ser. Había perdido una parte vital de ella misma en aquella casa, con Sean. Ni siquiera la feliz noticia que le había dado su madre la noche anterior había conseguido sacarla del pozo de la depresión. –Preguntan por ti –anunció Melanie emocionada desde el umbral de su despacho–. Ha dicho que no se irá sin hablar contigo, que no es de negocios, sino… –Estrictamente personal. Aquellas dos palabras fueron pronunciadas por una voz que Leah conocía muy bien. Ni siquiera hizo falta que levantara la vista para saber quién era el hombre que estaba detrás de Melanie. Cuando por fin lo hizo, se quedó atrapada por aquellos ojos azules que tan vívidamente recordaba. Eran los mismos que aparecían en todos aquellos sueños eróticos que la atormentaban desde hacía días. Los veía brillar con dulce ternura o relucir de pura lujuria. En alguna ocasión, también se le habían aparecido tan fríos y distantes como durante aquella terrible última conversación. –Hola, Sean –dijo al fin, consiguiendo evitar cualquier rastro de emoción en su voz. –Leah… –entró en la habitación desplazando a un lado a Melanie. Leah se puso en pie, sintiéndose débil y vulnerable a medida que él se acercaba. –¿En qué puedo ayudarte? –era prácticamente imposible que hubiera entrado


en la agencia por simple coincidencia, pero decidiĂł creer eso para evitar que creciera en su interior alguna loca esperanza de que hubiera ido hasta allĂ­ solo Corregido por SCC


96 https://www.facebook.com/novelasgratis para verla a ella, para pedirle perdón por su error… Sacudiendo la cabeza para alejar aquel pensamiento, compuso el gesto que reservaba para los clientes más difíciles–. ¿Piensas salir de vacaciones…? Pero él la cortó en seco con tal brusquedad que Melanie se quedó atónita y se asustó. –Puedes irte ya a casa, Mel –dijo Leah rápidamente–. Es casi la hora; yo cerraré. –De acuerdo… Tras lanzar una última mirada a Sean en la que se mezclaban la fascinación y el temor, la joven se apresuró a salir del despacho. Enseguida oyeron que se cerraba la puerta principal. Se hizo un silencio que al fin rompió Sean con una cínica carcajada. –¡Pobrecilla! Por un lado se moría por quedarse y, por otro, estaba deseando largarse lo más rápido posible. «Sé exactamente cómo se siente», se dijo Leah, pues Sean había descrito a la perfección su estado mental en aquel preciso instante. Por otro lado, y por desgracia para ella, era imposible no reconocer el placer que sentía solo con verlo. Imposible también no solazarse en la contemplación de su rostro, de su cuerpo. Llevaba una camisa azul, unos vaqueros negros y una chaqueta de


cuero… Estaba tan guapo que le era totalmente imposible resistirse al atractivo de aquellos ojos, de aquellos rasgos, de su pelo revuelto reluciente por la lluvia. –Dime para qué has venido –le preguntó directamente, pero fue como si le hablara a la pared. Sean se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta. Nerviosa e intrigada, Leah lo siguió y vio cómo procedía a bajar las persianas del escaparate y echar el cierre. –Sean, todavía no es la hora… –Falta muy poco –replicó mientras apagaba las luces–. Tampoco es que haya hordas de clientes a la puerta esperando para entrar. Con el tiempo que hace, todo el mundo se habrá quedado en casa. Anda, ve por tu abrigo. Pero Leah no estaba dispuesta a dejarse doblegar tan fácilmente. –Ni lo sueñes –replicó levantando la barbilla desafiante–. No pienso ir contigo a ninguna parte… –Tenemos que hablar –la interrumpió Sean. –¿De qué? Hasta el más pequeño átomo de esperanza se desvaneció cuando él sacó del bolsillo un periódico doblado y lo lanzó encima de la mesa. No hizo falta que dijera nada: había un primer plano de Sean, tomado por el lado de la cicatriz y, debajo, un terrible titular: «¿Quién no es tan guapo como parece?». Muda y desencajada, Leah abrió y cerró la boca unas cuantas veces, incapaz de articular palabra.


