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La herencia Kay Thorpe La herencia (1984) Título Original: The inheritance (1984) Editorial: Harlequin Ibérica Sello / Colección: Julia Género: Contemporáneo Protagonistas: Brett Hanson y Eve Brockley Argumento:


Aunque Eve y su hermana Fleur se quedaron sin palabras cuando un tío desconocido les dejó un rancho en Florida y mucho dinero para administrarlo, ellas no podían ponerse de acuerdo en que hacer con la propiedad: Fleur opinaba que la propiedad debía ser vendida y Eve quería vivir allí y administrarlo ella misma, l egaron a Florida para descubrir que la situación era incluso más complicada. Su ambicioso vecino Brett Hanson había tenido en la mira el rancho por largo tiempo y tenía toda la intención de persuadirla para que se lo vendiera, pero no había forma en que Eve permitiera que Brett le hiciera cambiar su opinión. Kay Thorpe – La herencia Capítulo 1 —¡Un millón de dólares! —repitió Fleur, leyendo las palabras mágicas por segunda vez, para asegurarse de que no hubiera algún error—. ¡Es como un sueño! ¡Sabía que hoy sería un día muy especial! ¡Lo presentía! Observando la hermosa y expresiva cara de su hermana menor desde el otro lado de la mesa, Eve Brockley contuvo su propia emoción, consciente de que provenía de una razón distinta. —Es solo una oferta —dijo—. Todavía no tenemos el dinero. Podría tomar meses, el trámite de todo el aspecto legal. Esta carta tardó diez días en l egar. —Pero sabemos que terminará por ocurrir. Eso es todo lo que importa. ¡Lo primero que haré mañana será ir a comprar el vestido de "Carmelia's" que tanto me gustó! ¡Casi no puedo esperar para decirle a toda la gente! ¡Se pondrán verdes de envidia! "Pues no les digas", quiso decir Eve, pero sabía que sería solo malgastar


palabras, ya que nada convencería a Fleur a guardar el secreto. La herencia era auténtica. Como únicas parientes de Laura Cranley habían heredado toda su propiedad entre las dos, correspondiendo la mitad a cada una con la condición de que hubieran cumplido los veintiún años de edad. Como Eve tenía ya veinticuatro cumplidos, llenaba los requisitos, pero Fleur apenas hacía dos meses que los había cumplido. ¡Afortunada Fleur! No le hubiera gustado nada tener que haberse atenido a los acuerdos de un fideicomiso. Aún era difícil de creerse. Nunca habían conocido a la tía Laura más que como una vaga figura, por viejas fotografías y como una firma en una tarjeta de Navidad. La madre de ellas, era solo una niña cuando la tía Laura se fue para Florida para casarse con un ranchero americano, perdiéndose el contacto entre el as. Con la muerte de su madre, hacía dos años, se habría podido efectuar una reunión, pero la tía Laura había estado enferma en ese tiempo y no pudo efectuar el viaje. Una persona de nombre Hanson, vecino y amigo de su tía, había enviado condolencias en su nombre. Desde entonces, no habían sabido nada más de la tía Laura. Absolutamente nada, si no hasta ahora. Eve tomó la carta y la leyó de nuevo, con mucha atención. ¡Cuarenta mil hectáreas! Era mucha tierra. Era muy poco probable que la tía Laura hubiera administrado la propiedad el a sola, desde que su marido había muerto, así que, ¿a


quién podría haber recurrido? ¿A un buen capataz, quizá? En las historias del Viejo Oeste, el capataz del rancho siempre era el que metía orden en los ranchos. En este punto, Eve sonrió ante su propia ingenuidad. ¡Estaba pensando en lugares comunes del oeste! —Creo que debemos echar una mirada a la propiedad que hemos heredado antes que nada —sugirió, sin darse tiempo a considerar los pros y contras de esta proposición—. ¿Te agradaría un viaje a Florida? —¡Me leíste la mente! —exclamó Fleur riendo—. Justamente me imaginaba que estaba en una gran playa de arena blanca, rodeada de todos aquel os guapos hombres… no quisiera que me amaran solo por mi dinero. Nº Páginas 2-108 Kay Thorpe – La herencia —Como si cualquier hombre te amara solo por tu dinero. ¡Eres la muchacha más bonita de Midhope y lo dice todo el mundo! —Midhope es apenas un pueblito —respondió Fleur. Pareció estudiar a Eve y sus ojos cambiaron de expresión. —¿Lo dices en serio? Me refiero a lo de Florida. —¿Por qué no? —Eve trató de hacer que pareciera más verdadero—. Ayudaría a que se agilizaran las cosas. De cualquier forma, ¿no te gustaría a ti conocer el rancho? —Para saborear el ser dueñas de toda esa tierra antes de venderla? —Fleur asintió despacio—. Sí, supongo que me gustaría. Podríamos inclusive tomar unas


vacaciones en el golfo después de terminar todos los asuntos. ¡Siempre quise visitar Nueva Orleáns! Súbitamente su rostro se ensombreció: —Pero, ¿y nuestros trabajos? No tengo derecho a tomar vacaciones hasta finales de abril. —No creo que sigamos necesitando el trabajo —contestó Eve—. Por lo menos no del tipo del que tenemos ahora. Nuestros pasaportes están vigentes y dudo que tengamos problemas con las visas. También dudo que tu jefe y el mío insistan en que renunciemos con un mes de anticipación. Podríamos partir en un par de semanas. —Recibimos esta carta hace solo media hora —observó Fleur—, y sin embargo, parece como si lo hubieras planeado durante meses. ¿Es que ya sabías algo? Eve negó con la cabeza, alzando ligeramente los hombros: —Lo que pasa es que me he estado preguntando durante algún tiempo si sería bueno un cambio completo. Pero no estaba segura sobre lo que debía cambiar, ni sobre qué… esta carta es como la respuesta a una plegaria. No solo desde el punto de vista económico, sino también porque nos da la oportunidad de tratar con algo diferente. —Por un periodo limitado. —Está bien —respondió Eve—. Por un periodo limitado. Pero es un buen principio, ¿no te parece? En lugar de empezar un nuevo modo de vida aquí, en Midhope, lo comenzaremos desde un punto que está a menos de la mitad del camino del sitio donde queremos estar.


Ahora era el turno de Fleur, que moviendo la cabeza dijo: —No estoy segura de entender exactamente lo que traes entre manos, pero si significa no tener que volver a escuchar ese maldito dictáfono estoy contigo. ¡Gracias a Dios que es sábado! ¡No podría soportar ir a trabajar con todo esto en mi mente! Tampoco ella, pensó Eve para sí. Había muchas cosas por hacer y apenas el tiempo justo para hacerlas. Fleur no fue la única sorprendida por la rapidez de su decisión. Apenas la noche anterior había pasado horas, despierta en la cama, contemplando un futuro sin atractivos. Casarse con Terry no ofrecía ninguna respuesta. Si realmente lo amara, no hubiera tenido dudas al respecto. América Nº Páginas 3-108 Kay Thorpe – La herencia estaba del otro lado del mundo. Allí se encontraban las aventuras y las emociones que su corazón anhelaba en secreto. Ya no tendría que esperar nunca más a que el reloj diera las cinco de la tarde para escapar de la rutina de la oficina. Podría pasearse en las l anuras desde la mañana hasta la noche, si se le antojaba. "¡Eres una romántica!" se reprochó. La vida moderna en un rancho no se parece mucho a la forma común en que se muestra en las películas del oeste. Sin duda ahora los cabal os habrían sido reemplazados por "jeeps" y otra clase de vehículos y el ganado transportado por tren hasta su destino final. Y, sin embargo, cuatrocientas cincuenta hectáreas seguían siendo mucha tierra que contemplar. Valía la pena hacer el viaje para ello, aunque solo fuera por unos días. Cuanto


más pronto l egaran al á, más tiempo tendrían para disfrutarlo. Esa era la única razón de su prisa. Por consejo de su madre, toda su vida adulta la había vivido conservadoramente, en previsión de los malos tiempos que pudiera depararle el futuro. Pero ahora era el momento de romper con todo aquello. —¿Qué hay del dinero? —preguntó de momento Fleur, interrumpiendo sus pensamientos—. Los pasajes deben costar bastante. ¿Crees que el señor Shane nos dé un anticipo? —No tenemos que preguntarle —respondió Eve—. Tengo suficiente en el banco. —¿Para las dos? —Fleur hizo un gesto y sonrió con algo de tristeza—. Yo no tengo ni un centavo. Bueno… sí tengo, pero no mucho, de cualquier manera… —Está bien. Puedo pagar tu pasaje. Además, solo necesitamos boletos de ida. —Es decir que tendremos más que suficiente para regresar. Fleur rio alegremente. —¡Será maravilloso! ¡Imagínate no tener que volver a preocuparnos por dinero nunca más! No tener qué volver a preocuparse por nada nunca más, pensó secamente Eve. Los últimos dos años no habían sido fáciles. Fleur era encantadora y la quería mucho, pero eso no la hacía más responsable cuando se trataba de pagar su parte de lo que gastaba. "Te lo daré después", prometía siempre y siempre se le olvidaba. Eve no tenía el corazón para reclamarle. Tenía un buen trabajo y bien pagado


como secretaria. En cambio Fleur se las tenía que arreglar con su sueldo de mecanógrafa. Además, estaba mucho más interesada en la moda y en ropa de lo que Eve jamás lo había estado y siempre estaba hablando acerca de probar suerte en Londres donde, según creía, su sola apariencia la haría acreedora de un éxito inmediato. Eve consideraba cualquier sacrificio financiero como algo insignificante a cambio de su tranquilidad mental. —No debo decir nada a nadie hasta haber tenido la seguridad de confirmar todo esto —dijo Eve—. Tengo este día para hacerlo, en lugar del lunes. Podría hablar por teléfono con ese señor Shane. —¿Quieres que mantenga esto en secreto durante todo el fin de semana? — Fleur soltó una carcajada y movió la cabeza—. ¡No podría hacerlo! No empieces con tu pesimismo. ¿Cómo podría haber un error? —bebió su café de un sorbo y añadió —: Tengo que apresurarme. Paul Strickley pasará por mí a las diez. Acaba de Nº Páginas 4-108 Kay Thorpe – La herencia comprarse otro auto. De segunda mano, claro —agregó, con un tono de condescendencia recién adquirida—. Creo que yo me compraré un Porsche. He ahí a alguien que va a tener pocos problemas para ajustar sus gastos con


sus ingresos, pensó Eve, divertida. El "Mini" estacionado fuera de la casa era el único auto que las dos habrían manejado con cierta regularidad. Cambiar éste por un Porsche era algo que su mente todavía no podría digerir. Había que levantar la mesa, pero no intentó hacerlo. En lugar de ello, leyó la carta por tercera vez, como si esperara encontrar algún significado oculto entre líneas. Después de releer la carta sobre la mesa se levantó, atravesó la pequeña pero acogedora sala, para abrir un cajón de la cómoda de madera oscura y sacar de él la cajita metálica, que Fleur llamaba: "la caja de los recuerdos", por su contenido. Había adentro fotografías y recuerdos de los tiempos en que la familia Brockley estaba completa. Eve se hubiera detenido en la fotografía de su padre, tomada semanas antes de su muerte accidental, cuando Fleur tenía solo tres años de edad; pero esta vez la apartó a un lado, buscando una fotografía más vieja que ella recordaba haber visto. Al cabo de un momento de búsqueda, encontró lo que buscaba: una vieja fotografía, que con el tiempo, había adquirido un color café y estaba arrugada en las esquinas. El hombre y la mujer que aparecían en ella eran todavía bastante distinguibles. La mujer se veía más pequeña en comparación con la estatura y corpulencia de su marido. Laura había sido atractiva, aunque el a también debió haber perdido en la comparación con su hermana menor, que parecía destinada a convertirse en una verdadera belleza, si bien la diferencia de edades, bastante grande, seguramente había jugado un papel importante en el o. Eve se había acostumbrado, desde pequeña, a escuchar los elogios acerca de los dorados rizos de Fleur, así como de sus rasgos angelicales; por lo que tenía idea de que su propio


cabello, castaño y no demasiado largo, y su cara, ni bonita ni fea, jamás despertarían el mismo tipo de comentarios. A pesar de que en los últimos años se había dado cuenta de la semejanza de rasgos que ella y su hermana compartían, también había reconocido lo inútil de intentar asegurar él parecido, cambiándose el color y el corte del pelo; en lugar de eso, había escogido un corte sencillo que sacaba el máximo partido a su cabello, así como de sus mechones que eran un poco menos oscuros. "No te decepcionaré", tía Laura, pensó para sí contemplando la borrada imagen de la fotografía. "Si hubieras querido que tuviéramos el dinero en lugar del rancho, así lo habrías expresado en tu legado, ¿no?" No había una respuesta a esa pregunta, solo una sensibilidad profunda. Allá estaba la fascinación de una nueva vida, en igual forma en que la había fascinado a la tía Laura, y había que intentarlo. El vuelo estaba retrasado. De acuerdo con las instrucciones que habían recibido, se encaminaron al hotel del aeropuerto y se registraron para pasar la noche, demasiado cansadas por el largo viaje, como para querer hacer algo que no fuera cenar cualquier cosa y acostarse. Nº Páginas 5-108 Kay Thorpe – La herencia En la mañana siguiente estaban otra vez l enas de vitalidad y energía, en parte gracias al desayuno ordenado. —¡Es igual que en la películas! —exclamó Fleur, asomándose por la ventana que daba a una curva del viaducto—. ¡Nada más ve el sol brillando en todos


esos coches! ¡Debe hacer muchísimo calor! —se estiró perezosamente—. Pero aquí no lo sentimos por el aire acondicionado. ¡Esto es vida! —No te aficiones demasiado a esto —le advirtió suavemente Eve—. Todavía tenemos que ir hasta el condado de Ockeechobee. —¡Me encanta ese nombre! —Fleur se volvió para mirar a su hermana—. ¿A qué hora dijo el señor Shane que nos recogerían? —A las diez, en el vestíbulo. Tenemos apenas una hora para prepararnos. Será un largo viaje, pues aquí no se puede conducir a más de noventa kilómetros por hora. —Siempre y cuando la persona que conduzca se atenga a la ley y no creo que muchos lo hagan —Fleur, despreocupada preguntó—: ¿Qué vas a ponerte? —Algo cómodo —contestó Eve—. Pantalones vaqueros y una blusa. —Entonces me pondré lo mismo. El nuevo combinado azul parece ser lo adecuado. Eve había pensado más en términos de algo viejo y cómodo. La ropa que había escogido para el viaje era un traje rosado y una bufanda ligera y había atraído mucha admiración con este atuendo, a pesar de lo innecesario que podría haber parecido a primera vista. Eve se había concentrado más bien en ropa que pudiera ser útil en un rancho. Estaba aquí para aprender, no para descansar. La noche anterior al viaje había sido muy agitada. Habían tenido tantas cosas que hacer y tanto que preparar… despedirse de las viejas amistades, fue la parte más difícil. Terry había sido el único a quien había confiado sus intenciones y la respuesta de éste no había sido alentadora. Le había dicho que no tenía el derecho


de privar a Fleur de esta oportunidad. Eve no estaba de acuerdo. Si después de un tiempo Fleur seguía igual de ansiosa por vender, entonces reconsideraría su posición, pero ahora le debía a la tía Laura el cumplimiento de vivir en la casa que les había dejado. Si el abogado se había turbado por las intenciones que le manifestó Eve al hablarle por teléfono, lo había escondido muy bien. El encargado de la propiedad se había hecho cargo de todos los gastos y les había apartado boletos de avión en primera clase a través de la agencia de viajes más grande de Midhope. El dinero hacía maravillas, según había observado Fleur. Bajaron al vestíbulo diez minutos antes de la hora convenida. El recepcionista les aseguró que todos sus gastos ya habían sido pagados, así que se sentaron y se dedicaron a observar lo que pasaba a su alrededor. Un hombre en particular l amó la atención de Eve, al entrar por la puerta principal y dirigirse hacia la recepción. Medía bastante más de un metro ochenta y tenía una amplia espalda y caderas estrechas. Vestía una camisa y unos pantalones grises cortados a la medida. Llevaba un sombrero de ala ancha, echado un poco hacia atrás de la cabeza de cabello oscuro, lo que revelaba una cara que parecía estar hecha de granito. Algo en ella le aceleró Nº Páginas 6-108 Kay Thorpe – La herencia el ritmo de su corazón cuando lo vio mirar hacia donde estaban ellas, con sus ojos


azules, penetrantes, inclusive desde aquella distancia. —¡Dios mío! —murmuró Fleur, cuando él se aproximó a ellas—. ¡He ahí a un hombre! "Demasiado", pensó Eve para sí. Demasiado grande, demasiado masculino y demasiado seguro de sí mismo. Se mostraba indiferente al ser blanco de todas las miradas. Había algo en él que le despertó una inmediata enemistad. Nunca le había gustado hacer juicios prematuros de las personas y, sin embargo, eso es lo que estaba haciendo ahora y sin ninguna razón aparente. —¿Las hermanas Brockley? —preguntó. Su voz era grave, con un ligero acento del sur—. Soy Brett Hanson, de Diamond Bar. ¿Están listas para partir? —Lo estaremos tan pronto como sepamos un poco más de la persona con quien tendremos que viajar —respondió Eve, con calma, antes que Fleur pudiera hablar—. ¿Por qué no se sienta, señor Hanson? Ordenaré café. Los ojos azules la estudiaron durante un largo y calculador momento, siguiendo cada curva de su cuerpo de tal forma que la hicieron estremecerse. Luego volvió a mirarla a los ojos. —Yo ordenaré el café, si es eso lo que quieren —dijo—. Tómense su tiempo. Hizo un gesto con la mano y al instante acudió un botones. Ordenó de inmediato. "Las órdenes", pensó Eve, siempre debían darse a las personas indicadas. Sin duda era esta la forma en que estaba acostumbrado a hacer todas las cosas. —¿Es usted la persona que envió condolencias, a nombre de la tía Laura,


cuando murió mi madre? —preguntó Fleur, en el momento que él se sentaba a su lado. —Mi padre —contestó—. Tenemos las mismas iniciales. Le decimos Bart, que es diminutivo de Bartolomew. Los ojos que observaban la pequeña y vivaz cara que se había vuelto para verlo, tenían un toque de suavidad que Eve reconoció inmediatamente. —Somos vecinos —continuó él—. El Diamond Bar colinda con el Circle Three. Se podría decir que lo rodea, con excepción del lado este. Es una larga historia, había muchas propiedades a lo largo de nuestras tierras del río Krssimmee. Mi familia fue comprándolas todas al pasar el tiempo. Todas menos el Circle Three. Jos nunca quiso vender mientras estuvo vivo. —Tampoco la tía Laura —Eve sostuvo la mirada que él le dirigió, sin pestañear —. Así que esperaron a que muriera. La oferta que hizo el señor Shane era del Diamond Bar, ¿no es así? —Seguro —frunció el ceño—. Yo diría que era un precio justo. —No es del precio de lo que estoy hablando —contestó ella—, sino de la forma que tiene usted de llevar sus asuntos. Podría haber esperado a que la enterraran antes de abalanzarse sobre las tierras. Nº Páginas 7-108 Kay Thorpe – La herencia Los ojos azules se endurecieron. Cuando contestó, su tono tenía acento cortante:


—Entérese bien de los hechos antes de dar su opinión. Laura estuvo de acuerdo con otorgarme derechos de compra hace más de un año, pero nunca modificó los términos de su testamento. —¿Puede probarlo? —Casi siempre basta con mi palabra. —Estoy segura de que así es —interrumpió Fleur, mirando a su hermana sin comprender lo que pasaba—. ¿Qué te pasa, Eve? Eve misma no estaba segura. No había tenido la intención de decir todo lo que acababa de decir. Sin embargo, no estaba dispuesta a retroceder. —Simplemente estoy haciendo lo que el señor Hanson sugirió: enterarme bien de los hechos —replicó. —Mi nombre es Brett —respondió él—. En esta parte del mundo no nos gustan las ceremonias. Si lo que trata de decirme es que le han hecho una oferta mejor, ¿por qué no lo dice directamente? —¡Pero no hemos recibido ninguna otra oferta! —interrumpió. Fleur dirigiendo su mirada a uno y otro lado—. ¡Nunca hemos dicho nada acerca de no aceptar su oferta! ¡Díselo, Eve! —Dejémoslo así por el momento —sugirió él—. Incluyendo el café. Prefiero despegar antes del almuerzo. ¿Despegar? —repitió Fleur—. ¿Quiere usted decir que volaremos a la propiedad? La sonrisa de él fue solo para Fleur: —Es la forma más rápida de l egar. Tengo una avioneta Cessna con el tanque lleno y lista para despegar. Se volvió a ver a Eve y su calidez desapareció:


—¿Qué le parece a usted? Ella encogió los hombros: —¿Por qué no? Brett Hanson se levantó junto con el as y, tomando una delgada cartera de la bolsa de su camisa, sacó dos billetes y los dejó con indiferencia sobre la mesa. Eve se preguntó lo que ocurriría en caso de que alguien se apropiara del dinero antes que el camarero llegara con el café. Se sentía en un estado de ánimo muy extraño y sus nervios estaban tan tensos como cuerdas de violín. Nunca en su vida había tratado a nadie de la forma en que acababa de tratar a este hombre y, sin embargo, no parecía arrepentirse de ello. La exasperaba con cada palabra, con cada movimiento de sus cejas, con cada inclinación de su cabeza. Era como si hubiera, dibujado una línea divisoria entre los dos. Una línea que ella no tenía la menor intención de cruzar. Abordaron uno de los pequeños vehículos del aeropuerto para dirigirse al sector privado, donde estaba el Cessna verde y blanco. Brett cargó el equipaje de Nº Páginas 8-108 Kay Thorpe – La herencia el as y completó las revisiones necesarias antes del vuelo bajo la intensa atención de Fleur. Eve solo vio la cara de su hermana para darse cuenta de cuan pronto había caído. Fleur siempre había sido impresionable, pero nunca como ahora, estando en un país nuevo y con un tipo de hombre que nunca


había conocido. Eve misma jamás había conocido un hombre así, tuvo que reconocerlo. Él quería algo que ellas tenían y eso les daba la ventaja. Fleur no cesó de conversar una vez que hubieron despegado. Eve no quiso escuchar, prefiriendo concentrarse en el paisaje. El lago Ockeechobee iba y venía, dando lugar a las llanuras centrales del sur, salpicadas de árboles y pozas y, ocasionalmente, casas. Era difícil asociar tanto vacío con sus impresiones iniciales de lo que era Florida. Siguieron el curso del río los últimos kilómetros, pasando a poca altura sobre el conjunto de casas que constituían el centro de Diamond Bar. La ordenada hilera de casas móviles que estaban a un cuarto de kilómetro de la casa principal, eran para los ayudantes del rancho, según les informó Brett. La mayoría de los habitantes estaban casados y algunos tenían hijos, que acudían a la escuela en el camión escolar que los l evaba al poblado cercano. Solo los solteros seguían viviendo en las barracas. La pista de aterrizaje estaba a alguna distancia de todo esto, detrás de un grupo de árboles. Brett descendió con cuidado y l evó lentamente la avioneta hasta


los hangares, donde detuvo el motor. Había un jeep abierto a un lado de éstos y puso el equipaje en él, trasladando a sus pasajeras al mismo, antes de guardar la avioneta. El fuerte calor del mediodía caía sobre la cabeza de Eve, inmisericorde. Ahora sabía por qué Brett usaba sombrero. Una vez que se lo ponía, se olvidaba de él. Quizá dormiría con el sombrero puesto, pensó irónicamente. —¿Siempre hace tanto calor? —preguntó Fleur, cuando Brett regresó y se instaló detrás del volante. —Todavía es primavera —repuso él—. El mejor clima del año. Después se pone más húmedo, a pesar de que las l uvias lo enfrían un poco. La mayor parte de la gente se va a la costa los fines de semana. —Quiere decir los propietarios —observó Eve con frialdad—. Entonces, ¿quién cuida la propiedad? —Se turnan —contestó él, arrancando el motor y poniendo la velocidad—. Agárrense. El camino es bastante abrupto. No bromeaba. No había ningún camino, más bien se trataba de una vereda formada por el paso de vehículos motorizados. Sentada en el asiento posterior, Eve se asía de lo que podía, esperando que no hicieran todo el viaje hasta el Circle Three en el mismo vehículo. Si los Hanson podían pagar mil dólares por acre de tierra, seguramente podían construir caminos decentes, en lo que consideraban era suyo. Visto desde tierra, el conjunto de casas que formaban el centro de Diamond Bar era bastante abigarrado. Una de ellas contaba con una bomba de gasolina


y había un par de camionetas de carga esperando su turno para cargar. Los dos conductores vestían ropa típica de vaquero, pantalones de mezclilla, botas, sombrero de ala ancha. Sin embargo, no había ningún caballo a la vista. Saludaron Nº Páginas 9-108 Kay Thorpe – La herencia distraídamente al jeep, cuando éste pasó a su lado, gesto que Brett correspondió de la misma manera. La casa del rancho era baja con un amplio porche en el frente, sobre el cual había gran abundancia de flores de buganvilla. El área de césped había sido podada y regada recientemente y cada hoja brillaba, húmeda, bajo el sol. —Bienvenidas a Diamond Bar —dijo Brett, al tiempo que descendía del jeep —. Le diré a María que les muestre sus habitaciones, por si gustan bañarse antes de la comida. —¿Quiere esto decir que el Circle Three está demasiado lejos como para l egar hoy mismo? —preguntó Eve—. No esperábamos causarle tantos problemas. —No hay ningún problema —le aseguró él, bajando las maletas del jeep y depositándolas en el escalón del porche—. Tenemos mucho espacio. —Esa no fue la pregunta que le hice.


Él se volvió para verla, con expresión de disgusto: —Podría l evarlas al á en menos de media hora, pero no voy a hacerlo. Eve le devolvió la mirada, con la misma expresión: —Supongo que tiene una buena razón para hacer esto… —Una excelente razón —asintió él—. Hasta que Alex Shane regrese de Orlando, ustedes no tienen nada que hacer en el Circle Three. La ley requiere su identificación. —Tengo todos los documentos necesarios en regla —respondió Eve. —Eso no es asunto mío —había algo que daba fin a la discusión—. Alex dijo que el viernes y será el viernes. Era martes. Pasar tres días bajo el mismo techo que él, pensaba Eve, era más de lo que ella podía soportar. —La casa del Circle Three sigue de pie, supongo —dijo ella, sin intentar esconder su escepticismo—. Después de todo, parece que han ocurrido muchas cosas respecto a las intenciones de la tía Laura. Brett ignoró la protesta de Fleur que siguió al comentario de su hermana. Su atención estaba concentrada en Eve y contestó: —Laura pasó los últimos meses de su vida justo aquí, en Diamond Bar. ¡Por eso sé cuáles eran sus intenciones, mejor que una sobrina que nunca la conoció! —Sin embargo, usted nunca pudo convencerla de cambiar el testamento, seguro que eso quiere decir algo —soltó Eve. —Significa —repuso él con los dientes apretados—, que estoy a punto de perder la paciencia con usted. No estoy seguro de qué es lo que busca y no tengo intenciones de averiguarlo. Hizo una pausa, controlando su acceso de furia. Luego añadió:


—Ya arreglaré esto con usted después —le advirtió en tono amenazador. Una mujer de edad, probablemente de ascendencia cubana, salió de la casa en ese momento. Brett se volvió hacia la mujer: Nº Páginas 10-108 Kay Thorpe – La herencia —Acompañe a nuestras huéspedes adentro, María. Yo l evaré las maletas. Eve titubeó antes de seguir a la mujer. Fue solo el ruego murmurando por Fleur lo que hizo que moviera los pies. El pasillo de entrada era parte de la amplia sala de estar y todo el lugar estaba dividido en secciones por el arreglo y la disposición de los muebles. Frescos tonos de verde y verde limón, así como grandes espacios de color blanco hacían del sitio un excelente trasfondo para la madera barnizada y el cuero, y las ventanas con visillos suavizaban la luz externa hasta transformarla en un fulgor. De Bart Hanson no había rastro. María las guio a través de un pasillo interno a cuyos lados había varias puertas. Los dormitorios eran todos contiguos y espaciosos, las camas grandes y los cuartos de baño muy bel os y elegantes. Según les informó María, el almuerzo se serviría en quince minutos, sin ninguna emoción en la voz. Fueron las únicas palabras


que pronunció. Si es que era taciturna, todo el tiempo o solo para los visitantes no bienvenidas, era algo que Eve no quería averiguar. No iban a estar mucho tiempo en ese sitio como para que importara. —¿Por qué estás comportándote de manera tan horrible con Brett? —le preguntó Fleur tan pronto como estuvieron solas—. ¡Tú no eres así! —No le tengo confianza —reconoció Eve—. Tenía ya todo decidido y organizado, inclusive antes de habernos visto. —¡Pero es que todo ya está decidido y organizado! ¿No es así? —Fleur hablaba como si estuviera confundida—. El señor Shane dijo que es poco probable que consiguiéramos una oferta mejor. —Pero eso es todo. Era solo una oferta. Nunca la aceptamos oficialmente. —No tiene importancia. —No opino de la misma manera. Me rehusó a que alguien más tome decisiones por mí —Eve se había aproximado a la ventana abierta, mirando a través del mosquitero hacia el paisaje—. La tía Laura debió tener buenas razones para no cambiar los términos de su testamento. Sobre todo si es que vivió varios meses bajo este techo antes de morir. Quiero conocer esas razones. —¿Por qué no toma un curso para principiantes confusos? —inquirió una voz irónica detrás de ella, desde el vano de la puerta. En seguida bajó las maletas al suelo y se enderezó.


—¿Por qué no dejamos de hacer suposiciones por un momento? Luego habrá tiempo de hablar. —Brett, lo siento —era obvio que Fleur no veía ninguna razón por la cual debiera incluírsele en el enfrentamiento. Ni siquiera se volvió a ver a su hermana, clavando ansiosamente la mirada en el alto americano—. No sé por qué está Eve comportándose de esta manera. Pensé que era un hecho que aceptaríamos su oferta. Brett suavizó su expresión y se volvió a verla. —No se preocupe. Ya l egaremos a un acuerdo. Dígame de quién son qué maletas y yo las repartiré. Muchos de sus amigos en Inglaterra hubieran deseado tener la sonrisa de aquel hombre, pensó para sí Eve. No podía culpar a Fleur por sentirse cómo lo Nº Páginas 11-108 Kay Thorpe – La herencia hacía, pero tampoco podía abandonar la posición que había adoptado. Si tenía que luchar sola contra ese hombre y sus propósitos, lo haría. ¡Por la tía Laura pelearía contra todo el mundo si fuera necesario! Nº Páginas 12-108 Kay Thorpe – La herencia Capítulo 2 No había tiempo para cambiarse antes de la comida. Eve tuvo que


conformarse con lavarse las manos y pasarse un peine por el desordenado cabello. Salió del cuarto de baño y se encontró a Fleur esperándola con una expresión entre rebelde y de disculpa. —Supongo que piensas que debí haberte apoyado —le dijo, antes que Eve pudiera hablar—. Pues bien, no puedo hacerlo. No mientras no sepa por qué estás comportándote como lo estás haciendo. —No tienes por qué apoyarme —contestó Eve, con suavidad—. No tienes que tomar partido en esto. —No puedo dejar de tomar partido, comprende. La mitad del rancho es mío o lo será cuando todos los asuntos estén arreglados. —Quiero que abandones esta actitud, Eve. Tengo tanto derecho como tú de opinar acerca del asunto. —Claro que sí —concedió Eve—. Pero creo que cualquier decisión que tomemos deberá hacerse después de que hayamos visto el rancho. Fue el hogar de la tía Laura por muchos años. ¿No te dice nada eso? —No de la misma manera que a ti —Fleur se mordió el labio, mirando a su hermana con resentimiento—. Lo tenías todo planeado desde antes que partiéramos. ¡Sabías que no tenías la menor intención de aceptar la oferta y me dejaste seguir creyendo que íbamos a compartir un millón de dólares! —No se trata de no aceptar la oferta, sino de ver con exactitud lo que estamos vendiendo —explicó pacientemente Eve. —¿Quieres decir que quizá valga más? —Quizá —no era de manera alguna lo que Eve había querido decir, pero sí


una respuesta satisfactoria por el momento—. Como tú misma acabas de decir, el rancho no es nuestro aún. Al menos esperemos a que lo sea. —De acuerdo —respondió Fleur—. Solo prométeme que ya no tratarás a Brett como si fuera un ladrón, eso es todo. Eve estudió la bonita cara de su hermana por un instante, notando el ligero rubor que subía a sus mejillas. —¿De verdad te agrada tanto? —preguntó con suavidad. —¡Es el hombre más fabuloso que haya conocido jamás! ¡Y yo también le agrado! No me eches a perder las cosas, Eve. Eve la miró desolada, sin estar segura de la forma en que debía reaccionar. Conocían a Brett Hanson desde hacía, cuando mucho, dos horas. ¿De qué forma debía reaccionar? —Te lleva, al menos, diez años de edad —apuntó, sin demasiada esperanza de que tuviera el menor efecto en su hermana—. Quizá inclusive esté casado. Nº Páginas 13-108 Kay Thorpe – La herencia —No lo está. Le pregunté cuando me ayudó con mis maletas. ¡No de manera directa, desde luego! Le pregunté si su esposa nos acompañaría en la comida. ' ¡Qué sutil!", pensó Eve. Fleur estaba demasiado acostumbrada a tener al sexo opuesto rendido a sus pies. Siendo el tipo de hombre que obviamente Brett Hanson era, se daría cuenta de inmediato del efecto que estaba causando en su hermana.


