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Alicia Poderti (Directora)

La Hermana Mayor Perspectivas de la Larga Revoluci贸n

Analecta Literaria Ediciones

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Poderti, Alicia (Directora) La Hermana Mayor. Perspectivas de la Larga Revolución Edición especial Bicentenario de la Revolución de Mayo y de la Independencia Héctor Marteau - Daniel Lopez Salort - Federico Martin Gómez – Dionel Edmundo Filipigh - Rosana Tejerina Sánchez Estudio preliminar en colaboración Armando Bazán

© Copyrigth 2010 By Alicia Poderti © Copyrigth 2010 By Analecta literaria Diseño de Portada: Ruth Noemí Vittor Pereiras © Copyrigth 2010 NeoDesign Studio Cabildo Abierto del 22 de Mayo de 1810 Óleo de Pedro de Subercaseaux (Museo Histórico Nacional de Buenos Aires - Argentina) Edición Digital: Mayo de 2010 Analecta Literaria Ediciones (Buenos Aires – Rosario - Argentina) URL: http://actaliteraria.blogspot.com/

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Alicia Poderti (Directora)

La Hermana Mayor Perspectivas de la Larga Revolución Edición Especial:

Bicentenario de la Revolución de Mayo y de la Independencia Héctor Marteau - Daniel Lopez Salort - Federico Martin Gómez - Dionel Edmundo Filipigh - Rosana Tejerina Sánchez

Estudio preliminar en colaboración: Armando Bazán

Analecta Literaria Ediciones

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ÍNDICE

Agradecimientos................................................................................. ......8 Palabras previas. La Poderti..............................9

larga

Revolución

por

Alicia

I. Estudio Preliminar: Proceso Formativo de la Argentina. Regiones, ciudades, provincias, nación. Alicia Poderti y Armando Raúl Bazán..................................................................................................... ...13 II. Versiones de Mayo en el tiempo largo Héctor Marteau: Sobre la revolución de mayo y el interior: el momento belgraniano y los invisibles de la historia......................................................74 Alicia Poderti: La emancipación continental y los precursores de la independencia........................................................................................ ....83 Daniel Lopez Salort: 1810.......................97

Córdoba:

Dionel Edmundo Filipigh: rupturas...................... 115

el Una

adiós

y

relación

los

inicios hecha

de de

Rosana Tejerina Sanchez: La cocina durante la Revolución y la Independencia........................................................................................ ..139 Federico Martin Gómez: La construcción territorial de la República Argentina. El imaginario histórico-social argentino desde la Revolución de Mayo...................................................................................................... .155 7


Alicia Poderti: Las marchas patri贸ticas y el imaginario po茅ticomusical de la Emancipaci贸n Americana...........................................................................173

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Agradecimientos Mi agradecimiento más afectuoso hacia Todo el equipo de Analecta Literaria Ediciones, que trabaja para difundir la cultura argentina y latinoamericana. Especialmente al editor, Luis Alberto Vittor, quien cuidó cada detalle de esta primera edición digital. A Mónica D. Pereiras, Editora General de Analecta Literaria, que generosamente se responsabilizó por el acompañamiento en las instancias editoriales, incluida la difusión del material. A Ruth N. Vittor Pereiras, diseñadora de la portada y arte de edición. A Christian G. Binderfeld, Director Periodístico de Analecta Literaria, por su amplio apoyo y amistad. A los que hicieron posible la escritura de este enfoque sobre la Larga Revolución y su repercusión en las regiones interiores de nuestros territorios: Héctor Marteau, Dionel Filipigh, Daniel López Salort, Federico Martín Gómez, Rosana Tejerina Sánchez y Armando Bazán. Al CONICET y la Academia Nacional de la Historia, por el apoyo brindado en el curso de la escritura de una historia accesible a todos los lectores.

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Palabras Previas La larga Revolución

Ha sido un placer disfrutar del intercambio generado con el excelente equipo transdisciplinario que trabajó en este libro. Intelectuales del país interior con miradas y re-flexiones integradoras acerca de un transcurso

histórico

que

implosiona

en

las

vísperas

del

“Bicentenario”. Los estudios de cada uno de los colaboradores iluminan acerca de aspectos poco conocidos acerca de la larga revolución de Mayo. Un extenso proceso que comprende actos precursores, como los protagonizados por los levantamientos liderados hacia 1780 por José Gabriel Condorcanqui en el arco andino (insurrección contra el régimen monárquico español que tuvo su onda expansiva en el noroeste argentino). Más tarde, se prepara la llamada “Revolución de Mayo de 1810”. Historiadores como Vicente Oieni expresan: “Mayo es un ‘lugar’ opaco de

la

memoria

que

las

corrientes

historiográficas,

liberales,

revisionistas y marxistas, cada una de ellas con sus variaciones de énfasis en uno y otro aspecto, trataron de “iluminar” desde perspectivas teleológicas o reduccionistas. Pero la opacidad de “mayo” es persistente, desafía al historiador que desprevenido recae con frecuencia en anacronismos y presentismos.” Se hace necesario, entonces, abrir el horizonte hacia nuevos itinerarios interpretativos: la sociología, la historia de las ideas, la 11


historia cultural y la historia política, dentro de un haz de posibilidades

que

ofrece

la

construcción

de

la

historiografía

contemporánea, ya despegada de los moldes tradicionales y de los arquetipos que nos mostraron las revistas que leíamos en nuestra infancia. Actos declamatorios como el del 9 de julio de 1816 también signan momentos importantes en el proceso de ruptura con la península. Pero observando en perspectiva podemos concluir que la Revolución ordenada desde Buenos Aires, -quien se arroga el rol de “hermana mayor”-, no fue una empresa fácil. Casi 15 años de sangre y lucha en las fronteras móviles de los Virreinatos, con pérdidas irreparables constituirían los síndromes de “Mayo”. En 1921 muere Martín Miguel de Güemes, quien luchaba con sus gauchos y sin ayuda del gobierno central para cumplir el plan continental de San Martín y Belgrano. Recién en 1924, con la batalla de Ayacucho podríamos, quizás, decir que nace una construcción identitaria independiente de España. Los peninsulares, que habían vencido a Napoleón, no logran doblegar a las tropas multiétnicas del Virreinato y deben reemplazar su “roto pabellón” por la bandera blanca de la rendición. Como constatan Pablo Camogli y Luciano Privitellio en su libro Batallas por la libertad: “Aquel 9 de diciembre de 1824, a pocas leguas de Cuzco, nueve mil trescientos godos, comandados por el Virrey José de la Serna y el General José Canterac, fueron vencidos por cinco mil trescientos patriotas provenientes de los que hoy son Colombia, Venezuela, Perú, Chile, Paraguay, Bolivia y Argentina. En

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definitiva, una gran unión de fuerzas americanas para luchar contra el poder español en el continente”. Pero Ayacucho, que en nuestra visión, marca la fecha de nacimiento de la gran nación independiente, también sería, en el enfoque del tiempo largo, un hito en la historia de las sucesivas colonizaciones que los pueblos de Sud América han desafiado. Inmigración y desierto. Civilización y Barbarie. Diseños y figuraciones que van mutando con los años. Postglobalizados, hipermediatizados, asomados desde el borde del ciberespacio, los habitantes de la nación argentina se preguntan hoy cuántas batallas más habremos de librar hasta cristalizar una constitución definitiva como “nación” independiente. Un relato de coloniaje exterior e interior, de lucha por el poder. Con sangre de inocentes que ha corrido en las últimas décadas traumáticas. Un relato de democracias desfiguradas y amenazadas que buscan todavía su modelo más estable. Esa es nuestra identidad: plural, conflictiva y transculturadora. La aceptamos. Y seguimos fieles a ella, tratando de construir nuestro destino sudamericano.

Alicia Poderti Buenos Aires, Mayo de 2010

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Estudio Preliminar

Proceso Formativo de la Argentina. Regiones, ciudades, provincias, nación. Alicia Poderti y Armando Bazán1 Las regiones: enfoque global de su conformación y características. Centro, Noroeste y Cuyo. 1. Preliminares En el estudio de la historia argentina ha predominado un enfoque centralista que ha distorsionado la secuencia cronológica de su desarrollo y ha contribuido a transmitir la idea de un proceso de uniformidad donde las partes constitutivas quedan subordinadas a las pautas fijadas desde el puerto rioplatense, derecho-habiente de la antigua metrópoli española. Ese criterio prejuicioso fue sostenido desde el alumbramiento de nuestra nacionalidad. En el Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810, cuando el fiscal impugnó la legitimidad del título de Buenos Aires para resolver de formación de gobierno propio, sin previa consulta a “los pueblos” de Virreinato, uno de los dirigentes criollos argumentó que esa decisión la tomaba en su 1

El Lic. Armando Bazan es Vicepresidente y miembro de Número de la Academia Nacional de la Historia. Doctor Honoris Causa de la Universidad Católica. Profesor titular de Universidades argentinas. Ex Investigador de carrera del CONICET, también se desempeñó como integrante del Directorio de esa Institución. Miembro de las Academias de Historia de España, Perú, Bolivia, Paraguay, Uruguay, Brasil, Puerto Rico, Guatemala y Colombia. Entre sus publicaciones relevantes han de distinguirse: Pavón y la crisis de la confederación. Equipos de Investigación Histórica. Buenos Aires, 1966; Ángel Vicente Peñaloza. Buenos Aires, Hachette, 1969, Felipe Varela, su historia. Buenos Aires, Plus Ultra, 1975; Historia de La Rioja. Colección “Historia de Nuestras Provincias” Buenos Aires, Plus Ultra, 1979; Historia del Noroeste argentino. Buenos Aires, Plus Ultra, 1984; El Noroeste y la Argentina contemporánea. Buenos Aires, Plus Ultra, 1992, Esquiú. Apóstol y ciudadano, Buenos Aires, Emecé, 1996, La cultura del noroeste argentino. Buenos Aires, Plus Ultra, 2000, etc. 15


condición de “Hermana Mayor”, supeditada a la ratificación posterior por los Cabildos del interior. Esa idea hegemónica de filiación política echó raíces en nuestra historiografía. Más de un siglo después, un historiador llegó a decir que la historia nacional guarda semejanza con la Historia de Roma, donde siempre el impulso directriz que modeló el curso de los acontecimientos partió del centro a la periferia. Este esquema interpretativo porteño-céntrico fue cuestionado por Antonio Pérez Amuchástegui cuando dijo que “la historia se hacía y se escribía en Buenos Aires y para Buenos Aires, islote civilizado al borde de las llanuras y las serranías salvajes”. La reivindicación del protagonismo del Interior, iniciada por Joaquín Carrillo en 1877, con su libro Jujuy. Provincia

Federal

Argentina,

fue

proseguida

por

destacados

historiadores regionales, pese a lo cual este género historiográfico tuvo un papel ancilar en la explicación de nuestro pasado. Una visión abarcadora de la formación nacional, medida en el tiempo largo, demuestra que la matriz originaria fueron las regiones geohistóricas: Tucumán, Cuyo, Río de la Plata, espacio territorial al que se incorporaron más tarde el Chaco Gualamba, la Patagonia y las tierras australes. Esto fue así desde el tiempo precolombino. Primero fueron las regiones, después las provincias y, por último, la nación. Cada

región

define

no

sólo

un

horizonte

geográfico,

sino,

principalmente, una realidad étnica y un acervo cultural. Los diaguitas, juríes y comechingones del “país de Tucma”, los huarpes del “país de Cuyo”, eran pueblos sedentarios agroalfareros que, sin perjuicio de patentes asimetrías, habían alcanzado antes de la conquista española un desarrollo cultural superior al que exhibían los aborígenes instalados en la región rioplatense, el Chaco y la 16


Patagonia, anclados en el estadio primitivo de los cazadores y recolectores. Esa brecha cultural se profundizó cuando los incas del Tawantinsuyu incorporaron a sus dominios Tucumán y Cuyo (1470-1480) durante el reinado de Túpac Yupanqui. La conquista no fue solamente política, significó también un cambio cultural. Se organizaron provincias o curacazgos para administrar las tierras conquistadas; se construyó el “camino del Inca”, de fábrica similar a las vías romanas, con tambos y postas

para

el

aprovisionamiento

de

los

viajeros.

En

sitios

estratégicos, los incas edificaron fortalezas o pucaráes, recintos fortificados

de vasta dimensión, con la finalidad de prevenir

alzamientos e invasiones. Entonces comenzó a difundirse la lengua quechua o “general”, que tanta importancia tuvo posteriormente para facilitar la comunicación con los pueblos tributarios que hablaban lenguas particulares, caso del “cacán” de los diaguitas y el “allentiak“ de los huarpes. Las noticias sobre el Tucumán y Cuyo son abundantes en las crónicas y descripciones coloniales. Se las debemos a González Fernández de Oviedo, Mariño de Lovera, Alonso de Bárzana, Fray Reginaldo de Lizárraga y el Inca Garcilaso de la Vega, entre otros escritores. En sus Comentarios Reales, Garcilaso refiere que el reino llamado “Tucma”, que los españoles designaron Tucumán, fue conocido en su existencia por el Inca Viracocha (1350-1420) cuando visitaba la región de “Chuqui-Chaca” (Charcas). Ahí recibió a embajadores de ese reino, quienes le pidieron ser recibidos como vasallos de su imperio. La nación más importante de esa región, conquistada más tarde por Túpac Yupanqui, era la diaguita. Sus parcialidades estaban radicadas 17


desde Salta hasta La Rioja y el norte de San Juan. Las fuentes literarias y las comprobaciones de la arqueología revelan que los diaguitas se organizaron en pueblos cuya ubicación respondía a su género de vida y mejor aprovechamiento de los recursos naturales. Siendo agricultores y recolectores, el agua y las formaciones boscosas tuvieron importancia decisiva para configurar su geografía política. Siguiendo el camino del Inca hacia el sur, pasando la tierra de los capayanes, se entraba propiamente en la región conocida como “país de Cuyo”, que significa “tierra arenosa”. La fisiografía cuyana exhibe un paisaje desnudo, tipo travesía, salpicado por oasis de variada dimensión donde la tierra se transforma con el beneficio del riego. Esta proviene de algunos ríos importantes y caudalosos originados en los deshielos de la Cordillera de los Andes: el San Juan en el valle de Tulún, el Mendoza en el valle de Güentota, el Tunuyán en el valle de Uco. Hay otros de menor caudal como el que riega el valle de Conlara (San Luis), y en el vértice donde se juntan las actuales provincias cuyanas, los desagües del San Juan y del Mendoza había formado las lagunas de Guanacache, donde abundaba la pesca. En vísperas de la conquista española, esa era la tierra de los huarpes, indios de idiosincracia pacífica muy diferentes de los belicosos diaguitas y araucanos. El cronista Alonso de Ovalle los caracterizó como individuos “altos, delgados y bien tallados”. Las mujeres eran agraciadas y su donosura no pasó inadvertida para el superior de la residencia jesuita cuando solicitó misioneros para evangelizar a los naturales de la región. Recomendaba que los sacerdotes no fueran demasiado jóvenes “por ser las indias muy fermosas...”. Los huarpes constituyeron dos grupos diferentes con lenguas que nada parecían 18


tener en común: el “allentiak”, hablado por las parcialidades de Tulún, Guanacache y Calingasta, y el “millcayac”, propio de los moradores de Mendoza y San Luis. A diferencia de los diaguitas, no basaron su economía exclusivamente en la agricultura. Ese fue el género de vida predominante en las tribus asentadas en la ribera de los ríos, mientras que los laguneros de Guanacache eran pescadores y las parcialidades ubicadas en la zona montañosa complementaban con la caza y su corta agricultura. 2. Organización política en el tiempo colonial Este

mundo

indoamericano

que

hemos

descripto

comenzó

a

derrumbarse con la conquista española. Ella tuvo principio con la expedición de Diego de Almagro (1536), hecho sincrónico con la entrada de Pedro de Mendoza en el Río de la Plata. Socio de Francisco Pizarro en la empresa conquistadora del Perú, a él le había correspondido, en el reparto de las tierras imperiales, el reino de Chile. Decidido a conocer sus dominios, escogió para su viaje el camino del Inca, que atravesaba de norte a sur la región del Tucumán y el país de Cuyo. Trajo consigo una hueste numerosa de soldados españoles y de indios de servicio, y para orientar su derrotero e imponer mejor su autoridad se hizo acompañar por el Inca Paullu, pariente de Atahualpa, el destronado señor de Cuzco. La expedición fue solo un reconocimiento de tránsito: pasó por Tilcara, Chicoana y el Shincal, y torció luego hacia Chile por Guatungasta, el Paso de Comecaballos y su desecho de Pircas Negras, ubicados ambos en el actual territorio riojano. Sorprendido por una tempestad en la Cordillera, el ejército invasor sufrió la pérdida de muchos hombres y arte de su caballería. El cruce se hizo 19


en el otoño de 1536 y al cabo de 18 meses desde su salida del Cuzco emprendió su regreso, pero esta vez por la travesía de la costa o “despoblado de Atacama”. La exploración sistemática del Tucumán se concretaría después, a partir de 1542, con la entrada de Diego de Rojas y proseguida a su muerte por Francisco de Mendoza con tenacidad y padecimiento increíbles. Un vasto territorio extendido desde Jujuy hasta el río Paraná fue explorado palmo a palmo y puso en contacto a los españoles con las numerosas parcialidades aborígenes que lo habitaban. Viene al caso decir que, en ese momento, se había malogrado la primera fundación de Buenos Aires, realizada por Pedro de Mendoza con notable despliegue de hombres y recursos. Sus restos sobrevivieron en Asunción (Paraguay), fundada en 1541 por Domingo Martínez de Irala. Los magros frutos del poblamiento en el Río de la Plata fueron compensados por los progresos que registró la colonización de Tucumán y Cuyo. El “Pacificador del Perú”, licenciado La Gasca, dio provisión en 1549 al capitán Juan Núñez del Prado para internarse en el Tucumán con el mandato concreto de fundar un pueblo en la región. Trajo soldados fogueados en la guerra civil contra el rebelde Gonzalo Pizarro, a quienes se estimó prudente erradicar del Perú para prevenir

nuevos

alborotos.

Núñez

del

Prado

acometió

con

responsabilidad su misión. En 1550 fundó en el sitio de Ibatín la ciudad de Barco con todas las formalidades de rigor. Pero la adversidad no vino de los indios sino de los propios españoles. Francisco de Villagra, enviado por Pedro de Valdivia desde Chile para solicitar refuerzos en el Perú a fin de afrontar la guerra contra los araucanos, se le cruzó en su camino. El conquistador “chileno” 20


cuestionó que la ciudad fundada por Núñez se hallaba en jurisdicción asignada al gobernador y capitán general de Chile. Ese argumento, apoyado en una relación de fuerzas desigual, persuadió a Núñez de Prado para trasladar su ciudad al Valle Calchaquí, y así nació la efímera “Barco II”. El sitio no era el más apropiado, pues se hallaba en el corazón de tribus indómitas y hostiles. Aconsejado por las circunstancias, levantó su portátil ciudad y la trasladó a tierra de juríes, junto al río del Estero. Quiso su mala fortuna que ahí chocara con el arrogante Francisco de Aguirre, quien lo tomó prisionero, anuló las mercedes de tierras y repartimientos de indios que había concedido y resolvió trasladar “Barco II” apenas a media legua de distancia, atribuyéndole el carácter de una nueva fundación. Así nació Santiago del Estero (1553) y Aguirre se llevó la gloria de la primera fundación en el Tucumán. Otros cosecharían los frutos del trabajo precursor de Núñez de Prado. Sus andanzas infatigables por tierras de diaguitas, lules y juríes fueron fecundas para el develamiento de la región y confirmar noticias anteriores sobre riquezas verdaderas o anheladas. Por de pronto, sirvió para orientar la política colonizadora en el Tucumán con la Real Cédula expedida por Felipe II en 1563, que creó la Gobernación separada de Chile, dependiente del Virrey de Lima en lo político y de la Real Audiencia de La Plata en materia de justicia. Con ello terminaron los conflictos entre los españoles de Perú y Chile, tan perniciosos para el progreso de la conquista. Hasta ese momento, varias fundaciones se habían malogrado. Además de la Barco de Núñez de Prado, el empeño de Juan Pérez de Zurita hizo nacer Londres, Cañete, Córdoba de Calchaquí y Nieva, emplazadas donde hoy están las provincias de Catamarca, Tucumán, Salta y Jujuy, respectivamente. Ninguna duró. Cuando se creó la Gobernación sólo 21


una ciudad trataba penosamente de sobrevivir, flagelada por la miseria y asediada por los indios. Era Santiago del Estero, definitiva versión de la portátil “Barco” de Núñez de Prado. No había otro asiento español en todo el territorio argentino, por eso a ella le cabe el justo título de “madre de ciudades”. La Gobernación dio consistencia a una verdadera política fundacional que sobrepuso las ideas a los hechos consumados, la previsión inteligente a la improvisación y la aventura. Si es cierto que hubo resistencia

y

hostilidad

de

los

indígenas, la

mayoría

de

las

fundaciones se perdieron por falta de adecuación de los medios a los fines y debido a las arteras acechanzas de los propios conquistadores. La definición de una política fundacional por la Corona y su inteligente implementación por funcionarios notables como el oidor Matienzo de la Real Audiencia de Charcas y el Virrey Toledo, hizo nacer en sólo treinta años a las ciudades que dieron consistencia política a la Gobernación, San Miguel (1565), Talavera (1567), Córdoba (1573), Salta (1582), La Rioja (1591) y San Salvador de Jujuy (1593). Sólo quedaba pendiente la repoblación de Londres, laborioso proceso que habría de consumir más de un siglo. Mientras tanto, ¿qué sucedió en el país de Cuyo? Las primeras noticias precisas que se tuvieron del Perú sobre el territorio de Chile fueron proporcionadas por Almagro al regresar de su expedición. Tomó tiempo organizar una nueva campaña. Tres años después fue puesto a la cabeza de la misma a Pedro de Valdivia, quien hizo una penosa marcha por el “despoblado de Atacama” y junto al río Mapocho fundó -el 12 de febrero de 1541- la ciudad de Santiago del Nuevo Extremo. Ella sería la base de operaciones para poseer el territorio chileno, y más tarde intentar el poblamiento del país de 22


Cuyo, allende la Cordillera. La empresa fue harto difícil y consumió muchos años. El obstáculo más serio consistió en la feroz oposición de los indios araucanos. Empeñado en conseguir refuerzos para esa guerra, Valdivia sube al Perú, convulsionado por la guerra civil desatada por la rebelión de Gonzalo Pizarro. El conquistador de Chile puso su espada al servicio del Pacificador La Gasca, triunfador en la contienda a favor de la causa del rey. Este servicio le fue premiado con su nombramiento como Gobernador y Capitán General de Chile, en 1548. Calificado con estos títulos regresó a Santiago, sede de su gobierno.

Su preocupación absorbente era la guerra con los

araucanos y la experiencia le indica que carece de fuerza suficiente para someterlos. Entonces envía a su teniente Francisco de Villagra para reclutar soldados en el Perú. Ahí el Pacificador La Gasca lo autoriza a levantar bandera de enganche, y cuando consigue reunir el contingente necesario emprende el regreso por el camino del Inca. Mientras permanece en la recién fundada ciudad de Barco, Francisco de Villagra recibe la noticia de que en las comarcas del sur está la ciudad de los Césares, leyenda que se difundió en el Tucumán a partir de la expedición del capitán Francisco César. La codicia del oro, que encendió la imaginación de los conquistadores, lo impulsa a apresurar su marcha. No encontró la legendaria ciudad, pero tuvo el mérito de ser el primero en descubrir el país de Cuyo, en 1551. Luego de explorar la región de los valles de Conlara y Güentota (Mendoza), concede encomiendas a los miembros de su expedición y regresa a Santiago. La guerra de Arauco impidió por varios años la posesión afectiva de las tierras cuyanas habitadas por los huarpes, donde caudalosos ríos fertilizan el páramo con sus aguas. Hubo otros hechos que dilataron la 23


empresa. Valdivia halló trágica muerte en Tucapel (1553) peleando con los araucanos y entonces se planteó el litigio por la sucesión entre Villagra y Aguirre. La Audiencia de Lima falló desalentando los títulos que ambos invocaron para gobernar Chile y difirió ese pronunciamiento para el nuevo Virrey Marqués de Cañete, quien lo recibió en Lima a mediados de 1556. Con criterio nepótico nombró a su hijo, García Hurtado de Mendoza, como Gobernador y Capitán General de Chile, decisión que contrarió profundamente a los viejos conquistadores. A su iniciativa se debe el envío de expediciones al Tucumán y Cuyo. Para la jornada conquistadora en Cuyo designó a Pedro del Castillo, quien el 2 de marzo de 1561 asentó en el valle de Güentota la ciudad de Mendoza, nombre escogido para halagar a su comitente.

Alzó el rollo de la justicia, nombró alcaldes y regidores

para el Cabildo, puso a la ciudad bajo el patronato de San Pedro, trazó la planta urbana y repartió solares a los vecinos “para ahora y para siempre jamás”. Así nació la primera ciudad española en la región cuyana. El poblamiento de Cuyo se afianzó con la fundación de San Juan de la Frontera, en el valle de Tulún, el 13 de junio de 1562. Su hacedor, el capitán Juan Jufré, nombrado por el nuevo gobernador de Chile, Francisco Villagra, concretó ese asiento con sólo 32 vecinos, fijo su traza urbana en 25 manzanas de 150 varas de lado. Adoptó como patrono a San Juan Bautista –de ahí su nombre. Y la llamó “de la frontera” por considerar que se hallaba confinando con Tucumán. Antes de realizar esa fundación, había trasladado “a dos tiros de arcabuz” la Mendoza de Pedro de Castillo. El cambio de sitio quiso legalizar una nueva fundación que tuvo por nombre “Ciudad de la Resurrección”. Pero esa denominación nunca prosperó y siguió llamándose Mendoza “por siempre jamás”. 24


El plan colonizador en Cuyo demoró treinta años en avanzar hacia el oriente, en dirección a Buenos Aires, refundada por Juan de Garay en 1580. Ejecutor de esa empresa fue el general Luis Jufré Meneses, quien completó así la obra de su progenitor. A él se debe la fundación de San Luis de Loyola, Nueva Medina de Río Seco (1594), en fecha que no ha podido precisarse por la desaparición del acta respectiva. Cuando regresó a San Juan, halló a la ciudad inundada por el río por cuyo motivo resolvió trasladarla 25 cuadras al sur, en el sitio donde hoy perdura. “Con la fundación de las tres capitales cuyanas –dice Horacio Videlala obra colonizadora en la región quedó concluida (...) y librada a su evolución natural”. Pero mucho antes, ese territorio había sido organizado políticamente en forma de un Corregimiento dependiente de la Gobernación de Chile. Así lo dispuso la Audiencia de Concepción en 1565, erigiendo a Mendoza como sede del gobierno para toda la región. Esta decisión ratifica la política adoptada por España en el Tucumán de adecuar las jurisdicciones políticas a los ámbitos regionales preexistentes. En ese marco se fundaron las ciudades o municipios, en sitios estratégicos que tuvieron la responsabilidad de concretar el proceso colonizador. La posesión de la tierra y el sometimiento de la población autóctona se instrumentaron a través de las mercedes de tierra y las encomiendas de indios, beneficios concedidos a los fundadores y sus descendientes. 3. El mestizaje La colonización no habría podido cimentarse si no hubiera ocurrido un generalizado

mestizaje

del

conquistador 25

con

el

aborigen.

La


desigualdad

numérica

del

blanco

respecto

del

indígena

era

abrumadora. Los exiguos contingentes que fundaron las ciudades ocuparon tierras pobladas por tribus numerosas, pacíficas a veces, como los huarpes, pero casi siempre hostiles y aguerridas como las parcialidades diaguitas. Núñez de Prado trajo consigo desde el Perú 70 hombres y con ellos fundó Barco en tres asientos distintos. Su enemigo, Francisco de Aguirre, vino desde Chile con 60 soldados y eso le bastó para hacer el traslado-fundación de Santiago. Acabamos de referir que San Juan se creó con 32 vecinos. Por lo demás, la mayoría de esa gente eran varones y tuvo descendencia con las mujeres del país, si bien esas uniones no aparecen registradas en los libros parroquiales. Los prejuicios de la época cohibían dar estado matrimonial a esos amancebamientos. El hijo de español y de india se anotaba en el libro de “naturales”, sin mención del nombre del padre. El caso del hidalgo Juan Eugenio de Mallea, fundador de San Juan, que desposó a la hija del cacique de Angaco, bautizada con el nombre de Teresa de Ascencio, significa un caso excepcional. De este modo comenzó el fenómeno del mestizaje que originó una nueva sociedad, antropológica y culturalmente distinta de sus elementos constitutivos. Más tarde, esa mezcla de sangre, inculcó a la población africana introducida mediante el tráfico de la esclavitud. Entonces el cuadro étnico se hizo más complejo y diverso. Los censos del siglo XVIII registran la presencia de españoles europeos y americanos, indios y mestizos, negros, mulatos y zambos. El dato relevante es la irrupción masiva del negro, especialmente en el Tucumán, donde hacia 1778 constituye el 45 % de la población. Solamente en Jujuy y La Rioja aparece el indio como grupo mayoritario. Por lo que concierne a Cuyo, dicho censo demuestra que los blancos eran el estrato mayoritario con el 42 % de la población, 26


aunque no deja de ser significativa la presencia de naturales y de negros. Progresivamente, el mestizaje borró las barreras diferenciadoras de las etnias y, de este modo, la mezcla de los distintos grupos fraguó la sociedad criolla cuya identidad definitiva se cimentó en el siglo XIX. Ella protagonizó el proceso emancipador, tanto en funciones de conducción como de apoyo militar y económico. Sin esa adhesión popular la revolución americana habría sido un objetivo inalcanzable.

4. Estructura productiva y ejes de circulación económica. El destino de las esmirriadas ciudades fundadas por España estuvo estrechamente relacionado con el problema de su organización económica y productiva. Frustrada la ilusión de la riqueza fácil merced a la minería, los colonizadores debieron resolver la necesidad del sustento con el trabajo de la tierra utilizando la mano de obra indígena. Se introdujeron semillas, plantas de Castilla y ganadería de ese origen. Poco después de la fundación de Santiago del Estero, el capitán Hernán Mejía Miraval llevó desde Chile las primeras semillas de trigo, algodón, cebada y sarmientos de vid. Y también árboles frutales como naranjos y limoneros. Estas especies vegetales fueron la base de esa transformación económica. El algodón prosperó en el clima seco y cálido de algunas ciudades del Tucumán. En mayo de 1710, el cabildo de Catamarca resolvió oficializar como “moneda de la tierra” al hilado de algodón a razón de dos pesos la libra. Asegurado el preciso sustento para los cortos vecindarios y los indios de los repartimientos, hubo que pensar en la producción de 27


excedentes para su colocación

en los mercados disponibles. En lo

que atañe al Tucumán sabemos que, desde principios del siglo XVII, se había establecido un activo comercio con Potosí, donde el sueño minero de los conquistadores tuvo fortuita concreción. Ahí estaba la Sierra de la Plata que buscaron porfiadamente los españoles entrados por el Río de la Plata. La fiebre minera atrajo multitud de españoles e indígenas y comenzó a tomar forma el milagro americano de Potosí. Hacia 1573/75 se construyó la Casa de Moneda donde se acuñaron los pesos fuertes o “reales de a ocho”, patrón monetario de Hispanoamérica. Levantada en sitio áspero y desabrido, Potosí producía solamente plata, en marcos o amonedada, motivo por el cual su abastecimiento debía ser cubierto por las regiones vecinas del Virreinato. Tucumán encontró ahí su gran mercado. La Rioja vendía sus vinos, pasas y pelones; Catamarca, lienzo y pabilo de algodón; Santiago del Estero, cera, miel, añil y tejidos de lana; San Miguel, ganadería, tabaco y maderas. Salta, que llegó a ser la plaza comercial más próspera de la región, era el nudo del comercio para la internación de mulas en el Alto Perú y Bajo Perú. Ya en 1603, cuando las ciudades acababan de nacer, una Relación sobre la Villa y Minas de Potosí consigna que de Tucumán entraban anualmente artículos diversos por valor de 100 mil pesos. Dos siglos después, solamente el comercio de mulas reportaba transacciones de 500 mil pesos en la plaza de Salta, que se duplicaban o triplicaban cuando los animales eran vendidos en las ciudades del Perú. ¿Que ocurrió en Cuyo? Cuando Mendoza era un núcleo urbano incipiente, con fama de estar situada en una tierra pobre, tuvo que resolver problemas fundamentales, comenzando por la irrigación. Los vecinos aprovecharon el sistema indígena de canales y acequias para 28


regar sus chacras y huertas. Por eso una de las preocupaciones constantes del Cabildo fue mantener limpios y expeditos dichos acueductos. Esto aseguró el beneficio de la tierra para cosechar trigo, maíz,

cebada

y

desarrollar

la

fruticultura:

durazneros

y

principalmente viñas. En las estancias se criaban vacas, ovejas y caballos. Edberto O. Acevedo consigna datos relativos al año 1604 sobre la tasación hecha por el Cabildo a esos productos. La descripción del Fray Reginaldo de Lizárraga y la crónica de Mariño de Lovera resaltan la importancia de la producción agrícola en Cuyo. Esos primeros testimonios coinciden en señalar la abundancia y calidad de sus frutos, especialmente de sus viñas. Posiblemente, los comerciantes seguían utilizando el camino del Inca que Lizárraga recorrió en toda su extensión. El allanamiento posterior del itinerario hacia Buenos Aires, que atravesaba San Luis, Río Cuarto y Arequito, permitió conducir los productos del agro cuyano en las sólidas carreteras mendocinas. “A medida que se extienden los cultivos –dice Ana Castro- se trazan nuevos cauces de riego (...) a mediados del siglo XVIII existen ochenta y seis acueductos derivados de los ríos Mendoza y Tunuyán”. Hacia 1759 la superficie cultivada se había ampliado considerablemente. La fertilidad de la tierra y la variedad de especies se destacan en numerosos documentos de la época. Esta visión optimista sobre la economía cuyana debe ser matizada con un autorizado testimonio de ese tiempo: la relación del Intendente de Córdoba, Marqués de Sobremonte (1785) originada en la visita que practicó a esa jurisdicción. Esta comenzó en San Luis de Loyola, “de corta población”, en cuya planta urbana sólo vivían 818 personas, entre vecinos y simples moradores. La impresión que transmite el funcionario es de pobreza, tanto que el Cabildo no tenía ingresos por 29


el ramo de “propios”. La economía se sustentaba, primordialmente, de la ganadería: setenta mil ovejas, catorce mil vacunos y diecisiete mil caballos. La ocupación de los hombres consistía en llevar ganado a Chile, el alquiler de mulas y desempeñarse como peones en las tropas de carreta. La industria de las mujeres era la tejeduría de ponchos y frazadas que se comercializaban en Chile. Mendoza, más importante por su población y economía, exhibía una próspera agricultura donde sobresalían los cultivos de frutales y viñas. Practicaba un intenso tráfico de carretería que se apoyaba en la internación de sus productos en el reino de Chile. Más de mil carretas se utilizaban con ese objeto. La mayor capacidad tributaria de la población se reflejaba en el ramo de “propios” que rentaba al Cabildo 400 pesos anuales. En lo concerniente a San Juan, su planta urbana era más pequeña que la de Mendoza pero con edificación más compacta. El rubro comercial que la sustentaba eran los vinos y aguardientes, que se vendían en Córdoba y también pasaban a Salta y al Perú. El transporte se hacía principalmente por el sistema de arrias y, secundariamente con tropas de carretas. El Cabildo recaudaba anualmente doscientos pesos por ramo de “propios”. 5. Situación demográfica de las regiones mediterráneas. El poblamiento de Tucumán y Cuyo se consolida durante el siglo XVIII. Las ciudades crecen moderadamente en población, las campañas se pueblan de estancias y cuando la mano de obra indígena comienza a escasear por el agotamiento de las encomiendas, se hace preciso comprar a buen precio negros esclavos para sustituir al indio en los 30


trabajos rurales y domésticos. Ese crecimiento demográfico fue modesto porque no hubo aquí nada parecido a Potosí, donde la minería causó un aumento espectacular de la población que convirtió a la ciudad en la más populosa de Hispanoamérica. Correlativamente, los pueblos indios fueron disminuyendo en número y en habitantes por causas diversas. En tiempos de paz, porque fue inveterado el abuso de los encomenderos de sacar a los aborígenes de sus tierras para hacerlos trabajar en sus estancias o bien llevarlos a Potosí y a Chile; en tiempos de guerra, porque la profunda conmoción que significaron las guerras Calchaquíes (1630-1665) con epicentro en Tucumán y repercusión en Cuyo, causó la muerte o el extrañamiento de muchos pueblos. En lo atinente al objetivo evangelizador de la Conquista, tan bien interpretado por misioneros santos como Francisco Solano y el P. Alonso de Bárzana, consta en reiterados informes de los obispos que la instrucción religiosa del indio se cumplía deficientemente o simplemente no se cumplía “porque todo es pleito entre los curas y encomenderos”. El citado censo de 1778, levantado por orden de Carlos III, demuestra que la provincia de Tucumán era la más importante del actual territorio argentino. Incluyendo a Córdoba, que todavía pertenecía a la gobernación, ella albergaba una población de 126 mil almas sobre un total de 186 para el Río de la Plata. Córdoba tenía en sus doce curatos 40.632 habitantes, la jurisdicción más populosa, relegando a Buenos Aires al segundo lugar con 37.130. En orden de importancia seguían San Miguel, ya en su nuevo asiento, con 20.104; Santiago del Estero con 15.456; Catamarca con 15.315; Jujuy con 13.619, Salta con 11.565 y La Rioja con 9.723.

