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Diez años después Elinor tenía que tomar una difícil decisión, ya que el cirujano Andrew Blake le había pedido que vivieran juntos... Sabía que sólo se trataba de un favor: era un padre soltero muy necesitado de ayuda. No era como si le hubiera pedido que se casara con él. El problema era que eso ya lo había hecho una vez y habían estado a punto de casarse... ¿Debería arriesgarse e irse a vivir con el hombre al que una vez tanto había amado, el hombre que le había salvado la vida a su hija? Por otra parte, vivir bajo el mismo techo como marido y mujer sería una tentación demasiado grande... Casados en todo... menos en lo más importante. PRÓLOGO NUNCA la habría reconocido. La habría reconocido en cualquier sitio. Andrew solo captó la imagen de la mujer un segundo, al fondo del pasillo del hospital, pero fue suficiente para refrescarle la memoria, como si el ala de un pájaro le rozara el rostro. No se parecía en nada a Ellie, que había sido joven y seductora. La mujer era pálida y delgada; tenía aspecto de que la vida la había tratado mal, dejándola exhausta. Pero había un rastro de Ellie en la postura resuelta de su cabeza y en el ángulo de su mandíbula. Volvió a sentir la caricia de una pluma de recuerdo.


No podía permitirse ser sentimental. Era un hombre ocupado, el segundo de a bordo de la Unidad de Cardiología del Hospital Burdell. En última instancia, solo lo satisfaría dirigir el equipo, aunque no era ninguna vergüenza ser segundo cuando el jefe era Elmer Rylance, una eminencia mundial. Pronto se retiraría y Andrew ocuparía su lugar. Había ascendido muy rápidamente, entregándose a su trabajo sin distracciones,, como demostraba la ruptura de su matrimonio. Era joven para el cargo, pero no lo parecía. Era alto y delgado, con rasgos atractivos; seguía teniendo el pelo oscuro, pero su rostro estaba demacrado tras demasiadas horas dedicadas al trabajo y no las suficientes a vivir. Sus ojos daban la sensación de que estaba agotado interiormente. La mujer iba con una niña de unos siete años, a la que miraba con una angustia posesiva que le resultaba muy familiar. Había visto a miles de madres mirar a sus hijos así. Normalmente conseguía que volvieran a casa felices, pero no siempre. Entró a su despacho; su secretaria lo esperaba con una lista de citas, los informes necesarios y el café recién hecho, exactamente como le gustaba. Era la mejor. Siempre contrataba a los mejores. La primera paciente tenía diecisiete años, la edad que había tenido Ellie entonces. El parecido acababa allí. Su paciente estaba agotada por la enfermedad.


Ellie había sido una ninfa vibrante de vida, que se reía del mundo con la confianza de quien se sabe bendecida por los dioses. -¿Señor Blake? -la señorita Hastings lo miró con preocupación. -Perdone, ¿decía algo? -Le he preguntado si ha visto los resultados de las pruebas. Están aquí... Él gruñó, molesto por ese momento de falta de atención. Era una debilidad y siempre ocultaba sus debilidades. La señorita Hastings tenía demasiada disciplina para notarlo; era una máquina perfecta, como él. La belleza de Ellie había sido salvaje y desbordante, y lo había hecho pensar en vino y sol, en libertad y esplendor: todas las cosas buenas de la vida, que fueron suyas durante un breve periodo de tiempo. Desterró el pensamiento con la misma facilidad con la que habría apretado un interruptor. Tenía un largo día de trabajo por delante. Además, no había sido ella. -Es hora de que empiece con la ronda de visitas -le dijo a la señorita Hastings. A continuación le dio las instrucciones para el resto del día. Cuando salió al pasillo, la mujer no estaba y eso lo alegró. CAPÍTULO 1 LO HABRÍA reconocido en cualquier sitio, siempre. Al fondo del pasillo. Años después. Años que habían convertido a una jovencita, frívola y convencida de


que el mundo giraba a su alrededor, en una mujer amargada y dolida que sabía que el mundo era un sitio donde librar batallas. Que nunca se ganaban. Había visto su nombre en el listado de médicos del hospital. Andrew Blake era un nombre común, y podría no haber sido él, pero supo que lo sería. Al leer su nombre pensó en aquel hombre alto, tenso y pensativo; un reto para una chica que sabía que cualquier hombre podía ser suyo si chasqueaba los dedos. Los chasqueó y fue suyo; ambos pagaron un duro precio. Ella se había imaginado desempeñando una profesión sofisticada, ganando mucho dinero y viviendo en una mansión. La realidad era «acogedora y pequeña»: una destartalada casa de huéspedes en un barrio venido a menos de Londres. La pintura estaba descascarillada y olía a repollo; lo único acogedor era la amabilidad de la casera, Daisy Hentage. Daisy miraba por los raídos visillos cuando llegó el taxi; Elinor ayudó a su hija a bajar. En otros tiempos, Hetta habría protestado: «puedo sola, mamá», y Elinor se habría desesperado. Pero Hetta ya no discutía, se limitaba a hacer lo que le decían, y eso era mil veces peor. -El té está a punto -dijo Daisy, abriendo la puerta mientras subían los


escalones-. Venid a mi habitación. Era una mujer de mediana edad, viuda y redonda como un cojín. Sobrevivía gracias a la casa de huéspedes en la que, además de Elinor y su hija, se alojaban un matrimonio joven, varios estudiantes y el señor Jenson, con quien estaba siempre en guerra por su hábito de fumar en la cama. Cuando la casa estaba llena, Daisy solo se quedaba con una habitación pequeña para ella. Pero tenía el corazón muy grande, y Ellie y su niña tenían sitio en él. Cuidaba de Hetta mientras Elinor salía a trabajar como esteticista autónoma, y era la única persona a la que habría confiado a su preciada hija. Tras la tensión del viaje, Hetta tuvo que tumbarse en el sofá. Cuando se quedó dormida, las mujeres fueron a la cocina. -¿Viste al gran hombre en persona o te colocaron a otro? -preguntó Daisy. -Me atendió Elmer Rylance. Dicen que siempre atiende personalmente cuando las noticias son malas. -Es demasiado pronto para hablar así. -El corazón de Hetta está dañado y necesita uno nuevo. Pero tiene que ser una pareja exacta y lo suficientemente pequeño para un niño -Elinor se tapó los ojos con la mano-. Si no encuentran uno antes de... -Lo encontrarán, ya lo verás -Daisy abrazó a la delgada mujer, que sollozaba-.


Aún hay tiempo. -Eso dijo él, pero lo ha dicho demasiadas veces. Fue amable y optimista, pero no hay garantías. Hace falta un milagro y no creo en los milagros. -Yo sí -dijo Daisy con firmeza-. Estoy segura de que ese milagro llegará. -¿Has estado echando las cartas del tarot otra vez, Daisy? -Elinor soltó una risa nerviosa. La vida de Daisy se repartía entre las cartas, las runas y las estrellas. Creía ciegamente en todas sus predicciones hasta que resultaban ser erróneas; después creía en otras. Según ella, eso la mantenía alegre. -Sí, las he echado -dijo-, y todo irá bien. Puedes reírte, pero más vale que me creas. Llega buena suerte, y te pillará por sorpresa. -Ya nada me pilla por sorpresa -replicó Elinor, secándose los ojos-. Excepto.. -¿Qué? -Es solo que me pareció ver un fantasma hoy. -¿Qué tipo de fantasma? -preguntó Daisy, excitada. -Nada, me estoy volviendo tan fantasiosa como tú. ¿Tomamos otra taza de té? -No es justo que tengas que enfrentarte a esto tú sola -comentó Daisy sirviendo


el té. -No estoy sola, te tengo a ti. -Me refiero a un hombre. Alguien que te apoye. El padre de Hetta, por ejemplo. -Cuanto menos hables de Tom Landers, mejor. Era un desastre. No debí casarme con él. Mi primer marido también era un desastre. Y antes... -Elinor calló. -¿Ese también fue un desastre? -No, lo fui yo. Quería casarse conmigo y lo rechacé. No pretendía ser cruel, pero le rompí el corazón. -Era imposible evitarlo si no lo querías. -Sí que lo quería -musitó Elinor-. Lo quería más que a nadie en el mundo, excepto a Hetta. Pero entonces no me di cuenta. Lo comprendí años después, demasiado tarde -se estremeció de angustia-. Oh, Daisy. Tenía lo mejor que podía desear una mujer, y lo desprecie. Había más de una clase de fantasmas. A veces era otra persona la que hacía recordar lo que podría haber sido. Pero a veces era el espíritu de uno mismo, que regresaba del pasado preguntando con reproche cómo uno se había convertido en lo que era.


Para Ellie Foster, a punto de cumplir los diecisiete, la vida había sido un paraíso: un paraíso sin lujos, ya que nunca había sobrado el dinero en su casa. Pero tenía la libertad de haber abandonado los estudios. Su madre había intentado convencerla de que continuara, incluso de que fuera a la universidad, pero a Ellie la había horrorizado la idea. Prefería trabajar en la sección de cosmética de unos grandes almacenes antes que asistir a clases. Tenía trabajo, un sueldo y cierta independencia. Además, era preciosa. Lo sabía sin llegar a ser engreída; los chicos la perseguían, intentando robarle un beso o limitándose a mirarla con adoración. Medía un metro setenta, era esbelta, sensual y con unas piernas larguísimas. Tenía una melena rubia, larga y espesa, que solía llevar suelta. Además, sus ojos eran de un azul profundo y sus labios, carnosos, se curvaban con una sonrisa esplendorosa. Solo tenía que sonreír para derretir a cualquier hombre. Lo que consternaba a Elinor, cuando miraba hacia atrás, era su ignorancia. Había creído que con esas herramientas conseguiría tener el mundo a sus pies y nadie le había dicho lo contrario. Tenía una pandilla: Pete, Clive, Johnny y Grace, su hermana, y otra chica que iba con ellos porque Ellie siempre era el centro de atención. Era una líder nata y sabía que no se quedaría mucho tiempo en Markton, la aburrida ciudad provincial en la que había nacido. Lograría ser lo que quisiera: modelo, presentadora de televisión o, simplemente, una persona famosa. La sección de cosmética solo era algo temporal,


después llegaría la ciudad, y luego el mundo. Grace y ella cumplían diecisiete años la misma semana, así que los padres de ambas habían decidido hacer una fiesta para las dos en casa de Grace, que era más grande. Ellie se había comprado un vestido dorado, demasiado sofisticado y revelador; su madre, escandalizada, había protestado. -Mamá, es una fiesta -afirmó Ellie-. Así es como se viste la gente en las fiestas. -Es demasiado escotado -dijo su madre con voz átona-. Y demasiado corto. -Bueno, si se tiene algo que lucir, hay que lucirlo. Yo lo tengo. -Y lo luces, de eso no hay duda. En mis tiempos, solo una clase de mujer se vestiría así. -Cuando tenías mi edad, ¿no te lucías? -Ellie, riendo, abrazó a su madre. -No tenía nada que lucir, cariño. Si lo hubiera tenido, bueno, quizá también habría sido alocada. Pero entonces habría perdido a tu padre. No le gustaban las chicas que «lo enseñaban todo». -¿Insinúas que era tan seco entonces como ahora? -Ellie soltó un gritito alborozado. -No hables mal de tu padre. Es un hombre bueno y agradable. -¿Cómo puedes decir eso si quería coartarte e impedir que te divirtieras? -No era así. Quería que me divirtiera con él. Y lo hice. Nos amábamos. Algún


día lo entenderás, cuando conozcas al hombre adecuado. -Vale, vale -dijo Ellie, sin creer una palabra, pero de buen humor-. Pero no quiéro conocer al hombre adecuado hasta que haya vivido un poco. Fue muy irónico haber dicho eso aquella tarde. Lo comprendió después. -Vamos a esa fiesta. Solo se es joven una vez -dijo la señora Foster con indulgencia. Ellie la besó, encantada de haber vuelto a salirse con la suya. La fiesta estaba muy concurrida, ruidosa y alegre. Los padres se quedaron una hora y luego escaparon a la paz del pub, dejando a los jóvenes a solas. Inmediatamente subieron la música y alguien sacó una botella de sidra. Ellie la rechazó, disfrutaba más de la vida con la cabeza despejada. Poco después pusieron música más lenta. En el centro de la habitación las parejas bailaban, sin agarrarse, porque eso no estaba de moda, pero acercándose mucho. Pete empezó a bailar con ella, mirando con adoración sus curvas sinuosas. Ellie era grácil y se movía como si la música fuera parte de ella. Al principio, apenas se fijó en el desconocido que había en el umbral, pero en un giro vio que era más alto que los demás y parecía mayor. Llevaba una camisa y vaqueros, un atuendo bastante conservador en comparación con la estrambótica ropa adolescente de los demás. Lo que más la impresionó fue su expresión; sus labios se curvaban con una


sonrisa irónica, como un hombre que mirara a unos niños con indulgencia. Era obvio que pensaba que una fiesta de adolescentes no estaba a su altura, y eso la molestó. No le habría importado si perteneciera a otra generación. Era comprensible que la gente mayor fuera ¿iburrida, pero era un veinteañero, demasiado joven para ser tan altivo. Tampoco le hubiera importado si fuera poco atractivo. Pero que un hombre con esos labios tan sensuales se sintiera por encima de ellos era un insulto mortal. Tenía unas facciones ligeramente irregulares, que le daban un aspecto intrigante. Sus ojos eran oscuros, brillantes y expresivos; deberían estar mirándola con admiración, en vez de observar la habitación con aire divertido. -¿Quién es ese? -le gritó a su pareja por encima de la música. -Es el hermano de Johnny, Andrew -gritó él-. Es médico. No suele venir por aquí. Johnny estaba acercándose hacia su hermano. Ellie no oyó lo que se decían, pero adivinó que Johnny le pedía que se uniera a la fiesta y vio la mueca de desagrado de Andrew. Leyó en sus labios que decía «yo no juego con niños». Niños. Ella reaccionó de manera infantil al oír la palabra. Comenzó a menearse de forma más sensual, provocando gritos de admiración de los chicos y miradas de odio de las chicas. Quería demostrarle que no era ninguna niña, pero cuando alzó la cabeza había desaparecido.


Lo encontró en la cocina media hora después, comiendo pan y queso y bebiendo una taza de té. Ellie decidió cambiar de táctica y utilizar el encanto. -¿Qué haces escondido aquí? -le preguntó con una sonrisa-. Es una fiesta. Deberías estar divirtiéndote. -Perdona, ¿qué has dicho? -él alzó la cabeza del libro que estaba leyendo. Tenía los ojos desenfocados, como si parte de él siguiera inmersa en las páginas, y no pareció fijarse en su sonrisa. -Es una fiesta. Ven a divertirte. No seas aburrido. -Mejor ser aburrido aquí que ahí fuera -dijo él, ladeando la cabeza hacia el ruido. -Disfruta de la vida un poco. -¿Le llamas «disfrutar» a beber demasiado y hacer el tonto? No, gracias. Eso ya lo hice en el primer año de universidad, no necesito repetir la experiencia volvió a mirar su libro, sin ocultar el hecho de que no le parecía que Ellie estuviera a su altura. -Lo que quieres decir es que nosotros somos aburridos, ¿no? -exigió ella, irritada. -Lo siento, he sido un poco grosero -se disculpó él, alzando la vista del libro y dedicándole su atención-. ¿Qué se celebra? -Es mi cumpleaños, y el de Grace.


-¿Cuántos años tienes? -Diecinueve -dijo ella. Él la miró con la cabeza ladeada-. De acuerdo, no son diecinueve -admitió. Volvió a mirarla de arriba abajo, y ella pensó que por fin empezaba a admirarla, pero se equivocaba. -Tampoco son dieciocho -comentó él. -Cumplo diecisiete -confesó ella. -No lo digas con tanta desilusión. Diecisiete es una edad fantástica. -¿Cómo lo sabes? Apuesto a que nunca tuviste diecisiete años. -Los tuve -él soltó una risa-. Pero se pierden en la neblina del tiempo. -Sí, ya veo que eres muy viejo -se burló ella, pen sando que era muy atractivo cuando sonreía-. Debes tener al menos veintiuno. -Veintiséis. Soy un anciano. -Nada de eso. Me gustan los hombres maduros -ella se sentó al borde de la mesa y cruzó las piernas, luciendo su perfección. -¿En serio? -preguntó mirándola a los ojos. -En serio -afirmó ella con voz ronca y sugerente. -Vuelve a tu fiesta, nenita -dijo él volviendo a su libro-. Y ten cuidado con lo que bebes. -Creo que eso es asunto mío -desafió ella.


-Claro. Disfruta de la resaca. Ella le lanzó una mirada asesina, pero él no la miraba. No le quedó otra opción que salir de la cocina dando un portazo tras de sí. -Tu hermano es insufrible -le dijo a Johnny, que estaba bebiendo sidra. -Eso te lo podía haber dicho yo. Aburrido como agua estancada. No sé por qué habrá decidido venir precisamente esta noche. Se supone que está estudiando para sus exámenes. -Creí que ya era médico. -Lo es. Acabó este verano. Estos exámenes son para otra cosa. Siempre está estudiando. Olvídalo y diviértete. Toma -sirvió sidra en un vaso y ella se la bebió de un trago. Johnny rellenó el vaso inmediatamente y Ellie volvió a vaciarlo. Con disimulo, se agarró al borde de la mesa. Por nada del mundo habría hecho algo tan descastado como demostrar que el alcohol la había afectado. Inspiró con fuerza para despejarse la cabeza y ofreció su vaso. -Llénalo -ordenó con bravuconería. Él obedeció y se oyeron unos aplausos de admiración. Envalentonada, Ellie tomó la botella de plástico y la vació. Cuando volvió a la pista de baile, comprendió que le había ocurrido asgo. Sentía las piernas extraordinariamente ligeras y bailó como si flotara en el aire; todo su cuerpo parecía imbuido de sensualidad. Las parejas iban y venían. No sabía ni con quién bailaba, pero sí que ninguno de ellos era a quien deseaba.


-Eh -exclamó al notar que un par de brazos desconocidos la rodeaban y la llevaban hacia la puerta-. ¿Quién eres tú? -Me conoces -susurró alguien contra su boca. Era un hombre, pero no sabía cuál-. Y te gusto, ¿no? -¿Me gustas? -Claro que sí. Estás a punto, lo sé. Eh, ¿qué haces? -le dijo a alguien que había aparecido de repente y estaba liberando a Ellie de sus brazos-. Lárgate. -No, lárgate tú -replicó la voz de Andrew. -Oye, escucha... -Piérdete antes de que te haga algo muy doloroso -ordenó Andrew con tono desenfadado. -Lo hará -comentó Ellie sin dirigirse a nadie en particular-. Es médico, así que sabría cómo hacerlo -de repente, todo le pareció muy divertido y empezó a reírse. Unos fuertes brazos la sujetaron, pero esa vez eran los de Andrew. -Gracias, amable caballero -dijo con dignidad-, por venir a rescatarme con tu resplandeciente armadura. -¿Qué diablos has bebido? -exigió Andrew con una voz que distaba mucho de la


de un caballero. -No sé -contestó ella con sinceridad-. Es una fiesta. -Y como es una fiesta, tienes que beber un montón de porquería y hacer el ridículo, ¿no? -dijo él, cáustico. -¿A quién llamas ridícula? -A ti, con toda la razón. -Vete -rezongó ella. La escena no se estaba desarrollando como quería-. Sé cuidar de mí misma. -¡Oh, sí! -exclamó él, sin ni siquiera simular educación-. He visto a niños que saben cuidarse mejor que tú. Venga -la sujetó con firmeza, pero no como lo hacían otros chicos. Parecía un hombre que fuera a sacar la basura. -¿Qué demonios haces? -exigió Ellie al ver que la conducía hacia la puerta. -Llevarte a casa. -No quiero irme a casa -intentó escabullirse, pero él sujetaba su cintura con firmeza-. ¡Suéltame! -No malgastes tu energía -aconsejó él con amabilidad-. Soy mucho más fuerte que tú. -¡Socorro! -gritó ella-. ¡Abducción! ¡Secuestro! ¡Ayuda! Eso consiguió que todo el mundo los mirara, para su alegría. Peter se interpuso


entre ellos. -¿Dónde llevas a mi chica? -preguntó con desafío. -¿Quién ha dicho que soy tu chica? -protestó ella-. Yo nunca... -Callaos los dos -ordenó Andrew-. No es tu chica porque no sabes cuidarla. Y tú... -sujetó con más fuerza a Ellie, que intentaba zafarse-. Tú no tienes edad para ser la chica de nadie. No eres más que una niña tonta que se pone ropa extravagante y el maquillaje de su madre y se cree mayor. Nos vamos de aquí. -No quiero irme. -¿Acaso te he preguntado lo que quieres? -dijo él con indiferencia. -¡Te arrepentirás de esto! -Ni la mitad que tú si no lo hago. Ella redobló sus esfuerzos por escapar, pero él se limitó a alzarla del suelo y, mientras ella pataleaba, apartó a Pete y siguió su camino. Ellie tenía la mente nublada por la sidra y empezaba a marearse, pero vio que sus amigos se reían de su situación. Para su alivio, Johnny apareció y los detuvo. -¡Déjala! -exclamó-. Es mi chica. -¿Otro más? -dijo Andrew con ironía-. Escucha, Johnny, hablaré contigo después. Ahora voy a llevar a Ellie a casa, donde estará a salvo. ¿Dónde vive? -No se lo digas -rugió ella.


Pero Johnny había visto la expresión de su hermano y optó por obedecer. Le dio la información a Andrew con una docilidad que desesperó a Ellie. Un momento después, sintió cómo la sacaba de la habitación. Cuando la puerta se cerró a su espalda, le pareció oír un estallido de carcajadas que la enfureció aún más. Fuera estaba la furgoneta más vieja y destartalada que había visto nunca. No se podía creer que pretendiera llevarla en algo así, pero él la metió en el asiento del copiloto de un empujón. Intentó salir, pero le cerró la puerta en las narices. -Podemos hacerlo de la forma fácil o de la difícil -le dijo él por la ventanilla-. La fácil es que te quedes ahí sentada. La difícil es que te eche en la parte de atrás, cierre las puertas con cerrojo y no te deje salir hasta que lleguemos. -No te atreverías. -Ni siquiera tú eres tan tonta como para pensar eso. -¿Qué quieres decir? ¿Ni siquiera yo? -Adivínalo. Él fue hacia la puerta del conductor y ella se quedó sentada en silencio, en parte porque sabía que lo decía en serio, en parte porque cada vez le costaba más moverse. Decidió apoyar la cabeza en el asiento, solo un momento. CAPÍTULO 2 ESTÁS bien, querida? -el rostro de la señora Foster apareció ante sus ojos.


-¿Mamá? ¿Qué.. ? La furgoneta se había convertido en la cama de su dormitorio. Le dolía la cabeza y su madre sonreía con preocupación. -¿Cómo he. .? ¡Ay, Dios! -saltó de la cama y corrió al baño. Llegó justo a tiempo. Después de vomitar se sintió algo mejor, hasta que se dio cuenta de que estaba en ropa interior. Solo llevaba un diminuto conjunto de encaje color melocotón que apenas la tapaba. Se preguntó cómo, dónde y cuándo había pedido las medias y el vestido dorado. Volvió lentamente al dormitorio, donde su madre la esperaba con una taza de té fuerte. -¿Bebiste demasiado ayer, cariño? Andrew dijo que te habías mareado y que le pediste que te trajera a casa, pero me pregunté si... Bueno, no importa. Es un joven muy agradable. Ellie pensó que ese joven tan agradable la había desnudado mientras estaba inconsciente. Y había tenido el valor de colgar su vestido. Lo vio en el armario, perfectamente estirado. Todo un atropello. -¿Qué te contó? -musitó sorbiendo el té. -Te trajo a casa y te fuiste directa a la cama. El se quedó en el salón, esperándonos, para explicarnos que ya estabas acostada. -Es el hermano mayor de Johnny.


-Nos lo dijo. Por lo visto es médico. Siempre pensé que te gustaban los jóvenes algo menos serios. -No es mi novio. Lo conocí anoche. -Pero es a quien pediste ayuda cuando te sentiste mal, así que debe haberte impresionado. -Eso es verdad -murmuró ella. -Es agradable saber que empiezas a tener más sentido común, ahora que estás creciendo. -¡Mamá! -exclamó ella, como si fuera un insulto. -¿Qué, cariño? -Tengo diecisiete años. Pasarán años antes de que me interese por un aburrido médico. Se lo pedí porque tenía coche. -¿Te refieres a esa horrorosa furgoneta? Debe haberte impresionado más de lo que creía. -No me encuentro bien -comentó ella rápidamente-. Creo que voy a dormir un rato más. Su madre se fue y Ellie se acurrucó, sintiéndose como un trapo. Mientras se dormía, recordó al extraño que había intentado llevársela. Podría haber perdido la


consciencia con él, y su instinto le decía que no se habría limitado a llevarla a casa y acostarla, como Andrew. Por más que lo intentó, no recordó a Andrew desnudándola. Era un grosero insufrible, pero la había salvado de un destino desagradable. Además, la había visto casi desnuda, algo que no había hecho ninguno de sus amigos. Era desesperante pensar que quizá había admirado su cuerpo y ella no había sido consciente de ello. Se dejó vencer por el cansancio y comenzó a soñar. Iba en un vehículo que se detuvo de repente. La puerta ,w abrió y cayó sobre un hombre que la levantaba en brazos como si no pesara nada. Oyó el ruido de la puerta y sintió que subía las escaleras. Era agradable apoyarse en él, se sentía segura y cálida. Sin saber cómo, se abrazó a su cuello y apoyó la cabeza en su hombro; oía el latido acompasado de su corazón. Ya en su dormitorio, él la tumbaba en la cama. Su rostro, delgado y serio, entraba y salía de su campo de visión. Un rostro expresivo que no podía leer. Después, la oscuridad lo apagó todo y sintió que se hundía en un profundo pozo, dejando el sueño y sus misterios para otro momento. Su primera resaca fue una experiencia desagradable, pero a última hora de la tarde volvió a sentirse persona. Supuso que Andrew iría a preguntarle cómo estaba. Sus ojos se encontrarían y recordarían la noche anterior.


Se vistió con sencillez, unos pantalones y una camiseta, y apenas se maquilló. Eso le haría olvidar la imagen de chiquilla adolescente que había despreciado. Lo intrigaría; él comprendería que tenía cerebro y personalidad, además de una figura perfecta. Se convertiría en su esclavo; sería su castigo por tratarla como a una niña. Pero no fue Andrew, sino Johnny. ¡Diablos! -Hola, Johnny -dijo intentando no sonar tan desilusionada como se sentía. -¿Estás mejor? La última vez que te vi estabas de color casi verde. -Me pregunto por qué -comentó ella, cáustica. -Sí, lo sé -farfulló él-. Fue culpa mía. No hace falta que lo digas. Ya me ha gritado Andrew. -¿Ah, sí? ¿Qué te ha dicho? -¡Qué no ha dicho! -clamó Johnny-. «Llenar de sidra a una niña tonta que no tiene ni dos neuronas en el cerebro... » -¿A quién llama tonta? -protestó ella, indignada. Las cosas no iban en absoluto como debían-. ¿Por qué no vamos a tu casa? -sugirió-. Así podré darle las gracias. -No está. Esta mañana se fue a visitar a su novia. -¿Qué? ¿Hasta cuándo? -¡No lo sé! Lilian también está preparando unos exámenes, así que probablemente


lo hagan juntos. Apuesto a que estudian hasta tarde y luego se van a dormir. No creo que hagan más. Mi hermano tiene hielo en las venas. Como un destello, Ellie vio el rostro de Andrew inclinándose sobre ella mientras le quitaba la ropa: de hielo nada. Un instante después, volvió a la realidad y Johnny le pareció un niño. Se preguntó cómo podía haberla halagado nunca su admiración. Pero pasó los días siguientes con él, cenando en su casa, por si acaso aparecía Andrew. No lo hizo y, cuatro días después, se rindió. Le dijo a la madre de Andrew que lamentaba no haberlo visto y que le escribiría un nota de agradecimiento. Se sentó en la cocina a hacerlo. Querido Andrew: Le daré esta nota a tu madre y le pediré que te la haga llegar. Te doy las gracias por la ayuda que me prestaste en lafiesta la otra noche. Le pareció muy bien lo escrito. Era digno y comedido, y no daba ninguna pista sobre sus verdaderos sentimientos: «eres un despreciable asqueroso por no venir a verme». -«Apasionado» se escribe sin hache -dijo la voz de Andrew por encima de su hombro. -¿Qué...? Yo no -Ellie dio un respingo de sorpresa. -Lo mismo te digo de «eterno» y de «agradecimiento».


-¿De qué estás hablando? -Ellie se levantó de un salto y se enfrentó a él. Odiaba que la hubiera pillado desprevenida tras sus cuidadosos planes. Una vez más, la vida se saltaba su guión. El rostro de Andrew la impresionó. Estaba pálido y cansado, como si hubiera estudiado demasiado, pero sus ojos tenían un brillo que hicieron que deseara sonreír. -Estaba escribiéndote una nota, pero no he utilizado apasionado, eterno, ni agradecimiento. -Aún no habías llegado a esa parte -sugirió él, quitándole la nota y examinándola con desilusión. -¡Ni lo sueñes! Cuando una persona intenta ser educada, otra no puede aparecer a su espalda y reírse de ella cuando lo único que esa persona quería es... -Ser educada -acabó él amistosamente. -Te hubiera dado las gracias en persona al día siguiente si hubieras estado. -Me pareció mejor irme -dijo él con voz queda. Ella sintió una oleada de calor, como si él acabara de referirse a cómo la había desnudado. Volvió la cabeza para que no viera el rubor de sus mejillas. Un segundo después, la familia invadió la cocina. Hubo saludos, risas y sorpresa.


