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El secreto, Kat Martin Chance McLain, apuesto y de sonrisa seductora, es exactamente lo que Kate Rollins no quiere cuando decide afincarse en la casa que le legara su abuela, en un pequeño pueblo de Montana. Ella ha llegado con el propósito de empezar una nueva vida, y lo menos que desea es conocer a otro hombre de sonrisa seductora y corazón de piedra. Tiene un hijo que criar, un negocio que administrar… y un asesinato que resolver. Sin embargo, Chance se siente muy atraído por Kate, y al mismo tiempo empieza a sospechar que alguien quiere que ella se marche del pueblo. Ante ellos se abre la posibilidad de compartir un futuro, pero antes deberán enfrentarse a los fantasmas del pasado… Capítulo 1 Kate Rollins echó una nerviosa mirada a los resplandecientes números rojos del reloj digital que tenía sobre el escritorio. Las diez de la noche. Tendría que haber llegado a casa a las seis. Volvió la vista hacia los altos ventanales de su oficina, en la séptima planta. La noche era oscura como boca de lobo; no se veía la luna, y el titilar de las estrellas quedaba oculto tras el opaco manto de nubarrones grises y la población del centro de Los Angeles. A Kate no le gustaba trabajar hasta tan tarde y ser una de las últimas en abandonar el edificio, ni le gustaba el inquietante sonido de sus propios pasos resonando sobre el suelo de mármol de las salas desiertas. No le gustaba caminar por las calles oscuras y solitarias, y menos esa noche: le había prometido a su hijo David, de doce años, que lo llevaría al cine a ver la nueva película de Schwarzenegger. Pero su jefe la había llamado minutos antes de las cinco, y había insistido en que había que realizar un cambio en la campaña publicitaria que ella preparaba para Avena Quaker, uno de sus clientes más importantes. Todo debía estar listo a primera hora de la mañana siguiente. Una vez finalizado el trabajo, Kate dejó el bolígrafo sobre su escritorio y


apartó la silla. Decidida a darle a David las buenas noches antes de que se durmiera, recogió su portafolios de piel, se echó al hombro la correa de su bolso Bally, y encaminó sus pasos hacia los ascensores que se encontraban al final del pasillo. En el vestíbulo saludó con la mano al recepcionista, se despidió con un breve «buenas noches» del guardia de seguridad apostado junto a la puerta giratoria, y salió a la calle. Era una noche húmeda y sombría. El aire de marzo, frío y pegajoso, estaba cargado con el olor de los tubos de escape de los coches y el ruido de fondo de las lejanas bocinas. Consciente de que a esas horas de la noche aquella zona podía ser peligrosa, Kate se subió un poco más la correa del bolso y avanzó por la acera en dirección al aparcamiento, donde la aguardaba su Lexus, a la vuelta de la esquina. En cuanto volvió la esquina divisó la entrada del aparcamiento. Ya casi la había alcanzado cuando oyó que alguien corría por la acera. El corazón empezó a latirle aceleradamente cuando comprendió que se trataba de más de una persona. Dos jóvenes, ambos con chaqueta negra de piel; hispanos, supuso, por el cabello negro y el tono oliváceo de la piel. Al oír el estridente chirrido de los neumáticos, uno de ellos miró por encima del hombro. Kate vio entonces un Chevy del 62, color verde iridiscente, que volteaba la esquina sobre dos ruedas. Los jóvenes la alcanzaron en el mismo instante en que el coche llegó rugiendo hasta donde se encontraban. Una mano asomó por la ventanilla. Apareció el grueso cañón de metal azulado de una pistola. Kate no tuvo la impresión de oír el disparo. Sin embargo, cuando echó a correr sintió un dolor ardiente y punzante en un costado de la cabeza. Vio cómo el suelo se acercaba vertiginosamente hacia ella, los ojos le giraron en las órbitas, y todo se sumió en la oscuridad. Capítulo 2


El ulular de la sirena la despertó durante unos segundos, aún montada en la ambulancia. Quince minutos después, Kate volvió a despertar, esta vez sobre una camilla que avanzaba a toda prisa; la cabeza le latía a causa del dolor y sentía el metálico olor de la sangre en sus fosas nasales. Dos camilleros vestidos de verde daban órdenes a voz en grito al tiempo que la conducían por un angosto pasillo blanco, y empujando la camilla a través de unas puertas de vaivén dobles en las que podía leerse la palabra CIRUGÍA en gruesas letras rojas. Cuando por fin despertó, al cabo de unas veinticuatro horas, no atinó a discernir cuánto tiempo había transcurrido realmente. Lo primero que oyó fue un persistente pitido, una cadencia tranquilizadora a la que se aferró y en la que puso todos sus sentidos; lo que le sirvió para reconocer su entorno. Estaba acostada sobre una estrecha cama, protegida por barrotes cromados, tenía un tubo de plástico metido en la garganta, una aguja clavada en el brazo y cables sujetos al pecho y a la frente. Llevaba puesto un camisón de algodón blanco que se enredaba en sus piernas, inmovilizándolas. No consiguió reunir las fuerzas necesarias para liberarlas. Un débil sonido se abrió paso hasta su conciencia, seguido por el rumor sibilante del aire que entraba y salía de algún aparato. Una vez más, volvió a sentir el martilleo en el cráneo, un martilleo que fue aumentando hasta alcanzar un grado prácticamente intolerable. Entró una enfermera e introdujo una jeringa en el tubo conectado a su vena. El dolor empezó a remitir. Dormitó otro rato y despertó debido al apagado sonido de voces y fragmentos lejanos y confusos de conversación. «... disparos desde un coche en movimiento...» «... todavía buscan a esos individuos...» «... un milagro que aún esté viva...» Voces de hombres y mujeres iban y venían, dejando retazos de conversación que comenzaban a encajar como las piezas de un rompecabezas. Finalmente escuchó y recordó lo suficiente como para hacerse una idea de lo que había pasado: se había producido un tiroteo y una bala la había alcanzado en la cabeza. Según dijo uno de los médicos, había permanecido muerta durante casi diez minutos sobre la mesa de operaciones. Su corazón se detuvo. Había seguido respirando gracias al respirador. Durante unos instantes, había dejado de ser un ser humano vivo.


Kate estaba segura de que así había sido. Acostada sobre la estrecha cama de la Unidad de Vigilancia Intensiva del Hospital Cedars-Sinai, con monitores que zumbaban y agujas clavadas en los brazos, Kate supo, en lo más profundo de su ser, donde su corazón latía de forma errática y su sangre bombeaba con ritmo vacilante por sus venas, que durante aquel momento crucial en la sala de operaciones todo se había modificado en su existencia, todo aquello en lo que creía había cambiado de manera drástica. Se concentró en el murmullo de un aparato cercano cuyo repetitivo sonido de alguna manera resultaba sedante. Había leído acerca de situaciones similares en las que la gente había muerto para después volver otra vez a la vida. A ese tipo de vivencias se las denominaba «experiencias cercanas a la muerte». Sin duda se había tratado de algo así... y de mucho más. Al margen de su denominación, era algo tan profundo, tan intenso y sorprendente que no podría olvidarlo durante el resto de su vida. Kate cerró los ojos y dejó que la invadiese el recuerdo, tan claro como en el instante en que había ocurrido. Sobre la mesa de operaciones percibió el tono de apremio, lejano y atenuado, en la voz de médicos y enfermeras, oyó los últimos e irregulares latidos de su corazón. Entonces su cuerpo cambió de posición de repente y empezó a elevarse hacia el techo, alejándose de la conmoción que había debajo de él. Durante unos segundos, se quedó allí, confundida, desorientada, observando a los cinco médicos vestidos de verde y a las enfermeras trajinando sobre la forma inmóvil que yacía sobre la mesa. Podía oírlos con toda claridad. —¡Va a empezar a fibrilar! —gritó alguien, al comprobar que el latido del aparato que tenía a su lado se había transformado en un zumbido ininterrumpido. —¡La estamos perdiendo! —exclamó una de las enfermeras. —¡Trae esas paletas!


Mientras los observaba se sentía ligera, suelta. Advirtió que la persona acostada sobre la mesa de operaciones debía de ser ella y que, de ser así, debía de estar muerta. Entonces su cuerpo se elevó de nuevo, atravesó el techo del hospital, y avanzó sobrevolando la ciudad. La panorámica era impresionante, parecida a lo que supone mirar por la ventanilla de un avión y ver abajo las luces parpadeantes. «Si estoy muerta», recordó haber pensado, «¿por qué puedo ver?» Empezó a desplazarse a mayor velocidad, avanzando hacia la oscuridad. Lo normal habría sido sentir frío, pero no era así. Una apacible y cálida nada la envolvió, reconfortándola y protegiéndola del miedo. La espesa y penetrante negrura adoptó la forma de un túnel y ella fue arrojada en su interior, elevada desde la oscuridad hacia el minúsculo punto luminoso que podía divisar al final. La luz se hizo más grande, más brillante, más intensa, hasta que Kate se sintió tragada por ella, volviéndose parte de ella. Lo que en un principio parecía un tenue resplandor amarillento, creció hasta convertirse en la blancura más brillante y pura que había visto en su vida. «Deberían dolerme los ojos» pensó, pero al instante recordó que no tenía ojos, que no tenía un cuerpo real. Se miró y percibió cómo la luz atravesaba su forma transparente y resplandecía en cada molécula de su ser. Alcanzó el final del túnel, entró de lleno en la luz y, ante sus ojos, apareció un soberbio paisaje. Plantas y flores, arbustos y árboles de colores escarlata, esmeralda y púrpura; los colores más puros y vibrantes que jamás había visto. Comenzaron a aparecer diversas formas. Eran personas. A quien primero reconoció fue a su madre, que parecía más joven de lo que realmente era a los treinta y cuatro años, cuando murió en un accidente de coche. Estaba hermosa, y la rodeaba la misma brillante luz que a los demás. No vio a su padre, pero no lo había visto desde que tenía dos años, y aunque de vez en cuando se había preguntado si habría muerto, supuso que lo más probable sería que aún estuviese vivo.


Aparecieron otros rostros conocidos: su maestra de cuarto curso, la señora Reynolds, que parecía contenta y rebosante de salud; un joven que había trabajado con ella en la oficina y había muerto de forma inesperada debido a un ataque cardiaco. Surgió ante sus ojos otro rostro, una mujer en cuyo largo cabello castaño, recogido en un moño, asomaban ya las primeras canas; una mujer atractiva a la que nunca había visto pero que, por alguna razón, le resultaba conocida. Su madre sonreía y, aunque no dijo nada, de alguna manera Kate adivinó sus pensamientos: «Te amo. Te echo de menos. Lamento haberte abandonado». Irrumpieron otros pensamientos que la impulsaron a reflexionar sobre su propia vida, sobre qué cosas eran realmente importantes y cuáles no. Se dijo que los años pasaban a toda velocidad, y que uno debía sacar el mejor partido de ellos. Un pensamiento se impuso a los demás. «No ha llegado la hora de que estés aquí. Algún día regresarás, pero todavía no. Todavía no.» Sin embargo, ella no deseaba marcharse, y menos aún en ese momento, pues la luz la inundaba llenándola de júbilo, de un absoluto y profundo éxtasis diferente a todo lo que había conocido hasta entonces. No en ese momento, cuando cada célula de su cuerpo cantaba y latía con ello. «¡No!», pensó. «¡Quiero quedarme!» Se acercó a su madre, trató de resistirse al tirón, a la sensación de ser arrastrada hacia abajo, pero fue incapaz de detener el impulso. La asaltó un último pensamiento, un pensamiento perturbador provocado por aquella dama que le resultaba conocida, aunque en realidad no lo fuese. Trataba de decirle algo. Era importante. Urgente. Un sombrío pensamiento relacionado con el dolor y el miedo, muy diferente de los pensamientos cálidos y agradables que había recibido de los demás. Kate se esforzó en descifrar de qué se trataba, pero ya era demasiado tarde.


Caía en picado, alejándose de la luz, volando a través del túnel, girando en el espacio, moviéndose aún más rápido que antes. Sintió un dolor agudo y desgarrador y volvió a tomar conciencia de su cuerpo físico. Durante un instante, se sintió aturdida, sintiendo los regulares latidos de su corazón, el hormigueo de su piel. Estaba viva, respiraba, y en su mente se arremolinaban los pensamientos acerca de lo que acababa de ocurrir. Entonces el negro vacío de la inconsciencia volvió a engullirla. Pasaron los días. Kate fluctuaba entre la conciencia y la inconsciencia. Se movió en su estrecha cama de la Unidad de Vigilancia Intensiva, y el sonido de una voz de mujer la arrancó de su letargo. Cuando abrió los ojos vio a Sally Peterson, su mejor amiga, de pie junto a la cama. —Tienes un aspecto horrible, cariño. Pero bueno, dudo que alguien que haya recibido un disparo en la cabeza pueda tener mejor aspecto. Kate sintió que sus labios esbozaban una sonrisa. Quiso decir algo pero sintió la garganta seca y áspera. —¿Cuánto... cuánto tiempo hace que estoy aquí? —Cuatro días. Vine a verte ayer. ¿Lo recuerdas? Kate reflexionó durante un instante, y el recuerdo surgió en su mente. Sonrió con alivio. —Sí... lo recuerdo. —Buena chica —Sally se acercó un poco más a la cama. Era más alta que Kate, que a duras penas superaba el metro cincuenta y cinco. Su cabello era rubio y liso, en tanto que Kate lucía una espesa cabellera rizada de un color rojizo intenso y oscuro. Sally, una divorciada de treinta y tres años que comía de forma compulsiva cuando la aquejaba el estrés, había engordado diez, kilos en los cinco años que llevaban juntas en Menger & Menger, la agencia de publicidad en la que trabajaban. En cualquier caso, era brillante y trabajadora, y la mejor amiga de Kate.


—Mañana te trasladarán a una habitación —le dijo Sally—. Los médicos dicen que estás respondiendo muy bien a la intervención. Dicen que vas a quedar como nueva, y que saldrás de aquí antes de lo que piensas. —Sí... el doctor Carmichael... me lo dijo —Kate se humedeció los labios resecos—. ¿David está...? —Tu hijo está bien —Sally vertió agua en un vaso de papel y lo acercó a los labios de Kate para que pudiese beber—. Tu marido lo traerá esta tarde. Kate alzó los ojos hacia las vendas que cubrían su cabeza y sólo dejaban expuesto su rostro. —¿Me... afeitaron la cabeza? —¡Ah! —dijo Sally riendo—. ¡Una nota de vanidad! Ya debes de sentirte mejor. Sólo un pequeño círculo sobre la oreja izquierda. ¡Ahora existen técnicas fantásticas! Ya no es como antes. Kate volvió a apoyar la cabeza en la almohada e intentó relajarse. Era absurdo preocuparse por algo tan superficial como su aspecto, pero de alguna manera se sintió mejor al saber que no había cambiado en exceso. Quizás era lo único que no había cambiado en su vida. —¿Necesitas algo? —preguntó Sally—. ¿Quieres que te traiga algo? —Nada que... se me ocurra ahora. Pero gracias por venir. Sally dejó el vaso en la bandeja colpcada junto a la cama, se inclinó sobre Kate y le apretó la mano. —Volveré mañana. Esa vieja bruja de la señora Gibbons me arrancará la cabeza si cree que te estoy cansando demasiado. Kate logró sonreír. Le pesaban los párpados. Dejó que se le cerrasen. Le dolía la cabeza, y sentía que las vendas eran demasiado gruesas e incómodas. Oyó


como Sally salía con sigilo de la habitación y cerraba la puerta con cuidado. Mientras se deslizaba hacia el sueño, su mente volvió a los momentos vividos durante la operación, al glorioso lugar donde había estado, un lugar dominado por la luz y la alegría. Se preguntó si dicho lugar sería el cielo. Pensó en la mujer conocida-desconocida, y se preguntó quién sería. «¿Qué intentaba decirme? ¿Qué quería que supiese?» Después se preguntó si todo aquello había sucedido realmente o si sólo formaba parte de un fantástico sueño. Lo cierto es que no parecía un sueño. Nada de lo que había experimentado en su vida le había parecido tan real. A medida que se sumía en un letargo irregular, Kate supo que no descansaría hasta saber la verdad. Capítulo 3 Llegaron las lluvias de abril. No fueron auténticas tormentas, sino ligeras lloviznas que apenas humedecían la tierra, luego soplaba un poco de viento y volvía a salir el sol. Kate oyó que llamaban a la puerta, como hacía rato que esperaba, y corrió hacia la puerta de su apartamento. Cuando abrió, vio a Sally Peterson de pie en el pasillo. —¿Lista para partir? —-preguntó Sally. —Casi. ¿Estás segura de que no te molesta llevarme? Sé que es mucho pedir. —No seas tonta. De todas maneras, necesitaba una excusa para salir de la oficina. Si me hubiese quedado a escuchar cómo el pesado de Bob Wilson se jactaba de otra de sus conquistas, podría haberme pegado un tiro. —Miró a Kate y comprendió—. Perdona. No quise decir... —Está bien —replicó Kate—. Si Dios quiere, pronto yo misma podré bromear con este tema.


Era viernes, habían pasado tres semanas desde el tiroteo. Sally la llevaba a Westwood para ver a un médico llamado William Murray. Murray era conocido por su trabajo sobre ECM, las siglas que los médicos usaban para referirse a las experiencias cercanas a la muerte. —Espero estar haciendo lo correcto —dijo Kate mientras conducía a Sally hasta la cocina, donde había dejado su bolso. —Me dijiste que la idea te perturba. Y que no has dormido como es debido. Tengo la sensación de que es peor de lo que cuentas. —No puedo quitármelo de la cabeza —dijo Kate con un suspiro—. Sueño con eso todas las noches. Pienso en el tiroteo, pero sobre todo pienso en la luz y en la gente que vi. Necesito entender qué me ocurrió. Tengo que averiguar si fue real. —Entonces estás haciendo exactamente lo correcto. —¿Y qué pasa si ese tío resulta ser un charlatán? —Dijiste que tenía muy buena reputación. ¡Te dieron su nombre en el departamento de psicología de Ia UCLA, por el amor de Dios! No puede ser un charlatán. —Supongo que tienes razón. Es sólo que... Esto es muy duro para mí, Sally. —Lo sé. Pero es muy posible que pueda ayudarte, que le dé algo de sentido a todo esto. —Dios, espero que sí. —Kate entró en la cocina. Al igual que el resto del apartamento, era de estilo ultramoderno, con paredes blancas y despojadas, encimeras de granito negro y costosos utensilios cromados. No era el estilo que a ella más le gustaba, pero estaba ubicado en una de las mejores zonas del centro de Los Angeles, y el precio le resultaba accesible. Siempre había tenido la intención de remodelarlo—.


Antes de que salgamos quiero mostrarte algo. Sally se encaramó a uno de los taburetes que rodeaban la mesa circular con sobre de granito que utilizaba para el desayuno. —¿De qué se trata? —¿Recuerdas cuando te hablé por primera vez de mi experiencia? ¿Cómo describí la luz y que te conté que vi a mi madre y a los demás? —Que vieras a tu madre no es algo que me resulte fácil olvidar. Kate sonrió. —Entonces recordarás a la otra mujer de la que te hablé, la que no reconocí pero que, por alguna razón, me resultaba familiar. —Sí, ¿qué ocurre con ella? —El otro día estaba en el altillo, buscando algunos de mis viejos anuarios escolares, y me topé con una caja llena de cosas de mi madre que guardé hace tiempo. Había olvidado que la conservaba. Apenas tenía dieciocho años cuando ella murió. En ese momento, me resultaba demasiado doloroso revisarlas. Cuando las encontré el otro día, me puse a pensar... La mujer que vi debe de ser alguien que conozco o con quien tengo alguna clase de vínculo, ya que los demás eran personas a las que sí recordaba. Pensé que tal vez en esa caja podría encontrar algo que me ayudase a descubrirlo. Sally contempló la amarillenta fotografía, con las puntas dobladas, que Kate sostenía en la mano. —¡No me digas que encontraste una foto de la mujer que viste en ese túnel! Kate se sentó frente a ella y le entregó la desvaída foto en blanco y negro. —Sé que es difícil de creer. Encontré esta foto en el billetero de mi madre, detrás del carnet de conducir. Debería de haber adivinado quién era la mujer cuando la vi, pero no la conocí personalmente. No había visto retratos de ella y no pude atar cabos.


Sally observó la descolorida fotografía. Una mujer y una jovencita, ambas de pie. La joven ataviada con téjanos pata de elefante y jersey de manga larga y cuello de cisne se parecía mucho a Kate, pero era más espigada. Tenía los senos pequeños y puntiagudos, en tanto que los de Kate eran redondeados y generosos, como sus caderas, más curvilíneas que delgadas. La nariz de la mujer era más recta, no respingona como la de Kate —Supongo que la más joven es tu madre —dijo Sally. —Así es, y la otra... es mi abuela, Nell Hart. —En la foto, Nell parecía tener la misma edad que representaba cuando apareció en el túnel: una mujer atractiva con algunos mechones grises en su espesa cabellera de color castaño oscuro—. Se parecen mucho, ¿no crees? Por eso me resultó tan familiar. Cuando murió, sin duda era mucho mayor, pero allí todos parecían más jóvenes. Sally apartó la vista de la foto con expresión de incredulidad. —¿Estás diciéndome que ésta es la mujer que viste la noche en que te dispararon? —Recuerdo su rostro con tanta claridad como si lo estuviese viendo ahora mismo. —Y antes de eso, ¿nunca supiste cuál era su aspecto? ¿Nunca habías visto una fotografía de ella? Kate negó con la cabeza. —Mi madre y ella se distanciaron cuando mamá tenía sólo dieciséis años. Mi madre casi nunca hablaba de ella. Una vez me contó que Nell la echó de casa cuando descubrió que estaba embarazada. A Nell no le gustaba mi padre. Decía que no era bueno, y le prohibió a mí madre que lo viese. Mamá, genio y figura, se escapó y se casó con él. Jack Lambert desapareció dos años más tarde, de modo que, en cierta forma, mi abuela tenía razón. Pero mamá nunca regresó a Montana, y mi abuela y ella nunca volvieron a verse. —¿Tu madre vivía en Montana? —Nació allí, pero imagino que ansiaba irse. Detestaba el campo. Era una chica de ciudad hecha y derecha. Amaba la vida nocturna... y a los hombres. Supongo que por eso se escapó.


Sally volvió a observar la fotografía. —No hace mucho que tu abuela murió, ¿verdad? Creo recordar que mencionaste algo acerca de una herencia. —Murió unos dos meses antes de que me disparasen. No me enteré hasta tres semanas después de su muerte. Recibí una carta de un abogado llamado Cufton Boggs. Me informaba que Nell me había dejado su propiedad, pues era su única pariente viva. No tengo idea de cómo supo dónde encontrarme. Por lo que yo sabía, Nell y mi madre nunca se pusieron en contacto. En todo caso, la propiedad no es gran cosa. Una granja con un terreno de cuarenta hectáreas, y una pequeña cafetería. —¿Dónde está exactamente? —En un pueblecito llamado Lost Peak. Sally esbozó una mueca, como si Lost Peak, en Montana, se encontrase poco menos que en el fin del mundo. Volvió a dejar la foto sobre la mesa. —Me dijiste que la mujer del túnel trataba de decirte algo. Kate asintió. —Así es. Creo que era algo importante. Ojalá llegase a saber de qué se trataba. —Detesto decirlo, Kate, pero es más que probable que nunca lo averigües. — Sonrió con picardía—. Al menos, no en esta vida. Kate le dedicó una divertida sonrisa. —Tal vez no. En cualquier caso, necesito hablar de esto con alguien. —Y eso es exactamente lo que vas a hacer. —Sally apartó la silla y se puso en pie—. Lo que significa que será mejor que nos vayamos. No querrás llegar tarde a tu cita. A pesar del tráfico, llegaron justo a tiempo. Sally estacionó su Mercury Sable gris oscuro junto al bordillo, ambas enfilaron la calle Gayley hacia la consulta


del médico. Al entrar en la consulta, Kate quedó gratamente sorprendida al comprobar que el lugar había sido decorada con muy buen gusto. Si Murray era un charlatán, como mínimo era un charlarán con éxito. Sobre la alfombra da felpa color borgoña descansaban unos cómodos sillones de cuero gris. Frente al sofá había una mesa de café con sobre de granito, y encima de una pila de revistas cuidadosamente escogidas, podía leerse un cartel que rezaba Prohibido fumar. Para alivio de Kate, la enfermera no tardó más de diez minutos en llamarla. —¿Kate Rollins? Kate asintió. —Estaré aquí afuera, por si me necesitas —dijo Sally mientras ella se encaminaba a la oficina formada de paneles de madera y cerraba la puerta. —Gracias por recibirme tan pronto, doctor Murray. —Me alegro de haber podido encontrar un hueco en mi agenda. —Era un hombre delgado, de cuarenta y tantos años, pelo corto, castaño oscuro, y ojos color avellana. Su sonrisa parecía sincera cuando le sirvió una taza de café y la invitó a sentarse en una silla tapizada frente a su escritorio. —Muy bien, señora Rollins, ¿por dónde empezamos? Hace varias semanas, leí acerca del tiroteo. Cualquiera que haya visto las noticias se enteró... Fue un miIagro que usted sobreviviese. Y hace poco también vi un artículo en el Times. Kate hizo una mueca para sus adentros al recordar el artículo acerca de su «viaje al Otro Lado». —Dada mi especialidad en el estudio de las ECM—siguió diciendo el médico —, puedo adivinar por qué está aquí. Si estoy en lo cierto, lo mejor será que me lo cuente todo. Kate respiró profundamente para serenarse, aferrando con fuerza la taza de


café que sostenía sobre su regazo. A lo largo de la siguiente media hora le contó al doctor Murray lo que le había sucedido aquella noche. —No es algo que pueda olvidar de la noche a la mañana —dijo al terminar—. Me cambió, doctor Murray. Cambió todo aquello en lo que yo creía. Los médicos del hospital dijeron que sólo se trataba de una alucinación, pero no puedo creer que sea cierto. Le habló acerca de la foto que había encontrado, le dijo que la mujer del túnel había resultado ser su abuela. —Lo que me sucedió tuvo que ser real. No la conocía y, sin embargo, la reconocí en el acto como la mujer que había visto. El médico se inclinó hacia delante y apoyó los codos en el escritorio. —Aunque usted no lo crea, su historia es bastante común. En el transcurso de mis investigaciones habré escuchado cerca de quinientos relatos similares. La mayoría de la gente no sabe cuan frecuente es este fenómeno. Según la encuesta Gallup, trece millones de personas afirman haber tenido una experiencia cercana a la muerte. Kate abrió desmesuradamente los ojos. —¿Trece millones? —Así es. Y sé lo que les pasó después de contárselo a los demás. Hubo quienes los miraron como si fuesen su última esperanza y otros los consideraron enviados de Satán. La verdad es que usted es una más entre los millones de personas que han experimentado un viaje inexplicable. Yo me inclino a pensar que se trata de una especie de iluminación, si a usted no le parece mal la palabra. Kate deslizó un dedo por el borde de la taza, sin dejar de pensar en las palabras del médico. —He estado leyendo todo lo que he podido encontrar sobre el tema. Por lo que he llegado a entender, la comunidad médica no está convencida de que


sea algo real. Han concebido toda una suma de teorías para explicarlo. Leí una que venía a decir que era el resultado de la muerte cerebral. El médico asintió. —Hay quienes están convencidos de que en una ECM, la persona agonizante no viaja hacia una hermosa vida después de la muerte. Creen que, simplemente, los neurotransmisores se cierran, creando una encantadora ilusión. Sostienen que el modelo es el mismo para cualquiera que se enfrenta a la muerte. La pregunta es la siguiente: si eso es así, ¿por qué el cerebro está programado de esa manera? Y tampoco explica el pequeño porcentaje de personas que tuvieron una experiencia negativa. —Deduzco que algunos la tuvieron. —Así es. La mayoría de las personas a las que les ha ocurrido cargan con alguna clase de culpabilidad, o incluso han intentado suicidarse. Lo que a ellos les sucede es casi exactamente lo contrario de los sentimientos de júbilo que usted experimentó. —He leído otras explicaciones. —¿La teoría del lóbulo temporal, tal vez? Kate asintió. —Es cierto que algunas de las características de una ECM típica pueden aparecer en ciertos casos de epilepsia asociada con daños del lóbulo temporal. Los que sostienen esta teoría creen que el estrés de hallarse cerca de la muerte puede estimular el lóbulo. Pero los resultados habituales son tristeza, miedo y sensación de soledad. En absoluto lo que usted ha descrito. —¿Y qué me dice de la falta de oxígeno? Según mi medico, ésa era la causa. —Sí, pero ¿se le ocurrió a su médico mencionar que las alucinaciones


producidas por la carencia de oxígeno en el cerebro son extremadamente caóticas, parecidas más bien a delirios psicóticos? Son muy diferentes a la paz, la calma y la tranquilidad que encontró usted. —Así que usted piensa que lo que me sucedió fue real. —No importa lo que yo crea. Lo que importa es lo que usted cree. —Yo sentí que era real. Todavía lo siento. Ojalá lo supiera con certeza. — Kate miró hacia la ventana. Las nubes se habían disipado. Otro soleado día en California. Se preguntó cómo sería el tiempo en Lost Peak, Montana—. Sigo pensando en la gente que vi... pienso en mi abuela. Si realmente sucedió, lo que quería contarme parecía muy importante. —La gente ha regresado del Otro Lado con toda clase de mensajes, desde advertencias para impedir un desastre mundial, hasta comunicaciones personales de sus seres queridos. Tal vez quería que usted hiciese algo por ella. Tal vez quería prevenirla. —¿Prevenirme? —un leve escalofrío recorrió su espalda—. Desde que ocurrió, he intentado recordar los detalles de esos últimos momentos. Los sentimientos que ella provocó en mí fueron enigmáticos y, en cierta forma, sobrecogedores, como si no encajasen con lo que estaba ocurriendo. Puede parecer una locura, doctor Murray, pero sigo pensando que era algo relacionado con su muerte. No sé por qué tengo esa impresión, pero es lo que siento. El médico tamborileó con los dedos sobre el escritorio. —Es posible, supongo. Como ya Je dije, he escucha do muchísimos relatos diferentes. Kate suspiró y sacudió la cabeza. —Nunca busqué nada de todo esto. Ojalá pudiese olvidarlo, pero no puedo. —Con el tiempo, el recuerdo empezará a desvanecerse. No puedo prometerle que vaya a desaparecer del todo. Experiencias como ésa suelen cambiar la vida. Lal gente sale de ellas con una perspectiva nueva por completo. Ven las cosas con mayor claridad, entienden qué I es lo importante de la vida. Si tiene


suerte, quizá le ocurra algo así. Kate reflexionó y llegó a la conclusión de que, en muchos sentidos, ya le había ocurrido. —Gracias, doctor Murray —dijo mientras se ponía en pie—. Me ha ayudado mucho. Me alegro de haber venido... —Si alguna vez me necesita.-. Si puedo hacer algo más por usted, no vacile en llamarme. —No vacilaré. —Pero no creía que fuera a hacerlo. Hablar con el médico la había ayudado a aclarar sus confusas y desordenadas ideas. Ahora que comprendía mejor lo que había vivido, Kate tenía cosas más importantes que hacer. Capítulo 4 Pasaron dos meses. Dos meses en los que, ni un solo día, Kate había dejado de recordar la noche en que había estado muerta. Tal como le había dicho el doctor Murray, durante esos fugaces instantes se había visto a sí misma, había visto su vida bajo una nueva luz. Había descubierto qué era lo importante, y le había sido otorgada una segunda oportunidad para aprovecharlo. De pie, en la entrada de su apartamento, Kate se puso una chaqueta de cachemir color gris claro sobre el traje y acomodó su larga y ondulada cabellera rojiza. —¿Vas a salir? —-No pudo dejar de advertir la irritación en el tono de voz de Tommy, su marido—. No me parece bien. Pensé que lo del domingo pasado no había sido más que un hecho aislado. —Te dije que iba a llevar a David. Te pedí que vinieras con nosotros, pero dijiste que estabas demasiado ocupado. —Estoy muy ocupado. Demasiado condenadamente ocupado como para perder medio día sentado en el banco de una maldita iglesia.


Tommy Rollins tenía treinta y dos años, tres más que Kate. Era alto y delgado, de facciones angulosas y pelo castaño y liso que le llegaba casi a los hombros. Se habían casado cuando Kate contaba tan sólo diecisiete años. Tommy era el líder de Los Merodeadores, una banda de rock local, y Kate era la batería. Ella quedó embarazada la segunda vez que hicieron el amor en el asiento trasero del viejo Ford coupé de Tommy. Por aquel entonces creía amarlo. Ahora se preguntaba cómo podía haber sido tan estúpida. —Me parece que esa bala te hizo algo más que un agujero en el cerebro. Desde que te dispararon, te has comportado como si estuvieses medio loca. —No entiendo por qué llevar a mi hijo a la iglesia un domingo significa que estoy medio loca. —¿Ah, no? Bueno, no se trata sólo de la iglesia, y lo sabes. Solían gustarte las fiestas. Cuando recién casados podías beber más que la mitad de los chicos de la banda. Ahora apenas si bebes alguna copa de vino. Realmente, te estás convirtiendo en una aburrida, Kate, ¿lo sabías? —Tienes razón, Tommy... Ya no bebo como cuando tenía veinte años. Tengo un empleo importante, con muchas responsabilidades, algo que tú no podrías siquiera empezar a entender, y un hijo de doce años a quien cuidar. —¿Y qué me dices de todos esos libros delirantes que has estado leyendo? — Tommy pasó a grandes zancadas junto al estuche de su guitarra eléctrica, abierto sobre el sillón orejero que Kate había comprado a fuerza de ahorrar durante meses después de mudarse al apartamento. El movimiento provocó una ráfaga que desparramó las páginas de la última canción en la que Tommy había estado trabajando. Se detuvo junto a los libros apilados sobre el pequeño escritorio francés, una pieza de coleccionista, que se encontraba en el rincón.


—Mira todas estas tonterías. —Levantó el ejemplar encuadernado en piel que coronaba la pila—. Más allá de la luz: al encuentro del espíritu interior. — Tomó otro—: La vida después de la vida. Aquí hay uno pesado: Retorno del mañana: ¿hay vida después de la muerte? ¡Cuánta basura! —Con un gruñido de fastidio, barrió de un movimiento la superficie del escritorio, arrojando toda la pila al suelo. Kate sintió que hervía de furia, pero no se movió. Los libros podían no haberle dado respuestas a todas sus preguntas, y tal vez no encontraba el consuelo que andaba buscando en la iglesia, a la que antes en contadas ocasiones asistía, pero tenía que atender todas las posibilidades. Teniendo en cuenta la experiencia que había vivido, estaba haciendo todo lo que estaba en su mano. —No me gusta, Kate. No me casé ni quiero estar casado con una fanática religiosa. Kate echó una mirada al vestíbulo para asegurarse de que David seguía en su habitación. —No soy en absoluto una fanática religiosa. Pero debo reconocer que en algo tienes razón: tal vez tú no hayas cambiado mucho en los últimos doce años, pero yo soy una mujer diferente de la que era a los diecisiete. Nuestro matrimonio fue un error desde el principio, y ambos lo sabemos. Por el bien de David, me he quedado a pesar de que debería haberme ido. He soportado tus infidelidades. He ignorado tus berrinches, debido a lo que denominamos tu «temperamento artístico». Te he apoyado, con la esperanza de que finalmente maduraras y pudieses ser alguien. Pero a estas alturas, Tommy, ya estoy harta. Respiró con fuerza, y prosiguió, decidida a dar el paso que debería haber dado mucho tiempo antes. —No pensaba hacerlo de este modo, pero lo cierto es que quiero el divorcio. Debería haberlo pedido hace años, pero quería que David tuviese un padre. Dudo que, de todas formas, hayas sido realmente un padre para él, no creo que tenga ya importancia.


El rostro de Tommy adquirió el color de una remota cha en vinagre. Abrió la boca para replicar pero, al oír la voz de su hijo, se interrumpió. —¡Mamá! —David apareció en el vestíbulo. Al advertir la expresión de preocupación en su rostro, Kate sintió una opresión en el pecho. No había tenido la intención de que él escuchase sus palabras. De haber podido, habría borrado lo que acababa de decir, pero era demasiado tarde. Se obligó a sonreír. —No te preocupes, cariño. Tu padre y yo tenemos que solucionar algunas cosas, eso es todo. —Sí —agregó su marido insidiosamente—, por ejemplo nuestro divorcio... Con lo que, dicho sea de paso, estoy de acuerdo. David se puso pálido. —¿De qué estáis hablando? No vais a divorciaros en serio, ¿verdad? La angustia reflejada en el rostro del niño hizo que a Kate se le formase un nudo en la garganta. Con su delgada complexión, los ojos color avellana y el cabello castaño y liso, David era una versión en pequeño de su padre. Pero, a diferencia de Tommy, el niño era sensible y vulnerable. Siempre había sido tímido y un tanto introvertido, justo lo opuesto a Tommy, que se encontraba a sus anchas cantando a gritos un tema de rock duro frente a un centenar de personas. Kate no pretendía lastimar a David pero, ahora que por fin había dado el primer paso, sabía que había hecho lo correcto. Fue hacia él e intentó abrazarlo, pero David la evitó. Kate sintió que el corazón se le partía de dolor. En los últimos tiempos, se había vuelto cada vez más distante, discutía por cualquier cosa y sus calificaciones en la escuela habían empeorado. La semana anterior lo habían enviado al despacho del director. Kate rezó para que el divorcio mejorase las cosas en lugar de empeorarlas. —Hablaremos de esto cuando volvamos de la iglesia, ¿de acuerdo? —Kate descolgó la chaqueta azul marino de David y se la alcanzó—. Será mejor que


salgamos. Si no nos damos prisa, vamos a llegar tarde. David no se movió. —No voy a ir a ninguna estúpida iglesia. Me quedo aquí con papi. Los ojos de Tommy destellaron con una expresión de triunfo. —Está bien, muchacho. —Miró a Kate burlonamen-te—. Ve tú a tu maldita iglesia, Kate. David y yo nos quedamos aquí. Dan un partido por la televisión. Es mejor que tener que escuchar a un estúpido predicador aullando sobre el infierno y la condena eterna. Kate sintió que la ira encendía sus mejillas, pero prefirió no discutir. Ya había cruzado la línea, una línea muy importante, y no tenía intención de dar marcha atrás. Para dar el siguiente paso tendría que reflexionar con mucho cuidado, pero estaba decidida. Todo había cambiado desde el día del tiroteo. En los últimos años se había limitado a existir, atrapada en un desafortunado matrimonio, manteniendo a un esposo al que apenas soportaba, trabajando doce horas diarias en un empleo que no le dejaba tiempo para estar con su hijo. En un único instante de claridad había entendido cómo se escurrían los mejores años de su vida, el daño que le estaba haciendo al niño que tanto la necesitaba y, finalmente, había logrado reunir el coraje necesario para hacer algo al respecto. Al día siguiente, iniciaría los trámites del divorcio y, un día después, empezaría a poner en práctica el resto de los cambios que tenía planeados. Necesitaría tiempo para prepararse, para hacer los arreglos necesarios, pero creía que se debía a sí misma, y también a su hijo; tenía que hacer algo con la vida que le había sido devuelta la noche en que había muerto.


Los días parecían arrastrarse a cámara lenta, pero ya había pasado un mes desde el día en que su madre presentó la demanda de divorcio, abandonando después el apartamento para mudarse a uno más pequeño. Era una noche fresca y despejada, una noche de lunes en la que el tránsito era menos pesado que de costumbre. David Rollins cerró con cuidado la puerta que daba a la escalera y se deslizó hacia la columna del vestíbulo de entrada. Al pasar, sus téjanos hicieron un ruido similar al un susurro, y sus zapatillas de tenis chirriaron sobre el suelo pulido. Permaneció inmóvil, deseando que el guardia de seguridad no lo hubiese oído. El corazón le latía con fuerza y sentía las manos húmedas y pegajosas. Se aplastó contra la columna y esperó a que el guardia se levantara de su asiento para efectuar la ronda que, tal como David había observado, realizaba todas las noches, a eso de las diez. En cuanto el hombre se puso en pie para encaminarse al vestíbulo, David enfiló hacia la puerta. La abrió con un rápido movimiento y salió corriendo a la calle Hill. Era un día laborable, ya hacía rato que debía haber estado listo para irse a dormir, pero sus amigos Tobias di Piero y Artie Gabrielli le estaban esperando. Artie tenía las manos metidas en los bolsillos de sus téjanos. Toby llevaba una gorra con la visera hacia atrás. —Hola, chico —saludó Toby—. Pensábamos que hoy no podrías salir. Ya sabes cómo fastidia tu vieja con eso de no salir de noche los días entre semana. —Bueno, pero ella cree que estoy en mi habitación, durmiendo. Imagino que si no se entera, no le va a molestar. Artie se echó a reír. —Sabía que no nos fallarías. Toby se apuntó un tanto: consiguió un poco de


hierba. Esta noche vamos a volar. David había fumado marihuana un par de veces y lo único que había sentido era un ligero mareo. Pero Toby y Artie pensaban que era algo fabuloso, así que supuso que tendría que volver a probar. Era una noche cálida y oscura, de luna en cuarto menguante, pero había demasiada polución para ver las estrellas. Los tres muchachos echaron a andar, hablando del señor Brimmer, el profesor de historia que había castigado a Toby después de clase por escribir en la pizarra la palabra que empieza con «j», pero no habían avanzado ni un par de metros cuando los interceptó un tipo gordo, con téjanos, camiseta y zapatillas Reebok. —Oye, eres el hijo de Kate Rollins, ¿verdad? —dijo, disminuyendo el ritmo de la marcha para ir a la par de David. David le miró con recelo. —¿Quién lo pregunta? —Mira, chico, soy Chet Munson, del National Monitor: Nos gustaría publicar la historia de tu madre. Si estás dispuesto a colaborar, podrías llevarte tu buena parte. —¡Oye, eso está muy bien! —exclamó Toby. —Pura mierda —dijo David—. Deja en paz a mi madre. —Apretó los dientes con la esperanza de parecer duro, pero en su interior se sentía más bien asqueado. Había leído en el periódico la nota sobre su madre, su viaje al «Otro Lado». Una minúscula columna escondida en la contraportada del Times, pero más que suficiente. El National Monitor... puaj, sería terrible. Imaginaba a su madre retratada en la portada de una de esas estúpidas revistas que solían colocarse junto a las cajas registradoras de los supermercados. La clase de publicaciones con titulares como Mitad hombre, mitad cocodrilo hallado en UN PANTANO DE FLORIDA. O MUJER RAPTADA POR ALIENÍGENAS DA A LUZ UN BEBÉ DE TRES CABEZAS. David se estremeció al pensar lo que dirían los chicos de la escuela leyesen la historia de su madre en una revistilla de ésas. El periodista


seguía caminando a su lado. —Muy bien, entonces cuéntame algo sobre el cielo. Tu madre estuvo allí, ¿verdad? ¿Qué cuenta de eso? ¿Vio algún ángel? ¿Qué aspecto tenían? —No sé nada —replicó David, lo que era más o menos cierto—, y aunque supiera, no se lo diría a un cerdo como tú. Arrie le dio una palmada en el hombro. —No seas tonto, hombre. Así que tu mamá es una especie de fantasma. ¿Y qué? Si puedes hacerte con algo de pasta por eso... —Olvídalo —le interrumpió David, volviéndose hacia el periodista—. Vete al infierno, tío. Y no vuelvas a molestarme a mí, ni a mi madre, ¿me oyes?. El gordo se encogió de hombros. —De acuerdo, muchacho, pero tarde o temprano conseguiré esa historia. Cuando la consiga, el que habrá perdido serás tú. —Deslizó una tarjeta en el bolsillo de David—. Llámame si cambias de opinión. —Miró a los otros dos chicos, se volvió y trotó hacía la furgoneta Chevy azul aparcada junto al bordillo. —¡Vaya gilipollas! —farfulló David. —Creo que deberías haberle hecho caso. -—Toby se quitó la gorra y volvió a ponérsela, ocultando casi todo su sucio cabello oscuro—. Podríamos comprar algo de hierba con toda esa pasta. David no respondió. Seguía pensando en lo que pasaría si el National Monitor publicase una nota sobre su madre. Sus amigos le habían hecho toda clase de bromas despiadadas después de lo del Times. La mayoría pensaba que no eran sino un montón de estupideces. —Eh, tengo una idea —dijo Arrie—. Vayamos al aparcamiento de la Quinta. A veces alguien deja un coche después de que se va el empleado. Y suelen tener las llaves puestas. —¡Fantástico! —se entusiasmó Toby—. Vamos. David se mordió el labio.


—No sé si es buena idea. ¿Y si nos pescan? —No nos van a pescar —aseguró Toby—. Ya lo he hecho un par de veces. Sólo salimos a dar una vuelta y luego lo devolvemos. No tenía muchas ganas de hacerlo. Ni siquiera tenía claro si Arrie sabía conducir. Sin embargo, tampoco quería volver a casa tan pronto. Si volvía, lo único que haría sería quedarse echado en la cama, pensando en la foto de su madre en la portada del Monitor, imaginando toda clase de cosas horribles. —Muy bien —accedió finalmente—. Vamos. —Eso era mejor que preocuparse por los periódicos o echar de menos a su padre. Lo cierto era que también echaba de menos a su madre, que siempre trabajaba demasiado. El día anterior había dejado el trabajo, tal como le había prometido. Tal vez ahora las cosas fuesen distintas, aunque no estaba muy seguro. Odiaba todas las cosas raras que ella estaba haciendo en los últimos tiempos, como divorciarse y decir que tenían que mudarse. Le gustaría matar al hijo de puta que le había disparado en la cabeza. —Así que… supongo que pasaste una noche muy emocionante. Sentada en la mesa de la cocina del pequeño apartamento de Kate, Rally aceptó una taza de café que acababa de dejarle sobre la barata mesa de roble que acababa de comprar.. Se había mudado el mismo día que el juez declaró el fideicomiso del apartamento, dando el primer paso para venderlo, según establecía el acuerdo preliminar de divorcia al que había llegado con Tommy. Suspiró, al tiempo que se servía el resto del café, y se levantó para preparar más. Le había contado a Sally el paseo de David en un coche robado, lo que le había significado pasar la noche en el correccional de menores. —Fue terrible, Sally. El lugar era increíblemente frío y aséptico. Y los chicos... Todos parecían tan abatidos… La directora me trató como si yo fuese Ms Barker y David un miembro de la


banda. — Meneó la cabeza—Todavía no puedo creerlo... Mi David, no. Pero pasó. Y tengo miedo de que vuelva a ocurrir. —Tal vez sea bueno que hayan sido duros con él. Ver lo que sucede cuando se comete un delito puede ser exactamente lo que necesitaban. Es posible que lo enderece. —Ojalá. No creo que pueda pasar otra vez por todo eso. Sally bebió un sorbo de su café. —¿Qué me cuentas de Tommy? ¿Cómo van las cosas con él? —Al principio estaba convencida de que iba a comportarse decentemente en todo este asunto. Pero contrató a un abogado de moda. Ayer me amenazó con quitarme la custodia de David. Yo sé que no es eso lo que quiere. Le recordé que no disponía de los medios para mantener a un niño. Mencioné las veces en que había sido arrestado por posesión de marihuana siendo más joven. —¿Es posible que todo le salga a pedir de boca? Se lleva la mitad del dinero de la venta del apartamento, ¿no es así? La propiedad que tú compraste con el dinero que ganaste trabajando sesenta horas semanales. La misma que has estado pagando hasta ahora. Kate volvió a llenar la taza de Sally con café recién hecho, hizo lo mismo con la suya, y dejó la cafetera sobre el fogón. —No parece justo, ¿verdad? Pero ¿sabes algo, Sally? Realmente, no me importa. Lo único que quiero es librarme de él. —No te culpo. Ha sido un verdadero incordio durante años. Además, debes hacer lo que sea mejor para David. A Kate se le encogió el corazón. «David.» Le costaba creer que David se hubiese convertido en un jovencito tan problemático y hosco. En parte había sido por culpa del divorcio y de la pérdida de contacto con su padre, aunque Tommy nunca había sido un verdadero padre para él, y en parte por su


trabajo y las horas que le dedicaba. También influía el cambio que había experimentado su vida después del balazo. Sacudió la cabeza. —Mucho de lo que le pasa a David es culpa mía. —Mucha gente trabaja horas y horas, Kate. Con Tommy desocupado, no tenías alternativa. —No hablo sólo del trabajo. Se trata de todos los cambios... Me divorcié, me mudé de apartamento, renuncié al empleo —sonrió—. He terminado el último de los proyectos que tenía entre manos. Ya les he enviado preaviso. —Supuse que lo habías hecho. No puedo decir qi me haga muy feliz, pero no te culpo. Kate tomó el ejemplar del Los Angeles Times que estaba abierto sobre la mesa. —Y por si fuera poco, echa una ojeada a esto. —se lo alcanzó a Sally. —¿Qué? No será otra de esas horribles historias. —Sally alisó el periódico y empezó a recorrer las columnas en busca del artículo al que Kate se refería. Arriba de la primera página, lo encontró—. Mujer cuenta historia de viaje después de la muerte. Da esperanzas a un moribundo. Oh, Dios. —Sally suspiró y empezó a leer. Durante largo rato no dijo nada. Finalmente, murmuró un insulto dirigido al insidioso periodista de marras. —No puedo creerlo. Es la segunda vez en tres semanas que tu nombre aparece en los periódicos. En el último artículo eras una especie de santa. En éste, una loca de atar. —Le dedicó una mirada teñida de desaliento— Creí que no ibas a volver a hablar de tu experiencia. —¡El señor Langley tenía tanto miedo a morir! —replicó Kate—. Era un hombrecillo adorable. Lo recuerdas, ¿verdad? El que tenía la tienda a una manzana di la oficina... Me enteré de que estaba enfermo y fui al hospital a


visitarlo. Cuando lo vi tendido ahí, pensé quel tal vez, si le contaba lo que había visto la noche en que me dispararon le facilitaría las cosas. —¡Eres tan fácil de convencer, Kate! Si alguien te pide ayuda, eres incapaz de decir que no. —Lo sé —dijo Kate, y apartó la vista. —¿Y qué le pasó al pobre señor Langley? Un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Cerró los dedos en torno a la taza de café para notar su calor. —Murió dos días después. Espero que mis palabras le reconfortasen. —Yo también —comentó Sally con un suspiro. Kate miró por la ventana hacia el pequeño parque donde David jugaba al baloncesto al salir de la escuela. —Sólo Dios sabe qué le dirán a David los chicos de la escuela cuando vean el artículo. ¡Los chicos pueden ser tan crueles! —Dejó sobre la mesa la taza de café casi intacta—. Sally, tengo que decirte algo. —¡Oh, no! No me gusta esa mirada. Kate se limitó a sonreír, y no pudo evitar pensar en cuánto iba a echar de menos a su amiga. —¿Recuerdas el día en que me llevaste a Westwood para ver al doctor Murray? Hablamos sobre la propiedad que me dejó mi abuela. —Lo recuerdo. Supuse que ibas a venderla. —Ésa era mi intención. Nunca he estado en Montana. No imaginaba qué demonios podría hacer con una cafetería en medio de la nada.


—¿Estoy oyendo bien, o hablas en tiempo pasado? —No voy a venderla, Sally. Ahora no, habida cuenta de todo lo que me ha pasado y de mi preocupación por David. He decidido mudarme allí. Una tal señora Whittaker ha estado a cargo del lugar desde que mi abuela decidió jubilarse, pero al parecer es demasiado vieja para ese trabajo. El momento no podría ser más adecuado. Sally frunció sus rubias cejas. —No sé, Kate. ¿Lost Peak, Montana? Santo Dios, allí nieva. No suena precisamente como un viaje a la playa de Newport. —No, gracias a Dios no. Da la impresión de ser un sitio con una buena y anticuada escala de valores, un sitio donde el noticiero de la noche no habla de violaciones y asesinatos, en el que las personas inocentes no reciben un disparo en la cabeza mientras caminan por la calle. No ganaré ni de lejos la misma cantidad de dinero pero mis horas me pertenecerán y tendré más tiempo para estar con David. Sally suspiró. —Supongo que, bien pensado, eso es lo más importante. Kate coincidió con ella. David la necesitaba. Necesitaba un lugar en el que la familia fuese más importante. Necesitaba apartarse de una vez por todas de las guerras entre pandillas y de la delincuencia juvenil. Cuanto más lo pensaba, más ganas tenía de irse. Na tenía parientes, era hija única. Y los padres de Tomy se parecían mucho a él, caprichosos y egocéntricos, y nunca tenían tiempo para David. Pronto finalizaría el año escolar. Exceptuando a sus amigos, nada retenía a Kate en Los Angeles. Trató de imaginar qué encontraría en Montana, Nunca se había imaginado como una chica de campo, pero al pensar en la contaminación de Los


Angeles, en los irritantes atascos de tráfico, en la vida rodeada de asfalto y de cemento, la idea le resultó más que atractiva. Significaría un drástico cambio para los dos. No sería fácil pero, sin embargo, Kate descubrió que estaba ansiosa por enfrentar el desafío. Sally le dio un sorbo al café. —Ese día en que fuimos a ver al doctor Murray le dijiste que tu abuela trataba de comunicarte algo. ¿No es ése el verdadero motivo de que quieras ir allí? No te lo estarás tomando como una misión para descubrir lo que Nell trataba de decirte, ¿no? —Voy porque es lo que tengo que hacer. Se me ha dado la oportunidad de empezar de nuevo, de procurarnos, a David y a mí misma, una nueva vida. Si por casualidad me entero de algo relacionado con mi abuela mientras estoy allí, ¿qué tendría eso de malo? Sally hizo una mueca, pues conocía demasiado bien la naturaleza curiosa de Kate. —Míralo por el lado bueno: ahora tendrás una excusa para conocer Montana. Siempre dijiste que querías aprender a esquiar. Sally puso los ojos en blanco. —Esquiar es una cosa. Los osos pardos, otra. Kate se echó a reír. Aun así, no pudo dejar de preguntarse de qué podría enterarse acerca de Nell Hart una vez llegase a Lost Peak. Y se preguntó si la remota Montana sería la respuesta a sus plegarias. Capítulo 5 Sin duda debía de haber muchos lugares buenos en los que estar pero, al detenerse junto a la orilla del arroyo Beaver, al pie de las nevadas montañas Mission, y contemplar las espumosas aguas que corrían sobre las lisas rocas cubiertas de musgo, Chance McLain pensó que Montana tenía que ser el


mejor de ellos. Por esa razón se volvió medio loco al ver el pez muerto flotando sobre el agua. Supuso que Consolidated Metals volvía a las andadas, y que estaban arrojando los desechos de arsénico de la mina de oro en el arroyo. Maldita sea, ¿por qué nadie podía detenerlos? Probablemente porque la mayor parte del recorrido del arroyo Beaver cruzaba la reserva de los salish-kootenai y a nadie le importaba demasiado. Anadie excepto a los salish, claro. Tal vez a Chance le afectaba tanto porque era indio por parte de madre, aunque él no creía que se debiese a eso. Lo que sí creía era que todo hombre que se preciara de serlo y estuviese al día del daño que Consolidated Metals estaba causando en el medio ambiente enloquecería de rabia. Por desgracia, estar al día era una cosa y demostrárselo a los que podían hacer algo al respecto, otra muy distinta. El sonido de unas pesadas botas de suela de goma que hacían crujir las piedras de la orilla atrajo su atención. —Vi un hermoso ciervo de cola blanca en la ladera de la montaña, pero no llegué a dispararle. —Jeremy Caballo Manchado, su mejor amigo, se detuvo junto a él en la orilla. Ambos estaban cazando alces en la reserva, carne para el refrigerador de Jeremy, que tenía esposa y dos hijos que alimentar y un trabajo mal pagado en el aserradero. No habían visto ningún alce, ni siquiera una señal de su presencia, pero un buen ciervo bien sería casi lo mismo. —¿Viste algo? —preguntó Jeremy. —Sí, vi algo, ya lo creo. —Chance se acuclilló junto al arroyo—. Échale un vistazo a esto. Jeremy observó el agua y vio el destello plateado que, tiempo antes, había sido una hermosa trucha arco iris. Tenía ahora la boca abierta y los ojos opacos clavados en el límpido cielo de Montana que ya nunca volverían a


ver. —¡Maldición! Esos cabrones han vuelto a las andadas. —Alguien tendría que pararles los pies antes de que maten a la mitad de los peces de Montana... y sólo Dios sabe qué más. —Es más fácil decirlo que hacerlo. —Jeremy suspiró y se rascó la cabeza—. Hemos tenido media docena de reuniones sobre el tema, hemos hablado con ellos hasta el hartazgo. Ya ves para qué ha servido. —Cada vez que veo al hijo de puta de Barton tengo que contenerme para no molerlo a golpes. —Si lo hicieses, terminarías en la cárcel. Lon Barton es uno de los hombres más ricos del estado, y su padre lo es aún más. Tiene los mejores abogados, y tú no le caes demasiado bien. Chance sonrió burlonamente. —Éste, amigo mío, es mi principal motivo de orgullo. Jeremy le dio una palmada en la espalda. —Bueno, viejo, lo mejor será que dejes en paz a Barton. Y algo muy importante, estoy hambriento. Podemos volver a probar suerte por la mañana. Mientras tanto, vayamos a comer algo. —De acuerdo, Kemosabe. —Jeremy se echó a reír regocijado por la broma que compartían desde niños. Chance, el Llanero Solitario. Hijo único, su madre había muerto cuando apenas contaba tres años y su padre no le había prestado demasiada atención. Jeremy había sido desde siempre su fiel compañero indio. Descendieron juntos por la ladera de la montaña y se dirigieron hasta donde Chance había aparcado su furgoneta Dodge plateada. Abrieron las portezuelas y se sentaron en los asientos tapizados con piel de oveja. Chance metió la llave en el contacto y puso en marcha el potente motor.


—La Cafetería Lost Peak es lo que tenemos más cerca. —Perfecto. Se me hace la boca agua con sólo pensar en el pastel de manzana de Myra. Chance condujo la furgoneta por el camino de piedras que descendía de la montaña. Pasaron por el campo baldío de las afueras del pueblo, donde, cien años atrás, se hallaba la oficina de Inspección Minera, se metieron en un par de charcos de barro, y llegaron hasta un edificio de techos bajos y paredes de listones de madera que I se erguía en la única calle del pueblo. De un salto se apearon de la furgoneta y subieron a la acera de madera frente a la Cafetería Lost Peak. Chance se detuvo delante de la puerta y contempló el cartel de cerrado que colgaba allí como si de una serpiente venenosa se tratase. Se echó hacia atrás el sombrero negro; al parecer, le costaba creer lo que veía. A pocos metros de él, Jeremy lanzó una maldición. —Maldita sea, esto estropea nuestros planes —gruñó. Chance se limitó a fruncir el entrecejo. Había acudido a la Cafetería Lost Peak desde niño, cada vez que iba al pueblo con Ed Fontaine, el dueño del rancho vecino al de su familia, y en algunas ocasiones con su propio padre; aunque por lo nefastas que habían sido las experiencias vividas con él procuraba olvidarlas. —No puedo creerlo —Jeremy escudriñó el oscuro interior del café—. Este lugar era una institución. La última vez que estuvimos aquí, la señora Whittaker no comentó nada sobre el cierre. —Supongo que, al irse Nell, parte de la diversión se fue con ella. —Las dos ancianas habían sido amigas íntimas desde la niñez. Cuando Nell decidió retirarse, Aida Whittaker se puso al frente del negocio. —Seguramente así es. —Jeremy golpeó con el dedo el ofensivo cartel—. Tendremos que recorrer más de treinta kilómetros para encontrar un sitio


abierto. —Sí, igual que toda la gente de Lost Peak. —Lo cual no era mucho decir, pues no eran tantos los que vivían en un lugar que la mayoría consideraba poco más que una mancha de aceite en la carretera. —Maldita sea, es una pena lo de Nell —dijo Jeremy—. Era una buena chica, la viejecita. Muerta y enterrada Nell, debí haber imaginado que Aida terminaría por cerrar. Sólo que nunca creí que llegase a pasar realmente. Jeremy era más bajo que Chance y su piel era aún más oscura, pero ambos tenían espaldas anchas y cabello negro, aunque el de Jeremy era largo y liso, mientras que el de Chance era más corto y ligeramente ondulado. —Los tiempos cambian, Jeremy. Además, nunca se sabe. Quizás alguien lo compre. Hay lugares peores que Lost Peak para vivir. Jeremy rió de aquel comentario. —Tal vez sea así para tipos como tú y como yo. Nosotros levantamos la vista y vemos la nieve sobre esas montañas, las nubes más blancas que Dios haya puesto sobre la tierra, y pensamos que somos dueños de un pedazo de cielo, pero la mayoría sólo ve el hielo en invierno y los insectos en verano. —Tal vez. Supongo que tendremos que esperar, y ver qué pasa. —¿Qué te parece? ¿Vamos a Arlee, o nos olvidamos del desayuno? Debes de tener mucho que hacer en el rancho. —Por ahora lo tenemos todo bajo control. Además, te aseguro que estoy muerto de hambre. El lugar más cercano es el Lone Eagle. La comida no es tan buena, pero es mejor que nada. —Ya lo creo. Echaré de menos el pastel de manzanas de Myra —masculló Jeremy, en referencia a la cocinera de toda la vida del café.


—Y que lo digas —coincidió Chance, mientras regresaban a la furgoneta. Pero, sobre todo, iba a echar de menos a las dos ancianas por las que había sentido tanto aprecio. No iba muy a menudo a Lost Peak, pero cada vez que lo hacía procuraba detenerse para visitar a Nell y a Aida. Tras la muerte de Nell, Aida había empezado a hablar de la posibilidad de mudarse a Oregon para vivir con su hija y su yerno. Por lo visto, había terminado haciéndolo. Chance esperaba que allí fuese feliz. —Ya que vamos hacia el norte —dijo Chance mientras rodeaba la furgoneta y abría la portezuela del conductor—, podríamos parar y ver a ese abogado, Frank Mills, de Polson. Así sabremos qué progresos ha hecho con respecto a Consolidated Metals. Podríamos contarle lo que hemos descubierto hoy y darle un pequeño empujón en la dirección correcta. —Sí... —coincidió Jeremy mientras se sentaba en el asiento del acompañante — Supongo que debemos ir a verlo... aunque no sirva para nada. Chance apretó los dientes. —Encontraremos la manera de pararles los pies. Si este abogado no puede, contrataremos a uno que pueda. Pero Jeremy no parecía convencido y, en el fondo, Chance tampoco lo estaba. Echó una última y entristecida mirada a la puerta cerrada de la Cafetería Lost Peak, puso la marcha atrás y retrocedió hasta la calle. Capítulo 6 Lost Peak, Montana. Cuatrocientos habitantes. El abogado, que lo había denominado rústico y fuera del mapa, se había quedado corto. El pueblo tenía una gasolinera con un anticuado surtidor, que también vendía anzuelos para pesca y trampas para caza, junto a una tienda de comestibles con un viejo letrero de Coca-Cola en el escaparate y el suelo de tablas


hundidas. Había un bar donde vendían cerveza, con ocho taburetes junto a la barra y una mesa de billar ligeramente desnivelada; la tienda de Dillon, que ofrecía una asombrosa variedad de artículos más bien obsoletos; y la pequeña porción de paraíso de Kate, la recientemente remodelada Cafetería Lost Peak. No, Lost Peak no era un lugar descollante en el universo, y menos aún para alguien que había vivido en un lujoso apartamento en el centro de Los Angeles, pero Kate estaba convencida de que también era uno de los lugares más maravillosos y pintorescos del mundo. En realidad, cuando desde los ventanales del restaurante miraba las montañas nevadas al otro lado del valle, pensaba que los problemas que le habían llevado a Lost Peak habían supuesto una extraña clase de bendición. —Buenos días, Kate. No te oí entrar. —Myra Hennings, la cocinera y la mujer por la que Kate le daba las gracias a Dios todos los días desde su llegada, un mes atrás, se encontraba detrás de la brillante parrilla de acero inoxidable, agitando una engrasada espátula de metal como si de la batuta de un director de orquesta se tratase. —Lamento llegar tarde, Myra. —De pie, detrás del largo mostrador de fórmica situado frente a la ventanilla de servir, Kate se quitó la chaqueta de nailon y la dejó en uno de los estantes que había debajo, detrás de una pila de servilletas—. Se fue la electricidad y el motor del agua no funcionaba. David no pudo ducharse. Finalmente nos dimos cuenta de que lo único que teníamos que hacer era darle al interruptor. Me temo que somos novatos en esto de vivir en el campo. —No te preocupes, ya te acostumbrarás. —En cualquier caso, David perdió el autobús de la escuela y tuve que llevarlo en mi coche. —Habían decidido que asistiría a la escuela de verano. Con la confusión de los últimos meses se había retrasado en los estudios, y un curso extra de matemáticas podría ayudarle a conocer a algunos muchachitos del lugar. Myra le sonrió, y dejó al descubierto una hilera de dientes torcidos.


—No te preocupes. Nos arreglamos muy bien sin ti. Sabía que llegarías en cuanto pudieses, o que llamarías. Además, hace sólo unos minutos que esto empezó a llenarse de gente. Myra Hennings era una cincuentona de anchas caderas, robusta, con un pelo que Dios había iluminado de gris y ella se había encargado de transformar en rubio metálico. Viuda, tenía tres hijos ya adultos desperdigados por el país y un ejército de nietos. Era muy trabajadora y conocía a fondo el negocio, pero era su cálida e imperturbable disposición lo que la convertía en una persona de incalculable valor para Kate. —Bueno, ya estoy aquí, lista para empezar a trabajar. —Kate abrochó uno de los botones del uniforme de nailon color rosa que se le había abierto, se ató a la cintura un delantal también rosa, e introdujo una horquilla en el moño que mantenía su espesa y oscura cabellera rojiza en la nuca—. Tan sólo dime a qué mesa debo llevar cada plato y los llevaré. Pero Myra no la estaba escuchando. Miraba más allá de la ventanilla de servir, al salón comedor. —¡Por Dios! Si tuviera veinte años menos... —Una nostálgica sonrisa tensó la flácida piel de su cuello—. ¿No es el hombre más atractivo que has visto en tu vida? No cabía la menor duda de a quién se refería Myra. Kate observó al hombre alto de cabello negro que había estado hablando por el teléfono público y que ahora se sentaba en uno de los compartimientos con asientos de vinilo rosa, frente al ventanal. Hacía años que Kate no tenía una cita con nadie, ni había sentido el menor interés por un hombre, ni había reparado en ninguno. Después de Tommy, no estaba segura de si volvería a hacerlo. Pero resultaba imposible pasar por alto a aquel hombre, vestido de vaquero pero más parecido a un indio. —¿Quién es? Myra enarcó las rubias cejas.


—¿Estás de broma? Es el dueño del rancho Running Moon, una de las fincas más grandes del condado. Se llama Chance McLain. Claro que sí. Al parecer, todos los hombres de Montana tenían nombres como Rex, Chase o Cody. —¿Quién es el que está con él? —El hombre, obviamente un norteamericano nativo, medía unos diez centímetros menos que Chance, tenía la piel más oscura y su constitución no era tan atlética. Llevaba el largo negro cabello sujeto en una trenza. Como vivían cerca de la reserva salish-kootenai, ya había visto a muchos de ellos. —Es Jeremy Caballo Manchado. Chance es medio indio por parte de madre. Tiene muchos amigos en la reserva. Trata de ayudarlos todo lo que puede. — Myra deslizó por el mostrador de acero inoxidable una bandeja con un bistec, huevos fritos, bizcochos, una alta pila de tortitas y lonchas crujientes de tocino frito—. Da la casualidad de que éste es su pedido. Podrías llevárselo. A Kate no se le escapó el destello en los ojos de Myra. Era la casamentera del pueblo. Lo que Myra no sabía era que Kate no andaba buscando novio. Su única experiencia con el amor había resultado un desastre. No estaba interesada en los hombres, ni lo estaría en el futuro. Tenía un hijo que criar y un negocio que atender. Había enterrado su pasado en Los Angeles, había encontrado un sitio donde David y ella podían empezar de nuevo, y esperaba haber dejado atrás sus problemas. Bastaba ver a Chance McLain, su aspecto recio y su esbelta complexión, para tener claro que aquel hombre no auguraba más que problemas. Sin embargo, era un cliente y ella tenía que hacer su trabajo. Tomó la bandeja con una mano, haciendo equilibrio, como había aprendido a hacer cuando trabajaba de camarera para pagarse los estudios universitarios, agarró la cafetera y avanzó por el local.


Chance se reclinó en el asiento tapizado y estiró sus largas piernas por debajo de la mesa de fórmica gris. El restaurante no era elegante, ni mucho menos, pero las cortinas rosadas con volantes que colgaban de las ventanas, y los tapices enmarcados en madera que había bordado Nell Hart le conferían cierto encanto hogareño. Y la comida siempre era buena. La reapertura del local había supuesto para él una inmensa alegría. Dejó que su mente retrocediera hasta la época en que frecuentaba la cafetería siendo niño. Nell siempre se las arreglaba para guardarle un trozo caliente de pastel de manzana. Sonrió al recordarlo, y dio un salto cuando Jeremy le pateó la pierna para avisarle que había llegado la comida y recordarle que debía quitar los codos de la mesa y dejar lugar para los platos. Echó una mirada a la humeante bandeja de tortitas que la camarera colocó frente a Jeremy, y sus ojos se detuvieron en un par de generosos pechos que empujaban la pechera del uniforme rosado. En ese mismo instante, saltó un botón y tuvo una fugaz visión de la piel clara y del encaje blanco del sujetador. Chance se enderezó en su asiento. Sabía que estaba siendo un descarado; pudo sentir el calor ascendiendo por su rostro. Se puso tenso, y por debajo de la mesa sintió el primer indicio de una erección. ¡Maldición! Quizá se debiera a que la mujer con la que había estado saliendo durante los últimos tres años era modelo, muy delgada y poco dotada en lo que a pechos se refería. O quizás era que hacía tres meses que ella se había ido a Nueva York, y él no se había acostado con nadie desde entonces. Fuera lo que fuese, echó la cabeza hacia atrás para saber cómo era la mujer que tenía delante, con una curiosidad poco habitual en él. «Suave» fue la primera palabra que le vino a la mente al observarla. Ojos suaves.


Boca suave. Curvas suaves. No era muy alta, poco más del metro cincuenta y cinco, pero parecía haber mucha mujer en aquel cuerpo menudo. Su cabello tenía un bello tono castaño rojizo. Un rizo se le había escapado de lo que hasta entonces era un prolijo moño, y rozaba su mejilla, que parecía tan suave como el resto de su cuerpo. Ahora la erección se consolidó y se enderezó en el asiento para ponerse más cómodo. No era propio de él reaccionar de ese modo, en absoluto. Sin embargo, le escocieron las palmas de las manos al imaginar que tomaba entre ellas aquellos pechos carnosos y femeninos, y la erección hizo que los téjanos le parecieran aún más ceñidos. Cuando la camarera dejó la bandeja con el bistec y los huevos delante de él tan violentamente que parte del jugo se derramó por el costado, Chance gimió para sus adentros. Había resultado demasiado evidente lo que estaba pensando. Agradeció entre dientes a Dios que ella no pudiese ver el prominente bulto oculto debajo de la mesa. La joven apretó los dientes, le dirigió una fría mirada, alzó su pecosa nariz, y se marchó a la cocina. Jeremy rió por lo bajo y murmuró: —Así que... te gusta, ¿eh? —Al parecer, sí —respondió Chance con un gruñido—. ¿Quién demonios es? —Se llama Kaitlin Rollins. El viejo Roca de Hierro dice que es la nieta de Nell Hart. — Harold «Chief» Roca de Hierro era el habitante más anciano del pueblo—. Ella y su hijo David se mudaron a la vieja casa de Nell hace casi un mes y reabrieron la cafetería. Sé que no sales mucho, pero pensé que ya te habrías enterado. —Estuve muy ocupado. Vine sólo una vez desde que reabrieron, pero no la vi.


—Es una preciosidad. Roca de Hierro dice que es una dama muy agradable. El hijo, sin embargo, es un poco alborotador. Fue detenido en una ocasión por la policía de Los Angeles. Chance cortó su bistec. Le gustaba bien hecho y Myra lo sabía. ¿Cómo no iba a saberlo? Llevaba veinte años cocinando en el Lost Peak. Se alegraba de que la nueva propietaria hubiese sido lo suficientemente lista como para reconocer algo bueno. —¿Cuántos años tiene el muchacho? —preguntó. —Doce, creo. Lo he visto un par de veces. Trabaja media jornada en la tienda de Marshall. Chance atacó los huevos, que también estaban en su punto. Los bizcochos eran dorados y sabían a mantequilla. —¿Está casada? —No había tenido la intención de preguntar, pero las palabras escaparon de su boca. —Lo estaba, supongo. Ahora está divorciada. —¿Dices que son de Los Angeles? —Eso me dijeron. —No sabía que Nell Hart tuviese una nieta. —Yo tampoco. Me sorprende que nunca lo haya mencionado. Chance engulló otro bocado. —Aunque Kate Rollins haya heredado el lugar, me llama la atención que no lo haya vendido. No puedo concebir que una chica joven y sola de la ciudad quiera mudarse aquí. Jeremy se encogió de hombros. —Roca de Hierro dice que es muy reservada con respecto a ese tema. Podría


ser interesante descubrir el porqué. Podría serlo, pensó Chance. Y más interesante aún sería desabrochar esa hilera de botones de la pechera del uniforme y ver lo que la dama escondía bajo ese primoroso encaje blanco. Dadas las circunstancias, era una idea sorprendente. Pensó que hacía años que no sentía una atracción tan inmediata por una mujer... En realidad, nunca la había sentido. —Pensé que Rachael y tú os llevabais bien —dijo Jeremy, haciendo que Chance apartara la vista de la cocina; leyó su mente con tanta claridad que sintió que el calor le subía por la nuca. —Y así es, supongo. Siempre nos hemos entendido bien. Nuestra idea es que, tarde o temprano, nos casaremos. Mientras tanto, Rachael goza de su libertad y yo de la mía. Aunque en los últimos tiempos, ha estado presionándome. —Sabía que lo haría en algún momento. Chance se encogió de hombros. —Es lo que siempre ha deseado su padre. Y casarme con ella redundaría, a decir verdad, en mi propio interés. —Ya lo creo. Cuando Ed no esté, el rancho Circle Bar F será de Rachael. Eso duplicaría el tamaño de tu propiedad. —De modo que supongo que cuando regrese fijaremos la fecha. Jeremy dio un bocado a una de las tortitas. —En ese caso, mejor que te mantengas alejado de la bonita pelirroja. Chance alzó la vista, la vio inclinarse sobre una mesa del otro lado del salón y menear las caderas mientras la secaba, y sintió de nuevo el mismo arrebato de lujuria. —Tienes razón, Jeremy. Ese sí que es un buen consejo. —Y Chance se


proponía seguirlo. Pero después de terminar con los huevos, dejar sobre la mesa el dinero de la cuenta y añadir una generosa propina, imaginó que, seguramente, no le haría ningún daño volver a pasar por allí dentro de un par de días. Desde que el café había reabierto sus puertas, se moría por saborear un trozo del pastel de manzana casero de Myra. —Lamento tener que hacer esto, David, pero las próximas dos semanas estarás castigado. —¿Castigado? Jo, mamá. —Te lo mereces, David, y lo sabes. —Se encontraban en la entrada de la casa de madera blanca en la que vivían, sobre la colina que se alzaba detrás de la cafetería. Formaba parte de la parcela de cuarenta hectáreas que Kate había heredado; en la que estaba incluido el café. Estaba rodeada por altos pinos canadienses, y desde allí se tenía una increíble panorámica de las montañas, lo que la convertía en el lugar preferido de Kate. —Odio este lugar —refunfuñó David—. Es espantoso. No hay nada que hacer y los chicos son todos unos mugrientos. Quiero volver a Los Angeles. Kate miró a su hijo, vio la mueca de obstinación de su boca y sus hombros rígidos. Sabía que no era feliz en Lost Peak. Había supuesto que le llevaría tiempo adaptarse a un estilo de vida tan radicalmente diferente, pero lo que no había esperado era que incluso en aquel apartado lugar se metiera en problemas. —El señor Marshall te pilló robando un paquete de chicles. Ahora has perdido el empleo que tenías después de la escuela. Creí que te gustaba trabajar en el mercado. David pasó el peso de su cuerpo de un pie al otro, y frotó con la punta de su zapatilla el pulido suelo de roble.


—Supongo que estaba bien. —¿Entonces por qué robaste los chicles? David se encogió de hombros. —No creí que me fueran a pescar. —¡Oh, David! —Vamos, mamá, no es para tanto. En Los Ángeles todo el mundo roba. Las tiendas ya están acostumbradas. Entra en su presupuesto anual. Kate fue hacia la angosta ventana que flanqueaba la puerta de entrada, contempló brevemente las montañas y regresó junto a su hijo. —Por Dios, no puedo creerlo. ¿De veras piensas que robar está bien? —Nunca robé nada importante. Kate lo tomó de los hombros. Ya era más alto que ella. Tenía que echar la cabeza hacia atrás para mirarlo a los ojos. —Robar tiene que ver con la personalidad, David. Es como mentir. Hay personas que mienten, otras que estafan y otras que roban. Son todas de la misma clase. Nadie las respeta. Nadie confía en ellas. ¿Es ésa la clase de persona que quieres ser? —En la ciudad... —¡No me interesa lo que se haga en la ciudad! Ya no vivimos en la ciudad ni vamos a volver allí nunca más. La gente de aquí vive de acuerdo a buenos y anticuados valores. No mienten, no estafan y, ciertamente, no roban. Así traté de educarte. Siempre has sido un buen chico, David. Cuando te conozcan, les gustarás a todos. Pero tienes que ganarte su respeto, y robarles no es la forma adecuada de


lograrlo. David golpeó la pared con el puño. —No lo entiendes, ¿verdad? No me interesa si les gusto o no a estos palurdos. Quiero ir a casa. Si no piensas irte de este lugar, voy a llamar a mi papá. Puedo volver y vivir con él. Kate sintió que la náusea se apoderaba de ella. David, otra vez junto a sus amigos delincuentes de Los Ángeles. David, educado por un padre que lo malograría hasta hacerle acabar en la celda de una espantosa cárcel. —¿Es eso lo que quieres realmente? ¿Vivir con tu padre? En lo profundo de tu corazón sabes muy bien cómo es. Apenas puede cuidarse a sí mismo, así que ni hablemos de cuidarte a ti. Ni siquiera sabe nada de ti. Finges creer que es el padre perfecto, pero sabes que no es verdad. David no discutió. Se limitó a clavar la mirada en la punta de sus sucias zapatillas. —Te quiero, David. Lo único que deseo es lo mejor para ti. Lo sabes, ¿verdad? —Supongo que sí —murmuró él sin alzar la vista. —Tenemos la oportunidad de empezar aquí una nueva vida. Y podemos hacerlo, si pones un poco de voluntad. David no respondió nada. —Quiero que vayas a la tienda del señor Marshall. Quiero que tomes parte del dinero de tus ahorros y le pagues el paquete de chicles que le robaste. Y quiero que te disculpes. Si tu disculpa es sincera, el señor Marshall se dará cuenta, y tal vez, con el tiempo, decida perdonarte. David hundió los hombros.


