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Cita con un desconocido Su casamentera madre y sus entrometidas hermanas la habían sacado de quicio. Tan harta estaba Zoe, que al final aceptó asistir a la cita a ciegas en la que todas estaban empeñadas, sólo por una vez y para que la dejaran en paz. Porque, aunque la idea no le gustaba en absoluto, aquel desconocido podía hacerle olvidar al hombre en quien no podía dejar de pensar: Mike Kwan. Pero le iba a resultar muy difícil, pues hasta aquel desconocido del que sólo sabía su nombre se llamaba Mike. Bueno, ciertamente era un nombre muy común...... Capítulo 1 La lluvia, por muy torrencial que fuera y por mucho que la hubiera calado hasta los huesos, era lo menos importante de todo. La culpa del malhumor de Zoé Chan, aquel día que cumplía veintiséis años, radicaba en otra parte. Tampoco resultaba determinante el hecho de que estuviera siendo agasajada en un restaurante chino por dos hermanas casadas decididas a convertir su vida en un infierno. No. Era mucho más sutil que eso. Mucho más inquietante. Durante los últimos días un molesto pensamiento había estado reconcomiéndole el cerebro intentando convencerla de que no


estaba, quizá, ni mucho menos tan satisfecha con su propia vida como había creído hasta entonces. Pero... ¿qué se suponía que debía hacer al respecto? Charlando sin parar frente a ella, sus hermanas eran por completo ajenas a aquellas preocupaciones. Menos mal. Porque si lo hubieran descubierto y, en consecuencia, la hubieran preguntado qué era lo que le pasaba, Zoé no se lo habría dicho. Bueno, eso no era del todo verdad. Habría podido decirles lo que la molestaba, al menos por el momento. Y simplemente no les habría dicho por qué. Porque la lista de cosas que la molestaban era bastante larga. Desde el implacable y monótono sonido de la música china, o los cientos de voces alegres del restaurante, hasta la decoración de los estúpidos biombos con estúpidos pandas trepando por estúpidos bambúes. Bajó la mirada a su plato, jugando desinteresada con su filete de cerdo chino que obstinadamente se negaba a convertirse en hamburguesa. Era sencillamente escandaloso: ni siquiera había podido comer lo que le apetecía en su cumpleaños. Aquella comida se había convertido en un encuentro especial entre aquellas tres mujeres, que habían nacido en anos consecutivos. Perro, Cerdo y Rata:


ésos eran sus signos del horóscopo chino, por mucho que le pesara a Vanessa, la más tradicional de las tres. Zoé dudaba que existieran peores combinaciones de animales... Pero verdaderamente quería a sus hermanas. Tanto que no podía encontrar una manera de decirles que odiaba la comida china. Que siempre la había odiado. —Entonces... —empezó a decir Vanessa, su hermana mayor, mientras pinchaba con el tenedor un pedazo de brócoli—... ¿has estado saliendo con alguien últimamente? «Ya está», pensó Zoé, suspirando y preparándose para lo peor. Su hermana mayor se había casado hacía menos de un año, lo cual quería decir que aun continuaba en el estado de ánimo de luna de miel. Malas noticias para día. —No —respondió con el tono más áspero de que fue capaz, como dando por terminada la inquisición. Esa respuesta podría haber frenado a Vanessa, pero Margi, que estaba embarazada, era mucho más peligrosa. Zoé reflexionó por un momento en la obsesiva necesidad que tenían las embarazadas de erradicar la soltería de la faz de la tierra. — ¿Por qué no? Encogiéndose de hombros, Zoé reconoció aquella expresión de preocupación.


Su hermanita pequeña necesitaba casarse. La hermanita pequeña estaba desaprovechando oportunidades... Ojalá la dejaran en paz de una vez. —No está bien —empezó a decir Vanessa por enésima vez desde que se casó — que te pases la vida entera ayudando a otras mujeres a preparar sus bodas... sin que salgas con ningún... ¡oh. Dios mío. Zoé la miró asombrada; jamás había oído a su hermana pronunciar aquella expresión en toda su vida. Pero antes de que pudiera decirle algo, Vanessa se apresuró a tomarle la mano mientras le señalaba algo con la mirada. —Mira allí, al fondo. Margi lanzó un discreto pero penetrante vistazo y exclamó: —Oh, Dios, Dios... se me dispara la presión sanguínea. Zoe mira al tipo que está sentado en aquella mesa... —¿Por qué? Las dos hermanas la miraron incrédulas. —Porque es maravilloso... —¿Y? —Das pena, ¿lo sabías? —le dijo Margi- Se interrumpió por un segundo o dos al


sentir al bebé moviéndose en su interior, después de lo cual esbozó una beatífica. . y mortal sonrisa—. Un tipo así, versión oriental de Pierce Brosnan... —Soltero —intervino Vanessa mientras terminaba de comerse su rollito de primavera. —Soltero —repitió Margi—, sin anillos de compromiso o de matrimonio a la vista, ¿y quieres decirme que no te sientes ni siquiera mínimamente interesada? —Así es. Sus hermanas suspiraron al unísono, mirándose entre sí. Pero Zoé sabía que aquella tregua no duraría. Así sería siempre, hasta que la vieran tan casada como lo estaban ellas. Y una Chan comprometida en una misión sagrada no era algo como para tomárselo a broma. Sin embargo, aquella misión era inútil por dos razones. Primero, porque Zoé ya había tenido demasiadas experiencias desastrosas con hombres. Y segundo, porque sus hermanas ya no controlaban su vida. Aquellos tiempos habían pasado, por mucho que hubiera consentido en celebrar su cumpleaños con ellas en un restaurante chino. Durante el año anterior, desde lo de Walter, repetidas veces habían intentado conseguirle novio... sin éxito. Cada uno de sus «hallazgos» había sido un fraude. Aunque a ella misma no le había ido mucho mejor: a veces se


preguntaba si no llevaría escrito sobre la frente un letrero con la leyenda: si eres idiota, canalla o pervertido, pídeme que salga contigo. Pero aquello ya no importaba. Sacudió la cabeza, agitando su hermosa melena negra, larga hasta la cintura. Aquel cumpleaños señalaría un cambio en sus prioridades, en su estilo de vida. Ya no se interesaría por el matrimonio. Si antes había abrigado la esperanza de que cada hombre nuevo que conociera pudiera ser «el único», a partir de aquel momento se despreocuparía de eso. En otras palabras: no más hombres. La vida era mucho más sencilla sin una maraña de expectativas que la complicase. Zoé Chan iba camino de convertirse en una soltera bien orgullosa de serlo. Evidentemente, tenía que hacer partícipes de aquella noticia a las pirañas amorosas que tenía delante. No quería herir sus sentimientos, pero debían dejar de entrometerse en su vida. En aquel momento se acercó a su mesa un hombre diminuto vestido con una camisa blanca de manga corta y pantalones negros. —Ah, señoras... ¿necesitan algo? Sus hermanas esbozaron sonrisas de anuncio de pasta dentífrica mientras miraban a aquel hombre de peto cano que se había detenido a su lado. David Wu era el propietario del Dragón Dorado, una verdadera institución para el vecindario del centro de Atlanta.


—Dígame, señor Wu... —Maigi se recogió un mechón de su corla melena negra detrás de la oreja— Ese hombre que está sentado solo allí, al fondo.. ¿sabe quién es? —Mi nieto —contestó el anciano, riendo con los ojos—. Acaba de llegar de Nueva York. ¿Pero por qué me lo pregunta, señorita Lee? Usted no está precisamente disponible — se señaló el estómago y se echó a reír. —Oh... —Margi abrió mucho los ojos, toda inocencia—- Sólo era... simple curiosidad. —Ah, claro... De repente, Zoé sintió unas terribles ganas de ir al baño, lo cual no era de extrañar después de haberse bebido seis tazas de té. Maldijo en silencio. Aquello implicaba tener que ir al fondo del restaurante... y pasar al lado del nieto del señor Wu. —Vuelvo en un minuto —lanzó la servilleta sobre la mesa y se levantó, alisándose el ajustado vestido estilo años treinta. — Voy al servicio —añadió antes de que cualquiera de sus hermanas pudiera decir una palabra. Cuando se dirigió hacia allí, sin embargo, vio que la mesa del fondo estaba


vacía. Se negó a creer que se sentía decepcionada. Mike atravesó la cocina para recoger su chaqueta y su maletín. A pesar de la cantidad de clientes que abarrotaban el restaurante, sólo había cuatro cocineros trabajando en aquel momento. Pero por las noches podía haber hasta ocho, y más si su abuelo daba algún banquete de boda. Mike sabía que durante los últimos años el volumen del negocio había crecido mucho. Muchos de los antiguos empleados de su abuelo se habían jubilado, y la gente Joven rara vez duraba más de seis meses. Las cosas no eran como solían ser antes, cuando un empresario chino, una vez establecido en los Estados unidos, podía «importar» parientes del país natal para que lo ayudaran en el negocio. Ni siquiera su propia familia había seguido los pasos de David Wu. De sus tres hijos, los chicos se habían hecho respectivamente abogado y contable, y la chica, la madre de Mike, médica; y todo ello había sido posible gracias a montañas de arroz frito y de rollitos de primavera. En cuanto a la generación posterior, ni Mike ni ninguno de sus primos tenían intención de meterse en el negocio del restaurante. Lo cual, por otro lado, no afectaba en absoluto a la posición de David Wu como patriarca familiar. Mike echó un vistazo por la pequeña ventana del despacho: seguía lloviendo. Cuando estaba


ordenando los documentos del maletín, preparándose para la cita que tenía para las dos entró su abuelo. A sus ochenta y cinco años conservaba la energía, y frecuentemente también la arrogancia, de un auténtico joven. David Wu entregaría su alma al demonio antes que renunciar a su negocio. —Las señoras del reservado seis quieren conocerte. Mike miró rápidamente a su abuelo y luego volvió a estudiar el folleto pobremente editado que tenía en sus manos. Era de una compañía de juguetes y no sería muy difícil mejorarlo... —¿Me has oído? Mike guardó el folleto en su maletín. Claro que lo había oído. Y, a pesar de la tenue luz del restaurante también había advertido la presencia de las tres mujeres chinas al otro lado del comedor. Aunque no se había sentido especialmente interesado, al menos en teoría. Eran bonitas; eso era todo. Supuso que serían hermanas, a juzgar por la similitud de sus rasgos. Y estaba seguro de que había visto brillar al menos dos anillos de matrimonio en aquel reservado. Dos y no tres, si la esperanzada expresión


de su abuelo significaba algo. —Sí, te he oído. No te das por vencido, ¿eh, viejo? —Las mujeres... me han dicho que la hermana pequeña que ha ido al servicio está soltera. Deberías conocerlas. Esa gente.... es de buena familia, hijas listas — le dio una palmadita en el brazo—. Y la soltera es la más bonita de las tres. —Abuelo, aprecio tu interés... pero déjalo ya, ¿vale? —¿Qué manera es esa de hablarle a tu venerable abuelo? —se burló el anciano. —¿ASÍ es como hablo a los venerables ancianos que meten sus narices donde no les importa? —No es bueno que todavía estés soltero. Así no tendrás hijos que te mantengan de mayor, que te respeten... —O que te den problemas —apuntó Mike. —Necesitas una esposa. Una compañera en la vida para compartir las alegrías y los dolores. Mike suspiró. Habría sido más fácil no haber estado de acuerdo con su abuelo, al menos en algún sentido. Pero aun así... —Abuelo— ¿con cuántas mujeres he salido durante los dos últimos años?


—¿Cómo voy a saberlo? —Intenta adivinarlo. —¿Dos, tres? —Ocho. —¿Ocho? —Aja. Y la relación más larga duró tres meses. —Bu hao —el anciano se cruzó de brazos, entrecerrando los ojos—. Eso no es bueno. —No lo es. —No importa. Todavía no has encontrado a la mujer adecuada. Hay que admitir que es duro para un Mono encontrar esposa... pero no imposible —sonrió—. Mi padre, también Mono. Se casó con mi madre con treinta y seis años. Estuvieron juntos durante más de cincuenta. A veces lleva algún tiempo... Mike se encogió de hombros y recogió su maletín, decidiendo que aquello no era cuestión de tradición, ni de folclore. Se trataba de la vida. De «su» vida. —Abuelo, apenas tengo tiempo para salir con chicas, y mucho menos para atender a una esposa. Además, no puedo casarme con una mujer sólo para dejarla en


casa sola todas las noches. ¿Y si tenemos hijos? La idea de una paternidad irresponsable no me atrae, créeme. Me paso doce, dieciséis horas al día trabajando. —Estás hablando con el dueño de un restaurante. Trabajaba dieciséis horas al día, siete días por semana., y aun así me casé. Tu abuela trabajó a mi lado, los dos fuimos muy felices. Mike recordaba bien las historias que le contaba su madre acerca de su abuela, de su constante cansancio, de lo frustrada que se había sentido al tener que ayudar al abuelo con el restaurante y criar al mismo tiempo a tres hijos. Siempre había sido fiel, leal y complaciente con su marido... pero nada feliz. De hecho, había sido ese descontento de su abuela lo que había alejado a sus hijos todo lo posible del negocio. —Me lo tomaré como un consejo —repuso Mike, sin ganas de discutir, y recogió su maletín—. Tengo que irme. Nos veremos después. —Entonces... ¿saludarás a las señoras cuando salgas? —Claro —suspiró resignado—. ¿Por qué no? Pero cuando regresó al comedor, sólo vio a dos mujeres en el reservado. Las dos que ya estaban casadas. El suspiro de alivio que exhaló lo sorprendió a él mismo.


Zoé sacudió vigorosamente su paraguas antes de entrar en la tienda de vestidos de novia. Esbozando una mueca, lo dejó en el paragüero de bronce del vestíbulo, y pasó luego al pequeño tocador que había bajo las escaleras para secarse las manos y peinarse un poco. Sus hermanas habían hecho todo lo imposible para retenerla hasta que apareciera el nieto del señor Wu, pero Zoé se escabulló pretextando una cita urgente de trabajo. Una vez más. Pero no tenía ninguna cita de trabajo. De hecho, el ritmo laboral había bajado muchísimo en la tienda durante la semana anterior como, por otra parte, era habitual en el mes de septiembre. La mayor parte de las bodas en Atlanta todavía se celebraban a finales de la primavera, y mantenían un ritmo constante durante los meses de verano. A esto se unía la pertinaz lluvia, para que reinara una tranquilidad casi absoluta en el salón. Su ayudante tenía una cita con el médico, y Zoé había dado la tarde libre a las dos especialistas, dado que tenían que preparar los vestidos de novia para el sábado. Madge, la tercera vendedora, se encontraba en el gran probador de la esquina, y Zoé revisó el libro de citas cuando pasó por el área de recepción. Había una cita con Mitzi Stein: la pelirroja que iba a casarse en noviembre por todo lo alto, con ocho damas de honor y un vestido


de diseño. Zoé recorrió la sala de espera recogiendo aquí un vestido de novia, allá una taza de café, colocando las revistas de moda que había en la mesa... Repentinamente cansada, se dejó caer minutos después en un asiento. Y suspiró. Estaba sufriendo un gravísimo caso de hastío laboral. El día anterior había pensado que aquella habitación era perfecta. Y, en alguna parte de su subconsciente, se suponía que lo seguía pensando. El sajón original y el antiguo comedor de estilo Reina Ana habían sido convertidos, cuarenta anos antes, en una única habitación por Lucila Martin. Posteriormente, hacía tan sólo cinco años, Brianna Fairchild había adquirido tanto la casa como la tienda de vestidos. Ahora las paredes estaban pintadas en un verde pastel, y la luz de las lámparas de cristal se derramaba a través de unas delicadas pantallas bordadas que Brianna había comprado en un viaje a Irlanda. Los antiguos asientos se mezclaban con sillas de estilo más funcional, y todos los colores parecían fundirse en una enorme alfombra que la suegra de Brianna había recuperado de su ático. Como detalle extra, hermosos arreglos de flores de su propio Jardín decoraban todos los rincones. Zoé suspiró de nuevo. Eran aquellos «detalles» los que convertían a Fairchild Novias en la tienda más solicitada de las chicas casaderas de Atlanta, los que hacían que Zoé se enorgulleciera de trabajar


para una mujer tan brillante como Brianna. Zoé todavía estaba estudiando en la universidad cuando empezó a trabajar de ayudante suya cuatro años atrás; posteriormente, después de obtener su licenciatura, su jefa, recién casada y embarazada, la nombró directora. Había sido un gran trabajo, si bien algo agotador a veces. Zoé estaba bien pagada, y una de sus ventajas era que residía en el gran apartamento situado justo encima de la tienda, y que había ocupado Brianna antes de casarse. Ahora su jefa vivía en el norte de Buckoead con su marido, sus dos hijos y su encantadora suegra, y pasaba por la tienda muy pocas veces a la semana. Lo cual, como Brianna tan a menudo le recordaba a Zoé, sólo era posible porque podía confiar en ella. La lluvia había arreciado otra vez. Frunciendo el ceño, Zoé se levantó penosamente de la silla para ocuparse de unos papeleos en la oficina. Después de todo, el trabajo era el mejor antídoto para la autocompasión, como le decía siempre su abuela. Nada más entrar en la oficina se quedó sorprendida al ver a Brianna pinchando bocetos en los tablones de corcho y refunfuñando entre dientes. Se había recogido su larga melena rubia con un pañuelo de seda, llevaba ropa cómoda


y holgada para trabajar e iba descalza. —¡Brianna! ¿Qué estás haciendo aquí...? —¡Zoe! —Brianna la abrazó cariñosamente; incluso sin zapatos, le sacaba sus buenos diez centímetros a Zoé—. ¡Tengo el Pierre! —exclamó con los ojos brillantes de excitación—. ¡El maldito Pierre! ¿Recuerdas la habitación estilo Regencia, toda ella en azul? Pueden entrar hasta ciento cincuenta personas, colocando bien los asientos, Y Spencer que decía que Jamás podría conseguirlo en una fecha tan tardía. ¡Ja! Zoé no recordaba haber visto a Brianna tan nerviosa. —Es maravilloso.. —¡Oh! Y me olvidaba de decirte que concedí una entrevista al editor del Constitulion Journal para la edición del domingo —rió Brianna mientras daba palmas de alegría; estaba tan contenta que no aparentaba los treinta y seis años que tenía —. Me ha llevado un año, pero creo que lo estamos consiguiendo, Zoe,.. ¡vamos a trabajar a escala nacional' —luego señaló los bocetos que había estado pinchando por toda aquella espaciosa habitación que para Zoé seguía siendo la oficina de Brianna, aunque la joven había estado trabajando en ella durante los tres últimos años—. Necesito escoger seis estilos más para decidir la línea de diseño. ¿Cuáles crees que son los


mejores? Zoé hizo exactamente lo que se le pedía, exactamente lo que se esperaba de ella: ser lo que había sido para Briaana durante aquellos cuatro años. Su tabla de salvación, su mano derecha. Y durante aquellos cuatro años había disfrutado de aquel papel, ejercitando sus talentos y habilidades, aquel ojo para los detalles que le había granjeado el generoso aprecio de su jefa. Una extraña sensación de cansancio amenazaba con ahogarla. Y mientras estudiaba los bocetos de los vestidos de novia que lucirían otras mujeres, se sorprendió a sí misma parpadeando para no llorar. Aspiró profundamente; allí estaba otra vez aquel sentimiento de autocompasión. Los bocetos se nublaron ante sus ojos. —Hey, Zo. . Cariño, ¿estás llorando? —Brianna le puso cariñosamente una mano en el hombro. —No —mintió. —No es lluvia lo que veo en tus mejillas, corazón. Oh, vamos... ven aquí —le pasó un brazo por los hombros y la hizo sentarse en una silla; luego le entregó un pañuelo de papel— Cuéntame. ¿Qué es lo que te pasa? —Nada —se sonó la nariz. —Dímelo Zo.


—De verdad que no... —Escucha, somos amigas desde hace mucho tiempo. Cuando pasé aquellos difíciles momentos con el bebé y con Spencer hace tres años, tu estuviste a mi lado para ayudarme. Me gustaría poder devolverte el favor —intentó que Zoé la mirara—. ¿Podré hacerlo? —Si yo misma supiera lo que me pasa, probablemente te lo diría —Zoé contempló la suave y tranquila expresión de Brianna. Una cara de felicidad, pensó. Como la que tenían sus hermanas, y su madre... La expresión que tenían las mujeres cuando tenían justo lo que querían, cuando se sabían amadas. Los ojos volvieron a llenársele de lágrimas, y rápidamente desvió la mirada. Se dijo que ella no envidiaba a su jefa, ni a sus hermanas. No necesitaba un hombre para ser feliz. No necesitaba un amor romántico para sentirse validada como mujer, como ser humano. ¿Pero entonces por qué se sentía tan mal, tan triste? —¿Qué sentías... ? Antes de conocer a Spencer, ¿pensabas que eras feliz? —Es curioso que me preguntes eso —repuso Brianna con tono suave—. Supongo


que me tomaba las cosas tal y como venían. Me mantenía ocupada, me negaba a pensar en ello. Aunque... —esbozó una mueca—a veces me sentía sola. Lo cual hacía que me metiera de vez en cuando en problemas. Zoé asintió, recordando con demasiada claridad su sorpresa cuando descubrió que su jefa se había quedado embarazada. La hija mayor de Brianna, Melissa, no era hija biológica de su marido, aunque había sido educada y querida como tal. Y aunque aquella historia había tenido un final feliz, también había servido como modelo de situaciones a evitar. —Recuerdo que me dijiste que serias lo suficientemente prudente como para evitar aquel a particular trampa —le dijo en ese momento Brianna, como si le hubiera adivinado el pensamiento—. ¿Se trata de eso? Zoé negó con la cabeza. —¿Es... acerca de un hombre? —¡Oh' Dios mío, no —exclamó Zoé—. No. no hay ningún hombre. Es... simplemente que estoy baja de ánimo. Ya se me pasará. Algo que Zoé admiraba de Brianna era su discreción. Su jefa le preguntó


entonces como si su conversación anterior nunca hubiera tenido lugar: —Bueno, acerca de esos diseños— Dime cuáles son los favoritos... Zoé se dijo que era ridiculo que se sintiera así. Tenía un maravilloso empleo, una jefa estupenda, lina familia siempre dispuesta a ayudarla, disfrutaba de una salud envidiable, de un jugoso sueldo... ¿Qué más necesitaba? Zoé cerró la tienda a las cinco, mandando a todo e! mundo a casa y remitiendo las llamadas a su teléfono personal en el piso superior. Después de tomar un buen baño caliente, se vistió para ir a cenar a casa de sus padres. Pero justo cuando se disponía a salir, sonó el teléfono. —¿Zoé? —era la voz de su madre. —Sí, mamá, ahora mismo iba a... —¿Tienes un minuto? Zoé miró el reloj de la repisa de la chimenea. Eran más de las seis. —¡Pero si nos vamos a ver en menos de media hora! —Margi me ha dicho que Vanessa y ella han conocido boy al nieto del señor Wu. Pensaron que seria perfecto para ti. —Mamá... —Margi comentó que era encantador...


Zoé se preguntó qué podía haber peor que sus hermanas casamenteras. Su propia madre. —Qué bien. j0h, mamá... me había olvidado de decírtelo! Adivina quién vino al salón ayer... —Y además es dueño de su propio negocio... —jBrittany Wang! ¿Sabias que se había comprometido con Sam Chung? —Y no está casado. —Se ha llevado el vestido de novia más bonito... —El único vestido de novia que me interesa es el que te pondrás tú —declaró Susan Chan—. Pero supongo que eso no va a suceder. Margi me dijo que ni suplicando te quedaste para conocer a ese hombre. —No pude. Tenía una cita. —Esperar algunos minutos más no te habría matado... —Mamá, por favor, ahora no, ¿vale? —Ahora no, ni nunca, claro. ¿Cuándo fue la última vez que saliste con alguien? —¿Qué quieres que haga? —suspiró Zoé—. ¿Ponerme en una esquina y pasear para que vean? ¿Colocarme un anuncio-sandwich con el letrero de disponible?


—No le pases de lista, jovencita. —Por el amor de Dios. —Es que sencillamente no lo comprendo, Zoé —le confesó su madre, suspirando-—. Eres inteligente, guapa, tienes sentido del humor... —Lo sé. Soy el partido perfecto. Pregúntaselo a Walter. —Waller no te merecía... En aquel momento, Zoé tomó conciencia de que estaba discutiendo con su madre... y jamás antes lo había hecho. Siempre había sido la hija perfecta, y hasta entonces había disfrutado de aquel raro privilegio. —Mamá. ¿quieres dejarlo ya? Permanecer soltera no es ninguna maldición. Y quizá no tenga intención alguna de casarme. —¡Tonterías! Tienes que seguir intentándolo. —¡N0 quiero seguir intentándolo! —estalló Zoé—.Estoy cansada de citas a ciegas y de aguantar a tipos aburridos; cansada de defender mi derecho como mujer a tener una opinión propia y a labrarme mi propia vida; cansada de que me traten con esa condescendencia y esos aires de superioridad... —Pero quizá este chico sea distinto...


—Lo dudo, mamá. Porque si es humano, no será distinto. —Zoé... creo que estás exagerando. Zoé sabía que estaba exagerando, y se sentía bien: no le importaba. Iba a continuar exagerando hasta que la abandonara el estado depresivo que estaba padeciendo. Ir a la cena de cumpleaños de aquella noche, ver a su madre y a sus hermanas... aquello iba a ser un ejercicio de masoquismo. ¿Pero entonces para qué iba a ir? Era su cumpleaños, maldita sea, y lo único que quería era que la dejaran en paz. Así que se irguió y le dijo a su madre que de repente no se sentía bien y que no iría a cenar a su casa después de todo. Luego, antes de que la sorprendida Susan pudiera decir otra palabra, murmuró una disculpa y colgó el teléfono. Mientras volvía a cambiarse para ponerse unos pantalones cortos y una sudadera, oyó de nuevo el timbre del teléfono. Conectó el contestador automático. Cuando sacó el helado de chocolate de la nevera, oyó la voz de su madre pidiéndole que levantara el auricular para que pudieran terminar la conversación. Zoé se dejó caer en el cómodo sofá que le había legado Brianna después de su matrimonio, y se llevó una cucharada de helado a la boca mientras consideraba la posibilidad de mandar a todos los hombres al infierno. Y a todos los parientes que se esforzaban en casarla con aquellos hombres. Si no hubiera sido por el nudo de emoción que seguía sintiendo en la


garganta, aquel pensamiento la habría llenado de satisfacción. Porque en aquel preciso momento acababa de recordar... que justo un día como aquel, hacía exactamente un año, le había dicho a Walter Yang que lo amaba. Y Walter, con quien llevaba saliendo seis meses, le había confesado que no sólo había tenido relaciones con otras mujeres durante aquel tiempo... sino también que pensaba seguir haciéndolo. Durante toda su vida, Zoé había hecho lo que se esperaba de ella con la intención de gustar a la gente, de conseguir que la aceptaran. Por eso se había acostado con Walter, porque él así se lo había pedido y porque, por primera vez, se había interesado lo suficiente por un hombre como para desear hacerlo feliz. Y, para ser justos, ella también había recibido su porción de felicidad. Pero al final... No se quedó embarazada, pero sí avergonzada de su propia idiotez. Dejó a medias el helado y se levantó para volver a guardado. Apoyada en la puerta de la nevera, cerró con fuerza los ojos. No lloraba, lo cual era bien extraño. Lo peor era la conciencia que tenía de que, durante aquel año transcurrido, nada había cambiado. Quizá fuera un poquito más prudente y precavida, pero seguía teniendo el mismo empleo, el mismo apartamento, las mismas cenas semanales con sus


padres. Mientras que todo el mundo a su alrededor se movía, cambiaba de trabajo, se casaba, tenía hijos... Ya estaba harta. Se puso a mirar el jardín por la ventana de la cocina, con las manos en los bolsillos. Compadecerse de sí misma no era su estilo. Todavía debía de quedar una media hora de luz antes de que anocheciera... y ya había dejado de llover. Podía trabajar un rato en el jardín. —Míralo de esta manera —musitó mientras se ponía los guantes de jardinero —, no puedo ponerme más cascarrabias. Es imposible. Capítulo 2 A veces salir a correr era lo único que funcionaba. Cada zancada sobre el asfalto mojado era un gozo para Mike. Tal y como había pretendido. Había llegado a olvidarse de todo salvo del continuo e implacable ritmo de sus músculos y de su respiración. Durante la ultima hora había logrado dejar atrás toda preocupación, pero... había surgido otro problema. Se había perdido. Con treinta años de edad, dueño de una próspera agencia publicitaria, familiarizado con al menos una docena de grandes ciudades del mundo... y se las había arreglado para perderse allí, en Atlanta, brillante.


