Issuu on Google+


Bn Blanco y Negro

Bn es la primera publicaci贸n de la colecci贸n CHROMA editada por el grupo PICK. En este libro, contamos con 15 colaboradores que presentan sus trabajos, reflexiones que giran en torno a la idea del blanco y el negro.


1ª edición: septiembre de 2011

Proyecto y realización: Daniela Alfero, Silvia González, Ricardo Sánchez, Luis Alonso Martínez y Nuria Úrculo.

Diseño de cubierta e ilustración: Nuria Úrculo

PICK EDITORIAL


Estimado lector :

En Pick creemos en el arte, en el arte contenido en los libros, y en el arte que los mismos libros encarnan. Nacemos como editorial para reivindicar la belleza simbiótica de contenido y continente. En Pick creemos en los artistas. Detrás de todo artista consagrado hay un autor primerizo. El cambio es constante en la forma y fondo del arte. El valor de las nuevas promesas es innegable y nuestro objetivo es ser receptivos y abiertos a cualquier forma de arte que pueda ser contenida en las páginas de nuestros libros. En Pick creemos en los libros. Un buen cuadro mejora con un marco adecuado. Nuestros libros enmarcan las obras de la mejor forma posible, con ediciones cuidadas hasta convertir el propio libro en una obra artística válida en si misma. En Pick creemos en los lectores. En todos ellos. Por ello, la experiencia de tener en las manos un libro de nuestra editorial pretende ser lo más rica posible, encontrando cada lector reflejado el particular placer de disfrutar de algo bello en la mayor variedad de aspectos posibles.. Gracias por confiar en nosotros, El equipo Pick.

PICK EDITORIAL


E l bla n c o y n e g ro d e un p a p e l Daniel ArrĂŠbola


L

o que empezó como un negro borrón sobre un fondo blanco, sensación anhelante de un sentimiento distante, comienza a cobrar forma en el blanco del papel, llenando aquel vacío, frío, inerte, con los negros trazos de una pluma, transformándose en arte. Lentamente, este negro borrón adopta sobre el blanco del papel, las formas concretas de vagas siluetas, valientes caballeros y mujeres perfectas, corceles y carretas, viejos castillos encantados, personajes hechizados y un sinfín de ilusiones, colores, sensaciones, cuentos, poesías y canciones. El blanco papel vacío, con el negro de una pluma se convierte en rocío, produce sensaciones de calor o de frío, describe a los habitantes de bosques y ríos en los que la mente es transportada, como una joven ilusionada por un nuevo amor, llena de sueños e ilusiones, esperanzas y temores e innumerables sensaciones que la hacen volar. Y es en el blanco de un papel vacío donde el negro de la tinta de una pluma adopta miles de colores, el negro se convierte en un arcoíris de posibilidades en las que el negro ya no es más negro, el blanco ya no es más blanco, negro y blanco son ahora una ilusión, un sueño, una pasión, o la simple sensación de que podemos alcanzar la perfección.

[7]


Ba lla t o n le lle Alejandra Alonso de Noriega


Fa r go Texto: Ricardo Sánchez Ilustración: Nuria Úrculo


L

os huevos chisporroteaban en la sartén mientras Angus sorbía el primer café de la mañana. El reloj del horno marcaba las 7 de la mañana. A través de la ventana de la cocina se extendía la infinita negrura de la noche en Minneapolis. Preparó la mesa y encendió la pequeña estufa de resistencia intentando concentrar todo el calor posible alrededor de la mesa de la cocina. El invierno era duro, pero habían aprendido a sobrellevarlo. Eileen roncaba cuando Angus la encontró arremolinada entre los pliegues del edredón. La meció suavemente hasta despertarla. Sus ojos se entreabrieron y alargó una mano perezosa para retirarse el pelo de la cara. -¿Qué haces vestido tan pronto? Angus ya tenía puestas hasta las botas, incluso llevaba los guantes doblados dentro de los bolsillos del anorak. -Tenemos que ir al Super Store de las Ciudades Gemelas. Son más de dos horas en coche, y los huéspedes de la casa del lago llegarán a mediodía. Te he preparado el desayuno.

[ 13 ]


La casa del lago era el orgullo de Angus, dedicaba gran parte de su tiempo libre a acondicionar la choza de madera intentando hacer de ella un lugar habitable. La semana anterior había colocado la antena de televisión y con los 200 dólares que recibiría por el alquiler compraría un congelador para conservar las piezas que pescase. Amanecía tímidamente y Eileen masticaba con parsimonia mirando al infinito. Aunque no nevaba, el blanco impoluto se extendía en todas direcciones a través de la llanura. Angus correteaba por la casa como un niño el día de Navidad. El catálogo del Super Store ya parecía un pergamino arrugado, había leído hasta memorizar las especificaciones del HD-700. La máquina vieja había terminado por sucumbir al óxido y por fin podría comprar una nueva. Estaba tan emocionado… Su mujer sonreía condescendiente. Ella también había hecho un esfuerzo madrugando tanto para acompañarle. Angus no necesitaba ayuda alguna, pero Eileen intuía lo mucho que le importaba compartir su ilusión por el nuevo juguete. La luna frontal del coche tenía una capa de, por lo menos, dos centímetros de hielo. Angus manejaba el rascavidrios con maestría. Sus fuertes brazos de obrero se movían arriba y abajo levantando pequeñas esquirlas transparentes. Cuan-

[ 14 ]


do hubo terminado encendió el motor y presionó el claxon dos veces. Su mujer apareció durante un instante en el quicio de la puerta y le gritó que esperase un momento. De su boca salió una nube de vaho denso que se mantuvo unos instantes en el aire antes de desaparecer por completo. Ella volvió a aparecer con el abrigo de plumas cerrado hasta el tope de la cremallera y corrió hacia el coche. La nieve crujía con gracia al ritmo de sus cortas zancadas. Durante el trayecto en coche apenas hablaron. Angus se concentraba en evitar las planchas de hielo y Eileen no pudo menos que echarse una cabezada. A medio camino una furgoneta con dos tipos extraños les adelantó a gran velocidad. El coche, alejándose por la recta carretera, rompía la lóbrega quietud del paisaje. Aparcó frente a la puerta del gran edificio prefabricado. Con la emoción había llegado antes de tiempo, así que decidió dejar que Eileen siguiese durmiendo unos minutos y no fuese consciente de tal circunstancia. Ella se hizo la dormida hasta que el sueño real rompió la ficción. Cuando las puertas se abrieron Angus guardó de nuevo el folleto, que ya se había comenzado a quebrar por los pliegues, y salió del coche cerrando la portezuela de un golpe. Eileen le siguió desperezándose y meneando el cuello entumecido. Angus desapareció al trote entre las estanterías de metal, abandonando a su mujer con el carrito de la

[ 15 ]


compra. Ella le perdió de vista al instante y aprovechó para comprar detergente de oferta. Él no tuvo que buscar, los pasos rápidos conducían a un destino conocido. Se detuvo delante de una pila de cajas en la sección de material agrícola; no había ninguna HD-700 en exposición, pero daba igual, estaba allí, cubierta de cartón y esperando ser adquirida. Se la llevarían en una furgoneta aquella misma mañana, si se daba prisa sería el primer transporte del día. -¡Eileen! El grito reverberó en las paredes de metal. Ella le vio con la mano apoyada sobre una de las cajas, con la felicidad dibujada en el rostro. -¡No me digas que no es la trituradora de madera más bonita que hayas visto! Eileen fue entonces igualmente feliz.

[ 16 ]


A qu ie n de t e n g a s u p a s o e nt r e l a l uz y l a s ombr a Manuel Menassa


Me dispongo a narrar la historia herrumbrosa de un pobre viejo del que nada se sabe y únicamente a través de estas palabras se pretende descifrar por qué este hombre se acostumbró a vivir entre la luz y la sombra. Sus huesos conocían bien esas tablas maternales donde pasar las noches de insomnio, antaño su mirada enamoraba muchachas distraídas y contemplando los saturados colores del corazón se dejaba volar por las calles donde un apretón de manos o bien un beso lo esperaban. Hubo de conocer el amor al alba imperturbable y eterna, pero olvidó haber amado. Su cansancio consiguió roer los colores, la juventud lejana e inalcanzable y su bella sonrisa apagada y gris como un cielo de ceniza quedó anclada en esos rincones del alma a los que no volvemos, si es que alguna vez hubiéramos estado. Destellos del rojo en las noches con suerte, frío en invierno y calor en verano, nada más le quedaba al viejo que en ocasiones la nada le parecía mucho.

[ 19 ]


Todas las noches ocupó el mismo espacio en el encuadre, todas las noches con su andar despacio conquistaba las tablas y su mirada monocromo absorbía las luces y las sombras, seguramente alguna de las veces murmuraba sentado en aquel banco de aquella gran ciudad: “las luces parecen estrellas”. Esta noche he tomado la fotografía, no lo esperó más, he de vivir. Sin embargo, aunque no regrese nunca creo que la madera no tuvo más remedio que esperarlo. El que escribe estas líneas no lo conoció nunca y, a veces, cuando encuentra regazo entre la luz y la sombra se pregunta si acaso no lo hubiera conocido nadie, por ello no puede dar cuenta de la veracidad de la historia que aquí se relató. Ahora, le ruego que vuelva su mirada a la madera y, si no es mucha molestia, siéntese en ese rinconcito de su alma, que también es la mía y piense que esta noche es de aquellas con suerte. La pura nada, sin nitidez o bruma.