31


Mucho menor era la población cuyana. En la comprensión de las tres ciudades que formaban el Corregimiento vivían un total de 23.411 habitantes distribuidos de la siguiente manera: Mendoza, 8.765; San Juan, 7.690 y San Luis, 6.956. A diferencia del Tucumán, aquí los blancos eran mayoría con un porcentaje del 42 % del caudal demográfico. Tanto en una como en otra región, el gobierno civil, militar y eclesiástico estaba en manos de los blancos. Ellos manejaban el poder económico sustentado en las explotaciones agropecuarias, el comercio y, además, monopolizaban el prestigio social. Era el patriciado criollo donde había algunas familias verdaderamente acaudaladas pero en cuyo seno se manifiesta progresivamente un fenómeno de diferenciación social: los vecinos feudatarios y los simples moradores, los pobres y los ricos. Algunos miembros de familias principales se empobrecieron por la extensión de las encomiendas o por la creación de mayorazgos o vínculos que excluían a los hijos menores de la sucesión. Y eso les creó serias dificultades para afrontar las cargas de la vecindad. Esta caracterización de la sociedad colonial no sería completa si no hiciéramos referencia a la fisonomía de las ciudades, según los testimonios de la época. Las de mejor porte eran Córdoba y Salta. La primera tenía los mejores templos y casas y contaba con abundantes materiales de construcción: piedra, cal, ladrillos

y tejas. Las

comunidades religiosas tenían allí sus noviciados y por eso disponían de mayor número de sacerdotes. Los conventos de San Francisco, Santo Domingo, La Merced y la Compañía albergaban cuarenta, cincuenta y hasta sesenta religiosos cada uno. La Catedral -sede del obispado- y la Iglesia de los jesuitas, eran templos de noble 32


arquitectura y de sólida fábrica. Con algunas modificaciones estos edificios

se

conservan

como monumentos

coloniales

hasta la

actualidad. Salta, primero sede de la gobernación y después de la Intendencia a partir de 1783, exhibía frente a la plaza el edificio del Cabildo, reedificado casi íntegramente a fines del siglo XVIII. El nivel de prosperidad de los vecinos principales, beneficiados por el comercio de mulas con el Perú, se reflejaba en el decoro y alhajamiento de las casas con el sello arquitectónico colonial. Varias tenían dos plantas con balcón voladizo sobre la acera, con techos de tejas y utilización abundante de madera tallada y hierro forjado en puertas, ventanas y balcones. Las otras ciudades de Tucumán y Cuyo eran pueblos de poca monta y casi nada ha sobrevivido a la injuria del tiempo, excepción hecha de algunos templos y de raras casonas familiares. Entre los primeros, podemos mencionar la iglesia de Santo Domingo, en La Rioja, edificada íntegramente en piedra hacia 1623; la Catedral de Jujuy, construida entre 1761 y 1765, con una sola nave en la que resalta un precioso púlpito de madera tallada y dorada de excepcional valor artístico; la iglesia de San Francisco en Tucumán, de nave única y torre ubicada a la derecha de la entrada. Edificada por los jesuitas, pasó a ser propiedad de la Orden Franciscana cuando se produjo la expulsión de aquellos en 1767. Fue reconstruida a mediados del siglo XIX, pero actualmente se conserva su estructura arquitectónica original. Respecto a las ciudades de Cuyo, la relación que escribió en 1785 el Intendente Marqués de Sobremonte, señala la mala construcción de las casas, con techos de paja y barro, distinguiendo la mejor fábrica y comodidades en las de Mendoza. El terremoto que asoló a esta 33


ciudad en 1861 nada dejó en pie y lo propio ocurrió en San Juan con el sismo de 1944. Todo ello explica que la reconstrucción de esas ciudades no haya podido conservar casi nada de la arquitectura colonial. 6. El mapa político a fines de la época colonial Cuando finalizaba la época colonial, el mapa político del territorio argentino estaba configurado por la Real Ordenanza de Intendentes de 1782. Ésta había introducido modificaciones en cierta forma convencionales en la estructura jurisdiccional anterior, apoyada en las regiones preexistentes a la conquista, caso de Tucumán y Cuyo. Formando parte del Virreinato del Río de la Plata, funcionaban las Intendencias de Buenos Aires, Salta y Córdoba, de las cuales dependían municipios sufragáneos con sede en las antiguas ciudades fundadas en los siglos XVI y XVII. Subordinadas a la Intendencia de Buenos Aires estaban Santa Fe y Corrientes. De Salta dependían Santiago del Estero, San Miguel, Jujuy, Catamarca, Orán y Tarija, ciudad esta última que pasó luego a formar parte de la nación boliviana. La Intendencia de Córdoba había incorporado a La Rioja, separándola de Tucumán, y a las ciudades de Mendoza, San Juan y San Luis, que formaron el Corregimiento de Cuyo cuando dependía de la Capitanía General de Chile. Cada municipio tenía su propio Cabildo, órgano que constituía la institución vertebral de la ciudad indiana. Ejercía el gobierno local en los ramos más diversos: políticos, administrativos, judiciales y hasta religiosos cuando se trataba de solemnizar las fiestas del santo patrono. Sus miembros eran elegidos entre los vecinos principales que formaban el patriciado criollo. 34


En lo que atañe al aspecto territorial, las ciudades tenían sus límites fijados por sus fundadores en autos de jurisdicción. Hubo excepciones a esta práctica legal, caso de Buenos Aires, Tucumán y La Rioja. Esos límites no siempre fueron definidos con precisión y comprendían las vastas campañas circundantes pobladas por pueblos de indios y estancias de españoles. Los primeros casi se habían extinguido, si bien

sobrevivían

en

pleno

proceso

de

decadencia.

Los

más

importantes estaban en las antiguas Misiones, y los hubo también hasta avanzado el siglo XIX, en Jujuy, Salta, Santiago del Estero, la Rioja y Guanacache. Ricardo Zorraquín Becú, que ha estudiado con profundidad al Cabildo indiano, advierte que desde su instalación hasta 1810 se había operado una progresiva disminución de sus atribuciones, agudizada con la implantación del régimen de Intendencias. Subordinados al Intendente, sus providencias eran apelables ante la Real Audiencia, si eran sobre materias de gobierno y justicia y ante la Junta Superior de la Real Hacienda cuando se trataba de asuntos tributarios o financieros. En todas las ciudades sufragáneas, los Intendentes se hacían representar por Subdelegados de Real Hacienda y Guerra que sustituyeron a los antiguos Tenientes de Gobernador. 7. La revolución y el protagonismo de los Cabildos La condición de menoscabo político que infligió a los Cabildos el centralismo borbónico, experimentó un cambio significativo a partir de la Revolución de Mayo. La Junta Provisional Gubernativa elegida en Buenos Aires, necesitó en ese momento decisivo de la legitimación por parte de los “pueblos” que formaban el Virreinato. La tesis de la 35


retroversión de la soberanía al pueblo por la vacancia del trono español, desarrollada por Castelli en el Cabildo Abierto del 22 de mayo, no preveía la consulta a las demás ciudades. Buenos Aires estaba decidida a reasumir dicha soberanía en nombre de todas las demás. Por eso la perplejidad que embargó a los dirigentes porteños cuando Villota, fiscal de la Real Audiencia, cuestionó ese derecho que se atribuía la capital del Virreinato. La embarazosa situación fue zanjada con un argumento de necesidad y urgencia: la consulta se haría “a los pueblos” pero la “hermana mayor” tomaba la decisión de hacer cesar al Virrey y formar gobierno propio, ad-referendum de lo que resolvieran aquellos. Así fue como cursaron circulares a las ciudades para que en Cabildo Abierto designaran los diputados que concurrirían a la formación del nuevo gobierno. Pero también se decidió el envío de dos expediciones militares que la Junta puso a las órdenes de Francisco Ortiz de Ocampo -riojano-, y de Manuel Belgrano –porteño, como argumento disuasorio de cualquier rebeldía. Esto creó gran incertidumbre en las ciudades del Norte que se vieron entre dos fuegos. La reacción realista de Córdoba y la actitud beligerante

que

asumieron

las

Intendencias

altoperuanas

de

Chuquisaca y Potosí, gobernadas por Vicente Nieto y Francisco de Paula Sanz, respectivamente. El éxito acompañó inicialmente a la Expedición Auxiliadora del Alto Perú, que desbarató la resistencia de Córdoba y cumplió la orden de fusilar a sus dirigentes con Liniers a la cabeza. Sabemos que en Paraguay la suerte fue adversa para el ejército del Belgrano, lo cual significó la segregación de dicha Intendencia del cuerpo político de las Provincias Unidas. Y Montevideo se sostuvo como bastión realista hasta 1814. Al margen de la crónica militar, resulta significativo el protagonismo que adquieren los Cabildos a partir de la Revolución. Si ellos 36


desconocían a la Junta de Buenos Aires, como sucedió en el Alto Perú, Paraguay y Montevideo, el nuevo gobierno perdería toda sustentación legal y política. Es cierto que en algunas ciudades arribeñas, principalmente en Salta y Jujuy, hubo trabajos revolucionarios previos que se venían desarrollando desde 1809 con José Moldes y el grupo de abogados salteños, denunciados como “subversivos” por el Virrey Cisneros al Intendente Isasmendi. Por su parte, el canónigo jujeño, Dr. Juan Ignacio de Gorriti, a comienzos de ese año decisivo de 1810, redactó un documento favorable al cambio político que circuló ampliamente en Salta y Jujuy. La circular de la Junta Provisional Gubernativa y del Cabildo de Buenos Aires llegaron a Salta el 16 de junio. “Atento a la gravedad de su contenido”, el ayuntamiento resolvió tratar el asunto en un Cabildo Abierto que se realizó el día 19 con asistencia del Intendente, el obispo diocesano Videla del Pino, cabildo eclesiástico y vecinos caracterizados. Por razón de la rigurosa estructura jerárquica creada por la Corona española, ese pronunciamiento era muy importante dada la prelación política de la capital de la provincia. Los votos que expidieron los cabildantes expresan sugestivos matices, como el coto del ayuntamiento encabezado por los alcaldes, que coincidió con el Cabildo de Buenos Aires “en su lealtad y obediencia al Rey D. Fernando VII”. La ingenua aceptación de la proclamada fidelidad de la Junta Provisional Gubernativa al “amado Fernando VII” para conservar sus derechos; o bien la complicidad con la trama revolucionaria. La votación del Cabildo salteño tuvo influencia importante para la aceptación

del

cambio

político

por

parte

de

las

ciudades

dependientes de la Intendencia, pues cuando llegaron los oficios de Buenos Aires casi todos creyeron prudente esperar instrucciones de la 37


capital. La única que se pronunció morosamente fue Jujuy, en una actitud comprensible: por su ubicación geográfica estaba en el ojo de la tormenta, con la amenaza de invasión por los realista del Alto Perú, duros represores de Chuquisaca y La Paz. El diputado fue nombrado recién el 3 de setiembre. Asistieron 75 vecinos y resultó elegido por mayoría el Dr. Juan Ignacio de Gorriti, cuyas ideas a favor del gobierno de los criollos eran notorias. Pero si hubo coincidencia en legitimar la instalación de la Junta no la hubo en cuanto a la elección de los diputados. Esto originó un proceso conflictivo, especialmente en la propia Salta y en Santiago del Estero, donde se enfrentaron facciones antagónicas. Feliciano Chiclana, auditor del Ejército Auxiliar del Perú fue nombrado Intendente, redujo a prisión a su antecesor Nicolás Isasmendi y confinó a otros hombres de su facción a San Luis. El nuevo orden comenzaba con un nombramiento hecho desde Buenos Aires, sentándose un precedente pernicioso que no sería el último. ¿Cuál era el estado de opinión en Salta? Chiclana lo definió así: “Una considerable parte de su vecindario es de opinión contraria... y la restante opina con nosotros; bien que una y otra poseídas de miedo y temor; y como el que teme está próximo a obedecer, por esto es que tanto una parcialidad como otra ha reconocido la autoridad de V.S. y de este gobierno”. El juicio expresaba el jacobinismo de Chiclana por su rotunda convicción en la eficacia del temor, política que en la Junta tenía de inspirador a Mariano Moreno. Veamos que sucedió en Cuyo. También hubo conflicto en Mendoza. La capital de la Intendencia se había pronunciado en contra de la evolución, y en el seno del gobierno local las opiniones estaban divididas. En el Cabildo Abierto del 23 de junio, los partidarios del Rey 38


se oponen a reconocer a la Junta. Una nueva asamblea realizada dos días después designa diputado a Don Bernardo Ortiz, pero el subdelegado de la Real Hacienda y su gente asaltan el cuartel y se apoderan del armamento. El giro de los sucesos es parecido a lo ocurrido en Salta. La Junta interviene designando al teniente coronel José de Moldes –salteño-, como Teniente Gobernador y Subdelegado de Hacienda y Guerra. A mediados de noviembre parte a Buenos Aires el diputado Lic. Manuel Ignacio Molina para incorporarse a la Junta. El trámite de la circular del 27 de mayo fue mucho más sencillo en San Luis. El comandante Manuel Corvalán llegó con ese documento y otros papeles el 11 de junio y al día siguiente el Cabildo puntano decide obedecer al nuevo gobierno. Un historiador ha llegado a decir que "cabe a San Luis la gloria de ser la primer provincia (sic.) argentina que se adhirió a la Revolución”. Esa decisión tuvo el mérito de que cuando fue tomada, la reacción realista de Córdoba estaba en marcha. Todavía el 30 de junio llega a San Luis un propio del Gobernador Intendente Gutiérrez de la Concha con pliegos instando al Ayuntamiento a no reconocer la autoridad de la Junta. Fue elegido diputado el alcalde de primer voto Don Marcelino Poblet pero su viaje se demoró por falta de recursos para cubrir su dieta. Su incorporación se produjo el 23 de diciembre de ese año decisivo. La noticia del cambio de gobierno llegó a San Juan el 17 de junio por el correo general. También se recibió otro oficio del Intendente de Córdoba Juan Gutiérrez de la Concha denunciando la constitución “abusiva” de una Junta Provisional, a la que no se debía reconocer. También llegaron comisionados de las partes en conflicto -Buenos Aires y Córdoba-,

a fin de alegar en favor de sus causas. ¿Dónde 39


estaba el gobierno del Rey?, se preguntaron los sanjuaninos. “La consternación fue general”, dice un informe de José Javier Jofré, comandante de armas. El Cabildo quiso ganar tiempo para informarse mejor y finalmente decidió la convocatoria a un Cabildo Abierto el 7 de julio. En medio de la expectativa de la gente reunida en la plaza, José Ignacio Fernández Maradona, regidor decano, comunicó el contenido de los pliegos recibidos, aclarando que la Junta de Buenos Aires se proponía “sostener los derechos de nuestro augusto monarca el señor don Fernando Séptimo”. Los primeros en hablar fueron los jefes

de

las

comunidades

religiosas:

domínicos,

agustinos,

mercedarios y frailes hospitalarios de San Juan de Dios. Todos apoyaron el reconocimiento de la Junta. Se opusieron a ello el subdelegado de la Real Hacienda, el licenciado Francisco Oscariz, criterio apoyado por algunos españoles acaudalados. Agotado el debate, la asamblea aprobó una resolución anodina: no desconocía la legítima autoridad del gobernador de Córdoba, peso a lo cual el pueblo sanjuanino debía a obedecer a la Junta de Buenos Aires, sin prejuicio de declarar su vasallaje al rey don Fernando VII. La elección del diputado se practicó dos días después, recayendo la mayoría de sufragios en el alférez real José Ignacio Fernández Maradona. Pese a estos tropiezos “los pueblos”, cuya expresión institucional eran los Cabildos, mandaron sus diputados a Buenos Aires y se incorporaron a la Junta venciendo la oposición deducida por Mariano Moreno, vocero del centralismo, quien argumentó que la misión de los diputados era formar un congreso para dictar una constitución, objetivo distinto del explicitado en la circular del 27 de mayo. Su contradictor fue el deán Gregorio Funes, diputado por Córdoba, quien en nombre de sus pares expresó que se atenían al motivo de la convocatoria. Moreno tuvo que renunciar y, a partir de ese debate, 40


quedó instalado en diciembre de 1810 un gobierno verdaderamente representativo de las ciudades que habían legitimado el cambio político. Desde ese momento comenzaron las contribuciones de las ciudades con hombres, dinero y vituallas para sostener militarmente el nuevo orden. 8. Propuesta de Gorriti para organizar un nuevo sistema político El

protagonismo

asumido

por

los

Cabildos

en

el

proceso

revolucionario rioplatense se manifestó también en el campo de las ideas. El diputado jujeño, Dr. Juan Ignacio de Gorriti, cumpliendo instrucciones de su mandante, presentó un memorial a la Junta. El documento, fechado el 4 de mayo de 1811 es calificado por Ricardo Rojas como el más importante de la época. ¿Cuál fue su propuesta? Sostenía que “en cumplimiento de las solemnes promesas de establecer la absoluta igualdad de derechos de todos los pueblos”, debía derogarse la prelación establecida por el antiguo régimen de ciudades principales y subordinadas, reconociendo a éstas su autonomía necesaria para ejercer libremente sus derechos. Todos los ramos del gobierno dependerían del Cabildo y la ciudad contribuiría anualmente, según su población y comercio, a sostener el gobierno general del país. Esta propuesta para reformar la organización política nacional hace de Gorriti el precursor del federalismo municipal, que llegaría diez años después por la dinámica misma del proceso revolucionario. Como la Junta dilató el tratamiento de su moción, Gorriti reiteró el 19 de junio la necesidad de una respuesta. Responsabilizaba de la demora al diputado Gregorio Funes, representante de Córdoba, quien oponía reparos a sus ideas por ser partidario de conservar la 41


estructura política intendencial. Abonó su nueva presentación con un argumento difícil de refutar. “Al establecerse el nuevo gobierno revolucionario, no se dirigió a las capitales provinciales para que ellas, como tutoras de los pueblos interpretasen su voluntad; se dirigió

a

los

pueblos

mismos,

esto

es,

a

los

Cabildos,

sus

representantes, para que éstos deliberaran sobre su destino político”. El pensamiento de Gorriti tiene solidez y está enjundiosamente expuesto. Era la doctrina opuesta a la que defendió el deán Funes en el seno de la Junta, que privilegiaba la autonomía de las intendencias regionales, y que tuvo más tarde continuadores con Juan Bautista Bustos, cordobés, y Bernabé Aráoz, tucumano. De momento sus ideas no prosperaron pero triunfaron diez años después en la organización política del Estado con los pronunciamientos autonómicos de los municipios indianos. 9. El Norte y Cuyo. Participación en el proceso emancipador Los sucesos de Mayo forzaron a los pueblos del Interior a definir su actitud

frente

a

un

hecho

político

revolucionario

aunque

ambiguamente explicitado en los documentos oficiales. No era fácil entender por qué el nuevo gobierno destituía y encarcelaba a los funcionarios del Rey pero al mismo tiempo proclamaba su fidelidad a Fernando VII y su voluntad de conservarle estos dominios. Tampoco hay dudas de que esa definición se produjo bajo presión de la fuerza militar enviada al interior con el simulado argumento de auxiliar “a los Pueblos”. Para algunos, era la noticia

que estaban esperando;

para los adictos al Rey, la novedad fue mortificante; para la mayoría la sorpresa inicial fue trocándose primero en adhesión y después en entusiasmo. Resultaba halagüeña la noticia de que por fin los hijos 42


del país, los criollos, habían formado su propio gobierno sin depender del favor de un soberano distante. La

sociedad

criolla,

formada

por

labradores,

hacendados,

eclesiásticos, arrieros y artesanos tenía en ese momento menos de 500 mil habitantes. Sus dirigentes provenían del patriciado de la tierra y de la burguesía. Figuraban ahí doctores graduados en Chuquisaca, Córdoba y Santiago de Chile, caso de los hermanos Gorriti, Teodoro Sánchez de Bustamante, los abogados salteños, Nicolás Laguna, Bernardo Monteagudo, Pedro Miguel Aráoz, Gregorio Funes, Pedro Ignacio de Castro Barros, Fray Justo Santa María de Oro y Francisco Laprida, Tomás Godoy Cruz. Otros habían recibido formación militar, caso de José Moldes, Juan Francisco Borges, Francisco Ortiz de Ocampo. Había hacendados y comerciantes como Bernabé Aráoz, Feliciano Mota Botello, Marcelino Poblet y José Ignacio Fernández Maradona. Estos y otros hombres destacados del interior participaron en la marcha azarosa y a veces contradictoria del proceso revolucionario a partir de 1810. En la Junta Provisional Gubernativa tuvieron actuación descollante del deán Gregorio Funes y el canónigo Juan Ignacio de Gorriti. En la nómina figuran miembros de las asambleas y congresos de la época patria donde revelaron ilustración

y

talento.

A

otros,

verdaderos

precursores

de

la

Revolución, la suerte les fue adversa, pese a sus abnegados servicios. Es el caso de Juan Francisco Borges y José Antonio Moldes. Borges fue el primero que en Santiago se comprometió con la causa del cambio político. Formó a sus expensas el cuerpo de Patricios Santiagueños que se incorporó al Ejército Auxiliar del Perú, fue reconocido en calidad de Teniente Coronel, tuvo graves desencuentros con Ortiz de Ocampo y Juan José Castelli cuestionando la indebida intromisión en la elección de capitulares santiagueños. Constituido en cabeza de un 43


partido autonomista para resistir el “despotismo” de Buenos Aires, promovió un estallido revolucionario en diciembre de 1816 y terminó trágicamente su vida fusilado por orden de Manuel Belgrano. El salteño Moldes era hijo del comerciante más fuerte de la plaza. Fue enviado a España para seguir la carrera de las armas. Trabó amistad con otros jóvenes americanos que soñaban con la independencia de estos dominios y se afilió a la Logia de Cádiz. Regresó al Río de la Plata, en enero de 1809, y se comprometió con los dirigentes porteños a trabajar por la idea de la independencia en Córdoba, Santiago y Tucumán. Fue un patriota de la primera hora y eso explica su nombramiento como Teniente Gobernador de Mendoza y más tarde su actuación como coronel en el Ejército Auxiliar del Perú. Tuvo comportamiento destacado en la batalla de Tucumán y fue diputado en la Asamblea del año 1813. Ahí se ganó el odio de los miembros de la Logia que eran mayoría en el cuerpo, por razón de su genio atrabiliario y la actitud de permanente denuncia de irregularidades en el manejo de los negocios públicos. Cuando se reunió el Congreso General Constituyente de Tucumán, tuvo la firme adhesión de los diputados de varias ciudades para ser elegido Director Supremo. Fueron activos promotores de su candidatura Mariano Boedo y Eduardo Pérez Bulnes, para quienes él significaba la mejor garantía de la paz con Artigas y las provincias litorales sujetas a su influencia. Pero se cruzó el veto de San Martín, quien lo consideraba un disociador. La Revolución plantó a los pueblos que reconocieron a la Junta de Mayo graves desafíos políticos, militares y económicos. El problema más apremiante fue imponer su autoridad en todo el territorio del Virreinato a cuyo efecto se despacharon dos expediciones militares. 44


Ya se ha visto que Manuel Belgrano fracasó en el Paraguay. La Banda Oriental sostuvo su fidelidad a la Corona hasta 1814 cuando la plaza de Montevideo fue expugnada por Carlos María de Alvear. ¿Qué pasó en el Norte? Los éxitos iniciales de Cotagaita y Suipacha allanaron al Ejército Auxiliar el dominio transitorio de las ciudades altoperuanas. Su composición inicial de oficiales y soldados se remontó considerablemente con gente del Norte, sin necesidad de reclutamiento compulsivos. Entre los primeros figuran José Moldes y Rudecindo Alvarado -salteños-, Gregorio Aráoz de Lamadrid y Alejandro Heredia –tucumanos-, Juan Felipe Ibarra y Lorenzo Lugones –santiagueños- y José María Paz –cordobés. Y a medida que la guerra devoraba hombres, por bajas o deserción, nuevos combatientes se incorporaron por las levas realizadas en cada jurisdicción. Esto produjo la casi extinción de la mano de obra para los trabajos rurales. Además de soldados, se necesitaban cabalgaduras, mulas de carga, carretas, géneros y ropas para el vestuario, vituallas y pertrechos. Las primeras contribuciones se hicieron en los cabildos abiertos que legitimaron al nuevo gobierno. Enseguida vinieron los donativos patrióticos de gente sin figuración política, muchos pobladores del medio rural que dieron más allá de sus razonables posibilidades. Estos aportes se hallan documentados en los papeles de la época. Durante la etapa de la guerra regular, que se inicia en Cotagaita y concluye en Sipe-Sipe, se registran tres campañas del Ejército Auxiliar. La primera fue conducida por Juan José Castelli, delegado de la Junta Provisional que relevó a Ortiz de Ocampo con motivo de su negativa a producir el fusilamiento de los rebeldes de Córdoba; la segunda tuvo como jefe a Manuel Belgrano; la tercera a José 45


Rondeau. No haremos la crónica de esas campañas; nos interesa solamente la primera por las experiencias militares y políticas que ella significó. Por de pronto, hubo una conducción bicéfala, el abogado Castelli y el militar Antonio González Balcarce, donde el mando político prevaleció con lamentables resultados. En el Alto Perú, la instalación del nuevo gobierno suscitó entusiasta acogida. El 15 de junio, el Cabildo de Tarija resolvió a reconocer a la Junta Provisional Gubernativa. En Cochabamba ello sucedió a mediados de setiembre, antes de que se conociera

el triunfo de

Suipacha, hecho que definió la adhesión de las demás ciudades. Para la población indígena, notable mayoría, la revolución fue un mensaje de liberación social que resucitó las esperanzas creadas en su momento por la rebelión de Túpac Amaru. Y hubo también patriotas criollos que apostaron su destino político y personal apoyando el cambio. Pero un importante sector de la clase dirigente, usufructuario de la servidumbre indígena, apenas proclamó una adhesión de conveniencia en la medida que el nuevo gobierno no perjudicara sus privilegios seculares. Esto daba la dimensión de la difícil misión política de los representantes de la Junta. Los jefes de esta campaña no estuvieron a la altura de su responsabilidad. Castelli, espíritu exaltado y jacobino, no adecuó su comportamiento a la realidad de un ambiente social distinto de Buenos Aires. Tanto él como sus oficiales incurrieron en actos de impiedad y conducta licenciosa que desacreditaron a la Revolución. En este sentido, hay testimonios autorizados de Pueyrredón, quien le sucedió en el mando, y de los historiadores Gabriel René Moreno y Bernardo Frías.

46


Una vez que el Ejército hizo sentir su autoridad en el territorio del Alto Perú, instaló su campamento en el pueblo de La Laja, sobre el Desaguadero. Allí, Castelli entabló negociaciones con el jefe realista general Goyeneche, las que dieron por resultado un armisticio de 40 días. “Tal pacto fue burlado por ambas partes y mejor aprovechado por los realistas...” En este estado ocurrió la batalla de Huaqui (29 de junio de 1811) que fue un verdadero desastre. No hubo retirada sino dispersión y fuga, y las pérdidas del Ejército Auxiliar fueron estimadas en más de mil hombres. Goyeneche quedó dueño del territorio y de la iniciativa.

Reprimió

la

resistencia

patriota

de

Cochabamba

encabezada por Esteban Arce y Mariano Antezada. Su vanguardia, al mando del brigadier José Pío Tristán, avanzó sobre Jujuy. Juan Martín de Pueyrredón asumió la ardua tarea de reconstruir el Ejército con el apoyo decidido del pueblo jujeño. Advirtió, sin embargo, que la misión era superior a su capacidad y pidió al Gobierno que designara un jefe con mayores conocimientos técnicos. Explicó la situación en términos lapidarios: “...un grupo de oficiales sin honor, inútiles y viciosos que... hacen odiosa su presencia en los pueblos y destruyeron mortalmente el crédito de la más justa de las causas”. El 26 de marzo de 1812 hizo entrega del mando a Manuel Belgrano, hombre ilustrado y probo, precursor del cambio político rioplatense al que sirvió con abnegación durante el resto de su vida. En su marcha al Norte había creado como símbolo de la Patria naciente, la bandera azul y blanca que izó por primera vez en las barrancas de Rosario. Estaba convencido de que para lograr el triunfo de la causa era preciso inflamar de entusiasmo los sentimiento del pueblo, emoción

47


colectiva que no podía ser obviada por el más brillante cálculo político. Cuando llegó a Jujuy advirtió que los pueblos del Norte, enfriado el entusiasmo inicial, estaban desmoralizados y casi hostiles. A la derrota militar se sumaba la torpe decisión del Triunvirato de expulsar de Buenos Aires a los diputados que representaban la soberanía de los pueblos. Este trato agraviante era peor que la obediencia a los funcionarios del rey, que obraban según un sistema legal establecido. Mientras acometía la tarea de reanimar los despojos del Ejército, quiso recrear la mística revolucionaria con una tocante ceremonia. El 25 de mayo de 1812, en la plaza mayor de Jujuy, hizo bendecir por el canónigo Gorriti –uno de los diputados expulsados- la bandera que había creado. Luego las tropas juraron defenderla hasta morir. Fue impresionante el efecto moral de esta iniciativa. Un pueblo libre necesita convicción y no temor para acompañar una causa política. Cuando se preparaba para abrir una nueva campaña sobre el Alto Perú recibió precisas instrucciones del gobierno central. Debía batirse en retirada hacia Córdoba y privar al enemigo de todo recurso con una política de tierra arrasada. Esto significaba entregar a los realistas toda la región del Tucumán. Semejante orden se impartió a 1.500 kilómetros del teatro de la guerra. Así planteadas las cosas, Belgrano fulminó a los jujeños con un terrible bando: el pueblo en masa debía abandonar sus tierras y seguir al Ejército en su retirada. Todo

debía

ser

sacado

y

transportado:

ganado,

provisiones,

mercaderías. El 23 de agosto se inició la operación conocida como ”Éxodo Jujeño”, episodio heroico pero también inútil. La batalla que se dio un mes más tarde en Tucumán pudo empañarse en Jujuy. Los 48


protagonistas hubieran sido los mismos y la adhesión popular no habría sido menor. En Tucumán, la opinión popular prevaleciente fue jugar la suerte de la guerra en una batalla. Esto decidió a Belgrano para desacatar las órdenes recibidas de su gobierno. Hombre tan ceñido a la disciplina comprendió que era preferible interpretar el entusiasmo cívico que persistir en el desastre oscuro de una retirada. Así se dio la más nacional de todas las batallas de la guerra de la independencia argentina. En las filas patriotas estuvieron representados casi todos “los pueblos” de la convocatoria de Mayo. El escuadrón “decididos” de Jujuy; la caballería salteña con la jefatura de Moldes; las milicias tucumanas reunidas por Bernabé Aráoz; las tropas santiagueñas; los restos de los regimientos porteños y una compañía catamarqueña conducida por el capitán Ahumada y Barros. Del Alto Perú vino Manuel Ascencio Padilla con 50 de los mejores jinetes, exiliados de su patria cuando la región fue sojuzgada por Goyeneche. Tucumán fue la batalla de la unión nacional. Todo se conjugó: emoción patriótica, fe religiosa, bravura. Y por eso se ganó frente al temido ejército de Tristán. Su impacto político fue decisivo en Buenos Aires pues decretó la caída del desacreditado Triunvirato.

El nuevo gobierno

resolvió

dar

prioridad a la guerra en el frente norte y convocar una asamblea general a la que concurrirían los diputados de las ciudades “sin mandatos imperativos y sin limitación de facultades”. Fue un intento para nacionalizar la conducción revolucionaria y sustraer al Interior de la arbitrariedad de gobiernos elegidos solamente por la capital. El desafío inicial se reactualiza con todo vigor.

49


Los contrastes que siguieron a Tucumán y Salta -Vilcapugio, Ayohuma y Sipe-Sipe- demostraron que estratégicamente era impracticable derrotar al ejército realista en un escenario de dos mil kilómetros que abarcaba desde Tupiza hasta el Desaguadero. Allí la naturaleza creaba ventajas posicionales y logísticas para las tropas del rey. La altiplanicie de la Puna, de extrema aridez, crudos inviernos y oxígeno enrarecido, eran factores condicionantes que debían ser considerados para explicar las derrotas sucesivas. Esto advirtió el coronel San Martín cuando fue designado por el Directorio para relevar a Belgrano. El 30 de enero de 1814 asumió el mando en Tucumán. Pudo comprobar que recibía los despojos de un ejército que había perdido “su fuerza física... y a quien la memoria de sus desgracias irrita”. Su gestión fue corta pero vigorizante y lúcida. Hombre de sólidos conocimientos profesionales, aprovechó la información que le dieron los conocedores del teatro de operaciones y formuló una nueva estrategia. El Ejército Auxiliar no estaba en condiciones de recuperar la iniciativa. Fijó la línea de avanzada sobre el río Pasaje, en territorio salteño, que sería cubierta por las milicias gauchas del Teniente Coronel Martín Miguel de Güemes. Ordenó construir en Tucumán un recinto fortificado, “La Ciudadela”, donde acamparía el Ejército del Norte para entrar en operaciones en caso de que Güemes fuera desbordado. Se abandonaba el rol ofensivo de dicho cuerpo por ser impracticable o muy dudosa la reconquista del Alto Perú. Esto fue estratégicamente correcto pero con el tiempo tuvo su costo geopolítico. 10. Republiquetas y Guerra Gaucha.