Bajó el ritmo de carrera en un cruce. En aquel momento apenas lloviznaba, aunque negros nubarrones se acumulaban todavía en el cielo. Obviamente estaba en las alturas de Innian: un barrio muy tranquilo, al contrario que el bullicioso Five Ponts donde vivía. Tan tranquilo que una mujer trabajando en el jardín delantero de su casa, era el único ser humano a la vista. Mike corrió hasta !a casa para acercarse a la mujer. Una cortina de cabello negro y brillante, largo hasta la cintura, le ocultaba el rostro mientras se dedicaba a arreglar unas flores. Su vieja sudadera azul era lo suficientemente grande como para albergar a otro cuerpo como el suyo. Llevaba unos pantalones cortos de color blanco e iba calzada con deportivos. Sus enérgicos movimientos indicaban que estaba muy alterada... aunque Mike ignoraba qué tipo de alteración habrían podido causarle unos simples crisantemos. —¡No os atreváis a moriros! Se supone que las madres son infalibles. ¡ASÍ que no podéis moriros! ¿Me habéis oído? —Discúlpeme... La joven dejó escapar un gemido antes de perder el equilibrio, yendo a aterrizar con el trasero en el húmedo césped. Se levantó con torpeza, ruborizándose. Unos ojos


color obsidiana, que parecían duplicados de los de Mike, lo fulminaron mientras se sacudía el trasero. —¿Le parece bonito acercarse así a la gente, con tanto sigilo? Me ha asustado de verdad... —se interrumpió, parpadeando dos veces—. Me ha dado un susto de muerte. —Mike descubrió una ligera pero inequívoca expresión de disgusto en la mirada de la joven cuando se fijó mejor en su aspecto. No la culpaba. Tenía la impresión de que olía a perro mojado. —Lo lamento de veras —retrocedió un paso— ¿Se encuentra bien? —Sí, sigo viva. ¿Qué es lo que quiere? A pesar de sus rasgos orientales, su acento y su manera de hablar eran tan americanos como los de Mike. Pensó que debía de tratarse de una tercera o cuarta generación de inmigrantes chinos. Su tono cortante lo había tomado por sorpresa; y no porque fuera una imprevisible reacción por parte de ella, sino precisamente a causa de su propia e inesperada reacción. Estaba interesado. En ella. En descubrir lo que había detrás del brillo de sospecha de aquellos ojos, quién era, a qué se dedicaba. Cómo besaba... —Me he perdido. Vivo en Five Points y... —Mike aspiró profundamente—. Empecé


a correr hace una hora y... no me fijé por dónde iba. —¿Está hablando en serio? —Créame —le pidió Mike, pasándose una mano por su cabello húmedo—. Si quisiera acercarme a usted... tengo mejores estrategias que ésta. De repente el brillo de humor que había relampagueado en sus ojos se convirtió en otro de furia. El cambio era muy sutil, pero hacía mucho tiempo que Mike había aprendido a reconocer la diferencia. —No me extraña —musitó la joven mientras se dirigía hacia el bordillo de la cera. Mike dudaba que llegara a alcanzar el uno sesenta de estatura, pero tenía un cuerpo perfecto y admirablemente proporcionado. Alcanzó a distinguir su perfume, de aroma leve y a la vez penetrante, y le sorprendió agradablemente la ídea de que se molestara en ponerse perfume para trabajar en el jardín. Por supuesto, se recordó Mike mientras se volvía para mirar hacia la casa, no tenía ni idea de para quién podría haberse perfumado, o qué tipo de hombre podría ser. Probablemente estuviera dentro de la casa, leyendo el periódico o trabajando. . Podría incluso tener un hijo. O más de uno. La joven señaló entonces hacia la izquierda; su pequeña mano llevaba al menos


cuatro anillos de plata... ¿sería uno de ellos el de matrimonio? Y pronunció varios nombres de calles intercalando los consabidos «gire usted a la izquierda» o «siga todo recto». Mike no había escuchado ni una palabra de lo que le había dicho. —Yo...—intentó sonreír--. ¿No me podría escribir todas esas direcciones? La chica no se molestó en disimular un suspiro de disgusto. —Oh, está bien. Ahora vuelvo —y entró en la casa. A Mike no le pasó desapercibido que no lo hubiera invitado a pasar. Y tampoco su carácter avispado, precavido. Si él hubiera sido lo suficientemente avispado, habría llevado algo de dinero en el bolsillo de sus pantalones cortos para luego poder tomar un taxi de vuelta a casa. Ahora tendría que regresar corriendo, o caminando, lo cual le llevaría más tiempo. No importaba. Podría utilizar ese tiempo para pensar en el informe Loweil, dado que para el martes tenía una cita con el diseñador informático. Eso si podía pensar en algo más, por supuesto, porque todavía le duraba el disgusto que se había llevado a mediodía. Su abuelo se había mostrado más terco que nunca. No había hecho más que insistirle en que saliera con esa Zoé Chan. —Es perfecta para ti —le había comentado David Wu cuando le llamó incluso por la tarde, sorprendiéndolo cuando acababa de regresar a casa del trabajo.


Ya. Como las otras «perfectas» mujeres con las que había salido durante el último par de años. —Sólo tráela aquí, al restaúrant —le había dicho su abuelo—. Sólo eso. —Oh, claro —había replicado Mike—. Sólo eso. Y supongo que probablemente sus dos hermanas también estarán presentes, observando cada uno de nuestros movimientos. Olvídalo. Quiero seguir conservando mi vida privada, por insulsa que sea, gracias. —Pues entonces no lo hagas. ¿A quién le importa?—el abuelo había cambiado de táctica—. Tú siempre dices que no hay que dejar pasar ni una sola oportunidad. Esta es la oportunidad perfecta. Suspirando, Mike había intentado explicarle que él se había referido a oportunidades de negocios. En eso si que era bueno; pero las mujeres eran otra cosa. Simplemente no podía conectar bien con ellas. A su espalda oyó un portazo, y se volvió para ver a la joven bajar los escalones del porche hacia él, con gesto arisco. Como una voluta de humo, un extraño y persistente pensamiento se abrió paso en su cerebro: quizá si podría llegar a conectar con aquella chica. Seguro que le gustaría intentarlo, en todo caso. Aquella mujer emanaba pasión y energía a oleadas. —Con esto debería estar en condiciones de poder volver a casa —le entregó un pedazo de pape! antes de volver a ocuparse de sus crisantemos. —¡Hey! —Michael reclamó su atención—. ¿Cómo se llama usted?


—No me llamo —replicó sin dignarse a mirarlo siquiera por encima del hombro. Ella, obviamente, no estaba nada interesada en conectar con él. Así que Mike maldijo en silencio. De todas las características varoniles que disgustaban a Zoé, el encanto encabezaba la lista. El encanto era como una cortina de humo, algo perverso, manipulador. Walter había sido encantador, seductor. Y el tipo al que acababa de ver, el hombre más seductor que había conocido en toda su vida. Enterró la paleta en la tierra y se sentó en cuclillas. Lanzó una furtiva mirada por encima del hombro, aunque, por supuesto, hacía ya un rato que se había ido, ¡Vaya! Cabello negro y fino de la longitud adecuada. Fuerte, de pómulos resaltados y fuerte mandíbula, con un delicioso hoyuelo en la barbilla. Bastante alto, buenos músculos.., y su voz, aquel encantador susurró... «¡Alerta de hormonas!», se recordó a sí misma. Los hombres ya no figuraban en su lista de prioridades. Aun así, no pudo evitar lanzar otra mirada hacia atrás... y suspirar de nuevo. Mike lanzó el periódico del domingo abierto por la sección de negocios sobre la mesa de la directora de su oficina, casi antes de llegar a cerrar la puerta de su


despacho. —Este es nuestro próximo cliente, Fran. —Has empezado mal, Michael. Inténtalo con un «buenos días, Fran. ¿Qué tal el fin de semana?» —Buenos días, Fran. ¿Qué tal te ha ido el fin de semana? —Estupendamente, querido, gracias por preguntármelo —la directora, una mujer regordeta y de rostro afable echó un vistazo al periódico por encima de sus gatas de lectura—. ¿General Motors? ¿No estamos siendo un poquito ambiciosos, Michael? —Muy gracioso. Frannie. No; se trata de la señora de los vestidos de novia. Brianna como-se-llame.. La pelirroja recogió el periódico para leerlo con mayor detenimiento. —Oh... ella. Sí. He estado en un par de bodas en las que diseñó los vestidos. Eran impresionantes... sí. Así que presenta su primera exhibición en Nueva York, el mes que viene... —Ya he leído el artículo. Fran —repuso Mike mientras se dejaba caer en uno de los sillones. —Bueno, yo no así que espera un poco —la mujer continuó leyendo—, ¿Te ha


llamado ella? —No —Mike sonrió, imperturbable—. Somos nosotros quienes vamos a contactar con ella. —¿Por qué? —Porque está forrada de dinero. Y porque creo que tiene buenos productos. —Dado que ya has leído el artículo, supongo que te habrá llamado la atención la parte en la que sostiene que no necesita mucha publicidad, dado que tiene la sensación de que ya es conocida en el negocio. —Aja. —Y eso es como agitar un trapo rojo delante de tus narices, ¿verdad? —Ah, Frannie, amor mío... me conoces demasiado bien. —Eso es lo que me preocupa —musitó la mujer, volviendo a concentrarse en la lectura. —Oh, venga —exclamó Mike. levantándose y apoyándose en una esquina de su escritorio—. Míralo de esta manera. Esa mujer está casada con uno de los hombres más ricos del país... cuyo dinero, como se ha encargado de señalar, no se está gastando; o al menos eso dice ella. Pero el caso es que estamos hablando de una


celebridad social. Mira esa foto: esa mujer irradia elegancia. Es el mejor salón de novias que aparece en muchos años. Justo cuando las bodas, las bodas por todo lo alto, son más populares que nunca. —¿Y cómo sabes tú eso, señor Sabelotodo? —Leí un buen artículo sobre ello el otro día en Internet. En todo caso, pienso anunciar esos vestidos en Vogue, no sólo en Bride 's. —No son anuncios baratos —Fran sacudió la cabeza. —Cierto. —Lo cual implicaría una buena comisión. — Cierto también. — Pero si ella dice que no quiere gastarse mucho dinero en publicidad... —Cambiará de idea, créeme, tan pronto como vea la campaña publicitaria que estoy diseñando mientras hablamos —se dio unos golpecitos en la cabeza— Aquí. —¿Quiere eso decir que tengo que llamarla? —Por eso te quiero tanto. Fran. Siempre te me adelantas un paso. No era un despacho grande, o especialmente elegante, pero la localización era buena y la vista magnífica. Su agencia, tal y como le había señalado Eran todavía no estaba preparada para lanzarse a proyectos publicitarios de proporciones colosales.


Pero estaba progresando a su manera, según sus propias condiciones, y para beneficio de todo el mundo. Mike llevaba personalmente y con exquisito cuidado su propia contabilidad. Su especialidad eran las pequeñas y estables compañías con magníficos productos que sólo necesitaban un pequeño empujón para triunfar en los mercados. Gran parte de su facturación consistía en industrias pequeñas que lo recompensaban bien por el éxito alcanzado, a veces aumentando sus presupuestos para publicidad. Pero. . necesitaba tener una jugosa cuenta para subsidiar a aquellos tipos. No iba a negar que veía a Fairchild Novias como una potencial mina de oro, especialmente si podía convencer a su dueña de que se gastara el dinero de su marido. Era de conocimiento público que Spencer Lockhart mimaba a su preciosa esposa. Seguro que no le importaría invertir algo de calderilla en ayudarla a prosperar en su negocio... Tomó un bloc de notas y empezó a apuntar las ideas que se le ocurrían. No tenía que vender la idea de las novias, de las bodas y de los vestidos blancos; eso ya se había hecho hacía siglos. Su misión era presentar aquellos vestidos como los que


tenían que lucir por fuerza las novias que quisieran ir a la moda. -¿Mike? Levantó la mirada y vio a Eran en el umbral. -¿Si? —He llamado a Fairchild Novias, pero la señorita Fairchild no se encontraba allí, según su directora. Le pregunté si tenía otro número donde pudiera localizarla, pero la mujer sólo me propuso transmitirle un mensaje.,. —Entonces llámala a su casa. —Ya sabes que su numero no aparece precisamente en la guía telefónica. —Vaya, es verdad. ¿Te pareció que esa directora tenía verdadera intención de transmitirle el mensaje? —¿Quién sabe? Pero su tono sonaba demasiado protector. Como el mío. Míke esbozó una mueca. Aquello podrían ser malas noticias. Bueno, se suponía que podía intentarlo personalmente, recurrir a su encanto y ablandar el corazón a aquella mujer... Se levantó, poniéndose la chaqueta. —¿Qué edad dijiste que tenía esa directora? —¿Y cómo iba a saberlo? —Por la voz, Fran. ¿Qué sensación te dio? ¿Joven, mayor, ancianísima?


¿Qué? —Quizá por debajo de los treinta, no sé. Mike pensó que generalmente tenía más éxito con las mujeres mayores que con las jóvenes. Bueno, excepto con Fran. Pero eso no tenía mayor importancia. —¿Cuál es la dirección? Fran se la entregó escrita en una nota. Mike la miró, asintiendo... y de pronto la leyó dos veces, intrigado. Era el mismo barrio en el que se había perdido el vienes por la tarde, cuando salió a correr... —Estaré de vuelta en una hora, querida —le advirtió—, Oh... y sigue trabajando en ese anuncio para Salvador Rodríguez. Dile que se me ha ocurrido una gran idea publicitaria para su restaurante —y salió antes de que Fran pudiera replicar algo. Capítulo 3 Era lunes. Dado que el salón estaba cerrado, se suponía que el lunes era su día libre; sin embargo, tenía bastante papeleo atrasado. Y. por otra parte, mantenerse ocupada le evitaba pensar... en ciertas cosas. De alguna manera, su pésimo humor se


había desvanecido durante el fin de semana. Había hecho una boda el sábado, y había dedicado el domingo entero a limpiar su apartamento. Así que se había ido a la cama exhausta y de alguna manera en paz consigo misma, y había conseguido dormir toda la noche: algo verdaderamente inusual durante los últimos meses. De repente sonó el timbre de la puerta. Refunfuñando, tiró su bolígrafo sobre la mesa y fue a abrir. Se quedó muda de asombro cuando abrió la puerta. Su visitante, en cambio, estaba sonriendo: el tipo de sonrisa de la que cualquier mujer de más de doce años de edad debería desconfiar a toda costa. No la ayudaba nada que en aquella ocasión no estuviera sudando, y que su maravilloso cuerpo, que tan bien recordaba, estuviera enfundado en un magnífico traje que le sentaba maravillosamente bien. —¿Se ha vuelto a perder? La risa baja y sexy de aquel hombre era... Bueno, el escalofrío que le recorrió la espalda nada tuvo que ver con la comente de aire frío que había entrado por el vestíbulo cuando abrió la puerta. Y no le gustaba. O mejor dicho: le gustaba, pero eso era precisamente lo


que no le gustaba. —¡Vaya, esto si que es una sorpresa! —exclamó él, tendiéndole la mano—. Me llamo Mike Kwan. señorita... —¿Por qué ha venido? El tipo volvió a sonreír, y Zoé ya no pudo desviar la mirada. —Se lo diré. Dígame cuál es su nombre, y yo le contaré a qué he venido. Las palabras eran impetuosas, arrogantes incluso. Pero la voz... no. Estaba segura de que se estaba burlando. Y a Zoé no le gustaba que se burlaran de ella. —Zoé Chan —respondió con la mayor indiferencia de que fue capaz. —Señorita Chan, soy el dueño de la agencia Kwan. Creo que mí ayudante llamó antes y habló con alguien para concertar una cita con la señora Fairchild. con la idea de tratar con ella de las necesidades publicitarias de su negocio. ¿Fue usted con quien habló? —Oh. sí —dijo Zoé con tono desinteresado, después de reflexionar durante unos segundos. Ya sabía qué táctica iba a seguir—. Ya me acuerdo. Mmm... hemos recibido varias llamadas esta mañana —mintió—.Supongo que por el artículo. —Varias. , llamadas —repitió él con tono pensativo. —Sí —sonrió—. La suya no es la única empresa publicitaria que ha descubierto el


potencial de nuestro negocio, cruzó los brazos y lo miró fijamente. —Quizá no. Pero apuesto a que la mía es la única que ya tiene una propuesta bien trabajada que presentarle. —Tanto si es así como si no, dado que la señora Fairchild no está presente, eso no importa. Ahora, si tne disculpa, estaba en medio de. . —¿Cuándo estará aquí, entonces? —No tiene un horario regular. No lo sé. —Entonces permítame que le exponga la propuesta a usted. —Señor Kwan —Zoé suspiró impaciente—, eso no sólo significaría una completa pérdida de tiempo para los dos, sino que además la señora Fairchild ya dejó perfectamente claros sus puntos de vista sobre la publicidad en su entrevista... —Y no podía estar más equivocada —intervino él. —Discúlpeme, pero mi jefa lleva cinco años administrando con éxito su negocioLe aseguro que sabe perfectamente lo que se hace, y lo que necesita o deja de necesitar. Ahora debo volver al trabajo... Se dispuso a cerrar la puerta, pero él se lo impidió adelantando un pie. —Y si es una hábil mujer de negocios como usted dice que es, dudo que se alegre


de haber perdido una gran oportunidad porque su ayudante no estaba de humor para escucharla... —Es usted insoportablemente presuntuoso —le espetó Zoé—, ¿Sabe? Me resultaría mucho más fácil cenar la puerta si retirara el pie. ¿Le importa? Una súbita ráfaga de viento le echó la melena sobre la cara. Zoé se dispuso a apartársela pero, para su asombro, él se le adelantó. Con exquisita delicadeza, se apresuró a apartarle el cabello de los ojos. Las puntas de sus dedos se detuvieron en su mejilla apenas durante una fracción de segundo, lo suficiente para que todas las terminales nerviosas de su cuerpo transmitieran la voz de alarma. Lo miró fijamente, incapaz de moverse. Estaba como hipnotizada por su mirada. Y su reacción ante aquel leve contacto le hizo darse cuenta de todo el tiempo que había pasado sin que un hombre la tocara. —Su jefa es muy afortunada de tener a una colaboradora tan leal como usted —le comentó él, desaparecido todo rasgo de arrogancia de su voz—. Si fuera tan amable de transmitirle mi mensaje, realmente le estaña muy agradecido de poder hablar con ella —sacó una tarjeta de presentación y se la entregó—. Y con usted, señorita Chan, también. No hay ninguna obligación, se lo aseguro. Pero


pienso que... —vaciló, sonriendo—... me gustaría disponer de la oportunidad de enseñarle lo que soy capaz de hacer, eso es todo. Los dos nos sorprenderíamos mucho. Las sorpresas eran obviamente su fuerte, dado que Zoé jamás pudo imaginarse que acabaría besándole la mano. Fue una deliciosa y leve presión de los labios sobre los nudillos; luego, después de hacer una ligera y anticuada inclinación, se marchó.... dejándola absolutamente consternada. Había un mensaje de Brianna Fairchild Lockart esperando a Mike cuando volvió a su despacho. Fran se lo tendió, muy seria. —¿Qué te dije? ¿Soy bueno o no? —Realmente no quieres que te conteste a eso, ¿verdad? —Probablemente no. —Entonces, ¿qué es lo que has hecho? —le preguntó Fran. —Pensaba que no querías saberlo. —Me lo dirías de todas formas. Suéltalo ya. —Le besé la mano a su ayudante. —¡No! —Fran se fingió aterrada—. ¿Era realmente necesario que fueras tan lejos


con tus trucos? Mike recordó la expresión indignada que había visto en el rostro de la señorita Chan. De pronto, encontrar una mella en su armadura parecía haberse convertido en uno de sus objetivos prioritarios. La belicosa señorita Zoé Chan. —¿Mike? ¡Yuju! —Fran agitó una mano delante de sus ojos, tan distraído se había quedado Mike, y lo miró con curiosidad—. Entonces... ¿has recurrido a tus encantos, verdad? Mike miró el mensaje de Brianna. «Levanta el teléfono», se dijo. Conquistar a Zoé Chan, o a cualquier otra mujer, no formaba parte de sus planes. Aquello no podía ser. —Ya —dijo con un suspiro—. Supongo que sí. Bueno, sera mejor que haga esta llamada —continuó, distraído—. Sí... —Dijo que estaría en ese número a eso de las tres —le informó Fran antes de marcharse. —Vale.. gracias.


Una vez solo, se apoyó en la puerta, pasándose una mano por los ojos- ¿Podía ser que se hubiera encontrado dos veces, por pura casualidad, con la misma mujer que había rechazado conocer a pesar de la insistencia de su abuelo? Tenía que haber millones de "señoritas Chan», pero no tantas que además se llamaran Zoé... Era brillante, preciosa, era... Pero no era para él. A pesar del brillo de interés que había creído distinguir en sus ojos. Con su modo de vida, con su interminable agenda diaria, no tema sentido profundizar en una relación para luego echarse atrás. Realmente en su vida no había espacio para una mujer. Así que si iban a trabajar juntos, tendría que contentarse con hablar con ella y verla. Pero no tocarla. Se llevó una mano a los labios, que todavía conservaban un eco del contacto de su finísima piel satinada. Conservaba también la memoria de su perfume... Vaya, iba a tener que llevar cuidado. Aquella mujer podría acabar socavando toda la labor que había realizado durante los cuatro últimos años... Pero ya no podía retroceder. Levantó e! auricular y tecleó el número de Brianna Fairchild. Nadie sería nunca capaz de llamarle «gallina» a Mike Kwan. Condenado estúpido, sí, pero gallina... jamás.


—¿Quién en su sano juicio pagaría ciento veinticinco dólares por esta porquería de cuna? —exclamó Zoé, ignorando las asesinas miradas que le lanzaba la vendedora a unos metros de distancia. —¡Zoé! Por el amor de. . —siseó Margi—. Evidentemente. la gente lo hace —añadió señalando con la mirada la boulique de premaroás y a las clientes que no dejaban de comprar.. Zoé refunfuñó por lo bajo y luego se inclinó hacia su hermana: —Esto es derrochar el dinero, ¿sabes? —levantó un paquete de pañales especiales—. ¿Treinta dólares por eso? ¡Pero si yo no los pago ni por unos vaqueros! Marg... —miró a su alrededor buscando a su hermana, que acababa de evaporarse—. Oye... ¿dónde te has metido? Margi ya había trasladado su carrito hasta el mostrador de pago. —Recuérdame que la próxima vez que se me ocurra llevarte de compras... me lo piense mejor y te deje en casa. Zoé volvió a refunfuñar. Sabía que se estaba mostrando bastante insoportable, pero no podía evitarlo. —Soy la que mejor ojo tiene para las gangas en la familia —declaró


orgullosa—. Jamas he pagado estos precios por algo en toda mi vida. —Zo... ¡déjalo ya! —musitó entre dientes Margi, avergonzada al ver la expresión de la vendedora. Decidiendo que había torturado bastante a todo el mundo por el momento. Zoé hizo lo que le pedía su hermana. Una vez que salieron de la tienda, Margi le preguntó suspirando: —Entonces, ¿he hecho yo algo especial para merecer que me humilles así, o se trata simplemente de que boy estás de pésimo humor? Zoé estaba de pésimo humor, desde luego, desde la aparición de Mike Kwan en el salón hacía dos días. La había sacado de sus casillas, pero no estaba dispuesta a contarle a su hermana aquel episodio. —Las dos cosas, supongo. ¿Te apetecen unas galletas de chocolate con nueces? Yo invito. —¿Ahora quieres comprarme con chocolate? Claro que me apetecen... ¡oh! —Hey, cariño —Zoé la miró preocupada—, ¿te encuentras bien?


—Oh, sí. Son solamente estas contracciones. Cada dos por tres el pequeño me da una patadita en cierto punto. Zoé pagó las galletas, y luego le ordenó a Margi que se sentara en un banco a comérselas tranquilamente. —Se suponía que tenía que andar. —Ya lo has hecho: durante dos horas. Mira. no sé lo que piensas tú, pero no me atrae la idea de que des a luz en medio de la Plaza Phipps, ¿sabes? Así que siéntate de una vez. —No seas ridicula, Zo. No me toca hasta finales de septiembre. Ya te lo dije. . —gruñó como una morsa dejándose caer en el banco—... no son las contracciones definitivas. Zoé tomó una galleta y se la tendió a su hermana —También me dijiste que se suponía que las madres primerizas no sufrían tantas contracciones. —Tranquilízate, Zo, ¿quieres? Hoy mismo he visto al médico. Estoy bien, y el pequeño también. Todos estamos bien —le lanzó una incisiva mirada—. ¿O no? —¿De qué estás hablando?


—De ti. Después de aquella jugada que nos hiciste el viernes por la noche, no yendo a cenar... —Mamá y yo ya resolvimos eso. Marg. No te metas. —No puedo evitarlo. Dejar de entrometerme en las cosas es algo genéticamente imposible para una Chan. —Tú ya no eres una Chan, ¿recuerdas? Dejaste el apellido de tu familia por el de tu marido.,. —Un buen intento, Zo, ¿Qué es lo que te pasa? Zoé pensó que si no le decía algo a su hermana, jamás conseguiría que la dejara en paz. —¿Quieres saber qué es lo que me pasa, qué es lo que me preocupa? Que tú y mamá jamás me dejaréis tranquila con mi vida amorosa. Me había olvidado de que e! viernes cumplía el primer aniversario de aquella pequeña revelación de Walter. Y me había olvidado, supongo, porque durante e! último año es eso exactamente lo que he estado intentando hacer: olvidar. Bueno, pues no ha funcionado. Porque no necesito olvidarme de la traición de Walter, sino recordarla: vividamente y hasta el último


detalle. Recordándola, estaré a salvo —Zoé se apresuró a continuar cuando su hermana intentó interrumpirla—. Estoy cansada de salir con hombres, Marg. Es una colosal pérdida de tiempo y energías. Así que ya no lo haré más. Ni por ti, ni por mamá, ni por nadie. —Pero si no sales con nadie, ¿cómo esperas conocer a alguien? —replicó Margi—¿O es que piensas pasarte el resto de tu vida encerrada en tu apartamento viendo la tele, esto es, cuando no te dedicas a preparar las bodas de las demás mujeres? —De cualquier forma, no pienso hacer nada —repuso Zoé—. No tengo intención de desperdiciar una sola tarde más de mi vida; ¿está claro? Para su disgusto, la seductora expresión de Mike Kwan apareció en su pantalla mental, junto con el contacto de sus dedos en la mejilla, su cálido aliento en el dorso de la mano. Contra lo habitual en ella, Margi se había quedado en silencio. Mala señal. —Haznos solamente un favor. —No. —Sal solamente una vez más... —Olvídalo, Marg... —... con el nieto del señor Wu... —i No!


—Estoy convencida de que ese tipo es distinto —le estaba diciendo Margi, pero Zoé se había tapado los oídos y movía la cabeza de un lado a otro. —Escúchame. Marg, Y puedes decírselo también a Vanessa y a mamá. Si no renunciáis de una vez a todo esto, te juro que me alejaré todo lo posible de vosotras. —Oh, venga, no seas melodramática. Zoé. —No lo soy. Estoy hablando en serio. Algo se transformó en la expresión de Margi. La preocupación seguía todavía allí, como siempre, pero atemperada por una ligera sorpresa. —Esto es realmente impórtame para ti, ¿verdad? —¡Oh, aleluya' ¡Al fin lo ha comprendido' —exclamó Zoé, y tomó las manos de su hermana entre las suyas—. De verdad que necesito espacio y libertad para hacer lo que se suponga que estoy haciendo. No sé lo que es, pero apenas puedo respirar tranquila cuando estoy a vuestro lado. Y odio eso, os quiero muchísimo a las dos, y a mamá, y comprendo que queréis que sea feliz. Pero ya tengo veintiséis años y puedo pensar, decidir y vivir por mí misma, ¿lo entiendes? Después de un momento, Margi asintió,


—Entonces... ¿me prometes que renunciarás? -inquirió Zoé. —Sí —respondió, suspirando. —¿Y se lo dirás a las otras? —Sí, sí.. ¡de acuerdo! —luego Margi se frotó el estómago y se levantó del banco—. ¿Quieres volver conmigo al apartamento para cenar allí? Zoé se echó a reír: —Ya cenamos antes de salir de compras, ¿o es que no te acuerdas? —¿De verdad? —Margi la miró perpleja por un momento—. Es cierto... Bueno, de todas formas, tengo hambre —se comió otra galleta de chocolate—, ¿Crees que el Dragón Dorado seguirá abierto todavía? Tal vez podría comprar un pollo para llevar... Zoé se ofreció a entrar en el restaurante para comprar io que le había pedido Margi, mientras ella se quedaba en el coche. Por mucho que no le gustara a su hermana, el embarazo empezaba a pasarle factura a la hora de restarle actividad. Estaban cerrando; el comedor se encontraba virtualmente vacío y varios trabajadores de la cocina cenaban en la parte de atrás. Zoé le sonrió al cajero: —Perdone, pero tengo una hermana embarazada esperándome en el coche, que


sería capaz de matar por un pollo condimentado... —declaró, apoyándose en el mostrador—. ¿Hay alguna posibilidad de que pueda satisfacer ese antojo? —Oh, vaya... —el tipo rió entre dientes—. Las embarazadas son terribles, ¿verdad? ¡Hey, Mike, hola! —Buenas tardes, Randy. Quiero sopa agria, rosbif con brócoli... ¿señorita Chan? Sorprendida. Zoé se giró en redondo para encontrarse con el rostro sonriente de Mike Kwan. Iba de traje y corbata y llevaba un maletín en la mano; adivinó, dado que eran las nueve de la noche, que acababa de salir directamente de trabajar. Al mirarlo a los ojos, distinguió en ellos cierto cansancio y... algo más que le robó el aliento. — Tendréis lo que habéis pedido en unos diez minutos, chicos —les advirtió el cajero, antes de retirarse. —Podríamos sentamos mientras esperamos —propuso Mike, señalando el banco más cercano a la caja. —No, gracias... Prefiero esperar de pie. Mientras contemplaba sus ojos brillantes y su sonrisa contagiosa, Zoé se dijo que no se fiaba de aquel tipo. No quería fiarse. Confiar en él significaría a la postre promesas rotas, un corazón destrozado. Y ya no necesitaba volver a pasar por lodo


eso. Mike la miró con expresión seria; luego, después de asentir con la cabeza, se sentó en el banco. Zoé permaneció de pie a su lado, de espaldas a él, intentando convencerse de que no le importaba lo más mínimo que estuviera observándola o no. Rezó lo más fervorosamente que pudo para que Margi se quedara en el coche. Una sola mirada a aquel tipo y su hermana empezaría a echar al correo las invitaciones para la boda. Mientras tanto. Mike rezaba para que su abuelo ya se hubiera marchado. Si el viejo descubría que ya conocía a Zoé, prepararía el banquete de boda en cuestión de minutos. Un pensamiento que no le pareció absolutamente desagradable a Mike. Dudaba, sin embargo, que Zoé sintiera lo mismo. Dos días atrás había creído detectar un destello de interés en su actitud, aunque a ella misma no le hubiera gustado. Esa misma noche terminó por concluir que se había engañado al respecto; debía de haber sido la luz. Evidentemente no estaba nada interesada, aunque no podría decir si su actitud era contra él en particular o contra las relaciones en general.