[ 20 ]


Sin t テュt u lo テ]gela Burテウn


Ca si g r is Hilario GutiĂŠrrez


S

e había cansado de esperarlo bajo la lluvia y había entrado en el

cine Doré que se iba llenando poco a poco. Se sentía incómoda pensando en que los demás se dieran cuenta de que estaba sola y lo maldijo murmurando mientras miraba de reojo la puerta de entrada a la sala. Tres butacas a su izquierda un progre con gafas circulares, barba larga y canosa, un libro de Nietzsche en su regazo y hundido en la butaca de forma que parecía que se iba a escurrir del asiento, perdía su mirada en el orondo escote de su camisa roja con un par de botones sueltos. A su derecha, en la otra orilla del pasillo, un vejete con barba de tres días y zapatillas de andar por casa observaba embobado sus muslos embutidos férreamente en unos vaqueros blancos con la misma expresión con que debió ver en su infancia las canillas pálidas de Marilyn sobre el hueco de ventilación del Metro. Rodolfo apareció al fin por la puerta jadeando, con el pelo empapado, su cara de ángel travieso, sacudiéndose el chaparrón como un perro pulgoso y mirando a todos lados buscándola. Ella levantó la mano

[ 29 ]


en la transición entre el cabreo de esperarlo y la alegría de estar al fin en compañía. El progre se hundió aún más en el asiento y abrió el libro. El viejo siguió perdido en su mirada de cine. - Perdona Carla, con esta lluvia no hay quien circule por Madrid —dijo mientras se quitaba la cazadora negra y ocupaba el asiento al mismo tiempo. - Nuestra relación consiste en esperarte. - Mañana comemos en tu casa y pasamos la tarde juntos. - Seguro que se quedará frío el asado. - Puedo pasar esta noche contigo y así te aseguras de que esté temprano. (Con sonrisa seductora). - Y luego te irás un momento a por tabaco y mira por donde te encontrarás a un amigo y llegarás a la hora del postre como un barril de cerveza, ¿te acuerdas? (Con sonrisa tensa y sarcasmo).

[ 30 ]


Se apagaron las luces y apareció en blanco y negro sobre la pantalla “Adam’s Rib”, en subtítulo “La costilla de Adán”. Una banda sonora veloz acompaña la aparición de los nombres de los protagonistas: Katharine Hepburn, Spencer Tracy, Judy Hollyday, Tom Ewell. Él deslizó la mano cubriendo la de ella. Ella respondió con un pellizco. Ay. Chissssss, chistó el progre. Ella se adhirió a la película. La esposa engañada disparaba torpemente sobre su marido sorprendido junto a su amante. Rodolfo metió la mano en el bolsillo del pantalón buscando un caramelo. Lo sacó y lo desenvolvió con un ruido plástico que puso los pelos de la barba de punta a su compañero de fila que desenvainó la mirada. Dejó el papel en su mano convertido en bola y girando entre sus dedos. Ni palomitas, ni caramelos. Se preguntaba qué carajo de cine era ese mientras miraba con cierta extrañeza la pantalla descolorida. Y el caso es que

[ 31 ]


la gente se reía así que comenzó a prestar atención y se dejó llevar un tanto fastidiado por tener que leer los subtítulos. El matrimonio protagonista del fiscal y la abogada se intercambiaba estocadas y carantoñas. Le hicieron gracia los apelativos de pocholino y pocholina que se regalaban. Se guardó el guiño cinéfilo para la salida del cine. Él sabría utilizarlo y ella valorarlo cuando la sobremesa relajada de la cena abriera la expectativa del resto de la noche. Metió la mano en el bolsillo para guardar la bolita de papel. Sus dedos tropezaron con otro papel desconocido. Lo extrajo entre sus yemas e intentó descifrarlo en la oscuridad. Dos entradas. Piratas del Caribe. Tardo dos segundos de incertidumbre en recordar quién usó la otra entrada. El corazón le dio un brinco y lo devolvió rápido al bolsillo mirando inquieto a su compañera de butaca. Busco sus dedos que reposaban sobre el pantalón con la punta de los suyos buscando una falta de reacción que le confirmará que todo seguía en calma. Concentrada en la

[ 32 ]


película ella se dejó tocar sin conciencia. La luz de otro tiempo reflejada en la pantalla la iluminaba difuminando los contornos de un modo cinematográfico. El caso es que le gustaba. Esos dedos largos y suaves, su cara estrecha, el mentón afilado, la melena pelirroja recogida, sus ojos acuosos y brillantes cuando se acercaba a sus labios afilados, la voz pausada y grave. Sintió que la besaba sin acercarse, que su cabello rojo se convertía en gris, la camisa parecía casi negra, el color se desvanecía. Veía sus propias manos apenas iluminadas, propias pero ajenas, su color invernal de película antigua. Era y no era. Miró a la pantalla. En ese momento una forzuda de circo levantaba en volandas al fiscal en medio del juicio. Se rió con ganas. Carla reía. Todo el cine carcajeaba. Salieron a la calle. El barbudo se fue hacia la derecha acariciando su peludo mentón con la mirada perdida en la meditación. El abuelo giró hacia la izquierda arrastrando sus zapatillas sobre la acera, los ojos fijos en las baldosas. La luz de las farolas fernandinas pintaba de naranja tenue las fachadas de la estrecha calle de Santa Isabel.

[ 33 ]


Callejearon en penumbra y silencio. El pavimento encharcado reflejaba en horizontal y gris la realidad vertical en una interpretación propia para el capricho de cada ojo. Los coches siseaban sobre el asfalto. Al avistar la boca de Metro de Atocha ella se detuvo. Rodolfo la tomó por la cintura y le dio un beso largo con los labios ajustándose como tuercas. Carla lo miró desentrañando. - ¿Qué te pasa? - A mí nada. ¿Sigues enfadada? - Sí. Me voy a casa. - Para ti todo es blanco o negro. - A mí los grises solo me gustan en el cine. Carla bajó dos escalones poniendo un espacio entre ambos. - ¿Voy entonces a tu casa mañana? - Mañana mejor no. Ya te llamaré.

[ 34 ]


Dio media vuelta y fue bajando la escalera. Sus pantalones blancos, muy blancos, refulg铆an en la oscuridad de la noche de luna nueva en el viejo Madrid. Atraves贸 la puerta y el subterr谩neo la engull贸.

[ 35 ]


Sin t Ă­t u lo Edward Brown


Sin so m br e r o Ricardo Sรกnchez


Nadie limpia el despacho del detective cuando éste se ausenta. Nadie mira los atardeceres de septiembre que se cuelan por las persianas venecianas, ni ve el polvo en suspensión que la imagen rojiza del sol pone en evidencia. El teléfono se agita sin desvío de llamadas. Las paredes ocres ocultan sus impudicias bajo fotografías mal colocadas. El polvo se acumula en los resquicios de los marcos formando degradados de marrón que no debieran existir. Los recortes de periódico amarillean como si llevasen meses expuestos en un escaparate. Nadie se preocupa de que los cuadros estén bien alineados. Montañas de documentos, formando cordilleras imposibles recorren la

[ 41 ]


asfixiante, aunque amplia estancia, los papeles de las carpetas de la base se escurren como pasta de dientes por la presión de las carpetas superiores. La base de las montañas está formada por casos olvidados y perdidos en la memoria del detective pero que aún forman parte de la vida diaria de personas igualmente olvidadas y perdidas. Las carpetas de la mesa están vivas o moribundas, aún coletean con tinta fresca y sienten de vez en cuando como los dedos del detective buscan cansadamente un dato obviado. El archivador metálico languidece en una esquina, testigo de su propia inutilidad. Al menos sobre él reposa un catus pequeño y redondo. Nadie organiza los documentos del detective cuando los deja tirados a su paso. Hay una botella de ron con dos vasos anchos y bajos cubriendo los flancos.

[ 42 ]


Pueden verse las huellas dactilares ya impresas sobre la superficie de cristal de uno de ellos. El borde del otro está dibujado por una línea gruesa y basta de carmín de labios rojo. Única prueba del paso de una mujer por el despacho del detective. El detective podría haber limpiado el vaso, es lo único que limpia. No lo a hecho para no ahogar el recuerdo de unos tacones, unas pantorrillas y unos labios nacidos en la oscuridad. Nadie bebe con el detective. Una gabardina raída, vieja y arrugada ya no merece ser sacada a la calle. Se oculta, como el detective, en la semipenumbra del despacho, esperando tiempos mejores. Nadie limpia el despacho del detective cuando éste se ausenta.

[ 43 ]


Gr is libé lu la Silvia González


El futuro era esto Te x t o: Migue l テ]ge l Agullテウ Il ust raciテウn: Tam ara Jim テゥ n ez


A:

Teléfono de emergencias ¿En qué puedo ayudarle?

B:

¿Oiga? Ayúdeme por favor, no sé dónde estoy.

A:

¿Qué quiere decir con que no sabe dónde está?

B:

Está todo muy oscuro y no sé qué hago aquí.

A:

¿Pero desde dónde me está llamando?

B:

Desde una cabina. Ayúdeme, se lo suplico.

A:

A ver, tranquilícese y dígame su nombre.

B:

Es que no recuerdo quién soy. No recuerdo nada.

A:

Si no me da más datos no puedo hacer nada. Dígame qué estaba haciendo justo antes de coger el teléfono. Intente recordar.

B:

Llevo horas caminando en la oscuridad por un camino lleno de piedras, pero no recuerdo ni el momento ni el lugar del que salí.

[ 49 ]


Ni siquiera el motivo. B:

Le propongo una cosa: usted me va describiendo lo que ve desde donde está y yo intento identificar el lugar en el que se encuentra. De este modo podré avisar a los compañeros que estén cerca para que puedan ir a ayudarle.

B:

De acuerdo.

A:

Me ha dicho que está todo oscuro, pero ¿No hay nada que se distinga sobre el resto?

B:

Por el camino estaba todo negro, pero ahora, desde la cabina, veo las luces de una ciudad a lo lejos, bajo mis pies. Debo estar en un lugar bastante alto.

A:

Muy bien, ya vamos teniendo algo para situarnos. Según me dice, lleva toda la noche, o desde que recuerda, caminando hasta que se ha encontrado con esa cabina, que parece estar a bastante altura porque desde ahí puede ver las luces de una ciudad a sus pies. ¿Podría estar subiendo a una montaña o algo así?

