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julio 2010 #27 Argentina $14

julio 2010

Juegan: Víctor Hugo, Cabito, Wainraich, Hamilton, Caravario, Kuper, Fabbri, Veiga, De Biase, Iucht, Colonna, Llonto, Wehbe, Pacini, Diego Bonadeo, Imas, Di Genaro, Cheb, Senosiain y más

OTRA VEZ SOJA - LOS RIESGOS DEL MONOCULTIVO #27


staff Algún día se nos dará Qué es el pasado sino otra cosa que un diario viejo o una revista vieja. Al momento de escribir estas insensibles líneas, la final de la Copa del Mundo se juega bajo la atenta mirada de reinas, reyes y princesas transgénicas. También el cronista, devenido en cooperativo editor, ha puesto la atenta mirada en la última tapa de Un Caño. Allí donde se cometió el desliz (al igual que en 2006) de soñar que la final de la Copa del Mundo era Argentina-Brasil, con un agregado casi poético: gol de Palermo, de chilena, para sellar la victoria que no fue. Aquella diversión pretendía consagrar la épica periodística del acierto. Algo así como la prueba inequívoca de que “de esto sabemos”. El equivalente a señalar que tendríamos la jactancia de los acertadores de carreras de caballos. Pero aquella meta suprema hoy no es ni siquiera meta. No acertamos la tapa, tampoco el gol de chilena que soñaba Palermo, tampoco la nota exclusiva con Otamendi (hoy hipócrita y atrozmente castigado por la otra prensa). Y tampoco acertamos con las figuras del Mundial. Se han salvado de este semi-apocalipsis el deseo mágico de Galeano (“no es tan disparatado pensar en un tercer Mundial para Uruguay”), un texto de Carlos Bonet que vaporizaba toda chance de los equipos africanos y tuvo el poder hipnótico de adelantar la eliminación de Sudáfrica en primera ronda, y las convicciones tácticas de Fernando Pacini, que anticiparon la presencia de dos equipos en el altar mayor, España y Holanda. Ahora hablaremos de ellos. De españoles y holandeses. De la final más injusta que haya podido dar la historia de la humanidad. Bien decimos, la historia de la humanidad, no la historia del fútbol. Porque si algo no podía llenarnos de júbilo de acuerdo a nuestro pasado indigenista (hablo de una rama de mi familia, y no de la otra) era una final entre el reino que nos conquistó y arrasó, y el reino que arrasó a los negros en Sudáfrica. Pero aquel domingo de junio de 2010, cuando se disputaba el último partido, como bien dicen los mexicanos, no teníamos a quién darle nuestra lástima. Ya hay campeón. Ya hay una corona contenta, y varias democracias tristes. Y hay este número que se encuentra en sus manos, con un suspiro de esperanza en un Mundial que se viene. En Brasil 2014. Con Diego entrenador y un Messi que tal vez florezca en la primavera de nuestro fútbol. Porque algún día, algún día... la vamos a pegar. Pablo Llonto

SEGUNDA ÉPOCA (AÑO 5) NÚMERO 27 CONSEJO DE DIRECCIÓN Alejandro Caravario Christian Colonna Pablo Cheb Terrab Mariano Hamilton Pablo Llonto Matías Martin Fabián Mauri Víctor Hugo Morales Ralph Rothschild Ariel Senosiain Adrián Soria SECRETARIO DE REDACCIÓN Pablo Llonto DIRECCIÓN DE ARTE Alicia Sliwkin EDITOR DE FOTOGRAFÍA Fabián Mauri CORRECCIÓN Alejandro Lingenti COLABORAN EN ESTE NÚMERO Pablo de Biase, Juan Diego Britos, Diego Bonadeo, Andrés Burgo, Damián Damore, Magdalena Diehl, Cecilia Di Genaro, Alejandro Fabbri, Fabián Induti, Edgardo Imas, Román Iucht, Alejandro Kirchuk, Roberto Koira, Simon Kuper, Alejandro Lingenti, Cabito Masa Alcántara, Fernando Pacini, Alfredo Sainz, Florent Torchut, Traversaro, Gustavo Veiga, Sebastián Wainraich, Osvaldo Alfredo Wehbe, Roberto Zimmerman, Photogamma.com DEPARTAMENTO COMERCIAL info@sentidos.com - 5983.2700 www.revistauncaño.com.ar www.facebook.com/revistauncanio correodelectores@revistauncanio.com.ar IMPRESIÓN Kollor Press S.A. Uruguay 124 -Bs.As-4116-3598/3599/3601. DISTRIBUCIÓN EN CAP.FED Y GRAN BS.AS Sanabria S.R.L Baigorri 103. Capital Federal. 4304-3510. DISTRIBUCIÓN EN INTERIOR Distribuidora Austral de Publicaciones S.A. Isabel la Cátolica 1371, Cap.Fed. 4301-0701. Esta publicación es propiedad de EAMP S.A, Uruguay 1037 7º Piso. Prohibida su reproducción parcial o total. Registro de la propiedad intelectual, en trámite.

ILUSTRACIÓN DE TAPA Sebastián Domenech

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De fantasmas y melancolías

¿Cuántos sueños hay que reparar de aquí a la próxima Copa del Mundo en Brasil? Mientras ellos pasan, quedan las reflexiones del regreso de Sudáfrica y una pregunta elemental: ¿somos menos de lo que pensamos? Recetas para que la decepción no sea tan honda. Por VÍCTOR HUGO MORALES

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on cinco los Mundiales en los que la Argentina no pasa de los cuartos de final. Bellísimas ciudades como Marsella, Berlín o Ciudad del Cabo han visto la decepción de miles de seguidores que siempre confiaron en la victoria final. Este cronista está un tanto agotado de ese sufrimiento, en los bares aledaños a los estadios, cuando tantos hinchas, con la cabeza hundida entre las piernas o la mirada perdida, beben la última cerveza del viaje. Quizás sea hora de morigerar las expectativas, para que la decepción no sea tan honda. Los únicos que salen con la certeza de la final son los argentinos y los brasileños, que también deberían hacerse algunas preguntas. Diego Maradona instaló, desde los 80, la idea de una Argentina siempre favorita. El mundo y los argentinos creen que es así. Hay de todo en la Selección argentina, pero no tanto como se cree. Igual que en un baile, donde hay algunas lindas mujeres entreveradas con otras no tan agraciadas, y todas parecen bellas. La Selección es igual. Con ese favoritismo a cuestas y con los buenos partidos del comienzo, y la necesidad de alegrías de cada uno, de las que uno debe hacerse cargo, se genera, además, un estado de euforia que no se justifica. La Argentina ganó los cuatro partidos que debía ganar. Perdió uno de los cuatro o cinco que podía perder. Y cayó con atenuantes. Regaló un gol, de principio a fin de la jugada, a los dos minutos.

La parafernalia política de la FIFA, el espíritu político de Blatter, la lectura de esos mensajes, los himnos, la foto con la pancarta (mensajes contra el racismo desde el paraíso del racismo, o uno de ellos) enfrió lo hecho en el calentamiento. Bueno, ese gol, por lo que fuere, rompió el partido. Lo hizo de otro modo. Si este relator revisa sus impresiones del partido, y están grabadas, reconoce que en la mayor parte del encuentro creyó que Argentina llegaría el empate. Hasta que a los 22 del segundo tiempo, en algo más viejo que el fútbol, sobre todo si lo hace un muy buen equipo, el contraataque trajo el segundo gol. Como un jarrón que se cae, uno revisa los pedazos y lo que al principio pareció que se podía arreglar, y entiende finalmente que ya es imposible. Y se entrega a que sea lo que Dios quiera. El boxeador que quiere que le peguen más, de rabia consigo mismo. El tenista que tira la pelota a la tribuna, derrotado y caliente. El equipo que, en la única parte de reproches del tipo “¡pero che, déjense de embromar que tienen la camiseta argentina puesta!”, se resignó y permitió un final indecoroso, en la estadística y en las últimas imágenes que quedaron del naufragio, imágenes que impregnan todo e impiden un análisis más frío y más justo de lo que fue el partido. Lo que Diego es para la gente quedó demostrado como nunca con el recibimiento y la tolerancia de la gente, que suele ser muy cruel en estos avatares. Quizás sea mejor así. Si en la derrota se ha sido tan considerado, no es una locura creer que, de haber sido campeón, lo hubieran embalsamado en Ezeiza, lo hubieran metido en un cofre de vidrio y le hubieran construido alrededor un templo. Hubo errores, como siempre. Parecería que era mejor darle continuidad a lo que empezó en Munich, con el dibujo del 4-4-2. Pero era muy tentador, con esos delanteros, tirarse el lance de un equipo bien ofensivo. Este seguidor del futbol miró recelosamente la decisión desde su anuncio, y por ahí anda escrita la pregunta de si lo que iba a ser bueno contra los tres primeros rivales, serviría contra los buenos. Después está “el diario del lunes” para considerar otros aspectos. Pero quizás haya una realidad mayor al cabo de cinco mundiales, de finales que pesan demasiado en el espíritu del futbolero. Quizás la culpa, pero de todos, sea mirarse en el espejo con una sonrisa demasiado benévola. Y que la realidad sea un poco diferente.


Trapos lejanos

Vamos, no diga que cierto orgullo barrial o de otro tipo lo invadió al observar una o dos banderas con la leyenda de su lugar. En Sudáfrica, la bella costumbre de colgar los trapos allí donde la abuela pueda vernos le trajo ciertas saudades a nuestro hombre en Córdoba. Por OSVALDO ALFREDO WEHBE

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os Mundiales sirven para diferenciar entre los pueblos ciertas capacidades que se tienen en el bolsillo y cuyo origen es variado. La presencia del comerciante próspero en las tribunas de un enorme estadio de la Copa será saludada por aquellos que lo siguen en el bar del club o en su casa, casi siempre con beneplácito: “mirá, vieja, ahí está la bandera de don Francisco”. Y don Francisco, más allá de las envidias cotidianas de algunos, viaja desde que puede a los campeonatos mundiales. Es el dueño de la farmacia de la esquina de la plaza: la Farmacia Jiménez, con J. La de toda la vida. La que era del abuelo y luego del papá y hace muchos años es de don Jiménez tercero, y parece que se va a acabar con él, porque la Martita le estudió abogacía y al pibe que está con él en el Mundial le dio por las pilchas y tiene una casa de ropa en la peatonal de la capital provincial. La bandera de los Jiménez reza: “Villa Teresa: los J”. Y los parroquianos se acostumbraron a verla por la tele cada vez que las cámaras la enfocaron, desde México hasta hoy. Alguna vez me confesaba un jugador de la Selección cómo entraban ellos a pisar el terreno antes de los partidos en Alemania 2006: junto con un compañero, lo hacían con binoculares para encontrar en la bandeja más alta la bandera de su pueblo, y de ese modo sabían dónde estaban sus familiares o amigos. El disgusto, decía el habilidoso volante, era ver al séquito afista en las gradas mejor ubicadas –una cantidad increíble de dirigencia y familiares–. Y, por cierto, también a “hinchas” reconocidos por su violenta participación en los estadios argentinos dándole placer a su situación de “amigos del poder”. Los trapos del lugar conmueven. La mamá que sabe que el hijo que vive en España puede ir hasta Alemania en tren para sentarse en una tribuna a ver a su Argentina. Con sólo colgar la tela que dice “SergioTrenque Lauquen”, la vieja pegará un salto casi tan entusiasta como cuando hay un gol nacional.

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Pero una buena parte de los que viajan desde lugares de tierra adentro no son acompañados por la alegría de su gente. Innumerable cantidad de adinerados por beneficios políticos o simplemente vecinos que abochornan el buen honor de los demás paisanos suelen poblar aviones, hoteles y estadios en cada Copa del Mundo. A la vuelta, mirarán de reojo a los demás, sin ponerse un cachito colorados. Y mucho más: contarán sus hazañas en tierras extrañas, en donde fueron más piolas que esos tipos del lugar ,que eran lentos para atender, a los que les falta picardía y que, encima, cierran a las diez de la noche los comedores. Por eso las banderas que se cuelgan en los estadios con los colores argentinos tienen mucho más que las variantes del lugar y el nombre de pila de sus propietarios. Son la historia de un país puesta en las gradas. El exiliado, el trotamundos, el esforzado hincha que juntó peso por peso, el becado por don Julio, el que ganó el sorteo de la casa de electrodomésticos, el concejal que de repente tuvo plata y, finalmente, tipos como los Jiménez, que por el lado bueno de su historia todos sabemos que viajarán hacia donde juegue la Selección. Cuando el paneo de la tele recorre las tribunas, en el living de varias casas, en la tibieza de la cocina o en el rumor del club del pueblo, la gente encontrará nombres conocidos e inmediatamente intentará hallar las caras de los vecinos que fueron al Mundial. Y en esa mezcla de aceptación y desagrado, de pequeñas y grandes envidias y egoísmos, la emoción sale de la cancha y se mete en el corazón de los habitantes de Santa María, de San Marcos, de Quebracho Cortado o de Villa Entusiasmo. Si, después de todo, es la única vez en que los hinchas están igualados, a pesar de las diferencias en los bolsillos, en la ética y la dignidad. Y si por la tele aparece un bueno, sin interés, somos capaces de ignorar por un rato a los malos. Por más que el paneo dure tres segundos.


La era está pariendo un corazón

Nuestra columnista de moda se apartó de los trapos y salió a agitar las banderas durante el Mundial. Y decimos “las banderas” porque decidió enarbolar las de Argentina, Uruguay, Brasil, Paraguay y Chile, es decir, las de la Patria Grande. Una mirada optimista para el momento que esta viviendo la región, anclada en los buenos resultados del Mundial. Por CECILIA DI GENARO

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os alemanes nos dejaron afuera de Sudáfrica. Fue triste, pero el aire, sin embargo, se cortó con tijeras distintas a las del pasado. Este capítulo 2010 de la historia futbolera tiene otro tinte, seguramente porque las cartas que hay sobre la mesa incluyen un cambio social en el que el ser nacional recorre un camino distinto, más cercano a la verdad. El Fútbol para Todos, la Ley de Medios, la fiesta del Bicentenario, la mística con la que sorprendió Maradona son quizás los antecedentes que hacen que este Mundial se haya vibrado –para muchos, e incluso en la derrota– con aires revolucionarios. Aunque el panorama también estuvo lleno de los miserables de siempre. ¡Qué papelón que hicieron la mayoría de los periodistas deportivos enviados a cubrir el Mundial! Es como si el fenómeno circense de las vedettes se hubiera tomado un avión a Sudáfrica. El elenco de anormales que está en América, por ejemplo, consigue pantalla con la misma fórmula que usa Luli Salazar. La estrategia fue el shock sensacionalista, se la pasaron tejiendo una trama berreta, partido a partido, dejando en evidencia y demostrando que todo lo que les sale de la boca para afuera es un fraude. ¿Qué diferencia hay entre el “que la tiene adentro” y el dueño de la fábrica de chocolates? Una se esfuerza por no nombrarlos con la esperanza de que su operación mediática pierda potencia. Groseros, en el sentido más amplio; explícitos, siempre con ese aire triunfalista que los hace girar como una veleta –tienen más contradicciones que Lilita Carrió–, pasaron de los vaticinios más catastróficos a la retórica mundialista y patriotera de la victoria y de vuelta para atrás, sin escalas. Lo primero que se me viene a la cabeza cuando los veo es la regla que siempre se cumple con los hombres fanfarrones en los ámbitos más íntimos de la vida. El otro día fui a cenar con mi amiga, la música uruguaya Ana Prada, que dicho sea de paso, acaba de editar un gran disco, Soy pecadora. Me contaba lo que les dijo su presidente, el Pepe Mujica, a los jugadores de la Selección hermana, antes de viajar, antes incluso de saber que llegarían –después de 40 años– a las

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semifinales, antes de que la Selección de la traidora Máxima Zorreguieta –qué lindas y repetidas vacaciones habrá disfrutado en Punta del Este– los sacara con fórceps de la lucha por el título. “Muchachos –dijo el Pepe–, no van a la guerra, van a jugar al fútbol. Disfrútenlo. Aunque no ganemos la Copa, demos un ejemplo: traigan alegría y pásenla bien”. Me hizo pensar en qué distintos que somos los argentinos a los uruguayos como sociedad. ¿De dónde salió esa regla absurda que dice que sólo si ganamos la podemos pasar bien? ¿Por qué será que históricamente el triunfalismo nos define? Desde el Mundial 78 –festejando en medio de la masacre– y pasando por Malvinas –dándole vuelta la jeta a los soldados que regresaban de la guerra–, todavía no aprendimos del todo a capitalizar el costado positivo de adversidad. Así y todo hay algo que está cambiando en esta Argentina tan polémica. El Mundial tuvo un final que a muchos nos dejó satisfechos y con ganas de seguir pensando que el pasado no nos condena. Porque la cuenta ya daba positivo antes de que el torneo empezara, porque la bandera ya era otra, distinta a la que estamos acostumbrados a ver. Porque ya no es la Sociedad Rural la que se llena la boca hablando de “patria” y mucho menos la que reemplazó la letra del Himno más lindo del mundo por unos cuantos “Oh oh oh oh oh”. Con un escenario único en la historia de Latinoamérica (no es casual que cuatro equipos sudamericanos –Uruguay, Argentina, Brasil y Paraguay– hayan quedado entre los ocho mejores del Mundial y con Chile, el quinto, eliminado en octavos por Brasil), con presidentes que comparten convicciones de pueblo, identidad, historia y principios, la unidad pasa por otro lado. Aunque el más grande le siga pegando al más chico, aunque sean los mismos de siempre los que nos vacunan, también es cierto que vivimos un momento perfecto para dar vuelta tanto el marcador como las roscas históricas. El quid de la cuestión está en pensar una victoria más global, más “mundial”. Donde lo colectivo esté por encima de lo individual. Ya lo dijo el gurú cubano Silvio: la era está pariendo un corazón.


Espérame mucho

La abrumadora propaganda nos hizo imaginar un Messi genial, timonel de la nave hacia la gloria. El equipo también giró en torno a esa ilusión y acomodó su funcionamiento para comodidad del delantero del Barcelona. Pero la jugada prodigiosa y la hazaña no llegaron, y la Selección se despidió del Mundial sin pena ni gloria. La culpa, por cierto, no es de Messi, sino de una expectativa desproporcionada cuyas razones y naturaleza trata de abordar esta nota. Por ALEJANDRO CARAVARIO Fotos PHOTOGAMMA.COM


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or estos días envidio el espíritu de Walter Nelson y Alejandro Fabbri, la dupla de TyC Sports. Ellos siempre odiaron el Mundial y maldijeron la suerte de presenciar partidos que consideraban insufribles. Colocaron su fastidio en primer plano y, con este ánimo, el relator, por ejemplo, rogó por que no hubiera alargue en el partido entre Paraguay y España así no tenía que forzar la voz otra media hora. Querido Walter: podrías haberle dejado el micrófono al cocacolero, nadie habría extrañado tu desdén. Sería bueno que en el próximo Mundial, estos periodistas, a los que el evento ya les va quedando chico, cedan sus pasajes a colegas más entusiastas, que valoren tanto la oportunidad profesional como a la audiencia. Decía, antes de extraviarme, para variar, en una digresión, que Nelson y Fabbri, siempre prescindentes, han salido indemnes de cualquier derrota. Pero unos peldaños más abajo, los simples mortales nos estrellamos con un 4 a 0 ante Alemania y el fútbol nos parece una materia lacerante. Un fervor extinguido por el rayo, un pasado ilusorio y remoto. Al momento de redactar este artículo (un par de días después de la goleada), las vidrieras decoradas de celeste y blanco son la resaca de una fiesta inapropiada, una persistencia patética. Hablemos de cine, de viajes, de comida, pero no de fútbol.

dirigentes, su cerveza, su idioma espeso y resonante. Todo eso tenemos que aprenderlo de ¡un partido! Noventa minutitos vertiginosos, regidos, más acá de previsiones muy loables, por caprichos del azar y las luces y las sombras individuales. Señores: los partidos no son fábulas de Samaniego, con moralejas inequívocas que nos harán más nobles. Si algo (doloroso) hay que aprender es que la derrota a veces no deja ningún provecho, salvo como fragua del temperamento. La derrota nos enseña, básicamente, por acumulación, a digerir la derrota. Pero como Alemania nos goleó, a modo de contrapeso, algunos intentan convencerse de que ese sopapo, bien leído, debería sentar las bases de una “reestructuración” (esta palabra siempre queda bien y es lo suficientemente drástica), de la que, claro, zafará Benedicto Grondona, cuya actividad pontificia, se sabe, cesará al mismo tiempo que su corazón. Ni un minuto antes. No es necesario ir tan lejos, muchachos. En especial si consideramos que nuestros docentes mundialistas, a pocos días de enseñarnos el camino de la verdad, demostraron no ser tan plásticos

LA DIGESTION Claro que el deber llama. Mejor dicho: llaman los compañeros, agitan fechas de cierre, nos dicen que hay que escribir y aquí estamos. Interrumpiendo el duelo y, como Ulises, desoyendo la cantinela del aprendizaje, de la refundación, el discurso catastrófico embozado con la elegancia de las columnas sobrias. Tenemos que aprender la lección, dicen, imitar a Alemania, su trabajo de no sé cuántos años, su funcionamiento, sus

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Si algo (doloroso) hay que aprender es que la derrota a veces no deja ningún provecho. La derrota nos enseña, básicamente, por acumulación, a digerir la derrota.

como supusimos y se cayeron a fetas con el tiki-tiki (gran expresión, no me canso de repetirlo) de los españoles. Por lo demás, hablar de agendas y equipos de trabajo asegura credencial de serio. Pero la Selección, con sus hombres desperdigados por el mundo, sólo se ajusta a la lógica de la diáspora. El único proyecto viable es el proyecto inmobiliario, como las canchitas de Ezeiza, un bello lugar desierto desde que Marcelo Bielsa abandonó su penitencia. Señalar las deficiencias tácticas de la Selección me parece un ejercicio masturbatorio que tendría alguna utilidad si no apuntara al desprestigio del entrenador. No disponíamos de la pelota (el possesso francescoliano), no había mediocampo, faltaba Verón y así. Errores en la derrota, rescatados como aciertos de riesgo a la hora temprana de la victoria. Es decir, un rato antes de morir bajo las lanzas de Herr Löw, jugábamos sin volantes y no nos importaba demasiado la hegemonía de la pelota porque en el último tramo de la cancha estaba el vórtice. El corazón del carnaval. Y aunque frecuentáramos poco esa zona, los pequeños, con Messi de abanderado, garantizaban el estropicio. Más interesante que la opinión acomodada al resultado (un resultado que obliga a rediseñar la historia caprichosamente) es lo que hace mi amigo Fabián Casas, que usa los Mundiales para reciclar los chistes y muletillas futboleros que repetirá los siguientes cuatro años.

TODOS PARA UNO Creo que Maradona reunió a una generación de jugadores excepcional. Y acomodó el dibujo como para que todos los de buen pie compartieran la formación titular (salvo Verón, que pagó con su cabeza la búsqueda tardía de un equilibrio que nunca existió). Un gesto que acompaño, que me da ganas de ver fútbol. Aunque no satisfaga las declama-


ciones, tan abstractas como Mondrian y Pino Solanas, sobre la identidad perdida. O la virginidad perdida, nunca se sabe: el tono fatalista semeja el de la doncella que ha rifado malamente el himen y se arrepiente. Di María –ya que me hacen entrar en tema– tiene la genética argenta escrita no sólo en la trucha del que ha raspado en vano la cacerola unas cuantas temporadas (morocha escualidez que en Barcelona no se consigue). Sobre todo es argentino en la imposición de picardía, de contoneo desgarbado como han hecho tantos wines. Yo me quedo con Di María (jugó mal, ya lo sé), del mismo modo que me quedo con Kaká, y no con los peones de un dispositivo, aun cuando esa maquinaria se someta a la idea del toque como religión. Me gusta más ver hombres. En equipo, pero hombres al fin. Con espesor propio, con vocación por la belleza y la aventura. Una red de individuos solidarios y colores diversos. ¿Será eso la identidad? Francamente, no me importa. Sospecho que al plan de Maradona, más que la renguera en la defensa (nunca hubo un lateral por la derecha ni demasiada seguridad por el centro), lo afectó la espera. Diego, acaso con toda razón, esperó, como cada uno de los hinchas, que Messi “explotara”, “tuviera su Mundial”. Porque llegar a la Copa con el recientemente ungido, por unanimidad ecuménica, mejor de todos es para subordinar cualquier programa a los pies de ese atleta que corre con ventaja. Y que socializará esa ventaja. Maradona no sólo intentó acolchar la estadía de Lio en Sudáfrica con un trato preferencial. Además tramó un equipo para su comodidad, con socios de distintas características que se adaptaran a

¿Por qué esperamos tanto de Messi? Sencillo: porque no lo conocemos, porque tiene la forma perfecta del sueño. De la utopía moderna a colmar a voluntad del usuario.

los libres movimientos del delantero del Barcelona. A imagen y semejanza del 86, cuando las fichas se movían de acuerdo a la conveniencia del Rey Sol. No es pereza táctica sino elemental sentido común. Porque si bien algunos nombres estaban en tela de juicio (Jonás Gutiérrez, Maxi Rodríguez, Otamendi), toda discusión parecía menudencia. En la manga teníamos la carta ganadora. Es justo decir que la espera resultó llevadera al comienzo. Porque Messi jugó un partidazo, estuvo a un palmo de ser el

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que todos creemos que es. Sin embargo, igual que Godot, el personaje de Beckett, Messi nunca llegó. Y terminó el Mundial sin meter un solo gol, entre otros detalles que no mellarían la imagen de un futbolista del montón pero resultan inadmisibles en el mejor del mundo.

VERSIONES DEL CRACK Qué figura recurrente la espera. Tal vez sea la huella indeleble de la inmigración y el exilio, la creencia en el futuro sanador. O el modo en que Perón, desde España, modeló la alianza del deseo y la política. La espera es un mito doloroso, el camino más seguro a la frustración, toda vez que la realidad siempre degrada, siempre es inferior a la idea. Que quede claro: Messi no tiene la culpa. Acaso haya jugado un Mundial aceptable. Por lo menos no estuvo debajo del resto. El problema es del público y del entrenador. Ahora bien: ¿por qué esperamos tanto a Messi? ¿Por qué esperamos tanto de Messi? Sencillo: porque no lo conocemos, porque tiene la forma perfecta del sueño. De la utopía moderna a colmar a voluntad del usuario. Sí, sabemos lo que nos dicen desde hace años: es el mejor. Y, de vez en cuando, asistimos por tevé a su gambeta serial, su argumento fulminante. Pero, en suma, Lio es una información del mundo desarrollado, una biografía con mucho de sentimental (el niño que no crecía) que empieza directamente en una de las sucursales del fútbol más poderosas del planeta. De la cuna al Camp Nou y de allí a la reproducción infinita de su rostro en campañas publicitarias. ¿No nos falta más de la mitad de la película? Para Diego, el Barcelona fue la primera escala de la consagración. Mucho antes había sumado hinchas personales que lo seguían como al flautista hasta las canchas más insólitas para verlo amaestrar la Pintier. Acompañamos, futboleros embelesados, su rápido crecimiento, aun en tiempos en que el registro de imágenes era una asignatura incipiente. Cuando el jurado Mundial lo honró con el título de

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número uno, nos conocíamos su vida y milagros de memoria. El debut a los 15 ante Talleres, los cuatro goles a Gatti, los palotes en la Selección y así. Como recuerdo elitista (éramos realmente pocos en la cancha, yo alcanzaba pelotas) puedo exhumar una goleada nocturna de Argentinos Juniors a Atlanta, una de las tantas exhibiciones de Diego que no figuran ni al pie de la página. En fin, no hicimos ese seguimiento con Messi, así que nos ceñimos a las versiones de terceros, expertos ellos, que dicen lo que dicen. No vamos a desconfiar

de los mensajeros optimistas. Entonces repetimos lo que escuchamos y, esporádicamente, constatamos en alguna competencia europea. Por eso esperamos. Nos pasamos todo el Mundial esperando a Godot, seguros de que un gesto suyo, extraído de las napas ocultas del saber futbolero, nos conduciría a la gloria. Pero no. Sin objetar su caudaloso talento, me da por pensar que alguien exageró o no dijo toda la verdad sobre Messi. De todos modos, no pienso ir a revisar los videos del Barcelona para detectar el truco. Ya está. Ya pasó. Ya no volveré a esperar.