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97 https://www.facebook.com/novelasgratis –¡El abrigo! –exclamó Sean, y ella no pudo replicar. Anonadada, Leah consiguió cerrar la oficina y conectar la alarma. Él no podía creer que ella… que había sido capaz de… No recuperó la calma suficiente para hablar hasta que por fin estuvieron en el coche. –¿Dónde vamos? –preguntó. Le era imposible no pensar en otra situación muy similar a aquella, y ese recuerdo hizo que le recorriera un escalofrío por la espina dorsal. –A algún sitio donde podamos hablar tranquilamente. –No creerás en serio que yo… –¿Y quién si no? –preguntó Sean, mirándola con una intensidad tal que parecía querer escudriñar hasta lo más profundo de su alma. Aquella pregunta tuvo la virtud de dejarla muda hasta que llegaron a un aparcamiento subterráneo. Sean apagó el motor y abrió la puerta. –Es una gran exclusiva, no hay duda –dijo fría, desapasionadamente–. Seguro que han pagado una bonita suma. –Sean, por favor, sé razonable. ¿De verdad me crees capaz de semejante cosa? ¡Pero si ni siquiera tengo cámara de fotos! No se lo he dicho


absolutamente a nadie –se defendió Leah con ardor–. Además, no podría hacerlo, y tú lo sabes, porque… –se detuvo justo antes de pronunciar aquellas fatídicas palabras, «porque te quiero». Sean mantenía la misma expresión inescrutable. De pronto, su actitud cambió como por ensalmo. Ahogando un suspiro, se pasó las manos por las sienes. –Leah… –comenzó a decir en un tono muy distinto al que había empleado anteriormente–, por favor, sube a mi piso para que podamos hablar tranquilamente, como personas civilizadas. –¡Civilizadas dices! –explotó Leah–. Me parece que tu comportamiento hasta ahora ha sido todo menos civilizado. Sin embargo, aquel cambio de actitud tuvo el poder de conseguir que saliera del coche dócilmente y lo siguiera al ascensor. Sobre todo por comparación con la rústica simplicidad de la casa de Yorkshire, el lujoso apartamento dejó a Leah sin aliento. Decorado en tonos beige y crema, con exquisitos muebles de madera clara, le recordó de la forma más dolorosa que el hombre que en él vivía era el auténtico Sam Gallagher, rico y famoso: un triunfador. El breve idilio campestre nunca le había parecido más lejano e irreal. –¿Te apetece una copa?


Leah rehusó con un gesto. Quería mantener la cabeza lo más despejada posible. Corregido por SCC


98 https://www.facebook.com/novelasgratis –Sean –empezó, mientras él se servía una copa de brandy–, quiero que sepas que yo no vendí tu historia a los periódicos. Soy incapaz de semejante bajeza. Él tomó un largo sorbo de la bebida, sin dejar de mirarla por encima del borde del vaso. –Y esperas que yo me lo crea, claro. –¡Claro que sí! Es la verdad. –¿Sí? –¡Por supuesto! Lo cierto es que casi ni recordaba la cicatriz, la considero parte de ti, como los ojos o la nariz, aunque no sé si es un problema para tu trabajo en la tele… –Nada de eso –la interrumpió Sean–. A los productores de la serie no les importa lo más mínimo. Incluso están trabajando en un guión que explica cómo me la hice. La verdad es que estoy deseando rodarlo. –Me alegro… –Tampoco me importa dejar de ser «El hombre con el que sueñan todas las mujeres» –lo dijo con un tono tan cínico que a Leah se le encogió el corazón–. Aunque no fuera la estrella de una de las series más populares, todavía me