50


Definida

una

estrategia

defensiva

en

el

frente

Norte,

la

responsabilidad fue asumida por el pueblo en armas. El paisano del medio rural, pastor o labriego, las masas indígenas pusieron sus pechos en defensa de la libertad bajo la conducción de caudillos locales. Las batallas convencionales desaparecieron y en su lugar se libraron refriegas y combates innumerables. Fue una guerra de golpes sorpresivos y de retiradas intangibles. Se desarrolló en el vastísimo escenario que abarcaba la Intendencia de Salta y el territorio del Alto Perú. Aquí se llamó Guerra de Republiquetas; en Salta se la conoce como Guerra Gaucha y tuvo como jefe único a Martín Güemes, comandante de vanguardia del Ejército del Norte. Las Republiquetas tienen la singularidad de que la masa de sus efectivos eran indígenas. Sus operaciones comenzaron antes que la Constitución de la Junta de Mayo, propiamente desde la revolución de La Paz en 1809. Fue más cruenta y despiadada que la Guerra Gaucha. Los represores realistas no hacían prisioneros, sino que mataban y degollaban a los vencidos. Sobre más de 100 caudillos que los condujeron, 93 murieron en combate o ajusticiados. Muy pocos pudieron ver el alumbramiento de la República en 1825, entre ellos José Miguel Lanza, quien se sostuvo hasta el triunfo de Ayacucho. La Guerra Gaucha respondió a una concepción distinta de la guerrilla. El

gobierno

nacional,

en

cabeza

del

Directorio,

le

dio

su

reconocimiento oficial, tanto en el nombramiento de jefes y oficiales como al considerarla un servicio público costeado por el tesoro fiscal. Esto surge de la abundante correspondencia mantenida por Güemes con Pueyrredón, Director Supremo a partir de 1816. El Alto Perú quedó deshauciado como objetivo militar y se privilegió la guerra defensiva en la jurisdicción salteña. Para ese momento el eje de la 51


Revolución habíase desplazado a Mendoza, según el plan continental concebido por San Martín, Gobernador Intendente de Cuyo. Martín Miguel de Güemes, a quien se le encomendara en 1813 la reorganización del ejército para la defensa del Norte, era hijo de un destacado funcionario real que pertenecía a la clase encumbrada de Salta. Militar de carrera, el joven había tenido una notable actuación en las Invasiones Inglesas. Su posición social y militar contribuye a su aceptación como líder del gobierno local en 1815, aún cuando los adherentes al viejo orden, miembros de las familias más influyentes de la ciudad, encarnan una férrea oposición hacia el jefe gaucho. A medida que avanza la contienda revolucionaria, el grupo dirigente se siente jaqueado por la clase popular que ha tomado las armas y protagoniza, como ha estudiado Alicia Poderti, una verdadera “guerra social”. Desde 1816 hasta 1921, año de la muerte de Güemes, seis invasiones fueron rechazadas enfrentando a las tropas veteranas que trajo el general La Serna de Costa Firme y Chile. Bien que al precio de su vida, el jefe de esa guerra logró conservar bajo su autoridad a las ciudades de Salta, Jujuy y Orán. Sólo ocasionalmente pudo disputar a los realistas el control de Tarija, que integraba la Intendencia por virtud de la Real Cédula de noviembre de 1807. La Guerra Gaucha, concebida estratégicamente como guerra defensiva, cumplió su objetivo,

pero

ella

no

pudo

resolver

la

misión

asignada

originariamente al Ejército Auxiliar del Perú para asegurar la integridad territorial del antiguo Virreinato. Cuando después de Ayacucho llegó la instancia de definir las fronteras de las Provincias Unidas con la naciente nacionalidad boliviana, se pudo comprobar que el uti possidetis generado por el proceso bélico fue decisivo. La 52


soberanía territorial de las Provincias Unidas quedó configurada por el espacio geográfico que pudo retener el ejército de Güemes. 11. El Congreso de Tucumán y el nacimiento de la nación El triunfo de Tucumán no sólo decretó la caída del Triunvirato. Enseñó que el destino de la revolución dependía, primordialmente, del apoyo de los pueblos del Interior. Era necesario nacionalizar la convocatoria política para que todos se sintieran comprometidos. Pese a ello, hubo contramarchas originadas en la voluntad hegemónica de las facciones porteñas, y así se evidenció entre bambalinas cuando la reunión de la Asamblea del año XIII. Las reivindicaciones federalistas de Moldes y Nicolás Laguna fastidiaron grandemente a los voceros de la “hermana mayor”. El Director Posadas expresó su queja al Cabildo de Tucumán por la tesis de laguna de que Provincias Unidas no significaba aceptar la unidad del régimen sino la unión confederal de las ciudades. Esto era

propio,

según

Posadas,

de

“hombres

díscolos,

malditos,

revoltosos y enemigos del orden”. La sublevación del Ejército del Norte, a fines de 1814, causada por el nombramiento de Carlos María de Alvear en reemplazo de Rondeau, corroboró la advertencia implícita connotada por la batalla de Tucumán. Era imposible gobernar desde Buenos Aires de espaldas al país como venía sucediendo desde la expulsión de los diputados del Interior en 1811. Y como el mensaje no fue acogido con inteligencia política, el motín de Fontezuelas dio por tierra con la autoridad de Alvear, sucesor de Posadas. La reunión del Congreso de Tucumán significó pues, una concesión a los pueblos del Interior agraviados por el manejo centralista y 53


arbitrario de los dirigentes porteños. Hay un documento revelados. Fray Cayetano Rodríguez escribió a Agustín Molina (10 de setiembre de 1815) para explicarle los motivos sobre la elección de dicha sede: “Hoy encuentras mil escollos para que el Congreso sea en Tucumán ¿Y dónde quieres que sea? ¿En Buenos Aires? ¿No sabes que todos se excusan de venir a un pueblo a quien miran como opresor de sus derechos...? ¿No sabes que el nombre porteño está odiado en las Provincias Unidas o desunidas del Río de la Plata? Tucumán era un modesto pueblo de 4.000 habitantes, con casas de adobe y donde las viviendas principales eran la excepción. Además de su población estable la ciudad albergaba a muchas familias exiliadas del Alto Perú y Jujuy por motivos de la guerra, lo cual le creó afligentes problemas de alojamiento y subsistencia. La dinámica de la guerra había conferido a la ciudad una fisonomía inusitada. A partir de octubre de 1814 fue capital de una nueva Intendencia creada por el Director Posadas; a ella estaban subordinadas como municipios sufragáneos Santiago del Estero y Catamarca. En La Ciudadela mandada construir por San Martín se hallaba acantonado el Ejército del Norte. Todo ello generaba multiplicadas y diversas actividades que convirtieron a Tucumán en el centro neurálgico de la guerra de la Independencia. Ahí confluían hombres y recursos destinados a la sustentación del ejército. Esto suponía, también, la atención de los heridos para cuyo objeto fue menester habilitar un hospital de campaña atendido por varios cirujanos. Otro ramo que fue necesario organizar fue la maestranza del ejército donde funcionaba una fábrica de fusiles y se construían cureñas para cañones. Los troperos desarrollaban intensa y lucrativa actividad conduciendo desde Buenos Aires los útiles más diversos. El comercio local tuvo que atender el aprovisionamiento de artículos que no era indispensable adquirir en 54


Buenos Aires, referidos especialmente a vestuario y comida de la tropa. Cuando se ponderan las circunstancias que rodearon a la instalación del Congreso General Constituyente, cabe concluir que fueron realmente desalentadoras. Nada quedaba en ese momento de la Revolución Sudamericana. En Costa Firme (Venezuela) la expedición española de Morillo había derrotado a Simón Bolívar, obligándolo a refugiarse en la isla de Jamaica. Antes que eso ocurriera se había perdido Chile en la batalla de Rancagua, contraste que hizo emigrar a Mendoza a los defensores de la Patria Vieja con O’Higgins y José Miguel Carrera a la cabeza. En orden a la política interna, la derrota aplastante de Sipe-Sipe había dejado en manos de los realistas todo el Alto Perú y con libertad de acción para invadir la región tucumanense. En el Litoral persistía el conflicto con Artigas que determinó la ausencia de la Banda Oriental, Entre Ríos, Corrientes y Santa Fe en la asamblea que debía constituir la nación. Sólo el Río de la Plata se sostenía en beligerancia contra las armas del rey. Pero la falta de un pronunciamiento explícito sobre su separación de la Corona, colocaba a esta jurisdicción en condición de insurgencia contra su legítimo soberano. Y pesaba sobre ella la amenaza de la Santa Alianza (9 de junio de 1815), pactada en Viena, donde los soberanos absolutistas europeos se comprometieron a extinguir cualquier

brote

de

insurgencia

en

los

dominios

americanos.

Increíblemente, de esta porción territorial del imperio español, nació el impulso salvador de la causa emancipadora. Medida con la perspectiva del tiempo, dicha convocatoria de congreso fue una decisión temeraria y corajuda.

55


Los

Cabildos

del

Interior

reconocieron

el

Estatuto

Provisional

promulgado en Buenos Aires que fijaba la competencia de los poderes nacionales y locales. Y procedieron a elegir diputados mediante elecciones populares de segundo grado. Las ciudades de Cuyo, sujetas a la influencia de San Martín, pautaron su conducta de manera diferente. Dejaron en suspenso la aprobación del estatuto pero resolvieron producir la elección de sus diputados. Examinando la composición del Congreso surge como primer dato significativo la calidad intelectual de sus miembros. Ahí estaban los hombres más esclarecidos de las Provincias Unidas. Casi todos eran doctores de Chuquisaca, Córdoba y San Felipe, con mayoría de eclesiásticos. También asistieron los diputados altoperuanos cuya designación fue practicada por los emigrados de ese origen que se habían exiliado en Tucumán y Salta. En ese grupo era figura descollante el Dr. José Mariano Serrano, tanto por su experiencia legislativa cuanto por sus condiciones de orador que desplegó con lucimiento en numerosos debates. Buenos Aires mandó a Juan José Paso, hombre fogueado en el proceso revolucionario pues había integrado todos los gobiernos y asambleas a partir de mayo de 1810. Ambos fueron elegidos secretarios del Cuerpo. La presidencia sería ejercida rotativamente por los congresales. Dos tendencias se manifestaron en el seno del Congreso: la centralista sostenida por los diputados de Buenos Aires y Cuyo que aplicaban en buena medida las directivas de la Logia liderada por San Martín, y la corriente federalista defendida vigorosamente por los representantes de Córdoba. Los congresales del Norte carecieron de una estrategia propia. El riojano Castro Barros, de destacada actuación, apoyó la candidatura de Pueyrredón y preparó el terreno 56


para su nombramiento con una gestión ante Güemes. Consiguió que éste deshauciara la postulación de José Moldes comprometiendo la designación de Belgrano como jefe del Ejército del Norte para desplazar a Rondeau, con quien el caudillo salteño había tenido graves distancias. Pedro Miguel Aráoz, tucumano, fue siempre solidario con la política de su hermano Bernabé, gobernador aliado de Buenso Aires. José Ignacio Thames, fue pieza clave en la maniobra tendiente a rechazar el diploma de Moldes, elegido por Salta pero odiado por los dirigentes de la Logia. El doctor Teodoro Sánchez de Bustamante –jujeño-, fue redactor del proyecto de Constitución del año 19, centralista, aristocrática y ambiguamente monárquica, que chocó de lleno con la voluntad republicana y federalista de los pueblos del Litoral. El bloque altoperuano tuvo a Serrano como vocero principal. En las cuestiones capitales se sometió a la estrategia del grupo logista directorial, aliándose algunas veces con la gente del Interior en cuestiones relativas a la igualdad de las provincias y al proyecto de la monarquía incaica. Esta iniciativa legitimista propiciada por Belgrano fue promovida por el Dr. Manuel Antonio Acevedo (Catamarca) enseguida de la Declaración de la Independencia. Se trataba, nada menos, que de definir la forma de gobierno. La idea contaba con el apoyo entusiasta de la mayoría de los congresales: monarquía temperada o constitucional en cabeza de un descendiente de la dinastía Inca. El debate consumió varias sesiones. La apoyaron Castro Barros, Thames y Godoy Cruz. Hizo objeción Fray Justo Santa María de Oro (San Juan), quien propuso diferir esa sanción a una consulta previa de los pueblos. Argumentó en contra del gobierno monárquico Tomás Manuel de Anchorena (Buenos Aires), quien preconizó una federación de provincias. Los diputados altoperuanos en bloque 57


adhirieron al proyecto de Acevedo, pero cuando llegó el momento de resolver la cuestión, para sorpresa de muchos, el chuquisaqueño Serrano cambió su voto aduciendo dificultades de índole procesal. Fue rebatido por sus paisanos Sánchez de Loria y Malabia pero un grave incidente dejó sin definición la materia. El congresal José Antonio Cabrera (Córdoba), denunció que los asuntos del Congreso se manejaban con espíritu de parcialidad. Los porteños acusaron el golpe y ellos originó un acalorado debate que consumió tres sesiones. Así se desvaneció el proyecto alentado por Belgrano y Güemes, sostenido por la casi totalidad de los diputados altoperuanos y norteños y que contaba incluso con la adhesión de Godoy Cruz, vocero de San Martín. Como ha demostrado Pérez Guilhou, la inmensa mayoría de los congresales adhería a la monarquía constitucional y sólo diferían en la procedencia de conferirla a un miembro de la dinastía incaica o de las casas europeas. 12. El plan continental La Declaración de la Independencia que creó la nación “libre e independiente de los reyes de España...”, el nombramiento de Pueyrredón como Director Supremo y el acuerdo con Güemes para la defensa de la frontera norte, son hechos que crearon las condiciones para trasladar a Cuyo el eje de la guerra emancipadora. San Martín, gobernador

intendente

de

esa

provincia,

se

entrevistó

con

Pueyrredón en Córdoba (julio de 1816) y ahí todo quedó acordado para ejecutar el plan de invasión a Chile. Un testimonio autorizado dice también que en esa circunstancia San Martín incorporó al nuevo Director a la Gran Logia después de recibirle el juramento de obediencia a las decisiones de la corporación.

58


La organización del Ejército de los Andes ya estaba en marcha. San Martín fue designado Capitán General y dejó el mando civil en cabeza de Toribio de Luzuriaga. Este funcionario, junto con José Ignacio de la Roza, teniente de San Juan, y Vicente Dupuy, en San Luis, brindaron a los preparativos bélicos total colaboración. La abnegación patriótica que se había manifestado en el Norte para hacer factibles los triunfos de Tucumán y Salta, se denotó en Cuyo con tanta o mayor intensidad. Así pudo ponerse en pie de guerra un ejército disciplinado de 4.000 hombres imbuido de la mística revolucionaria. Los pueblos cuyanos vivieron una economía de guerra que movilizó enteramente sus energías materiales y morales. Con todo, eso no habría bastado. Hicieron falta los recursos financieros, pertrechos y vituallas que Pueyrredón aportó desde Buenos Aires. Las remesas de fondos para el sostenimiento del Ejército fueron aumentadas de 8 mil a 20 mil pesos mensuales en los últimos meses de 1816. Este

proceso

ha

sido

prolijamente

estudiado

por

numerosos

historiadores, lo cual nos exime de repetir hechos ya conocidos. El 12 de febrero de 1817, el triunfo de Chacabuco creó las condiciones para la Independencia de Chile. La batalla de Maipú, el 5 de abril de 1818 consolidó esa conquista. Empezaba a concretarse la Independencia de las Provincias Unidad de Sud América como lo había proclamado el Congreso de Tucumán. 13. Las automonías provinciales El ambicioso proyecto de emancipación continental desconfiaba de las aspiraciones localistas de los pequeños distritos por entender que la fragmentación podía arruinar el gran objetivo de la causa común. Pronto se vería que ese ideario de unidad continental chocaba con los 59


sentimientos

localistas

hondamente

arraigados

en los

pueblos

pertenecientes a la América española. Esta es la realidad que manifiesta el proceso de la revolución americana. En la jurisdicción rioplatense se insinúa progresivamente la voluntad autonómica de las ciudades sufragáneas. En el escenario continental, más tarde, la corriente impetuosa de las patrias nacionales haría fracasar el proyecto bolivariano de la anfictionía americana. Hemos visto que la cuestión de la igualdad política de las ciudades fue planteada originariamente por el diputado jujeño Juan Ignacio de Gorriti en 1811. En rigor, los jujeños expresaron la voluntad autonómica de Jujuy respecto de Sala, capital de la provincia, pero no avanzaron sobre el problema más completo del federalismo como sistema político. Tanto es así que cuando fue necesario definir un proyecto constitucional, se manifestaron partidarios del régimen de unidad, o sea del centralismo querido por Buenos Aires. La cuestión de la autonomía de las ciudades sufragáneas se replanteó en 1820, al producirse la disolución de los poderes nacionales precipitada por la batalla de Cepeda (1º de febrero). Ese proceso tuvo exteriorizaciones fácticas y normativas, a través de los pactos interprovinciales que se suscriben a partir del Tratado del Pilar, contagiados de dos principios vertebrales: la voluntad de integración nacional y la organización de la República Federal. Los partidarios del federalismo no coincidieron en el modo de instrumentar el sistema. Primero el deán Funes y más tarde Bernabé Aráoz y Juan Bautista Bustos, bregaron por la instauración de un federalismo regional que conservara la integridad territorial de las intendencias. Pero ese federalismo regional fue sumergido por el 60


federalismo municipal. La voluntad política y el sentimiento de los pueblos prevaleció sobre la doctrina constitucional. Así fracasó la República de Tucumán, auspiciada por Aráoz, que llegó incluso a dictar su propia constitución en setiembre de 1820. Su existencia terminó con el derrocamiento de Aráoz, en agosto del año siguiente. En el Norte, La Rioja fue la primera en trasponer el umbral del nuevo ciclo. La siguió Santiago del Estero pese a la tenaz oposición de Aráoz; los cautelosos catamarqueños declararon su autonomía después de explorar bien sus posibilidades (25 de agosto de 1821). Paradojalmente,

los

jujeños,

precursores

del

autonomismo,

no

pudieron cristalizar sus aspiraciones en esa circunstancia propicia. Quizás porque fueron los únicos que no apelaron a los hechos consumados como lo hicieron las demás ciudades. ¿Qué sucedió en Cuyo? Con llamativo sincronismo San Juan y San Luis disolvieron su dependencia de Mendoza, capital de la Intendencia, e instalaron sus propios gobiernos. Horacio Videla expresa que en San Juan el ambiente estaba maduro para la revuelta. Llegaba a su término el mandato de José Ignacio de la Roza, que había estrujado al pueblo a favor de la campaña continental. Curiosamente, la jefatura del

movimiento

sutonomista

recayó

en

el

capitán

Mariano

Mendizábal, forastero, cuñado del teniente gobernador, hombre turbulento y sin mayores escrúpulos. En San Luis, el proceso fue más complicado. Dupuy renunció al cargo; un Cabildo Abierto resolvió que debía continuar en funciones y se lo hizo saber mediante una diputación encabezada por el síndico procurador de la ciudad. Pero el contagio

autonomista

estaba

en

marcha

atizado

por

otros

operadores. Una reunión de vecinos principales con oficiales de las milicias presionaron al Cabildo para que siguiera el ejemplo de las 61


demás

ciudades

ayuntamiento

subalternas.

asumió

El

25

transitoriamente

de el

febrero poder

de y

1820

el

declaró

la

autonomía. Córdoba, antigua cabecera de la Intendencia, cuya jurisdicción había sido recortada en 1814 por la creación de la gobernación de Cuyo, sólo tenía en ese momento a La Rioja como municipio sufragáneo. No sabemos en qué medida ese achicamiento territorial fue consentido por los cordobeses. Lo cierto es que fue tomando cuerpo una corriente de opinión decididamente opuesta a Buenos Aires, que le había impuesto gobernadores desde la Revolución de Mayo. Cabeza de ese movimiento era el coronel José Javier Díaz. Producida la renuncia de Francisco Ortiz de Ocampo (29 de marzo de 1815), un Cabildo Abierto lo eligió gobernador. Enseguida emitió una proclama separando a Córdoba de Buenos Aires “bajo los auspicios y protección del general de los orientales...” Esa adhesión se institucionalizó cuando el Lic. José Antonio Cabrera participó en el Congreso convocado

por

Artigas

en

Concepción

del

Uruguay.

Tales

antecedentes explican la posición federalista de la diputación cordobesa en el Congreso de Tucumán. En el seno del cuerpo soberano, la mayoría de sus miembros no compartía esa línea política. Eran directoriales que dejaron a Córdoba en soledad. Por este motivo aplicaron criterios de conveniencia para resolver el conflicto suscitado en La Rioja. Ahí el bando de los Brizuela y Doria había disuelto su dependencia de Córdoba para negar obediencia a un gobernador artiguista como José Javier Díaz. Al año siguiente, la facción opositora de los Villafañe y Ocampo se tomó la revancha. Provocaron un motín que destituyó a Ramón Brizuela y Doria y devolvió a La Rioja a su situación de dependencia de Córdoba 62


(15 de abril de 1816). El Congreso ya estaba reunido y en su seno brillaba el talento de Castro Barros, elegido diputado con el auspicio del

partido

desalojado

del

poder.

Denunció

“el

anárquico

comportamiento” de los revolucionarios riojanos y obtuvo por el voto de los congresales la designación del teniente coronel Alejandro Heredia para intervenir a La Rioja, sujeto a instrucciones terminantes. El comisionado repuso a Brizuela y Doria en el gobierno, quien desacató una orden del gobernador Díaz para presentarse en Córdoba negándole autoridad para inmiscuirse en los asuntos riojanos. Sin fundamento legal, el Congreso amparó esa rebeldía y previno al gobernador que se abstuviera de ejercer acto alguno de jurisdicción sobre el pueblo de La Rioja. Esta decisión comportaba una maniobra política para humillar a quien había caído en desgracia con el Directorio y el Congreso por su posición artiguista. Un año después, cuando Díaz fue reemplazado por Ambrosio Funes, hombre adicto al gobierno nacional, el cuerpo soberano volvió sobre sus pasos restituyendo a La Rioja a su antigua dependencia (15 de diciembre de 1817). La sublevación de Arequito (7 de enero de 1820), que tuvo por cabeza al coronel Juan Bautista Bustos, creó la situación propicia para que Córdoba reasumiera la plenitud de la soberanía. Un Cabildo Abierto nombró gobernador interino al mismo Díaz y en la plaza una pueblada quemó la bandera nacional y enarboló la enseña tricolor del Protector de los Pueblos Libres. Poco después hizo su entrada a la ciudad el jefe de la rebelión en medio de entusiastas demostraciones de adhesión. En una proclama calificó severamente “el diferente trato que habían recibido los hijos de las provincias interiores”. El 20 de marzo fue elegido gobernador y su programa se proponía convertir a Córdoba en eje de la política nacional. La situación era apropiada: Ramírez y López habían derrotado al ejército directorial en Cepeda 63


provocando la disolución del Congreso y del Directorio. La nación estaba acéfala. 14. El frustrado congreso de Córdoba. El Congreso de San Lorenzo, auspiciado por el Tratado del Pilar, no pudo hacerse por la guerra civil de Ramírez con Artigas, primero, y de Santa Fe con Buenos Aires, después. Bustos, mediador en este conflicto consiguió la firma del Pacto de Benegas (24 de noviembre de 1820) donde las partes se comprometieron a trasladar a Córdoba la sede del congreso general. Bustos empeñó su perseverante gestión para lograr el éxito de la convocatoria. Envió circulares a los gobiernos provinciales pidiendo el envío de sus diputados. Puso término a la guerra que enfrentaba a Tucumán con Santiago propiciando la firma del Tratado de Vinará (5 de junio de 1821). Salta fue la primera en responder, merced a la influencia de Güemes, designando diputado al Dr. Manuel Antonio Castro, conspicuo colaborador del régimen directorial. Después fueron llegando los representantes de casi todas la provincias, algunos con sensible atraso. Faltaron a la cita Entre Ríos y Corrientes por causa de las hostilidades de Ramírez con López y Bustos. En agosto de 1821 la mayoría de los congresales estaban en Córdoba, incluyendo a los porteños Matías Patrón, Justo García Valdez, Juan Cruz Varela y Teodoro Sánchez de Bustamante. Los resultados no correspondieron a los afanes del gobernador cordobés. Él quiso reunir el Congreso a pesar de todo. En Salta había ocurrido

la

trágica

muerte

de

Güemes

por

bala

realista

en

complicidad con salteños que lo odiaban. Poco después, Ramírez, el 64


“Supremo Entrerriano”, terminó sus días en el norte de Córdoba cuando huía de las tropas enviadas en su persecución. Artigas se había exiliado en el Paraguay como consecuencia de sucesivas derrotas a manos de los portugueses y de su antiguo teniente Francisco Ramírez. Pero la oposición al congreso no vino de los caudillos sino de la política porteña. Los diputados de Buenos Aires, calificados con el mote de “espiones”, bloquearon el principal objetivo del congreso con la tesis de que las provincias debían organizarse internamente antes de considerar la cuestión sobre organizar la nación. Detrás de esa operación estaba la mano de Rivadavia, ministro de Gobierno de Martín Rodríguez, quien consideraba “inoportuna” la instalación del congreso. El redactó las instrucciones que limitaban las atribuciones de los diputados a celebrar solamente tratados interprovinciales. Dicha estrategia significó un obstáculo insalvable. Se había fijado el día 4 de noviembre para la constitución de la asamblea pero los representantes porteños estuvieron ausentes. Después de varios intentos frustrados el proyecto quedó malogrado. Buenos Aires, que había sido derrotada militarmente por las provincias hizo prevalecer su

voluntad

política.

La

explicación

más

persuasiva

de

su

intencionalidad la dio en ese momento el diputado Larrechea de Santa Fe: “Buenos Aires, esa oficina de planes hostiles e insidiosos, siempre celosa del engrandecimiento de los demás pueblos... trata de retirar sus poderes a sus diputados. Todos los pueblos aspiran a la forma federal republicana y esto no está en los intereses de aquella envidiosa capital...” De este modo, el Interior perdió la iniciativa de la organización nacional. Buenos Aires tenía la palabra. 65


15. Congreso y guerra civil La frustración del congreso de Córdoba originó la prolongación incierta del proceso de organización constitucional. Las provincias conservaron el ejercicio pleno de la soberanía en materia política, militar y económica. Pero el manejo del puerto y de la aduana exterior seguiría por muchos años en poder de Buenos Aires. Creció entonces la preocupación acerca de la sanción de un derecho público provincial que fijara la competencia de las autoridades locales y reconociera

los

derechos

de

los

ciudadanos.

Esos

acuerdos

normativos –como el pacto de San Miguel de las Lagunas y el Tratado de Guanacache, ambos en Cuyo-, integran la serie de los “pactos preexistentes”

invocados

más

tarde

en

el

preámbulo

de

la

Constitución Nacional. La ansiada organización nacional pareció que podría resolverse cuando el gobernador de Buenos Aires, general Juan Gregorio Las Heras lanzó la iniciativa en 1824. Todas las provincias respondieron afirmativamente, incluyendo a la Banda Oriental y Tarija (Bolivia). Sin distinción de banderías políticas mandaron sus diputados y el cuerpo pudo constituirse el 16 de diciembre de 1824. Su primera sanción fue la Ley Fundamental que encargó el manejo de las relaciones exteriores al gobernador de Buenos Aires y resolvió que las provincias se regirían por sus propias instituciones hasta la sanción de la Constitución, cuyo texto les sería sometido para su conformidad. La cuestión de fondo que dividió las opiniones fue la forma de gobierno. Ella subyacía desde la Constitución de 1819 y del Congreso que Bustos no pudo realizar. Los tratados interprovinciales indicaban 66


explícitamente la voluntad de establecer una República Federativa. Los dirigentes de Buenos Aires, por el contrario, estaban decididos a hacer prevalecer un sistema unitario que fácticamente había tenido vigencia con el Triunvirato y el Directorio. En ese marco, la consulta a los pueblos del Interior se convirtió en una mera formalidad cuando no en una falsedad flagrante. Esa mentalidad recurrente se manifestó en el seno del Congreso. El partido unitario montó una estrategia elucubrada por su mentor Bernardino Rivadavia. Los debates fueron prolongados y ricos en doctrina política pero, a la postre, prevaleció el plan centralista que instaló un Presidente de la Nación antes de que la Constitución fuera aprobada, hecho que resultaba violatorio de la ley Fundamental. Enseguida vinieron otras medidas: federalización de la ciudad de Buenos Aires y parte importante del territorio provincial, decisión arbitraria que hizo caducar el mandato del gobernador Las Heras; creación del Banco Nacional, institución que se reservaba la facultad de acuñar moneda; hipoteca de la tierra pública para consolidar el empréstito contraído por Buenos Aires con la casa Baring de Gran Bretaña. Esa escalada rivadaviana tuvo coronamiento con el texto constitucional que adoptó el sistema de unidad. Las provincias quedaban convertidas en dependencias subalternas del presidente de la República. Semejante desmesura –contenida en los artículos 130 y 132- provocó reacciones

comprensibles.

Córdoba

y

Santiago

retiraron

sus

diputados y poco después la Constitución fue rechazada por las provincias. El conflicto derivó en una guerra civil. En ella cobró protagonismo relevante Juan Facundo Quiroga, caudillo riojano de la campaña pastora. Hombre intrépido, de rápidas decisiones, formó 67


una Liga con los gobernadores Bustos e Ibarra y emprendió campañas militares sobre Cuyo y el Norte que lo hicieron dueño de medio país. El presidente Rivadavia, desprovisto ya de sustentación política se vio obligado a renunciar. Según la expresión de Quiroga, era evidente que “el voto de los pueblos se uniformaba con la Federación”. El Congreso aceptó la renuncia y eligió a Vicente López y Planes con carácter provisional. Luego se disolvió (18 de agosto de 1827). El autor del Himno hizo lo más prudente: convocó a elecciones en Buenos Aires para restaurar la autonomía provincial abrogada. Formada la Legislatura, eligió gobernador al coronel Manuel Dorrego, quien como diputado por Santiago había dado en el Congreso testimonio de sólidas ideas democráticas y federales, no sólo en su aspecto político sino también social y económico. Dorrego, porteño y federal, era el hombre que convenía a Buenos Aires para campear el temporal desatado por los triunfos militares de Quiroga y darle credibilidad ante las provincias. 16. Los caudillos del Interior. El fracaso de los congresos había demostrado la incapacidad de la dirigencia

urbana

tradicional

para

resolver

el

desafío

de

la

organización nacional. La autonomía dirimente de unitarismo o federalismo estaba bloqueando el destino de las Provincias Unidas del Río de la Plata. La disidencia no era solamente política o ideológica. Era la lucha de una provincia rica, dueña del puerto único y de la aduana para el comercio exterior, con las provincias pobres, partidarias

de

una

política

proteccionista

para

amparar

sus

producciones agrícolas y artesanales frente a la competencia desventajosa

de

los

géneros

europeos 68

beneficiados

con

el


librecambio. En 1824, los ingresos de Córdoba eran de 70 % anuales; Buenos Aires recaudó más de $ 2.5000.000. En ese momento surge el fenómeno de los caudillos que ocupan el escenario reservado anteriormente a la clase “sana y principal”. Una vez que la causa de la emancipación pareció asegurada, los pueblos se replegaron sobre sí mismos tratando de resolver los arduos problemas de su estabilidad interior en el contexto de un país empobrecido y agotado por los sacrificios de muchos años. Fue necesario buscar el apoyo de las masas campesinas y así se inicia el protagonismo de los

comandantes militares para subsanar la

intrínseca debilidad del gobierno de vecinos, propio del tiempo colonial. ¿Dónde nacen los caudillos? Algunos surgieron del Ejército del Norte, donde se formaron en una escuela celosa del principio de autoridad. A esa extracción pertenecen Juan Bautista Bustos, Juan Felipe Ibarra y Alejandro Heredia. Otros no tuvieron formación profesional específica pero poseían innato don de mando y desarrollaron sus aptitudes en las comandancias de campaña. Es el caso de Estanislao López, Facundo Quiroga y Juan Manuel de Rosas. El manejo del poder adquirió un acentuado carácter autoritario propio de los hombres de armas. Esta mentalidad que también contagió a civiles prominentes caló hondo en nuestra experiencia histórica. Sostenidos por una adhesión popular incuestionable, los caudillos fueron árbitros de la vida política durante más de veinte años. Estanislao López gobernó Santa Fe hasta su muerte en 1838. Juan Facundo Quiroga, sin vocación por los asuntos administrativos, es el prototipo del guerrero que consiguió tener bajo su autoridad a nueve 69


provincias hasta su trágica muerte en la emboscada de Barranca Yaco. El liderazgo regional que dejó vacante fue heredado en el Norte por Alejandro Heredia, quien fundó un protectorado que abarcaba desde Salta hasta La Rioja. En Santiago del Estero, Juan Felipe Ibarra conservó el poder durante treinta años sin tentar hegemonía más allá de su ínsula provincial. Apoyó decididamente el sistema federal pero obró siempre aconsejado por un realismo político que nacía de la experiencia y también de su idiosincracia. Juan Bautista Bustos, gobernador de Córdoba, quiso organizar el país según el principio federativo proclamado por los pactos preexistentes, pero el poder de Buenos Aires se le cruzó en el camino y su carrera política quedó tronchada por la derrota que le infligió José María Paz cuando invadió el Interior con tropas veteranas de la guerra con Brasil. En Cuyo, después de la muerte de Quiroga, impusieron su autoridad José Félix Aldao (Mendoza) y Nazario Benavídez, quien gobernó en San Juan desde 1836 hasta Caseros. Todos estos hombres se llamaron federales y dijeron luchar en nombre de la Federación. En esta materia conviene hacer algunas precisiones. Los rótulos políticos no definen con propiedad el comportamiento político. Quiroga afirmó ser “unitario por convicción” pero ninguno de sus contemporáneos peleó tantas batallas para instaurar

un

régimen

constitucional

federativo.

Rosas,

por

el

contrario, elevó la “santa causa de la Federación” a la categoría de dogma pero ningún unitario trabajó con tanta tenacidad y astucia para cimentar el predominio de Buenos Aires sobre las demás provincias.

70


López era un federal auténtico, partidario convencido de organizar un país con ese sistema, pero cuando llegó el momento decisivo de dar cumplimiento al pacto Federal de 1831, su gestión fue deshauciada por Quiroga. El apasionado riojano no quiso deponer su hostilidad hacia el patriarca de la Federación. Prefirió dejarse convencer por Rosas de que la organización nacional “era deseable pero no oportuna”. Así, pues, los caudillos de la Argentina heroica, lucharon, sacrificaron a sus pueblos e incluso inmolaron sus vidas en aras de la causa federal. A despecho de tratados y de victorias militares, el proyecto constitucional chocaba frontalmente con las ideas del gobernador de Buenos Aires. Para sus intereses, que eran compartidos por los hacendados y comerciantes del Puerto, bastaba con que las provincias delegaran en su persona el manejo de las relaciones exteriores. Paradojalmente, mutatis-mutandi, era la misma tesis que esgrimió Rivadavia para hacer fracasar el Congreso de Córdoba. El fusilamento de Dorrego, la muerte de Quiroga y de López dejó a Rosas dueño del poder nacional. El puerto libre y único para el comercio exterior y los ingresos de la aduana, eran el sustento económico de un poder incontrastable. Así sucedió hasta Caseros. 17. La Coalición del Norte. Así estaban las cosas cuando ocurrió la revolución de las provincias del Norte contra el poder de Rosas. Fue un acuerdo regional contra un sistema exclusivista que conmovió nueve provincias. Para reprimirla no bastaron los gobernadores adictos al Restaurador y fue preciso mandar un poderoso ejército con los mejores generales del régimen y empeñar una campaña de un año de duración. Pueblos empobrecidos 71


y humillados tomaron la decisión heroica de jugar su destino a cara o cruz, sabiendo que no habría clemencia en caso de una derrota. Este proyecto denota la vigencia de una conciencia de unidad regional, sin la

disciplina

de

un

centro

hegemónico

como

había

sido

el

protectorado de Alejandro Heredia. Esta reacción no se habría producido de no existir causas internas estrechamente vinculadas con la situación económica y social de los pueblos del Norte y con la postergación indefinida del proyecto de organización nacional. Por eso coincidieron unitarios y federales. El asesinato de Heredia ocurrido el 12 de noviembre de 1838, significó un cambio político en las provincias sometidas a su Protectorado.

