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1 La Diosa de las Letras


La Diosa de las Letras

Fotografía: Rubén Márquez 2


La Diosa de las Letras

Fotografía: Rubén Márquez

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La Diosa de las Letras

Armando, queridísimo Armambo:

El mes de mayo amanece sin ti. De ahora en adelante, todos los me transcurrirán sin tu presencia. Sigo pensando que deberías haber espera supieras cuánta falta haces en este planeta. Cucurrucucú, no llores, cant derramando lágrimas. Carajo... En algún lugar de Facebook leo que desde el primero de abril pas consternada) te convertiste en leyenda. ¡Qué consuelo tan flaco! ¿De qu ahora, de carne y hueso, a mi lado. Anoche me puse a ver videos tuyos y escucharte y me reí bastante viéndote en escena. ¡Eras todo un personaj al público. Tu voz. En nuestro viaje a París (hace ya 6 años) todo el tiempo gritabas M que habías leído y que me recomendaste: Ubu roi. Me tardé mucho tiem pensar en ese viaje mágico y en que leías buenos libros, escuchabas bue de la vida: me cae que la disfrutabas. Le sacabas todo el jugo posible y de gozo. Paisajes, cielos nublados, olas rompiendo en acantilados, fiesta Tenías una mirada muy especial para verlo todo, al mismo tiempo profu roi, una obra de teatro que amaste pues presentaba de una manera grot poderosos. Siempre luchaste, con tus libros o tus rolas, con tus tuits o en ya fuera de los gobernantes hacia sus gobernados, de los empresarios h las mujeres que no podían defenderse. Hace rato vi una película en la televisión. Mi hija la eligió. Se llam eras un crítico de cine de primera, te hubiera gustado. Creo que ni siqu que hizo llorar (¡otra vez!) pensando en la posibilidad de echar el tiemp No haber estado a tu lado muchas más veces, no haber logrado que te q Un mes ha pasado y si bien mi dolor ha aminorado, sigo sin creer q cómo vivir este duelo y me gustaría pedir tu consejo -siempre me diste c ¿Cómo le hago para acomodarte en mi pasado si siempre estabas a tu voz, tu aroma, tu calidez infinita al abrazarme? Por favor dime cóm

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eses y todos los años ado unas horas, dos días... y aquí seguirías. Y eso duele, duele mucho. Si taba Pedro Infante. Pues tú ya no lloras, pero nos tienes a varios todavía

Merdre!, así, con una erre de más. Recordabas esa palabra por un libro mpo en conseguirlo. Ahora lo tengo frente a mí y no dejo de ena música, veías buen cine y amabas la buena mesa. Eras un sibarita atesorabas, a veces en tu memoria y otras en tu cámara, cada instante as rituales de los pueblos que visitabas, rostros en el metro o en la calle. unda y llena de ternura. También crítica. Y esto me hace regresar a Ubu tesca y satírica algo que odiabas: la ambición y la tiranía de los n tus entrevistas, contra lo que te indignaba: el abuso de los poderosos, hacia sus empleados o (¡pinche ironía!) de los hombres misóginos hacia

ma About time, del Reino Unido, estrenada en el 2013. No sé si a ti, que uiera la habrías visto por “ligera”. Pero eso no importa, sino el hecho de po atrás. ¡No sabes cuánto me quebranta no haber estado más contigo! quedara claro que ahí estaba yo, para lo que necesitaras. que jamás volveré a verte. Es un trago dificilísimo de digerir. No sé bien consejos tan sabios-, pero no puedo. acurrucado en mi presente? ¿Cómo le hago para retener en mi memoria mo.

Beatriz Rivas 5

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sado (justo hoy se cumple un mes de tu decisión que todavía me tiene ué me sirve que seas leyenda y que pases a la historia? Yo te quiero aquí y de Botellita en Youtube. Fue una experiencia grata. Sentí apapachos al je! Tus gritos, tus brincos, tus gestos. La manera en la que conquistabas


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No recuerdo su rostro. Cada vez que pienso en ella, sus ojos, su boca y mejillas son distintas. Lo demás se mantiene con la inestabilidad de un gas raro: neón, por ejemplo. Por ejemplo, de la primera vez que la vi, me queda la vaga imagen de un vestido entallado de color violeta, tremendamente corto, tal y como se usaba en los albores de los años setenta, tan diferentes a los rabones y entallados de hoy. Usaba un chongo apretado, de esos que las señoras no se lavaban en semanas porque peinárselos era un tema de muchas horas de ansiedad y cuellos cansados, de dolor de cabeza, crepé y fija pelo en spray de aroma áspero, industrial: eran un avispero tieso los entrecruces de pelos, pero en ella era una columnata gloriosa. Por supuesto, Ella no era una señora, no, era la Diosa de las Letras, mi maestra de Literatura Universal en la escuela Vocacional Número Tres: un trampolín árido para trepar a una carrera técnica de Politécnico, esa fábrica de engranes para la gran industria. Pero entre la química orgánica y el cálculo integral (todos olvidados, inútiles para quien ahora soy), a algún académico se le ocurrió que los ingenieros debían ser un poco letrados, sólo un poco, tener un tema de conversación que no fueran matrices vectoriales y fórmulas venidas de teóricos añosos. Así que, en mi lista de materias, enterrada y menos preciada, la lectura se volvería un tema de pasión, pues, a parte de las emociones y pesadillas que me habrían de general los libros, yo estaba enamorado de mi maestra de letras. O quizá no enamorado, pero sí enculado. Varias noches le dediqué mis primeros orgasmos manuales a esta diosa que se sentaba, con toda la paz que le daba su sabiduría, tras una mesa abierta a los cuatro vientos, sobre una plataforma de loseta. Su vestido se corría necesariamente hacia las alturas de su tremendas caderas y revelaba unas piernas frescas, tensas en sus fondos y suaves en la superficie, bueno, eso creía yo. ¡Uta! Los perros de mi salón nos peleábamos por sentarnos en los mesa bancos que daban frente a aquellas patotas cósmicas. Debía tener unos 27 años, la edad límite de mis ídolos recién muertos: Morrison, Janis Joplin, Jimy Hendrix. Yo no leía ni en defensa propia, sólo un libro inyectado a fuerza en la secun me había fascinado al grado de concluir el largo camino que implicaba leerlo: Colmillo blanco, Jack London. Entonces mi Diosa de las Letras, el primer día de clases, sacó una lista llena de libros misteriosos y que sin duda me matarían de aburrimiento. A cada alumna (para sorpresa mía había en mi salón diez de ellas) y alumno nos tocaría leer de rabo a cabo uno para exponerlo ante la perrada. En la rifa del tigre me habría de tocar la Divina Comedia de un tal Dante Alighieri. Entonces, mi vida cambió y se fue directo con Dante, de mano de Virgilio, al infierno.