—Ya le dije que lo lamentaba. —¿Lo dijiste en serio? —Kate descubrió que contenía la respiración. —Sé que no debí hacerlo. —El bochorno dibujó pequeños círculos sonrosados en sus mejillas—. Sólo lo he hecho un par de veces. Los otros chicos pensaban que era fantástico, pero a mí siempre me hizo sentir un poco ridículo. Kate lo rodeó con sus brazos y lo apretó contra su pecho. —Eso es porque, en el fondo, sabías que estaba mal. Todo va a salir bien, cariño, ya lo verás. Sólo hace falta un poco de tiempo. David asintió con la cabeza. Cuando Kate lo soltó, subió a su habitación y volvió a bajar con un puñado de billetes en la mano. Salió rumbo a la tienda, y cuando regresó, sus hombros parecían más erguidos. —Pagué los chicles. Le dije al señor Marshall que nunca más volvería a robarle, pero no quiere que vuelva a trabajar para él. Supongo que en realidad no puedo culparle. —Pasó junto a ella, subió las escaleras y desapareció en su habitación. Kate suspiró. Era una dura lección, y esperaba que David hubiese aprendido algo de ella. Se estremeció al pensar en lo que podría pasar de no ser así. O si hablaba en serio cuando amenazaba con volver a vivir con su padre. Kate desechó la idea de marcharse: le gustaba Lost Peak. La gente que había conocido era amistosa y servicial, y más aún al enterarse de que era la nieta de Nell Hart. Le sorprendió descubrir lo muy querida que había sido Nell. En las raras ocasiones en las que su madre le había hablado de ella, la había descrito como una mujer fría y sin corazón, la clase de mujer que echaría de casa a su hija soltera y embarazada. Pero la casa en la que Nell había vivido desde el día en que se casó con


Zachary Hart era cálida y acogedora, y estaba impregnada de un grato clima hogareño. Se encontraba en mejores condiciones de lo que Kate había esperado. En cuanto le aplicó una nueva capa de pintura a las paredes, cambió la vieja alfombra y pulió el suelo de madera y lo cubrió con coloridos tapetes, se convirtió en un hogar cien veces mejor que su elegante apartamento de Los Angeles. Cuando quitó las fundas que cubrían los muebles, le sorprendió descubrir docenas de maravillosas antigüedades. Al combinarlos con los muebles que había llevado consigo ese encanto se mantuvo intacto, y su sofá tapizado, junto a las sillas, le otorgaron a la casa un aire cómodo y ligeramente más moderno. Se preguntó si Nell lo habría aprobado. No tenía la menor idea de cómo había sido Nell, pero se proponía averiguarlo. Una vez instalados, Kate estaba decidida a iniciar la búsqueda. Chance aparcó la furgoneta frente a la Cafetería Lost Peak, apagó el motor y abrió la portezuela. Sabía que no debía estar allí. Tenía compromisos, aunque ninguno demasiado concreto. Lo último que necesitaba era enredarse con una mujer. «Lo único que quiero es un maldito trozo de pastel», se dijo. Pero sabía que no estaba siendo sincero. Desde aquel día en la cafetería, le había resultado imposible apartar de sus pensamientos a la pequeña y sensual pelirroja. —¡Hola, Chance! —Harold «Chief» Roca de Hierro estaba sentado en un destartalado banco de madera, junto a la puerta. Pasaba allí la mayor parte del tiempo, envuelto en una manta, calzado con mocasines y tocado con un sombrero de copa con una pluma en la punta, exactamente igual a los indios de madera que les vendían a los turistas en el quiosco de la autopista 93. —Hola, Chief, ¿cómo está? —Chance estrechó la mano del anciano y sintió la fuerza que todavía emanaba de ella, a pesar de sus ochenta y tantos años. Éste le dedicó una sonrisa. Era sorprendente que aún conservase gran parte de su dentadura.


—Buen día. Y un tiempo maravilloso. ¿Conociste a la nueva propietaria? Chance miró la puerta del local. —Sí, más o menos. —Buena mujer. Agradable muchacho. Chief no era un verdadero jefe indio. Los salish tenían líderes tribales, que no significaba lo mismo, pero todo el mundo lo llamaba así desde hacía años, y a él no parecía importarle. Chance asintió. —No conozco al chico. La señora Rollins parece agradable. La comida sigue siendo buena. Chief se palmeó su prominente vientre. —Sí, sobre todo el pastel. Chance lo miró sonriente. —Me alegro de haberlo visto, jefe —saludó, tocándose el borde del sombrero. —Lo mismo digo, Chance. Abrió primero la puerta de tela metálica, luego la de entrada, y entró en el local. Aquel lugar no había cambiado en muchos años. Se alegraba de eso. Oh, sí, había un nuevo letrero luminoso en el tejado y otro en la carretera. Ambos mostraban el nuevo logotipo: una imagen de la distante cumbre nevada de Lost Peak dentro de un círculo verde. Aparte de eso, a la nueva propietaria parecía agradarle el aire hogareño del lugar y había dejado casi todo tal como estaba. Chance notó que estaba más limpio, con las cortinas recién lavadas y el suelo encerado y reluciente.


Le gustaba que Kate Rollins no hubiese cambiado las cosas, sino que se hubiera limitado a mejorarlas. La vio apenas se sentó en una de las mesas del centro del salón. Se quitó el sombrero y lo dejó en la silla de al lado. Se pasó la mano por el pelo para alisarlo y se lo apartó de la frente. Durante unos minutos, la observó hacer su trabajo. Notó que era eficiente, nunca olvidaba un pedido y procuraba que todos los clientes estuviesen bien atendidos. Supuso que ése fue el motivo por el cual se acercó a su mesa rápidamente, a pesar de que la expresión de su rostro indicaba bien a las claras que no deseaba hacerlo. —¿Café? —le preguntó, deteniéndose a unos metros de la mesa, como si no confiase en lo que él sería capaz de hacer si se acercaba. Maldición, había empezado su relación con aquella mujer con el pie izquierdo. —Estaría muy bien. —Le dedicó una sonrisa seductora y sostuvo la taza mientras ella la llenaba—. Usted es Kate Rollins, la nueva propietaria. —Así es. Y usted es Chance McLain, el dueño del rancho Running Moon. La sonrisa de Chance se ensanchó. Al menos ella había averiguado su nombre. —Cuando se vive en un sitio tan pequeño, todo el mundo se conoce. —Supongo que sí. Hasta que me mudé aquí, nunca había vivido en un pueblo tan pequeño. Chance deseó preguntarle por qué lo había hecho, pero sospechó que no se lo diría. Tal vez la casa que había heredado fuese el único sitio en el que podía permitirse vivir. —Todos sentimos una gran desilusión cuando la señora Whittaker cerró la


cafetería. Aquí es una especie de institución. Considerando el trabajo que usted ha hecho desde que volvió a abrirla, no cabe duda de que todos están contentísimos de tenerla por aquí. La rigidez de los hombros de Kate pareció aflojarse. —Esperaba que la gente de Lost Peak fuese cordial. Hasta ahora, todos se han mostrado muy amables. —Le alcanzó el menú forrado de plástico. Chance notó que era nuevo, que tenía el mismo logotipo de la montaña dentro del círculo verde, aunque la mayoría de los platos seguían siendo los mismos. A medida que recorría la página, esbozó una sonrisa al descubrir los pequeños corazones rojos que indicaban los platos bajos en calorías y con escaso colesterol. No creía que llegasen a ser un éxito en Lost Peak. —La señora Whittaker atendía la cafetería de mi abuela... Nell Hart. ¿Usted también conoció a Nell? —preguntó Kate. —La conocía desde niño —asintió Chance—. Nell era una institución más arraigada aun que la propia cafetería. Podría decirse que éramos vecinos. La propiedad de su abuela, que ahora le pertenece a usted, supongo, linda con parte de la mía. Dio la impresión de que Kate quería preguntar algo más, pero en ese momento entró otro parroquiano. —Tómese su tiempo —le dijo—. Volveré en un minuto para su pedido. Chance se limitó a asentir. La miró caminar por el salón, y admiró la forma sensual en que se movía. No podía reconocer que aquella mujer despertaba su curiosidad. ¿Qué hacía en un lugar como Lost Peak? Aunque Nell le hubiese dejado el café, ¿por qué no lo había vendido y se había quedado con el dinero? Lo que más le interesaba descubrir era qué tenía Kate Rollins que le impulsaba a desear


llevársela a la cama. Lo único que sabía era que quería hacerlo. Ella volvió para tomar nota de su pedido y siguió atendiendo a los demás parroquianos. Regresó minutos después con una generosa ración de pastel de manzana tibio, con un copete de helado de vainilla apenas batido, y lo colocó frente a él. Chance sintió que se le hacía la boca agua. —Vaya, qué buen aspecto tiene esto. —Myra es una espléndida cocinera —replicó Kate con una sonrisa—. Tengo suerte de contar con ella. —Tiene mucha razón. —Cortó un buen pedazo de pastel, engulló la mitad, y siguió hablando mientras masticaba el resto— Nadie, pero nadie, hace un pastel de manzana mejor que éste. La hora del almuerzo llegaba a su fin, y el lugar empezaba a vaciarse, tal como Chance esperaba. Kate salió de detrás de la caja registradora para cobrarle al último cliente. Minutos después, volvió a su mesa con una jarra de café recién hecho. —¿Más café? —Por supuesto —respondió él. Kate se inclinó para llenarle la taza y Chance trató de no fijarse en aquellc magníficos pechos—. Es nueva en Montana — añadió mientras tragaba otro trozo de pastel—. ¿Ha tenido oportunidad de ver algo? —En realidad, no. David, mi hijo, y yo, hemos dedicado todos nuestros esfuerzos a instalarnos. —Oí decir que tiene un hijo. ¿Se adapta bien a este lugar? Kate vaciló y, por un instante, Chance pensó que no iba a responder. Finalmente, suspiró. —No muy bien, me parece. Echa de menos a sus amigos, aunque yo no, se lo aseguro. Creo que aquí se siente fuera de lugar. Sabe jugar al béisbol, pero no tiene ni idea de lo que es pescar. Supongo que es difícil para un chico de doce


años que siempre ha vivido en la ciudad. —Sí, supongo que sí. —«Peor que eso», pensó. No lograba imaginar lo que era no saber siquiera lanzar la caña. O cómo cazar, para el caso, o cómo cargar un caballo y subir a la montaña. Se preguntó qué clase de hombre sería su padre. Tal vez muy parecido al suyo. Sintió un arrebato de simpatía por el hijo de Kate Rollins. —¿Sigue cerrando los domingos? Kate asintió. —Los días entre semana abrimos a las seis y cerramos a las ocho. Los viernes y los sábados cerramos a las nueve. —Son muchas horas. —No para mí. Organizo como quiero mis horas de trabajo. Una de las razones que me trajo aquí fue la de poder pasar más tiempo con mi hijo. Eso le gustó. Él era demasiado pequeño cuando murió su madre y apenas la recordaba, pero supuso que le habría gustado que ella quisiera pasar más tiempo con él. —Por aquí hay algunos lugares muy bonitos. Ya que no ha tenido oportunidad de visitarlos, me encantaría poder mostrárselos. La expresión de Kate se modificó sutilmente, podría decirse que se ensombreció. —Como ya le he dicho, mi hijo y yo estamos instalándonos. Le agradezco el ofrecimiento, pero me temo que tendré que rechazarlo. Chance jugueteó con los restos de su pastel y miró fijamente el helado que comenzaba a derretirse. —Tal vez en otra ocasión... —sugirió. Pero la falta de respuesta de Kate indicó que nunca se presentaría otra ocasión. Mientras la observaba alejarse, quedó asombrado al comprobar lo decepcionado que se sentía.


Lanzó un suspiro y se reclinó en la silla. El pastel se enfriaba en el plato, aunque el café todavía humeaba, pero ya no tenía apetito. Le fastidiaba que ella le hubiese rechazado de forma tan directa. En sus buenos tiempos, la mitad de las mujeres del condado habían intentado llevárselo a la cama, y la mitad de esa mitad había tenido éxito. Pero, por lo que parecía, Kate Rollins no tenía el más mínimo interés en él. Chance se preguntó qué podía hacer para cambiar las cosas. No terminó el pastel, dejó la propina sobre la mesa, tomó la cuenta y ya casi había alcanzado la caja cuando sonó la campanilla de la puerta. Las siluetas de Randy Wiggins y Ed Fontaine, dos de sus mejores amigos, se recortaron en la entrada. Randy era una especie de enfermero, aunque Ed nunca se refería a él en esos términos; cuidaba de un hombre demasiado orgulloso como pan reconocer que lo necesitaba. Randy abrió la puerta, la sostuvo para que Ed entrase en el local con su brillante silla de ruedas cromada, y entró tras él. A grandes zancadas, Chance se acercó al delgado hombre canoso que para él había sido más padre que su propio padre. —Creí que te habías ido a Denver —le dijo a Ed con una sonrisa. —Pensaba hacerlo. La reunión de la Asociación de Ganaderos se canceló. — Ed estrechó la mano que Chance le tendía—. Regresaba de Missoula cuando vi tu furgoneta aparcada en la entrada. Tengo algunas noticias para darte. —¿Ah, sí? ¿De qué se trata? —Consolidated Metals acaba de solicitar autorización para instalar una nueva explotación minera junto al arroyo Silver Fox, precisamente aquí, en Lost Peak. —¡Maldita sea! —Sabía que te haría feliz. Esos hijos de perra no tienen límites. Frank Mills, el abogado que contrataron los indios, no ha movido un dedo. Es muy posible


que figure en la nómina de pagos de Lon Barton, como todos los jueces del condado. — Ed era enjuto y recio, fibroso y resistente como el cuero. Administraba un rancho de la misma extensión que el de Chance, y lo hacía desde su silla de ruedas. No existía hombre vivo al que Chance admirara más que a Ed Fontaine. —Mills está tratando de conseguir una orden judicial que lo impida —le contó Chance— Pero dice que necesitamos más pruebas. Jeremy quiere conseguir fotos de las filtraciones de la cisterna trasera, pero tendríamos que entrar en el complejo para tomarlas. Esperábamos que la declaración jurada de algunos de los líderes tribales, junto con el análisis químico del agua, fuera suficiente. —Tal vez lo sea. Por desgracia, eso no va a impedir que construyan una nueva mina aquí en Lost Peak. Chance oyó un ruido a sus espaldas. Se volvió y vio que Kate Rollins se dirigía hacia ellos. Qué hermosa era. No porque Rachael no lo fuese. Rachael era mucho más que bonita. La fotografía de Rachael Fontaine, de elegantes y altos pómulos y cabello color platino, adornaba las portadas de las revistas de moda distribuidas por todo el país. Era delgada, como buena modelo, y tenía unas piernas larguísimas. Kate Rollins nunca llegaría a ser tan distinguida y sofisticada como ella. Chance se preguntaba cómo podía sentirse atraído por dos mujeres tan diferentes entre sí. —Lamento interrumpir, pero no he podido evitar oír lo que decían —dijo Kate—. Ahora que vivo aquí me considero miembro de la comunidad y, en adelante, lo que pase en Lost Peak también me afecta a mí. —Ed Fontaine y Randy Wiggins, os presento a Kate Rollins, la nueva propietaria de la cafetería. —Es un placer, señora Rollins. —Ed le tendió una mano nudosa y


encallecida que había conocido cincuenta años de duro trabajo. Kate le agasajó con una cálida sonrisa y se la estrechó con un confiado y firme apretón que hizo que Ed la mirase con ojos levemente diferentes; cosa que a Chance no le pasó inadvertida. —Señora —saludó Randy inclinando su sombrero. Kate le respondió con una sonrisa, y volvió su atención hacia Ed. —Deduzco que dicha explotación minera no es lo mejor que podría pasarle a Lost Peak. —Desde su punto de vista, podría no ser tan malo. Es probable que conlleve más negocios, si es eso lo que está buscando. Comenzarán a mudarse aquí las familias; el pueblo crecería. Chance habría jurado que Kate empalidecía. —Me gusta el pueblo tal como es —declaró con voz tan firme como su apretón de manos—. De lo contrario, no viviría aquí. Chance sonrió al oírla. A él también le gustaba tal como era. En su opinión, Montana era el único lugar habitable que quedaba en el mundo, y quería que siguiera siéndolo. —Consolidated Metals no es famosa por su conciencia medioambiental —le informó Chance—. La mina que tienen junto al arroyo Beaver ha violado más de veinticuatro veces la legislación sobre la calidad del agua, y entre esas violaciones hay derrames de cianuro y filtraciones de ácido de la mina. Ahora, gracias a un reciente cambio de la ley, ya no pueden instalar una mina de lixiviación, pero han decidido apelar y, conociéndolos como los conozco, si empiezan con una explotación minera en Lost Peak, tarde o temprano van a contaminar el arroyo Silver Fox, que está lleno de peces voladores, y es uno de los más bonitos del país. —¿Qué podemos hacer para detenerlos? —preguntó Kate. Sus ojos parecían más verdes aun que antes, y Chance creyó percibir en ellos una chispa de determinación.


—Yo propongo que contratemos a un abogado por nuestra cuenta —sugirió Ed—. Uno que no se deje comprar, por descontado. —Buena idea —coincidió Chance—. ¿Se te ocurre quién podría ser el hombre indicado para este trabajo? —Sacó el billetero del bolsillo y extrajo de él los billetes suficientes para pagar su pastel. Kate guardó el dinero en la caja registradora y le dio el cambio. Ed se rascó la cabeza. —Podríamos hablar con Max Darby, o quizá con Bruce Turnbull. He tenido tratos con ellos en otras ocasiones. —De acuerdo y, mientras tanto no sería mala idea contratar a un investigador privado. Tal vez podría descubrir algo sobre Consolidated Metals que nos resultara útil. —Si puedo ayudar en algo —se ofreció Kate—, espero que me lo hagan saber. Chance la miró con una sonrisa. —Gracias por el ofrecimiento. Vamos a necesitar mucha ayuda para informar y advertirle a la gente acerca de lo que la compañía trata de hacer. Podríamos encargarle que se ocupe de eso. —Informar es mi especialidad. Antes de venir aquí me dedicaba a la publicidad. —¿Vendía publicidad? Kate le dirigió la misma forzada sonrisa que le había dedicado la primera vez que había estado en la cafetería. Chance se maldijo por haber perdido tanto terreno. —Algo así. Era vicepresidenta de Menger & Menger, una importante agencia de publicidad. Nos dedicábamos tanto a campañas políticas como a la


presentación de nuevos productos alimenticios para compañías como Avena Quaker. Si lo comparamos con esto, no creo que informar a la gente del condado de Silver sobre las actividades de Consolidated Metals sea un trabajo muy difícil. Chance ahogó un gemido. Si algo le había enseña Ed, era que nunca debía efectuar juicios apresurados, Miró a su mentor, cuyos ojos chispeantes parecían decirle: «¿Ves lo que pasa cuando lo haces?». —Lo siento. No esperaba que la ejecutiva de semejante corporación atendiese una cafetería en Lost Peale —La ejecutiva retirada de esa corporación —lo corrigió Kate, y Chance se dio cuenta de que se estaba divirtiendo—. Y, a decir verdad, me gusta mi cambio de orientación. Me parece maravilloso no tener que responder ante nadie más que yo misma. —Bueno, nos alegramos de tenerla en el equipo —comentó Ed—. La mantendremos al corriente. Y puede es tar segura de que aceptaremos su ofrecimiento de ayuda Randy sostuvo la puerta y Chance pasó con la silla d Ed y lo llevó hasta su furgoneta Chevy. Randy apretó un botón y el elevador colocado en la parte trasera emiti un zumbido mientras la plataforma de metal descendía —Tenemos que seguir adelante con esto —insistió Ed, en referencia al proyecto de Consolidated. —Nadie lo sabe mejor que yo —Chance hizo girar la silla de ruedas hasta situarla sobre la plataforma, y aguardó hasta que Ed quedó instalado en la furgoneta, —¿Has tenido alguna noticia de Rachael? —le preguntó Ed desde dentro. —Hace dos semanas que no tengo noticias. Está muy ocupada con ese nuevo contrato. Han estado buscando lugares por todo el país. Supongo que me


llamará en cuanto pueda. —Supongo que sí. —Ed lanzó un suspiro—. Lo que necesita esa muchacha es un marido y varios bebés. Piénsalo, Chance. Chance asintió sin responder. Muy rara vez pensaba en Rachael, la hija de Ed, cuando ella no estaba en Lost Peake, y últimamente no había pasado allí demasiado tiempo. Debía de sentirse culpable por eso, y tal vez tuviese motivos, aunque no demasiado importantes. La cruda verdad era que la única culpa que había sentido en su vida era la de haber condenado a Ed a aquella silla de ruedas. Capítulo 7 Faltaban cinco minutos para cerrar. Los últimos rayos de sol de aquella tarde de julio habían sucumbido ante las nubes y la lluvia, y hacía media hora que el café estaba desierto. Mientras Myra terminaba sus tareas en la cocina, Kate se sentó en uno de los compartimientos vacíos, sacó su libreta, tomó el lápiz que tenía detrás de la oreja, y empezó a hacer una lista con los puntos relativos a la información que se proponía reunir sobre Nell. Ahora que el restaurante funcionaba sin problemas y la casa estaba en orden, Kate estaba decidida a avanzar con su investigación. No tenía muy claro por dónde empezar, pero suponía que, en principio, debía guardar cualquier información que obtuviese sobre su abuela. «Partida de nacimiento», escribió. Pediría copias de la de Nell y también de la de su madre en el juzgado del condado de Silver, en Polson. «Certificado de defunción.» Al tramitar el certificado de su abuela, bien podía pedir copia del de Zachary Hart. El difunto abuelo de Kate había muerto hacía mucho tiempo, cuando Celeste, la madre de Kate, contaba tan sólo seis años. Como Celeste apenas lo recordaba, Kate tampoco pudo saber nada acerca de él. «Copia del testamento.» La notificación de su herencia le había llegado por correo.


No se le había ocurrido pedirle al abogado una copia del documento original. Probaría primero en el Archivo Público, ya que uno de sus clientes le había dicho que los testamentos solían seguir esa ruta. Si no lo conseguía, le escribiría a Clifton Boggs. De una forma u otra, resultaría fácil hacerse una copia. «Cajas del desván.» Durante la mudanza había visto acumuladas toneladas de cosas. Se había quedado con unas pocas antigüedades pequeñas para distribuirlas por la casa, pero no había abordado la pila de papeles y cajas con ropa. Sería interesante ver qué encontraba. «Llamar a Aida Whittaker.» La amiga de toda la vida de Nell podría tener información general de gran utilidad. Subrayó las palabras, con la intención de telefonear a la mujer antes de cualquier otra cosa. En ese momento, se oyó el repicar de la campanilla de la entrada. Kate alzó la vista y vio a Chance McLain. Éste se quitó el impermeable, sacudió su Stetson negro contra las piernas de sus téjanos, y caminó hacia ella. Kate sintió un nudo en el estómago. La acometió el extraño deseo de echar a correr. —Sabía que estaba cerrado —dijo él antes de que ella pudiese expresar lo que estaba pensando—. He pasado casi todo el día en la carretera. Pensé que tal vez todavía tenía encendida la cafetera. No me molestaría tomarme una taza de café antes de seguir mi camino, colina arriba. —No hay problema —aceptó Kate. No podía pedirle que se fuera, empapado y cansado como estaba. A pesar de estar empapado y extenuado... resultaba increíblemente atractivo. Chance permaneció de pie junto a la mesa hasta que Kate regresó, minutos después, con una humeante taza llena de café en una mano, y una tapa en la otra. —Está tan fuerte que casi podría cortarse —le advirtió—. Con esta tormenta, el negocio ha estado un poco parado. Hace un buen rato que no hacemos café.


—Me gusta así. Mientras esté caliente, para mí está bien. —Buscó en el bolsillo el dinero para pagarle, pero Kate alzó la mano. —Éste corre por cuenta de la casa —dijo. —Gracias —repuso Chance con una sonrisa. Al inclinarse para coger la taza, reparó en la lista y enarcó las cejas con expresión de curiosidad. —Estoy tratando de reunir información sobre mi abuela —le explicó Kate, aunque no tenía por qué hacerlo. —¿Llegó a conocerla? Kate negó con la cabeza. —Mi madre y ella... no se llevaban bien. Chance sopló el café y bebió un sorbo con cuidado. —Me sorprende. Todo el mundo apreciaba a Nell. —Eso me han dicho. —Pero Kate no estaba convencida. Según le había dicho su madre, Nell Hart era fría y egoísta, y le preocupaba mucho lo que los vecinos pudiesen pensar respecto a que su hija hubiese quedado embarazada siendo soltera, más que el bienestar de esa hija. —La mitad del condado asistió al funeral —siguió diciendo Chance mientras dejaba la taza sobre la mesa—. Todos quedamos muy apenados por el accidente. La vieja muchacha estaba llena de vida. Murió mucho antes de lo debido. «Murió mucho antes de lo debido.» Las palabras resonaron en la cabeza de Kate, y empezaron a temblarle las piernas. Debió de tambalearse y chocar con la taza, porque de pronto ésta se volcó y el oscuro café caliente se desparramó sobre la mesa. Chance dio un salto y logró apartarse a tiempo. —¡Oh, por Dios! ¡Lo siento mucho! —Kate se volvió, salió corriendo en busca de un trapo y regresó deprisa para secar el desastre que había causado —. Gracias a Dios, se apartó a tiempo. He estado a punto de quemarlo.


—Está bien. No ha pasado nada. —La observó con sus intensos ojos azules —. ¿Fue por lo que dije de Nell? Kate terminó de secar el café vertido y se desplomó sobre una de las sillas que rodeaban la mesa. —Es que me ha pillado por sorpresa. Nunca se me ocurrió pensar que su muerte se debiera a otra cosa que no fueran causas naturales. Nell tenía cerca de setenta y dos años. Supuse que había muerto de un ataque al corazón. —Alzó la vista para mirarlo— . ¿Qué clase de accidente acabó con su vida? Chance se sentó frente a ella, evidentemente incómodo en su papel de narrador de malas noticias. —Nell tropezó y se cayó, eso es todo. Se golpeó la cabeza con la punta del armario, en el comedor de su casa. Podría haberle pasado a cualquiera. Pero no le había pasado a cualquiera. Le había pasado a Nell Hart. Había muerto antes de lo debido. ¿Acaso su muerte prematura tenía algo que ver con el misterio que Kate estaba resuelta a desentrañar? Si es que había algún misterio. Si algo de lo sucedido durante la noche de los disparos fue real. —¿Seguro... seguro que fue un accidente? Chance la observó con extrañeza. —Todos creemos que lo fue. No había ninguna prueba de nada raro. Nadie había entrado en la casa por la fuerza ni nada de eso... Al menos, yo no me enteré de nada. Kate se mordió los labios. Sin duda se estaba comportando ridiculamente. Sin lugar a dudas. —Estoy segura de que está en lo cierto. Es sólo que... —«que la vi después de morir y creo que trataba de decirme algo. Vuelve a la realidad, Kate, haz el favor.» —¿Sólo que qué, Kate? ¿Tiene algún motivo para pensar que podría haber pasado alguna otra cosa?


Kate le dedicó una sonrisa nerviosa. —No, por supuesto que no. —Se puso en pie, levantó la taza del suelo, y fue hacia la cocina—. Le traeré otro. Tiene que estar ansioso por irse a casa. Chance no respondió, se limitó a permanecer junto a la silla, esperando que regresara con una nueva taza de café. Esta vez traía la tapa puesta. —Gracias, Kate. —La mujer lo observó ir hacia la puerta y abrirla—. La oferta sigue en pie. Me encantaría mostrarle los alrededores. Kate negó con un gesto de cabeza. No quería ir. Chance McLain implicaba problemas y ella ya había tenido demasiados. Miedo a los hombres, sospechó. Su madre, definitivamente, había tenido mala suerte con ellos. Después de lo ocurrido con Jack Lambert y con Tommy, su propio marido, Kate sospechaba que Celeste y ella tenían mucho en común. Pero Chance McLain era irresistiblemente atractivo. —Gracias, de todos modos —añadió, mientras él se encasquetaba el sombrero, tomaba su húmedo impermeable del perchero y salía para enfrentar la tormenta. Abrió la puerta para salir, haciendo sonar la campanilla. Fuera arreciaba la lluvia, golpeando contra los ventanales. Kate volvió a sentarse a la mesa, apartó de su mente la imagen del alto y apuesto Chance McLain, y se concentró en su lista. «Oficina del sheriff», escribió, aunque no había pensado antes en eso. «Informe del forense.» No estaba segura de poder conseguir una copia, pero lo intentaría. Debería de haber actuado con más cautela de la que había mostrado hasta el momento, pero la inocente revelación de Chance la había decidido a proceder con mayor rapidez. Y, quizás, en una dirección más concreta. Tenía un extraño presentimiento. La sensación de que estaba en lo cierto, de que la incógnita y el miedo que había sentido ante la presencia de Nell Hart


tenían algo que ver con su muerte. Y se proponía averiguarlo. Kate abrió la puerta de cristal del Archivo Público de Polson, en el condado de Silver. Llevaba consigo una copia del testamento de su abuela, una copia de la escritura de la propiedad que había heredado, y el documento de compra mediante el cual Zachary Hart había adquirido las cuarenta hectáreas en 1949. Otra escritura, firmada en 1975, daba fe de la compra de la Cafetería Lost Peak que Nell había adquirido de un hombre llamado Jedediah Wheeler trece años después de la muerte de Zach. Kate se detuvo en la acera y revolvió los papeles en busca de la copia del certificado de nacimiento de Nell. Un cálculo rápido le llevó a saber que su abuela tenía cuarenta y seis años en el momento en que compró la cafetería, es decir, tres años después de echar a su hija de casa. A simple vista, nada parecía demasiado útil, pero tenía que empezar por algún lado. Estaba leyendo la primera página del testamento, tratando de descifrar los tecnicismos legales, al tiempo que se preguntaba quién más habría recibido algo de la herencia y, por lo tanto, se habría beneficiado con la muerte de su abuela, cuando al bajar el bordillo se encontró en la concurrida calle principal. En ese mismo instante, una manaza la tomó del brazo y la obligó a dar un salto hacia atrás, evitando así que fuera arrollada por un veloz Toyota color negro. —¿En qué demonios iba pensando? ¡Han estado a punto de matarla! —Unos fieros ojos azules se clavaron en ella. Chance McLain todavía la sostenía del brazo. —Lo siento. —La vergüenza le hizo arder las mejillas—. Tal vez tendría que haber prestado más atención.


Chance la soltó, pero no se apartó de ella. —Tiene que ser más cuidadosa. En esta época del año el lugar se llena de turistas. La mayoría están tan embobados mirando las montañas que rodean el lago que no tienen ni idea de lo que ocurre a su alrededor. Ella tampoco tenía idea de lo que ocurría a su alrededor. —En fin... ¿Qué está haciendo en Polson? —quiso saber él, mientras seguían de pie en la esquina. Chance le sacaba más de una cabeza de altura; si se tenían en cuenta el sombrero y las botas, más aún. Kate había procurado no reparar en él desde el momento en que lo conoció. Cada vez que volvía a verlo, le resultaba más difícil. —Estoy reuniendo algo de la información de la que le hablé. Voy a la oficina del registro de la propiedad. El empleado del archivo me dijo que allí podría conseguir mapas de los terrenos que heredé. Después volveré a la oficina del sheriff. —¿El sheriff? ¿Para qué? —Les he pedido una copia del informe del accidente que causó la muerte de Nell. El empleado dice que no estoy autorizada a verlo. Espero que el sheriff se muestre un poco más condescendiente. Por desgracia, no está. Chance la observó con aquellos azules e inquisitivos ojos que tenían la virtud de hacer que su estómago aleteara como una pluma al viento. —Tengo la sensación de que se trata de algo más que de simple curiosidad — comentó. —Eso es ridículo —replicó Kate, demasiado deprisa—. Es sólo que siento... Bueno, que me gustaría saber algo de ella. Después de todo, éramos parientes. —Antes de que él pudiese preguntarle algo más, cambió de tema


—: ¿Y usted? Polson está bastante lejos de Lost Peak. Chance no pudo evitar una sonrisa. —Aquí todo está lejos de todo. Después de cierto tiempo, uno se acostumbra. Vine a ver a un abogado llamado Mills. Se supone que está tramitando un mandamiento judicial para impedir que Consolidated Metals continúe con las operaciones mineras en el arroyo Beaver, pero hasta ahora no ha movido un dedo. —¿Por qué no? —Eso es lo que deseo averiguar. —¿Cómo va la campaña para impedir la instalación de la nueva mina? —La verdad es que tenía la intención de ir a hablar del asunto con usted. Ed me pidió que le preguntase si va a estar disponible la semana que viene. Piensa que tal vez a usted le gustase proponer algunas sugerencias acerca de la mejor manera de encaminar este tema. —Me encantaría hacerlo. —Fantástico. —Habían llegado a la oficina del registro de la propiedad. Chance abrió la puerta y la sostuvo para que Kate entrase—. Hay un estupendo restaurante mexicano sobre el río, llamado, precisamente, El Río. Cuando termine sus trámites, ¿puedo invitarla a almorzar? Almorzar con Chance McLain. ¡Oh, por Dios! ¿se atrevería? «No es más que un almuerzo», dijo una vocecilla en su interior. Pero el estómago seguía jugándole malas pasadas cada vez que él la miraba, y meneó la cabeza antes de darse cuenta de lo que hacía. —Me gustaría mucho, Chance, pero tengo demasiadas cosas que hacer. Algo pareció alterar las facciones de Chance, decepción, quizás, o decisión. —Muy bien, entonces la llamaré para ver cuándo podemos arreglar esa reunión con Ed. Kate se limitó a asentir. El corazón le latía un poco más rápido de lo normal. Habían empezado a sudarle las manos. Dios santo, no recordaba haber conocido jamás a un hombre que causase en ella semejante impresión. ¿Acaso alguna vez Tommy lo habría logrado? No lo creía. De haber sido así,


sin duda lo recordaría. Kate esperó a que le dieran las copias de los mapas y regresó a la oficina del sheriff. Como el funcionario todavía no había vuelto, se vería obligada a ir otro día a Polson. El sheriff también cumplía funciones de forense, de modo que también debería postergar ese tema. Empezaba a caer la tarde cuando llegó hasta donde había dejado aparcado el coche, cansada pero no desanimada en exceso. Todavía tenía que revisar la información que había logrado reunir, y la próxima vez concertaría una cita con el sheriff antes de trasladarse hasta la ciudad. Acababa de salir del aparcamiento, pensando en el camino de regreso, cuando divisó una gran furgoneta Dodge plateada que salía a la carretera detrás de ella. Al ver de quién se trataba, Chance agitó la mano y la saludó. Kate le devolvió el saludo y volvió a concentrarse en la carretera. Chance golpeó con la mano el volante de su furgoneta. ¡Maldición! Esa mujer le estaba volviendo loco. Había ido a Polson a encargar algunos alimentos y a ver a Frank Mills. El consejo tribal le había pedido que lo hiciese en representación de ellos, y le informase de que iban a celebrar una reunión especial para tratar los problemas del arroyo Beaver. Si el abogado no conseguía ese mandamiento judicial en las próximas semanas, contratarían a otro. No esperaba el encuentro con Kate. Menos aún esperaba toparse con ella al borde del suicidio en una de las esquinas de la ciudad. Estuvo a punto de echarse a reír. Cuánto se alegraba de haber aparecido en ese preciso momento. Aunque le habría agradado que Kate se mostrase más agradecida. Dejó escapar un suspiro de frustración. Kate Rollins tenía algo. Algo que lo intrigaba.


No estaba seguro de qué era, pero deseaba averiguarlo. Mientras conducía por la autopista 93, de regreso a su rancho, podía ver el brillante Lexus que iba dos coches por delante. No podía creer que hubiese vuelto a decirle que no. Al parecer, hiciera lo que hiciese, no iba a lograr cautivarla. Diablos, tal vez simplemente él no le gustaba. Dio vueltas y más vueltas a la idea, pero algo no encajaba. Él ya no era un quinceañero que flirtease con la animadora del equipo. No fantaseaba. Podía sentir la atracción que había entre ellos. No le cabía duda de que Kate también la sentía. ¿Por qué, entonces, se tomaba tantas molestias para evitarlo? Ambos eran adultos sin compromisos. Eran personas responsables que conocían el lugar que ocupaban en la vida. ¿Por qué no dejar que la naturaleza siguiese su curso? Si se manifestaba mediante revolcones en la cama, ¿qué tenía eso de malo? Era obvio que a Kate no le interesaba una relación estable, y a él tampoco, pero un poco de diversión física no le hacía mal a nadie. Y, por lo tensa que en ocasiones parecía Kate, probablemente le fuese bien. Al pensar en su suave figura femenina y en sus pechos redondos y voluptuosos, Chance no dudó de que a él también le iría bien. Capítulo 8 El tiempo siguió despejado, y sobre las cumbres cubiertas de pinos sólo se veían unas pocas nubes algodonosas. Kate ajustó al colchón la sábana limpia que acababa de poner en la cama de David, y ahuecó las almohadas de plumas. Por suerte para ella, David siempre había sido bastante pulcro. No podía decirse que fuese perfecto, pero guardaba sus discos compactos cuidadosamente apilados para poder encontrar enseguida el que buscaba, y sus «tesoros», como los llamaba secretamente Kate —el cromo de Sammy Sosa tras el homerun en el estadio de Anaheim, la placa que había recibido en


el cuarto curso a modo de premio de ortografía, las pequeñas conchas que había juntado en la playa de Malibú y media docena de objetos más—, se encontraban alineados con pulcritud en el estante superior de su biblioteca. No era tan bueno a la hora de recoger su ropa sucia, pero por lo general hacía su cama por la mañana, y Kate se alegraba de ello. Cargada con la pila de sábanas, Kate salió al pasillo, oyó que sonaba el teléfono y bajó corriendo la escalera para atender a la llamada. —Hola, ¿Kate Rollins? —preguntó una voz conocida. —¿Doctor Murray? —Kate. Me resultó muy difícil conseguir su nuevo número de teléfono. Por lo visto, el que le dejó a mi secretaria era sólo temporal. Entonces recordé que también había dejado el número de su amiga Sally Peterson. La llamé, y ella me dio éste. Espero haber hecho bien. —Desde luego. Me llevó un tiempo lograr que me instalaran el teléfono. Me alegro de oírle, doctor Murray, —Ojalá la llamase para charlar, pero por desgracia ha surgido un problema, y pensé que le gustaría saberlo. Un escalofrío recorrió su cuerpo, el presentimiento de que iba a decirle algo que no le iba a gustar. —¿Un problema? ¿Qué clase de problema? —Vino a verme un periodista... un hombre llamado Chet Munson. Trabaja en ese pasquín infame, el Natío-nal Monitor. —Sí... lo conozco. Munson trató de sonsacarle información a mi hijo, pero eso fue antes de que nos fuéramos de Los Angeles. Creí que a estas alturas ya se habría olvidado de mí. —Parece que no. Por lo que dijo, ha estado hablando con la señora Langley —«La señora Langley, la esposa del tendero»—. Ahora que Rodeada por la


luz y otra cantidad de libros que hablan de las ECM encabezan las listas de los libros más vendidos, supongo que cree que su historia puede resultarle de provecho. —Eso pertenece al pasado —afirmó Kate—. No hablo con nadie sobre lo sucedido. ¿No se lo puede decir a Munson? —Lo intenté, Kate. Lo que pasa es que no estoy seguro de que abandone la búsqueda. Kate apretó el auricular con fuerza. —¿Le parece que podrá encontrarme? —Esperemos que no, pero estos tíos de las revistas son sabuesos sedientos de sangre. Hasta ahora, sólo ha estado husmeando por aquí y por allí. Si no surge nada nuevo, quizá decida que lo suyo ya son noticias viejas. —Quizá... —Pero pensaba cuánto había llegado a gustarle Lost Peak. Y en qué dirían sus vecinos si apareciese un artículo en el Monitor acerca de lo que los periódicos denominaban «su viaje al Otro Lado»—. Gracias por llamar, doctor Murray. —No hay de qué, Kate. Espero que siga en contacto conmigo. —Así lo haré —afirmó Kate, en el preciso instante en que David abría la puerta y entraba en la casa. Llevaba los libros del colegio apretados contra el pecho y miraba hacia otro lado, de una manera que a Kate le pareció sospechosa de inmediato. —¡David! —Colgó el teléfono mientras el muchacho subía a toda prisa la escalera—. Ven aquí. Quiero hablar contigo. David se detuvo a medio camino, pero no se volvió. —Cariño, sé que pasa algo malo. Estás temblando de pies a cabeza. Ven y


dime qué ha pasado. Un suspiro de resignación escapó de los labios de David. Cuando se volvió, Kate vio que tenía un ojo negro, y los labios cortados e hinchados. —Oh, cariño, ¿qué te ha pasado? —Lo acercó a ella y lo rodeó con sus brazos, apretándole la cabeza contra su hombro. El fino y sedoso cabello de David, que no había cambiado desde que era un bebé, se deslizó entre sus dedos. David se aferró a su madre durante un breve instante, y luego se apartó. —Fue ese chico, Jimmy Stevens, mamá. Me llamó mentecato por no querer montar su estúpido caballo. Kate deseó volver a acercarse y abrazarlo, pero sabía que sería un error. —Las palabras no pueden lastimarte, cariño. A estas alturas, deberías saberlo. Tienes que aprender a apartarte de esa clase de personas. —Lo golpeé, y me alegro de haberlo hecho. Kate le quitó una brizna de hierba que tenía en la chaqueta, sólo como excusa para tocarlo. —Tenías razón al negarte a montar. Los caballos pueden ser peligrosos si no sabes dominarlos. —Tú sabes montar. Me dijiste que habías recibido lecciones en el parque Griffith. Aunque había sido criada en la ciudad de Culver, en las afueras de Los Angeles, siempre había amado los caballos. Cuando David tenía seis años, después de terminar la universidad y comenzar a trabajar, una amiga le había propuesto que tomasen lecciones de equitación en el parque Griffith. Así lo había hecho durante un tiempo, y le había encantado. Pero Tommy creía que era una locura, y su trabajo le ocupaba cada vez más tiempo.


Finalmente, se había visto obligada a abandonar las clases. —Nunca monté lo suficiente para ser buena, pero al menos aprendí las nociones básicas. Sin embargo, montábamos al estilo inglés, no al estilo del oeste, como se hace aquí. —De todas maneras, los caballos son estúpidos, y no me importa lo que diga ese palurdo de Jimmy Stevens. —Dicho esto, dio media vuelta y subió corriendo la escalera, para volver a bajar poco después con sus viejos téjanos y una bolsa de nailon azul colgando del hombro—. Volveré dentro de un rato. —¿Y tu ojo? ¿No quieres que te ponga pomada? —Ya me la pondré yo cuando vuelva a casa. Kate quiso replicar pero no lo hizo. La dignidad de David ya había sufrido demasiado. —Regresa antes de cenar, ¿de acuerdo? Y ten cuidado si andas solo por ahí. Es un sitio bastante salvaje, ¿sabes? David no contestó. Fue hacia la puerta trasera, salió y la cerró de un golpe. Por la ventana, Kate lo vio bordear el arroyuelo que corría detrás de su propiedad. Todavía sentía revueltas las entrañas. No sabía qué debía preocuparla más: Chet Munson y el National Monitor, el misterio familiar que seguía acosándola, o los incesantes problemas con su hijo. David se sentó sobre una roca en la orilla del arroyuelo, fuera de la vista de la casa. Tenía que reconocer que era un lugar hermoso. Nada que ver con Los Ángeles. Nunca había visto un cielo tan azul ni tan inmenso. Tampoco había visto nunca nubes tan blancas y esponjosas como aquéllas, ni montañas tan altas, que parecían no tener fin.


Sin embargo, no era su hogar, y se sentía solo. Echaba de menos a Artie, a Toby y al resto de sus amigos. De no ser por su madre, haría lo que había amenazado con hacer y se habría ido a vivir con su padre. Pero no podía dejar sola a su madre en aquel lugar y sabía que a ella no le gustaba la ciudad. Y no había olvidado el artículo del periódico, ni a aquel gordo pesado, Chet Munson. Con un suspiro de cansancio, David buscó por los alrededores de la roca donde estaba sentado y tomó la larga y delgada rama de álamo que había transformado en improvisada caña de pescar. Con la ayuda de la navaja que Artie le había regalado para su cumpleaños, regalo que Artie muy probablemente había robado, David había pulido la rama con mucho cuidado y le había alisado los lados. Luego le había atado un largo cordel en una punta, al que le había agregado anzuelos comprados en la sección de pesca de la estación de servicio. Todos los días después de la escuela, había acudido al arroyo a probar suerte con la pesca. Hasta el momento, no había pescado nada. Sabía que había peces en el arroyo, pues podía verlos nadar entre las sombras, debajo de las rocas. Enganchó en el anzuelo un escarabajo que había atrapado en el alféizar de su ventana, y arrojó el anzuelo. Lo arrastró por debajo de los cantos rodados de la orilla, con la esperanza de conseguir algo. Una hora más tarde seguía intentándolo, pero sin suerte. Estaba tan concentrado que no escuchó que alguien se acercaba. El sonido de las salpicaduras y el rechinar de los cascos contra las piedras le obligó a alzar la vista. Caballo y jinete cruzaban el arroyo, y la alta sombra de un hombre se proyectó sobre la roca donde él estaba sentado. —Tú debes de ser David Rollins. David sacó el anzuelo del agua y dejó la caña en el suelo, a su lado, avergonzado, por alguna estúpida razón, de que el hombre le hubiese sorprendido tratando de pescar. —Sí, ¿y qué?


El jinete bajó de un salto del caballo, un bonito manchado pardo y blanco. David nunca había visto un caballo como ése, salvo en la televisión. —Soy Chance McLain. Tu vecino del lado este... del rancho Running Moon. —Lo he oído nombrar. —Había oído a Jimmy Stevens hablar del gran rancho ganadero que se extendía varios kilómetros a lo largo de la carretera y seguía montaña arriba. —Mi casa queda a tres o cuatro kilómetros de aquí, pero la propiedad linda con la tuya, al menos en este punto, a lo largo del arroyo. Hoy tuve ocupado a todo un grupo de trabajadores reparando alambrados en esta sección. —El hombre sonrió y se dibujaron pequeñas arrugas en las comisuras de sus ojos cubiertas por el polvo. Tenía los ojos más azules que David había visto nunca—. Tu abuela siempre nos dejaba pasar a caballo por su propiedad —siguió diciendo—. Es un atajo para ir al pueblo. Espero que a tu madre y a ti no os moleste. —Seguramente había dado por sentado que no les molestaba, porque se volvió y comenzó a desatar una de las correas de cuero de la parte de atrás de la silla. De pie, en el suelo, daba la impresión de ser aún más alto. Delgado y de aspecto recio, no parecía la clase de tipo con el que uno querría tener un problema. Su sombrero de fieltro negro estaba tan polvoriento que parecía gris. A David se le ocurrió pensar que, si alguna vez había imaginado cómo debía ser un vaquero, ése sería Chance McLain. —Difícil pescar sin una buena caña —dijo McLain—. Llevo una conmigo a todas partes. —Extrajo la tapa del tubo plateado que acababa de desatar y sacó lo que parecía una caña de pescar rota. En cuestión de minutos, había unido las partes y atado una mosca en el extremo del sedal. —¿Alguna vez has lanzado una de éstas? David negó con la cabeza. Se quedó mirando cómo Chance McLain vadeaba el agua con sus botas, sin preocuparse de si se mojaban, y soltaba una larga


línea. Era maravilloso observar el modo en que la mosca se desplazaba y flotaba hasta hundirse en el arroyo con un chasquido. Chance hizo que pareciese algo sencillo, como si cualquiera pudiera hacerlo. —¿Quieres probar? David negó otra vez. Sin duda él enredaría la maldita cosa en la copa de un árbol. —Te enseñaré cómo se hace, si quieres. Exige cierta práctica, pero una vez que te acostumbras, no es tan difícil. David ansiaba hacerlo. Le ardían las manos por el deseo de ponerlas sobre aquella larga y bella caña. —¡Vamos! No puedes romperla. Si se enreda, podemos soltarla. Bueno, allí estaba: su temor al descubierto, y el tío que le decía que no sería un problema. Chance McLain se colocó junto a él, del otro lado del arroyo, le puso la caña en las manos, y David le dejó hacer. Era más liviana de lo que creía, y producía una agradable sensación debido a su perfecto equilibrio. —El secreto consiste en no tener prisa. Siente la caña. Tira el sedal suave y lentamente. Hazlo flamear sobre tu cabeza como si tuvieras todo el tiempo del mundo. Cuando esté bien arriba, espera una milésima de segundo, y lánzalo. Arrójalo como si arrojaras una pelota de béisbol. Deja que se aleje flotando. Primero probaremos un par de veces sobre la hierba, después puedes intentarlo en el agua. A David le latía con fuerza el corazón. Le ardían los dedos por el enorme deseo de poner en práctica lo que Chance le estaba enseñando. Sentía la caña cálida, curvada exactamente dentro de su mano. La agitó, la observó bajar y después aterrizar demasiado cerca. —Empezaste bien, con suavidad, pero lo arrojaste con demasiada fuerza.


Prueba de nuevo. Así lo hizo, una y otra vez. Dos veces, luego tres, y empezó a perder la cuenta. Cuando alzó la vista, Chance McLain lo miraba sonriente. —-Tienes un talento natural para la pesca, David. Buenas manos y lanzamiento fácil. ¿Quieres probar en el agua? Su madre lo mataría si se mojaba los zapatos y los pantalones, pero no le preocupó. Pasó junto a Chance McLain, avanzó hasta la mitad del arroyo y allí se sintió de maravilla. El agua corría por sus pies, agua helada, pero eso no tenía ninguna importancia. —Hazlo como lo hiciste en la hierba, bonito y sencillo. David aspiró con fuerza, cerró los ojos y arrojó el sedal. Al principio no le fue muy bien, pero al cabo de un rato se relajó un poco y resultó más fácil. En ese momento, el sedal se atascó en una roca debajo del agua. —No hay ningún problema. Vamos a desengancharla —McLain avanzó vadeando el arroyo, le mostró cómo destrabarla tirando del extremo opuesto, y volvió a la orilla. David esperaba que le pidiera de vuelta su caña o le dijese que debía marcharse, pero Chance no parecía tener ninguna prisa. David sabía que se estaba aprovechando, que debía devolverle la caña y dejar que aquel tipo siguiese su camino pero, por alguna extraña razón, parecía no poder abandonar. Tenía algo fascinante estar en medio del arroyo, arrojar la mosca y hacerla caer justo sobre el agua, sentir el ritmo constante, casi hipnótico. Entonces algo tiró del sedal hasta casi arrancarle la caña de las manos, y un gran pez plateado salió del agua de un salto. David sintió una oleada de excitación que no se parecía a nada que hubiese sentido antes.


—¡Un pez! —gritó a todo pulmón. McLain ya avanzaba corriendo por el agua para rodear con una de sus grandes manos las de David y ayudarlo a mantener la caña firme. —Tienes que asegurar el gancho del anzuelo, y después tiraremos de él. —El tiempo parecía fluctuar entre los segundos y las horas. En un momento el pez estaba allí, y al instante siguiente ya no estaba. —¡Maldición, casi lo atrapaste! —McLain sonrió y David también—. Son unos pequeños majaderos resbaladizos. Por eso es tan divertido atraparlos. David asintió con un gesto. No importaba que el pez se hubiese escapado. Lo único que importaba era que había logrado atraparlo. —Además, era un ejemplar excelente —dijo McLain—. Un gran alemán pardo. A David le seguía latiendo con fuerza el corazón. No quería abandonar. —Todavía es temprano. Tal vez haya tiempo de pescar otro. Chance miró hacia la casa. —¿Y la cena? Tu madre querrá que para entonces ya estés en casa. Eran casi las seis. Hora de volver. —Sí, supongo que tiene razón. —Te diré algo. Tengo otro par de cañas en casa. Ya que somos vecinos, puedo prestarte ésta. Puedes practicar tu técnica después de la escuela y volver a intentarlo mañana. David se preguntó si su sonrisa se vería tan estúpida como él la sentía. —¿Seguro que no hay problema? —Ninguno. Sólo recuerda que debes soltar a cualquier pez que mida menos


de dos centímetros. Y que si conservas al pez, debes comerlo. ¿Alguna vez has limpiado pescado? David negó con la cabeza. —Mañana pasaré por aquí y te enseñaré a hacerlo —prometió Chance con una sonrisa—. Suponiendo que entre los dos podamos pescar uno. Parecía que hubiese sucedido algo importante, pero sin saber qué. Era una tontería, pero así se sentía. —Gracias, señor McLain. —Chance —le corrigió McLain—. Llámame Chance, como todo el mundo. David aceptó con un gesto. Tomó la caña de pescar y comenzó el ascenso de la colina, de regreso a casa. A mitad de camino, divisó a su madre. Se encontraba de pie, bajo un pino, oculta en las sombras, y David se dio cuenta de que había estado observando. Ella se frotó los ojos, como para quitarse algo que le molestaba, y sonrió cuando pasó junto a ella, pero no le dijo nada. David la saludó con la mano, sin detenerse a charlar. Estaba pensando en el pez y en cómo se había sentido al tener algo tan vital y tan bello bailoteando en el extremo del sedal, en que al día siguiente regresaría al arroyo, practicaría con la caña de Chance McLain y volvería a probar suerte. Si ese estúpido y torpe de Jimmy Stevens podía montar a caballo, seguramente él podría aprender a pescar. Kate bajó lentamente la cuesta que llevaba al arroyo, donde Chance McLain aguardaba junto a su caballo. —Ha sido muy amable... lo que ha hecho por mi hijo. —Los niños deben aprender a pescar. —No tiene muchos amigos aquí. Hoy ha actuado usted como un amigo. No se imagina cuánto se lo agradezco.


Chance bajó los ojos hasta las riendas trenzadas que tenía en las manos. Eran manos fuertes, morenas, de dedos largos, con marcas y cicatrices en el dorso; manos acostumbradas al trabajo duro, pensó Kate. —No tiene importancia. El muchacho quiere aprender... y yo le enseñaré. — Levantó los ojos y sonrió—: Tiene un talento natural. Tenía el sombrero cubierto de polvo, lo mismo que la cara. Aún así, era apuesto. —Fue muy bondadoso de su parte. Ojalá supiese cómo retribuírselo. Chance clavó los ojos en el rostro de Kate. Su expresión era intensa, y había desaparecido todo rastro de su anterior actitud ligera y divertida. —Tal vez pueda hacerlo. Kate se tensó. Debería haber pensado que se trataba de una trampa. En este mundo, nadie da nada por nada. —¿Que sería...? Chance McLain la miró sonriendo. —Déjeme mostrarle los alrededores. Conozco este lugar mejor que nadie. Eso me enorgullece. Déjeme mostrarle el lugar al que ha venido a vivir. —¿Eso es todo? ¿Sólo mostrarme el lugar? La sonrisa de Chance se desvaneció. —¿Qué esperaba? ¿Que si yo le enseñaba a su hijo a pescar le pediría a cambio que se acostase conmigo? Esto no es Los Angeles, Kate. Aquí las personas se ayudan unas a otras. Tienen que hacerlo. Ya lo aprenderá si se queda. Se sintió como una tonta. Por supuesto que él no había tenido intención de nada semejante.


—¿Si me quedo? ¿Por qué no iba a quedarme? —No ha pasado aquí el invierno. No ha caminado por una pradera a la que millones de saltamontes consideran su hogar. No ha encontrado a su dulce y pequeño gatito comido por un coyote, o perseguido por un oso pardo. Aquí la vida es dura, Kate. Pero le aseguro que merece la pena. Déjeme mostrarle este lugar, y entenderá a qué me refiero. ¿Qué mal podía hacerle? No estaba pidiéndole que concertaran una cita. Tener una cita con un hombre como Chance McLain era algo del todo diferente y mucho más peligroso para alguien como ella. Por el amor de Dios, ni siquiera había terminado con los trámites del divorcio. Y por la forma en que Tommy insistía en comportarse — con amenazas, negándose a firmar los documentos—, tendría que ser aún más cautelosa. No podía correr el riesgo de enredarse con un hombre, ni deseaba hacerlo. Pero McLain sólo estaba interesado en iniciar con ella una relación de amistad. ¿Y qué tenía de malo que fuera apuesto? ¿Qué tenía de malo que ella se ruborizase y sintiese una oleada de calor cada vez que él la miraba como acababa de hacerlo? Era su vecino. Sencillamente, no podía ignorarlo. Y lo cierto es que necesitaba un amigo tanto como David. —De acuerdo, me ha convencido. Me encantaría conocer mi nuevo hogar. —¿Qué le parece el domingo? Puede traer a David, si quiere. Se relajó un poco más. No le habría pedido que llevase a David si tuviese otras intenciones. —Estoy segura de que le gustaría. —Bien, entonces pasaré a buscarlos el domingo a las seis de la mañana. Cuanto más temprano salgamos, más oportunidades tendremos de ver algunos animales. — ¿Animales? Creí que íbamos a salir de paseo. —En Montana, los animales forman parte del paseo. Si tenemos suerte, el domingo verá a qué me refiero.


De modo que pasó los siguientes días trabajando, al tiempo que crecía su nerviosismo a medida que se aproximaba el fin de semana. Debería haber dicho que no. No debía correr el riesgo de pasar ni un minuto junto a un hombre como McLain. Conocía su reputación, pues Myra le había contado que tenía a varias mujeres a su entera disposición. Apuesto como era, no costaba creerlo. Pero un solo día con él no iba a complicarle la vida en exceso. Recordó la forma en que el estómago se le había vuelto del revés ante la sonrisa de Chance, y deseó no haber aceptado. Chance se apoyó sobre los estribos y estiró los largos músculos de sus piernas, entumecidos después de tantas horas sobre la silla de montar. Se encontraban reparando las alambradas de los campos de pastoreo del norte, donde los pastos eran buenos y se llevaba al ganado durante los meses de verano. Se quitó el sombrero, dejó que la brisa le desordenara el pelo, y volvió a ponérselo, caído sobre la frente. Había pasado la mayor parte del día sobre el caballo. Era mucho el trabajo que habían podido terminar, pero su mente iba y venía, divagando sin cesar. No dejaba de pensar en Kate Rollins, de recordar su aspecto del día anterior, en el arroyo. ¡Todo ese cabello castaño rojizo sobre los hombros! Esos ojos verdes, brillantes por las lágrimas contenidas ante la alegría que había apreciado en el rostro de su hijo cuando él le enseñaba a pescar. «Suave» era la palabra que siempre le venía a la mente cuando pensaba en ella. Labios suaves, suave piel. Al pensar en el día anterior, añadió mentalmente «corazón suave». Por fin había accedido a salir con él. No le importaba que lo hubiese hecho sólo por el muchacho. La atracción estaba allí. Chance lo sabía. Kate lo sabía. Sólo era cuestión de tiempo que algo supiese de aquella atracción. Tenía la sensación de que Kate merecía la pena. Uno de sus hombres le silbó a un ternero, y volvió a concentrarse en la tarea que tenía entre manos. Al otro lado del camino, Roddy Darnell, su capataz, se


abrió paso entre una manada de Hereford de cara blanca y llegó trotando junto a él. —Tenemos un problema, jefe. Será mejor que venga y eche un vistazo. — Roddy trabajaba en el Running Moon desde antes de que Hollis McLain muriese y la hacienda pasara a manos de su hijo. Era enjuto, curtido por el sol, un buen hombre con el que Chance se alegraba de contar. Tomó las riendas de Skates, su manchado, y fue tras Roddy, preguntándose de qué se trataría. Siempre ocurrían cosas en las tareas de ganadería. Demasiada nieve. Poca lluvia. Descenso de los precios de la carne. Y no había nada en el mundo que le gustase más que eso. Siguieron despacio las huellas que ascendían, hasta llegar a un campo más abierto que el del extremo este, donde las montañas Mission marcaban el límite del rancho con su casi impenetrable cadena de elevados picos cubiertos de vegetación, a tres mil metros de altura. Pero en el lugar donde se encontraban ahora, la hierba era tupida y suave, la clase de hierba conocida como «pasto azul» o «pasto de búfalo», que se extendía por toda la llanura. Se detuvieron junto a un arroyuelo serpenteante, y Roddy se apeó de un salto. Chance lo siguió hasta una loma donde un brazo del arroyo había formado un estanque, y ambos se detuvieron allí. —¡Jesús, María y José! —Seis terneros muertos yacían junto al estanque, con los ojos vidriosos y la lengua colgando—. Al parecer es por el agua. Roddy asintió con la cabeza. —El arroyo atraviesa la línea que se interna en la reserva, a menos de un kilómetro hacia arriba. Lo seguimos hasta que hallamos lo que estábamos buscando. Alguien arrojó una carga de aguas residuales de la mina en un cañón de allí


arriba. Debe de hacer ya un tiempo, tal vez un par de años. Se habrá filtrado hasta las capas subterráneas, y de alguna forma ha llegado al arroyo. —Mientras fluyó, se fue diluyendo, pero al llegar al estanque, la contaminación tuvo tiempo de concentrarse. —Chance maldijo, furioso—. Supongo que no hay modo de demostrar que fueron los de la Consolidated. —Me temo que no. Había otras minas operando en la zona hace algunos años. Pudo haber sido cualquiera de ellas. —Pudo haber sido, pero ambos sabemos que no lo fue. —¿Qué quieres que haga? —Pon una valla alrededor del estanque. Lleva al ganado a los pastos del este. El pasto no es tan bueno, pero al menos no morirán. —¿Y nuestros terneros? —Llamaré a la oficina del condado —dijo Chance—. Y a quien deba saberlo en la reserva. —Tal vez ahora tengamos algo de acción. —Tal vez —respondió Chance. Pero no lo creía. En silencio deseó que Lon Barton acabara en el infierno. Capítulo 9 Kate siempre esperaba con ansiedad la mañana del domingo. Era el único día de la semana en que podía dormir hasta tarde. Nunca había sido una verdadera madrugadora, aunque toda su vida se había levantado temprano. Primero con un bebé y sus estudios universitarios, después con un empleo muy bien pagado que le exigía muchas horas extra de dedicación; nunca había tenido alternativa. A las cinco de la mañana apagó el despertador con un gemido y se arrastró


fuera de la cama, tratando de entender cómo había permitido que Chance McLain la convenciera de renunciar a su precioso sueño dominical. Fue hasta el baño bostezando, abrió la ducha, se metió debajo del agua caliente y la dejó correr sobre su cuerpo. Cuando se vistió y se preparó para desayunar, se sintió mejor. David ya se encontraba en la cocina, también listo. Sobre la encimera podía verse su tazón de cereales vacío y las migas de la tostada que ya había comido. Apoyada contra la puerta trasera, se encontraba la caña de pescar que le había prestado Chance McLain. —Estaba pensando... —empezó a decir David—. Me preguntaba si no te molestaría que no fuese con vosotros. Pensé que... ya que todavía tengo la caña de Chance... del señor McLain, hoy podría ser un buen día para probar. A Kate la asaltó la imagen del duro y solitario vaquero y sintió cierta incomodidad. Mientras David estuviese con ellos, se sentiría a salvo. La perspectiva de estar a solas con McLain le produjo recelo y desconfianza. —Sé cuánto significa esto para ti, David, pero no me gusta la idea de que vayas solo. ¿Y si te ocurre algo? —El torrente que corría detrás de la casa, el arroyo Little Sandy, no era muy profundo y, según los nativos del lugar, tampoco era peligroso. Un buen pescador siempre salía solo, acostumbraba a decirse; formaba parte del atractivo del deporte. Sin embargo, la ponía nerviosa pensar que su hijo estuviese solo en el arroyo. —No voy a ir solo. Chief irá conmigo. Dijo que me acompañaría. El viejo Chief Roca de Hierro era el único amigo de verdad que tenía David. Formaban una extraña pareja, uno tan anciano y el otro tan joven. Pero Kate sabía que David se sentía muy solo, y estaba agradecida por la amistad del viejo.


—Bueno, no cabe duda de que él conoce al dedillo estos parajes. Supongo que si va contigo, estarás bien. Estoy segura de que el señor McLain se sentirá defraudado, pero no creo que le cueste superarlo. David le dirigió una mirada que venía a decir: «Vamos, mami, dime la verdad». —De acuerdo: yo me sentiré defraudada. En todo caso, si quieres pasar así el domingo, por mí está bien... Siempre y cuando tengas cuidado y no te alejes mucho de la casa. David se inclinó hacia ella y la abrazó. —¡Genial, mami! ¡Un millón de gracias! Kate le sonrió a duras penas. Había llegado a Montana decidida a empezar allí una nueva vida. Eso implicaba aprender a vivir como vivía la gente del lugar, y a hacer lo que ellos hacían. Observó cómo David salía corriendo por la puerta trasera en el mismo momento en que sonaba la campanilla de la puerta principal. Respiró hondo y fue a recibir a Chance McLain. Abrió la puerta, con la esperanza de que su atuendo, formado por unos téjanos, camiseta y zapatillas de tenis fuese el adecuado para la aventura que iban a emprender. El gesto de aprobación de Chance le confirmó la elección, lo que la llevó a experimentar una sensación de calidez en el vientre. —Veo que ya está lista —Chance miró hacia la cocina—. ¿Dónde está David? —Mi hijo se ha ido a pescar —respondió con una sonrisa—. Desde que usted le prestó esa caña, es lo único que quiere hacer. Chance curvó la boca en una sonrisa. La boca más sensual que Kate había visto en su vida. —Supongo que eso significa que tengo que salir solo con usted. —Supongo que sí. —Coja su chaqueta y partamos. Aquí estamos perdiendo el tiempo.


—¿Mi chaqueta? No hace frío. No creo que la necesite... —Regla número uno de la vida en la montaña, señora Rollins: nunca salga sin chaqueta. Aquí el tiempo es imprevisible. La temperatura ha llegado a bajar diez grados en una sola tarde. Y lo crea o no, hemos llegado a tener casi cuarenta grados de temperatura. —¡Oh, Dios mío! —No es para tanto —replicó él sonriendo—, siempre que esté preparada. Kate puso los ojos en blanco. —¡No es para tanto! —masculló para sus adentros. Se preguntó, y no por primera vez, si al tomar la decisión de mudarse a aquel lugar realmente estaba en posesión de sus facultades mentales. Chance la guió hasta su camioneta, que tenía una cabina más grande de lo habitual, guardabarros y una caja de herramientas en la parte trasera. Le abrió la portezuela y la ayudó a subir, lo que no fue tarea fácil debido a la baja estatura de Kate y a la altura del estribo de la camioneta. Kate apoyó su bolso en el suelo del vehículo y se recostó contra el asiento. —Creo que no estoy hecha para subir a una camioneta de este tamaño. Al escuchar la referencia a su propio cuerpo, los ojos de Chance volaron hasta sus pechos para clavarse al instante en su rostro. —Tendría que haber traído una rampa —comentó con cierto embarazo, mirando hacia delante—. Facilita mucho la subida. —¿Adonde vamos? —Kate decidió pasar por alto su involuntaria falta de consideración y se abrochó el cinturón de seguridad. Advirtió con aprobación que Chance hacía lo mismo. —Detrás del rancho corre un camino para el transporte de madera que atraviesa las montañas. Desde allí arriba se tiene una panorámica increíble.


Kate se acomodó en el asiento tapizado de piel de oveja y disfrutó del camino arbolado... y de la oportunidad de observar con disimulo al hombre sentado al volante. Él conducía con la seguridad de quien ha recorrido los mismos caminos cada día de sus treinta y tantos años, enfrentando los desniveles del terreno como si no estuviesen allí, frenando con suavidad cuando era necesario sin llegar a pensar en ello. Los pinos flanqueaban ambos lados del camino. En las riberas del arroyo podían verse altos pinos canadienses, abetos y cedros, abedules y chopos. Los álamos de corteza blanca le llamaron la atención, y pensó en lo bonitos que debían de ser en otoño, cuando sus hojas se volviesen doradas. En ese momento, a finales de julio, los árboles exhibían todo su follaje y la nieve se había derretido ya en los valles. Una punta blanca coronaba aún las cimas de las montañas más altas e inaccesibles que rodeaban Lost Peak. A la luz del sol de la mañana, la deslumbrante nieve casi parecía fluorescente. Salieron de la carretera principal, tomaron un sendero de grava y pasaron por debajo de una entrada formada por dos grandes troncos de pino colocados verti-calmente, sobre los cuales se apoyaba un tercero. De este último colgaba un gastado letrero de madera que anunciaba con grandes letras marcadas a fuego: RANCHO RUNNING MOON. —Mi padre nació en este rancho —comentó Chance—. Por supuesto, en aquel entonces era mucho más pequeño. —¿Qué tamaño tiene ahora? —Casi diez mil hectáreas. —Lo dijo como de pasada, como si no tuviese nada de extraordinario ser el dueño de ochenta kilómetros cuadrados de tierra —. Mi padre lo creó prácticamente de la nada. Le dedicó la mayor parte de su vida. Murió hace ocho años. Había algo en sus palabras, algo oculto que no estaba diciendo. —¿Estaban muv unidos?


—Yo no diría eso. Lo veía muy de vez en cuando y, para mí, estaba bien así. Kate quiso preguntarle por qué, pero tuvo miedo de hacerlo. No le gustó la dureza que asomó en los ojos de Chance. —¿Y su madre? —Esperaba que fuese un tema más llevadero. —Murió cuando yo tenía tres años. —Lo lamento. Los brillantes ojos azules de Chance se volvieron hacia ella. —¿Por qué? Ni siquiera la conoció. —Lo lamento por usted, Chance. Su padre y usted no se llevaban bien. Debió de sentirse muy solo cuando era niño. Se quedó contemplándola más de lo adecuado, teniendo en cuenta que estaba conduciendo. Muy despacio, volvió a centrar la mirada en el camino. —Tiene razón. Tuve una infancia bastante lamentable. David tiene suerte de tener una madre que se preocupa por él como lo hace usted. —No estoy muy segura de lo que quiere decir. —Por lo que puedo intuir, David es una de las razones por las que se trasladó a Montana. Le preocupaba que él se metiera en problemas, y pensó que aquí tendría una mejor oportunidad de salir adelante. Había dado en el clavo. Kate se preguntó cómo lo habría sabido. —Es un buen chico. Tan sólo está un poco confundido. Chance cubrió con su mano la de Kate, apoyada sobre el asiento. —Hizo lo correcto, Kate. Montana es un buen lugar para criar a un niño. Kate miró los largos dedos morenos. —Por el bien de David, espero que tenga razón. —Podía sentir la fuerza y el calor que emanaba de aquellos dedos; parecían fluir a través de ella como la


luz que había visto al final del túnel. La asaltó la idea de que nunca había conocido el consuelo que suponía tener un hombre fuerte en su vida. Ni un esposo, ni un padre. No lograba imaginar cómo sería poder contar con un hombre en el que apoyarse. En ese momento chirriaron los frenos y Chance colocó la mano frente a ella a modo de protección, manteniéndola en su sitio pese a que el cinturón de seguridad funcionaba a la perfección. —¡Agárrese! —indicó, un poco tarde ya. —¿Por qué? ¿Qué ocurre? McLain se limitó a esbozar su seductora sonrisa. —Un alce. —¿Un alce? ¿Qué alce? —Ese alce que está allí. —Señaló un punto a un lado del camino. Kate dio un respingo en el asiento. —¡Oh, Dios mío! —Era un alce enorme, casi negro, y sus patas parecían tener dos metros de largo. El animal alzó su gran cabeza y se quedó mirando la camioneta, moviendo los largos y gruesos bigotes de arriba abajo mientras masticaba. Segundos después, volvió a bajar la cabeza hasta la hierba y siguió masticando, como si ellos no estuviesen allí. —¡Es increíble! Nunca he visto ninguno tan magnífico. Chance pareció complacido. Sus ojos mostraron una expresión cálida, formándose pequeñas arrugas en los rabillos. —Allí hay una. —¿Una qué? —Acababan de ver un alce. Se preguntó por qué querría


mostrarle otro. —Una hembra. —Una hembra —repitió Kate, y se odió a sí misma por hacerlo—. Entiendo. ¿Cómo sabes que es una hembra? —Es muy fácil —Le dedicó otra de sus enteroecedoras sonrisas—. No le llevará mucho tiempo entenderlo. Kate lanzó un suspiro y miró a su alrededor con expresión soñadora. —Podría quedarme aquí todo el día contemplándolos. Chance se echó a reír; incluso su risa parecía poderosa. —Ni lo sueñe, señora. Aún tengo muchos rincones que mostrarle. Y así lo hizo, maravillándola con una increíble vista tras otra. Altas cascadas que se elevaban sobre el borde del acantilado y caían contra las rocas en una lluvia de espuma blanca. Ciervos, alces, conejos. Incluso un coyote. Salieron del rancho por el camino trasero que ascendía más por las montañas, y se encaminaron hasta la cabecera del arroyo Silver Fox. Cuando Chance detuvo la furgoneta en un claro, Kate tuvo una panorámica completa del valle rodeado de montañas. —Tenía razón, Chance. Valía la pena levantarse temprano. —Me alegro de que le guste. —Se recostó en el asiento y estiró sus largas piernas—. Ahora, piense en lo que sucederá con todo esto si Consolidated Metals consigue el permiso para instalar esa mina. Kate volvió la vista hacia él, pero descubrió que tenía el rostro parcialmente oculto bajo su sombrero. —Está diciendo que la contaminación no sólo afectará el curso de agua, sino la vida silvestre del lugar...


—Eso es. Los peces y los insectos son el alimento de los animales grandes. Y los metales pesados pueden filtrarse hasta las capas de agua subterránea. Ayer, en los pastos del noroeste, encontramos seis terneros muertos que habían bebido agua de un estanque contaminado con desechos de la mina. —¡Oh, Chance, no! Las arrugas del rostro le otorgaban a Chance una sombría expresión. —Por desgracia, ha ocurrido más de una vez. —Lo que dije fue en serio. Haré lo que pueda para ayudar. —Gracias, Kate. Necesitamos gente que se interese por el tema. Ed ha estado insistiendo en esa reunión. ¿Qué le parece una noche de esta semana? Por lo general, Kate trabajaba de lunes a jueves hasta las dos de la tarde, para poder pasar más tiempo con David. Las noches las tenía libres. —Sólo dígame qué noche es la mejor para todos. —Como ya le dije, nos alegramos de tenerla en Lost Peak. —Se volvió hacia ella, y aquellos increíbles ojos azules se fijaron en los suyos. Yo me alegro de tenerla aquí, parecían decir. Kate se agitó incómoda bajo aquella mirada, procurando no reparar en la cálida y suave sensación que pareció difundirse por sus muslos. Era ridículo, sólo estaba tratando de mostrarse cortés. —¿Tiene hambre? —preguntó él y, al apartar sus ojos de los de ella, quebró el hechizo del momento. —Estaba tan distraída contemplando el paisaje que no he tenido tiempo de pensar en la comida, pero ahora que lo dice, estoy hambrienta. Por desgracia, no veo ningún bar de comida rápida en la esquina. Chance sonrió. Buscó debajo del asiento y sacó de allí dos termos de café y un abultado paquete de papel. —Desalmuerzo. Una especie de mezcla entre desayuno y almuerzo, porque


es un poco temprano. No es tan bueno como lo que sirve usted en su cafetería, pero es todo lo que mi cocinera pudo hacer con tan poco tiempo. —¿Tiene cocinera? Chance se acomodó el paquete bajo un brazo, agarró una manta y abrió la portezuela. —Necesitará su chaqueta —dijo—. A esta hora, aquí arriba hace frío. Kate tomó la chaqueta de nailon que Chance había insistido en que llevase, y se sujetó de la manilla de la portezuela, dispuesta a apearse. —Quédese donde está. Daré la vuelta para ayudarla. Y sí, tengo cocinera. Es una necesidad cuando se tiene media docena de peones que alimentar. Kate no había pensado en lo que implicaba manejar un rancho de semejante tamaño. Seguía pensando en ello cuando se abrió la portezuela y las grandes manos de Chance le rodearon la cintura. La alzó en el aire con tal facilidad que casi daba miedo, y la bajó lentamente hasta el suelo. El cuerpo de la joven rozó el de Chance en la maniobra, pudo sentir así su espigada reciedumbre, la fuerza que había percibido anteriormente. Quedó de pie demasiado cerca de él y, esta vez, cuando alzó los ojos, supo con toda claridad lo que estaba pensando. Algo sucedió entre ambos, algo ardiente y turbulento, algo que Kate no había esperado ni deseado sentir. —Kate —dijo él, pronunciando esa única palabra con voz profunda y algo ronca. Kate sintió que su estómago daba un salto y caía muy despacio. Se humedeció los labios, decidida a decir algo que pusiese fin a aquel momento, pero no logró articular palabra. Chance inclinó la cabeza y la besó. Fue un beso fogoso y húmedo que Kate sintió hasta la punta de los pies. Sin darse cuenta, deslizó las manos sobre la pechera del chaleco de piel de oveja de Chance y abrió los dedos. El le tomó la cara entre las manos y


volvió a besarla, lenta y profundamente. Kate temblaba cuando él, al fin, se apartó de ella. Cayó sobre los dos un manto de silencio. Kate fue recuperando el aliento con jadeos rápidos y superficiales. Chance aspiró con fuerza, y soltó el aire con lentitud. Bajó la vista hasta la gastada punta de sus botas, y después la alzó hasta un punto lejano del valle. —Lo siento. No la traje aquí para esto. Simplemente, sucedió. Kate no respondió. Todavía le latía con fuerza el corazón y todo su cuerpo palpitaba. Una cosa era cierta: Chance sabía besar. —Todavía estoy hambriento —dijo él, en un intento por recuperar el buen tono que había presidido su relación hasta el momento y, de inmediato, se ruborizó ante la segunda intención subyacente en sus palabras—. Los emparedados, quiero decir. No dejemos que se echen a perder. Kate sonrió para sus adentros ante aquella sutil muestra de timidez. Chance McLain ofrecía un lado duro y áspero, pero también había en él cierta suavidad, una inconfundible vulnerabilidad. Había aprendido esos mismos rasgos de carácter en su propio hijo, la intención de ocultarse tras una fachada recia, seguía albergando una enorme delicadeza. —Debemos encontrar un sitio para extender la manta —dijo Kate, y Chance pudo por fin relajarse—. ¿Qué le parece allí? —preguntó, señalando una enorme roca plana que miraba al valle. —Perfecto —Chance sonrió. Tenía los dientes más blancos y parejos que jamás había visto. Extendió la manta al instante, tomó la bolsa de papel, sacó de ella un emparedado y se lo ofreció, después sirvió café en dos tazas de plástico—. Apuesto a que lo toma con leche. No pensé en eso. —Supongo que, por esta vez, podré arreglarme sin ella.


Él le dedicó una sonrisa de aprobación, y le alcanzó una de las tazas. —Cuénteme algo de usted. Sé que trabajaba para una agencia de publicidad. ¿Cómo decidió dedicarse a ese trabajo? Kate se movió, incómoda, sobre la roca. El bocado que acababa de dar, de pronto, le pareció demasiado grande. Ésta era una de las razones por las que se había resistido a salir de excursión con Chance. Todavía no estaba preparada para hablar de su pasado. —En la universidad obtuve el título de licenciada en Económicas. La Universidad de Los Angeles, en California. Durante mi último año de estudios, la empresa Menger & Menger me ofreció un puesto de trabajo. ¿Y usted? —le preguntó, con la esperanza de obligarlo así a hablar a él—. ¿Fue a la universidad, o siempre se ha dedicado a trabajar en el rancho? —Fui a la Universidad de Montana, en Missoula. Mi padre murió dos meses antes de mi graduación. Abandoné los estudios para ponerme al frente del rancho. —Le parecía imposible, después de la lucha que para ella había supuesto obtener su título. Chance se encogió de hombros. —Siempre supe lo que quería hacer. Lo único que me interesaba era el Running Moon. No necesitaba un diploma para administrar el rancho. —Le dio un bocado a su emparedado, masticó y tragó—. ¿Por qué vino a Lost Peak? Sé que estaba preocupada por su hijo, pero podría haber vendido la tierra y la cafetería, hacerse con el dinero, e ir a cualquier otra parte. Hay cientos de lugares, ciudades más grandes que podían ofrecerle una vida mejor a una mujer sola. Kate se secó cuidadosamente la boca con la servilleta que él había sacado de la bolsa de papel. Pensó en los disparos y en la experiencia que había vivido tras ellos, en Chet Munson y los artículos del periódico, en Tommy y el divorcio, en su madre y en Nell Hart, y en el misterio que la había instado a ir a Lost Peak.