En

Tucumán

fue

elegido

gobernador

Bernabé

Piedrabuena, con quien se hizo sentir la influencia de los jóvenes ilustrados de la Asociación de Mayo, opositores del rosismo. Ahí estaban Salustiano Zavalía, ministro general; Marco Avellaneda, Benjamín Villafañe y Brígido Silva. En Salta asumió el gobierno don Manuel Solá, conectado con los emigrados unitarios de Bolivia, caso de Rudecindo Alvarado y Facundo Zuviría. Esta provincia, como Jujuy, padecía una crítica situación económica por las contribuciones de hombres, dinero y vituallas exigidas por la guerra contra el mariscal Santa Cruz, presidente de la Confederación peruano-boliviana. A comienzos de 1839, la preocupación dominante de esos gobiernos es la paz con Bolivia, sin esperar la decisión del encargado de las Relaciones Exteriores. De ella dependía la reanudación del comercio con el mercado altoperuano, vital para sus economías. Así, en las provincias del Norte se expresaba una voluntad todavía más explícita de ruptura con Rosas. Los papeles de época traducen un fuerte sentimiento anti-porteño y la convicción de que nada podían 72


esperar del gobernador de Buenos Aires para aliviar la situación de esas provincias. José Cubas, gobernador catamarqueño, definió posición en forma categórica en carta a Ibarra. Quiso persuadirlo sobre la necesidad de formar un nuevo gobierno nacional para proteger a “nuestras provincias” de las miras ambiciosas de los porteños. Tomás Brizuela, gobernador de La Rioja, compartía sus ideas. La actitud de los dirigentes tucumanos, aunque más cautelosa, descubre las mismas ideas, involucrando en sus preocupaciones el asunto de la paz por separado con el gobierno de Bolivia. En esos días, llega desde Montevideo una carta de Alberdi a sus amigos de Tucumán. Su exhortación era salvar a la República de su “único y grande enemigo”, el tirano Rosas. El proyecto estaba maduro. Todos manifestaban su voluntad de organizar una liga y separar a Rosas del gobierno nacional. Estaban comprometidos los intereses del Norte, la avanzada en la guerra de la Independencia. El nombre de Ibarra aparecía indicado como cabeza de esa coalición. Pero Ibarra, político habilidoso que se había sostenido casi veinte años en el poder con Rivadavia y con Rosas, había aceptado de grado o por fuerza las reglas de juego impuestas por sus amigos federales Quiroga y Heredia. Ahora los dos caudillos estaban muertos y él era tentado por un liderazgo regional. Mientras los gobiernos del Norte tratan de comprometerlo o al menos de neutralizarlo, Rosas –que tiene un ojo puesto en la Banda Oriental y el bloqueo francés y otro en las novedades que le llegan de las provincias arribeñas-, produce un golpe maestro de esgrima política. Ibarra había dado hospitalidad a José María Cullen, su compadre y amigo. El ministro de Estanislao López estaba condenado por Rosas a la muerte civil por haber osado gestionar ante el ministro inglés y el cónsul

norteamericano

la

solución 73

del

bloqueo

francés

que


perjudicaba el comercio de cabotaje del Litoral. El Restaurador fulminó a Ibarra con una apelación a su fidelidad. Lo acusó de haber dado asilo a un “salvaje unitario”, quien con sus maniobras estaba perjudicando la causa de la Confederación. Con siniestra jugada logra definir a Ibarra atándolo a su carro político. De ese modo, las conveniencias políticas prevalecieron sobre el sagrado deber de la hospitalidad. Con un gesto reprensible, Ibarra resolvió entregar al verdugo a su “compadre y amigo”. La solidaridad del Norte quedó fisurada y ello demora los planes de los revolucionarios. La formación de la Liga se postergará un año, dando tiempo a don Juan Manuel para resolver los acuciantes problemas del Litoral: bloqueo francés, alianza y declaración de guerra por parte de Rivera y la provincia de Corrientes, campaña de Lavalle sobre Buenos Aires, levantamiento de los Libres del Sur. Todo un encadenamiento de adversidades que pudo conjugar. No aceptó, sin embargo, cuando envió al general Lamadrid a Tucumán para retirar el armamento que cedió a Heredia para la guerra contra Santa Cruz. El conflicto había concluido por la victoria de los chilenos en Yungay (20 de enero de 1839). Luego de largo exilio, el guerrero de la Independencia había regresado a Buenos Aires y se puso a las órdenes del jefe de la Confederación Argentina. Rosas creyó en su sinceridad y quiso confiarle la comisión referida. Pero

Lamadrid

llegó

a

Tucumán,

se

presentó

al

gobernador

Piedrabuena –su primo y amigo- y le informó sobre la misión que le había sido conferida. Luego de un confuso trámite, la Legislatura sancionó una ley pronunciándose contra Rosas, a quien acusó de abuso en el manejo de las Relaciones Exteriores y de haberse arrogado el “peligroso derecho de hacer la paz y declarar la guerra”. 74


Con esos argumentos le revocaron el mandato para conducir las Relaciones Exteriores, decisión que fue recibida con entusiasmo por el pueblo, según refiere Lamadrid en sus Memorias. El voto de la legislatura tucumana había logrado un suceso inesperado: la adhesión del propio comisionado de Rosas. Dada la inteligencia previa sobre el asunto, los pronunciamientos de las otras provincias se sucedieron enseguida. Salta lo hizo el 13 de abril. El gobernador Solá emitió una proclama donde decía: “Salteños: Libertad,

Constitución

o

Muerte,

será

nuestra

divisa”.

El

pronunciamiento adquiría así el sentido de una cruzada cívica. En Jujuy se produjo la destitución de Mariano Iturbe, acusado de sostener al tirano Rosas. Lo reemplazó Roque Alvarado, quien dirigió al gobernador de Buenos Aires una enérgica expresión de agravios. En La

Rioja,

el

gobernador

Brizuela

hacía

tiempo

que

estaba

desengañado de la Federación rosista. Su estado anímico no nacía de doctrinas sino de realidades: el estado miserable de su pueblo. El 2 de mayo promulgó el pronunciamiento de la Sala y expresó que la Provincia se proponía “alcanzar el venturoso día en que todos digamos: hay Constitución, hay leyes, hay Patria”. La adhesión de Catamarca no se hizo esperar. El 7 de mayo la Legislatura sanciona una ley que denuncia los males de grave trascendencia causados por Rosas a la República y su empeño anárquico de estorbar la organización constitucional de la Nación. El 22 de agosto se reunieron en Tucumán los diputados del Norte para

celebrar

una

alianza

ofensiva

y

defensiva.

Hubo

cuestionamientos procesales del gobierno salteño, pero como los sucesos bélicos se precipitaban en La Rioja, invadida por Aldao desde Cuyo, el Congreso verificó el nombramiento de Tomás Brizuela como 75


general en jefe. El 14 de septiembre de 1840, fecha de grata memoria para la Patria, se aprobó el Tratado de la Liga. Se nombró Director a Tomás Brizuela, otorgándosele atribuciones para dirigir la guerra, hacer la paz y negociar empréstitos dentro o fuera de la República. Podía, también, celebrar tratados sometiéndolos a la ratificación posterior de las provincias signatarias. Era el jefe de un Estado segregado de la Confederación. La guerra se desarrolló en el vasto escenario de nueve provincias. Desde Jujuy hasta Mendoza, los gobiernos comprometidos en el ambicioso proyecto tenían motivos legítimos. Pero los medios estuvieron mal calculados, considerando el poderío del adversario. Los recursos financieros fueron exiguos, el armamento deficiente y las tropas puestas en campaña no podían emparejar el tremendo poder bélico de Buenos Aires. La designación de Brizuela como director de la guerra fue un desacierto. Tampoco pudieron sincronizar su estrategia Lamadrid y Lavalle. En los llanos riojanos hubo una luz esperanzada: Ángel Vicente Peñaloza, antiguo oficial de Quiroga, se sostuvo durante varios meses frente a las embestidas de los gobernadores cuyanos Aldao y Benavídez, gracias a una táctica de guerra montonera de marchas rápidas y ataques sorpresivos. Rosas contó con el apoyo de los gobernadores cuyanos, quienes no siempre se pusieron de acuerdo en sus operaciones. Ibarra complicó los planes tácticos de Lamadrid y de la División Constitucional de Salta. Y cuando llegó el momento de definir la guerra, Rosas puso en acción a sus mejores espadas: Oribe en el Norte y Pacheco en Cuyo. Hubo incontables combates y refriegas: la más sangrienta fue la batalla de Angaco, donde Mariano Acha enfrentó a Aldao y Benavídez. El 19 de setiembre de 1841 chocaron en Famaillá (Tucumán) Lavalle 76


y Oribe. Después de una hora de combate, el ejército de la Liga se dispersó y su jefe con reducida escolta emprendió la retirada hacia el Norte. Pocos días después, en Rodeo del Medio (Mendoza), Pacheco derrotó a Lamadrid. Los vencidos escaparan de la vindicta federal pasando a Chile con la cordillera nevada. Sarmiento ha descripto con elocuencia este dramático episodio. En el proceso de nuestras guerras civiles nunca se manifestó en forma tan patente la tragedia en la historia. Mariano Acha fusilado y decapitado por orden del fraile Aldao. Tomás Brizuela muerto a traición en Sañogasta (La Rioja). Marco Avellaneda, asesinado en Metán (Salta), José Cubas y sus ministros degollados en la plaza de Catamarca por orden de Mariano Maza, teniente de Oribe. Juan Lavalle perdió la vida en un confuso episodio ocurrido en Jujuy. De los jefes de la Liga, sólo sobrevivieron para contar su desgracia Lamadrid y Solá, acogidos ambos al exilio chileno…

77


78


II Versiones de Mayo en el tiempo largo

79


80


Sobre la Revolución de Mayo y el Interior El momento belgraniano y los invisibles de la historia Héctor Marteau2

Hay un áurea en la presencia de Belgrano en el norte argentino, que parece ser irrepetible. Antes que se pueda hablar del vacío que representa la pérdida de una autoridad, sobre todo el modo imperial español de entonces constituido desde la intemporalidad de su mandato, y antes que nos enfrentemos al modo nuestro con la secularización del poder –cuestión que dirimirá la forma constitucional en sus instituciones-, Belgrano nos sitúa en la validez de la acción, “en la producción de obras y de toda clase de actos” que provee el vivir civil3, recluyendo a la contemplación a otros mundos que el político instituyente. Por primera vez se presenta en el horizonte novedoso del “grito de mayo” el involucramiento de toda la población en la acción cívica que representa el compromiso por una nación y un estado todavía en ciernes. Lo militar, lo religioso, lo político, lo jurídico y hasta lo estético, son envueltos por un nodo todavía indescifrable, cubierto por los pliegues de experiencias simultáneas con orígenes diversos y no simultáneos (la indianidad, la africanidad, la presencia multiétnica europea y también asiática). Esto se convierte en patente al poner en el escenario toda la riqueza material, todas las 2

Lic. y Esp. Héctor R. Marteau:Profesor Titular Ordinario, Director de Investigación, Presidente del Instituto de Estudios Laborales y Sociales, Profesor de las Maestrías de Ciencia Política (UNLP), de DDHH (UNSa), de Filosofía Práctica (UNMdP), autor de publicaciones propias y en colaboración, nacionales y extranjeras. Ex Asesor Directo del Presidente R. Alfonsín y ex Secretario de Educación –con rango de Ministro- del ex Territorio Nacional de Tierra del Fuego e Islas del Atlántico Sur. Actual Secretario de Posgrado en el DAV-IUNA. DAV. 3 Tal como lo historiza y conceptúa J.G.A.Pocock en “El momento maquiavélico”, Tecnos, Madrid, 2002. 81


subjetividades existentes –por la simultaneidad de lo no simultáneoen un gesto extraordinario como un Exodo y la variedad de acciones ofrecidas en los comienzos de una opinión pública que está atenazada por la herencia de los invisibles, los descartables, tal como experimentan su propia vida los afroamericanos y luchan los pueblos originales por su presencia diferente4. El lugar heterogéno de lo histórico: el campo de la lucha patriota En mayo de 1813 el Gral. Manuel Belgrano, ante los habitantes de la ciudad de Jujuy y en ceremonia militar y religiosa, hace bendecir “La bandera nacional de nuestra libertad civil”, entregando en custodia al Cabildo local el ejemplar construido por las manos de los vecino/as despertados a la colaboración por el mismo general. A poco de llegar a Jujuy, el año anterior, tenía cierta desazón que le trasmite al Triunvirato5, que le hace asimilar el clima espiritual a la esclavitud. Poco antes había pasado hacia la actual Bolivia el tribuno porteño Castelli,

el que según opiniones que recoge Belgrano, impresionó

desfavorablemente a quienes lo trataron, por comportamientos de que hizo objeto a varias damas locales. Realmente un clima desfavorable para la causa revolucionaria, que Belgrano revierte, porque a los pocos meses

emprende el Exodo Jujeño, y como

resultado de una estrategia para desalentar las fuerzas realistas –de alta competencia profesional y muy nutrida de armamentos- que bajaban desde el Alto Perú, puede librar exitosamente, primero el 4

Esperamos tener pronta para nuestra lectura en español la obra del escritor Cugoano, esclavo caribeño que a fines del siglo XVIII produce un texto de teoría del derecho y la política que desmiente la pasividad y espíritu esclavista (del amo y del esclavo) de los americanos, según lo destaca Walter Mignolo en su Conferencia del 2006 en la Universidad Andina Simón Bolívar, ver: http://alainet.org./docs/ 5 Según consta en la Biblioteca de Mayo, Tomo XVI. 82


combate de Las Piedras, y luego

las batallas de Tucumán y Salta,

cerrojo decisivo para el triunfo patriota.

A ello cabría añadirle de

contexto para lo que sigue, la situación subjetiva que vivían en Jujuy por las decisiones administrativas del gobierno revolucionario de Buenos Aires, especialmente con la introducción de Juntas principales y subordinadas, en la que estaba afectada Jujuy. Sobre estas cuestiones hay una amplia bibliografía que es reveladora de los pormenores de la actividad que despierta el Gral. Belgrano, que comienza con sus conversaciones irradiadas a todo la élite local, el ofrecimiento de la bandera que hizo jurar en febrero de 1812 en el Paraná y la bendición por las fiestas mayas que imitara para todo el país la Asamblea del año 1813. No obstante la reprobación por el símbolo que le hace después el gobierno de Bs.As., el general les contesta, entre otras palabras de su misiva oficial, con las siguientes (cursivas nuestras): “…diré también, con verdad, que , como hasta los indios sufren por el rey Fernando VII, y les hacen padecer con los mismos aparatos que nosotros proclamamos la libertad, ni gustan oír nombre de rey, ni se complacen con las mismas insignias con que los tiranizan…”. Al regresar de los triunfos de Tucumán y Salta, el general Belgrano, recuerda ante Jujuy toda la ayuda recibida, dos días después de la batalla del 20 de Febrero, ante la formación militar que realiza, la misa y Tedéum con la famosa oración del canónigo Gorriti, proclama

y

que “…El que no quisiere prestar su juramente

voluntariamente se declarase, prometiendo no seguirle por esto el menor perjuicio sino que se la franquearía pasaporte para que pasase el lugar que le acomodase, y le auxiliará con sus facultades porque

83


enajenando sus fincas pueda transportar con libertad…”6-cursivas nuestras-. Más adelante, el 25 de mayo, cumple la ceremonia sobre “La bandera nacional de nuestra libertad civil”, que es –según lo prueba el historiador Cicarelli- la que está depositada en salón principal de la actual Casa de Gobierno de la provincia de Jujuy.

“La Gaceta”, en

Buenos Aires, en ese tiempo, habla de “redención política y la época gloriosa de su Libertad Civil “. Es decir que tenemos ante nuestra memoria una situación heterogénea, entre la autoridad porteña y la autoridad local, entre autoridades locales de la región norteña, entre el imaginario despertado en el mayo de Bs.As. y el imaginario que va formándose en el fragor de las luchas patriotas que se desenvuelven a distancias de nuestra dilatada geografía, y en el mismo léxico que va surgiendo para identificar lo propio una vez decidida la reasunción de la soberanía. Y en esta heterogeneidad, tenemos apenas indicios, al menos documentados, de la más importante heterogeneidad social, confinada a “los vecinos” o propietarios de bienes y de personas, pues apenas se nombra la esclavitud se prolongará no obstante la Asamblea del año 1813 y su “libertad de vientres”, hasta la sanción de la Constitución de 1853, o la indianidad según arriba destacamos en cursiva. Tenemos ante nosotros el problema de la asunción de la memoria, que como contrapartida de lo colonial, adquiere el gesto de lo de-colonial7. 6

Cita del historiador Vicente Cicarelli, en su trabajo “Belgrano y la bandera nacional de nuestra libertad civil”, editado por el Honorable Congreso de la Nación en 1998, por iniciativa del Dip. Nac. Normando Alvarez García y con introducción del autor del presente escrito. 7

Cuestión hoy que forma el programa de amplias investigaciones colonialidad/modernidad y que compromete a relevantes autores como Anibal 84


A la heterogeneidad se le suma la invisibilidad En noviembre de 1811 se había promulgado en la Junta Grande la libertad de imprenta y el decreto de seguridad individual que reafirmaba el habeas corpus. Se advertía ya entonces que ambos decretos tensionaban el habitus formado en la tradición del interior, particularmente con la jerarquía que establecía distancias entre los ahora patricios y las clases bajas.

Sin duda que se presenta un

potencial de conflicto en las estructuras mentales que no tendrá resolución ordenadora hasta muchos decenios después, cuando se sancione la Constitución de la Nación y se la implemente en todo el país. No solamente nos estamos refiriendo a las dificultades preconstitucionales, de amplia discusión historiográfica, sino a las manifestaciones tardías de sus efectos, entre otros la ley del Conchavo en el Tucumán de fines del siglo XIX, el contrato con las maestras norteamericanas, el pago en vales a los trabajadores del Chaco y de la Patagonia y de todo el noroeste en pleno siglo XX. Lo que es motivo aquí de nuestra atención es precisamente el efecto de olvido8 que se va produciendo en la memoria, tanto colectiva como historiográfica, del total de los protagonistas de los acontecimientos más decisivos y además cotidianos sobre los que emergió el grito independiente y la construcción de la nación. Nos parece necesario distinguir entre la amplitud que conquistan aquellos decretos, Quijano, Enrique Dussel, Antonio Maldonado-Torres, Arturo Escobar, Enrique Grosfoguel, Santiago Gómez-Castro, Silvia Rivera-Cusicanqui, Walter Mignolo, para citar algunos de ellos pertenecientes a países como Argentina, Ecuador, Colombia, Bolivia, Perú, Puerto Rico, Venezuela y otros. 8 Que puede asociarse a lo que Paul Ricoeur denomina olvido inexorable, ya que “no se limita a impedir o reducir la evocación de los recuerdos (“¿podría recordarme su nombre?”), sin que trata de borrar la huella de lo que hemos aprendido o vivido…”, en “La lectura del tiempo pasado: memoria y olvido”, UAM, Madrid, 1999. 85


apropiados por la autoridad oficial, y la reducción a rebeldes o facciosos de quienes no producen la opinión oficial o ejercitan la libertad bajo su condición de vecino/propietario. Si reunimos en un solo haz la construcción del espacio público en esta heterogenidad social con el papel de los sujetos comprendidos en el ejercicio de la libertad, queda confinado a problemas de las élites la construcción de la nación. ¿Y el pueblo, el bajo pueblo, los esclavos e indígenas? Ampliamente la historiografía ha mostrado el carácter restrictivo del concepto de pueblo y el uso de la noción de Estado, o provincia, que se experimenta en el siglo XIX nuestro9. Una campaña como la emprendida por Belgrano debe haber contado, primero con el asentimiento de los pueblos originales, ya que eran atravesados por la fuerza realista y su representación de siglos de dominación sobre ellos, que como lo dice el mismo general “…hasta los indios sufren… (y)… ni se complacen con las mismas insignias con que los tiranizan…”. ¿Qué papel relevante les cupo a ellos para que Belgrano sea advertido de todas las circunstancias negativas realistas que él condensará en la estrategia del Éxodo, para utilizarlas a su favor, convirtiendo la debilidad en fuerza? Ni tropa ni población “civil” tenía Belgrano como para hacer un seguimiento de cientos de kilómetros, o de miles, desde la partida en el Alto Perú de las fuerzas de Pío Tristán. Luego,

organizar

en

la

debilidad

–los

resquemores,

el

indisciplinamiento, la confusión, que vivían “los criollos”- sin contar con la fuerza de los esclavos y servidumbre numerosas de aquellas familias coloniales ¿habría bastado a Belgrano para mover las fuerzas materiales y disponer las espirituales para una empresa incierta?

9

La obra del historiador José Carlos Chiaramonte lo prueba, al punto que más parecían ciudades-estados las denominadas provincias que estados en condiciones de desarrollar el federalismo. Su trabajo especial sobre la provincia de Corrientes es paradigmático al respecto. 86


La historia y el giro epistemológico, para el ser y el poder La

aportación

metodológica

que

realizan

quienes

desde

la

microhistoria han vuelto la mirada, europea en el caso más conocido, hacia las clases o sectores populares colocadas en el rango de subalternos, ha sido decisiva para reconstruir otra historia moderna10. En América no existe la subalternidad, salvo que señalemos el lugar cubierto por los pobres periféricos de la sociedad criolla, en cuyo caso hay una relación jerárquica de superior a inferior pero en el mismo campo de pertenencia. Precisamente la idea de sociedad criolla plantea la singularidad de unas formaciones sociales que en ningún caso permite el despliegue de lo que define la idea de campo. Hay influencias, indudablemente, se produce el mestizaje, pero la evangelización

característica

de

la

búsqueda

de

hegemonía

ideológica no se acompaña con propuestas de inclusión, como no la puede haber entre un amo y un esclavo, entre un señor y la servidumbre indígena. En todo caso, la debilidad de inserción en el comercio global despertada en torno al Atlántico es la que produce la pobreza en la periferia de los criollos, al mismo tiempo que amasa la fortuna de los fuertes jerárquicamente ubicados. De modo que por la actividad económica, por el régimen jurídico o por los fenómenos de control espiritual, quedan por fuera de lo criollo indígenas y esclavos11.

10

Nos referimos a Guinzburg, Le Roi Ladurie, Williams, entre otros, que como señala Barbero, revierten “…la capacidad de acción, -de dominio, imposición y manipulación- que antes era atribuída a la clase dominante, es traspasada ahora a la capacidad de acción, de resistencia e impugnación de la clase dominada…”. Aquí hay un campo que define las existencias implicadas, mientras en América tal campo si lo consideramos como lugar de fuerzas, interacciones y negociaciones, es demasiado estrecho en relación por los estudios de aquellos antes citados. 11

Vale la pena recordar que el trabajo remunerado no era autorizado para esclavos y servidumbre de los pueblos originarios: la exacción era externa al mundo criollo. 87


Sin embargo el grito revolucionario de mayo ha llegado a los confines del territorio del entonces Virreinato del Río de la Plata, ha tocado la región que fuera la más dinámica en los siglos anteriores y que experimenta la caída de sus actividades con la división administrativa que impone Carlos III. Por ello es posible suponer que hubo en Belgrano un componente carismático, una capacidad de evocación de la futura patria y la promesa de un nuevo país para todos los hombres, que en la acción le excede aún en su mentalidad: el exterior en que coloca lo indio…Por coyunturas más débiles se cimentó el cimarronaje de los esclavos y los levantamientos del Tawantinsuyu (por ejemplo la rebelión de los Willcas, sublevación general del siglo XVIII). ¿Por qué habrían de creer esclavos y servidumbre indígenas en que sería para mejor lo que sobrevendría a esta rebelión política de los criollos? De modo que tanto vale reexaminar el lugar creador en la acción de Belgrano como el papel cumplido seguramente por las tribus indígenas, reinos de su propio territorio, y aquellos esclavos que aunque en número menor que el indígena, constituían la mano de obra necesaria para las principales actividades económicas de la región y aquel tiempo, antes y después de la creación administrativa del Río de la Plata.

Conclusiones La revolución de mayo nació en un mundo heterogéneo, no en el mundo supuesto de la homogeneidad criolla –aún en sus disidencias-. Está hecha al hibridaje, la mezcla y la multiplicación de fuerzas que no logran ser contenidas en los conceptos de rebelión, lucha militar e 88


ideario nuevo. La rebelión fue múltiple, lo era la región del Norte nuestro en sus componentes activos humanos. Las ideas fueron contradictorias, a veces ambiguas y ocasionales, sin embargo se fue formando una corriente que amalgama la influencia del mundo liberal europeo –sobre todo en sus representantes románticos- con la nueva conciencia hecha al conflicto, la resistencia y la voz propia que en siglos

pueblos

originales

y

esclavos

afroamericanos

fueron

experimentando por fuera del escaso ambiente público de las ideas, de las opiniones y la publicidad de ellas. De modo que no hubo solamente un cruce de ideas entre la centralidad que reclamaba Bs.As. y el peso del mandato imperativo que amenazaba desde el interior, aunque aquellas otras ideas circularan por ámbitos de lo clandestino, el ocultamiento y el disimulo, tal como habían obtenido sobrevivir tras largos siglos de opresión colonial y expoliación al grado de vidas desechadas. Corresponde a la justicia en la memoria hacer visible aquellas invisibilidades, devolver a la historia a sus protagonistas además masivos, y reencontrarnos con la construcción de un discurso democrático que construya desde la igualdad atendiendo a las diferencias.

89


La Emancipación Continental Y los Precursores de la Independencia Alicia Poderti12

Ya hemos afirmado en otras oportunidades que durante mucho tiempo, la historiografía escrita desde el centro hegemónico del país y las versiones elaboradas con fines políticos provincialistas, quisieron restar importancia a la figura del General Martín Miguel de Güemes, tratando de negar su responsabilidad en el plan de emancipación continental. Pero a principios del siglo XX, los historiadores salteños advirtieron la grandeza de Güemes y desde la provincia natal del caudillo comenzó a escribirse otra historia destinada a destacar la significación de su gesta popular. Distintos estudios contribuyeron a reforzar la imagen de estratega militar y hábil político, facetas que se demuestran en el despliegue de la táctica güemesiana integrada al plan emancipador de San Martín, cuyo objetivo primordial era unificar a la América Hispana desde Lima hacia el Sur. En el año 1902 aparecía el primer tomo del estudio de Bernardo Frías, obra que concluyó en 1915, pero que recién pudo leerse en su edición completa en 1973 con el título Historia del General Martín Miguel 12

Dra. Alicia Poderti: Investigadora de carrera del CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Argentina), especializada en temas transdisciplinarios. Profesora de Posgrado en universidades argentinas y extranjeras. Reside en Buenos Aires y se desempeña en proyectos de la Academia Nacional de la Historia. E-Mail: apoderti6@arnet.com.ar Página web: www.alicia poderti.com.ar. 90


Güemes y de la Provincia de Salta o sea de la Independencia Argentina. La imagen de Güemes que presenta Frías rectificó el enfoque parcial e incompleto que circulaba hasta entonces en torno a la figura del héroe gaucho, describiendo la intrincada escena sociopolítica en la cual Güemes actuó. Sin embargo, a principios del siglo XX, una mujer impulsa un descollante movimiento de recuperación y rescate de la figura de Güemes. Esta es la empresa fundamental de la revista Güemes, dirigida por Benita Campos13. En un contexto de sucesivas conquistas femeninas en el campo de la escritura, la tarea de Benita Campos marca un verdadero hito en la historia del periodismo femenino. La revista fundada y dirigida por Benita Campos fue merecedora de importantes elogios, no solamente por parte de intelectuales del país, sino de numerosos escritores latinoamericanos que colaboran en la publicación quincenal, con notas históricas, sociales y literarias. La investigación de Bernardo Frías es aludida con insistencia en esta revista, acompañando el objetivo primordial de entronizar en el imaginario colectivo la figura heroica del caudillo salteño. En este sentido,

debemos

recordar

que,

13

durante

mucho

tiempo,

la

Benita Campos nació en Salta en 1882 y se recibió de maestra en la Escuela Normal en 1901. Colaboradora de los diarios locales, como el períódico El Cívico, fundó y dirigió la revista Güemes, en la que plasmó su objetivo de resaltar el accionar de las figuras de los principales héroes de la emancipación americana. Falleció el 26 de agosto de 1925 en ejercicio de su labor docente. Benita Campos fue una mujer de avanzada que rompió con los cánones tradicionales de principios de siglo, en el que la mujer sólo debía ocupar el espacio del hogar y de la familia, dejando a los hombres otros ámbitos de acción, como el periodístico. Es loable la iniciativa de la directora de Güemes, que va más allá de los condicionamientos de su tiempo y transgrede aquellas fronteras entre el espacio femenino privado y el público. El resultado es una revista de formas cuidadas no sólo en lo estético, sino en la esencia misma, ya que intenta ser un vehículo de revalorización de nuestra identidad regional, elevando las figuras del General Güemes y de la escritora Juana Manuela Gorriti a un lugar nunca antes propuesto. 91


historiografía escrita desde el centro hegemónico del país restó importancia a la actuación heroica en la guerra de la emancipación del General Martín Miguel de Güemes. La tradición historiográficoliteraria se inscribiría en un movimiento pendular que va desde las versiones que contribuyeron a su culto idealizado o las corrientes que lo recluyeron en un Olimpo “Clase B” (Cfr. Luna, 1972). Así, la directora de la revista, se dispone a poner en marcha los dispositivos ideológicos que permitirán la construcción de la imagen del guerrero como arquetipo de héroe capaz de encarnar un principio de identidad regional que supere las fronteras de las naciones recientemente trazadas. Benita Campos se muestra vehemente a la hora de expresar su propósito de elevar a Güemes al máximo encumbramiento de heroicidad, lugar al cual ningún otro salteño había ascendido antes: "El culto de los héroes, es el culto de la Patria. Reaccionemos, pensando que nadie puede darse el Título de patriota, si no cumple con los deberes que le impone el reconocimiento hacia aquellos que hicieron de una nación esclava, la soberana de todo un continente" (Campos, en Güemes, 1907, Nº 7: 10).14 El General gaucho debía ser mitificado por los intelectuales además de los sectores populares. En ese contexto, la edificación del monumento a Güemes –junto al de Juana Manuela Gorriti- era la aspiración primordial de la Comisión Pro-Patria, a la cual adhiere la revista. 14

La cita pertenece al números original de la Revista Güemes dirigida por Benita Campos entre 1907 y 1921, cuyos ejemplares fueron consultados en el Archivo Histórico de Salta. La negrita es nuestra. 92


Continuando con el itinerario historiográfico de recuperación de la gesta güemesiana, la publicación de la Historia de Güemes de Atilio Cornejo, en 1946, constituye otro de los hitos en la historiografía salteña que explora el complejo proceso político en el que se introduce el líder independentista. El discurso argumentativo de Cornejo se propone revertir el efecto de los relatos adversos a Güemes. En este sentido, su texto previene constantemente acerca del papel que han desempeñado las pasiones en la construcción de la figura del guerrero, trabajando un conjunto de testimonios que abrevan tanto en la tradición oral como en la escrita. En 1979 se inicia la publicación de Güemes Documentado, una importante colección de doce tomos centrada exclusivamente en la gesta de este protagonista de la Independencia. Luis Güemes tuvo a su cargo la culminación de una tarea que se había prolongado durante cien años entre los miembros de la familia del caudillo salteño, los que recopilaron papeles provenientes de archivos particulares y de repositorios nacionales y extranjeros. Esa línea de indagaciones continuó siendo desarrollada por Luis Colmenares,

investigadores

independientes

y

de

las

dos

universidades de Salta y miembros del Instituto Güemesiano de Salta. Dentro de los enfoques que superan los estudios realizados desde la óptica de la provincia, la historiografía contemporánea se ha enriquecido con los estudios de Félix Luna, Halperín Donghi o Armando Raúl Bazán. En el análisis realizado por Armando Bazán en su Historia del Noroeste Argentino (1986), la empresa güemesiana se intercala acertadamente en el contexto regional del NOA. En este 93


marco, la escritura de la historia argentina propuesta por Bazán se aboca a la tarea de reintegrar la multiplicidad del pasado nacional, antes circunscripto a la epopeya de Buenos Aires. la recuperación del trono Inkaico Esa amplia región del Noroeste estudiada por Armando Bazán, de filiación altoperuana y que responde a un trazado prehispánico: el antiguo Inkario, será la estructura que impregnará el ideario de los grandes hombres de la Independencia. Recordemos que los ideales de José Gabriel Condorcanqui, Túpac Amaru II, habían provocado apuradas reformas al sistema colonial y, pocos años más tarde, los protagonistas de las causas emancipadoras de América se apoyaron en algunos de los pilares ideológicos promovidos por el noble rebelde. Hacia fines del siglo XVIII y principios del XIX, la trascendencia del movimiento encabezado por José Gabriel Túpac Amaru es recuperada por

algunos

hombres

claves

en

el

proceso

independentista

americano: el ecuatoriano Francisco de Santacruz y Espejo, el mendocino Juan José Godoy, el peruano Juan Pablo Viscardo Guzmán, el bogotano Antonio Nariño y el caraqueño Francisco de Miranda. En el grupo de libertadores que promueven el ideal incaico, debe incluirse a Simón Bolívar, quien en la carta profética de Jamaica ataca las grandes lacras del régimen indiano: la esclavitud y el tributo. En Argentina, donde la sublevación liderada por el cacique noble tuvo singular repercusión, la figura del Inca reaparece en 1816, durante el ciclo de la Declaración de la Independencia (Cfr. Poderti, 1997). Las 94


figuras prominentes del proceso emancipatorio, como San Martín, Belgrano, Pueyrredón y Güemes fueron quienes promovieron el modelo de la monarquía incaica. La idea de establecer una monarquía de origen incásico, con todo lo que este proyecto implicaba a nivel geográfico, político y continental, era compartida con especiales miras políticas y cundió de tal manera que fue en un principio apoyada en el Congreso de Tucumán por aclamación. Luego de jurada la Independencia, en el texto de una proclama de Belgrano al Regimiento de Milicias, él declara: “He sido testigo de las sesiones en que la misma soberanía ha discutido acerca de la forma de gobierno con que se ha de regir la Nación, y he oído discurrir sabiamente a favor de la monarquía constitucional, reconociendo la legitimidad de la representación soberana en la casa de los Incas situando el asiento del trono en el Cuzco, tanto, que me parece se realizará este pensamiento tan racional, tan noble y justo, con que aseguraremos la losa del sepulcro de los tiranos” (Tucumán, 27 de julio de 1816, en Güemes, 1982, III: 487). La reinstalación de la corte del Inca fue tema de varias cartas entre Güemes y Belgrano, durante el año 1816. Entre la documentación que tiene como tema principal la intención de reconstruir la dinastía incásica también se encuentra una "Proclama a los peruanos", firmada por Martín Güemes y fechada en Jujuy, el 6 de agosto de 1816, en la que expresa: ..."¿Si estos son los sentimientos generales que nos animan, con cuánta más razón lo serán cuando, reestablecida muy en 95


breve la dinastía de los Incas, veamos sentado en el trono y antigua corte de Cuzco al legítimo sucesor de la corona?" (Güemes, 1982, III: 473). Sin embargo, pasado el primer entusiasmo fueron apareciendo opositores, hasta que al final el proyecto quedó sin efecto. Belgrano declaraba, en ese sentido, que los diputados que más escollos presentaron al proyecto eran especialmente los hombres del interior, tal como puede comprobarse a través de la lectura de las actas del Congreso de Tucumán, especialmente la de la sesión del día 5 de agosto de 1816. El 18 de octubre de ese año ya Belgrano se quejaba, en una carta dirigida a Martín Miguel de Güemes desde Tucumán, de los que descreían de su proyecto de la Monarquía Incaica: ”El editor de La Crónica Argentina nos da dicterios y zahiere por el pensamiento de monarquía constitucional y del Inca; contra mí se encarniza más; pero yo me río, como lo hago siempre que mi conducta e intenciones se dirijan al bien general”… (en Güemes, 1982, III: 479). Así la idea de restauración del reinado Inca, propuesta por el General Manuel Belgrano y acogida en el Congreso de Tucumán, se desvaneció. Seis años más tarde desembarcaba en el Río de la Plata Juan Bautista

Túpac Amaru, medio hermano de José

Gabriel

Condorcanqui, quien regresaba de su exilio de treinta y cinco años en las prisiones africanas de Ceuta. Recién llegado, Juan Bautista presentó una larga solicitud, en la que relataba la odisea de su familia e imploraba la protección del Gobierno, como único sobreviviente de 96


la masacre de 1781. Esta petición fue acogida por un decreto de Bernardino Rivadavia, el 24 de octubre de 1822. Pero el posible heredero del trono incaico no pudo concretar el deseo de los hombres andinos que esperaban un nuevo Inca. Tampoco pudo ser el centro de los ideales monárquicos e independentistas. Falleció el 2 de setiembre de 1827 y fue sepultado en el cementerio de La Recoleta (Astesano, 1979: 137-190). En lo que respecta a las conexiones familiares y económicas en la región andina, debe tenerse en cuenta que la principal actividad comercial durante los siglos de la colonia era el comercio mular que se desplazaba entre Lima y Buenos Aires. En este sentido, es importante repasar la relación que hace Eduardo Astesano: "Dado lo reducido de la sociedad virreinal, estas familias importantes estaban ligadas entre sí por vínculos variados. Los porteños eran vecinos de pocas cuadras. Los comerciantes enlazaban sus giros en ataduras que nunca se podrán poner totalmente en descubierto. Lo mismo sucedía a lo largo del Virreynato. ¿Hasta dónde las recuas de mulas de Juan Bautista y su hermano no se vincularon en Salta con las de Güemes Montero, o no llegaron a Córdoba para cargar los géneros de Castilla de don Domingo Belgrano?" (Astesano, 1979: 50). En ese entrecruzamiento de intereses familiares e historias enredadas puede reconocerse una línea que conecta dos figuras claves en el movimiento independentista: Túpac Amaru - Güemes, el primero un símbolo de los valores del incario en la cultura andina de filiación altoperuana en la que se inserta el Noroeste Argentino; el segundo un caudillo de la lucha fronteriza contra la dominación ibérica. Dos 97


hombres de procedencias étnicas y sociales diferentes, pero ambos capaces de movilizar a las masas populares en torno a un ideal de liberación continental. Perspectivas El análisis del accionar y el pensamiento de Güemes -éste último contenido en su producción escrita: correspondencia, proclamas y documentos de gobierno (Cfr. Güemes, 1979-1990)-, nos permite comprobar que él fue uno de los pocos políticos y militares de la etapa revolucionaria que tuvo un concepto muy claro del proyecto emancipatorio en gestación. Para Güemes el ideal patriótico estaba concebido como un plan geo-político integral. Este diseño se articulaba a un proceso que convocaba a los distintos sectores sociales con el fin de realizar el proyecto de una libertad común para los países sudamericanos. Güemes hizo de la causa de la Independencia la empresa de las masas movilizadas de la gran Sudamérica, enfrentando a los godos, a los porteños y a la oposición de las provincias del norte. Cuando desaparece físicamente también se esfuma ese objetivo primordial. El triunfo del puerto cercena la posibilidad de un trazado económico y político regional que respondiera a aquel programa continental. Se suceden las virulentas guerras entre federales y unitarios, con su fase condenatoria hacia muchos de los ideólogos de la emancipación. Así, los resultados del proceso revolucionario derivaron en la fragmentación del sistema comercial implementado durante la época del Virreinato. El rumbo económico del Río de la Plata se inclinaba decisivamente hacia la ruta del mercado británico, que ofrecía mayor 98


solidez que la estructura española. Desde 1810, una pieza esencial de aquel espacio – el Alto Perú- estaba en manos realistas, lo que clausuraba la ruta del Norte. A partir de ese momento, las fuerzas económicas regionales –y especialmente las de Salta- buscaban restituir esa vinculación altoperuana (Cfr. Halperín Donghi, 1972). La línea septentrional de la Intendencia de Salta, que se convertiría en la frontera del país inaugurado por la revolución, comenzó a ser franqueada sin mayor esfuerzo por la expedición del Norte, enviada desde Buenos Aires. Los temores acerca de si la revolución modificaría la fisonomía social de las castas altoperuanas iba en aumento, mientras los españoles trataban de utilizar las tensiones entre los distintos sectores sociales, entre ellos los indígenas, que representaban a la masa auxiliar del ejército patriota. Avizorando quizás los tiempos que la muerte no le dejaría ver, las palabras de Güemes se incrustan en una encrucijada profética: “La revolución es un vidrio delicado que puede romperse al más leve soplo del viento y hacerse pedazos; y un gobierno naciente, que los hombres aún no están acostumbrados a obedecer, es una nave situada en alta mar, sin brújula y expuesta

a

los

combates

humanas”...