-Creí que estarías fuera hasta el fin de semana -dijo su madre. -Ya me conoces -comentó Andrew-. Siempre estoy cambiando de planes. -¿Tú? Cuando decides algo, es como discutir con una roca. Andrew se limitó a esbozar esa sonrisa tranquila que Ellie empezaba a conocer. Implicaba que le resbalaba la opinión de los demás. -Lo sentiré por Lilian si se casa contigo -se burló Grace. -No lo hará -arguyó Andrew-. Tiene demasiado sentido común. -¿Sentido común? -repitió Grace, horrorizada-. ¿Es eso lo que dices del amor de tu vida? ¿No te excitas cuando la ves? ¿No se te acelera el corazón...? -Deberían pegarle un tiro a quien inventó a las hermanas pequeñas -observó Andrew con calma. -¿Quién es pequeña? -protestó Grace-. Tengo diecisiete años. -Para mí, eso es pequeña -se mofó él. -Ven, vamos arriba a escuchar música -dijo Grace, agarrando a Ellie del brazo. -No, vamos a ayudar a tu madre a poner la mesa -replicó Ellie. Cualquier cosa era mejor que seguirle el juego a «la hermana pequeña». Después de comer, todos salieron al jardín a observar las luciérnagas y a charlar.


Cuando los demás entraron, ella se quedó atrás y le tocó ligeramente en el brazo, para que se quedara con ella. -No te di las gracias de la forma apropiada -le dijo. En la oscuridad solo podía vislumbrar su sonrisa. -En aquel momento no pensabas eso. Todo eran insultos. -Bueno... no estaba en mi estado normal. -Estabas borracha. Algo nada agradable, y sí peligroso. -Sí, caí en manos de un hombre que me desnudó mientras estaba inconsciente -señaló ella-. Eso es peligroso -no estaba realmente molesta con él, pero quería hablar del tema. -¿Qué estás diciendo? ¿Me estás preguntando si me aproveché de ti? -¿Lo hiciste? -ella sonrió provocativa. -Deja de jugar conmigo, Ellie -dijo él-. Eres demasiado joven e ignorante sobre los hombres para arriesgarte a este tipo de conversación. -¿Es arriesgada? -Lo sería con algunos hombres. No conmigo, porque sé lo inocente que eres en realidad, y lo respeto. -Entonces, ¿no debo preguntarte si te aprovechaste? -¡Sabes perfectamente que no lo hice! -exclamó él, airado.


-¿Cómo lo sé? -Porque sabrías lo contrario. -Entonces, ¿por qué me desnudaste? -Si te hubiera dejado en la cama vestida, tu madre habría adivinado tu estado. Intenté que pareciera lo más normal posible. Soy médico y estoy acostumbrado a ver cuerpos desnudos; el tuyo no significó nada para mí. Ella lo miró con rabia. Era desesperante no poder decirle que eso era lo que más la molestaba. -Andrew, Lilian está al teléfono -gritó Grace sacando la cabeza por la ventana. Ellie no puedo evitar escuchar el principio de la conversación. -¿Lilian? Sí, cielo, he llegado bien. Pasamos unos días fantásticos, ¿verdad? Sabes que sí... -Andrew soltó una risa suave que estremeció a Ellie. Se quedó quieta, percibiendo sensaciones que no entendía ni podía controlar. Andrew era un hombre, no un niño. La excitaba e inquietaba, tenía el atractivo de lo desconocido. Pero, sobre todo, la dominaba una infantil sensación de orgullo herido, y decidió que iba a hacer que se enamorase de ella. Así le demostraría que no podía mirarla con superioridad. «Dios mío», pensó, volviendo a la realidad, «solo tenía diecisiete años. No sabía


nada». La casa estaba apartada de la carretera, casi escondida por los árboles. Era grande y lujosa, la residencia de un hombre rico y de éxito. Anochecía cuando Andrew llegó; la casa no estaba iluminada. Desde que su esposa y su hijo se habían marchado, pasaba muy poco tiempo allí; tenía un piso de soltero cerca del hospital. No consideraba la grandiosa casa un hogar, nunca lo había sido. La había comprado tres años antes, para satisfacer a Myra, que se había enamorado de su tamaño y su lujo. Era la esposa del cardiocirujano más joven y renombrado del país, y quería vivir como correspondía a esa situación. Andrew se había resistido a comprar la mansión, de puerta porticada y paredes recubiertas de hiedra. Pero, como era habitual, había terminado rindiéndose ante la insistencia de Myra, en cierto modo para ocultar el hecho de que sus sentimientos por ella, si es que habían existido alguna vez, habían muerto. Durante un tiempo, Myra había, disfrutado actuando como una gran dama. Había llamado a la casa «Los robles», en honor a los dos magníficos árboles del jardín, le había comprado un poni a su hijo, Simon, y le había enseñado a montar. Pero su matrimonio ya había acabado. Ni siquiera había querido quedarse con «Los robles» tras el divorcio. Andrew estaba sirviéndose una copa cuando sonó su teléfono móvil. Era Myra e,


inmediatamente, empezó a dolerle la cabeza. -Sigues siendo tan difícil de localizar como siempre -dijo ella con sarcasmo-. ¿Dónde estás? -En casa. -Llamaba para confirmar lo del fin de semana. Simon está deseando verte. -Verás, iba a llamarte sobre eso... -¡No te atrevas! -Tendré que trabajar el fin de semana. ¿No puedes explicárselo a Simon, hacer que lo entienda? -Ya lo entiende, Andrew. Eso es lo que debería preocuparte. Entiende que siempre ocupa el último lugar en tu lista de prioridades. -Eso no es cierto. -¡Claro que lo es! Me casé contigo sabiendo que tu trabajo siempre sería lo primero. Elegí hacerlo. Pero Simon no. El espera tener un padre que lo quiera... -No te atrevas a decir que no quiero a mi hijo -ladró él. -¿Crees que hace falta que lo diga? ¿No ves que él se da cuenta cada vez que le fallas? -Pásame con él. La conversación con su hijo fue un desastre. Simon se limitó a contestar con


educación y a decir «sí, papa» y «está bien, papá», aunque era obvio que no era así. Andrew no sabía cómo solucionar el problema. Estaba agotado. Calentó un plato preparado en el microondas, sin fijarse en lo que era, y se sentó ante el ordenador. Trabajó mecánicamente durante dos horas, y solo lo dejó porque la cabeza le dolía demasiado para pensar. En realidad, no quería pensar. Se preguntó por qué se sentía tan agotado y fútil. Las exigencias de su trabajo eran aplastantes, pero siempre lo habían sido. La presión, el estrés, las decisiones, la lucha entre la vida y la muerte eran cosas con las que disfrutaba, sin las que no podía vivir. Pero, de pronto, no le parecían suficiente, o quizá le parecían, demasiado. Por primera vez en su vida, se preguntó si era capaz de enfrentarse a las responsabilidades que le exigían. Le parecía absurdo relacionar su súbita falta de confianza en sí mismo con ese breve momento en el pasillo del hospital, y su recuerdo de un pasado que había creído muerto y enterrado. Sacó una llave del cajón superior de su escritorio y abrió el cajón inferior. Atrás, bajo un montón de papeles, había un sobre lleno de fotografías. Tardó unos minutos en abrirlo, sin atreverse a dar ese último paso. Finalmente, vació su contenido sobre la mesa y lo extendió con una mano. Eran instantáneas baratas, nada especiales, excepto por el brillo radiante de los rostros de los jóvenes que aparecían en ellas.


Una gloriosa melena rubia caía sobre los hombros de la chica y su rostro irradiaba vida. Era. esa vida, más que su belleza, lo que la hacía especial. Parecía que toda la juventud y la belleza se habían unido en ella, y que cualquier hombre que se acercara a su sombra dorada sería bendecido para siempre. Sus labios se curvaron con la sonrisa amarga de quien había sentido esa bendición y la había visto morir. Recorrió el rostro sonriente de la chica, intentando reconciliarlo con la mirada agotada que había visto en la mujer del pasillo del hospital. Solo en una de las fotos miraba al hombre, y estudió su expresión intentando encontrar un rastro del amor en el que había creído. En cambio, el hombre solo tenía ojos para ella, como si para él no existiera otra cosa en el mundo. Tenía las manos en su cintura, o en su hombro, o acariciaba su rostro con expresión de adoración. Andrew deseó agarrar a ese hombre, zarandearlo y gritarle que no fuera tonto. Decirle que ella no era más que una manipuladora que le rompería el corazón y se reiría de él. Ella reía la primera vez que la vio, en la fiesta, mientras bailaba. Tenía la cabeza echada hacia atrás, sus ojos chispeaban y era la viva imagen de todo aquello a lo que había renunciado el día que decidió convertirse en el mejor médico del mundo. Se había entregado a sus estudios, ignorando los placeres mundanos que parecían atraer a los demás. Ese estilo de vida servía para los que quisieran ser médicos vulgares, pero él no deseaba ser eso, sino mucho más. Pero ese duendecillo resplandeciente había irrumpido en su vida y, de inmediato, lo había asolado un intenso arrepentimiento por haber dejado de lado esa parte de la vida. Se había escapado a la cocina para no verla.


Cuando ella apareció de nuevo, pareciendo aún más joven, comprendió que era peligrosa para su paz mental. Asumió un aire de indiferencia, hablándole sin apartar los ojos del libro, como si no pudiera dejarlo, aunque todo su ser estaba pendiente de ella. Le hubiera gustado poder creer que tenía diecinueve años, pero su tono bravucón la había delatado. Había flirteado como una niña, cruzando las piernas y diciéndole que le gustaban los hombres mayores. A él le había costado un esfuerzo inhumano decirle que volviera a la fiesta. Aunque se prometió evitarla, cuando vio que la estaban emborrachando decidió rescatarla. La había llevado a su casa, al que supuso que era su dormitorio. La desnudó para evitar que su madre adivinara la verdad. Había pensado que, siendo médico, no lo afectaría, pero se había equivocado: Su ropa interior era diminuta y lo asombró comprender que sus manos anhelaban acariciar su sedosa piel y sus curvas perfectas. Había colgado el vestido en el armario, siguiendo las máximas de disciplina, control y orden que regían su vida. Pero hacerlo había sido tan difícil que, asustado, había tenido que escapar de allí. Había corrido a buscar la supuesta seguridad de Lilian, su novia, tan disciplinada y estudiosa como él. Pero no había encontrado seguridad con ella, ni en ningún sitio. Ya era demasiado tarde. CAPÍTULO 3 HETTA y Elinor compartían su pequeña habitación día y noche. Eso


significaba que Elinor pasaba la mitad de la noche pendiente de la respiración de Hetta, aterrorizada por si su corazón dejaba de latir en la oscuridad. Cada amanecer daba gracias porque siguiera viva, e intentaba convencerse de que no había empeorado. Se iba a trabajar y llamaba a Daisy una hora después, para escucharla decir: «está bien». Por la tarde corría a casa, ansiosa por ver el rostro de Hetta y mentirse diciéndose que la niña no estaba más pálida ni parecía más cansadá. Iban a revisiones regularmente, y el médico de cabecera le aseguraba que Hetta seguía aguantando. También iban al hospital, donde sir Elmcr Rylance intentaba tranquilizarla. -Le prometo que Hetta está en la cabeza de la lista -le dijo una vez-. En cuanto haya un corazón adecuado disponible. . Pero pasaban los días y las semanas y ese corazón no aparecía. Sabía que si llegaba a ocurrir, la llamarían a casa, pero no pudo evitar un destello de esperanza la siguiente vez que fue con Hetta a la unidad de cardiología. Habían pasado dos meses desde la última vez, cuando había visto a Andrew Blake de lejos. La enfermera era nueva, joven e insegura. Llevó a Elinor y a Hetta a la sala de consulta y pareció sorprenderse al encontrarla vacía.


-Ay, sí -dijo la enfermera-. Debería haberle dicho que... -Está bien -dijo una voz masculina desde la puerta-. Yo se lo explicaré a la señora Landers. Ella reconoció la voz de inmediato, igual que había reconocido su rostro, a pesar de los años transcurridos. Él cerró la puerta tras la enfermera y ella se preparó para ver el asombro de sus ojos cuando la viera. -Le pido disculpas por la ausencia de sir Elmer, señora Landers. Por desgracia, tiene la gripe. Soy Andrew Blake, y estoy a cargo de sus pacientes -explicó. Alzó los ojos, le dio la mano y volvió a mirar sus notas. No la había reconocido. Tras un momento de asombro, ella sintió un gran alivio. Lo único que importaba era Hetta. No tenía tiempo para otras distracciones. Él le habló a la niña con voz tranquila y sin emoción, la auscultó y le hizo algunas preguntas. A Elinor la impresionó que le hablara como a un adulto, pero Hetta reaccionó perfectamente, era muy madura. -¿Te quedas sin aire con más frecuencia que antes? -preguntó. -Sí, es un rollo -Hetta hizo un mohín. -Seguro que sí. Supongo que hay muchas cosas que no puedes hacer. -Montones -afirmó ella-. Quiero un perro, pero mamá dice que sería demasiado «bulli-nosequé».


-Demasiado bullicioso -asintió Andrew. -Hetta, no es por eso -protestó Elinor-. No podemos tener animales en esa habitación tan pequeña. -¿Vivís en una habitación? -preguntó Andrew. -En una casa de huéspedes. Es pequeña, pero todos quieren mucho a Hetta. -¿Fuma usted? -No. Nunca he fumado, y no lo haría estando Hetta. -Bien. ¿Y los demás huéspedes? -El señor Jenson fuma como una chimenea -confió Hetta-. Daisy está muy enfadada con él. -Háblame de los demás. El hombre y la niña siguieron charlando y Elinor tuvo la oportunidad de observar cómo había cambiado en los últimos doce años. Siempre había sido un hombre alto y delgado. Había ensanchado y eso hacía que pareciera más imponente. Tenía el rostro más afilado y el mentón más fuerte, pero aún conservaba su gran mata de pelo oscuro. A los treinta y ocho años, era la viva imagen del poder y el éxito, exactamente lo que siempre había deseado ser. -Hetta, ¿conoces la zona de juegos que hay al final del pasillo? -preguntó por fin.


-¡Sí! Tienen un conejito -replicó la niña. -¿Te gustaría ir a verlo? La niña asintió y salió de la habitación con tanta rapidez como le permitía su perpetuo cansancio, -¿Tiene a alguien que la ayude con ella? preguntó Andrew-. ¿Algún familiar? -Mis padres han muerto. Daisy, la casera, me ayuda mucho. Es como una segunda madre para mí. Cuida de Hetta cuando voy a trabajar. -¿Desempeña un trabajo cansado? -Soy esteticista autónoma. Voy a casa de mis clientes a peinar, hacer la manicura y maquillar. Tiene la ventaja de que organizo mi propio horario. -Pero si no trabaja, no gana nada, supongo. -Será distinto cuando ella esté bien. Entonces podré trabajar más y ganar lo suficiente para llevarla de vacaciones. Hablamos mucho de eso. . -su voz se apagó. No sabía por qué le hablaba de esos sueños que nunca se harían realidad. La alegró intensamente que no la hubiera reconocido, que no asociara su imagen a esa historia de fracaso y derrota. -¿Está peor Hetta? -preguntó con voz desesperada. -Hay. un leve deterioro, pero no hay por qué preocuparse demasiado. He


ajustado su medicación -dijo él escribiendo-. Eso facilitará su respiración. Llámeme si le preocupa su estado. Ella deseó gritarle que siempre estaba preocupada. Que estaba aterrorizada y no podían ayudarla. Que él había querido ser el mejor doctor del mundo, pero su hija estaba muriéndose y él no podía hacer nada. -Gracias -se limitó a decir. -Que tenga un buen día, señora Landers. -Adiós. Esa noche, como siempre, estuvo junto a Hetta hasta que se durmió. Después fue a la ventana y miró los descuidados patios traseros del deprimente vecindario. -Una máquina -se dijo-. Se ha convertido en una máquina. Era inevitable. Incluso entonces, tenía su vida planificada, un camino recto, sin distracciones a derecha o izquierda. Él mismo lo decía. No debí preocuparme por él. En realidad, no causé ningún impacto en su vida. En aquel entonces, había sido sencillo prometerse que conquistaría el corazón de Andrew. Pero con el paso de las semanas, tuvo que admitir que él había regresado con Lilian y la había olvidado. Se los imaginaba juntos, riéndose de ella. «Deberías haber visto a esa niña tonta que conocí», diría él. «Se creía muy mayor, pero no sabía nada». Él podría haberla llamado, pero no lo hizo. No podía conseguir que se enamorara


de ella si no la veía. Así que, sin nada mejor que hacer, siguió saliendo con sus amigos aunque, después de Andrew, le parecían infantiles y aburridos. Los chicos hablaban de las chicas, ellas suspiraban por las estrellas del pop y flirteaban con los chicos. Hablaban del sexo con excitación e ignorancia. Entonces apareció Jack Smith. Era mecánico, muy atractivo y tenía veintiún años. Decidió que EIlie era la chica más guapa de la ciudad y su admiración, en ausencia de Andrew, la cautivó. -Eres una preciosidad -le dijo una noche, cuando estaban todos sentados en la terraza de un pub-. Seguro que podrías conseguir al hombre que quisieras. -Claro que sí -afirmó Grace-. Deberías haberla visto en nuestra fiesta de cumpleaños, Todos estaban pendientes de ella. Hasta Andrew. -No, él no -protestó Ellie con sinceridad-. Él me rescató de los demás. -¡Venga ya! ¿Qué ocurrió cuando os quedasteis solos? Nunca nos lo contaste. -Ni pienso hacerlo. -¿Quién es ese Andrew? -exigíóJack. -Mi estirado hermano mayor -dijo Grace-. Sacó a Ellie de la fiesta echándosela sobre el hombro, como un cavernícola. -No es verdad -corrigió Ellie . Sólo me alzó un poco del suelo. -Pero le habría gustado echarte sobre su hombro, ¿no crees?


Ellie hubiera dado cualquier cosa por conocer la respuesta a esa pregunta. -Apuesto a que le gustas -insistió Grace. -No creo -dijo Ellie, aferrándose a la verdad con desesperación. No le resultaba fácil, porque era una afrenta para su orgullo-. Te olvidas de Lilian. -Apuesto a que podrías conseguir que dejase a Lilian -persistió Grace-. Podrías si te empeñaras. -Ellie conseguiría que cualquiera se enamorase de ella -apuntó Jack con admiración-. Se empeñe o no. -Andrew no -replicó Ellie-. Nadie conseguirá derribar sus defensas. -Apuesto a que tú podrías -repitió Grace. -Apuesto a que no -replicó Ellie con voz ronca, intentando ocultar que la satisfacía esa idea. -Apuesto a que sí. -A que no. -A que sí. -Bueno -Ellie se encogió de hombros-, quizá pudiera si me empeñase. Pero no pienso hacerlo. -¡Anda, venga! Sería divertido ver a mi hermano cuando no tenga razones para


ser tan gallito. -Sí -murmuró Ellie con sentimiento. -Entonces, hazlo. -No. -Eres una gallina. -No. -Sí. -Escucha -dijo por fin, molesta-, puedo conseguir a quien quiera, y eso incluye al estirado de tu hermano. Pero él no me interesa. -Simula que sí. -Lo pensaré. Años después, Elinor pensó que habían sido como niños discutiendo en el recreo. Esa tonta conversación había conseguido destrozar el corazón de un hombre. Andrew siempre se había preocupado por recordar fechas y detalles, incluso de niño. Era algo muy útil para un hombre de ciencias. Pero habría deseado no acordarse del cumpleaños de su hermano, que era exactamente siete semanas y tres días después de la fiesta de Grace, cuando conoció a Ellie; siete semanas y dos días después de huir de ella, seis semanas y cinco días desde que había vuelto a


casa y, al verla, había comprendido que había sido inútil escapar y un error volver. Sabía que sería aún peor ir a la fiesta de cumpleaños de Johnny y arriesgarse a verla de nuevo. Pero su madre lo consideraba una obligación familiar, y Andrew nunca eludía las obligaciones. Cuando llegó el día, se puso en marcha, con un regalo para su hermano. Al llegar, se le ocurrió comprarle algo a su madre y fue a los grandes almacenes más cercanos. Allí estaba Ellie, despachando en el mostrador de cosmética, riendo con una dienta y poniéndole perfume en una muñeca. Al principio no lo vio, así que pudo observarla. En ese momento supo que todo el control y disciplina que había utilizado para borrarla de su mente no habían servido de nada; la única verdad era que había pensado en ella día y noche desde que la conoció. Ella alzó la cabeza y lo vio. Sonrió y él le devolvió la sonrisa. Cuando la dienta se marchó, Andrew se acercó al mostrador con el corazón acelerado. Para disimular su confusión, adoptó una expresión aún más rígida que la habitual. -Buenos días -dijo con voz fiera. -Eh, no me muerdas -protestó ella riendo-. ¿Qué he hecho mal? -Nada -replicó él-. Solo he dicho buenos días. -Has hecho que sonara como una amenaza -sonrió y él se relajó un poco. -Busco algo para mi madre -le dijo-. No me parece bien que todos los regalos


sean para Johnny. -¿Johnny? -Cumple diecinueve años. -¿En serio? No lo sabía. -Entonces, ¿no vas a ir a la fiesta? -preguntó él con voz desilusionada. -Últimamente no veo mucho a Johnny -repuso ella, alzando los hombros-. ¿Quieres perfume, carmín, o...? -¿Perdona? -Para tu madre. -¿Mi madre? Ah, sí, su regalo -dijo él pensando que tenía que recuperar el control, porque estaba farfullando como un estúpido. -¿Qué tipo de maquillaje usa? -preguntó Ellie. -Eh. . -la miró con los ojos muy abiertos y ella se rio de su confusión, pero con amabilidad. -Apuesto a que nunca te has fijado. -No es algo que se me dé bien -confesó él. -Ni a ti ni al resto de la población masculina. -¿Qué les sugieres a los demás? -El jabón perfumado es bastante seguro, sobre todo si va bien envuelto para regalo.


Le mostró una variedad de jabones empaquetados en cajas y él eligió el más grande, una impresionante pastilla de color rosa y malva. -Sabía que elegirías ese -comentó ella. -Imagino que lo hace todo el mundo, ¿no? -No, solo los hombres. La envolveré para regalo gratis. Estoy en deuda contigo y me gusta pagar mis deudas. -Es una pena, tenía la esperanza de que pagaras la deuda de otra manera. -¿Cómo? -Me da vergüenza ir a la fiesta solo. Ya que tú y Johnny no estáis..., bueno, podrías venir conmigo. -¿No has traído a Lilian? -¿Por qué preguntas eso? -demandó él-. Mi madre dijo lo mismo. No sé por qué todo el mundo asume que... Le tengo cariño a Lilian, pero no estamos encadenados -explicó él, sintiendo la horrible sensación de que estaba rojo como un tomate. -El único problema es que hoy no cerramos hasta las nueve -dijo Ellie. -Estaré afuera, esperándote. Ella salió tarde, y él empezó a temer que lo había pensado mejor y lo había dejado plantado.


-¿Creías que no iba a venir? -una voz alegre irrumpió en sus lúgubres pensamientos-. Lo siento mucho, pero el jefe me ha entretenido. -No importa -contestó él, radiante-. Estás aquí. -¿Has pasado ya por la fiesta de Johnny? -preguntó ella, agarrándose a su brazo. -Sí, había mucho ruido. Johnny dijo que después irían a la feria; en la casa ya no quedará comida. ¿Por qué no tomamos algo por ahí antes de ir a buscarlos? -¡Fantástico! Andrew la llevó a un pequeño restaurante francés, formal pero muy agradable. Ella no parecía fuera de lugar allí; todo en ella parecía más gentil, más encantador que cuando había llevado puesto el vestido dorado. -¿Le gustó el regalo a tu madre? -preguntó ella. -Le encantó -dijo él con voz sincera-. Cualquiera habría pensado que le había llevado un balneario entero en vez de unas pastillas de jabón. -No fue el jabón. Fue el que pensaras en ella. -Supongo que tienes razón. -Sé que la tengo. Deberías ver a algunos de mis clientes masculinos, analizan los perfumes como si fueran científicos. Me dan ganas de agarrarlos de los hombros y gritar: «demuéstrale que has pensado en ella. Ese es el regalo». A veces los


hombres son tontos. -Imagino que lo somos -dijo él, encandilado, deseando que siguiera hablando. Ella lo hizo, entreteniéndolo con una ingeniosa descripción de la vida tras un mostrador de cosméticos, algo parecido a un curso acelerado sobre la naturaleza humana. Volvió a tener la impresión de que era más madura de lo que recordaba; no se percató de que era porque le hablaba de un tema en el que era experta. Le pareció encantadora, y disfrutó con su entusiasmo ante cada plato nuevo que probaba. -No estás comiendo -comentó ella, alzando la cabeza del solomillo cubierto con la salsa especial del chef. -Disfruto demasiado viéndote a ti -dijo él sorprendiéndose a sí mismo. Normalmente evitaba cualquier comentario, por trivial que fuera, que revelase sus pensamientos. Supuso que lo hacía porque la franqueza de ella merecía una respuesta equiparable. -Está delicioso -dijo ella. -Pues aún queda lo mejor. -¿Helado? -Eso es. Tomaremos el menú completo. -Venga hombre, ya soy mayor -lo miró de soslayo-. Bueno, casi. -¿Vas a perdonarme alguna vez por todo lo que dije aquella noche? -preguntó


él con un suspiro. -Supongo que tenías razón. Pero moriré antes de admitirlo. Los dos se echaron a reír. De repente, su primer encuentro se convirtió en una broma compartida. -Me sorprende que te hayas molestado con una fiesta de niños -dijo ella-. ¿No te parecemos todos algo infantiles? -Mi madre quería que viniera, y supongo que lo hice para complacerla. -Eso fue agradable por tu parte. Como lo del jabón. -En realidad no -dijo él, rindiéndose a un inesperado deseo de ser sincero-. Una parte de mí intenta tranquilizar su conciencia por ser un mal hijo. -¿Mal hijo, tú? Imposible. Tu madre está muy orgullosa de ti y de lo que has conseguido; has sacado las mejores notas en todos los exámenes. -Pero, en cierto modo, lo he hecho a expensas de ella, o de la familia, que viene a ser lo mismo. Uno sólo puede entregarse por completo a una cosa. Me he apartado de la familia y me he dedicado al trabajo, y eso es algo que sobre todo me beneficia a mí. -¿Qué me dices de la gente a la que curas? Tú los beneficias. Si solo te preocuparas por ti mismo, serías banquero u... otra cosa que diese mucho dinero.


-Pero habría sido un banquero terrible y soy buen médico. Lo lógico es que utilice mis habilidades. Con el tiempo, ganaré mucho dinero. Pero quiero ser el mejor. Y lo seré, cueste lo que cueste. -¿Lo dices en serio? -ella lo miró fijamente. -¿Sueno demasiado frío? ¿Debería haber hablado de mi deseo de hacer el bien? -La gente que se pone como meta hacer el bien me asusta -rechazó ella-. Siempre quieren decirles a los demás lo que tienen que hacer. Mientras cures a la gente que está enferma, ¿qué importan tus razones? -Eso mismo pienso yo -aseveró él, aliviado al encontrar a alguien que lo entendía. Comenzó a hablarle de su frustración en la infancia, cuando soñaba con escaparse de esa aburrida ciudad en la que sus padres vivían tan contentos. -Son felices, y eso les basta, pero este lugar no es suficiente para mí. -¿Qué sería suficiente? -Lo mejor. -¿Y qué es eso? Ahora trabajas en un hospital, ¿no? -Sí. Muchas horas y poco sueldo. Es agotador y no se duerme nunca. No importa. Es fantástico. Estoy aprendiendo y llegaré lejos. -Y después, ¿qué? -Tendré todo lo que deseo -dijo él. Mientras lo decía supo que nunca lo


conseguiría, a no ser que ese «todo» la incluyera a ella. Pero intentó no pensarlo, no formaba parte de su plan-. Supongo que deberíamos pasar por la feria. -¡Huy, sí! -exclamó ella, volviendo a parecer una niña entusiasmada. Se montaron en todo, en el tren, en los coches de choque, en el tiovivo y en la noria. La noria la asustó y él la rodeó con un brazo. Después olvidó su miedo y rio con él. Todo desapareció y solo quedaron ellos dos, en la cima del mundo. Entonces él la besó, con las estrellas brillando sobre ellos, como fuegos artificiales. -Llevo un montón de tiempo pensando cómo besarte -dijo él cuando finalmente sus labios se separaron-. Soy tan cobarde que esperé hasta ahora, cuando no puedes escapar. -No quiero escapar -gimió ella-. Bésame, bésame. Él la besó una y otra vez, disfrutando de la reacción de su cuerpo juvenil, prometiéndose, como el idiota que era, que no se aprovecharía de ella. Años después, cuando Andrew recordaba aquella noche de hacía años, se recriminaba duramente. -Estúpido, cerebro de pájaro. No tenías sentido común. Ella estaba jugando contigo, se reía de ti. Picaste como un tonto porque querías creer en los cuentos de hadas, eso fue lo peor. Pero a veces suspiraba y murmuraba para sí: «a pesar de todo, entonces era mejor hombre que ahora».


CAPÍTULO 4 A LOS DIECISIETE años, Ellie creía que la vida debía ser divertida y que el romance era parte de esa diversión. Era fantástico jugar a conseguir al hombre deseado, pero había más hombres en el mundo. Estaba loca por Andrew, en principio. Saldrían juntos, se amarían; ella buscaría un trabajo en la ciudad, cerca del hospital. Pero la sorprendió descubrir que los sentimientos de él diferían de los suyos. Era un hombre serio y entregado, tanto en el amor como en el trabajo. Ofrecía un compromiso total y exigía lo mismo de ella. Cuando estaba lejos de él, Ellie se prometía negarse a dejarlo hacer planes de futuro. Pero cuando estaba a su lado, se rendía ante la intensidad de su adoración. -Mi adorada, Ellie, me quieres, ¿verdad? Ella miraba sus ojos brillantes y solo podía contestar que sí. Nunca llegó a pedirle que se casara con él; simplemente empezó a hablar como si lo diera por hecho. Su madre estaba encantada de que hubiera encontrado a un joven tan agradable y sensato, y ella no sabía cómo decirle que esa sensatez de Andrew era un punto en contra suya. Se sentía halagada, abrumada, confusa y extasiada, llena de amor y deseo. La


profundidad de sus sentimientos le provocaba una gran ternura hacia él. Todo era maravilloso pero, al final de ese túnel sembrado de rosas, ella veía platos, calcetines y pañales sucios. -¿Qué hay de malo en tener hijos siendo jóvenes? -preguntó él cuando ella se atrevió a decírselo. -Que no es como quiero pasar mi juventud -le espetó ella-. Antes quiero tener una profesión. -Cariño, un día seré un médico famoso. No quiero que mi esposa se dedique a lavar cabezas y a hacer permanentes. -¡Eres un... un dinosaurio! -explotó Ellie. Esa fue su primera pelea. Ellie lo pasó mal, pero a Andrew lo destrozó. Su dolor impresionó tanto a Ellie que se lanzó a sus brazos, anhelando reconfortarlo. La reconciliación fue maravillosa, pero después se sintió aún más atada a él, casi como una prisionera. Era incapaz de romper con él. La llenaba de emociones agridulces que nunca había conocido, emociones tan intensas que era como vivir en un mundo nuevo y resplandeciente. Esperaba que un milagro hiciera que todo fuese bien. La madre de Andrew se quedó anonadada al enterarse de que pensaba casarse tan pronto y con una joven que no le reportaría ninguna ventaja.