Pero no podía arriesgarse a contarle nada de todo eso a Chance McLain. Le tembló un poco la mano; ya no tenía hambre. —Quería alejarme de la ciudad. Cuando murió Nell y supe que me había dejado la cafetería, me pareció la solución perfecta. —Cualquiera podría pensar que usted habría elegido una ciudad que tuviera al menos un teatro y... —Bien, no lo hice —lo interrumpió Kate con fastidio. Dejó los restos de su emparedado sobre el papel encerado del envoltorio, y se puso en pie—. Verá, Chance. Le agradezco de todo corazón la excursión, pero tengo mucho que hacer en casa, y es preciso que emprenda el regreso. Chance guardó un largo silencio. Sin una palabra más, echó en la bolsa su emparedado junto al de ella, limpió el desorden que habían causado, y volvió a tapar el termo de café. Kate se sintió un poco culpable por haber estropeado una mañana perfecta, pero tal vez fuese mejor así. Para empezar, no debería haber sido tan débil como para aceptar su invitación. Tomrny aún le causaba problemas, Chet Munson seguía husmeando por ahí, y tenía que pensar en David; habida cuenta de todo ello, no le quedaba tiempo para enredarse con un hombre. Y menos aún con ese hombre. Sabía qué clase de hombre era Chance. Lo llevaba escrito en cada arruga de su apuesto rostro. El día anterior había oído un comentario que Bonnie Delaney, una de las camareras que trabajaba medio día para ella, le había hecho a una de sus clientes: «Chance es un verdadero rompecorazones. Ha dejado un montón de corazones rotos en todo el condado de Silver». Le bastó una sola mirada a aquellos tórridos ojos azules para tener la certeza de que era cierto. Cuando llegaron a la casa, Chance apagó el motor y Kate abrió la portezuela, dispuesta a saltar y salir corriendo como los pequeños conejos negros de


patas blancas que acababan de ver. Antes de que pudiese hacerlo, Chance la tomó del brazo. —Escuche, Kate. Los motivos que le impulsaron a venir a Lost Peak son asunto suyo, no mío. No voy a volver a inmiscuirme en sus cosas, pero no pienso permitir que siga evitándome. Quiero verla otra vez. Ella meneó la cabeza con demasiada vehemencia, su rizada cabellera se agitó alrededor de su rostro. —No es buena idea. —Porque tengo un hijo que criar y una cafetería que administrar. —Lo siento... Eso no es motivo suficiente. —Porque no tenemos nada en común. Soy de la ciudad. Usted es un muchacho de campo. —Intente otra cosa. —Porque, sencillamente, usted no me atrae. —Tonterías. —La tomó de la camiseta, obligándola a permanecer en el asiento, y cubrió su boca con un beso impetuoso y alucinante. Durante un instante, Kate forcejeó para soltarse, pero el calor era excesivo, el fuego, intolerablemente ardiente. Nunca había sentido nada igual. Chance le besó las comisuras de los labios, volvió a besarla con ímpetu y ella entreabrió la boca para permitir que la lengua de él se deslizara en el interior y sentir así la candente y húmeda morbidez. Deseó con desesperación que aquel beso no tuviera fin. Temblaba de pies a cabeza, y estaba húmeda como no lo había estado en años. Se oyó gemir cuando Chance se apartó de ella. Él le acarició la mandíbula con sus largos dedos morenos.


—Escúchame, Kate. No sé qué es lo que ocurre entre nosotros, pero no podemos negar que algo pasa. Yo no lo planeé, y sé que tú tampoco, pero estoy decidido a averiguar de qué se trata. El jueves por la noche estaré en el pueblo. No cenes antes de cerrar. Iremos a cenar juntos. No le dio tiempo a protestar. Se limitó a saltar de su asiento, rodear la camioneta, abrir la portezuela de su lado, y alzarla para bajarla del vehículo. La acompañó hasta la puerta y esperó hasta que la abrió. —Te veré el jueves —le dijo, y desapareció, mientras ella seguía inmóvil, con la respiración agitada. Vio cómo la camioneta se alejaba por el camino y tuvo la sensación de que, de alguna manera, el mundo había quedado trastocado. Lo único que se le ocurrió pensar fue: «¡Oh, Dios mío! ¿qué he hecho?». Capítulo 10 Al hacer balance del día, Kate se preocupó por la cita que había aceptado de Chance McLain... O, mejor dicho, por la cita que él le había obligado a aceptar, y con la que ella nunca había estado de acuerdo. Decidió que era una tontería y una ridiculez permitir que aquello la afectase de aquel modo. Después de todo, Chance no era más que un hombre. Había trabajado con hombres durante muchos años. En la agencia de publicidad, la mayoría de sus clientes eran hombres. Sabía manejarlos, cómo darles calabazas sin lastimar su frágil ego. Claro que por aquel entonces estaba casada. Aun así, Chance no era diferente de los demás. Más apuesto, tal vez. Pero, no obstante, un hombre. Mientras lo tuviese presente, todo iba a salir bien. De modo que la llevaría a cenar... ¿Y qué? Tal vez incluso acabaría por disfrutarlo. Con esa idea en la mente, se dispuso a centrarse en asuntos más importantes. Había estado pensando en llamar a Aida Whittaker, la mejor amiga de Nell, sólo para ver dónde la llevaría la conversación. Myra le había dado el número de teléfono de la mujer, que vivía con su hija en Eugene, Oregon. Apenas


David subió a su habitación para jugar con su ordenador, Kate tomó el teléfono y marcó el número. —¿Señora Whittaker? —Soy Kate Rollins, la nieta de Nell Hart. Hace tiempo que quería llamarla. —Hablaron un rato, tan sólo una charla de cortesía para conocerse un poco. Aida parecía genuinamente contenta de oírla. Quiso saber cómo marchaba la cafetería ahora que Kate se había hecho cargo de ella, y enterarse de las últimas novedades de Lost Peak. —Me temo que no tengo demasiadas noticias. No llevo aquí tanto tiempo como para conocer los pormenores de lo que ocurre. Sé que están tratando de instalar una nueva mina en el arroyo Silver Fox, pero algunos nos estamos reuniendo para ver cómo podemos evitarlo. —Os felicito —la alentó Aida, en tono aprobatorio—. Tal vez te parezcas a tu abuela más de lo que piensas. —¿A qué se refiere? —Nell tenía una postura decididamente contraria a la explotación minera en esas colinas. Pensaba que era una vergüenza lo que le hacían a la tierra y a los animales. Así se lo dijo a Lon Barton, y en más de una ocasión. Quizá pensaran lo mismo sobre ciertos temas, pero al pensar en su madre, Kate supo que, de haber tenido una hija, jamás la habría tratado como Nell había tratado a la suya. —¿Quién es Lon Barton? —Tarde o temprano, lo conocerás. William Barton, su padre, es el principal accionista de Consolidated Metals. Lon maneja la compañía en su nombre. Ambos tienen tanto dinero que no saben qué hacer con él. —¿Nell se llevaba mal con alguna otra persona? Quiero decir, ¿tenía enemigos?


—¿Enemigos? Santo Dios, no. Al menos, ninguno que yo conociese. Tu madre y ella tuvieron una terrible pelea, pero eso fue hace muchos años. Supongo que lo sabes. La historia que le había contado no era muy agradable. Recordaba cómo lloraba su madre, todos los años, el día de su cumpleaños. —Me pregunto si alguna vez pensará en mí —había dicho una vez Celeste. Pero agua pasada no mueve molino, y nadie podía hacer nada para cambiarlo. Charlaron un rato más, y Kate se despidió con la promesa de llamarla de vez en cuando para contarle las novedades del pueblo. La conversación había resultado placentera. Aunque no conociese en persona a Aida Whittaker, sintió cierta sintonía con la mujer que estaba al otro lado de la línea telefónica. Era evidente que Nell y ella habían sido muy buenas amigas. Tal vez su siguiente conversación fuese más provechosa. El teléfono volvió a sonar unos minutos más tarde. Oyó la voz de Ed Fontaine. —Espero no ser inoportuno. —No, en absoluto. —Chance me ha dicho que comentaron lo de reunimos para discutir la campaña en contra de la mina. —En efecto, lo comentamos. —Sé que no la llamo con demasiada anticipación, pero ¿podríamos hacer esa reunión mañana por la noche? Los lunes siempre había poco movimiento en la cafetería. Mantenía abierto el local porque los nativos del pueblo no tenían otro lugar adonde ir. —No hay problema. Podemos usar el salón de reuniones de la trastienda del café, si le parece bien.


—Sería genial. Nos gustaría invitar a todos los que estén interesados en sumarse. ¿Está de acuerdo? —Me parece una buena idea. —Perfecto, entonces. Nos veremos mañana por la noche. Kate se preguntó si eso incluiría a Chance, pero apartó aquel incómodo pensamiento. ¿Por qué el solo hecho de pensar en él siempre la ponía nerviosa? Era ridículo. Se trataba de un asunto de trabajo. La clase de trabajo en el que ella destacaba. Podía ayudar a esa gente que tan amablemente la había aceptado en su comunidad. Estaba decidida a hacerlo. La reunión dio comienzo a las siete, en la trastienda de la Cafetería Lost Peak, un anexo que Nell había agregado hacía unos quince años, según la información de Myra. Se usaba para fiestas con muchos invitados, ocasiones especiales, o en cualquier otra situación en la que participaran más de diez personas; el pueblo contaba con unas cuatrocientas. El grupo congregado era una interesante mezcla de nativos: Ed Fontaine, propietario del Circle Bar F; su enfermero Randy Wiggins; Silas Marshall, el rudo propietario del almacén de abastos; Maddie y Tom Webster, los dueños de la cervecería del pueblo, Antlers, situada al final de la calle; y Jake Dillon, un cincuentón que acababa de enviudar, propietario del Mercantil Dillon. Allí se encontraba también Jeremy Caballo Manchado, que llegó en el preciso instante en que Chief Roca de Hierro entraba en el salón. Asistieron también media docena de personas que Kate no conocía. El último en atravesar la puerta fue Chance McLain. Kate tuvo la sensación de haber estado dando vueltas en una montaña rusa y haber caído de golpe. Decidió pasarlo por alto y saludó a Chance con una sonrisa. Chance le correspondió, pero se trataba de una reunión pública, y la actitud de Chance le indicó que se proponía respetar las formas. Kate condujo al grupo hasta la trastienda y aguardó a que todos se sentasen.


Había distribuido las banquetas formando una U, y había acomodado a Ed, a Chance y a Jeremy a su lado, en la parte frontal de la sala. Ed dio comienzo a la reunión agradeciéndoles a todos el haber encontrado el tiempo necesario para asistir, y les informó de las últimas novedades acerca de la mina de oro que Consolidated pretendía explotar en el arroyo Silver Fox. —Están convencidos de que pueden dejar sin efecto la prohibición de instalar una mina de lixiviación, y si no hacemos algo para detenerlos, puede que tengan éxito. No será fácil, pero si trabajamos todos juntos, podremos evitar que destruyan el arroyo Silver Fox. Un murmullo de incertidumbre sobrevoló la habitación. Ir en contra de una compañía tan importante como Consolidated Metals no iba a ser tarea sencilla, y todos lo sabían. Tanto Tom Webster como Silas Marshall estaban también preocupados por la contaminación, pero no dejaban de pensar en las ventajas que conllevaría la mina, lo que bien podría valer la pena. —Una mina de ese tamaño requiere una gran cantidad de trabajo —dijo Tom —. Se crearían muchos nuevos puestos de trabajo. Nuestros negocios prosperarían. Demonios, el pueblo entero prosperaría. —Lo mejor que tenemos aquí para vender es la tierra en sí —contraatacó Jeremy Caballo Manchado—. Las montañas, los bosques y los animales. Eso es lo que viene a ver la gente. No puede decirse que una mina sea una atracción turística, y menos aún cuando genera pilas de residuos tan altas como un edificio de cuatro pisos. Y si envenenan los cursos de agua, acabarán con toda la vida silvestre. Tal vez algunas familias se estableciesen aquí, pero se perdería el turismo, y la calidad de vida sería una verdadera mier... Bueno, ya sabes a lo que me refiero. El lugar ya no sería adecuado para vivir.


Silas Marshall lo escuchó con expresión preocupada. —Consolidated Metals es una corporación muy grande. No veo cómo nosotros, que sólo somos un puñado de personas, podríamos detenerlos, aunque quisiésemos hacerlo. —Silas, que rondaba los setenta, era alto y delgado, y su cuidada barba ocultaba una prominente barbilla. Cada vez que lo miraba, Kate pensaba en un anciano Abraham Lincoln. Chance se puso en pie para responder a las dudas de Silas. —Consolidated dispone de una maquinaria política condenadamente buena, y los mejores abogados que puede pagar el dinero. Como dijo Ed, no será fácil. Ahí es donde entra la señora Rollins. Ha tenido experiencia en esta clase de cosas, y va a ayudarnos a pensar qué puede hacerse. En esta ocasión, la miró de frente. Kate sintió aquellos ojos azul cielo recorriendo su rostro, y el aire pareció hacerse demasiado denso como para salir con normalidad de sus pulmones. Con la esperanza de que nadie se hubiera percatado del cálido sonrojo que tiñó sus mejillas, se tomó un minuto para estudiar sus notas y recobrar la compostura. —Tal como ha dicho Silas, enfrentarse a una compañía de la magnitud de Consolidated Metals es tarea ardua. Pero no imposible. Lo primero que necesitamos es informar al público sobre los esfuerzos que está realizando la compañía para invalidar la prohibición, y recordarle los peligros potenciales que entraña la mina. —¿Y cómo lo haremos? —preguntó un hombre sentado en la fila de atrás. —Para empezar, llamaremos a los medios de comunicación locales, regionales y nacionales, y los obligaremos a involucrarse. Necesitaremos artículos en periódicos y revistas, al igual que una cobertura televisiva. Podemos imprimir folletos educativos, que distribuiremos cada vez que realicemos asambleas públicas. Por último, necesitaremos tener una página en internet, y... —Un momento, Kate —la interrumpió Jeremy Caballo Manchado, levantando una de sus grandes manos—. ¿Cómo rayos vamos a pagar todo


eso? —Buena pregunta, Jeremy. Tendremos que conseguir un patrocinador que nos ayude... Por lo menos, en un principio. Pero en cuanto nos organicemos, podemos empezar a recolectar dinero para financiar nuestra lucha. Chance carraspeó para aclararse la garganta. —Supongo que tanto Ed como yo podemos aportar el efectivo suficiente para poner todo eso en marcha. —Dirigió una mirada a Ed, de quien recibió un gesto afirmativo. —Podemos vender pegatinas para los coches y camisetas —siguió diciendo Kate—. Podemos también organizar reuniones para recaudar fondos. —Intentó seguir hablando, pero la desvergonzada mirada de la concurrencia la obligó a permanecer en silencio. —Tal vez Silas tenga razón —comentó sombríamente Jake Dillon—. No hay forma de que podamos hacer todo esto. Kate se limitó a sonreír. —Esa es la mejor parte: no tenemos que hacerlo. —Les extendió una hoja impresa que había escrito con su ordenador y fotocopiado en la máquina que tenía en una habitación de la planta alta que había convertido en oficina. Se había mudado al campo, pero había cosas sin las cuales una chica de ciudad no podía vivir. En opinión de Kate, una oficina moderna y eficiente era una de esas cosas. —¿Está sugiriendo que nos pongamos en contacto con cada una de estas agencias? —preguntó Ed. —En efecto. Todas ellas se dedican a la conservación del medio ambiente. Para empezar, trabajaron en la prohibición del uso del cianuro en las papeletas electorales. Cuando comprendan lo que Consolidated intenta hacer,


estarán encantados de colaborar con nosotros. Chance leyó la lista en voz alta: —Sociedad de los Cinco Valles; Sierra Club; Trucha Sociedad Anónima, John Muir Chapter, Centro de Información Ambiental de Montana; Asociación Vida Silvestre de Montana. —Alzó la vista de la hoja, de la que llevaba leída la mitad, y sonrió—: Con esta gente de nuestro lado, la Consolidated se verá obligada a librar una difícil batalla. —Y no podrán ganarla —concluyó Kate con firmeza. Silas seguía preocupado. —A esos tíos no les va a gustar todo esto. —Eso es decir poco —gruñó Jeremy. —Silas y Jeremy tienen razón —los apoyó Tom Webster—. No todos se alegrarán de que intentemos detenerlos. Cerca de Yellowstone, los ecologistas intentaron impedir que la mina World Gold empezase a funcionar y las cosas se pusieron realmente feas. Un par de tipos resultaron heridos de gravedad. —Merece la pena luchar por ciertas cosas —fue el comentario de Chance. Kate asintió en silencio. No hacía mucho que vivía en Montana, pero ya se había enamorado del lugar. La idea de estropear una de las últimas reservas de vida silvestre de Estados Unidos era, sencillamente, inconcebible. —De acuerdo, entonces. ¿Qué os parece Asociación Antiminera del Arroyo Silver Fox? Varias cabezas asintieron sonriendo. —A mí me suena bien —dijo Chance, lo que suscitó un murmullo de asentimiento entre la concurrencia. —Creo que lo mejor será que Ed haga las primeras llamadas telefónicas a las organizaciones que figuran en esta lista, ya que él es muy conocido en la comunidad —sugirió Kate—. Soy la candidata lógica, supongo, para imprimir los folletos.


Necesitaré fotografías. ¿Alguien puede ayudarme con eso? —Yo puedo —se ofreció Jeremy—. Fotografiar la vida silvestre es un pasatiempo para mí. Y tengo algunas instantáneas que reflejan los problemas de contaminación causados por la mina Beavertail, en el arroyo Beaver. —Perfecto. ¿Alguno de los presentes conoce a alguien que trabaje en los medios de prensa locales? Podemos empezar por el problema del ganado que perdió Chance. Eso debería interesar a la gente que vive por aquí. Jeremy se volvió de golpe hacia Chance. —¿Qué ganado has perdido? La habitación quedó sumida en un extraño silencio, mientras Chance explicaba la espantosa imagen de la que había sido testigo en su estanque de las praderas altas. —Ahora ya entendéis por qué es tan importante todo esto. Si no hubiese ocurrido con el ganado, las víctimas podrían haber sido nuestros hijos. Siguieron distribuyendo las tareas y, antes de irse, Kate les pidió que firmasen un formulario voluntario, en el que consignaban su nombre, número de teléfono y dirección. Habían encontrado un buen punto de partida, pensó cuando todos se habían retirado. Todos, salvo Chance, que se quedó para ayudarla a recoger las tazas de café vacías y las servilletas sucias, que acomodó sobre una bandeja de plástico. La cafetería estaba cerrando. Kate podía oír a Bonnie trajinando en la cocina y lavando las últimas cosas. —Esta noche estuviste grandiosa —la felicitó Chance, apoyado contra el marco de la puerta, cuando terminaron. —Sé que fue un poco abrumador. Poner en marcha algo como esto no es sencillo.


Los ojos de Chance recorrieron su cuerpo, demorándose en sus pechos. —Nada que valga la pena lo es —repitió, mirándola a los ojos—. Las cosas importantes exigen cierto esfuerzo. —Ya no hablaba de la campaña, y Kate sintió que le corría un escalofrío por la espalda. —Ojalá fuera jueves —siguió diciendo él—. Si estuviésemos camino de tu casa, después de cenar, tendría una buena excusa para darte un beso. Kate quedó inmovilizada. El corazón le latía desbocado, parecía chocar contra las murallas de su pecho. Chance estaba tan cerca de ella que pudo oler su loción para después del afeitado. Old Spice, supuso. Demasiado sofisticado para un hombre como Chance, pero olía realmente bien. —Aunque, tal vez —dijo él en voz baja— no necesite excusa alguna. —Se acercó a ella con decisión e inclinó la cabeza hasta que su boca se posó suavemente sobre la de Kate. Ella cerró los ojos y el mundo pareció oscilar sobre su eje. Sus labios se fundieron, se adaptaron uno al otro con calidez, y ella apoyó las manos sobre el pecho de Chance. Era duro como el acero, sólido como el muro que tenía a sus espaldas, y sus músculos formaban anchas bandas que se tensaron cuando la rodeó con sus brazos y la apretó contra su cuerpo fuerte y esbelto. El beso siguió y siguió, acompañado de pequeños mordiscos, dulce, cada uno probando el sabor de la boca del otro, hasta hacerse profunda e increíblemente erótico. Kate sabía que debía ponerle freno, pero la boca de Chance era tan cálida, sus labios tan suaves, que no pudo evitar negarse a hacerlo. Se escuchó estrépito al otro lado de la pared: en la cocina, Bonnie había dejado caer una olla. Se separaron. Chance esbozó una sonrisa. Se inclinó hacia ella, y le acarició la mandíbula con la punta del dedo. —Te veré el jueves —dijo.


Kate pensó que volvería a besarla, pero no lo hizo. Debió advertir que ella no se lo iba a permitir. Aun así, pareció satisfecho ante el progreso que había alcanzado, y eso le provocó a Kate un nudo en el estómago. Chance tomó su sombrero del perchero junto a la puerta, se lo acomodó casi por encima de los ojos, rozó el borde con la mano a modo de despedida y se marchó. El corazón de Kate empezó entonces a recuperar su ritmo normal. Sentado en su silla de ruedas junto a Randy, en la puerta de la cafetería, Ed Fontaine vio que Chance caminaba hacia él y maniobró con la silla en esa dirección. —Me preguntaba si saldrías de una vez... o si pensabas pasar la noche allí dentro. — Deseaba cambiar impresiones con Chance antes de volver a casa. No se le había ocurrido que el muchacho pudiese no estar listo para marcharse, aunque a juzgar por la manera en que miraba a Kate Rollins, quizá debería haberlo supuesto. —Lo siento —dijo Chance—. No me di cuenta de que querías verme. —La reunión salió bien, ¿no crees? —Kate sabe lo que hace, no cabe duda. No, no cabía duda, coincidió Ed. La chica había hecho un magnífico trabajo al comunicar sus planes y poner la campaña en marcha. —Hay mucho que hacer, pero al menos ahora tenemos idea de por dónde debemos empezar. —Es una suerte poder contar con ella. —Ya lo creo —comentó Ed. La cuestión era que no le gustaba la forma en que Chance la había estado mirando durante toda la reunión, ni la forma en que ella lo había mirado a él. Y no porque no tratasen ambos con todas sus


malditas fuerzas de impedirlo. Eso era, precisamente, lo que más le preocupaba. Sabía que Chance tenía algún romance de vez en cuando. Imaginaba que su pequeña Rachael debía de hacer lo mismo, estando en una ciudad tan grande como Nueva York, pero trataba de no pensar en eso. En cierto sentido, tal vez fuese bueno que ambos tiraran una cana al aire antes de establecerse y casarse. Pero no le gustaba la idea de que Chance perdiese la cabeza. Menos aún en ese momento. Ese mismo día había recibido carta de Rachael. Dentro de treinta días más, su hija terminaría el trabajo de modelo para el cual la habían contratado. Iba a tomarse unos días de descanso, y acudiría al rancho un par de semanas. «No puedo esperar el momento de verte, papá», había escrito. «Y a Chance, por supuesto.» Hablaba de su carrera, pero aseguraba estar un tanto cansada de tanto viajar. «Quizá sea el momento de que empiece a pensar en el futuro.» Ed miró a Chance, y vio que tenía los ojos fijos en la cafetería. En el interior pudo divisar a Kate Rollins, junto a la ventana de la cocina. ¿Quizá fuese el momento? Para Ed, dicho momento había llegado hacía tiempo. El jueves, Kate se levantó temprano, trabajó en algunas ideas que tenía para los folletos, y luego se dirigió al restaurante. El turno de desayunos resultó muy concurrido, pero el almuerzo lo superó. Entraba en la cocina llevando una bandeja con platos sucios precisamente en el instante en que Myra salía, y ambas estuvieron a punto de chocar. —Has estado distraída todo el día —dijo Myra con un destello de luz en los ojos—. ¿No tendrá nada que ver con la cita que tienes esta noche con Chance McLain? Lo cierto es que ése era el único motivo. Desde que la había besado después de la reunión, no podía quitárselo de la cabeza. ¡Ahora incluso interfería en su trabajo!


—No debería salir con él —replicó Kate suspirando al pasar junto a Myra, rumbo a la cocina—. Es evidente de qué clase de hombre se trata. Si tiene todas las mujeres que tú dices que tiene... —Yo dije que todas las mujeres lo persiguen: hay una gran diferencia. Oh, tiene amigas, claro que sí. Después de todo, es un ser humano, y este sitio puede llegar a ser condenadamente solitario. Pero Chance es un buen hombre. Por lo que yo sé, es todo un caballero con las mujeres con las que sale. Yo creo que todavía no ha encontrado a la mujer adecuada. Kate apoyó la bandeja con los platos sucios sobre la encimera. —En realidad, no tiene importancia. No estoy preparada para involucrarme en ningún tipo de relación sentimental. Y tampoco creo que lo esté Chance. Myra inclinó la cabeza. —A veces, que estés o no preparada importa un comino. —Colgó el delantal en el perchero que había junto a la puerta, dio media vuelta y salió de la cocina. Kate fue tras ella, tratando de no pensar en lo que Myra acababa de decir. —Tengo que hacer un par de llamadas. Si me necesitas, estaré en mi oficina. —Se suponía que esta semana saldrías después del almuerzo, ¿o ya lo has olvidado? Kate le sonrió. Era una adicta al trabajo, pero estaba tratando de recuperarse de esa adicción. Saludó a Myra con la mano, salió del café, y enfiló por el sendero de grava que trepaba por la colina hasta llegar a su casa de madera de dos pisos, grande y blanca. Una vez en su oficina, abrió el archivo de los temas relacionados con Nell Hart y marcó el número del sheriff que allí figuraba. Esta vez, dio con él. La conversación fue breve, Kate fue la única que habló. —Pero sin duda no le haría daño a nadie que yo le echase un vistazo al informe. Soy su nieta. Sólo quiero saber qué sucedió. Si algo así le sucediera


a alguien de su familia, usted querría saberlo. —Lo siento, señora Rollins. El informe del accidente es confidencial. —¿Y qué me dice del informe del forense? ¿No puedo verlo tampoco? —Me temo que me está pidiendo un imposible. —El sheriff Conrad le explicó las reglas con mucha paciencia, pero a Kate le parecieron ridiculas. Como resultaba obvio que no habría argumento capaz de hacer que aquel hombre cambiase de opinión, se obligó a imponer a su voz un tono cortés, le agradeció la paciencia y colgó el teléfono, mientras se preguntaba qué tarea emprendería a continuación. Era un cálido día de agosto. Una suave brisa entraba por la puerta de vaivén. Al bajar las escaleras, se fijó en una alta figura que subía los escalones del porche: Chance McLain. Sintió un vacío en el estómago, pero decidió pasarlo por alto. Su cita para salir a cenar no tendría que cumplirse hasta la noche. Le asaltó una idea esperanzadora: tal vez había ocurrido algo que le obligaba a cancelarla. Deseó haber tenido un minuto para pasarse el peine por el cabello y cambiarse el uniforme de nailon rosa, pero aun así abrió la puerta. Allí estaba Chance, sombrero en mano, vestido con camisa blanca de manga larga, con cierres de perlas, botas negras de piel de lagarto y sus téjanos de siempre, aunque parecían más nuevos, ni siquiera estaban desteñidos; se notaba que éstos sólo los usaba en ocasiones especiales. Le dio un vuelco el corazón. Se dijo que no se debía a que se alegrara de verlo. —¿Acaso me falla la memoria —le preguntó—, o has llegado con cuatro horas de adelanto? Chance sólo sonrió, abrió la puerta de vaivén y entró en el vestíbulo. Echó un rápido vistazo alrededor, apreciando los suelos de madera pulida, el sofá tapizado y las renovadas antigüedades.


—Este sitio se ve genial. Creo que a Nell le habría encantado. A Kate no le importaba si a Nell le habría gustado o no, pero no dijo nada. Como todos los demás, Chance estaba convencido de que Nell era un dechado de virtudes. Kate no podía evitar verla desde el punto de vista de su madre. —Si has venido por lo de nuestra cita... Quiero decir, si ha surgido algo inesperado e importante... —No se me ocurre nada más importante que llevarte a cenar —la interrumpió él con una sonrisa. Kate se humedeció los labios. —Si has venido por lo de la campaña, puedo mostrarte lo que he hecho hasta ahora con la impresión de los folletos. —En realidad, voy camino de Polson. Recordé que sueles tener las tardes libres. Sé que querías volver para hablar con el sheriff. Pensé que si encontrabas quien te reemplazase más tarde, tal vez querrías venir conmigo. Kate soltó un suspiro. —Ya he hablado con el sheriff. De hecho, acabo de colgar el teléfono. No me permite ver el informe del accidente ni el de la autopsia. Supongo que tendré que conseguirme un abogado. Tal vez pueda recurrir a alguna vía legal. —¿Tan importante es para ti? —La observó atentamente, tratando de adivinar sus razones. Kate se mostró imperturbable. —Quiero saber qué pasó. ¿ Tan difícil es de entender? Chance se quedó contemplándola durante un instante, y Kate sintió cómo se le erizaba el vello.


—Tal vez no —dijo él finalmente—. Te diré qué haremos. Barney Conrad, el sheriff, es amigo mío. Me debe algunos favores. Si quieres venir conmigo, quizá consiga que te deje leer el informe. Otra vez le dio un vuelco el corazón. —¿De veras crees que lo haría? —Como acabo de decirte, me debe algunos favores. Kate se preguntó qué clase de favores serían, pero no dijo nada. Chance McLain era uno de los terratenientes más ricos del país. Eso le otorgaba cierta cuota de poder. Tal vez estaba en condiciones de ayudarla. —De acuerdo. Me encantaría ir. —¿Y David? ¿Crees que querría venir con nosotros? Kate sonrió ante su gentileza por preguntárselo. La mayoría de los hombres no querrían verse molestados por un niño de doce años. Pero la escuela de verano había terminado, y como David no había hecho nuevos amigos, se sentía más solo que nunca. Sin duda, habría saltado de alegría ante la posibilidad de ir con ellos... si hubiese estado en casa. —David salió a cazar con Chief. Me temo que has hecho de él un converso. Antes de que le enseñases a pescar con mosca, se pasaba todo el tiempo hablando de volver a Los Ángeles. Últimamente no ha dicho una sola palabra sobre el tema. —Me alegra saberlo. Me gusta ese muchachito —sonrió—. Casi tanto como su madre. Kate se ruborizó y se preguntó si estaría hablando en serio. Lo dejó un momento solo, subió corriendo, llamó a Bonnie por teléfono para pedirle que la reemplazase por la tarde, se puso unos téjanos limpios, una blusa de seda color crema y una chaqueta de tweed color castaño con parches de piel en los codos. No quería mostrarse como una chica de ciudad, pero tampoco parecer


una palurda. Le escribió a David una breve nota, la pinchó en el corcho para mensajes de la cocina, y regresó a la sala de estar, donde Chance la esperaba. Kate le dedicó una radiante sonrisa. —Estoy lista, si tú lo estás. —Si me esperas a mí, cariño, te quedarás rezagada. Vamos. Kate tomó su bolso y pasó frente a él. La ternura de Chance le hizo sentir que el corazón se le salía del pecho. No pudo evitar preguntarse si trataría así a todas sus mujeres. Era el típico hombre del oeste. Seguramente por eso la había llamado cariño. Era ridículo suponer que la palabra estaba especialmente dedicada a ella. Capítulo 11 Sentada en el cómodo asiento de la camioneta, Kate vio cómo Chance avanzaba por la transitada vía de doble dirección que llevaba a Polson con la misma serenidad que había mostrado en otras ocasiones, conduciendo la inmensa Dodge como si se tratase de un coche deportivo y no de un vehículo al que ella a duras penas podía trepar. A lo largo del trayecto, mantuvieron una distendida charla. Chance se interesó por saber cómo se estaba adaptando David y si había logrado hacer nuevos amigos. —Pasa la mayor parte del tiempo con Chief —respondió Kate con un suspiro —. Eso está muy bien, no digo que no, y lo cierto es que és mejor compañía que los chicos con los que perdía el tiempo en Los Angeles, pero me gustaría que tuviese algunos amigos de su edad. Ahora que se han acabado las clases de la escuela de verano aún hay menos probabilidades de que eso suceda. Chance reflexionó acerca de sus palabras. —Es un buen muchacho. A su debido tiempo, los demás se darán cuenta. Mientras tanto, al menos se mantiene alejado de los problemas. Era verdad, gracias a Dios, pero últimamente había vuelto a mostrarse


retraído, y pasaba cada vez más tiempo encerrado en su habitación. Sin embargo, su hijo no era incumbencia de Chance. —¿Qué me dices de ti? ¿No has perdido más cabezas de ganado? Chance negó con la cabeza. —Hemos estado vigilando con mucha atención. Hasta ahora, no ha habido más problemas. Llegaron a la calle principal de Polson. Chance se dirigió a un aparcamiento que se encontraba detrás de un edificio de madera y aparcó la camioneta contra una enorme puerta de metal. —Mientras cargan los alimentos que encargué la última vez que vine a la ciudad, podemos ir a ver al she-riff. Kate aguardó a que Chance rodease la camioneta y se acercara para abrirle la portezuela. Por lo general, era una mujer demasiado liberada como para valorar esa clase de gestos, pero la camioneta era tan alta que no tenía alternativa. Y, a decir verdad, era agradable estar junto a un hombre de modales anticuados. Echaron a andar rumbo a los tribunales. Kate debió apresurarse para igualar la marcha que imprimían las largas zancadas de Chance. Cuando él advirtió que caminaba demasiado rápido, disminuyó el ritmo. —Perdona. No estoy acostumbrado a caminar junto a alguien de tan baja estatura. Kate apretó los dientes. —No soy tan pequeña. Chance alzó una ceja. Daba la impresión de estar reprimiendo una sonrisa. —Lo siento —dijo con la boca apenas torcida. Llegaron a la esquina y ascendieron por la larga rampa de cemento del


edificio de tres plantas que albergaba la oficina del sheriff. Chance abrió la pesada puerta de cristal y entraron en el vestíbulo. —Dame un minuto —le dijo—. No tardaré. Mientras Chance hablaba con el sheriff, Kate dio una vuelta por el lugar. Se entretuvo leyendo las gacetillas de la comunidad pegadas en las paredes: Rodeo y Feria del condado de Silver, que tendría lugar dentro de dos semanas; ceremonia indígena anual del PowWow, en Arlee, programada para el próximo domingo; Exposición Equina que se realizaría a fin de mes en el parque de exposiciones de Polson. Sonrió al pensar cuan diferente era allí la vida. —Kate... Al oír la voz de Chance se volvió. Con un ademán, él le indicó que se acercara. —¿Le explicaste lo que quiero? —preguntó Kate en un susurro cuando llegó a su lado, no demasiado sorprendida. —No le gustó mucho, aceptó a regañadientes —respondió él con una sonrisa —. Le recordé que me debía un favor por no haber abierto la boca sobre lo sucedido el año pasado, la noche anterior a su boda, durante su despedida de soltero. Kate soltó una carcajada. —Entonces, creo que ahora soy yo la que te debe el favor a ti. Los ojos azules de Chance chisporrotearon. —Tal vez. De ser así, no me cabe duda el modo en que me lo cobraría. Kate no respondió, pero de pronto sintió que le temblaban las piernas. ¿Qué querría a cambio Chance McLain? Le vinieron a la mente imágenes de su largo y fibroso cuerpo desnudo, cubriendo el de ella, y gotas de transpiración brotaron entre sus senos. Kate cruzó la puerta con los hombros levemente erguidos, se obligó a pensar en la entrevista que tenía por delante.


El sheriff Barney Conrad la esperaba de pie. Era casi tan alto como Chance, aunque más delgado, estaba en buena forma física y tenía cabello castaño y los ojos color avellana. Rondaba la cuarentena, y exhibía una sonrisa plagada de dientes, pero estos eran blancos y parejos, y la expresión de sus labios mostraba una actitud cordial. No obstante, Kate no pudo dejar de pensar que era la expresión de un político consumado. —Señora Rollins, es un placer conocerla. Chance me ha dicho que es usted nueva en Montana. Bienvenida al condado de Silver. —Gracias, sheriff. Conrad los condujo a su oficina y cerró la puerta de cristal esmerilado. Se inclinó sobre su escritorio, de él tomó un sobre de papel manila, y se lo extendió a Kate. —Usted sabe muy bien que estos archivos son confidenciales. No solemos ventilar esta información fuera de la oficina. Sin embargo, como en este caso existen circunstancias atenuantes, creo que por una vez puedo olvidar las reglas. ¿Las circunstancias atenuantes eran las de su despedida de soltero? Kate se limitó a sonreír. —Gracias, sheriff. Como no llegué a conocer a mi abuela, mi deseo es averiguar cuanto pueda sobre ella. Me interesa incluso la forma en que murió. — «Especialmente la forma en que murió», corrigió mentalmente mientras abría el sobre. Nunca había leído un informe policial, pero le pareció muy simple. Número del suceso. Fecha del hecho. Nombre de las partes involucradas. A continuación, una descripción de la difunta, Nell Mary Beth Hart. «Mary Beth.» Era el nombre verdadero de su madre. Se había cambiado el de Mary Beth Hart Lambert por el de Celeste Heart porque le parecía más sugestivo.


Fue una sorpresa descubrir que Nell había compartido nombre con su hija, un irónico vínculo si se tenía en cuenta lo alejadas que se habían mantenido en vida. Kate siguió leyendo el informe. El informante, un oficial llamado Greer, describía la siguiente escena: que había descubierto a una mujer de unos setenta años, de aproximadamente metro cincuenta de estatura y entre cuarenta y dos y cuarenta y ocho kilos de peso, caída sobre el suelo del comedor de su casa del número 48 de la calle del Arroyo Sandy de Lost Peak. Continuaba aportando detalles de la escena del accidente tal como el oficial creía que había ocurrido: Como respuesta a una llamada realizada al 911 por Aida Whittaker, amiga íntima de la fallecida que había llegado para realizarle una visita, me presenté en el domicilio a las 3.12 de la tarde. Al entrar en la casa descubrí el cuerpo de una mujer blanca a la que, desde hacía más de diez años, conocía personalmente por el nombre de Nell Hart. La difunta parecía estar muerta desde hacía varias horas. Un examen de la escena del accidente indicó que la mencionada difunta había tropezado con un tapete que se encontró enredado entre sus pies. La consecuente caída hizo que se golpeara la nuca contra el armario. Podía apreciarse un golpe en la cabeza que provocó una abundante hemorragia. No eran visibles otras marcas en el cuerpo. No había pruebas de que alguien hubiese irrumpido por la fuerza en el domicilio ni de que se hubiese producido forcejeo. Kate lo leyó, tratando de no conmoverse ante la imagen de la anciana caída, sola, sobre el suelo de su casa. Le dirigió una mirada a Chance. —Aquí dice que no se veían indicios de que alguien hubiese entrado por la fuerza. ¿Sabe si Nell cerraba las puertas con llave? —Lo dudo. Aquí nadie lo hace. Leyó el informe una vez más para memorizar los detalles, pero no encontró nada que le pareciera significativo. Devolvió el informe al sheriff. —Gracias, sheriff Conrad. Creo entender lo que ocurrió. Ahora bien, si


pudiese echarle un vistazo al informe de la autopsia, estaría... —Lo lamento. Creí que había entendido que el condado de Silver es pequeño, y dista de ser opulento. En circunstancias como ésta, en las que la causa de la muerte resulta tan evidente, no se realiza autopsia. Le ahorra a la familia cierta dosis de aflicción, y al condado una considerable suma de dinero. —Pero, sin duda... —Esto es Montana, Kate —intervino amablemente Chance—. Tu abuela tenía setenta y dos años. Cuando la gente llega a esa edad, a veces se producen lamentables accidentes. Aquí hemos aprendido a aceptarlo. Kate se contuvo. A buen seguro, Chance tenía razón. Incluso en la ciudad la gente sufría accidentes todo el tiempo, y algunos de ellos resultaban fatales. No era algo fuera de lo normal. Formaba parte de la vida. Pero entonces, ¿por qué sentía con tanta intensidad que en ese caso todo estaba mal? Dirigió al sheriff la sonrisa más educada que pudo componer. —Le agradezco su ayuda, sheriff Conrad. Lamento todos los problemas que puedo haberle causado. Volvió a aparecer la sonrisa de político. —Ningún problema, en absoluto, señora Rollins. Estamos para eso, para servir a quienes lo necesiten. Chance le puso la mano en la cintura, y ambos se dirigieron hacia la puerta. —Gracias, Barney —dijo por encima del hombro. Una vez fuera del edificio, caminaron en silencio hasta la tienda. Cuando llegaron, la camioneta ya estaba cargada y lista. Chance pagó los alimentos, ayudó a Kate a subir a la cabina, se sentó en el asiento del conductor y cerró la portezuela.


La observó con atención. —Estás muy callada. Pensé que una vez que hubieses visto el informe te sentirías mejor. Ella trató de sonreír, pero no pudo. —Gracias por tu ayuda. —¿Qué pasa, Kate? ¿Por qué es esto tan importante para ti? ¿Qué es lo que no me has contado? Kate bajó la vista hasta su regazo y recordó los disparos que habían estado a punto de acabar con su vida y la angustia que había apreciado esa noche en el rostro de su abuela. También pensó en Chet Munson y en las terribles historias de los periódicos, y deseó poder contarle a Chance toda la verdad. Pero sabía que él pensaría que estaba loca de remate. —No sé, Chance. Hay algo en todo esto que no deja de fastidiarme. No puedo quitármelo de la cabeza. Él le tomó la mano y entrelazó los dedos con los de ella. —Imagino que es lógico preguntarse qué ha sucedido cuando uno pierde a un miembro de su familia. Me parece que la tuya es bastante pequeña. Tal vez, eso empeore las cosas. Kate no respondió. No tenía una verdadera familia, eran sólo David y ella, y un par de primos lejanos. —Ya son casi las cinco —señaló Chance con un vistazo a su enorme reloj de pulsera cromado—. ¿Por qué no vamos a El Río y te invito a un margarita? Eres una chica de California. Deben de gustarte los margaritas. Así era, aunque no podía recordar cuánto hacía que no probaba uno. Se obligó a sonreír. Chance puso la furgoneta en marcha. Bordearon la hondonada del lago


Flathead, donde se encontraba Polson, y llegaron al restaurante que miraba al río. A esa hora, el aparcamiento no estaba muy lleno, pero algunos coches se alineaban en la parte frontal. En el momento en que Chance le abrió la portezuela y la ayudó a bajar, llegó un jeep Cherokee de color blanco. A Kate no se le escapó la mueca de disgusto que se dibujó en el rostro de Chance. —¿Qué ocurre? —preguntó. Siguió su mirada, fija en los hombres que se apeaban del Cherokee. —Lon Barton y algunos de sus amigotes. ¡Qué mala suerte encontrármelos justo esta noche! —Su dura mirada indicaba que sus planes no incluían a nadie más aparte de ellos dos, y Kate sintió un leve e inesperado estremecimiento de deseo. —Vamos —la apremió—. Nosotros llegamos primero, y todavía me gusta cómo suena lo de los margaritas. —Kate permitió que él la tomara de la mano y la llevase hasta la puerta del restaurante, de modo que adelantaron por varios segundos a Lon Barton y sus hombres. El local era sorprendentemente sofisticado, según los parámetros de Montana: tonos azul brillante y amarillo limón, suelos de madera ligera, ventiladores en el techo y decorados formados por encantadores mosaicos de cerámica. Era un restaurante que bien podría haberse encontrado en la playa de Newport. Chance la condujo hasta la barra situada a la derecha del salón, que también estaba decorado en el estilo de Santa Fe. Se sentaron en una de las mesas del costado, y Chance ordenó una jarra de margarita. —¿Una jarra? —Kate lo observó con recelo—. Tratas de emborracharme y aprovecharte de mí, ¿verdad? La boca de Chance se curvó en una sonrisa. ¡Santo Dios, qué boca tan sexy! —No, pero no es mala idea. Sería interesante ver cómo eres en realidad una vez que bajas la guardia. Kate bebió un trago de su copa, ansiosa por sentir deprisa su calmante efecto.


La bebida estaba fría, helada, y aunque no era exactamente igual a las que solía beber en Los Angeles, no estaba nada mal. —No bajo la guardia con mucha frecuencia. —¿Y me lo dices a mí? —Chance dio un trago—. La pregunta es: ¿por qué no? Kate apartó la mirada y encogió los hombros con indiferencia. —Demasiadas cosas en juego, supongo. —¿Como qué? ¿O acaso vuelvo a meterme en un terreno demasiado personal? Kate le dio otro trago a su margarita. —Vuelves a hacerlo, pero en este caso, tal vez tengas derecho a saber. —Te escucho. —Bebió un nuevo sorbo y se lamió la sal con la lengua. Tenía una lengua larga, húmeda y lisa. Por un instante, Kate olvidó lo que iba a decir. Dio otro trago al margarita. —Lo cierto es que los trámites de mi divorcio aún no han finalizado. Técnicamente, estás saliendo con una mujer casada. Chance alzó una ceja. —No es mi costumbre. Supongo que puedo hacer una excepción. Ya que has optado por una actitud virginal, ¿cuál es el problema? Kate dejó escapar un suspiro. —Tommy, mi ex esposo, ha sido un problema para mí desde el día en que le conocí. Quería una asignación mayor, lo que demoró mucho las cosas. Me amenazó


con pelear la custodia de David si no aceptaba. Acordé pagarle una pensión alimenticia durante cinco años para que accediese a cooperar. —Bromeas. —Ojalá bromease. —No suena precisamente al compañero ideal. —No, y no esperaba que lo fuese. No ha sido el compañero ideal por lo menos durante los diez últimos años. —¿Y por qué seguiste con él? —Por David. No quería que a mi hijo le pasara lo que me pasó a mí. Me crié sin padre, y no quería eso para David. Al final comprendí que tener un padre como Tommy no es mucho mejor que no tener ninguno. —Siempre quise tener una madre, pero mi padre no volvió a casarse. Pensaba que las mujeres sólo servían para una cosa. Por suerte, no solía estar conmigo muy a menudo, y nunca creí mucho en lo que él decía. —¿Entonces tú no crees que las mujeres sirvan para una sola cosa? Chance le sonrió. —Las mujeres sirven para muchas cosas. Sin embargo, no te voy a negar que el sexo es una de las primeras de la lista. Kate no pudo evitar sonreír. En su propia lista, el sexo nunca había sido una prioridad. Con Tommy, no era más que una obligación. Después de descubrir sus interminables infidelidades, fue decreciendo hasta desaparecer por completo. Observó a Chance. Él la miraba con aquella intensa expresión suya, y Kate sintió que se le disolvían las entrañas como si fueran un tazón de mantequilla. ¿Cómo sería el sexo con un hombre como Chance? Santo cielo, ¿se atrevería a averiguarlo?


Terminaron las bebidas y entraron en el salón comedor para cenar. Desde su partida de Los Ángeles, Kate no había vuelto a probar comida mexicana. Para encontrarse en un lugar a tres mil kilómetros de la frontera, resultó sorprendentemente buena, y el chile verde que pidió Chance, del todo delicioso. Como beneficio añadido, la carne y el queso atenuaron los efectos de los margaritas. Todavía no eran las ocho cuando salieron del restaurante, pero ambos comenzaban a trabajar con la salida del sol, y en Montana todo el mundo se levantaba muy temprano. Acababan de entrar en el aparcamiento cuando divisaron al hombre que Chance había identificado como Lon Barton. Era alto y rubio, quizás uno o dos años mayor que Chance. En lugar de la imagen formal que Kate esperaba encontrar, Barton exhibía su rubio cabello ondulado un poco demasiado largo, y un espeso bigote dorado. Iba vestido con camisa plisada roja y téjanos, y parecía más un leñador que el acaudalado minero que en realidad era. —¿Eres tú, McLain? —Barton empezó a caminar hacia ellos, y Chance maldijo entre dientes—. Me pareció verte antes —siguió diciendo Barton—. ¿Cómo van las cosas en Running Moon? Chance volvió a mostrar su actitud más sombría. —Podrían andar mejor. Podría seguir teniendo seis cabezas de ganado vivas en lugar de seis muertas, si no hubiesen bebido del agua que contaminaste más arriba, en la reserva. Barton se tensó. —Yo no he contaminado nada. Si se te muere el ganado, es problema tuyo, McLain. No tiene nada que ver conmigo. —Centró su atención en Kate, y se quitó la gorra roja que llevaba, que ostentaba la leyenda LA VIDA ES ORO SÓLIDO. —Me parece que no nos conocemos. —Le tendió la mano. Era blanda y


blanca, notó Kate al estrechársela con desgana; una mano que no conocía el trabajo rudo, en contraste con la apariencia de trabajador que daba a entender el resto de su figura—. Soy Lon Barton. Es un placer conocerla, señora... —Rollins. Kate Rollins. —Desde luego. La nueva propietaria de la Cafetería Lost Peak. Me han hablado mucho de usted. —Yo también he oído hablar de usted, señor Barton. —Lon, por favor. Durante los próximos meses vamos a vernos con frecuencia. Acabemos ahora con las formalidades. Chance la obligó a ponerse detrás de él. —No creo que ella vaya a verte mucho, Barton. Si sigues adelante con tu intención de abrir esa mina en el arroyo Silver Fox, eso es algo que no va a suceder. Los tres compañeros de Barton se acercaron un poco más. El más alto dio un paso al frente. —Oh, sí que va a suceder, McLain —dijo este último—. Te guste o no. —Tranquilo, Duke —le conminó Barton, pero el hombre no cedió un centímetro. Era más alto que Lon, más o menos de la misma estatura de Chance, pero de hombros y pecho más fornidos. Su cara carnosa era algo rubicunda. Como solía decirse, parecía que desayunaba clavos. —Será mejor que mantengas atados a tus perros guardianes —le advirtió Chance a Barton—. Si no lo haces, pueden terminar lastimando a alguien. —Sí —dijo el tal Duke, al tiempo que se adelantaba—, y esta noche ese alguien vas a ser tú. —Le tiró un poderoso puñetazo, y Kate sofocó un grito


de alarma, pero Chance anticipó el golpe y lo esquivó con facilidad. —Me alegro de que lo hayas hecho, Mullens. Hace dos años que busco una excusa para romperte los dientes. —Con un rápido golpe que partía del hombro, el fuerte gancho de Chance impactó de lleno en la barbilla de Duke Mullens. El hombre trastabilló y estuvo a punto de caer de espaldas. Cuando recuperó el equilibrio, podía verse la sangre en su rostro y la furia asesina brillando en sus ojillos negros. Kate sintió crecer su preocupación por Chance. No quería que resultase herido, y Duke Mullens parecía más que capaz de lograrlo. Mullens se balanceó una o dos veces, escupió en el polvo y volvió a cargar contra Chance. Un par de rápidos ganchos de izquierda tomaron a McLain por sorpresa. Un nuevo y duro golpe en la mandíbula lo mandó dando vueltas al suelo. —¡Chance! —Kate intentó ir hacia él, pero Barton la tomó del brazo. —No intervenga en eso, Kate. Sólo conseguirá salir lastimada. —No podemos permitir que sigan peleando. ¿No puede hacer algo? Vio que él sonreía bajo su espeso bigote. —Dejemos que se diviertan. Hace dos años que arden en deseos de hacerlo. —¿Por qué? —Rencor, puede decirse. Hace dos años, Duke le robó a Chance una de sus conquistas. Me parece que no le gustó demasiado. «Duke le robó a Chance una de sus conquistas.» Las palabras la hicieron sentirse ligeramente mareada. ¿Así que de eso se trataba? ¿De celos por una de sus antiguas amantes? Kate no hizo comentario alguno, sino que siguió contemplándolos, temblorosa, observando con creciente horror cómo seguían


peleando. A esas alturas, de la nariz de Duke Mullens caían chorros de sangre. Chance tenía un corte en la comisura del labio y de su ojo izquierdo caía un hilillo de sangre que le corría por la mejilla y teñía de rojo su camisa blanca. Farfulló un insulto y alcanzó a su contrincante con un poderoso puñetazo que habría tumbado a cualquier hombre normal. Mullens bajó la cabeza, embistió a Chance como un toro, y ambos cayeron al suelo. Chance rodó hasta quedar encima de su contrincante, pudo pegarle entonces unos buenos golpes antes de que Mullens lo arrojase lejos y se pusiera en pie tambaleándose. Chance estaba preparado para recibirlo. Hizo caso omiso de la sangre que entraba en su ojo y lanzó un duro golpe de izquierda directo al estómago de Mullens, seguido por un gancho a la mandíbula. Un último golpe de gracia. Mullens, trastabillando, se desplomó en el suelo. Esta vez no volvió a levantarse. —Esa fue por Sherry —dijo Chance mientras se enjugaba la sangre de la boca con el dorso de la mano. Se inclinó para recoger su Stetson del suelo, se lo calzó de un golpe y fue hacia donde aguardaba Kate. Sin decir palabra, la tomó del brazo y prácticamente la llevó en vilo hasta la camioneta. De un tirón, abrió la portezuela y la subió al asiento. En pocos segundos salió disparado del aparcamiento, levantando una nube de polvo y gravilla con las ruedas. No tardó en pillar la autopista 93, rumbo a Lost Peak. A Kate seguía latiéndole con fuerza el corazón. Pero en ese momento, en que ya no sentía conmoción ni temor, su temblor se debía a la furia. Ni siquiera la sangre que corría por la enjuta mejilla de Chance logró atemperarla. —Muy bien, ahora que ya te has divertido un rato, la próxima pelea será conmigo. — Dirigió una feroz mirada al hombre que tenía la vista clavada en la carretera


con los dientes apretados—. ¿Era realmente necesario todo esto? ¿Tenías que pelearte como un animal sólo porque una mujer con la que salías te dejó por otro hombre? Por un momento, los largos dedos morenos de Chance se cerraron sobre el volante, y soltó un suspiro. —Sherry no es más que una amiga. Salimos hace muchos años, cuando estábamos en la secundaria. Desde entonces, ha sido casi una hermana para mí. —Continúa. —Duke y yo jugábamos al fútbol juntos en el equipo de la universidad. Por aquel entonces, ya era un imbécil. Ahora, lo es más todavía. —Es una excusa muy débil para pelearse de ese modo en un aparcamiento. Chance apretó los labios. —Hace ya dos años que, Sherry cometió el desdichado error de salir con él. Antes de que terminase la noche, Mullens la había violado. Kate sintió que el aire se condensaba en sus pulmones. Cita con violación. Ocurría muy a menudo. —Si es así, ¿por qué Mullens no está preso? —Porque Sherry no presentó cargos. Pensó que nadie la creería. Conocía a Duke de toda la vida. Hacía un tiempo que se había divorciado y supongo que se sentía sola. Esa noche, cuando Duke la llevó a su casa, ella lo invitó a subir al apartamento. Eran las dos de la madrugada y ambos habían estado bebiendo. Sherry quería prepararle un café antes de que se metiese en el coche de regreso a su casa. En lugar de eso, Mullens entró, le pegó, la arrastró al sofá y la violó. Kate observó los tensos músculos de la mandíbula de Chance. Junto a ellos


pasaban los coches uno tras otro, y los faros provocaban sombras en sus altos pómulos. —Aunque así fuese —comentó ella un poco más amablemente—, no fue culpa tuya. No tuviste nada que ver. —Como ya te he dicho, Sherry es mi amiga. Mullens es el hijo de puta que le hace a Barton la mayor parte del trabajo sucio. Lo que significa que sin duda fue el que se encargó de verter los residuos que mataron a mis seis cabezas de ganado. Si le quedaba alguna réplica en el tintero, se desvaneció. Ella también vivía ahora en Montana. Al parecer, en Montana la gente dirimía sus conflictos con los puños. Abrió su bolso, sacó de él un pañuelo de papel, se inclinó hacia Chance y limpió la sangre que le salía de la comisura de su boca. Se dio cuenta de que él sonreía. —Gracias. —No hay de qué. —Siguió enjugándole la sangre del ojo, de la mejilla y volvió a guardar el pañuelo en el bolso. Chance la miró de soslayo. —Puedes suponer que ésta no era, precisamente, la velada que había planeado. —¿No? Y yo que pensaba que habías armado todo este jaleo sólo para impresionarme. —En ese caso, no habría incluido la parte en la que Mullens me molió a golpes. — Movió varias veces el maxilar—. Duke tiene un gancho fuerte como la coz de una muía. Por suerte, es bastante torpe.


—A juzgar por tu aspecto, diría que es una verdadera suerte. Chance soltó una risita y se relajó en el asiento. Hicieron el resto del trayecto en silencio. Cuando llegaron a la casa de Kate, la acompañó hasta la puerta. —Supongo que no me invitarás a pasar. —Supones bien. —La próxima vez, te prometo que seré un modelo de conducta caballeresca. —¿La próxima vez? ¿Después de lo que ha pasado esta noche? ¿Quién dijo que va a haber una próxima vez? La expresión de Chance se hizo intensa y sus ojos tan azules que parecían de neón. —Yo, Kate. —Se inclinó y la besó con el beso más suave y dulce que jamás hubiese recibido. Entonces dejó escapar un gemido, y la suavidad se esfumó. Su boca se adueñó de la de ella con completo abandono, ardiente y ansiosa, posesiva, una clara señal de lo que deseaba de ella. Deslizó la lengua en el interior de su boca, y Kate sintió que el calor le inundaba el vientre y disolvía sus entrañas. Le temblaban las piernas, el corazón le latía desbocado. Pudo sentir el corte abierto en los labios de Chance, el débil sabor a cobre de su sangre. Se descubrió apretándose contra él, de puntillas, estrechándose cada vez con más fuerza contra su sólido cuerpo. Chance deslizó las manos por su espalda y le aferró las nalgas. La alzó hasta que el centró de suavidad de Kate quedó pegado a su sexo erecto. Lo sintió duro como el hierro, palpitante, más grande de lo que imaginaba que podía ser, tenso contra la cremallera de los téjanos. Dentro de ella se encendió una feroz hoguera. De un momento a otro se transformaría en una columna de humo. Chance le besó el cuello y cubrió uno de sus senos con la mano. Masajeó con


suavidad el pezón hasta que se puso rígido y erecto. —Desearía no haber estropeado las cosas esta noche —susurró, y se apartó de ella, aunque Kate ya no quería que lo hiciese. Le dio un suave beso en los labios—. Tenía planes contigo que no incluían a Duke Mullens. Te recompensaré. Lo prometo. Kate permaneció inmóvil. Después de haberlo visto pelear sobre el polvo como un hombre de las cavernas, tenía todas las razones del mundo para negarse a verlo de nuevo. En cambio, el hecho de que hubiese peleado por una mujer a la que consideraba su amiga sólo conseguía hacerlo más atractivo. Nunca había conocido a un hombre como él. —¿Qué te parece el sábado por la noche? —le preguntó Chance, mientras bajaba del porche—. Eres la dueña del local. Puedes tomarte la noche libre si lo deseas. Me gustaría mostrarte el rancho. Podríamos cenar allí. Le encantaría conocerlo. Pero su sentido común le impelía a gritar que no. Al paso que iban, tarde o temprano terminaría en la cama de Chance. No estaba preparada para eso. Dudaba de que alguna vez lo estuviese. ¿Y las consecuencias? Chance tenía más experiencia con las mujeres que ella con los hombres. ¿Y si para él ella no era más que la diversión de una noche? Peor aún, ¿y si su ex esposo se hubiese enterado? Podía volver a empezar a crearle problemas con David. Apartó la mirada. —No creo que sea buena idea. —¿Por qué no? —Para empezar, por mi divorcio. —Mi cocinera es muy discreta. Y los trabajadores saben que no les conviene chismorrear. Nadie sabrá que estuviste allí. —Chance, no sé...


Él volvió sobre sus pasos y le tomó el rostro entre las manos. —Sí, lo sabes, Kate. Sabes lo que va a pasar, y yo tambien lo sé. —La besó, muy profundamente, y se apartó de ella—. Pero no te voy a presionar. Puedes tomarte todo el tiempo que necesites. —Bajó los escalones del porche—. Pasaré a buscarte a las seis. Antes de comer quiero mostrarte algunas cosas. Kate no dijo nada. Lo vio alejarse dando grandes zancadas hasta la furgoneta. «No voy a presionarte. Puedes tomarte todo el tiempo que necesites.» Las palabras tuvieron un efecto tranquilizador. La presión había desaparecido. Así que podían simplemente estar juntos y pasar un buen rato. Suspiró y entró en la casa. Aunque Chance se propusiera seducirla, no cambiaría de idea. Por Dios, cómo deseaba que él le hiciese el amor. Pero eso era lo más insensato que podía llegar a hacer. Capítulo 12 Chance condujo de regreso al rancho un poco más lentamente que de costumbre, mientras repasaba todo lo sucedido esa noche. Tenía los nudillos raspados y en carne viva, y le ardían cuando cerraba los dedos en torno al volante forrado en piel. El corte que tenía sobre el ojo se estaba amoratando. Tenía el labio cortado e hinchado, aunque parecía haberlo olvidado al besar a Kate. Pensó en ella y maldijo por lo bajo. Esa noche se había portado como un tonto al dejarse llevar por sus impulsos. En el mismo instante en que divisó a Lon Barton junto a Duke Mullens, tuvo el presentimiento de que se avecinaban problemas. Debería haber montado en la camioneta y haber salido de allí como un bólido en sentido contrario en cuanto vio el coche de Barton. Pero lo cierto era que no estaba en absoluto arrepentido. Mullens merecía una paliza por lo que había hecho. El muy hijo de perra merecería estar en prisión.


Chance suspiró. Por lo menos, la primera parte de la noche había sido razonablemente buena. Kate Rollins le gustaba. Le gustaban su inteligencia y el coraje que había demostrado al mudarse de la ciudad a un lugar como Lost Peak. Incluso le gustaba que se resistiese a sus encantos. No muchas mujeres lo hacían. Menos aún aquellas a las que perseguía del modo en que lo hacía con Kate. Kate tenía principios, algo que en estos tiempos no era muy frecuente. Además, tenía el cuerpo más sexy y deseable que jamás hubiese visto. No era alta y esbelta como Rachael. No poseía esa belleza irreal al estilo orgulloso de «Soy la más arrebatadora de la ciudad» que le había atraído de Rachael. Kate pertenecía al tipo de mujer que tenía los pies en la tierra, que no se detenía en tonterías y, aun así, era dulce y femenina, voluptuosa hasta el punto de hacerlo enloquecer. Podía imaginar esa espesa cabellera rojiza desparramada sobre su almohada. Los téjanos se le tensaban cada vez que pensaba en poner sus manos sobre aquellos magníficos pechos. Chance aminoró la marcha y salió de la carretera para tomar el sendero bordeado de pinos que conducía al Running Moon. Había llevado a muchas mujeres a conocer el rancho, pero sólo unas pocas eran invitadas a conocer la casa. Era su refugio privado, el lugar donde se aislaba de los problemas que se veía obligado a enfrentar con sólo cruzar la puerta. No obstante, y por alguna extraña razón, ansiaba mostrarle el lugar a Kate. Condujo por el largo camino de grava hasta la gran casa de troncos de dos plantas, accionó el mecanismo que abría la puerta en el visor que colgaba sobre la entrada, y entró en el garaje con capacidad para tres coches. Bajó de la camioneta y se detuvo un instante para contemplar la vista sumida en la penumbra. La noche era increíblemente limpia y clara, tan negra que podían verse todas las estrellas, y todo brillaba debido al diamantino rocío. Le encantaban las noches como ésa. Si no hubiese estado magullado y lastimado de pies a cabeza, con la ropa rasgada y manchada de sangre —en parte de él, en parte de Duke—, habría llevado a Kate hasta la cumbre Lookout Mountain, y allí habrían contemplado juntos las estrellas.


Por alguna razón, sabía que a ella le habría gustado. Y a él le habría gustado sólo por el hecho de estar con ella. Frunció el entrecejo, por primera vez incómodo ante el rumbo que adquirían sus pensamientos. No se había sentido tan atraído por una mujer desde hacía muchos años; tal vez nunca. Por lo que podía recordar, siempre había sido un hecho incuestionable que Rachael era la mujer con quien acabaría casándose. La conocía desde que eran niños y se había sentido atraído por ella desde que regresó a casa al terminar los estudios en el lujoso colegio del este al que había concurrido, siendo ya adulta y con aspecto de haber salido de una portada de Vogue... que era, exactamente, lo que ella deseaba. Habían salido juntos todo aquel verano. Cuando llegó el momento en que Rachael debía partir para emprender su carrera como modelo en Nueva York, ambos habían llegado a un acuerdo tácito. En algún momento, cuando estuviesen preparados para establecerse, se casarían. A su debido tiempo, Rachael heredaría el Circle Bar F. La herencia que recibirían sus hijos sería una propiedad que doblaría en tamaño al Running Moon. Más importante aún, ese matrimonio era algo que Ed deseaba; además, Chance le debía a Ed todo cuanto era. Casarse con Rachael sería lo mejor para todos; tal vez incluso para Rachael. Ella sólo podría pasar unos cuantos años recorriendo el mundo como una famosa modelo de portada. La industria de la moda se basaba en la juventud y la belleza, y no pasaba demasiado tiempo antes de que una mujer fuese considerada demasiado mayor. Mucho antes de que eso ocurriera, Rachael estaría dispuesta a establecerse. Y él cuidaría muy bien de ella. Ed podía confiar en él en ese sentido. Chance pensó en el rostro exquisitamente bello de la joven, su cabello rubio claro, y su estilizada figura de muchachito. Trató de imaginarse casado con Rachael, entrando en su casa, polvoriento y cansado tras un día de trabajo en el rancho.


En lugar de una mujer alta, espigada y rubia, la que surgió en su mente fue otra más pequeña, con una mata de cabello rojizo, y curvas suaves y voluptuosas. Cualquier hombre podría perderse en aquellas curvas. Podía imaginar esa suavidad dando reposo a su fatiga. Chance sacudió la cabeza, incómodo por la imagen. No podía permitirse un idilio con Kate, no al menos uno que resultara trascendente. No conduciría a nada. Ya estaba comprometido con otra persona. Pero para la boda con Rachael faltaban aún meses, tal vez años. Apretó el botón para bajar la puerta del garaje y entró en la casa. No tenía por qué preocuparse. Kate no buscaba una relación estable. Ni siquiera estaba divorciada del hombre con el que se había casado. No quería de él más de lo que él quería de ella. Mientras tanto, podían disfrutar uno del otro. Un golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos. Se detuvo a mitad de la escalera de pino que conducía a su dormitorio. Roddy Darnell, su capataz, asomó la cabeza. —Lamento molestarte, Chance. Ed Fontaine pasó por aquí esta tarde. Me dijo que te contara que el tribunal ha aceptado la demanda contra Consolidated por el vertido en el arroyo Beaver. —Así que el viejo Frank Mills lo ha logrado. —Lo había pasado muy mal reuniendo las pruebas necesarias para convencer a un juez, pero parecía que había conseguido hacerlo—. Ya era hora. —Eso dijo Ed. Pensó que te gustaría saberlo. Esperaba que quizás en esta ocasión el juez le sacara lo suficiente a Consolidated como para pagar por el vertido, y que eso los obligara a pensárselo dos veces antes de volver a hacer algo semejante. Chance siguió subiendo la escalera. —Gracias, Roddy.


El hombre no se movió. Siguió de pie junto a la puerta. —¿Te encuentras bien, Chance? Éste bajó los ojos y vio la sangre que teñía la pechera de su camisa. —Tuve un pequeño encontronazo con Duke Mul-lens. Ya lo arreglamos. Roddy sonrió, cosa que muy rara vez hacía. —Mullens podría arreglarse un poco a sí mismo. Chance le devolvió la sonrisa y siguió subiendo las escaleras, con la mente puesta en Consolidated Metals. Sólo esperaba que, al margen de quién fuese el juez, no figurara en la nómina de Lon Barton. Lon Barton entró en el aparcamiento y se detuvo frente a las oficinas de Consolidated Metals en la mina del arroyo Beaver. Se abrieron al unísono las cuatro portezuelas del Cherokee, y los hombres descendieron de él. Saludaron con la mano a Lon, y cada uno se dirigió a su coche. —Mañana nos vemos, jefe —dijo Duke Mullens mientras seguía a los demás y se acercaba a su camioneta Chevy. —Aguarda un minuto, Duke. Hay algo que quiero comentarte. —Mullens se volvió. Tenía un aspecto espantoso, con los ojos tan hinchados que casi no podía abrirlos, empezaban a ponérsele morados, la nariz rota y el labio hinchado. Esa noche había perdido con McLain, y eso no le gustaba. Lon se preguntó cuánto tiempo pasaría hasta que pudiera desquitarse. Mullens caminó hacia él hasta quedar junto al coche. —Sí, jefe, ¿qué ocurre? —en su voz ronca había una nota de interés. Duke siempre se mostraba ansioso por satisfacer los caprichos de Lon, y no era sólo por el dinero. Los trabajos que hacía solían ser peligrosos y arriesgados. Aveces incluso exigían cierta dureza. Ésa era la parte que más le


gustaba a Duke. Sin duda, esperaba que, fuera lo que fuese, tuviese algo que ver con Chance McLain. En cierto modo, tal vez tenía que ver. —Esa tal Rollins. Por lo que tengo entendido, es ella la que encabeza la campaña para que no sigamos oponiéndonos a la prohibición del cianuro. Quiero que averigües todo lo que puedas sobre ella. Duke sintió aún más curiosidad. —Es una mujercita muy atractiva. Con ese pelo rojo como el fuego y esas enormes tetas redondas. Me gustaría catarla. —He oído decir que viene de Los Angeles. Hazle una llamada a Sid Battistone. Veremos qué puede averiguar él. —Battistone era un investigador privado de la Costa Oeste al que Lon había recurrido en un par de ocasiones—. Y mientras te ocupas de eso, curiosea un poco por ahí. Intenta averiguar por qué se mudó a un agujero de mala muerte como Lost Peak. —Eso ya está hecho, jefe. ¿Algo más? —De momento, no. Primero veamos qué sacamos en claro. Podría resultar interesante. Duke lo saludó con la mano mientras se acercaba a su camioneta. La paga era buena. Y al margen del lío que había armado esa noche, hacía bien su trabajo. No pasaría mucho tiempo antes de que Lon supiese todo lo que había que saber sobre Kate Rollins. Se preguntó qué secretos guardaría ella. Y qué podría hacer él con esos secretos cuando los descubriese. Kate pasó toda la noche soñando. Era un sueño que había tenido con anterioridad, pensamientos perturbadores sobre la noche del tiroteo. En el sueño, flotaba y quedaba suspendida por encima de la mesa de operaciones, separándose de su cuerpo. Se elevaba a través de la oscuridad por un largo túnel negro, en dirección a la maravillosa luz que brillaba al final. Cuando por fin la alcanzaba, veía los cálidos y familiares rostros de personas que


había conocido alguna vez. El rostro sonriente de su madre, las caras de los amigos perdidos. Nell Hart estaba entre ellos, vestida con la sencilla bata que llevaba en la foto. Trataba de hablar, pero Kate no lograba oírla. Suplicaba intentando llegar hasta ella para decirle algo. Era importante. Urgente. Kate trataba de tocarla, trataba con desesperación de comprender. ¿Qué quería decirle?, le preguntaba en silencio. «¡Dime qué es lo que quieres que sepa!» Pero, al igual que en los anteriores sueños, era demasiado tarde. Kate se agitó, inquieta, tratando de librarse de aquellas perturbadoras imágenes, luchando por despertar. A punto de recuperar la conciencia, en el fondo de su mente se formó un único pensamiento, al principio confuso, que fue poco a poco concentrándose hasta adquirir total nitidez. Asesinato. Kate abrió los ojos de forma desorbitada. Todo su cuerpo temblaba y estaba empapado en sudor frío. Tenía la boca seca y los músculos muy tensos. Su pelo era una masa húmeda y enredada adherida a su cuello y a sus hombros. En cuanto se sintió más lúcida, el sueño empezó a desvanecerse, pero en esta ocasión lo recordó lo suficiente como para registrar el último pensamiento. —Asesinato —murmuró temblando en la penumbra de su habitación, aunque el cuarto no estaba frío. ¿Era posible que se tratara de eso? ¿Era ése el mensaje que su abuela había querido transmitirle? ¿O se trataba de alguna morbosa triquiñuela de su propia imaginación? Se sentó en la cama, incómoda, y apoyó la espalda contra el antiguo respaldo de madera tallada. Tal vez nada hubiese sucedido en realidad. Ninguna brillante luz blanca. Ningún rostro del pasado. Quizá todo el asunto no fuese más que un estrafalario artificio concebido por su propia mente. Se frotó los ojos, sintiéndose débil y vacía. Echó una mirada al reloj digital que tenía junto a la cama. Apenas las cuatro de la madrugada. No quería levantarse, pero estaba demasiado despierta y le resultaría imposible volver a conciliar el sueño.


Se irguió para encender la lámpara de la mesilla de noche, hizo a un lado el bonito cobertor azul que había encontrado sobre el lecho de Nell al mudarse, tomó su bata amarilla y fue hasta el cuarto de baño. Cuando salió, se sentía algo mejor. Como no quería despertar a David, tomó la linterna que guardaba junto a la cama para cualquier eventualidad, salió al vestíbulo y la encendió. La casa estaba a oscuras. Crujieron las viejas tablas cuando empezó a subir la estrecha escalera que llevaba al desván. Desde el día de la mudanza, había tenido la intención de revisar las cosas de su abuela. Pero había estado tan ocupada, que el momento no se había presentado. El día anterior había recibido por correo una copia del testamento enviada por Clifton Boggs, el abogado de Nell de Missoula. Kate se sintió casi decepcionada al descubrir que en el testamento no figuraban otros beneficiarios más que ella. Nadie había sacado partido con la muerte de su abuela, como en secreto había imaginado. Al pensar en ello, dejó escapar un suspiro. Se encontraba frente a un nuevo callejón sin salida, y estaba a punto de tirar la toalla. Pero el sueño había vuelto a despertar su curiosidad, y no le permitiría darse por vencida. Estaba obligada a empezar una vez más y dar, al menos, ese último paso. El desván estaba lleno de polvo. Kate estornudó un par de veces cuando su bata se abrió y levantó una fina nube de polvo en el aire. Pasó con dificultad junto a varias sillas viejas, una lámpara sin pantalla, un par de viejos esquís, para alcanzar a la alta pila de cajas. Tras la muerte de Nell, Aida Whittaker se había ocupado de sus cosas, y había guardado ropa, bisutería y todas las cuentas y la correspondencia de Nell en el desván. Kate rebuscó hasta dar con las cajas señaladas como ARCHIVO DE IMPUESTOS y ARCHIVOS PERSONALES Y DE NEGOCIOS. Acercó una pequeña mecedora de arce que no había tenido el coraje de desechar, y empezó a revisar el contenido de la primera caja.


Si partía de la base de que Nell había sido asesinada, una suposición más que audaz ya que no poseía prueba alguna, tenía que existir un motivo. ¿Quién querría asesinar a una inofensiva anciana? ¿Para conseguir qué? Y si, en efecto, se trataba de un asesinato, ¿cómo se las había arreglado el asesino para que pareciese un accidente? Las muertes accidentales sucedían, desde luego. Los asesinos en serie, a menudo torturaban y mataban a víctimas con las que tropezaban por casualidad. Como en este caso no había indicios de forcejeos eso no parecía factible. Nell Hart había sido una mujer fuerte y serena. No se habría entregado con facilidad, sin ofrecer resistencia. No, sin duda conocía a su asaltante, quizás incluso confiara en él. El motivo era la clave de todo. Si Kate lograba dar con el porqué, podría empezar a trabajar en el cómo. Mientras revisaba la última caja llena de viejos papeles amarillentos, empezó a salir el sol. Hasta ese momento, la búsqueda no había resultado más fructífera que el resto de sus investigaciones. Se echó hacia atrás los pesados rizos rojizos que caían sobre su cara y se frotó la nuca para aliviar el dolor del cuello. Se dispuso a revisar el último sobre de papel manila de la caja. En su interior había documentos, algunos de ellos muy viejos: la escritura de la casa; la hipoteca de la propiedad y del equipamiento de la cafetería, pagada hasta el último centavo; la factura de venta de unas cabezas de ganado que Zach Hart había comprado. Daba la impresión de que Nell y su esposo nunca se decidían a deshacerse de nada. Kate sacó un nuevo sobre, muy estropeado pero no tan antiguo. En su interior había otra escritura. Estaba fechada el 18 de abril de 1972, diez años después de la muerte de Zach Hart y tres antes de que su abuela comprase la Cafetería Lost Peak. Kate hizo un cálculo rápido: en ese momento, Nell tenía cuarenta y tres años. Estudió con atención el documento. A diferencia de las demás propiedades que su abuela había obtenido a lo largo de los años, ésta era compartida con


otro copropietario. Kate reconoció el nombre: Silas Marshall. Silas era el dueño de la tienda que se encontraba en la acera de enfrente de la cafetería. Era el hombre que había sido lo suficientemente bondadoso como para darle un empleo de media jornada a David cuando llegaron a Lost Peak. Dos días antes, Silas había pasado por la cafetería para saludarla. En apariencia, había perdonado a David por robarle el paquete de chicles. Silas le propuso volver al trabajo y David, ansioso por el dinero extra que ganaría, aceptó de inmediato. A Kate le agradaba Silas Marshall. Pensativa, Kate se golpeteó la rodilla con el documento. Leyó las letras que figuraban en la primera página: «Escritura de Copropiedad Indistinta». Era la clase de escritura que utilizaban las parejas casadas, la que garantizaba los derechos del superviviente. Si una de las partes moría, todos los derechos pasaban de forma automática a la otra. Se preguntó por qué razón su abuela habría utilizado esa clase de escritura para vincularse comercialmente con Silas Marshall. Y por qué él no había dicho nada al respecto. Con toda probabilidad, el hecho de que Silas fuese la única persona que se hubiera beneficiado de la muerte de Nell Hart no era más que simple coincidencia. Leyó la descripción legal y vio que la tierra quedaba en algún lugar del condado de Silver. Se preguntó dónde estaría y si tendría algún valor real. Se negó a permitir que su mente fuera más allá. Tal vez la hubiesen vendido muchos años antes. Tal vez no fuese más que un trozo de tierra sin valor. No obstante, apenas terminara el turno del desayuno, subiría a su oficina y llamaría al Registro de la Propiedad. Averiguaría si, en el momento de la muerte de Nell, la propiedad pertenecía a Nell y a Silas. En ese caso, solicitaría un mapa que mostrase la ubicación de la propiedad y la haría tasar. Se preguntó si acababa de encontrar el primer verdadero indicio para aclarar el misterio. Tomó el documento y bajó la escalera. Pasaron dos días antes de que Kate tuviese la oportunidad de enterarse de


algo más. Estaba sirviendo café al último cliente mientras cavilaba acerca de lo que había averiguado en el Registro de la Propiedad, cuando se abrió la puerta de vaivén y entró Chief. Kate lo recibió con una sonrisa y fue con la cafetera hasta el reservado donde se había sentado. —¿Una taza? —le preguntó. Chief asintió con la cabeza y le alcanzó el pesado tazón de porcelana blanca. Kate lo llenó y se quedó de pie junto a la mesa. —¿Tiene un minuto, Chief? Me gustaría preguntarle algo. —Todo el tiempo del mundo —respondió él, y con un ademán le señaló el asiento de vinilo rosa que tenía frente a él. Kate dejó la cafetera en la mesa y se sentó. —Sé que conocía a mi abuela. Chief asintió. Sobre el asiento que tenía al lado descansaba su sombrero de copa. Su cabeza descubierta dejaba ver dos largas trenzas plateadas. Parecía la estatuilla de un indio. Kate sonrió para sus adentros, pensando que era muy probable que se vistiese así a propósito para reírse de la reacción de los turistas. —¿Sabía que Nell y Silas Marshall eran copropietarios de una parcela de terreno? Chief reflexionó un instante y, enseguida sus ojos oscuros se iluminaron. —Silas quería comprar la tierra que lindaba con su rancho, pero le faltaba dinero. Nell y él eran amigos. Ella le ofreció un préstamo, pero Silas no quiso aceptarlo. Dijo que podían ser socios, que la tierra sería una buena inversión. —¿Por qué? ¿Tenía algo especial?


—Agua en abundancia. Un pozo profundo. La gente siempre necesita agua. Eso aumentaba el valor de la propiedad de Silas. —Entiendo. —Pero no entendía nada, por supuesto. O no quería hacerlo. Empezaba a pensar que su única pista no era una verdadera pista. Nadie mataría por un pozo, ¿no es cierto? —Gracias, Chief. —Tu hijo. Será muy buen pescador. Kate sonrió, encantada. —¿De veras? —Ayer sacó un pescado enorme. Lo pescó, y lo soltó. Tuvo que soltarlo. —Está muy bien. Estoy segura de que se divirtió mucho pescándolo. —Es un buen chico. —Sí, lo es. —Kate llevó la cafetera a la cocina pensando en David, y deseando que algún chico de su edad le diera una oportunidad. Myra se encontraba junto a la puerta de la cocina. Cuando Kate entró, tomó un paño de la encimera. —Ya es hora de que te vayas y te tomes la tarde libre, ¿no te parece? Kate alzó la vista hacia el reloj. —Creo que sí. Tengo los folletos casi terminados, pero necesito terminar la impresión de las camisetas. David ha estado ayudándome con eso. Decidimos usar el eslogan: «Arroyo Silver Fox: más precioso que el oro».