99

y

borrascas

de

las

pasiones


100


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ficcionales”,

ponencia 102

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103


104


Córdoba:

El adiós y los inicios en 1810. Daniel López Salort15

Tal vez amaneció tras una noche de luna menguante. Tal vez hubo niebla en aquel amanecer de mediados de Mayo de 1810. Tal vez eso impedía ver aquel navío inglés en toda su eslora, mientras se aproximaba para tirar sus amarras en el puerto de Buenos Aires. Lo cierto es horas después de atracar aquel navío, rápidamente se difundieron las graves noticias que traían oficiales y tripulantes. Incluso, algunos de éstos las confirmaban con movimientos de cabeza y frases de un castellano torpe con acento bávaro. Lo cierto es que los franceses se habían apoderado de Sevilla, que los miembros de la Junta Central habían huido a Cádiz y a la isla de León, que se había formado un Consejo de Regencia que se mantenía leal al rey Fernando VII, pero sin poder efectivo. O sea que un militar de cuarenta años, nacido en Córcega, pintado por Dominique Ingres con cejas finas, larga nariz recta, mentón partido, llamado Napoleón Bonaparte, era en realidad el dueño de los pueblos de los Virreynatos españoles. Ni los oficiales ni los tripulantes de aquel navío español imaginaron lo que sus comentarios originarían en aquella ciudad chata, de siestas lentas y perros gordos, donde los acontecimientos sociales eran las recatadas fiestas en alguna casona o los encuentros 15

DANIEL LÓPEZ SALORT. Ensayista y escritor. Ha publicado Alto Murmullo y Presencias de lo Sagrado. Director de la revista Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo. Miembro del Traductorado y Lectorado de Polylog: filosofar intercultural, Munich; del Consejo Editorial de Revista de Observaciones Filosóficas, Valparaíso; y de Archivo Filosófico Argentino, del Centro de Estudios Filosóficos de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires. Es Profesor de Lengua Inglesa, traductor y ha cursados estudios de Filosofía y Arte en la Universidad Nacional de Córdoba. Ha recibido entre otras distinciones el Premio T. Karamaneff, Embajada de Bulgaria, Argentina. 105


para el rezo en una catedral más ancha que alta -como simbolizando más las preocupaciones terrenales que los misterios divinos-, donde los jóvenes se reunían para admirar los pechos y los muslos de las mulatas lavando en el río, donde el bostezo de la vida se había quebrado años atrás con las invasiones de aquellos soberbios ingleses finalmente derrotados. Pero cuando las historias se despliegan es hora de observar hechos, hombres y mujeres, ideas, desafíos y respuestas. Y si se trata de Mayo de 1810, más que hechos son procesos, a los que hay que sumar los apetitos personales, esos deseos y esas contradicciones que moran junto a las virtudes y los conceptos transparentes, de manera que los relatos siempre cultivan cumbres y abismos y medianías que todo lo transforman. Que puedan los siguientes párrafos trazar las imágenes esenciales de esos tiempos. Las abundancias suelen traer como hijas

irresponsables a la

comodidad y la imprevisión, y éstas a la pobreza y el infortunio. Que alcance con recordar a Yang Guang, llamado también Yangdi, de la dinastía Sui, quien completó la organización china iniciada por su padre: construyó el Gran Canal Imperial, expandió fronteras, protegió los estudios de Confucio y del Tao, levantó otra capital –Luoyangdonde hubo dos millones de trabajadores esclavizados en crearla. Pero Yangdi amó los lujos y los placeres sin fin: por ejemplo, su barco privado para surcar el Gran Canal Imperial tenía ciento veinte habitaciones, las más exhibiendo extravagantes y costosos muebles y cortinados, con un ancho número de concubinas. En las llanuras dilatadas de Manchuria fueron derrotadas tres de sus expediciones y luego huyó. Las muestras son múltiples y muchas memorias tienen sucedidos como éste. Así, los reyes y las cortes españolas no supieron 106


aprovechar las riquezas provenientes de América: si hasta los trabajos más necesarios como los de herrería, esquila, curtiembre, eran vistos como menores o decididamente deshonrosos. Su dominio se había convertido en mala palabra en el Río de la Plata. Desde España no llegaban a las colonias todos los productos que éstas necesitaban, y dado la imposición de exclusividad de comercio, el contrabando de mercaderías en uno y otro sentido se fue haciendo costumbre y estilo, especialmente con ingleses y portugueses, con los que se lograban mejores precios. Además, cuando la doble invasión de la corona británica, España aportó nada para defender a Buenos Aires. Y los criollos eran cada vez más en número que los españoles pero no en el peso de las decisiones. Hasta en el clero se notaba la profunda división entre los peninsulares y los nativos. O sea que el rey no daba ni bienestar ni seguridad. La burocracia carecía de talento

de

gestión

precisamente

para

su

responsabilidad

fundamental. Era evidente que las rentas del Estado crecerían por la apertura del puerto a los barcos de cualquier bandera. Cuando los franceses depusieron a los borbones y cruzaron su territorio ampliando su poder hasta Portugal, el momento de los primeros actos de libertad se anunciaron solos. Oficiales y tripulantes de aquel navío inglés de mediados de Mayo hicieron emerger públicamente la pregunta que muchos

susurraban en privado: ¿a qué seguir

dependiendo de lo que no servía y se podía dejar de lado? Esta pregunta contenía las ideas que venían semillándose: las que llevó a Luis Capeto y María Antonieta a la guillotina en 1793, las de Francisco de Miranda, las más lejanas del jesuita Juan Pablo Vizcardo y Guzmán, quien en 1767 había escrito: El Nuevo Mundo es nuestra Patria, y su historia es la nuestra, y en ella es que debemos examinar nuestra situación presente, para determinarnos, por ella, a tomar el partido

107


necesario a la conservación de nuestros derechos propios y de nuestros sucesores. Los fuegos de la Revolución de Mayo de 1810 se iniciaron entonces a ras del agua, con las graves noticias recibidas, y confirmadas cuatro días después por otro barco. La conclusión era obvia: si no había rey español que gobernara, entonces el poder retornaba al pueblo. Nervios, miedos, reuniones secretas y otras no tanto, alianzas y acusaciones, agitaciones y esperanzas generales sustanciaron los últimos días de ese mes. Es que el virrey cesaba en su mandato y había que elegir nuevas autoridades. Las discusiones de los cabildantes

agotaban los días y pasaban al siguiente. Repitamos

entonces lo conocido: para la mañana del veinticinco quedó fijada la frontera final. Cuatrocientos fueron los invitados a deliberar en el Cabildo. Se pidieron bancos prestados en la Catedral y en otras iglesias, se trajo mucho chocolate y velas, algo de vino. Nada de etiqueta a pesar de que la dirigencia de Buenos Aires estaba en su totalidad: eclesiásticos en diez por ciento, abogados en quince, comerciantes en treinta, y el resto militares y algunas otras figuras notables. Cuando en las afueras algunos notorios solidarios con el virrey querían ingresar eran disuadidos de hacerlo por medios que no se pueden juzgar de dulces. Castelli defendió las posiciones revolucionarias, apoyándose en fundamentos escolásticos y de la Ilustración, a lo que el fiscal Villota replicó entonces que habría que consultar a cada uno de los pueblos del Virreynato, pues Buenos Aires no podía apropiarse del derecho de todos, con lo que -en el mientras tanto- la corona española persistiría. La revolución pareció demorarse o nacer muerta. En ese instante fundacional muchos miraron a quien en una esquina seguía las 108


deliberaciones en silencio. Ahí estaba Paso, más bien bajo y de rostro vertical, el matemático Paso, el siempre sonriente Paso, el Paso con fama de mujeriego, quien respondió con contundencia que Buenos Aires obraba como una hermana mayor, custodiando ese derecho de todos los pueblos del Virreynato, puesto que no era prudente atesorar demoras. Habría que agregar ahora que, finalmente, fueron mayoría los votos contra el Virrey Cisneros, que se nombró una Junta de Gobierno a la espera de los diputados de las provincias, que se ensillaron y partieron los caballos que llevaban sobre sí los comunicados de los sucesos como banderas de la independencia. Es que la independencia era ya un hecho, y las horas de los años que prosiguieron mostraron que si las órdenes y los decretos se pueden revocar, los hechos no. Buenos Aires se organizaba, Buenos Aires no dormía, como el propio Saavedra lo contaría años después en sus memorias: La destitución del virrey y creación consiguiente de una nuevo gobierno americano fue a todas luces el golpe que derribó el dominio que los Reyes de España habían ejercido en cerca de 300 años en esta parte del mundo, por el injusto derecho de conquista y sin justicia. Y más adelante: Ella, por descontado, alarmó al cúmulo de españoles que había en Buenos Aires y en todo el resto de las provincias, a los gobernadores y jefes del interior, y a todos los empleados por el Rey, que preveían que llegaba el término del predominio que ellos les daban entre los americanos. Saavedra rememoraba en sus escritos que no faltaron los que miraban con tedio, otros con tristeza porque pronto los españoles llegarían para derrotar a los revolucionarios, ni faltaron los que los adjetivaban como locura y delirio, y también los que, en fin, eran los más piadosos, nos miraban con compasión, no dudando que en breves días seríamos víctimas del poder y furor español, en castigo de 109


nuestra rebelión e infidelidad contra el legítimo soberano, dueño y señor de América, y de las vidas y haciendas de todos sus hijos y habitantes. En Córdoba las tormentas no fueron menores: a fines de Mayo ya habían cruzado la plaza y se habían detenido frente al Cabildo cordobés los caballos sobre los cuales se traían las voces de la independencia y los escritos que la documentaban. Pero en Córdoba estaba Liniers. Pero en Córdoba estaba el Deán Funes. Liniers, el héroe de la resistencia contra los ingleses, el líder de la Reconquista, el vencedor de Willian Carr Beresford y de John Whitelocke, ese Liniers que había ordenado que se ofrendara a la Virgen del Rosario, en la iglesia de Santo Domingo, dos banderas quitadas a los ingleses y su propio bastón de mando. Liniers: militar, Virrey y luego conde. Y Gregorio Funes, deán de su catedral, el reformador de los planes de estudio que había incorporado a pensadores como Descartes, Galileo, Newton, Locke, Leibniz, dejando en una orilla la tendencia escolática; el que en ocasión de la oración fúnebre por las exequias del Rey Carlos III, dicha veinte años antes de los sucesos de Mayo, había expresado

que

no

importaba

que

el

hombre

hubiera

nacido

independiente y soberano de sus acciones porque estos privilegios luego cesaban, no habiendo en este estado más ley que la que imponía el más fuerte. Liners y el deán Funes se enfrentaron. Pero mucho se equivocaría quien viera en eso tan sólo luchas de hombres. Al igual que en Farsalia, la batalla entre Julio César y Pompeyo era la de dos altas rocas que no podían ocupar el mismo lugar. Liniers: símbolo del reinado español que comenzaba su crepúsculo, el Deán Funes: una conciencia por la independencia americana. Más allá de los hombres y de los nombres, eso fue lo que aquellas las diosas griegas del destino tejieron y destejieron en Córdoba, con los hilos 110


dorados y negros de sus lanas. Porque aquí todo comenzó por la declaración de principios y voluntades. Cisneros desde Buenos Aires le escribió a Liniers dándole todos los poderes

necesarios

para

organizar

la

contrarrevolución

en

el

Virreynato, apoyándose en el Perú. Sabían que debían contar con el apoyo de Funes y lo convocaron, pero en la reunión de los dirigentes de la resistencia fue precisamente él quien se negó a adherirse a los que aún soñaban con el dominio español. Necesariamente la moneda cayó de un solo lado: unos y otros y todos cruzaron rápidos las aguas sin regreso. El deán, amigo de Belgrano y de Castelli, informó a la Junta de Buenos Aires lo que se prepara en Córdoba, entre las sombras. El plan de Liniers era de un triple movimiento: una línea de tropas realistas desde el norte, otra desde Montevideo donde envió a su hijo Luis, y el propio Liniers desde Córdoba. Mientras, el Cabildo cordobés no reconoció a la Junta de Buenos Aires: para lo político, advirtió que recurriría a Lima, para lo judicial a las autoridades de Charcas. Logró Liniers

juntar unos mil hombres de caballería, su

infantería era escasa al igual que armas y municiones. Al mirar las mulas de carga y a las de tiro supo que abundaban, y sus cañones de artillería era catorce. Fueron fabricadas con apuro las granadas de mano, unas seiscientas, las que tenían un barro muy duro, y se experimentó haciendo estrago. La reacción en Córdoba parecía crecer sin pausa. Además, se contaba con militares de gran experiencia y de carrera: el propio Liniers, Gutiérrez de la Concha, Nieto, Goyeneche. Mariano Moreno, lúcido, supo que eran instantes de todo o nada: no se podían repetir los errores del cartaginés Aníbal. Los batallones de patricios, arribeños, antiguos montañeses, andaluces, se unieron a dragones, húsares, blandengues, pardos y morenos. Un mes después de caído Cisneros, la Revolución pasó revista en la Plaza de la 111


Victoria: no se alcanzaba a los mil hombres. Era imprescindible dinero, y mucho. Se tomó un empréstito de Juan Larrea, quien además donó su sueldo (el mismo Larrea que muchos años después se suicidaría por sus tropiezos políticos y su ruina económica). Se recibieron donaciones de Gervasio Posadas: seis meses de sueldo y mil quinientos pesos; Belgrano y Matheu también rechazaron sus sueldos; Saavedra, que recibía ocho mil pesos, aportó cincuenta, y Moreno trajo seis onzas de oro. Los soldados y sus jefes marcharon hacia Córdoba, y a medida que se acercaban eran aclamados en los pueblos por los que pasaban.

Las provincias cuyanas decidieron

enviar diputados a Buenos Aires, y tanto el Deán Funes como su hermano Ambrosio agitaban Córdoba contra Liniers: los vocales comenzaron a faltar a las urgentes sesiones del Cabildo, de noche los hombres reclutados por Liniers desertaban en grupos cada vez más numerosos. Acostumbrado a los cambios en pleno combate, Liniers comprendió que era urgente moverse, y las dos luces del crepúsculo lo vieron partir. Al día siguiente, el Cabildo cordobés adhirió a la revolución y fueron recibidos con repiques de campana Ocampo y Vieytes al frente de las fuerzas que venían desde Buenos Aires. Pero Liniers había tomado hacia el norte. Le quedaban cuatrocientos hombres. En la primera noche de su huída, pierde ciento cincuenta. Pronto tenía sólo una compañía de blandengues de frontera. Se intentaba comprar lealtades con el dinero sacado del tesoro de Córdoba, pero todo era caminos cerrados. Entre Totoral y Tulumba, en las secas rutas de esos sitios, escapa casi toda la tropa. Liniers ordenó incendiar el carruaje con las municiones, quemar las cureñas de los cañones para inutilizarlos. Tres días después le avisan que Balcarce los persigue con setenta y cinco hombres, no trae más porque tampoco consigue caballos contó el chasque. Liniers decidió 112


despedir a los oficiales fieles, abandonar los coches. Todos montaron en sus propias cabalgaduras, llevando algunas mulas de carga. El obispo Orellana tomó hacia la derecha de donde estaban, Liniers se dirigió a las sierras, el resto siguió el camino de las postas. Balcarce esperaba este movimiento y dividió sus hombres en varias partidas que cubrieron los caminos posibles. Pasaron otros tres días. En la noche del monte, sus subordinados le hicieron señas al Ayudante de Campo Urien:

más allá había unas leñas ardiendo. La partida se

ocultó y fue silencio. Enseguida los vieron: dos paisanos cuidaban varias mulas mientras se cuidaban del frío. Uno de ellos, el moreno, contó que Liniers estaba a poco menos de una legua, en una choza. Él lo sabía porque ahí lo había ocultado después de que Liniers le pagara para hacerlo. Señaló el lugar con más precisión: era cerca de Chañar. Estaban durmiendo cuando la partida los atrapó, bayonetas en el pecho. Quizás a la distancia se oyó el canto de un crespín. Urien ordenó revisar los equipajes, y tomó lo que había en joyas, monedas, billetes. Los llevaron atados manos atrás, mientras uno de los subordinados le preguntaba a Liniers si era verdad que estaba frente al que había derrotado a los ingleses y Urien lo callaba con un ademán. La orden de Buenos Aires era cristalina: En el momento en que todos o cada uno de ellos sean pillados, sean cuales fuesen las circunstancias, se ejecutará esta resolución, sin dar lugar a minutos que proporcionaren ruegos y relaciones capaces de comprometer el cumplimiento de esta orden y el honor de V.E. Pero muchos se negaron a los fusilamientos. Funes diría muchos años después que la Junta había decretado cimentar la Revolución infundiendo con el terror un silencio profundo en los enemigos de la causa. Y agregó: Mi sorpresa fue mi aflicción cuando me figuraba palpitante tan respetables víctimas. Ocampo no olvidaba que fue por 113


una beca otorgada por Liniers que pudo estudiar en Córdoba, y tan luego con Funes. Para éste, la boca de las armas no era el camino mejor, si hasta había un sacerdote entre los prisioneros. Ocampo decidió

trasladarlos

a

Buenos

Aires.

Algunos

soldados

fueron

apalabrados para que informaran a Liniers que se había organizado una fuga, pero Liniers se negó, pensaba que en Buenos Aires podría hacer cambiar de ideas a la Junta. Midió mal las circunstancias. ¿Habrá confiado más en la gloria que había adquirido que en su olfato militar de que los pueblos del Virreynato hacía rato se preñaban de los deseos de libertad? ¿No advirtió que la mayor parte de la dirigencia revolucionaria era nacida aquí, sin experiencia en funciones de gobierno ni en administración de Estado, que no buscaban un cambio de nombres sino una transformación absoluta? Urien fue relevado porque sus hombres se cansaron de sus borracheras y sus robos. Mariano Moreno se anotició de todo esto y ordenó a Castelli que cabalgara hasta Córdoba y cumpliera la orden. El comandante Domingo

French

tomó

de

Ocampo

la

responsabilidad

de

los

prisioneros, a quienes se les quitó los cuchillos que tenían para comer, aunque se les permitió seguir con los estribos en las monturas. A dos leguas de Cabeza de Tigre, los esperaba el teniente coronel del cuerpo de húsares, Juan Ramón Balcarce, hermano de Antonio, de quien una de sus partidas los apresaran. Aquél ordenó que los criados no continuaran la marcha, que se quedaran con los equipajes. No hizo falta más precisiones: los prisioneros se dieron cuenta de lo que sucedería. Había un monte cerca: el Monte de los Papagayos. En el camino se toparon con Rodríguez Peña y Castelli. Éste ordenó que los bajen, les leyó la sentencia, les dio cuatro horas para poner en orden sus cosas. Liniers y Allende se confesaron con el Obispo Orellana quien, también prisionero, no fue ejecutado dado su condición religiosa. Los restantes se confesaron con el Padre Jiménez, 114


sacerdote de la zona. A las once y media, al parecer con los ojos vendados, los prisioneros oyeron a Balcarce que desenvainaba su sable y lo levantaba, oyeron a Castelli y a su orden, oyeron el inicio de los disparos. Liniers también pudo oír a French cuando lo remató. Ninguno oyó los pájaros porque seguramente hacía rato que habían callado. No es descabellado suponer que el aire y la pólvora quedaron unidos hasta la tarde. En una zanja junto a una iglesia, en Cruz Alta, los tiraron. Alguien escribirá con los años que los primeros muertos de la Patria Nueva eran los héroes de la Patria Vieja. Es que en tiempos de guerras se vive el tiempo como una sucesión de vísperas, el hoy es apenas deseo de un mañana donde todo acabe y se resuelva en beneficio del anhelo propio. El tiempo es una sucesión de combates y caídas, cuántas son las heridas de uno y cu��ntas las ajenas. La felicidad es apenas que no he muerto hoy, y la esperanza es que ojalá no muera mañana. Así fue el final de Liniers, cuya espada y cuyos disparos habían entrado en carne mora, en carne inglesa, en carne portuguesa. No lo hizo en los mares que conocieron su juventud ni en la ciudad que reconquistó de manos británicas, sino en un paraje casi anónimo, polvoriento y remoto, lejos de aguas y de barcos. Hasta mediados del siglo XVI se remontaban sus antepasados nobles, incluyendo ocho caballeros de la Orden de San Juan de Jerusalén. Sirvió a la corona española en diversas batallas marinas, se lo destinó al Virreynato del Río de la Plata donde tuvo una existencia gris, durante un breve período fue gobernador de Misiones donde se preocupó por el buen trato a los indios y, por su obrar en las invasiones inglesas a Buenos Aires, fue primero Virrey y luego nombrado conde, con una renta anual de cien mil reales y un campo en Alta Gracia, Córdoba. Sus huesos recuperaron el olor del mar cuando muchos años después 115


fueron subidos al bergantín Gravina, para yacer desde entonces en Cádiz. Un florentino, en los comienzos del mil quinientos, dijo haber pasado quince años estudiando el arte de gobernar, que no había perdido el tiempo en dormir y en divertirse con tal de acabar su obra, y por eso escribió: Pero, cuando las ciudades o los países están habituados a vivir bajo un príncipe y la familia de éste se ha extinguido, como por una parte están acostumbrados a obedecer, y por otra no tienen a su antiguo príncipe, no se ponen de acuerdo entre ellos para elegir a uno, y tampoco saben vivir libres. La sentencia de Nicolás Maquiavelo se clavó en la mano que aquí izara el puñal que se clavó en el mapa de las posesiones americanas de la corona española. Porque los caminos de libertad que se inauguraron en Mayo 1810 en Buenos Aires y en todo el antiguo Virreynato del Río de la Plata, por mucho tiempo no alcanzaron para encontrar lo que la otra mano también buscaba: la ausencia de guerras civiles, la organización definitiva de un país. Como el propio virrey Cisneros dijera a Castelli y a Martín Rodríguez aquella noche en que éstos le exigieron su renuncia: Señores, cuánto siento los males que van a venir sobre este pueblo de resultas de este paso; pero, puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan lo que quieran. En los comienzos de estas páginas, se dijo que cuando las historias se despliegan deben observarse hechos, hombres y mujeres, ideas, desafíos y respuestas, más los apetitos personales que en cada caso matizan enfatizando o atenuando esos despliegues. Liniers murió poco después de cumplir cincuenta y seis años. La Revolución de Mayo de 1810 encontró al Deán Funes cumpliendo sesenta y un años el mismo día que se produce la destitución de Cisneros: debió andar 116


aún por otros diecinueve años. Supo de otras cumbres y otros abismos. Escribió en la Gazeta con el seudónimo de El Ciudadano sobre la democracia como principio de organización del país que nacía, de las instituciones que eran necesarias, del federalismo de las intendencias. Levene pensó que sus ideas constitucionales siguieron de cerca de las de Moreno. Cuidó de las reformas que había introducido en los estudios universitarios en Córdoba, donde se conservó a Aristóteles en cuanto a las virtudes, pero se abrieron los programas a la física, a la historia de la filosofía, a las matemáticas, a Condillac y a Malebranche. Escribió: Confesemos de buena fe que en los gobiernos despóticos se ha hecho servir la religión para dar un carácter de santidad a las pretensiones más injustas. Si uno observa que fueron alumnos suyos Lafinur, Juan Cruz Varela, José María Paz, Vélez Sársfield, comprende que la literatura, la lucha militar, la redacción del Código Civil Argentino, tuvieron en él un propiciador de fuentes. Profundizó las críticas a Bartolomé de las Casas por la postura de éste ante la esclavitud de los negros en las colonias americanas. Escribió el Ensayo de la historia civil del Paraguay, Buenos Aires y Tucumán, tal vez por aquello de Cicerón: Ignorar lo que precedió a nuestro nacimiento es vivir siempre en la niñez. Con una prosa culta, siendo Tácito el modelo y Plutarco el trasfondo, contó no sólo hazañas memorables e imperios destruidos, sino también crueldades, los efectos tristes de un gobierno español opresor. Groussac lo vio vanidoso e intrigante, con una escritura de ideas cortas diluida en frases largas, y en verdad no soportó que Funes no estuviera junto a Liniers cuando éste decidió estar contra la independencia naciente, aunque se cuidó de decirlo abiertamente porque su solidaridad como francés pudo más. Se negó a ponderar todo lo que Funes hizo para que no mataran a Liniers. Se negó a ponderar que en los planes realistas figuraba el destierro o algo peor 117


para Funes, ya que hubo voces a favor de la muerte del deán en caso de triunfo. Funes supo de acusaciones y cárcel

dos veces. En sus

escritos no faltaron los argumentos sólidos para la libertad de imprenta, y para la división de los poderes institucionales. Ya viejo, le escribió a su hermano Ambrosio: Si no haces uso del telescopio que dejé en ésa, te estimaré me lo mandes. En sus últimos años lo ganaron hondas melancolías, enfermedades derivadas del escorbuto –lo que prueba sus pobrezas y miserias-, representó temporalmente a la Colombia de Bolívar, cobraba una pequeña pensión de Bolivia por un deanato que le habían otorgado y la representación como Encargado de Negocios que en algún momento cumpliera, recordaba con nostalgia los bienes de su familia que fueran expropiados por el virrey Acebal del Perú cuando él adhirió a la revolución. Fue vendiendo uno a uno los libros de su impar biblioteca, luego la Enciclopedia de Diderot, más tarde su colección de raros manuscritos. Había que comer, conseguir remedios. Ejerció la traducción de Daunou: Ensayo sobre las garantías individuales que reclama el estado actual de la sociedad. Ahí proclamó en una de las notas de su prólogo: El temor a las leyes es saludable; el temor a los hombres es origen funesto y fecundo de crímenes. Salió a pasear en crepúsculo de Enero de 1819 por un parque levantado por los ingleses en Buenos Aires, caminó entre árboles frutales y canteros barrocos de flores, y ya no volvió. No es vano recordar que vivió en épocas en que eran numerosos y comunes los casos de sacerdotes que no cumplían sus votos de castidad, en que conventos y diócesis desobedecían las disposiciones superiores, a la vez que otros frailes participaban de la Revolución o exigían cambios drásticos a las autoridades del Virreynato, como los doce que asistieron a la Asamblea de 1813 con su proclama de 118


libertades, o los más de quince en el Congreso de Tucumán en 1816. Sarmiento dijo que hubo un instante en que algunos fueron la frontera entre la colonia y la república, como el dios Término de los antiguos, con una cara al pasado y otra a lo que vendrá, habiendo sido Funes uno de ellos. El Deán Funes no fue teólogo, fue un pensador de los derechos al modo de Francisco de Vitoria. Antes que el púlpito, cultivó la historia. Prefirió la independencia de las Provincias del Río de la Plata a la sólida amistad que tenía con Liniers, se negó a seguir a Moreno y a tantos otros porque abrazó a los pueblos del interior y no el centralismo decisional de Buenos Aires. Perdió todos sus bienes materiales y con eso se ganó una vejez apenada. No dejó hijos sino ideas, no tuvo romance mayor que con un suelo americano libre del dominio español. Todo lo esperó de esto. Todo en él se hizo desde la soledad íntima. En una carta a Monteagudo le confiesa: Véame usted aquí, recogiendo por fruto de mis tareas, en una edad septuagenaria, vivir como un triste pordiosero a expensas de la providencia. No le hubiera gustado saber de tantos que terminaron como él. Negó siempre ser jansenista, precisamente porque no creyó en otra predestinación que no fuera la de la libre voluntad personal y colectiva. No tuvo el ardor del místico ni los traspasamientos de límites que suelen derrotar a éste. Miró la historia desde la libertad americana pero habitó en sus principios religiosos. Quizás, a la hora de elegir, haya que recordarlo procreador y habitante de lo que sugieren aquellos versos del escocés Robert L. Stevenson: las torres que fundamos y las lámparas que encendimos. Hay seres a los que podemos pensar sin el paisaje que los instituyó: Inmanuel Kant es ejemplo de esto. En otros es imposible: no se puede evocar a Germán Arciniegas sin oír el oleaje del Caribe que lo habitaba. A mí se me hace que a la primera categoría perteneció 119


Liniers, siempre tal fiel a la monarquía española como primer rasgo, estuviera donde estuviese. La obediencia al Rey fue superior a su destino naval. Y el Deán Funes a la segunda: en cada línea, en cada acto de su vida, lleva su suelo americano como tantos otros contemporáneos y posteriores suyos. Es más: tal vez haya que pensar que el suelo americano, por entonces casi desértico, fue el que escribió a Gregorio Funes. Porque no fue una tierra inmóvil la que vivió, sino una llena de movimientos con sentido de cambios. Liniers y el Deán Funes se diferenciaron por los defensas históricas de sus convicciones, se igualaron por sus devociones a la madre de Aquél que nació en un establo. Que la muerte no es distinta de la vida que la elaboró lo muestra que ambos, voces que negaron o elaboraron el adiós al sistema colonial y los inicios de la independencia, yacen símbolos: Liniers en España, en el gaditano Panteón de Marinos Ilustres, y Funes en su Córdoba, en el atrio de la Catedral, tras subir las blanquecinas escalinatas.

120


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122


123


Una relación hecha de rupturas Dionel Edmundo Filipigh16

Introducción El título de este aporte significa que la historia está compuesta por decisiones de las más variadas tomadas por los hombres de un tiempo y lugar determinados. En sí estas decisiones no tienen una condena de bondad o maldad. Hay una constante en el discurso social de significar estas cualidades. Pero no se las encontrará en este trabajo. La idea de que quienes actuaron como uno ha querido –léase lector-

adquieren

prestigio.

Debatir la aprobación o la condena de los actos históricos, demuestra la falta de conocimiento de los hombres y de las circunstancias., Aquí nos referiremos a textos, a documentos, a tratar de delinear dentro de los mismos la presencia del monumento, como lo expresaba Foucault, que han

logrado construir y del cual nuestra

observación debe ser no sólo justa, sino equitativa, ecuánime y equilibrada.

16

Dionel Edmundo Filipigh. Obtuvo el título de Profesor en Historia en el Instituto Universitario de Formosa, reconocido por la UNNE. Profesor, Coordinador, Director y Supervisor de cátedras en el secundario y en la Universidad Nacional de Formosa. Ha conducido durante más de 10 años trabajos de investigación en el Nivel Terciario del Instituto Santa Catalina Labouré en Clorinda. Ha publicado en diarios del medio local. Actualmente se desempeña como Profesor Adjunto en la Universidad Nacional de Formosa, frente a las cátedras de Latín, Griego. También dicta Historia de la Lengua española en el Profesorado de Letras y en el Profesorado en Historia, Historia Argentina II e Historia Contemporánea II. 124


Como lo diría Ricardo Nasif al hablar del docente investigador, no se puede ser neutral. No estamos investigando entes de razón, somos como aquellos hombres y mujeres, cerrados de temporalidad y ubicación. No seremos perfectos. Es lo último que se pretende. A veces lo óptimo es una oposición a lo bueno. Este trabajo rescata la actuación del Paraguay en los aciagos momentos, como dicen los documentos, cuando Napoleón dominaba España y en América se sucedían movimientos localistas, con intenciones confesadas o negadas, disfrazadas o expuestas a la luz. Importa para el trabajo que en esos momentos y en esos espacios los hombres que se tomaron decisiones, fueron desencadenando futuro desde

el

una aparente unión organizada por la conducción

política de España. Constituidos en gobierno, cada uno de ellos trajo a su espacio las propuestas que aparecieron como las más felices o las

mejores

impuestas y aceptadas. Allí en las decisiones epocales se fueron tejiendo las futuras relaciones, muchas de las cuales tuvieron un camino sin retorno. De eso queremos hablar. I.- Una secesión antigua 1.-Desde Hernandarias a las Ordenanzas de Vértiz Las múltiples razones que impulsaron los funcionarios locales, entre los que se destaca don Hernando Arias de Saavedra (más conocido como Hernandarias) para atender con mejor cuidado las poblaciones, producen el efecto de la primera división formal de la Gobernación 125


del Río de la Plata, en 1617, por Real Cédula del Rey Felipe III. Y la primera división con capital en Buenos Aires y en Asunción trae aparejado el problema de límites que se mantendrá latente hasta 1811 y después, hasta más tarde aún. La Real Cédula proponía una jurisdicción por ciudades: la del Río de la Plata con las ciudades de la Trinidad, Puerto de Santa María de Buenos Aires, Santa Fe, Corrientes y Concepción del Bermejo. Mientras que la del Guayrá, más conocida a su vez como del Paraguay, con sede en Asunción, con jurisdicción sobre las ciudades de Villa Rica y Santiago de Jerez.17 Para ese entonces existían ya opiniones entre los funcionarios que sugerían la conveniencia de que Corrientes y Concepción del Bermejo fueran también de la jurisdicción del Paraguay, esgrimiendo las principales razones de proximidad y mejor atención. Nada de esto ocurrió entonces y las distancias no importaron y las consecuencias de esta decisión tampoco. Este fue el primer acuerdo. Las opiniones quedaron como tales y desde ese entonces ya la división se había producido. A partir de la ejecución de la Real Cédula se comienzan a desmadejar situaciones no previstas inmediatamente y que concluirán tiempo más en países diferentes, hasta con lenguas reconocidas también diferentes.. Este tipo de historia donde se visualiza continuamente a los hombres de cada momento como los verdaderos autores de los hechos, fascina al historiador que desenreda el nudo gordiano, en vez de convertirlo en Nos exime de originales el buen trabajo de don Vicente Sierra en "Historia de la Argentina" de la que hemos tomado la información como fidedigna. Véase Sierra, Vicente. Historia de la Argentina. Tomo II Libro Primero Capítulo 8. Editorial Científica Argentina. Buenos Aires 1972. Pp. 127-130. 126 17


una piltrafa por el golpe de la espada que lo desarmó por la impotencia y la ironía.

