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Ricardo Limassol Toda la cerveza que podrĂ­a comprar si dejara de comer


Todos deben hacer sacrificios por la literatura. Todos deben ayudar a los escritores j贸venes. Ernest Hemingway


Introducci贸n


Lo que sale llegando al cuarto pequeño Llevando una pluma bic en mi boca como si fuera un cigarro. Para despertar necesito solamente el sonido sin descanso de la alarma de un carro, pues el banquero dueño del medio de transporte se encuentra en su oficina mirando por la ventana, contemplando el Ángel de la Independencia; afuera, voy marcando el paso, tapando mi nariz para no dejar pasar el olor fétido de las coladeras que se encuentran en el estacionamiento del edificio. Por algo dicen que los que manejan el dinero son unos marranos trajeados. Pero las mujeres banqueras son lo opuesto: bellas, bien vestidas (minifaldas), pechos y nalgas firmes, marcan con sus tacones las grietas del pavimento, mientras esperan que el semáforo pase de verde a rojo y de rojo a verde y aparezca el cronómetro que nos da seguridad para cruzar la gran avenida. Las cosas tranquilas cuando devoro un baguete tradicional en mi pequeño restaurante favorito (rico y barato). Para bajar el desayuno me instalo en el asiento de arte urbano y recorro hoja por hoja un libro de 600 páginas. Un turista dispara luz fotográfica y pregunta si no estoy molesto por ser atrapado en una imagen. Quiero leer en paz y desobedecer los cambios constantes de los dígitos del reloj. Camino buscando el pago quincenal que tranquilice las tardes de mi madre y relaje las quejas de mi padre. No sucederá hasta dentro de cuatro semanas; y cuando por fin llegue el momento, le diré a mi mujer, estando muy tranquilo, creo que ahora sí podré lograrlo, mírame, ahora sí lo conseguiré. Ella es una diosa que ríe, baila y recita poesía a mi oído; me gusta oler su cabello, llegar a la sobredosis de feromonas. ¡Ah! Mi dulce niña y hermosa niña mujer, cuánto te debo en tan pocas semanas. Tu cuerpo es superior al de una banquera. Calma, recuerda que si expreso mis


ideas de modo correcto nos darían un espacio en el horario de veintiún horas. Algo que no queremos: traicionar nuestro credo. Qué románticos somos, por favor, un castigo merecemos, ustedes deben proponerlo; sí, ustedes, que cargan solamente con tres tipos de necesidades diferentes: las ganas de comer, las ganas de cagar y las ganas de dormir. Putos moribundos llenos de grasa. A pesar de todo, la frialdad que prometieron no apareció; al contrario, encontré buena gente que ofreció ayuda: finiquitar mi sed o guiarme a través de recorridos vírgenes. Es la verdad, la mejor comida y el único tequila que importa, nos pertenecen; con un trago desaparezco el contenido del vaso y mi mujer señala la tambaleante silueta para decir a los demás: “Un hombre de verdad, aquél borracho es un hombre verdadero”. Y lo soy, no tengo dudas. Maté el sueño adolecente. Y ahora todos me miran como un judío que carga la sagrada culpa católica, empeñado en saber por completo cada una de las páginas de la enciclopedia. No tengo prisa. Soy capaz. Mi única preocupación es la de no ser atropellado por andar distraído mirando minifaldas. ¿Por qué la ruta del gusano transporte promete lo que no puede cumplir? Regalo confianza y me pagan con la moneda de la decepción. Algo tengo de culpa pues tardo mucho en alistarme para salir. El agua fría cae y limpia mi cuerpo, por poco pierdo las llaves de mi cuarto, gracias a mis reflejos no cayeron en la coladera (la casera cobra diez pesos por cada llave perdida). Me he mudado a un cuarto pequeño y privado, las visitas de mi mujer no tendrá cargo extra. Caminando el Paseo de la Reforma por las madrugadas, el ruido de una patrulla es parecido al llanto de una ballena. Esto es lo que hacía antes: la despedida afuera de su departamento y


el regreso a la sucia guarida, con los hijos sin hogar y los extranjeros que conocen nada más las groserías en español. Los primeros días fueron fantásticos, ellos disfrutaban tomar alcohol hasta la siete de la mañana e irse en vivo a trabajar. Pero a mí no me gusta beber cerveza para estar en la fiesta y convivir, no, me gusta beber cerveza en soledad, escuchando mis pensamientos, con la luz apagada y el teclado de la computadora ebrio. A diferencia del alcohólico, el borracho tiene una sola preocupación: el cansancio de ir y venir del baño. (Existen más diferencias, por supuesto.) Yo siempre quise un cuarto propio, anonimato, putas y drogadictos alrededor, ratas en los basureros. Me siento tranquilo en esta parte de la ciudad.

Antes de conseguir el cuarto, de hotel a motel brincábamos, desnudos debajo de las sabanas, grabados por cámaras ocultas. Mi mujer no dejó que apareciera la derrota, sus tiernas manos y dulces besos hicieron la obra. La Independencia y Revolución de un hombre enamorado.

La estancia resultó permanente. Y así… los nuevos en mi vida me conocerán… y así, volveré a perder el camino… porque soy un idiota… y lo seré por siempre… hasta el día que no pueda tomar el celular para pedir ayuda de nuevo… la melodía de arrepentimiento ya suena cansada en el estéreo.

Las cosas están saliendo bien y no sé lidiar con ello.