—Eso suena realmente bien —comentó Myra, sonriente. —¿Estás segura de que te arreglarás sin mí esta noche? La noche del sábado es la más ajetreada de la semana. Tal vez podría llamar a Chance y... —Bonnie es muy rápida, y a los clientes les cae muy bien. No tendremos problemas. —Myra fijó los ojos en la punta de su espátula—. ¿Y qué me dices de ti? ¿Estarás bien? No te estarás enfriando, ¿verdad? En todo caso, el problema era exactamente el opuesto. El mero hecho de pensar en Chance le hacía sentir que todo su cuerpo ardía. —¿Estás bromeando? Si tuviese dos dedos de frente, escaparía de Chance McLain como un conejo asustado. —Pero, en realidad, no quieres hacerlo. Y creo que Chance se sentiría muy desilusionado si lo hicieses. —Siento que me estoy metiendo en problemas, Myra. No tengo tiempo para esta clase de cosas. Tengo un negocio que atender y un hijo en quien pensar. No vine hasta aquí para enredarme con un hombre. —Chance no es un hombre cualquiera, cariño. Creo que ya te has dado cuenta. Kate no discutió. Chance era diferente a los típicos hombres aparentemente sensibles que había conocido en Los Angeles. Era más fuerte, más seguro de sí mismo. Más apasionado por las cosas que le importaban. Quizás era eso lo que más le gustaba de él: se interesaba de verdad por las cosas. Muchos hombres eran apuestos, aunque rara vez con un estilo tan viril y recio. Pero pocos sentían tanta pasión por la vida. Kate se quitó el delantal y lo colgó junto a la puerta. Había dicho que saldría con él, y hasta el momento no había logrado convencerse de lo contrario.


Además, cuando estuviese con Chance, podría preguntarle acerca de la tierra que Silas Marshall había compartido con su abuela. Necesitaba saber qué clase de pozo había en la propiedad, y qué valor tenía exactamente. Estaba segura de que era un nuevo callejón sin salida y, en ese caso, tal vez podría convencerse de dejar las cosas como estaban. Si lo hacía, también tendría que acostumbrarse a vivir con la convicción de que, con toda probabilidad, nada de lo sucedido la noche de los disparos fue real. No había vislumbrado nada de la vida después de la muerte. Después de la muerte no había nada más que el final de todo. Lo cierto era que Kate deseaba creer que después de la muerte nos esperaba un bello lugar. Quería creer que volvería a ver a su madre y a sus amigos. Resolver el misterio, si es que existía, le demostraría, al menos a ella, que ese sitio era real. Kate no podía obligarse a abandonar hasta haber agotado todas las posibilidades. Capítulo 13 Chance aparcó frente a la casa poco antes de las seis. Imaginaba que Kate le haría esperar. Parecía ser de esa clase de mujeres, pero en realidad no le importaba. Siempre se había sentido a gusto en la vieja casa de Nell, y más aún con los muebles tapizados y los detalles de color que Kate había agregado desde que se había instalado allí. Llamó a la puerta y oyó pasos acelerados, que bajaban la escalera. David abrió la puerta de par en par. —Hola, Chance. Mami me ha dicho que esta noche ibas a salir con ella. —Así es. —Entró en la casa y se quitó el sombrero de ala ancha—. Eso... si no te parece mal. David se encogió de hombros.


—A ella le hace bien salir de vez en cuando. —¿Y tú, Davy? ¿Sales mucho últimamente? —Chief y yo hemos salido a pescar algunas veces. Esta noche voy a dormir a casa de Myra. Uno de sus nietos ha venido al pueblo. Se llama Ritchie. Tiene mi edad. Vamos a ver el partido de fútbol por televisión. —Parece un buen plan. —Recuperé mi empleo en la tienda. En cuanto ahorre lo suficiente, voy a comprarme una caña de pescar. Espero que no te moleste que conserve la tuya hasta entonces. —Como ya te dije, tengo un par de repuesto. Pero tengo una idea. Mañana es domingo, ¿verdad? —¿Y qué? —No vas a trabajar, ¿o sí? —No empiezo hasta el miércoles. —Bueno, ¿qué opinas de ir a caballo hasta las colinas? Vendrán también Jeremy Caballo Manchado y su hijo Chris. Pensamos ir hasta el lago Moose. Allí hay muy buena pesca. La expresión de David se iluminó con el mismo anhelo que Chance había apreciado en su rostro cuando intentaba aprender a pescar. Pero, de repente, el anhelo quedó oculto tras una máscara de indiferencia, y David negó con la cabeza. —No, gracias. Detesto los caballos. Son feos y malolientes. Prefiero los coches. Chance se increpó a sí mismo en silencio. Si el chico no sabía pescar, sin


duda tampoco sabía montar a caballo. —Vaya, es una pena. En el rancho tenemos una manada de caballos de remonta. Algunos necesitan un poco de ejercicio con urgencia. Pensé que tú serías perfecto para ese trabajo... Una vez que aprendieses a cabalgar. David apretó los dientes. —No lo creo. No me interesan los caballos. —Se volvió hacia la escalera—. Le diré a mamá que estás aquí. —Con las zapatillas desatadas y los téjanos holgados colgando de sus menudas caderas, subió la escalera dando saltos hasta la planta de arriba y desapareció en el pasillo. Chance lo oyó llamar a gritos a su madre y, minutos después, apareció Kate en la escalera. —Has llegado temprano —le dijo. —Un poco. Si todavía no estás lista, esperaré en la sala. —Lo estaré en un minuto. Sólo tengo que ir a por el bolso. Chance asintió con un gesto. No estaba sorprendido. Kate no pertenecía a la clase de mujeres que hacían uso de los habituales ardides femeninos. Era una de las cosas que le gustaban de ella. Regresó pocos minutos después. Llevaba un jersey, ya que había refrescado, y un pequeño bolso blanco de piel colgado del hombro. Esa noche estaba particularmente bonita. Se había puesto una blusa azul celeste de seda y téjanos del mismo color, botas inglesas que le cubrían el tobillo, y se había peinado el oscuro cabello rojizo atándolo con una cinta azul celeste. Mientras bajaba la escalera, Chance observó cómo se bamboleaban sus pechos, frotándose contra la seda azul, lo que hizo que, de pronto, se le endureciera la entrepierna. Kate debió de advertir la expresión de su rostro, ya que un débil sonrojo tiñó sus mejillas. Cuando llegó al pie de la escalera, sus pezones eran dos firmes protuberancias, y Chance tuvo que contenerse para no acercarse y tomarlos entre sus dedos.


Maldición, aún no habían salido de la casa y ya tenía una erección. Le había prometido que no la presionaría, y se proponía cumplir su promesa. Pero iba a ser una noche muy larga. Apretó los dientes y trató de pensar en la imagen de un Hereford de cara lampiña, como hacía en sus tiempos de estudiante; cualquier cosa que apartase el sexo de su mente. Era ridículo. Había estado con más mujeres de las que podía contar, pero ninguna le había afectado tanto como Kate. Por suerte, su desesperado recurso funcionó y logró relajarse. —¿Lista? Ella asintió y Chance le puso la mano en la cintura. Bajaron los escalones del porche y la condujo hasta la camioneta. —¿Qué es eso? —preguntó Kate, refiriéndose a la brillante placa cromada que había debajo de la portezuela. —Un estribo. —Apartó la mirada, tratando de actuar como si no hubiese comprado aquella maldita cosa sólo para que ella pudiese subir con más facilidad—. De todas formas, necesitaba un juego. Pensé que podía comprármelos de una buena vez. Kate lo miró sonriendo. —Es fantástico. —Subió con mucho menos esfuerzo que otras veces, y Chance no pudo evitar sentirse satisfecho consigo mismo. O sea que ella era más baja que cualquiera de las mujeres con las que había salido... ¿Y qué? Con algo de ingenuidad, se dijo que eso no tenía ninguna importancia. Se preguntó cómo sería llevarla a la cama. Interesante. Sin duda interesante. Gruñó al pensar que, con toda probabilidad, esa noche no iba a averiguarlo. Kate se acomodó en el asiento al tiempo que procuraba calmar sus excitados nervios. De modo que él la llevaba a conocer su rancho. Era natural que se sintiese orgulloso. Cenar en su casa no era tan grave. Tenía cocinera, así que no estarían del todo solos. Por otra parte, Chance tenía una antigua escala de


valores, y no creía que esos valores incluyesen presionar a una mujer para que hiciese algo que no estaba dispuesta a hacer. La pregunta era: ¿hasta qué punto estaba poco dispuesta? Muy poco dispuesta, se dijo. Tal vez nunca lo estuviese. Se relajó un poco y fueron hasta el rancho conversando acerca de cuestiones intrascendentes. Chance le contó las últimas novedades de Consolidated Metals y mencionó la demanda a la que la corte había dado curso. Hablaron sobre David, y Chance le habló acerca de la excursión de pesca que le había propuesto y del desagrado que el muchacho había manifestado por los caballos. —En realidad, no le desagradan —dijo ella—. Al menos, no lo creo. Jimmy Stevens, uno de los chicos que conoció en la escuela de verano, le hizo pasar un mal rato burlándose de él porque no sabía montar. Su orgullo quedó muy lastimado. Ahora no está dispuesto a reconocer que la verdad es que le gustaría aprender. —¿Y tú? ¿Has montado alguna vez? —Tomé lecciones cuando era más joven. Sin embargo, montaba a la inglesa y nunca fui muy buena. Pero me encantaba. Lo eché de menos cuando tuve que dejarlo. —¿Por qué lo hiciste? —Por mi trabajo, sobre todo. Cada vez trabajaba más horas. Siempre que tenía algún rato libre, quería pasarlo con mi hijo. —¿Y tu esposo? —Tommy siempre estaba muy ocupado, muy metido en su banda. El único error que cometí con Tommy fue no dejarlo mucho antes. Chance le dedicó una larga mirada, pero no dijo nada. Condujo la camioneta por el camino bordeado de pinos que llevaba hasta el rancho, y pocos minutos después aparcaron frente a una enorme casa de troncos. Tenía dos plantas, mansardas y un largo porche techado en la parte frontal.


—Es mucho más grande de lo que creía —dijo Ka-te—. Te imaginaba viviendo en una cabana pintoresca. Chance rió por lo bajo. —Lo cierto es que hice construir algunos anexos a la casa original que construyó mi padre, donde viví de niño. Era mucho más pequeña. Pero me gusta tener espacio para moverme. Además, supongo que algún día querré tener hijos. Kate no respondió a eso, pero un gracioso temblor recorrió su estómago. Con Tommy no había querido tener más. ¿Cómo sería formar una familia con Chance? Sacudió la cabeza para alejar aquella idea. Chance tenía cantidad de mujeres. Si quisiera una esposa, la habría encontrado hacía tiempo. Y, a decir verdad, ella no andaba buscando marido. Todo muy bonito, lo pasé muy bien, muchas gracias. No obstante, era divertido estar con él. Junto a él se sentía tan a gusto como no se había sentido jamás con otro hombre. —Ven—propuso Chance—. Demos un paseo. —Durante más de una hora recorrieron los terrenos del rancho, que se alzaba en las faldas de las imponentes Mission Mountains. Chance la llevó al establo, donde un hombre, al que Chance presentó como Roddy, estaba herrando caballos. —No los herramos todos —le informó Chance—. Los muchachos han estado trabajando en las tierras pedregosas del este, de modo que estamos herrando este lote para usarlos en esas zonas agrestes. Chance le mostró el cobertizo donde guardaban las herramientas, una gran estructura más parecida a un hangar para aviones. En un extremo podía verse una enfardadora de heno, junto a dos tractores John Deere, una interminable mezcla de maquinaria y equipos agrícolas, y también trineos, utilizados para acarrear heno en el invierno. Pasaron frente a lo que Chance denominó «el cobertizo de los partos», donde Kate se detuvo para echar un vistazo.


—¿Qué es eso? —preguntó, señalando un largo objeto de metal en forma de barra, del que se sujetaban varios metros de cadenas. —Fórceps. Pues a veces los terneros son mucho más grandes de lo normal. Las cadenas ayudan y sirven de palanca. Hace falta un par de hombres para utilizarlos, pero ayudan a la vaca a parir en buenas condiciones de salud y seguridad. Le explicó que la mayoría de los terneros nacían en primavera. —De esa forma, tienen más probabilidades de sobrevivir. También es la época en la que marcamos al ganado, lo bañamos, lo vacunamos, y cortamos los cuernos. Salieron del establo y caminaron hacia los corrales, donde había un grupo de peones sentados sobre la alambrada, observando a los hombres que se encontraban en la arena. —Algunos de los peones van a competir en el rodeo de Polson. La mayoría hace demostraciones con el lazo, y unos pocos se dedican a enlazar terneros. Ese grandote que está sentado en la valla es Billy Dos Plumas. Es un lakota sioux. Se ha especializado en la lucha de novillos. Todo era muy diferente de aquello a lo que estaba acostumbrada. Era como volver atrás en el tiempo y meterse dentro de una vieja película del oeste. Le pareció absolutamente encantador. —¿Tú vas a competir? —¿Bromeas? Después de haber estado a punto de ser pateado una o dos veces domando toros, acabé entrando en razón. Kate miró hacia donde los hombres practicaban con el lazo, una vez terminada su jornada de trabajo. De un largo pasadizo salieron varios huesudos novillos de tamaño considerable, y tras ellos dos jinetes que hacían girar recias cuerdas de nailon sobre sus cabezas. —Nunca he estado en un rodeo.


La mirada atónita de Chance se clavó en su rostro. —No hablas en serio. Por un instante, Kate perdió el hilo de la conversación. Era asombroso lo que podían hacer esos brillantes ojos azules. —Soy una chica de ciudad, ¿lo recuerdas? —En Los Angeles hay rodeos. Incluso los hay en el Madison Square Garden de Nueva York. —Supongo que sí. Pero nunca se me ocurrió ir a uno de ellos. Chance sonrió. —Entonces te llevaré. La feria de Polson empieza dentro de dos semanas. El rodeo es el primer fin de semana. Apúntalo en tu agenda. Será nuestra cita. Kate esbozó una sonrisa y pensó en lo divertido que sería ir a un rodeo con un auténtico vaquero. Apenas un año atrás, si alguien le hubiese dicho que iba a regentar una cafetería en Montana, que cenaría en un verdadero rancho y que asistiría a un rodeo auténtico, habría estallado en una carcajada de incredulidad. Chance dio por terminada la visita al rancho y la llevó a la casa. Hizo una cuestión de honor del hacerla entrar por las enormes puertas de madera tallada de la fachada principal. Kate se detuvo en el vestíbulo de suelo de pizarra, e inclinó la cabeza para apreciar el efecto al completo. —Es hermoso, Chance. —Las paredes, construidas con largos troncos de pino, estaban pintadas de un suave color amarillo dorado. El techo se alzaba dos plantas por encima del suelo de tablones, cubierto por alfombras de colores brillantes. Una inmensa chimenea de piedra dominaba la estancia, rodeada por cómodos sillones de piel. —La casa original sirve ahora de cocina y para las habitaciones de invitados


—le contó Chance—. Este sector lo hice construir yo: la sala de estar, el comedor y el dormitorio principal. —Por lo que veo, has hecho un magnífico trabajo. —Ven, te mostraré el resto. —La condujo por el vestíbulo hasta los dormitorios de invitados, todos ellos decorados con motivos del oeste, tapetes indígenas tejidos a mano y cobertores, muebles antiguos y sillas de cuero. El comedor, iluminado por una enorme lámpara de araña, tenía una larga mesa tallada con capacidad para doce comensales. Entraron en un estudio caldeado por una chimenea de piedra más pequeña que la de la sala pero del mismo estilo. Kate se detuvo junto al gran escritorio de roble de Chance, sobre el que se podía ver un ordenador de última generación. —Supongo que no debería sorprenderme, pero me sorprende. Tu imagen de buen muchacho al estilo de los viejos tiempos ha quedado hecha añicos por completo. Chance soltó la carcajada. —La verdad es que me alegra oírlo. —Fue hasta el ordenador y lo encendió. Se sentó en la silla tapizada en piel que tenía delante y se conectó a internet —. Lo creas o no, tenemos nuestra propia página web: www.runningmoon.com. La página muestra algunos de nuestros Hereford premiados, y una lista de los sementales dispuestos para el servicio. Es un modo de que nuestros clientes estén en contacto con nosotros, y atrae nuevos compradores. No es más que buena administración. —Así es. Chance salió de Internet y apagó el ordenador. —No me digas que tú también estás en internet. —La cafetería no necesita una página web, pero me sentiría perdida sin mi ordenador, y además tengo correo electrónico. Es una buena manera de seguir


en contacto con los amigos. —Toda una dama del siglo veintiuno —comentó él sonriendo. —Creo que lo soy. —Recorrió el estudio, admirando la muestra de arte típico del oeste que colgaba de las paredes, y algunas muy buenas fotografías de la vida silvestre—. ¿Éstas las tomó Jeremy Caballo Manchado? Chance se acercó a ella. —Son algunas de sus primeras fotografías. Tengo otras, más recientes, en mi dormitorio. Kate le dirigió una juguetona mirada. —Esperaba que me dijeses algo acerca de ir a ver tus aguafuertes. Chance rió pero no dijo nada. Kate avanzó despacio por el estudio, observando cada una de las fotos. Le impresionó en especial una que mostraba a un gran oso pardo apoyado sobre sus garras, en medio de un prado de margaritas amarillas. —Tiene verdadero talento, ¿verdad? —Sin duda. En los últimos tiempos ha obtenido parte del reconocimiento que merece, pero no le ha sido fácil. —Nada es fácil, ¿recuerdas? Aquellos increíbles ojos azules se clavaron en su rostro, ardientes, al tiempo que comprendió, demasiado tarde, que la sutil conclusión a la que apuntaban era hacer el amor. Chance estaba tan cerca de ella que pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo y oler su colonia Old Spice. —Me gustaría mucho besarte —dijo él en voz baja. Kate sintió que se le hacía un nudo en las entrañas. No tenía idea de qué


responder hasta que abrió la boca y dijo: —¿Y por qué no lo haces? Chance no perdió tiempo. Se inclinó hacia ella, bajó la cabeza y apoyó los labios sobre los suyos. Sus labios eran firmes aunque muy suaves. Kate se vio sumida en una onda de electricidad que zigzagueó por sus muslos. Se descubrió acercándose a él, sus senos se aplastaron contra el pecho de Chance. Éste ahondó en el beso, saboreándola con dulzura para después obligarla a abrir los labios e invadirla con su lengua. Le tomó el rostro entre las manos y la besó con más intensidad aún, volteando la cabeza de un lado hacia otro. Kate pudo sentir la tensión de su cuerpo, el débil temblor que le recorría de arriba abajo. Entonces Chance se apartó, y dio por terminado el beso antes de que ella estuviese preparada para abandonar. Una de sus manos todavía descansaba sobre el pecho de Chance, pero no tenía ni idea de cómo había llegado hasta allí. Bajo sus dedos pudo sentir el vertiginoso latido de su corazón, y vio cómo la piel morena que cubría sus altos pómulos se teñía de un leve sonrojo. Chance carraspeó para aclararse la garganta. —¿Por qué no te pones cómoda mientras le digo a Hannah que estamos listos para la cena? —¿Hannah? ¿Es tu cocinera? Chance asintió. —Vive en la cabaña que viste detrás del establo. Servirá la cena, y después tendrá el resto de la noche libre. De pronto, Kate se sintió incómoda. Había supuesto que habría alguien en la casa, pero estarían los dos solos. Se las arregló para dibujar una sonrisa. —Suena bien. Estoy muerta de hambre.


La expresión en los ojos de Chance le dijo que él también estaba muerto de hambre; pero su hambre no se saciaba con comida. Y cierto era que ella prefería recibir otro de sus intoxicantes besos antes que un plato de filet mignon. Se sentaron a una mesa en la que había asado, patatas, judías verdes y ensalada. Era una comida sustanciosa, comida para hombres, y estaba deliciosa. —La tal Hannah es muy buena cocinera. Chance asintió y tragó el bocado que estaba masticando. —Trabaja con nosotros desde antes de la muerte de mi padre. Creo que Hannah Evert es lo más parecido a una madre que jamás he tenido. Hannah apareció en el comedor minutos después. Era una matrona que rondaba los sesenta años, de anchas caderas y cabello gris; algo así como una tía solterona, pensó Kate. Chance echó la silla hacia atrás, y se puso en pie. —Hannah, te presento a una amiga, Kate Rollins. Es la nueva dueña de la Cafetería Lost Peak. Hannah entrecerró los ojos. —¿Ah, sí? Kate asintió con educación. —Hola, Hannah. —La mujer le dio tal repaso que Kate empezó a ponerse nerviosa. Era evidente que mantenía una actitud protectora respecto al hombre que había criado desde niño. Kate se preguntó qué haría falta para aprobar el examen de Hannah.


—Es un placer conocerla —dijo finalmente la mujer—. He oído decir que la comida sigue siendo buena en el café, en especial el pastel de manzana. Kate le sonrió. —Por suerte, Myra accedió a volver a trabajar de nuevo. No sé qué habría hecho sin ella. Hannah asintió, como si aprobase la franqueza de Kate, y volvió su atención hacia Chance. —El postre está en la cocina: tarta de albaricoques. El café también está hecho. Si necesitas algo más, no tienes más que llamarme. —Está bien —le dijo Chance—. Gracias, Hannah. —La mujer desapareció tras la puerta de la cocina, y poco después Kate oyó cómo se cerraba la puerta de entrada a la casa. —Creo que estamos solos —dijo Chance, y pareció un tanto incómodo. Seductoramente incómodo, pensó Kate, y el hecho de que fuese así hizo que su propio nerviosismo desapareciera. —No traes mujeres con mucha frecuencia, ¿verdad? —No —fue todo lo que él dijo. Chance volvió a llenar su copa de vino con un sofisticado cabernet del valle de Napa. Ella bebió un sorbo. —¿Por qué yo? Ambos habían terminado de comer. Chance se reclinó en su silla de alto respaldo. —A decir verdad, no estoy muy seguro. Admiro lo que has hecho. Requiere mucha entereza renunciar a un empleo bien remunerado para mudarse a un sitio como Lost Peak. Pero hiciste lo correcto, tanto para ti como para tu hijo. Creo que quería compartir un poco de todo lo que has conseguido. Quizás esperaba tu aprobación.


Kate sintió una oleada de placer. «Admiro lo que has hecho.» ¿Cuántos hombres podían decir algo semejante? —Éste es un lugar muy hermoso, Chance. La casa, el rancho, todo. Tú también puedes sentirte orgulloso de lo que has hecho. Al oír sus palabras, Chance pareció complacido. Echó la silla hacia atrás. —Vamos. Se avecina una tormenta. ¿Por qué no encendemos el fuego? Podemos tomar el café y el postre en la sala. —Suena bien. No me he sentado frente a una chimenea encendida desde que llegué aquí. Me muero de ganas de probar el estado de la estufa de leña de Nell. —Puedo decirte, por experiencia personal, que funciona a las mil maravillas —dijo, y desapareció por una puerta situada junto a la chimenea. Volvió minutos después con una carga de leña. Repitió la operación una vez más hasta que quedó satisfecho. Se puso de cuclillas frente a la gran chimenea de piedra, y al poco logró una llama rugiente. Cuando se puso en pie, Kate se le acercó. —Es obvio que tienes mucha experiencia en esto. —Durante un instante, ambos quedaron de pie frente a las llamas. Kate sintió sus ojos fijos en ella, y volvió su rostro muy despacio hacia él. —Tengo mucha práctica en un montón de cosas —replicó él con voz áspera. Algo se modificó en sus facciones y las volvió turbulentas y ardientes. El beso que le dio no fue el beso suave, dulce y tierno que Kate esperaba. Fue un beso poderoso y posesivo que la dejó sin aliento, un beso salvaje y temerario que hizo que sus piernas temblasen y que le dejó el corazón batiendo como un tambor. La boca de Chance se movió sobre la suya como si aquel beso fuera para él más importante que respirar. Kate descubrió que experimentaba la misma loca sensación.


Le correspondió con una audacia desconocida para ella hasta entonces, clavándole las uñas en los hombros. Sintió dolor en los pechos, los pezones hinchados. Los frotó contra la pechera de la camisa de Chance, y aquel movimiento se convirtió en una exquisita fricción que hizo brotar un gemido desde el fondo de su garganta. —Kate —susurró él, y la besó al tiempo que deslizaba una mano por su pelo. La cinta celeste que lo sujetaba se soltó, sus rizos cayeron libres y Chance los enredó entre sus dedos. Kate pudo sentir su deseo apenas controlado, lo que hizo que el flujo de su propia sangre golpease con fuerza contra sus oídos, haciéndola arder como nunca hasta entonces. —No podemos hacer esto —susurró cuando él hizo que se tumbara a su lado sobre la enorme piel de oso que cubría el suelo, acomodando después su cuerpo sobre el de ella. Chance la besó en el cuello, en el hueco bajo su garganta, sobre los botones de su blusa. —Dime por qué no. —La boca de Chance se movió más despacio y humedeció la seda azul con el aliento cálido que rozó sus pezones—. Dímelo y me detendré. Kate cerró los ojos. Sentía un placer tan intenso que creyó estar a punto de derretirse. —Yo no... no quiero que te detengas. A Chance se le tensaron todos los músculos del cuerpo. Kate pudo sentir su fuerza, su poder. —Por Dios, Katie, no sabes cuánto he deseado oírte decir eso. —Volvió a besarla, saboreando el interior de su boca, acariciándola con la lengua. Con manos temblorosas, empezó a desabrocharle la blusa, soltando uno a uno los botones. Kate no lo detuvo. Lo que había dicho era cierto. Quería que él le hiciera el amor. Por una vez quería conocer el contacto con un hombre al que deseaba, un hombre que


podía hacerle sentir cosas que ni siquiera estaba segura de saber que existían, cosas que sólo había imaginado en secreto, sueños prohibidos. Chance hizo que la blusa le cayese de los hombros, y el susurro de la seda le hizo arder la piel. El bonito sostén de encaje blanco elevó sus pesados pechos hasta convertirlos en suaves y tersas colinas. Chance los miró como si de ofrendas sagradas se tratase. —Increíble —murmuró él, y apoyó la boca en la angosta hendidura que se extendía entre ambos. Se los besó y deslizó la lengua dentro de una de las copas de encaje hasta rodear con ella el pezón. Kate sintió que por su vientre ascendía una oleada de calor que se le enroscaba, húmeda y ardiente, en el estómago, y a duras penas sofocó un sollozo de puro placer. El calor descendió por su cuerpo, se instaló en su entrepierna y, sin tener conciencia de ello, arqueó el cuerpo hacia atrás, lo que permitió que Chance llegara a su garganta y a sus hombros. Allí la besó, al tiempo que soltaba el sujetador y lo arrojaba bien lejos. La mirada de Chance descendió por su cuerpo, se demoró en sus pechos desnudos, y el azul de sus ojos pareció centellear. —Dios mío, eres adorable. —Se acercó aún más a ella, tomó uno de sus senos en la mano, acarició el pezón con el pulgar y lo vio erguirse y endurecerse—. ¡Y tan excitante! Sopesó el seno en la palma de su mano, agachó la cabeza y sus dientes se cerraron sobre la dura punta de la cresta. El leve tirón provocó una nueva onda de calor que le llegó hasta la punta de los pies. La lengua de Chance salió disparada como un dardo, se arremolinó alrededor del pezón, y Kate se mordió los labios para reprimir sus gemidos. Él abrió la boca y tomó de su cuerpo cuanto podía abarcar con ella. El húmedo calor la envolvió por completo. Kate cerró los ojos e intentó detener el temblor que se había adueñado de su cuerpo. Chance se recostó sobre la alfombra y se tendió sobre ella, mientras la besaba


con pasión. Kate quería acariciarlo, conocer los contornos de su cuerpo, la textura de su piel. Con manos temblorosas desabotonó la camisa y se la quitó pasándosela por los hombros, que eran anchos y fuertes, cruzados por gruesas bandas de músculos. También el pecho era ancho y musculoso, cubierto por una fina capa de vello oscuro rizado, que descendía en forma de flecha por su estómago hasta perderse tras los nerviosos bordes de su vientre. Kate apretó los labios contra su piel cálida y morena, y sintió un racimo de músculos debajo de ellos. Pasó la lengua por su chata tetilla cobriza y lo oyó gemir. Chance le tomó el rostro entre las manos. —No recuerdo haber deseado tanto a una mujer. —La besó con violencia, apasionadamente, haciendo que su mano descendiese para acariciarle un pecho. Volvió a adueñarse de su boca y, en cuestión de segundos, ambos estaban desnudos. A la luz de las llamas, Chance era todo piel oscura y duros músculos, con el sexo erecto, levemente intimidante por su tamaño y extensión. La ventana se iluminó con el resplandor de un relámpago. Lo siguió el eco del trueno, pero Kate apenas lo oyó. La mano de Chance encontró los suaves rizos rojizos que tenía entre las piernas, y comenzó a acariciarla con mucha suavidad. Parecía saber exactamente dónde y cómo tocarla, y el placer la atravesó de golpe con la fuerza de un huracán. Él le abrió las piernas con la rodilla y se acomodó entre ellas. Kate pudo sentir el latido de su erección, enorme, caliente, rígida. —Chance... —Todo está bien, querida. —Le acarició el cabello—. No voy a hacerte daño. — Acompañó sus palabras con un beso tierno, después otro ardiente, y penetró en su cuerpo. Kate sintió que su vitalidad, enorme y palpitante, la obligaba a abrirse hasta el límite, pero esa plenitud sólo logró aumentar su propio placer. Se aferró a su cuello y empezó a moverse aún antes que él, irguiéndose para recibirlo más profundamente. El ritmo se aceleró, Chance se movió más


rápido, llegando hasta lo más profundo, con más intensidad hasta empezar a perder el control, como si sólo le impulsara el instinto. El cuerpo de Kate ardió, se tensó y sus músculos quedaron tirantes como cuerdas. Con dos nuevas embestidas, la tensión en su interior explotó para alcanzar un poderoso orgasmo. Su cuerpo se estremeció con cada una de las oleadas de placer que la recorrían. Poco tardó Chance en llegar al orgasmo, y sus músculos se tensaron. Echó la cabeza hacia atrás y un ronco gruñido escapó de su garganta. Quedó tendido encima de ella durante unos largos y gozosos segundos, hasta que la tensión de sus músculos comenzó a remitir. Entonces cayó a su lado y la atrajo contra su cuerpo. Sus brazos formaron una almohada para la cabeza de Kate. —¿Estás bien? —le preguntó, rozándole las sienes con los labios. Kate asintió sonriendo. Empezaba a adormecerse, sentía una maravillosa y soñolienta satisfacción. El calor del fuego la mantenía abrigada y la gruesa alfombra le producía una agradable sensación contra la piel desnuda. Sus párpados se cerraron. Se acurrucó junto a Chance para sumirse en un sereno sueño. El corazón de Chance empezó a tranquilizarse hasta recuperar su ritmo normal; ya no intentaba salírsele del pecho. En el silencio de la sala de estar se oía el viento soplando con furia entre los árboles. Se veían los lejanos relámpagos, pero el fuego crepitaba y enviaba sombras doradas sobre la mujer que yacía a su lado. Chance dejó vagar la mirada sobre su cuerpo con una lentitud de la que hasta entonces no había gozado. Ella tenía los pechos grandes, los pezones redondos y plenos en su descanso. Los oscuros rizos rojizos entre sus muslos brillaban de humedad a la luz del fuego, aunque él había tenido el buen tino de usar preservativo. No había querido hacerlo. Se había resistido a la idea de levantar una barrera


entre ambos. Había deseado sentir su suavidad, pegarse a ella, ser parte de ella de una forma que nunca antes le había parecido importante. Deseaba absorberla dentro de su propia piel, y ese único anhelo bastaba para hacerle sentir un miedo sobrecogedor. Había pensado que una vez hiciesen el amor, parte de la atracción que sentía por ella desaparecería. Habiendo visto sus deliciosos pechos, habiéndose saciado con su pequeño y femenino cuerpo, recobraría la objetividad y el dominio de sí mismo. Con Kate Rollins, parecía haberlos perdido. La observó dormir, pensó qué adorable se la veía con aquella gloriosa cabellera rojiza enmarañada sobre sus hombros, y su cuerpo empezó a reaccionar. Se acercó, pasó el dedo sobre uno de sus pechos, lentamente rodeó el pezón, y lo observó endurecerse. Era una mujer apasionada, increíblemente sensible, aunque no creía que ella lo supiese todavía. Dejó correr el dedo por sus costillas, se demoró en su ombligo, bajó aún más, y comenzó a acariciarle con mucha suavidad la carne parcialmente oculta detrás de los húmedos rizos rojos. Su erección creció hasta hacerse casi dolorosa. Volvía a desearla, pero esta vez quería tomarla despacio; quería hacerlo casi desde el mismo momento en que terminaron de hacer el amor. Se acomodó encima de ella, se inclinó para mordisquearle el cuello, y penetró en su cuerpo. Estaba caliente y húmeda, y se deslizó con facilidad en su interior, adentrándose hasta el límite de lo posible. Kate abrió mucho los ojos con un leve gemido de placer que lo hizo sonreír. Había esperado que no se molestase por su método para excitarla. Cuando Kate arqueó el cuerpo, apretándose contra él como una gata ronroneante, supo que no se había enfadado. Chance la besó con dulzura y empezó a moverse. Capítulo 14 Kate despertó cuando las primeras luces del alba empezaron a colarse en el


dormitorio. Fuera soplaba el viento y una ligera llovizna golpeaba los cristales. Escuchó los sonidos, por un momento desorientada, sin saber a ciencia cierta dónde se encontraba. Echó una mirada a su alrededor: una cama de matrimonio hecha con troncos tallados a mano, junto a la puerta un perchero antiguo del que colgaban una pesada chaqueta forrada en piel de oveja, un Stetson polvoriento y un par de espuelas. Varias fotos de vida silvestre, enmarcadas con mucho gusto, colgaban de las paredes. Recordó vagamente que Chance la había llevado a su dormitorio. Se irguió de un salto. ¡Santo cielo, todavía estaba en la cama de Chance! Hacía horas que debía haber regresado a su casa. ¿Qué pensaría David cuando viese que no volvía hasta el amanecer? Tomó el albornoz azul que colgaba de un gancho en la puerta del baño, metió los brazos por las mangas que eran por lo menos veinte centímetros más de lo que necesitaba, y se ató el cinturón. Se puso a buscar su ropa cuando se abrió la puerta y entró Chance. —No te pongas nerviosa. David pasó la noche en casa de Myra, ¿lo habías olvidado? Con un largo suspiro dejó salir al fin el aliento que había estado conteniendo. —Es cierto, lo olvidé. —Lo miró con suspicacia—. ¿Cómo lo sabes? Notó que Chance llevaba una bandeja con el desayuno, y pudo ver los platos tapados y las margaritas amarillas en un pequeño florero. —Me lo dijo David. Y antes de que pongas el grito en el cielo, no tuvo nada que ver con el hecho de que terminaras en mi cama. No lo planeé. Por el contrario, hice cuanto pude por sacarme la idea de la cabeza. Entonces te besé y, bueno... Sólo sucedió. —Se acercó hasta donde estaba ella y apoyó la bandeja sobre un antiguo arcón que había bajo la ventana—. Pensé que querrías volver a casa antes de que David llegase. Sabía que estarías cansada, así que quise dejarte dormir un poco más.


El rubor tiñó sus mejillas. «¿Sabía que estarías cansada?» ¡Desde luego que estaba cansada! Habían hecho el amor casi toda la noche. También estaba agradablemente dolorida y deliciosamente saciada. Hacer el amor con Chance McLain no se parecía a nada de lo que había experimentado hasta entonces. No obstante, era la cosa más estúpida, más idiota que podía haber hecho. Chance era la clase de hombre con el que soñaban todas las mujeres: fuerte, apuesto, viril, fabuloso en la cama. La clase de hombre que hace que una mujer se enamore como una tonta de él. La clase de hombre que destroza el corazón. Chance acercó una silla para ella y se acomodó en un pequeño taburete. —Espero que te gusten el beicon y los huevos. No soy mal cocinero, siempre y cuando no sea nada complicado. Kate le dirigió una sonrisa nerviosa. —Beicon con huevos suena bien, pero... Chance empezó a llenarle la taza con un café fragante, pero se detuvo. —¿Pero qué? ¿Que desearías estar en tu casa en lugar de estar todavía en mi cama? ¿Desearías no tener que mirarme a la cara después de lo que hicimos anoche? Kate volvió la cara y se ajustó la bata. —Supongo que eso lo resume todo —suspiró. Se sentía abochornada, pero quería que él la entendiese—. Sólo he estado con otro hombre aparte de ti en toda mi vida, Chance. Después de saber que me engañaba, incluso eso se acabó. Y, a decir verdad, la idea que Tommy tenía del sexo era muy diferente de la tuya. La mirada de Chance se clavó en la suya, implacable. —¿Me estás diciendo que tu esposo no podía satisfacerte?


El sonrojo de Kate aumentó hasta que su piel adquirió el color de un tomate maduro. —No creo que jamás se le ocurriese intentarlo. Chance curvó los labios en una sonrisa. —Lo tomaré como un cumplido. Kate no pudo evitar recordar esos labios, suaves y cálidos, sobre su cuerpo. Un leve estremecimiento que no pudo dominar la recorrió de arriba abajo. Apartó la mirada, otra vez deseando estar en cualquier otra parte y no en ese dormitorio, hablando de su escandaloso comportamiento de la noche anterior. Había descubierto un lado oculto de su personalidad que nunca había visto hasta entonces, y no estaba segura de que le gustase. —¿Por qué no desayunamos? —la invitó gentilmente Chance, poniéndose a tono, como solía hacer, con la naturaleza sensible de su estado de ánimo—. Después te llevaré a tu casa. Kate asintió con la cabeza. Cuanto antes terminara y pudiese vestirse, antes podría escapar. Necesitaba tiempo para pensar, para descifrar qué había sucedido. Necesitaba tomar algunas decisiones. Terminaron de comer en un tiempo récord, y Chance le mostró dónde había colgado sus ropas. Pocos minutos después, salieron de la casa por la puerta principal, mientras Hannah se afanaba en la cocina. El viaje de regreso en la camioneta fue silencioso. Mientras rebuscaba en su mente algún tema que no tuviese nada que ver con el sexo, Kate recordó la pregunta que había querido hacerle la noche anterior. Por alguna razón, en cuanto la besó por primera vez, se le había borrado de la cabeza. —Anoche... más temprano, quiero decir, antes de... —Sintió cómo el calor le subía a la cara, y Chance sonrió a medias. Kate decidió seguir adelante—. Quería preguntarte si acaso sabías algo sobre la parcela de diez hectáreas de


la que Silas Marshall y mi abuela eran copropietarios. Chief me contó que tenía un pozo. —¿Chief te dijo eso? Kate reprimió una sonrisa. —En realidad lo que me dijo fue: «Mucha agua. Pozo profundo.» Se me ocurrió que tú tal vez sabrías algo más del asunto. Chance gruñó, con una repentina expresión sombría. —Conozco el lugar. Por aquí todos lo conocen. Ojalá mi padre lo hubiese comprado hace años, cuando estaba en venta. Por desgracia, no lo hizo. —¿Qué clase de pozo es? —Artesiano. Lo creas o no, ese pozo produce casi tres mil doscientos litros por minuto. Y lo que es más importante, fluye de un estrato rocoso que se extiende a lo largo de varios kilómetros, en una zona donde es casi imposible encontrar agua. —Chief dijo que lindaba con la propiedad de Silas, pero no sé dónde está. —A unos cuatro kilómetros, montaña arriba, por el lado norte del arroyo Silver Fox. Junto al pedazo de tierra donde quiere instalarse Consolidated Metals. Por eso deseaban tanto esa tierra. —¿Consolidated Metals quería comprar la propiedad? Chance hizo girar la camioneta al llegar a una esquina, y asintió. —Sí. Hicieron más de una docena de perforaciones en el lugar y jamás encontraron agua. Les ofrecieron una pequeña fortuna a Silas y a Nell, pero tu abuela se negó a vender. Sabía lo que esa mina iba a significar para las tierras circundantes y para los animales.


—¿Y Silas? —Silas sí quería vender. Decía que no era más que un buen negocio, si se tenía en cuenta el beneficio que iba a traer. Dos semanas después de la muerte de tu abuela, llegó a un arreglo con Consolidated Metals. Si él no hubiese formalizado dicho arreglo, no estaríamos tan preocupados por esa mina. Sin agua, la compañía tendría graves problemas por delante. Una vez que fueron dueños del pozo, el mayor de todos sus problemas quedó solucionado. Al escuchar las últimas palabras de Chance, Kate sintió que el aire de sus pulmones se convertía en un bloque de hielo. No se había molestado en preguntar en el registro si Silas todavía era el dueño de la propiedad. Simplemente, supuso que lo era. Pero Silas la había vendido sólo unas semanas después de la muerte de su abuela. Había logrado una buena suma con la transacción. —¿Kate? Alzó los ojos hacia él, blanca como una hoja. Se sentía mareada, como si estuviese a punto de desmayarse. Chance detuvo la camioneta a un lado del camino. —¿Qué sucede, Kate? Maldita sea, estás blanca como el papel. —Estaré bien en un minuto. Es sólo que... —«Que finalmente he hallado un móvil para el asesinato de Nell.» Silas Marshall había ganado una pequeña fortuna con su muerte. ¿Sería posible que la hubiese matado? —Es algo que tiene que ver con Nell, ¿no es así? Apenas si lo oyó. —Ya... ya estoy bien. Querría llegar a casa, si no te molesta. —Por Dios, Kate. Conozco cada bello centímetro de tu cuerpo. Te he tocado,


he estado dentro de ti. ¿No puedes confiar en mí lo suficiente como para decirme qué te ocurre? La recorrió una oleada de vergüenza, aunque las palabras de Chance encerraban algo de verdad. —Aunque te lo dijese, no me creerías. —Haz la prueba. Podría sorprenderte. Kate aspiró con fuerza, y trató de reunir coraje. —Muy bien, entonces. Creo que mi abuela pudo haber sido asesinada. Pensé que tú podrías ayudarme a averiguar cómo. La mirada de Chance era tan intensa que Kate se vio obligada a apartar la suya. Él se quitó el Stetson, lo arrojó sobre el salpicadero, y se pasó la mano por el cabello. —Cristo bendito. —Se volvió hacia ella—. De acuerdo, ya has llegado hasta aquí. ¿Por qué no me cuentas el resto? —No hay nada más que decir. —Al menos, nada que él pudiese ni remotamente aceptar—. Tuve... el presentimiento... de que había algo confuso en la muerte de mi abuela. He estado revolviendo cosas, tratando de ver si podía descubrir algo que demostrara que estaba en lo cierto. —El hecho de que un hombre obtenga un beneficio de un lamentable accidente no significa que sea capaz de asesinar. —Lo sé. Pero como tú mismo señalaste, había mucho en juego. Una propiedad «que vale una pequeña fortuna», fueron tus palabras. Y la posibilidad de abrir una gran mina de oro. —La muerte de Nell fue un accidente —afirmó Chance—. Nadie había entrado por la fuerza, no había señales de lucha ni hay razón alguna para suponer que fuese un crimen. Tu abuela cayó y se golpeó la cabeza. —Sí, en efecto. No tengo dudas al respecto. —Lo miró a los ojos—. Lo que me pregunto es si no la empujaría alguien.


Chance permaneció inmóvil en su asiento. El silencio creció entre ambos. AI poco, volvió a poner en marcha la camioneta y condujo el resto del camino hasta llegar a la casa de Kate. Era evidente que Kate seguía molesta, pero no había nada que él pudiese hacer para tranquilizarla. Cuando la acompañó hasta la puerta, el a le agradeció con aire ausente el haberle mostrado el rancho, sin mencionar las horas que habían pasado haciendo el amor. Chance se esforzó por ignorar un asomo de irritación. —Te llamaré más tarde —dijo, procurando que sonase tan casual como habían sonado las palabras de ella. Regresó a la camioneta, sin poder dejar de pensar en la conversación que habían mantenido. Kate había dicho que tuvo un presentimiento. Incluso antes de llegar a Lost Peak. Eso no tenía pies ni cabeza, pero debía reconocer que en muchas ocasiones, a lo largo de los años, él mismo había seguido sus propios instintos; y rara vez se había equivocado. Aun así, el asesinato era algo muy distinto. Sobre todo cuando el principal sospechoso era Silas Marshall. Silas tenía setenta años. Hasta donde Chance podía remontarse Silas y Nell habían sido amigos. Incluso había corrido el rumor de que, pocos años después de la muerte de Zach, habían mantenido un breve idilio. Desde luego, sólo se trataba de especulaciones. No obstante, era evidente que Silas guardaba a Nell en un lugar de su corazón, y eso mismo parecía sentir la anciana por él. Era muy poco probable que Silas la hubiese matado, por mucho dinero que hubiese en juego. Chance deseó que aquel tema nunca se hubiese planteado. Abrió la puerta de su camioneta y ya se aprestaba a subir en ella, cuando el baqueteado Suburban de Myra entró por el camino de grava trayendo a David de regreso a casa. En silencio, Chance dio gracias a Dios por haber llegado antes; de no ser así, no se lo habría perdonado jamás. El coche aparcó detrás del restaurante. Myra entró para empezar sus tareas en la cocina, y David salió corriendo rumbo a su casa. Antes de llegar a su


destino, otro coche apareció en el camino, un Ford Taurus blanco con el rótulo de la casa de alquiler en el frente. Pasó junto al niño, y se detuvo al lado de la camioneta de Chance. Sintió curiosidad por ver de quién se trataba, y vio que, al abrirse la portezuela, descendía un hombre pasado de peso, en el preciso instante en que David pasaba corriendo. El chico le echó una mirada al hombre, e incluso a esa distancia, Chance pudo advertir que empalidecía. Pasó por alto a Chance, como si no lo hubiera visto, subió de un salto los escalones del porche, y abrió la puerta. —¡Es él, mamá! —Su vocecilla sonó incluso más chillona que de costumbre —. Ese gordo de Los Angeles. ¡Será mejor que vengas enseguida! Chance se quedó allí, aún sabiendo que debía poner la camioneta en marcha y regresar al rancho, diciéndose que, al margen de lo que ocurriese, Kate agradecería su intervención. El tipo, de un metro setenta de estatura, vestido con téjanos y una gorra de los Dodgers, subió los escalones del porche. Chance volvió a decirse que aquello no era de su incumbencia. Entonces comprobó el temor reflejado en el rostro de Kate al abrir la puerta de vaivén, y pensó: «Ya lo creo que lo es». Antes de poder cambiar de idea, ya había bajado de la camioneta y se dirigía hacia el gordo detenido frente a la puerta de la casa de Kate. Kate contempló al hombre de téjanos y zapatillas de deporte que estaba en su porche. Vio que Chance se aproximaba a ellos a grandes zancadas, pensó en lo que estaba a punto de suceder y sintió que su mundo se deslizaba sin remedio hacia el desastre. —Esto es propiedad privada, señor Munson —dijo, tratando de deshacerse de él antes de que Chance llegase—. No le he invitado a venir y quiero que se vaya. —Sólo vine a conversar con usted. He pasado las de Caín tratando de encontrarla, señora Rollins. Creo que lo menos que puede hacer es concederme un par de minutos.


—Y yo creo que debe marcharse. —Sólo unas cuantas preguntas, es todo lo que pido. Chance llegó al porche y se interpuso entre ambos, dejando a Kate a sus espaldas. —¿Quién diablos es usted? La cara de Munson perdió el color, pero no se echó atrás. —Me llamo Chet Munson. Soy periodista del National Monitor. ¿Y usted es...? —Nadie que a usted le interese. ¿Qué está haciendo aquí? ¿Qué quiere de Kate un pasquín infecto como el Monitor? Oh, santo cielo, no quería que Chance lo averiguara. —No es importante, Chance. Sólo quiero que se vaya. Una suspicaz mirada apareció en el rostro de Munson. Su instinto periodístico le decía que había encontrado una nueva manera de conseguir la información que andaba buscando. Se volvió hacia Chance. —Estoy aquí porque preparo un artículo sobre la historia de los disparos. —¿Qué disparos? —No importa, Chance. Sólo quiero que él... —En marzo, en la ciudad de Los Ángeles, a Kate Rollins le dispararon desde un coche en movimiento. Estuvo a punto de morir. En realidad, técnicamente murió. Estuvo muerta cerca de diez minutos antes de que los médicos pudieran traerla de regreso a este mundo. Todo salió en los periódicos. Por eso estoy aquí. La mirada interrogante de Chance se clavó en ella.


—¿Por qué no me lo contaste? —No tenía importancia. Era... Munson la interrumpió antes de que pudiera terminar. Mostraba una satisfecha expresión. —¿Quiere decir que ella no ha mencionado su viaje al «Otro Lado»? Vaya, Kate pudo echarle un vistazo al Cielo... O, al menos, eso fue lo que dijo. Mientras estuvo allí, pudo hablar con su madre y, por supuesto, con todos sus amigos muertos, incluso con su abuela. Por lo que yo sé, la anciana le dio una especie de mensaje. ¿No es así, señora Rollins? Kate se quedó mirando a Munson, mientras un helado escalofrío erizaba su piel. —¿Cómo pudo enterarse de eso? Munson le dirigió una sonrisa de lobo. — Tengo mis métodos para averiguar cosas. Me pagan para descubrir historias. Pero ella no le había contado a nadie lo de Nell. Bueno, a casi nadie. Sólo a Sally, al doctor Murray y a una de las chicas de la oficina que había leído varios libros sobre ECM y que le rogó que le contase lo sucedido. Kate gimió para sus adentros. Maldita sea, ¿por qué no había mantenido la boca cerrada? —¿Kate...? —Pudo sentir el titubeo en la voz de Chance, una nota algo áspera, como la del filo de un cuchillo sobre una piedra. Sintió una opresión en el pecho y el aire pareció quemarle los pulmones. —Quiero que se marche —volvió a decirle a Munson—. Ahora. En este instante. Si no lo hace, llamaré al sheriff. —Vamos, no se apresure tanto, Kate. El National Monitor está dispuesto a pagarle una fuerte suma de dinero. Todos quieren saber cómo es el Cielo. Estaba empezando a temblar. Si no lograba que se marchase cuanto antes, daría un espectáculo. Soltó el aire retenido, y sonó como un sollozo. Cuando Chance la oyó, tomó a Chet Munson por la pechera de su chaqueta y lo alzó en vilo.


—La señora Rollins le ha pedido que se marchase. Ahora se lo pido yo. Salga de esta propiedad y no vuelva. Si lo hace, tendrá que responder ante mí. El rostro de Munson se volvió de un blanco pastoso. —De acuerdo, está bien. Me voy. Chance volvió a dejarlo en el suelo, soltó la chaqueta de Munson y le alisó las arrugas que había formado en sus solapas. —Lost Peak es un pueblo muy pequeño. Usted no es bienvenido aquí. Ni ahora, ni nunca. ¿He sido claro? Munson retrocedió un par de pasos, trastabillando. —Sí, del todo claro. —Entonces largúese ahora mismo. Munson asintió con fuerza, se volvió y fue casi corriendo hasta su coche. Los neumáticos chirriaron e hicieron saltar una nube de grava por el aire cuando puso la marcha atrás, aceleró y desapareció por el camino que había de llevarlo hasta la autopista 93. Durante un instante, Kate deseó poder irse con él, o que las tablas del suelo se abriesen y desaparecer de la vista bajo el porche. —¿Mami? —La voz de David, chillona y aguda, llegó hasta ella como flotando. —Todo está bien, David. Se ha marchado, y no creo que regrese pronto. Ve a tu cuarto. Por una vez, David no discutió, y subió a toda prisa las escaleras. Kate pensó que quizá no quisiese enfrentarse a Chance. La verdad es que ella tampoco quería hacerlo. Él permanecía de pie junto a ella, tan cerca que pudo sentir la tensión que aún


emanaba de su cuerpo. —¿Vas a decirme qué diablos ocurre? ¿Cómo podría hacerlo? ¿Qué podía decirle? Tragó para deshacer el nudo que se le estaba formando en la garganta y se obligó a mirarlo. —No ocurre nada. Ese hombre horrible ya se ha ido, y con eso acaba todo. Esperemos que no vuelva nunca más. —¿Eso es todo? ¿Eso es todo lo que vas a decirme? Volvió a tragar, pero tenía la garganta tan cerrada que no le resultó fácil. —Yo... te agradezco que me hayas ayudado a quitármelo de encima. Los fieros ojos azules de Chance la atravesaron como rayos láser. —¿Y qué me dices de los disparos? ¿Y del viaje al «Otro Lado»? ¿Y de Nell? —¿Qué... qué pasa con ella? —Vamos, Kate. De eso va todo este asunto del asesinato, ¿verdad? Por eso has estado averiguando cosas sobre su muerte. Porque crees que te envió una especie de mensaje. Su pecho parecía negarse a permitir que el aire saliera de sus pulmones. Estaba segura de que no iba a poder articular una sola palabra más. —Lo que me pasó no tiene nada que ver contigo. Te agradecería que lo dejaras ahí. Si no lo haces por mí, hazlo por David. —Que lo deje ahí—repitió él, sombrío, como si ella hubiese perdido el juicio. —Eso he dicho. Además, no es de tu incumbencia.


En el maxilar de Chance pareció latir un músculo. —Lo convertiste en algo de mi incumbencia cuando anoche te quedaste conmigo. ¿O ya lo has olvidado todo? ¿Olvidado? ¿Cómo podría olvidar la noche más maravillosa de su vida? Pero una cosa no tenía nada que ver con la otra, y era evidente que si le decía la verdad, nunca le creería. Se limitó a sacudir la cabeza. —Creo que lo mejor será que te vayas, Chance. —Maldición, Kate. A Kate empezaron a temblarle los labios. No quería que Chance lo advirtiese. —Por favor... Chance lanzó una maldición. —Muy bien, de acuerdo. Me voy, si es lo que quieres. —Chance se encaminó hacia su camioneta murmurando entre dientes algo acerca de las mujeres testarudas. Kate, temblando, lo observó subirse a ella y poner el motor en marcha, acelerar y salir a toda velocidad por el largo camino de grava. Siguió mirando hasta que la camioneta desapareció. Volvió a entrar en la casa. Cuando lo hizo, David descendió por la escalera. —No puedo creer que ese tipo nos haya encontrado —dijo—. ¿De veras crees que no va a regresar? Kate pudo notar la preocupación que se reflejaba en el rostro de su hijo, y sintió un ramalazo de culpa. David empezaría las clases dentro de dos semanas. Si los chicos se enteraban de su viaje al «Otro Lado», no le darían más que dolores de cabeza.


—Lo cierto es que no creo que vuelva. Munson es un cobarde. No querrá tener más problemas con Chance. —Espero que tengas razón —masculló David. Se detuvo al pie de la escalera —. No está enfadado, ¿verdad? Chance, quiero decir. Los dedos de Kate se cerraron en torno a la barandilla. —No, cariño, claro que no. Lo que ocurre es que tiene que regresar al rancho. David asintió como si la creyese, pero ella no estaba segura de que así fuese. —¿Te molesta si Ritchie y yo vamos a pescar? Él todavía no sabe hacerlo, pero dice que le gustaría aprender. Ritchie, el nieto de Myra. Logró esbozar una sonrisa. —Me parece una idea genial. Supongo que ambos lo pasasteis bien anoche. —Ritchie es estupendo, mami. Es de San Francisco, pero le gustan mucho las montañas. Dice que le encanta venir aquí de visita. Incluso dijo que podría ir yo a visitarlo a San Francisco. —¡Oh, querido, eso es maravilloso! ¿Por qué no le preguntas a Ritchie si quiere quedarse a cenar? No creo que a Myra le moleste. —Fantástico, mami. Gracias. —El niño salió de la casa en un santiamén y fue hasta la cafetería, donde encontraría a su nuevo amigo. Kate le agradeció mentalmente a Myra Hennings el haber hecho que los dos muchachitos se conocieran. Kate sólo deseó que Ritchie viviese más cerca y no en la ciudad. Subió la escalera, entró en su cuarto, se quitó las botas de montar de un puntapié, y arrojó el jersey sobre la cama. Desesperada por un buen baño caliente, fue hasta el lavabo, echó la blusa y los téjanos que había usado la noche anterior en el cesto, se inclinó y abrió los grifos de la antigua bañera con patas en forma de garra. Al quitarse las bragas de encaje blanco, pudo sentir el almizclado olor de su sexo, y la envolvió una ráfaga de ardientes recuerdos.


¡Dios del cielo, se había acostado con Chance Mc-Lain! Habían hecho el amor de manera salvaje y erótica, con mucha pasión. Había sido la noche más excitante, más apasionante de su vida. ¿Cómo podía haberse convertido en semejante desastre? Con el peso de la depresión sobre sus hombros, Kate obligó a sus piernas a llevarla hasta la bañera. Comprobó la temperatura del agua y la encontró casi hirviente, tal como le gustaba. Entró, y se sumergió. Al cerrar los ojos, todavía podía ver a Chet Munson de pie ante su puerta, delirando y fantaseando acerca de su viaje al Cielo, abriendo su gran bocaza. Sin duda, ahora Chance pensaría que ella había escapado de algún psiquiátrico y no volvería a verlo nunca más. Se recostó en la bañera y suspiró en el silencio del cuarto lleno de vapor. Se había dicho a sí misma una y otra vez que no debía enredarse con él. En lugar de actuar en consecuencia, habían salido juntos e incluso se había acostado con él. Lo cierto era que Chance McLain no le resultaba indiferente. Le importaba más de lo que habría deseado. Quería volver a verlo. Quería estar con él. Pero no había duda de que las palabras de Chet Munson habían matado toda posibilidad de que eso ocurriera. Cerró los ojos y trató de no pensar en Chance. Trató de no ver el escepticismo reflejado en su rostro mientras escuchaba el relato de Chet Munson, ni de imaginar qué estaría pensando de ella en ese preciso instante. Lo intentó, pero fracasó de forma estrepitosa. Capítulo 15 Chance atravesó hecho una furia la puerta del Antlers Saloon, un edificio antiguo, de listones de madera, que se encontraba calle abajo, en la acera de enfrente de la Cafetería Lost Peak. El lugar estaba lleno de humo y el suelo cubierto de cascaras de cacahuetes, pero tenía una especie de encanto a la antigua y, por ese motivo, mantenía abiertas sus puertas tras más de cincuenta


años. Se sentó en uno de los taburetes de vinilo rojo, delante de la larga barra de roble, y apoyó una bota en el deslustrado riel de bronce. —¡Chance! Es un poco temprano para que aparezcas por aquí, ¿no? — Maddie Webster le sonrió mientras limpiaba la barra—. ¿Qué te pongo? Dos o tres tragos de tequila podrían ayudarle pero vaciló. Maddie tenía razón, era demasiado temprano para beber. —¿Qué te parece una cerveza negra? Tienes Moose Drool de barril, ¿verdad? Ella asintió. —Eso está hecho. Mientras Maddie iba en busca de la cerveza, Chance se quedó mirando fijamente la anticuada barra, pero sin verla. No reparó en la presencia de Jeremy Caballo Manchado hasta que el voluminoso indio se detuvo junto a su hombro derecho. —Pareces un tren de carga que acaba de descarrilar. Chance dejó escapar un suspiro. —Gracias. Así es como me siento. —No sueles beber por las mañanas. Algo debe de haberte sacado de quicio de verdad. ¿Quieres contármelo? Chance resopló; sabía que debía guardar silencio, no hacerlo implicaría no ser justo con Kate. Aunque en ese momento, en realidad, no le importaba. —Solo un pequeño problema de faldas. No puedes hacer nada para ayudarme. —Sí, bueno, no te preocupes. Willow se puso furiosa por el dinero que gasté en una nueva lente Nikon. Me estaba dejando sordo con sus gritos, así que


me largué. —Se calmará dentro de una o dos horas. Siempre ocurre lo mismo. Jeremy sonrió. —Sí, ésa es una de las cosas que adoro de ella: no es rencorosa. Chance pensó en Kate y no pudo evitar sentir un deje de amargura por el hecho de que ella se hubiera negado a confiar en él. Le dio un trago a la cerveza y miró a Jeremy, que se había instalado en un taburete, a su lado. —¿Alguna vez has pensado cómo debe de ser lo de morirse? Jeremy se limitó a lanzar un gruñido. —Doloroso. —No me refiero al momento de morir. Hablo de lo que ocurre después. De lo que podrías encontrar al otro lado, una vez has muerto. ¿Alguna vez has intentado imaginar qué puede estar esperándote allí? —No tengo necesidad de imaginarlo. Lo he visto. Muchos de nosotros lo hemos visto. —¿De qué estás hablando? —De la búsqueda de una visión. Cuando un indio busca una visión, viaja a Schi-mas-ket, la tierra del Gran Espíritu. De allí provienen nuestras visiones. —Recuerdo cuando éramos niños y tú hablabas de eso. Tres días en la montaña. Sin comida y casi sin agua. Había olvidado todo eso. —Es algo que yo jamás olvidaré. Al final del tercer día, estaba sediento, muerto de frío y tan hambriento que habría podido comerme un búfalo... crudo. Pero al fin valió la pena pasar todas aquellas horas allí. —¿Qué ocurrió? —Tuve mi visión. Vi a mi bisabuelo, Muchas Plumas. Me habló durante un


rato y luego, delante de mis propios ojos, se transformó en un águila. Los dos nos elevamos hacia el cielo, por encima de las montañas. Recuerdo todo lo que vimos desde allí arriba: venados, alces, osos, enormes pinares, hermosos lagos, ríos rugientes. Yo quería ser como el águila, verlo todo con tanta claridad como lo vi entonces, y quería ser capaz de recordar. Esa fue mi búsqueda. Por esa razón aprendí a tomar fotografías. Chance intentó hacerse a la idea de aquella extraña sensación. Dio un sorbo de cerveza y de zumo de tomate, lo único que su estómago podía asimilar a esa hora del día. —Kate dice que ella ha estado al otro lado. Dice que allí vio a sus amigos muertos. Afirma que habló con Nell Hart. Piensa que Nell puede haber sido asesinada. Jeremy sopló el café de la taza que Maddie había servido y colocado delante de él. — Qué interesante. —Ya lo creo. —¿Ése era el problema del que hablabas? Él asintió, y Jeremy se encogió de hombros. —O sea que Kate ha tenido una visión... ¿Y cuál es el problema? Los salish dirían que eso la convierte en una mujer muy especial. Con los codos apoyados sobre la barra, Chance se pasó las manos por el pelo. —No quiso hablar del tema. Pensó que yo no iba a tomarla en serio. —¿Y estaba en lo cierto? —No lo sé, tal vez en ese momento no. Ella no quiere que nadie en Lost Peak lo sepa. Creo que ésa es una de las razones por las que vino aquí. Al parecer, en los periódicos publicaron su historia. Probablemente fue difícil para su hijo. —Tener una visión no es algo de lo que haya que avergonzarse. Su cuerpo empezó a relajarse. Por primera vez en aquella mañana, Chance respiró tranquilo. —No, supongo que no. —Se alegró de haber hablado con Jeremy. Confiaba


en él y sabía que Kate también podía confiar en él. —Tal vez deberías decírselo a ella. Chance reflexionó y sintió que era un tonto. Jamás cuestionaba las creencias de Jeremy, ni las de sus otros amigos indios. ¿Por qué le resultaba tan difícil creer que esas mismas cosas podían ocurrirle a Kate? —Lo pensaré. —Sacó un par de dólares de su bolsillo y los dejó sobre la barra—. El día está empezando a aclarar. ¿Iremos a pescar? Jeremy asintió. —En tu casa, al mediodía. Chris ha estado toda la semana esperando este momento. Chance dejó la cerveza casi intacta en la barra, se levantó del taburete y se encaminó a la puerta. —Tendré a los caballos ensillados y preparados —dijo por encima de su hombro—. Nos veremos al mediodía. Cuando Kate terminó de bañarse, se sintió un poco mejor. Mientras se repetía que tenía cosas más importantes que hacer que deprimirse al pensar en Chance McLain, bajó por el pasillo hasta su despacho y encendió el ordenador. Quería encontrar información, e internet era la manera más rápida que conocía de hacerlo. En el caso de que Nell realmente hubiese sido asesinada —y ésa era aún una suposición muy débil—, lo más probable era que el escenario del crimen hubiese sido la casa. De ser así, podía tener pistas delante de sus propias narices. La policía recurría a técnicas forenses en investigaciones como ésta, pero hasta el momento ella no tenía nada para darles, sólo sospechas no confirmadas. Si quería encontrar alguna clave, tendría que buscarla por su cuenta. —Muy bien —musitó—, veamos qué podemos encontrar. —Entró en el servidor Yahoo, escribió las palabras «ciencia forense», y dejó que el


buscador hiciese su trabajo. La lista que apareció era larga. Empezó a explorar uno tras otro los sitios, empezando por www.tncrim-law.com/forensic, Asesoramiento en Ciencia Forense de Carpenter. El sitio tenía su propia lista de sugerencias: medicina forense y patología, química forense y toxico-logia, análisis forenses de ADN, rastreo de pistas y criminalística... Las fuentes eran interminables. Empezó por las páginas de medicina forense y se puso a trabajar. Tres horas más tarde, sonó el teléfono, y Kate tuvo que despertar del trance en que había caído frente a la pantalla para responder. Reconoció el tono quejumbroso de su ex marido y respiró profundamente. —Hola, Tommy. —Kaitlin... Qué alegría oír tu voz. —Kaitlin. Nunca la llamaba así, salvo que quisiera algo. Kate se apretó el puente de la nariz, tratando de aliviar el dolor de cabeza que, como por ensalmo, le hacía latir las sienes—. He estado intentando todo el día ponerme en contacto contigo —añadió Tommy—. Acabo de recibir los papeles del divorcio. Vaya, ésa sí que era una buena noticia. —Kate, he estado pensando. Hemos estado casados casi trece años. Es mucho tiempo para tirarlo todo por la borda. Tal vez nos hemos apresurado. Tenemos que pensar en David. Por su bien, quizá deberíamos pensar en suspender este trámite y darnos otra oportunidad. Ella tensó los hombros. La ira burbujeó como aceite caliente en su garganta. ¿De quién intentaba burlarse Tommy? Nada podía importarle menos que su matrimonio, ni menos que su hijo. —¿Qué ocurre, Tommy? ¿Ahora que debes mantenerte solo te das cuenta de lo mucho que cuesta hacerlo? Le oyó rechinar los dientes.


—Siempre tan lista, ¿verdad, Kate? —Te aseguro que ahora soy mucho más lista que antes. Lo suficiente para saber cuándo intentas embaucarme. —Te encanta menospreciarme, siempre te ha gustado. Debí de estar loco al pensar que tal vez habías cambiado. Kate apretó el auricular del teléfono. —Estás loco si, por un instante, se te ocurrió que podía pensar siquiera en volver contigo. —Zorra. Kate lanzó un suspiro. —Firma esos papeles, Tommy. Y acabemos con esto de una vez por todas. —Firmaré los malditos papeles. Puedes estar segura. Pero pronto lo lamentarás. — Colgó el teléfono con violencia. Tommy había mencionado a David, pero sólo porque quería algo. No le había preguntado cómo se encontraba su hijo, ni había querido hablar con él. Esa actitud no tendría que haberla sorprendido, pero en cierto modo sí lo hizo. Ella aún no había recibido los papeles del divorcio. El correo de Montana era muy lento, pero estaban en camino. Pronto el divorcio sería definitivo, y ella podría dejar atrás aquella etapa de su vida. Volvió a sentarse frente al ordenador. Tomó las hojas impresas con la información obtenida y miró las notas que había tomado en un papel. Cuando acabase de revisarlo todo y leyese los libros que había encargado, tendría alguna idea de cómo funcionaba aquello. No estaba preparada para emprender la tarea de buscar pruebas, pero tarde o temprano tendría la


información suficiente como para intentarlo. Entretanto, intentó hablar con el dueño de la empresa de pompas fúnebres. Según uno de los sitios que había visitado, en ciertas ocasiones, cuando no se realizaba la autopsia, estos profesionales encontraban algo fuera de lo corriente e informaban a la policía. Por lo que ella sabía, no había sido así en el caso de Nell, pero merecía la pena intentarlo. Por lo general, tenía las tardes libres. No le resultaría difícil hacer una rápida visita al Velatorio Dorfman, en Polson, donde habían trasladado el cadáver de Nell después del accidente. Ése era otro de los temas de su lista, y valía la pena intentarlo. Agarró la pila de papeles con la información, se encaminó a su habitación y se puso a leer. A última hora de la tarde, después de un agradable viaje por las colinas, Chance, Jeremy y Chris regresaron al rancho. Aunque la pesca había sido buena y el tiempo también, en varias ocasiones Chance había sentido deseos de regresar al pueblo e ir a ver a Kate. No podía. Aún no. Le preocupaba que ella siguiera negándose a hablar con él. En cambio, el lunes por la tarde ensilló a Skate y a un par de caballos más. Calculó llegar después del turno de mediodía, cuando Kate hubiese regresado a casa. Avanzó a campo traviesa con un par de yeguas mansas y tomó el sendero que conducía a la valla que se encontraba detrás de la casa de Kate. Abrigó la esperanza de que ella estuviese dispuesta a escuchar lo que él tenía que decirle; llevar un caballo para David era una pequeña garantía. Tal vez Kate se negase a ir con él, pero no sería capaz de negárselo a su hijo... Suponiendo que lograse convencer al muchachito de que los acompañara. Destrabó la puerta provisional de la valla que se alzaba entre las dos propiedades, y entró en la parcela de cuarenta hectáreas de Kate. Vadeó el arroyo Little Sandy y llevó a las yeguas al jardín trasero de la casa. La vieja barra para enganchar los


caballos, que había sido instalada en la propiedad hacía más de ochenta años, aún seguía en pie. Ató los caballos, caminó unos pasos y llamó a la puerta trasera. Minutos más tarde, ella la abrió. —Chance... ¿Qué... qué estás haciendo aquí? —Evidentemente, ella se sorprendió de verlo, y no era para menos, después de la forma en que él había actuado la última vez que se vieron. Sus ojos la recorrieron de arriba abajo, cosa que no le llevó demasiado tiempo, teniendo en cuenta su escasa estatura; le pareció que estaba más bonita aún que la última vez. Llevaba unos téjanos muy ceñidos que le redondeaban el trasero, e imaginó que su mano encajaría a la perfección en él. La camisa roja de cuadros se abría levemente a la altura del busto, cada vez que se movía. Tenía las mejillas encendidas, y los ojos tan verdes como la hierba que rodeaba la casa. Se aclaró la garganta y le clavó su mirada. —Esperaba que tuvieras tiempo para conversar. Recordé lo que habías dicho acerca de que te gusta cabalgar. Pensé que tal vez podíamos dar un paseo por la colina, sólo un par de horas. Pensé que tal vez podíamos convencer a David de que viniera con nosotros. Ella lo miró con cierta suspicacia. Podría haber respondido que no, de no haber sido porque el pequeño apareció de repente, sorprendiéndose al ver a su madre con Chance. Al parecer, ambos pensaban que la revelación de Munson había puesto fin a su flamante amistad. Chance maldijo para sus adentros. —Hola, Davy. —Hola, Chance. —La cautelosa mirada del niño se clavó en los caballos. —Sé que aún no has empezado a trabajar en la tienda. Pensé que tú y tu mami tal vez querríais dar un paseo a caballo. —Te dije que no me gustan los caballos.


—Sí, bueno, a veces yo también los detesto. Sobre todo cuando alguno de ellos actúa como un estúpido. Pero hay veces en que pueden ser muy divertidos. —Pasó por alto la firme mirada de Kate, se acercó a los caballos y desató al pequeño alazán de cabeza blanca que había llevado para David. Era una yegua de quince años, tan mansa que cualquiera podía montarla. —Ésta es Mandy. Tiene un carácter muy bondadoso. Pensé que tal vez te gustaría montarla. David meneó la cabeza. —No, gracias. Maldición, no iba a resultar tan sencillo como había planeado. Deslizó una mano a lo largo del suave cuello del animal. —Ella necesita desesperadamente un poco de ejercicio. Y tenía la esperanza de que tú podrías... ya sabes, como una especie de favor. —¿Un favor? ¿De qué estás hablando? ¿Me estás pidiendo ayuda? —Sí, supongo que sí. En cierto modo, Mandy es una de mis favoritas. No dejo que la monte cualquiera. Pensé que podía confiártela. David pareció vacilar. Chance vio la indecisión reflejada en su rostro. Quería hacerlo, pero no quería parecer tonto. —Tú me permitiste usar tu caña de pescar. Supongo que estoy en deuda contigo. —Como decía, detesto tener que pedir favores. —Nunca me han enseñado a montar. —David se acercó hasta quedar junto al estribo. —Sólo lleva algún tiempo acostumbrarse. Te aseguro que con un poco de práctica, podrías ser realmente bueno. David lo miró.


—¿De verdad lo piensas? —En cuanto veo a una persona, sé si tiene o no potencial. Ven. Desliza el pie en el estribo, agárrate del pomo y sube. —Con un pequeño empujón de Chance, David quedó sentado en la montura. Deslizó el pie en el estribo del costado opuesto. —Tuve que ponerlos a una altura aproximada —comentó Chance—. ¿Cómo lo sientes? ¿Es la altura que corresponde? —Creo que sí. —Levántate. Si puedes meter dos dedos entre el asiento y tú, están a la altura correcta. —David lo hizo y comprobó que estaban bien. —Muy bien. Ahora te mostraré cómo manejar las riendas. —Durante la siguiente media hora, Chance le mostró al pequeño cómo hacer que el animal girase, se detuviera y avanzase. Mientras tanto, Kate los observaba con expresión inquieta. —Lo estás haciendo muy bien, Davy. Si tu mami está de acuerdo, podemos ir los tres a cabalgar. —No sé, Chance —dijo ella—. Hoy Jeremy trajo algunas diapositivas. Algunas muestran el vertido en el arroyo Beaver. Quería trabajar en el pase de diapositivas que estamos organizando para algunos grupos ecológicos. Chance se acercó a ella, que seguía de pie en el porche. —Ven con nosotros, Kate, por favor. —Ven, mami. Si tú no vas, yo tampoco. Tal como Chance había imaginado, la insistencia del niño la convenció. —Bueno, de acuerdo. Pero no puedo estar fuera mucho tiempo.


Chance la tomó de la mano y la condujo hasta la pequeña Tulip, una yegua de doce años, muy dócil y veloz, de agradable trote. Ayudó a Kate a subir a la montura y acortó un poco los estribos. —¿Preparada? —preguntó. Kate asintió, aunque no parecía del todo contenta. Chance condujo a los animales en fila india, los hizo cruzar el río de nuevo y atravesaron la puerta que conducía a su propiedad y a las colinas. Abrigó la esperanza de que las dos horas siguientes fuesen mejores que la que acababan de pasar. Siguieron avanzando en fila india, la pequeña yegua de Kate seguida por el alazán de David y el pinto de Chance, a lo largo del estrecho sendero. Ella tenía que reconocer que le gustaba montar otra vez, que se sentía diferente en la pesada montura del oeste, pero que le resultaba tan divertido como recordaba. Cabalgaron por bosques tupidos, atravesaron claros, vieron pasar rebaños de novillos de cara blanca y, algún venado y algún conejo. Al cabo de una hora, Chance ató a su caballo debajo de un pino, a la orilla de un arroyo. —El arroyo Cedar suele dar buena pesca. —Bajó del caballo de un salto y se acercó a David para ayudarlo a bajar—. Traje una caña para pescar con mosca. Pensé que tal vez querrías probarla mientras hablo con tu mami. David lo miró atentamente y luego miró a su madre. No era tonto y Chance no lo trataba como si lo fuera. Tomó la caña que Chance le ofrecía, junto con una pequeña caja de moscas, y se acercó a la orilla. Mientras David se metía en el lecho del arroyo y empezaba a lanzar el sedal, Chance se volvió hacia Kate. Ella pudo sentir su mirada suave y azul como si la estuviese tocando. —Me alegra que hayas venido —dijo Chance. Ella había aflojado las riendas para que la yegua pudiera pastar.


—Me trajiste engañada, y lo sabes. Usaste a mi hijo como anzuelo. Sabías que a él no podía decirle que no. La débil sonrisa de su rostro se desvaneció. —Acepto la acusación. No creo que a David le importe, ¿y a ti? Ella no pudo reprimir una sonrisa. —Fue fantástico el modo en que le convenciste de que lo intentara. —Ahora lo único que tengo que hacer es convencer a su mami. Kate esperó mientras Chance sacaba una manta de su alforja y la extendía en el suelo, debajo del árbol. Ató a los caballos a cierta distancia, para que pastaran, y regresó a donde ella estaba sentada, con las piernas colocadas debajo de su cuerpo. —Hoy has estado muy callada. —Se sentó junto a ella, con las piernas cruzadas, arrancó una hoja del suelo y la hizo girar entre sus largos y oscuros dedos; Kate, al mirarlos, no pudo dejar de recordar la sensación que le habían producido al deslizarse por su cuerpo. —No esperaba volver a verte. —¿Realmente pensabas que lo que pudiera decir un idiota como Chet Munson podría apartarme de ti? —En realidad, sí. —Porque imaginaste que si me decías lo que había ocurrido en Los Angeles, pensaría que estabas loca. —Sé que suena muy mal. Fue por eso por lo que no te lo dije. Todos piensan que estoy chiflada, ¿por qué no ibas a pensarlo tú? —Durante un instante, Kate cerró los ojos e hizo un esfuerzo por reprimir el intenso deseo de volver a montar y regresar a casa lo más pronto posible. —Quiero oír tu versión de lo ocurrido. Después seré yo quien decida. Kate alisó una arruga de la manta. Tal vez ya era hora de que él lo supiese.


Aunque, de todos modos, ya estaba al tanto de casi todo. —De acuerdo, pero no digas que no te lo advertí. Durante los siguientes veinte minutos, ella le habló de los disparos, y de lo que le había ocurrido la noche en que había muerto. No dejó nada en el tintero, ni siquiera la parte relativa a su abuela y del mensaje que había recibido de ella sólo de manera parcial. —Veo que parece una locura. Pero te aseguro que ocurrió. —Le habló de la fotografía de Nell que había encontrado—. Por eso supe quién era aquella mujer. Hasta que encontré la foto, jamás había visto su cara. Chance jugueteó con el sombrero negro que tenía sobre la rodilla. —Y tú crees que ella intentaba decirte que fue asesinada. —No estoy segura. Creo que era algo acerca de su muerte, o de la forma en que murió. Sueño con eso desde entonces. En los sueños, ella trata de decirme que fue asesinada. Lo observó, esperando ver en su rostro una expresión de condena. En cambio, cuando él finalmente la miró, una débil sonrisa suavizó las líneas de su rostro. —Mi abuela era una pies negros de pura sangre. Creía en la tierra del Gran Espíritu. Me hablaba de eso siendo niño. Hacía años que no pensaba en esto. Jeremy Caballo Manchado y un montón de hombres de la región han tenido visiones. Aveces, las visiones les dicen cosas acerca del pasado o del futuro. Lo llaman búsqueda de la visión. No creo que sea justo aceptar que lo que ellos creen es real, y no creer lo que dices tú. A ella se le había formado un nudo en la garganta. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Hasta ese momento, no se había dado cuenta de cuánto deseaba que él la creyese. Metió la mano en el bolsillo de sus téjanos buscando un kleenex, pero la sacó vacía. Chance sacó un pañuelo rojo desteñido de su bolsillo trasero, y le secó las lágrimas de las mejillas.


—Está bien, cariño. No quería hacerte llorar. Ella tomó el pañuelo rojo de sus manos, se secó el resto de las lágrimas y se lo devolvió. —Necesito saber si fue verdad, Chance. De ser así, todo lo que me ocurrió aquella noche fue real. De verdad estuve allí. Ese lugar existe. —Creo que entiendo por qué es tan importante para ti. A mí también me gustaría creer que existe un lugar como ése. —Volvió a guardarse el pañuelo en el bolsillo—. Yo no puedo decirte que esté convencido de que Nell Hart fue asesinada. Pero si tú quieres ahondar un poco más, no me parece nada mal. Y te ayudaré en lo que pueda. Ella quiso echarle los brazos al cuello y besarlo allí, debajo del pino. —Gracias, Chance. No sabes cuánto significa eso para mí. El se puso en pie y la ayudó a levantarse. —La próxima vez, no temas confiar en mí. No te defraudaré, Kate. Ella se limitó a asentir. Chance miró en dirección al río, vio a David pescar contra la corriente, y rodeó a su madre con sus brazos. —No dejo de pensar en la noche del sábado. Dios, pienso a cada instante en hacer el amor contigo. —La besó, al principio con suavidad y luego más apasionadamente. Luego a ella le temblaban las rodillas. —¿Cuándo podré volver a verte? —le dijo en tono apremiante al tiempo que besaba su cuello. —No lo sé, yo... —¿El sábado por la noche? Iremos a bailar. Los fines de semana, en el


Antlers, tienen un grupo de música country. Es muy divertido. Ella se echó a reír. —No tengo la más mínima idea de cómo se baila la música country, pero me gustaría intentarlo. —Bien. Maravilloso. —Inclinó la cabeza y le rozó los labios—. Fantástico. —Miró hacia donde estaba David y vio que acababa de enganchar un enorme pez de colores. Señaló al chico con un movimiento de la cabeza y sonrió—. Creo que le está tomando el gusto a la vida en el campo. Kate miró hacia donde él señalaba y se le encogió el corazón. —Eso parece. —Le daremos tiempo a que nos lo muestre y lo devuelva al río. Luego deberíamos emprender el regreso. Es la primera vez que salimos y quedarás dolorida si montas demasiado tiempo. Chance reunió a los caballos, recogió sus pertenencias y finalmente se acercó a David. Poco más de una hora después, llegaron a la casa, y David se quejó de que era muy temprano para terminar el paseo. —Esta noche no pensarás lo mismo —le advirtió Chance riendo—. Hace falta un tiempo para que los músculos se acostumbren a la montura. Si quieres, podemos salir a cabalgar el miércoles, después del trabajo. —¡Sí! —David dio un puñetazo en el aire y Kate se echó a reír. Chance le sonrió, y la expresión de su rostro le produjo un cálido hormigueo en la piel. Se detuvieron frente a la barra para atar a los caballos. David bajó de un salto y Chance ayudó a Kate a desmontar. —¿El miércoles, a qué hora? —preguntó David. —¿A qué hora llegas a casa?