2.- Las Ordenanzas de Vértiz Aunque para quienes lean estas consideraciones

puedan

parecerles obvias, digamos a título de presentación, que Juan José de Vértiz y Salcedo, fue Virrey del Río de la Plata, organización territorial fundado en 1776, quien dicta la Ordenanza que organiza el espacio del Virreinato. No debería suponerse original la Ordenanza de Intendentes de 1782. Sobre el diseño de las gobernaciones, las Intendencias no vinieron a producir un cambio más que en el sistema de procedimientos y funciones. Ya para este momento, la Intendencia del Paraguay, con la Ilustre ciudad de Asunción como capital, aparece escindida del Río de la Plata e institucionalmente había generado detalles de autonomía por medio de símbolos expresados en el escudo de armas: La imagen de Nuestra Señora de la Asunción, la imagen y veneración a San Blas (actual patrono de Paraguay), el león y el castillo.18 Es altamente significativa la presencia de San Blas como un fuerte aporte simbólico de autonomía. Los festejos patronales, la mención en las canciones folklóricas, testimonian esta vigencia, ya expresada a fines del siglo XVIII.

18

Ibidem. Tomo III. Libro III pp.468-470 127


II.- La secesión perdurable 1.- Los Cabildos del 22 de Mayo de 1810 en Buenos Aires y del 24 de Julio también de 1810 en Asunción. Los antecedentes mencionados eximen de algunas consideraciones respecto a lo que ya era una evidente distancia en el manejo de las relaciones entre Buenos Aires y el Paraguay. Hay que destacar (para continuar con esta suerte de lógica que nos hemos propuesto) que mientras en Asunción aparece fuertemente presentada y representada la figura del Gobernador, en Buenos Aires se eclipsa. Las instituciones virreinales, donde puntualmente no hay que ignorar la presencia de la persona que ejerce las funciones de Virrey le dan a Buenos Aires una impronta diferenciada del resto de las capitales de Intendencia.19

Como no es el tema que atañe, se dejan los siguientes interrogantes: ¿Habrá sido don Pascual Ruiz Huidobro, teniente general quien se desempeñaba como Gobernador de la Intendencia de Buenos Aires? De ser así ¿por qué entre las autoridades no ostenta el título de Gobernador? Y quizá la más preocupante ¿toda la Intendencia de Buenos Aires dependía del Virrey? Porque de ser de esta manera, mucho antes del Directorio de Posadas, el gobierno unipersonal ya estaba instalado en lo que devino en el tiempo en llamarse Provincias Unidas del Río de la Plata. Y por lo tanto, la tesis de la hermana mayor no es más que un relato de lo que ya ocurría desde hacía tiempo. Interrogantes, nomás. No tengo las respuestas. Comentario personal. Realizado un análisis de los datos proveídos por "Ideario de Mayo". Compilación y estudio preliminar de Narciso Binayán. Editorial Kapelusz. 1960 pp.3-39 128 19


Mientras Buenos Aires apela al Virrey para que autorice al Cabildo Abierto, en Asunción es el Gobernador el que convoca. Haciendo una comparación podríamos decir que el Cabildo de Buenos Aires

se parece en mucho con otro Cabildo ubicado hoy en una

ciudad no más allá de 70Kms,. Ambos Cabildos el de Buenos Aires y el de Luján debieron tener rango similar como participar de los mismos “graves acontecimientos” que ocurrían y poder determinar prontamente qué se podía proponer hacer. Pero no ocurrió. . No se enteró del problema sino por medio del Acta del 27 de mayo. En el momento en que el Gobernador de la Intendencia del Paraguay decide la convocatoria lo hace a todos los integrantes de la Intendencia, como se verifica en el listado de presentes. Mientras al de Buenos Aires y ante los graves problemas que ocurrían como dicen los documentos, no se presenta más del cincuenta por ciento de los convocados por una cédula de citación que debían presentar a la guardia para que les permitieran pasar. En Paraguay asisten todos. Y votan por unanimidad, mientras que en Buenos Aires se vota por grupos, fáciles de detectar por la adhesión al voto de alguien. Es particularmente significativo que Moreno haya votado conforme a Martín Rodríguez, quien a su vez había adherido al de Saavedra.

Los

hechos

posteriores

confirmarían

que

ese

voto

representa al grupo que adhiere a Martín Rodríguez y no al de Saavedra. Constituido el Gobierno Provisional en Buenos Aires, la Junta Provisional Gubernativa de la Capital Buenos Aires, envía la Circular del 27 de mayo. 129


En

la

documentación

aparecen

dos

preocupaciones:

una

que

podríamos decir agorera “si llega el desgraciado momento de saber sin duda alguna, la pérdida absoluta de la Península”. Como dirá más adelante Saavedra en sus Memorias respecto a quien no creía a ciencia cierta que Napoleón dominaría todo. Este presagio agorero, pretende tener dos reaseguros: por una parte que con este gobierno provisional se busca mantener la unidad y llegado el momento del presagio antes mencionado “se halle el distrito del Virreynato de Buenos Ayres sin los graves embarazos que con la incertidumbre y la falta de legítima representación del Soberano en España a la ocupación de los franceses…”20 El protocolo seguido por Asunción en estas circunstancias es diferente. Primero el gobernador cita al Cabildo Local manifestándole las preocupaciones y el Cabildo le formula al Gobernador la necesidad de formar una Junta Central o Cabildo Abierto y que el Gobernador cite a los Cabildos de las Villas, además de convocar al Obispo, al Deán, al Cabildo Eclesiástico y al vecindario. Es el Congreso de los Notables.Primero para el 4 de Julio, pero postergado y reunido el 24 de Julio, el planteo resultó totalmente diferente. No se habló subrogar al Virrey, ni crear otra Junta. El Cabildo decidió apoyar al Consejo de Regencia. Hay un punto interesante de destacar y es que mientras Buenos Aires tenía ciertas noticias, algunas atrasadas,21

en Paraguay para este

momento se tenía la certeza de que Napoleón iba a sufrir un traspié

El entrecomillado corresponde al texto del Acta del 27 de Mayo cuyo facsímil fuera reproducido en la obra de Vicente Sierra en el tomo V. O.C. p.19 21 Es un parecer (nota del autor) 130 20


no mucho tiempo más adelante, que acabaría con la retirada, que sabemos ocurrió. El juramento de fidelidad al Consejo de Regencia, un acto que podríamos titular de conservador,

parece el detonante de la

enemistad con Buenos Aires. Pareciera que el contraste que se instala es: “O Fernando VII o Consejo de Regencia”. Limitado a estos términos, el planteo lleva a la confrontación. Pero la confrontación es falsa. Esta

documentación

que

se

transcribe,

demuestra

que

el

enfrentamiento es desde el poder: “…la conducta de Córdoba es un ejemplo de lo que deben esperar los jefes que se empeñan en alucinar a los Pueblos. No se deslumbre V.S. ni pierda esta ocasión de salir de un mal empeño que debe serle desgraciado…Prescinda V.S. de su interés personal, cierre los ojos a todo temor de que peligre su empleo o padezca su individuo; y entonces quizás no se presentará el nuevo sistema tan terrible, como ahora pretende pintarlo.”22 Esta comunicación está dirigida V.S Gobernador de Paraguay y hace mención al fusilamiento de Liniers ocurrido en ese mismo agosto en que se le envía a dicho Gobernador esta suerte de intimación.

22

Texto citado en Sierra Vicente o.c. Tomo V Libro I p. 195 131


La Junta Provisional envía a Belgrano con instrucciones secretas en septiembre de 1810. En ellas ignora que se buscaba la unidad. Muy por el contrario, expulsar a los sospechosos y en caso de resistencia ordenar la muerte del Obispo y del Gobernador. Lo que en estos momentos no se puede ignorar todo lo que ya se ha dicho respecto a la separación ya secular entre Buenos Aires y Asunción, o entre el Río de la Plata y el Paraguay. Las decisiones que se toman en Paraguay resultan – al margen de las apreciaciones que se puedan tener en particular- autónomas y fueron respaldadas por las fuerzas armadas del momento. El envío de la expedición encomendada a Belgrano estuvo precedido de una comunicación que si bien generalmente se le atribuye el texto a Moreno, tiene el respaldo de la Junta, cuya invocación se realiza y le intiman al Gobernador a reconocer la dependencia establecida por las Leyes (¿¡?). “Si usted persiste en su pertinacia, será responsable ante Dios y el Rey de los males que se preparan”.23 La pregunta que quizá en el tiempo la responda Alberdi, es respecto a las Leyes a las que debe responder el Gobernador, so pena de responsabilidad. ¿Habría Leyes redactadas por la Junta? Alberdi, mucho tiempo después, va a replantear el concepto de despotismo, indicando que se reemplazaba el despotismo condenado en los reyes absolutos, por uno equivalente desde el gobierno.24 Y después una expedición armada. Texto citado en Sierra, Vicente. O.c. Tomo V pp. 194-195 Alberdi, Juan Bautista. La omnipotencia del Estado es la negación de la libertad individual. 132 23 24


La imputación a Moreno de este tipo de acciones está respaldada por la comunicación de los embajadores ingleses y por el cambio de rumbo dado a las instrucciones recibidas, una vez que de la Junta Provisional se pasó a la Junta Grande. Los términos se suavizan, si bien la expedición continúa. Luego de las derrotas de “Paraguary” y “Tacuary”, los oficiales del ejército

paraguayo

toman

la

decisión

de

producir

su

propia

autonomía. Deponen al gobernador y constituyen una Junta de Gobierno. Son las jornadas del 14 y 15 de mayo de 1811. 2.- Las jornadas de Mayo de 1811 Las jornadas de mayo en el Paraguay fueron explicadas en la República Argentina, mediante los manuales como una acción de tipo ideológica organizada y dirigida por don Manuel Belgrano, quien a pesar de ser derrotado militarmente, sembró la idea de la revolución en la oficialidad joven del Paraguay. Esta relación sin embargo no fue probada taxativamente, tampoco interesa en este trabajo más que como una indicación de cómo los alumnos (entre quienes estamos los que cursamos la escuela primaria en la década del cincuenta en la República Argentina) recibimos y repetimos un discurso, en el concepto de Foucault.25 Esta simplificación ha posibilitado a mi juicio – y esto es juicio propiode que Belgrano apareciera como un numen, al estilo Moreno en el Río de la Plata. Pero es en estas jornadas de mayo –muchas más que

25

Foucault, Michel. Arqueología del saber. Siglo XXI 133


las solas indicadas como 14 y 15 de mayo de 1811- es donde se terminan de dilucidar las situaciones. Establezcamos que la Junta de Buenos Aires nunca fue reconocida en España, que por el Virrey depuesto, el Consejo de Regencia

envió

otro, don Javier de Elío26 sobre todo como ya lo insinuamos, ya en 1810 Napoleón salía de una España invencible y luego se dirigiría a Rusia. Este aserto que era ya observable en 1810, para luego de las derrotas de Belgrano en Paraguary y Tacuary,27 eran obvias para 1811. A Belgrano la Junta Grande ya le había disminuido la violencia de las primeras instrucciones de septiembre de 1810. La asunción de Elío se ve condicionada por el sitio a Montevideo. No es extraño y como además está documentado, el virrey reclama el apoyo de Portugal. El viejo zorro expansionista ve la oportunidad de recuperar definitivamente la controvertida Colonia del Sacramento y avanzar también por el territorio de las Misiones. Este accionar portugués es el que produce el impacto sobre quienes habían sido los jefes de las victorias sobre las fuerzas de Belgrano y se encontraban en puntos estratégicos como para saber en su totalidad la complicada situación del Paraguay.28 El gobernador del Paraguay seguía siendo Velazco. En las relaciones con Portugal, en mayo de 1811 había recibido la visita y se le habían Cuántos - entre quienes me incluyo- no hemos encontrado en esos juegos de acertijos la indagatoria: "Último virrey del Río de la Plata" 27 Los nombres de las batallas libradas por Belgrano en las proximidades de Asunción, se colocan intencionalmente de la forma como se pronuncia en guaraní, hasta ahora. Esta "y" suena en guaraní como una u francesa, pero más palatal (cfr. El aparato fonador. Javier Cuétara Priede , Margarita Palacios Sierra Fonética y fonología Universidad Nacional Autónoma de México. 28 Se refiere a la campaña de Belgrano ordenada por la Junta Provisional de Gobierno de Buenos Aires, como se la nombraba en Paraguay (nota del autor) 134 26


manifestado a su vez grandes atenciones al Comisionado José de Abreu.29 Es en estas circunstancias cuando se hace presente lo que en la historia

tradicional

argentina

se

llamó

“carlotismo”.

Ante

la

imposibilidad de desactivar el sitio de Montevideo, Elío había recurrido a los portugueses y de estas relaciones apareció la idea de que Carlota Joaquina, hermana de Fernando VII y esposa de Juan VI de Portugal, podría ser la mejor candidata a un trono a crearse en torno a Uruguay con extensión hasta Paraguay. Las notas cruzadas con los ingleses demuestran a su vez que para la Gran Bretaña ésta no resultaba la solución. Cuando llegue 1828, cuando se muestren las “barajas” escondidas, la Banda Oriental del Uruguay será declarada independiente. Muchos historiadores se han convencido de este ardid británico. Para este trabajo excede los límites y sólo se menciona. Otro de los actores se encontraba estratégicamente situado en las Misiones, don Fulgencio Yegros, considerado el jefe del movimiento revolucionario. En Asunción es el Capitán Pedro Juan Caballero quien encabeza la revuelta entre la noche del 14 y el amanecer del 15 de mayo de 1811. Liberan a los presos políticos y confrontan con el gobernador Velazco en estos términos: “En atención a que la Provincia está cierta de que habiéndola defendido a costa de su sangre, de sus vidas y de sus haberes del enemigo que la atacó,30 ahora se va a entregar a una Potencia Extranjera, que no la defendió con el más pequeño auxilio, que es la Potencia Portuguesa, este Cuartel, de acuerdo con los En la historia de América hay varios Abreu. Éste no tiene nada que ver con aquel ignorado patriota portugués y luego brasileño que participó en Venezuela. 30 Proclama citado por Sierra, Vicente en Historia de la Argentina. Tomo V Libro II Cp.7 p 384. 135 29


Oficiales Patricios y demás soldados no puede menos que defenderla con los mayores esfuerzos y para el efecto pide lo siguiente…”31 Al margen del petitorio que ya analizaremos, aquí conviene destacar que la amenaza a Paraguay está identificada en Portugal y no en el Río de la Plata. Contrariamente a la obra de los cabildos desde el 22 al 25 de mayo de 1810, donde aparecía como imperiosa la necesidad de destituir un Virrey, en el Paraguay el primer petitorio se circunscribe a que el Gobernador Velazco continúe en el mando asociado ahora con dos diputados, quienes fueron el Dr. José Gaspar Rodríguez Francia, natural de Asunción y el español capitán Juan Valeriano de Zeballos, partidario de los revolucionarios.

Juraron al día siguiente, el 16 de

mayo. Por otra parte la ciudad de Corrientes había sido tomada por los colonialistas y se había producido una resistencia con apoyo paraguayo que terminó con éxito, por otra parte se producía el alzamiento de Ytapúa.

Yegros se dirigió a Asunción donde arribó

triunfante el 21 de mayo. Uno descubre que el movimiento tiene energía suficiente porque en el petitorio se limita la presencia de personalidades adictas a Velazco, se destituyen a los cabildantes, se impide el movimiento de embarcaciones y algo muy interesante que a buen ojo parece una prueba suficientemente convincente de quien es el verdadero enemigo en ese momento y se expresa en Punto 6: del Petitorio elevado

al

Gobernador:

“Que

no

salgan

de

la

ciudad

los

Todos estos datos son expresados con una adecuada coherencia por Vicente Sierra, cuya obra citamos. Ibidem p. 385 136 31


comisionados portugueses que entraron en diputación clandestina”.32 Ese concepto de clandestinidad es lo que agrava la precaria situación del Gobernador, ahora ya escoltado por dos representantes del movimiento de autonomía paraguayo. No nos inclinamos a llamarlo independiente,

porque

faltaríamos

a

la

verdad

confundir

los

conceptos con apreciaciones actuales. Lograr la autonomía, definir la relación con Portugal, ordenar el territorio con una concepción propia. Por una cuestión que podríamos mencionar como de principios, no se trata

en

este

trabajo

ni

conceptual,

ni

realmente

sobre

la

independencia del Paraguay. Es una limitación necesaria impuesta al trabajo. Este “emparentamiento” del Gobernador Velazco con los portugueses aparece fuertemente ligado a la formulación revolucionaria en el Paraguay, que concluye cuando se lo destituye. Así como respetuosamente se debe afirmar que el 25 de Mayo de 1810 en Buenos Aires asume un nuevo gobierno y por lo tanto a partir de ese momento, habrá que estudiar las relaciones entre sus miembros, su organización, sus decisiones, con el mismo criterio, destituido el Gobernador Velazco, en Paraguay se inicia una nueva acción con protagonistas en posiciones que antes pudieron no encontrarse. Este tipo de estudio es el necesario para no endilgar ni el pasado, ni el potencial error, a acciones que corresponden a los hechos ocasionados

por protagonistas en un lugar y tiempo

determinado.

Tratado de límites entre las Juntas Gubernativas de Buenos Aires y del Paraguay 12 de octubre de 1811 La Junta Superior Gubernativa de esta Provincia 137 32


Esta resulta aparentemente una conclusión y una toma de posición. Sin embargo tenemos más. III. La propuesta innovadora 1.- La acción revolucionaria en el Paraguay hasta el 12 de octubre de 1811. El

primer gobierno en el Paraguay fue un triunvirato, como se

menciona más arriba.

El 17 de junio asume una Junta presidida por

Fulgencio Yegros, e integrada por Gaspar Rodríguez de Francia, el capitán Pedro Juan Caballero, fray Francisco Javier Bogarín y Fernando de la Mora. Como Diputado para el Congreso General fue designado el Doctor Francia. Los trámites que se sucedieron con el envío de la nota del 20 de julio y la consiguiente respuesta de la Junta de Buenos Aires en agosto, se superponen con las designaciones de Belgrano y Echavarría para negociar con Asunción, sobre todo el problema económico que implicaba la disminución de impuestos a la exportación. Importa para el trabajo sólo eso: para el 12 de octubre de 1811, este es el gobierno vigente. Generalmente los que destacan la actuación del Doctor Francia en la definición de la autonomía de Asunción, refieren que el futuro dictador, renuncia a su cargo, pero vuelve presto como queda documentado en el Acuerdo del 12 de Octubre que tratamos a continuación. 2.-. El acuerdo del 12 de Octubre de 1811 138


Mientras en Buenos Aires, la Junta Provisional gobernó durante 1810. En diciembre se convirtió en Junta Grande y para octubre era ya un Triunvirato. Sin embargo el primer indicador de que los tiempos y las situaciones iban por caminos diferentes en la relación con Paraguay, lo señala el comienzo de este acuerdo firmado en Asunción del Paraguay el 12 de octubre de 1811. El documento al que nos abocamos ahora, se inicia de la siguiente manera: TRATADO DE LÍMITES ENTRE LAS JUNTAS GUBERNATIVAS DE BUENOS AIRES Y DEL PARAGUAY.33 El tratamiento es de Junta a Junta a los efectos de pautar los límites de jurisdicción. Hay que hacer memoria que Corrientes participó a favor de la revolución en Asunción. Este inicio del documento se cierra de la siguiente manera:“Fechado en esta Ciudad de la Asunción del Paraguay a doce de octubre de mil ochocientos once. Fulgencio Yegros – Doctor José Gaspar de Francia – Manuel Belgrano – Pedro Juan Cavallero – Doctor Vicente Anastacio de Echevarría – Fernando de la Mora, vocal secretario – Pedro Feliciano de Cavia, secretario.”34 Ahora resulta sustancial la presencia de don Manuel Belgrano. Este acuerdo se produce cuando las partes convienen, se prestan a convivir en una nueva realidad y que esta sea de igualdad de las partes: De Junta de Gobierno a Junta de Gobierno.

33 34

El texto íntegro se adjunto en Apéndice. Ibidem. Tratado de Límites 139


Sarmiento, con su dicotomía “Civilización/ Barbarie” denostará de este tipo de gobierno. Para el sanjuanino no existían más que dos formas: la monarquía y la república.35 La diacronía en el trato de los temas históricos, convierten a su obra en deficiente en estos aspectos. El otro concepto que retomamos y al que este tratado dio lugar en las futuras relaciones entre Paraguay y la Confederación Argentina, es justamente eso. El tratado propone una acción confederada. Por ello el título de apartado es una instancia superadora. El artículo 5 de este Tratado expresa esta idea: “Artículo 5°. Por consecuencia de la Independencia en que queda esta Provincia del Paraguay de la de Buenos Aires conforme a lo convenido en la citada contestación oficial del 28 de agosto último: Tampoco la mencionada Exma. Junta pondrá reparo en el cumplimiento y ejecución de las demás deliberaciones tomadas por esta del Paraguay en Junta General conforme a las Declaraciones del presente Tratado. Y bajo de estos artículos deseando ambas partes contratantes estrechar más y más los vínculos y empeños que unen, y deben unir ambas Provincias en una federación y alianza indisoluble, se obliga cada una por la suya no solo a conservar y cultivar una sincera, sólida y perpetua amistad, sino también de auxiliarse y cooperar mutua y eficazmente con todo género de auxilios según permitan las circunstancias de cada una, toda vez que lo demande el sagrado fin de aniquilar y destruir cualquier Enemigo que intente oponerse a los progresos de nuestra justa Causa, y común Libertad…”

Sarmiento, Domingo F., Civilización y Barbarie. Cap. 4 "Revolución de 1810". Centro Editor de América Latina.1979. pp. 60-73. 140 35


Desinteligencias, intereses, comunicaciones, confrontaciones fueron diluyendo este principio de la sincera, sólida y perpetua amistad. IV. La separación definitiva Paraguay evoluciona gubernativamente hacia una Dictadura perpetua bajo la conducción de Gaspar Rodríguez de Francia que cerrará con su muerte en 1841. Cuando en estas instancias y constituido el nuevo gobierno cuya presencia más importante le va a corresponder a Carlos Antonio López,

se

volverá

por

los

carriles

del

reconocimiento

de

la

independencia. Cuando ocurra esto, el gobernador de la Provincia de Buenos Aires y encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación, le recordará al gobierno del Paraguay el Tratado de octubre de 1811. La reacción del Paraguay será la producción de un periódico denominado “El Paraguayo Independiente” que abrirá sus páginas con el objetivo de lograr el reconocimiento de esta independencia y lo cerrará jubilosamente el día que el Ministro de Relaciones Exteriores del Presidente Constitucional Justo José de Urquiza, anuncie en Asunción este reconocimiento, en 1854. Las ediciones de este periódico las hemos podido observar y apenas hojear por el mal estado del material, que no permite reproducir en fotocopias y sólo mediante fotografías. Sin embargo falta el último acontecimiento. La Guerra de la Triple Alianza, que signará la separación no sólo política, sino también 141


territorial cuando el Presidente Hayes dictamine que la frontera entre la República del Paraguay y la República Argentina será el río Pilcomayo.36 V.- Conclusiones Debemos

concluir

que

el

mensaje

de

Confederación

era

suficientemente débil o contrarrestaba los intereses del puerto de Buenos Aires. El camino iniciado cuando en el siglo XVII se producía la primera separación, fue desencadenándose por las decisiones humanas hasta la separación definitiva como dos países diferentes y diferenciados. Cuando hoy regresamos a las ideas de unir la América bajo el signo de otros nuevos tiempos y cuya fórmula es el Mercosur, no podrá ignorarse de cuantas separaciones se fueron produciendo. Este trabajo pretende de alguna manera hacer tomar esta necesaria conciencia del resultado de las acciones que se fueron tomando a lo largo de varios siglos de proximidad y diversidad. Tomar la debida cuenta de las consecuencias de los actos humanos radica la verdadera razón de la presentación de esta colaboración.

APÉNDICE TRATADO DE LÍMITES ENTRE LAS JUNTAS GUBERNATIVAS 36

Obviamos los detalles intencionalmente (nota del autor) 142


DE BUENOS AIRES Y DEL PARAGUAY 12 de octubre de 1811 La Junta Superior Gubernativa de esta Provincia A todos sus habitantes Si el buen éxito de nuestros primeros sacrificios, cuando dirigimos nuestros pasos a la mansión deliciosa de la Libertad, es bastante motivo de gloria y satisfacción; éste debe crecer a medida que se alienta nuestra esperanza con la proporción para nuevas empresas. Parece que una especial Providencia nos ha favorecido hasta aquí en todas resoluciones; y si en los sucesos pasados podemos fundar alguna conjetura de los futuros; bien podemos decir que ya no estamos distantes de ver el colmo de nuestra felicidad. La revolución gloriosa con que recobramos nuestra dignidad primitiva haciéndonos superiores a los peligros y obstáculos, que intentó oponer el despotismo: excitará siempre la más tierna memoria y placer aún en las almas menos sensibles; pero ciertamente no podrá hacer menos el recuerdo de nuestra feliz unión y reconciliación con la insigne Ciudad y Provincia de Buenos Aires. Ya con otro bando se manifestó al público este grande acontecimiento digno de los mayores aplausos por todas sus circunstancias. Reconocida nuestra independencia, aún restaba concordar sobre otros puntos menos esenciales a la verdad, pero de no poca importancia y consideración por sus consecuencias. Esta negociación se ha terminado felizmente a nuestra entera satisfacción, y la Excelentísima Junta de Buenos Aires por medio de sus ilustres Representantes enviados a esta Ciudad acaba de darnos en esta conclusión una nueva prueba y la más brillante de la rectitud de sus determinaciones y de las ideas benéficas y liberales de que se halla poseído con respecto a esta Provincia. El Gobierno que por la obligación que le impone su ministerio ha tomado siempre el mayor 143


interés no sólo en sostener los justos derechos de la Provincia, más también en todo cuanto concierne a la prosperidad común y particular de todos sus moradores, tiene hoy la mayor complacencia en comunicar al público este último tratado arreglado y concluido en la forma siguiente: Los infrascriptos Presidente y Vocales de la Junta de esta Ciudad de la Asunción del Paraguay, y los Representantes de la Excma. Junta establecida en Buenos Aires, y asociada de Diputados del Río de la Plata, habiendo sido enviados con plenos poderes con el objeto de acordar las providencias convenientes a la unión y común felicidad de ambas Provincias y demás confederadas, y a consolidar el sistema de nuestra regeneración política, teniendo al mismo tiempo presentes las comunicaciones hechas por parte de esta Provincia del Paraguay en veinte de Julio último a la citada Exma. Junta, y las ideas benéficas y liberales, que animan a esta conducida siempre de sus constantes principios de Justicia, de equidad, y de igualdad, manifestados en su contestación oficial de veinte y ocho de Agosto siguiente: hemos convenido y concordado después de una detenida reflexión en los artículo siguientes: Artículo 1°. Hallándose esta Provincia del Paraguay en urgente necesidad de auxilios para mantener una fuerza efectiva y respetable para su seguridad, y para poder rechazar, y hacer frente a las maquinaciones de todo enemigo interior, o exterior de nuestro sistema: Convenimos unánimemente en que el Tabaco de Real Hacienda existente en esta misma provincia se venda de cuenta de ella y sus productos se inviertan en aquel sagrado objeto, y otro de su analogía al prudente arbitrio de la propia Junta de esta Ciudad de la Asunción, quedando como efectivamente queda extinguido el estanco 144


de esta especie y consiguientemente de libre comercio para lo sucesivo. Artículo 2°. Que así mismo el peso de Cisa y Arbitrio que anteriormente se pagaba en la Ciudad de Buenos Aires por cada tercio de yerba que se extraía de esta Provincia del Paraguay, se cobre en adelante en esta misma Ciudad de la Asunción con aplicación precisa a los mismos objetos indicados; y para que esta determinación

tenga

en

adelante

el

debido

efecto

se

harán

oportunamente las prevenciones convenientes, en la inteligencia de que sin perjuicio de los derechos de esta Provincia del Paraguay, podrá para los mismos fines establecerse por la Excma. Junta algún moderado impuesto a la introducción de sus frutos en Buenos Aires siempre que una urgente necesidad lo exija. Artículo 3°. Considerando que a más de ser regular y justo que el derecho de Alcabalas se satisfaga en el lugar de la venta donde se adeuda: no se cobra en esta Provincia Alcabala alguna del expendio que en la de Buenos Aires ha de hacerse de los efectos o frutos que se exportasen de esta de la Asunción. Tampoco en lo sucesivo se cobrará anticipadamente Alcabala alguna en dicha Ciudad de Buenos Aires, y demás de su comprensión por razón de las ventas que en esta del Paraguay deben efectuarse de cualesquiera efectos que se conducen o se remiten a ella, entendiéndose con la calidad de que sin perjuicio de los derechos de esta Provincia podrá arreglarse este punto en el Congreso. Artículo 4°. A fin de precaver en cuanto sea posible toda desavenencia entre los Moradores de una y otra Provincia con motivo de la diferencia ocurrida sobre la pertenencia del Partido nombrado 145


de Pedro González que se halla situado en esta banda del Paraná: continuará por ahora en la misma forma que actualmente se halla, en cuya virtud se encargará al Cura de las Ensenadas de la Ciudad de Corrientes no haga novedad alguna, ni se ingiera en lo espiritual de dicho partido, en la inteligencia de que en Buenos Aires se acordará con el Ilmo. Señor Obispo lo conveniente al cumplimiento de esta disposición interina, hasta tanto que con más conocimiento se establezca en el Congreso General la demarcación fija de de ambas provincias hacia ese costado, debiendo en lo demás quedar también por ahora los límites de esta Provincia del Paraguay, en la forma en que actualmente se hallan, encargándose consiguientemente su Gobierno de custodiar el Departamento de Candelaria. Artículo 5°. Por consecuencia de la Independencia en que queda esta Provincia del Paraguay de la de Buenos Aires conforme a lo convenido en la citada contestación oficial del 28 de agosto último: Tampoco

la

mencionada

Exma.

Junta

pondrá

reparo

en

el

cumplimiento y ejecución de las demás deliberaciones tomadas por esta del Paraguay en Junta General conforme a las Declaraciones del presente Tratado. Y bajo de estos artículos deseando ambas partes contratantes estrechar más y más los vínculos y empeños que unen, y deben unir ambas Provincias en una federación y alianza indisoluble, se obliga cada una por la suya no solo a conservar y cultivar una sincera, sólida y perpetua amistad, sino también de auxiliarse y cooperar mutua y eficazmente con todo género de auxilios según permitan las circunstancias de cada una, toda vez que lo demande el sagrado fin de aniquilar y destruir cualquier Enemigo que intente oponerse a los progresos de nuestra justa Causa, y común Libertad; en fe de todo lo cual con las más sinceras protestas de

que

estos

estrechos

vínculos 146

unirán

siempre

en

dulce


confraternidad a esta Provincia del Paraguay, y las demás del Río de la Plata, haciendo a este efecto entrega de los poderes insinuados, firmamos esta Acta por duplicado con los respectivos Secretarios, para que cada parte conserve la suya a los fines consiguientes. Fechado en esta Ciudad de la Asunción del Paraguay a doce de octubre de mil ochocientos once. Fulgencio Yegros – Doctor José Gaspar de Francia – Manuel Belgrano – Pedro Juan Cavallero – Doctor Vicente Anastacio de Echevarría – Fernando de la Mora, vocal secretario – Pedro Feliciano de Cavia, secretario. ARTÍCULO ADICIONAL AL TRATADO DE 12 DE OCTUBRE DE 1811 ENTRE LA JUNTA GUBERNATIVA DEL PARAGUAY Y LA DE BUENOS AIRES Aunque por el Artículo segundo del Tratado, concluido y firmado este día, se dispone que la Exma. Junta podrá establecer algún moderado impuesto, en caso urgente, a la introducción de los frutos de esta Provincia del Paraguay en Buenos Aires; declaramos, conforme a lo convenido, al propio tiempo que esta imposición haya de ser un real y medio por tercio de yerba, y otro real y medio por arroba de Tabaco, y no más, hasta tanto que en el Congreso General de las Provincias, sin perjuicios de los derechos de esta del Paraguay, se arregle la imposición que por razón de dicha entrada deba pertenecer en lo sucesivo, debiendo esta declaración tener la misma fuerza, vigor y cumplimiento que los demás artículos del enunciado tratado. Y para que conste firmamos por separado (Artículo separado) en la Asunción del Paraguay a doce de Octubre de mil ochocientos once.

147


Fulgencio Yegros – Doctor José Gaspar de Francia – Manuel Belgrano – Pedro Juan Cavallero – Doctor Vicente Anastacio de Echevarría – Fernando de la Mora, Vocal secretario – Pedro Feliciano de Cavia, Secretario.

148


149


La cocina durante la Revolución y la Independencia Rosana Tejerina Sánchez37

“El hogar es el santuario doméstico, su ara es el fogón, su sacerdotisa y guardían natural, la mujer. Ella, sólo ella sabe inventar esas cosas exquisitas que hacen de la mesa un encanto... fruto de la ciencia más conveniente a la mujer”… Juana Manuela Gorriti, Cocina Ecléctica

Cuando se nos convocó para efectuar este ensayo interpretativo teniendo en cuenta el tópico cotidiano de lo culinario, en el marco de la época colonial y revolucionaria, enseguida pensamos que era un interesante desafío. Este tendría como base el discurso histórico matizado con la recopilación de distintas fuentes que sobre el tema existen, cuestión que lo haría aun más interesante. El tema de la cocina es una cuestión muy importante no sólo para los especialistas del área, sino también para disciplinas como la antropología, la economía, la literatura, etc., en tanto impacta en las acciones políticas, los grandes hechos históricos y los medios de comunicación.