Y de seguro tenía la experiencia para sacar el partido que quisiera, si así lo deseaba. Las emociones que la sola idea despertó en el a eran difíciles de analizar. Protección, se dijo a sí misma en un tono defensivo y extraño; lo único que le importaba era el bienestar de Fleur. —Mejor nos vamos —dijo—. No deseamos llegar tarde, ¿verdad? Los dos hombres estaban en la sala de espera. La silla de ruedas, en la que Bart Hanson estaba sentado, les causó una fuerte impresión. La razón por la cual Brett no les había dicho nada al respecto escapaba por completo a Eve. Ahora esto no importaba. Era cosa de que el as manejaran bien la situación. Era muy fácil ver la afinidad de los dos. El padre era una copia pero más antigua y arrugada que la del hijo. Prestando un poco de atención, se podía uno dar cuenta de que no todas las líneas que le surcaban el rostro habían sido causadas por la edad. Este hombre había sufrido dolor, quizá lo estaba sufriendo todavía, a pesar de que su rostro no lo revelaba. —No se necesitaba ningún acta de nacimiento para saber que usted es pariente de Laura Cranley —comentó abruptamente el anciano a Eve, al tiempo que su hijo hacía las presentaciones—. Se parece mucho a ella cuando vino por primera vez, hace ya tanto tiempo; salvo por los pantalones. ¡Las mujeres no los


usaban entonces! —Los tiempos cambian —respondió ella, sonriendo, en tanto lo miraba, esperando poder valorarlo con justicia—. En estos días se usan por comodidad y no por efecto. —¡La misma energía en las respuestas, también! Su expresión sufrió un cambio cuando se volvió a ver a Fleur: —¡Y usted es la bonita! ¿Su cabello es natural? —La estás molestando —interrumpió Brett—. No sigas, papá. Acaba de llegar… —¡Y es más que bienvenida! Bart colocó las huesudas manos sobre los aros de las ruedas de su silla y dijo: —¿No es hora de que comamos? —Te seguiremos —le contestó su hijo. El comedor estaba en el lado oeste de la casa. Igual que el resto del hogar de los Hanson, era muy espacioso. Se habían puesto cuatro lugares en un extremo de la larga y brillante mesa, Brett acomodó a las muchachas a uno y otro lado de su padre, quien se sentó en la cabecera de la mesa y luego tomó su lugar, a un lado de Fleur, con placer no disimulado por parte de ésta. Los ojos azules de Brett buscaron los de Eve, retándola a mostrar su inconformidad con la distribución de los lugares.


Nº Páginas 14-108 Kay Thorpe – La herencia Sin sombrero, su cabello, parecía grueso y l eno de vida, así como todo lo relacionado con él. Tuvo que reconocer Eve, a su pesar, que en cualquier reunión, él debía l amar la atención y no solo por su físico. María sirvió una suculenta comida sin decir palabra. —Nunca ha sido una gran conversadora —reconoció Bart, en respuesta a un comentario casual de Eve, después de que la mujer trajo el café y se marchó —. Su marido es igual. La madre de Brett los contrató a los dos hace más de veinte años. Ellos prácticamente han administrado la casa desde que ella se fue. A mi segunda esposa nunca le interesaron los asuntos domésticos. Hizo una pausa y añadió: —Como se va a enterar de cualquier forma, será mejor que le cuente yo mismo la historia: hace cuatro años, me casé con una mujer veinte años más joven que yo. Me abandonó dos semanas después de casados —dijo, indicando la silla que aún ocupaba—. No hay peor tonto que un viejo tonto. —¿Cómo ocurrió? —preguntó Eve, con interés. —A mi caballo le dio un ataque cardiaco y cayó, estando yo montado —


respondió él en el mismo tono de el a—. Los dos rodamos al mismo tiempo, pero él me cayó encima. —Lo siento —respondió Eve. Era el único comentario posible. —Después de tres años, ya me he acostumbrado —respondió Bart. Afortunadamente, tengo un hijo que puede relevarme. Siempre planeé retirarme temprano, de cualquier forma. Quería esperar hasta que él tuviera treinta años. Me anticipé un años eso fue todo Brett me dice que ustedes están planeando quedarse con el Circle Three. —Solo por un tiempo —cortó Fleur rápidamente—. Eve piensa que a la tía Laura le hubiera gustado que viviéramos en su casa durante algunas semanas. —Quizá. A el a le gustaba mucho el sitio, si bien está necesitado de que se airee. No creo que nadie haya entrado en la casa desde que se pusieron las protecciones contra el polvo. A menos que Connors haya estado cuidando el estado de la casa. Esto último lo dijo con una mirada en dirección de su hijo. —No era asunto que le incumbiera —observó éste en tono seco. —Suponiendo que mi tía se hubiera recuperado de su enfermedad y hubiera querido regresar a casa… —comenzó a sugerir Eve. La respuesta de Brett, carente de emoción, cortó su frase.


—Tenía un tumor cerebral. Sabía que iba a morir mucho antes que comenzara a perder el conocimiento. La impresión de lo que acababa de oír no le permitió a Eve articular respuesta. Se quedó sentada, mirándolo con una apagada mirada, hasta que el mismo Bart rompió el embarazoso silencio. —Quería estar con gente conocida. Por eso vino aquí, en lugar de ir a un hospital. Contratamos una enfermera para que la atendiera los últimos dos meses. Nº Páginas 15-108 Kay Thorpe – La herencia No sufrió más de lo necesario, gracias a las drogas. Murió apaciblemente, mientras dormía. —Pobre tía Laura —dijo Fleur, con auténtico dolor—. Si hubiéramos sabido… —No podrían haber hecho nada —le aseguró Brett y recibió una cálida mirada en respuesta. —Solo trata de hacerme sentir mejor —repuso Fleur. —De todas formas, tiene razón. Ustedes no podrían haber hecho nada por el a —señaló Bart—. No tiene objeto que sigamos hablando de ello. Regresando al tema de la casa, haremos que alguien se haga cargo de los preparativos necesarios tan pronto como Alex Shane dé su autorización. Quizá demore un par de días,


pero de cualquier forma no hay ninguna prisa. Y es un placer hospedarlas aquí. Eve sonrió, con cierta reserva: —Estamos muy agradecidas por su hospitalidad, señor Hanson, pero no nos gustaría abusar de ella. —No lo harán. Tener dos caras bonitas que mirar iluminan el día a cualquier hombre. No tuvo necesidad de ver el gesto cínico de una ceja oscura para darse cuenta de la reacción de Brett a la última frase. Su padre tuvo razón en lo primero que dijo: "Fleur era la bonita". Sostuvo la mirada de Brett sin mostrar ninguna expresión. Lo dejó burlarse. No obtendría nada de el a. Ella sabía perfectamente el terreno que pisaba en relación con su propia apariencia. —¿Cuán lejos está el poblado más próximo? —preguntó en tono casual. —Estamos más o menos a medio camino entre Sebring y Yeehaw Junction — contestó Brett—. Depende de lo que usted considere un poblado. Leesville está a ocho y medio kilómetros hacia el poniente. Tiene una tienda general, un salón, un sitio para cenar y nada más. —Es bastante grande como para tener su propio comisario y su propia cárcel —añadió su padre con suavidad—. De verdad es un bonito lugar Brett, si no


tienes nada que hacer esta tarde, ¿por qué no l evas a las muchachas a que lo conozcan? —Quizá en otra ocasión —comenzó a decir Eve, pero Fleur se le adelantó: —¡Sería maravil oso! ¿Lo hará, Brett? —¿Por qué no? —su tono de voz era suave. Buscó con la mirada a Eve, con obvio deseo de no pasar ignorado—. Quizá prefiera hacer compañía a papá, si no le interesa venir con nosotros. —¡De ninguna manera! —exclamó éste—. ¡No vino hasta este sitio para sentarse con un viejo! —No. Es verdad —asintió Eve suavemente—. Pero le haré compañía. —En ese caso, le permitiré hacerme compañía. Fleur parecía tan contenta como un gato frente a un platón de leche. Estar sola con Brett era algo que no había esperado. —Debo cambiarme antes. ¿No le importa esperar un momento? —preguntó a Brett. Nº Páginas 16-108 Kay Thorpe – La herencia —No cuando la espera vale la pena —respondió él galantemente—. La esperaré en el frente de la casa. Los cuatro abandonaron el comedor al mismo tiempo y Eve tuvo que hacer un esfuerzo para reprimir su instinto de comenzar a limpiar la mesa; estaba


viviendo en un mundo diferente. Tenía que acostumbrarse al cambio de posición social. —Venga al porche —sugirió Bart, en cuanto Fleur desapareció para cambiarse —. En esta época del año es un desperdicio sentarse dentro de la casa. Brett acudió a auxiliarlo cuando él se dirigió en su silla hacia las puertas de salida, haciendo una pausa en el camino para recoger su sombrero que había dejado en un sofá, aunque no se lo puso. Eve se había preguntado al principio la causa de que la silla no fuera eléctrica. Observando ahora la manera en que Bart la manejaba y viendo sus fornidos hombros y brazos, llegó a la conclusión de que quizá encontrara algún consuelo en mantener en buena forma al menos la mitad de su cuerpo. Había sillas cómodas y una mesa redonda baja en un extremo del amplio porche. Desde al í se podía ver el complejo de casas y el paisaje que se extendía más al á de éste. —La mayoría de los peones están reuniendo el ganado —explicó Bart, presintiendo su silenciosa pregunta—. Es una temporada muy ocupada. Los ojos de Eve se volvieron del paisaje al hombre que se apoyaba con indolencia en la baranda, cerca de ella. —¿Usted no va con los peones? —preguntó sin malicia. —Por costumbre, sí —respondió—, pero hoy tuve otra cosa que hacer. —¿Recogernos a nosotras? —inquirió Eve arqueando ligeramente las cejas —. Podría habérselo encargado a alguien. No nos hubiéramos ofendido en lo más


mínimo. No me gusta pensar que lo hicimos abandonar asuntos más importantes. La ironía de este último comentario no se le escapó a Brett; el leve cambio de expresión en sus ojos azules lo demostraba. No se movió, pero su cuerpo pareció ponerse rígido. —No hay problema —dijo—. El trabajo se realiza conmigo o sin mí. —Tenemos un buen equipo de hombres —comentó el padre—. La mayoría ha trabajado para nosotros varios años. Los muchachos acabarán en un par de días más, así que si le interesa ver lo que hacen, tendría que ser durante los próximos dos días. ¿Sabe montar? —Un poco. Eve había montado un cabal o tres veces en toda su vida, pero no iba a decirlo. —Supongo que depende de la duración de la cabalgata —añadió. —Estamos en la pradera sur —dijo Brett—. Lleva media hora en Jeep hasta la verja. Ahora solo usamos los caballos para conducir ganado. Probablemente pueda ver todo lo que desea desde su seguro asiento. —Me gustaría verlo todo —respondió el a con presteza, sosteniéndole la mirada—. De otra manera, no valdría la pena. Nº Páginas 17-108 Kay Thorpe – La herencia —La l evaré conmigo mañana, si tiene tanto deseo de hacerlo. Se volvió en el momento en que Fleur salía de la casa y, dejando escapar un silbido suave e intencionado de entre sus labios exclamó.


—¡He ahí una vista maravillosa para ojos cansados! Y Fleur era consciente de el o, pensó Eve divertida, mientras su hermana posaba un momento, antes de dirigirse hacia el os. Llevaba un vestido ajustado de múltiples tonos que se adhería a su esbelta figura y en los pies unas sandalias con delgadas correas de cuero. El vestido para visitar lo que parecía ser tan solo un poblado pequeño era único, Claro que todo esto no le preocupaba a Fleur; lo único que le importaba era el impacto inicial. —¡Estoy lista! —dijo muy contenta—. Espero no haberle hecho esperar demasiado. —Casi nada —repuso Brett, separándose de la baranda—. ¡Está usted encantadora! Levantó su sombrero de la mesa y le dijo con un movimiento apenas definido de los labios: —Quédese aquí. En un momento regreso con el transporte. Hubo un breve silencio cuando él descendió el escalón. Bart fue quien lo rompió: —Tenga cuidado de no caerse con esos tacones —aconsejó—. Podría ser peligroso. Era una forma cortés de decir lo inadecuado de la forma de vestir de las dos, reconoció Eve, consciente de que Fleur ignoraría el consejo o de que quizá ni lo oiría. Tal vez si Brett lo hubiera dicho, Fleur habría puesto más atención. Pero, ¿se


molestaría él en decírselo? Él solo veía a Fleur como una cosa bonita a quien consentir, pero nada más. De eso estaba segura. A él no le importaría la tonta impresión que Fleur pudiera causar a las personas que no la conocían. El transporte prometido resultó ser una de las camionetas largas y lujosas, de costados de madera, que solo se ven en este lado del océano Atlántico. La cara de Fleur expresaba su gozo cuando se sentó al lado de Brett. Era claro que el hombre y el vehículo eran todo lo que el a pedía. Eve esperaba que su eufórico entusiasmo se aplacara con el tiempo, como siempre pasaba, pero reconocía que las circunstancias eran diferentes. Brett había perturbado a su hermana, por decirlo de alguna manera. Si él se daba cuenta de esto y Eve estaba casi segura de que así era, entonces era asunto de él no alentarla de ninguna manera. ¿Se daría cuenta Brett de que esto era lo más conveniente? —Es difícil pensar que ustedes son hermanas —comentó Bart bruscamente, al tiempo que el auto arrancaba—. ¡Son tan diferentes como el gis y el queso! —Ella siempre fue la bonita —reconoció Eve y no tuvo que esperar para oír una respuesta: —No es eso de lo que hablaba y lo sabe muy bien. Esa muchacha no tiene en la cabeza ninguna idea que valga la pena. La respuesta de ella no se hizo esperar y no fue en defensa de Fleur: Nº Páginas 18-108 Kay Thorpe – La herencia —Quizá piensa usted que por estar en esa silla tiene el derecho de decir lo


que desee, sin que nadie le contradiga, señor Hanson. Pero yo no pienso de esa mañera. ¡No hay nada por debajo de lo normal en la inteligencia de mi hermana! En la pausa que siguió, Eve pudo sentir cómo crecían su vergüenza y su embarazo. Este hombre era su anfitrión; lo que el a le había dicho era imperdonable. No podía volver a verlo—. Lo siento… —comenzó a decir, pero él la interrumpió. —No tiene nada que sentir. Es usted la primera persona que conozco, además de mi hijo, que no ve en esta silla una razón para tenerme consideraciones especiales. Le estoy agradecido por el o, aunque no altera mi opinión en lo absoluto, pera pongamos las cosas en claro. No estoy criticando la inteligencia de su hermana, sino la forma en que la utiliza. —La conoce apenas desde hace un par de horas —protestó Eve. —Es suficiente para hacer una comparación entre ustedes dos. Apostaría a que usted es quien se ha hecho cargo de que los asuntos financieros marchen adecuadamente desde que murió su madre —la sonrisa volvió a sus labios—. ¿No está preparada para mentir con integridad? —Yo ganaba mucho más que ella. Era justo que yo contribuyera con la mayoría. —Pero no con todo. —Fleur pagaba su parte. Bart la observaba con mirada penetrante: —Está hablando en pasado. ¿Quiere decir que han decidido no volver a su


lugar de origen? —Las dos renunciamos a nuestros trabajos —reconoció el a—. No tenía ningún objeto conservarlos, aun suponiendo que nos hubieran dado un permiso prolongado. —Así que, ¿cuáles son sus planes para el futuro? Eve no estaba lista para discutir ese asunto: —No lo hemos decidido. Apenas nos estamos acostumbrando a tener todas esas tierras. —La tierra no les sirve de nada, a menos que sean capaces de explotarla. ¿O es que piensa aprender? Eve se volvió a mirarlo. Su sonrisa fue seca: —¿Soy tan transparente? —Por lo que me dijo Brett antes de la comida, usted no ha hecho grandes esfuerzos por ocultar lo que piensa de la oferta que él le hizo. —¿Que hizo? ¿Es que usted no tiene nada que ver con ella? —Cedí el control del Diamond Bar a mi hijo el día en que me dijeron que no podría volver a caminar —repuso sin ninguna emoción—. Se lo dije en la comida. —No pensé que fuera el control total. —Ninguna otra cosa hubiera tenido sentido. Está en manos capaces. Ella se mordió el labio. Nº Páginas 19-108 Kay Thorpe – La herencia


—No tengo la menor duda de eso. —Pero aún no está dispuesta a creerle del todo en lo relativo a las intenciones de Laura, ¿no es así? Eso es algo entre ustedes dos. La prevengo, sin embargo, de que él está dispuesto a hacer lo que desea. —También yo —respondió ella secamente. La pausa se prolongó. Cuando él se volvió a decir algo, ella tenía una idea bastante aproximada de lo que iba a decir: —¿Qué piensa su hermana de el o? —Ella quiere vender. Hubiera sido una pérdida de tiempo intentar esconder este hecho, pues una simple pregunta a Fleur hubiera sido suficiente para aclarar este punto. —Ella tiene el mismo derecho que usted. —Lo sé —asintió Eve, mirándole a los ojos—. Quizá me comporto de manera egoísta y tonta por preservar algo de lo que no sé absolutamente nada. Pero me gustaría, al menos, conocer el lugar antes de tomar una decisión. —Estoy seguro de que a Brett nunca se le ocurrió que usted pudiera tener algo más que un interés pasajero. Así que sea honesta con él. Dígale lo que piensa. Quizá lleguen a una solución intermedia. —¿Cómo cuál? —Bueno. Me atrevería a decir que les permitiera quedarse con la casa. —¿Como inquilinas? —Eve movió la cabeza—. No es nada personal señor


Hanson, pero no creo que eso funcione. —Muchacha terca —la estudió un largo tiempo—. No creo que eso de que "no es nada personal". ¿Qué hizo o dijo mi hijo para ponerla en contra suya? He sabido que ha tenido problemas con algunas personas antes, pero nunca con el sexo femenino. Eve lo sospechaba. No había duda de que solo tenía que hacer un ademán con uno de sus dedos para que todas las mujeres de la zona se atropellaran para satisfacerlo. Fleur era un ejemplo de ello. —Supongo que es algo que ocurre. Además es mutuo. —Así lo creo —declaró Bart, con sequedad—. Así que arréglense ustedes dos. He dicho todo lo que tengo que decir. Eve aceptó la terminación de la charla sin rencor, agradecida por la tolerancia mostrada. No podía esperar la misma posibilidad en lo tocante a Brett Hanson, lo sabía el a demasiado bien. La batal a apenas comenzaba. Eran pasadas las seis cuando regresaron Fleur y Brett. Eve se encontraba en su dormitorio, cambiándose para la cena, que se servía a las siete. Fleur entró sin llamar a la puerta, con la cara encendida con un bril o interior. Nº Páginas 20-108 Kay Thorpe – La herencia —¿Te estabas preguntando dónde estábamos? —preguntó ingenuamente—. Brett me llevó a pasear después de salir del Leesvil e. Me quería mostrar el Diamond Bar.


—Bueno, solo un pedazo —añadió riendo—. Según me dijo, nos tomaría un día completo conocer todo el rancho: sesenta hectáreas. Ciertamente es más grande que la propiedad de la tía Laura. —¿También fuiste allá? —preguntó Eve, con resentimiento. —Solo a lo largo de la reja divisoria. Es fácil ver por qué quiere Brett unir esas tierras a las suyas. Cortan justo por la mitad. Dos mil doscientos cincuenta libras por hectárea: a eso es a lo que asciende. —Es el valor normal —respondió Eve con serenidad—. Lo averigüé antes de partir. No nos está haciendo ningún favor, Fleur. Podríamos obtener ese precio en cualquier parte. —Pero nadie más querrá comprarla, dada su localización. Las palabras salían de la boca de Fleur con demasiada fluidez como para no suponer que estaba diciendo algo que había oído. La excursión de la tarde había cumplido con su propósito. Brett tenía a Fleur incondicionalmente de su lado. Eve trató un cambio de táctica, al reconocer que estaba limitada. —¿Te has dado cuenta de que una vez que hayamos aceptado esta oferta no tendremos ya ninguna razón para permanecer aquí? —No necesariamente —los ojos color café de Fleur mostraban determinación —. Brett dice que podemos quedarnos en el Circle Three el tiempo que queramos. La casa no le interesa.


—¡Qué generoso! —Eve alcanzó el vestido de blanco algodón que había extendido encima de la cama, lo tomó y se lo puso con un movimiento suave. Atravesó el dormitorio hacia el tocador. Se sentó en el banquil o y tomó su cepil o—. La cena es a las siete. Esto lo dijo a la figura reflejada en el espejo. —¿No crees que deberías prepararte? —¡Estás celosa! —exclamó súbitamente Fleur—. No te comportarías como lo estás haciendo si Brett se sintiera atraído hacia ti, en lugar de hacia mí. —No daría un comino por Brett Hanson —negó Eve y las palabras le sonaron huecas incluso a ella, pero se obligó a continuar—. Lo que verdaderamente me importa es que no te lastime. No es como los chicos de casa, Fleur. —No tienes qué recordarme eso —tanto el tono como la sonrisa eran recuerdos gratos—. Brett es un hombre, no un chico. Nunca conocí a nadie como él. Está tan… ¡tan seguro de sí mismo! "Y no le importan en absoluto los demás", pensó Eve con furia, mirando el expresivo rostro de su hermana. Sin duda encontraba la súbita infatuación de Fleur halagadora y divertida; ciertamente no hacía esfuerzos por regresarla a la tierra. —Lo acabas de conocer —dijo, sin mucha esperanza—. No te precipites. —¡Estás celosa! Déjame en paz, Eve. Tengo veintiún años, no dieciséis. ¡Brett se da cuenta de eso aunque tú no lo hagas! Nº Páginas 21-108


Kay Thorpe – La herencia Lo que le hacía falta a Brett era ponerlo en su sitio, reflexionó Eve, en tanto que su hermana flotaba fuera de la habitación. Y cuanto más pronto, mejor para todos. Nº Páginas 22-108 Kay Thorpe – La herencia Capítulo 3 Fue una larga y perezosa noche. Bart les había mostrado unas viejas fotografías, tomadas en una comida campestre en el rancho a la que los Cranley habían asistido. Una de las fotografías mostraba al mismo Bart riendo alegremente con los dos, lo que demostraba la ausencia de cualquier rivalidad entre los vecinos. A Eve se le formó un nudo en la garganta al verlo de pie sobre sus propias piernas. No importaba cuánto hubiera podido acostumbrarse a su nueva condición: no había forma de que no se sintiera amargado por todo lo que había perdido. —Siento no tener algunas más recientes —dijo él—. Es probable que encuentre muchas en la casa. A Laura le gustaban las fotografías. Era una mujer muy agradable. La madre de Brett la apreciaba muchísimo. A Eve le hubiera gustado preguntar si tenía fotografías de su primera esposa, pero a pesar de que Brett no parecía estar muy interesado, su presencia en la habitación la desanimó. Sentado junto a Fleur en uno de los largos y mul idos sofás, estaba escuchándola y tenía un brazo detrás del respaldo en el que el a se


apoyaba. Al encontrar su mirada, Eve no hizo esfuerzo alguno para ocultar su desprecio. Estaba jugando con su hermana con una sola razón: para tenerla de su lado. No le importaba que Fleur se complicara emocionalmente. —Si sigue interesada en venir conmigo mañana, le comunico que me voy a las seis —dijo él, mientras tomaba el café que María había traído cerca de las diez —. ¿Cree que podrá ir? —¿Ir adonde? —preguntó Fleur, antes que Eve respondiera. —A la l anura sur —le contestó él—. A su hermana le gustaría ver un poco de acción. —A mí también —declaró el a—. Espero que se me incluya… —Si quiere, puede venir. No había manera de saber lo que estaba pensando Brett. Su mirada seguía clavada en Eve. —¿Y bien? —Estaré lista —aceptó el a. —Las dos estaremos listas —interrumpió Fleur, con cierto descaro. —Si están pensando en levantarse antes de las seis, no sería mala idea acostarse temprano —sugirió Bart, mirando el reloj más cercano—. Yo me


iré a dormir ya. Doce horas en esta sil a y comienza á dolerme hasta donde no siento nada. Su sonrisa privó a sus palabras de cualquier autocompasión. —Ustedes se habrán ido antes que yo me levante, así que los veré al regreso. Brett no hizo nada por ayudar a su padre, Eve sacó la conclusión de que no había necesidad de ayudarlo. Ya que José, el esposo de María, lo asistía en todo lo que fuera necesario. Hubo un momento de silencio después de que Bart se hubo ido. Eve fue quien lo rompió, simulando contener un bostezo. Nº Páginas 23-108 Kay Thorpe – La herencia —Su padre tiene razón. Acostarse temprano no es mala idea. Todavía estoy cansada por el viaje en avión. Se levantó, buscando la mirada de su hermana. —¿Nos vamos? —le sugirió. Fleur sonrió, y encogiéndose de hombros, respondió: —No estoy cansada. Creo que me gustaría caminar antes de irme a dormir. Solo un rato, desde luego. No creo que me pueda perder aquí, ¿o sí? —Podrías encontrarte algo que no te agradara —dijo Brett con sencil ez—. Las serpientes escogen los lugares más inoportunos para pasar la noche. A mí también me caería bien una caminata. Era justo lo que Fleur quería, Eve reflexionó. Brett quería darle la impresión de ser un hombre ansioso de seguirla. Quizá Eve se equivocaba y él


realmente quería estar con Fleur porque le interesaba. Un rostro bonito y algo de astucia podían seducir a muchos hombres. Rechazó esa idea de inmediato. Brett Hanson no era ese tipo de hombre. Él estaba demasiado seguro del terreno que pisaba. Los planes que albergaba para Fleur quizá incluyeran lo que a la misma Fleur le interesaba, pero no había ningún futuro en el o. ¡Si solo Fleur pudiera ver más allá del sueño que tan rápido había creado! Eve llevaba acostada casi media hora, antes que un leve ruido de la puerta del dormitorio contiguo le informara que Fleur había regresado de su paseo nocturno. Eso pareció tranquilizarla, pero no fue así. Acostada en una habitación extraña y oscura, a miles de kilómetros de país, no podía conciliar el sueño. Nada de lo que ocurría tenía que ver con lo que ella había planeado. Era muy probable que la tía Laura se hubiera sentido igual cuando vino a esta tierra por primera vez, pensó Eve. Pero ella tenía al hombre que amaba y estaba junto a ella, para aprender de él y para acompañarla. Después de todo, ¿no hubiera sido mejor quedarse en Inglaterra y permitir que los abogados se hicieran cargo de todo? ¿Y pasarse el resto de la vida intentando adivinar lo que se había perdido? No. El viaje había sido necesario, incluso si las cosas no funcionaban. Pero tenía que darse una oportunidad. Habían estado en el país solo unas cuantas horas. ¿Cómo era posible darse por vencida tan pronto? Se levantó después de otra media hora de revolverse entre las sábanas. Sentía


la necesidad de salir, de liberarse de las cuatro paredes. Se ajustó una sábana a la cintura. No tenía una idea clara adónde iba. La casa se encontraba sumida en silencio y todas las luces estaban apagadas. Como las puertas permanecían abiertas salió a la aromática y cálida noche, suspirando con alivio. Se sintió mucho mejor. Si pudiera estar un rato afuera, en el porche, quizá podría aclarar un poco sus ideas. Se aproximó a la barandilla, descansando las manos en ella y mirando más al á del patio del rancho. Había luz en la oscuridad en varios puntos de paisaje. No lejos de al í, ladró un perro y el ladrido fue contestado por el relinchar de un caballo. —¿Tiene problemas para dormir —preguntó Brett, desde un rincón oscuro del porche—. La primera noche en una cama extraña a menudo es incómoda. Nº Páginas 24-108 Kay Thorpe – La herencia Los dedos de Eve se aferraron con fuerza alrededor de la suave madera, en un movimiento involuntario. Después, se aflojaron, a pesar de que el resto de su cuerpo seguía tenso. Sin prisa se volvió, buscando con la mirada la figura del hombre que estaba sentado cómodamente en una silla baja. —No sabía que estuviera nadie levantado todavía. —Estaba a punto de entrar cuando usted salió. —Entonces, no se quede por mí.


—¿Por qué no? Ahora es buen momento para hablar como cualquier otro. El corazón de Eve latió con pesar, volviéndose, contestó: —No hay nada que hablar. Por lo menos, no como usted quiere. Yo tengo mi forma de ver las cosas y usted la suya. —Y nunca podremos ponernos de acuerdo —contestó él, con ironía—. Está usted olvidándose de un pequeño pero importante factor. Su hermana no está de acuerdo con sus planes. —Dígame algo que ignoro —respondió con astucia, Eve—. ¿Qué quiere decir con eso? ¿Qué debo ceder porque Fleur así lo desea? —Ella tiene derechos. —También yo. Los de el a no son más importantes. —Al menos, ella es práctica —respondió él—. Conoce sus limitaciones. Eve sonrió con lentitud bien calculada. —Yo no pienso administrar el rancho. Buscaré a una persona que lo haga por mí, por nosotras, quiero decir. Este Connors, de quien su padre habló en la comida, ¿es el capataz? —Él cumple órdenes y no es su responsabilidad decidir nada. —Entonces, ¿quién se ha hecho cargo desde que mi tía enfermó? —Yo —repuso él cortante. Eso la descontroló por el momento, pero reaccionó de inmediato. —Seguramente de manera ventajosa para usted.


—¿Cómo? —preguntó con la misma carencia de emoción en la voz—. Es por la tierra por lo que le he hecho una oferta. Solo la tierra. Lo demás,, no me interesa. Eve lo miró detenidamente cuando se acostumbró a la oscuridad. —Entonces, ¿por qué preocuparse? Por qué no permitió que los peones se fueran? —Porque a Laura la hacía feliz saber que el Circle Three seguía funcionando. Le prometió a Jos que lo mantendría produciendo mientras estuviera viva. Él hizo una pausa y con una sonrisa ante cualquier respuesta de parte de ella dijo: —Pero para usted todo esto es exactamente igual, ¿no es así? Todavía sospecha de mis motivos. Piensa que de alguna forma complací a su tía para que cambiara el testamento, ¿o no? Nº Páginas 25-108 Kay Thorpe – La herencia —Algo parecido —no renunciaría a su posición—. De la misma manera en que da gusto a mi hermana con la esperanza de que me haga cambiar de opinión. —¿Es eso lo que estoy haciendo? —su tono de voz era casi divertido—. ¿Y no se le ha ocurrido que su hermana puede tener otros atractivos? —Claro que los tiene. Es una ganancia extra para usted —el a intentaba mantener la voz serena—. Pero, ¿no ha pensado que Fleur puede ser vulnerable? ¿O es que no le importa? —Creo que competir con la forma de pensar de Fleur debe ser bastante duro


¿No es así, cariño? —No contestó a mi pregunta —replicó ella con sequedad. —No siento ninguna necesidad de contestarla. Fleur ya es adulta. —¡No tiene ninguna experiencia con hombres de su clase! —¿Y tú sí? ¿Por qué no comienzas por decirme a qué categoría pertenezco? —A un artista de la manipulación —respondió ella, curvando los labios—. ¡Utilizaría cualquier cosa o a cualquiera para obtener sus fines! —¿Eso es lo que piensas? —Así es —afirmo Eve, alejándose de la barandilla—. No tiene sentido continuar esta conversación. —Estoy de acuerdo —asintió Brett. Brett se levantó a toda prisa, cubriendo el poco espacio entre los dos antes que el a pudiera retirarse al interior de la casa. Eve alcanzó a ver la intención por la expresión de su rostro cuando tiró de su cuerpo hacia él. Luego, su boca aprisionó la de el a y pudo sentir sus poderosos brazos rodearle la espalda. Después de los primeros segundos, Eve dejó de resistir, luego se soltó, determinada a no darle satisfacción alguna de esa manera. No obstante su cuerpo se rehusó a permanecer inactivo, Sus senos se endurecieron bajo la ligera ropa que llevaba y su piel cosquilleaba a medida que el beso se hacía más intenso. Indefensa, descubrió que sus labios se movían bajo los de él, acercándose más a su cuerpo. Solo cuando sus manos bajaron para asirla de las caderas y


atraerla aún más hacia él, Eve se dio cuenta de lo que realmente deseaba y la sola idea la hizo reaccionar y se sintió enferma físicamente. Con las dos manos contra el pecho de él, lo empujó lejos, luchando por recuperar la razón. Lo que él pensara de el a no importaba. Había cedido a una debilidad temporal y no le daría oportunidad a Brett de que utilizara contra el a lo ocurrido. —Quizá me he estado concentrando en la hermana equivocada —comentó él suavemente—. ¡Hablando de fuegos escondidos! Reconozco que el papel de gélida doncella inglesa me engañó por completo. Eve hizo esfuerzos para controlar su voz: —No saque demasiadas conclusiones. Me sorprendió. Eso es todo. Nº Páginas 26-108 Kay Thorpe – La herencia —Me gustaría hacerte mía —su tono seguía siendo suave, pero perturbador —. Aquí y ahora. Nada me gustaría más. ¿Qué piensas tú? ¿Arreglamos nuestras diferencias en la cama? Ella negó violentamente con la cabeza. Había calor corriendo por debajo de su piel. Ella lo había tentado, y él no era el tipo de hombre que ignorara eso. —Anótelo solo como una experiencia —dijo el a, con desprecio—. ¡No soy ninguna aventurera! Ahora, ¿podría quitarse de mi camino? Él no se movió, escudriñándola con la mirada.


—¿Sabes? Creo que tienes algo más entre manos. Sabías que yo estaba aquí todavía, ¿no es así? Saliste a propósito. —Eso no es cierto —replicó ella, intentando escaparse cuando él le cerró el paso—. ¿Qué razón podría tener para hacer eso? —No estoy seguro. Lo único que sé es que me provocaste deliberadamente — respondió él, al tiempo que con una mano le levantaba el rostro por la barbilla, para verla mejor. Sus ojos azules tenían un brillo perturbado—. Comenzaste a agredirme en el instante mismo en que nos conocimos. ¿Por qué? Eve le sostuvo la mirada sin titubear. —Pensé que eso era obvio. Usted entró en el vestíbulo cómo si fuera el dueño de todo y de todos los que estábamos en él. —Es decir que hubieras sido más receptiva si yo hubiese entrado de rodil as. —No se moleste tratando de ridiculizarme —repuso ella—. No me gustó su tipo en ese momento y tampoco me gusta ahora. Lo que acaba de ocurrir es algo que no tiene significado. Es solo atracción física. Reúna algunos elementos y automáticamente reaccionan. —¡Y cómo reaccionan! Su tono era burlón. Inesperadamente, le soltó la barbil a y deslizó la mano hasta apretar uno de sus senos. —Con resultados prolongados, inclusive. Me gustaría saber cuánto tiempo tomaría l evarte a tu punto de fusión.