—A las cinco. No es muy tarde, ¿verdad? —En esta época del año, no oscurece hasta las diez. Podemos regresar un par de horas antes. —¡Fantástico! Entonces nos veremos el miércoles. —David se alejó a toda prisa y entró en la casa. —Ha sido maravilloso, Chance. No sabes cuánto aprecio lo que estás haciendo por David. Él apartó la mirada, un poco incómodo. —Tu hijo me cae bien. Ojalá pueda ayudarlo a adaptarse. —Sujetó las riendas y montó de un salto. Debajo de los gastados y suaves téjanos que se adaptaban a su cuerpo, los músculos de sus muslos se tensaron. —Bien, supongo que será mejor que me vaya —agregó, con lo que a ella le pareció un matiz de desgana—. Tengo mucho que hacer y me imagino que tú también. Por supuesto. Preparar la presentación de las diapositivas y trabajar en su otro proyecto, que era aún más importante. Al día siguiente, iría a Polson. Sabía que lo que esperaba encontrar era poco menos que un milagro, algo que pudiera ayudarla en su búsqueda. Pero no se desalentó. Ella sabía mejor que nadie que los milagros ocurren. Capítulo 16 Tras reafirmarse en su mullido sillón de cuero, Lon Barton le echó un vistazo a la carpeta que Duke Mullens acababa de entregarle. —No puedo creerlo. Esa maldita mujer fue vicepresidenta de una de las agencias de publicidad más importantes del país. —Sí. Y por lo que dice aquí, en Los Angeles ganaba un dineral. —La nota de Sid dice que era una de las mejores ejecutivas del mundo de la


publicidad. Habría quedado en una muy buena situación económica de no haber sido por su divorcio. Ese individuo la desplumó como un bandido. —Sí, bueno, por lo general es el tío el que sale perjudicado —gruñó Duke. Lon leyó el pie de página. Sid Battistone era meticuloso, no cabía duda; aunque, por lo que le pagaban, podría haber sido incluso mejor. En la carpeta se hablaba de Kate, de su infancia sin padre, y de que su madre había muerto en un accidente de coche cuando Kate tenía dieciocho años. Había gran cantidad de información acerca de su inútil marido, incluidos los cargos por posesión de drogas de los que Tommy Rollins había sido acusado seis años antes. El hecho era que había estado viviendo a expensas de Kate desde el día en que se casaron. Leyó otro párrafo. —¿Qué demonios es esto? Duke se acercó para poder leer la carpeta por encima del hombro de Lon. —Qué locura, ¿no? Supongo que por eso ella se mudó aquí... para poder librarse de los periodistas y de todo ese asunto del tiroteo. Lon se estiró y se hizo con un artículo recortado del Times de Los Angeles. Mujer habla de la vida después DE LA MUERTE. Lon estudió el artículo, cada vez más confundido. —Jesús... Aquí dice que Kate Rollins a duras penas sobrevivió a los disparos realizados desde un coche que pasaba, que estuvo muerta durante casi diez minutos antes de que la resucitaran. Y ella afirma que durante ese lapso de tiempo tuvo una experiencia cercana a la muerte. El artículo dice que habló con sus parientes muertos en el «Otro Lado». ¿Tú lo crees? Esa mujer debe de estar chalada. —Sí, ¿y sabes qué? Ha estado armando alboroto desde que llegó, haciendo preguntas acerca de su abuela. Hace un par de semanas se fue a Polson y pidió ver el informe del sheriff sobre la muerte de Nell Hart. Preguntó por ella a media docena de personas. Revisé las grabaciones de su teléfono.


Incluso llamó a la vieja Aida Whittaker. —Me pregunto qué demonios está tratando de averiguar. —No lo sé. Pero el domingo en Lost Peak había un tipo de Los Angeles que la andaba buscando. Tom Webster dijo que entró en el bar y se presentó como periodista del National Monitor. —¿El National Monitor? ¿No es uno de esos estúpidos periódicos que puedes coger en las tiendas de alimentación? —Seguramente. —Busca a ese individuo, sea quien sea. Averigua qué sabe acerca de Kate Rollins. Una persona con sus antecedentes, alguien capaz de gestionar esa campaña en contra de la explotación minera, podría causarnos graves problemas. Quiero que dejen sin efecto esa prohibición del cianuro, y no voy a permitir que ninguna pelirroja de tetas grandes se interponga en mi camino. —No se preocupe, jefe. Yo me ocuparé de eso. Duke Mullens se acercó a la puerta. Su sonrisa le hacía parecer un ave rapaz. El miércoles por la tarde, tal como había prometido, Chance llegó para llevar a David a dar una vuelta a caballo. Kate había recuperado las noches, de modo que podría ir a bailar al Antlers el sábado; eso significaba que estaba trabajando cuando Chance llegó. Según le dijo David, había ido acompañado por Chris Caballo Manchado. —Es un indio, mami —dijo David con expresión muy seria cuando ella volvió esa noche del café—, pero es muy bueno. Va a esa escuela india... Creo que se llama Two Eagles. Pero no vive muy lejos de la ciudad. Chris dice que le gusta pescar, así que iremos el sábado, cuando yo vuelva del trabajo. —Cariño, eso es maravilloso. —Si Chance McLain hubiese estado allí, lo habría abrazado. Pero el solo hecho de pensar en él le hizo sentir deseos de


hacer algo más que eso. Sintió un leve estremecimiento. Apartó de su mente los pensamientos eróticos, inapropiados por completo. El jueves, Chance y Jeremy Caballo Manchado aparecieron en el café a la hora del almuerzo. Kate les sirvió el pastel de carne especial cuya receta guardaba celosamente. Myra era fantástica preparando tarta de manzana, pero Kate también se guardaba algún as en la manga. —Es increíble —comentó Chance mientras mojaba el jugo con el pan casero de la cafetería—. ¿Cómo lo haces? Kate sonrió. —Te lo diría, pero entonces tendría que matarte. Chance lanzó una estentórea carcajada, muy masculina. Kate se concentró en Jeremy antes de que los pensamientos perversos ocuparan su mente. —Esas diapositivas que trajiste son maravillosas, Jeremy. Tengo planificada la presentación al completo. Ed hará copias y las llevará la semana que viene a diversos organismos ecologistas. —Fantástico, Kate. —El voluminoso indio salish engulló otro trozo de pastel de carne, la especialidad del día—. Si lo necesitas, tengo mucho más material de paisajes. —Tendré que aceptar tu ofrecimiento. —Echó un vistazo al reloj que colgaba en la pared, sobre uno de los reservados—. ¿Necesitáis algo más? Hoy saldré temprano. Tengo cosas que hacer en Polson, y... —¿Qué te parece si te acompaño? —Chance se limpió la boca con una servilleta de papel—. Tengo un par de recados que hacer. Así evitaría tener que hacer un viaje especial. —La miró fijamente y, como de costumbre, ella sintió un hormigueo en el estómago. —Sería fantástico.


Chance se puso en pie y dejó el dinero sobre la barra. —Te veré más tarde, socio —le dijo a Jeremy, que le dedicó una expresión que Kate no logró interpretar. —Cuídate, Kemosabe. Chance le dedicó una sonrisa, y Kate dejó escapar una carcajada. Era evidente que aquellos dos hombres eran muy amigos. A Kate le gustaba Jeremy. Estaba ansiosa por conocer a Chris, su hijo, y Chance le prometió que conocería a WIllow, la esposa del indio, en el baile del sábado por la noche. Kate los dejó en la cafetería, subió a su casa, se puso unos téjanos y una blusa de algodón amarillo, y regresó. Chance se ofreció a conducir y emprendieron el camino por la autopista 93. Llegaron a Polson en menos de una hora. Chance no pareció sorprenderse cuando ella le pidió que se detuviera en la Funeraria Dorfman. Sencillamente se detuvo frente a la puerta, como si lo hiciese todos los días, y la acompañó al interior. —Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarla? Kate se volvió al oír una suave voz masculina. —Soy Marvin Dorfman. ¿Qué se le ofrece? —Era un hombre bajo y un tanto regordete, de piel pálida y pecosa, y pelo rubio que empezaba a ralear. Su sonrisa parecía un rasgo fijado en su rostro. —Me alegro de conocerlo. Me llamo Kate Rollins, y éste es Chance McLain. Venimos a hablar con usted de una mujer llamada Nell Hart. La señora Hart era mi abuela. Murió en enero del año pasado. —La señora Hart... —repitió juntando sus cejas rubias—. Permítame consultar mis archivos. —Desapareció en el interior de su despacho, y ella y Chance atravesaron la puerta abierta. La funeraria era pequeña, y tenía las


paredes pintadas de un suave color azul. Por otra puerta logró ver una sala para los familiares, con varias hileras de sillas tapizadas y cortinas de gasa frente a la zona destinada a exhibir el ataúd. Kate volvió a concentrarse en Marvin Dorfman, que acababa de sacar una carpeta de papel manila de un archivador de metal. Se apoyó en la nariz unas gafas pequeñas, abrió la carpeta y empezó a leer. —Ah, sí, la señora Hart. Tendría que recordarla, pues siempre recuerdo a los fallecidos que nosotros hemos preparado, pero aquella semana caí enfermo con una terrible gripe. Tuve que retirarme temprano el día que llegó la señora Hart. Sin embargo, estuve al principio para ocuparme de que quedara cómodamente instalada. «Cómodamente instalada.» Kate se preguntó qué significaría ese eufemismo. —¿Entonces vio usted el cadáver? —Sí, claro. Como acabo de decirle, yo estaba aquí cuando la trajeron. —Me interesa saber si tal vez notó usted algo poco habitual en ella. Si observó algo en las heridas que sufrió que pudiese resultar incoherente con la clase de caída que le causó la muerte. Dorfinan arrugó el entrecejo. —¿Incoherentes? ¿Me está preguntando si había alguna herida añadida, además de las que le causó el golpe en la cabeza? —Exactamente era eso lo que quería preguntarle —respondió Chance por ella. Dorfman volvió a mirar la carpeta y al cabo alzó la cabeza. —Si hubiésemos notado algo extraño, habríamos informado a la oficina del sheriff. — Volvió a bajar la vista, y Kate se dio cuenta de que estudiaba algún dato en la carpeta. —¿Puedo verlo?


—Preferiríamos que no. Para los miembros de la familia suele ser doloroso ver... —Deje que la señora vea la carpeta —intervino Chance, y Dorfinan se la pasó con delicadeza. Kate miró la carpeta y lanzó un gemido de asombro. Lo que Dorfman no quería que ella viera eran las fotografías del cuerpo desnudo de su abuela, sus partes íntimas apenas cubiertas por una pequeña toalla. Debían de haber sido tomadas inmediatamente después de la llegada de Nell al depósito de cadáveres. —Espero que las fotos no le resulten demasiado perturbadoras —dijo el señor Dorfman en tono consolador. Había en él algo tranquilizador que lo convertía en la persona perfecta para el trabajo que había elegido. Y, por extraño que pareciese, daba la impresión de ser sincero—. Nos gusta documentar cada caso. La información es estrictamente confidencial, y sólo para nuestros archivos. Había otras fotos de Nell tendida de espaldas, de costado y boca abajo. En una de las imágenes, Kate vio la sangre oscura coagulada a la altura de la nuca. En otra quedaban expuestas las costillas, lo mismo que los huesos de la cadera. Era una mujer menuda y frágil. Una brisa un poco fuerte habría sido suficiente para derribarla. Kate se disponía a devolverle a Dorfinan la carpeta cuando notó un ligero oscurecimiento de la piel en los dos brazos de Nell. —¿Qué es esto? —Señaló la zona en la foto. —Las primeras etapas del amoratamiento, quizá. Resulta un poco difícil decirlo mirando la foto. —¿Por qué el informe del sheriff no menciona esto? —Tal vez porque cuando el ayudante del sheriff la vio quedaban debajo de la ropa de la señora Hart. No la desnudaron hasta que llegó aquí. Por lo general, el ayudante está presente en ese momento pero, si mal no recuerdo, aquélla fue la tarde en que el autobús escolar chocó con el terraplén, y él tuvo que presentarse para ayudar antes de venir aquí.


—Si esto son morados, ¿es posible que se produjeran al mover el cadáver? —Del todo imposible. Somos muy cuidadosos cuando hacemos un traslado. Además, una vez que el corazón deja de latir, es imposible que se produzca un morado. Kate sintió que la recorría un escalofrío. Fuera cual fuese la causa de esas marcas, se habían producido antes de la muerte de Nell. —¿Por qué no se informó sobre estos morados? —A la gente mayor le salen morados con facilidad. Y no había motivo para sospechar que se trataba de un acto delictivo. —Entonces, nadie se fijó en ellos. —No lo creo. Como le dije, aquel día yo estaba muy enfermo. Dejé a la señora Hart en manos de uno de mis asistentes. —¿Y cómo se llama...? —preguntó Chance. —Walter Hobbs. —¿Está aquí el señor Hobbs? —preguntó Kate. —Me temo que no. Lo ha dejado. Sólo viene cuando nos falta personal. Aquella tarde, mi asistente también estaba en su casa, con gripe. En aquella época hubo una especie de epidemia. —¿Tiene el número de teléfono del señor Hobbs? —preguntó Chance. Dorfman asintió y escribió cortes-mente el nombre, la dirección y el número de teléfono del hombre en el dorso de una de sus tarjetas personales. Parecía un hombre encantador. —¿Existe alguna posibilidad de que me preste esas fotos por un rato? —Kate hizo una pausa—. Prometo devolvérselas. Vaciló solo un momento. —Por supuesto, pero apreciaría que me las devolviese. Nos gusta conservar los archivos completos. —Gracias, señor Dorfman. Ha sido de suma utilidad. —Siempre nos complace ayudar a los miembros de la familia. Para eso estamos aquí.


Salieron del local de la funeraria y regresaron a la camioneta de Chance. Kate guardó silencio durante el trayecto; se dedicó a analizar las diversas posibilidades. —Dorfman tiene razón, ¿sabes? —le dijo Chance mientras avanzaban calle abajo—. Aunque esas marcas sean morados, a la gente mayor le salen morados con facilidad. Es posible que Nell no hiciese nada para tenerlos. —O que alguien la tomase de los brazos y la empujase contra el aparador. —Piénsalo bien, Kate. ¿Qué posibilidades hay de que tu abuela se golpeara la cabeza con la fuerza suficiente como para matarse? Si alguien quería verla muerta, ésa no era la forma más fiable de hacerlo. Kate reflexionó y guardó silencio durante un largo rato. Luego lanzó un suspiro. —Supongo que tienes razón. Sin embargo, me inquieta. En todo esto hay algo que no encaja, Chance. —Entonces lo estudiaremos. Tengo que ver a Frank Mills. Llamaremos a este individuo, Hobbs, desde el despacho de Frank. Así lo hicieron, pero Walter Hobbs no estaba en su casa. Como no tenía contestador automático, Kate se propuso llamarlo cuando llegase a casa. Esperó un rato en la recepción del despacho de Mills, y finalmente Chance reapareció. —No puedo creerlo —dijo él. —¿Qué ocurre? —Consolidated Metals no se ha defendido por los cargos de contaminación ambiental.


—Ésa es una buena noticia, ¿no? —No en este caso. Ofrecieron pagar lo que consideraron daños razonables, en este caso veinticinco mil dólares. La miserable cantidad de veinticinco mil dólares... Y el juez estuvo de acuerdo. Esa suma de dinero no repara el daño que el vertido de arsénico causó en el entorno. Y no es suficiente para impedir que vuelvan a hacerlo. —Oh, Chance, lo lamento. Chance no dijo nada, pero un músculo de su mejilla se tensó visiblemente. Durante todo el viaje de regreso estuvo concentrado en la carretera, habló poco y respondió a las preguntas de Kate con monosílabos. Cuando por fin llegaron a casa de Kate, él la acompañó hasta la puerta. —Lamento no haber sido una compañía más agradable. —Yo tampoco he estado muy dicharachera. —El sábado por la noche lo pasaremos mejor. Prometamos olvidarnos de todo esto... Al menos, por una noche. Kate sonrió. —De acuerdo. Él inclinó la cabeza y la besó con fuerza en los labios. —Esto es un anticipo. —Alzó la cabeza hacia la ventana, donde David los espiaba a través de las cortinas almidonadas. —Comprendo. —Se miraron fijamente y en silencio.


—Maldición. ¿Cómo me las arreglaré hasta el sábado por la noche? Kate lanzó una exclamación mientras él se inclinaba hacia delante y volvía a besarla. Sintió el enorme bulto que se tensaba debajo de sus Levi's antes de que Chance diese media vuelta y se marchara. El sábado se hizo eterno. En cuanto terminó el turno del almuerzo, Kate subió a su despacho para llamar a Walter Hobbs, pero no pudo hablar con él una vez más. Trató de centrarse en el programa de trabajos, pero no pudo hacerlo. De modo que hizo algunas llamadas a los voluntarios que figuraban en su lista y logró comprome-terlos para iniciar una campaña de envío de postales a los políticos locales. Llegó la tarde y Jeremy apareció con Chris, que era casi tan alto como David pero de pecho y hombros más fornidos. Tenía los ojos tan negros como su padre, igual que el pelo, pero Chris lo llevaba corto debajo de su aplastado sombrero de vaquero. Tenía los pómulos altos y suaves, y la piel oscura. Kate imaginó que debía de ser el terror de las chicas de la escuela Two Eagles. —Es un verdadero placer conocerla, señora Rollins —dijo sin la menor muestra de engreimiento que solían mostrar los muchachitos atractivos. —Para mí también es un placer, Chris. —Pensaba llevarlos a un lugar donde sé que hay muy buena pesca —dijo Jeremy—. Ya que lo más probable es que no regresemos hasta tarde, estaba pensando... que tal vez no te importe si David se queda a pasar la noche en casa. Mi hija Shannon tiene casi dieciséis años. Es muy responsable. Estará con ellos mientras su madre y yo vamos al baile. —¿Puedo, mami, por favor?


Kate se mordió el labio, indecisa. No le gustaba la idea de que los dos niños se quedaran solos al cuidado de una adolescente, pero quería que David hiciese amigos, y Jeremy y su hijo parecían buenas personas. Miró a David y vio el entusiasmo reflejado en sus ojos. El niño detestaba la idea de tener una canguro. Pensaba que ya era muy mayor; y tal vez lo era. Miró a Jeremy y vio en su expresión algo que le hizo sospechar que Chance había tenido algo que ver en ello, pero decidió no insistir. —Myra dijo que se quedaría en casa hasta que yo regresara. Podría decirle que David pasará la noche con Chris. —¡Gracias, mami, eres la mejor! —Shannon es de confianza. Y Willow y yo no regresaremos tarde. Ella se preocupa por los niños si no volvemos a una hora respetable. Kate sonrió. —Supongo que entonces está todo arreglado. David recogió su equipo de pescar, y el pequeño grupo se marchó. Kate estuvo paseándose de un lado a otro, tratando de matar el tiempo hasta que llegase la hora de ir al baile. Capítulo 17 Finalmente cayó la noche. A las ocho en punto, Chance apareció en la puerta, vestido con los téjanos de las ocasiones especiales y una camisa tejana azul celeste con remaches plateados. —Espero que te apetezca comer pollo y pizza congelada —comentó él—. Es casi lo único que tienen en el Antlers, pero no está tan mal. —¿Estás bromeando? Estoy tan harta de mi propia comida, que la pizza congelada me sabrá a gloria. Chance la tomó de la mano mientras ella se alejaba de la puerta, y la hizo


girar hasta que quedó frente a él. —Estás maravillosa. Kate sonrió ridiculamente complacida por el halago. —Gracias. Llevaba puesto un conjunto que se había comprado sin pensar un día en Missoula: una falda azul marino y un chaleco a juego con dibujos indios, una blusa de algodón color crema y un cinturón plateado. Como no tenía botas vaqueras, se había puesto las botas de montar inglesas que le cubrían los tobillos. El Antlers Saloon estaba atestado. Un baile de fin de semana era una ocasión significativa en una población del tamaño de Lost Peak. La banda, la Rocky Mountain Mist, formada por la madre, el padre y dos hijos, ya estaba instalada en el escenario provisional, pero aún no habían empezado a tocar. En la máquina de discos sonaban melodías del oeste, y en la pista bailaban varias parejas. Kate escuchó a Garth Brooks cantar The Beaches of Cheyenne y se sorprendió al pensar cuánto había llegado a gustarle la música country. Myra le había dicho que en el café ponían esa música desde siempre. De alguna manera, parecía tan adecuada para el lugar que Kate no se había atrevido a cambiarla. En los meses siguientes —a pesar de lo mucho que le gustaba el rock and roll— había empezado a disfrutar de ella. Ahora, aunque le gustaba todo tipo de música, la mayor parte de las veces se sorprendía sintonizando la EAGLE 94.5, la emisora de música country. —Por aquí, Kate. —Chance la llevó hasta una mesa que había reservado en el extremo opuesto de los altavoces. Se sentaron y pidieron pizza y cerveza. —Ahora que estamos sentados —dijo Chance—, hay algo que hace rato deseo hacer. Ella arqueó una ceja.


—¿Qué es? El se inclinó por encima de la mesa y la besó con suavidad en los labios. —Sólo eso. Quiero que pienses en esto cuando estemos bailando... y en lo que voy a hacerte cuando el baile haya terminado. Kate se quedó sin aliento. Se le hizo un nudo en el estómago y una oleada de calor recorrió sus extremidades. Sabía muy bien qué era lo que Chance pretendía. Si cerraba los ojos, casi podía sentirlo moviéndose dentro de ella. Podía sentir su boca rozándole la piel, sus manos acariciándola... Abrió los ojos de golpe. Se le encendieron las mejillas. —¿Lo ves? Ya está funcionando —dijo Chance con una risita. Kate le dedicó una juguetona mirada de indignación. —No estés tan seguro, vaquero. Chance se limitó a sonreír. Tenía el aspecto de un hombre que sabe lo que quiere; y esa noche se proponía conseguirlo. Por la forma en que clavó la vista, primero en su boca y después en sus pechos, le sorprendió que no la arrastrara hasta la pista de baile y le hiciese el amor allí mismo. Empezaba a sentirse arrebatada y a transpirar cuando la banda empezó a tocar. —Ven, cariño. Voy a enseñarte cómo se hacen las cosas en Montana. Kate pensó que él ya lo había hecho, pero no se lo dijo. La apretó contra su cuerpo, unió su mejilla a la de ella y pareció envolverla con su cuerpo. Dios, qué bien se sentía. —Limítate a seguirme. Te aseguro que no es tan difícil. Y, por extraño que pareciese, no lo fue. El le mostró los pasos un par de veces, hasta que sus pies los memorizaron. En otros tiempos ella había sido una buena bailarina.


No le llevó mucho tiempo recordar cómo seguirlo, cómo relajarse siguiendo el ritmo de la música y dejar que él la guiase en los diferentes movimientos. Él bailaba como hacía todo lo demás: con una gracia natural que parecía adherida a sus huesos. Al cabo de una hora, Kate bailaba como si lo hubiese estado haciendo durante años. Incluso fue capaz de hacer unos giros hacia atrás y hacia delante mientras evolucionaban por la pista en el sentido de las agujas del reloj. —No me dijiste que eras tan buena en esto —comentó él, con evidente satisfacción. —Te dije que me gustaba bailar. Además, yo tampoco sabía lo bueno que eras tú. Él levantó una de sus gruesas cejas. —¿No? En cierto modo pensé que lo tendrías claro. Sus mejillas se enrojecieron. Sabía lo bueno que era. Terriblemente bueno. Y aquellos ojos azules y apasionados decían que esa noche intentaría demostrarlo de nuevo. En ese momento, vieron entrar a Jeremy Caballo Manchado e hicieron una pausa en el baile. —Vamos. Quiero que conozcas a Willow. Mientras Chance la guiaba entre la multitud, Kate reconoció a la mujer como una de las dientas que habían almorzado en la cafetería en un par de ocasiones. Willow era hermosa, alta y delgada como un junco, de enormes ojos oscuros y pelo negro como el ébano y largo hasta los hombros. Llevaba puesto unos téjanos rojos, una camisa tejana a cuadros rojos, y botas. De sus orejas, debajo de su gruesa melena negra, colgaban largos pendientes de plata.


Los cuatro se sentaron a la mesa y se hicieron las presentaciones correspondientes. —Me gusta tu hijo —dijo Willow, granjeándose al instante el cariño de Kate —. Parece muy inteligente. Como su madre, sin duda. —Muy amable de tu parte. David siempre ha sido bueno en la escuela, al menos hasta que empezó a salir con la gente equivocada. Me alegro de que haya encontrado a un amigo como Chris. —Quizá se hagan bien el uno al otro. Tu David y los ordenadores. Mi Chris y su amor por la vida al aire libre. Kate sonrió; Willow le caía cada vez mejor. —Creo que es una muy buena combinación. Las dos parejas bailaron durante un rato. Después la música se hizo más lenta y la banda interpretó un vals. —Apuesto a que habías bailado esto antes —bromeó Chance mientras la llevaba de vuelta a la pista. Kate pensó que lo había hecho antes... Hasta que bailó con Chance McLain. El la acercó a su cuerpo y ella sintió que la envolvía, notó el roce del tejano y la sedosidad del pelo de Chance enredado entre sus dedos. Percibió el perfume de la loción y el aroma algo salado de su piel. Él la acercó aún más, aplastándole los senos contra su pecho. —Dios, Katie... —Se acurrucó contra el costado del cuello de la mujer, que sintió unos pequeños pinchazos de calor que le erizaban la piel. Él movió uno de sus muslos entre las piernas de Kate, y ella notó su intensa excitación. Cuando la música terminó, él estaba rígido como una piedra, y lo oyó maldecir entre dientes. —No estoy seguro de que esto haya sido buena idea —gruñó Chance a sus espaldas mientras regresaban a la mesa. Kate ocultó una sonrisa de placer al pensar que ha-bía causado ese efecto en él. Fue entonces, antes de llegar a la


mesa, cuando vio entrar a Silas Marshall. Él se encaminó a la parte de atrás de la barra. Era tan alto que tuvo que agachar la cabeza para evitar una de las vigas bajas del techo. Aún le recordaba a Abraham Lincoln, pero ahora se preguntó si sería más fuerte de lo que parecía. Y con cuánta ansia había deseado la propiedad que había compartido con Nell Hart. —Enseguida vuelvo —le dijo a Chance—. Tengo que hacer una visita y no puedes acompañarme. —Kate caminó dando un rodeo en dirección a Silas, se abrió paso entre la multitud y finalmente se detuvo frente a él. —Silas... Me alegro de verte. Él le sonrió. —Yo también me alegro, Kate. —¿Cómo se porta David? Espero que esta vez no tenga problemas. —Estaba un poco confundido, por la vida en la ciudad y todo eso. Creo que ha aprendido la lección. —Yo también lo creo. —Es una pena que Nell no tuviese la oportunidad de conocerlo. Creo que habría estado orgullosa de vosotros dos. —Gracias, Silas. —Fue un comentario agradable, y la ocasión perfecta. No pudo resistir la tentación—. Hablando de Nell. Estuve ordenando unas cajas en el desván y por casualidad, encontré la escritura de una propiedad que vosotros compartíais. Bajo la luz de neón del letrero de cerveza, Kate vio que a él se le movía la nuez de Adán. —Compartimos esa propiedad durante más de veinte años.


—Supongo que después de la muerte de Nell, la vendiste. Silas apartó la mirada. —Mi hijo quería pedir un préstamo para comprar una casa. En estos tiempos, con los precios tan elevados, a los jóvenes les resulta difícil dar una entrada. —Sí, me lo imagino. Supongo que Nell no quería venderla. El hombre se aclaró la garganta. Su mirada empezó a saltar de un lado a otro como si desease escapar. —No, no quería. —Vosotros erais amigos. Me sorprende que no lograras convencerla. —Lo intenté. Era un negocio muy bueno, con un enorme margen de beneficio para los dos, pero ella no quiso escuchar. A veces podía ser muy terca. Kate se obligó a sonreír. —Bueno, en definitiva, supongo que no importó. Cuando Nell murió, vendiste esas tierras y conseguiste el dinero para tu hijo. Su rostro alargado palideció. Parecía deseoso de echar a correr. —Tengo que irme. Me esperan unos amigos. —Me alegro de haberte visto, Silas. —Sí, sí. —Se alejó como alma que lleva el diablo, y Kate regresó a la mesa pensando en su reacción. —Te vi conversar con Silas —le dijo Chance, mirándola por encima de la jarra de cerveza. —Le pregunté por David.


Él alzo una ceja con expresión significativa. —¿Ah sí? —Sí, sí —repuso ella, un poco a la defensiva. —¿Y qué más le preguntaste? Kate se dejó caer en la silla. —De acuerdo, le pregunté por la propiedad que compartía con Nell. Ahora denúnciame. —Pensé que estábamos de acuerdo en que esta noche no ibas a preocuparte por eso. —Lo sé, pero... Caramba, se presentó la oportunidad y no pude resistir la tentación. —Déjalo Kate, por favor. Al menos por esta noche. Ella se sintió como una aguafiestas. Él la había llevado allí para divertirse, no para buscar pistas de un posible asesinato. —Tienes razón, lo siento. —Dio un trago de cerveza. Estaba helada y espumosa. Combinaba a la perfección con la pizza congelada—. Ya lo he olvidado. Él le dedicó una de sus atractivas sonrisas. —Buena chica. —Vamos, amigos. —Willow se puso en pie—. Están bailando en fila. —Eso no es para mí—dijo Chance sacudiendo la cabeza—. He hecho cruz y raya con los bailes en grupo. Además, tendría que ir delante de todos. —Entonces ven tú, Kate. Jeremy y yo te enseñaremos los pasos. Es fácil, una


vez que pescas el truco. Parecía divertido. Kate los siguió hasta la pista de baile, donde nadie bailaba en pareja y la mitad de los presentes formaban una fila frente a la banda. Se colocó entre Willow y un alto y apuesto vaquero en el que había reparado al entrar. Chance lo había saludado. Recordaba que lo había llamado Ned. —Están tocando Boot-Skootín' Boggie —dijo Willow casi saltando con sus botas rojas de vaquera—. Es una de mis favoritas. Kate pensó que le llevaría toda la vida memorizar los pasos de aquel baile, pero finalmente logró comprenderlos, y le resultó muy divertido estar en la pista. —Parece como si lo hubieses bailado toda la vida, Kate —dijo Willow riendo —. A mí me llevó semanas aprender todos los pasos. Aunque se sentía bastante autosuficiente por aprender tan rápido, en ese momento Kate giró en la dirección equivocada y chocó de lleno con el vaquero llamado Ned. —Está bien, preciosa —dijo él con una sonrisa—. Puedes toparte conmigo cada vez que quieras. Era apuesto, alto y fornido, y llevaba botas y sombrero blanco de paja. Dicen que toda mujer ama a un vaquero... o lo amará. Ella ya tenía el suyo, pero éste la miraba fijamente, como si quisiera comérsela, y la cautivó. Ned dijo algo inclinándose un poco para que ella pudiese oírlo a pesar de la música, y Kate se echo a reír. Entonces se volvió en dirección a la mesa y vio que Chance la miraba con expresión furiosa. La música terminó, pero cuando ella se volvió para regresar a la mesa, Ned la agarró del brazo. —¿Qué te parece si bailamos, preciosa? Habría respondido que no. En cualquier otro momento, en cualquier otro lugar, eso era lo que habría hecho. Pero por el rabillo del ojo vio a Chance


apoyado contra la pared, con los brazos cruzados sobre el pecho, y un pequeño demonio no se lo permitió. —De acuerdo. —Gracias a Dios, era un pasodoble y él no la sostuvo demasiado cerca. Sin embargo, cuando la melodía terminó y caminaba ya hacia la mesa, comprendió que había cometido un grave error. —Se acabó la diversión —dijo Chance—, nos vamos. Kate se humedeció los labios, pues de pronto los sentía secos. —Yo pensé... —He dicho que nos vamos. Ahora. Kate no discutió, se limitó a despedirse de Jeremy y Willow, y dejó que Chance la arrastrase hasta la puerta. Sin decir una palabra, la ayudó a subir a la camioneta, puso el motor en marcha y salió del aparcamiento. Tomó el sinuoso camino de montaña un poco más rápido de lo conveniente. Kate supo que más le valía no decir nada, pero acabó reuniendo el valor necesario para preguntar: —¿Adonde vamos? —A la montaña Lookout. —¿Dónde es eso? Chance abandonó el estrecho camino en un área abierta, rodeada de árboles, que daba al valle. Pisó el freno y apagó el motor. Kate guardó silencio. Tenía los nervios de punta y el corazón acelerado. Cuando Chance bajó de un salto del coche y cerró la puerta de golpe, ella se sobresaltó co-mo si acabara de oír un disparo. Él rodeó la camioneta, abrió de golpe la puerta del acompañante y la hizo


bajar. —De acuerdo. ¿Qué demonios fue todo eso? Ella se quitó una pelusa de la manga. —No sé a qué te refieres. —Claro que lo sabes. Lo hiciste adrede. Tratabas de que me sintiera celoso. Ella echó la cabeza hacia atrás y lo miró. —¿Estabas celoso? —Demonios, claro que sí. Ella apartó la mirada, como sintiéndose culpable. —Lo siento. No me di cuenta... —Tonterías. Sabías muy bien lo que estabas haciendo. Lo que quiero saber es por qué lo hiciste. Kate suspiró. El baile había empezado, por así decirlo. Lo mejor sería confesar, y acabar de una vez. —¿Quieres saber la verdad? Muy bien, aquí va. Nunca en mi vida tuve un hombre celoso. Me casé con Tommy cuando tenía diecisiete años. En él, los celos no hacían que se le moviese un solo pelo. No le importaba nada si otro hombre se sentía atraído por mí. Pensé... Pensé que tal vez a ti te importaría. Y quería saber qué se siente. —¿Querías saber qué...? —Se apartó de ella, se arrancó el sombrero de la cabeza y lo aplastó contra el capó de la camioneta. —Sólo una vez —dijo ella—. Sólo una vez, para conocer la experiencia. El se pasó una mano por el pelo.


—Fantástico, ya lo sabes. Ahora que has tenido esta experiencia a mi costa, ¿quieres saber lo que sentí yo? Ella abrió la boca, pero él no le dio tiempo a hablar. —Sentí que tenía ganas de fregar el suelo con Ned Cummings. Ned es mi amigo, pero quise aplastarlo. Vi la forma en que le sonreiste, y sentí deseos de sacarte de allí a rastras, estirándote de tu bonito pelo rojo, y marcarte con fuego. Sentí deseos de asegurarme de que ninguno de esos tíos volverá a tocarte otra vez. La miró y la ira se reflejó en sus ojos. —Quise arrancarte la ropa. Quise meterme dentro de ti. Quise hacer esto. Deslizó la mano en la nuca de Kate, acercó su boca y la besó con fuerza, como castigándola. Durante un instante ella intentó apartarse, asustada por la violencia que había desatado, pero la violencia del beso se suavizó, se transformó en persuasión, y la lengua de él se introdujo en su boca. El calor invadió todo su cuerpo alcanzando cada partícula de su ser. Se sintió mareada, desorientada, como si estuviese cayendo por un acantilado. El la besó sin darle tregua y ella se sorprendió aferrándose a sus hombros, luchando por mantenerse en pie. —Me hizo desearte, Katie —musitó mientras su boca se deslizaba por el cuello de ella—. Aún más de lo que ya te deseo. —Sus manos tropezaron con los pechos de Kate y los acarició por encima de la ropa. Le quitó el chaleco por los hombros y le hizo saltar un botón de la blusa mientras se esforzaba por abrirla. Ella echó la cabeza hacia atrás. Él le besó el cuello y la clavícula, le desabrochó el sujetador y le cubrió los pechos con las manos. Sus labios, suaves y ardientes, muy ardientes, se deslizaron sobre la piel de Kate, descendiendo, y atraparon toda su redondez. Los chupó, acariciando el pezón con los dientes, y Kate se oyó gemir. Ella sintió un profundo estremecimiento, las piernas le fallaban y todo su cuerpo latía, ardiente. Tras otro beso apasionado, él dio un tirón a su estrecha


falda. La banda elástica de la cintura facilitó la tarea. Kate se preguntó si habría sido por eso que se la había puesto, junto con las medias de nailon que llegaban al muslo y las diminutas braguitas de raso azul que llevaba debajo. En ese momento él bajó la vista, se fijó en ellas y pareció traspasarlas con la mirada. —¿Quieres saber qué se siente cuando pones celoso a un hombre? —La alzó sobre el guardabarros y se movió entre sus piernas. Ella oyó el ruido que hacía la cremal era de los téjanos al deslizarse hacia abajo; él terminó de abrirla. Sus dedos encontraron el punto mullido y suave de la entrepierna de ella, y empezó a acariciarla con habilidad. —¿Quieres saber lo que se siente? —Descubrió lo húmeda y resbaladiza que estaba ella y volvió a levantarla, haciendo que le rodease la cintura con sus piernas—. Se siente esto —dijo, y se introdujo en ella. Kate gimió y se aferró a su cuello, aceptando la ardiente y contundente unión. —No te compartiré, Katie. Ni con Ned Cummings ni con nadie. —Volvió a empujar y a llenarla, se apartó y volvió a arremeter una y otra vez. Sus besos ardientes y los movimientos de su lengua, tan resueltos como los de su cuerpo, la hicieron temblar y tambalearse casi al borde del desenfreno. Las sensaciones la inundaron, la azotaron y la lanzaron a un intenso orgasmo. Chance no se detuvo, siguió arremetiendo hasta que ella volvió a alcanzar el climax; su cuerpo temblaba y se apretaba contra él. Dos movimientos más, profundos e intensos, y también él alcanzó el orgasmo. Cuando todo terminó, ella jadeaba contra su hombro, sacudida por la fuerza de sus emociones. Sintió que él le acariciaba el pelo suavemente. —Lo siento, Katie. —Le dio un beso en la frente—. Estaba excitado. Espero no haberte hecho daño. Ella lanzó un suspiro entrecortado al pensar en el intenso placer que él le


había provocado. —No me has hecho daño. Chance sacudió la cabeza mientras volvía a dejar a Kate en el suelo. —No sé qué es lo que tienes, Kate, no logro imaginarlo. Pero Kate empezaba a saber claramente qué tenía Chance McLain para qre ella se comportara como jamás antes lo había hecho. Que el cielo se apiadara de ella pero, a pesar de los esfuerzos que había hecho para evitarlo, empezaba a sentirse enamorada de él. Eran casi las dos de la mañana cuando Chance aparcó la camioneta en el garaje del rancho. Gracias a que había conspirado con Jeremy, sabía que Kate estaría sola esa noche, y había hecho planes para llevarla a su casa. Quería pasar otra noche haciendo el amor sin preocuparse de otra cosa. En lugar de eso, la había acompañado a su casa. Después de lo que había sucedido en el bar, y luego en la montaña Lookout, era evidente que no podía permitirse el lujo de implicarse de un modo más profundo con Kate. Maldición, ¿qué demonios le estaba ocurriendo? Había estado celoso de otras mujeres con anterioridad; no le gustaba compartir aquello que le pertenecía. En un principio, se había sentido celoso de Rachael, pero en aquella época era más joven. Con los años, había logrado dominar sus embravecidas hormonas, y habían mantenido una relación bastante abierta. Ella veía a otros hombres. Él veía a otras mujeres. Según una regla tácita, ninguno de los dos se implicaba emocionalmente; y funcionaba muy bien para ambos. Esa noche fue diferente. No se había sentido sencillamente celoso sino furioso como una bestia. No quería que Kate flirteara con otros hombres. No soportaba la idea de que estuviera con Ned Cummings y no con él. En el momento en el que acabaron de hacer el amor, él se había dado cuenta de lo mucho que ella le importaba, de cuánto la deseaba... y del verdadero lío en el que se había metido.


Estaba perdiendo la cabeza y no sabía qué hacer al respecto. Subió la escalera que conducía a su habitación tratando de imaginar en qué se había equivocado. Con las otras mujeres había sido sincero desde el principio. Había dejado claro que no le interesaba mantener una relación estable. A nivel subconsciente, sabía que, de haber sido del todo sincero con Kate, ella nunca se habría enredado con él. Si al menos no la deseara de aquel modo... Tenía que aclarar las cosas con ella, tenía que decirle la verdad. Cualquier otra cosa sería injusta con Kate. Y tampoco sería justo para consigo mismo. Al día siguiente hablaría con ella, le explicaría cómo estaban las cosas, cómo debían de ser las cosas. Tal vez ella comprendería. Kate tampoco estaba preparada para una relación seria. Tal vez incluso se sintiese aliviada. ¡Dios, ojalá fuese así! No quería dejar de verla. Después de lo ocurrido esa noche, sólo podía pensar en hacerle el amor otra vez. Por desgracia, cuando sonó el teléfono, a las ocho de la mañana siguiente, era Rachael la que se encontraba al otro lado de la línea. Y no estaba en Nueva York. Acababa de llegar al rancho de su padre. Capítulo 18 El domingo por la mañana, Kate se levantó tarde, un poco agarrotada pero sonriente debido a los recuerdos de la noche anterior. Echó un vistazo al reloj de la mesilla de noche y supo que David volvería pronto de la casa de Chris Caballo Manchado. Se dio una ducha y se puso unos téjanos y una camiseta de color verde oscuro. Poco después de las diez, la destartalada camioneta de Jeremy se detuvo frente a su casa. Una de las puertas se abrió y David bajó de un salto. Sonrió y se despidió de Chris con la mano. Era evidente que se estaban haciendo muy amigos, y Kate le dio las gracias en silencio a Chance por ello.


Al pensar en él echó un vistazo al teléfono y sintió deseos de llamarlo. Había abrigado la esperanza de que él la llamase esa misma mañana. Era un día hermoso, perfecto para que salieran los tres a dar un paseo a caballo. Pero él no había llamado, de modo que ella y David almorzaron al aire libre y fueron a pasear al bosque de detrás de la casa. Kate llevaba en la mochila una lata de pimienta molida. Dado que vivían en una zona frecuentada por osos pardos, Chance había sido inflexible respecto a lo de la pimienta y le había dado una a David la noche que habían salido a cabalgar con Chris. «Personalmente, no me imagino de pie, inmóvil, delante de un oso pardo que me amenaza», había dicho Chance en tono serio, «conteniendo la respiración y esperando que la maldita bestia se acerque lo suficiente como para rociarle la cara con pimienta. Pero la mayoría de los hombres que saben del tema dicen que funciona, y eso es mucho mejor que nada.» Kate se preguntó qué estaría haciendo él, y si tal vez pensaba en ella. La noche anterior, mientras estaban en el porche de su casa, ella se había disculpado por su conducta en el bar, y le había asegurado que poner a un hombre celoso no formaba parte de su rutina habitual. Entonces él se había serenado y, en cierto modo, dio la impresión de que incluso le parecía divertido. «Está bien», le había dicho. «Por lo general, yo tampoco me comporto como un macho herido.» Y con una sonrisa había agregado: «Pero no sabes cuánto me alegro de que Ned Cummings no te pidiera que siguieses bailando con él». La semana dio comienzo y el tiempo se volvió frío, pero el trabajo en la cafetería seguía siendo intenso. Los beneficios habían ido en aumento desde que el lugar había vuelto a abrir, en parte debido a la fama que tenía Aida Whittaker de ofrecer buena comida y buen servicio, cosa que Kate se había preocupado por mantener; y, en parte, porque ella era una buena administradora, capaz de mantener bajos los gastos de la comida; los gastos, en general. Contaba con un pequeño y cómodo ingreso gracias al dinero que había


invertido durante años en Menger & Menger, pero las ganancias extra que obtenía con la cafetería sin duda le venían muy bien, y se enorgullecía de que el negocio fuera un intento viable y provechoso. Sin embargo, desde el principio había programado sus horas de trabajo para poder tener mucho tiempo libre para dedicarse a sí misma y a su hijo. En los últimos tiempos, después del turno del almuerzo, mientras David trabajaba en la tienda, ella solía dedicarle un rato a la campaña contra la explotación minera, y luego navegaba un rato por internet o leía algún trabajo sobre medicina forense. A mediados de semana, volvió al desván para terminar de revisar las cajas que Aida había guardado. Ya había leído todos los papeles de Nell. Era hora de empezar con la ropa, las joyas y los objetos personales. Después de haberle dado un rápido vistazo a todo, David se llevaría las cosas a la planta baja y podrían donarlas al Ejército de Salvación. Sentada en la pequeña mecedora de arce, Kate removió una pila de prendas de su abuela, en su mayor parte jerseys y gruesos pantalones de lana. En el fondo de la caja, junto a un par de gastadas zapatillas, había una pequeña bolsa con forma de corazón. Nunca había sentido por su abuela más que antipatía. La enemistad entre su madre y Nell había hecho que Kate sintiese por ella un profundo desagrado. Sin embargo, mientras revisaba sus ropas, no pudo dejar de preguntarse cómo habría sido Nell en realidad, y cómo una mujer podría haber abandonado tan decididamente a su única hija. Uno de los postigos de las ventanas del desván se cerró de golpe y Kate alzó la vista. El viento arreciaba, silbando bajo el alféizar, produciendo un extraño e intenso sonido. Corría el mes de septiembre, la temperatura era más baja, y las hojas de los árboles amarilleaban y enrojecían y empezaban a caer de los árboles. David comenzaría las clases dentro de una semana. Ahora que tenía algunos amigos, la idea le resultaba menos dolorosa. Había empezado a pensar que en la escuela no le costaría encontrar otros amigos. Gracias a Chance, a Jeremy y a Chief, la brecha entre el muchachito de la ciudad de Los Angeles y los niños de la zona rural de Montana no era tan grande como al principio.


David sabía pescar y montar al menos un poco, y Chance le había prometido inscribirlo en un curso de caza. —¿Estás loco? —había protestado Kate al principio—. No quiero que mi hijo dispare un arma. Lo último que necesita es quedar expuesto a una mayor violencia. —Kate, aquí la caza forma parte de un modo de vida. Todos los niños saben usar un rifle. Aunque David decida no salir a cazar, tiene que saber cómo cuidarse y cómo cuidar de su familia. Cualquier hombre debería ser capaz de hacerlo. Ella no comprendía por qué sonaba tan lógico en labios de Chance, pero supo que, llegado el día, y si David quería aprender, se lo permitiría. Dejó otra caja que olía a humedad junto a la que ya había revisado y se dedicó a una tercera caja: camisones largos de franela, ropa interior larga y calcetines de lana gruesa. El sujetador de algodón era enorme y, al verlo, Kate sonrió. Nell era una mujer menuda, y sin embargo resultó obvio por qué Kate y su madre habían nacido tan bien dotadas. Revisó la caja y, en el fondo, encontró otra caja más pequeña. La levantó, le quitó la tapa y vio que contenía viejas cartas. Estaban desteñidas y amarillentas, algunas de ellas con manchas de humedad, y con los bordes comidos por los ratones y las chinches. Sintió que la invadía una extraña y cosquilleante sensación, una especie de anticipación mezclada con cierta inseguridad. Las cartas eran íntimas. Pertenecían a Nell. Sin embargo, Kate supo sin la menor duda que no descansaría hasta haberlas leído todas. Dos horas más tarde había leído más de la mitad. Había cartas de viejos amigos de la escuela, correspondencia con amigos de los Hart, cartas comerciales. Leerlas fue como abrir una ventana a la vida de Nell, como ver la clase de personas por las que se había sentido atraída, como descubrir algunos de los motivos por los que estas personas se habían sentido atraídas


por ella. Como siempre, también en las cartas parecía una persona decente y amable. Al menos, así era como la veían sus amigos. Sólo Kate y su madre sabían qué clase de mujer era en realidad. Kate terminó con el paquete de cartas, tomó otro y lo hizo girar en su mano. Había unas doce cartas, y los sobres parecían escritos por la misma persona. La letra era grande y masculina, no femenina, y a Kate se le aceleró un poco el corazón. El matasellos era de Walnut Creek, California, pero cuando Kate abrió la primera carta se dio cuenta de que habían sido enviadas por alguien que vivía en Lost Peak. Su nombre aparecía en el sobre. Dentro, las cartas concluían con un «con amor, Silas». Kate abrió la primera carta con mano temblorosa y empezó a leer. Al principio, Silas hablaba del tiempo y le contaba sobre su hijo, un hombre llamado Milton que, al parecer, había vuelto a casarse y «esta vez le va realmente bien». La segunda carta contenía más de lo mismo, una charla sin referencia alguna entre dos viejos amigos, aunque era evidente cuánto amaba Silas a su hijo, y también que, aunque disfrutaba de su estancia en California, estaría encantado de regresar a Lost Peak. Echaba de menos a sus amigos, decía, y evidentemente Nell —Silas la llamaba Nellie— estaba entre ellos. Había un claro toque afectivo en su tono, y Kate pensó que era posible que durante su juventud los dos hubiesen sido amantes. Acababa de leer la última carta —un poco decepcionada al no descubrir información secreta—, y tenía ya en las manos el último paquete cuando oyó que David la llamaba desde la planta baja. «Mañana», se prometió en silencio dejando a un lado los viejos sobres de color rosado y con diminutas flores en una esquina. Mientras bajaba a toda prisa la escalera, Kate se dijo que leer aquellas cartas suponía una oportunidad de encontrar pistas.


Pero lo que buscaba, en realidad, era la posibilidad de descubrir a la auténtica Nell Hart, la abuela que nunca había conocido. Llegó el fin de semana. Chance no la llamó. No pasó por la cafetería ni se acercó a la casa. Kate empezaba a preocuparse. La última noche que habían hecho el amor, para ella había sido un momento increíble, pero quizá para Chance no fue nada fuera de lo común. Tal vez lo había interpretado mal. Aparte de un par de noches apasionadas, era posible que ella no le interesase. En ese caso, Kate deseó ser capaz de mostrar la misma displicencia. Sin embargo, por la noche soñaba con él, soñaba que hacían el amor, y se despertaba bañada en sudor. Una noche se despertó en el placentero umbral de un orgasmo, recreando en su sueño la noche que habían hecho el amor en la montaña Lookout. La avergonzaba comprobar lo que podía despertar en su ser el mero hecho de pensar en él. La primera semana, David acudió a la escuela y Kate fue a trabajar con la esperanza de que Chance la llamase y le diera alguna explicación de su ausencia, pero empezaba a pensar que quizá su breve aventura había terminado. Se dijo que no importaba. Los hombres acostumbraban a tener encuentros breves y apasionados, no existía motivo alguno para que ella no pudiese tener también el suyo. Nunca lo había hecho. ¿Entonces, qué? Pero lo cierto era que lo echaba de menos, y no sólo por la pasión que habían compartido. Echaba de menos el sonido de su voz, la calidez de su sonrisa, la sólida fuerza que, en cierto modo, también a ella la había hecho sentirse fuerte. La triste verdad era que Kate añoraba al hombre del que había empezado a enamorarse, y no resultaría sencillo quitárselo de la cabeza. Sin embargo, estaba decidida a hacerlo. Jamás había existido un compromiso real entre ellos. Ninguno de los dos había hablado de sus sentimientos y, en cierto modo, eso era positivo. Ella se había contenido un poco, había protegido su corazón lo mejor posible. Sabía que el riesgo era grande y por


eso no le había entregado a él ese último y pequeño fragmento de sí misma; ahora se alegraba de haber actuado de ese modo. O, al menos, eso se dijo durante toda la mañana, mientras trabajaba y trataba de sonreír a los clientes y hacía esfuerzos por no preguntarse dónde estaría él o qué estaría haciendo. Intentó dejar de pensar en él con tal desvelo que casi quedó convencida de que el alto vaquero que empujó la puerta de la cafetería no era Chance. Cuando comprendió que era él, el alivio que la invadió le hizo temblar las piernas. «Kate Rollins, estás metida en un verdadero lío.» La cafetería estaba atestada. Chance esperó que hubiese un lugar libre y se sentó en un reservado, junto a la ventana. Kate se acercó y le llenó la taza de café tratando de mostrarse despreocupada, fingiendo que no había pensado en él todos los días durante más de una semana. —David ha empezado hoy las clases —dijo como de pasada—. Estaba nervioso, pero creo que esta vez le irá bien. Chance alzó la vista, pero ella no logró leer nada en su rostro. —Supongo que ahora no se sentirá como un extraño —comentó. Ella sacó el bloc y el lápiz del bolsillo de su uniforme. —¿Ya sabes qué quieres? —le preguntó con una sonrisa. Chance ni siquiera había mirado la carta. —Si quieres que te diga la verdad, no he venido a comer. Esperaba... que cuando el trabajo afloje un poco... pudiéramos conversar. Había en su voz un deje apenado y áspero que no auguraba nada bueno. A Kate se le hizo en el estómago un nudo del tamaño de una canica. —Claro. Tal vez dentro de media hora pueda escaparme.


Chance se limitó a asentir. No sonreía. De hecho, su expresión era increíblemente adusta. —Entonces sólo tomaré café. A ella se le secó la boca. Decidió prepararse para soportar lo que él iba a decirle. La campana de la puerta volvió a sonar, anunciando a otro cliente, y ella aprovechó para alejarse. Entraron dos hombres, Jake Dillon, el viudo de cincuenta años propietario de la tienda, y un hombre calvo llamado Harvey Michaelson, que vivía a casi ocho kilómetros del arroyo Silver Fox. Los dos habían estado trabajando como voluntarios para la coalición contraria a la explotación minera. Se sentaron en una mesa y le dieron la vuelta a las tazas de café. —¿Cómo va eso, muchachos? —Kate les sirvió una generosa taza de café humeante. Jake rodeó la taza con sus enormes y curtidas manos. —Bastante bien, supongo. Hemos empezado muy bien con la campaña de envío de postales. —Sí —refunfuñó Harvey—, demasiado bien. —¿Qué quieres decir? —preguntó Kate, que aún sostenía la cafetera en la mano. —Quiere decir que, la semana pasada, los dos recibimos notas anónimas que nos advertían claramente que dejásemos de inmiscuirnos en el tema de la explotación minera. —Estás bromeando. —Ojalá —dijo Jake en tono sombrío—. Por eso hemos venido a verte. Nos imaginamos que querrías saberlo. Kate reprimió un gesto de preocupación.


—Bueno, sabíamos que esto podía ocurrir. ¿Habéis hablado con Ed Fontaine? —Ayer llevamos las cartas a su casa. —¿Se lo habéis dicho a Chance? —Aún no. —Bueno, él está sentado en aquel reservado. Estoy segura de que querrá saberlo. Los dos hombres volvieron la cabeza en aquella dirección y echaron las sillas hacia atrás. Mientras se acercaban al reservado de Chance, Kate ordenó hamburguesas y patatas fritas para un cliente, un trozo grande de pastel para otro, y recogió el dinero de alguien que ya se marchaba. Se estaba acercando a donde se encontraban Chance, Jake y Harvey, cuando la ventana estalló en una lluvia de cristales rotos, y un objeto pesado entró volando en el salón. Los clientes gritaron. Jake Dillon se apartó de un salto, justo a tiempo para no ser golpeado. —¡Hijo de puta! —Chance se puso en pie y empezó a correr antes de que la enorme piedra se detuviese debajo de una de las mesas. Logró salir a tiempo para ver una furgoneta negra que se alejaba calle abajo. Corrió algunos metros tras ella, tratando de leer la matrícula, pero la furgoneta ya estaba girando en la esquina, y quedó fuera del alcance de la vista. Volvió a entrar en la cafetería y cerró la puerta de golpe. Se acercó a Kate, que estaba de rodillas en el suelo, buscando la piedra. —No he podido ver el número de matrícula, pero era un modelo nuevo, una Ford de cabina extendida. Kate apartó algunos fragmentos puntiagudos de vidrio, y agarró la piedra. Estaba envuelta en un trozo de papel marrón que parecía arrancado de una bolsa de comestibles. Quitó la banda elástica, desenvolvió la piedra y leyó la nota: Vete a casa, zorra. No te queremos en Lost Peak.


Le temblaron las manos. Leyó dos veces más el mensaje y un escalofrío le recorrió la columna. Se había esforzado mucho para que la aceptasen en Lost Peak. Deseaba que acabara siendo su hogar y el de David. No quería tener problemas con los vecinos. Chance se acercó y la tomó de los hombros. —Está bien, Kate. Sólo intentan asustarte para que abandones la campaña. Ella pensó en los artículos de los periódicos de Los Angeles, en los problemas que la habían obligado a marcharse y, con la nota aún en la mano, empezó a temblar de forma descontrolada. —¡Maldita sea! —Chance la estrechó entre sus brazos—. No te preocupes, cariño. Es probable que no sean de por aquí. Tal vez trabajen para Barton. Ella se aferró a él durante un instante, tratando de absorber su fuerza. La calidez del cuerpo de Chance alivió su miedo. —¿Realmente lo crees? Él la apartó de sus brazos y le quitó la nota de la mano. —Ya has oído lo que dicen Jake y Harvey. La semana pasada recibieron cartas como ésta. Kate miró a los hombres y sintió que era una estúpida por permitir que Barton y sus matones la hubiesen puesto nerviosa. —Tienes razón. Sabíamos que esto podía suceder. Sólo que me sorprendió, y... —¿Y...? —Que me gusta mucho este lugar. No querría tener que marcharme. La boca de Jake Dillon se convirtió en una delgada línea blanca.


—Nadie va a obligar a nadie a irse. Tú te has hecho un lugar aquí en Lost Peak, y Barton y sus alborotadores no tienen nada que decir al respecto. Kate le dedicó una sonrisa de agradecimiento. —Gracias, Jake. —Se volvió hacia el puñado de clientes que aún estaban en la cafetería; la mayoría de ellos permanecían de pie—. Les pido disculpas por el susto. Como casi todos ustedes sabrán, estamos tratando de evitar que Consolidated Metals abra una mina en el arroyo Silver Fox. —Inclinó la cabeza en dirección a la ventana rota—. Por lo visto estamos haciendo un buen trabajo. Se oyeron algunas carcajadas que aliviaron la tensión. Los clientes volvieron a ocupar sus asientos y siguieron comiendo. Kate miró de nuevo por la ventana, que ahora lucía un enorme agujero en el lugar en el que antes estaba el nombre del restaurante. —No puedo creer que estén dispuestos a llegar a estos extremos. —Créelo —dijo Chance—. Barton quiere abrir la mina. Quiere que quede sin efecto la prohibición con respecto al cianuro, y no le gusta que tus esfuerzos puedan llegar a detenerlo. Kate no dijo nada más, se volvió y entró a la cocina. Regresó con una escoba y un recogedor. —Antes de que limpies esto, deberíamos llamar al sheriff—sugirió Chance. Tenía razón, por supuesto, pero la idea de enfrentar al sheriff, «políticamente correcto» Barney Conrad, le hizo sentir náuseas. —Supongo que sí, pero tengo un negocio que atender. Le llamaré más tarde. —Kate... —Por favor, Chance. —No dijo nada más, y en cuanto salió el último cliente sacó la aspiradora y la enchufó.


—¿Por qué no dejas que yo lo haga? —se ofreció Chance amablemente mientras intentaba hacerse con el aparato. —No, gracias. —Era evidente que aún estaba perturbada, y no se sorprendió al alzar la vista y ver que él se ponía el sombrero y se encaminaba hacia la puerta. —Ya tienes bastantes preocupaciones. Ya hablaremos en otro momento. —De acuerdo. —Y no te olvides de llamar al sheriff. Kate lo observó marcharse y sintió emociones encontradas. Su intuición femenina la importunaba diciéndole que lo que Chance tenía que decirle no era nada bueno. Pero se ocuparía de aquello en otro momento. Hoy no. No con la cafetería patas arriba. Se agachó y recogió la nota garabateada en el trozo de papel marrón. —Vete al diablo, Lon Barton —dijo en voz alta—. No vas a asustarme. Chance pasó los dedos por la larga mesa de caoba lustrada a tal extremo que podía verse reflejado en ella. Por encima de la mesa, colgaba una araña de cristal cuyos diminutos prismas parecían cobrar vida con las luces de colores. La casa de Fontaine parecía un castillo francés, un poco fuera de lugar en un rancho de Montana, pero Glory, la esposa de Ed, había insistido en que fuese de ese modo. Ed siempre se aseguraba de que Glory Fontaine tuviese lo que quería, fuera lo que fuese. Ella era una hermosa rubia, diez años más joven que Ed, y la había conocido


durante un viaje a Denver para comprar ganado. Se había enamorado de ella a primera vista, y después de un extravagante noviazgo, ella había aceptado casarse con él. Glory se mudó al rancho y le dio una hija ese mismo año, por lo que se convirtió en el centro de la vida de Ed. El sol habría brillado todos los días para Glory, si de Ed hubiese dependido. Cuando ella murió de cáncer de mama, dieciséis años más tarde, Ed deseó morir con ella. Pero tenía que pensar en Rachael. La niña tenía sólo quince años y era aún más bella que su madre. Ed se desvivía por ella, y Rachael se convirtió en el sol, la luna y el centro de su universo. —Entonces, ¿qué pensáis, muchachos? —La voz de Ed lo arrancó de sus reflexiones. O tal vez sencillamente había estado tratando de escapar. —Creo que es una idea maravillosa. —Rachael le dedicó una amplia sonrisa. Labios rosados y perfectos. Dientes blancos y parejos. Era alta, elegantemente delgada, y tenía la piel tan blanca y tersa como la porcelana. Pelo corto y rubio, con ondas suaves que enmarcaban su rostro y que brillaban bajo la luz como oro de veinticuatro quilates—. ¿Qué piensas tú, Chance? ¿Qué pensaba? No había tenido mucho tiempo para pensar. Rachael había regresado de forma inesperada hacía una semana. Desde entonces, su vida se había convertido en un caos. Ahora Ed quería que Chance anunciase el compromiso en la fiesta que él daría en honor de Rachael ese fin de semana. ¿Qué pensaba? Hasta unos minutos antes, había deseado seguir soltero durante años. Ahora, en cuestión de días, se comprometería de por vida. —Eso no nos deja mucho tiempo. No tendré ocasión de comprarte el anillo. —Una pobre excusa. Maldita sea, ¿qué le estaba ocurriendo? Debería estar contento de que Ed tratase de poner las cosas en marcha. ¿Acaso no quería formar una familia?


Rachael tenía veintisiete años, y su reloj biológico no esperaría mucho más. Era hora de que ambos sentaran cabeza y empezasen a vivir el futuro que habían planeado. —El anillo no será un problema —dijo Ed—. En Missoula hay algunas tiendas muy buenas. Haz que una de ellas te preste algo hasta que llegue el que Rachael elija. Ella querría algo grande y ostentoso, lo sabía. No porque hubiesen hablado del tema alguna vez, sino porque hasta el último detalle en Rachael revelaba la existencia de dinero y clase. No serviría otra cosa que un diamante muy caro. Pero tampoco era eso un motivo de preocupación para él. Podía permitírselo. Rara vez gastaba dinero en algo que no fuese el rancho. —Creo que deberíamos hacerlo. —Los ojos azul celeste de Rachael se iluminaron, y su sonrisa fue tan amplia que se le formó un hoyuelo en las mejillas. —¿Por qué no fijáis la fecha? —presionó Ed. Era evidente que Ed lo deseaba con todas sus fuerzas. Chance bajó la vista hasta la pesada silla de ruedas en la que se encontraba Ed, y se le hizo un nudo en el estómago. Hacía más de veinte años que intentaba compensar a Ed por el accidente que le había condenado a esa silla. Durante más de veinte años, el sentimiento de culpabilidad lo había acosado corroyendo sus entrañas como la gangrena, pero ningún remedio podría restañar la herida. Respiró profundamente, tratando de cobrar fuerzas. Sólo podía hacer una cosa, y la hizo. —Creo que es una gran idea. Sólo que me gustaría haber sido yo quien la sugiriese. Echó la silla hacia atrás, se puso en pie y rodeó la mesa hasta donde estaba Rachael. Cuando ella alzó el rostro y le sonrió, él inclinó la cabeza y la besó con suavidad en los labios.


—Si esto es lo que tú también quieres, entonces iremos mañana a buscar ese anillo. —¡Oh, Chance! —Rachael se puso en pie de un salto y le echó los brazos al cuello. Chance no pudo dejar de notar la fragilidad de Rachael, sus pequeños y delicados huesos, sus formas angulosas; era como sostener un pájaro entre sus manos—. No sé por qué hemos esperado tanto tiempo. Deberíamos haberlo hecho antes. Chance se obligó a sonreír. —Si no recuerdo mal, hace años intenté que te casaras conmigo. Fuiste tú la que quiso hacer carrera como modelo. —Es cierto, pero ahora estoy preparada para renunciar a todo eso. —¿Estás preparada? —preguntó Chance, repentinamente serio. —Bueno, aún quiero hacer algunos trabajos de modelo de vez en cuando. Me aburriría bastante si me quedase sentada en el rancho sin hacer nada. —¿Pero quieres formar una familia? —Claro que quiere —respondió Ed por su hija. —Claro que quiero —coincidió Rachael—. He visto el mundo. He presentado modelos para todas las revistas de moda del país. He demostrado lo que necesitaba demostrar —le dedicó otra encantadora sonrisa—. Pero nunca he sido esposa. Nunca he sido madre. Y por fin estoy preparada para serlo. Chance apartó con suavidad los brazos de sus hombros. —¿Cuándo quieres casarte? —Cuanto antes mejor —respondió Ed.


—No seas pesado, papi. Tal vez Chance necesita algo de tiempo para hacerse a la idea. —Ya ha tenido tiempo. Demasiado tiempo, si quieres que te dé mi opinión. ¿Qué dices, muchacho? —¿Qué me dices de la boda, Rachael? ¿Quieres algo grande? Ella sonrió y puso sus enormes ojos en blanco. —Bueno... —Claro que la quiere —intervino Ed—. Y mi pequeña la tendrá... La boda más fantástica en la historia del condado de Silver. —Llevará un tiempo planificarla —prosiguió Rachael, rebosante de entusiasmo—. ¿Qué te parece seis meses a partir de ahora? Necesitaré todo ese tiempo para organiza rme. Seis meses. En sólo seis meses sería un hombre casado. ¿Cuándo aquella perspetiva se había vuelto tan sombría? —Dentro de dos semanas regresaré a la ciudad —le dijo Rachael—. Tengo un par de trabajos que terminar. Tengo que recoger todas mis cosas y subarrendar mi apartamento. Luego regresaré y ayudaré con lo de la boda. Chance se limitó a asentir. No pudo evitar preguntarse qué había motivado su repentino cambio de opinión. En los últimos años, la carrera de Rachael había sido de suma importancia. Lo más probable, como había ocurrido con otras aventuras suyas, era que sencillamente se hubiese aburrido. Chance rezó en silencio para que no se aburriera de ser esposa y madre. —Muy bien, entonces está decidido —dijo—. Mañana iremos a buscar un anillo. El sábado por la noche lo anunciaremos. —La besó muy brevemente en los labios—. Dentro de seis meses serás la señora Rachael McLain. El nombre le pareció extraño. Supuso que se acostumbraría a oírlo.


—Creo que esto merece un brindis. —Ed llamó a la cocina y pidió una botella de champán. Uno de los criados apareció al poco con una botella de Dom Perignon en un recargado balde de plata. Ed la descorchó y sirvió la bebida en copas largas y heladas de cristal Waterford. —Por mi hija, la mujer más bella del mundo... si exceptuamos a su madre. Y por mi futuro yerno, un hombre que es, y siempre será, el hijo que nunca tuve. Chance sintió que un nudo ascendía hasta su garganta. Ed había sido como un padre para él, y siempre había sabido que el sentimiento era recíproco, pero hasta esa noche jamás había oído a Ed expresarlo sin arribajes. —Por el futuro —dijo Chance en tono áspero, y los tres bebieron un trago de champán. La noche se prolongó un rato más, se trazaron y se descartaron planes, se habló de la fiesta que Ed ofrecería en la casa el sábado por la noche, y se dijo que sería una fiesta oficial de compromiso. Cuando Chance se retiró, tenía el estómago lleno de nudos, y una nube de pesimismo parecía haberse instalado en su cabeza. En los últimos días, su vida había tomado un giro extraño y ahora parecía fuera de control. Se casaría con Rachael, pero no podía dejar de pensar en Kate. Nunca tendría que haberla rondado, tendría que haberse mantenido lejos de esa maldita cafetería, como Jeremy le había advertido más de una vez. En cambio, la había perseguido de forma implacable hasta lograr llevársela a la cama. El único problema era que quería que permaneciese en ella. Era imposible, lo sabía. Ahora estaba comprometido. Todo había terminado entre ellos. Tenía que encontrar la forma de decírselo. En su mente apreció la imagen de Kate, de su maravillosa cabellera roja esparcida sobre la almohada. Recordó su risa, tan dulce y suntuosa como la crema, recordó la sensación de tener sus brazos alrededor del cuello mientras se movían siguiendo el ritmo por la pista de baile, con los mullidos senos de ella apretados contra su pecho.


Nunca había llevado a Rachael al Antlers. Rachael detestaba la música country. La consideraba propia de gente de clase baja. Sin embargo, era una mujer hermosa y deseable, y cualquier hombre se sentiría afortunado si se casase con ella. —¿Chance? —Se volvió al oír su voz—. Parece como si estuvieras a miles de kilómetros de distancia. No estaba tan lejos, a unos treinta kilómetros a decir verdad. —Lo siento. —Randy se va a llevar a papi a la cama. ¿Quieres dar un paseo... o algo así? Él sabía lo que Rachael le estaba ofreciendo. Desde que había llegado al rancho, no habían pasado a solas más que un par de horas. No habían encontrado un momento para hacer el amor y, aunque Rachael no era tan apasionada como Kate, esperaba que él la deseara. El sexo era su manera de sentirse deseable... y no cabía la menor duda de que ella lo era. Sin embargo, esa noche tenía tantas cosas en la cabeza que hacer el amor con Rachael era lo último que deseaba. —Ya no somos niños, Rachael. No voy a llevarte al establo ni a tumbarnos sobre un maldito fardo de heno. Y no creo que a tu padre le gustase encontrarme en tu cama... haya o no compromiso. Ella suspiró y pasó una mano por su pelo dorado. —Supongo que tienes razón. ¿Por qué no le dices a papi que me quedaré con Sarah Davis después de la fiesta del sábado? Sabrá que es mentira, pero a todos nos permitirá guardar las apariencias. Chance se limitó a asentir. Rachael lo besó en la boca y él la correspondió. Sus labios eran suaves y fríos y él pensó en otros, más generosos, más ardientes, más blandos.


—Buenas noches, Rach. —Buenas noches, Chance. «Soy afortunado de tenerla», pensó. Se lo repitió una y otra vez de regreso al rancho. Capítulo 19 El jueves por la mañana, Kate recibió una llamada de la KGET-TV, el canal de televisión de Missoula. Se trataba de una mujer llamada Diana Stevens, una de las presentadoras del Departamento de Noticias, que quería hacerle una entrevista a propósito de los esfuerzos que estaba realizando la coalición contraria a la explotación minera. —¿Sería posible entrevistarla en algún momento de esta tarde? —Por supuesto —repuso Kate. Los medios de comunicación resultaban providenciales para el éxito de cualquier campaña. Cuanta más gente supiese lo que estaba ocurriendo, más posibilidades tendrían de evitar las acciones de la Consolidated. —Estaremos allí a eso de las tres —dijo la presentadora. En cuanto colgó, Kate telefoneó a Ed Fontaine. La entrevista sería más efectiva si había al menos dos personas, y Ed era muy conocido tanto en el condado de Silver como en el de Missoula. Por desgracia, no se encontraba en casa. Su ama de llaves le dijo que la hija de Ed estaba de visita y que habían salido juntos. Kate no sabía que Ed tenía una hija, pero pensó que para él debía de ser fantástico tenerla en casa. Chance era el siguiente en la lista. Él y Ed sabían todo lo que había que saber con respecto a Consolidated Metals, la historia de los abusos cometidos, por ejemplo, y cuáles serían las consecuencias si tenían éxito al dejar sin efecto la prohibición con respecto al cianuro. Alzó el teléfono para marcar su número, pero algo se lo impidió. No había sabido nada de él desde su visita a la cafetería. Tal vez pensase que no era más que una excusa para hablar con él, y no quería darle esa impresión. Sabía que Jeremy estaba trabajando en el molino. Eso dejaba como única


opción a Jake Dillon, que estaba cerca, en la tienda, al otro lado de la calle. Jake siempre le había caído bien, sobre todo después de salir en su defensa aquel día en la cafetería. Y una vez que había empezado a participar en la campaña, sus esfuerzos habían sido incansables. Cuando los clientes que habían venido a almorzar se retiraron, Kate entró en la casa, reunió algunos folletos, algunas camisetas y algunas de las fotografías que Jeremy había tomado del vertido y que ella había ampliado convirtiéndolas en desagradables copias brillantes de veinte por veinticinco. Una mostraba un centenar de peces muertos flotando en las aguas del arroyo Beaver; otra mostraba el follaje amarillento y marchito a lo largo de la pintoresca costa del río Big Pine. Otras fotografías mostraban los esfuerzos que hacían los salish-kootenai por limpiar la enorme montaña de fango que se había formado en su reserva y se había filtrado en el agua, por encima de la propiedad de Chance, matando a seis de sus novillos. Llevó todo aquello a la parte posterior de la cafetería y lo distribuyó sobre una mesa que habían colocado delante del panel. Una rápida visita al otro lado de la calle para pedirle ayuda a Jake Dillon, y estaría todo listo. Diana Stevens apareció a las tres en punto de la tarde. Era una joven treintañera muy bien arreglada, vestida con falda corta azul marino, chaqueta a juego y zapatos azules con tacones de diez centímetros. Parecía tan fuera de lugar en Lost Peak, que Kate estuvo a punto de echarse a reír. Condujo a la mujer y al cámara —un hombre alto y delgado, de pelo largo y barba— a la trastienda, donde Jake esperaba. Se hicieron las oportunas presentaciones, y el grupo puso manos a la obra. —Hoy entrevistamos a Kaitlin Rollins, la mujer que ha estado trabajando de forma infatigable entre bastidores para la Coalición Antiexplotación Minera del Arroyo Silver Fox, y a uno de sus voluntarios, Jacob Dillon, que reside hace años en Lost Peak. A continuación, describió la trayectoria de Kate, que era bastante larga. Diana Stevens había hecho bien su trabajo.


—Algunos de nuestros espectadores se han estado preguntando por qué usted y su gente trabajan tan arduamente en esto cuando ya existe una ley que prohibe cualquier nueva explotación con cianuro en la zona. —La cuestión, Diane, es que la industria minera, respaldada en su mayor parte por Consolidated Metals, está en la actualidad a punto de presentar un recurso a la prohibición aprobada el año pasado. No lo han ocultado en ningún momento. Como seguramente usted leyó, Consolidated afirma que la prohibición fue ilegal. Citan la ley de explotación minera de 1872, que da a cualquiera que desee explotar una mina el derecho absoluto de hacerlo en tierras públicas federales. Como la mina propuesta para Silver Fox entra dentro de esos parámetros, creen que pueden vencer esa prohibición y seguir adelante con la mina, tal como tenían planeado. Lo que significa que todo el trabajo realizado por grupos como la Montana Wilderness Association, el Sierra Club, la Clark Fork Coalition, y otros, corre el riesgo de quedar en nada. —Consolidated ya posee la tierra y los derechos con respecto al agua que necesita — puntualizó Jake Dillon—. Si tienen éxito en sus esfuerzos, nosotros tendremos una nueva mina en el arroyo Silver Fox. —Y más infracciones, como las que pueden verse en estas imágenes. —Kate se volvió hacia la mesa, y la cámara enfocó las fotos distribuidas encima, pasando de una imagen horrenda a la siguiente. —No queremos el tipo de problemas medioambientales a los que han tenido que enfrentarse en el arroyo Bea-ver y en muchos otros lugares —aseguró Jake—. Queremos conservar la belleza salvaje del arroyo Silver Fox. La entrevista terminó con el resumen que hizo Kate de los esfuerzos que estaba realizando la coalición, además de los planes para el futuro. Evidentemente contenta por la forma en que se habían desarrollado las cosas, Diane Stevens se fue con la promesa de regresar en un par de semanas para hacer otra entrevista que incluyese a Ed Fontaine y a Chance McLain.


—En conjunto —dijo Jake con una sonrisa cuando la presentadora se había marchado—, ha sido una tarde realmente exitosa. Kate también sonrió. —Gracias por tu ayuda, Jake. —No hay de qué. Una entrevista en televisión de vez en cuando es buena para el negocio. La sonrisa de Kate se desvaneció un tanto ante semejante comentario. Había ido a Lost Peak para huir de la fama. Que Dios no permitiese que ésta volviera a salir a la superficie. —¿Qué te parece, Rachael? —Chance estaba junto a ella frente al mostrador de Bookmans Jewelers, en la calle Higgins de Missoula. Rachael alzó una de sus delgadas manos y la hizo girar en un sentido y en otro, dejando que el diamante destellara bajo las brillantes luces blancas que se encontraban por encima del mostrador. —No estoy segura. Me resulta difícil imaginar el aspecto que tendrá con un diamante más grande en el centro. El joyero se inclinó y le hizo voltear la mano para examinar el anillo. —No será sólo uno en el centro. Cada piedra será más grande, señorita Fontaine. El anillo será espectacular... Puedo asegurárselo sin temor a equivocarme. Era el segundo viaje que hacían a Missoula. Durante el primero habían realizado varias visitas a tiendas del lugar, luego examinado varios catálogos y finalmente ha-bían terminado con las manos vacías. Rachael sonrió. —Creo que tiene razón. Con un diamante de veinticuatro quilates en el centro y baguettes de dos quilates a cada lado, quedará magnífico. Por ochenta mil dólares tenía que serlo, pensó Chance. Se preguntó si Kate habría deseado un anillo grande y costoso, y con un destello de certeza supo que le habría cautivado un anillo del tamaño del que Rachael había elegido.


Estuvo a punto de sonreír, y podría haberlo hecho si, al pensarlo, no se hubiese sentido tan mal. —Entonces, ¿estás contenta con éste? —Tomó el anillo que ella había vuelto a dejar en el mostrador. —Claro que sí. ¿Qué chica no estaría contenta? Es fantástico... o al menos, el señor Bookman se encargará de que lo sea. —Le dedicó una radiante sonrisa y le rodeó el cuello con los brazos—. Gracias, Chance. Papi siempre dijo que tú te ocuparías mucho de mí. El señor Bookman les dedicó una triunfante sonrisa. —Entre tanto, puede llevarse éste, hasta que llegue el suyo. Está asegurado, de modo que no tiene por qué preocuparse. —Gracias —dijo Chance, lomó el anillo y lo deslizó en el anular izquierdo de Rachael—. Supongo que ahora es oficial. Los labios de Rachael se curvaron para formar una atractiva sonrisa. —Sí, supongo que sí. —Se acercó aún más a él y lo besó, deslizando la lengua dentro de su boca. Un año atrás, eso habría hecho que él la deseara, pero en lo único que podía pensar ahora era en llevarla de vuelta al rancho de su padre. Dios, esperaba que su humor hubiese mejorado el sábado por la noche, cuando llegara el momento de llevarla a la cama. Rachael le dedicó otra radiante sonrisa. —Vamos a ser muy felices, cariño. Todo será perfecto. Pero nunca había nada perfecto. Salvo, quizá, los labios de Rachael. La vida era difícil. Corrían tiempos duros. Chance abrigaba la esperanza de que ella resultara ser la clase de esposa capaz de permanecer a su lado en los malos tiempos, tanto como en los buenos. Pero no le dio más vueltas a la idea. Al margen de cómo fuese Rachael como esposa, él había tomado la decisión y había elegido el rumbo, fijado por los vientos del destino cuando él tenía doce años.


