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Año 0 No. 3 Enero

• La Infidelidad •


No. 3 La Infidelidad

Fotografia de portada por Bernardo Rueda Modelo hombre: Jorge Zeta Gonzรกlez Modelo mujer: Alejandra Aguirre


Consejo editorial (en orden alfabético): Estefanía Iraís Jiménez Salinas Karina Zavaleta Huitrón Óscar Isaac Ríos Mena y Sánchez Tonatiuh Chan Higareda

No. 3, enero 2014 Año 0 Director General: Tonatiuh Chan Directora Creativa: Karina Zavaleta Redacción: Eva Núñez Edición: Karina Zavaleta y Tonatiuh Chan. Diseño Original: Bárbara Castañeda Ilustraciones: Verónica Rodríguez* Fotografías: Bernardo Rueda

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La responsabilidad de los textos publicados en Morbífica recae exclusivamente en sus autores, y su contenido no refleja necesariamente el criterio del consejo editorial. www.revmorbifica.com *Universitaria invitada: Verónica Rodriguez. Estudiante de Diseño Industrial en la UAM. (Ilustraciones para "Amalia, la mujer", "Paroxismo" y "Greta").

Agradecemos la colaboración en este número a: Uriel Livera Macaria Garduño Brenda Ramírez Fernando Fernández Mario A. Cárdenas Adriana Tafoya Jenny Anota Julio Flores Alejandro Badillo Bernardo Rueda Eva Núñez Verónica Rodríguez Jorge Zeta Alejandra Aguirre Víctor M. Sánchez


•Contenido• Portada

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Editorial

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Cuento Amalia, la mujer/ Macaria G. Garduño Paroxismo/ Uriel Livera

Poesía Greta/ Brenda M. Ramírez

Primus Inter Paris Los editores frenta a la creación y la crítica/ Fernando Fernández

Si no conoces a....

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Adriana Tafoya, lealtad y lírica/ Mario A. Cárdenas

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Convocatoria y contacto

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•Editorial• La fidelidad es una palabra que emigra constantemente de boca en boca. ¿Cuántas promesas de fidelidad escucharemos a lo largo de nuestra vida? Esta lisonjera abstracción nos brinda, entre otras cosas, una artificial sensación de seguridad y, peor aún, de poder; tanto, que para muchos se ha convertido en un ideal asiduamente buscado. Sin embrago, olvidamos que la desesperada naturaleza humana se caracteriza por la perpetua necesidad de satisfacer sus placeres inmediatos, muchos de ellos, embebidos en la médula de lo censurado, de lo prohibido; otros se hallan fácilmente en el cadáver de los juramentos hechos al mundo o, incluso, a uno mismo. Así, Morbífica le revela en el presente número el medio para cumplir algunos nefandos deseos: la negación rotunda del ideal, la infidelidad. De este modo, en el cuento de Uriel Livera conocerá la manera de encubrir sus faltas; Macaria Garduño nos presenta el andar, aparentemente infinito de una mujer herida; en su poema, Brenda Ramírez expone el deseo carnal como una

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evasión del dolor. El escritor Fernando Fernández expone su opinión sobre el papel de los editores ante la crítica; finalmente, en la entrevista que le realizamos a la poetisa Adriana Tafoya, mostramos la relevancia de la infidelidad como tópico en la poesía, y su papel en la creación de la misma. Sin más, esperamos despertar sus inquietudes más íntimas, así es, lector, durante su visita por nuestras páginas, podrá transgredir sin temor alguno las convencionalidades que lo acompañan en cada segundo de su vida. Los Editores


•Cuento•

Amalia, la mujer

Por Macaria G. Garduño

La mujer camina con solitario andar. El arenoso camino impide que su mirada se fije en el frente buscado; así que los pasos son dadores de nuevos encuentros y objetos a seguir. La incertidumbre la lleva incrustada en los labios secos, y los pies sedientos de nueva vida pisan una tierra vieja, con rencores escondidos en las raíces que se mueven plácidamente bajo ella. Al recordar las razones que provocaron la huida, de sus ojos emergen aguas saladas; éstas, poco a poco, se abalanzan sobre su camino limpio de acuosas afecciones y con el cuidado más minucioso, los errores van sumergiéndose bajo ellas, tratan de tocar las raíces que sujetan un corazón alambrado. Amalia sigue, sin ver. Las decisiones que tomará no tienen sentido ni dirección. Los montes áridos, la arena que se cuela a través de la piel cuarteada de sus pies, el viento borrando su faz quemada por un sol al cual ya no se venera; los cielos dan pasos más lejanos y la lluvia sólo aparece ante nacimientos; el verde de la guacamaya se ha ido a pintar otra patria, otra vida. Todo se nota tan callado y asfixiante que Amalia no quiere ver; los ojos siguen dispuestos a no mirar su futuro, para callar los pulsos que aún le indican vida. Las ráfagas, que dan vuelcos al camino, pretenden perderla de un destino que no pertenece al color de sus manos. Un camino avisa el nuevo nacer, pero no es aquel sobre el cual posa su abnegada existencia; tampoco la golondrina. La rústica viene y se encuentra ante aquella que camina: Amalia. Detiene el vuelo, la observa con detenimiento aunque los

