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Costumbres LAS PEREGRINACIONES: En la Edad Media eran muy frecuentes los peregrinajes, que consisten en el viaje de los devotos a algún lugar sagrado o santuario de su religión. Estos viajes solían hacerse a pie y se realizaban para expiar algún pecado, agradecer al santo alguna petición concedida o por mera profesión de fe. Los lugares más visitados por los peregrinos de la fe católica en esta época eran: Santiago de Compostela, donde descansan los restos del apóstol, la Basílica de San Pedro, donde está enterrado dicho santo, y también Tierra Santa, es decir, todos aquellos lugares donde se produjeron escenas bíblicas, aunque Jerusalén es el sitio más importante. «Se mantuvieron en los caminos romanos, que estaban abarrotado de

viajeros que hablaban muchas lenguas. En una ocasión, la partida de un cardenal francés los obligó a apartarse del camino. El prelado cabalgaba rodeado por doscientos jinetes y ciento cincuenta sirvientes; usaba zapatos de color escarlata, sombrero y capa gris sobre una casulla en otros tiempos blanca, y ahora más oscura que la capa por el polvo del camino. Algunos peregrinos avanzaban en la dirección general de Jerusalén, solos o en grupos reducidos o numerosos; a veces eran conducidos o instruidos por palmeros, devotos religiosos que indicaban su participación en viajes sagrados usando dos palmas cruzadas recogidas en Tierra Santa. Algunas bandas de caballeros con armaduras pasaban al galope emitiendo gritos de guerra, a menudo borrachos, habitualmente belicosos y siempre sedientos de gloria, botín y diversiones. Algunos fanáticos religiosos llevaban cilicios y se arrastraban hacia Palestina sobre sus manos y rodillas ensangrentadas, para cumplir los votos hechos a Dios o a un santo. Agotados e indefensos, eran presas fáciles. En las carreteras abundaban los criminales, y la aplicación de las leyes por parte de los funcionarios era, en el mejor de los casos, negligente. Cuando un ladrón o un salteador de caminos era atrapado con las manos en la masa, los mimos viajeros los ejecutaban en el lugar del hecho, sin celebrar ningún juicio.» El médico. LAS BULAS Una bula es un documento sellado con plomo sobre asuntos políticos o religiosos en cuyo caso, si está autentificada con el sello papal, recibe el nombre de bula papal o bula pontificia.


En cuanto a su contenido, las bulas expresaban diversos mandatos en materia de ordenanzas y constituciones, condenaciones doctrinales, concesión de beneficios, juicios de la Iglesia, decretos de indulgencias, de señoríos eclesiásticos, etcétera.

»Celestino V fue sustituido por Bonifacio VIII, y este papa dio muy pronto muestras de extrema severidad con los espirituales y los fraticelli en general: precisamente cuando el siglo ya fenecía firmó una bula, Firma cautela, por la que condenaba de un solo golpe a Ios terciarios y vagabundos pordioseros que se movían en la periferia de la orden franciscana, y a los propios espirituales, incluyendo a los que se apartaban de la vida en la orden para retirarse a vivir como ermitaños.« El nombre de la Rosa LAS SUPERSTICIONES Una superstición es la creencia en que un determinado fenómeno o situación tiene una explicación mística, mágica o simplemente asumida cultural o socialmente sin ningún tipo de demostración científica. La mayoría de las supersticiones surgieron en la Edad Media, fruto del analfabetismo, la pobreza, las enfermedades y las numerosas muertes. Y la Iglesia fue la fuente de la mayoría de estas supersticiones, algunas de las cuales procedían de religiones primitivas anteriores a la católica, en las cuales se creía que la magia ofrecía un poder sobrenatural que protegía frente a los malos espíritus.

«Y que conocía una magia muy portentosa para conseguir que cualquier mujer se enamorase. Había que matar un gato negro y arrancarle los ojos, y luego meterlos en dos huevos de gallina negra, un ojo en cada huevo. Después había que cubrir los huevos con estiércol de caballo y dejarlos hasta que se pudrieran, y entonces nacería un diablillo de cada huevo, que se pondría a su servicio para brindarle todas las delicias de este mundo. Pero, ay, me dijo, para que la magia resultase era necesario que la mujer cuyo amor se deseaba escupiera en los huevos antes de que fuesen enterrados en el estiércol.» El nombre de la rosa.

Las costumbres  

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