Maradona debe seguir

El entrenador argentino mostró durante el Mundial un marcado crecimiento en su rol. La derrota contra Alemania no alcanza para opacar las buenas intenciones de un equipo que fue eliminado en su ley. Sería un paso adelante para el futuro que la Selección Nacional tuviera un equipo de entrenadores para conducir su destino. Y Maradona, por supuesto, debería ser el DT principal. Se ganó el derecho a permanecer en ese lugar. Por MARIANO HAMILTON Fotos PHOTOGAMMA.COM

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i algo se merece Maradona en honor a su inmensa historia como jugador es el respeto. Y aquí, antes de seguir adelante, es necesaria una aclaración para que se entienda desde qué lugar se escribe esta columna: quien firma esta nota no se define a sí mismo un maradoniano puro, como sí lo hacen otros integrantes del staff de la revista. Más allá de la admiración como jugador, las diferentes posturas asumidas por Maradona en diversos temas me hicieron distinguir muy bien al jugador de la persona. Admiración hacia el primero, distancia e indiferencia hacia el segundo. Pero en este caso surge una tercera pata: la del entrenador. Ya no estamos hablando sólo de aquel fenómeno que hizo vibrar a generaciones de argentinos ni del hombre que habló bien y mal de cuanto personaje se le cruzó, respaldó a Menem en los 90 e incurrió en contradicciones flagrantes que condenarían a cualquier mortal. Ahora le toca el turno al entrenador. Es decir. a una nueva versión de un hombre que se destruyó y construyó a sí mismo con una facilidad asombrosa. En este caso, Maradona hizo exactamente lo mismo. De un comienzo titubeante (goleada ante Bolivia por las Eliminatorias, clasificación por la ventana para el Mundial y equipos ultraconservadores en cada excursión europea), pasó rápidamente a armar un equipo ofensivo, con cuatro defensores, un volante de contención, dos enganches y casi tres delanteros netos. Es decir, durante el Mundial, Mara-

dona cambió y se puso por primera vez el buzo de entrenador para bancar una idea, que no puede ser catalogada de buena ni mala. Fue la suya, la defendió y perdió contra Alemania sosteniéndola, algo que por supuesto puede ser mejorado. Con toda esta perorata lo que queremos decir es que Maradona, tal vez por primera vez fuera de una cancha de fútbol, decidió jugar para lo que considero el eje del bien. De hecho no sólo armó un equipo ofensivo, sino que también salió a defender la Ley de Medios, apoyó el Fútbol Para Todos y hasta se dio el tiempo para recibir a Estela de Carlotto en Sudáfrica, respaldándola en su ruta hacia el Premio Nobel. Sería muy fácil caerle encima a Maradona por la derrota contra Alemania. Ya se escuchan incluso algunas voces que cuestionan la falta de equilibrio o la falta de reflejos para cambiar algunas piezas en el momento ideal. Todo es discutible, por supuesto. Y hasta podríamos compartir que el partido pedía a gritos el ingreso de Clemente en lugar de Otamendi y de Verón y Pastore por Maxi López y Di María. Pero tampoco vamos a ser tan tontos de sostener que algo habría cambiado si esas variantes llegaban un rato antes. No nos gusta dibujar como verdades irrefutables cosas que son indemostrables. Los hechos son los hechos, entonces. Y Maradona dio un salto cualitativo en relación a su nueva actividad como entrenador. Analicemos algunas de las cosas que ocurrieron durante el Mundial, las que marcan a las claras que Diego

entendió mucho mejor su rol de conductor, aún con los errores que también serán mencionados. 1) Antes del partido con Nigeria dijo que los africanos marcaban en los córners y en las pelotas paradas muy cerca del área. E hizo algo al respecto. El gol de Heinze fue un ejemplo. 2) Dijo después de ese mismo choque que a “Argentina la perdonaron”. Siguió la lógica de que los goles que se pierden en el arco de enfrente se sufren en el propio. Tuvo razón. Argentina, en ese partido, no definió las múltiples ocasiones que fabricó y terminó sufriendo. 3) Estuvo bien en los cambios contra Nigeria. Hizo lo justo y necesario. 4) Ante Corea del Sur probó otra vez con Jonás como defensor, y ahí entendió que el asunto no funcionaba. Decidió, a partir de ahí, el ingreso de Otamendi, que fue un acierto, habida cuenta de los jugadores que tenía en el plantel. ¿O alguien dudaba de la capacidad de Otamendi antes del partido contra Alemania? 5) Contra Corea, en el segundo tiempo, los coreanos partieron el juego en la mitad de la cancha y Maradona, al revés de lo que aconsejaban las circunstancias, sacó a Tevez y se la jugó con tres de punta bien definidos. La decisión, a priori, era errónea. Con la chapa puesta, acertó. 6) El principal concepto que queda de las decisiones de Maradona en los primeros dos partidos es que en ese clima de Mundial se movía como pez en el agua. Quedaba claro que manejaba los tiempos

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y que sabía cómo llevarlos adelante. 7) Durante el partido con Grecia, otra vez acertó con los cambios. Y fue para adelante. Di María por Maxi Rodríguez fue toda una apuesta cuando el equipo ganaba. Pastore por el Kun también fue un acierto, porque lo largó a Messi como delantero neto. Y ni que hablar de lo de Palermo. 8) Después del partido con Grecia llegó un llamado de atención, ya que por primera vez mostró los colmillos en la conferencia de prensa. Cargó contra la FIFA y contra los que criticaron a la Selección durante las Eliminatorias. 9) Ya en el cuarto partido, ante México, se vio al Maradona menos interesante. Al peleador, al que busca rivales debajo de las piedras. Y al que escucha poco y nada a sus consejeros. Además, apostó a un equipo menos atractivo. Al de los cuatro centrales en el fondo, a dos carrileros sin demasiado recorrido (fracasaron Maxi y Di María) y a tener un equipo partido en dos, sin control de la pelota. 10) La pregunta que uno se hacía a esa altura del torneo era si ante México había fracasado el sistema o los jugadores. O ambos.

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11) Ante México mostró una veta hasta ese momento desconocida en el Mundial: hizo entrar a Verón por Tevez, Jonás por Di María y Pastore por Maxi, en un cambio que, con el resultado 3-0, debería haber llegado mucho antes. 12) Antes del partido con Alemania se especuló mucho con diferentes cambios para buscar equilibrio, pero Maradona optó por los mismos once que le habían ganado a México. Por segunda vez en el torneo se lo vio pendenciero y provocador con los rivales, con los periodistas y hablando más de la cuenta. Como se ve, en el desglose del torneo, el equipo fue de mayor a menor, casi al son de su entrenador, que también iba de mayor a menor. ¿Grave? ¿Dramático? Para nada. Quiero pensar que fue parte del aprendizaje de Maradona en este nuevo rol. ¿Qué pasará con Diego de acá en más? Hay que dividir la respuesta en dos partes. Lo que puede pasar: A Maradona le van a ofrecer la renovación del contrato, aunque seguramente se pondrán, tal cual hace habitualmente Grondona, algunas condiciones, especialmente en el armado

de su cuerpo técnico. Habrá que ver si Maradona acepta. Lo que desea que pase este cronista: Que Maradona siga al frente del equipo y que se rodee con mejores consejeros que Alejandro Mancuso y el Negro Enrique. Maradona, como entrenador en jefe, merece mejores asistentes. ¿Gamboa? ¿Martino? ¿Russo? ¿Por qué no? Por qué no se puede organizar un sistema colegiado, tal como ocurre en el básquet, en el que Maradona, por supuesto, tendría la última palabra. Maradona ha dado inmensos saltos de calidad en su nuevo rol de entrenador y merece la chance de la revancha, especialmente porque lo que hizo durante el Mundial rondó en el balance los 7 u 8 puntos, más allá de la dolorosa derrota ante Alemania. Tuvo una idea de juego y apostó a ella sin temor. Decidió salir a matar o a morir. En cuatro partidos mató. En uno murió. Así es el deporte. Se puede ganar, empatar o perder. Y lo más importante es el durante. Y en ese durante, los argentinos disfrutamos con un equipo que potencialmente estaba para campeón del mundo. No pudo ser. La pelota sigue rodando. Otra vez será.


Pequeño Messi ilustrado

Un Caño le pispeó el diario íntimo a Lionel Messi, y aquí lo comparte con sus lectores. Leo escribió sobre todo: la felicidad, la decepción, la comparación con Maradona, los planteos tácticos, Verón, su actuación, la 10, las lágrimas... Por CHRISTIAN COLONNA Fotos PHOTOGAMMA.COM

LA PREVIA Por fin puedo ir a Buenos Aires a disfrutar unos cuantos días. Lo de las Eliminatorias era una tortura. Terminaba de jugar con el Barcelona y tenía que hacer eso que hacía un personaje de una película. Me acuerdo que trabajaba Brad Pitt hablando medio raro, creo que la peli se llamaba Snatchi… Este personaje vivía en Estados Unidos y de pronto tenía que irse a Londres a resolver algún problema. Entonces mostraban en tres segundos cómo se tomaba el taxi al aeropuerto, cómo le sellaban el pasaporte, cómo despegaba, cómo aterrizaba, otra sellada de pasaporte y ya estaba en Londres. Algo parecido me pasaba a mí: llegaba a las apuradas y después de dos días de entrenamientos ya había que salir a la cancha. Y los hinchas, que me habían visto hacer cosas lindas el sábado por ESPN, esperaban que hiciera lo mismo, o algo parecido, al menos. Yo quería hacer lo mismo, también. Pero no me salía. Les juro que lo intentaba, pero no me salía. Y eso cuando jugábamos en la cancha de River. Porque otras veces tuvimos que ir a La Paz, o a Quito. Eso era terrible. Me sentía tan impotente... Y no saben lo frustrado que volvía a Barcelona. Para colmo, a los dos días volvía a jugar en España y la rompía. Parecía a propósito. Ahí mis compañeros me preguntaban qué había pasado, y no se me ocurría nada para decirles. No tenía idea. Sólo

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sufría por las boludeces que se hablaban. Dijeron que no sabía el himno, que no sentía la camiseta, que me cuidaba las piernas, que no quería jugar... Bueno, tampoco les puedo echar toda la culpa a la prensa o a la gente, porque un día entré a la sala de masajes y algunos muchachos me empezaron a cantar el himno. Pero eso me dio fuerzas, y en lo único que pienso es en revertir esta situación. Ahora, con estos diez días que me tocan en Buenos Aires después de terminar la Liga y antes de viajar a Sudáfrica, voy a poder disfrutar. Antes ni siquiera podía ir con mis amigos a comer un bife de chorizo. No tenía tiempo para nada. Esta vez tuve demasiado tiempo. Pude hacer muchas cosas que tenía ganas. Salí, disfruté, la pasé bien. Conocí esa Buenos Aires de la que tanto me hablaban y no había podido disfrutar. Lo único malo fue que ese trajín, sumado a los festejos por el título con el Barcelona, no me permitió jugar contra Canadá para despedirnos de la gente. ¿Vieron lo que eran los canadienses? Era una buena oportunidad para empezar a reconciliarme con los hinchas. Pero no podía, la verdad es que no podía, y no podía arriesgar con el Mundial tan cerca. Porque es mejor romperla en el Mundial que en un amistoso, ¿no?

ESTAMOS EN SUDÁFRICA Diego decidió venir con mucha an-

ticipación a Pretoria. Está bueno porque nos vamos conociendo entre todos y de a poco ya me voy animando a joder con cualquiera de mis compañeros, como si estuviera en el Barcelona. Es la primera vez que me siento suelto en este grupo. Y cuando te pasa eso, después es más fácil rendir en la cancha. Lo malo es que no tenemos muchos días libres. También es lógico, porque vinimos a ganar el Mundial y no a tener días libres. Cuando me toca, me escapo a una casita que está acá cerca, en la que están mis hermanos y mi novia. Pero me gusta volver a la concentración. Diego está enchufadísimo y no para de motivarme. Quiere que sea mi Mundial. Quiere que sea el Maradona del equipo.

LLEGA EL GRAN DÍA Espero que los nigerianos no salgan como Camerún en Italia 90. Hace poco vi una repetición de ese partido, porque cuando se jugó no había cumplido tres años, y no me acuerdo de nada. Fue terrible lo que pegaron. Y encima terminaron ganando. No, no va a pasar eso. Éste tiene que ser nuestro Mundial. Hacer un buen Mundial sería salir campeón. Es cierto que Argentina no está en una semifinal desde el 90, pero lo más importante es salir campeón. Del segundo no se acuerda nadie. Me imagino lo que sería el país si lo llegáramos a conseguir. Tuvimos una


despedida impresionante, y llegar con la Copa sería algo increíble. Diego ya decidió que va a poner a tres delanteros, así que me van a acompañar adelante Carlitos y el Pipita. Y juega Sebas, que a mí me encanta, porque entiende el juego como mis compañeros del Barca. Con él en la cancha, estoy tranquilo. Él me conoce bien, adentro y también afuera: siempre me habló y me aconsejó, sabe cuándo estoy fastidioso y me hace salir de ese fastidio. Yo no me creo mucho eso de ser el mejor del mundo. MIs hermanos me dicen “ganaste este premio, ganaste tal otro”, pero yo no puedo pensar en eso porque si no, es imposible salir a jugar. ¿Y la comparación con Diego? Uff, eso sí que es pesado. No es lógico que me comparen con él. Él ya terminó su carrera, y yo, espero, recién la estoy empezando. Además, hay una cuestión de personalidad. A mí edad, a Diego ya le habían pasado muchas más cosas de las que me pasaron a mí. El tiene otro carácter. Pero bueno, yo tengo que jugar como yo sé y listo. Necesito jugar mejor que en las Eliminatorias desde el primer partido. Además, cuando volví y me preguntaron por qué no era el mismo que en el Barcelona, me cansé de responder siempre lo mismo. Y bueno, dije que iba a hablar adentro de la cancha... Ya está, ya pasó el debut. Tengo una sensación extraña. Ganamos bien, más cómodos en el juego que en el resultado, pero tuve un montón de chances para meter un gol y no pude. Traté de definir a los palos, pero me faltó un poco de precisión. Y el arquero de ellos la rompió: me sacó todas. Lo más importante era ganar, así que no me voy a hacer problema por no haber podido hacer un gol. Total, ahora vienen Corea y Grecia, que no pintan ser ningunas máquinas, y ahí sí, seguro que voy a meterla. Me voy a dormir tranquilo igual: fue mi mejor partido con la camiseta argentina. Lo necesitaba. Mis hermanos me comentaron que algunos diarios me pusieron un 10 o un 9. ¿Ven? Por eso yo no leo mucho ni miro mucho de deportes, porque todo lo exageran. Hice un buen partido, pero fallé en algunas cosas como para tener una calificación perfecta. O casi.

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GOLEAMOS A COREA ¡Cuatro goles, metimos! Tampoco es que dimos un gran espectáculo, pero fuimos recontundentes. ¡Y de los cuatro no pude meter ninguno! ¡Qué mala suerte! Fueron tres del Pipita y uno en contra. Me alegro por el Pipita, pero yo ya quiero meter uno. Encima, en uno hice una jugada bárbara, la pude meter dos veces, pero me tapó el arquero primero y después pegó en el palo. Y a Gonzalo le quedó servida para empujarla en la línea. Esto de jugar con tres delanteros ya me está transformando en un 10 más clásico. Arranco desde más atrás y estoy un poco más lejos del arco. Contra Corea no fue grave porque pude eludir desde ahí, pero tal vez con volantes o defensores más fuertes se me complica. La solución tal vez sea tocarla un poco. Tirar una pared e ir a buscar la descarga. Pero a mí me gusta le pelota. Y el único que siento que me la va a devolver como a mí me gusta es Verón. Y no sé qué pasa, pero me parece que no va a jugar mucho más. Cuando nos estamos por dormir yo trato de sacarle charla, a ver si él sabe algo que yo no sé, pero no me quiere decir mucho. Se lo ve triste, y eso no está bueno.

¿Y A MÍ CUÁNDO ME TOCA? Heinze fue el héroe el primer día. Higuaín, el segundo. ¡Y hoy fue Palermo! Es increíble lo que está pasando. Mejor dicho, lo que me está pasando. Ya me parece que alguien me hizo una maldición. No puede ser que haya pateado cincuenta veces al arco en tres partidos y la meta Martín a la segunda que toca y después de un rebote por un tiro mío. ¿No es un poco injusto? Igual me alegro por Martín, porque él se lo merece, fue como un gran final para su carrera. ¡Meter un gol en un Mundial! ¡Qué bueno! ¿Cómo será? Además, estoy contento porque en las fotos salí abrazado con él. Eso me pone contento, porque si no empiezan con las boludeces de que no me alegro por los demás y estoy triste porque yo no meto un gol. Hoy también confirmé que entre

Diego y Sebas debe pasar algo. Como no jugó Masche, Diego me dio la cinta a mí. Reconozco que fue un orgullo ser el capitán de Argentina, pero me parece que lo merecía más Sebas. Por edad, por trayectoria, por lo que transmite... Yo no hablo mucho, aparte.

GANAMOS, NADA MÁS ¡Qué partido feo que jugamos! Pero hicimos tres goles, es muy raro. O no, porque vamos mucho para adelante y así tenemos más oportunidades. Yo tengo cada vez menos, y estoy cada vez más desesperado. Hoy fue la tarde de Carlitos. El primer gol fue fundamental porque nos relajó un poco, estaban jodidos los mexicanos… Yo ni me di cuenta que era off side. Definitivamente, estoy jugando de 10 y me empeciné en limpiar rivales desde el mediocampo hasta el arco de ellos. Ya sé que así no se juega, pero me sale así, no sé. Sebas entró un ratito al final y ahí la toqué un poco más. Me junté con él y estuvo bueno. Pero se ve que Diego quiere que hagamos todo rápido, que en el medio apenas se juegue.

UNA SEMANA LARGA Hoy es martes a la noche. Sebas está leyendo y yo sigo dando vueltas en la cama, porque después de un partido es difícil dormirse. Por eso me pongo a escribir. Esta semana va a ser muy larga porque jugamos contra Alemania el sábado. Son muchos días. Te hace pensar mucho, y eso a veces no está bueno. Es parecido a lo que me pasa en la cancha: es más fácil decidir en un segundo que con tiempo. Y estoy teniendo mucho tiempo para pensar. Tampoco me puedo quejar de las marcas, tengo que ser sincero. Salvo un poco los griegos, pero que nunca fueron violentos, todos me dejaron jugar. No sé qué me pasa, por qué no puedo volver a ser el de los dos primeros dos partidos. Me gustaba que se dijera que Messi está demostrando que es el mejor del mundo. Por más que a mí no me importen esos títulos, es lindo que lo digan. Ya nadie dice que no siento la camiseta. Y, por lo


menos en los dos primeros partidos, nadie decía que no juego en la Selección como en el Barcelona. Por lo de hoy sí me parece que tienen derecho a decirlo. La verdad es que me estoy sintiendo un poco incómodo en la cancha. Diego me contó que a él nadie nunca le dijo dónde jugar. Guardiola sí me dice, pero ahora no estoy con él. Entonces yo mismo tengo que resolver. Tengo que ser valiente, asumir las responsabilidades, demostrar que soy el 10, el mejor, el que ocupa más espacio en los diarios. Aunque reconozco que pensar en todo eso me agobia mucho. Pero más todavía me agobia pensar en la cantidad de jugadores que fueron más decisivos que yo en sus equipos. Y algunos que ni conocía. Ese Vitek, por ejemplo. Gracias a él, Eslovaquia pasó a octavos. O Donovan, de Estados Unidos. Y Villa. Porque en España hay muchos buenos, pero los goles los mete todos él.

Qué envidia. O Forlán. O Luis Suárez. O Müller. O Robben. Hasta el japonés Honda. Y hubo más, pero no quiero seguir para no angustiarme. Además, ahora viene lo mejor. Los partidos que quieren jugar todos. Justo en los que yo tengo que aparecer.

ESCRIBO PORQUE ESCRIBO Si estuve escribiendo en las buenas, no puedo dejar de hacerlo ahora, que nos comimos cuatro. Ayyy, qué tristeza. Recién ahora, sentadito en el avión de vuelta a casa (a Buenos Aires, porque para Barcelona todavía falta) puedo agarrar el boli y el cuaderno. Qué manera de llorar. Estaba desconsolado. Es lo peor que me pasó en mi vida futbolística, esto. Fue muy feo. Ver cómo te pasan los alemanes por al lado como aviones y no poder hacer nada. Y menos mal que

el árbitro no vio el planchazo que pegué al final... Menos mal, porque si no... Terminaba como Felipe Melo. ¿Por qué no pude hacer nada? ¿Por qué me empeciné en eludir y eludir en vez de tocar en alguna? ¿Por qué cuando probé al arco se me fueron todas a las nubes? Si yo me hago todas estas preguntas, me imagino la gente cómo debe estar. Lo que habrán vuelto a decir de mí... Y pensar que estuve cerca de dar vuelta la historia. Pero no pude. ¿Qué me falta? No es momento para hacerles reproches a mis compañeros o a Diego. Tengo que hacerme cargo. Yo soy el 10. ¿O no? Ahora escribo desde el autobús. Hay un montón de gente en Ezeiza. Cuando vi a todos esos hinchas desde el avión, me preocupé: Pero vinieron para alentarnos. Bueno, la verdad es que vinieron a bancar a Diego, más que nada. Porque aunque no juegue, me parece que el 10 sigue siendo él.


¡Pasen y vean!

Fue el Mundial de las vuvuzelas, la pelota embrujada, las cámaras de TV casi perfectas y los campos de juego algo deteriorados. Sudáfrica 2010 se aleja y aleja de nosotros, pero queda para el registro histórico, el archivo y las pequeñas cosas que esconderá la vida. El sabor de una Copa que fue muy distinta a las últimas, en calor y en recuerdos. Por ROMÁN IUCHT

N

i Gaby ni Fofó ni ninguno de su tribu debe saber con precisión quién es Joseph Blatter. Es más, salvo por la euforia que desató la performance de España en la Copa del Mundo, quizás ni siquiera tengan muy claro cómo es esta historia de los Mundiales de fútbol. No importa, están a salvo y aún el abogado más perverso los declararía inocentes. Ellos no tienen nada que ver. La mano del hombre se metió en el camino y destruyó lo que estaba bien hecho y bien pensado. Pasan muchas cosas en el increíble mes de junio cada cuatro años. Uno quiere enfocar en el juego y termina distrayendo su mirada hacia el afuera. Uno quiere prestarle suma atención a los cuadros y termina inspeccionando alrededor del marco. Como siempre, la FIFA lo hace posible, y en cada competición redobla la apuesta y va por más. Con su guante blanco y suma elegancia, los muchachos conocen a la perfección el modus operandi y se mueven como peces en el agua. Ser testigos, el día del partido inaugural en el Soccer City, de la manera como el mandamás de esa multinacional que vende una industria llamada fútbol se dirigió a los ochenta mil sudafricanos, casi como quien vende un paquete a un grupo de jóvenes de viaje de egresados o, si se prefiere para cambiar el target, estimula la compra de un tiempo compartido en algún rincón del planeta, resultó francamente patético. Para colmo, luego de su discurso inverosímil, Blatter lo sumó

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a Jacob Zuma, presidente de la nación sudafricana, y entre ambos saludaron al público a la manera de dos actores de cine de gran porte y primer cartel. Fue en ese instante en el que aquellos que estábamos ahí pudimos por un instante entender un poco mejor “de que hablamos cuando hablamos de poder.” Tan preocupada por las formas, la FIFA descuida el fondo. Y aunque poco le preocupa, porque sólo mira los ceros de su cuenta bancaria, así le va en el desarrollo del juego. Todos, sin excepción, se quejaron de la pelota. Domar a la diabólica Jabulani representó una empresa casi tan difícil como moverse por las rutas sudafricanas sin el indispensable GPS. El navegador satelital y el Twitter serán recordados como dos de los elementos que favorecieron el bienestar de la misión mundialista. Pero volviendo al balón, no hubo un jugador que no le profiriera alguna crítica por su composición. Parece increíble escuchar a

Si la repetición de jugadas polémicas no es viable, la presencia de un quinto árbitro de área le agregaría al juego una seguridad jurídica que a esta altura parece imprescindible.

los propios actores quejándose porque les cuesta entender la letra del guión, o a los músicos debatiéndose frente a instrumentos que, de tan modernos, resultan difíciles de ejecutar. Con la pelota pasó eso. El balón, nada menos, contaba con el repudio generalizado de aquellos que, mire qué casualidad, eran los que tenían que manipularlo para intentar hacer de un partido de fútbol un posible hecho estético. Por otro lado las canchas, castigadas por los fríos invernales propios del primer mundial luego de treinta y dos años que se realiza en el hemisferio sur, también se fueron deteriorando con el uso. No hay que olvidarse de los arbitrajes: en otra decisión insólita, la FIFA permitió que un juez uzbeco o guatemalteco terminaran dirigiendo una semifinal de Copa del Mundo, cuando las ligas de sus países en las que ejercitan su profesión apenas si alcanzan la categoría de semiprofesionales. Sumemos a la tecnología como materia pendiente. Si en las pantallas gigantes, además de los mohines del desaparecido sin aviso Cristiano Ronaldo, se repiten las jugadas polémicas, la casa matriz del fútbol se estará cavando su propia fosa de problemas. Inglaterra trabajó a conciencia durante cuatro años e invirtió un presupuesto multimillonario para que una cámara privilegiada le demuestre, sólo al público, que el remate de Lampard ante Alemania había ingresado más de medio metro. Si ese tipo de recurso no es el viable, la presencia de un quinto árbitro de área como recurso humano le agregaría al


juego una seguridad jurídica que a esta altura parece imprescindible. Que los ingleses se hayan consagrado hace casi medio siglo con un gol fantasma podía resultar tan anecdótico como entendible, pero que hoy no se aplique alguna fórmula para achicar el margen de error es un capricho propio del conservadurismo de unos muchachos cuyo disfrute en alguno de sus fastuosos ágapes alcanzaría para cubrir las necesidades reglamentarias del juego. Finalmente, los calendarios apretados que fuerzan a los jugadores a grandes esfuerzos, y el elevado número de participantes, que toman al mundial casi como una beca, conspira contra el nivel de muchos de los primeros partidos y confirman la vieja frase que dice que, salvo excepciones, “el verdadero Mundial arranca a partir de octavos de final”. Poco importan estos temas, si los to-

El balón, nada menos, contaba con el repudio generalizado de aquellos que, mire qué casualidad, eran los que tenían que manipularlo.

man sólo como detalles y solucionan todo con un simple pedido de disculpas. Así las cosas, solo queda esperar hasta que llegue Brasil 2014 , para confirmar que el tiempo pasa para todos, menos para ellos, que siguen pendientes de su negocio. Salvo que algún estampido fuerte tipo vuvuzela, que en algún momento también pensaron prohibir, les recuerde aquello de que se puede mentir a algunos todo el tiempo o a todos algún tiempo, pero es imposible mentirles a todos todo el tiempo. Un pase preciosista de algún español, una nueva epopeya uruguaya, un eficaz movimiento alemán o una gambeta holandesa tal vez los ponga en órbita y los obligue a reaccionar. Ellos tienen cuatro años para bajarse de su autismo y su soberbia exasperante. Nosotros, para creer que tal vez no todo esté perdido.