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La Escuela Vocacional Número 3 estaba instalada en la meritita orilla del fastuoso campus de Politécnico, el Casco de Santo Tomás, apartada de las esplendorosas instalaciones de la Wilfrido Massieu, más una eficiente pista de tartán para velocistas mediocres y el campo de futbol americano donde los porros y los chicos sanos de segundo grado, algunos del Comité de Lucha, se daban, con ganas de matarse, golpes y tacleadas rompe tibias-peroné. Al fondo de la masa de edificios, calles y auditorios, estaban las Escuelas Superiores de Medicina, la ESCA (contabilidad y administración, ¡uf, qué güeva!), la de Homeopatía, el Canal 11, el Carrillón, un patio coronado por un escenario en el que se elevaba un campanario en el cual los mejores campanilleros del mundo se echaban rolas hermosas y evocativas y, un poco más allá, el Hospital Rubén Leñero de Emergencias y Traumatología donde, algunos meses más adelante, se refugiarían inútilmente una centena de chicos heridos por bala y garrotazos que serían secuestrados por los Halcones un 10 de junio de 1971. El patio de mi escuela era una tierra de nadie compartida con los ñoños de la Voca 6 que iban para las carreras de medicina y ciencia biológicas. En ese patio entorpecido por algunos maseteros cuadradísimos de cemento, rolábamos un trío de adolescentes tontos armados de dos guitarras y un juego de armónicas en La, Do y Re, muy útiles para tocar blues e imitar al legendariamente hoy olvidado John Mayall and the Bluesbreakers (donde tocaba la lira Eric Clapton, ¡guau!). En sentido contrario, nuestra banda se llamaba Chicarcas Charifas Rufus Blues Band o Los Tacos y las Tortillas, y nos pasábamos horas tocando Room to Move y El boogie boogie de la gata ninfómana a raíz de una historia de erotismo mal terminada en la que una compañera trabajadora de la industria del aseo doméstico se la pasaba pecando de cuerpo y alma con una fila de siete muchachos que nos formábamos en la puerta de la recámara de la patrona de la susodicha sirvienta, quien, ¡oh poderes de la juventud!, no se daba a basto con tanta eyaculación precoz y hasta pedía que algún semental dobleteara la sesión. Uno de estos supuestos chicos calientes más bien estaba allí para robarse todo lo que le cupiera en las bolsas de los pantalones y la chamarra. Cuando yo pasé a mi sesión carnal, me encontré a la chica semidesnuda, sonriente, luminosa, acostada en la cama de la patrona con la falda levantada hasta el cuello y los calzones en el tobillo del pie derecho. Ante tamaño espejismo de amor, me arrugué como los no-machos y sólo me le quedé viendo, asustado y maravillado por ver por primerísima vez en mi vida una entrada al cielo en vivo y en directo (lo demás sólo eran conocimientos adquiridos en los libros de biología con cortes diagonales de vaginas y glándulas mamarias). Avergonzado, salí corriendo del departamento del pecado (que operaba así entre las 4 y las 7 de la tarde, cuando los dueños de esa casa se iban a chambear), mientras algunos que sí eran hombres bragados, y no pedazos como yo, dobleteaban con la feliz insaciable. Con una pegajosa sensación de asquito, me fui a mi depa y me di un regaderazo de agua hirviente y aprovechar para hacerme justicia por propia mano, pero cualquier convocación a la libido era inútil. Así que me cambié mi camisa verde y los pantalones azules por un conjunto caqui, pretendiendo dejar atrás mi fracaso y me salí a jugar tochito con los amigos, donde nuestras tlaqueadas no eran rompe tibias y peronés. El partido, de pronto, fue interrumpido por el arribo de un pelotón de policías que buscaban entre los erotómanos al que se había chingado las joyas de la doña de la casa.

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(Esta historia continuará...)

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apañada del brazo—, tenía camisa verde y pantalón azul. La doméstica se me quedó viendo directo a los ojos, pero como estaba tan engentada, no reconoció mi mirada impotente y me dejó en libertad. Yo estaba a punto de vomitar, pero me aguanté, ahora sí, como los machos, para no ir a parar a la delegación. Por cierto, el verdadero ladrón se había ido a Tepito a revender las joyas, por lo que nunca fue aprendido y aprehendido. El boogie boogie de la gata ninfómana trataba de este tema escabroso; sin embargo, no tenía letra, era un puro sonsonete en una vuelta de La Mayor. Mi cabeza adormilada no daba para escribir una letra que narrara mis emociones: era yo, pues, un iletrado del alma, lleno-lleno de emociones que lanzar a los cinco vientos, pero incapaz de articular palabras coherentes. Lo único que podía hacer era pegarle de martillazos a mi guitarra de Paracho, tal como lo hacía al borde del fin del tiempo de descanso entre clase y clase. En un éxtasis falso y relajiento, me puse a pegar de brincos con la guitarra en las manos, tocando el boogie, cuando, en una voletereta vertiginosa, de pronto quedé de frente a La Diosa de las Letras: mi maestra de literatura universal. Dejé de tocar, con los vellos de punta. ¡Futa, por estar en la bohemia, se me había olvidado que la clase que seguía era la de ella, y este oasis humanista era un imperdible junto a la clase de dibujo ortogonal y estadísitca! — ¿Vega, verdad? —me dijo sin quitarme los ojos de mis ojos, con sus 27 años estallando como fuegos artificiales, con su cabello suelto, libre de ese chongo que la atormentaba con espray, con una falda tableada muy po arriba de las rodillas y botas altas blancas. ¿Qué le había pasado por dentro a esa maestra de ropas rígidas y gesto formal que ahora parecía una chica a go go lista para saltar a la pista de baile? De hecho, creí verla bailar discretamente la rolita tonta de Chicarcas Charifas Rufuz Blues Band and Friends o Los Tacos y las Tortillas. —Vega-Gil, maestra —le respondí con una voz atragantada por el fantasma de un hueso de pollo rostizado, acompletando mi apellido que todo mundo cortaba a la mitad por ser compuesto e inverosímil. —Y, ¿qué, jovencito?, ¿no va a entrar a mi clase por estar tocando su guitarra? —N-n-no, maestra, ¿cómo cree? Ya voy para allá. —Bueno —decretó—, lo espero porque hoy les voy a repartir a cada uno de ustedes un libro para que lo lean de cabo a rabo y después lo expongan frente al salón. ¿Le gusta la idea? —Me gusta —dije en un acceso de estupidez, confesando en realidad que quien me gustaba era ella, La Diosa de la Literatura. Ella se dio la vuelta y se movió a mi salón con el viento agitando su cabello jipi. Yo volteé a verme la cremallera del pantalón: ahí estaba, avergonzándome bien gachísimo frente a mis compañeros de banda, una señora erección, la que no se apersonó cuando descubrí a la trabajadora doméstica sin chones. Me tapé con la guitarra y corrí al salón para enfrentarme a mi primera gran aventura literaria.