Desgraciadamente, cada vez que la veía, todo lo que se había dicho a sí mismo y le había dicho a su abuelo acerca de por qué no podía comprometerse.. le parecía falso, vacío. Estaba caminando por terreno minado, y lo sabía. Y sabía por qué. Un hombre de negocios como él Jamás podía resistirse al desafío que entrañaba un «no» por respuesta cuando quería escuchar un «sí». La resistencia era algo que tenía que ser conquistado, no sometido. Siempre había actuado desde el convencimiento de que cualquier cosa que quisiera vender, desde una campaña publicitaria hasta él mismo, redundaba en interés de todo el mundo. Aquel caso, sin embargo, era distinto. Después de todo, ignoraba quién era aquella mujer, qué tipo de equipaje llevaba consigo en la vida. Pero conocía el tipo de equipaje que llevaba él, lo cual debería disuadirle, por sí solo, de cometer un serio error. Ya había decepcionado a demasiadas mujeres durante los últimos años: algo de lo que no estaba precisamente muy orgulloso. Cerró los ojos mientras escuchaba a aquella mujer charlando con el cajero. Aparentemente estaba tranquila, pero no le pasó desapercibido el nerviosismo que


latía debajo. Si el motivo era su presencia, o algo completamente distinto, lo ignoraba. Estaba en guardia, a la defensiva. Una cierta tensión en su voz, un matiz de artificiosidad en su risa... ios síntomas eran tan evidentes que resultaban casi cómicos. Aunque, a juzgar por sus anteriores encuentros, nunca había pensado que Zoé Chan pertenecería al tipo de mujer débil y cautelosa, a no ser que. . Abrió los ojos a tiempo de sorprenderla desviando la mirada. A no ser… que estuviera dolida, resentida con los hombres. Y si ese era el caso, entonces resultaba incluso más que imperativo guardar las distancias. Después de todo, ya no era un chiquillo. Era demasiado mayor, y estaba demasiado cansado, para seguir jugando. No con la prontitud que Zoé hubiera deseado, apareció uno de los chicos de la cocina con su comida. Se asomó a la bolsa, vio dos recipientes en lugar de uno, y suspiró antes de tendérsela a Mike. Muy a su pesar, forzó una sonrisa. —Nos lo ha entregado todo junto. Después de lanzar una mirada a la bolsa, Mike hizo el cambio sin hacer ningún comentario. Pero luego, en lugar de marcharse, los dos se quedaron mirando incómodos


el uno al otro como dos adolescentes a los que hubieran obligado a bailar en una fiesta. —Supongo que sabe. . —Mike se aclaró la garganta—... que mañana iré al salón para presentarles mis proyectos, ¿verdad? —Sí. Sí, por supuesto que lo sé —respondió Zoé con mayor brusquedad de lo que hubiera deseado, pero él la estaba poniendo cada vez más nerviosa. Necesitaba marcharse antes de que cometiera cualquier estupidez. Durante los últimos diez minutos había sido más consciente de aquel hombre que de cualquier otro que hubiera conocido en su vida, incluido quizá Walter... —Mi hermana me está esperando —le dijo, recogiendo su bolsa. —Oh. claro. Bueno.. la veré mañana —repuso él, y se dirigió hacia la puerta. —Hey, espere un momento... —lo agarró suavemente de la manga de la chaqueta—. ¿No se ha olvidado de pagar? —Ceno aquí o encargo la cena todas las noches —le explicó Mike con una sonrisa, y le guiñó un ojo al cajero—. Yo, bueno, digamos que tengo una cuenta abierta en este restaurante. Como el cajero permanecía en silencio, Zoé supuso que no había nada más que


decir. —Oh, entiendo. Bueno, eso es todo, entonces —al ver que Mike sacudía la cabeza, riendo entre dientes, le preguntó—: ¿De qué se ríe? —De nada. de nada —recogió nuevamente su bolsa— . Buenas noches, señorita Chan. La veré mañana. A pesar de que no era un asunto de su incumbencia, nada más marcharse Mike, Zoé le preguntó al cajero: —¿Realmente tiene abierta una cuenta aquí? —Puede decirlo así, ya que él es... En ese momento se abrió la puerta principal: —Oye, ¿cómo es que lardas tanto? Zoé se volvió al oír la voz de su hermana, y se olvidó de lo que iba a decirle el cajero. —Ahora voy, Margi —salió después de despedirse precipitadamente, y subió al coche con su hermana—.Yo conduciré. Así podrás comer en el coche. Afortunadamente, Margi estuvo demasiado concentrada en comer como para charlar con ella. O incluso mirarla. La perspectiva de volver a ver a Mike no le


resultaba nada halagüeña. El problema era que no sabía si el nudo que sentía en el estómago era de temor... o de emocionada expectación. Lo único con lo que no había contado, reflexionó Mike mientras intentaba engatusar a Brianna Fairchild, era que aquella fría y tranquila mujer de negocios se resistiera de tal forma a sus encantos. Lo cual no era de sorprender, por otro lado. De todas formas, si tenía que hacer el ridículo, habría preferido no hacerlo delante de Zoé Chan. La conversación ya se había prolongado durante más de veinte minutos. La señora Fairchild seguía sentada en su sillón, mordisqueando pensativa su bolígrafo. Era una de las mujeres más serenas que había conocido; al contrario que su ayudante, sentada a su derecha, que no podía permanecer quieta más de tres segundos. Mientras tomaba notas sin parar, Zoé apenas lo había mirado desde que empezó el encuentro. —Me ha tomado por la gallina de los huevos de oro, ¿verdad, señor Kwan? —le preguntó en cierto momento la señora Fairchild, con tono burlón. —No conozco ni su patrimonio ni sus recursos —repuso candidamente Mike disimulando su sorpresa. —Pero conoce los de mi marido, de eso estoy segura.


Se miraron fijamente durante unos segundos. Desgraciadamente, al no replicar con la suficiente rapidez, Mike se traicionó a sí mismo. —Lo sabía —añadió ella. —Señora Fairchild, déjeme explicarle... —Señor Kwan —lo interrumpió, inclinándose sobre la mesa con las manos entrelazadas—. Administro mi empresa con mis propios recursos y con los que el banco me presta. Me niego a utilizar un solo céntimo del dinero de mi marido para cualquier inversión. Pues bien, a pesar de que no albergo duda alguna sobre la calidad de la campaña que me propone, esta es una empresa de vestidos de novia. No vendo vaqueros, ni ropa deportiva, ni coches. Lo único que tengo que hacer es conseguir dientas que compren mis vestidos, y novias no me faltan. Puedo venderlos sin necesidad de gastarme una fortuna en publicidad. —Bien... —Mike se pasó un dedo por los labios—.Dígame una cosa. Cuando una novia viene aquí a comprarse un vestido, ¿suele pedirle marcas determinadas? —Sí —admitió. —¿Y cómo ha llegado a conocer esas marcas?


—Por variados medios. Información de parientes, de amigas.... —se interrumpió, con un brillo travieso en la mirada—. De acuerdo, usted gana, señor Kwan. También han visto anuncios publicitarios. Y antes de que me lo pregunte, vuelvo a responderle que sí: la mayor parte de las novias vienen con la intención de comprar un producto en particular. Pero... —levantó el dedo índice para resaltar su argumento—. No necesito ninguna agencia para colocar un anuncio en una revista de novias. —Pero probablemente le gustaría colocar uno en Vague. — Yogue no anuncia vestidos de novia, señor Kwan—rió ella. —Cierto, hasta ahora no, —Brianna —intervino Zoé. frunciendo el cefior-.Eso sería carísimo... Pero la señora Fairchild levantó una mano, interrumpiéndola: —Espera un momento, Zo. Escuchemos lo que tiene que decimos. Mike se dijo que aquella era su oportunidad; probablemente la única. —Señora Pairchild... —vaciló, escogiendo con cuidado las palabras—. Que utilice o no el dinero de su marido es decisión suya. Pero no puede ignorar el hecho de que usted ya no es


una absoluta desconocida. Usted es Brianna Lockart, ante los ojos de todo el mundo, así que... ¿por qué habría de dudar en utilizar el nombre de su marido para progresar en su profesión...? —Porque, señor Kwan. si no puedo triunfar en mi negocio por mis propios méritos, entonces será mejor que lo cierre y me dedique a otra cosa. En caso de que !o haya olvidado —añadió con tono suave—, las mujeres ya no necesitan aferrarse a su marido para salir adelante. Mike miró a Zoé, que a su vez lo estaba fulminando con la mirada. —No es eso lo que yo le estoy sugiriendo —replicó, dándose cuenta de que se estaba hundiendo por momentos—. No es tanto de! nombre de su marido de lo que le estoy aconsejando que se aproveche, sino de la posición que ese mismo nombre le da... Las dos mujeres se lo quedaron mirando fijamente. —Mire —se apresuró a añadir Mike—. Intentar vender cualquier cosa en estos tiempos que corren es un negocio salvaje: se necesita contar con alguna ventaja. Si su producto es bueno, es necesario acercarlo como sea a tos ojos de sus clientes antes


de que se le adelanten los demás. —Entonces me anunciaré en las revistas de novias. Sola, sin necesidad de agencia alguna. No veo por qué... —Pero anunciarse en una revista de modas le proporcionará una gran ventaja sobre sus competidores. Y su apellido le abrirá las puertas de cualquier publicación. Brianna Lockart podrá saltar al mercado nacional, incluso al internacional... ¿es que no !o ve? Lo único que le estoy sugiriendo es que... Pero la señora Fairchild ya se había levantado, aunque estaba sonriendo. Mike se dio cuenta de había llegado la hora de callarse; su tiempo había terminado. —Señor Kwan, aprecio su interés, pero me temo que está perdiendo el tiempo conmigo —le tendió la mano—. Tengo su tarjeta. Si en algún momento necesito de sus servicios, puede estar seguro de que le llamaré —después ye volvió hacia Zoé —- ¿Te importaría acompañar al señor Kwan hasta la salida? No me había dado cuenta de lo tarde que es... tengo que recoger a Melissa a las cuatro. Y mientras observaba a aquella alta y elegante mujer salir de la habitación, Mike se preguntó si no estaría empezando a perder sus habilidades. Hacía mucho tiempo que


Zoé no discrepaba en algo con Brianna, pero en aquella ocasión estaba absolutamente en desacuerdo con ella. Había estado tan segura de la táctica seductora de Mike, de que se trataba de otro mercachifle oportunista a la espera de hacer un buen negocio con su sonrisa encantadora, con su voz cuidadosamente modulada y su impecable traje azul marino... Sacudió enérgicamente la cabeza, como si quisiera despertarse de aquella ensoñación. Mientras se dirigían hacia el vestíbulo, Mike le lanzó una mirada interrogante: —¿Se encuentra bien? —Oh, sí. Sólo estaba pensando... —se interrumpió, esforzándose para que su masculino perfume no la distrajera más de lo que ya lo había hecho. Se suponía que Mike no era un buen tipo, y que sus ideas no eran sólidas. Pero algunas eran condenadamente brillantes, y le sentarían a las mil maravillas al negocio de Brianna. No había esperado rendirse a su encanto, se recordó suspirando. Pero al final había ocurrido. Aquel hombre podía ser arrogante y algo prepotente, pero tenía razón. ¿Por qué no debería Brianna sacar partido de su nombre para promocionar su negocio?


Aquel anuncio en Vogue podría ser el billete para el éxito definitivo, Y Zoé sabía que Brianna podría permitírselo, a pesar de sus protestas, incluso sin el dinero de Spencer. Fairchild Novias necesitaba la experiencia de Mike Kwan. Y su tiempo. Con todas las obligaciones que tenían, ni Zoé ni Brianna podían trabajarse una campaña a esa escala. Seguro que Brianna lo comprendería. Pero Zoé no quería, ni necesitaba, tener a Mike Kwan cerca de ella. Podría fingir todo lo que quisiera, pero el hecho era que se sentía demasiado atraída hacia él para su propio bien. Y no estaba de humor para comenzar una relación que sólo podría terminar como todas las otras... —Bueno —pronunció Mike interrumpiendo sus pensamientos—. Supongo que al final tenía usted razón. —Ya se lo advertí —de pronto Zoé fue consciente de que se había acercado a él más de lo necesario, y se apartó con gesto indiferente. —Sí. es cierto, —Pero fue demasiado terco para hacerme caso. —Creo.., —rió Mike—.,. que el término políticamente correcto es «tenaz». —Mmm. La gente podría haber dicho exactamente lo mismo de mí — admitió ella—. Aunque se mueven en tomo a mí en círculos cada vez más estrechos. .


y murmuran incoherencias durante todo el tiempo. Mike se echó a reír. y Zoé se recriminó mentalmente. ¿Por qué diablos estaba flirteando con él? Porque era eso lo que estaba haciendo, como una estupida adolescente. Desgraciadamente, bromear para hacer que la gente se sintiera mejor era un acto reflejo en Zoé. Y raramente pensaba en cómo sería que alguien hiciera eso mismo con ella, como le estaba ocurriendo en aquel preciso instante con Mike. Cuando estaba cerca de él, le gustara o no, recordaba que su vida no era perfecta y que tenía muchos puntos débiles... demasiados. Tener a Mike en su vida, aunque fuera periféricamente, le recordaría precisamente aquello que no tenía, lo que echaba de menos. No era una perspectiva muy agradable... pero no podía permitir que sus intereses personales influyeran sobre su trabajo. Por Brianna, tendría que hacer ese sacrificio. Habían llegado a la sala de espera. Nancy le llevó a Zoé unos papeles para que los firmase; después de conversar durante unos segundos con ella, volvió al mostrador de recepción. Zoé se volvió entonces hacia Mike, que estaba admirando la habitación. —Hermosa —comentó indiferente a la presencia de la media docena de


mujeres que esperaban en la sala, y se metió una mano en el bolsillo del pantalón en una pose de top-model masculino. Involuntariamente, Zoé evocó la apariencia de Mike la primera vez que lo vio, medio desnudo, con el torso brillante de sudor... Recordaba haber sentido en aquel momento un intenso escalofrío que interpretó como de disgusto. Había estado tan equivocada... —Me encanta la forma en que combinan estos estilos tan diferentes. Esa cómoda de allí... —señaló la otra esquina de la sala—.- ¿no es de Hepplewhite? —-No... no estoy segura —repuso Zoé, asombrada por sus conocimientos—-No soy una experta en antigüedades pero sé que es una pieza valiosa. Es una de las pocas cosas que Brianna se llevó de su casa cuando murió su padre, hace varios años —y le preguntó, azuzada por la curiosidad—: ¿Cómo es que sabe tanto de muebles antiguos? —Es culpa de mi madre. Solía llevamos a mi padre y a mí a todas las subastas del país cuando era niño —le sonrió—. Aprendí más de lo que creí en un principio sobre


todo teniendo en cuenta que lo único que me importaba era el partido de béisbol o de fútbol que probablemente me estaría perdiendo. Aunque lodo fue para bien. —¿Ah, sí? —Sí. Ya no tengo mucho tiempo para dedicarlo a los deportes, pero poseo algunas piezas de arte y mobiliario antiguo en m¡ apartamento que puedo disfrutar siempre que estoy en casa —de pronto se evaporó su sonrisa—. Aunque la verdad es que estoy muy poco allí... —sacudió la cabeza, como para desechar aquel pensamiento, y se dirigió hacia la salida—. Bueno, dado que mi propuesta ha sido rechazada, supongo que tengo que... —Mike, espera —Zoé lo tuteó sin previo aviso mientras le tiraba suavemente de la manga de la chaqueta, aunque retiró en seguida la mano, ruborizada—De hecho, creo que.. —vio que la miraba con curiosidad y con cierta diversión—... tengo una idea. Ven aquí —y lo urgió a que la siguiera- Media docena de ojos femeninos la siguieron también- Zoé lo llevó a una habitación de trabajo situada en la trastienda del salón, donde almacenaban los vestidos de novia. —¿Tienes realmente un gran empeño en que aceptemos tu propuesta? —le


preguntó ella. —Estoy aquí ¿no? Eso indica algo. Zoé descolgó entonces un vestido, le quitó la funda de plástico y se lo enseñó. Mike no pudo menos que admirar la espectacular sencillez de aquella prenda de tafetán crema, decorada con centenares de rosas se seda elaboradas a mano, que se derramaban sobre la falda de majestuoso vuelo. —Guau —exclamó, tocando la tela con la punta de los dedos—. Es... increíble. ¿Cuánto puede costar algo como esto? Zoé se lo dijo y Mike silbó de admiración: —Diablos. Creo que me he confundido de negocio... —Mira, Brianna es una mujer realmente brillante-pero no siempre sabe escoger lo que es mejor para ella. A veces cuesta mucho convencerla- Y tu no has escogido precisamente la táctica más adecuada. —¿Era por eso por lo que me mirabas de esa manera? ¿Como diciéndome que me callara? —Ahora lo has comprendido —repuso riendo, y se miró en el espejo del fondo


mientras sostenía el vestido contra su cuerpo. En cuatro años había visto cientos de vestidos de novia. Aquella era la primera vez, sin embargo, que sentía el impulso de probarse uno. Recordó de pronto que no estaba sola. Cuando se volvió hacia Mike descubrió que la estaba mirando con expresión sorprendida, Y con la sonrisa más maravillosa que había visto en toda su vida. —Zoé... ¿qué me estabas diciendo? La joven volvió a recriminarse. Tenía que concentrarse en el negocio, y en nada más. —¿Podrías hacer un modelo del anuncio de Vague con este vestido para explicarle exactamente a Brianna lo que te propones? Bueno, aunque tendrías que costearlo de tu propio bolsillo, y tal vez no quisieras hacerlo... Mike esbozó una amplia sonrisa. —¿Alguien te ha dicho alguna vez lo retorcida que eres? —Pues... muchas veces. —Y... estás arriesgando e! cuello por sugerirme esto, ¿verdad? —Desde luego —apretó el vestido contra su pecho arrepentida de su


impulsividad ~. Pero no se lo dirás, ¿eh? —¿Estás de broma? Vivo para este tipo de cosas. A! verlo acercarse, Zoé se estremeció visiblemente, pensando que iba a tocarla. Mike vaciló por un instante antes de extender una mano y acariciar una rosa del vestido. —Tengo un amigo fotógrafo que me debe un favor —añadió él, y por un momento Zoé deseó ser aquella rosa, Nerviosa, pensó que se estaba acercando demasiado. Casi bruscamente, hizo a un iado el vestido y volvió a ponerle la funda de plástico. —¿Podrías... podrías hacerlo... esta noche? —le preguntó. —¿Esta noche...? —Lo recogería en tu agencia mañana a primera hora —Zoé se dijo que lo mejor que podía hacer era seguir adelante sin mirar atrás y todo saldría bien—. Si Brianna se entera de que esto ha salido del salón, estoy muerta —lo cual no era exactamente verdad, pero tampoco sentía ningún deseo de averiguarlo. Guardó el enorme vestido en su bolsa y cerró la cremallera—Hagas lo que hagas, por el amor de Dios, no


lo ensucies —te advirtió antes de entregárselo. Zoé pudo ver una miríada de preguntas brillando en sus ojos. —¿Por qué estás haciendo esto? —Porque creo que tú tienes razón y Brianna no. Permanecieron durante un rato en silencio, mirándose. —Entonces. . —empezó a decir Mike mientras se cambiaba la bolsa de brazo —. . esto es algo estrictamente. . ¿profesional? —Claro —repuso nerviosa, sujetándose un mechón de cabello detrás de la oreja—, ¿Qué otra cosa podría ser? —-Yo había imaginado que... —se encogió de hombros. Zoé abrió mucho los ojos, ruborizada. —¿Quieres decir que pensabas que estaba flirteando contigo.-? —Bueno, no exactamente... —Oh, vamos, ¿qué diablos he hecho para que pudieras pensar eso de mí? — se hizo a sí misma la pregunta. ¿Acaso no resultaba obvio? Y además, ¿qué clase de caballero podría haber insinuado tal cosa? ¿Cómo había podido imaginar que arriesgaría su propio empleo por él?


—Lo siento, evidentemente he malinterpretado... —Yo también estoy bastante impresionada —lo interrumpió y se dirigió a la salida con paso enérgico—.Lamento decepcionarte, amigo, pero no suelo encontrar nada atractivas estas machistas suposiciones. De hecho, las encuentro absolutamente repugnantes. Un denso silencio reverberó entre ellos mientras atravesaban la zona de recepción y salían al porche cubierto. Cuando se detuvieron, Zoé se volvió para mirarlo con los brazos cruzados sobre el pecho mientras Mike seguía abrazado a la bolsa del vestido. —¿Repugnante? —inquirió al fín él. —Si" —respondió Zoé con voz temblorosa, demasiado terca para retirar sus anteriores palabras. Además, las había pronunciado con toda intención. Más o menos. —Entiendo —Mike pareció reflexionar sobre ello mientras descendía los escalones del porche y se dirigía hacia su coche—, ¿Sabes? —añadió con frialdad antes de subir—- Quizá haya malinterpretado lo sucedido, pero al fin y al cabo sólo fue un comentario ligero. Simplemente podías haberme dicho que estaba equivocado. Tal vez...—desvió por un momento la mirada, y Zoé vio en ella una


expresión de dolor en sus ojos que le quitó el aliento—... tal vez deberías prestar más atención a la manera que tiene tu jefa de tratar a la gente, aunque no se muestre de acuerdo con ella: una verdadera dama, sí señor. Subió al coche y se marchó. Una vez más, Zoé se quedó en el porche, mirándolo partir. Una vez más, Mike había logrado desconcertarla. Capítulo 4 Ahora Zoé no querría hablar con él. Las reacciones reflejas eran obviamente su fuerte, pensó J. J .Mike con un suspiro mientras se servía una taza de café en la oficina, ignorando el timbre del teléfono del escritorio de Fran. Pero ambos eran adultos, por el amor de Dios. Pullas como aquella no deberían ser tenidas en cuenta; aunque, por supuesto, si no le hubiera dolido tanto su comentario, no habría replicado de esa forma... Ellen, su mecanógrafa, asomó la cabeza por la puerta de su despacho: —¿Seguimos citados para las diez con lo de la campaña de Silverstone? Wade quiere saberlo —sonrió—. Como es habitual, está detrás de ello pero es demasiado gallina para decírtelo en persona... —¡No lo soy! —exclamó una voz indignada desde el interior del despacho—.


Sólo necesito saber si ha habido algún cambio, eso es todo. . Mike levantó su taza de café hacia la mecanógrafa, en un gesto de complicidad. —Dile a Wade que le daré quince minutos más. Y ya puede esmerarse. En el instante en que Ellen desapareció, Zoé volvió a hacer acto de presencia en el pensamiento de Mike. Aquella misma mañana había pasado por la oficina para recoger el vestido y apenas le había comentado nada sobre la sesión fotográfica; lo cual era bastante notable. Vio, o en todo caso creyó haber visto, un brillo de aprobación en sus ojos, pero en ningún momento sonrió o dejó de fruncir el ceno. A Mike le resultó casi imposible no sentirse irritado por su falta de entusiasmo. Realizar aquella sesión fotográfica en tan poco tiempo no había sido tarea fácil. —Te llevaré el modelo de anuncio hoy mismo —le había dicho él—, cuando tú me digas. —Bien —había sido la fría réplica de Zoé—. Brianna estara en el salón durante toda la tarde, por lo que sé. Si cambiado planes, te llamaré para avisarte. Si Mike hubiera tenido al menos dos dedos de frente, habría aprovechado aquel momento para disculparse con ella; pero su propia testarudez no se lo


había permitido. No le gustaba la manera que tenía de juzgar a la gente, o al menos a él. Y además, ¿cómo podía haber calificado aquel inofensivo comentario de «repugnante»? De acuerdo, no había sido un comentario muy afortunado, pero... Evidentemente, aquel no había sido su mejor día. Mientras Mike seguía reviviendo aquella penosa escena, Fran volvió a la oficina después del enérgico paseo que se obligaba a dar cada mañana, y que no parecía ayudarla demasiado a adelgazar. Al menos, decía ella, así no engordaba aún más. —Uf —resopló dejándose caer en la silla y quitándose los zapatos—. Juraría que han edificado un par de bloques más en la calle ayer noche, cuando estaba durmiendo —. ¿Qué tal va todo? —¿Piensas que soy repugnante? —Mike la miró frunciendo el ceño. —¿Es una suposición tuya o te lo ha llamado alguien? —Lo último. —Sabía que algún día sucedería —comentó suspirando Fran. —¿Qué se supone que quiere decir eso?


—Pues que a veces puedes resultar un poquito impetuoso, mandón, prepotente, y tienes la costumbre de soltar cosas sin pensar... —Vale, vale, ya te he comprendido —la observó durante unos segundos—¿Tú también me odias? —Detecto dos preguntas en una, Michael. Primero: ¿te odio yo? —hizo una pausa para servirse una taza de café—. Reconozco que soy una masoquista perdida, pero no te odio. En segundo lugar con ese «también», ¿quién es la persona que ha confesado odiarte? —Era una figura retórica, Pran —mintió, ruborizándose. —¿Y esa «figura retórica» te ha calificado de «repugnante»? —La próxima vez recuérdame que contrate a una directora de agencia más tonta. Fran sacudió la cabeza mientras se sentaba ante su escritorio. —¿Es bonita? —le preguntó. —¿Bonita? Maldita sea, Fran... —¿Lo es o no? —rió impertérrita. —Preciosa —reconoció Mike a regañadientes, antes de refugiarse en su despacho


y cerrar de un portazo. Para alivio de Zoé, el descontento de su jefa por su pequeño truco se evaporó de inmediato cuando vio el modelo de anuncio. No era la típica publicidad de vestidos de novia, y Brianna tuvo que admitir que Mike había captado el tipo de feeling que deseaban para sus productos. Estaban en el despacho, y Mike se había marchado hacía unos veinte minutos. Zoé no podía dejar de pensar en la frialdad con que él se había comportado con ella, tanto aquella misma mañana en su oficina como después, allí mismo, cuando estuvo hablando con Brianna. Sabía que aquello no tenía sentido, pero la molestaba muchísimo. — Tengo que admitir, Zo, que ese tipo es bueno —comentó en aquel instante Brianna—. De acuerdo, puedes decirle a tu señor Kwan que acepto su propuesta. —¡Oh, no. .' —replicó alterada, manoteando en el aire—. Ese hombre no es nada mío... Brianna arqueó una ceja, y una leve sonrisa asomó a sus labios. —¿Pero no estabas confabulada con él? —Eso era distinto.


—¿Ah, sí? —Conozco esa mirada. Bree. Olvídalo. Eso era algo... —repitió entonces las propias palabras de Mike—... «estrictamente profesional». —Ya. —Alto ahí; ya tengo bastante con mi familia para que ahora empieces tú . Mira, después de escuchar a ese tipo, pensé que quizá podría aportar algo bueno a nuestro negocio, ¿vale? Se me ocurrió que debías darle una oportunidad... —Bien... —Brianna se levantó de su sillón—. Lo único que me importa es que haga bien su trabajo y que no se pase del presupuesto. Todo esto es cosa tuya, no mía. —¿Qué quieres decir? —Tú le conseguiste el trabajo, ¿no? —sonrió Brianna mientras se pasaba un cepillo por el pelo—. Así que tú te entenderás con él; además, yo tengo muchas otras cosas de las que ocuparme. Tengo una fe ciega en tí; lo cual me recuerda... ¿conseguiste los precios de la seda para el vestido de Bunny Andersen? Zoé se preguntó cuál sería la reacción de Brianna si le contestara negativamente. ¿De sorpresa, de furia, de decepción? ¿Qué pasaría si no hacía lo que se esperaba de


ella? —¿Zo? —Brianna la miró con curiosidad—. ¿Me has oído? Necesito el precio de la seda para poder darle un presupuesto cuando venga mañana. Por supuesto, Zoé había hecho lo que se esperaba de ella. Fue al escritorio para recoger una carpeta de documentos. —Treinta y cinco dólares el metro —leyó—. Comprando una buena cantidad, el precio baja a veintisiete con cincuenta. —¿Veintisiete con cincuenta? —Brianna hizo un gesto enérgico—. Vuelve a llamarles, recuérdales que les encargamos quinientos metros. A pesar de sí misma, Zoé sonrió. Regatear precios era una de las actividades favoritas de su jefa. —Oh, al señor Weiter le encantara oír esto. . —empezó a imitarlo—: «Oye, corazón, me estás matando. Mejor córtame el brazo derecho, que no me dolería tanto...» Brianna estalló en carcajadas y tuvo que volver a sentarse. —Oh, Dios mío, Zoé, lo imitas perfectamente —la miró enternecida—. ¿Sabes?, te voy a echar de menos.


—¿Que me vas a echar de menos? —exclamó sorprendida—, ¿De qué estás hablando? —Cuando te marches, quiero decir —Brianna se levantó para tomar su abrigo, y volvió a mirarla—. Pareces sorprendida. ¿Creías que no había pensado en ello? No espero que te quedes aquí conmigo para siempre. —¿Qué te hace pensar que voy a irme a alguna parte? —le preguntó Brianna, que no salía de su asombro—. A mí me encanta este trabajo... —Lo sé, cariño, pero las cosas cambian. La gente cambia —se encogió de hombros mientras recogía su bolso—. Algo me dice que estás a punto de dar un gran cambio a tu vida, Zo. No sé de qué se trata, pero últimamente has estado murmurando como un volcán a punto de explotar —le dio un cariñoso abrazo—. No luches contra ello, corazón- A veces las cosas que creemos no desear se convierten justamente en lo que más necesitamos —se dirigió hacia la puerta, pero se volvió en el último momento—. Es demasiado fácil engañarnos a nosotras mismas, pensar que podemos salvamos y librarnos del dolor. Desgraciadamente, si no nos arriesgamos a resultar


heridas, nunca nos arriesgaremos a ser verdaderamente felices tampoco. Simplemente piensa en ello, ¿vale? Una vez que Brianna se hubo marchado, Zoé se asomó al ventanal que daba al jardín. Al menos ahora que hacía menos frío, ya no tenía que fabricarse excusas para no trabajar en él. Definitivamente le gustaban los jardines de invierno, reflexionó, dado que cuidarlos no requería ningún esfuerzo por su parte. Estaba cansada de plantar cosas sólo para ver cómo morían inevitablemente. Pero entonces, se dio cuenta de pronto, si dejaba de plantar nunca le crecería nada... Sonó el teléfono. Mike contestó con un gruñido parecido a un «¿hola?» —¿Mike Kwan? Sentado delante del ordenador, en su casa. Mike sujetaba el auricular entre el hombro y la barbilla mientras se frotaba el entrecejo. Cansado de interrupciones y de llamadas de teléfono, había salido temprano de la oficina y se había llevado el trabajo a casa, después de darle instrucciones a Fran para que no lo molestaran más que en caso de extrema emergencia. —¿Sí?


—Soy Zoé Chan... Fran me dijo... —¿Zoé? ¿Cómo has conseguido mi número? —Estaba a punto de decírtelo antes de que me interrumpieras: tu ayudante me dijo que podía localizarte aquí. —Oh. Claro. —Brianna ha aceptado. Tienes el encargo. Mike se echó hacia atrás en su sillón. Ahora ni siquiera estaba seguro de querer aquel trabajo. Desde luego seguía siendo un bocado muy apetecible, y tendría una influencia muy positiva sobre su prestigio. Pero ya nada de eso importaba. Zoé Chan, en cambio, y la atracción que sentía hacia ella, sí. Una atracción que nada parecía atenuar. Era como si una fuerza lo arrastrara no para aceptar lo que veía en la superficie, sino para darle !a oportunidad de que se mostrara tal y como era. ¿Cómo sería su futura relación con ella? ¿Colega, amiga, amante? ¿Enemiga mortal? —¿No has oído lo que he dicho? —Zoé interrumpió sus reflexiones. —Oh, perdón. Me había distraído. —Mmm. En cualquier caso, supongo que tendremos que vernos para hablar de la campaña —comentó con evidente tensión.


