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A merced del destino Kathryn Ross A Merced del Destino (1996) Pertenece a la Temática Matrimonio forzoso Título Original: Ruthless contract (1995) Editorial: Harlequin Ibérica Sello / Colección: Jazmín 1195 Género: Contemporáneo Protagonistas: Greg y Abbie Argumento: Hacía cinco años que Greg y Abbie habían roto su relación, y cuando empezaban a recuperarse del dolor que la ruptura les había


provocado a ambos, el destino descargó sobre ellos un golpe aún más terrible: la muerte de la hermana de Abbie y su marido, Michael. La joven tuvo que viajar a los Estados Unidos para hacerse cargo de la tutela de sus dos sobrinas gemelas; una tutela, por cierto, que debía compartir con Greg, único hermano de Michael. Él se negaba a que Abbie se l evara a las niñas a Inglaterra para cuidarlas sola, y la joven tenía que hacer frente a una cruel alternativa: o se casaba con Greg, que le había dejado muy claro que esperaba compartir su cama, o perdería a sus sobrinas para siempre… Kathryn Ross – A merced del destino Capítulo 1 «La vida nunca fue como tú esperabas que fuera», se dijo Abigail, mientras contemplaba los rascacielos de Nueva York por la ventanil a del avión. Pensó en lo felices que habían sido Jenny y Mike, cuando parecía que tenían toda la vida por delante. Por un momento, las lágrimas le nublaron la vista y buscó rápidamente un pañuelo de papel en su bolso. Se dijo con energía que ya no iba a llorar más; ya había vertido suficientes lágrimas. Todavía le costaba admitir el hecho de que su preciosa hermana había muerto, y de que nunca volvería a verla, ni a ella ni a Mike. La voz del piloto interrumpió sus pensamientos anunciando que no tardarían en aterrizar en el aeropuerto John Fitzgerald Kennedy y que eran las cinco y media de la tarde. Un estremecimiento nervioso sacudió a Abbie al pensar que iba a volver a ver a Greg Prescott. Habían pasado cinco años desde que lo vio por última vez, y había tardado mucho tiempo en superar los estragos emocionales que ese hombre le había causado. Incluso ahora, en medio de la extraña situación que estaba


viviendo, se sorprendió a sí misma pensando en el ridículo que había hecho por su culpa. El avión aterrizó suavemente, dando por terminado el largo vuelo de Londres a Nueva York. Abigail esperó a que la mayor parte de los pasajeros salieran antes incluso de desabrocharse el cinturón de seguridad; luego, abrió tranquilamente su bolso y sacó un espejo para revisar su apariencia. Tenía leves sombras bajo los ojos azules, señal de que no había dormido bien últimamente, y estaba muy pálida. Con un suspiro, se pintó los labios con un lápiz de color rosa oscuro y se arregló con los dedos su larga melena rubia. Quería tener una impecable apariencia cuando la viera Greg. Se había sorprendido mucho cuando él le escribió diciéndole que podía quedarse en su casa en vez de en un hotel, y todavía se había quedado aún más asombrada cuando se ofreció a ir a buscarla al aeropuerto. En un principio, quiso rechazar ambas ofertas. El pensamiento de tener que pasar algún tiempo, por mínimo que fuera, en compañía de ese hombre le resultaba aborrecible. Fue su preocupación por sus sobrinas huérfanas lo único que la animó a escribirle una carta aceptando su ofrecimiento. «¡Pobres Daisy y Rachel!», exclamó para sí. Se mordió de pronto el labio al pensar en las gemelas; repasando lo ocurrido en los últimos días, se daba cuenta de


que sólo la había obligado a salir adelante la preocupación que sentía por su bienestar. Tenía la firme intención de llevárselas consigo a Inglaterra. Ellas la necesitaban y Abbie iba a estar a su lado. Se levantó rápidamente, con expresión decidida. Iba a tener que volver a ver a Greg Prescott y a olvidar lo sucedido entre ellos. Tuvo la impresión de que los trámites de aduana duraban una eternidad. Las autoridades registraban escrupulosamente las identidades de los visitantes y, sobre todo, querían asegurarse de la fecha en que saldrían del país. Abigail se alegraba de haber seguido el consejo de Charles, reservando con antelación el viaje de vuelta. Siempre podría registrar a las niñas cuando lo hubiera aclarado todo con Greg. Nº Paginas 3-106 Kathryn Ross – A merced del destino El corazón se le aceleró cuando recogió su maleta y traspuso la barrera. Barrió con la mirada el mar de rostros expectantes que había al otro lado. Al principio, no pudo reconocer a nadie, y se preguntó si Greg no se habría molestado al fin en ir a buscarla. Puso su maleta en un carrito y avanzó decidida hacia los teléfonos. Se dijo disgustada que no iba a quedarse allí esperándolo como una idiota; si él no había podido preocuparse de estar allí a tiempo, se las arreglaría sola. Fue entonces cuando lo vio. Se encontraba apoyado indolentemente en un mostrador, observándola. El corazón de Abigail dejó de latir, y, por un


momento, tuvo la impresión de que eran los dos únicos seres sobre la tierra. La multitud que los rodeaba, el bul icio y el ruido parecieron desaparecer cuando miró sus ojos oscuros, profundamente turbadores. Parecía diferente… aunque al mismo tiempo tan familiar que el corazón le dio un vuelco en el pecho. Seguía tan atractivo como siempre, pero su cabello oscuro estaba ahora encanecido en las sienes, y en lugar de l evar vaqueros, lucía un traje negro de corte formal. Aparentaba exactamente lo que era: un famoso abogado. No avanzó de inmediato hacia el a, sino que permaneció inmóvil mirándola detenidamente de pies a cabeza; posó primero la mirada en sus zapatos de punta, ascendió luego por su traje azul marino que destacaba su esbelta figura y se detuvo lentamente en su rostro. Abigail se ruborizó y él sonrió al advertirlo; sólo entonces avanzó hacia ella. —Hola, Abbie; ha pasado mucho tiempo —murmuró con su voz profunda que el a recordaba tan bien. «No el suficiente», quiso contestar Abigail, pero en vez de ello, repuso: —Sí, en efecto… No has cambiado. Era la única cosa que se le ocurrió decir, y no era estrictamente cierta. Greg había cambiado, y no sólo en las canas que peinaba en las sienes. El Greg que había conocido era de naturaleza afable, accesible; en cambio, ese hombre que estaba frente a el a parecía de alguna forma más duro. Era como si lo rodease un aura de poder. Supuso que el meteórico éxito que había conseguido en su carrera había contribuido a dar esa imagen áspera e


inflexible a sus rasgos. Después de todo, Greg había conseguido en unos pocos años más de lo que la mayoría de las personas en toda su vida. Nadie l egaba a la cumbre del éxito sin recurrir a una despiadada determinación. —No sé si tomarme eso como un cumplido —repuso secamente Greg. —Era un simple comentario —explicó Abigail encogiéndose de hombros, y desvió la mirada. Sabía muy bien que él estaba recordando las duras palabras que le había dirigido la última vez que se vieron—. Escucha, no quiero de ninguna forma molestarte. Si quieres, puedo alojarme en un hotel hasta que resolvamos las cosas —sabía que sonaba muy brusca, pero estaba muy nerviosa e inquieta por la situación que estaba viviendo. —Ya está todo resuelto —repuso él con voz baja y firme—. He hecho todos los arreglos necesarios. El funeral se celebrará mañana. Un frío estremecimiento recorrió a la joven al escuchar esas palabras. Greg recogió su maleta y se dirigió hacia el aparcamiento, no dejándole a Abigail más Nº Paginas 4-106 Kathryn Ross – A merced del destino opción que seguirlo. Se detuvo frente a un Mercedes de color azul plateado y metió su equipaje en el maletero, antes de preguntarle: —¿Has tenido un buen viaje? —Sí, perfecto —en realidad, apenas había tomado conciencia de ello; había estado demasiado ocupada pensando en Jenny, preocupándose por las niñas y, por


supuesto, temiendo volver a ver a Greg otra vez. Abigail esperó hasta que se hubo instalado en el coche para hacer la pregunta que tanto la quemaba por dentro: —¿Cómo están las niñas? Sentado al volante, Greg se volvió para mirarla y, por primera vez, Abbie entrevió el profundo dolor que disimulaba tras su fría y contenida expresión. —Si quieres que te lo diga en una sola palabra, están destrozadas. —No podía creérmelo, Greg —le confesó Abbie, mordiéndose el labio y desviando la mirada, húmeda por las lágrimas. De verdad que no podía. Es como una pesadilla. —Dímelo a mí —con grave expresión, arrancó y puso el coche en marcha. No volvieron a hablar hasta que tomaron la autopista para dirigirse hacia el centro de la ciudad. —¿Cómo lo está soportando tu madre? —le preguntó Abbie, volviéndose para mirarlo. —Está siendo muy valiente. Tiene que hacerlo por el bien de las niñas. —¿Las está cuidando ella? —Sí… se ha trasladado por el momento a mi apartamento. Lo está sobrellevando muy bien, pero le está costando mucho —se pasó una mano por el cabello con gesto distraído—. Afortunadamente, tengo una buena ama de llaves que viene cada día, y hago todo lo posible por descargarme de trabajo y estar más en casa, pero es difícil. —¿Es necesario eso ahora que estoy aquí? —se apresuró a preguntarle ella.


—No sé cómo vas a cuidar tú a las niñas —repuso él riendo fríamente, antes de lanzarle una rápida mirada—. No eres precisamente una «mujer de tu casa». —Puedo asegurarte —replicó Abbie, roja de furia por su comentario— que, por el bien de las hijas de mi hermana, puedo convertirme en lo que sea. —Pero no vas a quedarte aquí el tiempo suficiente como para ser de mucha ayuda, ¿no? —dijo Greg, en cogiéndose de hombros. Abbie no se ocupó de responder a ese comentario. Tras girar en un cruce, Greg le preguntó: —¿Dónde está ese novio tuyo…? Ya no me acuerdo de su nombre… —Charles —masculló Abbie con los dientes apretados, segura de que Greg iba a hacer algún tipo de comentario sarcástico. —Ah, sí… Charles —esbozó una leve sonrisa—. Me sorprende que todavía no te hayas casado con él… si no recuerdo mal, pensabas que era un buen partido —le Nº Paginas 5-106 Kathryn Ross – A merced del destino lanzó una rápida mirada de soslayo—. ¿Qué sucedió? ¿Su «mamá» no aprobó la boda? —En realidad —repuso furiosa, mirándolo—, me llevo muy bien con la madre de Charles. —¿Así que él todavía no te lo ha pedido? —preguntó con gesto desdeñoso. —Sí, me ha pedido que me case con él —Abigail estaba tan indignada, que respondió sin pensar. ¿Cómo se atrevía Greg a hacerle unas preguntas tan personales? A ella jamás se le habría ocurrido preguntarle por su novia. Por


un momento, la imagen de Connie Davis cruzó por su mente. Distraída, se preguntó qué habría sido de ella. Hubo un tiempo en que había esperado enterarse de que Greg se había casado con Connie, pero los años fueron pasando y todavía seguía soltero. —Entonces, ¿has rechazado a ese dechado de virtudes? —continuó Greg, esbozando una mueca—. Sorprendente… con todo el dinero que tiene… Ante ese comentario, Abigail se quedó sin habla por un momento, pero luego replicó acalorada: —No, no lo he rechazado. De cualquier forma, es algo que no te concierne. —Entonces, si no lo has rechazado, ¿es que estás comprometida con él? — imperturbable ante su tono de furia, lanzó una rápida mirada a su mano izquierda para descubrir algún anil o. —Estoy pensando en hacerlo —mascul ó Abbie en voz baja—. Si quieres saberlo, él me lo pidió hace unos días, justo antes… del accidente. Mientras estaba hablando, se preguntó por qué le estaba explicando todo aquello; era algo demasiado personal. Se maldijo a sí misma por haberle permitido entrometerse hasta ese punto en su vida. —¿A qué estás jugando? Es inevitable que te cases con ese tipo —comentó Greg con tono seco. —Nada es inevitable —le espetó ella, lanzándole una mirada de furia. Mientras aparcaba el coche en un aparcamiento subterráneo, Greg replicó levantando una ceja con gesto burlón: —La Abigail que yo conozco nunca rechazaría a alguien como Charles Marsden. Furiosa, Abbie se dijo que, en realidad, Greg no había cambiado nada.


Todavía podía, simplemente levantando una ceja, hacerla hervir de furor. Aquel hombre era absolutamente insufrible. Pensó que el hecho de que se hubiera enamorado de él alguna vez era un completo misterio. —Puedo asegurarte que no me conoces para nada —le dijo con tono arisco. —Al contrario —se volvió hacia ella—, creo que te conozco muy bien — afirmó con tono suave, bajando la vista para mirar apreciativa y descaradamente su figura —. Tan bien como un hombre puede conocer a una mujer. Abbie se ruborizó ante ese comentario deliberadamente provocativo. Encogiéndose de hombros y disponiéndose a abrir la puerta, Greg continuó: Nº Paginas 6-106 Kathryn Ross – A merced del destino —Sin embargo, espero que encuentres la felicidad. Pero mi principal interés es la felicidad de las dos pequeñas que están bajo mi cuidado. —Bueno, al menos estamos de acuerdo en algo —comentó Abbie una vez que salió del coche. —¿De verdad? —le preguntó él con dureza; una inquietante expresión pareció oscurecer sus rasgos. Mientras esperaba a que sacara su equipaje del maletero, Abigail se preguntó furiosa qué habría querido decir Greg. ¿Acaso pensaba que no iba a preocuparse por las hijas de su hermana? Se abstuvo de preguntarle nada. «Cuanto menos le hable, mejor», se dijo con firmeza. Iba a tener que andarse con mucho cuidado con él. Lo siguió hasta el ascensor y subieron en silencio hasta que la curiosidad fue


más fuerte que el a y le preguntó: —¿Estarán despiertas las niñas? —Deberían estarlo —Greg miró su reloj—. Normalmente, a las siete ya están en la cama, pero no han estado durmiendo muy bien y ahora están nerviosas por tu llegada. Cuando se abrieron las puertas del ascensor, Greg la hizo entrar en un apartamento que, hasta entonces, el a sólo había visto en las revistas más selectas de decoración. Su lujo y su bel eza le quitaron el aliento. El salón estaba decorado en tonos oro y blanco; era de moderno diseño y muy grande. Las vistas que ofrecían las ventanas eran espectaculares; Nueva York se extendía deslumbrante ante el a. En ese momento, comenzaba a anochecer; el cielo había adquirido un tono lila y los rascacielos se l enaban de pequeñas luces, como gigantescos árboles de Navidad iluminados. —Estás en tu casa —le indicó que se sentara en un sofá—. Voy a buscarlas. Pero casi no tuvo necesidad de moverse. La puerta del final del salón se abrió de repente dando paso a las dos pequeñas, que se lanzaron a los brazos de Abigail. —Tía Abbie, ha sido horrible —sollozó Rachel, abrazando a tía con fuerza —. Mamá y papá ya no van a volver a casa nunca más. Abbie se encontró con la mirada de Greg, que la contemplaba desde el otro lado de la habitación; se alegraba de que la penumbra reinante le impidiera ver las


lágrimas que inundaban sus ojos. —Todo va a estar bien —murmuró besando y abrazando a las niñas—. Ya lo veréis —en ese momento descubrió la presencia de la madre de Greg, que las observaba desde la puerta—. Hola, Margaret —la, saludó, acercándose lentamente a el a. —¡Abbie! La mujer mayor fue a su encuentro y Abbie se quedó impresionada por lo mucho que había envejecido desde la última vez que la vio. Tenía el cabel o castaño salpicado de gris, y en sus ojos aparecía grabada una profunda tristeza que a la joven le desgarró el corazón. Nº Paginas 7-106 Kathryn Ross – A merced del destino —Lo siento tanto, Margaret —en un impulso, Abigail abrazó a la mujer y así permanecieron durante un rato sumidas en un silencioso dolor. —Vamos, vosotras dos —dijo Greg, interrumpiendo aquel tenso silencio—, hay que animarse un poco —cruzó la habitación y levantó en brazos a las pequeñas sin esfuerzo aparente, como si fueran bebés en vez de niñas de cinco años—. Para empezar, hay que irse a la cama; quizá la tía Abbie quiera arroparos, si se lo pedís de buena manera. Abbie asintió al ver que las dos niñas la miraban expectantes. —Bueno —continuó Greg—, y ahora, dad las buenas noches a vuestra abuela.


Se acercó a Margaret con las niñas en brazos, que besaron obedientemente a su abuela y le dieron las buenas noches. —Pobrecitas —murmuró Margaret con voz desgarrada por la emoción cuando Greg se las llevó al dormitorio—. Todavía no puedo creerlo. —Greg me ha dicho —dijo Abigail, con un nudo en la garganta— que el funeral tendrá lugar mañana. —Creo que todos nos sentiremos mejor —comentó Margaret después de asentir con la cabeza y tomar asiento en el sofá— cuanto antes acabemos con eso. —Sí, supongo que sí —respondió Abigail, pero se preguntó en silencio si ella misma podría l egar a superarlo algún día. Aunque había pasado un año desde que vio por última vez a su hermana, siempre había estado muy unida a el a. Su muerte le había dejado un terrible vacío en su vida. —Bueno —suspiró Margaret—, me alegro de verte de nuevo, Abigail —dijo con tono cálido—, aunque sea en circunstancias tan terribles. —Quería venir lo antes posible —murmuró Abbie—. ¿Cómo sucedió, Margaret? Ni siquiera sabía que Jenny y Mike planeaban irse de vacaciones. —Decidieron hacerlo en un impulso —explicó Margaret con un tremendo esfuerzo—. El jefe de Mike le concedió un fin de semana libre… yo me ofrecí a cuidarles las niñas —por un momento, se le quebró la voz—. Para ser sincera, Abbie, yo tuve algo de culpa. Si no hubiera insistido tanto en que se tomaran un descanso, si… —Vamos, madre —la profunda voz de Greg la interrumpió al volver al salón —. Siempre estamos de vuelta con lo mismo. Tú no tienes la culpa de nada. Fue un


desgraciado accidente, nada más —le apretó cariñosamente el hombro antes de dirigirse hacia el mueble de las bebidas—. ¿Queréis beber algo? — preguntó. —Yo no —Margaret negó con la cabeza, y luego miró a Abbie—. ¿Tienes hambre, querida? ¿Puedo prepararte algo? —No, gracias, Margaret; ya he comido en el avión —en realidad, apenas había probado bocado. Últimamente parecía haber perdido todo interés por la comida, y estaba empezando a adelgazar—. Pero sí me gustaría tomar una copa —dijo, mirando a Greg—. Brandy, si tienes. —Puedo prepararte un café para acompañarlo —se ofreció Margaret levantándose. —No, de verdad, no te molestes; está bien. Nº Paginas 8-106 Kathryn Ross – A merced del destino —Bueno, como prefieras —dudó y miró a Abigail con expresión de culpabilidad —. ¿Me disculpas por irme a la cama ahora, Abbie? Estoy agotada… por la mañana temprano tengo que ocuparme de las niñas y… —Oh, claro que sí —la joven se apresuró a levantarse y la besó en las mejil as —. Acuéstate y no te preocupes de las niñas por la mañana. Yo me encargaré de el as. Margaret asintió agradecida y, después de sonreír a Greg, abandonó la


habitación. Después de un tenso silencio, Abigail miró su reloj y murmuró: —Voy a darles las buenas noches a las niñas. ¿Cuál es la habitación, Greg? —La segunda puerta a la derecha —cruzó la sala y le dejó la copa sobre una mesa—. Procura no despertarlas si ya se han dormido. —Por supuesto; no tienes ninguna necesidad de recordármelo —repuso Abigail. Molesta por sus palabras, se levantó sin darle las gracias por la bebida y salió de la sala. Las niñas estaban instaladas en una preciosa habitación, con dos pequeñas camas. Obviamente, no se habían escatimado esfuerzos para que se sintieran como en su casa, porque muchos de sus juguetes estaban colocados en las estanterías y una gran casa de muñecas ocupaba una envidiable posición cerca de la ventana. Las niñas estaban casi dormidas; ya se les estaban empezando a cerrar los ojos cuando hicieron un esfuerzo por despertarse al ver a su tía. Abbie se sentó en el borde de la cama de Rachel y se inclinó para besarla en una mejilla. —¿Estás bien, cariño? —murmuró suavemente. —Ahora sí —asintió la niña—. ¿Te vas a quedar, tía Abbie? ¿No nos dejarás como mamá y papá? Abbie negó con la cabeza, mirando a las dos pequeñas con los ojos inundados de lágrimas. Ambas se parecían mucho a Jennifer; tenían sus mismos ojos, grandes y azules, y el mismo cabello rubio y rizado. —Claro que no —prometió con un ronco murmul o mientras se disponía a besar a Daisy—. Ahora, dormiros ya; os veré por la mañana.


—La abuela dice que mamá y papá están ahora en el cielo —dijo Daisy, tirándola de una manga—. ¿Tú crees que se han ido allí? Por un momento, Abigail no pudo hablar; con un nudo en la garganta, le contestó: —Sí, cariño, estoy segura de que están al í. —¿Crees que son felices? —Daisy levantó la mirada hacia ella con expresión triste. —¡Oh, cariño! —Abigail abrazó a su sobrina y estrechó su cuerpecil o con fuerza. ¿Cómo podría explicarle una realidad tan cruel a una niña de cinco años? ¿Cómo podía explicar algo que el a misma no comprendía?, se preguntaba—. Estoy segura de que os echan de menos tanto como vosotras a ellos —murmuró suavemente—, y de que velan por vosotras y quieren que seáis felices —por un momento, se quedó acunando a la pequeña con un gesto de impotencia; luego se Nº Paginas 9-106 Kathryn Ross – A merced del destino dio cuenta de que se le estaban cerrando los ojos—. Os veré por la mañana — dijo en voz muy baja antes de acostarla y darle un beso. Se quedó durante un rato de pie en la habitación, observándolas con el corazón dolorido. Parecían tan pequeñas, tan indefensas… Deseó con todas sus fuerzas hacer todo lo posible por ellas, protegerlas de cualquier otro dolor. En ese mismo momento y lugar se juró que, a pesar de lo que pudiera suceder, nunca las abandonaría. Luego salió sigilosamente del dormitorio.


—¿Están bien? —le preguntó Greg, cuando ella se reunió con él en el salón. —Sí, ahora mismo se están durmiendo —respondió sentándose frente a él; cuando se llevó la copa de brandy a los labios, le tembló la mano. En medio del silencio que siguió, Abigail se dedicó a repasar una y otra vez aquella terrible situación. Cuando miró a Greg lo sorprendió observándola detenidamente, con los ojos entrecerrados. Se preguntó qué estaría pensando, y si estaría tan destrozado como ella. Su estado de ánimo, en apariencia, era difícilmente comparable con la intensa agitación que Abbie sentía en su interior. Daba la impresión de que nada podía alterar su rígido control. —Parece que Margaret está destrozada —comentó la joven, satisfecha de que la voz no le temblara tanto como temía. —Ya antes de todo esto no estaba bien —dijo Greg, suspirando—. Michael era tres años más joven que yo, pero incluso con treinta y dos años de edad todavía era «su niño». Creo que pasará mucho tiempo antes de que el dolor por haberlo perdido empiece a perder intensidad. —A todos nos costará superarlo —murmuró Abbie con expresión triste—. De hecho, a veces me pregunto si mi forma de sentir volverá a ser la misma alguna vez. Es como si un doloroso vacío se hubiera abierto en mi interior. —Sé perfectamente lo que quieres decir —su duro tono de voz la sorprendió; apuró su copa de un trago y se levantó para servirse otra—. Michael no sólo era mi hermano; también era mi mejor amigo.


Había tanta emoción contenida en la voz de Greg que, por un momento, Abbie se sintió tan abrumada por su dolor como por el suyo propio. Ella también se sentía culpable; culpable por haber supuesto que él era tan duro como para ser indiferente a todo. —Siempre me gustó Mike. Era un… buen marido y un buen padre —dijo Abbie con un nudo en la garganta al recordar el rostro sano y alegre de Mike. —¿Estás bien? —le preguntó Greg, mirándola con expresión preocupada. Por alguna razón, le entraron ganas de l orar al escuchar la delicadeza de su tono. Abbie asintió y bajó la mirada a su bebida. Greg se sentó de nuevo frente a ella y reinó de nuevo el silencio, pero, en esa ocasión y de manera extraña, fue un silencio cordial, cómodo. Abbie levantó la mirada hacia él. —¿Qué vamos a hacer sin ellos, Greg…? —en vano intentó disimular la angustia de su tono. —Todo lo que podemos hacer es seguir adelante… —respondió, sosteniéndole la mirada. Nº Paginas 10-106 Kathryn Ross – A merced del destino Entonces Abbie se sorprendió a sí misma hablando en un tono bajo y suave, pronunciando palabras que no había pensado decirle. —¿Sabes? Algunas veces, cuando me despierto por las mañanas, siento que renace la esperanza en mi interior. Me pregunto si no habrá sido todo una horrorosa pesadil a —sonrió con tristeza—. Luego recuerdo lo que realmente sucedió y


es como si ese vacío volviese a abrirse dentro de mí, sólo que cada vez más grande y profundo. Por primera, vez era capaz de expresar abiertamente lo que sentía sin derrumbarse. Charles había sido muy atento con ella, la había ayudado mucho, pero, de alguna forma, la satisfacía enormemente hablar con Greg, quizá porque sabía que, en ese momento, al menos estaban unidos por un mismo dolor. —Dicen que el tiempo cura todas las heridas —dijo Greg, después de dar un sorbo a su bebida—. Pero ahora tenemos que pensar en las niñas; su bienestar es lo primero. Una sensación de alivio invadió a Abigail. Quizá la cuestión de las niñas no iba a ser tan difícil como había previsto. A menos en eso, los dos sentían lo mismo. —Me alegro tanto de que estemos de acuerdo en eso —comentó agradecida —. Sé que a Margaret y a ti os va a resultar duro separaros de las niñas… pero siempre podréis visitarlas en vacaciones, y además, Inglaterra no está muy lejos… —¿Perdón? —Greg se inclinó hacia delante en su sil a y la miró extrañado. —Lo si quizá debería empezar otra vez —sacudió la cabeza, dándose cuenta de que en su ansia por solucionar las cosas, se había apresurado demasiado —. Creo que lo mejor para las niñas es que me las l eve a Inglaterra. —Nada de eso —repuso él con tono áspero, frunciendo el ceño e inclinándose más hacia ella. —¿Qué quieres decir? —preguntó ella, estremecida. —Te lo voy a deletrear —sus atractivos rasgos tenían de repente una


apariencia muy severa a la débil luz de la lámpara—. Las niñas se quedarán aquí, conmigo. Esta es su casa y no van a abandonarla bajo ninguna circunstancia. Por un momento, Abigail creyó que iba a ahogarse de dolor. Con mucha dificultad, intentó dominarse. —Greg, no estás siendo razonable. No puedes dar a las niñas el cuidado y la atención que necesitan. Como tú mismo me dijiste antes, trabajas mucho. Y tampoco puedes esperar que tu madre se encargue de ellas. —Podremos hacerlo —Greg apuró su copa de un trago y se apoyó en el respaldo de la silla—. Las niñas son ciudadanas norteamericanas, y van a seguir siéndolo. —Estuvieron viviendo en Inglaterra hasta hace un año… —Abbie lo miró con sus grandes ojos azules reflejando furia y desconcierto. —No, Abbie —la interrumpió con tono duro—. Este es el fin de la discusión — dejó su copa sobre la mesa—. Son las hijas de mi hermano y se quedarán conmigo. —¿Y mandarás al diablo entonces lo que sea mejor para ellas? —se negaba a dejar de discutir del tema, a pesar de que su sombría expresión la instaba a hacerlo. Nº Paginas 11-106 Kathryn Ross – A merced del destino —Yo decidiré qué es lo mejor para el as. —No, Greg —sacudió la cabeza—. No voy a dejar que una niñera o un ama de llaves cuiden a las hijas de mi hermana, que es lo que sucederá si se quedan contigo. Ellas me necesitan y…


—Nadie te necesita, Abigail Weston —la interrumpió con firmeza al tiempo que se levantaba—. Excepto quizá ese pobre idiota que está en Londres. Lo mejor que puedes hacer es volver con él, al lugar al que perteneces. Nº Paginas 12-106 Kathryn Ross – A merced del destino Capítulo 2 De alguna forma, Abigail consiguió soportar el funeral. Cuando se hallaba en el salón del hotel, donde estaba teniendo lugar la recepción posterior, mientras saludaba a los amigos de Jenny y de Mike, la joven tenía la sensación de estar viviendo el peor día de su vida. —Tú debes de ser la hermana de Jenny —le dijo una preciosa joven morena, deteniéndose a hablar con el a cuando se dirigía hacia el bufet. Había estado al lado de Greg durante la ceremonia. —En efecto, soy Abigail Weston —le tendió la mano con gesto cortés. —Jayne Carr; soy amiga de Greg. Por un momento, Abbie se quedó asombrada. ¡Así que lo de Connie ya pertenecía al pasado! Pensándolo mejor, se dijo que no debería sentirse tan sorprendida. Sin duda, Greg habría engañado a la hermosa Connie, como la engañó a el a misma. Abbie se sobrepuso decidida a esos recuerdos para concentrarse en la mujer que estaba frente a ella. Iba muy maquillada, l evaba el pelo muy corto y bien arreglado, y tenía un cuerpo menudo, de apariencia muy juvenil. —Queríamos mucho a Jenny y a Mike —continuó Jayne con tono triste—. Vamos a echarlos terriblemente de menos.


—Sí —asintió Abbie, intentando recordar si Jenny le habría mencionado alguna vez el nombre de aquella joven. Pensando sobre el o, se dio cuenta de que Jenny nunca le había contado nada acerca de la vida social de Greg. El tema de Greg Prescott había sido delicadamente tratado después de que Abbie le dejara claro a su hermana que ya no estaba interesada en él, y que estaba enamorada de Charles. En ese momento, al recordar aquella pequeña mentira, se sintió culpable. Su hermana se había sentido evidentemente decepcionada. —Querida —le había dicho Jenny, algo irritada—, no es posible que prefieras a Charles… Mira, ¿por qué no te vienes a Nueva York de vacaciones y…? Rápidamente Abbie había dado un giro a la conversación. El año anterior, Jenny le había pedido en numerosas ocasiones que fuera a los Estados Unidos, y el a se había negado porque no quería ver a Greg; ahora se arrepentía de el o. En ese momento, recorrió la sala con la mirada y vio a Greg. Ese día estaba más atractivo que nunca, con su traje oscuro que resaltaba sus amplios hombros. Abigail apenas había hablado con él desde su discusión de la pasada noche. Se esforzó por no mirarlo, pero, para su disgusto vio por el rabillo del ojo que se acercaba hacia ella. Desesperadamente, intentó ignorarlo y concentrarse en lo que le estaba diciendo Jayne, pero se interrumpió en medio de una frase cuando Greg se reunió con el as. —Ya veo que conoces a Jayne —murmuró, pasándole un brazo por los hombros a la joven con gesto posesivo.


Nº Paginas 13-106 Kathryn Ross – A merced del destino —Sí —asintió Abbie. —Precisamente le estaba hablando de la estrecha relación que tenía con Jenny, querido —sonrió Jayne—. Creo que la pobre chica se sentía un tanto perdida cuando se trasladó aquí con Mike. —Bueno —asintió Greg—, esto era muy diferente para ella, pero se adaptó bien. Creo que fue feliz en los Estados Unidos. —Sí… ella me decía que la encantaba este país —dijo Abbie antes de tomar un sorbo de vino. Le resultaba extraño estar al í charlando, analizando la vida de su hermana, tan corta por otro lado… Recordó que sólo tenía veintitrés años cuando murió—. Disculpadme un momento, por favor —se apresuró a decir, y dio media vuelta para dirigirse al tocador. Tenía el corazón acelerado y sentía náuseas cuando se echó un poco de agua fría en la cara; luego aspiró profundamente y se dedicó a retocarse el maquil aje. Estaba mortalmente pálida. Se un cepillo por su larga melena rubia, mientras se decía con energía que a Jenny y a Mike no les habría gustado verla en esas condiciones. Tenía que seguir adelante con su vida, y pensar en las niñas. Cuando volvió al salón, mucha gente ya se disponía a marcharse. Abigail fue a buscar a Margaret, que estaba cerca de la puerta dando las gracias a los que salían. —No sé tú —le comentó Margaret—, pero creo que me alegraré cuando todo


esto termine —sacudió la cabeza con tristeza—. Estoy realmente agotada. —Lo sé —repuso Abigail, cubriéndole una mano con la suya—. Tuviste razón en lo de no traer a las niñas; habría sido demasiado para el as. —Están mucho mejor con sus amigas —asintió Margaret—. No creo que Mike hubiera querido que pasaran por esto. Fueron interrumpidas por más gente que les presentaba sus condolencias antes de marcharse y Abbie, después de intercambiar unas palabras con el os, dejó vagar la mirada por el salón buscando a Greg. Vio que todavía estaba con Jayne, conversando. Abigail pensó que aquella joven era muy hermosa y se preguntó hasta qué punto eran serias las intenciones de Greg para con el a. Fue en ese mismo instante cuando Greg la sorprendió observándolo. —Te has dejado tu vino aquí —le dijo, recogiendo su vaso y tendiéndoselo. Abigail no tenía elección; tuvo que acercarse a él para recoger su copa. —¿Te sientes mejor? —le preguntó Greg, examinando su pálido semblante. —Sí —respondió con voz suave. —¿Cuánto tiempo piensas quedarte en Nueva York, Abbie? —le preguntó Jayne antes de tomar un sorbo de vino y mirarla por encima del borde del vaso. —En mi billete de avión tengo fijada la vuelta para dentro de tres semanas; luego tendría que incorporarme a mi trabajo. —¿A qué te dedicas? —le preguntó Jayne, curiosa. —Soy artista comercial. Hago la mayor parte del trabajo en casa —explicó, mirando a Greg mientras hablaba; esperaba que captase aquel a indirecta. Ella estaba mucho más capacitada que él para hacerse cargo de las niñas.


