'Tres fines del mundo', de Erkka Mykkänen (muestra)

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E RK KA M Y K KÄN E N

TRES FINES DEL MUNDO

Imaginaciones



A mi madre, a mi padre y a mi hermano





EN G A Ñ O

El hombre caminaba bajo la lluvia por una calle con un paraguas rojo en la mano. Se cruzó con una mujer que no llevaba. Le ofreció el suyo, pero ella lo rechazó y desapareció tras la esquina temblando de frío. Él salió en la dirección contraria, dio la vuelta al bloque de edificios y volvió a insistir en darle su paraguas a la mujer. “No”, dijo ella y salió a toda prisa en una tercera dirección imposible de adivinar. El hombre se quedó allí clavado, sumido en sus pensamientos como el héroe de una película muda. “¡Vaya, hombre!” Durante los días siguientes averiguó qué ruta usaba ella para ir a trabajar. Su plan era dejar el paraguas tirado en la calle para que lo encontrara por casualidad y lo cogiera sin el reparo que le causaba su ofrecimiento. El miedo a que parara de llover le preocupaba tanto que casi lo hacía llorar, pero por suerte una gruesa masa de nubes siguió cubriendo el cielo todos los días que necesitó para su faena. Al cabo de un par de semanas, después de asegurarse de la ruta diaria que ella tomaba, dejó el paraguas cerrado –lo había hecho teñir de amarillo– sobre los adoquines. Luego se escondió tras los arbustos que crecían al lado de la biblioteca. Al fin apareció la mujer, vio el paraguas, lo cogió del suelo con diligencia y, apretando enérgicamente una sola vez el botón del mecanismo, lo abrió y se cubrió con él. Incluso a través del chaparrón se pudo distinguir cómo el tensado repentino de la lona esparcía hacia todas partes el agua que tenía depositada. La mujer siguió su camino visiblemente aliviada. El hombre soltó un profundo suspiro y se dejó caer en la tierra para dormir bajo un arbusto.

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ERIZ O

Mientras el hombre cruzaba el paso de peatones aquel atardecer, se le ocurrió una idea. “Qué fácil es morir atropellado por un coche en un paso de peatones.” Desde entonces este pensamiento volvía a su mente un día sí y otro también. No le fastidiaba la vida, pero con el paso de los días, de las semanas y de los meses la percepción seguía allí. Una tarde de domingo otoñal, se desvió de su caminata habitual y se internó en el bosque. La temporada de setas acababa de terminarse, y en las sombras del bosque reinaba la paz. Vislumbró un erizo entre los helechos y se sentó sobre una piedra cubierta de musgo para acariciar el revestimiento de púas del animal, que no dejaba de temblar. Qué difícil era identificarse con el miedo de un ser tan pequeño. Cuando apartó la mano, el erizo se levantó sobre sus patas traseras y le dio un mordisco en la muñeca. El hombre dio un alarido y emprendió como pudo el regreso a la carretera. La mano chorreaba sangre por el pinar como si fuera un arma terrible. A duras penas consiguió llegar a la carretera desde la que se había desviado al bosque antes de caer redondo al suelo. Ya era de noche cerrada cuando un deportivo último modelo pasó a todo gas sobre el cuerpo del hombre. Por sus ventanillas abiertas resonaba una fiesta de borrachos que se esparcía en todas las direcciones.

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KRISTA KO SO N EN I

El hombre acababa de subir al tranvía cuando Krista Kosonen bajaba de él. Iba sin maquillaje, hermosa precisamente por ese motivo, tímidamente consciente de que la gente la reconocía, con su grueso fular de lana multicolor alrededor del cuello grácil. A pesar de que sus miradas no se cruzaron, el hombre bajó del vagón, le pareció inevitable. Kosonen dirigió sus pasos hacia el fulgor amarillo de un centro comercial, el hombre la siguió inexorablemente, cruzándose con los transeúntes y enfrentándose al viento gélido de finales del otoño que presagiaba temperaturas nocturnas bajo cero. En la entrada alcanzó a Kosonen. “Hola”, le dijo. “No nos conocemos. Aun así quería decirte que tienes mucho estilo. No sé por qué, pero eso se nota.” Hizo una pausa para que el prólogo tuviera efecto. “También reconozco que soy un gran, gran admirador de la manera en que interpretas tus papeles”, continuó y añadió para finalizar: “Nada más”. Krista Kosonen lo miró a los ojos, esbozó una sonrisa acomplejada como una alumna en el pasillo del colegio y dijo: “¿Te apetecería, tal vez… tomar un café conmigo?” El hombre respiró hondo, suspiró y se aclaró la garganta. “No sé si será buena idea”, le espetó. “Parece evidente que lo que nos atrae mutuamente es sólo… La impresión que podamos tener el uno del otro.” Kosonen parpadeó, asintió seria y dejó caer la mirada al suelo de mármol. Durante un rato permanecieron allí, juntos pero separados, en silencio absoluto, en el ojo de un huracán de bolsas de plástico amarillas. Krista Kosonen dijo: “Iba a preguntarte además si quieres tocarme el cabello, pero supongo que a eso también vas a decir que no”. El hombre hizo sólo un gesto afirmativo con la cabeza, resignado. Y se fueron cada uno por su lado.

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PRIMAV ERA

El hombre y la mujer fumaban en el patio interior de su lugar de trabajo, de espaldas contra la pared del edificio revestida de cemento. De sus bocas surgían unas enormes vaharadas de humo mezclado con vapor de agua, que subían lentamente al aire y que la temperatura de noviembre, de varios grados bajo cero, esculpía formando columnas gruesas. Entre ambos había habido siempre algo incómodo. Cuando uno decía “algo”, al otro le parecía que en realidad no había dicho “nada”. Y viceversa. Por tanto, ¿“cómo era” posible contestar “de alguna manera” si el comentario al que contestabas “no existía”?, reflexionaba cada uno por su lado. Pero, ahora, en este preciso instante, ambos están casi sin querer sumergidos en una conversación sobre el refugio mental que fumarse un cigarrillo les brindó a sus almas desde su más tierna infancia, independientemente de cualquier sensación de seguridad básica. La mujer emite un sonido gutural de asombro, mira al hombre directamente a los ojos y dice: “Siempre se aprende algo nuevo. Incluso de ti”. El hombre suelta una breve carcajada, abre la boca y pregunta algo, pero la mujer no lo escucha, porque justo encima de sus cabezas comienzan a sonar crujidos y chasquidos. Entonces el ruido se transforma en un único estruendo potente. En el silencio que cae a continuación el hombre y la mujer alzan la mirada. Un carámbano enorme atraviesa el rostro de la mujer. Un carámbano enorme atraviesa el rostro del hombre. Por la mañana encuentran a la pareja congelada de pie. Los carámbanos clavados en sus cráneos se apoyan uno contra el otro como las lanzas de los guerreros poco antes del duelo.

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