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Índice

Volare

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Pág. 5

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Pág. 6

Vacío

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Pág. 7

La petit mort

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Pág. 8

Mañana

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Pág. 9

Diseño I

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Pág. 10

Diseño II

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Pág. 11

Army of Darkness

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Pág. 12

Deleitepúblico

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Pág. 14

Pegaso

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Pág. 15

Wake Up Junio

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Pág. 16

Átropos

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Pág. 17

4:07 AM

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Pág. 19

Nocturna – Puerto de A Coruña


Volare Rimembro-atopar-moi tént e infinitamént paraliçát cand llibertarént lás hilunderís nals múas qeaustas e las súas ombras drabujavant nostalgie riflectada nels méus oujs obsqúrs. Ma ió seguía-i possát i havía non rombo i havía non sperança e teígnas goignas voláns donde aquelle tètriqe lloqe plenada per lis royis dil Sole e la brumositád dal mattine. Ma seguía i-habént fréd logo cand las hilunderís marxerant-soi e restava ió seaul, infinitamént tént e infinitamént riflectát nels méus oujs obsqúrs.

Recuerdo encontrarme tieso e infinitamente paralizado cuando liberaron las golondrinas a mis espaldas y sus sombras dibujaban nostalgia reflejada en mis ojos oscuros. Pero yo seguía quieto y no tenía rumbo y no tenía esperanzas y tenía ganas de volar de aquel tétrico lugar inundado por los rayos del Sol y el bullicio de la mañana. Pero seguía haciendo frío incluso cuando las golondrinas se habían marchado y quedaba yo solo, infinitamente tieso e infinitamente reflejado en mis ojos oscuros.


Veo en las huellas que dejaste alrededor de mi cama tu miedo. Casi moldes en el aire: tu intención de atravesarme cada día y cada noche sin que yo sea consciente de que ya no estás acariciándome el pelo y la espalda y tu obsesión por hacerlo sin despertarme ni despertarte. Me dejo salir, cuando recuerdo que el aire puede moverse si tu pelo prefiere dejarse manchar por la luz dispersa de un día gris, y tu mirada una infinita lástima por mí: me pintas con extrañamiento, con distancia, con negro profundo del que quema la piel y a través de tus ojos puedo ver cómo se refleja en los míos tu valor para dar un paso al frente y arrastrarse toda una vida hacia atrás; la muerte jugando a los dados con nuestros hijos cada vez que nos atrevemos a torcer el gesto, a girar sobre nuestros talones para preguntarnos hasta qué punto se nos permite hacernos este tipo de preguntas y, antes de cerrar la luz, también mis inviernos y el frío que me secaba las lágrimas por adelantado cuando caminaba a casa sangrando toda la calle y hubiera dado incluso tus ojos, sin haber podido verlos todavía (sin haber visto aún absolutamente nada), porque me arrancasen los míos. Y cierro la luz. Y las explosiones de blanco sobre negro, la protesta por pasar del todo a la nada en un instante, me obligan a asumir que el momento no puede estirarse más y prefiero provocar una caída hasta el fondo antes que colgarme y llorar por haber llegado tan bajo y por haber caído tan alto: te busco a ti misma en tus ojos y no necesito que desde la calle o mis estanterías un coro de muertos me haga ver que hay límites que no se pueden traspasar; me olvido de cómo se levantan los párpados, me olvido de cómo se recoge la luz y ya no veo nada más que un blanco esterilizado al que no me queda más remedio que escuchar mientras extiende mi habitación sobre la superficie infinitamente breve del tiempo con un cuchillo que, por mucho que me gustase, nunca llamaría como tú ya sabes; porque no lo es: tan solo es un cuchillo. Un cuchillo que comienzo a sospechar que es el mismo con el que cortas mi pelo y mi espalda cuando el tuyo decide que es el momento de mecer tu sueño hasta llegar al mío (o quizás al revés, aún no comprendo muy bien a tu pelo). No estoy seguro: ¿hoy me dejaste soñar que con cada visita que me haces los cortes se vuelven más profundos, no es cierto? Sí, eso es; pero que se borran cuando nos dejamos subir hasta esa calmada indiferencia que camina entre nosotros en las tardes en las que yo me dejo ver un poco de negro y blanco al mismo tiempo y tú te dejas convencer por tu pelo de que es un buen día para salir a dejarse manchar. Cuando vuelvo para compararme con mi habitación y poder encontrar algo más vacío que el eco que guardo detrás de los ojos veo correr la sangre desde las paredes hasta el suelo y cuando la reconozco, cuando me doy cuenta de que es mía, me veo dormido y contra el cristal y te escucho arañarme el cerebro con la lengua mientras aplaudes que todo lo que creía haber visto en los muros eran solo sombras y ni tan siquiera sangre. Quizás café. Quizás humedad. Lo que tienes claro es que sé tan bien como tú que nunca has tenido nada que ver conmigo.


