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EDITORIAL

Alberto Matos

Director Editorial de Vivir el Vino

Vino y cerveza

En España consumimos 14 litros de vino por persona y año, un 50% menos que hace exactamente dos décadas. En cambio, el consumo de cerveza, aunque también ha caído, se sitúa en torno a los 48 litros por persona y año. Unas cifras que se desprenden de estadísticas oficiales y de las que nunca se habían analizado en profundidad sus causas. Hasta ahora. Un estudio presentado a lo largo de la jornada Born to be wine, organizada por la Interprofesional del Vino de España el pasado 1 de julio en Madrid, atribuye estas diferencias a los hábitos que asociamos a nuestro estilo de vida. Hábitos que, como tales, generan “adicción” o, lo que es lo mismo, resultan muy difíciles de cambiar. En este sentido, el estudio concluye que el vino se vincula, sobre todo, con conexiones más profundas, tanto con nosotros mismos como con los demás. En este sentido, recurrimos a él cuando queremos ensalzar momentos y cuando aspiramos a disfrutar de la gastronomía. Por su parte, la cerveza se relaciona principalmente con el deseo de relajarnos y desconectar de la rutina, así como con las ganas de divertirse, conversar y disfrutar de un buen ambiente recurriendo, en este caso, a su “refrescancia”. Añade también que la alta sofisticación experimentada por el vino en los últimos años, con catas dominadas por términos incomprensibles para el común de los mortales, transmite una imagen elitista que, en lugar de atraer, ahuyenta especialmente al público más joven. Se trata pues de un producto cuyo consumo suele requerir mayor planificación. Todo lo contrario de lo que sucede con la cerveza que, con una manera de ser consumida más espontánea, cuenta con un mayor número de fieles. Tanto es así que, comparados, el vino apenas representa un 20% del total de actos de consumo, acapara un 14% del volumen y un 25% del valor, muy lejos de los porcentajes masivos de la cerveza. El estudio vertebra el consumo de ambos productos en torno a nueve espacios vocacionales. En cinco de ellos, el vino sale perdiendo, en apenas tres gana la batalla y solo en uno queda empatado con la cerveza. Entre las situaciones en las que queda relegado a un segundo plano, destacan algunas como el hecho de conectar con los demás siendo uno mismo, recrear experiencias de placer, alargar el momento presente con control, evadirse, revitalizarse, liberarse y desinhibirse. Empata cuando se trata de darse un homenaje y sale victorioso cuando lo que se pretende es saborear lo local, mantener la tradición, ser un buen anfitrión y disfrutar de la indulgencia. Esta tendencia obedece a razones económicas, psico-sociológicas y de costumbres. Así lo hizo saber Emilio Restoy, presidente del comité de Marketing de la Interprofesional del Vino, durante su intervención en la mencionada jornada. E invertir dicha tendencia no es, ni mucho menos, una tarea sencilla, pues la cerveza –la bebida fría de baja graduación alcohólica que representa el rival más inmediato del vino- está muy arraigada entre nuestros hábitos. Y los hábitos, como ya hemos visto, generan adicción. Para tratar de invertir la situación, el mundo del marketing sugiere ahora nuevas propuestas, como añadir hielo al vino, sobre todo en verano. Una práctica muy extendida en Francia que en nuestro país se considera una aberración. También se invita a abrirse a la combinación de este producto con otras bebidas, como hace la cerveza, que se mezcla con gaseosa o limón e, incluso, se vende sin alcohol. Nadie se queja por ello y la reputación del sector cervecero no se viene abajo. Por el contrario, cada día surgen nuevas marcas de las denominadas artesanas que ofrecen variedad y calidad sin que se detenga el mundo.

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