En lo bueno y en lo malo. En la riqueza y en la pobreza. Hasta que la muerte nos separe. Eso significaba el matrimonio. Y así sería para él. Llegó el viernes. El rodeo en Polson era ese mismo fin de semana, pero Chance no había vuelto a mencionarlo. Kate no lo había visto en toda la semana, y él no se había molestado en llamarla, de modo que, parecía evidente que no irían. A primera hora de la tarde, preocupada y añorándolo, se dedicó a revisar el último paquete de cartas de la caja que guardaba en el desván. El cielo estaba despejado y el sol se filtraba entre los árboles; un perfecto atardecer en la montaña, aunque ella se sentía taciturna y desanimada. David aún no había regresado de la escuela y la casa estaba extrañamente silenciosa, sólo se oyó el crujido de la escalera cuando ella subió al polvoriento desván, y el rítmico gemido de la pequeña mecedora de arce mientras ella se balanceaba de forma inconsciente de atrás hacia delante. Dejó abierta la puerta del desván. Tenía el oído atento al teléfono, por si Chance llamaba. Metió la mano en la caja y sacó el último paquete de cartas. Estaban amarillentas y quebradizas, y el color rosa pálido del papel se había desteñido hasta adquirir un tono marfileño. Pero el débil aroma a rosas se mezcló con el olor a humedad del desván. Apoyó las cartas en su regazo y tiró de la estrecha cinta de satén rosado que las sujetaba. Se esparcieron al azar sobre su falda y, durante un instante, se limitó a contemplarlas. Era evidente que la correspondencia había abarcado una larga serie de años y, también en este caso, todas ellas estaban escritas con la misma letra. La de las cartas más viejas y más desteñidas estaba escrita con delicadeza; los trazos de la pluma eran más hermosos y gráciles cuando el autor era más joven. Pero la escritura se volvía más desigual y menos legible a medida que pasaban los años. Kate alzó las primeras cartas del paquete y empezaron a temblarle las manos. Aunque el sobre tenía un sello de correos, la carta jamás había sido enviada. Y no estaba dirigida a Nell. Todas las cartas del paquete iban dirigidas a la madre de Kate.


Más vacilante que nunca, Kate retiró la primera carta del paquete, la que parecía más vieja, y la retuvo durante un instante, temerosa de lo que encontraría al abrirla. Finalmente reunió coraje, tomó el abrecartas con mango de plata que estaba en la caja y abrió con cuidado el sobre. La hoja estaba tan rígida que cuando la desplegó, los dobleces se agrietaron. Durante un instante tuvo la sensación que su corazón se detenía. No estaba segura de cómo podía saberlo, pero no tuvo que mirar la firma para confirmar que las cartas habían sido escritas por Nell. Un nudo de dolor se apretó en su interior. Aunque los sobres nunca habían sido enviados, Nell le había escrito a su hija, una y otra vez, en un vano intento por comunicarse con ella. Kate observó el borde de flores diminutas que atravesaba la parte superior de la hoja, y empezó a leer. Mi queridísima Mary Beth: Sé que tal vez esta carta nunca llegue a tus manos, ya que no tengo idea de dónde te encuentras. Te alejaste de mí como la arena que se aleja con la marea, como el humo que asciende por una chimenea. Te has ido, y tal vez nada vuelva a traerte a mi lado. Pero añoro mucho tu presencia, y el hecho de escribir estas líneas me lleva a sentir algún consuelo, la sensación de que en cierto modo aún estás aquí. Mi queridísima niña, cuánto me gustaría que pudiéramos empezar de nuevo, que jamás te hubiera dicho las terribles palabras que te alejaron de mí, que pudiera estrecharte entre mis brazos y cuidarte a ti y a la criatura que llevas. Pero ya es demasiado tarde. Nunca sabrás cuánto lamento las cosas que dije, el haberte golpeado como lo hice, aunque en realidad estaba más furiosa con Jake Lambert por lo que le hizo a mi preciosa niña que contigo por ser víctima de su perverso encanto. Pero, por supuesto, tú no podías saberlo. ¿Dónde estás, Mary mía, mi querida


niñita? ¿Te encuentras bien? ¿Estás a salvo? ¿Aún llevas esa criatura en tu vientre? Sufro de miedo por ti, como cualquier madre. Te ruego, por favor, que estés donde estés, vuelvas a casa. Y firmaba: «Con el amor de siempre, tu madre». Kate miró fijamente el papel, las palabras emborronadas por las lágrimas. Tragó saliva para aflojar el nudo que tenía en la garganta, pensando en el dolor que encerraban las palabras de Nell, y en la terrible emoción que reflejaban aquellos trazos. Abrió una carta tras otra. Mi querida Mary Beth: Sigo sin saber nada de ti después de todos estos años. Cómo lamento esta pérdida. Sufro pensando en lo que habrá sido de ti. ¿Estás bien y a salvo? ¿Eres feliz, estés donde estés? ¿Y qué ha sido de tu criatura? Muchas veces trato de imaginar si habrá sido niño o niña. Un niño con los rasgos de su apuesto y elegante abuelo, o una niña tan bonita como tú fuiste siempre. Cuánto me gustaría ver a esa criatura, tenerla en mis brazos aunque sólo fuese una vez. Cuánto te echo de menos, Mary. Si una parte de tu corazón pudiese perdonarme... Kate volvió a guardar la carta con mano temblorosa. Santo cielo, qué equivocada había estado, qué espantosa y dolorosamente equivocada. Pensó en su madre y no pudo evitar sentir una ráfaga de ira. ¿Por qué su madre nunca había intentado poner fin a aquella ruptura? ¿Por qué nunca había regresado a su casa? Pero, en el fondo, Kate lo sabía. Celeste Hart, la mujer en que se había convertido Mary Beth, era demasiado orgullosa para algo así, demasiado terca para admitir que había cometido un error. Debido a su duro e


inquebrantable orgullo, ambas habían sufrido una pérdida que nunca podría ser repuesta. Se torturó pensando en la familia que nunca había conocido, en la abuela de cuyo amor podría haber disfrutado cuando no era sino una criatura solitaria. Deslizó la carta en el gastado y desteñido sobre, y abrió el siguiente. Cuando terminó, dos horas más tarde, supo que había estado equivocada con respecto a Nell Hart, y que también su madre había estado equivocada. También descubrió que, en los últimos años, cuando Celeste ya había muerto, Nell había logrado rastrear el paradero de su nieta, aunque sólo gracias a un golpe de suerte. Viendo una vieja película en la televisión, Nell reconoció a su hija en un papel secundario. Cuando la película terminó, Nell escribió el nombre que aparecía en los créditos. Mary Beth Hart Lambert era ahora Celeste Hart. Según las cartas, Nell había contratado a un detective para rastrearla. El hombre había descubierto que ella había muerto en un accidente de coche ocho años antes, pero enseguida encontró a su hija, Kaitlin Lambert Rollins. Por desgracia, Nell había tenido miedo de llamarla, o de proponer algún encuentro. Habían pasado demasiados años. Había corrido demasiada agua bajo el puente. Sencillamente le había dejado todo a Kate, y eso era, en definitiva, lo que la había llevado a ella a Lost Peak. —Al menos, ahora conozco la verdad, abuela —dijo Kate en el silencio del desván. Pero se sentía angustiada y abatida, furiosa y perturbada—. Tal vez las cartas encierran el secreto que tratabas de contarme. Quizás eran lo que querías que encontrase. En ese caso, el misterio estaba resuelto. No quedaba nada por descubrir, ni


había ningún asesinato. Cuando salió del desván, Kate estaba casi convencida de que ésa era la verdad. Por ahora no quería pensar en otra cosa que en las cartas. Algunos fragmentos seguían repitiéndose en su mente: «¿Dónde estás, Mary? Por favor, perdóname. Por favor, vuelve a casa». Por fin sabía la verdad sobre la mujer llamada Nell Hart, pero con la verdad llegó la rabia por todos aquellos años perdidos. Cuanto más pensaba en ello, más perturbada se sentía. Nell había cometido un error, había pronunciado palabras rudas de las que había tenido que arrepentirse el resto de su vida. Todos cometemos errores. ¿Por qué su madre no había intentado comprender? Celeste nunca había intentado siquiera comunicarse con ella. Kate sintió una inmensa pena por Nell. Y en su corazón, floreció el amor por ella. La cafetería estaba a punto de cerrar. Chance lo había programado así adrede. Detuvo la camioneta frente a la puerta y apagó el motor. Se quedó sentado un momento, tratando de reunir el coraje necesario. Tenía que ver a Kate, tenía que decirle la verdad. No podía seguir postergándolo. Con un suspiro de resignación bajó de la camioneta, abrió de un golpe la puerta de la cafetería y entró. Se detuvo junto a Kate, que estaba haciendo caja. Llevaba el pelo recogido en un pequeño moño, como siempre que estaba en el trabajo, pero él sabía lo sedoso que era cuando se quitaba las horquillas, cómo caía formando desordenados rizos sobre sus hombros. Sus pechos se balanceaban un poco mientras trabajaba, como dos globos perfectos, rematados, según recordaba, por enormes y oscuros círculos rosados. Su cintura parecía diminuta comparada con sus caderas algo anchas, e incluso con su sencillo uniforme rosado le parecía la mujer más atractiva que había visto en su vida.


Kate alzó la vista y, al verlo, se le encendieron las mejillas. —Chance... —Tenemos que hablar, Kate. He pensado que podríamos dar un paseo en la camioneta. Ella echó un vistazo al reloj de la pared. —David me estará esperando en casa. —Es importante. Kate se mordió el labio y asintió. —Le pediré a Myra que se quede con él hasta que regresemos. No creo que le importe. Evidentemente, no le importaba. Kate regresó minutos más tarde, tomó la chaqueta de lana azul marino del perchero que había junto a la puerta, y Chance la guió hasta su camioneta. Vaciló un instante antes de rodearle la cintura con las manos para ayudarla a subir, un poco temeroso de tocarla. En poco más de dos semanas, casi había olvidado lo suave y femenina que era, cuánto le atraía, lo sensible que se había mostrado ella cuando la besó. Casi, pero no del todo. Ni siquiera las horas que había pasado con Rachael lograron que apartara a Kate de su mente. —¿Adonde vamos? —preguntó, con la mirada fija en la carretera. —A un lugar que conozco más abajo. —Podrían haberse quedado en la cafetería. Él habría sido breve y dulce, y se habría largado enseguida. Pero al apreciar la incertidumbre del rostro de Kate, supo que no podría hacerlo de esa manera. Ella no era simplemente un polvo rápido y sin importancia, y no quería que ella pensara que lo era. Quería que comprendiera sus motivos para poner fin a su relación. Sobre todo quería que cuando todo hubiese


terminado, siguieran siendo amigos. Salió de la carretera y siguió por un corto sendero de grava. Había pensado en regresar a la montaña Lookout, pero el recuerdo aún estaba muy fresco. No se atrevió a correr el riesgo. Se detuvo a un lado del camino, sacó una manta de detrás del asiento para sentarse con ella, rodeó la camioneta y ayudó a Kate a bajar. Ella parecía tensa, un poco distante. Se preguntó si él era la causa, o si había alguna otra cosa que la perturbase. —Anoche te vi en la televisión —dijo Chance, sólo por conversar—, con esa presentadora, Diana Stevens, en las noticias de las seis. Ella asintió, parecía un poco insegura. —Espero haberlo hecho bien. —Estuviste fantástica. —Volverán en un par de semanas. Quieren entrevistaros a ti y a Ed. —Sí, bueno, estoy seguro de que tendremos algunas cosas más que decir. — Extendió la manta debajo de un pino, y se sentaron. Era un lugar silencioso, increíblemente tranquilo. La luna llena asomaba por encima de los árboles, de modo que podían ver la pradera que se extendía frente a ellos. El agua de una corriente cercana corría sobre las rocas. —¿Alguna novedad con respecto a Nell? —No supo por qué se lo preguntó. No había ido para eso. Sencillamente, no estaba preparado para pronunciar las palabras que pondrían fin a la relación. Ka te suspiró. —En realidad, sí. Creo que he descubierto lo que trataba de decirme. Él la miró y descubrió un deje de tristeza y dolor en sus ojos. —¿De qué se trata?


—Encontré sus cartas, Chance. Estaban en el desván. Eran cartas que le había escrito a mi madre. Siempre pensé que Nell la había abandonado. Y la odiaba por eso. Nunca te lo dije, pero es verdad. La odiaba por no haber estado cuando la necesitábamos, y por tratar tan mal a mi madre. Pero las cosas no fueron así. Le habló de su madre, de cómo había huido a Hollywood y había cambiado de nombre. Le contó que, a su manera, Celeste la había amado, pero que estaba tan absorta en su carrera, tan encandilada por la idea de convertirse en una estrella, que rara vez la veía, y que no se comportaba como una verdadera madre. Nunca había pasado de ser una actriz de segunda fila, pero a Celeste no le importaba. Le contó que Nell había tratado de dar con ellas, que había escrito cartas durante años. Cartas llenas de dolor y pesar, en las que le rogaba a su hija que regresase a casa. —No fue culpa de ella, Chance. Cometió un error, pero lo lamentaba. Quería arreglar las cosas. Lloró por mi madre hasta el día de su muerte. Y durante todo este tiempo, yo la culpé a ella. Pero no fue culpa suya. Es tan... injusto. Kate se echó a llorar. Él la estrechó entre sus brazos y ella se acurrucó contra su pecho. —Está bien, cariño. Al menos ahora lo sabes. Si era eso lo que ella quería decirte, tal vez ahora pueda encontrar un poco de paz. Kate alzó la vista y él vio que tenía las mejillas empapadas de lágrimas, que sus ojos brillaban bajo la plateada luz de la luna. Le secó las lágrimas con la punta del dedo, y en la mano sintió la humedad de su mejilla. No quería besarla. No estaba ahí por ese motivo. Sabía que estaba mal, pero no pudo evitarlo. Apenas rozó sus labios contra los de ella, y fue como si se hubiera encendido un fuego en su interior. —Katie... —susurró, volviendo a besarla con delicadeza. Sintió que ella le acariciaba el pelo con los dedos, temblando ligeramente y haciéndolo temblar también a él.


—Hazme el amor, Chance. Él sacudió la cabeza. No podía hacerle el amor. No esa noche. Nunca más. —Tenemos que hablar. Hay algo que debo... Los delicados labios de Kate le impidieron continuar. Se adaptaron perfectamente a los suyos, se fundieron con ellos, apretándolos. La lengua de Kate tocó la comisura de sus labios, se deslizó por el labio inferior, y él se supo perdido. No pudo dejar de besarla, no pudo dejar de tocarla. Ella le rozó el pecho con sus senos redondos, suaves y seductores. Tenía el abrigo abierto. Él le desabotonó el uniforme rosado, deslizó la mano en el interior, le bajó el sujetador de encaje blanco y sus pechos quedaron al descubierto. Eran pálidos y generosos, con los pezones más atractivos que él había visto en su vida. Los chupó, los besó y los acarició. Se dijo que debía detenerse, se propuso hacerlo, pero Kate estaba inclinada sobre él, lo apremiaba para que se echara sobre la manta y le estaba abriendo ya la camisa. Kate se quitó el abrigo. Deslizó sus pequeñas manos sobre el pecho desnudo de Chance, movió la lengua alrededor de una tetilla y le bajó la cremal era de los téjanos. Su miembro se irguió sin trabas. Ella lo tocó, lo acarició y lo rodeó con sus dedos. —Cielos, Katie... —Por favor, Chance, te necesito. No quiero pensar más, esta noche no. Sólo quiero sentir. —Katie... Las pequeñas manos de Kate se movieron sobre su cuerpo, explorándolo, haciendo que su miembro palpitase. Él quería estar dentro de ella, quería penetrarla hasta que el dolor se detuviese. Sabía que no podía. Iba a casarse con Rachael. Kate merecía el mejor de los tratos. Demonios, para ella habría sido mejor no haberlo conocido.


Kate se inclinó sobre él y lo besó, apretó sus magníficos senos contra su pecho. Chance deslizó la mano por la nuca de Kate, haciendo que el beso fuese más intenso, se apoderó de su boca y la recorrió una y otra vez con la lengua. Del prolijo moño en que había estado sujeta su maravillosa cabellera rojiza cayeron algunos mechones. Él le quitó las horquillas y dejó que todo el pelo le cayera sobre los hombros. El cuerpo de Chance se estremeció a causa de la tensión. Tenía la sensación de estar ardiendo. Sólo una última vez, se dijo. La tendría sólo esa última vez, y se llevaría consigo el recuerdo para guardarlo durante todos los años que pasaría sin ella. Él tomó su rostro entre las manos y le besó los ojos, la nariz y la boca, hermosa y sensual. —Estoy loco por ti, Katie. —Eran las palabras menos indicadas, lo peor que podía decir, pero hablaba en serio. —Chance... —susurró ella y se inclinó para volver a besarlo. Entonces se levantó la falda, se quitó las medias y las bragas, se sentó a horcajadas sobre él, se hundió en él y lo hizo gemir. Dios, era una mujer increíble. Una verdadera mujer, la clase de mujer con la que alguna vez había soñado. Empezó a moverse y a cabalgar sobre él como sobre un semental, con aquella hermosa cabellera enmarcando salvajemente su rostro. Podía sentir cómo lo apretaba y lo provocaba rodeándolo con su calidez y su humedad. Kate echó la cabeza hacia atrás, moviendo los pechos frente a su rostro. Él los rodeó con sus manos. Chance estaba al borde del orgasmo, tan rígido y ardiente que sentía dolor, pero se contuvo y dejó que ella disfrutara del momento. Observó la expresión de Kate, que también alcanzaba el orgasmo, y la agarró de las caderas al tiempo que la empujaba con su miembro provocándole un nuevo orgasmo.


Él se corrió poco después, replegándose y hundiéndose en desgarradoras oleadas. No se parecía en nada a lo que había experimentado con anterioridad, y tal vez tampoco a lo que experimentaría en el futuro. Recostó a Kate sobre su cuerpo y esperó hasta que ambos recuperaron el aliento. Ella era tan menuda que encajaba a la perfección contra él, haciéndolo sentir deseos de enroscarse a su alrededor. Haciendo que volviese a desearla. Aún no le había hablado. ¿Cómo podría hacerlo ahora? Se odiaba a sí mismo y, sin embargo, no habría cambiado nada de lo ocurrido. Por nada del mundo. Esperaría hasta llegar a casa de Kate, cuando estuviesen sentados en el sofá. Ahora sería más difícil. Esa noche Kate le había dado algo especial, una parte de sí misma que había retenido hasta entonces. Se sentía como un ladrón, pero no lo lamentaba porque era un regalo maravilloso. Regresaron en silencio y él volvió a sentirse inquieto. ¿Qué podía decirle para no herirla? ¿Cómo podía hacer que ella comprendiese? Por desgracia, cuando llegaron a la casa de Kate, ella se había quedado dormida sobre su hombro. Parecía una pequeña y dulce garita acurrucada contra él, y tuvo que armarse de valor para apartar de su mente la idea de hacerle el amor otra vez. «¡Cielos!, ahora no puedo decírselo», pensó. Al día siguiente estaría ocupado con Ed, preparando la fiesta. El domingo. El domingo se acercaría temprano a casa de Kate y se lo explicaría, se lo contaría todo y le haría entender que no le quedaba otra alternativa. No había forma de que ella lo descubriese antes del domingo. Ese sería sin duda el mejor momento. La envolvió un poco mejor en la chaqueta de lana azul marino, la llevó dentro de la casa y la subió hasta el dormitorio pasando junto a Myra, que sujetaba


la puerta abierta. Después de resistir la tentación de desvestirla, la dejó dormida sobre las mantas y volvió a bajar las escaleras. —¿Lo habéis pasado bien? —preguntó Myra observando los botones que él se había olvidado de abrochar; el pecho le asomaba por la abertura. Chance sintió cómo el calor ascendía por su nuca. —Sí, gracias por cuidar a David. —No hay problema. Nos fuimos a la cama hace aproximadamente una hora. Chance no dijo nada más, se limitó a salir de la casa y a montar en su camioneta. Se quedó sentado un momento ante el volante, preguntándose cómo aquella noche ha-bía sido tan distinta a como él la había planificado. ¿Por qué cada vez que estaba con Kate las cosas se le iban de las manos? Lanzó un profundo suspiro y puso en marcha el motor. El domingo aclararía la situación con ella. Le diría la verdad acerca de todo y encontraría la manera de hacer que ella comprendiera por qué las cosas tenían que ser así. Hasta entonces, trataría de no pensar en lo bien que se había sentido al hacer el amor con ella. Lo intentaría. Pero estaba casi seguro de que fracasaría. Capítulo 20 Aquel sábado por la mañana, la cafetería estaba repleta. Después del almuerzo, el ajetreo disminuyó poco a poco y Kate tuvo tiempo para pensar. Demasiado tiempo. Cada vez que repasaba su conducta de la noche anterior se le encendía el rostro. «¿Cómo pude hacerlo?», se preguntaba en silencio. Prácticamente se había echado encima de Chance. Recordaba haber desgarrado su camisa, recordaba los besos ardientes, y haberlo arrastrado al orgasmo. ¡Santo cielo, nunca en su vida se había comportado de forma tan escandalosa!


Suspiró al tiempo que retiraba los últimos platos de las mesas. Dios, ¿qué la había llevado a adoptar una conducta tan insensata? Sabía que la causa de todo eran las cartas. Después de leerlas, sus emociones habían quedado alteradas. Y todavía lo estaban. Durante aquellos dulces momentos, había deseado olvidar el pasado, olvidar a su madre, olvidar a NellHart. Sabía que Chance podía hacerla olvidar. «Estoy loco por ti, Katie.» Aquellas palabras eran más preciosas que el oro, se habían fundido en su interior. Estaba enamorada de él. No le quedaba la menor duda. Y esa noche le había mostrado a él su amor. Estaba allí de pie, con un plato con restos de huevo en la mano, preguntándose si estaría pensando en ella, cuando sonó la campanilla de la puerta y entró Jake Dillon. —Buenos días, Kate. Jake, un hombre de casi metro ochenta de estatura, pelo entrecano y una ligera panza que colgaba sobre la hebilla de su cinturón, iba a almorzar a la cafetería al menos tres veces por semana. —Hola, Jake. En un minuto estoy contigo. Todavía estaba de pie cuando ella volvió de la cocina para tomarle nota. Al parecer, no había ido a comer. —¿Qué ocurre? Espero que no se trate de nuevos problemas con la Consolidated Metals. —No, no. Nada de eso. Simplemente me preguntaba si podría pedirte un favor. —Claro. ¿De qué se trata? —Esta noche habrá algo grande en casa de Ed Fontaine. ¿Vas a ir? —Si quieres que te diga la verdad, no estaba enterada. No me han invitado.


—Casi todo el mundo va a estar presente. Estoy seguro de que sólo fue un descuido, porque eres nueva por aquí, y todo eso. Le dije a Ed que estaría allí, pero la verdad es que detesto ir solo. ¿Podrías venir conmigo...? Sólo como amigo, quiero decir. Como te digo, detesto ir solo. Kate vaciló. Ella y Ed habían pasado muchas horas juntos, trabajando en la campaña. ¿Por qué no lo había mencionado antes? Se preguntó por qué Chance no le había pedido que lo acompañase, y un incómodo escalofrío se deslizó por su columna. Tal vez él estaba ayudando a Ed con los preparativos y daba por sentado que ella estaría presente. Como Jake le había dicho, con toda probabilidad había sido un descuido. Sin duda, Chance no habría invitado a nadie más. «Estoy loco por ti, Katie.» Él no habría dicho eso si no lo sintiese de corazón. Chance no era la clase de hombre que miente a la ligera. —De acuerdo, Jake, me encantaría ir. Pero no puedo quedarme hasta muy tarde porque David estará solo en casa. —Una semana después sería el cumpleaños del muchachito, cumpliría trece años, y ya tenía edad suficiente para quedarse solo... siempre y cuando Ka te regresase temprano y él pudiera telefonear a Myra si la necesitaba. —Regresaremos cuando tú lo digas. Gracias, Kate. Jake se marchó. Kate terminó con sus tareas y arregló las cosas para que Bonny trabajase en el turno de noche. Pero Bonny no podía llegar hasta las seis, lo que significaba que ella y Jake llegarían bastante tarde a la fiesta. Kate estaba lista cuando llamaron a la puerta. Llevaba un vestido Escada corto de color negro que había comprado cuando vivía en Los Angeles y se


vestía a la moda, un collar de perlas que había supuesto varios meses de ahorros, y zapatos negros de tacón alto. —Caramba señora, está usted deslumbrante. Si este viejo vaquero tuviese diez años menos, quizá podría competir con Chance McLain. Fue la primera vez que alguien le hacía una insinuación sobre su relación con Chance, y Kate sonrió, complacida con la idea. —Creo que aún puedes competir con él, Jake. —Se le veía muy apuesto con su traje marrón oscuro al estilo del oeste, camisa beige de vaquero y corbata de lazo marrón. Se había lustrado las botas hasta dejarlas relucientes y al llegar al sendero de entrada, mientras la ayudaba a subir al Chevy Blazer recién lavado, sorteó con cuidado los charcos. —Nunca he estado en casa de Ed —le confió Kate mientras se dirigían al rancho. —Es un lugar indescriptible, te lo aseguro. Lo mandó construir su difunta esposa. Cuando lo veas te sorprenderás. Su sorpresa fue total. El castillo de estilo francés parecía tan fuera de lugar en la ladera de la colina como una prostituta en una iglesia. Sin embargo, estaba construido con buen gusto y perfectamente cuidado. Cuando llegaron, la fiesta estaba en su apogeo y había tanta gente que casi no pudieron entrar. Había camareros por todas partes, sin duda traídos de Missoula, la ciudad más cercana. Llevaban bandejas de plata con entremeses y champán, que parecía correr como si fuese agua. —No cabe duda de que Ed sabe organizar una fiesta —comentó Kate mientras aceptaba una copa de champán. Jake se sirvió un canapé de una bandeja de plata y se lo metió en la boca.


—Ya lo creo. Saludaron a Maddie y Tom Webster, se detuvieron a charlar un momento con Harvey Michaelson, y descendieron las escaleras hasta la sala de juegos. Había una mesa de billar, una barra de más de tres metros y el televisor más grande que ella hubiese visto jamás... y, sin embargo, la sala no parecía atestada. El resto de los muebles ha-bían sido retirados y en el centro se había habilitado una pista de baile. En el extremo opuesto se había levantado un escenario provisional. Kate aún no había visto a Ed, y tampoco a Chance. Empezó a sentirse inquieta y dio otro reconfortante trago de champán. «Tal vez no debería haber venido.» Cuando Jake vio a un amigo y se alejó de ella, se quedó más atrás, protegida entre las sombras de la entrada. La sala empezó a llenarse y la gente se acercaba al escenario. Minutos más tarde, aparecieron Ed y Chance, y la multitud que se había reunido delante de ellos hizo silencio. —Bienvenidos todos —saludó Ed—. Espero que estéis disfrutando. Todos aplaudieron. Algunos silbaron. —Como todos vosotros sabéis, ofrezco esta fiesta en honor de mi hija Rachael. Ya no pasa mucho tiempo en casa, y bueno, simplemente queríamos que ella supiese lo felices que nos hace tenerla aquí. Rachael, cariño, ven aquí con tu papi. La multitud se apartó cuando ella salió por una puerta lateral y subió con elegancia la escalera de madera. Llevaba puesto un vestido de seda, largo hasta la rodilla y de diseño tenue, vaporoso, en diversos tonos de azul y verde, que a buen seguro había costado una fortuna. Su corta cabellera rubia relucía como el oro enmarcando un rostro que cualquier escultor habría adorado. Era una preciosidad, tal vez la mujer más bella que Kate había visto jamás. Ed tomó la mano de su hija y la besó, luego se volvió y la enlazó con la de Chance. Rachael lo miró y sonrió. Cuando Chance le devolvió la sonrisa y entrelazó


sus dedos con los de ella, a Kate se le hizo un nudo en el estómago. Eran la pareja perfecta. Chance, de piel oscura y terriblemente apuesto. Rachael, tan alta, parecía un ángel rubio. Kate sintió náuseas. —Os he reunido aquí esta noche para algo más que celebrar una fiesta — anunció Ed— Esta noche tengo el orgullo de anunciar que pronto habrá una boda. Es un anuncio oficial. Mi hija Rachael, después de pasar demasiado tiempo en la ciudad... vuelve por fin a casa para casarse con Chance McLain. En el único instante de silencio que se produjo, la copa de champán resbaló entre los adormecidos dedos de Kate y se hizo añicos contra el suelo de madera lustrada. Sin duda Chance lo había oído. Los presentes alzaron las copas para brindar, pero por encima de sus cabezas los ojos de él se clavaron en los de ella, y el rostro de Chance pareció quedar sin sangre. Susurró en silencio el nombre de Kate un instante antes de que ella se volviese y echara a correr escaleras arriba. «¡Oh, Dios mío, Dios mío!» Sintió una fuerte presión en el corazón y dolor en el pecho. Se le llenaron los ojos de lágrimas y se le nubló la vista hasta tal punto que no lograba ver por dónde iba. Tropezó con un camarero y le hizo caer la bandeja. —Lo... lo siento —balbuceó sin aflojar el paso. Las puertaventanas conducían a la terraza. Corrió hacia ellas, hizo girar los pomos de bronce y se perdió en la noche. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Descendió a la carrera por un serpenteante sendero de ladrillo, tropezó con un adoquín suelto, sintió un agudo dolor en el tobillo, pero aun así siguió corriendo. Le temblaban las piernas. Le temblaba todo el cuerpo, como si lo tuviera entumecido de dolor. Le pareció oír que alguien la llamaba, y abandonó el sendero internándose en la oscuridad, abriéndose paso entre la hierba, en


dirección al establo. Sentía un punzante dolor en el tobillo. La brisa fresca susurró entre los árboles y su piel desnuda se estremeció debido al frío, aunque en realidad ella no sintió nada. Llegó a la valla que rodeaba el corral y se aferró a la barandilla mientras su cuerpo se sacudía a causa de los sollozos que había reprimido hasta entonces. Enormes olas de dolor estallaron en su interior. ¡Santo cielo, si al menos pudiese despertar! Acabar con esta terrible pesadilla con la que había tropezado... Sin embargo, en el fondo de su corazón sabía que aquello era real. Oyó la voz de él, suave, áspera, distorsionada por algo muy parecido al dolor. —Katie... Dios, lo lamento tanto... Ella se volvió bruscamente hacia él y su mano lo golpeó de lleno en la mejilla. —Aléjate de mí. No vuelvas a acercarte jamás. —Empezó a alejarse de él, en dirección a un costado de la casa. Chance corrió tras ella. —Sé que debería habértelo dicho. Quería hacerlo... lo intenté, pero algo se interponía siempre. —¿Algo se interponía? —Se detuvo y se volvió hacia él—. ¿Por ejemplo qué? ¿Hacer el amor? Pensé que al menos éramos amigos. Pensé que al margen de lo que ocurriese entre nosotros, me tratarías con un mínimo de respeto. —Somos amigos, Kate. Más que amigos. —¿Entonces cómo permitiste que me humillara como lo hice anoche? ¿Cómo pudiste dejar que hiciese el ridículo de aquella manera? —No fue así, y lo sabes.


—¿Cómo fue, entonces? ¿Por qué no me lo dijiste, Chance? A la luz de la luna, los rasgos de él parecían duros y adustos, y su mandíbula tan rígida que daba la impresión de estar tallada en piedra. —Sé que te he hecho daño. Pensaba ir a verte mañana. Iba a explicártelo todo. Pensaba... tenía la esperanza... de que tal vez pudieses comprender. —¿Comprender qué? ¿Que estabas cansado de tu último juguete? —Se le quebró la voz—. Dios, ¿cómo he podido ser tan tonta? —Siguió caminando, pero él la agarró del brazo. —Tienes que escucharme, Kate. Hay cosas que no sabes, cosas que debo explicarte. Ojalá lo hubiese hecho antes. Dios, jamás sabrás cómo me arrepiento de no haberlo hecho. —¡Basta! No quiero oír ni una sola palabra más. Vuelve a entrar, Chance... Sal de mi vida y sigue haciendo la tuya. —Le dedicó una fría y amarga sonrisa—. Tu prometida te espera. Echó a andar por tercera vez, y él esta vez no intentó detenerla. Mientras se internaba en la oscuridad, apareció a su lado un anciano rechoncho y canoso, de hombros ligeramente caídos y piel ajada y curtida por el tiempo. —Le diré a Jake Dillon que no te sientes bien y te llevaré a casa. Kate tragó saliva y asintió de forma casi imperceptible. —Gracias, Chief. —Espera aquí. —La ayudó a sentarse en un banco de hierro que ella ni siquiera había visto y lo esperó allí, agradecida. Estaba helada y seguía temblando. No pudo dejar de llorar. Dios, lo odiaba.


Sólo unas horas antes lo había amado. Creía que lo conocía, pero se había equivocado. Y jamás había imaginado cuánto le dolería perderlo. Pasó el fin de semana y Kate volvió al trabajo. Aún tenía los ojos un poco irritados, y la piel algo pálida. Sabía que su aspecto, en pocas palabras, era espantoso. Estaba en la cocina, preparándose para la llegada de los primeros clientes, cuando Myra se acercó a ella. —Me imagino que ahora ocupo el último puesto en la lista de tus amigos. A Kate le dio un vuelco el corazón. —Veo que te has enterado del compromiso de Chance. Por favor, no me digas que sabías que él estaba enredado con otra y no me lo dijiste. —¡Cielos, no! Jamás te habría alentado si hubiese tenido la más remota idea de que ocurría algo así. Sabía que él la veía a menudo. Pensé que todo había terminado entre ellos. Hacía meses que ella no venía por aquí y, de todos modos, nunca fue la chica adecuada para él. Kate tensó la mandíbula, tratando de reprimir el llanto. —Al parecer, Chance no opina lo mismo. Myra suspiró. Introdujo un lápiz en los rizos cobrizos que se amontonaban bajo su redecilla y se rascó con él la cabeza. —Hay algo que no encaja. Él no está enamorado de Rachael... Nunca lo ha estado. Eso es evidente cada vez que están juntos. —¿Entonces por qué se casa con ella?


—No estoy segura. Pero él y Ed están muy unidos, lo han estado desde que Chance era un niño. Su padre jamás reparó en él. Hollis McLain siempre estaba demasiado ocupado construyendo su imperio. Ed era su vecino más cercano, y no había tenido un hijo. En cierto modo, adoptó a Chance. —Bueno, fuera cual fuese el motivo, dentro de seis meses se casará. Y ni siquiera tuvo la decencia de decírmelo. —Kate parpadeó para contener las lágrimas. No iba a llorar, otra vez no. Ya había llorado lo suficiente por Chance McLain. —No es propio de él hacer algo así. Chance siempre ha hecho todo lo posible por tratar bien a las mujeres. Ese muchacho sin duda bebía los vientos por ti, Kate. Ella tragó saliva para aliviar el nudo que empezaba a formarse en su garganta. —Bueno, ahora que ha dejado de hacerlo puede volver con la reina de la belleza y vivir feliz para siempre. —Tal vez lo haga, pero tengo la enorme sospecha de que su vida con Rachael Fontaine será un absoluto infierno. Kate no respondió. No quería hablar de Chance. No quería volver a pensar en él nunca más. Aunque eso no ocurriría. Chance estaba adherido a su corazón como una espina de la que no podía librarse. Si era desdichado con Rachael, a ella no le importaba; quería que lo fuese. Después del trato que le había brindado, no tenía dudas al respecto. Pero mientras trabajaba tomando los pedidos y llevando platos, le resultó imposible dejar de recordar el dolor que había visto en los brillantes ojos azules de Chance cuando corrió tras ella en casa de Ed. Suspiró mientras cogía un bol de sopa de brócoli. Tal vez, en cierto sentido, él se había preocupado realmente por ella. En realidad, no importaba. Fueran cuales fuesen sus intenciones, le había hecho mucho daño. Y ella nunca le perdonaría.


La semana pasó muy despacio. Kate seguía durmiendo mal, y al final de su turno se sentía exhausta. Sin embargo, sabía que cuando llegase a casa empezaría a pensar en Chance, y estaba decidida a no hacerlo. —Creo que saldré a tomar una cerveza —le dijo a Myra—. ¿Quieres venir? Myra arqueó una de sus rubias cejas. —¿Piensas ir al Antlers? Nunca en su vida había ido sola a un bar. Tal vez había llegado el momento de hacerlo. —¿Por qué no? Me gustan Tom y Maddie, y esta noche me vendría muy bien un trago. Myra sonrió. —Así se habla, muchacha. Terminaron de cerrar la cafetería y cruzaron la calle. El bar estaba casi desierto, sólo había un par de lugareños a los que Kate no conocía, pero que había visto una o dos veces en el pueblo, y la regordeta y alegre Maddie Webster, que se encontraba detrás de la barra. —Vaya, hola muchachas. —¿Tienes uno de esos Moose Drools? —preguntó Myra. —Claro. ¿Y tú, Kate? —Una Bud Light me vendría muy bien. —Enseguida. —Maddie trajo las cervezas, las dejó en la barra, y Kate dio un trago. Estaba fría y le resultó refrescante, y después de un par de tragos se sintió algo más relajada.


Un poco incómoda, Maddie limpió una mancha imaginaria de la barra, delante de ellas. —Lo que ocurrió en casa de Ed... Me imagino que te pilló por sorpresa. Kate jugueteó con su jarra de cerveza. —Ya lo creo. —No puedo creer que no te lo hubiera dicho. —Bueno, si a ti te parece difícil de creer, imagínate lo que significa estar en mi lugar. —Si quieres que te dé mi opinión, hacer eso fue una crueldad. Kate se encogió de hombros y sintió deseos de hablar de otra cosa, pues la sola mención del nombre de él temía que le destrozase el corazón. —Tal vez volvió a verla y se dio cuenta de lo mucho que la amaba. Maddie emitió algo similar a un gruñido. —¿Has llegado a hablar con Rachael Fontaine? —No. Al margen de lo que Maddie quisiera demostrar, Myra parecía estar de acuerdo. —Es posible que tenga un rostro bonito, pero hay muchísimas cosas más importantes que la belleza. —Estoy absolutamente de acuerdo. —Maddie pasó la toalla húmeda por la barra trazando círculos—. Chance comete una estupidez casándose con una cabeza hueca como Rachael. Y más aún teniendo la posibilidad de estar con una mujer como tú. Kate se sonrojó, pero su magullado corazón se sintió un poco mejor.


—Gracias, Maddie. La voluminosa mujer fue hasta el otro extremo de la barra para servir bebidas a otros clientes, al cabo regresó y reanudó la conversación. —Hace un par de días, oí decir que estabas preguntando por tu abuela Nell. —Así es. —Aunque había renunciado a esa búsqueda. Había encontrado las cartas y desvelado su secreto, por lo que la búsqueda había concluido. —¿Qué clase de cosas quieres saber? —preguntó Maddie. —Quería saber un poco más acerca de la manera en que murió. Quería saber qué ocurrió el día del accidente. Maddie chasqueó la lengua y sacudió la cabeza. —Tu abuela era maravillosa. Aún la echamos de menos. El día que murió fue un día muy triste para todos nosotros. —¿Cómo te enteraste? —Aida Whittaker pasó por aquí. Ella la encontró. Habían sido amigas durante muchos años, y para ella fue muy duro, te lo aseguro. —En el desván encontré algunas de las cartas de Nell—dijo Kate en voz baja —. Cuando mi madre se marchó, Nell trató de encontrarla. Debió de buscarla durante años. —Nell adoraba a Mary Beth —dijo Maddie—. Estuvo a punto de morir cuando su hija huyó con ese inútil de Jack Lambert... Sin ánimo de ofender. Kate hizo una mueca. —Faltaba más. —Dio un trago a la cerveza—. Encontré algunas cartas que le escribió Silas. Creo que eran muy buenos amigos.


—Más que eso. Silas estuvo enamorado de tu abuela durante años. Quedó destrozado cuando ella murió. Vino aquí borracho como una cuba, llorando como una criatura. Dijo que ese mismo día, él y Nell habían tenido una terrible discusión. Y que ya nunca podría decirle cuánto lo lamentaba. Kate no terminó de llevarse la jarra de cerveza a los labios. —¿Nell y Silas discutieron el día que ella murió? —Eso es lo que él dijo. Dijo que fue a su casa para hablarle de vender la parcela que compartían, y que él y Nell empezaron a discutir. Un par de horas más tarde, ella estaba muerta. Kate sintió una especie de mareo. —En el informe del sheriff no leí nada acerca de eso. —No dudes de que Silas lo mencionó. Ya sabes lo que ocurre cuando tienes un bar: eres el confesor de todo el mundo. —Le pregunté por el accidente, pero no me dijo que ese día había visto a Nell. —Supongo que aún se siente mal por todo ese asunto. Tal vez era así. Quizá se sentía peor de lo que cualquiera imaginaba. —¿Té has acabado la cerveza? —le preguntó Kate a Myra, ansiosa de repente por marcharse. Myra vació de un trago su jarra. —Terminé. —Gracias por la bebida, Maddie. —Kate bajó del taburete, se puso la chaqueta encima del uniforme y esperó hasta que Myra hizo lo mismo.


Se había dicho que el asunto había quedado zanjado. Se había convencido de que estaba equivocada, de que el mensaje de Nell no tenía nada que ver con un asesinato. Ahora sabía que no descansaría hasta volver a hablar con Silas Marshall. No sería esa misma noche, pero tarde o temprano se presentaría la oportunidad. No pudo dejar de preguntarse qué le diría Silas exactamente cuando llegase el momento. Capítulo 21 Todas las noches parecían iguales. Ka te daba vueltas en la cama sin parar, y en sus sueños aparecía Nell. Cuando se despertaba no recordaba con claridad lo que había soñado, simplemente tenía la vaga sensación de que algo no funcionaba. Tras acompañar a David hasta el enorme autobús escolar amarillo y verlo alejarse calle abajo, en dirección a la Roñan Middle School, se sintió cansada y tensa. Dio el último trago de café, se echó un jersey sobre los hombros y se dirigió a la cafetería. Veinte minutos antes de abrir quedó estupefacta al ver a un hombre alto, delgado y de pelo oscuro que entraba en la cocina por la puerta de atrás. Chance McLain. La ira hizo que su espalda se pusiera rígida. Le enfurecía ver el buen aspecto que tenía, recién afeitado, con su ondulado pelo cuidadosamente cepillado, y con una pequeñísima arruga en la parte de la frente que había estado en contacto con su sombrero negro. Lo sostenía contra sus téjanos, con su mano callosa, y Kate intentó no recordar las intimidades que aquellos hábiles dedos oscuros le habían hecho. La música country sonaba suave. «Pareces tan amable... pero tu corazón es de


piedra.» Nunca había oído nada tan fiel a la realidad. Se acercó a él. —La cafetería abre dentro de veinte minutos. Los clientes suelen usar la puerta delantera. —Necesito hablar contigo, Kate. —Nada de lo que tengas que decirme me interesa. Ahora, haz el favor de marcharte. —Sé que estás enfadada. Concédeme diez minutos. Es todo lo que te pido. Diez minutos y desapareceré de tu vida para siempre. —Ya has desaparecido de mi vida. —Kate se volvió hacia Myra—. ¿Podrías decirle al señor McLain que ahora estoy demasiado ocupada para hablar con él? Tengo que estar lista para abrir dentro de unos minutos. —Maldita sea, Kate... Myra se detuvo entre ambos mientras Kate se apartaba. —Tal vez sería mejor en otro momento, Chance. Dale algún tiempo para que se serene. Tal vez entonces esté dispuesta a escucharte. Chance dedicó una última mirada a Kate, maldijo en voz baja y salió, golpeando la puerta más de lo necesario. Myra observó a Kate desde el otro lado del mostrador. —Deberías escuchar lo que tiene que decirte. —¿Por qué? Va a casarse con otra. No estoy interesada en mantener una relación con él aprovechando las ocasiones en que su novia se vaya de la ciudad. Myra se limitó a suspirar y se dio la vuelta. Se ató el delantal encima del uniforme y se puso a trabajar.


La cafetería estaba abarrotada. Después del turno del almuerzo, Kate se fue a su casa e hizo algunas llamadas telefónicas a un par de grupos de defensa del medio ambiente. Esa noche le tocaba trabajar, de modo que regresó para el turno de noche. Cuando regresara a casa, David no estaría esperándola. Sonrió al pensar en Brian Holloway, el nuevo amigo que David había hecho en la escuela. Esa noche había una reunión de niños exploradores en casa de Brian, y él y Chris Caballo Manchado, que también era explorador, habían convencido a David de que acudiese. Como debía viajar treinta minutos para ir a la escuela, y los Holloway vivían a unas pocas manzanas, el señor Holloway, que también era el jefe de ese grupo de exploradores, le había preguntado a Kate si David podía pasar la noche en casa con su hijo. Kate había dado su consentimiento con verdadero entusiasmo. Cuando David le había preguntado si podía unirse a los exploradores, Kate sintió que sus plegarias por fin habían sido escuchadas. Su hijo empezaba a formar parte de la comunidad y a entablar amistad con niños de buenas familias. Cuando terminó el turno de noche, Kate cerró la cafetería y emprendió la breve caminata por la colina, en dirección a su casa. Arrugó el entrecejo al notar que la casa estaba muy oscura. Le parecía haber dejado una lámpara encendida en la sala, pero al parecer se había olvidado. Sacó la llave de la puerta principal mientras subía los escalones de madera que conducían al porche. Abrió la puerta, entró en el oscuro pasillo y alargó la mano para tocar el interruptor. Lanzó una exclamación de asombro cuando de la oscuridad surgió una mano que se apretó contra su boca. Un grueso brazo le rodeó la cintura, empujando su espalda contra el cuerpo voluminoso de un hombre. Lanzó un grito, pero la mano enguantada del hombre lo amortiguó. —Más te vale guardar silencio. Trató de aferrar la mano que le tapaba la boca, e intentó liberarse mientras el hombre la arrastraba hasta la sala, pero era al menos treinta centímetros más alto, y probablemente cuarenta kilos más pesado que ella. «¡Santo cielo!»


Siempre había tenido miedo de que algo así le ocurriese en la ciudad, pero no aquí; en cualquier lugar, menos aquí. Dio algunos manotazos hacia atrás, tratando de arañar el rostro del hombre, y al rozar una suave tela se dio cuenta de que llevaba pasamontañas. Se quedó sin aliento, y se le heló la sangre. ¡Oh, Dios, oh, Dios! Respiró profundamente para tranquilizarse y repasó a toda prisa sus alternativas, cosa que no le llevó demasiado tiempo, pues no tenía ninguna. No había nadie cerca de allí, y estaba demasiado lejos del restaurante para que alguien escuchase sus gritos. No podía hacerse con el teléfono, ni siquiera descolgarlo. Nadie podía ayudarla, de modo que no le quedaba otra alternativa que arreglárselas sola. Dio unas cuantas patadas hacia atrás con toda la fuerza que pudo, al mismo tiempo se retorció y, de repente, quedó libre. Lanzó un grito que habría despertado a los muertos, y echó a correr; pero el hombre la alcanzó de inmediato y, antes de que ella pudiese alcanzar la puerta principal, la derribó al tiempo que caía encima de ella de-jándola sin respiración. Kate pasó por alto el dolor que sentía en las costillas. Hizo un esfuerzo por respirar, trató de arrancarle al hombre el pasamontañas y logró dejar un largo rasguño en un costado de su grueso cuello. El hombre la hizo volverse y la abofeteó con fuerza. —Maldita zorra. ¿Quieres jugar duro? —Volvió a abofetearla y ella gimió—. He venido a darte un mensaje. Apártate de esa coalición que está en contra de las minas. Si no lo haces, terminarás muy lastimada. —A través de la abertura del pasamontañas, Kate vio que los labios del hombre se curvaban en una sonrisa lasciva—. Y por si acaso llegas a olvidarlo, voy a dejarte una muestra para que te ayude a recordar. Kate gritó mientras el hombre agarraba el cuello de su blusa y la desgarraba


hasta la cintura. Unas poderosas manos le rompieron el sujetador en dos pedazos, y el hombre empezó a levantarle la falda. Intentó gritar, recibió otra terrible bofetada, y la náusea y el vértigo se apoderaron de ella. Trató de liberarse, de apartarlo, pero cuanto más luchaba más excitado parecía él. Kate oyó el sonido de una cremallera que se abría, y el enorme cuerpo del hombre se puso tenso. Kate volvió a forcejear. Tragó saliva e intentó gritar, pero tenía la boca tan seca que lo único que logró fue componer un débil quejido. En ese momento, la puerta se abrió de golpe y Chance entró hecho una furia. —¡Hijo de puta! El desconocido se apartó de ella como si pesara menos que una pluma, y no los noventa kilos que sin duda pesaba. Kate se acurrucó con la intención de protegerse, y logró ponerse de rodillas y bajarse la falda. Tenía las medias rotas y la blusa abierta por completo. En la oscuridad de la sala logró oír el sonido de los muebles golpeando contra las paredes. Pasó volando una lámpara. Gracias a la luz de la luna que entraba por las ventanas, vio que Chance lanzaba un puñetazo y que el pesado hombre se desplomaba en el suelo. Pero muy pronto volvió a levantarse y salió corriendo por la puerta que llevaba a la cocina. Chance corrió tras él, pero en la oscuridad no vio la silla que el hombre había derribado a su paso. Tropezó con ella y cayó cuan largo era. Lanzó una maldición y trató de ponerse en pie. Cuando lo logró, el agresor ya había salido y corría hacia el bosque. Chance no lo siguió. En lugar de eso, giró rápidamente en dirección a la sala, prendió el interruptor que se encontraba junto al sofá, y corrió hasta la pared junto a la que ella seguía acurrucada, sujetando los fragmentos de su blusa. Chance la ayudó a levantarse, pero ella temblaba con tal violencia que no sabía si podría mantenerse en pie. Él debió de darse cuenta de que ella estaba al borde del colapso, porque lanzó una cruda maldición y la levantó en brazos.


La llevó hasta el sofá y la sentó sobre sus rodillas, sujetándola entre sus brazos. Ella recordó la traición de Chance y supo que quería apartarse, pero no tuvo las fuerzas necesarias para hacerlo. —¿Te ha hecho daño? —preguntó Chance. Ella tragó saliva y se esforzó por dejar de temblar. —No... no demasiado. Me golpeó un par de veces. Intentó... Si tú no hubieses llegado en ese momento, él me habría... él me habría... —Shhh, lo sé. Está bien. Ahora no puede hacerte daño —miró a su alrededor —. ¿Dónde está David? —En una reunión de los exploradores. Fue a pasar la noche con un amigo. — Al pensar en lo que podría haber ocurrido si su hijo hubiese estado en casa, volvió a estremecerse. Sin pensarlo siquiera, Chance la estrechó aún más entre sus brazos. —Me pregunto cómo sabía el muy bastardo que estarías sola. —No estoy... no estoy segura de que lo supiese. —¿Qué quieres decir? —No lo sé. Parecía actuar sobre la marcha. Quiere que deje... que deje de trabajar en la campaña. Chance adoptó una adusta expresión. —¡Santo cielo, Kate! Cuando te pedí que nos ayudaras, nunca pensé que las cosas llegarían hasta estos extremos. A Kate se le cerraron los ojos. Tenía que levantarse, apartarse de él, renunciar a la calidez y la seguridad que le ofrecían sus brazos. Como si hubiese leído sus pensamientos, él la acomodó en el sofá, retiró la manta de punto del respaldo


y la cubrió con cuidado. —Llamaré al sheriff. —Se acercó al teléfono, marcó el 911 y le contó al ayudante lo que había sucedido. —El ayudante está en camino. Le llevará un rato, como siempre, pero estará aquí en cuanto pueda. Kate no dijo nada. Le dolía la mandíbula y el labio había empezado a hinchársele. Chance entró en el cuarto de baño y regresó con una toalla humedecida con agua fría. Kate la tomó y se la apoyó en la mandíbula. —¿Dónde tienes las aspirinas? —En el baño de arriba. Minutos después él regresó con el frasco, le alcanzó un vaso de agua y esperó a que ella tragara las pildoras. Kate dejó el vaso en la mesa de café y se volvió hacia él. —¿Qué estás haciendo aquí, Chance? ¿Cómo es que llegaste en ese momento? —Quería hablar contigo. Aún quiero hacerlo. Pero no es el momento adecuado. En lo que a Kate se refería, nunca sería el momento adecuado. Se reclinó en el sofá, tratando de pasar por alto los latidos de la mandíbula y el martilleo que sentía en la cabeza. No pasó mucho rato hasta que unos faros destellaron en el vidrio de la puerta principal. Chance hizo entrar al ayudante, un oficial llamado Winston. Media hora más tarde, estaba redactando el informe y, ante la insistencia de Chance, habían llamado a Myra para que pasase la noche con Kate. —No necesito que Myra se quede conmigo —protestó Kate—. Estoy segura


de que ese individuo no volverá esta noche. —Si pudiese hacer las cosas a mi manera, me quedaría yo mismo. Pero sé lo que dirías al respecto, así que tendrá que quedarse Myra. No discutas, Kate. Ella abrió la boca para protestar, pero estaba demasiado exhausta. Y lo cierto era que no quería quedarse sola. Myra llegó minutos más tarde y empezó a alborotar de inmediato. —Mi pobre pequeña. No es justo. Una mujer debería estar a salvo en su propia casa. Chance se detuvo al llegar a la puerta. —Mañana pasaré para asegurarme de que te encuentras bien. —¡No! Quiero decir... Te lo agradezco, pero no tienes por qué preocuparte. —Lo último que ella quería era volver a ver a Chance, aunque tenía que admitir que estaba agradecida por su oportuna llegada—. El sheriff dijo que van a dejar a alguien de guardia en la casa. —Sí, bueno, eso no es suficiente. Mañana te traeré un arma. —¡Un arma! —Intentó incorporarse pero se mareó de tal modo que volvió a apoyarse en el respaldo—. No tengo la menor idea de cómo se usa un arma. —Ya es hora de que aprendas. —Chance no esperó a que ella respondiese, abrió la puerta y salió a la oscuridad de la noche. —Es una suerte que él decidiera venir —dijo Myra, expresando lo mismo que Kate había pensado poco antes. —No quiero hablar con él. ¿Puedes decírselo? —Ya sabes cómo es. Terco como una muía y decidido como un toro. Quiere hablar contigo. Tarde o temprano tendrás que escucharle.


Pero Kate era igualmente decidida. Había terminado con Chance McLain, y aunque siempre le estaría agradecida por haberla rescatado esa noche, no le interesaba oír nada de lo que él tuviese que decirle. —¡Maldita sea! ¡Te dije que la asustaras, que la sacudieras un poco! ¡Eso es todo lo que te ordené! —Lon Barton se paseaba frente a la pequeña chimenea de su despacho. —Sí, bueno, tú no estuviste allí. Esa pequeña zorra luchaba como un gato salvaje. Casi lo estaba pidiendo. —Sus labios se curvaron hacia arriba—. Y si McLain no hubiese aparecido en ese momento, te aseguro que le habría dado el gusto. Lon se volvió hacia él. —Escúchame, Mullens, nos acercamos cada vez más a nuestro objetivo. No queremos más problemas con Kaitlin Rollins. —¿Bromeas? Esa mujer estaba cagada de miedo. No te causará más problemas. Ya sabe lo que le ocurrirá si vuelve a meter las narices en el negocio de las minas. —Espero que estés en lo cierto... por nuestro propio bien. —Lon tomó un antiguo trabuco de chispa de la colección que colgaba de la pared, por encima de la chimenea. Adoraba las armas antiguas, cuanto más antiguas mejor, aunque no eran baratas. Tal vez ésa era una de las razones por las que le gustaban tanto—. De todas formas, ya es hora de que las cosas se calmen un poco. —Se volvió, apuntó con el trabuco, miró por la mirilla y volvió a dejarlo en la pared—. ¿Estás seguro de que nadie te reconoció? —Te dije que llevaba puesto un pasamontañas. Aunque McLain supiese que fui yo, no tiene modo de demostrarlo. Lon asintió. —Muy bien, entonces de momento no nos preocuparemos por eso. En los


próximos días, quédate tranquilo y no te metas en problemas. Tómate unos días de descanso. Haz un viaje a Missoula. Búscate una mujer, si es eso lo que quieres. Duke Mullens sonrió. —Me parece una idea fantástica. Lon lo observó alejarse y volvió a su escritorio. Duke había ido más lejos de lo que a él le hubiese gustado, pero al menos la mujer abandonaría la coalición y dejaría de molestarle. Sin ella, el grupo fracasaría en un abrir y cerrar de ojos, y dejaría de representar una amenaza. Lon sonrió. A veces Duke podía tomarse el trabajo con excesivo celo, pero siempre cumplía. Y considerando lo tentadora que era Kate Rollins, en cierto modo no podía culparlo por tratar de beneficiársela. De pie junto a la silla de ruedas de Ed Fontaine, en la terminal de pasajeros del aeropuerto de Missoula, Chance observó el plateado Delta 727 que volaba en dirección a Salt Lake City, camino de Nueva York. El avión desapareció entre las nubes, y Chance se apartó de la ventana ocultando una aguda sensación de alivio. Experimentó un sentimiento de culpabilidad. Seis meses más tarde, Rachael sería su esposa. Quería mirar el avión y sentirse abrumado por una aguda sensación de pérdida. Como le había ocurrido la noche anterior. Pero Rachael era Rachael, no Kate. Él y Rachael respondían como lo habían hecho durante la mayor parte de su vida, con una cómoda aceptación. Rachael resignada a regresar a Montana y empezar una vida junto a él, y Chance resignado a convertirla en su esposa. Ella le importaba mucho. Siempre había sido así. La conocía desde que era una niña y, en muchos sentidos seguía siéndolo. No era culpa de ella que él hubiese descubierto que esperaba algo más del matrimonio.


—Bueno, hijo, supongo que tendremos que arreglarnos solos durante un tiempo. Chance se limitó a asentir. Avanzó empujando la silla de ruedas hasta la zona de salida de pasajeros, y esperó hasta que Randy se detuvo junto al bordillo. La portezuela eléctrica levantó a Ed y a la silla de ruedas hasta la parte posterior, y Randy y Chance subieron a los asientos delanteros. Fue Randy quien sacó a colación el tema que había estado atormentando a Chance toda la mañana. —He oído decir que anoche tuviste algunos problemas en Lost Peak. —La tensión se apoderó de todo su cuerpo al tiempo que rememoraba la imagen de Kate luchando contra su agresor. Su mano se cerró inconscientemente en un puño. —Algunos. —¿Qué clase de problemas? —preguntó Ed. —Un tipo se metió en casa de Kate Rollins. —Le informó Randy—. Supongo que le dio una buena paliza. Y podría haberla golpeado aún más si no hubiese sido porque en ese momento apareció Chance. —¿Le obligaste a huir? —preguntó Ed. Chance asintió. —Seguramente vieron la entrevista que le hicieron a Kate en la televisión la semana pasada. La gente de Consolidated se está asustando. Quieren que abandone la campaña. —¿Y ella se encuentra bien? —Parecía muy asustada. Me dio la impresión de que el tipo era Duke Mullens, pero llevaba pasamontañas, así que no puedo saberlo con certeza. —Entonces, no crees que el sheriff logre averiguar algo.


—El hombre llevaba guantes de cuero. No dejó huellas. A menos que alguien lo haya visto por casualidad, cosa muy poco probable, no hay muchas esperanzas de que averigüen algo. Ed no le preguntó qué hacía él en casa de Kate, y Chance no se lo dijo. Entre ellos no ocurría nada... ni ocurriría. El sólo quería tener la oportunidad de dar una explicación. El avión había salido a las 6.50 de la mañana, de modo que aún era temprano cuando Randy volvió a dejarlo frente a su camioneta. Chance condujo hasta la casa de Kate para saber cómo se encontraba y se sorprendió al no hallar a nadie en casa. Preocupado ante la posibilidad de que a ella le hubiese ocurrido algo, bajó a toda prisa hasta la cafetería. Cuando llegó, la hora del desayuno había terminado hacía un buen rato, y el turno del almuerzo aún no había empezado. Miró a través de la ventana recién reparada y vio a Kate, vestida con téjanos y una camiseta verde oscuro con el logotipo de la cafetería, de pie, detrás de la caja registradora. No supo por qué se sintió tan furioso, simplemente supo que era eso lo que sentía. Abrió las puertas como alma que lleva el diablo y se detuvo delante de ella. —¿Qué demonios crees que estás haciendo? —Sumando los tiques del desayuno. ¿Qué te parece que estoy haciendo? —Anoche alguien te dio una paliza terrible, y hoy estás sumando tiques. Deberías estar en tu casa descansando y cuidándote. —Bueno, pero da la casualidad de que tengo un restaurante que atender. Y, para tu información, me siento muy bien. Él le tomó la barbilla entre los dedos y examinó la magulladura de color púrpura y el labio hinchado.


—No pareces estar tan bien. Da la impresión de que deberías estar en la cama. —En cuanto pronunció esas palabras, deseó no haberlo hecho. Las imágenes destel aron en su mente: la maravillosa cabellera rojiza de Kate resbalando entre sus dedos, los magníficos pechos entre sus manos... Cuando la miró, ella tenía las mejillas encendidas, y Chance se preguntó si también habría recordado. —Tengo que volver al trabajo —dijo, tratando de que él la dejase pasar. —No estás vestida para trabajar. ¿Dónde está tu uniforme? —Un cambio de política que empieza hoy. Téjanos y camiseta a partir de ahora —le dedicó una sarcástica sonrisa—. Adonde fueras... —Y se encaminó a la cocina. Chance la dejó ir. Se sentía culpable de sólo pensar en Kate estando ya comprometido con Rachael, pero al parecer no podía hacer nada para evitarlo. Sin embargo, al margen del hecho de que Kate le perteneciese o no, estaba decidido a ponerla a salvo. Cuando ella volvió a entrar en el comedor, él la tomó de la muñeca. —Vamos. Hay algo que debemos hacer. —La arrastró hacia la puerta trasera de la cafetería, pero Kate se soltó. —¿Estás loco? No iré a ninguna parte contigo. Ya cometí ese error antes. Él lanzó un suspiro y sacó el arma que llevaba en la parte de atrás de la cinturilla de sus téjanos. —Te has retirado de la campaña, pero tal vez podrías necesitar esto. —Le mostró un revólver automático calibre 38 que, a su entender, a ella le resultaría muy fácil disparar. —En primer lugar, no me retiraré de la campaña hasta asegurarme de que esa mina no va a ser explotada. En segundo lugar, no necesito un arma. —En primer lugar... te has retirado. No quiero que te hagan más daño del que


ya te han hecho. En segundo lugar, es posible que no necesites un arma, pero no te hará ningún daño aprender a dispararla. —¡Si me la quedo, podría pensar en dispararte a ti! —Maldita sea, Kate. Lo que pienses de mí no tiene nada que ver con esto. Tienes que ser capaz de defenderte. Los labios de Kate se tensaron. Tal vez no quería admitirlo, pero sabía que él estaba en lo cierto. Miró el arma con recelo y se le tensó la columna. —De acuerdo. Al menos, si ese tipo vuelve, no estaré totalmente en sus manos. Chance sintió un nudo en el estómago al pensar que ese bastardo pudiese volver a hacerle daño. —Si vuelve, no lo dudes. Apunta y aprieta el gatillo... ¿comprendido? Vamos. Te mostraré lo que quiero decir. Era evidente que ella no quería ir con él, e igualmente evidente que quería estar en condiciones de cuidarse sola. Salieron a la parte trasera de la cafetería, a un lugar de la orilla opuesta del arroyo Little Sandy, donde la ladera de la montaña formaba una barrera natural, un lugar seguro para disparar. Chance instaló los blancos y le enseñó a cargar el arma. Hizo que la cargara un par de veces por su cuenta, y pronto estuvieron preparados para disparar. —Sólo ten en cuenta una cosa: no existe eso que llaman un arma descargada. De modo que nunca apuntes a nadie... a menos que tengas la intención de disparar. Disparó un par de veces y le entregó el arma a Kate. —Manten los brazos rectos, como hice yo, envolviendo una mano con la otra. Ahora separa los pies. Apunta y dispara. Ella erró el tiro, pero no por mucho. Chance colocó unos cuantos blancos más y ella disparó otro par de veces. Aún insatisfecho, él se movió detrás de Kate. Sintió que ella se tensaba esforzándose por no tocarlo, pero el impulso por dominar el arma fue más fuerte, y no volvió a moverse.


—¿Preparada? Ella sostuvo el arma, y Chance situó sus brazos alrededor de los de ella. Sintió que el trasero de Kate se apretaba contra su ingle, y reprimió una maldición. Kate volvió a disparar, dio en el blanco, y Chance se apartó. Carraspeó y se volvió un poco para que ella no apreciase su erección. —Tenla a mano. Lo más probable es que no la necesites, pero me sentiré mejor si sé que la tienes. Kate asintió. Chance no dijo nada más, y regresaron a la cafetería en silencio. Él no se acercó a ella en toda la semana. El otoño era una época de mucho trabajo en el rancho, debía hacer los preparativos para el invierno y trasladar el ganado desde los pastos altos hasta los más bajos, alejándolos de las inminentes nevadas. Pero la preocupación por Kate lo acosaba, y le remordía la conciencia. La había tratado mal, y lo sabía. Pensaba que quería a Rachael, pero que se había aburrido de ella; así de sencillo. Chance no creía que pudiese aburrirse jamás de Kate, y aunque nunca pudiese tenerla, quería que ella conociese la verdad. Eso no cambiaría las cosas. Nada podría cambiarlas. Pero al menos, si ella comprendía, tal vez con el tiempo llegase a perdonarlo. Chance apretó la mandíbula. Se juró que, de una u otra forma, esta vez ella escucharía lo que él tenía que decirle. Capítulo 22 Aquel viernes, cuando terminó de almorzar, Kate descubrió que se sentía mejor de lo que se había sentido en toda la semana. Los morados habían desaparecido y no había ocurrido ningún otro incidente. El sheriff Conrad en persona se había acercado para expresarle su preocupación y asegurarle que


la policía iba a investigar el asunto. No habían hallado rastro alguno del hombre que la había atacado, y no parecía probable que fuesen a hallarlos, pero seguirían intentándolo. Estaba llevando una vida casi normal. Casi. Todavía se sentía un poco intranquila mientras estaba en casa. Un hombre había estado a punto de violarla. No era algo que pudiese olvidarse de la noche a la mañana. Por suerte, tenía otras cosas en las que pensar, en concreto en Silas Marshall. Había decidido ir a verlo esa misma tarde. Tuvo un extraño presentimiento. Cada vez que analizaba la muerte de Nell, le venía a la mente el nombre de Silas. Kate quería saber la verdad de lo ocurrido aquel día, y poco a poco se había ido convenciendo de que el hombre que tenía las respuestas a sus preguntas era Silas Marshall. Estaba sentada en uno de los reservados de la cafetería casi desierta, bebiendo una taza de café y planeando qué iba a decirle, cuando escuchó una voz cavernosa que le resultó familiar. —Es hora de que hablemos. No lo había oído entrar. Con el mayor cuidado, Kate volvió a apoyar la taza sobre el plato y se puso en pie muy despacio, al tiempo que volvía la cabeza para mirarlo directamente a los ojos. —Ya te dije que no estoy interesada. —Bien. Ahora yo te diré algo. Y me vas a oír. Kate se puso de muy mal humor. Se volvió hacia donde se encontraban los pocos parroquianos que aún no habían terminado de almorzar: ahora todos ellos los miraban fijamente. Sonrió con sarcasmo y apoyó las manos en las caderas. —Muy bien. Quieres hablar. Adelante. Habla. Chance echó un vistazo a su alrededor, vio los inquisitivos rostros que los observaban sin perder detalle, y sus ojos centellearon de furia.


—Lo diré una vez más. Necesito que hablemos, Kate. Pero en algún lugar en el que estemos solos. Después, te dejaré tranquila. —La tomó de la muñeca y empezó a arrastrarla hacia la puerta. Kate afirmó los talones en la alfombra y se aferró al respaldo de una silla. — Te he dicho que no. El rostro de Chance se ensombreció, y su entrecejo se frunció tanto que ella tuvo un momento de respiro. Él la miró con ferocidad. —Está bien, intenté ser paciente. He hecho todo lo que podía imaginar para convencerte. Veo que no ha servido de nada. Kate aulló cuando él se inclinó y la cargó sobre su hombro, rodeando sus rodillas con uno de sus larguísimos brazos y apoyándole con naturalidad el otro sobre el trasero. —¿Estás loco? ¡Bájame! —Eso es lo que pienso hacer. —Abrió la puerta de un tirón y caminó sobre la acera de madera—. En cuanto lleguemos a mi camioneta. Kate dejó de patalear. No conseguiría nada, y se pondría aún más en evidencia. Gracias a Dios, hacía poco que había cambiado las reglas y ahora permitía que todos los que trabajaban en la cafetería usasen téjanos. Chance llegó enseguida a la camioneta, abrió la portezuela, y la depositó dentro. Luego dio la vuelta, subió, y puso en marcha el motor. —No nos llevará mucho tiempo —dijo—. Pero te aseguro que vas a oír lo que tengo que decirte. Kate no le dirigió la palabra. Pronto reconoció la dirección en la que iban: el camino a Lookout Mountain. Chance se detuvo al llegar al mirador que daba al valle Flathead, que se extendía a sus pies y exhibía la mezcla de rojos, naranjas y amarillos distintivos del otoño. —Muy bien —dijo Kate—. Me arrastraste hasta aquí. ¿Qué es eso tan


importante que tienes que decirme? Chance suspiró. Se quitó su sombrero negro de fieltro, lo dejó sobre el tablero, y se pasó una mano por el pelo. —En primer lugar, no planeé nada de lo sucedido. Ni siquiera sabía que Rachael estaría aquí hasta que me llamó desde el rancho de su padre. —Pero tú mantenías una relación con ella. Deberías habérmelo dicho desde el primer momento. —Hacía meses que no la veía. Llevamos vidas separadas. Así ha sido durante años. Incluso cuando ella llegó a vivir aquí, yo no tenía intención de casarme con ella. Su padre creyó que ya era hora. Así fue como sucedió. —¿Su padre? ¿Qué tiene que ver Ed con todo esto? Chance volvió a suspirar. Parecía estar esforzándose por encontrar las palabras. —Es un poco difícil de explicar. Ed es más que un amigo. Ha sido como un padre para mí desde que yo era niño. Su rancho limita con una parte del RunningMoon. Desde que Rachael era una cría él tenía la esperanza de que nos casáramos. En realidad, nunca hablamos de ello. Simplemente dimos por sentado que algún día nos casaríamos. —No estamos en la Edad Media, Chance. Nadie tiene por qué aceptar un matrimonio pactado. —Tal vez sea así en la mayoría de los casos. En mi caso es distinto. —¿Por qué? —Porque Ed Fontaine está en una silla de ruedas por mi culpa.


Podría haber dicho muchas cosas. Esto no era lo que ella esperaba. De pronto, sintió que se le secaba la boca. —¿Estás... estás diciendo que él quedó paralítico por tu culpa? Chance miró hacia delante. El azul de sus ojos parecía haberse esfumado; ahora tenían el color del cielo en un día caluroso. —Yo tenía doce años cuando sucedió. Mi padre me dijo que no subiese a cabalgar aquel día. Dijo que se acercaba una tormenta eléctrica. Me ordenó que me quedara cerca de la casa. —Pero no lo hiciste —dijo Kate con suavidad. —No. Hice lo que tenía ganas de hacer. Así eran las cosas entonces. Mi padre nunca estaba conmigo. No había nadie que me dijese lo que debía hacer. Cuando mi padre decía algo, yo casi nunca lo escuchaba. Ese día no lo escuché. «Dios mío.» —¿Qué sucedió? —Llegó la tormenta, como había dicho mi padre. Yo montaba a Sunny, un pequeño bayo castrado que me encantaba. Era un poco difícil de manejar, brincaba mucho, pero era puro fuego y corría como el viento. Cuando se desató la tormenta estábamos en un lugar bastante accidentado, había muchos barrancos y cañadas rocosas. La tormenta fue muy violenta, llovía a cántaros, y el viento soplaba con tanta fuerza que no se veía nada. El caballo metió una pata en un pozo y cayó. Yo perdí el contacto con los estribos y volé por encima de él. Aterricé junto a un barranco empinado y rodé por el borde. »Supongo que me aferré a un arbusto mientras caía, pero lo cierto es que no lo recuerdo. Quedé colgado durante horas bajo la lluvia, gritando con desesperación, sabiendo que era inútil. Luego oí un rumor de voces: alguien gritaba mi nombre. —¿Tu padre fue a buscarte?


Chance negó con la cabeza. —Ed fue a buscarme. Supongo que pasó por casa de mi padre y se dio cuenta de que yo había salido y me había pillado la tormenta. El bayo apareció en ese momento, pero mi padre supuso que yo debía de haberme caído del caballo, nada más. Dijo que una larga caminata bajo la lluvia me serviría de lección por no haberle obedecido. Kate se mordió el labio y descubrió que le temblaba. —Así que fue Ed quien te encontró. —Por desgracia para él, sí. Fue a buscarme acompañado de uno de sus vaqueros indios. Tres Toros era capaz de encontrar una semilla de heno en mitad de un aguacero. Descubrió el lugar en el que el caballo tropezó porque vio que allí la tierra estaba removida, y enseguida me oyeron gritar. Ed me arrojó una soga, pero a esas alturas mis manos estaban tan entumecidas que no pude agarrarla. Kate percibió la angustia que transmitía su voz y sintió un estremecimiento de compasión. Podía imaginar el terror que habría asaltado a David, solo, sumido en una terrible tormenta, pensando que a nadie le importaba lo suficiente para salir a buscarlo. —Ed me dijo que no me preocupara, que él bajaría y me cargaría. Tomó la soga que Tres Toros llevaba en la montura, la ató a una roca, y descendió por el peñasco. Me ató la soga a la cintura, y Tres Toros tiró para izarme. Chance respiró hondo, como si necesitase aire para continuar hablando, pero por un momento pareció que las palabras se le quedaban atragantadas. —Antes de que él pudiese volver a subir, la roca en la que había atado la soga cedió, y Ed cayó al fondo del barranco. —Oh, Chance. —Kate sintió que su voz se había estrangulado hasta tal punto que le sorprendió que él pudiese oírla. Tal vez no la había oído. —Ed vino a buscarme —dijo él—. Y a causa de eso, nunca más volvió a caminar.


Kate sintió que las lágrimas le quemaban los ojos. Apoyó su mano en la mano de Chance. Estaba rígida y helada, comparada con el calor de la suya. —Eras sólo un niño, Chance. Tú no tuviste la culpa. Él la miró con sus penetrantes ojos azules. —Sí, tuve la culpa. Por eso tengo que casarme con Rachael. Es una deuda que tengo con Ed. Quiere que su hija esté cerca de él y se case con un hombre que cuide de ella. Quiere que su tierra pase a manos de hijos que aprecien lo que se les ha dado y sepan cómo cuidarlo. Sabe que yo puedo darle todo eso. Las lágrimas empezaron a resbalar por las mejillas de Kate. —¿Y tú, Chance? Quieres hacer feliz a Ed, ¿y acaso tú no mereces ser feliz? —Quizás alguna vez lo merecí. Ya no. Desde los doce años no lo merezco. —¿Y Rachael? ¿Sabe cómo te sientes? —preguntó ella con voz quebrada. —Rachael está harta de vivir en la ciudad. Quiere volver a casa. Quiere casarse con un hombre que le dé todo lo que ella desea. —Tal vez... Tal vez te haga feliz. Chance no respondió. Apretó los dientes y los músculos de su cara se tensaron. Cuando la miró, el dolor centellaba en sus ojos; ella los tenía llenos de lágrimas. Kate se inclinó hacia él, le rodeó el cuello con los brazos, y sintió que él hacía lo mismo con ella. Se abrazaron con fuerza. —Siento no habértelo contado antes. Supongo que no estaba preparado para que me dejaras. —Chance... —Kate lo abrazó con más fuerza. Estaba enamorada de él. Era un sentimiento arraigado en su corazón y no iba a desaparecer así como así. Se le hizo un nudo en la garganta. Todo había terminado entre ellos, pero


ahora al menos sabía que no se había equivocado con respecto a Chance. Después de lo que le había contado, lo amaba más que nunca. —Me alegro mucho de que me hayas hecho escucharte —dijo al tiempo que se liberaba del abrazo y se enjugaba las lágrimas. —Nunca quise lastimarte. Lo siento, Kate. Por todo. Ella asintió, convencida de la sinceridad de sus palabras. Respiró hondo. —Está bien. A veces las cosas son así. —Sí, supongo que sí. Se quedaron allí, sentados, durante varios minutos, como si ninguno de los dos quisiera poner fin al encuentro. Luego, Chance encendió el motor. —Te llevaré a casa. No hablaron mientras recorrieron el camino de regreso. Ninguno de los dos tenía nada que decir. Ya frente a la cafetería, Chance la ayudó a descender de la camioneta y la acompañó hasta la puerta. —Quisiera que todo fuese distinto —dijo él. —Yo también. Pero era imposible, y ambos lo sabían. Chance ya había tomado una decisión, y no iba a cambiarla. Su fuerte sentido del deber era una de las cosas que a ella más le gustaban de él. Lo miró mientras volvía a subir a la camioneta y, luego, mientras el vehículo se alejaba despacio. Como él había dicho, al menos ahora entendía. Debía sentirse mejor. Sin embargo, se sentía diez veces peor.


El fin de semana pasó a toda prisa. Sólo de vez en cuando pensaba en Chance; se había resignado a sepultar en lo más hondo de su ser sus sentimientos hacia él. Decidió una vez más que debía reunir las últimas piezas del rompecabezas de la muerte de Nell y hablar con Silas Marshall. Apenas dio cuenta de su almuerzo, cruzó la calle rumbo a la tienda del anciano. Empujó la puerta y entró, escuchó una campanilla un poco más estridente que la de la cafetería, y echó un vistazo al lugar buscando a Silas. Antes de instalarse en Lost Peak, nunca había estado en una tienda como aquélla, con el suelo de tablones flojos, su diminuto escaparate para las verduras, y el sector de carnes congeladas. No había mucha variedad de artículos, pero si se te acababan los huevos mientras horneabas una torta o encontrabas un último cartón de leche vacío en la nevera, te hacía muy feliz que la tienda siguiese allí. El supermercado estaba lejos, y aunque éste era el único lugar donde podían comprarse víveres, los precios de Silas eran razonables. Kate lo encontró ordenando latas de sopa Camp-bell's en uno de los estantes. Había un par de clientes haciendo cola, pero Carol Simmons, la cajera, se estaba ocupando de ellos. —Hola, Silas. Él alzó la vista; su rostro tenía algo gracioso. —Hola, Kate. ¿Necesitas ayuda para encontrar algo? —Se puso en pie, estirando su figura desgarbada y descolorida, y pareció quedar más de medio metro por encima de ella. —En realidad, quería preguntarle algo. Su expresión se hizo cautelosa. —¿De qué se trata? —Estaba pensando... La última vez que hablamos de mi abuela, no mencionó


que la había visto el día en que murió. Silas parpadeó, serio: no parecía entender cómo era posible que ella lo supiese. —¿No lo mencioné? —No. Creo que tampoco se lo dijo al sheriff Conrad. Silas carraspeó. —Supongo... Supongo que en ese momento no me pareció importante. —¿Y qué me dice de la pelea que tuvieron? ¿Tampoco le pareció importante? Él humedeció sus delgados labios y echó un vistazo a su alrededor, como si buscase una vía de escape. —Supongo... Supongo que no... en ese momento. —¿Cuál fue el motivo de la pelea? —Discutimos sobre la propiedad de la que éramos propietarios. —Usted quería que Nell la vendiera, ¿no es cierto? —Sí... —Pero ella se negó. Silas asintió. —Ella no quería saber nada con los de la mina. Eso ya te lo dije. —Sí, es cierto. Pero ese día usted estaba decidido a convencerla. ¿No es ésa la razón por la que fue a verla? El pálido rostro de Silas se puso blanco como el papel, sus ojos se entrecerraron y en los rabillos aparecieron unas profundas arrugas.