[ 50 ]


B:

Puede ser, aunque no tengo claro si en la dirección que llevaba estaba subiendo o bajando.

A:

No se preocupe, eso ahora es lo de menos. Fíjese detenidamente en esa ciudad que tiene ante usted y busque entre todas esas luces cualquier cosa que pueda llamar su atención. Algo que me pueda servir para identificar el lugar.

B:

Parece una ciudad grande. Hay muchas luces.

A:

Fíjese bien, continúe buscando.

B:

¿Pero qué cojones quiere que busque?

A:

Escúcheme. No puedo hacer más por usted que ayudarle a identificar la ciudad que tiene delante. Si conseguimos saber qué ciudad es, identificaremos enseguida el monte o montaña sobre la que se encuentra y podré enviar a alguien inmediatamente para que vaya en su ayuda ¿Entiende?

B:

Está bien, disculpe.

[ 51 ]


A:

Busque entre las luces.

B:

Espere un momento ¡Veo algo! ¡Hay algo que sobresale por encima de todo lo demás!

A:

Perfecto, eso podría servir. Descríbame con detalle cómo es ese algo.

B:

Es muy alto.

A:

¿Y qué más?

B:

Está muy iluminado.

A:

Para verse desde donde está usted debe estarlo. Lo está haciendo muy bien, continúe.

B:

Es como una columna.

A:

¿Una simple columna o tiene algo más?

B:

Tiene algo en la parte de arriba.

[ 52 ]


A:

Siga describiendo. ¿Qué hay en la parte de arriba?

B:

Son dos arcos.

A:

¿Dos arcos?

B:

Así es, dos arcos grandes y amarillos.

A:

Un momento ¿Esos arcos están unidos?

B:

Exacto, uno pegado al otro.

A:

¿Y debajo de los arcos amarillos hay una superficie roja con algo escrito?

B:

Creo que sí, aunque no alcanzo a leer lo que pone.

A:

B:

¿Oiga? ¿Sigue ahí?

[ 53 ]


A:

Lo siento mucho amigo, no le puedo ayudar.

B:

¿Qué ocurre?

A:

Está usted más perdido de lo que podía imaginar.

B:

¿Qué quiere decir?

A:

Que está usted en cualquier lugar. Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii

[ 54 ]


E l pĂş blic o a n t e l a m a g i a Manu Montes


E L A RT E M ÁG I CO Muchas veces, dentro del mundo de la magia se olvida que nuestro arte va dirigido al público. Es más, está creado y pensado para él. Sin público no tiene razón de ser ni de existir. Entre “magos” hablamos en nuestra jerga de nuestros métodos, de la técnica y del oficio, del mercado y de la novedad, pero como en cualquier arte que tiene su extenso mundillo interno, y todos los que en el “habitan” comparten su pasión, afición y oficio. Es normal y necesario. Sin embargo, en el arte en general, y la magia en particular, el primer pensamiento que debería centrar la preocupación de un aspirante a “emisor de puertas a otras realidades” es el receptor de estas, o más aun, quien las abrirá en su mente para nosotros: el público, el espectador como individuo y el público como ente. Normalmente, el modo de pensar del creador es a partir de sí mismo y de su obra. Empieza su labor con el germen de “una técnica o idea” y poco a poco va dándole forma y construyéndola, buscando

[ 57 ]


la manera de que, en el mejor de los casos, llegue hasta el espectador, hasta su comprensión. Y en ese proceso creativo de dentro hacia fuera, con suerte, la IDEA DE MAGIA puede surgir y superar nuestras expectativas, a veces ni intuidas. Pero ¿y si partimos de la idea a transmitir directamente, de nuestra idea de magia? Hasta ahora estábamos delante del espectador para crear, viéndole de lejos. Démosle la vuelta a todo y pongámonos detrás del espectador, junto a él. Ahora, extendiendo los brazos, cojamos nuestra pieza artística (nuestro juego de magia) y traigámoslo hacia el espectador (todo metafóricamente, claro). Entonces creamos lo justo y necesario para formar ese puente desde fuera hacia dentro, o desde antes hasta ahora, estando siempre presente la magia que queremos transmitir. Es como estar dentro de una esfera de interrelaciones y donde, por unos momentos, la conexión con el público produce la posibilidad de encontrar una puerta a la otra realidad.

[ 58 ]


Porque MAGIA no es el juego de manos o de ingenio, ni una ilusión, es “la otra realidad” que por un momento somos capaces de percibir a través del asombro, la emoción del misterio, como sentimientos asociados. Y esa es la puerta que el espectador abre en su mente y de la cual, así, podremos girar la llave. Es, por un momento, el percibir una realidad paralela de ensueño donde todo es posible y que todos, si quieren, pueden llegar a percibir.

[ 59 ]


L A M A G I A PA R A E L P Ú B L I C O La idea de magia e ilusionismo como entretenimiento infantil y como desafío es ya algo caduco. El público, que hasta ahora siempre ha visto a los magos, en el mejor de los casos, como hacedores de ilusiones, empieza a entender que eso en realidad no es arte mágico. La responsabilidad de un artista, de situarse delante de un público y ofrecer su arte y ofrecerse él mismo, no es poca. Requiere años de preparación, estudio, ensayo y comprensión. El mago normalmente es autodidacta, porque generalmente no existe un sistema de estudio reglado (salvo excepciones), y el único examen posible es ponerse delante de su público. Y eso se percibe. Y el público, agradecido, debe responder. Nos referimos al público que realmente va a ver una actuación de magia, no al que se sienta “a ver qué hace este” o “a ver si le pillamos un truco”. Porque esa visión viciada y del pasado debe renovarse con la renovación de la magia y la renovación del mago.

[ 60 ]


Y este público “sabe” que está ante algo distinto y deja abrir sus sentidos para vivir la experiencia. Un público en teatro, por ejemplo, no ve actores y decorados. Ve una historia que vive, se recrea y aprende de ella. No piensa: “Mira estos que me quieren engañar diciendo que son reyes…”, y sigue las normas del teatro. En silencio, en atención, sin hablar y aplaudiendo como recompensa al esfuerzo, aun cuando no le haya gustado. La magia tiene sus propias normas según el tipo de actuación y de truco. Y el trabajo del mago es hasta más duro, porque él ejerce todos los “oficios” y se dirige a sí mismo. Es como rodar la película en directo, es crear sobre la marcha algo ya estudiado pero que en cualquier momento puede variar. La magia está viva y vive con el público, y este la va creando a la par que nosotros actuamos: la interactuación es constante en el acto mágico. La misma gran responsabilidad que tiene el mago ha de ser compartida por su público. Esto no es que-

[ 61 ]


rer ayudarle, es saber qué se está presenciando, y qué papel se desempeña (como en la obra de teatro). No está ante un “bufón” que nos desafía a no pillar sus trucos (¿qué trucos?: un mago presenta piezas compositivas) ni ante unas simples ilusiones que entretienen, aunque así sea. Está ante una experiencia artística del mayor nivel. Aunque esto depende del mago. No de lo bueno o malo que sea, porque eso es otro tema, sino de que sea capaz de transmitir su arte. Si su arte es pobre, aunque lo haga bien, difícilmente gustará. No arte de divertido, sino como medio de expresarse a sí mismo y a su mundo, al mundo. Y al hacerlo a través de un arte interpretativo, ha de entretener y divertir (aunque sea con drama): “Los públicos perdonan un fallo. Lo que no perdonan es el aburrimiento” (René Lavand). Y siendo consciente de su papel, el público gozará con la magia como pocas veces podrá hacerlo. Y llegará incluso a ser consciente de que esta realidad no es absoluta y que no solo podemos soñar algo

[ 62 ]


más, sino que a veces gracias a nuestro mago, podemos palparlo y sentirlo. Y nuestro devenir por este mundo se verá renovado. Gracias al público por estar ahí.

[ 63 ]


Diso n a n do Álvaro Carreño


Coronación Ver cómo una hormiga corría de un lado a otro del papel, describiendo círculos en su huída desesperada, era una de mis ocupaciones desocupacionales de niño inocente y aburrido. Ahuyentarla con los dedos era el momento de máxima empatía con la hormiga, imaginarse cómo sería si de repente unos dedos gigantes-incomprensibles aparecieran en el cielo, taparan la luz, golpearan con fuerza contra un suelo blanco e interminable y amenazaran con llevarse la vida con un solo toque mágico, imperceptible para la mano, pero fatal para mi pobre cuerpo de hormiga era la esencia misma del ser niño volcada hacia lo imaginario-fatal, ese aspecto del mundo que a ratos carecía de sentido y que, sin embargo, se hacía presente durante el sueño, los juegos tipo si-te-pillo-te-mato, las preguntas sobre el fin del mundo y la muerte. La sensación de poder se hacía presente ya en mí, niño poco conciente, y mi dedo no aguantaba la tentación de dejar de ahuyentar a la hormiga, para ponerle punto final al asunto y despacharla al cielo-hormiga, dejando una mancha negra e irremovible en el hasta-ahora-y-nunca-más pulcro papel. La crueldad que luego del asesinato me embargaba, no bastaba para detener ese extraño impulso, y ver cómo otra hormiga sometida a la misma presión corría despavorida, ahora sin una pata, ahora sin dos, ahora sin antenas, y escuchando incluso sus pequeños gritos de auxilio y terror, solo lograba aumentar esa capa que se acumula sobre nosotros a medida que crecemos, que nos inmuniza para que todo finalmente tienda a ser mero detalle. Recuerdo el día de mi coronación, cuando definitivamente asumí el control del mundo: encontré un hormiguero. No contaré lo que sucedió ese día, pero aseguro que hasta el día de hoy es recordado en la comunidad hormiga como el peor día de su historia. Desde ese día que ya no mato hormigas, el peso fue más grande que un dedo-incomprensible sobre el cuerpo de una hormiga.