Eve se puso rígida para combatir su excitante contacto, negándole el placer de verla desconcertada. Luego le respondió: —Más tiempo del que usted puede invertir —le contestó con una fría sonrisa —. No voy a resistirme, si es que eso es lo que espera. ¡Vaya a divertirse a otra parte! —¿Con tu hermana, por ejemplo? —¡No! —le atajó el a, con los dientes apretados, al tiempo que luchaba por no responder al contacto sutil de sus dedos a través de la delgada tela—. ¡Solo deje a Fleur en paz! ¿Me entiende? ¡Déjela en paz! —Fuérzame a ello —contestó él, en tono seductor. Se inclinó hacia el a y le besó el lóbulo de la oreja, deslizando enseguida los labios hasta la comisura de su boca: —Véndeme el Circle Three. He estado esperando mucho tiempo por esas tierras. Nº Páginas 27-108 Kay Thorpe – La herencia Cada vez era más difícil ignorar las sensaciones que despertaban en el a, el calor intenso que sentía en la boca del estómago. ¡Se moría de ganas de abandonarse, de acariciarlo con el mismo deseo ardiente con el que él la estaba tocando, de deslizar sus manos dentro de su camisa v sentir el calor vibrante de su piel, la firmeza de sus músculos y la aspereza de su vel o! Cuando le respondió, ni


el a misma pudo reconocer su voz: —¡Y puede seguir esperando! —Muy bien. Ambos sabemos qué terreno pisamos —concluyó él, retirando la mano—. De cualquier forma, no creo que me hubiera tomado mucho tiempo más. Pero ya habrá otras ocasiones. Tú y Fleur son dos personas muy diferentes. ¿Cómo es que ella ha podido mantenerse tan inocente? —Quizá porque los únicos hombres que ha conocido la han tratado con el respeto que usted parece ignorar que existe. —¡Tonterías! Dije inocente, no inexperta. —¿Está tratando de sugerir?… —No estoy sugiriendo nada —le interrumpió él—. Ella tiene suficiente edad como para vivir su vida sin necesidad de que la protejas. Lo que quiero decir es que Fleur piensa todavía que lo único que tiene que hacer es extender la mano para obtener todo lo que quiera. —Hasta ahora, siempre ha sido así —repuso Eve, con sequedad. —Pues algún día despertará a la dura realidad. —¿Y usted es quien va a despertarla? —explotó Eve—. ¡Primero la usa para chantajearme y luego le dice la verdad! ¿Es eso lo que piensa? Entonces dirá para justificarse, que fue cruel con ella por su propio bien. Aunque a decir verdad no creo


que a personas como usted les interese justificarse. En lo que a usted respecta, el fin justifica los medios. ¡Ahora quiere esa tierra y hará cualquier cosa por obtenerla, sin importar cuán sucios sean los trucos que tenga que utilizar para ello! —Si yo fuera tú, no seguiría hablando —le advirtió él, en un tono amenazador —. Hay más de una forma de derrotarte. Ella encogió los hombros, fingiendo una indiferencia que estaba muy lejos de sentir. —He dicho todo lo que tenía que decir. —Muy bien. Entonces demos esta discusión por terminada. Brett se alejó con una expresión muy dura, pero antes agregó: —¿Aún deseas hacer ese pequeño viaje mañana? Si le respondía que no, sería tanto como aceptar que le temía, pensó Eve, obligándose a responder: —Desde luego. Estaré aquí a las seis en punto. Y Fleur también. —Eso lo creeré cuando lo vea. Después de ti —dijo, señalando la puerta. Ella se adelantó y entró en la sala, siguiendo por el pasillo hasta su dormitorio, donde se separaron, sin palabra alguna. Únicamente hasta que estuvo dentro de su Nº Páginas 28-108 Kay Thorpe – La herencia habitación, pudo dejar escapar el aliento apoyándose contra la puerta y mirando sin


ver la cama desordenada deseando no haberla abandonado nunca. La alarma del reloj la despertó a las cinco y media, durmió escasamente dos horas... Agotada y deseando no haber aceptado ir, se duchó y se vistió con unos pantalones vaqueros y una camisa a cuadros, se puso un suéter sobre ésta, pues el aire matinal sin duda era frío. Se puso un par de cómodos zapatos para caminar, en lugar de botas. De cualquier modo, no creía posible que tuvieran que montar. Por lo menos, así lo esperaba. La bravata del día anterior parecía tan estúpida ahora. ¿Por qué no dijo con claridad la verdad? De cualquier forma, no hubiera afectado la actitud de Brett. Al recordarlo, se estremeció. Tenía que digerir los acontecimientos de la noche anterior antes de volver a verlo. Por un instante, había bajado la guardia. Eso era todo. Pero no estaba segura sobre sus propios sentimientos. Su cuerpo y su mente estaban en completa contradicción. Ella había dicho que únicamente se trataba de atracción física. No podría ser mucho más que eso. Encontró a Fleur profundamente dormida. Le daba lástima tener que despertarla. Al fin Eve la sacudió suavemente por el hombro. —¡Fleur! ¡Son diez para las seis! Si quieres venir, tendrás que apresurarte. La única respuesta fue una protesta y la rubia cabeza se arrellanó más en la almohada. Eve volvió a intentarlo: —¡Fleur!


—¡Está bien! ¡Está bien! —su tono era irritado y sus ojos permanecían cerrados—. ¡En un minuto estaré lista! Siempre había sido difícil levantarla temprano en la mañana, reconoció Eve. Así que, ¿por qué tendría que ser diferente ahora? Hizo un intento más: —Brett no esperará. —Ya te dije que estaré lista en un minuto —Fleur aún no se movía—. Dile que estoy vistiéndome. Eve se dio por vencida. Había hecho su mejor esfuerzo; ahora todo dependía de Fleur. Se daría prisa en el momento mismo en que pensara que a Brett quizá no le gustaría esperar demasiado. Eve salió y encontró a Brett esperando en el porche, con un jeep listo para partir. Estaba vestido con unos pantalones vaqueros muy desteñidos y una camisa que hacía juego. La l evaba abierta en el cuel o, dejando ver un triángulo de oscuro vel o. Su sombrero se veía bastante raído y su color era de un tono pajizo indefinido. Al encontrarse con sus ojos azules, Eve sintió un calorcillo que le recorría el cuerpo. Él le dirigió una lenta mirada de aprobación. —Llegas temprano —comentó—. ¿En dónde está Fleur? Estará aquí en un momento. Eve pasó frente a él y se detuvo en la parte superior del amplio escalón, aspirando el aire fresco de la madrugada. El cielo estaba pálido y no había


nubes. Nº Páginas 29-108 Kay Thorpe – La herencia Su aspecto prometía un día muy caluroso. Había ya varias personas que parecían estar levantadas desde hacía mucho. Observó a un par de peones que guiaban, un rebaño de vacas a un establo. Luego dijo: —Pensé que ustedes solo se dedicaban al mercado de la carne. —Los lácteos son solo para uso de la casa —explicó Brett, colocándose a su lado—. Tenemos muchas bocas que alimentar. Y sin alterar su tono, agregó: —Tiene tres minutos. —Iré a ver qué es lo que la demora —respondió Eve. Él movió la cabeza. —¿Ya la despertaste? —Sí, pero… —No hay peros. Nos vamos a las seis. Con el a o sin el a. Fleur no iba a estar lista, desde luego. Incluso si ya se había levantado, no creía que se estuviera dando prisa. Viendo su reloj y que las manecillas marcaban puntualmente la hora convenida, Eve se sintió obligada a interceder por ella una vez más. —Por lo menos dame un minuto para ver qué pasa. Si sigue en la cama,


entonces será culpa suya. —De cualquier forma es culpa suya —respondió Brett, con sequedad. Bajó el escalón y se sentó detrás del volante, volviéndose a mirarla con las cejas arqueadas. —¿Tú también estás reconsiderándolo? Así era, pero no iba a confesarlo. Encogió los hombros y se sentó a su lado en el vehículo, consciente de la proximidad de su cuerpo y lo tenso de su muslo. Si Fleur hubiera venido, no cabía duda de que ella iría en la parte posterior, pero al menos hubiera estado a salvo de traicionar sus emociones. —Tranquilízate —le aconsejó él, acelerando el vehículo y alejándose—. Nunca muerdo cuando conduzco. Disfruta del paseo. Lo disfrutó en más de una forma, pues encontró que el paisaje era placentero. El camino que seguían era más amplio y en mejor estado que el que habían tomado desde la pista de aterrizaje, pero igual de polvoriento. Pasaba a través de un tupido bosque de pinos y en ocasiones se podía ver y escuchar el río. Había alambradas a ambos lados y éstas se perdían en la distancia. La hierba se veía verde y lozana. Había ganado pastando en la ribera este del río. Se trataba de machos, únicamente, según le había dicho Brett. Ya estaban todos vendidos, aunque iban a engordarlos un poco más antes de enviarlos a las plantas empacadoras.


Más al á de la puerta del sur, el camino serpenteaba hasta convertirse en una vereda de dos canales que atravesaba los pastizales. A unos cuantos cientos de metros estaban estacionados un par de camionetas pick-up y un camión, así como algunos caballos atados a un roble musgoso que crecía en un banco del arroyo. Nº Páginas 30-108 Kay Thorpe – La herencia También vio que había una cafetera a un lado del camión y el aire se l enaba de un aroma que hizo que Eve sintiera que su estómago estaba vacío. El hombre que apareció detrás del camión, era bajo de estatura y su piel estaba tan curtida como un zapato. Era imposible adivinar su edad, podría tener entre los cincuenta y los setenta. —No pensé que fueras a venir hoy —comentó, mientras Brett se bajaba del jeep—. Los muchachos acabarán hoy. Sus cansados ojos se dirigieron hacia Eve, mientras ella se bajaba del vehículo por el otro lado: —Usted debe ser una de las sajonas… —Ten cuidado con lo que dices —le advirtió Brett, en tono divertido—. Son una raza muy sensible. Con toda intención, Eve extendió una mano: —¿Cómo está usted? —¡Dios mío!… Por la forma en que el viejo vaquero miraba la mano extendida, se diría que


Eve le estaba ofreciendo una serpiente de cascabel. Luego, extendió con cautela su mano, tocando apenas la palma de la de el a, antes de volver a bajarla, con expresión desconcertada. —Es la primera vez que le doy la mano a una mujer. —Es la primera vez que esta mujer le da la mano a un vaquero de vedad — comentó sarcásticamente Brett—. ¿Queda algo de comida todavía? No hemos desayunado aún. —Claro que sí. Hay mucha. ¿Gustan huevos con jamón? —¿No hay frijoles? —preguntó Eve, en tono festivo—. Pensé que los vaqueros siempre comían frijoles. —Señora… ¿quiere frijoles? Tengo frijoles —respondió el viejo vaquero, con voz alegre—. Sírvanse café en lo que preparo la olla. Brett tomó un par de tazas limpias de la mesa y sirvió café en ambas y dándole una a Eve, con toda intención dijo: —No podrás divertirte a costa de Chuck Rafferty. Se las sabe todas. Ella encogió los hombros, sonriendo: —Era solo una broma. ¿No estará en desacuerdo con eso o sí? —respondió, probando el café y haciendo un ademán apreciativo—. ¡Está muy bueno! —Debe estarlo —dijo él—. Ustedes son quienes no pueden hacer café. —Eso es cuestión de opiniones —le contestó ella, oliendo el aroma delicioso de jamón frito—. Por lo común no como tanto para desayunar, pero nunca me sentí tan hambrienta.


—Te aseguro que nunca habías estado despierta tan temprano —agregó Brett —. Tienes un color muy saludable en las mejillas el día de hoy. Muy diferente del que tenías ayer en el aeropuerto. Nº Páginas 31-108 Kay Thorpe – La herencia —Ayer estaba cansada —respondió el a—. No es tan fácil acostumbrarse a la diferencia de horario. Y antes que lo diga usted, Fleur siempre está hermosa. Ella es la bonita, ¿recuerda? La mirada de Brett se mantuvo firme y no había ni la más leve traza de burla en el a cuando comentó: —Hay un fuerte parecido. Eve movió la cabeza con impaciencia. —No tiene que ser divertido conmigo. —No tengo que hacer nada —completó él suavemente—. Está bien. No eres tan llamativa a primera vista como tu hermana, pero tampoco careces de atractivo. Se detuvo un momento, antes de proseguir: —De las dos, yo diría que tú tienes la mejor figura. Eso depende de las preferencias, desde luego. Algunos hombres prefieren las caderas estrechas y los pechos chicos. A mí me gusta tener algo de qué asirme. Ella se sonrojó, pero mantuvo la compostura.


—Se tomó la molestia de dejar eso muy claro anoche. —Me tomé la molestia de dejar muchas cosas en claro anoche. Ven y come. Vas a necesitar muchas energías el día de hoy. Nº Páginas 32-108 Kay Thorpe – La herencia Capítulo 4 C0miendo los huevos con jamón, al aire libre, tenían un sabor delicioso. Eve dejó el plato limpio y se terminó una segunda taza de café. —Es la mejor comida que he probado —indicó ella cuando Chuck se levantó para recoger los platos sucios e ir a lavarlos—. ¡Nunca he comido tanto en toda mi vida! —Espera a que pruebes su estofado irlandés —comentó Brett, extendiéndole su propio plato sucio al hombrecillo—. Montaremos desde aquí, Chuck. Ensil a al Appaloosa, ¿quieres? Yo me llevaré el Pinto. En ese momento Eve tenía dos opciones: o aceptaba su falta de experiencia o aparentaba una seguridad que estaba lejos de tener. Las sillas del oeste eran muy diferentes a las del este. Con algo de suerte, quizás podría salir adelante. Solo tomó unos minutos a los dos hombres tener los caballos listos para montar. Sin ningún ofrecimiento de ayuda, Eve se las arregló para montar su cabalgadura, acomodándose en la curva de la silla. —Necesitas ajustar tus correas —le indicó Brett, acercándose a su caballo para hacerlo—. Estira las piernas. ¡No estás montando en un desfile! Ella obedeció, sintiéndose de pronto más segura. Era difícil darse cuenta si él


se había percatado de la verdad o no. Se forzó a sostener su mirada cuando él dirigió sus ojos a su rostro. Nunca más le permitiría sorprenderla con la guardia baja. ¡No señor! Ella envidiaba la facilidad con que él podía montarse sobre el Pinto. Brett tomaba las riendas con una mano y el animal lo obedecía con un simple toque del cuero contra el sedoso cuello. Las riendas de Eve habían sido atadas para formar una sola línea, ya sea para su beneficio o para el de algún otro jinete. Eve tomó las riendas con ambas manos, de la manera en que le habían enseñado la primera vez que monto una bestia. No tenía sentido querer correr antes de aprender a caminar. Cuando se sintiera confiada, podría experimentar. Contrariamente a sus expectativas, se sintió muy segura al poco tiempo de comenzar a moverse. La sil a ayudaba, desde luego. Brett se había adelantado un tramo después de cruzar el arroyo, siguiendo la vereda que pasaba a través de un macizo de árboles y daba a la pradera. Cuando su yegua rompió en un galope corto, siguiendo el ejemplo del caballo de Brett, ella sintió miedo, pero pronto se acostumbró al balanceo. Si Brett había hecho eso con el propósito de molestarla, se iba a llevar una decepción. En una yegua tan mansa como ésta, el galope no ofrecía ningún problema. El mugir de las reses se hizo audible unos minutos antes que llegaran hasta donde estaba la manada. Había una nube de polvo que levantaban los cientos


de pezuñas de los animales. Eve sintió el polvo en los ojos y en la garganta y envidió el sombrero que llevaba Brett, pues al menos ofrecía un poco de protección. Fuera del ruido y la actividad, todo el procedimiento parecía estar bajo un estricto control, cada hombre tenía una misión específica. Eve observó la forma en que un vaquero lazó a un becerro y lo retiró del cuerpo principal de la manada, hasta Nº Páginas 33-108 Kay Thorpe – La herencia donde había un hombre que lo estaba esperando. El piquete de una aguja, la rápida presión humeante de un hierro de marcar y el becerro estaba pronto sobre sus patas, apresurándose a reunirse con su madre. El acre olor del pelo chamuscado impregnaba el aire. —¡Voy a ayudarlos! —gritó Brett, acercando a Pinto lo suficiente a ella para que pudiera oírlo, a pesar del estruendo general—. ¿Estarás bien si te dejo sola por media hora? —Muy bien —gritó ella en respuesta—. No se preocupe por mí. Me contento con mirar. Lo último que dijo no era exactamente la verdad, pero el a había pedido venir. Pensándolo bien, creía que la marca de los animales se hacía de alguna otra forma en esta época. Los fierros al rojo vivo le parecieron un método cruel, a pesar


de que los animales no mostraban signos de sufrir dolor después. La marca del Circle Three debía aplicarse exactamente de la misma manera. Las tradiciones familiares son difíciles de superar. Los hombres utilizaban los mismos sistemas que habían empleado sus abuelos y estaban orgul osos de su habilidad con la soga y la montura. Era verdad que ningún vehículo de ruedas podía hacer lo que los cabal os, sin importar cuán hábil fuera el conductor. Brett había cambiado de montura y se unió al resto de los hombres montando un cabal o gris. En segundos, había lazado un becerro y recogido el lazo tan pronto como se lo habían quitado al animal reuniéndose en seguida con los demás vaqueros. El hombre y el caballo formaban una hermosa estampa y todos sus sentidos parecían estar unidos. La visión era algo que despertaba en Eve sensaciones inquietantes. ¿Por qué se suponía que las mujeres eran tan diferentes de los hombres cuando se trataba de excitación física? Lo que había experimentado anoche estaba presente aún. Ella lo había excitado una vez; sabía que podría volver a hacerlo. Le había dicho que no era una cualquiera, pero quería decir mucho más que eso. Ninguna aventura ocasional le daría jamás el tipo de satisfacción que el a buscaba. Dado que Appaloosa parecía estar satisfecha de permanecer en el sitio en que estaba, tanto como se le ordenara, el a se relajó y descansó su peso sobre el arzón. Iba a sentirse dolorida cuando acabara el día; incluso ahora podía ya sentir dolor en los músculos, desacostumbrados a tal ejercicio. Si Brett no regresaba en los


siguientes diez minutos, daría una vuelta lenta por el perímetro del campo, aunque solo fuera para conservarse flexible. No tenía idea de cuánto tiempo pensaba él quedarse en el lugar. Quizás algún día podría el a participar en esas actividades, aunque antes había que arreglar muchas cosas. Hasta ahora, el sueño no era más que eso y si Fleur se salía con la suya no sería nunca realidad. ¿Estaba siendo irrazonable al querer algo que no fuera nada más que dinero? ¿Es que Fleur no podía ver que la felicidad no se podía comprar? En el Circle Three tendrían un hogar, un hogar de verdad. El apartamento nunca había sido otra cosa que un sitio para comer y dormir. Si su madre hubiera vivido, hubiera estado de acuerdo. Probablemente ella hubiera sido la heredera y nunca habría surgido este problema. Pero no valía la pena pensar en el o. La vida debía vivirse mirando hacia el futuro y no hacia el pasado. Nº Páginas 34-108 Kay Thorpe – La herencia Atónita, se sorprendió pensando en lo que sus viejos amigos estarían haciendo en ese preciso momento. Solo había pasado un par de días, pero a el a le parecía que habían transcurrido varios años desde que salieron de Midhope. El súbito recuerdo de Terry y su rostro cuando ella le dijo sus planes le causaba dolor. Es el remordimiento, reconoció ella, con tristeza. No lo amaba y siempre lo había sabido, pero había dejado que él siguiera creyendo en el a. A los veintiséis años, tenía todo


el tiempo del mundo para encontrarse con una persona que lo amara como él lo merecía. Ella también conocería a alguien, aunque quizá no lo mereciera. Pasó un momento antes que el grito penetrara en su mente. Sorprendida y sin entender nada todavía, se volvió a ver la vaca que se dirigía veloz hacia ella, que instintivamente se asió de la sil a, al tiempo que la Appaloosa se movió, libre, para desviar al animal. Nunca supo cómo se mantuvo en la silla durante los siguientes segundos. Ciertamente no había ninguna pregunta respecto a cuál de las dos, había hecho la maniobra; la yegua solo cumplió con un trabajo que conocía. Eve no soltaba la sil a y no lo hizo sino hasta que un vaquero se aproximó, sonriente, para desviar a la vaca en otra dirección. Brett l egó de alguna parte, controlando a la ahora calmada yegua, Eve volvía a recobrar el dominio de sí misma. También él estaba sonriente: —Eso te pasa por distraerte —le dijo—. Estás montando un caballo vaquero. —¡No hay nada como tapar el pozo después del niño ahogado! —replicó ella con sarcasmo—. ¡Qué pena que no me caí del caballo! ¡Se hubieran podido reír a sus anchas! —Pero no te caíste —replicó Brett—, así que, ¿cuál es el problema? Si tenías cualquier duda acerca de cómo manejar el animal, tuviste mucho tiempo para decirlo, antes de salir a montar. Eve lo sabía. ¡Lo supo todo el tiempo! ¡Se podría haber matado, si de él hubiera dependido! —No estuviste en peligro inmediato, sino hasta que esto pasó —le dijo, leyéndole la mente con exactitud—. De acuerdo. Debí advertírtelo. Si hubiera


sabido que esto iba a suceder lo hubiera hecho. No estoy acostumbrado a tener aficionados en el área de trabajo. —¿Cuánto tiempo más tomará estar aquí? —preguntó el a, rígidamente. —Tanto tiempo como se necesite —replicó él, en un tono más duro—. Si estás aburrida, qué lástima. Tú quisiste venir. Brett se alejó antes que el a pudiera encontrar una respuesta. ¿Realmente pensaba que ella se iba a quedar allí, hasta que él se dignara tener compasión de el a? ¡Si así era, estaba equivocado! La yegua respondió a su señal, emprendiendo un galope corto en el momento en que ella le clavó los talones. ¡Brett podía jugar a los vaqueros todo el tiempo que lo deseara! Ella se iba a casa. Su furia había desaparecido casi por completo cuando llegó a la puerta, pero todavía le quedaba el rescoldo. Chuck se aproximó para sostener la cabeza de Appaloosa, mientras desmontaba. Había curiosidad y sorpresa en su arrugado rostro. —¿No viene Brett? —le preguntó. Nº Páginas 35-108 Kay Thorpe – La herencia —Todavía no —le respondió ella—. Vendrá más tarde. Voy a llevarme el jeep. —Correcto.


La llave estaba en el encendido, justo como la había dejado Brett. Eve arrancó el motor y puso la palanca en posición de lo que ella esperaba que fuera la reversa. Nunca había imaginado que algún día tendría que manejar un vehículo como éste, pero en el estado de ánimo que se encontraba, estaba lista para todo. Si Brett quería algún transporte, tenía muchos otros de donde escoger. No tuvo ninguna dificultad para maniobrar, al dar marcha atrás para retomar el camino, levantó una mano para responder al saludo de Chuck, antes de cambiar a primera velocidad y arrancar. Para no perderse tenía que seguir los alambres de la val a hasta la intersección principal, donde debía virar a la izquierda. No eran aún las nueve de la mañana. Había la posibilidad de que Fleur aún estuviera durmiendo cuando el a l egara a la casa. Todavía no había pensado qué le diría a su hermana al llegar, pero tenía mucho tiempo para pensarlo en el camino. Por el momento, solo estaba interesada en poner distancia entre el a y Brett. Imaginar su reacción cuando se diera cuenta de que el a se había ido era muy satisfactorio. Pasarían horas antes que conociera la verdad y para entonces sería muy tarde. El hecho de que tendría que enfrentarse posteriormente con él, era algo en lo que no quería pensar por él momento. Había ya recorrido una gran distancia, antes que la satisfacción comenzara a


ceder terreno a la vergüenza. Se preguntaba, ¿qué esperaba ella de todo esto?, ¿qué podría ganar? Brett no se hal aba impedido para regresar. Y, aun suponiendo que lo estuviera, ¿beneficiaba a una persona semejante comportamiento? Detuvo el jeep, viendo confundida el paisaje a través del parabrisas, al mismo tiempo que intentaba decidir lo que iba a hacer. Regresar era una solución, pero su orgullo se lo impedía. Si regresaba, Brett no aceptaría su explicación. No, a él no le importaría ridiculizarla frente a los demás. No. Había tomado una decisión y debía apegarse a el a. Fue solo hasta que l egó a la intersección que se le ocurrió la idea. Si seguía el camino recto, estaría viajando hacia el norte: la misma dirección en que estaba el Circle Three. La sola idea fue suficiente. La nueva ruta era buena, muy diferente al camino que acababa de abandonar, permitiendo que la conducción del jeep fuera mucho más fácil. El complejo de casas del Diamond Bar estaba a su izquierda, detrás de la línea de árboles. Si Fleur ya se había levantado, no estaría en el mejor momento de su ánimo, lo cual era una buena razón más para no regresar antes de lo debido. Pensaba Eve que tendría que comprarse un sombrero de algún tipo, al sentir el sol sobre la cabeza desprotegida. Las alas anchas de los sombreros que usaban los


vaqueros no eran solo para impresionar. Servían el doble propósito de sombrear el área vulnerable de la nuca y mantener el sol fuera de los ojos. Habiendo l egado hasta este punto, debería aprovechar el día y proseguir del Circle Three hasta Leesville, para comprar ropa femenina apropiada. Tenía treinta dólares. Eso debería bastar. Una curva del río cortaba el camino adelante. Una vez que hubo cruzado el puente de madera, vio el grupo de casas a corta distancia a su derecha. La estrecha Nº Páginas 36-108 Kay Thorpe – La herencia vereda la llevó hasta un arco de entrada, hecho de troncos, que todavía tenían corteza, con un signo que mostraba los tres anil os superpuestos que representaban la marca del Circle Three. Eve detuvo el jeep y se quedó mirándolo por unos instantes, disfrutando con la vista la propiedad que heredó. Brett no le iba a quitar esto. No sin antes pelear. La distribución general del rancho era muy parecida a la del Diamond Bar, aunque en escala menor. Eve detuvo el jeep en medio de una nube de polvo, apagando el motor, al tiempo que un hombre vestido con los inevitables pantalones vaqueros, apareció en el umbral de la puerta de un cobertizo tipo establo. —Busco al señor Connors —le dijo ella, con claridad—. Tengo entendido que él es el capataz de este sitio. Sin quitarle los ojos de encima, el vaquero lanzó un grito estentóreo:


—¡Te busca una dama, Wade! De un edificio que estaba a poca distancia, salió otro hombre que l evaba un cabestro en una mano. Era alto y delgado, su cabello había sido decolorado por el sol, hasta un tono que favorecía su apuesta presencia. Cuando mucho tendría veintiocho o veintinueve años y era todo lo contrario de la vaga imagen que de él se había formado Eve en la mente. —¡Hola! —saludó él con ligereza—. ¿Me buscaba? —Sí —afirmó el a—. Me l amo Eve Brockley —añadió. La expresión de él sufrió una breve y sutil alteración. Dejó caer el cabestro cerca del quicio de la puerta del establo y se adelantó, extendiendo una mano, con una sonrisa muy amplia. —Sabíamos que había l egado. Gusto en conocerla. ¿Le permitió Brett venir sola hasta este lugar? —Él se quedó en la pastura del sur —replicó el a—. Mientras Brett trabaja, pensé en darme una rápida vuelta por Circle Three. Eso es todo Tengo entendido que no puedo entrar en la casa antes de haber firmado los papeles necesarios. —No sé nada de eso —respondió Wade—. El abogado cerró el sitio después de que Brett y él terminaron de recorrerlo todo y se l evó las l aves. No creo que nadie tenga derecho de entrar sino hasta que él lo diga. —¿Buscaban algo en particular? —preguntó Eve. —No sé. Pero sí que se tomaron un buen tiempo.


Hizo una pausa, luego prosiguió: —Ustedes son dos, ¿no es así? —Sí, Fleur, mi hermana —dudó brevemente—. No tenía pensado venir aquí ahora. Fue solo una ocurrencia mía y repentina. —Bueno. Ya que está aquí, ¿por qué no se da una vuelta? —Buena idea —respondió, dejando que él cerrara la puerta del jeep cuando el a se bajó. Había algo en él que inspiraba confianza. Eve continuó: Nº Páginas 37-108 Kay Thorpe – La herencia —Aún es difícil de creer que estoy aquí, por fin. Lamento que no hubiéramos llegado cuando la tía Laura vivía. Usted debió conocerla bien, me imagino… —Era una magnífica mujer —contestó el vaquero—. Le debo mucho. —¿Incluyendo su trabajo? —preguntó con curiosidad. —Así es —replicó Wade, sin parecer ofendido en lo más mínimo—. Ella juzgaba según las habilidades de cada quien, no según la edad. Si bien, había mejores hombres… —¿Era Brett Hanson uno de el os? Ahora le tocó el turno a él de dirigirle una recelosa mirada: —Él ha estado administrando el rancho sin tomarme en cuenta desde que Laura enfermó demasiado, como para ocuparse de ese tipo de cosas. Si él se queda con el Circle Three, yo me quedaré sin trabajo.


—Si acaso me está preguntando si pienso vender el Circle Three, la respuesta es, no si puedo evitarlo —le dijo Eve, con sinceridad—. Pero le advierto que no solo estoy luchando contra mi hermana, sino también contra Brett. —Bueno, pues ya tiene usted un aliado —su expresión se había atenuado—. A Laura no le gustaba la idea de ver que el Circle Three pasara a formar parte del Diamond Bar. —¿Está seguro de eso? —Claro que estoy seguro. ¿Por qué otra razón se rehusó a vender durante todo este tiempo? Habían llegado al establo. De pie junto a Wade y mirando hacia el oscuro interior, Eve dijo suavemente: —Me han dicho que el a había otorgado poderes de compra al Diamond Bar a su muerte. ¿Qué piensa de ello, Wade? Este titubeó antes de responder: —Si así fue, debe haber sido porque la presionaron. —¡Qué pena! —exclamó Eve suspirando—. Es una lástima que no escribiera una cláusula en que se especificara que para heredar la propiedad primero tendríamos que habitar el rancho y trabajarlo. Eso hubiera terminado con todos los problemas. —Quizá tuvo la intuición de que usted pensaría como lo está haciendo ahora — sugirió él—. Usted se parece mucho a el a, en su forma de pensar. —Eso me han dicho. El tiempo lo dirá —comentó.


Visitar el área inmediata, le tomó un par de horas. Hasta donde Eve pudo constatar, todo estaba en orden. Wade le informó que la reunión del ganado del Circle Three, había tenido lugar una semana antes y las vacas y los becerros ya estaban de regreso en los pastizales. La venta de la mercancía era asunto del propietario, dijo. Dado que Brett Hanson estaba administrando el rancho, él tenía obligación de encontrar un comprador. Hasta este momento, nadie se había interesado en comprar el ganado. Nº Páginas 38-108 Kay Thorpe – La herencia Probablemente Brett ni siquiera se había molestado en buscar un comprador, reflexionó Eve con disgusto. Quería la tierra, según le había dicho y nada más. Si el ganado no se vendía, no habría ningún ingreso de efectivo para sostener los gastos del rancho, por lo que habría una gran presión sobre el a y Fleur para que salieran de la propiedad. Así que el a tendría que encontrar un comprador, si fuera necesario, en el momento en que legalmente pudiera hacerlo. Wade debía saber cómo se hacían esas cosas. Si Connors permanecía en el rancho, tendrían toda la ayuda que necesitarían para administrar el Circle Three. Solo un año. Eso era todo lo que Eve pedía. ¡Un corto año! Además de comprobar que se trataba de una construcción de una sola planta,


con un porche frontal muy largo, como el del Diamond Bar, no se acercó mucho a la casa. Ya habría tiempo de explorarla después. —Nos cambiaremos este fin de semana —le informó a Wade, antes de partir —. El trabajo de limpieza que sea necesario lo podremos nosotras. —Cualquiera de las esposas de los muchachos les dará una mano con gusto —le respondió él—. Solo tienen que pedirlo. —Estaré esperando el sábado ansiosamente… jefa —añadió después de una pausa. Eve se alejó en el jeep, sintiéndose mucho más segura acerca de todo. Una vez que hubiera alejado a Fleur del Diamond Bar y de la influencia de Brett, le sería mucho más fácil convencerla. ¡Tenía que hacerlo! Leesville, resultó ser un sitio, ni más ni menos bonito que como lo había descrito Bart. La calle principal estaba bordeada de palmeras y arriates de flores. El pequeño restaurante tenía asientos de piel roja y tablas de madera artificial, el plato de mariscos que Eve escogió en el menú lo sirvieron muy bien presentado. El solo nombre del pastel de lima constituía en sí toda una tentación. Su apetito, sin embargo, no estuvo a la altura, así que se conformó con un café. —Usted es de Inglaterra, ¿no es así? —le preguntó la rubia camarera, al


presentarle la cuenta—. Siempre he querido visitar Europa. ¿Está aquí de vacaciones? —Espero poder quedarme —contestó Eve sonriendo—. ¿Conoce el Circle Three? —Claro —respondió la camarera, con un extraño cambio de expresión—. Supimos que el rancho iba a ser heredado a un par de chicas inglesas, pero todo el mundo pensó que el Diamond Bar finalmente se quedaría con él. ¿No es así? —No —replicó Eve, usando un tono intencional y firme, consciente de que se extendería el rumor como un incendio—. Acabo de ver a Wade Connors. Me parece que es un hombre muy capaz de administrar el rancho. —Wade es capaz de muchas cosas —su tono de voz no era muy firme y estudió a Eve antes de proseguir: —Lo que sí es seguro, es que no le debe a Brett Hanson ningún favor. —¡Sue Anne! —se escuchó el grito del hombre que estaba en la caja registradora—. ¿Te has atascado allí o qué pasa? Nº Páginas 39-108 Kay Thorpe – La herencia —¡Ya voy! —gritó la chica, sonriéndole a Eve—. Debo irme. ¡Que tenga un buen día! Eve hubiera querido saber qué quiso decir Sue Anne con su extraño comentario. Wade mismo había dicho que perdería su trabajo si Brett se quedaba con el Circle Three. Pensaba que era algo que no le incumbía, si los dos hombres eran enemigos, siempre y cuando no afectara la administración


del rancho. Si ella y Fleur se quedaban Wade sería la persona en que tuvieran que depositar su confianza, y si éste había sido el hombre escogido por la tía Laura, entonces no había peligro de equivocarse en su selección. La tienda quedaba a solo una calle del restaurante y vendía todo tipo de mercancía: sombreros de diversos colores, tamaños y estilos. Eve se probó varios antes de escoger uno, de color beige, con una banda café. Se lo puso y sonrió a su imagen del espejo. ¡Parecía toda una vaquera ahora! Todo lo que necesitaba era un caballo. El Circle Three tenía alrededor de doce, según le había dicho Wade. Seguramente habría alguno que el a pudiera montar. Una fila de botas de cuero le llamó la atención, pero no l evaba suficiente dinero. Quizá en otra ocasión. Si es que pensaba montar con regularidad, ciertamente iba a necesitarlas. De regreso en al jeep, se puso el sombrero y arrancó el motor. Apenas era un poco más de la una de la tarde, pero había aprovechado muy bien el día. Incluso Brett, tal vez ya había regresado. Más ella no permitiría que eso le bajara el espíritu. Además, pagaría por la gasolina que había usado. No se esforzó en regresar rápidamente al Diamond Bar, disfrutando de la sensación de independencia. Ajustarse al clima no era difícil, a pesar de que debía tener cuidado con su piel hasta que adquiriera un tono bronceado. Un par de


horas bajo el sol en la tarde sería un buen principio. La puerta principal del rancho se hal aba a casi tres kilómetros de la casa. Eve, un poco temerosa de la reacción que Brett pudiera tener, pero sin admitirlo a sí misma, detuvo el jeep a la sombra de un pequeño macizo de árboles, cerca de uno de los estanques. Bajó del vehículo y se puso a observar el estanque, masticando una hierba dulce. ¡Era tan apacible ese sitio y tan agradable estar al margen del calor en pleno sol! Una media hora más no haría daño a nadie. Semidormida, ni siquiera oyó el ruido del otro vehículo que se aproximaba. La primera sensación que tuvo de la proximidad de alguien, fue la de un brazo que le rodeó la cintura y para entonces, ya era muy tarde. Demasiado sorprendida para gritar, se dio cuenta de que la levantaron y en seguida la acostaron sobre la tupida hierba y sintió cómo se quedó sin aliento por el peso del duro cuerpo masculino. Nº Páginas 40-108 Kay Thorpe – La herencia Capítulo 5 Brett no deseaba perder tiempo con recriminaciones, sus ojos bril aban como diamantes, al tiempo que con su boca buscaba la de ella. No había forma de mantener sus labios cerrados, cuando él la besó. La caricia era un arma que generaba fuego en sus venas. El poderoso cuerpo mantenía cautivo el de ella y sus caderas presionaban hacia abajo hasta que las piernas de Eve cedieron a la presión.