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Igual que sobrevivientes

Las tres selecciones europeas en las semifinales y el poderío de algunos equipos que se mostraron de menor a mayor permitieron comprobar que hay quienes, táctica y conceptualmente, se renovaron. A las viejas pertenencias, agregaron un fútbol agresivo que permite tener ilusiones. Por FERNANDO PACINI

L

os cuatro equipos que llegaron a las semifinales de Sudáfrica 2010, con diferentes formas, apostaron por un fútbol agresivo en ataque. Cada cual con sus particularidades, no se encuadraron en “la tendencia Mourinho” que amenazaba con ponerse de moda en la víspera de la Copa del Mundo. El primer vistazo a los ataques, muestra lo siguiente: Alemania, tres delanteros y un diez; España, dos puntas y dos diez; Uruguay, tres atacantes, y Holanda, lo mismo, tres delanteros y un media punta. Uruguay es el caso más sorprendente, porque logró funcionar aceptablemente “partiendo” el equipo. Una porción dedicada a defender y contener, y Cavani, Forlán y Suárez en ataque. Eventualmente, Álvaro Pereira o Álvaro Fernández se comportaban como intermedios para compensar el mediocampo. El equipo de Tabárez disimuló la presunta falta de conexión entre defensa

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y ataque. Y lo hizo por el compromiso colectivo para ocupar los espacios en la fase de recuperación. Y, sobre todo, porque Diego Forlán y Luis Suárez dieron fabulosas garantías de producción ofensiva. Sin dudas, ambos se cuentan entre los mejores del Mundial. Holanda, como siempre, sostuvo su proyecto en base a simetría y posesión. Sin el nivel individual de otras selecciones, encontró en Robben el futbolista referencial para darle profundidad a sus intentos. Él, como extremo derecho, Kuyt en la izquierda (el más inteligente y generoso), Van Persie (de pobre rendimiento)

España recuperó algo de la frescura que lo distinguió en los últimos tres años.

de nueve y Sneijder (confiado como nunca) detrás de ellos. Fue un equipo más utilitario que las anteriores versiones holandesas, pero le tomó el gusto a la eficacia sin considerar tanto los merecimientos. El partido ante Brasil lo demostró. Rescató una victoria que parecía imposible para luego apropiarse del trámite y no permitirle a Brasil (nada menos), ninguna situación en la que pudiera reaccionar. España pasó por situaciones de muchísima presión y angustia, superiores a la de otros semifinalistas. La derrota ante Suiza la puso al borde de perder la compostura. Había jugado mejor perdiendo con Suiza que ganando contra Honduras, pero en ese segundo partido y en algunos pasajes ante Chile, las ideas no estaban a salvo, y las dudas quedaron expuestas. Sin embargo, salió de ese trauma. Y lo hizo con calma, acentuando las virtudes de su estilo, confrontan-


do con la historia y el pesimismo, y sin buscar grandes producciones inmediatamente. Más bien, primero trató de hacer foco nuevamente. La descripción de dos diez (Xavi e Iniesta) y dos centroatacantes (Torres y Villa) es escasa. Del Bosque sostuvo el modelo a pesar de los insistentes pedidos para que quitara a Torres o renunciara al doble pivote de Busquets y Xavi Alonso. Hizo lo contrario, sabiendo que los cambios se hacen en la prosperidad y no en la adversidad. No se equivocó. El equipo recuperó algo de la frescura que lo distinguió en los últimos tres años. Será difícil, independientemente de los resultados del Mundial, ver un fútbol superior al que produjo Alemania frente a Inglaterra y la Argentina. Todo lo que provocó fue admiración. La mayoría de los análisis describen a Alemania con cierta frialdad: un 4-23-1, se dice, sin mucho más. El 4-3-3 lo define mejor. Porque esencialmente son tres atacantes y no uno: Podolski y Müller son delanteros, y son extremos en Alemania. Klose completa esa línea. Dos mediocentros en un gran nivel (Khedira y Schweinsteiger), y un diez como vértice de ese triángulo en la mitad de la cancha (Özil), protagonizaron un despliegue geométrico con trazos indescifrables para los adversarios. Lahm se afilió desde el lateral derecho a la aventura. Alemania agregó frescura con la pelota y compromiso para la recuperación al concepto de armonía y organización. “Nuestro estilo tiene ahora un aire latino”, dice orgullosamente su entrenador Joachim Low. Su equipo es una Selección “global”, con futbolistas inmigrantes, con copias del buen juego holandés, con ese aire latino y, sobre todo, con la seriedad y competitividad que toda la vida distinguieron a Alemania. La renovación germana está en marcha desde hace poco menos de una década. En 2006, con Klinsmann, ya había mostrado algo. En la Euro 2008, perdió

la final con España, pero ahí estuvo el embrión de este equipo. Alemania tiene un plan y lo sigue. Y ahora muestra su mejor cara, acaso desde la Euro de 1980. Cuando suceden las derrotas, se supone que lo mejor es cambiar de sistema, de entrenador, de jugadores… A veces la virtud está en la persistencia, mucho más que en el cambio.

“Nuestro estilo tiene ahora un aire latino”, dice orgullosamente el entrenador alemán Joachim Low.

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Blanco sobre negro

Las leyes de segregación racial dejaron de tener vigencia en Sudáfrica hace más de quince años. Sin embargo, un par de semanas en el país, incluso en medio del Mundial, alcanzan para darse cuenta de que las desigualdades étnicas permanecen. Ahora están, sobre todo, basadas en lo económico. Pero no únicamente. Por PABLO CHEB TERRAB

I

ncluso antes de subirme al avión que me llevaría a Johannesburgo, yo estaba furioso con el estereotipo elegido por las multinacionales. Durante semanas me la había pasado tragándome comerciales de supuesta representatividad africana (para las marcas, resultó sinónimo de sudafricana), que mostraban negros pobres jugando al fútbol y alentando a selecciones ajenas. De los blancos, ni noticia. De los negros ricos, tampoco. Hice esfuerzos concientes para buscar algún indicio de ese 20 por ciento de población caucásica que habita Sudáfrica. No hubo caso: Coca Cola decidió que era mejor armar publicidades sin blancos para el Mundial. Los únicos que aparecían eran turistas pacíficos y aleccionadores, o apasionados hinchas extranjeros para enseñar su picardía a los ingenuos campesinos. En cuanto a las condiciones precarias de vivienda, las vestimentas ajadas y las zapatillas raídas, resultaron casi una virtud de exotismo colorido como para resaltar el espíritu amateur de un torneo ultraprofesional. Y yo recordaba mi primer viaje hasta allí, hasta una Sudáfrica distinta. Fue a fines de 1995. Tenía apenas 12 años y era demasiado inocente como para percibir preferencias y discriminaciones, pero ellas estaban ahí para quien pudiera verlas. De hecho, era el año en que los Springboks lograron el título mundial de rugby, el año de la película Invictus. Si la vieron sabrán de lo que hablo: hombres blancos indignados por el fin

del apartheid, que flameaban banderas de una patria intencionalmente divisoria. Hombres negros entrando en una libertad tan naciente como desconocida, con Nelson Mandela como presidente y representante de una unión flamante y frágil que se iba arropando en parte gracias al deporte. Tenía 12 años, y en el vuelo de ida hacia Ciudad del Cabo un viejo sudafricano descendiente de holandeses se sentó a mi lado. Yo hablaba inglés, y él tomaba whisky. En un oscuro momento de la noche aérea me miró de costado y me confesó su odio racial. “Ustedes hablan bien de los negros porque no los tienen”, acusó con rabia. “Ellos son distintos, son criminales, son repugnantes”, continuó. Ya no pude cerrar los ojos. Él dormía. Eso era un blanco en Sudáfrica. Así era antes, hace quince años. Y yo, que moría de ganas de saber cómo era un blanco ahora, tenía que conformarme con publicidades monocromáticas. ¿Cómo puede ser que un blanco pase de encarnar el odio a encarnar la ausencia? Pero subí a otro avión. Este iba a Johannesburgo, en mi adultez periodística. Y no había sudafricanos beodos. Es más: ni siquiera había alcohol, medida cautelar definida adrede como para prevenir las borracheras de los barrabravas (que a esta altura ya habían viajado). Estaba Chiche Gelblung. Estaba Claudia Villafañe, retenida durante cuatro horas a nuestra llegada por la policía local, sospechada de vínculos con las hinchadas. Era un avión

lleno de blancos, pero todos, como en los spots publicitarios, turistas y argentinos. Debía tener paciencia. No me faltaba demasiado para descubrir algo más.

UNA NOTA DE COLOR Llegué en medio de un cansancio mareado. El aeropuerto se asemejaba a una feria multinacional de colores, cantos, vuvuzelas y servicios dedicados a dar la bienvenida a los nuevos. Resultó que los nuevos éramos todos, y que todo el tiempo, cada día, seguiría llegando gente. Parecía la terminal internacional de FIFA. Más allá de un enorme hall central, sólo se veían los carteles indicadores con la tipografía del Mundial: “Tickets”, “Media”, “Transportation”. Reconocí a los hondureños y a los mexicanos por el idioma, y aunque ignorara todo acerca de algunas nacionalidades (eslovacos, ghaneses, neocelandeses) no precisé demasiado estudio para identificar al resto. Las camisetas y las banderas eran uniforme obligatorio. Desde el inicio entendí la importancia que tendrían los colores: yo buscaba otros, me encontré con éstos. De inmediato me choqué con los que esperaba. Me recibió una recepcionista en el hotel. Era negra. Su supervisor, blanco. El botones, negro. Las mucamas, negras. El conserje, blanco. El encargado del estacionamiento, blanco. El que estacionaba el auto, negro. El que alquilaba los autos, blanco. El que te lo traía una vez que lo habías alquilado, negro. Fui a un restaurante, esa misma noche. Te daba

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la bienvenida una chica blanca. Los mozos, negros. Pensé que era mi imaginación, mi prejuicio. No lo era. La división del trabajo, aún hoy, parece un chiste. Los mejores empleos, los mejores pagos, los jerárquicos, los que implican un contacto directo con el cliente quedan (muy evidentemente) en manos los blancos. El sueldo promedio en Sudáfrica, una nación con 25% de desocupación, es de dos dólares por día. Sin poseer cifras oficiales, puedo asegurar que la mayoría de ese 25% está compuesto por negros. Y que el magro promedio ni siquiera alcanzaría esa cifra si no se incluyeran los altos salarios de los empleados blancos. Quise tomarme un colectivo o un tren para ir a comer. Evalué ir caminando. “No se lo recomiendo”, me deslizaron. Después lo supe: eso lo hacen los negros. Los blancos, en cambio, toman taxi. El taxi, por supuesto, inevitablemente lo maneja un negro. Recordé otra anécdota de mi primer viaje, en el 95. Habíamos ido en taxi con toda mi familia desde la puerta de un restaurante hasta nuestro hotel de entonces. El precio lo habíamos pactado de antemano. Aunque no tengo certezas, digamos que eran 5 dólares. En la mitad del trayecto, el conductor le dijo a mi padre: “le voy a cobrar 10”. Mi padre no enten-

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dió por qué y quiso discutir. El chofer frenó el coche, y abrió la puerta en plena calle. “¿Quiere bajarse acá?”, interrogó, irónico. Mi padre, en silencio, aceptó el nuevo precio ante la amenaza de una Johannesburgo áspera. Llegamos indignados, y avisamos sobre esta afrenta en el hotel. “¿Era negro?”, preguntaron. Sí, era. “¿Y qué esperaba?”.

MÁXIMA INSEGURIDAD La escena no es caprichosa, porque podría ser actual. En Sudáfrica, particularmente en Johannesburgo, existe una noción de inseguridad apabullante. Los habitantes de la ciudad se sienten perpetuamente vulnerables. Esta sensación, es justo decirlo, no responde directamente a los hechos. Es cierto que hay mucha delincuencia, y de hecho el operativo de seguridad en el Mundial es demasiado riguroso como para juzgar cómo será la situación en condiciones normales. Pero, al menos por este período, están exagerando. Y los motivos de la exageración parecen claros. No es que se tema a los criminales. Los blancos, en general, temen a las multitudes negras. Y los ricos, como en casi todos lados, temen a los pobres. Hay mucha más pobreza que delincuencia. Hay villas, hay marginalidad.

El espíritu de camaradería persiste allí donde otros ven indecencia. El buen trato está allí. La buena disposición de la que tanto se ha hablado tiene su origen en el corazón de eso que para muchos es la tiniebla. Pero poco importa. Y es que la postal que percibimos en el aeropuerto era un engaño. La mezcla de razas, etnias, idiomas y culturas que propone la Nación Arco Iris es una excelente movida de marketing que difícilmente pueda sobrevivir más allá del impacto inicial. El tiempo, aunque sea poco, termina descubriendo los matices. La división, la segregación que desapareció en las leyes, sigue vigente gracias a la capacidad de compra. La riqueza divide. En una urbe tan enorme, tan llena de autopistas, esa división tiene forma de barrio residencial. Y tiene nombre: se llama Houghton, se llama Sandton, se llama Norwood. Aquí están los ricos, por lo general blancos: al lado de la autopista pero con un muro de varios metros coronado por alambre de púas para separarse de la miseria. Allá, los negros, por lo general pobres. ¿No hay negros que tengan dinero? Sí, los hay. Son pocos, y por lo general viven en Sandton, un nuevo suburbio contemplado como el sitio de morada de los nuevos ricos. El asco que les produce esto a los blancos tradicionalistas es casi indescriptible. “Aquí está la plata vieja, vivimos los ricos de verdad”, se escuchará en Houghton, donde tiene su casa Mandela. Se traduce: acá estamos los blancos ricos y los padres de la patria. Cada uno irá a su shopping mall, a su centro comercial. Ése es el centro de la vida social. Cada zona tiene el suyo. No es cosa de ricos, es cosa de todos, pero no es para todos igual. Hay malls de ricos y malls de pobres. Los locales son distintos, las marcas son distintas, las construcciones son distintas (modernas o antiguas, lujosas o derruidas, según el caso). En los malls de ricos hay hoteles, hay blancos y hay turistas: Emperor’s Palace, Bedford Center, Melrose Arch, Montecasino, Mandela


Square. En los malls de pobres hay negros que estacionan autos viejos: Greenstone, Woodland, Rosebank, Value, Centurion, East Rand. Y cuidado, mucho cuidado con el que quiera mezclarlos.

APARTHEID ECONÓMICO La mañana de inauguración mundialista me llenó de esperanza. Sabía, porque todo el mundo lo había dicho, que el fútbol es el deporte de los negros aquí. A los blancos les gusta el rugby, dicen. Me fui bien temprano hacia el estadio, tras acordar con un blanco el precio que debería pagarle a un chofer negro. Apenas me puse a esperar el micro empecé a sospechar. A mi lado, todo era amarillo y verde, los colores de Sudáfrica, de los Bafana Bafana. Pelucas, anteojos, banderas, caras pintadas... La fiesta era completa. Pero no había un negro. Era el día de la fiesta inaugural, el debut mundialista del local. Llegué al estadio, una joya de la arquitectura y del diseño, casi cuatro horas antes del comienzo de la fiesta inaugural. No vi a un negro. Paré a comer un sándwich para engañar el estómago. En el patio de comidas no vi a un negro. Ocupé mi asiento, atrás y a la izquierda tomando como referencia el arco en el que finalmente anotaría Tshabalala. Para la mayoría étnica sudafricana era una celebración ajena. Las entradas, que costaban alrededor de 300 dólares, fueron una barrera infranqueable para su color. Se cantó el himno, un himno de idiomas mixtos, bajo la atenta mirada de gente que no sabía la letra. Adentro, once jugadores negros representaban a una tribuna blanca. La representación de la grada era inversa a la población: 80 % blanco. No sabían de fútbol, y se notaba. Festejaron como pudieron, lo que pudieron. Cubrieron su ignorancia con vuvuzelas. Se callaron con un silencio respetuoso al límite cuando el presidente Zuma, en su discurso, nombró a Mandela y justificó su ausencia por una tragedia familiar. Se

callaron al borde de la preocupación por el héroe. ¿Será suficiente? La fiesta real, el ruido, estaba en las pantallas gigantes que adornaban el centro de la ciudad, los costados de las rutas y las cercanías del estadio. Allí estaban los negros: era gratis. También se los veía, dispersos, en las ubicaciones más baratas del estadio: costaban 80 dólares, 40 días de trabajo, poco más de un sueldo. Cuando salí del partido, imbuido en fútbol y en Mundial, feliz pese a mi experiencia sociológica. Me tomé el micro de vuelta y me puse a charlar con una pareja joven. Eran blancos. Ante la revelación de mi nacionalidad, me sorprendieron con su asociación: “¿Argentina? ¡Los Pumas! ¡Pichot!”. A los blancos les gusta el rugby. Quince años atrás mis ojos de niño se quedaron con un cuadro doloroso: veníamos por la ruta con mi familia en un coche de alquiler, y al costado del camino apareció un numeroso grupo de negros. Eran unos quince, a medio vestir. Nunca

podré olvidar, por ejemplo, que no tenían zapatos. Querían cruzar hacia el otro lado. Mi viejo detuvo el coche y les hizo señas para que pasaran. No se movieron. Mi papá repitió el gesto con idéntico resultado. Seguimos viaje hasta llegar a una estación de servicio. Allí averiguamos qué pasó: “nunca cruzarían, señor. Ellos piensan que los quiere dejar pasar para después atropellarlos con el auto”. Quince años después, pienso: mirame a los ojos, no te preocupes. Podés cruzar. En el viaje de vuelta, un policía negro detiene a un conductor blanco que está hablando por el celular. El hombre se baja, furibundo, toma de la solapa al policía y lo zarandea, casi retándolo. El policía no reacciona. Él tampoco mira a los ojos de su agresor. Se lamenta, cabizbajo. Es la ley daltónica de un país en formación. Quince años después, pienso: todo sigue igual, aunque haya cambiado. Quince años después, pienso: todavía falta. Debería volver en quince años.

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¡Viven!

De la mano de un técnico prolijo, gracias a un sostenido espíritu colectivo y al brillo fundamental de Forlán, Uruguay fue el mejor sudamericano del Mundial, aunque buena parte de la prensa oriental ya había declamado la defunción de su seleccionado. Lejos de estar muerta, la Celeste se apoyó en su tradición y en una llave favorable, jugó un fútbol simple, tuvo dignidad en la derrota y dejó marcada su resurrección. Por PABLO DE BIASE Fotos PHOTOGAMMA.COM

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l tamaño de la esperanza, el saber ser un noble aliado de las contingencias y aprovechar la historia y la experiencia de muchas generaciones pueden ser buenas claves para tener más chances en una Copa del Mundo, especialmente cuando no se cuenta con un equipazo como el de España, pero sí se tiene un entrenador decente, prolijo y ordenado que sabe insuflarle dignidad deportiva a un grupo esforzado. Eso es lo que tuvo Uruguay para marcar la diferencia y ser el mejor sudamericano en Sudáfrica 2010. Claro, por supuesto, también ayuda no padecer del mal argentino de la infección de virus ideológicos y de vedettismo hollywoodense, que trastocan circunstancias en principios doctrinarios, directores técnicos –de emociones y neurosis extremadamente frágiles– en mesías y sencillos periodistas en profetas de sagradas escrituras apócrifas.

EL REGRESO DE LOS MUERTOS VIVOS La globalización no es un plan macabro urdido hace 40 años en un bunker de Wall Street. Aunque más de un indecente haya soñado hace décadas con un mundo de flujos de información financiera permanentes que permitieran operaciones bursá-

tiles de Este a Oeste, las 24 horas online, que condujeran al fin de la historia, de los conflictos sociales, y de los indeseables sucios, molestos y malos que empezaban a hablar de exclusión, resistencia cultural y preservación del planeta. Todo proceso que implica la participación de millones de personas con voluntades y deseos distintos (cuando no, contrapuestos) es un proceso ciego, una relación social que adopta un curso entre miles posibles, y sus usos se vuelven impredecibles hasta para los planificadores más poderosos. Eso fue, en definitiva, la globalización que, entre sus efectos nutritivos y benéficos, permitió acercar y democratizar información y conocimiento. En el tema específico de la pelota, significó un perjuicio para las antiguas “aristocracias” del fútbol, entre las que se encontraba Uruguay, fundador y pionero dilecto del fútbol internacional de selecciones.

Los jugadores rindieron al máximo y Forlán alcanzó su pico de madurez en el momento exacto del Mundial.

En los últimos 40 años, que coinciden con la génesis, auge y caída del neoliberalismo, pero también con el achicamiento del mundo, la saturación informativa y el surgimiento de nuevas expresiones futboleras (y culturales en general, en todos los puntos del planeta), los orientales vieron languidecer las chances de su selección nacional –y de sus equipos, también– a manos de otros competidores que aprovecharon las experiencias y saberes ajenos (los de los uruguayos, entre ellos). El balance uruguayo es de pérdida, por más que a la postre la globalización también trajo algunos beneficios colaterales para la Celeste; por ejemplo, al generalizarse la cancha global, aplastó viejas relaciones de poder doméstico, concentrando todo en poquísimas manos empresarias cuyos negocios son más funcionales a la gloria internacional de los jugadores orientales y de su Selección que a las pequeñas miserias de Peñarol, Nacional o Defensor Sporting. En México 1970, Uruguay había llegado por última vez a una semifinal, que perdió 3-1 con Brasil, cerrando un ciclo de 40 años gloriosos en el fútbol internacional de selecciones, con dos Copas en su haber y más campeonatos sudamericanos que el propio Brasil. Desde entonces, cayó en una pendiente, propia de un mercado

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interno que se achicaba y de un mercado externo que todavía tenía demasiadas fronteras y demasiadas restricciones. Así, los clubes eran más poderosos que la AUF, y con un sistema de eliminatorias distinto, no cedían los jugadores en tiempo y forma, devaluando a la Selección oriental. Argentina, Paraguay y Colombia, en cambio, iniciaban en esa década el fortalecimiento (desmedido, enfermizo y, en el “paradigmático” caso argentino, fuertemente militarizado) de las asociaciones en desmedro de los clubes. Esto le reportó a la Selección Argentina, digamos, dos Mundiales y 30 años de Grondona sentado sobre un anillo enigmático, los millonarios contratos televisivos (especialmente para él y la AFA) y una creciente influencia en la FIFA de la mano de Lacoste, Havelange y Blatter. Argentina y, en mucha menor medida, Paraguay, pasaron a ser socios continentales y mundiales del poder brasileño, mientras algunas generaciones brillantes les daban a Ecuador y a Colombia un auge efímero; y todos juntos contemplaban, casi con carcajadas sardónicas y alcaloidales, propias del clima de pesadilla de Like a Rolling Stone, la canción en la que Bob Dylan, elípticamente, se burla de una groupie que salta de la cama del ídolo a la fila de la sopa de los indigentes, de la transmutación de reina en cenicienta de la otrora brillante Celeste. No es de sorprender que hace poquito más de medio año, el 15 de octubre de 2009, tras caer 1-0 en el Centenario, en la última fecha de las Eliminatorias sudamericanas ante la Argentina de Maradona, el periodista Edwar Piñón sintetizara el espíritu uruguayo de cuatro décadas de frustraciones desde las páginas de el diario El País: “es lo que toca. Y es a lo se ha acostumbrado el fútbol uruguayo desde hace 12 años. Porque este interminable periplo de recorrer algo más que Sudamérica para tratar de llegar a una cita mundialista es una realidad incuestionable. Uruguay es el quinto del continente una vez más”. O que en el diario La República titularan “Otra desilusión. El Rey del Repechaje

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asomó de nuevo. Como, siempre la Celeste fracasó en el intento”. Un mes después, cuando Uruguay venció con lo justísimo a Costa Rica en el partido de repesca y logró la quinta plaza para Sudamérica, el optimismo del columnista del diario El País no derrochaba buenos augurios: “La Celeste está en Sudáfrica. La clasificación se logró como fue en toda las Eliminatorias: sufriendo (pero pudimos gritar) ´¡Uruguay, nomás!’, desde el alma. Un grito contenido desde la mañana en que Australia nos condenó a mirar el Mundial de Alemania 2006 por televisión”. Como se ve, para los “entendidos” orientales, Uruguay seguía sumido en su decadencia: eran los muertos vivos que volvían a entrar a un Mundial por la ventana. Una descripción no muy errada, porque seis derrotas, seis empates y apenas seis victorias que la llevaron a un repechaje de 1-0, en San José, y un miserable 1-1 en el Centenario no hablaban de un pacto con la gloria, precisamente.

LOS MUERTOS VIVOS EN EL GRUPO DE LA MUERTE Las metáforas necrofílicas abundaban, y tanto la prensa uruguaya como la internacional coincidieron en un diagnóstico pesimista, más apegado a la necesidad de etiquetar que al análisis riguroso. Luego del sorteo de la primera fase de Sudáfrica 2010 y de las respectivas llaves, se le puso muy a la ligera el mote de “grupo de la muerte” al que llevaba la letra A y que integraban Sudáfrica, México, Francia y los uruguayos. La cenicienta sudamericana debía enfrentar una gesta “imposible” ante el último subcampeón mundial, el equipo más tradicional de la cada vez más competitiva Concacaf y el “difícil” país anfitrión. Dicho así, daba para pensar en 23 tarjetas de embarque de un avión de Pluna antes que en el Soccer City Stadium. Sin embargo, si repasamos con detalle el “temible” grupo y la llave que le tocó recorrer, veremos por qué Uruguay, con una pequeña ayudita

de sus amigos, fue el equipo sudamericano de mejor performance en Sudáfrica 2010. Por méritos de sus jugadores, porque Forlán alcanzó su pico de madurez en el momento exacto del Mundial, por la sabiduría de su DT –que armó un equipo decoroso e inteligente para aprovechar las circunstancias–, porque la historia y la tradición pesan y, básicamente, porque supo ser un buen aliado de las contingencias. El periodista británico John Carlin, conocedor profundo del fútbol africano, es quien mejor retrató la realidad de los Bafana Bafana. “Un equipo sudafricano que fracasó para clasificar a la Copa Africana de Naciones, que estaba jugando increíblemente flojo en los meses previos al Mundial y que había organizado amistosos contra equipos más que endebles sólo tenía una chance: no ser goleado por Francia, Uruguay y México”. Lo exhibido por Sudáfrica, más allá de la simpatía que evoca la figura del anciano Mandela y su larga lucha, se ajusta a la descripción del británico: no hay localía que valga cuando un equipo es horrible, y la realidad es que la selección de Sudáfrica tendría pocas chances de competir con dignidad en el Nacional B. México, ligerito y veloz, padece desde hace mucho de una incapacidad profunda para llegar al gol –no en vano fue desplazado, luego de décadas de supremacía absoluta, del primer lugar de la Concacaf por el rústico y empeñoso equipo de Estados Unidos, que al menos, a fuerza de remates de media distancia y cabezazos, puede llegar a convertir, cada tanto–. Y Francia, sin su última megaes-

La globalización significó un perjuicio a las antiguas “aristocracias” del fútbol, incluido Uruguay.

trella (máximo responsable del título del 98, de haber llegado a la final de 2006, y también de haberla perdido), Zinedine Zidane, con su poderoso delantero Henry recuperándose de una lesión y la pólvora mojada por los años, quedó reducido a la escasa valentía de Anelka y a la excentricidad de su técnico, Raymond Domenech, un cabulero absurdo, quien sin Zidane ni Henry se parece más a Pierre Richard que a un fino estratega. Así las cosas, la “garra charrúa” abrochó el 0-0 con Francia casi en el vestuario de la primera fecha. Le hizo tres a los malabaristas locales y justo un solo gol a México, para que pasaran convenientemente los dos a octavos. El grupo de la muerte terminó resultándoles bastante vivificante a los muertos vivos de las Eliminatorias sudamericanas. Al punto que, en octavos, los esperaba la modesta Corea del Sur, que había caído en la fase de grupos con la Argentina del polifacético y polisémico Maradona, el más grande con una pelota al pie y uno de los más exóticos en el marketing del cambalache bizarro, pero quien, más allá de su guevarismo menemista, le puso el lomo a lo que hubiera sido un papelón más grande que el de 1969, logró clasificar a la Selección y la llevó a cuartos, lo mismo que habían logrado los circunspectos Passarella y Pekerman, salvándole el pellejo al dueño del anillo.

… Y COLEANDO Lejos de los tiempos de Eliminatorias reducidas, y de jugadores de Peñarol y Nacional retaceados por los otrora popes del fútbol oriental, Uruguay utiliza sus mejores valores de las ligas europeas. A sus dos buenos centrales (Lugano y Pereyra), se les sumaron inspiradísimos los hombres de ataque (Luis Suárez y Diego Forlán) y un aguerridísimo Diego Pérez (capaz de tacklear a un contrario en las narices del árbitro y levantar los brazos con ingenuidad), que paró a casi todos como pudo; todos ellos, grandes respon-

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sables del regreso a los primeros planos, ya que jugaron en el máximo de sus posibilidades. Luis Suárez se cargó a los coreanos y evitó, cual hombre araña, la caída de su arco en cuartos de final; así, Forlán –junto con los nervios de Gyan– fue decisivo para empatar con Ghana y vencerlo por penales. En un partido en el que los africanos jugaron mucho mejor, a pesar de no contar con su máxima figura y uno de los mejores jugadores del mundo, el volante del Chelsea Michael Essien, y estuvieron varias veces a punto de ganar, en el último minuto del suplementario Luis Suárez atajó (como Maradona contra la Unión Soviética en Italia 90) un remate sobre la línea de gol de su arco (lo que le costó la expulsión y no poder jugar la semi contra Holanda), y Asamoah Gyan no tuvo la tranquilidad, en el último minuto del suplementario, para definir el partido y evitar la tanda de penales. En esta oportunidad pesó la mayor experiencia oriental, y Uruguay se consagró como el mejor sudamericano del Mundial. Habían vuelto a la historia, habían dejado atrás a Brasil y a Argentina. ¿Qué coño más se les podía pedir?