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Incense and peppermints, meaningless nouns Turn on, tune in, turn your eyes around Look at yourself, look at yourself, yeah, yeah Look at yourself, look at yourself, yeah, yeah, yeah, no

Entonces se me ocurrió que, en algún rincón misterioso de la conciencia (o de la inconsciencia), la música desata órdenes específicas, únicas, que el cuerpo recibe para menearse de modos singulares, y que estas reacciones bailarinas se reproducen prácticamente igual en todos los seres humanos, aún incluso la primera vez. Si por ahí sonaba en una fiesta de tus papás una guaracha o son cubano tocado por la Sonora Matansera o Benny Moré, de inmediato, como la respuesta de la rata Skinner al premio y al castigo con trocitos de queso o toque en las patas, uno movía el bote pallá y pacá; si sonaba en la recámara de tu hermana mayor, a través de un radio de bulbos, una balada melcochosa de Mayte Gaos, la cabeza se meneaba de un lado a otro con inercia enamorada; y si sonaba en el tocadiscos estereofónico de tu casa una rola de Iron Butter Fly, esa de Inagadda Da Vida que duraba méndigos 17 minutos (con el solo de batería más célebre de la historia que todos en el salón imitábamos a la perfección agarrando a madrazos 13

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1971. La maestra de Literatura Universal parecía una bailarina de programa televisivo de música a go-go, absurdo nombre que se le había impuesto por las estaciones de radio a un rock ácido que depositaba su atención en largos, delirantes y virtuosos solos de órgano Hammond y guitarra arropados por ritmos poderosos y complejos de batacas necias y bajos saca ampollas. Deep Purple, Traffic, los Doors, ¡uta!, u otros más demoledores como Grand Funk Railroad, Jimi Hendrix o King Crimson, ¡ftzzzzzz! Y la bailarina psicodélica nombraba con una voz emocionada, a un pasito de llorar de tanta felicidad, a sus escritores más amados: Dostoievski, Unamuno, Dante Alighieri, Edgar Allan Poe, Juan Rulfo, Flaubert, José Agustín. ¿José Agustín en el programa escolar de literatura de una escuela técnica y deshumanizada del Poli? No, esa era, sin duda, una ocurrencia fabulosa de nuestra Diosa de las letras. Música y literatura, ¡pinche mezcla poderosa! Sí, me dije con las piernas temblando, y, al ver a la ticheresa de pie, frente a los perros adolescentes del salón que aullábamos pa dentro al ver a esa ninfa del amor y el erotismo con su micro mini falda tableada meneándose enseñadoramente en sus entusiastas brincoteos, mientras enunciaba la lista de libros que nos iba a tocar a cada quien para leerlos (¡futa, qué esfuerzo más espantoso!, ¡leer un libro completo!), con su cinturón ancho de plástico reluciente, apañado en una hebilla con un signo de paz y amor plagado de brillantes de fantasía, en perfecto juego con las botas que cubrían las rodillas, su cabello cayendo sobre los hombros con las puntas redondeadas hacia fuera... me puse a bailar quedito, sin que nadie se diera cuenta, como si oyera muy cerca de mi oreja a Strauberry Alarm Clock tocando Incienso y menta. Pensé que nomás yo lo hacía; pero me volví, con cero discreción, y vi que todos los onanistas del salón nos meneábamos igualito, al mismo tiempo. ¿Qué pedo? Entonces caí en cuenta de que alguien se había puesto a la entrada del salón, con la puerta entreabierta, y había prendido un radiecito de transistores y pila rayobac, sonando esa canción maravillosa de ingenua y épica:


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los portafolios o la tabla del mesabanco), uno de inmediato lanzaba las clavículas en movimientos laterales que hacían que el tronco y la cintura se conectaran en una onda suave y continua, con los brazos danzando en movimientos paralelos como de cilios de anémona en un vaivén de marea suave. Aunque, claro, no porque tu cerebro le ordenara a tus músculos y huesos que se movieran de tal o cual manera, tú ibas a lograr bailar como una negrota cubana de sabrosa cadera, como una adolescente ligerita o una jipi abismada en un viaje de LSD (eso era lo que los ingenuos de la Vocacional número Tres creíamos); que bailaras más o menos bien, tenía que ver con tu entrenamiento dancístico, con que no tuvieras dos piernas izquierdas, pésimo oído para distinguir una guaracha de una partita de Bach o que no te repugnara la música que le gustaba a tus jefes o a tu carnala. De pronto, en medio de esta reflexión pacheca, en el fondo de mi conciencia, escuché algo así como mi nombre, un murmullo que parecía salir de la boca de mi diosa particular. —¡Vega-Gil! Yo pegué un grito, ese era la segunda vez que la prof pronunciaba mi nombre y, díganme si eso no es la mayor muestra de amor. Los demás burros del salón se burlaron de mí por el aullido de mi garganta, independiente a mi voluntad. Entonces, la maestra, sonriendo, ¡uffff!, con los brazos en jarra sobre su breve cintura me dijo: —Vega-Gil, a usted le toca leer La Divina Comedia de Dante Alighieri. Y yo comencé a arder en las llamas del infierno.

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1971. Vocacional 3, IPN, Casco de Santo Tomás, salón de clases, horario incierto. La maestra de literatura me mira a los ojos directo y sin escalas. Omnibús del alma. Sonríe. Yo estoy al rojo vivo. Creo que voy a vomitar. La perrada comienza a aullar y me espabilo. Todos saben que estoy enamorada de la profa, ¡ojetes! Pero que no se hagan güeyes, de Antúnez a Zapico, los hombres todorcios de este salón estamos que morimos por ella: la pasante de Letras Italianas de la UNAM, la profesora que es apenas unos cuantitos años mayor que yo, ¿qué hace una pumita linda en esta jungla de burros (asnos) blancos del Poli? Está radiante. Hace una semana apenas, sus ropas eran grises, tímidas, con el vestido apenas sobresaliendo por arriba de la rodilla. Pero ahora trae una faldita capaz de detener el transcurso del mundo, de la historia; dos piernas gloriosas, vencedoras, como las columnas que sostienen el plato plano de nuestro planeta; dos patotas capaces de detener el movimiento de los planetas y las estrella, si es que nos avenimos a la idea medieval de que el cosmos se acomoda y gira al rededor de nuestra realidad: el centro del Universo es ella, no la Tierra. Alicia (¡se llama Alicia!) ve mi entrecejo aterrado: —Para finales de mes, tienes que hacer una exposición de La divina comedia de Dante Alighieri. Mi obra favorita. Y, ¡en la torre inclinada de Pisa... y corre! Se pone a declamar en perfecto italiano de la toscana del siglo XIII, bueno, así me imagino a las chicas Medicis, platicando sobre sus quehaceres y preocupaciones: Per me si ve nella città dolente per me si va ne l’etterno dolore per me si va tra la perdutta gente...