Al fin ella pudo liberar su boca lo suficiente para espetarle. —¿Es ésta la única forma de conseguir lo que quieres? Brett solo tenía dos opciones para responder a la pregunta. Por un momento escogió la primera, buscando con las manos la forma de deshacer la hebil a del pantalón de ella. Durante un largo y tenso momento, la miró con furia, luchando por mantenerla quieta. Luego, se incorporó, descansando un codo sobre una de sus rodillas, y mesándose el cabello. —¡Tú lo pediste! —le espetó—. ¡Pediste esto, y más! Eve también se había sentado. Se sentía así más segura que recostada sobre la hierba: —¿Por qué? —le preguntó duramente—. ¿Porque me rehusé a quedarme contigo como una buena chica y admirar tus músculos? Siento mucho si perdiste cartel ante los muchachos, pero yo no estoy dispuesta a seguirte el juego de que eres un semidiós. —¿Por qué no te detienes ahora que aún tienes la oportunidad? —le aconsejó con una peligrosa suavidad. Eve hubiera querido ponerse de pie, si no hubiese temido que cualquier movimiento por su parte, podría provocar que él perdiera el poco control que tenía de sí. Arrancó otro tal o de hierba, viendo cómo sus dedos temblaban. Hasta cierto punto ella tenía la culpa, pero nada merecía un ataque tan salvaje. —Fuiste al Circle Three —dijo Brett en tono de reproche, después de unos instantes. —Pese a que me advertiste que no lo hiciera. Sí, lo sé.


Aquí, ella hizo una pausa, esperando que él dijera algo más lo que no hizo, por lo que continuó diciendo: —Ni siquiera intenté entrar en la casa; ni mirar por las ventanas Wade me mostró el sitio. Eso es todo. —¿Ya le dices Wade? —su tono era cortante. —La gente no se fija mucho en el protocolo en estas regiones, ¿recuerdas? — le respondió ella—. Está bien, sin embargo, él me llama a mí, jefa. —¡Te lo estás buscando! —murmuró él, entre dientes—. ¡Si quieres que vuelva a repetirte la dosis que te di hace un rato, sigue así! Sus miradas se encontraron y ella fue la que bajó antes la vista. Nº Páginas 41-108 Kay Thorpe – La herencia —Debo disculparme por tomar tú jeep —dijo Eve— pero solo por eso. ¿Cómo regresaste a la casa? . —Chuck me trajo. Cuando terminamos, los muchachos estaban ansiosos de llegar a casa para comer —su tono era aún inseguro—. Vas a tener que explicarle muchas cosas a Fleur. ¡Estaba furiosa cuando salí! —Me sorprende que te dejara ir sin ella. —No tuvo opción. Yo no estaba en estado de ánimo para desear compañía — respondió, estudiándola—, estuve a punto de hacer algo de lo que no me sentiría muy orgul oso ahora. Si te hubieras regresado directamente a la casa, no me habría molestado tanto. Pero tener que buscarte por medio condado, para encontrarte


aquí, sentada disfrutando del paisaje… no sé qué paso, pero solo vi rojo. Lo he estado viendo desde que llegaste. ¿Qué traes entre manos, Eve? ¿Te gusta ver cuánto puedes empujar a un tipo antes de rendirse a tus pies? Ella negó con la cabeza: —Fui al Circle Three porque quería conocerlo, no con el propósito de desafiarte. Como él guardara silencio, ella inquirió: —¿Hay algo malo en la forma en que Wade Connors maneja los asuntos? Las cejas de él se contrajeron: —¿Qué te hace pensar eso? —Por ejemplo, el hecho de que no respondas a una simple pregunta — respondió ella—. No soy tonta, Brett. El mencionar su nombre te saca de tus casillas. —Él hace bien su trabajo —replicó en tono seco. —Entonces, es algo personal. —Si lo dices —replicó él, levantando la mano en ademán negativo— antes que el a pudiera responder—. No voy a discutirlo contigo. Ni ahora ni nunca. Es algo personal y privado, reflexionó Eve. Seguramente había una mujer de por medio. Sin duda alguna, la camarera del restaurante sabía la historia. ¿Podría el a preguntárselo alguna vez? —Debemos regresar —dijo Eve pensando cuan hueca sonaba su voz. Van a comenzar a preocuparse por nosotros. Brett, al ver que Eve se disponía a levantarse, la obligó a sentarse de nuevo.


—Todavía no —contestó—. Tenemos cierto asuntillo pendiente que debemos resolver. —Pensé que ya habíamos hecho eso. —No precisamente —replicó él con los ojos bril antes—. Me preguntaste si esa era la única forma de conseguir lo que quería, ¿no es así? Una pregunta como esas necesita una respuesta. —No quiero que… —comenzó ella a decir y vio esa leve sonrisa en su rostro que le era ya tan familiar. Nº Páginas 42-108 Kay Thorpe – La herencia —Tampoco yo soy tonto. ¿Alguna vez has oído hablar de las "feromonas"? Eve movió la cabeza, negando. —Brett, yo… —Hablando en términos generales se trata de los aromas subliminales que los animales despiden en ciertos momentos —explicó él y su voz denotaba una profundidad diferente, penetrando sin esfuerzo en sus defensas con la mirada —. Lo estás haciendo ahora, pero en una mujer es más un aura que un olor. Sea lo que sea, no estoy dispuesto a rechazar la invitación. No esta vez. Ella no se resistió cuando Brett deslizó sus dedos por detrás de su cuel o, para acercarla a él, temblando al contacto de sus labios y sintiendo que su fuerza de voluntad desaparecía. Él tenía razón acerca de lo que el a sentía. ¡Y qué importa eso! Después de todo el a tenía derecho de expresar sus emociones físicas como él.


¿Cuál era la diferencia? Quizá que Brett podía tomar todo lo que el a tenía que ofrecer y luego alejarse tranquilamente. ¿Podría el a hacer lo mismo? Los botones de su blusa cedieron con facilidad a sus dedos, permitiéndole el acceso a la cálida piel desnuda. Brett, sin dejar de besarla, deslizó la prenda por sobre sus hombros y a lo largo de los brazos, buscando con una mano el seguro del sostén y abriéndolo, para separar la prenda y descubrir sus senos a su exploración erótica. Si en algún momento hubo alguna reticencia en Eve, en ese momento desapareció. Fue el a quien tiró de su oscura cabeza hacia sí. No recordaba haberle abierto la camisa, solo los oscuros rizos de su vel o entre los labios, el sabor salado en su boca, la sensación de su cuerpo apretándola contra la suave hierba y las manos expertas que le bajaron los pantalones vaqueros. Ni siquiera el gemido ahogado de Brett le advirtió lo que estaba a punto de suceder. Solo cuando él rodó abruptamente lejos de el a y quedó sobre su espalda se dio cuenta de lo que estaba pasando. El silencio descendió sobre los dos. Eve se humedeció los labios secos, controlando su cuerpo poco a poco. Todo lo que podía hacer era esperar a que Brett diera el siguiente paso. Cuando por fin Brett habló, su tono era bajo y ronco: —Anoche dije que nunca nadie me había atraído tan rápido como tú. No juzgues el comportamiento del hombre americano por lo que acaba de pasar. No es


típico. —No importa, Brett. Realmente yo no… —¡A mí sí me importa! —cortó él, sentándose y haciendo una mueca con los labios—. Nunca me pasó nada igual. Toma algo de tiempo acostumbrarse. A ti también, supongo. Pasó un momento antes que Eve pudiera responder. —¿Te doy la impresión de que poseo vasta experiencia como para hacer una comparación? —le preguntó, observando cómo él encogía los hombros en respuesta. —No eres exactamente inhibida en lo que toca a saber qué es lo que quieres. Nº Páginas 43-108 Kay Thorpe – La herencia —Eso únicamente sugiere el hecho de que soy capaz de responder. Eve empezó a ponerse la blusa conforme hablaba, tratando de no apresurarse. Ahora era un poco tarde para sentir vergüenza. —¿Alguna vez oíste hablar del instinto? —Claro —respondió él, con una sonrisa que carecía de pizca de humor—. ¿Tratas de decirme que aún eres virgen? Ella le respondió con voz ronca: —Trato de decirte qué no soy una cualquiera. —Nunca pensé que lo fueras. Y eso no es tan importante —comenzó a abotonarse la camisa—. Es hora de que regresemos —añadió.


Eve se levantó antes que él, reconociendo lo inútil de tratar de alcanzarlo. Llegaron a la casa caminando ella detrás de Brett. Se detuvo en la bomba de la gasolina, indicándole con la mano que siguiera a la casa. Fleur se hallaba sentada en el porche con Bart. Se levantó cuando Eve detuvo el jeep, adelantándose hasta el escalón con una expresión de pocos amigos: —¿Has estado en el rancho? —le preguntó con acritud—. ¡No tienes derecho de ir sin mí! —Lo sé y lo siento. Debería haber venido por ti antes —reconoció Eve. —Si no te hubieras ido tan apresuradamente esta mañana yo hubiera estado contigo, para empezar —apuntó su hermana, con lógica irrebatible—. Nunca quisiste que fuera, ¿no es así? ¡Le dijiste a Brett que no me levantaría! —Le dije a Brett que iría a llamarte —respondió Eve, ante la presencia de Bart Hanson, en el otro lado del porche—. No quiso esperar después de las seis en punto. —Solo porque no se lo pediste. ¡Ni siquiera te molestaste en regresar para ver si estaba levantada! —¿Lo estabas? —le preguntó Eve, arqueando las cejas. Fleur tuvo la gracia de sonrojarse. —Bueno… no. Volví a dormirme después de que me despertaste. Pero de cualquier manera… —Pero de cualquier manera no hubieras estado lista a tiempo —Eve ya no deseaba discutir el tema. Necesitaba estar sola. Intentó sonreír—. Voy a ducharme y


a cambiarme de ropa. Podemos hablar más tarde. —No creo que tengamos nada de qué hablar. No me harás cambiar de opinión acerca de no vender el Circle Three, Eve. Si quieres quedarte con él, tendrás que hallar medio mil ón de dólares para pagarme mi parte. Eso es todo. No había nada que responder a eso o, por lo menos, nada que Eve pudiera pensar de momento. Fleur se portaba así porque estaba disgustada y porque sentía herido su orgullo. En realidad todo se debía a Brett. Bart estaba leyendo un periódico con la espalda vuelta hacia el as, obviamente al margen del asunto estrictamente familiar. Nº Páginas 44-108 Kay Thorpe – La herencia —No podremos tomar una decisión sino hasta el viernes, cuando veamos al señor Shane —replicó Eve—. Incluso entonces, creo que no será posible una transferencia inmediata. Tendremos que esperar hasta que se llenen las formalidades acostumbradas para vender tierras. Hizo una pausa para mirar a su hermana, que aún se encontraba molesta, y concluyó: —Bueno, voy a darme esa ducha. Su habitación se le antojó como un paraíso. Parecía como si hubiera transcurrido bastante tiempo y no nueve horas, desde que había salido de allí. Su cara se había tostado con el sol. Por fortuna ella se bronceaba con relativa facilidad. El día siguiente lo pasaría descansando, preparándose mentalmente para cualquier


problema que surgiera el viernes. Era esto lo que más importaba. Eso no era cierto, reconoció Eve al momento de ponerse bajo el fresco chorro de agua de la ducha. Ahora, todo el asunto del Circle Three había pasado a un segundo plano. Enfrentarse de nuevo con Brett iba a resultarle difícil, no solo por lo que le había ocurrido, sino porque el a había propiciado la oportunidad. Conocía al hombre desde hacía escasas veinticuatro horas. ¿En qué tipo de persona la convertía eso? ¿En dónde estaba su orgullo? ¿Y su respeto por sí misma? Le había permitido menos libertades a Terry en dieciocho meses de las que le había permitido a Brett en veinticuatro horas. Se estaba enjuagando el jabón del cabello, cuando la puerta de la ducha se abrió a su espalda y cuando ella se volvió para mirar, una mano se posó sobre su cadera, empujándola aún más hacia dentro del cubículo. Con el cabel o tapándole los ojos, escuchó que la puerta se volvía a cerrar y sintió la presencia de otro cuerpo desnudo junto al de el a. Luego, se encontró en brazos de Brett, quien retiraba el cabello de su rostro, para buscar su boca, al tiempo que sus manos se deslizaban por su espalda, para levantarla hacia él. —Si un cabal o me tirara, me montaría inmediatamente de nuevo —murmuró él contra su boca. Eve trató desesperadamente de apartarse de él, sabiendo que no era eso lo que deseaba y sintiendo el deseo vibrar en su cuerpo, más poderoso aún que las otras veces. El agua que caía sobre sus cuerpos era un estimulante en sí. Y el


jabón que cubría su cuerpo se había pasado al de él, por lo que no tenía de dónde aferrarse. Y aunque se hubiera podido zafa de él, no tenía adonde escapar. Él estaba entre ella y la puerta, bloqueando la única salida. La sensación de su cuerpo contra el de ella acabó con todo vestigio de resistencia que pudiera conservar. —Brett, por favor, no… —suplicó por última vez. —Tengo que hacerlo —respondió él—. Necesito hacerlo. Sus labios rozaban las sienes de ella, y se deslizaban hacia abajo, hacia el área sensible que estaba justo bajo la oreja, tocándola con la punta de la lengua. Las manos, que hasta entonces se habían mantenido sobre sus caderas, se movieron hacia arriba, siguiendo cada curva, hasta alcanzar a los senos, tocando suavemente las puntas rozadas con los pulgares. Nº Páginas 45-108 Kay Thorpe – La herencia Con menos presión en la parte baja de su cuerpo, Eve podría haberse zafado, pero no lo hizo. Ella podía escuchar la agitada respiración de él, por encima del ruido del agua y del crescendo que sentía en su propio interior, pero él aún conservaba el control. Esta vez, fue el a quien cedió, apretándose contra el cuerpo de él, con un suspiro que le salió de lo más profundo de su ser. Eve permanecía inmóvil mientras veía cómo él cerraba la l ave del agua y abría la puerta de la ducha. Estaba


sonriente, con sus ojos azules brillando de deseo al contemplar su desnudez. —Tenía razón —susurró—. Tienes un cuerpo precioso. Salió del cubículo de la ducha, tomó una de las grandes y afelpadas toallas del colgador y sosteniéndola en frente de el a, le dijo: —Ven. Eve obedeció como hechizada, sintiendo la calidez que la envolvía, la firmeza de las manos que la secaban y la sensación de una nueva tormenta en su interior. —Pensé que ibas a… —murmuró el a, con voz baja y los ojos cerrados—. Pensé que… —Sé lo que pensaste —completó Brett la frase, en tono bajo y algo brusco—. Creo que esa era mi primera intención, pero cambié de parecer. Tenemos un par de horas antes que comiencen a extrañarnos y debemos aprovecharlas al máximo. Ella estaba en un punto en el cual no podía negarse a nada, sino simplemente seguirlo. Su cabello estaba aún mojado cuando él la levantó en brazos y la l evó a su habitación, depositándola en el lecho. —La puerta —recordó ella—. Fleur podría… —La cerré con llave al entrar —respondió él. Brett se había acostado junto a el a, sobre la colcha, palpando con los dedos el pulso acelerado de su cuello antes de cubrir con la mano uno de sus senos. Ella se


aferró a él, enterrándole las uñas en la carne, mientras Brett le acariciaba con los labios los senos erectos. El mundo había cesado de existir para el a. Brett hacía que el tiempo fuera eterno, acariciando cada centímetro de su cuerpo con dedos expertos. Eve, a su vez, deslizaba la mano por el poderoso torso masculino para tocar su espalda, siguiendo la columna hacia abajo, sintiendo cómo él se movía para cubrirla, separando sus muslos con la mano. La poseyó muy despacio al principio, pleno de poder, de deseo, antes de comenzar el movimiento erótico que su cuerpo anhelaba tanto, aumentando el ritmo, hasta que la visión, el sonido y la sensación se convirtieron en algo nebuloso y se perdieron en el tiempo. *** Paso un largo rato, antes que cualquiera de los dos pudiera encontrar la fuerza o el deseo de moverse. Yaciendo inmóvil bajo el peso de él, Eve sintió que nunca había experimentado semejante plenitud en la vida. Hacía apenas dos días que el a ni siquiera sabía que este hombre existía, sin embargo, aquí estaba en la cama con él. No importaba cuan maravil osa hubiera sido la experiencia, no había manera de ocultar la verdad. —Todavía no —dijo él con suavidad, al sentir que ella se movía—. Quédate cómo estás. Me gusta sentirte cerca de mí. ¡Todo lo que tienes me fascina! Nº Páginas 46-108 Kay Thorpe – La herencia Sus labios rozaron los de ella suavemente y sus ojos la estudiaron con una


sonrisa profunda: —Sabía que me ibas a causar problemas desde el momento en que te vi, pero aún no sabía la magnitud del problema. Me has dado muchos ratos malos, mujer. ¡Tengo derecho a muchas compensaciones! —Debo irme —dijo Eve, haciendo un esfuerzo por zafarse—. Déjame levantar, Brett. —Si debes hacerlo, hazlo. Solo apresúrate. Atravesar la habitación bajo su mirada le requirió todo el valor de que era capaz. Ridículo, considerando lo que acababa de pasar entre los dos. La ropa de él estaba amontonada, justo en la parte de afuera de la puerta del baño. Podía imaginárselo después de haber entrado en la habitación, escuchando el sonido de la ducha y decidiendo lo que iba a hacer. Ella le había facilitado todo. Detrás de la puerta cerrada del baño, se mantuvo de pie, inmóvil, durante unos instantes, tratando de recuperar el dominio de sí misma. El placentero dolor que aún sentía en su cuerpo, era algo que no podía ignorar. Era un poco tarde para arrepentirse. Lo que había pasado, no tenía remedio y no había forma de volverse atrás. En lo que debía pensar ahora, era en cómo manejar la situación en el futuro. En cuanto a sus reacciones físicas, tenía razón. Era su estado emocional lo que le resultaba difícil controlar. La antipatía del día anterior había sido solamente un arma


para luchar contra la atracción que sentía por él, tuvo que reconocerlo. Una mirada había bastado para convertirla en barro en sus manos. Nada de eso le servía de consuelo en ese momento. Cualesquiera que fueran los sentimientos que experimentara hacia Brett, el Circle Three aún se interponía entre ambos. Él deseaba esa tierra demasiado, como para renunciar a ella. Y si ella cedía, ¿entonces qué? Sería ella quien estaría sacrificando todo lo que tanto quería, solo por una aventura pasajera. Sin importar cuán buen amante fuera él, el precio era demasiado alto. Se envolvió en una toalla antes de regresar al dormitorio, no tenía deseos de ponerse la ropa que usó durante el día. Brett estaba tendido boca abajo, en actitud de total relajamiento, con la cabeza hacia un lado y los ojos cerrados. Uno de sus brazos colgaba por uno de los costados de la cama. —No te quedes parada al í —dijo él súbitamente, sin abrir los ojos—. Solo estoy reuniendo fuerzas. —Estás perdiendo el tiempo —repuso el a, con voz carente de emoción—. Quiero que te vayas, Brett. —¿Por qué? —quiso saber—. Lo disfrutaste tanto como yo. —No voy a negarlo —replicó el a, aferrando la toalla con más fuerza, como si de eso dependiera su compostura—. Viniste aquí solo para probar algo. Bueno, ya lo hiciste.


—Porque tú me dejaste. —No, no porque yo te dejara. No te hubiera podido detener —hizo una pausa, antes de confesar—: además, no quise detenerte. Nº Páginas 47-108 Kay Thorpe – La herencia —Entonces, ¿cuál es el problema? Somos dos adultos, Eve. Al menos, eso diría yo. Si lo que buscas son palabras suaves y declaraciones románticas, has encontrado al hombre equivocado. No soy muy bueno en eso. Te quiero y sé que tú sientes lo mismo por mí. Lo que pase más adelante queda por verse. —¿Qué hay del Circle Three? —preguntó ella con suavidad—. ¿Todavía tienes la intención de comprarlo? Él la estudió un largo rato y la expresión de sus ojos la endureció ligeramente: —Claro —respondió, al fin—. Eso no tiene nada que ver con esto. —Pero tienes que considerarlo —protestó ella—. No puedo pelear contigo en un aspecto y hacer el amor contigo en otro. ¿O es que esperabas un cambio de actitud de mi parte? —Te subestimas, cariño —replicó él—. Comprar tierras era lo único que me preocupaba cuando compartí la ducha contigo, créeme. Eve le creía; el solo recuerdo la encendía: —No me estoy excusando por lo que ocurrió —contestó Eve—, pero tampoco puedo pretender ser lo que no soy. No puedo manejar la situación que pareces tener en mente, Brett. Es tan sencil o Como eso.


—Fleur me contó que tenías un novio en Inglaterra —comento él—. ¿Qué tipo de relación tenías con él? —Lo amaba. Al menos pensaba que lo amaba, lo cual viene a ser la misma cosa. —Y tienes que amar a un hombre antes de hacer el amor con él —su tono era suave. Su mirada buscó con decisión la de él. —Creo que probé que eso no es necesariamente cierto. Ni siquiera te conozco bien, peto por lo poco que sé de ti, no estoy segura de que me agrade. —No das mucho crédito ni a ti ni a mí. Entonces, ¿qué es lo que no te gusta de mí? —le preguntó él. —Estoy segura que a ti no te importa eso —le respondió ella, con honestidad —. Así que, ¿por qué te molestas en preguntar? Brett rio divertido. —Lograste un punto a tu favor, aunque eres la primera mujer que conozco que es capaz de notarlo. Está bien. No tengo que gustarte. En cuanto a conocerme mejor, bueno… eso toma tiempo. Cortar cualquier contacto entre nosotros, no aceleraré el proceso, de cualquiera manera. —Hay de contactos a contactos —respondió ella, adoptando una posición rígida para mantener la misma línea—. Lo que tienes en mente es demasiado temporal. —¿Quien dijo que esto es temporal? —al decir esto, se levantó de la cama, y se acercó a ella a grandes zancadas, sus ojos volvieron a bril ar, en tanto Eve se sonrojaba. Nº Páginas 48-108


Kay Thorpe – La herencia —Eres una mezcla curiosa —murmuró, ayudándola a levantarse—. Totalmente desinhibida en la cama, pero avergonzada de tu desnudez fuera de el a. Voy a cambiar todas esas cosas, Eve. Voy a disfrutar viendo cómo te deshaces de todas esas inhibiciones que tienes. Resolveremos nuestras diferencias en otra ocasión. Se estaba comportando como una tonta y lo sabía. Sin embargo, eso tenía poco impacto en las emociones que la atormentaban por dentro. Sintió que la toalla se le caía y como el calor y la firmeza del cuerpo de él la envolvían, todo pensamiento coherente la abandonó una vez más. Nº Páginas 49-108 Kay Thorpe – La herencia Capítulo 6 El avión en que venía el abogado desde Orlando l egó poco después de las cuatro, el viernes por la tarde. Alex Shane era un hombre educado, de casi sesenta años, vestía un traje oscuro y usaba lentes sin armazón que iban muy bien con su carrera. Bart lo recibió con muestras de amistad y lo presentó a las dos chicas. —Brett está en los cobertizos en este momento —le informó después de asegurarse de que su huésped estuviera cómodamente instalado, con una bebida fresca en la mano—. Volverá en una hora, más o menos. —Tenemos mucho tiempo —respondió el recién llegado—. Tengo planeado quedarme a dormir. Siempre es bueno escaparse de la oficina un rato. ¡Especialmente si se trata de visitar el Diamond Bar! Tengo un par de cosas que comentar contigo, Bart. Si podemos hablar sobre ello antes de la cena, podré dedicar la mayor parte de la velada a los asuntos del Circle Three.


Esto último lo dijo sonriendo a las dos chicas. Luego prosiguió diciendo: —Tengo el avalúo detallado conmigo, si es que les interesa verlo. No es que sea necesario. Todo lo que necesito es su firma en el Contrato de Venta. ¿Trajeron toda la documentación que les solicité? Eve asintió, consciente del silencio pétreo de Fleur. La atmósfera entre las hermanas había sido tensa en los últimos dos días y Eve no podía hacer nada al respecto. No estaba segura si Fleur ya sospechaba algo de lo que pasaba entre Brett y el a. Y, ¿qué había de su propia actitud? Se puso a reflexionar detenidamente, mientras los dos hombres se enfrascaban en una conversación. Tanto la noche del miércoles como la anterior, Brett había ido a su habitación, haciendo caso omiso de que Fleur durmiera en el cuarto contiguo y persuadiéndola a que ella lo ignorara también. Sin importar cuánto se propusiera Eve terminar con lo que habían empezado, bastaba que él la tocara para que el a se olvidara de sus propósitos. No habían ya hablado del Circle Three, aunque eso no significaba que Brett hubiera cambiado de idea. Alex Shane había llegado preparado para terminar de inmediato la transacción. Eso lo tenía que saber muy bien Brett. Si bien nunca se le había ocurrido que la tía Laura y los Hanson hubieran podido tener el mismo asesor legal, en sí no había nada malo en ello. Una conspiración solo era sospecha en su mente.


Nadie que conociera a Alex Shane pensaría, ni por un momento, en qué fuera capaz de hacer algo sucio, en lo que se refería al ejercicio de su profesión. Lo que tenía que preguntarse era: qué dirección darle a su futuro, Brett la quería ahora, pero, ¿qué pasaría la siguiente semana o el siguiente mes? Le había dicho a Fleur que podían quedarse en la casa del Circle Three, tanto como desearan, aunque quizá Fleur ya no quisiera eso. ¿Podría hacerlo el a sola? Eve no estaba segura. ¿Podría esperar a que Brett la visitara, sin saber cuánto duraría aquello? ¿O estaba siendo demasiado pesimista, respecto al romance? ¿No sería posible que Brett se enamorara de el a con el tiempo? Debía reconocer que si se rehusaban a vender el o la distanciaría de Brett. A Fleur tampoco le haría gracia quedarse en el Circle Three. Quizá acabaría perdiéndolos a los dos. ¿Estaba dispuesta a correr ese riesgo? Nº Páginas 50-108 Kay Thorpe – La herencia La cena fue como siempre, informal y los tres hombres vestían ropa casual: con pantalones vaqueros y camisas. Eve se esforzaba por adoptar un aire de despreocupación, aunque sabía que a Brett no lo estaba engañando ni por un momento. Cada vez que se encontraba con su mirada, él la estaba observando, con la misma sonrisa suave e irónica en los labios, como si pudiera leer su mente. Fue Alex Shane quien sugirió que comenzaran a ocuparse de los asuntos legales y Bart insistió en que utilizaran su despacho para mayor seguridad. Era un sitio únicamente masculino, con el grande y pesado escritorio y cómodas y mul idas sil as, forradas de cuero. Una vez que Eve se hubo sentado, le sonrió a Fleur;


ésta, en cambio, la miró sin expresión alguna en el rostro. Era culpa suya, pensó Eve. Lo menos, que podía hacer por su hermana era brindarle el consuelo del dinero en efectivo. Alex Shane extrajo de su carpeta un legajo grueso y pesado y extendió los papeles con meticulosidad sobre el escritorio. —Pienso que la mejor forma de empezar es resumir la situación. Después de eso, pueden hacer las preguntas que deseen. Se aclaró la garganta antes de continuar: —Las tierras son la parte más valiosa del rancho, aunque el ganado y la maquinaria se pueden vender a buen precio. Al ofrecer mil dólares por hectárea, Brett está siendo más que generoso. Después de todo, las tierras están en su totalidad rodeadas por el Diamond Bar. La única forma en que alguien de fuera pudiera interesarse en la compra del rancho, sería mediante la oferta de grandes ganancias, lo cual no es posible aplicar al Circle Three. —No estoy segura de entender —interrumpió Eve, confusa—. Está usted diciendo que el rancho no es rentable? —Bueno, no. Apenas ha podido mantenerse a flote durante los últimos… — el abogado hizo una pausa, para consultar uno de sus documentos, acomodándose los anteojos— …ocho o nueve años. Hace algún tiempo fue productivo, claro está. Por supuesto, en aquel entonces los precios de las reses estaban por las nubes. Pero dadas las condiciones actuales del mercado es demasiado pequeño para


sostenerse. Su tío continuó operándolo únicamente por el hecho de que había estado en manos de la familia por largo tiempo. Sonrió, antes de continuar: —Y, supongo, un poco también porque le gustaba sentirse propietario de tierras. Podía haber vivido con más lujos, pero no era lo que él quería. Tampoco su tía quiso hacerlo así. Era una pareja muy bien avenida. Ella continuó operando el rancho, con ayuda de los Hanson, en memoria de él y por ninguna otra razón. Incluso cuando l egó a estar demasiado enferma como para tomar un papel más activo, pedía a Bart que repasara con el a los libros de contabilidad todos los meses, para estar segura de que estaban al corriente, como le gustaba ajos que estuvieran, con el objeto de cubrir cualquier déficit en caso que lo hubiese. Algunas personas podrían l amar esa práctica como invertir dinero bueno en el malo. En este punto, el abogado sonrió nuevamente: —Debo confesar que tengo mis dudas en cuanto a justificar estas prácticas. Sus asesores financieros trataron de convencerla infinidad de veces de que Nº Páginas 51-108 Kay Thorpe – La herencia vendiera, hasta que Bart les advirtió que la dejaran en paz. Para entonces, ella ya estaba viviendo en esta casa, así que él podía tener control sobre las llamadas que


el a recibía. Fleur habló por primera vez desde que habían entrado en la habitación y su voz fue casi un murmullo: —¿Quiere decir que hay más dinero en este asunto, aparte del que puedan valer las tierras? —Esa es una forma muy simple de decirlo —respondió el abogado—. Supongo que, esencialmente, eso es correcto. Tiene que darse cuenta, desde luego, de que ese capital está comprometido en diversas inversiones muy diferentes. Todo está aquí, si es que le interesa saberlo. Los contadores no aconsejan ningún cambio en el presente, aunque, desde luego, estarán en contacto con ustedes para discutirlo. Después de la deducción de impuestos, su ingreso será de aproximadamente… — una vez más hizo una pausa para consultar un documento… cuatrocientos ochenta mil dólares al año. Doscientos cuarenta mil para cada una. Eso sin tomar en cuenta el capital proveniente de la venta de las tierras. Si eso también se invirtiera. Hizo una pausa, para mirarlas y luego dijo: —Todo lo que puedo decirles es que ustedes serían unas damas muy ricas. El silencio que reinó al término de sus palabras podía palparse. Eve permaneció inmóvil, demasiado sorprendida como para asimilar lo que acababa de


escuchar. —¿Por qué nosotras? —preguntó de repente—. ¡La tía Laura ni siquiera nos conocía! —Ustedes eran las únicas parientes que ella tenía —explicó el abogado—. Siempre lamentó no haberse mantenido en contacto más estrecho con su familia. Una vez me dijo que solo la gente joven sabe disfrutar del dinero. Yo no estaba de acuerdo con eso, pero sus convicciones eran firmes. —¡Sé exactamente a qué se refería! —exclamó de pronto Fleur, sentada en el borde de su asiento, con los ojos brillantes y el rostro encendido—. Puedes hacer lo que quieras con el rancho, Eve. ¡Creo que podré arreglármelas bastante bien con el resto! ¿Cuánto tiempo tomará? —¿Para que pueda comenzar a gastarlo? —había una pizca de ironía en la pregunta del abogado—. Nada. Todo lo que necesito es la firma de las dos, más la notarización de sus actas de nacimiento. Ya he hecho arreglos para abrir cuentas en el banco de Leesvil e, para hacerse cargo de los gastos inmediatos. El gerente las espera en la mañana para que se identifiquen. —Usted nunca mencionó nada de esto en sus cartas —observó Eve, aún no recobrada totalmente—. Teníamos la impresión de que el rancho era todo lo que había. —Mi primera carta tenía solo la intención de informarles sobre una herencia


— respondió el abogado con tono suave—. Mencioné la oferta que se les hacía por la tierra por ser una cantidad concreta de la que podía hablar en ese momento. Después de su l amada y de saber que vendrían, era obvio que todo sería más sencillo si hablábamos personalmente. Nº Páginas 52-108 Kay Thorpe – La herencia —¿Qué importa, de cualquier modo? —preguntó Fleur, queriendo dar por terminada la explicación—. ¿Qué importa cualquier cosa ahora? ¿Estaría incluyendo a Brett dentro de ese "cualquier cosa"? Se preguntó Eve. Así lo esperaba, aunque solo fuera por tranquilizar su conciencia. —Acerca de la tierra —sondeó el abogado, casi como si le hubiera leído el pensamiento—, ¿me equivoco o existe una diferencia de opinión, respecto a la venta? —Eve quiere vivir en el rancho y administrarlo el a misma —interrumpió Fleur, antes que Eve pudiera contestar—. Yo no estaba de acuerdo antes de saber lo que sé ahora, pero… Hizo una pausa, encogió los hombros y sonrió. —…si eso es lo que quiere hacer, no voy a oponerme a ello. Los ojos del abogado, detrás de sus anteojos, se clavaron en el rostro de Eve. —¿Se da usted cuenta de que tendrá que seguir subsidiando el rancho con su propio dinero? —Sí —replicó y su voz sonó muy lejana—. Sí, me doy cuenta.