Me bajé del barco antes que se hundiera Escuché una explosión. Las sombras de hombres armados hacían su entrada, una gran nube de humo crecía, los pasos (mugrosas botas militares) tocaban lúgubres notas de piano en las escaleras. El sudor era la cascada de mi blanca playera, la puerta del cuarto un guardián cobarde derribado; los cuerpos de los rifles, en circular simetría, pétalos de una flor salvaje abandonada en el desierto; todo estaba perdido. Otra explosión sacudió mis sentidos. Desperté pensando que seguía en el pueblo fantasma. Abrí el cuarto. Caminé por el pasillo. Ignoré la insignificante luna y bajé por las escaleras. El frío de la calle no existe y lo digo sin usar abrigo. Mi cabeza caliente con el ardor de los pensamientos. Crucé la eterna avenida en reparaciones y compré la más grande botella de cerveza en la tienda de la esquina – abrazados en la cama, minutos después… más el beso y bendición de una pastilla… la bendición del sueño… un sueño eterno, una pesadilla recurrente… una pesadilla que prende fuego y desaparece mi plan de salvación.

De acuerdo a mi reloj interno: las tardes son la mañana, las noches son la tarde, las madrugadas son la noche y las mañanas son la madrugada. A pesar de los malos hábitos, el caminar largas distancias me mantiene fuerte y sano. Podría poner una venda en mis ojos y no perder el rumbo, pero quiero conocer y ser conocido. La señora que no utiliza una cubeta de agua para limpiar la banqueta, fastidia el brillo de mis botas negras. De mal humor, comienzo a idear frases de odio hacia la raza humana. Todo se vuelve aburrido y poco original. Mejor disfruto estar aquí: bendito mejor clima. Leer los encabezados de los diarios constituye un buen ejercicio de relajación. Hermosos caninos pasean a sus dueños. El viento es suave y los arboles bailan. Las bicicletas son ignoradas por autos que escupen humo daña


cerebros. Cambio de ruta. Al final de la calle de restaurantes argentinos, encuentro un par de vagabundos, hombre y mujer, teniendo sexo, en una cama de cartón, sin ser molestados por los meseros o comensales. Ahora estoy seguro que podré soportar la ciudad y viceversa. La escena anterior fue una postal de bienvenida.

En la fiesta, mi amigo y yo, encontramos un rincón para platicar sobre los avances de mi plan. Interrumpe la conversación para decir algo importante: “Cuando hablas pienso que eres un simple payaso, pero cuando escribes pienso otra cosa… debo aceptar que eres bueno”. En la alfombra, acostado, mientras los demás eran sociables, hojeo un viejo y aburrido libro de filosofía para no ser molestado, porque me cuesta trabajo platicar y poner atención. Sin embargo, para no dar la impresión de ser un patán, acompañé al dueño de la casa a comprar otra botella de tequila y más botes de seis. El tema principal de nuestra conversación fueron los escritores farsantes, decepciones para sus fanáticos en los encuentros y presentaciones; el poco interés y la intolerancia que tenemos hacia ellos. Quise decir más cosas y apuntar con un revólver (la mano derecha imita el arma de fuego), demostrar valentía, pero no era más que un niño borracho, balbuceando cosas sin sentido, tirando las monedas de cambio. Ni siquiera pude contestar esa clásica pregunta: “¿Por qué escribes?”. Por suerte, el camino fue corto, una línea fácil y rápida, aquí todo queda cerca.

Dejamos temprano la fiesta (dos de la mañana) porque mi mujer sigue siendo una niña en los ojos de sus padres. El terreno desolador prometió una larga espera: el par de enamorados se transformó en un par de desesperados; una pequeña pelea detenida por el taxista (transporte


caro e inseguro, pero es la única opción), fue el saldo de la noche. Ya liberado en mi cama, antes que el sueño gobernara, ocupé el tiempo eligiendo la respuesta correcta.

Escribir es sepultar. Soy un embalsamador, mal pagado, con mucho trabajo.

Dulces sueños, por ahora.

Extraño restaurantes, no personas Mi madre -la más paciente de todas; a punto de jubilarse- aprovechó un par de días libres para visitar la gran ciudad. Yo estaba perfeccionando una rutina agradable y sencilla: despertar, desayunar, pasear, ir a la escuela por mi mujer, comer, otro paseo, el encierro en mi cuarto, cenas corrientes, la despedida afuera de su departamento y volver a dormir. El amor maternal envió el primero de los avisos, una nota pegada a un reloj de arena, con las siguientes palabras: “¡Encuentra trabajo, animal!”. Después de una larga cadena de entrevistas extrañas -los departamentos de recursos humanos son expertos detectando sujetos peculiares como un servidor para despedirlos (mostrarles la salida) y no contratarlos- fui contratado (por la gerencia inepta) para trabajar en un centro cultural. El horario de trabajo era de las tres de la tarde a las once de la noche. Por culpa de lo anterior, la visita de mi madre fue corta: un día y


medio. Qué lástima. En el exilio he aprendido a valorar a mi familia, querer a mis seres queridos. Ni siquiera pude despedir a mi madre en la central de autobuses; mi mujer hizo el favor de acompañarla. Qué lástima, realmente.