¿GARRA, HISTORIA, CONTINGENCIA, SUERTE… O ALGO MÁS? La prensa deportiva uruguaya puede ser a veces demasiado dura o demasiado blanda con sus selecciones, puede desnudar algún complejo de inferioridad respecto de Brasil o de Argentina; sin embargo, a diferencia de la locura de sus pares rioplatenses, no discuten los fundamentos básicos del fútbol, que son, en definitiva, los fundamentos básicos del deporte. Fundamentos a los que, si nos hubiéramos atenido en tiempo y forma, nos habrían evitado décadas de discusiones ridículas y derroche de ingenio al divino botón. Porque la antigua crispación entre menottismo y bilardismo, entre la nuestra y la vuestra, (¿entre Braden y Perón? No,

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por favor, no hay que manchar la pelota), llevó la boludez nacional a límites increíbles, a que fraguar frases efectistas, por ejemplo, deviniera una guerra ideológica sobre lo que no son más que simples puntos de vista sobre cómo alinear un equipo en la cancha. Y eso sí, tuvimos durante décadas la guerra ideológica-política, con arrebatos cuasi militares, sobre táctica en el fútbol, que reemplazó no sólo al abecé del deporte (que hubiera evitado tanta pero tanta pelotudez aguda y extremista), sino también a la propia discusión política, mientras Menem y sus cómplices desguazaban el Estado y condenaban a la exclusión y a la miseria a millones de compatriotas. Así, por ejemplo, mientras se dilapidaba el patrimonio social de generaciones de argentinos, cambiándolo por papelitos de colores sin valor, Menotti, aplaudido por el Ruso Verea, destacaba en un programa de TV propio el coraje de Silvio Berlusconi (sí, el mismo Silvio Berlusconi que se aliaba con el fascismo y el separatismo italianos) porque ¡tenía una política coherente en la contratación de los entrenadores del Milan! Y Fernando Niembro, el rostro paradigmático del enemigo para los reyes del fulbito, aseguraba en un comentario televisivo que un tiro que pegaba en el lado interno del poste era una expresión acabada de la mala puntería de un pateador. Nadie hablaba, sin embargo, de que fue el primer secretario de medios de Menem ni de la tríada que había armado con Julio Ricardo en ATC y Marcelo Araujo facturando la publicidad desde su agencia. Para qué.

Para los “entendidos” orientales, la Celeste seguía sumido en su decadencia: eran los muertos vivos.

Mejor era repetir la metáfora menottista de que pisaban las flores del jardín. Claro, por ese entonces, Menotti recuperaba su memoria peronista y conversaba con Buscapié Cardozo sobre la eventual candidatura del DT a la gobernación de Santa Fe (algo que finalmente haría el veloz Reutemann). Los hermanos orientales, paranoicos y exagerados si se quiere y con algún complejito de inferioridad, si se quiere también, nunca hubieran dicho una frase herética como “la religión del toque es lo único que le gusta a la gente que ama el fútbol”, ni hubieran sido tan imbéciles de plantear la dicotomía entre “jugar bien o ganar” en nombre del “fútbol que le gusta a la gente” (la frase es más sencilla, en realidad, amigos: “a la gente le gusta el fútbol”, y ya). Ningún uruguayo es tan herético con el deporte. Por eso, a la hora de pensar el partido frente a Holanda por semifinales, siempre tuvieron en mente no la humildad del paisito, sino cuál es el fundamento básico de un deporte y la lealtad de los deportistas para con los espectadores. La ética fundamental del fútbol y de cualquier disciplina deportiva pasa por el compromiso de todos y cada uno de los deportistas que juegan en un equipo por buscar el mejor modo de superar a su rival: la obligación moral de un futbolista, con sus compañeros y con el público, es hacer todo lo posible para ganar, para vencer respetando el reglamento, a sus adversarios. Es decir, se trata de un compromiso con los sujetos, no con los objetos. Un jugador no tiene que respetar a la pelota: tiene que respetar a sus compañeros, a sus rivales, a las autoridades del match y a los espectadores. Las pelotas, en cambio, se manchan, se pinchan, se arrojan lejos… Y se reemplazan por otras. No deberían ser objeto de metáforas berretas ni de proclamas ideológicas. Oscar Washington Tabárez con los jugadores que le quedaban, tras las expulsiones y las lesiones, pensó con sus hom-


bres cuál era la mejor forma de intentar superar a Holanda, aunque técnicamente fueran supuestamente inferiores. Y punto. Lo intentaron, poniendo, marcando y corriendo como leones, y buscando triangular y abrir la cancha cuando podían. No llegaron al triunfo pero jugaron su mejor partido del Mundial, hasta el último segundo, con ganas de dar vuelta el resultado. Eso es garra, eso es lealtad deportiva y eso es jugar, en todo caso, el fútbol que le gusta a la gente. Sin fraseología, con la ayuda que da el peso de la historia, que influyó en los holandeses, a no dudarlo, y sin la suerte que habían tenido en el resto de la Copa. Fueron dignos, porque no confundieron deporte con conformismo ni fútbol con fulbito.

MORIR VIVIENDO (GANAR PERDIENDO) Sin Luis Suárez ni Lugano, la capacidad de Forlán –que jugó un mundialazo,

Es preferible morir viviendo que vivir muriendo: ésa fue la diferencia entre Uruguay y Brasil cuando enfrentaron a Holanda. con cinco goles y tres tiros libres en los palos– no le alcanzó al equipo de Tabárez para superar a Holanda. Pero jugó el mejor partido posible contra los holandeses, desnudando las limitaciones de los europeos al forzar al máximo las propias. Sin duda, con un arquero de metegol (Muslera, de la Lazio), la defensa sumó un grave problema al de la presencia de los rivales, pero poniendo el 2-3 cuando faltaba un minuto de descuento, Uruguay tuvo la

dignidad de la que careció el brutal Brasil de Dunga, que se murió de miedo al verse perdiendo y sólo atinó a golpear burdamente a los holandeses. Como decía el Subcomandante Marcos, es preferible morir viviendo que vivir muriendo (en la indignidad y la cobardía). Esa fue la diferencia entre Uruguay y Brasil contra el mismo rival. El partido por el tercer puesto contra Alemania fue otra lección de dignidad deportiva. Con Forlán haciendo temblar el travesaño en tiempo de descuento, cuando perdían 3-2. Y habiendo jugado, ciertamente, mucho mejor que Alemania. Nuevamente Muslera decidió permanecer pegado a la raya y no salir a jugar ni a cortar centros, casi como si Amadeo Carrizo, Lev Yashin y el propio Ladislao Mazurkievicz no hubieran existido: atrasó 60 años y le impidió a la Celeste el tercer puesto. Un detalle, en última instancia: el tiempo sudamericano estuvo a favor de los pequeños. Pequeños gigantes.


Cuando tronó el escarmiento

De aquella final 2006 entre italianos y franceses no ha quedado casi nada. Pero la sensación de ver esta vez a los dos anteriores finalistas dando pena, merece compararlos, y comprobar que no les da lo mismo. Los tanos la sufren como si fuera el fin del mundo. Una versión actualizada del siamo fuori. Por ALEJANDRO FABBRI

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o son iguales. Son vecinos, han compartido odios y amores, pero las diferencias son fácilmente reconocibles. Italia y Francia tienen lazos comunes, pero el fútbol es un vehículo para resaltar la grandilocuencia y aparatosidad de los italianos ante la poca pasión y la discreción francesa. Quizás hoy, después del papelón compartido en Sudáfrica 2010, la presión del periodismo y la sensación de un fracaso estrepitoso los hayan unido. Sin embargo, quedó claro que no son iguales: el popular matutino Il Giornale presentó una tapa posterior a la eliminación italiana con el dibujo de once ataúdes azules sobre una cancha de fútbol, la bandera italiana en lo más bajo del asta y el título catástrofe “Campioni del oltro mondo”. Cuando la delegación vencida regresó al aeropuerto de Roma, varios de los jugadores fueron a buscar a los periodistas y fotógrafos de Il Giornale, liderados por el ahora jugador de la Juventus Simone Pepe. Hubo empujones, insultos al por mayor y la cosa no prosperó por la intervención de otros hombres de prensa. En Francia, la Selección llegó a un aeropuerto pequeño en las afueras de París reservado a funcionarios y empresarios amigos del poder. El periodismo no se enteró del lugar y los jugadores tuvieron tiempo para escaparse a sus hogares. Unos y otros, con su estilo. Italianos a los gritos y franceses prudentes, silenciosos y hasta hipócritas. Y en este caso, los antecedentes reafirman estos estados de ánimo, estas formas de ser tan disímiles. Francia jugó el primer Mundial en Montevideo, y los italianos se bajaron del mismo. En 1938 se enfrentaron en tierra francesa y la victoria fue del cuadro azzurro. Los italianos no pararon hasta el título, pero esa fue la prehistoria. Cuatro años antes, la psicología de la Madre Patria de muchos de nosotros quedó a la intemperie: Benito Mussolini había amenazado al técnico Vittorio Pozzo delante de una multitud, diciéndole que, si no ganaban la Copa, lo iba a ahorcar como se hacía con las gallinas antes del caldo o del guiso. Pozzo no contestó ahí, pero lo hizo en la cancha, consiguiendo el primer puesto para alegría del Duce.

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En los años 50, la posguerra pasó factura. Equipos livianos, sin confianza, especialmente en Italia, diezmada tras la tragedia que sufrió el invencible Torino en la colina de Superga. En 1958, Francia conmovió con su actuación a un país que todavía no se había decidido a adoptar al fútbol como su deporte principal. En aquella época, el rugby y el automovilismo le marcaban el camino. Sin embargo, con una delantera excepcional donde se destacaban Raymond Kopa y Just Fontaine, los franceses llegaron hasta semifinales y se toparon con el primer Brasil campeón. Fue 2-5, pero la alegría del tercer puesto, con una goleada 6-3 ante Alemania Federal, pudo más que esa caída. Fontaine quedaría en la historia por haber convertido 13 goles en un único campeonato, un récord cada vez más invencible. Mientras tanto, los italianos iban dando forma al cattenaccio, ese esquema importado de Suiza, ultradefensivo. Al mismo tiempo incorporaban jugadores argentinos, como lo habían hecho en 1934. En el Mundial de 1962, los asombrados aficionados de nuestro país observaban con fastidio la participación de Enrique Omar Sívori y Humberto Maschio en el combinado italiano. Los dos habían formado parte cinco años antes de aquella Selección albiceleste que había maravillado en el Sudamericano de 1957, en Perú. Claro, se entiende: en aquella época no existía la reglamentación que le impide a un futbolista jugar para dos selecciones… Italia llegó para el Mundial de 1966 envuelta en el prestigio que significaban los títulos intercontinentales del Internazionale de Helenio Herrera, más lo que había hecho Milan anteriormente. Con la chapa de candidato, Italia pasó un papelón inesperado. El derechazo de Pak Doo Ik, un dentista de 31 años que jugaba de mediocampista en Corea del Norte, dejó a los italianos fuera del Mundial. Italia se despidió en primera ronda y el periodismo fulminó a los jugadores. Desde los monedazos en el aeropuerto romano hasta el título doloroso de “Vergogna” en caracteres tipo catástrofe, todo les cayó encima. Sin embargo,


Italia se recicló y llegó a la final en 1970, donde el mejor seleccionado de todos los tiempos, el Brasil de 1970 cuya máxima figura era Pelé, lo aplastó con un contundente 4-1 en la final. Nada de Francia en 1974, poco en 1978, pero con una salvedad: una generación brillante estaba asomando la cabeza. Un grupo de jugadores que le dio entidad y fortaleza al fútbol galo, y que lo dotó de un estilo lujoso y práctico a la vez, aunque con una cierta endeblez anímica. Esa Francia del 78 fue superada por Italia a puro coraje y perdió ahí nomás con la Argentina de César Luis Menotti, quedando afuera en primera fase. La revancha la tendría en 1982 y en 1986. En España se cargó a varios cucos, hasta que Alemania los dejó en la puerta de la final en un partido increíble, el 4-3 de la tarde del tremendo choque entre el arquero Schumacher y el defensor Battiston. Apellidos como Platini, Six, Rocheteau, Tresor, Janvion, Tigana y Giresse, fueron columnas de un cambio de estilo, muy similar al fútbol de Fontaine y los suyos en 1958. En México 86 se dieron el gusto de eliminar por penales al poderoso Brasil de Zico y Sócrates, con aquel festejado disparo de Louis Fernandes. Ahí se terminó la generación brillante, y hubo que esperar una década para encontrar otro grupo de jugadores con alma de campeones. Italia era otra cosa: afianzado Enzo Bearzot como entrenador, la temprana eliminación de 1974 en Alemania la compensó sobremanera con el buen rendimiento en Argentina, donde derrotó al campeón por 1-0, y el título ganado en 1982, con la maravillosa producción goleadora de Paolo Rossi. Italia, con un poco más de fútbol que antes y una solidez defensiva impresionante, se sacó de encima a brasileños y argentinos y se dio el gusto de darle la vuelta olímpica en la cara a los poderosos alemanes. Acabado el grupo de jugadores franceses de buen pie, los mejores italianos dieron las hurras, y lo que vino fue positivo en resultados pero hubo también un retroceso evidente en el juego.

En el Mundial del 90, un tercer puesto en su propia casa fue muy poco para Italia, mientras los franceses miraban por televisión la Copa, lo mismo que les sucedió en 1994, cuando el delantero búlgaro Kostadinov, que jugaba en el fútbol francés, los eliminó en la clasificación para el Mundial de los Estados Unidos. Con las moneditas del mundial 90 que sobraron, Italia armó una máquina defensiva que le tiraba la pelota a Roberto Baggio y esperaba sus milagros. Así llegó a la final, aunque el intratable Robertino falló en un penal clave, lo mismo que el líbero Franco Baresi, para alegría brasileña. Francia tuvo su revancha en 1998 cuando organizó y ganó la Copa. Le había aparecido un monstruo futbolístico, el árabe Zinedine Zidane, líder del seleccionado galo durante la siguiente década. Fue campeón, se fue en primera ronda durante Japón 2002 y volvió a disputar la final en 2006 contra sus vecinos, los italianos. Ocho años antes, habían bajado de la Copa a los azzurros por penales. Incomprensibles para muchos fantasiosos del fútbol bien jugado, los tanos mostraron el fútbol de Totti y Del Piero, pero un arbitraje tendencioso los dejó fuera de lugar contra Corea del Sur en 2002. Sí brillaron en los partidos decisivos en 2006, para festejar su cuarto título mundial. Contra Francia fue un partido de ajedrez, pero la expulsión de Zidane pasó factura y desniveló. Los penales fueron un trámite. En ese insulto de Materazzi a Zidane quedaron plasmadas las distancias entre uno y otro país. El culto por sacar ventaja como fuera posible, la convicción de que la pelota la tuviera el rival y de una defensa de cemento como garantía para avanzar fueron siempre los motivos italianos para prosperar en una Copa. El juego en sí mismo, los atributos técnicos por encima de todo y la endeblez anímica, patrimonio francés. Hoy los unen otras cosas, que también los separan. Fracaso mutuo, planteles costosos, ausencias irreemplazables, peleas internas y un olor a naftalina que apesta.

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El junio francés

En el Mundial de los asombros, Francia se despidió temprano, y el temporal fue de tal magnitud que un país entero pidió explicaciones. Desmedidos para la derrota, a unos cuantos franceses se les fue la mano, incluyendo a Sarkozy. Quien cuenta el cuento es el corresponsal de L’Equipe y la revista France Football. Por FLORENT TORCHUT

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rancia siempre fue un país de revoluciones: de la chispa de los Lumiere que dio luz a un movimiento libertario universal, pasando por el levantamiento de 1848 que marcó el fin definitivo de la monarquía y la rebelión popular de la Comuna de París, evento fundador del comunismo, hasta el famoso mayo francés lanzado por estudiantes y obreros en contra del sistema conservador del general Charles de Gaulle. Esta vez, la revolución surgió en la intimidad del vestuario del seleccionado azul, pero no dejó de cautivar la atención de la nación entera cuando el diario L’Equipe reveló las palabras que Nicolas Anelka le tiro en la cara a Raymond Domenech en el entretiempo del partido con México (0-2). La gente –en los bares y en las oficinas–, los medios, entrenadores, ex jugadores y hasta responsables políticos disertaron sobre el asunto (el presidente Sarkozy, de visita en Rusia, encontró “inaceptables” los insultos de Anelka). La imagen del fútbol francés hoy es ésta: un campo de ruina sin fin. Más allá de lo futbolístico, el equipo cayó en una interminable espiral autodestructiva. Lo dijo Aimé Jacquet, técnico del plantel campeón del mundo del 98: “somos la mofa del mundo“. Domenech y Jean-Pierre Escalettes, el presidente de la federación de fútbol, fueron citados en la Asamblea Nacional para tratar de justificar lo injustificable. El fútbol no había sido un tema tan resaltado en el país que inventó la Copa del Mundo (por Jules Rimet, presidente de la FIFA de 1921 a 1954, que dio su nombre a la primer trofeo que conservó Brasil luego de su tercera victoria en 1970) desde la victoria de Zidane y sus compañeros en su tierra. Igual, la implosión del grupo se podía pronosticar. Hace unas semanas, cuando ya estaba en todas las conversaciones el Mundial, Ribery fue convocado por un juez por haber contratado a una prostituta de lujo menor de edad. Esa mancha anunció el caos en el cual iba a caer el fútbol galo poco después. La frase de Anelka y todo el lío que se armó alrededor (la

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exclusión del delantero de Chelsea, la decisión de los jugadores de no entrenarse y la renuncia del jefe de delegación antes del partido con Sudáfrica, luego de la pelea entre Evra y el preparador físico) tuvieron un impacto fuerte en toda la sociedad, que sigue esperando explicaciones sobre este naufragio colectivo. Thierry Henry, goleador (51 goles en 123 partidos con la Selección) y jugador histórico (único campeón del 98 del plantel que estuvo en Sudáfrica) fue convocado por Sarkozy a su llegada a Francia, en medio de una huelga nacional por una reforma del sistema de jubilación que paralizaba al país. El presidente anunció la convocatoria de Estados Generales del fútbol francés en otoño para resolver la crisis, como lo hizo el rey Luis XVI en su tiempo con los tres órdenes sociales. Daniel Cohn-Bendit, figura del mayo francés y actual líder de un partido ecologista, estimó esa intervención totalmente desubicada, como la mayoría de sus compatriotas. “¿Por qué Sarkozy no se hace también cargo de los controles antidoping en el Tour de France?”, se preguntó el ex revolucionario. “¡Alcanzamos la cima del ridículo! El presidente se tiene que preocupar de los problemas de los franceses. No está para pasar la escoba en la Federación Francesa de Fútbol”, agregó. La gran familia del fútbol francés está dividida entre los conservadores, que hicieron receta en la Copa del Mundo 98, apoyada sobre la formación juvenil y un juego frío, y los renovadores, que quieren darle más importancia a los clubes grandes, encabezado por Frédéric Thiriez, presidente de la Liga profesional, y Jean-Michel Aulas, el todopoderoso presidente de Lyon. Jean-Pierre Escalettes presentó su renuncia. Había salido a defender el balance de Domenech luego de la eliminación catastrófica de Francia en la primera ronda de la última Eurocopa (dos derrotas y un empate) y ya no puede esconderse. Se supone que no habrá una renovación profunda del resto de los miembros del consejo federal, que se agarran a sus puestos. Una cabeza cayó, pero los conservadores duermen tranquilos: esta revolución no es tan radical como lo hubiera querido la opinión pública.


PICADO

Una pinturita

A Fabio Capello, de flamante fracaso en el Mundial de Sudáfrica al mando de Inglaterra, no le interesa demasiado la belleza en el fútbol. Pero fuera de la cancha, este católico conservador es un ávido coleccionista de arte, y en ese berretín ya lleva invertidos 15 millones de dólares. Por TRAVERSARO

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xalta “el legado de orden que dejó el General Franco en España”, aunque su padre, Guerrino, fue prisionero de guerra de los nacionalsocialistas durante la Segunda Guerra Mundial. Admira, a la vez, al primer ministro de Italia, Silvio Berlusconi, para el que trabajó a fines de la década del 80 como ejecutivo de una de sus compañías televisivas, y ya después del alejamiento de Arrigo Sacchi, en 1991, como entrenador del Milan. Católico, casado desde hace más de 40 años con una ex maestra de escuela llamada Laura, a Fabio Capello –estructurado hasta cuando jugaba: lo apodaban Geómetra– se le vino el mundo abajo en el Mundial: con él al frente, Inglaterra fue humillada 4-1 por Alemania, en los octavos de final (más: en la primera ronda, terminó segunda detrás de Estados Unidos, pese a que el Grupo C era, como se tituló en el diario The Sun, “el mejor grupo inglés desde The Beatles”). Aun con celebridades futbolísticas como Wayne Rooney –que jugó tres mundiales y no marcó ni un mísero gol–, Frank Lampard y Steven Gerrard, su equipo fue, como mínimo, mezquino: anotó apenas tres goles en cuatro partidos. Es llamativo, siempre y cuando se repare, no en su trayectoria como entrenador, sino en su pasión menos publicitada: Capello es un amante de las bellas artes que posee una colección valuada en 15 millones de dólares (acepta que se lo entreviste sólo si se le asegura que no se le va a preguntar sobre esa colección). “Mi pasión –relató en una entrevista publicada en abril de 2009 en The Times– comenzó cuando tenía 23 años. Desde entonces, he visitado museos de todo el mundo: de bellas artes, de arqueología... Es a lo que planeo dedicarme cuando me retire del fútbol”. No bien llegó a Inglaterra, a fines de 2007, posó para la pintora Stella Vine, pero cuando vio su retrato se enfureció y prohibió su exposición. También es un lector insaciable: su libro favorito es El Imperio, de Riszard Kapuscinski. Pero Capello, que hoy tiene 64 años, no extrapola esa pasión artística al fútbol. Aunque sostiene que “el fútbol es un tipo

de arte”, su propio biógrafo, Gabriele Marcotti, lo desmiente en el libro Retrato de un ganador: “no tiene un estilo de juego favorito. A Capello, lo único que le interesa es ganar. Ese es su trabajo”. El esteticismo de Capello, cuando de fútbol se trata, se agota en su vestimenta y en la de sus futbolistas: la camiseta que Inglaterra vistió en el Mundial fue diseñada por Umbro, pero con la supervisión del mismísimo Capello. “Los futbolistas –razonó– deben sentir orgullo cuando visten su camiseta. Pero esa camiseta no puede ser cualquier cosa.” A esa rigidez, de vez en cuando, la intenta disimular con bromas, como mínimo, toscas. Por ejemplo: “¿Beckham? ¿Usted, qué quiere saber de él? ¿Si colecciona arte o ropa?”. Capello asumió en Inglaterra a fines de 2007, en reemplazo de Steve McClaren, tras la eliminación para la Euro 2008. En consecuencia, se convirtió, tras el sueco Sven Goran Eriksson, en el segundo extranjero en entrenar a la Selección inglesa (tampoco debería extrañar demasiado: en la última temporada, al Manchester United lo dirigió el escocés Alex Ferguson; al Arsenal, el francés Arsene Wenger; al Liverpool, el español Rafa Benítez; y al Chelsea, el italiano Carlo Ancelotti). Gana nueve millones de euros al año y es, desde ya, el entrenador mejor pago del mundo, por encima, por ejemplo, Dunga, que cobraba un millón al año en Brasil. Es que a Capello, antes del Mundial, lo antecedía su fama de entrenador exitoso: sólo con la Roma no había ganado la Liga en su primer temporada al frente de un equipo (ganó la Serie A al segundo año). Sin embargo, anularon los dos títulos que ganó con la Juventus, en las temporadas 2004 y 2005, por corrupción (el titiritero de los sobornos a árbitros era el director deportivo del club, Luciano Moggi, muy amigo de Capello, acusado al principio del juicio de “obstrucción a la Justicia”). De última, en 2006, Capello confió que soñaba con dirigir una Selección en los Juegos Olímpicos y con visitar las Islas Galápagos. Debería ir ya, porque en el Mundial se le escapó la tortuga.

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Diego, Estela y los giles

Cuatro episodios motorizados por argentinos desafiaron el absurdo orden normativo de la FIFA que pretende evitar, en todos los Mundiales, que la política se mezcle con el fútbol. El más fuerte de ellos, el apoyo de Maradona y la Selección a la candidatura de las Abuelas de Plaza de Mayo al Nobel de la Paz. Por PABLO LLONTO

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la FIFA –es decir, a Joseph Blatter y Julio Grondona– le molestaba que los jugadores celebrasen sus goles con dedicatorias religiosas o políticas, que las mujeres árbitros dirijan en una Copa del Mundo, que los futbolistas usaran debajo de la camiseta otra prenda con leyendas, que los jugadores argentinos se colocasen apodos en sus espaldas, al igual que los brasileños (Carlitos, Kun), que... Pero el descaro censor de estos señores del billete tuvo su derrota más contundente de la mano de los argentinos. Fue (primero) cuando Diego recibió a Estela Carlotto, y con ella, a las Abuelas de Plaza de Mayo. O, para bien decir, cuando Estela Carlotto recibió a Diego en la sede del seleccionado en Pretoria. Fue (segundo) cuando se colgó una bandera en las canchas de entrenamiento con la leyenda “Apoyamos a las Abuelas de Plaza de Mayo para el premio Nobel de la Paz”. Fue (tercero) cuando la Brujita Verón participó en la grabación de un video para

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sumar la voz de un famoso a la campaña por recuperar los nietos apropiados. Todas estas celebraciones, ocurridas en las narices del poder FIFA, han corregido nuestra triste mirada sobre los futbolistas de hoy. En estos tiempos que corren, que se venden, que se compran, ha existido un lugar para la ternura. De qué otra forma definir a la forma en la que Maradona miró a Estela. Pero aquí hay que escapar pronto del melodrama y concentrarse en aquellos minutos de rebeldía. Porque ni siquiera hubo tiempo para disfrutarlo. Los rayos y los truenos del

Fue un mal momento para los charlatanes, para la derecha, para los que no sueñan con la justicia, para los escépticos, para Grondona, para Blatter…

Mundial se lo llevaron rápido. Llegaron los juiciosos, los partidos, los asuntos de la clasificación y de la eliminación. La ahora melancólica y fría final que tanto nos calentó. Sabemos que fue un mal momento para los charlatanes, para la derecha, para los que no sueñan con la justicia, para los escépticos, para Grondona, para Blatter... Alguna lagartija, de ésas que viajaron a Sudáfrica, debe haber ensayado un amago de prohibición. Aquí escuchamos algunas de esas barbaridades: ¿Qué hace la Carlotto tan lejos? ¿Qué hace Maradona en vez de estar concentrado? ¿Por qué mezclan el fútbol y la política? Pero son los mismos a quienes no se les ocurre cuestionar la pérdida de tiempo, y de sectores del cerebro, que nuestros futbolistas conceden cada vez que se entremezclan con los Tinelli, las Giménez o las Legrand. Por eso aquella frase de que “a los futbolistas nunca nada les ha importado”


retrocedió unos cuantos casilleros en junio de 2010. El valor de aquella tarde, de aquel gesto, es haber transitado de una desatención histórica (la AFA odia meterse con las cuestiones que tienen como meta repudiar al terrorismo de Estado) a una entusiasta acción por acercarse a la verdad. No sabemos cómo estaban los ojos de los hombres de la FIFA la tarde aquella. Ni cómo se les movieron las fibras. Pero por las dudas, Maradona dejó en claro que si le decían algo se venía el escándalo. Diego, ya se sabe, no es un hombre de continuas reflexiones ideológicas. Más bien lo caracteriza la celeridad para marcar con frases grandes hitos del deporte. Cuando llegó la hora de las Abuelas irrumpió uno de sus inquietos y encantadores comentarios: “Todos tenemos que estar con ellas, y los que no quieren estar es porque se hacen los giles”. Giles. Palabra de barrio, de antiguo barrio, con la que resolvió combatirle un rato al sistema hipócrita y estúpido de la casa mayor del

fútbol. La misma que tiene publicado un reglamento de concurrencia a los estadios durante los torneos y que dice más o menos así. “Se prohibe llevar... “f) material racista, xenófobo, caritativo o ideológico, incluyendo, entre otros, objetos, pancartas, signos, símbolos, panfletos, objetos o ropa que imposibiliten el disfrute del evento a otros espectadores, o que distraigan del ambiente deportivo del evento”. Fue así que (cuarto) algunos héroe o heroína, argentinos, reunieron algunos pesos, algo de pintura, un poco de sentimentalidad y confeccionaron una bandera enorme donde la cara de Maradona parecía contemplar a la del Che y viceversa. Según pasaban los partidos, en alguna casa que nos cobijaba para ensimismarnos con diez minutos de Tevez, ocho de Messi y cinco de Verón, la bandera llevada a Sudáfrica se presentaba orgullosa en un rincón de cada estadio, sobre alguna de las salidas. Desde aquí ha sido imposible encontrar los nom-

bres y apellidos (y las contingencias) de aquellos artistas que, entre bruma y bruma, entre helada y helada, plasmaron el desafío. Nos imaginamos la excitación de unos y otros. De Maradona, de su preparador físico Signorini, de los muchachos que, entre tantos lugares que pretenden cenizas para el olvido, provocaron un gesto del corazón que se ve pocas veces en el fútbol. De los más clandestinos, los de la tribuna, los de la bandera. Los que justificaron su aventura a Sudáfrica con el juego fascinante de la rebelión. Había que entrar a Guevara, doblado y celeste y blanco, en los elefantes de cemento. Los imaginamos clandestinos, haciendo pasar la enorme bandera por el lugar menos fraterno, los controles de los estadios, quizás esgrimiendo una excusa fascinante. Todos sintieron esa enorme sensación de un acto de libertad de la que hablaba Rodolfo Walsh. Ésa que no les pertenece a los giles.