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•Cuento• pasos maquinales de Amalia casi arrasan con el ave de cuello azulado. Los ojos de mi querida golondrina indican que no la desconoce y trata de acercarse a la muerta. Aquélla, ni siquiera se molesta en volver la mirada sobre su compañera de viaje. Sabe de su vuelo, conoce dónde aterrizó, pero no quiere saber quién es. “Amalia está ciega, está sorda y mustia. Está vacía”, es el canto que emite Golondrina querida. La otra sigue su paso y el ave queda atrás, despidiendo a sus sentidos dormidos. De pronto se da cuenta de que la tierra está colorada; el bronce que la hacía brillar, ahora es de un rojo que se siente vibrar: proviene de Amalia. A cada paso suyo, la tierra se pinta y su fragmentada superficie se une, se abraza con los hermanos perdidos. Los pies sangrantes de Amalia son pinceles de vida y, ella, todavía no reacciona. Pero si continúa desangrándose, morirá; entonces Golondrina Impetuosa, se acerca y bebe la sangre que flota sobre la tierra, la que no sirve más. Y Golondrina, bebe y bebe, parece no cansarse de tanto flujo. Amalia, camina y camina, parece no cansarse de sufrir. El plumaje se va desvaneciendo: las blancuzcas plumas se dejan sobre la tierra pinta, el metálico azul las sigue, pero el rojizo permanece en el pico de mi ave querida. Le duele algo, siente cómo su piel va dejándole su color al viento, que se lo lleva hasta la tierra blanca. Aquel animal aún la persigue, su comportamiento extraño la hace sentir acompañada, pero desgraciada. Los párpados irritados por un llanto que tuvo en el pasado tratan de abrirse un poco más para que los castaños miren lo lejano de su camino. Los pies arden; cree que se incendian a cada paso regalado, pero toda ella por dentro es incineración. Golondrina fatigada pierde el paso fuerte que poseía. Ahora no puede volar porque el plumaje ya lo ha hecho antes. Si bebe una gota más, reventará y la ayuda no servirá, así que trata de correr, alcanzar de frente a Amalia y mirarla a los ojos, decirle que todo está bien, que están juntas ahora. Corre y corre nuestra queridísima Golondrina filial, pero en su carrera, la fatiga la visita y se detiene

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•C

uento violentamente para caer. Amalia escucha un fulminante golpe que retumba y fragmenta los montes. Sus ojos despiertan y Amalia se detiene. Sabe que abajo se encuentra Golondrina vencida, debe mirarla pero no quiere y prefiere mirar hacia atrás, desea conocer el camino mantenido. Sin embargo, lo único que ve es una tierra que arde, rocas sangrantes y plumas extraviadas. Ahora debe hacerlo y así lo hace. Golondrina la mira, sus ojos le indican que la conocen. Los extraviados y solitarios ojos castaños de Amalia derraman lágrimas que lastiman al ave salvadora. Amalia tiene que sentarse para no lastimarla más, la toma entre sus dedos resbaladizos por el nuevo color. Golondrina deja caer el plumaje rojizo sobre un bronce que brilla en contraste a la tierra que pintó; derrama su vida sobre la piel de Amalia. La mujer que caminaba, sonríe y, las diminutas plumas que tiene, se las coloca entre las gruesas hebras negras. Cavando un hoyo colorado, introduce a la flor sin pétalos, a nuestra ave sin plumaje, y lo cubre de nuevo. Amalia sigue sola, ha dejado de caminar, ahora sólo mira. Me observa y, con ojos parpadeantes, está preguntándome: ¿Qué nos pasó?

Macaria Guadalupe Garduño Castro. Estudia la carrera de Lengua y Literaturas Hispánicas en la FFyL.