-Hay opciones mejores para ti -rezongó su madre en presencia de Ellie. Pero Andrew rodeó los hombros de su amada y la atrajo hacia sí. -Me quiere tanto como yo a ella. ¿Qué podría ser mejor para mí? -dijo con júbilo-. Mamá, alégrate por mí. Tengo la chica más maravillosa del mundo. Ella lo adoraba y lo deseaba con pasión. La enfurecía la caballerosidad anticuada de él, que quería esperar a que estuvieran casados para acostarse con ella. Ellie no sabía lo suficiente del mundo para respetar su fuerza de voluntad y su consideración. Solo sabía que quería estar desnuda con él, hacerle el amor, darle placer y recibirlo. Sabía que tenía un cuerpo precioso y él no lo reclamaba. Era insultante. Como no tenían dinero, pasaban el tiempo paseando por el parque. Un día fueron al lago y alquilaron una barca. Hacía calor y Andrew solo llevaba puestos unos pantalones cortos. Ella se recostó y observó cómo el sol brillaba en su piel mientras remaba, sin esfuerzo aparente. Pensó en su fuerza, en lo que había percibido a través de sus besos, en las caricias de sus manos, tiernas y urgentes. Sabía que la deseaba y que luchaba contra ese deseo, y se preguntó cuánto tiempo podría aguantar. Amarraron el bote en una pequeña isla y buscaron un lugar aislado bajo los árboles. -¿Me quieres? -le preguntó después de comer, acurrucada en sus brazos y escuchando el latido de su corazón.


-¿Cómo puedes preguntarme eso? -dijo él con voz sensual, apoyándose en el codo y mirándola tendida en la manta-. ¿No sabes lo mucho que te quiero? ¿No sabes que eres lo que da sentido a mi mundo? Ella alzó una mano y le acarició el rostro, intentando suavizar las arrugas que el exceso de trabajo empezaba a dibujar en su cara. Llevó las manos hacia su nuca y lo atrajo, hasta que sus labios se tocaron. El deseo la in- , flamó y se apretó contra él, besándolo con pasión, intentando conseguir que se dejara llevar por las sensaciones. Para su deleite, comprendió que lo estaba consiguiendo. Él acariciaba su rostro, su cuello y sus pechos, a través de la fina tela de la blusa, como un hombre a punto de perder el control. Sus labios seguían el recorrido de sus dedos, abrasándola y satisfaciéndola. Acarició su espalda desnuda, percibiendo sus músculos duros y tensos. Deseó besarlo por todos sitios. Andrew empezó a desabrocharle la blusa y lo ayudó descubriendo sus pechos. Él la miró con adoración y acarició uno de sus pezones con la lengua; Ellie se estremeció de placer. -Andrew -musitó-, sí, cariño, por favor... Él le bajó la cremallera del pantalón y metió la mano dentro, como ella deseaba.


Ellie pensó que estaba a punto de descubrir todo lo que representaba el amor físico... Abrió lo ojos y vio que él la miraba con asombro. En su rostro no había deseo, sino horror, como si acabara de despertar de una pesadilla. -¿Qué ocurre? -preguntó. -Dios santo, ¿qué estoy haciendo? -dijo él con voz ronca-. Me había prometido... -se levantó de un salto y echó a correr. -¡Andrew! -gritó ella. Pero él siguió corriendo como si lo persiguiera el diablo. Ellie escondió el rostro entre las manos, sollozando de frustración. Seguía llorando cuando regresó, unos minutos después. Al verla llorar, la abrazó y comenzó a murmurarle palabras de cariño y consuelo. -Ellie, cariño, perdóname. No quería hacerte llorar, pero no pude seguir -dijo con voz desesperada. -Pero ¿por qué? -gritó ella con voz temblorosa. -Porque te deseo demasiado, ¿no lo entiendes? -¡No! ¿Cómo puede ser demasiado si me amas? Es todo mentira, ¿no? En realidad no me quieres. -¿Eso opinas del amor? -dijo él, enfurecido-. Piensas que un hombre tiene que


agarrarte egoístamente y obtener lo que desea de ti para creer que te quiere. -No sería egoístamente, yo también lo deseo. -¿Qué me estás diciendo? ¿Que no sería el primero? -el rostro de Andrew se oscureció, parecía un hombre distinto, posesivo. -No, no estoy diciendo eso -gritó ella, airada-. ¿Cómo te atreves? -Lo siento. No era en serio. Ellie, por favor, no nos peleemos. -Si me quisieras, querrías hacerme el amor -sollozó ella. -Claro que quiero hacerte el amor. ¡No te imaginas cuánto! Pero no así, al aire libre, donde cualquiera podría vernos. Un encuentro rápido después de comer, como si fueras una ramera barata. Tengo mejor concepto de ti, y tú también deberías tenerlo. -Deja de sermonearme -exclamó ella-. Según tú, todo lo que quiero es malo. Quieres hacerme vieja antes de tiempo. -Quiero hacerte feliz -dijo él con tristeza-. Pero no lo estoy haciendo nada bien. Perdóname por herirte. Siempre ocurría lo mismo. Él era un hombre tozudo y duro, inamovible en sus resoluciones. Ella se estrellaba sin éxito contra esa pared. Sin embargo, la intensidad del amor de Andrew era tal que, de los dos, el esclavo era él, y no al revés. No se rendía, pero siempre era el primero en pedir perdón. Se reconciliaron, pero esa vez fue distinto. Habían comprendido que podían


hacerse daño el uno al otro. -No te casarás con él -le dijo Jack Smith, que seguía rondándola poco después-. Necesitas un tipo que sepa disfrutar de la vida, como yo. Ellie estaba muy dolida con Andrew y sonrió a Jack sin contradecirlo. El siguió rondándola y siempre estaba disponible para acompañarla cuando Andrew estaba trabajando. Un día, Andrew apareció de repente y los encontró tomando una copa juntos. -No seas exagerado -le gritó ella cuando se quejó. -¡0 eres mi chica o no lo eres! -Quizá deje de serlo si vas a tenerme encadenada. -Es un mal tipo, Ellie. Incluso tú deberías darte cuenta de eso. -¿Qué significa eso de «incluso yo»? -Sabes lo que quiero decir. -No, explícamelo. -Que no tienes nada en la cabeza -escupió él dejándose llevar por la ira. -Entonces no sé por qué quieres casarte conmigo. -Porque te quiero más de lo que puedo expresar con palabras -repuso él suavizando su expresión-. A veces desearía que no fuese así, pero no puedo


evitarlo. -No tienes por qué tener celos de Jack, te lo aseguro -lo tranquilizó ella. -¿Celos de ese idiota? -explotó él-. ¡No me hagas reír! Quizá deberían haberlo dejado en ese momento, pero una semana después Andrew regresó con planes nuevos. -Tengo dos semanas libres en agosto, cariño. Podríamos aprovecharlas para la luna de miel. -Pero eso es el mes que viene -protestó ella. De repente la inundaron visiones de calcetines y pañales y se sintió aprisionada. Quizá por esa razón decidió salir a pasear en barca con Jack, e ir a la isla a la que había ido con Andrew. No sospechaba que a Jack le parecería una buena broma soltar el barco, para que quedaran atrapados en la isla. Andrew volvió el día antes de la boda y no la encontró. Sus ojos la miraron acusadores cuando los rescataron al día siguiente, tras haber pasado la noche entera con Jack. Se enfrentó a ella en casa de su madre. -Fue un accidente, nada más. -¿Fuiste allí con él por accidente? ¿Cómo se te ocurrió hacerlo justo antes de nuestra boda? -Quería pasarlo bien. No es ningún crimen.


-Eso depende de cómo quisieras pasarlo bien. -¿Qué quieres decir con eso? -Lo sabes perfectamente. Nosotros fuimos una vez y recuerdo cómo querías divertirte. Pero yo no te hice caso; quería respetarte, pero creo que nunca lo entendiste. ¿Ocurrió lo mismo con él? Ella nunca lo había visto así, tan frío. La había adorado y ahora parecía a punto de odiarla. Podría haberle dicho la verdad, que había dado un bofetón a Jack y lo había obligado a mantener las distancias. Se habrían reconciliado y se habrían casado al día siguiente. Pero en vez de eso, lo desafió. -Piensa lo que quieras. Si no confías en mí, es problema tuyo. -Ellie, cariño... Quiero confiar, pero pasaste toda la noche allí, con él. Dime que no ocurrió nada. -¿Qué crees tú que ocurrió? -¡Dímelo! -Déjame en paz -gritó ella-. Deja de presionarme. Deja de intentar controlar mi vida y de decirme qué hacer. Lo .tienes todo planificado; nos casamos ahora, tenemos un niño el año que viene y yo me quedo en casa con un bebé gritón mientras tú te pasas el día trabajando para convertirte en un gran médico. -Pero acordamos... -Tú acordaste. Tú decides, me lo dices y esperas que siga tus órdenes. No me gusta que me mangoneen...


-¿Yo te mangoneo? -la miró con el rostro gris, como el de un muerto-. ¿Eso es todo lo que significa mi amor para ti? -No me dejas respirar. Tienes toda mi vida planificada, pero yo quiero algo más. -Ya, lavar cabezas y maquillar -escupió él. -Ríete, pero es mi elección. Quiero ir a Londres y trabajar en una gran tienda, quiero ser alguien. -¿Y crees que vas ser alguien con un cerdo como Jack Smith? -Puede que a ti te parezca un cerdo, pero cree en mí... -Seguramente espera que lo mantengas. -Y sabe cómo hacer que una chica lo pase bien. -Cuéntame cómo te ha hecho pasarlo bien. -¿Qué quieres saber? -dijo una voz desde la puerta. Era Jack, que había entrado en la casa. -Nada de ti -gruñó Andrew-. Sal de aquí. -De eso nada. Soy parte de esto. No tuve que obligar a Ellie a que viniera conmigo. Necesitaba un descanso de tus sermones. Me limité a entretenerla, ¿verdad, bonita? Y le gustó mucho. Un segundo después estaba en el suelo, tumbado por un golpe como un mazazo. Ellie gritó, no por Jack, sino por Andrew, que deseaba ser cirujano y había


arriesgado su valiosa mano derecha. -No -le suplicó. -¿Estás protegiéndolo, Ellie? -No, a él no, a tu mano. -¿Crees que eso me importa ahora? Jack se había puesto en pie y tenía una mirada asesina en los ojos. Ella pensó que iba a darle un puñetazo a Andrew, pero hizo algo mucho peor. -Venga, cielito, vámonos. Has ganado la apuesta, no necesitas seguir adelante. -¿Apuesta? ¿Qué apuesta? -preguntó Andrew. -No es nada -intervino ella rápidamente, sintiendo que un abismo se abría bajo sus pies. -Cuéntame lo de esa apuesta -gruñó Andrew. -Ellie apostó con un montón de gente a que podría hacer que te enamoraras de ella. ¡Menuda juerga! Fue aún más divertido verla hacer su trabajo. -¿Hiciste eso? -Andrew la miró fijamente. -No... -dijo ella con desesperación -Entonces, ¿no es verdad? -No, es decir, no fue así... -¿Quieres decir que sí?


-No fue así. Solo era una estúpida broma.. -No me digas más -comentó él en voz tan baja que fue peor que si gritara-. Solo puedo culparme a mí mismo por quererte tanto. No debería haber perdido el sentido de la proporción. Eso siempre es un error. -Andrew, por favor, escúchame -gritó ella-. Déjame explicarte... -Explicar, ¿qué? Nunca quisiste casarte conmigo, ¿verdad, Ellie? Ahora lo entiendo. Me hiciste pasar por tonto y luego te cansaste. Nunca he tenido mucho sentido del humor, pero contigo... -hizo una mueca de dolor-. Bueno, muchas cosas eran distintas contigo. A ella le había dolido ver el odio en sus ojos, pero fue mucho peor ver que la miraba con desilusión. -Lamento haberte hecho perder tanto tiempo -dijo con voz educada-, y haberte aburrido. No lo haré más. Te deseo un futuro muy feliz. Que tengas un buen día. Salió de la casa con el rostro rígido como la piedra. Al mes siguiente, ella escapó a Londres con Jack Smith. Se casaron rápidamente en un destartalado juzgado y después, como Andrew había predicho, tuvo que


mantenerlo. Desde ese momento nada le fue bien. Elinor llevaba tanto tiempo esperando la llamada que, cuando por fin llegó, tardó en reaccionar. -¿Qué... qué ha dicho? -Llamo del hospital Burdel. Tenemos un corazón que parece adecuado para su hija. -¿Tienen...? -No se haga demasiadas esperanzas. Necesitamos hacer unas pruebas antes de tomar la decisión, una ambulancia va para allá. Ellie apenas oyó el resto. Lágrimas de alivio surcaron su rostro. Temblaba tantoo que apenas podía moverse, pero se obligó a calmarse y fue a buscar a Hetta. -Vamos, cariño, te esperan en el hospital -dijo con una sonrisa. -¿De verdad, mamá? La última vez. . -Lo sé -dijo Elinor rápidamente. Ya había ocurrido dos veces antes, pero al final la operación no había sido posible-. Crucemos los dedos. Poco después la ambulancia estaba en la puerta. La noticia se había propagado por la residencia y todos salieron a despedirlas. Daisy corría de un lado a otro como una gallina, preocupada y agitada. -Llámame en cuanto sepas algo, cariño. Día o noche. ¿Cómo estás, nena?


¿Tienes todo? ¿Dónde está Samson? -Aquí -contestó Hetta, mostrando un horrible objeto que originalmente había sido un oso de peluche. -Muy bien. Elinor, llámame si necesitas algo, sea lo que sea. Fueron de la mano todo el camino al hospital. No tenían palabras para expresar sus sentimientos. Cuando llegaron las enfermeras, salieron a recibirlas sonrientes y esperanzadas. Tuvieron que contestar a varias preguntas. Una enfermera le tomó la temperatura a Hetta, que estaba normal. -Sé que sir Elmer ha estado enfermo -dijo Elinor-. ¿Se ha reincorporado ya? -No, será el doctor Blake quien se ocupe de todo. Viene de camino. -¿Puedo estar con Hetta? -Dentro de unos minutos, cuando acabemos las pruebas. Ahora tendrá que esperar aquí. Eso era lo peor, la espera. Pasear de arriba abajo por la habitación, intentando imaginar el futuro y viendo solo una página en blanco. Miró por la ventana y vio su propio rostro reflejado en el cristal; ya era de noche. Un segundo después vio la imagen de un hombre atractivo, vestido de etiqueta y con pajarita, que obviamente venía de una velada agradable.


-¿Tiene ya la respuesta? -preguntó ella, volviéndose hacia él-. ¿Puede hacerlo? -Tendré los resultados dentro de un minuto -dijo Andrew-. Intente no preocuparse. -Que intente no preocuparme... -repitió ella con angustia-. ¿Sabe cuántos médicos me han dicho lo mismo, y lo poco que significa? -Me lo imagino. -Ha ocurrido antes. Dos veces. La primera vez corrimos al hospital, pero cuando llegamos habían decidido dárselo a otra niña. -Eso significa que Hetta podía esperar y la otra niña no -dijo Andrew. -Lo sé. Intenté racionalizarlo de vuelta a casa. Y Hetta también. Es demasiado madura para su edad. No hacía más que decir: «no importa, mamá. Habrá otra oportunidad». Volvió a ocurrir tres meses después. Esa vez no había otra candidata, pero hubo un retraso en la entrega del corazón, y cuando llegó estaba inservible. ¿Ha llegado el corazón ya? -No. -¿Podría volver a ocurrir lo mismo? -gimió ella. -En absoluto. Viene de muy cerca. -Pero cuando llegue, tendrán que revisarlo, y quizá haya algo mal... -Es improbable. El otro hospital ha realizado sus propias pruebas y son


satisfactorias. Señora Landers, sé que esto es muy difícil, pero estoy seguro de que le han explicado que estas cosas ocurren con frecuencia. Tengo pacientes que han venido cinco veces antes de que todas las condiciones fueran adecuadas. Pero al final lo consiguieron. Se hicieron los transplantes y ahora están bien. Hetta aún tiene muchas probabilidades. -¿En serio? Es una niña, es más difícil encontrar el corazón adecuado -Elinor sonrió débilmente-. He tenido tiempo para enterarme de esas cosas. -Lo sé -dijo él con voz suave-. Intente no pensar en lo peor. Le prometo que las expectativas son buenas. Ella escrutó su rostro para ver si se estaba limitando a tranquilizarla, pero solo vio una amable máscara profesional. Fue hacia la ventana, intentando analizar sus impresiones. Seguía sin reconocerla y eso la alegraba; Hetta era lo único importante. Una enfermera entró y le dio unos documentos a Andrew. A Elinor se le paralizó el corazón, debían de ser los resultados. Él los estudió un momento y alzó la vista. -¡Espléndido! -dijo él-. Podemos hacerlo. El corazón está en unas condiciones excelentes, y Hetta también. Vamos a empezar. Elinor soltó un gemido y se tapó la mano con la boca. Le dio la espalda,


sollozando, hasta que recuperó el control. Cuando se dio la vuelta, él se había ido. CAPÍTULO 5 LO SÉ -dijo la enfermera sonriendo a Elinor con amabilidad-, a veces las buenas noticias son tan demoledoras como las malas. Ahora la llevaré a verla. Hetta la esperaba en una camilla. Sonrió, extendió los brazos y se abrazaron. -Esta vez es de verdad -dijo. -Sí -repuso su madre. -¡Jerónimo! -¡Jerónimo! -repitió Elinor, pero su voz sonó apagada y Hetta frunció el ceño. -Todo irá bien, mamá -dijo con voz seria-. Deja de preocuparte. -¿Quién se preocupa? -Tú. Siempre te angustias, pero todo irá bien. -Desde luego que sí -aseveró Elinor. -Eso pienso yo -dijo la voz de Andrew detrás de ellas. Seguía vestido de esmoquin y parecía tan relajado como si fuera a irse de fiesta-. Soy Andrew le dijo a la niña-. Ya nos conocemos. -Sí, pero entonces parecías distinto -le estrechó la mano y miró su traje-. No ibas tan elegante como ahora. ¿Te has perdido algo divertido por mi culpa? preguntó Hetta con voz educada.


-No, era algo muy aburrido, y me encantó escaparme. No era tan importante como tú. -¿Tardará mucho la operación? -Iré tan rápido como pueda, pero no te enterarás. Es fácil, y lo hago todo el tiempo. ¿Estás preparada? -Sí, gracias -Hetta sonrió con confianza. Elinor pensó que se debía a los calmantes, que probablemente ya empezaban a hacerle efecto. Pero había algo más. Andrew era otro hombre, su rigidez se había esfumado y parecía amistoso e informal, completamente volcado en hacer feliz a la niña. -¿Quién es este? -preguntó señalando al oso-. ¿Un amigo tuyo? -Es Samson. Siempre hemos estado juntos. -Entonces es un oso importante y debería quedarse contigo -dijo Andrew con solemnidad, tapándolos a los dos con la sábana-. Cuídalo. Hetta soltó una risa y Elinor dio las gracias internamente a Andrew. La niña estaba en buenas manos. Las enfermeras empujaron la camilla; Elinor las siguió, sin soltar la mano de su hija. Quería decirle muchas cosas, pero sus párpados ya se estaban cerrando. -Te quiero, cariño -murmuró cuando llegaron a la puerta del quirófano, donde


tenían que separarse. -Y yo a ti, mami. Buenas noches. Las puertas se abrieron y la niña desapareció tras ellas. Elinor sintió un intenso miedo. Había esperado con ansia ese momento, pero existía el riesgo de que no volviera a ver a Hetta nunca. -¡Oh, Dios! -musitó-. Hetta, Hetta... -Has hecho cuanto podías por ella -dijo Andrew-. Ahora tendrás que confiar en otra persona. -Lo hago, confío en ti -intervino ella rápidamente-. Pero es mi nena, hemos estado solas desde que nació. -¿Y su padre? -Me divorcié de Tom Landers poco después de que naciera y no he vuelto a verlo. Ni quiero. Solo estamos Hetta y yo. Si muere, no me quedará nada, ¡nada! Ni esperanza, ni felicidad, ni nada en lo que creer. Sin ella, la vida no merecerá la pena. -Aun así, es posible superar un dolor inmenso -dijo él como en un sueño-. Incluso si la felicidad se desvanece, se puede seguir adelante. Ella notó un tono extraño en su voz, como si las palabras le salieran de lo más profundo del corazón. Alzó la cabeza, lo miró a los ojos y comprendió la


verdad. La había reconocido desde el primer momento, sin duda. -Confía en mí -Andrew le agarró las manos e hizo un esfuerzo por sobreponerse-. Haré cuanto pueda por ella y por ti -dejó caer sus manos y dio un paso atrás-. Voy a lavarme. Me necesitarán dentro de media hora -sus ojos volvieron a encontrarse-. Te la traeré de vuelta. Lo prometo. Se marchó sin decir una palabra más. Ellie lo observó, tapándose la boca con las manos para no decir lo que deseaba: «no recuerdes que me ofreciste lo mejor de ti mismo y te lo tiré a la cara. No recuerdes que arruiné tu felicidad. Nunca lo supe con seguridad hasta ahora». Intentó sobreponerse. Habían pasado muchos años desde entonces. Eran personas distintas; Andrew no había reaccionado ante ella porque el pasado ya no le importaba. Era mejor así, Hetta era lo principal. Pasaron las horas. Elinor fue consciente de cada segundo de cada interminable minuto. Afuera, la oscuridad de la noche empezó a tornarse gris. Ella no lo notó, estaba en otro mundo, debatiéndose entre el sufrimiento y la esperanza. No vio nada hasta que una taza de té apareció ante ella y Andrew se sentó a su lado. -Acabamos -dijo él-. Ha ido de ensueño. Debería recuperarse por completo. -¿En serio? ¿De verdad? -No lo diría si no fuera cierto.


Elinor se tapó el rostro con las manos y sollozó en silencio. Él simuló no notarlo. -¿Puedo ir a verla? -le preguntó poco después. -Dentro de un rato. Van a llevarla a cuidados intensivos; puedes estar allí para cuando despierte. -¿Dejaste que se quedara con ese oso sucio y viejo? -No hubiera sido práctico -replicó él negando con la cabeza-. Pero a los niños siempre les digo lo que quieren oír; les quito el juguete cuando se duermen y me aseguro de que lo tengan a su lado al despertar. Es un engaño, pero los hace felices, y creo que eso ayuda. -Debes tener un don especial con los niños. -En realidad no -Andrew encogió los hombros-. Es un truco que me enseñó Elmer. Tómate el té y luego te llevaré con ella. ¿Eres impresionable? -preguntó de sopetón. -¿Qué quieres decir? -Te asustará verla. Está conectada a una docena de máquinas, aterradoras pero necesarias. Cuando se despierte, no permitas que te vea nerviosa. Echarte a llorar sería lo peor que podrías hacer. -Nunca me echo a llorar -dijo Elinor-. Lo hacía al principio, cuando enfermó. Ya no.


-Claro, no debería haber dicho eso. Lo siento -se disculpó él. Ella deseó decirle que no tenía por qué sentirlo, pero él se puso, en pie-. Ven. Una enfermera los dejó entrar en la unidad de cuidados intensivos y los condujo a una cama que había en una esquina. A pesar de su coraje, Elinor se impresionó al ver a Hetta, inmóvil, conectada a todas esas máquinas. Se quedó quieta, luchando contra las lágrimas. -Tranquila -le dijo Andrew-. Inspira con fuerza. -Estoy bien -dijo ella poco después-. Es por su color... -Hetta tenía un color gris amarillento. -Todos tienen ese color al principio -explicó Andrew-. Sé que parece horrible, pero no debe preocuparte. Ven y te explicaré para qué sirve cada máquina. Estas controlan el latido, la presión sanguínea y la cantidad de analgésico que recibe. -¿Y ese tubo que tiene en la boca? -Va a esta máquina, un respirador. Pronto se lo quitaremos y volverá a respirar por sí misma. Siguió hablando y Elinor dejó de escuchar las palabras que él decía, pero siguió sintiendo la amabilidad de su voz, calmando sus miedos, apoyándola. -¿Dónde está Samson? -preguntó él de repente, con voz dura.


-¿Quién? -la enfermera lo miró como si se hubiera vuelto loco. -Samson. Es un oso de juguete. Tiene que estar aquí cuando se despierte. Llame al quirófano y entérese de qué han hecho con él -ordenó. La enfermera hizo la llamada y descubrió que nadie sabía dónde estaba. -Diga que lo encuentren o rodarán cabezas -masculló Andrew-. Se lo prometí a la niña, y no encontrarlo puede dificultar su recuperación. No estoy dispuesto a que eso ocurra. ¿Entendido? La enfermera lo miró asustada y corrió al teléfono. -No te preocupes -le dijo Andrew a Elinor-. Solucionaremos este contratiempo. Samson llegó unos minutos después en pésimo estado; se había caído al suelo y lo habían pisado. Andrew lo miró y comprendió que era imposible poner un objeto tan sucio al alcance de Hetta. -Enfermera, ¿hay jabón desinfectante? -preguntó. -Sí, señor. -Tráigalo, por favor. La enfermera volvió. con el jabón, pero corrió enseguida a otra cama; en na unidad de cuidados intensivos, lavar juguetes no entraba en sus obligaciones. -Lo lavaré -ofreció Elinor.


-Hay un lavabo allí, junto a la pared -dijo Andrew-. Tendrás a Hetta a la vista en todo momento. Elinor se concentró en lavar a Samson, que poco después recuperó su brillante color amarillo. Incluso su sonrisa parecía más grande. De vez en cuando, echaba una ojeada a Hetta. Andrew seguía revisando las máquinas, parecía satisfecho y eso la alivió. Poco después se marchó y Ellie volvió junto a Hetta, con el juguete húmedo en la mano. Una de las enfermeras le llevó una silla. Un momento después llegó otra enfermera. -Es de la secretaria del señor Blake -le dijo-. Lo tiene en su despacho. Me ha pedido que se lo trajera. Era un secador de pelo. Elinor lo puso en marcha y secó a Samson. Después lo colocó bajo la mano de Hetta. Inmediatamente, sus deditos se curvaron a su alrededor, pero no despertó. -Vamos a ver si puede respirar por sí sola -le dijo Andrew a la enfermera cuando regresó, un buen rato después-. ¿Te importa alejarte un poco? Elinor se apartó y esperó, nerviosa, mientras le sacaban el tubo de la boca. Un


instante después, la niña soltó un suspiro. -Excelente -dijo Andrew-. No podría ir mejor. Señora Landers, debería ir a desayunar algo. -No puedo dejarla sola. -Ya ha pasado lo peor, y la ayudará más si conserva sus fuerzas. Hay una cafetería en la planta de arriba. Vaya a comer algo. No quiero que se desmaye. Tras lanzarle esa orden, salió. Tenía aspecto de haber trabajado durante toda la noche. Siguió pasando por allí cada cuatro horas y fue en una de sus visitas cuando Hetta abrió los ojos. -Hola, mamá. -Hola, cariño -replicó ella, pero Hetta cerró los ojos inmediatamente-. Cariño -insistió. -Déjala. De momento no dirá mucho más -dijo Andrew, y volvió a marcharse. Una hora después, Hetta volvió a despertar. Esa vez esbozó una sonrisa antes de dormirse nuevamente. No se despertó del todo hasta última hora de la tarde. -Hola, mamá -dijo con voz más alegre. Ellie se arrodilló en el suelo para acercar su rostro al de Hetta. -Bienvenida, cariño.


-¿He estado fuera? -Sí, pero has vuelto, gracias a Dios. -¿Dónde está Samson? -preguntó Hetta mirando a su alrededor con ansiedad. -Está aquí -dijo Ellie levantándolo-. Lo tenías en la mano. -Ese no es Samson -protestó Hetta. -Claro que sí, cielo. -No es, no es -Hetta empezó a ponerse nerviosa. Intentó tranquilizarla, pero Hetta empezó a llorar amargamente. Elinor miró a su alrededor desesperada, un disgusto era lo peor en ese momento. -Eh, ¿qué ocurre aquí? -dijo Andrew apareciendo de regenté. -Quiero a Samson -sollozó Hetta-. Lo prometiste. -Y siempre cumplo mis promesas -dijo Andrew acercándose a la cama con tranquilidad, aunque tenía el rostro grisáceo y profundas ojeras-. Samson ha estado contigo todo el tiempo, bueno, casi todo. Mientras trabajábamos para curarte, se nos ocurrió hacer lo mismo con él. Así que lo cepillamos y le dimos un baño, que le hacía mucha falta. -No le gusta que lo bañen -dijo Hetta mirándolo fijamente. Había dejado de llorar. -Eso me pareció. Dijo cosas terribles. Hizo que las enfermeras se pusieran coloradas -explicó él. Hetta soltó una risita-. Pero sigue siendo Samson. Se sabe por el roto que tiene en la oreja.


-Se lo hizo el gato de Daisy -murmuró Hetta. -¡Hum! Debió ser una pelea terrible. Como ves, Samson está perfectamente, ¿por qué no lo abrazas...? -calló al comprobar que Hetta se había vuelto a dormir. -Has estado maravilloso -dijo Elinor-. ¿Cómo se te ha ocurrido...? -Un momento, por favor, señora Landers. Enfermera... -habló con la enfermera unos minutos y, cuando acabó, Elinor estaba observando a Hetta con ojos cariñosos y obsesivos. Andrew se marchó sin molestarla. La primera semana, Elinor apenas dejó a Hetta. Cuando necesitaba dormir lo hacía en una habitación contigua, en la que había camastros. Al principio la miraba incrédula, incapaz de creer que esa delicada criatura hubiera sobrevivido a una operación tan terrible. Sin embargo, la fragilidad de Hetta empezaba a desaparecer. Por primera vez en dos años, tenía un corazón fuerte que latía con normalidad. Estuvo varios días mareada y confundida a consecuencia de la anestesia, pero se notaba mucha mejoría, y tenía buen color. -Es nuestra mejor paciente -dijo la enfermera de cuidados intensivos-. Desde que empezó a respirar sola, todo va perfecto. -Le aseguro que es la primera vez en su vida que hace lo que se espera de ella sin discutir -dijo Elinor, sonriente.