—Sí. —Pero ella insistió en que no quería vender. Silas tragó saliva. Su cuerpo empezó a temblar. Pasó una mano temblorosa por sus labios. —Fue una horrible discusión. Creo que nunca nos habíamos peleado de ese modo. Mi hijo, Milton... Él quería que le prestáramos algo de dinero. Se había vuelto a casar, decía que a la tercera iba la vencida. Me rogó que le ayudase. Quería empezar su matrimonio con cierto desahogo. —Ya no la miraba: tenía la vista fija en la fila de latas rojas y blancas que acababa de acomodar sobre el estante—. Yo no quería desilusionarlo. Le rogué a Nell que vendiera. Dijo que no lo haría, ni por mi hijo, que no iba a poder responder por el préstamo, ni por nadie. Eso fue lo que dijo. —Parpadeó y, poco a poco, sus ojos fueron llenándose de lágrimas—. No quise lastimarla. Lo juro. La amaba. No recuerdo un momento de mi vida en que no la haya amado. De pronto, Kate quedó paralizada. Lo había indagado, lo había incitado a decirle la verdad acerca de lo que había sucedido ese día, pero jamás se le habría ocurrido que iba a admitir que la había matado. Pero lo cierto era que sus palabras daban a entender exactamente eso. —Siga —le pidió con suavidad—. Discutieron, pero usted no quiso lastimarla. Él negó con la cabeza, y las lágrimas se deslizaron por sus macilentas mejillas. —No podía creer que no accediera. Ella sabía cuánto significaba aquello para mí. La agarré y la sacudí. Supongo que la empujé un poco cuando la solté. Tropezó con la alfombra y cayó. —Sus ojos se cerraron, pero bajo las ralas y grises pestañas


las lágrimas siguieron brotando—. Había tanta sangre... Tanta sangre... — Entonces comenzó a llorar de manera profunda y lastimera, y Kate sintió que se compadecía de él. Considerando lo que había hecho no debería haberse compadecido, pero eso fue lo que sintió. Con amabilidad, lo tomó del brazo, lo condujo hasta la oficina que tenía en la trastienda, y lo sentó en la gastada silla de roble de su desvencijado escritorio. —Sabía que estaba muerta. Me di la vuelta y corrí hacia mi coche —dijo el anciano con el rostro transfigurado por el dolor—. No quería lastimarla. La amaba. Siempre la amé. Kate se quedó allí, inmóvil, mientras en su cabeza se arremolinaban mil sentimientos encontrados. Ira. Compasión. Alivio por saber finalmente la verdad. Silas suspiró, abatido. —Adelante. Llama al sheriff. Acabemos con esto de una vez por todas. Kate levantó el auricular del teléfono, pero algo la hizo detenerse. Silas había matado a Nell, pero no lo había hecho adrede. La amaba, y Nell también lo había querido. Era un anciano. ¿Su abuela habría deseado que él fuese a prisión? —No sé si... Yo... —Querías saber la verdad. Ahora la sabes. —Silas alzó el teléfono. Sus dedos largos y huesudos temblaban. Marcó el 911—. Comuníqueme con el sheriff Conrad. Dígale que lo busca Silas Marshall. Tengo algo importante que decirle. Kate no se quedó a oír el resto. Silas estaba haciendo lo que debería haber hecho desde el primer instante. Sin embargo, en lugar de sentirse satisfecha se sentía des-corazonada.


Media hora más tarde, ya en la cafetería, vio que el Chevy SUV del sheriff se detenía frente a la tienda, y que de él bajaba el alto y rubio sheriff Conrad. Minutos más tarde, Conrad conducía a Silas al coche y lo ayudaba a acomodarse en el asiento trasero, cubriéndole la cabeza con la mano para que no se la golpeara con la portezuela. Kate se alegró de que el anciano no hubiese sido esposado. Myra se acercó a ella. —Una vergüenza. Eso es lo que es. Kate le había contado lo sucedido. Ojalá hubiese podido contárselo a Chance. —Me pregunto qué le harán. Myra se limitó a mover la cabeza. Kate volvió la espalda a la ventana y respiró aliviada. «Se acabó», pensó. «Al fin se acabó, y ahora Nell podrá descansar en paz.» No era exactamente un asesinato. Homicidio involuntario, lo llamaron. De todos modos, lo cierto era que el resultado de lo que había hecho Silas había sido la muerte de una anciana. Kate suspiró, agotada. Al menos, su búsqueda había concluido. Lo que había pasado aquella noche en Los Angeles debía de haber sido real. Sin duda, todo esto no podía ser nada más que una coincidencia. El mero hecho de saberlo debería haberla alegrado. Sin embargo, esa noche soñó con Nell y despertó sintiéndose más desasosegada que nunca. Pudo volver a dormirse, pero entonces soñó con Chance. En el sueño tenía en sus brazos al pequeño bebé de pelo negro de él. Eran felices. Tan felices... Se despertó con una sonrisa que acabó esfumándose cuando se dio cuenta de que nada de aquello era real... y nunca lo sería. Había perdido a Chance para siempre. Kate maldijo su mala suerte, que la había hecho encontrar un hombre que podía amar pero que nunca sería suyo.


Al menos, en Lost Peak había encontrado un hogar para ella y para su hijo. Podía estarle agradecida a Nell por eso y sentirse satisfecha de que, finalmente, el misterio de su muerte se hubiese aclarado. Por desgracia, pocos días después, cuando una fotografía inesperada le llegó por correo, sus dudas se avivaron. Chance estaba sentado en el porche de su casa hablando con Ed Fontaine, bañados por el sol de aquella calurosa tarde de principios de octubre. Ed le había llevado noticias, no precisamente buenas, de Consolidated Metals, noticias que arruinaron lo que debería haber sido un hermoso día. —Así que finalmente lo hicieron —dijo Chance tras leer el documento que le había llevado Ed, una copia del proceso entablado por Consolidated Metals contra el estado de Montana. —Sabíamos que tarde o temprano lo harían. Era sólo cuestión de tiempo. —Debemos intensificar la campaña —dijo Chance—. Asegurarnos de que la opinión pública esté informada. Consolidated Metals insistirá hasta la extenuación. Mientras puedan, no se privarán de ejercer toda clase de presiones. Tenemos que hacer lo mismo. —Kate ya se está ocupando de eso. Ha estado trabajando... —¿Kate? Kate está fuera del proyecto. Tú y yo ya hablamos de eso. —Sí. Pero por suerte para nosotros, Kate tenía otra cosa en la cabeza. Dice que no va a permitir que Lon Barton y sus matones le impidan hacer lo que Lost Peak necesita. Chance no dijo nada. Le ponía furioso que Kate aún quisiese correr riesgos y, al mismo tiempo, su actitud le inspiraba una suerte de envidioso respeto. —Es una mujer maravillosa —dijo Ed. Chance sintió el mismo dolor que hubiese sentido si le hubiesen asestado una puñalada. —Sí, lo es. —¿Oíste lo que sucedió con ella y Silas Marshall? Ahora, Chance volvió a


prestarle atención. —No. ¿Qué demonios pasó con Silas? —Al parecer, Kate estaba convencida de que Silas tenía algo que ver con la muerte de su abuela. Fue a verlo, y aunque no lo creas, Silas confesó. Chance se puso en pie. —¿Quieres decir que Silas mató a Nell Hart? —Sí, aunque no lo hizo de forma voluntaria. Discutieron por esa pequeña propiedad que tenían, ésa en la que había un pozo artesiano. Silas la empujó sin querer. Nell tropezó y se golpeó la cabeza. Chance volvió a sentarse. Sabía que a Ed no le hacía ninguna gracia que lo miraran desde arriba. —No puedo creerlo. Kate tenía razón. —¿Cómo lo supo? —Es una larga historia. Basta con decir que su instinto le dictó la verdad desde el principio. —Esa chica no es tonta en absoluto. Sólo cuando se trataba de él, pensó Chance, de mal humor. Pero aquél había sido un error por ambas partes. —Sé que tienes trabajo que hacer —dijo Ed—. Yo también tengo mucho trabajo. Sólo quería que supieras lo que planeaba Lon Barton. —Le hizo un gesto a Randy, que estaba junto al corral hablando con un grupo de vaqueros. Randy alzó la mano a modo de respuesta y se encaminó hacia ellos. Apoyó las manos en el respaldo de la silla de ruedas y comenzó a empujarla hacia la camioneta. —No te olvides de escribirme —le gritó Chance. —Te escribiré —respondió Ed. —Y dile al sheriff que cuide de cerca a Kate. —Dalo por hecho —repuso Ed. Chance contempló la camioneta mientras se alejaba; luego, se dirigió al corral.


Pensaba en Kate y sentía una opresión en el pecho. Quería verla. No podía, por supuesto. Había aceptado un compromiso y no estaba dispuesto a tomarlo a la ligera. Sin embargo, nunca algo le había resultado tan difícil como mantenerse alejado de Kate. «Todo será más fácil una vez que te hayas casado.» Pero Chance no estaba convencido de que fuese cosa fácil mantenerse alejado de Kate. Capítulo 23 El cálido sol de la tarde se filtraba por las ventanas de la cocina, dibujando caprichosas formas sobre la vieja mesa de roble. Kate podía ver que cerca del arroyo un gamo hembra descansaba bajo uno de los pinos de la colina. Sentada frente a él, Willow Caballo Manchado bebía una humeante taza de café negro. Al igual que David, Kate también se había visto necesitada de una amiga que tuviera aproximadamente su misma edad, alguien con quien poder hablar: al parecer, la había hallado en Willow. —Chris dijo que David se había unido a su grupo de niños exploradores —le dijo Willow, bebiendo de su taza. Ahora que la cafetería trabajaba tan poco, Kate se tomaba libres los sábados y los domingos. Se había instalado en Lost Peak para estar más tiempo con su hijo y, poco a poco, lo estaba logrando—. Espero que lo dis-frute. —En ese momento los niños estaban en la planta alta, en el cuarto de David, preparándose para una excursión. —Está muy entusiasmado —dijo Kate—. Y te aseguro que incluso yo estoy encantada. Willow sonrió. Era increíblemente bella: sus ojos negros eran enormes, sus mejillas parecían esculpidas, y su tez tenía un tono oliváceo. —Son un grupo de niños encantadores, y el señor Holloway hace un gran trabajo. Logra mantenerlos interesados en distintos proyectos al mismo tiempo.


Kate oyó que los niños bajaban corriendo por las escaleras. —Estamos listos —dijo David. —Ya lo veo —repuso Kate—. Ahora, decidme otra vez adonde vais. —Recorreremos el sendero Little Sandy. Llevamos nuestras cañas, por si queremos pescar. —¿Y Chief va con vosotros? —Se encontrará con nosotros a orillas del arroyo, en un sitio que ya convinimos. —Está bien, pero tendréis que estar de regreso en casa a las cinco. —Así es —coincidió Willow—. Volveré a esa hora a por Chris, y será mejor que esté aquí cuando llegue. —Aquí estaré —prometió Chris. Salieron a todo trapo por la puerta trasera. David, que era el más alto de los dos, estaba empezando a engordar un poco. —Menudo dúo —comentó Willow. —David aprecia mucho a Chris. Willow sonrió apenas, y las dos bebieron su café. Desde la ventana observaron cómo el cartero pasaba frente al buzón y dejaba la correspondencia. —Llegó el correo —dijo Willow mientras el desvencijado Buick que en Lost Peak hacía las veces de camioneta postal volvía a ponerse en marcha—. Te acompaño a buscarlo. Me encanta recibir cartas. Supongo que a ti te gustará más todavía, teniendo tantos amigos en Los Angeles. Kate sonrió. Aunque nunca recibía nada importante, siempre esperaba con ansiedad el correo. —Tengo una amiga que se llama Sally. Por lo general, nos mantenemos en contacto mediante correo electrónico, pero de vez en cuando me envía alguna postal. Es una amiga de la infancia. Siempre he abrigado la esperanza de que mi padre me enviase una carta. Pero nunca ha ocurrido, por supuesto. —El mío tampoco era un padre ideal, pero al menos estaba presente. Vamos.


Necesito hacer ejercicio. Kate no veía que Willow necesitara mucho de nada. Era inteligente y hermosa, y estaba muy enamorada de su marido. —Jeremy nos llevará a acampar este fin de semana —dijo Willow con una sonrisa, tomando del brazo a Kate—. Siempre armamos dos tiendas, una para los niños y otra para nosotros. —En sus altos y marcados pómulos se encendió un leve rubor—. Jeremy insiste en que debemos conservar nuestra intimidad. Su apacible mirada hablaba del amor que sentía por el hombre con el que se había casado, y Kate sintió que se le hacía un nudo en la garganta. —Tenéis suerte de haberos conocido. Willow asintió. —Lo sé. Lamento lo que sucedió entre tú y Chance. Sé que lo que sentía por ti no lo ha sentido por ninguna otra mujer. Pensé que podría resultar. Kate disimuló como pudo su dolor. —Yo también. —Siempre quiso a Rachael, pero nunca creí que se casaría con ella. Habían llegado al buzón grande y negro que se encontraba al comienzo del camino de grava. Kate lo abrió. Era una buena excusa para no tener que contestar. Comenzó a examinar los sobres: un par de cuentas de servicios públicos, una de su tarjeta de crédito, un cupón del supermercado de Roñan, y un catálogo de Bloomingsdale, una de las pocas cosas que aún la unían a la ciudad. No alcanzó a retener el último sobre, que fue a parar al suelo. Willow lo recogió y se lo entregó. —Es de Aida Whittaker —dijo Kate—. No la conozco en persona, pero hablé con ella un par de veces por teléfono. Parece muy agradable. ¿Qué dirá? — Mientras regresaban a la casa, Kate abrió el sobre con sumo cuidado. Contenía una carta, y una fotografía Polaroid. —Dios mío —Willow se detuvo en el último escalón del porche—. Es una


fotografía de tu abuela en el féretro. —Se estremeció—. Sé que mucha gente hace eso, pero a mí me parece espantoso. —A decir verdad, a mí también. Al tiempo que entraban en la casa, Kate echó una ojeada a la carta y luego, como sabía que Aida y Willow eran amigas, la leyó en voz alta. Decía que Aida estaba bien y era feliz, que se había olvidado de la fotografía que había tomado su hija el día del funeral, y pensó que Kate tal vez pudiese quererla. Preguntaba cómo estaban las cosas en Lost Peak y si la Consolidated Metals seguía intentando abrir una mina en el arroyo Silver Fox. —Ella y Nell se oponían enérgicamente a la mina —dijo Willow. —Tendré que enviarle una nota, ponerla al día, y darle las gracias por la fotografía. — Por primera vez, Kate observó la imagen con detenimiento. Los de la funeraria se habían ocupado del pelo y del maquillaje de Nell, que estaba bastante mal: tenía demasiado color en las mejillas y el lápiz de labios era demasiado oscuro. Y había algo más, algo que no lograba captar. —Tú conocías a Nell. Mira bien esta fotografía y dime si notas algo extraño. Willow estudió la fotografía. —Nunca usó tanto maquillaje. —¿Algo más? Willow entrecerró los ojos para ver mejor la fotografía. —La nariz tiene algo raro. Parece más ancha, como si estuviese hinchada. —Eso me pareció. Estaban otra vez en la cocina. Willow se sentó a la mesa. Kate subió las escaleras a toda prisa, en busca del archivo que había creado con la información que había ido encontrando sobre Nell Hart. Aún estaban dentro las fotografías que había pedido prestadas a la morgue. Esa misma mañana,


había apuntado en su agenda que debía devolverlas. —En éstas, su rostro se ve distinto —dijo Kate, pasándole a Willow una fotografía en la que se veía a Nell en la sala de embalsamamiento. Había otra, tomada más de cerca, que mostraba sólo su cabeza y sus hombros. En ella la nariz de Nell se veía normal. Willow examinó aquella otra fotografía. —Deben de haberle hecho algo en la morgue. —Me pregunto qué fue lo que ocurrió. En las fotografías tomadas el día del accidente, su nariz parece normal. En las que le tomaron el día del funeral parece como si estuviese rota. ¿No puede ser que se les haya caído al trasladarla, o algo así? —No es una idea agradable —dijo Willow. —No, claro que no. —Da igual, se dijo. Se sabe cómo murió. Pero cada vez que miraba la fotografía, sen tía que había algo que no encajaba—. Nunca hablé con el hombre de las pompas fúnebres. Me refiero al hombre que preparó el cadáver de Nell. Su nombre es Hobbs. Lo he llamado más de una vez, pero nunca estaba en su casa. —Quizá debas hablar con él. Ya que has llegado tan lejos, bien podrías dar un paso más —Willow sabía lo de Silas, y cómo Kate se había esforzado por descubrir la verdad sobre la muerte de su abuela. Todos en el pueblo ya lo sabían. Silas había vuelto al trabajo, acusado de homicidio involuntario, pero en libertad bajo fianza. Al parecer nadie sabía con exactitud qué iba a pasar con él. —Tal vez debería ir a ver a Hobbs. Una vez que tomó la decisión, dedicó los dos días siguientes a telefonear a Walter Hobbs. Cuando por fin lo encontró, el hombre se mostró impaciente y algo distraído, y Kate pensó que quizás estaba ebrio. Willow fue con ella a Polson el día en que por fin Kate convenció a Hobbs de que la recibiese. Llovía, y soplaba uno de esos fuertes vientos típicos de


octubre que hacen que los árboles se estremezcan. —Me encanta tu coche —dijo Willow, arrellanada en el asiento afelpado del Lexus—. Pero cuando empiece a nevar necesitarás algo más práctico. —Lo sé. He estado pensando en comprar algo más práctico. Pero no he tenido tiempo para ocuparme de todo ello. Aunque los caminos estaban húmedos y resbaladizos, y el tráfico las retrasó, llegaron a Polson a la una en punto, tal como habían acordado. La casa de Hobbs, en la Sexta Avenida, resultó ser una vieja construcción de madera gris, con un porche destartalado, en torno a la cual el césped, que no había sido cortado en todo el año, crecía descuidadamente. Caminaron por un sendero irregular y quebrado, intentando esquivar los hierbajos que crecían en las fisuras del cemento, y subieron unos escalones de madera que las condujeron al porche, donde pudieron guarecerse de la lluvia. Kate llamó, y Hobbs contestó al tiempo que abría la puerta para hacerlas entrar. —Gracias por tomarse el tiempo para recibirnos, señor Hobbs. Kate y Willow cruzaron una deprimente sala cubierta por una alfombra de color castaño, pasada de moda, y se sentaron en un gastado sofá de terciopelo del mismo color que, en diferentes puntos, dejaba ver su relleno. Hobbs se sentó junto a ellas. Era un hombre de baja estatura, pasado de peso, con la barba crecida. Vestía una camiseta y unos téjanos demasiado holgados. No estaba ebrio, pero Kate pudo percibir con claridad el olor a alcohol en su aliento y entendió por qué el señor Dorfman, el dueño de las pompas fúnebres, había dicho que sólo lo llamaban en muy contadas ocasiones, como el día del accidente. Miró a Willow y agradeció que la hubiese acompañado. —Quería usted verme —dijo Hobbs—. ¿En qué puedo ayudarla?


—El señor Dorfman me dijo que usted fue la persona que preparó el cadáver de Nell Hart para su funeral. —Como no parecía recordarlo, Kate le mostró las fotografías. —Sí, ahora recuerdo. —¿Notó algo fuera de lo común en ella? —¿Fuera de lo común? ¿En qué sentido? Kate se dio cuenta de que aquello no iba a ser fácil. —Por ejemplo, si observa estas fotografías, notará que hay algo distinto en ellas. Una fue tomada en cuanto llevaron a Nell, y la otra, el día del funeral. Si observa el rostro, verá que en una es distinto de la otra. —No encuentro ninguna diferencia. Kate se acercó al hombre procurando pasar por alto su rancio aliento a alcohol. —Observe su nariz. —¿Qué tiene de particular? Kate reprimió su frustración. —¿Por qué parece estar rota, o algo así? —Porque estaba rota. Recuerdo haberlo notado después de embalsamarla. —Me parece que no entiendo. Si su nariz estaba rota, ¿por qué en la primera fotografía no se nota? —Porque el corazón no estaba bombeando sangre. La nariz no se ve inflamada porque no había sangre en las venas. La solución que usamos para embalsamar funciona como un sustituto de la sangre. Los tejidos se hinchan como si la persona estuviese viva. Kate sintió que un escalofrío le recorría la espalda. Willow hizo la pregunta que ella tenía en la punta de la lengua.


—¿Quiere decir que la nariz de la señora Hart ya estaba rota cuando la llevaron a la morgue? —Sí, eso es lo que recuerdo. —¿Por qué no lo informó a las autoridades? —preguntó Kate. —La mujer murió por una caída. Era posible que se hubiese roto la nariz. —Mi abuela cayó de espaldas. Se golpeó la nuca. Kate le mostró entonces las otras fotografías, en las que se veía a Nell boca abajo. —No hay forma de que una caída de espaldas provoque rotura de nariz. Walter Hobbs se limitó a encogerse de hombros. —No sé qué decirles. Pudo haber ocurrido de alguna otra forma. «¿De alguna otra forma?» ¿Silas la había golpeado y la había empujado contra el aparador? Si las cosas habían ocurrido así, la compasión que había sentido por él, el esfuerzo que podría haber hecho para ayudarlo, ya no tenían sentido. Necesitaba hablar con Silas. Y eso fue, exactamente, lo que decidió hacer. —¿Recuerda algo más? Hobbs se rascó el mentón sin afeitar. —No. No recuerdo nada más. Kate se puso en pie. Willow la imitó. —Gracias, señor Hobbs. El hombre no contestó. Se limitó a acompañarlas hasta la puerta y a mantenerla abierta para que ellas pudiesen salir. —Un individuo encantador —dijo Willow cuando volvieron a subir al coche. —Pero no muy competente, sospecho. Debería haber informado acerca de esa lesión, pero supongo que como el sheriff no estaba allí para explicar


cómo habían ido las cosas, es posible que sencillamente se confundiese. —¿Crees que Silas la golpeó? Dios, no puedo ni imaginarlo. Siempre ha sido un anciano tan amable y considerado... —La empujó. Debe de haberla golpeado, también. No puedo imaginar de qué otra forma pudo ocurrir. —Puso en marcha el motor y salieron de allí—. Te diré algo: estoy decidida a averiguar la verdad. Kate estaba tan resuelta a hablar con Silas que no vio la camioneta Dodge plateada aparcada frente al mercado cuando cruzó la calle rumbo a la tienda. Empujó la puerta vidriada, echó un rápido vistazo a su alrededor, vio el cuerpo alto y huesudo de Silas y se encaminó hacia él. —Hola, Silas. Silas desvió la vista, miró hacia el techo y luego clavó los ojos en el suelo. —Hola, Kate. —Necesito hablar con usted. Tal vez deberíamos pasar a su oficina. Silas asintió. Parecía resignado. —Está bien. En ese instante se oyó una cavernosa voz masculina. —Lamento inmiscuirme, pero no he podido evitar oír la conversación. — Chance apareció en el salón, salido de detrás de una pila de latas de CocaCola. Miró a Kate con sus penetrantes ojos azules tan fijamente que ella sintió una oleada de calor en todo el cuerpo—. ¿Hay algún problema, Kate? —A decir verdad, no estoy segura. —Él debía de haber percibido la angustia que traslucía su voz. Silas la había percibido, de eso estaba segura—. Tal vez Silas pueda ayudarme a ordenar las cosas. —¿Te molesta si os acompaño?


Por supuesto que le molestaba. Se estaba esforzando cuanto podía para olvidar que existía, pero su preocupación era evidente, y podía serle útil. Se volvió hacia Silas, que comenzó a caminar en dirección a su oficina arrastrando los pies como un condenado a muerte. Apenas se cerró la puerta, se volvió y la miró. —¿Qué es lo que quieres, Kate? —Lamento molestarlo, Silas, pero ayer hablé con un hombre llamado Hobbs. El señor Hobbs trabaja por horas en el servicio fúnebre de Dorfinan. Después del accidente, cuando llevaron allí a mi abuela, fue el señor Hobbs quien preparó su cuerpo para el funeral. Silas la miró con el entrecejo fruncido. —Le mostré un par de fotografías de mi abuela y él me contó que cuando la llevaron, Nell tenía la nariz rota. Como usted asegura que cuando la empujó, accidentalmente, ella cayó de espaldas, quiero saber cómo pudo romperse la nariz. Silas parecía confundido. —No lo sé. —¿Usted la golpeó, Silas? ¿Fue por eso que cayó? —¿Golpearla? Yo no la golpeé. —Estaba enfadado. Nell no quería vender. ¿Está seguro de que no la golpeó, ni siquiera una vez? ¿No le dio un buen golpe y la pobre anciana cayó, se golpeó la cabeza y murió? Silas parecía afligido. —¡No! ¡Nunca en mi vida he golpeado a una mujer! —Negaba con la cabeza y la miraba con una expresión de tristeza y dolor en los ojos—. Lo juro, Kate. Amaba a Nell. Merezco que me condenen por lo que hice ese día, pero juro que fue un accidente. Nunca la golpeé. —Su voz se quebró—. Preferiría haber muerto antes que lastimarla adrede.


Kate no sabía con certeza por qué le creía, sólo sabía que así era. —Yo amaba a Nell Hart —dijo Silas—. La amaba. —Se hundió en la vieja silla de roble y se tapó la cara con las manos. Kate sintió el poco oportuno aguijón de las lágrimas. En ese momento, se dio cuenta de que Chance la tomaba del brazo. —Salgamos de aquí, Kate. Kate asintió y dejó que él la condujese fuera de la oficina y cerrara la puerta. —¿Cómo descubriste que Nell tenía la nariz rota? —Aida Whittaker me envió una fotografía. La comparé con las que nos dio Dorfman en la morgue. Luego fui a ver a Walter Hobbs. Chance suspiró. —No creo que Silas la golpease. —Yo tampoco. —Además, tampoco creo que fuese él quien la mató. Kate pensó en ello y, en su mente, reapareció la misma idea que la había estado rondando desde el día anterior. —Tal vez no lo hizo. Chance sintió un escalofrío. —¿Qué quieres decir? Kate meneó la cabeza. —Todavía no estoy segura. Pasaron junto a una pila de sacos de harina al final de un pasillo, y luego


frente a la caja registradora. Chance abrió la puerta de un empujón y se marcharon. —No comprendo, Kate. Creías que Silas había matado a Nell. Lograste que lo admitiese. ¿Y ahora dices que no lo hizo? —Aún no digo nada. Pero cuando considero todos los detalles, me asaltan las dudas. Silas dice que no la golpeó. ¿Quién fue entonces? Lo que nos lleva a la pregunta clave: ¿quién se beneficiaba con la muerte de Nell? Aparte de Silas, por supuesto. Creo que, en última instancia, el mayor beneficiario fue la Consolidated Metals. Una vez Nell dejó de molestar, tuvieron el pozo que necesitaban, la gran oportunidad que significaba disponer de una valiosa mina de oro. Todo eso les importaba, a ellos o a alguien que quiere que la mina empiece a producir, lo suficiente como para enviar a un hombre a mi casa. Ese hombre intentó violarme. No parece descabellado pensar que esa misma persona fuese también el asesino. El rostro de Chance traslucía toda su preocupación. —Esto no me gusta, Kate. No me gusta nada. Hasta ahora, tus instintos no te han engañado. Si estás en lo cierto con respecto a la Consolidated Metals y sigues investigando, podrías tener serios problemas. Kate se estremeció. Sabía que Chance tenía razón. —¿Merece la pena que arriesgues tu vida para descubrir si Nell fue asesinada? Sintió un escalofrío. ¿Merecía la pena? —En algún momento podría haber dicho que no. Pero incluso entonces estaba decidida a averiguar si lo que me pasó la noche en que me dispararon fue real. He leído las cartas de Nell. Sé cómo era en realidad, y cuánto nos amaba a mi madre y a mí. Ahora, descubrir la verdad es aún más importante para mí. —¿Qué harás?


—Todavía no estoy segura. Chance la tomó del brazo. A pesar de que llevaba un grueso jersey de lana pudo sentir aquel contacto como si le estuvieran aplicando un hierro candente sobre toda la piel. —Más allá de la relación que nos unió, seguimos siendo amigos. Los amigos se ayudan. Deja que te ayude, Kate. Kate respiró con agitación. No quería que él la ayudase. No quería estar a su lado. Pero confiaba en él, y podría llegar a necesitarlo. —Si, por casualidad, descubro algo importante te lo haré saber. Chance le apretó más el brazo. —Kate, debes prometerme que me llamarás antes de hacer algo que pueda traerte problemas. Lo miró, y pensó en lo guapo que era y en cuánto lo amaba todavía. —Lo prometo. Chance la soltó. —Ten cuidado, Katie. Kate asintió. Tras echarle una última mirada cargada de preocupación, Chance se volvió y se marchó. El frío viento de octubre soplaba estremeciendo los pinos que bordeaban el pueblo. Un cielo plateado y sombrío proyectaba sobre el paisaje sus lúgubres matices grisáceos. Chance estaba junto a Jeremy Caballo Manchado en la barra del


Antlers. Se acercaba la noche. Se habían encontrado por casualidad y habían decidido tomarse una cerveza juntos antes de volver a casa. —Supongo que habrás oído las últimas noticias acerca de Silas y Nell —le dijo Chance a su amigo. —¿Lo de que Nell tenía la nariz rota? Willow me ha mantenido informado. Ella y Kate se están haciendo muy amigas. Willow la acompañó a Polson a ver a ese individuo, Walter Hobbs. —Kate siempre ha estado convencida de que Nell fue asesinada. Si Silas enloqueció y golpeó a Nell en la cara, es probable que esté en lo cierto. —He intentado imaginarlo. Creo que pudo haber hecho algo que provocó la caída accidental de Nell, pero no puedo imaginarlo golpeándola. Habían sido amigos durante demasiados años. Nell no lo habría soportado si él hubiese sido capaz de lastimarla alguna vez. —Eso es lo que yo creo. —Lo que significa que Kate podría estar metiéndose en algo que no va a poder manejar. —Sí. —Y estás preocupado por ella. —Demonios, sí, estoy preocupado. Si Kate está en lo cierto y la Consolidated Metals está involucrada, podría estar metiéndose en serios problemas. A simple vista parecía algo disparatado. Silas quería que Nell vendiese la parcela de tierra que compartían. Discutieron. Silas la golpeó. Nell cayó y, cuando su cabeza golpeó contra el aparador, murió. Silas había vendido el terreno, y ahí concluía la historia. Pero la Consolidated Metals también estaba involucrada en esa transacción. En cuanto a Chance, no descartaría ninguna posibilidad en lo que a ellos se refería. Y


ahora que Kate le había metido en la cabeza la idea del asesinato, ya no podía desembarazarse de ella. Jeremy bebió un trago de su cerveza y volvió a apoyar la jarra en la barra. —Willow cree que estás enamorado de Kate. Las palabras parecían haber surgido de la nada. Chance alzó la vista de su jarra. —¿Así que eso cree? —¿Sabes una cosa? —¿Qué? —Yo también lo creo. Chance desvió la vista y se pasó una mano por el pelo. —Si, bueno, entonces somos tres los que nos hemos dado cuenta. Por desgracia, eso no cambia en nada las cosas. —Tal vez deberías hablar con Rachael, contarle la verdad. —¿Qué verdad? La verdad es que debo casarme con Rachael. Se trata de una deuda que tengo con su padre. Seré muy buen marido. La cuidaré, me ocuparé de que tenga todo lo que quiera... Eso es todo lo que le importa a Rachael. Estará cerca de su padre, algo que los dos desean. Y le dará los nietos que tanto él como yo queremos. Ésa es la única verdad que importa. —¿Estás seguro de que eso es justo para Rachael? —Si no lo estuviera, no lo haría —suspiró—. Los dos sabemos que Rachael no está enamorada de mí. Demonios, nunca hemos estado enamorados. Pero eso no es importante, al menos no lo es para Rachael. Tampoco era importante para mí, hasta que conocí a Ka te. Jeremy no dijo absolutamente nada. Se limitó a beber un largo trago de


cerveza. Uno de los taburetes hizo rechinar la madera del suelo en el otro extremo de la barra al desplazarse. Ned Cummings se acercó a ellos a grandes zancadas. —¡Hola, Chance! No te vi entrar. —Le tendió la mano—. Te felicito, hombre. Chance se estremeció. —Gracias, Ned. —Tú y Rachael. —Rió tontamente—. Supongo que debería haberme dado cuenta de que terminaríais juntos, pero no sé por qué nunca lo pensé. —Tengo suerte de que me haya aceptado. —Ni que lo digas. Es una hermosa muchacha. Y hablando de mujeres hermosas, ya que te has retirado del mercado, supongo que no te molestará si invito a salir a Kate Rollins. Chance sintió que su cuerpo se tensaba como un sedal con una carnada de dos kilos atrapando un pez de diez. ¿Ned suponía que no le molestaría? La mera idea le hizo sentirse mal. Ned Cummings era inteligente y apuesto. Era dueño de uno de los ranchos más hermosos del condado. Sería un buen hombre para Kate. Pero era lo último que él deseaba. —No... claro que no. Ned le dio una fuerte palmada en la espalda. —Gracias, Chance. —Rió tontamente y le guiñó un ojo a Jeremy—. Os veré más tarde, muchachos. Iré a la cafetería, a ver si puedo convencer a esa joven para que salga conmigo el sábado por la noche. Mientras Ned se alejaba de la barra, Chance sintió que se le hacía un nudo en el estómago. Lo único que podía hacer era quedarse sentado. —Tranquilo, Chance. —Sintió cómo la mano de Jeremy se posaba sobre su hombro y la tensión apenas disminuyó.


—Lo siento. Sé que no me asiste ningún derecho, pero... —Pero eso no ayuda en nada a que sea más fácil. —No. —Tal vez ella no acepte salir con él. —Sería tonta si no lo hiciese. —Bueno, sí, no hace falta decirlo. Está enamorada de ti, ¿verdad? Chance esbozó una sonrisa. —Dios, cómo la echo de menos. ¿Sabes? Fue realmente algo especial. Jeremy le dio un apretón en el hombro. —Anímate. Te invito a otra cerveza. Chance asintió, pero no podía dejar de pensar en Ned Cummings y en lo que estaba sucediendo al otro lado de la calle. —A propósito. —La voz de Jeremy lo devolvió a la realidad—. Chief dice que en el estanque del arroyo Beaver han comenzado a aparecer filtraciones otra vez. —Bromeas. —Cree que hay una fisura en el revestimiento plástico. Dice que intentará tomar algunas fotografías. —Para eso tendrá que entrar en una propiedad de la Consolidated Metals. No creo que sea una buena idea, sobre todo ahora que el clima está tan tenso. —Sí, bueno, ya sabes cómo es Chief. —En cuanto lo vea hablaré con él del asunto.


—Buena idea. Terminaron sus cervezas y se encaminaron hacia la puerta. Chance salió a la calle en el preciso momento en que Ned Cummings abandonaba la Cafetería Lost Peak. Chance estuvo a punto de proferir una maldición al apreciar la sonrisa en el rostro de Ned. Capítulo 24 Kate estaba sentada frente al ordenador, en el estudio que tenía en la planta alta de su casa. Las hojas de una rama azotada por el viento helado golpeaban contra la ventana, y otra rama raspaba rítmicamente la pared. Una de las persianas se cerró de golpe y Kate se sobresaltó. Desde que habían intentado violarla se sentía cada vez más nerviosa y menos tranquila cuando estaba sola en casa. Pero amaba aquella vieja construcción y se decía que estaba mucho más segura allí que en la ciudad. Se concentró en la pantalla del ordenador y se dedicó a leer la página del sitio www.forensicsciencejournals.com, que ya había consultado en varias ocasiones. Había leído la sección que tenía delante en ese momento, pero sólo le quedaba un borroso recuerdo del nutrido material que había examinado. Ese recuerdo la había estado acosando, y se había ido reconstruyendo poco a poco en su mente, hasta que por fin se tornó claro y la certeza la hizo subir arriba y encender el ordenador. Presionó el botón de la impresora, hizo una copia de las páginas, las recogió, y las estudió con detenimiento. Se trataba de un caso criminal, uno de los muchos que había leído, una muerte por asfixia en la que el agresor se había servido de un cojín para cometer el asesinato. Durante la autopsia, el médico forense había descubierto que a la víctima le habían roto la nariz. Los policías no se habían dado cuenta de ello en la escena del crimen porque no brotaba sangre de la nariz y, por lo tanto, los tejidos no estaban inflamados.


Kate acabó de leer el informe de nuevo y pudo enterarse de cómo los forenses, una vez descubrieron los medios utilizados, pudieron perseguir al asesino. Estudió las páginas impresas, al tiempo que su mente repasaba lo que acababa de descubrir. —¿Fue eso lo que sucedió, Nell? —balbuceó en voz alta. Tal vez después de que Silas la empujase y ella se golpeara la cabeza, Nell no había muerto. Tal vez Silas había decidido concluir la faena. Tal vez le había colocado un cojín sobre el rostro y había presionado hasta que ella dejó de respirar. Pero había hablado con Silas en dos ocasiones y no estaba convencida de que aquel hombre fuese capaz de asesinar a nadie. Kate clavó la vista en la pantalla del ordenador mientras sus dedos golpeaban con suavidad las teclas. «¿Cabía la posibilidad de que Silas hubiese supuesto que Nell estaba muerta?» Se había asustado. Era obvio que había huido, aterrorizado. «¿Cabía la posibilidad de que alguien hubiese llegado al lugar minutos después, hubiese visto a Nell en el suelo, herida, y hubiese entendido que Silas cargaría con la culpa y, entonces, hubiera decidido asesinarla?» Era posible. No era probable, pero desde que aquel extraño caso se había puesto en marcha todas las explicaciones habían sido producto de descabelladas conjeturas. Siendo así, podía avanzar con la misma firmeza que había demostrado hasta entonces. Si se daba por sentado que alguien había matado a Nell asfixiándola con un cojín, lo que había provocado la rotura de la nariz, entonces el comedor no había sido el escenario de un accidente, sino de un asesinato. Toda la casa había sido escenario de un asesinato. Kate se sobrepuso al escalofrío que recorrió su espalda. Pensó en aquella maravillosa y vieja casa que había llegado a amar con todo su corazón.


Habían vuelto a pintarla antes de que ella se mudase, pero el encantador aparador del comedor sólo había sido limpiado y protegido con una capa de pintura al óleo. Habían levantado la alfombra y habían vuelto a barnizar la madera del suelo, pero algunas de las antiguas posesiones de Nell seguían allí. Entre ellas, los cojines del sillón. El escalofrío volvió a sobrecogerla. Kate meneó la cabeza. No podía ser tan simple. No era posible que el asesino de Nell (si existía tal asesino) hubiese tomado uno de aquellos cojines del sillón y lo hubiese presionado sobre el rostro de la anciana gravemente herida. Volvió a prestar atención a la pantalla del ordenador y siguió leyendo. «La asfixia mecánica puede detectarse por la aparición de hemorragias petequiales en el ojo, pero este hallazgo no es específico, y puede ser el resultado de otras causas.» Una hemorragia petequial era producto de una ruptura de los vasos sanguíneos del ojo y, aunque por lo general la causa era la sofocación, al parecer también podía serlo una lesión en la cabeza. En el caso de Nell, no se habían mencionado hemorragias de esa clase, pero si la hubiese habido, de todos modos no habría sido razón suficiente para que el forense sospechase que algo raro había sucedido. Sin embargo, de existir, y unida a otros factores, podría ayudar a constatar la verdadera causa de la muerte. Mientras seguía pensando en los cojines, Kate bajó las escaleras. Había tres cojines en el sillón, adornados con pequeños ribetes que Nell había cosido con punto de tapicería y de los que Kate no había querido desprenderse. Nunca había notado nada raro en ellos, ningún punto o mancha que hubiesen llamado su atención como para recordarlos. Alzó, el primero y lo examinó con detenimiento. Nada. Al menos nada que ella pudiese ver. Observó el segundo con el mismo resultado. El tercero también parecía limpio, a excepción de una mancha diminuta y descolorida cerca de una


esquina. Probablemente no fuese nada. Los cojines eran viejos. La ligera decoloración podía deberse a cualquier cosa. Sin embargo, el día de la muerte de Nell había habido mucha sangre esparcida por el suelo, que provenía de la herida que la anciana había sufrido en la parte posterior de la cabeza. Si el asesino se había servido del cojín para acabar con la vida de Nell y no había notado esa única mancha de sangre, bien podría haber vuelto a colocarlo en su lugar, sobre el sillón. Volvió a subir deprisa las escaleras y, una vez más, se sentó frente al ordenador. Retrocedió varias páginas, hasta que se topó con una sección que hablaba de la de-tección de sangre. Leyó aquella página. «Las salpicaduras de sangre pueden ser muy útiles a la hora de reconstruir la escena de un crimen. Si las gotas caen desde escasa altura, por ejemplo, dejan un pequeño círculo cohesivo. A mayor altura, el círculo será más grande. Si la sangre cae en ángulo, se combará en una dirección, lo que indicará el recorrido de la gota.» Era interesante, pero lo que Kate buscaba era otra cosa. Sabía que debía de estar allí, en algún lugar. Si no estaba en Internet, tal vez estuviese en alguno de los libros que había conseguido. Buscó en la red durante un buen rato, y luego tomó la pila de libros e indagó en uno tras otro, abriéndolos en las páginas que había marcado. ¡Sí! Ahí estaba, en el Casebook ofForensic Detection. Releyó la sección dedicada a la sangre y la palabra que había estado buscando apareció ante sus ojos. «Luminol.» «Un test muy útil para buscar sangre en espacios grandes —decía—, sobre todo si el lugar ha sido limpiado. Las manchas de sangre invisibles reaccionan al Luminol despidiendo luminosidad. Es esencial realizar el test a oscuras.» Kate giró de nuevo para quedar frente a la pantalla del ordenador. Escribió la palabra clave, «Luminol», y allí estaba. «Luminol-16, reactivo para sangre


invisible con rociador.» Consultó el precio, encargó un frasco, y cargó el pago a cuenta de su tarjeta de crédito: tardaría dos días en llegar. El producto estaba en camino. Kate se reclinó en la silla con una sonrisa en los labios. Podría ser una muchacha de ciudad, pero el hecho de haber vivido en aquella jungla le daba algunas ventajas. Le haría el test del Luminol al cojín, y a todas las demás cosas que había en el comedor apenas lo tuviese en sus manos. Si la mancha que había en el cojín resultaba ser de sangre, iría a ver al sheriff, para averiguar si la sangre era de Nell. Si lo era, pediría que exhumaran el cadáver. Podía imaginar lo que diría al respecto el sonriente Barney Conrad. La noche del sábado pasó sin pena ni gloria. Se suponía que Kate iría a bailar al Antlers con Ned Cummings, pero no pudo forzarse a hacerlo. Ned era un hombre atractivo, y a ella le gustaba. Había aceptado la cita con la esperanza de que la ayudase a olvidar a Chance. Estaba cansada de pensar en él y de desear que todo fuese distinto. Había sabido desde el principio que un idilio con él estaba abocado a concluir de forma desas-trosa. Tenía que aceptar que Chance pertenecía a otra mujer, y seguir adelante con su vida. Una salida con Ned Cummings podría haber sido un buen comienzo. Ned era corpulento y cálido como un oso de peluche, jovial, y amante de la diversión. Lo malo era que Kate no se sentía para nada atraída por él. Era amable y considerado, pero cada vez que entraba en la cafetería con su sombrero de vaquero, ella pensaba en Chance y sentía una dolorosa opresión en el pecho. Al final, recurrió a la vieja excusa del dolor de cabeza, canceló la cita, y se quedó en su casa. Un miércoles, el correo le trajo el Luminol. Kate leyó con atención las instrucciones impresas en el frasco. Apenas oscureció, fue al comedor y se puso manos a la obra.


Chance oyó la voz de Hannah, que llegaba desde el patio trasero hasta el sector de los establos. Estaba asomada a la puerta, con un delantal atado a la considerable circunferencia que formaba la cintura y un estropajo aferrado en una de sus regordetas manos. —¡El sheriff está al teléfono! ¡Dice que es importante! «El sheriff.» Chance sintió que la angustia le atenazaba el estómago. —¡Atenderé en el establo! —gritó, y se encaminó de-prisa hacia el teléfono instalado en la pared. —Habla Chance, Barney. ¿Qué sucede? —Hoy ha venido a verme Kate Rollins. —Se encuentra bien, ¿verdad? Quiero decir, no le ha pasado nada, ¿o sí? — Sentía que el corazón estaba a punto de saltársele del pecho. —Bueno, todo depende de lo que tú definas como «bien». Si te refieres a su estado físico, la respuesta es sí. En cuanto a su mente, no estoy tan seguro. — ¿Qué significa eso? —Significa que estuvo por aquí vociferando una sarta de tonterías acerca de la muerte de Nell Hart. Dice que la anciana podría no haber muerto por efecto de la caída, sino porque alguien podría haberla asfixiado después. Al parecer, fue a ver al maquillador del servicio fúnebre, y descubrió que la anciana tenía la nariz rota. Supongo que encontró un cojín con rastros de sangre. Quiere que analice esa sangre para verificar si corresponde al tipo de sangre de Nell. Chance reflexionó, pensando que hasta entonces Kate había demostrado una y otra vez estar en lo cierto. —Tal vez no sea mala idea. —Sí, bueno, si el tipo de sangre coincide, quiere que exhume el cadáver. Pero eso no pienso hacerlo bajo ninguna circunstancia. —¿Por qué no? —Porque ya sabemos cómo murió Nell. Silas Marshall ha confesado que la


mató. —Tal vez no lo hizo. Tal vez creyó que estaba muerta cuando en realidad no lo estaba. —Y tal vez fue un accidente, como él mismo dijo. —Sé que la teoría de Kate no es fácil de aceptar, pero podría ser verdad. —Olvídalo. —Quiero suponer que tu negativa no tiene nada que ver con que este año habrá elecciones, ¿verdad? Si la muerte de Nell resulta ser un asesinato, en lugar de un homicidio sin premeditación, el Departamento de Policía podría quedar muy mal parado. La gente pensaría que, tal vez, tendrían que haber sido más cuidadosos. —Te lo advierto, Chance, no sucederá. Es necesario que hagas entrar en razón a esa mujer. Haz que recapacite. La anciana está muerta y enterrada. Es probable que incluso condenen a Silas, y ése es el fin de la historia. Ella te escuchará. Convéncela de que deje a un lado todas esas pretensiones. Chance maldijo en voz baja. Como sheriff del condado de Silver Fox, Barney Conrad tenía mucha influencia. No era inteligente tenerlo como enemigo. Por otra parte, un asesinato no era algo que debiera pasarse por alto. —Hazme un favor. Analiza la sangre. Infórmame del resultado. Mientras tanto, hablaré con Kate. —Está bien. Pero no iré más allá. Barney se despidió y Chance colgó el teléfono. Kate había prometido que lo llamaría si surgía algo. Por lo visto, no había considerado que una visita al sheriff fuese motivo suficiente para molestarse en llamarlo. O sencillamente no quería hablar con él. Lo cierto es que no podía culparla. Por otra parte, estaba profundizando cada vez más en el asunto. De una forma u otra, eso le iba a causar problemas. Hablaría con ella por la mañana. Como había dicho Barney, tal vez pudiese


convencerla de que abandonara sus pretensiones de esclarecer la muerte de Nell. Se dijo que no era nada más que una buena excusa para verla. Rogó a Dios que fuese cierto. En el rancho estaban ocupados con los preparativos del rodeo de otoño, reuniendo los caballos de remonta y poniendo en condiciones los corrales para herrar a los animales. Las cosas habían empeorado pues, tres días antes, una de las tres dependencias cercanas al establo se había incendiado. En la parte frontal podía verse una advertencia pintada sobre el suelo con aerosol naranja que decía: «Necesitamos trabajo. No se entrometan con las minas.» Por fortuna, el fuego no había causado muchos daños, pero sin duda la idea había quedado clara. Consolidated Metals no era la única interesada en que se pusiera en marcha aquella mina. Había personas que necesitaban los puestos de trabajo que la mina podía ofrecer. Sabía que los mineros sufrían penurias y les costaba mucho mantener a su familia, pero eso no le hacía olvidar el hecho de que la protección del medio ambiente era si cabe más importante. Una vez que desaparecieran la tierra y los arroyos, no habría nada más de qué vivir. Aquella destrucción debía evitarse a toda costa. Cuando Chance abandonó el rancho y se dirigió a la cafetería ya era casi de noche, y los caminos estaban fangosos y resbaladizos después de dos días de lluvia ininterrumpida. Mientras cruzaba la calle que conducía a la casa de Kate, su pie pisó el freno. Ante la casa estaba aparcado uno de los coches del sheriff. Chance dio marcha atrás a la camioneta, y dobló por el camino de grava. Cuando bajó del automóvil, su pulso estaba fuera de control. Saltó un par de charcos de lodo, subió los escalones del porche de dos en dos y golpeó la puerta con fuerza.


Fue David quien salió a abrirle. —¡Chance! ¡Cómo me alegro de verte! Mamá ha tenido un accidente. —¿Un accidente? —Con una mano sobre el hombro de David apremió al niño para que lo condujese a la sala. Una vez allí, vio a Kate recostada sobre el sillón. Una venda le cubría la cabeza, y a través de ella se filtraba un rastro rojo. La ansiedad lo golpeó como si hubiese recibido un puñetazo en el vientre. —¿Qué demonios ha pasado? Kate sonrió sin fuerzas. —Me fallaron los frenos. La carretera estaba resbaladiza, el coche patinó y terminé en la cuneta. Cerca de ella, con un cuaderno en la mano, Winston, el oficial de policía que había llegado a la casa antes que él, se volvió para mirarlo. —Sufrió una leve contusión, y un largo corte en un costado de la cabeza que requirió media docena de puntos, pero podría haber sido mucho peor. En esa zona, la carretera es muy empinada. Podría haber seguido de largo y haber caído al vacío. Por suerte, tenía puesto el cinturón de seguridad. De lo contrario, con toda probabilidad habría atravesado el parabrisas. Chance se quitó su chaqueta de lana de oveja y el sombrero y los colocó sobre el respaldo de una silla. Se sentó junto a Kate y le tomó la mano. Resultaba pequeña y muy suave envuelta en la suya, y la sintió más fría de lo que debía estar. Le habría gustado presionarla contra su mejilla, pero se conformó con calentarla entre sus manos. —¿Dónde ibas cuando ocurrió? —A Roñan. Necesitaba una buena provisión de víveres. Pensé pasar a buscar a David por la escuela y llevarlo conmigo para que me ayudase. Pero no


llegué a la escuela. —¿Y los frenos fallaron así como así, de repente? Parece raro, el coche es nuevo. —Eso fue lo que sucedió. Pisé el pedal, y nada. Ni siquiera funcionó el freno de mano —sonrió con indiferencia—. En cualquier caso, necesitaba un coche nuevo, uno que sirva para cuando haya nieve. Supongo que ya era hora de que me decidiera a buscar uno. —¿Dónde está el coche ahora? —Lo remolcaron hasta Trumper's Auto, en Roñan —se adelantó a informar el oficial Winston. Chance apretó la mano de Kate. —¿Puedo servirte algo? ¿Un vaso de agua, o una taza de té, tal vez? —Un poco de té sería estupendo, si no es mucha molestia. —No es ninguna molestia. Enseguida vuelvo. —Fue a la cocina y puso a calentar agua en un hervidor, agradecido por tener una oportunidad para usar el teléfono. Llamó al departamento de información para pedir el número de Trumper's Auto, lo apuntó, y marcó. —Trumper's Auto. Habla Pete Trumper. —Tienen ahí un coche, acaban de remolcarlo, un Lexus blanco, un modelo de hace uno o dos años, tal vez, a nombre de Kaitlin Rollins. —Sí, ¿qué ocurre con ese coche? —Soy un amigo de Kate. Mi nombre es Chance McLain. —¿Tú eres el de la camioneta Dodge plateada? —Sí. —Te conozco. Hace poco reparamos tu camioneta. —Así es. ¿Habéis tenido oportunidad de revisar el Lexus?


—Sí. Algo de lo más extraño. —¿Qué quieres decir? —A mí me parece que alguien cortó esos frenos. Chance sintió cómo un escalofrío le recorría la espalda. —Me temía que ibas a decirme eso. —Tengo que llamar al sheriff para ponerle al tanto. Estoy seguro de que querrá saberlo. —Seguro. —Pero a Barney no iba a agradarle oír la noticia, como tampoco le había gustado a él—. Gracias, Pete. Colgó el teléfono y se preguntó si habrían cortado los frenos a causa del trabajo de Kate en la campaña o por lo que ella había averiguado acerca de la muerte de Nell Hart. Regresó a la sala y colocó la tetera sobre la mesa, frente a Kate. El oficial Winston ya se había marchado. —Por suerte, tenía conmigo el teléfono móvil —dijo Kate—. Por aquí, esas cosas valen su peso en oro. —Ya lo creo. David se acercó y se sentó en una silla, a su lado. —¿Te sientes mejor, mami? Kate sonrió sin convicción. —Mucho mejor. Mañana estaré bien. Chance pasó su brazo por encima del hombro de David. —Vamos, Davy. Dejemos que tu mamá descanse un minuto mientras


bebemos algo. —Había echado de menos al chico. No podía dejar de preguntarse cómo le habría explicado Kate el hecho de que ya no fuese a visitarlos. Fueron a la cocina. David abrió una lata de Coca-Cola y Chance se preparó una taza de café instantáneo. —Quiero que cuides mucho a tu mamá —dijo mientras se sentaban a la mesa de la cocina—. Asegúrate de que esté del todo bien antes de que intente regresar al trabajo. —Lo haré. —Eres un buen chico. Ha pasado bastante tiempo desde la última vez que te vi. Estaba pensando... ¿Has ido alguna vez a ver un rodeo? David negó con la cabeza. —Los celebramos en primavera y en otoño. En esta época del año marcamos con un hierro candente los terneros que aún no han sido marcados. Chris y su padre trabajarán con nosotros. Pensé que tal vez a ti también te gustaría trabajar. David sonrió, obviamente complacido. —Sería estupendo, Chance. —Mientras tanto, ¿por qué tú y Chris no venís al rancho algún fin de semana? Podéis pedir prestados un par de caballos e iríamos juntos a pescar, como antes. David asintió. Parecía tener algo que decir, y Chance creía saber qué era, aunque no le hacía gracia. —Adelante, muchacho, dilo de una vez.


—Me preguntaba qué pasó entre tú y mi madre. Ella dice que te casarás con la hija del señor Fontaine. Pensé que mi madre te gustaba. —Sí, me gusta, David. Me gusta mucho. Tu mamá y yo somos amigos, como tú y yo. Nada cambiará eso, jamás. —Yo tenía la esperanza de que tal vez pudieseis ser más que amigos. Chance sintió una opresión en el pecho. —Durante un tiempo, también yo tuve esa esperanza. Pero a veces las cosas no salen como queremos. —Sí, supongo que tienes razón. Chance terminó su café, David dio cuenta de su Coca-Cola, y volvieron a la sala para asegurarse de que Kate se encontraba bien. —¿Todavía trabajas en la tienda? —le preguntó Chance a David. —Sí. Se supone que hoy debo trabajar un par de horas, pero... —¿Por qué no vas y cumples con tu horario? Me quedaré con tu madre hasta que regreses. David miró a Kate, que tenía los ojos casi cerrados. —Mami, ¿tú qué dices? Kate abrió los ojos con lentitud y miró a Chance. —No es necesario que te quedes. Estaré bien. Son sólo un par de horas. —Ve, David. Necesito hablar con tu madre sobre un par de cosas. Estaré aquí cuando regreses. —Gracias, Chance.


David subió la escalera para ir a buscar su chaqueta. Pocos minutos después bajó y abrió la puerta de la calle. —Regresaré tan pronto como pueda —dijo, y se marchó. —¿Myra trabaja esta tarde? —preguntó Chance cuando estuvieron solos. —Así es —respondió ella, casi sin fuerzas. —¿Qué te aconsejó el médico? ¿Puedes quedarte sola? Kate abrió los ojos de repente. —No estoy sola. Tú estás aquí, y David regresará en un par de horas. Chance sonrió. Era cierto que él estaba allí, pero no creía que eso le agradase demasiado a Kate. Empezó a decir algo pero el timbre del teléfono lo interrumpió. Kate volvió a cerrar los ojos. —¿Puedes responder? Chance llegó al vestíbulo en dos zancadas y atendió el teléfono, que se encontraba sobre una mesilla de mármol. —Residencia Rollins. —¿Quién diablos eres tú? —preguntó una voz de hombre. Chance no se dejó llevar por la irritación. —Mi nombre es McLain. Soy un amigo de Kate. —Apuesto a que sí. —¿Quiere decirme quién es antes de que cuelgue el teléfono? —Sólo dile a Kate que espero que ahora sea feliz. Dile que algún día se


arrepentirá. — Tras esto, el hombre colgó. Chance también colgó, preguntándose quién sería aquel odioso individuo, y regresó a la sala. —¿Quién era? —No sé. Dijo que esperaba que ahora fueras feliz. Y que te dijera que algún día te arrepentirías. Sus bonitos labios sonrieron. Chance recordó cómo se derretían al contacto con los suyos, y el deseo despertó en él. —Era Tommy —aclaró Kate—. Hoy se ha hecho pública la sentencia de nuestro divorcio. Debería haberse sentido feliz por ella y, en cierto sentido, era eso lo que sentía. Forzó una sonrisa. —Felicidades. Kate siguió sonriendo. —No te imaginas lo bien que me siento. Chance pudo deducir algo de aquella breve conversación con el ex marido de Kate. —¿Alguna vez habla con David? —Muy de vez en cuando. Se supone que David irá a Los Angeles el día de Acción de Gracias. Hace algunos meses habría deseado hacerlo, pero ahora no creo que sea así. —Todo niño necesita un padre. Con el tiempo, encontrarás a alguien que...


—Basta, Chance, por favor. —Desvió la vista hacia el respaldo del sillón—. ¿No podemos hablar de otra cosa que no sean los hombres de mi vida? Tenía razón. De cualquier manera, lo que él iba a decir era pura basura. No quería que encontrase a alguien. Quería que fuese suya. Quería abrazarla, protegerla, hacerle el amor. No podía evitar preguntarse cómo habría sido su cita con Ned Cummings ni si planeaba verlo otra vez. No necesitaba preguntárselo. —Hay algo sobre lo que quiero que hablemos. Es una de las razones por las que deseaba quedarme. Kate volvió a observarlo. —Dime. —Tus frenos no se averiaron, Kate. Hablé con el dueño de Trumper's Auto. Alguien los cortó. —¡Dios mío! —Intentó incorporarse, soltó un quejido ahogado, y Chance la ayudó a recostarse otra vez. —Tranquila, no olvides que tienes una contusión. —Si no lo recordaba, ahora acabo de recordarlo. —Volvió a acomodarse sobre el cojín y Chance le cambió el paño húmedo que cubría su frente. —El dueño de Trumper's Auto llamará al sheriff. Yo también lo llamaré. Esto es grave, Kate, al margen de quién lo haya hecho. —¿Crees que lo hicieron porque sigo trabajando en la campaña? —No lo sé. Hace tres noches, alguien incendió una de mis dependencias. Hay personas que quieren que esa mina empiece a funcionar. No sé si serían capaces de matar por ello. —Existe otra posibilidad, Chance. —Lo sé —repuso él, tenso—. Barney Conrad me llamó. Kate dejó escapar un lento suspiro.


—Fue horrible, Chance. Usé un producto que encontré en Internet. Se llama Luminol. La sangre no puede verse a menos que el lugar esté oscuro, pero cuando rocié el producto en el comedor, pude ver manchas de sangre sobre el aparador y en la fisura que hay debajo del zócalo. Encontré otra mancha en uno de los cojines del sillón. Luego le contó que había leído un caso de asesinato en el que una mujer había sido asfixiada con un cojín, provocando con ello la rotura de la nariz. —Estoy convencida de que fue eso lo que le ocurrió a Nell. No murió al caer. Alguien vino y la asesinó después. —Entonces, no crees que Silas la haya matado. —No. No lo creo. Él no es un asesino. —Yo tampoco lo creo. —Necesitamos más pruebas. Debemos descubrir quién es el auténtico asesino. Chance se sentó en el borde de la silla, junto al sillón. —No vale la pena, Kate. Alguien intentó violarte. Hoy podrías haber muerto. Si sigues investigando... —Puede que no haya relación entre los dos hechos. —Es cierto, pero no hay modo de estar seguros de eso. Lo primero que debes hacer es renunciar al comité. Kate dudó por más tiempo que el que a él le habría gustado. —De acuerdo —dijo finalmente—. Lo anunciaré de forma pública en cuanto pueda. Las cosas están bien encaminadas. Tú y Ed podéis seguir con la campaña. En este punto, no habrá mucha diferencia entre estar involucrada o no.


—¿Qué pasará si estás en lo cierto con respecto a Nell? ¿Si alguien la asesinó, como tú dices? Ese hombre no tendría el menor escrúpulo en matarte también a ti. El rostro de Kate empalideció algo más de lo que ya lo estaba. —Olvídate del asunto, Kate. Si no piensas en ti misma, piensa en tu hijo. Puede decirse que no tiene padre. ¿Qué demonios le sucedería si también acabase perdiendo a su madre? Kate cerró los ojos y suspiró profundamente. —Creo que nunca pensé en eso. — Bueno, ya es hora de que empieces a tenerlo en cuenta. Kate tragó saliva. Debajo de sus espesas y negras pestañas, Chance pudo entrever el tenue brillo de las lágrimas. —Tienes razón. Debo pensar en David. Estoy segura de que incluso Nell querría eso. Chance le tomó una mano entre las suyas. —Sé que querría eso. Tu abuela no querría que os sucediera nada a ninguno de los dos por su culpa. Tampoco él lo querría, pensó Chance, más preocupado que nunca. Bien podría haber un asesino suelto en Lost Peale. Kate no estaría a salvo hasta que alguien descubriese quién era. Era demasiado peligroso que ella siguiese investigando, pero nada impedía que Chance lo hiciera. Le apretó la mano entre las suyas. Habría querido inclinarse y besarla, pero sabía que eso era cosa del pasado. Estaba decidido a hacer lo que fuese necesario para mantenerla a salvo. Capítulo 25


En la sala sonó el teléfono. Ed Fontaine puso en movimiento su silla de ruedas, se dirigió hasta la antigua mesa William and Mary sobre la cual tenía el aparato y atendió. —Ed Fontaine. —Hola, papi. Al oír la voz de Rachael su rostro se iluminó. —Hola, pequeña. ¿Cómo andan las cosas en la gran ciudad? ¿Ya estás lista para levantar el vuelo y regresar a casa? Pensé que a estas alturas ya estarías aquí. —Es por eso por lo que te llamo, papá. Todo se está demorando más de lo que suponía. Para colmo, ayer recibí una llamada de la agencia Ford. Quieren que aparezca en la cubierta de Vogue. Es una gran oportunidad, papi, la revista es muy prestigiosa y la remuneración está más que bien. Sólo me tomará un par de semanas más, y me gustaría mucho hacerlo. Ed frunció el ceño. —¿Se lo has contado a Chance? —Se lo voy a contar. Primero quería hablar contigo. También he pensado que mientras me quede aquí en Nueva York, debería aprovechar para elegir mi vestido de boda. Estoy segura de que en Montana no encontraría nada adecuado. Pensé en Fendi, en Dior, algo así. ¿Tú qué opinas? —Sabes que no entiendo nada de ropa de mujer. Tú elige lo que quieras, y diles que me envíen la cuenta. Pudo imaginar su sonrisa, enmarcada por su hermoso rostro, como si la estuviese viendo. —Gracias, papi. Eres el hombre más dulce de este mundo. Él refunfuñó, un poco avergonzado, como le ocurría siempre que ella le decía esas cosas. —A Chance esto no va a hacerle mucha gracia, como puedes imaginar. Él espera que empieces a comportarte como una mujer que, más que una carrera, tiene en mente el matrimonio y la familia.


—Lo sé. Será la última vez, lo prometo. Después, estaré allí para cumplir con mi parte. Eso me recuerda que llamé a Vincent St. Claire, a Seattle. Me lo recomendó André Duvallier. Las bodas que organiza André son las más maravillosas y sensacionales de Nueva York. André no iría hasta Montana, pero dice que al señor St. Claire le encantaría. Él se ocupará de todo, papi, y todo saldrá a pedir de boca... Si tú estás de acuerdo. —Por supuesto que lo estoy. Lo único que quiero es que mi pequeña sea feliz. —Muy bien, entonces. Llamaré a Chance y le diré que me retrasaré unos días. Estoy segura de que lo comprenderá. Ed no estaba tan seguro. Chance esperaba que Rachael sentara la cabeza y empezase a pensar en tener un par de hijos. Demonios, también él lo esperaba. —Será mejor que no te demores demasiado, pequeña, si quieres que ese hombre te esté esperando cuando llegues. Rachael rió. —Chance se ha pasado años esperándome. No creo que unas pocas semanas más le hagan cambiar de opinión. Tal vez ella estuviese en lo cierto. Sin embargo, Ed no quería correr ningún riesgo. —Haz ese trabajo, compra ese vestido, y regresa a casa de una vez. —Lo haré, papi. Te quiero. —Yo también te quiero, pequeña. Cortaron la comunicación, y Ed se dio cuenta de que el rítmico golpeteo que oía provenía de sus propios dedos, que tamborileaban de forma inconsciente


sobre el brazo de la silla. No había ningún motivo para preocuparse, se dijo. En cuanto Rachael regresara, todo saldría como lo tenían planeado. Lo que ella necesitaba era un hombre que pudiese manejarla, y él no tenía dudas de que Chance podía hacerlo. El muchacho era una maravilla en lo relativo a las mujeres. Ed volvió a colocarse frente al televisor. Daban un programa de preguntas y respuestas, y a él le gustaba jugar adelantándose a las respuestas. No había ningún motivo para preocuparse, se repitió. Lo único que había que hacer era dejar todo en manos de Chance. Chance podía manejar casi cualquier cosa. Incluso a su bella y caprichosa hija. Lo primero que hizo Chance el lunes por la mañana, antes de ir a ver al sheriff, fue detenerse ante los tribunales del condado de Silver. Una gris y densa niebla descendía desde las montañas Mission y se extendía como una manta sobre el valle Flathead, así que había tenido que conducir a poca velocidad para llegar a Polson. Había anunciado su visita y Barney lo esperaba, pero el sheriff aún no había llegado. La secretaria, una mujer llamada Barbara Murdock, a la que había visto en un par de ocasiones, le sirvió una taza de café mientras esperaba. —Llamó hace sólo un minuto —le aseguró Barbara—. Me dijo que le avisara de que está en camino. —Era una bonita mujer de veintitantos años, soltera según le había dicho Barney, de pelo grueso y oscuro, piel pálida y figura esbelta y atractiva. Qué extraño. Seis meses antes la habría invitado a salir, ansioso por enfrentar el desafío de llevársela a la cama. La miró y vio a una mujer atractiva y deseable, pero la idea de hacer el amor con ella ya no le resultaba seductora. Había una sola mujer con la que quería acostarse. Kate Rollins tenía cerebro y agallas, y el cuerpo más menudo y maravilloso que había visto en su vida. Pero, por desgracia, tampoco podía pensar ya en hacer el amor con Kate.


Chance alzó la vista y se dio cuenta de que Barbara le había estado hablando, sonriéndole con dulzura, y de que él no había oído una sola palabra. —Lo lamento, creo que estaba pensando en otra cosa. —Claro, en hacer el amor con Kate—. ¿Qué me estaba diciendo? —Se sintió avergonzado por su distracción. —Le decía que el sheriff acaba de entrar por la puerta de atrás. Ahora puede recibirlo. —Gracias. —Pasó junto a Barbara, entró en el despacho privado de Barney y cerró la puerta. —Supuse que tarde o temprano aparecerías por aquí —dijo Barney desde detrás del escritorio. Chance se sentó frente a él. —¿Te llamó Pete Trumper? —Sí, me temo que sí. —¿Qué piensas? —Es probable que alguien quisiese asustarla para que abandone la campaña. —Bueno, funcionó. Kate hará pública su renuncia hoy por televisión. Dirá que las exigencias de su trabajo la han obligado a renunciar. Ahora la coalición será dirigida por un comité ejecutivo. —Una inteligente decisión. No les dará motivos para atacarla. Tal vez todo se tranquilice. —Y tal vez no. Si Kate tiene razón, y Nell Hart fue asesinada, alguien podría haberle cortado las cintas de los frenos para evitar que hablase. —Es posible, supongo. —Tal vez alguien haya estado vigilando su casa. Podrían haberla seguido el


día que vino a verte. A propósito, ¿qué resultado dio la muestra de sangre que te trajo? —Cero negativo. El mismo tipo que el de Nell. —Que no es muy común. —La sangre podría haber manchado el cojín cuando Nell cayó y se golpeó la cabeza. —Kate dijo que no era una mancha, sino más bien una especie de borrón. Lo más probable es que el cojín estuviese en el sofá. Barney dejó el lápiz en el escritorio. —Maldita sea, Chance. ¿Qué quieres que haga? —Quiero que exhumes el cadáver. Si Nell fue asesinada, tal vez puedas encontrar una prueba con un análisis de ADN. Eso podría ayudar a demostrar quién fue el asesino. —Y tal vez todo esto no sea más que un montón de basura. —Es posible. Pero mientras no lo sepamos, Kate y su hijo podrían estar en peligro. Barney no acababa de convencerse. —Lo pensaré. Si exhumamos el cadáver, tal vez pueda dar la impresión de que el departamento del sheriff está dispuesto a arriesgarse con tal de resolver un posible asesinato, de proteger a sus ciudadanos. Que Barney se encargase de encontrar la ventaja política. —Por otra parte —dijo—, el condado de Silver no es rico. Si afronto los gastos que implica desenterrar el cuerpo de esa anciana y no encontramos nada, a los contribuyentes les dará un soponcio. —No me importa lo que digan los contribuyentes, y a ti tampoco debería importarte. —


Lo único que Chance deseaba era encontrar la forma de proteger a David y a Kate. Esas cintas de frenos bien podrían haberse roto estando David en el coche. Era un milagro que ninguno de los dos hubiese resultado herido de gravedad... o incluso hubiese muerto—. Quiero saber si Nell Hart fue asesinada. —Ya te he dicho que lo pensaré. Chance maldijo para sus adentros. — Mientras tanto, ¿por qué no asignas un agente para cuidar de Kate? Barney tomó su lápiz y empezó a tamborilear con él sobre el escritorio. —No puedo hacer eso. No tenemos tantos hombres disponibles. Ordenaré que en la zona haya un coche más. Eso es todo lo que puedo hacer. Chance suspiró resignado; el sheríff había dicho exactamente lo que él había supuesto que diría. —Mantenme informado, Barney, por favor. —Por supuesto. Chance asintió con la cabeza. Si exhumaba el cuerpo, Barney querría una importante contribución económica para su campaña por la reelección. Sería dinero bien gastado si lo que descubría ayudaba a poner fin a la amenaza contra Kate. —¿Te enteraste de la noticia? —Duke Mullens apareció en la oficina de Lon Barton en Beavertail, poco después del cambio de turno de las cinco—. Kate Rollins ha renunciado a la campaña contra la mina. —Ya lo sabía. —Parece que tus problemas se han solucionado. Se ha retirado y se ha escondido como un conejillo asustado. Te dije que yo me encargaría, y así fue, como siempre.


Lon se acercó a la pequeña nevera que estaba bajo la barra, abrió la puerta, y sacó una lata de cerveza. —Vaya idea la de cortar las cintas de los frenos. Podías haberla matado... Mullens se encogió de hombros. —Bueno, no la maté, ¿verdad? Lon abrió la lata de cerveza. —¿Quieres una Bud? Mullens enderezó su corpachón al tiempo que se apoyaba contra la puerta. — No estaría mal. Lon le arrojó una lata y volvió a su escritorio. —Kate ha abandonado la campaña, pero me he enterado de que sigue husmeando por ahí, tratando de demostrar que Nell Hart fue asesinada. Si demuestra que no fue un accidente, que Silas Marshall la mató con premeditación y alevosía, la corte podría anular la transacción que hizo con nosotros. —¿Pero qué quieres decir? No pueden hacer eso... ¿O sí? —Podrían. Siempre que Kate pudiera demostrar que Silas se benefició de la muerte de su socia. Si eso pasara, Kate Rollins, que es la única heredera de Nell, podría terminar quedándose con ese pozo, y nosotros estaríamos como al principio. —¿Y el dinero que invertiste? —Silas tendría que devolverlo. La corte fallaría a nuestro favor, pero eso no es lo que queremos. Mullens bebió con avidez varios tragos de cerveza. Luego se limpió la espuma que le había quedado en los labios con el dorso de su enorme y curtida mano. —Esa mujer es un verdadero incordio. —Es cierto. Aunque por lo que he visto, es un hermoso incordio. Mullens sonrió sin ganas. —Tal vez deba dejarle otro mensaje, algo parecido a lo que estuvo a punto de pasarle la primera vez. Estoy seguro de que eso la convencería de que no le conviene andar entrometiéndose en los asuntos ajenos.


—Esperemos un poco, a ver cómo se desarrollan los acontecimientos. —Creo que tenemos que ocuparnos de ella ahora mismo, antes de que esto llegue demasiado lejos. —Estás muy ansioso, Duke. ¿Es por algo en particular? Duke se echó al gañote el resto de la cerveza y luego arrojó la lata vacía al cesto de la basura, a unos dos metros de donde estaba. —Tal vez sea simplemente que quiero igualarme con McLain. Puede que se case con Rachael Fontaine, pero la pelirroja sigue calentándolo. Nada me gustaría más que arar ese campo fértil y mostrarle a Kate Rollins lo que es tener encima a un hombre de verdad. Lon se envaró. Cuando habló, su voz rezumaba autoridad. —Dije que vamos a esperar. Si te acercas a Kate Rollins ahora, tendrás al sheriff tras de ti. Y si te atrapa, lo primero que pensará es que tienes algo que ver con el asesinato de Nell Hart. Mullens farfulló una palabrota que Lon no alcanzó a oír con claridad. —Lo que tú digas, jefe. Lon asintió satisfecho de saber que Duke haría lo que él le ordenase. —¿Por qué no te bebes otra cerveza? —Sin esperar respuesta, fue hasta la nevera, sacó otra Bud y se la arrojó a Mullens. —Gracias —replicó Duke con hosquedad. Había algo en sus ojos que a Lon no le gustaba, pero por ahora estaba dispuesto a pasarlo por alto. Duke podía ser un poco difícil de controlar, pero siempre era bueno tener a mano un toro de lidia. Lon observó a Duke mientras daba cuenta de su segunda cerveza en cuestión de segundos. Si las cosas se complicaban, podría necesitar una vez más a su bulldog.


Las pesadas nubes blancas que habían estado todo el día flotando por encima de las montañas, se habían amontonado ahora en torno a la cabana, manteniendo envuelta la estructura de troncos en una húmeda y brumosa niebla. Sentado ante su escritorio, con el fuego crepitando en la chimenea de piedra del rincón, Chance apretaba el auricular del teléfono contra su oído. —No me gusta lo que estás haciendo, Rachael. Ya tendrías que haber vuelto. —Lo sé, Chance. Pero se han presentado un par de cosas. —Le habló acerca del fantástico trabajo que le habían ofrecido, le dijo lo importante que era, y que eso le daría el tiempo necesario para escoger su vestido de novia. — Estaré de regreso en cuanto termine. Por favor, di que sí, Chance, sólo por esta vez. «Sólo por esta vez.» Chance tenía la sensación de que su vida iba a convertirse en una larga serie de «Sólo por esta vez.» —Tu padre te ha malcriado demasiado, Rachael. —Lo sé. Chance suspiró. Ed debería haberle dado una buena zurra cuando aún era una niña. Chance se preguntaba si podría resistir la tentación de hacerlo cuando estuviesen casados. —Muy bien, adelante. Los dos sabemos que de todos modos, lo harías. —Oh, gracias, Chance. —Rachael hizo el ruido de un beso—. Te amo. Nos vemos pronto. Chance se despidió y colgó el teléfono, enfadado, irritado, y, al mismo tiempo, extrañamente aliviado. Demonios, se suponía que no debía sentirse así. Rachael iba a ser su esposa. Ahora que se había decidido, quería casarse de una vez por todas. Sentía cariño por Rachael. Más que cariño, en realidad. La conocía desde hacía muchos años, siempre se había sentido atraído por ella... al menos hasta


que conoció a Kate. Hubo una época en la que estaba desesperado por casarse con ella. «Todo se arreglará cuando ella sea mi esposa», se dijo una vez más. Ojalá pudiesen fugarse, ir a alguna parte en la que pudiesen llevar a cabo la ceremonia y punto. Pero tendría que esperar y, mientras tanto, seguiría oyendo aquella vocecilla que le murmuraba: «Tal vez no tengas que pasar por el o. Tal vez encuentres otra salida». No había otra salida. No para él. Iba a casarse con Rachael y estaba dispuesto a hacer todo lo que estuviese a su alcance para hacerla feliz. Una vez que estuviesen juntos, dejaría de pensar en Kate. Tal vez incluso dejara de preocuparse por ella. Chance suspiró. Aquello no iba a ocurrir demasiado pronto. No hasta que pudiera estar seguro de que ella y David no tenían nada que temer. Cuanto antes fuese exhumado el cadáver de Nell, y el problema quedara en manos del sheriff, mejor para todos. Necesitaba hablar con Kate, saber cómo se sentía, y si el sheriff le había llevado los formularios que debía firmar para exhumar el cadáver. Esperaba que lo hubiese hecho. Y esperaba, por el bien de ella, que el misterio que con tanto afán había estado tratando de desentrañar se aclarase de una buena vez. Harold «Chief» Roca de Hierro volvió muy despacio la cabeza, escudriñando entre las sombras del espeso pinar, deseoso de oír voces humanas. Pero lo único que llegó a sus oídos fue el suave murmullo del viento que mecía los árboles, y el esporádico grito del halcón de cola blanca que volaba en círculos encima de su cabeza. Avanzando con sigilo, se detuvo un momento junto a la alambrada que se extendía a lo largo de la montaña, desaparecía en un barranco y reaparecía del otro lado. Exploró una vez más las laderas de las colinas, pero no vio a nadie. Aplastó con la suela de goma de su bota la hilera inferior de alambre de púas, aferró


la otra hilera con una mano y las separó cuanto pudo. Gruñó mientras se inclinaba para hacer pasar su cuerpo por aquel reducido espacio, esforzándose por no soltar los alambres hasta estar del otro lado. Cuando era niño, no había alambradas en aquella zona, sólo montañas que trepaban hasta cerca del cielo y bosques tan espesos y oscuros que un hombre podía desaparecer en ellos para siempre. El suelo estaba cubierto por una alfombra de musgo y liqúenes, y la tierra, esponjosa al pisarla, olía a agujas de pino y a madera podrida mezclada con almizcle, un olor agradable y penetrante que empujaba a internarse en el bosque. Hoy podía oler algo nuevo. Al acercarse a la orilla de un pequeño arroyo, alcanzó a ver una docena de peces muertos, hermosas truchas arco iris cuyos centelleantes cuerpos plateados habían adquirido un color gris opaco semejante al del peltre. A unos metros, un mapache muerto yacía de costado, con las patas retorcidas y rígidas; lo que había sido una suave piel estaba ahora cubierta por una rojiza capa de tierra fangosa. Harold dejó su mochila en el suelo, bajo un matorral, y sacó la pequeña cámara Kodak que había comprado en el centro comercial, una cámara barata que le había costado apenas quince dólares con noventa centavos. Le había pedido a Jeremy Caballo Manchado que le prestase una, pero en cuanto Jeremy supo para qué la quería se negó. No importaba. Con ésa podría sacar fotografías lo suficientemente buenas como para lograr su cometido. Hizo varias tomas del arroyo, y luego comenzó a ascender por la colina hasta llegar a los terrenos de la Consolidated Metals. La mina Beavertail se erigía en la loma que estaba en lo alto. A un costado, y apenas un poco por debajo de la construcción principal, el estanque artificial se extendía peligrosamente cerca del pequeño curso de agua que alimentaba al arroyo Beaver. Lo único que bloqueaba el letal flujo proveniente del estanque era un delgado revestimiento de material plástico.


Con amargura, Harold profirió una palabrota de las que usaban los hombres blancos, y escupió sobre el terreno que pisaba. ¿Nadie se preocupaba por lo que se le estaba haciendo a la tierra? ¿A nadie le importaban los animales, los pájaros, los peces? Sabía que había quienes se preocupaban. Y que eran cada día más. Estaban empezando a ver, a comprender todo lo que iban a perder si seguían destruyendo la belleza que los rodeaba. Harold siguió caminando, avanzando en silencio hacia su destino. Se desplazaba entre las sombras del bosque, por el costado del estanque artificial, evitando ser visto. A medida que se acercaba, empezó a oír el zumbido de las máquinas, y el rumor de las voces de los hombres que trabajaban en la mina. Los días estaban empezando a ser más cortos y pronto el sol se ocultaría tras las colinas. Tendría que apresurarse y hacer lo que había planeado cuando comenzase el siguiente turno. Harold esperaba que hubiese suficiente luz como para tomar una buena fotografía de las filtraciones del estanque. Oculto en la espesura, esperó a que pasaran los minutos. No tenía prisa. Le gustaba estar en el bosque, observando cómo el viento movía cada brizna de hierba, escuchando el rítmico picoteo de un pájaro carpintero procurándose su cena en el tronco de un árbol de gruesa corteza. Con el correr de los minutos, el zumbido de las máquinas se fue desvaneciendo, señalando el final del turno de trabajo. Harold esperó con paciencia a que los hombres salieran, subiesen a sus respectivos coches y se marcharan, mientras otros hombres llegaban a relevarlos. En medio del ordenado caos de los motores de los coches que se ponían en marcha y de las puertas que se abrían y se cerraban, se dirigió hacia el estanque artificial. Vio varias grietas nuevas en el revestimiento de material plástico, y el agua contaminada que se filtraba lentamente hasta llegar a la tierra firme. Preocupado por la luz, tomó fotografías de las filtraciones tan deprisa como pudo, e hizo varias tomas del estanque para poner en evidencia cuan cerca estaba del pequeño curso de agua que desembocaba en el arroyo.