—¿Dante Aliyeri? —digo con voz rota. —No, Armando —¡uta!, me dijo Armando, no Vega-Gil como todos los profes/máquina que nos torturan con ecuaciones y fórmulas en esta escuela/ fábrica—, no se pronuncia Aliyeri, sino Aliguieri. Mira. —Y escribe en el pizarrón Alighieri—. La G en italiano se pronuncia generalmente como Ye; pero si tiene una H enfrente, el sonido se hace suave, amoroso: Gui. El famoso carro es Lamborguini, no Lamboryini. ¿Cachas? «Cachas», me ha dicho «¿cachas?». —No te veo muy convencido de entrarle al poeta divino, Alighieri. —La verdad es que yo... este... —Se ve que eres un rocanrolero rudo, te oí allá afuera cantando como guerrero azteca con tu guitarra, ¿es de Paracho? —Yo, este, yo... —Pero hasta el hueso más duro de roer se derrite por la pasión amorosa —y dicho esto lanza un suspiro que nos mata y resucita a todos los perros del salón 1F que ya ladran, cabuleándome de lo más gacho; pero Alicia sale en mi defensa palmeando sus manos—. A ver, silencio, ¡silencio! Sabes, Armando —¡ufffffffffff!—, Dante está a punto de cruzar una selva espantosa llena de amenazas, bestias hambrientas, por ver sólo de lejos a su amada Beatrice, quien acaba de morir de amor. ¡Ay! Pero Dante, no, no puede enfrentar los peligros de la vida. Así que decide tomar el camino largo, igual o más peligroso que el de la selva selvaggia e aspra e forte, y se va con un guía, Virgilio, a cruzar el Infierno mismo y el Purgatorio para llegar con el alma de su chica. —Pero yo ni novia tengo —le digo como para dejar claro que estoy vacante, 16


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libre para ella y nomás para ella. —La conclusión de Dante —se sigue de frente si pelarme en lo absoluto— es que el amor es la fuerza que mueve al Sol y las Estrellas. —¡Uta!, yo que pensaba hace treinta segundos que sus piernas milagrosas eran capaces de detener el cosmos, y ella me viene a decir que, al revés, el amor es la energía del Universo que mantiene el movimiento de lo vital. ¡Ufffff! Para los piches aztecas, esa fuerza era la sangre y los corazones de los guerreros tlaxcaltecas que apañaban como presos en las Guerras Floridas, así que estoy dispuesto a que me abra como res y me saque el cuajo, el nenepil y el buche—. Sólo tendrás que leer la primera gran jornada: El Infierno. —Contigo, Alicia, puedo cruzar el pantano y mancharme el plumaje; puedo irme de rodillas a la Villa de Guadalupe con una corona de espinas y un nopal adherido a mi espalda; ir a comprar pescado fresco al malecón de Veracruz y regresar con un robalo sonrosado para dártelo fresco, así que no me achico con el pinche infierno —le digo en la improbable voz de mis adentros. —Puedes sentarte, Armando —me ordena con suavidad, y sigue leyendo su lista—. Zapico, Zapico Leónides. —Presente, maestra Alicia. —¡Ay, qué bonito nombre tienes! —¡Uta!, le acaba de lanzar un «lindo», y la perrada traslada el cabuleo contra el barroso de Leónides que más que rojo, palidece como una veladora de sebo en pleno derretimiento, razón por la que, de una estocada, desaparezco del planeta con todo y su amor y sus sacrificios humanos, ¡vale para una chingada el amor, ¡snif!—. A ti te toca Edgar Allan Poe, El escarabajo de oro. Trrrrrrrrrr. Suena la chicharra. La clase termina y nadie se mueve de su asiento. Estamos atentos a la profesora de Literatura, quien ha tomado el bulto de libros que trae consigo. De seguro, saliendo de aquí, va a la UNAM a tomar una de sus clases de maestría. Se dirige a la puerta de salida (que para mí jamás ha sido de entrada), y sale. Un suspiro general azota como viento huracanado al 1F, cuando de golpe regresa y el aliento de la jauría se congela. Con dificultad saca un libro de su altero y lo extiende hacia mí. —Armando, este es para ti. Me levanto como si tuviera un cuete en la cola y brinco un par de mesabancos como en la final mortal de una carrera con obstáculos. Ella gira 162 grados y desparece. Yo salgo del salón que parece que se está incendiando por los gritos y jalones de sillas. Todos, y cuando digo todos, son Todos, están asomados por las ventanas y la puerta para ver qué es lo que ocurre. Alicia, acelera el paso y cuando llego a su cuadrante, estoy agitado como un maratonista que ve por primera vez en su vida la posibilidad de una medalla de oro. Sin detenerse, sin siquiera volverse a mirar mis ojos pelados, me da un libro hermoso, con tapa gruesa de piel, un cuero terso, como de ante. ¿Por qué ha cambiado su trato cariñoso por esta frialdad de raspado de tamarindo? —Te voy a prestar mi ejemplar de La comedia, es una edición bilingüe, con grabados de Doré, impresa en papel Biblia. Te la encargo con mi corazón entero. Cuídala como si fuera tu cabeza, tu intestino grueso, tu ojo izquierdo. Entonces, levanta el rostro, y su gesto serio vuelve al estallido de luz: un tipo la espera. Guapo, interesante, mucho más alto que yo, con ropa limpia y nueva. Me quedo encajado como una estaca en el piso. Alicia y el maldito don


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Juan se abrazan. Muero. Bueno, no muero de morir, pero sí que me petateo. La profesora de literatura y el ratero de mierda desaparecen. Abro el libro y en la primera página leo, del puño y letra de Ella lo que algún día será mi epitafio:

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(Continuará...) 19

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Recuerda, es el amor y sólo el amor lo que mueve el sol y las estrellas. Alicia. Ahora sí que muero de morir. Adiós, mundo cruel. Bienvenido, Infierno de Dante.


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1971, 27 de febrero. Unidad Juan de Dios Bátiz, 3 pm. Quisiera llegar a mi casa y encerrarme en el baño o, mejor, en mi cuarto para hacerme justicia por propia mano, anegado de lágrimas de desamor, leyendo, en directo desde las manos de mi maestra de literatura, Las Descabelladas sexiaventuras de Dante Alighieri y su carnal Virgilio, pero mi mini departamento de interés social es un manicomio sobrepoblado con el abuelo, mis dos hermanos chicos, dos perros, un gato, mamá y papá revueltos por todos lados como lodazal de rancho. No existe aquí ni un sólo maldito lugarcito de intimidad, de recogimiento espiritual. Mi mamá, siempre cocinando, escucha sus radionovelas a todo volumen para poder competir con el gruñido permanente, imparable, de la televisión con mis hermanos viendo del Club Quintito, mientras mi abuelo pone sus discos ranchero-sadomasoquistas de Javier Solís:

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Quisiera abrir lentamente mis venas mi sangre toda verterla a tus pies para poderte demostrar que más no puedo amar y entonces, morir después.