-Soy un diablillo, ¿verdad, mamá? -rio Hetta. -Creí que estabas dormida, pilluela. Poco después le retiraron las máquinas y la llevaron a otra sala, en la que se hizo amiga del niño de la cama de al lado. Elinor empezó a ir a la casa de huéspedes a dormir. Poco a poco descubrió que podía dejar a Hetta, sin preocuparse de si la encontraría viva a su regreso. Lo mejor de todo era que Hetta había recuperado su sentido del humor y le encantaba bromear con su madre. La larga herida que tenía en el pecho, que horrorizaba a Elinor, la llenaba de orgullo. -¿No es fantástica? -preguntó cuando le retiraron el vendaje y Andrew examinaba la cicatriz. -Supongo, si te gusta ese tipo de cosas -murmuró Elinor con voz débil. -A nosotros nos gustan, ¿verdad? -le dijo Andrew a Hetta. -Desde luego que sí -afirmó Hetta-. Verás, mamá, era una sierra eléctrica muy grande... -¿Qué? -Así cortamos el hueso para llegar al corazón -explicó Andrew-. Una operación como esta no se hace mirando entre las rendijas de las costillas. Hetta soltó una risa, y ella y Andrew intercambiaron una mirada de complicidad.


Elinor se dio cuenta de que la enfermera los miraba asombrada. -¿Cómo se te ocurre hablar así con una niña? -le preguntó siguiéndolo cuando salía. -A ella le encanta. Los impresionables son los adultos, no los niños -la soltura con la que se comportaba con Hetta había desaparecido, y estaba tenso de nuevo-. Que pase un buen día, señora Landers. Elinor tuvo que admitir que tenía razón. Hetta se lo estaba pasando fenomenal. En muy poco tiempo se había convertido en la líder del ala infantil, y estaba involucrada en todos los jaleos. A Elinor le encantaba que fuera traviesa de vez en cuando; hacía mucho que no tenía energía para serlo. Se entendía perfectamente con Andrew, y lo llamaba por su nombre, como él había sugerido. Para la niña no era una figura que intimidara, como para el resto del personal. Era un amigo que entendía a Samson y todo lo que ella decía. Le confiaba sus pesadillas y él la escuchaba, asintiendo comprensivo. -Las rocas, ¿llegan a caer sobre ti o solo parece que van a caer? -le oyó preguntar Elinor un día que llegó por sorpresa. -Creo que van a caer, pero me despierto antes. -Bueno, solo es una consecuencia de la anestesia, lo sabes, ¿verdad? -¿Después de tanto tiempo? -¿Sabes cuánta anestesia tuvimos que ponerte para una operación tan grande? -¿Cuánta? -exigió ella, fascinada.


-Toda esta -dijo él abriendo mucho las manos. -¡Vaya! -Así que no desaparece de una vez. Va saliendo poco a poco, y te hace tener sueños raros, nada más. La próxima vez que veas esas rocas, diles que no te asustan porque no son reales. Hetta asintió convencida. -¿Por qué no me ha contado que tiene pesadillas? -le preguntó Elinor a Andrew cuando salieron. -Porque sabes que has pasado por mucho y quiere protegerte. -¿Te ha dicho eso? -No hacía falta. ¿No te das cuenta de que te cuida tanto como tú la cuidas a ella? Se parece mucho a ti -dijo él. De pronto, pareció recordar algo y le dio las buenas noches. Casi siempre que se encontraban ocurría lo mismo, y eso entristecía a Elinor. Después del día de la operación, había creído que llegarían a hablar del pasado, que tendría la oportunidad de decirle que lo sentía y pedirle perdón. Pero pasaron los días y, cuando solo faltaban tres para que le dieran el alta a Hetta, comprendió que eso no llegaría a ocurrir. Habían vuelto a encontrarse por accidente y, sin duda, él se alegraría de verla partir. Ella siempre le estaría agradecida. Su relación, triste y tormentosa, había acabado mal, pero el reencuentro había suavizado esa amargura.


En realidad, dudaba que él hubiera sufrido mucho tiempo. Había tenido éxito en la vida, tal y como siempre pretendió. Se lo imaginaba casado con una brillante mujer de sociedad, alguien tan sofisticada como él. Debía estar muy contento de haberse librado de ella. Elinor no tenía razones para sentir amargura; ella lo había herido, y quizá fuera justo haber pagado por ello con años de desilusión y tristeza. Elinor se estaba quedando sin dinero y volvió a trabajar como esteticista aceptando citas que no la llevaran demasiado lejos. Una tarde volvió al hospital muy contenta; acababa de realizar un trabajo lucrativo, era la última noche de Hetta en el hospital y al día siguiente regresarían a la casa de huéspedes. Encontró a Hetta compitiendo con el niño que estaba enfrente, para ver quién de los dos sacaba más la lengua. -Creo que se alegrarán de librarse de ti mañana -dijo sentándose en la cama. La niña asintió, tomándolo como un cumplido-. ¿Estás lista para irte? -¡A casa! -gritó Hetta, entusiasmada-. ¡Voy a casa! Elinor oyó un ruido, alzó la cabeza y sonrió a Daisy. Pero la sonrisa se esfumó al ver su rostro. Daisy parecía preocupada y le hacía señas para que saliera. -Siento venirte con esto, encima de todo lo demás, querida. -Daisy, ¿qué ha ocurrido?


-El señor Jenson.-dijo Daisy con odio-. Se quedó en cama esta mañana, resfriado. Pero se durmió mientras fumaba un cigarrillo. Hemos tenido suerte de salir de allí vivos. -¿Quieres decir...? -Fue un incendio terrible, ocurrió a media mañana. La planta de arriba se quemó. Todo está negro de humo. Los bomberos dicen que el edificio no es seguro. Nos dejaron entrar un momento a recoger nuestras cosas, pero nada más. Te he traído las tuyas. Elinor vio sus maletas en el suelo y empezó a sentirse enferma al comprender lo que eso implicaba. Daisy se dio cuenta. -El seguro lo pagará todo -dijo Daisy-. Pero hasta que no lo arreglen no se puede vivir allí. Los dos estudiantes se han ido a un hostal, el señor Jenson ha ido a casa de su hermana, espero que para siempre. Yo he encontrado un hotel cercano para poder vigilar las obras. Pero no sé qué puedes hacer tú. -Todo irá bien -comentó Elinor intentando parecer tranquila-. Encontraremos algo. Has sido maravillosa con nosotras, Daisy. Ahora debes pensar en ti misma. Se esforzó por aparentar alegría hasta que se quedó sola, pero después se


sintió abrumada. Hetta recibiría el alta unas horas más tarde, y no tenía donde llevarla. La casa de Daisy era muy destartalada, pero limpia y cómoda. Allí podría haber cuidado de Hetta en paz, con la ayuda de Daisy. Pero de pronto estaba sola. Pasara lo que pasara, Hetta no debía sospechar que todo iba mal, así que volvió con la niña y se quedó bromeando con ella hasta que se durmió. Fue oscureciendo y cambió el turno de enfermeras. La enfermera jefe frunció el ceño al ver a Elinor sentada en una silla, con las maletas bajo la cama. Elinor se puso nerviosa. La enfermera Stewart no era mala persona, pero era de ideas fijas. Para ella solo había una manera de hacer las cosas: según las normas. Además, era muy mandona y disfrutaba imponiéndose a los demás. -Señora Landers, venga un momento, por favor -señaló su mesa con la mano y Elinor la siguió. -Se ha acabado la hora de visitas -dijo la enfermera Stewart-. Tengo que pedirle que se vaya. -No puedo -dijo Elinor con desesperación-. No tengo donde ir. La casa donde vivía se ha quemado hoy. Acabo de enterarme. -¿Por eso tiene sus maletas aquí? -Sí. Alguien trajo mis cosas. -Ya veo. Es una desgracia, por supuesto -dijo la enfermera con el tono de voz


que habría usado para hablar de la escasez de vendas-, pero esto no es un hotel. Las normas no permiten que pase la noche aquí. -Me quedé aquí después de la operación. -Sí, cuando la niña estaba en peligro, en cuidados intensivos, pero ahora está en planta y estabilizado. De hecho, creo que le dan el alta mañana. -¿Dónde iremos? -preguntó Elinor, nerviosa-. Ahora no tengo donde llevarla. -Tendrá que buscar algo a primera hora. Elinor sabía que tendría que pagar fianza, y el trabajo que había hecho no era suficiente para eso. Sus ojos debieron reflejar su desesperación. -Estoy segura de que los servicios de asistencia social la ayudarán -dijo la enfermera con voz servicial-. Hay residencias para niños con necesidades especiales. Le buscaré el número. -No -gimió Elinor-. No quiero que nadie se ocupe de ella. La quiero conmigo. -Supongo que entiende que lo más importante es el bienestar de Hetta. -Lo mejor para ella es vivir en casa, con su madre. -Pero usted no tiene casa, ¿verdad? -preguntó la enfermera Stewart sonriendo levemente.


A Elinor le pareció una sonrisa horrible. El mundo intentaba aplastarla y seguiría haciéndolo hasta agotar sus fuerzas. Sintió un miedo horrible y supo que estaba a punto de ponerse a gritar. Salió apresuradamente, bajó las escaleras y corrió al jardín. El pánico y el terror la atenazaron. Finalmente, chocó con un árbol, se agarró al tronco y rompió a llorar. Había luchado y batallado sin descanso. Pero no era suficiente y, de repente, ya no tenía más fuerzas. CAPITULO 6 ELINOR había mantenido el control todo el tiempo, sin permitirse llorar, por muy mal que fueran las cosas. Pero de repente se sintió abrumada, fue como si una ola la arrasara sin piedad, destrozándola. -¡No! -gritó-. ¡No más, por favor! Tiene que haber un final. ¡No puedo más...! -¿Ocurre algo? -preguntó una voz a su espalda. -Váyase -gritó ella-. Sí, ocurre algo. Todo va mal y no hay nadie que me ayude. ¡Váyase! -oyó un paso y alguien se puso a su lado. Era Andrew. -Sí que hay alguien que te ayude. Ella se dio la vuelta llorando a lágrima viva. No podía hablar, ni siquiera le importaba que la hubiera encontrado así, histérica y desesperanzada. Se apoyó en el árbol, temblorosa. -No sé qué hacer -gimió-. Me estoy hundiendo. No debo, por el bien de


Hetta, pero está ocurriendo y no tengo adonde ir... ¡Oh, Dios! -lloró libremente, sin ni siquiera taparse el rostro. No le quedaban fuerzas. -¿Le ha ocurrido algo a Hetta? -preguntó Andrew agarrando sus hombros-. ¿Quieres que vaya con ella? -No, está bien -sollozó Elinor. -Si está bien, todo va bien. ¿Me oyes, Ellie? Si Hetta está bien, nada más importa. Piensa en eso. Cualquier otro problema tiene solución. Pero ella no lo oía. La angustia la atenazaba. Andrew estaba tan cerca, que sintió su aliento y alzó las manos para alejarlo, moviendo la cabeza de lado a lado. -No -sollozó-. No sirve de nada, ¿no lo entiendes? Cuando una cosa se arregla, aparece otra, es como si ahí arriba hubiera alguien que va a arrojarme una cosa tras otra, hasta conseguir rendirme... -De acuerdo, vale -dijo él-. Estás histérica y no me sorprende con lo que has pasado, pero todo irá bien... -¿Qué sabes tú? -exigió ella en voz baja y ronca-. Ni tú ni nadie puede solucionar esto. Me la quitarán y no podré impedirlo -había perdido el control por completo y sollozaba sin parar. Andrew la rodeó con sus brazos y la apretó contra sí. -Muy bien -musitó-. Deja que salga todo. Ya lo has reprimido demasiado, deja que


salga. -Ya no puedo enfrentarme a nada más. -No hace falta. No estás sola. -Sí lo estoy. Siempre he estado sola. No hace falta que me digas que es culpa mía... -No pensaba hacerlo. -Lo sé. Podría aguantarlo si me ocurriera solo a mí, pero no es justo para Hetta; nunca ha tenido una vida... -Ahora tendrá una vida fantástica -dijo él intentando hacerse oír. -Debería tener una madre mejor, alguien que supiera qué hacer y no fuera por la vida cometiendo errores todo el tiempo. ¡Oh, Dios! Él se limitó a abrazarla hasta que la tormenta amainase. Cuando notó que se tranquilizaba, puso las manos a ambos lados de su rostro. -Escúchame -dijo con severidad-. Sea lo que sea, puede solucionarse. Esto no son más que nervios, lo has pasado muy mal y al final has estallado. Pero tú no eres de las que se rinden. -Tú no sabes cómo soy -musitó ella. -Sé que siempre tuviste mucho coraje. -En realidad no. Entonces.. todo era pose. No sabía de qué iba la vida.


-¿Y crees que ahora lo sabes? -Todo es traición y lucha, cosas que van mal y saber que es culpa de una por ser estúpida. -No eres estúpida. No hables así de ti misma. Dime qué ha ocurrido. ¿Por qué iba nadie a quitarte a Hetta? -Porque no tengo donde vivir. La casa de huéspedes se ha incendiado y mañana tenemos que marcharnos. -Entonces encontraremos otro lugar para vosotras. -¿Cómo? No tengo dinero. La enfermera Stewart quiere llamar a la asistencia social; me la quitarán. . -Nada de eso -dijo él con voz firme-. No son ogros. Saben que Hetta necesita a su madre. ¿Por qué se lo dijiste a esa estúpida de Stewart? -No pude evitarlo. Me vio, y no debería estar aquí por la noche. -Pero no tienes donde ir. Déjamela a mí -relajó el abrazo, dándole espacio para que lo mirara. -No conseguirás que la enfermera Stewart dé marcha atrás -dijo ella. No veía bien su rostro, pero parecía firme y confiado.


-Tengo bastante autoridad por aquí -él alzó las cejas-. Incluso sobre ella. Vamos -la tomó del brazo y la llevó hacia el edificio. Cuando llegaron, la soltó-. Quédate callada y déjamelo todo a mí. -De acuerdo -repuso ella, ya sin miedo. La confianza y autoridad de ese hombre era incuestionable. Era capaz de conseguir lo que quisiera. Andrew entró en la sala con gran formalidad y la enfermera Stewart fue hacia él, mirando a Elinor con suspicacia. -Ha ocurrido algo bastante grave -dijo rápidamente-. Hetta Landers se ha quedado sin casa, y considero mi obligación... -Informarme -interrumpió Andrew con suavidad-. Ha hecho muy bien, pero la señora Landers ya me lo ha dicho y voy a ocuparme del problema. -Estoy segura de que está de acuerdo en que debemos informar a las autoridades competentes. Una niña tan vulnerable no debería... -Separarse de su madre -interrumpió Andrew de nuevo, y esa vez su tono dejó claro que se había hecho cargo de la conversación-. Tengo un buen amigo que ocupa un alto cargo en servicios sociales. He hablado con él, y ya no tendrá usted que hacer nada. La enfermera Stewart apretó los labios y Ellie adivinó que le molestaba profundamente no poder actuar.


-Por supuesto, si ya se ha ocupado usted... -aceptó con desgana-. ¿Podría decirme el nombre de su amigo? Hubo un silencio; el rostro de Andrew adoptó la mirada helada y dura que el personal tanto temía. Elinor pensó que se moriría si alguna vez la miraba así. Después recordó la noche en que lo había hecho. -¿Insinúa usted que no me cree, enfermera? -dijo Andrew en voz muy baja. -Desde luego que no -la enfermera palideció, pero se recobró enseguida-. Pero si se pone en contacto... -Será conmigo, no con usted. Señora Landers, sería mejor que recogiera sus cosas, sus amigos deben estar a punto de llegar. Asombrada, Elinor sacó las maletas de debajo de la cama, sin despertar a Hetta. Andrew le quitó una y salió de la sala; ella lo siguió. No dijeron una palabra hasta que llegaron al ascensor. -¿Y si investiga para ver si has dicho la verdad? -preguntó Elinor cuando se cerraron las puertas. -¿Investigarme a mí? -Andrew la miró atónito. Volvió a mostrar esa autoridad dominante que no admitía el desafío. No era arrogancia, no la necesitaba. -Todo eso que has dicho... ¿Qué hará cuando no ocurra nada? -Ocurrirá algo -la miró con aire divertido-. Haré que ocurra -esbozó una mueca-.


¿No crees que pueda? -Oh, sí -dijo ella con convicción-. Creo que puedes conseguir todo lo que te propongas. Dos plantas más abajo salieron del ascensor y recorrieron un pasillo hasta llegar a una puerta. -Este es mi despacho. Puedes pasar la noche aquí. Hay un baño dentro, así que no tendrás que salir. Túmbate en el sofá, cierra con cerrojo y no abras a nadie excepto a mí. Volveré a las cinco y media de la mañana; la señora de la limpieza llega a las seis. Aquí tienes un despertador de viaje. Ponlo a las cinco. ¿Se me ha olvidado algo? -No te imagino olvidándote de nada. Muchas gracias. No sé cómo... -No hace falta -cortó él-. Buenas noches. Se marchó rápidamente y ella echó el cerrojo. Estaba aturdida por los sucesos del día, pero cuando se acomodó en el sofá sintió una extraña calma. En realidad, nada había cambiado: seguía sin tener un sitio al que llevar a Hetta al día siguiente. Pero Andrew había dicho que se ocuparía de todo, y se sentía segura. Estaba lo suficientemente relajada como para dormir. Recordó su histerismo en el jardín, y el consuelo que había supuesto que él la abrazara. Durante años, había enterrado en el olvido la reconfortante sensación de


sus abrazos. Había tenido dos maridos, a cual peor, y había basado su supervivencia en no compararlos con el hombre cuyo amor había despreciado cuando era demasiado joven y estúpida para valorarlo. Empezó a valorarlo cuando ya era demasiado tarde, y lo había escondido en lo más profundo de su mente para no volverse loca de arrepentimiento. Por una ironía del destino, había tenido que recordarlo todo. Era como si estuviera de nuevo con ella, calentándola, murmurándole en el oído, igual que en otros tiempos le había susurrado palabras de amor. Incapaz de soportarlo, fue al baño y se dio una ducha, intentando librarse del cansancio y la desesperación de su vida. Cuando salió y se vio en el espejo, su imagen la horrorizó. Era esteticista profesional y sabía cómo conseguir lo mejor de sí misma; para inspirar confianza a sus clientes, utilizaba buenos productos cosméticos y siempre estaba arreglada. Pero al verse de cuerpo entero, captó el paso de los años. La última vez que estuvo en brazos de Andrew era joven, sensual y llena de vida. Ahora estaba demasiado delgada, tenía el rostro demacrado y los ojos tristes. La preciosa melena rubia, que él había adorado acariciar, había desaparecido años antes, en algún momento amargo de su segundo matrimonio. Tenía el pelo corto y fácil de peinar, sin más. Esa mujer desesperada era la que él había abrazado esa noche. Si había pensado


en la belleza que una vez amó, se habría sentido horrorizado por el cambio. Sin embargo, recordó que la había llamado Ellie. Andrew llamó a la puerta suavemente a las cinco y media en punto. Elinor ya estaba levantada y lo dejó entrar. Le llevaba té en un vaso de papel, que ella bebió con gusto. -¿Ha habido algún problema? -Ninguno. -Me alegro. Te explicaré lo que vamos a hacer -dijo él paseando por la habitación, sin mirarla-. Anoche hablé con un amigo mío que se va de viaje de negocios y no quiere que su casa se quede vacía. La persona que iba a cuidarla le ha fallado en el último momento, y le encantaría que lo hicieras tú. Está a unos quince kilómetros del hospital, en las afueras. La paga es buena, así que no tendrás que dejar a Hetta para ir a trabajar. -¿Paga? ¿Quieres decir que me pagaría además de ofrecerme alojamiento? -preguntó ella, incrédula. -Habrá algo de trabajo. Tendrás que mantener la casa limpia, aunque la mayor parte está cerrada, y asegurarte de que se sepa que no está vacía. -También podría remitirle el correo -apuntó ella. Él se volvió con una expresión extraña en el rostro, como si lo hubiera sorprendido. -Sí -dijo vagamente-. Aunque no creo que haya mucho. Ha pedido a Correos que


se lo remita. -Pero puedo contestar al teléfono, y decirle a la gente dónde está -se ofreció ella, ansiosa por hacer algo más de lo que le pedían. -Podrías hacer eso -accedió él con poco entusiasmo, como si estuviera pensando en otra cosa-. ¿Le digo a mi amigo que aceptas? -Me encantaría. Pero no sabe nada de mí. -Le sirve con mi recomendación. -¿Puedo llamarlo para darle las gracias? -Le diré que lo haga él cuando estés en su casa. -¿Cómo se llama? -Deberías irte ya. Ve a comer algo. Sube a la cafetería, te veré allí después. En la cafetería estaban sirviendo el desayuno. Elinor descubrió que estaba muerta de hambre y llenó su plato con huevos y beicon. A esa hora, el sitio estaba lleno de médicos y enfermeras, cansados tras el turno de noche, o comiendo algo antes de empezar el día. Con desmayo, reconoció a la enfermera Stewart. Los ojos de la mujer la taladraron y Elinor adivinó que estaba furiosa por no haber podido intervenir. Tenía que rendirse ante la autoridad de Andrew, pero no lo perdonaba. Fue directa a la mesa de Elinor y se sentó sin preguntar. -Ha venido muy temprano, señora Landers. ¿Puedo preguntarle dónde ha pasado


la noche? -No, no puede -replicó Elinor con enfado-. No tiene nada que decir sobre mi hija, porque imagino que su turno ha terminado. Enseguida iré a prepararla para llevarla a casa. -¿A qué casa? Esa es una pregunta legítima que sí puedo hacer. -Buenos días, señoras -dijo una voz por encima de ellas. Alzaron los ojos y vieron a Andrew, disponiéndose a sentarse-. Señora Landers, me alegro de encontrarla aquí. Llamé al señor Martín, y está encantado de tener ama de llaves. La casa está lista para que la ocupe inmediatamente; si va a ver a mi secretaria, ella le dará todos los detalles. También le dará un cuadro explicando la medicación de Hetta para evitar el rechazo. Informaremos a la enfermera del distrito de su llegada, y llamaremos todos los días, pero no espero ningún problema. Enfermera Stewart, me alegra verla comiendo, hay que recuperar fuerzas tras el turno de noche. Creo que es el turno más agotador, ¿no le parece? Siguió hablando sin permitir que la enfermera creara problemas. Elinor lo miró con admiración; estaba realizando una actuación magistral. Andrew no era extrovertido, se estaba esforzando con un propósito. Pero el rostro de la enfermera Stewart tenía una expresión terca. Por mucho tiempo que Andrew se quedara allí, ella aguantaría más para sondearla y pin


charla, con el ánimo de imponer la solución que consideraba «correcta». En ese momento sonó el buscapersonas de Andrew y Elinor pensó que la enfermera había ganado. -Parece que me necesitan -dijo Andrew-. Señora Landers, ¿le importaría acompañarme? Tenemos que ultimar algunos asuntos. Buenos días, enfermera Stewart. Ha sido un placer hablar con usted -guió a Elinor hacia el pasillo y cuando llegaron soltó una exhalación, como un chiquillo que hubiera salido bien librado de una travesura. -¡Gracias a Dios que has venido! -exclamó ella. -Me di cuenta del problema cuando te marchaste. ¿Llegué a tiempo de evitar el desastre? -Por los pelos. -Será mejor que te vayas a donde no pueda encontrarte. -¿Dónde? -Toma las llaves de mi coche. Este es el número de la matrícula -dijo apuntándolo en un papel-. Métete atrás, tápate con una manta y duerme un rato. Ve a ver a mi secretaria dentro de cuatro horas y dale las llaves. -¿Te parece seguro? -preguntó Elinor.


-Por completo. Es la mujer más discreta del mundo. El coche era nuevo, la última palabra en lujo y tecnología. Había sitio suficiente para tumbarse cómodamente en el asiento de atrás. Elinor se tapó con una manta de mohair y se sintió cálida y segura. Segura, gracias a Andrew. Cuando Elinor se presentó ante la secretaria, esta aceptó las llaves sin comentarios y le entregó una carta que acababa de mecanografiar. La carta empezaba «Estimada señora Landers» y la informaba, con educación y formalidad, de que un taxi la recogería para llevarla a la casa. El señor Martin estaba al tanto del estado de Hetta y, cuando llegara, la casa estaría caldeada. Ingresaría su salario directamente en su cuenta bancaria, si era tan amable de darle los datos a la secretaria. Le adjuntaba un juego de llaves y le deseaba lo mejor. Fue por Hetta y se encontró con la enfermera Edwards, del turno de mañana, una mujer alegre con la que Hetta se llevaba muy bien. -¿Está lista para marcharse? -preguntó la enfermera, sonriente-. Me han dicho que va a trabajar como ama de llaves en una casa de las afueras. -¿No vamos a volver con Daisy? -preguntó Hetta. -No, cariño. Ayer hubo un incendio. -El señor Jenson -comentó Hetta con convicción-. Ha vuelto a fumar en la cama. Pobre Daisy. ¿Qué va a hacer ella?


-Ha alquilado una habitación cerca de allí, y el seguro se encargará de la reconstrucción -explicó Elinor-. Nosotras vamos a cuidar la casa de un señor. -¿Por qué no deja que la enfermera termine de vestir a Hetta mientras yo le entrego su medicación? -sugirió la enfermera Edwards. A Elinor le parecía un sueño estar a punto de salir de allí. Unas horas antes lo había visto todo oscuro, ahora volvía a ver la luz gracias a una persona. -Creo que debería buscar a Andrew para darle las gracias -dijo Elinor. -Yo ya se las he dado -comentó Hetta-. Vino antes. Me dijo que sentía no verte, pero tenía una operación esta mañana y va a estar ocupado todo el día. Elinor comprendió que se había asegurado de no verla antes de su marcha. Quizá fuera mejor así. Un taxi llegó a recogerlas y abandonaron el hospital en dirección a las afueras. Pronto estuvieron en el campo; las casas estaban más aisladas y eran lujosas. Elinor comprendió que se dirigían a una zona residencial, de mansiones con jardín y verjas de hierro forjado. El coche se detuvo ante una verja en la que había un cartel que decía «Los Robles». Tomaron un sendero sinuoso, con árboles a los lados que los llevó a una gran mansión. Era impresionante, era el modelo de éxito y estilo ante el mundo. No era extraño que el señor Martin no quisiera que estuviese vacía.


El conductor del taxi llevó las maletas hasta la puerta y esperó hasta que abriera, pero rechazó el dinero. -Me han pagado, señora -dijo-. La propina y todo. Cuando se quedaron solas, miraron a su alrededor completamente anonadas. -¡Cielos, mami! -exclamó Hetta-. Es como una casa de película. -A mí también me lo parece. Exploraron la casa juntas, primero la cocina, azul y blanca, lujosa y equipada a la última. -Parece demasiado elegante para hacer patatas y huevos fritos -comentó Hetta refiriéndose a su comida favorita. -Da la impresión de estar diseñada para un chef -musitó Elinor. -¿Pero se podrían hacer patatas y huevos? -preguntó Hetta con ansiedad. -Para todo un ejército, cielo. La enorme nevera estaba llena: huevos, jamón, salchichas, verdura, leche y seis tipos de zumo natural. El congelador también. En silencio subieron la escalera curvada que llevaba arriba. Desde el rellano partía un pasillo que se bifurcaba en dos. Todas las puertas de uno de los lados estaban cerradas con llave, pero en el otro encontraron dos dormitorios abiertos. El primero tenía una cama con un dosel de encaje blanco, y ventanas


en dos paredes. -Parece el dormitorio de una estrella de cine -suspiró Hetta. La otra habitación estaba enfrente. También era grande, pero menos lujosa. Sobre la cama había un edredón con una funda estampada con animales salvajes que encantó a Hetta. En las estanterías había muchos libros de animales, sobre todo de elefantes, lo que le gustó aún más. Elinor notó que, a pesar de su entusiasmo, estaba cansada. Aún faltaba mucho para que se recuperara del todo y el corto viaje la había agotado. -Es hora de que duermas un rato, cariño -dijo. -¿Puedo comer algo antes? -Claro que sí -Elinor se arrodilló y la miró a los ojos-. Claro que sí -repitió abrazándola con ternura. Pero Hetta ya estaba quedándose dormida-. Puedes comer lo que quieras -susurró poniéndola en la cama e incorporándola con almohadones, como le habían dicho en el hospital-, cuando te despiertes. Bajó las escaleras para recoger las maletas y guardar las cosas. Lo hizo con las puertas abiertas, por si Hetta se despertaba y se asustaba al encontrarse en un sitio desconocido. Pero estaba profundamente dormida. Después, Elinor recorrió la casa. Tal y como Andrew había dicho, la mayoría de las puertas estaban cerradas, lo que era un alivio. Su responsabilidad se limitaría a los dos dormitorios, la cocina y el enorme salón, en el que había


una televisión por satélite que sintonizaba un número asombroso de canales. Hetta durmió la mayor parte de la tarde y se despertó hambrienta. Elinor le preparó una tortilla y le dio helado que encontró en el congelador. Después pasaron un par de horas investigando los canales infantiles de la televisión, hasta que Hetta se durmió en sus brazos. Elinor, al acostarla de nuevo, examinó su habitación. Allí también había una televisión pequeña. Era una habitación infantil, probablemente de un niño, a juzgar por los pósters de vaqueros de las paredes. La niña y ella habían bromeado sobre estrellas de cine, pero en realidad no era cosa de broma. La enorme cama con dosel de su dormitorio era suficientemente grande para seis personas, y el cuarto de baño privado era una fantasía, con una bañera redonda color crema empotrada en el suelo. Todos los accesorios eran dorados. En la jabonera había una pastilla nueva de jabón, tan perfumado que Elinor casi se mareó. Antes de acostarse, probó la ducha y descubrió que el agua salía con mucha presión y a temperatura constante. Era un auténtico lujo, pensó, secándose con una gruesa toalla y recordando la ducha de Daisy, que había que enroscar al grifo y siempre se soltaba por mucho que uno apretara.


