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La aventurera KAT MARTIN Argumento: Mandy Ashton huía de una existencia sofocante y su meta era el deslumbrante torbellino social que esperaba encontrar en la capital del estado de California, donde dejaría de ser una ingenua adolescente para convertirse en una mujer atractiva y deseable. Hacerse pasar por su frívola prima era una opción demasiado arriesgada, pero Mandy no era una pusilánime... como lo demostraría más de una vez en un viaje cargado de peligrosas aventuras e inesperadas sensaciones. A él lo llamaban Halcón. Era un hombre blanco criado por los cheyenes, que sobrellevaba con dificultad su doble herencia. Lo último que necesitaba era convertirse en chaperón de una mocosa malcriada.


Pero Mandy era vivaz, cautivante e irresistiblemente sensual... Al terminar su viaje, Mandy y Halcón se convierten en prisioneros de una abrasadora pasión que nada podrá apagar... salvo, quizás, el secreto que Mandy había guardado tan celosamente durante los difíciles días y las ardientes noches de la larga travesía. PRÓLOGO 2 De Octubre De 1865 Fort Laramie , Territorios de Dakota No debía estar allí, frente a la plaza de armas, cerca de las barracas de los soldados. A decir verdad, ni siquiera la habían autorizado a alejarse tanto de la casa. Pero estaba ansiosa por respirar un poco de aire fresco, y cuando la carreta había llegado al lugar, el ruido de los arreos, el traqueteo de las ruedas y aquel hombre alto, de pelo color arena, que llevaba las riendas, habían atrapado su atención. El hombre detuvo los caballos a cierta distancia de la oficina del comandante Russel, puso el freno y ató las riendas. Bajó del pescante de un salto, con la determinación marcada en la postura de sus anchos hombros. Cuando se acercaron los soldados habló brevemente con ellos, señalando con un gesto la parte trasera de la carreta, luego se dirigió resueltamente hacia el bajo edificio de adobe.


Samantha Ashton observó a los soldados que se arracimaban en torno a la carreta, mientras un corpulento cabo levantaba la lona alquitranada que cubría algo que había allí. El rostro del cabo estaba pálido mientras se alejaba. Otros dos soldados levantaron la lona, se quedaron momentáneamente pasmados y se apresuraron en volver a cubrir el bulto. Advirtieron que no se acercaran a varias mujeres que corrían hacia el lugar que no se acercaran, y éstas obedecieron alejándose presurosamente de allí sin mirar hacia atrás. Mandy -como la llamaban sus amigos-, sintió una curiosidad cada vez mayor acerca del contenido de la carreta. Era un día ventoso y nublado, con ráfagas de aire frío que cortaban el aire como cuchillos. Mandy se ajustó la práctica capa de lana gris sobre el sencillo vestido azul marino, pero el viento se empeñó en sacudir la gruesa tela. Metió toda su cabellera castaña dentro de la gorra de ancha visera que solía usar, de manera que sólo quedó expuesta al viento cortante una pequeña porción de su rostro. Tal como estaba junto a un poste, frente a la tienda de Johnson, estaba tan cerca que podía ver todo, pero a la vez lo suficientemente lejos como para permanecer inadvertida. Muy pocos eran los que transitaban por la polvorienta calle; menos aún los que le prestaban alguna atención.


Un segundo grupo de hombres, llamados por los primeros, se acercó a la carreta; una vez más parecieron incapaces de resistirse a echar un vistazo. Uno de ellos salió corriendo hacia el otro lado del edificio, con un color decididamente verde en la cara. Otros más se atrevieron a mirar dentro de la carreta, pero todos se alejaron con igual premura. En cuestión de minutos todos habían desaparecido; sólo quedó allí la carreta y su contenido, que parecían llamarla para que se acercara. Mandy siempre había sido curiosa, rasgo que no dudaba haber heredado de su abuela. La abuela Ashton siempre decía que la curiosidad no había matado al gato, sino que lo había hecho más sagaz. En ese momento, la curiosidad de Mandy era tan imperiosa que le producía escozor. Enderezó los hombros y marchó hacia el borde del campo donde esperaba abandonada la carreta, mientras se mordía nerviosamente el labio inferior. Si se enteraba su padre, se pondría más furioso que un avispón irritado. Pero, reflexionó, de todas maneras casi siempre estaba enfadado con ella. A medida que se acercaba a la carreta, diminutas gotas de sudor comenzaron a deslizarse por sus sienes. Le llegaron débiles vaharadas de algo podrido, pero el viento disipó inmediatamente el mal olor. Pronto tuvo ante su vista los lados toscamente tallados de la carreta y el borde de la lona que colgaba hacia atrás. Unos pocos pasos más y estaría allí. Una mano grande y firme la tomó del brazo y la obligó a detenerse. Al mismo


tiempo, la hizo girar sobre sí misma. -Yo no haría eso si fuera usted, señorita. El hombre del pelo color arena la sostenía del brazo con firmeza. Tenía los dientes apretados y su expresión era sombría bajo la ancha ala de su sombrero. Iba rústicamente vestido con una camisa ribeteada de ante y cómodos pantalones del mismo material; llevaba mocasines en lugar de botas. Su correcto uso del lenguaje logró sorprenderla. -¿Por qué no? -preguntó muy formal, molesta por haber sido atrapada. Él no le soltó el brazo. Parecía un hombre rudo, a pesar de que hablaba bien, y Mandy sintió que un estremecimiento de aprensión le recorría la columna vertebral. Como si percibiera su temor, él la soltó. -No es una vista adecuada para una dama -le respondió en un tono sin inflexiones, mirándola fríamente con sus ojos oscuros. Sus palabras parecieron encender chispas en Mandy. No es una vista adecuada para una dama. Estaba tan harta de ser "una dama" que hubiera podido escupir. Era lo único que le había oído decir a su padre en los últimos tres años... desde la muerte de su madre. Miró al forastero con curiosidad. -Dígame, señor, ¿qué sabe usted acerca de ser una dama?


El hombre sonrió muy a su pesar, y Mandy pudo ver sus dientes blancos y parejos. Era corpulento, musculoso, tenía brazos fuertes y cuello grueso. Pero su cintura era esbelta y sus caderas estrechas. El rostro atezado hablaba de muchas horas de trabajo al sol. -Como bien dice usted, señorita, no mucho. Pero se lo digo por su propio bien, mejor será que se vaya a su casa, donde debe estar. "A casa, donde debe estar." Para Mandy, esas palabras eran una invitación a la pelea. Su padre la había mantenido encerrada en casa durante tres años: "Quédate en casa, Mandy. Aquí estarás segura. El lugar de una mujer es la casa". Ella quería montar a caballo, estar al aire libre, incluso ir a pescar como solía hacerlo antes de la muerte de su madre. Naturalmente, entonces era apenas una niña, un marimacho, como decía su madre. Se suponía que ahora que ya era casi una mujer, no debía seguir sintiendo interés en cosas semejantes, pero lo cierto es que lo sentía. El día anterior había cumplido dieciséis años. Ansiaba ir a bailar y ponerse ropas bonitas, pero incluso esas cosas le estaban prohibidas. Ver lo que había en la parte trasera de esa carreta se convirtió para Mandy en lo más importante del mundo. Era como un símbolo de libertad, un paso más hacia la condición de adulta. -Eso, señor, me parece que es asunto mío, no suyo -lo miró resueltamente a los ojos-. A menos, desde luego, que lo que hay en esa carreta sea de su


propiedad. -Ni por asomo. Sólo acerté a estar en el lugar equivocado en el momento justo. -Pues entonces, a menos que me lo impida, voy a echar un vistazo. -No tengo derecho a impedírselo -dijo él-, sólo le digo que en esa carreta hay un hombre muerto, y un muerto no es una visión agradable para una mujer. Ahora sí que Mandy estaba totalmente decidida. Alzó la barbilla, desafiante, y pasó frente a él, rumbo a la carreta. El hombre no se movió. Mandy se volvió para mirarlo antes de levantar la lona; pudo ver algo indescifrable en su mirada. A continuación dio media vuelta, y con una temeridad que súbitamente dejó de sentir, levantó la lona. Tuvo que hacer un esfuerzo y tragarse la bilis que le subió a la garganta. Aferró la lona con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. El color abandonó su rostro, dejándola helada y aturdida, pero no atinó a alejarse. Tendido sobre el piso de la carreta yacía un soldado que alguna vez había sido rubio y parecía sonreírle desde la puñalada que ocupaba el lugar donde debía haber estado su boca. Le faltaba la mayor parte del cuero cabelludo, y sólo le quedaba una orla de pelo a ambos lados de la cabeza. Dos huecos negros la contemplaban en lugar de los ojos. Estaba desnudo,


pero Mandy no se escandalizó; los órganos sexuales le habían sido extirpados. Cada centímetro de piel de su delgado cuerpo desangrado estaba atravesado por diminutas astillas de madera a las que habían prendido fuego. Tenía las muñecas y los tobillos atados con tiras de cuero tan apretadas que le habían cortado la carne, dejando el hueso al descubierto. Mandy sintió que todo giraba a su alrededor. Dejó caer la lona y se volvió hacia el hombre, que se acercaba rápidamente a ella. Mandy vio que lanzaba imprecaciones por lo bajo, pero no alcanzó a entender las palabras. Sentía terribles náuseas; hizo un esfuerzo sobrehumano para no vomitar. Su visión se estrechaba segundo a segundo. Alzó los ojos hacia el hombre y se tambaleó contra él. -Era Davey -susurró-. Mi amigo, Davey Wil... -antes de pronunciar la última sílaba, se hundió en la oscuridad. Travis Langley se reprochó haber sido tan imbécil. Alzó en sus brazos a la muchacha y se dirigió hacia la barraca del médico, bastante distante de allí. La joven era ligera como una pluma, apenas una chiquilla. ¿Por qué no la había detenido? Sabía lo que iba a ocurrir; hasta el soldado más aguerrido podía desmayarse ante semejante visión. Era cierto que no había esperado realmente que a ella le sucediera. La mayoría de las mujeres se habrían


alejado corriendo, sólo por el hedor. Y desde luego, tampoco había esperado que ella conociera al infortunado soldado. El muchacho ni siquiera estaba destinado a Fort Laramie, o al menos eso le había dicho el coronel Russel. Apretó los dientes y volvió a maldecirse mientras avanzaba por la calle polvorienta, con la frágil jovencita apretada contra su pecho. Varios soldados lo miraron con curiosidad mientras iba hacia la barraca del médico, pero ninguno intentó detenerlo. Parecía tener un halo que mantenía a la gente a distancia. Tanto sus ropas como los años pasados con los cheyenes lo distinguían de las personas ordinarias. Nadie llegaba a sentirse del todo a sus anchas en su presencia. Travis miró a la joven que llevaba en sus brazos. No podía verle bien la cara a causa de la gorra; la espesa cabellera castaña le cubría buena parte de lo que no tapaba la gorra, que poco hacía para embellecerla. Travis tuvo la sensación de que podía llegar a ser bonita si se vistiera con las ropas adecuadas, llevara el rostro descubierto y el cabello suelto, en lugar de ocultarlo debajo de la gorra. La puerta del consultorio se abrió apenas, de modo que Langley la abrió del todo con un pie enfundado en el mocasín. -¡Oh, por Dios! -el médico, bajo y de cara redonda, dejó caer el lápiz y se levantó del escritorio para correr hacia la muchacha como un ratón


asustado. -No está herida. Sólo se ha desmayado. Tuvo la desgracia de ver al soldado muerto que está en la carreta. Parece que era alguien que ella conocía. -Tráigala aquí. Me ocuparé de que la atiendan -el médico miró las ajadas ropas de Langley con gesto desdeñoso-. Es la hija del capitán Ashton. Se sentirá muy molesto cuando se entere de todo esto. Es un verdadero tirano en todo lo que se refiere a Samanta. Travis sonrió para sus adentros. Podía imaginar cómo iba a tomar el buen capitán el hecho de que su hija fuera llevada en brazos por todo el fuerte por un hombre como él. -Gracias por su ayuda -dijo el médico, despidiéndolo sin más. Travis saludó tocando el ala de su ancho sombrero. -Estoy seguro de que está en buenas manos, pero pasaré por aquí antes de marcharme para estar seguro que está bien. Fue hasta la puerta y la cerró suavemente detrás de él. Se sentía profundamente culpable. Debería haberla detenido; maldito si lo sabía. Pero ella lo había desafiado -algo que ni siquiera muchos hombres habían hecho-, y no era más que una chiquilla. Travis lamentó su actitud, pero ya no podía hacer nada al respecto. Caminó resueltamente de vuelta hacia la carreta. Se alegraría mucho


cuando Fort Laramie no fuera más que una mancha en la distancia, un hito en su camino. Estaba ansioso por emprender el regreso a California... y a casa. El cuarto dio vueltas a su alrededor, apareciendo y desapareciendo, pero su mente permaneció en el pasado. Tenía trece años la última vez que había visto a Davey. Con su cabello rubio como la estopa y el rostro cubierto de pecas. Davey Williams había sido su mejor amigo antes de que su familia se marchara lejos. Mandy hizo una mueca ante el olor acre que le asaltó las fosas nasales. Se irguió bruscamente mientras trataba de orientarse y descubrir dónde se encontraba, intentando a la vez evitar el repugnante tufo. -¿Dónde estoy? -Tranquilícese, señorita Ashton. Mucho me temo que ha sufrido una ligera conmoción. Reconoció la voz chirriante y aguda del doctor Milliken, que en ese momento volvía a tapar el frasco de sales de amoníaco. Mandy se recostó contra las almohadas. Sintió la dureza del delgado jergón debajo del cuerpo; agradeció el sólido apoyo que le ofrecía. -Sí, yo... ya recuerdo -se estremeció, cerró los ojos y sintió que la acometía una oleada de náuseas. -Trate de no pensar en eso, señorita Ashton. Ya ha pasado todo.


Por las mejillas de Mandy comenzaron a rodar gruesas lágrimas. -Era Davey -dijo al médico-. Davey Williams. Debería haber visto lo que le hicieron los indios -dio vuelta la cara y sollozó quedamente contra la almohada. El ruido que hizo la puerta al abrirse la distrajo. Con un esfuerzo, se sorbió las nuevas lágrimas que acudían a sus ojos. El hombre alto de pelo color arena fue hasta su cama. -¿Se encuentra bien? -preguntó, arrodillándose junto al camastro, con una voz algo ronca. Ella asintió con la cabeza y se secó las lágrimas. El hombre le alcanzó un pañuelo. -Me temo que le debo una disculpa, señorita Ashton. Debería haber impedido que se acercara -los ojos pardos del hombre mostraron su preocupación-. Es que no creí que realmente fuera a hacerlo. Ella sonrió, temblorosa, sorprendida al ver que él tenía el coraje de reconocer que se había equivocado. -No fue culpa suya, señor... -Langley. Travis Langley. -No fue culpa suya, señor Langley. Yo debería haberle hecho caso. No sé por qué no lo hice. Supongo que quería probarme algo a mí misma.


-¿Lo hizo? -En realidad, no. Pero sospecho que no tiene importancia-apartó los ojos. -Tal vez algún día tenga una nueva oportunidad -replicó él, poniéndose de pie. Los suaves modales que había utilizado para hablarle parecieron esfumarse, y sus ojos pardos volvieron a mostrarse inescrutables. Cuando bajó la mirada para observarla. Mandy sintió un repentino escalofrío. -Puede ser -concedió débilmente-. ¿Usted me trajo aquí? Él asintió en silencio, con aire distraído, aparentemente con la mente en otro sitio muy lejano ahora que se había cerciorado que ella estaba bien. -Gracias, señor Langley, por todo lo que ha hecho. -No hay de qué, señorita Ashton. Buena suerte con lo que intente demostrarse. Ella le sonrió, cohibida, se sentó en la cama y se arregló la gorra, que estaba ligeramente ladeada pero todavía firmemente atada debajo de su barbilla. -Adiós, señor Langley. Él se tocó el ala del sombrero y salió, cerrando suavemente la puerta tras él. Era un hombre recio. Tal vez incluso peligroso. Parecía ser la clase de hombre acerca de los cuales siempre le advertía su padre. Sin embargo, en los días que siguieron no pudo alejarlo de su mente. Se preguntaba quién sería, de dónde vendría, hacia dónde iría. Seguía


pensando en él cuando su padre la regañó duramente y le prohibió salir de la casa en toda una semana. Pensaba en él mientras trabajaba en el jardín, tratando sin éxito de borrar de su mente la terrible imagen de Davey Williams. Pensaba en él de noche, antes de quedarse dormida, aunque estaba segura de que no podía decir por qué. Travis Langley, descubrió ella, era un hombre difícil de olvidar.


1 20 DE JULIO DE 1868 FORT LARAMIE, TERRITORIOS DE DAKOTA Samantha Ashton se sujetó un mechón suelto de pelo castaño en el sencillo moño que tenía en la nuca y deseó fervientemente poder decir algo que lograra consolar a su prima menor. Era el décimo día de calor calcinante, aunque algunas nubes sobre las montañas auguraban cierto alivio. Mandy había dejado la ventana abierta para dejar entrar algo de brisa, pero la temperatura sofocante la hacía transpirar debajo de su vestido marrón de muselina con cuello alto. Se abanicó inútilmente con un pañuelo bordado y se reclinó contra el respaldo recto de la silla. Su prima Julia y ella estaban hablando del futuro de la primera -por décima vez en el día-; Mandy ya tenía problemas para concentrarse en las apasionadas palabras de su prima. Inconscientemente, su mirada volvía una y otra vez a la ventana. Como siempre ocurría en esa época del año, en las bulliciosas y polvorientas calles había gran cantidad de personas: familias de emigrantes, con sus carretas, sus bueyes, caballos, niños y perros; soldados con sus sucios uniformes azul marino, y mercaderes, varios de los cuales


iban acompañados por indias. En la pradera que se extendía más allá del fuerte, las altas hierbas que se mecían con la suave brisa, se habían vuelto amarillentas hacía ya mucho tiempo. Algunas pocas hondonadas lo suficientemente profundas como para atesorar las últimas gotas de una reciente lluvia de verano, eran los único manchones de verde en toda la extensión. Se veía a tres antílopes que pacían tranquilamente. Tan sólo sus cuernos negros y sus grupas blancas destacados contra las colinas doradas los delataban. Mandy suspiró, nostálgica, ansiando poder estar afuera en lugar de permanecer confinada en su casa, luego volvió su atención hacia su prima. Julia Ashton era una joven menuda, de busto prominente, con grandes ojos verdes y una sonrisa burlona en sus labios de color rubí. Criada en un medio adinerado, con una buena posición social, era malcriada y egoísta, pero tenía buen corazón y siempre había valorado la amistad de Mandy. Aunque vivía con su padre en California, Julia había pasado todo el año en Boston. Había terminado los cursos del instituto de señoritas y tomado el tren hasta Fort Laramie para visitar a Mandy en el verano. Compartían el pequeño cuarto que hasta la llegada de Julia era casi espartano, pero que ahora estaba lleno de ropa interior de encaje, frascos de perfume, vestidos, sombreros, ropa de viaje e incluso un traje de montar. Julia nunca viajaba


ligera de equipaje. Prácticamente no quedaba espacio entre las toscas paredes del cuarto y el estrecho camastro de Mandy, con sus ruedecillas debajo, pero Julia sabía aprovechar cada centímetro. Caminaba por el lugar de arriba abajo, como un gato enjaulado. -Papá está tratando de manejar mi vida desde hace años -declaró Julia acalorada, con los brazos en jarras-. Pero nunca ha tenido éxito; tampoco lo tendrá esta vez. Si Julia no hubiera estado tan alterada, Mandy podría haber sonreído. "Es la hija del gobernador de pies a cabeza”, pensó. Así evocaba siempre a su prima: altiva y arrogante, turbulenta, imprudente y apasionadamente obstinada cuando estaba convencida de tener razón. Mientras se paseaba frenéticamente por la habitación, Julia alternaba morderse con incertidumbre el labio inferior y apretar ambos labios en una línea resuelta. -Sé cómo te sientes, Julia -dijo Mandy, enganchándose con la indignación de su prima-. Sé cuánto amas a Jason. Ojalá pudiera hacer algo para ayudarte. -¡No puedes saber cómo me siento! Jamás has estado enamorada. ¡Ni siquiera has tenido un pretendiente! Las palabras le ardieron como una bofetada. Mandy miró para otro lado. Con un año más que su prima, nunca había hecho algo más que bailar con


los muchachos del lugar; eso no había significado más que una experiencia sólo tolerable. Algunos hombres, en su mayoría soldados, habían intentado cortejarla, pero su padre siempre los había desalentado. Por supuesto que eso cambiaría algún día, se dijo Mandy. Se marcharía de Fort Laramie y viviría su vida para volver a ser una persona, tal como solía serlo antes de que muriera su madre y su padre se volviera tan estricto y represivo. Julia dejó de pasearse y se volvió hacia ella, suavizada la expresión de su rostro. -Lo siento, Mandy. Estuve muy mal al decirte algo tan feo. Me parece que estoy un poco turbada. Mandy pensó que "turbada" era un adjetivo demasiado suave. Julia tomó una enagua llena de volados de encima de la cama y acarició distraídamente el encaje. -Ojalá nunca hubiera escrito esa carta a mi padre -dijo. -Tarde o temprano, tu padre se habría enterado de lo de Jason. Y al ver que no regresabas a Boston, habría enloquecido de preocupación. Probablemente habría puesto a la caballería detrás de ti; entonces sí que habrías estado en problemas. Julia le dirigió una sonrisa rápida e insegura. -Supongo que tienes razón -dijo. Fue hasta la silla donde se encontraba


Mandy, suspirando-. Algún día, cuando te enamores, comprenderás por qué no puedo dejar a Jason. Es el hombre más maravilloso que he conocido. No es como los demás... ¡y créeme, tengo autoridad para decirlo! Jason es bueno y considerado. Es encantador... y muy guapo. ¡Me ama, y yo lo amo a él! -apretó sus pequeños puños y giró sobre sus talones-. ¡Maldita sea, Mandy, no me iré a Califorma ni lo abandonaré! Mandy deseó que las cosas fueran diferentes. El tío William siempre había sido un buen hombre, pero ambicioso. Nunca había tenido tiempo para su hija, aunque siempre había tratado de hacer lo mejor para ella. Pero Julia era terca y voluntariosa, todo el mundo lo sabía. Sus aventuras habían sido la comidilla de toda la comarca. Se la consideraba "una mujer de legendaria belleza”, y los hombres caían rendidos a sus pies. Jason no lo había hecho. Quizá fuera por eso que Julia se había enamorado de él. -¿Y qué me dices del estilo de vida al que estás acostumbrada? -preguntó Mandy, abordando un problema que sin duda su tío William había tenido en cuenta-. Siempre has tenido todo lo que quieres. ¿Cómo vas a arreglarte siendo una esposa del ejército? -Dentro de un año tendré mi propio dinero. Mamá me dejó parte de la hacienda del abuelo Whittington. Será mía cuando cumpla dieciocho. Jason y yo no necesitaremos nada. Y ya ha solicitado un traslado al este.


Con su legajo, tarde o temprano se lo van a conceder. Una vez que papá acepte nuestro matrimonio, incluso puede ayudar a Jason en su carrera. Julia enderezó los hombros y reanudó su paseo por la estancia. Sus enaguas revoloteaban en torno a sus piernas con cada giro. Las tablas del suelo crujían bajo sus diminutos pies mientras avanzaba y retrocedía con impaciencia. -¿Por qué papá no es razonable? Mamá y él ya estaban casados cuando tenían mi edad. -Tu padre se parece mucho al mío -dijo Mandy-. Siempre cree saber qué es lo mejor. Enviará a algunos hombres para que te lleven de regreso y... -¡Pues no iré con ellos! Mandy contempló el entrecejo cada vez más fruncido de su prima, que a duras penas lograba mantener el control. ¡Es tan segura de sí misma, tan ferozmente decidida! Nunca teme a nada ni a nadie. Mandy sintió una punzada de envidia ante el arrojo de su prima. Tenía valor, tenía agallas. Enfrentaba la vida con la frente en alto, tomaba de ella lo que quería. Jamás se daba por vencida. De niñas, habían sido amigas íntimas. Las familias de ambas vivían entonces en Highlands Falls, un pequeño pueblo en el estado de Nueva York, hasta que el tío William había decidido trasladarse con toda su


familia a California, y el ejército había trasladado a George Ashton con toda su familia a la frontera. En ese momento, Julia y Mandy vivían en mundos completamente diferentes. El tío William se había vuelto rico y poderoso y había sido electo gobernador de California. El padre de Mandy se sentía satisfecho siendo sólo un soldado. Esperaba algún día ascender a comandante, pero ése era el límite de su ambición. -Hemos revisado cada posibilidad, Julia. Aun si Jason y tú os escaparais, sin duda terminarían por encontraros. Tu padre es poderoso, y todavía es tu tutor legal. -¡No me interesa lo que sea papá! No va a lograr que renuncie a Jason. Los verdes ojos de Julia se entrecerraron. Diminutas motas doradas saltaron como chispas que parecieron amenazar con prender fuego la cabaña de troncos. Alzó la barbilla en un gesto voluntarioso que le era característico. Fue hasta la ventana, descorrió las almidonadas cortinas de zaraza, y se quedó observando, con expresión obstinada, la plaza de armas. Mandy ya había visto antes ese perfil decidido; generalmente presagiaba algo malo para alguien. Se preguntó brevemente quién sería el que iba a sufrir en esta oportunidad, y desestimó la tímida vocecilla de advertencia que surgió en su interior. -Tienes que pensar en Jason. Si te escapas, tu padre bien podría no aceptar


jamás la boda. En lugar de ayudar, podría arruinar la carrera de Jason. Julia apretó los dientes. Los verdes ojos se le llenaron de lágrimas de rabia y frustración, pero no dijo nada. Aunque Mandy nunca había estado enamorada, podía imaginar con toda facilidad el dolor que estaba padeciendo su prima. A menudo había fantaseado con encontrar al hombre indicado: su madre y su padre habían estado terriblemente enamorados. Su padre todavía no se había recuperado de la muerte de su esposa. Se puso de pie, deseando poder encontrar algo alentador para decir a su prima. Por la ventana vio a dos exploradores indios de gorra azul que, estoicamente sentados sobre sus talones, aguardaban que la tropa terminara con los ejercicios de marcha. Varios cuervos que revoloteaban chillando sobre la chimenea de la cabina del comandante Murphy, se alejaron para inspeccionar el techo de la cabina encalada más cercana. Mandy pensó en la determinación de Julia, en su intención de desafiar a un hombre como el gobernador. ¡Cómo deseaba tener el coraje de desafiar así a su propio padre! Pero una sola mirada severa de los duros ojos grises de su padre bastaba para dejarla muda. El ruido metálico de golpes sobre hierro quebró el silencio de la habitación. Un herrero martillaba la rueda de uno de los gastados ejes de una carreta, y


el estrépito del yunque parecía perforar el aire. La cabeza de Mandy comenzó a palpitar al unísono con el sonido del martillo del herrero. Julia se sorbió las lágrimas con un efecto dramático un poco más exagerado que lo necesario. -Jason dice que va a pedir un permiso. Aquí, en el fuerte, nadie querrá casarnos, pero podemos cruzar la línea territorial. Me casaré con él con un nombre supuesto. El matrimonio no será legal, por supuesto, pero si logramos pasar solos algún tiempo, tal vez papá se preocupe tanto por el escándalo que nos permita seguir casados. Estoy segura de que si llega a conocer a Jason nos dará su aprobación. Tiempo, Mandy. Tiempo es lo que necesitamos. Mandy abrazó a Julia con actitud protectora, tratando de actuar con toda la madurez que le permitían sus dieciocho años. Con envidia, se preguntó si alguna vez tendría la suerte de amar como amaba su prima. El sonido de unas fuertes pisadas masculinas sobre el sendero de gravilla que bordeaba la casa distrajo su atención. -¡Jason! Julia voló hasta la ventana, se asomó y tomó la mano del apuesto oficial que aguardaba afuera. Llevaba un inmaculado uniforme azul oscuro, cuyos botones de bronce habían sido lustrados hasta adquirir un profundo brillo. -Estoy de guardia hasta las ocho -informó Jason Michaels a Julia-. Quizá


cuando termine podamos ir a dar un paseo. Le sonrió con amor. El placer que sentía al verla hacía resplandecer sus ojos azules. Mandy sintió un nudo en la garganta. ¡Parecían tan felices juntos! Una pareja perfecta. No era justo que el tío William insistiera en separarlos. Mandy estaba segura de que su tío William no creía que Julia estuviera realmente enamorada de Jason, pero Mandy sí lo creía. Nunca había visto tan feliz a su prima. Aunque Julia siempre había sido el alma de todas las fiestas, en su interior siempre había sido una solitaria. Si perdía a Jason, podría quedarse sola para siempre. Mandy sintió un peso en el corazón. -El tío George se marchó esta mañana para una gira de inspección a Fort Sedgewick-dijo Julia a Jason-. La señora Evans, que vive aquí al lado, será nuestra carabina. Nos vigila como una carcelera, pero estoy segura de que no creerá que un paseo sea una huida de la cárcel -agregó, sonriendo al alto teniente. -Te veré esta noche, entonces -dijo Jason. Julia asintió y, asomándose por la ventana, le dio un beso en la mejilla. Se quedó contemplando la figura que se alejaba hasta que desapareció de su vista; entonces se volvió hacia Mandy.


-Mandy, hay algo que quiero conversar contigo -aspiró con fuerza, como si se preparara para una contienda, y Mandy cambió nerviosamente su peso de un pie a otro-. Desde que conocí a Jason, supe qué deseo realmente de la vida: un hogar, un verdadero hogar, y una familia. Quiero casarme con Jason más que nada en el mundo. Por favor, Mandy, tienes que ayudarme. Mandy sintió un tirón en el pecho. -Ojalá pudiera, Julia, realmente desearía poder hacerlo. Si hubiera algo, cualquier cosa, que pudiera hacer, sabes bien que lo haría. -Esperaba que no tuviéramos que llegar a esto -dijo Julia, retorciéndose las manos. Parecía nerviosa, y su expresión era vacilante-. Hay algo que sí puedes hacer. He estado pensando en esto desde que recibí el telegrama de papá-cuadró los hombros con gesto decidido-. No lo mencioné antes porque estaba segura que encontraríamos otra manera de hacerlo. Ahora se nos acaba el tiempo y nos estamos quedando sin ideas. -No logro imaginarme ninguna posibilidad que ya no hayamos revisado dijo Mandy, segura de que tenían muy escasas probabilidades de burlar al gobernador-. Pero, desde luego, si hay algo... -Sabes que no te lo pediría si hubiera otra salida. Estoy desesperada, Mandy. Por favor, di que lo harás. Mandy observó a su prima con suspicacia. Julia siempre había sido capaz de conseguir de cualquiera lo que se le ocurría.


-¿De qué se trata, Julia? ¿Qué quieres que haga? -escrutó cuidadosamente el rostro de Julia. Sus ojos verdes refulgían con malicia, y Mandy sintió náuseas en la boca del estómago. -Quiero que tomes mi lugar -anunció Julia-. Quiero que simules ser yo. -¿Qué? -se aferró al alféizar de la ventana. Se llevó la otra mano a la garganta, donde sintió un palpitar rápido y agitado-. ¡No es posible que hables en serio! ¿Cómo puedes sugerir tal cosa? ¡Es la idea más absurda que has tenido en tu vida! -¡Tú puedes hacerlo! ¡Yo puedo enseñarte! Tenemos el mismo color de pelo y de ojos Julia la obligó a dar vueltas para observarla desde todos los ángulos-. Eres un poco más baja que yo, pero nadie se dará cuenta. Papá no te ha visto en años. No sabrá lo parecidas que hemos llegado a ser. Ni se le cruzará por la cabeza que pudimos cambiar de lugares. -¡Pero yo no me parezco a ti ...! ¿O sí? -Mandy se sintió más que halagada por la comparación. Ella, ciertamente, nunca había reparado en ese supuesto parecido, pero ahora que pensaba en ello, tenían facciones similares: pómulos bien definidos, labios carnosos, nariz levemente respingona y cutis claro, si bien Julia era un poco más morena. Si cambiaba totalmente su aspecto, si se cambiaba las ropas y el peinado, era probable que se parecieran tanto que pudieran engañar a un extraño, incluso a


alguno que contara con un daguerrotipo para comparar. -Pero, Julia -argumentó Mandy, todavía sin estar plenamente convencida-, aunque nos parezcamos, por cierto que no actuamos igual. A estos hombres se les dijo que debían esperar a... a... -¿Una diablesa? -sugirió su prima. -Bueno, sí... no alguien que es... que es... -Callada, reservada... y temerosa de los hombres. -¡Yo no temo a los hombres! Al menos, no lo creo. Sospecho que no he tenido muchas oportunidades de descubrirlo. Y tú bien sabes que no soy tan callada... ni tan reservada. Actúo así para complacer a papá. -¡Entonces lo harás! -exclamó Julia con una ancha sonrisa, complacida consigo misma. -¡Por supuesto que no! No podría burlar a todos esos hombres. -¡Pero ésa es la parte que voy a enseñarte! Eres una buena actriz. Has estado engañando a tu padre durante años... tú misma acabas de decirlo. Además, te enseñaré exactamente qué debes hacer. -Oh, Julia, puede que no sea tan reservada como a mi padre le gusta creer, pero nunca me he comportado como tú. Quiero decir... -Cuando éramos niñas, no éramos tan distintas -interrumpió Julia-. Solías hacer planes, tener sueños. Solías usar el pelo largo y suelto y llevar ropas bonitas. Incluso eras un poco insolente, si no recuerdo mal... te gustaba


cabalgar cara al viento, construir castillos de barro... ¡y pescar! ¿No te gustaría volver a hacer todas esas cosas? Mandy guardó silencio. ¿Cuántas veces se había prometido abandonar algún día Fort Laramie, liberarse de las estrictas reglas de su padre, vivir según sus propias reglas, disfrutar de la vida tal como lo había hecho antes de que muriera su madre? Sintió una sacudida, una excitación que no había sentido en años. Los hombres debían llevar a Julia de regreso a California. California, la tierra dorada. Donde podía ocurrir cualquier cosa. Allí la gente armaba nuevas vidas, encontraban el final del arco iris. Julia le apoyó las manos sobre los hombros. -Realmente podrías volver a divertirte, a distraerte, para variar -insistió. Mandy fue hasta su estrecho lecho y se desplomó sobre él. ¿Cómo iba a hacer algo tan desatinado como lo que sugería su prima? Y, sin embargo, ¿cómo iba a dejar pasar la oportunidad de su vida? Su vida. Quizá la única oportunidad que jamás tendría de cambiarla. -¿Realmente crees que funcionaría? -Desde luego que va a funcionar. Tenemos varias semanas antes de que lleguen esos hombres, tiempo más que suficiente para que te enseñe todo lo que necesitas saber. Además, recordarás muchas cosas que crees haber olvidado, todas las reglas sociales que te enseñó tu mamá. En cuanto te sientas cómoda fingiendo ser yo, Jason y yo podremos partir.


Mandy sintió que el corazón le retumbaba en el pecho. Era imposible que funcionara, pero tal vez, sólo tal vez... Ansiaba intentarlo, y no sólo para ayudar a Julia. ¡Por fin se vería libre de las restricciones de su padre! Miró sonriendo a su prima; la excitación le corrió por las venas. -Julia; está bien, lo haré. Dime exactamente qué quieres que haga... y ruega que Dios esté de nuestro lado. 2 MOKELUMNE HILL, CALIFORNIA, 1868 -Hay aquí alguien llamado Langley? ¿Travis Langley? Un hombre de cerdoso bigote gris irrumpió por la puerta batiente. La taberna era ruidosa y estaba atestada y oscura aun en pleno día. El humo se cernía sobre las mesas pobremente iluminadas, y todo el salón olía a cerveza y a hombres sudorosos. Langley se volvió hacia la puerta. -¿Quién quiere saberlo? -su voz profunda se elevó fácilmente por encima del clamor del salón. Se enderezó en su silla, frotándose el cuello dolorido. Había estado varias horas jugando al póquer, a veces ganando, pero principalmente relajándose tras su última ocupación. Tanto él como su socio, James Long, habían entregado una suma de dinero destinada al pago de sueldos de la compañía de Jack Murdock; la entrega no había representado más que problemas. Habían debido disparar a dos asaltantes,


habían herido a ambos, después habían tenido que llevarlos hasta la oficina del alguacil, para finalmente entregar el dinero. Estaba condenadamente contento de que el asunto terminara de una vez. -Llegó un telegrama para usted. Es del capitolio. Del mismo gobernador dijo el hombrecillo. Tenía aspecto enjuto y activo, pero viejo como los robles, tal como si la edad lo hubiera vuelto nudoso como el añoso tronco de un árbol, dejándolo después a la intemperie para que se curtiera con el tiempo. Langley echó la silla hacia atrás, dejó con cuidado sus cartas boca abajo sobre la mesa, y fue hacia la puerta y el veterano hombrecillo. -Yo soy Langley. -También hay un mensaje para el señor Long -informó el viejo, estirando el cuello de piel gruesa como cuero para mirarlo a los ojos. -Gracias -Langley arrojó una moneda al viejo por el recado. Abrió el delgado sobre color marfil, leyó el mensaje con cierta curiosidad y regresó a su mesa. Una rubicunda camarera se detuvo frente a él, con una pluma de avestruz en el pelo que caía sugestivamente sobre el costado de su rostro. -¿Adónde vas, guapo? -preguntó. Sus generosos senos se apoyaron tentadoramente en el pecho de Langley.


Contra su voluntad, Langley apartó la mirada de las provocativas redondeces y le miró el bonito rostro, sonriéndole. El vestido rojo y negro de encaje, largo hasta las rodillas, que llevaba la muchacha, dejaba poco librado a la imaginación. -¿Acabas de llegar al pueblo? -preguntó Langley-. No te he visto antes por aquí. Apoyó la mano en la curva de la cadera de la joven y ella avanzó una pierna bien torneada para cortarle el paso. -Serás mi primer cliente -dijo ella, con otra sonrisa. Él le dirigió una mirada maliciosa y apreciativa, pero negó con la cabeza. -Lo siento, Colorada, tal vez en otra ocasión. -¿Seguro, guapo? -rozó con un delgado dedo los flecos de su camisa de ante. -Los negocios están antes que el placer-replicó él. Le metió un billete en el escote. La mujer dejó correr la mano, provocativamente, por la parte interior del muslo de Langley. Muy a su pesar, Langley se alejó. -Regresaré -prometió. Ella se pasó la lengua por los labios y se dio vuelta para marcharse, sonriéndole por encima del hombro. Sus ojos azules expresaban profunda


decepción. Con una sonrisa burlona, Langley le dio una palmada en el bien formado trasero y la despidió, más que a regañadientes. La muchacha parecía ser una fogosa compañera de cama, tal como a él le gustaban. Se preguntó de dónde vendría. En el oeste, las mujeres seguían siendo un valor muy cotizado, incluso las de su clase. Parecía demasiado joven para haber estado mucho tiempo en esa actividad pero, bueno, era una comarca salvaje. Hombres -y mujeres- se veían obligados a madurar con rapidez. Sacudió la cabeza al pensar en las burlas crueles de la vida y regresó lentamente a su mesa, en el medio del salón. -Parece que tendremos que apresurar el juego y terminarlo, caballeros. Aún de pie, jugó sus cartas y aguardó que su socio, James Long, terminara con las suyas. Alto, delgado y de finas facciones, en ocasiones James parecía casi infantil. Era rápido para sonreír y siempre veía el lado positivo de la vida. -¿Qué hay de nuevo? -James acercó más la silla a la mesa. Sus ojos negros destellaron de malicia cuando dio vuelta la última carta. Langley sonrió para sus adentros: as de diamantes. Siempre podía contarse con James cuando la suerte parecía favorecer al adversario. Y eso se aplicaba a algo más que al póquer.


James, sonriendo, recogió sus ganancias y habló a los otros hombres que estaban en la mesa: dos mineros que venían directamente de las excavaciones de rocas del norte, un vaquero de Texas tratando de cambiar su suerte y un comerciante que tenía más dinero que todos los demás juntos, pero rápido a la hora de recoger ganancias de la mesa. -Que tengan mejor suerte la próxima, muchachos -dijo James. Los hombres gruñeron, pero no trataron de impedir que recogiera sus fichas. -El gobernador Ashton dice que nos necesita con urgencia -dijo Langley-. De todas maneras, ya era hora de que volviéramos a casa. James se levantó y se estiró cuan largo era. Puso buen cuidado en quitar una pelusa de su bien cortada chaqueta. Langley recogió su gastado sombrero de ala ancha que estaba en el borde de la mesa y fue hacia la puerta de entrada, seguido por James. -Oye, Langley, ¿adónde demonios crees que vas? Tú y yo tenemos que ajustar cuentas -desde una mesa cerca del fondo del salón, la voz de Bull Miller, espesa de whisky, atravesó el salón. Langley se puso rígido. Miller siempre había sido un idiota. Ahora parecía que el licor barato le había disuelto el poco sentido común que le quedaba. -No quiero pelear contigo, Bull -dijo Langley, mientras se volvía para enfrentar al hombrón de barba.


-¡Al diablo! ¡Por culpa tuya perdí un trabajo condenadamente bueno! El rostro de Miller se puso encarnado; apretó los puños, los sacudió y apartó aparatosamente de su camino dos desvencijadas sillas de madera que le estorbaban. Langley sintió que se erizaba, y sus músculos se tensaron por instinto. No deseaba ninguna pelea con el musculoso ex guardia, pero no podía eludir la situación. -No deberías haberte emborrachado, Miller. Ese cargamento de oro era responsabilidad tuya. James Long se permitió una sonrisa divertida mientras miraba primero a su alto y atlético socio, después al gigantesco Bull Miller y, finalmente, los oscuros paneles de roble con espejos y los finos cristales emplomados que cubrían la parte de atrás del bar. Aunque los hombres no eran parejos en peso y forma, James no tenía dudas del resultado de la pelea. Miller distaba de ser el primer hombre que se enfrentaba con Travis; el Gold Nugget tampoco era la primera taberna que sería testigo de la ira de su amigo. -Esto podría costarte caro, Halcón -susurró, utilizando el apodo indio que su amigo prefería. Dio un paso atrás y salió de en medio de los dos hombres.


Miller escupió un chorro de tabaco, pero erró a la salivadera que estaba debajo de la barra. Furioso, el gigantón cruzó el salón a grandes pasos acercándose a su oponente. Un puño grande como un jamón silbó en el aire. Halcón se agachó ágilmente y lanzó un puñetazo directamente al plexo de Miller, que se dobló en dos. Éste ahogó un grito, bramando de furia, y se volvió a erguir, tambaleante. Se hicieron a un lado las mesas para hacer lugar a los dos hombres, y la concurrencia formó un bullicioso y excitado círculo alrededor de ellos. Se hicieron apuestas, y estallaron otras pequeñas peleas simultáneas. El estrépito de hombres aullando y dándose empellones era ensordecedor. Halcón rodeó con cautela a su oponente. Cuando el hombre giró con violencia, incapaz de apuntar correctamente su trompada, Halcón se hizo a un lado y lanzó un directo a la mandíbula de Miller que envió al barbado gigante sobre dos sillas de madera que se hicieron astillas bajo su peso. Con un golpe sordo, cayó al suelo. Halcón sacudió sus golpeados nudillos y miró al caído con ojos que echaban chispas. Gruñendo y haciendo muecas de dolor, Bull levantó su cabezota, tratando de erguirse, vaciló, y se hundió en la inconsciencia. James sonrió abiertamente. El hecho de estar sobrio y de ser más ágil había dado ventaja a su socio. Halcón se sacudió la camisa de ante y los pantalones, aunque no lo necesitaban, y deslizó la mano por su pelo color


arena. Sus pies calzados con mocasines avanzaron silenciosamente por el suelo del salón. -Toma, aquí tienes. James le extendió el sombrero polvoriento, y Halcón se lo bajó hasta los ojos, su estilo habitual. Echó un vistazo al ex guardia inconsciente. --Estará bien -declaró, a nadie en particular. Después agregó-: Será mejor que nos pongamos en marcha para Sacramento -por primera vez, sonrió. Sus dientes blancos se destacaron contra la piel bronceada por el sol-. Detestaría tener que pelear con él cuando esté sobrio. James soltó una carcajada. -Tienes razón, pero con la fuerza que lo golpeaste, estaremos cerca de Sacramento cuando él despierte -se puso serio-. ¿Qué crees que quiere de nosotros esta vez el gobernador? Halcón palmeó a su amigo en la espalda. -Es difícil saberlo. Supongo que nos enteraremos cuando lleguemos allí. Arrojó una moneda de oro sobre el mostrador en pago por las sillas rotas, hizo un guiño prometedor a la pelirroja y salió por las puertas batientes. Montó de un salto su gran caballo bayo; su amigo montó el negro, y ambos se abrieron paso por las bulliciosas calles de Mokelumne Hill. Obreros chinos, vaqueros mexicanos, indios calzados con ojotas, calesas y


carromatos cargados, todo conspiraba para obstaculizarles el paso. Los jinetes partieron hacia Sacramento. Aunque ya era una hora avanzada del día, si se daban prisa podrían llegar a Jackson al anochecer. El viaje no ofrecía dificultades, pero el calor abrasador del día lo dificultaba. Los comerciantes estaban cerrando las pesadas cortinas de hierro de sus tiendas cuando entraron por las estrechas y polvorientas calles de Jackson; la jornada ya terminaba. Un joven mexicano, esmirriado y cetrino, se echó a correr junto a los caballos. Su cabeza apenas alcanzaba el estribo de Halcón. -Don, Chapo puede ocuparse de sus caballos -dijo a Halcón-. Trabajo barato. Cuido bien. Giraron en la esquina y ataron los caballos frente al hotel National, con el muchacho todavía trotando junto a ellos. Halcón le arrojó una moneda. -Llévalos a dar una vuelta y asegúrate de que reciban un cubo de avena. El muchacho asintió alegremente, tomó las riendas y se encaminó hacia la parte trasera del hotel. El National era un edificio de tres plantas con amplios porches en la fachada. Antes de la Guerra Civil, era conocido como "La casa de Louisiana". La sensibilidad norteña dictaminó que ese nombre debía cambiarse. Halcón siguió a James hasta el fresco interior.


-¡James! ¡Y Halcón! ¡Ya era hora de que asomarais la cara por aquí! exclamó Letty Neal, saliendo de atrás del mostrador. Halcón se inclinó y dio a la mujer baja de amplias caderas un abrazo de oso. -¡Qué bueno es volver a verte, Letty! Ambos hombres la conocían desde hacía tiempo. Letty manejaba el lugar con mano de hierro; tanto por la comida como por su compañía bien valían la pena hacer un alto allí. James se quitó el sombrero, también se inclinó y depositó un casto beso en la mejilla de la anciana. -¿Tienes un par de cuartos para nosotros, Letty? -Siempre hay cuartos para vosotros, muchachos. ¿Adónde os dirigís esta vez? -A casa. El gobernador quiere vernos -respondió Halcón. -Bueno, parecéis cansados -dijo ella-. ¿Pensáis retiraros temprano, o puedo alcanzaros un trago? -volvió los ojos hacia Halcón-. Laurel ha estado preguntando por ti. Halcón le sonrió. -Creo que aceptaré ese trago. -También yo -guiñó un ojo a Letty-. ¿Te parece que esta noche Sarah pueda


estar un poco sedienta? -¡Vosotros, muchachos, tenéis unos apetitos! -replicó Letty con una sonrisa-. Os traeré ese trago. Halcón fue tras ellos. La bebida y la comida satisficieron parte de los apetitos de Halcón; del resto, se ocupó Laurel. Por fin relajado, cerró los ojos y se dejó llevar por el sueño. Imágenes del urgente mensaje del gobernador estorbaron su descanso. -Travis... James... Entrad, entrad. El gobernador Ashton los recibió con gran cordialidad y los condujo hasta su sombrío estudio, cuyas paredes estaban cubiertas de paneles de nogal y de filas y filas de libros. Les estrechó la mano, y los invitó a sentarse en unos mullidos sillones de cuero rojo. -Espero que el viaje no os haya resultado demasiado agotador -dijo, sentándose tras un inmenso escritorio de caoba tallada. -No más que lo habitual para esta época del año -respondió James con formalidad. -¿Y tú, Travis? Tienes buen aspecto. -Gracias, señor -replicó éste. -Iré directamente al grano, caballeros. El gobernador era un hombre de imponente estructura ósea y pelo canoso


que exudaba poder y autoridad, tenía ojos que se perdían muy poco de lo que pasaba a su alrededor y revelaban aun menos. Pero en ese momento parecía ansioso y distraído. -Os he convocado para una tarea de la mayor importancia... para mí y para mi familia -era una persona consciente de sus obligaciones casi hasta el punto de ser obsesivo, pero raramente hablaba de su familia. Halcón lo miró a los ojos con curiosidad. Reflejaban decisión, pero también cierta vacilación. No era propio del gobernador. -Supongo que ninguno de vosotros conoce a mi hija-dijo Ashton, revolviendo los papeles que cubrían su escritorio. Echó una mirada circular por la habitación, como si tratara de ocultar su embarazo. -No, señor -respondió James en nombre de ambos. -Bueno, estoy seguro de que al menos os han llegado rumores de sus aventuras. Halcón sonrió; vio que James hacía otro tanto. Julia Ashton había encabezado todas las columnas sociales en cada uno de los periódicos del oeste. Era seductora.y audaz, y sus proezas hacían escuela. Halcón recordaba particularmente un incidente ocurrido menos de un año atrás, cuando la señorita Ashton se había quitado toda la ropa para arrojarse en la fuente del jardín de una hacienda en Sanford. Los periódicos no habían ahorrado detalles del hecho, para gran desazón del gobernador.


Se corría el rumor de que se había acostado con más de la mitad de los jóvenes de Sacramento, aunque era apenas una chiquilla. Sobre Julia Ashton se murmuraba, se escribía y se reía disimuladamente. Pero era una mujer a la que deseaba todo hombre que la conocía. El gobernador no solía hablar de ella. En realidad, Julia había sido una fuente constante de bochorno para él desde que había asumido su cargo. -Veo que sí -confirmó el gobernador. Tamborileó con los dedos sobre la cubierta de cuero de su escritorio-. Después de su última hazaña, la envié al este, a Boston, para que terminara sus estudios. Como en Boston no se metió en apuros, le di permiso para pasar el verano con mi hermano y su hija, en Dakota. Supuse, equivocadamente, que en esa región tan agreste tendría pocas probabilidades de meterse en problemas. Sin embargo... se ha enredado con un joven oficial de caballería de Fort Laramie. No me cabe duda de que no es más que otro de sus caprichos, como de costumbre, pero ella sostiene que está enamorada y que quiere casarse con él. Desde luego, no puedo permitirlo. -Tal vez esté realmente enamorada -dijo james. Halcón se preguntó si ésta sería "la tarea de la mayor importancia" de la cual hablaba el gobernador en su telegrama. -Julia es sumamente malcriada -siguió diciendo el gobernador-. Me temo que la he consentido demasiado y con demasiada frecuencia. Es terca,


egoísta... Nunca ha amado a nadie más que a sí misma, y aun si estuviera realmente enamorada, ¿qué clase de vida llevaría? Siempre ha sido mimada y atendida. No podría sobrevivir como una esposa de frontera. No, debo salvarla de sí misma. Y por eso, caballeros, os he llamado. Halcón fue el primero en hablar. -Pero, gobernador Ashton, ¿qué podríamos hacer con todo esto? -Vosotros, amigos míos, traeréis a esa chiquilla de vuelta a casa. -¿Qué? -exclamó Halcón. -Pero, gobernador... -intentó protestar James. -Os prometo que os recompensaré debidamente. Creedme si os digo que cuando regreséis a Sacramento, Julia habrá olvidado hasta el nombre del muchacho y estará lista para la temporada social -sonrió-. Dos largas semanas a caballo o en una atestada diligencia, lograrán que ansíe regresar a los lujos y las comodidades del hogar. -Pero, gobernador-empezó a decir Halcón, poniéndose de pie para mirar fijamente al hombre que tenía frente a él con expresión furibunda-, no somos niñeras. ¡No podemos arrastrar a una joven a lo largo de cientos de kilómetros por territorio hostil contra su voluntad! No es precisamente nuestro estilo de trabajo. El gobernador no pareció desanimarse. -Os aseguro, caballeros, que nadie más que vosotros puede arrastrarla


hasta aquí. Habéis leído los periódicos. Tenéis una idea de lo que debéis enfrentar. Cuando Julia quiere algo, es capaz de hacer cualquier cosa para conseguirlo. -Os he pedido vuestra ayuda porque no puedo confiar en nadie más. Julia puede ser atropellada, pero es mi hija. No hemos estado muy cerca uno del otro desde la muerte de su madre, pero es mi responsabilidad; ya es hora de que haga algo al respecto. Os daré la paga de seis meses si la traéis a casa. Al oír la suma ofrecida, Halcón alzó una ceja. Como mucho, les llevaría dos meses completar la tarea. La paga de medio año por un par de meses de trabajo no estaba nada mal. Sumado a los ahorros que ya tenía, sería más que suficiente para realizar el pago final del rancho que había comprado en Placerville. Podría completar la compra mucho antes de lo previsto. Cuanto antes cancelara la deuda, tanto antes podría tomar posesión de la propiedad. A duras penas podía esperar que llegara ese momento. Miró a su socio. James le indicó su aceptación con un gesto. -Bueno, gobernador, parece que usted gana -Lentamente, Halcón volvió a sentarse en su sillón, contento por el dinero que ganaría, pero contrariado por la naturaleza de la empresa. Lo último que quería era traer a la rastra y contra su voluntad a una mujer cruzando medio país, especialmente una malcriada como Julia Ashton. De antemano le disgustaba la chica, sólo por


las historias que había escuchado. -Hay algo más que quiero pediros -agregó el gobernador, rascándose la sien entrecana-. Vuestra solemne palabra de honor, como caballeros y como amigos míos, de que no... -buscó las palabras adecuadas-, os tomaréis... libertades con mi hija. Sé qué seductora puede llegar a ser ella, pero quiero vuestra palabra de que bajo ningún concepto... Halcón miró al gobernador francamente a los ojos. -Tiene usted mi palabra. -Y la mía, señor -agregó James. -Arreglado, entonces -el gobernador parecía aliviado-. Aquí tenéis un daguerrotipo de mi hija. Es un poco viejo, pero lo prefiero a los grabados de los periódicos. Isaac, mi secretario, os dará toda la información que necesitéis antes de partir. "Esto debe ser estrictamente confidencial. La reputación de Julia quedaría más mancillada aún de lo que ya está si se descubriera que viaja sin acompañante femenina. Pero, contra mi voluntad, ella dejó a la señora Riden en Boston. Por otra parte, necesitaréis de todo vuestro ingenio para traerla aquí. Julia tratará de haceros la vida imposible durante todo el viaje. No temáis utilizar la fuerza necesaria, dentro de lo razonable, para tenerla a raya. Ahora, descansad bien esta noche; os deseo buen viaje, coronado por la seguridad y el éxito -el gobernador estrechó las manos de


ambos-. Buena suerte, caballeros, Ahora, si me disculpáis, tengo una reunión en el capitolio -con la espalda un poco más recta que lo que la tenía al llegar, salió de la habitación. Un criado sirvió a ambos una copa de whisky, e Isaac les proporcionó la información necesaria. Halcón vació su copa de un rápido trago. James hizo lo mismo, y dejaron el estudio. Atravesaron la puerta de entrada y el amplio porche, y salieron a la brillante luz del sol. Grandes extensiones de bien cuidado césped rodeaban la mansión; junto a la casa crecían macizos de rosas rojas, rosadas y amarillas. Los dos hombres recorrieron el sinuoso camino para carruajes hasta donde habían dejado atados sus caballos. -Bien, Halcón, den qué diablos nos hemos metido? -preguntó James. -Sólo Dios lo sabe. Supongo que lo descubriremos al llegar a Fort Laramie... si la muchacha sigue todavía allí.


3 12 DE AGOSTO DE 1868 FORT LARAMIE, TERRITORIOS DE DAKOTA Julia dobló otra blusa y la colocó encima de las prendas que llenaban el baúl. Mandy y ella estaban tratando de seleccionar solamente aquellas cosas que le resultarían indispensables para su fuga, aunque para Julia lo "indispensable" sólo cabía en un baúl enorme. Jason está tan nervioso que ni siquiera puede comer -dijo Julia-. Opino que debería haber pasado su permiso para más adelante si el fuerte no hubiera estado tan falto de personal. Hace tres días que tiene la carreta cargada. Las ropas de Julia estaban esparcidas por toda la habitación de Mandy. -Bueno, sólo tendrá que esperar un día más -comentó ésta, alcanzando a su prima un vestido rojo a cuadros, uno de los pocos vestidos prácticos que poseía Julia-. Entonces, cuando os hayáis alejado lo suficiente, podréis casaros. Serás la señora de Jason Michaels. -Suena bonito, ¿verdad? Señora de Jason Michaels. ¡Oh, Mandy, no puedo aguardar a que llegue ese momento! -el rostro de Julia resplandecía de felicidad, como si fuera una chiquilla cuyo deseo secreto estuviera a punto de hacerse realidad. Mandy se preguntó si las brillantes mejillas de su prima reflejaban el


entusiasmo de Julia por casarse... o su expectativa ante la luna de miel. Sintió que sus propias mejillas se sonrojaban ante la idea. -Realmente creo que hasta ahora hemos hecho un buen trabajo de organización -dijo Julia-. Si mis cálculos son acertados, lo más probable es que los hombres de mi padre no lleguen aquí antes de una semana. Si nosotros partimos antes, sumadas las tres semanas que durará tu viaje, y las semanas que necesitarán esos hombres para regresar y recomenzar la búsqueda, Jason y yo tendremos tiempo más que suficiente para casarnos... y el suficiente tiempo juntos para que papá piense que puedo estar embarazada. -¡Julia! Julia sonrió como si Mandy fuera una pequeña ingenua y meneó la cabeza. -A veces, Mandy, no sé qué hacer contigo. Mandy se negó a enfadarse. Julia puso otra camisa de encaje y olfateó una pastilla de jabón de madreselvas que le había regalado Mandy. De improviso, se echó a reír. -¿Recuerdas aquella vez que pusimos los petardos chinos en el horno de la anciana señora Finch? Mandy se unió a su risa. -No pusimos los petardos en el horno... ¡tú sola lo hiciste! Pero desde luego


fue divertido. La señora Finch no dejaba de preguntarse: "¿Qué habré puesto en esos pasteles?" ¡De veras creyó que había hecho explotar el horno! Mandy se echó sobre la cama y se enjugó las lágrimas de risa. Contempló un instante a la muchacha que tenía adelante. -Te echaré de menos, prima. Julia y ella se abrazaron, sabiendo que pasarían meses, incluso tal vez más tiempo, antes de que pudieran volver a verse. Pero ya no era posible echarse atrás. Mandy pensó brevemente en el rumbo que cada una había elegido. Miró por encima del hombro de Julia, atraída por la visión de la calle en la ventana del dormitorio. Alguien estaba indicando la casa a un hombre con ropa de ante y a otro con un polvoriento traje negro. Sus caballos, cubiertos de espuma, estaban agotados por la exigencia de la marcha. -¿Cuándo vas a... ? -¡Julia! -interrumpió Mandy-. ¡Mira a esos dos hombres! -señaló hacia la calle-. Vienen hacia aquí. ¿No crees...? ¡Sin duda, los hombres de tu padre no pueden estar todavía aquí! -Mandy volvió a mirar por la ventana. -¡Oh, Dios mío! -chilló Julia, contando rápidamente con los dedos las semanas que habían pasado desde que había escrito a su padre-. Si no perdió tiempo, si desde el principio había tomado una decisión... ¡podrían


ser ellos! Esas palabras despertaron el pánico en Mandy. Corrió hasta la ventana, retorciéndose las manos. Diminutas gotas de sudor cubrieron su frente. ¿En qué se había metido? ¿Cómo era posible que hubiera accedido al loco plan de Julia? Cerró los ojos y lentamente los volvió a abrir. Los hombres seguían avanzando hacia la casa... estaban cada vez más cerca. -Tenemos que mantener la calma, Mandy -seguía diciendo Julia-. Hemos ensayado esta escena más de veinte veces. Sólo esperabamos tener un poco más de tiempo, eso es todo. A Mandy le costó comprender las palabras de su prima. No podía moverse ni hablar. Su mirada se había vuelto vidriosa. La "partida", tal como los había apodado risueñamente, parecía más aterradora de lo que había imaginado. -Mandy, por favor, mantén la calma-dijo Julia, como si Mandy estuviera a punto de ir a un baile en vez de disponerse a atravesar más de mil seiscientos kilómetros de las tierras más salvajes del continente. -Todo va a salir bien. Tú ve y ponte las ropas de "Julia", por si acaso. Yo seguiré vigilando a esos hombres. Ambas habían arreglado varios vestidos de Julia -uno de batista rosa, otro de muselina y un traje de montar-, levantándoles el dobladillo algunos centímetros y tomándoles un poco en la cintura, hasta que se adaptaron


perfectamente a la figura de Mandy. Hacía años que ella no se ponía ropas tan bonitas. -Es probable que ni siquiera sean los hombres que tememos -decía Julia, pero no sonaba muy convencida-. Me esconderé en el cuarto de tu padre, para estar en un lugar seguro. Si se trata de ellos, tendrás que empezar a actuar ahora mismo. Sácalos fuera de aquí. Yo dejaré una nota a la señora Evans, diciéndole que tuviste que partir de improviso para visitar a tu tía enferma, Adelaida, en Fort Casper, tal como lo planeamos. Yo les diré que un asistente vino. del fuerte a buscarte. La señora Evans espera que yo me vaya, así que no habrá problemas. Cuando termine, iré a buscar a Jason. Podremos partir en cuanto anochezca. Mandy se limitó a seguir mirando por la ventana, incapaz de aceptar que lo que estaba sucediendo fuera real. Hasta ese momento, todo había parecido apenas un juego. Aprender a coquetear, aprender a desmayarse. Julia incluso le había dado lecciones acerca de cómo llorar en el momento indicado, aunque ella misma era incapaz de dominar el arte. Las delgadas manos de Julia, apoyadas sobre sus hombros, la obligaron a darse vuelta. -Por favor, Mandy -rogó-, si mi felicidad te importa un poco, harás lo que planeamos. Tienes que mantener a esos hombres lejos de Sacramento tanto tiempo como puedas. ¡Jason y yo necesitamos tiempo!


Mandy siguió contemplándola sin expresión en el rostro, tratando de comprender las palabras de su prima. Julia cerró los ojos. Le temblaba el labio inferior, y grandes lágrimas comenzaron a rodarle por las mejillas. Era una buena actuación, y siempre había funcionado. Pero en esta ocasión Mandy estaba segura de que era real. Meneó la cabeza como para aclarársela, abrazó brevemente a su prima, decidida a no defraudarla, y fue hasta la cómoda que estaba junto a la ventana. Sacó de ella el vestido de batista rosa de Julia y se quitó las horquillas que le sujetaban el pelo. Se puso el vestido escotado, diseñado especialmente para exhibir el generoso busto de Julia, como todos sus vestidos, y se abrochó los botones que cerraban al frente. La sensación del aire cálido sobre partes de su piel que raramente se exponían le hizo arder las mejillas. Por Dios, ¿cómo podría llevar adelante semejante fraude? Se acomodó el vestido y se empolvó la nariz. Julia tomó un cepillo y le esponjó el pelo, que se había recortado para que se ondulara sobre su talle. Varios mechones se rizaron sobre sus orejas. Mandy se observó en el espejo, añadió un poco de colorete para realzar los pómulos y dar un poco de color a los labios. El espeso flequillo que solía usar sobre la frente ahora estaba cepillado hacia atrás, dejando a la vista su piel marfilina. Motas doradas, muy parecidas a las de su prima,


bailoteaban en sus ojos verdes. Con el pelo castaño peinado hacia atrás, ondulándose en libertad, el escote expuesto por primera vez en su vida y el vestido de talle alto que realzaba esa figura que hasta entonces se había esmerado en ocultar, estaba hermosa. Aunque siempre había sabido que era atractiva debajo de su austera fachada, le producía una sensación maravillosa verse como una mujer; una mujer tan hermosa como su prima. Si no hubiera sido por las circunstancias que las rodeaban, Mandy se habría sentido encantada. Terminaron en cuestión de minutos. Mandy se armó de coraje. Sabía que parecía Julia, pero ciertamente no se sentía ella. Tenía todo el cuerpo entumecido y le zumbaban los oídos. Los hombres desmontaron frente a la casa. -Sabes, Mandy -susurró Julia mientras se dirigía a la puerta del cuarto-, marcharte a California puede ser lo mejor que te pase en la vida. Mandy soltó un suspiro. -Puede ser... si tu padre no me mata cuando llegue. Julia se echó a reír. -¡Me gustaría estar allí para verle la cara! Mandy hizo una mueca ante esa idea, y una sensación de opresión se le instaló en la boca del estómago: ¡Señor, debe estar loca!


Tres golpes secos en la puerta pusieron el plan en marcha. Era ahora o nunca. Mandy verificó que la puerta del cuarto de su padre estuviera firmemente cerrada y Julia bien escondida adentro; los golpes se volvieron más insistentes. Enderezó los hombros, se echó hacia atrás el pelo, y avanzó decididamente hacia la puerta. Abrió apenas una rendija. -¿Señorita Julia Ashton? Por la estrecha abertura la observaba un hombre alto y moreno. Iba vestido con un traje negro de buena confección, aunque tan cubierto de polvo que casi parecía gris. Por su pelo despeinado y su rostro sin afeitar, era evidente que había cabalgado mucho tiempo sin parar. Con una mirada de desdén, como sin duda le habría dispensado Julia, contempló un momento al hombre con altivez, antes de responder. -¿Qué desea? El hombre pareció advertir su inspección y comenzó a hablar casi en tono de disculpas. -Lamento que mi amigo y yo no hayamos tenido tiempo de vestirnos correctamente para la ocasión, señorita Ashton. Me llamo James Long, y éste es Travis Langley. Nos ha enviado su padre para que la llevemos de regreso a su casa. ¡Travis Langley! El nombre le provocó un escalofrío en la columna vertebral. Apenas alcanzaba a ver a la segunda figura detrás de la puerta,


pero la recordaba muy bien. Su plan ya estaba condenado al fracaso antes de comenzar siquiera. Se quedó inmóvil en la puerta, tratando de decidir qué haría. Habían pasado más de dos años. ¿La recordaría él? ¿La reconocería? Vestida como estaba, Mandy apenas se reconocía a sí misma. -¡Nooo! -gritó, cerrándoles la puerta en la cara y echando el cerrojo. Pudo oír sus voces a través de la madera. -¡Maldición! Deberíamos haber pensado en esto -dijo Long. -Ahora tendremos que romper la puerta -gruñó Langley. Mandy corrió hasta la ventana, la abrió, trepó al alféizar y se deslizó del otro lado. Atravesó corriendo el minúsculo jardín, rumbo al establo. Sabía que no tardarían en darle alcance, pero era preciso que ganara tiempo para permitir a Julia se encontrase con Jason. El corazón le latía desbocado. No podía creer que realmente estuviera haciendo lo que hacía. Y para colmo de males, ahora tenía que vérselas con Travis Langley. ¡Vaya mala suerte! ¿Cómo era posible que el destino hubiera enviado a alguien que ella ya conocía? Halcón apoyó su hombro duro como el acero contra las tablas de pino de la puerta. El pestillo de madera saltó con toda facilidad; Travis ya estaba en la habitación. James entró tras él. Las cortinas de zaraza ondeaban levemente en la ventana abierta; estaba claro que la dama se había escapado.


-Tú vé tras ella. Yo rodearé la casa y le saldré al cruce -indicó Halcón. James asintió y salió por la ventana, mientras Halcón salía por la puerta delantera. Le resultaría muy fácil alcanzar a la joven. Halcón se puso nervioso al evocar la imagen de la joven desaliñada de pecho amplio, pelo castaño y grandes ojos que había vislumbrado a través de la puerta entreabierta. Definitivamente, no era la jovencita candorosa que había esperado ver. Su aspecto deslumbrante había pescado a ambos con la guardia baja. Halcón no pensaba volver a permitirlo. En cuanto los hombres abandonaron la habitación, Julia se deslizó por la puerta trasera, dejó atrás los cobertizos y corrió hacia el cuartel donde la aguardaba Jason. Sólo se detuvo una vez, para dejar una nota en la puerta de la señora Evans. No vio a nadie por los alrededores cuando corría a contar su dilema a Jason. En pocas horas más, ya anochecería. Si podían sacar la carreta y salir del pueblo al amparo de las sombras de la noche -y si Mandy representaba bien su papel-, tendrían una posibilidad. Mandy corrió precipitadamente por el sendero polvoriento, y sus amplias faldas barrían el polvo y las piedrecillas a su paso. Tenía que hacerlo. Tenía, tenía que hacerlo. Canturreó la letanía al ritmo de su carrera. Tenía que hacerlo, por Julia. Tenía que hacerlo por ella misma. Pasó junto a un cuadro florecido de buganvillas y alcanzó a ver las paredes encaladas del establo. ¿Adónde diablos iré ahora?, se preguntó. Mientras


corría a toda la velocidad que le permitían sus pies, miró por encima del hombro para ver si la seguían. Rodeó el establo a una rapidez vertiginosa y se dio de cabeza contra un objeto sólido. El inesperado golpe la dejó confundida y sin aliento. Respiraba afanosamente por el esfuerzo realizado, le temblaban las piernas y el resto del cuerpo. Supo que estaba a punto de caer, pero algo parecía estar sosteniéndola. No conseguía orientarse. Se enderezó, cerró los ojos y esperó que la rueda dejara de girar. Cuando volvió a abrirlos, el corazón se le disparó con más locura que antes. Sus ojos pasaron desde un pecho amplio y musculoso, hasta las líneas marcadas y los rasgos atezados del hombre que la sostenía entre sus brazos. ¡Travis Langley! Mandy hubiera podido reconocer ese rostro en cualquier sitio. Recordaba sus ojos duros y fríos; el instinto le aconsejó liberarse de sus brazos, escapar y olvidar todo ese disparatado plan. La histeria amenazaba desbordarla. Tenía que alejarse. Sólo Dios sabía qué castigo le daría Langley cuando descubriera lo que Julia y ella habían planeado. Forcejeó para soltarse de sus brazos, pero él la retuvo sin esfuerzo, mirándola fijamente con una intensa expresión que parecía hipnotizarla. Mandy tragó con dificultad y volvió a sentir que estaba a punto de desmayarse. ¿Debía decirle quién era ella y olvidar todo el plan? En lugar


de eso, Mandy se enderezó en los brazos de Langley y procuró dominar su temblor. Él no había dicho una sola palabra; se limitaba a mantenerla inmóvil. Parecía disfrutar con su incomodidad. En sus labios comenzó a aparecer una lenta sonrisa. -Permítame presentarme, señorita Ashton. Soy Travis Langley. Su padre me envió para que la lleve de regreso a California sana y salva. Tengo toda la intención de hacer precisamente eso. A medida que recuperaba la calma, Mandy se convencía de que él no tenía el más leve recuerdo del encuentro anterior. Realmente creía que ella era Julia. Durante los últimos años él no había dedicado el menor recuerdo a Samantha Ashton, mientras que ella había pensado en él a menudo. La confirmación le puso los pelos de punta y sintió cierto enfado. "¡Realmente cree que soy Julia!, pensó enfurecida. Bien, señor Langley, ¿usted quiere a Julia? ¡Pues la tendrá!" Se sumergió de cabeza en su papel y trató de pensar qué haría Julia en su lugar, con un coraje nacido del aparente éxito de su disfraz. Aspiró profundamente, apretó los dientes y dio un feroz puntapié al hombre en la espinilla. Langley no se movió, pero su rostro se puso pálido y la aferró con más fuerza. Mandy sabía que el puntapié le había dolido más a ella que a él, que llevaba fuertes polainas de cuero crudo, de todas maneras, Langley la sacudió.


-¡Pequeña arpía! -dijo, en voz baja y amenazante-. Vuelva a hacerlo y le daré otro a cambio -la tensión que rodeaba su boca confirmaba la veracidad de la amenaza. Mandy sintió que la sangre le abandonaba el rostro. ¿Cómo iba a hacer para viajar hasta California con este hombre cruel y avasallador? En su mente volvieron a surgir todos los recuerdos amargos de Davey Williams y el tosco individuo con ropa de ante, acosándola. Langley era rudo e indiferente; si ella no admitía la verdad acerca de su identidad; se vería obligada a pasar largas semanas teniéndolo al acecho. Sólo Dios sabía de qué era capaz ese hombre. Abrió la boca para hablar, pero entonces pensó en Julia y en Jason. Mandy había comprometido su palabra, había prometido que los ayudaría a fugarse. Debía seguir adelante con el plan. Él la miró sonriendo sin humor. -Será mejor que aprenda a comportarse como una dama, señorita Ashton... o yo olvidaré que soy un caballero. Tenemos por delante un largo viaje. Será mejor para usted si comienza a hacer exactamente lo que le digo. Descubrirá que no soy tan fácil de intimidar como sus petimetres de Sacramento. ¡Vaya descaro! El hombre resultaba ser el matón más desfachatado que había conocido. Tuvo ganas de hacerle frente y decirle exactamente lo que


pensaba de él, pero su instinto le aconsejó que no lo hiciera. Podía sentir el contacto con sus fuertes muslos aun a través de los tupidos pliegues de su falda; se estremeció involuntariamente dentro del círculo de sus brazos, súbitamente temerosa de mover un solo músculo. Tragó con esfuerzo y miró inexpresivamente al hombre de anchos hombros. Por primera vez en su vida, se sintió completamente indefensa. -Lo que usted diga, señor Langley -dijo con voz ahogada, tratando de seguir adelante con su simulación, aunque sin saber a ciencia cierta si había tenido éxito. En ese momento era más importante que nunca representar el papel de su prima. Travis Langley podía recuperar imprevistamente la memoria. Halcón aflojó su apretón, pero la mantuvo abrazada. -Ahora me gusta mucho más. Cálmese; volveremos a la casa. Puede hacer su maleta; nos pondremos en marcha antes de que todo el fuerte venga a defenderla. Hasta ese momento, Halcón había tenido suerte. Pocos habían presenciado el incidente, y esos pocos no parecían muy interesados en enredarse con alguien de su tamaño. Rió por lo bajo al pensar en su ropa de ante y en el gran cuchillo que llevaba sujeto a la pierna. La mayoría de ellos preferirían no meterse en problemas con él.