Pero de la familia se puede prescindir, esto no es un álbum de vacaciones o la cena de navidad. Las señales de humo de la computadora ayudaron a que no olvidara por completo el pasado. La última vez que quise hablar al hogar de los abuelos, mi madre dijo que no lo hiciera, que no gastara dinero en una llamada de larga distancia, que todos estaban bien. Me volví un falso huérfano, hasta que una noche, durante una cena, sucedió algo extraño. Recordé que tenía mascotas –tres perros: dos callejeros y el otro amo y señor de la casa. Me sentí mal, un traidor, un descorazonado. Emocionados y felices por mi retorno al hogar, buscan las caricias de mis manos o ser alimentados con croquetas. El mes de diciembre parece perfecto para

que ahora yo realice una

visita

corta

al

pueblo fantasma; idea rechazada, al

instante, por mi madre: si tienes que trabajar, te quedas, dijo con voz clara y fuerte, ya sea en navidad o fin de año, no me importa. Dejen de esperar, leales compañeros, lo siento mucho.

El estómago maldice los lugares que no lo dejan satisfecho. Nada supera los platillos preparados por la abuela: chuletas de cerdo con piña y el pastel de carne al chipotle, son los favoritos. En el comedor, el abuelo y el nieto parecen leones devorando la jugosa carne; en la sala, descansan -pobres leones asoleados- con el minisplit prendido a la máxima potencia. Paz momentánea. Un conductor fastidiado y hambriento hace acto de presencia, grita el nombre de su primogénito, y éste dice adiós y gracias, entra en el automóvil (más dormido que despierto) y toma el asiento del copiloto, la caja de unicel calienta sus piernas, pero no


importa porque el olor es magnífico. El gran descubridor de santuarios culinarios al volante. Miércoles de pescado empanizado, con arroz y ensalada, cortesía de la calle -llena de halconesmás peligrosa de la ciudad. Tradiciones familiares perdidas en el fondo de un horno jamás usado. ¿Qué comerán ahora el padre, madre y hermano? ¿Comerán juntos o separados? – “Regreso al rato”- dice la voz del padre. –“¡Debí quedarme en la oficina!-dice la voz de la madre. –No me molesten- dice la voz del hermano. La familia unida pide para llevar y cada quien come en su cuarto.

Mi rostro sonriente, desnudo frente al espejo, presumiendo unas costillas marcadas. La gastritis es el único rival digno al que enfrento. A pesar del poco espacio en el baño, el agua fría fue la mejor parte del día. El cuerpo seco y la toalla mojada. Busco ropa limpia en mi maleta. La hora de la cena. Una bolsa de papas y un refresco de cola: migajas perdidas en la cama y manos pegajosas tratando de encontrarlas. Los insectos no tardarán en aparecer y subir, mientras duermo, a mi cuerpo. Dios misericordioso, prometo no volver al pecado si me concedes un bocado de ese manjar imaginario. Los trozos de pollo bañados en salsa bbq hacen caer saliva de mis labios.

La voz dulce, pero preocupada, de mujer anciana, pregunta si el nieto favorito estará comiendo bien.

Me siento incompleto.


Tan pequeño como una celda de castigo Puedo asegurar, sin exagerar, que en el útero del que salí tenía más espacio para estirar mis piernas y brazos. La cama está pegada a la pared, hay una pequeña ventana que no se puede abrir y un banco de color rojo en el que me siento a escribir –frente a un espejo y debajo de una luz- durante las noches. Para que el celular vuelva a tener señal, debe ser puesto en las nubes y esperar que la antena muestre cuatro barras negras. La Virgen de Guadalupe da la bienvenida. Una máquina expendedora de comida chatarra alimenta a los creyentes. Botes grandes y feos de basura fallan en su intento de salvar el medio ambiente. La cocina de metal oxidado y la lavandería de piedra comparten la entrada/salida. La mano derecha lava y la mano izquierda cocina. La casera es una vieja loca que domina el humor de inodoro; a veces pateo la puerta de su cuarto porque se queda dormida o tiene la música a volumen muy alto. Los vecinos no dicen buenos días tampoco buenas noches, ni siquiera agradecen cuando sostengo la puerta pesada para que puedan salir a la calle. La renta es muy alta si uno se fija en lo que recibe a cambio, pero no importa porque no hacen preguntas, ni piden depósitos, mucho menos aval; el lugar es perfecto. La privacidad es el gran atractivo. Me gusta que no sea necesario colgar el letrero de “No Molestar” en la puerta de mi cuarto.

En el hostal fue la iniciación; treinta días, para ser exactos. Acabé en la litera número dos, en el cuarto de los hombres, que queda al lado del cuarto de mujeres. Gracias a mi mujer encontré el hostal; ella lo tuvo como opción, pero fue inteligente y buscó otra cosa. Yo no tenía mucho de dónde escoger, era el hostal o seguir pagando 250 pesos la noche en el motel. El hostal fue una prueba difícil para este hijo de familia. Me abruma la sobrepoblación de personas aburridas.


Gente común y corriente tirada en la sala adornada presentando la ropa sucia como si fueran trofeos. Ruidosos seres que no respetan la comida ajena del refrigerador -mucho menos lavan los platos (sólo los dejan remojando en el fregadero). Huelen mal. Tienen mal gusto musical y bailan sin gracia; más bien, no saben bailar. Beben cerveza y después la vomitan debajo de un poste de alumbrado muerto esperando la medalla de oro. Son amables, pero un tipo de amabilidad agresiva. Hacen invitaciones para que los acompañes en sus reuniones –si las rechazas, las hacen de nuevo… y de nuevo… y de nuevo… hasta incomodar el espíritu. Solté mi celular, brinqué de la cama, fui hacia donde estaban todos reunidos. Acepté y agradecí una cerveza. Nada mal los primeros minutos. Claro, cualquier cosa era mejor que las últimas reuniones a las que asistía en el pueblo fantasma. Tal vez soy un cabrón sabelotodo al que le falta humildad. Pero no dejo de pensar que en la soledad me siento mejor. El aburrimiento aparece cuando me encuentro rodeado de personas (conocidos y/o extraños). Y busco cualquier oportunidad para escapar: ¡Miren por la ventana!, ¿qué es eso?... He desaparecido. Aplausos.