Echó una última ojeada a Hetta antes de acostarse. Dejó las puertas abiertas y la luz del pasillo encendida, para que Hetta no tuviera miedo. En mitad de la noche, oyó sus pasos y notó que se metía en la cama con ella. Se volvió a dormir, preguntándose si estaba en el cielo; sus problemas habían sido sustituidos por una paz y serenidad perfectas. Parecía un cuento de ,hadas, no la vida real. CAPÍTULO 7 UN DÍA siguió al otro y nada disturbó su paz. La enfermera del distrito llamaba regularmente para asegurarse de que Hetta progresaba y estaba bien. Era una mujer agradable y maternal, y pronto empezaron a llamarla por su nombre, Sally. -No te preocupes si necesita dormir mucho -le aconsejó a Elinor-. Tardará bastante en recuperarse. Déjala que siga su propio ritmo. Elinor había encontrado una carta en la cocina, explicándole los secretos de la casa, y un juego de llaves para el coche que había en el garaje, que tenía permiso para utilizar. La alivió comprobar que era un utilitario modesto, no un vehículo lujoso que la habría intimidado. Empezaron a realizar viajes cortos al pueblo más cercano, en el que había algunas tiendas. Elinor compraba el periódico y alimentos. Tomaban algo en una pequeña cafetería y después volvían a casa. En uno de esos viajes, Elinor probó su tarjeta en el cajero, temiendo encontrarse con números rojos. Pero el recibo, en cambio, ofrecía un saldo muy respetable. Lo miró anonadada; habían ingresado su primer sueldo, pero era mucho más alto de lo que


esperaba. Volvió a introducir la tarjeta y solicitó un extracto de movimientos. Miró el ingreso con incredulidad; era mucho dinero. Supuso que era el adelanto de un mes, pero aun así, el señor Martín debía ser un filántropo o un loco. En poco tiempo, Hetta estaba tan bien que Elinor no necesitaba estar presente cuando se despertaba de la siesta. La niña bajaba las escaleras y buscaba a su madre en el jardín, donde solía disfrutar del tiempo veraniego. El jardín era tan grande que no había posibilidades de conocer a los vecinos, ni siquiera de verlos. Quienquiera que fuesen, vivían en sus mansiones rodeados por sus jardines. Aparte de Sally, nadie visitaba la casa. Era como vivir en un mundo aparte, donde solo existían el silencio y el reposo. Cada vez más relajada, Elinor se preguntó si alguna vez había sentido una paz igual. Sin duda, no la sintió en su desgraciado matrimonio con Tom Landers. -No tiene más que dientes y pantalones -le había dicho su madre, indignada-. Eres una tonta, hija. Lo has sido, desde que echaste a perder tu relación con el mejor hombre que has conocido ni conocerás nunca. Ella le había tapado la boca con desesperación, esa era una verdad a la que no era capaz de enfrentarse, ni siquiera el día antes de su segunda boda. Antes de eso había pasado por un corto matrimonio con Jack Smith, en el que solo hubo peleas, amargura y una lucha desesperada contra su alcoholismo. Antes de Jack... Elinor cerró los ojos, no podía enfrentarse a ese recuerdo.


Gracias al dinero que tenía a su disposición, Elinor pudo cancelar algunas deudas, e incluso pagar un taxi para que Daisy fuera a visitarlas. La reunión fue muy alegre, y Elinor convenció a su amiga para que se quedara a pasar la noche. Al día siguiente, se marchó con la promesa de que volvería pronto. La visita fue buena para Hetta que, según recuperaba las fuerzas, empezaba a aburrirse. Tal y como le había dicho a Andrew, ansiaba tener un perro o, al menos, un compañero de juegos de su edad. Elinor la entretenía lo mejor que podía y eran muy felices, pero aun así, sabía que Hetta necesitaba algo más. Una mañana, mientras desayunaban y pensaban qué hacer ese día, oyeron un ruido en la puerta delantera. Elinor salió y encontró una carta en la alfombrilla. Correos remitía todas las cartas al señor Martin, pero esa debía habérseles escapado. Iba a ponerla sobre la mesa del vestíbulo cuando el nombre atrajo su mirada. Andrew Blake. Era un error, por supuesto. Andrew y el señor Martin eran amigos, y él debía haberle pedido que recibiera parte de su correo. Se preguntó por qué. Tampoco entendía por qué el señor Martin nunca la había llamado, como Andrew había dicho que haría. De repente, lo comprendió. El señor Martin no existía. Estaba en casa de Andrew; había sido una tonta por no darse cuenta antes. Había tenido algunas sospechas, pero las había rechazado porque no quería enfrentarse a la verdad. Estaba viviendo de su caridad sin saberlo. Se preguntó si él disfrutaba con


eso, si la despreciaba o simplemente se reía de ella. Sintiera lo que sintiera, no podía culparlo. Lo había organizado todo con mucha astucia; había redirigido su correo, desviado sus llamadas y cerrado con llave muchas habitaciones. Se había arriesgado con respecto a los vecinos, pero había tenido suerte, vivían demasiado apartados para suponer un problema. Notó un zumbido en la cabeza y se sintió incapaz de soportar la situación. Agarró el teléfono, llamó al hospital y dejó un mensaje en el buzón de voz de Andrew. Él respondió al mensaje poco después. -¿Está bien Hetta? -Está perfectamente. Llamé porque ha llegado una carta para ti -el silencio que siguió confirmó sus sospechas como ninguna otra cosa podría haberlo hecho. -Iré esta tarde -dijo él y colgó el teléfono. En ese momento, Elinor comprendió que había hecho una tontería. Deseó gritar. Una vez aclarada la situación, no podía seguir allí, pero no tenía ningún lugar seguro y agradable donde llevar a Hetta. Debería haberse callado por el bien de Hetta; no se había detenido a pensar.


-No aprendo -se recriminó amargamente-. Actúo y hablo primero, y pienso después, cuando es demasiado tarde. Igual que hice entonces. Podría haberse limitado a remitir el sobre al hospital. Andrew habría adivinado que sabía la verdad, pero no habría dicho nada. Ella había forzado la situación. Hubiera dado cualquier cosa para retroceder diez minutos en el tiempo. 0 doce años. Aún anonadada, salió al jardín; Hetta apilaba piedrecitas hasta que el montón se derrumbaba. -Es genial tener jardín, mamá. Me gusta mucho estar aquí. «A mí también me gustaba. Era como el jardín del Edén, pero ha llegado la serpiente a envenenarlo todo», pensó Elinor. -Vamos adentro -dijo tensa-. No debes excederte. A las diez de la noche Andrew no había aparecido ni había llamado. Dieron las once y las doce. Intentó no darle importancia; debía haber tenido alguna emergencia en el hospital. Pero la molestó que no se le hubiera ocurrido llamarla. Era una tonta, a él solo le importaba su trabajo y no permitía que nada lo distrajese. La llamada llegó a la mañana siguiente, mientras Elinor servía el desayuno. Tal y como había imaginado, había tenido una emergencia. -Iba a llamarte -explicó él con voz cansada-. Pero la situación era desesperada. No pude llamar y no quería encargárselo a nadie. Iré esta noche si te parece


bien. Ella le aseguró que sí. Después salió a comprar un periódico para consultar la sección de habitaciones de alquiler. Esa noche ocurrió lo mismo, pasaron las horas y no apareció. Se preguntó por qué había sido tan amable con ella para luego tratarla con desdén. Después de acostar a Hetta se sentó en el salón, intentando hacer algo pero sin tener la energía suficiente. De repente, se dio cuenta de que era la una de la mañana, llevaba dos horas allí sentada. Cuando empezaba a subir las escaleras, una luz brillante la cegó. Oyó el ruido de un motor. Después sonó el timbre. Era Andrew, serio e inquieto. Ella se hizo a un lado para dejarlo entrar, cerró la puerta y lo ayudó a quitarse el abrigo. -Lamento llegar tan tarde -se excusó él-. Si no hubiera visto la luz encendida, me habría marchado. Llevo toda la tarde en el quirófano. -Entonces será mejor que comas algo -comentó ella. Necesitaba tiempo para aclarar sus pensamientos. Parecía exhausto y ojeroso, tan distinto a la imagen que esperaba ver, que se estremeció. -Solo un tentempié. No te esfuerces. -Una tortilla -afirmó ella yendo hacia la cocina-. ¿Quieres un vaso de leche? -Sí, por favor -Andrew la siguió a la cocina.


-Johnny solía decir que bebías tanta leche porque estabas preparándote para tu primera úlcera -recordó ella viéndolo beber. -Sí -musitó él con sorpresa-. Siempre decía eso. Después se concentró en la tortilla. Preguntó por el estado de Hetta y le recordó la siguiente cita en el hospital. Comía como si estuviera tan cansado que le diera igual lo que se metía en la boca. -¿Cuándo comiste por última vez? -preguntó ella. -A mediodía. En la cafetería. -¿Es suficiente con una tortilla? -¿Te molestaría hacerme otra? -preguntó él de inmediato. -Claro que no -sonrió Elinor-. Ve al salón, te la llevaré. Unos minutos después, lo encontró sentado en el sofá y dejó el plato sobre la mesita de café. -Siento haberte hecho lo mismo dos noches seguidas -dijo él tras darle las gracias. -No te preocupes. Tus pacientes son lo primero. ¿Ha sido otra emergencia? -No, la misma. Un niño. Lo trajeron ayer a última hora y creí..., creí que iría bien. Pero esta noche empeoró. Hicimos cuanto pudimos por él, pero en realidad no tenía ninguna oportunidad.


-Lo siento. -No lo sientas -cortó él-. Es parte del trabajo. Hay que seguir adelante -forzó una sonrisa y señaló el plato-. Estaba muy buena. -Hay pastel de crema. Será mejor que comas todo lo que puedas. -¿Quieres engordarme? -dijo él con una sonrisa. -Nunca engordas, comas lo que comas. Solía molestarme una barbaridad. -Sí. Lo sé. Un trozo de pastel entonces. Después de comer bostezó, apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos. Ella examinó sus facciones. Tenía la nariz recta y la mandíbula fuerte, propia de un hombre tozudo. De alguna manera, la boca no encajaba con el resto del rostro; era expresiva y móvil y sugería sensibilidad, aunque era más dura que años atrás, cuando se amaban. Estaba enmarcada por dos profundas arrugas, y tenía patas de gallo alrededor de los ojos. Era el rostro de un hombre que pasaba mucho tiempo cansado y se negaba a admitirlo. Había pasado años resistiéndose al recuerdo de sus besos, pero ya no podía. Unas semanas antes la había abrazado mientras sollozaba en el jardín del hospital. No tenía ninguna defensa ante ese recuerdo tan cercano. Tenía la sensación de que eso labios habían besado su cabello aquella noche, pero no estaba segura. Entonces solo había pensado en Hetta, pero después había recordado la suave presión de sus labios.


Andrew abrió los ojos lentamente; ella no desvió la mirada. Él la miró con tristeza e hizo una mueca. -Aún no puedo creerme esto -dijo-. Quizá no sea real. -Eso mismo me pasa a mí -admitió ella-. Desde el día en que te vi en el pasillo del hospital, he intentado no creerlo. Siempre me he preguntado qué te diría si volvíamos a vernos, pero no encontré la respuesta en doce años. «Lo siento» me parece inadecuado. -¡Santo cielo! ¡Deja eso! Odio las disculpas. No sé pedir excusas y me avergüenza que otros me las pidan. ¿Podrías hacerme un café? Las tareas domésticas eran útiles para sobreponerse a los momentos difíciles. Elinor fue a preparar café; cuando regresó, él estaba mirando el periódico, que se encontraba abierto por la página de habitaciones en alquiler. -Fui un estúpido al pensar que no lo descubrirías -admitió Andrew. -La casa, ¿es tuya? -Sí. -¿Y el señor Martin? -No existe. -Entonces te lo debo todo a ti, incluido el sueldo que he estado recibiendo. -En realidad, me haces un favor ocupando la casa -Andrew encogió los hombros-.


No me gusta que esté vacía. -Podrías haber contratado a cualquiera por la cuarta parte de lo que me pagas. Esto solo ha sido un truco para... para... -¿Ayudar a una vieja amiga? -¿Así lo llamas tú? A mí me parece caridad. -¿Estás enfadada conmigo? Ella comprendió que sí lo estaba. Había decidido comportarse con frialdad, pero no había contado con la humillación que sentía al saber que estaba viviendo de otra persona. -No importa -dijo intentando controlarse. -A mí sí. Como dije, lo hice por una vieja amiga... -Nunca fuimos amigos -rechazó ella. -No, fuimos amantes hasta que encontraste a otro que te gustó más. Pero tenías todo el derecho a hacerlo; si yo puedo olvidarlo, ¿por qué no tú? -Porque me has estado dando dinero -dijo ella-. Es, es insultante. -No pretendía insultarte. Hice lo que creí que necesitabas -soltó una risa-. Hay algo que no ha cambiado. Siempre tuviste la capacidad de hacerme quedar mal. Nunca sabía cómo actuar; lo consideraba parte de tu encanto.


-Eso solo tiene encanto cuando se tienen diecisiete años -aseveró ella-. En una mujer de mediana edad, no es más que una lata y un fastidio. -No eres una mujer de mediana edad -rechazó él-. Ni siquiera tienes treinta años. -Parece que tengo cuarenta, y me siento como si tuviera cincuenta -suspiró con fuerza-. Pero me comporto como si tuviera diez, ¿no crees? Lo siento, Andrew. Es solo que tener que aceptar dinero... -¿Te importa dejarlo? -pidió él con voz tensa. -No. Tu casa es maravillosa -comentó ella intentando cambiar de tema. -¿Eso crees? -preguntó él con desinterés. -Lo sabes. Tú la conseguiste. Llegaste donde querías llegar. Siempre supe que lo harías. -¿Eso es lo que significa esto para ti? ¿Éxito? -Claro que sí. Y el coche. -Ah, sí. No creí que mi carácter incluyera el gusto por lo llamativo y vulgar hasta que descubrí que podía permitirme comprar todo tipo de juguetes. Al principio disfruté con ellos. Aún disfruto con el coche -movió la cabeza como si intentara despejarla-. Perdóname.


-¿Perdonarte? -Por no decirte la verdad. Lo hice con buena intención, pero debí suponer que no te gustaría -abrió los brazos-. Pero no hay necesidad de esto -añadió señalando el periódico. -Supuse que querrías que me fuera, ahora que lo sé. -¿Por qué? -Porque te esforzaste mucho para que no lo descubriera. -No puedes ni imaginártelo -Andrew sonrió para sí-. Vine aquella noche y revisé toda la casa, escondiendo todo lo que pudiera delatarme. Fui a un hipermercado que abre toda la noche para llenar la nevera y el congelador. Luego desvié mi teléfono y mi correo. Hice todo lo que se me ocurrió. -Pero, ¿por qué? -¿Habrías aceptado si hubieras sabido que era yo? -No habría querido aceptar -admitió ella-. Pero no hubiera tenido elección. -Exacto. Habrías venido a desgana, avergonzada, y te hubieras ido a la primera oportunidad. No quería que ocurriese eso. -¿Por eso has llamado a la puerta en vez de abrir con tu llave? -No tengo llave. Es decir, no la llevo encima. Está en mi escritorio, en el


despacho de arriba. La casa es tuya mientras la necesites. No te sentirías cómoda si pudiera ir y venir sin tu permiso. -Andrew, lo siento -exclamó ella impulsivamente-. Te he puesto contra la espada y la pared, y no era mi intención. -¿Qué quieres decir con eso? -Cuando me encontraste histérica en el jardín, fue una especie de chantaje emocional. -Nunca pensé eso. Solo quería ayudarte. No podía decirte la verdad porque sabía que no soy tu persona favorita. -¿No debería ser yo quien dijera eso? Te di todas las razones del mundo para que me odiaras. -Nunca te odié, Ellie. Bueno, quizá un poco al principio. Era muy joven y habías herido mi orgullo. El orgullo es muy importante a los veintiséis años. Pero pronto recuperé el sentido de la cordura. Comprendí que lo que parecía demoledor no lo era tanto. Desde luego, no lo suficiente como para odiar a una persona. -Me alegro -dijo ella con voz queda. -Además, me hiciste un favor. No estaba preparado para casarme. Aún tenía que abrirme camino.


-Según recuerdo, tu madre te decía eso mismo. -Sí, y no la escuchaba. Fue una estupidez por mi parte -de repente, cambió de tema-. ¿Estás cuidándote? -Estoy bien. La enferma es Hetta. -No. Hetta es quien se está recuperando. Si no te cuidas, tú serás la enferma. Has sufrido mucha tensión. Has luchado, has intentado ser fuerte para ella pero, ¿quién te ayuda a ti? Ella pensó que él era el único que la había ayudado en toda su vida, pero no podía decírselo. -Tienes que cuidarte a partir de ahora -aseveró él con firmeza-. También necesitas recuperarte. -Este es el lugar ideal para hacerlo -apuntó ella-. ¿Dónde estás viviendo? No habrás tenido que trasladarte a un hotel, ¿verdad? -No, tengo un apartamento cerca del hospital. Estoy acostumbrado a pasar allí la mayor parte del tiempo. Compré esta casa para mi esposa, hace unos años. -¿Tu... esposa? -Hasta hace poco. Firmamos el divorcio hace unas semanas. Le ofrecí la casa como parte de la compensación, pero prefirió dinero en efectivo, por eso la tengo aún.


Un día de estos- la venderé. -Quizá todavía tiene un significado especial para ti. -No, no me la he quedado porque haya «recuerdos felices». No los hay. Comprendimos muy pronto que nuestro matrimonio era un error. Hacía años que nuestro hijo era lo único que teníamos en común. Fue un matrimonio «bueno», pero no feliz. -¿Bueno? -Conveniente para un joven con mucho camino que recorrer. Quería entrar en el equipo de Elmer Rylance, el mejor cardiocirujano del mundo. La mitad de las técnicas que se utilizan fueron inventadas o perfeccionadas por él. Podría haberlas aprendido de otros, pero quería al maestro. ¡Dios, qué presumido era entonces! Pero era difícil llamar su atención con tanta competencia. Conocí a Myra en una función benéfica; es su sobrina. -Ah, entiendo -musitó Elinor. -Sí, fue así de cínico y planificado. No el primer encuentro, eso fue accidental. Pero bailar con ella, intentar atraerla y convertirme en su acompañante tenía un fin. Un comportamiento muy poco atractivo, pero así funciona el mundo. Al menos para determinado tipo de hombres, y yo era uno de ellos. Horrible, ¿no? -Eres muy duro contigo mismo. ¿Por qué? -Porque me gusta enfrentarme a la verdad, y la verdad sobre mí mismo no es


agradable. Cuando quiero algo, voy tras ello como una apisonadora, sin importarme lo que aplaste por el camino. Tú deberías saberlo mejor que nadie. A ella la sorprendió que se culpara a sí mismo, en vez de a ella, por lo que había sucedido en el pasado. Lo miró con tristeza, sin saber qué decir. -¿Qué hiciste después de lo nuestro? -preguntó él. -Me casé con Jack Smith, y fue un desastre. Era tan malo como tú predijiste; en realidad, siempre lo supe. -Entonces, ¿por qué...? -Porque me sentía arrinconada -dijo ella con amargura-. No podía admitir que estaba equivocada. Me habías prevenido de que era un mal tipo, me casé con él para probar que no lo era. Dos años después, me rendí. -¿Y Tom Landers? -Fue un nuevo principio, una forma de demostrarle al mundo que no siempre me equivocaba. Pero era aún peor que Jack. Hetta fue lo único bueno que salió de ese matrimonio. Después me juré a mí misma que no habría más hombres. -Una actitud muy sabia -murmuró él-. Siempre fuiste pésima eligiendo. -No siempre -dijo ella sin aclarar su comentario. CAPÍTULO 8


ANDREW no contestó y siguió un incómodo silencio. Lo rompió un grito de alegría que llegó del vestíbulo. -Sabía que vendrías a verme -dijo Hetta saltando sobre Andrew. -Claro que sí -dijo él abrazándola-. Cielos, ¿aún tienes ese horrible oso? -preguntó al ver a Samson. -No es horrible -protestó ella-. Es un oso bueno. Estuvo conmigo todo el tiempo, menos cuando fuiste malo y lo obligaste a bañarse. -Ya, me acuerdo -dijo él rápidamente-. Usted perdone, señorita. -Samson es mi mejor amigo. -¿Mejor que yo? -preguntó él con tono ofendido. -Bueno, solo un poco. Pero no mucho. Andrew sonrió y Elinor se maravilló ante el cambio que se había producido en él. -¿Por qué no estás en la cama? -preguntó Elinor intentando sonar severa. -Tenía que ver a Andrew, ha venido a visitarme. -Claro que sí -asintió Andrew. -¿Puedo tomar un vaso de leche? -suplicó Hetta con voz de estar muerta de hambre. -¿Te irás a la cama después? -exigió Elinor.


-Acaba de llegar -protestó Andrew. -Todavía no le he enseñado mi cicatriz. -Es verdad, no me la ha enseñado. Elinor comprendió que, aparte de la broma, Andrew tenía un propósito. Quería que Hetta se quedara porque su presencia disipaba la tensión entre ellos. Fue a la cocina a por leche. Cuando regresó, Hetta le estaba mostrando la cicatriz y Andrew la examinaba. -¿Te gusta vivir aquí? -preguntó Andrew a la niña. -Un montón -repuso Hetta de inmediato-. Hay un jardín enorme y un columpio y... -su voz sonó radiante- y mami está conmigo siempre. -Antes no pasaba suficiente tiempo con ella -explicó Elinor rápidamente-. Tenía que ir a trabajar. Pero ahora estamos juntas todo el día. Como dice Hetta, es fantástico. -Me alegro -Andrew miróó a Hetta-. ¿Sigues teniendo esas pesadillas? -En realidad no -dijo ella, pensativa-. Tengo sueños raros en los que pasan muchas cosas, pero ya no me dan miedo. Desde que tú me lo explicaste -de pronto, lo miró fijamente-. ¿Tú tienes pesadillas? -¿Por qué lo preguntas? -inquirió él, sobresaltado. -Tienes cara de tenerlas.


-Hetta, ¿qué modales son esos? -regañó Elinor; al ver la incomodidad de Andrew, comprendió que la niña había acertado. -Bueno, todo el mundo las tiene de vez en cuando -contestó él-. Ahora deberías irte a la cama. Es tarde. -¿Vienes a taparme y a que te enseñe mi habitación? -Cariño:... -empezó Elinor, pero Andrew ya se había puesto en pie y le daba la mano a la niña. Elinor sabía que el dormitorio era el de su hijo, pero cualquiera habría pensado que lo veía por primera vez cuando Hetta se lo enseñó. Se sintió extraña, los tres juntos parecían una familia feliz. Hetta estaba encantada de volver a ver a su amigo, y no captaba en absoluto las tensiones que había entre los adultos. Cuando se durmió, los dos bajaron las escaleras de puntillas. -Tengo que irme -dijo Andrew-. Por favor, no pienses en dejar la casa. No te molestaré. -¿Eso es lo que te consideras? ¿Una molestia? ¿Con todo lo que te debo? -Por favor, no me debes nada. Yo no lo veo así. Quería decir que no aprovecharé la situación para imponerte mi presencia. No puedes irte, la niña es feliz. No le niegues eso por... por cosas que ya no importan -la miró con ironía-. Si es que alguna vez


importaron. -¿Crees que no fue así? -preguntó ella sin poder resistirse. -No lo sé. Ya ni me acuerdo. Otras cosas adquieren importancia, hay penas mayores... De repente, uno se pregunta qué fue aquello. Pero de algo estoy seguro; no hay nada en nuestro pasado que te obligue a irte. -Gracias -dijo ella intentando manifestar el alivio que él esperaba, pero sintiendo solo dolor-. Eres muy amable... -se detuvo y clavó los ojos en su rostro-. Andrew, estás agotado. No puedes mantener los ojos abiertos, ¿verdad? -El aire fresco me despejará. -No estarás al aire, sino en el coche, y podrías tener un accidente -lo tomó del brazo, lo condujo al salón y lo obligó a sentarse en el sofá. -Ha sido una locura venir tan tarde después del día que has tenido. Podrías haber esperado a mañana. -No, no después de no aparecer ayer. Tenía que hablar contigo, hacer que entendieras. -Lo único que entiendo es que no estás en condiciones de conducir. -Quizá si me hicieras un café... -Lo único que voy a hacer es una cama. Vas a dormir aquí. -¿Sí? -Sí. ¿Cuánto dormiste anoche?


-Tres o cuatro horas. No me acuerdo. -¿Cuál es tu dormitorio? -El de la puerta de pino -replicó él vagamente. -La llave. -Está en el cajón de mi escritorio, en el estudio -parecía incapaz de coordinar sus pensamientos. -¿Y la llave del estudio? -persistió ella. -Ah, sí. . -metió la mano en el bolsillo y sacó unas llaves. Elinor las probó hasta encontrar la del estudio y después la del escritorio. La puerta de pino estaba cerca de la habitación de Hetta. No la sorprendió que aquel dormitorio fuera tan sobrio y el de ella tan lujoso. La cama era estrecha y dura; los muebles, sencillos y funcionales. Así era Andrew. Recordó que no había querido hablar de la muerte del niño, y su brusco comentario de que «había que seguir». Tenía razón, pero se había estremecido al oírlo decir eso. Se preguntó si se habría tomado la muerte de Hetta con tanta frialdad. Le parecía imposible creerlo al ver lo cariñoso que era con ella, pero no lo conocía. -Gracias -dijo él, apareciendo en el umbral, justo cuando terminaba de hacer la cama. -¿A qué hora quieres que te llame? -Suelo poner el despertador a las seis, pero creo que mañana puedo dormir algo


más. No tengo quirófano. -Buenas noches. Elinor bajó a recoger el salón y luego subió en silencio. Como siempre, la puerta de Hetta estaba abierta y escuchó su respiración acompasada y tranquila antes de ir a su dormitorio. Se acostó, pero no podía dormir. Para Andrew, el pasado no tenía importancia. En su mente, ella le había concedido mucha a su reencuentro, pero él había confesado amablemente que no significaba nada. También había dicho que le hizo un favor al abandonarlo y dejarlo en libertad para desarrollar su carrera. De pronto, se sentó en la cama pensando que eso no era verdad. Había sido él quien estaba desesperado por casarse, ella solo pensaba en el romance. Por eso le había hecho tanto daño. -No pude evitarlo -susurró en la oscuridad-. Me amabas demasiado. No podía soportarlo. Tú, para superar el dolor, has distorsionado el pasado. Aunque intentó convencerse de que eso era lo mejor para ambos, se sintió dolida. Era como si ella hubiera conservado un tesoro en su memoria durante años y él le hubiera demostrado que no era oro, sino plomo.


Había sentido cierto placer al descubrir que ya no estaba casado, pero era una tontería, porque eso no cambiaría nada. Aun así, no podía negar los sentimientos de su corazón. Había visto al hombre que siempre estuvo destinado a ser; no solo brillante, sino también generoso en extremo. Ese hombre la había amado y ella había tirado su amor. No podía seguir ocultándose que siempre se había arrepentido de hacerlo. De pronto oyó un ruido extraño, como si alguien gritara. Saltó de la cama y corrió al dormitorio de Hetta, que estaba tranquila y dormida. El ruido venía de otro sitio. Elinor salió del dormitorio y cerró la puerta a su espalda, para que Hetta no se despertara. Fue hacia la puerta de pino. No le cupo duda de que los gritos provenían del hombre que dormía tras ella y supo que no lo agradaría que lo molestara: Pero no podía dejarlo así. Empujó la puerta, entró y cerró tras de si. La suave luz que entraba por la ventana iluminaba su cuerpo. No llevaba la chaqueta del pijama y, por lo que dejaba intuir la sábana, Elinor supuso que tampoco llevaba el pantalón. Para no avergonzarlo, lo tapó con la sábana; después se sentó en la cama, puso las manos sobre sus hombros y lo sacudió. -Andrew, Andrew, despierta. Él abrió los ojos y miró rápidamente el despertador. -¿Qué ocurre? -dijo con voz ronca-. ¿Quién me necesita? Iré inmediatamente. -No -volvió a sacudirlo-. No hace falta -encendió la lámpara de la mesilla de noche-. Soy yo, no estás en el hospital. Él tardó un momento en enfocar la mirada. Después se relajó levemente. -Gracias -musitó con cansancio-. ¿Estaba gritando?


-Sí. -Perdona. Lamento haberte despertado. ¿Y Hetta...? -Sigue dormida. -¡Gracias a Dios! Me ocurre a veces, cuando he trabajado demasiado. -Creo que trabajas demasiado todo el tiempo. -Sí, supongo -rio sin ganas-. Unas veces es peor que otras, pero no significa nada. -Eso no es verdad -comentó ella-. Y lo sabes -se dio cuenta de que seguía agarrándolo y retiró las manos. Él se incorporó en la cama, sujetando la sábana contra sí y confirmando su sospecha de que estaba desnudo. Se recostó contra el cabecero con expresión derrotada. Tenía el pelo revuelto y le caía sobre la frente. -Es difícil enfrentarse a algunas cosas -dijo por fin-. El niño que murió esta noche..., hicimos cuanto pudimos, pero no sirvió de nada -cerró los ojos-. Tenía seis años. Ella tomó una bocanada de aire. Nadie podía entender su dolor mejor que ella. Vio en el rostro de Andrew que estaba devastado, no se trataba del orgullo herido de un hombre que odiaba el fracaso; estaba apesadumbrado. -Lo peor es decírselo a los padres -siguió él-. Estaban muy contentos. Creían que todo iría bien, y después..., sus caras.. -¿Tienes que encargarte tú de decírselo?