—No necesitas preocuparte por eso —rió Mike—. Me ha caducado la licencia de dentista, así que no voy a sacarte ninguna muela. —Muy divertido. ¿Y bien? —¿Qué te parece si cenamos juntos esta misma noche? Zoé emitió un sonoro suspiro. —Yo no hago eso, Mike. —¿El qué? ¿Comer? —Cenar. —¿Quieres decir que nunca en tu vida has cenado en un restaurante con un hombre? —Claro que sí. No me refería a eso... oh, diablos. ¿Por qué estoy malgastando mi tiempo de esta manera? —A mí no me parece que lo estés malgastando... —Mañana a las dos —declaró ella, ignorándolo— Puedo acercarme a tu oficina o pasarte tú por el salón. —Las dos perspectivas parecen buenas. ¿Quieres que encargue comida para mañana...? —Nunca te das por vencido, ¿verdad? —replicó Zoé con un exagerado tono


paciente—. Nada de cenas ni de comidas. Mike volvió a echarse hacia atrás en su sillón; aquella mujer podía tener un carácter espinoso, pero era muy divertida. —Bien, a las dos y sin ninguna sustancia ingerible a la vista, ¿vale? —Vale. Hasta mañana entonces. Oh... a propósito. —¿Sí? —Mike pudo oir cómo contenía el aliento. —Yo, te pido disculpas por lo que te dije el otro día. Acerca de que eras... repugnante. Yo... —se aclaró la garganta—... me pasé un poco. —¿Por qué? —le preguntó él con tono suave. —Mejor… mejor no entremos en los porqués, ¿de acuerdo? Simplemente acepta mis disculpas y di gracias. No me disculpo muy a menudo. —Ya lo imagino —sonrió Mike—. ¿Debo considerarlo un honor? — No tientes tu suerte —replicó ella. y colgó. Zoé no pudo menos que volver a admirar la oficina de Mike Kwan en su segunda visita; le gustaba su espaciosidad, su diseño moderno y funcional, las vistas de sus ventanales. Por contraste, la mujer de mediana edad cuyo rostro se iluminó al verla parecía pertenecer a un ambiente completamente distinto. Le evocaba una habitación


llena de antigüedades, alfombras orientales y docenas de gatos.... Aun así. era perfecta. Y absolutamente encantadora. —¡Oh' ¿Es usted la señorita Chan? —le preguntó casi sin aliento—. Soy Fran Summers, la ayudante de Mike —se presentó mientras le estrechaba enérgicamente la mano—- Ya hemos hablado por teléfono, pero es tan agradable conocerla en persona... Mike tiene una llamada internacional en este momento- ¿Le apetece beber algo? ¿Té con hielo, agua mineral...? Zoé no se habría sorprendido nada si le hubiera ofrecido un té con pastas, o un pastel casero. Y tampoco le habría importado: después de haber estado trabajando sin detenerse siquiera para comer, su estómago ya había empezado a quejarse. —¿De limón o de frambuesa? —De frambuesa, por favor. Zoé se puso a pasear por la habitación y descubrió en una esquina una amplia mesa en la que estaban expuestos decenas de juguetes; uno de ellos era un muñeco articulado que representaba a una mujer afroamericana. Fran le llevó la taza de té. —¿Su jefe tiene muchos clientes con niños?


—Oh, la verdad es que no tengo ni idea... ¡Ah, lo dice por los Juguetes! —rió Fran—. No, se trata de muestras de productos. Mike los dejó aquí para que pudiéramos curiosearlos, acostumbrarnos a ellos. Dice que vivir con el producto comercia! durante unos días es necesario para que reflexionemos sobre la mejor manera de venderlo. Ya sabe... si lo toca, o lo ve... o, en algún caso, lo oye lo suficiente, al final podrá descubrir cómo se puede vender. —¿Juguetes? —Cielos, si. Juguetes, concesionarios de coches, restaurantes, agencias de seguros... nos ocupamos de todo lo que no sea tóxico, perjudicial para el medio ambiente o culturalmente dañino u ofensivo —explicó Fran con cierto tono de orgullo—. Estos juguetes han sido fabricados por una madre soltera a cuyo hijo le encanta jugar con muñecos así. Se le ocurrió que podía estar bien que jugara con muñecos parecidos a él; luego pensó que quizá las niñas tal vez querrían jugar con otra cosa que no fueran las tradicionales muñecas de toda la vida. Así que elaboró algunos diseños, hipotecó su casa y contactó con un fabricante. Ella misma fue personalmente a las jugueterías a vender los muñecos. Mike vio una entrevista que le hicieron a esta mujer en un programa de la televisión, la llamó y le preguntó si le interesaría un poco de publicidad gratuita...


—¿Gratuita? —inquirió Zoé abriendo mucho los ojos. —Oh, sí- Para Mike es un placer ayudar de manera desinteresada a gente así... —de pronto sonó el zumbido del aparato intercomunicador y, esbozando una sonrisa de oreja, Fran le informó que su jefe la estaba esperando. Zoé lanzó una última mirada a aquel despliegue de muñecos multiculturales antes de entrar en el despacho de Mike. —Zoé, perdona por favor este desorden —le dijo él levantándose del sillón y señalándole la cantidad de comida que tenía en aquel momento sobre la mesa —. No he podido parar de trabajar a las doce para comer. Espero que no te importe... Zoe estaba padeciendo interiormente una verdadera tortura: se le hacía la boca agua al ver la variedad de platos que estaban desplegados sobre su escritorio. —Claro que no —repuso—. Sigue, sigue. —Te invitaría a que compartieras todo esto conmigo,- pero ya sé lo que opinas de este tipo de cosas. «Canalla», le insultó en silencio Zoé. —Por favor —Mike le indicó la silla que estaba enfrente de su escritorio—, toma


asiento. Zoé lo hizo, cruzando los brazos sobre su estómago desdichadamente vacío. Mike volvió a sentarse y levantó un vaso frente a ella mirándolo como si fuera una pieza de arte. —¿Has probado alguna vez uno de estos deliciosos batidos de chocolate Woodside Deli's. Zoé? —No —respondió, tragando saliva. —Siguen haciéndolos delante de ti, a la manera artesanal. Todavía queda un poco de chocolate en el fondo de! vaso cuando te los terminas —sonrió—. ¿Te gusta el chocolate? —A veces —contestó Zoé, pensando que no le habría disgustado ver a Mike Kwan ahogado en un batido de aquellos. —¿Quieres probar un poco? —No, gracias —se retiró un tanto hacia atrás. —Oh, me olvidaba. Las ofertas de comida, en tu opinión, son equiparables a las propuestas sexuales. —¿Qué?


—Nuestra conversación de ayer ¿recuerdas? Los hombres que te ofrecen comida sólo pueden perseguir un objetivo, ¿verdad? Como la historia de Adán y Eva pero al revés —dio un mordisco a su sandwich—. Recibí tu mensaje, alto y claro. Así que... puedes ir echando un vistazo a esto —y le entregó una gruesa carpeta llena de proyectos y presupuestos. Zoé intentó concentrarse en su lectura; su estómago, sin embargo, tenía otros planes. —Parece... que está bien. —¿Eso es todo? ¿Te parece que está bien? Zoé levantó la mirada. ¿Eran imaginaciones suyas, o aquella bandeja de patatas fritas estaba más cerca que antes? —¿Qué se supone que tengo que decir? —¿No vas a discutir conmigo... o a decirme, de esa manera tan peculiarmente encantadora tuya, que me falta un tornillo? Zoé lo observó durante unos segundos intentando interpretar el intrigante brillo de su mirada, admirando aquel asomo de sonrisa en sus labios, el hoyuelo que tenía en la barbilla... Recuperándose, volvió a hojear el informe buscando algo que


pudiera servir de tema de conversación. Cualquier cosa con tai que Mike dejara de pensar lo que tan claramente estaba pensando, es decir, que ella era... ¿qué? ¿Cómo diablos podría saber lo que Mike Chan pensaba de ella? ¿Y por qué habría de importarle? —Por lo que puedo ver, te mantienes dentro del presupuesto. Tengo que admitir que todo me parece bien. Excepto... —levantó la mirada—. ¿Qué tipo de propaganda tienes en mente? Nosotras pensábamos enviar invitaciones a varios cientos de minoristas... Mike pareció estudiarla por un momento, y Zoé se sorprendió a sí misma humedeciéndose los labios con la lengua. —Te enseñaré lo que tengo en mente —le comentó sonriendo antes de volverse hacia el archivo que tenía detrás del escritorio. Zoé decidió aprovechar la ocasión: tomó tres patatas fritas y se las metió rápidamente en la boca. —¿Qué piensas de esto? —Mike volvió a girar rápidamente su sillón, con un puñado de coloridos folletos en la mano, y la miró sorprendido, arqueando una ceja—. ¿Te pasa algo. Zoé?


Con la boca llena, lo único que pudo hacer Zoé fue negar con la cabeza. Lo maldijo por observarla con tanta atención; así no podía masticar ni tragarse nada. Luego, afortunadamente, se acordó de su té; se llevó la taza a los labios y tomó un sorbo, esperando que no se le atragantaran las patatas. Guardando toda la compostura de que fue capaz, extendió una mano para tomar los folletos. Mike se los entregó, mirándola divertido. Y Zoé intentó hablar. Error número uno. —Estos.. —se interrumpió, incapaz de seguir hablando; se había atragantado con un pedazo de patata. Los folletos empezaron a temblar delante de sus ojos, llenos de lágrimas, y los colores se confundieron—...estos parecen... —¿Zoé? Parpadeando, la chica levantó la mirada. —¿Qué? —dijo con un hilo de voz. Mike apoyó las manos sobre la mesa. —Anda, termina de comerte esas malditas patatas fritas. Te prometo que no me meteré contigo por ello,


¿vale? Zoé aspiró profundamente, lo cual constituyó el error número dos, porque se atragantó otra vez. Después de tomar otro trago de té dijo, en esa ocasión con mayor claridad: —No tengo ni idea de lo que estás diciendo. —Llevo oyendo gruñir a tu estómago durante los últimos diez minutos —la interrumpió, riendo—. ¿Tú también te has saltado la comida? Al fin, Zoé asintió, Mike se levantó, recogiendo la chaqueta del respaldo del sillón. — Vamonos. —¿Perdón? Antes de que pudiera seguir protestando, él ya la había tomado del brazo obligándola delicadamente a levantarse. —En Woodside Deli's hacen también unos fabulosos batidos de vainilla, si lo prefieres. Zoé se apartó por un momento; todos sus instintos la instaban a resistirse. Nunca cedería. Mike ya había avanzado unos pasos hacia la puerta; en ese instante se volvió y la miró arqueando una ceja: -¿Y bien?


Zoé se dijo que aquello era un error, un verdadero desastre. . —Me gustan los de chocolate —dijo al fin, siguiéndolo. Pero cuando Mike quiso tomarla del codo, se apartó enérgicamente y cruzó los brazos sobre el pecho con tanta fuerza... que su estómago no pudo menos que quejarse de nuevo. Capítulo 5 - A AQUELLA hora del día, una muchedumbre se había agolpado en el local. A pesar de ello Mike se las ingenió para conseguir una mesa, y un camarero les entregó rápidamente un par de cartas de menú, de enorme tamaño. Mike se volvió hacia Zoé para decirte algo, pero se encontró ante un muro de cartulina plastificada en el que aparecían todos los tipos de tartas de queso. Enganchó dos dedos en el borde superior y tiró hacia abajo. Zoé levantó la mirada, disgustada. —¿Qué pasa? —Que no puedo verte. —Es igual. Tú me has traído aquí para comer —Volvió a levantar la carta del menú—, así que no habrá |conversación hasta que haya decidido lo que quiero tomar —Bueno, al menos es un paso en la dirección correcta.


—¿Qué se supone que quiere decir eso? —Zoé bajó la —Si he interpretado correctamente tu pregunta, estás implicando que habrá conversación. En algún momento determinado. —Quizá —volvió a levantar la carta. Volvió el camarero, y Mike le pidió café. Zoé pidió una sopa de lentejas, patatas fritas y un batido de chocolate. Siguió luego un tenso y penoso silencio, durante el cual pudieron escuchar claramente las conversaciones de la gente que los rodeaba. El camarero no tardó en regresar con una bandeja llena de comida. —¿Vas a poder con lodo esto? —le preguntó Mike a Zoe. —Bueno, es comida, ¿no? Y tengo hambre. Mike apoyó los codos en la mesa y se inclinó hacia delante, entrelazando las manos. — Apuesto a que no puedes nombrar tres lugares en los que detestarías estar ahora mismo. Zoé dejó de pronto de masticar. Tragó el bocado, tomó un sorbo de agua y preguntó: —¿Excepto aquí, quieres decir? —Aja. —Claro que puedo. La casa de mi madre, cualquier restaurante chino y la clínica


de mi ginecóloga. Mike se echó a reír, y cruzó las manos sobre el pecho. —Entiendo el primero y el ultimo. Pero el segundo constituye un enigma para mí. ¿Es que no te gusta la comida china? A partir de ese momento la conversación empezó a fluir con facilidad. Estaban hablando, y no discutiendo. Charlaron del tiempo durante la sopa de lentejas; ella pensaba que no tardaría en llover, él no. Luego de críticas cinematográficas, entre bocado y bocado del enorme sandwich de Zoé, de la penosa suerte que corrían ciertos libros al ser adaptados al cine... Hablaban con animación, quitándose a veces la palabra, y llegaron a coincidir en muchos puntos de vista. Zoé había bajado el ritmo. Todavía le quedaban patatas fritas, y hacía varios segundos que no se llevaba ninguna a la boca. —¿No quieres ayudarme? -—le preguntó—. La verdad es que ya estoy llena. Mike la miró sonriendo. Casi parecía relajada. Casi. —¿Quiere eso decir que no vas a tomar postre? —Para nada. No me marcharé de aquí sin probar el pastel de queso. Mike levantó una mano para pedírselo al camarero. —Dime... ¿qué es lo que haces cuando no trabajas de ayudante para Brianna


Fairchild? Zoé lo miró pensativa por un momento, y luego le preguntó a su vez: —¿Porqué? —Porque deseo saberlo. —¿Porqué? —repitió. —¿Te ha dicho alguien alguna vez que haces demasiadas preguntas? —¿Te ha dicho alguien alguna vez que tienes tendencia a ser un retorcido? —¿Sólo que tengo tendencia a serlo? —rió Mike—.Si he de creer en las anécdotas que me cuenta mi madre de cuando era niño, el retorcimiento y la maldad eran mis características primarias. —No lo dudo —suspiró Zoé—. ¿Que qué es lo que hago cuando no trabajo? —se encogió de hombros— Veo vídeos, caliento cenas en el microondas, leo novelas, mato plantas y mando al infierno a los hombres con quienes salgo. —Has dibujado perfectamente el cuadro. —Ah, una cosa más. Huyo de mis hermanas. —¿De tus hermanas? ¿Por qué? —Tengo dos. Margi es un año mayor que yo, y Vanessa dos. Ambas están casadas, Margi, de hecho, va a tener su primer hijo el mes que viene. En cualquier


caso, y junto con mi madre, se han juramentado para verme «establecida». Lo que traducido a mi lenguaje significa destrozarme la vida. —Entiendo- ¿De ahí lo de mandar al infierno a los tipos con quienes sales? —Exacto. Llegó el pastel de queso. Zoé lo observó por un momento, suspirando, y tomó el tenedor. —Por eso —siguió explicando mientras comía—, y para conservar la cordura, las evito todo lo posible. De hecho... —se inclinó hacia delante con un brillo conspiratorio en los ojos— les di esquinazo hace poco, cuando pretendían que saliera con un tipo al que conocieron en un restaurante chino. —Oh... ¿de veras? —Sí, ¿Conoces el Dragón Dorado? Oh, claro que sí. La otra noche coincidimos allí. Bueno, al parecer el viejo señor Wu tiene un nieto que, según mis hermanas es el hombre que justamente necesito. —¿De veras? —repitió Mike. —Aja. Pero yo les dije que ni hablar. Me niego a salir con más cretinos. —¿Qué te hace pensar que ese tipo es un cretino?—le preguntó, disimulando una sonrisa.


—Todos lo son —Zoé dejó el tenedor en el plato vacío—. Las citas a ciegas a las que me tienen acostumbrada mis hermanas son la manera que tiene el destino de señalarme los cretinos de este mundo. Mike pensó que la comida, aparentemente, era la receta que lograba ablandar tas defensas de Zoé. —¿Y qué hay de ti? —le preguntó ella. —¿De mí? —Sí. —Sí. Ya sabes cosas de mi vida personal, y ahora me toca a mí. ¿Qué es lo que haces aparte de trabajar? —Pensar en el trabajo. Zoé le recordaba a un pequeño pájaro, una avecilla moviéndose constantemente. Y, como los de un pájaro, sus ocasionales períodos de inmovilidad eran intensos, llenos de sentido. En uno de esos períodos lo miró fijamente a los ojos y le preguntó: —¿Sales,,, a menudo? —De vez en cuando. Aunque nunca se satisfacen mis expectativas. —¿Porqué?


Mike reflexionó cuidadosamente su respuesta, indeciso acerca del mensaje que quería transmitirle. Al fin decidió simplemente decirle la verdad: —Porque, después de innumerables desastres, al fin me he dado cuenta de que no hay lugar en mi vida para una mujer. No puedo dedicarle a una mujer la atención que se merece —observó su reacción, pero Zoé no parecía reaccionar en absoluto—. Dudo que me case alguna vez. —Sé lo que quieres decir —Zoé desvió la mirada mientras lanzaba la servilleta sobre el plato y recogía su bolso—. Yo tampoco me imagino casada en un futuro. ¡Pero diles eso a mis hermanas! Mike se puso en pie primero, y extendió una mano de forma automática para ayudarla a levantarse. Para su sorpresa, Zoé la aceptó sin vacilar. —¿Entonces detestas realmente la comida china?—le preguntó él mientras pagaba la cuenta. —¿Por qué? ¿Tus padres trabajan en algún restaurante? —¿Qué? Oh. no —sonrió. Zoé volvió al trabajo en el salón. A pesar de si misma, había disfrutado de la comida con Mike. Desde luego, mucho más que con todos ios cretinos con los que había


salido anteriormente. Y si, no podía dejar de admitirlo: le gustaba Mike Kwan. Le gustaba de verdad. Escuchaba lo que ella tenía que decirle, y lo que él tenía que decirle a ella le resultaba interesante. Podía comportarse de forma irreverente, lo cual estaba bien, y también como un caballero, lo cual estaba aún mejor. Lo irónico del asunto era que Mike ni siquiera estaba mínimamente interesado en entablar una relación. Cuando Zoé había finalmente encontrado un hombre bueno e inteligente, generoso y atractivo... entonces resultaba que ya estaba casado con su trabajo. Un verdadero fastidio. Mike volvió a su oficina a eso de las cuatro, y se encontró a su ayudante sentada con expresión bobalicona. —¿Qué te pasa? Parece como si te apretara la faja. Fran lo ignoró, como era habitual en ella. —Ella fue la que te llamó «repugnante», ¿verdad? Mike se dijo que aquella mujer tenía un cerebro tan grande como una trampa para osos. Por supuesto, eso era lo que la hacía insustituible en su empresa. —Sí, pero... Fran levantó una mano, interrumpiéndolo, y se concentró en la tarea que tenía


entre manos. —No quiero escuchar el mismo cuento que ya he escuchado acerca de tu incapacidad para mantener una relación normal, o tus malos argumentos de que no eres un buen material de matrimonio, o cualquiera que sea la excusa que toca esta semana. Todo esto es una farsa, y lo sabes. Utilizar el trabajo como excusa es el truco más viejo de! manual. ——No es una excusa, Fran... —Claro que lo es —musitó mientras revisaba una lista—- Puede que te sorprenda un poco dado lo bien que escondo mi edad, pero no he nacido ayer. Y he criado a tres hijos que ahora son adultos. Conozco todos los argumentos —de pronto te dedicó toda su atención y dejó a un lado su pluma—. No creo que nadie quiera realmente regresar a una casa vacía todas las noches, o no desee sustituir su trabajo por un cuerpo cálido que comparta su lecho. ¿De qué tienes miedo, Michael? —Creo que has estado viendo demasiadas telenovelas, Fran. La vida no es un cuento con el final feliz. Y en todo caso... —Pero tampoco es una página en blanco, Michael —Fran se levanto y rodeó


el escritorio—. Eres demasiado joven para tirarlo todo por la borda, para renunciar a encontrar tu alma gemela... —Oh, por favor. Fran-- —rió secamente—... ahórrame ese tópico del «alma gemela». Además... —Vale. Llámalo como quieras. Pero no te encierres en ti mismo. —Fran... —Yo ya he soltado mi discurso —le comentó, ajustándose las gafas—. Pero piensa en esto: pasas al menos doce horas al día pensando en mejorar las vidas de otra gente, en hacer realidad los sueños de otras personas. ¿No podías pasar al menos algunas horas de las otras doce pensando en cómo mejorar tu propia vida? Más furioso de lo que hubiera querido estar, aunque dudaba que su irritación estuviera enteramente dirigida contra su ayudante, entró rápidamente en su despacho. Ya se disponía a cerrar de un portazo, cuando cometió el error de intentar decir la última palabra. —El trabajo es mi vida. Fran. Y si empiezo a fallar, las vidas de un montón de gente se tambalearían. —Oh. dame un descanso. Michael —repuso Fran con gesto cansado antes de


sentarse en su sillón, mirándolo por encima de sus gafas—. Tú también te sorprenderías de lo bien que podríamos arreglárnoslas sin ti de vez en cuando. Entonces Mike sí que dio el portazo. —Y si no dejas de dar esos peñazos —resonó la voz de Fran por el aparato intercomunicador—, no me dejarás más opción que concluir que tengo toda la razón. Fran tenía razón, por supuesto. El trabajo nunca podría sustituir una relación. Y, si no hubiera sido por la intrusión de Zoé Chan en su vida. quizá no se le habría caído el velo de los ojos. Mike se dejó caer en su sillón. En aquel momento había cientos de cosas que debería hacer: llamadas que devolver, presupuestos que analizar, documentos que aprobar. Pero allí estaba sentado, mirando por la ventana y pensando en Zoé. Y admitiendo para sí mismo, al fin, lo increíblemente solo que se sentía. Había disfrutado mucho de la comida, al menos cien veces más de lo que había esperado. En todo caso, Zoé podría acabar convirtiéndose en una buena amiga. Pero se engañaba si pensaba que era eso todo lo que quería de ella. Mike evocó la conversación que habían mantenido, intentando recordar sus expresiones, el lenguaje de su cuerpo cuando le habló de su


trabajo y de su penosa experiencia con los hombres. Como le sucedía a él. El trabajo era su vida. Pero intuía que así no era del todo feliz, Zoe no era del todo feliz, pero Mike no era la persona que pudiera colmar esa carencia. Por mucho que quisiera, él no podía ser esa persona. Zoé Chan necesitaba mucho más de lo que él podía ofrecerle. Necesitaba a alguien que pudiera estar a su lado, que pudiera dedicarle la atención que necesitaba, que se merecía. Solamente durante el siguiente mes, tenía viajes programados a Chicago, San Francisco, Toronto, Nueva York... Consiguiendo nuevos clientes, cuidado a los antiguos-.. Por supuesto los faxes y el correo electrónico podían ayudarlo en esas tareas, pero aquella no era la forma de hacer las cosas de Mike. En su opinión, no era lo suficientemente personal. Desvió la mirada hacia los modelos de folletos que había elaborado para Zoé. Cuando los recogió de la mesa, pudo reconocer su perfume y suspiró, frustrado. Aquel asunto sí que se estaba volviendo demasiado personal... Quizá se había servido del trabajo como excusa. Pero desear que las cosas fueran distintas no significaba que pudieran serlo. Estúpidamente se acercó los folletos a la nariz, aspirando el perfume de Zoé. Y maldiciendo. A través de un mensajero enviaría a Zoé todas las cosas que necesitara enviarle. A partir de aquel


momento, y en la medida de lo posible, otra gente de su oficina se ocuparía de aquel encargo. Realmente sería mejor así. Para todos. Capítulo 6 DURANTE tas tres semanas transcurridas desde que habló con Margi, Zoé no había vuelto a ver a sus hermanas. A propósito. De hecho, aparte de ocasionales llamadas telefónicas de compromiso, ni siquiera las había llamado. No se había producido intento alguno de concertarle una cita, ni con el nieto de David Wu ni con nadie. Incluso su madre se había mostrado al respecto más reticente de lo que era habitual en ella. ingenuamente, Zoé creía encontrarse a salvo. Pero un viernes por la tarde de finales de octubre, Zoé oyó el timbre de la puerta trasera sonando con insistencia. En bata y zapatillas bajó las escaleras para abrir y se encontró con sus hermanas. —Vaya, llevas una vida muy excitante —le comentó Vanessa—. A las siete y en pijama. La Mujer Salvaje ataca de nuevo. Zoé cruzó los brazos y se apoyó en la jamba de la puerta. —¿Cómo sabes que no estoy seduciendo a un hombre en el apartamento?


Las hermanas se miraron una a otra y se echaron a reír. —Cariño, si ese es el tipo de ropa que te pones para seducir a un hombre — dijo Vanessa entrando en la casa—, entonces es que estás en peor forma de lo que pensaba. —Secundo la observación —declaró Margi siguiendo a su hermana y vestida con un holgado suéter verde que la hacía parecer una gigantesca sandía andante. Lanzó una mirada al atuendo de Zoé y sacudió la cabeza—. ZO, yo no descuidaría mi aspecto tanto como tu... ni siquiera ahora. —Una vez que ya me habéis humillado a gusto, ¿qué diablos estáis haciendo aquí? ¿Y dónde están vuestros maridos? En el salón, Vanessa encendió un par de lámparas y luego ayudó a Margi a sentarse en el sofá. —Harry está en Decatur y Scott estará fuera de la ciudad hasta el viernes. —¿Fuera de la ciudad? ¿Qué es todo esto? —Zoé miró a Margi, que se movía incómoda en el sofá mientras se ponía unos almohadones en la espalda. —Su nuevo empleo —le explicó, suspirando—. La empresa ha ampliado su ámbito, así que tiene que estar fuera de la ciudad dos semanas por mes. —Oh, vaya — sentada frente a ella, Zoé le tomó una mano entre las suyas—.


¿Y qué pasará cuando venga el bebé? Margi sacudió la cabeza con gesto despreocupado. —No habrá problema. Dispone de una semana libre antes y después del parto, así que... —Escucha. Zoé —intervino Vanessa, interrumpiendo a su hermana—, no hemos venido aquí para hablar del trabajo de Scott. Vístete. Salimos a cenar. —Ya he cenado, lo siento. —Puedes cenar otra vez —dijo Margi—. O verme cenar a mí. No me importaría —se balanceó hacia adelante un par de veces hasta que logró levantarse—. Vamos, vístete- Hemos reservado una mesa en Caraveggio's. —¿CaraveggÍo's? —inquirió Zoé, abriendo unos ojos como platos. —Ya te dije que la impresionaríamos —le sonrió Vanessa a Margi. —Ahora vengo —dijo Zoé mientras subía corriendo las escaleras—. No os marchéis sin mí. La verdad era que Zoé se alegraba de poder salir de casa y distraerse de sus pensamientos. A pesar de lo ocupada que había estado trabajando durante las últimas


semanas, al parecer no lo había estado lo suficiente para dejar de notar la ausencia de Mike Kwan. Aparentemente, Mike había delegado la realización de la campaña en su equipo, lo cual era comprensible y revelaba su buen sentido para los negocios. También había estado mucho tiempo fuera, según Fran. Sabía que era una estupidez pensar en él tan a menudo. Mike le había dejado perfectamente claro que no estaba interesado en una relación, y que su trabajo era prioritario. Zoé finalmente había reconocido que lo que había interpretado en un principio como un flirteo por su parte, quizá el germen de un interés romántico, no había sido más que el habitual comportamiento de Mike: abierto, descarado, provocador. Aun así, un asomo de esperanza seguía latiendo en el fondo de su corazón. . Con todas las molestias que se había tomado para convencerse de que no necesitaba ningún hombre... Bueno, quizá, en algún sentido, eso fuera verdad. No necesitaba ningún hombre para sobrevivir o para sentirse completa. O incluso, según suponía, para ser feliz. Si lo veía de esa forma, un hombre no le era necesario en absoluto. ¿Pero qué sucedía cuando veía a uno tan deseable y a la vez tan inaccesible? ¿Entonces qué?


Allí estaba, sentada en un restaurante italiano de Buckhead, al borde de la autocompasión y cenando con sus hermanas. ¿Acaso estaba loca? Durante el primer plato la conversación se centró principalmente en el embarazo de Margi, cotillees familiares, matos hábitos de los maridos y nuevamente en el embarazo de Margi. Una conversación aburrida, predecible, segura, de hecho Zoé estaba empezando a sentirse mejor. —¿A que no adivinas a quién me encontré el otro día? —le preguntó Margi. De alguna manera, Zoé intuyó que la respuesta no seria tranquilizadora. Inmediatamente se tensó, con el tenedor suspendido a medio camino de la boca. De pronto, los comensales de la mesa de al lado, que estaban celebrando un cumpleaños, se pusieron a cantar y, en consecuencia, Zoé no oyó el nombre. De todas formas tampoco le importaba. —¿Lo conoces? ¿Al nieto de David Wu? —Oh. —Pues sí. Últimamente ha tenido que ausentarse mucho de la ciudad por motivos de trabajo... ¿Sabes, Zoé? Me comentó que le gustaría conocerte. —Oh, no —gruñó Zoé, llevándose una mano a la frente.


—En serio. Cuando quieras y donde quieras, según sus propias palabras. Había sido una semana muy larga, y las defensas de Zoé estaban por los suelos. Además, había abusado sin darse cuenta del Chianti. Sabía que sus hermanas no cederían hasta que le arrancaran un «sí». Cuanto antes aceptara, antes podría seguir adelante con su propia vida. —Vale, de acuerdo, como queráis —exclamó, levantando las manos en un gesto de rendición—- Veré a ese tipo cuando vuelva de Nueva York. Con una condición: que no hablemos más de ello durante la cena. Ambas hermanas murmuraron unas palabras de aprobación... y de triunfo. Llegó el segundo plato. —No le arrepentirás. Ese hombre es fabuloso. . —Margi... —¿Qué? —inquirió con expresión inocente. —Que te calles. Encogiéndose de hombros, su hermana cambió de tema. —Hablando de Nueva York... ¿cuándo dijiste que te ibas? —le preguntó Vanessa.