—Pero quiere seguir adelante… —Sí. Esta vez, su tono fue más firme. —Por un tiempo, al menos —añadió, volviéndose a ver al abogado—. Sé que debe parecerle muy extraño, pero debo hacerlo. Este encogió los hombros en un gesto filosófico. —No es más extraño que muchos otros planes que conozco. Puede costearlo. ¿Por qué no? —cambió el tema—. Hay un par de detalles menores que debemos resolver antes de terminar. Por ejemplo… Eve escuchó muy distraída, preguntándose cómo iba a decirle a Brett que él no iba a obtener las tierras que tanto deseaba. Vivir sin él no iba a ser fácil, pero, ¿cuánto hubiera durado, de todas maneras? La decisión que pensaba tomar tenía una base, un sitio en el cual echar raíces. Fleur, sin duda alguna, querría viajar y ver el resto del país, si es que no el mundo, pero también necesitaría un sitio al cual regresar periódicamente. El Circle Three estaría esperándola. Bart estaba viendo la televisión solo cuando regresaron a la sala. Apagó el aparato y giró su silla, recorriendo con la mirada el rostro radiante de Fleur y la palidez relativa de Eve, con cierta comprensión. —Brett fue al dispensario —les informó—. Tuvieron que llamar al veterinario para que atendiera un becerro enfermo. ¿Alguien desea un trago? Eve aceptó un brandy. Lo necesitaba para aplacar sus nervios. —¿Cuándo podremos mudarnos al Circle Three —le pregunto a Alex Shane instantes más tarde.


—Tan pronto como lo deseen —fue la respuesta de éste. Creo que la casa requiere su atención. Nº Páginas 53-108 Kay Thorpe – La herencia —Wade Connors comentó que alguna de las esposas de los peone podría ayudar con la limpieza. Sonrió con simpatía en dirección de Bart, antes de proseguir: —Por favor, no, piense que no estoy agradecida por su hospitalidad. Fue usted muy amable de recibirnos. —He disfrutado de su compañía —respondió él, haciendo una pausa para observarla, con expresión extraña—. Espero que vengan de visita con frecuencia. —Desde luego —respondió ella—. Vamos a estar a solo unos kilómetros de aquí. —¡Yo no! —exclamó Fleur, con plena satisfacción—. Pienso volar a Miami y comprarme ropa fenomenal y luego embarcarme en un crucero por el Caribe. ¡Para empezar! Ahora puedo vivir el tipo de vida que solo conocía por las novelas y nadie va a convencerme de lo contrario. ¡Todo será maravilloso! Eve miró a Bart y calló las palabras que temblaban en sus labios. Bart tenía razón, desde luego. Fleur tenía la edad justa para cometer sus propios errores. Brett no regresó a la casa sino hasta después de las once. Parecía cansado y su camisa se le pegaba en el pecho y en la espalda por el sudor.


—Perdimos el becerro —anunció brevemente—. Mike vendrá en la mañana para hacerle una autopsia. Si se trata de lo que pensamos, tendremos que vacunar a todo el ganado. Su mirada se detuvo un instante en Eve, antes de pasar a Alex Shane. —Siento haberme ausentado. ¿Vas a quedarte el fin de semana? —No tengo ningún otro asunto que atender por el momento —te puso el abogado sonriendo. —¡Qué bien! Voy a retirarme a descansar. Mañana podría ser un día difícil. Ninguno de los demás se quedó mucho tiempo. Fleur se fue a su habitación, flotando entre las nubes. Eve, después de ducharse y ponerse el delgado camisón de algodón, abrió una ventana, al tiempo que apagaba el aire acondicionado. La lluvia que había caído trajo luego fragancias nuevas que deleitaban el olfato y refrescaban la atmósfera. Se hal aba todavía de pie frente a la ventana cuando la puerta se abrió. Brett volvió a cerrarla, en el instante en que ella se volvía. Llevaba puesta la corta bata de seda negra que constituía su única prenda de alcoba y estaba descalzo. —Es hora de que las chicas buenas estén en la cama durmiendo —dijo con suavidad. —Pensé que te habías retirado a dormir —le respondió sin moverse—. No esperaba que vinieras. Él sonrió suavemente: —No podía dormir. Tanto así me has cautivado. Ven y satisface mis más bajos instintos —murmuró—, como solo tú sabes hacerlo. —Brett, hay algo de lo que debemos hablar —repuso Eve, luchando contra el deseo que empezó a invadirla—. Quizás no quieras…


Nº Páginas 54-108 Kay Thorpe – La herencia —Si tratas de decirme que no vas a venderme el Circle Three, no te molestes —le interrumpió él, en tono seco—. Tu rostro lo reveló todo cuando regresé del dispensario. ¿Qué tiene que ver eso con lo nuestro? Ella lo estudió, confusa, tratando de leer lo que pasaba por su mente. —¿No te importa? —Claro que me importa. Todavía quiero esas tierras pero todavía hay tiempo. Las situaciones pueden cambiar. La gente puede cambiar… —contestó, mientras le acariciaba el cuel o. ' O ser cambiadas' , pensó ella para sí. Levantó las manos y tomó las de él, deteniendo sus caricias. —No funcionará, Brett. No me importa si tiene o no sentido, pero voy a mantener el rancho operando. Siento que la tía Laura te haya dado falsas esperanzas, pero creo que ella en el fondo, nunca deseó hacer otra cosa o hubiera hecho algo para cambiar la situación. —¿Piensas que lo dijo solo por mantenerme contento? Su mirada no perdió firmeza cuando Eve le contestó: —Sí. —Eso ya es mejor que ser llamado mentiroso. ¿Algo más que quieras decirme antes de pasar a cuestiones más importantes? Eve negó con la cabeza y el alivio la inundó.


—Pensé que esto terminaría con nuestra relación —confesó. —Pero tenías pensado continuar con lo que habías decidido, de todos modos —había algo de sequedad en su voz—. Quizá no has estado obteniendo todo lo que has querido en este último par de días… —No crees eso realmente —dijo ella, sonriendo con el recuerdo de todo lo sucedido entre ellos—. Sabes muy bien lo que puedes hacerme sentir. —¿Por qué no intentas convencerme de lo que te hago sentir de alguna forma tangible. Muéstrame lo que te hago sentir, Eve. Sus dedos exhibieron algo de torpeza al deshacer el nudo del cinturón de su bata y deslizarse por sobre la firme piel de él, con tal sensualidad que hizo brotar de los labios de Brett un leve gemido. Despojarla del camisón fue solo cuestión de segundos. Eve, sin pensarlo dos veces, se aproximó a él, hasta que Brett no pudo resistir más y suavemente la empujó hacia el suelo. —¡Que Dios me ampare! —gruñó él, cuando la habitación cesó de dar vueltas a su alrededor—. ¡Aprendes demasiado rápido! Demasiado rápido, tuvo que reconocer Eve, experimentando el súbito y deprimente regreso a la realidad. Sus emociones eran demasiado profundas como para cortarlas sin sentir dolor. Todo lo que podía esperar era que Brett cayera en la misma trampa con el tiempo. Nº Páginas 55-108


Kay Thorpe – La herencia La bienvenida del gerente del banco fue respetuosa, sin ser demasiado efusiva, lo cual daba a entender que las cuentas grandes no eran algo con lo que no estuvieran familiarizados. En pocos minutos, disponían ya de cuentas de cheques y de una abundancia de tarjetas de crédito, que habían sido ya tramitadas a su respectivo nombre. Había pocas transacciones en efectivo en los E.U.A., la mayoría de las compañías preferían cuentas apoyadas por una fuente de confianza. Una vez de regreso en la cal e, Alex Shane miró las nubes que se estaban reuniendo en el horizonte occidental y calculó que contaban con un par de horas antes que comenzara a l over. Suficiente tiempo, dijo, para ver la casa del rancho y buscar quién les iba a ayudar con la limpieza. El conocimiento de que Eve ya había visitado la propiedad, no provocó ninguna reacción de censura de parte de Shane. —No hay ninguna razón por la cual no hubiera debido ir sola —comentó él con ligereza—. La ley no es tan rígida. —Brett parecía pensar diferente —añadió Fleur, mientras se volvía a subir a la camioneta—. Nos advirtió que no debíamos ir a la propiedad antes que usted llegara. El abogado le sonrió a través del espejo retrovisor. —Quizá no se sentía complacido con la situación en ese momento. —Póngase en su lugar: había dado por hecho que Laura cumpliría su palabra.


Eve preguntó con suavidad: —Realmente consideró el a alguna vez incluir esa cláusula en el testamento? Alex dudó, antes de responder: A decir verdad hablaba de el o. Si bien nunca llegó a realizar nada concreto. Eso es todo. Al final, estaba demasiado enferma para pensar en asuntos legales, aunque murió pacíficamente gracias al cuidado que recibió de todos. Estaba muy contenta de vivir con los Hanson. Les tenía confianza. Ahora fue el turno de Eve para sonreír. —No tiene que subrayar ese hecho. Quizá haya yo albergado sospechas en cuanto a sus motivos cuando acababa de l egar, pero las cosas no estaban muy claras. —Quiere decir —dijo Fleur, con tono de malicia en su voz desde el asiento de atrás—, que no sentía lo mismo por Brett cuando acabábamos de l egar. Las cosas han cambiado ahora, ¿no es así, Eve? Consciente de la mirada de Alex fija en ella, Eve intentó mantener la compostura. —Creo en lo que él me dice, es cierto —asintió—, y no tuve razón para reaccionar de la forma en que lo hice. —Todos cometemos errores —comentó Alex, poniendo en marcha el vehículo —. Reconocerlo es lo importante. Fleur no volvió a hablar en el camino al Circle Three, permitiendo así que Eve analizara en silencio hasta qué punto estaba emocionalmente comprometida con Brett. La noche anterior, pensar en todo ese dinero había ocupado su mente por completo, pero esta mañana, habiendo asimilado parte


de la impresión, podía Nº Páginas 56-108 Kay Thorpe – La herencia considerar sus sentimientos. Cuanto más pronto se aclararan las cosas entre ellas, sería mejor, pensó Eve, aunque no estaba segura de por dónde debía empezar. No podía aceptar lo que sentía por Brett ni siquiera ante Fleur y, sin embargo, no reconocerlo convertía su romance en una unión temporal, puramente física por ambas partes. Comenzó a l over antes de lo que Alex había calculado. Cuando llegaron a la casa, detuvo el auto tan cerca de la puerta como pudo, bajó del vehículo con una agilidad sorprendente en un hombre de su edad y saltó por encima del ancho escalón del porche para insertar la llave en la cerradura de la puerta de entrada. —Más vale que corran, si no quieren quedarse en el coche media hora, esperando a que la lluvia amaine. Pueden familiarizarse con la casa entre tanto. Las dos chicas se deslizaron de sus asientos al mismo tiempo, azotando las puertas del vehículo y atravesaron corriendo el terreno abierto, l egando a la protección que ofrecía el techo del porche, mojadas y riendo. —Al menos es lluvia —dijo Fleur, sacudiéndose las gotas de agua del cabello. —Y es raro que dure mucho —agregó el abogado—. El sol volverá a salir antes que se den cuenta. —No tiene que convencernos del clima —respondió Eve, con una sonrisa—. Ya estamos más que convencidas… por lo menos, yo lo estoy. No hubo respuesta por parte de Fleur, quien se había adelantado y entrado ya en la casa. Eve la siguió y Alex entró al último, observando los muebles cubiertos


con sábanas y las ventanas encortinadas de la amplia sala situada al final del pasillo. Se percibía una calidad inmóvil en el sitio, una sensación como de tiempo suspendido. Una mujer que ella no había conocido, había vivido, amado y reído aquí y sin duda alguna, incluso llorado. Casi podía sentir su presencia. No como algo opresivo, sino como algo amigable y cálido. —No creo que sean necesarias demasiadas reparaciones para hacer el sitio habitable —declaró el abogado, atravesando la sala para descorrer unas cortinas doradas, de seda, que cubrían las puertas de vidrio que iban del techo al suelo—. Por fortuna, no estará vacía durante la temporada húmeda del verano. Es la época en que más se deterioran las casas. Fleur lo había seguido, asomándose a través del vidrio para ver con deleite el área de jardín con senderos pavimentados. —¡Una piscina! ¡Nunca me dijiste que había una, Eve! —No vi la parte posterior de la casa —respondió Eve—. Wade me mostró solo las edificaciones externas y me habló del trabajo en general. —Debe ser increíble poder nadar cuando uno quiera. —Así lo pensaba Laura también —reconoció Alex, sonriendo al ver su reacción —. Nosotros apenas si sentimos el calor, pero el a nunca se aclimató del todo a los veranos de aquí. Vengan a ver el resto de la casa. No es tan grande como la


de los Hanson, pero Jos se tomó ciertas libertades en el diseño cuando reconstruyeron la casa original y no era mal arquitecto. Eso era fácil de comprobar. Desde las cuatro habitaciones, cada una de el as con cuarto de baño y armario-vestidor, pasando por la espaciosa y bien equipada Nº Páginas 57-108 Kay Thorpe – La herencia cocina, hasta las áreas de la sala y el comedor que tenían vista de la piscina, así como de los jardines de la parte posterior, toda la casa se veía inmaculada. Se respiraba una agradable atmósfera. Incluso Fleur tuvo que aceptar eso. Se podía sentir que la gente que había vivido en el lugar había sido feliz al í. —La tomamos —dijo Eve, tan pronto como estuvieron de regreso en el corredor central—. ¿Nos podremos mudar pronto? —Eso depende de ustedes —contestó Alex—. Necesitan hacer las camas, desde luego y hay mucho polvo, a pesar de que los muebles han estado cubiertos con sábanas. No creo que tengan dificultades en encontrar personal. Laura insistía en cocinar el a misma, pero quizá ustedes piensen de otra manera. —A mí me agrada cocinar —declaró Eve—. Sin embargo, sí me gustaría contar con alguien para la limpieza. También… Al l egar a ese punto se interrumpió, pues advirtió que había una sombra en el quicio dé la puerta. Cuando vio al hombre alto y rubio parado en el umbral, sonrió. —¡Hola! ¿Cómo está? Wade Connors también sonreía. Tenía una mano apoyada en la cintura.


—Vi el auto. Pensé que tal vez necesitarían ayuda. ¿Todo bien? —Perfecto —repuso Fleur, con suavidad, antes que Eve pudiera responder, deliberadamente atrayendo su atención—. Todo está perfecto. Los ojos de Fleur estudiaban los bien parecidos rasgos de Wade. —Usted debe ser Wade. Yo soy Fleur Brockley. Él sonrió con un bril o en los ojos de franca admiración. —Gusto en conocerla, señorita —y con un tono de voz que imitaba el acento de una famosa estrella de cine, añadió—: si necesita cualquier cosa, l ámeme. —Como ya terminó de l over —repuso el a—, ¿por qué no me l eva a conocer los alrededores? Después de todo, Eve ya lo vio todo antes. —Será un placer —respondió Wade, buscando la mirada de Eve—. Contraté a Jenny Hackney y Marnie Grayson para la limpieza. Pueden venir con regularidad si así lo desea. —Me parece muy bien —asintió Eve. La actitud de Fleur ante este hombre era, de hecho, un alivio. Si es que todavía sentía algo por Brett, Wade Connors la ayudaría a olvidarlo. Su entusiasmo, desde luego, no duraría más de lo que generalmente duraban todos sus caprichos. Por otra parte, existían bastantes probabilidades de que Wade la atrajera lo suficiente como para hacerla olvidarse de Miami y del crucero, por algún tiempo. Ella sola, sería una


presa fácil para cualquier cazador de fortunas bien parecido que se cruzara por su camino. Eve y Alex Shane visitaron las instalaciones cercanas, deteniéndose a charlar con un par de hombres, que trabajaban en los graneros, asegurándoles que no habría recorte de personal. —Es su dinero —manifestó Alex en más de una ocasión—. Su ingreso puede resistirlo. Claro que se debe tratar de algo que usted realmente quiera hacer. Nº Páginas 58-108 Kay Thorpe – La herencia Eve le aseguró que así era. Si aún abrigaba alguna duda en su mente, era debido a que podía esperar un momento en el cual Brett no podría anteponer par más tiempo la relación que sostenían a sus ambiciones. Ya cruzaría ese puente cuando llegara a él, se dijo, sabiendo que solo estaba retrasando lo inevitable. Nº Páginas 59-108 Kay Thorpe – La herencia Capítulo 7 Paso una hora o quizá más, antes que Wade trajera a Fleur de regresó adonde los otros dos la estaban esperando en el auto. —Les pido una disculpa por la demora —dijo él sin asomo de preocupación —. Nos quedamos charlando y el tiempo se nos fue volando. —Realmente lo disfruté mucho —añadió Fleur, mirándola Eve con una expresión ligeramente abochornada—. Creo que en verdad deseo vivir en este sitio.


¡Es formidable! Wade estaba sonriendo: —¿Cuándo las esperamos? —preguntó. —¿Qué les parece mañana? —respondió Eve—. Somos muy eficientes, cuando se trata de poner las cosas en buen estado. —Hablas por ti —dijo Fleur—. ¡Lo primero que voy a hacer en cuanto llegue será meterme en esa preciosa piscina! Su mirada se dirigió hacia Wade, con un brillo súbito: —¡Tendremos una fiesta en la piscina, aprovechando que es fin de semana! ¡Todo mundo está invitado! Podemos asar carne en la parrilla del jardín. —Mandaré a uno de los muchachos al pueblo hoy por la tarde —prometió Wade—. De cualquier forma, la cocina necesita varias cosas. Allí estaremos, señorita. —Fleur —interrumpió el a—. Te pedí que me l ames Fleur. —Así lo haré —respondió él, saludando con la cabeza a Eve—. Las veré mañana por la mañana entonces. Pondré a las muchachas a trabajar en este mismo momento. —¡Es un hombre fuera de serie! —exclamó Fleur, en cuanto el auto hubo arrancado—. ¡Con una cara como la suya debería estar haciendo películas! —Las caras como la de él son el pan de cada día en Hol ywood —señaló Alex con sequedad—. De cualquier forma, su vida está aquí, en el Circle Three. —No sería así si Brett se saliera con la suya —vino la respuesta de la parte trasera del auto, en tono frío—. Wade dice que estaba planeando arreglar toda


el área para pastura, incluyendo la casa. "Wade dice" era una frase que iban a escuchar muy a menudo, de ahora en adelante, sospechó Eve, hasta que Fleur se aburriera de Wade. —No puedo creer tal cosa —comentó Eve, con suavidad—. Brett no destruiría un sitio tan bonito solo para poder contar con unos cuantos cientos de metros de pastura de más. —Hace no mucho tu pensabas, que era capaz de hacer cualquier cosa — respondió su hermana inmediatamente. —Quizá las primeras impresiones son las que cuentan —añadió, después de una pausa. Nº Páginas 60-108 Kay Thorpe – La herencia Eve se volvió en su asiento, para ver a su hermana. —¿Quieres decir algo con eso? —Depende de la forma en que lo mires —replicó Fleur, sin intimidarse ante la brusca pregunta—. Me enteré de un par de cosas acerca del amigo Brett esta mañana. —Connors no es lo que se podría considerar un testigo sin prejuicios — interrumpió Alex, un tanto incómodo—. Si él y Brett han tenido sus roces, debe ser por buenas razones. —De eso no tengo dudas —respondió Fleur—. Wade sabe algo que a Brett le gustaría mantener en secreto. Esa es una magnífica razón. —Creo que debes dejar de meterte en esos asuntos —le aconsejó Eve—.


Cualquier cosa que haya ocurrido entre los dos es asunto de ellos y de nadie más. —Quizá cambies de opinión cuando escuches la historia —replicó Fleur, con indiferencia. —No me interesa escucharla —replicó Eve, sin disimular la ira—. ¡Deja ese asunto en paz! ¿Quieres? Fleur se quedó cal ada y una vez más una expresión petulante curvó su bel a boca. ¡La gente no debía hablarse en ese tono, especialmente su hermana! Consciente de lo tenso de la atmósfera, Eve hizo un comentario en tono normal a Alex, acerca de la casa que acababan de abandonar, con el fin de cambiar el tema. A pesar de su advertencia a Fleur, le resultaba difícil no pensar en el asunto. Si Wade Connors sabía algo que molestaba a Brett, entonces su trabajo no peligraba. El hecho de que le había contado algo a Fleur era obvio, aunque posiblemente ella estuviera exagerando las cosas. Brett no podía ser perdonado por Fleur, pues no le había seguido su juego. Quizá lo mejor sería manejar el asunto escuchando lo que Wade había contado a su hermana, y luego tratar de poner las cosas en regla. Por experiencias pasadas, sabía que dejar las ideas obstinadas de Fleur, siempre significaba problemas! Llegaron al Diamond Bar a tiempo para la comida. Brett estaba ausente, pero Bart les informó que la amenaza de epidemia era remota. Recibió la noticia, de que


pensaban cambiarse de casa inmediatamente, con poca alegría, pues había disfrutado mucho de su compañía, confesó a Eve. —Pero estaremos a solo unos kilómetros —apuntó el a—. Montaré con regularidad en cuanto consiga un caballo adecuado, así que vendré varias veces a la semana. —Laura tenía una yegua a la que quería mucho —apuntó Bart—. Hasta donde yo sé, todavía está entre los animales del rancho. Quizá sea un poco difícil para alguien que no sabe montar, sobre todo si la han dejado libre en los pastizales todo el año pasado. Quizá sería buena idea comenzar con otro cabal o. —Lo pensaré —dijo Eve, a quien le agradó la idea. Tal y como Alex había dicho, el sol estaba tan fuerte —como siempre, incluso después de la lluvia. Eve tomó una revista y fue a la terraza posterior después de la comida, esperando que Fleur la siguiera. Nº Páginas 61-108 Kay Thorpe – La herencia No se equivocó. Su hermana l egó quince minutos más tarde, dejándose caer en una larga silla de bambú, con un suspiro de placer. —No tendré problema alguno para adaptarme a este tipo de vida —declaró —. No hay que lavar la ropa ni hacer las camas. ¿Y cuándo había tenido que hacer tales cosas? se preguntó Eve, sonriendo para sí. Claro que había sido culpa de ella, pero era más fácil hacerlo todo, que estar


detrás de una persona para que lo hiciera. —Si tienes algo que decirme —comenzó Eve—, será mejor que lo hagas de una vez y te quites ese peso de encima. —¡No me trates como a una niña, Eve! —protestó Fleur. —Lo siento —respondió Eve arrepentida—. ¿Es tan importante? —Sí, lo es. Creo que tú creerás lo mismo después de oírlo —estaba un poco más tranquila, pero aún a la ofensiva—. Tu precioso Brett no es lo que tú crees. —También fue tu precioso Brett, durante un par de días —señaló Eve con suavidad—. ¿Estás segura de que no hablas por resentimiento? —¿Por qué encontraste una forma de escurrirte hasta él? —preguntó Fleur, negando con la cabeza—. Me di cuenta de la clase de hombre que era antes de eso. Es un fraude total. ¡No le importa nada que no sea su persona y lo que él desea! —¡Mantén baja la voz! —le rogó Eve, bajando la voz, pues se dio cuenta de que las ventanas, estaban abiertas y que podían oír lo que hablaban en el interior de la casa—. Estás haciendo acusaciones muy serias basándote en lo que te contó un hombre que apenas acabas de conocer. —Wade no quería decírmelo. Tuve que sacárselo. "¿Y quién sacó el tema a relucir?", se preguntó Eve en silencio y en voz alta dijo: —Continúa. Sopesemos la evidencia para poder juzgar la situación objetivamente, como dicen en los tribunales.


La broma no causó gracia a Fleur ya que, obviamente, tenía pensamientos muy serios al respecto como para haber perdido su sentido del humor. —¿Qué pensarías de un hombre que tuvo una aventura con su propia madrastra? —preguntó lentamente Fleur. La pausa fue larga y tensa. Eve podía escuchar el canto de un pájaro en los matorrales, pero el sonido parecía venir de muy lejos. Cuando por fin encontró la voz para poder responder, ésta le pareció la de una extraña. —No lo creería —respondió sin emoción en la voz. Fleur encogió los hombros. —Allá tú. Pero es muy difícil ignorar la evidencia visual. —¿Qué quieres decir? —Que Wade los vio juntos. Nº Páginas 62-108 Kay Thorpe – La herencia —Así que los vio juntos —repitió Eve, tratando de mantener un punto de vista racional—. Y eso, ¿qué prueba, además del hecho de qué se l evaban bien y disfrutaban de su mutua compañía? —¿Te estás haciendo la tonta a propósito? —dijo su hermana, impaciente—. ¡Los vio juntos! ¡Haciendo el amor, si quieres que te lo explique mejor! —No necesito explicaciones. Podría estar equivocado —repuso Eve mecánicamente. —No, dadas las circunstancias. Habían salido a montar y Wade casi se


tropezó con ellos, en la hierba cercana al río. Brett le ha tenido un profundo rencor a Wade desde esa ocasión, inclusive trató de poner a la tía Laura contra él. Por fortuna, ella le tenía suficiente afecto como para no escuchar a Brett; Wade era como un hijo para ella. —Esa es la opinión de él, no la de ella —respondió cortante Eve—. Pero está bien. Acepto esa opinión. Es la impresión que me dio cuando hablé con él por primera vez. —¿Y aceptas que Wade no es el tipo de hombre que inventaría una historia semejante? —insistió Fleur. Eve negó con la cabeza. —Sobre eso, no sé qué decir. Convengo que no parece ser la clase de persona que lo haría —respondió, rehusándose a aceptar algo que no le constaba—. Quizá se equivoca. Podrían haber estado sentados, conversando. —¡Vamos! ¿No creerás eso? Estaban casi desnudos. Wade dice que Brett trataba de seducirla, porque el a luchaba por soltarse. —Eso no es más que una suposición. No es posible que Wade sepa lo que pasaba por la mente de ella en ese momento, a menos que le hubiera preguntado. —No creo que lo haya hecho. No le agradaba. —Quizá él también intentó tener una aventura con el a y lo rechazó. —¡No! —respondió Fleur, sonrojándose—. ¡No tienes ningún derecho a decir eso!


Hubo una breve pausa, antes que Eve contestara: —Sí. Tienes razón. No la tengo. Sin embargo, se trata de la palabra de un hombre contra la de otro. —Si Brett lo niega, así es —repuso Fleur, haciendo una pausa deliberada antes de preguntar—. ¿Te atreverías a preguntárselo? —Yo no tengo por qué preguntarle semejante cosa. —Si tú no tienes por qué hacerlo, entonces no veo quién —replicó Fleur, con una sonrisa maliciosa—. Después de todo, se trata de tu amante. Clavando la mirada en Eve prosiguió diciendo: —¿Acaso pensabas que yo no lo sabía? Lo he escuchado en tu habitación por las noches. La ola de calor que invadió a Eve era abrumadora: Nº Páginas 63-108 Kay Thorpe – La herencia —¿Has estado escuchando? —No intencionalmente. Las paredes aunque gruesas, no acallan las voces. Solo deduje que no charlarían de forma amigable a las dos de la mañana — aquí, Fleur hizo una pausa, estudiando el rostro de su hermana con cierta satisfacción —. No te condeno por el o, aunque no esperaste mucho. ¡Ha de ser magnífico en la cama! —Eso no es asunto de tu incumbencia. —Tampoco el otro asunto es de tu incumbencia, si lo quieres ver así — repuso Fleur de inmediato, sin mostrarse perturbada—. Es un asunto que te


concierne a ti, a menos que no te importe lo que Brett haya hecho antes de conocerte. Después de todo, ¿qué es una madrastra o dos? No creo que fuera mucho mayor que él. Hay hombres que no pueden resistirse a las mujeres mayores, según dicen. Pero eso no te da muchas esperanzas, ¿no es verdad? Al llegar a ese punto, cal ó y su expresión sufrió un cambio súbito. Cuando volvió a hablar, lo hizo para pedir una excusa: —Eve, lo siento. No debí decir eso. Solo pensé que debías saberlo. Eso es todo. Lo que hagas es asunto tuyo, desde luego. —Gracias —respondió Eve, con una rígida sonrisa—. Tendré que pensar acerca de ello. Se puso de pie, sintiendo que le temblaban las piernas. —Voy a comenzar a empacar. Saldremos de aquí después del desayuno si es que vamos a dar esa carne asada que prometiste. Eve llegó a su habitación sin encontrarse con nadie, lo cual le dio un respiro. Sus maletas estaban en la parte posterior del armario-vestidor. Las sacó y las abrió sobre la cama, y empezó a meter sus cosas con sumo cuidado. ¿Sería cierto?, se preguntaba ella. ¿Era Brett el tipo de hombre capaz de seducir a la esposa de su padre a espaldas de éste? No parecía posible, por lo que sabía de él. Pero ¿qué era lo que sabía de Brett? Con el solo instinto se podía equivocar, como ya había tenido ocasión de comprobar otras veces. La única forma de saber la verdad, era haciendo lo que Fleur le había sugerido: preguntarle. Y contar con que él estuviera dispuesto a responder. Y, ¿si fuera cierto?


¿Podría el a seguir sintiendo lo mismo por él? No lo sabía. En ese momento no experimentaba ningún sentimiento. No lo vio antes de la hora de la cena. Sentada justo frente a él, le costaba mucho trabajo disimular. Fleur miraba a ambos con interés, asumiendo una expresión amable cada vez que se encontraba con la mirada de Brett. La noticia de que las dos tenían pensado irse al Circle Three, la mañana siguiente, solo provocó una ligera respuesta de parte de Brett, lo que acabó por desplomar el estado de ánimo de Eve. Quizá él hasta tenía pensado terminar con el romance en ese mismo momento, aunque no era lo que le había dicho la noche anterior. Algo, sin embargo, era cierto: la pérdida de su presencia inmediata no le iba a lastimar demasiado a él. Ella podría seguirlo viendo, pero sería cuando él quisiera. Como Alex Shane aún estaba en la casa de los Hanson, no hubo oportunidad de estar a solas con Brett durante la velada. Todos se reunieron en la terraza, para Nº Páginas 64-108 Kay Thorpe – La herencia gozar del fragante aire nocturno, amenizados en los momentos de silencio por el sonido de una guitarra que provenía de las casas móviles, donde seguramente se celebraba otra reunión. —Es hora de que nosotros organicemos una fiesta —apuntó Bart, inesperadamente—. Las carnes asadas del Diamond Bar eran legendarias anteriormente. Se volvió para mirar a su hijo, antes de agregar: —¿Qué te parece la idea?


—Muy buena —respondió Brett—. ¿Cuándo quieres hacerla? —¿Qué te parece el próximo fin de semana? ¿Puedes volver a venir, Alex? —Te prometo que voy a intentarlo —respondió el interpelado—. Hace casi tres años desde la última vez que… En este punto, se interrumpió, como temeroso de haber cometido una indiscreción. —Bueno, hace mucho tiempo —dijo, encogiendo los hombros. Bart terminó la frase por él, en tono indiferente: —La última vez fue justo antes de mi accidente. Desde entonces, no he sentido deseos de socializar, pero es tiempo de volver a empezar. El próximo fin de semana. María y José organizarán todo, como siempre. —¿Estaremos invitadas? —preguntó Fleur, con ingenuidad, recibiendo una sonrisa benevolente. —Ustedes serán las invitadas de honor. ¡Todos los hombres, desde los dieciséis a los sesenta se volverán locos! —Con que se vuelvan locos los que tengan entre veintiséis y treinta me basta —replicó el a con vivacidad. Eso lo había dicho por Wade Connors, pensó Eve. Pero habría que ver si Connors era invitado. Y seguramente Fleur no había pensado en ello. Alex se tapó la boca para esconder un bostezo: —Considerando lo poco que he hecho hoy, no me explico por qué no puedo mantener los ojos abiertos. Espero que a nadie le importe si me retiro a dormir.


—Yo estaba pensando en lo mismo —subrayó Bart—. Pero no dejen que eso los desanime a ustedes tres. Son solo las diez y media de la noche. Fleur buscó la mirada de su hermana para decirle: —Todavía debo empacar algunas cosas. Supongo que estarás por aquí en la mañana, ¿no Brett? —Me imagino que sí. Después de todo no se irán muy lejos. —Solo estoy tratando de ser educada —replicó ella, molesta por el tono indiferente de Brett—. Gracias por acogernos en tu casa. —Fue un placer —contestó Brett. Nº Páginas 65-108 Kay Thorpe – La herencia Reinó un pesado silencio en la terraza, en tanto Fleur se alejaba. Eve miraba fijamente en dirección de donde venía la luz de las fogatas, cerca de la doble fila de casas móviles. —Parece que se están divirtiendo —comentó, cuando no pudo soportar más el tenso silencio—. ¿Celebrarán algo en especial? —No. Pero es sábado en la noche —dijo él, en tono perezoso—. ¿Quieres ir? —¿No les importará? —inquirió Eve. —¿Por qué habría de importarles? Cualquiera que quiera ir es bienvenido. Decide tú, a mí me da lo mismo. Eve aceptó casi sin pensarlo. —Está bien. Vamos.


Brett se levantó y bajó el escalón, esperando a que ella lo alcanzara. No hizo intento de tocarla, mientras atravesaban el jardín, Solo caminó a su lado, como una sombra oscura. —Nunca mencionaste que había una piscina en la casa del Circle Three — dijo Eve, después de un momento—. ¡Fleur está entusiasmada! —Fleur es una extremista en todo —replicó él, con sequedad—. Nunca se me ocurrió mencionarles la piscina. No me interesaba venderles la casa. —No, claro que no —respondió el a, mordiéndose el labio. —¿Por qué no me dices lo que estás pensando? —le preguntó Brett sin cambiar el paso. Su pregunta fue demasiado rápida. Eve la evadió, respondiendo: —¿Qué te hace pensar que estoy pensando en algo especial? —Mi sexto sentido —gruñó él. Se volvió a mirarla en cuanto se percató de que ella no iba a responderle. Luego, agregó: —¿Me lo vas a decir o prefieres que insista? Ella se volvió a verlo, cuando notó la tensión de su quijada: —Parece como si ya supieras en lo que estoy pensando —murmuró, para ganar tiempo. —Quizá tenga una idea —reconoció él—. Viste a Connors el día de hoy. Solo hay una historia que pudo haberte contado que te haría reaccionar de la forma en que lo estás haciendo. Eve negó con la cabeza.


A mí no me contó nada. Le mostró a Fleur los alrededores y charlaron sobre… —Y el a no pudo esperar para correr a decírtelo —sus labios hicieron una mueca—. Ya me imagino. —¿Mintió Wade o simplemente exageró, con relación a lo que dice haber visto? —Eso depende de lo que afirme haber visto. Nº Páginas 66-108 Kay Thorpe – La herencia Ella había esperado una respuesta directa, para l egar a la verdad. Negativa desde luego. Pero no estaba preparada para esta aparente evasiva. Como quería saber la verdad, Eve insistió: —Wade dice que los vio a ti y a tu madrastra cerca del río. Dice que el a trataba de escapar de ti. La pausa que siguió pareció interminable. Por fin, Brett habló, aunque lo hizo sin emoción alguna: —Es cierto. Ella intentaba huir de mí. Eve se detuvo en seco. —¡Entonces, es cierto! Realmente tú… Como no pudo pronunciar las palabras, giró sobre sus talones, sin volverse a verlo y se dirigió hacia la casa. Él la alcanzó antes que ella hubiera dado tres pasos, volviéndola bruscamente para que lo mirara. —¿Qué te parece si escuchas mi versión de los hechos? —le pidió furioso.