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Vamos, bajando la cuesta

Un Mundial es un negocio para el país organizador, dicen los optimistas. Los otros señalan el recorrido inverso. Un mes y pico de carnaval y los ojos del mundo hacia Sudáfrica, sumado a los ingresos del Mundial, permiten lanzar el interrogante: ¿vale la pena gastar lo que se gasta para una Copa del Mundo? Esta nota cuenta qué les pasó a los sudafricanos. Por GUSTAVO VEIGA

Los tambores de guerra son tambores de hambre (proverbio sudafricano)

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acob Zuma, el presidente sudafricano, exageró cuando comparó la importancia del Mundial 2010 con la caída del apartheid en 1994. Pero no la pifió tanto cuando dijo “ya somos campeones por haber organizado la Copa”. Francia hizo lo mismo en 1998, aunque para ganarla por primera vez en su historia; Estados Unidos, en 1994, con el objetivo de popularizar el fútbol; Argentina, en 1978, para que la dictadura militar pudiera perpetuarse; y, en cada uno de los torneos, la FIFA, para consolidarse como poderosa multinacional. Sudáfrica, en cambio, la planificó para demostrarse a sí misma que era capaz de lograrlo. País de contrastes, tan rico en materias primas como desigual por las perdurables consecuencias de la segregación racial, con el Mundial concluido no va a cambiar demasiado. O sí: tendrá unos cuantos estadios nuevos o remodelados, una población negra y pobre (casi el 80%) que seguirá siendo predominante y el PBI el más alto del continente. Los Mundiales pasan, los problemas quedan y la inequidad domina el campo de juego. La nación del arco iris, así bautizada por el Premio Nobel Desmond Tutu, tiene tantos idiomas oficiales (once) como dificultades estructurales para resolver. Según informes del programa de Naciones

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Unidas para los asentamientos humanos, también llamado Hábitat, que procura una vivienda adecuada para la población que no la posee, las ciudades sudafricanas muestran los niveles de desigualdad más altos del mundo. La problemática bien puede compararse con lo que sucede en las grandes urbes latinoamericanas. Allá continúa excluida la abrumadora mayoría negra y los inmigrantes de países vecinos (Zimbabwe, Leshoto, Swazilandia) son a Sudáfrica lo que bolivianos, paraguayos o peruanos a la Argentina. Hacen los peores trabajos y son discriminados por sus propios hermanos de infortunio. El Mundial les dejó un sabor agridulce, y no sólo por la eliminación prematura de los Bafana Bafana en la fase de grupos (la primera en la historia de un país organizador). El contraste entre escenarios majestuosos súper iluminados y comunidades vecinas sin agua ni luz fue notable. En Nelspruit, una de las sedes,

El contraste entre escenarios majestuosos superiluminados y comunidades vecinas sin agua ni luz, fue notable.

hubo un combo letal que casi termina con su candidatura para recibir cuatro partidos. Se removió al alcalde, hubo dos asesinatos por encargo de testigos molestos dispuestos a denunciar hechos de corrupción, represión policial y vecinos que nada querían saber con el fútbol porque el estadio Mbombela se levantó donde había dos escuelas. Una de las víctimas, el presidente de la asamblea municipal de Nelspruit, Jimmy Mohlala, tenía pruebas sobre irregularidades en las licitaciones de las obras mundialistas. Lo mataron hombres enmascarados, frente a su casa, en enero de 2009. ¿Cuánto podían preocuparle estas denuncias al gobierno del camarada Zuma, un ex guerrillero formado en la Unión Soviética? Muy poco. El presidente, antes de ganar las elecciones en abril del año pasado, acumulaba 783 acusaciones por hechos de corrupción (blanqueo de dinero, fraude, actividades mafiosas). Ninguna impidió que llegara al gobierno, ni su formación marxista, ni el “awulethe umshini wami” (“tráeme mi metralleta”), un himno de guerra zulú que gustó entonar durante su campaña presidencial. Aún hoy, en versiones rapeadas, suele escuchárselo en las radios sudafricanas. Estuvo diez años detenido durante el Apartheid. En prisión, tomó conciencia de la importancia del fútbol. “La única alegría que tenían los presos”, recordó hace pocos días Nelson Mandela.


Por eso, Zuma, el cuarto presidente desde la caída del apartheid, interpreta: “Sudáfrica nunca será la misma después de esta Copa del Mundo. Consideramos al torneo no como un fin en sí mismo, sino como un catalizador para el desarrollo del país”. A la nación organizadora le costó bastante imponerse como sede. Cuando compitió para recibir al Mundial del 2006, perdió por un voto con Alemania. Se dijo entonces que el ganador había comprado la voluntad del neocelandés Charles Dempsey, quien se abstuvo a último momento de votar en la FIFA por Sudáfrica. Pero el 15 de mayo de 2004, en Zurich, el suizo Blatter dijo aquellas palabras que sonaron a dulce melodía en los oídos de Mandela: “usted es el verdadero arquitecto de este Mundial de fútbol; su presencia y entrega lo hizo posible”. Zuma heredaría la misión con beneplácito. Potencia minera (es rica en carbón, oro, diamantes, platino) y turística, en 2009 Sudáfrica recibió 9,6 millones de visitantes, ubicándose solamente por detrás de Egipto en el continente y superando otros destinos atractivos como Marruecos, Túnez o Kenia. Su ingreso per cápita es el más alto de África, y desde la abolición del régimen de segregación, el gobierno

exige a las compañías extranjeras la contratación de una cuota mínima de ciudadanos de raza negra. Con todo, el 80% de la riqueza sudafricana está en manos de la minoría descendiente de europeos (es el 10%), cuando un porcentaje idéntico de la población representa a la mayoría negra. Zuma no es el único emergente político de un país cargado de asimetrías, que abolió la ominosa discriminación racial. Es, exceptuado Mandela, el más populista de los presidentes negros que ha tenido Sudáfrica. Y pivotea entre el perfil más diplomático de sus antecesores, Thabo Mbeki y Kgalema Motlanthe, y alguien como Julius Malema, el líder de la fracción juvenil del Congreso Nacional Africano. “Matar a los granjeros blancos” fue la popular consigna –ahora prohibida– de este joven de 29 años que admira al presidente de Venezuela, Hugo Chávez. El Mundial sudafricano superó la cantidad de espectadores que tuvo el de Alemania y se acercó notablemente al de Estados Unidos, el de mayor convocatoria de todos los organizados hasta ahora. Capitalizado por el gobierno, el espíritu del torneo podría sintetizarse en el slogan del banco Barclays local: “No hay victoria más grande que unir a una nación”. A manera de

anuncio gigante lució ilustrado con los seis colores de la bandera sudafricana. No importó que a los conflictos en Nelspruit se sumaran los de Ciudad del Cabo, donde las huelgas de julio de 2009 pusieron en jaque a la FIFA. Los obreros ganaban salarios paupérrimos, mientras trabajaban contra reloj. Éstas y otras críticas que pudieran hacerse –se gastaron 1.400 millones de dólares para construir y remodelar los estadios– hoy quedan reducidas a la nada ante el declamado propósito del primer Mundial africano: amalgamar a negros y blancos tras la bandera de una unidad que está muy lejos de izarse. Sudáfrica invirtió –según la FIFA– unos 2.500 millones de dólares de los 6.269 que costó la gran fiesta planetaria. Casi un 3,4% de su deuda externa. Las ensordecedoras vuvuzelas que fueron el símbolo más popular del Mundial, no alcanzan a tapar con su ruido la proclamación de éstos y otros datos económicos. “Los desposeídos tienen un mundo que ganar”, sostenía Marx. Todavía hace falta demasiado tiempo para que lo consigan. Los de Sudáfrica ni siquiera ganaron el Mundial. En cualquiera de los sentidos que se le adjudicó al torneo. En otras palabras, no les cambió ni les cambiará vida. Está claro.


Para sentirse sudafricano

El Mundial 2010 generó en el país africano una sensación de conjunto que, más allá de todo, perdurará. Es cierto que se gastó mucha plata en estadios cuando había otras necesidades básicas, pero la marca que quedará en el pueblo sudafricano será muy difícil de borrar. Incluso, la irrupción para quedarse de las insoportables vuvuzelas. Por SIMON KUPER

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a otra mañana, mi tía Ruth se encontró conmigo para desayunar en mi hotel de Johannesburgo. Mis padres nacieron y crecieron en esta ciudad, y aunque dejaron el país del apartheid en los años 60, la mayor parte de sus parientes se quedó aquí. Eso significa, básicamente, que para mí este Mundial es como un curioso regreso a casa. Ruth, que tiene 76 años, debe ser la persona más anticuada de Sudáfrica. No tiene TV en su departamento, incluso dudo que tenga algún elemento posterior a 1960. Nunca mandó un e-mail. Calladamente, desaprueba la elección de presidentes negros e intenta pretender que nunca sucedió. No le gusta Nelson Mandela. Jamás ha visto un partido de fútbol en su vida, ni siquiera (obviamente) en la televisión. En el lobby del hotel, la encontré mirando a un grupo de mujeres negras que bailaban. Se trataba, en su mayoría, de personal de limpieza que se había vestido con los colores de los Bafana y cantaba las tradicionales armonías sudafricanas. Como muchos sudafricanos negros crecen en los coros de las iglesias, éste es uno de los países con mayor tradición popular de canto en el mundo. En ningún lugar de Europa podrías juntar aleatoria-

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mente a un grupo de veinte personas y lograr que canten canción tras canción, sin desafinar, sin equivocarse en una palabra, y que se muevan con la gracia de un conjunto profesional. Varias cámaras extranjeras estaban grabando el momento: los periodistas aman el “color” local, y más cuando convenientemente sucede dentro del hotel de los periodistas. Aún así, imaginé que Ruth iba a reprobar la escena. La única cultura que respeta es la que proviene de escritores ingleses. Las costumbres africanas no son lo suyo, pero cuando me acerqué a saludarla, casi ni me miró. Tenía la vista fija en esas mujeres y dijo: “quiero llorar”. Me sorprendió. Y dijo otra cosa: “me quiero sumar”. Me sorprendió aún más. Entonces, cuando las mujeres comenzaron a cantar el himno nacional, Nkosi Sikelel’ iAfrika, largamente despreciado por los blancos conservadores como Ruth por ser una canción revolucionaria, ella comenzó a cantar. El Mundial la había transformado en una nueva sudafricana.

TODOS SOMOS UNO La Copa del Mundo suele cambiar a su país anfitrión. En 2002, los hinchas ja-

poneses se encontraron en las gradas con un nuevo modo de conducta colectiva: irreverente, espontánea, con caras pintadas, con alegres árbitros impartiendo justicia y con jugadores rivales. E hicieron cosas que no se suponía que hicieran en público los grupos de japoneses. En 2006, tras años de culpa por la guerra, los alemanes finalmente aprendieron a abrazar un sentido nacional de una manera plena de jolgorio que no representaba una amenaza para ningún otro país. Ahora, el Mundial cambió a Sudáfrica. Y algunos de esos cambios permanecerán. Para empezar, todos los sudafricanos, incluso Ruth, se están sintiendo sudafricanos. Para un argentino esto puede sonar bastante obvio. Los argentinos, presumiblemente, siempre se sienten argentinos. Pero en Sudáfrica, sentirse sudafricano es todo un logro. Éste es un país que durante años sólo contempló a sus ciudadanos blancos como sudafricanos. Es una nación tan diversa que tiene once idiomas oficiales. Un blanco rico, como Ruth, vive tan bien como casi cualquiera en un país del Primer Mundo, pero a 10 kilómetros de su departamento art deco, la población negra, mucha de la cual ni siquiera habla inglés, vive tan mal como


los que habitan Zimbabwe o Mozambique. De alguna manera, el Mundial hizo que toda esa gente se sintiera conectada. Cuando Ruth maneja por Johannesburgo con su auto adornado por la bandera de Sudáfrica, los negros la saludan al grito de “¡Gogo, gogo!” (“¡Abuela, abuela!”). Por un par de semanas, al menos, estuvieron en esto juntos. Por supuesto que el Mundial pasará, y después todos deberán volver al lugar donde estaban antes, viviendo en Japón o en Mozambique. Pero la memoria de esta unión se mantendrá en el archivo colectivo.

viejo estilo: fue improductivo e interrumpió un contraataque de su equipo, pero los hinchas enloquecieron. Después, los Bafana retomaron su impostura europea. Ése fue otro de los efectos del Mundial: conectar con el mundo a esta nación futbolera aún aislada. Aquel partido cimentó otra modificación social: el rasgo distintivo de la cultura del fanático en el país es ahora la vuvuzela. En algún momento fue una corneta tradicional usada en ceremonias por una iglesia sudafricana, y casi no se la escuchó en ningún estadio hasta alrededor de 2001. En su lugar, en las tribunas

la mayoría, estuvo en el partido inaugural escuchando las vuvuzelas. Alguien sentado cerca de él intentó que sus compañeros cantaran. Pero las cornetas taparon su intento. Msomi, igualmente, no quiere deshacerse del instrumento. Más bien quiere mezclarlo con las voces, como si fuera una orquesta. “Quizás necesitemos un director”, musita. Tristemente, eso no sucederá. Es uno de los males que ha instaurado este campeonato. También es cierto que, para el Mundial, Sudáfrica desperdició fortunas en estadios que no necesitaba. Una mujer local que protestaba fuera de

solía haber canto y baile. Miren las fotos de aquella Copa de África que ganó el país en 1996 y verán a 130.000 personas apretadas en un estadio Soccer City que en aquel momento sólo tenía capacidad para 80.000, cantando el himno minero Shosholoza mientras el octogenario Mandela bailaba en la cancha. Si hicieran eso ahora, impactarían al mundo. En su lugar, tenemos la vuvuzela. Un local se quejaba hace poco: “inherente a la música son la historia y la tradición. Inherente a la vuvuzela son el ruido y la sordera”. Welcome Msomi, un director de teatro sudafricano que trabaja en su país desde hace más de 40 años y entiende la tradición musical de su país mejor que

un congreso de FIFA hace algunas semanas tenía un cartel que rezaba: “Construyeron estadios en tiempo récord, pero fallaron en construir casas”. Tenía razón. El Mundial se tragó tanto gasto público que ha sentenciado a muchos sudafricanos en viviendas precarias. Pero también hizo mucho bien: a los Bafana, a las vuvuzelas, a Ruth, al país… Hace mucho tiempo, entrevisté a un general argentino que recordaba con alegría el Mundial ’78. “Quizá todos los países deberían tener un Mundial cada año”, le sugerí. “Sería muy caro”, dijo con bastante pena. En el caso de Sudáfrica, al menos por ahora, el beneficio actual parece haber valido cada centavo.

FÚTBOL, IDENTIDAD Y VUVUZELAS Cuando la pelota se puso en juego fuimos testigos de otro cambio sudafricano: los Bafana Bafana y sus fanáticos finalmente abrazaron el fútbol internacional de manera adulta. Durante el apartheid, cuando una aislada Sudáfrica no jugaba contra otras selecciones, el país desarrolló su propia forma de juego: un fútbol de trucos y cabriolas más que de goles, de lujosas frenadas y amagues sin sentido, con nombres como tsimayas y shibobos. Los hinchas sudafricanos gritaban un shibobo más fuerte que un gol. Por años, incluso después del apartheid, la queja principal siempre era que el DT de turno intentaba quitar al equipo el sello nacional (fintas, bicicletas, etcétera) para enseñarles disciplina a los jugadores. De pronto, los fanáticos y futbolistas parecen haber madurado. Decidieron que querían medirse ante los grandes equipos del mundo. Aceptaron que no se puede ganar con shibobos. Ante México, en el partido inaugural, los Bafana demostraron que su entrenador, Carlos Alberto Parreira, los disciplinó sin quejas de la grada. Jugaron casi como europeos. Sólo una vez en todo el encuentro se les cayó la máscara y apareció un vistazo de la vieja Sudáfrica: ganaban 1-0 y Tico Modise, en uno de los laterales, enfrentó a su marcador y amagó un pase. En lugar de hacerlo, movió su botín hacia atrás y hacia adelante en el aire, sin tocar el balón. Fue un tributo al

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Vengo por el aviso del Mundial Después de dos meses de empacho televisivo, se terminaron los avisos sobre Sudáfrica 2010. Respiramos un rato, desconectamos cabezas y le pedimos a un especialista que nos analice estrategias, avivadas y otras tretas del mundillo de los comerciales. A vos, ¿qué publicidad te gusto más? Por CABITO MASA ALCÁNTARA

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e la misma forma que la Selección argentina se prepara para jugar un Mundial cada cuatro años –igual que vos, querido lector, que juntás pesito sobre pesito para renovar la tele o un sillón que te haga más placentera las victorias y más llevaderas las derrotas–, las marcas hacen exactamente lo mismo: juegan su propio Mundial, uno con ganadores y perdedores. Y si bien el fútbol necesita de los hinchas, mal que nos pese, necesita muchísimo más de las marcas. Todas las selecciones que llegan a un Mundial no lo hacen de la misma forma y en las mismas condiciones. Y con las marcas pasa igual. Y como en el fútbol en general, lamentablemente terminan ganando aquellas que tienen más presupuesto. En los años mundialistas, el evento internacional más importante en términos de inversión publicitaria –unos U$S 20.000 millones en el caso de Sudáfrica 2010–, las marcas rompen los chanchitos para contar las moneditas y ver de qué manera pueden participar con mayor o menor protagonismo, siempre en virtud de sus posibilidades económicas. Se puede gastar más o menos, lo que no se puede es ignorarlo. El Mundial es una realidad y nos pasa por encima. En el caso puntual del mercado local se estima que la inversión está cerca de los $100.000 millones. Existen innumerables formas de apoyar a la Selección Nacional: ir a la cancha, tirar papelitos, alentar a los gritos o invertir el suficiente dinero como para

darle de comer varios asados con mollejas a toda América Latina. Las alternativas son ser “sponsor oficial de nuestra Selección” (Quilmes, Standard Bank, Adidas, Italcred, Volkswagen, Claro), “proveedor oficial” (Fibertel, Dasani, Noblex, Easy, Megatone, Powerade, Aerolíneas Argentinas) o “colaborador oficial” (Gillette y Head & Shoulders). Las responsabilidades y obligaciones de unos y otros son muy variadas, como así también las inversiones, que se traducen en enormes diferencias en los aportes de un sponsor o de un proveedor. En el caso del proveedor oficial, su participación está muy ligada al servicio que él mismo presta; lo que no puede hacer es estar en el back drop de prensa, que es esa especie de aglomerado lleno de marcas que está detrás de los jugadores en todas las conferencias de prensa. Tampoco le es permitida la utilización de imágenes fílmicas. Pero no todo es un mundo de ensueño para el sponsor oficial. Es sencillo suponer lo hermoso que es pertenecer al fabuloso mundo del back drop y el hecho de poder utilizar a su antojo las imágenes de la Selección. Ya me imagino un comercial con todas imágenes de Lionel Messi en primer plano, una épica banda de sonido y mi logo impreso a todo color en pantalla sobre el final del aviso. La idea está buena, pero lamentablemente no se puede llevar a cabo. En algún momento del comercial tiene que salir Garcé. Sí, él o el que se te ocurra. Si sos sponsor oficial podés utilizar imá-

genes fílmicas, pero como mínimo tienen que salir tres jugadores en el aviso. Pero igual que en el deporte más lindo del mundo, no sólo se juega con la derecha, sino que, como lo han demostrados grandes jugadores de la historia, también se pueden hacer increíbles goles con la zurda. Para muestra, basta con un DT. En este maravilloso universo de marcas sucede lo mismo: existen diferentes mecanismos para no quedar afuera del Mundial. A muchas, las licencias AFA y FIFA se les escapa muy por encima del presupuesto, o sencillamente suponen que sus estrategias de comunicación no las necesitan. El ambush marketing, también llamado “mercadotecnia de guerrilla”, es una estrategia que consiste en aprovechar una convocatoria de terceros para promover una marca. Y un Mundial de fútbol es tan atractivo como la miel para una abeja, frente a los millones de dólares que le cuesta a una empresa ser sponsor oficial del Mundial de Sudáfrica. Me bastaría con llevar 6 señoritas en topless con bonetes que lleven impreso el logo de mi marca. Si una cámara, en el medio de un partido, tomara esa imagen, el costo de ese segundo no lo podrían pagar ni veinte generaciones venideras. Pero como la FIFA de tonta no tiene un pelo, se prevén sanciones hasta carcelarias para este tipo de acciones. Un excelente ejemplo de hasta dónde se puede llegar sin sobrepasar los límites es el comercial de Garbarino, con Alfredo Casero. En el mismo se utiliza la

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palabra “Selección”, pero en ningún momento se hace referencia a la Nacional de fútbol, porque en ese caso hubieran tenido que pagar derechos. Casero está con una remera celeste y blanca, que podría ser de Argentina, de Racing o de un tío que ya no está entre nosotros, y les juro que la decisión no fue por falta de talle. Además, utilizan la palabra “Mundial” debido a que en mayo salió un fallo que habilitaba a utilizarla por tratarse de un término genérico. Y como, en la mayoría de los casos, las campañas ya estaban producidas, muchos se privaron de utilizar esa palabra que definitivamente te pega de forma gratuita al concepto y al espíritu mundialista. Un comercial debe ser pertinente respecto de la marca, y no todos aplican a ese concepto. El caso de Easy, creo, es uno de los pocos que lo hace. Sin ser un derroche de creatividad, utiliza de manera admirable sus recursos con la analogía de lo que implica en el fútbol la frase “clavala al ángulo” y su correlato en el ámbito de la remodelación del hogar. De todos los comerciales que vimos en este Mundial, el que más me gustó es el de TyC Sports, desde lo conceptual y desde lo emotivo. En este caso, basta y sobra por ser un comercial institucional, que no vende ningún producto, sino la imagen de una marca, y como tal, se convierte en intangible. Pero, muchas veces, el mercado publicitario comete un gran error: olvidarse de su función más esencial, la de incrementar la venta de un producto. De nada sirve ganar un premio internacional a la creatividad si con ese comercial no vendiste ni una media. Y es un error, algunas veces involuntario y otras veces voluntario, en el que muchas agencias caen. Tener una dupla creativa premiada (redactor y director de arte), hace mucho más seductora a una agencia publicitaria a la hora de salir a buscar clientes. Todos queremos que nuestro comercial gane un premio internacional, cliente y agencia. En mi época (hace ya más de 10 años), todos morían por irse a sentar al living con Juan Gujis en El Show Creativo (para los más pequeños: una especie de Mirtha Legrand del mercado publicitario). Pero como la plata casi siempre es

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de otro –y dado que a este nivel se trata en general de empresas multinacionales o de nacionales con más dueños que vuvuzelas en este Mundial–, poco importa si el producto vendió más luego del aporte publicitario. Y ahí es donde la pifiamos, por ponerle un término un poquito más futbolero. Si hiciéramos una analogía contable, la publicidad debería ser una cuenta de ganancias y no una de pérdidas. Lo que no hace es milagros. Puede incrementar la venta de un producto, pero si el producto no es bueno, por más pauta que tenga, el consumidor no lo vuelve a comprar. Y antes de que lo digan, porque sé que están pensando “yo no compro por que lo vi en un aviso”, les cuento que la decisión

arrepintió y mucho cuando vio la idea realizada por otra marca. Otra cosa que puede suceder, y de esto somos todo testigos, es que se vea la misma concepción en dos comerciales. Tal es el caso de Coca Cola y Mantecol. En ambos avisos televisivos podemos ver el mismo concepto: se intenta seducir a hinchas de países que no participan del Mundial para que alienten por Argentina. Y no digo que hubo mala fe o que una empresa copió a la otra, sino que muchas veces, para llegar a un objetivo único, los caminos se asemejan. ¿Hasta dónde llegarán las marcas? La verdad es que cada vez ofrecen menos y ganan más. Promociones eran las de antes, y no lo digo porque me estoy

de comprar no es un proceso consciente; al contrario, es tan inconsciente como yo el día que acepté escribir esta nota. Un evento deportivo de esta trascendencia es un desafío para la creatividad en muchos aspectos. Si bien los productos son muy disímiles entre sí, a todos los convoca el mismo tema, con lo cual para una agencia una idea que a un cliente no le gustó no se tira a la basura. Cambiándole algo tan simple como el nombre del producto, se convierte en un comercial totalmente atractivo para otra cuenta de la misma agencia. Me consta que pasó en este Mundial con dos empresas argentinas. Y la que rechazó un comercial se

volviendo viejo, sino porque ahora no te regalan nada, si hasta los premios te venden. Tenés que juntar cinco tapitas y pagar $10 por un posavasos que a ellos les sale apenas centavos. Ya no nos pertenecen los estadios ni los nombres de las copas o de algunos clubes. ¿Terminaremos como en el automovilismo, hinchando por marcas? Espero que no... Los voy dejando, porque se me hace tarde. Me encuentro con un amigo en Frávega. Él es fanático de los lavarropas Candy y yo de los Coventry. Es un partidazo. Vamos a ver cuál centrifuga más rápido.


Donde dijeron digo decid Diego

Se trató del otro Mundial. El de los periodistas. Como suele ocurrir, los argentinos también nos dividimos de acuerdo a nuestros relatores y comentaristas preferidos. Aquí, las sensaciones de un especialista en ponerles el ojo crítico a los colegas. Para ir pensando, rumbo a la Copa 2014. Por DIEGO BONADEO

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ndependientemente de la fauna variopinta de escribas, pseudoescribas, comunicadores y pseudocomunicadores que aprovecharon una vez más un Campeonato Mundial de fútbol para ir, de a poco, recibiéndose de especialistas en generalidades, vale la pena detenerse en lo que fueron las transmisiones de los partidos por televisión, que en última instancia son realmente la razón de ser de la cobertura de un torneo con esta repercusión. Resulta imperativo dejar de lado las supinas pelotudeces disfrazadas de “notas de color”, claro. Nueve personas tuvieron a su cargo las transmisiones (excluyendo las satelitales). Los relatores Sebastián Vignolo, Gustavo Cuffner, Walter Nelson y Cristian Garófalo. Vignolo para Telefé, Cuffner para Canal 7 y Nelson y Garófalo para TyC Sports, mientras que Fernando Niembro comentó para Telefé, Diego Latorre y Enzo Francescoli lo hicieron para Canal 7 y Alejandro Fabbri y Ariel Rodriguez, para TyC Sports. Para quienes no habitualmente, pero sí de vez en cuando, nos quedamos medio como de reojo en algunos programas de Fox Sports y la transmisión de algunos partidos de la Champions League, a riesgo de tener que soportar las inocuas enfatizaciones de genuflexos e ignorantes, no puede llamarnos demasiado la atención la excelencia conceptual e idiomática de Diego Latorre. Si bien ya se lo adivinaba diferente en Fox, en las transmisiones de la televisión pública el ex jugador de Boca mostró a las claras que comentar fútbol por TV, explicar

lo que está pasando, y lo que se supone que puede pasar, con sujeto, predicado y verbo donde corresponde es lo que debe hacerse, en vez de tener que aguantar las soporíferas obviedades de Enzo Francescoli, de cuya vinculación en sociedad con el empresario de jugadores y otras cuestiones relacionadas con el fútbol Paco Casal alguna vez la televisión pública debería rendir cuentas. Nada demasiado nuevo aportaron los relatos de Cuffner y Vignolo por el 7 y Telefé. Se equivocaron poco con los jugadores, mientras Niembro aportó lo suyo, mutando como es su costumbre –ahora instando hacia el fútbol bien jugado, como si los consumidores de fútbol no tuvieran memoria de su adscripción al utilitarismo y al resultado como premisa única–. Más que aceptable fue el aporte del “comentarista bis” de TyC Sport Ariel Rodríguez, y no hubo nada nuevo ni de su relator Garófalo ni del comentarista principal del canal, Alejandro Fabbri. Mención especial merece Walter Nelson, que además de mariconearles el pigmento a los futbolistas negros, llamándolos “morenos” –era black power, no brown power–, hizo circular “a toda velocidad” a cuanto futbolista deambulara, trotara o corriera por Ellis Park o Soccer City, insistió en que un pase a tres o cuatro metros era “cambiarla toda” y poco le faltó para que confundiera a Tiago con Saramago, a Rafa Marquez con Frida Kahlo y a Xavi Alonso con el Arcipreste de Hita.