Nº Paginas 14-106 Kathryn Ross – A merced del destino Greg no dijo nada; ningún sentimiento se reflejó en su mirada. —Qué interesante —murmuró Jayne. En ese momento, alguien reclamó la atención de la joven y Abigail e encontró sola con Greg. —Tu novia parece una chica muy agradable —comentó por decir algo y acabar con el tenso silencio provocado por la marcha de Jayne. —Es abogada, compañera mía en el bufete. Hemos trabajado muy estrechamente en un montón de casos —explicó Greg con tono desinteresado. —Al parecer, además de bonita, tiene cerebro —comentó Abigail con tono ligero. —Así que ya tienes reservado tu viaje de vuelta —dijo Greg sin hacer caso de su comentario—. Tendrás que decirme la fecha exacta para que pueda encargarme de llevarte al aeropuerto. —Por favor —repuso Abigail con tono duro, mordiéndose el labio—, no te molestes por mí; puedo con seguir un taxi que nos lleve al aeropuerto. Obviamente, aquella implicación dio en el blanco, porque Greg murmuró sacudiendo la cabeza, con un bril o peligroso en la mirada: —No juegues con tu suerte, Abbie, porque podrías arrepentirte de el o. Abbie se estremeció al escuchar esas palabras, pero lo miró desafiante. —No hay forma de que te lleves a las niñas a ningún sitio —le aseguró él en voz baja y áspera—. Por un lado, yo tengo sus pasaportes, y por otro, si se te


ocurre llevártelas, te denunciaré inmediatamente por secuestro. Con esas palabras todavía resonando en sus oídos, Abigail vio cómo Greg se retiraba para hablar con alguien situado al otro extremo del salón. Furiosa, con el corazón acelerado, se dijo que no iba a rendirse tan fácilmente. Se l evaría a las niñas a Inglaterra, aunque tuviera que enfrentarse con Greg en todos los tribunales de los Estados Unidos. En ese preciso momento, Jayne volvió a reunirse con ella, sonriente. —Disculpa; ya estoy aquí otra vez —buscó a Greg con la mirada y lo descubrió al otro lado del salón, charlando con otro hombre—. Bueno, ¿entonces qué te parece la «gran manzana»? —le preguntó a Abbie. —Bueno, apenas he llegado ayer. Pero te diré una cosa; la vista del apartamento de Greg es fabulosa. —Sí, desde luego —Jayne se sirvió otra copa de vino—. Creo que descubrirás que el ritmo de vida de aquí es muy agitado, incluso más que el de Londres. —Quizá —repuso Abbie—. La verdad es que ya no frecuento Londres; ahora vivo en Sussex. —Nunca he estado en Inglaterra —le confesó Jayne, con cierta tristeza—. Le he dicho a Greg que, cuando tengamos algo de tiempo, tiene que llevarme al í. Creo que conoce Inglaterra bastante bien. Nº Paginas 15-106


Kathryn Ross – A merced del destino —Sí. Hace unos seis años, Mike y él pasaron unas largas vacaciones recorriendo Europa. Cuando visitaban Londres, Mike conoció al í a mi hermana y decidió quedarse allí para casarse. —Muy romántico —sonrió Jayne. —Sí, desde luego que lo fue. Por un momento, Abigail se sintió transportada a aquella época. Desde el primer momento en que lo conoció Jenny se enamoró locamente de Mike. —Es el hombre más maravilloso que he conocido —recordaba Abbie que le había dicho Jenny, riendo, cuando intentaba explicarle cómo era Mike—. Sé que a ti también te gustará… pero espero que no demasiado. Lo he preparado todo para que conozcas a su hermano Greg. Creo que te enamorarás de él. Y ciertamente, Greg Prescott había logrado cautivar a Abbie; se había mostrado tan encantador y solícito con el a… Y tan sexy al mismo tiempo. Ambas jóvenes habían pasado tres maravillosos meses en compañía de los dos hermanos, en la etapa final de su viaje por Europa. Incluso habían cancelado un viaje a Escocia con la intención de pasar más tiempo en Londres, para deleite de Abbie y de Jenny. Abigail todavía podía recordar la alegría de su hermana después de que Mike la l amara por teléfono para decirle que no iban a viajar a Edimburgo, después de todo.


—Están tan perdidamente enamorados de nosotras, como nosotras de el os — le había dicho Jenny, gozosa—. ¡Oh, Abbie, soy tan feliz! Abbie también había sido muy feliz, aunque había intentado ser más prudente que su hermana, recordándole que sólo faltaba un mes para que Mike y Greg volvieran a los Estados Unidos. —Cuando la gente se ama, las cosas marchan solas —había replicado Jenny. «Si eso hubiera sido verdad… Ojalá Jenny y Mike estuvieran aquí, ahora mismo, y esto fuera una fiesta familiar», se dijo Abigail en ese momento. Sacudió la cabeza para desechar ese ridículo pensamiento e intentó concentrarse en lo que Jayne le estaba diciendo. —Greg va a tener que interrumpir su trabajo a causa de las niñas —le estaba explicando Jayne—. Yo le echaría una mano si pudiera, pero mi propio trabajo me ocupa todas las horas del día. Estoy tan agobiada como él. —Sí, bueno, estoy segura de que conseguiremos arreglarlo —afirmó Abbie; entonces, de repente, pensó algo que nunca antes se le había ocurrido—. Jayne — dijo con cierta cautela—, ¿sabes si Mike y Jenny hicieron testamento? —Oh, sí, estoy segura de que lo hicieron. Greg me dijo algo acerca de el o el otro día. Abigail luchó contra el impulso de preguntarle más detalles. Su mente empezó a trabajar a toda velocidad. Era probable que Jenny hubiera especificado en su testamento quién debería hacerse cargo de las niñas si algo les sucedía.


Eso querría decir que tenía la posibilidad de conseguir su custodia. Y estaba segura de que su hermana la habría nombrado a ella como responsable del cuidado Nº Paginas 16-106 Kathryn Ross – A merced del destino de las niñas. Se dijo con firmeza que lo primero que haría al día siguiente sería conseguir asesoramiento legal. En ese preciso momento, Margaret interrumpió su conversación con Jayne. —Abbie, me voy a marchar —le informó, sonriendo luego a Jayne a modo de disculpa—. Le dije a la señora Greenwood que volvería a eso de las cinco para recoger a las niñas. —Te acompaño, Margaret —de inmediato, Abigail dejó su copa a un lado. Quería marcharse de allí, alejarse de la inquietante presencia de Greg; necesitaba tiempo para pensar con tranquilidad. —De acuerdo —Margaret se volvió para hacerle una seña a Greg, indicándole que se acercara—. Abbie y yo nos vamos ahora a recoger a las niñas —le informó. —Muy bien —asintió Greg—. Por desgracia, no puedo volver directamente a casa; antes tengo que pasar por el despacho. —¿Y la cena? —le preguntó Margaret. —No te preocupes por mí —repuso Greg con tono suave—. Ya comeré algo más tarde por ahí. «Y todavía cree que tendrá tiempo para cuidar a dos niñas», pensó furiosa Abigail mientras salía con Margaret. Por ese día, no volvió a ver a Greg; estuvo muy ocupada con las niñas cuando volvió al apartamento. Después de la cena, Margaret


tenía aspecto de estar agotada, y Abbie le sugirió amablemente que deberían acostarse temprano. Lo extraño fue que, nada más entrar en su dormitorio, Abigail no se sentía en absoluto cansada. Tomó una ducha en el cuarto de baño de su habitación y se secó el cabello enérgicamente con una toalla. Después de eso, todavía se sintió menos cansada, y se sentó en la cama a leer durante un rato, con la esperanza de adormecerse con la lectura. A medianoche se levantó y fue a ver si las niñas se encontraban bien. Las dos no habían tardado en dormirse. Se sentó al lado de sus camas, para observarlas. Pensó que ese día se habían portado muy bien; Jenny se habría sentido orgullosa de el as. Por un momento, se sorprendió a sí misma evocando la última ocasión en que vio a su hermana. Sucedió hacía algo más de un año; había ido al aeropuerto a despedirse de Jenny, de Mike y de las niñas, cuando se disponían a marcharse a vivir a los Estados Unidos. Llorando, Abbie la había abrazado con fuerza. —No será para siempre —le había dicho Jenny, emocionada—. Vendrás a visitarnos, ¿verdad? Suspirando, Abbie se levantó y salió sin hacer ruido del cuarto de las niñas. Se dijo que no era hora de lamentaciones; tenía que solucionar el asunto de sus sobrinas. Cuando llegó al pasillo, advirtió que las luces del salón todavía estaban encendidas. Obviamente, Greg todavía no había vuelto. La joven pensó con amargura que debía de estar muy ocupado consolándose con Jayne. Cuando se metió en la cama, se dijo que había sido muy ingenua en su relación con Greg; había creído en sus palabras de amor, había vivido para


sus besos… para sus caricias. Sí, había sido muy ingenua… había creído estar Nº Paginas 17-106 Kathryn Ross – A merced del destino enamorada desde el mismo momento en que sus miradas se cruzaron por primera vez en aquella habitación atestada de gente… Y entonces, dejó que sus pensamientos retrocedieran a aquel tiempo, a la noche en que conoció a Greg. Nº Paginas 18-106 Kathryn Ross – A merced del destino Capítulo 3 Abigail se estaba arrepintiendo de haberse dejado convencer por su hermana. Sólo una vez antes había asistido a una cita a ciegas, y había sido un completo desastre. Ese recuerdo la hizo querer abandonar aquel a sala atestada de gente y echar a correr tan rápido como se lo permitieran sus piernas hacia el santuario de su piso. Lo único que la detuvo fue el convencimiento de que, si hacía eso, heriría los sentimientos de su hermana. Jenny había insistido mucho en que conociera al hermano de Mike. Finalmente, se las había arreglado para que se encontraran en aquella fiesta. Abigail no conocía a nadie al í y, a cada momento, se sentía más aprensiva; además, la música estridente de heavy metal que tenía que soportar amenazaba con hacerle perder los nervios.


—Me pregunto dónde podrá estar —nerviosa, Jenny buscaba a Greg con la mirada en la sala l ena de gente—. Le dijiste que viniera a las nueve en punto, ¿verdad, Mike? —Sí, cariño —afirmó Mike, sonriendo—. No te preocupes, ahora mismo acaban de dar las nueve —se volvió hacia Abbie con expresión jovial—. ¿Quieres beber algo? —No, gracias —negó con la cabeza—. Voy al cuarto de baño; no tardaré — volviéndose, intentó abrirse paso entre la multitud. Decidió firmemente que le concedería diez minutos a Greg para que se presentase. Si para entonces no lo había hecho, se disculparía y se iría a su casa. Abigail se tomó su tiempo en el cuarto de baño del piso de arriba. Se cepilló su larga melena rubia y examinó su imagen en el espejo con ojo crítico. Hacía una calurosa noche de verano y llevaba un vestido sin espalda que resaltaba su bronceado y su esbelta figura. Su rostro tenía una fresca e inocente belleza que ya había llamado la atención de varios asistentes a la fiesta. Con un suspiro, se dispuso a bajar a la sala. Y, en el momento en que se abría paso entre la multitud, fue cuando lo vio. Era alto, al menos una cabeza más alto que la gente que lo rodeaba, y tenía una imponente presencia que atrajo su mirada. Y la cautivó. Cuando sus ojos oscuros se encontraron con los de el a, Abigail sintió que el corazón le dejaba de latir. —¿Quieres bailar? —un joven tomó del brazo a Abigail cuando pasaba a su lado; había tenido que gritar para hacerse entender por encima de la música estridente. Abbie se volvió para mirar a aquel molesto entrometido y negó con la cabeza.


—Oh, vamos, sólo este baile… —aquel hombre de rasgos duros seguía sujetándola del brazo. —No, gracias —contestó de manera educada—. De todas formas, no podría bailar esto. Nº Paginas 19-106 Kathryn Ross – A merced del destino —¿La próxima canción, entonces? —Dudo mucho que la siguiente sea mejor —replicó firmemente Abigail, e intentó liberar su brazo; no era fácil, él la agarraba con dedos de acero y estaba empezando a hacerle daño—. Déjeme en paz —levantó la voz para asegurarse de que la oyera, pero seguía agarrándola. De repente, alguien se interpuso entre ellos, empujando con fuerza al entrometido. —¡Lárgate de aquí! —le ordenó con tono áspero. El otro hombre no se quedó para discutir su orden y Abigail no se sintió sorprendida al descubrir al atractivo desconocido que había cautivado su atención momentos antes. —Ese estúpido tenía buen gusto, después de todo —le dijo él, sonriendo—. Eso tengo que concedérselo. Abigail se esforzó por no ruborizarse. Aquel hombre tenía un aspecto increíble; pensó descorazonada que ojalá no hubiera quedado citada allí con el hermano de Mike…


—¿Te gustaría tomar algo? —le preguntó con tono ligero el desconocido en ese momento, mirándola con evidente interés. —Lo siento. Se suponía que tenía que encontrarme con alguien. —Yo también… pero ¡qué diablos! Si nos vamos ahora, nuestras respectivas parejas nunca se enterarían… Eran palabras audaces, pronunciadas con arrogancia por un hombre que, evidentemente, tenía confianza en su éxito con las mujeres. Pero no fueron sus palabras lo que más impresionó a Abigail, sino su acento. Aunque era difícil identificarlo claramente, estaba casi segura de que tenía un acento norteamericano. —Yo… estoy segura de que estás bromeando —dijo después de pensarlo por un momento—. Después de todo, no está bien dejar plantado a alguien. —Yo estoy seguro de que a ella no le importará —se encogió de hombros—. De todas formas, es una cita a ciegas —sonrió—. Y eso siempre termina en un desastre. Al descubrir que se trataba del hermano de Mike, Abbie estuvo punto de echarse a reír. Jenny no había exagerado cuando le contó lo atractivo que era, pero no le había dicho nada acerca de sus modales arrogantes. Abigail supuso que, con esa apariencia, debía de ser algo inevitable. —Me inventaré alguna excusa para disculparme mañana —le estaba diciendo él en ese momento. —Lo siento, pero no puede ser —repuso ella con tono remilgado, sacudiendo la cabeza—. De todas formas, cuando encuentres a la mujer con la que estás citado, estoy seguro de que me lo agradecerás, probablemente te quedarás anonadado.


—Cariño —se encogió de hombros—, a estas alturas ya no me interesaría, aunque fuera la propia Michel e Pfeiffer —replicó con un destel o de humor en la mirada. Nº Paginas 20-106 Kathryn Ross – A merced del destino —Lo siento… —Abbie apenas podía contener la risa—… pero tengo que irme —y se volvió para seguir abriéndose paso entre la multitud. Era perfectamente consciente de que aquel hombre se había quedado pasmado de asombro. Probablemente, nunca en toda su vida le habían dado la espalda de esa manera. —Aquí estás —Jenny le tendió en ese momento un vaso de zumo de naranja —. Sé que me dijiste que no querías beber nada, pero hace demasiado calor aquí. —Gracias, Jen —Abbie aceptó el vaso, agradecida. —No sé dónde ha podido meterse ese hermano mío —dijo Mike, frunciendo el ceño—. Empiezo a temer que no haya venido. Encogiéndose de hombros, Abbie se preguntó también si aparecería por fin. ¿Le importaría a el a que lo hiciera o no? Pensó que era un hombre muy arrogante, muy seguro de sí mismo. También era demasiado atractivo para la tranquilidad de espíritu de cualquier mujer. Greg Prescott estaba asociado a la palabra


«peligro». A pesar de esos pensamientos, cuando momentos después vio aparecer a Greg del brazo de Mike, se sintió l ena de alegría. Tal vez fuera peligroso, pero era realmente excitante. —Estábamos empezando a pensar que no vendrías —dijo Mike con expresión aliviada—. ¿Dónde diablos te habías metido? Cuando Greg vio a Abigail, un destel o de diversión apareció en sus ojos oscuros. —Estaba charlando con una mujer preciosa —explicó secamente. Ese comentario impresionó a Mike, que por un momento se quedó desconcertado antes de decir: —Bueno, pues ahora vas a conocer a otra todavía más bonita. Abigail, te presento a mi caprichoso hermano Greg. —También puedes llamarme Michelle Pfeiffer —dijo Abbie con tono tranquilo al tiempo que le tendía la mano. Al principio, Abigail intentó guardar las distancias con Greg; no tenía intención de pasar a formar parte de su lista de conquistas. Por otro lado, continuamente se recordaba a sí misma que él sólo estaría en Inglaterra durante una corta temporada. Se había reservado tres meses libres para viajar antes de volver a su trabajo en los Estados Unidos. A pesar de todo ello, cuando él la acompañaba a su casa después de pasar las tardes juntos y se despedía con un beso, a la joven le resultaba muy duro


recordarse todas esas advertencias. Parecía existir una extraña química entre ellos. Tan pronto como sus labios tocaban los suyos, Abbie sentía deseos de fundirse en sus brazos. Con el tiempo, se le fue haciendo cada vez más duro separarse de Greg. Era muy diestro en el arte de la seducción; sus besos eran apasionados, y, cuando la abrazaba, Abbie se sentía como si estuviera en el cielo. Después de un tiempo, se dio cuenta con gozosa alegría de que se estaba enamorando de él. Nº Paginas 21-106 Kathryn Ross – A merced del destino Posteriormente tomaría conciencia de que relacionarse con Greg había sido una locura, pero, en aquella época, no había pensado para nada en que podría sufrir un fuerte desengaño. Los meses fueron pasando y, conforme se acercaba la fecha de su partida, los besos de Greg eran cada vez más intensos, casi agridulces, y sus abrazos más apasionados. Cuando los dos hermanos decidieron retrasar su vuelta a los Estados Unidos por otro mes, Abigail estuvo a punto de l orar de alivio. En ese momento, tendida en la cama de su dormitorio, recordaba tan claramente aquella velada que sintió un profundo dolor en el corazón, como si le hubieran clavado un cuchil o. Greg la había llevado a cenar a un pequeño y acogedor hotel de las afueras, en el campo. Estaban tomando café, poco dispuestos a dar por terminada la velada.


—Me alegro de que te quedes más tiempo —murmuró Abigail, mirándolo a los ojos, a la luz de la vela que adornaba la mesa. —Yo también —sonrió y le tomó una mano. Entonces, delicadamente, se la llevó a los labios y le besó la palma para luego hacer lo mismo con cada uno de sus dedos en una caricia abiertamente sensual. Abigail sintió un estremecimiento por todo el cuerpo. Todos sus sentidos estaban excitados; se sentía inflamada de deseo mientras contemplaba sus ojos oscuros. —Me quedo por ti, Abbie —murmuró Greg—. Me estoy enamorando de ti, cariño, y apenas puedo soportar la idea de marcharme. —Oh, Greg —Abigail desvió la mirada y, de repente, lágrimas de felicidad asomaron a sus ojos. En sueños había escuchado esas mismas palabras, pero no se había atrevido a concebir la esperanza de que las pronunciara alguna vez. —¿Estás llorando? —le enjugó delicadamente las lágrimas con un dedo—. No llores, corazón. Por nada del mundo quería disgustarte. —No estoy disgustada —le tembló ligeramente la voz cuando lo miró con los ojos brillantes—. Te quiero… con todo mi corazón. —No sabes lo feliz que me haces —repuso Greg, acariciándole el rostro con exquisita ternura. Abigail sonrió, estremecida. Se sentía como si hubiese llegado al momento más trascendental de su vida. —¿A dónde nos vamos ahora? —preguntó en un murmullo. —Estamos en una preciosa posada rural —le dijo en voz baja Greg, sonriendo


—. La verdad es que no entiendo cómo he podido dominarme para no tocarte durante los últimos meses. Los nervios hicieron presa en ella. Pero sabía que lo quería como nunca había querido a nadie en toda su vida. En aquel momento, supo que nunca olvidaría aquella noche… Y de hecho, nunca la olvidó, por mucho que después intentara enterrarla en su memoria. El perfume de las rosas de la ventana del dormitorio; la sensación de las sábanas de lino contra su piel desnuda; el sabor de la piel de Greg en sus labios; la poderosa sensación de su duro cuerpo contra el suyo, blando y suave… Todo aquello jamás pudo olvidarlo. Nº Paginas 22-106 Kathryn Ross – A merced del destino Con urgencia, los labios de Greg acariciaron cada centímetro de su cuerpo y sus caricias revelaron un abierto deseo, pero cuando la tomó, lo hizo con tal exquisita ternura que Abbie creyó morir de placer. Abrazada a él con fuerza, se dijo que lo amaba más de lo que había creído posible amar a alguien. —Nunca me dejes —murmuró suavemente en medio de la oscuridad de la habitación cuando, saciados, se disponían a dormir en estrecho abrazo. Conforme fueron pasando las semanas, su relación amorosa fue ganando en intensidad. —Creo que Greg te va a pedir que te cases con él —le comentó Jenny cierto día. —No lo sé —Abigail se encogió de hombros, ya que nunca habían hablado del futuro. La aterrorizaba sacar a colación ese tema.


—Me he fijado en la manera en que te mira —le confesó su hermana en tono confidencial—. Es como si el amor y la flotaran en el aire… Abigail se echó a reír. No quería tentar al destino confesándole demasiadas cosas a Jenny, pero tenía la sensación de que las cosas marcharían bien entre Greg y el a. Se había convencido de que él era el hombre con quien quería compartir el resto de su vida; que fuera en Inglaterra o en los Estados Unidos, le resultaba indiferente. Habría seguido a Greg hasta el fin del mundo. Recordando la intensidad de sus sentimientos por Greg, Abigail daba vueltas sin descanso en la cama. No quería pensar en el pasado, ni recordar la pasión con que Greg le había hecho el amor. En vez de ello, necesitaba recordar su engaño, su hipocresía. Ni por un momento había sospechado que Greg ya estaba comprometido con otra mujer en los Estados Unidos. Ese conocimiento le había producido un dolor imposible de soportar… Abigail nunca había experimentado un desengaño tan amargo. Se enteró del asunto de Connie por pura casualidad, unos quince días antes de la vuelta de Greg a los Estados Unidos. Habían pensado salir los cuatro esa noche, pero de repente, Greg l amó para decirle que no podía ir, ya que no se sentía muy bien. Abigail se había quedado muy decepcionada, pero no había sospechado nada extraño. Cuando Jenny se marchó con Mike, Abbie se quedó en el piso viendo la televisión, pero no tardó en sentirse sola e inquieta. A Greg no le quedaba mucho tiempo de estar en Inglaterra; todas las noches eran preciosas y detestaba la idea de


desperdiciar una sola. Finalmente, marcó el número de teléfono de su hotel, para preguntarle si le importaría que fuera allí a hacerle compañía. Cuando una mujer se puso al teléfono, Abigail de inmediato pensó que la habían comunicado por error con otra habitación. —Lo siento… quería hablar con la habitación 402 —se apresuró a decir, dispuesta a colgar el teléfono. —Esta es la habitación 402 —repuso la mujer con voz ronca. Nº Paginas 23-106 Kathryn Ross – A merced del destino —Quiero hablar con Greg —pidió Abbie con tono tenso después de quedarse en silencio por unos momentos, muda de asombro. —En este momento está en la ducha —explicó la mujer con tono indiferente —. Yo soy su prometida; puedo pasarle el mensaje, si quiere. Después de colgar el teléfono, Abigail se quedó sola en su apartamento, absolutamente destrozada. Hasta ese momento, había pensado que estaba enamorada de Greg Prescott, y había creído en las palabras que él le había murmurado al oído mientras hacían el amor. Se sentía como una estúpida; como un objeto barato, usado. Ningún otro hombre le había causado tanta angustia, tanto dolor. Verdaderamente, él le había fallado; parecía tan sincero, tan interesado en ella. La enloquecía de dolor darse cuenta de que sólo la había estado utilizando, de


que, durante todo el tiempo, había estado comprometido con otra mujer para casarse. Fue una amarga ironía que esa misma noche Jenny volviera a casa anunciándole su compromiso con Michael. —Me lo ha pedido después de cenar —el rostro de Jenny resplandecía de felicidad—. Tú eres la siguiente, Abbie… Greg te lo pedirá algún día de estos. —No lo creo —Abbie sonrió haciendo acopio de valor y besó a su hermana —. Pero te deseo la mayor de las felicidades. —Oh, seré feliz… y tú también. Abigail no tuvo corazón para empañar la felicidad de su hermana contándole su triste y sombría noticia, así que se limitó a decirle, encogiéndose de hombros: —Ya sabes, Jen, que no estoy segura de que Greg sea mi tipo de hombre, y tampoco creo estar preparada para sentar la cabeza, al menos por el momento. Jenny se había quedado pasmada al escuchar esas palabras. Es fue la primera de las muchas mentiras acerca de Greg que Abbie le contó a su hermana. Aparte de desear salvar su orgul o en aquella situación, Abigail no había querido desilusionar a Jenny acerca de Greg; después de todo, él iba a ser su cuñado, y no tenía sentido amargarle la relación desde el comienzo. La reacción natural de Abigail fue querer proteger a Jenny. Desde que eran pequeñas, ella siempre había velado por su hermana menor, y cuando sus padres murieron y se quedaron solas, ese lazo se hizo aún más fuerte. En ese momento, dando vueltas en la cama, Abbie pensó con tristeza que, a su vez, le había devuelto


el golpe a Greg de una manera astuta. Para empezar, le había hecho saber a Connie, su prometida, de qué forma Greg había estado ocupando su tiempo desde que llegó a Londres. No la sorprendía que la mujer lo hubiese dejado plantado para escapar a los Estados Unidos. Mientras daba vueltas en la cama, se dijo que no se arrepentía de haberle dicho eso a aquel a mujer. Se merecía saber qué tipo de rata era su prometido. Comprometida como estaba con un hombre semejante, seguramente se habría sentido agradecida de que alguien la iluminara de esa forma. Por unos momentos, la aversión que Abbie sentía por Greg pareció avivarse. Nunca olvidaría cómo la había utilizado; nunca se lo perdonaría. Se volvió y enterró la cara en las almohadas, pero el sonido de una puerta al cerrarse la sacó de su ensueño. Miró el reloj de la mesilla; era poco más de la una Nº Paginas 24-106 Kathryn Ross – A merced del destino de la madrugada. Pensó furiosa que debía de tratarse de Greg, volviendo a casa a una hora tan avanzada. En ese instante, el sonido de un débil gimoteo procedente de la habitación contigua distrajo sus pensamientos, e, inmediatamente, se levantó para ponerse una bata. Cuando entró en la habitación de las niñas, se detuvo bruscamente ante


la escena de la que fue testigo. Rachel estaba despierta y llorando, pero se encontraba en los brazos de Greg, que la consolaba con ternura. —Tranquila, corazón —murmuró Greg, antes de volverse para mirar a Abigail —. Mira, la tía Abbie ha venido para ver qué te pasa. —Quiero a mi mamá, quiero a mi mamá —sollozaba sin cesar la pequeña de tal forma que, al oírla, Abbie creyó que se le rompería el corazón. —No llores, Rachel —la joven fue a sentarse al otro lado de la cama y extendió una mano para apartarle los ricitos de la cara—. A mamá no le gustaría que l oraras. La niña intentó contenerse en vano y abrazó con más fuerza a Greg, escondiendo la carita en su hombro. Él la meció lentamente, murmurando palabras de consuelo. Distraídamente, Abigail advirtió que Greg llevaba una bata roja de seda, lo cual indicaba que no acababa de l egar hacía un momento, cómo había supuesto. Se quedó mirando fijamente su rostro; la débil luz de la lámpara no suavizaba sus rasgos duros. Mientras la niña ahogaba los sollozos contra su pecho, Greg levantó la mirada en ese momento y Abigail vio en el a una expresión de dolor que la dejó profundamente impresionada. De repente, tomó conciencia de que los sollozos de Rachel estaban minando aquel a dura apariencia suya, y de que Greg sostenía a aquella niña en sus brazos con la ternura de alguien que la quería profundamente. Las miradas de ambos estaban centradas en la cabeza de la niña, y Abigail sintió un nudo en la garganta, súbitamente conmovida por la emoción de


aquel instante. Se le inundaron los ojos de lágrimas y desvió la mirada, intentando desesperadamente conservar el control de sí misma. —Estará bien —la voz de Greg era ronca, pero, al mismo tiempo, muy tranquila, revelando un completo control—. Vete a la cama, Abbie. La joven se mordió el labio, preguntándose si acaso Greg estaría tratando de decirle que no era necesaria al í. Si ése era el caso, al observar aquel a escena no le resultaba difícil pensar que tenía razón. —Prefiero quedarme —susurró con un nudo en la garganta. Él no dijo nada; continuó consolando a la niña con una ternura que, de alguna forma, conmovió a Abigail tanto como las lágrimas de la pequeña. Al cabo de un rato, Rachel dejó de sollozar y cerró los ojos de cansancio, de modo que Greg se dispuso a acostarla de nuevo. Con infinita ternura, se inclinó para besarla levemente en la mejil a. Abbie se dio cuenta en ese instante de que, a pesar de lo que pensara acerca de Greg, era obvio que él se preocupaba por las niñas. Observó cómo arropaba a Daisy y besó a las dos niñas dormidas antes de salir sigilosamente con él de la habitación. —¿Llevaba mucho tiempo l orando? —murmuró Abbie con voz tensa cuando cerraban la puerta. Nº Paginas 25-106 Kathryn Ross – A merced del destino —Afortunadamente —explicó después de negar con la cabeza—, llegué antes de que se despertara Daisy.


—Pobrecita —Abigail se mordió el labio y, por un momento, las lágrimas brillaron claramente en sus ojos azules—. Daría cualquier cosa porque todo volviera a ser como antes. —¿No lo daríamos todo? —Greg se paso una mano por el cabello—. Ha sido un día infernal —pronunció con tono sombrío. —Sí —repuso Abbie con un nudo en la garganta. Por un momento, los dos permanecieron en silencio, en el pasillo. De alguna forma, Abigail se resistía a alejarse de él. Era como si se sintiera aterrada de quedarse sola después de la emoción que la había asaltado en el dormitorio. —¿Estás bien? Esa pregunta realizada en un tono tan suave la conmovió aún más. —Yo… —asintió con la cabeza—… no he podido soportar ver a Rachel tan alterada… Me ha dejado destrozada. —Pero ahora que ya ha pasado el funeral, podemos empezar a recoger los pedazos. Daisy y Rachel son unas niñas, y tienen más capacidad para reponerse que nosotros. —Supongo que sí —murmuró Abbie con tono reflexivo, pasándose una mano por su melena rubia con gesto distraído—. Creo que no voy a poder dormir esta noche —reconoció—. Tengo la cabeza demasiado activa, y me asaltan todo tipo de pensamientos indeseables. —Comprendo lo que quieres decir. Yo tampoco puedo dormir —posó la mirada en su pálido semblante—. Vamos, te prepararé una bebida —se volvió para dirigirse


hacia el comedor, y, por una vez, Abbie no se opuso a su propuesta. Hablar con alguien, incluso aunque fuera Greg Prescott, era preferible a enfrentarse con el oscuro silencio de su habitación, en el estado en que se encontraba. Abbie advirtió con gesto ausente que la mesa del comedor estaba l ena de papeles; obviamente, Greg había estado trabajando allí hasta que oyó llorar a Rachel. —¿Cuánto tiempo llevas en casa? —le preguntó Abbie con curiosidad. —Horas. Me l evé una sorpresa al encontrar a todo el mundo en la cama. —Creo —la joven se encogió de hombros— que todos teníamos muchas ganas de que terminara este día. Parecía que tu madre estaba destrozada. —Mmmm, no se sentía bien. Realmente podría volver a su apartamento en busca de paz y tranquilidad, pero no me atrevo a sugerírselo por si piensa que no deseo tenerla aquí, en mi casa. Padece de artritis, ¿sabes? Habitualmente por estas fechas hace un viaje a Florida para tomar el sol. Abigail asintió. Hacía tiempo que Jenny le había contado que la salud de Margaret no era buena. —Bien, ahora que estoy aquí, no hay razón para que el a no pueda irse. Nº Paginas 26-106 Kathryn Ross – A merced del destino —Yo pensaba —repuso Greg, arqueando una ceja— que ibas a volver a tu casa dentro de unas semanas —y añadió secamente—. Ya sabes que la atención de las niñas es un duro y exigente. —Me doy cuenta de el o —afirmó rotundamente Abbie.


—¿Quieres un café? —Greg levantó la cafetera que estaba sobre la mesa en la que había estado trabajando—. Todavía está caliente; lo he preparado hace un momento. —Gracias —observó en silencio cómo sacaba una taza y un platillo y le servía el café. —Solo y sin azúcar, ¿no? —le preguntó él. Abbie asintió, sorprendida de que lo recordara. Le tembló la mano cuando tomó la taza. Tenía los nervios destrozados; el hecho de haber visto a Rachel tan alterada los había sometido a una tensión todavía mayor. Pero sabía que no podía derrumbarse, especialmente delante de Greg. —Las cosas van a ir mejor, ya lo verás —la ternura de su voz hizo que la joven lo mirara a los ojos—. Sé que mi tono pudo parecerte sarcástico cuando ayer te dije que el tiempo cura todas las heridas, pero ya sabes que es cierto. Al cabo de un tiempo, seremos capaces de pensar en Jen y en Mike sin experimentar este dolor. Pensaremos en el os, recordaremos los viejos buenos tiempos y seremos capaces de sonreír de nuevo. Abigail lo miró fijamente. Era extraño, pero había algo en su tono de voz, bajo y suave, que la hizo desear echarse en sus brazos. La asaltó un estremecimiento de aprensión y desvió rápidamente la mirada. Por muy profundo que fuera su dolor, no podía bajar la guardia delante de Greg… Por muy tierno que fuera el tono en el que la hablara, siempre debía recordar el tipo de hombre que era. Estaban unidos en su dolor; eso era todo.


Se volvió para sentarse en uno de los sil ones y tomó un sorbo de café en un intento por tranquilizarse. —Gracias a Dios que tú estás bien —murmuró débilmente—. En este mismo momento, incluso los recuerdos felices me dan ganas de llorar. —Entonces, l ora —se encogió de hombros y fue a sentarse frente a ella; su tono de voz seguía siendo suave y tierno—. También forma parte del proceso de curación. Abigail miró fijamente a Greg mientras se preguntaba si habría derramado alguna lágrima en toda su vida. Le resultaba difícil imaginarlo. Su rostro reflejaba fuerza, determinación. Entonces, de repente, recordó su torturada expresión de dolor cuando hacía un momento sostenía a Rachel en sus brazos, y experimentó un sentimiento de culpa. Greg Prescott podía ser muchas cosas, pero no era un ser insensible por lo que se refería a su familia. Tomó otro sorbo de café, diciéndose que, si tenía que l orar, lo haría en privado. Nunca bajaría la guardia delante de él. Nunca perdería el control ante Greg Prescott de nuevo. —¿Sabes? —dijo Greg—. Esto… se parece un poco a los viejos buenos tiempos de los que antes te hablaba. Nº Paginas 27-106 Kathryn Ross – A merced del destino Esa afirmación hizo que Abbie levantara la mirada rápidamente hacia él. Greg esbozó una media sonrisa y añadió: —Me refiero a nosotros aquí sentados, tomando un café, vestidos… bueno,


un tanto informalmente. Por primera vez, Abigail se dio cuenta de que no estaba vestida, e, inconscientemente, se cerró aún más su bata de satén. Greg advirtió ese movimiento e hizo una mueca de disgusto. —No te preocupes; no voy a abalanzarme sobre ti —dijo con expresión sardónica. La joven se ruborizó ante ese comentario, pero replicó: —Me alegro, porque no te dejaría ir muy lejos. —Si tú lo dices… —repuso Greg secamente. —Lo digo porque lo sé. —Si no recuerdo mal, solías ser bastante receptiva… bastante caliente. Y pasamos unos buenos ratos… —¡Por amor de Dios, Greg! —apuró de un trago el resto de su café y a punto estuvo de quemarse—. Lo único que tuvimos fue una aventura, y preferiría que no volvieses mencionarlo —dejó la taza y el platillo sobre la mesa con manos temblorosas. —Probablemente estés en lo cierto —aunque su tono era indiferente, dejaba entrever una emoción que la dejó confundida—. ¿Quieres otro café? —se levantó para servirse otra taza. —No gracias… no podría dormir. —Siempre puedes pensar en Charles —se sentó otra vez frente a ella—. Estoy seguro de que eso siempre te ayudará a tranquilizarte para que puedas dormir.