seguirían invitando a un montón de aburridas fiestas. Así que si pensabas que desvelando la historia ibas a arruinarme la vida… –¡Pero si no lo he hecho! No pienso decir nada a nadie de lo que pasó aquellos días que estuvimos aislados y, mucho menos, a los periódicos. –¿Y por qué no? « ¡Porque te quiero!», hubiera querido responder, pero no podía, no cuando él la estaba mirando de aquella forma tan amenazadora. –Por… porque me preocupo por ti. –¡Te preocupas! –estalló Sean–. ¡Oh, sí, claro que te preocupas por mí! Lo suficiente como para tomar lo que deseas cuando lo deseas, pero no como para quedarte cuando las cosas se ponen feas. –¡No! ¿Cómo podía lanzarle semejante acusación? ¿No había sido él quien la había obligado a marcharse? ¿O acaso estaba insinuando que si se hubiera quedado a su lado…? –¿No? –se acercó a ella tan repentinamente que, asustada, se le cayó el bolso al suelo. Abochornada, se agachó para guardar las cosas–. Déjame ayudarte – insistió Sean agachándose a su lado. Sus manos se tocaron al intentar asir los dos el mismo objeto, un sobre


blanco, pero al final fue Sean el que se hizo con él. –¡Dámelo! –la nota de pánico de su voz alertó a Sean, que dio la vuelta al sobre para descubrir escrito en él su propia dirección. Corregido por SCC


99 https://www.facebook.com/novelasgratis –¿Qué es esto? –Una tarjeta de cumpleaños –confesó Leah desarmada–. Fe… feliz cumpleaños, Sean. Por un breve instante una emoción que Leah no pudo entender le cruzó el rostro. –Pero no la has mandado. –Me lo pensé dos veces –y tres y cuatro–. Me pareció más sensato… –Sensato –repitió él con los ojos clavados en el sobre–. Sin embargo, se te ocurrió escribirme… ¿Por qué? –Sean se puso de pie y, asiéndola de las manos, la obligó a incorporarse también–. ¿Estás bien, Leah? –le preguntó ansioso, excesivamente preocupado por haber hecho que se tambaleara. –Sí, claro que sí. –Créeme, normalmente no soy tan irresponsable, pero… Entonces ella entendió a qué se refería: en Yorkshire, en la casa, él había insistido en que tomaran precauciones, pero en el primer arrebato de pasión ninguno de los dos se había preocupado por las posibles consecuencias. –No estoy embarazada, si eso es lo que te preocupa.


–¿Has hablado ya con Andy? –Sí –contestó Leah, a la que pilló desprevenida aquella pregunta. –¿Y le has dicho que no puedes casarte con él? –ella asintió con un gesto–. ¿Te resultó muy difícil? –Mucho –se lo había preguntado tan cariñosamente que no pudo decirle sino la verdad–. No me gustó tener que hacerlo, si eso es lo que quieres saber, pero estaba segura de que no podía hacerle feliz. –¿Y qué me dices de ti? –A su lado, tampoco yo iba a ser feliz. No podía ser de otro modo, y más teniendo en cuenta que el único hombre al que amaba, el único que habría podido hacerla feliz durante el resto de su vida estaba plantado frente a ella, sin que se le borrara del rostro aquella ominosa expresión. –¿Y estás segura de que no estás embarazada? –Segurísima. No te preocupes, no verás ningún titular del tipo «Galán de la tele me hizo un hijo en su nido de amor» –se estaba burlando deliberadamente de él. Le parecía que habían transcurrido años enteros y no apenas unos días desde la última vez que habían estado juntos. Su respuesta fue tan asombrosa que la pilló completamente desprevenida. –Qué pena –lo oyó murmurar. –¿Cómo dices?


–Que es una pena que no estés embarazada –declaró en voz alta y clara. Corregido por SCC


100 https://www.facebook.com/novelasgratis –Pero… ¿por qué? –Porque si lo estuvieras, tendría al menos una remota posibilidad de que te casaras conmigo. –¿Casarnos? Sean, lo que dices no tiene sentido… –¿Y por qué no? Como todo hombre que pide a una mujer en matrimonio, lo que intento decirte es que te quiero más que a mi vida y que deseo vivir contigo para siempre. –¡Pero si tú no crees en el amor eterno! –No creía. De repente se desvaneció toda tensión, y su lugar fue ocupado por una tierna vulnerabilidad que a Leah le llegó al corazón. Nunca había visto a Sean bajo aquella perspectiva. Se dio cuenta de que todavía le sostenía la mano, apretándola con suave firmeza. –Pensaba que la idea de querer a una persona durante toda la vida no era más que un mito, pura fantasía, pero llegaste tú a mi vida y trastocaste todas mis ideas. –Sin embargo, tú me echaste… –Sean la obligó a callarse poniendo un dedo en sus labios.