Vacío Resulta extremadamente complicado definir un concepto cuando para hacerlo se precisa necesariamente recurrir a su opuesto. Porque de alguna forma la esencia de ese término antagónico nos lleva de nuevo al inicial, y de este modo establecemos un pensamiento circularmente cerrado. Curiosamente, cuando de acérrimos amantes del círculo se trata, los primeros somos. Recorremos la mitad de nuestra adolescencia experimentando múltiples sensaciones de carencias internas, de anhelos desesperados por corromper sábanas, hacer trizas los resistentes cristales de las corrientes ideológicamente impuestas. Soñamos con salir del bache que constituye el valle que habitamos, siendo lo más profundo que uno pueda imaginar aun tratándose de zona montañosa. Fardamos de terciopelo conscientes de no vestir más que velour. Tergiversamos intencionadamente las palabras, nuestras mentes son tijeras que recortan a su gusto. Poco a poco dejamos atrás esa etapa, quizás no del todo, pero en cualquier caso evolucionamos. Todo semeja ser diferente, nos desprendemos de cadenas oxidadas en el tiempo, despegamos con la ilusión del astronauta en su primer viaje. Pasamos a vivir en un apogeo continuo, olvidamos nuestro llanto tímido, nuestros gritos de socorro entre la multitud y nos ponemos la máscara de la aparente perfección. Uno de los peligros de todo clímax es que después de haber avanzado hasta el punto álgido toca descender. Es entonces cuando chocamos contra la realidad, despertamos del fantástico sueño que habíamos tallado en base a reminiscencias superficiales. Sin habernos percatado estamos dibujando de nuevo el círculo: del vacío pasamos al lleno, y del lleno aparente retornamos al vacío. Ante este vaivén emocional no es de extrañar que perdamos las nociones de nuestra identidad, nuestro registro. Nuestra inspiración también se aleja, todavía más si no es otoño. ¿Es entonces el vacío opuesto a nuestra felicidad? ¿No alberga en nosotros un mínimo atisbo masoquista, un deseo irreprimible por el negro pesimismo? A decir verdad, ansiamos poder quejarnos, entrar en conflicto si la rutina lo requiere, de ahí que el vacío sea a la par un aliciente animoso a disposición de ser llenado. Nos negamos a afirmar la rotundidad del lleno, incluso su existencia. El placer del hueco nos ha carcomido el cerebro, los volúmenes son ahora sacos repletos de grietas, agujeros negros por los que se cuela nuestra autoestima. Vacío o lleno son conceptos irrelevantes, y de esta manera la insaciabilidad y el consumismo sensible rompen con todo intento de geometría.


La petite mort Aquella luz que palpita me arranca las venas, osada, sangrándome entera la vida de feliz felicidad colmada. Cierro los ojos y tiemblo y el tiempo temblando me abraza, y vuelo despacio hacia el cielo mientras todo mi cuerpo sangra. Aquella luz que palpita me degüella, destartalada, y río al tiempo que grita y lloro al tiempo que ladra. Cierro los ojos y pienso y mi cadáver se colma de rosas y mi alma se pudre en el tiempo y feliz sangrando en la sombra.