—No hay necesidad de hacerse el gracioso. —¿Me estoy haciendo el gracioso? —arqueó una ceja en un gesto de falsa inocencia—. Yo creía que estábamos manteniendo una conversación cortés y educada. —Vete al infierno —le espetó Abbie con impaciencia. —Dime una cosa —le pidió Greg de repente, echándose hacia atrás en su sil a y mirándola con sombría expresión—. Cuando Charles te pidió que te casaras con él, ¿sabía que tú querías volver a Inglaterra con las niñas? Abigail ya se disponía a levantarse, pero al oír esa pregunta se sentó de nuevo con expresión alerta. —Sí, por supuesto —respondió muy seria—. Charles me dijo que no tenía ninguna objeción a que las niñas vivieran con nosotros. Puede darles todo lo que necesiten y es un hombre decente y bondadoso. —Quieres decir… —Greg esbozó una mueca de desprecio—… que puede permitirse contratar a una niñera a tiempo completo mientras vosotros os dedicáis a divertiros —comentó con voz áspera. —Eso no es en absoluto lo que quiero decir —lo miró con el ceño fruncido. Nº Paginas 28-106 Kathryn Ross – A merced del destino —Oh, vamos. Abbie, los dos sabemos que eres la genuina «chica para pasar un buen rato». Recuerdo que me dijiste bastante categóricamente que te gustaba el lujo, la buena vida; que establecerse estaba muy bien siempre y cuando se hiciera


con alguien rico, con quien se disfrutara a fondo… ¿Cómo es posible compaginar eso con el cuidado de dos niñas pequeñas? Abigail se ruborizó. Recordaba haberle dicho esas cosas, pero en ningún momento había sido sincera con él. Greg la había herido en su orgul o y ella la había atacado instintivamente. Le había dicho todo aquello en el calor del momento, esperando herir su amor propio; ni por un momento se le había ocurrido pensar que algún día esas mismas palabras se volverían en su contra. —No sabía que te acordaras tan bien —de alguna manera, se las arregló para parecer tranquila. —Oh, sí… —sonrió Greg—. Me acuerdo muy bien de esas palabras. Fue la noche en que abrí los ojos y descubrí tu verdadero carácter. —Te acostaste conmigo, Greg, pero no sabes absolutamente nada acerca de mi carácter —le temblaba ligeramente la voz cuando habló, pero le sostuvo la mirada con firmeza. ¿Cómo se atrevía a juzgarla por unas pocas palabras que le había dirigido en el calor del momento? Ella no era la mujer frívola que él acababa de describir. Greg era el único que la había manipulado engañado, estafado. Si había alguien frívolo, era él. De todas formas, como ya te dije, todavía no he decidido casarme con Charles; ahora mismo, solamente pienso en las niñas. —Lo único importante es el hecho de que no puedes l evártelas —dijo Greg con expresión distante, encogiéndose de hombros—. De todas formas, no quiero discutir contigo… especialmente esta noche. —Yo tampoco quiero discutir, pero quiero que sepas que estoy al corriente de


que Jenny y Mike hicieron testamento —afirmó estremecida. No había tenido intención de decirle eso debido al estado en que se encontraba, pero los comentarios de Greg le habían hecho perder los estribos—. Estoy segura de en ese testamento figuro como su tutora legal así que, te guste o no, me l evaré a las niñas a Inglaterra. —¿De verdad piensas eso? —le preguntó Greg con tono indolente. —Lo sé —masculló Abbie—. Y lo primero que haré mañana será hablar con un abogado —satisfecha, se dispuso a levantarse. Greg terminó de beberse su café y, en vez de parecer preocupado por sus palabras, se limitó a reír secamente. —Yo que tú no malgastaría ni tiempo ni dinero, cariño —dijo con tono perezoso —, porque jamás podrás l evarte a las niñas. —Bueno —Abbie lo miró con los ojo bril antes—, puedes decir lo que quieras, pero cuando el testamento de Jenny sea leído… —Yo ya sé lo que dice el testamento —la interrumpió Greg con tono cortante —. Hace años que Mike me lo dijo. —Dímelo entonces —lo miró con el corazón acelerado, incitándolo a continuar. Nº Paginas 29-106 Kathryn Ross – A merced del destino —Nos dejó a ambos la custodia compartida de las niñas —respondió con


expresión sardónica—. A ver qué haces con eso. —¿La custodia compartida? —Abbie se quedó mirándolo con la boca abierta —. Pero eso es ridículo. Tú vives en los Estados Unidos, y yo en Inglaterra… —Una sagaz observación, cariño —comentó con tono sarcástico. —Bueno, pues llevaré el caso a los tribunales —replicó furiosa—. Y… —Y los tribunales decidirán que las niñas están mejor conmigo —repuso Greg —. Primero: yo soy ciudadano estadounidense, como las niñas. Segundo: puedo facilitarles una vida l ena de lujos y comodidades. Tercero: sería cruel desarraigarlas del ambiente en el que han crecido… incluyendo a su abuela —continuó con tono tranquilo—. Te destrozaré si insistes en luchar conmigo, Abbie. —De acuerdo —replicó Abigail, tras unos momentos de silencio—, tú tienes más dinero que yo, pero eso no te convierte en un tutor más capacitado —le aseguró con voz temblorosa—. De todo lo que has dicho, lo único que tiene sentido es que las niñas perderían a su abuela. —Y Margaret las perdería a ellas… eso terminaría por destrozarla —añadió él con tono seco—. Pero supongo que me dirás que eso te importa un bledo… —Por supuesto que me importa —replicó Abbie, pasándose una mano por el cabello. —Entonces, renuncia a luchar —repuso Greg secamente—. Si no lo haces, lo


perderás todo; puedo asegurártelo. Abigail tembló visiblemente al escuchar esas palabras. De repente, se daba cuenta de que lo que él le decía era verdad. Jamás sería capaz de sacar a las niñas del país. Greg era un gran abogado y disponía de todos los medios para conseguir sus propósitos. —¿Ves por fin el sentido de todo lo que te he dicho? —le preguntó él con expresión arrogante. En ese momento, Abigail se sentía totalmente indefensa y desamparada. Las lágrimas asomaron a sus ojos cuando lo miró y dijo: —Todo lo que veo es a una frágil mujer mayor a la que no se le puede pedir que cuide a las niñas durante las veinticuatro horas del día, y a un hombre demasiado ocupado para ocuparse de el as —susurró destrozada. —Ya te dije que intentaría descargarme de trabajo por un tiempo —repuso él con tono sombrío. —¡Por el amor de Dios, Greg! —exclamó presa de una amarga frustración—. ¡Por favor, sé realista! Greg se quedó mirando a Abbie por unos momentos. Las lágrimas brillaban en sus pestañas y en sus pálidas mejillas; su expresión era suplicante. —Por favor —esa palabra le salió a la joven del alma, y, por un momento, creyó ver un atisbo de emoción detrás de su fría expresión, lo que le hizo concebir alguna esperanza. Sin embargo, cuando Greg habló, Abbie quedó sumida en la más negra desesperación. Nº Paginas 30-106


Kathryn Ross – A merced del destino —Quizá me case —sugirió con tono suave—. ¿Quién sabe? Abbie sintió un escalofrío al oír eso. No podía soportar el horrible pensamiento de que una extraña se ocupara de educar a las hijas de su hermana. Greg observó tranquilamente cómo su rostro perdía todo rastro de color. —Así que… ¿ya has pensado en alguien? —le preguntó Abbie. —Podría ser. —Vamos, Greg… Sé sensato —dijo la joven con un nudo en la garganta—. Las niñas estarían mejor conmigo. —¿Con Charles y contigo? —entrecerró los ojos—. No tienes ninguna posibilidad, cariño. Ninguna maldita posibilidad. Nº Paginas 31-106 Kathryn Ross – A merced del destino Capítulo 4 Abigail no pudo dormir en toda la noche. La torturaba pensar en las niñas, solas e indefensas, descuidadas por alguna desconocida. No podía soportar la idea de que Greg se casara con una mujer que no quisiera a Rachel y Daisy, que se resintiera de su simple presencia. Ella no era ciudadana norteamericana, así que no tenía derecho a quedarse en el país. Se planteó la posibilidad de solicitar un permiso de residencia; no sabía mucho de eso, sólo que le llevaría mucho tiempo conseguirla. Al amanecer, se levantó de la cama y se puso una camiseta y unos vaqueros y fue a prepararse un té. Cuando estaba en la cocina esperando a que hirviera el


agua, repasó una y otra vez lo que le había dicho Greg. Se había quedado desolada al enterarse de que Jenny les había otorgado a los dos la custodia de las gemelas. ¿Cómo podían compartir la responsabilidad del cuidado de las niñas cuando vivían cada uno a miles de kilómetros de distancia? Por enésima vez se dijo abatida que, probablemente, nunca ganaría ese caso en los tribunales. Greg era un hombre poderoso; poseía experiencia y conocimientos para aplastarla en un juicio. Luego, estaba el punto trascendental de que las niñas quedarían muy afectadas al separarse de su abuela. Y no podrían contar con otra abuela en Inglaterra; los padres de Abigail y Jenny murieron cuando éstas eran unas adolescentes. —Hola, te has levantado temprano —Greg apareció en aquel momento; su voz profunda rompió el silencio de aquella mañana, sobresaltándola—. ¿No has podido dormir? —le preguntó, poniendo su maletín sobre la mesa de la cocina para sacar algunos papeles. —No —reconoció con voz levemente ronca. —Para ser sincero, yo tampoco —la observó detenidamente, fijándose en sus ojeras. Abbie no podía explicarse por qué, pero se sintió ridículamente alegre al


saber eso. Tenía la esperanza de que Greg estuviera sufriendo tanto como ella; quizá tampoco tuviera demasiado clara su decisión con respecto a las niñas. —¿Te gustaría tomar algo? —le preguntó, mientras se disponía a encender la cafetera para él. Reinó el silencio mientras esperaba a que se hiciera el café. De vez en cuando, miraba inquieta a Greg, preguntándose cuál sería su estado de ánimo y si podría intentar convencerlo de nuevo. Los dos seguían sin decir nada. Abigail estaba a punto de perder los nervios. Greg sacó entonces un bolígrafo de oro y garabateó algunas notas en los papeles que había sacado de su maletín. —Hoy tengo un juicio —dijo con tono indiferente en el mismo momento en que levantaba la mirada para sorprenderla observándolo—. Tengo que asegurarme de que lo l evo bien preparado. Abbie lo escuchaba a medias, preocupada con otros problemas. Nº Paginas 32-106 Kathryn Ross – A merced del destino —Greg, necesitamos hablar —dijo al fin. —Creía que ya estábamos hablando —repuso él secamente, arqueando una ceja. —Ya sabes lo que quiero decir; me refería a las niñas. —Creo que ya hemos dejado claro ese tema —repuso mirando su reloj. —Sí —aspiró profundamente, esforzándose por mantener la calma—. Sé razonable, Greg. Soy su tía y estoy muy preocupada por las niñas. Sólo quiero lo mejor para el as.


—¿Y todavía crees que lo mejor para ellas es que te las l eves a Inglaterra? —No estoy segura —reconoció, y pudo ver con resentimiento cómo él esbozaba una media sonrisa. Se dijo que Greg había esperado que el a cediera esa mañana; había jugado bril antemente sus cartas y ya estaba convencido de que había ganado. Haciendo un gran es fuerzo, continuó con tono firme y tranquilo —: Seguro que podemos sentarnos a discutir sobre ello como dos adultos serios y responsables… y l egar a alguna solución sensata que nos convenga a ambos — interiormente se preguntaba si Greg la ayudaría a conseguir un permiso de residencia en el país… El era un abogado con mucho peso, o al menos eso le había dicho Jenny en multitud de ocasiones. Seguramente, podría ayudarla… —Bueno, ahora no puedo hablar de eso —repuso Greg mirando de nuevo su reloj y levantándose—. Tengo que irme. Abbie lo observó con expresión decepcionada mientras abría su maletín para volver a guardar sus papeles. —Por favor, Greg —murmuró sin aliento—. Por favor, no me hagas esto —le costó mucho pronunciar esas palabras, pero estaba desesperada. Cuando él la miró, Abbie creyó ver un brillo de triunfo en sus ojos oscuros. —De acuerdo —dijo con tono enérgico—. Cuando vuelva del trabajo esta tarde, podemos ir a pasar el fin de semana a la casa que tengo en el campo. Podremos hablar al í.


Abigail lo miró con rostro inexpresivo. Algunas veces, Jenny le había hablado de aquel a casa; al parecer, estaba en las afueras de New Hampshire. —Seguramente… que podemos hablar aquí tan bien como en esa casa —le dijo después de un momento—. Quiero solucionar las cosas rápidamente, Greg. Necesito… —Con franqueza, no me importa lo que puedas necesitar —la interrumpió con energía—. Me interesan mucho más las necesidades de las niñas, y creo que cambiar de escenario este fin de semana será estupendo. Si quieres venir, bien, si no… —se encogió de hombros—… quédate aquí. Abigail lo miró con impotencia. Obviamente, Greg no iba a facilitarle las cosas; parecía absolutamente decidido a conservar la custodia de las niñas, y ella se sentía completamente desorientada. En ese momento, Margaret entró en la cocina, con aspecto muy cansado. —Apenas he dormido —contestó en respuesta a la amable pregunta de Abbie. Nº Paginas 33-106 Kathryn Ross – A merced del destino —Le estaba diciendo a Abigail —le explicó Greg, observándola con expresión preocupada cuando se sentaba a la mesa— que deberíamos pasar este fin de semana en el campo. —Eso sería estupendo —Margaret sonrió con languidez—; a las niñas las encantaría. —Bien —dijo Greg, sonriendo—. Bueno, volveré a casa a eso de las siete y saldremos para allá.


—La verdad, Greg —empezó a decir Margaret, sacudiendo la cabeza—, yo no creo que vaya. Espero que no te importe, pero me gustaría estar sola por un tiempo. —¿Te sientes bien, Margaret? —Abigail fue a sentarse a su lado. —Sí… sólo estoy cansada. —Mira… —Abbie le tomó una mano con gesto consolador—… si quieres volver a tu apartamento, yo soy perfectamente capaz de cuidar a las niñas. —¿Quieres decir que estás pensando en quedarte? —la mujer la miró con expresión esperanzada. —Bueno… —Abbie se calló de repente, sin saber qué decir. —Abigail estaba hablando a corto plazo —intervino Greg con tono enérgico. —Oh… —exclamó Margaret, visiblemente decepcionada. —Creo que podría ampliar el plazo de mi billete y quedarme más tiempo — explicó Abigail con expresión pensativa. Se dijo que, quizá, si disponía de algo más de tiempo podría convencer a Greg de que la dejara l evarse a las niñas. —Ya veremos —dijo firmemente Greg. —Bueno, mientras tanto, tendré oportunidad de volver a mi apartamento — Margaret sonrió a la joven—. ¿Estás segura de que no te importará hacerte cargo de las niñas? Vendré por aquí y te echaré una mano, por supuesto. —Necesitas tomarte las cosas con tranquilidad —le dijo Abbie con tono


firme —. Cuidaré muy bien a Rachel y a Daisy. —Eres una chica encantadora, Abbie —de repente a Margaret se le l enaron los ojos de lágrimas—. No sé qué haría sin ti… —se pasó una mano por el rostro —. Lo siento, estoy tan cansada… —Creo que deberías volverte a la cama —le sugirió la joven con amabilidad. —Creo que sí… —asintió la mujer mayor—… sólo por un par de horas. —Bueno, parece que has conseguido lo que querías —dijo Greg con tono sombrío, cuando su madre los dejó—. Pero recuerda que sólo te encargarás de cuidar a las niñas durante un corto período de tiempo. —Lo dices como si yo me las hubiera arreglado para manipular la situación. Tu madre no está en condiciones de hacerse cargo de las niñas y tú lo sabes. —Quizá… pero hablando con franqueza, creo que tú tampoco —se volvió hacia la puerta—. De todas formas, probablemente, sea lo mejor. Te concederé un día, al final del cual estoy completamente seguro de que te cansarás de las niñas y volverás corriendo a los brazos de tu amante con el rabo entre las piernas. Nº Paginas 34-106 Kathryn Ross – A merced del destino —No cuentes con el o —replicó furiosa Abigail. —Bueno —la miró por encima del hombro esbozando una sardónica sonrisa —, puedes empezar el día haciendo el equipaje de las niñas para el fin de semana.


Me temo que no contarás con la ayuda de mi ama de llaves, ya que hoy tiene el día libre. Abigail se quedó mirándolo hasta que salió cerrando la puerta tras de sí. La frescura de aquel hombre la dejaba asombrada… ¿realmente la consideraba tan incapaz como para no poder desempeñar la tarea que le había encargado?, se preguntó mientras se levantaba para lavar las tazas. Era perfectamente capaz de cuidar sola a las hijas de su hermana, pensó enfadada, y se lo demostraría a Greg. Limpió la cocina con movimientos furiosos y enérgicos, y luego fue al salón para salir al jardín de la terraza. El sol se levantaba sobre el horizonte como un globo de color rojo fuego, reflejándose en los cristales de los rascacielos. Iba a empezar otro hermoso día de octubre, pensó Abigail, apoyada en la barandilla de la terraza. Por primera vez en mucho tiempo, se acordó de Charles; se había hecho amiga suya cuando estaba destrozada por lo de Greg, y, más recientemente, había intentado reconfortarla por la pérdida de su hermana; incluso se había ofrecido a acoger a sus hijas. Suspirando, se pasó una mano por el pelo mientras se preguntaba por lo que debería hacer con la proposición de matrimonio de Charles. Estaba muy encariñada con él, y era un verdadero amigo. ¿Pero acaso Charles no se merecía algo más que eso? ¿No se merecía su amor?


El sol cambió de color; de rojo pasó a amarillo dorado. Abbie se preguntó en qué consistiría realmente el amor. Había creído estar enamorada de Greg, y eso no le había ocasionado más que un profundo desengaño. Se dijo que la amistad debía de ser algo mejor que aquel a insana pasión. Charles era formal, de confianza, y la trataría bien. Después de lo de Greg, no había querido volver a abrir su corazón a ningún otro hombre. Ahora, con la responsabilidad añadida de las niñas, era incluso más imperativo no cometer más errores… Y Greg había constituido uno de los mayores errores de su vida. Recordaba el dolor y el resentimiento que le había producido. Nadie la había hecho enloquecer tanto… ni le había causado tanto daño. Fueron esos pensamientos los que la hicieron volver a recordar lo sucedido… Al día siguiente de descubrir que Greg estaba comprometido con otra mujer, Abbie se había quedado en su casa lamiendo sus heridas. Se había sentido tremendamente furiosa, tanto que, a media tarde, se decidió a ir a buscarlo a su hotel. La recepcionista lo había l amado a su habitación, pero no fue Greg quien contestó el teléfono, sino una joven. —Me temo que el señor Prescott no está —le había dicho la recepcionista cuando colgaba el auricular—. Pero ahora mismo baja su prometida. Abigail recordaba bien el horror que sintió en aquel momento, mientras dudaba entre marcharse o quedarse para enfrentarse a aquel a mujer. En realidad, sólo se Nº Paginas 35-106 Kathryn Ross – A merced del destino había quedado a esperarla por curiosidad, y no tuvo intención alguna de


decirle lo que le dijo. Recordaba la sensación de frío en el corazón que la invadió al ver a Connie Davis salir del ascensor. Aquella mujer era una belleza impresionante su pelo negro y su figura eran envidiables. Cuando su mirada se encontró con la de Abbie, fue directamente a su encuentro. —¿Quiere usted ver a Greg? —le preguntó con su voz cantarina, de acento norteamericano. —No importa; ya me encontraré con él más tarde. —¿Quién debo decirle que ha preguntado por él? Algo en el interior de Abigail la impulsó a contestar: —Dígale que ha sido su novia, Abigail. —Yo soy su prometida —replicó la joven con tono duro—. ¿No sabía usted que Greg ya estaba comprometido? —Bueno, ahora ya lo sé —repuso Abigail fríamente, pero, de repente, sintió pena por ella—. Lo siento. Nunca me habría relacionado con Greg de haber sabido que… Por desgracia, no ha sido sincero conmigo. —Eso es típico de Greg —comentó Connie con voz baja y temblorosa, después de un momento de silencio—. Me temo que no es la primera vez que me engaña — desvió la mirada, mordiéndose el labio—. Es un mujeriego compulsivo. He intentado


soportar sus aventuras, y también sus indiscreciones, porque lo amo… De todas formas, espero que no le haya hecho mucho daño —continuó, estremecida—. La nuestra es la única relación seria que tiene; las demás obedecen a su pasión por, digámoslo así, la «caza». —No, no me ha hecho daño —respondió Abbie, demasiado orgul osa para confesar su dolor. —Si me disculpa, tengo que preparar mi equipaje. Esta noche me vuelvo a los Estados Unidos. Había sido un encuentro extraño. Connie había permanecido tan tranquila, en medio de su dolor… Después de aquello, Abbie sólo había pensado en vengarse. Había querido destrozar su orgullo viril, dejarle saber que no le importaba en absoluto. Se había aún más furiosa cuando él la llamó esa misma noche, más tarde, invitándola a tomar algo fuera. Pensó en su sorprendente atrevimiento al llamarla a espaldas de su prometida, y continuar con lo que había empezado. Abbie le dijo simplemente que tenía una cita, le deseó buenas noches y colgó el teléfono. Más tarde, cuando Mike l amó a Jenny para invitarla a cenar, le preguntó a Abbie qué era lo que pasaba entre el a y Greg. —Nada —se limitó a contestar—. Estoy aburrida de él, eso es todo. —Vamos, cariño… —dijo Mike, muy confundido ante su respuesta—… a ti te gusta Greg —murmuró con tono suave—. ¿Qué es lo que pasa? ¿A qué viene este súbito cambio? Nº Paginas 36-106


Kathryn Ross – A merced del destino Abigail había tenido la fuerte tentación de preguntarle por Connie, pero luego se había dicho que eso no tenía ningún sentido. Ella había visto a aquella mujer con sus propios ojos; no había nada que decir, y prefirió salvar su orgul o. —Bueno, estoy con otro hombre… —había anunciado tranquilamente. Esa noche, por primera vez, salió con Charles. Era director de una compañía que solía contratar los trabajos de Abbie, así que la joven lo veía muy a menudo. Hacía tiempo que Charles le había pedido que salieran juntos pero el a siempre se había negado debido a su relación con Greg. Esa noche le había telefoneado pidiéndole que la sacara a cenar. «Pobre Charles», pensó Abbie en ese momento, apoyada en la barandilla de la terraza; de alguna forma, lo había utilizado. Durante aquella primera noche, había tenido que escuchar cuánto despreciaba a Greg… y se había mostrado paciente y amable con el a. —No me sorprende demasiado lo que me dices de él, Abbie —le había dicho Charles con expresión grave—. No me cayó bien cuando nos lo presentaste en aquella fiesta que tuvo lugar el mes pasado. Pensé que era un tipo poco sincero. —¿De verdad? —le preguntó Abigail—. Pero si no tuviste oportunidad de conocerlo… —Lo suficiente —respondió él secamente—. Me di cuenta de que vivía para las mujeres. Miraba a cada joven que pasaba cerca de él.


—¿Sí? —Abigail se mordió el labio, sintiéndose como una estúpida. Se preguntaba cómo había podido estar tan ciega, tan equivocada en todo. Esa misma noche, cuando invitó a Charles a tomar un café en su apartamento, se encontró con que Greg la estaba esperando sentado en el salón. —Jenny me dejó entrar —le explicó al ver su mirada de sorpresa—. Necesitamos hablar —luego miró a Charles con gesto despectivo—. ¿Le importaría dejarnos solos por un momento? —le preguntó con tranquilidad y cierto tono de arrogancia—. Hay algunas cosas que tengo que resolver con Abbie. —No te vayas —le dijo Abigail rápidamente a Charles, cuando él ya se disponía a irse. La audacia de Greg la ponía enferma. Se dijo que, si pensaba que podía entrar tranquilamente en su casa, murmurar unas cuantas palabras tril adas y continuar con lo que había empezado hasta que l egara su hora de marcharse, el a lo convencería de lo contrario—. No tengo nada que decirte, Greg —le sostuvo la mirada con firmeza. —No seas ridícula —se levantó—. Creo que me debes una explicación. —No te debo nada —repuso ella con una amarga sonrisa—. Nos hemos divertido un poco juntos, pero eso es todo; una simple diversión. —Obviamente —replicó Greg, con un brillo peligroso en los ojos—, no tiene sentido hablar mientras estés de ese humor —se dirigió hacia la puerta—. Llámame cuando te hayas calmado. Abigail se dijo que no lo habría llamado aunque hubiera sido el único hombre sobre la tierra; era demasiado orgullosa y se respetaba demasiado a sí misma


como para hacerlo. No volvió a verlo hasta la boda de Jenny y de Mike, una semana más tarde. Nº Paginas 37-106 Kathryn Ross – A merced del destino Abigail nunca había visto tan feliz y radiante a su hermana. Para su inmenso deleite, Mike había consentido en quedarse a vivir en Londres por un tiempo. Consiguieron un pequeño piso para el os solos, y él empezó a buscar trabajo cuando volvieron de su luna de miel. Se casaron mediante una licencia especial en el registro civil para que Greg pudiera asistir a la boda antes de marcharse a América. Fue una ceremonia sencilla; asistieron los amigos más cercanos y Margaret, que viajó desde los Estados Unidos. Abigail invitó a Charles, para desconsuelo de su hermana. —¡Pero Abbie! —se quejó Jenny—. Esta será la última oportunidad que tendréis Greg y tú de estar juntos; se marcha mañana. —No quiero volver con él —replicó firmemente Abbie—. No me interesa, Jen. Tengo a Charles, que me gusta muchísimo. Ésa fue una gran mentira… ¿pero qué otra cosa podía hacer para ocultarle su dolor a Jenny? La verdad era que necesitaba a Charles para demostrarle a Greg que no le importaba nada. Pero no tuvo necesidad de preocuparse por ello. Apenas se dirigieron la palabra durante la ceremonia o en la pequeña


recepción que siguió. Para ocultar su depresión, Abigail flirteó ostentosamente con Charles. Pero fue más tarde, al volver a su vacío y desolado apartamento cuando a Abigail se le cayó aquella más cara de falsa alegría y lloró amargamente. Jenny se había ido y, al día siguiente, Greg volaría a los Estados Unidos y saldría para siempre de su vida. —¡Adiós y buen viaje! —mascul ó desesperada, entre sollozos, y en un gesto de loco desafío abrió una botel a de champán y fue a prepararse un baño caliente. «Al diablo con él», pensó algo más tarde mientras se aplicaba su perfume favorito y se vestía con una delicada bata. En aquel momento, apoyada en la barandilla de la terraza, todavía podía recordar el salvaje júbilo que la invadió al oír el timbre de la puerta y la voz de Greg pidiéndole que lo dejara pasar. Con el corazón atenazado de dolor, se precipitó a abrirle la puerta; en ese momento, a punto estuvo de caer de nuevo en sus brazos. Pero ese sentimiento murió cuando vio su furiosa expresión. Greg entrecerró los ojos al posar la mirada en su camisón de satén blanco y en su atrevida bata, que resaltaba su esbelta figura. Luego, al mirar por encima de su hombro, descubrió la botel a de champán encima de la mesa del salón. —Bueno, parece que tu hermana estaba bastante equivocada cuando me comentó que esta noche podrías sentirte un tanto sola y deprimida —dijo con tono severo.


Una amarga furia se apoderó de Abbie cuando se dio cuenta de que Greg había ido a visitarla sólo porque Jenny se lo había pedido. —Estoy ocupada, Greg. Si has venido a decirme algo, dímelo y márchate — con gran dificultad mantuvo la voz firme. Por un momento, Greg miró la puerta del dormitorio al otro lado de la habitación, y Abbie se dio cuenta de que pensaba que alguien estaba con ella. —¿Qué diablos te ha pasado, Abbie? —le preguntó con tono seco—. La semana pasada nos estábamos divirtiendo… ¿a qué viene este súbito cambio? Nº Paginas 38-106 Kathryn Ross – A merced del destino Con el corazón acelerado, Abigail se dijo que eso era todo lo que ella había sido para él: una simple diversión. —Pues digamos que ahora me estoy divirtiendo todavía más —repuso fríamente—. Charles sabe cómo tratar a una mujer. Me deja bastante impresionada. —Supongo que te refieres a su mansión junto al Támesis, o a su casa de campo en Escocia… y no nos olvidemos de su cuenta en Suiza. Abigail frunció el ceño. Sabía que Charles tenía una posición acomodada y que vivía en una buena casa, pero nunca antes había oído todo eso que acababa de decirle Greg. —No sé lo que quieres decir. —Supongo —Greg soltó una risa áspera y fría, sin humor— que no leíste el artículo sobre Charles que salió publicado en el Times, en el que aparecía como uno de los hombres más solicitados del país.


—No… —estaba sorprendida. —Qué coincidencia que empezaras a frecuentarlo tan de repente, poco después de que apareciera publicado ese artículo —exclamó con tono sarcástico. —Sí, fue una coincidencia —a Abbie le tembló la voz de furia. —Estoy seguro de el o —Greg esbozó una mueca de desprecio—. ¿Sabes? Tu hermana está equivocada al creer que tú eres como el a… que todo lo que quieres es establecerte y ser feliz. —Soy feliz —le espetó Abigail—. Lo siento si con ello lastimo tu vanidad… pero Charles me hace muy feliz. —Si hubiera descubierto antes que te importaba tanto el dinero, lo habría exhibido más ante ti… quizás de esa forma me habría acostado antes contigo. La verdad es que le he preparado el terreno a Charles. La furia sacudió por entero el cuerpo de Abigail. Sin pensarlo le asestó una bofetada. —¿Cómo te atreves a hablarme así? —preguntó con voz temblorosa—. Sí, me gusta el lujoso tren de vida que me proporciona Charles —mintió—. Es amable, considerado y completamente sincero conmigo. —¿Quieres decir que te pasa una pensión mensual? —le preguntó Greg, llevándose una mano a la mejil a enrojecida; permanecía totalmente bajo control, como si todo aquello no le importara nada—. Estoy seguro de que es algo verdaderamente elogiable. —Bueno, digamos que si tuviera que establecerme y vivir con alguien, lo


haría con él —pronunció furiosa Abbie—. Sí, me encantan las fiestas y los restaurantes a los que me l eva. ¿Por qué viajar en segunda clase cuando puedes hacerlo en primera? —Claro, ¿por qué? Por un momento, Abigail pensó que había conseguido herir su orgul o, y observó su rostro con una mezcla de tristeza e intensa satisfacción. Desgraciadamente, esa sensación no duró; una ola de profunda infelicidad la inundó Nº Paginas 39-106 Kathryn Ross – A merced del destino al ver su expresión de indiferencia. Era evidente que a Greg todo aquello no le importaba realmente. —Bueno, creo que no hay nada más que decir —comentó él encogiéndose de hombros. Espero que seas feliz con tu prometedor amigo, Abigail… pero tengo el presentimiento de que no va a ser así. —Oh, no te preocupes; creo que nos divertiremos cuando ya te hayas ido. —¿Sabes? Casi me compadezco de Charles —repuso Greg fríamente. —Guárdate tus sentimientos para quien los necesite —le sugirió la joven con tono seco—. Quizá tu próxima amante… —Tranquila, cariño —sonrió—. Quizá sigamos viéndonos durante un tiempo; después de todo, ya somos parientes. Abbie se lo quedó mirando a los ojos, sin saber qué decir. Todo lo que sabía era que no quería despedirse definitivamente de Greg, a pesar de que estaba


convencida de que eso era lo mejor. Apoyada en la barandilla de la terraza, Abigail hizo un esfuerzo por dejar de pensar en Greg; se suponía que debía pensar en Charles y en su proposición, y no revivir tristes momentos del pasado. «Pero no todos fueron tristes momentos», le dijo una vocecita interior. A veces, cuando descansaba en su cama, por las noches, rememoraba sentimientos que Greg despertó dentro de el a; su tremenda impresión cuando lo vio por primera vez; la pasión salvaje de su noviazgo. Con Charles no había sentido nada parecido. La relación que mantenía con él estaba basada en el respeto y la amistad; quizá esos fueran los mejores fundamentos del matrimonio… Al menos, Charles nunca le haría tanto daño como Greg. Con un suspiro, se apartó de la barandil a. Sabía que debería l amar a Charles; calculó la diferencia horaria y pensó que, si se daba prisa en llamarlo, lo localizaría antes de que dejara su oficina para salir a comer. La encantó volver a escuchar su voz y hablaron durante un buen rato acerca del viaje y del funeral, antes de que él le preguntara por la fecha en que tenía previsto volver a Inglaterra. —No lo sé —Abbie vaciló—. Hay algunos problemas… Greg tiene intención de quedarse con las niñas. —Quizá tenga razón —repuso Charles con energía—. Sería un trastorno traerlas a Inglaterra. —¡Charles! —Abigail se quedó impactada al escuchar esas palabras. —Lo siento, querida. Ya sabes que te dije que, si quieres traértelas, yo lo


aceptaré —se apresuró a decir—. Podemos contratar a una niñera y… —No necesito ayuda para cuidar de ellas —Abigail lo interrumpió bruscamente —. Bueno, Charles, tengo que colgar… —Todavía no me has dicho que me echas de menos —repuso él con cierto tono petulante—. Sé que estás alterada, Abbie, pero no te olvides de que te quiero… pienso mucho en ti, y hablaba en serio cuando te dije lo de la boda y las niñas… Nº Paginas 40-106 Kathryn Ross – A merced del destino —Lo… lo sé… —de repente, Abigail se sintió culpable por haberle hablado tan bruscamente—… perdona. No puedo pensar con claridad en estos días. Al menos eso era verdad, pensó mientras colgaba el teléfono. Parecía que no podía pensar con claridad acerca de nada. Tenía la mente obnubilada por el dolor causado por la pérdida de Jenny y Michael, además de por los recuerdos de Greg. Pero hizo un esfuerzo por reponerse; las niñas eran su prioridad. Cuando se asomó a su habitación, las gemelas empezaban a despertarse. —¡Hola, dormilonas! ¿Qué os gustaría desayunar? —Tostadas —contestó Daisy alzando la voz y de inmediato saltó de la cama —. ¿Dónde está el tío Greg? —preguntó cuando fue a darle un beso a Abigail. —Se ha ido a trabajar.


—¡Oh! —exclamó decepcionada. —¿No va a volver en todo el día? —preguntó Rachel, pensativa. —Estoy segura de que volverá tan pronto como pueda —contestó Abbie con tono animado, acariciándole el pelo a Daisy—. Y mientras tanto, me tenéis a mí para que nos divirtamos juntas —una vez más se quedó impresionada por la adoración que las niñas le profesaban a su tío. Eso la hizo replantearse sus planes de llevárselas consigo a Inglaterra. Con un suspiro, se encargó de ducharlas y vestirlas. Aunque había ayudado algunas veces a su hermana con las niñas cuando vivían en Inglaterra, no tenía mucha práctica en esas habilidades. Las gemelas se echaron a reír cuando Abbie le puso a Rachel el chándal al revés, y la calzó con los zapatos de Daisy. Cuando poco después, Margaret se reunió con el as en la cocina, le comentó a Abbie: —Es la primera vez que las oigo reír desde… el accidente —sonrió—. Es encantador. —Se han reído de mis torpes intentos al vestirlas. —Ya te acostumbrarás —repuso Margaret al tomar la cafetera; tenía mucho mejor aspecto que antes—. ¿Te gustaría que te ayudara a hacer el equipaje de las niñas? —Gracias, Margaret —Abbie negó con la cabeza—, pero puedo arreglármelas bien. En vez de eso, ¿te gustaría que yo te ayudara a trasladar tus cosas a tu apartamento? —No, la verdad es que me he traído muy poco, sólo una pequeña maleta.