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•Cuento•

Paroxismo

Por Uriel Livera

No fue necesario que pronunciaras nada, yo ya sabía la verdad escondida detrás del saludo efusivo, cuando nos veíamos en la noche, después de tu jornada laboral. La mezcolanza de olores me confundió al inicio, pero entre el humo del cigarro y tu perfume percibí la fragancia ajena esperada. Posiblemente notaste que lo sabía cuando respondí huraño a tu afecto. Tal vez, inconscientemente, te preparaste para tal suceso y por eso llegaste con otro regalo bajo el brazo. ¿Por qué cambiamos los paseos diarios por caricias semanales?, ahora me encuentro casi siempre sin ánimos por tu ausencia rayana al abandono. Recuerdo con nostalgia la tarde en la que nos conocimos, el momento exacto en que nuestras miradas se cruzaron y también el aroma de tu cabello, ahora arraigado en mí. Nunca nos importó que fueras mayor; el tener que alzar la cabeza para dirigirme a ti, menos. La relación sólo trajo consigo cosas buenas para ambos, me volví tu motivador personal, siempre decías cuanto me querías después de llamarme, y al mencionar mi nombre, notaba tu amor en el sonido. Progresivamente la comida que me dabas se convirtió en festín solamente por tu presencia, y tus caricias se tornaron condicionantes para lograr conciliar el sueño. Compartíamos el miedo a los truenos y, en las noches fulgurantes, cuando todas las ventanas de la casa retumbaban al ritmo de la partitura del otro techo, nos acompañábamos insomnes, recostados en la cama, esperando ansiosamente el final de la tormenta. No comprendo, ¿qué te llevó a buscar a otro? ¿fueron los malos hábitos que tratabas de modificar en mí? ¿O fue mi exceso de gestos cariñosos cuando te veía? Fuera lo que fuese, ahora importa sino nada. ¡Ojalá pudiera decir lo mismo

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•Cuento• sobre las consecuencias! Lamentablemente te perdí poco a poco, cada noche nuestros encuentros me alegraban menos y te molestaban más, lo notaba en tu mirada taciturna. Comencé a valorar más el tiempo a solas que me mataba lentamente. Llegó el momento en que ya no me permitiste dormir en la misma cama. Eventualmente tu imagen, antes amorosa, fue sustituida por los regalos frecuentes con los que tratabas de llenar el espacio entre los dos. De estos objetos nació un nuevo sentimiento dirigido hacia ti, y con los nuevos regalos éste se desarrollaba cual enfermedad en mi mente. Sin embargo, me controlé por amor, decidí enterrar la nueva emoción bajo el peso de los recuerdos. Durante las madrugadas, para tratar de disminuir los síntomas de mi aflicción, inicié a rasguñar mi piel imaginando que era la tuya. Cuando encontraste ambas heridas, las nuevas y aquellas en proceso de cicatrización, volviste a cuidarme debido a tu preocupación maternal. Ha sido el único respiro desde que comenzó mi suplicio. Momentáneamente fui feliz, pero la alegría terminó al cabo de dos semanas, paulatinamente volvimos a la rutina. Si bien mi cuerpo sanó, mi psique no, y comencé a recurrir a la violencia contra otros. Ahí empezaste a odiarme. ¡No lo podía evitar! ¡El peso de la consciencia de existir sin ti era abrumador! Esos


•Cuento• niños no tenían la culpa, yo lo sé; tampoco aquél viejo testarudo que siempre me miraba despectivamente. Parecía ser el remordimiento, se iba contigo a la vez que te marchabas. Mi odio contra ellos se daba en función del tiempo de tu ausencia. Del mismo modo, las marcas de mi enojo se hacían más evidentes, tus visitas se volvieron semanales y terminaron prolongando la privación de los escrúpulos necesarios para no repetir mis acciones. Ahora, otra vez te mostraste falsamente cordial. ¡No más! Como pude le quité la envoltura al nuevo regalo: comida. Durante el breve solipsismo en el que asimilo tu disculpa, me perturba el recuerdo de todo el dolor causado por tu infidelidad. ¡Si tan sólo supiera quién es el otro, tal vez encontraría alivio al matarlo! Así que, lo que estoy por hacer no tendría sentido. Sé que tomarás un baño para luego bajar y servirte una copa, entonces tengo que trabajar rápido. El plan está en marcha y en el momento en que escucho el crujir de la madera de los escalones, coloco estratégicamente el primer regalo que me diste en el tercer peldaño: un hueso de plástico. Después comienzo a ladrar porque siempre te exalta, te vuelve loca y descuidada. Escucho el silbido agudo cuando pisas el juguete, levanto las orejas y me preparo. Al terminar de rodar, miras hacia todos lados desde el suelo de la sala, y lo último que ves es mi hocico acercándose a tu garganta. Veo nuestro sangriento reflejo en la ventana, enmarcando a tu cuerpo inmóvil. Noto que afuera las nubes presencian el acto y se aglomeran para llorar. Sergio Uriel Livera Chaparro, 11 de marzo de 1995, Azcapotzalco, México D.F. Estudiante de Lengua y Literaturas Hispánicas en la FFyL. Ávido lector de Fernando Pessoa, seudopoeta casual y escritor en proceso.