-Será mejor que se ande con cuidado, señor -se oyó decir Mandy, sin poder creer que las palabras eran suyas-. No olvide con quién está tratando Ahora que su captor había aflojado el abrazo, volvieron a su mente algunas de las lecciones aprendidas. Decidió que sería preferible continuar antes de que el coraje la abandonara-. Tendrá que responder ante mi padre si llega a ponerme la mano encima. Halcón bajó los ojos hasta la menuda joven que le apoyaba las manos desafiantes sobre el pecho. Sus senos se erguían en el pronunciado escote del vestido, y la cabellera castaña caía desordenada sobre sus hombros. -Su padre nos dio instrucciones explícitas de utilizar toda la fuerza necesaria para llevarla de regreso a Sacramento, incluso atarla como si fuera un saco de patatas. No pudo resistir la tentación de añadir algunos detalles a las palabras del gobernador. Nunca le había gustado la idea de aceptar esa tarea. El tener que vérselas con la malcriada y egoísta hija del gobernador durante todo el trayecto hasta California le disgustaba sobremanera, incluso más todavía al descubrir que era tan atractiva. -Pero él no pudo... él no... -farfulló Mandy. No podía creer lo que oía. Sin duda, el gobernador Ashton no sería capaz de autorizar a estos hombres a maltratar a su propia hija. Era lo único en lo que realmente había confiado.


-Oh, ya lo creo que lo hizo. Ahora, en marcha Él la tomó del brazo y la llevó a la rastra hasta la casa. Mandy se recogió las faldas con la mano que le quedaba libre y fue tras el hombre alto y musculoso. Por Dios, ¿cómo había podido dar su consentimiento al loco plan de Julia? Mientras contemplaba la poderosa espalda del hombre que iba adelante, se preguntó si tendría el coraje necesario para seguir adelante con todo el asunto y si la felicidad de Julia sería digna de ese esfuerzo. Entonces recordó el deprimente vestido de muselina que tenía guardado en el cajón del tocador y pensó en los cinco desventurados años pasados en el fuerte. California. Allí podría tener una vida propia. No debía olvidarlo. Al acercarse a la cabaña, Mandy vio al sargento Dickerson en el porche, revisando el pestillo astillado. Comenzaron a latirle las sienes. Alguien debía de haber oído la conmoción y llamado al sargento. ¿Qué haría ella ahora? ¡Seguramente el oficial la reconocería y daría por tierra con todo el plan! El hombre alto de traje polvoriento ya había llegado al porche, confiando, al parecer, en la capacidad de su socio para llevar a la muchacha, aunque a regañadientes, de vuelta a la casa. La única esperanza de Mandy consistía en actuar con el mayor descaro


posible. Se liberó del férreo apretón de Travis y pasó muy recta frente al sargento. Se acercó a la ventana y miró hacia afuera. Por encima del hombro alcanzó a ver al hombre del traje negro que extraía un papel con aspecto de documento oficial del bolsillo interior de la chaqueta. Se dispuso a explicar al sargento la naturaleza de su misión, mostrándole la firma del gobernador y el sello oficial. Mandy siguió dando la espalda al sargento y rogó para que éste no se diera cuenta de cómo había disminuido la estatura de "Julia" en unas pocas horas. Pasaron varios minutos que parecieron eternos. Finalmente el sargento pareció satisfecho. Se puso de pie, saludó tocándose el sombrero y fue hacia la puerta. Con un simple "Señora", se marchó. Mandy sintió que la inundaba una oleada de alivio, como una cálida lluvia de verano. Era la segunda vez que había desempeñado con éxito su papel de Julia. Algo más confiada, echó los hombros hacia atrás y comenzó a arrojar con violencia una cosa tras otra dentro de una mochila. Representar a una joven malcriada, ciertamente, requería poner en juego una gran dosis de energía. James y Halcón habían esperado poder pasar un par de días en el fuerte para asearse, comprar algún alimento y descansar un poco antes de emprender el regreso a Sacramento. En ese momento, con el sargento lleno de dudas y después de haber tenido una muestra de lo que les esperaba con


su carga, decidieron que lo mejor sería que James comprara lo necesario y se encontrara con Halcón y la chica en algún sitio fuera del fuerte. Después, podrían marchar tres o cuatro horas antes de acampar para pasar la noche. Cuanto más se alejaran del fuerte, tanto mas seguros estarían. -Vamos, dése prisa. No tenemos toda la noche -ordenó Halcón. La observaba atentamente desde el vestíbulo. La pequeña presumida ya lo había puesto en ridículo una vez; no iba a permitir que eso volviera a suceder. -¿Y bien? -preguntó Mandy con soberbia. Se quedó allí de pie con la barbilla en alto y las manos en las caderas, como tantas veces había visto hacer a su prima. Con arrogancia aguardó a que él cerrara la puerta. -¿Y bien, qué? -respondió él fríamente-. ¿Quiere que la ayude a preparar sus cosas? -su sonrisa petulante indicó a Mandy que comprendía perfectamente en qué consistía su problema. -Tengo que cambiarme. Necesito un poco de intimidad. -¿Para qué? ¿Para que vuelva a escaparse por la ventana? Ni soñando. -¡Pero no esperará que me cambie delante de usted! -de pron to, Mandy sintió que empezaba a sentirse mal. Ese viaje iba a ser peor de lo que imaginaba. Langley la miró con expresión dura, se mantuvo un instante en silencio,


pero terminó por ceder. -Nos daremos vuelta, pero si llego a oír algo más que el crujido de sus enaguas, le aseguro que estaré allí antes de que pueda pestañear. El tono ominoso de la voz del hombre acobardó a Mandy. Rápidamente se puso el traje de montar verde oscuro, aunque se negó a ponerse los incómodos pantalones debajo de la falda. En lugar de eso, usó sus cómodos y ligeros calzones de algodón. Se calzó las botas y ajustó el lazo que llevaba al cuello. Sabía que parecía más una condesa inglesa en plan de cacería que una joven a punto de iniciar una ardua travesía por todo el país, pero esos hombres suponían que iban a escoltar a la hija del gobernador... y eso era exactamente lo que ella pretendía ser. Entró tranquilamente en la sala, tratando de mantener la cabeza en alto y un aire imperturbable. -Estoy lista; cuando vosotros dispongáis -fue todo lo que pudo decir. El hombre de negro le echó una rápida mirada y suspiró. -¿No tiene algo más adecuado que ponerse? Tenemos un viaje largo y difícil por delante -parecía que en ese preciso momento comenzaba a darse cuenta de qué largo iba a ser ese viaje. -¡No pienso viajar de otro modo! -exclamó, echando la cabeza hacia atrás tal como le había visto hacer a su prima. No confiaba en estos desconocidos, pero si aflojaba no sería capaz de dar


un solo paso más. Por dentro se sentía aterrorizada; sabía que se conducía por pura fuerza de voluntad. Mientras atravesaba la habitación, alcanzó a mirarse brevemente en el espejo. Todavía le costaba reconocer a la encantadora joven que veía reflejada. Nunca se había dado cuanta de lo bonita que era, pero durante un fugaz instante pensó: "¡Oh, qué no daría por volver a mi aspecto poco llamativo!" -Como guste -gruñó el grandote. La tomó de la muñeca, y la arrastró por la habitación-. ¿Quiere dejar un mensaje para su prima y para su tío antes de que nos marchemos? Parecía una ocurrencia tardía. -¡Estoy segura de que el sargento Dickerson se ocupará muy bien de contar a todo el mundo cómo me habéis secuestrado después de dejarlo impotente a causa de un estúpido papel! -Vé hasta la puerta, Halcón. Yo llevaré su mochila. El hombre de negro tomó su pequeño bolso de gobelino, lo único que le habían permitido llevar con ella, y fue hacia la puerta. Travis Langley gruñó por lo bajo y la arrastró tras él. Mandy se preguntó brevemente por qué el amigo de Langley lo llamaba "Halcón", pero cuando reparó en su aspecto levemente indígena, decidió


que era un nombre más que adecuado para el corpulento matón. ¡Le sorprendía que no lo llamaran "Oso"! Mientras cruzaban el porche, Mandy volvió a asumir su personaje. -Espero que no supongáis que voy a montar detrás de alguno de vosotros todo el camino hasta California. -Esperábamos que Lady Anne le parecería bien -replicó james Long en tono conciliador-. Su padre la envía de regalo. La mirada de Mandy fue hasta la fina yegua alazana de patas blancas. La yegua se movía nerviosamente aguardando que Mandy la montara. Acercándose, Mandy acarició suavemente el cuello del animal. Nunca había tenido una montura tan hermosa. Parecía que ser hija de un gobernador tenía algunas ventajas. Con la ayuda de James, Mandy montó con cierta torpeza. -¿Por qué no puedo montar a sentadillas? -preguntó, mientras se recogía la falda para poder montar a horcajadas, como en realidad secretamente prefería. -Porque el terreno es muy accidentado -respondió Halcón-. Se supone que debemos dejarla en California en una sola pieza. Mandy se sentó rígidamente en la montura. Con muy poca confianza, estaba lista para ponerse en marcha. Desde su posición, Halcón pudo ver una porción de la torneada pantorrilla


que asomaba por encima de la bota de la joven, pero su rostro siguió inexpresivo como una máscara de piedra. No demostrar las emociones era un estilo de vida entre los cheyenes. Incluso fue capaz de controlar el tirón que de pronto sintió debajo de los pantalones mientras seguía admirando la atractiva carga que debía transportar. Por dentro soltó un gemido, al tiempo que se preguntaba si la paga que recibirían justificaba semejante sacrificio. En su puesto de observación situado detrás de las cortinas de encaje de las habitaciones de Jason, Julia soltó un suspiro de alivio. Miró a los tres mientras se alejaban del fuerte sin mayores inconvenientes. Jason había ido a buscar la carreta y a completar los preparativos para el viaje. Pronto se marcharían en la dirección opuesta; ambos estaban ansiosos por poner en marcha su parte del plan. Julia se estremeció con una momentánea punzada de culpa. Los hombres que se habían llevado a su prima tenían un aspecto más amenazador de lo que ella esperaba. Pero también sabía que su padre debía de tenerles mucha confianza, de lo contrario no les habría encomendado su cuidado. Podía estar enfadado, pero Julia sabía que la amaba, aunque nunca se lo demostrara. Respiró con mayor libertad. A Mandy le haría bien alejarse de su padre y de la vida en el fuerte, aunque sólo fuera un tiempo. Sonriendo, llegó a la conclusión de que, a la larga, todo sería para mejor; se dispuso a


terminar sus arreglos de último momento. 4 Travis Langley marchó incansablemente hasta el anochecer, con la intención de alejarse todo lo posible del fuerte. Después de vadear el ancho y poco profundo río Platte cabalgaron por una llanura ondulante casi desierta. Pasaron por una serie de puestos comerciales a poco salir del fuerte pero, en la hora siguiente, no distinguieron signos de vida, salvo algunos cerdos salvajes. Se alejaron del camino principal y se dirigieron hacia el punto convenido para acampar: un bosquecillo junto a un arroyo que habían visto en el viaje de ida. Cuando finalmente detuvieron a sus agotados animales, bien pasado ya el crepúsculo, Mandy estaba al borde del colapso. Sentía los nervios tensos y le dolían todos los músculos del cuerpo después de cabalgar tantas horas sin descanso. La fresca brisa que soplaba entre los pinos apenas logró reanimar su alicaído espíritu mientras permanecía sentada en la silla, con el traje de montar cubierto de una fina capa de polvo. Suspiró con cansancio, tratando de recuperar fuerzas. Estaba a punto de desmontar cuando sintió dos fuertes manos en torno a su cintura que la alzaron sin esfuerzo de la silla. Aunque secretamente agradecida por la ayuda, no lo reconoció. Para que el plan funcionara era indispensable que fuera convincente. Sabía qué habría hecho Julia en su lugar. -¡Bájeme en


este mismo instante y quíteme las manos de encima! -reclamó. Eran las primeras palabras que pronunciaba desde la partida. Empujó el amplio y musculoso pecho del hombre y miró indignada el rostro atezado que la contemplaba con furia debajo del sombrero de ala ancha. Langley no hizo más que apretarla con más fuerza. Sus grandes manos alcanzaban para rodearle completamente la cintura. Parecía decidido a no soltarla, ahora que lo había desafiado. Al ver cómo apretaba la mandíbula, Mandy sintió una leve punzada de alarma, pero rápidamente la sofocó. -Usted agota mi paciencia, señorita Ashton -dijo Langley-. Vamos a estar juntos unos cuantos días. Si insiste en esta actitud, lo único que logrará será hacerlo más difícil para usted. -Puedo arreglarme sola muy bien sin su ayuda. Y le agradeceré que se guarde sus manos para usted. Sostuvo la penetrante y oscura mirada de Langley todo el tiempo que le permitió su coraje, pero su alarde duró poco. Pudo sentir el calor de las manos de Langley en su cintura; los nervios que le atenazaban el estómago fueron reemplazados por una extraña sensación de escozor. -Lo lamento -concedió rígidamente, ansiosa por quedarse a solas-. Gracias por ayudarme a desmontar. Ahora, si tiene la amabilidad de soltarme... Estoy muy cansada. -Así me gusta más -replicó Langley, ufano, esbozando una sonrisa


perezosa-. Un poco más de actitudes como ésa y usted y yo llegaremos a llevarnos muy bien. Mandy advirtió que él se sentía satisfecho consigo mismo por haber ganado la primera mano y montó en cólera. -Nosotros nunca llegaremos a llevarnos muy bien, señor Langley, y usted nunca va a conseguir llevarme a California, de modo que bien podría renunciar ahora mismo. -Yo no apostaría a eso si fuera usted. Su mirada se volvió oscura al volver a enfadarse. La soltó de improviso, y Mandy perdió el equilibrio. Se tambaleó y cayó contra él, pero recobró la estabilidad. A duras penas lograba contener la ira. Sin otra palabra, Langley se volvió y se marchó dando grandes zancadas. Mandy observó cómo su imponente figura avanzaba hacia su caballo, mientras se insultaba a sí misma en silencio por permitir que las actitudes de Langley la afectaran tan hondamente. Era evidente que él no era más que un rufián; una especie de salvaje. Se juró ser más cuidadosa de ahí en adelante. En ausencia de James, Halcón montó el campamento. Ató los caballos y encendió una hoguera. Pronto tuvo bullendo sobre las brasas un estofado de venado hecho con carne que había quedado de la noche anterior y nabos


silvestres. El apetitoso aroma flotó sobre el campamento;ella sintió que le gruñía el estómago. Cuando el estofado estuvo a punto, el sonido de unos cascos resonó sobre el terreno rocoso. Halcón reconoció la familiar figura de James, aun a la distancia. -¿No hay problemas en el fuerte? -preguntó, al ver la fácil sonrisa de James al acercarse. -Ni pizca. Su teniente debe estar afuera, de patrulla. Además, no son muchos los oficiales ansiosos por poner en peligro su carrera desobedeciendo las órdenes de un gobernador -desmontó con cuidado y se dispuso a desensillar su caballo. Halcón se ocupó de la mula de carga, a la que le quitó las alforjas y la cubierta alquitranada. -¿Qué tal os llevasteis la señorita Ashton y tú? -preguntó James, maniobrando con la hebilla del dogal. Halcón pudo ver la chispa maliciosa que bailoteaba en los ojos de James, y le fastidió sobremanera. -¿Por qué no se lo preguntas a ella? -replicó con acritud, mientras terminaba de cepillar a la mula. James lo observó dirigirse silenciosamente hacia la fogata. Aunque harían parte del viaje por etapas, ya habían tomado la decisión de cabalgar hacia el oeste hasta cubrir cierta distancia, hasta asegurarse que se encontraban


en lugar seguro. Podrían hacer un alto para hospedarse en Fort Bridger o, mejor aún, en Salt Lake City. James ató su caballo y la mula detrás de los otros caballos y salió en busca de la muchacha. La divisó cerca del borde del campamento. Se le despertó la curiosidad y caminó hacia donde ella se encontraba, procurando mostrarse impasible. -Buenas noches, señorita Ashton -Mandy no hizo movimiento alguno para responder a su saludo. Él volvió a intentarlo-. Confío en que no esté demasiado fatigada por la cabalgata de todo el día-. Al ver que sus intentos para atraer la atención de la joven seguían siendo infructuosos, probó otra táctica. -Vea, señorita Ashton, no queremos tener problemas, y no le provocaremos ninguno a usted, siempre y cuando colabore. Este viaje, en el mejor de los casos, va a ser largo y fatigoso. No tenemos nada personal contra usted; para nosotros es sólo un trabajo más. Procuraremos hacérselo lo más agradable que sea posible, si usted nos deja -comenzaba a entender con qué había debido vérselas Halcón. Lo único que quería Mandy era estar sola. En ese preciso momento no lograba imaginarse cómo era posible que hubiera permitido que su prima la convenciera de secundarla en plan tan alocado. Ella había dado su


palabra y tenía intenciones de cumplirla, pero el interrogante seguía sin respuesta. Una vez más, trató de imaginar cómo manejaría Julia esta situación. -Señor... ah... -Long, James Long. -Señor Long -continuó Mandy con altivez, siempre tratando de imaginar a su prima en pleno ataque de arrogancia-, cuando mi prometido descubra que me habéis secuestrado, vendrá a buscarme y os matará -habló en voz baja, amenazante, como si la amenaza fuera real. Esperaba que sonara convincente. -Eso, señorita Ashton, es precisamente lo que tratamos de evitar. Ahora, ¿por qué no se acerca para comer algo? Mañana será aún más duro que hoy. El tono sosegado del hombre logró calmarla y darle sensación de confianza. Este hombre era, evidentemente, un caballero. Tanto sus palabras como sus modales así lo confirmaban. Antes de regresar al campamento, se había afeitado y cambiado de ropa. Parecía un hombre refinado con su traje bien cortado. Quizá pudiera convertirse en su aliado a lo largo del viaje. Teniendo en cuenta a su ordinario socio, era muy posible que necesitara uno. Al dirigirse hacia la fogata y el sabroso aroma del estofado, Mandy cayó en


la cuenta de que estaba famélica. Aceptó el plato de hojalata que le tendió el hombre vestido de ante. Después, dedicándole apenas la más breve de las miradas mientras fruncía la nariz con fingida repugnancia, comió hasta el último bocado de su plato. Una vez que se sintió saciada, sólo pudo pensar en descansar. -¿Dónde se supone que voy a dormir? -preguntó con aire ma-jestuoso, decidida a mantener su simulación. -Donde más le guste-fue la brusca respuesta de Langley-. Su saco de dormir está allí -Señaló las tres mantas apiladas, y Mandy abrió los ojos como platos. Muy erguida, caminó hasta allí, tomó la suya, la llevó tan lejos como pudo, y se tendió a dormir. No se le escaparon las sonrisas divertidas de los hombres al ver su proceder. Aparentemente, disfrutaban haciéndola sentir incómoda. Ambos menearon la cabeza, y se estiraron sobre sus sacos de dormir junto al fuego. Mandy comenzó a dar vueltas y vueltas. El silencio le resultaba sobrecogedor. Sabía que los hombres dormían; podía oír los ronquidos ocasionales de James Long. La noche era clara y fresca. Cada una de las estrellas del firmamento se destacaba con nitidez; parecían estar tan cerca del horizonte que Mandy sintió que la rodeaban. Los altos pinos extendían


sus ramas como si fueran grandes vigas verdes, pero no le sirvieron de consuelo. Escuchó con ansiedad, percibiendo primero un sonido atemorizador y luego otro. Al oír el aullido de un coyote, se estremeció y corrió hacia el fuego. Ambos hombres se pusieron de pie de un salto. -¿Qué pasa? -preguntó James, preocupado-. Halcón, ¿viste algo? -revisó el campamento en busca de alguna señal de complicaciones. -Oí un ruido -dijo tímidamente Mandy-. Yo... supongo que me asusté un poco. Sabía que se estaba comportando como una tonta, pero el corazón no dejaba de martillearle en el pecho. Había oído el aullido de mil coyotes a lo largo de su vida, pero nunca estando sola, a muchos kilómetros de su casa, junto a dos hombres desconocidos. -No es más que un coyote -dijo James, adormilado, mientras se frotaba los ojos-. Vuelva a dormirse. -Ya no es tan valiente, ¿eh, chica de ciudad? -gruñó Langley, volviendo a su lugar junto al fuego. -Sólo me sorprendió, eso es todo. Mandy deseó no haberles dicho que tenía miedo. Tendría suerte si conseguía dormir un poco. Estaba mucho más preocupada por los coyotes de dos piernas que dormían junto al fuego, que por los de cuatro patas que


merodeaban por la colina. Al regresar a su saco de dormir, reflexionó sobre la dura prueba que se avecinaba. Esperaba que su crianza en una familia militar le otorgara alguna ventaja. Recordó sus años de infancia, cuando cabalgaba sin cesar, trepaba a los árboles, daba largas caminatas e iba a pescar con los muchachos. Era capaz de montar mejor que muchos hombres. También podía disparar un rifle y una escopeta, y era capaz de seguir un rastro. En los últimos años había salido algunas veces a cabalgar con su padre, pero mucho menos de lo que habría deseado. Pensó en el hombre que la había criado, en los últimos cinco desdichados años que había pasado junto a él. Su padre se había vuelto completamente inaccesible. Mandy sospechaba que algo en su interior se había roto al morir su madre. Ésa era una de las razones por la que comprendía tan bien a su prima: ambas habían sufrido una gran pérdida a muy temprana edad y ambas habían sido criadas por hombres incapaces de demostrar su afecto. Mandy se sentía agradecida de que, en cierta forma, esa experiencia la había curtido. Pero habría deseado estar aún más curtida en lo que se refería al trato con los hombres. Tenía tan poca experiencia, y su padre le había pintado un cuadro tan sombrío acerca de la naturaleza de los hombres, que el corazón se le disparaba, enloquecido, cada vez que pensaba en pasar más de tres semanas viajando junto a esos hombres.


¡Todo había parecido tan sencillo, incluso irreal, cuando lo planearan con Julia! Ahora que estaba allí, sola con ellos, era algo completamente diferente. ¿En qué había estado pensando el tío William para enviar a estos hombres a buscar a Julia sin la compañía de una mujer mayor? Halcón volvió a quedarse dormido, si bien tuvo un sueño intermitente. Siempre solía tener el oído alerta ante la posibilidad de intrusos; era algo que había aprendido por su cuenta, muchos años atrás. Ahora, ya dormido, dio varias vueltas hasta que, contra su voluntad, llegó el sueño de cada noche. Era un niño pequeño, acurrucado sobre un raído jergón de lana, en la parte trasera de una carreta con cubierta de lona. Su cuerpecillo era esmirriado y frágil; el cabello color arena le caía opaco y enmarañado sobre la frente. Minúsculas gotas de sudor corrían por sus consumidas mejillas. -Papá... papá... ¿dónde estás, papá? -se dio vuelta, incómodo, gimiendo entre sueños. Sintió una mano sobre la frente, y se enderezó bruscamente. -Ya está bien, muchacho -su tío Martin se inclinaba sobre él-. Necesitaremos algún tiempo para acostumbrarnos a que tu mamá y tu papá ya no están aquí. Travis se enderezó, luchando contra el escozor que sentía en los ojos. Su padre habría deseado que fuera fuerte.


-No es justo, tío Marty. ¿Por qué tuvo que pasarle a ellos? Las mejillas le ardían. Siempre se ponía furioso cuando pensaba en el accidente, aunque bien sabía que no había sido culpa de nadie. -La vida no siempre es justa, muchacho. Tu tía Beulah y yo trabajamos duramente toda la vida. Jamás estafamos a nadie. Siempre tratamos de hacer lo correcto, sin embargo nos arrebataron a nuestro hijo, tal como a ti tu mamá y tu papá. ¿Quién puede comprender los designios del Todopoderoso? -el tío Marty se rascó la barbilla donde asomaba una barba incipiente-. Quizás nosotros tres, juntos, podamos hjicer algo bueno de todo esto -terminó de decir, sonriendo. El sueño retrocedió hasta otra época, en otro lugar. Al principio era confuso, mas de inmediato quedó nítidamente enfocado. Él estaba hablando con su padre, en una charla " de hombre a hombre". Ambos iban en el coche descapotado, avanzando por las sombreadas calles de St. Louis. Se detuvieron frente a su hogar, una casa colonial de dos plantas, y el padre puso una mano sobre el hombro de Travis. -Voy a tener que viajar bastante durante un tiempo, hijo mío -dijo su padre-. Económicamente, las cosas se están poniendo un poco difíciles; es hora de que haga algo al respecto. Quiero que cuides a tu madre. Cuando yo esté ausente, tú serás el hombre de la familia; espero que te hagas cargo de todo -su padre le dio un fuerte abrazo-. Estoy orgulloso de ti, hijo mío.


El sueño pareció nublarse, pero luego se aclaró. Thomas Rutheford, vestido con un sombrío traje negro, estaba sentado junto a él en el sofá de la sala de su casa. -Lo siento, hijo -estaba diciéndole-, han fallecido. Las ruedas se desprendieron mientras cruzaban el arroyo Potter. Tus padres se ahogaron bajo los restos del coche -el señor Rutheford le rodeó los hombros-. Lo lamento, hijo. Travis no se movió ni dijo una sola palabra. -Mucho me temo que no quede mucho dinero después de pagar todas las cuentas. Me gustaría llevarte conmigo, pero tu tío Martin dice que debes estar con tu familia. Él se va al oeste. Parece que irás con él. El sueño volvió al punto de partida. Estaba nuevamente en la carreta. El sol comenzaba a asomar por el horizonte, dibujando el contorno de las escarpadas montañas del este. Desde donde estaba, podía ver las ramas de los árboles que se mecían bajo la enérgica brisa de la mañana y el cielo oscuro de la madrugada que iba tiñéndose de un rosa dorado. Percibió las primeras señales de actividad en los otros dos campamentos, situados a pocos metros de allí. Como no contaban con el dinero necesario para viajar con la protección de una caravana, marchaban hacia el oeste sólo con la compañía de otras dos


familias. Travis contempló el cielo, cada vez más brillante, se puso la camisa y los pantalones, y esperó que algo de calor comenzara a entibiar la fría noche del desierto. Los vio antes de que sus gritos ensordecedores resonaran en todo el campamento. El espeluznante estrépito le provocó más escalofríos que la fiebre. Se quedó allí, inmóvil, y pudo sentir que se le erizaban los pelos de la nuca. El tío Marty saltó sobre la plataforma de la carreta, tomó un rifle y metió un cuchillo de larga hoja en la cintura de los calzones. La tía Beulah sollozaba histéricamente. Contempló las hordas de agresores pintados de guerra; retorció con sus callosas manos el delantal que cubría su vestido de percal. El terreno temblaba por el galope de los caballos, cuyos cascos batían sobre el suelo reseco. Travis bajó de un salto y corrió hacia donde estaba su tío, mientras su tía se escondía debajo de la carreta. -¡Tío Marty! -gritó-¡Son muchos! ¿Qué vamos a hacer? Ya estaban tan cerca que alcanzó a ver su desnuda carne morena, pintada y reluciente de sudor. -¡Métete debajo de la carreta, muchacho... y reza! -fue todo lo que tuvo tiempo de decir su tío antes de salir corriendo, tambaleante, para unirse a


los otros dos hombres que corrían en el claro. Los gritos y los chillidos llenaban el aire. Travis se volvió justo para ver que un guerrero, cuyo rostro era una máscara roja en la que se destacaban, atroces, los ojos rodeados de un círculo blanco, metía la mano debajo de la carreta. -¡Tía Beulah! Travis vio que ella intentaba alejarse gateando frenéticamente y tropezando con el ruedo de su falda. Su tía cayó de rodillas sollozando y suplicando piedad. El guerrero no vaciló. Le hundió toda la hoja de su puñal entre los pechos, y la anciana cayó al suelo. -¡Nooo! -aulló Travis, mientras corrían por sus mejillas lágrimas de furia y desesperación. Las personas que amaba estaban muriendo. ¡No podía permitir que volviera a suceder! Se lanzó hacia delante y saltó sobre la espalda del indio en el preciso instante en que la anciana señora Murphy apuntaba con el gastado mosquete de su esposo y disparaba. El guerrero soltó un sonido estrangulado, se echó hacia delante, y cayó muerto a los pies de la anciana. -Aquí hay uno que me voy a llevar conmigo -cacareó su tía. Dio una patada al indio muerto y comenzó a recargar el arma.


Travis oyó el silbido y a continuación el desgarrador golpe de la flecha cuando penetró en la columna vertebral de la tía Beulah. Se obligó a ponerse de pie. Corrió como un loco, esquivando en su carrera a varios de los atacantes. El impacto de un hacha india envió a uno de los hombres al suelo, girando entre tumbos. Travis siguió corriendo. En ese momento nada importaba, salvo llegar al lado de su tío. Sólo unos pocos metros más. Vio que el gigantesco guerrero indio arrojaba su lanza. La lanza pasó silbando junto a él, que alcanzó a ver un borrón difuso de plumas y pintura. El arma clavó a su tío en la carreta. La sangre del tío Marty comenzó a caer sobre la arena del desierto. Cubierto de sangre y asqueado por tanta muerte que veía a su alrededor, Travis alzó los ojos y se encontró frente a un guerrero corpulento, con una cara de perro que relucía de sudor, sangre y pintura. Alcanzó a oír el retumbar de su propio corazón. Pasó la mirada del indio hasta el cuerpo sin vida de su tío, y la volvió a posar sobre el guerrero, que gritaba victorioso. Travis apretó los dientes, y atacó. Aporreó al indio en el pecho con sus pequeños puños, lo arañó y lo golpeó, pero el enorme guerrero lo hizo a un lado de un empujón, arrojándolo a sus pies, sobre el polvo. El hombre se inclinó sobre Travis antes de qué él pudiera ponerse de pie, le puso las manos en la espalda y se las ató con una tira de cuero crudo. A continuación, hizo lo mismo con los pies. Ululando ruidosamente, el


guerrero lo alzó con facilidad. Lo arrastró hasta donde aguardaba un caballo manchado y lo arrojó descuidadamente sobre la cruz del animal. Travis pudo sentir la piel sudada del animal y el huesudo lomo incrustado en su cuerpo. El indio montó detrás de él. Travis forcejeó con el cuero que le ataba las manos, sintió que le cortaba la carne, pero no logró aflojarlo un ápice. Vio a los demás guerreros pintados mientras saqueaban las carretas, escuchó sus horrendos alaridos de triunfo ante cada descubrimiento. Después se dedicaron a quitar el cuero cabelludo y a mutilar los cadáveres caídos. Las carretas fueron incendiadas; sólo quedó de ellas un armazón ennegrecido. Los buitres comenzaron a volar en círculos sobre los últimos vestigios del humo que se elevaba hasta el cielo luminoso, antes de que los guerreros que lo habían capturado cruzaran la primera hilera de montañas. Un ruido desgarró la bruma de su sueño. De inmediato destelló la hoja de su puñal. Travis atrapó el pie del intruso, lo derribó pesadamente sobre el suelo, rodó hasta ponerse encima de él y le apoyó la hoja del puñal debajo de la barbilla. El chillido agudo y el débil forcejeo del intruso lograron despertarlo por completo. Se encontró mirando unos enormes ojos verdes, brillantes de miedo. Sus manos apretaban sedosos mechones de pelo castaño.


-¡Maldita sea, mujer! ¿Está buscando que alguien la mate? ¡Jamás vuelva a hacer esto! ¡Ni a mí, ni a ningún hombre digno de ese nombre! Podía sentirla temblar bajo su cuerpo, mientras los senos subían y bajaban rápidamente contra su pecho. -Yo... yo... Usted parecía tener una pesadilla. Yo sólo quería... estaba tratando de ayudarlo. Halcón apenas podía concentrarse en las palabras de la joven. Dios, era una belleza. Su rostro lanzaba suaves destellos bajo los dorados rayos del sol naciente. Sus labios rojos, entreabiertos por la sorpresa, dejaban entrever su delicada lengua rosada. Al comenzar a sentir el inicio de una erección, Halcón rodó hacia un costado y se puso de pie. Obligó a Mandy a hacer lo mismo. Ella tenía el rostro pálido, y su traje de montar estaba cubierto de polvo y hojas. Travis aspiró con fuerza, levemente incómodo ante lo sucedido. -Lo siento. ¿De acuerdo? No me haga más favores. Puede terminar muerta. Pasaría las de Caín tratando de explicárselo a su padre. Mandy se sacudió la ropa; el miedo que sentía dio paso al enfado. -¿Trata de matarme y se preocupa por mi padre? Halcón no le hizo caso. El cielo estaba aclarándose con las primeras luces del alba. Era hora de ponerse en marcha. -Mire, señora, será mejor que enrolle su saco de dormir. Partiremos en


cuanto hayamos desayunado. Mandy apretó los dientes y volvió a su manta. ¿Cómo se atreve a tratarme así?, pensó. Imágenes de Langley con los ojos relampagueantes, el cuerpo duro y fibroso apretado contra el de ella, se inmiscuyeron en su enfado. Era un hombre raro. Mandy se preguntó sobre su pesadilla. Langley parecía estar peleando con algún enemigo desconocido, luchando por su misma vida. Ella sólo había querido ayudarlo, vaya con el ingrato patán. Bueno, no volvería a cometer el mismo error. Halcón la observó arrodillarse para doblar su manta de dormir. Sonrió, meneando la cabeza al recordar el arrebato de calor que había tenido al sentirla debajo de su cuerpo. El perfume a lavanda todavía seguía adherido a su camisa de ante. Se quitó un largo cabello castaño que se curvaba deliciosamente contra su pecho. ¡Desde cualquier punto de vista, éste iba a ser un viaje endemoniadamente largo!


5 Desayunaron con bizcochos enlatados y venado seco. James levantó el campamento y Halcón ensilló los caballos. Iban siguiendo el camino de las montañas Laramie, que no era el habitual que se seguía al viajar en carretas o diligencias, a lo largo del curso del río Platte. Era un trayecto difícil, pero Halcón parecía saber exactamente adónde iba. Mandy ya pensaba en él como "Halcón". Parecía formar parte de la tierra, parte de la naturaleza, tal como los indios. En realidad, la mayor parte del tiempo parecía más indio que blanco. La pequeña yegua de Mandy tropezó y después alzó las orejas cuando los hombres se pusieron al paso. Mandy llevó a Lady Ann la delantera. Era un animal de buena marcha y paso seguro, cómoda de montar. Mandy había tenido un caballo una sola vez en su vida. Schooner, un imponente alazán. Había amado a ese caballo. Había amado la libertad que sentía al galopar montando el enorme animal. Ahora, mientras cabalgaba con Lady Ann, pensó en Schooner y, como siempre, sintió una punzada de culpa. Había estado corriendo con Schooner por la pradera, desafiando a su padre, haciéndolo galopar más velozmente que nunca. No había observado con cuidado el terreno, y de pronto el caballo tropezó. Agachó la cabeza, y Mandy salió disparada hacia delante; pudo sentir las ásperas crines del


caba-llo en la mejilla al volar sobre su cabeza. Grandes nubes de polvo se levanta-ron alrededor de ellos, empañando la luz mientras el caballo y ella se precipitaban al suelo. Mandy sintió un dolor lacerante en el brazo al chocar contra la tierra, y oyó el relincho dolorido de Schooner. Entonces, el caballo comenzó a quejarse mientras procuraba levantarse del suelo. Oh, Dios, ¿qué había hecho? Rodó sobre sí misma. El dolor del brazo la atravesó como una puñalada. Comenzó a palpitarle ante cada movimiento, pero los lastimeros sonidos que emitía Schooner la obligaron a seguir adelante. Sentía la boca arenosa, y tenía las mejillas arañadas y manchadas de tierra. Se arrastró hasta el alazán y tuvo que observar con impotencia cómo sacudía salvajemente sus crines rojizas y agitaba sus cascos en el aire. -¡Schooner, oh, Dios, Schooner! Por favor, muchacho. Por favor, quédate quieto. Lo acarició en el cuello y le habló suavemente en el oído. Miró frenéticamente a su alrededor buscando a su padre. Había venido cabalgando detrás de ella, furioso porque Mandy se había alejado demasiado del fuerte. Cuando finalmente la divisó, al pie de la colina, ya avanzaba hacia ella a todo galope. Desmontó antes de que su caballo se detuviera y corrió hacia ella. -¿Estás herida?


Mandy asintió. -Creo que me rompí el brazo, pero el que está mal es Schooner. Míralo, a ver qué le pasa -cerró los ojos y rezó para que el alazán estuviera bien. Su padre revisó las ancas del caballo, el lomo, los flancos, acariciándolo, calmándolo, revisándolo y examinándolo. Cuando terminó, regresó junto a Mandy. Se desató el pañuelo amarillo que llevaba al cuello, y con él le sostuvo el brazo en cabestrillo lo mejor que pudo. Después la ayudó a ponerse de pie. -Pero, ¿y Schooner? A Mandy el corazón le latía con fuerza. Se sentía mareada. Ya conocía la respuesta, pero aun así pidió al cielo estar equivocada. Su padre no hablaba. En lugar de eso, la acomodó cuidadosamente sobre su propio caballo y sacó el rifle de la funda en la que la llevaba. -¡No! -gritó Mandy. Aferró el cañón del arma y se negó a sol-tarla, a pesar de que cada movimiento le provocaba ramalazos de dolor que le quemaban el brazo-. ¡No puedes matar a Schooner! Fue culpa mía. Caímos por mi culpa, no fue por culpa de él -nuevas lágrimas le rodaron por las mejillas. -Por favor, papá -susurró-. Haré todo lo que me digas, pero por favor, por favor, no mates a Schooner. -Schooner tiene una pata rota -le explicó él suavemente-. No es justo


hacerlo sufrir. -Por favor, papá. Por favor. Es culpa mía. -¡Sí, es culpa tuya! ¿Entiendes ahora adónde te lleva tu conducta imprudente? Mandy miró a Schooner, impotente. Durante años el caballo había sido su único amigo, su único aliado. Ahora sus dulces ojos pardos estaban transidos de dolor. -Nos está pidiendo que hagamos lo que hay que hacer -dijo su padre. Mandy hizo un silencioso gesto de asentimiento, y miró para otro lado. Los pasos de su padre crujieron sobre el suelo reseco y las piedrecillas mientras avanzaba hacia Schooner. Mandy oyó cómo él amartillaba el Springfield y cerró fuertemente los ojos. El viento pasó silbando junto a sus oídos. Entonces el disparo dejó oír su macabro mensaje, y el sonido de la trabajosa respiración de Schooner cesó definitivamente. -¿Señorita Ashton? -la grave voz de Halcón interrumpió su evocación-. A partir de aquí, el camino se vuelve muy escarpado y empinado. Le aconsejo que comience a prestar atención, en lugar de soñar despierta con sus pretendientes. El tono con que él pronunció estas palabras la fastidió; no pudo resistirse a contestarle de la misma manera.


-¿Qué pasa, señor Langley? ¿Teme que me caiga por el precipicio y no pueda cobrar su recompensa? Porque eso es lo que busca, ¿verdad? La recompensa. Igual que en los carteles: "Buscada, viva o muerta. Julia Ashton, por abominables crímenes del corazón". Halcón se puso a su lado y la miró con el entrecejo fieramente fruncido. -No me parece que sea gracioso. Su padre cree que hace lo mejor para usted. Por lo que he visto hasta ahora, me parece que lo más probable es que tenga razón. -¿Y qué quiere decir exactamente con eso? -Quiero decir, señorita Ashton, que ya es hora de que madure y comience a pensar en alguien más que en usted misma. -¿Y qué me dice de usted, señor Langley? ¿En quién piensa, además de en usted mismo? Él frunció aún más el entrecejo y apretó los labios hasta que su boca se transformó en una fina línea implacable. Mandy volvió a sonreír ante esa insignificante victoria, pero en ese momento Lady Ann tropezó otra vez y estuvo a punto de caer. -Deténgase -ordenó Langley con brusquedad. Mandy hizo lo que le ordenaba. Halcón desmontó y tomó la mano derecha de Lady Ann. La yegua relinchó y sacudió la cabeza; el freno tintineó con el


movimiento. -Ha pisado una piedra -Langley se echó el sombrero hacia atrás y se volvió hacia Mandy, con una presumida sonrisa de satisfacción en los labios-. Parece que tendrá que montar conmigo. -¡Jamás! Prefiero ir andando -Mandy desmontó, se acomodó la falda, y comenzó a marchar por la estrecha huella. Halcón le dio alcance en dos zancadas. -Dije que montaría conmigo. Mañana su yegua estará bien, pero ahora no es el momento adecuado para sus juegos, señorita Ashton. Antes de que ella pudiera abrir la boca para protestar, él la levantó en vilo, la depositó sin ceremonias a horcajadas sobre la silla, y montó detrás de ella. Mandy trató de no apoyarse en su amplio pecho, pero quedaba poco espacio entre ambos. James iba tras ellos, concentrado en seguir la pista. Al cabo de la primera hora, el esfuerzo por no tocar a Langley la había agotado. Podía sentir la mirada del hombre en su espalda; sabía que él se estaba divirtiendo con su incomodidad. -Dígame, señor Langley -empezó a decir, pensando que tal vez un poco de conversación apartaría de su mente la sensación que le provocaba su torso musculoso, incómodamente cálido y cercano-. ¿Cómo es que mi padre confió en vosotros para llevarme de regreso a casa?


-¿Por qué no iba a hacerlo? ¿Cree que él espera que yo le arranque la ropa y la viole durante el viaje? Mandy sintió que un ardiente calor le teñía las mejillas. ¿Cómo podía decir esas cosas? Halcón pareció analizar su reacción, como si de alguna manera estuviera evaluándola. Ella le volvió la espalda, pero le temblaba la mano; sabía que él la había visto. -No me diga que la escandalicé -dijo él, obligándola a volver el rostro para mirarlo y advirtiendo su sonrojo-. No tenía idea de que era una mujer de sensibilidad tan delicada. Estaba pasando un momento del demonio tratando de comprender a esa mujer. Generalmente podía leer en la mente de las mujeres como en un libro abierto y clasificarlas en el casillero correcto, pero no era así con esta. Lo último que habría esperado de Julia Ashton era ese rubor virginal. ¿Qué clase de tonto lo creía? La mitad de los petimetres de Sacramento contaban anécdotas de sus lujuriosos apetitos; no obstante eso, ella lo hacía sentir culpable por un comentario simple y sincero. Mandy finalmente dejó de hacer fuerza en la silla, y apoyó, vacilante, la espalda contra el pecho de Halcón. La cabeza le calzaba perfectamente debajo de la barbilla del hombre. Éste, a su vez, estaba pasándola


realmente mal tratando de concentrarse en el camino; peor aún intentando controlar la erección que hinchaba sus pantalones. Deseó haberle permitido caminar, después de todo. -Su padre y yo nos conocimos hace cuatro años -dijo por fin, con la esperanza de cambiar el curso de sus pensamientos-. Nos presentó su tía Maude. Me sorprende que nunca le haya contado la historia. Pudo sentir que la muchacha se ponía ligeramente rígida, antes de encogerse de hombros. -Bueno, ya sabe cómo es Maude -se limitó a decir. Langley sonrió. Vino claramente a su mente la imagen de la brava irlandesa de pelo entrecano. -Me gusta su tía Maude. Es una verdadera dama. Pero no es sumisa. Todavía tiene mucho fuego ardiendo en su interior. La oyó reír suavemente con su descripción; el cristalino sonido le provocó una nueva punzada. Se aclaró la garganta. -Como sea; ella, junto con una amiga, fueron atacadas por salteadores de caminos en una carretera secundaria entre San Francisco y Sacramento. Por casualidad James y yo estábamos en el lugar y logramos frustrar los planes de los ladrones. Somos buenos para eso... para hacer fracasar planes, digo. ¿No está de acuerdo, señorita Ashton?


-Me parece que es muy poco en lo que estamos de acuerdo, señor Langley. Él rió por lo bajo. Mandy pudo sentir las vibraciones de su pecho. La sensación le provocó estremecimientos en todo el cuerpo. -Maude nos presentó a su padre. Hicimos algunos trabajos para él, algunos de ellos muy confidenciales. Pasando el tiempo fuimos haciéndonos amigos, e incluso socios en algunos negocios. Su padre es un buen hombre... pero estoy seguro de que conoce gran cantidad de hombres buenos, ¿no es así, señorita Ashton? Mandy no respondió de inmediato. -No estoy segura de qué quiere insinuar -terminó por decir-, pero si se refiere a Jason Michaels, tiene toda la razón. Es un hombre muy bueno. Mandy sabía perfectamente bien que no era eso lo que él había insinuado. "Esa mujer era realmente increíble", pensó Langley. "No sólo malcriada y egoísta, sino también una actriz consumada." Mandy trató de concentrarse en la conversación del hombre, pero en lo único que logró pensar fue en los músculos que le rozaban la espalda. No dejaba de sonrojarse; el calor del cuerpo de Langley hacía que el día pareciera más caluroso de lo que ya era. Cuando pusieron fin a la marcha de la jornada, toda conversación había cesado y el malhumor de Halcón había vuelto a hacerse presente. Era gruñón; parecía contar los minutos para librarse de ella de una buena vez.


Le prestó poca atención durante el resto de ese crepúsculo; Mandy se alegró de disponer de algo de tiempo para ella sola. Se acostó con el último bocado y, extenuada como se sentía, se durmió antes de que se pusiera el sol. Halcón contempló la menuda figura que dormía profundamente en el otro extremo del campamento. Le alegraba ver que ella podía descansar, ya que iba a necesitar de todas sus fuerzas. Tenía intención de volver a exigirle al máximo al día siguiente para poder seguir avanzando, por si acaso a su Jason se le ocurría ir a rescatarla. No confiaba en esa pequeña descocada. Ni un ápice. Hasta ese momento, las cosas habían sido demasiado fáciles. Algo no estaba bien. Lo podía sentir en los huesos. Las largas sombras de la tarde dieron lugar a la oscuridad. Volvió a controlar los caballos y después se estiró sobre su saco de dormir, junto al fuego, apoyando la espalda contra un tronco caído. Contempló el cielo nocturno. Altos pinos circundaban el claro como marciales guardianes muy erguidos. El penetrante olor a humo, resina y grasa -remanentes del venado asado que habían comido para la cena-, impregnaba el aire. Había tenido un día difícil, gracias a la cercanía de la joven de ojos verdes, pero el tiempo había sido bastante tolerable y la sabrosa comida lo había dejado tranquilo y satisfecho. James también se había apoyado en el mismo tronco, y Travis


veía junto a él sus botas de cuero negro. James rió suavemente, con la mirada puesta en la durmiente. -¿Y bien, Halcón, ¿qué te ha parecido hasta ahora la chica? -preguntó, rompiendo el silencio. Con aire distraído, reavivó con una rama el fuego casi consumido, lo que provocó una lluvia de chispas que iluminaron el claro cielo de la noche. -Hago todo lo que puedo para no pensar en ella, pero ya que insistes... -se detuvo un momento, tratando de encontrar las palabras justas-. Supongo que es tal como dijo su padre: malcriada y egoísta. De vez en cuando se me ocurre que tal vez esté equivocado; a esta altura es difícil asegurarlo. Es una bonita mujer, eso sí puedo decirlo -se puso las manos detrás de la cabeza y siguió contemplando el firmamento-. Tú has conocido muchas más muchachas ricas que yo. ¿Qué opinas tú? Al amparo de las sombras, James sonrió. Desabrochó otro botón de su otrora blanca camisa y se rascó una picadura de mosquito que tenía en el cuello. Pensó en la acaudalada familia de Chicago que había dejado. No había aceptado nada de la vida que su dominante padre había planeado para él. Trabajar en una oficina, llevar adelante el negocio familiar, vivir en la ciudad. Se había marchado de su casa a los dieciocho años para ir al oeste a buscar fortuna.


Volvió a sonreír ante el recuerdo. Le había ido bastante bien, pero la suya había sido la existencia de una hoja al viento, con poco y nada de futuro. Después de asociarse con Travis Langley, había podido ahorrar algo de dinero. Por primera vez tenía planes para el futuro, y este trabajo era un gran paso en esa dirección. Volvió la atención hacia su amigo. -Bueno, la mayoría de las niñas ricas que he conocido eran pequeñas damiselas intrigantes acostumbradas a obtener todo lo que se les antojaba -pensó en los muchos bailes de debutantes a los que había sido obligado a asistir-. Supongo que en ese aspecto ella es igual que todas, pero en otros no se ajusta al modelo. Te diré una cosa -añadió con pesar-: si es la mitad de testaruda de lo que aparenta ser, hará fracasar el trabajo. Tengo la corazonada de que está tratando de embaucarnos para que cometamos algún error. Halcón soltó un gruñido y clavó la vista en la oscuridad. Aunque no le agradara, estaba decidido a cumplir con esta tarea lo mejor posible. -Tengo la sensación de que tienes razón, pero en ese tema tengo algunas ideas personales. Algunas semanas aquí con estas niñeras que le han tocado deberían bastar para calmarla un poco. Me propongo tenerla desgastada hacia fines de la primer semana. Que se consuma parte del fuego que arde en su interior. Además, cuanto antes la llevemos a su casa,


antes cobraremos. James soltó una risilla ahogada. -Quizá soporte el resto del viaje como un manso gatito y no tengamos ninguna clase de problemas. -No lo creo probable. El gobernador no nos pagaría semejante cantidad de dinero por nada. -Supongo que tienes razón -reconoció James-. Mira, Halcón, sé que no te apasiona mucho esta pequeña aventura, pero ese dinero sin duda será muy conveniente para nosotros. Esta vez fue el turno de Halcón para reír. -¿Ya gastaste tu parte en ese salón que quieres comprar? -Bueno, todavía no, pero cada vez me acerco más James volvió a atizar el fuego-. ¿Y tú? ¿Te alcanzará para cerrar trato con ese rancho? Halcón no respondió. Se había puesto de pie y avanzaba silenciosamente hacia el borde del campamento. Su enorme puñal brillaba en la oscuridad. Se movía con sigilo; los mocasines amortiguaron el sonido de sus pisadas cuando se trepó a una enorme roca para aventajar al hombre que trataba de deslizarse furtivamente en el campamento. Halcón recorrió con la mirada cada roca y cada barranco, mientras sus ojos se adaptaban rápidamente a la oscuridad imperante lejos del fuego. Oyó el sonido de una rama seca que se quebraba y tensó el cuerpo. Su puñal volvió


a lanzar destellos cuando se irguió, sereno y alerta para repeler el ataque. La sombra se, movió entre la hojarasca que había debajo, y Halcón se puso en cuclillas, listo para saltar. En el preciso instante en que sus músculos se templaban para ese movimiento, se obligó a contenerse, soltó lentamente la respiración, y trató de controlar la tensión que bombeaba por sus venas. Su rostro se iluminó en una ancha sonrisa cuando habló en cheyene al hombre que estaba más abajo. -Lobo Veloz, te has vuelto menos sigiloso con los años -saltó junto a su amigo indio-. Hubo un tiempo en que sólo me hubiera enterado que estabas aquí al sentir el cuchillo en la garganta. El joven rió de buena gana. -Sólo trataba de mostrarme cortés con tu avanzada edad permitiendo que me oyeras -respondió, sonriendo abiertamente. Los dos hombres se tomaron de los antebrazos a guisa de saludo, después Halcón le colocó el brazo sobre los delgados hombros. -Es bueno volver a verte, amigo mío. Caminaron hacia el campamento; al llegar, Halcón vio que James echaba mano a su pistolera al verlos. -James, éste es Lobo Veloz. El estilizado indio saludó por señas, y James lo imitó. Halcón y Lobo Veloz


se sentaron con las piernas cruzadas junto al fuego y comenzaron a hablar con toda seriedad. Incapaz de comprender cheyene, James volvió a recostarse sobre el tronco, encendió un cigarro y ofreció otro a Lobo Veloz, que aceptó. -¿Cómo hiciste para encontrarme? -preguntó Halcón. -Halcón Negro, un hombre como tú no es difícil de encontrar. Adonde vayas, tu gente estará observándote. No te han olvidado. -Ni yo a ellos. -Hace muchas lunas que no vienes a vernos. Tu madre y tu padre añoran tu presencia en su casa. Una sombra pasó por el corazón de Halcón. Asintió lentamente con la cabeza. -Tienes razón, hermano mío. Y todavía no puedo ir a verlos. Pero pronto iré. Pronto. Lobo Veloz encendió el cigarro con una brasa y aspiró profundamente, estirando los músculos. El humo se elevó en volutas perezosas. -No vine a hablar de la familia, amigo mío. Vine a hablarte de la violación de las Colinas Negras que hicieron los hombres blancos. Buscan las piedras amarillas. Hasta ahora hay pocos caras pálidas, Pero pronto habrá muchos. Nuestra tierra quedeará despedazada bajo los tacones de sus botas. No era la primera vez que Halcón oía hablar de los hombres blancos que


invadían el territorio de los cheyenes y los sioux. Era un tema que partía en dos sus lealtades, partía en dos su corazón. -He oído hablar de eso, Lobo Veloz. Pero no puede hacerse mucho. La codicia es un cruel adversario. -Sí, hermano mío, pero tú conoces a muchos padres blancos. Te exhorto a que hables con ellos, que les cuentes nuestros problemas. Eres uno de ellos. Tú comprendes por qué debemos poseer esta tierra. Halcón asintió. Desde que había salido de la aldea había hecho todo lo que estaba a su alcance para ayudar a su gente a encontrar una tierra a la que pudiera llamar su hogar, pero sus esfuerzos no habían tenido mucho éxito. -Haré todo lo que pueda -se preguntó cuánta ayuda podían significar sus palabras. El semblante de Lobo Veloz se relajó, reflejando la satisfacción de la tarea cumplida lo mejor que podía. Sonrió y asintió, aprobando. -Es todo lo que un hombre puede pedir a otro. La conversación continuó apenas unos minutos más, ya que Lobo Veloz estaba preocupado por la cercanía de los soldados del fuerte. Cuando todo fue dicho, los dos hombres se pusieron de pie. -Adiós, hermano -Lobo Veloz abrazó a Halcón para despedirse de él, saludó a James con un ademán y desapareció silenciosamente al amparo de los


pinos. Halcón volvió a sentarse y retomó su conversación con James. -Es un problema sin solución -dijo James. -Supongo que no -Halcón se recostó cuan largo era en su saco de dormir, estirando los agarrotados músculos de la espalda. -Probablemente implique más derramamiento de sangre -dijo James. -Temo que sí. Era una noche cálida, incluso a la altura que estaban. Halcón se quitó la camisa de ante, decidido a descansar. Su mente bullía de imágenes de lo que presagiaba ser un desastre para los indios... y también para muchos blancos. Cuando regresara a Sacramento trataría una vez más de ayudar a su gente, pero antes tenía que completar la tarea por la que le pagaban. Dio varias vueltas, pero finalmente comenzaron a pesarle los párpados. Fue deslizándose hacia el sueño. Pensamientos inquietantes sobre sus hermanos indios se filtraron en su sueño. Pudo ver a un muchacho que marchaba con los pies descalzos agrietados y sangrantes por el desierto que se extendía interminable frente a él. Lo único que se imponía por encima del retumbar de los cascos sobre la tierra polvorienta, eran los gritos de las mujeres llamando a los niños. Un tirón en la cuerda de cuero crudo que le rodeaba el cuello volvió a derribarlo por décima vez. Le dolía cada músculo del cuerpo.


El guerrero montado en el caballo manchado le gritó algo que el muchacho no comprendió. Trató de ponerse de pie, sólo para volver a caer. No sabía cómo haría para seguir, pero tenía que intentarlo. Su padre habría querido que lo intentara. Se puso de pie y una vez más luchó para avanzar poniendo un pie delante del otro. Sentía cómo se le ampollaban los brazos y la espalda allí donde los indios le habían desgarrado la camisa, dejando su pálida piel expuesta al ar-diente sol del desierto. "Voy a lograrlo", se prometió. Aceptaría todo lo que le impusieran y seguiría adelante, por su padre, por el tío Marty y los otros, por él mismo. El sueño varió; el desierto desapareció. Se encontraba en un bosque fresco y silencioso. Podía oír el canto de los pájaros y a las ardillas trepando por los árboles. Había indios, pero en esta oportunidad eran diferentes. Las mujeres llevaban ropas de suave cuero blanco; los hombres eran altos y de finas facciones. Ninguno iba pintado. Un indio enorme, tocado con una vincha emplumada, se interpuso entre él y el indio con cara de perro que lo había llevado a través del desierto. -Has llegado muy lejos, muchacho -dijo en un inglés chapurreado-. Has sobrevivido, cuando muchos habrían muerto. Travis lo miró a los ojos: eran ojos agudos, capaces de leerle la mente e interpretar su carácter. -Soy Flecha Poderosa, de los cheyenes -se presentó el hombre. Travis no


respondió. -No estamos en guerra con tu gente -siguió diciendo el hombre-. Lamento tu dolor... tu pérdida. Travis percibió un toque de bondad en las palabras del hombre. Le hizo sentir débil, capaz de derramar las lágrimas que no había derramado. Pero sabía que no podía permitirse ninguna muestra de debilidad. Se hizo fuerte para soportar las consecuencias y escupió en la tierra a los pies del hombre. Éste no hizo nada. -Mis amigos dicen que no debería tenerte -dijo con su deficiente inglés-. Debía dejarte con los comanches. Pero he perdido a mi propio hijo. Un muchacho... la misma edad que tú. Creo que no tienes a nadie. Puede ser que nos ayudemos mutuamente -el hombre lo miró fijamente a los ojos. La decisión estaba tomada. Le cortaron la cuerda que tenía atada en el cuello y lo alejaron de allí. Se le proporcionó comida y agua. Al menos, sobreviviría. El aullido de un coyote lejano lo despertó por completo y terminó con su sueño. Una fina película de sudor le cubría el pecho y los brazos, y la fresca brisa nocturna le produjo escalofríos. Desenrolló una manta ligera, se cubrió con ella y volvió a acostarse. Esta vez durmió profundamente. Tan sólo algunas imágenes de la hija del gobernador, que dormía demasiado cerca, le causaron un momento o dos de incomodidad.


6 No fue sino hasta varias mañanas después que Mandy fue capaz de relajarse lo suficiente como para apreciar la belleza de las montañas: el rocoso suelo rojizo, los chillidos de los grajos azules, el límpido aire fresco. Estaban atravesando la planicie de Deer Creek, le informó Halcón mientras le señalaba una cierva que pastaba en el barranco junto a su cervatillo. Un halcón de cola roja voló en círculos por encima de ellos; Mandy se preguntó si aquello no sería un mal augurio, como creían los indios. Después de atender sus necesidades, ella regresó al campamento y al apetitoso aroma del café que hervía y se derramaba sobre las piedras calientes de la fogata. Halcón parecía haberse refrescado en el arroyo. Estaba recién afeitado y se había cambiado la camisa y los pantalones. La profunda "V" del cuello dejaba a la vista gran parte de su pecho cubierto de vello color arena. El pelo húmedo se ondulaba ligeramente sobre el cuello de su camisa. Cuando se arrodilló para servirle una taza del humeante café, sus muslos se destacaron claramente a través del cuero suave de sus pantalones. De pronto, Mandy se sintió cohibida. Aspiró con fuerza y apartó la mirada. Durante los últimos días había comenzado a advertir qué atractivo era este hombre. Esperaba que no fuera ése el motivo por el que le latía con tanta fuerza el corazón cada vez que él se acercaba. Aceptó la taza que le ofrecía y casi deseó que su segundo encuentro pudiera haber sido en otras


circunstancias. Desde luego, si así hubiera sido, él no le habría prestado más atención que la primera vez. La idea la irritó bastante. -¿Sabe cocinar? -le preguntó Halcón, más bien con brusquedad-. Ya es hora de que se gane su sustento. -Por supuesto que sé cocinar -respondió Mandy, molesta por el modo en que le había hablado. Después, anticipándose a su siguiente pregunta, agregó-: Pero no creo que sea de acuerdo con el gusto vuestro. Volvía a meterse en la piel del personaje de Julia; considerando el rumbo de sus pensamientos, probablemente fuera lo mejor. -Tendrá que cocinar si quiere comer -contraatacó Halcón-. Nadie hace gratis un viaje... ni siquiera la hija del gobernador. Mandy percibió la mirada de soslayo que les dirigió James, pero Halcón no le prestó atención. -Entonces, no comeré -respondió Mandy, desafiante-, y mi padre lo matará, si Jason no lo hace antes. Ante la mención del nombre del prometido, Halcón se erizó como un puercoespín. Si alguna vez se había mostrado proclive a ceder, ahora se endureció. -Bueno -dijo entre dientes. Comenzó a freír el tocino. Alguna remota parte de él se preguntó por qué la


sola mención del nombre de ese hombre lo enfadaba tanto. Cuando el desayuno estuvo listo, James y él comieron con buen apetito. Halcón exageró los ruidos y se chupó los dedos. -¡Delicioso! Lástima que no tenga hambre -se burló. -Tengo hambre, de acuerdo; es más, estoy famélica, pero a vosotros no podría importaros menos. -Cocine, y podrá comer -repitió Halcón. Echó las sobras al fuego con un poco mas de aspavientos que lo necesario y luego lo cubrió cuidadosamente. Tomó la silla de montar de Mandy con una mano, la propia con la otra y se encaminó hacia los caballos. Mandy apretó los dientes y trató de no escuchar el gruñido de su estómago. Julia jamás sabría lo afortunada que había sido al no tener que realizar este viaje. Aferrando la mochila, comenzó a caminar completamente furiosa, disgustada con los hombres y con su papel más que nunca. Cabalgaron sin pausa durante todo el día a través de terrenos escabrosos. El sol caía a plomo sin piedad. Atravesaron varias praderas y pasaron junto a un pequeño lago situado al abrigo de un valle. En las últimas horas de la tarde, Mandy empezó a quejarse, como sin duda lo habría hecho su prima, en un intento de que aflojaran el paso. -Estoy cansada. ¿No podemos descansar un rato? -Siga andando -fue la respuesta de Halcón.


-Pero tengo sed. -Tiene una cantimplora. -Quiero beber agua fría, la del lago. Y no veo por qué no podemos descansar -sin previo aviso, frenó su caballo y desmontó. El ruedo de su traje de montar arrastró pequeñas piedrecillas mientras avanzaba hacia la poco profunda corriente que corría junto a la huella. Halcón entrecerró los ojos. Tiró de las riendas y desmontó. -Vuelva a montar -ordenó. Sus largas zancadas enseguida le dieron alcance. -¡No! Necesito descansar un poco. De todas maneras, a esta hora hace demasiado calor para seguir viajando. -Dije que vuelva a montar. Usted no dirige esta expedición; ya es hora de que lo entienda -su voz se oyó baja y amenazante. Con los pies separados, se interpuso en su camino hacia el arroyo. -¡No lo haré! -decidida a no aflojar, enderezó los hombros, lo esquivó, y retomó su camino hacia el arroyo. -Volverá a montar, por las buenas o por las malas -Halcón apretó las mandíbulas. Su determinación crecía por momentos. Familiarizado con la clase de mujer consentida a la que creía que pertenecía la hija del gobernador, estaba decidido a no dejarse avasallar por ella ni por ninguna


otra mujer. Moviéndose con rapidez, otra vez logró adelantarse a ella en el estrecho sendero. La miró furioso a los ojos, que también despedían relámpagos de furia, se inclinó, la levantó y se la echó al hombro. Gruñendo, volvió a trepar la colina. De poco le sirvió a Mandy golpearle la espalda, patalear y soltar chillidos. Estaba indignada, pero Halcón era demasiado grande para pelear con él. Halcón no prestó ninguna atención a sus forcejeos, como si la carga que llevaba al hombro no lo molestara más que un insecto fastidioso. Cuando llegó junto a los caballos, le sostuvo ambas muñecas con una sola de sus grandes manos, y con la otra se las ató. La depositó sin miramientos, boca abajo, sobre la silla. Tomó una cuerda, la pasó por debajo del caballo, y le sostuvo las dos manos atadas. Hirviendo de indignación, Mandy se encontró firmemente atada sobre la yegua, prácticamente incapaz de moverse. -¡Es usted un salvaje despiadado... un monstruo! ¡No puede tratarme así y quedar impune! Mi padre se enterará de esto. ¡Desáteme! Sin pronunciar palabra, Halcón montó su enorme caballo ruano y condujo a la pequeña yegua, con Mandy protestando fuertemente sobre el lomo, hasta retomar la huella. James, que ya había percibido la tensión que iba desarrollándose entre


Halcón y la joven, observó la escena desde cierta distancia. Ya había tomado la decisión de que, en lo que se refería a su amigo y esa dama, probablemente lo mejor fuera que la naturaleza siguiera su curso; había resuelto quedarse en un segundo plano. Tras los primeros minutos de vociferar y clamar, Mandy se dio cuenta de que era demasiado complicado hablar ni hacer nada en la postura en que se encontraba. Mientras yacía allí, rebotando y dando saltos a cada paso, insultó mentalmente al hombre que le había ganado una vez más, y renovó su promesa de no permitir que volviera a suceder. Dos horas más tarde, exactamente cuando Mandy creía que iba a morir de dolor, Halcón terminó por ceder. La desató con sumo cuidado y la levantó de la silla. Su suavidad la sorprendió. La sostuvo mientras ella intentaba pararse sobre sus inestables piernas. Una vez más, Mandy sintió un escozor desconocido en la boca del estómago y una oleada de calor que le subía a las mejillas. Al levantar los ojos para cruzarlos con los de él, podría haber jurado que la mirada de Halcón se había suavizado, volviendo sus ojos de un aterciopelado color castaño. La sostuvo un tiempo más prolongado del necesario; Mandy se preguntó cuáles serían sus intenciones. Entonces, repentinamente, la soltó, prácticamente empujándola. Se volvió para dirigirse presuroso hacia su caballo. Mandy sabía que debía mostrarse


furiosa con él, pero estaba demasiado cansada. Al atardecer, decidió que cocinar era mejor que morir de hambre; estaba segura de que Julia habría estado de acuerdo. -He resuelto que cocino mejor que usted -le dijo a Halcón, procurando conservar algo de dignidad-. Yo también podría preparar una comida decente mientras estamos juntos. Langley vio su rostro de cansancio. -¿Adónde aprendió a cocinar? Pensé que una dama como usted tenía multitud de sirvientes para esa clase de cosas. La forma en que él pronunció dama hizo que Mandy se pusiera rígida, pero lo dejó pasar. -No siempre fuimos ricos, señor Langley -dijo, tan verazmente como pudo. Mentir no formaba parte de su naturaleza-. Cuando era niña viví en Highland Falls, cerca de la academia militar de West Point. Mi prima y yo vivíamos allí. Nuestros padres asistían a la academia. -Conocí a su prima -dijo Langley; las venas de Mandy se convirtieron en hielo. -¿Oh, sí? ¿Y cuándo fue eso? -Hace unos dos años. Me temo que no fue un encuentro muy agradable. -Vaya sorpresa-comentó ella con sarcasmo. No pudo resistirse a preguntar: ¿Y qué le pareció?


Halcón la miró con intensidad. -Me pareció agradable. No es mejor que usted en eso de obedecer órdenes.. . y ni remotamente tan bonita -mostró una amplia sonrisa. Era la primera sonrisa auténtica que ella le había visto. -¿Qué le agradaría para la cena? -preguntó, pasando a un terreno más seguro. Le ardían las mejillas por el cumplido... o ,insulto, no estaba segura. Mirando para otro lado, estiró los brazos para acomodarse los rizos de la nuca. -Venga aquí. Mandy alzó el rostro con cautela. -¿Por qué? -Porque yo lo digo. ¿Cuándo va a empezar a obedecer las órdenes? -su voz sonaba sería pero :os ojos le brillaban burlones-. Pensé que su padre era militar. -Lo más probable es que nunca haga exactamente lo que usted me indica, señor -respondió ella con cierta arrogancia. Pero fue hasta donde él se encontraba, sentado sobre el tronco caído junto al fuego. -Siéntese. Mandy lo miró con suspicacia. Él le tomó la mano y la obligó a sentarse a sus pies, sobre el terreno cubierto de césped.


-Esta noche cocinaré yo -dijo Langley-. Usted ya ha tenido suficiente diversión -en sus ojos bailoteaba la malicia; Mandy volvió a ruborizarse, pensando en cómo se había burlado de ella-. Podrá empezar con el desayuno de mañana. Mandy suspiró. Le dolían todos los músculos del cuerpo. Como si le hubiera leído el pensamiento, Mandy sintió sus grandes y cálidas manos masajeándole los hombros para aliviarle el dolor. Se puso rígida, pero al ver que Halcón no tenía malas intenciones, comenzó a relajarse. Halcón le frotó la espalda y le levantó el pelo para masajearle la dolorida nuca. Mandy creyó percibir un ligero temblor en sus manos cuando tocaron su piel desnuda, pero no pudo asegurarlo. Sabía que lo que él estaba haciendo no era exactamente lo más correcto, pero se sentía tan dolorida, y los dedos de Langley parecían tan mágicos que lo dejó continuar. Cuando él volvió a hablarle, su voz sonó ronca. -Creo que es mejor que comience a preparar la cena -se volvió bruscamente-. Mañana trate de mostrarse un poco más colaboradora, señorita Ashton. Cuanto más rápido empiece a hacer lo que le digo, mejor estaremos todos -y con esas palabras, se marchó. Mandy echaba humo, furiosa ante su arrogancia. "... lo que le digo." ¿Quién se creía que era? ¿Su padre? Mandy ya había tenido suficiente de esa clase de hombres. No estaba dispuesta a empezar a recibir órdenes de otro


hombre más, precisamente cuando estaba a punto de liberarse. Involuntariamente sus pensamientos divagaron hasta la dulce manera en que él la había tocado, en la fuerza y la consideración que había sentido en sus manos. Halcón, ciertamente, era un hombre extraño... pero atractivo, si podía hacerse caso omiso de su carácter odioso. Tenía una intrigante hendidura en la barbilla... y una mandíbula categórica que se endurecía casi imperceptiblemente cuando... ¡Dios! ¿Cómo podía estar pensando en esas cosas? ¡Y relativas a un hombre como él! ¿Qué le estaba sucediendo allí, perdida en esos páramos? Se estremeció al pensar que a cada día que pasaba se parecía más a su prima.