-Sí. Soy yo quien les ha fallado. -Eso no es justo. La gente muere. No es culpa tuya. No pueden hacerte responsable cuando el riesgo es tan alto. -Soy la persona en la que habían confiado -la miró fijamente-. Si Hetta hubiera muerto, ¿no habrías pensado que te había fallado? -Sé que los trasplantes son muy peligrosos -dijo ella lentamente-, no es justo culpar al cirujano porque no tuvo suerte. Yo pedía un milagro y tú lo hiciste. Si no hubiera sido así, lo habría entendido. -No lo creo -él sonrió con tristeza-. Quizá no habrías dicho nada, pero me habrías mirado y habría visto en tus ojos que... -Ella lo es todo para mí. Eras nuestra única esperanza y, si hubiera salido mal... Sí, tienes razón. No habría sido justa ni razonable. ¿Qué te dijeron los padres? -Nada. Simplemente me miraron como si los hubiera traicionado. No puedo olvidar esa mirada. Quería decirles que todo era un error, que su hijo estaba vivo y despertaría pronto. Quería prometerles un milagro, pero no está en mi mano... -cerró los ojos. -Andrew... -lo tocó suavemente. Él abrió los ojos y la miró con desesperación. -Empiezo a tener miedo -susurró-. ¿Cómo voy a trabajar si tengo miedo? Ella nunca lo había oído admitir su miedo o sus dudas. Sin pensarlo, lo abrazó. Ella tampoco podía hacer milagros, o habría hecho una docena por él.


Habría deseado liberarlo del peso que lo aplastaba, darle todo, incluso a sí misma si la deseaba. Lo acarició con ternura murmurando lo que se le ocurrió para consolarlo. -En realidad no tienes miedo. Solo es cansancio. -Pero dura y dura -murmuró él-. Y no hay descanso. No es el trabajo, es la responsabilidad, tengo la vida de la gente en mis manos. Eso es algo en lo que no pensé en aquellos días. -Aquellos días -dijo ella con añoranza. -¿Recuerdas cómo era entonces? -murmuró él contra su pelo-. Tenía mucha confianza, bueno, no solo confianza, también arrogancia y presunción. -A mí me parecías maravilloso -dijo ella con una sonrisa-. Eras como un rey, tan seguro de ti mismo. -No debería haberlo estado. No veía las trampas que me estaba tendiendo a mí mismo. -Yo tampoco -afirmó ella con sencillez-. Supongo que nunca se ven. -Solo cuando es demasiado tarde -apoyó la cabeza contra ella. -¿Pasas noches como esta con frecuencia? -preguntó ella, acariciándole la cabeza. -Sí. Es una de las razones por las que empecé a quedarme en el apartamento. Es


mejor estar solo. -No -rechazó ella-. Nunca es mejor estar solo. ¿Aún no has aprendido eso? Yo sí. -¿Cómo? -Estando sola -replicó ella con sencillez. -Qué raro. En todos estos años, nunca te imaginé sola -musitó él, tan bajo que ella no lo entendió. -¿Qué has dicho? -le preguntó. -Eras deliciosa y estabas llena de vida; eso fue lo que me atrajo de ti, no podía resistirme... -¿Querías resistirte? -Sí. Intentaba ser fuerte, pero no servía de nada. -Ojalá lo hubiera sabido. Siempre pensé que guardabas las distancias. ¿Andrew? Silencio. Se había quedado dormido contra su hombro. Con cuidado, subió las piernas a la cama y se tumbó a su lado. Él emitió un sonido, entre gruñido y suspiro, se puso de medio lado y se echó sobre ella, apoyando la cabeza entre sus pechos. La cama era tan estrecha que se vio forzada a permanecer apretada contra él, totalmente consciente del musculoso cuerpo que tenía junto a sí. Cuando empezó a mascullar de nuevo, lo abrazó con fuerza y le susurró palabras


de consuelo hasta que volvió a relajarse. Elinor miró la oscuridad, pensando en lo irónico que era tenerlo a su lado en ese momento y no doce años antes. En aquella época, su cuerpo juvenil lo deseaba intensamente. Aún lo deseaba, pero su deseo estaba atemperado por la comprensión, e incluso la compasión. Ya no era una niña, sino una mujer que había pasado por todo y quería darle cualquier cosa que pudiera hacerlo más feliz. El volvió a moverse y lo besó con suavidad y ternura, calmándolo. -Todo va bien -murmuró-. Estoy aquí -no sabía si podía oírla, pero siguió musitando, arrullándolo-. Así debería haber sido -se dijo-. Siempre deberíamos haber estado así si lo hubiera entendido entonces... Volvió a recordar el día que habían pasado en la isla, felices a la sombra de los árboles, hasta que ella lo estropeó todo intentando que le hiciera el amor y culpándolo cuando se negó. Dos maridos muy egoístas le habían enseñado el valor que tenía un hombre que la amaba más que a su propio placer. -Lo hiciste pensando en mí, pero no lo sabía. Cuando lo comprendí, era demasiado tarde. Tuvimos algo maravilloso y especial. Solía decirte que te amaba, pero no sabía lo que significaban las palabras. Ahora sí las diría de verdad, si estuviera segura de que quieres oírlas. Cariño, no te imaginas lo que diría ahora. Andrew volvió a moverse y ella contuvo el aliento preguntándose si la había oído.


Parecía dormido, pero sus manos la acariciaron. Debería despertarlo e impedirlo, pero se sentía confusa y excitada. Deseó llevar puesta una prenda atractiva y delicada, adecuada para un amante. Pero llevaba un camisón de algodón, abotonado hasta el cuello. La prenda encajaba con la imagen que tenía de sí misma, pero no con las intensas sensaciones que estaban recorriendo su cuerpo. Los dedos de Andrew encontraron los botones y empezaron a desabrocharlos. Ella lo ayudó y después apartó la sábana para que sus cuerpos se encontraran, desnudos. -Ellie... -musitó él. -Sí, cariño, estoy aquí. Abrázame -se apretó contra él-. Abrázame -repitió. Aceptó su boca con pasión, entregándose en cuerpo y alma. Estaba dispuesta a darle cualquier cosa que necesitara. Se movía como un hombre que consiguiera algo que hubiera deseado durante años. Sus manos parecían saber intuitivamente cómo encontrar cada curva y valle de su cuerpo. Por fin ella era libre para explorarlo y percibir la fuerza y dureza de sus músculos. Tenía el cuerpo perfecto para satisfacer a una mujer y Elinor se dejó llevar por la excitación. Él besó sus pechos, uno tras otro, y después lamió sus pezones suavemente. Ella nunca había sentido una sensación tan placentera. Se apretó contra él, reclamándolo como suyo. Andrew alzó la cabeza y abrió los ojos. Súbita y brutalmente, el sueño acabó.


Su rostro expresó asombro al comprender lo que estaba sucediendo. -¡Oh, Dios, no! -gritó horrorizado. CAPÍTULO 9 ANDREW se apartó de los brazos de Elinor y se tapó los ojos con la mano, como si sus sentimientos lo estuvieran superando. Ella comprendió con amargura que no podía soportar mirarla. -Andrew... -musitó desesperada. -No, ¡por Dios! Ellie, no quería que ocurriese así, ¿es que no lo entiendes? -Lo siento -dijo ella, roja de vergüenza-. No pretendía... -Es culpa mía. No debí venir esta noche. No es justo para ti. Ella lo oyó hablar atropelladamente, tergiversando la situación; evitando admitir que se había despertado con una mujer a la que no deseaba. Pensó con amargura que era generoso e intentaba que no se sintiera mal, pero eso era imposible. Se abrochó el camisón, con la cabeza gacha, y percibió cómo él se tapaba con la sábana. -¡Santo cielo! -sollozó. -Ellie, por favor, créeme. No vine aquí para esto. Cuando llegué, iba a explicártelo todo e irme. Eso habría sido lo mejor para los dos, y te ¡pro que esa era mi intención.


-¡Déjalo, calla! -exclamó muerta de vergüenza-. ¿Crees que puedes arreglarlo digas lo que digas? Tienes razón, no debiste venir. No, no quería decir eso. Fue culpa mía. No debí llamarte ni venir a esta casa. Debería haber comprendido que el «señor Martín» era una invención. Ya soy mayorcita para creer en Papá Noel. -No te culpes. Quería hacerlo por ti. -¿Por qué? -demandó ella-. ¿Por qué ibas a querer hacer nada por mí? Me odias. Hace años que me odias. -Nunca te he odiado. -Claro, tú estás por encima de eso, ¿no? -rugió ella. No sabía por qué estaba descargando su furia contra él, pero eso hacía que su dolor fuera más soportable-. Una simple venganza no era suficiente, querías hacerme sufrir, ¿no? ¿Querías que me diera cuenta de lo que me había perdido? ¿Era eso? Si es así, es indigno de ti. -Ellie, ¿qué estás diciendo? -Lo sabes perfectamente. He hecho el ridículo, ¿no? Igual que aquel día en la isla. Entonces también me rechazaste. Debí aprenderme la lección. -Aquello fue distinto. Entonces había amor. Pero esto... -¿Qué pasa con «esto»? He vuelto a hacer el ridículo. 0 quizá tú me hayas puesto en ridículo. Así estamos en paz. Después de tantos años, al fin lo has conseguido. -¡No digas eso!


-Deja que te cuente el resto, así disfrutarás más aún -siguió ella, sin escucharlo-. Jack Smith era un borracho que me pegaba, y Tom Landers un paranoico que me abandonó cuando Hetta se puso enferma. Siempre supe que era culpa mía, mi castigo por lo que te hice... Andrew le tapó la boca con la mano. Era la única forma de hacerla callar; estaba perdida en un mundo en el que solo existía su propia voz, diciendo barbaridades para disimular la agonía de su vergüenza. -Debes estar loca para hablar así, -dijo él agarrándola por los hombros-. Haces que parezca un monstruo vengativo; si eso es lo que piensas, me sorprende que malgastes un segundo de tu tiempo conmigo. -No quería decir eso -gimió ella. -Yo creo que sí. Estás sacando a relucir toda la hostilidad que te guardaste hace doce años. Quizá tuve suerte de escapar. Puede que los dos la tuviéramos. Se hizo el silencio y él dejó caer las manos. Se miraron el uno al otro, horrorizados. El se estremeció y desvió la mirada. -Ya es suficiente. Los dos hemos dicho cosas que no deberíamos haber dicho, y tenemos que olvidarlas. Debemos olvidar todo lo que ha ocurrido. Fue un


error pensar que podíamos volver a vernos como si el pasado no hubiera existido. -Sí -dijo ella sombríamente. -Lo siento mucho -Andrew hizo un esfuerzo por recuperar el control-. Tienes suficientes problemas sin que yo me convierta en uno más. Ve a dormir. Siento haberte despertado. -No tiene importancia -replicó ella con educación. Sin saber cómo, salió de la habitación. Llegó a su dormitorio, cerró la puerta y se dejó caer en la cama, tiritando con violencia. Sentía un frío mortal. Deseó poder llorar, pero no tenía lágrimas. Hacía tiempo que había gastado la última. Pretendía levantarse antes que él, pero cuando bajó a la cocina Andrew estaba preparando el café. -Gracias por dejarme pasar la noche aquí -dijo él sonriendo y ofreciéndole una taza de café-. Me hacía falta dormir. -Estás haciendo doble turno, ¿verdad? -dijo Elinor viendo que seguía pareciendo cansado- . ¿Aún no se ha reincorporado al trabajo sir Elmer? -Ha tenido complicaciones con la gripe, pero con suerte regresará esta semana. Así podré ponerme al día con todo el papeleo. -Y dormir -sugirió ella.


-Cierto. El cansancio excesivo no le hace bien a nadie, pero es mejor no pensar en ello -estaba volviendo a levantar su escudo protector, diciéndole que olvidara su momento de debilidad y que eso había sido una calamidad para ambos-. Elinor, quiero que entiendas... -Está bien, lo entiendo perfectamente. -No lo creo. Fuiste muy amable conmigo ayer por la noche. Me diste un calor y un consuelo que casi había olvidado que existían. Pero la amabilidad tiene un límite, y nunca pretendí exigirte nada. -Andrew, por favor... -Espera, déjame acabar. Anoche te dije que no iba a utilizar esta situación como excusa para imponerte mi presencia y, solo unas horas después..., fue imperdonable y te pido disculpas por mi comportamiento. -No fue culpa tuya -dijo ella con voz inexpresiva-. Estabas dormido. -No puedo justificarme tan fácilmente. Por Hetta, porque tuve la suerte de poder ayudarla, pareces creer que me debes algo, que tienes que compensarme. Te prometo que no es así. No me debes nada, y lo último que desearía es ese tipo de gratitud. Andrew estaba reconstruyendo la situación de forma sutil. En la nueva versión,


ella no se había lanzado sobre él provocando así su desdén. Era él quien se había aprovechado. Elinor se preguntó si creía que eso haría que se sintiera mejor. Si era el caso, se equivocaba. Se sentía como si estuviera muriendo por dentro, no tenía fuerza para moverse ni para protestar. -Prometo que no volverá a ocurrir -continuó él-. Te alegrará saber que no volveré a visitarte -miró su reloj-. Tengo que irme. Dile adiós a Hetta de mi parte. -Voy a buscarla. La disgustará no haberte visto. -La examiné ayer por la noche y está perfectamente. La enfermera de distrito seguirá viniendo. . -No me refería a eso. Has sido bueno con ella; le gustas. Deja que vaya a buscarla. -No, tengo un poco de prisa. -Entonces vuelve a visitarnos. -No creo que lo haga -dijo él con voz seca, cerrando el maletín, sin mirarla-. Me alegro de que hayamos aclarado las cosas, pero no es necesario que..., es decir, sería mejor que no volviéramos a vernos, ¿no crees? -Sí -dijo ella con tristeza-. Quizá tengas razón -lo siguió al vestíbulo. El se puso la chaqueta y abrió la puerta. -Gracias otra vez -dijo-. Espero que sigáis bien. Podéis seguir aquí todo el tiempo que queráis. Un momento después entró en su lujoso coche, encendió el motor y se


marchó. Elinor vio el coche desaparecer, sintiéndose desolada. Cuando se volvió hacia la casa, vio a su hija bajar las escaleras. La expresión de Hetta indicaba que lo había visto irse. -No me ha esperado, mami -dijo con desilusión. -No, cariño. No podía. -¿Es que no le gustamos? -Le gustas una barbaridad -dijo Elinor abrazándola-. Venga, vamos a desayunar. Por primera vez, la compañía de su hija le supuso un esfuerzo. Quería estar sola para pensar y para llorar. De alguna manera consiguió pasar el día sin que Hetta sospechara que algo iba mal, hasta que al final de la tarde pudo volver a su habitación, cerrar la puerta y dar rienda suelta a su angustia. Deseaba olvidar la expresión horrorizada de sus ojos cuando los abrió y comprendió a quién tenía entre los brazos y el «¡no!» de su grito. Quizá amaba a otra mujer y se había despertado en brazos de una a la que no había elegido, a la que probablemente despreciaba. Esa idea hizo que se hiciese un ovillo, como si quisiera desaparecer. Había sido una tontería pensar que aún podía resultarle atractiva. Pero en realidad no había pensado en sí misma, solo en él y en sus necesidades, y le había


abierto los brazos con entrega y amor. Amor. No podía negarse a esa palabra. Era tarde para impedir que ese amor volviera a la vida; porque no volvía a la vida, nunca había muerto. Durante doce años había estado escondido en un lugar que no se atrevía a visitar, llamándola, esperando el día en que pudiera volver a florecer. Y no había escapatoria. Después de unos días, dejó de esforzarse para oír el sonido del coche. Él no iba a volver, y ella no podía quedarse allí. Hetta estaba lo suficientemente bien para trasladarse y, gracias a la generosidad de Andrew, tenía dinero para mantenerse durante un tiempo. La molestaba tener que depender de su dinero, pero al menos no aceptaría más. Llamó a Daisy, que vivía en un confortable hotel mientras reconstruían la casa de huéspedes. En el hotel iba a quedar libre una habitación doble a la semana siguiente, y Daisy la reservó para ellas. A Hetta la entristecía marcharse por una parte, pero por otra estaba encantada de volver a ver a Daisy. Escribió una carta a Andrew, agradeciéndole su amabilidad y explicando que no podía seguir aceptando su ayuda. Firmó: sinceramente, Elinor Landers (Sra.). Inmediatamente recibió una escueta nota de él: No hay ninguna necesidad de eso. Deberías reconsiderarlo. A. Contestó: Gracias, pero ya está decidido. Elinor


Landers. No hubo respuesta. Los días pasaron. Cuando se fueran de allí, el último vínculo entre ellos se rompería. Hetta tenía una última revisión en el hospital, pero seguramente Andrew le pediría a otro médico que la viera. El día antes de irse, mientras Hetta estaba arriba rehaciendo su equipaje por enésima vez, Ellie recorrió el jardín, intentando ser fuerte y no sentirse mal. Sabía que había tomado la decisión correcta, la única posible, pero una vocecita interior le susurraba que podría haberse quedado un poco más y quizá verlo de nuevo. Después pensó que ese encuentro habría estado dominado por la humillación que había sufrido en el último. Era mucho sufrimiento, solo por verlo una vez más, pero aun así habría merecido la pena. Cuando regresaba a la casa, se dio cuenta de que había alguien en el jardín. Era una mujer alta y morena, vestida elegantemente y con ese aire de seguridad de los que nunca han carecido de medios. Elinor lo había visto en sus cuentas. La desconocida la observó sin inmutarse. Elinor se detuvo a unos pasos y se miraron. -¿Quién es usted? -preguntaron al unísono. -Yo contestaré antes -rio la mujer-, aunque no sé por qué, dado que esta es mi casa. -¿Es su...? ¿Es...? -Soy Myra Blake. Debería haber dicho que «era» mi casa. Me llevé mis cosas hace meses. No es que me importe mucho quién esté aquí pero, por interés,


¿quién eres tú? -Soy Elinor Landers -contestó ella. -¿Cuándo te instaló Andrew aquí? La verdad es que no cuadra con su estilo. Es demasiado puritano. De hecho, eso es lo que... bueno, es agua pasada. -Solo estoy aquí porque operó a mi hija -se apresuró a decir Ellie-, y cuando estaba en el hospital nuestra casa se quemó. No tenía donde ir, fue muy amable. -Ah, sí, claro -Myra Blake soltó una carcajada-. Olvidaba que suele ofrecer asilo a vagabundos sin hogar -su voz estaba teñida de ironía. -Señora Blake, le aseguro que esto no es lo que parece. Además, pienso... -Santo cielo, ¿qué me importa a mí lo que parezca? Vamos dentro, puedes hacerme un té -se dio la vuelta y se encaminó hacia la casa. Ellie la siguió con la cabeza revuelta. Pero como a Myra Blake no parecía molestarla la situación, decidió no ponerse nerviosa. Preparó té y lo llevó al salón. Myra se había quitado el elegante abrigo de cachemira y lo había dejado en una silla. Estaba sentada en el sofá y contempló a Elinor con ojos divertidos y maliciosos. Era preciosa; una melena negra y bien cortada rozaba sus hombros. Elinor estaba acostumbrada a analizar el aspecto de otras


mujeres y, profesionalmente, era imposible no admirar a Myra. Tenía unas piernas largas y elegantes, embutidas en medias de seda negra, y llevaba zapatos de tacón muy alto. Su curvilínea figura no dejaba lugar a duda de que pasaba mucho tiempo en el gimnasio, tenía un cutis perfecto e iba muy bien maquillada. Esa mujer era la ex esposa de Andrew, con quien había compartido vida, hogar y cama. Él había dicho que no había sido un matrimonio feliz, sino más bien de conveniencia, pero en algún momento debía haberlo cautivado su belleza y le habría susurrado palabras de amor y pasión al oído. -¡Súper bueno! -dijo Myra de repente. Elinor la miró sorprendida por el contraste entre una exclamación tan mundana y aquella viva imagen de la elegancia-. ¡Un té súper bueno! El mejor que he probado nunca -dio un sorbo con entusiasmo. -Me alegra que le guste, señora Blake -dijo Elinor sentándose. -Myra, por favor. -Myra, hay muchas cosas que no entiendo. -Por ejemplo, ¿cómo he entrado? Todavía tengo llave -se inclinó para dejar la taza en la mesita de café, pero, de repente, frunció el ceño y miró a Elinor-. ¿No nos hemos visto antes? -No, nunca.


-Qué raro, tu cara me resulta familiar. No importa. ¿Qué hago aquí? Quiero recoger algunas cosas que me dejé. Y pensé que quizá Andrew estuviera por aquí, aunque no sé por qué. Nunca estaba aquí. Tengo que hablar con él. Dime, ¿qué hay? -¿Qué hay? -Andrew y tú. -No hay Andrew y yo -afirmó Elinor-. Mi hija necesitaba un transplante de corazón. En principio, era paciente de sir Elmer Rylance. -Mi tío -comentó Myra. -Sí, lo sé. -Entonces Andrew al menos te dijo eso. Sigue. -Él estaba enfermo cuando llegó un corazón para mi hija, así que la operó Andrew. Después, como dije, mi casa se incendió... -Y él hizo de Buen Samaritano. ¡Vaya, vaya! -Myra la examinó con una mirada divertida y cínica, pero amistosa. -Es un sitio fantástico para Hetta -siguió Elinor-. Tranquilo y cómodo, justo lo que necesita para recuperarse. -Y además, Andrew está aquí para controlarla. -Él no vive aquí -negó Elinor.


-Pero vendrá de visita. -Sólo ha venido una vez, para ver cómo nos iba. Solo estamos Hetta y yo. Me dijo que tiene un apartamento cerca del hospital. -Sí, lo sé. Una auténtica celda de monje. Pasaba la mayor parte del tiempo allí, incluso cuando estábamos juntos oficialmente. Solo venía a ver a Simon, nuestro hijo. No pongas esa cara. Dudo que esté diciendo algo que no sepas ya. Es obvio que Andrew te ha hablado de mí. ¡Diablos, no me importa! De hecho, me conviene. ¿Te ha dicho que iba a casarme otra vez? -No. -Pues es así. Cyrus Hellerman, de Detroit. Es todo un magnate de la industria automovilística. -¿Un millonario? -¡Por favor! Un millón de dólares no lleva a ningún sitio hoy en día. Multi-multi-multi, ya sabes. -Supongo que sí -dijo Elinor-. ¿Esto no te parecía suficiente? -preguntó señalando a su alrededor. -¿Esto? Es una casita agradable, pero necesito desplegar las alas. Ahí entra Cyrus. Su mujer falleció hace unos meses, estaba solo, ¿para qué esperar? -Otra mujer podría habérselo llevado, ¿no?


-Correcto -dijo Myra sin inmutarse-. Desde luego, Andrew tiene éxito a su manera y, cuando me casé con él, lo admiraba mucho. Mi tío Elmer dijo que era el mejor de su generación, pero es raro. Nunca ha ganado tanto dinero como debería porque hace muchas cosas gratis. Eso lo respeto, en serio. Pero era una lata cada vez que quería cambiar la decoración de la casa. -¿Qué opinaba tío Elmer de su trabajo gratuito? -Lo aprobaba totalmente. Decía que era bueno para su reputación. -Pero, si ayudaba a la gente sin cobrar, lo hacía pensando en ellos, no en sí mismo. -¡Oh, por favor! Ese sermón altruista ya me lo soltaba él. No te imaginas lo desesperada que estaba por escaparme -miró a Elinor con suspicacia-. ¿Tú también tienes esos principios éticos? -Andrew acaba de salvarle la vida a mi hija, así que respeto lo que hace. -Oh, oh. Bueno, supongo que es inevitable -dijo Myra como si fuera una lacra social-. Yo no soy así. -Pero, ¿no provienes de una familia de médicos? -Sí, y no sabes cuánto me ha sacado de quicio todos estos años. Andrew hizo que me pareciera aceptable durante un breve periodo de tiempo, pero lo cierto es que yo no lo entendía, ni él a mí. Lo mejor que hicimos juntos fue divorciarnos.


-Pero, ¿y vuestro hijo? -A eso llegaré ahora. Podrías hacerme un favor -lo dijo como si no dudara que Elinor lo estaría deseando-. Simon tiene siete años. ¿Cuántos tiene tu niña? -Siete también. Y gracias a Andrew cumplirá ocho, nueve y diez... -El tío Elmer dice que es el mejor cirujano que hay para niños. Es un don especial, porque todo es muy pequeño. Por extraño que parezca, también se le da bien hablar con ellos. -¿Por qué es extraño? -Porque su propio hijo es como un libro cerrado para él. Claro, que ayudaría mucho que pasara algo más de tiempo con él. -Debe tener muchas responsabilidades. Supongo que le dedica tanto tiempo como puede. -¿Qué sabes tú de eso? ¿Estuviste allí en el quinto cumpleaños de Simon? ¿0 en el sexto? ¿Has visto la cara de ese niño cuando su padre le pone al final de su lista de prioridades una vez más? Andrew está cavando la tumba de esa relación y, si yo fuera tan zorra como piensan algunas personas, lo permitiría. Pero lo cierto es que estoy aquí para hacerle un favor. CAPÍTULO 10 MYRA esperó una respuesta a su comentario, pero Elinor optó por la seguridad


del silencio. El «favor» que Myra pensaba hacerle a Andrew la llenaba de aprensión. La alivió que Myra cambiara de tema. -¿Qué opinas de la casa? -preguntó asomándose a la ventana para mirar el jardín. -Me encanta. -¿Dónde duermes? -Bueno, yo... -calló, entraban en terreno peligroso. -Supongo que estás en mi dormitorio. Es para morirse, ¿verdad? Pertenece a mi época victoriana, excepto el cuarto de baño, que es de la época egipcia. Si hubiera seguido aquí, habría cambiado las dos cosas. ¿Está tu hija aquí? -Está arriba -replicó Elinor, desconcertada por el cambio de tema-. No, creo que aquí viene. Se oyó un ruido en el vestíbulo y Hetta entró un segundo después con un juguete en cada mano. Al ver que había visita, sonrió alegremente. -Ven aquí, cariño -llamó Elinor. Hetta se acercó y miró a la visitante con los ojos tan abiertos, que habría desconcertado a cualquier persona menos impasible que Myra. -Soy Myra -le dijo-. Solía vivir aquí, y estaba haciéndome amiga de tu mamá. -¿Cómo está? -preguntó Hetta con educación. -¿Te gusta estar aquí? -preguntó. Hetta asintió con la cabeza-. Debe ser un


poco solitario. No hay niños de tu edad ni animales. ¿Te gustan los perros? Hetta asintió con innegable entusiasmo. -Entonces te llevarás bien con mi hijo, Simon. Tiene tu edad y además un perrito. ¿Quieres conocerlo? -¿Al perrito también? -preguntó Hetta rápidamente. -Al perrito también -Myra sacó un teléfono móvil e hizo una llamada-. Ya, Joe. -Espera un momento... -dijo Elinor, cuyas sospechas empezaban a dispararse. -No te importará que mi hijo conozca a la tuya, ¿verdad? -inquirió Myra con tono de reproche. -No es que... -Creo que se caerán bien, y significaría mucho para él. Ah, ya estás aquí, cariño. En la puerta había un niño de la edad de Hetta, acompañado por un chófer vestido de uniforme. Ellie exhaló lentamente. Era una versión infantil de Andrew; no por su aspecto, se parecía más a Myra, sino por su quietud, por la forma en que miró la habitación, analizando la situación pero sin decir palabra. -Este es Simon -presentó Myra. -Hola, soy. ., soy Ellie -dijo Elinor acercándose a él. No sabía por qué se había


presentado así. -¿Cómo estás? -dijo con educación. Iba a ofrecerle la mano cuando recordó que tenía al perrito en brazos. Hetta corrió a su lado para librarlo de su carga. Elinor los presentó. Se miraron con cautela, pero el perrito era ideal para que se creara un vínculo. Unos minutos después estaban los tres jugando en una esquina del salón. Elinor vio que Hetta estaba encantada, y Myra también. -Esto es perfecto -dijo Myra mirando a los niños con satisfacción-. Muy bien, Joe, puedes irte al pueblo a comer algo. Te llamaré cuando te necesite. El chófer asintió con la cabeza y se marchó. -¿Es posible que hayas tenido a tu hijo afuera, en el coche mientras venías aquí a... a...? -Elinor calló, indignada. -A inspeccionar el terreno -concluyó Myra-. Claro que sí. No hubiera sido conveniente que entrara sin saber lo que se iba a encontrar, ¿no crees? Lo traje conmigo por si lo que había oído sobre ti era cierto. Siempre hay que estar preparada, ese es mi lema. -¿Y qué es lo que has oído de mí? -Que tenías una hija de la misma edad que Simon y que eras una buena madre. Me parece que es verdad. Si no hubiera sido así, me lo habría llevado otra vez.


-Myra, ¿qué es lo que tienes en mente? -Bueno, mi vida se está complicando bastante. Cyrus quiere que nos casemos en un par de semanas porque tiene una exposición de automóviles, o algo así, y tengo que irme para allá a toda prisa. -Llévate a Simon. -¿De luna de miel? No digas tonterías. Además, ya es hora de que Andrew haga un esfuerzo por su hijo. Siempre lo ha tenido fácil para escurrir el bulto. Esta vez no podrá. -Así que, ¿lo vas a dejar así, sin más? -exigió Elinor en voz baja, para que Simon no la oyera. -La enfermera Stewart se ha ido de la lengua -dijo Myra eludiendo una respuesta directa-. Lo de esa noche debió ser como una opereta cómica, contigo escondida en el despacho de Andrew, o bajo una manta, en el asiento trasero de su coche. Eso último lo comentó un encargado del aparcamiento, no Stewart. Y una de las enfermeras del distrito sabe que esta casa es de Andrew. Tengo amigos en el hospital y me han tenido al tanto. Todo parecía muy intrigante y me entró curiosidad. No es propio de él. -¿Quieres decir que se ha montado un escándalo por mi culpa? ¡Oh, no! -Supongo que puede ser potencialmente escandaloso -musitó Myra-. Tú no


eres la paciente de Andrew, lo es tu hija, y eso de esconderse en su coche es algo que sus enemigos podrían utilizar. Andrew tiene muchos enemigos. La gente brillante siempre los tiene, y más ahora que el tío Elmer está a punto de retirarse. Su enfermedad lo ha debilitado mucho, así que lo hará muy pronto. Todos los contendientes están tomando posiciones, y las lenguas maliciosas están a punto. Elinor escuchó horrorizada. Nunca había pretendido hacerle daño a Andrew, pero parecía haberlo conseguido. Myra, observándola, sonrió con desvergüenza. -No te preocupes, yo no soy maliciosa y no crearé problemas. Te doy mi palabra, y puedes creerla. Puede que sea «superficial y vacua», ¿adivinas quién me llamó eso?, pero cuando hago una promesa, la cumplo. -Pero ¿por qué actúas así? -preguntó Elinor, aunque la creyó sin dudarlo-. No lo entiendo. -Quieres saber por qué no estoy celosa de que haya traído a otra mujer aquí, ¿no? -No tienes por qué estar cel... -Déjalo. Esperabas un ataque de nervios, celos o algo similar. Lo siento. No puedo darte ese gusto. Hubo una época en la que creí que Andrew era el mismo sol, pero solo hasta que descubrí lo pelmazo que es.