¡Qué letra más dantesca! Y luego los ancianos nos critican por oír «esa música ruidosa y calenturienta de greñudos mariguanos como la Janis Joplis esa, y el Yimi Liendrez, negro loco, y tu tal Llim Morris payaso, que se murieron bien merecídamente por drogadictos, mano», como dice mi pinche abuelo que, a parte de vivir arrimado aquí en su silla de ruedas con bolsita para la pipí, se la pasa regañándome. El viejo es un superviviente de la revolución, anduvo a pata con huarache entre metralla, sombrerudo, fusil al hombro, matando federales, para luego volverse uno de esos federales que andaba matando sombrerudos huarachudos, y que al final se quedó sin calzones ni agujero para caer muerto, deambulando en las calles de la ciudad de México porque le expropiaron su casita, y su esposa (mi abuela) se largó con un general que, ¡ese sí!, le puso su casa chica en la punta de un cerro, ¡esas son hembras y no pedazos, chingá! Sé que al vejete le llegó la hora de descansar, pero que no me esté jodiendo. Mis dos hermanillos de Indias y yo tenemos un par de disco cada quien, de Cri Cri a Led Zepellin pasando por los Teen Tops, así que cuando el abuelo se queda jetón en el reposet, con su cobijita de lana picante en las piernas, roncando como puerca atorada en una enredadera de alambre de púas, nos desgreñamos por conquistar el tocadiscos que, por lo general, se agandalla mi papá para oír sus discos de albures de Chaf y Kelly y que lo hacen reír como un tonto. ¡Argggg, mi vida es un pantano! Un pantano dantesco. Dantesco. Ah, qué palabra tan mamona, pero ahora que venía en el camión clavado en el libro que me prestó Alicia, mi hermosisisisisísima profesora de letras, comas, frases y oraciones, me di cuanta del poder de esta expresión, pues resulta que Alighieri se la pasa del pésimo de archi espantoso en su viaje por el Infierno. Y, bueno, no es que lo haya leído así que se dice leído, pero sí vi con horror y espanto los dibujitos que acompañan a la Divina Comedia: cráteres de volcanes con lava hirviente donde se cocinan almas pecadoras, ejércitos de demonios trinchando a medio mundo por los pellejos del lomo o el culo, torbellinos de gente que aúlla de dolor y miedo. ¡Está bien padre el reventón en el Infierno! Y Dante, que se desmaya, que se saca de onda gachísimo, que llora y llora todo el tiempo como yo, ¡ya ni la friego de lo nena que soy!, chillando, de camino a casa, por el amor 22


de Alicia de los Ríos, pues así se llama y apellida mi maestra literaria, que cuando está a solas conmigo (bueno, conmigo y con la recua desaforada y pestífera de mis compañeros del F1 de la Vocacional Tres del Casco de Santo Tomás), me llama por mi nombre y me alecciona sobre las ideas medievales tardías del amor, pero que cuando está con su guapo novio universitario (que la va a recoger a la escuela en coche, yo que ni a bicla llego porque mi abuelo la empeñó hace dos semanas para comprarse unos discos de Miguel Aveces Mugía y José Alfredo Jiménez):

¡Qué estupidez es esa! ¿Llegó el uñero de uñas, se fue el gentío de gentes? ¿Vivir enamoramientos de amores? O como yo: morir de enamoramientos de amores. ¡Carajo! Pero si mi profa quería más a su novio, cosa que era un hecho irrefutable, ¿por qué carambolas me prestó, precisamente a mí, un libro suyo de sí misma, y a nadie más otro? ¿Eh?, ¿a ver, a ver? ¿Porque venía ella de su Facultad de Letras? No, tendría que estudiar en la madrugada y eso es absurdo. ¿Por que veía en mí un futuro escritor, un transfuga de los engranes, un desertor de la tecnología puesta al servicio de quién sabe qué ricachón? Imposible, lo que se comprueba nomás de ver mi cara barrosa y mis patas chuecas, mi cerebro de bolita y mi futuro más previsible que un chiste de Gordolfo Gelatino. ¿Porque me quería como se quiere de modo lastimoso a un cachorro en agonía, hijo de perra? ¿Guau? Esta era la explicación más cuerda. Pero, ¿y la dedicatoria de «Recuerda que el amor es lo que mueve al cielo y las estrellas»? De seguro su pinche novio le había traído el libro desde Madrid, hallándolo en una librería de libros misteriosos, árabes y fenicios escritos en papiro egipcio, y la dedicatoria era del novio para ella, con cariño. Pero la inscripción no tenía nombres de remitente ni de destinatario. ¡Uta, mano!, diría mi abuelo. Qué enigmas. Pero, bueno, manque me salga al jardincito pútrido que está frente a mi edificio a leer por las tardes con el ultimito rayo de sol y aluzándome ya de noche con una lámpara sorda, voy a leer de un sólo tirón La divina comedia del Dante Alighieri para llegar la semana que entra bien macizo y apantallar a la literata y, dentro de cuatro meses, volver a leer el librote que, ¡qué me dura su pasta dura!, para hacer mi disertación a media clase, dedicándosela a mi profe, sacarme un diez y, de premio, salir a tomar leche malteada con mi profa, aunque, ¿con qué dinero la invito? 22 de abril. ¡Uta! Qué pinche difícil resultó el poeta toscano: cada tres palabras tenía que abrir el diccionario para saber de qué carajos se hablaba, leyendo tapado con la cobija por vía de esta méndiga lámpara que parpadea cada cinco minutos y se chorrea de sus pilas a dos por semana. En estos tres meses apenas si he avanzado 23

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Llegó borracho el borracho pidiendo cinco tequilas y le dijo el cantinero, se acabaron las bebidas si quieres echarte un trago vámonos a otra cantina.


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las palabras que no capto; ¡pero no importa!, la historia cada vez se vuelve más espantosa, más veloz y, cuando me quedo jetón, sueño que me trepo por los pelos de las patas de Belsebú y que una pandilla de demonios chiquitos me roen el cráneo y sorben mis sesos con popotes gordos como mangueras en el noveno círculo del Infierno, allí donde estoy enterrado en una laguna de hielo, mientras ellos, los chamucos, se jalan sus pitos, para guacarear sangre, y mi mamá me grita que ya me duerma, que esmuy tarde, que deje de molestar a mis hermanos que arden en piras, flotando en el aroma de la patas hongueadas de mis hermanos de pieles rojas y cuernos y colas con pico atrás. ¡Vamos, vamos piche Dante! Avanza, avanza. Trepa, dale la mano a Virgilio, esquiva los trinches, no te vuelvas a desmayar, ¡ahora no, ahora no!