Terminó el primer rollo de película, regresó al matorral y guardó el rollo en la mochila. Cargó otro rollo y regresó al estanque. Haría algunas fotos más y se marcharía. En un par de minutos, ya no habría luz y estaría tan oscuro que ya no importaría. El flash ya no funcionaba. Una toma más de la filtración que se veía entre aquellas dos rocas que estaban cerca del curso de agua, y podría escabullirse otra vez en la espesura. Alzó la cámara a la altura de los ojos y miró por el visor. De pronto, un fuerte dolor en el vientre le cortó la respiración. Mientras luchaba por recuperarse, alguien le arrebató la cámara de las manos. Vio cómo la hacía pedazos contra una roca, y los fragmentos de la lente y la cámara desaparecían bajo las aguas de aquel amable y ondulante curso de agua. Haciendo caso omiso del dolor y del temblor que agitaba sus manos y piernas, Harold se irguió y se enfrentó a los tres hombres de la Consolidated que lo habían atacado. —Has invadido la propiedad de la mina, viejo —le espetó uno de ellos, un corpulento minero de anchas espaldas y barba rojiza oscura, golpeándole el pecho con un dedo—. ¿Sabes a qué te arriesgas cuando invades una propiedad privada? Harold no respondió. No estaba seguro, pero fuese lo que fuese, no era nada bueno. —Llamad a Mullens —ordenó el minero, y el segundo hombre, el más joven del grupo, echó a correr para cumplir la orden. El tercer hombre lo tomó por los hombros. —Ya has oído lo que ha dicho Joe. Has invadido una propiedad privada. A nosotros no nos gustan los intrusos. El hombre le propinó un puñetazo que estuvo a punto de destrozarle la cara y le obligó a morder el polvo. El dolor le hizo retorcerse en el suelo. Con los


ojos nu-blados, alcanzó a ver que el hombre, alto y de aspecto salvaje con una gorra verde de la marca John Deere, sonreía sarcásticamente. El individuo agarró a Harold por la chaqueta, lo alzó con brusquedad, y volvió a golpearlo. —Necesitas una lección, indio —dijo el hombre de la barba. —Sí, vamos a enseñarte que no es bueno meter la nariz en los asuntos ajenos. Harold trató de incorporarse, pero las piernas le fallaron. El hombre de aspecto feroz le dio un puntapié en las costillas. Oyó un crujido, y el dolor penetrante que recorrió su cuerpo estuvo a punto de hacerle perder el conocimiento. El hombre de la barba lo alzó y lo golpeó una vez más. Pudo sentir cómo la sangre le empapaba el cuello y un intenso dolor que le laceraba el pecho y le aflojaba las piernas. El hombre alto rió, volvió a alzarlo y volvió a golpearlo. Harold oyó el taconeo sordo de las botas del segundo hombre que regresaba, acompañado por un cuarto hombre. Reconoció la risa de Duke Mullens. La punta de la pesada bota de Mullens clavándose en su vientre fue lo último que pudo recordar. Capítulo 26 David estaba sentado junto a Chris Caballo Manchado sobre una roca, junto al arroyo Little Sandy. Esperaba a Chief mientras pescaban en el lugar que él les había mostrado, uno de sus preferidos. Esperaron y esperaron, pero Chief no llegó. —¿Crees que se habrá olvidado? —preguntó Chris, que había estado pescando arroyo arriba. —No lo creo. Ayer, después de la escuela, lo hablamos. —Miró a Chris y un horrible pensamiento lo asaltó—. Crees que le ha ocurrido algo, ¿verdad? Cuando hablamos, dijo que iba a tomar algunas fotografías de la mina Beavertail. Dijo que el estanque del límite estaba filtrando arsénico en el


pequeño torrente que desemboca en el arroyo Beaver. La oscura piel de Chris palideció de repente. —Mi padre ya le dejó bien claro que no fuera. Chief quería que le prestase una cámara, pero mi padre no se la prestó. Dijo que resultaba demasiado peligroso. Que tendría que adentrarse en los terrenos de la Consolidated, y que si lo sorprendían se iba a armar un verdadero follón. David se quedó inmóvil durante dos segundos, con la mano apretada alrededor de la caña de pescar, una flamante Orvis que acababa de comprar con el dinero que había ganado durante el verano. —Tenemos que contárselo a alguien. Debemos hacer algo. Tengo un mal presentimiento. —Yo también —dijo Chris, y ambos salieron corriendo en dirección al camino que bordeaba el arroyo Little Sandy. No aminoraron la marcha hasta llegar al claro en el que se alzaba la casa de David, detrás de la cafetería. —Vamos. Mi madre está trabajando. Ella sabrá qué hacer. Descendieron por la colina y entraron a la carrera en la cocina de la cafetería. —Por todos los santos. —Myra se apartó de un salto, sujetando una espátula en la mano—. ¿Dónde es el incendio? —Chief ha desaparecido —dijo David jadeando, tratando de recuperar el aliento—. Se suponía que debía reunirse con nosotros donde siempre vamos a pescar, pero no ha aparecido. ¿Dónde está mi madre? —Estoy aquí —respondió sonriendo mientras dejaba una bandeja de platos sucios—. ¿Estás seguro de que Chief no olvidó la cita, simplemente? David le contó la historia, mientras Chris intercalaba sus comentarios acerca de que Chief le había pedido una cámara prestada a su padre. —Sé que ha ocurrido algo, mami. Tenemos que ir a buscarlo.


Kate miró a su hijo y se mordió el labio. Chief jamás había decepcionado a los muchachitos. Su palabra era tan sólida como el hecho de que el sol saliese por las mañanas. Si decía que estaría allí, estaría allí... a menos que le resultara físicamente imposible. Echó una mirada al reloj, vio que eran casi las diez de la mañana, y se quitó el delantal que llevaba sobre los téjanos. —Llama a Bonnie —le dijo a Myra—. Pídele que venga a cubrir el turno del almuerzo. —No estarás pensando en ir a buscar a Chief tú sola, ¿verdad? Kate hizo una pausa. —Había pensado en llamar a Jeremy y averiguar si podía ir conmigo. —Creo que deberíamos llamar a Chance —dijo David, y a Kate se le hizo un nudo en el estómago—. Él tiene caballos. Es posible que necesitemos pedírselos. Por allí hay muchas montañas y bosques. —No creo que sea una buena... —David tiene razón — intervino Myra—. Con la ayuda de Chance y de Jeremy, tal vez logres encontrarlo. Y, de todas formas, lo más probable es que Jeremy lo llamase por su cuenta. El nudo de su estómago se tensó aún más. No quería llamar a Chance. Estaba haciendo todo lo posible por mantenerse alejada de él. —Yo le llamaré —dijo David antes de que ella pudiese protestar—. Conozco su número. Sólo habían pasado unos minutos cuando la enorme camioneta Dodge plateada de Chance se detuvo frente a la cafetería. Mientras atravesaba la puerta, se quitó el sombrero de fieltro negro. Sus ojos se cruzaron con los de Kate, y ella sintió un dulce y cálido escalofrío recorriendo su columna. No lo veía desde el día en que a ella le habían fallado los frenos. Mientras lo observaba avanzar hacia ella, y su corazón se aceleraba como si hubiese


corrido una carrera, imaginó lo terrible que sería verlo con otra mujer. Se detuvo a pocos pasos de distancia de Kate, que se vio obligada a alzar la cabeza para mirarlo a los ojos. —David me ha contado lo ocurrido. Ella asintió, tratando en vano de apartar la mirada. Santo cielo, el mero hecho de mirarlo la hacía sentirse tan bien... —Cree que Chief puede haber entrado en los terrenos de la Consolidated. —Si lo hizo, y ellos lo vieron, podría encontrarse en un serio problema. —Eso era lo que yo temía. Debemos encontrarlo, Chance, pero no sé muy bien por dónde deberíamos empezar a buscar. —Hablé con Jeremy. Chief no tiene teléfono, así que Jeremy pasará por su caravana. —Como muchos otros salish, Chief vivía en una pequeña caravana, en la reserva—. Hablará con el vecino de Chief, y verá si él sabe algo. Debería llamar de un momento a otro. Pasaron unos cuantos minutos hasta que, finalmente, sonó el teléfono y Kate atendió la llamada. Oyó la voz profunda y familiar de Jeremy, y le pasó el auricular a Chance. —¿Qué has averiguado? —preguntó. Kate no pudo oír la respuesta, pero Chance arrugó el entrecejo—. De acuerdo, entonces se trata de eso. Me reuniré allí contigo. — ¿Qué ocurre? —preguntó Kate, preocupada. —Joe Tres Toros es el vecino más cercano de Chief. Dice que anoche le contó que iría a tomar fotografías del estanque, y que no lo ha visto desde entonces. —Oh, no. —Si fue allí, ya sé por dónde podemos empezar a buscarlo. —Estiró un brazo y lo apoyó en los hombros de Kate—. No te preocupes, Kate. Lo encontraremos. No pararemos hasta encontrarlo. —Se volvió para salir.


—Aguarda un momento... voy contigo. Él se detuvo de inmediato. —Ni hablar. —Chief es mi amigo —intervino David—. Chris y yo también vamos. —Los dos niños avanzaron, decididos. Chance apretó la mandíbula. —No podéis venir... ninguno de los tres. Tendremos que entrar en las tierras de la Consolidated. Lo cual significa que lo haremos sin autorización. No quiero que ninguno de vosotros se vea implicado en nada de esto. Kate echó los hombros hacia atrás. —Dije que iré, Chance, y eso es todo. — Yo también —dijo David, empecinado. —Si va mi padre, yo también iré — dijo Chris. Chance lanzó un suspiro. —De acuerdo. Podéis ir hasta la valla. Allí me reuniré con Jeremy. A partir de ahí iremos a pie. Si no logramos encontrar a Chief, tendremos que llamar al sheriff, reunir a algunos hombres y entrar a caballo. De momento, mantengamos la esperanza de encontrarlo. Kate se quitó las zapatillas de tenis que llevaba puestas y se puso las botas de cuero y lona que acababa de comprarse. Descolgó su chaqueta y todos corrieron hacia la camioneta. Los niños subieron a la cama de la cabina, y Kate se instaló en el asiento del acompañante, junto a Chance. Hacía varias semanas que no subía al Dodge, pero el conocido olor de aceite para armas, de las sogas y el cuero, le recordó al instante al hombre que tenía a su lado. Le asaltaron los recuerdos: la primera vez que él la había besado, el baile del Antlers, la noche en que habían hecho el amor en la montaña Lookout. Sin duda Chance también estaba recordando. Sintió cómo los penetrantes ojos azules de él se clavaban en ella, pero cuando se volvió para mirarlo, él


apartó la vista. Kate se obligó a dejar a un lado los recuerdos y se prometió no volver a rememorarlos. Avanzaron en silencio por la carretera que bordeaba el arroyo Beaver hasta las montañas Mission. Chance tenía la mandíbula apretada y una expresión adusta; aferraba el volante con fuerza. En una curva de la carretera, tomaron por un camino de grava que conducía a la reserva y que pronto se transformó en un sendero de tierra. Chance cambió de marcha y puso en marcha la tracción a las cuatro ruedas. —Este sendero llega al extremo norte de los terrenos de la Consolidated —le explicó a Kate mientras la camioneta se hundía y se balanceaba en los profundos baches—. Si Chief deseaba llegar al estanque sin que lo viesen, lo más probable es que haya venido por aquí. Kate no dijo nada, se limitó a aferrarse al asiento mientras los baches le hacían rechinar los dientes. Miró por la ventanilla trasera para asegurarse de que los niños se encontraban bien, y suspiró aliviada cuando por fin la camioneta se detuvo a un costado del camino junto a la destartalada camioneta Chevy azul de Jeremy. Los niños bajaron de un salto, y Kate se apeó utilizando el estribo que Chance había instalado. Jeremy se acercó a ellos mostrando una sombría expresión en el rostro. —¿Qué demonios hacen ellos aquí? —le preguntó a Chance, señalando a Kate y a los niños. —Estaban decididos a acompañarme. Les dije que los traería hasta aquí, y que aquí tendrían que esperar. Kate pasó por alto el comentario de Chance, sacó su chaqueta de la camioneta, deslizó los brazos por las mangas y se subió la cremallera. —Los niños se quedarán aquí hasta que regresemos. Yo iré con vosotros.


—Ni hablar —dijo Chance—. Éste es un terreno peligroso. Te quedarás aquí con David y con Chris. Kate se limitó a sonreír. —Camino varios millones de kilómetros por día en la cafetería. Iré con vosotros. — Poco a poco empezaba a convertirse en una persona de la montaña, y se sentía feliz. Pasó por alto la torva expresión de los dos hombres, y echó a andar en dirección a la valla de alambre de púas, apoyó una de sus botas en el alambre, lo abrió como había aprendido a hacer, y se agachó para pasar al otro lado. —¿Vais a venir o qué? —los aguijoneó mientras hacía gala de una confiada sonrisa. Chance se limitó a suspirar y avanzó en dirección a la valla. —Regresaremos en un par de horas —les dijo Jeremy a los niños—. Vigilad por si aparece Chief, y no os alejéis de las camionetas. Los niños asintieron, y los tres adultos empezaron a ascender por el empinado camino que se internaba en el bosque. —La mina Beavertail se encuentra a unos tres kilómetros de aquí —informó Chance—. Avanzaremos en esa dirección, y mantendremos los ojos bien abiertos a lo largo de todo el camino. Cuando lleguemos, rastrearemos toda la zona que rodea el estanque. Si no vemos señal alguna de que Chief ha estado allí, regresaremos a las camionetas, descenderemos la colina hasta quedar en el área de cobertura de los teléfonos móviles, y nos pondremos en contacto con el sheriff. Kate asintió y se colocó detrás de Chance, que abría la marcha, y delante de Jeremy. Avanzaron por el empinado camino, mientras un viento frío y borrascoso bajaba de la montaña, silbando de forma inquietante entre los árboles. Se


acercaba el mes de noviembre. A esas alturas, era evidente que el invierno se aproximaba. El camino se convertía en un sendero estrecho y serpenteante que se internaba en lo profundo del bosque. Chance adoptó un paso enérgico pero fácil de seguir, probablemente más lento del que habría llevado si Kate no hubiese estado presente, pero aun así cubrieron una buena distancia. Kate logró mantener el ritmo con menos esfuerzo del que había imaginado. Chance se volvió un par de veces y pareció satisfecho al ver que ella lo seguía de cerca. Siguió ascendiendo. Ella observó la espalda del hombre que tenía delante, los hombros más anchos que la mochila de lona, y su estructura delgada y fuerte; Chance se movía con la comodidad típica de una persona que había crecido en estas hermosas y agrestes montañas. Cuando el camino se niveló, en lo alto de la colina, Kate jadeaba. Chance se detuvo un instante para que recuperara el aliento y tanto ella como Jeremy parecieron aliviados. Cuando se volvió para mirarla, notó la cálida expresión aprobadora de su mirada. —Haces que esto parezca demasiado fácil —bromeó Chance—. Se supone que a estas alturas deberías estar resoplando. Kate sonrió; ya respiraba con normalidad. —Quizá me esté convirtiendo en una chica de montaña. La expresión de Chance se suavizó y la miró fijamente durante un instante. —Es posible. Los ojos de él se clavaron en los de Kate, y pareció penetrarla con la mirada. Ella sintió deseos de tocarlo, de deslizar un dedo por las duras líneas de su rostro, por los fuertes y magros nervios de su cuerpo. —¿Alguien quiere un trago de agua? —preguntó Jeremy poniendo fin a aquel momento; los dos se volvieron. Kate aceptó la cantimplora sólo como una


excusa para hacer algo, desenroscó la tapa y dio un trago. Se la pasó a Chance, que a buen seguro sintió el sabor de su lápiz de labios en el borde, porque cuando volvió a mirarla sus ojos parecían más oscuros e intensos. Chance volvió a poner la tapa con un enérgico movimiento y le devolvió la cantimplora a Jeremy, procurando mantener la vista fija en la montaña. —El tiempo pasa. Será mejor que nos pongamos otra vez en marcha. Se internaron en el bosque, siguieron por la cima de la montaña y luego empezaron a descender por la ladera opuesta. Cuando llegaron al extremo del bosque, Chance alzó una mano e indicó en silencio que debían detenerse. — Desde aquí podemos ver el estanque —dijo en voz baja, tratando de quedar al amparo de los árboles—. Jeremy, tú ve por la izquierda dando un rodeo, y yo iré por la derecha. Kate vendrá conmigo. Jeremy asintió; el viento agitaba las puntas de su larga trenza negra. Emprendió la marcha despacio, sin hacer apenas ruido, y desapareció en el umbrío bosque. —Quédate cerca de mí —indicó Chance—. Y trata de estar lo más callada posible. No muy lejos de aquí debe de haber varios hombres trabajando. Kate lo siguió, procurando ser lo más silenciosa posible. Vio que él se volvía varias veces para asegurarse de que ella aún estaba allí. Entre los árboles apareció un pequeño torrente que serpenteaba sobre rocas cubiertas de musgo, colina abajo. Chance lo cruzó de un salto, le tomó la mano a Kate y la ayudó a hacerlo, y siguieron avanzando a lo largo de la fangosa orilla opuesta. Las silenciosas pisadas de Chance, amortiguadas por la humedad del suelo, giraron en dirección al estanque. Fue en ese momento cuando ella lo divisó: un breve y brillante destello amarillo en el fondo del torrente. —Chance... —susurró Kate obligándolo a retroceder.


Chance se agachó junto al arroyo, metió la mano en el agua helada y sacó un pequeño trozo retorcido de cartón amarillo. Se trataba de la parte superior de la caja de un carrete fotográfico. Kate buscó a lo largo de la orilla, hasta que divisó varios trozos de plástico gris roto. Estaban semiocultos entre las rocas pero los alcanzó. —Es una cámara —dijo Chance en tono sombrío, al reconocer los fragmentos rotos de una de las cámaras baratas que los turistas compraban en la tienda de Dillon—. Chief debe de haber estado aquí. —Sí, y después de haber llegado hasta aquí, no se habría ido sin esto. —Separémonos para ver qué encontramos. Pero no te alejes demasiado. Ella asintió y empezó a explorar el terreno, buscando huellas o marcas que pudiesen indicar dónde había ido Chief. Buscaron durante unos veinte minutos, hasta que ella oyó el apremiante susurro de Chance: —¡Por aquí! Kate corrió en aquella dirección, rumbo al barranco en el que él había desaparecido. Lo encontró apoyado en una rodilla, detrás de una espesa mata de arbustos. —¿Qué has encontrado? —Antes de que él pudiese responder, vio las delgadas piernas cubiertas por los téjanos, sobresaliendo entre los arbustos—. Oh, Dios, no. Chief estaba cubierto de tierra y sangre, y tenía la cara tan hinchada que casi resultaba irreconocible. Kate se arrodilló a su lado; las manos empezaron a temblarle y el corazón se le aceleró. —¿Está...? —Aún respira, pero con mucha dificultad —Chance se quitó la mochila, abrió el bolsillo central y sacó una manta y un botiquín de primeros auxilios —. Da la impresión de que lo arrastraron hasta aquí. Tal vez calcularon que el mal tiempo o los animales darían cuenta de él. —Abrió con cuidado la


chaqueta del anciano, y descubrió que tema la pechera de la camisa de franela empapada de sangre. La desabotonó y la abrió. La sangre espumosa brotó de un pequeño orificio en su pecho. Kate ahogó un sollozo. Se mordió el labio con fuerza para evitar que temblara. —Tiene el pómulo roto. Y un par de costillas quebradas. Es posible que una de ellas haya perforado un pulmón. —Esforzándose por hacer entrar en calor al anciano, lo arropó con la manta—. También debe tener lesiones internas. Es sorprendente que aún respire. A Kate se le cerró la garganta. Tragó saliva para aliviar el enorme nudo que se le estaba formando. —Hay que conseguir ayuda. Tenemos que sacarlo de aquí. Dio un pequeño grito de asombro al sentir la nudosa mano que aferraba su muñeca. Chief abrió los ojos y la miró con fijeza. —Fotos —susurró—. Un paquete. Debajo del arbusto. —Tranquilo, say-laht —dijo Chance, hablando con el anciano en salish, lo que pilló por sorpresa a Kate. Agregó unas cuantas palabras que ella no comprendió, pero en líneas generales le estaba diciendo que habían venido a ayudarlo—. Yo luhom-kanu-le-hu —le dijo Chance casi en un susurro—. Te llevaremos a un lugar en el que estarás a salvo. Chief sacudió la cabeza. —Chiks miss lu ch'en-ku dtu-leewh. —Sus ojos se cerraron muy despacio. Durante un instante, Kate creyó que el anciano se había desmayado. Entonces vio que el frágil pecho se elevaba tratando de recuperar el aliento. Chance tenía una expresión de desaliento. —Dice que hoy es el día en que viaja al otro mundo. —¡No! —Kate apretó la curtida mano de Chief—. No vas a morir. ¡No te lo permitiremos!


Por el rabillo del ojo vio a Jeremy de pie, junto al arbusto. Ni siquiera lo había oído llegar. —Bajaré a la mina y conseguiré ayuda. —Es necesario un helicóptero —le informó Chance—. Es su única posibilidad. Jeremy asintió. —Regresaré lo más rápido posible. —Desapareció tan silenciosamente como había llegado. Kate miró a Chance con preocupación. —¿No es peligroso que vaya hasta allí? Mira lo que le han hecho a Chief. —Chief era un anciano inofensivo. Jeremy es muy conocido en la comunidad. Además, irá directamente a la oficina principal, y les dirá que estamos aquí, y lo que hemos encontrado. Se verán obligados a ayudar, no les quedará otra alternativa. Kate entrelazó su mano temblorosa con la de Chief. —Aguanta —susurró observando el rostro hinchado y malherido del anciano. Las lágrimas que había tratado de retener nublaron su vista y por fin se deslizaron por sus mejillas. —No llores, l-huk-spu-us. Los amigos están aquí. Es bueno morir con amigos. El nudo que Kate tenía en la garganta era tan grande que casi no pudo hablar. Apretó los dedos helados del anciano y miró a Chance, que tenía los ojos extrañamente húmedos. —¿Cómo me llamó? —La traducción más fiel sería «corazón puro». Kate se mordió el labio. Corazón puro. Una vez él le había dicho algo así, que tenía buen corazón. Había llegado a querer a aquel anciano, que se había hecho amigo de ella y de su hijo, y que ahora se encontraba al borde de la muerte. Había perdido demasiada sangre, y estaba muy débil. Ella apenas podía sentir su débil pulso. Rezó en silencio, pero pensó que tal vez la


voluntad de Dios era llevarlo de regreso a casa, como él mismo había dicho. Los helados y frágiles dedos de Chief se tensaron alrededor de la mano de Kate. —He... oído... que has estado allí... que has visto... Schi-mas-ket. No necesitó que Chance le tradujera lo que el anciano había dicho, ni la evidente pregunta que expresaban sus ojos llenos de dolor. Se secó las mejillas. —Sí, he estado allí. Es el lugar más bello que he conocido. Incluso más verde que estas montañas. El cielo es tan azul que te hiere los ojos, y la luz... la luz es como una delicada niebla dorada que resplandece a tu alrededor. Te reconforta interiormente, te llena de una dicha diferente a cualquier cosa que hayas conocido en la tierra. Allí estarán todos tus amigos. Y tu familia, Chief. Tu madre y tu padre. Estarán allí para darte la bienvenida. Y se sentirán felices de verte después de tantos años. Miró el rostro del anciano casi sin verlo a causa de las lágrimas. —Es todo lo que alguna vez creíste, y mucho más —añadió. Sintió un débil apretón en la mano. Los labios de Chief se curvaron en una débil y breve sonrisa, y luego sus ojos se cerraron. La mano que sujetaba la de ella se aflojó, y Kate supo que él había partido. ¡Oh, santo cielo! Una parte de ella quiso gritarle que regresase, suplicarle que se quedara, que diera a los médicos la posibilidad de curarlo. Pero otra parte de su ser sabía que él ya había encontrado la paz, que el dolor había desaparecido y la dicha lo había remplazado, y no pudo pronunciar las palabras. Sintió la mano de Chance sobre su hombro, un roce muy delicado y, sin embargo, percibió su fuerza. Una fuerza que empezó a fluir en su interior al tiempo que las lá-


grimas se deslizaban por sus mejillas y ella se aferraba a la mano curtida del anciano. —Se ha ido, Katie. Ya no podemos hacer nada. Ella se sacudió, sollozando en silencio, pero no se apartó de él. Sintió la mano de Chance en su codo mientras la ayudaba a ponerse en pie para, finalmente, estrecharla entre sus brazos. —Oh, Chance —sollozó Kate sin poder contener el llanto. —Tranquila, cariño. Él escuchó tus palabras, y eso le dio paz. Kate levantó la vista. —¿Piensas que me creyó? Chance deslizó la punta del pulgar sobre los temblorosos labios de ella. —Sé que así fue. Hundió el rostro en el pecho de él hasta que las lágrimas empaparon la pechera de su chaqueta. Chance se limitó a sostenerla, a susurrarle palabras tranquilizadoras y a decirle lo contento que estaba de su presencia, y lo reconfortante que había sido para Chief. —¿Cómo es posible que alguien haya hecho esto? —preguntó entre sollozos —. ¿Cómo pudieron hacerle daño a un anciano tan dulce? Sintió la mano de Chance acariciando con suavidad su espalda. —No sé qué puede empujar a alguien a hacer algo así. Tampoco sé quién fue, Kate, pero te prometo que lo averiguaré. Chance no dijo nada más, y Kate permaneció quieta, agradecida por su reconfortante presencia. Al cabo de lo que parecieron horas pero seguramente fueron menos de treinta minutos, oyeron en lo alto el cortante sonido de la hélice de un helicóptero. El aparato aterrizó en un claro, no muy lejos del barranco, y de él descendieron dos hombres vestidos con uniforme blanco. Sacaron una camilla, se agacharon debajo de las palas y corrieron hacia donde se encontraban Kate y Chance, en lo alto del barranco.


Kate esperó con expresión triste, mientras el viento arremolinaba su cabellera. Chance condujo a los hombres hasta donde se encontraba Chief; los hombres car-garon el cuerpo del anciano en la camilla. El helicóptero aún no había despegado cuando llegó Jeremy, con expresión de preocupación en el rostro. Chance se limitó a menear la cabeza. Antes de marcharse hicieron un último alto para recuperar la caja y el rollo de película que Chief había considerado tan importantes como para morir por ellos. Luego emprendieron el regreso hacia las camionetas. Cuando llegaron al pie de la montaña, los tres tenían una expresión apesadumbrada. Al ver las húmedas mejillas de Kate, David supo que había ocurrido lo peor. —Lo han matado, ¿verdad? ¡Esos asquerosos bastardos lo han asesinado! Jeremy llevó a Chris aparte, y Chance agarró con firmeza a David del hombro. —Averiguaremos quién lo hizo, hijo. Y les haremos pagar por ello. David se esforzó por no llorar, pero tenía los ojos húmedos, y le temblaban las manos. Chance lo estrechó contra su pecho y le rodeó los hombros con los brazos. —Llorar hace bien, Davy. Aveces es lo que hace falta para librarse del dolor. David se aferró a él durante varios segundos, y al cabo se apartó. Cuando se detuvieron frente a la casa, bajó de la camioneta de un salto y entró a toda prisa, dejando que la puerta se cerrase a sus espaldas. Kate se apresuró a bajar para ir tras él, pero Chance la aferró del brazo. —Déjalo solo, Kate. Necesita un poco de tiempo para ordenar sus ideas. Tenía razón, y ella lo sabía. Suspiró y se echó hacia atrás en el asiento. Chance se inclinó sobre ella, la tomó de la barbilla y le hizo volver la cara.


—Kate, quiero que sepas lo orgulloso que estoy de ti. Me alegra que estuvieras hoy allí. Nunca he conocido una mujer como tú. Kate parpadeó y las lágrimas volvieron a rodar por sus mejillas. —Gracias. —Algo más. Es algo que voy a decirte esta vez, pero no lo haré nunca más. —Notó que él no trataba de ocultar la emoción de su rostro—. Te amo, Kate. Esto no cambia nada. Nada puede cambiar lo que tengo que hacer. Sólo quería que lo supieras. Ella quiso decirle que también lo amaba, quiso decirle el dolor que sentía. Pero él iba a casarse con otra mujer. Nunca sería para ella y, sencillamente, no pudo pronunciar las palabras. Tragó saliva para aliviar el nudo que tenía en la garganta. —Tengo que entrar —dijo Kate. Chance asintió y apartó la vista. —Lo sé. Con una última y dolorosa mirada a su querido y amado rostro, Kate saltó de la camioneta y subió a toda prisa los escalones del porche. Se sentía angustiada de dolor y pesar a causa de Chief. Y herida, por la amarga y agonizante desesperación que sentía por sí misma. Y sabía que ese dolor tardaría mucho tiempo en abandonarla. Capítulo 27 Lon Barton colgó el teléfono de su despacho y se recostó en la silla. Le temblaban las manos. Tenía treinta y siete años y, cuando su padre lo llamaba, todavía temblaba como un chiquillo. Golpeó el escritorio con el puño, haciendo volar un broche. ¡Hijo de puta! Se obligó a respirar hondo para serenarse, se estiró y tocó un botón del intercomunicador. Su secretaria respondió al instante. —¿Sí, señor Barton?


—Localice a Mullens. Que venga de inmediato. —Sí, señor. Enseguida. Veinte minutos más tarde, Duke golpeaba la puerta y entraba en su despacho. — ¿Qué ocurre, jefe? Lon se reclinó en su silla giratoria de cuero. —Mi padre acaba de llamarme desde su casa de Whitefish. —Era sólo una de las muchas casas que poseía desde Beverly Hills hasta West Palm Beach—. Hoy tuvo noticias de esa amiga que tiene en la oficina del she-riff. Ya sabes de quién hablo: Barbara no-sé-cuánto. —Se trataba de una atractiva mujer a la que el propio Lon había invitado varias veces. Barbara le había dicho que no a él, pero no así a su padre. William Barton, un hombre de cincuenta y siete años, delgado y apuesto; uno de los hombres más caudalados y poderosos del país. Las mujeres siempre lo habían considerado atractivo, y él nunca aceptaba un no por respuesta. Aunque estaba casado por cuarta, y en teoría última vez, llevaba casi un año viendo a Barbara en secreto. Lon observó cómo Duke apoyaba su voluminoso cuerpo contra la puerta cerrada y cruzaba los brazos sobre el pecho. —Barbara dice que el sheriff está recibiendo presiones para exhumar el cuerpo de Nell Hart. —Mierda. —Si eso ocurre, y se descubre que su muerte no fue un accidente, como afirma Silas Marshall, o si el hijo de puta realmente la asesinó, esa propiedad que compramos podría acabar en los tribunales, tal como yo dije. Mi padre no quiere que ocurra algo así. Quiere que este asunto quede arreglado de una vez por todas. «Estoy harto de tu incompetencia», había dicho su padre en su habitual tono reprobador. «Quiero que esto termine de una vez... ¿me oyes? Y no me importa có-


mo.» Duke se enderezó y se apartó de la puerta. —¿Quiere que yo me ocupe? Lon asintió, y le invadió una leve náusea. —Ya sabes cuál es tu obligación. —Deje que me asegure de que lo entiendo bien. Usted quiere que Kate Rollins deje de molestar. Supone que, una vez que ella desaparezca, todo el asunto se olvidará. —Eso es. —¿Y cuándo quiere que lo haga? —Tal vez para la víspera de Todos los Santos, calculo, es decir mañana por la noche. Su hijo saldrá a recorrer otras casas. Siempre hay algún que otro alborotador, y la policía estará ocupada. —Me parece buena idea. —Duke se volvió hacia la puerta. —Algo más. Tiene que parecer un accidente. Si parece alguna otra cosa, nos crearemos más problemas de los que ya tenemos. Duke pareció reflexionar, y finalmente asintió. —Yo me ocuparé. Parece mentira lo que puede ocurrir en una casa cuando alguien deja el gas encendido de forma accidental. Lon hizo una mueca. No quería conocer los detalles morbosos, pero esta vez necesitaba saber. Debía asegurarse de que el asunto se llevaba correctamente. Si algo salía mal, las consecuencias serían fatales. —De acuerdo. Si es necesario, hazlo. Duke le dedicó una mirada que él no supo interpretar, y se volvió para salir del despacho. Tal vez no estaba tan contento con el trabajo


como Lon imaginaba. Una cosa era la crueldad, y otra el asesinato. Sin embargo, fuera lo que fuese, Lon podía confiar en que él se ocuparía. Maldijo en silencio a su padre, que siempre parecía exigir más de lo que él podía dar, y volvió a concentrarse en los papeles que tenía amontonados sobre su escritorio. —¡Que os divirtáis! —De pie en el porche delantero, Kate sonrió y se despidió de David, que subió al asiento trasero de la camioneta de Willow, para sentarse junto a Chris. —Lo traeré de vuelta a las once, como muy tarde —prometió Willow. Ella y Jeremy llevarían a los niños a visitar la feria de la víspera de Todos los Santos que or-ganizaban en la escuela de Chris, y luego a visitar la «casa embrujada» de Roñan que montaba el Club 4-H del lugar. —¿Estás segura de que no quieres venir con nosotros? —le preguntó Willow. Kate sacudió la cabeza. —Supongo que os divertiréis mucho, pero esta noche chateamos con el grupo de la coalición. Y como ya no me ocupo de organizar nada, trato de estar disponible para responder preguntas y ayudarlos a buscar ideas nuevas. —Eso es importante. —Willow abrió la puerta del acompañante y se sentó junto a su esposo, que iba al volante. Todos saludaron con la mano mientras Jeremy hacía girar la camioneta, descendía por el sendero de entrada y desaparecía en la oscuridad de la carretera. El viento soplaba entre las ramas de los pinos, agitando la hierba y las hojas secas. Una densa capa de nubes negras ocultaba la luna y las estrellas, y presagiaba una inminente tormenta. Al entrar en casa, Kate se esforzó en pasar por alto una débil sensación de desasosiego, y recordó la sonrisa de David al subir a la camioneta, la primera desde la muerte de Chief. El funeral se había celebrado el día anterior. Un


sencillo servicio junto a la tumba, en el pequeño cementerio de la reserva, aunque habían estado presentes la mayoría de los vecinos del lugar, incluidos Ed y Chance. No cabía duda de que todos echarían mucho de menos a Chief. Kate y David habían asistido al funeral con Willow y Jeremy. Kate sabía cuánto estaba sufriendo David, y había pasado con él todo su tiempo libre; por esa razón no había ido con ellos esta noche: pensaba que para él sería bueno ir sin ella. Echó una última mirada fuera de la casa, para asegu-400 rarse de que la puerta principal estaba cerrada con llave —hábito que había adquirido cuando vivía en la ciudad—, entró en la cocina, se preparó una taza de té y subió a su despacho. Oía el viento silbar en las ventanas, un extraño sonido en la madera vieja y crujiente de la casa; una noche perfecta para festejar la víspera de Todos los Santos. Se sentó frente a su escritorio, encendió el ordenador y empezó a canturrear para disipar el espeluznante clima de la festividad. Abrió el correo electrónico y leyó un mensaje de Sally en el que la ponía al corriente de la vida en Los Angeles y de las últimas novedades en Merger & Merger. Le respondió contándole algunos detalles de la campaña contra la explotación minera, y diciéndole que había abandonado su tarea al frente de la misma, para finalizar le deseó una feliz fiesta. Respondió al mensaje de un amigo de Chicago al que había conocido durante un viaje de negocios, y con el que seguía manteniendo el contacto. A las ocho de la noche, entró en el chat room de AOL, donde los miembros de la coalición se reunían una vez por semana. Por lo general, no asistían más de cinco o seis personas. Ed Fontaine era el moderador, y coordinaba todas las intervenciones. Jake Dillon solía hacer al menos una breve aparición. En una ocasión, Kate le había hablado de la reunión a Aida Whittaker, que la semana anterior había utilizado el ordenador de su yerno para hacerles una visita. Diane Stevens, la presentadora de televisión, se había sumado en una


ocasión al grupo, y Frank Mills, el abogado de Polson que había representado a los salish en su intento de obtener un mandamiento judicial, había sido invitado en una de las recientes reuniones del grupo. Aveces también aparecía Chance. Kate apartó de su mente los pensamientos que incluían a Chance y se dedicó a leer los comentarios de Ed acerca de lo que había sucedido desde la reunión anterior. Media hora después, su mente volvía a divagar. Algo la distraía. Apartó la silla de la mesa y se dedicó a escuchar el sonido del viento, el roce de las ramas contra las ventanas, y otro extraño sonido que parecía provenir de la planta baja. Se sobresaltó. Dejó el ordenador encendido, atravesó la habitación, abrió la puerta y se asomó al pasillo. Reinaba el silencio. Sacudió la cabeza al pensar que todo era producto de su imaginación. «¿Qué esperabas? Es la víspera de Todos los Santos.» Al intentar cerrar la puerta, oyó un débil chirrido en la cocina, como si una de las sillas del desayuno se hubiese movido. Qué tontería, se dijo, pero sabía que no podría seguir trabajando hasta averiguar de qué se trataba. Era mejor enfrentar lo desconocido que dejar que los fantasmas creciesen en su mente. Abrió la puerta y empezó a descender la escalera. Llegó al último escalón, encendió otra luz, atravesó el comedor y entró en la cocina. El terror se apoderó de ella. Lanzó un grito al ver de pronto al hombre del pasamontañas. Se volvió y echó a correr. —¡Oh, no, no lo harás! —Él la alcanzó enseguida y la agarró antes de que ella llegara a la puerta principal; su brazo se enredó en la cintura de Kate y la apretó contra él—. Creo que ya habíamos bailado esta pieza, ¿verdad, cariño?


—¡Suélteme! —Lo siento. Esta vez no. —La apartó de la puerta, sacó del interior de su camisa un rollo de cinta aislante, le juntó las muñecas y las ató con la cinta. —Te lo advertí... pero no, no quisiste escuchar. Ahora tendrás tu merecido. —Hice lo que me pidió —le dijo ella, desesperada—.Abandoné la campaña. —Pero no puedes dejar de crear problemas, ¿verdad? No puedes dejar las cosas tal como están. —Yo no... no sé a qué se refiere. —Sí, bueno, no importa si lo sabes o no. Kate trató de soltarse, pero la cinta no se movió. Lo único que consiguió fue lastimarse las muñecas. Alzó la vista y vio al hombre de pie, con las piernas abiertas, y algo le resultó familiar. En su mente surgió la imagen de esa misma mole peleando con Chance en el aparcamiento. ¡Santo cielo, era Duke Mullens! Tendría que haberse dado cuenta la primera vez que lo vio. Aunque eso no tenía demasiada importancia, ya que no podría demostrarlo. —¿Qué piensa hacer? Por la abertura del pasamontañas pudo ver el destello de aquellos enormes dientes y el movimiento de los gruesos labios. —Si quieres saber si voy a meterme entre esas bonitas piernas tuyas... lo lamento, cariño, pero no tengo tiempo. —Le apretó el brazo y empezó a arrastrarla hacia el armario. El pánico se apoderó de ella. No lograba imaginar qué era lo que él se proponía, pero no iba a permitírselo. Podía gritar, pero estaba demasiado lejos de la cafetería y nadie la oiría. En lugar de eso, mientras se acercaban al armario se retorció y lo pateó en la espinilla con sus duras botas, y echó a correr. Duke gruñó y maldijo. —¡Hija de puta! La puerta principal estaba cerrada con llave, no tendría tiempo de abrirla. Giró a la izquierda y subió la escalera corriendo. En su despacho había un teléfono. Cerró la puerta con fuerza, colocó una silla de roble bajo el


picaporte y corrió hasta el teléfono que tenía sobre el escritorio. Con las manos atadas y temblorosas cogió el auricular, lo acomodó contra su oreja y marcó el número de la policía. Pudo oír a Duke Mullens al otro lado de la puerta haciendo girar el picaporte. Al comprobar que la puerta no se abría, el hombre empezó a maldecir y a golpear la gruesa madera con el hombro. —Vamos —susurró Kate mientras volvía a marcar el número. Nada. Le llevó uhos segundos darse cuenta de que no había línea: habían cortado los cables. «¡Oh, santo cielo!» Una ola de pánico recorrió su cuerpo haciéndole sentir una enorme confusión. Durante un instante le resultó imposible pensar. Corrió hacia el ordenador. Al aceptar el trabajo de dirigir la campaña contra la explotación minera había hecho instalar en el ordenador una línea telefónica a parte. Esa línea entraba en la casa desde un lugar diferente a las otras líneas que Nell había instalado años antes. ¡Aún estaba conectada al chatroom! Las manos empezaban a entumecérsele. Giró un poco el brazo, y sintió los dedos endurecidos e insensibles. Finalmente logró apoyar una mano sobre el teclado. Se obligó a moverse despacio y escribió: «Hombre en casa. Trata de matarme. Marquen 911. Kate.» La madera crujió. En cualquier momento, Mullens aparecería por la puerta. —Estás muerta, ¿me oyes, zorra? ¡Primero te voy a follar y luego encenderé el gas y te haré volar al otro mundo! «¡Oh, cielos!» Ahora todo su cuerpo temblaba, aterrorizada al pensar en lo que ocurriría una vez entrase. Necesitaba un arma, algo que... ¡por Dios! ¡El arma que Chance le había dejado! Estaba detrás del escritorio. La había estado usando a modo de pisapapeles, para pegar unas fotos en el álbum que estaba montando.


Se volvió hacia allí y logró abrir el cajón superior de su escritorio. Rebuscó en su interior la caja de las balas. El cartón le cortó un dedo. Las manos le temblaban tanto que estuvo a punto de tirar la caja al suelo. Aun así, logró meter dos balas en el cargador, cerró el cilindro y apuntó hacia la puerta. —¡Apártese de la puerta! ¡Tengo un arma y le estoy apuntando directamente! ¡Apártese, o le juro que apretaré el gatillo! —Nadie jode a Duke... ¿me oyes? ¡Voy a matarte! ¡Y lo haré lentamente! — Lanzó todo el peso de su cuerpo contra la puerta una última vez, rompiendo la madera, y Kate disparó. El disparo resultó ensordecedor. Le zumbaban los oídos cuando apretó el gatillo por segunda vez y oyó cómo la bala atravesaba la madera. Entonces la puerta cedió por completo y cayó hacia el interior del despacho. Duke Mullens estaba tumbado encima, con los brazos y las piernas flexionados en una extraña posición, sobre un charco de sangre, un charco de color rojo brillante que se extendía como una marea sobre la puerta y salía de su pecho con cada latido del corazón. Respiraba con dificultad, jadeando. —Debería... haberte matado la primera vez. Kate lo apuntó con el arma descargada mientras él intentaba ponerse en pie. Ella temblaba tanto que apenas podía sujetar el arma. En lugar de ir hacia ella, Mullens se volvió, tambaleante, en dirección a la escalera, manchando la pared de sangre cada vez que se apoyaba para no caer. Logró alcanzar al rellano, dio el primer paso y cayó hacia delante. Rodó hasta desplomarse al pie de la escalera, formando otro charco de sangre. Kate soltó el arma, que cayó al suelo con un chasquido. Corrió escaleras abajo y se detuvo a pocos metros del cuerpo de Duke Mullens. —¿Por qué? —preguntó, desesperada por saber—. ¿Por qué quería matarme? —Pero Mullens no respondió. Su pecho ya no se movía. Estaba muerto. Kate se desplomó contra la pared temblando incontrolablemente, y dominada


por la náusea. No comprendía lo que había ocurrido. ¿Por qué Duke Mullens había querido matarla? Tenía que levantarse, volver hasta donde estaba el ordenador, y asegurarse de que habían recibido su mensaje y el sheriff estaba en camino; pero sus piernas parecían de algodón y los pulmones le ardían como brasas cada vez que respiraba. —¿Por qué? —susurró, preguntándose si alguna vez lo descubriría—. ¿Eres tú el que asesinó a Nell? —No fue Duke quien la asesinó. Fui yo. Kate se volvió de repente en dirección a la voz que llegaba desde la planta baja. Lon Barton, vestido de negro de pies a cabeza, sostenía una pistola automática en una mano enguantada de negro. Era evidente que había estado observando a través de la ventana, e igualmente evidente que no estaba contento con el hecho de que la misión de Duke hubiese fracasado. —¿Fue... fue usted? —No tenía intención de hacerlo. Aquel día sólo vine a convencerla de que vendiera el pozo. —Pero... pero seguramente.... —Mi padre estaba empecinado en obtenerlo. Nell se negaba a comprender sus motivos. Y tuve que hacer algo. —Silas Marshall dijo que fue él quien la mató. Lon sacudió la cabeza. Las puntas de sus rizos rubios aparecían por debajo de la gorra negra. —Él debió empujarla, como le dijo a la policía. Supongo que pensó que la había matado... porque salió de aquí como un loco. Cuando entré en la casa, Nell estaba tendida en el comedor. —Pero aún estaba viva. —Respiraba, pero muy mal. Cuando me di cuenta de que estaba al borde de la muerte, pensé: ¿por qué no? Le tapé la cara con un cojín. Calculé que si alguien lo descubría, Silas cargaría con la culpa. Un escalofrío recorrió los brazos de Kate. Lon Barton había asesinado a Nell. Por esa razón había enviado a Duke Mullens para que la matase a ella. Tenía que lograr que siguiese hablando, y así darle tiempo al sheriff a llegar. Sólo Dios sabía cuánto tardaría; sobre todo, teniendo en cuenta que era la víspera


de Todos los Santos. Ni siquiera estaba segura de que su mensaje hubiese llegado. —Pero sin duda Nell se resistió. —Sólo un poco, era demasiado débil. Sólo pasaron unos segundos y ya estaba muerta. —Barton alzó la pistola y la apuntó al corazón de Kate—. Igual que tú. —El sheriff está en camino. —Se apresuró a decir Kate, subiendo lentamente la escalera—. Aunque lograra asesinarme, lo atraparán. Barton sacudió la cabeza. —No creo. Creo que Duke Mullens te asesinó... como tú lo asesinaste a él. — Se acercó—. Siempre fue muy celoso con su trabajo. Por eso asesinó a Nell. Sabía que la Consolidated quería comprar ese pozo, y que Silas Marshall estaba dispuesto a venderlo en cuanto Nell dejase el camino libre. Entonces tú empezaste a escarbar, y Duke se asustó. Tuvo que cerrarte la boca. Por desgracia, murió en el intento. — Amartilló el revólver—. Lo siento, Kate —añadió—, lo siento de verdad. Nunca quise que ocurriera todo esto. Simplemente, ocurrió. Kate se volvió y subió la escalera a toda prisa. Barton disparó, y la bala impactó en la pared. Una segunda bala convirtió la barandilla en astillas, pero Kate siguió corriendo. Casi había llegado al pasillo de la primera planta, cuando oyó cómo la puerta trasera se abría de golpe y el retumbar de unas pesadas botas masculinas se aden-traba en el interior de la casa. Chance se enfrentó a Lon Barton como un campeón de bulldog a punto de entrar al rodeo. El arma salió volando y se deslizó por el suelo de madera hasta chocar contra la pared. Kate corrió tras ella, precipitándose escaleras abajo, justo a tiempo para ver cómo Chance caía sobre Barton y empezaba a golpear su cara una y otra vez con los puños. Alguien llamó a la puerta. Kate vio la camioneta de Ed Fontaine en la entrada, la puerta del conductor abierta, la plataforma baja, y al propio Ed avanzando en su silla en dirección a la entrada. Randy Wiggins estaba en el porche, golpeando la puerta como un loco.


Kate se apresuró a dejarlo entrar, y él pasó de largo; se detuvo junto a Chance, que seguía golpeando a Lon Barton, aunque éste ya estaba inconsciente. —Ya basta —dijo Randy—. Lo matarás, Chance. Chance reprimió el siguiente puñetazo, pero el esfuerzo hizo que el puño temblase en el aire. Se apartó de Lon Barton y caminó hacia Kate, deteniéndose sólo lo suficiente para sacar de los bolsillos de sus téjanos una navaja y cortar la cinta que sujetaba las manos de Kate. Entonces, la estrechó entre sus brazos. —Dios, Katie. —La estrechó aún más, ocultando su rostro en el pelo de ella. Kate se aferró a él rodeándole el cuello con los brazos—. Nunca en mi vida tuve tanto miedo. ¿Te encuentras bien? Ella asintió sin apartarse, mientras sentía el temblor que dominaba el cuerpo de Chance. —Le disparé, Chance. He matado a Duke Mullens. Por encima de la cabeza de Kate, Chance miró el cadáver tendido al pie de la escalera como si se tratase de un muñeco roto. —No sabes cuánto me alegro de haberte dado el arma. —¿Cómo... cómo supiste? —Estaba contigo en el chat room. Suponía que te sentirías incómoda si sabías que yo estaba allí, y por eso guardé silencio. Cuando leí tu nota, pensé que iba a vomitar. —Barton asesinó a Nell, Chance. Me dijo que su padre quería el pozo que tenían ella y Silas. Chance dejó escapar un suspiro. Deslizó una mano por el pelo de Kate hasta posarla en su nuca; le hizo apoyar la mejilla contra su hombro. —Supongo que tiene sentido. William Barton ha manejado a Lon durante años como si fuese una mario-neta. Lon dependía por completo de él.


Su cargo en la empresa, su elevado salario... Todas las riquezas que acumuló a lo largo de los años fueron el resultado directo de la buena voluntad de su padre. Si perdía el pozo, lo perdía todo. —Me pregunto cómo se sentirá ahora su padre —dijo Ed Fontaine desde la entrada, hasta donde Randy había logrado llevar su silla—. Sé cómo me sentiría yo si empu-jara a mi hijo a hacer algo así. —Durante un instante, su mirada se clavó en Chance, que aún abrazaba a Kate—. Pero ¿William Barton? No creo que él lo supiera. En las paredes de la sala destellaron varias luces de colores y, finalmente, el coche del sheriff se detuvo. La víspera de Todos los Santos era una noche ajetreada, el momento perfecto para cometer un asesinato. Llegó otro coche, y Lon Barton quedó detenido. Ed y Chance se quedaron hasta que uno de los ayudantes le tomó declaración a Kate. —No puedes quedarte aquí —Chance echó un vistazo al cadáver, que en ese momento era fotografiado—. En cuanto David llegue a casa, os llevaré a los dos a ese pequeño motel que hay camino a Roñan. Mientras tanto, esperaremos a David en la cafetería. —Miró a uno de los ayudantes, y éste asintió en señal de que había entendido a dónde debía enviar al niño cuando llegase a casa. —Yo... tengo que recoger algunas cosas. —Se humedeció los labios y deseó no tener que pasar junto al cadáver de Mullens para subir. Chance le leyó el pensamiento y la tomó de la mano. —Vamos, yo te acompañaré arriba. —Tengan cuidado con lo que tocan —les dijo uno de los ayudantes—. Recuerden que esto es la escena de un crimen. Otra vez. Kate se estremeció al pensar en el asesinato de Nell, y se preguntó cómo se las arreglaría para vivir en aquella casa plagada de recuerdos siniestros. Subieron hasta el dormitorio, procurando no tocar nada. Kate preparó una maleta para ella y otra para David, y volvieron a bajar.


Estaban en la cafetería, tomándose un descafeinado, cuando un pálido David apareció en la puerta junto a Jeremy, Willow y Chris. —¡Mami! —Corrió hacia ella. Kate abrió los brazos y sintió que el delgado cuerpo de su hijo se sacudía contra ella al abrazarlo—. ¿Te encuentras bien? —preguntó David—. El poli dijo que un hombre intentó asesinarte, y que tú le disparaste. —Estoy bien, cariño. Ya ha terminado todo. Vamos a instalarnos en un motel durante un par de días, hasta que pongan orden en la casa. Chance va a llevarnos. Habría sido más fácil que ella condujese el coche de alquiler que había estado utilizando, pero aún estaba tan impresionada que no se atrevía a sentarse frente al volante. —¿Por qué no os quedáis con nosotros? —le ofreció Willow. —Buena idea —coincidió Jeremy—. Estaremos un poco apretados, pero... —Os lo agradezco, pero será mejor que no. Os habéis comportado de maravilla con nosotros, pero lo cierto es que creo que David y yo necesitamos estar un tiempo solos. —¿Estás segura de que estaréis bien? —preguntó Willow, preocupada, mientras Myra observaba la escena a pocos metros de distancia. —Estaré bien. Estoy contenta de que todo esto haya terminado. En el Motel Night's Rest, una pequeña hilera de cabanas de madera sintética que se encontraba camino a Roñan, Chance los registró y llevó la maleta de Kate a la habitación. David cargó la suya, encendió el televisor y se dejó caer delante del aparato mientras Kate acompañaba a Chance a la puerta. —Gracias, una vez más. Me has salvado la vida, Chance. Chance deslizó un dedo por la mandíbula de Kate, y ella sintió el calor en su piel.


—Aunque no hubiese ido, creo que habrías podido con Barton, como pudiste con Duke. Eres una mujer sorprendente, Kate. Kate no dijo nada. Observaba a Chance deseando que pudiera quedarse allí con ella, deseando convencerlo de que no se casara con una mujer a la que no amaba. Pero sabía que él no la escucharía. —Creía que Rachael ya habría regresado —dijo, sólo para poner cierta distancia entre ambos. Chance se tensó y se apartó, como ella había previsto. Chance miró hacia fuera y lanzó un suspiro. —Regresará a finales de esta semana. Kate pasó por alto la punzada de dolor que la atravesó. —Aprecio todo lo que has hecho, Chance. Pero después de esta noche, no quiero... no quiero que volvamos a vernos. Ni siquiera como amigos. —¿Y tu coche? Al menos deja que te acompañe a buscarlo por la mañana. —Myra puede venir a buscarme. Chance apartó la vista y miró fijamente el silencioso mundo que los rodeaba. En algún lugar ululó un buho, y el sonido le resultó triste. Kate contempló los rasgos duros e implacables de Chance. Pensó en cuánto lo amaba, y un profundo dolor le oprimió el pecho. —Tienes razón —dijo él—. Será mejor si estamos separados. Al menos ahora no tendré que preocuparme por ti. Muerto Duke Mullens, y descubierto el asesino de Nell, estarás a salvo. Kate sabía que no debía hacerlo, pero le puso una mano en la mejilla. Sintió la aspereza y la calidez de su piel. Durante un instante, él cerró los ojos y apoyó la cara contra la palma de su mano. Entonces, Kate la apartó. Cuando


él volvió a mirarla, sus rasgos revelaban un profundo dolor. Kate tragó saliva para aliviar el nudo que sentía en la garganta. —Te amo, Chance —le dijo, luchando por contener las lágrimas—. Tenía que decírtelo al menos una vez. —Katie... Ella sacudió la cabeza, incapaz de seguir escuchándolo. Se volvió y lo dejó de pie en el porche de la pequeña cabana. Entró en la habitación y cerró la puerta muy despacio. Le dio la impresión de que el corazón le pesaba varias toneladas. Capítulo 28 Sentado en su silla de ruedas detrás del enorme escritorio de caoba de su estudio, Ed Fontaine esperó mientras Chance entraba y cerraba la puerta. — ¿Querías verme? Ed apartó la silla del escritorio, y le indicó a Chance que se sentara en una de las sillas de cuero. Detestaba tener que alzar la vista para mirar a alguien, sobre todo a un hombre tan alto como Chance. —Mi hija llegará mañana por la noche. Imagino que llamó para decírtelo. Chance asintió. —Me telefoneó hace un par de días. Me dijo que había terminado su trabajo en la ciudad. —Cruzó una larga pierna sobre la otra y apoyó el polvoriento Stetson negro en la rodilla, haciéndolo girar distraídamente con la mano—. Al parecer, lo tiene todo arreglado para la boda. Ed no respondió. En cambio, le preguntó: —Dime una cosa, Chance. ¿Estás enamorado de mi hija? Chance enderezó un poco su amplia espalda. Se ir-guió en la silla. —Quiero a Rachael. Lo sabes. Si hubo una época en la que ella no estuvo en mi vida, no la recuerdo. Hemos sido amigos durante años.


—Sé que la quieres. Prácticamente os criasteis juntos. Lo que quiero saber es si estás enamorado de ella. Chance apartó la mirada durante un instante. Ed lo vio juguetear con una arruga del sombrero y seguir los pliegues con el dedo índice. Por fin miró a Ed directamente a los ojos. —Seré para ella un buen marido. La cuidaré, me ocuparé de que tenga todo lo que quiera. Nunca le faltará nada. —Pero no estás enamorado de ella. Clavó sus intensos ojos azules en el rostro de Ed. Mostraban tanta emoción, que el anciano sintió una opresión en el pecho. —Rachael y yo sabemos a qué atenernos. Ella quiere lo mismo que yo. Ninguno de los dos va con los ojos cerrados al matrimonio. —Entonces me estás diciendo que ella tampoco está enamorada de ti. Chance se puso en pie. —Maldita sea, Ed. Estás poniéndolo todo patas arriba. ¿Qué quieres que diga? Rachael y yo llevamos años pensando en casarnos. Los dos estamos de acuerdo. Y eso es precisamente lo que vamos a hacer. —¿Aunque eso signifique perder a la mujer de la que estás enamorado? Chance clavó la vista en la pared, por encima de la cabeza de Ed. Los músculos de su garganta se movieron hacia arriba y hacia abajo, pero no logró pronunciar ni una sola palabra. —La amas realmente, ¿verdad? Hace años que te conozco, Chance, y jamás has mirado a una mujer del modo en que miras a Kaitlin Rollins. Chance consiguió hablar, y lo hizo con voz profunda y ronca. —No importa. Mi futuro está decidido. Me casaré con Rachael. Te prometo


que la haré feliz. —Siéntate, hijo. Ya sabes cómo detesto tener que alzar la cabeza para mirarte. Chance se hundió en la silla como una piedra; tenía los músculos del cuello y los hombros completamente rígidos. —Vas a casarte con Rachael por mí, ¿no es cierto, hijo? Crees que eso es lo que quiero. Crees que estás en deuda conmigo por lo que ocurrió aquel día en la montaña. Te culpas por el accidente que me condenó a esta silla. La mandíbula de Chance se tensó. —Fue culpa mía. Si hubiese escuchado a mi padre... —Si hubieses escuchado la mitad de lo que decía ese viejo hijo de puta, no serías el hombre que hoy eres. Lo que ocurrió durante aquella tormenta podría haber ocurrido en cualquier momento, en cualquier lugar. La vida aquí es difícil. Lo sabes. Y ése no fue mi día de suerte. Chance no dijo nada. Veintiún años de sentimientos de culpabilidad no se borraban tan fácilmente. Ed había creído que, a esas alturas, todo estaría olvidado. —Escúchame, hijo. Sé que estás haciendo esto por mí. Hubo un tiempo en el que deseé más que nada en el mundo que te casaras con Rachael. Quería que fueras el padre de sus hijos. Quería que esa sangre fuerte que tú tienes corriera por las venas de mis nietos. Ahora que sé que estás enamorado de otra mujer, ya no lo quiero. Chance tragó saliva. Apretaba el sombrero con tanta fuerza que lo estaba arrugando. —¿Y qué me dices del rancho? ¿Y del legado que querías para tus nietos? Has venido hablando de eso durante años. —Cuando llegue el momento, mis nietos heredarán el Circle Bar F. Es el legado más fantástico que cualquiera podría pedir.


—¿Y qué me dices de Rachael? Le hice una promesa. Ahora no puedo... —Sí puedes. Ambos sabemos que Rachael no está más enamorada de ti que tú de ella. Tal vez le estaba haciendo a ella un flaco favor, lo mismo que a ti. Dejaremos que Rachael salve las apariencias y deshaga el compromiso. Eso hará las cosas más fáciles. Ella es una muchacha muy hermosa. Encontrará a alguien, a algún hombre al que pueda amar de la misma manera que yo amé a su madre. Entretanto, dejaré que tú me des esos nietos. Al fin y al cabo, estás tan unido a mí como si fueras mi hijo. Y si hay algo que deseo en el mundo, es que seas feliz. Chance se incorporó en la silla. —¿Estás seguro, Ed? —Anoche vi lo que ocurre cuando un hombre pone su propio y egoísta interés por encima de lo que más le conviene a su hijo. Estoy seguro, Chance. Más seguro que de cualquier otra cosa en mi vida. Chance se puso en pie. Estiró la mano y estrechó la de Ed, se inclinó sobre él y lo abrazó. Sonreía, pero tenía los ojos húmedos. —Gracias, Ed. No sabes cuánto significa esto para mí. Ed se limitó a sonreír. —Creo que tengo una ligera idea. Le dirás a Kate que le deseo lo mejor, ¿verdad? Chance sonrió. Ed se dio cuenta de que hacía varias semanas que no veía esa expresión en su rostro. —Se lo diré. —Salió a grandes zancadas del estudio y enfiló el pasillo. Ed sonrió, satisfecho. Había hecho lo correcto. Rachael se pondría hecha una furia, pero con el tiempo estaría de acuerdo en que aquello era lo más adecuado para ambos. Quería a Chance, como él la quería a ella, y sin duda deseaba que él fuera feliz. Además, había otros hombres en el condado de Silver. Por ejemplo, ese joven


grande y fornido llamado Ned Cummings. Tenía un maravilloso rancho, y desde siempre se había interesado por Rachael. Ahora que se paraba a pensarlo, los dos podrían llevarse muy bien. Ed rió para sus adentros al tiempo que acercaba la silla al escritorio. Tal vez ofrecería una pequeña fiesta el sábado por la noche para celebrar el regreso de Rachael y la ruptura de su compromiso. Alzó el teléfono. Y tal vez invitaría a Ned Cummings. Kate se puso un delantal encima de los téjanos y se fue a trabajar. La mejor manera de borrar lo desagradable de los últimos días era mantenerse ocupada y seguir adelante con su vida. Como seguían viviendo en el pequeño motel de la carretera, tenía que llevar a David a la escuela, y no había estado en el turno de la mañana. Cuando llegó a la cafetería, el almuerzo estaba en su apogeo. Bonnie estaba trabajando, pero siempre podía necesitar ayuda. Kate se concentró en servir una fuente de pollo frito, salsa cam-pestre y puré de patatas. En ese momento sonó la campana de la puerta y entró Chance. Se le veía tan apuesto con sus téjanos de color claro y su camisa vaquera blanca, que Kate se sorprendió mirándolo fijamente, empapándose con su imagen. Apartó de golpe la mirada y dejó la fuente sobre la mesa. Harvey Michaelson le dio las gracias y empezó a comer. Chance se sentó en uno de los reservados, junto a la ventana. Estudiaba con atención el menú, pero había algo diferente en él, algo que ella no logró identificar. Sus ojos tenían una expresión distinta, parecían menos cautelosos y más azules que nunca, y se le veía más relajado. Era terriblemente apuesto e increíblemente atractivo... pero pertenecía a otra mujer. Se suponía que él no debía estar allí, recordó Kate con rabia. Se suponía que debía dejarla tranquila. Por Dios, su prometida llegaría al día siguiente.


Kate apretó la mandíbula. Tal vez la perspectiva de ver a Rachael era la razón de que pareciese tan satisfecho consigo mismo. En un esfuerzo por contener la ira, Kate se acercó a paso vivo al reservado. —¿Preparado para hacer tu pedido, vaquero? Chance la miró y le sonrió con tanta dulzura que a ella se le derritió el corazón. —Claro. Pero estaba pensando... ¿Recuerdas ese pastel de coco que me serviste la semana pasada? —¿Qué ocurre con él? —preguntó Kate con brusquedad. —Estaba pensando... Si puedes hacer una tarta de coco tan buena como ésa, tal vez podrías preparar un pastel de bodas. Durante un instante, ella quedó petrificada y la ira le encendió el rostro hasta tal punto que se preguntó si las llamas brotarían de su cabeza. Se puso las manos en las caderas, y se inclinó hacia él. —Si piensas que voy a preparar un pastel de bodas para ti y para esa rubia anoréxica con la que estás comprometido, estás completamente... Chance sonrió, divertido. Ella ya no recordaba cuándo lo había visto sonreír de esa manera por última vez. —No es para Rachael y para mí —dijo—. Es para ti y para mí. ¿Qué me dices, Katie? ¿Quieres casarte conmigo? Todo empezó a darle vueltas. Tuvo que agarrarse a una silla para mantener el equilibrio. Cuando miró a su alrededor, vio que todos los clientes del restaurante la estaban mirando, esperando su respuesta. —¿Qué... qué me dices de Rachael? La sonrisa de Chance dejó su dentadura al descubierto.


—Rachael me ha plantado. Vuelvo a ser un hombre libre. ¿Qué me dices, Kate? ¿Rachael lo había dejado plantado? Kate no podía creer que eso fuera cierto. Ninguna mujer —ni siquiera una mujer con la belleza de Rachael Fontaine— podía ser tan demente. —Será mejor que hables en serio, Chance McLain. Chance se levantó del reservado y la tomó de la mano. —Estoy hablando muy en serio, cariño. —La sonrisa autosuficiente desapareció de su rostro—. Dime que sí, Katie. Acaba con esta tortura. No quiero vivir un solo día más sin ti. El corazón de Kate se ensanchó, y tuvo la sensación de que no le cabía en el pecho. —Bueno, si lo dices así, supongo que no me queda otra alternativa. Me casaré contigo, vaquero. Todo el mundo brindó mientras él la estrechaba entre sus brazos, la alzaba del suelo y la hacía girar en el centro del comedor. Kate se aferró a su cuello, llorando y riendo al mismo tiempo. No sabía cómo había sucedido, pero iba a casarse con Chance McLain. Lo que había empezado como un día desdichado, tratando de olvidar el pasado y de seguir adelante con un futuro muy solitario, se había convertido en el día más feliz de su vida. —Salgamos ya de aquí —susurró Chance. Deslizó un brazo por detrás de sus rodillas, la alzó y la llevó hasta la puerta. Ella no supo adonde la llevaba, y tampoco le importó. Lo amaba, y él la amaba a ella. Eso era lo único que importaba. Saludó con la mano a Myra, que los había seguido hasta la puerta de la cafetería, y que ahora se secaba las lágrimas de felicidad con la punta del delantal.


Kate sonrió a Chance y deslizó los brazos alrededor de su cuello, acercando sus labios a los de él para unirlos en un beso profundo y sensual. No se detuvo hasta que lo oyó quejarse. Epílogo Kate salió del cuarto de baño caminando de puntillas y regresó a la cama en silencio. Se deslizó bajo las mantas, se puso boca abajo y sacudió la almohada para apoyarse en ella. Fuera de la casa reinaba la oscuridad, todavía no era de día y el dormitorio resultaba acogedor y cálido. La enorme cama de matrimonio doble estaba revuelta, el edredón retorcido, y las sábanas desordenadas; aún conservaban el aroma de una noche de amor. Chance estaba ocupado vistiéndose, preparándose para reunirse con sus hombres. Era el último día del rodeo de primavera. Había mucho que hacer, y Kate pensaba ayudar, pero siempre había detestado madrugar, y Chance había insistido en que siguiera durmiendo. «Hannah preparará el desayuno para los hombres», le había dicho cuando ella había insistido sin demasiado entusiasmo. «Tú puedes bajar y reunirte con nosotros cuando estés lista.» Kate sonrió al pensar que Chance la consentía. Y Hannah también la cuidaba. Para sorpresa de Kate, ambas habían congeniado de inmediato. A Hannah le encantaba su trabajo en el rancho, y Kate no tenía intención de quitárselo. Estaba contenta de tener a alguien que la ayudara a llevar una casa tan grande, sobre todo porque aún tenía un restaurante que administrar. Y David la adoraba. Hannah había puesto al niño bajo su protección, y lo mimaba como siempre había mimado a Chance. Por supuesto, David disfrutaba con las atenciones de la mujer, y la consideraba la abuela que


nunca había tenido. Hannah había aceptado a Kate como parte de la familia, sobre todo porque sabía cuánto amaba a Chance. Ahora, mientras observaba la espalda recia y musculosa de él bajo la débil luz de la lámpara mientras se ponía los téjanos y las botas, deseó haberse despertado más temprano. A Chance le encantaba hacer el amor por la mañana, y a ella también. Pero hoy el sueño había podido con ella. Reprimió un molesto arrebato de lujuria y se echó hacia atrás la rizada cabellera rojiza. Ahora la llevaba más larga, porque a Chance parecía gustarle así. Sabía que él adoraba sus pechos, y al pensar en la forma en que los había besado la noche anterior, los sintió hinchados y sensibles. Lo vio colocarse la camisa tejana y cerrar los botones. Acomodó los faldones, y se ajustó el cinturón de cuero. Se estiró para tomar los zahones que usaba para trabajar, los ató alrededor de su cintura, recogió el sombrero y se volvió hacia la cama con la intención de darle un beso de despedida, como hacía siempre. —Pensé que ibas a dormirte de nuevo —dijo acercándose a ella y haciendo que el ancho cuero de la parte baja de sus zahones rozara sus botas. —Estaba mirando cómo te vestías. Chance sonrió, deslizó una mano hacia abajo y hundió los dedos en la rizada mata de pelo. —Señora, está usted para comérsela. —Y usted también —dijo Kate sonriendo. Había algo seductor en un hombre vestido con zahones; sobre todo si se trataba de ese hombre. En la forma en que contenían sus delgadas caderas. En la forma en que la abertura delantera se acomodaba a la curva de su sexo. Mientras Chance deslizaba una mano por el hombro desnudo de Kate y le acariciaba un pecho, sintió que los téjanos empezaban a apretarle, y fue evidente que se había excitado más de lo debido. Kate lo miró con ojos soñadores. —¿Sabías que tengo la secreta fantasía de hacer el amor con un hombre vestido con zahones? Chance alzó una ceja.


-¿Sí? —Es una pena que tengas que irte. —Ya lo creo. —Aunque no parecía tener demasiada prisa. En lugar de eso, se inclinó y la besó en la boca, deslizando la lengua en su interior y haciendo que el corazón de Kate se acelerara. Sus largos dedos oscuros apretaron el pezón, haciendo que se erizase casi dolo-rosamente. —No tengo mucho tiempo —dijo él mientras le besaba el cuello y jugueteaba con el lóbulo de su oreja. —Tal vez podríamos improvisar. —Sí... podríamos. —Se agachó, se bajó la cremallera y Kate se estiró para tocarlo. Rodeó su sexo con los dedos y lo sintió grande, tieso y palpitante. Echó las mantas a un lado, se puso de rodillas y se lo llevó a la boca antes de que él comprendiera cuál era su intención. Chance dejó escapar un suspiro y sintió que se estremecía. —¡Dios, Katie! Pasó por alto el roce de las manos de Chance por su pelo y jugueteó un rato con él, disfrutando de su sabor y de la fantasía. Se encogió, sorprendida, cuando él la apartó, la levantó y le hizo colocar las piernas alrededor de su cintura. —Muy bien, cariño, ahora me toca a mí. —La acarició con suavidad, la besó con fuerza y la penetró. El placer recorrió el cuerpo de Kate como un relámpago, y oyó cómo Chance gemía. Jadeó al sentir el contacto del cuero suave de los zahones contra su trasero. Se aferró al cuello de Chance y cerró los ojos, saboreando el contacto y pensando en cuánto lo amaba. Chance empujó una y otra vez, aumentando el placer y enviando pequeños rayos de calor hasta su estómago.


Todo el cuerpo de Kate se estremeció, ansiando encontrar un remanso de paz. Algo ardiente y dulce estalló en su interior. Alcanzó un orgasmo intenso que la dejó temblando de pies a cabeza, y susurró débilmente su nombre. Él empujó unas cuantas veces más y también alcanzó el orgasmo. Su delgado cuerpo se sacudió, y los músculos de sus hombros se tensaron como bandas de acero. La retuvo durante unos instantes, inclinó la cabeza y la besó de un modo muy dulce y por fin la dejó en la cama. Kate bostezó mientras él volvía a arreglarse, se subía la cremallera y la tapaba a ella con la sábana. —Vuelve a dormir, cariño. Te veré dentro de un rato. Kate asintió con una soñolienta sonrisa, sin poder evitar que se le cerrasen los ojos. Al despertar, dos horas más tarde, se sentía satisfecha y contenta. Cuando entró en la cocina, David había ido a reunirse con Chance en el corral. Su hijo había acabado adaptándose a la vida del rancho, aunque al principio no le había resultado fácil. No sabía nada acerca de cómo cuidar el ganado y el rancho, pero los peones respetaban su determinación y sus ansias de aprender, y lo ayudaban en to-do lo que podían. Y Chance siempre estaba allí para apoyarlo, como su propio padre jamás habría hecho. David ya era un buen jinete. Pescaba como cualquier nativo, e incluso sabía disparar el rifle, aunque todavía no sabía si alguna vez querría salir a cazar. Las muertes, que le habían afectado desde tan joven, la de su abuela y la de Chief, incluso la de Duke Mullens, habían destruido una parte de su juventud. Con frecuencia se parecía más a un hombre que a un niño, y aunque Kate echaba de menos a ese niño, estaba orgullosa del adulto en que se estaba convirtiendo. El interés por el asesinato de Nell se desvaneció por fin. Los cargos contra Silas Marshall habían sido retirados al día siguiente del arresto de Lon Barton. Por supuesto, William Barton había contratado a los abogados más


caros del país. Lon se había declarado inocente en un principio, pero las pruebas se volvieron contra él. Además del intento de asesinato de Kate, el cuerpo de Nell fue exhumado, y debajo de sus uñas se encontraron restos de piel. El ADN coincidía con el de Lon Barton. En ese momento, apareció un indio vagabundo llamado Bobby Alce Rojo, que afirmó haber visto el coche de Barton aparcado cerca de la casa de Nell el día del asesinato. Bobby se encaminaba rumbo al sur para mendigar en un clima más cálido, pero al regresar a la reserva había oído hablar de Nell y del inminente juicio a Barton. Evidentemente, Bobby había pasado a visitar a Nell antes de marcharse de la ciudad, porque ella siempre era generosa con él. Había visto que Silas se marchaba en su coche, y que un jeep Cherokee de color blanco se detenía a un lado del camino. Como Nell tenía visitas, había decidido no detenerse. Bobby no era un testigo fiable, pero las pruebas eran cada vez más difíciles de rebatir. Aconsejado por su abogado, Lon había aceptado un trato. Se declararía culpable de homicidio sin premeditación, aceptaría una condena de quince años en una cárcel de mínima seguridad, y esperaría que la pena quedase reducida a diez años. No parecía un precio muy alto para un asesinato, pero teniendo en cuenta lo que eran los tribunales, era una suerte que no hubiese salido en libertad. Y para hacer más atractivo el trato, había delatado a los responsables de la muerte de Harold Roca de Hierro: Joe Saugus, Ben Weeks, Fred Thompson y Duke Mullens, todos empleados de la mina Beavertail. Y eso suponía más noticias buenas. Consolidated Metals había abandonado su intento de dejar sin efecto la prohibición del cianuro y de construir una nueva mina de lixiviación en el condado de Silver. Con todo lo que había sucedido, la opinión pública estaba atrincherada contra ellos. Iban a cerrar la mina Beavertail gracias a las fotografías que Chief había tomado de las filtraciones en el estanque, y a las gigantescas multas que finalmente había impuesto el tribunal. No habría ninguna otra mina en el arroyo Silver Fox.


Kate llegó a la enorme cocina de pino y abrió la puerta de golpe. Hannah se volvió hacia ella con una taza de café caliente en la mano, y atravesó en silencio el suelo de madera. —Tenga. Esto la hará entrar en calor. —Gracias, Hannah. Tal vez ahora logre despertarme. No sé qué me ocurre esta mañana. Hannah le dedicó una mirada que indicaba a las claras que sabía muy bien qué le sucedía... y qué había ocurrido exactamente en la planta de arriba. Kate hizo un esfuerzo por disimular la vergüenza, abrió la puerta trasera y salió al fresco aire de la mañana. Vestida con téjanos, con la sudadera del dibujo de un alce y las botas vaqueras que Chance le había regalado, bajó por la suave pendiente hasta el corral. Una docena de vaqueros, algunos a caballo y otros a pie, se afanaban por marcar a los terneros. Kate arrugó la nariz al sentir el olor a pelo quemado, y trató de pasar por alto los gritos de los terneros al ser marcados, vacunados y capados, aunque ya no se preocupaba por ellos. La primera vez que había visto trabajar a los hombres había quedado sorprendida y encantada al ver que trataban a los animales con tanto cuidado. Chance la vio caminar hacia él, bajó de la valla de un salto y se acercó. La mirada de Kate se desvió de forma inconsciente hacia la parte delantera de los zahones, donde el cuero protegía su sexo, y su rostro volvió a encenderse. Chance le leyó el pensamiento y sonrió. —¿Sabes qué es lo que adoro de ti, Katie? Ella se sonrojó aún más, segura de que él iba a decir algo embarazoso acerca de cuánto le gustaba hacer el amor con él. —¿Qué? Chance se inclinó y la besó.


—Todo —adoptó una expresión seria—. Casarme contigo ha sido lo mejor que he hecho en mi vida, Kate. Me has convertido en el hombre más feliz de la tierra. Kate sonrió y se le humedecieron los ojos a causa de las lágrimas. Dios, cuánto lo amaba. —¿Cómo van las cosas? Él se volvió y miró hacia el corral. Los cascos de los caballos levantaban pequeñas nubes de polvo mientras los hombres lazaban a los terneros y los derribaban. — Terminaremos al finalizar el día, como habíamos planeado. La tradicional barbacoa estaba programada para última hora de la tarde, y estaban invitados unos cuantos amigos, y todos los que habían ayudado. Kate había estado trabajando con Hannah durante los días anteriores, poniéndolo todo a punto. —¿Puedo hacer algo para ayudar? —¿Qué te parece si me haces compañía un rato? Ella sonrió. —Será un placer, vaquero. —Lo acompañó hasta el corral, y él la ayudó a subir a la valla. En el costado opuesto se encontraba David, montado sobre el pequeño caballo castrado que Chance le había dado como «regalo de bodas», según había dicho. Kate también tenía el suyo, un pequeño caballo de color claro y crin blanca, del que se había enamorado a primera vista. La vida en el rancho era fantástica, lo había sido desde el día en que ella y David se fueron a vivir allí. Después de la noche en que ella disparó a Duke Mullens, nunca más volvieron a instalarse en la vieja casa de Nell. En cuanto Chance arregló las cosas con Rachael


—que resultaron mejores de lo que cualquiera de ellos hubiese imaginado, gracias a Ed, y quizás a Ned Cum-mings— Kate y él se casaron. La ceremonia se celebró en una pequeña iglesia, con unos pocos amigos íntimos, pues eso era lo que ambos deseaban. Chance le dedicó una mirada algo picara. —¿Volviste a dormirte cuando me fui? Kate se limitó a sonreír. —En realidad, sí. Pero fue extraño. Soñé con Nell. Me daba las gracias por demostrar que Silas no era el culpable de su muerte. —Miró a Chance—. Tú no crees que fuera ése su verdadero mensaje, ¿no? Que Silas no fue el hombre que la mató y que ella no quería que él siguiera culpándose... Chance se encogió de hombros. —Tal vez. Sería muy propio de ella. Siempre se preocupaba por él. Supongo que nunca lo sabrás con) certeza. Pero Kate pensaba que tal vez sí lo sabna... algún día, en un futuro lejano. El día que abandonase su cuerpo e hidera el viaje de regreso a casa. Cuando se reumera con los amigos y con los miembros de la familia que se habían marchado antes que ella. Cuando volviese a ver a su abuela.

El secreto kat martin  

Resumen y sinópsis de El secreto de Kat Martin Él se llama Chance McLain. Apuesto y seguro de sí mismo, es exactamente lo que Kate Rollins...

El secreto kat martin  

Resumen y sinópsis de El secreto de Kat Martin Él se llama Chance McLain. Apuesto y seguro de sí mismo, es exactamente lo que Kate Rollins...

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