—¿A dónde vas? —le preguntó Daisy, extrañada. —La abuela necesita volver a su casa para descansar un poco —explicó Margaret con tono suave—. Pero, mientras tanto, el tío Greg os va a llevar a la casa que tiene en el campo para pasar el fin de semana. —¿Y la tía Abbie? —preguntó de repente Rachel—. ¿Va a venir? —Sí, claro. No queréis que me pierda la diversión, ¿verdad? —dijo Abigail con una sonrisa consoladora. Nº Paginas 41-106 Kathryn Ross – A merced del destino La respuesta ante esa pregunta fue clamorosa. Una luz se encendió en los ojos de Daisy, e incluso Rachel, que hasta ese momento se había apartado de la conversación para concentrarse en su desayuno, empezó a hablar alegremente del viaje. —Obviamente, Greg ha tenido una gran idea —le dijo Abbie a Margaret más tarde, cuando se disponían a lavar los platos del desayuno. —Las niñas adoran a Greg —sonrió la mujer—. Les encanta ir a esa casa porque él tiene allí un perro y varios cabal os. Jenny y Michael solían llevarlas… — añadió con tristeza. —Todo irá bien, Margaret —la consoló Abbie, emocionada. De repente, se sorprendió a sí misma repitiéndole las mismas palabras que le había dicho Greg la noche anterior—. Estoy segura de que, con el tiempo, empezaremos a superar esta


terrible depresión. —Sí, ahora que tú has venido —repuso amablemente Margaret. Abigail se preguntó por un momento qué diría Margaret si supiera que tenía intención de l evarse a las niñas a Inglaterra. Imaginaba que se opondría a la idea tanto como Greg. Sintiéndose culpable, se dijo que no quería herir a Margaret; ya había sufrido bastante. Ese día, Abigail estuvo muy ocupada. Preparó una pequeña maleta con la ropa que necesitarían las niñas para varios días, hizo otra para ella y, finalmente, insistió en ayudar a Margaret a hacer su equipaje. Después de comer todas juntas, la madre de Greg tomó un taxi para ir a su apartamento, dejando a Abbie sola con las niñas. La tarde pasó volando. Después de jugar con sus sobrinas, Abbie las sacó a dar un paseo para que tomaran el aire. Hacía un día encantador, pero no era tan fácil pasear relajadamente debido a las multitudes que invadían las calles. —¿Os gusta vivir en Nueva York? —les preguntó Abigail mientras esperaban a que un semáforo se pusiera verde para cruzar la calzada. —Sí, está bien —Rachel se encogió de hombros—. Tenemos un bonito apartamento y… —de repente se interrumpió—. Bueno, lo teníamos — masculló —, porque ya no podremos vivir al í nunca más, sin mamá y papá… —Pero os gusta vivir en el apartamento del tío Greg, ¿verdad? —Abbie se obligó a adoptar un tono alegre, a pesar de que tenía el corazón atenazado de dolor


—. Es muy bonito y el tío Greg os quiere mucho. —Sí —respondió Daisy—, pero me gusta más cuando tú también estás con nosotras… No nos vas a abandonar, ¿verdad, tía Abbie? ¿Verdad que no vas a volver a Inglaterra? Abbie vaciló; no deseaba hacerles a las niñas promesas que no pudiera cumplir, pero quería reconfortarlas. —Veré lo que puedo hacer —contestó con una sonrisa; entonces, algo la impulsó a preguntarles—: ¿Quizá os gustaría ir conmigo a Inglaterra? Daisy miró a su tía con expresión pensativa, e inquirió muy seria: —¿El tío Greg iría con nosotras? —Creo que no, cariño —respondió Abbie con un nudo en la garganta. Nº Paginas 42-106 Kathryn Ross – A merced del destino —Queremos que todos estemos juntos —intervino Rachel, también muy seria —, como ahora. —De acuerdo —Abigail se apresuró a quitarle importancia al asunto—. Sólo era una idea, pero ahora vamos a dejar de pensar en eso. Ya sabéis que el tío Greg y yo os queremos mucho —dijo suavemente—. Y haremos todo, todo lo posible para que seáis felices. Y ahora, volvamos a casa para tomar una buena taza de té. —Hablas igual que mamá —dijo Rachel, sonriendo—. Mamá solía hablar así.


«¡Oh, Jenny! ¿Qué debo hacer?», pensó angustiada Abigail, mordiéndose un labio. Nº Paginas 43-106 Kathryn Ross – A merced del destino Capítulo 5 Tan pronto como Abbie dio de cenar a las niñas, fue a su dormitorio para tomar una ducha rápida y arreglarse para el viaje de esa noche. Estaba terminando de secarse el pelo cuando oyó entrar a Greg en la casa, y los gritos de alegría de las gemelas. Después de echar un rápido vistazo a su imagen, fue a verlo. Al abrir la puerta del salón, se quedó en el umbral contemplando ensimismada la escena que se ofrecía ante sus ojos. Las niñas estaban sentadas en las rodillas de Greg, que había tomado asiento en un cómodo sillón. Las dos intentaban decirle algo al mismo tiempo, y el ruido era ensordecedor. —Vale ya —Greg se tapó los oídos con las manos, riendo—. No podéis hablar las dos a la vez, por favor… Rachel, empieza tú. —La abuela se ha ido a su casa… y la tía Abbie nos ha hecho el equipaje — le informó la niña, excitada. —Yo iba a decir eso —se quejó Daisy a gritos. —Bueno, no importa, puedes contarme otra cosa —dijo Greg, al tiempo que empezaba a hacerles cosquil as—. ¿Tenéis ganas de salir a pasar el fin de semana en el campo? —¡Sí! —gritaron las niñas al unísono, riéndose por las cosquil as que les hacía su tío.


En ese momento, Abigail entró en el salón y Greg le dijo con tono amable: —Ya me han contado lo que has hecho en el día de hoy… Abbie sonrió, aunque con cierta tristeza. Al ver la manera en que sus sobrinas idolatraban a Greg, no había podido evitar sentirse culpable por los planes que había concebido de l evárselas consigo a Inglaterra. —Nos hemos divertido mucho —repuso acariciándole la cabeza a Daisy—. ¿Verdad, niñas? —Sí, y hemos ayudado a la tía Abbie a hacer la cena —dijo Daisy con tono solemne. —Bueno, me habéis dado apoyo moral —se apresuró a decir Abbie—. ¿Quieres cenar, Greg? Todavía queda algo para ti. —No —sonrió divertido—, me resistiré a esa tentadora oferta, gracias. Abigail experimentó cierta irritación al detectar el tono sarcástico de su voz. Evidentemente, Greg pensaba que era una inútil para cocinar. —Bueno, tú te lo pierdes —se volvió para dedicarse a recoger los juguetes de las niñas—. Ya hemos preparado nuestro equipaje —dijo por encima del hombro —, así que estamos listas para salir cuando quieras. —Bien —levantó con delicadeza a las niñas de sus rodillas—. Voy a darme una ducha rápida. Vosotras podéis ayudar a la tía Abbie a recoger vuestros juguetes.


Nº Paginas 44-106 Kathryn Ross – A merced del destino Las niñas hicieron obedientemente lo que les dijo su tío y, un cuarto de hora más tarde, Greg volvió a entrar en el salón. —Qué rápido —Abigail no se volvió de inmediato para mirarlo, ya que estaba sacando los abrigos de las niñas del guardarropa. —Bueno, quiero salir antes de que oscurezca —dijo él con naturalidad—. ¿Están listas todas las maletas? —Sí, son estas… sólo dos —en ese instante se volvió y se quedó impresionada al verlo. Por primera vez desde que l egó a Nueva York, lo veía vestido con vaqueros en vez de traje formal. Esa transformación la hizo recordar al Greg que conoció en Londres. Estaba devastadoramente atractivo; los vaqueros resaltaban la forma de sus piernas y el jersey de casimir destacaba la anchura de sus hombros. Se sorprendió pensando que tenía un cuerpo fabuloso, y ese pensamiento la dejó helada. «¿Qué diablos me está pasando?», se preguntó furiosa. —¿Estamos todos listos? —preguntó Greg, alzando una ceja con gesto burlón. —Si a te lo dije antes —el tono de Abbie contenía una nota de impaciencia, pero, en realidad, estaba irritada consigo misma, no con él. Se pasó una mano por el pelo con gesto inconsciente y se inclinó para recoger las maletas. —Permíteme —Greg también intentó recogerlas y sus manos se tocaron accidentalmente. El contacto de su piel le produjo a Abbie un extraño estremecimiento, semejante a una pequeña descarga eléctrica, y se apresuró a retirar la mano.


—Perdona —murmuró precipitada. Greg sonrió, y la joven rezó para que no descubriera su azoro. De nuevo se preguntó qué le estaba sucediendo. ¿Por qué tenía que saltar ante el simple contacto de su mano? Disgustada consigo misma, se volvió para tomar su chaqueta y l amó a las niñas. —¿Ya lo tenéis todo? —preguntó Greg, distrayendo su atención. —Sí; acabo de decírtelo… —respondió la joven. —No —la voz de Rachel los interrumpió—. Falta Mitzy. —¿Mitzy? —Abbie la miró sorprendida. —El conejito —le explicó Greg—. A Rachel no le gusta separarse de Mitzy. Jenny y Mike se lo regalaron las pasadas Navidades. —Oh —nerviosa, Abbie se volvió para ir a buscarlo. —Tranquila, Abbie —Greg de puso una mano en el brazo—. Ponte la chaqueta; yo iré a buscarlo. Cuando Greg volvió con el juguete, la joven se dispuso a abrirle la puerta, pero él negó con la cabeza. —Por aquí no —dijo con una sonrisa, indicándole una escalera de caracol que había al otro lado del salón—. Es por ahí. —¿Qué significa…? —se interrumpió Abbie, frunciendo el ceño cuando sus sobrinas la agarraron cada una de una mano. Nº Paginas 45-106 Kathryn Ross – A merced del destino


—Vamos, vamos —se reían las gemelas—. Es una sorpresa. —¿Qué tipo de sorpresa? —miró sorprendida a Greg mientras seguía a las niñas escaleras arriba y luego por un pequeño rel ano, con una puerta al fondo. —Es otro medio de transporte que tenemos —le dijo Greg a Abbie al abrir la puerta. Lo primero que la joven pudo ver fue el azul del cielo, y sentir el aire fresco de la tarde. Se encontraban en la parte más alta del edificio y la vista de Nueva York quitaba el aliento. —¡Guau! —dijo Abigail, apartándose el cabello del rostro, despeinada por el viento—. Esto es lo que yo llamo una buena vista. —Espera a ver la ciudad desde ese aparato —Greg la tomó del brazo y la hizo volverse hasta llevarla delante de un radiante helicóptero. —¡Un helicóptero! —murmuró sorprendida. —Bueno —dijo Greg con tono seco mientras cargaba el equipaje en el aparato —, como comprenderás, el viaje en coche es demasiado largo. —Claro; lo que pasa es que nunca antes he viajado en un helicóptero. —No estarás asustada, ¿verdad? El pensamiento de sobrevolar aquel os altísimos rascacielos no le producía exactamente un gran deleite, pero Abbie negó valientemente con la cabeza. —Supongo que serás un buen piloto… —No tengo más remedio que contestarte que sí, ¿no te parece? —se echó a reír Greg, volviéndose para mirarla; fue entonces cuando se dio cuenta de que estaba muy pálida—. Estarás completamente a salvo —añadió con tono muy serio


—. Ya he l evado varias veces a las niñas y les encanta. Obviamente, las gemelas parecían muy felices con la idea. —¿Estás bien? —le preguntó Greg y, entonces, para sorpresa de Abbie, le levantó la barbilla—. Nunca me arriesgaría a que algo malo les sucediera a las niñas —murmuró en tono bajo—. Créeme. Un estremecimiento la recorrió al escuchar esas palabras. La joven asintió enmudecida, con el corazón acelerado. —Bueno, niñas —dijo Greg—. Vamos a arroparos para que estéis bien calentitas aquí dentro. Abbie se dijo que las niñas confiaban plenamente en Greg; no estaban nada nerviosas dentro del helicóptero. En poco tiempo, él terminó de acomodarlas en el asiento trasero del aparato. —Muy bien —comentó Greg, volviéndose hacia Abbie—. Una vez que te instales tú, podremos irnos. Intentando disimular su nerviosismo, Abigail permitió que Greg la ayudase a sentarse en el cómodo asiento; luego, él se inclinó sobre ella para abrocharle el cinturón de seguridad. Podía oler su cálido perfume y, cuando él le rozó un seno accidentalmente, sintió que el corazón le daba un vuelco. Greg debió de haberlo advertido, porque en seguida la miró y murmuró suavemente: Nº Paginas 46-106 Kathryn Ross – A merced del destino —¿Estás bien? ¿Tienes miedo? —No, no. Estoy bien —lo extraño era que lo que más la atemorizaba era su proximidad; tragó saliva y desvió la mirada.


Detrás de ella, las niñas charlaban alegres, pero Abigail sólo las escuchaba a medias mientras observaba como Greg se sentaba a su lado y manipulaba los mandos. Cuando puso el motor en funcionamiento, con un sonido ensordecedor, la joven se volvió para mirar a las gemelas con aprensión; sin embargo, éstas no parecían molestas por el ruido. Fue una extraña sensación para Abbie cuando el helicóptero se alzó abandonando la pista. Abajo, los coches en las carreteras parecían pequeños juguetes, y las personas semejaban hormigas. De inmediato, cerró los ojos con fuerza; no volvió a abrirlos hasta que Greg le tocó el brazo. —Contempla la vista —le gritó para hacerse oír por encima del ruido de la máquina—. Pero procura no mirar abajo. Abbie no quería hacerlo, pero una vez que empezó a mirar, comenzó a relajarse. Nueva York se extendía ante el os en todo su esplendor. —Bonita vista, ¿no te parece? —le preguntó Greg—. Me encanta volar, y especialmente en un día como hoy. Abbie tuvo que reconocer que aquello era fabuloso. Se relajó todavía más cuando miró a Greg manejando los mandos; parecía tan hábil y tranquilo que le infundió una total confianza. De repente, se dio cuenta de que confiaba en Greg, no sólo por lo que se refería a el a misma, sino también a las niñas. El sol estaba poniendo cuando se alejaron de Nueva York y enfilaron hacia el crepúsculo. Por unos momentos, la vida volvió a parecerle hermosa y llena de posibilidades. Cerró los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, no experimentó aquella horrible y fría sensación de vacío. Pensó en el trato que daba Greg a sus sobrinas, en el amor que le profesaban las niñas. Y recordó entonces las palabras que había pronunciado recientemente: «nunca me arriesgaría a que


algo malo les sucediera a las niñas». Pero, de repente, se sintió angustiada. ¿Qué iba a hacer con sus sobrinas? ¿Cómo iba a poder cuidarlas? —¿Estás bien, Abbie? La voz de Greg interrumpió sus pensamientos y la joven se apresuró a abrir los ojos. —Sí… Sólo un poco cansada. —Bueno, no nos falta mucho. Abigail miró hacia delante y sonrió al escuchar las risas de las niñas. Pensó que, al menos, ese viaje parecía haberlas distraído de su dolor; Greg había tenido una buena idea al proponerlo. —Creo que te gustará New Hampshire —le comentó él—. Nueva Inglaterra tiene un paisaje maravilloso. Nº Paginas 47-106 Kathryn Ross – A merced del destino Abigail debió de haberse quedado dormida en algún momento, porque, de repente, tomó conciencia de que ya no se oía el sonido del rotor del helicóptero y abrió mucho los ojos. Greg la estaba sacudiendo con delicadeza. —Ya estamos aquí —dijo con tono suave. —¿Aquí? —miró a su alrededor y descubrió que se encontraban en una pista de aterrizaje, ante una enorme casa bien iluminada que se recortaba contra el cielo oscuro.


—En casa —respondió él, mirándola a los ojos, sonriente. Luego se volvió hacia las gemelas—. Vamos, tenemos que llevar dentro a las niñas; están agotadas —abrió la puerta de su lado y saltó al césped. Abigail miró con ternura a las niñas, que dormían abrazadas; Rachel mantenía a Mitzy, el conejito, apretado contra su pecho. —Dejemos dentro el equipaje —se apresuró a decir Greg, mientras se disponía a recoger a las niñas—. Luego lo descargaremos. Atravesaron el campo de césped hacia la casa; Greg llevaba a las dos niñas en brazos. Abigail apenas daba crédito a sus ojos; aquel edificio era una colosal mansión colonial. Experimentó una agradable sensación al entrar; el vestíbulo era amplio, con una alfombra de color amarillo pálido. Una gran escalera llevaba a las diferentes partes de la casa. —Creo que deberíamos llevar a las niñas directamente a la cama —dijo Greg, empezando a subir las escaleras. Abigail lo siguió, algo intimidada por la magnificencia de aquella casa. Greg la llevó a una preciosa habitación provista de dos camitas. —Bueno, acuesta a las niñas mientras yo voy a buscar el equipaje —y dejó a las dos criaturas delicadamente en la cama. Ya estaban medio despiertas y se quedaron sentadas mirando algo desorientadas a Greg que, después de hacerles unas caricias, se dirigió hacia la puerta. —Los pijamas están en el cajón superior de la cómoda, al lado de la cama — le dijo a Abbie, antes de salir.


Mientras desvestía a las niñas, Abbie pensó que Greg era un hombre muy organizado, pero también autoritario. De todas formas, se le daba muy bien cuidar a las niñas. «Demasiado bien», le dijo una vocecita interior. La joven se veía en peligro de experimentar la sensación de estar de sobra en aquella pequeña familia. Ya estaba arropando a las gemelas cuando Greg volvió con las maletas. —Te he dado la habitación contigua a ésta —dijo bajando la voz—. Yo estoy al otro lado del pasillo, así que si las niñas lloran, al menos uno de nosotros las oirá. —Esperemos que duerman bien —dio un beso a Rachel y luego se inclinó sobre Daisy; habían vuelto a quedarse profundamente dormidas. Greg permanecía en el umbral, observándola. Cuando la joven se volvió hacia él, descubrió una extraña expresión en su mirada. —¿Te gustaría bajar a tomar una bebida o comer algo? —le preguntó. Nº Paginas 48-106 Kathryn Ross – A merced del destino —No, no… gracias —había estado a punto de aceptar, pero cambió de opinión ante el pensamiento de que darse a solas con él. —Vaya, Abbie. Cualquiera pensaría que te doy miedo —había una nota de sarcasmo en su tono. —No seas ridículo —repuso Abigail, sin aliento—. ¿Por qué habría de tenerte miedo? —Una buena pregunta —comentó él despreocupadamente—. A lo mejor


temes que me abalance sobre ti… —Eso es una estupidez —lo miró ruborizada—. Es un pensamiento absurdo. —Si tú lo dices… —su tono era seco—. El hecho es que cada vez que me acerco a ti, saltas como un resorte. —No tengo los nervios muy templados —explicó Abbie encogiéndose de hombros—, eso es todo. Puedo asegurarte de que no estoy bajo tu «magnetismo animal». —Yo nunca he dicho eso —repuso irónicamente Greg—. Pero hubo un tiempo en que me encontrabas atractivo. De hecho, puedo recordar con qué expresión de adoración me mirabas cuando yacíamos abrazados. —Ha habido tantas mujeres en tu vida —replicó Abbie con el pulso acelerado, entre furiosa y avergonzada— que no me sorprende que confundas a las que te miraban con adoración con las que lo hacían con desprecio. —No estoy confundido, ni tampoco equivocado —repuso él, mirándola con expresión enigmática—. Y en cuanto al número de mujeres que ha habido en mi vida, habría pensado que no estabas capacitada para hacer un comentario semejante… ¿Qué puedes saber tú sobre ello? —Bueno —Abbie se encogió de hombros—, está Jayne… ¿y qué me dices acerca de Connie? Estoy segura de que el a sí que debió de mirarte con adoración. Siguió a sus palabras un silencio sobrecogedor, durante el cual Greg la miró con ojos entrecerrados. —Connie Davis… —murmuró al fin, con tono reflexivo—. Hacía años que no oía ese nombre. ¿Cómo es que la conoces? Demasiado tarde, Abigail recordó que hasta ese momento nunca había admitido que sabía de la existencia de aquella mujer.


—Bueno, Jenny debió de haberla mencionado en alguna conversación. —No lo creo… —se interrumpió para lanzarle una penetrante mirada. —Quizá fue Michael —se apresuró a decir Abigail, nerviosa. —Me sorprende —repuso él en tono bajo. —Bueno, pues que no te sorprenda —Abigail lo miró fijamente y algún perverso aspecto de su naturaleza la hizo añadir—: Me dijeron que una vez estuviste comprometido con ella… y que terminó contigo porque constantemente la engañabas —lo miró con un brillo de triunfo en los ojos, mientras esperaba su respuesta. —¿Michael te dijo eso? —la voz de Greg era firme y tranquila. Nº Paginas 49-106 Kathryn Ross – A merced del destino La joven vaciló por un momento; luego, con un nudo en la garganta, asintió. Era falso. Michael nunca había hablado con el a de las intimidades de Greg, y Abbie jamás le había preguntado nada. Quizá hubiera cometido un error al mentir de esa forma, pero todavía tenía curiosidad por saber qué había sucedido realmente entre Connie y Greg; sin embargo, sus esperanzas se vieron frustradas. —Creo que estás equivocada —dijo él con tono sombrío—. Michael nunca pudo haberte contado eso —dio un paso hacia ella—. Así que… ¿Quién lo hizo? —No puedo recordarlo… —murmuró Abbie, retrocediendo—. Si… si no fue Michael, entonces debió de haber sido Jenny. Alguien debió de haberle


contado a Jen lo de Connie. —Esto parece un juego de acertijos —comentó Greg con voz áspera—. ¿Sabes una cosa? Cotillear y difundir rumores puede l egar a ser una actividad muy peligrosa. —Yo nunca cotil eo —replicó Abbie, irguiéndose con gran esfuerzo cuando él se acercó aún más a ella. —Me alegro de saberlo —extendió una mano y le acarició delicadamente una mejilla—. Y recuerda una cosa: jamás estuve comprometido con Connie Davis. Abigail lo miró fijamente, con los labios apretados; sabía que estaba mintiendo. —De todas formas, preferiría que no mencionaras nuestra… relación. Es algo que hace tiempo que ya he olvidado. —¿De verdad? —susurró Greg y, entonces, sin previo aviso, se inclinó sobre el a. La joven lo miraba indefensa, con el pulso acelerado; tenía los labios secos y, nerviosa, se los humedeció con la lengua. Sonriendo, tranquila pero firmemente, Greg la besó. La primera reacción de Abigail fue de shock. Se mantuvo rígida cuando él la abrazó por los hombros y el contacto de sus labios empezó a profundizarse. Se dijo firmemente que, de ninguna manera, iba a responder. ¿Cómo se atrevía Greg a hacerle eso? No tenía ningún derecho a tocarla.


Pero Greg se dedicó a deslizar los labios suavemente por su mejilla, bajando luego hasta el cuello al tiempo que la apretaba firmemente contra sí. Y al aspirar el familiar aroma de su colonia, Abbie revivió antiguos recuerdos. Cuando él volvió a besarla en los labios, la joven se sorprendió a sí misma respondiendo a aquel beso. Era algo increíble; una especie de ardor parecía mundana. Incluso se puso de puntillas para recibir mejor sus caricias. Fue entonces cuando Greg se retiró; Abbie levantó los ojos hacia él y se encontró con su firme mirada. La joven se sentía completamente desconcertada por los sentimientos que bullían en su interior. —No… no deberías haber hecho eso —dijo con voz temblorosa, sin aliento. —¿Por qué no? —murmuró Greg con voz áspera—. Pensé que podría traernos antiguos recuerdos; ciertamente, a mí me ha hecho evocar algunos —sonrió con expresión arrogante—. Siempre has sido muy apasionada. —Y tú siempre te has envanecido de tus encantos —le espetó al tiempo que lo empujaba en un torrente de furia había sustituido al cálido sentimiento que antes se Nº Paginas 50-106 Kathryn Ross – A merced del destino había apoderado de ella—. Para tu información, a mí me ha disgustado profundamente el beso que acabas de darme. —Me sorprendes —replicó él con tono perezoso, cuando vio que ella parecía a punto de explotar, se l evó un dedo a los labios—. ¡Sshhh! No despiertes a las niñas…


Abigail retrocedió con las mirada fija en el bril o burlón que fulguraba en sus ojos. Aquel beso sólo había sido una broma para él. ¿Cómo se atrevía a tocarla, a burlarse de esa manera de el a? —Te odio, Greg Prescott… te juro que te odio —mascul ó con vehemencia. —¿Besas a tus enemigos con tanta pasión? —le preguntó él con tono calmo, arqueando una ceja. —¿Por qué no te vas al infierno? —murmuró Abbie lívida de rabia; luego, levantando la cabeza con gesto orgulloso, dio media vuelta y abandonó la habitación intentando ignorar su risa baja y burlona. Nº Paginas 51-106 Kathryn Ross – A merced del destino Capítulo 6 Esa noche, Abigail no cesó de dar vueltas en la cama y tardó mucho en dormirse; el recuerdo del beso de Greg la atormentaba. Se levantó al amanecer y se dirigió hacia la ventana. Sus pensamientos eran confusos y, de manera extraña, se sentía terriblemente sola. Pensó con una sonrisa amarga que, si su hermana hubiera estado allí, no habría tenido ese problema. En ese momento; el sol se estaba levantando; el globo de color rojo fuego iluminaba un paisaje que en otras circunstancias le hubiera levantado el ánimo. Desde la ventana, se divisaban unos extensos jardines que terminaban en un


gran lago. En la ribera, había árboles que se reflejaban en las tranquilas aguas; sus hojas otoñales exhibían tonos que iban del dorado al rojo profundo. Por un momento, los sombríos pensamientos de Abbie se vieron distraídos por tanta bel eza. Pero, antes de volverse para ir a ducharse, pensó con tristeza que Jenny debía de haber querido mucho ese lugar. Después de la ducha se sentía mucho mejor y, vestida con unos vaqueros y una chaqueta de casimir, se dispuso a entrar en la habitación de las niñas. Se alegró de encontrarlas todavía dormidas; al menos, ellas sí habían disfrutado de una buena noche de sueño. Sin hacer ruido, bajó las escaleras para prepararse un té, pero se detuvo repentinamente en el vestíbulo al darse cuenta de que no sabía dónde se encontraba la cocina. Siguiendo un impulso, fue a la parte trasera de la casa y, al abrir la primera puerta, se encontró con una cocina preciosa, ultramoderna. Tras un momento de vacilación, entró y preparó una tetera. Cuando estaba esperando a que hirviera, un sonido procedente del exterior llamó su atención; curiosa, salió por la puerta trasera. El aire era puro y fresco, y todavía quedaban algunos restos de niebla. El campo de césped de la parte trasera de la casa ascendía hacia el comienzo de un bosque, donde podía verse una pequeña cabaña de troncos. Greg estaba en la puerta de aquella cabaña, vestido con una camisa canadiense y unos vaqueros. Estaba cortando leña con un gran hacha; sus movimientos eran rápidos y seguros.


En un principio, Greg no vio a Abbie. Luego, cuando el perro pastor alemán que se hal aba sentado a su lado descubrió la presencia de la joven y corrió hacia ella, él bajó el hacha y se volvió para mirarla. —Buenos días —la saludó, mirándola con expresión indolente—. No esperaba verte levantada tan temprano. —Buenos días —repuso con tono rígido, esforzándose por enterrar el recuerdo del beso que le había dado la noche anterior; después miró al perro, que estaba ladrando. — Duke, cállate ya. El perro dejó inmediatamente de ladrar, pero continuó observando a Abbie con cautela. —No le hagas caso a Duke; en realidad, es un pedazo de pan —le dijo Greg a la joven, para después concentrar su atención en la leña que estaba partiendo. Nº Paginas 52-106 Kathryn Ross – A merced del destino —Si tú lo dices… —murmuró Abigail, aprensiva—. No sé si habré hecho bien, pero me he tomado la libertad de preparar un té. —Cariño, la verdad es que esperaba que hicieras algo más que eso. Me estoy muriendo de hambre. —¡Oh! —exclamó Abbie, sorprendida por sus palabras—. Bueno, si con el o no me entrometo en los dominios de tu ama de l aves… Porque tendrás un ama de llaves, ¿no? —Siento decepcionarte —dijo Greg, después de apilar un montón de troncos


—, corazón, pero eres la única mujer adulta que hay aquí —su tono era levemente desdeñoso, como si esperara que ella fuera a quejarse de un momento a otro. —Eso no es ningún problema —Abigail estaba cansada de las suposiciones de Greg, que la creía incapaz de realizar cualquier tipo de tarea doméstica—. ¿Qué quieres para desayunar? —Eso decídelo tú. Encontrarás la nevera bien provista. —Estupendo —Abigail se volvió a la cocina con expresión decidida, maldiciéndolo en silencio. Abrió la nevera y encontró salchichas y lonchas de beicon cuando se disponía a freírlas, escuchó a las niñas, que ya se habían levantado. En ese momento, se abrió la puerta trasera y entró Greg, que le dijo antes de subir la escalera: —Sigue con eso. Yo iré a ver a las niñas. Resentida, Abigail se dijo que dejaría que Greg se enfrentara solo con las niñas; quizá, después de algunos días de experiencia práctica, empezara a tomar conciencia de que no podría hacerse cargo de el as. Poco después, Rachel y Daisy entraban en la cocina, muy bonitas con sus petos vaqueros; Greg les había recogido el pelo en una cola de caballo. —¡Estáis preciosas! —Abigail interrumpió su trabajo para darles un beso. —El tío Greg nos ha dicho que le prepararías el desayuno a Mitzy y también a nosotras —le dijo Rachel, abrazando al conejito—. Pero también dijo que, probablemente, no sabrías ni hervir una zanahoria. —¿De verdad os ha dicho eso? —preguntó Abbie, lanzando de inmediato una mirada desaprobadora a Greg, que entraba en la cocina en ese mismo momento


—. ¿Así que has estado impresionando a las niñas contándoles detalles acerca de mis talentos culinarios, verdad? —dijo con un falso tono dulce. —Esto no está mal —comentó Greg, mirando los platos de comida que estaban servidos en la mesa, ignorando su expresión de disgusto—, pero que nada mal. Quizá haya sido un poco injusto contigo. —Gracias —Abbie se tragó su resentimiento y se volvió hacia las niñas—. Vamos, vosotras dos, sentémonos a la mesa. Espero que os lo comáis todo. —Lo intentaremos —dijo Rachel, muy seria—, mientras no sean gachas de avena; mamá nos obligaba a comerlas en invierno. —Bueno, todavía no estamos en invierno, así que no hay problema —se apresuró a decir Greg cuando, por un momento, las niñas empezaron a entristecerse al recordar a su madre—. Vamos a comer, que esto se está enfriando. Nº Paginas 53-106 Kathryn Ross – A merced del destino «Estamos caminando por la cuerda floja por lo que se refiere a los sentimientos de las niñas», se dijo Abbie, cuando tomaba asiento frente a Greg; éste la miró y advirtió en seguida su expresión de tristeza. La joven se apresuró a desviar la mirada y se esforzó por adoptar un tono alegre hablaba con las gemelas. El desayuno transcurrió en un ambiente muy agradable. Aunque a Abigail le costaba trabajo admitirlo, tenía que reconocer que Greg se comportaba admirablemente con las niñas. Las hizo reír, e incluso el a misma sonrió al


escuchar las historias que les contó sobre la región en la que se hallaban. Después de comer, Abbie se levantó para l enar el lavavajillas y se quedó sorprendida al ver que Greg se dedicaba a ayudarla. —No sabía que los grandes abogados supiesen l enar un lavavajillas — comentó la joven con tono ligero mientras él tomaba los platos de sus manos y se ocupaba de cargar la máquina. —Te sorprendería lo que saben hacer los grandes abogados —repuso él con una sonrisa. —El tío Greg lo sabe todo —dijo Daisy muy seria, detrás de el os. —¡La voz de la inocencia! —exclamó divertida Abbie, mirando a Greg con expresión de complicidad y echándose a reír. Ese día transcurrió en medio de una frenética actividad. Después del desayuno, fueron a pasear al lago, con Duke. Más tarde, Greg las l evó a ver las cuadras de la finca. Poseía muchos cabal os de raza y resultaba evidente que estaba muy interesado en ellos. Excitadas, las niñas le pidieron que las l evara a montar. Abigail contemplaba distraída la escena mientras pensaba en la manera en que había respondido al beso de Greg la noche anterior. Seguía sorprendida por la forma en que, literalmente, se había derretido en sus brazos, dejando que sus sentimientos afloraran a la superficie. Charles nunca había conseguido suscitarle una


respuesta parecida. —¿Qué piensas tú, Abbie? —Greg se volvió hacia ella para preguntarle algo y la joven se dio cuenta de que no había escuchado ni una palabra de lo que le había dicho. Al ver su expresión confundida, le repitió la pregunta—: ¿Te parece que vayamos al prado y les demos a Daisy y a Rachel una pequeña lección de cómo montar un pony? —Me parece una buena idea —respondió sonriente Abigail, mirando a las niñas. Se l evaron un pequeño pony negro a uno de los prados, y Abigail se sentó encima de una cerca observando cómo Greg daba instrucciones a las gemelas acerca de la técnica de montar. Por enésima vez, pensó que se le daban muy bien los niños; en realidad, no la necesitaba a ella al í para nada. Ese pensamiento la entristeció, dejándola más confundida que nunca sobre la cuestión del bienestar de las niñas. Sin embargo, debido a su trabajo, Greg no podía dedicarles todo su tiempo. Decidió intentar hablar de eso con él esa noche; quizá podrían l egar a un acuerdo. Nº Paginas 54-106 Kathryn Ross – A merced del destino No tuvieron problemas para acostar a las niñas más tarde, ya que estaban agotadas de tanto ejercicio físico. De hecho, a punto estuvieron de quedarse dormidas mientras comían la deliciosa cena que Abbie les había preparado. —Creo que ahora mismo podrían quedarse dormidas en cualquier parte —


comentó Abbie con una sonrisa observando cómo Daisy daba cabezadas de sueño sobre su helado de chocolate. Cuando la joven se levantaba para recoger la mesa, Greg le dijo: —Encárgate de duchar a las niñas mientras yo me ocupo de la cocina. Abigail asintió y ya se disponía a marcharse, cuando él la retuvo agarrándola de un brazo. —¿Abbie? Ella se volvió para mirarlo con expresión interrogante. —Gracias por esta cena tan estupenda. Te pido disculpas por las bromas que hice esta mañana sobre tu capacidad para cocinar. Eran ciertamente injustas. —No tiene importancia… —repuso Abbie, que se había quedado tan sorprendida por sus palabras que por un momento no supo qué decir. Más tarde, mientras arropaba a las niñas, volvió a pensar en lo que le había dicho Greg. Pedir disculpas de esa forma le parecía algo muy extraño en él. —¿Va a venir el tío Greg a arroparnos? —preguntó Rachel cuando Abbie se inclinaba para besarla. —Si, subirá en un momento —Abigail le apartó con ternura un mechón de cabello de la frente—. ¿Os habéis divertido hoy? —Ha sido casi como si volviésemos a ser una familia —asintió Rachel. —Me alegro —repuso Abbie, luchando desesperada por contener las lágrimas de emoción—. Porque el tío Greg y yo os queremos mucho. —¿Cómo nos querían mamá y papá? —preguntó ansiosa la pequeña. —Como mamá y papá —con un nudo en la garganta, Abbie la besó de nuevo


—. De todas formas, Rachel, ya sabes que, aunque mamá y papá no estén aquí, eso no quiere decir que hayan dejado de quereros. —Pero se han ido —replicó la niña con tristeza. —No lo hicieron a propósito, Rachel… nunca pienses eso. Mamá y papá están en el cielo, y os observan desde allí —la arropó con cuidado—. Ahora, a dormir — murmuró al tiempo que echaba un vistazo a Daisy, que se había quedado rápidamente dormida. Cuando se volvía hacia la puerta, se encontró cara a cara con Greg, que, en seguida, advirtió la palidez de su rostro y reconoció en sus ojos el brillo de las lágrimas. La joven sabía que había escuchado aquel a conversación y desvió la mirada sintiéndose incómoda y avergonzada. —Abbie —su voz profunda la hizo detenerse cuando ya se dirigía hacia la puerta—. Me gustaría hablar contigo abajo, si es posible. Ella asintió y bajó al salón para esperarlo al í. Un gran fuego ardía en la chimenea de estilo jacobino, y había preparado un servicio de café en unas Nº Paginas 55-106 Kathryn Ross – A merced del destino elegantes tazas chinas; todo aquello parecía muy cómodo, pero por algún motivo sentía una gran aprensión. Se sentó en el sofá y sirvió el café. Se preguntó si acaso Greg querría decirle que aceptaba al fin su propuesta de que se l evara a las niñas a Inglaterra. La verdad era que ya no estaba tan convencida de que eso fuera lo mejor, ya que las gemelas estaban muy unidas a Greg; apartarlas de él les causaría un profundo dolor. Pero ¿qué otra opción había? Abigail no podía quedarse al í, con el as; no era ciudadana estadounidense y tendría


dificultades para quedarse… pero tampoco podía abandonarlas. Cuando Greg volvió, Abbie se volvió para mirarlo preocupada y le preguntó: —¿Se ha quedado dormida Rachel? —Sí; la pobre cría estaba agotada. —Te he servido una taza de café —dijo Abbie suspirando y desviando la mirada—. Lo tomas con leche, ¿no? —Sí —se sentó a su lado, estirando las piernas y acercándolas al fuego. Un silencio incómodo se abatió sobre ellos. Abbie quería empezar a hablar de las niñas, pero, por alguna razón, se sentía poco dispuesta a ser la primera en sacar el tema. —Hoy has estado muy bien con las niñas —le dijo él con tono suave. —No hay necesidad de que parezcas tan sorprendido —repuso Abbie, nerviosa. —Abigail —Greg sonrió—, eres una verdadera caja de sorpresas —se levantó para echar más leña al fuego—. Esta noche va a hacer más frío. Dentro de unas semanas, l egará el invierno. —Debe de hacer mucho frío aquí —comentó Abbie. —Sí, pero la casa cuenta con calefacción central. El invierno no es ningún problema; de hecho, creo que te gustaría. —¿Pasas las navidades aquí? —Sí —volvió a sentarse a su lado—, Jenny, Mike y las niñas pasaron las últimas aquí, conmigo… fue encantador. —Fuisteis a esquiar —dijo Abbie, que recordaba bien la carta que le había


escrito Jenny, y que decía: Si tú hubieras estado aquí habría sido perfecto. Greg y tú, Mike y yo y las gemelas… Emocionada, la joven se mordió el labio. —Sí —extendió una mano y tomó su taza—. Supongo que tú pasarías las navidades con Charles, ¿no? —Me invitó a cenar —respondió a la defensiva. —He observado que no has llamado a Charles desde que llegaste aquí — comentó Greg bruscamente. —¿Es de eso de lo que querías hablarme? —Abbie se volvió para mirarlo ceñuda. —No, por supuesto que no —repuso él con voz clara y firme. —Bueno, en cualquier caso, he telefoneado a Charles —dijo ella—. Siento haberme olvidado de mencionártelo, pero, por supuesto, te pagaré la l amada. Nº Paginas 56-106 Kathryn Ross – A merced del destino —No quiero que me pagues la llamada —repuso sombrío. —Entonces, ¿a qué viene la pregunta? ¿No crees que sería mejor que hablásemos de las niñas? —A eso es a lo que voy —tomó un sorbo de café y dejó la taza sobre la mesa —. Me preguntaba si ya le habrías dado a Charles una respuesta a su proposición. —No… —negó con la cabeza; tenía la boca seca y el corazón le latía acelerado.