Per me si va nella città dolente, per me si va nell’eterno dolore, per me si va tra la perduta gente. Giustizia mosse il mio alto fattore. Facemi la divina potestate la somma sapienza e il primo amore. Dinanzi a me non fuor cose create se non etterne, e io etterno duro. Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate.

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(continuará...)

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Ahhhhh, sal, Dante, sal de ese chiquero de mierda. ¡Ahí, Armando, ahí, Armando! —¡Armando! Ya levántate, sal a tirar la basura, desayuna, lávate las patas que te huelen horrible y vete a la escuela, pero volando. Y aquí voy, aquí voy a que Alicia de los Ríos, maestra de literatura del salón 1F, por fin me vuelva a hacer caso después de tres meses que no me ha ni volteado a ver, concentrada en las exposiciones de mis compañeros que bambolean entre Crimen y castigo y, entre Los miserables y Los de abajo; a mí, que me he extinguido como el pabilo de una veladora de a peso; ella, que sigue siendo recibida por su novio de mierda en su carrito del año; a mí, que, cuando me olvido, momentáneamente, de ella, me pongo a berrear a los Doors en el patio de la escuela con mi banda horrible de mala pero entrona; ella que cada vez se mira más radiante con sus libros bajo el brazo, sin preguntarme por este pesado primer tomo encuadernado en cuero que descansa sin piedad sobre mis piernas entumidas. He terminado la lectura. Salgo de prisa a la calle, la diosa de las letras me espera. ¿Me espera?


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1971. 27 de febrero.

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Traigo inoculado en la cabeza el himno salvaje de Led Zepellin, Immigrant Song: una serie de martillazos gruesos reventándome el plexo solar, lóbulo temporal (oral), con la guitarra monstruosa de Jimmy Page apuntalando los remaches de mi nave (un camión destartalado, con más hoyos que piso), sobre los aullidos de Robert Plant transformados en la voz de un vikingo que cruza el estrecho de Bering, muerto de frío.

El corazón me late al ritmo de John Bonham, doloroso traca traca sin misericordia para nosotros los pobres tontos que esperamos inmigrar desde este lado del mundo (el norte más norte de la ciudad) a una tierra más acogedora (San Cosme), pero no: por estar en la angustiante necedad de desvelado alucinante, leyendo a altas horas de la noche/madrugada el Infierno de La comedia de Dante, me quedé cuajado bajo mi iglú hecho de sábanas y cobertor, sobre la cama, en el preciso momento en que no debía hacerlo, a la hora de despertar. ¿Por qué uno siempre se jetea en el tiempo equivocado, cabecea a la hora del postre, bosteza derrotado en la escena culminante de una peli, se va a negrosestado-alfa cuando un alacrán se sube por tu pantalón para picarme en un muslo? —¡Escuincle güevón! —me gritó mamá en la oreja—, salte de la maldita cama que ya se te hizo tarde otra vez. Y, ¡uta!, que me levanto impulsado por los resortes del saque de onda y el miedo, con una tela borrosa cubriéndome los ojos. ¡Este es el día más importante de mi paso por la pinche escuela Vocacional Tres del Instituto Politécnico Nacional plantel Casco de Santo Tomás, y estaba a medio punto de llegar tarde a mi primera clase, la de la Diosa de las Letras! ¡Puf, puf! Vengo avanzando por la calle en carrera de guerrero tenochca vencido, con una banda de fantasmas tlaxcaltecas persiguiéndome a lanzas en punta y flechas contra mis nalgas, con el portafolio bajo el brazo, resguardando el tesoro más alto del imperio. ¡Ufa! Venimos de la tierra del hielo y la nieve. Me falta mucho todavía para cruzar media ciudad y llegar a la escuela. Cruzar el mar urbano del DF. El martillo de los dioses va a conducir nuestros barcos a nuevas tierras. El tiempo avanza vuelto cochinilla. Estoy sin bañarme, sin lavarme los dientes masudos, la boca me apesta a cloaca de la Merced y los pelos son pabilos de sebo, con un almohadazo por diseño. ¿Así me voy a presentar con la maestra de literatura, con mi amor imposible, con la mujer que me habrá de marcar para siempre con un hierro al rojo vivo por el lomo? ¡Puf, puf! ¡No me chingues! El maldito camión se murió en la bocacalle de Instituto Politécnico con Insurgentes Norte. El próximo tardará media hora en pasar. Venimos desde donde el sol de media noche sopla la primavera caliente, canta Jimmy Page, y el imbécil del chofer me dice que cruzando la glorieta hay una terminal de camiones que me pueden acercar al Casco de Santo Tomás. Y, 29

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Ah, ah, We come from the land of the ice and snow, From the midnight sun where the hot springs blow. The hammer of the gods will drive our ships to new lands, To fight the horde, singing and crying: Valhalla, I am coming!