37

Profesora de Historia de la Universidad Nacional de Salta, Becaria de la Universidad de Buenos Aires- Ministerio de de Ciencia , Tecnología e Innovación Productiva, en la Maestría política y gestión de la Ciencia y la Tecnología., Investigadora del Consejo de Investigación de la Universidad Nacional de Salta, diplomada en Ciencias Sociales con orientación en Educación (FLACSO), trabaja en la actualidad sobre políticas de alfabetización en ciencia y tecnología en el nivel secundario, su vinculación con la universidad y la empresa. 150


La cuestión culinaria resulta ser apasionante sobre todo en este principio de milenio que ha prodigado un sin número de alternativas en donde la preparación de comidas se hizo no solo una tarea doméstica, sino una alternativa de trabajo, una vocación, una carrera con amplia salida laboral un arte de presentación, una gustosa preparación de los sentidos por el placer mismo de saborear. La cocina tradicional de Salta (cabecera de la Intendencia de Salta del Tucumán en tiempos del Virreinato del Río de la Plata) es reconocida y buscada por los

paladares exigentes, porque contiene sabores

genuinos, que transportan a un pasado andino. Para desandar el tema

de la cocina y las comidas de la época

colonial y revolucionaria tendremos que recorrer la representación en la historia de la cocina en el ámbito femenino. La época colonial recarga de poder a la imagen masculina protagonista de la política y la vida pública. Mientras que el contexto de la revolución y posterior independencia conlleva un traspaso de roles esta vez protagonizadas por la historia cotidiana o intrahistoria, “sin próceres, doméstica, interesada en la producción y transmisión de ideologías más que en las acciones o gestas derivadas de

las mismas…” (Fleming, 1994:

98). En este tramo nos estamos refiriendo

al rol protagónico que

durante el siglo XIX inicia la mujer, más allá del ámbito doméstico, siendo coparticipe de la agenda revolucionaria. De la colonia a la revolución En la zona andina se han encontrado documentos escritos

que

permiten conocer cual fue el proceso de transculturación que se operó en este área con respecto a las prácticas alimentarias de los 151


europeos y los habitantes autóctonos. A través de estos testimonios sabemos que los pobladores andinos tenían un conocimiento refinado sobre la correcta combinación de alimentos, el ayuno, la purga y la utilización de hierbas medicinales. Por su parte, a los españoles les gustaba alimentarse muy bien. En las fechas especiales, como el día de

la

Circuncisión,

Carnaval,

Cuaresma

y

demás

festividades

religiosas éstos consumían hasta tres viandas y postres. Los sugerentes nombres de los platos que describían los cronistas de los siglos de la Colonia revelaban una cuidadosa técnica culinaria en la que participaban una variedad de ingredientes y especias típicas de América: pavillos nuevos con su salsa, ollas podridas en pastenas de masa negra, pajarillos gordos con pan rallado sobre papas doradas, empanadas de pichones de masa dulce, capones asados, pollos rellenos y rebozados con plato de membrillos, empanadas de liebres, platillos de cañas con huevos encañutados, piernas de carnero con jigote, platillos de palominos con lechuga, salchichones de lechones cortados en ruedas, quesadillas de mazapán, platillo de palomas con calabaza rellena, supicaciones, natas y almendras, etc. (Poderti, 2007: 20). La cocina colonial y su mestizaje creador Para algunos investigadores de los hábitos alimentarios argentinos, la cocina no tiene raíces americanas profundas: los nativos de la región eran nómades que no conocieron la agricultura, con excepción de los del noroeste argentino, por influencia de la cultura incaica. Lo que resulta interesante es que varios de los alimentos que circulan en el arte culinario llevan impreso el mestizaje de sabores de varias culturas

que

interactuaron

en

el

152

proceso

de

encuentro

de


civilizaciones distintas. Muchos de los platos que hoy conocemos en el contexto local son producto de contactos multiculturales previos. Las comidas típicas guardan un destacado lugar en la cultura de la región NOA, en otro tiempo fue jurisdicción del Collasuyu, es decir el sector del Imperio Incaico que abarcaba este ámbito y los países limítrofes. El proceso mestizaje introduce nuevas de técnicas, hábitos y cultivos alimenticios entre la esfera española y la nativa. Asi por ejemplo cuando presentamos el espacio colonial del hogar, el mismo se mide a través de la distribución de las habitaciones principales, como eran la sala, el comedor, el oratorio y el dormitorio que daban al primer y segundo patio. El espacio que nos interesa en este ensayo, es la cocina, la misma se construía lejos de los recintos principales. La cocina se encontraba cerca de las habitaciones del personal de servicio y los lavaderos. Bernardo Frías, reconocido historiador salteño, releva una descripción con respecto a la cocina: “La cocina antigua, la de la casa de nuestros antepasados, aunque muy limpios de conciencias y de mano a diferencia general de sus descendencias, tenían sucia la cocina sin genero de excepción. Ocupaba la ahumada pieza, el último lugar de la casa. Era un cartujo negro, excepto los días que le blanqueaban la cara, lo que acontecía, cada muerte de obispo. No era aquel color negro hoy tan repujante, efecto de la suciedad propia del oficio de la manera que ardía el fogón…” (Frias: 1976)

153


La cocina es descripta en sus detalles, como así también los habitantes que circulan por ella. Mulatos, negros y mestizos fueron los habituales personajes de este recinto sagrado. Los utensilios de fierro fueron los elementos más valiosos y codiciados, los mismos eran de origen español, su escasez y costo los convertían en objetos de lujo. En igual categoría encontramos a los recipientes de cerámico y cobre. En la cocina la persona que “mandaba” era la cocinera, que ejercía su poder sobre los ayudantes. Cercana al antro de los sabores se hallaba la despensa, lugar donde se guardaba el charqui (carne seca y salada) y la grasa para las necesidades de

las comidas. La

conserva de charqui, velas, jabón y cereales resultaba ser una prioridad para la encargada de la cocina y la señora de la casa. Los quesos, la mantequilla, las blancas suelas, los frutos secos, colgaban de tirantes, para su conservación y aireación. En aquella cocina se articulaba el control horizontal y vertical de lo que se desarrollaba en los otros patios y en la huerta. El real poder de la cocina era el comedor. Almuerzos y cenas con blancos manteles, sobre los cuales se destacaba la vajilla de plata del Potosí, como así también los utensilios de porcelana. Una mesa de lujo en donde se discutían acuerdos políticos, económicos y estrategias de guerra. La particular caracterización del espacio colonial ha permitido que existan investigaciones como las de Frías en las cuales se permite reconocer que las cuestiones de la distribución del poder también pueden ser leídas en la construcción de una vivienda. En aquellos banquetes muy largos y abundantes en las casas coloniales encontramos la mesa servida de manjares, entre las comidas 154


denominadas “autóctonas”, encontramos

los tamales, humintas y

empanadas. Hasta en al actualidad estos tres alimentos son muy requeridos por el público local y extranjero. En primera instancia nos referiremos a dos comidas de amplia repercusión en el espacio andino y virreinal: los tamales y las empanadas. En ambos casos se han extraído las recetas respectivas de la obra Cocina Ecléctica, de Juana Manuela Gorriti, entregadas a ella por damas de la época: Tamales: “Las preparaciones en base a maíz resultan ser uno de las variantes alimenticias en el NOA, con mayor tradición, al tratarse de comunidades nativas arraigadas a la agricultura. De los cereales usados en la alimentación humana, ninguno tiene tantas y tan excelentes aplicaciones, en todos los países de la América meridional, como el maíz. Sus mazorcas, verdes todavía, y el grano lleno de una leche azucarada, llámanse choclos; y con ellos se hacen las confecciones más

exquisitas.

Ora al natural, cocido, entero, en agua, y una cucharada de azúcar, para aumentar la dulzura del grano; ora molido y transformado en diversas pastas, desde la borona, pan del pueblo en Vizcaya, hasta el delicado pastel limeño y la riquísima huminta de que voy a ocuparme: Se ralla el choclo, y en seguida, se le muele en un batán, o a falta de éste, en un mortero de piedra. Bien molido ya, se le sazona con sal al

155


paladar, un poquito, muy poquito, de azúcar y una buena cantidad de manteca de chancho, frita con ají, y previamante pasada al tamiz. Mezclado todo esto, se revuelve y bate con una cuchara, y en las hojas del mismo choclo, puestas de a dos en sentido opuesto, para cada huminta, se echan al centro de estas dos hojas cruzadas, tres cucharadas de la pasta. Se dobla, se lía con hilo de pita, y se las hace cocer, en olla, horno, o guatia . Si en olla, se pone en una olla, agua en su tercia parte; se atraviesan varitas de caña partida en cuatro, cruzadas sobre la superficie del agua; se acomodan sobre ellas, una sobre otra, las humintas, y se las da un hervor de dos horas. Se escurre el agua y se sirven las humintas en sus envolturas. La guatia es, en la huminta, como en todo asado, la mejor de las cocciones. Nuestro Chuquiapo arrastra en su corriente cantidad de piedrecitas rocallosas, que en su curso arranca a los peñascos. Los indios hacen con ellas, colocándolas una sobre otra, un horno, en el suelo, que ahondan como diez centímetros de la superficie, y en cuyo centro encienden una fogata que atizan para dar intensidad al fuego, a fin de caldear las piedras. Cuando éstas se hallan en el debido punto de calor, los que en la operación trabajan, se envuelven las manos en trozos de arpillera, y con tanta destreza como velocidad, derriban el horno, y mientras uno apronta las piedras de en torno del fuego, reducido ya a brasas, los otros se ocupan, cada uno por su parte, en lo siguiente: Toman una piedra, colocan sobre ella una huminta, cubierta con otra piedra, y colócanla de nuevo sobre el fuego hecho brasas, para 156


formar no ya un horno sino una pared de piedra caldeada, rellena de humintas: todo esto con ligereza, a impedir que las piedras pierdan la intensidad del calor necesario a la cocción de la huminta que lleva en su seno. Sobre el montón de piedras se echa, para abrigarlas, una tela gruesa de lana doblada en cuatro. Una hora después las humintas están cocidas, y los indios, con la misma destreza y velocidad, las sacan de entre las piedras, ya cocidas, y su envoltura apetitosamente dorada por el fuego” (Analia Belzu, desde Lima).

Empanadas a la coquetonas “Llámanlas así mis amigas, por una razón toda suya: diz que hay coquetería en la manera con que muevo mis manos al hacer estas confecciones. Si quienes las saboreen las encontrasen ricas, ¡bendita sea la coquetería con que convierto una libra de harina en masa! primero sobada hasta tornarla blanda y suave, gracias a la fuerza del puño y a dos onzas de grasa de chancho, poco a poco mezclada al sobarla, y que entonces transformo en una hojaldra de seis hojas, extendiendo primero... Pero, ¿quién ignora cómo se hace la hojaldra? Pues, vamos al relleno, dejando cortada en cuadritos la masa, ya adelgazada por medio del palote, y puesta sobre un mantel. Se hace un picadillo muy aderezado con pimienta, un tantico de cominos, cebolla blanca frita, molido y frito también un diente de ajo. 157


Almendras y pasas de uva. Se pone el relleno y se tapa, mojando antes con agua, sopando en ella el dedo, en torno del borde inferior de la masa de abajo, para que al ponerle la superior, peguen ambas, a fin de que no se salga el relleno y la hojaldra se abra. Se ponen al horno en latas, y asentadas sobre papel. También se fríen en grasa de chancho” (Silvia Sagasta desde Buenos Aires). Presencia de Juana Manuela en el contexto histórico La obra “Cocina Ecléctica” (1892) de la salteña Juana Manuela Gorriti recopila una serie de recetas,

que van desde “las sopas a los

postres”, mas que referirse a la variedad de platos y sabores o hechuras, remite a la procedencia, presentar el plato imprime a la escritura. Cocina Ecléctica, bien podría considerarse el primer libro de cocina argentina (o por lo menos, el primero en trascender). Retrata una serie de recetas con aires hispánicos y emancipadores que estaban bien

emparentadas con

Latinoamérica, y no había

recibido el aluvión inmigratorio ítalo-hispano-judío que caracteriza a la actual sociedad. El libro refleja la similitud que poseen las cocinas de las tres patrias de la Gorriti: Argentina, Bolivia y Perú. Regiones que en otro tiempo ancestral corporizaron a una de las divisiones del Tahuantinsuyo. Las comidas típicas en

base de maíz, legumbres,

carnes, tamales, frijoles, asados, mazamorras y chichas aparecen en recetas de las mencionadas regiones. Así por ejemplo en el capítulo de los pescados, remite al relato de una dama de familia tradicional y rica de la localidad de Metán, Doña Deidamia Sierra de Torres, el mismo se estructura sobre un hecho histórico, cuyo protagonista principal es el general San Martín. El 158


relato se enmarca en el encuentro acontecido en la Posta de Yatasto con el General Güemes, la entrevista hace verosímil a la escena y refuerza la participación en ese contexto de la familia Sierra. La posta de Yatasto fue el escenario de varios encuentros históricos, los cambios de mandos van de General Belgrano al Coronel Dorrego, a cargo de la retaguardia en la retirada del ejército del Norte. Dorrego fue un hombre díscolo pero curtido en las lides de la guerra. San Martín sabe que el camino del norte esta volviéndose vulnerable al avance español. Dorrego le brinda información de otro coronel muy avezado para la misión, con gran conocimiento del terreno y con tropas leales. El hombre de quien se habla era el General Güemes. San Martín acordó con Belgrano entregar el mando de la región norte a Güemes. En adelante el aguerrido militar enfrentará casi solo a los ejércitos del Rey, Se le encarga cubrir el frente del ejército por la línea del Río Pasaje. Su retaguardia este estuvo a cargo de José Ignacio Gorriti, y el oeste, camino a los valles calchaquíes y Guachipas, bajo la responsabilidad de Pedro José Saravia. Guemes se compromete con San Martín a observar a los españoles, que al mando del General Pezuela ocupan Jujuy y buena parte de Salta. Este era el contexto que rodea a la verosímil historia que Juana Manuela reconstruye a partir de su plato de pescado. En Cocina Eclectica la receta lleva el nombre del General San Martin: “Dorado a la San Martin” por Deidamia Sierra de Torrens Salta).

159

(Metán,


“Diz que allá, cuando este héroe, en su gloriosa odisea, cabalgaba por los pagos vecinos al Pasage, un día, al salir de Metán, pronto a partir, y ya con el pie en el estribo, rehusaba el almuerzo que, servido, le presentaban, llegó un pescador trayéndole el obsequio de un hermoso dorado; tan hermoso, que el adusto guerrero le dio una sonrisa. Alentados con ella sus huéspedes: -¡Ah! ¡señor! -exclamaban, alternativamente. -¡Siquiera estos huevos! -¡Siquiera esta carne fría en picadillo! -¡Siquiera estas aceitunas! -¡Siquiera estas nueces! San Martín se volvió hacia sus dos asistentes: -¡Al vientre del pescado -dijo- todas esas excelentes cosas, y en marcha! Dijo, y partió a galope. Escamado, abierto, vacío y limpio en un amén el hermoso dorado, fue relleno con el picadillo, los huevos duros en rebanadas, las aceitunas y las nueces peladas y molidas. Cerrado el vientre con una costura, envuelto en un blanquísimo mantel, fue entregado a los dos asistentes, que a carrera tendida partieron, y adelantando al general, llegaron a la siguiente etapa, donde el famoso dorado fue puesto al horno, y asado, y calentito lo aguardaban para serle servido en la comida. En su sobriedad, San Martín quiso que ésta se limitara al pescado y su relleno” (Gorriti, 1994). Alicia Poderti, reconocida escritora e investigadora, ha tomado en cuenta -desde el campo de la narrativabanquetes,

asignándole

un

valor

la reconstrucción de los literario

pero

también

historiográfico. Porque a través del relato verosímil, el hecho histórico 160


puede cobrar trascendencia. Se reconstruye la idea de que en torno a una mesa ocurren los capítulos más importantes de la vida social y por que no –agregamos— los acuerdos políticos que construyen cambios. Así, los hábitos culinarios durante el tiempo de guerras de la emancipación son recreados por Fernando Figueroa en su novela Don Martín, en un episodio ocurrido en la sala de Yatasto: "El único que no participaba del regocijo era don Manuel Belgrano que, pese a su amable sonrisa, estaba demacrado y descaecido,

pues

los

continuos

vómitos

no

le

daban

tranquilidad. Los acompañaba sin probar bocado y únicamente aceptaba las infusiones que le hacía hervir doña Feliciana y con las cuales menguaba sus dolores. Las fuentes con empanadas al instante quedaban vacías. El asado de ternera era saboreado hasta el último bocado. Las presas de cordero al horno tenían idéntica aceptación. La chanfaina, delicia de los paisanos, constituía la gran novedad para los porteños. El estofado de corderito sazonado con nueces y pasas de uva causaba polémicas por el sabor singular. Los postres, a discreción, ofrecían su tentación a lo largo de la mesa. Mangos, papayas y dulces variados, estaban al alcance de la mano; pero lo que más concitó la atención de los forasteros fueron los quesillos con miel. De la bodega salieron varias botellas de vino añejo, conservado en sótanos. Para la sobremesa don Vicente había reservado jerez y cognac según las preferencias. Los salteños y jujeños preferían la coca, su mejor digestivo. Afuera, no lejos de la sala, descansaba la tropa dedicada a devorar el rancho. Varias reses habían sido sacrificadas para saciar el apetito contenido de centenares de 161


soldados esqueléticos, semidesnudos. La chicha y la aloja eran las únicas bebidas racionadas que circulaban para evitar borracheras y reyertas" (Poderti, 2007: 22). Mas adelante hemos visto a los protagonistas del encuentro disfrutando de los agasajos. Esta vez la figura central fue Belgrano. Al llegar a Tucumán, San Martín recibe otra carta de Belgrano. El general necesita de su presencia urgentemente, pues su enfermedad se agrava. El coronel no se demora en acudir. El encuentro se produce en la Posta de Yatasto. Se trata de un parador de abastecimiento para los viajeros y chasquis que circulan por la zona, la red de postas era el sistema de comunicación y abastecimiento para viajeros de la época. La existencia de postas data de la época colonial. Félix Luna describe el aspecto del predio de la siguiente manera: “En el lugar no hay más que una casa de adobe y techo de paja, rodeada de sierras y árboles robustos. Un sitio miserable y olvidado en medio del desierto…” (Luna, 1999:113, 114). San Marin llega al lugar, alista a sus solados, y espera a Belgrano. El encuentro no se hace esperar, abraza al coronel, reconoce que este hombre ha ganado espacio a través de sus logros militares. En este encuentro se planifica la fusión de los dos ejércitos. El del Norte, desanimado, harapiento, hambriento y agobiado por las derrotas. Y el de Buenos aires, disciplinado, y bien alimentado. Ambos jefes comienzan a delimitar los pasos a seguir. Belgrano le sugiere a San Martín que se instale en Tucumán para reorganizar el 162


ejército. Poco tiempo después Belgrano es comunicado con Buenos Aires. El jefe de los Granaderos ha sido designado Jefe del Ejército del Norte. El fin último del pensamiento belgraniano era: “las causas de la revolución esta por encima de cualquier deseo personal.”, lo que justifica que haya aceptado subordinarse a las tropas del General San Martín. A modo de postre El breve recorrido que se ha presentado en este escrito es tan solo el inicio de un interesante camino para seguir indagando sobre los estudios culturales de la vida cotidiana y las costumbres y hábitos culinarios en este período histórico. Consideramos que indagar sobre estas cuestiones nos permite varias líneas de análisis, que pueden estar siendo exploradas, o que esperan que los historiadores le otorguen importancia, ya que de lo que se trata es que a partir de la investigación nos adentramos en las explicaciones propias de la identidad regional. Y para concluir una breve cita de Álvarez Peñaloza, que demuestra que la mujer y el arte de las cocina les pertenece: “las mujeres nos transmutamos dentro de una cocina, la mas alba de las ancianas esgrime una cimitarra frente a la infinitud bulbosa de la cebolla y las pasiones de las doncellas se concentran todas en el jugo espeso de la pierna al horno…”

163


Lo que tambien puede traslucir este escrito es el rol protagónico que posee la mujer en el ámbito no solo culinario, sino también en la idea de ir transpasando el espacio privado y llegar al espacio publico. El siglo XIX hizo posible que muchas mujeres de la elite o no tan cercanas a esta, tuviera acceso a la coparticipación junto al hombre en la historia de la guerra emancipadora. Una de las características del protagonismo fue percibir a la mujer en el rol de la escritura, es por esto que hemos seleccionado a La Cocina Ecléctica y a su autora como referente de la asociación: escrituracocina.

164


Bibliografía CARRIZO, Jesús María, 1991 Refranerillo de la alimentación del Norte Argentino, Jujuy: Universidad Nacional de Jujuy. FIGUEROA, Fernando, 1994, Don Martín, Salta: Comisión Bicameral de Obras de Autores Salteños. FLEMING,

Leonor

“Mujeres

por

mujeres”,

En

Cuadernos

Hispanoamericanos, N° 525, marzo 1994, p. 89-102. FRIAS, Bernardo, Tradiciones Históricas de Salta, Salta, 1976. LUNA, Félix, 1999, “Grandes protagonistas de La Historia Argentina”, Planeta, Buenos Aires, 1999. GORRITI, Juana Manuela, Cocina Ecléctica, en Obras Completas. Tomo III: ”La tierra natal. Perfiles. Cocina ecléctica”, Fundación del Banco de Noroeste, Salta, 1994. PODERTI, Alicia, “Del comer y el beber en la literatura de Salta", en Bonduri y Frigerio (comp.) Salta a la Olla. Un siglo de evolución social y de cocina, Salta: Memoria Popular, SCA Canal 2 de Salta, 1995, Segunda Edición, Salta: Círculo Amigo Editor, Prólogo de José Juan Botelli, 2007. VALDA, María Paz y CAJÍAS, Martha, 1992, De como se alimentaban nuestros antepasados antes de la llegada de los españoles, La Paz: Hisbol.

165


166


La construcción territorial de la República Argentina. El imaginario histórico-social argentino desde la Revolución de Mayo. Federico Martín Gomez

38

La construcción territorial en el imaginario socio-histórico de los habitantes de la República Argentina, formulada en la carga valorativa de percepciones y visiones, enfocadas y/o distorsionadas, a lo largo de nuestra historia como país, se debate en un claro eje dicotómico entre dos posiciones distantes entre sí, pero imposibles de analizarlos en forma separada. Dicho debate se formula en las visiones sobre las supuestas pérdidas o ganancias territoriales, en los años siguientes a la erección del Virreinato del Río de La Plata, y más aún, en los años posteriores al inicio de la Revolución de Mayo, el 22 de mayo de 1810. Dicha construcción en el imaginario socio-histórico, el cual tiene profundas raíces en nuestra historia e identidad como argentinos, nos permite remontarnos en la misma por medio de diversos estudios sobre dichas visiones y percepciones en relación a la construcción del territorial nacional, como son las tesis elaboradas por autores como Carlos Escudé (1988), Juan Carlos Puig (1975), Gustavo Ferrari (1981), Pablo Lacoste (2003) y Vicente Palermo (2006), quienes fundamentan sus teorías en la heredad del Virreinato del Río de La Plata, 38

Licenciado en Ciencia Política y Relaciones Internacionales. Maestrando en Relaciones Internacionales. IRI. UNLP. Miembro Investigador del Centro de Reflexión en Política Internacional y del Departamento de Islas Malvinas, Antártida e Islas del Atlántico Sur. Instituto de Relaciones Internacionales. Universidad Nacional de La Plata. 167


explicando el modo en que dicha construcción fue infundiéndose a lo largo de nuestra historia, en la cultura y educación de los argentinos. Previamente a iniciar el análisis de los debates sobre la construcción en nuestro imaginario socio-histórico, debemos entender las razones de la erección del Virreinato del Río de La Plata, ya que el mismo, será el basamento para dar inicio al estudio del debate histórico. La erección del Virreinato del Río de La Plata, encuentra una clara respuesta

en

la

supuesta

amenaza

que

representaban

los

portugueses y sus colonias, en el actual territorio brasilero, a los intereses españoles en el sector sudoccidental del continente americano. Además, es necesario recordar que debido a las cuestiones de la necesidad de buscar nuevos puertos más directos y cercanos (por lo tanto más seguros), que reemplazasen a los ya existentes en el territorio latinoamericano. Con el comienzo de la revolución, el día 22 de mayo de 1810, se iniciaría un proceso por el cual, debido a sus características y coyuntura,

se

determinarían

la

conformación

de

gobiernos

y

construcciones estatales débiles y en muchos casos sin legitimidad, los cuales determinaron, la débil construcción y consolidación, en los primeros años de la revolución, de nuestro territorio. Esta política llevada adelante por los gobernantes en ese momento, en un marco de luchas internas y la falta o ausencia absoluta, del diseño de una política exterior hacia los territorios vecinos en ese momento, determinó la imposibilidad de mantener la conformación inicial del virreinato al iniciarse los primeros gobiernos revolucionarios. Carlos Escudé identifica al período comprendido entre los años 1806 y 1880, como “la Argentina embrionaria”, quien según sus estudios, establece claramente la supuesta errónea percepción sobre las pérdidas territoriales

nacionales,

realizadas 168

por

varios

académicos

e


investigadores

nacionales.

Escudé

esgrime

como

ejemplo,

las

posiciones defendidas por los estudios realizados por Vicente Quesada en el siglo XIX, el cual se basa en documentación de origen española, generando así un amplio debate con su contraparte chileno, Miguel Luís Amunategui, sobre las verdaderas posesiones territoriales pertenecientes a uno u otro estado. Ambos autores, en busca de consagrar sus posiciones, se basaron en documentos verdaderos, pero generaron de todas maneras falacias en relación a la soberanía sobre los territorios referentes a la Patagonia, y su real pertenencia a la Argentina o a Chile por medio de títulos históricos. Sumado a esta dicha apreciación personal, Carlos Escudé suma a su estudio referencias de cómo la expansión realizada por ambos países hacia el sur para ocupar territorios, denominados por el autor res nullíus39 (según la percepción de las potencias europeas a excepción de España), desde ambos países se percibía una verdadera perdida de grandes porciones territoriales, las cuales no podían conquistar, y no como si fuera que conquistaron territorios que podrían haber poblado y defendido. Dichas apreciaciones, según Escudé, han afectado y dañado gravemente tanto a Argentina como a Chile, generando a lo largo de la historia compartida por ambos Estados, carreras armamentistas

y

enfrentamientos,

imposibilitando

la

complementación e integración entre ambos. Pablo Lacoste (2003) apunta claramente que no debemos dejar de tener en cuenta que estos momentos de grave tensión entre dichas naciones lograron superarse mediante acuerdos diplomáticos bilaterales: el Tratado de Límites de 1881, los Pactos de Mayo de 1902 y el Tratado de Paz y Amistad de 1984, resaltando además la necesidad de conocer el 39

Esta expresión latina, describe el territorio sobre el cual ningún Estado ejerce su soberanía y que se considera abierto a adquisición por cualquier Estado. Ver Jimenez de Arechaga, Eduardo. 1980. Derecho Internacional Contemporáneo Madrid Técnos, pág. 220 169


entorno académico y nacional, en el cual se generaban dichas percepciones, debido a que “muchos historiadores argentinos y chilenos enseñan a los niños y a los jóvenes que el vecino es un país expansionista y sustractor de territorios” (Lacoste 2003, 14). Debemos realizar una referencia detallada de la posición de Escudé, el cual describe los fundamentos sobre las erróneas percepciones argentinas acerca de las pérdidas territoriales, que se basan, según el autor, en cuatro puntos que fundamentan su percepción: El Virreinato del Río de la Plata fue una creación artificial de la Corona Española: la creación del mismo solo sería funcional como institución bajo el sistema colonial, por lo tanto su funcionalidad y poder para gobernar sobre la totalidad de los territorios que abarcaba al momento de iniciarse la Revolución de Mayo, desaparecieron. Paraguay y Bolivia eran las regiones más pobladas del Virreinato y poseían en gran medida autonomía de Buenos Aires. La Banda Oriental era objeto de disputa con el Imperio Portugués: ambos casos son clara consecuencia de la disfuncionalidad de las instituciones del virreinato en pleno proceso revolucionario, en el caso del Paraguay la distancia y su pleno desarrollo en forma “aislada del Virreinato del Río de la Plata”, determino su separación e independencia final.

En el

caso de la Banda Oriental, la disputa con el Imperio Portugués al inicio y luego con el Brasil, originó, con la posterior intervención británica, el surgimiento de este nuevo Estado. La idea de que la República Argentina es heredera del Virreinato del Río de la Plata es tonta, ya que éste fue el primer enemigo de ella: el origen de ésta afirmación de Escudé, se encuentra en que la capital 170


de ambos territorios, tanto la República Argentina como del Virreinato del Río de la Plata, tuvo el mismo lugar de establecimiento, por lo tanto, existe una conciencia nacional de heredad del virreinato No

hay

continuidad

desaparecen

en

de

1820,

las

instituciones

debido

a

que

nacionales,

hubo

un

ya

que

proceso

de

balcanización. No se puede hablar de un Estado Nación hasta 1860: debido a esto no podemos identificar una clara continuidad entre el Virreinato

y

el

Estado nacional

argentino

surgido

durante

la

presidencia de Mitre, por lo cual debieron surgir nuevas instituciones a nivel nacional ya que las predecesoras con origen en el virreinato, hubieron de evolucionar y/o extinguirse. Como un punto excepcional, “la única pérdida territorial en la historia nacional argentina” reconocida por Carlos Escudé, pero la cual es minimizada por su escasa extensión geográfica comparada con las otras apreciaciones, es la referente al territorio de las Islas Malvinas. Para él, ese sí fue un caso donde una potencia extranjera, el Reino Unido, expulsó al gobernador Luís Vernet que administraba dicho territorio bajo el poder y la autoridad del estado de Buenos Aires, en ese momento gobernado por Rosas. En referencia a las ganancias territoriales conseguidas por la Nación Argentina, Escudé describe el triunfo obtenido por Mitre en Pavón en el año de 1860, como el logro de la unificación territorial entre la Confederación

y

Buenos

Aires,

que

aunque

frágil,

logró

su

consolidación. Con la Guerra del Paraguay (1865-1870) y la posterior victoria de la Triple Alianza, Mitre logró destruir a un peligroso competidor, según el Escudé, como era en ese momento el Paraguay. Este Estado tenía ya

800.000

habitantes frente

171

a 1.200.000


habitantes de la Argentina, referenciándose en las extensiones territoriales de ambos Estados, lo que le permitió ganar los territorios en la costa del río Paraguay y en el nordeste, sumando a estola decisión chilena de hacer la guerra contra Perú y Bolivia, la cual generó una situación de debilitamiento y vulnerabilidad, que le permitió a la Argentina, la negociación del acuerdo de límites de 1881 con Chile.

Territorio conquistado en 1878-9. 2. Territorio bajo control argentino luego de la expedición naval del Comodoro Py (1878). 3. Conquista del Neuquén, 1881. 4. Regiones de jurisdicción argentina después del tratado de límites de 1881. 5. Jurisdicción Argentina aún en posición indígena. 6. Dominio territorial argentino, 1.900.000 km2. 7. Dominio Colonial británico desde 1833.

En el presente análisis de este período y remitiéndonos a la cuestión de la construcción y consolidación territorial, no debemos obviar la 172


necesaria mención de las “constantes” de la política exterior argentina analizadas por los autores Juan Carlos Puig y Gustavo Ferrari. Según lo comentado por José Paradiso en “El poder de la norma y la política de poder”, las constantes que estuvieron presentes en los análisis de dicha investigación son: el pacifismo; el aislacionismo; evasión por medio del derecho; moralismo; enfrentamiento con Estados Unidos; europeismo y el desmembramiento territorial. Para Juan Carlos Puig la debilidad territorial es una de las “tendencias profundas” de la política exterior en dicho período revolucionario y pos revolucionario, en los cuales coexisten: una despreocupación generalizada respecto de estas cuestiones, como si realmente no importase a la Argentina perder esos territorios, porque se trataban de superficies inhóspitas, lejanas, áridas de ninguna manera aptas para la explotación agrícola-ganadera que era el eje del proyecto nacional argentino en el siglo XIX. Asimismo debemos hacer mención a uno de los tres lineamientos que establece Moneta, como un importante complemento a la visión de Juan Carlos Puig en relación a este período: el mantenimiento de un equilibrio de poder con Chile y Brasil, funcional dicho equilibrio como moderador de la tendencia hacia la debilidad territorial. Esta misma despreocupación es reafirmada por Carlos Escudé, como analizamos anteriormente, aduciendo que el nacionalismo territorial argentino es un fenómeno muy conocido, pero que no tuvo un estudio profundo sino hasta la Guerra de Malvinas de 1982.

173


Retomando lo descrito al comienzo del análisis, este nacionalismo fue percibido como pérdidas territoriales a lo largo del siglo XIX. En Argentina por su parte, explica Escudé, existe la idea generalizada de una expansión chilena a costa de nuestro país en el sur y de pérdidas adicionales en otras regiones. Mientras que en Chile, existe al mismo tiempo, una percepción paralela de un expansionismo argentino a costa de Chile en el sur, mitigada esta, por la apreciación chilena de su propia expansión hacia el norte a expensas de Bolivia y de Perú. En el caso de Bolivia, opina Escudé, es algo debatible en cuanto a la validez de la expansión, no siendo igual en el caso de Perú, en el que no es necesario una justificación dado que la misma es demasiado clara. Por su parte, y analizando a Gustavo Ferrari en la cuestión de la territorialidad de nuestro país, debemos observar la existencia de una clara posición identificada con la idea de que, si comparamos la fronteras del Virreinato del Río de la Plata, con la superficie que implica el actual territorio argentino, podemos comprobar que ésta ha disminuido en un cincuenta por ciento con respecto a sus predecesor. Es así que argumenta la existencia de varios signos claros de una así llamada “debilidad territorial”. Por un lado, ésta estaría anclada en la “fórmula argentina” del arbitraje, acuñada a fines del siglo XIX y por otro lado la herencia colonial tendría mucha relación con aquella debilidad. La Corona española habría sido ambiciosa en la fase de conquista, pero luego, a la hora de mantener el imperio, el impulso se habría desacelerado bruscamente. No

debemos

olvidar,

por

último,

el

argumento

ampliamente

defendido por varios investigadores de que el hecho de que la Argentina contase con vastos territorios habitables y fértiles, podría 174


haberla llevado a desinteresarse en la cuestión del mantenimiento del mismo. Exploremos un poco más estos puntos. Con respecto al primero de ellos, se arguye que la excesiva devoción por el arbitraje llevaba a un sacrificio desmedido. En aras de la paz, el país se veía en la imposibilidad de defender de forma más enérgica sus derechos territoriales. Argentina habría aceptado fallos que en gran medida la despojaban de su patrimonio. Para justificar el segundo punto se utilizan una gran cantidad de ejemplos que demostrarían la verificación del enunciado. Ya la Corona Española habría actuado de manera perspicaz, pero tardía, al establecer el Virreinato del Río de la Plata. Además, la Metrópoli habría tenido una diplomacia inhábil, restituyéndose, por ejemplo, la Colonia del Sacramento a Lisboa, cada vez que este territorio portugués era reconquistado por las fuerzas de Buenos Aires. La victoria

militar

era

seguida,

entonces, por

una

clara

derrota

diplomática, práctica que se prolongó a través de más de un siglo. La posibilidad de ejemplificar y comprobar la validez de estas tesis presentadas por los investigadores, por medio del análisis puntual de casos sobre delimitación, nos acercará bastante a la cuestión limítrofe. Casos puntuales como los territorios que fueron cedidos, bajo diferentes circunstancias a los Estados limítrofes, fueron revertidos y balanceados con la obtención de territorios y la consolidación de los mismos, entre los cuales podemos enumerar:

175


Con el triunfo de Mitre en Pavón (1860), se produjo la unificación territorial entre la Confederación y Buenos Aires, aunque frágil, fue consolidándose, lo cual posteriormente a la Guerra del Paraguay (1865-1870), se incorporaron territorios en la costa del río Paraguay y en el nordeste, del hasta entonces territorio argentino. Pero el gobierno paraguayo instalado por el Brasil, al finalizar la guerra, inició una controversia sobre el territorio que se halla entre el Pilcomayo y el Río Paraguay. El mismo fue sometido al método del arbitraje y mediante la participación del Presidente norteamericano Hayes, el Paraguay obtuvo finalmente esos territorios, los cuales hoy se conocen como Villa Hayes.

Territorio cedido a Brasil por Paraguay al finalizar la guerra. B) 1 y 2 Territorios cedidos por Paraguay para la Argentina. Al norte del territorio 1 se ubica, el territorio que fue cedido bajo arbitraje por el Presidente Hayes.

En las postrimerías del siglo XIX, la cuestión limítrofe con Brasil, encontraría un obstáculo, en el territorio conocido como las Misiones, los cuales fueron incorporados al territorio brasilero finalmente, por la decisión tomada por el Presidente Cleveland, quien favoreció la posición brasileña en las instancias del arbitraje realizado sobre dichos territorios, en 1895, la cual sería conocido según el imaginario colectivo de aquella región como Clevelandia:

176


En relación a los conflictos limítrofes hacia el oeste, con Chile, mediante la firma del Tratado de 1881 se establecen los principios básicos articuladores mediante los cuales los dos países resolverían sus problemas de delimitación durante el siglo siguiente. La firma de dicho tratado se da en el marco de la debilidad chilena, como consecuencia, de la recientemente finalizada Guerra del Pacífico. La elaboración y materialización del mismo, sería coordinado con el correr de los años, por la firma del Tratado definitivo de Limites entre Quirno Costa y Vaca Guzmán, por el cual la Argentina concede territorio, Tarija y parte del Chaco y Bolivia cede la Puna de Atacama en 1888, pero que igualmente la ratificación y canje no se realizó hasta

1893,

debido

a

lo

imperiosa

necesidad

de

armónicamente con el Tratado firmado con Chile en 1881.

177

concordar


Es de esta manera que desde iniciada la revolución, a partir de Mayo de 1810, comenzarían los sucesivos desgajamientos, a partir de los cuales se cederían territorios a Paraguay, se daría la pérdida de la Banda Oriental y la separación de las cuatro provincias del Alto Perú (La Paz, Charcas, Cochabamba y Potosí), que fueron declaradas como pertenecientes al Estado Argentino, pero que eran de todas maneras dejadas en libertad, para que dispusiesen de su propia suerte, despejando así, el camino a la independencia altoperuana.