—El viernes que viene —respondió Zoé—. Iremos en el avión de Spencer. —Vaya, disculpadme —dijo de pronto Margi, abanicándose con la servilleta. El frente de su suéter verde estaba ahora adornado por manchas de tomate. Se echó a reír, pero luego emitió una exclamación de sorpresa. —¿Es el bebé que te da patadas? —No... no lo sé. ¡Ouch! ¡Ouch! Zoé intercambió una mirada de preocupación con Vanessa, y ambas se levantaron rápidamente. —¿Qué pasa? ¿Es el bebé? —preguntaron al unísono. —Bueno, de lo que estoy segura es de que no es la salsa marinara — respondió Margi, apretándose el vientre. De pronto el jovial ambiente del restaurante se trocó en otro de pánico mientras la plantilla de camareros tomaba conciencia de lo que estaba sucediendo. El dueño correteaba de un lado a otro como un pollo sin cabeza, olvidado el inglés que había tardado cincuenta años en aprender debido a la urgencia del momento: —¡Dottore! ¡Bambino! ¡Dio mió!


En el tiempo que tardaron Vanessa y Zoé en levantar a Margi y llevarla hasta el coche, afortunadamente Vittorio pudo recordar su segundo idioma. —Lo siento, señorita Chan. Mi esposa tiene ocho bambini, y le vinieron todos así, de golpe, como si fueran barras de jabón... ¡suup! —acompañó su interjección de una descriptiva pantomima—. Por un momento creí que su hermana iba a dar a luz en el mismo ristorante. —No pasa nada —le dijo Zoé, firmando la visa; nervioso o no, Vittorio no estaba tan preocupado como para olvidarse de aquello—. El hospital está a sólo unos minutos de aquí. Mientras Zoé dejaba el restaurante, oyó el grito de Vittorio a su espalda: —¿Me dirá si es niño o niña? —Descuide —respondió, levantando el pulgar para infundirle confianza. Al final se trató de una falsa alarma: movimientos provocados por un bebé hiperactivo dentro de una mujer demasiado pequeña. A pesar de su intensidad y frecuencia, las series de contracciones no se habían acercado lo suficiente al cuello del útero. Decepcionada Margi seguía sentada en la mesa de examen.


—¿Y cómo se supone que voy a saber que las contracciones se acercan al cuello del útero? —Oh, no se preocupe por eso —sonrió el médico—.Ya lo sabrá. Margi arqueó una ceja con gesto escéptico, y se apoyó en Zoé para bajarse de la mesa. —He conseguido estropear una magnífica velada —musitó mientras salía de la sala y caminaba lentamente por el pasillo, flanqueada por sus hermanas. —Hey, pues a mí me ha parecido divertida —comentó Vanessa—, ¿y a tí, Zo? —Oh, desde luego. Lo aburrido habría sido haberme quedado en casa viendo una telenovela. —Vale. os reís de mi miseria —les dijo Margi—Pero recordad esto: un día vosotras dos pasaréis por esto mismo, y yo os lo recordaré- Y voy a... maldita sea... Ya habían llegado a la entrada cuando se repitieron las contracciones. Zoé observó apenada el rostro de su hermana. Margi se sentía verdaderamente fatal. Y con su marido ausente. . no envidiaba en absoluto su situación. Subieron al coche y llevaron primero a Margi a casa. La acostaron y le dijeron


cinco veces cada una que las llamase si necesitaba algo. Escarmentada por su reciente experiencia, sin embargo, Margi negó con la cabeza. —Ya no os fastidiaré más —dijo bostezando—. Después de todo, el médico me advirtió que sólo debería alarmarme si rompía aguas. Abrazándose a las almohadas, les pidió que apagaran las luces antes de salir. Ya las llamaría al día siguiente. —¿Todo esto para qué? —inquirió Zoé minutos después en el coche de Vanessa, de regreso a su casa. —¿A qué te refieres? —Todo esto: el matrimonio, el embarazo, los hijos. En la oscuridad, Vanessa la miró estupefacta. —Estás de broma, ¿no? —¿Por qué habría de bromear? ¿Por qué habría alguien de pasar por todo esto? —Quizá porque Margi está locamente enamorada de su marido y quiere tener ese bebé, ¿no te parece? Como han venido haciendo las mujeres durante miles de años. —Pero se siente fatal... —Claro que sí. Y también echa de menos a Scott. Pero a veces tienes que pasar


estos malos momentos para llegar a los buenos, ¿sabes? —como Zoé no respondió, Vanessa se volvió para mirarla—. ¿Qué te pasa, cariño? Desde tu cumpleaños has estado... bueno, rara... —No es verdad. —Bueno, alguien tenía que decírtelo, y supongo que me ha tocado a mí. No lo entiendo, Zo. A ti siempre te han gustado los bebés... acuérdate de lo mucho que te encariñaste con los hijos de Brianna. Ahora, de pronto, tu propia hermana se queda embarazada y tú te pones a refunfuñar así. ¿Qué es lo que te pasa? —Quizá sea la crisis de la edad adulta —sugirió Zoé encogiéndose de hombros—. No lo sé —se volvió hacia la ventanilla. —¿Alguna vez se te ha ocurrido pensar...? —Vanessa vaciló. —¿Qué? —Bueno, sé que te me vas a echar encima, pero es que tengo la impresión... Creo que le sientes sola, cariño, pero has estado tan ocupada desde que saliste de la universidad que hasta ahora ni siquiera te has dado cuenta de ello... —Oh, no seas ridícula... —Estoy hablando en serio. No estoy diciendo que no haya gente que realmente


prefiera estar sola, pero, sinceramente, no creo que tú seas uno de ellos. Al menos no durante un tiempo prolongado. Eso es todo. Ya me callo. Zoé cruzó los brazos, manteniendo fija la mirada al frente. —Gracias. Mejor será. Pero aunque ya no oía la voz de su hermana, seguía escuchando su propia voz interior. Y, desgraciadamente, las dos parecían estar de acuerdo. Aquella ultima semana antes de su viaje a Nueva York file una auténtica locura. Mike le había sugerido que, para ahorrar tiempo y dinero, enviaran los folletos junto con las invitaciones a la exhibición. Brianna y Zoé se mostraron de acuerdo, lo cual les supuso una verdadera maratón para fotografiar al menos la mitad de los vestidos a presentar: además, el departamento artístico de Mike tuvo que diseñar los folletos, imprimirlos y enviarlos. Después, no tuvieron que hacer más que esperar con nerviosismo la reacción de los clientes. El día anterior a su partida, Brianna y Zoé se sentaron en la oficina, contemplando impresionadas la montana de cartas, faxes y correo eléctónico que habían recibido: peticiones para asistir a la exhibición o para recibir mayor información o folletos, y bastantes encargos. —Ese hombre es un genio —comentó riendo Brianna—. ¿Te lo puedes creer? Estoy anonadada.


—El mérito es tuyo —repuso Zoé desde su escritorio. —Desde luego, al haberme dejado convencer de que contratara a tu señor Kwan. Zoé decidió no responder a aquella provocación. —Ah, me olvidaba de decírtelo: mañana volará con nosotras. A eso sí que respondió Zoé. —¿Que volará con nosotras? ¿Qué diablos? —Oh, me dijo que tenía algo que hacer la semana que viene en Nueva York, así que estaría por allí si queríamos consultarle algo. Se vuelve el jueves por la mañana —Brianna lanzó una mirada a Zoé, y luego siguió abriendo sobres—. ¿Por qué? ¿Es que tienes alguna objeción a que nos acompañe? —¿Por qué habría de tener alguna objeción? —No lo sé, pero a no ser que hayas estado sometiéndote recientemente a sesiones de rayos ultravioleta, tienes un rubor muy acentuado. —Es la luz —declaró Zoé, fingiendo concentrarse en la pantalla del ordenador—. Está anocheciendo. —Mmmm. Es guapo. —¿Quién es guapo?


—Tu señor Kwan. —No es mi... —intentó dominarse—. Sinceramente, Brianna... —se levantó de la silla para entregarle unos informes—. ¿De dónde has sacado esas ideas? —Oh... acabo de recordar la conversación que mantuvimos, hace varios años, acerca de lo que opinabas sobre alguien que ha llegado a ser muy querido para mí —sonrió Brianna—. Creo que tus palabras eran «una seria e indudable posibilidad». —Eso era diferente. —¿Por qué? Para su disgusto, Zoé se dio cuenta de que su rubor se estaba acentuando. —Porque Spencer... no es un papanatas arrogante y autoritario. —Chica —Brianna estalló en carcajadas—, tienes peor memoria de lo que había pensado. SÍ mal no recuerdo, las dos pensábamos exactamente lo mismo! Y si esperas que me crea que eso es lo que piensas de Mike Kwan, entonces es que me tomas por una ciega—la fulminó por un instante con sus ojos verdes, y añadió—; ¿Sabes? Algo me dice que él no tiene tan mala opinión de tí. Una pequeña esperanza volvió a aletear en el corazón de Zoé. «¿Has oído eso?»,


le preguntó aquella voz interior que cada día le resultaba más irritante. —Oh, cállate ya —replicó, tanto a Brianna... como a sí misma. Mike ya había viajado antes en un avión privado, pero nunca en compañía de dos niños pequeños. O de una mujer que hacía que le ardiera la sangre en las venas cuando pensaba en ella. Zoé estaba sentada lejos de la familia, trabajando con su ordenador portátil sobre las rodillas. A su derecha había un buen montón de papeles presuntamente la información que tenía que introducir en el disco. Debía de haberlo oído entrar pero ni siquiera se había molestado en saludarlo, lo cual escamaba a Mike. Mike se había encontrado con Margi hacía dos noches, en el restaurante de su abuelo. Su anuncio, un poquito nervioso quizá, aunque tal vez se debiera a su embarazo, de que Zoé había consentido en verse con él lo había dejado sin aliento. Pero, casi con absoluta seguridad, la mujer que tenía delante en aquel momento nada sabía de aquello. Mientras los Lockart se instalaban en sus asientos, Mike se acercó cautelosamente a Zoé. Se había recogido su larguísima melena en una trenza y se había subido las mangas de su suéter color caqui, un color que combinaba perfectamente con su tez dorada y su cabello negro azabache. Estaba frunciendo el


ceño y tenía una expresión preocupada... que Mike ansió borrar, por ejemplo, con un beso. —Hola. Percibió su vacilación antes de que levantara la mirada hacia él. —Oh... hola. —¿Puedo... sentarme contigo? —Mike señaló el asiento a su lado. —Como quieras —y volvió a concentrarse en su trabajo. La había echado de menos. ¿Cómo podía echar de menos a alguien a quien apenas conocía? Ignoraba el por qué. pero no podía negarlo. Evitándola no había conseguido aplacar ni el anhelo ni la atracción que sentía por ella. Aunque sabía que probablemente estaba equivocado y que terminaría agonizando de frustración, todavía ansiaba excavar debajo del muro que Zoé Chan había levantado en tomo a su corazón, y descubrir quién era realmente. Pero primero tenía que conseguir hablar con ella. —¿Te pasa algo? —¿Qué habría de pasarme? —No me has dado una bienvenida muy cálida que digamos. —Oh... —lo miró entrecerrando los ojos—-, pues lo siento. Los trompeteros


y las chicas que arrojan pétalos de flores están de vacaciones. Estoy ocupada, Mike. Eso es todo. Si quieres sentarte aquí, bien; no le estoy reservando el asiento a nadie más. Pero me gustaría terminar lo que tengo entre manos antes de que lleguemos a Nueva York, así que me temo que no voy a resultarte una buena compañía y volvió a concentrarse en su trabajo. Mike volvió a decirse que algo raro estaba pasando. Tres semanas atrás se habían separado como amigos. ¿Por qué se estaba comportando Zoé de aquella manera? ¿Qué había hecho el propio Mike al aceptar verse con ella? Seguirle el juego a su hermana le había parecido algo totalmente inofensivo. A juzgar por los comentarios de Zoé sobre los miembros de su familia para casarla, había supuesto que ella se negaría en redondo a asistir a aquella nueva cita. Pero no lo había hecho. ¿Por qué? ¿Por qué había aceptado ver a alguien a quien ya conocía? ¿Y por qué no le había dicho nada al respecto? ¿O quizá en realidad no lo sabía? Mike habría supuesto que se habría sentido furiosa, o divertida; en todo caso, nunca habría reaccionado con indiferencia. Entonces, ¿cómo habría logrado convencerla Margi? Finalmente, Mike


dejó su maletín en el suelo, se quito la chaqueta del traje y se sentó. Como Zoé continuaba ignorándolo, agitó una mano delante de su rostro. —Quita. —Creí que me habías dicho que podía sentarme aquí. —Y yo pensé que habías aceptado dejarme en paz. —Yo no acepté nada. Tú supusiste que aceptaría tu sugerencia. —¿Sabías que no estás diciendo más que tonterías? —replicó ella sin dejar en ningún momento de teclear en el ordenador. —¿Es eso lo que realmente piensas? —Mike Kwan —le dijo Zoé con tono suave, interrumpiéndose en esa ocasión —, tú no quieres saber lo que realmente pienso. Algo en su voz lo conmovió extrañamente, pero se obligó a no reaccionar. En lugar de ello, cruzó una pierna y apoyó la barbilla en la mano mientras la observaba trabajar. Fascinado. Y decidido a exasperarla. Al cabo de unos minutos, la táctica funcionó. —¿Qué pasa? — Sólo estoy intentando descubrir por qué te desagrado tanto. De hecho, alguna gente piensa incluso que soy un buen tipo...


—¿Lo ves? —lo interrumpió-Los buenos tipos no necesitan ir por ahí pregonándolo. —Vale, pues entonces dame una oportunidad de demostrártelo. Cena conmigo mañana por la noche. Mike no había esperado que se echara a reír. —Eres verdaderamente asombroso, ¿lo sabías? ¿Por qué habría de hacer eso? ¿Te he dado acaso una sola pista de que me podría dejar convencer mínimamente para salir contigo? —Considero un síntoma positivo que aún no me hayas tirado el portátil a la cabeza. —Eres insistente, ¿eh? —rió Zoé. —Soy publicista. ¿Qué más puedo decirte? —Muy poco. Créeme: si yo fuera tú, no albergaría esperanza alguna. Ni siquiera te merecerías que destrozara un ordenador de tres mil dólares. —Oh... Ahora sí que me siento dolido. . —se inclinó hacia delante y le tomó suavemente una mano—.Pero todavía sigo queriendo cenar contigo. Zoé retiró la mano, pero inmediatamente lo miró como si se hubiera arrepentido de aquel gesto. Y entonces Mike comprendió. No lo del arreglo de Margi; eso


seguía siendo un misterio. Comprendió lo que estaba haciendo Zoé. Estaba asustada; eso era seguro. Tenía miedo de relacionarse con él. Y... ¿cómo podría culparla por ello? —¿Recuerdas? —le dijo ella, volviendo a concentrarse en su ordenador—. Yo no ceno. «No hagas eso. Déjalo estar», le advirtió a Mike una voz interior. —¿Nunca? —Con hombres no. «Eres un loco, Kwan». —Pero ya hemos comido. . —Eso era distinto. —Zoé, mírame. Zoé se limitó a mirarlo de soslayo... pero fue suficiente. Suficiente para saber que probablemente estaba a punto de cometer un error. Suficiente para saber que no tenía elección... excepto ir con cuidado. - No oculto segundas intenciones. No voy a intentar arrastrarte a mi habitación del hotel, o a intentar ablandarte con zalamerías. Me gustas, ¿vale? Ya está. Y me gustaría compartir una cena contigo. Punto. ¿Puedes aceptar eso?


Antes de que Zoé pudiera contestar, los reactores del avión se pusieron en funcionamiento. Pero Mike creyó haber visto algo parecido a la decepción brillar en su mirada. Capítulo 7 EL bramido de los reactores parecía corresponderse con el que resonaba dentro de la cabeza de Zoé. Mike le había dicho que le gustaba. ¿Se atrevería a creérselo? ¿Se atrevería a confiar en un hombre cuyo trabajo consistía en convencer a gente de que comprara cosas que en realidad no necesitaba? Y... ¿se atrevería a confiar en sí misma? Una cosa que no se atrevía a hacer era decirle que ella sentía lo mismo. Porque, tenía que admitirlo, Mike era inteligente, divertido... y sexy. El problema era que ya había pasado por eso antes, y no quería repetir la experiencia. Durante las últimas veinticuatro horas había intentado imaginar cómo se sentiría, cómo reaccionaría cuando volviera a verlo de nuevo. Nada la había preparado para la realidad. ¿Síntomas de estrés? Los tenía todos: sudor en las manos, respiración acelerada... Pero la reacción que más la alarmaba era el inexplicable deseo de besar aquella boca tan finamente delineada, de dejarse mecer por aquellos brazos, de acariciarle el


cabello, la cara, el pecho. De que la tocara... Y, quizá, de que la amara. Ser amada por aquel hombre que acababa de pedirle que cenara con él al día siguiente por la noche. Mientras el avión se elevaba, Tyier, el bebé de un año de Brianna empezó a llorar con el brusco cambio de presión; segundos más tarde, Zoé pudo escuchar a Spencer consolando al niño. Abrió los ojos y estudió al hombre de cabello prematuramente cano, que había juzgado tan arrogante la primera vez que lo vio tres anos atrás: un hombre que había tenido la valentía y la decisión de casarse con una mujer embarazada de la hija de otro hombre. Un hombre cuyos rasgos, en aquel preciso momento, aparecían suavizados por una expresión que Zoé estaba segura nunca experimentaría. El avión se estabilizó a una altura determinada y el asistente de vuelo les sirvió sus bebidas. Mientras tanto Zoé observaba cómo Spencer acunaba al bebé en su regazo. Tyier se quedó inmediatamente quieto, frotando la naricilla contra el suéter de Spencer y metiéndose el diminuto pulgar en la boca. En ese momento, Spencer sonrió y le hizo un guiño a su mujer, que había empezado a leerle un cuento a Melissa, sentada en su regazo. Ante la ternura de aquella escena, Zoé se quedó sin aliento. Pero no era


ninguna ingenua. La relación de Brianna y Spencer no estaba exenta de peligros y dificultades. La continua necesidad que tenía Spencer de viajar, a veces de manera inesperada, era un constante desafío para ambos. Y, sin embargo, nada podía empañar el respeto mutuo y el amor incondicional que los mantenían unidos. Cuando Spencer y Brianna se miraban, era eso lo que veían, y nada más. Eso, se dio cuenta Zoé en aquel preciso instante, era lo que ella quería. Nada menos. Se dijo que incluso una simple invitación a cenar podía ser peligrosa, si no llevaba cuidado. Estaba asustada... mortalmente asustada. Una cosa era ser herida por alguien que en todo caso se había revelado como un canalla... pero exponerse a ser herida por un hombre realmente bueno... ¡pero qué diablos! Solamente habían quedado en cenar juntos, ¿no? -¿Mike? Mike giró la cabeza para mirarla, arqueando las cejas. Si lo único que él podía ofrecerle era amistad, quizá podría acostumbrarse a eso. Cada paso a su tiempo.


-¿A dónde habías pensado llevarme a cenar? —le preguntó, absolutamente indefensa ante la sonrisa que exhibió nada más escuchar sus palabras. Una vez más escuchó aquella voz interior: «buena chica». Mike descubrió rápidamente que no tenía sentido discutir con los Lockart. Primero le habían invitado a viajar con ellos en su avión. Luego, el trayecto en limusina a su hotel. Después siguió inmediatamente una invitación a quedarse como huésped suyo en el gran apartamento que poseían en la Quinta Avenida. Por supuesto, Mike elevó las protestas de rigor, sabiendo que insistirían una segunda vez, y que entonces sí que podría aceptar. Lo cual, invariablemente, era justo lo que había sucedido. Y si Zoé se hubiera mostrado un poquito más entusiasta ante el arreglo Mike también habría estado encantado. Zoé se había comportado estupendamente, mostrándose incluso habladora, hasta que Brianna le comunicó la invitación. Entonces, la puerta volvió a cerrarse. Hablaron poco durante el resto del viaje en avión, cada uno inmerso en su trabajo. Mike no pudo evitar preocuparse, lanzándole de vez en cuando furtivas miradas. En aquel instante, en la limusina y de camino hacia el apartamento de los Lockart, Zoé seguía encerrada en un ominoso silencio mientras miraba por la ventanilla, sentada a su lado. Si hubieran estado solos, Mike se habría sentido tentado de atraerla hacia sí y mecerla en sus brazos, como si fuera una niña. Afortunadamente para él, no


estaban solos. Spencer, Brianna y las dos criaturas estaban sentados frente a ellos. Por su parte, Brianna también parecía o bien preocupada o bien exhausta, mientras le acariciaba el pelo a su hijo sentado en sus rodillas. Lo cual dejó a Spencer como única persona con la que pudo hablar Mike durante la media hora de trayecto hasta Manhattan. Mike se llevó una agradabilísima impresión al conocer al amable Spencer Lockart. Era un hombre que se sentía muy orgulloso de su negocio, del cual hablaba con pasión e incluso con cierta ternura. Era muy rico, desde luego; pero no había amasado su fortuna a costa de nadie. Spencer, a su vez, escuchó atentamente a Mike mientras le hablaba de su pequeña agencia y de sus planes para el futuro. —Tu negocio significa mucho para ti —le dijo bajando la voz para no despertar a los niños. No era una pregunta. —Sí —afirmó Mike —¿Cuántas horas al día le dedicas? —Depende. Nunca menos de diez. E incluso dieciséis cuando me veo muy acorralado... —Yo también acostumbraba a hacer eso —repuso Spencer, asintiendo con la


cabeza; luego desvió la mirada hacia su esposa, que dormitaba plácidamente —. Hasta que descubrí que no lo necesitaba de verdad. Antes de que Mike pudiera pensar en una respuesta, la limusina se detuvo frente a un edificio de apartamentos. Mientras los Lockart se ocupaban de despertar a sus hijos, Mike miró a Zoé y vio que también se había quedado dormida. Extendió una mano para acariciarle delicadamente una mejilla con los nudillos... y se quedó sin aliento al descubrir la respuesta de su propio cuerpo. Después de años de vivir con una baja tensión sexual, sus hormonas parecían amotinarse y rugían como lo habrían hecho un millón de jugadores de rugby corriendo hacia la línea de gol. Retiró la mano mientras ella se despertaba. —¡Oh! —exclamó, bostezando—. ¿Ya hemos llegado? —Supongo que sí —le sonrió Mike—, dado que Brianna y Spencer acaban de salir con los crios. No hubo respuesta por parte de Zoé, sino otro bostezo mientras recogía el bolso y el portátil. Luego, de repente, lo miró con una expresión tierna, soñolienta, levemente curiosa. Se llevó una mano a la mejilla, como siguiendo el rastro de la caricia de Mike.


—¿Tú me has...? Entonces se abrió la puerta de la limusina, y una voz les dio la bienvenida a Nueva York. El hechizo se había roto. Mike vio que Zoé movía la cabeza, conteniendo el aliento, antes de salir del coche. —Gracias, Enrique —respondió al amable portero que le sostenía la puerta —. Me alegro de estar de vuelta otra vez. Hacía un calor inusual para el mes de octubre. Sobre todo a las dos de la madrugada. Sentada en la silla de hierro forjado de la terraza del apartamento, vestida solamente con su pijama de satén y la bata. Zoé no sentía el más mínimo frío. Casi resultaba obsesivamente silenciosa aquella hora de la noche, tan amortiguado allegaba hasta ella el tráfico de la calle. Durante la ultima media hora ni siquiera había oído una sirena. No le sorprendía que aun siguiera despierta. Durante las últimas semanas aquellos ataques de insomnio se habían convertido en una costumbre. Exhausta después del trabajo, caía rendida en la cama sólo para despertarse unas pocas horas después, incapaz de volver a conciliar el sueño. Y siempre con la inquieta y nebulosa sensación de que algo andaba mal, de que estaba descontenta con su vida... Aquella noche, sin embargo, la preocupaba algo mucho más concreto: la


proximidad de Mike Kwan. Mike la había acariciado en la limusina mientras estaba dormida. Estaba segura de ello. En cambio, no estaba nada segura de qué era lo que más le había molestado: que Mike se hubiera atrevido a tocarla, o que ella misma se hubiera perdido aquella caricia. Maldijo a Spencer y a Brianna por aquella hospitalidad suya tan sureña. Cuando había aceptado cenar con aquel hombre... ¡iban ellos y le invitaban a pasar allí casi una semana entera! No era un pensamiento muy cómodo, reflexionó cerrando los ojos. —Vaya —oyó una voz a su espalda— salgo aquí de madrugada para estar solo, y me encuentro contigo. Era Mike, Zoé procuró disimular su reacción y se obligó a permanecer relajada, subiendo los pies a la mesa de hierro que tenía delante. Durante toda su vida, Zoé se había ocupado de resolver sus propios problemas, y no iba a cambiar ahora. Incluso aunque no supiera cuál era el problema que había que resolver... Todo lo que sabía era que no quería que Mike se convirtiera en uno de esos problemas... —Apuesto a que por la mañana hará frío —comentó él. Zoé se giró un poco para mirarlo. O al menos, para mirar hacia donde se suponía que estaba. Como ya se había ocultado la luna, la oscuridad era casi total;


apenas podía distinguir su silueta, y desde luego nada de su rostro. Le extrañó que estuviera vestido a aquella hora. —¿Qué te hace pensar eso? Sus pasos resonaron en las baldosas de la terraza mientras se acercaba a la barandilla de piedra, desde la que se dominaba la ciudad. —Esas nubes de allí —señaló a su derecha—. El halo que tenía la luna hace unas horas. Y una cierta... sensación en el aire —se volvió, y Zoé intuyó que estaba sonriendo—. Además, he escuchado las noticias de las once. El hombre del tiempo dijo que la temperatura caería al amanecer. Zoé sacudió la cabeza, sonriendo a su pesar —¿Siempre eres tan perverso? —Siempre que puedo —cruzó los brazos sobre el pecho mientras apoyaba la cadera en la barandilla. Zoé apoyaba los codos en los brazos de la silla, entrelazando las manos sobre el estómago. —Esto podría ser peligroso. —¿Qué quieres decir? —se le acercó, y se sentó en la silla que estaba a su lado.


—Quiero decir que podría ser peligroso que tuviéramos algo en común. Como por ejemplo descubrir nuestras respectivas tendencias nocturnas. —¿Y por qué habría de ser peligroso? —Porque sí. —¿Se supone que eso es lógica femenina? —¿Se supone que ese comentario procede de un hombre inteligente? —Si fuera inteligente, habría comprendido lo que acabas de decir —Bueno, tengo que reconocerte algo. Puede que seas perverso, pero no eres estúpido. Mike sonrió de nuevo, y luego se repantigó en su silla, adoptando la misma postura que ella. |—Entonces... ¿por qué estás despierta? —Porque no me he quedado dormida —le espetó. —Ya —rió Mike—- El exceso de trabajo también a mí me pone muy tenso. —¿Qué te hace pensar que yo trabajo demasiado.. ? —Zoé, por favor —le acarició suavemente una mano—. Conozco los síntomas, ¿recuerdas? Por no hablar de que cada vez que he ido a veros a tí y a Brianna, he visto lo ocupadas que estabais.


—No es para tanto. —¿De veras? Inexplicablemente irritada, Zoé se levantó hundiendo las manos en los bolsillos de la bata. —Bueno, empiezo a tener sueño. Hasta ma... Pero Mike también se había levantado. —¿Por qué estás enfadada conmigo, Zoé? —No estoy enfadada ni contigo ni con nadie. Mike la detuvo cuando ya se disponía a entrar, la hizo volverse y le rodeó la cintura con los brazos. Después de un momento de pánico, Zoé se dio cuenta de que no quería besarla, sino sólo retenerla. Pero por alguna razón, eso era incluso peor. Un beso habría sido una insinuación sexual, lo cual le habría dado un motivo para abofetearlo, quizá., Al menos así habría desahogado su rabia antes de retirarse a su habitación. Pero aquello. . no era una insinuación sexual. O al menos ella no lo creía. Aun así, estaba segura de que Mike podía sentir el fuerte latido de su corazón mientras la acercaba hacia sí, acariciándole delicadamente la cabeza con una mano. Por un


momento, en aquella postura se sintió tan segura como una niña en los brazos de un padre. Pero algo más, decididamente nada seguro, empezaba a enroscarse en su vientre llenándola de temor. Se apartó con un suspiro. —Sólo es un abrazo, cariño. Nada más —le dijo Mike con tono suave mientras le acariciaba tiernamente la mejilla—. ¿Cuándo fue la última vez que alguien te abrazó? Había la suficiente luz para que Zoé pudiera verle la cara la contradicción que se dibujaba en sus rasgos, los ojos de firme mirada, el asomo de una sonrisa en sus labios. Suspirando de nuevo, se apoyó contra su pecho. Se sentía segura, protegida. Y, le gustara o no, lo quisiera o no, un poquitín enamorada. Aunque tenía un nudo en la garganta, intentó bromear. —Mi madre, el domingo pasado. Mike se echó a reír, depositando un casto y rápido beso sobre su frente. —Las madres no cuentan- Y albergan segundas intenciones. -¿Y tú no? De pronto Mike la guió hacia la puerta, rodeándole los hombros con un brazo. Deliberadamente no contestó a su pregunta.


— ¿Crees que tendrán chocolate caliente aquí? —inquirió con una sonrisa mientras entraba con ella. Una vez dentro, Zoé se volvió para mirarlo. Había esperado descubrir en su rostro lo que estaba pensando, encontrar una pista que le informara de lo que realmente deseaba de ella. Pero fue en vano. Además, estaba demasiado cansada, confundida y asustada para preguntárselo. Porque, a pesar de cuál pudiera ser la respuesta, no estaba nada segura de lo que podría hacer con aquella información. Una pequeña curiosidad satisfecha: le encantaba abrazar a Zoé. Terriblemente. Mike se estiró en la cama, con un brazo detrás de la cabeza y la mirada perdida en la oscuridad. Zoé había dado en el clavo cuando lo había llamado perverso. Pero se había equivocado de medio a medio suponiendo que no era un estúpido. Sólo alguien tan estúpido, y tan perverso a la vez, podría estar en ese momento despierto en la cama a las tres de la madrugada, preguntándose por qué estaba persiguiendo a aquella mujer de una manera tan temeraria. Nunca sería tan ingenuo como para llamar «amor» a aquel sentimiento que le hacia arder por dentro. Pero tampoco era simplemente deseo. Para nada. Oh, sí,


estaba seguro de que su temperatura corporal subía un par de grados cuando estaba cerca de ella, y Zoé le había inspirado algunos sueños interesantes durante las últimas semanas, pero el deseo no se caracterizaba por su paciencia. Y él estaba dispuesto a ser paciente. Cambió de postura y cerró los ojos. Todavía podía oler su perfume en la mano. Por el bien de los dos... tendría que ser paciente. El chocolate caliente funcionó como una pócima mágica. Segundos después de apagar la luz, se quedó dormida. A las siete y media de la mañana siguiente, ya vestida Zoé ya estaba saboreando una taza de café en la cocina del apartamento. Al otro lado de la mesa estaba sentada una niña adorable de tres años, bien versada en el viejo arte de dejarse mimar por Colleen 0'Hara, el ama de llaves del apartamento. La mujer mayor disfrutaba estando cerca de la pequeña. Después de veintitantos años dedicándose solamente a mantener en condiciones el apartamento para las ocasionales visitas de Spencer, siempre acogía encantada la oportunidad de cuidar a aquellas dos fantásticas criaturas. Zoé suspiró, satisfecha. La cocina era maravillosa, especialmente acogedora, del estilo neoyorquino de entreguerras. Había estado allí al menos media docena de veces, pero seguía admirándola como el primer día.