Fui seguido por la prostituta vieja y enana hasta el teléfono público. (Vaya, por fin uno aceptó mis monedas.) No me moleste, vieja loca, dije, estoy haciendo una llamada importante. No se iba, insistía en hacer negocios conmigo: ella de rodillas, yo sin pantalones. ¡Para qué chingaos, si lo puedo obtener gratis! Se marchó ofendida. Mi mujer no contestaba la llamada, seguro dormía. Ya le hablaré más tarde, pensé, es hora de ir a trabajar. En el camino encontré un edificio que parecía abandonado –era la biblioteca Vasconcelos. Tardaría seis meses en visitar el imponente hogar del conocimiento. ¡Seis meses! ¡Medio año! ¡Qué vergüenza! ¿Cómo puede un hombre entregarse al placer (deber) de alimentar el alma, cuando, si no se apresura,


de impuntual e irresponsable será señalado, y de su cheque quincenal será restado casi el 50% del pago? El tráfico tiene la culpa, lo juro, jefe, no volverá a suceder.

En el baño leyendo el libro (pesado block de cemento) del cual apenas llevo 50 hojas recorridas. Es el día 29 en mi calendario de huésped, así que aproveché para dejar un recuerdito. En el bote de papel usado hay un gran adorno de rosas rojas intactas. Apenas menos de tres minutos en el escusado y alguien ya estaba intentado abrir la puerta. ¡Está ocupado!, dije hasta que dejaron de molestar. Mañana compraré el periódico, pensé, lo compraré y buscaré un cuarto, un cuarto donde pueda cagar a gusto y mi mujer sea bienvenida sin cargo extra.

Las rosas huelen a mierda.

Ayudante general significa que sirves para todo y eres un bueno para nada Un escupitajo directo al corazón podrido de la ciudad. Estudiantes fastidiados cierran los aburridos libros de matemáticas para poder mirar y disfrutar tranquilamente la caricatura de las tres de la tarde en el canal de televisión abierta. El aroma de la pizza callejera conquista las narices y estómagos de transeúntes muertos de hambre. En el vagón repleto, principalmente, por seres vivos que no conocen o han olvidado, por completo, lo que es tener vida social, mi cuerpo se tambalea al ritmo de la danza de pésima planeación vial. Al bajar, encuentro un viejo


escupiendo verdes gargajos al pavimento; me dieron ganas de quitarle su sombrero de paja y ponerlo en el suelo para que lo usara como escupidera. Caminé hasta llegar a la puerta del centro cultural, y sin poner un pie en el sitio -quedé inmóvil- presté atención a la acera de enfrente. Otra funeraria en mi camino. Yo soy un cliente que paga por adelantado - quien no lo crea, puede revisar la carpeta de pagos de mi madre. Hoy no, tampoco mañana, deben esperar, porque mi deber (momentáneo) es subir las escaleras y colocar la huella de mi dedo pulgar en el lente para que la máquina avise a la gerente que he llegado… quince minutos tarde.

La limpieza: Los salones de ensayos musicales (usados también por grupos cristianos) fueron primero. Segundo, el largo espiral de escalones. Respiro. Tomé un descanso en la azotea. Los papeles multicolores imitaban a la perfección el aspecto de hojas otoñales muertas. Bajé a limpiar los sanitarios. Encontré un periódico flaco y lo leí sentado en uno de los escusados para damas. Lo mismo de siempre: putas sin ropa y delincuentes descuartizados. Era suficiente esfuerzo por el día de hoy, acomodé los instrumentos de limpieza en el clóset y cerré con candado. Fin de la hora más cansada del día. Algo curioso: uno puede agradecer, al principio, que no aparezcan clientes, pero, después de varios días, suplicas cambiar el aburrimiento por ocupación, y que –otra plegaria- una mujer con grandes tetas pida ser atendida. El dueño dijo, al momento de contratarme, que iría a trabajar al más decente de sus negocios. ¿Qué quería decir con esto? El centro cultural -que cuenta con máquina defectuosa para hacer café, insulsa biblioteca, computadoras llenas de virus, cuartos para exponer artistas menores, teatro vulgar- es una tapadera para lavar dinero conseguido gracias a fructíferos agujeros del infierno que ciertos homosexuales frecuentaban para poder descargar y/o recibir leche maloliente.


En una fiesta de colombianos, realizada durante la segunda madrugada de fin de semana, fui el encargado de servir cervezas. Esos ángeles poseídos hacen temblar el edificio con sus pasos de baile perfectos. Me quedo sin reversas de alcohol. Recibo instrucciones. Debo visitar el agujero del infierno. La gerente es una gorda de cara linda que dice tener 18 años cuando realmente tiene 17 (tal vez menos). La niña gorda consiguió ser gerente porque es la única que soporta estar encerrada en la oficina con el jefe: un maricón de 21 años, novio del dueño, que maneja una camioneta del año, ocupado más con los asuntos de la universidad donde estudia que con los del centro cultural. Una caja con Victoria, otra caja con Pacífico y otra con mitad de León y mitad XX-Lager. El encargado de la cafetería me ayudaría con las cajas. Espero que regresemos sanos y salvos, dice el muchacho. Pongo el cassete de risas grabadas. No estoy de humor. Ya es muy tarde y quiero irme a casa.