7 El final de la semana trajo consigo un nuevo día de esforzada marcha. El terreno cambió; las empinadas colinas cubiertas de pinos dieron lugar a planicies áridas y ondulantes. Kilómetros y kilómetros del mismo paisaje, que sólo interrumpían de tanto en tanto algunos arbustos achaparrados. Era un panorama desolado y solitario si bien, en su estilo salvaje, imponente y magnífico. Halcón se mantuvo distante, aunque cortés, y Mandy le correspondió con una actitud fría. Comenzaba a agradarle James Long. Era un verdadero caballero, de gran ingenio y sentido del humor. Los entretenía relatándoles historias de las pasadas aventuras de ambos y, desafiando la ira de su amigo, contó a Mandy todo acerca del pasado indio de Halcón. -Todavía no está seguro si le agrada asociarse con caras pálidas como nosotros -dijo James con una sonrisa, haciendo caso omiso del gesto malhumorado de Halcón. Saltaba a la vista el respeto con que se trataban. Mandy ansió compartir su amistosa camaradería, especialmente en esas tierras tan desoladas. En las últimas horas de la tarde, Mandy, extenuada después de tantos días sobre la silla, se sentía demasiado cansada para provocar su consabida


cuota de problemas de cada día. Pero Halcón se mostró inflexible. Recordando la promesa que había hecho a su prima, Mandy comenzó a insultarlo por lo bajo, pero terminó por hacerlo en alta voz. -¿Está tratando llevarme de regreso a casa o de quitarme de en medio para siempre? -preguntó indignada. Se preguntó si acaso no habría algo de verdad en esas palabras. Halcón permaneció en silencio-. ¿Acaso no tiene un poco de decencia? ¿Cuánto más debo padecer sólo porque cometí la torpeza de enamorarme? Ante esas palabras, ambos hombres frenaron sus caballos. Parecían pensar que, de alguna manera, ella estaba justificada al pensar así. -Supongo que ya nos hemos alejado bastante. Nuestro rastro ya está demasiado frío para poder seguirlo; de todas formas, la ruta que hemos seguido lo habría hecho perder igual. Acamparemos temprano -prometió Halcón. Sus ojos oscuros escudriñaron el panorama. -Gracias a Dios -suspiró Mandy. El ritmo que habían llevado hasta ese momento habría agotado al más avezado jinete. Encontraron un llano al norte del camino de los Mormones, la senda que deberían haber seguido, al menos hasta Salt Lake City. El terreno era plano y cubierto de hierba. Profundos surcos dejados por las ruedas de las carretas señalaban la huella utilizada durante años por los emigrantes,


como solía llamárseles. Los peregrinos que viajaban hacia el oeste consideraban que estaban migrando desde su antigua tierra natal, en lugar de hacerlo hacia un nuevo hogar, como lo hacían la mayoría de los emigrantes. El trío ató los caballos debajo de un bosquecillo de cedros junto a un meandro del sinuoso Platte. Mandy no podía esperar a quitarse de encima el polvo y la mugre de toda una semana de viaje. -Voy a darme un baño río abajo -anunció apenas estuvieron instalados-. Os agradecería que me concedierais un poco de intimidad. -Usted no va a ninguna parte -replicó Halcón-. Al menos, hasta que yo haya tenido la posibilidad de explorar la zona -se volvió hacia James-. Hace un rato vi algunas huellas frescas, en esa dirección -Halcón señaló río abajo-. Será mejor que eche un vistazo. A Mandy no le cupo duda de que Halcón sólo quería llevarle la contraria. En los últimos tiempos no se habían presentado problemas con los indios, al menos en esa zona. Además, Nube Roja había acced-do a firmar un tratado de paz. ¿A quién creía engañar Halcón? No era más que otra de sus estratagemas para mantenerla cerca del campamento. Decidida a enfrentarlo, avanzó resueltamente hacia él. -Le causa gran placer discrepar conmigo, ¿verdad? -dijo ella-. Está tratando de hacerme la vida tan desagradable como pueda. ¿Acaso mi


padre le ofreció dinero extra para torturarme todo el trayecto hasta California? Mandy se sentía sucia y cansada; se moría por un baño. Golpeó con el pie en el suelo e hizo pucheros, tal como le había enseñado su prima. Pero comenzaba a resultarle difícil separar el papel de "Julia" del de la verdadera Samantha. ¿O acaso se parecía a su prima más de lo que imaginaba? Este desconocido de pelo color arena la hacía sentir frustrada y confundida. Halcón se limitó a echarle una mirada furibunda para después alejarse. -Será mejor que hagamos lo que dice -dijo James, mirándola con simpatía-. A mí también el agua me resulta tentadora, pero he aprendido a respetar el sexto sentido de Halcón en lo que se refiere a problemas inesperados. Nos ha salvado el pellejo en más de una ocasión -le apoyó la mano en el hombro con la intención de consolarla, pero ella se la quitó con brusquedad. No estaba de humor para ser consolada. Lo único que quería era bañarse. Echó la cabeza hacia atrás y se tropezó sin más con una enorme piedra. -Déjala. Con los ojos puestos en la tiesa espalda de la joven, Halcón tenía plena conciencia de la imagen atractiva que ofrecía Mandy con su polvoriento traje de montar. Cuando ella se volvió, una rasgadura en la parte superior del vestido reveló el nacimiento de sus pechos y una porción de piel color


marfil. Halcón tuvo una breve imagen de sí mismo rasgándole la ropa en tiras para dejarla apenas con su cabellera castaña para cubrir sus encantos. Sacudió la cabeza, como para despejarla de la indeseada visión. -Estaré de regreso antes del anochecer-informó a James, mientras se dirigía hacia su imponente ruano-. Espero que, cuando regrese, nuestra pequeña presumida esté de mejor humor. La mirada socarrona de James le dijo que su esperanza era altamente improbable. Mientras se alejaba del campamento, Halcón sonreía para sus adentros. Ciertamente, el gobernador había criado una hija muy irascible. James se ocupó de montar el campamento. Aunque los caballos ya habían sido atados y cepillados, todavía quedaba la mula para atender y leña para juntar... si Halcón lo consideraba seguro. Brindaría a Julia un poco de tiempo a solas; tal vez eso la pusiera de mejor humor. Al día siguiente aminorarían un poco el paso. Ojalá que eso sirviera para calmar los nervios de todos. Mientras James estaba ocupado con la instalación del campamento, Mandy salió a dar un paseo a la sombra de los árboles. Nadie había prestado demasiada atención al bosquecillo de cedros, salvo para determinar que era un buen sitio para pasar la noche. En ese momento, mientras avanzaba por su fresco interior hasta salir por el extremo opuesto, Mandy divisó una


pequeña corriente secundaria que murmuraba en su paso entre rocas redondeadas y hacía un recodo para formar un estanque poco profundo en la falda de la colina, junto a un grupo de hayas. Era demasiado tentador para dejarlo pasar otra vez. Echó una rápida mirada a su alrededor para asegurarse de que no había nadie en las cercanías. Podía sumergirse y salir antes de que llegaran a echarla en falta. Se desabrochó las polvorientas e incómodas ropas tan rápidamente como se lo permitieron sus nerviosos dedos, se quitó la enagua y quedó apenas cubierta por su camisa y sus bragas. No pretendía hacer otra cosa que caminar por la orilla, pero el agua fresca acariciándole las piernas era irresistible. Tras un breve momento de vacilación, se despojó de esas últimas prendas y se sumergió en el estanque. Con el agua hasta las caderas, se zambulló en sus cristalinas profundidades. Sintió que sus fatigados músculos se relajaban con el contacto del agua vigorizante, que se llevó consigo la tierra y el polvo, a la vez que algunos de sus pesares. Sintiéndose despreocupada por primera vez en muchos días, hundió la cabeza en el agua para quitarse toda la suciedad que pudo del pelo y se apresuró a regresar resignadamente a la orilla. No alcanzó a advertir de dónde provino la mano que le tapó firmemente la boca. Trató de gritar, pero el sonido que brotó fue apenas un sollozo ahogado. Inmovilizada contra el pecho del hombre, sintió sus poderosos


brazos que, tomándola por debajo de las rodillas, la alzaban en vilo y la sacaban del agua. Mandy no intentó luchar, demasiado aterrada hasta para respirar. Se obligó a permanecer serena, y se concentró en el borde con flecos de la camisa de cuero del hombre y el vello color arena que le cubría el pecho. Alzó los ojos y de inmediato reconoció las adustas facciones del que le causaba semejante aflicción. Con un gesto, él le indicó que se mantuviera en silencio mientras la transportaba, empapada y chorreante, hasta detrás de un gran tronco caído. ¿En qué estaba pensando este demente? ¿Habría estado espiándola todo el tiempo en que había estado en el estanque? Sin duda, lo único que pensaba hacer era castigarla por desobedecer sus órdenes. Forcejeó para soltarle una perorata, con la esperanza de que la soltara y así poder ir en busca de su ropa. Él negó con la cabeza y señaló en silencio en dirección al arroyuelo. Tres guerreros sioux, con medio cuerpo desnudo y las piernas al aire, apenas cubiertos con un taparrabos, avanzaron intrépidamente con sus caballos hasta la orilla opuesta. Sus cuerpos brillantes estaban untados con pintura de guerra roja, amarilla y negra, en diseños geométricos. Con la sola intención de dar agua a sus extenuados caballos cubiertos de espuma, se


sentaron tranquilamente a conversar a pocos metros del tronco detrás del cual se ocultaban. Mandy sintió vértigo. Había vivido la mayor parte de su vida cerca de la frontera. Había visto personalmente las horribles torturas que los indios infligían a sus prisioneros. Estos tres formaban parte de una partida guerrera que iba en procura de cueros cabelludos. La imagen del mutilado cuerpo de Davey Williams se impuso por encima de todo otro pensamiento. Muerta de pánico, se aferró a Halcón, demasiado asustada para acordarse de su desnudez, respirando débil y afanosamente. Agachado detrás del enorme tronco, Halcón sostuvo a la temblorosa joven en su regazo. Los ojos de Mandy brillaban de miedo. Sus brazos le rodeaban apretadamente el cuello. A esa altura, Halcón tenía ya la ropa empapada, lo que le permitía percibir el más leve de sus movimientos. Maldijo la situación en la que se encontraba, así como la erección que le abultaba los pantalones. Por fin los indios terminaron de abrevar sus caballos. Halcón se puso tenso al ver que los guerreros miraban el otro extremo del arroyo y señalaban en su dirección. Pudo sentir el rápido latir del corazón de la joven contra su pecho. Un cuervo sobrevoló las ramas más altas. Los indios rieron, aparentemente satisfechos, dieron la vuelta, y en medio de una nube de polvo, se alejaron al galope.


Con alivio, Halcón bajó la vista hacia la muchacha que se aferraba a él aterrada. Relucientes gotas de agua bajaban por sus pechos perfectos, que se erguían ligeramente en los extremos cómo para atrapar el calor del sol. El contacto con la fresca brisa le había endurecido los pezones. Halcón sintió la tersa piel debajo de los dedos. El viento agitó la húmeda cabellera de Mandy. Recién entonces la joven recordó las circunstancias en las que se encontraba. Se puso encarnada desde sus húmedos rizos hasta la punta dé los pies y echó una rápida mirada hacia Halcón. Lo que vio en sus ojos logró paralizarla. Esos ojos no estaban velados por la indiferencia que generalmente exhibían hacia ella, sino que parecían arder. Puso sentir el contacto con los duros muslos del hombre debajo de su cuerpo, el calor de sus poderosos brazos; el corazón se le aceleró. Intentó ponerse de pie, consciente de una nueva clase de amenaza, pero Halcón la tomó del brazo y la atrajo hacia él. Le cubrió la boca con la de él; sus labios fueron fuertes y cálidos, pero inflexibles. Mandy le apoyó las manos en el pecho a modo de protesta, y los músculos que palpó debajo de la camisa se contrajeron ante su contacto. Trató una vez más de apartarse de él, pero sus intentos fueron débiles y vanos; en realidad, una parte de ella no quería liberarse. El beso se hizo más hondo. Halcón la saboreó, la degustó, la acarició con


sus labios. Con la lengua se abrió camino dentro de su boca. Sabía a almizcle y a hombre. El olor a cuero y a caballo le impregnó las fosas nasales. Halcón la besó a fondo, apasionadamente. Con una mano le sostenía la barbilla, y con la otra la sujetaba de la espalda, apretándola fuertemente contra su propio cuerpo. Mandy tembló con violencia; aun en contra de su voluntad, le echó los brazos al cuello. Oyó un leve gemido, y borrosamente comprendió que provenía de ella. Deslizó la mano por el cuello de Halcón, la hundió en su pelo color arena, y lo atrajo hacia ella. El duro pecho del hombre se apretó contra sus pezones, y el escalofrío que Mandy experimentara momentos antes fue reemplazado por un estremecimiento de expectativa. Halcón la besó en el cuello con labios ardientes y húmedos, y volvió a su boca. La marea de deseo creció con rapidez, inundándola con oleadas de placer. Sentía el cuerpo inflamado y frío al mismo tiempo, como si estuviera ahogándose en una charca de fuego líquido. Con un gemido y un último brote de voluntad, se soltó de su abrazo, temblando con una nueva clase de terror. Los ojos de Halcón la recorrieron de arriba abajo. Mandy tragó saliva, tratando de recobrar la compostura y de pensar con claridad. -¿Cómo... cómo se atreve a acosarme a hurtadillas? -lo acusó, con la esperanza de que la voz no le sonara a él tan temblorosa como le sonaba a


ella-. ¿Pero quién se piensa que es? -le estaba resultando difícil recordar su papel, incluso recordar quién era realmente. El mundo entero parecía borroso y confuso. La voz de Halcón surgió ronca y áspera. -¡Pedazo de tonta, estuvieron a punto de matarla... o algo peor! Una mujer blanca con esa mata de pelo sería un premio mayor para toda la tribu... después de que esos guerreros se hubieran divertido con usted -Halcón no había tenido intenciones de espiarla. La había visto por casualidad. Pensaba permanecer escondido y darle la intimidad que necesitaba, mientras vigilaba la posible aparición de intrusos. Pero los sioux habían modificado la situación. Tuvo que obligarla a permanecer en silencio, por el bien de todos. A Mandy se le dio vuelta el estómago. Cerró los ojos, se estremeció, y se desplomó sobre Halcón. ¡Él tenía razón! A Dios gracias, había llegado en el momento oportuno. Bajó los ojos y por primera vez reparó en su desnudez. Un quemante sonrojo la cubrió cuan larga era. Soltó un sofoco ahogado, saltó desde atrás del tronco y corrió a recoger sus ropas. Oculta detrás de una roca, se las puso rápidamente, dispuesta a no seguir tentando a Halcón. Sentía el cuerpo tenso como la cuerda de un arco. ¿Qué le estaba pasando?


Se abotonó el traje de montar con dedos temblorosos, conmovida por su escandaloso comportamiento. A decir verdad, una vez que el verdadero peligro había pasado y su temor se había aplacado, se alegraba de que él la hubiera visto desnuda. Le alegraba haber provocado semejante efecto sobre él. Estaba harta y cansada de su indiferencia. Por lo menos, ahora él sabía que ella era una mujer, no sólo un objeto que estaban transportando. Se calzó las botas de montar y ató flojamente los lazos, pero su mente se demoraba en la calidez del beso. Los labios de Halcón se habían mostrado exigentes, pero también tenían un toque de delicadeza que ella no había esperado. Sólo la habían besado una vez; lo había hecho un soldado del fuerte que la acompañaba de regreso a casa después de una reunión social. Mandy le había dado una sonora bofetada por su osadía. Pero no había hecho lo mismo con Halcón. ¿Por qué le había devuelto el beso a él y no al soldado? ¿Qué le ocurría? ¿Cómo podía considerar siquiera a un bruto insensible como él? Le costaba creer que fuera la misma mujer que, apenas semanas antes, usaba ropa poco atractiva para desalentar a los hombres. ¡Debía de estar volviéndose loca! Más conmovido por su encuentro de lo que estaba dispuesto a reconocer, Halcón sintió un dolor dentro de los pantalones que no se calmaría enseguida. Se dirigió adonde había atado a su ruano, a cierta distancia del arroyo. Afortunadamente, James había tenido el buen tino de no encender


fuego hasta comprobar que él estaba a salvo. Sería una noche de campamento sumamente fría. Se preguntó a qué tribu pertenecerían los tres sioux. Nube Roja había firmado un tratado; se mantenía una paz inestable. Desde luego que siempre existían algunos exaltados que no estaban satisfechos con la idea de ser confinados dentro de una reserva. Después de pasar la mayor parte de su niñez y juventud junto a los cheyenes, no los culpaba. Los blancos, como un ejército interminable de invasores, se infiltraban y destruían las tierras de los indios. Si no se hubiera marchado de la tribu cuando lo hizo, Halcón no habría caído en la cuenta de lo inútil que era realmente su lucha; era muy probable que en ese momento él mismo fuera uno de esos exaltados. Desató las riendas de su caballo y condujo al animal de vuelta hacia el arroyuelo. No podía decir que lamentaba haber tenido que acarrear su remisa carga desde el mismo arroyuelo. Sonrió para sus adentros. Julia era, tal vez, la carga más atractiva que hubiera tenido la suerte de contemplar. Recordó la manera en que le habían relampagueado los grandes ojos verdes, su caballera color castaño enroscándose seductoramente alrededor de sus más íntimos encantos. Estaba más que ligeramente arrepentido de la promesa que le había hecho al padre de ella. No había tenido la intención de besarla, pequeña brujilla traidora,


supuestamente enamorada de su Jason. Imaginó que probablemente su padre estaba en lo cierto. A la única persona que Julia realmente amaba, era a ella misma. Bueno, ciertamente él nunca se iba a enamorar. Eso era estrictamente para los tontos. 8 Halcón, James y Mandy, totalmente exhaustos y hartos de cabalgar, atravesaron los ríos Big Sandy y Green. Ahora atravesaban terrenos particularmente polvorientos. La huella se extendía kilómetros y kilómetros delante de ellos, y la planicie sólo se veía interrumpida ocasionalmente por algunos matorrales de salvia. Mandy estaba esforzándose por estirar el tiempo todo lo posible, cuando a su alrededor se arremolinó una nube de polvo, haciendo aun más irrespirable el aire ya sofocante. Cuando el polvo se asentó, y ella pudo ver con más claridad, Mandy vio un cachorro de lince que yacía herido y quejoso sobre el camino. Avanzó con el caballo hasta donde se encontraba el animalito, desmontó y se acercó con sigilo, para no asustarlo. Acarició la suave piel del cachorro y le habló dulcemente en voz baja, mientras examinaba la herida que tenía en la pata. El cachorro no se resistió; parecía percibir su preocupación. El alarmante sonido del percutor de un revólver al ser amartillado la obligó a volverse.


-Vuelva a su caballo. Yo me ocuparé del cachorro -dijo Halcón, mirándola con amabilidad. -No pensará dispararle al pobre animalito, ¿verdad? -No podemos dejarle sufrir. Lo liberaré de su desgracia -Mandy vio que él apretaba los dientes hasta que la mandíbula se le convirtió en una mueca implacable, aunque su voz traicionó la preocupación que sentía-. Por favor, haga lo que le digo. Mandy se sintió transportada al pasado. Casi pudo oír la voz de su padre, ver los dulces ojos pardos de Schooner clavados en ella mientras pateaba, indefenso, sobre la tierra seca. -¡No! -exclamó. Se puso de pie y enfrentó a Halcón-. No tiene la pata rota; tenemos que hacer el intento de salvarlo -Su voz se quebraba en el ardiente aire de la tarde. Halcón la miró, sin soltar su Colt. -No podemos hacer nada al respecto. Vuelva a su caballo. Mandy no se movió. -¡Antes tendrá que dispararme a mí! Halcón volvió a mirarla. Por un instante, pareció dudar. Después, suspirando, guardó su revólver en la pistolera. -¡Mujeres! -masculló, mientras regresaba pesadamente a su caballo. Mandy tuvo la extraña sensación de que él se había alegrado al ver que ella


no cedía. Tomó al cachorro en sus brazos y se encaminó hacia un arroyo cercano. Lavó la herida del animal lo mejor que pudo, rasgó su enagua en tiras para improvisar vendas y vendó la pata lastimada. Se negó rotundamente a moverse de allí en todo el resto del día, mientras aguardaba, rogando que cediera la infección del cachorro y la fiebre bajara. Halcón estaba que echaba chispas, pero Mandy tenía la sospecha de que, aunque a regañadientes, él admiraba su determinación y estaba orgulloso de su preocupación por el animal. Sin dejar de gruñir, montó el campamento en el sitio en que se encontraban, farfullando que por la suma que le pagaban, no valía la pena preocuparse por un día de más. Incluso enseñó a Mandy el modo de preparar un ungüento para la pata herida con algunas hierbas indígenas que llevaba en la alforja, mezcladas con grasa animal. Una vez más, al verlo actuar con el cachorro, Mandy percibió en él una delicadeza de la que no lo hubiera creído capaz. Por la mañana, el cachorro había mejorado notoriamente. Comió los restos de la cena de antílope que Halcón había cazado antes del anochecer y estuvo en condiciones de andar cojeando sobre las tres patas sanas por todo el campamento. -Se pondrá bien -aseguró Halcón. Era evidente que estaba satisfecho por sus cuidados-. Debo decirle, señorita Ashton, que hizo un excelente trabajo


con el cachorro. ¿Adónde aprendió a curar heridas una muchacha de ciudad como usted? -Yo... ah... ah... tenía una gobernanta que era enfermera -tartamudeó Mandy ante la intempestiva pregunta. Bajó la mirada y miró para otro lado, negándose a sostener la de él y detestando el hecho de verse obligada a mentir en una de las escasas ocasiones en las que él se mostraba amable. Mandy sintió que la observaba. Halcón se percató de su cambio de humor, y el momento pasó. Con una última mirada vacilante, Halcón se retrajo a su habitual actitud distante y cautelosa. -Bien, ya hemos perdido demasiado tiempo. Montemos y reanudemos el viaje. No debemos hacer esperar al gobernador, ¿verdad? -volvía a su familiar estilo burlón. Y Mandy estaba furiosa, como de costumbre. ¿Cómo podía él ser tan atento en un momento dado, para convertirse en semejante demonio al siguiente? Bueno, de todas maneras, en los últimos días ella se había mostrado muy colaboradora. Se había prometido obligarlos a marchar con mayor lentitud y lo estaba consiguiendo. Tarde o temprano, encontraría la oportunidad. Así pasaron los días en la planicie, interminables como la pradera que estaban cruzando. Los tres se habían sumido en una callada rutina. Mandy y James estaban volviéndose muy amigos, con una amistad que se


profundizaba con el correr de los días. James siempre parecía tener a mano una palabra de alegría. Mandy y Halcón raramente cambiaban palabra. En ocasiones, Mandy lo pescaba mirándola, cuando creía que ella no se daría cuenta, pero nunca sostuvo esa mirada más tiempo de lo necesario. La mayor parte del tiempo la trataba con indiferencia, siempre cortés, aunque con una pizca de desdén, como si supiera algo sobre ella que desaprobaba. -¿No le parece hermoso, James? -comentó al oír sus pasos, ahora familiares, que se acercaban. Aunque casi siempre había vivido en la frontera, jamás había apreciado realmente la belleza del imponente paisaje. En el sitio donde se encontraban era imposible no hacerlo. El grandioso vacío magnificaba cada una de las estrellas, convirtiéndola en un perfecto diamante blanco, una joya refulgiendo sobre un manto de ónix. -Claro que sí. Muy hermoso. Casi tan hermoso como usted. -James, no... -susurró Mandy. Desde hacía un tiempo había temido que su amistad se volviera demasiado íntima y que él interpretara erróneamente la naturaleza de esa amistad. -No se preocupe, Julia. Por encantadora que sea y por mucho que me gustaría que no fuera así, he visto la manera en que mira a Halcón -su respuesta sincera despejó sus temores, pero le presentó uno nuevo.


-¡No sea tonto! -replicó ella, sintiendo que el rubor le teñía las mejillas-. Vaya, si ni siquiera podemos hablar. Además, es evidente que yo le desagrado -por alguna razón, la idea logró deprimirla. -A Halcón no le desagrada, Julia -le aseguró James, tratando de explicarle algo que ni, siquiera él mismo comprendía. Jamás había visto a su amigo actuar tan raramente en tantos años que llevaban juntos-. Es sólo que... bueno, Halcón fue criado por los cheyenes, y ellos tienen un alto concepto de la moral. Él piensa que usted es, bueno, malcriada, y tal vez un poco jaranera. Si tenemos en cuenta que se supone que usted está enamorada y comprometida, pues tiene algo de razón. -¿Cómo se atreve a pensar algo semejante? -barbotó Mandy-. ¡Vaya, nunca quise coquetear con...! Él fue quien me sacó del estanque. Ciertamente, yo no le pedí que lo hiciera. Al ver la consternación que reflejó el rostro de James, demasiado tarde se dio cuenta que Halcón nunca había mencionado el episodio del arroyo. Desde algún recóndito lugar de su corazón, le agradeció, si bien a regañadientes, su discreción. -Quiero decir, no logro imaginar por qué pensó que yo era una descarada. Ni siquiera he hablado mucho con él -terminó débilmente. -Cálmese -tranquilizó James-. Halcón no es tonto y yo tampoco. Sólo desearía que me mirara a mí como lo mira a él.


-¡Bien, pues ambos estáis equivocados! -bramó Mandy-. Estoy enamorada de Jason, y voy a casarme con él. ¡No dedicaría a Halcón ni siquiera un día! -esperaba que a James le resultara más convincente de lo que le resultó a ella misma. -¿Acepta el consejo de un amigo? -preguntó James. Mandy estaba demasiado enfadada para responder. Asegúrese de no enamorarse de Halcón. -¡Hombres! -exclamó Mandy, mientras se preguntaba qué era, exactamente, esa advertencia-. ¡Sois todos iguales! Furiosa, dio media vuelta y marchó resueltamente hacia el campamento, dirigiéndole a Halcón una mirada de reojo, ardiendo de deseos de abofetearlo en pleno rostro. ¡Oh, ese hombre! ¿Alguna vez podría dejar de pensar en él? -Como guste -dijo James a sus espaldas. Observó su figura que se alejaba, tiesa y decidida, y sonrió para sus adentros. Tal vez Julia no supiera lo bella que era ni advirtiera el efecto que causaba en los hombres que la rodeaban. Esa imagen, ciertamente, no se adaptaba a la que divulgaban los periódicos, pero realmente a James no le importaba. Estaba seguro que ella sólo lo veía como un amigo, por desdichado que eso fuera. Si pensaba en la promesa hecha al gobernador,


probablemente fuera lo mejor. Podía ver la constante batalla que libraba Halcón consigo mismo para mantenerse alejado de la joven. James clavó la mirada en el fuego. La muchacha estaba de pie junto a él, con la mirada también puesta en las llamas. James se dio cuenta de que le había cobrado afecto, más allá de quién fuera el destinatario de su amor. Esperaba, por el bien de la joven, que se tratara de su misterioso Jason. Compadecía a cualquier mujer que se enamorara de Halcón, quien creía que sólo había un sitio adecuado para cualquier mujer: ¡la cama! Pero esta mujer, la hija del gobernador, tenía algo definitivamente diferente. Lo percibía, y también Halcón. Además de ser la mujer más bonita que había visto en su vida, a veces parecía que era dos personas distintas. La mayor parte del tiempo era obstinada, caprichosa y una fuente constante de problemas. Pero en otros momentos, como cuando había discutido con Halcón a propósito del cachorro, era capaz de exhibir un asombroso interés y gran ternura. Tras medio día de marcha estuvieron muy cerca de Fort Bridger. Mandy sabía que el fuerte había sido levantado originalmente por un montañés llamado Jim Bridger, y que en una oportunidad había albergado a Kit Carson, el famoso explorador. Durante muchos años había sido un hito en el camino. Con el transcurso del tiempo, el fuerte se había deteriorado, pero debido a los problemas permanentes con los indios de los últimos


años, el ejército había decidido restaurarlo. Mandy nunca había viajado tan lejos hacia el oeste; estaba ansiosa por visitar un sitio del cual había oído hablar desde que era niña. Halcón descartó rápidamente semejante idea. En lugar de eso, hicieron un alto a cierta distancia del fuerte, y James fue enviado con la mula de carga para reponer las provisiones. -.Por qué no podemos ir todos al fuerte? -preguntó Mandy con añoranza, mientras observaba cómo se alejaba James. Anhelaba darse un baño de verdad y dormir una noche en una cama. -Sabe muy bien por qué, pequeña -respondió Halcón lisa y llanamente-. Porque ni James ni yo queremos enfrentarnos con toda la caballería de Estados Unidos sólo para hacer feliz a su padre. Halcón había empezado a utilizar el apodo de "pequeña" después de su aventura con el cachorro. A Mandy le gustaba cómo sonaba con un dejo de acento cheyene. -¿No podríamos ir si yo le diera mi palabra de honor de que no hablaría a nadie acerca de nuestro viaje? Descansaban sobre un enorme tronco. Había que recoger leña, extender los sacos de dormir y preparar la comida, pero el breve recreo sentaba bien a ambos. -No podría ir aunque lo jurara sobre una pila de Biblias y sobre la tumba de


su madre-dijo Halcón, dando por terminada la discusión. Una punzada de pena al oír la mención de su madre hizo que a Mandy se le arrugara la frente. Al hombre no se le pasó inadvertido. -Lo lamento -se disculpó, aparentemente un poco avergonza-do-. ¿Cómo era ella? -Era una mujer maravillosa. Solíamos hacer todo juntas. Me enseñó a cocinar -bromeó. -Entonces hizo un buen trabajo. -También me enseñó a coser, a cuidar un jardín, a tocar el pianoforte... docenas de cosas. Mi padre y yo la amábamos más que a nada en el mundo. Se retorció un mechón de pelo, temerosa de decir demasiado. Pensó con nostalgia en lo feliz que había sido su familia. La casa era entonces cálida y acogedora, no desierta y vacía como lo estaba ahora. Tras la muerte de su madre, su padre la había despojado de todo aquello que le recordara a su esposa. Cuando su madre aún vivía, había en ella coquetos tapetes de encaje, coloridas alfombras de ganchillo, cálidas cortinas de zaraza. Su madre estaba orgullosa de su hogar, por sencillo que fuera. Nacida en el seno de una familia acaudalada, había crecido con todos los lujos que el dinero podía comprar, pero su amor por un joven oficial del ejército había sido


más importante. La familia se trasladó a la frontera cuando Mandy tenía nueve años, pero su madre insistió en que aprendiera el protocolo social que creía indispensable para la educación de toda joven. Mandy, puesta a desempeñar el papel de hija del gobernador, le estaba agradecida por todas las tediosas horas que había invertido en esa tarea. -Era muy bella -agregó en un susurro, evocando la sonriente imagen de su madre. La mirada de Halcón se demoró en su rostro. -Al mirarla a usted -dijo-, no cuesta creerlo. Mandy sintió que se le arrebataban las mejillas. Bajó los ojos con timidez, disfrutando con el cumplido. Halcón la contempló un minuto más, y después, aclarándose la garganta, se dio vuelta. -Será mejor que nos pongamos a trabajar -dijo. Mandy asintió y se dispuso a examinar el terreno en busca de un lugar adonde poner su saco de dormir. Esa misma noche, más tarde, después de una cena de conejo asado y el último de los bizcochos cocidos, se sentaron sobre una roca plana frente al fuego. James no regresaría hasta la mañana siguiente; Halcón parecía estar de buen humor, después de un chapuzón en el Black River. Tenía el pelo


todavía húmedo, y se le rizaba suavemente en el cuello. Sus cómodos pantalones se pegaban a sus poderosos muslos. Mandy trató de mantener la vista apartada de él todo lo que pudo, pero la cercanía de Halcón le hacía retumbar el corazón. Pudo sentir sus ojos acariciándole la línea de las mejillas. El recuerdo de la actitud tierna que él había mostrado más temprano le dio coraje. -Es una bella región, ¿no le parece? -empezó a decir. -Sí que lo es. -Usted la conoce muy bien -era una afirmación, no una pregunta. -Crecí al noreste de aquí. Allí es donde vive mi tribu -miró en la distancia, con la mente perdida en el pasado. Mandy lo interpretó como una buena señal. Tal vez compartiera algo de su vida con ella. Tendría que arriesgarse. -Todavía dice "su tribu". ¿Acaso los blancos no somos también "su tribu"? Él la contempló, pensativo. -Sí, supongo que lo son. A veces, cuando pienso en la forma en que tratan a los indios, desearía no pertenecer a esa raza. Pero la mayor parte del tiempo estoy tan orgulloso de mi herencia blanca como lo estoy de la india. Era la vez en que más le había revelado cosas sobre él; eso le dio valor para seguir adelante.


-¿Cómo es usted realmente, señor Travis Langley? Pero usted prefiere Halcón, ¿no es así? -él no respondió, sino que siguió con la mirada fija en las llamas-. ¿Es realmente el ogro que pretende ser o el corazón tierno que a veces vislumbro? -pensó en el cachorro, y en las veces en que se había mostrado amable cuando menos lo esperaba. Una leve sonrisa curvó las comisuras de los labios de Halcón. -Probablemente un poco de ambos, como la mayoría de las personas. Creo que casi todos nosotros tenemos más de una faceta en nuestra personalidad -la luz del fuego parpadeaba de manera seductora; una lengua de cálido color bronce relumbró sobre su piel-. ¿Y usted, señorita Ashton? ¿O debo llamarla Julia? -Por favor, llámeme... Julia -respondió ella aunque de pronto deseó oírle llamarla Samantha. Podía imaginar lo suave que sonaría con el sonido ronco, masculino y sensual que él le imprimiría. -¿Y usted, Julia? -corrigió él-. ¿Es usted realmente la imprudente y colérica joven que mostró ser ante mí o la muchacha sensible que vi atendiendo al cachorro? Ella sonrió, con la intención de contestar con sinceridad. -Un poco de ambas, supongo -reflexionó acerca de su comportamiento en el estanque, pero rápidamente se obligó a pensar en otra cosa. Mandy estaba disfrutando de la intimidad que sentía crecer entre ambos, que


antes no había existido. Pero quería apartar la conversación del tema de ella misma. James me dijo que lo criaron los cheyenes. ¿Fue muy difícil para usted? Sabía que Halcón raramente hablaba de su pasado. Los oscuros ojos del hombre se fijaron en los suyos, como si ponderara cuánto debía revelarle. -Al principio fue difícil. Pero una vez que acepté mi nueva vida, me gustó. Los cheyenes son la única familia que he dejado. Mis verdaderos padres murieron en un accidente cuando yo era niño. Me dirigía hacia el oeste con mi tía y mi tío cuando los comanches atacaron nuestra pequeña caravana de carretas. Fui el único que sobrevivió -miró hacia otro lado, y sus ojos reflejaron un breve destello de dolor. -Lo siento. Sintió una enorme compasión por el niño que había padecido semejante tragedia. Halcón buscó los verdes ojos de la joven. Ella parecía querer acercarse a él, consolarlo. Le provocó un tirón en el pecho. -Fue hace mucho tiempo. Por suerte para mí, los comanches no tenían interés en complicarse con un niño de mal carácter, de modo que me negociaron con los cheyenes. Los cheyenes se llaman a sí mismos "los seres humanos"; de alguna manera, eso les cuadra. Son gente de corazón cálido y


generoso. Sin darse cuenta de lo que hacía, Mandy le tocó la mano como si tratara de absorber algunos de sus recuerdos dolorosos. -¿Cómo fue que se marchó de allí? -le preguntó. -Algo parecía llamarme. Mi curiosidad no me dejaría descansar hasta que averiguara mi pasado. Fui a St. Louis a buscar a un amigo de mi padre, una de las pocas personas que podía recordar. Me recibió como si fuera un hijo perdido hacía tiempo. Me dio todo lo necesario para que me reinsertara en la civilización; instrucción, modales, expresión. Jamás lo olvidaré. Murió hace pocos meses. Sintió una nueva punzada de dolor, pero apretó los dientes y volvió a mostrar su máscara impasible. -Ya basta de mí -añadió, acaso con demasiada jovialidad-. Cuénteme sobre usted. ¿Realmente está enamorada de ese Jason? Mandy creyó percibir un fugaz destello de arrepentimiento, como si lamentara haber formulado la pregunta. Deseó que así hubiera sido. Aspiró con fuerza, cerró brevemente los ojos y trató de recobrar la compostura. Estaba obligada a seguir adelante con la mentira. Si él sospechaba, aunque sólo fuera un instante, que ella no era la hija del gobernador, ni ella ni su prima tendrían la posibilidad de una nueva vida. Se endureció para resistir el sentimiento de culpa que sabía iba a sentir y


respondió con toda la sinceridad que pudo. -Vaya, desde luego que amo a Jason. Vamos a casarnos; nadie podrá impedirlo. Si ella no hubiera sabido que era imposible, habría jurado que lo vio pegar un respingo. Pero los ojos de Halcón, que hasta el momento habían sido de un aterciopelado color castaño, adquirieron un brillo acerado. -Amor... -gruñó-. Usted no conoce el significado de esa palabra. La atrajo bruscamente hacia él y se inclinó sobre ella, aplastando con crueldad su boca contra la de ella. Mandy forcejeó para librarse de su rudo abrazo, pero él la tomó de las muñecas y se las llevó a la espalda. Sus labios la tomaron por asalto, y dejaron una huella abrasadora allí donde se posaron. Mandy trató de liberarse con más fuerza, aterrada al pensar que pronto sus miembros se negarían a obedecerla. Halcón la sostuvo firmemente sujeta, dominándola, controlándola. Sus besos se tornaron más suaves. Le acarició los labios con los suyos. Mandy sintió que sus propios brazos, ya liberados, rodeaban el cuello de Halcón, y que sus dedos se enredaban en los rizos húmedos que se ondulaban sobre el cuello de su camisa. La lengua de Halcón indagó en la calidez de su boca, recorriendo con ternura toda la cavidad y provocándole


ardientes llamas que la recorrieron de la cabeza a los pies. Después le besó las mejillas, el cuello, para regresar a su boca. Esos besos le inflamaban el alma. Mandy se sintió débil y mareada, incapaz de resistirse. Los dedos de Halcón buscaron los botones de su traje y comenzaron a desabrocharlos, para después hundir la cabeza en la hendidura entre sus pechos. En su atormentada cabeza, Mandy supo que lo que estaba haciendo -lo que estaba sintiendo- debía estar mal, pero el ardor de su propia pasión le impedía detenerse. Las ásperas manos de Halcón buscaron sus rígidos pezones y los pellizcaron con suavidad, pro-vocándole nuevas explosiones de chispas que oscilaron frente a sus ojos. El calor de esas llamas se propagó hasta su vagina, encendiéndola con una extraña y dolorosa urgencia. Entonces, tan súbitamente como había comenzado, Halcón se detuvo, prácticamente arrancándose de su lado. -¡Amor! -volvió a decir en tono sarcástico, entre roncos jadeos-. Ésa es su idea del amor. Apenas una sacudida rápida sin ningún sentido -su voz, ronca de pasión, reflejaba su evidente desagrado-. Será mejor que se duerma antes de que olvide toda promesa precipitada que puede haber hecho. Buenas noches, señorita Ashton -terminó diciendo con ironía, alejándose pesadamente. Mandy quedó demasiado aturdida para moverse. Se odiaba por haberle


permitido hacerle lo que le había hecho. No lo comprendía a él, ni se comprendía a sí misma. ¿Qué le estaba ocurriendo? Avergonzada y humillada, se tendió en su saco de dormir. Se alegró de que él no pudiera ver las lágrimas que rodaban por sus mejillas. 9 La mañana trajo consigo una llovizna insidiosa que empapó la pradera tanto como a los viajeros. Por alguna razón, parecía adecuada. Se adaptaba a su estado de ánimo, y al del hombre que la acompañaba. James llegó temprano con las provisiones y le entregó un poncho. Mandy montó en Lady Ann, que estaba tan mojada como ella, y partieron. Aspiró profundamente y se preparó para el día que tenía por delante. Podía oler el aroma almizclado que despedía la tierra reseca al recibir la persistente garúa y volverse blanda y oscura, empapándose de la necesaria humedad. "Si pudiera, pensó Mandy, se disolvería, perdiéndose en el río de lodo que fluía a sus pies". Anhelaba volver a la seguridad de su mundo en el fuerte. Allí no tenía preocupaciones ni sentimientos que pudieran ser mancillados por el ca-pricho de un hombre, o al menos, no la misma clase de sentimientos que estaba experimentando últimamente. Por supuesto que había sido una existencia solitaria, ¿pero acaso la soledad no era preferible a esta hueca sensación de vacío que soportaba la mayor parte del tiempo?


Sabía que en gran medida se debía a las mentiras. No era propio de ella ser mentirosa. Ahora que sus dos compañeros le importaban tanto -cosa que no lograba comprender-, era aun peor. Pero no tenía alternativa. Había empeñado su palabra, y la cumpliría. Tanto la felicidad de Julia como.la suya dependían de eso. Pensó en el vasto y hermoso territorio que habían atravesado, en las cosas que había visto y aprendido. Pasara lo que pasase, había hecho lo correcto. Era un día húmedo y nublado, y por momentos algo ventoso, pero no hacía frío. Sin embargo, daba por tierra con cualquier plan que Mandy pudiera tener para demorar su viaje. Tendría que esperar que la tormenta amainara. La fragancia de las agujas de pino impregnaba el aire; la mañana estaba clara y límpida. Las montañas por las que estaban viajando eran las más escarpadas y bellas que Mandy había visto. Las cumbres seguían cubiertas de nieve, y vaporosas nubes flotaban debajo de las cimas. Las quebradas mesetas daban lugar a imponentes desfiladeros, boscosas laderas y arroyos serpenteantes. El escenario era tan espectacular que Mandy tomó coraje de la belleza que la rodeaba. Tal vez ese mismo día encontraría la oportunidad que había estado esperando. Otra vez vestida con el andrajoso traje de montar, Mandy se levantó y


preparó un desayuno de panecillos de levadura y tocino. Los tres se pusieron en marcha con cierta demora. Sólo habían avanzado una corta distancia, cuando Halcón divisó una columna de humo blanco en el horizonte. -Estamos a sólo un día de Salt Lake City-dijo, con su habitual brusquedad-, pero nunca es bueno mostrarse imprudente. James, quédate con la chica. Yo me adelantaré y veré de qué se trata. James asintió con un gesto, y Halcón azuzó a su gran ruano para que avanzara. En cuestión de segundos se perdió de vista. James echó una breve mirada a su alrededor y se adelantó para observar con más claridad la huella que tenían por delante. Absorto en la búsqueda de cualquier señal de problemas, prestó poca atención a Mandy. Durante varios días, un plan había comenzado a tomar forma en la mente de Mandy. Si en algún momento los hombres relajaban su vigilancia -y estaba segura de que, tarde o temprano, lo harían-, simplemente daría media vuelta, y huiría en la dirección opuesta a toda velocidad. James podría intentar alcanzarla, pero no era tan buen rastreador como Halcón. Si Mandy abandonaba el camino rocoso, estaba segura de perder a James. No iría demasiado lejos, apenas lo suficiente para hacerles perder un día. Hacia las últimas horas de la tarde dejaría que la encontraran. Además, estaba cansada y ya harta de dejarse intimidar por ese indio blanco.


Reconociendo su oportunidad, Mandy hizo dar vuelta a Lady Ann, y con todo sigilo fue desandando el camino por la ladera de la colina. En cuanto dobló el primer recodo y quedó fuera de la vista de James, lanzó a la yegua a un sostenido galope. Se alejó, bajando la colina tan velozmente como le fue posible. El viento cantaba en sus oídos, y la pequeña yegua pareció volar sobre el blando terreno. Mandy aminoró el paso, se apartó del camino tal como lo había planeado, y encontró un claro. Volvió a azuzar a Lady Ann, pero recordando a Schooner, observó cuidadosamente el terreno que tenía por delante... y poco más. Finalmente disminuyó la velocidad hasta avanzar al paso, descendió lo que quedaba de la ladera a través de un fresco bosquecillo de pinos, y varias horas más tarde llegó a una altiplanicie. Se maravilló ante el magnífico paisaje, y siguió adelante, hasta donde creía volver a encontrar la huella. -Se ha ido, Halcón. Es culpa enteramente mía-James lo aguardaba al pie de la montaña, retorciendo su sombrero entre las manos-. Yo me adelanté por precaución. Supongo que como ella se había portado tan bien últimamente, me dejé embaucar y confié en ella. Seguí su rastro a lo largo de la ladera de la colina, pero cuando el suelo se volvió rocoso, lo perdí. Me imaginé que juntos tendríamos más oportunidades de encontrarla.


A Halcón el semblante se le puso blanco por la furia contenida. -¡Esa mujer! Tiene el rostro de un ángel y el corazón de una bruja. -Estaba tan preocupado por un posible ataque que la dejé escapar. No debería haber confiado en ella, Halcón. Lo siento. -Por suerte, sólo se trataba de un grupo de Utes amistosos. En cuanto a confiar en esa... esa... carga, pronto la encontraremos; esta vez le enseñaré una lección sobre la confianza. -Bueno, Halcón -le previno James-, pero recuerda, ella es la hija del gobernador. Halcón no respondió. En cambio, apretó los dientes, hizo dar la vuelta a su caballo, y se dirigió en la dirección contraria, colina abajo. Al ver la expresión decidida en el rostro de su amigo, James sintió un escalofrío. Éste no era un mero trabajo más. Quizá la chica importaba a Halcón más de lo que él imaginaba, aunque interesarse por una mujer no era algo que un hombre como Halcón deseara hacer. James se compadeció de ella, pero cualquier cosa que sucediera de allí en más, ella se lo habría buscado. Cuando el cielo comenzó a adquirir tonos rosas y dorados, Mandy sintió un principio de alarma. ¿Por qué no la habían alcanzado los hombres? A esa altura, deberían haberla encontrado con toda facilidad. Con una mirada a su alrededor, la razón de su demora saltó a la vista: estaba perdida.


Se había apartado de la huella sólo para desorientarlos un poco. Ciertamente, no había tenido la intención de perderse. Sofocó un momento de pánico y se dijo que no había motivos para asustarse. Había acampado todas las noches durante varias semanas, y por cierto que era capaz de cuidarse sola. Deseó tener un revólver, pero una hoguera sería suficiente para mantener alejado a cualquier animal depredador. Quizás incluso la pudieran ver los hombres. Se reprochó por no haber tenido la precaución de tomar algo de comida para la cena. Localizó un buen sitio para acampar, encendió un fuego (a Dios gracias, tenía fósforos en las alforjas), y desenrolló su saco de dormir. Trató de hacer caso omiso de los gruñidos de su estómago, se tendió para intentar dormir. A regañadientes tuvo que admitir que añoraba la tranquilizadora presencia del hombre de mocasines que verificaba la seguridad del campo y la mantenía protegida y vigilada. En sus circunstancias, cada ruido insignificante se magnificaba cien veces. ¡Cómo deseaba no haber perdido de vista la huella, en lugar de correr carreras con el viento! Tras lo que le parecieron varias horas, consiguió quedarse dormida. Sus sueños se vieron invadidos por unos aterciopelados ojos castaños y una serena sonrisa.


10 -Será mejor que acampemos y recomencemos la búsqueda mañana con las primeras luces-dijo Halcón, sofrenando su ruano-. Podríamos perder su rastro, y también mucho tiempo. Ya estaba totalmente oscuro, y seguían sin ver señales de ella. El rastro que había dejado sobre el suelo fangoso había desaparecido cuando la joven descendiera por un barranco rocoso y se internara en una zona de piedras de granito, del otro lado de la montaña. Habían seguido la exploración hasta bien entrada la noche, en busca de huellas de cascos allí donde la yegua de Mandy había abandonado las rocas. -Maldigo el día en que acepté este trabajo y a todas las mujeres de aquí a California. -La encontraremos, Halcón -dijo James. Imágenes de la delicada y consentida hija del gobernador, sola en las Rocallosas, se agolparon en la mente de Halcón. Existían miles de peligros acechando al desprevenido. La joven no tenía experiencia de montaña. No tenía armas; ni siquiera estaba seguro de que tuviera la sensatez de encender fuego. ¡Maldición! Debería haber sido más precavido. Al pensar en lobos, víboras y gatos monteses se le hizo un nudo en el estómago, por no mencionar las fallas de varios metros en las que podía caer. La imaginó


asustada, llorando, sola en la noche, pero por alguna razón esa imagen no se adaptaba a la mujer que estaba buscando, una mujer lo suficientemente astuta como para confundir a un cheyene en sus propias tierras. Se reprochó por pensar de esa manera. No había forma de que hubiera planeado disimular su rastro. Se había perdido. -Ella va a estar bien -estaba diciéndole James-. Ha aprendido muchas cosas en estas últimas semanas. Si conserva la calma, estará bien. Halcón esperaba que James tuviera razón. Tenía que reconocer que la muchacha se había arreglado mucho mejor de lo que él había esperado. Había cumplido con su parte, y aunque siempre había intentado demorarlos, estaba sobrellevando bien la ardua travesía. Oyó a lo lejos el penetrante y solitario aullido de un lobo, seguido por el de otros que le hicieron eco. Se quitó el sombrero, y deslizó su mano ansiosa por el pelo. ¡Que el diablo la llevara! Que se fuera al infierno por hacerlo sentir tan desgraciado. Mandy despertó sobresaltado. Algo hacía crujir las hojas caídas sobre la roca que tenía junto a ella. Se estremeció y rogó para que la encontraran pronto. Decidió que rodearía su campamento hasta que se cruzara otra vez con la huella, suponiendo que no se había alejado tanto. Entonces podría optar entre seguir camino de regreso a Fort Bridger, o bien ser "recapturada" por sus apuestos compañeros de viaje.


La noche le había parecido interminable. Los aullidos distantes de una manada de lobos la mantuvieron en vilo, aunque finalmente había conseguido dormir un poco. El sol comenzaba a asomar sobre la cima de las montañas, entibiando el claro con su calor. Ignorando los gruñidos de su estómago, tomó sus arreos y fue hacia donde la aguardaba la reluciente alazana. Mandy ya se había encariñado con la bonita yegua de patas blancas. Le acarició el aterciopelado hocico y, después de ponerle la manta sobre el lomo, la ensilló. La cercanía del animal le transmitió cierta confianza. Ajustó la cincha y montó, después de levantarse hasta la pantorrilla la falda de su raído traje de montar. Lamentó no haber llevado consigo más ropas, pero la inesperada llegada de los hombres y su indicación de que sólo llevara lo indispensable la habían confundido. El resto de sus ropas, según le habían dicho entonces, podría ser enviada más tarde al oeste. Ahora lo pagaba caro; todo lo que tenía estaba lleno de roturas y desgarros. La única prenda limpia que le quedaba era el pantalón de montar masculino que Julia tanto insistiera en que llevase pero era demasiado provocativo. Había tenido la esperanza de usar algo del dinero de Julia para comprarse algo en el camino, pero los hombres pusieron buen cuidado en evitar todo sitio habitado. Bueno, Salt Lake City no quedaba lejos. Si es que alguna vez


la encontraban. Con ese último pensamiento poco tranquilizador, se puso en marcha, dando una lenta vuelta en círculo con la esperanza de encontrar el camino. Cabalgó durante tres largas horas, pero finalmente, tras atravesar un campo cubierto de pastos altos, prácticamente se topó con el camino principal. Inundada de alivio, se relajó un poco, feliz al comprobar que, al menos, ya no estaba perdida. Casi de inmediato divisó dos jinetes que venían por el camino, detrás de ella; reconoció las atezadas y curtidas facciones de Halcón, seguidas por las más delicadas de James. Sintió que el corazón le daba un salto de júbilo que le sorprendió. Sin prestarle atención, dio gracias a Dios por no tener que pasar otra penosa noche sola, por insufrible que le resultara la compañía de la pareja. Cuando Halcón alcanzó la cima, enseguida vio a la pequeña yegua y a su bonita amazona. La joven se había detenido en el medio del sendero y allí permanecía inmóvil, con las pantorrillas al aire, la cabeza en alto y la mata de pelo cayéndole sobre los hombros. Estaba casi majestuosa, incluso con sus astrosas ropas de montar. Debía haber caído en la cuenta de que ya era inútil seguir huyendo. En lugar de eso, aguardaba arrogante la llegada de sus captores. Al verla sana y salva, la preocupación de Halcón se transformó en una furia cegadora. ¿Cómo osaba ella permanecer tranquilamente allí, cuando ellos


habían pasado la noche en vela, buscándola? Avanzó hasta llegar a su lado, le pasó un brazo por la cintura, y sin miramientos la subió a su propia silla. -¿Todo este conflicto fue por su maravilloso Jason? -le dijo con desprecio y expresión asesina-. ¿Realmente creyó que podía salirse con la suya? ¿Tiene idea de los problemas que nos causó, malcriada de... ? -apretó los dientes-. ¿Y todo para qué? ¿Para demostrarle algo a su padre? Bueno, creo que él tiene razón. A la única persona que usted ama es a usted misma. La excitación y el alivio que Mandy había sentido al ser encontrada desaparecieron al oír la violenta perorata de Halcón. Las hirientes frases hicieron que deseara haber intentado escapar con más ahínco. Aunque él tenía razón en lo referente a los problemas que había causado, sólo se había limitado a hacer lo que debía. No había tenido intención de perderse. Deseó poder decirle la verdad. -Deberíamos haberla dejado allí, sola, varios días. Podría haberle dado una buena lección -farfulló él. Mandy sintió que no aguantaba más. ¿Es que no estaba ni un poco preocupado por su bienestar? ¡Podría haberlo matado allí mismo, con sus propias manos! -¡Amo a Jason, despiadado bastardo! -replicó, a la defensiva-. Al menos, él se alegraría de encontrarme sana y salva. Lo único que a usted le importa


es el dinero de mi padre -Mandy no reparó en lo que decía, en tanto acallara los comentarios malévolos de Halcón. Halcón sintió que estaba a punto de volverse loco. Casi no había dormido en toda la noche por la preocupación que sentía por ella, y allí la tenía, tranquilamente regresando a Fort Laramie y a su amado. En ese momento ansió poder rodearle el esbelto cuello con ambas manos e insuflarle algo de cordura a fuerza de apretar. La dejó bajar del caballo y desmontó tras ella. La joven comenzó a retroceder, rodeando al caballo, como un animal salvaje, cautelosa pero dispuesta a saltar en cualquier momento. -A usted no le importa nada este Jason -la provocó él-. Sólo quiere hacer algo que su padre le ha .prohibido. Pero esta vez no se saldrá con la suya, ¿me oye? Cada una de sus palabras era un desafío. -Lo oigo. Y le digo que haré exactamente lo que me plazca. Nadie, y menos aún un matón violento como usted, podrá detenerme -le espetó Mandy, tensa y frustrada hasta sentirse al borde del colapso. Le aporreó el pecho y lo arañó como una fiera. Halcón le tomó las manos y la controló con facilidad, exhibiendo una sonrisa cínica. -Vaya, pequeña tigresa, realmente no le interesa nadie más que usted, ¿no


es así? ¿Cómo podía ser tan desalmado? La que había padecido la soledad en la oscuridad y el peligro de la noche, era ella, la que no tenía una pistola para protegerse ni había probado bocado desde el día anterior. Con un enorme esfuerzo, logró librarse de su opresión. Antes de pensarlo dos veces, alzó la mano y aplicó una sonora bofetada en la mejilla de Halcón, con toda la fuerza que pudo reunir. El ruido del golpe resonó por todo el claro. Una fugaz expresión de sorpresa cruzó por el apuesto rostro de Halcón. Dominada por el pánico, Mandy abrió muy grandes los ojos, horrorizada ante lo que había hecho. En un instante, Halcón volvió a aferrarle las manos, con una mirada de torva determinación que trasformaba en demoníacas sus facciones. -Le daría una paliza, tal como hacen los cheyenes con sus mujeres cuando se portan mal, pero dudo que su padre lo apruebe. De modo que, en cambio... -Mientras hablaba, con un brazo le sostuvo las muñecas, y con el otro le rodeó la cintura como si fuera un cinturón de hierro. Un poco llevándola, otro poco arrastrándola, la remolcó por el húmedo terreno. Antes de que Mandy se diera cuenta de lo que estaba ocurriendo, Halcón había llegado hasta un tronco de cedro caído, la había colocado boca abajo sobre el regazo y ya le alzaba las andrajosas faldas por encima de la cabeza. -¿Qué está haciendo? -le preguntó con voz temblorosa-. ¿Se ha vuelto loco?


-Estoy haciendo lo que su padre debería haber hecho hace años. Tironeó del cordón que le sujetaba los calzones de algodón, pero no logró soltarlo. Frustrado, soltó un gruñido y los rasgó hasta las rodillas, exponiendo su trasero desnudo. Mandy se sonrojó de pies a cabeza. ¿Cómo se atrevía? Se retorció y se contorsionó, tratando de escapar. -¡Suélteme! Halcón no le hizo caso. La sostuvo firmemente sobre sus rodillas. Sin vacilar, comenzó a zurrarla; rápida y furiosamente, con la palma de su ancha mano la fustigaba una y otra vez en las nalgas. -¡Suélteme, monstruo! ¡Me está lastimando! Lágrimas de furia y frustración le inundaron los ojos, y se le quebró la voz. Pero Halcón se mostró inflexible. Cuanto más se retorcía ella, con más fuerza la golpeaba él, y la ardiente sensación de escozor se hizo más intensa con cada azote. Mandy comenzó a llorar en serio. -Por favor, Halcón-suplicó, entre jadeos entrecortados-. Haré cualquier cosa que me pida. Cualquier cosa... lo prometo. Cuando su mano empezó a causar verdadero daño, la ira de Halcón se atemperó, y recuperó la cordura. La chica permanecía sobre su; rodillas sin


resistirse, sollozando, con su terso y redondo trasero rojo por los golpes. El remordimiento se abrió paso a través de su indignación. Le levantó los ya inservibles calzones, le bajó las faldas, y se maldijo por perder los estribos. La ayudó a ponerse de pie. Las lágrimas que vio rodar por sus mejillas le estrujaron el corazón. ¡Maldición! ¡Si no la hubiera golpeado! No podía creer qué fácilmente había perdido el dominio de sí. ¿Qué pasaba con esta mujer en particular que lo enfurecía tanto? Mandy se negó a mirarlo a los ojos. -¡Lo odio! Es cruel y despiadado -exclamó entre sollozos-. Nunca le perdonaré todo esto. ¡Nunca! La vergüenza y la humillación que sentía la pusieron al borde de volver a enfurecerlo. Se sostuvo las desgarradas ropas lo mejor que pudo, y corrió hacia los árboles. -No deberías haber sido tan rudo con ella, Halcón -dijo James en tono acusatorio al volver al claro. Se había alejado de la pareja cuando percibió lo que se venía, sin deseos de que la humillación de la muchacha empeorara con su presencia. Se sentía demasiado desconcertado por todo el episodio; ahora, al oír sus sollozos ahogados, se preguntó si acaso no hubiera debido intervenir. -Déjame en paz, James -dijo Halcón con amargura.


James vio la cavilosa expresión de su amigo, y se dio cuenta de que Halcón también estaba muy desconcertado. Se alejó y lo dejó a solas con sus pensamientos. Pudo oír los apagados pasos del hombre que se dirigía hacia donde esperaban los caballos. Después de las desventuras de la mañana, Halcón decidió que no se pondrían en marcha hasta el día siguiente. Ya que la zona donde se habían detenido era adecuada para hacer campamento, procedió a cumplir silenciosamente con sus obligaciones habituales; James hizo otro tanto. Como faltaban largas horas para que anocheciera, Halcón decidió salir a cazar algo para cenar; una pequeña ofrenda de paz. Avanzó sigilosamente hasta un montículo cubierto de hierba y divisó una liebre, lo suficientemente desafortunada como para hallarse fuera de su madriguera. Cuando dio un salto para meterse en el hoyo, Halcón la mató limpiamente lanzándole su cuchillo. El uso de cuchillo era una precaución más. Cuanto menos ruido hicieran en esas montañas, tanto mejor. Ya habían actuado demasiado ostensiblemente. Cuando regresó al campamento, James se ofreció para despellejar a la liebre. Cuando estuvo limpia, la ensartó en una gran rama verde de pino, que colocó sobre el fuego. Las suculentas gotas que comenzaron a caer, pronto cubrieron las ardientes rocas de más abajo. El delicioso aroma de la liebre asada se expandió por todo el bosque.


Mandy lo olfateó, y el estómago comenzó a gruñirle, recordándole que no había comido desde el día anterior. Consciente de que, tarde o temprano, tenía que enfrentarse con sus compañeros, y a modo de concesión a su creciente apetito, enderezó los hombros, mantuvo la cabeza en alto, y entró en el campamento con toda la dignidad de la que fue capaz. Aceptó el plato de hojalata que le ofreció James, a quien asestó una mirada de soslayo con la que lo acusaba de haberla abandonado cuando más lo necesitaba. Comió con voracidad. Al ver que la joven prefería permanecer de pie mientras comía la deliciosa liebre, Halcón dio media vuelta, dominado por la culpa. Después de cenar, Mandy ayudó a James a limpiar los pocos platos que habían utilizado, en medio de un silencio que resultaba casi tangible. -Será mejor que nos acostemos temprano -sugirió Halcón, frunciendo el entrecejo-. Mañana será un largo día. Quería viajar a todo galope para recuperar el tiempo perdido. El campamento estaba en silencio; los dos hombres se dirigieron hacia sus sacos de dormir, situados junto al fuego. Mandy los siguió a cierta distancia. James no tuvo problemas para relajarse, ya que sus pensamientos estaban fijos en Salt Lake City. No habría allí mesas de juego, pero sí un baño y una


cama de verdad, e incluso tal vez una moza atractiva para echarle el ojo, si tenía suerte. Deseó fervientemente que se encontraran más cerca de Virginia City. Allí podría encontrar la compañía de alguien que le calentara la cama y aliviara la tensión que estaba sintiendo al observar a la hija del gobernador mientras trajinaba por el campamento. James suspiró y se acomodó para dormir. Por suerte o por desgracia, según cómo se mirara, sabía que su pequeña carga lo veía nada más que como amigo. Le habría resultado muy sencillo pensar lo contrario, si se lo permitía. Muy pocas veces había visto una mujer tan atractiva. Pero era lo suficientemente sagaz para saber que, una vez que una mujer había tomado una decisión, había muy pocas probabilidades de hacerla cambiar de idea. Se preguntó a quién amaría realmente la joven, si a su Jason o a Halcón... o quizá sólo a ella misma, como había sugerido el gobernador. Esto último lo dudaba, pero sabía que el tiempo lo aclararía todo. Se contentó pensando en Salt Lake City y en Virginia City, accesibles en un futuro no muy lejano, y se deslizó hacia un pacífico sueño. Halcón pasó la noche sumido en una agonía de confusión. Dando vueltas y más vueltas, no dejó de mirar a la sugestiva mujer de pelo castaño. Todavía podía recordar el fuego que había ardido en sus ojos, semejante a chispas doradas que saltaban hacia él mientras trataba de arañarle la cara. Él no


había tenido intención de lastimarla; en realidad, nunca en su vida se había sentido tan aliviado al ver a alguien. Estaba asombrosamente bella, allí sobre la pequeña yegua, con la falda subida hasta la mitad de las pantorrillas y el pelo desordenado cayendo sobre sus hombros como una gloriosa melena. Entonces recordó que la joven se dirigía sin escrúpulos hacia donde la esperaba su amante, sin ninguna preocupación por lo que ellos pudieran sentir o temer, ni consideración alguna por su seguridad o la propia, y cómo él había perdido entonces completamente los estribos. Rió por lo bajo al recordar la bofetada que ella le había dado. Todavía le escocía la mejilla allí donde había caído la pequeña palma de la muchacha. Nunca habría creído que alguien de su tamaño pudiera poner tanta fuerza en un solo golpe. No tenía más remedio que admirar sus agallas. Muchos hombres no se habrían atrevido a hacer lo que había hecho ella. Realmente no podía culparla, dada la forma en que él la había azuzado. Además, puesto a reconocerlo, era la preocupación que ella le causara, sin la menor muestra de remordimiento, lo que había provocado la zurra. Ese pensamiento evocó en su mente esa esbelta cintura que casi podía rodear con sus manos y ese trasero blanco como la nieve. Sabía que no le había causado un daño de importancia, sino que le había dejado la marca de sus manos, de rojo brillante sobre su piel de marfil. Un latido persistente en los genitales le hizo gemir. Gracias a Dios, en poco tiempo


estarían en Virginia City. Planeaba encontrar la ramera más lozana de la ciudad, y así exorcizar ese dolor que había padecido durante varias semanas. De una manera u otra, despejaría de su mente esos pensamientos diabólicos sobre la hija del gobernador. Mandy yacía boca abajo sobre su saco de dormir, tratando de conciliar el sueño. Todavía estaba dolorida por la azotaina, pero sabía que a la mañana siguiente, estaría en condiciones de montar. Era su orgullo lo que le escocía más. Maldito Halcón Negro, o como se llamara. Recordó la manera en que lo había abofeteado. Debía haber estado loca para hacerlo. La aterró imaginar qué consecuencias aun peores podría haber tenido su proceder. ¿En qué podía estar pensando? Sabía que debía odiar al enorme bruto, pero por más que lo intentara, lo ún-co que podía recordar eran sus poderosos brazos rodeándole la cintura y el calor de sus manos callosas. Al recordar la ultrajante actitud de Halcón, la cubrió un ardiente rubor. ¿Cómo se atrevía él a tomarse semejante libertades? Apretó los dientes con frustración, y por centésima vez pensó en lo afortunada que había sido su prima al no tener que realizar ese viaje, aunque a Julia la zurra le habría venido bastante bien. Su mente volvió al recuerdo de un par de profundos ojos castaños, y a la sensación de sus piernas musculosas. ¡Si hubiera alguna manera de


controlar sus pensamientos desmandados! Arañarlo y golpearlo no la había ayudado en nada. Se preguntó qué podría ayudarla. Para empezar, librarse de él en Sacramento. Le había prometido a su prima demorarlos todo lo posible, pero en lo que a ella se refería, en ese aspecto había hecho ya más que suficiente. Se alegraría mucho cuando todo ese juego terminara de una vez. 11 James podría haber disfrutado fácilmente del día, pero el estado de ánimo de Halcón era negro y el de la muchacha, más sombrío aún. El campamento era como un campo de batalla. Ninguno pronunció una sola palabra durante el desayuno. Comieron deprisa y reanudaron el viaje. El día era claro y soleado, y el aire límpido una ofrenda de las postrimerías del verano, pero marcharon en absoluto silencio. La vigorosa brisa mecía los altos pinos, provocando un sonido de ecos solitarios que reflejaba la acritud del humor de sus amigos. El campamento de esa noche no fue mucho mejor. El aire estaba cargado de hostilidad, miradas de reojo y expresiones acusadoras. Al día siguiente llegarían a Salt Lake City; James estaba decidido a terminar con la disputa entre sus compañeros. Intentó hablar con Halcón durante el día, pero recibió el habitual: "¡Métete en tus asuntos!" James sonrió para sus adentros al percibir la magnitud de la desdicha de su amigo. Todo el asunto se volvía más divertido con el curso de los días.


Después de apurar una cena de pescado guisado, preparado con una trucha que había conseguido pescar Halcón, y algunos plátanos, James meditó sobre el problema. Estaba resuelto a terminar con el antagonismo antes de llegar a Salt Lake City. Terminó con sus tareas y divisó el objeto de sus intenciones. La joven, dominada por la melancolía, había vagabundeado a cierta distancia del campamento; en ese momento se hallaba sentada sobre un peñasco de granito que daba sobre un pequeño valle, situado varios metros más abajo. James pudo ver su bonita silueta a través del claro; el sitio le pareció perfecto para la conversación que pretendía tener. -Encantadora noche, ¿verdad? -empezó diciendo en tono alegre-. ¿Le molesta si me siento un rato? -ella negó con la cabeza-. ¿Cómo se siente esta noche? -advirtió el rubor que le subía a las mejillas y de inmediato se corrigió-: Quiero decir, ¿está demasiado cansada para conversar un rato y alegrar a un amigo? Ante la referencia de James a su amistad, Mandy pareció iluminarse; en ese instante le quedó claro que lo había considerado, precisamente, eso: un amigo íntimo y considerado. Llegó a la conclusión de que fuera cual fuese la razón que hubiera tenido él para no intervenir a su favor, sería buena. Por un fugaz momento deseó que ese guapo desconocido pudiera ser el


objeto de su deseo, en lugar de su desalmado compañero. -No, desde luego que no, James. ¿Realmente necesita que lo alegren? -Bueno, me duele ver que dos personas que me agradan no se dirigen la palabra. -Jamás podría hablarle después de lo que me hizo -replicó ella. -Julia, Halcón estaba loco de preocupación cuando descubrió que había desaparecido. Fue una reacción condenadamente estúpida; él temía que usted resultara herida, o incluso muerta, perdida en la oscuridad. Seguimos su rastro hasta altas horas de la noche, aunque hacerlo era una locura. Los caballos estaban agotados, y Halcón se negaba a darse por vencido. Nunca lo vi en semejante estado. La única razón por la que finalmente abandonamos, fue el temor de extraviar definitivamente su rastro en la oscuridad, y perder aún más tiempo. -¿Halcón... preocupado por mí? Me resulta difícil creerlo. -Sin embargo es verdad. Y cuando finalmente la encontró, y usted se mostró tan indiferente, perdió los estribos. Dicho sea de paso -añadió-, es la primera vez que lo veo perder los estribos. "A los cheyenes se les enseña a controlarse desde que nacen -siguió diciendo-. Es una cualidad sumamente apreciada entre su gente. Debe haberse metido realmente debajo de su piel -rió por lo bajo-. Además, si me perdona que se lo diga, la verdad es que se merece lo que recibió.


Mandy se sonrojó de pies a cabeza y trató de cambiar de tema. Sabía que era en vano discutir con ninguno de ellos sobre ese asunto. Todavía no estaba del todo convencida de que a Halcón le interesara su bienestar. Probablemente sólo le preocupara el dinero que perdería si no la llevaba de regreso a Sacramento. -¿Cuánto les pagará el gobernador... quiero decir, mi padre, para llevarme de regreso? -preguntó después de una pausa. James tuvo un fugaz momento de vacilación. -Mil dólares... Usted debe importarle mucho, Julia. -Le importa mucho su reputación y el honor de la familia -Mandy habló defensivamente, tal como pensaba que haría su prima. No sabía con seguridad hasta qué punto estaría realmente preocupado el gobernador por su hija, pero si en verdad deseaba lo mejor para ella, Mandy podría convencerlo de que lo que Julia y ella habían hecho era en beneficio de su prima. Se preguntó cómo reaccionarían los hombres cuando se enteraran de que habían transportado a California a la mujer equivocada. Se estremeció e hizo a un lado el terrible pensamiento. Intentó volver a terreno seguro. -¿Cómo se conocieron Halcón y usted? -y con sarcasmo, agregó-: Debe de ser una historia muy interesante.


James sonrió ampliamente. Viendo la oportunidad de mostrar algunas de las mejores cualidades de Halcón, comenzó a recordar. -Bueno, nos conocimos en el sesenta y dos. Yo había estado jugando una partida de póquer en Denver, en la taberna Red Dog. Había ganado mucho dinero... como de costumbre -pestañeó un par de veces-. Comenzaba a preocuparme la idea de que algunos de los habitan tes del pueblo estuvieron resueltos a recuperar de una u otra manera su dinero perdido. Me inquietaba particularmente uno de los hombres, el sargento Max Gutterman. Un desagradable majadero. Era tuerto. Se decía que su esposa se había escapado con un mestizo. Los demás soldados nunca le permitieron olvidarlo. James se había marchado en las últimas horas de esa tarde y se había alejado de Denver, rumbo a Cheyenne. Las alforjas reventaban con todo el dinero que había ganado, e iba en busca de Millie Edwardi, una amiga suya. A unos quince kilómetros al noroeste de Denver, resolvió parar para pasar la noche. El aire estaba fresco. Era otoño, su estación favorita. Terminó de cenar y se tendió en su saco de dormir, contento de encontrarse nuevamente al aire libre. Le gustaba su vida de jugador profesional -y las mujeres que la acompañaban-, pero seguía disfrutando con la libertad del camino. Recién había comenzado a relajarse, cuando el sonido de una rama que se


quebraba lo hizo levantarse de un salto. Tomó su revólver, y se encontró contemplando la boca del cañón de un Colt del 44. -Si yo fuera usted, no lo haría -dijo Tom Jenkins, mientras entraba en el campamento junto con Max Gutterman. Jenkins sostenía su pistola con mano firme; los dedos de Gutterman temblaban ligeramente en el gatillo. Otros tres jinetes los cubrían desde sus caballos. James bajó lentamente su pistola y se puso de pie, cuidando de no realizar ningún movimiento brusco. -Muy bien, Long, ¿dónde está el dinero? Jenkins, un hombre de rostro duro y bigote y cabello rubio, habló en nombre de los demás. -Lo gané justa y limpiamente, Jenkins; usted lo sabe. El rubio rió sin alegría, y sus compañeros lo imitaron. -La justicia no tiene nada que ver con esto. Diga, ¿dónde está el dinero? James no respondió. -Sargento Gutterman, revise sus alforjas. Johnson, no dejes de apuntarle. Es más astuto de lo que parece. -El dinero está aquí, efectivamente -avisó Gutterman. En sus palabras se mezclaban el acento alemán y el de un irlandés que vivía en el oeste. Su pecho en forma de tonel mostraba la sucia camisa sin botones debajo del mono; tenía un ojo cubierto con un parche. -Matémosle y terminemos con esto -Gutterman amartilló su revólver y


pareció estar divirtiéndose. Los demás permanecían en silencio sobre sus monturas. -Amigo -dijo Jenkins con una sonrisa de satisfacción-, lamento decepcionarlo, pero a veces se gana y otras se pierde. Richie, toma su caballo... Un jinete de cabello entrecano enfiló su caballo hacia el sitio donde estaba atado el de James. Éste permaneció inmóvil, tratando de decidir si intentaba tomar la pistola caída a sus pies, correr hacia los árboles o aceptar que la mano había venido así y esperar que los hombres tomaran el dinero y le perdonaran la vida. La última parecía la menos probable de todas las opciones. Se le acababa el tiempo. Tendría que hacer algún movimiento... y pronto. De improviso, desde algún lugar detrás de los árboles, surgió un grito de guerra indio que perforó la noche. Volaron las balas, zumbando en el polvo, pero no divisó a nadie. Se arrojó al suelo y rodó hasta quedar protegido por una roca. -¡Huyamos! -ordenó Jenkins, olvidando a James en su prisa por escapar. Éste hizo caso omiso del peligro y se abalanzó sobre Gutterman. Lo golpeó con fuerza, recuperó sus alforjas y volvió a zambullirse detrás de las rocas. Un nuevo y estremecedor alarido hizo que el sargento barrigón corriera


hacia su caballo, seguido de cerca por Jenkins. Gutterman montó y echó una mirada a su alrededor, tratando de localizar a James y sus alforjas, con el semblante contorsionado por la furia. Una nueva ráfaga de balas dio por tierra con cualquier demora. Gutterman y Jenkins se reunieron con los demás, y los cinco salieron a todo galope. Una nube de polvo que iba alejándose fue lo último que se divisó de ellos. Mandy permanecía como hechizada sobre el peñasco, aferrando los pliegues de su falda. -¡Estaría aterrado! James sonrió con pesar, complacido por su preocupación. -Ese grito de guerra me asustó más que a esos tipos. Recuerdo haber pensado: "Acabo de evitar morir por las balas de un marginal; ahora me van a arrancar el cuero cabelludo". -¿Y qué pasó después? -preguntó Mandy, ansiosa por oír el resto. -Un enorme indio entró a caballo en el campamento, con total intrepidez Al evocar su imagen, James rió por lo bajo-. Cuando comenzó a hablarme en inglés, cualquiera podría haberme derribado apenas con una pluma. -"Mis amigos me llaman Halcón Negro" -dijo James con solemnidad, realizando una perfecta imitación de su estoico compañero-. "Otros me


llaman Travis Langley". Lo miré. Sobre el enorme caballo de raza appaloosa que montaba, parecía tener una altura de dos metros y medio. "Pues Halcón Negro será, amigo mío", le contesté. Y eso hemos sido desde entonces. Mandy soltó lentamente el aire. Atrapada por el relato, había contenido involuntariamente la respiración. -Es una historia sorprendente, James -imaginó al hombre alto irrumpiendo audazmente con su caballo en el campamento-. No habría creído a Halcón capaz de una acción tan desinteresada -dijo, sin pensarlo. realmente. La afirmación la trajo bruscamente de regreso a la realidad. -En verdad, no es tan malo, Julia; ya lo verá, si llega a conocerlo mejor. Mandy apretó los dientes. -¡Al diablo con conocerlo mejor! James suspiró con resignación, y Mandy sintió una momentánea punzada de culpa. Sabía que James había hecho todo lo posible por enmendar las cosas. James se puso de pie y miró hacia el campamento. -Se está haciendo tarde. Creo que revisaré a los caballos antes de acostarme. Gracias por la compañía. -Buenas noches, James -respondió ella cuando él ya se alejaba y volvió a quedar a solas con sus pensamientos.