—Cuanto más reflexiono sobre nuestros problemas, más empiezo a pensar que el matrimonio es una buena idea. Al menos, las niñas tendrían un hogar estable. —¿Al fin vas a consentir en que las niñas se queden con nosotros? —le preguntó Abbie, mirándolo sorprendida. —Algo parecido —repuso con voz clara y firme. Abigail estaba completamente asombrada ante ese repentino cambio de actitud, pero albergaba en su interior otro sentimiento que era incapaz de definir. —¿Estás hablando en serio? —en silencio se preguntaba si sería una buena idea separar a las niñas de su querido tío Greg. Se sentía como si la hubieran empujado al borde de un precipicio, y que una sola palabra o movimiento en falso pudiera hacerla perder el equilibrio y caer rodando a las duras rocas de una insoportable realidad. —Sí, estoy hablando en serio —repuso él con tono tranquilo—. He tenido tiempo para pensar y para observarte con las niñas. Creo que acertaste plenamente cuando dijiste que no podía pedírsele a mi madre que se hiciera cargo de el as constantemente. Por eso, he decidido casarme. —¿Casarte? —preguntó boquiabierta Abigail—. Pero yo pensé que querías decir que Charles y yo… —se interrumpió, confundida. —¡Cielos, no! —Greg sacudió la cabeza—. Ya te lo dije… las niñas se quedarán conmigo. —Creo que estás loco —mascul ó Abbie con vehemencia—. Deliberadamente me has dejado creer que podría llevarme a las niñas… —Jamás he dicho eso. Lo que he dicho es: de acuerdo, las niñas necesitan


una madre tanto como un padre. —Así que ya has pensado en alguien… —murmuró Abbie con voz ronca—. Jayne… ¿no? —Jayne —repuso Greg con tono inexpresivo, encogiéndose de hombros— es bonita e inteligente, pero está tan comprometida con su carrera profesional como yo con la mía. No… Jayne está hecha para ser una amante, no una esposa. Abigail se ruborizó al escuchar ese comentario tan ofensivo; pensó que Greg Prescott era prepotente y absolutamente machista. —Creo que has ido demasiado lejos con tus bromas —dijo al fin—. Encuentro tu sentido del humor total mente reprensible. ¿Cómo puedes hablar así cuando dos niñas pequeñas dependen de lo que puedas hacer con tu vida? —sacudió la cabeza, parpadeando para contener las lágrimas—. No te comprendo, Greg. Nº Paginas 57-106 Kathryn Ross – A merced del destino —No me refería a casarme con Jayne —explicó él—, sino contigo. Creo que eso resolvería todos nuestros problemas. —¡Supongo que estarás bromeando! —lo miró estupefacta. —Para nada. Como tú misma me señalaste el otro día, no podemos dejar a las niñas al cuidado de una niñera. Necesitan un cariño y una atención especial que las ayuden a adaptarse.


—Sí… pero casándonos… —se interrumpió aturdida, con la mente hecha un caos. —Tengo treinta y cinco años —Greg se encogió de hombros—. Ya es hora de que me case. Abigail sintió un nudo en la garganta. No podía dar crédito a esa fría y calculada proposición de matrimonio era como un extraño sueño. —¿Qué me dices del hecho de que tú y yo no podamos vernos el uno al otro? ¿No te parece que es un grave inconveniente? —se esforzaba por dar un tono sarcástico a su voz, pero le resultaba muy difícil. —Creo —dijo Greg, frunciendo el ceño como si reflexionase sobre sus palabras — que eres preciosa, y algo exasperante —se encogió de hombros—. Parecen los ingredientes perfectos para una buena esposa. «Pero no para una amante», pensó Abbie, furiosa. ¿Cómo se atrevía a Greg a tasarla como si fuera un pedazo de carne? Lo maldijo para sus adentros. —Por supuesto, tendríamos que firmar una especie de contrato prematrimonial —continuó Greg con tono tranquilo—. Yo soy un hombre rico, y sería necesario hacerlo. Tú también podrías firmar un contrato renunciando a tus derechos sobre las niñas en caso de que nos divorciáramos. —Has pensado en todo, ¿no? —dijo ella con un frío tono de desprecio. —Soy abogado, cariño —esbozó una seca sonrisa. El corazón de Abigail latía con tanta fuerza que, por un momento, pensó que


Greg podría llegar a oírlo. No sabía qué pensar. Por un lado estaba de acuerdo con él en que ésa podría ser una buena solución para las niñas… ¡pero tendría que casarse con Greg Prescott! La sola idea le producía taquicardia. —No necesitas contestarme ahora —dijo él con calma—. Tómate tu tiempo para reflexionar sobre el o. —No te preocupes, lo haré —Abigail contempló sus ásperos, insondables ojos oscuros. Habría dado cualquier cosa por mandarlo en ese mismo momento al infierno, pero, por el bien de las niñas, guardó silencio. Nº Paginas 58-106 Kathryn Ross – A merced del destino Capítulo 7 Aquel a propuesta de matrimonio no volvió a ser mencionada. Era casi como si no existiera, pero Abigail no dejaba de pensar en ella. Al día siguiente volvieron a Nueva York, y, una vez allí, la vida de Abbie entró en una tranquila rutina. Se decidió que las niñas volvieran a la pequeña guardería a la que asistían antes de la muerte de sus padres. Greg la había sorprendido al consultarla acerca de ello, y la joven se había mostrado de acuerdo con él. Lo mejor era que las niñas adquiriesen la sensación de l evar una vida lo más normal posible, y eso significaba volver a la vieja rutina. Cada mañana Abbie l evaba a las niñas en taxi a la guardería, cada tarde, las recogía a la salida. «Podrán l evar una vida normal, pero ya nunca volverá a ser lo


mismo», pensó mientras esperaba en la puerta de la guardería a que salieran las gemelas. Lo extraño era que Abigail estaba empezando a disfrutar con ese estilo de vida. Le gustaban las sencil as conversaciones que mantenía a la hora del desayuno con Greg y las niñas. Le gustaba la forma en que Rachel y Daisy salían de la guardería a la carrera y se echaban en sus brazos, alegres. Greg siempre volvía a casa cuando llegaba la hora de acostar a las niñas; éstas eran incapaces de dormirse hasta que su tío entraba en su habitación y las arropaba. Luego, Abigail se quedaba a solas con Greg y se dedicaban a leer o a ver la televisión. El ambiente era tranquilo y Abbie sentía que eso era justamente lo que necesitaba después del trastorno emocional que había sufrido. Ya habían pasado dos semanas desde que Abigail llegó a los Estados Unidos; sabía que no tardaría mucho tiempo en verse obligada a tomar una decisión que podría afectarla para el resto de su vida: quedarse allí o volver a Inglaterra. Bruscamente, dejó de pensar en el o, temerosa de decidirse. Miró su reloj; de un momento a otro, abrirían las puertas de la guardería, y Rachel y Daisy saldrían corriendo hacia el a. —¿Abigail? —la voz profunda de Greg la hizo volverse con rapidez. —¿Qué diablos estás haciendo aquí? —le preguntó sorprendida. —Difícilmente puede considerarse eso como la mejor de las bienvenidas — repuso él con tono seco, arqueando una ceja. —Lo siento, es que me ha sorprendido mucho verte. No sueles acabar de


trabajar a tiempo para recoger a las niñas. —Pues hoy, haciendo un supremo esfuerzo, lo he conseguido —le dijo con una sonrisa y luego, señaló su Mercedes, que estaba aparcado al lado—. Y he venido a recogeros en carroza. —Bueno, pues estoy encantada de verte —rió Abigail—. Debo admitir que hoy hace mucho frío. —Sí —Greg posó la mirada en la chaqueta negra que l evaba Abbie—. Si estás pensando en quedarte, tendremos que conseguirte una ropa que te abrigue más. Nº Paginas 59-106 Kathryn Ross – A merced del destino Abigail se ruborizó al escucharlo; era la primera vez que él mencionaba su permanencia al í. Ya casi había empezado a preguntarse si acaso habría soñado aquella sorprendente proposición de matrimonio. —Bueno, ya tengo ropa de abrigo —se volvió para mirar expectante la puerta de la guardería. —¿Quieres decir que estás pensando en decir «sí»? —le preguntó él con voz suave. —En realidad —lo miró de reojo— no creo que sea ni el lugar ni el momento adecuados para hablar de eso —repuso en tono bajo. En ese momento, se dio cuenta de las miradas de interés que suscitaba Greg entre las madres que estaban esperando a que salieran sus hijos. Tuvo que admitir que estaba muy guapo. Llevaba un abrigo largo de color oscuro que destacaba su bril ante cabel o negro y su cuerpo grande y bien proporcionado.


—De acuerdo —dijo él con tono desenfadado—. ¿Qué te parece salir a cenar esta noche? —¿A cenar? —se volvió para mirarlo sorprendida. —Sí, a cenar —repuso él con una sonrisa irónica. —¿Estás hablando de salir a cenar fuera? —Abbie quería asegurase de que no lo estaba malinterpretando. ¿En realidad Greg la estaba invitando a salir con él? —Sí, fuera —dijo Greg con tono paciente—. Te l evaré a un buen restaurante. Es lo menos que puedo hacer después de las comidas que has estado cocinando para nosotros durante todos estos días. —Realmente, no hay necesidad —se apresuró a decir Abbie—. Y, de todas formas, ¿quién cuidará a las niñas? —Mi ama de llaves —extendió una mano y le acarició una mejilla—. Alison es más que capaz de vigilarlas durante unas horas, y las niñas están muy encariñadas con el a. Abigail dudó, sin saber qué contestar. —Vamos, Abbie, sólo un par de horas —de nuevo le acarició cariñosamente la cara—. Necesitamos hablar. La ternura de su voz y el delicado contacto de su mano cálida le provocó un violento estremecimiento. Se apartó bruscamente de él, y, cuando lo hizo, advirtió la oscura expresión de su mirada. En ese momento, abrieron las puertas de la guardería y una multitud de pequeños invadió el patio. La joven se dijo que ya no


quedaba tiempo para conversaciones personales. Daisy y Rachel gritaron de alegría al ver a Greg. —Esto sí es lo que yo llamo una buena bienvenida —comentó él, mientras besaba a las gemelas. —¿Qué tal os ha ido el día? —les preguntó Abbie ya cuando todos se dirigían al coche de Greg. —Muy bien, hemos estado pintando dibujos —contestó Daisy, dándose gran importancia. Nº Paginas 60-106 Kathryn Ross – A merced del destino —¿De verdad? —Greg parecía impresionado cuando abrió las puertas del coche—. Tenéis que enseñárnoslos cuando lleguemos a casa. Abbie se sentó al lado de Greg. El tráfico era denso y lento, lo habitual a esa hora. Daisy, impaciente como siempre, abrió su cartera y dijo con tono solemne: —Os enseñaré ahora los dibujos. Abigail se volvió en su asiento y vio que la niña sacaba dos hojas de su carpeta. —Este es el dibujo de Rachel —se lo tendió a Abigail, esperando su dictamen. —Muy bueno —a la joven le encantaron los coloridos trazos que representaban a Mitzy, el conejito—. ¿Qué te parece, Greg? —le acercó el dibujo para que le echara un vistazo.


—Muy artístico —comentó con una sonrisa. —El mío es mejor —Daisy le entregó la otra hoja a su tía—. Son mamá y papá en el cielo. A Abbie le tembló ligeramente la mano cuando recibió el papel de manos de la niña. —¿Qué están haciendo? —preguntó al verlo. —Se están besando, tonta. —¿Besándose…? —Sí, mamá y papá solían besarse —dijo Daisy, muy seria—. Y yo pensé que, quizá, también podrían besarse en el cielo. —Es precioso, Daisy —comentó con los ojos bril antes por las lágrimas, devolviéndole el dibujo. Por unos momentos no pudo decir más, embargada por la emoción. —Has tenido una idea encantadora, Daisy —le dijo Greg con tono suave, al tiempo que retiraba una mano del volante para apretar cariñosamente las de Abbie, en un gesto consolador. —¿La tía Abbie y tú os habéis besado alguna vez?—preguntó de repente la niña—. Porque podría pintaros la próxima vez. A pesar de la emoción que sentía, Abigail no pudo menos que sonreír ante aquella inocente ocurrencia. Greg rió suavemente y, después, aprovechando que se habían detenido ante un semáforo en rojo, se inclinó de repente y le dio un rápido y


leve beso a Abigail en los labios. —¿Qué os parece? —preguntó con tono juguetón—. ¿Podremos esperar otra obra maestra para la semana que viene? Abigail apenas lo escuchaba. Todavía estaba temblando por dentro; la ternura del beso de Greg había sus citado una multitud de sentimientos en su interior. Deseaba desesperadamente que la abrazara, que la estrechara en el refugio de sus fuertes brazos. Al momento, se dijo fríamente que Greg la había sorprendido en un momento delicado, y que su beso había sido tan fugaz que era imposible que le hubiera inspirado por sí solo esos sentimientos. Nº Paginas 61-106 Kathryn Ross – A merced del destino Abigail se alegró de que después la conversación derivara al tema inofensivo de lo que había para cenar esa noche. —La comida favorita de Rachel: pollo con patatas fritas —dijo Abbie con una voz todavía no del todo firme, pero haciendo grandes esfuerzos por dominarse. —Pero, a lo mejor, la tía Abbie y yo salimos a cenar fuera —dijo suavemente Greg. Abbie se dijo que ése era el momento decisivo para aceptar su invitación o negarse. —¿Podré reservar una mesa para las ocho? —preguntó Greg, lanzándole una mirada inquisitiva. Abbie negó con la cabeza; no quería dejar a las niñas, ni siquiera por unas horas. —Cenemos en casa, Greg —se apresuró a decir—. Prepararé algo especial.


—Te estoy ofreciendo el mejor restaurante de la ciudad —Greg parecía sorprendido—. Una cocina excelente… —Lo siento si mi cocina no te parece una maravilla —interrumpió irritada—, pero no quiero salir. —No estaba sugiriendo… —Por favor, Greg —lo miró con los ojos brillantes y luego bajó la voz, para que no pudieran oírla las niñas—. No quiero dejar a las niñas, ni siquiera por unas horas. —De acuerdo —asintió Greg, algo sorprendido—, pero yo prepararé una cena para los dos. —A mí no me importa cocinar… —Lo sé —en esa ocasión fue él quien la interrumpió—, pero insisto en ello — sonrió—. Tú te encargarás del té de las niñas y, mientras tanto, yo prepararé nuestra cena, ¿de acuerdo? Abigail vaciló. Habitualmente comían con las niñas, pero no pasaría nada por cambiar esa rutina por un día. Después de todo, necesitaban hablar, y ésa sería una buena ocasión. —De acuerdo —dijo suavemente. *** —¿Cómo van las cosas? —después de acostar a las niñas, Abigail fue a la cocina para ver si podría echarle una mano a Greg. —Fuera —le ordenó con firmeza Greg, negándose a dejarla pasar más allá de


la puerta. —Pero si a mí no me importa ayudarte —intentó mirar por encima de su hombro para ver lo que estaba cocinando, pero él era demasiado alto. —No seas tan curiosa —le dijo Greg con una sonrisa—. ¿Cuál es el problema? ¿No me crees capaz de cocinar? —Ahora que lo pienso, no —repuso el a descaradamente, sonriendo. Nº Paginas 62-106 Kathryn Ross – A merced del destino Greg le dirigió una mirada severa, pero un destel o de humor brillaba en sus ojos. —Anda, ve a ponerte bonita o a hacer cualquier otra cosa. —¿Es que no estoy bonita? —era sólo un comentario desenfadado, pero, en seguida, Abbie se arrepintió de haberlo dicho. —Bueno… —su expresión perdió todo rastro de humor y fijó la mirada en su rostro de piel suave, a la sazón ruborizado. —No tienes por qué contestar a eso —dijo ella a toda prisa—. Estaba bromeando, Greg —se dispuso a irse pero él la detuvo del brazo. —Pero a mí me gustaría hacerlo —dijo en un tono bajo que le aceleró el pulso —. Pienso que eres una mujer preciosa. —Gracias —repuso ruborizada, sin atreverse a mirarlo—. Bueno, te dejo que sigas con lo tuyo —mascul ó y se dirigió a toda prisa a su habitación.


«Eres una estúpida», se dijo cuando cerró la puerta de su dormitorio y se apoyó en ella. Aspiró profundamente, deseando olvidar lo que le había dicho. Fue al cuarto de baño, se desnudó, abrió el grifo de la ducha y, todavía muy disgustada consigo misma, se metió bajo el chorro de agua caliente. Se dijo que, si Greg le había propuesto en serio que se casara con ella, se sentiría obligado a decirle algún cumplido formal que otro. Pero, ¿también se sentiría obligado a mentirle acerca de lo sucedido en el pasado?, se preguntó de repente. Seguía atormentándola el hecho de que Greg no hubiera sido sincero con ella acerca de su compromiso con Connie. ¿Qué sentido tenía mentirle después de todos esos años?, se preguntaba furiosa. ¿Acaso era un mentiroso compulsivo? De alguna manera, eso no encajaba con el comportamiento del que había hecho gala Greg durante aquellas últimas semanas. Era tan bueno con las niñas; tan tierno y cariñoso… Y Abbie tenía que admitir a regañadientes que también se había mostrado muy considerado con el a misma. Debía reconocer que, en ese período tan funesto de su vida, su presencia la había reconfortado mucho. Salió de la ducha y se secó con movimientos enérgicos. Se dijo firmemente que, a pesar de todo, no se dejada cegar por las apariencias. Ya había tenido anteriormente esa desagradable experiencia, con consecuencias desastrosa. Distraída, buscó una ropa adecuada que ponerse mientras se preguntaba qué le diría a Greg si él volvía a sacar el tema del matrimonio… Eligió, por fin, un vestido de terciopelo negro y luego, fue al tocador para


secarse el cabel o, con la mente hecha un caos. «¿Oh, Dios, qué debo hacer?», se preguntó, enterrando el rostro entre las manos por un momento. Con un suspiro, se recuperó y empezó a cepillarse el pelo. Se dijo que sólo una cosa era cierta: el a quería a las niñas y el as la querían a ella. Sin las gemelas, la vida le resultaría insoportable. Con manos temblorosas, se puso el vestido y, después de echar un rápido vistazo a su imagen en el espejo, se dispuso a enfrentarse con Greg. Cuando entró en el comedor, se quedó sorprendida al ver la esplendida manera en que Greg había dispuesto la mesa; la luz de una vela arrancaba reflejos a la cristalería y a la cubertería de plata. El ambiente era íntimo, y, como telón de fondo, la vista panorámica de Nueva York, con sus luces destacando contra el cielo Nº Paginas 63-106 Kathryn Ross – A merced del destino nocturno. Por un momento, Abigail se quedó de pie junto a la ventana, concentrada en la belleza de aquella ciudad. —¿Qué te gustaría beber, Abbie? La voz de Greg la hizo volverse, sobresaltada. —Agua mineral, si tienes —mientras hablaba, la joven revisó su apariencia. Observó que se había puesto un traje azul oscuro, de corte formal; estaba más atractivo que nunca—. ¿Qué tal en la cocina? —le preguntó. —Bueno, tengo que confesarte una cosa —sonrió y se volvió para l enarle una copa.


—¿Cuál? —He encargado que nos traigan la cena —contestó Greg al tiempo que le entregaba la copa. —¿Que la has encargado? —Bueno, ya conoces eso de que si Mahoma no va a la montaña, la montaña va hacia Mahoma —le indicó que se sentara a la mesa y después le entregó una carta de menú—. Espero haber acertado… Abigail leyó la carta advirtiendo que Greg había elegido una serie de platos que eran sus favoritos. «Evidentemente, ha sido pura casualidad», pensó sombría. No era posible que Greg recordara ese tipo de detalles. —No está mal —repuso con tono tranquilo—, pero no deberías haberte molestado tanto —la verdad era que no tenía hambre; su apetito parecía haberla abandonado durante las últimas semanas y había perdido peso. —No importa —destapó las cubiertas de los platos y le ofreció unos entremeses de salmón ahumado. Abbie esperó a que él se sentara para empezar a comer. Se preguntó por qué Greg estaba haciendo todo aquello. No veía la necesidad de aquella vela sobre la mesa, de aquel ambiente tan íntimo, con la suave música que resonaba en ese momento en la habitación. Se dijo que todo aquel o era una farsa. Empezó a juguetear con la comida, esperando a que él abordara el tema principal. —Come algo, Abbie —le dijo Greg con tono suave—. Atenas has comido durante las últimas semanas. Abbie lo miró sorprendida de que se hubiera fijado en ese detalle. —Que te dejes morir de hambre no va a ayudar a las niñas —añadió muy serio. —No —Abbie se obligó a probar el delicioso plato de pescado. Se dijo que él estaba en lo cierto; no podía permitirse caer enferma—. Greg, estoy muy


preocupada por las niñas. ¿Cómo van a superar todo esto —preguntó con tono angustiado—. Ese dibujo, por ejemplo. ¿Por qué lo ha pintado Daisy? ¿Piensas que está bien? ¿No crees que es necesaria la ayuda de un profesional? —¿Te refieres a un psicólogo? —le preguntó Greg con tono seco, y después negó con la cabeza—. Creo que les l evará algún tiempo adaptarse. Necesitan mucho amor y cariño, y tú se los estás dando —se sirvió una copa de vino—. En cuanto a lo del dibujo, creo que es natural que se pregunten por lo que les ha ocurrido a sus padres y se preocupen por ellos. Y el dibujo no era nada tétrico; quizá Nº Paginas 64-106 Kathryn Ross – A merced del destino demuestra que Daisy ya se está adaptando y que conserva un feliz recuerdo de su mamá y de su papá. —Quizá —dijo Abbie, no del todo convencida. —Tú serás la que necesite la ayuda de un profesional si continúas sin comer nada —declaró Greg con firmeza. —Lo dices como si te importara —la joven sonrió lánguidamente. —Sé que no figuro en tu lista de personas favoritas —repuso Greg, frunciendo el ceño—, pero no soy insensible. Por supuesto que me importa. —Lo siento —Abigail desvió la mirada—. Ha sido un comentario poco afortunado. —Sé cómo te sientes, Abbie —dijo Greg, suspirando—. Sé que echas de menos a tu hermana, pero tenemos que concentramos en el futuro.


—Sí —la joven se obligó a sonreír—. Pero la echo tanto de menos, Greg… — por un momento se le quebró la voz—. ¡Oh, discúlpame! —le indicó que se sentara cuando vio que ya se disponía a levantarse—. Algunas veces estoy bien, y otras me siento como si estuviera en medio de una terrible tormenta, desgarrada entre el dolor y la necesidad de seguir adelante. —Lo sé —la miró preocupado—, pero no estás sola, Abbie. Creo que los dos estamos juntos en medio de esta tormenta, y los dos la superaremos juntos. Abigail no sabía qué contestar a eso. ¿Acaso Greg a continuación iba a pedirle que se quedara? Entonces, lentamente, él le tomó una mano y se la l evó a los labios para besarle la palma. Esa caricia le recordó tanto la noche en que se le entregó por primera vez, años atrás, que se quedó sin aliento. —No —bruscamente se apartó él como si su contacto la hubiese quemado—. No, Greg… no me toques. —Creo que ha l egado la hora de tomar una decisión, Abbie —dijo Greg, después de un tenso silencio—. ¿Qué quieres hacer? ¿Quedarte conmigo y con las niñas o volver con Charles? —Me impresiona el planteamiento tan frío que haces de la situación. —Mi primera prioridad son las hijas de mi hermano. Y creo que la tuya también. —En efecto —repuso ella suavemente—, ya sabes que sí. Pero el matrimonio… —se interrumpió, completamente confundida—. Me parece


una idea tan absurda… —rezongó casi para sí misma—. Un matrimonio que no está basado en el amor no es realmente un matrimonio… —lo miró con expresión de incertidumbre. —¡Pobre! —le acarició delicadamente la mejilla con un dedo—. Esa es una afirmación muy ingenua. —No lo creo. El amor es el motor del mundo… ¿o es que no has oído eso? —El amor también puede destrozarte —dijo Greg, después de reírse de una forma que la molestó sobremanera. Luego se levantó y recogió el plato de Abbie para servirle el principal. Cuando volvió a sentarse, añadió—: Puede que te interese saber, Abigail, que muchos matrimonios «arreglados» resultan un éxito. En algunos casos, la pareja en cuestión ni siquiera se conoce antes de la boda. Nº Paginas 65-106 Kathryn Ross – A merced del destino —Bueno, eso es terriblemente arriesgado —comentó Abbie desviando la mirada—, en mi opinión. —El matrimonio siempre es arriesgado —replicó Greg con tono sardónico—. El amor no es una palabra mágica que puedas conjurar para que te proteja del riesgo. —No, pero es un buen comienzo —afirmó Abbie, terca. —También la amistad y el respeto. Y, si estás preocupada por el tema económico, entonces, debo decirte que estoy muy bien situado. Las niñas


recibirán la mejor educación y tú… —Por el amor de Dios, Greg, no me importa un bledo el dinero que puedas tener —repuso Abigail con tono amargo. —Ya empiezo a darme cuenta de el o —parecía que iba a decir algo más, pero luego se encogió de hombros—. ¿Se trata de Charles? ¿Estás muy enamorada de él? —No creo que eso sea de tu interés —repuso estremecida al tiempo que pensaba que le profesaba mucho cariño a Charles, pero que, realmente, no estaba enamorada de él. Involuntariamente, su mirada se vio atraída por la sensual curva de los labios de Greg; haciendo un esfuerzo por pensar de forma coherente, añadió —. Ni siquiera sé qué tipo de matrimonio es el que quieres… quiero decir… ¿se trata de un asunto a corto plazo? ¿Es solamente algo formal? —Oh, no —exclamó Greg—. Ciertamente, no pretendo casarme simplemente de nombre, formalmente —se apoyó en el respaldo de su silla, totalmente relajado —. Soy un hombre de sangre caliente, Abbie… ya deberías saber eso. Un matrimonio que excluyera hacer el amor no me convendría en absoluto. —¿Hacer el amor sin amor? —preguntó Abbie, ruborizada ante su descaro—. Me parece incongruente. —¿Preferirías entonces llamarlo sexo? —inquirió él a su vez, mirándola con dureza—. No seas tonta, Abbie; no te dejes llevar por los sentimientos, piensa con la


cabeza. Piensa en lo que significaría eso para las niñas. Abbie levantó lentamente la mirada hacia él, incapaz de disimular el dolor que podía leerse en sus ojos. —Sé que, en circunstancias normales —continuó él con frialdad—, no es lo que tú habrías elegido. —No, desde luego que no —por un momento le tembló la voz—, pero estás en lo cierto; es importante pensar en las niñas primero. Un bril o de triunfo iluminó por un segundo los ojos oscuros de Greg. Sacó una pequeña caja del bolsillo de su chaqueta y le preguntó: —¿Te gustaría probarte esto para ver si te queda bien? Abbie tomó la caja con dedos temblorosos y la abrió; en su interior, había un anillo de oro y diamantes. —Es precioso —murmuró. Por un momento, su pensamiento voló a la época en que estuvo locamente enamorada de Greg, cuando tanto había deseado que él la pidiera en matrimonio… Nº Paginas 66-106 Kathryn Ross – A merced del destino —¿Qué dices, Abbie? —Greg se inclinó hacia delante—. ¿Lo haremos lo mejor posible? —Supongo —respondió Abigail con un encogimiento de hombros, después de un momento de silencio— que no tengo elección, ¿verdad? —Siempre se tiene elección —Greg se levantó y fue hacia ella. A la joven se le aceleró el corazón cuando él extendió una mano y la hizo levantarse.