Una puerta oculta, para el transeúnte apresurado, a la vuelta de la esquina; una cámara de seguridad que nos reconoce sin conocernos y desliza el embrujado metal que asesina nuestras sombras de calle. (Ahora tiene sentido tanto sujeto haciéndose el perdido cuando miraba desde la azotea.) El recepcionista señaló el refrigerador, dentro de la máquina helada había un pastel con un dildo negro del tamaño de una verga de caballo. Mueva eso, le dije, no nos pagan lo suficiente como para andar haciendo malabares. Terminamos de llenar las cajas con cervezas y la maldita curiosidad ordenó que echara un vistazo a la sala de muebles cubiertos de cuero. Por primera vez, agradecí el corto alcance de mi dañada vista, mal cuidada, causante de tantas jaquecas. No me importa si mis palabras son malinterpretadas: ¡No


pienso darle la mano a ningún hombre que haya pisado este maldito lugar! Dejamos el olor del azufre. Y los colombianos nos recibieron como héroes.

Esto es lo que hago, no para sobrevivir, pero sí para mantenerme ocupado.

El amor del bueno dura dos semanas; cuatro, a lo mucho; seis, con suerte Mis cartas de amor son calcas de las cartas de amor que James Joyce envió a Nora Barnacle: sucia (y denigrante) forma de amar. Yo cuidaré de sus hijas, no se preocupen, padres de familia ingenuos; y si las cosas salen mal y los problemas aparecen, podrán culparme de todo, que para eso estoy, que para eso existo. Adiós a la herencia, mi amor. ¡Qué más da! Podrás usar mi apellido. Recuerda que no hay nada más glamoroso que ser la viuda de un escritor. ¡Oh! Nos estamos adelantando demasiado.

No sé cómo le hago para poder dormir en tan pequeños sillones. Desperté en la sala de un departamento desconocido. Cubierto con la sabana sucia de un pobre perro con frío. Estoy muy pálido. Leo un poema japonés: “Los rayos solares sólo queman a la gente blanca. ¡Se lo merecen!". Algo así. El congelador sin luz. Muy tarde para comer, muy temprano para cenar. Flores secas en la mesa. Me alimento de ansiedad. Recomiendo el exceso, lo que no recomiendo es mezclar. Le corté el brazo al Jesucristo de cerámica. Uno, cuando crudo,


despierta enojado. Sentí un déjà vu de miles de años. Necesito tranquilidad. Estoy teniendo sueños muy extraños. Mi cuerpo está pidiendo que me cuide. Tengo mucho sueño pero prefiero tomar. En los vasos sólo hay ceniza. Las canciones tristes no me deprimen, al contrario. Pienso demasiado, luego existo. En todas mis vidas pasadas también fui un borracho. Necesito golpes en mi columna vertebral. Debilitado de cuerpo pero fortalecido de mente. Las pastillas halls de miel refrescan mi aliento. Persignado con el lujo de gozar la buena vida sin consecuencias, agradecido, se me permite todo y apenas le estoy sacando provecho. Mi madre ha enviado la clave para canjear en la central de autobuses un boleto de regreso al pueblo fantasma. Me voy de la gran ciudad con el marcador a favor.

Lo primero que dijo al conocerme fue un halago: "Pareces el diablo, cabrón, con esas botas negras, camisa y pantalón negro, sombrero negro y barba abundante". Lo primero que le dije fue una pregunta: "¿Conoces un restaurante rico y barato?". Cuando sonríe los brackets muestran restos de comida. Piensa que morirá de cáncer, pero nada más lo dice para llamar la atención. Aspirante a actriz. La mayoría de edad es reciente y un lustro es la diferencia. Nunca se cansa de bailar o cantar. A veces aplaudo el espectáculo, a veces no puedo soportarlo. Los buenos y malos momentos van empatados. Vive con una familia que le renta un cuarto con todos los servicios. Habla con su madre cada noche usando el teléfono del departamento. No es muy apegada al padre, vieja gloria local de la liga de fútbol profesional. Hace uso del talento para hacer creer a la madre que dormirá en la casa de una amistad. Y sí es cierto, en parte, omite nada más el pequeño detalle de mi presencia. El colchón tirado en el suelo nos concede el espacio para desquitarnos lo mucho que esperamos nuestro primer encuentro. Despierto en un momento de la madrugada. El ventanal proyecta el mejor de los inicios y el rugir de la


ambulancia pide ser la banda sonora. Y se cierra la promesa de euforia al momento de la caída de los ojos.

Comencé a soñar cuando pusiste la sabana sobre mi cuerpo. Ya sé que no te gusta que lo haga pero el cansancio era intenso. Me dejaste enterrado debajo de montañas de ropa, con mis brazos formando una gran X. Sudando. Pasaron unos minutos. Regresaste. Seguía sudando. Abrí los ojos, te tomé del cabello y comencé a gritar con todas mis fuerzas. ¡Ayúdame, ayúdame, por favor, haz algo! Ahora mis manos estaban en tu cuello, apretándolo. ¡Por favor, ayúdame, por favor, te lo suplico! Gritaba y gritaba, pero realmente mi voz no soltaba más que unos pequeños sonidos extraños. Habías muerto. Giré mi cabeza y mis ojos quedaron en blanco, lo siguiente que sentí fue un ligero choque eléctrico en mi cerebro. Abriste la puerta de la habitación, después de la ducha, lucías y olías fresca. Dijiste: “Anda, sigue durmiendo, estás muy cansado”. Lo estoy. Pero mejor vayamos a desayunar.

Mi amor una montaña, mis borracheras los truenos, mis crudas el sol hirviendo.