Mañana Abres los ojos con el despertador susurrándote dulcemente al oído que es hora de levantarse. “¡Por fin!”, piensas. Tu propio pensamiento te estremece e intentas huir de él escondiéndote entre las sábanas, abrazado a ellas, esperando a que los rayos de sol se filtren a través de la ventana y te mezcan suavemente fuera de la cama, o quizás que alguien venga a recordarte que el despertador suena, como si fueses inmune a su estridente súplica de atención, para poder contestar con un gruñido que te levantarás en un minuto. No va a pasar. El enorme edificio gris que se eleva frente a la ventana, ya lo suficientemente minúscula, encierra la mañana, tu mañana, en una eterna noche de cemento. Y no hay nadie más en casa. Ayer si estaban todos, lo sabes porque vinieron a besarte y acunarte antes de que te durmieses mirando las estrellas pegadas al techo. Las estrellas tampoco están ya. Tiras el despertador de un puñetazo. A pesar de que te incorporas y sacas los pies de la cama con cuidado, no puedes evitar tropezar en tu primer paso. Puede haber sido el despertador, quizás una zapatilla. En realidad, cualquier cosa, y desde luego no vas a saber que ha sido si toda la iluminación de la habitación es un triste rayo de sol que se refleja tímidamente en el edificio de enfrente, lo suficiente para apreciar todos los matices del gris del cemento. Sin haber recuperado del todo el equilibrio, avanzas a trompicones hasta el baño, donde apenas consigues orinar. Intentas lavarte la cara, pero eres incapaz de regular la temperatura del agua: primero demasiado fría, después demasiado calienta. Al menos, piensas, el contraste ha servido para despertarte por fin. En la cocina, haces un esfuerzo sobrehumano para luchar contra las arcadas que sufres a cada sorbo de ese café con sabor a óxido y barro que tragas. Al mismo tiempo, sin embargo, no puedes evitar que te guste más que la deliciosa leche con magdalenas de ayer. Vestirte te es casi imposible. Toda la ropa del armario es demasiado pequeña o demasiado grande para ti. Finalmente te decides por un traje que te viene dos tallas grande. Ya en la puerta, revisas los bolsillos y el maletín para asegurarte de que no te dejas nada mientras sigues pensando en aquello con lo que te tropezaste al levantarte. Lo más probable es que nunca lo sepas. Seguramente, cuando vuelvas tu casa ni siquiera será la misma, o estarás demasiado ocupado pegando estrellas en el techo de la habitación de tu hijo como para preocuparte por una tontería así.


Army of Darkness

Dentro del amplio mundo de la industria cinematográfica encontramos varios tipos de productos. Por un lado, tenemos cintas que se contentan con narrar una historia, de un modo más o menos magistral. Otras, en cambio, intentan explotar al máximo todos los recursos artísticos que el proceso de grabación ofrece al equipo. Contamos con innumerables clasificaciones: según el género de la obra, según cómo se estructura la narración de ésta, según el presupuesto del que dispone… Contamos con mil y una herramientas de catalogación; y aún así, a día de hoy, todavía me cuesta definir El ejército de las tinieblas, de Sam Raimi. Probablemente conozcáis a este hombre por su trabajo como director en la trilogía de Spider-Man. A pesar de ser su saga más conocida, las aventuras del hombre araña no reflejan su modo de entender el cine. Sam Raimi es un director con estilo muy propio, similar a Quentin Tarantino o Tim Burton en el sentido de que el espectador es capaz de reconocer el toque del director a los pocos minutos de metraje. Evil Dead III, o El ejército de las tinieblas es el máximo exponente de esto. A pesar de formar parte de una trilogía, no es necesario haber visto las dos entregas anteriores para comprender la odisea propia de Ashley Williams (Bruce Campbell). Con la primera película Sam Raimi logró crear un clásico absoluto dentro del cine de zombis. La segunda entrega es un híbrido entre el reboot y el remake: elimina varios aspirantes a cadáver de la primera película y se centra en desarrollar el personaje de Bruce Campbell, al mismo tiempo que parodia la entrega original añadiendo toques de humor negro. En El ejército de las tinieblas, el director tira la casa por la ventana: abandona completamente el terror basado en el gore de las dos primeras películas y sumerge la saga de lleno en la comedia fantástica. Al comienzo de la cinta se nos resume a modo de flashback los sucesos de Terroríficamente Muertos (Evil Dead II. A mí no me miréis, todos sabemos que traducir títulos en este país no es algo que se nos dé muy bien precisamente), o cómo Ash y su novia Lynda (Sarah Berry) descubren una cabaña abandonada en medio de un bosque y acaban liberando un mal arcano por causa del Necronomicón, el grimorio de los muertos. Esto acaba con Lynda poseída y Ash teletransportado a través del espacio-tiempo a la Inglaterra del siglo XVI, en los tiempos del rey Arturo. Si Ash quiere volver a su tiempo, debe recuperar el Necronomicón y ayudar al reino de Arturo a acabar con el mal que asola su reino. Dejar el destino del futuro en manos de un idiota cabezota suele tener consecuencias nefastas: por no hacer caso a un personaje sospechosamente parecido a


Merlín, Ash dice mal las palabras mágicas necesarias para deshacer un hechizo “antirrobo”, despertando al ejército de las tinieblas en el proceso.