"Tal vez James tuviera razón", pensó, rumiando una y otra vez sobre el episodio. Quizás ella había asimilado tanto de su papel de "Julia" que se había fusionado con ella. Sabía que Halcón tenía algo bueno y protector. Podía sentirlo. Sin duda no podía estar completamente equivocada en su juicio acerca de otro ser humano, incluso uno tan difícil de interpretar como Halcón. Se descorazonó un poco al pensar en su proceder... y en el de él. Siempre había sabido que actuar como Julia tendría sus consecuencias, sólo que no había imaginado que ésta sería una. A pocos metros de allí, en el bosquecillo que tenía a su izquierda, pudo divisar el enérgico perfil de Halcón recortado contra el telón que le proporcionaba la luna creciente. Todavía faltaba mucho para llegar a California, y esos dos últimos días no habían sido precisamente agradables. Ése era un momento tan bueno como cualquiera. Aspiró profundamente, enderezó los hombros y se dirigió hacia él. Simultáneamente, Halcón alzó los ojos y comenzó a avanzar en dirección a ella. Se encontraron a mitad de camino, ambos tratando de hablar a la vez. -Halcón, yo... -Julia, yo... Los dos se echaron a reír. El sonido salió tenso y nervioso. -Usted primero -concedió él con una expresión de contrición en el


semblante. Mandy contempló un instante su mandíbula cuadrada, levantó los ojos hasta su recta nariz, donde advirtió una minúscula desviación que probablemente fuera la marca de alguna contienda del pasado. A regañadientes tuvo que admitir que eso era apenas un rasgo más de todos los que le atraían de él. -Sólo quería decirle que lamento todos los problemas que le he provocado La luz de la luna resplandecía sobre el tupido pelo color arena de Halcón e iluminaba sus ojos oscuros, lo que le permitió a Mandy apreciar cabalmente la preocupación que lo embargaba. -El que debe disculparse soy yo -replicó Halcón-. Dejé que mi carácter me dominara. No es algo que haga a menudo. -Así me han dicho -comentó ella. Se enfrentaron, separados apenas por algunos centímetros. Mandy se veía obligada a levantar la cabeza para poder mirarlo a los ojos. No quería moverse, ni siquiera respirar, por temor a quebrar el hechizo. Halcón contempló sus ojos verdes con destellos dorados. La luz de la luna provocaba los mismos destellos dorados en su cabellera castaña. Parecía inocente, vulnerable, aunque él bien sabía que eso no podía ser. Antes de que pudiera pensarlo dos veces, la acercó a él, apretándola firmemente


contra su cuerpo y su boca descendió sobre los suaves labios de la muchacha. Ante su audacia, ella se puso rígida, mas de inmediato, cuando el beso de Halcón se hizo más profundo, separó los labios, permitiendo que la lengua de él accediera a la dulzura de su boca. Se apoyó, laxa, contra él, y le echó los brazos al cuello. Se sintió maravillosamente bien en sus brazos, pequeña pero capaz de satisfacerlo, suficientemente mujer para colmar sus necesidades. Lentamente, Halcón comenzó a sumergirse en la embriagadora sensación que ella le provocaba, rodeándole la esbelta cintura con las manos para seguir hacia arriba hasta alcanzar la turgencia de sus pechos erguidos. Pudo sentir cómo subían y bajaban al ritmo de su respiración, inflamados por su propio deseo. La boca de Halcón se paseó desde sus labios hasta la tersa línea de su cuello, para después volver a subir y mordisquearle suavemente el lóbulo de la oreja. Sus manos se movían con pericia. La sintió temblar, incluso a través de la ropa. Le desabrochó el frente del vestido, y tomó en su mano ahuecada uno de sus pechos firmes y plenos. Le acarició el rosado pezón y lo sintió endurecerse contra la palma de su mano. Mandy se oyó gemir débilmente al sentir el contacto de esa mano con una parte tan íntima de su cuerpo. Sabía que debía obligarlo a detenerse, pero


en cambio se descubrió relajándose en sus brazos y respondiendo a sus caricias con todo su cuerpo. Sintió que Halcón la enredaba cada vez más hondamente en el sortilegio que había creado cuando comenzó a trazar una huella de fuego con sus besos, volviendo a tomar por asalto la curva de su cuello, expuesta allí donde él le había apartado el pelo. En su camino hacia abajo, le mordisqueó los hombros y su boca bajó hasta atraparle el pezón. Mandy no podía creer lo que estaba ocurriendo. Aunque le habían explicado someramente cómo eran las cosas entre hombres y mujeres, ni en sus más locas fantasías habría imaginado que eran realmente así. Se sentía impotente, a total merced de Halcón. Los músculos de la espalda del hombre se contrajeron al contacto de sus manos. Pudo sentir sus fibrosos muslos y su rígida virilidad firmemente apretada contra ella. No podía moverse, lo único que podía hacer era permanecer como estaba. Se balanceó contra él, y se sintió atravesada por sucesivas oleadas de pasión. Su cuerpo respondía a cada una de las caricias del hombre; aunque sabía que debía estar mal, deseó que eso continuara eternamente. Halcón había perdido toda cordura. Su intención era permitirse apenas un beso casto, con la esperanza de que calmara sus deseos hasta que llegaran a la ciudad de Virginia. Pero los labios de la joven eran pura miel, y su suavidad lo dejó ardiendo de deseo. jamás había deseado a ninguna mujer


como deseaba a ésta. Ahora, estaba perdido. En un minuto más, tendría a la chica tendida en el suelo, con la ropa hecha jirones. Se hizo fuerte para resistir el doloroso tirón que sabía iba a sentir en las entrañas, y con una entereza que no sabía de dónde salía, se apartó de ella, alejándola de sí con férrea decisión. Sin decir una sola palabra, dio media vuelta y se alejó a grandes zancadas. Mandy sintió que le había arrojado un cubo de agua helada. La cabeza le daba vueltas y el corazón le latía con tanta fuerza que tuvo la sensación de que él lo oiría por mucho que se alejara. ¿Qué iba a pensar de ella? ¿Por qué permitía que esto sucediera? No terminaba de comprenderlo. Con dedos temblorosos, se abrochó el vestido y se acomodó las ropas. Las lágrimas cayeron como lluvia sobre sus pechos turgentes. Del otro lado del claro, Halcón permanecía inmóvil, analizando sus sentimientos. Nunca se había sentido tan conmovido en toda su vida. Ni siquiera de niño, cuando se había despertado en medio de una aldea comanche, había estado tan intimidado. Había perdido el dominio de sí, y eso no le gustaba. Un segundo más y habría sido demasiado tarde. Habría violado su solemne palabra de honor, y todo para qué? Por una zorra de dos caras que probablemente se había acostado con todos los pisaverdes opulentos de Sacramento. Una que en ese preciso instante engañaba a su prometido besándolo a él.


Se odió a sí mismo por lo que había dejado que sucediera y se juró que no volvería a flaquear. ¡Si pudiera sacarse de encima esa incómoda sensación de que la joven era inocente! Bien sabía que era imposible; sin embargo... A grandes trancos, se dirigió de regreso al campamento, con el ánimo más negro que nunca, y se tendió para enfrentar una noche más de sueño intranquilo. Inopinadamente, llegó el indeseado sueño. Tenues columnas de humo blanco se elevaban desde los fogones encendidos junto a las tiendas que salpicaban la extensa y verde pradera. La tierra debajo de los árboles de las laderas de las colinas, una protección natural contra el ardiente sol de verano, estaba cubierta con una alfombra de agujas secas de pino. El muchacho era ahora mayor, pero el sueño le dijo que todavía no había alcanzado los dieciocho años. Se vistió deprisa con un taparrabos y guardamontes, se asomó a la brillante luz de la mañana, y caminó hacia el extremo del campamento. Los mocasines que llevaba debajo de sus guardamontes de cuero crudo no hacían ruido alguno sobre el pasto seco. Un peto de plumas y huesos le cubría casi todo el pecho, y su tupida cabellera color arena se extendía más allá de los hombros. Aun a través de la bruma del sueño, pudo ver que su piel, a pesar de estar curtida por el sol, era más clara que la de los demás. Se movía con el sigilo


de un felino, avanzando velozmente hacia el río. Se bañó presurosamente en la helada corriente de montaña, volvió a vestirse, y se encaminó hacia la morada de su padre, decidido a lograr que Flecha Poderosa comprendiera su misión. El sueño pareció fluctuar. Durante un instante volvió a ser Travis, el pequeño niño blanco, y los lejanos recuerdos ocuparon toda su mente. Entonces, y con la misma prontitud, era nuevamente Halcón Negro, hijo de un cacique, hábil cazador y bizarro guerrero. Un hombre que había dejado atrás el pasado y había llegado a amar a su familia india, como alguna vez había amado a su madre y su padre blancos, según sus brumosos recuerdos. Del otro lado de la pradera divisó a Lobo Veloz, el joven de grandes ojos y sonrisa burlona. -¡Hermano mío! -lo llamó Lobo veloz-. ¡Te has perdido casi toda la mañana! ¿Te divertiste anoche? -su sonrisa mordaz lo hacía parecer mayor que los dieciséis años que tenía. Sus ojos negros brillaron pícaramente, mientras pateaba una piedrecilla en el suelo polvoriento-. ¿Quizá disfrutaste especialmente con Luna Oscura? -Luna Oscura es una hermosa doncella -respondió Halcón-. Cualquier hombre se sentiría afortunado de disfrutar en su compañía.


Realizó esa afirmación con sencillez, sin delatar sus emociones. Luna Oscura había dejado bien en evidencia el deseo que sentía por él, que también sentía la inquietud de la pasión, tal vez incluso del amor, por la bella muchacha india. Pero todavía no se lo había confesado, a pesar de que Flecha Poderosa alentaba con vehemencia esa unión. Los dos muchachos avanzaron hacia la tienda de Flecha Poderosa. Hasta las narices de Halcón llegaba el aroma de la comida que había en los fogones. El gran jefe los recibió en la entrada. Halcón se despidió de Lobo veloz y se detuvo un instante antes de entrar en la carpa detrás de su padre. Ambos ocuparon su sitio junto al fuego, y el hombre aguardó a que su hijo comenzara a hablar. Halcón no lograba encontrar las palabras justas. Finalmente, Flecha Poderosa decidió romper el silencio. -Hijo mío, sé por qué has venido. Halcón se puso rígido. -¿Lo sabes? ¿Cómo es posible? -Te he visto con los otros y con Luna Oscura -replicó su padre, sosteniéndole la mirada-. Tu sangre blanca te está llamando. -Padre, yo... yo... ojalá pudiera decir algo. El dolor por la partida caló muy hondo en el corazón de Halcón. No había


palabras suficientes en ningún idioma para que su padre comprendiera la gratitud y el amor que sentía por todo lo que había hecho por él. Flecha Poderosa le apoyó una nudosa mano sobre el hombro. -Conozco lo que alberga tu corazón, hijo mío. Sé que es algo que debes hacer. Cuando lo hayas logrado, serás capaz de caminar en ambos mundos, pero tu corazón permanecerá aquí para siempre -Flecha Poderosa se llevó una mano al corazón-, junto al mío. -Gracias, padre. Halcón apenas podía pronunciar palabra. Se le hizo un nudo en la garganta, y sintió un peso en el pecho. Tragó con dificultad. Su padre tenía razón: debía partir. El sueño volvió a cambiar. Halcón yacía tendido en su tienda, recordando el mundo blanco. Los pocos recuerdos que tenía eran fragmentarios e inconexos. Pero podía evocar pequeñas cosas: el susurro de las enaguas, el sabor de un helado, la blandura de un colchón de plumas... y a un hombre llamado Thomas Rutherford. Rutherford, el mejor amigo de su padre blanco, que le había ofrecido llevarlo a su casa cuando murieran sus padres. Halcón esperaba que volviera a ofrecérselo. Había llegado el momento de abandonar la seguridad de la aldea. Debía regresar al mundo blanco para descubrir


quién era en realidad: Halcón Negro o Travis Langley. Halcón despertó con las primeras luces del alba. Parpadeó, tratando de recobrar la orientación, y se sentó soltando un largo suspiro. Sintió que alguien lo observaba aun antes de volver la cabeza. La joven se encontraba a unos tres metros de él, mirándolo fijamente. -Estaba soñando otra vez -le dijo-. Quise despertarlo, pero después de la última vez... Él sonrió débilmente y meneó la cabeza. -Está aprendiendo, señorita Ashton, está aprendiendo. Pero le agradezco su preocupación. Mandy se acercó a él, que se levantó de su saco de dormir. -¿Siempre es el mismo sueño? -le preguntó. Él la miró un instante, tratando de adivinar sus motivos. -Partes del mismo sueño. La mayor parte es bastante desagradable. -Así lo imaginé -parecía auténticamente preocupada. -En ocasiones se trata del ataque comanche. En otras, de mi alejamiento de la aldea. -¿No hay manera de que pueda detenerlos? Halcón dejó escapar un profundo suspiro. -Ninguna que hasta ahora haya podido descubrir. A esta altura, ya estoy


acostumbrado. Halcón se dio vuelta y comenzó a enrollar su saco. Mandy lo miró un instante, como si quisiera decirle algo más, pero decidió volverse y alejarse. Halcón contempló el suave balanceo de sus caderas, y el recuerdo de sus besos y la tersura de su piel bajo sus propias manos le hizo latir violentamente la sangre. Le temblaron ligeramente las manos cuando ató su saco de dormir con un cordel. Luchó con sus pensamientos, re-suelto a darles otro rumbo, y se dirigió a ver a los caballos. 12 Algodonosas nubes coronaban las cumbres nevadas de las cercanas montañas Wasatch, la última cadena montañosa que debían atravesar antes de descender a la Cuenca del Lago Salado. A medida que el sendero serpenteaba por la ladera de las montañas, Mandy alcanzó a ver debajo un fértil valle, bordeado por elevadas cimas que seguían cubiertas de nieve, a pesar de que el verano había sido intenso. Después de los interminables días pasados en la pradera, donde el paisaje se veía interrumpido tan sólo por matorrales de salvia y alguna choza, los terrenos labrados de las granjas que se veían debajo era una bienvenida visión. Hacía muchos años que Mandy no veía terrenos de granja, prácticamente desde su niñez, cuando iba a visitar a sus abuelos a su hogar del estado de Nueva York. Rechazó con un pestañeo la cálida humedad que


amenazó con desbordarle los ojos con los recuerdos; eran épocas en las que era feliz. Pero en este sitio las granjas se labraban en regulares parcelas rectangulares; ninguna colina ondulante ni camino sinuoso interrumpía el terreno. Un racimo de casas de techo bajo, cada una con su pequeño jardín trasero y numerosos álamos, acacias, árboles frutales -manzanos, perales-, y viñedos eran como manchas en el paisaje. A Mandy no le costó comprender por qué los mormones -los Santos- estaban tan orgullosos de sus triunfos. Después de una hora escasa de viaje, el grupo llegó a las afueras de la ciudad. Cada recodo del camino ofrecía algo nuevo para ver y ponía una sonrisa en el rostro de Mandy. "Qué sitio tan bello para vivir", pensó con envidia. Comparado con el desolado ambiente del fuerte en el que vivía, Salt Lake City parecía el paraíso. Llevaron los caballos más allá de la línea en la que se apiñaban carros de carga, calesas y una diligencia a punto de partir; finalmente llegaron al centro del pueblo. Mandy descubrió que la mayoría de los edificios eran de adobe, que en su lucha cotidiana con los elementos había adquirido un tono gris que le otorgaba la apariencia de piedra. Vio también dos grandes edificios de dos plantas, construidos en granito, con fachadas muy cargadas. Las calles eran anchas, pero en esa época del año, muy


polvorientas. Pudo ver obreros acarreando ladrillos o grandes toneles de cemento al llegar las carretas cargadas de maderos y barriles de clavos. James le informó que tanta animación y actividad se debían a las obras de construcción del gran templo. Una maestra de escuela con un vestido pardo de algodón, el pelo tirante en un apretado moño en la nuca y gafas con montura de acero, se quedó mirando fijamente a los fatigados viajeros. Mandy pensó que la mujer le recordaba mucho a sí misma apenas unas pocas semanas atrás. La sola idea la hizo estremecer. Era una parte de su pasado que se alegraba de dejar atrás. Se registraron en la posada "La casa de Salt Lake", un edificio desvencijado mucho más grande de lo que parecía desde la calle. -¿Cómo son realmente los mormones? -preguntó Mandy-. ¿Llegaremos a conocer alguno? Todos los gentiles, como se los llamaba a quienes no eran mormones, habían oído alguna vez historias estrafalarias de las colonias mormónicas. En muchos hogares era un tema prohibido. James rió por lo bajo. -No hay demasiados por aquí, salvo algunos comerciantes y viajeros como nosotros. Pero por ahora, creo que la prioridad es darnos un buen baño


caliente. -Un baño... -repitió Mandy en tono de añoranza-. Un verdadero baño... Halcón observó a su adorable carga sonriente por primera vez en muchos días y se puso contento. -Nos asearemos; luego os invitaré a cenar donde ponen el mejor bistec de Salt Lake City-ofreció en una actitud inusualmente cordial. Al ver que la joven parecía iluminarse aún más, sintió un tirón en el pecho. James se ocupó de los arreglos con el posadero. Mandy aceptó el brazo que él le ofreció, y subieron juntos por la amplia escalinata. -No será exactamente como la casa del gobernador, pero no está tan mal después de dormir tanto tiempo en el suelo-comentó James al examinar la pequeña habitación, con su estrecha cama de hierro-. Sabe, Julia -siguió diciendo, pensativo-, no habría imaginado que la hija del gobernador se adaptara tan bien a un viaje dificil como éste. Es usted una buena compañera de viaje, señorita Ashton -su sonrisa espontánea y las chispas que bailoteaban en sus ojos confirmaban la sinceridad del cumplido. -Vaya, gracias, James -el halago la había complacido, pero deseó no verse obligada a aceptarlo bajo una falsa identidad. En ese momento, una joven esmirriada y un mozo entraron en la habitación llevando jofainas llenas de agua caliente. James revisó la ventana, probablemente para asegurarse que era demasiado alta para que


Mandy pudiera saltar por ella, aguardó a que los criados terminaran de llenar la tina y salió al vestíbulo. La joven pudo oír el ruido que hizo la llave al cerrar la puerta desde afuera. -¿Escuchaste eso, Max? -susurró jake Wiley por entre sus dientes amarillentos-. Esa pequeña zorra que está ahí adentro es la hija del gobernador -Wiley señaló la puerta cerrada con su dedo huesudo. El sargento Max Gutterman, seguido por Wiley, avanzó agachado por el vestíbulo. Había visto llegar a James Long y lo había seguido hasta el hotel, con la esperanza de hallar la manera de cobrarse una antigua deuda. Sonrió para sus adentros. Esto prometía ser mejor de lo que había esperado. -¿De qué gobernador crees tú que se trata? -preguntó pensativo Gutterman, mientras se rascaba la axila por un agujero de su camisa descolorida. -¿Cómo podría saberlo? Pero cualquier gobernador estaría dispuesto a pagar lo que fuera para recuperar a su hija secuestrada -los oscuros ojos de Wiley centellearon al imaginar los verdes billetes tan a alcance de la mano. -Por una vez, Wiley, puede que estés en lo cierto -concedió Gutterman. Inclinó la cabeza y se acomodó el parche del ojo-. Además tengo un asunto pendiente con el tipo que está con ella. Tú reúne a Pete y al Mexicano, tráelos y hazlos subir por la escalera trasera. Tan pronto llegues, haremos


una visita a la damisela. "Ciertamente, era bonita", pensó Max. Le recordaba a su esposa Myra. La idea lo puso del malhumor. Myra no era buena pieza. Se había escapado con un explorador mestizo en sus propias narices. Lo había convertido en el hazmerreír de toda la compañía. Sus camaradas se habían reído disimuladamente a espaldas de él durante varias semanas antes de que la pescara en la cama con ese hombre. Había amado a Myra; él habría sido capaz de hacer cualquier cosa para complacerla. Pero nada de lo que hiciera parecía bastarle. Lo mejor que había resultado de ese matrimonio era la pequeña Sarah. Sarah era una niña hermosa, igual a su madre, con brillantes ojos verdes y largos cabellos castaños. Pero esa perdida de Myra había dejado que se le escapara un día, cuando debía haber estado vigilándola. La buscaron durante horas antes de encontrarla, boca abajo, en el estanque. Dos semanas más tarde, Max la había pescado en la cama con el mestizo. Sin dudarlo un segundo, los había matado a tiros. La chica se parecía mucho a Myra, de acuerdo, salvo que era más menuda, y tal vez incluso más bonita. Qué curioso que un hombre como él se encontrara con la hija del gobernador. En lugar de sentirse desmoralizada por la falta de confianza de James, Mandy consideró el cerrojo puesto a su puerta con una sensación de


seguridad. Se despojó de sus mugrientas ropas, se sujetó el pelo sobre la cabeza y se metió en la tina. La inmersión hizo surgir del agua diminutas burbujas de jabón con aroma a lavanda que le cosquillearon en la nariz. Descansó, relajada, durante algunos minutos, y después hundió la cabeza en el agua para lavarse el pelo. Cuando volvió a sacarla, se sintió limpia de pies a cabeza. Antes de lo que hubiera deseado, el agua comenzó a enfriarse. Mandy suspiró y se resignó a salir de la tina. Lamentó tener que ponerse otro vestido raído, pero al menos estaba limpio. Lo había lavado el día anterior, previendo su llegada a la ciudad. Precisamente cuando terminaba de peinarse el pelo húmedo, oyó un discreto golpe en la puerta de la habitación. Rápidamente, se puso el vestido descolorido y dijo a James que podía entrar. El hombre entró llevando una pila de cajas tan alta que prácticamente lo tapaba. Con una sonrisa, las dejó sobre la cama, y varias de las tapas se abrieron, dejando a la vista encajes y volados. Con un chillido de placer, Mandy se abalanzó sobre las cajas y hurgó en su contenido. Allí había medias, bragas de encaje, enaguas y vestidos, encantadores vestidos de muselina, uno de ellos de un rosa pálido festoneado con metros y metros de encaje color marfil, y otro amarillo dorado, con minúsculas florecillas bordadas, que la hicieron anhelar poder


deshacerse del raído vestido que llevaba puesto. Una de las cajas contenía un traje de viaje de hilo azul marino, cuya chaqueta mostraba cuello y puños blancos, y una falda fruncida adelante y atrás. La última caja correspondía a un elegante y escotado vestido de etiqueta de brillante seda dorada. Tenía el corpiño bordado con cuentas, que se repetían salpicadas como gemas sobre la falda. -James, son maravillosos, los vestidos más fascinantes que he visto... quiero decir... -esperó que él no hubiera advertido su desliz, y sintió que se le enrojecían las mejillas cuando levantó unas exquisitas bragas bordadas. -No debería haberse molestado, James -Se acercó a él y le dio un tímido beso en la mejilla, incapaz de creer en su buena suerte. -Pues yo no lo hice -reconoció él con cierto pesar-. Fue Halcón. Parece que una de las tiendas de la ciudad tenía preparadas estas prendas ordenadas por una mujer de aproximadamente su tamaño, que tuvo que abandonar la ciudad con cierta prisa... sin llevar las ropas. Halcón pensó que usted podría aprovecharlas. Pero de todas maneras, le agradezco el beso -agregó en tono de broma. -¿Halcón? -repitió ella, incapaz de comprender cabalmente lo que James le había dicho-. Pero él no pudo... él no... -Pues me temo que sí pudo. Sólo lamento que no se me hubiera ocurrido


antes a mí -Era un comentario honesto, expresado con lo que sonaba como cierto matiz de aflicción. -¿Adónde está Halcón? Me gustaría darle las gracias. -Ha ido a encontrarse con Brigham Young. Prometió estar de regreso para la cena. Descanse un rato. Regresaré cuando se haya cambiado -se excusó y se dirigió hacia la puerta, que volvió a cerrar con llave para evitar la posibilidad de que ella escapara. Pero escapar era lo último que se le podía ocurrir a Mandy. Travis Langley había estado pensando en ella, había pensado en sus necesidades, se había preocupado por ella. La idea le causó vértigos. ¡Si pudiera dejar de fingir ser otra y decirle la verdad! A Dios gracias, pronto terminaría todo. Al día siguiente partirían en dirección al oeste, rumbo a la ciudad de Virginia; Halcón y James aparentemente estaban satisfechos de que su "prometido" hasta ese momento no los hubiera seguido. Serían cinco días de accidentado y desagradable viaje a través de un reseco y polvoriento desierto, pero así y todo seguía siendo la manera más rápida de recorrer los casi doscientos cincuenta kilómetros de terrenos desolados que tenían por delante. James le había explicado que Lady Ann sería remolcada detrás de una serie de coches a un paso mucho más lento hasta llegar a Sacramento. También le informó que tanto él como Halcón tenían caballos en Salt Lake City y en


California. El trío se tomaría un breve descanso en la ciudad de Virginia y después seguiría viaje hasta Reno, un nuevo asentamiento fundado en la última parada hacia el este del Ferrocarril Central Pacific. A partir de allí, sólo tendrían medio día de viaje hasta llegar a Sacramento. En menos de una semana, calculó Mandy, podría abandonar el papel de Julia y volver a ser ella misma. -Bueno, bueno... Travis Langley. ¿Cuánto tiempo hace? ¿Un año? ¿Dos? Brigham Young, una figura imponente de pelo ensortijado y barba gris, se encontraba en la sala de su casa de madera de dos pisos. A los sesenta y siete años, Young seguía siendo un hombre viril y sensato, que irradiaba integridad y autoridad. Brigham le ofreció su mano, que Halcón estrechó con fuerza. -Pues hace bastante, Brigham. -Te agradezco que te hayas hecho tiempo para pasar por aquí. Mi hombre en Salt Lake City me informó que estabas en la ciudad -sonrió, mientras se acomodaba el formal traje negro-.Por aquí no pasan muchas cosas sin que yo me entere. Con hombres como tú, los rumores llegan aun más deprisa. ¿Qué te trae a nuestra bella ciudad? -Estoy cumpliendo con una tarea que me encomendaron -al pensar en


Julia, Halcón no pudo menos que sonreír-. Parece que el gobernador Ashton estaba a punto de perder algo que aprecia mucho... -¿Hablas de su hija? -interrumpió Brigham. Halcón frunció el entrecejo. -Aquí sí que viajan rápido las noticias. Sí, señor. Su hija. Pero le agradecería mucho que olvidara el asunto. A la reputación de la bella damisela no le haría nada bien que todo el mundo se enterara de que viaja con nosotros. -No puedo decir que apruebe que viaje sin carabina, pero supongo que su padre sabe lo que hace. -Mejor preocúpese por nosotros-Halcón sonrió ampliamente-. La señorita Ashton parece muy capaz de cuidarse sola. Brigham asintió con un gesto. -Creo que puedo entenderlo. Cuando uno tiene tantas esposas como yo, no tarda en descubrir de cuántas cosas es capaz "el sexo débil" -los hombres rieron con ganas-. Pero ya basta de charlatanería -Brigham hizo una seña a Halcón, indicándole que lo siguiera hasta su estudio, donde le señaló un sillón para que se sentara, mientras él llamaba a una de sus numerosas esposas-. Mary, trae algún refrigerio para el señor Langley. Él y yo tenemos que conversar de varios asuntos. La conversación fue poniéndose seria a medida que cada uno de ellos habló


de lo que sucedía en esa zona del país. Halcón estaba interesado en el progreso del ferrocarril, que tenía programado llegar a conectar ambas costas para la primavera. El Union Pacific y el Central Pacific avanzaban a paso redoblado, y daba la impresión de que ambos confluirían en algún punto de Utah. Brigham quería enterarse de los problemas con los indios, algo que lo afectaba con frecuencia tanto a él como a sus viajantes. La charla se prolongó más de una hora. -Bueno, Travis -dijo entonces Brigham, palmeándolo en la espalda mientras se dirigían hacia la puerta-. Dale mis saludos al gobernador. -Con mucho gusto, señor. -Y cuida bien de tu... encargo. Halcón lo miró sonriente. -Puede confiar en que lo haré, señor. Mandy trató de obligarse a descansar, pero era muy grande la expectativa ante la velada que tenía por delante. Finalmente, se dio por vencida. Se puso la ropa interior de encaje bordado blanco como la nieve y sobre ella el hermoso vestido amarillo de muselina. Deslizó los dedos por la suave tela y realizó varios giros frente al espejo, movimiento que hizo susurrar sus enaguas. Al hurgar dentro de la caja, descubrió un par de cintas amarillas


que hacían juego, de modo que se trenzó el pelo recién lavado y lo ató con las cintas. ¡Cuán deliciosamente femenina se sintió! Cuando ya terminaba de sujetarse la segunda trenza sobre la cabeza, una conmoción afuera de su cuarto atrajo su atención. Se detuvo un instante, preguntándose si acaso Halcón habría regresado antes de lo previsto. Se encaminó hacia la puerta cerrada, pero en ese momento el cerrojo saltó hecho añicos y cuatro hombres irrumpieron en la habitación. Mandy retrocedió de un salto, sofocando un grito. El corazón comenzó a latirle alocado cuando el miedo se adueñó de sus venas. Los hombres, que apestaban a whisky y a tabaco rancio, la miraron de reojo con expresión típica de borrachos. Mandy trató de recobrar la compostura. Algo de su temor pareció ceder, reemplazado por la furia que sentía ante la invasión. -¿Qué estáis haciendo aquí? -bramó-. ¡Salid en este mismo instante! -Cálmese, damisela; puede ser que evite ser lastimada -el que habló fue un hombre rechoncho con un parche en el ojo. Mandy pensó deprisa y decidió que trataría de ganar tiempo. -¡No se atreva a amenazarme! Haré que os arresten. ¡Marchaos de inmediato! -con la esperanza de que su baladronada los distrajera momentáneamente, se precipitó hacia la puerta. Una mano callosa le tapó la boca, sofocando su grito, y se sintió alzada por


los aires. Lanzó puntapiés y se retorció para liberarse, pero los brazos que la sostenían sólo la apretaron con más fuerza. El terror de Mandy crecía minuto a minuto. Intentó una nueva táctica: clavó los dientes en la sudada palma de la mano del hombre, y siguió retorciéndose, tratando de soltarse. -¡Ay! ¡Maldita gata furiosa! Debería... El hombretón cerró en un puño la peluda mano y le dirigió un fuerte golpe a la mandíbula. El cuarto giró brevemente a su alrededor, antes de que la oscuridad más absoluta terminara por engullirla. -Envuélvela en esa manta y bájala por la escalera trasera -ordenó Gutterman-. Arrójala sobre mi caballo; yo voy atrás de ti. Sólo quiero asegurarme de que nadie nos siga. Jake Wiley hizo lo que se le ordenaba. Lo siguió Pete, seguido por el Mexicano. -¿Qué demonios...? James subió por la escalera principal, a tiempo para ver que un desconocido salía de la habitación de Julia y se dirigía hacia la escalera trasera. Se aplastó contra la pared, desenfundó su revólver y fue acercándose lentamente. Abrió la puerta de una patada y paseó la mirada por la habitación. Comenzó a latirle la sien. ¿Dónde estaría la chica? Con todo sigilo, fue adentrándose en el cuarto. Gutterman contuvo la respiración. Oculto detrás de la puerta mientras


aguardaba la entrada del jugador, no movió ni un solo músculo. Cuando Long dio otro paso, Max se deslizó silenciosamente detrás de él y lo golpeó en la coronilla con la culata de su revólver. Long se desplomó al suelo. Max esbozó una sonrisa torcida. -Ya era tiempo de que volviéramos a encontrarnos. Amartilló el pesado revólver y apuntó el arma hacia el cuerpo inconsciente de Long. En ese momento, unas voces en la habitación de al lado le recordaron el peligro latente. Maldijo su suerte. En lugar de disparar, pateó al hombre en las costillas, guardó el arma y salió al vestíbulo. Probablemente estaba bien así. Long podría serle de alguna utilidad. Cuando llegara el momento, Long podría asegurarse de que sus exigencias llegaran a oídos del gobernador. Gutterman cerró la puerta silenciosamente detrás de él. -Es la segunda vez que te ayuda la suerte, jugador -farfulló entre dientes-. La próxima vez te prometo que será distinto. 13 Los sonidos de risas de borrachos y roncas voces masculinas se mezclaban tras el borroso resplandor de una hoguera. Mandy se tocó el cardenal que le inflamaba la mandíbula y comenzó a tratar de reconocer el ambiente que la rodeaba. Aun en medio de la oscuridad, pudo ver que se encontraba en un terreno escarpado. Estaban en algún lugar de las montañas. Los altos


pinos y el frío del aire le dijeron que se hallaban en un lugar bastante elevado. Durante las últimas horas, los hombres habían recorrido un trayecto muy largo. Tenía el vestido amarillo roto y sucio, y le dolía cada centímetro del cuerpo. Aunque tenía la mano derecha libre, la izquierda estaba atada con una cuerda al tronco de un árbol. ¿Qué querrían de ella? Entonces, por medio de fragmentos de conversación que fue escuchando, Mandy cayó en la cuenta de que creían que ella era Julia Ashton, la hija del gobernador. ¡Se proponían pedir rescate por ella! Sintió el escozor de las lágrimas, pero se negó a llorar. Tenía que ser fuerte. Seguramente, Halcón y James la encontrarían. Además, probablemente los hombres no le hicieran daño, si es que querían cobrar un rescate por ella. Se acercó aún más al árbol, trató de hacerse lo más invisible que pudo. Todo lo que tenía que hacer era esperar. Un millar de martillos le partían la cabeza. -¡Aayy! -gimió James, mientras Halcón le cubría con un trapo húmedo el feo chichón del tamaño de un huevo que tenía en la cabeza. -No tenemos tiempo para esto -trató James sin éxito de hacer que Halcón abandonara esa tarea-. ¡Tenemos que encontrar a Julia! -se levantó a medias de la cama, y sintió que lo acometían las náuseas. Chispas de colores bailotearon frente a sus ojos.


-Tú no vas a ninguna parte -le dijo Halcón simplemente-. Pareces tener una conmoción. Estarás fuera de circulación por lo menos un par de días. El doctor ya está llegando. No te preocupes por nada. Yo encontraré a la chica -se le contrajo un músculo en la mandíbula, y siguió hablando-. La mejor posibilidad que tenemos es que yo vaya a buscarla solo. No esperarán eso. James lo escuchó con atención mientras explicaba su estrategia. -Si no estoy de regreso en tres días, dirígete a Brigham. Si es necesario, consigue una escolta militar -la expresión de Halcón era cuidadosamente cauta. -Halcón, yo... lo siento. Parece que otra vez volví a fallarte. -Hiciste lo que pudiste. Ahora, quédate quieto. Trata de descansar. La traeré de regreso. Antes de que Halcón abandonara la habitación, James sintió su mano afectuosa sobre el hombro. Mientras iba hacia donde se encontraba su caballo Halcón volvió a pensar en la tarea que tenía entre manos. Una furia helada le endurecía los músculos de la mandíbula. Encontraría a la chica, de acuerdo. Sólo esperaba que no fuese demasiado tarde. Sintió un nuevo ramalazo de ira al rojo vivo. Si esos tipos se atrevían a hacerle daño a un solo mechón de su brillante pelo, por no hablar de un cardenal sobre su piel inmaculada...


El aroma del tocino y las judías flotaba en el aire; eso recordó a Mandy que no había comido nada desde el desayuno. -Mejor toma esto, muchacha -le dijo el llamado Pete, mientras le extendía un plato-. Creo que el jefe tiene planes para ti después de la cena. No querrás perder la fuerza y que eso te quite la diversión, ¿verdad? -su risa dejó al descubierto un enorme hueco en su dentadura amarillenta, allí donde faltaba un diente delantero. -¿A qué se refiere con "planes para mí"? -preguntó Mandy. No le gustaba la torva expresión del hombre. -Muy pronto te enterarás, damisela -replicó él. Una sonrisa lasciva le torcía los labios. Dejó el plato junto a ella y volvió junto al fuego. Mandy tironeó de la cuerda que le ataba la muñeca, pero el nudo se encontraba detrás del árbol, muy lejos de su alcance. ¿Qué habría querido decir ese hombre? Seguramente no tratarían de hacer daño a la hija del gobernador. Pero un sinfín de dudas y un terror helado se deslizaron con insidia por su mente. Por favor, Señor, suplicó, que me encuentren pronto. Halcón volvió a examinar las huellas. El rastro era fácil de seguir, pero ya estaba frío, lo que implicaba que los hombres le llevaban cierta distancia. James debía haber estado inconsciente varias horas. Azuzó a su ruano para que apurara el paso, y lo lanzó sin clemencia a un violento galope. La luna


llena que se elevaba por encima de las escarpadas cumbres le facilitaba la tarea. Cada vez a mayor velocidad, avanzó con su ruano por el camino. -Me alegra ver que te gustó la comida, damisela -el hombretón de sucia camisa roja apareció a su lado. Su hedor a persona sin lavar le dio vuelta el estómago. El hombre se acomodó el mugriento parche negro que le cubría el ojo y se pasó una mano por el pelo grasiento. -Sí, señorita, vas a necesitar de toda tu fuerza para la pequeña representación que harás para nosotros. Le desató la cuerda que le sujetaba la muñeca, y sin ceremonias la obligó a ponerse de pie, para después empujarla hasta el campamento Los otros tres hombres se hallaban sentados con las piernas cruzadas de otro lado del fuego. Todos exhibían sonrisas cómplices. -Ahora, te quitarás toda la ropa, lentamente, damisela, como en una verdadera representación -le indicó Gutterman-, prenda a prenda pronunció arrastrando las últimas palabras. -¡Yo no haré nada semejante! -exclamó Mandy, volviendo su atención hacia los tres hombres sentados en el suelo-. Será mejor que me dejéis en paz, si sabéis lo que os conviene. Mi padre es poderoso. Si hacéis algo que pueda hacerme daño, os buscará por cielo y tierra y os matará. Jamás conseguiréis el dinero -fue retrocediendo con lentitud hasta que sintió que


unos dedos gruesos se le clavaban en el hombro y la obligaban a girar sobre sí misma. Gutterman le cruzó el rostro con una bofetada. El ruido resonó en las paredes de granito del cañón; el golpe la arrojó al suelo. Mandy se tocó el labio partido, que ya se había hinchado y le latía dolorosamente. El sabor de la sangre se mezcló con el salado de las lágrimas. -Harás exactamente lo que te diga. Además, lo que tenemos pensado no te hará ningún daño. Incluso puedes disfrutarlo. ¿No es así, Jake? -Claro que sí, Max. He oído por ahí que vosotras, las chicas de la alta sociedad, vais por allí rogando por lo que estás a punto de obtener. Mandy pensó que podía llegar a desmayarse. ¿Adónde estaban Halcón y James? Tal vez hubieran descubierto que se había ido, creyendo que había vuelto a escaparse. Tal vez esta vez no fueran a buscarla. Oh, Dios, por favor, ayúdame. Un intempestivo disparo la dejó helada. A sus pies se levantó una nubecilla de polvo, allí donde la bala se había incrustado. El terrible sonido le campanilleó en los oídos. -Ahora, haga lo que el hombre le dice, hermosa señorita. Comience por los zapatos -El áspero acento mexicano no aceptaba discusiones. Mandy apenas podía vislumbrar el rostro oscuro de un hombre de espesos bigotes del otro lado del fuego.


Lo más lentamente que pudo, se quitó primero una de sus primorosas zapatillas, y después la otra. Enferma de miedo, sintió que nuevas lágrimas le hacían arder los ojos, pero esta vez no tuvo la voluntad de reprimirlas. -Ahora el vestido, damisela -dijo la ansiosa voz nasal de Pete. Sintió a sus espaldas unas manos rudas que le rasgaron la tela. El encantador vestido amarillo cayó hecho jirones a sus pies. Un nuevo empujón. Ahora las enaguas -dijeron varias voces, cada vez más insistentes. A través de sus lágrimas, vio a los hombres sólo como un piadoso borrón. Sus voces le llegaban como un confuso zumbido. Se enredó con los nudos de los lazos, con deliberada torpeza, tratando de ganar tiempo. Finalmente, y muy a su pesar, dejó caer la última enagua, y otro empujón más la obligó a sacar los pies de adentro de los vaporosos pliegues. Quedó de pie frente a ellos, cubierta apenas con el corsé y unas finas bragas bordadas, que le marcaban cada curva del cuerpo. Allí, a la vacilante luz del fuego, pudo ver algo parecido al hambre en los rostros de los hombres. Sabía que era sólo cuestión de tiempo antes de que se abalanzaran sobre ella, regodeándose en su suave carne como animales en celo. Temblando, sintió el frío acero del cuchillo de Gutterman que cortaba uno a uno los lazos de su corsé. Una furia helada corrió por las venas de Halcón como si se tratara de agua


debajo de un arroyo congelado. Tan sólo un tic casi imperceptible que le levantaba la comisura de los labios delataba su emoción. Mientras contemplaba la escena que se desarrollaba más abajo, tres hombres se sentaban con jubilosa expectativa, aguardando el final de la obscena exhibición, en tanto un cuarto hombre, con un rostro bien conocido, obligaba a la joven a quitarse las ropas. Halcón sintió un tirón en el pecho, pero lo dominó rápidamente. Más allá de lo que sucediera en el claro sólo tendría una posibilidad de salvar a la muchacha. Debía esperar el momento exacto. Si fallaba, ninguno de ellos sobreviviría. Rodeó el campamento, con los mocasines deslizándose sin ruido por el lugar, llegó hasta detrás de los caballos. Soltó las riendas que los sujetaban, los liberó y después arrojó varias piedras contra una pila de rocas para generar un alboroto que atrajera la atención de los hombres. -¿Qué fue eso? -preguntó el hombre de los dientes amarillos, sin voltear la cabeza. Sus ojos permanecían fijos en la mujer semidesnuda de pie frente el fuego. Gutterman le había soltado el pelo y se lo había dejado suelto sobre los hombros, donde lanzaba sugestivos destellos. -Allí... detrás de los caballos, mis amigos. Yo también lo oí. -Pete, vé con Juan a averiguar qué pasó. Jake y yo les prometemos que no comenzaremos sin vosotros -la expresión rapaz del único ojo del hombre


indicaba que se trataba de una promesa difícil de cumplir. -¡Diablos, sargento, queremos mirar! -los sobresalidos dientes amarillentos de Pete le hacían cecear. -Daos prisa, muchachos -se burló Gutterman-. No podemos esperar demasiado. Los dos hombres se dirigieron al sitio donde estaban los caballos. Uno avanzó por la izquierda, en tanto el otro se internó en las rocas que había a la derecha. Pete Varley miró hacia atrás por entre las ramas, para asegurarse de que no se perdía la parte que le correspondía del placer de la noche. ¡Maldición! ¡Condenada suerte la suya! Algún endiablado mapache hace ruido, y él se pierde la diversión. Bueno, tal vez de esta forma podría tomarse su tiempo, saborear cada minuto. Tener a la chica dos o tres veces. Trastabilló, miró hacia arriba y lo recorrió un ramalazo de miedo. Trató de gritar, pero la helada hoja de acero de un puñal se clavó en sus costillas. Su pedido de auxilio murió con él. -¡Pete! ¡Pete! ¿Dónde está? -se oyó susurrar roncamente al Mexicano. Juan Quintana rodeó una saliente rocosa y pasó debajo de un borde de piedra. Las ruedecillas de sus espuelas tintinearon; esto lo puso muy nervioso mientras escudriñaba cuidadosamente la espesura y los montículos. Sintió el sofoco de un brazo en torno a su cuello que lo inmovilizó antes de que pudiera volverse para ver el rostro de su agresor. Pudo sentir la presión


del acero que se deslizaba por su garganta. Su alarido de terror quedó ahogado por la sangre que le brotó de la tráquea. Halcón se movió en la oscuridad, tan silencioso como las sombras que aprovechó para el ataque. Mandy se encogió al sentir que Gutterman le pasaba los dedos por el pelo enredado. -Estoy cansado de esperar a esos dos inútiles -dijo-. De todas maneras, serán los últimos. La lujuria que inflamaba su ojo sano crecía segundo a segundo, mientras manoseaba los pezones de Mandy. La apretó contra su cuerpo y se inclinó para besarle la curva del cuello. Sus labios eran gruesos y húmedos. Con un rápido movimiento, la acostó pesadamente en el suelo y la aplastó con su voluminoso peso. -Sostenle los brazos. Yo seré el primero; después podrás tenerla tú -indicó Gutterman-. Es toda una belleza, ¿verdad? No creo haber visto jamas un cuerpo tan maduro para la cosecha como éste. Mandy sintió que el hombre estiraba los brazos por encima de su cabeza, y hasta sus fosas nasales llegó la fetidez de su aliento rancio. Le subió la bilis a la garganta y rogó a Dios para que la dejara sumirse en una bendita inconsciencia. Cerró los ojos y se preparó para la dura prueba que se


avecinaba. -¿Qué demonios...? -Gutterman sintió que un gran peso le caía sobre la espalda-. Jake, qué diablos... Hizo a un lado el cuerpo de Wiley y la pregunta murió en sus labios al contemplar los vidriosos ojos de su compañero muerto. Se apartó rodando del cuerpo de la muchacha, para encontrarse frente a una alta figura cuya sombra sobrenatural bailoteaba como un fantasma a la vacilante luz del fuego. Mandy trató de comprender qué estaba sucediendo. Intentó sentarse. La acometió el vértigo. Tuvo la sensación de que le resultaba imposible enfocar la vista, pero entonces sus ojos cayeron sobre el cuerpo que yacía grotescamente retorcido en el suelo junto a ella. La sangre manaba de una enorme herida que tenía Wiley en el costado, y sus ojos sin vida miraban hacia delante. Confundida, levantó los ojos, procurando comprender. Un movimiento repentino a su derecha, y divisó los ojos castaños y el pelo color arena del hombre que recordaba con tanto afecto. De pie, con las piernas separadas, los músculos de sus anchos hombros y de sus brazos en tensión, y la gran hoja curva de su puñal lanzando destellos plateados y rojizos a la luz del fuego, nunca había parecido Halcón más amenazante. Durante un instante creyó desfallecer por el alivio. Pero entonces cayó en la cuenta de que el peligro aún no había terminado... para ninguno de los dos.


Miró a Gutterman. El hombre se movía frenéticamente, ya que el pánico le producía torpeza y desorientación. Parecía estar buscando algo con desesperación. Mandy se alejó de ambos hombres. Vio en el suelo su camisa, rota y sucia, y se la puso, sin apartar los ojos de los hombres. Deseó poder hallar. alguna manera de ayudar, pero temió que su interferencia sólo complicara las cosas. -¡Juan!¡Pete! ¡Volved aquí! -aulló el grandote. Su ojo sano se paseó furiosamente por el campamento, buscando a sus compinches. -Ellos no pueden volver, Gutterman. Pero no se preocupe, muy pronto se reunirá con ellos, estén donde estén. La grave voz de Halcón era poco más que un susurro, pero la amenaza resultó totalmente clara. Observó al hombre como lo haría un gato gigante jugueteando con su presa. Gutterman se dio vuelta y divisó su revólver; estaba muy cerca de allí. Saltó hacia él, aterrizando pesadamente. Alcanzó la pistola y disparó, precisamente cuando Halcón se lanzaba hacia delante. Ambos rodaron sobre el polvo, forcejeando para apoderarse del arma. Peleaban a escasos centímetros del fuego; las llamas representaban una amenaza para ambos. Gutterman logró zafarse e intentó ponerse de pie.


Halcón se irguió, golpeó con fuerza a Gutterman y volvió a arremeter. Una vez más, los dos rodaron por el suelo. Los fuertes brazos y hombros de Halcón se encontraron con otros de igual fuerza; ambos rodaron poniéndose primero uno abajo, después arriba, y viceversa. Mandy tomó la pistola que estaba junto al cadáver de Jake Wiley y apuntó a los hombres, pero la posibilidad de alcanzar a Halcón era demasiado grande. Se vio obligada a mirar, impotente, aguardando la oportunidad de disparar con el estómago hecho un nudo por el miedo. Los gruesos brazos de Gutterman se flexionaron cuando ambos hombres se pusieron de pie, las manos de los dos cerradas sobre el revólver. Un rápido destello de metal azul brilló en la oscuridad. Se oyó un disparo. Halcón hizo una mueca. El cuerpo de la víctima amortiguó el ruido, y Mandy ahogó un gemido. Sin saber a qué hombre había acertado, contempló la escena horrorizada. Entonces Gutterman cerró su ojo. Halcón dejó que el cuerpo cayera al suelo. La sangre manaba, burbujeante, de un orificio en el pecho de Gutterman. Mandy cayó de rodillas, aún aferrando el arma, y entre las lágrimas dio gracias a Dios por haber salvado a Halcón. Éste se apresuró a correr junto a la llorosa muchacha. Con todo cuidado, le quitó la pistola de la mano y la tomó en sus brazos. No parecía pesar más que una pluma cuando la alejó de la sangrienta escena. Le murmuró


palabras tranquilizadoras y la abrazó con fuerza, deseando tener la capacidad para borrar de su mente aquellas terribles imágenes. La luz de la luna iluminó las lágrimas que bañaban sus mejillas; Halcón sintió que se le desgarraba el corazón. -Ya está bien, pequeña. No hay nada que temer. Estoy aquí -la tranquilizó-. Todo está en orden. Está a salvo -por un rato, la dejó sollozar débilmente sobre su hombro, después tomó la punta del faldón de su camisa-. Tenga. Séquese esas lágrimas. Ya no podrán hacerle daño -apretó los dientes y agregó por lo bajo-: Nadie volverá a hacerle daño, jamás. Mandy se aferró a él con todas sus fuerzas, rodeándole el cuello con sus brazos. Se sintió contenida por su poderosa presencia, por fin a salvo. Deslizó la mano por el bronceado brazo del hombre, sólo para asegurarse de que realmente estaba allí con ella y sentir cómo se le contraían los músculos ante su contacto. -Sabía que vendría por mí -susurró, mientras sentía que su temblor iba cediendo ante la cercanía de Halcón-. Simplemente, lo sabía. Halcón apoyó los labios sobre la frente de la joven, después besó suavemente sus mejillas manchadas por las lágrimas. ¡Sabía que él iba a ir, pensó con sorna! Nada ni nadie podría haberle impedido ir. La conciencia de la magnitud del poder que ella tenía sobre él cayó entonces sobre él


imprevista y abrumadora, tremenda por su enormidad. Pensó en las historias que había leído, en los corazones que ella había destrozado, en el novio que había dejado en el fuerte. -Prometí a su padre que la llevaría a casa -dijo-. No puedo decepcionarlo, ano es así? Mandy se puso rígida. Desde luego que él iba a ir a salvarla. Nunca lo había dudado, pero no había sido por ella misma. Lo había hecho por el dinero que su tío le había prometido. Nuevas lágrimas le anegaron los ojos, pero en esta ocasión, por la sensación de pérdida que la invadió. Aun así, siguió abrazada a su cuello musculoso. Necesitaba su consuelo, aunque él se lo daba de muy mala gana. Al sentir una humedad allí donde su pierna se apoyaba contra el cuerpo del hombre, por primera vez advirtió la sangre. -¡Está herido! -exclamó, tocando levemente la herida que él tenía en el costado-. Por favor, bájeme, Halcón. Ya puedo caminar. ¿Por qué no me lo dijo? Déjeme ver esa herida. -Estaré bien. Pero creo que lo mejor será que busquemos un sitio donde pasar la noche. Me temo que estoy perdiendo más sangre de lo que pensé. La soltó a regañadientes. Percibió la preocupación que reflejaban sus adorables facciones cuando ella hizo a un lado su propia aflicción, le pasó el brazo por debajo del hombro y lo ayudó a montar el caballo. A


continuación, corrió a buscar sus desgarradas enaguas para improvisar una venda. Mandy montó detrás de él, cubierta apenas con la camisa y las bragas, desenrolló el saco de dormir atado en la silla y se lo echó sobre los hombros. -Me gustaría más que se quedara como estaba-bromeó él, evocando las marfileñas pantorrillas y el níveo y redondo trasero. Se reprochó por esos pensamientos, ya que lo hicieron sentir apenas mejor que los malnacidos que habían pretendido violarla. Una repentina turgencia en sus pantalones cuando ella le rodeó la cintura con los brazos para acomodarse sobre la montura, lo hizo soltar un gruñido. ¿Cómo podía reaccionar así su cuerpo en circunstancia como ésa? -Hay una pequeña cabaña a media hora de aquí -dijo entonces-. Pasé frente a ella en el viaje de ida. No es gran cosa, pero al menos podemos pasar la noche. Mucho me temo que la bala aún está dentro de mi cuerpo. Tendrá que ayudarme a sacarla -realizó esta afirmación en forma directa, sin dejar espacio para la discusión. Mandy asintió con un gesto, con la esperanza de que la herida no fuera tan grave como parecía. Podía sentir la sangre rezumando a través del improvisado vendaje y cayendo sobre sus propios dedos apoyados en la cintura de Halcón. Rezó para que nada le sucediera al hombre que tanto le


importaba, aunque él no sintiera lo mismo por ella. Halcón osciló ligeramente sobre la montura, de modo que Mandy lo mantuvo firmemente sujeto con los brazos. Él hizo girar al ruano, y se encaminaron hacia la seguridad. Tendido en el charco de sangre junto al fuego agonizante, Max Gutterman abrió su ojo sano. Podía sentir la sangre que le caía sobre el ombligo y se coagulaba alrededor de la herida que tenía en el pecho. De alguna manera había logrado sobrevivir. Aunque fuera lo último que hiciera en la vida, encontraría al indio blanco -y a la mujer- y les haría pagar por lo hecho. 14 Hacia el final del trayecto, Halcón se desplomó sobre la silla. Mandy forcejeó para mantenerlo sentado. Luchó para sofocar sus crecientes temores y se mantuvo concentrada en guiar al ruano en el rumbo que Halcón le había indicado. Cuando finalmente llegaron a la cabaña, sintió un gran alivio al comprobar que, a pesar de estar abandonada, el techo era sólido y había una chimenea que podría funcionar. A medida que se acercaba el otoño, las noches eran cada vez más frías. Pudo sentir que Halcón se estremecía por el enfriamiento y la pérdida de sangre. Se apeó del caballo, lo ayudó a que hiciera otro tanto, siempre tratando de no reparar en la sensación de los brazos musculosos alrededor de sus hombros o en el calor de su cuerpo apretado tan cerca del suyo. Juntos avanzaron hacia la cabaña. El sitio parecía desierto desde hacía


tiempo; al abrir la puerta se levantó una nube de polvo y decenas de insectos salieron huyendo a toda velocidad. Mandy preparó un lecho para Halcón sobre el suelo de tierra frente a la chimenea y procuró que se sintiera cómodo. Después, revisando el terreno cercano, juntó algunos leños con los cuales encendió fuego. Pronto el frío intenso había desaparecido de la estancia, a pesar de lo cual, Halcón seguía temblando. -Es hora de que nos ocupemos de esta bala, pequeña. Cuanto antes la saquemos, mejor para los dos. Trate de alcanzarla usando los dedos, pero si no llega... -con mano trémula, desenfundó el puñal que llevaba en el cinturón-. Ponga la hoja en el fuego, y busque esa pinta de whisky que llevo en las alforjas. En silencio, Mandy obedeció. Cuando regresó con el whisky, utilizó el cuchillo para rasgar su pantalón de suave ante, después puso el puñal sobre las llamas. Al principio, su mirada no pudo apartarse de la herida. Había ayudado a atender algunas heridas cuando estaba en el fuerte y el médico no estaba, pero nunca lo había hecho sola, y ninguna había sido tan grave como podía llegar a ser ésta. Con delicadeza la lavó con agua de la cantimplora de Halcón, limpiando cuanto pudo con la esperanza de poder ver la bala. La mano le temblaba ligeramente mientras pasaba el trapo mojado sobre la piel desnuda del hombre. Trató de no reparar en los fibrosos músculos, tirantes de expectativa, y en la sedosa mata de vello color


arena que cubría su amplio pecho. Muy sería, aguardó que Halcón apurara el whisky, rogando que eso le ayudara a aliviar el dolor. -Bueno, pequeña, ¿está lista? -Tal vez debería tratar de regresar al pueblo y buscar ayuda -sugirió Mandy, que comenzaba a sentirse presa del pánico-. Jamás he hecho nada como esto antes. Podría llegar a matarlo. -Tranquilícese y no pierda la calma. Dudo que sepa encontrar el camino de regreso, incluso aunque dispusiéramos de tiempo, cosa que no es así. Yo la guiaré para que pueda hacerlo -sus ojos buscaron los de ella, procurando transmitirle algo de la fuerza que a él lo abandonaba-. Sólo confíe en mí, ¿de acuerdo? Mandy sabía que tenía razón. Tendría que hacerlo, porque de otro modo probablemente él moriría. Hizo a un lado sus temores, reunió todo su coraje y hundió los dedos en la herida, tratando de localizar la bala. La herida era demasiado pequeña. La bala debía haber modificado la trayectoria. Quizá tocara en una costilla antes de meterse dentro del cuerpo de Halcón. No sin cierto titubeo, tomó la empuñadura del cuchillo y lo sacó del purificador calor del fuego. -Abra más la herida, así podrá buscarla bala más adentro -indicó Halcón.


Brillantes gotas de sudor perlaban su frente-. Alcánceme ese palo; allí, a sus pies. Mandy obedeció. Halcón clavó los dientes en el trozo de madera, y Mandy se preparó. Tocó la hoja del cuchillo. Se había enfriado lo suficiente; ya podía empezar. La perturbadora sensación del acero hundiéndose en la carne hizo que le subiera la bilis a la garganta. Usando dos dedos a la vez, indagó más profundamente dentro de la herida. Una y otra vez probó, sin éxito, encontrar la bala. Halcón mordió el madero con todas sus fuerzas y cerró los ojos. El sudor corría por su cara. Entonces, misericordiosamente, quedó inconsciente. Por fin, Mandy alcanzó a tocar algo sólido. Con sus dedos extrajo el trozo de plomo que se alojaba debajo de una costilla. Volvió a calentar el cuchillo, cauterizó la herida lo mejor que pudo y la vendó con nuevas tiras cortadas de sus desgarradas enaguas. Le quitó el palo de la boca, lo arropó con la manta y enjugó el sudor del rostro del Halcón con un trapo embebido en agua de la cantimplora. Tranquila por saber que había hecho cuanto había podido, se tendió a descansar junto a Halcón y cayó en un rendido sopor. Varias horas más tarde, despertó y lo descubrió temblando de fiebre, mascullando incoherentemente. -Wishana... Wishana... -decía.


Pronunciaba ese nombre con tanta añoranza que pronto resultó claro a Mandy que se trataba de una mujer; por la entonación que le daba, no era una madre ni una hermana. Recordó aquella primera noche de travesía. Esa noche también había soñado Halcón con su pasado. Había mencionado el nombre de Flecha Poderosa y de alguien llamado Lobo Veloz. -Wishana -volvió a balbucear, y siguió farfullando en cheyene. Los celos se clavaron en su corazón como si se tratara del cuchillo al rojo que acababa de usar. ¿Cómo podía sentir celos de una mujer que no conocía ni de la que nunca había oído hablar? Pero era así. Le molestó comprobar que el nombre pudiera afectarla tanto y a la vez despertarle tanta curiosidad. -Wishana.. . mi adorable... amada -musitó Halcón. Las palabras se hundieron como una daga en su corazón. Al sentirlo temblar, se obligó a acercarse y a apretar su cuerpo contra el de él para proporcionarle el calor que tanto necesitaba. Halcón percibió su presencia y se movió, aún murmurando el lírico nombre. Una de sus manos fue hasta un pecho de Mandy, que sintió que su pulso se aceleraba, pero el agotamiento pudo más y la mano del hombre cayó, inofensiva, a una lado. Mandy se aflojó, sin saber si sentirse ofendida por la íntima caricia destinada a otra mujer o apenada porque él no hubiera tenido la fuerza necesaria para continuar. Mientras se sumía en un


sueño intranquilo, volvió a preguntarse quién podría ser la misteriosa mujer que había robado el corazón de Halcón. La mañana sorprendió a Halcón muy recuperado. La fiebre había cedido en algún momento previo al amanecer, pero él siguió durmiendo. Mandy se levantó y encontró café en sus alforjas. También encontró los pantalones de montar que tanto había insistido Julia en que llevara. Halcón debió haberlos visto en su mochila y por si acaso los había llevado. Mandy se los puso, luego sacó una camisa suelta de la alforja y también se la puso; ató con un nudo en su cintura. Sintió que sus mejillas se encendían. Los pantalones se adherían a su figura de una forma que nunca había experimentado. Tomó el revólver calibre .44 de la cartuchera de Halcón y con ella en la mano fue hacia la puerta resuelta a cobrar una pieza de caza y guisarla para acelerar así la recuperación de Halcón. Una vez afuera, recobró algo de su antigua confianza. Le hacía sentir bien volver a estar al aire libre. Su padre había pasado muchas horas enseñándole a disparar armas de fuego, si bien a blancos fijos. Tenía la intención de conseguir que supiera defenderse sola. Después de unos pocos yerros, le dio a un pequeño conejo. Lo desolló, y en el terreno descubrió algunas cebollas silvestres. La ropa que llevaba


acrecentó su sensación de libertad; Mandy gozó de ella. La brisa le levantaba el pelo, que caía hasta la cintura; salvo la preocupación que sentía por Halcón, nunca se había sentido tan bien como en ese momento. Sabía que algo le estaba sucediendo allí, sola en ese lugar. Su fortaleza, su seguridad en sí misma, la maravillosa sensación de independencia que solía tener, estaban volviendo a ella. Volvió a sentirse como en los viejos tiempos... sólo que mejor. Ahora se sentía mujer. Pensó en el hombre tendido en la cabaña, en el calor de sus besos, en el contacto de su mano sobre sus pechos. Bueno, tal vez no una mujer completa... todavía. De regreso en la cabaña, hurgó en los sucios armarios hasta que encontró una marmita apropiada para hacer un estofado. El aroma del guiso cociéndose sobre las brasas arrancó a Halcón de su sopor. -Humm, eso huele muy bien -murmuró adormilado con voz apenas audible-. ¿Qué es? Mandy se sintió abrumada por el alivio al oír su voz. -Estofado de conejo -respondió con una sonrisa. Se sentía profundamente orgullosa por sus cumplidos, tanto por el conejo como por la recuperación de Halcón. -Sé que debe sentirse famélico -se acercó a él y se arrodilló a su lado-. Qué bueno tenerlo de vuelta -dijo en voz baja-. ¿Cómo se siente? -lo estudió atentamente para detectar señales de dolor.


-Me he sentido mejor otras veces, pero parece que podré sobrevivir, gracias a usted -hizo un esfuerzo por parecer despreocupado y dio un respingo. -No trate de sentarse -previno Mandy-. Apoye la cabeza sobre mi regazo; le daré de comer. -No me acuerdo de cuándo me ofrecieron algo mejor. La sonrisa socarrona de Halcón llegó al corazón de Mandy. Entonces recordó a la mujer india llamada Wishana. Mandy llenó un tazón de hojalata con trocitos de carne y cebollas silvestres, regresó junto a él y le acomodó la cabeza sobre el regazo con toda la delicadeza que pudo. -¿Quién es Wishana? -preguntó, tratando de parecer despreocupada mientras le acercaba el tazón a la boca. -¿Adónde oyó ese nombre? -replicó Halcón antes de probar bocado. Una sombra pareció pasar por su rostro, ocultando sus emociones. -Usted mismo la llamó anoche entre sueños. ¿Es amiga suya? -Es una mujer que conozco -hizo una mueca y se acercó para beber caldo del tazón que sostenía Mandy-. Cuénteme acerca del conejo. Está delicioso. ¿Cómo lo consiguió? -Lo cacé -respondió ella con orgullo, lamentando que él hubiera cambiado de tema-. Y más aún, tengo pensado cazar otra presa para la cena.


A veces usted me sorprende, señorita Julia Ashton -dijo Halcón, meneando la cabeza. La joven estaba radiante, más viva que nunca. Sintió el anhelo de abrazarla, de robarle algo de su fuerza y energía. Sacudió nuevamente la cabeza con incredulidad; entonces advirtió los ajustados pantalones que ella llevaba. Su ojo experto se demoró en las bien torneadas pantorrillas y en los esbeltos muslos y sé quedó prendádo del redondo trasero tan claramente delineado cuando Mandy se levantó del sitio que ocupaba en el suelo. -Veo que ha encontrado las ropas que traje. Ciertamente, le sientan bien se permitió una sonrisa simpática, que se interrumpió bruscamente ante una punzada de dolor. Incluso con esa herida en el costado, le costaba resistir la tentación de deslizar la mano por ese muslo para acariciarle el bien formado trasero. Mandy supo interpretar la inflamada expresión de sus ojos y se apartó rápidamente de su alcance. -Será mejor que hoy trate de descansar. Quizá mañana, si se siente mejor, podamos marcharnos. -Será lo mejor -coincidió él-. Si no estamos de regreso el lunes, James nos hará buscar con el Séptimo de Caballería. -¿Dónde está James? ¿Por qué no vino con usted?


Con todo lo sucedido y su preocupación por Halcón, se había olvidado de James. Casi con culpa, esperó que nada malo hubiera ocurrido a su amigo. -Gutterman y sus secuaces también se ocuparon de él. Le dieron un golpe en la cabeza, pero a estas alturas ya debe de estar bien. Mandy se estremeció con el recuerdo de los hechos de la noche anterior. -¡Qué hombre tan terrible! Era el mismo que antes había tratado de matar a James, ¿no es así? -En efecto. Habría reconocido esa cara en cualquier parte-apartó la mirada-. Ya no podrá volver a intentarlo. -Los mató a todos, ¿verdad? -la voz de la muchacha se transformó en un susurro. -No tuve alternativa -respondió él con un gruñido. Cerró los ojos y se dio vuelta, tratando de acomodarse sobre el duro suelo. La fatiga comenzó a vencerlo; se sumió en un sueño inquieto. Mandy le subió las mantas hasta la barbilla y se preguntó con tristeza si alguna vez habría soñado con ella. 15 A la mañana siguiente, domingo, Halcón se sintió lo suficientemente recuperado como para montar. La herida estaba sanando satisfactoriamente, y él estaba de buen humor. La única mácula que ensombrecía el día era la incomodidad que sentía al tener tan cerca la muchacha con sus pantalones tan ajustados.


-Halcón, ¿está seguro de estar bien? -le preguntó, preocupada, al notar el sudor que cubría su frente. Cambió de posición detrás de él, y Halcón soltó un gruñido. -Estoy bien -respondió con cierta brusquedad, sintiendo los tiernos pechos de la muchacha apretados en la espalda y la tibieza de su aliento en la nuca-. Me alegrará mucho estar de regreso en la ciudad. Llegaron a Salt Lake City al atardecer y se encontraron con un aliviado James. -¡Gracias a Dios que ambos estáis bien! He estado enfermo de preocupación- James miró a Halcón-. ¿Es grave tu herida? -Podría haber sido grave de no ser por esta pequeña coqueta nuestra inclinó la cabeza señalando a Mandy con ojos llenos de orgullo-. Me quitó la bala y me curó. Hizo un buen trabajo para ser una chica de ciudad -guiñó un ojo y sonrió en dirección a Mandy. Ella resplandeció de orgullo. -El que merece el crédito es Halcón. Se cargó a esos cuatro... esos cuatro... se estremeció con el recuerdo de lo que podría haberle ocurrido si él no hubiera llegado a tiempo. -Bueno, ya pasó -completó James al advertir su temblor-. Halcón, ¿crees que estarás en condiciones para esa cena que prometiste hace unos días? -Podría comerme una mula, con cuero y todo -bromeó Halcón-, aunque


dudo que supiera mejor que el guiso de conejo que preparó esta niña -un breve destello de sus dientes blancos y parejos volvió a evidenciar el orgullo que ella le hacía sentir. James tomó nota del intercambio y alzó una ceja. Volvió su atención hacia Mandy y observó su ajustada indumentaria. -Me han dicho que la Salt Lake House tiene el mejor bistec de la ciudad... eso, señorita Ashton, si no se ha aficionado demasiado a esos pantalones que lleva y puede ponerse un vestido. Ante esa mención a su revelador atuendo, Mandy se sonrojó violentamente. -¡Oh, Halcón -dijo con voz entrecortada-, nunca le di las gracias por los hermosos vestidos que compró para mí! Su mente voló hasta el encantador vestido de muselina amarillo que había quedado hecho jirones en algún rincón de la montaña. -Si hubiera sabido lo seductora que estaría con esos pantalones -bromeó él, dudo que se los hubiese llevado. Vaya, tiene el tiempo justo para uno de esos baños que tanto le agradan antes de la cena. Creo que yo también voy a asearme y a descansar un poco. El viaje por la montaña le había exigido un desgaste mayor al que estaba dispuesto a admitir. Se puso de pie, haciendo una mueca de dolor. -Os veré aquí mismo, dentro de una hora y media.


El breve descanso lo ayudó a renovar fuerzas. Se puso otros pantalones limpios, también de ante, y se afeitó. Mandy lo encontró en el vestíbulo, con el pelo todavía húmedo rizándose sobre el cuello de la camisa. Sé hallaba allí de pie, con los anchos hombros echados hacia atrás y una mirada altiva, como si se tratara de un hombre cuyo caballo acabara de ganar la carrera más importante. Mandy sintió regocijo ante su flamante amistad. Halcón parecía verla bajo otra óptica totalmente novedosa que orillaba el respeto, si ella no lo interpretaba mal, algo que él muy raramente sentía por ningún hombre; menos que menos por una mujer. Halcón dejó que su mirada se paseara por el prominente busto y la fina cintura de la mujer que lo miraba desde el pie de la escalera. -Esta noche está usted bellísima, señorita Ashton -le dijo. El vestido de muselina rosa era muy recatado, pero el hecho de ver sus encantadoras facciones enmarcadas por el escote sumamente discreto hizo que él ardiera de deseo. ¿Cómo era posible que esa mujer tuviera tanto ascendiente sobre él? Si no conseguía compañía femenina a la brevedad, tendría que evitar encontrarse en la misma habitación con la chica. -Gracias, Travis -respondió ella, juguetona, buscando la excusa para probar el sabor del nombre de él en sus labios. Él levantó una ceja.