Para derribar la antigua casa se debe lanzar la primera piedra; para construir la nueva se debe colocar la misma piedra que fue lanzada Diminutos hijos de la chingada, ¿quién les otorgó permiso para subir a mi cama? Amanezco con puntos rojos en todo mi cuerpo. No puedo eliminarlos porque si uso el veneno puedo morir en el sueño. Los insectos se alimentan de pequeños trozos de mi piel, aprovechan para ocultarse en mi gran cantidad de pelo. Limpio y sacudo las cobijas pero es inútil, aparecen de nuevo, invasores en mi área de descanso. No duermo tranquilo. Mi imaginación transmite a color la misión de la hormiga roja: poner una bandera de conquista en mi cerebro.

En la mesa alta del café -el lugar favorita de ella- escribo un poema, la tarea para mañana en la mañana de mi mujer. Saca un diez y es felicitada por el maestro y los compañeros – aunque varios de ellos no dudaron en dudar sobre su capacidad para rimar. Me sentí enfermo. Mi plan no era venir y escribir poemas para una clase de teatro; tampoco pensaba pasar la mayor parte de mi tiempo en cafeterías. Quiero decir… ¿Para esto abandoné todo?

La monotonía ataca de frente y golpea la mugre de mis rodillas con un bate de béisbol. El aburrimiento de una patada me echa a la tumba. Soy cubierto con tierra de tormentas nacidas en los terrenos muertos de la colonia donde quedaron guardados madre y padre, hermano y mascotas. Ya no te hagas daño, dice mi mujer, estás aquí pero no estás aquí, ¡reacciona! - Me dice que lo tengo todo, pero no es cierto: el primer capítulo – ¡ni siquiera tengo el título!apenas es un borrador con rastros de tiza cocaína. Hago lo imposible por defender del enemigo a ese conjunto de frases temerosas. Solamente necesitan orden y estarán listas para la guerra. Ganar la primera batalla y nadie podrá detenernos. Es tan difícil decir cosas simples. ¿Por qué


olvido hacer lo que me gusta y necesito? Sólo así conseguiré la salvación. El mundo en definitiva es una distracción. Necesito tiempo. Y para tener tiempo se necesita más que un reloj. Mi plan, mi plan, mi plan necesita unos ajustes. Despacio que tengo prisa. Vamos lento, pero vamos bien. El secreto es no detenerse. Existen cosas más importantes en la vida que libros que leer, por eso aplicaré la brevedad. Soy un peleador sucio. La suela de mi bota queda marcada en los testículos de la mediocridad. De esta forma, recupero el estilo. El público que merezco sale de las alcantarillas y juntos nos adentramos en la neblina gris, estado general de la literatura mexicana: es imposible que sobreviva el romanticismo.

Los pequeños devoradores regresan, las mordidas en conjunto advierten la posibilidad de ser devorado vivo. Puedo sacudir las hormigas rojas de mi cuerpo pero la sensación no se va, la sensación me acompaña a todos lados. Así entran y salen del sueño. Ya no me gusta regresar a dormir a mi cuarto. Una vez más, la pesadilla. Son demasiados. No puedo defenderme. Ataques certeros a mis puntos débiles. No me queda otra opción. Vamos, vamos, consigue una gran lupa y quema la mayor parte de mi cuerpo. Con tal de acabar con el enemigo, soy capaz de soportar quemaduras de primer grado.


Del árbol cae inmadura la manzana que en la cubeta pone la coreografía de putrefacción La bandera mexicana flota en el tóxico cielo. Cuando pienso en la gran ciudad, me dan ganas de comprar un brazalete de plata marcado con mi nombre y tipo de sangre, por si vuelve a ocurrir un temblor tipo año ochenta y cinco. Cuando imagino la caída de la Torre Latinoamericana veo a mi mujer asustada tratando de localizarme usando un celular de batería casi muerta. Cuando tengo el celular inservible en mis manos, me hago sentir dentro de un bunker en tiempos de guerra. Cuando sangre inocente y no inocente brota en el mapa mexicano, deseo desertar a la menor provocación. A la orilla del puente, tirando las balas de mi arma al río rojo. Los puentes eran mi escondite favorito, ahora en la capital no puedo estar mucho tiempo en uno, soportando la vulgar pintura del tráfico. En estos días las neuronas de mi cerebro son como autos atorados rumiando descargas eléctricas en avenida Chapultepec. En el castillo de Chapultepec, soy un niño, tomado de la mano de su madre, al que le dicen, señalando el barranco: “Desde éste punto, el cadete se lanzó al vacío envuelto con la bandera mexicana. Mi mujer y su amiga perdidas en el cuarto de Carlota, emperatriz de México, con un grupo de estudiantes de primaria distraídos, guiados por el payaso de la clase, que no pierde oportunidad de lucirse frente a su público nada exigente, mientras la profesora de medias sudadas, borra del pizarrón, en el primer día de clases, la frase “Ustedes son el futuro de la nación”.

Ya no importa a lo que suenen estas letras fuera de tono. Me quedaré en la regadera e ignoraré las amenazas de los mecenas familiares. Cantaré desafinado a mí mismo, sumergido en aguas heladas, con el hielo hasta las rodillas, con los pies congelados. La salvación no la


conseguiré trabajando para ahorrar y poder comprar una vivienda económica. ¡Explota caja registradora y quema los billetes de quinientos! La lentitud de la gorda gerente me quita minutos importantes. Parece que lo hace de esa manera a propósito. A los demás compañeros de trabajo no les importa, por supuesto, sus vidas son insignificantes, puedo asegurarlo sin temor a la equivocación. Calendarios intactos colgados en tristes paredes grises. Un futuro sábado encerrado que les servirá para gastar los ahorros del cochinito. Para después sentirse grandes borrachos por sufrir leves crudas al inicio de la mañana de domingo. Qué caso tiene poner sus nombres en las tumbas. No son más que carne barata para alimentar a la bestia.