—¿Dónde está mamá? —inquirió Melissa. —Déjala descansar, corazón —le dijo Colleen—. Mamá y papá necesitan dormir —se volvió hacia la masa que estaba preparando para hacer pan francés, y le pidió a Zoé por encima del hombro—: Venga, habíame de ese tipo tan guapo que está durmiendo en la habitación de invitados. Zoé dejó su taza sobre la mesa con más fuerza de lo que hubiera querido. —Ya te habías ido a la cama cuando llegamos, Colleen. ¿Cómo has podido saber quién... está durmiendo allí? —Estos pequeñajos pueden darte toda la información que quieras —señaló a la pequeña pelirroja que acababa de beberse su tazón de leche—- Me comentó que era guapo, y alto, aunque no tanto como su papá. Que tenía el cabello negro y los ojos igualitos que los tuyos. Zoé apoyó una mejilla en la mano, mirando a la Brianna en miniatura que tenía delante de sí. —Bueno, ¿y se enteró también del crédito de su cuenta corriente?


—Dale un poco de tiempo —comentó Colleen, riendo— y estoy segura de que lo hará. De pronto Brianna entró en la cocina, vestida con una bata de satén. —¡Buenos días, Colleen —esbozando una sonrisa radiante, la besó en las mejillas—. Hola, corazón —saludó a su hija con un beso y un abrazo—. ¿Tenemos todavía alguna de esas tazas en las que Spencer suele tomar el café? —le preguntó al ama de llaves. Mientras parloteaba, Bríanna abría y cerraba armarios, con la bata lo suficientemente abierta como para revelar la ausencia de camisón alguno. Colleen le hizo a Zoé un guiño de complicidad, y le enseñó luego a Brianna la taza que estaba buscando. Se la tendió después de llenársela de café. —Gracias —dijo y salió disparada de la cocina. Colleen estalló en carcajadas. —¿De qué te ríes? —le preguntó Melissa. —Oh, de nada, ángel mío —respondió el ama de llaves, y añadió mientras fregaba el tazón de cereal—.Creo que nunca he visto una pareja más enamorada que esos dos.


Bueno, Zoé, ya va siendo hora de que levantes ya a ese amigo tuyo de la cama, ¿no te parece? —cuando terminó, le tendió la mano a Melissa—. ¿Vienes conmigo, corazón? Después de que Colleen y Melissa se marcharon de la cocina por la puerta trasera, Zoé se llevó la taza de café al salón. Oyó luego voces procedentes de la puerta principal que, a pesar de la longitud del pasillo, alcanzaba a ver desde donde se encontraba. Era altamente probable, sin embargo, que Brianna y Spencer no la vieran a ella. Spencer estaba vestido para la cita a desayunar que Zoé sabía que tenía, muy elegante con su traje oscuro y su abrigo negro de cachemir. Brianna, sin embargo, aún seguía en bata. Zoé no podía oír lo que estaban diciendo, pero cualquiera que fuese su conversación, estaba salpicada de risas. Risas íntimas y privadas, bajas y suaves Finalmente Spencer se marchó después de besar tiernamente a su esposa. Consciente de pronto de que se había convertido en una inadvertida voyeur, Zoé volvió al salón... y se encontró con la firme mirada de Mike Kwan. Capítulo 8 ZOÉ tomó conciencia, impresionada, de que sólo una vez antes lo había visto vestido con algo que


no fuera su inveterado traje formal. En ese instante podía distinguir los fuertes músculos de su pecho por la chaqueta entreabierta de su pijama de seda, con la bata echada descuidadamente por encima. Si hubiese llevado eso cuando la abrazó la noche anterior... —Oh —fue todo lo que pudo decir, pues la mente se le había quedado en blanco. Mike levantó la taza de café hacia ella, sonriendo. —Buenos días —con el gesto la bata se le abrió un poco más, proporcionándole una mejor vista de su pecho—. ¿Ya has desayunado? Zoé negó con la cabeza y él retrocedió hacia la cocina. —Pues entonces ven conmigo, a ver qué es lo que podemos encontrar. La cocina estaba vacía cuando Mike entró hacía tan sólo unos minutos. Después de servirse una taza de café, decidió dar una vuelta por aquel magnífico apartamento y empezar por el salón. Aparentemente, Zoé no oyó el ruido de la puerta de la cocina y no se dio cuenta de que había entrado en el salón. Al principio había estado mirando por el ventanal con la luz de la mañana recortando su maravilloso perfil. Le había recordado una exótica


ave envuelta como estaba en aquella túnica azul, con sus finos y delicados pies asomando por debajo de sus pantalones de seda. Cuando vio que se giraba de pronto hacia el pasiUo que llevaba a la puerta principal, la curiosidad lo animó a avanzar un paso, o dos, para ver qué era lo que tanto había llamado su atención. Y también él alcanzó a ver a Brianna y a Spencer en la puerta, en aquella escena de dos enamorados que, indudablemente, durante la última hora habían estado haciendo el amor. Descaradamente estuvo observando a Zoé mientras los observaba a ellos. Y preguntándose por lo que estaría pensando. Cuando se volvió hacia él, sólo por un instante, Mike creyó saberlo, porque en seguida se las arregló para disimular su expresión... aunque no pudo ocultar su rubor. En aquel momento, sentada en un taburete frente al mostrador, apretaba la taza de café contra su pecho como si contuviera sus más íntimos secretos. Por encima del aroma del café. Mike alcanzaba a oler el de Zoé. Aquello no iba a ser fácil. —¿Cuándo te has levantado? —A las siete —respondió él, tomando un sorbo de café—. A las nueve tengo una cita en Brookiyn. Un nuevo cliente.


—¿De qué se trata esta vez? Cuando la miró, vio que estaba sonriendo. Eso le gustaba. —Te lo creas o no, de pelotas de tenis. —¿Cómo se puede hacer publicidad de pelotas de tenis? —inquirió curiosa. — Agresivamente. Zoé se echó a reír. Después, cambiando de tema, le informó: —Colleen, el ama de llaves, está de niñera esta mañana. No tardará en volver. Espero que no te moleste desayunar rodeado de niños. —Cuando se trata de comer, puedo hacerlo en medio de un holocausto nuclear. Además, esos dos crios me parecen maravillosos. ¿Este es el pan que suele usar? —le enseñó un paquete de pan de molde. —Lo siento —Zoé se encogió de hombros—. En esto no puedo ayudarte. Entonces.. ¿le gustan los niños? —No todos, y no todo el tiempo. Pero me encantan los hijos de mi primo. Y estos dos también —respondió mientras ponía a tostar algunas rebanadas de pan y se dispoma a preparar unos huevos revueltos. —¿Qué estás haciendo? —inquirió horrorizada. —Preparando el desayuno. ¿No lo ves?


—No creo que a Colleen le guste que.. —¿Cuántas tostadas quieres tu? —Eh... dos, supongo. ¿Has oído lo que he dicho? — Sí. ¿Sabes dónde está la mermelada? —No tengo ni idea... ¡Mike! —¿Sí? —¡Colleen puede asesinarte! —Entonces al menos moriré con el estómago lleno. Intenta encontrar la mermelada, ¿quieres? Al cabo de un momento de aparente incredulidad, Zoé bajó de la banqueta y empezó a buscar en los armarios y luego en la nevera, hasta que encontró un surtido completo de mermeladas. —¿Es eso mermelada de moras? —inquirió Mike, señalando con la cabeza una que ella tenía entre las manos. —¿Te sirve? —Maravilloso. Creo que podría sobrevivir en medio de un bosque comiendo solamente mermelada de moras. Poco después regresó la legendaria Colleen, charlando con los crios. Melissa se


apresuró a encaramarse en una banqueta, reclamado a Tyier a su lado. El bebé sin embargo, parecía felizmente acomodado en el regazo de la anciana, con el pulgar metido en la boca. Cuando Col een vio a MÍke con una paleta en la mano izquierda se quedó absolutamente sorprendida. —Buenos días señora 0'Hara. Espero que no le importe que haya empezado a preparar el desayuno —sonrió—. Sobre todo cuando usted tenía tanto que hacer con los niños. —Intenté advertírselo Colleen —empezó a decir Zoé, pero la mujer hizo un gesto de indiferencia con la mano. —No importa —se acercó a mirar con ojo crítico lo que estaba haciendo Mike—. Cuanto menos ensucie, menos tendré que limpiar yo después, jovencito. —No se preocupe, señora 0'Hara. Un caballero nunca ensucia nada que luego tenga que limpiar una dama. —¡Ja! —replicó la anciana, evidentemente nada convencida, y luego se dirigió a Zoé— ¿Se ha marchado Spencer? —inquirió mientras sentaba a Tyier en su silla alta.


Mike sintió una punzada de... excitación cuando Zoé lo miró antes de responder. No había intercambiado una sola palabra sobre la apasionada despedida de la que habían sido testigos unos minutos antes. Y dudaba que lo hicieran alguna vez. Pero, en cualquier caso, los dos habían compartido aquel momento. Era difícil observar a dos personas enamoradas, expresando su amor, sin dedicar al menos un pasajero pensamiento a la propia carencia de uno mismo en aquel aspecto; al menos, esa había sido la reacción de Mike ¿Habría sentido Zoé algo parecido? —Sí —respondió ella—. Hace unos minutos —y se ruborizó de nuevo. MÍke se dijo que sí que lo había sentido. Y si era inteligente, podría sacar ventaja de ello. Todavía no estaba seguro de cómo lo haría, o incluso si debía hacerlo. Pero allí estaba. —Brianna se está duchando, así que no tardará en desayunar —comentó Colleen—. Será mejor que comáis los dos en el salón. De otra manera, os arriesgáis a que Tyier os ponga perdidos con la papilla. Sus maneras en la mesa se parecen a las que tenía su hermana a su edad. Bueno, no os quedéis aquí... ¡aprovechad la oportunidad y salid ya!


Mike y Zoé obedecieron, llevándose consigo sus cafés y sus platos. La mesa del salón ya estaba puesta, con un precioso mantel de lino y una maravillosa cristalería. Algo había sucedido. La sonriente y algo burlona joven con quien había estado charlando Mike en la cocina... parecía haberse convertido en otra persona. Estuvieron sentados en medio de un tenso silencio que se prolongó algunos minutos, como si fueran dos desconocidos. Mike advirtió que Zoé apenas había mordisqueado una tostada. —Zoé... ¿qué te pasa? —Nada —aspiró profundamente—. Nada —pero le temblaban las manos, como si estuviera conteniéndose para no llorar. —Zoé —le cubrió una mano con la suya—. . dímelo. —Sólo estoy... cansada, eso es todo —mintió—. Me resiento mucho de los viajes. Estoy bien, de verdad. Mike continuó comiendo, obligándose a dejar de observarla. Estaba absolutamente convencido de que Zoé le estaba mintiendo. —¿Qué planes tienes para hoy? —le preguntó con cautela. —Hacer lo que Brianna necesite que haga. Empezar a preparar los vestidos,


los últimos arreglos de la exposición— lo que sea. —¿Y qué preferirías hacer en vez de eso? Zoé se sobresaltó visiblemente, y desvió la mirada. —Este no es un viaje de placer, sino de trabajo. —¿Nunca combinas las dos cosas? —Brianna no me paga para que disfrute. Mike. En ese momento él se inclinó hacia adelante, bajando la voz:. —¿Esperas que me crea que tu jefa... no disfruta? —Trabaja muchísimo... —Ya lo sé. Pero el trabajo de su ayudante le facilita las cosas. ¿Hace cuánto tiempo que no has librado un fin de semana entero? — ¡Estoy en el negocio de las bodas, por el amor de Dios! —rió Zoé— Trabajar los fines de semana se da por hecho. Además, ¿cuántos has librado tú? ¿Quién tiene una cita de negocios dentro de una hora? —Pero el negocio no te pertenece a ti, Zoé —se aventuró a decirle Mike —, sino a Brianna. Y ella tiene a su marido y a sus hijos con ella. ¿Qué sacas tú de esto, en cambio?


—Esta es mi vida, Mike —replicó Zoé, con la mirada fija en el plato—. De acuerdo, permíteme que yo también vaya al grano. Llevo cuatro años trabajando para Brianna, y se ha portado maravillosamente conmigo. He aprendido más sobre ventas y sobre administración de un negocio que si hubiera estudiado veinte años en la universidad. Me paga extremadamente bien y siempre me ha tratado como a una igual, a pesar de que soy mucho más joven que ella. Además, una vez que el negocio alcance su velocidad de crucero, reduciremos el ritmo de trabajo. —¿Y es eso lo que quieres? ¿Trabajar incansablemente para un negocio que ni siquiera es tuyo? —A veces lo que queremos no tiene nada que ver con nuestras elecciones. Dado que no siempre podemos tener lo que deseamos... —Zoé, estoy dispuesto a dejar el tema si así lo deseas, pero- oh... Vestida ya con un suéter de cuello alto y pantalones de lana, Brianna apareció en la puerta del salón con Tyler en los brazos. —¿Interrumpo algo? —No, en absoluto —repuso Zoé, levantándose de la mesa—. Ya he terminado áe desayunar. Déjame pasar un momento al cuarto de baño y después podremos


irnos —y sin mirar siquiera a Mike recogió su taza y se la llevó a la cocina. Brianna se sentó entonces en la silla que había dejado libre, sentando al bebé en sus rodillas. —¿Qué pasa? —inquirió. Aquel no era el tono de una Jefa que preguntara rutinariamente por sus empleados, advirtió Mike. Era el de una tigresa que no se lo pensaría dos veces en defender a un cachorro suyo. Pero Mike no se amilanó. —Zoé está sobrecargada de trabajo y exhausta. Pero jamás lo admitirá. —Lo sé —Brianna suspiró profundamente—. Y antes de que vayas a acusarme, yo misma he de reconocer que tengo cierta parte de culpa en ello. Cierra la boca, Mike. Esa expresión escandalizada no te sienta bien. —¿Porqué...? —No vayas a decirme que tú no has sobrecargado de trabajo a tu ayudante, porque no te creeré. Hemos estado muy agobiadas, primero con el salón y ahora con esto, pero Zoé siempre ha disfrutado con su trabajo. De hecho, hasta hace unos meses, he sido yo quien ha tenido prácticamente que obligarla a tomarse unas


vacaciones o una tarde libre. Sin embargo, últimamente ha estado... ao sé, preocupada, descontenta...—frunció el ceño, sacudiendo la cabeza—. No es feliz. Al menos desde su cumpleaños. Y no tengo ni idea de por qué. Es muy buena ayudando a resolver los problemas de los demás, pero ella no cuenta los suyos. Nunca lo ha hecho — se levantó de la mesa con Tyier en brazos". Créeme, Mike. Lo último que querría hacer sería explotarla. Ella parece estar haciendo todo eso por sí misma- Así que... — vaciló, y luego le sostuvo la mirada—. Si puedes descubrir lo que le pasa, sólo tengo que decirte una cosa adelante —y se dirigió a la cocina. —¿Brianna? —¿SÍ? —se detuvo con una mano en la puerta. —¿Realmente no tienes ninguna idea de por qué es tan desgraciada? —No, pero... —Pero? —Tengo una idea bastante acertada de lo que necesita —y, después de lanzarle una enigmática sonrisa, se marchó. Brianna y Zoé no tuvieron excesivo trabajo. Los Fierre tuvieron la amabilidad de prestarles un pequeño almacén para que pudieran dejar los vestidos durante el fin de


semana, y trataron todos los detalles de la exposición con el organizador. Aparte de eso, y dado que la gran sala no estaría disponible hasta la seis de la mañana del lunes, para el mediodía ya habían terminado con todas sus obligaciones. Regresaron caminando al apartamento en silencio. Era uno de aquellos días en los que los neoyorquinos se olvidaban de los inconvenientes de su ciudad. El otoño en Nueva York era mágico, pero Zoé no estaba de humor para apreciarlo. Su situación, aquel año, era distinta. Antes, cuando los diseños de Brianna estaban limitados a unas pocas y selectas piezas, acudían a la feria de moda de Nueva York casi como cualquier otro cliente, para conocer las muestras de los otros vendedores del salón. Ahora, sin embargo, entrarían en directa competición con las propios marcas fabricantes que les habían abastecido durante cinco años. Era bastante probable que algunas narices se arrugaran al verlas. Algunos vendedores, incluso, quizá no quisieran venderle nada a Brianna, que estaba bastante preocupada por ello. —No vas a perjudicar ni a Bianchi ni a Milady — insistió Zoé—. Tus diseños son


muy diferentes, y ya sabes que vamos a tener tantos encargos de vestidos tradicionales como siempre. —Tú lo sabes, y yo también, pero... ¿cómo podemos convencer a las otras casas de ello? —Bueno, tendremos que jugar de oído, ¿no? Ya habían llegado al vestíbulo del edificio de apartamentos cuando Brianna le propuso que dieran un paseo. —Hace un día maravilloso, y no tenemos nada que hacer. —¿Y los niños? —No les hará daño que Colleen siga mimándolos durante media hora más — la tomó del brazo para cruzar la calle—. ¿Qué tal le va a tu hermana? Zoé tenía la impresión de que deseaba decirle algo importante y delicado. Y no se equivocaba. Cuando se habían sentado en un banco, a la puerta del zoo, Brianna le preguntó directamente: —¿Qué te ocurre, cariño? Zoé se tensó, pero se esforzó por disimular. —Creo que estoy demasiado ocupada para averiguarlo —bromeó.


—Mike ha notado lo cansada y alterada que estás. Está muy preocupado por ti. —¿Mike? ¿Qué diablos pinta Mike en todo esto? —Nada, supongo —repuso tranquilamente Brianna- Sólo se trataba de un comentario. ¿Pero qué es lo que te pasa, carino? Porque yo también lo he notado. —¿Qué es lo que has notado? —Tu irritabilidad, por ejemplo. Mike tiene toda la razón, creo que estás sobrecargada de trabajo. Cuando volvamos, creo que quizá debería pensar en contratar a un administrador para el salón; así podrías concentrarte conmigo en la nueva linea de... —¡No! —Oh- Bueno... ¿preferirías quedarte en el salón, entonces? Podría contratar a un ayudante para que… —¿Qué estás diciendo, Brianna? ¿Que no puedo asumir mi carga de trabajo? —Pues sí, eso es- Nunca esperé que pudieras hacerle cargo tu sola de esas dos labores, pero te necesitaba temporalmente y sabía que podía confiar en tí. Mike ha hecho que me dé cuenta, sin embargo, de que probablemente fui demasiado lejos.


Necesitas más tiempo para ti misma, Zoé... —¿Para qué? —Zoé había empezado a temblar. Su cuerpo la estaba traicionando, poniendo en evidencia que las observaciones de Brianna estaban siendo demasiado certeras. —Pues para vivir. Mira, cuando tú todavía estabas en la universidad y yo estaba tan ocupada diseñando vestidos todos los fines de semana, recuerdo que me decías que no esperarías hasta después para disfrutar de la vida. Carino, a no ser que esté equivocada, ese «después» hace ya dos años que ha pasado. Y te lo has perdido. —Oh, Bree. . pero si acabo de cumplir veintiséis años... —Y te has pasado la vida entera revoloteando en tomo a las bodas de otras mujeres. Yo he pasado por eso, Zo; conozco el paño. Se pasa muy mal. Y no ayuda que tus hermanas se casen y una de ellas esté esperando un bebé. —¿Qué tiene que ver eso? —Mucho, créeme. Y luego está ese paquete tan atractivo de testosterona durmiendo en la habitación contigua a la tuya. —No gracias a ti supongo —replicó Zoé, girando los ojos.


—Ah, no. Puedes darme las gracias cuando quieras. Zoé no podía creer lo que estaba oyendo: —¿Me estás diciendo que tenías otros motivos para pedirle a Mike que nos acompañase, que se quedara en el apartamento? —abrió mucho los ojos—-. Estás intentando liarnos, ¿verdad? —No.. exactamente. Digamos. . que te estoy dando la oportunidad de que le despabiles, por el amor de Dios, y huelas las feromonas... —¿Sabes? —Zoé se levantó como un resorte del banco, con los puños cerrados—. No sé tú, pero yo no estoy disfrutando mucho con esta conversación. ¿Penqué todo el mundo cree saber mejor que yo lo que necesito? ¿Por qué lodo el mundo insiste tanto en entrometerse en mi vida? Brianna también se levantó, y le pasó un brazo por los hombros. —¿Sabes tú lo que necesitas. Zoo? —le preguntó con tono suave. De pronto pensó en Mike, en la sensación de seguridad que le proporcionaban sus brazos. En su sonrisa, en su sentido del humor. En la manera que tenía de mirar a los hijos de Brianna. En su integridad y honestidad. —Sí —respondió sencillamente—. Sé lo que necesito.


—¿Entonces qué vas a hacer al respecto? —Nada. —¿Nada? ¿Por qué? —Como tú misma dijiste, Brianna, lo que deseas y lo que puedes conseguir rara vez coinciden. —Entonces... porque no puedes conseguir lo que quieres, o crees que no puedes, estás sirviéndote del trabajo como si fuera un sucedáneo... —Amo mi trabajo —replicó Zoé—. No sabría qué hacer sin él. Brianna apoyó las manos firmemente sobre sus hombros. —Bueno, señorita, escúchame bien. Si no empiezas a despabilarte por tí misma y a comportarte como una chica normal y saludable de veintiséis años de edad... quizá yo te facilite las cosas. —¿Qué quieres decir? —Quiero decir que siempre puedo conseguirme otra ayudante. Detestaría hacerlo, y probablemente la detestaría a ella, pero lo haría. En cualquier caso, preferiría morirme antes que permanecer sentada viendo cómo te escondes detras de un negocio porque no tienes el coraje suficiente para enfrentarte con el mundo real.


Zoé permaneció inmóvil delante de Brianna, en aquella esquina de la Quinta Avenida, en medio de hordas de turistas, corredores y padres con niños, mirándola con la boca abierta. —¿Me despedirías? Zoé pudo distinguir el dolor en el rostro de Brianna mientras asentía: —Si eso hace que te despabiles... sí, Zoé. Te despediría. Capítulo 9 MIKE estaba de buen humor. Diablos, estaba de un excepcional buen humor. El negocio que había ido a cerrar a Nueva York marchaba viento en popa, y el cliente le había abastecido de trabajo por una buena temporada. Sonrió como un bobo al portero del edificio de apartamentos mientras le preguntaba si ya habían regresado Brianna y Zoé. —Sí, señor. Hace cerca de una hora. Pero la señora Lockart se ha ausentado de nuevo, con su marido. Eso quería decir que Zoé estaba sola en el apartamento, sin nada que hacer... Excepto, quizá, salir a pasear con él. Y si Colleen se lo permitía, quizá podrían llevarse a los niños al zoo. Rumiando aquel venturoso pensamiento, subió en el ascensor y entró en el apartamento. Silencio. Un profundo y denso silencio. Olía a algo rico. . ¡galletas caseras! La vida era maravillosa. Un nuevo encargo y una mujer que quitaba el aliento


con la que iba a salir a cenar esa noche. Y galletas caseras. El paraíso encarnado en aquel apartamento de Nueva York. Encontró a Zoé en el salón, acurrucada en una esquina del sofá leyendo una revista. Se había dejado la melena suelta, que se le derramaba como carbón líquido sobre la espalda. En aquel instante casi creyó que la amaba. Sabía que aquel pensamiento era probablemente absurdo y definitivamente inspirado por la adrenalina, pero no le importó. Se le acercó sigilosamente por la espalda y, como un gato acechando a un inocente pájaro, la abrazó a traición besándola en la sien. Zoé se estremeció y la revista saltó por los aires mientras se levantaba precipitadamente... golpeándose en la rodilla con el borde de la mesa. —¿Qué diablos te crees que estás haciendo? —su voz era un fiero murmullo, y Mike se dio cuenta en seguida de que los niños debían de estar durmiendo la siesta. —Lo siento, de verdad... —maldijo en silencio—Ha sido una estupidez por mi parte, Zoé, te pido perdón—señaló la rodilla—. ¿Estás bien? —Teniendo en cuenta que probablemente me haya roto la tibia, no; no estoy bien


—tenía los ojos brillantes por las lágrimas mientras se frotaba la pierna. Mike rodeó el sofá y le tomó las manos. —Anda, siéntate un momento. —A... aléjate de mí —le susurró. —Zoé, cariño... lo siento. No fue mi intención hacerte daño. —No me refiero a la pierna. Me refiero a -.. —se interrumpió, y Mike pudo ver que prácticamente estaba llorando de furia—, ¿A santo de qué tenías que hablar de mí con Brianna? ¿Quién te ha dado derecho a meter la nariz en mis asuntos? Apenas me conoces. —Simplemente le comenté que parecías cansada —Un comentario muy desafortunado —musitó ella—. Ahora está convencida de que estoy sobrecargada de trabajo, de que quizá tanto trabajo perjudica mi salud física, mental y emocional. Así que ha amenazado con echarme. —¿Qué? —Sí. Con echarme de un trabajo por el que tanto me he sacrificado durante los cuatro últimos años. Una conversación de cinco minutos contigo, y todo esto puede irse al garete.


—Eso no tiene sentido. Brianna te adora, Zoé. ¿Por qué diablos querría despedirte? —Bueno, Michael, dado que ya habéis empezado a tener confidencias, tal vez tú puedas averiguarlo y hacérmelo saber. Ahora, si me disculpas. . —dijo, agachándose para recoger la revista del suelo—... estaba leyendo un fascinante artículo acerca de las ballenas... —Para nada, Zoé —le quitó la revista de las manos y la obligó a sentarse en el sofá—. No sé de qué diablos va todo esto, y tampoco cómo un simple comentario ha podido originar un efecto semejante, pero tú y yo vamos a hablar — arrepentido de su brusquedad, le acarició delicadamente una mejilla—, O a besarnos. Tú eliges. Hasta ese momento no se había dado cuenta de lo grandes que tenía los ojos. Al menos, se las había arreglado para dejarla sin habla. De todas formas, suponía que aquella conversación no iba a resultar nada fácil. Previsiblemente, intentó escapar... pero él se lo impidió. —¿Entonces? ¿Hablamos o nos besuqueamos? Zoé entrecerró los ojos:


—Creo que te odio. —Correré el riesgo. ¿Y bien? Inexplicablemente, dudó antes de contestar: —Hablamos. —Yo no habría escogido esa opción —bromeó Mike—. pero no me sorprende. Y ahora —le dio una palmadita en la mano con gesto paciente—, ¿qué es lo que te dijo exactamente Brianna? Lo mejor que pudo, Zoé le relató la conversación del parque. Mike le sostuvo las manos durante lodo el tiempo, acariciándoselas delicadamente. —Bien —dijo al fin, soltándola—. Vamos a ver si lo he entendido. Briaona piensa que estás trabajando demasiado, ¿vale? —Supongo que si. —Y también piensa que estás tan absorbida por tu trabajo que descuidas otros aspectos de tu vida —al ver que Zoé asentía, continuó—: Entonces, el ultimátum consiste en que si no ve algún cambio en tu comportamiento, te despedirá. Por tu


propio bien. Otro asentimiento. —De acuerdo —Mike se levantó y se acercó a la chimenea, con gesto pensativo—. Y luego están tus hermanas —dijo casi para sí mismo. —¿Mis.. hermanas? —Sí. Presionándote para que salgas como ése como se llame... —Ah, sí —suspiró—. Les dije que lo haría con tal de que me dejaran en paz. Tendré que afrontar eso cuando llegue el momento. —¿Cómo... se llama? Por curiosidad, vamos. En ese momento, Zoé se echó a reír. —No te lo vas a creer, pero no tengo ni idea. Margi me lo dijo en el restaurante, pero como en la mesa de al lado estaban celebrando un cumpleaños, no pude oírlo. De todas formas, no importa. ¿Qué me estabas diciendo? Mike empezó a pasear lentamente por la habitación, frotándose la base del cuello. —Bueno. . esto tal vez podría funcional. Digamos que empiezas a salir conmigo... Zoé frunció el ceño, siguiéndolo con la mirada. —¿Te refieres... a que esta noche vamos a salir a cenar?