-Generalmente prefiero no usar ese nombre a menos que me vea obligado confesó él-. Pero creo que me gusta cómo suena pronunciado por usted. Le ofreció su brazo; Mandy sintió que se le aceleraba el pulso. Entraron en el salón comedor de la Salt Lake House, un establecimiento muy formal que hacía alarde de su fina mantelería y de la buena comida. Mandy advirtió que muchos hombres atrevidos se lanzaban miradas de admiración. Creyó percibir un gesto adusto en el rostro de Halcón, que aparentemente también las había advertido. Una vez sentada entre sus dos apuestos compañeros, Mandy decidió hacer la prueba y satisfacer parte de su curiosidad. Una espigada joven le trajo un suculento bistec apenas hecho, tal como había sugerido James. Mandy probó un pequeño bocado de la deliciosa carne, luego uno de patatas y abordó el tema que la inquietaba. -James mencionó un encuentro suyo con Brigham Young. ¿Cómo es él? Young era una leyenda entre los habitantes del Oeste. Las historias que circulaban sobre él iban desde su valiente búsqueda de la tierra prometida, hasta los rumores susurrados acerca de sus docenas de esposas. -Me imagino que a muchas personas les gustaría conocer la respuesta a esa pregunta -respondió Halcón, mientras continuaba disfrutando con la deliciosa comida-. En realidad, él es igual a cualquier otro hombre. Probablemente un poco más honesto, un poco más preocupado por el


bienestar de los demás. Supongo que lo que despierta su curiosidad son sus esposas, ¿no es eso? -su mirada se demoró un poco más de lo necesario en la turgencia de los pechos de Mandy. Bajo la encendida mirada de Halcón, ella sintió que se ponía encarnada. -Bueno, lo cierto es -siguió diciendo él-, que tiene más esposas que las que le corresponden, de acuerdo. Por lo menos, veinticinco. Pero muchas de ellas no son realmente esposas, en el estricto sentido de la palabra. Es decir -hizo una pequeña pausa que aumentó el bochorno que sentía Mandy-, no todas comparten su lecho. Algunas de ellas eran viudas o simplemente mujeres que no tenían un hombre que protegiera sus intereses -le asestó una mirada que dejó claro como el agua qué habría esperado él de una esposa-. Eso no quiere decir que Young no tenga una cantidad considerable de verdaderas esposas, tanto como de las otras. Al ver la expresión de la chica, sonrió para sus adentros. Mandy parecía estar tironeada entre la vergüenza que producía la naturaleza delicada del tema y el deseo de comprender un mundo que le era ajeno. La poligamia no era una forma de vida que Halcón creyera atractiva, aunque entre los cheyenes se consideraba normal; muchos de sus hermanos tenían más de una esposa. Él no tenía intenciones de casarse, al menos durante algunos años, pero si alguna vez lo hacía, estaba seguro de que con una esposa


tendría suficiente. Mandy sintió que su rubor aumentaba; no le cupo duda de que había oído todo lo necesario acerca de las tendencias sexuales de Brigham Young. Pero seguía sintiendo curiosidad por el encuentro de Halcón. -¿Sobre qué quería hablarle el señor Young? Desde el otro salón llegaba el sonido de suaves melodías; Mandy pudo ver a una espigada joven sentada frente a un pianoforte. -Quería hablar conmigo sobre el tratado con Nube Roja. Si a mí me parecía que se mantendría o no y qué debería hacerse si no se mantenía. Le dije que Nube Roja mantendría su palabra... pero que no hablaba en nombre de todos los cheyenes ni de todos los sioux. Como esa partida de exploradores con la que nos cruzamos. La expresión de los ojos de Halcón indicó a Mandy que él se acordaba muy bien de la escena en el río y de la sensación de su cuerpo desnudo. No pudo sostenerle la mirada. Halcón le sonrió perezosamente, disfrutando con la incomodidad de la joven ante el obvio discurrir de sus pensamientos. -Ese grupo -siguió diciendo-, no dejará de matar y de atacar por sorpresa. Tal como lo blancos que la secuestraron, hay renegados en toda tribu y todo color de piel. Notó que el sonrojo de la joven era reemplazado por una marcada palidez


ante la mención de los malhechores y se reprochó su negligencia. -Creo que ya es suficiente de este tema. Tenemos por delante cinco largos días de viaje; yo con gusto descansaría un poco. ¿Qué opináis de terminar de comer y retirarnos? Recibió como respuesta un gesto de asentimiento de James y de la muchacha, y los tres terminaron de cenar en silencio. La mirada de Halcón quedó atrapada en los suaves rizos que adornaban la nuca de la chica. Se habían soltado de las horquillas que sujetaban la resplandeciente mata de cabellos sobre su cabeza y lo acosaban sin piedad. Cuando terminó el café, se oyó ofrecerle acompañarla arriba y se insultó por ser tan tonto. Lo último que necesitaba era otra noche más de agitada frustración. Mandy aceptó graciosamente el brazo que él le ofrecía, y juntos se dirigieron hacia la escalera. Se movía con una ligereza producida tanto por la deliciosa cena como por la atención que recibía de sus dos guapos compañeros. Al llegar a la puerta de su cuarto, sintió el brazo de Halcón rodeándole la cintura y se puso de puntillas para recibir el beso de buenas noches. Una parte de ella le decía que no debía hacerlo, pero la velada había transcurrido tan agradablemente que parecía un final adecuado. Aceptó el suave roce de los labios de Halcón y aspiró su aroma almizclado. Entonces,


cuando estaba a punto de dar por terminado el casto contacto, la boca de él descendió con fuerza sobre la de ella, ansiando más, insistente, aunque en algún aspecto parecía vacilar. El beso se ahondó, su lengua ardiente avanzó, indagadora, y el sabor del hombre inflamó los sentidos de Mandy. Halcón la acercó más a él, rodeándola con sus brazos. Mandy sintió la dureza de su pecho, sus muslos apretados contra los de ella. Cuando las manos del hombre comenzaron a deslizarse sobre su cuerpo, Mandy soltó un suspiro entrecortado. Una de las manos de Halcón se ahuecó para cubrir uno de sus pechos y la otra descendió hasta sus caderas. Sabía que debía detenerlo, pero parecía incapaz de reunir la fuerza necesaria. Sintió la mano de él moviéndose hacia una mayor intimidad sobre la ligera tela de su vestido, hasta aferrar la redondez de su trasero, apretándola aún más contra él. -Halcón, por favor -suplicó, apartándose de él. Sus palabras musitadas clamaban por comprensión-. No sabe lo que me está haciendo. Halcón, muy a su pesar, la sostuvo un momento más y la soltó, sintiendo un ávido dolor en los genitales. Su mirada buscó los ojos verdes de la muchacha en busca de la verdad de sus palabras pero volvió a su mente el recuerdo de las historias acerca de la impetuosa y arrebatada hija del gobernador, de quien se decía que se había acostado con la mitad de los mozalbetes elegantes de Sacramento. Imaginó las sensuales curvas de su


cuerpo acariciadas por otro hombre y la idea le revolvió el estómago. Mentalmente, no lograba conciliar esas historias con esa mujer; sin embargo sabía que debía ser así. Maldijo el día en que había hecho esa promesa a su padre. La vio entrar en la habitación y cerrar la puerta tras ella. Giró la llave en la cerradura y se encaminó hacia su habitación. Comenzaba a dolerle la herida del costado, pero el verdadero dolor se alojaba en su corazón. Ésa sería una larga noche. Estaba en Salt Lake City y no logra-ría aliviarse siquiera con el consuelo de una botella. Mandy yacía en la cama, reflexionando sobre su reacción. Esa noche había deseado a Halcón. Si él no se hubiera detenido, podría haberle dejado entrar en su cuarto. Permitirle que él hiciera con ella lo que quería.. . lo que ella quería. Pero el recuerdo de una mujer llamada Wishana fluctuaba en los umbrales de su mente. ¿Soñaría con esa otra mujer mientras la acariciaba? La idea le resultó intolerable. No podía permitir que su cuerpo volviera a traicionarla.


16 Después de viajar tantos kilómetros a caballo por un terreno tan accidentado, Mandy pensaba que sería capaz de soportar cualquier cosa. No había contado con la diligencia Overland. El primer día, su delicada figura quedó aplastada entre un arriero de mulas, corpulento y excedido de peso que llevaba un maloliente chaleco de cuero, y los hombros huesudos de un joven y larguirucho periodista con gafas, que llevaba un traje listado dos tallas más pequeño. James estaba sentado frente a ellos, junto a una mujer angulosa vestida con sencillez a punto de casarse con algún minero de Virginia, mientras que Halcón tomó asiento en el pescante, junto al cochero. Seis enormes alazanes los condujeron fuera de la ciudad a todo galope, si bien al llegar a la primera casa de posta el tiro de la diligencia fue reemplazado por otro de animales mediocres. James le aclaró que era lo habitual, utilizar los mejores caballos donde iban a lucirse más: delante de la taquilla donde se venden los pasajes. La diligencia, por su parte, la famosa Concorde, era un artefacto de color rojo intenso último modelo. Aunque de apariencia inestable, el vehículo era sólido y resistente; su característica más ingeniosa era la suspensión sobre dos fuertes correas de cuero de tres pulgadas de grosor que hacían de


amortiguadores, o al menos eso decían los fabricantes. Mandy iba zarandeándose de un lado a otro hasta que llegó a creer que se le iban a romper los huesos. Su único consuelo fue saber que hasta veintiuna personas llegaron a subirse en una diligencia, contando con el espacio del techo. Mandy se sentía ya bastante apretujada sólo con cinco. En cuanto a pernoctar, los planes eran inexistentes. La diligencia nunca hizo más que muy breves paradas, lo justo para cambiar los caballos y dar algo de comida a los exhaustos pasajeros. Dormían sentados. El trayecto transcurrió sin novedad hasta la mitad del camino, donde el arriero de mulas se apeó y en su lugar subió un hombre de aspecto bravucón y origen hispano, con pantalones negros ajustados y ribeteados a lo largo con espirales de plata y una chaqueta de talle alto. Dos pistolas con culata de marfil colgaban abajo de sus caderas. Apenas subió, el hombre se sentó junto a Mandy lanzándole una mirada de admiración. Se quitó el sombrero bordado con hilos de colores, dejando al descubierto una mata de pelo negro y ondulado, y se inclinó ligeramente ante ella. -Disculpe, señorita. Permítame presentarme. Me llamo Emilio Enríquez. Es un placer conocerla. Se explayó al pronunciar su nombre, con marcado acento hispánico, llevando la mano de Mandy a sus labios en lo que fue una exagerada muestra de cortesía. Mandy lo encontró bastante atractivo, si lograba pasar


por alto la chispa salvaje de su mirada. La cena los sorprendió en una casa de posta hecha de adobe con techo bajo. Era evidente que Shamus y Anabelle Dutton, un militar retirado y su esposa, llevaban el lugar con mano de hierro, lo que convirtió la parada en una de las más agradables de todo el viaje. Una sabrosa comida a base de pollo tierno, judías y un poco de maíz sorprendió a todos los comensales e hizo que, al terminar, Mandy sintiese ganas de tomar un poco de aire fresco. Buscando a Halcón o a James con la mirada, creyó probable que hubieran pensado lo mismo después de todo el día de encierro en la diligencia y pensó que seguramente se habría ido cada uno por su lado. Sin pensarlo más, salió por la puerta de atrás hacia la pequeña loma que dominaba la casa de posta. Emilio Enríquez siguió a la mujer con la mirada mientras encendía el puro que sujetaba con fuerza entre los dientes. Dio una larga calada. En la oscuridad, el extremo del puro brillaba con un resplandor naranja. Con una ligera sonrisa, se encaminó hacia el polvoriento sendero. Su mirada descansaba sobre las caderas oscilantes de la mujer que iba delante de él. Ella se detuvo cerca de una colina de baja altura. -¿Le gustó la comida, señorita? -preguntó.


Esto sobresaltó a la muchacha e hizo que se volviese al oír la voz. -¡Señor Enríquez! Mandy hablaba con voz entrecortada ante la inesperada presencia. Dirigió la mirada hacia la casa. Sin darse cuenta, había ido más lejos de lo que se proponía. -Sí, sí me gustó -contestó, nerviosa-. -De lo mejor que hemos tomado, para variar -pudo percibir el brillo rapaz de sus ojos negros a pesar de la luz tenue. -Creo que será mejor que vuelva -Mandy miró a lo lejos-. Seguramente ya están preparándose para salir. -¿Por qué tanta prisa, señorita? -dijo con ánimo de engatusarla mientras se cruzaba en su camino. A la luz de la luna, sus blancos dientes relucían en marcado contraste con la piel suave y morena-. La herradura de uno de los caballos se desprendió. Aún van a tardar un rato. ¿Por qué no se queda y me hace compañía? Mientras hablaba, movía la mano para acariciarle la línea inferior del rostro. -Será mejor que me vaya -repitió, presintiendo el peligro. -No, señorita. Creo que se va a quedar conmigo. Descendió la boca con decisión hasta tocar la suya pero ella trató de apartarse. De un brusco empujón, la llevó contra una roca de arenisca.


Mandy intentó gritar, pero la boca de él no se lo permitía. Sintió cómo su mano torpe intentaba desabrochar los botones de su traje de viaje. Unos dedos toscos rozaban la ondulación de sus pechos. Presa del pánico, Mandy forcejeó con mayor vehemencia. De pronto se vio libre de él, con un movimiento tan repentino que perdió el equilibrio y tropezó contra la roca, la falda barriendo el polvo del camino. Oyó voces de pelea entre hombres, el ruido de un golpe y después la voz ronca de Halcón. -¿Qué pasa aquí? -preguntó, la voz teñida de sarcasmo. El hispano permanecía tirado en el polvo, a corta distancia-. Intuyo que como su amado Jason no apareció, decidió llenar la cama con quien estuviera a mano, ¿no es así? Ya veo que no le importa nada con qué clase de basura pueda acostarse. -¡Basta ya! -rogó Mandy tapándose los oídos con las manos para bloquear sus aborrecibles palabras-. Ni siquiera sabía que él esta-ba aquí fuera. Enríquez permanecía inmóvil en el suelo. Halcón se limitaba a mirarla, la mandíbula apretada, las manos cerradas en puño. -¿Cómo se atreve a decirme esas cosas? -exclamó Mandy-. ¡Ese hombre me atacó, y usted sugiere que fue idea mía! Se recogió la falda y trató de pasar sin tocarlo.


Halcón hizo esfuerzos por controlar su genio, pero la pálida piel de Mandy brillaba en el escote de su vestido, lo que exacerbó su cólera. -¿Quiere que otro hombre llene su cama? -gruñó-. ¡Pues hazte a la idea de lo que te digo! Nadie, ¿me oyes?, nadie va a acostarse contigo, salvo yo. Halcón la arrastró con fuerza hacia él. Sus labios cubrieron los de ella, la boca, violenta y feroz con su presa. El beso conmocionó a Mandy. La aterrorizó por la amenaza que suponía y a la vez la dejó deseosa de más. Halcón se apartó violentamente y después se marchó con paso largo y enérgico. Mandy se quedó temblando, forzada a seguir sus pasos colina abajo o quedarse atrás con Enríquez, que continuaba sin sentido. Muy a su pesar, decidió seguir a Halcón, sin saber del todo cuál de los dos representaba una amenaza mayor. 17 La frágil tregua que había existido entre Halcón y Mandy se rompió. El resto del viaje transcurrió en un silencio hostil, aunque James dejaba ver alguna muestra de su bondadosa camaradería. Nunca fue Mandy tan feliz como aquella tarde del viernes en que la diligencia superó la cuesta de la sierra desde la que se divisaba la silueta de una ciudad en la distancia alzándose por encima del desierto en la falda de una árida cordillera. La primera impresión que ella tuvo de Virginia fue la de una ciudad


resplandeciente. El calor acumulado durante el día originaba una bruma relumbrante que la envolvía a lo lejos, dándole una apariencia vagamente mística. Como si disfrutara del sol del desierto, la ciudad se extendía por kilómetros de arena y matorrales de salvia, y las casas elegantes, así como las chozas y los barrios más humildes, se encontraban situados sobre las laderas de las colinas. Todos los habitantes del Oeste conocían bien el fabuloso filón de Comstock. Había sido fuente de incalculable riqueza, originando una ciudad en medio de aquel páramo. Cuando la diligencia se detuvo, Mandy dio un largo suspiro de alivio al verse al fin libre del encierro al que había estado sometida. Estiró los músculos y se volvió para mirar la ciudad. Sólo podía describirla de una forma: la ciudad relucía. La plata lo adornaba todo: monedas de plata, hebillas de plata, hasta los carruajes llevaban adornos de plata y elegantes caballos perfectamente engalanados con plata. Los edificios mostraban un cuidado esmerado y contaban con hermosos detalles de gran categoría. -Vamos al hotel; nos daremos un buen baño -sugirió Halcón-. Quizá sea buena idea acostarnos temprano y dormir bien una noche, para variar. Halcón hizo un guiño a James, y éste sonrió. Estaba seguro de que ni él ni James tenían la menor intención de dormir mucho aquella noche. Él


planeaba pasar la noche en brazos de una mujer cálida, servicial, una mujer cuya lealtad fuera esperada y remunerada, y sospechaba que James haría probablemente lo mismo. -La idea de un baño y una siesta me resulta de lo más placentera -coincidió Mandy-, pero quizá más tarde podríamos salir a cenar. Esta ciudad parece muy interesante. Mandy miró a Halcón con añoranza, deseando que hubiera entrado en razón, tras el incidente con el hispano. Halcón refunfuñó para sus adentros. De todos modos, no iba a suceder gran cosa hasta más tarde, trató de conformarse. Quizá podría llevarla a cenar temprano, y después visitar el local de Sally. -Veamos cómo nos encontramos tras descansar un rato. Entonces hablaremos. Halcón quiso ganar tiempo. Quería pensar cómo mantener a la chica bajo control mientras él y James salían por la ciudad. Recogieron sus maletas y se encaminaron hacia el majestuoso hotel Internacional. Una fila de columnas de un blanco impecable sostenía el amplio porche de la entrada. Atravesaron las puertas de caoba tallada y entraron en el hotel. Los suelos eran de madera taraceada y estaban cubiertos con alfombras orientales; decoraban las paredes hermosos cuadros de tradición europea y unos candelabros de mármol importados de Italia iluminaban su interior. Un


portero de uniforme les hizo subir por la escalera del vestíbulo y los condujo hasta sus habitaciones. -Tengo la certeza de que su padre hubiera insistido en no escatimar ni un centavo a la hora de satisfacer sus necesidades -señaló Halcón con sequedad, abriendo la puerta de una habitación señorial. -Estoy segura de eso -replicó Mandy de la misma manera. Al menos iba a poder disfrutar de la distinguida habitación que él había dispuesto para ella, la más elegante que había visto jamás. Se dirigió hacia la cama con dosel que la dominaba y acarició con añoranza la hermosa cabecera tallada. La mano se hundió en el suave plumón del colchón. Se moría de ganas de darse un baño y meterse entre aquellas sábanas suaves y sedosas. -Me he tomado la libertad de pedir que le suban una tina para el baño y una bandeja a su habitación -informó James-. Creo que seguiré el consejo de Halcón y me echaré un rato yo también. Los ojos le brillaban de picardía; Mandy se preguntó qué estaría tramando. La comida y la tina llegaron al mismo tiempo. James retrocedió y salió de la habitación, dejando a Halcón como único guardián de su tan preciada mercancía. -Os veré en un par de horas -dijo James, mientras se alejaba hacia su habitación.


Suspirando de agotamiento, Mandy se volvió hacia Halcón. -¿Le importaría desabrocharme el vestido antes de marcharse? Se apartó la tupida melena y le dio la espalda para que pudiera maniobrar con los botones. -Le desabrocharé el vestido -contestó él-, pero no me voy a marchar. Una ligera sonrisa afloró en sus labios; ella pensó que, al seguir todavía enfadado por lo del hispano, le estaba imponiendo una suerte de castigo. -¿Qué quiere decir con eso de que no se va a marchar? No creerá que... que... ¡no pienso bañarme delante de usted! -Se olvida, pequeña, de que ya lo ha hecho. Sus ojos castaños la miraron con una chispa de burla. Mandy observó la tina humeante y las burbujas esponjosas que salían de ella, después miró suplicante al hombretón. -Halcón, por favor -dijo, tratando de suavizarlo. Cediendo ligeramente, Halcón se dio vuelta. -Está bien, no miraré mientras se desnuda, pero no me voy a marchar. Mandy dudó. La tina estaba de lo más tentadora. Sabía que Halcón cumplía lo que se proponía. O se metía en el agua ahora mismo o renunciaba al baño. Se quitó la ropa a toda prisa y deslizó su cuerpo en la flamante tina de cobre, recogiéndose el pelo en la nuca.


-¿Me acercaría, por favor, el peine de mi maleta? -preguntó. Si estaba dispuesto a permanecer allí, también podía ayudarla. Sonriendo con cierto aire de suficiencia, como si se estuviera divirtiendo mucho, Halcón se acercó y le pasó el peine de carey que ella usó con suavidad para no enredar aun más su rebelde melena. Mandy ya empezaba a lamentar el impulso de haberse metido en la tina. Debía haberse ido a la cama sin bañarse. -Es un verdadero placer mirarla, señorita Ashton -bromeó Halcón. -Dijo que no iba a mirar. -Dije que no iba a mirar mientras se desnudaba -la corrigió-. No me habría perdido esto por nada del mundo. Halcón se sentó en la cama y miró con recelo a la hermosa joven. Ella había descendido lo más posible hasta el fondo de la tina, protegiendo su pudor con las burbujas, a pesar de las dos manchas oscuras que las empañaban casi a ras de la superficie. En sus hombros, las gotas de agua resplandecían; a Halcón le hacían pensar en pétalos de rosa después de la lluvia. El cuello grácil se arqueaba sobre los hombros y, junto con su rostro ovalado, formaba una imagen perfecta. Halcón sintió un dolor repentino en el pecho y un endurecimiento entre las piernas. Tensó la mandíbula, resentido por el poder que ella tenía sobre él. Deseaba encontrar la manera de hacerla pasar por el mismo dolor que ella le provocaba.


-¿Acaso su querido Jason tuvo alguna vez este privilegio? -preguntó sin poder evitarlo, sabiendo que ella ya estaba a su merced. -Jason era mi prometido, no mi esposo -respondió con calma controlada, como solía hacer-. Me he expuesto mucho más ante usted de lo que jamás hice con él. Mandy envolvió la mentira en una realidad. Se sorprendió pensando en la palabra esposo por primera vez en su vida. A estas alturas su prima Julia estaría felizmente casada con un fiel y amante esposo. Sintió una punzada de envidia de quien alguna vez fuera la oveja negra de la familia, ahora en su nuevo papel de esposa. Halcón la escrutó con la mirada. -No me hará creer que es virgen, ¿no? Mandy se ruborizó hasta los huesos. ¡Acaso creía que Julia era una ramera! ¿Qué habría hecho su prima para merecer tal calificativo? Le vino a la cabeza el recuerdo desagradable de una serie de historias que había oído alguna vez. Quizás... o quizá fue la manera en la que ella había respondido a sus besos. Una chica decente le habría cruzado la cara por tamañas libertades. Sin embargo, ¿qué estaba haciendo ella? Estar desnuda en una tina llena de agua burbujeante iba contra todas las normas de buena conducta. No era de extrañar que él pensara que era una... una... ¡Dios mío,


ni siquiera podía pronunciar la palabra! Mandy tragó saliva. -Halcón... sé lo que debe estar pensando de mí, después de la forma en que actué cuando me besó... es decir, yo... -balbuceó, buscando las palabras-. Ni yo misma lo entiendo. Jamás he hecho algo así. Una breve risotada fue su respuesta. -¿A quién intenta engañar? Usted sabía perfectamente lo que hacía. La mente de Halcón evocaba imágenes no deseadas de la cálida y voluble mujer que respondía a cada una de sus caricias. -Desde luego que no pensaba precisamente en su amado Jason. Los ojos de Mandy se llenaron de lágrimas de vergüenza. -Salga de aquí, no es más que un... un... -de nuevo sintió deseos de golpear su rostro arrogante-. Es el hombre más cruel que he conocido jamás. Tenga al menos la cortesía de abandonar la habitación mientras termino de bañarme. Apretando los labios, Halcón se puso de pie y salió de la habitación. Dio un portazo y giró la llave en la cerradura. ¿Por qué ella siempre conseguía hacerle perder los estribos? No era su intención hostilizarla de aquella manera cuando decidió permanecer en la habitación. Tan sólo quería equilibrar un poco la balanza. Al otro lado de la puerta, oyó sus apagados sollozos y se maldijo a sí mismo por su conducta arrebatada. Ahora tendría


que llevarla a cenar o su conciencia no le permitiría disfrutar después. Sin embargo, su mente le devolvió la hermosa imagen de ella en la tina. Hasta podía ver su piel sedosa, sus ojos fogosos. Sonrió con arrepentimiento. Ya podía prepararse Sally; sería una larga noche. 18 Mandy terminó de quitarse la tierra del cuerpo, se lavó el pelo y la cara surcada por las lágrimas y salió de la tina. Rendida por el agotamiento, se echó en la cama de plumas preguntándose por qué el destino había sido tan cruel con ella y la había arrojado a merced de estos dos hombres. Albergó la vana esperanza de que la felicidad de su prima compensaría aquello. Debía reconocer que Julia estaba en lo cierto respecto a una cues-tión. Había llegado a disfrutar con parte de esta farsa. La irresponsabilidad y despreocupación tenían sus ventajas. Aquella muchacha que siempre se había ocultado tras una fachada recatada ya no existía. Una joven sin pelos en la lengua, que no se sometía tan fácilmente, la había sustituido. Luchando por apartar de la mente pensamientos desagradables, cayó al fin en un sueño profundo. Algunas horas más tarde, alguien aporreaba la puerta con insistencia y ella se despertó. -¿Quién es? -preguntó con timidez, restregándose los ojos aún soñolientos. Había aprendido en Salt Lake City que la prudencia siempre era


conveniente. -Vístase. Vamos a cenar -la brusca orden de Halcón llegó desde el otro lado de la puerta-. Póngase el vestido dorado. Mandy no tuvo tiempo de responder antes de que los sonoros pasos de Halcón se alejaran por el vestíbulo. Sin saber bien si alegrarse por el giro que habían tomado los acontecimientos o, por el contrario, replegarse ante esta nueva estrategia, comenzó a vestirse con premura. Se recogió el pelo encima de la nuca, utilizando de nuevo el peine hallado entre la ropa que había comprado Halcón, y trató de hacerse un peinado lo más sofisticado posible. Se puso una camisa, se ajustó el corsé y las enaguas, logró a duras penas meterse en aquel vestido de noche bordado con brillantes cuentas doradas y tiró del llamador para que viniera una criada a abrocharle los botones de la espalda. Antes de abandonar la habitación, Mandy se miró en el espejo y vio que sus mejillas enrojecían. El vestido era atrevidamente escotado y dejaba asomar su generoso busto más de lo que jamás ella hubiera osado. Pero Halcón había dicho que se lo pusiera y eso había hecho. Guardaba la secreta esperanza de que eso lo volviera loco de deseo por ella. Sería una buena lección por la arrogancia de esa tarde. Estaba revisando la cómoda para rescatar el abanico que hacía juego, cuando oyó que llamaban a la puerta de nuevo, esta vez un poco más suavemente.


Con cierto nerviosismo, Mandy se dirigió hacia la puerta. -Pase -casi susurró. La llave giró en la cerradura y un hombre de alta estatura, espaldas anchas, con unos pantalones de montar que le sentaban a la perfección y una elegante chaqueta negra sobre una camisa blanca recién planchada, entró en la habitación. -¡Halcón! ¿Es usted, realmente? Observó la apuesta figura de arriba abajo. Era lo más parecido a un caballero. Siempre había creído que si alguna vez había llevado algo más formal que sus pantalones de gamuza, su aspecto sería ridículo. Pero aquí estaba él, moviéndose con total naturalidad. Como si hubiera llevado esa indumentaria toda su vida. La idea le irritaba un poco. -Está muy elegante -admitió suavemente, sintiendo una repentina timidez. A Halcón le divertía sobremanera el desconcierto de la chica. Agradeció en secreto a Thomas Rutherford por milésima vez. Recorrió con la mirada todo su cuerpo. Ella llevaba con elegancia el vestido de raso suntuosamente bordado en oro que él le había comprado. Le sentaba como un guante, ceñido a su fina cintura y ensanchándose en línea amplia hacia el suelo. Apreció la exquisita imagen que ella ofrecía saboreando cada detalle. El escote era mucho más atrevido de lo que él imaginaba. Lo único que


ocultaba a la vista eran los rosados pezones. Sintió latir la sangre en sus venas. De haber sabido el efecto que le iba a causar aquel vestido jamás lo habría comprado. -Y usted, mi querida dama, está deslumbrante. Por otra parte, no esperaba otra cosa de la hija del gobernador. La recorrió de nuevo con la mirada; Mandy sabía que su comentario estaba a medio camino entre el cumplido y la burla. Él le ofreció el brazo y ella, con cierto temblor, lo aceptó. Salieron de la habitación y bajaron al amplio recibidor. Mientras avanzaban con elegancia por el salón, los magníficos candelabros dorados enviaban una tenue luz titilante sobre ellos. En el interior del salón iluminado con arañas de cristal el alborozo era contagioso. James había decidido no unirse a ellos; por lo tanto Halcón y ella cenarían solos. El maitre d'hotel, vestido de negro y haciendo gala de una fría formalidad, los condujo a una mesa iluminada con una vela. El tono de oro jaspeado de las paredes y unos tiestos inmensos que sostenían palmeras decoraban con elegancia la habitación. Mandy estaba embriagada de placer. Aquélla prometía ser la noche más hermosa de su vida. Halcón pidió champán, algo nuevo para Mandy aunque no podía admitirlo; a ella le resultó de gran agrado. El líquido dorado le acariciaba la lengua como un dulce rocío. Las burbujas le hacían cosquillas en la nariz. Notó


que se ruborizaba todo el tiempo y que tenía que apartar la mirada de los ojos de Halcón, que la observaban con intensidad. Terminada la cena, un grupo de músicos se puso a tocar. -¿Me permite este baile, señorita Ashton? - preguntó Halcón, levantándose y extendiéndole el brazo. Aturdida, Mandy se puso de pie y dio un paso hacia él, sorprendida de que aquel hombre tosco supiera bailar. Él la guiaba con suavidad, como un verdadero experto, sin perder jamás el paso. Ella flotaba sutilmente, acompañando cada uno de sus pasos. Había bailado con los soldados del fuerte, pero eran torpes y ella se había sentido incómoda. Ahora, en cambio, era como flotar en una nube de organdí. -¿Cómo es posible, señor Langley -bromeó-, que pueda usted llevar un traje y bailar un vals con la misma facilidad con que monta a caballo y caza animales salvajes? Sintió la fuerte mano de Halcón que le rodeaba la cintura y el corazón le latió con fuerza. Él se acercó algo más de lo que se podía considerar decoroso mientras la hacía girar, y el olor del almizcle, junto con el champán, le colmó los sentidos. Halcón sonrió ante el halago involuntario de Mandy. Al terminar el baile la inclinó hacia el suelo y la volvió a enderezar. La llevó hasta la mesa, se sentaron, y entonces comenzó a responder la pregunta, tarea que el alcohol


facilitó. -Cuando dejé a los cheyenes fui a Saint Louis, donde conocí a Thomas Rutherford, el hombre que ya le mencioné. Me ofreció su casa y me recibió como si fuera su propio hijo. Al principio me resultó muy difícil. Nada de lo que hacía me salía bien. Al poco tiempo de mi llegada, él ofreció una cena formal. Lo había planeado con antelación y no podía cancelarla. Insistió en que yo debía asistir. Me dijo que yo formaba parte de todo aquello tanto como él. Me compró ropa adecuada y me ayudó con los modales. Cuando sirvieron la cena, estaba tan nervioso que apenas podía pensar. Me olvidé la lección sobre el uso adecuado de los cubiertos y comí la carne con los dedos -el recuerdo le hizo sonreír con cierto arrepentimiento-. Los comensales lanzaron exclamaciones de asombro y la señora Haddington, una de las mejores clientes de Rutherford, casi sufrió un ataque de apoplejía. Pero Rutherford no me abandonó. Miró a la señora Haddington fijamente a los ojos y él también comió la carne con los dedos. Creo que desde ese momento en adelante sentí un gran afecto por él. Mandy sintió comprensión por aquel hombretón. Parecía siempre tan seguro de sí mismo, tan confiado. Sus ojos revelaban el amor que sentía por el hombre que le había acogido. Cómo deseaba que a ella también le dedicara esa misma mirada afectuosa.


-Aquel hombre tenía una paciencia infinita -continuó Halcón-. Me enseñó a hablar correctamente, me puso profesores para todo, desde lectura hasta arte, incluyendo las clases de vals -dijo bromeando. Mandy apenas podía concentrarse en sus palabras. Sentía que su mirada la acariciaba. Estaba deseando tocarle el borde inferior del rostro. El recuerdo de unos labios firmes, cálidos, eternizándose sobre los suyos desató su corazón. Paseó la mirada por el músculo nudoso de su cuello. Anhelaba recorrer con sus dedos el suave vello rizado que asomaba por el cuello de la camisa. -Me esforcé mucho en la granja de Rutherford-señaló-. Pero no sentí que perteneciera a ese lugar más de lo que pertenecía al poblado de los cheyenes. Me quedé unos cuantos años, después decidí venir al Oeste. Jamás podré pagarle la deuda que tengo con él. Mandy percibió un atisbo de arrepentimiento antes de la sonrisa que afloró en su rostro inmediatamente después, y volvió a sentir una punzada de lástima por el hombre que sabía moverse con facilidad tanto entre los indios como entre los blancos, aunque no pertenecía a ninguno de los dos mundos. Tocaron otro vals y ellos se incorporaron nuevamente. Esta vez él se aproximó aún más. Cuando el vals terminó, ella resplandecía con un suave brillo de sudor que emanaba dondequiera que él la tocase.


-Habrá notado que soy la envidia de todos los hombres de este salón -dijo él, lanzándole una sonrisa casi infantil. El cumplido la hizo sonreír. -Si las miradas matasen, ya habría muerto un millar de veces -replicó ella, dejando caer las pestañas. Le irritaba la manera en que las mujeres lo admiraban abiertamente. No había una sola mujer en toda la sala que no hubiera deseado estar en su lugar. En un momento de súbita picardía, se rió tontamente. -¿Se imagina qué dirían si supieran que emprendí viaje yo sola con usted y con James? Y añadió para sí misma: un jugador que va armado y un hombre blanco vestido de indio. ¡Dios mío, en realidad era escandaloso! Al menos si alguien lo descubría, sería Julia quien asumiera la responsabilidad. La idea le causó gracia. -Probablemente dirían que somos los dos hombres más afortunados al oeste del Mississippi -respondió él con suavidad. -Halcón... esta noche ha sido la más hermosa de mi vida. Alzó su copa de champán, que parecía siempre llena, y sonrió. Por primera vez, Halcón advirtió el hoyuelo que ella tenía en las ejillas. Quizá podría hacer que


sonriera más a menudo. Mandy volvió a sonreír, y él notó de pronto que ella había bebido demasiado champán. Empezó a hipar. -Perdón -se excusó, derramando la bebida. La escena le hizo recordar lo que había leído en el periódico sobre ella, sobre el episodio del semidesnudo en la fuente. Se le cambió el humor. -Tendría que haber sabido que una joven mimada como usted no sabría comportarse. Ahora mismo se va a acostar. -Por favor, Halcón... -rogó ella-. ¿Qué he hecho para que se disguste así? Pero al ponerse de pie, la habitación le dio vueltas. Él la sujetó. De sus hombros emanaba un perfume de violetas, y Halcón soltó un suspiro de pesar. Ardía en deseos de soltar los broches de su espesa melena y enterrar el rostro entre sus cabellos sedosos. Sintió de nuevo un endurecimiento provocado por el deseo. ¡La muy arpía...! Apretó los dientes y decidió subir antes de que el abultamiento se hiciera notorio. -Bebió demasiado champán, eso es todo. Vamos; de todos modos ya era hora de que se acostara. Caminaron en silencio hasta el vestíbulo y ascendieron por la escalera hacia la habitación.


-Ha sido una noche maravillosa, Halcón. Dirigió la mirada hacia él y sus ojos se encontraron, mas después los apartó. Ya en la entrada de la habitación volvió a acometerlos el mismo frenético deseo. Sin darse tiempo para pensar en nada, Halcón cubrió los labios de ella con los suyos, al principio con suavidad, después con más insistencia. La lengua llegó a todos los rincones de su boca, que tenía un gusto cálido y dulce. Le besó las mejillas, el cuello; después descendió los labios hasta sus hombros, suave raso sobre el vestido brillante. La condujo con cuidado dentro de la habitación y cerró la puerta tras de sí. Acercándola de nuevo hacia él, la besó intensamente. Todos los sentidos de Mandy se agitaron. Los labios de Halcón eran cálidos y exigentes. El champán hacía que la cabeza le diera vueltas; en estas condiciones, los besos de él vencían cualquier resistencia que aún le pudiera quedar. Los labios de Halcón recorrían, incitantes, todo su cuello, le mordisqueaban la oreja. Un deseo salvaje se apoderó de Mandy, consumiendo el último atisbo de voluntad. La boca de Halcón se desplazó hacia la turgencia de sus pechos y ella sintió cómo se le aceleraba el pulso todavía más. Respiraba de forma entrecortada, con pequeños jadeos.


En ese momento Halcón supo que podía poseerla. No quedaba en ella ningún pensamiento de su prometido. Sentía su aliento ardiente en el cuello. Estaba cálida y voluble en sus brazos, y los fuertes latidos de su corazón hacían de su pasión una realidad evidente. Sabía que no haría nada por frenarlo, y él la deseaba como nunca había deseado a nadie. La imagen de jóvenes pisaverdes acariciando su cuerpo de la misma forma que lo estaba haciendo él, le abrasó el alma. ¿Qué le impedía poseerla? ¿Acaso no había habido otros antes que él? "Le doy mi palabra, señor." Aquella frase se le clavó como un cuchillo. Deseaba emprenderla a golpes con ella, hacerla sufrir lo mismo que sufría él. Alzó la cabeza, se detuvo y sonrió amenazante, después se apartó. -¿Es que ni siquiera tiene la decencia de tratar de detenerme? Estoy seguro de que su amado Jason se sentiría orgulloso de usted. Los ojos de Mandy se llenaron de lágrimas. Se tapó los oídos con las manos. -No, Halcón, por favor -le rogó apenas en un susurro-. No lo entiende. -Ojalá estuviera él aquí ahora mismo y la viera en brazos de otro hombre la hostigó-. ¿Lo besa a él de la misma forma que me está besando a mí? Sin pensar en las consecuencias, Mandy retiró el brazo hacia atrás, dispuesta a golpearlo y eliminar así aquella insolente sonrisa de su rostro. Todo con tal de detener sus hirientes comentarios. Halcón le agarró el


brazo al vuelo, refrenando el impulso con facilidad. Se quedó inmóvil. De pronto la soltó. Ella le sostuvo la mirada tan sólo un instante. ¿Había alcanzado a ver un indicio de arrepentimiento? Se dio media vuelta a toda prisa y corrió hacia la cama sollozando. Oyó el portazo de la puerta cuando él salía de la habitación. Halcón giró la llave en la cerradura, apretó los dientes y se alejó con furia hacia el vestíbulo. Mandy se ahogaba en llanto. Él tenía razón. ¿Por qué no había intentando detenerlo? Pudo haberla poseído esta noche. Ella lo habría permitido. ¡Dios mío! ¿Qué le estaba sucediendo? Prácticamente había pedido a Halcón que se acostara con ella. No es de extrañar que la tratara con tal desdén. Se lo merecía. Mientras se iba desvistiendo, puso a un lado el hermoso vestido y se echó en la cama sólo con la camisa. Esta había sido la noche más hermosa de su vida. ¿Cómo había podido dejar que terminara tan mal? Señor, por favor, haz que termine esta pesadilla. Mañana partirían de nuevo en la diligencia hacia Reno, después tomarían el tren a Sacramento. Cuando cayera la noche, ya todo habría acabado. Se preguntó, y no era la primera vez, si algún día podría olvidar todo aquello. Tapándose con el edredón y escuchando el tic tac del reloj de cerezo, quedó


sumida en un sueĂąo irregular.


19 Halcón cruzó la puerta de caoba tallada del hotel y salió a la noche de la ciudad. Agradecía el aire fresco en la piel, eso le enfriaba el humor aunque no sus apetitos. Se aflojó la chaqueta, se quitó la corbata y se desabrochó los botones de la camisa. Una vez más había hecho y dicho cosas que ahora lamentaba. Tensó la mandíbula y se dirigió airadamente hacia el local de Sally, el prostíbulo más infame de toda la ciudad. En su mente, recreaba de nuevo la escena del hotel. Odiaba a la pequeña muchacha por la forma en que le hacía sentir. Estaba jugando con él igual que lo hacía con el joven teniente; entonces, ¿por qué le costaba tanto convencerse a sí mismo? Empujó las puertas de vaivén con demasiada fuerza, y estas rebotaron audiblemente tras él. El salón, iluminado con una luz difusa, estaba cargado de humo y se vivía un clima bullicioso. Las paredes de terciopelo rojo y los mullidos sofás de felpa tenían el propósito de poner en ambiente a la agitada clientela. Halcón fue derecho al largo mostrador de roble tallado. -Un whisky doble -pidió frunciendo el entrecejo. Reconoció la risa familiar de Sally desde el otro extremo del salón. Ella lo advirtió casi de inmediato, corrió hacia él y lo abrazó cálidamente


rodeándole el cuello con los brazos. -Me dijeron que estabas en la ciudad -exclamó con un brillo en sus ojos oscuros- y ya me preguntaba cuánto tiempo me ibas a tener esperando. Su ronca voz sonaba entrecortada. La mirada de Halcón captó la ondulación de sus pechos y las curvas de su cintura. Sally Ginelli no era la primera propietaria del local, pero sí la más hermosa. De hecho, parecía demasiado joven como para estar al mando de veinte chicas y del local más desenfrenado del Oeste. Claro que Sally era una mujer excepcional. Se conocían desde hacía años, desde antes de que el local fuera de ella. Ahora en cambio, ella tenía el privilegio de llevar a su cama sólo a los amigos que la divertían de verdad. Sally miró con recelo al hombre, alto, bien vestido, que se apoyaba contra la barra. Muy pocas veces lo había visto con algo que no fueran sus pantalones de ante, o sin ropa de ningún tipo, pero esa noche su elegante aspecto le hizo hervir la sangre. Lo volvió a mirar. Había pasado demasiado tiempo desde la última vez. Sintió cómo se humedecía de sólo pensar en su cuerpo musculoso contra el suyo. Aún mantenía los brazos alrededor de su cuello. Se estiró hacia su boca y presionó los labios contra los suyos, fundiéndose en un cálido y


húmedo beso. Halcón llevaba semanas pensando que su deseo no era otro que el de hacer el amor a Sally Ginelli. Apenas una noche en sus suaves brazos complacientes, se había dicho, y se vería libre del anhelo que le producía la joven menuda de cabellos castaños que acababa de dejar al otro lado de la calle. Pero ahora, según besaba a la mujer de cabellos negros como el azabache, percibió por primera vez la delgadez de sus labios y pensó que eran otros, más carnosos y satisfactorios, los que estaba besando. -Vamos -ordenó con brusquedad mientras la tomaba de la mano. Cruzó la habitación tirando de ella y, casi a rastras, subieron por la escalera hasta su alcoba, al final del pasillo. -Desnúdate -refunfuñó entre dientes, mientras se servía otro vaso de whisky de la licorera de cristal que había en el mueble bar lacado en negro. La alcoba tenía cierto estilo, lo que era sorprendente si se tenía en cuenta el resto del burdel. Fascinada por el Extremo Oriente, Sally la había decorado con profusión de telas y jarrones orientales. También había muebles de madera de teca con un tallado sumamente delicado. Halcón se bebió el whisky de un trago, se sirvió otro, lo volvió a tragar de golpe, y a toda prisa se quitó la ropa. Entró con aire resuelto en la alcoba, con la boca preparada, como si se tratara de una tarea en lugar del placer


que tanto había imaginado. Sally estaba de pie delante del espejo labrado, con una brevísima camisa de encaje. Echando un rápido vistazo a su aspecto, la empujó hacia él. -Te dije que te desnudaras -susurró con severidad. De un manotazo, agarró un extremo de su camisa y se la arrancó, dejándola desnuda y ardiente de deseo. La mirada vidriosa de sus ojos negros le confirmaba que ella disfrutaba con esa violencia. Ya había visto demasiados hombres lloriqueando por ella; ahora le divertía esta pugna íntima con uno que no era tan delicado. Halcón arrastró a esa preciosidad de cabellos negros hasta el mullido colchón. Sintió cómo sus generosos senos se desbordaban casi con avidez en sus manos. Él los agarró y, en lugar de sentirse colmado por su firme redondez, como había imaginado, sintió un pálido reflejo de placer. Acercándola aún más, besó sus labios delgados y deslizó la mano por detrás de su espalda con el afán de abarcar sus nalgas firmes y redondas. De nuevo la misma sensación de carne fláccida. En los recovecos de su mente, sabía que Sally era la de siempre. De piel suave y voluble, sus besos eran cálidos y húmedos. ¿Por qué, entonces, no lograba excitarlo? Su mente divagaba en imágenes de pechos firmes, turgentes, pezones encarnados, tersas nalgas blancas como el marfil y kilómetros de cabellos castaños. Mientras acariciaba los voluminosos


pechos de Sally, combatía las imágenes. Finalmente, viendo que su virilidad desaparecía, supo que había perdido la batalla. Maldiciendo para sus adentros, apartó a la desilusionada mujer y se puso de pie. -¿Hice algo que te molestó, cariño? -preguntó ella, la voz, enronquecida de pasión. -No es tu culpa. Tengo la mente en otra cosa, eso es todo. Volveré pronto mintió. Tal vez hubiese desechado el lugar para siempre. Salió de la alcoba y se vistió apresuradamente, después bajó la escalera y salió por la puerta de vaivén. Había numerosos bares en la ciudad de Virginia; su intención era visitarlos todos. -Otro whisky, camarero, y no deje de llenármelo cuando esté vacío -pidió Halcón por décima vez. Llevaba tres horas bebiendo sin parar. La habitación le empezaba a dar vueltas. Calculó que ya estaba lo bastante ebrio como para irse a dormir. Se levantó del taburete, pagó la cuenta y, tambaleándose, se alejó del bar. El aire fresco de la noche fuera de la taberna lo despejó un poco mientras avanzaba hacia el hotel. Ya arriba, tropezó varias veces con la pared mientras iba hacia el vestíbulo,


después buscó a tientas la llave en su bolsillo. La sacó y la metió en la cerradura para abrir la puerta. Mandy se despertó sobresaltada. Oyó el suave giro de la llave en su puerta. La alarma se transformó en sorpresa cuando vio que Halcón entraba en la habitación. ¿Entraba sólo para ver si estaba bien? Quizá se había confundido y había entrado allí por error. Simuló estar dormida y lo observó, escondiéndose tras las pestañas. No podía creer lo que estaba viendo: Halcón empezaba a desnudarse. ;Qué demonios se creía? Al ver cómo se resbalaba y tambaleaba en la silla, se percató de su estado. No veía nada, estaba completamente borracho. Ahora tenía la certeza de que era un error. No parecía lo bastante sobrio como para tener malas intenciones. Decidió permanecer lo más quieta posible. Cuando se durmiera, ella podía salir de la cama sin hacer ruido e irse a dormir al sofá. Lo oyó tropezar de nuevo, después vio que se dirigía hacia ella. No había visto jamás un hombre desnudo. Cautivada por la visión, lo observó, con una mezcla de horror y fascinación. A pesar de la oscuridad, distinguía bien sus anchas espaldas y el pecho musculoso. La esponjosa maraña de vello que lo cubría reflejaba el claro de luna que asomaba por la ventana. La estrecha cintura terminaba armoniosa-mente en unas caderas delgadas y piernas vigorosas. Los músculos del estómago se tensaron cuando se inclinó para meterse en la cama. Mandy apartó la mirada de sus partes más íntimas mientras sentía


arder sus mejillas. Desnudo, Halcón se deslizó bajo las sábanas. La habitación dejó de dar vueltas pero él no parecía encontrar la postura. Se puso de costado. A pesar de la nebulosa del alcohol, notó que había alguien a su lado. ¿Había vuelto, sin saber cómo, a la alcoba de Sally en lugar de la suya? Tocó la tela suave de su camisa. Estaba seguro de que ya se había encargado de eso la primera vez. Agarró una parte de la polémica camisa y tiró de ella hasta rasgarla. Oyó un grito entrecortado de sorpresa e inmediatamente presionó su boca contra la de Mandy. Creía recordar la voz de Sally como un sonido ronco y apasionado, no tímido y asustado, pero desechó el pensamiento. Tocó la mano de Mandy con la suya. La piel era cálida y fina, no suave y flácida como antes. Su apetito se vigorizó. Paseó la lengua por todos los rincones de su boca. Toda la pasión reprimida de las últimas semanas afloró. Los vapores etílicos se iban desvaneciendo, y él comenzó a sentir de nuevo el endurecimiento de su ardiente, insaciable deseo. Había vivido semanas de agonía. Un solo propósito lo guiaba ahora: atravesar con toda su fuerza aquel cuerpo estremecido que se resistía. Mandy se defendía como una leona. Se dio cuenta con terror, y demasiado tarde, de que esta vez Halcón no iba a parar. Quizás ella misma había


provocado esta situación por haberle permitido antes esas libertades. No sabía qué pensar. Admitió en secreto que había llegado a soñar con que fuera Halcón quien la hiciera mujer. Pero no de esta forma. Trató de apartar la boca para poder suplicarle. Pero él se mostraba implacable. Se colocó encima de ella sujetándole las manos sin esfuerzo alguno más arriba de la cabeza. No se dio prisa, la besaba intensa y apasionadamente. A pesar del whisky Mandy percibía su impetuosa virilidad. Una mano recia le acarició los pechos, con urgencia, con ímpetu, y a la vez con experimentada paciencia. Le acarició los muslos, la curva de la cadera, la tersa planicie debajo del ombligo, forzándola a responder. Mandy bajó las defensas. Percibió un suave sonido, parecido a un maullido, y vagamente descubrió que procedía de ella misma. El cuerpo la estaba traicionando: aun viendo cómo él se imponía, ella lo deseaba. Halcón dejó de sujetarle las manos y ella las deslizó alrededor de su cuello, acercándolo aún más. Le devolvió los besos y sintió cómo la lengua de Halcón exploraba ardientemente las profundidades de su boca. Mandy se estremeció contra él; había una ínfima parte de su ser que deseaba poder parar, pero la otra anhelaba lo contrario, y quería más. La boca de Halcón descendió hasta sus pezones para mordisquearlos, y seguir hasta la palpitante piel sobre el ombligo. Mientras la besaba de nuevo, sintió los dedos de él explorando su más íntimo recoveco. Halcón notó que ya estaba


dispuesta para él. La vergüenza que ella sentía era total. Con la soltura de un experto, se colocó encima de ella. Mandy sentía la presión obstinada de su miembro viril contra ella, alcanzando el único obstáculo que aún quedaba. Halcón se detuvo. ¿Qué diablos...? Arremetió nuevamente. Una vez más se encontró con la barrera de sus deseos. La excitación que corría por sus venas eliminó el último residuo de alcohol que le enturbiaba la mente, y, como una ráfaga de aire helado, de pronto comprendió todo. Alzando su boca de los cálidos y suaves labios de la joven, se encontró mirando fijamente aquellos ojos verdes con motas doradas que conocía tan bien. Se habían oscurecido de pasión, y tenía los labios encarnados por el calor de sus besos. -¡Maldita sea! -cerró los ojos un instante y respiró hondo para calmarse. ¿Qué había hecho? -Perdóname, pequeña... Un profundo sentimiento de arrepentimiento -y de tremenda culpa- se le clavó como un cuchillo. -Veo que decías la verdad -susurró. Pero ya había ido demasiado lejos como para detenerse ahora. -Te prometo que sólo será un instante de dolor.


Lo mínimo que podía hacer por ella era hacerla gozar todo lo posible, con la esperanza de que no llegara a sentir odio permanente hacia los hombres. Decidido a ser cuidadoso con la joven inocente que tenía en sus brazos, Halcón se obligó a ir despacio. La besó con gran intensidad, profundamente. Después trasladó sus labios hacia los brotes erectos de sus pechos turgentes. Él ardía de excitación. Sentía el pulso en las orejas encarnadas. Le besó la boca de nuevo, utilizando la lengua para distraerla, después acometió contra la barrera nuevamente. Mandy lanzó un grito ahogado y reanudó sus forcejeos. Sintió una incandescencia que le rasgaba las entrañas. Sus ojos se llenaron de lágrimas que descendían por las mejillas. Él la sujetaba con firmeza, pacientemente, diciéndole palabras tranquilizadoras, con afán de calmarla. Entre el terror y el dolor, ella apreció su ternura. Notó que la tensión nerviosa se iba desvaneciendo y, a medida que su confianza en él aumentaba, pudo comenzar a relajarse. Cerró los ojos y se abandonó al remolino de sensaciones. En ese momento comenzaron a sentirse todas esas semanas de frustración. Por más que lo intentó, Halcón no pudo contenerse. Dio rienda suelta a su deseo contenido, al principio en tensión mientras un millón de estrellas reventaban en el horizonte, después relajado sobre el cálido cuerpo que


tenía debajo. La abrazó con fuerza y le besó la frente. -No volveré a hacerte daño -prometió. La besó intensamente, se recostó a su lado y la acercó hacia él. Confusa y aturdida, Mandy no entendía lo que estaba sintiendo. En parte se alegraba de que ya hubiera pasado, pero también ansiaba algo más. Oyendo las tiernas palabras de Halcón, Mandy creyó que ya había acabado con ella. Se secó las lágrimas de los ojos y trató de apartarse de él. -No tan rápido, pequeña. La ternura de su voz intensa la calmó. Él le acarició la oreja. -He roto mi palabra de honor. Ya no hay ningún impedimento que te aparte de mí. Ahora te toca a ti -susurró, y Mandy lanzó un gemido mientras volvía a sentir los cálidos labios contra su boca. Halcón besó sus labios suavemente, los ojos, las mejillas, la punta de la nariz, después de nuevo la boca. Movía la lengua con gran esmero, explorando cada rincón, cada curva. A pesar de sentirse magullada y dolorida, su cuerpo comenzó a responder. Se permitió abandonarse a sus tiernas atenciones. Él recorrió sus pechos con un dedo, después los abarcó por completo. Inclinó la cabeza para besar la piel de encima del pezón, y entonces los cubrió con su boca. Su lengua enviaba corrientes de estremecimiento por todo el cuerpo y una nueva oleada de deseo se


apoderó de ella. Mandy se sentía poseída. Todos los anhelos, los placeres prohibidos estaban sucediéndole en este momento. El cuerpo entero le ardía de deseo por este hombre. Jamás podía haberse imaginado la irresistible necesidad que un ser humano podía sentir por otro. Halcón percibió el deseo de Mandy, lo que encendió aún más sus pasiones. Haciendo un esfuerzo supremo se refrenó, ya que él también prefería ir poco a poco. Con un control que casi le dolía, él continuó enseñándole los placeres del amor. Besó todos los rincones de su cuerpo vibrante, después la empezó a penetrar despacio, cariñosamente, saboreando su cálida y sedosa sensación. Había estado con muchas mujeres a lo largo de su vida, pero jamás había sentido aquella intensidad de emoción y deseo. El pensamiento le sorprendió e incomodó a la vez. Decidió apartarlo de su cabeza. No era momento de recriminaciones. El día siguiente ya estaba lo suficientemente cerca como para dedicarse a eso. Moviéndose cada vez más rápido dentro de su sedoso capullo, percibió la repentina rigidez de la chica y que ésta gritaba su nombre. Bajo su cuerpo, Mandy temblaba de placer. Satisfecho, decidió entonces abandonarse a sus propias pasiones. Mandy nadaba en una nube de éxtasis. La envolvían oleadas de inmenso placer, una tras otra tensaban su cuerpo, consumían sus fuerzas; sin


embargo la llenaban de una suerte de sobrecogimiento. Sintió la tensión en el cuerpo de Halcón y su instinto le dijo que el orgasmo estaba cerca. En ese momento no importaba nada que no fuera su amor por él. Amor. Ya podía admitirlo. Ella lo amaba. Y eso era lo único que importaba. Enroscó los dedos en su pelo suave y abundante y lo acercó aún más contra su cuerpo. La tersa mejilla junto a la suya, sus labios rozándole el hombro. -Wishana, mi amor-susurró justo antes de relajarse contra ella, muy suave, apenas audible. Mandy cerró los ojos en agonía. Dios mío, cómo deseaba no haberlo oído. El corazón se le retorció en el pecho. La angustia era tan intensa que pensó que no la podría soportar. Halcón la acercó más, envolviéndola en sus brazos firmes. Permanecieron así recostados uno junto al otro, entrelazados y sin fuerzas. El gélido tentáculo de la desesperación se le enroscó en el corazón y Mandy se estremeció. Una lágrima surgió de sus ojos.


20 Los cálidos rayos del sol de la mañana asomaron por las cortinas y se deslizaron hacia los ojos de Mandy. Despertó sobresaltada, recorriendo con mirada presurosa los muebles de palisandro hasta llegar al dosel de la cama. Un sinfín de súbitas emociones la golpeaban con fuerza. Se encontraba a muchos kilómetros de su hogar, con un hombre en su cama, y había perdido la virginidad. Sintió un intenso sofoco en las mejillas al recordar la noche, las extrañas y maravillosas sensaciones, la calidez de las caricias de Halcón. Sus pensamientos se oscurecieron. ¿Con qué nuevos apelativos la iba a sorprender hoy? Recordó cómo había respondido su cuerpo y el arrebato se intensificó aún más. Recreó la escena en su cabeza con una claridad cristalina, desde la violencia del comienzo, la suavidad que siguió y finalmente el furor de las sensaciones de hormigueo inmensamente placenteras. Él le había arrebatado algo muy valioso, pero le había dado algo a cambio. Admitió para sí misma que no podía reprocharle nada, fueran cuales fuesen las consecuencias. Sintió una pequeña punzada de dolor en el corazón cuando recordó el nombre que Halcón había pronunciado. Wishana. ¡Un nombre tan hermoso! Mandy'se volvió a preguntar quién podría ser esa mujer y la invadió otra oleada de aflicción. ¡Habría dado tanto para ser ella en quien


él pensara! Se recostó hacia un lado y por primera vez se sintió observada. Una sensación aterradora la carcomía. ¿Qué pensaba Halcón de ella? ¿Qué hirientes comentarios iba a hacer? Halcón podía leer con facilidad la expresión preocupada en sus encantadores ojos verdes. Alargó la mano y alzó el exquisito mentón, deseando poder tranquilizarla, aunque a la vez reticente al riesgo de las consecuencias a concederle un poder aún mayor al que ya tenía sobre él. Prefirió en cambio besarle el costado del cuello y mordisquear su oreja, como un pétalo de flor. A su mente vino un millar de frases reconfortantes, que no obstante rechazó sin concesiones. -No te preocupes tanto, pequeña -prefirió decir con un susurro-. Tarde o temprano tenía que pasar. Lamento que fuera de esta forma... pero al menos los dos pudimos disfrutar. Mandy se estremeció con sus caricias, pero las palabras no se correspondían con la ternura de su mano. ¿Cómo podía hablar con ese tono tan despreocupado? Ella esperaba reproches, desdén, insultos, pero nunca indiferencia. Y quizás eso era lo más devastador. -No pareces muy alarmado, para haber sido quien acaba de violar a la hija del gobernador -dijo con la esperanza de provocar una respuesta inmediata. De pronto se sentía utilizada, traicionada. -¡Violar! Reconozco que me tomé algunas libertades al principio -concedió


él-, pero dabá la impresión de que a ti te gustaba. Empezaba a enfadarse. Ya se sentía bastante culpable por haber seducido a la joven; más aún, por haber roto su palabra de honor. Pero una cosa era segura: ella lo había deseado tanto como él. La furia de Mandy se iba acumulando. ¡Cómo podía utilizarla de esa manera, y encima tratar de echarle la culpa a ella! Tiró de la sábana hacia arriba para cubrirse el pecho desnudo, pero Halcón sólo estaba tapado hasta la cintura, de forma que sus hombros musculosos y su pecho terso quedaban al descubierto. El deseo hizo estremecer a Mandy nuevamente, y se odió por su debilidad. -Yo era virgen -reprochó ella, dispuesta a hacérselo pagar-. ¿Qué diré a mi prometido en nuestra noche de bodas? Vio que el comentario lo estremeció, y ella se alegró de hacerle daño. Se alegró de ser capaz de provocar el mismo dolor agudo y amargo que ella sentía. Había hecho el amor con ella por error. Ahora tenía la certeza, aunque antes había tratado de negárselo. Estaba pensando en otra mujer. Wishana. Jamás olvidaría, ni perdonaría, ese nombre. Halcón hervía de cólera, que sentía como si fuera lava líquida, ante la sola mención de aquel hombre que ella había dejado atrás. ¡Qué ingenuo había sido la noche anterior al pensar que ella lo quería! En realidad lo estaba utilizando para


su propio placer, como hacía con los otros. Era virgen, de acuerdo. Pero por esa forma suya de responder, si no hubiera sido él, habría sido cualquier otro. Está bien, esta vez le tocaba a él. Maldiciendo entre dientes, quitó la sábana que se interponía entre los dos. Reclamó ferozmente la boca de Mandy con la suya y acarició sus pechos turgentes con brusquedad. Sintió cómo se le endurecían los tersos pezones en su mano. "El cuerpo la traiciona, pensó, aunque su cabeza diga que no." Mandy forcejeó todo lo que pudo. Esta vez no podía permitirse una debilidad más. Sin embargo, a pesar de su resistencia, estaba perdida. Los labios que la presionaban se volvieron suaves y cálidos, torturándola con la posesión que de ella llevaban a cabo. Las manos de Halcón recorrían todo su cuerpo, haciéndola temblar. Ella sabía que lo deseaba otra vez y sintió vergüenza y el dolor agudo de las lágrimas. Temía encontrarse con su mirada, por miedo al desdén que iba a encontrar. Un vistazo rápido reveló únicamente pasión, ¿o había algo más? Ahora él la trataba con ternura, haciéndola ascender de nuevo a las cimas del placer. Besó su cuello, sus hombros, después nuevamente la turgencia de sus senos. Mandy se olvidó de la vergüenza y comenzó a sentir un deseo apremiante. Hicieron el amor despacio hasta satisfacer plenamente las necesidades de ambos, hasta que el sol estuvo bien alto en el cielo. Después durmieron un rato.


Halcón se levantó de la cama donde había encontrado tanto placer mientras ella aún dormía. Él deseaba permanecer así para siempre, sin tener que afrontar la realidad del mundo exterior. Se vistió y salió con sigilo de la habitación, cerrando la puerta sin hacer ruido. Mandy despertó y vio que él se había marchado. Sabía que debía avergonzarse por lo que había hecho, pero todo lo que sentía era una sensual pereza y necesidad urgente de volver a tener a aquel hombretón en sus brazos. Pensó en el día que tenían delante. ¿Cómo aguantaría? ¿Estaría ella distinta? ¿Contaría Halcón a James lo sucedido entre los dos? Sus mejillas enrojecieron de sólo pensarlo. Salió de la cama y se puso una bata de seda. Esta noche llegarían a Sacramento. El momento tan esperado iba a llegar al fin... ¡ojalá pudiera retrasarlo! Llamaron a la puerta y tuvo que interrumpir sus pensamientos. Dos sirvientes traían una tina con agua caliente. Quizá la había pedido Halcón. Deseaba poder quitarse el temido dolor que llevaba dentro. -¡Halcón! ¿Dónde diablos te habías metido? -el rostro de James mostraba una expresión de sofoco y furia a medida que avanzaba por el vestíbulo-. La diligencia partió hace una hora. Perderemos el tren. El gobernador nos espera hoy. Se pondrá hecho una furia -sacudió la cabeza mientras


caminaba impaciente por la habitación. -No nos marchamos todavía -refunfuñó Halcón, con cierta brusquedad. Rehuía la mirada de James-. Acabo de mandar un cable al gobernador aclaró-. Nos espera mañana. -Me imagino la noche que has pasado. La complicidad le hizo sonreír y ahuyentar así algo de su enfado. Comenzó a hablar, pero la expresión en el rostro de Halcón le hizo callar. -No sigas, James -advirtió Halcón, sin poder aguantar las bromas de su amigo. Nunca había sabido mentir con naturalidad. -¿Está enterada Julia del cambio de planes? No quería molestarla hasta que no te encontrara a ti. Subieron la escalera. -Será mejor que le avisemos -respondió Halcón-. Ya me he encargado de las habitaciones. Mandy oyó que alguien golpeaba la puerta. El momento soñado había llegado. Tenía las maletas preparadas y llevaba puesto el vestido de muselina rosa, limpio y planchado para la ocasión. -Adelante -dijo, tratando de sonar lo más desenfadada posible. Se dio cuenta del ligero temblor de su voz. Se abrió la puerta y aparecieron los dos hombres en el umbral, James apuesto y con aspecto renovado y Halcón, que había vuelto a sus pantalones de ante y al aspecto rústico de siempre.


-Estoy lista -señaló cansinamente, rehuyendo la mirada de los dos hombres. -Ha habido un cambio de planes -Halcón entró en la habitación, levantó las maletas y las volvió a llevar a la cómoda-. No partimos hoy. -¿Qué? -en un momento tanto sus sueños más deseados como sus temores más profundos se hicieron realidad-. Pero... pensé que el gobernador... es decir, mi padre, nos estaba esperando. -Nos espera mañana -respondió Halcón secamente. -Hubo un imprevisto -añadió James. Además, ¿no quería conocer la ciudad? -Bueno, sí, pero yo... -Entonces mejor que mejor -continuó él con suavidad-. No sé qué os pasa a vosotros, pero yo me muero de hambre. Vamos a comer algo. Mandy apretó los dientes, forzó una sonrisa y salió de la habitación. Al principio la conversación fue terriblemente forzada. James no paraba de mirarla a ella y después a Halcón. Mandy enderezó los hombros y mantuvo la cabeza alta, dispuesta a no translucir lo que todo este asunto la perturbaba. James pidió una botella de vino; después de unos cuantos sorbos, Mandy comenzó a relajarse. Llegado este punto, pensaba, más le valía


aprovecharlo al máximo. Después de comer salieron a recorrer la ciudad. James señaló la mansión Mackay, el hogar del "Rey del Filón", John Mackay, y también "el castillo" construido por la compañía minera Gould and Curry. Las casas eran de un espléndido estilo victoriano y estaban decoradas con gran esmero. Los viajeros continuaron andando y pasaron por más tabernas de las que Mandy jamás había visto en un mismo lugar: Baño de sangre, La reina del delta, Washoe club, El dólar de plata, y otros nombres de igual triste fama. Pasaron por el Territorial Entreprise, famoso por ser el primer periódico del recién formado estado de Nevada y el primero en publicar a Mark Twain, por entonces ya legendario. -Mirad eso - señaló James-, junto a ese establo, en el extremo norte. -¿Qué demonios es eso? -preguntó Mandy. Una extraña bestia, de color pajizo, con una joroba en el lomo era guiada por un soldado de uniforme azul. -Es un dromedario - contestó Halcón con una sonrisa, contento al ver que Mandy parecía recuperar su osadía-. Un camello. Son unos de los animales con peor carácter que pueda encontrarse. No se acerque demasiado añadió con un brillo especial en los ojos-. Dicen que escupen a quienes no son de su agrado. -Se está burlando de mí -dijo ella.


-No, no bromea -aclaró James. En ese momento un desafortunado transeúnte provocó la demostración de las defensas del camello. Mandy estalló en una risa nerviosa. Intentó sofocarla tapándose la boca, pero no tuvo éxito. -Será mejor que volvamos al hotel -irrumpió Halcón-. Al-guien puede pensar que nos reímos de él, en lugar del camello. Y en esta ciudad esto puede resultar peligroso. Se volvieron, y se dirigieron hacia el hotel. El día resultó sumamente placentero para Mandy, a pesar de la nube de infelicidad que flotaba en su mente. Cenaron temprano y dieron la noche por concluida. Ella lanzó una discreta mirada hacia Halcón, pero su gesto era inescrutable. Suspirando para sus adentros y preguntándose qué podía estar pensando él, cerró la puerta de la habitación. Se desvistió con poca dificultad, se cepilló el pelo y se dispuso a meterse en la cama. Se deslizó entre las sábanas pero no pudo conciliar el sueño. Su mente seguía evocando los ardientes recuerdos de la noche anterior. Cambiaba de postura una y otra vez durante lo que parecieron largas horas. Entonces oyó el ruido inconfundible de la llave en la cerradura. ¡No podía ser él otra vez! El corazón se le disparó.


Halcón entró como si fuera su propia habitación, y, por un instante, a ella le gustó imaginarlo. -Buenas noches, pequeña - dijo, arrastrando su acento sureño-. Parece como si no estuvieras esperándome. -¡Es... esperándote! -tartamudeó ella-. ¡De todos los hombres engreídos que...! ¿Cómo te atreves a entrar en mi habitación? -¿No creerás que he montado todo este lío de perder el tren para nada, no? Se quitó la camisa de ante con toda naturalidad, y después se sentó en el sofá para desatarse los mocasines. -Pero Halcón, no esperarás que yo... yo... -Pensé que anoche me expliqué con claridad. Ahora ya no hay ningún impedimento que te aparte de mí. Se quitó los pantalones y se dirigió hacia ella sin recato alguno. Ella apartó la mirada y sintió cómo se le encendían las mejillas. -Halcón, ya sé que no me crees, pero yo no hago esto... Él le giró el rostro con la mano y la besó en la boca antes de que pudiera terminar la frase. Luchó por defenderse un momento contra su pecho, tratando de apartarlo antes de que fuera demasiado tarde. Él la sujetaba sin esfuerzo, le acarició los cabellos y recorrió su cuerpo con una mano hasta llegar a la cadera. Siguió hasta las nalgas y las abarcó con la palma de la mano, después enderezó su cuerpo hasta ponerlo a su altura, apartó su


camisa de algodón, sacándola por la cabeza, mientras se hacía lugar en el colchón. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Trató de resistirse con más firmeza sabiendo que pronto él tendría el control; en parte, así lo deseaba. Cuando la lengua de Halcón comenzó a explorar todos los rincones de su boca, ella soltó un suave gemido de queja. ¡Cómo lo deseaba! Él la besó apasionadamente, y ella le dejó comenzar su magia, que la transportaba a mundos desconocidos. Mandy perdió la noción del tiempo. El acto de amor, al principio ardiente y apremiante, con jadeos de pasión, la dejaba sin defensa alguna, pero a cambio le daba el valor de entregarse por completo. Poco a poco fueron relajándose. Entonces, la tomó otra vez. Lentamente, con languidez, alcanzaron un plano aún más elevado, hasta que finalmente saciaron su apetito. Ella se abandonó y quedó dormida con el firme brazo de Halcón rodeándola. Alguien aporreó la puerta con insistencia y ellos despertaron. Halcón miró la hora, maldijo entre dientes y salió de la cama. -¡Julia, despierta! -gritó James-. Esta vez vamos a tomar ese tren, con o sin Halcón. Mandy quiso desaparecer de la faz de la tierra. No había salida. No había forma de evitar que James se enterara de la verdad. Halcón le alcanzó su


camisa de algodón y él se puso los pantalones de ante. -Julia, ¿me oyes? Voy a entrar. -No te molestes -contestó Halcón con un gruñido-. Salimos ahora mismo. Percibió la avergonzada mirada de Mandy y no se perdonó haber sido tan estúpido. Al menos James era el tipo de amigo que podía comprender, o eso es lo que esperaba. Al cabo de una hora, ya estaban las maletas hechas y ellos listos para partir. James apenas habló con él, y Mandy se sonrojaba continuamente. ¿Cómo había dejado que esto sucediera? Subieron a la diligencia y salieron hacia Reno en silencio. En unas pocas horas llegarían a Sacramento. Entonces descubrirían su verdadera identidad. Se retorcía las manos con nerviosismo. ¿Qué haría el tío William? ¿Qué diría Halcón? ¿Qué pasaría con el dinero que él y James iban a perder? Podía imaginar la reacción de Halcón al haber sido engañado, sobre todo por una mujer. Se quejó para sus adentros y volvió a mirar por la ventana de la diligencia. Llegaron a Reno, que resultó ser tan sólo una agrupación de edifi-cios de madera establecidos por el Ferrocarril Central Pacific en su loca carrera hacia la costa oriental del continente. Por su parte, la compañía Union Pacific avanzaba hacia el oeste del país a una velocidad igualmente


vertiginosa; si los planes no fallaban, las dos líneas se unirían finalmente en algún punto del territorio. Las vías que cruzaban las sierras llevaban abiertas tan sólo unos meses. Los viajeros subieron al tren en profundo silencio. El vagón era elegante y cómodo, pero era el paisaje lo que llamaba su atención. Mandy se sobrecogió a medida que el tren comenzaba su largo ascenso, avanzando sinuosamente por las montañas cubiertas de pinos. Cruzaron largos y frágiles puentes sobre profundos cañones y pasaron por curvas que dejaban ver verdaderos acantilados, a cientos de metros de profundidad. No era un viaje para pusilánimes. Mandy se acordó de las noveluchas que había leído. En su peligroso viaje hacia el oeste, había vivido aventuras mucho más intensas que lo que había leído nunca. Jamás se iba a arrepentir de lo que estaba haciendo. Transcurrió otra hora de un tirante silencio. Halcón se levantó para hablar con un conocido que había en otro vagón. -¿Quieres contarme algo? -se ofreció James en cuanto su amigo se alejó lo bastante. Mandy miró por la ventana, con expresión de vergüenza. -En realidad prefiero callar, si no te molesta. -Quiero que sepas que aun siendo mi amigo, estaría dispuesto a dejarle el ojo morado si es que...