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•Poesía•

Greta Por Brenda Era Greta la representación fantasmal de la caída del cielo y de las ganas, bajo su cordura estaba lo que en verdad cuenta: locura, cariño, que se desbocan junto al mundo.

M. Ramírez

Era Greta la que colocaba su persona sobre los demás en los hombres y en las mujeres, buscando olvido inacabado. Hay que olvidar el dolor sangriento con el que cargan nuestros hijos. Estando frente a los hombres olía la existencia apenas palpable, apenas naciente.

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•Poesía• Greta que podía asir la vida mientras sus pies temblaban y la cadera se mecía en las tardes y en las noches; en los jugos porque daba sed de reír y tocar un falo, borrar de la cabeza lo que se cae. Todo está acabado, era el sentimiento, pero ella pensaba que nacería otra vez al abrir los ojos por la mañana: el chico amordazado sin tres dedos o menos volvería para hablarle de canciones, sin más drama que cortar un pan.

Era Greta quien de niña comió galletas hasta reventar y después reventó de hilaridad y llanto cuando la vida mostró su lado cruel, aquel por el que han llorado generaciones de la pequeña humanidad. Greta, Greta, si acaso el nombre que cubría una piel con olor a tristeza sonriente, canela e invierno, algo así.

Brenda Marcela Ramírez nació el 16 de enero de 1990 en México DF. Estudiante de economía en la Facultad de Estudios Superiores Acatlán. Autora del poemario Niño ¿Y por qué lloras sin mí? (2012) Editorial Litera. Ha participado en la revista Sapiencia (no 8-9), escribe en el blog Clepsidra

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•Primus Inter Paris•

Los editores frente a la creación y la crítica Por Fernando Fernández Leí el siguiente texto en el Festival de la Palabra del Centro Histórico el 31 de octubre de 2008, cuando eraDirector General dePublicaciones de Conaculta y como tal me invitaron a coordinar una mesa redonda llamada como este artículo. En ella participaron también algunos editores representantes de Random House Mondadori, Planeta, Almadía, Los Libros de Homero ySexto Piso. Lo que dije en aquella ocasión, resultado de mi experiencia como editor independiente, lo defendí como funcionario público y lo sigo pensando hoy. Me parece que el problema con los títulos de las mesas redondas como la que nos reúne este mediodía, “Los editores frente a la creación y al crítica”, es que son amplios suficientemente como para que pueda caber todo en ellas y suficientemente vagos para que al final no quepa nada en concreto. El resultado suele ser una serie de intervenciones poco

uniformes, que mal justifican su lectura en una misma mesa, y que sirven a cada uno, como quien se protege, para lucirse lo mejor que puede, llevar agua a su molino o eludir el bulto con más o menos gracia, con la consecuencia de que quienes vinimos a oírlos nos vamos en cierta manera defraudados. A mí me toca la tarea de traer a tierra lo que tenían en mente quienes, sin duda con las mejores intenciones, la idearon. Es decir: sacar de aquel deseo de manifestarse sobre una situaci��n concreta pero expresada con una amplitud inoperante, un problema preciso. No es que ese problema resulte vago o difuso. Todo lo contrario: al utilizar los términos “creación” y “crítica”, acompañándolos de la palabra “editor”, es que se cree que en éste, al menos en el más corriente de ellos, hay un riesgo de no atender bien, o no satisfactoriamente, aquellos insumos que harían útil en el mejor de los sentidos su vida de trabajo. Sólo hay