—Bueno, sí. Eso para empezar. — ¿Para empezar? —Pero pongamos por caso que lo haces parecer... como más real. Como si algo estuviera funcionando entre nosotros —se volvió para mirarla, y no pudo evitar echarse a reír al ver su consternada expresión—Oh, venga... ¡no es una idea tan descabellada! Francamente, Zoé no estaba segura del tipo de idea que era. Pero descabellada desde luego que sí. Intrigante incluso. —Continúa. —Bueno, si Brianna y tus hermanas al menos pensaran que estás saliendo conmigo... quizá al fin te dejaran en paz. Brianna vería por sí misma que tú puedes realizar tu trabajo y disfrutar además de una vida personal... y tus hermanas ya no te presionarían para salir con nadie más. ¿Lo entiendes? Lo entendía. Veía las ventajas, desde luego. Pero también los obstáculos. Porque había muchos. Mike nunca había creído en la suerte, fuera buena o mala hasta que conoció a Zoé. Entonces cambió de opinión. Zoé había aceptado su sugerencia, pero Mike no quería engañarse creyendo


que lo hacía por alguna otra razón que por las que él mismo le había expuesto: romper el cerco de Brianna y de sus hermanas. Así que la sacó a cenar, tal y como estaba previsto, y también tentó su suerte invitándola a ver una película. No se opuso. Ni tampoco a su posterior invitación a tomar café. Dos horas y tres tazas de café después, y todavía seguían hablando con toda naturalidad de la película. Tanto si lo admitía como si no, Zoé estaba empezando a relajarse. Lo notaba en su rostro, en su mirada. Y ella también estaba consiguiendo que él se relajara. Le hizo reír hasta que se le saltaron las lágrimas, hasta que se olvidó de todo excepto de ella. Era una sensación maravillosa. Condenadamente maravillosa. ¿Pero cuánto tiempo duraría? Después de todo, no estaban insertados en el tiempo real allí, en Nueva York, lejos de la rutina... del trabajo que devoraba su vida. Salir a cenar o al cine sin sentirse culpable de nada, sin preguntarse qué llamadas importantes de teléfono se estaría perdiendo. En cambio, cuando volvieran a Atlanta... Aquello era una simple ilusión. Y sería mejor que lo recordara. La buena suerte no


podía durar tanto, al fin y al cabo. Señaló con la cabeza la salida de la cafetería mientras pagaba la cuenta. —Será mejor que salgamos de aquí antes de que nos echen. Esa camarera ya me está mirando mal. —Oh. tienes razón —recogió el bolso. Llevaban unos minutos caminando de regreso al apartamento cuando Mike advirtió que Zoé se subía el cuello del abrigo. —¿Tienes frío? —Di... digamos que sí —le castañeteaban los dientes—. Ya no siento las orejas y todavía nos queda un buen trecho... —Tomemos un taxi, entonces... —y se dispuso a parar uno. —No —le puso una mano en el brazo-—. Prefiero pasear. —¿Estás tiritando y prefieres pasear? Zoé asintió, aterida. Mike se preguntó si seria aquello una jugada del destino. La veía tan pequeña e indefensa, temblando delante de él... que tomó una decisión: le pasó un brazo por los hombros y la acercó con naturalidad hacia sí. —Esto lo hago. . sólo porque tienes frío, se entiende —le informó, temeroso él


mismo de creer que lo que estaba sintiendo en aquel instante pudiera durar más allá de aquellos mágicos días. Temeroso de olvidar que, supuestamente, aquello sólo era una ilusión. Y asustado porque, de hecho, ya lo había olvidado. —Por supuesto —repuso tensa, y continuaron caminando en silencio. Bueno, en todo caso se lo habían pasado bien, pensó Zoé mientras se dejaba quitar el abrigo por Mike cuando entraron en el apartamento. Como farsa, probablemente aquella sería mejor que la mayoría. Simplemente tenía que recordarse, repetidas veces si fuera necesario, que los hombres no compartían las mismas nociones románticas que las mujeres. Al pasarle un brazo por los hombros, probablemente Mike había pretendido simplemente hacerla entrar en calor; nada más. Mike le había ofrecido su ayuda para salir de aquel mal paso, y ella había aceptado consciente de sus condiciones y limitaciones. No tenía sentido cambiar aquel contrato ahora... —¿Te apetece un chocolate caliente? —le preguntó él, señalando la cocina mientras se arremangaba el suéter. Zoé se echó a reír, y después susurró: —¿Después de todo ese café? Me temo que va a ser demasiado líquido. —Pues hazme entonces compañía a mí —rió él—mientras me lo tomo. Se sorprendieron al ver a Brianna en la cocina, vestida con su bata verde,


sentada a la mesa tomando algo. —-Oh, ¿me estabas esperando levantada? —Por favor... No, simplemente no podía dormir, preocupada por la exhibición, por los otros vendedores... —tomó un sorbo de té—. Bueno, contadme lo que habéis hecho. Le hablaron de la película que habían visto, con su consiguiente discusión, mientras Mike se preparaba su chocolate. —Lo siento, pero no soporto a Clint Eastwood en ese filme. Es un gran actor, pero ¿por qué hace esos papeles de gente veinte años más joven que él? — preguntó mientras se sentaba a la derecha de Brianna. Zoé se sentó enfrente, cruzando los brazos sobre el pecho. —Porque a nadie le importa... —Pues a mi sí. —Té no cuentas. Eres un hombre. Mike miró a Brianna buscando apoyo. —¿Siempre discute así? —Oh, sí, desde luego —luego, sonriendo maliciosa, se inclinó hacia él—. Déjame darte un pequeño consejo: llegarás más lejos si la dejas ganar —le dijo en un susurro. Ruborizada. Zoé se levantó bruscamente.


—Bueno, ya es muy tarde y... —observó, con el estómago encogido, cómo Mike se levantaba a su vez y rodeaba la mesa para acercarse a ella. Retrocedió un paso, quedándose arrinconada contra el mostrador. Mike se detuvo frente a ella, se inclinó y la besó levemente en los labios, con toda naturalidad. Fue un beso sencillo, dulce, rápido. —Hasta mañana entonces —le dijo con una sonrisa, y volvió a sentarse. Con el corazón latiéndole acelerado, Zoé vio que Brianna le hacía un guiño, sonriendo, antes de que pudiera salir de la cocina y llegar, no supo cómo, a su habitación. —Discúlpame, pero... —le dijo Zoé a Mike en la cocina a la mañana siguiente, cuando él estaba preparando el desayuno para los dos. Spencer y Brianna se habían llevado a los niños a ver el Museo de Historia Natural, y Golfeen había ido a la iglesia—... ¿Qué diablos fue lo de anoche? —¿A qué te refieres? —inquirió mientras preparaba unos huevos revueltos. —No te hagas el tonto, Michael. Me refiero a cuando me besaste. —Simplemente pensé que eso podría otorgar credibilidad a nuestra... historia. —Oh, claro.


Mike se sentía inquieto por dentro. Ya lo había hecho. Odiaba aquella «farsa», ¿pero cómo podía decirle la verdad? ¿Cómo podía confesarle que la había besado por la sencilla y primitiva razón de que había querido, o ansiado, hacerlo? ¿Cómo podía decirle que se estaba enamorando de ella a marchas forzadas? Sirvió los huevos en un plato y se sentó, preguntándose cómo podría desayunar con aquel nudo que sentía en el estómago. —Mira —dijo suspirando—. Quizá todo esto,.. sea un error. —¿A qué te refieres? —A nuestra... artimaña- Quiero decir que Brianna y tus hermanas terminarán descubriéndonos. ¿Y entonces qué? — Zoé mordió una tostada y lo miró durante unos se.gundos mientras masticaba. Luego le dijo con tono ssuave: —Michael Kwan... ¿vas a déjame colgada ahora? Mike frunció el ceño; aquello no era lo que había esperado. Pero la propia Zoé no era lo que había esperado. —Yo sólo había pensado que... —¿Que me estaba tomando todo esto con demasiada seriedad? ¿Que algo que no


habíamos previsto iba a suceder entre nosotros? —antes de que él pudiera contestar, se levantó para tomar la cafetera—. ¿Sabes? Deberías hacer algo con ese ego inflado que tienes —se sirvió café hasta el mismo borde de la taza—.... porque me está empezando a sacar de quicio. —Yo no... cuando me preguntaste por lo que había sucedido anoche. . Zoé se irguió y lo miró directamente a los ojos, arqueando las cejas. —¿Oh, eso? —se encogió de hombros—. Te lo pregunté por pura curiosidad. Además, mientras esté en este juego, quiero que te quede absolutamente claro que jugaremos según las mismas reglas. Eso es todo. —Entonces... tú no leíste nada más en mis acciones de anoche. . —No seas ridículo, Mike. Claro que no. Yo sólo te estaba siguiendo el juego —tomó un sorbo de café—.Bueno... ¿qué podríamos hacer hoy? ¿Qué tal una visita al Museo de Arte Moderno? —¿Aunque Brianna no esté aquí todo el día? Vaya, no hay razón para que... —¿Finjamos? No, supongo que no- Pero tampoco la hay para que los dos nos pasemos el día encerrados en este apartamento, ¿no? Por un segundo, un largo e incómodamente cálido segundo, una exquisitamente


detallada imagen de cómo podrían mantenerse entretenidos todo el día cruzó por la mente de Mike. Dio un buen mordisco a su tostada. —Vale —murmuró con la boca llena—. Lo del museo estará bien. Zoé no había tenido más remedio que seguir con la ofensiva, sorprenderlo con la guardia baja. Ya no estaba dispuesta a ser la víctima de ningún hombre. Como ella misma le había dicho, siempre y cuando los dos jugaran con las mismas reglas, ella no abandonaría aquel juego. Así que durante las tres horas siguientes eso fue lo que se dijo repetidamente a sí misma. Por desgracia, en lugar de sentirse al mando de la situación, se sentía como si la estuvieran arrastrando a un abismo cada vez mas profundo. Para el miércoles, la última noche que pasaba Mike en Nueva York, estaba a punto de derrumbarse. Y eso que, en cuestión de trabajo, las cosas no podían haberle ¡do mejor: las exhibiciones fueron un éxito y ningún vendedor les dio problemas. Mike y ella pasaron juntos el domingo, así como la tarde del lunes. Él se había mostrado amable y átenlo, pero algo distante. No había habido más besos y prácticamente no se habían tocado. Ciertamente, se estaba ateniendo a las reglas. Pero Zoé ya no estaba tan segura de que esas reglas le gustaran tanto...


El martes estuvo demasiado cansada para ver a nadie, pero Mike le arrancó la promesa de que saldría con él el miércoles por la tarde, a pesar de todo. Llegados a aquel punto, mientras regresaba al apartamento con Brianna a las seis, Zoé sólo podía pensar en una cosa, o más bien en una pregunta: ¿por qué? ¿Por qué seguía proponiéndole que saliera con él? ¿Y por qué aceptaba ella? Se dejaron caer en el sofá, agotadas. Poco después Brianna tuvo que ir a acostar a los niños, y Colleen entró en el salón para preguntarle a Zoé si cenaría en casa esa noche. —No, esta será la ultima noche que Mike pase aquí. Le dije que saldría con él —esbozó una mueca mientras se descalzaba—. Ese fue el segundo error. —¿Y cuál fue el primero? —le preguntó el ama de llaves, riendo entre dientes. —Comprarme estos malditos zapatos —le enseñó un zapato de terciopelo, de tacón de aguja, y se preguntó mientras Colleen salía de la habitación—; ¿En qué habría estado pensando? —Llego a tiempo, como siempre —resonó una voz al otro lado del salón. Vestido con un suéter de vistosos colores, Mike se sentó en el sofá frente a ella—. Así que te duelen los piececitos, ¿eh? Anda —se palmeó las rodillas—, apóyalos aquí. —¿Por qué? —le preguntó, sospechosa.


—Porque te voy a hacer un masaje de pies. Precavida, Zoé negó con la cabeza. —Alguna gente piensa que es mejor que el chocolate. O que el sexo —anadió Mike con tono tranquilo, sin mirarla siquiera mientras le levantaba un pie y lo apoyaba sobre su regazo. En el mismo momento en que empezó a trabajar en su empeine, Zoé gimió de placer, derrumbándose sobre el sofá. —¿No tenían razón? —¿Quiénes tenían razón? —La gente con eso de que es mejor que el chocolate. —Supongo que sí —gimió de nuevo, aliviada. —¿Y que el sexo? —Descuida, ya te lo diré —aquello era mejor que cualquier experiencia sexual que hubiera disfrutado Zoé. Lo cual la llevaba a preguntarse que si Mike era tan bueno en eso, ¿cómo sería en aquello? Cerró los ojos mientras escuchaba su risa ronca y baja, siguiendo el ritmo de sus hábiles dedos. Se adormeció durante unos minutos, y cuando despertó se encontró con que Mike la estaba mirando con fijeza. Habría tenido que estar completamente ciega para no ver el deseo en su


mirada. Un deseo controlado, lo que en cierta forma lo tomaba más peligroso. Pensó que algo había cambiado. Las reglas habían dejado de ser las que eran, pero nadie les había dejado una copia de las nuevas. —¿Que... qué estás haciendo? —le preguntó. —Intentando que te sientas mejor, espero —respondió Mike con tono suave. —Quizá no deberíamos hacer esto —y retiró el pie. —¿Hacer qué? Te estoy dando un masaje. Y tú no estás haciendo nada excepto quedarte dormida. Lo cual es justo lo que deberías hacer si quieres estar descansada para salir esta noche. —Mike, estoy tan cansada... —Sé que lo estás, cariño, pero... —bajó la voz hasta convertirla en un murmullo conspiratorio—. ¿Qué dirían los demás si no pasáramos juntos mi última noche aquí? —Que estoy demasiada cansada para salir —respondió ella—. Por el amor de Dios, el sábado estaré de vuelta en Atlanta. No... no tenemos por qué llevar esto demasiado lejos, ya lo sabes.


Mike le tomó el otro pie, lo apoyó sobre su regazo y empezó a ejecutar nuevamente aquella magia. Por un instante, Zoé pensó que si intentaba seducirla, se vería en un serio problema para resistirse. Con un gran esfuerzo, consiguió retirar el pie. —Esto es demasiado íntimo, Mike. —Es un simple masaje. Zoé. ¿Desde cuando un amigo no puede darle un masaje de pies a otro amigo? —Es que... simplemente me pone nerviosa, ¿vale? Mike sonrió y, sin saber por qué, como si se sintiera muy feliz por dentro, Zoé rió entre dientes. —¿Qué es lo que te hace tanta gracia? —le preguntó él. —Nada. Creo que tengo hambre- Me siento un poco mareada... —¿Cenamos entonces? —Vamos. La cena, al menos, transcurrió bien. Junto con el corto paseo que dieron después. Llevaban unos minutos caminando cuando Zoé empezó a sentir frío. Mike se dio cuenta y le pasó un brazo por los hombros. «Sólo lo hace para que entre en calor», se dijo a sí misma- Eso era todo.


—¿Estás mejor? —le preguntó él. Zoé asintió. —Estos días han sido muy divertidos —añadió. —Sí —convino ella. —Dime una cosa, señorita Zoé Chan. ¿Qué es lo que más deseas en la vida? ¿Una brillante carrera? ¿Labrarte una fortuna? ¿Un marido devoto y un montón de hijos? La respuesta resultaba sorprendentemente clara, y se le clavó a Zoé en lo más profundo del corazón: «tu». Pero tuvo que apresurarse a desechar aquel pensamiento. —No sé —contestó, encogiéndose de hombros—.Ser feliz, supongo. Mike entonces la hizo volverse hacia él. Zoé ansiaba acariciarle el rostro, ponerse de puntillas y besarle en la boca. Tragó saliva e, inadvertidamente, se humedeció los labios con la lengua. —No deberías hacer eso con este frío —le susurró Mike, enjugando con el pulgar la humedad de su boca—. Se te pueden agrietar los labios. —Están... secos —repuso con voz tonca. —Hay una mejor manera de humedecerlos —le dijo él, y a Zoé empezaron a flaquearle las piernas—. ¿Sabes? Si esto fuera una cita real, y no estuviéramos...


fíngiendo probablemente haría esto.. —le acarició los labios con los suyos, leve, tentativamente—ahora mismo. —Pero esta... no es una cita real —repuso ella, empezando a temblar. —¿Por qué no fingimos que lo es? Aquel fue el momento en que el mundo se volvió loco. El de Zoé al menos. Giró, bailó y tembló, haciéndola sentirse deliciosamente mareada por el mágico contacto de su boca sobre la suya. Sus labios se encontraron en una danza tierna y frenética a la vez. Mike le acariciaba el rostro mientras la besaba profunda, desesperadamente, hasta que Zoé se olvidó por un instante de pensar, de respirar... Si él le hubiera pedido que se acostaran en aquel mismo momento, «sí» habría sido su primera respuesta. Y entonces los ojos se le llenaron de lágrimas porque, si hubiera aceptado, ¿luego qué? ¿Una aventura? ¿Por cuánto tiempo? ¿Hasta que Mike se diera cuenta de que estaba pasando demasiado tiempo con ella, de que ella estaba interfiriendo en su trabajo, de que estaba descuidando su negocio por su culpa? Ya había sido utilizada en todos los sentidos por un canalla que sólo había tenido su


relación por una aventura entre muchas. No permitiría que aquello volviera a sucederie. —¿Zoé? —Mike le enjugó delicadamente una lágrima—. ¿Qué te pasa? «Te amo, estúpido», pensó furiosa. —¿Por qué has hecho eso? —inquirió con amargura—. Se suponía que estábamos fingiendo. —¿Es eso lo que creíste que estaba haciendo? —¿Y no era así? —le preguntó confundida. —A mí me pareció muy real. —Ya —repuso, empezando a caminar con paso enérgico—. «Te pareció» es una expresión muy adecuada. ¿verdad? —Zoé, escucha. Giró en redondo con tanta rapidez que casi se chocó con él: —Este juego ha ido demasiado lejos. Debo de haber sido una idiota para pensar que podría hacer esto —musitó casi para sí misma, y le sostuvo la mirada mientras añadía—: ¿Formaba esto parte del plan? ¿Alguna compleja teoría freudiana de que quizá necesite un buen revolcón en e! heno para que termine despabilándome?


—Zoé, estás siendo ridicula... —¡Yo nunca soy ridicula! Terca, sí, pero nunca ridicula. Pregúntale a cualquiera que me conozca. Zoé es previsible, Zoé es lógica, Zoé, la chica de toda confianza... —estaba llorando, incapaz de contenerse por más tiempo—. Yo no hago cosas como... como... —hizo un gesto de impotencia. —¿Entonces qué es lo que haces? ¿Sales corriendo cada vez que te encuentras con algo que pueda ser remotamente peligroso? ¿Te escondes en tu apartamento, temerosa de arriesgarte a lo que tengas miedo de arriesgarte, por miedo a resultar herida? — ¡Ya me han herido, Michael! —chilló, y se obligó a bajar la voz—. Y te aseguro que no me gustó nada. Y dado que no soy como las otras mujeres, que aparentemente no pueden aprender de sus errores, no tengo deseo alguno de volver a pasar por esa experiencia. —¿Qué es lo que quieres, Zoé? —le preguntó Mike de nuevo. Siguió caminando, con las manos hundidas en los bolsillos. Pensó y discutió consigo misma, y con la débil voz interior que de vez en cuando resonaba en su mente,


hasta que al fin se volvió y miró a Mike fulminándolo con sus luminosos ojos negros. —A ti —pronunció en voz alta y firme, para su propia sorpresa—. Te quiero a ti. Pero no bajo estas condiciones o bajo cualesquiera términos que creas tú que estoy deseosa de aceptar —como él no repuso nada, sacudió la cabeza y siguió caminando hacia el apartamento. —Zoé- —la llamó y tuvo que correr para alcanzarla. —Vete. Vete al diablo- Todo lo que quiero es regresar al apartamento, encerrarme en mi habitación y hacer como si nada de esto hubiera sucedido. —Cariño, no puedes volver sola... —Oh, por el amor de... —se detuvo bruscamente, mirándolo—. Ya he estado antes en Nueva York. Puedo cuidar de mí misma, contra lo que parece pensar todo el mundo. Simplemente déjame sola, ¿vale? Mientras seguía caminando, oyó que Mike le gritaba a su espalda: —¿Qué pasará cuando volvamos a Atlanta? —Supongo que me veré con ese nieto del señor Wu. Al fin y al cabo, ¿por qué no? Zoé se las arregló para controlar la mayor parte de su rabia hasta que llegó al


apartamento, y descubrió aliviada que Brianna ya se había acostado. De esa forma, pudo terminar de desahogarse llorando hasta que se quedó dormida. De alguna manera, Mike se había imaginado más dulce el sabor de la victoria. ¿No le había dicho Zoé que lo quería a él? ¿No le había dejado muy claro lo intensos que eran sus sentimientos? ¿No era eso lo que había querido? ¿O lo que pensaba que había querido? Pero ella le había devuelto la pelota a su campo con la fuerza de una bala. No se encontraba en la situación de esperar a ver cómo se desarrollaban las cosas. Zoé se lo había dejado meridianamente claro: o todo o nada. «Ámame o sal de mi vida, muchas gracias». No habría esperado, ni querido, menos de ella. Se dejó caer en un banco del parque, apoyando la cabeza entre las manos, ensayando una retahila de palabras escogidas que no había vuelto a usar desde que estudiaba en la universidad. Su amor por Zoé estaba fuera de toda cuestión. ¿Pero sería él lo que ella quería, lo que necesitaba? ¿Podría combinar las exigencias de su negocio con la plena atención que se merecía una mujer como Zoé? Sabía lo que ella había querido decirle. Estaba seguro de que Zoé nunca esperaría que estuviera de vuelta en casa a las seis cada día. Pero SÍ esperaría, y tendría pleno derecho a hacerlo, que la agencia no


absorbiera plenamente su vida. Se levantó del banco como disparado por un resorte, pasándose la mano por el pelo con un gesto tal de desesperación que una pareja que pasaba por allí se lo quedó mirando. «¿Cuánto la quieres?», le preguntó una débil voz interior que nunca había escuchado antes. Se tocó los labios, suspirando. La respuesta a aquella pregunta era sencilla: más de lo que había querido a nadie en toda su vida. Pero la contestación a la subsiguiente pregunta lógica, ¿qué iba a hacer al respecto?, no lo era ni mucho menos. Capítulo 10 —ENTONCES, ¿realmente vas a asistir a esa cita esta noche? —le preguntó Bríanna a Zoé mientras recogía eficientemente los platos con los restos de la tarta de cumpleaños de su hija, y los iba echando ea una bolsa de plástico. —Pues sí. —¿Cómo se llama? —Michael. —Oh, no... —Qué casualidad, ¿no? Debe ser el kanna que me ha tocado este año. Recuerdo que otro año salí con tres Roberts. —Bueno, quizá este...


—Brianna, por favor —Zoé levantó una mano—. Recuerda con quién estás hablando. Afuera, podían oír al menos a una docena de niños persiguiendo a Spencer en el jardín. Brianna terminó de recoger las migas de la mesa y se acercó a la ventana, riendo. —Dudo que Spencer, incluso en sus más locos sueños, imaginara que un día terminaría jugando al escondite con los amigos de su hija —miró a Zoé—. Esto viene a demostrar que jamás sabremos lo que la vida puede llegar a deparamos. Zoé asintió, víctima de una peculiar opresión en el pecho. Como si lo hubiera adivinado, Brianna añadió: —Lo siento por Mike. Estaba tan convencida de que los dos ibais a encajar tan bien... —¿Sabes? Yo nunca esperé eso. Sí, la atracción existía, pero. . —¿Zoé? —¿Qué? —inquirió Brianna. —Déjalo. Sufres. Y no es malo dejar que la gente sepa que sufres, ¿sabes? No eres perfecta —se apoyó en la mesa—. No es una noticia muy sorprendente, odio


decírtelo. —¿Qué? ¿Que me he enamorado de otro canalla? —Mike no es un canalla. Tu misma lo dijiste, nunca te pidió que te acostaras con él. Eso no es de canallas, corazón. —No, eso quiere decir que no lo atraía lo suficiente como para pedírmelo. —¡Oh por el amor de Dios, Zoé! —exclamó Brianna, suspirando—. Si te hubiera pedido que te acostaras con él, habría sido un miserable. Y si no, también, ¿no? Voy a darte un pequeño consejo sin que me lo hayas pedido: Dale a ese tipo, y a ti misma, un descanso. No funcionó. Punto. Esas cosas suelen pasar. La culpa no es de nadie. No hay villanos en esta historia. ¿Puedes aceptarlo? Zoé se acercó a la ventana, cruzándose de brazos. —¿Desde cuándo te has vuelto tan sabia? —Creo que desde que tuve mi primer hijo. Por supuesto, dicen que no alcanzas la sabiduría hasta que tus hijos son adolescentes, pero yo me he adelantado un poco. Supongo que no tiene nada de malo. Zoé asintió, y luego observó a Spencer dando vueltas con su hija en los brazos, riendo de felicidad. La felicidad, reflexionó, tenía que ser mucho más que un simple golpe de azar. Tenía que ser, ai menos en parte, un asunto de elección propia. Quizá


había sido pura casualidad que Brianna y Spencer se encontraran... pero cada uno había elegido al otro, había elegido convivir con el otro, acomodar sus respectivos estilos de vida y engendrar sus preciosos hijos. Quizá no hubiera elección alguna en amar o no amar, pero sí en aceptar ese amor. O en perseguirlo. —¿Bree? —¿Mmm? —Tengo algo que decirte. Ayer por la tarde, vino una mujer al salón. De mediana edad, vestida con elegancia pero sin ostentación. Con clase. Pensé que probablemente habría venido buscando un vestido para su hija. Sin embargo, se presentó como Deirdre Swann, y me dijo que había sido asesora y directora del salón de novias Sherwood, en Charleston. —¿De Sherwood? Es una empresa gigante. ¿Y te dijo que había trabajado allí? No entiendo. . —Su marido acaba de ser destinado aquí. Y está buscando trabajo. —Oh, querida. Una mujer de su experiencia... — Brianna tomó asiento en una de las sillas del salón—. Dudo que fuera muy feliz vendiendo vestidos... —Hum... yo había pensado que quizá... le convendría más dirigir el salón — Zoé se encontró con su asombrada mirada—. ¿Qué te parece?


Al cabo de un momento, Brianna comentó en voz baja: —Creo que me alegro de haberme sentado —parecía tener problemas para pronunciar las palabras—.¿Me- me estás diciendo que quieres abandonar? —¡Dios mío, no! —rió Zoé, y se sentó al lado de su jefa—. Pero he estado pensando mucho en lo que me dijiste acerca de que necesitaba reservarme tiempo para mí misma. He decidido que ya es hora de que me apunte a un curso de cocina, por ejemplo. Y quizá también de jardinería... —¿Tú? ¿Jardinería? —Es una posibilidad, ¿no? En cualquier caso, tal vez me haya estado sirviendo del trabajo como excusa para aislarme del resto del mundo. Un poco. Así que he decidido que podrías tenerme o como directora del salón o como asesora de diseños. No las dos cosas a la vez. —Entiendo. Y... ya lo has decidido, ¿no? —Sí. —Oh, cariño —Brianna le dio un fuerte abrazo, emocionada—. Estoy tan orgullosa de tí... —¿No estás enfadada?


—¿Enfadada? ¿Por qué diablos habría de estarlo? —rió—, ¿Es que no te das cuenta? Era esto precisamente lo que intentaba sugerirte en Nueva York. Luego, cuando me mandaste a paseo... —Hey! Brianna desechó su protesta y continuó: —... y me vi incapaz de decirte nada sin que te pusieras a la defensiva... —Ya entiendo —dijo Zoé—. Entonces decidiste tomar una medida drástica y amenazarme con echarme. —Algo así —sonrió—. Y al parecer funcionó. Esbozando una mueca, Zoé se levantó de la silla. —De acuerdo, ya puedes borrarte de la cara esa sonrisa de satisfacciónBueno, el caso es que cuando vi a esa señora Swann, fue como si la decisión cayera por su propio peso —se volvió hacia ella, apoyándose en la mesa—. Espera a conocerla. Bree. Es absolutamente perfecta. —Muy bien, pues encárgate de concertar una entrevista con ella. —Ya lo he hecho: el lunes a las dos. ¿Te parece? Con un suspiro, Brianna sacudió la cabeza. —Sí, el lunes me parece bien. Aunque… —¿Qué? —Zoé arqueó una ceja. —Había pensado que quizá te gustaría dirigir el nuevo salón que instalemos


en Nueva York. —Gracias, pero no. —Oh- bueno. ¿Puedo saber por qué? —Porque este es mi hogar, Brianna. Aquí está mi familia y mis dos sobrinos adoptivos. Además, odio Nueva York. En ese momento llamaron a la puerta, y Brianna echó un vistazo al reloj que estaba en la repisa de la chimenea. —Debe de ser el primer padre o madre que viene a recoger a su retoño —se levantó para abrir. —Bueno, será mejor que me marche —dijo Zoé—Necesito prepararme para la cita. Mientras se dirigían hacia la puerta principal, Brianna le preguntó: —Dime una cosa, ¿por qué te dejaste convencer por tus hermanas? —Pude haber dicho que no —respondió Zoé, deteniéndose—, pero no lo hice. Ahora sé que escogí seguir delante con ello —sacudió la cabeza y continuó andando—. Estoy convencida de que tuvo que haber una razón, pero te aseguro que la ignoro. Abrazó cariñosamente a Brianna, saludó a la señora Wyman que entraba en


ese momento y salió de la casa. Subió rápidamente a su Ford Escort. Aquella familiar voz interior había permanecido muda durante la última semana, quizá por el fracaso con Mike. Ahora, de pronto, volvía a resonar en su mente: «quizá sea éste el verdadero». —Ya, quizá —musitó para SÍ misma mientras se alejaba de la mansión de los Lockhart—, Y estoy conduciendo este coche porque tengo el Cadillac en el taller. Su voz interior no tuvo nada que replicar a eso. —Gracias por haber venido esta tarde. Fran —dijo Mike mientras se ponía su abrigo—. Sé que detestas trabajar los sábados. —Apúntamelo en la cuenfa, Mike —repuso con simpatía—, Y bien... ¿qué planes tienes para esta noche? No te atrevas a contestarme que vas a trabajar. —No. Tengo una cita. —¡No me digas! ¿Con una mujer y todo eso? —No sé qué es todo eso, pero sí, es con una mujer. —Dios mío, creo que necesito tomar mi medicina para la presión sanguínea. —¿Desde cuándo tomas medicina para la presión? —le preguntó Mike, frunciendo el ceño.


—No la tomo. Todavía. Pero si sigo trabajando contigo, empezaré a hacerlo algún día. Entonces... ¿quién es ella? —Zoé —Milte sonrió tímidamente. —¿Chan? —Eh, sí. El rostro de Fran se iluminó de alegría: —¿Quiere eso decir que vais a volver juntos? Eso es mará... —Todavía no. —¿Cómo que todavía no? —inquirió decepcionada—. ¿Cómo puedes salir con ella si todavía no has vuelto con ella? —Porque no espera que yo aparezca. Fran se dejó caer en su sillón, anonadada. —¿Qué has estado fumando, Michael? ¿Qué diablos estás diciendo? —Mira, Zoé ha concertado una cita a ciegas con el nieto de David Wu. Pero no me espera a mí. —Pero- tú eres el nieto del señor Wu. Al menos el único que vive en Atlanta. —Ah, pero Zoé no sabe eso.