Como podéis ver, la historia no es la panacea del séptimo arte. Pero la cinta esconde más de lo que se nos presenta a simple vista. Hay acción, aventura, gore… Por haber, hay hasta una historia de amor, así como comedia –en el extraño pero entrañable sentido en el que Sam Raimi entiende la palabra “comedia”–, así que la cinta resulta bastante completa, variada y entretenida. El espíritu del propio filme puede resumirse con un “no se toma a sí misma en serio en ningún momento”. Esta mentalidad supura desde cada disfraz de monstruo de teleserie hasta cada escena grabada frente a un croma. Siendo sinceros, la película no es ningún portento técnico. Y digo esto por no decir que es los efectos especiales que emplea ya estaban desfasados 30 años antes de que se grabase. Esto puede entenderse como un punto negativo, pero en realidad juega a su favor, confiriéndole un aire retro, similar a otras obras como El cristal oscuro. ¿Recordáis las series de Xena, la princesa guerrera y Hércules, de mediados de los 90? Pues podéis esperar algo parecido a eso – no en vano, también son productos made in Raimi. La extrema cutrez de esta película es lo que hace que funcione tan sumamente bien. No es necesario que resaltes sus defectos: la propia película lo hace durante 86 minutos. Otro elemento destacable es, sin duda, el guión. Ash Williams es posiblemente uno de los personajes que, sin saberlo la gente, más ha influenciado la cultura pop de la década de los 90 –al menos en lo que al mundo de personajes de terror se refiere. ¿Groovy? ¿Hail to the king? ¿This is my boom stick? ¿Gimme some sugar, baby? Está todo aquí. Sacar a un personaje como el representado por Bruce Campbell de siglo da lugar a diálogos realmente memorables. Aparte, las referencias a otras películas hacen que la crítica llegue a plantearse etiquetarla como parodia. Como ejemplo: cuando Ash es transportado a través del tiempo se trae su coche consigo. No, el coche no es un DeLorean. Eso ya rozaría el plagio. En definitiva; Sam Raimi nos ofrece 82 (96 en el montaje del director, que cuenta con un final alternativo – parodiando otra película que no mencionaré para no desvelarlo) minutos de diversión en su estado más puro. No pretende hacer reflexionar al espectador y cambiar su modo de ver el cine, ni tampoco abrumarlo con las más avanzadas técnicas digitales. Al contrario. Del mismo modo que a su protagonista, intenta llevar al espectador atrás en el tiempo, hacia la época en la que las películas eran poco más que teatro grabado. No necesita nada más para triunfar. La obra maestra de Sam Raimi, al igual que su arrogante protagonista, “va sobrada”.


Deleitepúblico No tren. Os cabelos ondulados sobre o vento. Os pasos cara o asento. Finalmente, o destino, ao outro lado. A pel agochada impenetrable baixo roupa negra. Ou gris. Mais as cores, presentes nun torrente imparable, inevitable. Acariño a pel baixo a armadura inmóbil. A man que se desliza, arriba e abaixo. E os beizos húmidos, esvarando sobre a pel tensa, fibrosa. Imaxinario desexo carmesí. E o seme nas mans, nos beizos que bicarán logo a outros nun xogo excitante de felación indirecta que fai que as mans fervan e se derritan.


Pegaso Feliz y veloz por la pradera me expando deshaciendo mi cuerpo en maltrecho rocío, poco a poco desplegando púrpuras las alas, galopando firme contra el viento enfurecido. Galopo sin cesar, buscando a la antigua gala que en la capital imperial vivió de antiguo, busco galopando vencer al miedo, echar a volar, y que mi corrupta existencia frene en el suicidio. Corruptas fueron las ponzoñosas palabras que desde Caledonia e Hibernia me llegaron de potrillo, que el reinado de la gala acabaría, arrancado su derecho, dejándonos solos y sombríos.