-¡No! -Como quieras. James dio un suspiro de resignación y se recostó en el asiento tapizado. Veía que la chica estaba dolida, pero probablemente él no podía hacer nada. No podía creer que Halcón hubiera roto su promesa. Era un hombre de honor, un hombre por el que se podía apostar la vida. Esta mujer debe ser algo muy importante para él, aunque no estuviera dispuesto a reconocerlo. 21 A pesar del tumulto que reinaba por el descenso de los pasajeros, el traqueteo de las carretas portaequipajes y el griterío de los mozos de la estación, Mandy avistó el elegante carruaje negro del gobernador. El cochero cargó las maletas y, atravesando la ciudad, se dirigió a la mansión del gobernador. Cada vez más nerviosa, Mandy retorcía en sus manos el pañuelo que tenía sobre el regazo. Un ligero brillo de transpiración le humedecía el pelo en las sienes y la nuca. Deseaba tener el valor de poder decir la verdad a sus dos acompañantes antes de llegar. Debía haberlo hecho en el tren, pero le había faltado valor; ahora desde luego no era el momento. En lugar de ello, decidió concentrarse en el bullicio de la ciudad de Sacramento. Durante el trayecto, de calles adoquinadas, pasaron por el


Dingley's Spice Mill, por la oficina central de la Central Pacific Western que, según señaló James, estaba en manos de Leland Stanford, C. P Huntington, Charles Crocker y Mark Hopkins, los cuatro grandes magnates. Los edificios eran en su mayor parte de ladrillo, y se extendían a lo largo de varias manzanas hasta el río. La gente era una extraña mezcla de rufianes con pantalones de ante y sombreros de ala ancha, buscadores de oro con pantalones de dril y camisas escocesas de franela, y damas y caballeros vestidos con elegancia. Las sombrillas rosas y los bombines negros se alternaban con sombreros de fieltro pardusco y gorros de tejido rayado terminados en borlas. Mandy se olvidó de sus preocupaciones y dejó que sus sentidos absorbieran todo el vivaz colorido de la ciudad. El ruido de los cascos de los caballos acallaba el murmullo de sus oídos. Al llegar a un pequeño desvío, el carruaje tomó por una calle lateral. -¿Pero qué es esto? -dijo Mandy sorprendida al ver el barullo que había a ambos lados de la calle. -Siguen trabajando, como puedes comprobar -contestó James-. Apuesto a que pensabas que ya todo estaba terminado. -Sí... sí, eso pensaba. Mandy miró alrededor. La mayoría de los edificios se alzaban sobre pilotes, y el espacio que quedaba en medio quedaba cubierto de tierra. Algunos


edificios de tres plantas habían sido transformados en edificios de dos plantas, cubriendo de tierra la planta baja. Al parecer, en un principio la ciudad se había construido al nivel del río. A causa de las inundaciones, la población se vio forzada a elevar toda la ciudad alrededor de tres metros y medio. El carruaje descendió a una zona de la ciudad que aún no estaba levantada. Había partes en que la acera de tablones terminaban abruptamente a unos tres metros por encima del suelo. -No me gustaría nada tener que caminar por estas calles en una noche oscura -comentó con cierta ironía-. Una caída desde estos tablones podría ser mortal. Halcón sonrió por primera vez en todo el día. A más de un borracho le ha pasado. Su mirada se detuvo largo rato en el rostro de Mandy y ella se preguntó si la seguiría mirando así después de descubrir su verdadera identidad. Al poco tiempo llegaron a la mansión. Un joven y solícito sirviente chino los recibió con gran formalidad en la puerta de entrada. -Buenas taldes, señol Langley, señol Long -miró a Mandy con gesto adusto. Señorita -parecía bastante confundido-. Su señolía, el gobelnador, tuvo que salir a una leunión de negocios. Manda sus ex-cusas y dice que les


lecibilá en dos horas. Miró a los hombres. -Hay una habitación dispuesta para vosotros en la planta de aliba, si desean descansal un poco. Al ver sus sucios atuendos, arrugó la nariz. -Creo que será mejor que vayamos al hotel. Volveremos a las seis -contestó James por los dos. -¿Me pelmite enseñarle su habitación, señolita? -preguntó el chino. Mandy esperaba que en cualquier momento delatara su identidad, pero él no dijo nada. -Gracias -respondió ella. Pensó en decirles la verdad pero, viendo el adusto perfil de Halcón, decidió esperar. Se pondría en manos del destino. -Señorita Ashton. Halcón hizo un pequeño ademán con la cabeza, después volvió a cubrirse con su sombrero de ala ancha y retrocedió para salir de la habitación con una expresión indescifrable. -Julia -James le lanzó una mirada meditativa-, nos vemos a las seis. -Sí... -susurró ella. Mandy vio irse a los dos hombres, después siguió al joven chino y subió la


escalinata. -¿Qué piensas hacer con respecto a Julia? -se atrevió a preguntar James ya en el coche cuando se dirigían al hotel. -No hay mucho que pueda hacer, si es que tanto te importa -replicó Halcón con acritud-. Si el gobernador está tan dispuesto a pagar seis meses de salario para evitar que se case con un maldito oficial del ejército, ¿cuánto crees que puede pagar por mantenerla lejos de mí? James asintió con la cabeza. -Bueno, al menos parece que tú no has sido el primero. James hizo el comentario sin rodeos. Sin embargo, Halcón sabía que su amigo buscaba alguna razón por su deshonrosa conducta. Halcón miró a James fija e intencionadamente mientras el carruaje rodaba por la calle principal de la ciudad. -Por desgracia... fui el primero -dijo en su afán de que James no pensara mal de ella y sin terminar de entender por qué esto le importaba. -¿Qué? ¡Tú sedujiste...! ¿Ella era inocente...?¿Cómo pudiste romper tu palabra de honor? -Me temo que ni yo mismo sé la respuesta -contestó con tranquilidad. James apartó la mirada, y decidió no insistir. Tenía la seguridad de que su amigo debía estar sintiéndose ya bastante culpable. No hacía falta que él añadiera aún más desazón a la que lo embargaba.


Llegaron al hotel y pidieron al cochero que fuera a buscarlos un poco antes de las seis. Los dos tenían por delante una noche muy dura. -Su habitación, señolita Julia -dijo el criado chino en un tono ligeramente sarcástico. Era evidente que sabía que ella no era la verdadera Julia; Mandy volvió a preguntarse por qué no la había delatado antes. Llegó a la conclusión de que le preocupaba más mantener su posición en la casa. Él acomodó sus maletas y salió al vestíbulo. La mansión era parecida a las que había visto en Virginia, de estilo victoriano y con todo lujo de detalles. -Bessy subilá enseguida a ayudarla a cambialse -añadió antes de bajar. Bessy, según pudo comprobar, era la doncella personal de Julia, una mujer negra y corpulenta, de huesos marcados y boca prominente, cálida sonrisa y dientes blancos y resplandecientes. -¡Por todo los santos, jovencita, usted no es la señorita Julia! Mandy se tapó los labios con un dedo. Bessy estalló en una risotada, después contempló el aspecto de Mandy. -¿Y esos hombres creen acaso que usted es mi pequeña Julia? Mandy asintió con la cabeza. Bessy volvió a soltar una carcajada.


-Usted debe ser su prima Samantha. Hace años que oigo hablar de usted. Sabía que mi pequeña tramaría algo para burlar los planes del señor gobernador. Los rollizos mofletes bajo sus ojos brillantes se agitaban por la risa y la aprobación a medida que iba comprendiendo la maquinación. Al menos, parecía que Mandy iba a tener una aliada en la casa. -Dios Santo, me parece que su señoría, el gobernador, se va a enfadar de verdad cuando se entere de lo que usted y la señorita Julia han hecho Bessy sonrió con pesar-. ¿Y la señorita Julia, ya está casada con ese teniente? -Bueno, no estoy segura, pero supongo que sí, a estas alturas. ¿Cómo es que sabe tanto de todo esto? -En esta casa no hay secretos en lo que se refiere a Julia. El gobernador se volvió loco de ira cuando leyó esa carta de Julia en la que hablaba de su pretendiente. Conozco bien a la señorita; ya llevo muchos años con ella. Si dice que ha encontrado al hombre de su vida, sé que al menos será una buena persona. Puede que haya sido una criatura alocada, pero nunca fue tonta. Viéndola a usted aquí ahora, me convenzo aún más. Me alegro de que la haya apoyado, señorita Samantha. -Sé que va a ser feliz con Jason -dijo ella con afán de tranquilizarla. Al pensar en Julia y su nuevo esposo, Mandy advirtió una pequeña


punzada en el corazón. La imagen de un hombre alto, con pantalones de ante, salió a flote pero luchó por volver a enterrarla y volvió a prestar atención a Bessy, que estaba abriendo la maleta. -No sé si podré quedarme, Bessy. Cuando el gobernador se entere de que yo... Dejó que la frase se desvaneciera, sintiéndose algo intranquila. -No sea tonta, jovencita. El gobernador enloquecerá, claro, pero lo que nunca va a hacer es dejarla en la calle. Usted es parte de su familia, querida niña, y el gobernador es un hombre poderoso y solitario. A Mandy le reconfortaron aquellas palabras. Ansiaba pasar algún tiempo con su tío, intentar convencerle de que tanto ella como Julia habían hecho lo correcto. Bessy encargó en la cocina que le subieran una tina, después hizo que Mandy eligiera uno de los tantos vestidos de Julia. Bessy se puso a trabajar en él de inmediato, acortándolo un poco y ajustando unos centímetros la cintura. Las dos horas de espera pasaron volando con la charla animada de Bessy, que la ponía al día con los últimos chismorreos, mientras a la vez escuchaba interesada el resto del relato de Mandy. Como es natural, Mandy tuvo mucho cuidado de no mencionar su relación con Travis Langley. Sin darse cuenta de la hora, de pronto oyó unas voces masculinas en el


vestíbulo. Halcón y james estaban de vuelta. El momento tan temido había llegado. Mandy permaneció arriba, observando la escena. -Señor gobernador. James extendió la mano. Se había bañado y afeitado y llevaba un traje negro, pulcro y bien entallado. -James, Travis, adelante. Pasad. El gobernador les estrechó la mano y los recibió en el vestíbulo, de espaldas a la escalera. Halcón permaneció en la entrada. Tenía un aspecto elegante con sus pantalones de montar marrón oscuro y una chaqueta color café con leche. Dijo las formalidades de rigor, y después dirigió la mirada hacia el piso de arriba. Mandy apenas podía mantenerle la mirada. Halcón sintió un arrebato de deseo. Por la escalera descendía, con un vestido de satén rosa, la mujer más hermosa que había visto en su vida. Tenía el pelo castaño y tupido, recogido en un sofisticado peinado que mostraba la nuca, y el vestido tenía un generoso escote. Minúsculas gotas de transpiración comenzaron a acumulársele en la frente. Siguiendo la mirada de Halcón, el gobernador se volvió para mirar a la mujer que suponía su hija. Parpadeó una y otra vez, con la duda de no estar


enfocando bien. No se le podía negar un cierto aire de familia, pero desde luego aquella mujer no era su hija. ¿Quién era, entonces? ¿De qué error se trataba? De pronto un rayo de comprensión le iluminó la mente. ¡No es posible! ¡Cómo ha podido atreverse! Los oídos le martilleaban, y su rabia era tan grande que pensó que le iba a hervir la sangre. Por encima de la camisa, el cuello, sofocado, enrojecía por momentos y los ojos se le fueron estrechando hasta llegar a ser dos pequeñas rendijas. El corazón de Mandy latió con fuerza. La expresión colérica del tío William era inconfundible. Hasta pensó que podía golpearla. Cuando su pie alcanzó el último escalón, buscó el brazo de Halcón para apoyarse. Percibía la fuerza que le daba. Se apoyó en él para recibir la mirada furiosa de su tío. -Tío William -dijo, rompiendo lo que parecía un silencio eterno. Él no contestó. Permaneció con su expresión altiva y sofocada. Cerró los ojos e intentó calmarse. Entonces, y de forma repentina, comenzó a reír. Al principio entre dientes, después la risa se fue intensificando hasta llegar a convertirse en una verdadera carcajada. Halcón y James se quedaron inmóviles, tratando de comprender la escena. Ninguno de los dos entendía la extraña reacción del gobernador. Finalmente, recobrando el tono normal de su rostro, el gobernador se


volvió hacia ellos. -Está bien, caballeros -dijo secándose las lágrimas de los ojos-. Os agradezco la compañía que habéis brindado a mi sobrina en su viaje a Sacramento. No hemos tenido la oportunidad de vernos en lo últimos años. Estoy seguro de que tenemos muchas cosas que contarnos -de nuevo estalló en carcajadas, esta vez a expensas de los dos hombres. -¿Cómo que... su sobrina? -preguntó Halcón, percibiendo la furia que comenzaba a dominarlo. Se le enrojeció el cuello mientras clavaba la mirada en los ojos de la chica. -Permitidme presentaros a mi sobrina... la señorita Samantha Ashton. La hija de mi hermano. La prima de mi hija. Su expresión mostraba cierto regocijo al ver el desconcierto de los dos hombres. Mandy observó a Halcón atentamente. -Usted es Samantha Ashton. Pronunció cada palabra por separado, fulminándola con la mirada. -Usted no es Julia Ashton. Tenía tensa la mandíbula y ella sabía que estaba haciendo verdaderos esfuerzos por controlar su genio. -¿Es usted la joven que conocí hace dos años? Ella asintió tímidamente con la cabeza.


Se irguió cuan alto era, como si hubiese crecido varios centímetros, con ojos tan ensombrecidos que parecían dos huecos negros. -Dejó que la lleváramos más de dos mil kilómetros por territorios de lo más hostiles creyendo que era usted Julia. Nos ha costado seis meses de sueldo. ¿Qué demonios...? -No hay de qué preocuparse, caballeros. Recibiréis todo el dinero. No es culpa vuestra que mi hija y mi sobrina hayan sido más listas que todos nosotros. Además, pienso recuperar esa cantidad de su retribución, tanto de la de mi hija como de la de mi sobrina -señaló, lan-zando a Mandy una mirada severa. James permaneció inmóvil. En sus labios comenzó a esbozarse un intento de sonrisa. -Lo siento, señor-dijo Halcón -. No podemos aceptar el dinero. El control de la furia reprimida estremeció a Mandy. James le lanzó una mirada torva, pero Halcón hizo caso omiso. -El trato era traer a su hija a casa -apuntó Halcón-, y nosotros no lo cumplimos. Saldremos para Fort Laramie mañana por la mañana. Esta vez no lo defraudaremos. Dicho esto, adquirió la suficiente confianza como para mirar a Mandy. Estaba pálida y compungida, y el aspecto altivo y majestuoso de minutos


antes había desaparecido de su semblante. En ese momento comprendió por primera vez que, después de todo, no había roto su palabra de honor. Una oleada de alivio se apoderó de él. Si bien era un consuelo, sabía que de todas formas la habría roto por ella. Él la observó, mientras ella se esforzaba para mantener la compostura. Debería haberse dado cuenta, haber percibido de una forma u otra semejante engaño. La furia que lo consumía surgió con mayor intensidad. Había dejado que una mujer, no, una chiquilla, se burlara de él. -No será necesario, caballeros -decía el gobernador-. Por lo que sé de Samantha, no es capaz de haberse metido en esto tan a la ligera -miró a su sobrina buscando que confirmara sus palabras. -No, tío William, es cierto. Si me permitís, os daré una explicación. Mandy dirigió la mirada hacia Halcón, con la esperanza de advertir algún atisbo de compasión en su mirada. No vio ninguno. Lo que hubiera sucedido con él, si es que llegó a haber algo, ahora estaba perdido y su corazón sintió una amargura que no había experimentado en toda su vida. -Creo que me encantará escuchar lo que mi sobrina tiene que decir. En otro momento arreglaremos el asunto de su paga. Ahora, será mejor para todos que Samantha y yo conversemos un rato. Con cierto resentimiento, Halcón ofreció la mano al gobernador y lanzó una dura mirada a Mandy. James se despidió adecuadamente y los dos


hombres se marcharon. Mandy y el gobernador se retiraron al despacho. Ella se sentía sumamente angustiada, aunque la tranquilizaba la buena disposición del gobernador a escucharla. Ya empezaba a echar de menos al hombretón y se enfadó consigo misma al pensar cuánto se había acostumbrado a su presencia. Los dos hombres avanzaron hacia el coche que esperaba en la puerta. Los pasos de Halcón eran verdaderas zancadas, mientras James meditaba sobre los acontecimientos. Sin poder evitarlo, empezó a sonreír, al poco se le escapó una ligera risa, y por último estalló en fuertes risotadas. -¿Me puedes decir qué es lo que encuentras tan gracioso? -preguntó Halcón-. ¡La chica se ha burlado de nosotros, nos ha hecho perder seis meses de salario, y a ti te parece divertido! A duras penas James pudo articular una respuesta. -Uno cree que empieza a conocer a alguien y después resulta ser que no tiene ni la menor idea de quién es. Halcón hablaba con una hostilidad que no dejaba traslucir la emoción más profunda que escondía. James pensó que sería mejor guardarse la risa para otro momento. La chica tenía agallas. Eso había que reconocerlo. Por desgracia, el resultado de todo este asunto había perjudicado a los dos. Bueno, esperaba que al menos la hija del gobernador fuera feliz. Quizás había alguien que pudiese


salir favorecido. 22 Al día siguiente, el gobernador mandó un telegrama a Fort Laramie en el que informaba sobre el paradero de Samantha. Por la respuesta que recibió, supo que el padre de Samantha se encontraba aún de servicio en Fort Sedgewick. La artimaña de Samantha aún no había sido descubierta; su padre, aunque disgustado por el viaje "de visita a la tía Adelaida", no dudaba sobre la seguridad de su hija. Jamás imaginó que pudiera irse a California en lugar de su prima. El tío William escuchó el relato de Mandy sobre el prometido de Julia, o más que probable marido. A pesar de no estar del todo convencido, aceptó conocerlo y escuchar lo que su hija tuviera que decir antes de tomar medidas. El tío William había echado de menos a Julia más de lo que en principio había imaginado. Tener a Samantha en casa, le confesó, llenaba un gran vacío. La convenció de que se quedara con él todo el invierno, prometiéndole llevarla a ver los alrededores y hasta sobornándola con un viaje a San Francisco. Ella aceptó con entusiasmo, pero sólo con la condición de que el tío William le buscara algún quehacer con el que pudiera pagarse su manutención. Había venido al Oeste para vivir su propia vida. Quería empezar lo antes posible. Farfullando una respuesta


acerca de enmendar los problemas que había causado, él aceptó. A pesar del entusiasmo que sentía, no podía apartar sus pensamientos de Halcón. Seguía manteniendo la esperanza de tener una oportunidad para hablar con él, o al menos con James, pero por el momento, no se le había presentado. Los últimos días de aquella semana, Mandy apenas podía soportar la tensión. Tenía que hablar con Halcón, tratar de explicarle lo sucedido, por qué lo había hecho. No tenía idea de cómo encontrarlo, pero sabía que su tío sí. Decidió preguntar al tío William en cuanto se levantara por la mañana. Tendría que pensar alguna excusa; se convenció de que ya se le ocurriría algo. Al día siguiente el tío William le brindó la oportunidad perfecta. -Samantha, estás encantadora esta mañana -la elogió el gobernador. Había insistido en que se arreglara todos los vestidos de Julia que quisiera, convencido de que Julia renovaría su vestuario si algún día volvía a Sacramento. -,Yo? Gracias, tío William. Después de todo el trastorno que su prima Julia le había causado, al menos ahora podía disfrutar con libertad de su guardarropa. Se alisó la falda de batista de un suave tono azul mientras él se sentaba a desayunar con ella. La habitación era alegre y con mucha luz. Wong Sun, el criado, les sirvió


café solo, espeso, cuyo aroma le traía a la memoria una hoguera y un hombre corpulento de pelo color arena. -Tengo una sorpresa para ti, querida -informó el gobernador interrumpiendo sus pensamientos-. Mucho antes de tu llegada, yo había planeado dar un baile de bienvenida en honor de Julia. Sería una verdadera lástima cancelarlo, así que he decidido celebra-lo ahora en tu honor. De esta forma, tendré la oportunidad de presentarte en sociedad. Mandy sonrió encantada. ¡Un baile! Y en la casa del gobernador. La idea era maravillosa. Se sonrojó de felicidad tanto por el gesto de perdón de su tío como por la noticia del baile. Si, además, pudiese ir con Halcón, resultaría la velada perfecta. -¡Tío William! ¡Será maravilloso! ¿Crees que podríamos invitar a James y a... Travis? -Claro, querida, si es que te atrae la idea. Ahora, si me excusas, tengo deberes que cumplir. Mandy se hallaba en estado de éxtasis. No sólo iba a tener oportunidad de hablar con Halcón, sino que encima iba asistir a un baile. Mientras terminaba el desayuno, ensayaba lo que iba a decir a Halcón, descartando una idea tras otra. Halcón, lo siento, te mentí pero tuve que hacerlo. Suspiró y sacudió la cabeza. Halcón, Julia encontró al hombre que ama y...


Eso tampoco funcionaría. Bueno, ya se le ocurriría algo. Apartó la silla, se puso de pie y corrió a su habitación con la intención de encontrar algo en el armario de Julia para lucirse en el baile. Quería estar lo más hermosa posible. Por fin llegó la noche tan soñada. Bessy la ayudó a elegir un vestido blanco de organdí, con diminutas perlas como todo ornamento. Aseguró que era la combinación perfecta con su oscura melena y su blanca piel. Eso esperaba Mandy. Halcón iba a estar allí y ella estaba decidida a hablar con él. La casa rebosaba de flores de aroma dulzón escogidas para la ocasión. El clima era tan agradable que ya había profusión de ellas, a pesar de las tardías fechas del año. En la sala, una enorme ponchera de cristal estaba en el centro de la mesa, y los músicos comenzaron a tocar. Mandy oía las melodías cadenciosas que iban llenando la habitación y se confundían con el bullicio de las voces. Ella descendió la escalinata media hora más tarde, siguiendo los consejos del gobernador, que había insistido en que ésa era la costumbre; todas las conversaciones se redujeron a un murmullo cuando Mandy bajó del brazo de su tío. Él estaba radiante en su compañía; le presentó a tantos jóvenes que Mandy creyó que iba a perder la cabeza. Mandy lo miraba mientras él la guiaba al compás de un vals. El gobernador disfrutaba inmensamente. Aquélla era una de las contadas


ocasiones puramente placenteras que se había permitido desde el fallecimiento de su esposa. Admirando la hermosura de Samantha, y pensando en Julia, sintió un golpe de arrepentimiento por no haber dedicado más tiempo a su hija. Empezaba a ver con dolorosa claridad que gran parte de la conducta escandalosa de su hija se debía a su falta de atención. Ya había decidido dar su aprobación al casamiento con aquel joven oficial del ejército. Ahora sólo pensaba en recuperar el tiempo perdido de una manera u otra. En cuanto a Samantha, la velada transcurría espléndidamente. Ella era el centro de atención por primera vez en su vida; mientras daba vueltas y más vueltas en brazos de sucesivos galanes apuestos, sus pensamientos se centraban en Halcón. Tanto él como James habían aceptado la invitación del gobernador, pero hasta ese momento ninguno había llegado. Temió que Halcón la odiara tanto que no soportara estar en la misma habitación que ella. Tocaron otro vals y ella se deslizó en brazos de Mark Denton, un joven muy vivaz cuyo encuentro había sido dispuesto por el gobernador con especial interés. Sin embargo, los ojos de Mandy seguían yendo hacia la puerta. "Señor, haz que venga", pensaba Mandy. Volviendo la mirada hacia los ojos celestes de Mark Denton, encontró en su


lugar una penetrante mirada de un intenso color castaño. -¿Me permite? -irrumpió Halcón con atrevimiento, dejando a Denton poca posibilidad de réplica. El hombre corpulento se apresuró a hacerse lugar sin volver la vista atrás. A Mandy se le disparó el corazón. Se ruborizó de golpe y se sintió aturdida. ¿Por qué su presencia le afectaba de esa forma? -¿Te estás divirtiendo, Sam? -dijo arrastrando las palabras. El roce de la mano de Halcón en la espalda de Mandy provocaba en ella escalofríos que recorrían todo su cuerpo. -Sí... sí, me divierto. De pronto la invadió una gran timidez. Le gustaba el sonido del nombre que había elegido para ella. Halcón llevaba el traje negro tan elegante que se había puesto en Virginia. Sus mejillas se sonrojaron al rememorar los ardientes recuerdos de aquella noche. -¿Y tú? -se decidió a preguntar forzando un cruce de miradas. -Ahora sí. Su tono meloso lo decía todo; ella advirtió el pulso en las sienes. -¡Deseaba tanto verte! -dijo, con la esperanza de que su frase no sonara demasiado atrevida. Él arqueó una ceja. -Yo también, pequeña.


Sus palabras le provocaron un placer embriagador. Halcón la sujetaba tan cerca de sí que Mandy rozó los músculos firmes de sus piernas. Terminaron el vals y bailaron el que vino a continuación. Sintiéndose aún un poco aturdida, Mandy sugirió salir a la terraza a respirar aire fresco. Sería el lugar ideal para la conversación que tenía en mente. -El gusto es mío, milady -bromeó mientras salían por la puerta que daba a la terraza. Llegaron a un rincón tranquilo, y ella tartamudeó ligeramente intentando abordar el tema. -Halcón... hay... hay algo que quiero decirte desde hace tiempo... es acerca de Julia... y nuestro viaje. El rostro de Halcón se puso tenso. Ella advirtió cómo empezaba a endurecerse el músculo de la mandíbula y de inmediato se arrepintió de haber comenzado esta conversación. ¿Por qué no podía haber dejado las cosas como estaban? La tensión se apoderó de ella. No había marcha atrás. -Quiero explicarte que... -Nada de lo que tengas que decir de tu traición o tus mentiras me interesa. -Por favor, Halcón, tú no lo comprendes. Tuve que hacerlo. Yo sólo... Él la interrumpió. -Hay algo tuyo que sí me interesa.


Le sostuvo la mirada un instante, entonces se acercó más y la envolvió en sus brazos. Con un posesivo abrazo, la apretó contra su cuerpo y cubrió los labios de ella con los suyos. Las placenteras sensaciones que sintió a continuación la hicieron olvidar sus rudas palabras. Se encontraba de nuevo en la cama mullida, en Virginia, y su cuerpo se estremecía de deseo. Enloquecía al pensar que él pudiese despertar sus pasiones con tal facilidad. Forcejeó con él y apartó los labios. -¿Qué te propones, si puede saberse? -preguntó Mandy con voz temblorosa. Él la soltó con resignación, tratando de mantener cierta apariencia de decoro. En sus ojos había una chispa de arrepentimiento. -Hay algo que yo también quería decirte. Hizo una pausa. Sus ojos recorrieron el cuerpo de Mandy. Se detuvieron largo rato en la curva de sus pechos. -Ahora que los dos sabemos que tú no eres la hija del gobernador, no hay razón para que neguemos nuestra relación. Su tono era desenfadado, muy directo. -Al parecer, el fallecimiento de mi amigo Thomas Rutherford me ha convertido en un hombre bastante rico. Voy a pasar largas temporadas en


Sacramento. Te pondré una casa cómoda, podrás comprar buena ropa, todo lo que necesites. Lo único que pido a cambio es tu disposición cuando yo esté en la ciudad. Procederemos con total discreción. Como es natural, espero que no veas a otros hombres en mi ausencia, ni siquiera a Mark Denton. Mandy no consiguió reaccionar. Se sentía incapaz de detener su humillante monólogo. Lo miró fijamente a los ojos, ruborizada y furiosa, y luchando para que no aflorasen las lágrimas a sus ojos. -Sal de mi lado ahora mismo -dijo con un susurro apenas audible-. Déjame en paz. No te atrevas a acercarte nunca más. Su voz salió entrecortada por la irritación y el desconsuelo. Entonces fue Halcón quien se quedó atónito. Había visto en sus verdes ojos la explosión de ira, o también oscurecerse de tristeza, pero jamás esa furia absoluta, mezclada con amargo desencanto que ahora invadía su mirada. Por un instante, lamentó sus palabras. Pero, ¿qué esperaba? Le había mentido, se había burlado de él de todas las formas posibles. Era el hazmerreír de toda la ciudad. No podía volver a confiar en ella nunca más. Su proposición les hubiera permitido disfrutar al menos físicamente el uno del otro. Respiró profundamente. Quizá fuera mejor así. Incluso como amante podía causarle problemas. Mandy se había alejado de su lado, la mirada perdida en la noche oscura. Una lágrima se derramaba por su mejilla y brillaba a la


luz de la luna. La urgencia por reconfortarla era una lucha en su interior. Un dolor agudo le quebró el corazón mientras se alejaba con paso firme del porche. Mandy oyó el eco de sus pisadas desvaneciéndose a lo lejos. Descendió apresuradamente por la escalera de la terraza hacia el jardín, donde nadie pudiera ver sus lágrimas. Sollozó hasta que unos brazos cálidos, familiares, la rodearon. Se abrazó a James con fuerza, como si fuera el único capaz de rescatarla de su ahogo. -No llores, Jul... digo, Samantha -la consoló-. Se supone que ésta es tu noche. No dejes que él te la arruine. -¿Estás enterado? -Me lo imagino perfectamente. ¿Qué te dijo? -Me pidió que fuera su amante. Rompió a llorar de nuevo. James sonrió y arqueó una ceja. -Debo reconocer que eso no lo esperaba. Mandy cesó su llanto y miró al apuesto hombre. -Está claro que él te quiere, Samantha. Halcón jamás ha propuesto a nadie nada que se asemeje a un compromiso por su parte. Lo que sucede es que... bueno, cree que te has burlado de él.


-Tenía que hacerlo, James. Era la única oportunidad que tenía Julia. Ella ama a Jason con toda su alma. Tenía que ayudarla... Pero tampoco voy a mentirte, James. También lo hice por mí misma. Mi vida era muy triste en el fuerte. No puedo explicarte cómo deseaba salir de allí. Ésta era mi oportunidad de ser libre, de vivir mi propia vida. James le dio unas palmadas cariñosas en el hombro. -Nunca me podrá perdonar, ¿verdad, James? Hablaba con resignación, las mejillas húmedas por las lágrimas. James respiró hondo. -Probablemente no. Es muy orgulloso, Samantha, y no perdona con facilidad. -Al menos hice lo que tenía que hacer. Sé que Julia es feliz y no me arrepiento de nada. -¿Y tú, Samantha? ¿Qué hay de tu felicidad? -Yo también quiero serlo, James. Ahora no sé si lo voy a conseguir. James suspiró. La miró y le tomó la barbilla. Ya ves, deberías haberte enamorado de mí. Mandy sonrió con timidez, enderezó los hombros y aceptó el pañuelo que le ofrecía James para secarse las lágrimas. -No permitiré que me haga llorar nunca más.


Entraron en la sala y aceptó bailar con él. Veía a Halcón junto a la puerta, pasando el rato despreocupadamente con una esbelta morena que permanecía atenta a todo. o que decía. ¡Está bien, le iba a demostrar quién era ella! Se esforzó por sonreír, terminó de bailar con James y después empezó a bailar con los demás. Era como si los hombres aguardaran en fila su turno. Gracias a Julia, ahora había aprendido a darles justo lo que esperaban. El resto de la velada fue una nebulosa. Halcón se marchó con la morena, y Mandy pudo al fin escaparse con la excusa de un dolor de cabeza. Creyó que la pesadilla terminaría en Sacramento. Ahora se daba cuenta de que no había hecho más que empezar. -Travis, ¿hay algún lugar donde podamos ir? -preguntó con una sonrisa tonta la acaudalada viuda, Doreen Simmons, tomándolo del brazo. -Creo que ya me he divertido bastante por esta noche -se oyó decir a sí mismo, sin poder creer que estaba rechazando la proposición. No se detuvo a cuestionárselo. La ayudó a subir al carruaje que había alquilado y, conduciendo los caballos, la llevó a su casa. El esposo de Doreen había fallecido el año anterior y la atractiva viuda estaba al acecho. Sonrió para sus adentros. Si le hubiera hecho a ella la proposición que había hecho a Sam, no habría duda de la respuesta. Acompañó a la dama a la puerta de su


mansión georgiana, la despidió con premura y después volvió al carruaje. En la mente se amontonaban las imágenes de una joven menuda deslizándose en nubes de organdí. 23 Las semanas siguientes fueron una vorágine de actividades. El gobernador propuso un trabajo a Mandy: consistía en ayudarle a examinar las facturas antes de la asamblea legislativa. A Mandy le agradaba el trabajo. Leyó todo lo que pudo en los libros que tenía el gobernador y tomaba extensos apuntes. En las fiestas escuchaba los rumores que corrían y todo tipo de información que pudiera ayudar a su tío en cualquier decisión. El gobernador estaba satisfecho con el trabajo que ella hacía. Cuando un día calificó su perspicacia de un valor inestimable, ella resplandeció de alegría. Mark Denton ya era parte integrante de la casa. Era alto, apuesto, lo que se decía un buen partido. El tío William lo elogiaba continuamente y le informó acerca del prominente origen de su familia, de gran relieve social, y de su floreciente estudio jurídico. Mark, por su parte, se mostraba siempre atento y amable. ¿Por qué no podía enamorarse de él? Ella se daba cuenta de que él se estaba enamorando, pero era Halcón la única persona que ocupaba su cabeza. Empezaba a pensar en él con el nombre de Travis. Vestido con ropa de ciudad en lugar de sus pantalones de ante, era difícil creer que se trataba del mismo hombre rústico de las llanuras. Llegó el sábado y se celebró otra fiesta, esta vez una cena formal en la


residencia del juez Edwin Crocker. Mark era su acompañante. Llegaron a la mansión de tres plantas donde habían acudido otros varios invitados. Mark la ayudó a descender del carruaje, asegurándose de que el vestido de satén azul que lucía sorteara los charcos de lluvia de la noche anterior. Hacía fresco, el claroscuro del cielo amenazaba lluvia. Ella llevaba una capa que la protegía de la fría temperatura. Mandy hundió la cabeza en la capucha adornada con piel de castor. Bajo el chal, los hombros quedaban expuestos y la cintura iba estrechándose gradualmente, acentuando así las curvas de su cuerpo. Se sentía segura y seductora con aquel hermoso vestido mientras aceptaba con elegancia el brazo solícito de Mark; juntos hicieron su entrada en la majestuosa mansión. El interior era amplio y elegante. La señora Crocker había elegido con esmero los mas finos brocados para cubrir las paredes, y las arañas eran de resplandeciente cristal. Mandy se sentía cómoda en la elegante mansión, cómoda, asimismo, en su sofisticado papel de sobrina del gobernador, algo que jamás habría imaginado. Agradeció en secreto a su madre por su infinita paciencia, y a Julia, por haber cambiado su vida sin saberlo. A estas alturas, Mandy ya conocía a la mayor parte de los invitados: el noble senador Wiggins y su regordeta esposa, Irene; el apuesto Sam


Brannan, recientemente divorciado y por lo tanto, uno de los solteros más codiciados de Sacramento, y James MacClatchy, el director del Sacramento Bee, por citar a algunos. Era la elite más influyente de la ciudad. Mandy pasó la primera parte de la velada disfrutando apaciblemente con la conversación, mucho más interesante que el tonto y habitual chismorreo de sociedad. Discutían los derechos de los granjeros contra los poderosos intereses de la industria ganadera y minera, el nuevo edificio del capitolio, que estaba a punto inaugurarse, y un acalorado debate sobre los éxitos, o fracasos, del actual proyecto de elevación del centro de la ciudad. -Sea cual fuere su costo y los trastornos que esté causando, al menos pondremos fin a las malditas inundaciones. Una voz familiar, grave, se incorporó al debate. Mandy sintió un pequeño escalofrío cuando se volvió y se encontró con el apuesto perfil de Halcón. -Señorita Ashton -dijo con un atisbo de burla en la voz-, es un verdadero placer verla de nuevo -Sus oscuros ojos la recorrieron de arriba abajo mientras la boca dibujaba una provocadora sonrisa-. Está usted encantadora, como siempre. Su mirada escondía una incitante caricia y el corazón de Mandy latió con más fuerza. Las mejillas se le encendieron. -Gracias, señor Langley-respondió con formalidad, siguiendo el juego. Entonces advirtió a la esbelta morena colgada de su brazo.


-Buenas noches, Doreen, encantada de volver a verla -dijo amablemente, aunque en realidad quería arrancarle los ojos. Mark se acercó y se puso a su lado. Ella le sonrió y lo tomó del brazo, aproximándolo más de lo que en principio era su intención. -Señor Langley, señorita Simmons, ¿recuerdan al señor Denton? Sintió cierta satisfacción al ver que Halcón se crispaba. Fijó la mirada en los ojos azules de Mark y le dedicó una sonrisa victoriosa. La anfitriona llamó a la mesa y con ello puso fin a la actuación de Mandy. Después ésta se rió marcadamente con algún comentario de Mark, advirtió la expresión ofuscada de Halcón, que desapareció de la habitación. Su papel fue impecable durante la cena. Mark nunca la había visto tan atenta, lo que hacía que él estuviese radiante. Ella se sentía un poco culpable por el engaño, pero ya se preocuparía de eso el día siguiente. Esa noche quería vengarse del apuesto galán que tenía enfrente tanto como le fuera posible. Sirvieron una cena suntuosa. Desde codornices hasta truchas frescas de río, y para-term¡nar, un postre de cerezas flameadas. A ella todo le sabía a serrín. Tenía la atención puesta en el hombre que la había hecho padecer tanto. Comprobó que ella también le causaba un efecto diabólico y se sintió más fuerte. -Mark, ¿es cierto que me llevarás mañana a cabalgar? -preguntó con


petulancia mientras terminaban el postre. -Por supuesto, querida -contestó Mark fervorosamente-, si es eso lo que deseas. Los ojos oscuros de Halcón se pusieron negros, y el músculo de si mandíbula se tensó. -Quizá podríamos acompañarlos Doreen y yo -se interpuso-¿Te gustaría, mi amor? -Me encantaría, Travis -contestó ella con igual fervor. Mandy abrió los ojos, sorprendida. ¡De ninguna forma iba a sc portar todo un día a esa viuda maquinadora, con sus absurdas risilla Dirigió una mirada venenosa a Halcón y vio que él estaba disfrutando con su desazón. -Bueno, ahora que lo pienso, puede que mañana haga algunas compras. No soportaba su mirada triunfante. Casi deseó haber sufrido todo un día antes que consentir que él le volviera a ganar de esa forma. -La semana que viene es el cumpleaños del tío William. Quiero hacerle un buen regalo -culminó sin convicción. La comida finalizó. Los hombres se dirigieron al despacho, donde había licores y puros, y Mandy suspiró con alivio. Gracia a Dios que se había terminado. Era difícil superar a Halcón, pero tenía la sensación de haberlo


aventajado en el juego de esa noche. Después de la fiesta ella dejó que Mark la besara por primera vez, con la esperanza de que despertara en ella algún tipo de deseo. Pero no fue así. Estaban en el asiento del carruaje, bajo un sicómoro de ramas colgantes delante de la mansión. -Samantha, mi amor, podríamos ser tan felices -los ojos azules de Mark buscaron su rostro-. Espero que no te incomode. He hablado con tu tío. Sé que nos conocemos desde hace poco tiempo, pero presiento que quizá tus sentimientos sean parecidos a los míos. Espero que tú... quizás algún día llegues a quererme. Mandy desvió la mirada. Su mala conciencia la mortificaba por la forma en que lo había embaucado esa noche. Enterarse ahora de que había hablado con el tío William empeoraba más las cosas. -Mark, tú sabes lo mucho que te aprecio, pero... -Por favor, Samantha, no digas nada más. Sólo quiero que lo pienses. Podríamos tener verdaderos logros, tú y yo. Mi familia y la tuya serían una poderosa alianza, por no hablar de mis sentimientos hacia ti. -Mark, por favor. -Sólo dime que lo pensarás. Eso es todo lo que pido. -Por supuesto que lo pensaré, Mark. Me siento muy halagada.


Él la besó con sinceridad. Después, le pasó el brazo por el hombro y la acercó más besándola suavemente. Ella le dejó continuar para ver si provocaba alguna reacción de su parte. Olía vagamente a jazmín. Pensó en el almizcle y el champán, y la sensación de unos besos viriles, mucho menos delicados que estos. Mandy se apartó. -Mark, creo que es hora de que entre. Ha sido una noche maravillosa mintió-. Y gracias por... todo. Descendió del carruaje y dejó que la acompañara hasta la puerta, preguntándose por qué sus besos no tenían otro resultado que el de echar de menos a Halcón aún más. Oculto detrás de un seto, Max Gutterman se ajustó el parche del ojo y esbozó una petulante mueca de satisfacción. -Sabía que te encontraría tarde o temprano, jovencita -se dijo a sí mismo-. Y supongo que allá donde tú estés, no andará muy lejos ese indio blanco y grandullón. Se quitó la tierra húmeda del pecho mientras se levantaba del suelo. "Igual que Myra, bonita pero traicionera", pensó. Ya se había encargado de Myra y de su mestizo Injun. Y después de otros tantos diablos rojos que vinieron a continuación. "Esos paganos creían que podían matar al viejo sargento


Gutterman, pero yo les demostré que no era así", pensó. La suave brisa recogió el grave sonido de su risa ronca y lo expandió a través de la amplia extensión de césped. Observó a la delicada mujer entrar en la casa, y al elegante caballero, de gran estatura, regresar al carruaje. Una imagen de sí mismo haciendo filetes con la carne de una india en Sand Creek le cruzó la mente. Guardaba en el bolsillo la tabaquera de piel humana qué se había hecho hacer. Os enseñaré lo que es bueno, sí, a todos esos diablos rojos, y a ti, Myra. A ti y a ese indio grandullón, tan amigo tuyo. Sonrió sin compasión. Era el dulce sabor de la venganza. Se escabulló en la noche serena fundiéndose, como lo había hecho su risa, con la fresca brisa nocturna. En su habitación, Mandy meditaba sobre los acontecimientos de la noche. Viendo a Halcón y Doreen, sentía deseos, por centésima vez, de haber aceptado ser su amante. Ella lo había arrojado a los ávidos brazos de esa viuda cautivadora. De haber aceptado, al menos no se sentiría sola y ahora no tendría que soportar la idea de que él compartía la cama con otra mujer. Mandy suspiró. Sentada en la banqueta de madera frente a la cómoda, se cepilló el pelo. Por mucho que lo deseara, sabía que jamás podría admitir una proposición tan degradante. Tarde o temprano, su conciencia se interpondría entre ellos.


Lo había visto en varias fiestas recientes. Casi todas las mujeres solteras de la ciudad parecían tener los ojos puestos en él, a lo que él respondía con indiferencia. Salía mucho con Doreen, pero Mandy no creía que le hubiera hecho ninguna proposición, todavía. En la casa de los Showalters, dos semanas atrás, habían bailado juntos con gran decoro, pero después él había tenido la desfachatez de preguntarle si había aceptado ser la amante de Denton en lugar de él. A Mandy la cólera le duró dos días enteros. Ojalá pudiera olvidarse de él, pero Travis Langley estaba anclado en sus pensamientos. Se recogió el pelo en una gruesa trenza, mientras pensaba en la proposición de Mark, tan diferente de la de Halcón. Él le ofrecía un matrimonio, una familia, hijos. A ella le sonaba terrible, si pensaba en Mark como el padre de familia de su hogar. Mandy se deslizó entre las sábanas de la cama y las estiró sacando la barbilla por encima. En su mente, dos ojos oscuros se imponían mientras se entregaba a un sueño profundo. Mandy despertó. Era el inicio de una nueva semana. Iba a haber varias celebraciones que marcarían el fin del otoño. La primera, el sábado, era un baile de máscaras. Ella y Mark acudirían disfrazados de Romeo y Julieta. Esperaba que Halcón asistiera. Quería ver la expresión de su rostro al verla


con Mark en la piel de los famosos amantes. Bessy llevaba semanas haciéndole el vestido. Era de un terciopelo muy delicado, color verde esmeralda; el canesú, cuadrado, era muy escotado. La cintura era ligeramente alta, como se llevaba en esos tiempos, y la falda caía en pliegues hasta el suelo. Llevaría el pelo recogido con una redecilla dorada. Mark iba a llevar calzas y medias doradas, una túnica bordada de raso verde adornada con trenzas doradas y un sombrero de ala ancha con plumas. La semana pasó volando. Llegó el sábado y Mandy se vistió con esmero. Mark fue a recogerla un poco pasada la hora, como habían convenido, y se dirigieron al baile. Un conjunto de guirnaldas, decoraciones de gala y papeles de colores adornaban la elegante sala de baile. Mandy también estaba elegante. Oculta tras su felina máscara de lentejuelas, escrutaba a los invitados: Napoleón el emperador y Josefina, el romántico Robin Hood y su lady Marian, Friar Tuck, Humpty Dumpty, un espantapájaros, varias señoritas hispánicas y docenas de otros personajes famosos que había entre la multitud. Cuando Mandy vio a un hombre de gran estatura, al otro lado de la sala, vestido de bucanero, se paralizó. Con aquel pendiente en la oreja, ceñidos


pantalones negros a media pierna, y una camisa blanca como la nieve desabrochada hasta la cintura, era la viva imagen de un gallardo pirata. Su visión la dejó sin aliento. Disimuló la sensación lo mejor que pudo y sonrió abiertamente a Mark, que adquirió, de pronto, un aspecto algo ridículo con sus calzas doradas. Mandy y Mark bailaron durante lo que parecieron horas eternas. Mandy sufría tratando de no desviar la mirada hacia el apuesto bucanero, quien con demasiada frecuencia se disponía a bailar muy cerca de ella. No reconocía a la mujer de cabellos negros como el azabache, vestida de sirvienta, que Halcón hacía girar y girar, pero sí se percató de su busto voluminoso que casi desbordaba su estrecho escote. Para su alegría, Halcón no pared reparar demasiado en ella, lo que provocaba la amarga irritación de lar mujer, que percibía su falta de interés. En cambio, la mirada de Halcón seguía muy de cerca a aquella Julieta; Mandy advirtió que sus mejillas se sonrojaban de continuo, por no hablar de la expresión enfurruñada que tenía Mark. -Mark -dijo ella al fin-. Creo que necesito descansar un rato. -Claro, querida. Salieron a una terraza rodeada de una fila de arbustos. -Te traeré un ponche.


-Gracias, Mark. Es una buena idea. Se secó con un pañuelo la frente sudada mientras vagaba por un rincón de la terraza. -¿Perdió a su Romeo, señorita Julieta? -preguntó el apuesto bucanero con una sonrisa burlona. Tiró distraídamente del aro de la oreja y se inclinó sobre la pared con toda tranquilidad. -¡Halcón! -exclamó Mandy con un grito ahogado-. Me has asustado. No. .. no pensé que hubiera nadie aquí fuera. Ella retorcía el pañuelo en sus manos nerviosas, preocupada por la aparición de Mark con el ponche. No podía apartar la vista de la mata de vello rojizo que asomaba bajo la camisa abierta de Halcón. Él dirigió la mirada hacia el escote de Samantha Asthon, que parecía de marfil, sintiéndose muy distraído por la imagen. -Eres una hermosa Julieta -dijo con suavidad- aunque tu Romeo parezca un bufón de la corte. Se había prometido a sí mismo actuar como un caballero, pero no podía resistir un comentario insidioso respecto a ese petimetre de Denton. Por qué prefería la compañía de Denton a la suya era algo que no podía entender. Recorrió con su mirada atrevida todo su cuerpo, pero sintió de nuevo la llama del deseo y se dio vuelta. ¡Maldita mujer! ¿Es que no iba a poder


jamás sacarla de su entraña? Observó que su comentario había provocado una crispación de defensa en ella, y pensó que la chispa de sus ojos la hacían aún más atractiva. -¡Maldito seas, Travis Langley! -Mandy se oyó a sí misma maldecir por primera vez en su vida-. ¿Es que no puedes decir nunca algo agradable? ¿Por qué siempre has de fastidiarme? -No recuerdo que me encontraras tan desagradable en Virginia -dijo en tono neutro, lo que hizo palidecer a Mandy. -Si me permites -respondió con altivez-. Creo que es hora de que me marche. Mandy trató de pasar rozándolo pero él aferró su brazo, manteniéndole la mirada furiosa con la suya propia, de un negro intenso. Ella pensó por un instante que la iba a besar, pero él bajó los párpados. -¿Hay algo que pueda decir para que cambies de opinión y aceptes mi proposición? -preguntó-. Denton no es un hombre para ti. -Sus lascivas intenciones no las considero siquiera una proposición, señor Langley, son sólo una broma de mal gusto. -¡Una broma! Tensó la mandíbula, los ojos echaban chispas de furia. -¡Maldita seas, Sam, por ser tan arpía! ¿Qué más quieres de mí? Me has


mentido, me has engañado. ¿Me has dicho alguna vez algo que fuera verdad? -No es lo que tú crees, Halcón -lo miró, deseando que la escuchara-. Casi todo lo que te dije era cierto. Sólo mentí diciéndote que era Julia y en todo lo que se refiere a Jason Michaels. Ojalá no hubiera tenido que mentirte nunca, lo habría deseado de todo corazón. Halcón parecía escuchar sus palabras. -¡Dios mío! Ojalá pudiera creerte, Sam. Le soltó el brazo justo cuando Mark se acercaba con el ponche. -Tu bufón de la corte ha llegado -se burló Halcón de forma que sólo ella lo oyera. Su mirada fue una vez más, inescrutable. Se excusó y se marchó con un cortante "señorita Astohon". -¿Te estaba molestando? -preguntó Mark, solícito. -¿Qué? Ah, no, Mark. Sólo... quería felicitarnos por nuestros disfraces. La noche transcurrió a su ritmo hasta que Mark sugirió que se marcharan. Durante el resto de la velada ella había captado las miradas del hombretón, pero él no volvió a aproximarse. Le causó gran alivio dar por terminada la velada. Cuando el carruaje estaba por partir, Mark dio órdenes de parar en su propia casa, explicándole a Samantha que tenía un regalo para ella y que se


había olvidarlo de llevarlo. Cuando se detuvieron, le preguntó si no le importaba entrar a tomar un jerez mientras él traía el regalo. Ella rechazó la invitación con cortesía. Otro carruaje se aproximaba. Mandy acertó a ver a la mujer de cabellos negros del baile y enseguida supo quién conducía. -Pensándolo bien, entraré a tomar ese jerez, Mark -declaró impulsivamente. Si Halcón quería creer que era la amante de Mark, le daría un buen motivo. ¡En cambio él no tenía reparos en buscar acompañantes! Mark dio la vuelta al carruaje para ayudar a bajar a su acompañante justo cuando Halcón giraba en la esquina. Ella dejó que Mark la guiara por el sendero de ladrillo hacia la puerta de entrada, sabiendo que Halcón la había visto. Por un instante brilló el triunfo en su expresión. Pero al rato, cuando oyó el ruido de las ruedas alejándose, su entusiasmo se vino abajo. ¿Qué había hecho? Halcón iba a pensar lo peor y ella no tendría la oportunidad de explicarse. De pronto su tristeza fue aún mayor que antes. -Mark-tartamudeó -. He cambiado de opinión. Me duele la cabeza -lo que no era mentira-. Sigue tú. Yo esperaré en el carruaje. Mark soltó un resignado suspiro. -Como quieras, querida. El regalo resultó ser unos pendientes de esmeralda, del mismo color que


sus ojos. -¡Dios mío, Mark! No puedo aceptarlos. Son preciosos, pero demasiado valiosos. -Por favor Samantha, acéptalos en señal de nuestro futuro compromiso matrimonial. Di que te casarás conmigo. Mandy estaba cercana al llanto. -No, Mark, no puedo. Por favor. Tienes que darme tiempo. Todo esto es demasiado apresurado. Mark se sintió herido. -De acuerdo. No te lo volveré a preguntar durante algún tiempo. Pero por favor, no me hagas esperar demasiado. El carruaje se alejó en silencio. Advertía con cierto temor que Mark estaba pensando en su Julieta mientras ella lo hacía en un Romeo muy diferente. 24 La Navidad se acercaba con celeridad. En San Francisco representaban el ballet Cascanueces, y el tío William la había invitado a verlo. Mandy rebosaba de alegría con la idea de abandonar Sacramento. Quería estar tan lejos de Halcón como pudiera. Ella y su tío, junto con Mark y Bessy, iban a embarcarse en el vapor de ruedas Sacramento Queen; navegarían río abajo hasta la gran bahía de San Francisco y la ciudad. Con lentitud exasperante, como quien aguarda a que hierva el agua en el


fuego, llegó el momento de la partida. A pedido del gobernador, Mark aceptó acompañarlos. El tío William tenía que desembarcar en Vallejo por un asunto de negocios, así que Mark sería la compañía de Mandy en el hotel Palace. El gobernador se reuniría con ellos cuando pudiera. Mandy siempre había soñado con viajar alguna vez en uno de esos grandes barcos de paletas que navegaban por el río. Éste tenía tres cubiertas y era de un blanco resplandeciente con adornos de rojo intenso. Sonaba la melodía de un órgano a medida que ellos recorrían la planchada. Los situaron en la cubierta de Texas, un lugar apropiado para la realeza. Una vez a bordo, Mandy salió para asomarse sobre la borda. Vio otros barcos del mismo estilo, resplandecientes pero de una sola cubierta. También había muchos otros barcos fluviales, barcazas, botes e incluso una canoa. Todo lo que pudiera cargar mercancías o pasajeros, se utilizaba para recorrer el río hasta su salida al mar. Mandy llegó a ver una prostituta, ya veterana, ofreciéndose a algunos marineros del Daisy Belle. La vieja embarcación de paletas, antaño una belleza, había visto mejores días, y su tripulación de aspecto tosco, mejores años. Mandy miró hacia arriba cuando las chimeneas despidieron columnas de humo negro, y la sirena sonó anunciando la partida. Estaban saliendo. Dos enormes ruedas de paletas, una a cada lado de la embarcación, revolvían el agua y empujaban el barco hacia la corriente.


Mandy sacudió la mano para despedir al gentío que se amontonaba en el muelle, y los saludos fueran devueltos con gran entusiasmo. Ella sonrió y dirigió la mirada hacia Mark, que la estaba observando. -Si me permites, iré a buscarte un refresco -se ofreció Mark. Sus modales, aunque habían transcurrido varios meses, seguían siendo tan correctos como siempre. -Muy buena idea, Mark. -Yo también voy, si no te importa, querida -apuntó el gobernador-. Creo que he visto a un amigo cuando embarcábamos. -No faltaba más, tío William. Me encanta mirar el paisaje. Mandy contempló el porte corpulento de su tío alejándose, en marcado contraste con la delgadez de Mark. De pronto, una súbita sensación de incomodidad la hizo mirar hacia arriba y un poco a la derecha. Unos ojos profundos de color castaño, duros como el acero, la perforaron. -¡Señorita Ashton! Qué casualidad encontrarla aquí -dijo Halcón en tono arrogante. -Señor Langley -respondió, tratando de ocultar su emoción. Percibió un arrebato de placer, que ya le era familiar, cuando lo vio, y se censuró por ello. El tono sarcástico de su voz no le había pasado inadvertido y ella se


preguntó cómo podía seguir queriendo a alguien que la trataba de esa forma. -¿Qué está haciendo aquí? -preguntó, sabiendo que su presencia significaba la ruina de su viaje. -Estoy haciendo mi trabajo -contestó. Si él hubiera sabido que el gobernador y sus acompañantes iban a estar a bordo, no habría aceptado jamás la misión. Él y James debían vigilar un cargamento de oro para la empresa de Jack Murdock. Ya no necesitaba hacer este tipo de trabajo, ahora que había heredado los bienes de Thomas Rutherford, pero James sabía sacar ventaja de su don para que le ofrecieran ese tipo de trabajos. James quería comprar el Riverfront Saloon de Sacramento, y tenía ahorrado en efectivo casi todo lo que necesitaba. Era demasiado testarudo para pedir prestado a Halcón, y el objetivo estaba demasiado cerca. Ahora él tendría que vérselas con la mujer que cada noche se aparecía en sus sueños. No se había acostado con nadie desde aquella noche en Virginia, aún reticente a ninguna sustituta. Su conducta era inexcusable, y él lo sabía, pero parecía no poder remediarlo. Volverla a ver ahora sólo iba a empeorar las cosas. -Tienes buen aspecto -continuó, estudiándola abiertamente-. Se ve que


Sacramento te sienta bien. Sus ojos se demoraron en sus turgentes pechos remarcados bajo el vestido con adornos de terciopelo. Los vistosos tonos castaños del mismo combinaban perfectamente con el color de su pelo y resaltaban sus carnosos labios color rubí. Deseaba con todas su fuerzas apretarla contra él, hacerle recordar las noches compartidas. ¿Cómo podía afectarle tanto una mujer? Lo enfureció comprobar el poder que ella tenía sobre él. -Gracias. Mandy bajó las pestañas y lo observó con disimulo. Sintió su magnetismo y supo que por muy agradable que pudiera ser el viaje, desde ese momento sería una tortura para ella. -Veo que trajiste a tu amigo -la acosó, con ojos burlones y oscurecidos. -El señor Denton accedió a acompañarme hasta San Francisco a petición de mi tí. El tío William tiene que arreglar unos asuntos en Vallejo. Mark me llevará al hotel. -Una buena oportunidad para los dos -dijo provocativamente-, aunque me sorprende que tu tío lo haya permitido. Claro que la familia Denton es muy respetada por esta zona. Quizá tu tío esté pensando en casarte con él. -Mi tío sólo quiere lo mejor para mí, algo que usted no llegaría a comprender jamás, estoy segura de ello, señor Langley -Mandy irguió la


barbilla, desafiante-. ¡Lo único que a usted le importa es asegurarse de... de satisfacer sus deseos! Se sonrojó y advirtió que en el rostro de Halcón afloraba una vaga sonrisa. -Veo que todavía sigues siendo una dama de sensibilidad delicada -replicó con sarcasmo. Ella se percató de que a él le divertía su malestar. -¡Es usted la persona más insoportable y molesta que he conocido en toda mi vida, Travis Langley! -Y usted, señorita Ashton, la criatura más caprichosa y condenada que he tenido la mala suerte de conocer. Ahora, si me permite, tengo que volver a mi trabajo. Hizo un pequeño ademán con el ala de su sombrero y se marchó, dejándola frustrada y furiosa. Al poco rato, llegaron Mark y el gobernador con los refrescos. Mandy intentó por todos los medios quitarse a Travis Langley de su cabeza, pero le resultó imposible. Lo había visto dirigir sus pasos hacia la cubierta de abajo, y su mirada se empeñaba en desviarse hacia el pasillo. Llevaba los pantalones de ante, como siempre que trabajaba, lo que le recordaba demasiado bien su cuerpo musculoso bajo el cuero ajustado. El día pasó velozmente. La luz del sol brillaba como el cristal sobre la suave


superficie del agua. Había sauces y robles alineados en las orillas del río y ganado paciendo a lo lejos. El barco hizo una breve escala en Vallejo. El gobernador bajó a tierra, asegurando a Mandy que se reuniría con ella en el hotel en cuanto terminara con sus asuntos. Mark, que estaba atento a todas sus necesidades, la acompañó durante la cena en el elegante comedor, apartándole la silla al sentarse a la mesa y pidiendo que eligiera de la suntuosa carta. Se había puesto para la cena un vestido de terciopelo rojo y Mark estaba muy elegante con su levita negra. Hombres y mujeres contemplaban a la pareja cuando comenzaron a bailar con la música de un violín y un piano. Aunque Mark bailaba bien, la mente de Mandy no cesaba de divagar. Finalmente, sintiendo un leve dolor de cabeza, o quizá simulándolo, pidió que la excusara por el resto de la velada. Mark la acompañó a la cubierta de arriba para tomar aire fresco y admirar la bahía de San Francisco. Todo era muy romántico, pero nada conseguía aliviar su melancolía. -Yo me encargo del último turno -sugirió James dirigiéndose a Halcón¿Por qué no traes algo para comer? James había advertido el cambio de humor de su amigo desde el momento en que vio a la chica del brazo de Mark Denton. Deseaba encontrar la manera de ayudarlo, pero sabía que Halcón debía resolver solo esa situación. James no envidiaba en absoluto a su amigo.


-Buena idea. Ahora vuelvo -Halcón dio media vuelta y salió. Desapareció subiendo la escalera que iba al comedor. Reclinado en la silla de roble, James apoyó los pies en el escritorio. La cabina del sobrecargo era pequeña, pero cómoda. Enfrente de él colgaba una pintura del Sacramento Queen y un calendario donde estaba marcado el itinerario del barco del mes siguiente. James enlazó las manos detrás de la cabeza y miró hacia la costa por la ventanilla. La bahía se abría delante de ellos, y las luces de San Francisco brillaban a lo lejos con luz tenue. Había luna llena, lo que permitía ver con nitidez el paisaje a pesar de la oscuridad. Se estaban aproximando a su destino. El viaje había sido tranquilo, pero ellos vigilaban un cargamento de oro de cuya existencia sabía más de uno. Sin previo aviso, James se estrelló contra el mamparo y recibió un duro golpe en la cabeza al chocar con la madera cuando una enorme explosión sacudió el buque. Parpadeó, intentando enfocar la vista, pero entonces se le nubló y cayó sobre la cubierta en total oscuridad. Los pasajeros, engalanados con elegantes atuendos, comenzaron a gritar y a correr hacia las salidas del comedor, atropellándose unos a otros en su desesperada huida. Las mesas se habían volcado, y plantas y vajillas, y hasta algún pasajero tirado en el suelo, bloqueaban los pasillos. El barco


estaba muy escorado. -¡Que no cunda el pánico! -vociferó Halcón con autoridad entre el griterío provocado por la histeria colectiva-. Todos estaremos a salvo si mantenemos la calma. Bajad por las escaleras hasta los botes salvavidas; hay cinco chalecos salvavidas en cada bote, tomaos vuestro tiempo y mantened la calma. El tono imperturbable de su voz los apaciguó por el momento y lograron dirigirse a las puertas en cierto orden. Afuera, el descontrol era absoluto. Por las chimeneas salían nubes de blanco vapor, y un espeso humo negro cubría con hollín el remolino de gente, lo cual intensificaba la histeria colectiva. Grandes llamaradas anaranjadas y amarillas salían por un agujero enorme en el costado del buque. -Ven aquí y abre la caja, rápido. Un hombre corpulento con barba y pelo largo y enmarañado, empujó al sobrecargo a la oficina de la cubierta principal. Henry Jeffers estaba terminando un papeleo en su camarote cuando los hombres lo asaltaron. A punta de pistola lo obligaron a bajar a su oficina en la cubierta principal. Vio el cuerpo tirado de James Long, advirtió que aún respiraba al ver cómo subía y bajaba su pecho y se preguntó por el paradero del otro hombre. Con dedos temblorosos, abrió la caja de seguridad y fue sacando su contenido con lentitud. Las gafas aumentaban el terror de su mirada.


-¡Daos prisa ahí abajo! Un segundo hombre, delgado y pálido, con la ropa arrugada y sucia, asomó la cabeza por la puerta: -¡Vamos! ¡El barco se hunde! Henry Jeffers miraba a los dos hombres sin poder pronunciar palabra. La idea de que eran ellos quienes habían hecho estallar la caldera para cubrir el crimen empezó a invadir su atemorizado cerebro. -¿Qué hacemos con él? -preguntó el más corpulento. Sonó un disparo por toda respuesta. Henry sintió un dolor ardiente en el pecho, comenzó a ver borrosa la habitación y se desplomó. Sentía los párpados muy pesados. -Tuve que hacerlo-contestó el paliducho-. Podía habernos identificado. -Huyamos de aquí a toda prisa - dijo el compañero. El dolor en el pecho de Henry se tornó feroz. Dejó que sus ojos se cerraran, preguntándose quién cuidaría a su esposa y a su hijo. Entonces todo se le hizo oscuro y el dolor desapareció. El hombre barbudo empujó el cuerpo rechoncho del sobrecargo para dejar el camino libre. Agarró la maciza caja fuerte por un extremo, y su compañero por el otro. Avanzaron a empujones entre el caos de histeria que reinaba al otro lado de la puerta. En lugar de dirigirse hacia los botes


salvavidas, como los demás, se encaminaron con calma hacia la proa. Un pequeño bote de madera se balanceaba suavemente bajo la borda del barco; allí había un hombre con un solo ojo y facciones pronunciadas, que sonreía maliciosamente. Max Gutterman se ajustó el parche del ojo y miró al hombre de barba y al de tez pálida que lo acompañaba. -A lo mejor he matado dos grandes pajarracos de un solo disparo -ante su propio chiste, Gutterman soltó una fuerte risotada-. Ha llegado el momento de la venganza, amigos míos. Los dos hombres subieron al bote, se acomodaron, y comenzaron a remar hacia la lejana costa. En medio de una fascinación absoluta, Gutterman observaba cómo tanto el barco, cada vez más escorado, como los aterrorizados pasajeros, luchaban contra las gélidas aguas de la bahía. Había tres preguntas que pesaban en la cabeza de Halcón. ¿La explosión no era más que un desvío de atención para poder hacerse con el botín? Y si era así, ¿qué había pasado con James? Y la más importante, ¿dónde estaba la joven de cabellos castaños? James podría arreglárselas solo, eso lo sabía. De nada servía el dinero cuando había vidas en peligro; en cambio, Sam podría necesitar ayudar. Se abrió camino a la fuerza entre la muchedumbre que huía, buscándola con ansiedad. No estaba en el comedor, de modo que sólo podía estar en cubierta, en el salón o en su camarote. A esa altura, si la explosión no la había herido, la multitud histérica se la habría tragado.


Buscó en el salón, en la segunda cubierta, después se encaminó hacia la cubierta principal. Buscó con detenimiento en cada uno de los botes salvavidas. No se encontraba entre los aterrorizados pasajeros. Cuando giró en un pasillo, vio a James sujetándose la cabeza y tambaleándose. -Se llevaron el oro -dijo James-. Y mataron al pobre Jeffers. ¿Tú estás bien? Halcón asintió con la cabeza. Sus ojos examinaban al último de los pasajeros. -¡Samantha! ¿Dónde está? No sé. He buscado en los salones principales, en la segunda cubierta y en los botes salvavidas. No está en ningún sitio. En cambio sí vi a Denton, ese canalla. No pude acercarme lo suficiente como para preguntarle. Volveré a la cubierta de arriba. Tú sigue buscando por aquí. -Parece que los botes salvavidas están llenos. Si no puedes embarcarte en ninguno, trata de nadar hasta la isla más cercana. Eso haré yo. -Buena suerte, amigo mío. James se despidió de su amigo con unas palmadas en la espalda y se dirigió hacia la proa. Halcón sabía que no tenían la suerte a favor. Permanecer a bordo podía significar la muerte. No serían los primeros que se habían tragado las


aguas heladas de la bahía. El barco se escoraba cada vez más mientras Halcón subía las escaleras a toda velocidad. Si no encontraba a Sam enseguida, sería demasiado tarde. El agua había alcanzado la segunda cubierta y todos los botes salvavidas estaban saliendo ya. Mandy abrió los ojos y todo lo que advirtió fue un gran remolino de sensaciones y un dolor punzante en la cabeza. Se frotó las sienes, tratando de orientarse. Creía recordar un tremendo griterío, pero ahora reinaba un silencio inquietante. Sólo oía unas voces lejanas. Intentó sentarse; entonces vio que la cubierta se inclinaba peligrosamente bajo sus pies. ¡Dios mío, nos estamos hundiendo! Trató de incorporarse pero se tambaleaba de un lado a otro. Las llamas bailaban y subían espesos nubarrones de humo. ¿Es que no quedaba nadie a bordo? Con el corazón latiéndole con fuerza, miró aterrorizada a su alrededor. Tenía que haber algo, algún modo de salvar la vida. -¡Sam! Era la voz grave y resonante de Halcón. De golpe, sus firmes brazos la rodearon, mientras hundía el rostro en su cabello. -Casi había perdido la esperanza -le susurró en el oído. Se aferró a él con todas las fuerzas y sintió una alegría súbita de verse en sus brazos, no importaban las circunstancias. -Los botes salvavidas ya han salido -le dijo-. Tendremos que ir nadando a


una isla. ¿Sabes nadar? Ella sonrió. Halcón había arriesgado su vida por ella. La preocupación estaba grabada en su rostro. -¡Apuesto a que te gano! -dijo. A Halcón le dio un vuelco el corazón. Se le ensanchó el pecho de orgullo al ver el coraje de la chica. Se moría por saldar sus diferencias, decirle cuánto la amaba. Pero ahora sus vidas dependían de los momentos cruciales que tenían delante. -La travesía a nado es larga y fría. Será mejor que nos aligeremos de ropa. Él se desató los mocasines y tiró la camisa de cuero. Entonces la obligó a darse vuelta y le rasgó el vestido hasta la cintura. Ella se despojó rápidamente de su vestimenta y quedó frente a frente con él, en camisa y enaguas. Estaba realmente hermosa Una vez más, deseó estrecharla en sus brazos. De una sacudida, el barco se zarandeó y los arrojó a cubierta. El agua inundaba el barco; pronto llegaría a la cubierta de arriba. -Ahora o nunca. Halcón la atrajo hacia él y la besó intensamente. Después se tiraron al agua y comenzaron a nadar con fuerza hacia la isla. Las brazadas de Mandy eran más cortas, pero le sorprendió la potencia de


las mismas. Parecía que se estaban aproximando a la isla, pero las probabilidades eran aún del cincuenta por ciento. El frío comenzó a causar estragos. Halcón sintió que sus músculos se agarrotaban. Se acordó de su padre indio y utilizó su sabiduría cheyenne para alentarse a sí mismo y no sentir el dolor. La costa ya era claramente visible. La confianza le volvió de súbito. Tal vez lo lograran. Entonces Sam desapareció bajo la superficie. Una negrura absoluta la envolvía; era tan fría que se preguntó si no estaría ya en la tumba. Se le agarrotó el estómago del dolor, tenía los brazos y las piernas paralizados. Rezó una oración para que Halcón se salvara, ya que sabía que para ella ya había llegado el fin. 25 Su propio temblor la despertó. Sabía que estaba viva porque jamás había experimentado un dolor tan generalizado. El cuerpo le temblaba con violencia, le dolían las piernas y los brazos y el pecho le ardía por el mero esfuerzo de respirar. Sacudió la cabeza, tratando de despejarla, y buscó a Halcón con la mirada. La invadió el pánico; sus malévolos tentáculos amenazaban con minarle las fuerzas nuevamente. ¿Había sobrevivido sólo para darse cuenta de que Halcón, en cambio, no lo había logrado? Sus ojos buscaron alguna señal en la oscuridad y, de pronto ahí estaba él, abrazándola. Reclinada contra su pecho y entre suaves sollozos, dio gracias a Dios por


haberlo salvado. ¡Estaba vivo! Ya nada le importaba, ni las palabras hirientes, ni los malentendidos, ni la desconfianza. Él estaba aquí con ella y la había rescatado. -No pasa nada, Sam... ahora no hables... nos hemos salvado. He construido un refugio entre los sauces -deslizó los brazos bajo sus piernas, la levantó sin esfuerzo y la condujo lejos de la orilla-. Tenemos que mantenernos en calor o aún podemos morir de frío. Ella se sonó la nariz, se frotó los ojos y sonrió, contenta de estar de nuevo en sus brazos. Halcón la llevó hasta el refugio y la sentó sobre una alfombra de hojas. Con ramas y unos juncos había construido una especie de cobertizo contra un risco. Ahora, frotaba con persistencia una rama seca que sostenía entre las palmas de sus manos, haciendo girar la punta sobre una muesca en otra rama rodeada de hojarasca y virutas. Finalmente logró convertir el pequeño montón de hojas secas en una nube de humo. -Quítate la ropa -ordenó, mientras él hacía lo mismo con sus pantalones, que estaban empapados: Mandy abrió muy grandes los ojos. -Tenemos que secarla -dijo él sonriendo-. La voy a extender en el techo del cobertizo; el fuego la secará en pocas horas. Además, sin ropa, nuestros cuerpos se darán calor mutuamente.