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“En este Mundial no hubo injusticias”

Todo argentino que transitó los 90 sabe bien quién fue Hristo Stoichkov. Uno de los viajeros de Un Caño lo buscó en Sudáfrica, país que le dio trabajo como entrenador, para charlar de fútbol, sindicatos y Copas del Mundo. El búlgaro del Barcelona, el amigo de Maradona, el rebelde de mil equipos lanzó convicciones, quejas, exhortaciones y resignaciones. Bah, habló de todo. Por ARIEL SENOSIAIN

N

o tiene problemas en ser el último en irse. Sencillamente, porque no se va. Hristo Stoichkov se queda en Sudáfrica. Aquel zurdo de buen remate, potencia, fácil desmarque y, sobre todo, fuerte personalidad dirige al Mamelodi Sundowns local. “A algunos les falta técnica, a otros, orden táctico. Pero se apasionan con el fútbol. No tienen tanto para aprender en su tierra; el buen juego les llega básicamente por televisión desde otros países”. En Johannesburgo, en época de repaso del Mundial, Hristo queda a punto de lagrimear. No por el análisis de lo visto, sino por la evocación del 10 de noviembre de 2001, cuando Maradona lo invitó a su partido homenaje/despedida. “Ese día se terminó el Diego jugador. Fue una semana feliz, porque me sentí muy bien recibido en Buenos Aires, pero a la vez tan triste por verlo así. Me hizo llorar en aquel discurso tan emotivo con la lucidez de su frase sobre la pelota y las manchas. Aquella vez tiró los pantalones cortos para siempre. Pero lo importante fue el ser humano, que estaba caído y se levantó. Como siempre”. –¿Maradona demostró estar a la altura de un técnico de Selección? –Ésa es otra historia. Y yo ante todo soy amigo de Diego. Lo conocí en el 90, cuando estuve cerca de pasar al Napoli, y desde allí nunca nos distanciamos. Sí creo que no podemos descargar todos los cartuchos en una sola persona. Los jugadores argentinos no estuvieron a la altura de su potencial. Y ustedes deben mirar hacia atrás también. Hacia el principio del ciclo, con tantos problemas internos… Además, él fue seleccionador, no el entrenador. Le cuestionan a Maradona la

falta de funcionamiento colectivo de la Selección argentina. Cuesta incorporarlo en un conjunto que tiene a sus figuras fuera de su país. Los 23 de Alemania actúan en la Bundesliga, y en el caso de España, 20 juegan en su campeonato. –Holanda tiene a la mayoría de sus titulares fuera de su liga. –No los tiene tan lejos. Pero es cierto, se tienen que acostumbrar a lo que es una lógica de décadas en ese país, tan exportador. Creo que los dos finalistas fueron los mejores equipos del Mundial. En este Mundial no hubo injusticias, como en otros. Lo de Holanda me sorprendió. Siguió su envión de los partidos de las Eliminatorias, donde había jugado con rivales como Islandia y Macedonia, en la Copa del Mundo, con la presión que siempre tuvieron luego de las decepciones de los 70 por ilusionar y no concretar. Y España ha aprendido lo más difícil: jugar siempre igual. Le ha mostrado al mundo su estilo de posesión de balón y constante dominio de la acción. –¿Podrán surgir quienes quieran imitarlos, por lo menos en nombre del éxito conseguido? –Muy pocos podrían porque lo esencial es el trabajo de formación de los chavales. Y esto no es para todos. Holanda se caracteriza desde hace años por tener pibes talentosos. Y España ha llegado al punto de maduración justo entre una rica generación y el provecho que le pudieron sacar. –¿Messi fue figura? –En los primeros partidos fue determinante, aunque el que más me había sorprendido en el debut contra Nigeria había sido Verón, de muy buena ubicación y gran pasador. Con el correr de los partidos, no sé si porque Verón ya no estuvo, Messi perdió gravitación, pero redondeó un Mundial acepta-

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ble. Igualmente, para empezar el análisis, primero tienen que entender que Messi se llama Messi, no Maradona. Dice chavales y también South Africa. Se les mezclan los idiomas aprendidos y los alguna vez escuchados. Jugó en Bulgaria, España, Italia, Japón, Arabia Saudita y Estados Unidos. Ahora vive en su cuarto continente, anfitrión por primera vez de un Mundial. Se queja del Sudáfrica ilustrado por el periodismo europeo. Hechos de inseguridad existieron, sí, pero no con el dramatismo que tantos imaginaban antes de junio: “¿En qué país no hay delitos? En ninguna parte del mundo. En Sudáfrica, el que va por el camino correcto no tiene problemas. Hay de todo, como en cualquier lado. Me he hecho muy amigo de muchos negros. En general, son trabajadores, gente humilde… Sobrevivientes”. Fue Balón de Oro en 1994 e incluido por la FIFA entre de los mejores 100 futbolistas de la historia; elección arbitraria, seguramente, como cada una que cruza épocas, pero que tuvo en cuenta su trayectoria. Explotó en el CSKA Sofía de su país, actuó siete años en Barcelona, donde ganó cuatro ligas y una Champions, y lideró a su seleccionado hasta las semifinales del Mundial de Estados Unidos. “Tuve una carrera que me enorgullece, pese a que les moleste a varios en mi país”. El lugar común de la falta de profetas en su tierra: “nadie es indiscutido en su país, lo sé. Ocurre con Maradona en Argentina, y con Francescoli en Uruguay y en Europa, también. No me interesa. Me basta con que me quieran los que yo quiero”. –¿Qué fue lo mejor de su carrera? –Haber sido compañero de mis compañeros. Me he jugado a muerte por ellos. No dejé detalle por los que discutir ni me puse por encima de nadie. –¿Y lo peor? –Haberme peleado tanto. Contra los periodistas que hablaban de mi familia, con los que llegué a las piñas. ¿Que quién ganó? Aquí me ves, de pie… Solía pelearme con cualquiera que estuviera vestido de otro color. Defendía lo mío. Perdí prestigio así, aunque también sé que por esas cosas fui el que fui. Stoichkov no jugó el Mundial 86 por una sanción que le había impuesto la Federación de su país después de una gresca, mientras era figura del CSKA Sofía, con varios rivales del Levski. Ya en Barcelona, lo echaron en un clásico contra el Real Madrid por pisar al árbitro Urízar Azpitarte y estuvo suspendido durante meses. Luego se enfrentó a una gloria del club catalán, Johan Cruyff, casi como combatir contra la institución misma. Como técnico de su selección, uno de los re-

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ferentes del pobre fútbol búlgaro en la década, Stilian Petrov, renunció por diferencias con él. “No entiendo la vida de otra manera que no sea luchando”, resume. Seguramente, esto lo llevó a encarar en noviembre de 1995, junto a Maradona, Eric Cantoná, Ciro Ferrara, George Weah y Laurent Blanc, entre otros, el Sindicato de Futbolistas, de arranque estridente y poco desarrollo posterior: “pasó más de una década y todo sigue siendo igual. Los jugadores no definen ni responden. Nadie les pregunta nada, ni con qué pelota quieren jugar. El fútbol es pura mercancía. Los que mandan hacen lo que quieren: ponen cinco árbitros en una competencia y a la siguiente los sacan. Desarrollan tecnología pero no la implementan”. –¿Y quién es el que manda? –Creo que Blatter no tendría que mandar tanto. Pero no sólo él, también las marcas. O algunas autoridades, como el ex árbitro Pierluigi Collina, que me ha dirigido muchas veces y a quien respeto. ¿Pero por qué tiene que negar las ayudas a los árbitros? Por lo menos alguna manera de saber si la pelota entró o no al arco… Lo del gol de Lampard en AlemaniaInglaterra fue un papelón mundial. –¿Hoy podrían juntarse los jugadores de mayor renombre para continuar aquella idea? ¿Tienen compromiso? –Ojalá lo tengan. No quiero faltarles el respeto. Ellos pueden contestar con los hechos.


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Con toda la Honda

No sabemos si colocarlo como el jugador sorpresa, el tapado, la revelación o esas extrañas y poco reglamentadas categorías que nos inventamos los periodistas. Lo cierto es que el japonés nos dejó con las ganas de verlo unos partidos más. Si te lo perdiste, buscalo en Youtube. Por ANDRES BURGO

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ada vez más, los Mundiales configuran una geografía redentora para muchachos que nunca serán Maradona, Pelé ni los Peledonas de Eduardo Galeano. El japonés Keisuke Honda pertenece a esa cofradía de futbolistas de perfil subterráneo que tuvieron la gracia de iluminarse durante un torneo y que, tal vez, a partir de agosto vuelvan a su discreción habitual, siempre a la sombra de Messi, Cristiano Ronaldo y Rooney. Allá están los Schillaci y Skhuravy de 1990, o los de Salenko y Letchkov de 1994. O tal vez no, tal vez Honda haya hecho de Sudáfrica 2010 su trampolín hacia una carrera más presuntuosa, a la par de las estrellas de las que, al menos durante el último Mundial, no demostró ser menos. Honda, a quien ya habría que rendirle pleitesía como el mejor futbolista de la historia japonesa, hizo una jugada que deberían exhibir los museos de arte moderno de Asia. Fue en el segundo tiempo contra Dinamarca y, sin saberlo, implicó un homenaje al espíritu lúdico de la década del 20. Honda no jugó al fútbol, lo creó. No quiso hacer goles: quiso divertirse, a imagen y semejanza de aquel relato de Sobre héroes y tumbas en el que Ernesto Sábato recrea un diálogo delicioso entre dos escultores del Independiente amateur. “Una tarde, en el intervalo, la Chancha (Seoane) le decía a Lalín (Alberto, familiar del futuro presidente de Racing a finales de la década del 90, el polémico Daniel Lalín): “cruzámela, viejo, que entro y hago el gol. Empieza el segundo jastáin, Lalín se la cruza, en efeto, y el Negro la agarra, entra y hace el gol, tal como se lo había dicho. Volvió Seoane con lo brazo abierto, corriendo hacia Lalín, gritándole: viste, Lalín, viste, y Lalín le contestó sí pero yo así no me divierto”. Casi cien años después, Honda (cumplió 24 durante el Mundial) personificó a Lalín. Entró al área con velocidad de

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relámpago, encaró a un ovejero danés con el cuatro en la camiseta, Daniel Agger, y con la suela del botín derecho solucionó dos problemas: ejecutó un autopase metiendo la pelota entre los pies del defensor, que todavía debe estar en un hospital de Copenhague recuperándose de una operación de cadera. Enseguida le salieron al cruce el 15, Simon Poulsen, y el arquero, Thomas Sorensen, pero Honda usó la zurda para pasarle la pelota a Shinji Okazaki, quien en el papel de la Chancha Seoane selló el 3-1 frente al arco vacío. Pero no fue el único aporte de Honda en ese partido: ya había hecho el primer gol, un tiro libre de zurda que, lejos de ser una casualidad, es hermano mellizo de varios que ya anotó de pelota parada para su actual club, el CSKA de Moscú. Ya en la primera fecha, contra Camerún, y también con la pierna izquierda, Honda había convertido el 1-0 final con un remate delicado, fino, como si su botín estuviera envuelto en seda. Aún más grandioso fue su festejo a la Bochini, sonriendo tímidamente, escapándole a la felicitación de sus compañeros y trotando hacia mitad de cancha, como si quisiera que nadie se diera cuenta de la delicia que había construido. Su último acto, la suavidad con la que pateó su penal ante Paraguay en la definición de los octavos de final, fue el instante más logrado de filosofía zen aplicada al fútbol. Lo curioso es que el hermano mayor de Keisuke, Hirouyki Honda, jugó algunos partidos en Temperley, en la Primera B Metropolitana, en 2004. Allí fue compañero de Gabriel Hauche, pero no le fue bien: en los foros del club puede leerse cómo varios hinchas lo eligieron como el peor futbolista de la historia celeste. Incluso, aunque parezca broma, Hirouyki dejó de ser futbolista y ahora es un actor famoso en su país. Tal vez era Rex, el hermano desconocido de Meteoro, el dibujito japonés que acelera y gana. Como Keisuke Honda.


PICADO

El Hombre Invisible

Como todo es de todos, nos hemos permitido utilizar un título que ya publicó un medio de comunicación portugués para encabezar esta bonita y entretenida nota sobre alguien que pudo alegrarnos las mañanas o las tardes, pero no se dio. Con respeto, aquí la alegoría. Por ANDRES BURGO

¿Quién fue el mayor fracaso de Sudáfrica 2010? ¿Rizzuti, el nabo de la publicidad que Clarín creó para el Mundial y ya nadie recuerda, o Cristiano Ronaldo, la figura imaginaria que las empresas y la FIFA prefabricaron hace tres años para no dejar a los creyentes del fútbol sin un dios protector, pero que pasó por Sudáfrica como un holograma? Difícil elección, aunque la despedida del portugués del Mundial fue mucho más estruendosa: tuvo el simbolismo de una parábola que se cierra. Segundos después de la eliminación contra España, en vez de hacer lo de siempre, mirar a la cámara, Cristiano Ronaldo hizo la del guanaco: la escupió. Los roles se invirtieron: el hombre que hace un culto de su imagen despreció a la mercadotecnia. Y la FIFA hizo la del avestruz: no vio nada. No era cuestión de castigar a uno de los suyos. El portugués repitió el desengaño de Ronaldinho en Alemania 2006: haber sido uno de los futbolistas que más facturaron y menos jugaron. No cultivará el silogismo de David Beckham –facturo, luego juego–, pero es un pariente lejano de la misma familia, y hasta Brasil 2014 habrá indicios para sospechar que Cristiano no nació para los Mundiales: en Alemania 2006 y en Sudáfrica 2010 sólo hizo dos goles, que encima fueron de cotillón: contra Irán de penal y el sexto de un 7-0 a Corea del Norte. CR7 ya había llegado a Sudáfrica con un desierto de 16 meses sin convertir con la camiseta de Portugal, desde febrero de 2009 (otro gol de chasqui boom, ante Finlandia), y en el Mundial acentuó esa tendencia: de sus 21 remates, sólo nueve fueron en la dirección al arco, y cinco de ellos fueron contra Corea. Sin embargo, la FIFA lo eligió man of the match en las tres fechas de la primera fase. Es una gran síntesis de la carrera de un futbolista que, hasta que en 2009 explotó Messi, era presentado como el número uno. ¿Pero el portugués fue en algún momento

el mejor jugador del mundo o es que el star system necesita un dios y, si no lo hay, lo potencia? ¿No será que una religión laica como el fútbol no puede sobrevivir sin un mesías, aunque sea de probeta? ¿Cristiano no habrá sido magnificado a la medida de un negocio que, a nivel clubes y selecciones, moviliza 500 mil millones de dólares? Es muy tentador creer que sí. De todas maneras, aunque su imagen haya sido potenciada por los patrones del marketing, el portugués tampoco debería ser reducido a una invención mediática, como intentan menospreciarlo los patrioteros que defienden a Messi. Cristiano demostró en sus clubes que es un prodigio físico, un gran velocista, un definidor con instinto asesino y un eximio rematador de tiros libres: estudios biomecánicos indican que sus remates llegan a 103 kilómetros por hora, bastante más del promedio, que oscila entre los 87 y 95. Hizo 159 goles en 337 partidos e iluminó al Manchester y al Real Madrid. Lo que a muchos les irrita es que actúa y juega en cantidades similares: su tendencia teatral genera amor y odio. Si Messi confiesa que le da vergüenza mirar sus goles en video, el portugués, que suele mirarse de reojo en las pantallas gigantes de los estadios, alardea que corre a su casa a mirar sus goles en DVD. La forma en que se para antes de cada tiro libre, el tronco erguido, los pies oblicuos, los brazos en jarra y la mirada intrigante, tiene la misma dosis de concentración de un rugbier antes de un penal y de Yelena Isinbayeba en la previa a un salto con garrocha, pero también de acting aparatoso para Showtmatch. Tampoco fue el Mundial de Rooney, Kaká, Drogbá ni Ribéry, pero el más expuesto era, desde el comienzo, el propio Cristiano. Y el portugués nunca apareció. “El hombre invisible”, lo definió un diario de su país. Ningún título podría herir más al hedonista que abandonó el Mundial escupiéndose en el espejo.

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Con la pelota no se jode

Ya se habló tanto de la pelota que nos han despertado una curiosidad: ¿cómo será aquella con la que se jugará la Copa del Mundo de Brasil? De los diversos especialistas de Un Caño, recurrimos al compañero que más sabe de cueros y redondas. Tanto sabe que hasta tiene el nombre. Por ROBERTO ZIMMERMAN

“Che, ¿y la pelota?” Seguramente, a todos nos pasó más de una vez en el potrero. A la pregunta le seguían acusaciones de barrio, hasta que alguien conseguía una maltrecha número 5 de urgencia. Y de última, con tal de concretar el picadito, siempre estaba la opción de una plastibol, esos infames ¿esféricos? de plástico con vida propia: siempre ingobernables y de vuelo zigzagueante en cuanto uno le pegaba fuerte. Está bien, cosas que pueden pasar en el barrio. ¡¿Pero en un Mundial?! ¿Problemas con la pelota en el máximo evento planetario del deporte, con una audiencia potencial de 30.000 millones de televidentes? ¡Y organizado por la FIFA, la máxima corporación deportiva del mundo, que este año logró el patrimonio récord de 1.061 millones de dólares (196 millones más que en 2009)! De no creer, ¿no? Pero pasó. Sudáfrica 2010 será recordado, también, como el Mundial donde todo el mundo se quejó de la pelota. Adidas, histórico proveedor de la FIFA, la bautizó Jabulani, que en idioma isiZulú significa “celebrar”. Está maquillada con once colores, por los integrantes de cada equipo, obvio, y porque once son los

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idiomas oficiales de Sudáfrica. Según la marca de las tres tiras, en su desarrollo se explotaron todos los avances tecnológicos. Tiene una circunferencia de 69 centímetros y pesa 440 gramos. Sin costuras, está compuesta por ocho paneles de polímeros elásticos y espumosos adheridos por calor. Además se le incorporaron unas ranuras denominadas aero grooves –testeadas en el túnel de viento– con el objetivo de hacer su vuelo más estable. Y en su superficie presenta una textura rugosa que facilita el agarre. Adidas resumió todas estas bondades teóricas en un bonito slogan marketinero: “La esfera perfecta”. Bueno, bastó que echara a rodar para que los jugadores no pensaran lo mismo: “los problemas para controlar la pelota no serán sólo para los arqueros, sino también para los defensores y los delanteros. Tendremos que acostumbrarnos

Podríamos imaginar que las sesiones de prueba se redujeron a un picadito entre Blatter y sus nietos.

y no será nada fácil”, alertó de entrada Justo Villar, el arquero paraguayo. “Es demasiado liviana; está lejos de parecerse a un balón de cuero”, dijo Hugo Lloris, el uno francés. “Es vergonzoso que se juegue el Mundial con un balón como éste. Me parece absolutamente inadecuado”, disparó el italiano Buffon. “De repente, a uno le cambia la trayectoria. Es como si la pelota no quisiera que le dieran un puntapié: le pegás y no sabés a dónde irá a parar”, decía el brasileño Luis Fabiano. En cambio, su compañero Kaká –uno de los iconos publicitarios de Adidas, ojo– la calificó como “un balón fantástico”. Pero nadie lo resumió tan bien como el arquero español: “es como un balón de playa”, dijo Iker Casillas, lo cual nos lleva otra vez a la indomable y querida plastibol. La defensa de Adidas no tardó en llegar. Herbert Hainer, su presidente, reconoció que la Jabulani es “más rápida” que sus predecesoras. Y sorprendió al mundo con un argumento revolucionario: “efectivamente, la Jabulani es más redonda que todos las pelotas que hicimos, es también más aerodinámica y va más rápido”, dijo. O sea, Mr. Adidas estaba reconociendo que, hasta aquí ¡la pelota no era redonda! Quizás haya tomado nota de ese dato el


técnico mexicano Javier Aguirre, quien, para aumentar los reflejos de su arquero Oscar Pérez, lo hizo entrenar con una pelota de rugby. Faltaba conocer la opinión del padre de la criatura. Su diseñador, Andy Harland, se defendió: “no hay nada que me preocupe. Está confeccionada para que los mejores demuestren sus habilidades”, dijo. Y enseguida aclaró la influencia de la altura: “es evidente que la altitud en la que están entrenando algunos equipos influye en el comportamiento de la pelota”, subrayó en referencia a los 1.573 metros sobre el nivel del mar de Johannesburgo, o los 1.214 de Pretoria. “Allí, la menor presión atmosférica ofrece menos resistencia al vuelo de la pelota”. Con el correr de los partidos, hasta la FIFA se rindió y aceptó que estudiaría el tema, pero sólo una vez finalizado el Mundial. Y ahí uno no puede dejar de sorprenderse por la impensada polémica. ¿O acaso no es obvio que lo menos que uno espera en estos niveles de alta competencia es contar con una comisión de grandes jugadores que se reúnan para testear la pelota antes de un Mundial? De hecho, la hay. Aunque, por lo que vimos esta vez, bien podríamos imaginar que las sesiones de prueba se redujeron a un picadito entre Blatter y sus nietos (“¡Sí, abue, está buenísima!”). Y a continuación, ahí va Mr. FIFA y llama a Mr. Adidas: “sí, Blatter habla, ¿cómo andás? Nada, para decirte que todo OK con la Jabulani, eh. Jugamos un metegol-entra con mis nietos y la colgaron varias veces en la casa del vecino. Sí, pero qué querés, estos pibes tienen menos fútbol que la Para Ti”. ¿Se imaginan? Realmente insólito, como insólitas resultan las numerosas fotos de este Mundial congelando el momento exacto en que un jugador cabecea: allí se puede ver cómo la pelota se deforma al punto de parecerse a una boina en la cabeza del jugador. Y a esta altura, nadie podrá decir que la pelota sea un pequeño detalle del negocio, ¿no? Hablando de tenis, sería tan ridículo como pensar en Wimbledon con el pasto alto. “Lo lamentamos muchachos, pero no tuvimos tiempo de cor-

tarlo. ¿Se arreglan así?”. O, en la F1, que Ferrari diga: “el auto es una máquina. El único detalle es que el motor no es confiable”. Y así podríamos seguir poniendo ejemplos más disparatados... Lo cierto es que los muchachos de Adidas ahora tienen cuatro años para ir desarrollando la pelota que se usará en Brasil 2014. Justamente hasta ahí llega su contrato vigente con la FIFA, y ya se sabe que la nueva puja con Nike tendrá muchos pero muchos ceros (¿quién da más?). Un Caño no ha logrado acceder,

Nadie lo resumió tan bien como el arquero español: “es como un balón de playa”. por ahora, a los bocetos de la sucesora de la Jabulani, guardados bajo siete llaves. Pero el único dato que pudimos averiguar no deja de ser muy preocupante: parece que se va a llamar Nicuadrada...

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Todavía quedaban cosas del Mundial para contarles, Aquellas que ningún medio le explicó. Cual primicia atrasada, nuestro especialista en curiosidades y números nos alcanzó, con el último silbato, ciertas misceláneas para chapear entre los conocidos. Por EDGARDO IMAS

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era un turista: había que estar casado, y la pareja debía peror primera vez, Corea del Sur y del Norte coincidieron manecer en el país. Había criterios de selección, ya que “la en un Mundial. Por la disposición de las llaves, sólo se TV occidental podía corromper a ciudadanos de la RDA”. Se habrían podido encontrar en la final, algo que ni la más difundieron instrucciones sobre cómo había que comportarse afiebrada mente imaginó nunca. en caso de “provocaciones del enemigo de clase”. Y se prohibía Corea del Norte y Corea del Sur se habían enfrentado en “admirar” las condiciones de vida superiores en el Oeste. Todo las Eliminatorias para Sudáfrica y durante las que se jugaron de planificado, incluso cuáles serían los gritos de aliento de los cara a las copas de 1990 y 1994. hinchas-turistas. De los países que se partieron por los acuerdos de posgueLos primeros penales mundialistas fueron sancionados el 19 rra, sólo las dos Alemanias llegaron a enfrentarse en un Munde julio de 1930, en el estadio Centenario. A primera hora, Chidial. Fue en el que organizó la Alemania Federal (RFA, la occile le ganó a Francia y el juez uruguayo Aníbal Tejeda cobró un dental) en 1974. El 22 de junio, en Hamburgo, y la República penal para el equipo trasandino, atajado por el arquero Democrática Alemana (RDA, la oriental), con gol de Alexis Thépot. Jürgen Sparwasser, dio el gran golpe, venciendo En el cotejo de fondo, la Argentina aplastó 1 a 0 al dueño de casa, que sufrió la única a México 6 a 3. Varios textos, incluso alguna derrota en esa copa. publicación de la FIFA, sostuvieron que hubo Sparwasser fue recibido como un hécinco penales. La investigación descartó esa roe en Berlín oriental por la dirigencia cifra, pero persistieron las dudas. partidaria. Los políticos de Alemania FePero, ¿quién cobró esos penales? Hoy sederal también aprovecharon el partido. ría tema para un Quinto Whisky: el árbitro Así, el ministro socialdemócrata Hans fue Ulises Saucedo, también entrenador de la Apel declaró: “para mí, jugó Alemania Selección boliviana, y uno de sus colaboradocontra la RDA”. res, Constantin Radulescu, el DT de Rumania. Años después, Sparwasser contó que El joven mexicano Manuel Rosas pateó dos “echaron a correr rumores de que, por el gol, Fern penales al arquero argentino Ángel Bossio. Conhabía conseguido casa, auto y mucho dinero. r e ando Paternost virtió uno, y le atajaron el otro, aunque Rosas recogió Cuando jugaba la selección occidental, muchos el rebote y anotó el segundo tanto azteca. ciudadanos de la RDA cantaban en sus casas el himno Antes, cuando la Argentina ya ganaba 3 a 0, Saucedo había alemán y se ponían de pie. Nadie debe sorprenderse, entonces, sancionado otro penal para los rioplatenses. Lo pateó el defende que se enojaran con mi gol. El padre de mi mejor amigo sor Fernando Paternoster (ex Atlanta y leyenda de Racing) y conarrojó una silla contra la pantalla de la TV cuando yo convertí. tuvo Oscar Bonfiglio, arquero de México y militar de carrera. El gol, en definitiva, me perjudicó”, concluyó. Bonfiglio fue general y jefe de intendencia; por eso decían de él El partido fue presenciado por 60.000 espectadores, de los que “el único tiro que había visto en su vida fue aquel penal”. cuales 1.500 eran turistas de la Alemania comunista. Es que Algunos dudaron que el boliviano hubiese cobrado penal o, el partido gobernante, el SED, autorizaba la salida del país de en un disparate reglamentario, un tiro libre sin barrera. Sospechaesa cantidad de personas por encuentro. Pero no cualquiera

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ban de la distancia que había entre el arco y el punto desde el cual disparó Paternoster. Según algunos medios, cobró penal, pero tenía pies tan largos que con sus doce pasos llegó casi hasta la línea del área grande. La Nación dijo que Saucedo contó dieciséis pasos. A Saucedo no le fue mejor como DT: Bolivia perdió 4 a 0 los dos partidos que disputó, ante Yugoslavia y Brasil. No termina allí la polémica. Le endilgan a Paternoster un gesto de caballerosidad muy común en épocas donde no había bidones traicioneros ni cabezazos arteros: habría malogrado ex profeso el penal porque había sido mal sancionado. El hijo del defensor argentino es el ingeniero Fernando Félix Paternoster, quien, como su papá, empezó en Atlanta, pero sólo llegó hasta la Reserva. En 2006, le dijo a este redactor: “mi padre me contó que cuando era DT de Emelec, en los 60, hicieron una gira por México. Allí se presentó un señor y dijo que él era quien había atajado el penal en el 30, y entonces se abrazaron. Lo que nunca me dijo es que lo hubiera tirado mal intencionalmente”, recordaba Paternoster hijo. A la vez, Oscar Bonfiglio, actor y nieto del arquero azteca, le contó al diario deportivo mexicano Esto que, cuando era chico, “platicaba” sobre aquel partido con su abuelo. “Un penal bien tirado es imposible de atajar, y los argentinos sabían cómo hacerlo. La encontré. Me lancé a tiempo al lugar adecuado y ya. No había ciencia”, fue la descripción que hizo el militar sobre la atajada. Imposible asegurar si hubo hazaña de Bonfiglio o noble gesto de Paternoster. El mexicano, sin duda, se llevó de souvenir montevideano nada menos que trece goles en contra en tres

partidos. Se agregaban a los siete que España le había marcado en Olimpíadas de Amsterdam, en 1928. Pocos se sorprendieron al ver a doce jugadores sentados en los bancos de suplentes durante los partidos del Mundial. La cantidad supera los siete permitidos en nuestros torneos vernáculos, pero se la justificó por la multiplicidad de variantes de las cuales dispone un director técnico. Difícil pensar en un Mundial en el que no haya cambios. Éstos ya estaban autorizados desde 1935 en la Copa América, desde 1960 en la Libertadores y desde agosto de 1968 aquí en la Argentina –arqueros desde 1959–. Recién llegaron a las rondas finales de la Copa del Mundo a partir de México 1970. El primero tuvo lugar en el partido inaugural, el 31 de mayo, cuando en el Estadio Azteca el local empató sin goles con la URSS. Al empezar la segunda etapa, ingresó el delantero del Dynamo de Kiev Anatoli Puzach en lugar del volante Viktor Serebryanikov. En el encuentro Rumania-Perú sucedió la primera expulsión en un Mundial (el peruano Plácido Galindo) y, por el otro, la salida, con una pierna fracturada, del defensor rumano Adalbert Steiner. Como no había cambios, los rumanos jugaron sin él los 62 minutos restantes. Algo parecido había ocurrido el día anterior en el partido inaugural: Francia goleó a México 4 a 1, y su arquero, Alexis Thépot, tuvo que salir lesionado. Al arco fue el defensor, Augustin Chantrel, que sufrió un gol. Ochenta años después, Corea del Norte minimizó la importancia de los arqueros suplentes y prefirió incluir en la lista de buena fe a un guardavalla como delantero, aunque luego la FIFA aclaró que era antirreglamentario.