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mientras tanto, troto desgobernado como un caballo flaco y sudoroso, con la faringe seca por los golpes de aire que trago sin ton ni son, repitiendo el discurso de apertura de mi exposición: —¡Puf, puf! Dante Alighieri nació en Florencia, allá por el 1250, más menos, amaba su ciudad, pero nunca regresó a ella después de que lo exiliaran por andar con los güelfos blancos (seguramente aquí se reirían los tarados de mi salín buenos pal albur, malos para el cálculo integral). ¡Ay, pinche taxista de cajete, fíjate por donde das la vuelta, güey, casi me atropellas! ¡Puf, puf! Dante estaba condenado a muerte si es que regresaba a su casa a menos que se pusiera de rodillas y se arrepintiera públicamente por ser un criminal, un traidor, a parte de pagar unas multotas que lo dejarían sin calzones. ¡Uta, ya se puso el rojo en el semáforo! ¡Pobre del poeta! ¡Puf, puf! Dante, de adolescente, se enamoró de Beatriz a quien jamás reveló su amor loco pues la señorita murió a los veinticuatro años. ¡No mames, me arden los pies y nomás no llego a esa pinche terminal! Se me hace que ni existe, que el chofer hijo de su pinche madre me engañó! ¡Puf, puf! El poeta jamás pudo superar estas pérdidas: su casita, su paisaje toscano, la terraza de los jardines Boboli plagados de tilos, el río arno, el Ponte Vecchio, su amor inconcluso, su certidumbre de justicia. La Divina Comedia se volvió entonces, ¡puf, puf!, su manifiesto político y amoroso. ¡Uta, allá está la terminal, pero tengo que dar una vueltesota a menos que cruce en chinga este terreno lleno de lodo y charcos! ¡Ni pedo! Por mí se va a la ciudad dolorosa, por mí se va al eterno dolor, por mí se va tras la gente perdida, ¡puf, puf! Justicia animó a mi alto constructor, me hizo la Divina Potestad, la Suprema Sabiduría, el Primer Amor. Antes que yo no hubo cosa creada salvo la eternidad y yo eterno duro. Abandona cualquier esperanza, tú que entras... ¡Mocos! Caigo. ¡Mocos! Caigo al charco de lodo que embarra mis pantalones cuidadosamente planchados por mí, ayer, durante veinte desesperantes minutos, raya en medio, Topeka acampanados de dos colores. Caigo entre las piedras que rasgan mi camisa a rayas que colgué en un gancho para que no se arrugara ni una micra. Sangra mi codo. Tus verdes campos pueden susurrar historias de sangre, alienta la guitarra de Page, y las cascarrias de lodo me llegan al cuello. Permanezco un minuto en el lodo, siento las manos haladas del agua puerca agarrarme a quince uñas por las piel chinita. Sé que todo está perdido: no tengo tiempo de regresar a mi casa a cambiarme, quizá el camión que me podría llevar a la Voca no exista en esa parada utópica. Miro al cielo azul, está lleno de nubes cargadas de agua. Ojalá caiga un chubasco de miedo para que el fango se me escurra. No tiene caso seguir corriendo. No llegaré a mi clase. Alicia, mi maestra de letras universales pensará que renuncié, que fui incapaz de preparar mi expo sobre Alighieri, sobre el paso del medievo al renacimiento, del reconocimiento del italiano vulgar como un lengua culta, capaz de soportar en unos versos delirantes la voz de una nación rota por la guerra, el destierro, las traiciones. Un poema infinito que suma la visión terrorífica de la vida después de la muerte: el pecado, la locura, el perdón, la purga, el alumbramiento místico. Beatriz, Beatriz, la muerta tirada en un charco de lodo, viendo al cielo de la Toscana, desde los suelos de la joyita arquitectónica de los Medici. Sepultada, con un Dante roto, viendo a lo lejos cómo su féretro es abismado en el hocico negro de una tumba. Una tumba. ¡No mames, pinche Armando! ¡Párate, cabrón! Regresa al mundo de los vivos, así, lleno de lodo, desgarrado. Mírate, idiota, estás bocarriba abrazando el portafolios que resguarda (?) el libro que Alicia te prestó especialmente a ti. No puedes fallar, no puedes fallarle. 30


(Continuará...)

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Y salto empujado por los resortes del miedo y la vergüenza. Un camión está arrancando. No sé si sea este el que vaya al Casco de Santo Tomás, pero me trepo. —Señor —le pregunto al chofer que me mira con asco—, ¿pasa por el Casco? Sólo asiente con la cabeza. —Por favor —por fin habla—, váyase al fondo, pero no se siente que me va a ensuciar la unidad. La ciudad se vuelve un pasillo largo, se elonga como una liga espacio temporal, y yo soy una partícula subatómica. Menos que eso. Un espacio entre dos electrones atrapados en un núcleo. Vacío. Sí, el mundo no es sólido, la realidad, mis manos, el lodo en mis pantalones no son más que una anomalía, un estorbo en el vacío esencial de la vida. ¡Chale, qué clavado! Comienzo a llorar. No me queda otra más que abrir el portafolio para comprobar si se chingó el tesoro bibliográfico de mi maestra, la versión bilingüe de la Comedia impresa en Barcelona con grabados de Doré. Debe ser un revoltijo de aguas puercas. Me va a escupir la cara Alicia de los Rìos, La Diosa de las Letras. Sus finísimas hojas de papel Biblia deben estar arrugadas (las del libro, no las de ella), perdidas para siempre. Pero no, ¡no! El libro está a salvo, el fango apenas resuma sus dedos sucios por los bordes. ¡Puf, puf!, grita el camión que es una ballena, y yo, Jonás. Moby Dick. La ballena blanca que anunciará su aparición y la muerte del capitán Ajab cuando el mar huela atierra mojada, igual que yo: ¿será una buena señal? 7:15. Brinco del camión, corro otra vez, con la gargante reseca de tanto tragar aire frío. Si llego al salón, estaré afónico y el ridículo de mi ropa de pordiosero crecerá con mi mutismo. Entro al salón, voy llorando como Dante, voy que me quiero desmayar sin que ningún Virgilio me guíe. Entro al salón. Silencio. Temo lo peor, que Alicia de los Ríos me diga que no puedo pasar, que estoy reprobado. Pero Alicia hoy no viene vestida con sus lindas faldas, ni trae el cabello suelo. Su rostro es una nube oscura. —Buenos días, Vega-Gil. —Buenos días, maestra. Disculpe el retraso, pero... Interrumpo mi discurso de disculpa idiota. La Diosa de las Letras tiene la mirada vacía. Me mira, pero no me ve. Atrás de mí hay un fantasma que atrae su atención. Alicia viene vestida de luto, ¿cómo no lo había notado antes? —Armando, dé su clase. La vida debe seguir su transcurso. Saco el libro de lo que queda de mi portafolios. Lo abro en la primera página ilustrada, con el retrato de Beatriz, el rostro antes de la muerte. —El amor inspiró al poeta toscano, ¿verdad? Como estoy mudo y agitadísimo, sólo afirmo con la cabeza. —Bien, lo escuchamos. Y antes de que dijera nada, La Diosa de las Letras se echó a llorar.