–Estaba aterrado –confesó–. No me reconocía a mí mismo. Temía abrirme demasiado, acabar aceptando el compromiso que tú me pedías. –No podía conformarme con menos –afirmó Leah apretándole la mano–. Tú sabías que yo quería un matrimonio como el de mis padres. Pensé que podía amar a Andy, pero conocerte tuvo el mismo efecto en mis sentimientos que una bomba atómica. Supe entonces que no habría otro como tú, que te amaría siempre, que desearía estar a tu lado el resto de mi vida. Y si no podía tenerte así, prefería dejarte. –Leah… –empezó a decir Sean, pero ella no le dejó continuar hablando. Quería explicárselo todo, sin medias tientas. No podía soportar que él pudiera pensar que se había limitado a cambiar de novio. –El contraste entre lo que sentía por el uno y por el otro era tan abrumador que me enseñó lo que de verdad significaba amar, y supe que si tú no sentías lo mismo por mí, no tenía sentido seguir. Sabía que no podría soportar que, después de compartir un tiempo de pasión conmigo, me dejaras. –Pero si yo no iba a dejarte –la interrumpió Sean–. Calla, por favor –dijo, poniéndole una mano en la boca–, déjame explicártelo: no creía en el amor eterno, en lo de querer a una persona para siempre, porque la experiencia me había demostrado que era una pretensión poco realista. Y no sabía que podía llegar a sentir tanto por una persona. Pero cuanto te fuiste, me di cuenta que un solo día sin ti era una eternidad, no podía comer, no podía dormir… no hacía


mas que pensar en ti, echarte de menos. SoĂąaba contigo todas las noches y me despertaba solo y vacĂ­o. Corregido por SCC


101 https://www.facebook.com/novelasgratis –Lo sé, créeme, claro que lo sé –toda la emoción contenida durante aquellos tristes días se desbordó en las palabras de Leah–. ¿Y qué te hizo cambiar? –La boda de mi hermano –Sean sonrió al ver su cara de sorpresa–. Sí, Pete por fin se casó con su huidiza novia. La ceremonia se celebró ayer –continuó, lanzándole una mirada inquisitiva–. ¿Tú no fuiste? –No… tenía mucho trabajo –no quería reconocer que, por temor a encontrarse con él, había renunciado a ir. –Te eché de menos. En cuanto pude, me largué a recorrer todo Londres buscándote. –Pero, ¿por qué? –Porque de repente me di cuenta de lo equivocado que había estado. Fui el padrino de Pete y, mientras estaba plantado a su lado, oyéndole prometer amor eterno a Annie, pude ver su rostro y el de ella, y la luz de sus ojos, sentir la felicidad que estaban compartiendo. Entonces me di cuenta de que la posibilidad de no volver a verte era peor que la muerte –el temblor que lo recorrió fue el más elocuente testimonio de su sinceridad–. Sabía que no podría vivir sin ti y eso me parecía un compromiso de enorme responsabilidad.


–Lo es –asintió Leah en voz baja–. Yo también estaba asustada. –Sí, pero tú fuiste mucho más valiente que yo, fuiste capaz de declarar lo que sentías. Hasta Pete, mi hermano pequeño, fue más valiente que yo. –Ya, pero él no había sentido el abandono de tu padre en la misma medida que tú, ni tampoco conoció a ninguna Marnie… –Shhh –de nuevo, Sean le tapó la boca con la mano–. No hables de ello, ya pasó. Ahora lo que quiero es construir un futuro diferente. ¿Crees que lo conseguiremos? Debió advertir la sombra de una mínima duda en los ojos de Leah, pues la obligó a sentarse en un sillón. –Déjame terminar, contártelo todo. He ido muy lejos, pero no lo suficiente. Por fin mi estúpido y lento cerebro ha entendido lo que significa «para siempre»: es una sucesión de días, uno detrás de otro, nada más, y yo quiero pasarlos todos a tu lado. –Yo también quiero estar siempre contigo –replicó Leah con ternura, ganándose un beso que a punto estuvo de acabar con cualquier explicación más. Sin embargo, Sean aún no había terminado. –No podía soportar la idea de pasar otras veinticuatro horas sin ti, así que vine a Londres y me propuse pasar por todas y cada una de las malditas agencias de viaje que hay en Wimbledon. Lo del periódico no era más que una


excusa; sabía que no habías tenido nada que ver, pero necesitaba algo que me diera una razón para haber salido en tu busca, por si tú no querías volver a verme. Corregido por SCC