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El mundial posmoderno

La hora del balance arroja un torneo pálido en fútbol, sin grandes estrellas individuales, con primacía del juego de conjunto y la circulación de pelota como arma fundamental. Las tendencias tácticas y el movimiento perpetuo de los jugadores responden a un cambio social más amplio que, con España como bandera y Alemania como ladero ideológico, logró en Sudáfrica su máxima expresión deportiva. Por PABLO CHEB TERRAB

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ara comprender esta Copa del Mundo hay que escuchar una respuesta de Maradona en la única conferencia de prensa que tuvo que afrontar después de una derrota. “¿Por qué los jugadores más destacados de hoy, ya sea Rooney, Messi, Cristiano Ronaldo o Kaká no se ponen el equipo al hombro como hacían Platini, Pelé o usted mismo?”, le preguntaron a Diego. “Las cosas cambiaron mucho, ahora todo es más colectivo”, respondió el diez. Su lectura resultó ser precisa hasta el detalle: alcanza con mirar al campeón para saber que el DT argentino tiene razón. ¿Quién es, acaso, la estrella de España? ¿Xavi, Iniesta, Villa, Piqué, Puyol, Casillas? ¿Para quién está fabricado su juego? ¿A quién beneficia? Villa hace los goles, pero no sería nada sin la creación de Xavi e Iniesta, que no podrían jugar si Xabi Alonso y Busquets no recuperaran la pelota. Estos, a su vez, se apoyan en una línea defensiva de confianza –Piqué, Puyol– que tiene detrás a Casillas, un arquero que sacó la cara por el equipo cuando tuvo que hacerlo. El esfuerzo es conjunto, se apoya a quien tiene la pelota para que siempre cuente con opciones de pase y se privilegia al toque horizontal y al cambio de ritmo como arma predilecta para vulnerar una defensa. España teje su telaraña. No juega para nadie más que para el equipo y logra que aquella antigua frase de Alfredo Di Stéfano cobre una vigencia particular: “Ningún jugador es tan bueno como todos juntos”.

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Esta tendencia queda confirmada por el rendimiento de los cuatro países que terminaron en los puestos más altos del torneo. Holanda se apoyó en Sneijder y Robben, pero armó su fortaleza real desde el desarrollo sostenido de una idea que no los excluía: sacrificio para recuperar la pelota, escasa distancia entre líneas, prolijidad defensiva y movimiento perpetuo para multiplicar las ofertas de pase a la hora de tener la pelota. Ni hablar de Alemania, que desde Muller, Schweinsteiger, Podolski y Klose construyó un andamiaje en el que el desarrollo físico fue utilizado en función de un plan específico. Ahora bien, ¿a qué responde exactamente esta ideología futbolística? ¿Por qué surge en este tiempo con mayor fuerza? ¿Por qué en la cima del Mundial no hay Eusebios, Hagis, Zidanes y Valderramas? En principio, habría que decir que la tendencia parece surgir de un ámbito que sobrepasa al fútbol, y al deporte incluso. Se trata de un fenómeno sociológico más abarcativo que comienza a notarse con la transición que suponen el fin de la modernidad y del romanticismo: el abandono de la profundidad, de la individualidad y del genio. La idea está expuesta con bastante claridad por un autor italiano, Alessandro Baricco, en su libro Los Bárbaros. Es un libro editado en 2006, que para mí predice sin defectos el Mundial que pasó. Yo retoco apenas los nombres, pero él escribe, por

ejemplo: “En el fútbol, si renuncias a Maradona es porque has creado un sistema de juego menos cerrado, en el que la grandeza del individuo es, digamos, redistribuida entre todos, y en el que la intensidad del espectáculo se encuentra diseminada”. Casi un mandamiento mundialista. Hablamos de la primacía colectiva, y podemos agregar que el pase corto sustituyó como elemento de desequilibrio a la gambeta durante el torneo. Messi fue apenas influyente a partir de sus apiladas. Dicho de manera cruda, no fue Maradona. Y no lo fue porque no debe serlo, no puede serlo. Hoy, el sistema social en el que se mueve –y por tanto, los sistemas futbolísticos en los que brilla– solicitan otra cosa de él. Que sea parte de un engranaje mayor. Messi (como Cristiano Ronaldo, como Kaká) abusó de su talento individual: eso lo alejó de la eficiencia. El genio no encaja en la estructura colectiva. Y esto también tiene que ver con una estructura social imperante: si antes uno podía dedicar su vida a los vericuetos de la literatura anglosajona del siglo XIV, si se especializaba en ello y dejaba en aquel campo la vida, si se esforzaba para agotar al máximo cada referencia, quedaba transformado en un genio particular: contaba con profundidad de conocimiento en un aspecto específico. Hoy, la profundidad no es tan importante como la circulación. La posmodernidad, la multiplicidad de estímulos livianos, termina definiendo indivi-


duos que se forman muy rápido, y saben muy poco de muchísimas cosas. En el fútbol se pide circulación rápida de pelota, así como circulan rápido las ideas. También se pide velocidad. El genio resulta demasiado esforzado, la profundidad es lenta. Los engranajes colectivos reemplazan a este tipo de piezas en pos de una construcción que las supera. Volvamos a Baricco: “Iniesta hace circular la pelota, Messi la hace desaparecer. A lo mejor te encanta, seguro, pero es el sistema el que tiene que vivir, no él”. Messi murió en la lógica de este sistema. ¿Cuál es la consecuencia? De nuevo, Baricco: “Si todos hacen de todo, es difícil que todos consigan hacer de todo muy bien; y de ahí la famosa tendencia a la medianía. Sergio Ramos no defenderá tan bien como Beckenbauer, pero ¿cuántas cosas más hace? La regresión de una aptitud genera una multiplicación de posibilidades”. La observación es maravillosa porque nos deja entender el valor actual de la polifuncionalidad. También porque explica la mayor parte de los éxitos tácticos que se vieron en Sudáfrica. Permite comprender, por ejemplo, que los me-

jores cuatro conjuntos contaran con al menos un lateral que funcionó durante todo el torneo como opción ofensiva: Ramos en España, Lahm en Alemania, Van Bronckhorst en Holanda y Fucile en Uruguay. Incluso si no se trata de futbolistas particularmente hábiles con la pelota en los pies, cumplieron su parte al ampliar la cancha, al ensanchar el campo de ataque, al ocupar su lugar en ofensiva. Y es que aún sin volantes por los costados, Alemania y España atacaron por las bandas gracias a sus laterales y defendieron con ímpetu por obra y gracia de los relevos y del orden táctico. Esta cuestión también explica, sin más, la tendencia de los delanteros a asistir en defensa: Kuyt, Sneijder y Robben, Podolski y Klose, Cavani y Forlán, en menor medida Villa, Torres y Navas: todos en algún momento colaboraron con la gestión de recuperación de su equipo. Todos multiplicaron posibilidades. Lo mismo podría decirse del famoso doble cinco. Se destacaron Arévalo Ríos y Pérez, también De Jong y Van Bommel, ni hablar de Schweinsteiger y Khedira. O del cuádruple cinco español: Busquets, Xabi Alonso, Xavi, Iniesta, que

cumplieron al máximo con las exigencias del nuevo paradigma, recuperaron como defensores y cargaron al equipo desde sus posibilidades creativas. Todos ellos se impusieron (colectivo sobre individual) a los solitarios recuperadores, por más talentosos que fueran. Pregúntenle a Mascherano: los sufrió en el duelo ante Alemania. Justamente los germanos, junto con el campeón resultaron los reyes de esta dinámica participativa, casi sin posiciones fijas. De nuevo, Baricco: “En los límites de un juego en equipo, el viejo fútbol vivía de muchos duelos personales y de una división esencial de las tareas. El fútbol moderno parece haberse obstinado en romper esta parcelación de sentido, creando un único acontecimiento en el que todos participan, constantemente”. Los ejemplos son futbolísticos, la causa es sociológica. España y Alemania fueron los portadores de una sentencia que interpreta la época en la que les toca jugar. Esa sentencia resultó ser un paradigma del éxito: “Un sistema está vivo cuando el sentido se encuentra presente en todas partes, y de manera dinámica: si el sentido está localizado e inmóvil, el sistema muere”.


No se aceptarán cartas que excedan los 1000 caracteres.

Asunto: ABAJO LOS ABURRIDOS De Lucas Guerrico Muchachos los leo desde el número uno, hace unos 4 o 5 años… Ya ni sé para dónde se dispara el tiempo, y es la primera vez que les escribo. Estoy enfermo hace una semana larga, y eso me permitió trabajar desde casa y de paso ver todos los partidos del Mundial hasta ahora. En este momento estoy viendo Alemania-Serbia, y por ahora van 0 a 0 en 30 minutos. No vamos a hablar del nivel de los equipos, de los niveles individuales de las estrellas ni de los arbitrajes ni de los estadios ni de Sudáfrica, porque para eso están todos los chimenteros del fútbol que se las saben todas y no aportan nada. Lo que quiero hablar es del desgano y la falta de alegría con la que transmiten los partidos los relatores de TV. Sólo los de la Televisión Pública hacen algo interesante: el relator le mete y le mete aunque el partido sea un embole. Y Latorre es muy bueno comentando y analizando el fútbol. Desde TyC Sports no aportan nada. Son más aburridos ellos que los partidos. Ya nos contaba Wehbe en el último número lo que es relatar en un Mundial. ¡Pero relatores y comentaristas, por favor! Están en un Mundial y relatan aburridos y desganados, y no paran de remarcarnos que el partido es malísimo y lo mal que se juega, etc. Es como estar en una orgía de modelos de primera línea con el pene flácido y cara de triste (de paso, mis mayores respetos y saludos a Roscoe, esperamos pronto su segundo saque). Cuatro años de mi vida haciendo tiempo para poder ver otro Mundial... En ese tiempo no hice diferencias económicas ni me hice barrabrava, así que otra vez a verlo por televisión. Y estos periodistas relatando como si estuvieran haciendo lo más aburrido de sus vidas… Sangre, un poquito nomás. Nosotros, tristes frente a una pantalla mirando fútbol del feo, necesitamos una motivación.

Asunto: LA WEB DE OLÉ De: Matías Canil ¿Qué le pasó al diario Olé online? Para los fieles seguidores de su página web, el rotundo cambio de formato sin previo aviso fue como haber perdido la final del 90, y lo único que logró fue fomentar la polémica y el disgusto entre sus asiduos lectores. Por empezar, podemos mencionar que el lavado de cara que le intentaron dar a la web la tornó notablemente más lenta y se demora en cargar la información. También se puede ver claramente cómo ahora priorizan las publicidades en relación al rico contenido que los caracterizaba antes. Por otra parte, es dificultoso, en contraposición con la versión anterior, encontrar fácil una nota que uno quiera leer. Es doloroso a los ojos este nuevo diseño donde encontramos miles de pequeñas notas 64 UN CAÑO | JULIO 2010

anárquicas y caóticas puestas como parches para cubrir la totalidad de la pantalla. Además, la jerarquización de la información que presentan es difusa. Otro punto negativo es que, en la antigua versión, la presentación del contenido estaba presentada de una manera que hacía más fluida y dinámica la lectura. Ahora, si uno quiere leer una nota, tiene que clickear en el título para saber de qué está hablando. Antes, abajo de los creativos títulos se ubicaba un pequeño epígrafe con excelente capacidad de síntesis. Asimismo, una materia pendiente que aún no han mejorado es la falta de espacio que le dan a la gente para que opine y deje sus comentarios. A raíz de este problema, en la conocida red social Facebook, ya se puede observar un grupo llamado 100.000 FIRMAS PARA QUE VUELVA EL VIEJO FORMATO DE OLÉ, donde ya 3.200 personas se han sumado al reclamo.

Asunto: ARGENTINOS CAMPEÓN De Pablo Sapir ¿Vamos a salir campeones alguna vez? Mi padre siempre respondía en tono monocorde, como sabiendo que tenía que mantener a un hijo hincha del mismo club que él: “el Flaco Alberto siempre me preguntaba eso, y bueh, se nos dio. Era un equipazo”. Siempre supe que Argentinos tenía algo que los demás no, y que por eso despertaba simpatía: un estilo, nada menos. Ése que hace de ésto un juego, la impronta de la bocha matando hormigas, eso que no se negocia. Después hubo que ver jugadores con un número en el pantalón y otro en la camiseta, porque no había plata para que coincidan; tuvimos que hacer de locales ¡en Mendoza!; nos fuimos a la B dos veces en cinco años; volvimos con los vidrios rotos del micro después de un partido contra Gimnasia y Esgrima de Concepción del Uruguay; jugamos todas las promociones del mundo, íbamos y volvíamos… La pregunta de rutina se repetía a cada inicio del torneo, y la repuesta era perpetuamente igual. Por fin lo vimos jugar de nuevo en el corazón de La Paternal, con esos maravillosos jugadores de fotos amarillentas. Esa caja de fósforos donde un señor de apellido Verón debe estar prendiéndose fuego. Hubo que empezar a besar el anillo dos veces antes de que empiece el partido; hubo que fumarse a Palito Ortega en el auto con sus apologías a la tradición, familia y propiedad; hubo que sentarse a la derecha de papá; hubo que ponerse esa campera hippie made in Villazón aunque el termómetro marcara 43 grados. La cosa funcionaba. Un día volvió. Pesaba 80 kilos más que cuando tiraba rabonas y hablaba como el almacenero de la esquina, porque ante cada declaración suya, me daban ganas de comprar un aerosol para pintar en la pared la enorme cantidad de aforismos que repartía desde su sapiencia. Borghi era gran culpable de aquella respuesta, de ese “y bueh, se nos dio”. Hace siete días nos dimos cuenta que de verdad era posible, que los milagros del barrio (de esos que arrancan lágrimas) habían salido del letargo, haciéndose carne en un 4 a 3 más épico que la épica misma. De repente, estaba haciendo una cola de cuatro horas para conseguir una entrada para verlo. Éramos muchos miles de exiliados de la angustia que llegamos a Parque Patricios, en búsqueda de esa dama esquiva que es la gloria, que se empezaba a bajar el bretel. Estallido de gargantas coloradas en todo sentido, la explosión de ver tan bien reflejado ese estilo, esa forma, esas convicciones, ese fenomenal oráculo de apodo Bichi que desde su brillantez nos devolvió lo que parecía utópico: ARGENTINOS CAMPEÓN, CARAJO. Y una pregunta y una respuesta que fueron pulverizadas.


Asunto: DEFENSA DE CARLITOS De Luciano Kordon Me cayó pesadita la nota “metamorfosis apache”. Siempre con esa cosa de lo digo, pero no lo digo...”Quien podría negar”, comienza, o cerrar con un “todo tiene que ver con todo” del maestro zen Pancho Ibañez, para dejar pegado a Tevez como traidor... A los jugadores los juzgamos básicamente por lo que hacen dentro de un campo de juego, y ahí con Carlitos no hay objeciones. Y lo que en Carlitos critica Cecilia: ortodoncia para sonrisa Kolynos, cirugías... ¿Hay que arrastrar esa cicatrices de por vida para no ser traidor? Lo dice, pero no lo dice. Tevez no dice “no seré Brad Pitt, pero tengo efectivo”. Es subestimarlo, es pensar que Carlitos sólo tiene efectivo, además de fútbol, y yo nunca lo escuché decir una boludez en los últimos años. Me parece que si algún gil del barrio tiene envidia de Carlitos es una cosa, otra es esa visión del traidor: “se es o no se es. Así de simple”. Las cosas no son simples, y la vida que tuvo Tevez tampoco... La revista es un lujo, da gusto. Es una revista que, como dice un amigo, está más cerca de la biblioteca que de la salamandra.

Asunto: EXTRAPARTIDARIA AGRADECIDA De Gracias Adriana Chechi Antes que nada aclaro que soy de esas mujeres que de fútbol, cero. No entiendo nada, no me llama la atención y realmente no me interesa. Y como agregado: jamás en mi vida leí una revista de contenido deportivo... hasta ahora. Por eso, y como nobleza obliga, debo felicitarlos. Porque en esta revista he leído notas interesantes, como la que le hicieron a Aníbal Fernández, o la de la Isla Maciel; o la de las Malvinas, “cuando la guerra nos fue indiferente”, y otras tantas que no recuerdo y leo al pasar de a ratos, casi por obligación, porque la veo en todos los rincones de la casa y a mi marido, concentrado como si fuera lo último que va a leer en su vida. Me ayuda a entender un poco el mundo del fútbol sin fanatismos enfermizos, y a comprender porque a mi marido le apasiona tanto Un Caño. Espero que sigan con esta calidad de información. Así cuando al pasar agarro la revista, puedo instruirme en ese mundo extraño para mí.

Asunto: FEMINISTA De Mónica Machado No me decepcionaron en lo más mínimo. Nuestro encuentro mensual a través de la revista siempre es esperado con ansias y celebrado cuando termino de leerla. Tanto en la primera era de Un caño como en la presente, se puede advertir que son fieles a algunos valores periodísticos a los que adhiero (coherencia, sustento intelectual para realizar las notas, estilo para escribir y tratar de aportar buenas historias, de profundizar en temas que la mayoría desconocemos y que tienen relación con el deporte y con la vida en general). Mi campaña personal por lograr que más mujeres compren, lean y escriban al correo de lectores de Un caño, evidentemente no logra sus frutos; las chicas están con otras lecturas, evidentemente no pueden advertir lo que se pierden, no logro interesarlas en mi ardua campaña “Largá la Para Ti y compra Un Caño”. Así que no abandono la lucha, y por eso me tomo la libertad de hacerles una crítica. Observo que en algunos números de la revista (no en todos) hay una nota firmada por Cecilia di Genaro,

en la sección Picado, donde se hace referencia a algún tema que tenga que ver con la vestimenta, el atuendo o la estética de miembros cercanos al deporte. Esas notas me encantan, son aire fresco, están muy bien escritas, son coloquiales y, si bien a primera vista puede ser una nota de moda, en realidad hay otros temas que afloran, conceptos filosóficos bien argumentados que le dan jerarquía a la revista. Felicitaciones para Cecilia. Peeeeeeeeeeeero, ¿una sola colega periodista en una redacción de mayoría de hombres? (como son casi todas las redacciones, sacando las revistas específicas para el mundo femenino). Solamente escribe una página, cada tanto, y en relación a un tema que podría tildarse de frívolo (aunque ya les aclaré que me encantan esas notas). Da la sensación de que a una colega mujer no se le puede dar la “responsabilidad” de escribir sobre Julio Grondona, sobre AFA, sobre la política institucional de tal o cual club, o de realizar una entrevista con alguna personalidad, escribir sobre barras bravas, el aquelarre económico que viven muchos clubes de fútbol de Primera División o sobre la triste situación edilicia de algunas canchas argentinas (incluido el estadio de Independiente, de reciente inauguración, del que conozco bastante por haber trabajado siguiendo al club en sus avatares políticos e institucionales y por haber escrito al respecto). Bueno, espero que no les moleste la observación de alguien que los sigue desde la primera hora. Es con toda admiración por el trabajo que hacen, por la valentía que le ponen al proyecto y por la coherencia. Una que no tiene nada que ver: este Mundial es nuestro. La final, Argentina-España (ojalé que no). Y Argentina será el campeón del mundo, obvio. Con Diego me tiro a cualquier pileta (si, soy maradoniana, lo banco a muerte). Nadie le dio tanta alegría a mi pueblo como él (salvo Juan Domingo y Evita, pero lamentablemente ya no están).

Asunto: PENSAR EL FÚTBOL De Ignacio Rocca El periodismo deportivo no está pasando por sus mejores momentos. Una de las muestras más cabales es la aparición –primero– de El Show del Fútbol y la desaparición –luego– de Fútbol de Primera, que sostenía su dominio en la noche del domingo gracias a la posibilidad de emitir los goles de la fecha primero que nadie. La baja del rating, sumada a la incapacidad o falta de respuesta de sus periodistas para salir a discutir sobre fútbol, dejando los chimentos de lado, destronaron a un programa que marcó a una generación por completo. Pero esto es sólo un detalle dado que los empresarios y gerentes de programación ven al fútbol cada vez más cerca del espectáculo que de otra cosa. La relación con la JULIO 2010 | UN CAÑO 65


fuente, o sea, los jugadores, se basa en un lazo que dista de ser laboral y de necesidad mutua, y se transforma en una amistad que termina condicionando tanto las preguntas como las respuestas. Nadie se atreve a traicionar el pacto, que crece año a año. Los periodistas no se renuevan, establecen vínculos que exceden lo deportivo y se convierten en la llave para conseguir la palabra de técnicos o jugadores. El periodismo de amigos se fue reproduciendo por varios programas hasta llegar a controlar cada minuto donde se hable de fútbol. Algunos se creen más importantes que los jugadores y no hacen más que despreciar con información irrelevante lo único que exigimos con fuerza los hinchas: que se debata sobre fútbol.

Asunto: REFLEXIÓN AL GARETE De Leandro A. de Toro ¿De quién es la culpa cuando hay tantos profesionales en un plantel? ¿De los dirigentes, de los técnicos o de los jugadores? En fin, se encuentran los jugadores que estaban, los que traen los dirigentes con los empresarios y se suman los que vuelven. luego de ser prestados a otras instituciones. Los dirigentes le dicen al técnico: “acá tenés a todos estos, armá el plantel”. Los técnicos, con la responsabilidad de borrar jugadores (odian eso porque saben que es lo peor decirle “no” a un jugador) tratan de no involucrarse mucho con ellos. Entonces llega el día del partido y con “miedo” dejan pegados en una planilla los que juegan, y cuando algún jugador no se vea en la lista y quiera hablar no será posible, porque el DT ya se retiró. Entonces, los jugadores quedan solos, se borran los dirigentes y se borra el cuerpo técnico. Comienzan las discusiones internas, las culpas vuelan de un lado hacia otro... En fin, un barco a la deriva, sin capitán. En los resultados negativos o “en las malas” como se dice en el ambiente, se borran todos, no aparece nadie, sólo el alcanza-pelotas, el utilero, el canchero, gente que colabora sólo por amor al club y que se acerca a abrazar y a alentar con poca preparación motivadora pero desde el corazón. Pero “en las buenas” entran al vestuario todos: los dirigentes, con una sonrisa amistosa, el cuerpo técnico, con todos sus ayudantes, y hasta las cámaras se prenden en el festejo... Pero no se asusten o no se sorprendan si escuchan, en algún equipo, en cualquier momento, en cualquier campeonato del planeta, que salga un jugador y diga: “ahora, en las buenas, sólo entran los jugadores al vestuario”.

Asunto: FASTIDIO De Christian Cáceres Esta es la segunda vez que les escribo. La primera fue para felicitarlos por la revista, pero esta vez quiero divulgar un estado de ánimo (fastidio). Si bien todos nos alegramos y soñamos con el comienzo de un Mundial (ver sistemas tácticos nuevos, jugadores no conocidos que nos sorprendan, buenos partidos, pilcha nueva y, obviamente, ver coronada a la Selección), no me deja de causar fastidio cierta parte del periodismo que ahora se rasga las vestiduras con el nivel de los partidos (muy pobre). Creo que todos coincidimos en que hasta el momento no hubo grandes partidos (está por finalizar la primera fase), pero justamente es este sector (periodismo) que fomenta y pregona la idea de que sólo vale el resultado. Son los mismos que festejaron que un gran equipo como lo fue el Huracán de Cappa no obtuviera el campeonato o que se llenan la boca con el triunfo del Inter sobre el Barcelona (jugando como un equipo 66 UN CAÑO | JULIO 2010

pobre, sin riqueza técnica o con un bajo presupuesto y con un gol mal anulado al Barelona que hubiera cambiado la historia; y entonces, ¿de qué se hubieran disfrazado?). Son los mismos que suman como mérito haber quedado en segundos en el Mundial del 90, pero que a la hora de hablar de resultados dicen que el segundo es el primer perdedor. En fin, no la quiero hacer muy larga, y la verdad es que carezco de poder de síntesis. Obviamente, no me gusta el nivel mostrado hasta el momento en el Mundial, salvo cosas de Argentina, Chile y otras pocas de España, de la que espero más.