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•Primus Inter Paris• que entrar a una librería, a Gandhi pongamos por caso, digamos que a laque lleva  el nombre de Mauricio Achar. ¿Qué es lo que vemos? Primero, libros primorosos. Luego, en cuanto tomamos de la mesa uno de ellos, nos damos cuenta de lo caros que son. Por último, comprobamos que la razón está en que muchos de esos libros, vaya, la gran mayoría, son importados. Y entonces uno se pregunta: ¿es que no somos capaces de hacer nuestros propios libros? ¿Faltan creación y crítica entre nosotros como para darles el cauce que se merecen? ¿O es que están las cosas tan mal como para que incluso eso, que no parece cosa extraordinaria, se nos haya vuelto tan difícil?  A quien sea nuevo en estos asuntos convendrá informarle que, no hace tanto, nuestra gozaba, si no de una salud envidiable, que de algo tuvo que morirse, de un vigor que destacaba en el mercado iberoamericano. Que estábamos a la vanguardia de la producción de la lengua. Que nuestros libros se importaban. Que hasta hace poco, antes

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de que los españoles, que ocupan ahora aquel lugar, tuvieran los medios para publicarlo todo, algunos de los títulos imprescindibles para ellos mismos y que la dictadura impedía publicar, se los dábamos nosotros, y por eso sobrevive allá quien tiene nostalgia de aquel papel de vida o muerte que para ellos jugábamos. Que en la misma España, pero también Argentina o Colombia, donde se nos tenía por ejemplares, no dan crédito a nuestra ausencia del primer plano internacional en donde fuimos referencia. Con nuestra visión única del mundo, con la extraordinaria sensibilidad que heredamos de nuestros antepasados, con la riqueza de las propuestas literarias que brotan como hongos por toda la República, ¿no somos capaces de conseguir que nuestros editores pongan en circulación, en las pocas librerías que tenemos, nuestros libros a precios razonables? Gandhi acaba siendo una especie de boutique: objetos con frecuencia hermosos, que adquirimos en ocasiones extraordinarias, no


•Primus Inter Paris• pocas veces exhibidos delante de nosotros por un impulso de

sabido ofrecer políticas fiscales propicias…

mercado no ajeno a la moda. El colmo viene con las grandes ventas de saldos. Cuando entro a esa librería o a alguna similar y veo libros españoles, eso sí muy bellos, y, por raro que parezca, a bajos precios, a veces regalados, me invade la desagradable sensación de que estoy en la trastienda de un mundo al que interesamos, en esencia, porque nada quede sin venderse. Que me están vendiendo a precio de remate lo que ya nadie quiso en ningún otro sitio. Bueno, y a todo esto, ¿en qué momento, por qué razones y por culpa de quiénes se jodió el Perú? ¿Falta de visión de un país incapaz de ver con claridad el futuro? ¿Fuimos víctimas del exagerado optimismo del México desarrollista, y peor aún, el del petróleo, que ha fallado sucesivamente de tantas maneras? ¿Fracaso de la política de la educación? Es verdad: el Estado no ha sabido prever lo que podía pasar y ha pasado. El Estado no ha sabido propiciar las condiciones para que editar en México sea tan fácil como es necesario. El Estado mexicano no ha

Me temo que algunas de nuestras instituciones, que debieron cumplir con su tarea de impulsar a México, al fracasar el proyecto de nuestros abuelos, ahí se quedaron para siempre: toda una ingeniería ortopédica que debía retirarse nada más haber empezado a andar, y que ahí se quedó, muleta para siempre apoyada en unas piernas que nunca caminaron. Debemos renovarnos: de entrada, tender a un género de gestión que fortalezca… Pero me detengo. El verbo no es, al menos no por ahora, fortalecer. Deberíamos tender, debo decir, a un género de gestión que reanime las posibilidades editoriales de un país de la riqueza cultural, en particular lingüística y literaria, de México, que se adelgace en lo que tiene que hacerlo, es verdad que sin olvidar la tarea que nada tiene de ortopédica de velar por los valores que el mercado desprecia; que haga todo lo que esté a su alcance, y que en este país es mucho, poranimar el surgimiento, la educación y la consolidación de los editores que vemos asomar aquí y allá, si no a la velocidad con la que surgen

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•Primus Inter Paris• nuestros aspirantes a literatos, con un ritmo algo más que suficiente, con frecuencia como pueden, a veces contra viento y marea, otras como de milagro porque carecen de las condiciones mínimas y que van diezmándose hasta desaparecer en un ambiente que no les favorece. Pero ¿y nuestros editores? Estamos maduros como para aceptar que el gobierno no puede tener la culpa de todo ni de todo puede ser responsable. Curiosa ese sentimiento tan mexicano, me parece que heredado de aquella España del siglo XVI de la que provenimos, y de la que viene lo mejor y lo peor nuestro, de separar tajantemente la experiencia del ciudadano de la del gobernante. La pregunta es válida y está en el aire: ¿dónde han estado todo este tiempo nuestros editores? ¿Qué fue de nuestra industria editorial que fue "líder" en los años sesenta y setenta, que se enorgullecía de estar a la cabeza con propuestas literarias de primer orden, de exportar, oh, ahora quién lo diría, a la misma España? Por suerte, los hay, y acaso no