—¿Qué estás haciendo? —preguntó sin aliento. —Sellando nuestro pacto con un beso, por supuesto —contestó con naturalidad—. ¿No se quejaba Rachel de que no nos besábamos lo suficiente? —No… no, Greg —ya se encontraba en el círculo de sus brazos y, nerviosa, apoyó una mano en su pecho—. Esto es estúpido, es… No l egó a terminar la frase; la boca de Greg la hizo callar. Abbie intentó apartarse, diciéndose a sí misma que detestaba ese asalto a sus sentidos, que odiaba a ese hombre. En ese momento, el contacto de los labios de Greg se suavizó, inflamándola de sensualidad; Abigail sintió un súbito calor interior que la hizo responder a sus caricias y apretarse contra su cuerpo. —Todo va a salir bien —murmuró Greg. «¿De verdad?», se preguntaba Abbie con el corazón acelerado, completamente aturdida; por alguna razón, dudaba de esas palabras. Nº Paginas 67-106 Kathryn Ross – A merced del destino Capítulo 8 —Es perfecto —le aseguró Margaret a Abigail cuando la vio salir del probador de la tienda, con el traje de seda puesto. —¿Estás segura? —Abigail volvió a mirarse en el espejo. El traje era de seda oriental, y tenía un color rosa pálido. La chaqueta era larga y el corpiño se ajustaba a su estrecha cintura; la falda era recta, con una pequeña abertura por detrás. —¿No crees que debería optar por un modelo más sencil o? —le preguntó Abigail a Margaret—. Ya sabes, será una ceremonia simple, sin importancia…


—Estás espléndida con ese traje —Margaret negó con la cabeza—. A Greg le encantará. El ánimo de Abigail decayó al escuchar ese comentario. Se sentía muy insegura en cuanto a los límites de su relación con Greg. Tiempo atrás había soñado con casarse con él, pero nunca pudo imaginar que lo haría de esa manera. Sintió un fuerte dolor en el corazón al recordar el beso que le dio Greg la tarde en que el a aceptó su proposición. Odiaba admitir que había disfrutado del contacto de su boca contra la suya, del calor de su cuerpo tan cerca del suyo. De repente, cerró los ojos, diciéndose que era una estúpida; aquel beso no había significado nada… como tampoco la boda que se avecinaba. Todo lo había hecho por las niñas. No debía dejarse engañar por el hecho de que Greg se mostrara tan sumamente encantador con ella; a él le convenía representar esa farsa. De hecho, algunas veces, cuando Abbie se relajaba en su compañía, casi podía olvidar todo el daño que él le había hecho… y recordar al hombre al que tanto había amado. Y las niñas adoraban a Greg. A Abigail seguía sorprendiéndola la adoración que sentían por su tío. Pensó que, tal vez, Jenny hubiera sido consciente de ello cuando les otorgó la custodia compartida de sus hijas. Algunas veces, cuando descansaba en su cama pensando en Jenny y en Mike, Abigail se preguntaba qué pensarían si pudieran verla en ese momento. ¿Aprobarían su unión? ¿Se mostrarían de acuerdo en que era lo más adecuado en función del interés de sus hijas? La dependienta de la tienda interrumpió sus pensamientos cuando le l evó


otro vestido para que se lo probara. —No —dijo Abigail—. Me l evaré el traje. Cuando volvió a cambiarse y salió del probador, observó que Margaret estaba comprando un precioso salto de cama. —Margaret, espero que esto no será para mí —se apresuró a decir Abbie al ver la prenda de seda, de corte sexy. —Por supuesto que sí —dijo la señora con firmeza—. Greg me dio estrictas instrucciones de que te comprara lo mejor. ¿Por qué te crees que abrió varias cuentas en las mejores tiendas? —sonrió maliciosa—. ¿Qué te parece este vestido para salir? —No, Margaret. De todas formas, no vamos a tener una luna de miel; sólo vamos a pasar algunos días en Nueva Inglaterra con las niñas. Nº Paginas 68-106 Kathryn Ross – A merced del destino —Eso es una luna de miel —replicó Margaret—. Quiero que dejéis las niñas a mi cargo; necesitáis pasar algún tiempo solos. Abigail negó con la cabeza; ya había hablado de eso con Greg. Ella no se sentía preparada para dejar de ver a las niñas, ni siquiera por unos días. —Eres muy amable, Margaret, pero vas a estar muy ocupada preparando tu viaje a Florida. —Sí, pero… —No hay peros —Abigail puso fin a la discusión. —Eres una dama muy decidida —dijo Margaret, riendo, pero sigo pensando que podías l evarte también este otro traje —descolgó uno—; te sentaría


perfectamente. ¿Qué dices tú? A Abigail no le gustaba que Greg hubiera insistido en comprarle toda la ropa de la boda. Pero, a no ser que quisiera montar una escena en la tienda, poco podía hacer por el momento. De todas formas, decidió pagarle el importe a Greg tan pronto como pudiera. —De verdad, Margaret, ya tengo suficientes. —Oh, bueno —con un suspiro de decepción, la mujer mayor volvió a colgar el traje en su sitio. Abbie advirtió que la dependienta también parecía decepcionada; la joven se dijo que no tenía razón para el o, ya que se había gastado una verdadera fortuna en la hora que llevaban allí. —¿Le gustaría que le enviáramos los paquetes a la dirección del señor Prescott? —le preguntó en ese momento la dependienta. —Sería estupendo. Como puede ver, ya vamos bastante cargadas de bolsas. «Al menos, Margaret está contenta con todo esto», pensó Abbie con un suspiro cuando salían de la lujosa tienda. La señora parecía estar disfrutando mucho al ayudar a la joven a prepararse para el gran día de la boda. Abby y Greg no le habían contado a Margaret la verdadera razón de su compromiso. Además, la mujer se había quedado tan encantada con la buena noticia, que no habían querido echar a perder su contento. En ese momento, Abigail y Margaret seguían paseando por la Quinta Avenida, viendo los escaparates de las tiendas. Al notar que la señora flaqueaba un poco, Abbie le preguntó, mirando su reloj:


—¿Te parece que comamos en algún restaurante? —se suponía que Abbie se encontraría con Greg en su despacho dentro de unos tres cuartos de hora; después irían a recoger su licencia de matrimonio. —No —Margaret también miró su reloj—, yo me vuelvo al apartamento, Abbie. ¿Por qué no te adelantas tú y vas a buscar a Greg? Así podréis comer los dos juntos. —Bueno… —vaciló Abigail, ya que Greg no la había invitado a comer. Pero, antes de que tuviera tiempo para decir algo, vio que Margaret ya había parado un taxi. Nº Paginas 69-106 Kathryn Ross – A merced del destino —Te dejaré de camino —le dijo la señora antes de subir al taxi—. Y no te preocupes por las niñas; y las iré a recoger a la guardería. —Se suponía que yo te iba a hacer la vida más fácil, Margaret —Abigail sonrió a su futura suegra—, pero, en vez de el o, tú corres de un lado a otro para ayudarme. —Es un placer para mí, Abbie —dijo suavemente Margaret, sonriendo—. Estoy tan contenta por vuestra boda… creo que serás la perfecta esposa para él. —Espero que sí —repuso Abbie en voz baja, aunque por dentro tenía cientos de dudas acerca de ello—. Al menos las niñas están encantadas. —Oh, sí —Margaret se echó a reír. Pocos minutos más tarde el taxi se detenía en la puerta del impresionante edificio Prescott.


—Todavía es temprano, Margaret —dijo Abigail después de salir del vehículo, dudosa—. No sé si estoy haciendo bien… —¡Claro que sí! —rió la mujer mayor—. Greg se quedará petrificado al verte… —Eres una romántica, Margaret Prescott —repuso Abigail, sonriendo. —No, lo que pasa es que conozco a mi hijo. Abigail todavía sonreía cuando se volvió para entrar en el edificio. No se engañaba a sí misma acerca de los sentimientos de Greg; sabía por qué se casaban y no quería dar una apariencia romántica a la situación, pero quizá las cosas podrían funcionar entre el os. De hecho, durante esos días, todo estaba yendo muy bien, y, tal vez, Greg podría convertirse en un amable y respetuoso compañero. La zona de recepción en la que entró Abigail era extremadamente lujosa. Había cuatro recepcionistas detrás del mostrador, todas muy atractivas y arregladas; al verlas, Abigail se acordó de Connie, la preciosa amante que Greg había tenido años atrás, y de lo que le dijo acerca de su condición de incorregible mujeriego. Abbie descartó ese desagradable pensamiento en el momento en que una de las recepcionistas, una joven rubia, le preguntó en qué podía ayudarla. —Soy Abigail Weston; el señor Prescott me está esperando. —¿Está usted citada? —le preguntó la rubia con un cierto tono escéptico—. Me temo que su nombre no figura en el libro de citas. —Sí —confirmó Abbie con expresión tranquila—. Soy la señorita Weston —


y añadió, para ser más explícita—: la novia de Greg. Esa afirmación suscitó cierta agitación; las cuatro recepcionistas se volvieron para mirarla con interés, fijándose en su elegante traje de color azul marino y en su rizada melena rubia. —¿La novia de Prescott? —la preguntó la recepcionista con tono sorprendido. —¿Podría llamarlo y decirle que estoy aquí? —sugirió Abbie, un tanto molesta. —Lo siento, pero el señor Prescott ha salido a comer. —Bueno —Abbie frunció el ceño—, supongo que podré esperarlo aquí… —Sí, pero no puedo decirle cuándo volverá; ha cancelado todas sus otras citas para hoy. Nº Paginas 70-106 Kathryn Ross – A merced del destino Abigail no tuvo que responder a eso porque, en ese mismo momento, reconoció la voz de Greg, que estaba entrando en el vestíbulo del edificio, detrás de el a. Pero cuando se volvió hacia él, embargada por un sentimiento de alivio, la sonrisa que había iluminado su rostro murió al instante al advertir que no estaba solo. Jayne Carr estaba literalmente colgada de su brazo. —Hola, Abigail —Greg no parecía nada sorprendido por su presencia—. ¿Cuánto tiempo l evas aquí? —Acabo de llegar —haciendo un gran esfuerzo de voluntad, Abbie logró adoptar un tono alegre y despreocupado.


—Ya te dije, querido, que tenías tiempo de sobra —le dijo Jayne a Greg, mirándolo intensamente a los ojos—. Podíamos haber tomado otro café. La furia hizo presa en Abigail después de escuchar ese comentario. Pensó que, obviamente, Greg y Jayne habían estado comiendo juntos; ya sabía por qué no la había invitado a ella a comer. Intentó dominar su resentimiento. Después de todo, ¿por qué debería preocuparla a quién invitara Greg a comer? Pero, a pesar de esos buenos propósitos, la afectaba profundamente saber que Greg prefería comer con otra mujer. —De todas formas, me alegro de que no hayamos tomado otro café —dijo Greg con tono ligero, y añadió—: Ya conoces a Jayne, ¿no, Abbie? —Sí, ya nos conocemos —Abigail intentó infundir un falso tono cálido a su voz con tremenda dificultad. Era consciente de que las recepcionistas estaban escuchando su conversación con interés. No la extrañaba que se hubieran sorprendido al enterarse de que ella era la novia de Greg, ya que sabían que él había salido a comer con Jayne… Probablemente, sabrían que Greg se veía con un montón de mujeres, por otras razones que las estrictamente profesionales. Jayne estaba preciosa con su traje de color canela; su maquillado era perfecto y l evaba el pelo muy corto, pero con un estilo muy femenino, muy chic. —Felicidades —le dijo a Abbie, sonriendo—. Greg ya me ha contado los planes que habéis hecho. Abigail se preguntó cuánto le habría contado Greg. ¿Le habría revelado el verdadero motivo de su boda? Por alguna razón, esa posibilidad la disgustaba profundamente. —¿De verdad? —era todo lo que podía decir. —He intentado convencerlo de que me facilitara una invitación a la boda —


Jayne miró a Greg con cierta timidez—, pero me ha dicho que será un ceremonia sencilla, que no quiere complicaciones. Supongo que es una actitud típicamente masculina. Si les dejas esas cosas a ellos, no quieren complicaciones, ni ningún toque romántico. Abigail se quedó impresionada al oír eso. Se suponía que no debería sorprenderse de que Greg no se mostrara entusiasta con su boda, pero no le había gustado nada que se lo hubiera manifestado a Jayne. —Bueno —se obligó a decir, con un nudo en la garganta—, va a ser una ceremonia sencilla, pero serás bienvenida si quieres asistir, Jayne. Nº Paginas 71-106 Kathryn Ross – A merced del destino —Gracias; procuraré hacerlo —después de sonreír de forma encantadora, la mujer se puso de puntillas para darle un beso en la mejilla a su acompañante —. Gracias por la comida, Greg. Te veré más tarde. Todo tipo de extraños sentimientos acosaban a Abigail mientras seguía a Greg hacia los ascensores. La enfurecía que él hubiera estado comiendo con su amiga, de una manera tan descarada; de repente, una fría y horrible sospecha fue creciendo en su interior. ¿Intentaría Greg serle fiel una vez que se hubieran casado, o continuaría con sus antiguos hábitos mujeriegos? Subieron en silencio al último piso. Cuando se abrieron las puertas del ascensor, él la guió por un largo pasil o y la hizo entrar en una habitación donde una joven se hal aba sentada frente a un ordenador.


—Esta es mi secretaria personal, Elaine Goodison —la presentó Greg—. Elaine; te presento a mi novia, Abigail Weston. Abbie, de nuevo, tuvo que soportar que la miraran con sorpresa. —¿Podrías encargarte de que nos trajeran un café, Elaine? —preguntó Greg, mientras abría la puerta de su despacho—. Y no me pases ninguna l amada. —Creía que teníamos prisa por marcharnos —murmuró Abbie, sentándose en el cómodo sil ón que él le señaló—. ¿No estábamos citados en el registro civil, o algo así? —Bueno, como has llegado temprano hay un par de cosas que quiero discutir contigo —dijo Greg con tono serio al tiempo que tomaba asiento frente a su escritorio. —Dispara —lo invitó Abbie, encogiéndose de hombros. —¿Has l amado a Charles? —le preguntó con naturalidad. —Sí… —por un momento aquella pregunta la tomó desprevenida—… hace un par de noches. —¿Y? —¿Y qué? —inquirió a su vez Abbie, frunciendo el ceño. —¿Cuál fue el resultado? —preguntó él con paciencia. Abbie lo observó por un segundo; no había ninguna suavidad en su expresión, ningún indicio de calor. Mirándolo en ese momento, casi podía reírse de lo ingenua que había sido al imaginar que podría llegar a ser un amable y respetuoso compañero. Le resultaba difícil creer que, al cabo de un par de días, se convertiría en la esposa de ese hombre.


—Le dije que íbamos a casarnos —respondió con firmeza—. ¿Qué otra cosa querías que le dijera? Por un momento, Abigail se concentró en la conversación que había mantenido con Charles. Se había sentido muy nerviosa, ya que por nada del mundo había querido herirlo. Lo irónico de la situación era que Abbie le había dicho que él se merecía más de lo que ella pudiera darle… que debería casarse con una mujer que lo amara con todo su corazón. —¿Y cómo reaccionó? —le preguntó Greg con tono seco. Nº Paginas 72-106 Kathryn Ross – A merced del destino —Se quedó muy afectado, pero lo comprendía —Abigail se mordió el labio; no podía evitar sentirse culpable. —Un comportamiento muy deportivo —repuso Greg, burlón. —A pesar de lo que puedas pensar de Charles, es un hombre decente —saltó rápidamente en su defensa. —¿Así que no rompió a llorar ni nada parecido cuando le dijiste que no te casarías con él? —continuó Greg con tono sardónico. —No encuentro esa pregunta ni remotamente divertida —repuso fríamente Abbie. —No me importa si te divierte o no; sólo quiero dejar atados algunos cabos sueltos. —¿Qué has estado haciendo durante la comida? —inquirió ella a su vez, aunque en seguida se arrepintió. La última cosa que quería en el mundo era parecer celosa; estaba segura de que Greg encontraría eso muy divertido.


—Ah… —exclamó él con tono perezoso y divertido, para escarnio de Abigail—. ¿Por casualidad no estarás algo celosa? —No seas absurdo; nada podría importarme menos —replicó furiosa. Lo peor de todo era que ella misma sabía que mentía; ignoraba por qué, pero estaba celosa. Se dijo apresurada que quizá fuera una cuestión de simple orgul o. —Haz lo que quieras —continuó ella—, pero no me hagas ese tipo de preguntas. Puede que vaya a casarme contigo, pero nunca te perteneceré. Un terrible silencio siguió a esas palabras. Un brillo peligroso apareció en los ojos de Greg, y Abigail comprendió que había ido demasiado lejos; de alguna manera, había conseguido hacer pedazos su fría apariencia. —No te equivoques, Abigail; tú me pertenecerás en el más amplio sentido de la palabra a partir del sábado. Abbie se estremeció al escuchar esas palabras, pero se obligó a mantenerle la mirada. —No cuentes con el o —repuso con tono suave. —¡Oh, claro que sí! —abrió un cajón del escritorio extrajo una carpeta—. Y, como soy abogado, me he preocupado de no dejar nada al azar —siguió un tenso silencio mientras él abría la carpeta y empezaba a hojearla—. Uno de mis colegas ha redactado un contrato matrimonial para nosotros —explicó—. Quiero que lo leas cuidadosamente. Si quieres, puedes pedir asesoramiento a un abogado independiente. Abigail no supo qué responder a eso. Aunque él ya le había hablado antes de un contrato, no se lo había tomado en serio. Ahora, se daba cuenta de que el


encantador comportamiento que últimamente había tenido Greg con ella la había hecho confiarse demasiado. Había empezado a olvidar las lecciones que había aprendido sobre él en el pasado; a olvidar aquel a fría y calculadora faceta de su personalidad. Nunca antes había creído posible que volvería a sentir tanto dolor como sentía en ese momento. Nº Paginas 73-106 Kathryn Ross – A merced del destino De repente, para alivio de Abbie, la secretaria de Greg llamó a la puerta y entró a continuación con una bandeja de café; eso le concedió algún tiempo para intentar reunir sus pensamientos. —Está bien, Elaine —dijo suavemente Greg cuando la chica se disponía a servirles el café. Una vez que Elaine se hubo marchado, continuó—: Toma —le entregó a Abbie un fajo de papeles—. Léelo y pregúntame lo que quieras. Más tarde podremos discutirlo todo con detalle. Abigail recibió el documento a su pesar. No quería examinarlo y, por supuesto, tampoco quería discutir sobre él. Fingió leerlo mientras tomaba el café; no podía ver las palabras escritas, ya que tenía los ojos llenos de lágrimas. —¿No crees que has ido un poco lejos con esto? —le preguntó al fin la joven, cuando pudo recuperarse. —Es necesario estar preparado para cualquier eventualidad —repuso Greg con tono despreocupado—. Como podrás ver, hay muchas cláusulas que te benefician —añadió.


—¿Quién dice eso? —lo miró cuando un terrible pensamiento la asaltó de repente. ¿Habría redactado Jayne ese contrato? Se le hizo un nudo en el estómago ante la idea. Parecía muy probable que ése fuera el caso; quizá habían estado hablando de eso mismo durante la comida. —Yo lo digo —afirmó Greg—. Pero, como ya te he dicho antes, puedes contratar a un abogado para que te asesore. —¿Y me dices de Jayne? —no pudo evitar preguntarle Abbie—. ¿Crees que el a podría asesorarme? —Yo te recomendaría que pidieras consejo en cualquier otra parte, siempre fuera de mi empresa —contestó fríamente. —Esa no es una buena recomendación para el nombre de tu empresa — murmuró Abbie con cierto tono de amargura. —Sólo estaba intentando ser imparcial. —Por supuesto que sí —comentó sarcástica—. A Greg Prescott siempre le gusta parecer imparcial y claro en todo, incluyendo el dinero, el matrimonio y el divorcio —sabía que se estaba comportando como una estúpida, pero estaba muy dolida y deseaba desesperadamente atacarlo y herirlo a su vez—. Así que, ¿cuál es el punto esencial de todo esto? —agitó los documentos delante de sus narices —. ¿Cuáles son los puntos clave de este delicioso regalo de bodas que me has hecho? —No hay necesidad de que te lo tomes de una manera tan personal, cariño — Greg se encogió de hombros—. Ya sabes que un acuerdo verbal no es peor que otro escrito —señaló los documentos—. Esto solamente clarifica más las cosas.


—¿Qué es lo que clarifica exactamente? —La cantidad de dinero que te pagaré si nuestro matrimonio fracasa — contestó con calma—. Aunque, claro está, en ese caso, no conservarás la tutela de las niñas. —Has pensado en todo, ¿verdad, Greg? —preguntó Abbie con voz temblorosa. Tenía la sensación de que a pesar de lo que sucediera, jamás podría l egar a imponerse sobre él. Nº Paginas 74-106 Kathryn Ross – A merced del destino —Tienes que verlo desde mi punto de vista —repuso Greg—. Podrías casarte conmigo, aguantar durante algún tiempo y luego, irte con las niñas a Inglaterra y reunirte con Charles. Debo protegerme contra eso. —Para no hablar de que también podría escaparme con tu dinero —añadió Abbie con tono sarcástico. Se preguntó si realmente Greg creería que el a podría ser tan miserable como para hacer algo parecido—. Todo lo has hecho a tu manera, ¿verdad, Greg? —Soy yo quien fija las reglas, cariño —le sostuvo la mirada con firmeza—. Si no te gustan, siempre puedes volverte a Inglaterra. —Lo tendré presente, gracias —dijo Abbie con una frialdad de la que se sintió orgullosa, ya que el corazón le latía con una fuerza inusitada. Tomó un bolígrafo y


estampó su firma con trazos enérgicos; luego miró a Greg con expresión desafiante —. Pero recuerda esto; hazme daño a mí o a las niñas, y haré polvo estos papeles tuyos. —Esa no es mi intención —repuso Greg con tono suave. «¿Cuál será su intención?», se preguntó Abigail con amargura. Resultaba obvio que Greg no confiaba en el a, que todavía la tenía por una mujer frívola, interesada por el dinero. ¿Cómo podía sobrevivir un matrimonio entre dos personas que no confiaban para nada la una en la otra? Aquello era como una ruleta rusa. Nº Paginas 75-106 Kathryn Ross – A merced del destino Capítulo 9 Brillaba el sol en un límpido cielo azul cuando Abigail salía del blanco e inmaculado Rolls & Royce. Estaba preciosa con su fino traje de seda y el cabel o rubio adornado con orquídeas; llevaba en la mano un ramillete de delicadas rosas. Era el día de su boda. Debería haber sido el más feliz de su vida, pero no se sentía en absoluto animada. Sabía que era extraño, pero seguía pensando en la conversación que había mantenido con Charles hacía unos días. Le había dicho que se merecía algo mejor de lo que ella podía ofrecerle… que él sólo debería casarse por amor. Y allí estaba el a, tomando una decisión trascendental para su futuro. ¿Sabía acaso lo que estaba haciendo?, se preguntó por enésima vez, nerviosa.


Aspirando profundamente, intentó hacer a un lado sus dudas. Margaret y las niñas la estaban esperando en el vestíbulo del lujoso hotel donde tendría lugar la ceremonia. Rachel y Daisy estaban preciosas; iban vestidas de blanco y l evaban rosas en el pelo. Sonreían felices, al igual que Margaret, cuando vieron acercarse a Abigail. —Estás preciosa —murmuró encantada Margaret—. Realmente todo esto es maravilloso —por un momento se le l enaron los ojos de lágrimas. Greg apareció en el umbral, detrás de su madre, y, de inmediato, Abbie lo miró. Tenía un aspecto sensacional con su traje de color gris oscuro y su corbata azul. A la joven se le aceleró el corazón al ver que él también la observaba con detenimiento. —Estás maravil osa —murmuró suavemente Greg. Ruborizada, Abbie intentó dominarse diciéndose que simplemente se estaba mostrando cortés y amable; que Greg sólo estaba haciendo lo que se esperaba del novio en esa situación. —¿Vamos, Abbie? —le preguntó él, ofreciéndole su brazo—. El juez nos está esperando. Abigail asintió. El juez Silas Barnes celebró una sencilla ceremonia en el centro del gran vestíbulo del hotel, decorado en un antiguo estilo. Cuando Greg deslizó el anillo en su dedo y el juez los declaró marido y mujer; Abigail tuvo la


sensación de que todo aquello era un sueño, del que en cualquier momento, podría despertar en Inglaterra. Se volvió para mirar a su marido con los ojos brillantes, y Greg le sonrió de una forma que, de alguna manera, la reconfortó. Luego inclinó la cabeza y la besó en los labios en una fugaz y sensual caricia que le aceleró el corazón. Después, todos los asistentes acudieron a felicitarlos; eran pocos, y Abbie advirtió que Jayne estaba entre ellos. La mujer tenía una impresionante apariencia con un traje de color azul brillante y un sombrero de ala ancha. —Buena suerte, querido —murmuró mientras se ponía de puntil as para besar a Greg en la mejilla. Abigail desvió la mirada e intentó ahuyentar las sospechas respecto a Jayne Carr que una vez más acababan de asaltarla. Se preguntaba si esa mujer se hallaría muy alterada ese día… si acaso había albergado alguna vez la secreta esperanza Nº Paginas 76-106 Kathryn Ross – A merced del destino de casarse con Greg. Y en cuanto a éste último… ¿continuaría viendo a Jayne en secreto? Abbie se mordió el labio y miró a las niñas. —¿Ya está? —le preguntó Rachel, frunciendo el ceño—. ¿Ya estás casada? —Sí, querida —contestó Abbie, sonriendo.


—Así que ahora podrás quedarte con nosotras para siempre —intervino Daisy con alegría. —Algo parecido —asintió Abigail con una sonrisa. Se dijo con firmeza que todo merecía la pena con tal de ver a las gemelas tan felices; había tomado una decisión acertada. —Espero que no sientas nostalgia de Inglaterra —le comentó Jayne suavemente—. Una debe de sentirse rara sabiendo que no puede volver a su casa; algo muy diferente a ir al í de vacaciones. Creo que te resultará difícil acostumbraste. —Estoy segura de que me las arreglaré, con Greg a mi lado —Abbie sonrió a la mujer, intentando transmitirle el mensaje de que Greg era ahora su marido, su propiedad. —Estoy segura de que lo conseguirás —repuso Jayne—. Greg es un hombre estupendo. Te deseo la mayor de las felicidades, Abbie. De repente, Abigail experimentó cierta compasión por aquella mujer. Sabía lo que se sentía al tener destrozado el corazón. —Gracias —le sonrió con calidez. Un empleado anunció que el cóctel de celebración tendría lugar en otra sala. Aliviada, Abigail se despidió por el momento de Jayne. —¿Va todo bien, señora Prescott? —Greg la tomó del brazo cuando ella pasaba a su lado. —Sí… —le sonrió con timidez—… gracias.


—Siempre tan educada —murmuró, al tiempo que le acariciaba delicadamente el rostro—. ¿Te he dicho ya lo preciosa que estás hoy? —Algo me dijiste antes —contestó esforzándose por adoptar un tono tranquilo. —Vamos, pareja —les dijo Margaret, apareciendo a su lado—. Pronto os quedaréis solos. Esas palabras le provocaron a Abigail un estremecimiento de aprensión. El pensamiento de quedarse a solas con Greg, de compartir su cama de nuevo, le producía náuseas. De alguna manera, se las arregló para sonreír durante las dos siguientes horas. Se sirvieron bebidas y una deliciosa comida; después de los brindis por la pareja, Greg fue requerido para pronunciar un discurso. Después de bromear y de hacer gala de su sentido del humor, ya más serio, miró a Abigail con afecto y dijo: —Una vez, Jenny me dijo que Abigail sería la esposa perfecta para mí. Yo me lo tomé como un cumplido por que sé que Jenny quería a Abbie con todo su corazón. Así que, creo que deberíamos brindar ahora por los miembros ausentes de nuestra familia, Jenny y Michael, porque, aunque sus cuerpos no están aquí en este Nº Paginas 77-106 Kathryn Ross – A merced del destino día con nosotros, sus almas sí están presentes —levantó su copa de champán —. Por Jenny y Michael. Abigail necesitó de toda su capacidad de control para no l orar. Levantó su


copa con una mano temblorosa, parpadeando para contener las lágrimas, y, en ese momento, descubrió a Rachel sonriéndole con alegría, desde el otro lado de la mesa. «Todo está saliendo bien», se dijo firmemente Abbie. Se iba a quedar con las niñas, se había casado con Greg y tenía intención de consolidar su matrimonio. Pero esos buenos propósitos de Abigail desaparecieron pocas horas después, cuando se dirigían en helicóptero al destino de su luna de miel. Todavía recordaba las palabras que le había dirigido Greg acerca de que le haría el amor. Él le había dicho que quería un matrimonio normal, pero Abbie dudaba que eso fuera posible. ¿Cómo podría hacer el amor con un hombre que no la amaba? Eso iba contra todos sus principios. «Ya lo has hecho antes», murmuró una vocecita en su interior. «Pero esto es diferente», se replicó a sí misma con energía. Su anterior historia de amor con él había sido dinámica, apasionada en extremo, pero sabía que nunca podría volver a experimentar esos mismos sentimientos. Lanzó una rápida mirada a Greg cuando él se disponía a iniciar la maniobra de aterrizaje. Se preguntó en qué estaría pensando. Como el a, había estado muy cal ado desde que dejaron el hotel; parecía preocupado por algo. Abbie se dijo que quizá estuviera pensando en Jayne. —Bueno, ya estamos en casa. Hogar, dulce hogar —dijo cuando el ruido del rotor del helicóptero se fue atenuando hasta desaparecer en el silencio de la


noche. Abigail contempló la casa. Las luces parecían darles una cálida bienvenida, destacando en el frío cielo nocturno. —Vamos, cariño —murmuró Greg con tono suave—. Pareces cansada. —Estoy bien —se sentía exhausta, pero no quería admitirlo —empezó a desabrocharse el cinturón—. No estoy nada cansada. —Si tú lo dices… —y la miró detenidamente. Abbie se había cambiado y puesto ropa de abrigo antes de dejar el hotel. Estaba muy pálida, y los ojos destacaban en su rostro como dos lagos de turbulentas aguas azules. Se estaba ruborizando cada vez más bajo su mirada y se volvió para mirar a las niñas; se habían quedado dormidas cuando abandonaban Nueva York. —Creo que deberíamos llevar a las niñas dentro —murmuró la joven con tono suave—. Están agotadas. —Las envolveremos en la manta de viaje y las l evaremos así a la casa —se apresuró a decir Greg, y se dispuso a abrir la puerta. Se dirigieron en silencio hacia la casa. Abigail se detuvo sorprendida cuando la puerta principal se abrió y una mujer de mediana edad salió a recibirlos con una radiante sonrisa, diciendo: —¡Bienvenidos a casa! ¡Y felicidades! Nº Paginas 78-106 Kathryn Ross – A merced del destino


—Gracias, May —Greg le sonrió—. Te presento a mi mujer, Abigail. De alguna manera, Abbie se las arregló para corresponder a su amable saludo y sonreírle. —May es mi mano derecha —le explicó Greg, mientras entraban en la casa y subían las escaleras con las niñas en brazos—. May y Jack, su marido, administran esta casa en mi nombre. No sabría qué hacer sin el os. —Su marido es un verdadero encanto —le comentó riendo May a Abigail cuando se disponía a ir a la cocina—. Le diré a Jack que vaya a buscar su equipaje. Abbie pensó enfadada que «encanto» no era la palabra que ella escogería para calificar a Greg. Él le había hecho creer deliberadamente que no tenía ama de llaves la última vez que estuvieron allí. «¿Por qué?», se preguntaba Abbie mientras subía la escaleras detrás de él. ¿Acaso para evaluar sus habilidades en la cocina? Le hirvió la sangre ante ese pensamiento. Las niñas se despertaron a medias y Greg las acostó en sus camas; por un momento, Abigail tuvo que concentrarse en desvestirlas y ponerles los pijamas. May llamó a la puerta justo cuando los dos las estaban arropando. —Jack ha dejado las maletas en su habitación, señor Prescott —dijo en voz baja. —Está bien; gracias, May.


—Pobrecitas —murmuró May con voz triste, contemplando a las dos niñas dormidas. —Se están recuperando —dijo firmemente Greg—. Abbie ha hecho verdaderas maravillas con ellas. La joven se volvió hacia él, sorprendida por esas palabras tan amables. —Bueno —asintió May—, solamente quería decir les que me gustaría ayudarlos. No se molesten en levantarse mañana a la misma hora que el as; yo me encargaré de ducharlas y de darles el desayuno. —Es usted muy amable, May —repuso Greg con tono cálido. —Me encantará hacerlo —le confesó sinceramente la mujer—. Y además — añadió con los ojos brillantes—, es su luna de miel. Abigail intentó no ruborizarse al escuchar esas palabras. —Bueno, ¿hay algo que pueda hacer por ustedes? —inquirió la mujer—. ¿Quieren algo de comer? ¿De beber? —No, gracias, May —contesto Greg, después de consultar a Abbie. Poco después, cuando ya habían cerrado la puerta del dormitorio de las niñas y avanzaban por el pasillo Abigail le preguntó a Greg: —Creía que me habías dicho que no tenías ama de l aves. —Yo nunca dije eso —se rió—. Tú simplemente lo supusiste. Greg abrió una puerta y la hizo entrar en una preciosa habitación. Un fuego de leña ardía en una gran chimenea, iluminando cálidamente las alfombras del suelo y


las colchas de estilo oriental que cubrían la gran cama de bronce. Sobre una mesa Nº Paginas 79-106 Kathryn Ross – A merced del destino de tocador, había un florero con jazmines amaril os y margaritas. Pero la atención de Abbie estaba concentrada en la cama de matrimonio. —Entonces, ¿por qué no corregiste mi suposición? ¿Y dónde estaba May? — preguntó furiosa. —No entiendo por qué estás tan enfadada —comentó Greg tranquilamente mientras abría su maleta—. De hecho, May estaba por aquellas fechas asistiendo a la boda de su hija. —¡Oh! —por un momento su furia se evaporó y no pudo evitar sentirse como una estúpida—. Bueno, podías habérmelo dicho. —¿Por qué? —se volvió para mirarla—. Te las arreglaste estupendamente, a pesar de todo. —¿Acaso querías hacerme una especie de test de habilidades domésticas, antes de pedirme en matrimonio? —preguntó con amargura. —En realidad no crees eso, ¿verdad? —preguntó riendo; se estaba divirtiendo a lo grande—. Por amor de Dios, Abbie, tus habilidades domésticas nunca han constituido problema alguno. Puedo permitirme contratar toda la ayuda que necesites. Lo único que me interesa y de lo que me preocupo es tu capacidad de amar y sostener a tu familia. Esa afirmación dejó desconcertada a Abigail por un momento.


—¿Vas a quedarte ahí toda la noche? —le preguntó Greg con tono sardónico —. Ya sabes que puedes sentarte, si quieres. Este dormitorio es tan mío como tuyo. —Ya sé de quién es este dormitorio —murmuró casi sin aliento mientras se disponía a abrir su maleta. Se dijo que no se sentía como la esposa de Greg, sino con una extraña que, inadvertidamente, había entrado en la vida de otra persona. Se sentó en la cama y contempló la habitación. Era muy lujosa y, de alguna forma, descaradamente sensual. Se tragó el nudo que sentía en la garganta e intentó concentrarse en el lado práctico de las cosas. —¿Dónde está mi guardarropa? Greg le señaló el armario empotrado que estaba frente a ella y Abbie se levantó para colgar y guardar su ropa. Sin embargo, cuando abrió las puertas, se encontró con que ya estaba medio lleno de ropa de mujer. —¿A quién pertenece todo esto? —se volvió hacia su marido, que ya había terminado de guardar sus cosas y se acercaba a ella. —A ti, por supuesto. Pensé que lo necesitarías, ya que tiene la mayor parte de tu ropa en Inglaterra. Por un momento, Abbie se quedó muda de admiración ante aquel a exquisita colección de ropa. —Eres muy amable, Greg —dijo al fin—. Pero no necesito que me compres ropa. —Puedes cambiar lo que no te guste. He abierto varias cuentas a tu nombre en algunas de las mejores tiendas —comentó con tranquilidad. Nº Paginas 80-106 Kathryn Ross – A merced del destino


—No se trata de que no me gusten —se volvió para mirarlo, desesperada porque la comprendiera. Es que siempre me he comprado mi propia ropa… siempre he sido independiente —se encogió de hombros, indefensa—. Esto… hace que me sienta como una mujer dependiente, de alguna forma. —Tú eres mi mujer; Abigail —la miró con firmeza—. A riesgo de parecer anticuado, quiero que te sientas así —se acercó y le acarició el rostro con delicadeza—. Con esto, no estoy queriendo decir que me oponga a que continúes con tu trabajo. Te ayudaré en todo lo posible si tú quieres. Pero quiero poder mimarte un poco; puedes considerarlo como un capricho anticuado por mi parte. A la joven, el corazón la latía aceleradamente al escuchar su voz ronca y sentir la leve y seductora caricia de sus dedos en la cara. —Yo… no sé qué decir —balbució al fin, confusa. —No digas nada —sonriendo, se acercó aún más y descolgó una prenda del armario—. Pero podías ponerte algo más cómodo que eso que llevas. Abigail observó ruborizada la tela transparente del camisón que él había dejado con un gesto natural sobre la cama. —Sólo era una sugerencia —dijo Greg al advertir su expresión tímida y vulnerable—. Quiero hacerte feliz, Abbie —murmuró mientras delineaba delicadamente con un dedo sus labios temblorosos—. Antes, las cosas solían ir tan bien entre nosotros… Espero que, si los dos intentamos agradarnos mutuamente, podamos conseguirlo otra vez —y se volvió para marcharse dejándola sola en el dormitorio. Abbie tenía las piernas tan débiles que tuvo que sentarse en el borde de la


cama. El corazón le latía tan aceleradamente como si acabara de correr una carrera, y tenía la garganta y los labios secos. Pensó que, algunas veces, no comprendía a Greg… podía mostrarse tan tierno, tan cariñoso… Extendió una mano y recogió el camisón que le había entregado; la seda era tan fina que casi era transparente. Lo dejó a un lado, nuevamente confundida y nerviosa. No podía concentrarse en nada. Se preguntó si, en caso de que intentara l egar a un compromiso con Greg, podrían aspirar a disfrutar de un matrimonio feliz. Sin embargo, de inmediato se recordó con firmeza que no tenía ninguna confianza en él; conocía la clase de hombre que era gracias a su experiencia anterior. Aunque, por otro lado, tenía que admitir que cada vez lo respetaba más por la manera en que trataba a las niñas; se había revelado como un ser capaz de dar amor y cariño. «Pero a mí no me quiere», se recordó Abbie, a pesar de lo que le había dicho Greg acerca de hacerla feliz. Se habían casado sólo por el bien de las niñas. Al fin, se dijo desesperada que, de esa forma, no estaba llegando a ninguna parte; el hecho era que ya estaba casada. Había hecho un trato, y ese trato incluía compartir la cama con él. Ahora todo lo que le restaba por hacer era facilitar todo lo posible las cosas. Si eso quería decir l evarse bien, agradarse, pues entonces, lo haría. Con expresión decidida, tomó el camisón y entró en el cuarto de baño. Después de ducharse y de secarse con energía, se puso la prenda y se miró


en el espejo. Como sospechaba, la prenda era completamente transparente. La forma de sus senos se distinguía con claridad en la seda de color blanco, así como las aréolas rosadas de sus pezones. Pensó que, quizá, si se apresuraba a meterse en la cama antes de que Greg entrara en la habitación, no la vería vestida de esa Nº Paginas 81-106 Kathryn Ross – A merced del destino guisa. Sin embargo, estaba segura de que una vez en la cama, no tardaría en quitárselo… Sintió un estremecimiento de aprensión cuando se volvió hacia la puerta; sabía que no disfrutaría haciendo el amor con Greg. Sería una farsa, una burla de lo que una vez había sentido por él, pero lo soportaría y, quizá, incluso encontraría en ello un pequeño consuelo para la tristeza y soledad que sentía. Aspirando profundamente, abrió la puerta y salió del cuarto de baño. Había esperado encontrar vacía la habitación, pero, para su consternación, Greg estaba sentado e el borde de la cama, vestido y saboreando una copa de champán. Al verla, recorrió su cuerpo lenta y deliberadamente con la mirada. Con un estremecimiento de angustia, Abbie se dio cuenta de que realmente era como si estuviera completamente desnuda ante él; la luz procedente del cuarto de baño delineaba perfectamente su silueta a través de la finísima tela del camisón. —Muy bonita —murmuró Greg con voz ronca. El sonido de su voz pareció librar a la joven de su momentánea parálisis y extendió una mano para apagar la luz del cuarto de baño; la única luz de la habitación era la que proyectaba el fuego de la chimenea. —¿Champán? —Greg le tendió una larga copa.