Ya la media noche. Los vagones del metro han sido guardados. ¿Cómo le hacen los conductores para llegar a sus hogares después de la jornada laboral? A mí no me alcanza para el taxi nocturno. Me perderé en calles obscuras. La ansiedad y miedo. Santa María enseña sus tetas caídas. ¿Qué es éste lugar?, me pregunto, ¿qué es lo que estoy haciendo aquí? Mi mujer duerme en su cuarto porque ya eran demasiadas desveladas compartidas. La luz apagada de su departamento no me provoca nada. Detrás del supermercado saco mi verga para orinar (ha sido un largo camino, no me juzguen tan temprano) y, a lo lejos, las horrendas prostitutas aúllan como lobas. Cruzo la montaña de basura y aparezco en la esquina de mi cárcel. Un automóvil estacionado, extraño y sospechoso, llama mi atención. Echo un vistazo. La calavera de un cadete muestra una gran sonrisa que sacude mis nervios. Cierro con llave mi celda. Abro el bloc de notas y escribo una frase. Estaré despierto toda la madrugada deletreando.

Lo que sale llegando al cuarto pequeño.


El joven poeta es obligado a escribir una buena novela para olvidar subsistir de la caridad Regresen llorando de la casa de apuestas. Contra todos los pronósticos, los 23 años se cumplieron. Y para cortar la costumbre de pasar solo este tipo de días, en esta ocasión, sí llegué a tiempo a la reunión organizada por la familia. El clásico sobre blanco cubierto con dedicatorias y lleno de dinero me esperaba en la vitrina del comedor de los abuelos. Besé las mejillas de cada una de mis tías y primas. Apretones de manos para los tíos panzones y calvos. Golpes ligeros en las nucas para los primos y caras chistosas para los que apenas son bebés. Al abuelo, una muestra de respeto. Los rizos de mi madre y abuela despeinados por mis manos, para demostrar que habrá por siempre cariño de mi parte. Me rehusó a comer mi rebanada de pastel. Lo dulce me desagrada, me provoca ganas de vomitar. Las palabras de aliento también me resultan difíciles de digerir. Cuando los escucho decir esas frases sobre mi futuro, lo que puede hacer con mi vida, de lo que soy capaz, me hago el niñito autista. Porque ellos no saben nada de nada. Al principio tomé seriamente sus consejos, ahora, en la etapa nueva de mi vida, puedo desechar la ayuda como si fuera un papelito lanzado al bote de basura desde la posición de tres puntos. Lo he intentado todo, familia, lo que me han ofrecido y hasta lo que me han ordenado, y nada funcionó. Es mi turno de elegir. Es la hora de la despedida.

Ciudad pequeña, mentes pequeñas. Cinco botellas de whisky desperdiciadas. No puede ser posible, antes esa cantidad de whisky no sobrevivía el atardecer. Ya no quedan refuerzos; bueno, sólo dos, pero están distantes. Los demás se fueron hace mucho tiempo. Yo debería hacer lo mismo. Los cumpleaños siempre son pretexto para comprar alcohol en exceso sin ser juzgado. Pero la gente que queda parece muerta. No me importa si no saben que cumplo años,


no me importa, en verdad, yo quiero que beban y disfruten la noche. Les cuesta tanto honrar la vida. Qué patéticos. Los únicos que más o menos bebían como se debe eran mi ex mujer (la indignada que no devolvió el anillo) y un turista, a punto de irse a la cama, enfrente de mis narices. Me sentí ofendido, no celoso, ofendido, el lugar donde estábamos era mi territorio, lo que hicieron fue una falta de respeto. No quise quedarme con los brazos cruzados. Encontré breve compañía que se negó a darme un beso porque desconocía su nombre. La chica abandonó el whisky regalado en el lavabo del baño femenino. Le perdí el rastro. Aquí huele a derrota. Esta noche dicta lo desperdiciado que estoy. Pido que las botellas sean guardadas en caja fuerte. Renuncio. Me largo a casa para hacer livianas maletas.

Poner la bomba y esperar. Guardo en mi memoria el discurso motivador que dio mi amigo de forma sorpresiva: “La comodidad es enfermedad. Más vale una comida perdida que malgastar la vida en la monotonía. La ciudad es un cementerio. El norte ha perdido la batalla. Abandona.” Cerré la computadora. Del refrigerador, como por arte de magia, desaparecí la mitad de botes de la caja de cervezas, pertenencia de mi padre. Minutos de silencio en la sala acariciando a mi mascota. La calle era tranquilidad total, los otros perros jugaban con huesos de chuletas en medio de la calle. De la nada un ciclista nocturno les lanza un par de piedras. Salgo apresurado. Se marchó antes que pudiera hacerle un reclamo. Los perros ya estaban seguros, guardados en la cochera, el otro pequeño miraba desde la ventana. Negué las visiones del desierto: el calor no será extrañado. Que le prendan fuego al árbol de la vida, no me importa. Mi pelea es otra. De nuevo en la computadora, escribía y daba al mundo un montón de ladridos. Entretenimiento vago para antes de dormir. Una mujer encantadora apareció y dijo que le parecía interesante mi forma de ser. Agradecí la compañía. No fue un mal


cumpleaños a pesar de todo. El regalo de besos en el brillo de la pantalla ayudó a que tomara una decisión de una vez por todas. Y la promesa se hizo. Y el adiós se consumó.