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son tan pocos como parecería: han sido algunos de ellos, y sus colegas del resto de la llamada “cadena del libro” los responsables de convencer a la sociedad y sacar adelante la famosa Ley del Libro que por estos días estrenamos, entre quienes no faltan, si todo hay que decirlo, algunos malintencionados que por razones irrazonables o algunas que no vemos se oponen incluso a ese logro mínimo, que no es nada si se compara con lo que todavía hay que hacer. ¿En qué medida son los editores culpables de la situación que vivimos? Estaría dispuesto a decir que nada, si se me admite que hay en nosotros una cierta tendencia al paternalismo que nos hace creer que merecemos desde el génesis, y que papá gobierno, o papá Dios, o mamá Historia están para satisfacer ese merecimiento bíblico. Nada de esto hace sombra a una verdad en la que creo: la vida del libro, en un país con tanto en contra, debería de ser un asunto de Estado. Pero ¿y si lo fuera? ¿Si por alguna razón eso llegara a suceder? ¿Estaríamos preparados para


•Primus Inter Paris• aprovechar esa obligación que va por encima de los gobiernos?

volver a fracasar. A ellos hay que brindarles capacitación,

¿Habría editores para ello? Nada tendríamos, a pesar de lograr los programas y las instituciones que la Ley del Libro promete, si nuestros editores no despiertan del sueño al que durante los últimos años los ha condenado esa mezcla de contradicciones históricas que somos, ese poder público que no acaba de redefinirse, esa sensación de hijos de un paternalismo que nos empequeñece. Tenemos que exigir a nuestros editores, desde el aparato de gestión adelgazado y propicio que les debemos, que hagan la tarea que les corresponde con independencia y creatividad. Un editor debe ser tan crítico y tan independiente como un artista. Ya luego transigirá con el mundo que lo rodea; porque nuestro oficio, que mucho tiene de intermediarios, no asienta sus oficinas entre las cúmulos y los cirros, está en el mundo y debe transigir con él. No me refiero sólo a los que sacan contra el viento y la marea sus ediciones, una por mes, seis al año, quince o veinte antes de

programas de crecimiento, esquemas para coeditar, oportunidades de distribución. No podemos olvidar que es en las pequeñas editoriales donde suele surgir la mejor literatura. No podemos olvidar que es en las pequeñas editoriales donde corre la literatura que importa, la que, por escribirse a espaldas del mercado, a pesar de él, en contra de él, es la única que puede reflejar sin consideraciones nuestra condición y ver por encima de nosotros y nuestras preocupaciones pasajeras. Me refiero también a los editores que están al frente de las grandes casas editoriales. El mensaje es claro: es crucial no convertirnos en el basurero de España: copiando de ellos métodos salvajes de adquisición de mercado, importando de manera acrítica a sus autores, permitiendo que las apuestas que hagan en territorio mexicano no tengan la oportunidad de serlo también en España, y abriéndoles la puerta franca, sin supervisión y postura propia, a un mercado desprotegido y, si se me permite, manso como lo es el nuestro.

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•Primus inter paris• Una vez le oí algo a Octavio Paz que se me quedó muy grabado. Me parece que se refería a los medios de comunicación, a la influencia que ejercen sobre nosotros, en particular a su imperio sobre las naciones hispanoamericanas, y ya sabemos que tratándose de él los libros no podían estar excluidos: ahora somos, dijo, más dependientes de España que en los años del virreinato; ahora somos, más que nunca, periferia de la metrópoli. Nuestra lengua empieza a mostrarlo y ya sabemos que la lengua es el muestrario más sensible con que contamos. A veces temo que la nuestra acabará llamándose, no “la ciudad de México” como decimos nosotros y certifica siempre que puede el hablante, sino a secas, sin el artículo que nos honra porque así es como la ponemos en palabras, y no como, por ejemplo, en la frase “viajaremos a Ciudad de México”, dicen los españoles con perfecta sordera en sus acercamientos a nosotros y repiten con persistencia que ofende en los libros y las publicaciones periódicas que les compramos… y, como creo en momentos de