—¡No quiero saber nada! —respondió ella, sintiéndose embarga da de dolor —. ¡No hay nada que pudieras decirme, que disculpara lo que hiciste! ¡Ella era tu madrastra! ¡La esposa de tu padre! ¿Cómo pudiste hacer semejante cosa, Brett? Pasó un largo rato antes de que él respondiera. En su rostro no había emoción. —Tienes razón. ¿Cómo pude hacer semejante cosa? ¡Anda, corre nena! Estarás más segura en casa. Solo entonces comenzó el a a dudar. —Brett —empezó a decir—, yo… —No nos dijimos "buenas noches", ¿verdad? —interrumpió él, en tono cínico —. Eso tiene fácil solución. Eve sintió sus labios fríos y duros, presionando los de ella contra sus dientes, pero no tuvo la fuerza ni la voluntad de luchar. La soltó tan abruptamente que Eve casi perdió el equilibrio. —Eso es por los últimos dos días —le informó él—. O, ¿debería decir: noches? Fue bueno mientras duró. Eve se quedó de pie, rígida, al tiempo que él se volvía en la dirección que habían tomado inicialmente y se alejaba. Ahora pensó que quizá se había precipitado en sus juicios. Debería haber escuchado lo que tenía que decirle. La tentación por alcanzarlo era grande. Pero se controló con dificultad. En ese momento él estaba tan iracundo que la mandaría al infierno. Tenía que darle tiempo


para calmarse. No se encontró con nadie en el camino a su habitación. En su estado de ánimo, el último sitio en el que quería estar, era en la cama. Se dijo con desesperación que tenía que tratar de arreglar las cosas. La única forma de hablar con él era esperarlo en su habitación, pero no estaba segura de que pudiera hacerlo. Nº Páginas 67-108 Kay Thorpe – La herencia No obstante, tenía que dar una explicación de las cosas desde su punto de vista. Todavía vestida, salió de su cuarto, buscó y encontró la puerta correcta y entró en el dormitorio de Brett. Solo había estado una vez al í y por un lapso muy breve. La decoración era estrictamente masculina, con mucha madera y piel y colores que iban del marrón al beige. La cama misma estaba separada del resto de la habitación por un bajo muro. Había un armario y un baño. Eve encontró un asiento cerca de una ventana, sentándose, sin pensar ni por un momento en encender la luz. La espera iba a ser la parte más difícil. Brett podía quedarse fuera hasta la madrugada, cuando la fiesta terminara. A pesar de su estado de ánimo, Eve acabó por dormitar, despertando, al escuchar el sonido de un interruptor de luz cerca de donde el a estaba sentada. Brett


se alejó un poco de la mesa de noche, para observarla con las cejas levantadas. —¿Se nos olvidó algo? Eve se enderezó en la sil a, retirando el cabel o de su cara con una mano. Su actitud no era muy alentadora, pero ella tenía que hablar con él de alguna forma: —Vine a decirte cuánto siento haberte juzgado tan precipitadamente —pudo decir, al fin. —Bueno. Ya lo dijiste. ¿Sabes qué hora es? —¡No me importa qué hora sea! —exclamó ella cortante, sentada en el borde de la silla—. Brett. No hagas esto más difícil de lo que es. Brett mostró una total indiferencia. —No veo por qué. Ya expresaste tu opinión con bastante claridad. No hay nada más que decir. —Sí, sí hay —insistió ella—. Me pediste que escuchara tu punto de vista de lo sucedido. Por eso estoy aquí. —Sin embargo —replicó él, sin cambiar su actitud—, ya tuviste tu oportunidad. Y no tendrás otra. —Cometí un error —articuló ella tratando de conservar la dignidad—. ¿Nunca has hecho algo de lo que te hayas arrepentido después? —Más de una vez —reconoció él—. Pero éste es otro asunto. —¿Porqué? —Porque involucra una parte de mi vida, que no tiene nada que ver contigo, para empezar —replicó con acritud—. Muy bien. Nos acostamos dos o tres


veces. Y lo disfruté, no voy a negarlo. Tú no pareces entender que cuando un hombre se acuesta con una mujer, eso no le da ningún derecho a ella sobre él. Eso es algo que la mayoría de ustedes ignora. Lo que haya pasado antes o lo que vaya a pasar en el futuro es asunto mío y solo mío. ¿Está claro? —No podría estarlo más —contestó Eve, con el rostro blanco. Se puso de pie: —Supongo que debo darte las gracias por haberte acostado conmigo. ¡Estoy segura de que la mayoría de las mujeres estarían agradecidas por la oportunidad: Nº Páginas 68-108 Kay Thorpe – La herencia —Vete de aquí —le dijo él, con suavidad—, antes de que te muestre un lado mío que no te gustará nada. —Ya me voy. No te preocupes. Se forzó a caminar erguida. —Me habré librado de ti para mañana en la mañana. Lo que pasó, ¡no podría haber ocurrido en mejor momento! Brett no respondió a eso. Cuando ella cerró la puerta tras de sí, él permaneció de pie en el mismo sitio, durante largo rato. Nº Páginas 69-108 Kay Thorpe – La herencia Capítulo 8


Partieron del Diamond Bar poco después del desayuno. Bart sentía mucho verlas marcharse, pero confiaba en la promesa que le había hecho Eve. Ella, tendría que cumplirla sin importar cuán incómodas pudieran ser sus visitas. Si Brett tenía algo de sutileza, pensaba, procuraría no estar presente cuando ella estuviera de visita. Presentar buena cara por la mañana, para beneficio de todos los presentes le había tomado a Eve todo el esfuerzo de que era capaz. Se reprochó amargamente no haberle pedido a Wade que pasara a recogerlas, cuando se dio cuenta de que sería el mismo Brett quien las llevaría a su nueva casa. Como Fleur se sentó en el asiento trasero, a Eve no le quedó más remedio que sentarse al lado de Brett. Iba a pasar mucho tiempo antes que pudiera pensar en él sin sentir ese profundo dolor dentro de sí, tuvo que reconocer. Independientemente de lo que podía haber o no pasado, aún lo amaba con desesperación. Él habló poco en el camino al rancho. Fleur se encargó de la mayor parte de la conversación, desde el asiento trasero. Sus planes de ir a Miami parecían por el momento, abandonados. Eve se preguntaba si Wade Connors tendría algo que ver con su decisión y si eso sería bueno o no. El que Wade le haya dado a Fleur los detal es de la historia, no era, ciertamente, algo que alentara a tenerle confianza. Sin embargo, hasta donde el a sabía, Fleur no había mentido, cuando le dijo que había


tenido que sacarle la historia. De cualquier modo, ¿ya qué importaba? se dijo con cansancio. Fue su propia reacción ante lo que pasó lo que había causado la ruptura. Y era obvio que Brett no había suavizado su posición, respecto a la noche anterior. Habían terminado y él parecía no sufrir por ello. Eve dudaba que alguna vez Brett experimentara el tipo de agonía que el a sentía en ese momento. Nada, jamás, lo conmovería tan profundamente. Wade estaba esperándolas en la casa, junto con dos de las esposas de los peones, que había empleado como servicio doméstico. Se trataba de dos mujeres de unos cuarenta años. Una de el as era alta y de cabel o castaño, en tanto que la otra era baja y tenía el pelo oscuro. Ya habían limpiado toda la casa. Las ventanas estaban abiertas para que desapareciera cualquier olor a humedad que los lugares desocupados parecen adquirir. Brett declinó la invitación que le hizo Fleur, de pasar a tomar el café que ya había preparado Jenny. —No tengo oportunidad de ver a Alex muy seguido —se excusó—. Se irá antes de la cena. —En ese caso, no tiene sentido invitarte a comer carne asada esta tarde — respondió ella—. ¿Y ustedes, cuándo organizarán una comida? —Cuando mi padre así lo quiera —contestó, dirigiendo, por un breve instante sus fríos ojos a Eve—. Nos estamos viendo —agregó y se alejó. —Todo está organizado para lo de esta tarde —les informó Wade, mientras el sonido del motor del jeep se perdía en la distancia—. Los chicos ya no


pueden Nº Páginas 70-108 Kay Thorpe – La herencia esperar. Laura solía permitir que los mayores se bañaran en la piscina los fines de semana y durante las vacaciones. Decía que le encantaba escuchar cómo se divertían. —No hay ninguna razón para no seguir la costumbre —señaló Eve—. Es bastante grande para todos. Wade sonrió: —La familia del señor Cranley era de Texas. Creo que heredó mucho dinero. —¿Lo conoció usted? —preguntó ella. Él negó con la cabeza. —Murió antes que yo viniera al Circle Three. El capataz anterior se retiró hace un par de años. —¿Y usted era el siguiente en el escalafón? —No exactamente —replicó él, un tanto a la defensiva—. Laura quiso darme la oportunidad. Sabía que podía llevar a cabo el trabajo. —¿Por qué la pregunta? —quiso saber Fleur, desde una ventana—. Vamos a necesitar un capataz y tú lo sabes. —Sí, lo sé —respondió Eve, sonriéndole al hombre que tenía enfrente—: No quise ser inquisitiva. Seguiremos operando el rancho con pérdida, desde luego. —Pero seguirá operando. Eso es lo que Laura hubiera querido —observó él, corriendo los dedos a lo largo del borde del ala de su sombrero—. Puede confiar en


mí. Nunca le fallé a Laura. —Estoy segura de que así fue —apuntó Eve. Realmente confiaba en él; eso era lo que hacía que las cosas fueran más difíciles para el a. La carne asada fue todo un éxito. Eve misma disfrutó muchísimo. Paseando la mirada por toda esa gente que ahora eran empleados de Fleur y de ella, juró, que el Circle Three seguiría adelante, en tanto ella pudiera sostenerlo, sin importar las presiones que pudiera tener para venderlo. Estaba segura que no serían pocas, ya que la pelea estaba declarada de nuevo. Brett no se detendría ante nada, con tal de apoderarse de unas tierras que ya consideraba como suyas. Había mucho que aprender y Eve estaba ansiosa por comenzar. Pasó los dos primeros días repasando la rutina de administración de un rancho con Wade, hasta que Fleur expresó su disgusto ante esa situación. —Ni pienses que me vas a robar a Wade como lo hiciste con Brett —le advirtió durante la tercera mañana, en el desayuno—, porque no tendrás éxito. Hizo una pausa, para estudiar a su hermana. —¡Eve! ¿Me estás escuchando? —¿Qué? —respondió Eve, levantando la vista de los papeles que estaba estudiando para mirar a su hermana con expresión distraída—. Disculpa. No estaba escuchando. —Eso es obvio. Te advertí que te mantuvieras lejos de Wade.


—¿Wade? —repitió Eve, confusa—. ¿De qué estás hablando? Nº Páginas 71-108 Kay Thorpe – La herencia —Sabes muy bien de qué estoy hablando. Quizá tú lo hayas visto antes, pero soy yo quien le interesa. —Creo que tienes razón. Siempre menciona tu nombre por un pretexto o por el otro —asintió Eve. El color subió al rostro de Fleur. —Lo que acabo de decir fue injusto y cruel —admitió Fleur—. No sé qué me pasa a veces. —No tiene importancia —contestó Eve, con suavidad. —Sí. Sí la tiene. Siempre nos hemos llevado muy bien. Y no me gustaría que eso cambiara. Fleur hizo una pausa y en seguida inquirió: —¿Qué pasó exactamente entre tú y Brett? ¿Lo negó? Eve sintió el nudo en la garganta que se le formaba siempre que se hablaba de Brett. —Cometí un error al abordar el asunto con demasiada brusquedad, eso es todo. —¡Eso dices! —contestó Fleur, con ironía—. Eve, no soy tan cerrada. Realmente te lastimó, ¿no es verdad? —Está bien. Lo confieso —aceptó Eve con un encogimiento de hombros—. Me lastimó mucho. Pero eso no quiere decir que yo no lo mereciera —replicó con brusquedad, y luego, terminándose su taza de café de un sorbo agregó—:


me voy. Vamos a traer la yegua de la tía Laura esta mañana. ¿Por qué no vienes, en lugar de quedarte en la piscina? —y sonriendo maliciosamente, concluyó—: Así podrás cuidar de tu hombre. Fleur rio. —Quizá, incluso, me enseñe a montar. —Pero no en la yegua —señaló con rapidez Eve—. Me gustaría conservarla para mi uso particular, si no tienes inconveniente. —Un caballo, es tan bueno como otro para un ciego —rio se hizo esperar la respuesta—. En tanto no te olvides de a quién pertenece Wade. —Creo que Wade es suficientemente adulto como para decidir eso por sí mismo —replicó Eve—. Pero si te sirve de algo, te diré que no es mi tipo. Y en un par de semanas, tampoco sería el tipo de Fleur, reflexionó Eve. Su hermana nunca había sido constante en las cosas del corazón. La yegua estaba pastando, junto con otros animales del rancho. Pero a ella no la habían traído al rancho en los últimos meses, por lo que se había refugiado de los elementos en una especie de cobertizo en un extremo del campo. —Nadie la ha montado en más de un año —advirtió Wade, al tiempo que abría la puerta para entrar con su propia cabalgadura, en tanto que las dos chicas observaban desde la valla—. La voy a lazar y a ver qué pasa. Si se ha convertido en una yegua salvaje de nuevo no será de utilidad para ustedes hasta que la domen.


Nº Páginas 72-108 Kay Thorpe – La herencia —Si ya es salvaje, no quiero que la domen —respondió Eve—. Quiero que sea libre y feliz. Wade se volvió a mirarla con curiosidad y Eve le sonrió, respondiéndole: —Culpe mi nacionalidad. Somos unos sentimentales cuando se trata de animales. —No todos —apuntó Fleur, quitándose el sombrero y agitándolo en el aire—. ¡Tráela, vaquero! Wade se acercó al animal, apartándola del resto con gran habilidad y la montó en pelo. La yegua se echó hacia atrás cuando sintió la soga en el cuel o, relinchando frenética y tratando de zafarse de la restricción a la que no estaba acostumbrada. Era un animal bellísimo. Wade la aproximó a la puerta, desmontando para asegurar la soga cerca del poste de la valla. —Ya no le va a gustar usar sil a en el lomo —dijo—. Laura solo la montó unos cuantos meses después de haber sido domada. Si usted supiera montar… —Quisiera probar de todas formas —dijo Eve, con terquedad—. Déjeme hablarle, antes de hacer el intento. El capataz encogió los hombros. —Allá usted —contestó—. Laura la llamaba "Capricho". Un nombre un tanto


sofisticado para un caballo, pienso yo. Pero ya que usted también es inglesa, supongo que le gustará. A Eve le gustó el nombre. Se tomó bastante tiempo para aproximarse al animal, observando la reacción de las orejas cuando la l amó por su nombre. La yegua se mostró un poco inquieta cuando ella le acarició el cuello, pero luego se quedó inmóvil, aceptando las caricias sin protestar. Sin dejar de hablarle, Eve comenzó a frotarle la mancha blanca que tenía en la frente, respirando cerca de la nariz del animal, para que éste pudiera acostumbrarse a su olor, justo de la forma en que se lo hubiera aconsejado, un entrenador británico. "Capricho", bajó la cabeza y le olfateó los dedos. —¡Eso sí que es sorprendente! —comentó Wade—. ¡Debe usted tener bastante de Laura en la sangre! Por lo menos, más de lo que yo pensé. Tomó la silla que había colocado sobre la val a, y agregó: —Veamos qué pasa con esto. La yegua se apartó a un lado, nerviosamente, al sentir las correas en el lomo. Eve le pidió a Wade que le permitiera a ella hacerlo y tomó el cincho por debajo del abdomen del animal, sin pensar en las posibles consecuencias que podría traer un rechazo a la maniobra por parte de la yegua. Pero "Capricho" no protestó y permitió que le abrochara el cincho sin reparos. Lo siguiente fue la brida. Eve contuvo


la respiración mientras ajustaba el freno en la boca de poderosos dientes, pero ésta se abrió sin dificultad para recibirlo. —No irá a montarla tan pronto, ¿o sí? —inquirió Wade, sorprendido, al tiempo que Eve tomaba las riendas en la mano y colocaba un pie en el estribo. Nº Páginas 73-108 Kay Thorpe – La herencia —Quien no arriesga, no gana —respondió el a, rehusándose a sentir miedo —. Si no acabara de llegar de Inglaterra, esto no tendría la menor importancia. —Creo que tiene razón —asintió él—. Permítame ayudarla. La yegua no se movió cuando él ayudó a Eve a montar. Eve se acomodo lo mejor que pudo en la sil a, inclinándose para acariciarle la cabeza. —Desate la cuerda —le pidió a Wade. Wade lo hizo, dando un paso hacia atrás, para mirar cómo el a conducía al animal lejos de la valla. El paso del animal era tan cómodo y regular que Eve no tardó en adquirir confianza y empezó a avanzar a un trote suave para después seguir con un galope corto, ampliando el círculo en que se estaba moviendo, hasta que se detuvo en el otro extremo del pastizal. —Está muy bien —dijo alegremente—. Las dos estamos muy bien. Abra la puerta, por favor, Wade. Voy a montarla fuera un momento. —Corriendo antes de aprender a caminar —dijo él con sorna, pero ya no estaba preocupado—. Cuando regrese haré que Sam le revise las herraduras.


Eve saludó a Fleur con la mano, cuando atravesaba la entrada del corral, dirigiéndose a la vereda por la que habían l egado. Había una división en el camino a unos cuantos cientos de metros, detrás de un macizo de árboles. Ella escogió la de la izquierda, porque sabía que el jeep tomaría la desviación de la derecha, sintiéndose feliz al sentir la respuesta de la yegua. Para ser la quinta vez que montaba, no lo estaba haciendo tan mal. Había gente que podía ganarse la confianza de los animales al instante. Quizá el a era una de esas personas y nunca se había dado cuenta. El sendero que ella había tomado se reunía más adelante con un camino todavía en construcción. Desde ese punto, podía ver algunos de los edificios más altos de Leesvil e en el horizonte. ¿Por qué no ir hasta al á para comprar un par de esas botas vaqueras que había visto la semana anterior?, pensó. Sin duda las necesitaría si es que pensaba montar con regularidad. —Y así lo haremos, ¿no es así, muchacha? —le dijo a su montura, acariciándole el cuel o—. ¡Este será el principio de una bonita amistad! Le tomó poco más de veinte minutos llegar a la ciudad. Al pasar por la calle principal, Eve ya se sentía muy a gusto. Era difícil creer que apenas llevaba en el país unos cuantos días. Su vida anterior se había perdido en un lejano rincón de su memoria. Había una vieja barandilla en la calle lateral que corría cerca de la tienda en la que ella había visto las botas. Dejó a ' 'Capricho" atada a el a, en tanto que iba a comprar las botas. No tuvo problemas para encontrar de su medida y escogió


unas de cuero labrado, de color beige, para hacer juego con su sombrero. Se las llevó puestas, pagando con tarjeta de crédito. La dependiente empacó sus zapatos de forma que pudiera atarlos a la parte posterior de la silla. Vio un jeep estacionado al final del pequeño callejón donde había dejado la yegua. Brett estaba sentado tras el volante, con el sombrero inclinado hacia la frente. Nº Páginas 74-108 Kay Thorpe – La herencia —Reconocí la yegua —comentó, sin preámbulos, cuando el a llegó hasta donde estaba el vehículo—. No es lo que se dice una cabalgadura propia para un principiante. —Es tan tranquila como una oveja —se defendió Eve. —Algunas veces. Siempre ha sido bastante imprevisible. Eso es lo que a Laura le gustaba de el a. —Ahora tiene un año más. Quizá, como muchos de nosotros, ha aprendido algo. —Tal vez tengas razón. Nunca es tarde para aprender. ¿Vas a regresar directamente al rancho? —Sí —afirmó el a, incapaz de soportar un minuto más de esa conversación tan absurda pero cortés—. Dile a tu padre que iré a verlo mañana. —¿Por qué no le llamas por teléfono y se lo dices tú misma? —sugirió él—. Ha estado esperando a que lo l ames —hizo una breve pausa y añadió—: a propósito, la carne asada es un hecho. Dejé un mensaje en tu casa. Espero que vengan.


—Claro —respondió Eve—. No me la perdería. Adiós, Brett. —Me dio gusto verte —replicó él, en tono sardónico—. Ten cuidado con ese animal. —Puedo manejarlo —repuso el a, sin importarle el tono agresivo de su voz —. No necesito de tus consejos. —Haz lo que quieras. Te veré el fin de semana. Eve escuchó cómo arrancaba el motor del jeep y se alejaba mientras ella se dirigía hacia la yegua. Sentía un nudo en la garganta. Algún día se sobrepondría a los sentimientos que Brett despertó en ella. Estaba a unos tres kilómetros de la ciudad cuando escuchó el sonido de un auto que se acercaba a el a. Sin tener que volverse a ver, adivinó que se trataba de Brett. De lo que no estaba segura era de si la había seguido intencionalmente o si, habiendo terminado sus asuntos en la ciudad, regresaba al Diamond Bar, La desviación quedaba a menos de dos kilómetros. Impulsivamente, espoleó a "Capricho" para que galopara sobre el borde de yerba del camino, con el fin de brindarle un piso más suave y urgiéndola a correr a mayor velocidad cuando el jeep las alcanzó. —¡Detente! ¡Detente! ¡Estás loca! —le gritó Brett, manteniendo el paso—. ¡Detén ese animal!


__¡Lo haré cuando quiera hacerlo! ¡Ten cuidado tú! Él dijo algo que ella no pudo entender, pero por la expresión de su rostro debió ser una maldición. Se adelantó, pisando a fondo el acelerador. Eve esperó hasta que estaba a varios cientos de metros de distancia, antes de tirar del freno de la yegua, asustándose de veras cuando el animal no dio señales de responder a la rienda. Tiró con toda su fuerza, aun sabiendo que no tenía energía suficiente como para detener un cabal o. No tenía idea de lo que debía hacer, aparte de mantenerse en la silla a toda costa y esperar a que el animal se agotara. Nº Páginas 75-108 Kay Thorpe – La herencia Había un campo abierto a un lado del camino. "Capricho" se dirigió hacia la izquierda sin que ella se lo ordenara, pasando como una exhalación a través del pastizal. Eve escuchó sonidos vagos detrás de el a, pero no volvió la cabeza, por miedo a caerse. Cuando el jeep entró en su campo de visión, casi no pudo creerlo. Poco a poco y con el vehículo dando tumbos, Brett se adelantó al animal, cortando su paso hasta forzarla a correr en círculos. El agotamiento empezaba a hacer sus efectos en la bestia porque disminuyó el paso, y al fin los esfuerzos de Eve para volver a controlarla dieron resultado. Pero cuando ella pudo detenerla por completo, tenía rozadas las palmas de las manos por las riendas.


Brett se bajó del jeep casi antes de pararlo, arrancándola de la silla. —¡Te podrías haber matado! —gritó—. ¡Pequeña idiota! ¡Te podrías haber roto el cuello! —¡Vete al infierno! —le contestó—. ¡Es mi cuel o! Hubo un momento en que él se quedó inmóvil y solo el brillo de sus ojos delataba su reacción. Había un macizo de árboles que los ocultaba del camino. Hasta dónde podía verse, estaban completamente solos. Ella luchó cuando él la tumbó sobre la hierba, arañándole. La historia volvía a repetirse, pero esta vez nada iba a detenerlo. Su boca aprisionó salvajemente la de el a. De pronto, Eve comprendió que ya nada le importaba con excepción de la necesidad que él sentía en su interior. Se suavizó bajo su cuerpo, deslizando los brazos alrededor de su cuello y respondiendo con ardor a sus besos. La mano de él se deslizó por debajo de la blusa hasta tocar sus senos. El contacto arrancó un gemido de placer a Eve. Podía sentir el violento deseo que lo embargaba, al que el a correspondía con la misma intensidad. Fue Brett quien se detuvo, rodando de encima de el a y tumbándose sobre su espalda. —¡No esta vez, cariño! —exclamó con sequedad—. ¡Ya hemos recorrido este camino antes! Eve permaneció inmóvil, recostada, tratando de recuperar el control. Se sentía avergonzada, demasiado consciente de su propia debilidad. No habría reconciliación; él había dejado eso en claro.


Entre tanto, "Capricho" pastaba pacíficamente a unos cuantos metros. Haciendo un esfuerzo, Eve se incorporó y se dirigió a la yegua, para tomar las riendas. —¿No estarás pensando en volver a montarla? —preguntó Brett, sentándose en la hierba. Ella respondió sin, volverse a mirarlo. —¿No dijiste alguna vez que si te cayeras de un caballo te volverías a subir inmediatamente? —Suponiendo que supiera lo que estoy haciendo. ¡Sabes tanto de caballos como yo de piano! Se había puesto de pie, sacudiéndose el polvo de la ropa. —La ataré detrás del jeep y te l evaré a casa. Nº Páginas 76-108 Kay Thorpe – La herencia —¡No! —protestó ella con vehemencia—. Me la llevaré a pie, si es necesario. Pero no haré lo que tú me digas. —No estoy seguro de que no la vuelvas a montar —respondió él con aspereza —. O te subes al jeep o te subo yo. Escoge. La haría subir y el a lo sabía. Con el orgul o pisoteado, se acercó y se sentó en el asiento contiguo al del conductor. Las llaves estaban todavía en el encendido. Por


un brevísimo momento, pensó en sentarse tras el volante y arrancar sin él. Pero solo fue por un momento. Sería mejor que lo dejara salirse con la suya. Regresaron lentamente al Circle Three, con el fin de no forzar al animal, que venía amarrado a la parte posterior del jeep. Wade salía de uno de los establos cuando el os l egaron. —¿Qué ocurrió? —quiso saber. —Lo que deberías haber supuesto que pasaría con un jinete novato y un animal temperamental —respondió Brett—. Si se hubiera lastimado, tú hubieras tenido la culpa. —¡Eso no es justo! —explotó Eve, observando la expresión tensa en el rostro de Wade—. Si quieres saberlo, intentó disuadirme de montar el animal. —Entonces eres todavía más idiota de lo que pensaba —atajó él—. Trata de usar un poco más del famoso sentido común británico la próxima vez. Wade desató la yegua del jeep, manteniéndola tranquila mientras el vehículo se alejaba. La mirada que le dirigió a Eve fue de simpatía. —No es exactamente un caballero, ¿verdad? Nunca lo ha sido. ¿Qué pasó? —Empecé a galopar —admitió Eve—, pero luego no pude controlarla Brett nos alcanzó y le cortó el paso con el jeep hasta cansarla. —¡Qué pena! —terció él, acariciando la suave nariz del animal—. Creo que esto se acabó. —Si quiere decir que no la volveré a montar, se equivoca —intervino ella, resuelta—. Pero la próxima vez estaré preparada. —Tengo que reconocer que tiene agallas —observó Wade. —Gracias —respondió Eve, quien necesitaba de todo el apoyo que pudiera


obtener—. ¿En dónde está Fleur? —Supongo que en la piscina —respondió él y su mirada cambió de expresión —. Le encanta el agua. ¿Cree usted que se quedará mucho tiempo en el Circle Three. Encogiéndose de hombros, Eve, contestó: —Tanto tiempo como quiera, ésta siempre será su casa. —¿Quiere decir que no va a volver a Inglaterra? —Creo que ese es el último sitio que Fleur visitará en mucho tiempo. Wade se sentía atraído por Fleur, pensó Eve, mientras entraba en la casa y el capataz se llevaba a "Capricho". Solo esperaba que Fleur no lo abandonara con lujo de crueldad, cuando el momento l egara. Nº Páginas 77-108 Kay Thorpe – La herencia El teléfono ocupó su atención. Brett no llegaría al Diamond Bar antes de diez minutos, era el momento de llamar a su padre. Bart contestó la l amada personalmente, desde el estudio donde estaba, según dijo, revisando unos papeles. Su voz sonaba algo tensa. Eve dudó preguntarle si algo no marchaba bien. —Me enteré de que la parrillada ya está organizándose —dijo, intentando parecer alegre—. Vi a Brett en la ciudad hace un rato. —Todo está listo —confirmó Bart, haciendo una pausa, antes de añadir—. ¿No la veré antes?


—Podría ir a cabal o mañana en la mañana —respondió—. ¿Me podría invitar un café? —Lo que guste —replicó él, aún tenso, aunque hacía esfuerzos para no delatarse—. La he extrañado, Eve. Este sitio parece vacío sin usted. Con solo dos personas viviendo en una casa tan grande como la de Bart, daba la impresión de que estaba vacía, pensó Eve. María y José eran muy reservados y ninguno de ellos era lo que se dice un gran conversador. A Bart le gustaba mucho hablar; de cualquier cosa y de todo. En los últimos tres años, se había refugiado en los libros, pues tenía un gusto amplio y variado. Eve suponía que su afición a la lectura le había permitido aceptar su invalidez, a pesar de todo el sufrimiento que debió haberle costado. Disponía de mucho tiempo para Bart Hanson. Era su hijo quien dificultaba las cosas y eso no iba a cambiar. No durante algún tiempo. Nº Páginas 78-108 Kay Thorpe – La herencia Capítulo 9 La yegua parecía muy dócil, cuando Wade la l evó hasta la casa a la mañana siguiente. —Creo que estás loca por querer volver a montar ese animal —dijo Fleur, pues había escuchado los pormenores de lo sucedido el día anterior—. La próxima vez, quizá Brett no esté cerca para salvarte. —No habrá una próxima vez —replicó Eve, con firmeza, aceptando la ayuda de Wade para montar y tomando las riendas en la mano—. Ser precavido es estar preparado.


—Siempre hay exceso de confianza antes de una caída —respondió con sutileza Fleur—. Sí. Ya sé que es "orgullo" y no "exceso de confianza". Pero contigo se trata más o menos de la misma cosa. A Eve le pareció que esas palabras tenían mucho de verdad, por lo que prefirió ignorarlas. —Te veré luego —dijo, controlando a la yegua con mano firme—. Regresaré a la hora de la comida. Durante el tiempo que le tomó l egar al Diamond Bar nada sucedió. Habiendo probado todos los pasos de la yegua sin dificultad alguna, Eve llegó a la conclusión de que quizá la había asustado el ruido del jeep. Brett debería haber tenido más sentido común y no acercarse tan rápido como lo hizo, pensó, un poco para justificarse. Quizá la salvó, pero él había sido quien la puso en peligro. Bart estaba esperándola en la terraza. Uno de los peones se aproximó y llevó a "Capricho" al corral. —Así que el susto de ayer no fue suficiente para amedrentarla —observó Bart, una vez que el a se sentó a su lado con una taza de café en la mano—. Brett tuvo razón en eso. —¿Qué le dijo? —le preguntó Eve. —Qué la yegua no había respondido al freno —respondió, observándola un momento—. ¿Hubo algo más? —Más o menos así fue. No tuve problemas con ella esta mañana —repuso vagamente a la pregunta. —Me di cuenta. Las dos parecen estar hechas, la una para la otra —sonrió con


reminiscencia—. Al verla venir, juré que se trataba de Laura. Ella me rechazó, ¿sabe? Eve lo miró sorprendida. —No, no lo sabía. ¿Cuándo? —Le pedí que se casara conmigo un año después de quedarse viuda — contestó él con franqueza—. No esperaba tomar el lugar de Jos. Me pareció que sería algo bueno, eso es todo. Ahí estábamos: dos solitarios que se entendían muy bien. Aunque Laura nunca quiso aceptar, argumentando que se sentiría desleal al recuerdo de Jos. Nº Páginas 79-108 Kay Thorpe – La herencia —Lo siento —dijo Eve, con sinceridad—. Supongo que no quiso olvidarse de su promesa de mantener el Circle Three como una propiedad independiente. —Podría haber seguido operando el Circle Three. Brett es quien está interesado en comprar esas tierras —apuntó con una suave sonrisa—. El Circle Three ha sido una espina clavada en Brett durante años, particularmente por el hecho de que Jos lo operaba con pérdidas. ¿Se da cuenta de que aún no se da por vencido, respecto al rancho? Eve asintió con la cabeza, esquivando la mirada del anciano. —Me doy cuenta. Yo también puedo ser muy terca. —Adiviné eso el día que la conocí —observó Bart secamente—. A pesar de que pudieron arreglar algunas de sus diferencias. Parece que me equivoqué. Esta vez, tuvo que volverse a verlo con expresión algo dura:


—Su hijo no es un hombre fácil, señor Hanson. —Bart —corrigió él—, llámeme Bart. —Le advertí que tenía una voluntad muy fuerte. Pensé que si alguien podría manejarlo, sería usted —declaró él. Ella trató de mantener un tono informal. —Eso solo demuestra que las apariencias engañan. —Así es —asintió Bart—. No voy a preguntar qué ocurrió entre ustedes. Lo que pasa es que yo abrigaba esperanzas. Eso es todo. —Con trabajos he estado aquí una semana —contestó ella con suavidad—. Incluso si… Bart la interrumpió. —Como le dije: pensé que usted podría manejarlo. Ya es hora de que piense en tomar una esposa. Quisiera saber que tengo un nieto que se encargue de las cosas antes que yo muera. —Es demasiado joven todavía como para empezar a hablar de morir — respondió el a rápidamente—. Tiene mucho tiempo por delante. Brett mismo solo tiene treinta y dos años. Él respondió, recordando: —Yo tenía veinticinco cuando me casé y veintiséis cuando Brett nació—. Yo quería muchos hijos, pero su madre no pudo tener más después de él. —¿La culpa de el o? —¡Claro que no! ¿Por qué clase de hombre me toma? Era una mujer


encantadora. —Lo siento —murmuró ella—. Lo mal interpreté. —La mitad de los problemas que hay en el mundo se debe a malas interpretaciones —dijo él, sin resentimiento en su tono—. Yo también he cometido errores. Diane fue solo uno de el os. Eve dudó antes de hacerle la pregunta: Nº Páginas 80-108 Kay Thorpe – La herencia —¿Cómo la conoció? Su sonrisa fue triste. —Era una amiga de un amigo y estaba haciendo un viaje per los estados del sur. Vino aquí para quedarse una semana y nos casamos el mismo mes. No hay peor… —Ya sé —intercedió Eve, con suavidad—. No hay peor tonto que un viejo tonto. Pero usted no es un viejo, y lo era menos entonces. Si ella lo dejó solo por lo de su accidente, entonces no valía gran cosa. —Esas son las mismas palabras de mi hijo —comentó—. Nunca estuvo de acuerdo con el matrimonio. Pensó que ella se casaba por conveniencia. Quizá tuvo razón. La he mantenido en circunstancias muy cómodas estos últimos tres años. Ahora está decidida a obtener un buen divorcio. Eso quiere decir dos millones de dólares.