178


El autor Gustavo Ferrari (1981) aclara que se debe tener incluso en cuenta que “las distintas corrientes argentinas no han mirado a los sucesivos desgajamientos de las antiguas comarcas del Virreinato como algo negativo, sino más bien como un timbre de honor”. Es de esta manera en que ejemplifica nuevamente la cuestión de la honorabilidad de parte de los gobernantes de entonces de que aquellos

territorios

que

quisiesen

podían

optar

su

propia

determinación. Ejemplificando dicha aseveración cita al historiador 179


rosista Adolfo Saldías, cuando éste, en su obra “Historia de la Confederación Argentina. Rosas y su época”, recalca el hecho de que Argentina ha dado independencia a seis nuevas repúblicas. Gustavo Ferrari argumenta de esta manera, que ésta es una clara forma de equiparar la religión del progreso con la desmembración territorial.

Un ejemplo, el cual debemos citar, en relación a cómo la debilidad territorial tiene sus raíces profundas en la historia de nuestro país, sería la visión que sostenían hombres como Alberdi, Sarmiento y Mitre respecto de que el exceso de espacio era propicio para la provocación de anarquía. El liberalismo fue el autor de semejantes 180


ideas,

pero

intentó

reivindicarse

mediante

la

fuerte

política

demográfica que enunciaba “Gobernar es poblar”. Igualmente, como todo punto de vista, no se puede dejar de observar las claras excepciones que se dieron al supuesto desmembramiento territorial argentino. Entre ellas se pueden citar la intención de Sarmiento de restaurar el Virreinato del Río de la Plata, más allá de que estos planes no fueran luego llevados a cabo, sino simplemente motorizados en la mentes de aquellos

gobernantes. Es así como

debemos mencionar a Estanislao Zeballos, quien se consideraba heredero de la escuela en política internacional fundada por el católico argentino Féliz Frías. Zeballos, junto con Adolfo Dávila, publicaron el diario llamado La Prensa de Buenos Aires, donde la orientación nacionalista belicosa con respecto al los problemas territoriales era notoria. Por supuesto que la excepción más significativa es la conquista al “desierto”, llevada adelante por el General Julio Roca. No sólo ocupó la Patagonia, sino que se aseguró de otorgarle a dicha ocupación un carácter definitivo, dándole como cierre un marco jurídico a través del Tratado de límites con Chile, en 1881. Este territorio no fue el único que ocupó a Roca, sino que pensó incluso en el norte de Argentina, creando la gobernación de Misiones en el mismo año y llevando a cabo la Campaña del Chaco en 1884, remarcando de ésta manera la importancia territorial en sus pensamientos. Con respecto al último punto, que por lo demás queda bastante claro, se debe tener en cuenta que la Argentina no se vio en aprietos con respecto a cuestiones geográficas. Casos contrarios fueron por ejemplo Chile, que sufrió un inmenso desafío geográfico, o Brasil, que 181


a pesar de poseer un extenso territorio, solo una parte muy pequeña de éste era habitable. En consecuencia, estos países han buscado extenderse con ímpetu y, generalmente con éxito. Chile, por ejemplo, avanzó sobre Bolivia y Perú hacia el norte mediante la Guerra del Pacífico. Recapitulando en relación a la dicotomía entre las posiciones opuestas sobre las supuestas visiones de ganancias o pérdidas de territorios, podemos observar, realizando un balance a nivel histórico, los siguientes puntos referentes a esta cuestión de la perdida de territorios: La “Segregación de Paraguay en el año 1813, la conformación de Bolivia en el año 1825; la pérdida de parte de Misiones en 1825; la separación de Uruguay en 1828, Chile inicia su expansión hacia el Cabo de Hornos en 1828, la ocupación inglesa en Malvinas en 1833, la pérdida del Estrecho de Magallanes en 1843, la segregación de la Villa Occidental en el año 1878 y la segregación de Tarija y parte del Chaco en 1889”. Debemos hacer referencia en el corolario del presente capítulo, referido a la construcción territorial de la República Argentina y las percepciones referidas a las ganancias o pérdidas territoriales en el imaginario socio-histórico argentino, a un académico contemporáneo a nuestros días, Vicente Palermo (2006), quien en forma clara enuncia una tesis en la cual las visiones y/o percepciones sobre estas dos posiciones, en relación al territorio y su construcción comenzaron a infundirse en la Argentina liberal y no en la Argentina revisionista, ya que fue en dicho período en el cual, el supuesto “carácter sagrado del suelo” comenzó a infundirse, debido a que los predecesores de las elites liberales gobernantes, no habían velado por la seguridad y obtención del mismo; entre ellos los revolucionarios, los unitarios, los 182


caudillos, el mismo Rosas, etc.

De esta manera el territorio se

presentaba como una interpelación del nacionalismo, como una obligación y tarea del Estado, ante la relación imaginaria que tienen los argentinos con el territorio nacional. Hoy día, dicha relación se presenta como una vaga pérdida en el colectivo nacional de territorios aislados, con una excepción, un territorio que ejerce sobre nosotros los argentinos, una fascinación intensa y pasional, el territorio de las islas del Atlántico Sur, entre ellas Islas Malvinas. Este nuevo enfoque, nos demuestra hasta que punto a lo largo de nuestra historia, desde el período de la revolución de Mayo, el territorialismo, observado desde diferentes puntos y con distintas percepciones, se constituye como un componente identitario actual del ser argentino, en su concepción como habitante de nuestro país, enmarcado el mismo, en una historia y en una realidad socio-política e histórica particular, componentes tanto la historia como la realidad, del imaginario colectivo, las cuales confluyen en la importancia del mismo, para su continuo debate, investigación y reflexión.

183


Bibliografía ESCUDÉ, Carlos. “El nacionalismo territorial argentino” [En: PERINA, Rubén

y RUSSELL, Roberto. Argentina en el mundo (1973-1987).

Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1988], 241-262. FERRARI, Gustavo. Esquema de política exterior argentina.

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184


185


Las Marchas Patrióticas y el Imaginario Poético-Musical de la Emancipación Americana Alicia Poderti40

1. LA NACIÓN IMAGINADA: El Himno Nacional y sus versiones La constitución de los estados nacionales latinoamericanos que se efectúa a partir de la primera parte del siglo XIX respondía a las necesidades de los grupos dominantes -descendientes de los conquistadores y colonizadores europeos-, en el marco de la constitución y desarrollo de un mercado mundial. Éste rompía las barreras económicas, favoreciendo el proceso de interdependencia entre las diversas sociedades humanas y, a la vez, construía nuevas murallas de dominación. "Una

vez

escritas

en

Europa

las

tres

erres

de

“Reforma”,

“Revolución”, “Romanticismo”, comienza el proceso de construcción de las naciones en América. Así, la idea de nación se traduce como proyecto y realización de un proceso histórico conformado desde una ideología y también desde la ficción. 40

Dra. Alicia Poderti: Investigadora de carrera del CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Argentina), especializada en temas transdisciplinarios. Profesora de Posgrado en universidades argentinas y extranjeras. Reside en Buenos Aires y se desempeña en proyectos de la Academia Nacional de la Historia. E-Mail: apoderti6@arnet.com.ar Página web: www.alicia poderti.com.ar. 186


Nación Una e Indivisible El proceso de constitución de nuevas comunidades históricas -las naciones- respondía en el Europa al proyecto e idea definidos en el pensamiento de la Revolución Francesa ("Nación una e indivisible"). Los ideólogos que organizaron la nacionalidad argentina importaron un modelo institucional exótico, un producto cultural que se ajustara a los cronómetros occidentales y que, a la vez, defendiera algunas expresiones de lo autóctono. Esto nos lleva a reflexionar sobre la centralidad del componente ficcional en el proceso de construcción de la nación. Como ha expresado Benedict Anderson, la nación moderna suele representarse a sí misma como una "comunidad imaginada"41, en la que los miembros de la comunidad nacional se imaginan -se les pide que se imaginen- vinculados por lazos horizontales y fraternales. Así, los caracteres de la nación "discreta, soberana y autónoma" se integran al "estilo de imaginar" propio de la nación moderna.

41

“La nación es imaginada porque aún los miembros de la nación más pequeña no conocerán jamás a la mayoría de sus compatriotas, no los verán ni oirán siquiera hablar de ello pero en la mente de cada uno vive la imagen de su comunión. La nación se imagina limitada porque incluso la mayor de ellas, que alberga tal vez a millones de seres humanos vivos, tiene fronteras finitas, aunque elásticas, más allá de las cuales se encuentran otras naciones. Ninguna nación se imagina con las dimensiones de la humanidad.La nación se imagina soberana porque el concepto nació en una época en que la Ilustración y la Revolución estaban destruyendo la legitimidad del reino dinástico jerárquico, divinamente ordenado. La nación se imagina como comunidad porque, independientemente de la desigualdad y la explotación que en efecto pueden prevalecer en cada caso, la nación se concibe siempre como un compañerismo profundo horizontal. En última instancia, es esa fraternidad la que ha permitido, durante los últimos dos siglos, que tantos millones de personas maten, y sobre todo, estén dispuestas a morir por imaginaciones tan limitadas" (Andersson, 1993).

187


En ese contexto, la novela y el periódico son las dos formas de imaginación que se generaron en el siglo XVIII y que proveyeron los medios

técnicos

necesarios

para

la

"representación"

de

las

comunidades imaginadas nacionales. Otras formas artísticas también han contribuido a la estructuración de las nacionalidades, como algunos poemas, canciones y, sobre todo, los himnos nacionales. Los himnos y canciones patrias simbolizan la idea de nación que se desea que los ciudadanos imaginen. Formas de imaginar Un ejemplo de los trasvasamientos de significado que generan estos productos

nacionalistas

puede

leerse

en

el

"Himno

Nacional

Argentino". En los primeros tiempos esta canción se llamó "Marcha Patriótica" o "Marcha Nacional" y fue aprobada por la Asamblea General Constituyente de 1813. En dos estrofas de la versión original se hace presente el pasado incaico y la articulación con el resto del espacio andino: “Se conmueven del Inca las tumbas y en sus huesos revive el ardor, lo que ve renovando a sus hijos de la Patria el antiguo esplendor ¿No los véis sobre Méjico y Quito arrojarse con saña tenaz? ¿y cual lloran bañados en sangre Potosí, Cochabamba y La Paz?”

188


Los autores Blas Parera y Vicente López y Planes tenían conciencia de que la Revolución era impulsada desde Buenos Aires, pero no podían ignorar el esfuerzo precursor de las masas indígenas rebeldes sobre el arco andino. Como ha notado Eduardo Astesano, este fragmento de la letra del Himno Nacional es una alusión evidente al levantamiento indígena producido treinta años antes. En 1860 Juan Pedro Esnaola es el encargado de recoger y publicar la nueva versión musical (no así la letra) del “Himno Nacional”. Amigo personal de Mariquita Sánchez de Thompson, quien habría cantado la "Marcha patriótica" en su casa, Esnaola también había desarrollado una relación muy cercana con Juan Manuel de Rosas y su familia. Como expresa María Sáenz Quesada: ..."el músico Juan Pedro Esnaola, animador de las veladas de Manuelita en Palermo había compuesto la música del himno 'Gloria eterna al magnánimo Rosas', y otras canciones muy federales y apostólicas"... Posteriormente, cuando se elabora la versión más breve del “Himno Nacional Argentino”, el texto representará los intereses de una nueva construcción política, ligada a modelos étnicos y espaciales definidos desde otro lugar. La historia nacional se construye a partir de un pasado glorioso "que supimos conseguir"... Pero esta re-escritura excluye a los que colaboraron en la empresa hecha de "tronos y laureles". Así, el sol y el espacio andino quedan al margen de la Historia. 2. El Himno a Güemes: un modelo de proyecto geopolitico continental “Vieron solo, asombrados los reyes, 189


Cuando el Sol descendiendo los Andes Coronaba con su oro a los grandes, Al volar una airosa vestal: Que agitando su enseña celeste, A ese Sol le arrancó un áureo rayo Y escribió: ¡Gloria al pueblo de Mayo! En la frente del cielo triunfal”. Fragmento del poema “Guerra de los Gauchos”, (Himno a Güemes) de Gabriel Monserrat.

Para aproximarnos al estudio de las versiones del Himno a Güemes, debemos centrarnos primeramente en el estudio de la Revista Güemes, dirigida por Benita Campos42, quien formó la “Asociación Pro-Patria”, la que tenía por objetivo exaltar la Gesta Güemesiana. En este contexto, se realizó un concurso musical patrocinado por la Revista en 1909 con la intención de que el poema original del Tte. Gabriel Monserrat, titulado: “Guerra de los Gauchos” (Cfr. Anexos I) tuviera música y pudiera ser interpretado como Himno dedicado al héroe gaucho. En el certamen resultó ganadora la obra musical compuesta por el maestro italiano Rafael Baldassari. Esta versión fue 42

Benita Campos nació en Salta en 1882 y se recibió de maestra en la Escuela Normal en 1901. Colaboradora de los diarios locales, como el períódico El Cívico, fundó y dirigió la revista Güemes, en la que plasmó su objetivo de resaltar el accionar de las figuras de los principales héroes de la emancipación americana. Falleció el 26 de agosto de 1925 en ejercicio de su labor docente. Benita Campos fue una mujer de avanzada que rompió con los cánones tradicionales de principios de siglo, en el que la mujer sólo debía ocupar el espacio del hogar y de la familia, dejando a los hombres otros ámbitos de acción, como el periodístico. Es loable la iniciativa de la directora de Güemes, que va más allá de los condicionamientos de su tiempo y transgrede aquellas fronteras entre el espacio femenino privado y el público. El resultado es una revista de formas cuidadas no sólo en lo estético, sino en la esencia misma, ya que intenta ser un vehículo de revalorización de nuestra identidad regional, elevando las figuras del General Güemes y de la escritora Juana Manuela Gorriti a un lugar nunca antes propuesto. 190


ejecutada por primera vez el 12 de junio de 1910 en el teatro Victoria y cantada por el coro del Colegio Belgrano. Los pocos datos que conocemos de Rafael Baldassari, un italiano cellista (1861-19??) nacido en

Roma, son registrados por la Revista Güemes al

otorgársele el Premio, que consistía en Medalla de oro y diploma alegórico en pergamino. Baldassari, quien se presentó al concurso con el seudónimo de “Porteño”, es definido en las páginas de la revista como un “verdadero maestro en el arte de Verdi y de Donizzetti; reside en Buenos Aires, donde vive modestamente, como sucede siempre a los privilegiados de la cultura y del arte. Como un estímulo al compositor afortunado, publicamos su retrato dando a la vez una reseña de los demás trabajos que lleva publicados” (en revista Güemes, Nº 34, marzo de 1909, p.377). “La Velada Patriótica” de junio de 1910 realizada en el teatro Victoria, fue organizada también por Benita Campos y las “Damas Vicentinas” de la Parroquia La Candelaria. Se cantó el Himno “Guerra de los Gauchos” y se destacaron las palabras de don David Saravia y las ofrendas florales de doña Güemes de Latorre y Güemes de Arias. Pero esta investigación acerca del Himno a Güemes nos hace desembocar en un tema poco conocido. La letra de este primer Himno o poema original de Gabriel Monserrat, también llevó música de otro compositor. Existe una partitura aprobada por el Ministerio de Educación y corresponde a 1918, con música de Enea Verardini43. 43

El original de la partitura fue adquirido con fondos del CONICET en una librería de textos antiguos de San Telmo, Buenos Aires. Está en buen estado de conservación y el moho no alcanzó a dañar los enormes folios en los que están impresos los pentagramas con el arreglo musical de Enea Verardini y el poema “Guerra de los Gauchos” de Gabriel Monserrat. El texto fue publicado por: Imprenta Musical Ortelli, Belgrano 2847, Buenos Aires. En la última foja de la partitura se explicita: “Sr. Inspector General de Enseñanza del Ministerio de Instrucción Pública: Los Himnos a Güemes y a Belgrano cuya aprobación se solicita en la nota adjunta, son dos obras meritorias por la letra y la música que con verdad y fielmente la interpreta con 191


Poco sabemos del maestro Baldassari, pero sin embargo hay más registros bibliográficos del músico Enea Verardini, quien nació el 9 de octubre de 1863, en Bolonia (Italia), donde se graduó de profesor de música y piano, compositor y concertista de violín. En el año 1880 se trasladó a la Argentina como primer violinista de la orquesta que actuó en el Teatro Colón. En esa oportunidad conoció al Dr. Fernando Pampin, quien lo invitó a radicarse en Corrientes designándolo Inspector de Música de las escuelas provinciales. Como docente cumplió funciones en distintos establecimientos de la ciudad: la Academia de Bellas Artes e Idiomas ‘Josefina Contte‘, la Escuela Normal de Maestros ‘José M. Estrada‘, la Escuela Normal de Maestras ‘Juan G. Pujol‘y la Escuela Sarmiento; además de brindar clases particulares. Como músico ofreció numerosos conciertos en el Teatro Oficial Juan de Vera, en los clubes Social y el Progreso, en el cine teatro La Perla y en la inauguración de la Mansión de Invierno de Empedrado. También en distintas localidades del interior de nuestra provincia, en la provincia de Santa Fe y en Capital Federal. Fue autor de innumerables composiciones musicales, destacándose entre ellas el “Himno a Corrientes”, con letra del teniente primero Gabriel Monserrat. El mismo se estrenó el 25 de mayo de 1910, en el Teatro Oficial Juan de fluidez e inspiración. Su estructura armónica es correcta y hay espontaneidad en su melodía de corte solemne y marcial. La tesitura es más apropiada para alumnos del Curso Normal en las Escuelas de Maestras. Con mucho agrado han de ser entonados sin duda alguna en las Escuelas de la Nación. Por las consideraciones que anteceden, opino que pueden ser aprobados los Himnos a Belgrano y a Gúemes. Inspección 26 de diciembre de 1918. fdo. José Rosendo Bavio. Buenos Aires 28 de diciembre de 1928, vuelva a la Inspección General de Enseñanza para que se sirva tener en cuenta las presentes obras al efectuar la selección de los cantos escolares, conforme a la resolución de fecha 8 de octubre, comunicada por circular Nº 36 de este Ministerio. Fdo. Salinas. Hay un sello del Ministerio de Instrucción Pública.” 192


Vera, en velada conmemorativa al centenario de la Revolución de Mayo. Falleció el 13 de mayo de1929 en la ciudad de Corrientes44. La música de la partitura que constituye nuestro objeto de estudio y que se titula “Himno a Güemes”, de 1918, se inicia con una introducción en tempo Maestoso, pasando a Piú Mosso y Agitato. Cuando comienza el canto la partitura indica Marziale, es decir el ritmo de Marcha. Y todo revela que hay coincidencia en la adaptación (Cfr. Anexos III), ya que el canto comienza con la estrofa: “¡Escuchad! Hondo grito de guerra”…, tal como se canta hoy el mencionado himno en la versión cuya música se atribuye al maestro Baldassari (Cfr. Anexos II). Según se consigna en la contratapa de la misma partitura, el compositor de la música de este himno, Enea Verardini, es autor de muchísimas obras de gran trascendencia en la misma época (Valses con letras en francés, canciones en inglés, Two -Step, One Step, Tangos, Fox Trot, y otras Marchas, como “Viva la Patria” con letra de Rafael Obligado, “Himno a Alem”, “Himno a Corrientes”, con letra de Gabriel Monserrat45, “Himno a Belgrano”, “Himno a la Virgen de Itatí”, con letra de Guido y Spano, etc. También la revista Güemes consigna que Verardini compuso, junto a Monserrat, el Himno a Mitre, cuya letra reproduce íntegramente en el 44

La biografía de Enea Verardini ha sido consultada en el Diario El Litoral de Corrientes, Miércoles, del Martes, 02 de Enero de 2007. 45 Cfr. Reunión LXXXVI, 9ª Sesión Ordinaria del 1º de julio de 2003, de la Honorable Cámara de Diputados Provincia de Corrientes, Sistema de Ordenes del Día de la Prosecretaria. A hs. 17: 00: Asuntos Entrados, Comunicaciones Particulares, para conocimiento: 2.- Expte. 1553: Sr. Alberto Romero remite documentación respecto al “Himno de Corrientes”, compuesto por Don Enea Verardini y Tte. 1º Gabriel Monserrat, estrenado el 9 de julio de 1916 en el Teatro Juan de Vera.2rme solicitadopo 193


número dedicado al “Centenario del nacimiento de Mitre”, (Revista Güemes, Nº 58, junio de 1921, pp 728-730). La presencia de Monserrat en la Revista Güemes es frecuente desde los primeros años de su creación, publicando poemas dedicados al jefe gaucho. Conocedor de la historia argentina y de la gesta güemesiana no nos ha de sorprender que el rasgo fundamental del este Himno inspirado en el poema de Monserrat hace constante alusión al protagonismo de los gauchos en la guerra independentista. Esto queda demostrado en la totalidad del poema, que contiene estrofas como la siguiente: De fragosas alturas sus armas Bronco atruenan de día y de noche, La osadía del gaucho en derroche Dio gran fama a su altivo adalid; Protegidos por sus guardamontes Hábilmente en las frondas se escurren, Y, a los llanos sagaces concurren, ¡A lancear a los hijos del Cid!46 Recordemos que durante las luchas de la emancipación, los gauchos se integraron a una estrategia militar dirigida por el General Güemes y organizada sobre la base de la guerra de guerrillas. Esta estructura se sostenía con el esfuerzo de cualquier poblador en condiciones de tomar

las

armas

-pastores,

arrieros,

labradores,

artesanos-,

conformando un ejército que se componía mayoritariamente de criollos y mestizos pero que también incorporó a negros esclavos.

46

Cfr. Anexos I. Estrofa VIII. 194


La táctica militar inaugurada por Güemes significó la puesta en escena del tipo gaucho o criollo como protagonista de las guerras independentistas. Esto se reproduce en el resto de América del Sur, donde estas luchas generan movilidad social. Así, las guerras de la emancipación tienden a producir un grado de acercamiento entre los criollos y las clases populares, en tanto la elite dirigente se ve obligada a valorar la valentía, el lenguaje popular y las formas culturales del pueblo. En esta etapa, la categoría de "gaucho" adquiere otro status social y los miembros de esta clase son compensados por su tarea heroica. Dentro de la escala de beneficios acordados por Güemes para los gauchos soldados, se encontraba el "fuero gaucho", que consistía en el privilegio de no pagar los arriendos de aquellas tierras abandonadas por dueños contrarios a los ideales revolucionarios (Cfr. Pérez de Arévalo, 1979). Por otro lado, la idea del proyecto continental también está presente en el poema de Monserrat, y ponemos como ejemplo una estrofa clave: En la última vez que invadieron Hiere a Güemes el plomo… y la vida Al rendir por la Patria querida, Entra a Lima triunfal San Martín. Y Bolívar que vence hasta Quito De Colombia en la armas al frente, Tremolando su emblema luciente Va al encuentro del gran paladín.47

47

Cfr. Anexos I. Estrofa XIII. 195


De este modo, la lucha independentista y en especial la gran gesta güemesiana, que fuera leída durante años como una defensa de intereses

locales,

se

transforma

en

una

empresa

de

escala

continental, en el que la que la América del Sur adquiere su propia identidad frente al otro continente “europeo” El soldado que triunfa en Europa Que de lauros orló su oriflama, Poco a poco perdió su alta fama Que gozaba de gran guerreador. De radiante diadema cegado: “Vencedor el coloso del mundo”48 Al medirse ante gaucho iracundo Agraviado se siente en su honor.49 Esta simbología encaja con el ideario del momento en el que se escribe este poema (que se propuso como letra del Himno) y también con la visión profética y amplia de los generadores de una Independencia

a

nivel

macro.

Recordemos

los

proyectos

continentales de San Martín y Bolívar. Para Güemes, estratega del plan sanmartiniano, el ideal patriótico estaba concebido como un plan geo-político integral. Este diseño se articulaba a un proceso que convocaba a los distintos sectores sociales con el fin de realizar el proyecto de una libertad común para los países sudamericanos. Nos hemos aproximado a la gesta güemesiana a través del análisis de la letra de un Himno misteriosamente olvidado. Este poema surge casi un siglo después de la muerte de Güemes, cuando ya los 48

En este contexto, la metáfora “coloso del mundo” de Monserrat se refiere, indudablemente, a Napoleón Bonaparte. 49 Cfr. Anexos I. Estrofa IX. 196


proyectos de una sudamérica libre han perdido fuerza y se han constituido las modernas naciones. Hacia principios del siglo XX, cuando Güemes todavía era un ser olvidado por sus comprovincianos y repudiado por la historia oficial, será Benita Campos quien contribuya fundamentalmente al rescate de su figura. En un contexto de sucesivas conquistas femeninas en el campo de la escritura, la tarea de esta mujer marca un verdadero hito en la historia del periodismo femenino. Así, la revista Güemes50, fundada y dirigida por Benita Campos fue merecedora de importantes elogios, no solamente por parte de intelectuales del país, sino de numerosos

escritores

latinoamericanos

que

colaboran

en

la

publicación quincenal, con notas históricas, sociales y literarias. Esto muestra que la proyección de la revista también es continental (Cfr. Poderti, 2005). De este modo, la directora puso en marcha los dispositivos ideológicos que permitirán la construcción de la imagen del guerrero como arquetipo del héroe gaucho capaz de encarnar un principio de identidad

regional

que

supere

las

fronteras

de

las

naciones

recientemente trazadas. Es justo mencionar que también distintos estudios pioneros (Juan Martín Leguizamón, Bernardo Frías) fueron los que contribuyeron a reforzar la imagen de estratega militar y hábil político, facetas que se demuestran en el despliegue de la táctica güemesiana integrada al plan emancipador de San Martín, cuyo objetivo primordial era unificar a la América Hispana desde Lima hacia el Sur.

50

La colección de la revista fue relevada en el Archivo Histórico de Salta y objeto de numerosos estudios por la autora de este trabajo. 197


Es importante resaltar cómo las formas artísticas han contribuido a la estructuración de las identidades regionales y nacionalidades, como algunos poemas, canciones y, sobre todo, los himnos. Según Benedict Anderson, los himnos y canciones patrias son conjuntos semánticos que pueden mutar en el tiempo, re-simbolizando la idea de nación que se desea que los ciudadanos imaginen (Cfr. Anderson, 1993: 200217). Este estudio plantea un desafío para estudios más profundos sobre esta canción importante y además, para realizar una restitución histórica al verdadero autor de la música del Himno a Güemes. Si bien en 1909 la Revista dirigida por Benita Campos premia la versión con música de Rafael Baldassari, en el número 58 del año 1921 la misma revista publica el Poema “Guerra de los Gauchos”, Himno a Güemes, con música de Enea Verardini. Y además se hace constar que este Himno ha sido “adoptado” por el Ministerio de Instrucción Pública, como canto obligatorio en las escuelas normales del país.51 Todas estas reflexiones invitan a una re-escritura de la historia desde la perspectiva socio-cultural con intervención de la transdisciplina… Así, la música, la literatura, las revistas culturales, las imágenes pictóricas y las tradiciones significan documentos válidos que implican un desafío constante en la tarea de la construcción de la historiografía…

51

En este voluminoso número del año 1921, realizado en homenaje a los cien años de la muerte del héroe Gaucho, se incluye una imagen del famoso cuadro que representa la muerte de Güemes, pintado por Alice, junto a un artículo que peticiona la construcción de un monumento al Inca Manco Capac. 198


199


Bibliografía ANDERSON, Benedict, 1993, Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y difusión del nacionalismo, México: Fondo de Cultura Económica. CAMPOS, Benita (Directora), 1907-1924, Güemes, Revista Literaria y Social, Salta. FRÍAS, Bernardo, 1971-1973, Historia del General Martín Güemes y de la Provincia de Salta, o sea de la Independencia Argentina, Buenos Aires: Depalma. PODERTI, Alicia, 1999, “Martín Miguel de Güemes y el combate de las pasiones”, en el libro Historias de Caudillos Argentinos, Buenos Aires: Alfaguara, Taurus, Aguilar, Altea. Tomo coordinado por Jorge Lafforgue con prólogo de Tulio Halperín Donghi. Quinta Edición (Pocket) 2002, Buenos Aires: Suma de Letras Argentinas, colección Punto de Lectura. ----------------------, 2001, históricas

y

“Martín Miguel de Güemes. Fisonomías

ficcionales”,

ponencia

del

UNDÉCIMO

CONGRESO

NACIONAL Y REGIONAL DE HISTORIA ARGENTINA, organizado por la Academia Nacional de la Historia, Córdoba, 20 al 22 de septiembre de 2001. ---------------------, 2005, De Güemes a Perón. Revistas culturales y periodismo en Argentina, Buenos Aires: Editorial Nueva Generación. 200


Anexos

201


Himno a Güemes versión de Gabriel Monserrat y Enea Verardini (1918). Inspirado en el poema “La guerra de los gauchos”, dedicado por Gabriel Monserrat a la distinguida escritora salteña Sta. Benita Campos. I Por Caminos del Sur de Bolivia Marcha ardiente la hispánica tropa Que ha vencido a famosas de Europa, Se ve el sol en sus armas brillar, Inflamada de grande arrogancia A los aires tremola pendones Y el tropel con belígeros sones Hace el suelo doquier retemblar. II ¡Ellos son! … ¿No los veis como avanzan? Que será de la Patria querida Ante empuje de tropa aguerrida Que ha ceñido su lauro inmortal ¿Qué ha de ser de ese pueblo de Salta Sin hazañas, sin brillo y sin armas, Doblará la cerviz entre alarmas A su paso glorioso y triunfal? III ¡Escuchad!... Hondo grito de guerra Hiende el aire vibrando cual trueno; 202


Desde Salta a Yaví en su seno Que hace al gaucho patriota indignar: Y cual recio huracán que se agita Estruendoso en carrera gigante, Así, corre aquel pueblo arrogante, De opresores la patria a librar. IV ¿A las armas! Atruena en los valles, Y se ven agruparse guerreros Reluciendo en sus diestras aceros; ¡Qué de Güemes acoge el clamor! Y estirando sus potros el cuello De ancha crin que el violento aire azota, Se repliega entusiasta el patriota Acosando al soberbio invasor. V ¡A las armas! El ínclito Güemes Como Alcides los bravos incita, Su corcel desfogado se agita, ¡Ha encendido la lid por doquier! Y no queda retazo de tierra Sin que el chuzo del gaucho que hostiga, No lo encharque de sangre enemiga Que enrojezca humeando al correr.

VI Humahuaca, Jujuy, San Pedrito, 203


Chicoana, El Rosario y Tilcara, Abra Pampa y en donde estampara Con soberbia su planta el audaz; Le circunda esa gaucha mesnada, Semejando en acecho una tromba Que al caer de improviso cual bomba Cien trofeos levanta fugaz. VII De fragosas alturas sus armas Bronco atruenan de día y de noche, La osadía del gaucho en derroche Dio gran fama a su altivo adalid; Protegidos por sus guardamontes Hábilmente en las frondas se escurren, Y, a los llanos sagaces concurren, ¡A lancear a los hijos del Cid! VIII ¡Fue la lucha feroz!... Tiradores Guarecidos en selvas agrestes, Denodados batían las huestes, Sus columnas haciendo ralear. Por doquiera El Centauro Gloriosos Enseñó a La Serna el Presunto, Que ese gaucho era un vivo trasunto Del patriota argentino al lidiar. IX El soldado que triunfa en Europa Que de lauros orló su oriflama, 204


Poco a poco perdió su alta fama Que gozaba de gran guerreador. De radiante diadema cegado: “Vencedor el coloso del mundo” Al medirse ante gaucho iracundo Agraviado se siente en su honor. X Y su hueste diezmada en su avance, Se detiene impotente y deshecha; Su arrogancia quedaba maltrecha No pudiendo a ese pueblo humillar. ¿Dónde están su braveza y pericia Y el laurel cuyas sienes enjoya, Si fue Salta, novísima Troya, Y les vio el San Bernardo cejar? XI Sí; mirad, cual retorna burlado Tanto heroico soldado de España Perseguido entre selva o maraña, Por doquiera dejado en tendal: Su bagaje, sus muertos y equipos, Sus cureñas, y débiles brutos Que al morir de cansancio o de enjutos, Les desgarra el sangriento puñal. XII Con su lazo trenzado en la liza Nuestro criollo a una voz de la raza, En su audacia, realistas enlaza, 205


Y doblar se les ve la cerviz… Y la Historia de bellos ojazos Al saber que el león ya se humilla Apacible escribió de rodilla Ricas fojas de un áureo matiz. XIII En la última vez que invadieron Hiere a Güemes el plomo… y la vida Al rendir por la Patria querida, Entra a Lima triunfal San Martín. Y Bolívar que vence hasta Quito De Colombia en la armas al frente, Tremolando su emblema luciente Va al encuentro del gran paladín. XIV Los señores del cetro no vieron Que el Supremo a los hombres le plugo Quebrantaran de oprobio su yugo, En honor de la sacra igualdad: Que perdiera la causa patriota Imponiendo el poder fuera mengua, Y oprimir era en vano la lengua Cuando el pecho grabó: ¡LIBERTAD! XV Vieron solo, asombrados los reyes, Cuando el Sol descendiendo los Andes Coronaba con su oro a los grandes, Al volar una airosa vestal: 206


Que agitando su enseña celeste, A ese Sol le arrancó un áureo rayo Y escribió: ¡Gloria al pueblo de Mayo! En la frente del cielo triunfal. CORO ¡Gloria Eterna a los gauchos famosos Que al triunfar en la lid sin cuartel, Coronaron la Patria orgullosos De radiante y sublime laurel! SALTA (Soliloquio) XVI Es mi túnica blanca y celeste, Verde lauro mi frente corona, Ya mi alma tan solo ambiciona Hollar sendas de paz y de amor. A través de los níveos encajes Este pecho entusiástico late Y mi brazo en las gestas combate, En mi afán de progreso y Labor. XVII Yo soy Salta, la invicta amazona, Que en la hazaña viril de Febrero, En la historia esculpí con mi acero Una foja de espléndida luz; Con mi brida impetuosa al realista 207


Humillé su cerviz en el llano Y rindióse al virtuoso Belgrano En el campo inmortal de la Cruz. XVIII Yo soy Salta la Esparta del Norte, Gran baluarte yo fui en lejanías, Se vio allí estrellar tiranías Cual en rocas las olas del mar ¡Mis augustas hermanas ondearon En los Andes la sacra bandera Bajo el Sol que en su altura hechicera Fue su imagen, de amor a estampar!... XIX Mientras siembran ruidosas victorias En su lidia gigante y homérica Por salvar de su yugo a la América, Me lancé con mi brioso corcel… ¡Fulgurando mi acero, al realista Le trazó en la frontera una marca… San Martín va al Perú… desembarca, Y la Gloria me ciñe un laurel! XX Yo soy madre de insignes patriotas, De un varón que Belgrano retempla, Y entusiasta la Patria contempla A mi Güemes, ideal paladín. Que aún más grande y feliz que Leonidas, Clamoroso la bóveda atruena; 208


Y alcanzando la raya… sofrena Su pegaso que agita la crín. XXI Yo soy Salta la egregia heroína, Que cual sol resplandece en la historia; Embrazando el escudo de gloria Y esgrimiendo la espada triunfal. ¡Soy la altiva y gallarda provincia, La de insigne y soberbio pasado, La que otrora a la Patria ha ofrendado Fojas de oro en su lidia inmortal! TRIUNFAL En mi sien que véis erguir, Me envanezco yo al ceñir Este fúlgido laurel De mi Güemes, el campeón Que otro tiempo en su corcel Recibió de galardón De la augusta Libertad Por su grande heroicidad; Mientras suelta en su bridón La mesnada brava y fiel En magnífico tropel Vitoreaba a la deidad… Es mi orgullo este joyel, Simboliza mi lealtad; Es mi premio de virtud, 209


Un recuerdo de otra edad, ¡A mis héroes gratitud, prez, y excelsa majestad!

Material complementario: 1: Copia facsimilar de la partitura original del Himno a Güemes, letra de Gabriel Monserrat y música de Enea Verardini (1918). 2. Interpretación de la partitura original, música del compositor Enea Verardini (1918), que coincide con la versión abreviada que hoy se canta (Estrofa III y Coro).

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La Hermana Mayor. Perspectivas de la larga Revolución