[ 65 ]


Metrópoli Ausente. De a poco se hacen nítidas las imágenes en mi retina. Un punto fijo. Una corbata inmóvil. ¿Azul? Se mueve, y comienza el recorrido de mis ojos por la acera. Se acerca, era gris. Sigue, quizás hasta dónde. Me pareció demasiado apretado el nudo. Hasta nunca. Vestido. Terno. Zapatillas. Otras más. Un grupo de amigos que caminan como si nada. Oriental. Están de moda. Comienzo a negarlo todo. Al menos eso dirían los que me ven de espaldas, apoyado como si durmiera en este banquito. Pero no soy negativo, solo soy curioso y mis ojos siguen los pasos vanos pasos, curiosos pasos, estresados pasos, enamorados pasos, apresurados pasos, desconfiados pasos de la gente que camina por este lugar. Nada particular diría esa señora, la de las bolsas. Pero a mí me gusta que esté junto a esta bulliciosa calle, este ruido de locos, los árboles, tan desubicados, ahí están. Lo que debió ser el material, ahora sirve de adorno. Esa extranjera. ¿Rusa? Haría una buena pareja con el caballero que vende pañuelos a la salida del metro. Tendrían que romper algunos prejuicios, o mejor, dejar de jugar su papel de estereotipos. Por ahora, preguntar dónde queda la plaza de armas, vender un par de pañuelos sin éxito, parece suficiente. Cuál es el sentido de que vivamos todos juntos en este mismo lugar. Estemos, no vivamos. Vivir debe ser otra cosa. Somos una plaguita muy curiosa. Millones de personas, y al final somos todos iguales. Ojos cansados. Boca tensa. Manos tomadas. Manos cerradas. Esta ciudad avanza, no podría decir muy bien hacia dónde.

[ 66 ]


Enredos familiares y un disfraz Mi bisabuela solía repetir cada cierto tiempo que algún día nos llegaría la muerte a todos, pero nadie le hizo caso, hasta el día en que ella misma murió por una extraña enfermedad congénita que nunca se había manifestado pero que todos sabíamos que llevábamos en la sangre. Desde ese día, fueron desapareciendo los personajes y rostros que di por sentado que vería toda la vida. Uno por uno los fuimos dejando en el jardín de atrás de la pequeñita casa veraniega de mi tía, en el cual no cabríamos todos, pero por alguna razón de peso decidimos montar ahí las improvisadas sepulturas, no bajo la tierra, sino sobre ella. Un closet con colgadores, bolsas blancas impermeables, y una gran cruz dibujada con carbón en la puerta de corredera, como una señal provisoria, un homenaje gratis y fácil de hacer, pues no teníamos realmente mucho tiempo, con todo lo que significa estar de vacaciones; salir en familia, por muy mermada que esté, siempre significa preparativos que hacer, y las mujeres siempre con sus peinados, siempre con sus ojos. Los cuerpos se iban acumulando, se agregaban cada día a la colección de moda de mi tía, pero por suerte somos una gran familia, muy numerosa, así no todas las redes de confianza se veían dificultadas por algún eslabón perdido. Fue un verano de lo más extraño, el conejo de mis primos –que en realidad era un gato obsesionado por comer zanahoria- se escapó y perdimos un quitasol en la playa.

[ 67 ]


Insomnia Media vuelta y otra vez el mismo punto en la pared. Cerrar los ojos es un intento casi romántico, enternecedor, pero asimismo intenta por la vía de la ilusión. La presión en los párpados, la conciencia de estar más despierto que nunca, la paradoja de lograr tener la mente en blanco, son todas fuerzas malignas interfiriendo su anhelo mayor, la única cosa que desea con certeza. Extrañamente, las mismas medicinas que le sirven para no dormirse en el día, son las que intenta para lograr el efecto contrario noche tras noche. Pero nada funciona ya, nunca más podrá, en un cerrar y abrir de ojos, ver el mismo mundo con otros colores, la magia de ver la luz entrando por donde recién no entraba, dejar el llanto atrás como si nada hubiese pasado, viajar en el tiempo hacia el día más esperado, despertar como un niño cada vez, iniciar el ciclo de la vida cada día. Sin dormir, estar despierto no vale la pena.

[ 68 ]


El minuto cultural de Nilda Eliana Y qué tanto si dejo todo botado, el computador encendido, el texto a medio terminar, tomo mis cosas y me voy. Al parque, al café, a la vuelta de la esquina, a la punta del cerro. Tomo mis cosas, y me voy. Y-qué-tanto. Repasa en su mente, panoramas, pa-no-ra-mas. Cine, teatro, arte, música, cine, música. Cine. Música... música. Música. Tomo mis cosas y me voy a un concierto. Atención, me voy a un concierto. Nilda Eliana se dirige al teatro a escuchar un concierto. La sinfonía no-sécuanto en Re mayor, orquesta sinfónica, entrada liberada, y qué mejor. En el minuto que se sienta, empiezan las tentaciones de textos sin terminar, de computadores encendidos, de cigarros en el cajón. El pie se le mueve inconcientemente, tirita tan rápido que no se percibe. Tuerce la cabeza, espera sentada, mirando fijo el programa entre sus manos. Qué son todas estas letras. Qué hago aquí. Silencio, la música está por comenzar. Nilda Eliana está más nerviosa que nunca, siempre le han desesperado los silencios de cualquier tipo: forzados silencios de biblioteca, tensos silencios de examen, cómplices silencios de pacientes en sala de espera, insostenibles silencios de una vida callándose todo. Y la música no empieza. Se escuchan los ruidos mas imperceptibles, el roce de los pantalones contra las butacas, el tintineo de las luces, el pelo largo sobre el hombro, los párpados sobre los ojos, la mitosis de cada célula orgánica presente en cada individuo silencioso. Y Nilda Eliana escucha aún el sonido del ventilador del computador, unas hojas sobre el escritorio que gritan, gritan que nadie las trabaje como es debido, gritan la responsabilidad de todo el mundo menos la de Nilda Eliana que se dio el gusto de salir a escuchar las células de la gente silenciosa. Prohibido salir.

[ 69 ]


Eclipse de Luna Después de muchos días descansando del ajetreo urbano, retirado y empapado de naturaleza, de verdadero entorno vivo y dinámico, expresivo y sentenciador, ocurrió hace unos momentos algo inesperado, pero eternamente anunciado desde los comienzos, en el momento en que los astros se entregaban al movimiento y escuchaban las palabras que regirían su comportamiento hasta el fin. Mi ignorancia se asombró por un instante, pero fue la base para que el suceso realmente tomara el verdadero sentido que debía cobrar en mí. Mientras caminaba de noche, contra el viento fresco y agradable, con la cabeza levantada y ambos brazos recibiendo toda la energía de este lugar fenomenal, descubrí algo extraño en la Luna, una sombra fuera de lugar, porque hoy debía estar brillando con todo su esplendor. Eclipse. Me quedé contemplando la primera fase, observando desde ese punto la manera en que la Tierra se comía la Luna, sintiendo el Sol tan perpendicularmente lejos. El miedo fue uno de aquellos golpes que sentí en el pecho; un miedo sutil, pero no por eso sencillo. Mi insignificancia brillaba a la vez que la luna se oscurecía, y sintiendo que toda la humanidad estaría ubicada en la misma posición que yo, los ojos fijos en el cielo, las manos inexistentes, todo nuestro ser inexistente en ese minuto de serena oscuridad, pensé: Tan pequeños, tan poco somos. La Tierra se mueve y dejamos de ver la Luna, se nos escapa, huye por la inmensidad del cielo mil veces evitado, y nosotros solo podemos mirar, asombrados pero con la esperanza (aunque es una esperanza nacida de la impaciencia, como un paréntesis inútil y redundante) de que todo vuelva a su normalidad, que la luna brille ahí

[ 70 ]


arriba como siempre, que no haya nada de que preocuparse, que todo siga el curso que debe seguir, buenas noches, hasta mañana, que duermas bien. En tan solo un momento todo lo que somos se derrumba frente a algo tan astronómicamente cotidiano, la sombra de la Tierra proyectándose hacia el infinito, con la de nosotros metida adentro, tan vaga y sin influencia. Y la luna, tan sublime, tan lejana pero tan suficientemente cerca, tan redonda e imposible, enfermera obstaculizada y ofendida por un paciente rebelde que se niega a cooperar, impedida de seguir las instrucciones que dicta severo el médico. Y el paciente lleno de bacterias asesinas que lo único que saben es reproducirse, engullendo todo a su paso, destruyendo lo que sea con tal de sobrevivir un poco más, tan solo un poco más, para ahora sí, ahora sí que sí cambiar y no hacer más daño, pero volviendo a producir fiebre en cada fallido intento. Escuché la risa de otros jóvenes y los vi divertirse en la plaza. Qué curioso, puede desaparecer la luna, explotar una estrella, caerse el cielo en un segundo, y nosotros tenemos el descaro de seguir riendo como si nada, como si todo, como si algo. La venda que ponemos a nuestros ojos, para cegarnos, es de la misma naturaleza que la pantalla con la que tapamos todo lo que nos devuelven las cosas, lo vano de la mayoría de nuestras acciones, el sin sentido general que debió haber sido de otro modo, la risa que oculta, o por lo menos aplaza por un instante, el llanto profundo de toda una humanidad sumida en la sombra de su realidad siempre errante, siempre evasiva. Y la luz que comienza a aparecer, yo continuando mi camino, pero ya sintiendo de

[ 71 ]


otro modo, una nueva fuerza que comienza a crecer y no se detiene. No son los astros los que decidirán mi futuro, y si me muero porque me caiga Marte encima, no será por culpa de Marte ni de Plutón, no dependemos de las bolas de masa ni de que haya un poco más o un poco menos de luz. Nuestra sombra podrá ser menos que un punto, aún estirada infinitamente por un astro hasta lugares ni siquiera remotos, incluso podríamos no tener sombra, no tener siquiera un algo que detenga la luz como lo es el cuerpo, pero en la Verdadera Luz somos tanto más trascendentes que un simple sol, que un pequeño sistema solar eclipsado.