Mandy advirtió que sus mejillas se ruborizaban. Los músculos de la imponente figura de Halcón reflejaban la luz oscilante de la hoguera. -Pero es que yo... -Quítatelas ahora mismo o te las quitaré yo, Sam -amenazó-. Y ya sabes que hago lo que digo... Tu vida es más importante que tu pudor. Mandy tragó saliva y poco a poco se quitó la ropa mojada. Halcón agachó la cabeza y la sacó por la pequeña abertura para extender la ropa en el techo, cerca del fuego. Cuando volvió a entrar, ella admiró la solidez de su físico, pero después giró la cabeza para que sus ojos no revelaran sus pensamientos. Halcón tenía toda la intención de mantener cierta distancia. La muchacha ya había sufrido bastante. No necesitaba que viniera él ahora a imponerse de nuevo con sus deseos. Pero, maldita sea, era una gran tentación. Ante la imagen de su figura sentada en el mullido colchón de hojas, con el reflejo de las llamas sobre su piel sedosa y sus brillantes cabellos, no logró controlar su deseo. Alargó la mano para acariciarle la cara y rozó sus labios con un beso cariñoso mientras le apartaba un mechón de pelo húmedo. -Dios Santo, cuánto te he extrañado, Sam -murmuró junto a su mejilla. La recostó junto a él y acarició sus senos, la curva de su cadera. Ardía de deseo por ella. Mandy sabía, desde el momento en que se tendieron juntos, que no lo iba a


detener. Él no la amaba, eso ya lo sabía. Pero la deseaba, y ella lo deseaba a él. El simple hecho de estar junto a él otra vez, tras tantas semanas de separación, ya era en sí mismo un placer. Cuando comenzó a separar sus labios con la lengua, Mandy volvió a sentir ese intenso olor a almizcle, tan propio de él. Las manos de Halcón acariciaron sabiamente sus hombros, frotando sus doloridos músculos, aliviando el dolor. La besó en el cuello, sujetó su rostro con las dos manos y la besó apasionadamente. Ella sintió su roce delicado y ligero por todo su cuerpo. Cuando comenzó a temblar de deseo, él la penetró lentamente, con cuidado, haciéndola gozar con movimientos suaves y acompasados. Ella respondió, y sus pezones se pusieron rígidos bajo sus manos. Entrelazó los dedos detrás del cuello de él y lo acercó aún más, dolorosamente consciente de que aquélla podía ser la última vez que hicieran el amor. Después recorrió con los dedos los tersos músculos de su espalda y continuó hacia la línea de sus caderas. Él la besó otra vez, con gran detenimiento e intensidad, y comenzó a moverse dentro de ella. Como siempre, despertó deliciosas sensaciones. Al. principio se movía despacio, suavemente. Sus labios saborearon los de ella, la lengua le rozó las comisuras de la boca, después la hundió en sus dulces profundidades. Al rato, el movimiento se hizo más rápido, más


urgente, aunque siempre con suavidad, después la inclinó hacia delante, ya que el deseo de Mandy fue creciendo al mismo ritmo que el de él. Sus manos grandes aferraron la redondez de sus nalgas, presionándolas contra él cada vez que empujaba con potencia. La fuerza de sus movimientos, atenuada por la suavidad, encendió su placer. Cada estocada la transportaba a una cima aún más alta que la anterior. Mandy dejó escapar un gritó ahogado cuando alcanzó el orgasmo. El enorme cuerpo de Halcón se estremeció de placer tan sólo unos instantes después. Al poco tiempo, Mandy se acurrucó junto a él, compartiendo su calidez, feliz por primera vez en muchas semanas. Halcón despertó y se dio cuenta de que el fuego se había apagado. Se maldijo a sí mismo por el descuido, después sonrió al recordar la noche en los brazos de la joven de cabellos castaños. El sol comenzaba a asomar en la bahía, pero un aire ligeramente fresco teñía la mañana. Buscó dos ramas pequeñas y reavivó las llamas. Después metió la ropa en el cobertizo. Cuando miró hacia la figura durmiente, una pequeña sonrisa afloró en su boca; supo que ella estaba despierta y que lo observaba. Se inclinó y la besó en la mejilla. -¿Cómo te encuentras? -preguntó. -Contenta -respondió ella. Entonces su rostro se ensombreció-. ¿Sabes qué


les pasó a los demás, James, Bessy.. y Mark? El sonido de ese último nombre despertó su ira. -Bessy subió a un bote salvavidas. De James no sé mucho, se quedó hasta el final ayudándome a buscarte. En cuanto a tu amante, decidió salvarse él y dejar que tú te las arreglaras sola. Los verdes ojos de Mandy se encolerizaron. -¡Estás mintiendo! ¡Mark no es capaz de algo así! -llena de rabia por la insinuación de que Mark era su amante, las palabras de Mandy salieron a borbotones-. ¡Lo dices porque estás celoso! -¡Celoso! ¿De ti y de ese... ese cobarde? Puede que crea que eres tonta por preferir su cama a la mía, pero desde luego, no estoy celoso -dijo, mirándola furibundo. -¿Cómo te atreves a acusarme de tales cosas? -gritó con toda su fuerza-. ¡Jamás aceptaría urca proposición así ni de ti, ni de él! Además, para tu información, te digo que Mark ha pedido permiso a mi tío para casarse conmigo. Era obvio que Halcón no la amaba. ¿Cómo había podido permitir que la utilizara una vez más? ¡Qué ingenua! Tendría que aceptar la proposición de Mark y terminar con esto de una vez. Pero, ¿sería justo para Mark, después de la conducta de esa noche? -Entonces, ¿por qué no te decides y te casas con él? Eso es lo que quieres,


¿no? Una relación fácil, respetable -le hablaba con gruñidos. Se acercó a ella, fulminándola con los enfurecidos ojos-. ¿Acaso Denton te hace sentir esto? -añadió con rabia. La arrastró hasta él y la abrazó con inmensa fuerza. Aplastó con rudeza su boca contra la de ella, la suavidad de antes desvanecida por completo. No iba a dejar que él se saliera con la suya de nuevo. Esta vez, no. Se defendió como una leona, arañando y clavándole las uñas hasta que él la tumbó en la alfombra de hojarasca. Halcón le sujetó las manos con las suyas a cada lado de la cabeza y le separó los muslos con la rodilla. Descendiendo ligeramente, empujó con violencia, sin ninguna consideración hacia ella. A pesar de la violencia desatada, ella lo deseaba. Sentía los tersos músculos de su cuerpo mientras se hundía en ella una y otra vez; el deseo fue creciendo una vez más, contra su voluntad. Los labios de Halcón se apoderaron de los suyos con fuerza y brutalidad, y su lengua parecía moverse con la misma furia que sus embestidas. El cuerpo de Mandy estalló de ardor y deseo y, aunque no quería, su cuerpo comenzó a moverse a la par de los vaivenes de Halcón. Las llamas de su pasión encendieron la de Mandy. El calor le abrasaba las venas. Igual que el fuego salvaje, Mandy fue una llamarada en el horizonte del placer, y todos sus sentimientos, fundidos en ese paroxismo, amenazaron con calcinarla en su fulgor.


El encuentro, intenso y temerario, terminó rápido. Halcón se levantó y salió. Esta vez, Mandy reprimió las lágrimas. Él había demostrado su fuerza de la forma más humillante, pero no iba a llorar otra vez. Odiándose a sí misma, se apartó la única lágrima que se negó a obedecer la orden. Recogió la poca ropa que tenía, y se encaminó a la orilla con intención de bañarse y vestirse. El sol calentaba la isla, pero no su ánimo. Esperaba que algún grupo de rescate los encontrara pronto. Las lágrimas amenazaron con derramarse al pensar en el hombre alto. ¿Cómo había podido imaginarse alguna vez enamorada de semejante demonio despiadado? Decidió considerar de nuevo la proposición de Mark Denton. Mark era amable y solícito. Jamás la trataría con crueldad, como hacía Halcón. Rezó por Mark, para que estuviera fuera de peligro y también para que la rescataran pronto. No podía soportar la idea de otra noche con ese monstruo desalmado, por mucho que le hubiera salvado la vida. Hacia el atardecer, había lanchas de rescate por todas partes buscando a los supervivientes. Una de ellas llegó hasta la isla, y Mandy distinguió la familiar figura de James. Mientras corría a sus brazos, sintió ganas de sollozar pero se dio cuenta y se negó a dar rienda suelta a sus sollozos. No iba a llorar nunca más. -Gracias a Dios que estáis vivos. Estaba muy preocupado -tomó una manta


de lana, cubrió su cuerpo tan ligero de ropa y después sonrió a su amigo. Halcón ni lo miró. James miró a Sam y se percató de la tristeza que había en sus ojos. Maldijo para sus adentros. ¿Qué había sucedido aquella noche? Era evidente que no se hablaban. No podía ser que Halcón hubiera vuelto a aprovecharse de la chica. Miró a uno y a otro, pero no estaba seguro de nada. Maldita sea, ¿qué había entre ellos, que siempre se enfurecían de esta manera? Los ayudó a subir a bordo, y la tripulación remó con fuerza hacia la costa. Durante la travesía, Halcón continuó malhumorado y sin hablar. Había vuelto a pasar. No podía creer que la chica le hubiera hecho perder los estribos de esa forma, después de tantas promesas que se había hecho a sí mismo. A bordo del Sacramento Queen, cuando parecía que ninguno de ellos iba a sobrevivir, todo había quedado dolorosamente claro. Si ella no quería ser su amante, entonces se casaría con ella. Lo que hubiera entre ella y Denton había sido, en parte, por su culpa. James le había contado cosas del padre de Sam y de su vida en el fuerte. Entendía demasiado bien las ganas, la insoportable necesidad de hacerse un lugar en el mundo. A él, su familia india lo había ayudado en todo. De no haber sido así, habría hecho exactamente lo mismo que ella: buscar la manera de escapar. Sabía que ella sentía algo por él. Si ponía empeño, quizá podía lograr que ella lo amase tanto como él a ella. Estaba deseando establecerse de una vez. Si


para retenerla junto a él debía pasar por el trance del matrimonio, pasaría. Sin embargo, ¿qué había sucedido en lugar de todo eso? Había actuado como un demente, la había puesto de nuevo en los brazos de Denton. Ella jamás lo perdonaría por su comportamiento de la mañana. Lo vio en sus ojos mientras abrazaba a James. ¡Maldita sea! ¿Qué clase de celos endemoniados lo habían poseído? El mero hecho de pensar en ella y Denton lo volvía loco de furia. En fin, ya era demasiado tarde. Nada de lo que pudiera decir cambiaría la situación. Quizás era lo mejor. Probablemente él sería un pésimo esposo. San Francisco seguía siendo el lugar más cercano para la recuperación de Mandy, así que la llevaron directamente al hotel Palace. Su tío salió a su encuentro en el vestíbulo, con su apuesto rostro demacrado por la preocupación. -Mi querida Samantha, gracias a Dios que estás a salvo. Si hubiera sucedido alguna desgracia, jamás me lo habría perdonado -la acompañó arriba a la suite que habían reservado y pidió que le subieran una tina con agua bien caliente-. Ya hablaremos cuando te encuentres mejor -dijo, dándole unas palmadas en la mano. . Ella agradeció la soledad para poder ordenar sus emociones. Mark estaba allí, atento. Dijo que la explosión los había separado y que


pensó que ella estaría en uno de los botes. Ella creyó la historia sin preguntar nada. Bessy también se encontraba a salvo y no tenía mal aspecto a pesar de lo acontecido. Aunque estaba aterrorizada pensando en Mandy, la habían metido en uno de los botes sin darle ninguna posibilidad para quejarse. Ahora se deshacía en atenciones y mimos para Mandy. En cuanto tuvo la certeza de que Mandy se encontraba a salvo, el tío William envió un cable a Sacramento para que le enviaran ropa limpia. Al cabo de nueve horas de su llegada al hotel, ya tenía todo un guardarropa a su disposición. Si la ciudad de Virginia resplandecía en tonos plateados, San Francisco lo hacía en dorado. El hotel Palace, con sus inmensas columnas de mármol dorado y redondas claraboyas, era todo una muestra de elegancia y armonía. Mandy, Mark y el tío William asistieron al ballet, tal y como estaba planeado, sólo que varios días más tarde, para que Mandy pudiese recuperarse de la terrible experiencia. El tío William la llevó a la ópera, y hubo varios bailes de gala en su honor. San Francisco parecía sacado de un cuento de hadas, pero los destellos que despedía la ciudad quedaban empañados por la soledad de las noches y los constantes recuerdos del hombre de pelo color arena. Revivió la noche de la isla un millar de veces, siempre con el mismo resultado: un deseo fogoso


y ardiente de volver a caer entre sus brazos. Nada, por mucho que se empeñara, lograba hacer que se olvidase de él. Sabía que él había regresado a su rancho de Placerville. La idea de esa lejanía la entristecía aún más. La noche anterior al regreso a Sacramento, Mark la invitó a ver una representación de Romeo y Julieta. Ella llevaba un vestido de terciopelo, blanco níveo, con adornos de armiño. -Querida, estás deslumbrante-la elogió Mark. Su aspecto era muy elegante, con su traje negro de etiqueta y la camisa blanca recién planchada. Mandy deseaba, y no por primera vez, poder enamorarse de él. A la salida del teatro, una fila de carruajes esperaba a los somnolientos asistentes. Tras unos minutos de espera en el aire frío de la noche, Mark logró apalabrar uno para conducirlos de vuelta al hotel. -Ha sido una velada maravillosa, Mark-dijo Mandy mientras se arrebujaba con su abrigo. -Tendríamos muchas noches como ésta, Samantha, si aceptaras ser mi esposa -la intimidad del carruaje alentaba el deseo de Mark. Mandy oía el ruido de los cascos de los caballos golpeando el pavimento; oyó pasar un tranvía. -Es que yo... yo no estoy preparada para ningún compromiso, Mark. Ya te lo dije.


-He tratado de no ser impaciente, Samantha. Pero no estoy seguro de poder seguir esperando mucho más tiempo. -Por favor, Mark. Unas voces en la calle la interrumpieron. El carruaje se detuvo con brusquedad, lo que casi derribó a Mandy del asiento; la puerta se abrió bruscamente. -Bueno, veamos qué tenemos aquí. Un hombre de cara rojiza con un ligero acento de los barrios bajos de Londres, apareció en la puerta. -¡Cochero! ¡Cochero! -gritó Mark, golpeando varias veces la pared del carruaje con su bastón de punta de oro-. ¡Siga adelante! -Buen trabajo, Billie Boy -gritó el inglés al cochero. Una pequeña pistola de cañón corto resplandecía a la luz de la luna-. Si me permite, su señoría hizo señas para que descendieran. Observando la escena aterrorizada, Mandy se aferró al brazo de su acompañante. -¿Mark? Mark, ¿qué está pasando? -le susurró. El inglés la oyó y respondió con malicia. -Te están robando, hermosura. -Pero... ¿dónde estamos? Ni ella ni Mark se habían fijado en las calles mientras viajaban en el


carruaje. Mandy vio una señal en la calle que decía: Pacific y Stockton; ninguna de esas calles le resultaba familiar. Un inconfundible olor a madera en descomposición y pescado podrido llenaba el aire. -Fíjese bien, milady. Está usted en Barbary Coast. ¡La guarida de ladrones más salvaje y perversa a este lado de Tortuga! Estaban en lo que, en efecto, parecía una de las partes más sórdidas de la ciudad. Mandy oía a lo lejos las notas desvaídas de un piano desafinado, y las risas intencionadas de unos hombres cargados de alcohol. Varios personajes de aspecto siniestro deambulaban sin ninguna prisa, mirando con curiosidad hacia el carruaje y las dos personas engalanadas que había junto a él. Una mujer vestida escandalosamente corría por la acera riendo y sujetando el corpiño de su vestido, mientras trataba de esquivar juguetonamente al marinero ebrio que la perseguía, tambaleante. Mandy miró a Mark. Estaba lívido, y parecía a punto de desmayarse. -Venga; vacía tus bolsillos, compañero -dijo el ladrón en un tono suave pero alarmante; aquélla era una orden que había que acatar. Mark le entregó la billetera, las alhajas, algunas piezas de oro sueltas y se inclinó para desabrochar la hermosa gargantilla de diamantes que llevaba puesta Mandy. Era de Julia. Su tío se la había hecho traer junto con la ropa. -¿Qué haces, Mark?


Mandy le agarró la mano y la empujó. -Esto es de Julia. No puedo permitir que le pase nada. Por favor -se volvió hacia el inglés-, ya tenéis bastante por hoy. Esto no es mío y no os lo puedo dar. El hombre gruñó con cierto regocijo. -¿Has oído, Billie Boy? -gritó a su amigo mientras éste bajaba del carruaje-. La señora opina que deberíamos olvidarnos de estas chucherías. Los dos estallaron en fuertes risotadas, y el segundo se acercó para tocar la gargantilla. Mandy se puso rígida al notar que esos dedos toscos le rozaban el cuello. Trató de apartarse pero el hombre ya había agarrado la gargantilla y la detuvo con un gesto. -¡Estas joyas están bajo mi responsabilidad! -exclamó Mandy. -¡Samantha, por favor -rogó Mark- por el amor de Dios, haz lo que te dicen! -a Mark le temblaban las manos. Entonces Mandy se percató de que las palabras de Halcón eran ciertas. Mark Denton era un cobarde. La había abandonado en el barco, incluso la habría dejado morir. Furiosa ante esa comprobación, se liberó de un empujón, golpeando por casualidad al inglés con un movimiento tan rápido e inesperado que la pequeña pistola salió volando en la oscuridad. El inglés se lanzó abajo para recogerla y lo mismo hizo el cochero.


Chocaron cómicamente y ambos cayeron al suelo. -¡Rápido, Mark! -gritó Mandy dándole un empujón para que reaccionara. Mark, obligado a entrar en acción, tomó las riendas y azuzó los caballos, logrando alejarse a toda velocidad de los dos hombres. Mandy observó a la desagradable pareja maldecir y perseguirlos un trecho. El carruaje dobló unas cuantas esquinas a la velocidad del rayo, sin que, por cierto, Mark deseara correr nuevamente el riesgo de que sucediera otro incidente. Finalmente, aminoró la marcha. Mandy, sintiéndose aliviada y exhausta, se negó a mirar en dirección a Mark. ¿Cómo podía haber estado tan ciega? Tenía que ver a Halcón, tenía que disculparse por haber dudado de él. Se detuvieron frente al hotel en silencio. Mark la ayudó a descender y la acompañó dentro sin pronunciar palabra. La Navidad llegó como un torbellino de bailes y fiestas, pero Halcón no aparecía por ninguna parte. Quizá sea mejor, razonó Mandy. Si la amara de verdad, se habría encargado de buscarla. En la Nochebuena, la familia Ashton abrió los regalos apilados bajo el enorme abeto mientras el fuego crepitaba acogedor en la chimenea. Una gorra para Wong Sun, un peine de nácar para Bessy. Mandy regaló al tío William un libro de poemas y varios pares de calcetines que ella misma


había tejido. Él la llenó de regalos: pieles, alhajas... pero, sin duda, el mejor regalo de todos fue Lady Ann. -Sé cuánto la aprecias -dijo-. Es tuya. Cuando llegues a casa y ya estés instalada, te la mandaré. En las últimas semanas, Mandy se había dado cuenta, con gran dolor, que debía regresar a Fort Laramie. No era volver a su vida de antes; antes de poder liberarse del pasado, debía solucionar los asuntos pendientes. Julia y Jason se encontraban allí. Además, las aventuras vividas le bastaban para toda una vida. No la habían hecho feliz, pero sin duda le habían obligado a crecer. El trabajo que había estado haciendo para su tío le demostraba que podía cuidar de sí misma; además, apenas quedaba nada de su relación con Mark después del accidente. Era hora de regresar a casa. Sólo un incidente le hizo considerar su permanencia. El día de Navidad encontró un pequeño paquete bajo el árbol. Tenía su nombre escrito, pero nada más. Arrancó el papel y abrió la minúscula caja de terciopelo. Sobre una almohadilla de satén blanco, había una joya en miniatura que representaba un gatito que la miraba fijamente con sus ojos de diamante. Los ojos centelleaban a la luz del fuego y sus propios ojos se llenaron de lágrimas. Sólo una persona pudo haberle hecho ese regalo. Mandy lo estrechó contra su pecho e intentó buscarle algún significado. No osó hacerse demasiadas ilusiones. Conociendo a Halcón como ella lo conocía,


si es que era de él, podía ser tanto un gesto de disculpa por su conducta en la isla, como un simple detalle por el recuerdo de una amistad pasada. Se negó a permitirse utilizar otra palabra para describir su confusa relación. Al día siguiente, pidió permiso a su tío para utilizar el carruaje; pidió al cochero que la llevara al hotel Enterprise. Aún faltaban algunas horas para que los invitados comenzasen a llegar para las celebraciones de la Navidad. Podía estar de vuelta con tiempo más que suficiente. Necesitaba hablar con James. Apenas entró en el vestíbulo vio que éste descendía la escalera de su habitación. Le dio las gracias por el perfume que le había regalado, y él le agradeció la bufanda que ella le había tejido. Entonces Mandy le habló con brevedad de la joya en miniatura. James le dirigió una sonrisa irónica. -Sí, ha sido Halcón. Apostaría mi vida a que ha sido él. Jamás pudo olvidar la situación que vivisteis con aquel cachorro de lince rojo. Ese día se sintió muy orgulloso de ti, aunque no lo admitiese. -¿Dónde está él, James? Quiero agradecérselo. -Me temo que no podrás verlo hasta dentro de algún tiempo. Le ofrecieron algo parecido a una misión de estado, creo, y él aceptó. Estará ausente unos tres o cuatro meses. Todo muy secreto y enigmático. Ni siquiera a mí me


contó los detalles James la acompañó al carruaje-Yo estoy cuidando su rancho, aunque no le hace ninguna falta. Jesús Ramírez, su hombre de confianza, es muy eficiente. Mandy desvió la mirada. -Entonces supongo que el regalo es su manera de decir adiós-dejó que James la ayudara a subir al carruaje-. Regresaré a Fort Laramie en cuanto se derrita la nieve y podamos cruzar las montañas. -Siento que salieran así las cosas -dijo James-. Me encargaré de darle tu regalo cuando lo vuelva a ver. Mandy apenas podía escuchar sus palabras. Halcón se había ido de su vida para siempre. Pensó en sus ojos castaños aterciopelados, la manera en que un extremo de la boca se le curvaba cuando sonreía, el tacto de sus fuertes manos morenas en su cuerpo. De alguna forma, de algún modo, tenía que encontrar la fuerza necesaria para olvidarlo. Los meses transcurrieron con lentitud pasmosa. Mandy esperaba ansiosa que el tiempo cambiara para poder planear el viaje de regreso a casa. Cada vez sentía más urgencia de abandonar Sacramento y los re-cuerdos que la ciudad guardaba. Se preguntaba si los dos mil kilómetros la ayudarían a olvidar. Tenía serias dudas, pero valía la pena intentarlo. Estaba ansiosa por ver a Julia y Jason; también quería aclarar los asuntos con su padre. Aunque había perdido toda esperanza de volver a ver a Halcón, lo echaba


mucho de menos, como siempre que se habían separado. Había días en que lamentaba no haberse sincerado jamás con él en cuanto a sus sentimientos, e incluso lamentaba no haber aceptado ser su amante. Pero ahora todo era historia pasada. Por fin, el tiempo mejoró. Su partida estaba prevista para después de una semana, primero en tren y después en diligencia, con la que emprendería el largo trayecto de regreso a casa. En menos de tres semanas estaría de vuelta en Fort Laramie. 26 -¡Oh, tío William, te voy a echar de menos! A Mandy se le humedecieron los ojos mientras daba a su tío un abrazo de despedida. Él carraspeó para aclararse la garganta, y se apartó de ella. -Cuídate, querida mía. Y transmítele todo mi amor a Julia. Dile... dile... palmeó la mano de Mandy-. Sé que le dirás las palabras adecuadas. Mandy asintió. -Piensa en lo que te he dicho -añadió el gobernador, refiriéndose al trabajo que le había ofrecido-. Me has acostumbrado mal. No sé cómo me arreglaré sin ti. -Lo haré, tío William. Volvió a abrazarlo y subió al tren; apenas llevaba unos pocos bolsos


pequeños. Ya se había despedido de Bessy y de Wong Sun en la casa. Guardó los bolsos debajo de su asiento y se volvió para ver una figura alta y delgada que avanzaba hacia ella por el pasillo. -No habrás pensado que abandonarías la ciudad sin despedirte de mí, ¿verdad? James sonrió ampliamente, alzándola en vilo al abrazarla estrechamente. Los últimos vestigios de control la abandonaron por completo. Sintió que las lágrimas le escocían los ojos. -No me hagas llorar, James -miró por última vez los pícaros ojos negros de su amigo-. ¡Me alegro tanto de que hayas venido! Sabes que te echaré a faltar -volvió a abrazarlo y sintió una punzada de dolor en el corazón-. Di... di a Halcón... dile adiós de mi parte, ¿lo harás? -Se lo diré -prometió él con voz algo ronca. Se dio vuelta, no sin que antes ella percibiera la sombra de tristeza que había en sus ojos. -Dile... dile... que estaré pensando en él -terminó de decir en un susurro. James asintió. -Tú cuídate, ¿me oyes? La abrazó una vez más y corrió hacia la salida mientras el tren traqueteaba lentamente, alejándose de la estación.


Ella vio a James y al tío William por la ventanilla y movió la mano para saludarlos hasta que se perdieron de vista. Se preguntó si habría tomado una decisión acertada. Suspirando, se recostó en el asiento, sintiéndose ya incómoda. El viaje en tren fue prolongado, pero transcurrió sin incidentes. Cuando llegaron a la estación de Elko, ya estaba aguardándolos la diligencia. Durante los últimos meses, el ferrocarril había avanzado aún más hacia el este, lo que ayudó, aunque fuera un poco, a acortar su viaje. Elko se parecía mucho a Reno. No era más que otra terminal ferroviaria construida para alojar a los hombres que trabajaban en la línea. Elko era también posta de recambio de diligencias, ya que la siguiente población de cierta importancia que le seguía era Salt Lake City, a varios cientos de kilómetros de allí. La diligencia era, como de costumbre, incómoda, e iba atestada. Mandy viajaba junto a un robusto comerciante que olía marcadamente a ajo y a una larguirucha solterona que había aceptado un puesto de maestra de escuela en uno de los fuertes que había a lo largo del río Platte. Otros pasajeros fueron y vinieron en un fárrago indiscriminado. Polvorientos kilómetros de desierto pasaron por su ventanilla. Hasta la vida animal parecía haberse metido bajo tierra. Los matorrales de salvia, en minúsculos borrones oscuros, interrumpían cada tanto el desolado paisaje. Todo le


había parecido en extremo excitante cuando lo había atravesado junto a Halcón y a James. Ahora, el escenario le parecía tan insulso como la comida servida en las sucias estaciones. A lo largo de los días que siguieron, las estaciones de tren, los pequeños pueblos y los puestos comerciales pasaron a confundirse en una sola cosa. Cuando llegaron a la llanura, Mandy había llegado a una decisión. Tan pronto aclarara las cosas con su padre, regresaría a Sacramento y aceptaría el empleo que le había ofrecido su tío. Buscaría a Halcón y se convertiría en su amante -si todavía él deseaba que lo fuera-, ¡y al demonio con su conciencia! Su vida estaba vacía sin él. Al menos, estando junto a él, tendría la posibilidad de hacer que la amara tanto como ella lo amaba a él. Entonces pensó en Wishana. Era la mujer que Halcón amaba. Tal vez estuviera con ella en ese preciso momento. La imagen del hombretón en brazos de otra mujer la atormentó. ¿Cómo podía ir hacia él, cuando claramente amaba a otra? Discutió interminablemente consigo misma. ¡Ojalá nunca lo hubiese conocido! El coche se detuvo brevemente ante una casa de posta hecha de adobe. Cambiaron los caballos. Uno de los pasajeros se marchó, y otro, un joven y arrogante vaquero que la miraba descaradamente, ocupó su lugar. -Hola, señora -se tocó el ala del sombrero que llevaba-. Me llamo Jeremy


Lake -el vaquero delgado y patizambo se presentó y estrechó la mano del comerciante. Sus polvorientos pantalones de dril rasparon audiblemente el tapizado del asiento cuando se sentó al lado de Mandy. -Me llamo Peabody-dijo el comerciante-. Encantado de conocerlo. -Soy la señorita Sarah Farminton -dijo la maestra, arreglándose remilgadamente los puños. El coche partió en medio de una nube de polvo. -¿Cómo es su nombre, señora? -preguntó el vaquero. -Me llamo Samantha Áshton. ¿Cómo está usted, señor Lake? Tras estas formalidades de cortesía, volvió la cabeza para mirar hacia fuera, indicando claramente que no deseaba entrar en la conversación. -He oído decir que se han producido algunos problemas por aquí con los indios -dijo el vaquero, esperando despertar su curiosidad. Ella no le prestó atención. Sacó un libro de su bolso y hojeó unas páginas. -Podría ser que nos viéramos en dificultades -siguió diciendo el vaquero. La maestra pareció a punto de desmayarse. -¡Ciertamente, espero que no! -bramó Peabody-. Y no me parece que esta clase de conversación sea adecuada para las damas. El vaquero se limitó a sonreír, disfrutando con el desasosiego que estaban causando sus comentarios. Apoyó su desgarbada figura en el respaldo del


asiento y se bajó el sombrero hasta los ojos, espiando a Mandy con lo que esperaba fuera cierta discreción. Cuando su mirada se posó sobre sus pechos, su boca se curvó en una sonrisa apreciativa. Mandy siguió sin hacerle caso. Decidió dormir un poco. Después de convencer a su cuerpo de que debía dormir sentada, se dejó llevar por la somnolencia, dormitando intermitentemente. No despertó del todo hasta que los primeros rayos de sol aparecieron detrás de las colinas. Se desperezó, bostezando, todavía medio dormida. Estaba alisándose las arrugas de su traje de viaje color borravino, cuando llegaron los indios. Los salvajes alaridos lograron despertarla por completo. Comenzó a martillearle el corazón. El pandemonio estalló dentro del coche cuando el cochero azuzó a los caballos y avanzó dando bandazos por el camino sinuoso. El enjuto vaquero ayudó a Mandy a mantenerse en su asiento, desenfundó su revólver, apuntó y disparó varias veces contra sus perseguidores. La señorita Farminton sollozaba histéricamente. -¡Todos vamos a morir! Lo sé. Vamos a morir. Nunca debería haber venido a estas tierras dejadas de la mano de Dios... -¡Cállese! -la regañó el vaquero-. Mantenga la boca cerrada y la cabeza baja. Peabody, ¿tiene un arma?


El comerciante farfulló incoherentemente hasta que logró articular alguna palabra. -Vaya, sí... -¡Pues entonces, úsela! Mandy estaba esforzándose para mantenerse en su asiento. Podía ver a los indios detrás de ellos. Iban desnudos, apenas llevaban un taparrabos, y estaban cubiertos de pintura de guerra. Algunos habían puesto plumas en su trenza, otros llevaban un escudo de cuero decorado. El coche avanzó como una exhalación, poniendo un poco de distancia entre ellos. Parecía que podrían escapar, cuando nuevos gritos se oyeron delante de ellos. Mandy vio que allí había más guerreros pintados, además de pequeños grupos que descendían de las colinas. Pronto el coche se vio rodeado de salvajes semidesnudos que montaban a pelo; Mandy se sintió más aterrada que nunca en toda su vida. Vio que el cochero caía del pescante con una flecha clavada en la espalda. Los caballos se dispararon enloquecidos; el guardia, aparentemente, había sido muerto o herido. De improviso, dentro del coche cesó por completo el estrépito de los disparos. Sólo se oía el zumbido de las ruedas que giraban por el camino. El vaquero se desplomó sobre su misma falda, con la sangre brotándole de una herida abierta en el pecho. Peabody siguió disparando. Su pistola estaba descargada, pero el percutor seguía golpeando las vainas


vacías, mientras Peabody mantenía la vista fija en algún punto delante de él como si estuviera en trance. El coche aminoró la marcha cuando varios indios se treparon sobre el techo y tomaron las riendas de los aterrorizados animales. Mandy y la señorita Farminton se miraron una a otra para después mirar a Peabody, que seguía gatillando el revólver vacío. Sobrecogidas, se tomaron fuertemente de las manos. -Tenemos que ser fuertes si queremos sobrevivir a esto -susurró Mandy. Entonces se abrió la portezuela del coche y por ella metió la cabeza un corpulento salvaje cubierto de sudor, con el rostro que parecía una máscara roja. Lanzó un chillido alborozado y sacó por la fuerza a Mandy. La portezuela del otro lado fue abierta por otro indio, y la señorita Farminton fue arrojada al suelo. A continuación hicieron lo mismo con Peabody, que seguía mirando hacia delante con ojos vacíos. Los indios registraron el coche y después a Peabody. Arrojaron al suelo la caja fuerte. Los decepcionó comprobar que sólo contenía correspondencia. Tras tan precario éxito, uno de los guerreros volvió su atención hacia Peabody, que había comenzado a sollozar. Otros tres guerreros comenzaron a golpearlo con violencia. Llovieron sobre su cabeza los golpes; puños y pies aporrearon su estómago. Los indios comenzaron a


arrancarle las ropas, forcejeando para ver cuál se quedaba con su vistoso chaleco. Las mujeres apartaron la mirada cuando Peabody, desnudo y todavía Sollozante, fue llevado hasta un claro y estaqueado al sol. -No podré sobrevivir a esto. Sé que no podré -la voz de la señorita Farminton era casi inaudible. -Puede, y lo hará -susurró ásperamente Mandy. Sabía que debía ser fuerte por las dos. El jefe se ocupó de registrar la diligencia. Después, avanzó resueltamente hacia las mujeres. Sonriendo alegremente, tomó la solapa del traje de Mandy y le rasgó toda la parte delantera. Los demás se unieron a él, arrojando a las dos mujeres al suelo y rompiéndole las ropas. Se interrumpieron apenas un instante, para disputarse el botín. El miedo se apoderó de Mandy como si se tratara de una enorme bestia maligna. Uno de los guerreros le quitó la chaqueta, que sostuvo en alto con gesto victorioso. El sol reverberó sobre el gatito de cuentas brillantes. Mandy pensó en Halcón, y el pensamiento le dio valor. Aferró lo que quedaba de sus destrozadas ropas, con el pelo enmarañado y el rostro cubierto de tierra. Sabía que podían arrancarle el resto de la ropa en cualquier momento. Una idea comenzó a cobrar forma en su mente. Era un lance muy audaz,


pero no tenía nada que perder. Recordó las historias que le contara James sobre el aprendizaje cheyene de Halcón. Se preparó para resistir cualquier cosa que sucédiera y se obligó a mantener la calma. -Basta ya con esto -ordenó descaradamente. El jefe dejó de hacer lo que estaba haciendo, y la miró con incredulidad. Los demás también se detuvieron. -No tenéis ningún derecho a hacer esto. ¡Devolvedme eso, inmediatamente! Le arrancó la chaqueta de las manos y metió el brazo en una manga. Uno de los guerreros volvió a quitársela, insultándola en un lenguaje que ella no reconoció. Apretó los dientes, se hizo fuerte y le cruzó la cara de una bofetada. En el silencio que siguió, Mandy pudo oír su corazón golpeándole con tanta fuerza que no dudó que ellos también pudieran escucharlo. Pero se mantuvo en sus trece. Apoyó las manos sobre las caderas y miró fijamente a los oscuros ojos del guerrero indio. Si esto no la salvaba, quizás él se enfureciera lo suficiente y la matara ahorrándole el espantoso sufrimiento. -¿Ha perdido el juicio? -oyó que susurraba la señorita Farminton. El guerrero dio un paso hacia ella, con los ojos entrecerrados. El sudor resbalaba por su rostro cubierto de pintura. Le soltó una gutural parrafada


y después le dio un golpe en la mejilla que la arrojó al suelo. El sabor salado de la sangre le llenó la boca. Pensó en todo lo que había vivido desde que se había marchado de casa, y rezó pidiéndole a Dios que le diera la fuerza que necesitaba. Aspiró con fuerza y se puso de pie. La sangre manaba de la comisura de sus labios cuando recogió su desgarrado traje. -¡Eso es mío! -exclamó-. ¡No tiene derecho a quitármelo! El indio volvió a golpearla, arrojándola una vez más al suelo. No podía dejarlo ganar. Volvió a incorporarse, se tambaleó ligeramente y entonces, recobrando la compostura, volvió a tratar de quitarle el traje. -Eso es mío -dijo con voz más débil, pero todavía decidida. Él volvió a golpearla. Ella trastabilló y volvió a caer. Le dolía la cabeza y sintió que la acometía una oleada de náuseas, pero los hombres no realizaron ningún movimiento para matarla. Debía seguir adelante. Se dispuso a volver a incorporarse, exhausta por el esfuerzo. El indio se puso junto a ella, listo para volver a golpearla. -¡Heyoka!-gritó el jefe, interponiéndose entre ambos. La miró con un extraño destello en los ojos. Dio a los hombres varias órdenes; ellos gruñeron, pero la dejaron donde estaba. A través de su vista nublada, pudo ver a la señorita Farminton que la contemplaba con incredulidad.


Los indios se dispusieron a marcharse. Uno de ellos la puso de pie de un tirón, le ató fuertemente las manos sobre el regazo y la subió a uno de los caballos de tiro. Hicieron lo mismo con la señorita Farminton. Ululando con sus voces guturales, se dirigieron todos hacia las colinas. Mandy pudo ver una columna de humo negro; supo que habían puesto fuego a la diligencia. Cabalgó a horcajadas, cubierta apenas con lo que quedaba de su traje de viaje. El gatito de cuentas se había perdido en algún momento del forcejeo, lo que la hizo sentir más sola que nunca. Sin silla y en su condición tan débil y conmocionada, tuvo que apelar a todas sus fuerzas sólo para mantenerse sobre el caballo. Cabalgaron todo el día, deteniéndose sólo brevemente para dar agua a los caballos. El viaje fue una tortura. Sentía dolorida y en carne viva la parte interior de los muslos; el costado de la cara, allí donde el indio la había golpeado tan brutalmente, le palpitaba dolorosamente. El terreno era tan escarpado que tuvo que apretar al animal con las piernas y enroscar los dedos en sus crines para mantenerse sobre el huesudo lomo. Mandy recordó la primera semana con Halcón y James. Las penurias que había soportado con ellos no eran nada comparadas con esto; sin embargo, gracias precisamente a esas mismas penurias, ahora tenía más posibilidades de sobrevivir. Se compadeció de la señorita Farminton, que había quedado inconsciente.


Los indios habían atado su cuerpo sobre el lomo de uno de los caballos. Mandy se obligó a no perder el coraje. Si lograba sobrevivir a los próximos días, tendría alguna posibilidad. Esa noche, cuando se detuvieron para pernoctar, el jefe se vio obligado a arrancarle los dedos de las crines del caballo. La bajó arrastrándola, pero ella no pudo mantenerse de pie. En cambio, se desplomó sobre sus miembros inútiles. Uno de los guerreros le alcanzó un tazón de algo caliente para comer. Era algo viscoso y repugnante, pero era alimento; sabía que lo iba a necesitar. Cuando su cuerpo dolorido comenzó a reaccionar, miró a su alrededor, buscando a la otra mujer. La señorita Farminton estaba consciente, lloriqueando penosamente a corta distancia de ella. Mandy enfocó su atención en los hombres reunidos alrededor del fuego. La pintura que les cubría el rostro y el sudor que resbalaba por sus cuerpos resplandecían a la luz de la luna, haciéndolos parecer mensajeros de Satanás. Parecían estar enzarzados en alguna clase de discusión. Un horrible temor la invadió cuando se dio cuenta de que ella era el tema del debate. El jefe no dejaba de menear la cabeza, moviéndose entre ella y el resto de los guerreros. Finalmente, desenvainando su cuchillo, pareció desafiar a sus compañeros. Todos retrocedieron entre gruñidos. El jefe dijo algunas


palabras más y señaló a la maestra. Mandy ahogó un sofoco. Oh, Dios, no dejes que le hagan daño. Los hombres se apretujaron en torno a la maestra. Brutalmente le arrancaron lo que le quedaba de ropa. Ella sollozó y gritó, pero no hizo nada para defenderse. Uno tras otro, los hombres se sacaron el gusto con su frágil cuerpo, golpeándola con sus puños mientras la manoseaban. Mandy se quedó mirando, asqueada por el horror, pero incapaz de alejarse, esperando ser la siguiente víctima. Pero los hombres no intentaron acercarse a ella. Parecieron satisfechos con su perversidad, y finalmente se arrastraron hasta el fuego. Mandy cerró los ojos. Después de lo que le parecieron horas, cayó en un piadoso sueño exánime. Al día siguiente continuaron el viaje, con la salvedad de que en esta ocasión, los indios llevaban un caballo de más. El cuerpo maltratado y sin vida de la infortunada señorita Farminton quedó tendido bajo un matorral de salvia. Avanzaron a todo galope; Mandy se aferró tenazmente a su caballo. Ahora avanzaban por un terreno aún más escarpado y montañoso. Al atardecer, tras atravesar una cresta rocosa, llegaron a una pequeña aldea india situada a su abrigo. Las mujeres salieron de sus tiendas y rodearon a los guerreros victoriosos, seguidas por perros que ladraban y niños sonrientes.


Después de mirar a Mandy de arriba abajo y tirarle del enmarañado pelo, las mujeres la bajaron a la fuerza del caballo. Le arrancaron lo que le quedaba de ropa y se disputaron ferozmente cada trozo de sucia tela y de ropa interior de encaje. Mandy se negó a dejarse vencer por la histeria. Sabía exactamente qué aspecto ofrecía -su pelo estaba sucio y enredado, su rostro, magullado e hinchado, y sus ojos hundidos y vacíos-, pero estaba viva. Las mujeres la golpearon con palos y la empujaron hasta el centro de la aldea, donde finalmente Mandy cayó sobre sus rodillas. La levantaron de un tirón y la ataron a un poste clavado en lo alto de un montículo cubierto de hierba. Mandy se sintió abochornada y humillada, pero mantuvo la cabeza alta, procurando mantener toda la dignidad que pudo. El jefe se acercó a ella, hablando de una forma que a ella le pareció posesiva. Sintió que se encogía de pavor y deseó que la hubieran matado ese primer día. Sin dejar entrever sus verdaderos sentimientos, miró al jefe directamente a los ojos y le escupió en la cara. Con un gruñido ronco y bestial, el hombre le dio una fuerte bofetada en el rostro. El golpe le repicó en los oídos. Se desplomó hacia delante, sumiéndose lentamente en una bendita inconsciencia. Cuando reaccionó, oyó voces a su alrededor que discutían agriamente. La


cabeza le cayó sobre el hombro. "Están planeando torturarme", pensó. "Están discutiendo cuáles de sus horribles métodos van a utilizar." Con gran esfuerzo, levantó la cabeza. Un corpulento guerrero apareció frente a ella. Iba cubierto apenas con un taparrabos. En su torso brillaban las gotas de sudor. Sus piernas fibrosas estaban tirantes, como si estuviera enfadado. Mandy lo miró a los ojos: amenazadores círculos negros, encajados en una máscara de brillante pintura amarilla. En la parte superior del cuerpo, llevaba dibujos geométricos en negro y amarillo. Mandy se estremeció involuntariamente de temor y repugnancia. El golpe que tenía sobre la sien le palpitaba con violencia, pero logró dominar su terror. Trató de enfocar el rostro del hombre, pero la cabeza se le volvió a caer sobre el hombro, y se encontró contemplando el amplio pecho del guerrero. Se obligó a levantar los ojos, pero no pudo enfocarlos. Tal vez se propusiera matarla. La muerte sería una alternativa bienvenida a la tortura que, estaba segura, planeaban infligirle. Se humedeció los agrietados labios y se forzó a emitir la voz. Sólo logró emitir un ronco susurro. -Si tengo la oportunidad... lo mataré. Si trata de tomarme por la fuerza... pelearé con usted hasta morir -fue todo lo que logró decir antes de que le volviera a caer la cabeza sobre el hombro.


El indio alto le tomó la barbilla y se la levantó con suavidad, mientras con sus profundos ojos castaños intentaba perforar el velo de dolor que nublaba su vista. -Siempre has peleado conmigo, pequeña, pero al final siempre gano yo. Las palabras dichas en voz baja y en inglés lograron confundirla. -¿... Halcón? No fue más que un angustiado murmullo pero destrozó el corazón del hombre. Mandy cerró los ojos. Debía estar delirando. Sólo había imaginado oír la voz de Halcón. La fuerte mano seguía sosteniéndole la barbilla, suave pero firmemente. -Sam, debes prestarme atención. Tienes que hacer exactamente lo que te diga. Mandy abrió los ojos. El corazón comenzó a golpearle en el pecho. ¡Era Halcón! ¡Realmente estaba allí! Sintió brotar en ella un débil vestigio de fuerza y se incorporó todo lo que pudo. -¿Me entiendes, Sam? -la sacudió con delicadeza. -Sí -musitó ella. Águila Veloz te ha reclamado como su presa. Le he dicho que eres mi mujer y que él no puede reclamar lo que me pertenece. Pero insiste en que eres


suya. Según las costumbres cheyene, la única manera justa de zanjar el asunto es pelear por ti -bajó los ojos para mirarla con ojos implacables. Mandy se dio cuenta de que trataba de transmitirle algo de su fuerza. -¿Vas a pelear con él? -le preguntó con voz algo más firme-. ¡Pero puede matarte! -¿Qué pasa contigo, pequeña? ¿No me tienes fe? -Halcón sonrió y le rozó los labios magullados y ensangrentados con los suyos. -No te marches bromeó-. Vuelvo enseguida. Se volvió, para dirigirse lentamente hacia su oponente. Jamás en su vida él había pasado por tan grande prueba de control de sí mismo. Bajo su aparente calma, bullía de furia. Tuvo que apelar hasta a la menor partícula de voluntad para no romper las sogas que sujetaban a su valiente mujercita. Ansiaba destruir a Águila Veloz con las manos desnudas, pero hacerlo implicaba firmar la sentencia de muerte de la joven. Si quería que siguiera viviendo, debía acatar las reglas, las reglas cheyenes. 27 Mientras avanzaba hacia su contrincante, Halcón endureció su espíritu. La historia del ataque había viajado raudamente a través de las montañas. Junto al relato de la victoria, se contaba el de una bella mujer de brillante cabellera castaña y la fiereza de un gato montés, una mujer que Águila Veloz reclamaba como suya. Halcón había ido hasta la remota aldea con la


intención de hacer lo que pudiera por esa mujer. Quizá pudiera negociar su liberación. No había esperado encontrarse con Samantha Ashton, la mujer que poblaba sus sueños. Águila Veloz y él habían discutido vehementemente, por fin convinieron arreglar la disputa según la tradición cheyene. Al pensar en todos los hechos, Halcón se estremeció. ¿Y si no hubiera ido? ¿Qué destino habría aguardado a la joven? Abrumado por la culpa, pensó en la forma en que se habían separado. Ganaría esta pelea y después, de alguna manera, hallaría la manera de reparar el daño hecho a la muchacha. Mandy contempló horrorizada a los dos hombres mientras se ataban la muñeca izquierda con un tiento, dejando un metro escaso de distancia entre ambos. Cada uno aferraba un cuchillo en su mano derecha y comenzaron a moverse cautelosamente en círculo. Ambos estaban cubiertos de pintura; en pocos minutos más, también lo estuvieron de sudor. Halcón tenía hombros mas anchos y cintura más fina que Águila Veloz, y en sus movimientos había algo de la elasticidad de un felino ante su presa. Los movimientos de los rivales eran hábiles y llenos de gracia. Las hojas silbaban en el aire con letal expectativa. Los dos eran diestros y competentes con el cuchillo. Halcón se agachó y saltó hacia Águila Veloz, luego volvió a alejarse. Águila Veloz hizo otro tanto. Mandy sintió


nuevamente el aguijón del miedo cuando el brillante puñal rozó el torso de Halcón, en el que apareció una fina línea roja que se expandió en varios tentáculos sobre los músculos de su pecho y su estómago. Águila Veloz arremetió hacia delante, pero Halcón lo esquivó y contraatacó como respuesta. Águila Veloz recibió el impacto, pero el puñal rebotó contra una costilla y se desvió. Águila Veloz embistió el aire. Halcón se agachó. El filo de la hoja le cortó la mejilla. Entonces logró clavar profundamente su cuchillo en el brazo de Águila Veloz. Retrocedió girando sobre sí mismo cuando su rival volvió a atacar. Águilá Veloz erró pero cortó a Halcón en el hombro. Había sangre por todas partes. Ambos contrincantes mostraban macabras máscaras de sangre. Incluso las muñecas atadas estaban bañadas en sangre. Mandy no podía apartar los ojos de la horrorosa aunque fascinante escena. Le costaba mirarlos, pero no podía dejar de hacerlo. Su propia sangre se agolpó en sus venas a medida que los hombres continuaron su combate. Su propia fatiga pasó a segundo plano. Sabía qué cerca de la muerte estaba Halcón. Un nuevo golpe cortante lanzó a Águila Veloz en las rodillas. Gruñendo de dolor, golpeó duramente a Halcón en el estómago con el hombro. Ambos rodaron sobre el suelo cual dos gladiadores, orgullosos e intrépidos,


trabados en un abrazo mortal. Volvieron a relucir los puñales. Mandy sintió un nudo en el estómago. Por favor, Dios, no dejes que muera. La larga silueta de Halcón rodó hasta situarse encima del otro bizarro guerrero. El cuello y los brazos de Halcón mostraban los músculos agarrotados. Aprovechó su ventaja. Con una rápida acometida, Halcón clavó su cuchillo entre las costillas de su rival, levantándolo y retorciéndolo al mismo tiempo. Con expresión sombría, se incorporó sobre el guerrero muerto. Halcón no sentía júbilo alguno por su victoria. El guerrero que había sido bizarro y orgulloso ahora yacía silencioso y bañado en sangre. Águila Veloz había luchado contra la invasión de los blancos de la única manera que él sabía hacerlo. Atacar la diligencia era el símbolo de su negación a aceptar la muerte de una forma de vida. Halcón celebró en silencio el coraje del guerrero muerto, después cortó la tira de cuero que los mantenía unidos, y se dirigió hacia la muchacha. Mandy se derrumbó sobre sus ataduras con alivio. Los mocasines del hombretón se movieron sin hacer ruido sobre la tierra húmeda de las montañas a medida que él se acercaba a ella, aunque podía percibirse una implacable determinación en sus zancadas. Los restantes miembros del grupo le abrieron paso, pero el murmullo de su descontento podía oírse claramente detrás de él.


-¡Gracias a Dios que estás bien! -susurró Mandy mientras él comenzaba a desatarla. -Sam, hay algo más que debes hacer -le tomó la cara sucia de tierra con su mano ensangrentada-. Debes caminar detrás de mí por tus propios medios. Debes demostrar la verdad de mis palabras. ¿Crees que llegarás hasta mi caballo? -le torturaba tener que pedirle otra demostración más de valor. Mandy sonrió débilmente. -¿Quieres una carrera? -graznó con voz chirriante. Él le devolvió la sonrisa. Mentalmente evocó la escena sobre la cubierta del Sacramento Queen, y la amó más que nunca. Ya la había dejado escapar una vez. No volvería a hacerlo. Cortó la última tira de cuero crudo y la ayudó a enderezarse. -Vamos. Le apretó la mano y luego, dándole la espalda, comenzó a caminar lenta pero orgullosamente hacia su caballo. Las piernas de Mandy se le. antojaron ramas de sauce; le temblaban y flaqueaban bajo su peso, pero la sostuvieron. Echó los hombros hacia atrás y mantuvo la cabeza en alto. Tomando fuerzas de la mirada de orgullo que había visto en los ojos de Halcón al soltarle las ligaduras, caminó a lo largo de lo que le parecieron kilómetros hasta donde él la esperaba con el


caballo. Fijó los ojos en él y pudo ver la angustia que lo dominaba por no poder ayudarla. Dio un lento y torturado paso detrás del otro, apoyando cada pie con firmeza sobre la tierra frente a ella, dispuesta a no caer. Halcón desenrolló una suave manta de gamuza cuando vio que ya estaba cerca. Cuando finalmente llegó hasta él, la envolvié con ella y la alzó dulcemente en sus brazos. La subió al ruano y la acomodó protegiéndola contra su pecho. Mandy sentía que su cuerpo era un despojo gimiente de dolor, pero aunque ese sufrimiento era un permanente recordatorio de lo sucedido nada le parecía real. Halcón guió a su caballo a través del corro de los hostiles miembros de la tribu y enfiló hacia las colinas. Mandy se apoyó pesadamente contra su pecho. Ansiaba dormir, pero a cada minuto se despertaba y apretaba el brazo de Halcón o le tocaba el pecho para confirmar que no estaba soñando. Finalmente sonrió y se dejó vencer por el sueño. Mientras cabalgaban en silencio hacia la aldea de Halcón, éste acunó a la joven con gran dulzura. Aun sucia, golpeada y magullada, estaba hermosa. Su corazón latía por ella. Mantuvo al ruano a un paso tranquilo, tratando de reducir al mínimo su sufrimiento. Halcón había regresado a su aldea dos meses atrás, como el guerrero Halcón Negro. La tribu había aceptado su presencia sin preguntas. Oficial-


mente, los cheyenes estaban en paz con los blancos, pero Halcón se encontraba allí por expreso pedido del presidente Grant. Habían corrido rumores acerca de la presencia de oro en las Black Hills, una región concedida por un tratado a los pueblos Cheyene y Sioux. Los blancos habían estado inmiscuyéndose en las tierras de los indios, violando los términos del tratado. Las tribus estaban inquietas, y varios grupos pequeños habían comenzado a atacar por sorpresa y a matar. Águila Veloz había sido el jefe de una de esas bandas. A Halcón le pesaba en el corazón el hecho de haber matado al valiente guerrero, pero al mirar el rostro pálido de la mujer que dormía en sus brazos, supo que volvería a hacerlo si se veía obligado. Atravesaron un desfiladero rocoso y la aldea, un gran campamento junto al borde de un pinar, apareció ante ellos. Empinadas montañas, coronadas con recortadas cumbres, lo rodeaban, y las tiendas se diseminaban por la verde llanura. Por doquier se veía el resplandor de las hogueras que llenaban el aire con el olor del humo y el crujido de los troncos de pino; Mandy despertó de su sopor. Cuando llegaron al campamento ladraron los perros, y hombres, mujeres y niños corrieron a darles la bienvenida. Sosteniendo a Mandy dentro del círculo de sus brazos, Halcón levantó la pierna por encima del pescuezo del


caballo, y se deslizó fácilmente al suelo. Habló rápidamente en cheyene, se agachó para entrar en una tienda. Llevó a Mandy hasta un jergón de piel de búfalo y la acostó con cuidado. Mandy quería darle las gracias. Decirle todo lo que no le había dicho antes. Quería decirle que lo amaba. En lugar de eso, sintió que todo daba vueltas a su alrededor y se sumió en la oscuridad. Halcón la miró inconsciente sobre la piel de búfalo y sintió que las lágrimas fluían a sus ojos. Comenzó a barbotar órdenes como un demente. Varias mujeres indias trajeron agua, madera para encender fuego, caldo, trapos limpios. Todo lo que él pedía. Halcón se abocó a la tarea de curarla, aun sabiendo que sería un esfuerzo inútil. A medida que pasaron las horas, fue sintiéndose cada vez más desanimado. ¿Es que la había encontrado sólo para perderla definitivamente? ¿Por qué no había dejado de lado sus celos y su desconfianza para pedirle que fuera suya, como había deseado hacerlo más de mil veces? ¿Por qué había dejado que su orgullo y su temor al rechazo se interpusieran entre ellos? Desde su regreso a la aldea había tenido tiempo para pensar y meditar en lo vivido en los últimos seis meses. La respuesta siempre era la misma. La amaba, pero la había dejado escapar. Lo sucedido con Mark Denton carecía de importancia. Si la tenía junto a él, tal vez podría tener la oportunidad de ganar su amor. Ahora podía ser demasiado tarde.


Contempló la menuda figura pálida tendida sobre la manta y se le estrujó el corazón. ¡Parecía tan inocente, tan pequeña, tan... vulnerable! No la dejaría morir. Iba a obligarla a vivir. Sam debía recuperarse para que él pudiera decirle todo lo que había pensado decirle cuando volviera a verla. Ya había decidido que iba a buscarla tan pronto terminara su misión. No estaba seguro de encontrarla en Sacramento, pero la encontraría algún día. Tenía la certeza de que ella había dado por terminado su romance con Mark Denton. Muy raramente los había visto juntos después del viaje de la muchacha a San Francisco. Por lo menos, ese obstáculo ya no se levantaba entre ellos. Planeaba ofrecerle matrimonio, como debería haber hecho desde el principio. Entonces, si ella volvía a rechazarlo, lo aceptaría. Al menos le habría dicho lo que sentía y lo vacía que había sido su vida sin ella. Le habría dicho que la amaba. Por duro que fuera reconocerlo, sabía que la amaba, que la había amado prácticamente desde el principio. Había tratado de luchar contra eso, pero lo único que había conseguido era sentirse más desdichado. Mandy se movió en el jergón. -¡Soltadme! -farfulló, revolviéndose. Tenía la frente perlada de transpiración. Halcón le apoyó la mano sobre la frente. La sintió arder de fiebre; parecía


delirar. No era buena señal. -Mi padre... poderoso... no podéis hacer daño... a la hija del gobernador. Se acercó más a ella para comprender sus palabras, y supo que estaba reviviendo la pesadilla de su secuestro. -Tranquila, pequeña -le dijo-. Ya no pueden hacerte daño. Por favor, pequeña, tienes que ponerte bien. Ahora, calla. Calla -se le escapó un sollozo e inclinó la cabeza en silenciosa plegaria. Imploró a su dios -el dios del bosque y las montañas, el dios de los árboles y los ríos-, el dios de todas las cosas grandes y pequeñas. Por favor, haz que esta pequeña pueda salvarse. Mandy se encontraba en un mundo maligno donde todo estaba bañado en un resplandor de roja sangre. Las personas eran grotescas; las manos y los rostros eran más grandes que en el otro mundo; trataban de darle alcance para hundirla más profundamente en su extraño mundo. A algunos los conocía. Recordaba bien los dientes amarillentos o el ojo emparchado. Algunos iban desnudos y sus cuerpos brillaban de sudor o con la reluciente pintura roja. Otros ostentaban plumas y procuraban desnudarla. -¡No! ¡No...! ... lucharé... hasta la muerte! Quizá ya estuviera muerta. Quizás estuviera en el infierno, en castigo por sus deseos indecentes por Halcón y las noches pasadas en sus brazos. Al pensar en esos momentos, las imágenes de ambos también aparecieron


rojas: era el rojo fuego de la pasión, el ardor del goce y del placer. ¿Pero cómo podía ser maligno un amor semejante? Oyó vagas palabras de consuelo a través de una bruma de dolor. En ocasiones la voz era profunda, rica y bien timbrada. En otras, oía voces femeninas hablando en un idioma que no comprendía. ¿Qué? ¿Qué estaban diciendo? Finalmente, distinguió claramente una palabra: Wishana. La había dicho una de las mujeres indias. Estaba empezando a recordar. Se encontraba en la aldea de Halcón. Él la había llevado allí después de su lucha con Águila Veloz. Volvió a oírlo, Wishana, esta vez con mayor claridad. ¡Oh, Dios, Wishana debía de estar allí! Por eso Halcón estaba allí... ¡para estar con Wishana! El dolor se volvió insoportable. Volvió a hundirse más profundamente en el sangriento mundo rojo.


28 Pasaron cuatro días antes de que Samantha recobrara la conciencia. Cuatro de los peores días en la vida de Travis Langley. Desde que Sam había caído enferma, él había abandonado la tienda sólo en contadas ocasiones; siempre muy brevemente. La bañaba él mismo y le hablaba constantemente, fluctuando entre susurradas palabras de amor y violentas órdenes de que mejorara. Sus paisanos lo dejaron solo, sumido en el desconsuelo. Nadie tenía mucha esperanza en la recuperación de la menuda mujer blanca. Mandy olió el humo del aire antes de poder enfocar la vista. A medida que se le fue aclarando la visión, vio un hombre inclinado sobre ella con los ojos cerrados. Al principio no lo reconoció, tan demacrado estaba. Iba vestido como un indio, pero Mandy no le tuvo miedo. Él sintió sus suaves movimientos y abrió los ojos. Oscuros círculos los rodeaban, pero Mandy reconoció la suave mirada de esos aterciopelados ojos pardos. Halcón vio que lo reconocía y se le iluminó la cara. Por un instante, parecieron desaparecer las líneas de fatiga. -Sam -murmuró-, gracias a Dios que estás bien. -Halcón... pensé que... estaba... en el infierno. Yo... tú me rescataste de los


indios y de los malhechores y de... -todo volvió como marea a su memoria. Él la abrazó y la acunó contra él, acariciándole el pelo, pero se alejó para mirarla como si quisiera asegurarse que era real. -¿Cuánto... tiempo estuve inconsciente?-balbuceó, forzándose para articular. -Cuatro días. En un momento dado... pensé que volverías a dejarme... -se le quebró la voz. Tragó con esfuerzo, y apartó la mirada. Mandy alzó una mano temblorosa hasta la mejilla del hombre, obligándolo a volver el rostro nuevamente hacia ella. -Nunca volveré a dejarte -dijo en un susurro. Mientras lo decía la asaltó otro recuerdo, y se le hizo un nudo en el estómago. ¡Wishana! Quiso llorar de dolor y desesperación, pero las lágrimas se negaron a acudir. Dejó caer la mano y miró hacia otro lado. Halcón percibió su cambio de humor. -No apartes los ojos de mí... por favor. Sus palabras sonaban estranguladas; Mandy se preguntó por qué. -¿Quién me cuidó? -le preguntó, negándose a mirarlo a los ojos. Sentía que le volvían las fuerzas, pero sabía que aún no estaba preparada para la respuesta a la pregunta que debía formular. -Yo lo hice -dijo él-, y algunas de las mujeres.


-¡Tú! Mandy sintió que le ardía la cara de vergüenza por todo lo que ello implicaba. ¿Por qué razón iba a cuidarla, a menos que se interesara por ella? Porque era algo muy propio de él, se respondió. Era una cuestión de honor. Sabía que algunas de las mujeres indias lo habían ayudado; ella podía recordar sus voces. Quiso preguntar cuál de ellas era Wishana, pero le flaquearon las fuerzas; supo que la respuesta sería más de lo que en ese momento podía asimilar. Bebió el caldo servido en media calabaza que sostenía Halcón y volvió a quedarse dormida. La mañana la encontró con brios renovados. Oyó que Halcón andaba por la tienda, mientras ella se desperezaba, bostezando, regodeándose con su presencia. Lo observó con ojos entrecerrados. Él pareció no advertir su mirada. Estaba fresco y pulcro, vestido con sus pantalones y su chaleco de ante. De su cuello pendía un collar hecho de cuentas de hueso. El pelo, más largo de lo que lo tenía en Sacramento, se ondulaba sobre su cuello. Mandy ansió enredar sus dedos en los suaves mechones. Se pasó la mano por sus propios cabellos y notó que estaban limpios y brillantes. Le llegó el aroma de jabón de pino; se preguntó si habría sido él quien la había bañado. Se incorporó sobre el jergón y lo observó mientras él reparaba y organizaba sus aparejos de caza. Halcón sacó una larga flecha


de su carcaj y controló su rectitud. Percibió los ojos de Samantha fijos en él aun antes de darse vuelta para mirarla. La joven se apoyaba contra uno de los postes de la tienda; Halcón vio que ella parecía más saludable y que su rostro brillaba en la penumbra. Sus pechos plenos se asomaban bajo la manta de piel de búfalo; por primera vez desde que todo ese suplicio empezara, sintió el familiar tirón entre las piernas. -Veo que hoy te sientes mejor. Ya te han vuelto los colores a la cara -fue hacia ella. Mandy se sonrojó, lo que acentuó el atractivo de su semblante. -Usted también está muy bien, amable caballero -bromeó Mandy-. Me gustas mucho más ahora que te has quitado la pintura de guerra. Cuando Halcón le devolvió la sonrisa, el nudo de desesperación volvió a cerrarle el estómago. ¿Dónde había pasado la noche? Miró para otro lado. Halcón se sentó a su lado y lo alcanzó el calor de la piel de la muchacha. Le puso las manos sobre los hombros y la obligó a enfrentarlo. -Todo lo que haya sucedido antes, ya carece de importancia. Ni Águila Veloz, ni Mark Denton... ni nadie. ¿Me entiendes, Sam? Mandy lo miró, confundida. ¿De qué estaba hablando? ¿Acaso creía que Águila Veloz la había violado? ¿No había creído lo que ella le había dicho acerca de Mark? ¿Y por qué se preocupaba tanto, cuando él mismo había


pasado la noche en brazos de otra mujer? Se enderezó y alzó la barbilla, desafiante. -¿Wishana está aquí? -preguntó con voz levemente tembloros y los ojos clavados en los de él por pura fuerza de voluntad. Él le devolvió la mirada con expresión confundida. -Sí... Wishana está aquí. Mandy sintió una puñalada en el corazón. ¡Era verdad! ¡Todo er verdad! Por primera vez en muchas semanas sintió el escozor de las lágrimas. Aun en medio de su tormento, había sido capaz de controlarlas Ahora se agolpaban en sus ojos y amenazaban con desbordar. -¿La amas? -preguntó en apenas un susurro. -Sí... -la voz de Halcón sonó ronca pero estentórea-. La amo mucho -sus ojos pardos trataron de leerle los pensamientos que expresaban aquellos ojos verdes-. Creo que la he amado siempre. A Mandy se le escapó un sollozo y se apartó de él. Las lágrimas rodaron por sus mejillas. ¡Era una tonta! Y lo peor era que ahora él sabía todo lo tonta que era. -Sam, ¿qué te sucede? -acababa de decirle que la amaba, y ella se echaba a llorar. ¿No pensaría ella acaso...? Esta vez no dejaría que existiera ningún malentendido-. ¡Mírame! -le ordenó con brusquedad.


Le tomó la barbilla con la mano y la obligó a mirarlo. La angustia que vio en sus ojos se le clavó en el corazón como un cuchillo. -Wishana es el nombre de una florecilla que crece en las praderas más altas. Parece muy frágil, pero puede resistir todas las tormentas. En las montañas no hay belleza que supere la de Wishana -calló y la besó en la mejilla-. Wishana eres tú -musitó él dulcemente-. Ése es tu nombre indio. Mandy abrió los ojos y parpadeó, tratando de comprender cabalmente lo que él le decía -¿Yo soy Wishana? -le martilleaba el corazón. -Tú eres Wishana. -Soy Wishana -repitió ella, procurando convencerse. -Sí. -Entonces, tú... ¿me amas? -Sí... te amo -volvió a besarla en la mejilla-. Creo que te he amado desde el principio. La rodeó con sus fuertes brazos, y el júbilo brotó del corazón de Mandy. ¡Él la amaba! La había nombrado en su delirio en aquella cabaña. Había pensado en ella en Virginia. Era a ella a quien había querido, desde el mismo comienzo. -¡Oh, Halcón! -sus palabras fueron poco más que un sollozo estrangulado. Le echó los brazos al cuello y lo abrazó con todas sus fuerzas-. ¡Te amo


tanto... tanto! -lo apretó contra ella y tragó para deshacer el nudo que le cerraba la garganta-. Siempre estuviste junto a mí. Después del ataque a la diligencia, fuiste la fuerza que me ayudó a sobre vivir. Me preguntaba: "¿Qué haría Halcón ahora?" o "¿Qué pensaría de mí Halcón si me doy por vencida?". -Halcón no podía creer lo que estaba oyendo. ¡Ella lo amaba! Era todo lo que había esperado, todo lo que había soñado. -He sido un imbécil, Sam. ¿Podrás perdonarme alguna vez? -No tengo nada que perdonarte, amor mío. Él le acarició el pelo y la acercó más. Ninguno de los dos habló durante un rato. Finalmente, Halcón le tomó la barbilla y la besó con dulzura, deseando explicarle cosas que creía importantes. -Es preciso que hablemos -dijo, tras un instante de silencio. -Sí -asintió ella. Halcón aspiró con fuerza. -Estoy aquí por pedido del presidente. Cuando Grant me pidió que viniera en esta misión, yo no acepté. Me negué a venir aquí bajo falsos pretextos. Pero de alguna manera tenía que ayudar a mi gente. De modo que finalmente reconsideré mi decisión. Vine con el pretexto de ver a mi familia, de asistir a una reunión familiar. Detestaba mentirles, pero había que hacerlo. Me vi forzado a ser un simulador para poder ayudar a la gente


que amo. Halcón le acarició el pelo, y enredó uno de sus dedos en un rizo. -Llegué a comprender lo que habías hecho -siguió diciendo-.Debería haberte admirado por la lealtad a tu prima y el coraje que requirió ayudarla. -Halcón, no quiero que entre nosotros queden cosas sin decir.Quiero que sepas que, por mucho que amara a Julia y creyera que estabahaciendo lo que debía, no hice lo que hice sólo por ella. También lo hice por mí. Tenía que probarme y encontrar mi propio camino, descubrir qué quería realmente de la vida. Halcón recordó lo que James le había contado acerca del pasado de Samantha, sobre la muerte de su madre y las duras restricciones de su padre. -¿Y lo has logrado? -Ahora conozco mis capacidades, en más de un sentido, gracias a ti. Ya no tengo que probar nada, ni ante mí misma ni ante los demás.Puedo hacer, o ser, lo que quiera. -¿Y qué quieres? -preguntó él con voz algo ronca, sintiendo una punzada de inquietud en el corazón. -Quiero estar contigo, estés donde estés, pase lo que pase. El resto carece


de importancia... ahora ya lo sé. -¡Sam! La tomó en sus brazos y la besó intensa y profundamente. Sabía que ella percibía su deseo, pero quería demostrarle el amor que sentía por ella, transmitirle la certeza de su sentimiento, hacérselo sentir en cada caricia. -¡Cómo te amo, Sam! Apartó la manta de búfalo que se interponía entre ambos. Sus ojos se demoraron en las curvas del cuerpo de la joven. Mandy sintió que le ardían las mejillas con el calor de esa mirada, pero no apartó la mirada. Rápidamente, Halcón se quitó los pantalones. Ella lo observó, y Halcón disfrutó con el deseo que se reflejó en sus ojos. Mandy lo deseaba. Su cuerpo clamaba porque lo tomara. En esta oportunidad, Mandy disfrutaría cada una de las caricias. Él la amaba. No había motivos para reprimirse. Deslizó la mano por la espalda musculosa de Halcón, por sus nalgas firmes. Lo sintió ponerse tenso bajo sus dedos. La boca de Halcón se posó sobre sus labios, sobre sus ojos, sobre su mejilla, y volvió a sus hombros, dejándole un rastro de fuego allí por donde pasaba. Él le tomó uno de sus pechos con la mano ahuecada, y el calor de la caricia pareció expandirse por todo el cuerpo de Mandy hasta causarle dolor. Se le endureció el pezón, rozando la mano de su amante. Lo oyó soltar un


gemido de deseo. Arqueó el cuerpo contra el musculoso cuerpo de él, que le separó las piernas con una rodilla y descendió sobre ella. Mandy sintió su rigidez contra su sexo y se estremeció. La suave mata de vello que cubría el pecho de Halcón producía una deliciosa sensación en sus senos. Se deslizó dentro de ella, sin dejar de besarla. Mandy le ciñó las estrechas caderas y lo acercó más a ella, ansiando consumirlo con su amor. La corpulencia de Halcón la cubrió por completo. La colmó en cada embestida. Mandy se encontró inmersa en un mundo de tortura sensual. Sabía que él estaba reprimiéndose, que procuraba no hacerle daño pero a la vez darle toda la satisfacción posible. Ésta llegó casi de inmediato, con miles de estrellas estallando al unísono. Lanzó un grito que era el símbolo de su felicidad y de su amor. Cuando todo terminó, ambos descansaron en paz, entrelazados, con los demonios apaciguados... al menos, por un tiempo. 29 Ante la insistencia de Halcón, finalmente tranquilo, Mandy accedió a descansar un par de días más. A la mañana siguiente, una mañana por cierto muy primaveral, Pluma Reluciente, una de las mujeres de la aldea, le entregó un vestido de cuero con flecos y la acompañó al arroyo. El agua helada le pareció maravillosamente refrescante después de su prolongado confinamiento. Se bañó, se lavó el pelo y lo dejó suelto para que se secara. Regresó a la tienda


y aguardó con impaciencia el regreso de Halcón. Él entró en la tienda llevando pantalones limpios y mostrando una amplia sonrisa. -Pareces toda una india -bromeó él. La levantó en sus brazos y le dio un sonoro beso-. Hay algo de lo que aún no hemos hablado, pequeña. Ella lo miró, pensativa. -¿Y qué puede ser? -Nuestra próxima boda -le brillaron alegremente los ojos y la miró con una sonrisa infantil. -¡Oh, Halcón! -se puso de puntillas y le arrojó los brazos al cuello para abrazarlo con fuerza-. Pensé que jamás me lo pedirías. -¿Eso es un sí? -¡Por supuesto que es un sí! Halcón la levantó en vilo y la hizo girar por la tienda. -Te amo -le susurró al oído-. Esta noche conocerás a mi familia. Mañana iré a la oficina de telégrafos y enviaré un telegrama a tu padre y otro a tu tío. Sé que se tranquilizarán al saber que estás a salvo. Debería haberles telegrafiado antes, pero no estaba seguro del todo... -se le quebró la voz; Mandy se dio cuenta de que pensaba en su enfermedad-. Ya estás bien -agregó-, y nada podrá arruinar nuestra felicidad -la besó en el cuello y hundió la cabeza en su pelo.


-¿Te parece que le gustaré a tu familia? -preguntó ella, frunciendo levemente el entrecejo. -¿Gustarles? Vaya, prácticamente eres una leyenda aquí en las montañas. La infame imagen de Águila Veloz apretándose sobre el cuerpo de su Sam lo atravesó como un relámpago. La alejó de su mente, pero la fugaz mueca de desagrado no pasó inadvertida a Mandy. -¿En qué estabas pensando? Ya he visto antes esa expresión. -Sólo estaba anhelando que ya fueras mi esposa -mintió él, decidido a no lastimarla-. Que no tuviéramos que padecer toda esa ceremonia. -No te creo. Estabas pensando en Águila Veloz, ¿no es eso? Ella sabía que debía haber habladurías en la aldea, rumores acerca de lo que había podido ocurrir en su viaje a través de las montañas con los indios. La expresión de Halcón se ensombreció. -Ya te dije que eso no tiene importancia -al ponerse nervioso, cayó en un chapurreado inglés mezclado con cheyene-: No hablaremos más del asunto... ¡ni ahora ni nunca! -¡Desde luego que hablaremos! ¡Y ahora mismo! ¡Todavía no eres mi dueño, y aunque nos casemos, yo tengo derecho a expresarme! -lo miró echando chispas por los ojos.


Él la miró con igual furia, pero terminó por soltar un exasperado suspiro. -De acuerdo, sólo esta vez, pero te lo digo en serio, Sam, nunca más. Mandy sabía lo que le había costado concederle ese deseo. -Águila Veloz no me violó -señaló. -¿Quieres decir que consentiste en acostarte con él? ¿Que fue voluntario? el ultraje le distorsionó las facciones-. ¿Por qué me lo dices? ¡No quiero oír una sola palabra más! La apartó bruscamente de su lado, y avanzó ofuscado hacia la pequeña abertura de la tienda. Cuando se disponía a agacharse para salir, Mandy lo aferró del brazo y lo volvió a meter en la rgenda, sentándolo sobre una piel de búfalo tendida junto a la entrada. -¿Es que vas a escucharme? No consentí a nada. Águila Veloz nunca me lo pidió. Él nunca... no pasó nada -concluyó. Él la obligó a alzar el rostro hacia él, buscando sus ojos para conocer la verdad. -¿Águila Veloz nunca se acostó contigo? -No. Halcón meneó la cabeza; a su pesar la miró con una sonrisa. -No me sorprende que hablen de ti con tanta admiración. Águila Veloz te hizo el más alto de los honores. Tenía intención de hacerte su esposa. Lamento haber tenido que matarlo.


-Yo también. Los otros guerreros querían tomarme, pero él no les permitió. En cambio, forzaron a la otra mujer -se entristeció al recordar. Él la estrechó contra sí. -Entonces, pasado y pisado. No hablaremos más del asunto. Mandy no tenía intenciones de dejarlo tan pronto en paz. -No. Hay algo más. Ella sostuvo su mirada. Podía sentir la calidez de la mano de Halcón apoyada posesivamente sobre su muslo incluso a través de los gruesos pliegues de su ropa de cuero. -Se trata de Mark Denton -vio que él hacía una mueca casi imperceptible, pero no hizo movimiento alguno para interrumpirla-. Él y yo... nosotros nunca... -balbuceó, tratando de encontrar las palabras justas-. Esa noche que pasaste frente a nosotros en ese carruaje, sólo llegué hasta la puerta. Estaba celosa. Quería ponerte celoso también a ti... Nunca ha habido otro hombre... sólo tú. En mi corazón, he sido tu mujer desde aquella primera vez. Halcón supo que ella le decía la verdad; su corazón se elevó de júbilo. La besó profundamente, tratando sólo de demostrarle su amor. Pero la chispa del deseo ardió entre ambos. Mientras hacían el amor sobre la manta de búfalo, él sintió que su alma estaba llena de alegría.