Wake Up Junio

http://www.youtube.com/watch?v=ydCPyj8AblU


I. Sentada nos acantilados, agochada na miña capa, negra coma a noite na que me atopaba, miraba hipnotizada aqueles catro fíos dourados que se xuntaban na beira do mar. A miña inseparable gadaña resplandecía ós meus pés, abaneando de cando en vez por mor do vento. Temendo que as furiosas ondas ma levaran, collina coas miñas nacaradas falanxes. Coa gadaña no meu colo e o vento cuspíndome salitre seguía hipnotizada por aqueles fíos de ouro que de vagar reducían o seu grosor. Hipnotizada como estaba non me decatei de que o mar estaba enfadado. Moi enfadado. Cansa e aburrida a miña mente vagaba polos recordos recordando aquel dito que tanto tivera escoitado dicir preto dos moribundos. Deus aperta pero non afoga. Imaxinei entón a Deus, cuberta cunha saba vermella (a modo de túnica) cinguida á cintura por un cordón feito dos cabelos escollidos na vena do ouro. Sacaba Deus ese cinto, deixando esvarar a túnica, e con el rodeaba o pescozo dalgún triste mortal. Con cara de pracer tiraba con forza do cordel, marcando a pel do moribundo. Éste, créndose morto, volvía de súpeto á vida. Todos gozaban coa súa recuperación, milagre divino. Pobre inxenuos. Pronto Deus lles cortaría a cabeza. Deixei a gadaña a un lado e achegueime ós fíos. Dun salto subín a un deles. Coma un equilibrista camiñei por riba del. As luces da cidade quedaban máis e máis lonxe a medida que avanzaba. Intrigada pola visión dun débil resplandor dourado ó lonxe apurei o paso.


II. O vento ruxía e colaboraba na labor de secado da miña capa, enchoupada despois que unha onda me engulira. Sorprendida polo que acabara de ver, aquela perfecta lazada que unía os catro fíos, deixara de prestar atención ó furioso mar. Nadara ata alcanzar as rochas e alí buscara a miña gadaña. Mirara o seu fío relucente, acabado de afiar; por qué non cortalos? Ó fin e ó cabo, eran catro fíos dos que nada se sabía. Sería tan doado como levantar a gadaña e pousala docemente sobre eles; eran tan finos que apenas facía falta un roce para cortalos. Misercordiosa decidín seguir o seu rastro en dirección contraria, dende as rochas. O mar cuspía e enchíame os osos de salitre mentres o vento xogaba coa miña capa ó seu antollo. Chegando xa á enseada comecei a escoitar o alboroto. Agochado entre o harmonizado son das ondas e as ráfagas do vento un silbido alertoume, dándome tempo para ver tan só como os catro fíos corrían cara a súa intersección onde, xa unidos, desapareceron na inmesidade do océano. Furibundas as ondas enguliron ó primeiro. O segundo. O terceiro. O cuarto. Lanzáranse un tras outro na boca do lobo. Directos ó seu estómago. E sen piedade foran engulidos todos. Ondadas de furia recorrían os meus osos, trementes co frío, deixando rabia escumante ó seu paso. Tal era a rabia que pensei que de novo volvería chorar, pese a que facía séculos que non tiña con qué. A miña misericordia non servira de nada, coma tantas outras veces. Unha e outra vez volvía o mar famento asumir funcións que non lle correspondían. Seducía ós pobres desgraciados de turno, facéndose calmo e arrastrándoos despois, ou retándoos coas súas inxentes ondas. E unha e outra vez volvían caer na trampa. Bailaban ben xuntos durante un tempo, penetraban un no outro, chegando a recunchos inimaxinables. Coñecían o mar dende dentro, deixando que se introducise nos seus corpos. Cheo de paixón entraba pola súa boca, coma unha lingua curiosa e impaciente. Abordaba a súa boca, baixaba codiciosa polo esófago e rapidamente enchía os pulmóns, desterrando de inmediato calquera sopro de vida que puidese quedar. E cando estaba satisfeito, cando xa non podía aproveitar máis, vomitábaos. Corrían as almas na praia, máis precavidas, levadas pola confusión e ulindo xa a traxedia. Parecía que esta vez Deus apertara demasiado.


4:07 AM INTERIOR. NOCHE. PISO DE ESTUDIANTES (La oscuridad del pasillo invita al canto de los grillos y, sin embargo, todo se mantiene en silencio. Dos compañeros de piso sin ganas de dormir ni del examen que amenaza desde la otra orilla del sueño se encuentran en el pasillo. Él sale del baño y él de su habitación.) ESTUDIANTE 1. Deberíamos publicar unha revista. ESTUDIANTE 2. ¿De qué? ESTUDIANTE 1. De calquera cousa, iso da igual. ESTUDIANTE 2. Sí, deberíamos.


Direccion.ur@GMail.com Revistaur.tumblr.com/ Issuu.com/revistaur/

Fin.


Vol. I, 1  

Hace unos meses se nos ocurrió que debíamos publicar una revista. Ahora creemos que vosotros deberíais leerla.

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