Eve parpadeó. —¿Puede pedir tanto? —Con un buen abogado, quizá. ¡Bah! Puedo costearlo. Lo que me duele es el momento en que lo hizo. Ayer hubiera sido nuestro cuarto aniversario y los papeles del divorcio l egaron en el correo de la mañana. ¡Malvada! pensó Eve para sí. Sin embargo, sabía que eso no excusaba a Brett. Cualesquiera que fueran sus faltas, Diane lo había rechazado… por lo menos de acuerdo con lo que Wade decía. ¿Sería posible que se hubiera equivocado en su apreciación de lo que había visto? No parecía muy probable. Diane luchaba por zafarse de Brett. ¿Por qué habría de hacer semejante cosa, a menos que estuviera rechazando sus atenciones? —¿Qué hará usted? —preguntó ella. Bart movió la cabeza pesadamente. —No lo sé. Brett quiere que pelee. —No es su vida. —Él no puede verlo de ese modo —repuso, levantando la cabeza súbitamente —. Helo aquí. Eve miró hacia afuera y su corazón dio un vuelco al ver el jeep que se dirigía hacia la casa. No había contado con que Brett regresara antes de la comida. Era la última persona en la tierra a quien deseaba ver. No, eso no era verdad, se corrigió. —Debo irme —dijo ella, incorporándose—. Le prometí a Fleur llegar antes


de la hora de la comida. —Pero si apenas son las once —apuntó Bart—. Mire, le dije que no quiero saber lo que pasó entre ustedes dos y es cierto. Pero no me deje ahora. Necesito su apoyo. —¿Contra su propio hijo? —preguntó, sorprendida. —Contra mi propio hijo —asintió él—. Quiero arreglar esto fuera de los tribunales, sin tener que volver a ver a Diane de nuevo. Pero si se lo digo a él, lo Nº Páginas 81-108 Kay Thorpe – La herencia primero que hará mañana será tomar un vuelo a Los Angeles. Usted podría darle más fuerza a mi punto de vista. Eve sintió deseos de reír. ¡Mucho iba a pesarle a Brett su opinión! Sin embargo, volvió a sentarse. —Trataré —prometió. Brett condujo el jeep hasta el escalón, subiendo a la terraza con expresión ceñuda. —¿Aún ignoras los consejos? —observó, apoyándose en la barandilla—. Connors te podría encontrar un animal más fácil de manejar. —Pero a mí me gusta éste —respondió Eve fríamente—. Las cosas fáciles resultan muy aburridas. Enfatizó la última frase, observando cómo los labios de él se curvaban levemente. Agregó: —No me tropiezo dos veces con la misma piedra.


—La confianza es lo fundamental —comentó Bart, sin dejar responder a su hijo —. ¿Terminaste por hoy o es solo una visita pasajera? —He terminado lo que tenía que hacer —contestó Brett—. Pensé que te gustaría ir a comer a la ciudad. Hace más de un mes que no sales del rancho. —Me parece bien. Eve, ¿por qué no viene con nosotros? Ella negó con la cabeza, evitando la mirada de Brett. —Es una buena idea, pero le prometí a Fleur volver a la hora de la comida. —Llámala —sugirió Brett inesperadamente—. No es una niña, puede alimentarse sola. ¿O vas a despreciar una invitación de mi padre? —Es el a quien debe elegir —replicó el aludido—. ¡No la presiones! Eve tomó una rápida decisión, y sonriéndole a Bart contestó: —Acepto encantada. "Capricho" estará segura en el corral durante mi ausencia, ¿no es así? —Tan segura como en su casa —respondió Brett, enderezándose. Necesito darme un duchazo y ponerme una camisa limpia. No tardaré mucho. —Gracias por venir —le dijo Bart con suavidad en cuanto, su hijo hubo entrado en la casa—. Me gustaría salir un rato. Movió su sil a de ruedas, al tiempo que agregaba: —¿Por qué no l ama a Fleur en lo que me preparo? Había un teléfono cerca de la puerta principal. Eve se sentó junto a él y marcó el número del Circle Three, consciente del temblor de sus dedos. Todo lo que tenía que hacer era cerrar los ojos para volver a ver el cuerpo bronceado y desnudo de él,


bajo el chorro de la ducha y recordar los momentos de pasión que habían compartido. Amar a Brett era una enfermedad que le sería difícil de combatir. Fleur, sorprendentemente, no protestó al escuchar la noticia. Brett tenía razón. Fleur no era una niña que necesitara que se le cuidara. Tenía su propia vida que vivir y la firme intención de hacerlo. Ella debería hacer lo mismo. Nº Páginas 82-108 Kay Thorpe – La herencia —¿Todo bien? —le preguntó Brett al verla tan pensativa. —Perfectamente —repuso ella, recuperando el dominio de sí—. Tu padre todavía no está listo. —No hay prisa. Tengo que ir por otro transporte, de cualquier manera. En éste no puede ir la silla de ruedas. Salió. Un momento más tarde, Eve oyó arrancar el jeep. Solo entonces se levantó de su silla, apoyándose en la barandilla, de la misma manera que lo había hecho la primera mañana. Hacía apenas ocho días. No parecía posible. ¡Tantas cosas habían cambiado desde entonces! El segundo vehículo se parecía mucho al primero hasta que la plataforma eléctrica se extendió y bajó. Asegurada por dos sitios diferentes, la sil a de ruedas fue colocada en posición, a un lado del conductor, con solo mover un botón. Eve se sentó en el asiento trasero. —Tenía otro auto convertible adaptado a mis necesidades —comentó Bart, después de oír la exclamación de asombro de ella—. No lo usaba con frecuencia.


No hay muchos sitios donde me sienta cómodo. —Está el Circle Three —apuntó Eve—. Nos gustaría mucho verle por allá. —Es una sugerencia maravillosa —se mostró de acuerdo Bart al tiempo que Brett subía al jeep y encendía el motor—. Voy a tomarle la palabra. La cal e principal de Leesvil e estaba atestada de gente y la tienda repleta de clientes. —Es día de mercado —explicó Bart, saludando con la mano, a varias personas que lo habían reconocido desde la acera—. Tendremos suerte si encontramos sitio en El General. —¿El General? —preguntó Eve, con curiosidad. —Es el restaurante local. Antes se llamaba "Charlie's Place", hasta que Bob lo compró. Su nombre es Robert E. Leeway. —Le dije a Bob que reservara una mesa —intervino Brett—. Pueden colocar una mesa adicional. Su padre sonrió: —Estabas seguro de que vendría, ¿no es así? —Confiaba en poder persuadirte —concedió Brett—. Creo que lo importante es saber cómo hacerlo. Detuvo el jeep afuera de un edificio de ladrillo, que era muy diferente de la idea que Eve tenía de un lugar público. Brett volvió a hablar: —Permíteme un instante, ¿quieres? Esta palanca parece estar trabada. Eve salió, por el lado del conductor, siguiendo a Brett para luego pararse en la acera, observando la forma en que éste manejaba el elevador de la silla de ruedas.


—¡Qué alegría verte, Bart! —exclamó una mujer que pasaba—. No puedo detenerme ahora. Tengo cosas que hacer. ¡Nos veremos el sábado! —La esposa del gerente del banco —dijo Bart a Eve, cuando se dirigían hacia El General—. Se llama Mary Pierce. A Harry ya lo conoce. Nº Páginas 83-108 Kay Thorpe – La herencia —¿Cuánta gente irá el sábado? —preguntó ella. —Será lo que l amamos "casa abierta". Todo lo que tuve que hacer fueron unas cuantas l amadas para echar a rodar la bola. Le tendió una mano al hombre que parecía estar a cargo del área de la recepción: —Tenemos una mesa reservada, Bob. Venimos con otra persona. —No hay problema. Me alegro de verte —respondió el hombre, volviéndose en dirección de Eve—. ¿Qué piensa de nuestra pequeña ciudad? —Yo también me crié en un lugar pequeño —reconoció el a, devolviendo la sonrisa—. No hay mucha diferencia. —Entonces, ¿no tendrá que ir a Miami constantemente, en busca de diversión? —Ni a rastras me sacarían del Circle Three —respondió—. Estoy aquí para quedarme. —Ese es el tipo de espíritu que necesitamos por estos lugares. Les asigné una mesa arriba, cerca de la ventana, Brett. Quizá prefieran entrar en lo que pido a uno de los camareros que ponga otro lugar.


El restaurante era fresco y un poco oscuro. Todas las mesas estaban ocupadas, salvo una. Mientras cruzaban el comedor, se oyeron comentarios qué provenían de todas partes. A Eve les presentaron a varias personas y se sintió aliviada cuando por fin pudieron sentarse. La comida era buena, sin grandes pretensiones. Como platillo principal, Eve escogió varias ensaladas americanas, aderezándolas con queso azul. —Me sentiría terriblemente si no supiera que todo esto contiene menos de doscientas calorías —dijo, divertida, una vez que regresó a la mesa donde los dos hombres devoraban jugosos filetes aderezados. —No tiene que preocuparse por su peso —observó Bart—. Tiene una figura esbelta, muy femenina. Al menos, nadie la tomaría por un muchacho, ¿eh Brett? —De ninguna manera —estuvo de acuerdo Brett, mirándola con cinismo—. Las caderas estrechas y la falta de curvas nunca me atrajeron. Sin duda, Diane también había tenido un hermoso cuerpo, pensó Eve. Sabía que Bart los estaba observando y se preguntaba qué estaría pensando. Él había abrigado esperanzas, según dijo esa mañana. No más que el a, de seguro. Quizá el a y Brett hubieran podido tener una buena relación, pero ella se encargó de arruinarla. Bart esperó a que trajeran el café antes de mencionar el asunto del divorcio. La reacción de Brett fue inmediata y explosiva: —¡Al diablo con arreglarse fuera de los tribunales! ¡Te ha sacado mucho dinero estos últimos tres años, como para que le dure toda la vida! —Un acuerdo final la sacaría de mi vida de una vez por todas —respondió Bart con suavidad—. Está bien. Acepto que está pidiendo demasiado, pero tiene que haber un punto de partida para iniciar las negociaciones. Alex se


puede encargar del asunto. Nº Páginas 84-108 Kay Thorpe – La herencia Los ojos azules de Brett brillaban como el acero. —¡Yo podría ocuparme del asunto! —¿Cómo? —A mi manera. Bart esbozó una leve sonrisa. —Las amenazas no funcionarán. Diane tiene bases firmes y lo sabe. Brett no estaba dispuesto a ceder. —Después de la forma en que te abandonó, no contará con muchos simpatizadores. —Lo dudo. Una joven y bel a mujer atada a un viejo inútil e inválido. ¿Cómo podría tomarlo? —su tono era seco—. ¿Podrías hacerlo tú, Eve? La pausa se prolongó. Al fin Eve contestó: —Dependería de cuan profundos fueran mis sentimientos. Si me importara una persona tan poco, y pensara que era igual quedarme o irme, creo que no tendría objeto seguir fingiendo. Fue Brett quien habló primero. —Quizá esté equivocado en cuanto al número de los simpatizadores.


—Estás poniendo palabras en mi boca que yo no he dicho —repuso ella, manteniendo su voz y su tono bajo control—. Se me hizo una pregunta directa. —Y usted dio una respuesta honesta —señaló Bart, moviendo la cabeza hacia su hijo—. Yo la coloqué en esta situación. —Está bien —repuso Brett, lacónicamente—. Escuchemos el resto —y dirigiéndose a Eve, preguntó—: ¿Piensas que debería arreglarse fuera de los tribunales? Ella respiró profundamente y contestó: —Pienso que debes dejar que tu padre decida qué es lo que quiere hacer — dijo, con firmeza. —Creo que con eso está dicho todo. ¿Alguien quiere más café? —preguntó Brett. Eve negó con la cabeza. Por acuerdo tácito, no se volvió a tocar el tema en el camino de regreso al Diamond Bar. Bart mantuvo la conversación tan animadas que a Eve le pareció admirable, dadas las circunstancias. Lo que pasaría con respecto a Diane, era algo que ella no tenía oportunidad, ni intención de preguntar. Si Brett mantenía su palabra implícita, la decisión la debería tomar su padre fue solo hasta ese momento, cuando comenzó a preguntarse, si su declaración había sido tan objetiva como imaginaba. Si quería ser sincera consigo misma tenía que dudar de el o. Si Brett manejara el asunto, eso significaría ver a Diane y, ¿quién sabe cuáles serían los resultados?


eran más de las dos y media cuando llegaron a la casa. Eve declinó la invitación de Bart a pasar, aduciendo que debía regresar. —Espérame —le dijo Brett, brevemente—. Te llevaré hasta el corral. Nº Páginas 85-108 Kay Thorpe – La herencia Podría haber ido a pie, pero no quería discutir con él. Brett empujó la sil a de ruedas por la rampa de la terraza y regresó, sentándose detrás del volante, sin siquiera volverse a verla. Bart se despidió con la mano, desde la terraza. Solo había un animal en el pequeño corral que estaba detrás de uno de los establos. Eve lo miró. Se trataba de un bel ísimo palomino. —¡Qué bonito caballo! —comentó, embelesada—. ¿Cómo se l ama? — Misty —repuso Brett—. Es tuyo, a cambio de la yegua. —¡No! —gritó, volviéndose para mirarlo de frente—. ¡No harás eso conmigo! —Ya lo hice —repuso impávido—. Di órdenes para que se llevaran a la yegua cuando vine por el auto, antes de irnos a la ciudad. Es un magnífico ejemplar. Rápido y confiable. No te romperá el cuel o. —La yegua tampoco le rompió el cuel o a mi tía —respondió ella con sequedad. —Porque Laura era un magnífico jinete. Pero tuvo problemas con ese animal más de una vez. ¿Sabes lo que quiere decir "loco"? Eve dudó, indecisa entre dos emociones conflictivas.


—¿Abreviatura de "locomotora"? —sugirió, con un tono de broma que hasta a el a le pareció falso. —No es asunto para bromas. Nunca debieron cruzar a ese animal. Una vez casi mató a uno de los peones del Cítele Three sin ningún motivo. Lo trae en la sangre. —"Capricho" no es peligrosa —insistió Eve, en tono bajo. —No, solo cuando algo la molesta —volvió al tono duro—. Y eso va a suceder cada vez más frecuentemente, conforme se vaya haciendo vieja. Así sucede. —¡No lo creo! —se alejó de la valla, con el cuerpo tenso—. ¿En dónde está la yegua? ¿En el establo? Se movió hacia las puertas cerradas. Había una pequeña puerta recortada sobre una de las hojas de las puertas más grandes. Un haz de luz de sol, que entraba por la portezuela de carga de la parte superior revelaba una fila de pesebres a un lado del establo. Había tres animales, pero ninguno era el que el a buscaba. Después de inspeccionar la caballerizas, regresó. —¿Satisfecha? —preguntó Brett. —¡No! —le contestó furiosa—. El castigo por robar caballos es la pena de muerte. Me pregunto qué pensará el comisario local de esto. —Tendrás oportunidad de saberlo —dijo él—. ¿Quieres l amarlo desde la casa. Súbitamente, su temperamento se apagó, quedándose de pie frente a él, con mirada interrogante.


—Brett. No me trates como a una niña. No tienes derecho de hacerme esto y tú lo sabes. —Tengo el derecho de preocuparme por tu vida —contestó él con sequedad —. Si no fueras tan terca podrías darte cuenta de que tengo razón. ¿Por qué correr un riesgo solo para probarme algo? Nº Páginas 86-108 Kay Thorpe – La herencia Eve mordió el labio, reconociendo la verdad de sus palabras. —Es tu manera de hacer las cosas —le espetó bruscamente—. No tomar en cuenta a la gente. Si hubieras comenzado por explicarme lo de la herencia genética. —No hubiera significado ninguna diferencia —replicó él, con tono seco—. Tú te guías por tus instintos, ¿no es así? Bueno, esta vez yo me guié por los míos. Ella dijo, con cierta renuencia. —Si hablas de la otra noche, estoy preparada para escuchar tu punto de vista. —Pero yo no estoy preparado para exponértelo. Hubo una pausa antes que añadiera: —Tómalo o déjalo así. —No creo que entienda lo que… —comenzó a decir ella, deteniéndose ante su ademán de impaciencia. —Claro que entiendes. Si nos reconciliamos, tendrá que ser bajo esas condiciones.


Eve estaba inmóvil. Podía sentir su corazón, latiendo contra su pecho. Y el deseo que la impulsaba a ceder y acercarse a él. Diane pertenecía al pasado. No importaba lo que hubiera pasado entre los dos. —¿Tú quieres —preguntó ella, con voz ronca—, que volvamos a estar juntos ? —No estaría aquí, hablando contigo, si no lo deseara. Ni tú tampoco. Pero eso depende de ti. —Acepto —dijo ella, después de una pausa. La palabra salió de sus labios de forma automática. Lo vio enderezarse y dirigirse hacia el a y sintió esa sensación tan especial en sus entrañas. —Brett. Podría venir alguien… —Nadie va a venir. Todos están trabajando en otras partes. Solo estamos tú y yo, Eve. Hay tantas cosas que debemos hacer, para recuperar el tiempo perdido. Ella se arrojó a sus brazos y devolvió su beso con ansia. Pronto surgió la pasión entre el os, convirtiéndose en una hoguera cuando él le quitó la blusa y deslizó sus dedos sobre la piel desnuda. Eve sintió como la levantaba en brazos y la llevaba a una de las caballerizas, depositándola sobre un montón de paja. El aroma de la paja seca, junto con el cálido olor de animal que inundaba el sitio, le despertó sus instintos más primitivos. Al quitarse la ropa, también se despojó del último vestigio de timidez. Deslizó las manos sobre el delgado y fuerte cuerpo de él, hasta que ninguno de los dos pudo contenerse más. —Ha pasado demasiado tiempo —murmuró Brett a su oído, unos instantes después—. Nunca conocí a nadie como tú, Eve.


¿Ni siquiera Diane?, quería el a preguntar, aunque se guardó bien de hacerlo. Si ella rompía el acuerdo, él la dejaría inmediatamente, sin importar cuán difícil fuera para él. —Deberíamos vestirnos —sugirió ella, sin desear moverse—. No me gustaría que nos encontraran desnudos. Nº Páginas 87-108 Kay Thorpe – La herencia —Todavía tenemos tiempo. Quédate cómo estás. Recorrió su cuerpo con la mirada, siguiendo con las yemas de los dedos el contorno de sus líneas. —Suave como seda —observó—. No hay asperezas ocultas. Rodó sobre su espalda y tiró de ella, para colocarla encima de él, manteniendo su rostro cerca del suyo, para besarle los labios. —Tampoco más pudor británico —añadió, entre un beso y otro—. Te dije que te curaría de eso. Eve rio, moviéndose sensualmente contra su cuerpo. —Así fue. ¿Te muestro los avances de la cura? —¡No!, tenías razón. Mejor nos vestimos. —Pensé que habías dicho que teníamos mucho tiempo —murmuró Eve. —Mentí. En aproximadamente diez minutos, regresará Skip Williams a terminar de acomodar pacas.


Brett rio al ver que ella se incorporaba rápidamente. —Pensé que eso te presionaría. Quizá debí quedarme callado dejarte hacer. Imaginarse lo que el tal Skip hubiera encontrado al llegar al establo era algo en lo que Eve no deseaba pensar. —Y ahora, ¿qué? —preguntó ella, mientras se vestía. Él se sentó y comenzó también a vestirse. —Dejemos que las cosas sigan su curso normal. Eve le dirigió una rápida mirada, odiándole por no ser todo lo que a el a le hubiera gustado. —¿Quieres decir que debo sentarme y esperar a que te pongas en contacto conmigo cuando quieras? —Sabes perfectamente que no es eso lo que quiero decir. Se levantó, volviéndose a verla con una ligera sonrisa. —Hay muchos asuntos que debemos resolver antes de pensar en el futuro. —¿Como el Circle Three, por ejemplo? —su voz era suave—. Te gustaría que cediera, ¿no es así, Brett? —Sí. Me gustaría —respondió, sin dudarlo—. Si tú estás allá y yo aquí, vamos a tener problemas. Ella tragó saliva: —¿Y si te vendo las tierras? —Entonces podríamos comenzar de nuevo. —Temo que para entonces habré perdido mi atractivo principal.


Él se puso rígido. —Si eso es lo que crees, entonces no tenemos nada de qué hablar. Nº Páginas 88-108 Kay Thorpe – La herencia —No es lo que creo —repuso el a, con la cabeza baja, abrochándose los botones de la blusa. —Eso no es suficiente —terció él, ayudándola a levantarse y colocándola frente a él—. ¿Crees que soy capaz de fingir el tipo de respuesta que te estoy dando? —No —respondió—. Claro que no. —Entonces deja de hablar tonterías —le reprochó, relajando su expresión después—. Te subestimas, Eve. —Eso dijiste antes —señaló ella, tratando de acabar con ese tema—. Es mejor eso que el otro extremo. —¿Sí? No estoy seguro —contestó Brett, dejándola libre y acabando de ponerse el cinturón—. Salgamos de aquí. Solo hasta que él se detuvo, para recoger una silla de montar, el a recordó por qué estaban en el establo. —Espero que haya terminado la discusión sobre este asunto —dijo Brett ahora. Eve salió a la luz del sol detrás de él, parpadeando. —¿Qué va a pasar con la yegua? —preguntó. —Nada drástico. Si te hace feliz saberlo, la soltaré en la pastura oeste. Se echó la silla de montar sobre un hombro, para poder abrir la puerta del


corral: —Ven a conocer a tu nuevo cabal o. Una vez más, se había salido con la suya, si bien, tenía razón. Que se preocupara por su seguridad era por lo menos un paso en la dirección que ella tan desesperadamente quería que él tomara. Nº Páginas 89-108 Kay Thorpe – La herencia Capítulo 10 EL sábado, amaneció nublado y sofocante. Se oían truenos a lo lejos, aunque no llovía. Wade las l evó al Diamond Bar y permanecería con el as, a insistencia de Fleur. —No conocemos a nadie, aparte de Brett y su padre y el os van a estar demasiado ocupados, atendiendo a los demás invitados —dijo Fleur—. Además, yo quiero que vayas. Eve reflexionó sobre las emociones de su hermana, mientras se dirigían hacia el Diamond Bar. Al escucharlos hablar y reír, se preguntó cuánto tiempo podría durar. Incluso una semana, que era lo que tenían de conocerse, era mucho tiempo, a juzgar por el "récord" de romances de Fleur. Por lo general, a estas alturas, el impacto inicial ya se había disipado y la novedad daba paso al aburrimiento. De algo estaba segura, cuando su hermana perdiera el interés, ocurriría lo mismo en cualquier momento. Entre tanto, había poco que el a pudiera hacer.


Su propia situación estaba estática. Brett, no había hecho ningún intento de ponerse en contacto con el a, en los últimos dos días. Pero, ¿qué podría decirle?, pensó, buscando algún consuelo. Sabía que iba a volver a verla este día. Pero no a solas, sino en compañía de varias docenas de personas, lo cual no sería lo mismo. Las brasas para asar la carne, habían sido colocadas en la parte posterior de la casa y se encargaban de cocinar los filetes unos peones del rancho. Además de la carne, hamburguesas y papas asadas, sobre largas mesas, colocadas estratégicamente. Vestido con pantalones grises entallados y botas de piel, Brett estaba con un grupo de invitados que se hal aban cerca de la casa. Las vio en el mismo momento que ellas a él y con un ademán de la mano les indicó que se acercaran. A Wade apenas si le dirigió una señal de reconocimiento. Eve no tardó en descubrir que no se acostumbraban las presentaciones formales, pues todos los invitados se identificaban por su nombre, ofreciendo a menudo una descripción del camino por el que se podía llegar a su casa. Una vez que hubo presentado a las hermanas con algunos concurrentes, Brett se dirigió a recibir a otro grupo de invitados, dando un efusivo abrazo a una exuberante matrona, en medio de los gritos de alegría de lo que parecía ser su gran familia. Eve trató de estar cerca de Brett, pero le resultó difícil. Sus oídos estaban atentos para escuchar la risa de él, el timbre de su voz… no habría oportunidad de estar a solas con él. Eso era obvio. Como anfitrión, se le requería en muchas partes. Bart se estaba divirtiendo de lo lindo, iba y venía en su silla de ruedas, sin aparente dificultad. —No entiendo cómo es que me alejé de esto durante tanto tiempo —le comentó a Eve cuando, ella se inclinó a darle un beso de saludo—. De


cualquier modo, me doy cuenta de que ha pasado demasiado tiempo. ¿En dónde está su hermana? —¿Ve aquellos hombres allá y una mancha rosada en medio? —respondió Eve —. Esa es mi hermana. Bart rio ligeramente. Nº Páginas 90-108 Kay Thorpe – La herencia —¡Y yo que pregunto! Su capataz no parece muy feliz. Wade, en efecto, parecía bastante aburrido. Se encontraba a poca distancia del grupo, con los pulgares metidos en las trabil as de su pantalón y una mueca de disgusto en el rostro. En cualquier momento haría una de dos cosas, según Eve: se alejaría de al í simplemente o se uniría al grupo y reclamaría lo que le correspondía. Eve esperaba que hiciera lo primero, aunque solo fuera por darle una lección a Fleur, quien coqueteaba abiertamente con todos para darle celos a Wade. Justo lo que siempre había hecho. Ya era tiempo de que alguien no le siguiera el juego. —Se las arreglará —respondió Eve a Bart, por fin—. ¡Me muero de hambre! ¿A qué hora vamos a comer? —¡La comida está lista! —gritó alguien, por encima del vocerío general. —¡Ahí tiene su respuesta! ¡Yo mismo podría comerme un caballo! ¿Quiere competir conmigo? Ya se estaba formando una línea de hambrientos invitados, por lo que Eve corrió a ocupar un lugar, seguida por Bart. El hombre detrás de Bart comenzó


a hablar con él sobre algo que le exigió toda su atención. De pie, Eve observaba el extremo de la fila que estaba cerca de donde se servía la comida y como no viera a Brett se preguntó dónde estaría. Si estaba tratando de evitarla, había logrado su propósito. La chica que estaba adelante de el a se volvió para saludar a alguien y al encontrarse con la mirada de Eve, hizo un gesto de reconocimiento. —¡Hola! —le dijo—. ¿Se acuerda de mí? Trabajo en el restaurante de la ciudad. Eve asintió, devolviéndole la sonrisa. —Sue Anne, ¿no es así? —¡Qué buena memoria! —exclamó la chica—. Yo nunca puedo recordar los nombres de la gente. Titubeó un poco antes de comentar en tono informal: —Alguien me dijo que Wade Connors vino con usted. No lo he visto en años. —Supongo que andará por ahí, ocupado —replicó Eve, consciente del interés de Sue Anne—. Le hace falta el descanso. Usted sabe la reunión del ganado y todo eso. —La reunión del ganado fue hace más de una semana —respondió la chica, con voz áspera—. Más bien creo que ha estado ocupando su tiempo en otras cosas. La hermana de usted es bonita, ¿no es así? Eve estudió la cara de la chica, indudablemente hermosa y sintió simpatía por el a.


—Casi ni se conocen —contestó. Sue Anne rio con amargura. —¡No será por culpa de Wade! Él le dijo a alguien, que ambos conocemos, que no iba a permitir que nadie interfiriera en sus planes. ¡Tenga cuidado con su hermana! Wade no será el único que piense en todo ese dinero que le heredó su tía. Nº Páginas 91-108 Kay Thorpe – La herencia "Celos", dijo para sí Eve. Solo se trataba de un desplante de celos. —Fleur sabe cuidarse bien de la gente —respondió—. Y no creo que deba usted repetir lo que ha oído de un tercero. Se puede prestar a malos entendidos. —Ya verá —vino la respuesta—. Wade Connors no se da por vencido fácilmente. Los ojos de Eve involuntariamente se volvieron hacia donde había visto al capataz del Circle Three, pero no había rastros de él ni de Fleur. Sue Anne se había vuelto avergonzada por la falta de respuesta de Eve. Quizá era una mujer celosa, pero también había algo de verdad en lo que dijo. Eve le tocó el hombro, sonriéndole, en tanto la rubia se volvía para mirarla. —Gracias —le dijo con suavidad. Sue Anne le devolvió la sonrisa sin entusiasmo. —No es justo. Eso es todo. Estaba interesado en mí, antes de conocerlas a ustedes. La señora Cranley le dio tanto poder que se creyó el dueño del rancho.


Hará cualquier cosa con tal de que su situación no cambie. Si no le hubiera gustado más su hermana, habría tratado de conquistarla a usted. —No hubiera tenido suerte. No es mi tipo. —Lo sé —contestó la muchacha con mirada extraña—. Por lo menos usted nunca tendrá la duda de si Brett Hanson anda tras su dinero. Eve sintió cómo le corría el calor bajo la piel. —Yo no… —comenzó a decir. —Lo vi salir corriendo detrás de usted el miércoles. Y mucha gente también lo notó —dijo Sue Anne, disfrutando del momento—. En este sitio no se pueden mantener muchos secretos. Además, usted ha estado montando ese palomino dé Brett los últimos dos días. Todo el mundo sabe lo que vale ese animal. Ha ganado todos los premios en los últimos tres años. Se detuvo en ese punto de la conversación, para alcanzar un plato. Detrás de el a, Eve la imitó. ¡Un caballo premiado! Debió haberlo sospechado. Pero, ¿por qué? Las emociones que la embargaron no tenían nada que ver con la gratitud. Cuando ella acabó de comer todavía no había rastro de Fleur ni de Wade. Llena de dudas y sin que le gustara lo que estaba pensando, Eve se abrió paso entre las filas de invitados hasta la misma casa, buscando a la pareja, pero sin éxito. No podría buscar en las habitaciones, tuvo que reconocerlo. No solo tenía Fleur la edad suficiente, para hacer lo que quisiera, sino que ella tampoco estaba en posición


de condenarla. Lo que deseaba era que su hermana prestara atención a la advertencia que estaba a punto de comunicarle. Brett salió del estudio, en el momento que ella pasó frente a la puerta. —Te he estado buscando —le dijo. Eve le dirigió una fría mirada. —Difícilmente me ibas a encontrar al í dentro. Él le impidió el paso, cuando ella hizo el intento de seguir su camino. —¿Hay algo que te molesta? Nº Páginas 92-108 Kay Thorpe – La herencia —Sí. Un palomino ganador de premios —replicó ella, secamente—. ¿Qué es? ¿Un pago por los servicios prestados? La boca de él se convirtió en una delgada línea. Brett, sin hablar, la tomó del brazo y la condujo dentro de la habitación de la que acababa de salir, cerrando la puerta tras él, apoyándose contra ella. —Ahora di eso de nuevo —la urgió. Ella se frotó la parte del brazo donde él la había tomado con tanta fuerza. —¿Acaso no es cierto? Quizá debería sentirme halagada. ¡Por lo menos no eres mezquino! —Quizá sea tiempo de que comience a serlo —rugió él—. ¿Qué diablos te pasa? —Tú lo sabes muy bien.


Ahora ya no había nada que la detuviera. Sus ojos lanzaban chispas y lo retaba con la mirada. —¡Te regreso tu caballo! ¡Anda! ¡Ve a ganar más premios con él! ¡Pero devuélveme lo que es de mi propiedad! —¡Eres más estúpida de lo que imaginé! —estaba furioso y además apenas se podía dominar. —¿Es que nunca razonas antes de explotar? —¿Sobre qué? —quiso saber ella—. Sabías perfectamente lo que iba a ocurrir la otra tarde. ¡Lo arreglaste de forma que pudieras satisfacerte! Él rio, pero en su risa no había nada de humor. —¿Quieres decir que todo lo que pasó fue solo porque yo quise? —¡No, claro que no! —respondió el a, controlando su ira con fuerza de voluntad —. Lo que quiero decir es que no tenías por qué sobornarme con el caballo. ¡Hubiera hecho lo mismo por nada! Levantó la cabeza bruscamente, antes de añadir: —¡Ahora, apártate de mi camino! —¡Ni loco lo haría! Se separó de la puerta con brusquedad, acercándose violentamente a el a. Un instinto de conservación la obligó a retroceder unos pasos. Él le replicó: —Ya que me crees capaz de valerme de cualquier cosa que esté a mi alcance, partamos de esa suposición. Eve ya no pudo retroceder porque el borde del escritorio le cerró el paso, pero no así a Brett. Su cuerpo se dobló hacia atrás, sobre la superficie plana del


escritorio, hasta que ella pensó qué se le iba a romper la espalda. Abrió la boca para gritar, pero él la cubrió con la suya. Por primera vez, ella sintió miedo y suplicó: —¡Brett, no! Nº Páginas 93-108 Kay Thorpe – La herencia —¡Brett, sí! —se burló él, apretándose aún más sobre el a—. ¡Tú lo buscaste y te lo voy a dar! ¡Quizá hasta lo disfrutes! —Me estás rompiendo la espalda! —se quejó, casi sin aliento—, por favor. Su palidez lo hizo reaccionar. Súbitamente se apartó de el a y la ayudó a enderezarse tomándola con brusquedad entre sus brazos para llevarla a un sota. Se arrodilló a su lado, mirándola intensamente aun con furia, pero con algo más. ¿Vergüenza? ¿Arrepentimiento? Ella no podía estar segura. —¡Por Dios! ¡Deja de hacerme esto! ¡Me estás volviendo loco! —Lo siento —se disculpó, no sin esfuerzo, por el nudo que sentía en la garganta—. No es agradable saber lo que la gente piensa de nosotros. —¡No me importa lo que la gente piense! —repuso él—. No debe importarnos. Es un asunto tuyo y mío, Eve. Solo tuyo y mío. Nos la arreglaremos de


alguna forma. —¿Cómo? —No sé. No renunciarás al Circle Three por mí, ¿o sí? Ella sin dudar respondió. —No. —Entonces estamos atrapados —repuso él—. Solo hay una cosa en la que estamos de acuerdo, así que aprovechémosla. Eve permaneció inmóvil mientras él desabrochaba los tres minúsculos botones de la blusa. Su cuerpo respondió ansioso al contacto de su maño, explotando en un deseo incontrolable. Ella le oprimió el pecho con la mano, cuando sintió que él besaba sus senos y empezó a jadear. La mano de Brett buscó el muslo de Eve, recibiendo una respuesta inmediata a sus atrevidas caricias. Hubo una pequeña pausa antes que Brett la poseyera. A partir de ese momento, nada más importaba. La sensación de abandono no duró mucho y al fin, Eve recobró la cordura. Con la cabeza de él sobre un hombro, se preguntó qué pasaría si ella accediera —a la venta del Circle Three. Si Brett solo jugaba con ella, para conseguir sus fines, entonces debía dedicarse a la actuación. ¡Era magnífico! Pero le faltaba para hacer la prueba y cerciorarse. —Todavía no arreglamos el asunto del palomino —le recordó con suavidad —. Es un caballo demasiado valioso para usarlo como cabalgadura, Brett. Si todavía te opones a que me quede con la yegua, búscame otro animal.