Esa noche, Mandy se encontró nerviosamente de pie, junto al fuego del campamento, mientras Halcón le presentaba a su familia. -Éste es mi padre, Flecha Poderosa, y ésta es mi madre, Sauce Mecido por el Viento-Les presentó formalmente a Mandy usando su nombre indio, Wishana. Tradujo la respuesta de Flecha Poderosa, un relevante cacique cheyene, con la gallarda estampa propia de un guerrero. Alto y orgulloso como su hijo, su expresión no delataba ninguna emoción. La nariz recta, así como los marcados pómulos, eran típicos de su raza; tan sólo la minúscula chispa que bailoteaba en sus ojos negros dejaba entrever el orgullo que sentía por su hijo. -Mi padre me pide que te diga que ha oído las historias que circulan acerca de tu valentía. Piensa que tu nombre, Wishana, ha sido muy sabiamente elegido -Halcón le estrechó la mano. -Di a tu padre que se lo agradezco mucho. Dile también que creo que ha de ser un hombre de bien para haber criado un hijo tan sensato y tan valeroso. Al oír semejante elogio, Halcón se puso encarnado; una vez más Mandy pensó en cuánto lo amaba. Él repitió las palabras a su padre; entonces tocó el turno de hablar a su madre, que antes de hacerlo le ofreció un paquete. Se trataba de una mujer menuda, no mucho más alta que Mandy. Tenía la piel fina, transparente y surcada de venas, pero su mente era lúcida; el evidente amor que sentía


por su hijo se reflejaba claramente en su rostro ajado. Halcón le acarició la curtida mejilla con gesto afectuoso y se volvió hacia Mandy. -Mi madre dice que se sentirá muy orgullosa de llamarte su hija. Espera vivir lo suficiente para ver muchos hermosos nietos. Esta vez tocó a Mandy sonrojarse hasta la raíz de sus cabellos. Halcón guiñó un ojo mirando a Mandy y siguió hablando. -Te entrega este regalo con todo su amor -le entregó el paquete. Mandy lo desenvolvió cuidadosamente. Adentro había un vestido orlado de flecos de fino cuero blanco. La joven lo sostuvo frente a ella. Era un traje recto, abierto en el cuello, y notó que se adaptaría perfectamente a sus caderas y que caería en suaves pliegues hasta la mitad de las pantorrillas. Halcón le explicó que había sido confeccionado con piel de alce teñida con una arcilla especial de las montañas que le daba el tono claro. En cuanto a estilo, no difería mucho del traje de cuero que llevaba en ese momento, pero era mucho más suave, ligero como una pluma y estaba prolijamente adornado con coloridos diseños en blanco y turquesa. A continuación, le entregó un par de mocasines de capellada alta que hacían juego con el vestido. Las lágrimas se agolparon en los ojos de Mandy ante la generosidad de la anciana.


-Di a Sauce Mecido por el Viento que mi madre murió hace diez años. Desde entonces, llevo un vacío en el corazón. Dile que soy muy afortunada por haber encontrado otra madre que puede llenar ese vacío. Halcón lo tradujo, y la anciana resplandeció de placer. Esa noche Mándy, Halcón, Flecha Poderosa y Sauce Mecido por el Viento cenaron juntos. Al terminar, Mandy fue llevada a otra tienda. La costumbre cheyene dictaba que la pareja no debía verse hasta la boda. Se alegró de que Halcón hubiera sido tan discreto al hacer el amor. Los cheyenes eran personas con una alta moral. Habían consentido en que él la alojara en su tienda por el solo hecho de que ella era una blanca cautiva. En ese momento, cuando él ya había declarado formalmente sus intenciones, se aplicarían los estrictos códigos cheyenes. Mientras era conducida fuera de la tienda, Mandy dirigió a Halcón una mirada apesadumbrada. Él tampoco parecía muy feliz, pero pronto serían marido y mujer... al menos, conforme al ritual de los cheyenes. Dos noches más tarde, a la hora del crepúsculo, Mandy se bañó concienzudamente en un escondido rincón del arroyo. Pluma Resplandeciente y Mujer del Búfalo Moteado la ayudaron; aunque Mandy no entendía más que las pocas palabras que le había enseñado Halcón, pudo comprender fácilmente el sentido de sus risillas avergonzadas. De regreso en la tienda, Mandy se secó el pelo y lo cepilló hasta que lanzó


destellos. Se sentó para que las dos mujeres indias lo peinaran en dos gruesas trenzas que le colgaban a los costados de la cara prácticamente hasta la cintura. Minúsculas florecillas azules de aciano, de dulce y suave perfume, fueron entretejidas con pericia en esas trenzas. Mandy se ponía cada vez más nerviosa con cada minuto que pasaba. En el campamento flotaba una atmósfera de expectativa; el redoblar de los tambores parecía el eco del latido de su corazón. Aspiró profundamente para serenarse, se deslizó dentro del suave vestido de alce, y dejó que las dos mujeres frotaran una pizca de bellota roja sobre sus labios. Mujer del Búfalo Moteado le colocó una guirnalda de las mismas florecillas celestes en la cabeza. Mandy no estaba segura del aspecto que ofrecía, pero ciertamente se sentía muy bella. El ritmo de los tambores se intensificó. Mandy pudo sentir las vibraciones en la tierra, bajo sus pies. Sintió un estremecimiento de expectativa, y las mujeres levantaron la piel que cubría la entrada de la tienda y la invitaron a salir. Como Mandy no tenía familiares en el campamento, Mujer del Búfalo Moteado la escoltaría; la muchacha montaría el enorme ruano de Halcón hasta la tienda de su futuro suegro. El aire primaveral era fresco, aunque no desagradable, fuertemente cargado de aroma a pino. Una inmensa hoguera crepitaba en el centro de


un claro cubierto de césped, en tanto los guerreros que tocaban los tambores con parche de piel pintada, formaban círculo en torno a las llamas. Mujer del Búfalo Moteado ayudó a Mandy a montar y condujo al animal hasta la tienda de Flecha Poderosa. Tal como lo dictaba la costumbre, Mandy fue llevada con gran ceremonia hasta allí sobre una manta. Una vez adentro, fue vestida con un nuevo vestido bordado conforme lo señalaba el ritual- provisto por la madre del novio. Asimismo, le entregaron chales, anillos, pulseras, pantalones y mocasines como regalo. Tras esa ceremonia, fue llevada afuera. Ella paseó su mirada inquisitiva hasta avistar un guerrero, más alto que los demás y de piel más clara, de pie junto a Flecha Poderosa y reconoció en él a quien pronto sería su esposo. Al ver el orgullo y la felicidad reflejados en el apuesto rostro de Halcón, Mandy le dirigió una sonrisa radiante, con el corazón a punto de estallar de placer. La llevaron junto a él, y el ritual quedó completado. La fiesta fue ofrecida por Flecha Poderosa, aunque Halcón le comentó que generalmente estaba a cargo de la familia de la novia. Finalmente, Halcón y ella pudieron escabullirse. Halcón la tomó de la mano y la miró con los ojos llenos de amor... y de algo más. Una sonrisa bailoteó en los labios de


Mandy al reconocer la apasionada mirada y pensar en las noches que pasarían en la intimidad. En silencioso acuerdo, se dirigieron a la tienda de Halcón. A medida se acercaban, Mandy vio guirnaldas de flores que decoraban la entrada. Ya en el interior, nuevas flores los recibieron. Los jergones de búfalo habían sido extendidos, y del suelo se elevaba el aroma de las agujas de pino. Estaba mullido y cálido; ella se sonrojó al pensar en los placeres que les aguardaban. Halcón tomó a su menuda esposa en sus brazos y la acunó contra su pecho. En sus años de soltería nunca se había percatado de lo mucho que anhelaba esta sensación de plenitud. -Toda mi vida he esperado este momento, aunque hasta hoy no lo había sabido. -¡Me haces tan feliz! -susurró ella. Halcón sacó algo de un pequeño morral de cuero que colgaba de su cintura y lo sostuvo cuidadosamente sobre su mano. -¿Perdiste esto? -¿Cómo hiciste...? -tomó la alhaja con forma de exquisito gatito de diminutos ojos de diamantes. -Uno de los hombres de la tribu de Águila Veloz dijo que pertenecía a la


mujer fiera como el león. Dijo que Águila Veloz quería que te fuera devuelto. Mandy contempló la joya y volvió su mirada hacia Halcón. -Lo compraste para mí, ¿verdad? -Sí -susurró él-. Feliz Navidad. Toda conversación cesó cuando él la tomó de la barbilla y le cubrió la boca con un tierno beso. La sintió temblar con su caricia y gimió para sus adentros al recordar los cientos de noches solitarias y la angustia de los últimos días al no sentir su cálido cuerpo junto al de él. Esa noche, Sam estaba hermosa. El vestido de piel de alce modelaba las curvas de su cuerpo. Sus redondos pechos parecían subir y bajar al ritmo sensual de los tambores. Con la lengua le separó los labios, buscando la dulzura de miel de su boca. La frente se le cubrió de sudor cuando lo inundó la necesidad física de poseerla. Le deslizó un brazo por debajo de las rodillas y la llevó hasta el muelle nido preparado especialmente para ellos en esa noche tan especial. Mandy percibió su ternura cuando la acomodó sobre el jergón. Sus labios sólo la abandonaron brevemente cuando se apartó para desnudarse con premura y volver de inmediato a su lado. Con toda suavidad, le pasó el vestido de piel por la cabeza. Cuando volvió a besar sus labios, Mandy


sintió que las minúsculas llamas de pasión estallaban en un millar de fuegos. Las manos de Halcón parecían estar en todas partes, acariciando, palpando y frotando su acalorada piel. Sus labios se movieron como brasas encendidas desde el hueco de su garganta hasta las puntas de sus pechos y luego se abrieron para saborear sus pezones. Todo en Halcón la excitaba. Amaba su olor, mezcla de jabón de pino y humo. Tenía el sabor de las grosellas silvestres. Sintió sus piernas nervudas y fuertes cuando se volvió para cubrirla con su cuerpo musculoso. Mandy se puso tensa cuando él le separó las piernas y pudo sentir su miembro viril. La penetró lenta, posesivamente, como si en ese único instante pudiera marcarla definitivamente como suya. Mandy supo que el suyo era un amor poco común, tan eterno como el viento de las montañas. Con sus embates ya nada delicados, la pasión de Mandy comenzó a aumentar. Arqueó su cuerpo para fundirse con el de él una y otra vez.Tensó los nervios y su cuerpo se puso rígido. Alcanzó el orgasmo gritando su amor y su felicidad; tras ella, hizo lo propio Halcón. Sus cuerpos resplandecientes quedaron entrelazados sobre las mantas; se abrazaron estrechamente, como si temieran creer en tamaña suerte. Aunque ya era noche cerrada, faltaban horas para el amanecer, y Halcón la llevó una y mil veces más hasta las estrellas. Finalmente, poco antes del alba, se entregaron al descanso. Satisfechos,


por fin uno en brazos del otro, ni Mandy ni Halcón estaban dispuestos a meditar sobre los problemas que podían encontrar un día. 30 Halcón se inclinó sobre la figura dormida acurrucada junto a él. Después de su noche de amor, el pelo estaba desparramado sobre la almohada de piel de lobo; sus labios aún mostraban las huellas de los besos. Alargó un dedo para acariciarle la mejilla y vio que sus pestañas revoloteaban. Mandy abrió los ojos y sonrió. -¿Cómo se siente esta mañana, señora Langley? -bromeó, besándole juguetonamente la punta de la nariz. -Me siento maravillosamente bien, señor Langley. Estiró los brazos y bostezó con gran satisfacción, pero tras una breve pausa, una diminuta arruga frunció su entrecejo. A Halcón no se le pasó inadvertida. Le alzó la barbilla. -¿De qué se trata? -¿De qué se trata qué? -replicó ella. -Sabes muy bien a qué me refiero -Halcón se sentó, enfadado por su evasiva respuesta. Mandy suspiró y enderezó los hombros. -No se te pasa nada por alto, ¿verdad? -dijo, sin esperar respuesta-. Es


precisamente eso, que después de lo de anoche, me resulta fácil pensar en mí misma como la esposa de Halcón Negro. No estoy muy segura de que también quieras que sea la señora Langley -apartó los ojos, temerosa de lo que él pudiera ver en sus ojos. -¿Eso es todo? -Halcón se sintió aliviado. Le mordisqueó el hombro, para después besarle la curva del cuello-. A fin de mes debería terminar mi misión aquí. Podremos partir para Fort Laramie en cuanto haya acabado. Espero poder repetir toda la ceremonia en el fuerte -se echó a reír, inclinó la cabeza y la besó con toda su alma para confirmarle sus intenciones. Ella lo miró con expresión radiante. -En mi corazón, he sido tu esposa desde aquella primera noche, pero aun así... -Aun así, quieres que los nietos de Sauce Mecido por el Viento también sean reconocidos como tales por tu padre y por tu tío, ¿no es eso? -Sí... -reconoció tímidamente. -No permitiría que fuera de otra forma -la tomó en sus brazos y le enjugó las lágrimas de felicidad-. ¡Te amo tanto! La empujó suavemente sobre las gruesas mantas y volvió a besarla. Tras las interminables horas de amor que habían vivido, creyó improbable volver a excitarse esa misma mañana, pero su cuerpo, con voluntad propia, no


admitía negativas. Tomó uno de sus pechos en su mano ahuecada y pellizcó dulcemente la punta rosada. Satisfecha como sabía que estaba Mandy, pudo sentir que su cuerpo reaccionaba; rió con orgullo al comprobar su capacidad de provocarla. Permanecieron dentro de la tienda nupcial dos días enteros. Les acercaban la comida, y por su parte, ellos la abandonaban sólo para asearse y para cumplir con sus necesidades íntimas. Al tercer día estuvieron listos, aunque a regañadientes, para enfrentar el mundo exterior. -Nos quedaremos aquí sólo dos o tres semanas más -explicó Halcón a Mandy cuando se vistieron-. Se espera de ti que cumplas con las tareas que te toquen. Es la costumbre cheyene. -Me siento muy honrada de haber sido aceptada en tu tribu. Espero con ansiedad el momento de poder ayudar. Él le sonrió con orgullo. -Sauce Mecido por el Viento te dará todas las instrucciones que hagan falta. Tal vez te resulte difícil comprender sin conocer el idioma. Haz lo que puedas. -¿Y tú que estarás haciendo? -Más de lo que he venido a hacer. Tengo una reunión con Caballo Loco. Al


igual que mi tribu, tanto él como Toro Sentado hasta ahora han evitado la reserva. Sus aldeas están al oeste de aquí, en los Territorios Búfalo. -Pero Caballo Loco es sioux, no cheyene. ¿Sabes hablar su idioma? -Hablo varios idiomas indios, incluso el sioux, además el lenguaje de las señas es el usado en todas las praderas -le sonrió-. Que preste atención a lo que debo decirle, es harina de otro costal, pero debo intentarlo. Para eso me enviaron aquí. -Pero creí que cuando Nube Roja firmó el tratado... -Todas las tribus están disgustadas con las promesas quebrantadas por los blancos, especialmente Caballo Loco y Toro Sentado. El ataque a la diligencia fue sólo un ejemplo -se ató los mocasines-. Me tema que su lucha sea en vano... pero también entiendo por qué tienen que luchar -suspiró, dominado por la sensación de impotencia que lo había agobiado desde que había llegado-. El derramamiento de sangre ya ha sido demasiado grande. Si existe una manera de evitar que aumente, tengo que intentarlo. Ella lo miró arrugando el entrecejo, con una expresión en la que se mezclaban la preocupación y el orgullo. -Sé que lo harás. Es uno de los motivos por los que te amo tanto. ¿Cuándo te marcharás? -Mañana por la mañana. Cuanto antes parta, antes regresaré. Cuando esté satisfecho de haber hecho cuanto estaba a mi alcance, partiremos hacia el


fuerte... espero que no tengas planeada una visita demasiado prolongada. -Lo necesario para aclarar las cosas con mi padre, ver a Julia y a Jason... y, desde luego, hacer que cumplas con tu palabra respecto de la boda. Él sonrió ampliamente, complacido con su respuesta. Mandy enlazó su brazo con el de él, y se dirigieron a la salida. Afuera el aire era límpido y agradable. La primavera había llegado a las montañas: los lupinos estaban florecidos, pequeñas florecillas cubrían la pradera, y en cada árbol y en. cada hoja se podía percibir una sensación de renacimiento. -Estoy ansioso por regresar a Sacramento -confesó él-. Con Jesús Ramírez al frente, mi rancho está en buenas manos, pero no veo la hora de tomar las riendas personalmente. Ardo en deseos de que lo veas, Sam. Desde la casa, puedes ver el valle de San Joaquín extendiéndose varios kilómetros -se movió, inquieto, repentinamente tímido-. Debería ser el lugar perfecto para criar una familia. Apartó la mirada, y Mandy estuvo a punto de estallar de felicidad. -¡Oh, Halcón, sé que me va a encantar! Me parece que he llegado a pensar que California es mi verdadero hogar. Él la abrazó brevemente, luego la condujo hasta la tienda de su madre. Deseaba no tener que dejar a Sam, pero cuanto antes partiera, antes regresaría.


El día transcurrió con demasiada rapidez. Esa noche hicieron el amor tierna y dulcemente. Permanecieron despiertos hasta tarde, haciendo planes para su regreso a Sacramento y discutiendo los cambios que harían en el rancho. A Mandy todo se le antojaba una fantasía perfecta. ¡Ojalá que Halcón no tuviera que marcharse con las primeras luces del alba! Inexorablemente, el sol asomó detrás de los majestuosos pinos. Sus cálidos rayos despertaron a Mandy cuando se volvió para acurrucarse junto a su esposo dormido; descubrió entonces que ya se había marchado. Se puso de pie de un salto, se vistió a toda prisa y salió de la tienda. Encontró a Halcón junto a otros dos guerreros, Lobo Veloz, que sabía que era el mejor amigo de su marido, y Hombre Delgado, un guerrero muy reputado como cazador y luchador. Todo rastro del hombre considerado que la había abrazado la noche anterior, había desaparecido. Cubierto con un taparrabos, guardamontes de piel de ante, mocasines y un pesado peto de huesos de búfalo, Halcón ladraba órdenes con modales bruscos. A juzgar por sus actitudes ejecutivas, Mandy pudo ver que ya estaba consustanciado con su papel. Lo observó en silencio mientras se preparaba para el viaje. Cuando terminó, Halcón miró en dirección a ella. Sus largos pasos lo llevaron de inmediato a su lado. Mandy notó la tensa línea de su mandíbula. Partir no le agradaba a él más que a ella. Volvió con ella hasta


la tienda, se inclinó y entró. La miró con expresión de pesar. -Juré que no volvería a dejarte aunque sabía que era una promesa que no podría mantener -apoyó la mejilla sobre la cabeza de la muchacha. -Debes hacer lo que puedas -respondió Mandy-. Ya se han producido demasiadas muertes. Después de estar aquí, con tu gente, creo que puedo comprender mejor a Águila Veloz y el ataque a la diligencia. Los indios han sido tratados injustamente, pero más matanzas no solucionarán el problema. Entiendo por qué debes ir. Él le tomó la barbilla y le secó las lágrimas que corrían por sus mejillas. =Regresaré lo antes que pueda. Aquí, con mi familia, estarás a salvo. Nunca olvides cuánto te amo. Mandy se quitó del cuello un saquito de cuero que colgaba de una tira del mismo material. -Tu madre y yo hicimos esto. Ella cree que contiene una poderosa medicina y que te asegurará un regreso seguro -se puso de puntillas para colgárselo del cuello, y después lo abrazó-. Te amo con toda mi alma. Él la besó profundamente, después se inclinó para salir de la tienda y caminó resignadamente hacia los caballos. Ella se quedó mirándolo hasta que se perdió de vista. 31 Halcón, Lobo Veloz y Hombre Delgado entraron en la aldea sioux de


Oglala seguidos por una nube de polvo, de chiquillos y de perros que ladraban. Un cielo gris moteado de nubes blancas presagiaba una lluvia de primavera. Caballo Loco los estaba esperando. Levantó la lona que cubría la entrada a su tienda y caminó con paso estoico hacia ellos. Halcón desmontó y entregó las riendas de su cansado caballo a uno de los jóvenes que aguardaban con ansiedad. Así lo hicieron también Lobo Veloz y Hombre Delgado. -Es un placer verte, hermano mío -Halcón habló en nombre de los tres cheyenes. Cada uno cruzó los brazos con Caballo Loco en el saludo tradicional. El cacique los condujo hacia su tienda, y la multitud de curiosos espectadores se abrió para dejarles paso. Mientras seguía a los otros, Halcón paseó la mirada por el campamento, tomando nota de las mejillas hundidas de las mujeres y los cuerpos esmirriados de los niños mal alimentados. El invierno había sido inclemente con su pueblo. Después de que Nube Roja firmara el tratado en el pasado noviembre, creyeron que tendrían nuevas herramientas, nuevas armas y mantas. En cambio, se les había prohibido incluso acercarse a los establecimientos comerciales. Se vieron obligados a arreglarse con lo que tenían, y cualquiera que fuese tan tonto


como para desobedecer las reglas, se arriesgaba a morir de un disparo. La caza escaseaba y comenzaban a producirse problemas con lo, blancos acerca de los caballos. -Ha pasado mucho tiempo desde nuestro último encuentro, Halcón Negro de los Cheyenes -dijo Caballo Loco mientras se acercaban a la tienda. Llevaba pesados guardamontes de cuero crudo, taparrabos y camisa también de cuero. Una pluma de águila, símbolo de su valentía, pendía de una de sus gruesas trenzas negras. El peto de huesos de búfalo que llevaba sobre el pecho, otro símbolo de valor, se agitó ruidosamente cuando se inclinó para entrar en la tienda. Una vez adentro, Caballo Loco clausuró la entrada con dos palos cruzados, indicando a los demás que no debían ser molestados. Oso Temerario y Hombre Asustado, dos jefes menores, estaban aguardándolos. Se intercambiaron nuevas formalidades, y los hombres se sentaron con las piernas cruzadas alrededor de un pequeño fuego que calentaba la tienda. El campamento estaba situado a gran altura, en las montañas, de manera que el sol de primavera aún no había completado la tarea del deshielo. La tienda estaba cubierta por dentro con un forro de cuero blanco, como forma de protegerse del frío, en el que se veían pintadas escenas de guerra, caballos robados y actos de valor. Caballo Loco llenó una larga pipa de piedra y la encendió. Su larga chupada


llenó la tienda de olor a corteza de sauce mezclada con un poco de tabaco. Tal como dictaba la costumbre, pasó la pipa a Halcón. Caballo Loco era menor que Halcón, pero sus facciones afiladas y las finas arrugas que la responsabilidad había puesto alrededor de sus taciturnos ojos lo hacían parecer mayor. -Es bueno estar aquí, hermanos míos -comenzó a decir Halcón tras el ritual de la pipa. Sostuvo la mirada del hombre completamente afeitado que tenía delante-. He venido a pedido del jefe blanco, el presidente Grant. Me pide que trate de colaborar para que os adaptéis a la nueva paz. -¡Paz! ¿Qué paz? -Hombre Asustado se puso de pie de un salto y escupió en el fuego-. ¡Los blancos empezaron quebrantando su palabra y matando a nuestra gente! -frunció despectivamente los labios y se dio media vuelta. Halcón aspiró profundamente. -Los blancos suelen ser injustos con sus exigencias, y sus leyes a menudo son injustas con aquellos cuya piel es de color diferente. No vine aquí para intentar justificar las promesas rotas del hombre blanco -se dirigió a Caballo Loco-. He venido a haceros ver que es un desatino pretender ganar una guerra contra ellos. "Todas nuestras naciones -siguió diciendo-, toda nuestra gente junta, no alcanzaría para llenar una sola de sus grandes ciudades. Son como el agua


que baja de las grandes montañas en primavera: un enorme e interminable torrente. Pueden vencernos sólo haciendo uso del número. -Cada uno de los hermanos indios vale por diez hombres blancos -Caballo Loco expresó con palabras lo que muchos sentían. Su rostro delgado se puso rojo, y su voz sonó más fuerte. -¡Hoye!-gritaron los demás en señal de asentimiento. -Nuestros hermanos son fuertes. No cabe duda de ello -dijo Halcón-. Pero hay cien veces más blancos que indios. -¡Pues entonces daremos la vida para defender nuestro honor! -declaró Caballo Loco-. ¡Sin honor, no hay vida! La luz del fuego tembló sobre las afiladas y pétreas facciones, haciendo que el enjuto piel roja pareciera más aciago aún que sus palabras. La mirada de Halcón pasó de Caballo Loco a Hombre Delgado y Lobo Veloz. Era fácil ver por qué los guerreros Oglala de los sioux seguían a su jefe dondequiera que él los condujera. Hasta sus propios hombres estaban subyugados por las palabras del hombre. El suyo era un argumento difícil de refutar por cualquier hombre de honor. -Lo que dices es verdad -dijo Halcón-. Pero tenemos que tener en cuenta otras vidas: las de nuestras mujeres, las de nuestros hijos y las de los hijos de nuestros hijos. -Sus vidas no tendrían valor alguno sin honor -dijo Oso Temerario, y


Hombre Asustado aprobó con un gesto. Caballo Loco fue hasta la entrada de la tienda y pidió a una de las mujeres que les llevara comida y bebida. El concejo apenas había empezado. El debate siguió horas y horas; las horas se convirtieron en días y los días, en toda una semana. Se presentaron los puntos de vista de cada uno de los hombres, se los discutió y se intercambiaron ideas. Hacia finales de esa semana comenzó a quedar en claro que la misión de Halcón estaba destinada al fracaso. El orgullo de los pieles rojas era demasiado grande y su sentido del honor demasiado precioso para hacer concesiones. El mismo Halcón no estaba muy seguro de que Caballo Loco no tuviera razón, ni estaba del todo convencido de que las palabras del jefe no contuvieran más verdades que mentiras. Pero la pérdida de vidas humanas no era algo para tomar a la ligera. Halcón, con el corazón apesadumbrado, volvió a montar su ruano. Hombre Delgado y Lobo Veloz ya habían hecho lo mismo. Halcón anheló que pudiera haber más esperanza para el estilo de vida indígena. Entonces pensó en las familias blancas tanto como en las pielesroja que se desangrarían en la guerra que se avecinaba; eso también le desgarró el corazón. Sólo el tiempo podía dar la respuesta. El tiempo, y las personas como él


que comprendían cabalmente las palabras del jefe piel roja. Cuando regresara a California renovaría sus esfuerzos para lograr que los blancos y el gobierno- lo entendieran. -Os deseo un buen viaje, hermanos míos -dijo Caballo Loco cuando partieron-. Aunque nuestros corazones discrepen, estoy seguro que podré contar con vosotros si todo lo demás fracasa. Halcón sabía que Caballo Loco tenía razón. Sus compañeros cheyenes apoyarían a los sioux si los blancos seguían quebrantando sus promesas. Con un gesto de despedida, espoleó a su caballo y enfiló hacia su aldea. Hombre Delgado y Lobo Veloz fueron tras él. Max Gutterman se frotó las manos y se permitió una malévola sonrisa. Desde su puesto de observación, sobre un montículo rocoso en lo alto de la montaña, era fácil vigilar el sendero que corría más abajo. Había estado esperando con impaciencia que su presa terminara con toda su cháchara con Caballo Loco y regresara a la aldea cheyene. Mientras miraba a los indios que cabalgaban por el sendero, no le costó reconocer al hombre que perseguía. Volvió a sonreír, satisfecho de que su espera hubiera dado frutos. No era hombre de dejar cabos sueltos. Después del robo del cargamento de oro, contaba con dinero suficiente; lo único que le faltaba era cumplir con su venganza.


Durante poco tiempo había creído que la chica Ashton y el indio grandullón se habían ahogado en la bahía. La fresa en el postre de un trabajo bien hecho. Entonces descubrió que seguían vivos. Movió su corpachón sobre la fría tierra, esperando que los hombres se perdieran de vista. Era mejor así, pensó: siempre disfrutaba con su toque personal. El primer día los hombres avanzaron a todo galope, ansiosos por regresar a la aldea, ahora que la misión, aunque sin éxito, estaba cumplida. Atravesaron cadena tras cadena de escarpadas montañas, se internaron en boscosos valles, de los cuales emergieron para volver a enfrentar otras montañas. Halcón pensó en los famélicos hermanos que había dejado atrás. Forzó la marcha cuanto pudo con la mente desacostumbradamente ausente, obsesionado con su fracaso con Caballo Loco, pensando en la mejor manera de ayudarlos cuando regresara a Sacramento, y con una regularidad cada vez mayor, también en la mujer que lo aguardaba en su tienda. Cuando se aproximaban a la última parte de su viaje, los hombres comenzaron a relajarse. Se encontraban cerca de sus hogares; habían hecho todo lo que habían podido; ya habría otra oportunidad. Por fin más despreocupado, Halcón se dirigió juguetonamente a su compañero.


-¡Lobo Veloz, te apuesto ese nuevo arco que tienes y también el carcaj, contra mi cuchillo de acero, a que puedo cazar un venado para llevar al campamento antes que tú! -¡No tienes la menor posibilidad, Halcón! Yo seré el primero. Mi arco y mi carcaj, contra tu cuchillo de hombre blanco. -Hecho -convino Halcón. -¿Y yo? -intervino Hombre Delgado-. ¡El primero seré yo! Apuesto mi caballo contra vosotros dos. Los hombres rieron con todas sus ganas, y el desafío quedó planteado. Hombre Delgado se dirigió hacia la derecha, Halcón, a la izquierda, y Lobo Veloz siguió hacia delante. Cazaron durante más de una hora, luego los tres convergieron en el río con la intención de cruzar los rápidos que caían en un profundo barranco. El disparo de rifle los tomó por sorpresa. Halcón se tomó la cabeza cuando el agudo estallido de dolor lo tiró del caballo arrojándolo a la veloz correntada. Hombre Delgado saltó de su caballo, se aferró de la delgada rama de un sauce y se estiró todo lo que pudo sobre las blancas aguas, en un frenético esfuerzo por salvar a su amigo. Halcón, boca abajo en el agua, pasó muy lejos de su alcance. Halcón rodó sobre el costado, luchando por permanecer consciente


mientras la corriente lo arrastraba hacia los rápidos. Alcanzó a ver a sus amigos corriendo frenéticamente por la orilla, pero la corriente era más veloz que ellos. Se golpeó contra las rocas, y su mente se deslizó casi hasta la inconsciencia. Entonces sintió el tirón de la cuerda de cuero crudo que sostenía la bolsa con la medicina que le había dado su madre, que flotó hasta situarse delante mismo de su cabeza. Recordó las palabras de Sam: "... contiene una poderosa medicina y que te asegurará un regreso seguro. Te amo con toda mi alma". Sintiendo los brazos como si fueran de plomo y con apenas un segundo de aire en sus pulmones, tomó la bolsa en el preciso instante en que golpeó ferozmente contra otra roca y comenzó a hundirse en el barranco. Imaginó el bello rostro de Sam, sus ojos entre verde y dorado, y aferró la pequeña bolsa. La apretó contra su pecho y perdió el sentido. 32 Había pasado un día más y no tenía noticias de su esposo. Mandy había aprendido algunas de las costumbres de los cheyenes, pero la espera le parecía interminable. Sauce Mecido por el Viento, Pluma Resplandeciente y Mujer del Búfalo Moteado eran sus compañeras más cercanas, pero comenzó a visitarla otra mujer, Luna Oscura Creciente, que hablaba un poco de inglés. Mandy se preguntó por qué él no le había presentado a una de las pocas personas con las que podía comunicarse antes de marcharse, pero supuso que se había olvidado, ya que tenía la cabeza ocupada por


otras cuestiones. Luna Oscura era una de las mujeres más bellas que Mandy había conocido. Tenía algunos años más que ella, pero sus piernas eran largas, esbeltas y firmes, y sus pechos, plenos. Pero su señal distintiva radicaba en sus ojos: eran azules, casi celestes, del color del cielo en un día de verano. -Luna Oscura, ¿cómo es que tienes ojos azules tan hermosos? -le preguntó Mandy cierta noche mientras enhebraban cuentas juntas. Mandy quería sorprender a Halcón con un nuevo par de mocasines. Sauce Mecido por el Viento las ayudaba. Luna Oscura alzó la clara mirada. Sus ojos parecieron convertirse en hielo. -Mi padre era blanco, un soldado. Por eso aprendí tu idioma. Mi padre se lo enseñó a mi madre, y ella me lo enseñó a mí -apartó la mirada y volvió a su labor. Mandy advirtió que había tocado un tema desagradable; trató de aligerar la conversación. -¿Dónde está tu madre? ¿Está aquí, en el campo? -Mi madre ha muerto. Estaba en Sand Creek, como yo. Yo pude escapar. Ella no. Las palabras salieron en un siseo; Mandy se estremeció al oírlas. La batalla de Sand Creek, de triste memoria en todo el Oeste, había tenido lugar unos


cinco años antes. La versión blanca hablaba de una importante victoria contra centenares de guerreros salvajes. Los indios relataban una batalla muy diferente: una aldea indefensa, poblada de mujeres y niños masacrados y mutilados. Desde su primer encuentro, Mandy había percibido algo en la naturaleza de Luna Oscura que la ponía incómoda. De pronto deseó que la joven se marchara. Pensó en pedírselo, pero le pareció un pedido irracional. En cambio, decidió terminar la tarea que tenía entre manos. Además, lo que Luna Oscura pensara quedaba oculto detrás de sus tupidas pestañas oscuras. Mandy la observó disimuladamente y decidió hacer un último esfuerzo para comunicarse. -Lo siento, Luna Oscura. Sé que sería algo terrible para ti. Pero no todos los blancos son como esos soldados. A algunos les importa el destino de los indios... Con el entrecejo fruncido, Luna Oscura se puso de pie y escupió sobre las brasas. Los flecos de su vestido de cuero zumbaron en el aire como una violenta ráfaga. Sin responder, salió de la tienda dando grandes zancadas con sus largas piernas. Atónita, Mandy se sintió muy conmovida. Pasaron tres días más. Mandy estaba segura de que cada día traería de regreso a Halcón sanó y salvo. En la segunda mañana de la tercera semana desde su partida, despertó con el sonido de los cascos de caballos y gente


que gritaba fuera de la tienda. Se vistió con premura, segura de que Halcón había regresado. Pero en lugar de los felices ruidos de las risas y los saludos de bienvenida que esperaban, un apagado lamento torturaba el aire. La queja era aterradora. Comenzó como un gemido tenue, para transformarse en un aullido funesto. Al principio distinguió la voz de una sola mujer, pero pronto se le unieron las demás. Los primeros rayos del sol despuntaban en el horizonte, iluminando la frágil figura de Sauce Mecido por el Viento entre todas las mujeres, prácticamente postradas en el suelo. Comenzó a latirle con fuerza el corazón. Sus ojos buscaron frenéticos alguna señal de Halcón. En lugar de eso, vib que Lobo Veloz venía hacia ella. El hombre mantenía la cabeza alta, pero tenía el rostro tenso y los ojos sombreados de fatiga. Cuando llegó a su lado, Luna Oscura se interpuso entre ambos. -¡Es culpa tuya! -gritó a Mandy-. ¡Donde vayan los blancos, los sigue la muerte! Lo has matado, tan ciertamente como si hubieras disparado la bala. Sus ojos celestes brillaban por las lágrimas contenidas, y salió corriendo a reunirse con las demás mujeres. Se echó entre ellas, sumándose al desgarrador lamento. Mandy miró a Lobo Veloz. ¿Alguien había muerto? ¿Qué había querido


decir Luna Oscura con eso de que "ella lo había matado"? ¿Matado a quién? Sus ojos continuaron buscando a Halcón, pero no pudo verlo entre los otros. -¿Adónde está Halcón? -se volvió hacia Lobo Veloz, desesperada. Él no entendería su idioma, pero sabría que trataba de encontrar a su esposo. Él sacudió la cabeza y habló en cheyene, tratando de que ella comprendiera. Mandy se negó a escuchar. El miedo le clavó sus garras. Sus entrañas se retorcieron en un nudo al ver la compasión reflejada en el rostro del hombre. Quiso correr hacia Hombre Delgado, pero Lobo Veloz la tomó del brazo y la detuvo. Habló brevemente con Luna Oscura, y la muchacha se incorporó. -Me dice que te diga que Halcón ha muerto. Me dice que te diga que lo lamenta por vosotros dos. El guerrero Halcón Negro fue alcanzado por un disparo cuando cruzaba el río en su camino de regreso a casa. Su cuerpo cayó en la corriente, que lo arrastró. No pudieron encontrarlo. Pero están seguros de que ha muerto. Mandy cerró los ojos. La cabeza le dio vueltas y se tambaleó. Tuvo que apoyarse en Lobo Veloz, incapaz de mantenerse en pie. ¿De qué estaban hablando? Halcón no podía estar muerto. Le había prometido regresar. Iban a ir al fuerte y después a Sacramento. -¡Es tu culpa! -le gritaba Luna Oscura-. ¡Tu culpa! Tuya, y de todos los


blancos. Él debería haberse casado conmigo. Yo no habría dejado que se marchara. ¡Es culpa tuya! Lobo Veloz se interpuso entre ambas. No podía saber lo que le había dicho en inglés Luna Oscura, pero el tono era bastante claro. La apartó de un empujón y después se dirigió a Mandy llamándola "Wishana". Dijo algo más en cheyene y la dejó a solas con su pena. Mandy casi ni podía respirar. ¿Cómo había podido dejarla Halcón? Había dicho que regresaría. Jamás faltaba a su palabra. Tal vez todo no fuera más que un terrible error. Entró en la tienda trastabillando y se derrumbó sobre el jergón de piel de búfalo. Un error, Por favor, Señor, haz que no sea más que un error. Pero sus ojos se nublaron con las lágrimas y un espantoso dolor le estranguló la garganta. Lobo Veloz sería incapaz de mentirle. No. No había ningún error. Su esposo estaba muerto. El dolor de su garganta se convirtió en sollozo. La gruesa piel de búfalo sobre la que estaba le trajo dolorosos recuerdos de los placeres que Halcón y ella habían compartido. Había sido un lugar de intensa felicidad. Ahora sería uno de enorme tristeza. Recordó la dulce manera de hacer el amor de Halcón y sus promesas de un futuro compartido; recordó el hogar que tendrían en California y la familia que crearían. Sus dedos temblaron al tocar la almohada de piel de lobo, y los recuerdos del guapo guerrero blanco le inundaron la mente. ¡Cómo lo


echaría de menos! Cerró los ojos y sintió que pesadas lágrimas corrían por sus mejillas. "Te amo. Siempre te he amado, y siempre te amaré", pensó. Entrecortados jadeos le quemaban el pecho. Se su-mergió en su dolor al imaginar a su esposo ahogándose en las burbujeantes profundidades del río. Su pesar se transformó en una fuerza devoradora casi tangible. Se preguntó si sería capaz de sobrevivir a semejante dolor. Durante tres días, toda la aldea estuvo de duelo. Sauce Mecido por el Viento acudía diariamente a su tienda, y las dos mujeres se abrazaban en silencio, llorando juntas su inmensa pena. Para Mandy las lágrimas no terminarían nunca. La comida le provocaba náuseas. Era incapaz de comer más que algunos bocados. Durante las noches interminables, yacía despierta sobre su solitario jergón. Se sentía débil e impotente. Su cuerpo comenzaba a sentirse débil y frágil. Finalmente, después de tantos días de luto, y con la ayuda de los demás, comenzó a recobrar cierta apariencia de control. Decidió que cuanto antes abandonara las montañas y los recuerdos agridulces que le traían, más rápidamente se recobraría, si es que alguna vez lograba recobrarse del todo. Con la ayuda reticente de Luna Oscura, pudo hacer comprender sus deseos a Lobo Veloz. Hacia mediados de la segunda semana después de la muerte


de su esposo, se encontró en camino hacia su casa en el fuerte. 33 Aunque ya llevaba varias semanas en el fuerte, Mandy no conseguía superar su congoja. Apenas comía, y su rostro estaba demacrado y pálido. Tanto Julia como su padre vivían preocupados por ella. La joven trataba de borrar los recuerdos de su hombre, pero nada podía lograr que lo olvidara. Quizá Luna Oscura tuviera razón. Nunca debió dejar que se marchara. Durante un tiempo se culpó por lo sucedido, pero en lo más profundo de su corazón sabía que él hubiera ido de todas maneras, sin importar lo que ella dijera. Halcón estaba decidido a ayudar a la gente que amaba. Mandy se obligó a sentir gratitud por la breve pero dichosa época que alcanzó a vivir con él; finalmente consiguió un remedo de paz en su vida. Y algo de bueno tuvo su regreso al fuerte. Su padre y ella se acercaron más que nunca desde la muerte de su madre. Hablaron durante horas de temas que muy raramente habían tocado antes: su madre, la profesión de él, el ascenso que había obtenido durante su ausencia. En efecto, ahora era el comandante George Ashton. Mandy notó el orgullo que sentía por haber alcanzado ese rango, y también se sintió orgullosa de él. La señora Evans había comenzado a representar un papel de gran importancia en la vida de su padre desde que Mandy se había marchado del fuerte. A Mandy no le pasó inadvertido el hecho de que su padre se


revolvía, inquieto y un poco incómodo, cada vez que la rolliza mujer de rosadas mejillas aparecía en la puerta. Mandy se propuso alentar el incipiente idilio. El asunto que con mayor frecuencia abordaba con su padre era el relativo a su futuro. Era el más espinoso de todos. Ella parecía incapaz de pensar en el porvenir. Se le nublaba la mente con imágenes de su esposo: su pícara sonrisa infantil, su pelo de color arena, sus dulces ojos pardos. Cualquier plan que atinara a hacer, se le antojaba vacío sin él. Sabía que debía hacer algo constructivo, pero daba la impresión que encontrar la voluntad para empezar era una tarea imposible. Muy en el fondo de su mente, el trabajo que le había ofrecido el tío William le parecía lo más promisorio que tenía ante sí. Amaba California, había llegado a amar Sacramento y a considerarlo su hogar, pero allí los recuerdos eran demasiado intensos. Ir allí sólo le haría sentirse peor. A su padre le habría hecho muy feliz tenerla con él, pero Mandy temía que si lo hacía, pudiera interferir con el naciente romance entre la señora Evans y él. Por otra parte, después de todo lo que había pasado, atender a su padre jamás sería suficiente para ella. Esperaba que el tiempo le trajera las respuestas. Cuatro semanas después de su regreso al fuerte, Mandy comenzó a sentirse


mal. -Sam, cariño, ¿estás segura de que estás bien? -le preguntó su padre, utilizando el apodo con el que la llamaba cuando era niña. La hizo sentir más cerca de Halcón, y le agradó-. Me parece que hace un tiempo que te sientes indispuesta y no me gusta nada. Entrecerró sus ojos grises con preocupación, y se le profundizaron las arrugas en su rostro curtido por el sol. Mandy se acurrucó bajo la manta en su estrecha cama. Se le dio vuelta el estómago y cerró los ojos, tratando de controlar las náuseas. Su padre le puso un paño húmedo sobre la frente. -Estás muy demacrada. Pediré al médico que venga esta tarde -dijo. -Estoy segura de que no es nada, papá. Realmente, estoy muy bien. Los interrumpió un golpe en la puerta. -Yo atenderé. Tú descansa. El comandante atravesó la corta distancia que lo separaba de la puerta y salió al vestíbulo. Mandy alcanzó a oír el apagado murmullo de sus voces y supo que había llegado su prima, para su visita diaria. Julia entró en la habitación con su habitual entusiasmo, y Mandy se alegró de verla. Jason y ella estaban muy bien; ambos estaban profundamente enamorados. -¿Otra vez te sientes descompuesta? -le preguntó Julia entrando como una tromba en la pequeña habitación.


Sus faldas de algodón se arremolinaron a su alrededor y la cabellera castaña onduló vivamente sobre sus hombros. Mandy le sonrió débilmente. -No es nada. Mañana estaré bien. Julia se mordió los labios y la contempló con una extraña expresión en el semblante. -Tío George, ¿podrías dejarnos a solas un momento? Las mujeres tenemos que hablar. Ella sonrió a su tío; Mandy advirtió que en esos últimos meses Julia se había ganado el corazón de su padre. -Señoras, excusadme. Os dejo, pero voy a enviar al médico -cerró la puerta tras él. Mandy se humedeció los labios, y volvieron a atacarla las náuseas. Tragó con esfuerzo, y finalmente pudo dominarlas. -¿Me contarás qué te pasa? -preguntó. Julia se sentó en el borde de la cama y tomó una mano de Mandy. -Cuando regresaste con nosotros nos contaste que te habías enamorado del hombre que te llevó a California, Travis... -Así es. -También nos dijiste que lo habían matado. Ni tu padre ni yo nos atrevimos a presionarte para que hablaras más del tema Julia le apretó la mano y sus


ojos tan verdes como los de Mandy, buscaron los de ella-. No es fácil hablar de esto, de modo que iré directamente al grano: ¿es posible que estés... embarazada? Mandy se incorporó de un salto en la cama y se quedó muda mirando a su prima. ¡Pero desde luego! ¿Cómo no se le había ocurrido antes? Había atribuido a la depresión la falta de regla. ¡Pero en absoluto se trataba de depresión! En un remoto rincón de su corazón, sabía que estaba esperando un niño. Se le llenaron los ojos de lágrimas al pensar en el padre de ese niño, pero se dominó e hizo a un lado la tristeza. -¡Sí! ¡Oh, sí! ¡Voy a tener un niño! Rodeó a Julia con sus brazos y la estrechó contra ella. Por primera vez en muchas semanas, Mandy fue capaz de sentir algo más que aturdimiento. Bajó la cabeza y se miró el vientre. "Todavía estaba chato y firme, pero pronto... pronto... lo tendré hinchado y redondo y volveré a tener una parte de Halcón conmigo", pensó. La expresión consternada de su prima la devolvió a la realidad. -Pero, ¿cuál es el problema? ¡Es la noticia más maravillosa que he tenido en la vida! -Mandy, querida -comenzó a decir su prima dulcemente-, ¿acaso no te das cuenta de que ese niño será un ...? -no pudo pronunciar la odiosa palabra. -¡Pero nosotros nos casamos! -exclamó Mandy, adivinándole el


pensamiento-. Nos casamos en la aldea cheyene junto a Flecha Poderosa y Sauce Mecido por el Viento y... ya sé que debería haberlo dicho antes; pensaba hacerlo, pero no pude hacerlo. Julia la abrazó, después se apartó de ella. -Bueno, me alegro por ti -dijo-. ¡Y a los demás les diremos que pueden irse al infierno, si no les gusta! Al escuchar las impías palabras de su prima, Mandy ahogó una exclamación. Lentamente, fue comprendiendo el sentido del apuro en el que se encontraba. Los habitantes del fuerte no creerían su historia y, aunque lo hicieran, no reconocerían la validez de una boda india. Ni siquiera se lo había contado a su padre. Quizás él tampoco le creyera. Quizá la echara, a ella y al niño por nacer, de la casa. California estaba muy lejos; tal vez hasta el mismo tío William se negara a ayudarla. -¡Oh, Julia! -sintió que nuevas lágrimas acudían a sus ojos-. No quiero que se diga que nuestro hijo es un bastardo. No lo merece. Advirtió que se había referido al niño como si ya supiera que era varón; la misma vocecilla que le hablaba en su interior le confirmó que, efectivamente, lo era. Julia adoptó una actitud decidida. -Cierta vez dijiste: "No te preocupes, ya se nos ocurrirá algo", y fue así. Jason y yo estamos juntos gracias a ti. Mi felicidad es consecuencia de tu coraje. Ya pensaré en algo. Te lo prometo.


Mandy dejó de llorar y miró a su prima. Vio el habitual gesto resuelto de su mandíbula, y también algo nuevo, un destello protector en sus ojos. Mandy se relajó y buscó un pañuelo. Nada iba a arruinar su felicidad. Volvía a tener una razón para vivir. Se negó en redondo a permitir que algo se interpusiera en su camino. -Gracias, Julia. Ya me siento mejor -se secó los ojos-. Pero creo que lo mejor será decírselo francamente a mi padre -dio un rápido abrazo a Julia, se incorporó y se aclaró la garganta. Antes de salir a buscar a su tío George, Julia dirigió una larga mirada a su prima. Costaba creer que la joven acostada en esa cama fuera la misma que había dejado el fuerte el verano anterior. Ésta era una mujer con una nueva confianza interior. Definitivamente, había dejado de ser la joven tímida que había ido a visitar casi un año atrás. Incluso la muerte del esposo de Mandy -como Julia creía fervientemente que había sido Halcón-, no había logrado vencerla. Mandy estaba lista para enfrentar los desafíos de la vida. Julia esperaba de todo corazón que su tío estuviera tan preparado para enfrentar esta nueva crisis como parecía estarlo su prima. George Ashton entró silenciosamente en la habitación y cerró la puerta tras él. Había esperado encontrar a su hija postrada por la enfermedad, pero en cambio la encontró sentada muy recta en la cama. Le agradó ver su aspecto


renovado y se arrepintió de haber mantenido oculta su belleza durante tantos años. Había sido necio de su parte pensar que podría protegerla impidiendo que llevara una vida normal. Gracias a Dios que había ido a California. Siempre se sentiría en deuda con su hermano William por haberla ayudado a vivir la difícil transición a la condición de adulta. -Papá, por favor. Ven y siéntate a mi lado -Mandy dio una palmada en el borde de la cama-. Quiero decirte algo -miró a su padre. Había cambiado en el último año. Parecía más viejo y más frágil pero, aún así, satisfecho con lo que le ofrecía la vida. Mandy volvió a llamarlo "papá", como había hecho de niña, antes de la muerte de su madre. Se atrevía a asegurar que a él le agradaba. Su padre se sentó a su lado y la besó suavemente en la mejilla. -¿De qué se trata, tesoro? Tienes mejor aspecto, de todas maneras el doctor llegará muy pronto. Mandy lo miró, implorante, anhelando que fuera comprensivo con ella. -Papá... creo que ya sé discernir qué está bien. Ya le había hablado de su relación con Halcón, del gran amor que sentía por ese hombre y de su muerte. Su padre la había consolado -algo que no había esperado de él-; eso había sido el primer paso en su nuevo acercamiento. Lo que estaba a punto de decirle. podría destrozar ese frágil vínculo.


-Sé que esto será difícil para ti -siguió diciendo, reuniendo valor-, pero debes tratar de comprender. Él se limitó a pestañear y a mirarla fijamente con sus ojos grises. -Creo que estoy embarazada -susurró Mandy. Entonces levantó orgullosamente la cabeza, contemplando los ojos de su padre, abiertos por la sorpresa-. No es lo que piensas. Travis y yo nos casamos en la aldea cheyene. Sé que debería habértelo dicho; pensaba hacerlo cuando fuera el momento adecuado. Si él no hubiera muerto, habríamos vuelto a casarnos aquí, tan pronto llegara. Tal como resultaron las cosas -apartó la mirada parpadeando para alejar de su mente los penosos recuerdos-, este niño es el regalo más valioso que él podría haberme dejado -una lágrima rodó por su mejilla-. Si quieres que me marche, lo entenderé. Los brazos de su padre la rodearon en un cariñoso abrazo; la estrechó contra él y la besó con dulzura en la cabeza. -Samanta, mi amor, no sabía cuánto significabas para mí hasta que creí que habías muerto. Los días que siguieron al hallazgo de la diligencia incendiada fueron angustiosos para mí. Me di cuenta de que había perdido un tiempo precioso construyendo un muro a tu alrededor. Supe entonces que al único que ese muro conseguía mantener alejado, era a mí -le alzó la barbilla, y sus marcadas facciones revelaron todo su amor-. Me has


contado cuánto amaste a ese hombre, Travis. Me contaste cómo te salvó la vida, no una, sino varias veces. Siempre le estaré agradecido por ello. Te trajo de regreso hasta mí... Te amo, pequeña; ¡al diablo con todo lo demás! Era el discurso más apasionado que jamás había pronunciado; Mandy lo amó por eso. Lo abrazó, se enjugó las lágrimas y le sonrió. -¡Oh, papá, te amo! Gracias. Él se aclaró la garganta y se puso de pie, sin querer que ella viera la humedad que le empañaba los ojos. -Haré que el doctor te vea; así estaremos seguros. Queremos que ese bebé sea sano, ¿no es así? Ya era tiempo de tener un nieto correteando por aquí hablaba de espaldas a ella; fue hacia la puerta, cerrándola suavemente al salir. Los días que siguieron pasaron como en un suspiro. El instinto de Mandy no la engañó. El niño nacería en menos de siete meses. Su figura se mantuvo esbelta y firme, pero sabía que no pasaría mucho tiempo antes de que se comenzara a notar. Julia y ella se esforzaron con ahínco en inventar una historia creíble, pero hasta el momento había sido en vano. ¡Ojalá apenas llegó al fuerte hubiera contado a todos que se había casado! Por cierto que no era propio de ella mentir; de no haber sido por el niño, habría hecho lo que le sugería su prima: mandarlos a todos al diablo. La vida en el fuerte siguió tan ajetreada como de costumbre. Julia y Jason


eran unos recién casados bendecidos por la dicha, y Mandy se sentía satisfecha de la recompensa recibida por las penurias pasadas. En la puerta de las caballerizas de Washburn, Max Gutterman observaba el bullicio de la actividad del fuerte. Había llegado hacía tres días; había pasado ese tiempo observando las idas y venidas de los oficiales, sus esposas y el resto de las mujeres, especialmente de una. Sonrió débilmente al recordar el suave balanceo de sus caderas cuando había salido de la tienda de Johnson. La había visto recorrer el trayecto hasta su cabaña, junto a un hombre alto de pelo gris. Al principio sintió celos de él, pero después de hacer algunas preguntas al viejo Ned Washburn, se enteró de que el hombre era el padre de la chica. No le había llevado mucho tiempo dar con la chica, una vez que se resolvió a hacerlo. Una joven india de la aldea cheyene parecía más que ansiosa por darle las señas del destino que llevaba la joven al partir. Ahora se tomaría su tiempo, saboreando cada segundo de su triunfo. Se ajustó el parche que le cubría el ojo y sonrió entre los labios resecos. 34 Los días ya eran más calurosos. El verano estaba en el aire. Las náuseas habían cesado; Mandy decidió que si iba a terminar de una buena vez la limpieza de primavera que había comenzado, mejor sería que se abocara a la tarea ese mismo día. Su padre había partido al amanecer con una patrulla y no volvería hasta el día siguiente.


Mandy se puso un delantal sobre el vestido de percal, tomó la escoba, el estropajo, un cubo y jabón, y se dispuso a trabajar. Comenzó por limpiar el armario del frente, pensando que su vida había caído en una tranquila rutina. Si no fuera por su persistente pena, podría haber llegado a considerarse feliz. Pero lo cierto es que echaba terriblemente de menos a Halcón. No pasaba una hora sin que pensara en él. Oh, Halcón, se lamentaba, ojalá estuvieras aquí para conocer a nuestro hijo. Deploraba el malentendido que los había mantenido tanto tiempo alejados. ¡Si hubiéramos tenido más tiempo para estar juntos! ¿Por qué desperdiciamos tan tontamente tantos meses? Aunque se cuidaba muy bien de ocultar su sufrimiento a sus amigos y familiares, cada minuto que pasaba a solas era una agonía. Ese día no fue una excepción. Anhelaba sentir los brazos de su esposo en torno a su cuerpo, el contacto de sus labios. Incluso mientras limpiaba y fregaba, su mente recreaba la noche de bodas, la pasión que había sentido en sus brazos. -Vaya, vaya, vaya; mira a quién tenemos aquí. Era una voz que venía del pasado, una voz que le congeló la sangre en las venas. Giró sobre sus talones para encontrarse con la mirada de ese único ojo de sus peores pesadillas.


-¡Usted! A un paso de ella, el hombre la miró de reojo y sonrió. Llevaba un mono mugriento, y su camisa mostraba manchas debajo de los brazos. Tal como lo recordaba, sus facciones eran toscas y sus cejas, hirsutas y pobladas. Dejó caer la escoba y corrió hacia la puerta. Él le impidió el paso, ágil a pesar de su figura corpulenta. Mandy trató de hacer un segundo intento, pero él la tomó de la cintura con brazo de hierro y la arrastró hacia él, tapándole la boca con su mano carnosa para apagar todos sus gritos. Mandy forcejeó, tratando de soltarse, pero al recordar al niño por nacer se quedó quieta, procurando no temblar. Miró hacia abajo y vio la brillante hoja de un puñal apoyada en su garganta. Era una hoja curva con manchas de óxido en la base. Mandy se preguntó brevemente si acaso sería la sangre de alguien. -Ahora está mejor, damisela. Sí, señor. Tú y yo vamos a ser grandes amigos. Rió por lo bajo, y Mandy percibió, asqueada, su rancio aliento a tabaco. -¿Qué quiere de mí? ¿Cómo supo que estaba aquí? Miró frenéticamente toda la habitación buscando alguna salida. Su padre no regresaría hasta el día siguiente por la noche, y Julia ya le había hecho su visita matinal.


-Vine al fuerte sólo para verte. Hace tres días que estoy vigilándote. Estás aún más bonita de lo que recuerdo -le acarició la mejilla con su mano áspera. Ella se estremeció con repugnancia ante su sudorosa cercanía. -Tú y yo dejamos algo inconcluso, si no recuerdo mal. -Por favor -musitó ella-, déjeme en paz. -Te dejaré en paz, de acuerdo -la situación pareció dejar de hacerle gracia; sonrió sin alegría. Mandy sintió que la hoja se deslizaba por su garganta, y comenzaron a brotarle minúsculas gotas de sangre. El miedo se apoderó de ella. La torturaba el deseo de gritar, pero temió que fuera a matarla. -Te dejaré en paz -repitió él-, tal como ese enorme indio y tú me dejasteis en aquel páramo. Creísteis que había muerto, ¿verdad?, pero os fastidié, os fastidié a ambos -La arrastró hasta los fondos de la casa. Le clavó los dedos en la cintura; Mandy sintió que le subía la bilis a la garganta. Su contacto le provocó mareos. -Juré que arreglaría cuentas contigo -dijo él-. Creí que me había librado de los dos en la bahía, pero tuvisteis demasiada suerte. Seguí al indio hasta el este. Me ocupé muy bien de él. El disparo le dio en medio de la cabeza -rió con una risa ronca y demente.


Mandy supo entonces sin lugar a dudas que el hombre estaba loco. La consumía el temor por su hijo. Se tambaleó; sólo con un enorme esfuerzo de voluntad consiguió no caer. Finalmente, las palabras del hombre se abrieron camino en su mente. Pensó en Halcón, tendido muerto sobre el suelo, asesinado por la bala de este maniático, y el pensamiento la llenó de ira. Ahora Gutterman estaba allí, para terminar con ella... y con su hijo. La furia le dio coraje, y se puso rígida. Repasó las opciones que tenía. Eran limitadas, pero si iba a morir, él no lo tendría fácil. Trató de estimar la estabilidad mental del hombre. No sabía si el informarle de su estado lo detendría o empeoraría las cosas. -Por favor -suplicó, procurando ganar tiempo-, usted mató a mi esposo. ¿No le alcanza con eso? -Quiero lo que desde antes debió haber sido mío. No eres la hija del gobernador. Me engañaste, a mí y a los muchachos. ¡Ahora es mi turno! Le aferró la parte de adelante del vestido, y cuando ella trató de alejarse, la tela se desgarró. Aún forcejeando, Mandy trató de gritar, pero la mano de Gutterman amortiguó el sonido. -¡Cierra la boca, zorra ramera! Eres igual que Myra. A ella le hice pagar por lo que hizo, Ahora te toca a ti. Le dio una bofetada en pleno rostro, arrojándola al suelo. De inmediato se puso encima de ella, aplastándola sobre los duros tablones de pino con su


corpulencia. Mandy pudo sentir la punta del cuchillo debajo de la barbilla. Se revolvió, luchó y trató de liberarse, resuelta a jugar su última carta. -Por favor... estoy embarazada. Por un instante él pareció vacilar; en su único ojo brilló una chispa de incertidumbre, como si recordara otro tiempo, otro lugar. Entonces meneó la cabeza, volviendo al presente. -Mejor que mejor, damisela -dijo, y le sonrió, gozando de su desazón. Mandy cerró los ojos y tragó saliva, sintiendo la punta del cuchillo y una nueva gota de sangre. -Suéltala, Gutterman -ordenó una voz amenazante, profunda y serena. Mandy habría reconocido esa voz grave en cualquier sitio. No podía moverse bajo el pesado cuerpo del sargento, pero su mirada ávida encontró al hombre que tanto había añorado. Estaba en la puerta, con los pies separados, exhibiendo una máscara de controlada calma. A Mandy se le disparó el corazón. Se le hizo un nudo en la garganta, y los ojos se le llenaron de lágrimas. Una descontrolada alegría le envolvió el corazón, que pareció salírsele del pecho. -¡Tú! -Gutterman se encogió de miedo, pero mantuvo el cuchillo apretado contra su cuello-. Mantente lejos de mí o la mato. -¿Como trataste de matarme a mí?


Halcón rodeó a su presa, avanzando silenciosamente con sus mocasines. Los flecos de gamuza parecieron aletear cuando tensó los músculos. -No te acerques más, te lo advierto. La voy a abrir en canal, hasta el niño. Voy a sacarle al mocoso de la barriga -en su voz podía percibirse una nota de desesperación. Halcón bajó los ojos y contempló a su bella esposa. El oscuro cabello se le arremolinaba sobre los hombros; el vestido roto dejaba a la vista parte de su tersa piel. No veía hinchazón en su vientre, pero no puso en duda las palabras de Gutterman. -Suéltala y podrás seguir con vida -le propuso, acercándose cada vez más. Gutterman obligó a Mandy a ponerse de pie de un tirón. Sus gruesos dedos dejaron cardenales sobre la delicada piel que le cubría las costillas. Mantuvo el cuchillo peligrosamente cerca de su garganta. Mandy vio que Halcón se ponía tenso. -Por favor, mi amor-le advirtió-. Lo que dijo acerca del niño, es verdad. Halcón pareció no prestar atención a sus palabras, Su mente estaba concentrada en un único propósito. Estaba casi a tiro de su presa. -¡Retrocede! ¿Me oyes? -aulló Gutterman, con el pánico reflejado en el semblante. Mandy lo sintió mover el cuchillo apenas un segundo. Abrió boca y le clavó los dientes en la muñeca que sostenía el puñal. Con u chillido de dolor,


Gutterman la golpeó y la arrojó nuevamente al suelo, Su cabeza golpeó contra los tablones; por un instante creyó que iba perder el sentido. De inmediato Halcón se echó sobre Gutterman, retorciéndo la mano con la que aferraba el cuchillo en una lucha cuerpo a cuerpo con el hombretón. Ambos cayeron al suelo rodando. Ora estaba uno encima del otro, ora era a la inversa. Gutterman mantenía el cuchillo alejado de la garganta de Halcón y exhibía una resistencia pareja con la de Halcón. Éste se puso de costado y, utilizando su cuerpo como palanca, cambió de táctica, y tomó a Gutterman por sorpresa. Se abalanzó sobre Gutterman, lo aplastó contra el suelo con el cuerpo le clavó su propio cuchillo en el pecho hasta la empuñadura. La sangre brotó a borbotones de la boca del hombre cuando exhaló su último aliento. Aturdida, la mente de Mandy borró la espantosa escena. LoI único que alcanzó a ver fue el apuesto rostro de su esposo. Halcón incorporó de un salto y fue hacia ella. La joven sintió que sus sentidos la abandonaban. Aunque él se movía con rapidez, le pareció una eternidad. Pudo ver el pelo de color arena que caía sobre su frente sus aterciopelados ojos pardos que la miraban llenos de amor, tal como los evocaba cada noche antes de quedar dormida. Por un instante, temió estar soñando. Entonces él la rodeó con sus fuertes brazos y apoyó su atezada mejilla en la de ella.


-¡Oh, Sam... Sam, creí que había vuelto a perderte! -Hala sintió que se le cerraba la garganta-. ¡Por Dios, cómo te he echado menos! Fue espantoso no saber si estabas a salvo, querer tener noticias de ti, ansiar volver a estar contigo. La besó con ternura, procurando expresar la angustia que lo había embargado durante las pasadas semanas. La alzó en sus brazos, y la llevó hasta la sala, acunándola en sus brazos. Se sentó sin soltarla, y la mano le tembló ligeramente cuando sin querer rozó uno de sus pechos. -¡Me moría sin ti! Había mucho para decir, pero las palabras se negaron a salir. Mandy se aferró de su cuello. Lo besó en las mejillas, en los ojos, en la boca. -Te amo -susurró con la voz ahogada por las lágrimas. Lo rodeó con sus brazos, y él la estrechó contra su cuerpo. Mandy olvidó las semanas de soledad, los recuerdos dolorosos. Quería hacerle mil preguntas, pero ya habría tiempo para eso. Halcón utilizó un trozo de la rasgada tela de su vestido para limpiarle la sangre de la garganta. La herida sólo era superficial. Apoyó los labios en la fina garganta y siguió besándola hasta las mejillas. Sólo quería demostrarle su amor, lo mucho que le importaba, pero cuando alcanzó sus carnosos labios de rubí, se puso al rojo vivo. Sintió su suave calidez. Con la lengua, se abrió camino dentro de su boca. Le acarició los pechos hasta que la hizo


gemir; entonces sus labios descendieron hasta adueñarse de uno de sus pezones. Tras mordisquear el duro capullo, volvió a su boca y la besó una vez más. Con Mandy en sus brazos, fue hasta el dormitorio y se quitó rápidamente la ropa. A continuación desnudó a su mujer y se sentó a su lado, acomodándose apenas en el estrecho colchón sin soltarla, acariciándola, tratando de convencerse de que ella era real. Mandy olvidó la carnicería de la habitación contigua. Olvidó el terror de pocos momentos antes. Él era su mundo, y había vuelto. Era como volver a respirar después de haber aguantado la respiración hasta casi ahogarse. Todo lo que tuviera de él le parecía insuficiente. De pronto, Halcón se detuvo. -¿Qué me dices del niño? Ella volvió a acercarlo a su cuerpo. -Faltan varios meses para que nazca. No tengo por qué renunciar a ti durante bastante tiempo. Lo besó con todas sus fuerzas, y él la cubrió con su poderoso cuerpo, que pareció rodearla por completo. Mandy se estremeció al sentir la presión de sus muslos contra los de ella y el calor de su pecho contra los pezones. Pudo sentir su virilidad presionando contra su cuerpo. Gozó con la expectativa, deseándolo más que nunca. Deslizó la mano por su espalda y


tomó una de sus redondas nalgas en el preciso instante en que él la penetraba. Halcón soltó un gruñido de placer gozando con la caricia. Su unión fue salvaje y apasionada. Todas esas semanas de angustia y desesperación se superaron en una sola cópula enardecida. Su pasión parecía no tener límites. Aunque había pasado mucho tiempo sin desahogo, Halcón se obligó a resistir todo lo posible y así sacar de su unión todo el placer posible para ambos. Mandy se remontó hasta las más altas cumbres del placer. Cuando la dulce tortura le resultó intolerable, una ardiente ráfaga, acompañada por un millar de diminutos pinchazos de éxtasis, asaltó su cuerpo. Jadeante, gimió el nombre de su esposo. El cuerpo de Halcón resplandecía bajo una fina capa de sudor. Una febril sensación le recorrió la sangre cuando alcanzó el orgasmo. Su placer se vio multiplicado por la prolongada abstinencia y por el cálido resplandor de su amor. Saciados ya, uno en brazos del otro, lentamente recobraron la razón, pero ninguno de los dos deseaba moverse ni hablar. Halcón sabía que su esposa necesitaba confirmar que todo lo que estaba ocurriendo era real, pero la tarde pasaba con celeridad. Tenían por delante muchas explicaciones, y el tiempo que pudieran pasar a solas, al menos hasta la boda, sería limitado. Deslizó la mano por la mejilla de Mandy y sintió que volvía a acometerlo el


deseo. Sonrió para sus adentros al comprobar el poder que su pequeña esposa seguía teniendo sobre él. -Si sigo acostado junto a ti ya no me importará quién pueda encontrarnos. Ella le sonrió con amor. -No tengo valor para alejarme de tu lado. La sola idea de tenerte a más de medio metro de mí es más de lo que puedo tolerar. Él la besó con fuerza. -Tal vez no te deje abandonar nunca el dormitorio cuando tengamos nuestra propia casa. Pero ahora creo que lo mejor será que hablemos. Es hora de que busque al comandante y le explique toda la historia. -Sí -accedió ella con resignación, sin que realmente le importara otra cosa que tener a su marido en los brazos, encantada ante el sonido de las palabras nuestra casa en sus labios. -¿Nuestro difunto amigo te dijo que me disparó? -preguntó Halcón. -Sí -respondió en voz baja, con un repentino escalofrío al recordarlo. -Bueno; la bala apenas me rozó. Pero la caída por los rápidos estuvo a punto de matarme. El río estaba tan crecido por el deshielo que fui arrastrado por la corriente varios kilómetros. La miró y sonrió con esa sonrisa de niño tan suya. -Esa bolsita tuya me salvó. Recordé tus palabras. Logré mantener la cabeza fuera del agua, aunque la corriente me golpeaba ferozmente contra las


rocas. Cuando ya parecía que iba a lograrlo, debo haberme golpeado en la cabeza. Es lo último que recuerdo, hasta que dos semanas más tarde desperté en la choza de un minero. Aparentemente, él me sacó del río; estaba muy malherido. Tenía varias costillas rotas, heridas internas y contraje neumonía. Mandy le apretó la mano y el corazón le dio un vuelco. -¿Ahora estás bien? -preguntó, preocupada. Él le dedicó esa sonrisa maliciosa que conocía tan bien. -¿A ti qué te ha parecido? -replicó. Mandy sintió que se ponía roja con el recuerdo de la pasión compartida y supo que volvía a desearlo. Le acarició el vigoroso pecho y se obligó a escucharlo. -Traté de que el minero trajera algún mensaje -siguió diciendo él-, pero él estaba trabajando en una concesión ilegal en las Black Hills de la reserva de Dakota. No estaba dispuesto a dejar aquello –enredó sus dedos en el cabello de Mandy y le besó el hombro con aire distraído. -Me alegro de tenerte de nuevo sano y salvo junto a mí -murmuró ella. Como siempre ocurría entre ellos, Halcón sintió un leve cambio en su estado de ánimo cuando Mandy aspiró con fuerza y miró hacia otro lado. -¿Estás pensando en Luna Oscura? -preguntó son suavidad, deseando


despejar el ambiente. -Así es. -Cuando regresé a la aldea me contaron que había ido a verte muchas veces. No me resultó difícil imaginar todo lo que debió decirte. Por esa misma razón nunca te la presenté. -Me culpó de tu muerte, dijo que si en vez de casarte conmigo te hubieras casado con ella, eso no habría pasado... ¿Tuviste intención de casarte con ella antes de conocerme? Halcón se pasó la mano por el pelo y suspiró. -Cuando era apenas un muchacho, antes de marcharme de la aldea, creí estar enamorado de ella. Pensé en el matrimonio, pero sólo cuando regresara; si regresaba alguna vez. Una nubecilla veló los ojos de Sam antes de que él pudiera continuar. -Cuando volví a la aldea era mayor y más sabio. Pude ver el odio y el rencor que ella sentía contra los blancos. Me di cuenta de que nunca la había amado, pero también vi que ella se había convencido de que me amaba. Supe entonces que mi futuro no estaba entre los indios, sino con los blancos. No volví a verla hasta esta última vez que regresé a la aldea. -¿Y qué sentiste al verla? -insistió su esposa. -Lo mismo que antes. Es bella, pero fría y vacía. Para entonces se había casado con Oso Colorado, pero él se divorció de ella. Su amargura le ha


arruinado la vida. Antes de llevarte al campamento, vino a verme y me pidió que considerara la idea de casarme con ella. Se me ofreció... y yo la rechacé. Por entonces yo ya sabía que sólo existía una mujer para mí. Ya habías capturado mi corazón. Mandy sonrió con satisfacción. Le echó los brazos al cuello y le acarició el pelo de color arena. Lo obligó a inclinar la cabeza y lo besó con toda el alma. Todos los problemas que pudieran tener de ahí en adelante los enfrentarían juntos. Después de todo lo que habían sufrido separados, nada sería insuperable. En tanto estuvieran juntos, su amor les daría fuerzas y coraje para cualquier cosa que necesitaran. Mandy tomó la mano de su esposo y la puso sobre su vientre. Dentro estaba creciendo su hijo, la prueba de su amor. La expresión de orgullo en el rostro de Halcón fue todo lo que Mandy necesitaba para confirmar la felicidad que iban a compartir. Lágrimas de alborozo inundaron sus ojos cuando él le cubrió los labios en un hondo y apasionado beso de amor.

La aventurera kat martin  

Con el deseo de introducirse en el deslumbrante torbellino social de la capital de California- y dejar de ser una ingenua adolescente-, Mand...

La aventurera kat martin  

Con el deseo de introducirse en el deslumbrante torbellino social de la capital de California- y dejar de ser una ingenua adolescente-, Mand...

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