Intentando ignorar la manera en que la estaba mirando, Abigail cruzó la habitación hacia él; la molestó sobremanera el temblor de sus manos cuando tomó la copa que le ofrecía. —No voy a morderte, Abbie —le dijo Greg con tono suave—. Ven y siéntate a mi lado. Sintiéndose como una niña, Abbie hizo lo que le pedía. —¿Por qué podemos brindar? —Greg levantó su copa. —¿Por las niñas? —sugirió Abbie con voz ronca. —Por Daisy y Rachel, entonces —después de brindar, Greg comentó—: A propósito de las niñas —extendió una mano hacia la mesil a y tomó un paquete de preservativos—, me he tomado la libertad de traer esto. No sé qué te parece a ti, pero… —Está bien —lo interrumpió Abbie, avergonzada. Cuando terminó su copa, le preguntó—: ¿Queda más champán? —En esta ocasión… —Greg alcanzó la botella y volvió a l enarle la copa— … ¿podemos brindar por nuestro futuro juntos? —¿Tú crees que lo tendremos? —se volvió para mirarlo. —Sinceramente espero que sí —replicó lacónico—. De otra forma, no me hubiera casado contigo. Abigail se encogió de hombros. Se sentía terriblemente confundida, no sabía si por el miedo a estar a su lado o por el champán, que se le estaba subiendo a la cabeza. Fuera lo que fuese, de repente, sintió ganas de gritarle a Greg, de arañar esa fría apariencia suya, de provocarle algún tipo de reacción humana.


Se mordió el labio, conteniendo sus impulsos con tanta dificultad que empezó a temblar violentamente. Nº Paginas 82-106 Kathryn Ross – A merced del destino —¿Abbie? —le quitó de la mano la copa de champán, mirándola preocupado —. ¿Estás bien? —Claro —se obligó a contestar con una naturalidad que estaba lejos de sentir —. Bueno, ¿vamos a hacerlo, entonces? —¿Perdón? —preguntó Greg, levantando una ceja. —No te sienta bien hacerte el tímido, Greg —rió nerviosa—. Estoy hablando de sexo… forma parte del contrato que hicimos, ¿recuerdas? —Oh, sí, lo recuerdo —repuso con una voz muy tranquila. Se inclinó para dejar su copa a un lado y se volvió para mirarla imperturbable, sin rastro alguno de emoción en sus ojos. Abbie lo maldijo en silencio, preguntándose por qué Greg no podía perder por una vez esa dura frialdad. Para ella el sexo era hacer el amor. No podía separar mentalmente esos dos conceptos, por lo cual, le parecía un completo error hacer el amor con alguien a quien no amara… Quizá fuera esa una de las razones por las que no se había entregado a Charles. —Hagámoslo entonces —se obligó a decir, con los labios secos. —Lo dices como si fueras a tumbarte y a pensar en Inglaterra —comentó Greg con tono brusco—. ¿O es en Charles en quien vas a pensar?


Abbie sintió un nudo en la garganta al escuchar esas palabras. Por un lado, le habría gustado desafiarlo y preguntarle si él a su vez estaría pensando en Jayne, pero no podía hacerlo ya que temía demasiado su respuesta… —¿Importa eso? —inquirió a su vez encogiéndose de hombros; se dijo que, obviamente, aquello no le importaba nada a Greg. —Supongo que no —repuso él al fin, con tono rotundo—. De acuerdo, si así escomo quieres que sea —se levantó de la cama y se quitó la chaqueta; después empezó a desabrocharse la camisa blanca. Abigail siguió con los ojos sus movimientos, paralizada de miedo. El fuego de la chimenea iluminaba sus poderosos hombros y los planos músculos de su estómago; su piel, todavía bronceada por el verano, adquiría un color cobrizo bajo aquella luz. Cuando se disponía a desabrocharse los pantalones, Abbie desvió la mirada murmurando apresurada: —¡Greg… para! No me refería a eso —enterró la cabeza entre las manos y su sedosa melena rubia le cayó sobre el rostro como un velo protector—. No puedo seguir, Greg… no puedo —para su horror, empezó a llorar desconsolada. Fue como si toda su ansiedad y confusión estal aran de una vez. —No l ores, corazón —tan insoportablemente tierna era la voz de Greg que la hizo llorar más aún. Se sentó a su lado en la cama y la abrazó, meciéndola cariñosamente como si fuera una niña. —Lo siento, Greg —logró decir Abbie entre sollozos—. No sé qué es lo que me pasa. —No, soy yo quien debe pedir disculpas —murmuró él cerca de su oído—. Todavía sufres, y no has asumido lo que hemos hecho… —le acarició la espalda con ternura—. Esta noche me he comportado como un cerdo contigo,


sobre todo, al pedirte que te pusieras este camisón. Nº Paginas 83-106 Kathryn Ross – A merced del destino Por alguna razón, esas palabras despertaron el orgullo femenino de Abbie, que murmuró con voz temblorosa: —¿Te parezco ridícula con él? —tenía la vista tan nublada por las lágrimas que no podía ver su rostro. —¡Claro que no! —se apresuró a responder Greg—. Estás preciosa, más de lo que puedo recordar —añadió con voz ronca—: Lo que pasa es que no debería haberte pedido que te lo pusieras. Necesitamos ir lentamente, acostumbrarnos el uno al otro otra vez. —Supongo que sí —se enjugó las lágrimas, sintiéndose tremendamente vulnerable… Greg se levantó y de inmediato, Abbie sintió frío, privada del calor de su abrazo. Pero segundos después él volvió con una caja de pañuelos y le ofreció uno. —Gracias —se enjugó las lágrimas—. Lo siento mucho, Greg… me estoy comportando como una estúpida. —No —le apartó con delicadeza un rizo de la frente—. Te estás comportando como una mujer. Por un momento, se quedaron mirándose y Abigail volvió a sentir un nudo en la garganta. Bajó la mirada al pecho de Greg; en su oscuro vello podía distinguir el brillo de sus lágrimas y, siguiendo un impulso, se las limpió con una mano. Al sentir


su piel bajo las yemas, los recuerdos acudieron a su mente; recuerdos que había enterrado en los más recónditos lugares de su memoria; recuerdos de sus cuerpos abrazados en intensa armonía. Tragó saliva con esfuerzo y retiró la mano de su pecho. —¿Te gustaría dormir en la otra habitación? —le preguntó Greg en voz baja. Al encontrarse con su mirada, con sus hermosos ojos oscuros, Abigail comprendió con absoluta certidumbre que ésa era la única cosa en el mundo que no quería hacer. Incapaz de hablar, negó con la cabeza. Quería a Greg, deseaba que la abrazara, que la besara, que le hiciera el amor apasionadamente. —No —respondió al fin. Greg reconoció la invitación en su mirada y le acarició el rostro con ternura. En un impulso, Abbie le cubrió la mano con la suya e inclinó la cabeza para besársela suavemente. —¿Abigail? —Greg murmuró su nombre y le dio un beso tan suave en los labios que la hizo estremecerse de deseó. La joven se acercó más a él, ansiando sentir su cuerpo contra el suyo. —Casi como en los viejos tiempos —murmuró él cerca de su oído—. Era tan bueno… —Si —pronuncio Abbie suavemente, recordaba bien aquel as sensaciones, tanto que al evocarlas casi se mareó de deseo. Enterró la cara en su cuello, aspirando su familiar aroma. Entonces, Greg buscó sus labios y le dio un beso duro, hambriento, exigente, que envolvió sus sentidos en un delicioso caos. De repente, Abbie se olvidó de todo,


excepto de la gozosa sensación de estar entre sus brazos. Él empezó a deslizar las Nº Paginas 84-106 Kathryn Ross – A merced del destino manos por su cuerpo y apartó la fina tela del camisón, encontrando la tersa suavidad de sus senos y haciéndola gemir de placer… —Librémonos de esto —murmuró Greg con voz ronca, y con un hábil movimiento la despojó del camisón sacándoselo por encima de la cabeza. Luego, la sostuvo frente a sí por un momento, admirando su cuerpo desnudo con ojos brillantes—. Eres preciosa, Abigail Prescott —pronunció en un murmullo, disipando la momentánea timidez que la joven había podido sentir. Después le tomó un seno ahuecando la mano, sintiendo su peso en la palma, e inclinó la cabeza para acariciar con los labios su rosado, duro pezón. Las sensaciones que experimentaba Abigail eran tan intensas, tan exquisitas, que pronunció su nombre en voz alta, entre jadeos, y levantó las manos para enterrar los dedos en su espeso y oscuro cabello. Cuando los labios de Greg abandonaron su cuerpo, la joven abrió los ojos en silenciosa protesta; enloquecida de deseo, lo siguió con la mirada mientras se apartaba de ella. La luz del fuego de la chimenea bailaba en los músculos de los hombros y brazos de Greg cuando retiró la colcha de la cama y levantó en vilo a Abigail para


depositarla delicadamente sobre las sábanas tibias y perfumadas. Luego, sin decir una palabra, se despojó de los pantalones y se tumbó a su lado. El corazón de Abigail latía con tanta fuerza que estaba segura de que él podría oírlo. Cerró los ojos, abrumada por el exquisito placer de sentir su cuerpo desnudo contra el suyo. «Te quiero, Greg Prescott», pensó con amarga y a la vez dulce claridad cuando él entró en ella. Nº Paginas 85-106 Kathryn Ross – A merced del destino Capítulo 10 Cuando se despertó, Abigail descubrió que se encontraba abrazada a Greg, con la cabeza apoyada sobre su ancho pecho. La habitación estaba levemente iluminada por las llamas anaranjadas del fuego de la chimenea; sus reflejos bailaban en el rostro de Greg mientras dormía, destacando sus fuertes y atractivos rasgos, el sensual contorno de sus labios… Abigail experimentó cálidas, maravillosas sensaciones al recordar la forma en que Greg le había hecho el amor. Apretó la cara contra su pecho y besó su tibia piel. Se preguntó cómo podía haber olvidado lo apasionado que era Greg, y cuánto lo amaba ella. El pensamiento de que todavía amaba a Greg era tan nuevo, tan maravilloso, que se agarró a él como si fuera un secreto talismán. ¿La amaría Greg?, se cuestionó por un momento para luego desechar esa pregunta. Ya conocía la respuesta; siempre había sabido que no la amaba.


Quizá por eso, el a había negado con tanta vehemencia el amor que le profesaba, hasta el punto de que con los años se había creído esa mentira. Esa noche se había enfrentado cara a cara con la verdad y, aunque la había impresionado, también la había llenado de un sentimiento de felicidad en relación a su matrimonio. Amaba a su marido, y, seguramente, ese hecho la ayudaría a intentar conservar su matrimonio, no sólo por el bien de las niñas, sino también por el de Greg y el de el a misma. Y quizá, si Abbie se esforzaba en ello, él llegaría algún día a amarla. Con ese pensamiento, cerró los ojos y, por primera vez en semanas, cayó en un profundo y tranquilo sueño. Cuando Abigail se despertó de nuevo, la luz del día entraba en el dormitorio. Estaba sola. Se desperezó lánguidamente en la gran cama, preguntándose dónde estaría Greg y sintiéndose algo decepcionada porque no se hubieran despertado juntos. Otra vez, rememoró la ardiente pasión de la noche anterior. En aquel momento le parecía un sueño… demasiado bueno para ser verdad. —Buenos días, dormilona —la voz de Greg procedente del umbral de la puerta la sobresaltó. —Buenos días —medio dormida, se apartó el cabel o de los ojos y, cubriéndose con las sábanas de seda, se volvió para mirarlo. Greg ya estaba vestido del todo, con unos pantalones de pana y un jersey de color marrón y crema. —Te he traído una taza de té. Si no recuerdo mal, siempre te gustaba tomar un té nada más levantarte. —Sí… —cubriendo su desnudez con las sábanas, intentó sentarse. Pensó que era ridículo sentir timidez; después de todo, Greg había explorado cada


centímetro de su cuerpo la noche anterior. A pesar de todo, no podía evitarlo—. Gracias — tomó el plato y la taza y, al momento, se dio cuenta de que no podía llevársela a los labios sin soltar la sábana con que se cubría. Un rubor de vergüenza cubrió sus mejil as cuando sorprendió la mirada de Greg. —¿Tienes dificultades? —le sonrió. —No, claro que no —negó Abbie con la cabeza. Nº Paginas 86-106 Kathryn Ross – A merced del destino —Si te inclinas hacia delante —dijo Greg, ampliando su sonrisa y sentándose en el borde de la cama—, podré colocarte las almohadas detrás de la espalda. Abbie así lo hizo y bajó la mirada cuando Él se le acercó. El corazón le dio un vuelco al aspirar el familiar aroma de su colonia y, para su consternación, su cuerpo tembló de deseo cuando las manos de Greg le rozaron los hombros inadvertidamente. —Así… ¿No estás mejor ahora? —Gracias —asintió Abbie. —De repente, te has vuelto muy educada y muy formal —comentó Greg observando su rostro, el rosado rubor de sus mejil as, el vívido fulgor de sus ojos


—. No te habré hecho daño la noche anterior, ¿verdad, Abbie? —No… —negó con la cabeza desviando la mirada, incómoda porque hubiera sacado colación ese tema. No quería que Greg descubriera sus verdaderos sentimientos; todavía no. Quería tomarse las cosas despacio, intentar analizar lo que sentía él por ella—. ¿Dónde están las niñas? —preguntó, mirando el reloj de la mesilla y descubriendo preocupada que eran cerca de las diez. —May se las ha l evado al pueblo —contestó Greg. —¿Al pueblo? —se incorporó de repente, olvidada de todo pudor. —No te asustes. Es un pueblo muy tranquilo al lado de la carretera. May y las niñas se l evan estupendamente bien; tengo absoluta confianza en el a. Abigail volvió a apoyarse en las almohadas, tranquilizada por sus palabras. El timbre del teléfono interrumpió aquel momento de intimidad, y, con un suspiro, Greg levantó el auricular de la mesil a. —Greg Prescott —contestó con cierta impaciencia—. Oh, eres tú, Jayne —en seguida suavizó su tono de voz—. No… no pasa nada, no nos has interrumpido. Abigail se estremeció al escuchar esas palabras. «Sí, sí estás interrumpiendo», quería gritarle. ¿Cómo se atrevía aquella mujer a l amarlos a la mañana siguiente de su noche de bodas? Con un suspiro, se deslizó de la cama aprovechando que Greg se encontraba de espaldas a ella, y entró en el cuarto de baño para darse una ducha. Bajo el chorro de agua caliente, se dijo con firmeza que ya no se preocuparía


más por Jayne Carr. No estaba celosa, y tampoco tenía ninguna necesidad de estarlo. Sintiéndose algo mejor, tomó una toalla y se envolvió en el a antes de volver a la habitación. Greg todavía estaba al teléfono; se volvió ligeramente cuando el a entró en el dormitorio, y siguió con la mirada sus movimientos mientras abría el armario y elegía la ropa que se pondría. Por un momento, cubrió el auricular con una mano y le dijo a Abbie: —Ponte algo cómodo para montar, querida. Hace un día muy bueno y podemos salir con los caballos. Abigail no tuvo oportunidad de replicar nada, porque Greg ya se había apresurado a reanudar su conversación con Jayne. —No te preocupes por ello —le decía a la mujer—. Revisa otra vez los informes de la policía y llámame más tarde —se rió al escuchar su réplica. Nº Paginas 87-106 Kathryn Ross – A merced del destino El sonido de su cálida risa consiguió acelerarle el pulso a Abbie. Se puso unos pantalones de montar y un polo de color crema; después, volvió a entrar en el baño, furiosa. Estaba muy alterada; debía reconocer que tenía celos de Jayne Carr. Estaba celosa de que Greg tuviera tantas cosas en común con ella. Se cepilló la larga melena rubia con movimientos enérgicos, casi violentos. Luego se miró en el espejo e hizo un esfuerzo por pensar de una manera razonable. El problema era que no estaba familiarizada con el sentimiento de los celos.


Greg estaba hablando de negocios, eso era todo, se dijo con firmeza. Se estaba comportando de una manera completamente ridícula al alterarse de esa forma. Además, si era sincera consigo misma, todavía estaba asumiendo el hecho de que aún amaba a Greg; por eso se hal aba tan confusa. —¿Abbie? —Greg dio unos golpecitos en la puerta—. ¿Puedo entrar? —Sí —aspirando profundamente, se volvió para sonreírle. —Lo siento —se disculpó, acercándose a ella—. Jayne me está llevando un caso, y creo que es bastante complejo. —No importa —repuso Abbie con tono animado. —Está usted deliciosa con ese atuendo de montar —comentó Greg con tono bromista, observándola con admiración—, señora Prescott. —Gracias —sonrió tímidamente Abigail. —Vamos —le dijo Greg, después de besarla en los labios con infinita ternura —, desayunaremos y daremos un paseo a caballo antes de que vuelvan las niñas. —¿No deberíamos esperarlas? —preguntó Abbie algo preocupada. —No te preocupes, las niñas se lo pasarán estupendamente con May — repuso Greg, cuando bajaban las escaleras—; las mima demasiado. Acababan de tomar un delicioso desayuno cuando el teléfono sonó de nuevo. —Contesta tú, ¿quieres, cariño? —le dijo Greg con tono ausente mientras se disponía a cargar el lavavajil as.


—May, ¿eres tú? Abigail se tensó de inmediato al reconocer la voz de Jayne. Enfadada, se preguntó si aquella mujer carecería acaso de sensibilidad. A el a jamás s le ocurriría molestar con l amadas a una pareja que se encontrara de luna de miel. —Oh, eres tú, Abbie. ¿Estás disfrutando de estos días de descanso? —Mucho, gracias —«a pesar de las interrupciones», agregó para sí. —Bien, la última vez que estuve allí me lo pasé fenomenal. Aquel o es precioso. «¡Así que Greg trajo a Jayne aquí!», pensó Abigail. No sabía por qué ese descubrimiento le dolía tanto. La imagen de Greg compartiendo su cama con Jayne la volvía loca de celos. —De todas formas, discúlpame por la interrupción —el tono de Jayne desmentía sus palabras—. Estarás pensando que, incluso en su luna de miel, Greg pasa más tiempo conmigo que contigo. —Jamás se me ha pasado eso por la cabeza. Nº Paginas 88-106 Kathryn Ross – A merced del destino —Mejor —rió Jayne—. Supongo que tendrás que acostumbrarte a ello. Me temo que no puedo hacer nada sin contar con tu marido. —No cuelgues —dijo Abbie con tono seco, nada divertida por sus palabras —.


Ahora mismo se pone —le tendió el auricular a Greg, diciéndole bruscamente —: Es Jayne. —Gracias, cariño —cerró el lavavajil as y tomó el auricular con total naturalidad. —Te dejo para que hables tranquilo. Profundamente disgustada, Abigail tomó su abrigo y salió de la casa por la puerta trasera. El sol otoñal estaba bajo en el cielo y el ambiente era frío y húmedo. La joven aspiró profundamente, intentando alejar de su pensamiento la furia y las sospechas que Jayne Carr parecía suscitarle con tanta facilidad. Repetidas veces se dijo que se estaba comportando como una estúpida. La aventura de Greg con Jayne ya pertenecía al pasado; en ese momento, estaban hablando de trabajo, no había nada más. Ahora, Greg estaba casado con ella. «Pero no me ama», se recordó Abbie con tristeza. No había nada que le impidiera reanudar su relación con Jayne. Desesperadamente, intentó seguir un hilo lógico de pensamiento mientras atravesaba los prados en dirección a las cuadras. Tendría que olvidar a Jayne y concentrarse en el amor que sentía por Greg, en profundizar su relación. El marido de May, que estaba ensillando dos caballos, se volvió al oírla l egar y se presentó a sí mismo. Jack Roberts era un hombre muy agradable, y, evidentemente, le encantaban los caballos. Estuvo charlando amigablemente


con Abbie acerca de la yegua que había elegido para que la montara, y la joven empezó a relajarse de nuevo. Se dijo que su propia imaginación le había gastado una mala jugada con Jayne, e intentó olvidar ese episodio. Cuando Greg se reunió con ellos, Abigail ya se había sobrepuesto con éxito a sus temores, y se las arregló para sonreír en respuesta a sus disculpas por la tardanza. —¿Cuánto tiempo hace que no montas a caballo —le preguntó Greg al tiempo que montaba su semental negro y lo guiaba fuera del patio de las cuadras. —Años… —de repente, Abbie se interrumpió al recordar que la última vez que lo hizo había sido en una cita con Greg. Era un precioso día de verano y él la había llevado a pasear al campo. Tenía un recuerdo muy vívido de ese día: el perfume de las rosas y la madreselva, el adormecedor zumbido de las abejas, la forma en que se habían reído juntos y las palabras que él le había susurrado al oído: «Eres tan bonita… Te quiero con todo mi corazón». Se le l enaron los ojos de lágrimas. No podía cerrar su mente a los recuerdos de su relación con Greg; incluso en ese momento, seis años después, todavía se alteraba al evocarlos. —A Charles no le gusta montar a caballo, supongo —le comentó Greg con tono despreocupado.


—No mucho, no —tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para evitar que la voz le temblara de emoción, pero, a pesar de el o, Greg se volvió para mirarla Nº Paginas 89-106 Kathryn Ross – A merced del destino con un brillo de curiosidad en los ojos—. Vamos, te echo una carrera hasta el lago —le dijo animada, y de inmediato, espoleó a su montura. Afortunadamente, la yegua era obediente y respondió de manera instantánea a las órdenes de Abbie. Cuando galopaba por delante de Greg, tuvo oportunidad de enjugarse las lágrimas sin que él se diera cuenta. Con la melena al viento, espoleaba sin cesar a su yegua; todo lo que podía oír era el aire fresco silbando en sus oídos, el resonar de los cascos de los cabal os y el retumbar de su propio corazón… Greg no tuvo dificultades en alcanzarla, y ambos llegaron al mismo tiempo al lago. —Veo que todavía sigues siendo una buena amazona —le comentó él, cuando paseaban por la ribera. —Supongo que eso es algo que no se olvida —Abbie dio unas palmaditas a su yegua en el cuello con gesto distraído. —¿Qué me dices de Charles? —le preguntó bruscamente Greg—. ¿Él también es «algo» que no puedes olvidar? —¿Charles? —se volvió para mirarlo sorprendida.


—No he podido dejar de notar que parecías bastante alterada cuando hace un momento mencioné su nombre —explicó con tono desinteresado. Abigail frunció el ceño, disgustada consigo misma por no haber conseguido ocultarle sus reacciones. Se preguntó qué diría Greg si le revelara la verdad, que su anterior aflicción se había debido a los recuerdos de él, y no de Charles. Probablemente, lo encontraría divertido. Por mucho que amara a Greg, nunca le descubriría su debilidad… Nunca podría arriesgarse a su sonrisa burlona, a sus irónicos comentarios… Eso la haría sentirse como una estúpida, le destrozaría el corazón. —Es tu imaginación —repuso Abbie con energía—. Ni siquiera estaba pensando en Charles —señaló de repente un sendero que ascendía internándose en el bosque, a la derecha—. ¿A dónde lleva? —preguntó desesperada por cambiar de tema. —A una casa de labranza. Para sorpresa de Abbie, Greg no volvió a mencionar el tema de Charles. Durante un buen rato, los dos se quedaron en silencio, pero era un silencio cómodo, amable. El sendero que estaban siguiendo rodeaba profundos barrancos flanqueados de árboles. —Estamos en el límite del bosque nacional de la Montaña Blanca —le dijo Greg de repente—. Si miras a la cumbre, podrás ver los blancos troncos de abedules que dan su nombre a la montaña En verano, sus hojas verdes contrastan con las pardas de los arces. Es un lugar inolvidable. —Realmente estás encariñado con este lugar, ¿verdad? —le preguntó Abbie, volviéndose para mirarlo.


—Después del ajetreo de la ciudad —sonrió, esto es como un bálsamo. —¿Has pensado alguna vez en venirte a vivir aquí definitivamente? Nº Paginas 90-106 Kathryn Ross – A merced del destino —Ciertamente sería un mejor hogar para las niñas —se encogió de hombros —. Pero hay algunas cosas a tener en cuenta… Quizá un día lo haga. Bueno, creo que deberíamos volver. Las niñas pronto estarán en casa, preguntándose dónde nos hemos metido. Abigail lo siguió en silencio, preguntándose si Jayne Carr figuraría entre esas «cosas a tener en cuenta» a las que antes se había referido Greg. El hecho de vivir en New Hampshire dificultaría ciertamente una aventura amorosa… Haciendo un gran esfuerzo, al fin, Abigail dejó de pensar en Jayne Carr. Nº Paginas 91-106 Kathryn Ross – A merced del destino Capítulo 11 Faltaba algo menos de una semana para navidades, y ya hacía mucho frío en Nueva York. El cielo tenía un color gris ceniciento y oscurecía a una temprana hora de la tarde, como si se avecinase una tormenta. Pero las luminosas tiendas daban a la ciudad un aspecto mágico; todo tipo de cosas, desde guirnaldas y árboles navideños hasta gigantescos Santa Claus, se exponían en los escaparates.


Abigail descubrió el encanto de hacer las compras navideñas en Nueva York. Concretamente en cierta tienda perdió la noción del tiempo; era una fantástica juguetería provista de todos los juguetes imaginables. Abbie se dedicó a comprar todo tipo de maravillosos regalos para las niñas y, cuando miró su reloj, se l evó una gran sorpresa. Sólo disponía de una hora para comprarse un vestido para la fiesta que tendría lugar esa noche; además, tenía que volver a casa y cambiarse. La idea de asistir a aquella fiesta de Navidad no la llenaba de alegría. No era que no le gustaran las fiestas; era sólo ésa en particular, y todo porque Jayne estaría presente. Suspiró e intentó desechar ese pensamiento mientras levantaba una mano para parar un taxi. Luego, se dijo que a ella no le importaba nada que Jayne asistiera a la fiesta, pero el problema era que durante las últimas semanas había estado intentando olvidar literalmente la simple existencia de aquella mujer. Dos taxis pasaron seguidos y Abbie les hizo señas sin éxito. Iba muy cargada de paquetes y, a pesar del abrigo que l evaba, se estaba helando. Pensó que quizá no debería molestarse en comprarse un nuevo vestido; ya tenía uno de terciopelo negro, muy adecuado. Era so lamente su propia inseguridad y la convicción de que Jayne luciría una apariencia impresionante lo que la había impulsado a querer adquirir otro vestido. En ese momento, un taxi se detuvo a su lado. —¿A dónde, señora? En un impulso, Abbie le dio la dirección de una boutique de la avenida Madison que le había recomendado Margaret; decidió animada que le echaría un rápido vistazo. El tráfico en Nueva York siempre era pesado, pero esa


noche parecía especialmente pésimo. Y, para empeorar las cosas empezó a nevar, levemente al principio pero después cada vez con más fuerza. «Afortunadamente, Margaret se ha ido a Florida», pensó Abigail con gesto ausente. «Y Greg se ha tomado unos días libres por estas fechas», añadió para sí con una sonrisa, apoyándose en el respaldo del asiento. Habían prometido a las niñas que las l evarían a New Hampshire; saldrían al cabo de dos días. La perspectiva de pasar la temporada de fiestas con su marido consiguió levantarle el ánimo. Cuando el taxi aminoraba la velocidad para detenerse frente a la boutique de la avenida Madison, Abigail ya tenía pensado decirle al conductor que lo olvidara y continuara hacia su casa; sin embargo, de repente descubrió aparcado frente a ellos un Mercedes de color azul plateado, igual que el de Greg. Frunció el ceño al reconocer la matrícula; sin duda, era el coche de Greg. «¿Qué diablos estará haciendo aquí?», se preguntó. No tardó en encontrar una respuesta a su pregunta cuando vio salir a dos personas de la boutique; una era Greg, y la otra la inconfundible Jayne Carr. Abigail Nº Paginas 92-106 Kathryn Ross – A merced del destino se quedó sin aliento y apenas fue consciente de la expresión enfadada del taxista, que esperaba impaciente a que se bajara. Todos sus sentidos estaban concentrados en la pareja que se dirigía hacia el Mercedes. Jayne llevaba un largo abrigo de color oscuro, al igual que su cabel o, y reía


sin cesar del brazo de Greg, que le abrió la puerta delantera del coche con galantería. Abbie sintió una náusea de ira y celos cuando vio cómo su propio marido ayudaba con cuidado a Jayne a sentarse, antes de entregarle la gran caja plateada que había comprado en la boutique. —Señora, por el amor de Dios, pase su crisis emocional en otra parte, por favor —exclamó el taxista—. Tengo que ganarme la vida. —Lo siento —respondió Abbie con una voz que no parecía la suya, volviéndose para mirarlo con ojos bril antes—. He cambiado de idea… lléveme a mi casa —le dio la dirección y volvió a acomodarse en su asiento, con el corazón latiéndole salvajemente, helada hasta los huesos. Como una estúpida, durante las últimas semanas se había permitido pensar que su matrimonio era un éxito. Había intimado tanto con Greg y él había sido tan tierno y cariñoso con el a… Por las noches, cuando la abrazaba, Abbie había desechado todas sus dudas y se había permitido soñar con que Greg la amaba realmente, aun que ninguna palabra de amor hubiera salido de sus labios. Esbozó una mueca de amargura. ¿Acaso nunca aprendería? ¿Nunca entendería que Greg era un maestro en seducir a las mujeres, en hacerles el amor apasionadamente sin comprometerse con el as a nivel emocional? En apariencia, el suyo había sido un feliz, normal matrimonio. Pero la realidad era que Greg se había casado con ella porque no tenía otra elección. Se preguntó qué habría estado haciendo Greg cuando lo sorprendió en la puerta de la boutique. Seguramente, comprándole a Jayne su regalo de


Navidad, consolándola por no poder pasar las fiestas de ese año con ella. Abbie pagó al taxista y entró en el apartamento presa de una absoluta desolación. El ama de llaves, Alison, acababa de planchar en ese momento; nada más verla entrar en la cocina, exclamó: —¡Está usted helada! —No hace un tiempo muy bueno —contestó la joven con dificultad, dejando los paquetes con las compras en la mesa de la cocina—. ¿Dónde están las niñas? —En su cuarto —Alison llenó la cafetera—. Le prepararé un café y me ocuparé de estos paquetes. Vaya al salón y siéntese tranquila. —Tendrá que guardar estos paquetes en mi armario, al fondo —dijo Abigail después de asentir; estaba demasiado cansada para oponerse—. Son los regalos navideños de las niñas. Las gemelas estaban viendo una película de Walt Disney sentadas en el sofá de su cuarto; sus rostros bril aban de excitación mientras seguían las aventuras de la Bel a Durmiente. —Vamos, preciosas, hacedme un sitio —dijo Abigail sentándose entre el as, estrechando sus cálidos cuerpecitos contra sí; esa tierna calidez mitigaba el frío que sentía en su interior. Nº Paginas 93-106 Kathryn Ross – A merced del destino Sombría, se preguntó qué estaría haciendo Greg en ese momento. ¿Despidiéndose de Jayne? ¿Disculpándose por no l evarla como pareja a la


fiesta de esa noche? ¿Haciéndole el amor? Abrazó a las niñas con más fuerza. «¿Y qué esperaba?», se preguntó furiosa. El suyo era un matrimonio basado en la necesidad; el amor nunca había tomado parte en aquel a negociación. Iba a tener que aprender a vivir con eso. Estaba en la ducha cuando Greg volvió a casa. Oyó que la llamaba desde el dormitorio y se preparó para enfrentarse a él como si nada hubiera sucedido como si no tuviera el corazón destrozado. Después de ponerse un albornoz y de envolverse la cabeza en una toalla, estilo turbante, salió para saludarlo. —Hola, corazón, siento l egar tarde. Hizo un movimiento para besarla, pero ella volvió la cabeza en ese momento, de manera que sus labios apenas le rozaron la mejilla. Abbie no podía soportar el contacto de aquel os labios, sabiendo que hacía tan poco que habían besado a Jayne. Si a Greg le sorprendió ese gesto, no lo demostró. —Bueno, ¿qué tal ha ido el día? —le preguntó Abbie con tono despreocupado. —Fatal. ¿Y a ti? —Ya he terminado de hacer todas las compras para Navidad. Les he comprado a las niñas unos regalos fabulosos. —Estupendo —observó su rostro con detenimiento, advirtiendo la palidez de su expresión y el brillo de tristeza de su mirada—. Siento no haber tenido tiempo para acompañarte —dijo con tono suave—. Es que he estado muy atareado y… —Y tienes que trabajar más horas si quieres terminar mañana —terminó ella por él con tono rotundo—. No importa —se volvió para sentarse ante el


tocador y secarse el pelo. —Bueno, quería decirte… —empezó a decir Greg, vacilante. Abigail se encontró con su mirada a través del espejo, mientras esperaba a que continuara. —No importa —dijo al fin Greg, encogiéndose de hombros; suspiró y se apartó de el a para abrir la puerta del cuarto de baño—. Supongo que tendré que darme una ducha rápida; no queremos llegar tarde a la fiesta. Abigail se preguntó qué habría querido decirle Greg antes de cambiar de idea. ¿Que había estado con Jayne? ¿Que había tenido una aventura? Recordó entonces la forma en que había abrazado a Jayne cuando salían riendo de la boutique; de alguna manera, había tenido la sensación de que hacían una pareja perfecta. ¿Habría llegado Greg a la conclusión de que su boda había sido un error? Sintió pánico; no podría soportar que Greg desapareciese de nuevo de su vida. *** La fiesta ya estaba muy animada para cuando Greg y Abigail entraron en el hotel del centro de la ciudad. La gente inundaba el enorme salón de baile donde estaba tocando una pequeña banda; a un lado estaba dispuesto un bufet, con una gran mesa de banquete. Nº Paginas 94-106 Kathryn Ross – A merced del destino Abigail intentó sobreponerse a su dolor para sonreír educadamente mientras Greg le presentaba a sus conocidos jueces, abogados, senadores, banqueros…


En cierto momento, cuando avanzaban la multitud, Abbie vio a Jayne. Estaba impresionante con un vestido de lentejuelas que dejaba sus hombros al descubierto y resaltaba su esbelta y menuda figura. Sus miradas se encontraron y Jayne le sonrió. Abigail le devolvió la sonrisa esperando fervientemente que no se reuniera con ellos. Era una vana esperanza. Poco después, Jayne aparecía a su lado sonriendo radiante a Greg. —Hola, señor desconocido —bromeó, besándolo en las mejillas. El comportamiento de Jayne, con su confiada y descarada intimidad, escandalizó a Abigail. Se dijo furiosa que sólo había transcurrido unas pocas horas desde que estuvo con Greg por última vez. ¿Acaso no tenía ni un mínimo de decencia? —Me gustaría que conocierais a Liam Hume —dijo Jayne para enorme sorpresa de Abbie, presentándoles a un hombre alto, muy atractivo. Durante la ronda de presentaciones, Abigail contempló la escena con cierta perplejidad y un atisbo de esperanza. Observó el rostro de Greg mientras estrechaba la mano del otro hombre, preguntándose si habría sabido con antelación que Jayne iba a presentarse acompañada. ¿A qué estaría jugando Jayne? ¿Se trataba de un deliberado intento de poner celoso a Greg para que renunciara a su matrimonio? Ese pensamiento la hizo estremecerse; era la obvia conclusión. Durante un rato, Greg y Jayne se quedaron conversando. Abbie pensó que era difícil adivinar el efecto que la presencia de Liam podía haberle provocado a Greg; mantenía una expresión impasible y su comportamiento era impecablemente


educado. Si estaba celoso, lo disimulaba muy bien. —Me parece que tú no eres abogada… —le comentó Liam a Abigail aprovechando que Jayne estaba monopolizando a Greg, hablándole del juicio que había tenido ese día. Abbie advirtió distraída que tenía unos ojos muy l amativos, de un tono gris plateado, y que su sonrisa parecía auténticamente sincera. —No; soy artista comercial —respondió. —¿De verdad? —preguntó Liam, recorriendo su figura con la mirada. Abigail l evaba un precioso vestido azul que resaltaba su tez pálida como la porcelana, y combinaba perfectamente con el color de sus ojos. —Sí. Me dedico al diseño gráfico. Durante un rato, estuvieron hablando de sus respectivos trabajos. Liam era un hombre interesante, con mucho encanto, pero a Abbie le costaba trabajo concentrarse en la conversación porque estaba intentando captar algo de lo que decían Greg y Jayne, lo cual era virtualmente imposible dado el ruido que imperaba en la sala. —¿Cuánto tiempo llevas saliendo con Jayne? —le preguntó a Liam con curiosidad, aprovechando una pausa en la conversación. Nº Paginas 95-106 Kathryn Ross – A merced del destino —No mucho —se encogió de hombros—. Hace muchísimo que se lo l evaba pidiendo, pero siempre me decía que no. Creo que, durante un tiempo, estuvo colgada de otro tipo.