Nos vemos en el futuro.

Y para mi siguiente truco, haré que todos me entiendan Existe la tonta creencia de que solamente los feos, homosexuales, pobres y desterrados de sus países pueden ser buenos escritores. Que sólo ellos sufren, por la falta de comprensión, por la constante violencia y rechazo, por ser pateados en el culo y dejados en la lluvia con sus libretas mojadas o máquinas de escribir destruidas. Sus obras son magníficas, están llenas de sufrimiento y son leídas por Dios. Y ganan más lectores cada vez que aparecen en el escenario actuando como enfermos mentales. Esos seguidores, les aplauden, festejan y compran todo. Al final, el gran filósofo con estrabismo en el ojo derecho, se pone de pie y confiesa, con gran elocuencia, algo nada sorprendente: “Hice todo esto para conseguir mujeres”. La audiencia aplaude por casi 5 minutos, trata a ese sujeto como un gran genio y visionario - seguro, lo es.

Me jugaron una broma. La gerente gorda y los compañeros de trabajo se pusieron de acuerdo. Al final de la jornada laboral pidieron que apagara las luces de la azotea. Cuando regresé, la puerta de la salida estaba cerrada y todos se hacían los mudos. Fueron 15 minutos de encierro,


los cuales pasé en profundo silencio, sentado en las escaleras. Perdí cada uno de los transportes de medianoche. Caminé apresurado hasta la puerta del departamento de mi mujer. Impaciente. Con las últimas monedas pagué el precio de una caja de cervezas. No tenía la menor idea de cómo íbamos a llegar a la fiesta de cumpleaños de mi amigo. Eran las doce cincuenta. El mapa de direcciones (hoja bond de la impresora) mostraba solamente las estaciones de metro más cercanas. Y cada llamada al celular de mi amigo no era más que ruido blanco. Caminamos. Mi mujer sacó un billete de 50 pesos. No era suficiente. El taxista nos dejó más perdidos de lo que estábamos. Cada segundo de llamada costaba una botella chica de agua embotellada. Incomunicados. Cansados y con mucha sed. Sin poder abrir una cerveza. La policía espera que dé un paso en falso. Cada brújula contradecía a la anterior. El abandono. La verdadera cara de esta horrible ciudad se mostraba en el cielo contaminado.

Eran las tres y un cuarto. En mi saco y pantalón escondí la cerveza para regalar a los amigos y no para dar a cualquier extraño aprovechado. El último piso. En cada esquina encontraba una cara conocida. Una de esas fiestas que tanto presumen los de adentro a los de afuera. Una fiesta que no pude disfrutar como quería. La larga fila del baño. Las constantes idas y venidas. El ambiente emborrachando. No dejaba de pensar que dentro de poco tendría que ir a dormir y despertar para volver a trabajar. Parece que el único que no se la estaba pasando bien era yo. No quise profundizar en la teoría, así que inicié una conversación con un tipo que no dejaba de mirar nuestro rincón. Un pintor. Le conté que yo era escritor. Un poeta con un libro bajo los brazos. Recibí de su parte una respuesta en tono de burla: “Ah, sí, sí, sí, pero un escritor juvenil, ¿no?... ¿de qué puede escribir alguien como tú?”. Guardé silencio. Después hizo un ofrecimiento que revelaba su única intención. Quería acostarse con mi mujer. A cambio yo


podría acostarme con la suya. Acabé mi cerveza. Busqué a mi mujer porque ya se había tardado mucho en los sanitarios. La encontré platicando con alguien afuera de la fiesta. Eran ya las seis cincuenta de la mañana. El transporte subterráneo volvía abrir sus puertas. En el trayecto de regreso comencé a fastidiar la existencia de mi pobre mujer. Reclamé el poco respeto que me tenía, a lo que ella contestó, de forma histérica, un flujo de palabras que calaron en lo profundo de mi alma: “¡Sí, cabrón, te voy a dejar, por alguien mejor que tú, no un pendejo… sí, eso eres, el más pendejo de todos los hombres!” Con todas mis fuerzas la empujé contra la pared de una escuela primaria, tomé su cuello con la mano izquierda y -antes de cortar la respiración por completo- marqué su hermoso rostro con dos fuertes cachetadas. Lloraba como la niñita que era. Eso aumentó mi enojo. Eran las siete quince de la mañana. Quedaron el caos de una pared llena de sangre y los temblores de mi puño derecho. Y una calle que comenzaba a ser transitada por personas indiferentes. Me encuentro en la parada del autobús, sufriendo un dolor de estómago terrible, con mi cabello despeinado y barba de dos semanas, viendo cómo se aleja un amor de sonrisa tranquilizadora. Huelo feo y estoy muy sudado. Estoy cansado pero no creo poder dormir. No hay trabajo. Y no hay idea de lo que pueda suceder el próximo mes. Estoy primero en la fila para subir y acomodarme en mi asiento. El autobús llega y moja el libro que pensaba leer en el trayecto del viaje. Y moja también mi camisa y sombrero - el aire acondicionado seguro va a enfermarme. Pero, no es nada para alarmarse.

Beberé hasta quedar petrificado.

Toda la cerveza que podría comprar si dejara de comer  

La introducción (primeros diez capítulos) de la novela “Toda la cerveza que podría comprar si dejara de comer” escrita por Ricardo Limassol.

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