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pesimismo, que acabaremos llamándonos. Mucho de lo que tenemos y nos honra, los edificios mismos de la ciudad de México que arropan este encuentro literario, viene de aquel siglo, que es el de la Conquista, el del Capitán Aldana, el de Teresa de Ávila, del que proviene lo mejor y lo peor que somos. Estamos frente a una gran oportunidad de aprender de la vieja metrópoli, sin duda trabajando con la creatividad y la crítica que nos definen, lo mejor que puede ofrecernos, desechando lo peor. Contra lo que puede creerse de mis palabras, la solución no está en cerrarnos sobre nosotros mismos. Al contrario, debemos abrirnos con propuestas originales, es decir, originadas aquí y en nosotros, para que la creatividad termine hablando por nosotros. Tenemos una mejor materia prima. Nuestra poesía, por poner un ejemplo, que en España pasa horas grises (curioso ese fenómeno hispánico que invita a creer que la mejor literatura viene del desastre histórico), en México está viva porque en ella conviven todas las tradiciones.


•Primus inter paris• También porque uno de cada cuatro hispanoparlantes es mexicano y sobre todo porque en este país es donde el español, nuestra lengua milenaria, está viviendo con una prisa inusitada su transformación más importante. Estoy seguro de que entre nosotros están los editores que deben acompañar esas transformaciones. La tradición editorial mexicana lo confirma y al final nuestros libros lo acabarán reflejando. Y como consecuencia nuestras librerías estarán llenas de aquellos autores que hablan por nosotros con la voz que sólo nosotros tenemos.

Fernando Fernández (México, 1964). Egresado de la UNAM como licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas. Fue becario del Centro Mexicano de Escritores y obtuvo Beca Salvador Novo; fundó las revistas Milenio y Viceversa. Ocupó el cargo de Dir. Gral. Del Programa Cultural Tierra Adentro y Dir. Gral. De Publicaciones de CONACULTA. Actualmente imparte un taller de poesía en la EME. Entre su obra publicada se encuentran los títulos El ciclismo y los clásicos, Ora la pluma y Palinodia del rojo.

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•Si no conoces a...•

Adriana Tafoya, lealtad y lírica Por Mario A. Cárdenas La poesía es de esas pocas cosas que no nos traicionan nunca, que veremos día a día en el continuo devenir de la experiencia, porque ésta se cuenta en verso y no en prosa creyesemos. La escritora Adriana Tafoya es de aquellas que llevan esto a la práctica diara, sabe ciertamente que la fidelidad del escritor nace en la autocrítica y por ello ha dedicado gran parte de su vida al complejo, pero satisfactorio, ritual de la poesía. Ella es la denuncia de la infidelidad a uno mismo. Adriana Tafoya (México, 1974) ha sobresalido en la literatura contemporánea gracias a su gran obra impresa: poemarios, antologías en las que se incluyeron poemas suyos, libros de los que ha sido compiladora, y múltiples colaboraciones en revistas a lo largo del continente y alguna allende los mares. Entre sus poemarios destacan Animales seniles (2005), Enroque de flanco indistinto -poemario sobre ajedrez- (2006), Sangrías (2008), El matamoscas de Lesbia y otros poemas maliciosos (2009; segunda edición, 2010) y Diálogos con la maldad de un hombre bueno (2010). Mientras que en las antologías en las que ha aparecido se encuentran Descifrar el laberinto (2005), Del silencio hacia la luz: Mapa poético de México (2008) , en el Anuario de poesía mexicana 2007 (FCE, 2008, selección de Julián Herbert), Serpentinas de Agua (antología de poesía para niños, Editorial Pléyade, Letras Independientes, 2010 y 2011), Poetas en Construcción/IMC/Conaculta, 2010 , Antología de Poetas Mexicanas (1965-1990) (2011), entre otras. Como compiladora, ha trabajado junto a Andres Cardo para la elaboración de 40 Barcos de Guerra, Antología de Poesía ( 2009). Sus