—Bueno, ahora ya está saliendo contigo —Abbie se obligó a adoptar un tono alegre—. Obviamente, la has conquistado a fuerza de encanto y persuasión. —Quizá… —se echó a reír— pero yo no me hago ilusiones. Abbie sintió un nudo en la garganta; tampoco ella se hacía ilusiones. Sólo prestaba atención a la manera en que Jayne miraba a Greg; sólo se daba cuenta de que Liam y ella misma estaban de más en esa velada. Abbie se dijo que Greg y Jayne pertenecían al mismo mundo. Sintió ganas de l orar; amaba tanto a Greg… pero, obviamente, su amor jamás sería suficiente. En ese momento, Greg levantó la cabeza como si intuyera que alguien lo estaba observando, y entonces, la miró directamente a los ojos. Por un instante, Abigail recordó vívidamente la primera vez que lo conoció, durante aquella fiesta en Londres; la manera en que sus miradas se encontraron y la instantánea atracción que sintió por él. Se dijo que eso no había querido decir… nada. En aquel entonces, había sido sólo una aventura para Greg, y ahora era poco más que eso. A pesar de el o, a pesar de saber que estaba enamorado de otra mujer, todavía quería refugiarse en sus brazos. Cerró los ojos, despreciándose amargamente por su debilidad. —¿Cómo es la vida de casado? —le preguntó Jayne en ese momento a Greg con desenfado. —Maravil osa —respondió él con tono cálido. —¿Ya le has contado a Abigail las malas noticias? —inquirió nuevamente Jayne.


—¿Malas noticias? —Abbie miró a Greg con el pulso acelerado. —Todavía no —contestó mirando a Abigail con sombría expresión y un áspero tono de voz que la conmovió profundamente. —¿Qué malas noticias son ésas? —Abbie apenas podía dominar su ansiedad. —¿Queréis disculparnos? —Greg la tomó del brazo—. Voy a bailar esta pieza con mi esposa. Abigail se dejó l evar a la pista de baile mientras se preguntaba por lo que tenía que revelarle Greg. ¿Acaso era algo tan horrible que no podía decírselo en público, delante de los demás? ¿Iba a hablarle directamente y a declarar que quería renunciar a su matrimonio? ¿El hecho de haber visto a Jayne con otro hombre había hecho que finalmente tomara conciencia de la locura de aquella situación? Todos esos pensamientos giraban en la cabeza de Abbie cuando Greg la tomó entre sus brazos en medio de las parejas que bailaban al son de la romántica melodía. —Lo siento, cariño. Esas palabras pronunciadas con tanta ternura eran exactamente las mismas que Abbie había temido escuchar. Levantó rápidamente la cabeza y lo miró con ojos brillantes. —Quería habértelo dicho antes, pero parecías tan cansada cuando volví a casa esta tarde… Nº Paginas 96-106 Kathryn Ross – A merced del destino Abbie sintió un doloroso nudo en la garganta. Así que era eso… De manera


infantil, quiso taparse los oídos, no quería escucharlo; no quería que Greg admitiese su adulterio delante de el a. Deseaba fingir que no estaba sucediendo nada, cualquier cosa con tal de que no volviera a desaparecer de su vida. —No voy a poder ir a New Hampshire hasta la víspera de Navidad. Por un momento, Abigail estuvo a punto de echarse a reír, presa de un alivio casi histérico; luego se sintió enferma. —Abbie, ¿estás bien? —la voz de Greg le llegaba muy lejana. La joven asintió y apoyó la cabeza en su pecho. —De verdad que lo siento, cariño. He hecho todo lo que he podido, pero hay demasiada gente que depende de mí; no puedo dejarlos ahora. ¿Se refería a sus clientes o a Jayne?, se preguntaba Abbie. Las dudas traicioneras continuaban acosándola sin piedad. —Está bien, lo comprendo —balbució contra su pecho. El sensual aroma de su colonia la hizo sentir un nudo de deseo en eh estómago. Lo deseaba en ese mismo momento, a pesar de que sabía él deseaba a Jayne. —¿De verdad? —la miró fijamente—. Os compensaré a ti y a las niñas — dijo con tono suave—. Intentaré conseguir algo de tiempo libre para después de Navidad. —Estupendo —su propia voz le sonaba extraña a Abbie, como si perteneciera a una desconocida. —Sé que las niñas se l evarán un disgusto pero… —vaciló—. Si quieres, os llevaré a la casa de New Hampshire para que paséis al í estos días, de todas formas. —¿Y tú? —le preguntó débilmente Abbie, como si una mano helada le


hubiera tocado el corazón privándolo de toda vida. —Me reuniré con vosotras la víspera de Navidad. Estaremos separados durante unos días, pero nos resarciremos después. «Así que era esto», pensó Abbie con expresión sombría. Jayne había ganado. Era obvio lo que iba a ocurrir. Jayne quería pasar algún tiempo con Greg, y para el o, habían planeado esa pequeña estratagema, con el fin de alejar de la escena a Abbie durante unos días. —Muy bien —la joven se encogió de hombros—. Lo que tú quieras, Greg — pronunció esas palabras con impecable tranquilidad y compostura, pero por dentro deseaba gritar: «haré cualquier cosa, Greg, cualquier cosa… pero no me dejes». Nº Paginas 97-106 Kathryn Ross – A merced del destino Capítulo 12 —Señora Prescott, ¿quiere que le prepare algo de comer? —la voz de May sacó a Abigail de su ensimismamiento, haciéndola darse cuenta de que se había quedado mirando por la ventana sin ver nada en realidad. —No… —negó con la cabeza—, no, gracias, May. Está bien. —Apenas ha probado bocado durante la comida —repuso la mujer, mirándola preocupada.


—No, de verdad, estoy bien —se las arregló para forzar una sonrisa. Cuatro días habían pasado desde que Greg la dejó a ella y a las niñas en New Hampshire. Cuatro días atormentándose pensando en lo que estaría haciendo su marido… —¿Podemos salir a dar un paseo por la nieve, tía Abbie? —le preguntó Daisy, dejando por un momento de jugar con su hermana, al lado del árbol de navidad. —¡Por favor! —le pidió Rachel, dándose cuenta de que su tía se disponía a negarse—. Podremos hacer un muñeco de nieve y jugar con Duke. Abbie sonrió; no le costaba mucho ceder para hacer las felices. —De acuerdo, pero tenéis que abrigaros bien; hace mucho frío. Poco más tarde, vestidas con gruesas ropas de abrigo, abandonaban la casa para disfrutar de la salvaje belleza de los campos de Nueva Inglaterra. El paisaje parecía de postal: la nieve cubría el jardín y los bosques en toda su extensión. El cielo tenía un frío y límpido color azul que se reflejaba en el hielo del lago. Juntas, fabricaron un muñeco de nieve, y se rieron al ver que Duke saltaba a su alrededor con ganas de morderlo. Abigail se sintió un poco mejor al ver la alegría de las niñas; cuando se dirigían hacia el lago, hizo un esfuerzo por plantearse su situación con claridad. No había nada que pudiera hacer con Greg… el a tenía que seguir adelante con su vida y cuidar lo mejor posible a sus sobrinas. Era víspera de Navidad y Greg volvería a casa esa noche. Debía olvidarse de todo lo demás. —¿Tía Abbie? —Rachel interrumpió sus pensamientos—. ¿Sabrá Santa Claus dónde estamos viviendo este año? —le preguntó preocupada—. Quiero decir…


¿sabrá que ya no vamos a vivir nunca más con papá y mamá? ¿Sabrá dónde encontrarnos para darnos nuestros regalos? —Claro que sí, querida —Abigail sonrió, consolando a las niñas—. Santa Claus sabe exactamente dónde estáis. Él lo sabe todo. —¡Qué bien! —Rachel abrazó a su conejito de peluche y se adelantó para lanzar palos a Duke, que se ocupaba obediente de recogerlos. Se rieron durante un buen rato cuando se pusieron a lanzarle al perro bolas de nieve en vez de palos, y Duke se quedaba asombrado cuando, al recogerlas, se le derretían en la boca. Abigail miró por un momento su anillo de boda, deseando con todo su corazón que Greg se encontrara con ellas. De repente, se quedó paralizada al oír un agudo chillido; de inmediato pensó que algo le había ocurrido a una de las niñas. Nº Paginas 98-106 Kathryn Ross – A merced del destino Cuando levantó la vista, se quedó tremendamente aliviada al ver que las dos crías se encontraban sanas y salvas frente a el a. Sin embargo, Rachel estaba llorando a gritos y Abbie no podía comprender el motivo. —¿Qué pasa, cariño? —se arrodilló frente a la pequeña, que seguía llorando al borde de la histeria. Rachel estaba tan alterada que no podía hablar, pero señalaba con un dedito la superficie helada del lago. Fue en ese momento cuando Abigail descubrió que el juguete favorito de la niña, el conejito Mitzy, se encontraba allí, a unos metros de distancia y fuera de su alcance.


—¿Cómo es que está ahí? —Lo tiró en vez de un palo —le informó Daisy—. Se equivocó. ¿Podemos ir allí para recogerlo? —Claro que no —negó Abbie con la cabeza—. Es peligroso. La capa de hielo parece gruesa, pero puede ceder bajo un peso excesivo —miró a Rachel, que seguía llorando desconsolada—. No llores, Rachel; voy a intentar recuperártelo —«eso es más fácil de decir que de hacer», pensó sombría Abigail. Después de varios intentos fallidos para alcanzar el juguete y acercarlo sirviéndose de un largo palo, la joven tuvo que rendirse—. Quizá Jack pueda alcanzarlo —dijo mirando resignada la desolada expresión de Rachel; Jack había ido a la ciudad y era probable que no volviera hasta la noche—. Y si esto fal a, siempre tenemos al tío Greg —levantó a la niña en brazos para consolarla—. No te preocupes, cariño. Nosotros te devolveremos a Mitzy. Acostar a Rachel aquella noche le costó muchísimo a Abbie. La pequeña lloró sin cesar hasta que, al fin, de puro agotamiento y con la promesa de la próxima visita de Santa Claus, cayó en un inquieto sueño. —No creo que pase una buena noche —le comentó Abbie a May cuando se reunió con el a en la cocina—. Está verdaderamente angustiada. —Pobrecita —May miró el reloj de la cocina—. Jack ya debería estar aquí; normalmente viene antes de las siete y media. El ambiente de la cocina era cálido y tranquilo. Allí sentada, Abigail comenzó a relajarse. Se dijo con firmeza que todo estaría bien; Greg no tardaría en reunirse con el a. Preocupada, miró el reloj. A pesar de que Greg la había llamado todas las


noches, lo echaba de menos terriblemente. Por las noches, en la cama, se sentía muy sola, y la atormentaba imaginárselo con Jayne. De repente, el distante sonido de un motor la puso alerta y preguntó si se trataría del helicóptero. Nerviosa, se volvió para mirar a May buscando su confirmación. —Parece que viene el señor Prescott —sonrió May. Abbie se levantó de la silla como impulsada por resorte y fue al vestíbulo; al í apartó las cortinas de una ventana y contempló el cielo, expectante. Después de algunos segundos descubrió las luces del helicóptero, que empezaba a descender. ¡Greg había vuelto a casa! Abigail estaba loca de alegría. Ya se disponía a correr de Nº Paginas 99-106 Kathryn Ross – A merced del destino nuevo la cortina de la ventana cuando creyó advertir algo que se movía en el lago. Al principio no le dio mayor importancia, pero un presentimiento la obligó a fijarse mejor. La luz de la luna arrancaba reflejos plateados a los árboles a la superficie helada del lago, pero no era la bel eza de aquel paisaje nocturno lo que cautivó la atención de Abbie, sino una pequeña y solitaria figura que permanecía de pie en la ribera. «¡Rachel!» pensó la joven, presa del pánico. Debió de haber gritado el nombre, porque May salió de la cocina para reunirse en seguida con ella, angustiada.


—¡Dios mío, Rachel está al í, en el lago! —apenas había pronunciado esas palabras cuando se precipitó hacia la puerta y echó a correr por la nieve. Hacía mucho frío, pero Abbie no se daba cuenta. Su corazón latía a un ritmo salvaje. —¡Rachel, no…! —gritaba las palabras una y otra vez mientras corría sin aliento para alcanzar a la niña—. ¡No te metas en ese hielo! Bruscamente, se detuvo en la ribera del lago. Era demasiado tarde. Rachel ya había avanzado unos metros sobre el hielo, y allí estaba, detenida, vistiendo sólo un pijama y calzando unas zapatil as. —Todo está bien, tía Abbie, mira —le enseñó el conejito, que sostenía con las dos manos—. Ya lo tengo, ya tengo a Mitzy. —Rachel, ven —la voz de Abigail temblaba de miedo mientras tendía los brazos hacia la niña—. Ven aquí, despacio y con tranquilidad. —¿No te vas a enfadar? —preguntó Rachel, vacilante. —No si vienes ahora mismo. —¡Dios mío! —May llegó en ese mismo momento, y palideció al contemplar la escena. Abigail sólo era consciente de los pasos que iba dando Rachel por el lago helado. La niña ya estaba muy cerca cuando el hielo empezó a resquebrajarse bajo sus pies. —¡Tía Abbie! —gritó aterrada. Abigail actuó instintivamente, sin pensar. Saltó hacia adelante y agarró a la


niña para, de inmediato, lanzarla hacia May, hacia la ribera. Pero, en el mismo momento en que tomaba impulso para saltar de nuevo, el hielo se resquebrajó por completo bajo sus pies y perdió el equilibrio. Una helada oscuridad fue todo lo que recordó después de aquello. Una temperatura tan baja como jamás había soportado… tan fría que la dejó sin aliento, que la hizo perder toda conciencia… hasta que todo quedó sumido en una honda negrura. —Pequeña loca, eres un pequeña loca… Nº Paginas 100-106 Kathryn Ross – A merced del destino Esas palabras parecían l egarle desde muy lejos, pronunciadas con furia y emoción. Al mismo tiempo, Abbie sintió que unas manos le daban masajes por todo el cuerpo, con movimientos rápidos, enérgicos. Por un momento, se sintió entumecida y cansada, demasiado para abrir siquiera los ojos. Sin embargo, el frío que parecía haberla calado hasta los huesos empezaba a desaparecer. —¿Rachel? —abrió los ojos, recuperando poco a poco la memoria—. Rachel… ¿dónde está? ¿Se encuentra bien? —luchó por un momento contra los cálidos brazos que la sostenían. —Sí… sí, está bien. No le ha sucedido nada malo… Eres tú quien nos preocupa —las fuertes manos continuaron dándole masajes con movimientos enérgicos, haciendo entrar en calor a sus miembros.


Abbie se relajó un poco. Se encontraba dentro de la casa, cerca de la chimenea, y su ropa había desaparecido. Estaba envuelta en unas gruesas mantas. Levantó la mirada y se encontró con unos ojos oscuros, unos ojos que brillaban con intensa emoción. —¿Greg? —murmuró su nombre con voz temblorosa—. Greg… lo siento. No sabía qué hacer… no sé cómo se las arregló para ir al lago… yo… —Sssh —la interrumpió con firmeza; luego la estrechó con fuerza entre sus brazos, como si nunca quisiera volver a separarse de ella. Ante esa cercanía a Abbie se le aceleró el corazón. Aspiró profundamente reconociendo su aroma, encantada al sentir su cuerpo tan cerca del suyo. —¿Tú me sacaste del agua? —Sí… y, si me descuido, habría sido demasiado tarde —la abrazó con más fuerza, instintivamente—. Gracias a Dios que no llegaste a sumergirte del todo… Pero si no hubiera l egado en ese mismo momento —por un instante la voz se le quebró de emoción. —¿Rachel está bien? ¿Llegó a mojarse? —Está tan seca como un hueso. No fue ningún milagro que se salvara; fuiste increíblemente valiente al saltar al hielo y lanzarla a la orilla… —vaciló—. Diablos, Abbie, cuando pienso que una vez intenté convencerme de que sólo pensabas en ti misma. Que eras…


—No, Greg —lo interrumpió. Sabía lo que iba a decirle: que había pensado que era una mujer mimada y egoísta. Esbozó una mueca de amargura y añadió—: Al menos, Rachel está bien —cerró los ojos al recordar el horror que había sentido al ver a la niña sobre el hielo—. Pudo haber muerto, Greg —le tembló la voz y los ojos se le llenaron de lágrimas. —Y tú también —estremecido, Greg la apartó un poco para mirarla—. ¿Tienes alguna idea de cómo me sentí al verte andando por ese hielo? ¿Puedes imaginar mi terror y mi sorpresa cuando corría hacia ti? —la sacudía ligeramente de los hombros mientras hablaba—. Dios Abbie… todo lo que podía pensar era que no podía perderte otra vez, y menos de esa manera. Abigail lo miró fijamente con los ojos muy abiertos y la boca seca. Estaba desconcertada por la intensa emoción de su voz, de su mirada. Extendió una mano para acariciarle una mejil a con ternura. Nº Paginas 101-106 Kathryn Ross – A merced del destino —Oh, Abbie —Greg estuvo a punto de l orar al sentir esa delicada caricia; los ojos le bril aban de emoción—. Sólo podía pensar en lo mucho que te amaba… en lo mucho que me arrepentía de mi estúpido orgullo por no decírtelo desde el


principio. Por un momento, Abigail creyó que estaba soñando. No era posible que Greg hubiera pronunciado esas palabras… estaba soñando, deseba con tanto fervor que las pronunciara que, al final, se lo había imaginado todo. Lo miró fijamente, sin aliento, temiendo hablar por miedo a que pudiera despertarse de su sueño y volver a la realidad. —Sé que estás enamorada de Charles… —Greg le acarició la cara, mirándola con tal expresión de ternura que la joven lloró de emoción—. Oh, querida, no llores —la meció entre sus brazos—. Lo siento, corazón. No debería haberte forzado a que te casaras conmigo; eso fue egoísta, algo imperdonable por mi parte. Pero no podía soportar la idea de que me abandonaras de nuevo. —Greg —pronunció Abbie, embargada de alivio y felicidad—. Te quiero tanto… No sabes cuánto he ansiado escuchar esas palabras… Por un segundo reinó un silencio expectante, durante el cual, Greg la miró fijamente como si intentara descifrar sus pensamientos, leerle el alma, sin atreverse a dar crédito a lo que el a le había dicho. Y después le dio un hambriento y apasionado beso en los labios que le robó el pulso y el aliento. Durante un buen rato, sólo se oyó en la habitación el crepitar del fuego; luego Greg deslizó los labios por su cuello, por sus mejillas, enjugándole lágrimas


con ternura. —Dímelo otra vez —la urgió suavemente—. Dime otra vez que me quieres, porque apenas me atrevo a creerlo. —Te quiero —dijo Abbie, echándole los brazos al cuello, sonriente—. Me encantaría liberarme de estas mantas y demostrarte cuanto te amo —sacudió la cabeza—. Me sentía tan herida… No podía soportar el hecho de que me hubieras burlado, engañado… —¿Cómo? —preguntó con voz áspera, sacudiéndola ligeramente—. En toda mi vida jamás te he engañado. —Lo sabía, Greg… —Abbie sacudió la cabeza—… Sabía lo de Connie. —¿Sabías qué, por el amor del cielo? —preguntó con voz áspera—. Ya te dije que entre esa mujer y yo no había nada, no podía haber nada… —La vi, Greg —lo interrumpió con voz estremecida—. La vi en tu hotel y ella me lo contó todo: que te amaba y que estabais comprometidos. —Escúchame, Abbie. Nunca estuve comprometido con Connie. Salí con el a un par de veces antes de llegar a Inglaterra y conocerte, pero no había nada serio entre nosotros. —Pero ella me dijo… —Ella te mintió —la interrumpió Greg con vehemencia—. Antes de salir de los Estados Unidos, le dejé más que claro que lo nuestro había terminado. Me quedé muy sorprendido cuando l amó a la puerta de mi habitación aquella noche, en el hotel, llorando y pidiéndome que volviera a Los Estados Unidos con ella. Sinceramente, creo que estaba un poco trastornada. Había conseguido mi dirección


Nº Paginas 102-106 Kathryn Ross – A merced del destino a través de un amigo común y había volado directamente a Londres —miró fijamente a Abbie—. Mi error consistió en compadecerme de el a. Le ofrecí mi habitación en el hotel y me fui a la de Mike porque el lugar estaba l eno; ella me prometió que la abandonaría y saldría para los Estados Unidos al día siguiente. Abigail se lo quedó mirando, sin atreverse del todo a creer en sus palabras. —Por el amor de Dios, Abbie. ¿Por qué habría de mentirte ahora? —Es que… lo que me dijo Connie me pareció tan convincente… —Abbie se interrumpió, totalmente desconcertada. Había creído durante tanto tiempo lo que le contó aquella mujer que ahora tenía problemas para aceptar otra versión. —¿Por qué no le dijiste nada? —inquirió Greg, irritado—. ¿Por qué no me lo preguntaste a mí? —Porque no confiaba en lo que pudieras decirme —lo miró con la vista nublada por las lágrimas, arrepentida—. No confiaba en ti, Greg. Lo siento— por un momento se le quebró la voz al darse cuenta del tiempo que habían desperdiciado a causa de su propia estupidez y de su orgul o. —¿Así que me dejaste creer que tenías una aventura con Charles? —preguntó Greg con voz áspera, sacudiendo ligeramente la cabeza—. ¿O tenías


realmente algún tipo de relación con él? —No… yo me sentía herida y quería herirte, hacerte daño… —Pues lo conseguiste —repuso Greg—. Cuando pensaba en Charles, me ponía furioso, me entraban ganas de pegar a alguien. —Sé lo que quieres decir —le bril aban los ojos por las lágrimas—. A mí Jayne Carr me produce el mismo efecto. —¿Jayne? —Greg frunció el ceño—. Es amiga mía y socia de negocios, nada más. —Tú la trajiste a esta casa… —de repente, Abbie se interrumpió; no quería hablar de esa mujer, ni siquiera quería pensar en el a. —Le presté mi casa —dijo Greg— para que pasara unas cortas vacaciones; además, por aquella época, yo no me encontraba aquí —le sostuvo la mirada —. Pregúntaselo a May si no me crees. —¡Oh, Greg! —exclamó Abbie, apoyando la cabeza en su pecho—. ¡Me he sentido tan mal, tan desgraciada durante estos últimos días…! Mi imaginación ha estado trabajando demasiado. Creía que estabas con Jayne… creía… —Estaba trabajando, Abbie —la abrazó con, fuerza—. Y detestaba la idea de estar separado de ti, créeme. Por eso he decidido dejar mi trabajo en Nueva York. Al oír aquello, Abbie levantó bruscamente la cabeza, para mirarlo. —He pensado en montar un bufete de abogados aquí, en New Hampshire. Ya me he encargado de tantear el terreno Supongo que estarás de acuerdo… —¿Qué si estoy de acuerdo? —Abigail le dio un beso en los labios, ebria de felicidad. Era más de lo que nunca había soñado—. ¡Es maravilloso!


Unos golpes en la puerta los interrumpieron, y, al momento, May asomó la cabeza para preguntar preocupada: Nº Paginas 103-106 Kathryn Ross – A merced del destino —¿Debo llamar al médico para que examine a la señora Prescott? —¿Cómo te sientes? —le preguntó a su vez Greg a Abigail. —Mejor que en mucho, muchísimo tiempo —murmuró la joven con una sonrisa —. Todo lo que necesito es acostarme temprano. —Está bien —Greg sonrió al ama de l aves—, no hace falta que l ames al médico. Gracias, May. —Bien. Rachel está dormida, así que no necesitan preocuparse por el a —la mujer cerró la puerta, sonriente. —Así que… ¿vamos a acostarnos temprano? —le preguntó Greg suavemente mientras la levantaba en brazos. —Sí, por favor —se apretó contra su pecho con el corazón acelerado de emoción, mientras Greg la sacaba de la habitación y la l evaba escaleras arriba. Ya en el dormitorio, la depositó en la cama con infinito cuidado y la arropó bien con las mantas; luego, se inclinó para besarla en los labios. —Diablos, Abbie… no creo que esta seducción pueda prolongarse demasiado —murmuró con voz ronca mientras la acariciaba con sensualidad—. Te quiero tanto… He estado soñando con esto durante las últimas… iba a decir cuatro noches, pero, en realidad, han sido seis años —le sonrió mientras se desnudaba—.


Dímelo otra vez —le preguntó apretándose contra el a, desnudo—. Dime que me quieres. Abbie murmuró las palabras con voz ronca, ardiendo de deseo, besándolo y acariciándolo. —Te amo, Greg… te amo —y sintió el fuerte embate de su cuerpo cuando entró en el a. Fue mucho más tarde cuando Abbie recordó en qué día estaban. Se acurrucó contra el pecho de Greg y lo besó en un hombro, intentando despertarlo. —Greg… Greg, es víspera de navidad —murmuró—. No hemos preparado los regalos para las niñas. Tenemos que bajarlos al salón. —No te preocupes por eso, corazón —repuso él—. Duérmete otra vez. No tuvo que decírselo dos veces; los ojos se le cerraron de sueño y se durmió de nuevo. Le pareció que sólo habían transcurrido unos momentos cuando las voces nerviosas de las niñas la despertaron. —¿Puedo ir abajo, tía Abbie? Abigail abrió un ojo y vio a Rachel al lado de la cama, expectante. —Y ahora lo preguntas… —Greg se levantó y miró a la niña con severidad —. ¿No deberías haberlo hecho ayer por la noche antes de largarte a patinar sobre el hielo? La niña asintió, arrepentida. —No vuelvas a hacerlo —Abbie la estrechó entre sus brazos—. Siempre pregúntanos ante de ir a cualquier parte.


—¿Podemos abrir ahora nuestros regalos? —preguntó Daisy desde la puerta, impaciente. Nº Paginas 104-106 Kathryn Ross – A merced del destino Greg sonrió y le lanzó a Abbie su bata, al tiempo que contestaba: —No veo por que no. Todos juntos bajaron al salón. Las luces del árbol de Navidad se reflejaban en los paquetes que estaban desplegados bajo sus ramas. Gritando de alegría, las niñas se apresuraron a abrirlos. De pronto, Greg recogió un largo paquete plateado de debajo del árbol, y dijo con tono suave: —Este es para ti, Abbie. Abigail miró la caja y el corazón le dio un vuelco al reconocer la firma de la boutique de la que había visto salir a Greg acompañado de Jayne, varias noches atrás. —Espero que te guste —añadió Greg—. Normalmente, suelo recurrir a la ayuda de mi madre cuando te compro ropa, pero, dado que se encuentra en Florida, tuve que pedirle ayuda a Jayne. Una lágrima solitaria resbaló por el pálido rostro de Abigail. —¿Abbie? Cariño, ¿qué te pasa? —la abrazó preocupado. —Nada —contesto cerrando los ojos con fuerza, invadida por un inmenso alivio —. Es sólo que… que os vi a Jayne y a ti saliendo de esa boutique… y pensé


que le habías hecho este regalo a ella… —Abbie —Greg la separó un poco para mirarla con sombría determinación —, le pedí que me ayudara a comprarte algo, nada más. —Sí, ahora me doy cuenta… —Eso espero —la interrumpió bruscamente—. Cariño, por favor, créeme cuando te digo que Jayne no significa nada para mí. No puedo soportar pensar que existen barreras o dudas entre nosotros. —Te creo —Abigail le acarició la mejil a sosteniéndole la mirada con firmeza. —Jayne es mi compañera de trabajo, nada más —se encogió de hombros—. Bueno, en estos años, la he invitado a cenar conmigo de vez en cuando, pero siempre hemos hablado de trabajo, trabajo y más trabajo. No siento ninguna atracción por ella. Tú eres la única mujer en el mundo para mí, Abbie — murmuró con voz ronca—. Te quise desde el primer momento en que te vi, y me has perseguido en sueños desde entonces. Nunca he amado a nadie como a ti… —se interrumpió de repente, pasándose una mano por el pelo—. Por supuesto, debería haberte dicho todo esto cuando te pedí que te casaras conmigo. En vez de el o, mi infortunado orgul o y el miedo al rechazo me movieron a intentar forzarte a que te quedaras conmigo… —se interrumpió, esbozando una mueca de amargura—.


Por ejemplo, ese horrible contrato que te hice firmar —sacudió la cabeza, arrepentido—. No me sorprende que desconfiaras de mí. Abbie sintió un nudo en la garganta; el recuerdo de aquel implacable contrato todavía la estremecía. —Yo no deseaba ese contrato… nunca quise hacerte daño, Abbie. Por favor, perdóname, querida —murmuró las palabras con tanta sinceridad y sentimiento que Nº Paginas 105-106 Kathryn Ross – A merced del destino Abbie sintió que el corazón se le partía de emoción y felicidad—. Todo lo que quiero es hacerte feliz —añadió. Abigail lo abrazó tiernamente, disipada hasta la última duda que había tenido acerca de Greg; confiaba plenamente en él. —He estado tan ciega —murmuró con fervor—. Te quiero, Greg. Te quiero con todo mi corazón. Durante un rato permanecieron abrazados, saboreando la intensidad de aquel momento. Cuando Greg se apartó, se llevó una mano al bolsillo de su bata y sacó una cajita de joyería. —Antes de que abras cualquier otro regalo, quiero que abras éste —le dijo, mirándola intensamente. Con manos temblorosas, Abigail tomó la caja y la abrió; contenía un precioso anillo de diamantes.


—¡Greg, es maravilloso! —exclamó sacando el anillo y observando que llevaba grabados el nombre de Greg y el suyo, y una fecha… ¡de hacía seis años! —Quise entregártelo la noche de la boda de Jenny y Mike —le explicó él—. Desafortunadamente, se interpusieron el orgullo y la furia. Abigail contempló enmudecida cómo Greg le deslizaba el anillo en el anular de la mano izquierda, para después murmurar: —Es un poco tarde; seis años de retraso, pero ya sabes lo que dice el refrán… más vale tarde que nunca. —Oh, Greg, no sé qué decir —aspiró profundamente, dominando las ganas de llorar de felicidad. —No digas nada, sólo l évalo… siempre —la besó en los labios. —El regalo que te he hecho va a parecer insignificante ahora —dijo Abbie con timidez mientras le entregaba un paquete envuelto en papel dorado. —Creo —repuso Greg, poniendo el paquete a un lado para sorpresa de la joven— que puedo esperar a recibir mi regalo. —¡Oh! —Abbie sonrió con expresión tímida—. ¿Cuánto tiempo quieres esperar? —Bueno —se inclinó y le murmuró al oído—: ¿Qué te parecen nueve meses, más o menos? No tengo prisa, especialmente ahora que tenemos toda la vida por delante. Fin Nº Paginas 106-106 Document Outline


CapĂ­tulo 1


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A merced del destino kathryn ross  

Sinopsis: Hacía cinco años que Greg y Abbie habían roto su relación, y cuando empezaban a recuperarse del dolor que la ruptura les había p...

A merced del destino kathryn ross  

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