[ 72 ]


El lunes y la muerte En el día más extraño, la muerte y la vida se pasearon por mi casa, y yo no las había invitado. Se instalaron cual doña Filomena y señora Juana, y tuvieron una discusión. Me usaron en su juego, y caí en la trampa. La vida se sacó la máscara y descubrí que se trataba de la misma muerte. Su doble presencia me quitó el color y el aliento. Su aroma invadió toda mi casa, y el lunes se hizo eterno. En el lunes más extraño, la muerte apareció por mi casa.

[ 73 ]


Colchón 2 Luego de dejar todo en su lugar, Nilda Eliana Cayul Huaiquillán se propuso descansar hasta el día siguiente -aunque recién eran las cuatro de la tarde, y el calor estaba excepcionablemente insoportableUna vez acostada, mirando el techo -no olvidar: mañana las telas de araña de la lámpara-, no pudo dormir. Algo molestaba. Sí, era ese resorte suelto del colchón, el mismo que noches atrás se le había incrustado en la espalda, el mismo que noche tras noche le hacía imposible el anhelado descanso. Nilda Eliana, tendida en su cama, lamentando su suerte, tuvo que levantarse. Sacar el colchón, arrastrarlo con todas sus fuerzas hacia el comedor. Llevándose las manos a la cabeza, otra vez lamentando, y casi llorando por no estar ni dónde ni en el modo que ansiaba, trató de concentrarse. Algo había que hacer con el colchón. ¿Dónde van a parar los colchones que la gente deshecha? No cabe en la basura, y no puede quedar tirado en la calle. Nilda Eliana no tiene patio, no puede quemarlo. Entonces, la iluminación... Ya sea por la rabia o por el sueño, piensa que no tiene otro remedio que tomar una tijera y cortarlo en muchos trozos -con un gran esfuerzo gran-, pero la idea de verse patéticamente arrodillada y sin lograr cortar ni un centímetro de la gruesa capa, eleva su furia a niveles estratosféricos. No sin antes descargar contra el susodicho toda su ira, enterrando perversas

[ 74 ]


estocadas y arañando, golpeando con puños, y tirando todo lo que está al alcance de los brazos, se dispone a comenzar la triste tarea de trozar el colchón. Luego de los incontables y vandálicos destrozos -que más tarde lamentará con lágrimas-, la tarea le parece placentera, y Nilda Eliana, con esa sensibilidad a flor de piel, se ríe con malicia al ver el interior del colchón escapándose sin remedio, los algodones, las polillas y un ratón saltando por el comedor, y ahora los resortes, -malditos resortesbailando sin parar, -malditos, malditosoxidados y movedizos, bailando, -mueran, malditos resortes, mueran-. Nilda Eliana no se da cuenta que su comedor es ahora un cajón lleno de algodón, resortes, polillas y un ratón que encuentra divertido saltar sobre un resorte. Y que mañana tendrá que ordenar. Y tampoco se ha percatado que su anhelado descanso solo llegará cuando tome las llaves, saque el dinero ahorrado por meses en el cajón del velador, y salga a comprar un nuevo colchón, al contado y sin intereses.

[ 75 ]


R e c e ta Javier ValdĂŠs


Champiñones de queso y chocolate: Ingredientes: Tapa de chocolate:

Tronco de queso:

150 gr de Cobertura de chocolate negro ½ L de Leche 1 Sobre de cuajada Moldes semiesféricos.

200 gr de queso cremoso 400 ml de leche 200 gr de azucar 1 sobre de cuajada. Moldes cilíndricos


Preparación: Tapa de Chocolate Disuelve el sobre de cuajada en un poco de leche fría, y añade el resto hirviendo. Retira la mezcla del fuego, remueve y dale un último hervor. Otra vez fuera del fuego, y antes de que se enfríe, añade la cobertura de chocolate y disuélvelo hasta conseguir una crema homogénea. Vierte el chocolate en los moldes y déjalo enfriar hasta que cuaje. Tardará alrededor de dos horas. Tronco de Queso Haz una papilla con un poco de leche, el azucar, el queso y la cuajada. Añade la mezcla al resto de la leche hirviendo. Como antes, separa del fuego, remueve y vuelve a hervir. Reparte el resultado en los moldes cilíndricos y deja que enfrie. Tardará dos horas en cuajar.


Presentaci贸n: Construye champi帽ones bicolor colocando las tapas de chocolate sobre los troncos de queso.


So m br a s Texto: Hilario Gutiérrez Foto: Silvia González


C

uando salió al balcón Juan se dio cuenta de que había perdido su sombra. Miró a su izquierda y vio como el ficus proyectaba una silueta negra que se deslizaba entre los barrotes hacia la calle. Miró a su derecha y se aseguró de que la silla dibujaba su sombra sobre el suelo. Observó sus pies desde la puntera y por el talón y se convenció de que aquella que parecía su única compañía fiel, lo había abandonado. Nada hacía presagiar esa primaveral mañana de domingo ningún acontecimiento relevante. Se habían quemado las tostadas, se había manchado la bata con mermelada de ciruela, se había cortado afeitándose y su gata Salsa había hecho un costurón en la cortina, hechos todos nada inhabituales. La noche anterior se acostó a una hora no demasiado tardía, un poco achispado cierto, después de trasegar media botella de fino mientras veía una película en la televisión, pero no era una cantidad que produjese una perdida de la razón y menos de la propia sombra. Una vez superada la impresión inicial, acudió al abrazo de su sillón favorito y, una vez arrellanado, pensó que debía ser pragmático. Perder la cabeza, una mano, el trasero, un ojo, la oreja o sufrir castración, son pérdidas que se hacen notar, pero ¿qué importa perder la sombra? Es algo sin relevancia

[ 81 ]


práctica, no le impedía hacer nada ni tampoco le iba a abrir nuevas posibilidades. No había de qué preocuparse. El timbre desató sus pensamientos de su sombra. La puerta desveló a su madre armada de bolsas del supermercado. Nada más entrar y de un solo vistazo, examinó la casa hasta en sus rincones más oscuros. El ceño se frunció formando unas arrugas en el entrecejo. Eso y la fregona que asomaba su melena de una de las bolsas, hizo que Juan detectara el peligro con rapidez. Cogió la chaqueta del perchero y dijo a su madre que justo en ese momento debía marcharse. Tenía mucha prisa aunque no sabía para qué. Esa mirada materna siempre le retrotraía a su niñez y la sentía observándolo desde la altura de la autoridad a su pequeñez infantil aunque él le sacaba dos cabezas. Decidió aprovechar la tibieza del día para pasear por El Retiro. Tirititeros con vocación de flautistas de Hamelin, músicos americanos, africanos, asiáticos y españoles enlazando sus sones a lo largo del parque, echadoras de cartas consoladoras, gitanas maldicientes con ramitas de romero, magos de pañuelo y chistera, adolescentes bailando hip hop como lombrices, niños haciendo zigzag en bicicleta, abuelos copando los bancos al sol, parejas en vaqueros paseando bebés y felicidad paterna, corredores impulsados

[ 82 ]


por auriculares, patinadores con armaduras de plástico, tripones descamisados en barca, mendigos autodialogantes, grupos de negros desubicados, litroneros vociferantes, reflexivos ajedrecistas de exterior, lectores en rincones umbríos, turistas de guías dubitativas, parejas amorosamente concentradas. En busca de un poco de sosiego paisajístico se acercó al lago junto al Palacio de Cristal. Le gustaba oír el cóctel de sonidos formado por los gritos de los patos, el ligero silbido de los pájaros y el continuo subrayado del gran surtidor de agua en el centro del lago. La valla metálica que lo rodea servía de apoyo a la tranquilidad de los espectadores que observaban y escuchaban el paisaje de postal de primavera. Acunado por el sosiego del mediodía festivo se dejó llevar por la sensualidad del entorno saliendo de sí mismo. Aves, agua, sol, sombras plenas de mediodía que brotaban del suelo. Los barrotes verticales de la valla en que apoyaba sus manos se repetían rítmicamente en negro frente a él, a su derecha las siluetas de una pareja abrazando a su hijo, situado entre ellos, una mancha negra de menor tamaño que se pisaba un pie con el otro y se recostaba en la figura materna. Un poco más allá la rama sombría y estilizada de un árbol que se adentraba en las aguas. A la izquierda una figura leyendo un periódico todo negro. Frente a él... nada. Un escalofrío se mezcló con un sudor repentino, un encogimiento del estómago y un tembleque en las piernas. Se incorporó

[ 83 ]


sobresaltado y se retiró de la valla temiendo que alguien más se hubiera dado cuenta. Escondió su descubierta desnudez en la imponente sombra de un árbol centenario; se sumergió en ella y quiso que lo adoptara. Lo que parecía que debiera sentirse como un menor peso se convirtió en una ausencia de plomo y tuvo miedo de exponerse al sol delator. Necesitaba una sombra. Se puede ser monstruoso por exceso y por defecto. No se es persona descabezado o sin abdomen; no se es persona sin sombra. Encerrado en los límites umbríos del árbol advirtió la posibilidad de salir de ellos bajo la protección de dos altos y fornidos jóvenes deportistas con unas sombras hercúleas en las cuales poder ocultarse. Cuando llegaron a su altura adaptó su paso al de aquellos, guardando una prudencial y medida distancia en la cual ni ellos se extrañaran de su compañía ni los demás se apercibieran de su tara, hasta que se desenredó de sus acompañantes en una zona entreverada de grandes sombras arbóreas y sol, de forma que podía avanzar con una rápida aceleración para sobrepasar las zonas de luz sin peligro de delatarse, como el peón que avanza por las casillas negras en un tablero de ajedrez.