-¿Pelmazo? ¿Andrew? -exclamó Ellie, atónita. -Ves, ¡ya sabía yo que tenías principios éticos! -exclamó Myra, triunfal-. Buena suerte. Lo cierto es que me viene muy bien. Ellie intentó recobrar la compostura. La determinación de esa mujer por organizar la vida de los demás a su gusto la fascinaba. -Lo siento, pero hay un malentendido -aseveró con firmeza-. Hetta y yo nos vamos de aquí. -¡Maldición! ¿Os habéis peleado Andrew y tú? -No. -¿Te ha echado? -No. -Entonces, ¿por qué os vais? -Porque Hetta ha mejorado mucho y ya es hora de seguir otro rumbo. -¿Por qué? -Disculpa, pero no veo por qué tendría que decirt... -Tonterías, claro que sí. Esto es importante. ¿Tienes un sitio mejor que este? -No, vamos a un hotel pequeño donde vive una amiga mía. Era la dueña de la casa de huéspedes que se quemó, pero pronto acabarán las obras y.. -¿Vas a dejar a Andrew por una casa de huéspedes? ¡Vamos! Quédate aquí,


es mucho más agradable. -Eso no tiene que ver -dijo Elinor, desesperada. Era como discutir con una apisonadora-. Aunque no me fuera, no puedes dejar aquí a Simon sin decírselo antes a Andrew. -Entonces se lo diremos. Llámalo mientras preparo algo de comer. Elinor observó con impotencia cómo Myra iba a la cocina y empezaba los preparativos. No había duda de que ella era la experta cocinera para la que se había diseñado la estancia. Empezó preparando batidos para los niños, que los bebieron con gusto. -Salid al jardín, chicos, dentro de un minuto habré preparado algo más consistente -dijo-. Venga, llámalo -le ordenó a Elinor. Ella no tuvo más remedio que obedecer, aunque la horrorizaba telefonear a un hombre que le había dejado tan claro que lo avergonzaba. Llamó desde el vestíbulo, y al segundo timbrazo oyó la voz tersa de Andrew. -¿Sí? -Soy yo -dijo-. Siento llamarte al trabajo, pero ha ocurrido algo. -¿Hetta? -No, Myra, tu ex mujer. Está aquí, con Simon. Y creo que pretende dejarlo aquí cuando se vaya. -No entiendo.


-Se va a Estados Unidos a casarse, y no se lo lleva. -Ponme con ella -ladró él. -Andrew quiere hablar contigo -dijo Elinor volviendo a la cocina. -Lo siento, estoy demasiado ocupada. -Eso da igual. Has venido por eso. -De ninguna manera. No he venido aquí para hablar por teléfono con Andrew. Eso puedo hacerlo en cualquier sitio. ¿Dónde está la salsa de moras? La has cambiado de sitio. -En el estante de arriba. Por favor, habla con él. -No. Estaba mejor en el estante de en medio. -No para mí. A Hetta no le gusta. -A Simon le encanta con helado y en los batidos. Haré que te envíen más, pero no dejes que se atiborre. Será mejor que sigas hablando con Andrew. -No quiere venir -le dijo a Andrew cuando volvió al vestíbulo. Oyó cómo él rechinaba los dientes. -Dile que... -Dice que te dejes de juegos estúpidos y vayas al teléfono de una vez -le comunicó a Myra con voz inexpresiva. Ella soltó una carcajada. -No te preocupes, no te avergonzaré contestando como se merece.


Para alivio de Elinor, Myra fue al vestíbulo. Pero se limitó a colgar el auricular y volvió a la cocina. -No tiene sentido discutir -explicó a su vuelta-. Nunca escucha. El teléfono sonó inmediatamente y Elinor corrió a contestar. -No es culpa mía -dijo incómoda. -Eso ya lo sé. De acuerdo, dile que iré esta tarde. ¿Estás bien? ¿Está siendo desagradable? -No -replicó Elinor-. Creo que está un poco loca, pero no es desagradable. Myra estaba en el jardín con los niños, que jugaban con el cachorro. Los observó durante un momento, y oyó los gritos y risas de Hetta. Entonces Myra la vio. -Quédate mientras acabo de hacer la comida -le dijo volviendo a la casa-. Daré un grito cuando esté lista. -Mami, ven a ver al perrito -clamó Hetta-. Se llama Fudge. Justo en ese momento, Fudge se agachó e hizo un charco enorme. -Está nervioso porque es un sitio nuevo -se apresuró a decir Simon-. Además, está en el jardín. En casa no lo hace -su honradez lo obligó a añadir-: Bueno, casi nunca. A ella la apenó que el niño se sintiera obligado a pedir disculpas, la casa era suya. Se preguntó qué clase de vida había llevado con un padre distante y una madre egoísta y manipuladora.


Hetta y Simon ya se habían hecho amigos. El parecía un niño tranquilo y amable; era obvio que sería el compañero de juegos ideal para Hetta. Ella, por su parte, ya le había ofrecido la máxima muestra de amistad, levantándose la camiseta y enseñándole la cicatriz con orgullo. Simon se había impresionado, aunque no se había asustado. -¡Vamos, a comer! -gritó Myra poco después, y todos fueron al patio, donde había servido la mesa. La comida tuvo un éxito impresionante. Myra era habilidosa e imaginativa, y sabía complacer a los niños. Era difícil no sentirse atraído por ella. Era una mujer dura de pelar y poco sentimental. Pero tenía buen talante y su carácter extrovertido hacía que fuera buena compañía, al menos durante un rato. Elinor adivinó que le gustaba que la gente que la rodeaba fuera feliz, y se esforzaba por conseguirlo siempre que pudiera salirse con la suya en última instancia. También se le daba bien contar historias divertidas. Elinor, a pesar de la intranquilidad que le producía la inminente llegada de Andrew, disfrutaba con la historia de Fudge y un burro. Los niños se desternillaban de risa. Andrew llegó en mitad de la escena. Su intención había sido llamar a la puerta, pero al encontrar la verja del jardín abierta y oír las risas, rodeó la casa. No lo oyeron llegar y, durante un momento, observó la alegre escena de la que no formaba parte. Elinor fue la primera en verlo. Se puso en pie y su movimiento alertó a los demás.


Hetta le ofreció una sonrisa deslumbrante. Myra lo miró con cinismo. Simon parecía contento, pero inseguro. Andrew le hizo un gesto con la cabeza y sonrió levemente. Irradiaba intranquilidad. -Buenas tardes, Myra -dijo. -Llegas a tiempo de tomar café, Andrew. Entremos, empieza a refrescar cuando llegaron al salón, se dirigió a los niños-. ¿Por qué no subís arriba a ver la tele? -Iré con ellos -dijo Elinor rápidamente. -Será mejor que te quedes -comentó Myra-. Andrew y yo apenas nos soportamos a solas. -Por favor, quédate -pidió Andrew. Los niños subieron arriba con el perro y ellos tres se miraron con incomodidad. A Elinor la impresionó ver a Andrew tras pensar que no volvería a hacerlo, pero intentó despejar la mente; suponía que iba a necesitar todo su ingenio en los minutos siguientes. -Myra, si has venido a causar problemas... -empezó Andrew. -Claro que no. ¿Cuándo he causado yo problemas?


-No contestaré a eso. -Espero que dejéis de pelearos. Es hora de que los niños se acuesten y necesito saber dónde va a dormir Simon -dijo Elinor con voz firme. -Aquí, por supuesto -replicó Myra con voz dulce-. En casa de su padre. -¿Sin avisar? -ladró Andrew-. Debes de estar loca. -Es muy sencillo. Me voy a Detroit a casarme con Cyrus... ¿y voy a llevarme a un niño en mi luna de miel? Ni aunque quisiera venir, lo que, por supuesto, no es el caso. Está entusiasmado con la idea de quedarse contigo. Le has fallado muchas veces, pero en esta ocasión no lo harás. -¿Crees que tengo tiempo de ocuparme de un niño? -Tú no. Tu chica. -Ellie, la señora Landers no es mi chica, como dices con tu vulgaridad habitual. -No hay nada vulgar en tener una chica. Ya va siendo hora de que pienses en algo que no sea un bisturí. -Si a alguien le interesa saberlo, yo me voy mañana por la mañana -intervino Elinor. -No te vas -dijo Myra con frescura-. Eso ya lo decidimos antes.


-¿Lo decidimos? -repitió Elinor sin comprender. -Sé agradable con ella, Andrew. Va a sacarte de un buen lío -se volvió hacia Elinor-. No te importa sacarlo de un lío, ¿verdad, Ellie? Puedo llamarte Ellie, ¿no? -No -rugió Andrew. -Mira, es muy sencillo -dijo Myra con determinación-. Simon va a quedarse contigo un tiempo. Está aquí, tiene todas sus cosas y lo está deseando. Pero si te niegas, me lo llevaré, vendrá conmigo a Detroit y se quedará allí. Para siempre. Te juro que no volverás a verlo. -Te estás marcando un farol -él la miró furioso. -Estoy haciéndote un favor obligándote a relacionarte con tu hijo antes de que sea demasiado tarde. Entonces, ¿qué? ¿Me lo llevo para siempre? -Sabes que no permitiré que lo hagas. -Muy bien. Entonces se queda. -Ya has oído a la señora Landers decir que se va -protestó Andrew con voz seca. -Tendrás que convencerla para que se quede, ¿no crees? Voy a preparar más café. ¿Alguien quiere? -se fue hacia la cocina tranquilamente. -¿Qué quieres que haga? -preguntó Elinor al ver que Andrew ni siquiera se atrevía a mirarla. -No puedo permitir que se lo lleve para siempre, pero si te marchas lo hará.


-Dudo que lo diga en serio -respondió ella. -Cuando amenaza con algo, lo hace. Ayúdame, Ellie, ¡por Dios! -Pero, ¿qué puedo hacer yo? -Quédate. Deja que Simon viva con Hetta y contigo. -Pero es a ti a quien quiere. -Vendré a visitarlo siempre que pueda. -Eso no basta. -Entonces viviré aquí -dijo él mirándola a los ojos. -Será mejor que nos entendamos -repuso ella con voz firme-. Pretendes que sea tu ama de llaves y tu niñera. -Llámalo como quieras -exclamó él con impaciencia-. ¿Acaso importa? -Sí importa. Esto será imposible si no establecemos claramente la relación. -Muy bien. Ama de llaves y niñera. -¿Me harás un contrato de trabajo especificando mis responsabilidades y mi salario? -Como quieras. -De acuerdo -murmuró ella-. Lo haré. Sería difícil. Él solo la veía como algo conveniente. Pero al menos no tendría que alejarse de él por el momento. Sabía que al final se le rompería el corazón,


pero tenía algo más de tiempo. Myra regresó con el café, que ambos rechazaron. -¿Lo habéis arreglado todo? -canturreó-. Fantástico. Por cierto, Andrew, Simon cree que lo has invitado. No permitas que adivine lo contrario. -No te preocupes, no lo hará -aseguró Elinor-. Yo me ocuparé de eso -estaba empezando a cambiar su opinión sobre Myra. -Sabía que no me fallarías -Myra le ofreció una sonrisa luminosa y sacó su móvil-. ¿Joe? Puedes venir a recogerme en quince minutos -colgó el teléfono-. Subiré a despedirme de Simon -se marchó alegremente, como si no percibiera la tensión entre ellos. -Gracias -dijo él-. No pienso a derechas. Es increíble que me haga esto sin avisar. -Bueno, quizá le hacía falta -observó Elinor. -¿Estás de su parte? -Estoy de parte de tu hijo. Creo que lo está pasando mal. Es demasiado callado y dócil para su edad. ¿Es travieso alguna vez? -No lo sé. -Apuesto a que no. Y debería serlo. Venga, vamos -ordenó dirigiéndose hacia la


puerta. -¿Dónde vamos? -Arriba, para que te vea con Myra y sepa que estáis totalmente de acuerdo con que se quede aquí. Creo que deberías estar junto a ella y, si es posible, ponerle un brazo sobre los hombros. Y sonreírle. -Eso es mucho pedir. -En realidad no, pero incluso si lo fuera, es por tu hijo. ¿Acaso no se merece ese esfuerzo? -Claro que sí, pero... -Entonces hazlo -dijo ella con un tono que no permitía discusión alguna. No sabía por qué había asumido esa actitud con él, pero quizá se debiera a la sonrisa que Simon había esbozado al ver a su padre; en cambio, Andrew había adoptado una actitud cauta e insegura. Andrew la siguió a regañadientes hasta la habitación que había sido de Simon y ahora ocupaba Hetta. -Al final vamos a quedarnos aquí -le comunicó Elinor a su hija-. No te importa dormir conmigo, ¿verdad? Así Simon podrá volver a su dormitorio. -No importa -dijo el niño de inmediato-. Se lo puede quedar Hetta, de verdad.


-No, es tuyo -respondió la niña. -Puedes quedártelo. -No, tú. -Tú. -Lo discutiremos después -intervino Elinor. Miró a Andrew con fijeza y él dio un paso adelante. -¿Qué te parece quedarte aquí conmigo, hijo? A tu madre y a mí nos pareció buena idea. -¿Puedo de verdad, papi? El rostro excitado del niño hizo que Andrew comprendiera que Elinor tenía razón. Para Simon era muy importante pensar que su padre lo quería. Colocó un tenso brazo sobre los hombros de Myra. -No te importa que se quede conmigo un tiempo, ¿verdad? -No, si eso es lo que quieres -repuso ella. -¿Es lo que quiere Simon? -preguntó Elinor. El niño asintió con tanta fuerza, que dio la impresión de que se le iba a romper el cuello. De pronto su mundo se había llenado de luz. Su padre lo miró asombrado. Se oyó el timbre de la puerta.


-Es hora de que me vaya -dijo Myra. Abrazó a Simon y después a Hetta. A continuación se volvió hacia Andrew que, con diligencia, la besó en la mejilla. Finalmente rodeó a Elinor con sus brazos. -Gracias -le susurró al oído-. Buena suerte. -Confía en mí -murmuró Elinor. Un momento después desaparecía con el chófer en su reluciente vehículo. -Hetta, vamos a trasladar tus cosas mientras Simon pasa un rato con su papá -dijo Elinor-. ¿Por qué no bajáis al salón para charlar en paz? Andrew no solía aceptar órdenes de nadie, excepto de Elmer Rylance, y últimamente incluso Rylance lo trataba con deferencia. Pero tenía la sensación de que Elinor sabía lo que estaba haciendo y en ese momento lo agradecía. Siguió a su hijo escaleras abajo y se preparó para embarcarse en una conversación en la que sabía que se sentiría incómodo y en la que cometería errores. Simon le facilitó las cosas, sonriendo de felicidad por contar con la atención de su padre y charlando sobre lo que había hecho en las últimas semanas. Andrew lo miraba, deleitado con que ese chico avispado y atractivo fuera hijo suyo. Tenía que haber una manera de comunicárselo, pero solo se le ocurrían palabras precisas, científicas e inteligentes, que no podían expresar sus sentimientos. Pero esa noche la fortuna jugaba a su favor. Simon interpretaba los silencios de


su padre como interés, y consiguieron pasar una hora juntos sin ningún incidente desagradable. A pesar de todo, sintió alivio cuando Ellie bajó para llevar al niño a la cama. -Me dio la impresión de que todo había ido muy bien -le dijo cuando bajó sola, veinte minutos después, y lo encontró paseando inquieto por el salón. -Gracias a Simon, sobre todo. No lo entiendo, me trató de una forma muy distinta a la usual. -Es porque Myra le dijo que lo habías invitado. -Le dijo eso por sus propias razones -rezongó Andrew con desdén. -¿Qué importa cuáles fueran sus razones? Le dijo lo que quería oír, y eso lo hizo feliz. Lo único que tienes que hacer es aprovecharlo. -Si tengo que seguir los consejos de alguien, prefiero que sean los tuyos replicó él secamente-. Eres mejor madre que ella. -A ver, piensa en Samson. Me dijiste aquella noche que dejabas que los niños creyeran que sus juguetes habían estado con ellos porque era lo que necesitaban pensar: «es un engaño, pero los hace felices». Eso dijiste. ¿Por qué no puedes hacer lo mismo por Simon? -¿Acaso sugieres que solo simulo que lo quiero? Porque,, si es así, no podrías


estar más equivocada. -Entonces díselo. Si lo quieres, díselo. -Es fácil para ti. Tú sabes cómo decir esas cosas, pero yo... -hizo un gesto de impotencia-. Cuando trato con él, me siento perdido. -¿Por qué? Es un niño encantador y te adora. ¿Por qué no te relacionas con él como quiere? -Porque nunca he sabido cómo hacerlo. Al principio era porque pasaba mucho tiempo fuera; después llegó a serme imposible hablar con él cuando estaba en casa. -¿No podía haberte ayudado Myra? -Cuando comprendimos lo que ocurría, ella y yo ya estábamos demasiado distanciados para ayudarnos. -Bueno, esta vez te ha ayudado. Andrew, no te queda mucho tiempo para solucionar esto. Pronto empezará a buscar sus amigos en otros sitios y a tener su propia vida e intereses. Si no lo recuperas ahora, será demasiado tarde. -Eso lo sé. Pero no significa que pueda hacer nada al respecto -la miró-. Ahora tú estás aquí, y todo irá bien. No intentarás irte de nuevo, ¿verdad? Elinor supo que estaba a punto de cometer el error más grande de su vida. Debería escapar ya, cuando aún tenía una oportunidad.


-No, no me iré -replicó-. Me quedaré todo el tiempo que necesites. CAPÍTULO 11 LA VIDA adquirió un extraño y pacífico ritmo propio. Andrew llevó sus cosas a la casa al día siguiente, pero durante un tiempo lo vieron muy poco. Trabajaba muchas horas en el hospital y frecuentemente lo llamaban para emergencias. Desayunaba con ellos siempre que podía, y todo iba mejor de lo que Elinor había esperado. Los niños charlaban el uno con el otro y eso aliviaba la tensión. Si bien Andrew no se unía a la conversación, al menos escuchaba pacientemente. Además, había menos tensión entre ellos dos de la que había temido. Ella lo achacaba al hecho de haber insistido en que le que le hiciera un contrato de trabajo formal y por escrito: era la señora Landers, ama de llaves y niñera. La horrible noche en la que se había despertado entre sus brazos le había ocurrido a otra persona. Daisy había reaccionado de una forma muy extraña cuando Elinor la llamó para comunicarle el cambio de planes. -Muy bien, cariño -dijo alegremente-. Quédate allí con él. Nunca se sabe. -Soy su ama de llaves -aseveró ella-. No te confundas. -Como tú digas, cariño. La primera vez que Andrew consiguió regresar a casa a una hora razonable,


Simon estaba esperándolo. -Ellie me dijo que quizá llegarías pronto -comentó el niño, excitado. -Las nueve no es pronto, deberías estar en la cama. ¿Quién te ha dado permiso para llamarla Ellie? -Creí que... dijo que era su nombre -dijo Simon, nervioso al ver el ceño fruncido de su padre. -¿Te lo dijo ella? -se apoyó en una rodilla y miró a su hijo a los ojos-. ¿Te dijo que su nombre era Ellie? -Sí. ¿No lo es? -Sí, claro que sí. -Entonces, no lo entiendo. -Hay muchas cosa que yo mismo no entiendo. No importa. No le comentes esta conversación. Tal y como Elinor había adivinado, Simon era el compañero ideal para Hetta. Ella era de naturaleza bul iciosa y, como estaba recuperando las fuerzas, podía darle rienda suelta. En cambio, él era tímido y retraído. Cuando hacían alguna travesura, era Hetta la que empezaba, mientras Simon intentaba refrenarla en vano y Fulge le iba a la zaga.


Hetta solo había dormido con su madre un par de noches. Después, Ellie la había instalado en el dormitorio contiguo al de Simon. Su ocupación favorita era sentarse con Simon ante su ordenador. Con solo siete años, era todo un experto en tecnología informática. Hetta, cuya educación iba retrasada a causa de la enfermedad, estaba fascinada por todo lo que sabía; su admiración hacía que Andrew se abriera a ella. Muchas veces Elinor veía luz bajo la puerta de Simon, a última hora de la tarde. Entraba y los encontraba inmersos en una conversación seria, que acababa en cuanto la veían. Se limitaba a señalar la puerta y Hetta salía corriendo. -Tenemos que hablar de algunas cosas -le dijo a Andrew una noche, cuando los niños estaban acostados. -¿Hay algún problema? -No, todo va bien, pero pronto empezará el colegio y tendré que organizar algo. -Cuando Simon vivía aquí, iba al colegio del pueblo. Es excelente. Te sugiero que los matricules allí. -Muy bien. Una cosa más -inspiró con fuerza-. ¿Cuándo podrás tomarte algo de tiempo libre? -Solo Dios lo sabe...


-Tiene que ser en las tres próximas semanas, antes de que empiece el colegio, para que Simon pueda tenerte para él solo durante varios días -él la miró y ella se sintió irritada-. Un hombre tan organizado como tú debería ser capaz de encontrar un sustituto. Te ocupaste del trabajo de sir Elmer mientras estuvo enfermo. Dile que ahora te toca a ti. -No es el mejor momento para hacerlo -musitó él. -Lo que ocurre es que como va a retirarse, todos los tiburones están al acecho, y tú tienes los dientes más largos que los demás. Muy bien. Le diré a Simon que su padre es un tiburón. -¿No estás siendo un poco injusta? -No. -Me interesa mucho ese trabajo -dijo él con enfado-. Hablas como si yo no fuera razonable. -No eres razonable. Hay cientos de trabajos. Solo tienes un hijo. -¿Y qué vamos a decimos «durante varios días»? -Da igual. Hablad del tiempo, o de cualquier cosa. Lo importante es que se dé cuenta de que has hecho un esfuerzo para estar con él. Eso excusará multitud de pecados, y Hetta y yo rellenaremos los huecos. -Ah, ¿estaréis con nosotros? -No pensaba enviaros a una isla desierta -Elinor lo miró con pena-. Aunque a


ti no te vendría mal. -Vale. Estaréis aquí. Pero aun así hay que hablar. Me resulta difícil saber qué decirle. -¿Quién te pide que digas nada? Quizá prefiera que escuches. Supongo que cuando estás en el trabajo la gente te escucha, ¿no? -Normalmente -admitió él-. A no ser que sean pacientes, en ese caso el que escucha soy yo. -No creo que eso sea aplicable a esta situación. No tienes costumbre, pero si escucharas lo que Simon quiere que escuches, quizá se te ocurran algunas respuestas. No hablamos de ciencia espacial. -No, es algo más complicado que eso. Pero tú sabes hacerlo, ¿verdad? -arrugó la frente-. ¿Cómo lo haces? -Andrew, no es una cosa que se aprenda con lecciones -dijo ella, divertida-. Si lo fuera, serías un experto. -Sí, se me da bien todo lo que se puede estudiar -dijo él, irónico-. Quizá sí sirvan las lecciones con una profesora de primera. Por eso te observo cuidadosamente. Pareces saber todo eso que yo ignoro.


-Andrew, contéstame a una cosa. ¿Por qué no dejaste que Simon se fuera a América con Myra? -Porque es lo único que tengo para amar -confesó él-. He estropeado todas las demás relaciones importantes. No sé cómo hablar con alguien que realmente significa algo para mí. No tengo problemas con mis pacientes, sean niños o adultos. Eso es fácil, porque sé lo que pueden esperar de mí, y es algo muy limitado. -¿Limitado? ¿Salvarles la vida? -En cierto modo sí. Llegan al hospital y puedo ser su mejor amigo. Charlo con los niños, comento los resultados del fútbol y las noticias con los adultos. Después cada uno sigue su camino, sin remordimientos. No esperan nada de mí emocionalmente. -No siempre fuiste así -comentó ella. -Sí que lo era, en potencia. Contigo encontré una manera de ser diferente. -¿Quieres decir que esto es lo que te hice yo? -No estaba culpándote. Me hiciste una pregunta e intenté darte una respuesta racional. -¿Es que todo tiene que ser racional? -Normalmente lo es, al final. -Andrew, ¿lo crees de verdad o es lo que intentas decirte a ti mismo? -¿importa? -Andrew soltó un suspiro.


Cuando se marchó a su habitación, ella salió al jardín con Fudge. Lo dejó suelto y se sentó en un banco, bajo los árboles, para esperarlo. Un momento después apareció Andrew con dos copas de vino. -¿Puedo sentarme contigo? -Ella aceptó una copa, agradecida, y él se sentó a su lado, y miró la luna, que estaba muy baja y brillante. Era una noche para amantes, pero en ese momento ella simplemente sentía satisfacción. -Por cierto -le dijo-, no te olvides de comprarle un regalo de boda a Myra. -¿Por qué iba a hacerlo? Dentro de poco tendrá a su disposición los millones de Hellerman. -Es para fomentar las buenas relaciones. Hará feliz a Simon. -Entonces lo hará. 0 más bien, lo harás tú. -No, lo hará Simon. Ha buscado en Internet y ha encontrado unos grandes almacenes en Detroit. Lo único que necesita ahora es tu tarjeta de crédito. -Muy bien. Confío en que impidas que me limpie del todo. Estaban al tanto de los preparativos de boda de Myra a través de las conversaciones telefónicas que mantenía con Simon a diario. Respaldada por la visa oro de Cyrus, se estaba dedicando a gastar dinero, no siempre con buenos resultados. Envió al ordenador de Simon una docena de fotos de sí misma con distintos vestidos


para la boda. Hetta y él las miraron con asombro, algo que Elinor comprendió perfectamente cuando se unió a ellos. Andrew regresó una noche y se los encontró a los tres frente al ordenador. -¿Es algo interesante? -preguntó acercándose-. ¿Por qué lleva tu madre puesto un vestido de satén rojo? -¿Para casarse? -respondió Simon, interrogante. -Vaya -Andrew apretó los labios y no dijo más. Para complacencia de Elinor, el hombre y el chico se miraron en silencio, con solidaridad masculina. Con ayuda de Elinor, Simon había elegido unas copass de plata como regalo de boda. Myra estaba realmente complacida y simuló creer la ficción de que había sido idea de Andrew. Incluso le envió un e-mail de agradecimiento que Simon le enseñó con orgullo. Por fin llegaron las fotos de boda. Myra había descartado el satén rojo y el terciopelo morado, optando por un vestido de brocado marfil, comparativamente discreto. Todo lo demás era excesivo, incluyendo a las seis damas de honor y a los cuatro pajes que, por razones incomprensibles, estaban vestidos con falda escocesa. -¿Sientes no haber estado allí? Le preguntó Andrew a su hijo.


-Mamá habría querido que fuera uno de los pajes -dijo Simon con una mirada que valía más que mil palabras. -Entonces has tenido suerte. Todos los días, Elinor se esforzaba por encontrar formas de ayudar a Andrew a conectar con su hijo. Participaba en los juegos infantiles y hacía que Simon le hablara. Él respondía con ganas, demostrando que anhelaba confiar en alguien. Elinor recordó lo bien que se le daba el ajedrez a Andrew y no la sorprendió que, a sus siete años, Simon fuera muy buen jugador. Cuando lo descubrió, empezó a comprar un periódico que incluía un problema de ajedrez. Después lo organizó de modo que Simon estuviera resolviéndolo cuando Andrew llegara a casa. Era complicado, porque no era fácil predecir la llegada de Andrew, pero una noche tuvieron suerte. Lo mejor fue que Simon estaba tan absorto en el problema, que no alzó la cabeza cuando entró su padre; eso sorprendió tanto a Andrew, que se acercó a ver qué hacía y tuvo que hablar dos veces antes de que lo oyera. Después siguieron resolviendo el problema juntos, y Ellie se apuntó una victoria. -Ni siquiera sabía que juega al ajedrez -le dijo a Ellie esa noche, en la cocina. -Es bastante bueno.


-Sí, lo es. -¿Tan bueno como tú a esa edad? -Creo que sí -la miró con curiosidad-. ¿Lo que ha ocurrido esta noche ha sido accidental? -Claro que no. Lo coloqué allí unos minutos antes de que llegaras. Pero el resto lo hiciste tú. -Cuando te empleé como niñera, no imaginé que fueras a llegar tan lejos. -Soy como tú. Me gusta hacer bien mi trabajo. Además, como yo lo veo, aún estoy en deuda contigo por haberle salvado la vida a Hetta. Si consigo ayudarte con Simon, estaremos en paz. -Ya veo -dijo con voz queda-. Nunca lo había pensado de esa manera. A partir de entonces hubo unas cuantas llamadas de teléfono que ella no entendió, o más bien, sobre las que no preguntó. Tuvo que hablar con una mujer de voz fría como el hielo, que resultó ser la secretaria de sir Elmer Rylance. Llamó a Andrew y volvió con los niños, intentando no especular. No volvió a mencionar que debía tomarse tiempo libre, y él tampoco lo hizo. Decidió que bien había olvidado el asunto bien lo había descartado. Estaba enfadada con él; no insistió, pero tenía sensación de fracaso. Ella había creído que podía ayudarlo, pero tenía la impresión de hacía tan poco caso de sus ideas como de las de los demás. -¡Ya está! No más hospital durante una semana -exclamó él una noche al llegar a casa, cuando ella ya había perdido la esperanza.


Los niños empezaron a saltar alborozados. Sus miradas se encontraron y Elinor tuvo la sensación de que le pedía su aprobación. -¿Por qué no has dicho nada hasta ahora? -preguntó ella cuando consiguió hacerse oír por encima del ruido. -No estuve seguro hasta el último minuto. Dependía de si mi sustituto podía llegar a tiempo, y lo hizo. -¿Es tan bueno como tú? -inquirió ella sin poder resistirse. -Casi. Pero cree que.es mejor. -Si es tan brillante, ¿cómo es que está disponible? -Le han ofrecido otros tres trabajos, pero quiere el de Elmer, así que ha seguido disponible. Saltó como un lince ante esta oportunidad. Elinor pensó que era comprensible. Trabajando junto a Rylance podía sacar ventaja al resto de los candidatos. Andrew le había permitido hacerlo porque ella se lo había pedido. Rápidamente desechó la idea. Lo había hecho por Simon, no por ella, y podía tener consecuencias desastrosas. Pero era demasiado tarde para decir nada. Ya estaba hecho, y Andrew iba hacia el jardín con los niños. Esa noche se reunió con ella para tomar su habitual copa de vino en el jardín mientras Fudge paseaba. -¿Podría ser perjudicial para ti ese sustituto? -le preguntó. -¿En una semana? -rio él-. No tienes demasiada confianza en mí.