102 https://www.facebook.com/novelasgratis –No habría podido decirte que no –replicó Leah con sinceridad–. ¿Entraste en muchas agencias? –¿Por qué crees que no di contigo hasta las cinco y media? No te imaginas la cantidad de agencias de viajes que hay en esta zona. Y si no te hubiera encontrado hoy, habría seguido mañana. –Me alegro de que mi agencia estuviera en tu ruta de hoy –comentó Leah con indisimulado alivio–. No habría podido soportar otra noche sin ti –Sean la miraba con el ceño fruncido–. ¿Qué pasa? Estaba pensando en lo que se habían dicho. –Mencionaste que querías un matrimonio como el de tus padres, pero… –Sí, eso es –replicó con una enorme sonrisa. Sus ojos relucían como dos amatistas–. Todo se ha arreglado: papá volvió con mamá y ahora son más felices que nunca. Él dijo que la culpa fue de una especie de crisis pasajera, que en cuanto se marchó se dio cuenta del error tan grande que había cometido, pero que su orgullo le impidió volver en aquel mismo instante. –¡Hombres! –exclamó Sean cómicamente–. Somos criaturas bastante torpes en lo que a demostrar nuestros sentimientos se refiere, ¿no? ¿Y cómo se decidió por fin a volver?


–En cierto sentido, gracias a ti. Cuando llamaste a mamá para decirle que estaba contigo, ella lo usó como excusa para telefonearle. –¿Estaba preocupada acaso? –Me parece que no mucho –contestó Leah conteniendo la risa– Le dijo a papá que estaba convencida de que acababa de hablar con su futuro yerno. – ¿Cómo podía saberlo? –Por lo visto, te lo notó por la voz, por la forma en que decías mi nombre. Sean sacudió la cabeza, entre asombrado y divertido. –Así que me tenías ya tan enganchado que hasta mi futura suegra lo sabía mejor que yo, ¿eh? –Intuición –le explicó Leah–. Es famosa por eso. –Bueno, lo que acabas de contarme no puede hacerme más feliz. Ahora tu padre podrá llevarte del brazo cuando nos casemos. Leah reparó en que había dicho «cuando» no «si». Aunque le había costado un poco hacerse a la idea de lo que significaba el compromiso, parecía haberlo entendido al fin a las mil maravillas. La joven se puso de puntillas y le rodeó el cuello con los brazos, perdiéndose en la azul profundidad de sus ojos. –Estoy segura de que mi padre lo hará con mucho gusto, Sean, pero no podrá «entregarme» como manda la tradición porque yo me entregué a ti en cuerpo y alma en el mismo instante en que te conocí. Te di entonces mi corazón y quiero que lo tengas para siempre.


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103 https://www.facebook.com/novelasgratis –Conmigo estará seguro –replicó Sean–. Guarda tú el mío desde hoy y para siempre. Pienso dedicar todas las horas de mi vida a demostrarte lo que significas para mí y cuánto te adoro, y voy a empezar… ¡ahora mismo! Y la levantó en brazos, llevándola escaleras arriba hasta el dormitorio. Leah sabía que la pasión que compartían nunca eclipsaría su amor. En vez de eso, combinada al fin con la sinceridad y el compromiso, se haría aún más profunda y su llama se mantendría hasta el fin de sus días. Fin Corregido por SCC


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Novia por equivocacion kate walter  

Argumento: Sean Gallagher se negaba a pasarse la noche buscando a Annie Elliot, la ex prometida de su hermano, a la que ni siq...

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