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•Si no conoces a...• colaboraciones en publicaciones periódicas abarcan desde los periódicos El Financiero, El universal, y muchos más; hasta las revistas Opción, Encuentros cercanos, Matemáticas y poesía, Bitácora, Letras universitarias, Círculo de Poesía y, al menos, un par de decenas más. La inspiración para la autora es un sistema complicado, donde la espontaneidad es tan importante como la metodología a la hora de escribir. En una plática que tuvimos oportunidad de entablar con ella, comenta que tanto hay poemas que surgen de la nada como otros que toman forma con el paso del tiempo. La memoria poética y la experiencia se vuelven uno a la hora de crear un verso, se corrigen y se hacen anotaciones, se relee y se vuelve a corregir, se analiza una vez más y se define si aquello es realmente poesía. Y, sin embargo, no es un método fiel que Adriana Tafoya sigue al pie de la letra. La poesía otorga la libertad de moverse en distintos métodos de creación, cada poema tiene un origen diferente y un fin que se vislumbra al culminar la escritura. Aunque siempre está la “fórmula alquímica”, asegura, “una gotita de creatividad... otra de imaginación... otra de estética, la que se necesite...”. Entonces, ¿existe fidelidad en la creación poética? Ella asegura que sí, para ella uno no podría ser uno si no le es fiel a su obra, mucho menos si no la acepta como suya. Hoy por hoy, Adriana Tafoya no sería tan reconocida entre la comunidad literaria si su afán de transmitir a sus lectores las sensaciones presentes en su obra no fueran insistentes en cada poemario suyo. Éstos encierran infinidad de experiencias vicarias que al momento de versificarlas las hace suyas, y que en la recitación se vuelven nuestras. En su trabajo como editora en la revista (y también editorial) Verso Destierro. Poesía para evolucionarte y ser, comprueba que la crítica va de la mano con lo que ella considera esencial en la creación: empatía. El efecto de trascendencia de un poema se logra

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•Si no conoces a...• solamente mediante la conmoción del que lo lee, “una catarsis” asegura ella es el móvil de cada poeta. Todos sus reseñistas opinan lo mismo: Tafoya es una poeta sin igual. La fuerza de sus versos duelen e incomodan, pero duelen bien. Como Roberto Absenti apuntó sobre ella, “...es una cabrona hecha y derecha, no se anda con medias tintas, ni le pide permiso a nadie para escribir...”. Del mismo modo concuerda Arturo Alvar sobre su libro El matamoscas de Lesbia y otros poemas maliciosos, “Su mirada punzante agarra parejo, tanto hombres como mujeres y el ideario femenino adherente a los códigos patriarcales es destruido, al menos con las palabras”. Para muestra que aquellos no se equivocan, un botón: “El abandono de mí es desposeerme desgarrarme el vientre y odiarte para querer morderte la lengua cuando me beses y dejo caer mi cabello caer los labios menguados mis ojos se mueren en el silencio del sonido me alejo de los colores del misterio” “Quebradiza”, incluído en el poemario Sangrías (Ediciones El Aduanero, 2008) Y aunque Adriana Tafoya nunca tenga en mente a ningún autor cuando se sienta a escribir, siempre tendrá presentes en su memoria a Enrique González Martínez, Enrique González Rojo Arthur, y más recientemente, a Alfonso Reyes y a Ikram

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•Si no conoces a...• Antaki. Todos consagrados en la literatura nacional y fuertes influencias en la obra de Tafoya. Actualmente, además de su trabajo en Verso Destierro, la poeta Adriana Tafoya también funge como parte del consejo editorial de

Mario A. Cárdenas (Ciudad de México, 1992) Actualmente cursa la carrera de Ciencias de la Comunicación en la UNAM.

Fotografía tomada desde el sitio web adrianatafoya.blogspot.mx

Metáfora, hoja de poesía. Sin embargo, no se conforma con la creación, también gusta de compartir su conocimiento e iniciar a otros con los talleres que imparte, no sólo de poesía, sino también de ajedrez. Ha llevado a cabo los Torneos de poesía. Adversarios en el cuadrilátero y los Miercoles itinerantes de poesía, ambos proyectos ambiciosos que buscan el acercamiento de la literatura a todo público. Los poemas de Tafoya se diluyen en nuestros pensamientos más profundos, su pasión se impregna en la piel y se destila en el vaho que exhalamos al enunciar cada palabra escrita por ella. El ímpetu llena nuestra sangre que hierve en la gracia mezclada con la opulencia de su lenguaje. Adriana Tafoya y su verso nos vuelven más fieles a nosotros mismos.

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www.revmorbifica.com Revista Morbífica es una publicación mensual. Se terminó de imprimir el 14 de Enero del 2014. Se tiraron 200 ejemplares en papel ahuesado de 90 gramos, forros en cartulina opalina de 225 gramos con acabado. Para su composición se utilizaron tipos Garamond (16/14 y 12/10) y Mongolian Baiti (25/20)). Impresión digital: Copimagen, Cerro del agua No. 17, Local A, Del. Coyoacán, México, D.F.



No. 3 "La Infidelidad"