El suspiró profundamente, aunque no cambió de posición, solo se limitó a mirarla. — Misty tiene siete años. Ha ganado premios importantes en los últimos tres años y eso es suficiente. Si algún idiota no lo hubiera capado, lo habría usado como semental. Por lo menos le habría dado una compañera. Es demasiado joven y brioso, como para ponerlo a pastar con los cabal os más grandes. Dártelo fue la solución perfecta ¿Satisfecha? —Sí —asintió ella, suspirando a su vez—. Tienes razón. A veces saco conclusiones precipitadas. Nº Páginas 94-108 Kay Thorpe – La herencia ——Si eso es una disculpa, la acepto —repuso él. Levantó la cabeza para besarla en la boca, luego se incorporó. —Tenemos que irnos, cariño. Se supone que soy el anfitrión de toda esa gente que está al á afuera. Sus ojos azules volvieron a brillar al verla tendida desnuda sobre el sofá. —El deber es odioso a veces. Ven mañana en la tarde al puente y montaremos un rato. —¿Con o sin caballos? —preguntó ella, deseando no haberlo dicho, al ver su reacción—. Lo siento. No quise decir eso. —Sí que lo hiciste —respondió él, levantándose y se vistió en cuestión de segundos—. Como te dije, estamos atrapados. Tú eres la única que tiene la solución. Si lo que quieres es que te asegure algo que no puedo, me temo que vas a


sufrir una decepción. Eve se sentó, alisando la falda sobre las piernas. —Cada vez que tenemos una discusión acabamos haciendo el amor — apuntó, intentando bromear un poco—. Debe haber una moraleja en todo esto. —No hay nada intenso entre nosotros. Solo somos un hombre y una mujer que disfrutan haciendo el amor. Un poco de provocación nos excita. Eso es todo. —¿Por qué te molestas en usar indirectas? —Porque la palabra en la que estás pensando no basta para describir nuestra relación. Al menos, yo no lo creo. La ayudó a incorporarse. —No voy a darme por vencido en lo del Circle Three, Eve. Es demasiado importante para mí. Si significa lo mismo para ti, entonces eso es todo. Dejemos así las cosas. Ella lo escudriñó, tratando de leer sus pensamientos. Cuando al fin se movió, fue casi contra su voluntad. Apoyó su mejilla contra su pecho. —De acuerdo —murmuró—. Hablaré con Fleur. Después de un momento de silencio él reaccionó y con una mano le acarició el cabello. —No te arrepentirás —le aseguró—. Una vez que hayamos solucionado ese problema, tendremos el camino libre. Todavía no estaba dispuesto a hacer promesas, tuvo que reconocer Eve con amargura. Pero, ¿hubieran servido de algo? Una oferta de matrimonio no


necesariamente significaba que él sintiera la misma pasión que el a sentía. Tendría que asegurarse que se desarrollara en él ese sentimiento y si el único medio de conseguirlo era su mutua atracción, entonces la usaría. Solo hasta que salieron del estudio el a recordó la verdadera razón por la cual había ido allí. No veía a Wade por ninguna parte, pero sí vio a Fleur, rodeada de varios galanes, lo que la reconfortó bastante. Su única preocupación ahora, era la reacción que podría tener su hermana ante la idea de vender el rancho. Si estaba verdaderamente interesada en Wade, entonces quizá ya no quisiera vender las Nº Páginas 95-108 Kay Thorpe – La herencia tierras. Lo saturado de la atmósfera en general, no había mejorado. Pesaba en el ambiente, creando un letargo, que la mayoría de los presentes parecía ignorar. Cuando comenzó a caer la oscuridad, llegó un grupo de músicos de Sebring, que trajo un entretenimiento adicional. Se encendieron las luces y se despejó un área para bailar. Eve se sentó al lado de Bart, feliz de verlo tan radiante. —Es como en los viejos tiempos —comentó él—. Hoy he visto a personas que hacía mucho tiempo no veía, sobre todo, porque no había alentado a nadie para que me visitara. La madre de Brett era muy sociable. —¿Se parece Brett a el a? —inquirió Eve. —En algunas cosas. Era una mujer de voluntad muy fuerte, cuando se trataba de conseguir algo que le importara mucho. Sabía cuándo ceder, sin embargo, no hay mucha gente así. —¿Se trata de una indirecta? —preguntó sonriendo.


—Quizá —respondió él, volviéndose a verla con actitud pensativa—. Brett y usted volvieron a pelearse, ¿no es así? —Nada importante —repuso ella, observando a los que bailaban para evitar mirarle a los ojos—. Apenas nos conocemos desde hace dos semanas. No es mucho tiempo. Bart dejó escapar un gruñido. —Depende del tipo de gente de que se trate. Lo que sí sé es que nunca vi a mi hijo tan encolerizado contra nada ni contra nadie. —No es ira lo que estoy buscando —murmuró el a. —Es una ira positiva. Las dos explotan cada vez que se reúnen. —Y dos polos positivos generan energía negativa. —Deje de ser tan ingeniosa en sus respuestas —gruñó el ranchero—. ¡Nada irrita más a un hombre, que una mujer que quiere pasarse de astuta! Solo dije que la madre de Brett sabía cuándo ceder Sabía cuándo no debía abrir la boca. —Yo me busqué esa respuesta —reconoció Eve—. Supongo que se trata de algún mecanismo de defensa. —No lo necesita. Era hora de cambiar el tema. —Hablando de gente astuta, parece que Alex no pudo venir esta noche. —Tenía que ver a un cliente. Los abogados son… —se interrumpió Bart. En ese momento pareció como si hubiera perdido la voz. Se puso rígido y elevó la vista en una mujer vestida de blanco, que se dirigía hacia ellos, a través de la multitud.


—¡Que me lleve el diablo! La recién l egada se detuvo justo frente a la silla de ruedas. Había un hombre detrás de el a, con aire protector. Eve de inmediato supo de quién se trataba. Tenía una imagen mental muy clara de una pareja rodando por la hierba, y una mujer intentando escapar del hombre. Según lo que el mismo Brett había dicho, esta mujer Nº Páginas 96-108 Kay Thorpe – La herencia no parecía ser de las que se pueden forzar, a menos que ella lo deseara. Fría y sin perder la compostura, con una voz que reflejaba su imagen, dijo: —Hola, Bart, si vamos a arreglarnos fuera de los tribunales, pensé que podría ser aquí mismo. Bart, ya recuperado del primer impacto, contestó con tono igualmente gélido: —¿Con la esperanza de anticipar la fiesta? Diane sonrió y encogió los hombros. —Con la esperanza de hacerte comprender que no estoy dispuesta a aceptar menos de lo que te pedí. Se trata de una cosa muy sencilla, cariño: necesito el dinero. No había nadie cerca que pudiera escuchar la conversación, aunque, a juzgar por las miradas que algunos de los invitados dirigían en esa dirección, mucha gente había reconocido a la segunda señora Hanson. Eve hizo el intento de ponerse de pie, pero sintió que el brazo de Bart se lo impedía.


—¿Necesitas dos mil ones? —le preguntó con ironía. —Tengo muchos compromisos —contestó con indiferencia. —¿Él es uno de ellos? —preguntó Bart, señalando al hombre que estaba a su espalda. Este último dio un paso hacia adelante, hasta quedar a un costado de Diane. Era más joven que el a y parecía ser italiano. Vestía un soberbio traje blanco y una fina camisa de seda negra. Su acento era estudiado, seguramente para fascinar a las mujeres. —Soy el representante legal de la señora Hanson —anunció con suavidad—. Y el a no vino para recibir sermones. —Entonces, debió quedarse donde estaba —observó Brett rudamente, reuniéndose al pequeño grupo—. No hay nada que le impida irse en este mismo momento. —¡Ah! ¡Brett! —exclamó Diane, con un sutil cambio de expresión—. ¿Es esa la forma de hablar de un hospitalario sureño? Hemos hecho un largo viaje, cariño. De haber sabido que había una fiesta hoy, hubiéramos esperado hasta mañana. —Pueden quedarse hasta mañana, si lo desean —terció Bart, sin dar tiempo a que su hijo respondiera—. Podemos hablar en la mañana, antes que se marchen. —¿Quieres decir llegar a un arreglo? Michael tiene todos los papeles listos


para que los firmes —señaló Diane y luego agregó—: puedo llevarte ante los tribunales, y eso no te gustaría, ¿o me equivoco? ¡Imagínate la cantidad de ropa sucia que saldría a relucir! Todas las… Eve se levantó, temblorosa, de su asiento. —Creo que mejor me voy. —Usted debe ser la sobrina de Laura Cranley —exclamó Diane, cambiando su centro de atención—. ¡Qué afortunada es! Tiene una hermana, ¿no es así? —Sí —repuso Eve, sin atreverse a mirar a Brett—. Voy a buscarla. Nº Páginas 97-108 Kay Thorpe – La herencia Alejarse de los cuatro, fue una de las decisiones más difíciles que jamás había tomado, pero se trataba de un asunto familiar y ella no era miembro de la familia. Y a juzgar por la expresión de Brett, cuando se había unido al grupo, dudaba que llegara a serlo. Lo que Diane hubiera significado para él, aún no lo superaba. Podía ver las cicatrices. Nº Páginas 98-108 Kay Thorpe – La herencia Capítulo 11 Ir a buscar a su hermana había sido una excusa, desde luego. Al fin, Fleur fue quien la encontró en un rincón de la terraza. —Pensé que te habías retirado temprano o algo así —dijo Fleur, sentándose


al lado de su hermana en el sofá de bambú—. Me enteré de que la "dulce" Diane apareció por aquí aunque nadie parece saber por qué. ¿Tú sabes qué está pasando? —No —replicó Eve, con franqueza—. Y lo que sé no me concierne. —Perdona mi curiosidad —se excusó Fleur, permaneciendo en silencio un momento. Luego exclamó—: ¡Es una fiesta fabulosa! ¿No te parece? —Fabulosa —convino Eve, sin ocultar su ironía—. ¿En dónde está nuestro capataz? La rubia cabeza de su hermana, se enderezó súbitamente, como si hubieran tirado de ella, con un cable invisible. —En casa, empacando sus cosas —respondió—. Le di un cheque por el sueldo de tres meses, en lugar de pedirle su renuncia. Espero que no te enfades por eso. —¿Lo despediste? —preguntó asombrada Eve—. Pero… —Pero nada. Se lo buscó —la interrumpió Fleur, subiendo el tono de voz—. Sospeché algo, desde que comenzó a ensuciar el nombre de Brett. El pobre idiota ni siquiera tuvo el sentido común de jugar bien sus cartas. Pensaba que estaba tan loca por él, que me casaría en cuanto me lo pidiera. Rio con una ligera nota de amargura. —¡Como si no me hubiera dado cuenta de que mi dinero era una parte importante del atractivo que sentía por mí! ¿Qué clase de tonta se habrá figurado que soy? —¿Qué hizo? —preguntó Eve.


Fleur ya no pudo contener las lágrimas y explotó. —Trató de seducirme esta tarde —dijo entre sollozos—. ¡En una casa ajena! Estaba tan seguro de que yo me entregaría sin protestar, que ni siquiera se tomó la molestia de disimular sus intenciones. Me dijo que tú tratarías de impedir un matrimonio rápido, porque estas celosa de mí. Que era mejor que huyéramos y después te exigiríamos la mitad de lo que vale el rancho. ¡Lo tenía todo planeado, hasta el último detalle! ¿Cómo se atrevió, Eve? ¡Me conoce desde hace solo una semana! —Pero sabe de nosotros desde mucho antes —repuso Eve, sin intentar dar consuelo a su hermana, pues sería inútil—. Según una de sus exnovias, si tú no le hubieras gustado más, lo habría intentado conmigo. Wade Connors es una oportunista. Tiene los ojos abiertos para ver qué puede sacar. Qué bueno que no te enamoraste de él. —Pensé que sí —contestó, cabizbaja. Nº Páginas 99-108 Kay Thorpe – La herencia —No lo creo —respondió Eve, con tono suave pero firme—. A decir verdad, creo que comenzabas a aburrirte de él. Lo demostraste esta tarde. Y como ni siquiera se dio cuenta de eso, creo que es más tonto de lo que pensé. —Supongo que tienes razón —terció Fleur ya más tranquila y añadió—: ¡Deberías haberle visto la cara cuando le di el cheque! ¡No podía creer lo que


estaba viendo! Creo que nunca le había sucedido algo parecido. —No creo que haya tenido muchas oportunidades como esa. No merece esos tres meses de sueldo, pero me alegro que se los hayas dado, pues así no tendrá excusa válida para quejarse. El rostro de Fleur volvió a ensombrecerse. —Ahora nuestro problema reside en encontrar otro capataz. Eve reconoció con tristeza que dos horas antes ese problema no hubiera existido. En cambio ahora, con Diane Hanson en la casa, no podía pensar en el futuro. Comenzó a l over tan repentinamente, que parecía como si alguien hubiera abierto una llave en el cielo. Los invitados se apresuraron a refugiarse, de la lluvia en la terraza, revisando su ropa empapada. —Esto se había estado esperando durante todo el día —dijo alguien—. Han informado que hay un ciclón en la costa oeste. Quizá se desvió tierra adentro. El hombre que hablaba, al ver la expresión preocupada de Fleur, añadió: —No se preocupe. Aquí hay tornados todos los años y nunca se ha muerto nadie. —¡Qué gran consuelo! —murmuró Fleur, volviéndose para entrar en la casa —. Quizá debamos quedarnos esta noche, Eve. A nadie le importará. —¡Quédate tu si quieres! Yo me voy a casa. —Le permití a Wade l evarse el auto —confesó Fleur, sonrojándose ante la


mirada de su hermana—. Bueno. Es que necesitaba transporte para recoger sus cosas. Pensé que Brett nos llevaría de regreso. Brett era la última persona a quien Eve deseaba pedirle el favor Debía haber otras personas que fueran en la dirección del rancho: —Iré a ver —prometió—. Quédate aquí y no te muevas. No quiero tener que buscarte por todos lados cuando encuentre quién nos lleve. La casa estaba repleta de gente y algunos de los invitados lucían toal as en lugar de camisas y blusas. Casi nadie parecía deseoso de irse. A juzgar por la alegría que reinaba, la fiesta acababa de cobrar nuevos bríos. Eve vio a Diane y a su abogado hablando en un rincón remoto, pero no Había señas de Bart ni de Brett. Al cabo de un tiempo, halló a Bart en el estudio. —Necesito un auto prestado —le dijo—. Es una larga historia, pero Wade Connors se fue en el nuestro. Bart negó con la cabeza. —Estaba a punto de salir a buscarlas. Parece que tendremos una fuerte tormenta. La mayoría de los invitados va a quedarse hasta que el tiempo aclare. Nº Páginas 100-108 Kay Thorpe – La herencia —¿Tardará mucho? —Depende de la dirección que tome. Ahora solamente nos ha tocado la cola del ciclón. Si mantiene la dirección que lleva hasta ahora, no sentiremos lo peor. —De cualquier modo, prefiero irme a casa.


—Lo que realmente quiere decir, es que prefiere marcharse de aquí, en tanto mi esposa permanezca en la casa. No está sola, se lo aseguro. Eve no quiso discutir y solo preguntó: —¿Ha tomado ya una decisión? —¿Acerca del arreglo? No tengo alternativa. —Podría pelear. —¿Alguna vez ha estado en un juicio de divorcio? —preguntó con sequedad —. No dejan títere con cabeza. Prefiero pagar los dos mil ones a ventilar mi vida privada y mis asuntos personales en público. —¡Pero es injusto! —explotó Eve—. ¿Qué hizo esa mujer por usted, para merecer ese dinero? —Me dio todo un año. Y no puedo decir que ese año fuera malo. Quizá, hasta se hubiera quedado, de no haber ocurrido lo del accidente. —¡Pero no dos mil ones de dólares! —Usted piensa como Brett. Si de él dependiera, no le daría ni un centavo. Los dos son un par de extremistas. —Lo siento —se disculpó Eve—. No debería ni siquiera comentar el asunto. —¿Por qué no? —cortó él, con tono áspero—. La considero como un miembro más de la familia. La escudriñó antes de continuar. —Incluso podría llegar a ser mi nuera si abandonara la posición que ha tomado.


Eve respondió sin pensar en lo que decía. —En alguna ocasión, quizá hubiera cedido… —¿Antes de ver la forma en que Diane lo miró esta noche? —Yo no… —empezó a balbucir Eve. —Está bien. Siempre supe que Brett la atraía. Tal vez más parque él no se sentía atraído por ella. Una mujer de su clase, siempre se siente estimulada por un desafío así. Entonces, ¿por qué luchó por escaparse de él cuando Brett quiso hacerla suya?, se preguntó Eve. No, Bart estaba equivocado. Su hijo era el verdadero culpable. Sin reparar en cuánto deseara a la esposa de su padre, no había excusa por lo que había hecho. —Todo fue culpa de Diane —insistió Bart, observándola—. Hubo rumores. Siempre los hay en una comunidad cómo ésta. Pero solo eran eso: rumores. Conozco a mi hijo, Eve. Nº Páginas 101-108 Kay Thorpe – La herencia Ella sonrió débilmente. —Estoy segura de que así es. Bueno, voy a decirle a Fleur que vamos a quedarnos. ¿Le parecería una falta de educación si me voy a dormir? Tengo un fuerte dolor de cabeza. —Quizá sea la presión —sugirió él, haciendo que el a se sintiera mal, pues su simpatía era genuina y el dolor de cabeza de el a, no—. Lo mejor que puede hacer


es dormir. Alejó la silla de ruedas del escritorio, agregando: —Iré a reunirme de nuevo con mis invitados, antes que mi esposa venga a buscarme. No puedo dejarle toda la responsabilidad a Brett. En los últimos quince minutos, el viento había arreciado, ahuyentando a todo mundo de la terraza. A pesar de que la sala era grande, ya no cabía la gente. Fleur estaba conversando animadamente con un par de muchachos. Reaccionó a la noticia de que se quedarían, con una sonrisa y un ademán de la mano, sin molestare en volverse si quiera. El abogado, con su traje blanco, estaba en un extremo de la sala Por ninguna parte aparecía Brett. Eve pensó que debían ocupar las habitaciones que les habían asignado antes, aunque no le importaba lo más mínimo compartir su cuarto con Fleur, si es que había la necesidad de hacerlo por falta de espacio. La puerta estaba ligeramente abierta. Con una mano en el picaporte, se quedó inmóvil al escuchar la voz burlona y llena de rencor. —Nunca pudiste soportar la idea de que estuviera con tu padre, ¿no es así, querido? Era muy hombre, hasta antes de su accidente. Más de lo que puedes imaginarte. A mí, no me importa quién sepa acerca de nuestras relaciones íntimas, pero a él sí. Especialmente la parte de cómo le gustaba golpearme —la voz femenina se interrumpió para reír—. Creerían todo lo que yo dijera. Tengo una imaginación muy vivida y soy muy buena para expresarme. Quizá


también les diga lo de su hijo. Les diría: Su lema era compartir, compartirlo todo. —¡Perra! —exclamó la voz masculina, en tono bajo, provocando una ruidosa carcajada. —Golpearme no arreglará nada, cariño. Las magulladuras se ven muy claramente en las fotografías. Me trajiste a este sitio para hacerme una proposición, así que, ¿por qué no empiezas de una vez? Estoy, dispuesta a considerar cualquier cosa, en tanto la oferta final no sea menos de dos millones. Eve ya no pudo escuchar más. Temblando y sin saber cómo se mantenía de pie, ni lo que iba a hacer, se encontró súbitamente en la terraza, reclinada en un poste, en medio de las inclemencias del tiempo. La lluvia había cesado, a pesar de que el cielo aún estaba oscuro. Cuando los relámpagos rompieron por unos instantes la negrura del firmamento, Eve vio uno de los jeeps del rancho, estacionado cerca del escalón de la terraza. Las l aves debían estar puestas en el arranque. Sin detenerse a pensarlo, bajó, de la terraza y se sentó detrás del volante. Si llovía de nuevo, se mojaría, pero eso sería todo. ¡Cualquier cosa era mejor, que permanecer en la casa donde estaba esa mujer! Le tomó veinte minutos cubrir los pocos kilómetros que la separaban del Circle Three. El auto en el que había ido al Diamond Bar estaba estacionado fuera de la Nº Páginas 102-108 Kay Thorpe – La herencia habitación del capataz. No había ninguna luz encendida en la cabaña, ni


tampoco estaba la camioneta azul, ni el ocupante de la misma. Furioso por la forma en que había sido despedido, Wade Connors seguramente había abandonado el rancho en el acto. Eve estaba demasiado fatigada y confusa como para ponerse a considerar en qué situación las dejaba su partida. Pensaría en ello al día siguiente. Se encontraba abriendo la puerta de la casa, cuando escuchó el ruido. Al principio, lejano y suave, pero aumentando de volumen cada segundo. A pesar de que estaba oscuro, era fácil distinguir la forma del tornado, dibujada contra el cielo. Se dirigía hacia el rancho, comprobó Eve, aterrada. El único refugió estaba en el interior de la casa. Entró rápida, cerrando el cerrojo automáticamente. Fue el instinto, el que la l evó hacia la puerta del sótano. Allá abajo, por lo menos estaría bajo el nivel del suelo. Debía ser más seguro. Como en la mayoría de las casas norteamericanas, el sótano era tan grande como toda el área de la casa, dividido en compartimentos por paredes de tablaroca. En el pasado, Jos Cranley había transformado uno de esos compartimentos en sala de proyecciones, colocando asientos a lo largo de una pared. Eve tomó algunos cojines, se los echó encima y se acurrucó en un rincón. El ruido aumentaba de intensidad a cada momento, hasta convertirse en un infernal estruendo que parecía iba a romperle los oídos. De pronto sintió que la casa


empezó a moverse. Luego todo se oscureció y el a se desmayó. Cuando volvió en sí y se vio rodeada de la oscuridad más profunda y del constante goteo de la lluvia se quedó inmóvil varios instantes, hasta que se aclaró su mente. Había una pesada viga atravesada sobre el a, a la altura de las caderas, sostenida a unos cuantos centímetros dé su cuerpo, por un pedazo de concreto desprendido de algún muro. Con cualquier movimiento en falso, el enorme peso le podría caer encima. Eve se obligó a permanecer inmóvil tanto como le fuera posible, preguntándose desesperadamente cuánto tiempo habría permanecido inconsciente y si alguien se había dado cuenta. Esto último muy poco probable, ya que en el Diamond Bar sabían que se había ido a acostar. Quizá hasta el día seguramente notarían su ausencia y para entonces tal vez fuera demasiado tarde. Levantó la vista y pudo vislumbrar el cielo nocturno, a través de un gran orificio de la casa. La mayor parte de la construcción estaba destruida. Eve sintió deseos de reír histéricamente. En su actual situación, ninguno de sus otros problemas tenía alguna importancia. Dado el peligro en que se encontraba, ahora podía pensar con lógica en sus dificultades. El presente era todo lo que contaba. El presente y el futuro que pudiera compartir con Brett. Si es que tenía futuro, pensó, cerrando los ojos. Si la pieza de concreto que la sostenía, diera de sí, la viga le aplastaría la columna


vertebral, si es que no la mataba. A Bart le había tomado tres años acostumbrarse a su invalidez; a el a toda una vida no le bastaría. Aún aturdida, había aceptado la idea de que todos los empleados del Circle Three, que vivían en el rancho, debían estar muertos o demasiado heridos como para poder brindarle alguna ayuda, por lo que al oír voces la dejó inmóvil. Gritó, pero su grito fue tan débil que apenas pudo escucharlo ella misma. Tosió al caerle del Nº Páginas 103-108 Kay Thorpe – La herencia techo una nube de polvo y tierra. Horrorizada, vio cómo la viga se había movido un poco. ¡Dios mío! ¡Por favor no! La luz de una linterna, alumbró las ruinas en un sitio no lejano dé donde ella estaba. De alguna manera, Eve reunió la energía suficiente para gritar, aunque temerosa de que la menor vibración podría acabar con el a. La voz que le respondió le resultó familiar y lágrimas de alivio asomaron a sus ojos. No sabía cómo la pudo encontrar Brett, pero si alguien podía salvarla, era él. Brett se aproximó cautelosamente, calculando lo peligroso de la situación. —Ahora estoy contigo —la tranquilizó—. Solo quédate quieta. Eve escuchó cómo daba órdenes a otras personas, mientras calculaba las probabilidades que tenía de salir con vida. Por la forma en que la viga había caído, incluso amarrar una soga para tirar de ella hacia arriba, podía ocasionar un


desastre. Pero no había alternativa. Una mínima oportunidad era mejor que ninguna. Regresó con otro hombre y ambos encontraron un hueco entre los escombros de la escalera que se había derrumbado en el sótano. Eve semicerró los ojos cuando la lámpara le alumbró el rostro, con un brillo cegador. —Solo un minuto —le aseguró él—. Ray, sujétala de las axilas y tira de ella, cuando te lo diga. —No podrás hacerlo —le advirtió Eve, adivinando lo que se proponía hacer —. Brett, ¡la viga pesa mucho para que puedas levantarla! Brett ignoró su advertencia, arrodillándose para poner uno de sus hombros bajo la viga, en tanto Ray sujetaba a Eve de las axilas, murmurando palabras de aliento. —Bien —dijo Brett—. ¡Ahora! Todo terminó en un abrir y cerrar de ojos y la gigantesca viga cayó en el sitio donde ella había estado segundos antes, con un estrépito ensordecedor. En un instante, Brett estuvo a su lado, apretando su rostro contra el de el a de una manera que no dejaba lugar a dudas respecto a sus sentimientos. —Vámonos de aquí —dijo con brusquedad. Diciendo eso la levantó en brazos y la l evó hasta donde se encontraba estacionada la camioneta, a poca distancia de la casa en ruinas y la deslizó sobre el asiento delantero. —Te voy a l evar a casa —le dijo, con una sonrisa seca—. Ya no hay nada para ti en este lugar.


—Nada que pudiera interesarme —convino Eve. Alargó los brazos y lo atrajo hacia sí, besándolo con una ternura nueva para el os. —Te amo, Brett. Estuviste aquí cuando te necesité. Nada más importa. Él le tocó una mejilla, con una expresión en los ojos que la hizo feliz. —Tenemos muchas cosas de qué hablar. Se veía gente por todas partes, intentando poner un poco de orden dentro del caos que dejó el tornado. Eve miró su reloj y luego se lo aproximó al oído, sorprendiéndose al darse cuenta de que aún funcionaba. Nº Páginas 104-108 Kay Thorpe – La herencia —Debemos quedarnos para ayudar —murmuró, cuando Brett se deslizó en el asiento, a su lado—. ¿Cuántos lesionados hubo? —Tú, la casa y uno de los establos —respondió—. Los tornados son así: selectivos. Arrancó el motor, volviendo la cabeza para ofrecerle una sonrisa. —Nunca he sido fatalista, pero tiene que haber algún propósito, detrás de lo que pasó esta noche. Sin casa y sin capataz, será, mejor que olvides la idea de continuar operando el Circle Three. Incluso Jos hubiera estado de acuerdo. —¿Quién te dijo lo de Wade? —inquirió ella. —Fleur. También me dijo cómo estabas la última vez que estuvo contigo. Até cabos sueltos y di con una respuesta obvia. Sabías que estuve con Diane, ¿no es así? —Alcancé a escuchar parte de la conversación, así es —confesó ella.


—¿Y ya has sacado tu conclusión precipitada? —Por lo que escuché, solo puedo sacar una conclusión. No te culpo por lo que haya ocurrido hace ya varios años. Es una mujer muy bel a. —Y todavía crees que me dejo deslumbrar por las apariencias su tono de voz volvió a endurecerse—. Quizá deba dejar que sigas creyéndolo. Eve permaneció inmóvil, sintiendo un nudo en la garganta. ¿Por qué tenían que discutir todo el tiempo? ¿Era culpa suya? —Alguna vez quisiste explicarme lo que había pasado cuando Wade Connors los vio a ti y a Diane juntos y yo no te quise escuchar —dijo por fin—. Estoy dispuesta a oírte ahora, Brett. Y te creería. —Lo dudo —repuso con sequedad. —Inténtalo —suplicó ella. Pasaron algunos minutos antes que él respondiera. Detuvo el auto a un lado del camino y permaneció sentado. —No es una historia muy agradable —comenzó a decir al fin—. Y yo tengo parte de culpa. Me propuse probarme a mí mismo. Si hubiera o no informado a papá la verdad, eso es algo que nunca sabré. Sufrió el accidente dos días después de que Connors nos vio cerca del río. El resto ya lo sabes. Eve dijo, con cautela: —No estoy segura de entender. En aquella ocasión, tú aceptaste que Diane intentaba escapar de ti. —Cierto. Le dije exactamente lo que pensaba de el a y por qué había seguido su juego. Por supuesto, no le gustó.


Recordando lo que acababa de escuchar esa noche, Eve pudo imaginarse la violenta reacción que Diane debió tener. No había duda de nada. Todo encajaba a la perfección. —He sido una tonta —reconoció acongojada—. Debí darte una oportunidad. Nº Páginas 105-108 Kay Thorpe – La herencia —No me conocías lo suficiente, como para tener confianza en mí. Aún no me conoces bien. —Pero lo estoy haciendo —dijo el a, colocando una mano sobre el brazo de él y deslizándose en el asiento, para apoyar la mejilla sobre su pecho—. Te conozco más a cada momento. Abrázame, Brett. Él le levantó el rostro para darle un beso apasionado en los labios. —No me has dado reposo desde aquel día, en el vestíbulo del hotel, cuando te vi por primera vez, con cara de pocos amigos —susurró en su oído—. ¡Será mejor que comiences a aprender algo de la vida matrimonial de los norteamericanos! Eve rio, encantada de la sensación que le proporcionaban sus largos dedos sobre su pecho. Sintió cómo crecía su deseo y también el de él. —Por lo que he podido ver de las esposas norteamericanas, creo que no me costará mucho trabajo —comentó—. ¡No te gustaría tener una compañera dócil! Ahora fue Brett quien rio:


—Me gustaría tratar, sin embargo. Le tomó una mano y le besó los dedos con una ternura que revelaba lo que sentía por el a. —Vamos a casa. Volvió a poner el auto en marcha antes que ella pudiera responder. —¿Qué hay de Diane? —se aventuró a inquirir al fin. —Se fue —replicó él con calma—. Si te hubieras quedado unos minutos más, la hubieras visto salir con su gigoló. —Abogado —lo corrigió el a. Se volvió a mirarlo, tratando de adivinar lo que pasaba por su mente. —Así que se salió con la suya, después de todo. —No, no lo hizo —se volvió a mirarla con expresión divertida—. Ardes de curiosidad, ¿no es así? —Sí —asintió ella—. No me dejes en ascuas, Brett. ¿Qué fue lo que pasó? —La enfrenté con unos cuantos hechos —respondió—. Nuevos para ella, debo admitirlo en su descargo. —No entiendo… —comentó Eve, escuchando cómo suspiraba. —Si te cal as lo suficiente, quizá pueda acabar de contártelo. Estuve investigando varias cosas durante estos últimos días. Yo sabía que el a había estado casada y que se había divorciado, pero no se me había ocurrido investigarlo antes. Aparentemente su divorcio fue rápido. Quizá tenía prisa. Pero lo importante es que


ese divorcio no es válido en este estado. Ella comprendió de inmediato. —¡Eso quiere decir que ella y tu padre nunca estuvieron casados realmente! —Así es —asintió Brett, disfrutando del efecto de lo que acababa de decir—. Yo mismo casi no lo creía, pero es cierto. Por lo tanto, no tiene ningún derecho ante Nº Páginas 106-108 Kay Thorpe – La herencia la ley. Incluso, se le podría acusar de bigamia. Todo lo que papá tiene que hacer es tramitar una anulación. —Y, ¿cómo vas a decírselo a él? —Ya lo hice —dijo él, con una sonrisa de puro placer—. ¡No lo había oído reír con tanta alegría desde hacía varios años! Creo que esto lo ha fortalecido más. —¡Qué alivio! —exclamó Eve, feliz también. Se volvió a mirar al hombre con quien iba a casarse con una expresión amorosa en los ojos. —¡Eres maravil oso! ¿Lo sabes? —No exageres. Ya nos hemos peleado antes por los motivos menos esperados. Quizá vuelva a pasar —hizo una pausa y luego prosiguió—: ¿Cómo te sientes?


—No tan bien como para lo que tienes en mente —repuso con rapidez y lo vio sonreír de nuevo. —¿Soy así de transparente? —Solo a veces —contestó el a—. Y no es que yo no lo desee lo que pasa es que estoy cubierta de lodo y tierra y quisiera darme un duchazo caliente primero. —Nos lo daremos juntos —dijo él—. Como en los viejos tiempo! En tres días más habremos cumplido dos semanas de conocernos ¡Creo que esta vez sí estoy atrapado! —Claro que lo estás —confirmó Eve, disfrutando de unos momentos de felicidad, antes de ponerse a pensar en asuntos más importantes—. Brett, ¿qué va a ocurrir con los peones del Circle Three. Hasta hoy, todos tenían un empleo, pero mañana… —Me estaba preguntando cuánto tardarías en preguntarlo. —Si sabías que iba a preguntártelo —observó el a—. Entonces debes tener una respuesta. —Así es. Punto número uno: no se despedirán de un día para otro. Las subastas de maquinaria y equipo toman tiempo. Mientras tanto, es necesario que alguien se ocupe de esas cosas. El equipo tiene que mantenerse en perfectas condiciones. Yo puedo contratar a tres o cuatro de tus peones más adelante, junto con sus familias y buscaría colocar a los otros, si fuera necesario. Hizo una pausa, volviéndose a verla. —¿Algo más? —Solo una cosa —contestó ella, con tono falsamente suave—. Puedes pagarle a Fleur medio mil ón de dólares por su parte del rancho. La otra mitad


del dinero, te la obsequio como regalo de bodas. —¡Eso sí que no! —la respuesta de Brett fue espontánea—. Puedes hacer lo que quieras con tu dinero, pero yo quiero comprar esas tierras con mi dinero. ¿De acuerdo? Nº Páginas 107-108 Kay Thorpe – La herencia Había momentos, pensó Eve, cuando la discreción era la mejor parte del valor. Este era uno de ellos. Después de todo, ¿qué era medio millón de dólares? Siempre podría hallar una buena causa para gastarlo. Fin Nº Páginas 108-108

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La herencia kay thorpe  

RESEÑA: Aunque Eve y su hermana Fleur se quedaron sin palabras cuando un tío desconocido les dejó un rancho en Florida y mucho dinero para a...

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