[ 84 ]


Comenzó a estudiar a las muchas personas que paseaban por el parque a esas horas centrales del día buscando el abrazo del tibio sol. Se acercaba a ellas con ademanes de espía en prácticas, silbando y mirando al cielo, ajustándose a su figura, convirtiéndose en una masa maleable que encoge la tripa para ser sombra esbelta, poniéndose de puntillas para alcanzar esos centímetros que le faltaban, revolviéndose el pelo para tener una estampa moderna y desaliñada; arrimándose a un ejecutivo maduro de pañuelo de seda en el cuello, cazadora de ante y andar erguido y poderoso para encontrarse apocado; midiéndose con un trotón con gafas de sol de diseño futurista para apreciar que tiene piernas de rana y torso escurrido; adaptándose a un chulo vigilante de su redil para sentirse falto de redaños, ciñéndose a unos jóvenes vociferantes y carcajeantes para cerciorarse de que la juventud ya se había acabado. Se sentó desasosegado y triste en un banco. Mientras miraba las punteras de sus zapatos que habían perdido su oscura continuidad, se le ocurrió que era más fácil encontrar una sombra conocida que fuera de su medida que no topar con ella en el azar de la calle. Descubrió que podía pensar en la gente cercana y probarse sus sombras como si estuviera en la boutique y se introdujo en la de su ex compañero de clase Aniceto Pombo una sombra flexible y danzarina con la que no se le resistiría hembra discotequera alguna, o en la tutora y reverencial de Miguel Díaz, su profesor más admirado, con la cual

[ 85 ]


recorrería el mundo con modestia y sabiduría. Se puso en pie y se fundió con la de Gustavo Cerro, su primer y paternal jefe, y se sintió seguro y decidido; con la de Alberto Lafuente, aquel ex novio de su hermana que se ganaba la vida vendiendo cuentos por los bares, y se sintió libre y bohemio; con la de Benito Molina, que era capaz de contar chistes y hacer requiebros con la habilidad de un prestidigitador, y fue el rey de la fiesta; la de Javier Maldonado, pendenciero y bravucón, temido en el barrio de la adolescencia, y sacó pecho y aguzó la mirada amenazador. Y ya puestos, por qué no probarse la de Adela Moreno, su sueño inalcanzable de la universidad, bajo y sobre la cual siempre deseó cobijarse, y se encontró extrañamente atractivo y curvilíneo. Fue Bogart aceptando el destino inevitable, fue Newman seductor, fue Bond invulnerable y estaba feliz en su silueta negra, con los brazos cruzados y la pistola en diagonal sobre el pecho, cuando un golpe en el pie devolvió la mirada al exterior. Un padre le increpaba por haber pisado el coche teledirigido de su niño. Se hundió en la más profunda espesura en la parte más solitaria del parque donde el ligero frescor ahuyentaba a los buscadores de rayos de sol. Encontró tranquilidad, la calma que da el tener por espejo la continua umbría que cicatrizaba temporalmente su herida. Se cruzó con algunas personas cabizbajas y meditabundas: Una mujer joven y con gesto de estar resolviendo un difícil crucigrama mental, un

[ 86 ]


hombre vestido con cazadora de amplias solapas subidas que le ocultaban la mitad de la cara, un anciano que miraba hacia atrás inquieto. Llegó hasta el final del parterre tupido y vio el claro que tenía delante como una frontera, un muro de luz que le impedía salir. Volvió sobre sus pasos. El laberinto del jardín versallesco, con sus ángulos rectos y su paisaje geométrico, infundió orden a su pensamiento y salió de sí mismo para admirar los centenarios árboles que le rodeaban, los setos recortados a la misma altura, las flores plantadas con intención pictórica: Llegó al otro extremo del parterre y se paró ante la luz que iluminaba el suelo con intensidad. Tampoco podía permanecer allí indefinidamente y pensaba en cómo traspasar ese alambre de espino luminoso. La mujer con la que se había cruzado con anterioridad se detuvo a su derecha. Arrastró los pies a pequeños empujones de tobillo hasta que la puntera se situó justo al borde de la parte de sendero iluminada por el sol. Se observaron un momento. Entonces, Juan sintió su comprensión. Por su izquierda llegó el anciano que se quedó parado de la misma manera. Cogiéndose las manos con timidez, en silencio, dieron un paso adelante descubriendo al sol su tara invisible. A pesar de ello, por un instante se sintieron bien amparados en el mutuo conocimiento de su desgracia. Sus dos compañeros eran más veteranos que él en vivir demediados y le explicaron cómo reconocerse entre ellos

[ 87 ]


por su actitud esquiva, la blancura de su tez a causa de evitar la luz, el uso de ropa negra para intentar construirse de forma artificial lo que perdieron de modo natural, el andar por la calle pegados a las fachadas buscando el amparo de toldos y balcones, su predilección por los días encapotados en los que salían a la calle libres y desinhibidos, su carácter noctámbulo. El anciano le contó que casi todo el extinto gremio de serenos había estado formado por gente como ellos y que él mismo había sido sereno hasta que la desaparición del oficio le hizo convertirse en guarda nocturno de un garaje. La joven le informó de que actualmente eran mayoría entre los recogedores municipales de basura, vigilantes nocturnos y taxistas de noche, y que ella trabaja de gogó en una discoteca con el consiguiente disgusto de sus padres. Con las pistas aportadas por sus circunstanciales compañeros sospechó de Amalio, su compañero de despacho que siempre evitaba salir a tomar café a mediodía, y de Pedro de la Cruz, su médico de cabecera, que utilizaba una inusual bata negra en vez de blanca y cuya consulta siempre estaba a media luz. Poco a poco un abismo de duda se fue abriendo en su pensamiento y la figura de su padre difunto se fue aclarando en la memoria, trabajando en su tienda de zapatero remendón sita en los bajos de la casa y no saliendo a la calle más que en su breve paseo para sacar a mear al perro después de cenar,

[ 88 ]


apartándose después a las tinieblas de la esquina del salón para ver la televisión desde allí, lejos del monólogo de fondo de su mujer. A partir de entonces Juan se supo miembro de una comunidad no declarada que nunca podría ser asociación. Se reconocían de lejos como lobos solitarios a los que les bastaba saberse de la misma especie pero siendo conscientes de que su comunicación se reduciría a olisquearse. Cuando se dio cuenta de que una familia en bicicleta se acercaba a ellos se dispersaron como lagartijas asustadas lejos de la luz y la vista ajena. En medio del parterre oscuro, el hombre de la cazadora los vio desaparecer con las lágrimas temblando en los ojos. Comió frugalmente en un quiosco del parque, en mesa y silla de aluminio, a la sombra. Cuando terminó, aprovechando ese momento en que la mayoría de los paseantes se habían retirado a almorzar, se sintió libre para andar expuesto a la luz.

[ 89 ]


Siempre le habían gustado esos paseos primaverales. Le gustaba el sol, la luz de España que turistas nórdicos sentados en los bancos recibían con ansía abriendo escotes y subiendo las perneras de los pantalones. Recordaba los domingos de la infancia en los que iba con los amigos del colegio a la Chopera a emular los Atleti- Real Madrid. Y todo era fácil y todo era luz, y no importaba ni el calor ni el frío y de mayor quería ser futbolista o médico aunque al final fue técnico de recursos humanos, y quería tener dos hijos como sus padres, aunque se quedara resignadamente soltero, y quería ir de vacaciones al Caribe o a la Costa Azul, aunque la hipoteca no le dejara ir más allá de Gandía. Los acordes de una voz tranquila acompañada de guitarra lo invitaron a parar y sentarse en el borde de piedra que delimita el lago, a una distancia prudencial de la cantante que marcaba el espacio de su escenario con un sombrero en el suelo en el que recoger el óbolo público. Había quien se paraba cerca de ella y la escuchaba durante un rato, había quien se detenía un instante, miraba como quien observa a una ardilla, y al poco continuaba. Había un grupo de dos matrimonios que se pararon un instante, alguien dijo qué bonito y persistieron allí mismo en su discusión sobre la presidente de la comunidad de vecinos, llegaron niños de padres pasivos que se perseguían girando alrededor de la chica, utilizándola de parapeto y de centro del compás de su juego.

[ 90 ]


Llegaron chistadoras en petición de respeto; y había quien ni escuchaba, ni se paraba, ni se daba cuenta. Después de tres canciones se habían ido las chistadoras, los niños, los padres, los matrimonios y los interesados, y ella seguía cantando y tocando, tranquila y con entusiasmo. Y así continuó durante dos canciones más aunque la hora de la siesta la hubiera dejado sin público. Se acercó al sombrero, recogió un puñado de monedas, envolvió la guitarra en la funda, la cargó al hombro y se fue con el aspecto de haber cumplido con el deber sin que éste fuera tal. Olvidado de sí mismo apoyó los codos en las rodillas, las manos en la barbilla y expuso el rostro al sol apretando los ojos. Sintió el cosquilleo agradable del sol y pasó así un rato. Cuando abrió de nuevo los ojos y vio la cosa negra que tenía en frente, levanto los pies y la pisó retorciendo el tacón para despegársela, mientras esa cosa imitaba su movimiento y se aplastaba a sí misma. También tenía las manos en la barbilla. Juan se puso en pie y dio unos cuantos saltos para asegurarse ante la mirada extrañada de un hombre que paseaba al perro. Miró al cielo, dio un suspiro e inició el camino a casa con prisa antes de que volviera a perder su sombra. Cuando llegó ya no estaba su madre. Se echó una larga siesta para asegurarse de que no era cosa del

[ 91 ]


cansancio ni de la confusión. Durmió bien y mucho. Cuando se despertó ya era de noche. Se puso bajo la lámpara de la habitación para asegurarse de que todo estaba en su sitio. Hizo estiramientos y todo él respondía en sincronía. Como estaba descansado y alegre, llamó a dos amigos y quedaron en un bar a tomar unas cervezas y compartir unas risas. En el vestíbulo abrió el armario y cogió la cazadora pues todavía era primavera temprana y a la caída del sol el invierno aún asomaba la nariz. Encendió todas las luces cercanas y se subió la cremallera de la cazadora mirándose al espejo. A sus pies, su sombra se enlazaba el cinturón de la gabardina.