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1971. 27 de febrero. 7:18 am. Casco de Santo Tomás. Vocacional Número tres. Distrito Federal. Alicia de los Ríos, ¿dónde está tu cabello suelto a go-go? ¿Dónde tu faldita breve encumbrada por ese par de patotas de mi Diosa Pánica de las Letras? ¿Por qué estás llorando si el que viene a moco tendido soy yo? Yo, con los pantalones llenos de lodo, la camisa desgarrada, el codo con mole, tu ejemplar antiguo de La divina comedia con las orillas de sus tapas de cuero levemente salpicadas de lodo. Pero un momento, la maestra hace un segundo me habló de usted. Ha dejado de tutearme; entonces, ¿acaso yo debo hablarle de usted, doña Alicia? El salón entero está con el hocico cerrado. Nunca los había visto tan densos, tan pinche calmos. Estoy helado y el Patas, sentado hasta el frente, me pide con los ojos que salga de mi estupidez. Subo, entonces, al antepecho que sirve a los profesores para verse más altos que sus alumnos, para poder vigilar hasta la última hilera de salvajes trogloditas. Intento abrir mi discurso de presentación de Dante Alighieri; pero no sé por dónde empezar, hacia dónde intentar concluir mi chorema renacentista. La maestra de Los Ríos ni me mira. No existo. Nada existe para ella. —Profa —por fin alcanzo a articular con una boca enmohecida por el efecto de un puñado de cacahuates garapiñados, de los rojos, esos que te dejan la lengua y los labios colorados—. Sí, el amor es la gasolina del motor de la obra de Dante. No se vuelve a mirarme. —Pero más bien creo que es la muerte lo que anima al poeta divino. Su chica está muerta bien muerta, y su única manera de encontrarla es cruzando el largo camino de los condenados, de los que esperan pasar el purgatorio, de las ánimas que llegan al Paraíso. La profesora por fin alza el rostro y me mira con sorpresa, digamos que asustada. —Dante tenía sobre sí una condena de muerte: las espadas de Chipotles sobre sí. Alicia de los Ríos por fin sonríe... y se me abre el Paraíso, esa tercera parte del libro que no leí porque la buena ventura me da güeva y prefiero los demonios trinchando pecadores, bestias monstruosas devorando cabrones y cabronas. ¿Algún día leeré esa parte de La comedia? No, no lo haré. Entonces abro mi bocota de bobalicón y hago una pregunta que, cuando va saliendo de mí, se me confirma como una verdadera estupidez, aun así no me detengo y la suelto; la suelto a pesar de que intuyo que La Diosa de las Letras me responderá «Qué le importa a usted, alumno balín Vega-Gil»; la suelto a pesar de estar seguro de que me meto en lo que no me importa: «Con qué derecho se cree para preguntarme algo tan personal, algo tan íntimo». —Maestra, ¿por qué está llorando? Se pone de pie. Su falda es larga, negra, con el tiro muy por debajo de sus rodillas. Trae unos zapatos bajitos, negros, de charol. En el salón se revuelve en el aire un murmullo como que de miedo, como que de sorpresa. La maestra se dirige hacia mí. Tengo ganas de vomitar, pero como salí como alma con un cuete de pena por la cola, no tengo nada que arrojar por la garganta más que jugos gástrico de ayuno, que son los que más feo huelen. Licha de la letras se para a un par de centímetros de mí (exagero, claro, que en ese instante no sé cuál es la diferencia entre lo cercano y lo inalcanzable). Tiene el maquillaje de sus ojos corrido de tanto llorar, su cabello recogido en una cola


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de caballo. Algo le está rompiendo el alma (pues claro, idiota, o, ¿crees que está así de gratis?), pero nadie de los que estamos allí se enterará. —Sí, alumno Vega-Gil: la muerte. Y lo entiendo todo todito, solo solito: ella ha hecho el esfuerzo espantoso de cruzar la laguna Estigia en el lecho de la lancha del güey de Caronte que llevó a Dante a las puertas del Infierno, agarradito de la mano de don Virgilio, el poeta divino que no podía entrar al Paraíso porque era un pagano, a pesar de que se mereciera estar acostado a los pieseses del mismísimo Deux, componiéndole rolas cósmicas a las que les harían coros las cohortes infinitas de ángeles que le vuelan al Altísimo como moscas a una montaña de miel con trozos de chorizo fresco (¿chorizo fresco?, ¿en qué estás pensando, Armando de popó?). Ahora lo noto, sus zapatos bajitos negros están manchados de lodo, y eso me une a ella, yo que, por correr a través de una laguna de fango me fui de nalgas contra mi dignidad. —No hubiera venido, maestra. Y la imagino junto a la boca abierta en la tierra de un panteón pinche de la pinche ciudad de México, con cuatro panteoneros bajando el féretro del novio guapo y universitario y culto de Alicia de los Ríos. Guapo y con coche. ¡Choche! Su novio se partió las tres almas en un choque. Sí, seguro en la Pera, rumbo a Cuernavaca, con esa bajadita que hace que los carros agarren una velocidad endiablada. Ella se vuelve a mirarme directo a los ojos, sus pupilas son de vidrio y me perforan el cráneo. Alicia dice que sí a lo que estoy pensando. Quiero abrazarla, necesito que derrame sus lágrimas en mi camisa de jirones. ¿Cómo se sentirán las pequeñas aguas saladas de la mujer más triste y hermosa de la tierra en mi pecho? ¿A qué sabrán, a que olerán, cómo se oirán? Pero debo conformarme con nomás verlas, y me viene a la cabeza hueca una canción de los Rolling: It is the evening of the day I sit and watch the children play Doin’ things I used to do they think are new I sit and watch as tears go by

No, nada es nuevo, todo ya está hecho. Y tampoco está atardeciendo, son apenas las siete y cachito. Quisiera sentarme para ver jugar a la niña en la que se ha convertido mi profesora de letras universales; esperarla a que ella venga y se acurruque en mí, sentaditos los dos en una banca del parque. Sí, pero lo único que alcanzo a hacer es entregarle La divina comedia. Ella casi se cae de espaldas. Intento ir por ella para cacharla en el vuelo que le puede reventar las cervicales, pues es un hecho que de caer, lo hará como regla; pero logra estabilizarse. Y abraza el libro. Y recuerdo la dedicatoria en la primera página del incunable: podía ser de ella para mí; pero no, sé que es de su novio muerto para ella. Alicia se echa a llorar más, y más, y más. Y, de golpe, guarda silencio. El Patas ya le está dando un klínex para que se seque las de cocodrilo (lágrimas, quiero decir), y ella se suena los mocos que ya le fluyen como ríos Nilo. Y, en lugar de abrazarla llevarla conmigo a no sé dónde chingados, me voy a mi pupitre. 34


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—Armando —me dice cuando ya le estoy dando la espalda—. Toma, esto estará bien en tus manos. Me quedo helado. El pinche Patas se me adelanta, toma el libro y noto que le roza la mano a la ticheresa, ¡maldito cabrón! Pero se reivindica cuando me entrega el librototote. La diosa de las letras toma su bolsa y unos libros que se coloca en el regazo, camina rumbo a la puerta del salón, hace un pequeño giro y nos dice: —Adiós, chicos. Ya baja las escaleras, ya cruza el patio, ya llega a la puerta de salida, y todos estamos asomados por las ventanas y la puerta, viéndola cómo se va para siempre. El Patas me da un zape. —Órale, güey, ve con ella, acompáñala a su casa, no la dejes ir sola. ¡Tan güey! Entonces me armo de güevitos y salgo hecho la chinguiña. Ya bajo las escaleras. Ya cruzo el patio. Ya llego a la puerta de salida. Y la veo, veo a la Diosa de las Letras subir al carro de su novio guapo que la está esperando desde hace rato. ¡Uta!, no, no está muerto. Está vivito y coleando. ¿Qué pedo? El carro arranca. La maestra jamás volverá. Y yo jamás leeré el Paraíso, de eso estoy seguro, ni volveré a las palabras del poeta toscano, yo, que soy un inútil para las letras impresas... y las dichas... y las pensadas. Nomás me conformaré con ver los dibujitos de Doré para pensar y pensar, por todos los años que me quedan por delante, en la Diosa de las Letras.


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Homenaje a Armando Vega Gil - LA DIOSA DE LAS LETRAS  

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