En aquel momento, Fran emitió un suspiro de frustración. —Algo me dice que, cuanto más intente comprenderlo, más confundida voy a estar. Dios no me ha concedido tantas neuronas. Bueno... —recogió su bolso y atravesó la oficina. Antes de salir, abrió y cerró la boca alternativamente con intención de decir algo, pero finalmente renunció y se marchó. Mike apagó las pocas luces que quedaban y permanecio por un momento mirando por la ventana. Al fin había puesto al tanto de su treta a su abuelo así como a las hermanas de Zoé. Todo el mundo había aceptado con entusiasmo su papel. Quedaba, sin embargo, la reacción de la propia Zoé... La amaba. Era así de sencillo. Y todavía no sabía cómo encajarían las piezas al final. Pero si la dejaba escapar de su vida sia al menos intentarlo... jamás se lo perdonaría a sí mismo. Se pasó una mano por la cara. De todas las disparatadas cosas que había hecho en su vida, aquella era la mayor. Lo tínico que jugaba a su favor era el elemento sorpresa. Y la esperanza de que pudiera hablar con Zoé antes de que le diera con la


puerta en las narices. La madre de Zoé la había llamado tres veces desde las cinco. —No, mamá, no voy a ponerme el vestido de terciopelo negro- Una cena informal, me dijo... Sí, que sí. Yo le dije que en Caraveggio's —Zoé gesticuló, alterada —. Porque es mi restaurante favorito, por eso.. Ya te lo dije, no pensaba que fuéramos a estar mucho tiempo... Cuando me llamó, me pareció que tenía un resfriado o algo así. Sí, mamá, seré amable con él. Adiós, mamá —y colgó rápidamente en el mismo momento en que su madre tomaba aire para seguir hablando. El reloj de la cocina marcaba las siete y diez.,así que él ya llevaba diez minutos de retraso. Zoé fue apresurada a su habitación y se miró por última vez en el espejo. Sí, no estaba mal. Su túnica favorita de seda, verde y con pantalones a juego. Se estaba pasando el cepillo por su melena suelta, cuando de repente se quedó paralizada. Estaba nerviosa. ¿Quizá incluso... ilusionada? Bah, tonterías. Sonó el timbre y dio un respingo; de inmediato corrió escaleras abajo, hacia la puerta principal, hasta que se detuvo para recuperar la compostura. « Alto, un tipazo, con una sonrisa matadora», le había dicho Margi... «Como para morirse», había sido el comentario de Vanessa. «No


te ilusiones mucho», se amonestó. Al fin y al cabo, era una cita a ciegas. Cuando abrió la puerta, se quedó literalmente de piedra. Flores, cientos de flores derramándose entre sus brazos. Lilas, gladiolos y otras muchas que no reconoció. —¿Qué diablos estás haciendo tú aquí? —Confiar en que me escuches —sonrió Mike—. Y quizá... cenar contigo, que me des una oportunidad para... —Lo siento, pero no estoy disponible —lo interrumpió Zoé con las manos en las caderas. Decidió corresponder a su sonrisa con otra de satisfacción, triunfante, decidida a no dejarle saber que el corazón le estaba aleteando en el pecho como una mariposa recién cazada. Advirtió entonces que tenía una expresión arrepentida—Tengo una cita esta noche. «O la tendré», anadió para sí. «si ese idiota aparece por fin». Miró de reojo su reloj: pasaban ya veinte minutos de las siete. Mala señal. —Oh —Mike frunció el ceño—, sí, debería haberme asegurado antes de dejarme caer por aquí. Pero supuse que probablemente no contestarías a mis llamadas telefónicas...


—Supusiste bien. —Y el salón tampoco es el lugar más adecuado para hablar. —¿Por qué habría de querer hablar contigo? —Zoé se cruzó de brazos, apoyándose en la jamba de la puerta, mirándolo allí de pie sosteniendo aquel montón de flores. Haciéndolo sufrir. Era lo menos que podía hacer. De pronto, sonó el teléfono en el piso superior. —De acuerdo, entonces... si tengo que soltar mi discurso aquí, yo... Oye, ¿no vas a responder al teléfono? —Probablemente será mi madre —repuso Zoé encogiéndose de hombros—. Y ya he hablado tres veces con ella- Dado que se supone que no estoy aquí, el contestador recogerá el mensaje. El teléfono dejó de sonar, sólo para volver a hacerlo segundos después. Zoé vio que Mike echaba un vistazo por encima de su cabeza, hacia las escaleras. Suponía que se trataba de algún tipo de reflejo. Esos hombres de negocios eran todos iguales. Si el teléfono sonaba había que contestar. Inmediatamente. Cuando sus miradas se encontraron de nuevo, Mike le tendió las flores: —Son para ti. —¿Cómo se interpretará que las acepte?


El contestador se conectó; Zoé escuchó su propia voz. —Como que le gustan las flores, supongo —bajó el ramo, mirándola preocupado —. Porque te gustan, ¿no? —No mato a propósito las de mi jardín, si es eso a lo que te refieres. Y estas son muy bonitas... —¿Zoé? —el coatestador recogió la voz de Margi, asustada, y Zoé se giró en redondo. Si su hermana parecía tan preocupada, entonces algo muy grave debía de haber ocurrido—. Oh, Dios mío, Zo... que estés, por favor, que estés... Zoé corrió escaleras arriba y descolgó el teléfono. —¿Qué pasa, carino? Estoy aquí... —¡He roto aguas! ¿Te acuerdas lo que dijo el médico acerca del ardor en la entrepierna? —Oh, Dios mío. Maldita sea. ¡Oh, Dios mío! ¡Ya estás de parto! Mike estaba a su lado, todavía sosteniendo las flores. —¿Dónde está Scott? —inquirió Zoe. En aquel momento la voz de su hermana sonó inexplicablemente firme: —Ha tenido que ausentarse de pronto por un viaje de negocios. Dado que todavía faltaban dos semanas, pensamos que no pasaría nada...


—Tranquila —insistió Zoé, intentando tranquilizarse a su vez—. ¿Entonces dónde está? —A dos horas en coche de aquí. Cuando empezaron las contracciones, le dejé un mensaje en su motel. —¿Cuándo empezaron? —Zoé estaba prácticamente chillando. —A eso de las cinco —respondió Margi, avergonzada—. Estaba tan convencida de que no eran las contracciones del parto, que le dejé el mensaje a Scott... sólo por si acaso, ¿sabes? —¿Y llamaste a mamá y a papá? —inquirió Zoé, suspirando. —Lo intenté hace unos minutos, pero han debido de salir a cenar. Zoé estaba contemplando incrédula el auricular del teléfono. Apenas hacía veinte minutos que había estado hablando con su madre... ¡y precisamente ahora tenía que haber salido! —Y tampoco sé dónde están Van y Harry. He dejado mensajes en los contestadores de medio Atlanta, según parece; Y, por lo visto, a tí te ha tocado el ingrato papel de conducirme al hospital, cariño. ¡Oooooh! La exclamación de Margi terminó en un taco que ni siquiera Zoé conocía. —Marg, cariño, ¿qué frecuencia tienen las contracciones?


—Tre... tres minutos. Y son fuertes. —¿Tres minutos? ¿Ya? Yo creía que era tu primer bebé... —Ja, ja. Lo cual me recuerda, me olvidaba de decírtelo, que cuando ayer fui a examinarme, el médico me dijo que todas esas contracciones ya me habían dilatado tres centímetros. —¿Me estás diciendo que sólo te quedan siete? —Pues sí —repuso Margi con una calma absolutamente irrazonable para una mujer que estaba a punto de dar a luz—. Y si no mueves tu trasero y me llevas al hospital de una vez, me temo que voy a parir aquí mismo, en el salón. Y, la verdad, no estoy de humor para...ioh. Dios mío! —Ahora mismo estamos allí, cariño. Soltó el teléfono, corrió a la cocina para descolgar las llaves del coche del gancho de la puerta y voló hacia la puerta agarrando de camino su bolso. —Olvídalo, Zo. No conducirás. —¿Esperas entonces que vaya andando? —Yo conduciré, Zo- Tú nos matarías a los dos. Arrancaré el coche mientras tu, uh, le dejas una nota...al tipo con quien estabas citada. —¡Oh, me había olvidado de Michael! —vio que la miraba sorprendido y negó con


la cabeza—. No, no tú... otro Michael, el tipo de la cita —miró el reloj; eran las siete y media—. Al diablo con él. Vamonos. Colgándose el bolso del hombro, ya se disponía a salir cuando Mike la atrajo hacia sí. Cualquier cosa que quisiera decirle quedó olvidada cuando él la levantó en brazos y la besó en los labios fiera, apasionadamente. Se recordó que su hermana estaba a punto de dar a luz, que necesitaba ir a buscarla ya, inmediatamente, ahora... pero mientras todos esos pensamientos se arremolinaban en su cerebro, le echó los brazos al cuello y le devolvió el beso con todo el ardor de que me capaz. Ambos estaban jadeando cuando finalmente terminó la succión. Lenta, delicadamente, Mike la bajó al suelo, tanto mental como físicamente. —¿Estabas fingiendo esta vez? —le preguntó, acariciándole todavía los labios con su aliento. Zoé negó con la cabeza. —¿Y tú? —¿Tú qué crees? —sonrió. —Creo... que tenemos que hablar muy en serio... después —y, agarrándolo de la mano, salió corriendo de la casa. Capítulo 11


M ENTRAS llevaba a Zoé a casa de su hermana, Mike pensaba que cuanto más se planeaba una cosa, más posibilidades existían de que el destino trastocara esos planes y dijese: «no, estúpido: lo harás a mi manera». Si el destino hubiera sido tan amable de facilitarle un nuevo guión, todo habría resultado más fácil. Había estado dispuesto a suplicarle a Zoé que lo escuchara, que le diera una oportunidad de convencerla de que estaba dispuesto y deseoso de reorganizar su propia vida para hacerle espacio. Porque la vida sin ella le resultaría demasiado vacía, aunque trabajara dieciocho horas diarias. Sin Zoé nada tendría sentido. Pero en vez de eso, la había besado. Sin pensarlo, se había sentido impulsado, impelido a besarla. Sin saber lo que estaba haciendo, sin decirle que la amaba. La necesitaba, la deseaba, la adoraba. Se había propuesto decirle todo eso, comenzar de alguna forma una conversación. Pero el destino había tenido otros planes. De acuerdo, Zoé había correspondido a su beso. . ¡había correspondido a su beso! Pero ahora, inexplicablemente, se negaba a hablar con él. Maldita sea. Zoé ya estaba fuera del coche antes de que él acabara de apagar el motor. Y apenas tuvo tiempo de abrir la puerta trasera cuando ella sacaba a una angustiada Margi de la casa, sosteniendo en


una mano el maletín de su hermana. Mike pensó que Margi caminaba de una forma extraña, incluso para una mujer en avanzado estado de gestación. Hasta que se dio cuenta de que llevaba una toalla entre las piernas. —Todavía está soltando líquido —explicó Zoé mientras ayudaba a Margi a sentarse en el coche. —A chorros, si realmente te interesa saberlo —dijo ella. No era el caso de Mike. —¿Vas a sentarte atrás con ella? —le preguntó a Zoé, quien a su vez le lanzó una mirada tipo «¿de qué planeta sales?»—. Sólo era una pregunta —se disculpó, sentándose de nuevo al volante— ¿A dónde vamos? Margi encontró tiempo entre dos contracciones para explicarle exactamente la ruta que tenía que seguir hasta el hospital. —Está cronometrada. Si le encuentras con todos los semáforos en verde, tardarás justo nueve minutos. Se encontraron con todos los semáforos en rojo en Druid Hills. Incluyendo algunos que Mike habría jurado no se encontraban allí antes. Zoé maldijo en voz alta, y Mike no pudo menos que reflexionar en la mujer tan dulce de la que se había enamorado.


—¿Qué diablos estás haciendo, Michael? Esta mujer va a dar a luz, ¡por el amor de Dios! Mike alcanzó a ver su expresión aterrada por el espejo retrovisor: —¿Preferirías que me saltara un semáforo y colisionáramos con otro coche? —inquirió con tono tranquilo—. De esa forma todos tendríamos una razón para ir al hospital. Zoé le sacó la lengua, pero no dijo otra palabra. Minutos después, Mike preguntó: —¿Con cuánta frecuencia le están dando las contracciones? —Mínima —respondió Zoé esforzándose por dominar el pánico. Margi, sin embargo, se mantenía perfectamente tranquila. En agonía, pero tranquila. De repente empezó a respirar rápidamente, a jadeos. —On, Dios mío, ha entrado en transición —dijo Zoé, un decibelio o dos más alto de su tono normal. Luego, terriblemente pálida, le preguntó a Mike —¿Sabes lo que es eso? —Bueno, de hecho, uno de mis clientes está especializado en educación prenatal. Tenían una película en la que


—Vale, vale. Un simple sí habría bastado. Mike llegó al aparcamiento del hospital. Nuevamente, Zoé se puso en acción antes de que él pudiera pensar en el siguiente movimiento y mucho menos ejecutarlo. Incluso en plena histeria, reflexionó, Zoé era un modelo de eficiencia. Estaba empezando a comprender por qué Brianna habría sido capaz de matar por aquella mujer. A unos metros de la entrada del hospital, Margi se detuvo y chilló. Chilló de verdad. Un sollozo atronador y primario que atrajo instantáneamente a una docena de personas que se hallaban por allí. —Está de parto —explicó innecesariamente Zoé. —En transición —añadió Mike por decir algo, sintiéndose... un perfecto inútil. En ese momento tuvieron que echar a correr, con Margi, que ya no estaba ni mucho menos tan tranquila, en una silla de ruedas. Unos enfermeros la condujeron a toda prisa a la sala de maternidad mientras Zoé y Mike se dirigían corriendo hacia admisiones, apartando a la gente a su paso. Él pedía disculpas. Ella no. Como una impresora imprimiendo a toda velocidad, Zoé soltó toda la información pertinente a la


enfermera que atendía en el mostrador. —Está registrada, pero no la esperaban hasta dentro de dos semanas. ¿Está la doctora Steinberg aquí? ¿Dónde han colocado a Margi? Ella quiere que esté con ella, yo soy hermana suya, y el padre... —¿Son ustedes familia de la señora Lee? —preguntó alguien detrás de ellos, haciéndoles dar un respingo. —Yo soy su hermana —dijo Zoé—, ¿Y usted quién diablos es? Mike le puso una mano en la espalda: —Discúlpela. Está un poquito nerviosa... por la presión. —¿No lo estamos lodos? —-repuso el jovencísimo médico, sonriendo—. Bueno, acabamos de examinar a la señora Lee y está a punto de dilatar del todo, así que la hemos llevado a la sala de partos. ¿Quieren hacer el favor de seguir a la señorita Johnson? —señaló a una sonriente enfermera afroamericana—. Les veré allí mismo. —Pero yo no. . —empezó a decir Mike. Pero Zoé ya le había agarrado de la mano y caminaba por el pasillo detrás del joven médico, claramente decidida a que el infierno se congelase antes de dejarlo marcharse.


Llevar a la hermana de Zoé al hospital era una cosa, pero otra muy distinta presenciar su parto. Con un suspiro, se puso el estúpido gorrito azul que le habían dado y siguió a Zoé y a la enfermera a la sala de partos. Margi, comprensiblemente preocupada, todavía no había dicho nada. Quizá suponía que Zoé ya sabía que él y el «otro» Michael eran la misma persona, que ya se lo había explicado todo, que Zoé lo había perdonado, que todo había salido a pedir de boca. Y quizá no. Aquello era como estar en una habitación con una bomba de relojería en marcha. Se sorprendió a sí mismo pegándose sigilosamente a la pared, acercándose por momentos a la puerta. Zoé estaba tan absorbida por su rol de hermana responsable que no se daría cuenta de su fuga; de eso estaba seguro; en aquel preciso momento todas sus energías estaban concentradas en aquel chico, tan joven era el médico, que parecía estar considerando seriamente la posibilidad de realizar el parto. —Discúlpeme, pero... ¿desde cuándo permiten a los estudiantes realizar partos? Claramente impertérrito ante su comentario, el joven médico sonrió mientras observaba el monitor.


—Hace más de quince años que dejé de ser estudiante —le tendió la mano—. Joshua Grady, médico residente de guardia esta noche. —Oh —exclamó Zoé, estrechándole la mano—Lo siento. —Siempre me pasa. Ya estoy acostumbrado. —¿Pero dónde está la doctora Steinberg? —En camino, pero no creo que le dé tiempo a llegar. —Esto es ridículo —dijo Zoé, mirando a su hermana—. Es su primer bebé. —Dígaselo a él —repuso el doctor Grady, sonriendo—. Muy bien , señora Lee. ¿Siente ya que está empujando? Margi negó con la cabeza. —No se preocupe. Lo sentirá. ¿Papá? el médico se volvió para mirar a Mike, justo cuando ya se disponía a escabullirse—. ¿Sabe? Creo que podría ayudar más a su esposa si se colocara aquí, a su lado. . —Mi marido... —empezó a decir Margi, pero la frase quedó interrumpida por otra violenta contracción. «¿Y ahora qué?», se preguntó Mike. Zoé lo miró con expresión suplicante. Se dio cuenta de que estaba asustada. Y


necesitada de su ayuda. No era exactamente la manera más tradicional de escuchar las palabras «te quiero», pero así era Zoé Mientras Mike se colocaba vacilante a un lado de Margi, Zoé se inclinó cerca de su hermana, apretándole tamaño. —Cariño —pronunció Margi con esfuerzo—-, aunque los Atlanta Braves estuvieran jugando un partido aquí mismo... te aseguro no me habría importado lo más mmimo —y sonrió- En plena transición, empapada de sudor, estaba sonriendo como si acabara de ganar una carrera—. ¿Y bien? ¿Entonces te gusta e! nieto de David Wu? A pesar del calor reinante en la habitación, Mike se quedó helado. Y Zoe suspiró indignada. —El tipo no llegó a aparecer. Debí haberlo sabido. Mike leyó la confusión en los rasgos de Margi mientras miraba alternativamente a uno y a otro. —¿Qué estás diciendo? ¿Cómo que no apareció? ¡Oh! ¡Oh! —esbozó una mueca de dolor, pero aún se las arregló para exclamar—: ¿Quién diablos crees que está a punto de ver cómo doy a...? ¡Oh. Diooooos mío! Quiero empujar, quiero empujar, ¡quiero


empujaaaar! Por encima del cuerpo convulsionado de Margi, Mike alcanzó a vislumbrar el par de ojos más furiosos que había visto en toda su vida. Oh, diablos... ¿qué se suponía que tenía que hacer ahora? Entonces, estúpidamente, ensayó una sonrisa. —Tú —le espetó Zoé, al otro lado de la cama— eres hombre muerto—Buena chica —le dijo en ese momento el médico a Margi, indiferente o ignorante de la pelea que estaba teniendo lugar justo encima de ella—. Esto no va a durar mucho — suspiró satisfecho mientras se hacía para atrás, esperando una nueva contracción—. Nunca deja de admirarme la facilidad con que los pequeños se abren paso... este bebé tampoco es muy grande, así que... muy bien, amigos, aquí viene otra vez... Margi empujaba, Zoé echaba humo, Mike deseaba estar muerto. —LO sabías! —siseó—- Lo sabías durante todo el tiempo. De pronto la puerta de la sala se abrió de par en par, y un borrón azulado con gafas redondas de alambre y una bobalicona y a la vez aterrada expresión se acercó a Margi, apartando de un empellón a Mike. Scott Lee se llevó la mano de su esposa a los labios y la besó repetidas veces.


—Tenía tanto miedo de no llegar a tiempo... —susurró, apartándole de la frente el pelo húmedo de sudor. —¿Quién...? —inquirió el doctor Grady. —¡El padre! —corearon al unísono las cuatro voces. El médico miró alternativamente a los dos hombres; luego se encogió de hombros y prosiguió con su trabajo. — Sabía que vendrías. Lo sabía —le dijo Margi a Scott, emocionada—. Vamos a tener un bebé, Scotty —anadió, jadeando cuando le sobrevino una nueva contracción. Con una inmensa ternura y una intuitiva necesidad de ayudar a su compañera a tener el bebé, Scott le rodeó los hombros con un brazo y la incorporó levemente ayudándola a empujar con más fuerza. Al mismo tiempo empezó a susurrarle palabras de consuelo, apretando la sien contra la suya... No había razón alguna para que Mike siguiera allí. Sobraba en aquel grupo. Aun así algo lo retuvo en aquella sala casi como si la magia de aquella escena de nacimiento lo hubiera impelido a permanecer quieto, esperando a que se consumara el milagro. Aquello era amor, pensó, en todas sus formas, en una escena que lo resumía


enteramente. De hombre a mujer, de padre y madre a hijo, de hermana a hermana... el interminable ciclo familiar que mantenía vivo al mundo. Mientras el nuevo ser se acercaba, se sintió arrastrado por la intensidad y la pasión de aquel instante. La película del parto que había visto no era nada comparado con aquella representación en vivo, eso era seguro. Y de pronto, como por ensalmo, el rostro de su abuela apareció en la pantalla de su mente. Asombrado, intentó enfocar la imagen; era casi como si estuviera en la misma habitación que él. Estaba sonriendo y asintiendo con la cabeza, como aprobando. Entonces la oyó decir, no tanto en su cabeza sino en su corazón: —Un sacrificio hecho por amor no es un sacrificio, sino una bendición. No hay vacío, ni dolor, ni deshonra en tal sacrificio. Yo fui feliz, Michael. Créeme, fui feliz. Zoé permanecía de pie al otro lado de la cama apretando la mano de Margi, con el rostro iluminado de emoción y expectación viéndola dar a luz. De repente levantó la mirada hacia Mike, sólo por un segundo, como si alguien la hubiera avisado. Pero antes de que Mike pudiera mirarla a los ojos. Maigi se inclinó hacia delante


y empujó con una fuerza que habría logrado levantar al mismo monte Everest, atrayendo nuevamente la atención de su hermana. Las lágrimas asomaron a los ojos de Zoé cuando vio cómo Scott mecía tiernamente a su esposa en los últimos momentos, mientras el bebé se esforzaba por salir al mundo. Ella misma agarraba fieramente la mano de su hermana, mientras la fuerza é intensidad de aquel nacimiento se imponía a todo lo demás. Nada existió, durante aquellos instantes, aparte del poder y la urgencia de aquella nueva vida. En algún recóndito lugar de la mente de Zoé, sin embargo, latía el daño que le había producido ser engañada y manipulada. A pesar de la escena que se estaba desarrollando ante sus ojos. a pesar de los chillidos de Margi, de los gritos de victoria que daba el médico para animarla y de las deleitadas exclamaciones de Scoott cuando vio asomar la cabecita morena de su criatura…pensó que Mike no había tenido el coraje de enfrentarse sencmamente con ella, sin recurrir a algún subterfugio de adolescente, hiriéndola en lo más vivo. O al menos eso fue lo que creyó pensar. De pronto, algo la impulsó a levantar la mirada hacia él... y vio la expresión de maravilla y esperanza que tenía su rostro en aquellos momentos.


Y todo rastro de furia desapareció. Después de todo, ¿acaso ella misma no lo había engañado también, en cierta forma, al arrastrarlo hasta allí porque había temido enfrentarse sola con aquello? E, incluso aunque ella sabía que aquel no era exactamente el lugar donde habría querido estar, Mike había aceptado acompañarla. Si había asistido a aquel nacimiento, no había sido mas que porque ella lo había necesitado a su lado. El siguiente grito de Margi, seguido de la exclamación del médico: «ya está, amigos», volvió a capturar su atención a tiempo de ver a la criatura retorciéndose en sus manos y llorando sin cesar. —Tiene un aspecto excelente —dijo riendo el doctor Grady mientras la enfermera se apresuraba a envolver a la criatura en una manta y se lo entregaba a la madre—. Su hijo es una maravilla —anadió con tono suave, sonriendo a la eufórica pareja—. Enhorabuena, mamá. Zoé aspiró profundamente y miró a Mike. Estaba apoyado contra la pared, con una mano tapándose la boca. Sus ojos, cuando levantó la mirada hacia Zoé, estaban brillantes por las lágrimas. Aunque nunca volviera a ver a Mike Kwan después de esa noche, pensó Zoé en un impulso, lo amaría durante el resto de su vida.


Cuando Scott le entregó el bebé, Zoé estuvo a punto de sollozar de emoción. Lo acarició con exquisita ternura admirada, y el crío abrió los ojos sólo por un instante antes de bostezar de sueño a punto de quedarse dormido. —Oh, ha bostezado —susurró, y oyó a Margi comentar a su lado: —Tiempo, tía Zoé. Anda, devuélveme a mi hijo. Lo devolvió reacia a los brazos de su madre, y en ese momento Mike le pasó un brazo por los hombros. —Sí, venga, tía Zoé. Dejemos por un rato sola a la nueva familia —murmuró contra su cabello, y la guió fuera de la sala. Ni sus padres, ni Vanessa ni Harry se habían mostrado mínimamente curiosos al ver a Zoé saliendo de la sala de partos del brazo de un hombre al que no conocían. Oh, claro, recordó: ya conocían a Mike. Pero aun así aquello seguía extrañándola... —¿Y bien? —inquirió su madre—. ¿Qué es lo que tenemos? —Un niño —respondió Zoé, emocionada—. Un maravilloso, gordezuelo y fresco niño con una mata de pelo negro... —de pronto se interrumpió, llevándose una mano a los labios, emocionada. —¿Qué te pasa? —le preguntó su padre, tomándole una mano. Detrás de los cristales de sus gafas, sus ojos brillaban de preocupación—. No habrá


sucedido nada malo, ¿verdad? —¿Qué? —perpleja, Zoé volvió a la realidad y miró fijamente a su padre—. ¡Oh! No, no, no.. todo ha salido maravillosamente bien. Está perfecto, y Margi también. Es sólo que... —sacudió la cabeza. Su madre entonces le acarició tiernamente una mejilla. —Lo sé —fue todo lo que le dijo—. Lo sé. —Bueno, amigos —se dirigió a ellos la enfermera de guardia, asomándose a la puerta de la sala—. Hay aquí un diminuto petimetre que arde en deseos de conocer al resto de la famiha, así que será mejor que se den prisa. No tuvo que decirlo dos veces; antes de que terminara de pronunciar la invitación, ya todo el mundo se había apresurado a entrar en la sala de partos. Mike se sentó con Zoé en unas sillas vacías de la sala de espera: aún no le había retirado el brazo de los hombros. La joven apoyó la cabeza sobre su pecho. —Bueno, señora —le susurró él contra su cabello—.Se las ha arreglado muy bien para hacerme perder el apetito —bromeó. Zoé levantó la mirada, momentáneamente sorprendida, y luego recordó: —Oh, es cierto. Fuiste tú quien reservó la mesa en el Caraveggio's. Aunque me


habría negado a ir contigo, de todas formas... —Lo sé —repuso Mike, algo nervioso—. ¿Me perdonarás por eso? Simplemente no se me ocurrió nada más y me temo que no soy muy bueno en esto... Riendo suavemente, Zoé apoyó una mano en su pecho, y sonrió cuando él se la levantó para besarle la palma. —De hecho... yo creo que sí lo -respondió, al final, supongo que te perdonaré. Dado que no me has dejado otra elección. Mike suspiró de alivio. —¿Cómo te encuentras? —Pregúntamelo cuando la adrenalina vuelva a su nivel habitual —respondió ella. —Sé lo que quieres decir. Zoé sintió el tierno contacto de sus labios contra su cabello, y cerró los ojos para disfrutar a placer de aquella sensación. —Entonces... —continuó él—— ¿crees que podrías querer tener uno de ésos... algún día? Zoé abrió rápidamente ios ojos. De pronto tomó conciencia de ello; en aquel preciso instante, nada deseaba más en el mundo que tener un bebé. Y. después de lo


sucedido durante las dos últimas horas, podía imaginarse perfectamente aquella perspectiva, a todo color. —Sí —respondió, sosteniéndole la mirada. —¿Crees entonces.-? —por un instante, Mike miró sus manos entrelazadas, y luego volvió a mirarla a los ojos—. ¿Crees... que podrías tener uno conmigo? Zoé se irguió con rapidez; le dolía el corazón de lo rápido que le latía. —¿Qué estás diciendo, Michael Kwan? Mike se rascó la cabeza con cómica expresión: —No es este el lugar que había soñado en que sucedería esto, en una sala de espera iluminada con fluorescentes, y vestido con esta ropa. Pero de todas formas...—para asombro de Zoé, se arrodilló frente a ella y le tomó una mano entre las suyas. Zoé pudo sentir cómo se detenía cualquier otra actividad en la sala de esperaTodos los sonidos se fundieron en un murmullo colectivo de expectación. —Debía haberte confesado entonces, en Nueva York, que jamas fingí contigo. Me arrebataste el corazón desde el mismo momento en que te vi por primera vez e hiciste que me diera cuenta... de que echaba de menos algo en mi vida que ni siquiera sabía que me faltaba. Me hiciste sentirme vivo. Zoé. Y necesitado. Me hiciste darme cuenta de lo que verdaderamente importa en la vida. Y...


—Para —lo interrumpió Zoé, poniéndole una mano en los labios. —¿Que pare? —repitió terriblemente asustado, presa de la más profunda decepción. —Si sigues diciendo más cosas, no seré capaz de recordarlas. Y Dios sabe que deseo recordar cada palabra de este momento durante el resto de mi vida. —¿Estás llorando? —ya sonriendo, Mike extendió una mano para enjugarle una lágrima. —Ohhh —suspiró—. Tengo la sensación de que aún no has visto nada... —De acuerdo. Pararé. Pero después de pronunciar una frase más. Zoé asintió. Y se dio cuenta, asombrada, de que estaba temblando. —¿Te casarás conmigo, Zoé Chan? ¿Te esforzarás conmigo en transformar nuestras respectivas y atareadas vidas para que podamos convivir juntos? ¿Para fundar una familia y un hogar? —Han sido tres frases —Zoé sacudió la cabeza—.Preguntas, para ser más precisos. —Eres imposible, ¿lo sabías? —le acunó delicadamente el rostro entre las manos. —Sí. ¿Estás seguro de querer saber nú respuesta? —Sí, preferiblemente antes de que mi rodilla se siga resintiendo.


Zoé rió entre dientes y le echó los brazos al cuello. —Sí, Michael Kwan —musitó—. Quiero casarme contigo, comprometer mi vida con la tuya, fundar un hogar y tener hijos contigo. También tu hiciste que me diera cuenta de lo que me faltaba. Y tuviste luego el coraje de hacer el idiota y aparecer en la puerta de mi casa. ¿Qué chica en su sano juicio podría resistirse a eso? —Entonces... ¿quiere eso decir que ya no estás enfadada conmigo? —ASÍ es. —Qué alivio —Mike se levantó para dejarse caer pesadamente en la silla—. ¿Sabes? Recuerdo un proverbio chino que me contó mi abuelo en cierta ocasión, hace años. «Porque vivo por elección propia, amo por elección propia». He tardado todo este tiempo en descubrir su significado. —Tu abuelo— —sonrió Zoé—... es un hombre muy sabio. —Dios mío, que no se te ocurra decírselo. —Por cierto —apoyó nuevamente la cabeza sobre su pecho, allí donde podía sentir el latido de su corazón—, quizá esto me haga cambiar de opinión acerca de la comida china... —Sólo sé de una cosa que podría hacerle a mi abuelo todavía más feliz. —¿Y qué es? Mike sonrió, besándole la punta de la nariz.


—Oírme decirle que tenía razón al querer emparejarme contigo. Karen Templeton - Serie Bodas deslumbrantes 3 - Cita con un desconocido (Harlequín by Mariquiña)

Cita con un desconocido karen templeton  

Serie: Bodas deslumbrantes Sinopsis: Su casamentera madre y sus entrometidas hermanas la habían sacado de quicio. Tan harta estaba Zoe, qu...

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