[ 92 ]


Jue go po ĂŠ t ic o Borja Arjona


Besando cada momento de la vida y guiado por la razóN Llegué a un puerto recóndito, llamativo e intrigantE; Apresurado y sin dudarlo, me lancé a la aventura, adentrándome en zigzaG Negligente y sin apenas pensar por un segundo en lo que allí me podía encontraR Comencé a indagar entre sus muelles y barracones, en busca de mi tesorO… Obtuso de mí, no me había dado cuenta que desde que llegue, ya te había encontrado. Descubriendo el amor… Besando cada momento de la vida y guiado por la razóN Llegué a un puerto recóndito, llamativo e intrigantE; Apresurado y sin dudarlo, me lancé a la aventura, adentrándome en zigzaG Negligente y sin apenas pensar por un segundo en lo que allí me podía encontraR Comencé a indagar entre sus muelles y barracones, en busca de mi tesorO… Opacamente se intuye más que entenderse una especie de escrito: O…R…G…E…N

B…L…A…N…C…O.

Fueron las últimas palabras que mi voz pudo pronunciar sepultado por el negro y alzado por la pureza del blanco…

[ 95 ]


E n a qu é l pa ís Francisco Díaz


M

e gusta más el blanco, el negro me produce un trauma casi instantáneo y es que es algo generado por experiencias pasadas. Nací en tierra de blancos y de negros, pero negro es el color que terminó prevaleciendo en ese, mi país. En esa tierra cada ser llevaba su carga de locura, tristeza, depresión, confusión y muerte; las horas rebotaban y con el pasar del tiempo el reloj se burlaba de todos pero quizás dentro de todo esto cada habitante de ese lugar aprendía con golpes y se reía de las desgracias que hacía el juguetón tic tac que se hacía cada día más amigo del negro que del blanco. Erase un país dominado por hoyos negros que raptaban a los ciudadanos. Siempre supe que algún día tendría la oportunidad de contar la historia. En el país de los hoyos negros vivieron muchos o mejor dicho sobrevivían muchos en la medida de cada uno, no hay mucho que decirles de mi tierra ahora mismo, pero sí que existieron en su tiempo vidas y grandes extensiones, la mirada no alcanzaba para observar nuestro fértil territorio. Ahora soy un testigo de la aparente historia de mi país, pues sobreviví a la extinción en contra de todo pronóstico, puedo junto a otro grupo de conciudadanos ser un superviviente. En aquel tiempo la figura de las féminas tristes de mi país era bien representado por una viuda perturbada que lloraba mientras limpiaba

[ 97 ]


la pobre casucha que habitaba al son de un disco descollado, era ella la mayor exponente del género femenino de esos turbulentos tiempos, cantaba en un improvisado estar lleno de tapetes, tejidos para posar las figuritas blancas de Lladró con todos los tamaños existentes y en las posiciones más extrañas. A veces pensaba que en la noche esas figuras caminaban por la casa para llenar un poco la soledad de ese sitio y volvían a su lugar en la madrugada, puede que hasta sucediese así, pues en este lugar de ausentes todo podía pasar, todo el que transitaba por la calle principal de mi país tenía a las ocho de la noche una vista teatral de la viuda del vecino extraviado. Ella en la sala cantaba “que nadie piensa en mí, soy diferente hoy aquel que me lleno la vida ya no vive aquí, la voz que me cantó al oído ya se marchitó, el sol de su mirada ya se fue, que nadie piensa en mí que nada cambiará, volver a comenzar es imposible, se me apagó la voz aquella tarde”. Ella y su tristeza eran el juego perfecto de ese luto ambulante que le hacía equilibrio a sus trajes negros, la mujeres en mi país parecían todas una graciosa imagen de la muerte, y la viuda salía al balcón que daba con la calle donde todos la observaban el coro de su musical lo hacían los borrachos que vivían en las afueras, ellos la aplaudían animadamente “tan solo recordar que un día fui volcán entre sus brazooooooooooos”. Abrazaba la escoba de una manera cursi que ponía el toque perfecto a la tragedia barata que era su pobre vida, dando alaridos “era mi vida eeeeeeeel“; y el disco se rayaba y no dejaba escuchar la letra que le seguía, pero no hacía falta, pues ella y sus ebrios amigos sí se sabían de memoria su letra “que nadie me repita la palabra amor, volver a ser feliz es imposible, murieron tantas cosas esa tarde que no me queda

[ 98 ]


nada por vivir”. Ay que me duele tu extravío, amor mío le decía a la fotografía de la sala que reposaba también en un horrible tapete blanco en donde dormía plácidamente el gato negro propiedad de su desaparecido esposo, muchas mujeres en mi país tenían historias parecidas de extravíos, hijos, padres, madres. La viuda nos decía a todos que su esposo salió de viaje al paraíso que no ha de ser otro que el que le mostraban los centenares de predicadores que llegaban a todas las puertas de los habitantes, desde que se perdió su esposo, ellos les daban unas revistas que ella coleccionaba. En ellas la gente sale vestida de psicodélicos trajes blancos y domestican animales salvajes como los hermanos de Las Vegas que salen en la televisión domesticando tigres blancos de bengala, todo acompañado de grandes banquetes, nuestros predicadores sí que sabían alentar nuestras desgracias. Ellos ayudaban a alivianar un poco los recuerdos que eran parte esencial en la vida de los que perdimos gente a causa de los hoyos negros, los recuerdos para nosotros eran como ese disco rayado de la viuda desquiciada. Se repetían continuamente. Todos sufrimos grandes extravíos en mi patria y de repente la vida pasaba más rápido, y los días eran años, los vientos del tiempo aumentaban cada vez más, y nuestro país siendo reconocido en el mundo como un país de diversos colores fue consumido por el color negro que se hacía presente en cada rincón de nuestra cotidianidad, al principio todos vimos el negro como sinónimo de elegancia y modernidad pero luego ya el sol no salía, los árboles mudaron sus hojas y nacieron de un negro intenso, las aguas eran negras y nada más inseguro que el agua negra. Así fue imposible navegar nuestros mares, el cielo se puso turbio y por ende la aeronáutica se mudo de país, un gran éxodo fue generado por el negro, nuestros cultivos no

[ 99 ]


parían frutos, comíamos ciruelas pasas, pues era lo que abundaba al igual que los granos negros. Estos alimentos nos hacían expulsar restos orgánicos del mismo color, un poco desagradable, de aspecto para serles sincero. Todos nos enfermamos, pues no bebíamos agua por miedo a su color y la bebida más segura era la Coca Cola, sino éramos tragados por un hoyo negro moríamos a causa de una pésima dieta. Cada vez se escuchaba con más frecuencia, a viva voz en algunos la misma interrogante ¿Por qué nos tocó nacer en este lugar? La gente desquiciada pasó a ser nuestra mayor salvación en tiempos de crisis y a nuestro grupo de desesperados se unía la mayor coleccionista compulsiva de recortes de prensa que pudimos tener en mi país. A ella le llaman La periódico, su madre era una loca, entiendan que nadie en su sano juicio le pondría ese nombre a su crío. En aquellos tiempos La periódico era famosa, pues cuando alguien no aparecía y se creía que había sido consumido por un hoyo negro se recurría a ella, nuestra coleccionista vivía en un hogar hecho de su nombre, y su cara estaba repleta de tinta parecía una hoja de prensa ambulante. Cuando empezaban las pérdidas llegaban a casa de ella quién ya tenía el recorte que anunciaba la desaparición. Así se enteró la viuda de la pérdida de su esposo y así centenares de pobladores más. Recuerdo que cuando la viuda acudió a ella se leía en grandes letras negras: DURANTE UNA NEGRA NOCHE DE ENERO, CULMINANDO SUS RUTINAS LABORALES CAYÓ OTRO HABITANTE EN MANOS DE UN HOYO NEGRO DE NOMBRE FÉLIX, QUIEN DEJA INFELIZ A SU ESPOSA FELIZ; y decían noche negra con toda la razón, pues en esos tiempos ni las estrellas salieron en ese pesebre de casas apiladas que sobrevivieron a la absorción, ese lugar en el cual nacimos eran ruinas de lo que alguna vez fue

[ 100 ]


civilización, en aquel tiempo se propagaron como la pólvora los profetas quienes nacían con el mismo verbo a flor de piel y cuando desarrollaban el habla gritaban ¡el negro nos persigue a todos, el negro nos consume no escaparán del destino, de ese oscuro destino! Todos desarrollamos una teoría, los hoyos negros llegaron a creerse, eran fragmentos repentinos del tiempo que se volvió loco a causa de un mal manejo del mismo. En un hoyo negro todo se volvía penumbra y confusión, era entonces cuando se decía que si caías en ellos podías sentir y hasta oír gritos por doquier, llantos de criaturas, derrumbes de tierra bajo tus pies, caídas de rocas que te consumían entero, risas que se burlaban de ti, voces de centenares de seres que gritaban: no me maten, no me asalten, no me peguen, sonidos de balas, cuchillos que rasgan la piel, huesos rotos, calor, frío… quizás eso era apenas una pequeña muestra de lo que relataba la gente que lograba sobrevivir, en casi todos los casos al preguntarles si esos sonidos se asociaban a imágenes ellos nos decían que no veían nada más que el negro, sólo sentían y no entendían nada de esas voces o sensaciones y es que entrar en un hoyo negro era como caer en un vacío en donde abundaba la confusión, el triángulo de las Bermudas era un dulce paseo comparado con nuestros hoyos negros, estos episodios se repetían con más frecuencia en los tiempos que viví, en plena desesperación los ciudadanos acudimos a nuestro regente, pero ese día nos recibió su ayudante quien nos dijo claramente que nuestro regente no podía darse cuenta de esos hoyos negros, pues sino recordábamos que nuestro gobernante era ciego de nacimiento ese pequeño detalle nos afectó. En ese momento nada podía salir peor, y como por ley creíamos que era mejor incluir y no excluir a la gente, principio fundamental de nuestro estatuto de gobierno que