-Un hombre con determinación puede conseguir mucho en una semana. -También puede perder mucho -dijo Andrew con arrogancia-. Supongo que temes que acabe más pobre que una rata. Es una pena, porque iba a sugerirte que nos casáramos. -¿Qué? -intentó ver su rostro, pero no había luna y solo discernía su silueta. -Tiene mucho sentido, Ellie. Formamos una buena familia. Simon te quiere, y está loco por Hetta. -Espera un minuto.:. -Tenemos que pensar en el futuro de este acuerdo que tenemos. Si no nos casamos, antes o después nos separaremos. Eres una empleada excelente, pero los empleados se marchan. Yo quiero que te quedes. -Hace falta mucho más que eso para formar una familia -dijo ella con voz inexpresiva. Creía que Andrew ya la había herido de todas las maneras posibles, pero esa última no se le había ocurrido. ¡Casarse con ella para no perder a una buena empleada! -Claro que sí, pero estoy seguro de que podemos conseguir que funciones. Probablemente no lo esté expresando muy bien, pero si lo piensas un poco... por el bien


de todos... -¿De todos? ¿Eso me incluye a mí? -¿No te parece buena idea para ti? -la miró fijamente, intentando descubrir en su rostro lo que había percibido en su voz. -No se me ocurre ninguna peor. Te he dicho que me quedaré contigo mientras me necesites, pero te impongo una condición. Nunca vuelvas a mencionar este tema. -se levantó y fue hacia la casa, con Fudge a sus pies, y lo dejó sentado a solas en la oscuridad. Fue Andrew quien se dio cuenta de que había una feria a un par de kilómetros de distancia y quien sugirió que fueran. También fijó la fecha. -Iremos pasado mañana, es el cumpleaños de Ellie. -¿Cómo lo sabes? -Hetta lo miró con asombro-. Yo no te lo he dicho. -Soy mago -dijo él convenciéndola. -No quiero celebrar mi cumpleaños -masculló ella en cuanto estuvieron solos. -Demasiado tarde. Llama a tu amiga Daisy y dile que venga a dormir a casa esa noche. Elinor pensó que sería agradable ver a Daisy de nuevo; pero, inevitablemente, se


haría cargo de los niños y la dejaría a solas con Andrew. Había intentado evitarlo tras su insultante oferta de matrimonio, pero desde que estaba pasando la semana en casa, era casi imposible. Él se marchó sin escuchar su respuesta; pocos minutos después, salió con los niños en una expedición en busca de regalos. Cuando llegó su cumpleaños, le hicieron el desayuno y le dieron los regalos. Hetta le dio un broche con forma de corazón y Simon unas zapatillas. Andrew le regaló una bufanda de lana y seda. Era exquisita y cara, pero no lo suficiente para provocar sus comentarios. Se lo agradeció en silencio y prometió ponérsela esa tarde. El taxi llegó con Daisy y se alegró de que su amiga estuviera allí para distraer su atención. Tenía la mente revuelta desde aquella noche. Había sentido la tentación de aceptar, de casarse con él y contar con que la fuerza de su amor fuera suficiente. Por más que lo intentaba, no podía dejar de pensarlo. Para el mundo exterior parecían una familia; una pareja con sus dos hijos. Era tentador imaginar que lo eran de verdad, simular que era su esposa, como pudo haberlo sido una vez. Cuando él iba al pueblo con los niños, a su vuelta la encontraba en la cocina preparándoles algo de comer. Se saludaban sonrientes y ella pensaba: «así sería si estuviéramos casados». Aún podía ocurrir. Podía decirle que lo había pensado y que le parecía una idea sensata. Pero la palabra «sensata» la inquietaba. Su amor nunca sería suficiente para los dos, e intentarlo solo provocaría sufrimiento para todos. A primera hora de la tarde sonó el teléfono. Elinor se alegró de estar sola cuando contestó; era Myra.


-Hola, bonita -canturreó Myra-. ¿Cómo va? -Nos va muy bien -dijo Elinor-. ¿Quieres hablar con Simon? -Gracias, pero hablé con él hace una hora. -¿Qué tal Detroit? -Calor. Bochorno. Pero Cyrus va a dejar que agrande la piscina. Pensé en convertirla en una especie de baño romano. ¿Qué opinas? -Me parece muy «de tu estilo» -dijo Elinor. -¡Llamé para desearte un feliz cumpleaños! -dijo Myra soltando una carcajada. -Gracias. ¿Cómo lo has sabido? -Me lo dijo Simon. Dice que vais a celebrarlo yendo todos juntos a la feria. -Es verdad. Una vieja amiga mía ha venido, así que seremos tres para cuidar de los niños. -Pasadlo muy bien. Oye, tengo un regalo de cumpleaños para ti. -Eres muy amable. Lo esperaré intrigada. -No, voy a dártelo ahora. Sabía que te había visto antes, y he recordado dónde. Eres la de la foto. -¿Qué foto? -La que Andrew lleva siempre consigo. Quizá debería decir «una» de las que


lleva. Tiene alrededor de una docena. Él y su chica, con una impresionante melena rubia, sentados, abrazados, besándose. Y algunas de ella sola. Él no sabía que lo sé. Las encontré en el cajón de su escritorio, pero no se lo dije. Tú eres el fantasma. -¿El fantasma? -El fantasma de Andrew. El que siempre lo ha perseguido. Al poco tiempo de casarnos comprendí que había otra persona. No me refiero a una mujer en el sentido convencional, sino a un fantasma secreto que su corazón visitaba a veces; siempre volvía triste. Yo era tan arrogante, que creí que podría apartarlo, pero no pude; ese era su amor verdadero. -Myra, estoy segura de que te equivocas... -No me equivoco. Eres la de la foto. -Sí, soy yo, pero éramos unos críos. Al menos, yo lo era. -Pero él no -dijo Myra con astucia-. Si hay algo que sé de Andrew, es que se entrega por completo a todo. Es agotador vivir con él, pero quien realmente sufre las consecuencias es Andrew. -Sí -murmuró Elinor-. Era así. Lo quería, pero solo tenía diecisiete años y todo él era más de lo que podía soportar. Si nos hubiéramos encontrado más mayores... -suspiró. -¿Para ti también ha sido un fantasma?


-Todo el tiempo -admitió ella comprendiendo que era verdad-. No quería pensar en él, pero no podía evitarlo. Nunca olvidé lo mal que lo traté y eso lo enturbió todo para mí. Su rostro aquel último día... sí, supongo que ha sido mi fantasma. -No te atreverías a mirarme a los ojos y decirme que ya no lo amas, ¿verdad? -declaró Myra con convicción-. Claro que no. Es obvio. Siempre hubo una tercera persona en nuestro matrimonio -añadió sin rencor-. Es fascinante haberla conocido después de tanto tiempo. -Lo siento. -No lo sientas. No fue culpa tuya. Andrew y yo nunca deberíamos habernos casado. Tú tuviste «todo», y quedó muy poco para los demás. Lo que ocurra a continuación depende de ti, pero por el bien de Andrew espero que te aclares. Adiós, querida. Que tengas un buen cumpleaños -colgó el teléfono. Elinor dejó el teléfono con la mente hecha un torbellino. No podía ser cierto. Myra debía haberse equivocado. Pero la palabra «fantasma» la había impresionado. Había estado hechizada desde el día en que se separaron, y parecía obvio que Andrew también. Se recordó que él se había curado cuando volvieron a encontrarse y vio cómo había cambiado ella. No debía olvidarlo nunca. Persuadieron a los niños para que durmieran la siesta, diciéndoles que si no descansaban tendrían que volver pronto de la feria. A las siete, con ambos niños


despiertos y nerviosos, se pusieron en camino. Andrew tuvo un éxito inesperado. La misma destreza que lo había hecho cirujano le permitía hacer diana con tanta frecuencia, que el dueño del puesto acabó echándolo, para hilaridad de los niños. -Mira, mamá, hay una noria -Hetta tiró de la manga de Elinor-. ¿Podemos montar? -Parece muy grande, cielo -dijo Elinor, dubitativa. -De eso se trata -apuntó Andrew-. No tendrás miedo, ¿verdad, Ellie? -Sabes que sí -murmuró ella. Se preguntó qué le ocurría a Andrew esa noche, parecía empeñado en suscitar sus recuerdos. -Vamos -dijo Daisy encaminándose hacia la taquilla. Simon y Hetta la siguieron y se montaron con ella. -Venga -dijo Andrew tomando la mano de Ellie. Un momento después estaban en el cochecito contiguo. La noria empezó a subir más y más alto, hasta que llegaron arriba y comenzó el descenso. Ellie no tenía miedo porque Andrew la rodeaba con el brazo. -Andrew, dijimos que... solo soy tu empleada. -No, tú lo dijiste. Esta noche eres Ellie. Siempre has sido Ellie. Siempre lo serás.


¿Te acuerdas? -murmuró rozando su boca con los labios. -Sí, de todo. -¿Recuerdas lo que te dije aquella noche? -Dijiste que llevabas mucho tiempo ideando cómo besarme. -«Y soy tan cobarde que he esperado hasta ahora, cuando no puedes escapar» -citó él-. Sigo siendo igual. He vuelto a hacerlo. Bésame, Ellie. Bésame para siempre. Ella no pudo resistirse más. Le echó los brazos al cuello y lo besó con la misma pasión que aquella primera vez, mientras la rueda giraba, rodeados de estrellas. CAPÍTULO 12 TODOS estuvieron de acuerdo en que había sido la mejor noche en mucho tiempo. Ya en casa, brindaron con chocolate caliente antes de que Daisy y Ellie llevaran a los niños a acostarse. -Yo también me voy a la cama -dijo Daisy. -Y yo -afirmó Elinor-. Buenas noches, Andrew. Las risas siguieron mientras subían las escaleras y acostaban a los niños. No querían que el día acabara, pero al fin se durmieron. Ellie le dio un beso de buenas noches a Daisy y se fue a su dormitorio. Se desvistió mecánicamente, intentando aclarar sus turbulentos pensamientos, sin conseguirlo. Algo había ocurrido esa noche que había cambiado a Andrew.


Comprendió que el cambio había sido gradual, hasta esa noche. En la noria había dicho que no tenía valor, pero actuaba como un hombre que había decidido arriesgarse. Cuando oyó el suave golpe en la puerta, supo que llevaba tiempo esperándolo. Andrew la miró con aire dubitativo, hasta que ella se apartó para que entrase. Seguía vestido con la misma ropa que por la tarde, y tenía algo en la mano. -Hay algo que deberías ver -dijo ofreciéndoselo. Era un sobre con las fotografías que Myra le había descrito por teléfono. Elinor las miró lentamente. Eran de ellos dos, abrazados, ajenos a quien sacaba la foto, ajenos al resto del mundo. -Éramos tan jóvenes -murmuró ella-. Siempre supe que yo lo era, pero tú también, y no me di cuenta. ¿Por qué me las traes ahora? -Porque tengo entendido que conoces su existencia. -¿Myra? -preguntó ella mirándolo fijamente. -Me llamó para decirme que había hablado contigo por la tarde. -¿Te contó lo que me había dicho? -Lo básico. Lo suficiente como para hacerme comprender que no podía esperar más tiempo. Tengo mucho que decirte, y lo he aplazado por miedo a que te marcharas


si lo hacía. -¿Se refiere al pasado? -Sí. -¿Crees que deberíamos arriesgarnos? ¿Queda algo por decir? -Yo tengo algo. Ellie, ¿crees que podrás perdonarme alguna vez? -¿No debería ser yo la que te pidiera perdón? -No. Lo que ocurrió fue culpa mía. Eras muy joven. Querías disfrutar y descubrir la vida, y tenías todo el derecho a hacerlo. Intenté atarte mucho antes de que estuvieras preparada. Todo lo que dijiste aquel día era cierto; intentaba organizar tu vida a mi conveniencia. Mi única excusa es que te necesitaba desesperadamente, eras mi conexión con el mundo. Andrew hizo una pausa y tomó aliento mientras ella lo miraba con asombro. -Había puesto mi trabajo y mis estudios por encima de todo, ignorando una parte importante de mí mismo. Tú resucitaste esa parte de mí y quería tenerte a toda costa. Pero no vi, o no quise ver, que quien pagaba el precio eras tú. Fui yo quien te lanzó en brazos de Jack Smith. Si no hubiera sido por mí, nunca le habrías prestado atención. Todo lo malo que te ha ocurrido en la vida es culpa mía. -No, eso es demasiado duro. ¿Y lo que te hice yo? -Nada que no me mereciera. Si hubiera sido más paciente, en vez de acosarte,


quizá habríamos seguido juntos y lo estaríamos aún. -Andrew, el día que fui a la isla con Jack, no ocurrió nada. Lo intentó, pero lo abofeteé. Nunca te habría hecho eso. -Gracias. Es curioso, pero después de tantos años, aún significa mucho para mí oírte decir eso. -Quería que fueras el primero y deberías haberlo sido. -Sí, si no me hubiera empeñado en que tenía la razón, podríamos haber vivido juntos en un piso, hasta que hubieras estado lista para comprometerte. -¿Vivir como hermano y hermana? -se burló ella. -¡Nada de eso! Apenas podía soportar no tocarte, y tú me lo ponías aún más difícil. -Ojalá... -dijo ella con añoranza, pensando en aquellos días y en la vida que podrían haber tenido. -Hay millones de «ojalás...» -dijo él acariciándole la cabeza. -Ojalá nos hubiéramos encontrado unos años después. Piensa... -Lo pienso -dijo él bruscamente-. Y después intento no pensarlo porque me vuelvo loco. Poco después de aquello, creo que llegué a estar loco. Me convertí en un autómata. Oculté todos mis sentimientos porque ya no me servían de nada. Desde


entonces he controlado siempre mis emociones. »Pero cuando te vi en el hospital, mi mundo se descontroló. Cuando me contaste cómo había sido tu vida por culpa mía, me horrorizó, pero al menos tenía la posibilidad de ayudarte. Pensé que si operaba a Hetta y ella se recuperaba, me sentiría mejor. Pero cuando te quedaste sin casa, me rendí a la tentación. Te conté una historia para que vinieras aquí y luego no me atrevía a visitarte. Temía que escaparas al enterarte de la verdad. Pero anhelaba venir y verte en mi casa, donde siempre debiste estar. Solía imaginarte aquí, y pensaba en ti como si fueras mi esposa. Qué tontería, ¿eh? -No tanto como crees -murmuró ella recordando sus propios sueños. -Cuando me llamaste y vine, todo fue mal. Estabas muy molesta por lo del dinero. Viniste a mi cama y no puedes imaginarte cuánto te deseaba. Pero no así. No como si quisieras pagar una deuda. -¿Eso fue lo que pensaste? -Elinor lo miró fijamente-. ¿Que era una especie de pago? -¿Qué otra cosa iba a pensar? Te molestaba aceptar nada mío, sobre todo dinero. De repente estabas en la cama conmigo, y me pareció oírte decir todo lo que quería escuchar. No sé si las dijiste o las soñé, no habría sido la primera vez. Cuando me desperté y me estabas haciendo el amor, pensé que lo considerabas una obligación. Fue una pesadilla.


-Pero no fue así en absoluto -gimió ella-. Estabas destrozado y quería estar cerca de ti, amarte. Cuando me rechazaste, creí que te había avergonzado porque no me deseabas. -¿Que no te deseaba? -repitió él-. No ha habido un solo día en los últimos doce años que no te haya amado y deseado, aunque no quisiese admitirlo. Después de esa noche, pensé que me odiabas. Cuando Myra llegó con Simon e impidió que te marcharas, supe que tenía otra oportunidad. No te imaginas lo que me dolió que hablaras de obligaciones y de contratos de trabajo. -Intentaba decirte que no volvería a arrojarme sobre ti. Pensé que eso te aliviaría. -Te pedí que te casaras conmigo. -Para no perder a una buena empleada. Eso dijiste. -Sí, eso dije. Creí que no me querías. Actué con frialdad para intentar atraparte. Después de la boda podría decirte que siempre te había amado. Como no funcionó, decidí cambiar de táctica. Recordé que llegaba tu cumpleaños, el aniversario del día en que nos conocimos, y pensé que en la feria podría. . -calló y soltó un suspiro-. No he cambiado, ¿verdad? Sigo pensando en lo que yo deseo, intentando atraparte, me


quieras o no. -¿Creíste que no te quería? -Estaba seguro de ello, hasta hoy. Myra me dijo algunas de las cosas que le habías dicho y recuperé la esperanza. -¿Esperanza? Te quiero con toda mi alma. Me negué a casarme contigo porque solo querías una empleada. -Oh, Ellie -Andrew la miró con ternura-. Qué mal nos entendemos. Siempre igual. ¿Acertaremos alguna vez? ¿0 seguiremos equivocándonos y amándonos de todas formas? Ella tuvo una reacción extraña. Era lo que había anhelado oír pero de repente le pareció que el pasado embrollaba el futuro, que quizá fuera imposible. -Andrew... -¿Qué, cariño? -No digas eso -dijo ella en tono de rechazo y dando un paso atrás. -¿Por qué? ¿Acaso me equivoco y es imposible que vuelvas a quererme? -Aún te quiero -estalló ella-, pero quizá sea demasiado tarde. ¿Cómo podremos recuperar lo que teníamos? Ya no somos las personas que éramos.


-Ellie, Ellie... -¡No me llames así! -gritó-. Ella está muerta, acabada. Ya no puedo ser Ellie. -Mírame -ordenó él, alzando su rostro y acariciándole el pelo-. Deja que te vea. Esta es la cara que siempre he amado. No ha cambiado con los años; solo es más triste y comprensiva. Sigue siendo mi preciosa Ellie, mi amor -la besó sin darle tiempo a replicar. Ella dejó de luchar y se relajó entre sus brazos, consciente de que no podía rechazar algo que deseaba con todo su corazón. Se enfrentaría a los problemas después, pero antes disfrutaría de su amor. -Ellie... ¿Aún me quieres? -Sí, mi amor, sí, para siempre. Andrew le quitó la bata. Debajo llevaba uno de sus recatados camisones, pero él desabrochó los botones uno a uno y lo dejó caer al suelo, hasta tener ante sí el cuerpo que adoraba. -¿Creías que podías ocultarte con esto? -murmuró contra su piel-. Aunque te vistieras como un esquimal, te encontraría entre un millón, eres la mujer más bella del mundo. Ella se había ofrecido a él dos veces, y por fin iba a aceptarla. Captó su ansia y lo desnudó. Cuando ambos estuvieron desnudos, él la llevó a la cama para consumar ese


amor que tanto había esperado. Después de tantos años, se enfrentaron al momento como desconocidos, esperanzados pero inseguros. El era más fuerte de lo que ella recordaba, pero seguía siendo igual de gentil. El tiempo y la tristeza le habían conferido a Elinor otra dimensión, y él escrutó su rostro mientras le hacía el amor, intentando descubrir sus secretos. Ella le había dicho que debería haber sido el primero, pero en cierto sentido lo era. A pesar de sus dos matrimonios, él seguía siendo su primer amor, el primer hombre que la conducía a un mundo de placer y misterio. Era una sensación extraña, casi alarmante, pero sabía que en sus brazos nunca tendría medio. También comprendió que él encontraba con ella una plenitud que ninguna otra mujer podía darle. Después de su unión siguieron abrazados. A la culminación de su deseo y pasión, siguieron momentos de ternura y amor. Ella nunca había creído que una paz igual fuera posible. -Te dije que no te dejaría marchar -susurró él-. Y no lo haré nunca. Casémonos cuanto antes. -Andrew, espera, por favor -se revolvió entre sus brazos-. Es demasiado pronto para hablar de matrimonio. Acabamos de encontrarnos.


-Por eso es tan importante que no volvamos a perdernos el uno al otro. -Lo sé -Elinor intentó incorporarse, pero él lo impidió-. Pero podría ocurrir si no tenemos cuidado. Escúchame -pidió, impidiendo que la besara-. Después de doce años somos personas distintas, y no nos conocemos realmente. Los dos tenemos nuestros secretos. -No volverá a haber secretos entre nosotros, te lo prometo. Si sabemos que nos amamos, lo demás no importa... -al ver su mirada intranquila, la soltó. -¡Oh, no! Estoy haciéndolo de nuevo. Intento forzarte a que hagas lo que quiero -se incorporó rápidamente-. Y si me haces caso, volverá a ocurrir lo mismo. -Cariño -Elinor se acercó a él. Le dolía verlo molesto y lo rodeó con sus brazos-. No le des tanta importancia. Solo quiero un poco de tiempo para conocerte, para no cometer los mismos errores. Te quiero y siempre te querré. -Entonces, ¿por qué...? -se contuvo-. No importa, lo haremos como tú quieras -se volvió hacia ella, mostrando un ángulo muy interesante de su cuerpo. -Como yo quiera -repitió ella mirándolo seductora-. ¿Estás seguro? -Tus deseos son órdenes para mí -afirmó él acariciándola. -Entonces ven aquí -pidió, tirando de él. Andrew se puso tenso de repente.


-¿Qué pasa? -preguntó ella. -Me pareció oír un ruido. Un momento después ambos lo oyeron. Tras los pasos que subían por la escalera, se oyó una voz que ambos reconocieron. -Muchas gracias, Daisy. No te preocupes, conozco el camino. -No me lo creo -rezongó Andrew, atónito-. No puede ser. -Tengo la horrible sensación de que sí lo es -contestó ella. Un momento después se abrió la puerta. Andrewtuvo justo el tiempo necesario para taparse con la sábana antes de que Myra entrara en la habitación. -¡Sorpresa! -gritó ella. -Myra, ¿cómo has venido? -preguntó Elinor, asombrada-. ¡Esta tarde estabas en Detroit! -No dije que lo estuviera. -Es cierto, no lo dijiste. -Llegué ayer a casa de tío Elmer. Quería que estuviese aquí para su gran fin de semana. -Eso da igual -intervino Andrew con premura. -Eso significa que no se lo has dicho a Ellie.


-¿Secretos? -inquirió Elinor mirando a Andrew. -Te lo explicaré después -gruñó él-, cuando ella se marche. -Lo sospeché cuando no te vi en casa de tío Elmer -comentó Myra. -Quizá intentaba evitarte -sugirió él. -No, cariño. La fiesta del tío Elmer es un peldaño más en tu gran escalada, y nunca te has perdido uno de esos acontecimientos. No te arriesgarías a perjudicar tu carrera solo por evitarme. -¿Por qué iba a perjudicar su carrera una fiesta? -preguntó Elinor. -Porque el tío Elmer está a punto de nombrar a su sucesor y tiene ideas muy anticuadas con respecto a los cirujanos. No cree que baste con ser buen médico. Para él, un cardiocirujano debe ser un gran hombre, valorado y respetado por el resto de la sociedad. -Tonterías -dijo Andrew. -Deberías haber estado allí -gimió Elinor. -El banquete ha sido esta noche -dijo Myra. -Esta noche tenía cosas mejores que hacer. -Ir a la feria, según tengo entendido. Por hacer eso no has compartido su gran fin de semana, en el que se' reunía la crema y nata del mundo médico. Me pregunté por qué lo habías hecho. No podía ser porque no crees en sus ideas, siempre le has seguido el juego -echó una ojeada a Elinor-. Así que comprendí la razón y vine a comprobar si había acertado. -Y ahora que estás aquí, supongo que intentarás sacar provecho -gruñó Andrew-.


Haz lo que quieras. -No -protestó Elinor-. Andrew, sé lo que significa ese puesto para ti... -Nada en comparación contigo -apuntó él-. Déjala que le cuente lo que le venga en gana. -Tengo mucho que contar, ¿no crees? -reflexionó Myra-. Algunas personas dirían que esta relación es muy poco profesional. Ellie no es tu paciente, lo es su hija. Las has instalado en tu casa, y a Ellie en tu cama... creo que al Consejo Médico le encantaría saberlo. -Myra, ¡no harías algo así! -exclamó Elinor, horrorizada. No podía haberse equivocado tanto en su estimación del carácter de Myra. -Podría hacerlo -dijo Myra-. Podría hacer cualquier cosa, a no ser que me convenzáis de lo contrario. -Entiendo -dijo Andrew, asqueado-. Chantaje. -Mmm. En cierto sentido. -¿Qué es lo que quieres? -Bueno, si le dijerais al mundo que vais a casaros, todo sería mucho más respetable, ¿no crees? Daría igual lo que yo dijera. Incluso tío Elmer lo aprobaría. -Pero... -Andrew titubeó-, con respecto a casarnos hay un problema... -No seas estúpido, cariño, claro que no lo hay. No me digas que vais a volver a


cometer el mismo error. Andrew, cuando hablamos esta tarde te expliqué cómo conseguir a Ellie, pero ya me imaginaba que meterías la pata. No entiendo por qué. Esta vez no va a huir. Está tan loca por ti como tú por ella. -Myra -protestó Elinor, casi riendo, al comprender que Myra era, al fin y al cabo, una buena amiga, aunque poco ortodoxa-, no es tan sencillo. -Claro que lo es. Las cosas suelen ser sencillas. Uno ve lo que quiere y va tras ello. Abre los ojos, Ellie. ¿Imaginas lo que le ocurrirá a Andrew si vuelve a perderte? No es un hombre que ame con facilidad. Su desgracia, y la tuya, fue que conoció a la mujer de su vida cuando ella era demasiado joven. Era el momento inadecuado, pero ahora es perfecto. -Necesitamos tiempo para conocernos mejor -intentó explicar Ellie-. Ya somos adultos y debemos tener cuidado. -¿Para qué? -exigió Myra, aterrada-. En serio, bonita, las cosas no son así. Déjate de bobadas y hazlo cuanto antes. El mes que viene sería perfecto. Cyrus y yo venimos a un congreso, y no me perdería vuestra boda por nada del mundo. -Esta conversación me está mareando -Elinor se agarró la cabeza-. ¿Cómo puedes decirme estas cosas? Eras su esposa.


-Pero ya no lo soy. Estoy segura de haberme casado con Cyrus; claro que sí, os mandé fotos de la boda. Por cierto, he traído tarta para todos, está en la cocina. Está bien, está bien -añadió al ver la mirada fulminante de Andrew-. Soy muy feliz y me gustaría que vosotros también lo fuerais; además, sería lo mejor para Simon. -Y para ti -observó Andrew cínicamente-. Cyrus no quiere que el hijo de tu primer marido pase demasiado tiempo con vosotros, ¿verdad? -Depende de donde esté -dijo Myra pensativamente-. En Disneylandia es perfecto, porque tienen más o menos la misma edad mental y disfrutan juntos. Pero en otros momentos, Simon sería un estorbo. Está encantado con vosotros dos y con Hetta. Me lo ha dicho muchas veces. Vale, vale, soy una vaca egoísta que no quiere que su hijo coarte su estilo de vida. Pero lo quiero, y me gustaría verlo instalado donde él prefiere. Los dos la miraron atónitos. En ese momento sonó el teléfono móvil de Myra. -Hola, tío Elmer, sí está aquí, pero no puede ponerse ahora. Tiene un asunto muy importante entre manos. Puedes llamarlo mañana para darle las buenas noticias. Myra colgó el teléfono y volvió a enfrentarse a ellos. -Bueno, yo ya he dicho lo que tenía que decir. El resto es cosa vuestra. Aclaraos de una santa vez -le dio un abrazó a Elinor-. Ahora me voy, pero nos veremos mucho en el futuro, dado que vas a ser la madrastra de mi hijo. -¿Voy a serlo?


-Por supuesto. Acabamos de decidirlo. ¿No te has dado cuenta? Iré ver a Simon antes de marcharme -le lanzó un beso a Andrew, dijo adiós con la mano y fue hacia la puerta. -Myra -dijo Andrew-, gracias por todo. -No se te olvide invitarme a la boda -le dijo-, quiero ser la madrina. Salió al pasillo y, un momento después, ambos la oyeron hablar con su hijo. -Simon, cariño, ¡ahí estás! ¿Sabes una cosa? Ellie y tu papá se van a casar. ¿No es fantástico? Hetta, cielo, te encantará ser dama de honor. Creo que te irá bien el satén rosa, tienes el cutis perfecto para ese color... -su voz se apagó en la distancia. -Bueno -dijo Elinor con cautela-. El satén rosa no me parece mal. Siempre que no se empeñe en que la vista de satén rojo... -Ellie, cariño, no tienes por qué... -musitó Andrew rodeándola con sus brazos. -Claro que sí. Los dos tenemos que... Ya está decidido, Myra tiene razón. Hay que dejarse de bobadas y dar el paso. No sé en qué estaba pensando. -¿No te molesta que no te dijera lo del fin de semana? Si te lo hubiera dicho, habría sido como hacerte chantaje emocional. -No, no me importa. Pero me asombra que hayas corrido ese riesgo. -Al diablo con Elmer y su fin de semana lleno de glamour. Quería subir a la noria con la chica de mis sueños. Como la última vez. Algunas cosas siguen siendo


igual, Ellie. -Pero podría haberte salido muy caro. -Lo que importa es lo que pueda hacer con esto -Andrew alzó las manos-. No mi capacidad de llevar esmoquin con elegancia. -Si he oído bien, Myra ha dicho algo sobre buenas noticias. Creo que conseguiste el puesto de todas formas. -¿En serio? No estaba escuchando. Esto es más importante. Amor mío, una vez intenté presionarte para que te casaras conmigo. Ni siquiera te lo pedí de la forma adecuada, pero ahora lo haré. Ellie, ¿quieres casarte conmigo? Ella tomó su rostro entre las manos. -Sí, cariño. Sí quiero. Lucy Gordon - Diez años después (Harlequín by Mariquiña)

Diez anos despues lucy gordon  

Sinopsis Casados en todo… menos en lo más importante. Elinor tenía que tomar una difícil decisión, ya que el cirujano Andrew Blake le habí...

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