[ 101 ]


para los inicios de mi próspero país nos hacía novedoso en todos los rincones del universo, y claro que el ayudante del regente tenía razón pues celebradas nuestras elecciones teníamos de candidatos al sapo cantor, la muñeca que hablaba y al ciego, y como nos dio mucha lástima decidimos montar al ciego en el trono , ese día de su elección todos celebramos la inclusión del pobre gobernante ciego y en cierto modo no tuvo la culpa de haber nacido así, decía la reportera que televisaba la elección, todos los que formaron su gabinete de mando también eran minusválidos. Tres de nuestros ministros más famosos eran hombres cerdos, ellos dirigían el poder moral, el poder legislativo y el poder judicial. Sinceramente a veces nos era imposible entenderles, pues hablaban un idioma que sólo entendía la ministra de comunicación de mi país que era sordomuda y carecía de brazos en definitiva tuvimos un gobierno único que nos distinguía de los demás, pero para efectos de nuestro desespero a causa de los hoyos negros perdía validez acudir a estos altos mandos así que no nos quedó otra que sobrevivir en la medida de nuestro instinto que se agudizó más y más. Vivimos tiempos gloriosos, pero basta un momento para que la vida cambie para siempre y un día no sabría decirles cómo todos los pobladores de mi país nos vimos huyendo, entre más avanzábamos y a medida que avanzaban los días era imposible dormir, por suerte la Coca Cola nos mantenía como zombis, cada día íbamos oyendo voces misteriosas, gritos desgarradores, llantos desolados que nos dejaban sin respiración y algunos golpes de procedencia desconocida, fue entonces cuando descubrimos que ya se estaban saliendo de control los hoyos negros. Todo empezaba a darnos miedo ya no existían cultivos, ni edificios habitados, y así sucesivamente mi país fue

[ 102 ]


convirtiéndose en retazos de hábitat. Lo más impresionante fue la inmigración masiva en las fronteras. Mi pobre país, ese país famoso en donde crecimos ese que nunca necesitó de nombre para ser reconocido en el mundo, ahora estábamos atestados de inmensas ratas negras que se consumían el contenido de las cloacas y a las personas que morían de diarrea negra, vivíamos en estado de consumición deplorable, y muy necesitados de una nueva dosis de la agotada Coca Cola. Ya mis ciudadanos se peleaban y discutían entre ellos y fue cuando observé por primera vez como los hoyos negros raptaban a un gran número de mis acompañantes simplemente desaparecieron momentáneamente de mi vista y sentí miedo amigos, sentí miedo de perderme, deduje que la gran mayoría del territorio estaba siendo absorbido pues cada día que pasaba el espacio en donde caminábamos era menos. Mientras un menor número de compañeros observaban con creciente temor el deprimente paisaje que se nos mostraba, yo me até los cordones por si las cosas no salían bien y me veía obligado a escapar corriendo, no supe en qué momento sucedió todo, fue tan rápido empezaba siendo un sujeto preocupado por los míos que se reía del teatro de una vecina desquiciada y sucedidas con más frecuencia las apariciones de los hoyos negros me volví egoísta y pensaba solo en mi destino, bastó una turbulencia para saber que esas caras las caras de mi gente ya me eran indiferentes, pero decidí no comentarles nada para procurar la compañía necesaria hasta que pudiese llegar a un lugar seguro en la frontera que nunca pretendía aparecer, la supervivencia es algo puramente animal, irracional, y sobrevivir era lo único en que pensaba en aquel difícil momento, en el que me encontraba, sumido de lleno en lo infame con olores de excremento y suciedad cada vez peores, era un salvaje, absorto en la ardua tarea de la

[ 103 ]


subsistencia. En caso de apuros, prefería ser yo el agraciado ileso o el afortunado superviviente que pudiera contar la historia a fin de cuentas mis compañeros podrían morir primero. Una vez con los zapatos bien atados, me dispuse a subir las múltiples escaleras que llevaban a un destino que seguro debía ser la frontera, pero cuando levanto la mirada no veo a los integrantes que me acompañaban en la marcha, cuando estaba a punto de caer en pánico se apareció un profeta de raza negra, vestido con una abigarrada túnica del mismo color yo me puse a llorar y a gritarle no me lleve santa muerte no me lleve, él dejo caer su helada mano en mi hombro y dijo: seguramente estás perdido hijo mío, buscando tu lugar de origen, quizás ya lo llevas contigo. No entendía nada, a lo mejor esas palabras elaboradas eran para sorprenderme y quizás el profeta era un hoyo negro disfrazado pero no me dejaría absorber. Luego, sin romper su solemne mutismo, me indicó con un sencillo gesto de la mano que lo acompañase y yo realmente a este punto temía por mí, la sucesión de las cosas se alteró aún más y todo era confuso pero finalmente le seguí. El trayecto no duró demasiado, y no pasó nada reseñable mientras lo recorría eso sí algo asustado caminaba en ruinas de mi civilización, pude divisar el techo de mi casa que me llegaba a los pies. Ese profeta tan reservado me condujo hasta un lugar apartado y solitario. Enfrente teníamos un destartalado edificio, cuya puerta estaba abierta y a través de la cual se podía atisbar el inicio de un oscuro y negro pasillo en donde se leía en letras blancas gigantes DOCUMENTACIONES PARA SUPERVIVENTES. Del ruinoso inmueble emanaba un olor húmedo y putrefacto mayor al de la calle que me dificultaba levemente la respiración. El misterioso guía entró en el pasillo y, por primera vez desde que nos habíamos conocido, abrió la boca para

[ 104 ]


decirme que podía pasar, haciéndome el valiente. Entré con paso firme aunque por dentro debía analizar concienzudamente aquel espantoso lugar, entré con cautela y llegué sin problemas hasta el final del pasillo. Una vez allí, el hombre oscuro me aconsejó que rogara a la primera persona que él me señalara, y dicho esto desapareció de mi vista. Tras escuchar varias voces y gritos entré a un cuartucho con una luz tenue y parpadeante, procedente de una lamparilla enganchada al techo, aparece un hombre que tenía un blanco tétrico, desagradable, y le daba al sitio donde me encontraba un aspecto, si cabe, más sombrío. Leí claramente en su pecho un letrero que decía REGENTE y lo pude comprobar al verle unas caricaturescas gafas negras gigantes. Al cabo de algunos minutos, una sombra negra y veloz se deslizaba detrás del trono donde reposaba aquel personaje, era el profeta negro que me señalaba al Regente, y supe que debía arrodillarme y rogar aún no sé por quién o por qué, pero debía hacerlo. A ese punto le dije llorando: Señor se lo ruego, ayúdeme y cuando me arrodillé sentí un líquido negro y espeso que me consumía. Al levantar la mirada escuchaba las risas de tres cerdos que aparecían a los lados del gobernante, ellos le murmuraban cosas al oído y se destartalaban de la risa mientras comían grotescamente. Después la tenue luz me dejó ver que comían el papel moneda de lo que un día fue mi país. Luego lo defecaban ahí mismo y me pude dar cuenta de lo que era el material negro que me consumía en el suelo, con la ayuda de los tres cerditos el ciego se levantó y sacó de su bolsillo un pequeño carnet blanco. Al dármelo en la mano el profeta negro se perdió entre las sombras, tan rápidamente como se había presentado, el ciego sólo me dijo lee y en el carnet blanco decía:

[ 105 ]


pase sin regreso al país que caiga. No entendía mi exilio, pero lo último que dijo el ciego fue gracias por tu voto. En aquel tiempo fui liberado por un gobernante ciego y sus tres cerdos, me vi caminando en un salón de baño con un piso de ajedrez, ahí me recibieron dos apuestos sujetos de cabello negro y piel blanca quienes me besaron en todos lados, no tenían asco de mi aspecto que era bastante insalubre, sólo les di mi carnet blanco y ellos me despojaron de las ropas. Duré con ellos un día en una tina de espumas en donde dormí como un niño gracias a los mimos de mis querubines, luego me recibió una mujer que se presentó como la encargada de mi asilo, me dio una maleta con centenar de trajes blancos, pues era la vestimenta de rigor. En la maleta también había una foto en blanco y negro de lo que un día fue mi prospero país, le pregunté que dónde estaban los zapatos y ella con una sonrisa me dijo que poseían el suelo más puro del mundo que las bacterias eran nulas en su región de blanco puro, y le pregunté cómo me aceptaron entonces teniendo tanto sucio en mis antiguos ropajes. Ella me dijo que para eso era el baño de un día, los hombres que me ayudaron purificaron cada centímetro de mi cuerpo mientras dormía, eso me encantó. Debo decir que vestir de blanco y esos dos sujetos fueron el comienzo de mi paraíso acá. Por fin tengo un hogar que pago con trabajo. Acá me dedico a recopilar historias de los pobladores, soy conocido como el exiliado. De mis compañeros recibí noticias por fotos en blanco y negro, casi todos viven dispersos en otras regiones, nunca nos veremos, pero somos felices de saber que unos pocos pudimos contar la historia de mi ex próspero país. Hoy celebraré el primer aniversario de mi llegada a este país y les contare más de mi lugar de origen a los habitantes

[ 106 ]


de mi nueva tierra, quienes creen que muchas de las cosas que les cuento de aquel país desaparecido son fantásticas sin saber que por eso pasamos unos cuantos mientras luchábamos por vivir, de mi antiguo país quedó un pequeño círculo de terreno, fue nombrado como el país más pequeño, pobre y menos habitado del mundo, pues en él sólo había un regente ciego y tres cerdos, pues la ministra sordomuda y sin brazos murió a causa de disentería negra.

[ 107 ]



ByN