No corregimos los textos. Salen tal como fueron publicados. Pablo Fernández Muchas gracias por la nota del club comunicaciones, es una cagada tener que pasar por esta situación, pero bueno... se ve que “desde arriba” no se dan cuenta que los Organos Fiduciarios están creados solo para que los clubes sean vendidos a quienes buscan hacer guita a costa de las tardes tomando mate, jugando al tenis y yendo a la cancha. Esas cosas que apasionan y que cada vez están más lejos de ser una rutina. Como juraba una publicidad que salía por Torneos Sin Competencia, “no sos menos hincha si lo ves por tele” Evidentemente, y por desgracia, esa frase se la están tomando en serio. El 04 de junio a las 19:07 · Eliminar · Denunciar Lucas Mercado Soy canillita y no veo la hora de que llegue la revista para matar el tiempo libre en el puesto, increíbles historias, notas y archivos, sigan así, un GRANAbrazo. Posdata: Aguante Lanus !!! El 06 de junio a las 13:18 · Eliminar · Denunciar Bruno Ferrari Soy lector de la revista desde la etapa anterior, realmente disfruto muchísimo con cada numero y cuento los días para volver a leerlos. Sin embargo me veo obligado a decirles que si es cierto el rumor de la lesión de Messi pasarán a ser mufas, estimados amigos. Ojala no sea nada y gracias por esta bocanada de aire fresco en un mundo putrefacto como el fútbol argentino de Grondona y el Fifa de Blatter. Saludos, abrazo de gol de caño. El 10 de junio a las 1:38 · Eliminar · Denunciar Nicolás Quiroz Muy oficialista la revista, cada ves peor, yo hace poco q la compro, los primeros numero me gustó xq hablaban de fobal que es lo que nos importa leer en la revista, pero ya cuando se van por las ramas no me va, no la voy a comprar mas, xq no le cambian el nombre por “un caño 678” hablen de fútbol vieja! El 04 de junio a las 2:21 · Eliminar · Denunciar Ángel Haller jajaja, muy oficialista?????... no papa, ese es el grafico y no te diste cuenta... El 04 de junio a las 14:53 · Eliminar · Denunciar Nicolás Quiroz El grafico hace años que no lo compro, con esta revista me había enganchado pero cuando algo se va para un lado oficialista o opositor no me va, para eso me compro el Clarín o Pagina 12, una lastima las respuestas que dan encima en la revista en la parte de “correo de lectores” El 07 de junio a las 21:49 · Eliminar · Denunciar


Nicolás Hernán Giacovino Nicolás, no comparto tu opinión y creo que no comprendes del todo la finalidad de la revista... Claramente Un Caño es una revista deportiva, principalmente de fútbol, pero no encara la disciplina de un modo aséptico, separada de la realidad, sino todo lo contrario, la analiza como un fenómeno sociocultural más. Y como tal no se pueden pasar por alto las implicaciones políticas y económicas que abarca, por lo que la referencia a la coyuntura es constante e inevitable desde esa perspectiva... Ese es el sello distintivo de la revista y, desde lo personal, la razón por la que la elijo mes a mes ante tanto jolgorio lúdico y vedettista que abunda en otras publicaciones... Y es cierto que la revista coincide en muchos puntos con el actual gobierno, pero yo no la tildaría de oficialista, sino de coherente. El gobierno esta tomando medidas que son reclamadas desde hace años por la revista (Fútbol para todos, ley de medios, entre otras), por lo que es más que lógico su apoyo franco a la causa... Yo elijo esta subjetividad (que comparto) antes que la objetividad inexistente, falaz, mentirosa y prostituida que me quieren vender otros medios... Un abrazo! El 07 de junio a las 23:38 · Eliminar · Denunciar Jose Aragon Para Giacovino, fijate que a un lector lo tildan de GOLPISTA, porque critico la nota que le hicieron al Jefe de Gabinete , ahora sos golpista por criticar una note de superficial ?? El 11 de junio a las 8:39 · Eliminar · Denunciar Nicolás Hernán Giacovino Hola José, supongo que haces referencia al mail de Fernando Mary titulado “Aníbal 1” y a la respuesta de Mariano Hamilton. Es discutible la profundidad o superficialidad de la entrevista a Aníbal Fernández, pero no veo que se trate al lector como golpista, sino que se lo llama a reflexionar en su apoyo hacia Amalia Granata, quien según el lector se “plantó” ante el jefe de gabinete... ¿Vos escuchaste lo que la ex del Ogro dijo? ¿A vos te parece que vivimos en una dictadura, como dijo la blonda? Creo que habría que revisar las definiciones de muchos conceptos, como “dictadura” y “gobierno democrático” en este caso... Sin dudas se puede cuestionar al actual gobierno desde muchos aspectos, y compartirlos o no, pero... ¿¿¿llamarlo dictadura??? Me parece que se estaría cometiendo un exabrupto de dimensiones históricas, bastante doloroso para nuestro país... Desde mi humilde opinión “plantarse” es armarse de fundamentos para cuestionar o defender una postura, no gritar “esto es una dictadura” sin tener real dimensión de lo que se esta diciendo y las sensibilidades que esa acusación puede tocar... Interpreto que esa es la intención de Hamilton en su respuesta al lector, no rotularlo como golpista, sino invitarlo a reflexionar sobre su “apoyo” a Granata por “incomodar” al jefe de gabinete, sin analizar muy bien con que argumentos. Un abrazo! El 12 de junio a las 23:24 · Eliminar · Denunciar Jose Aragon Nicolas, la repuesta de Hamilton es muy clara le dice que duda si el lector prefiere la dictadura a la democracia, me parece una repuesta muy odiosa y descalificante. El 13 de junio a las 21:57 · Eliminar · Denunciar Nicolás Hernán Giacovino José, puede sonar fuerte la respuesta de Hamilton, pero si el lector considera los dichos de Granata como una acusación valida contra el gobierno, se sobreentiende que comparte con ella la idea de que vivimos en una dictadura. Lo que vos entendes como “una

repuesta muy odiosa y descalificante” yo lo interpreto como un “llamado de atención argumentativo”, no para descalificar al lector, sino para que revise a quien apoya, para que tome consciencia de lo que afirmó la rosarina. Obviamente el lector puede reafirmar su opinión y pensar como Granata, esta en todo su derecho. Yo quiero pensar que no fue la intención del lector, ya que si escuchaste el entredicho Fernández-Granata te habrás dado cuenta de la floja fundamentación del palabrerio de Amalia, que desde mi perspectiva no fue más que una sarta de acusaciones gratuitas y erradas, sin tener en cuenta la dimensión y el peso de los términos utilizados. Algo similar me transmitió la señora Legrand cuando dijo que “la gente tiene miedo de hablar en contra del gobierno públicamente”. ¿Dónde estuvo la señora de los almuerzos durante las penosas dictaduras que azotaron nuestro país en el siglo XX? Personalmente estas falsas victimizaciones y acusaciones me indignan profundamente, no entiendo si estas personas no tienen memoria, tienen trastocados ciertos conceptos o son cómplices de un establishment que claramente quiere imponer el temor y la tensión en la mayoría de la población a través de la presunta “credibilidad” de ciertos comunicadores sociales. Desconozco tus posturas en estos asuntos José, pero estas son las mías y estoy dispuesto a defenderlas efusiva y alegremente. Un abrazo! El 13 de junio a las 23:02 · Eliminar · Denunciar Nicolas Quiroz Hernan muchas habladurias para terminar diciendo lo mismo que dije yo que la revista es oficialista, no tiene nada de malo, no hace falta que se atajen y defiendan tanto criticando y juzgando a los que no les gusta que la revista sea así. El 14 de junio a las 20:10 · Eliminar · Denunciar Nicolás Hernán Giacovino Obviamente que no tiene nada de malo ser oficialista, pero si la tildás de esa manera a la revista estás cometiendo una injusticia con muchos de los que escriben en ella, ya que más que oficialista, la revista es pluralista. En todos los temas que tocan tenés opiniones diferentes y bien argumentadas, te invito a que revises los números del año pasado respecto al Fútbol Para Todos, por ejemplo. Y yo no termino diciendo que la revista sea “oficialista”, como afirmás vos, leé mejor las “habladurías” que escribí arriba, te cito textual: “es cierto que la revista coincide en muchos puntos con el actual gobierno, pero yo no la tildaría de oficialista, sino de coherente. El gobierno esta tomando medidas que son reclamadas desde hace años por la revista (Fútbol para todos, ley de medios, entre otras), por lo que es más que lógico su apoyo franco a la causa...”. Si para vos coincidir en algunos puntos con el gobierno ya te cataloga de oficialista creo que estás confundido. Ponete a pensar si todo lo que el gobierno hizo te parece mal y seguramente alguna/s medida/s positiva/s podés rescatar, y dudo mucho que vos seas oficialista, ¿o me equivoco? Y no consideres mi opinión como una crítica a quienes no les gusta la revista. Me pareció oportuno exponer respetuosamente mi opinión sobre cual es el objetivo de Un Caño y por que trata la información deportiva del modo en que lo hace. Estás en todo tu derecho de que la revista no te guste, no la compres, comprala para leerla, quemarla o hacer lo que te plazca, pero dudo mucho que tomen tu propuesta de “hablar más de fobal” sacrificando los análisis coyunturales y sociopolíticos, que son la esencia de la revista desde sus inicios y lo que la distingue del resto de las publicaciones deportivas. Saludos Nicolás y disculpá si me volví a extender con las “habladurías”, es (¿un problema?) recurrente en mi. El 14 de junio a las 22:19 · Eliminar · Denunciar JULIO 2010 | UN CAÑO 67


El Gráfico de Perón Directamente de los archivos de nuestro cronista peronista, una bonita entrega de la historia de una revista deportiva a la que solamente le faltó cantar la Marcha. Fundada en 1949, con los empujones de las olas peronchas, llegó a competir con El Gráfico. Por supuesto, se trataba de Mundo Deportivo, algo así como una publicación descamisada que se las traía. Por ROBERTO KOIRA

“General Juan Perón, Primer Deportista Argentino”, reza la tapa de la revista Mundo Deportivo del 30 de abril de 1953, junto a la foto que lo muestra en su inconfundible Pochoneta. Es que, para el primer peronismo, el tema del deporte no era algo menor. La inclusión social estaba reflejada en la consigna de que su líder era el “Primer Deportista Argentino”. Con este espíritu nació la revista Mundo Deportivo en abril de 1949, como parte del grupo medios de la Editorial Haynes, comprada por allegados al peronismo. Esto dio lugar a que se heredara una de las empresas de medios más importantes del continente. La adquirió el secretario de la presidencia, el contador Oscar Nicolini. En ese momento, ya como parte de Editorial Alea, se editaban Mundo Argentino, Selecta, El Hogar, Mundo Agrario, Mundo Atómico, Mundo Infantil, Mundo Radial, Caras y Caretas, P.B.T y el diario El Mundo. En esta etapa surgirá Mundo Peronista. Otro de los productos periodísticos de la Editorial era L.R.1 Radio El Mundo controlada por el gobernador de la provincia de Buenos Aires, el mayor Carlos Aloé. Mundo Deportivo fue un semanario que reflejaba la actualidad deportiva con una impronta peronista. En la dirección de la revista estaba Horacio Besio, quien fue presidente del Círculo de Periodistas Deportivos entre 1965 y 1973, y conocido comentarista del equipo deportivo de Radio El Mundo junto a Enzo Ardigó y Fioravanti. Parte del ideario justicialista que manejaba la revista quedó reflejado en el anuario del 27 de diciembre de 1951 sobre los juegos Panamericanos de ese año,

disputados en el país: “...Todo dinero que se invierta en el deporte está bien gastado, porque la consecuencia del deporte siempre es la señalada, vale decir el indicar un camino de perfeccionamiento a la fortaleza de la juventud. La cifra que cuestan los juegos Panamericanos (15 millones) constituye una suma enorme de esfuerzos grandiosos. El gasto fue abarcado por el traslado a nuestro país de las delegaciones visitantes, por su viaje de retorno a sus respectivos países, el desenvolvimiento dentro de nuestro país y lógicamente, su estada íntegra. Todo eso fue abonado por el Superior Gobierno de la nación, que facilitó a la Confederación Argentina de Deportes todos los elementos que era menester. A disposición de este propósito de confraternidad que prevaleció durante los Primeros Juegos Deportivos Panamericanos, se tuvieron infinidad de cosas favorables. La villa Panamericana que convirtió al Colegio Militar de la Nación en un perfecto campamento para atletas; la Villa Evita, en Ezeiza, donde se concentraron los muchachos argentinos que llevaron hasta tan alto los colores nacional. Y así sucesivamente, hoteles, mansiones

Es innegable que la revista tenía fuerte vinculaciones con el gobierno peronista, y era indudable que respondía a afinidades ideológicas. El paquete accionario es otra cosa.

especialmente habilitadas al efecto, estadios con dependencias confortables, todo eso conmoviendo un mecanismo de extraordinaria categoría, fue dando cuenta del notable esfuerzo realizado para concretar el sueño largamente acariciado por el general Perón. La República Argentina y nuestro Gran Buenos Aires abrieron las puertas de su corazón para recibir a los atletas de América; el abrazo que los fundió estrechó sentimientos de íntima solidaridad, cimentando así el brillo que posteriormente se tradujo en cada uno de los sucesos que integró el panorama soberbio de los Panamericanos...”. El semanario competía con El Gráfico, revista que en la década del 40 logró una gran cantidad de lectores, que más tarde empezó a perder en manos de Mundo Deportivo. Víctor Lupo, autor del libro Historia Política del Deporte Argentino (16102002), recuerda aquel duelo: “a veces se nos ocurre pensar que, por un lado, esto se debía también a que se vivía un época dorada del deporte argentino, no desgajada de lo que acaecía en la Argentina. Por otro lado, no deberíamos soslayar la importante competencia que, al menos en la década de 1950, le hacía Mundo Deportivo”. Mundo Deportivo era semanal, y en su tapa aparecían deportistas de distintas disciplinas (no sólo futbolistas), una cuestión habitual para la época. Su portada era en colores, y su interior era un intercalado entre el color con el sepia o azulado. Su tamaño era de 33 centímetros por 26, y poseía importantes producciones fotográficas e ilustraciones. Sus páginas brindaron informes especiales (la

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historia de los clubes de fútbol). El automovilismo tenía su espacio, y esa sección era comandada por Miguel Merlo. Mundo Deportivo se insertaba en los principios de Alea, quien representaba una parte de la construcción mediática del pensamiento peronista y que intentaba poner equilibrio en otros que enfrentaban al gobierno justicialista. Alea era una editorial que tenía vinculaciones con el peronismo. En el libro de Pablo Sirvén Perón y los medios de comunicación se dice que 51% de las acciones estaba en manos de gente allegada al peronismo a través de la figura de Oscar Nicolini. Se trataba de un actor vinculado al gobierno justicialista que ocupó diferentes cargos; por ejemplo, en 1954 fue Director de Correos. Mundo Deportivo reflejó la actualidad deportiva y contaba con información sobre el impulso al deporte desde las estructuras peronistas. Las referencias a todo aquello que hacía Perón y su obra de gobierno en el área deportiva eran comunes en el semanario. En varios núme-

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ros, por ejemplo, se puede ver al General o Evita en la tapa, o como notas centrales de la edición. Una de sus principales diferencias con su competidora era la abundante información de los Campeonatos Infantiles y Juveniles Evita, que se iniciaron durante el año de aparición de la revista: 1949. También El Gráfico daba cuenta de los torneos Evita, pero la diferencia la brindaba Mundo Deportivo, ya que les otorgaba un giro más político y social, basado en transmitirle a la gente aquello que era la política peronista en materia de los deportes. En julio de 1953 Mundo Deportivo

El Gráfico daba cuenta de los torneos Evita, pero la diferencia la brindaba Mundo Deportivo, ya que les otorgaba un giro más político y social.

pondrá en su tapa a Eva Perón, al cumplirse el primer aniversario de su muerte, y en su interior se le hace un homenaje a su obra, llevada adelante a través de su famosa Fundación, en donde se le dio fomento a los clubes barriales y se crearon entidades que sirvieron para estrechar los lazos de una comunidad que desarrollaba una nueva identidad social. También en este mismo año, Perón será elegido para el Anuario que solía sacar la revista. Como dice Víctor Lupo, el peronismo fue el primer gobierno que le dio una faceta social al deporte y que democratizó distintos planos. Uno era la planificación social-deportiva, con los torneos Evita, los certámenes de trabajadores organizados por la CGT, las Olimpíadas universitarias, torneos interinstitucionales y la función de la Confederación Argentina de Deportes, que le dio un impulso muy grande al deporte amateur. La preparación de los atletas de elite, como Delfo Cabrera, ganador de las Olimpíadas del 48, la tenista Mary Terán de Weis o Reinaldo Gorno, quien


estuvo muy cerca en Helsinki 52 de conseguir el oro, pero se encontró con el genial maratonista checoeslovaco Emil Zátopek. Estas dos facetas demostraban que no solamente se usaba al deporte para respaldar a los atletas de elite. También se anhelaba que las bases sociales practicasen el deporte como una manera de inclusión social, y darles a los sectores menos favorecidos esa entidad que necesitaban y que de alguna manera el gobierno peronista transmitía en otras áreas. Mundo Deportivo no era solamente órgano de propaganda; se trataba de dueños y editores consustanciados con el peronismo. Se podría decir que formaban parte de una militancia periodística. La revista quería mostrar que el gobierno peronista también estaba haciendo planes para el deporte y facilitándole a las masas el acceso a los beneficios de salud históricamente vedados. La política del peronismo estaba ligada a la difusión de su obra, y algo de ello se vio en los Juegos Panamericanos de Buenos Aires (1951). Aquella fue la mejor actuación argentina en estos Juegos, superando a Estados Unidos en medallas. Algo inédito, ya que en los Panamericanos nunca los estadounidenses bajaron del primer puesto. En 1951 Argentina superó ampliamente a los norteamericanos. En cuanto a lo periodístico, la cobertura de Mundo Deportivo fue muy importante, como también lo fue la de El Gráfico. Esto demuestra que el deporte estaba en un desarrollo superior a otros países de Latinoamérica. Es innegable que la revista tenía fuerte vinculaciones con el gobierno peronista, y era indudable que respondía a afinidades ideológicas. El paquete accionario es otra cosa. De muchos de ellos se sabe poco y nada. Todo, después del cierre en los 80, ha quedado en la nebulosa. Un libro de Antonio Cafiero explica que cuando se nacionalizaron los Ferrocarriles Argentinos se encontraron documentos que decían que la Editorial Haynes tenía conexiones con los ferrocarriles ingleses, ya que su fundador, Alberto Haynes, era empleado allí. Después llegan las figuras de Nicolini y Aloé, y junto con ellos todo el mito justicialista. Hasta finales de los 40, y con el peronismo, tuvo influencia de gente cercana al movimiento.

La historia empezó a cambiar cuando cayó Perón y se hicieron las famosas comisiones investigadoras que atraparon, entre otros, al mayor Carlos Aloé, en ese momento gobernador de la provincia de Buenos Aires, a quien se le imputaba haber sido testaferro de Perón. A partir de allí, Mundo Deportivo abandonó la tendencia a difundir qué era el deporte desde un sentido social. Llegaban los días de la prohibición a todo lo que tuviese que ver con manifestaciones peronistas. Esas dos etapas están bien marcadas en la revista: una con el peronismo y otra muy distinta después. Desde el punto de vista ideológico, la revista marcó una forma de hacer periodismo y

de transmitir lo que pasaba en el deporte a través de sus páginas. Después del 55, continuó, pero cambiando el perfil ideológico. Eran tiempos en que el peronismo “había quedado en la historia” y fue tomado por muchos como la “tiranía”. Así, no solamente Mundo Deportivo cambió la forma de hacer periodismo y de volcar su tendencia editorial. Casi todos los medios de comunicación hacen lo mismo. Lo que pasó después del 55 forma parte del fin de una época, en la que el pueblo se había hecho presente por primera vez en la historia argentina. Para Mundo Deportivo, pese a que siguió varios años, la Fusiladora marcó el principio de su agonía. Y ya nunca nada sería igual.

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Ya que estamos en el año de mayores cuestionamientos al periodismo argentino, sumamos un aporte al debate nacional. ¿Qué hay de las llamadas operaciones de prensa? Sí, de aquellos momentos en los que el periodista es movido por algún hilo que no vemos. Se puso serio, el hombre. Por SEBASTIÁN WAINRAICH

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ongamos que le dicen Tito y que es el conductor del programa de radio. Tito dice: “nos vamos al móvil en el entrenamiento de Lanús, ahí está el Pelado Suárez... Pelado, ¿qué novedades?” Y el Pelado, que se despertó a la madrugada, que vive en la otra punta del mundo, que se tomó dos colectivos y un tren para llegar al entrenamiento de Lanús, tiene que tener algo para contar. “Lanús hizo físico 45 minutos, después ejercicios con pelota parada y después un picado informal en el que el arquero jugó de delantero, el preparador físico atajó y el volante central hizo de árbitro”. Tito, desde el estudio, no lo escuchó. No le importó. Miró el canal de noticias en la tele, chequeó en su celular algún mensaje de texto, clavó la mirada en el monitor en busca de mails y noticias que hablen de él. Cuando sintió el silencio, imaginó que el Pelado Suárez dejó de hablar, entonces dijo: “¿Algo más, Pelado?”. Y el Pelado descubrió que no tenía más nada para decir, que una vez más, como hacía tres años, se sentía inútil, y una angustia representada en un escalofrío le recorrió el cuerpo. Ocurrió el milagro. “Algo más”, se le ocurrió: “Tito, un alto dirigente de la institución me comentó que hay un importante representante que está interesado en traer al club a un delantero que juega en Europa”. Y el Pelado hizo silencio. Tito supo que el acertijo con aire de chimento era un paso

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obligado para llegar al éxito. Le pidieron un dato más. Y el Pelado se sintió vedette. “Es un delantero que puede jugar por adentro y por afuera”. En el estudio, Tito y sus laderos cerraron los ojos como para imaginar mejor. “Puede jugar por adentro y por afuera”, repitieron a coro. Se escuchó la alarma de las 12 y fueron a las noticias. El Pelado, por primera vez en la historia del programa, se quedó en línea para seguir en el aire después de las noticias. En un auto, en una oficina, en un bar, en un colectivo hubo personas que pensaron cien veces de quién hablaba el Pelado Suárez. ¿Qué delantero podría llegar a Lanús? Un taxista frenó para pensar. Quería descubrirlo. Quería saber. Quería tener esa primicia. Quería decirles a sus compañeros taxistas quién era el delantero, que podía jugar por afuera y por adentro, que traería Lanús. El Pelado, nunca lo develó. Y esa noche, en su celular, recibió un llamado de un alto dirigente de Lanús: “¿Quién te dijo lo del delantero?”. “No te puedo revelar la fuente”, contestó. Un rato más tarde, el alto dirigente llamó a un importante representante: “¿vos querés traer un delantero argentino que juega en Europa y que puede jugar por adentro y por afuera a Lanús?” “No, pero sí te interesa puedo averiguar”. Y al otro día, el delantero recibió el llamado salvador que lo sacó de ese equipo europeo que estaba dispuesto a regalarlo.


Recuerdo del maestro, recuerdo del padre

A los 82 años y tras sufrir una cruel enfermedad que lo fue alejando lenta pero inexorablemente de su hábitat natural, las redacciones, murió Juan De Biase, quien desde Clarín –fue jefe de deportes durante más de 25 años– dejó para la historia un estilo único de hacer periodismo. Por PABLO DE BIASE

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l 13 de junio murió Juan de Biase, mi padre, luego de nueve años de una enfermedad cruel y despiadada. Respecto de su carácter de maestro de periodistas y otros detalles, recomiendo un artículo de Horacio Pagani, en Clarín del lunes 14 de junio (http://www.clarin.com/deportes/Adios-JuanBiase-periodista-talento_0_280172067.html). Para estas líneas, me conminaron a llorar sobre el teclado sin perder la dignidad. Aquí va el intento. Era muy chiquito cuando hice roncha en el jardín de infantes, anunciando que mi papá viajaba a Japón a ver la pelea de Nicolino Locche y Paul Fuji. El único recuerdo no contaminado que conservo de aquel hito fue el tren eléctrico que echaba humo por la locomotora que me trajo al regresar. La alegría por el triunfo de Nicolino la vi varias veces en el video de la coronación, en el que se ve a un pelado de mechas de un abdomen respetable saltando como un loco y abrazándose con Paco Bermúdez. Años después, fui aprendiendo a respetar la belleza del boxeo como arte de defensa personal, tan digno y noble como cualquier nombre repleto de chés, chís y chás. Aprendí que existió algo llamado la escuela mendocina, que un tal Cirilo Gil hizo las delicias del Luna Park de paladar negro mucho antes que Locche, y gocé de la breve primavera que el pobre Gustavo Ballas supo brindarnos. El viejo fue algunas veces un compañero de lujo en el living del deporte. Recuerdo mirar azorado, por la TV, cómo Foreman supuestamente vapuleaba a Mohammed Ali (a quien él, terco como sabía serlo, siempre se obstinó en llamar Cassius Clay) y aún escucho la voz de papá: “En este round, Clay lo pone a Foreman, a mí no me engaña, lo vi pelear demasiadas veces”. Dicho y hecho, el entonces Zaire deliró con esa piña anticipada por Juan de Biase en el living de su casa. Pero en ese mismo living de la calle Pacheco de Melo, y

gracias al fútbol, entendí lo que es amar a un padre. Allí escuché al imparcial periodista de Clarín gritar bien fuerte un gol de un equipo que no era ni la Selección ni River (pasión acallada por los pruritos profesionales de su época, pero que se le desató de muy chico, viendo jugar en la cancha de Palermo a monstruos como Renato Cesarini, Bernabé Ferreyra o Carlos Peucelle). Era enero de 1978, y mi querido Independiente jugaba el partido de vuelta por la final del Nacional 77 contra Talleres de Córdoba (habían empatado 1-1 en Avellaneda el partido de ida). Yo estaba acostado en un sillón, tapado y atiborrado de aspirinas, frente a la tele, gracias al indulto del viejo, ya que tenía más de 39 grados y mamá no quería que me excitara e hiciera saltar por el aire la bolita de mercurio del termómetro. “La veo difícil para ustedes, Pablito”, me dijo. “Esta mañana, Videla comentó por la radio que al país le vendría muy bien un campeón del interior”. Así y todo, a pesar de un lineman que no veía los off sides de los cordobeses, el Beto Outes puso el 1-0. Pero, claro, el árbitro Barreiro también había escuchado la radio. Inventó un penal para que empatara Guerini, a los 15 minutos del segundo tiempo, y convalidó un gol con la mano de Bocanelli que le daba a Videla su campeón del interior, 14 minutos después. Ante las protestas, echó a Galván, Larrosa y Trossero. Eran 8 contra 11, de visitantes y con la dictadura en contra. Pastoriza hizo quedar al equipo en la cancha, metió dos cambios y Bochini, enano mágico que se volvía gigante en las difíciles, le tapó el festejo a la injusticia. La bolita de mercurio se perdió en césped del Barrio Jardín. Mi viejo gritó ese gol conmigo, más fuerte que mi maltrecha garganta, y me abrazó con el alma, como si Pedernera se hubiera llamado Antonio Sastre. Sólo un padre hace esas cosas por un hijo. Hace unos años que lo extraño y unos cuantos días que no paro de llorarlo, aunque sé que vive en la paz de los que lo amamos.

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Hacete el guapo La villa San Petersburgo se ubica en el corazón de La Matanza, la quinta provincia argentina. Todas las semanas se disputa el clásico barrial, que no tiene la difusión marketinera de un Boca-River lleno de japoneses, pero es un partido difícil. Un Caño viajó al interior del fútbol villero, una manera distinta de sentir el fútbol. Por JUAN DIEGO BRITOS Fotos ALEJANDRO KIRCHUK


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l sol pega como Alí antes de negarse a combatir en Vietnam, y los ojos de los jugadores lo dicen todo: la noche ha sido dura. Las pupilas se muestran irritadas, como si alguien hubiese apagado un pucho en ellas. Uno a uno, los players comienzan a cambiarse mientras Fino saluda desde un sillón que pide a gritos el cambio: “sentate, no pasa nada, está todo piola”, dice, mientras se acaricia el generoso abdomen. La cancha de la villa San Petersburgo, en Isidro Casanova, está ubicada sobre las vías del ferrocarril Belgrano sur, al toque de la estación Villegas, donde cada día muchas personas se bajan del tren y cruzan la avenida Crovara para ir a pegar pasta base a Puerta de Hierro. A un costado del campo de juego se encuentra el cementerio, donde descansan los muertos del barrio, la mayoría caídos en enfrentamientos con la Policía o alcanzados por las venganzas que regalan las cuentas pendientes. Los jugadores lucen en su mayoría el mismo corte de pelo: máquina al ras a los costados, claritos sobre el techo de la cabeza. Cuesta diferenciar a unos de los otros, los pibes llegan en motos que llenan de ruido la tarde. Los ojos están en guardia; de chicos aprendieron a no dormir en ningún momento, algo vital para sobrevivir. Por doquier se ven zapatillas deportivas y camisetas del Manchester, la Juve y

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la Selección argentina. Todas originales, como los pantalones amplios y los relojes de lujo que se exhiben con orgullo. Entre todos pinta uno con la casaca de Almirante Brown. Es Silvio, que es igual a sus dos hermanos y corre como Clemente Rodríguez. ¿Quién dijo que hacen falta laterales en Argentina? Silvio gambetea a uno, a dos y va de un área a otra sin cansarse. “Debe ser brasilero el hijo de puta”, pienso cuando lo veo ir y venir gambeteando rivales. Silvio la rompe. Tres jugadores lucen el mismo tatuaje a la altura del antebrazo. Las letras dicen “Viru”. Ése era el apodo de Maximiliano, que tenía 18 años cuando la Federal lo mató en Versalles tras un intenso tiroteo. Ahora Viru mira desde el otro lado del paredón del cementerio, donde sus restos fueron despedidos con tiros al aire. Julia, su madre, dice que era especial, que nunca le pidió nada, ni cuando estuvo en cana en los institutos de menores. “Hasta se pagó el velorio”, explica con el celeste de sus ojos a punto de quebrarse.

JUGADORES CON OFICIO Gol de los pibes del fondo, los que manejan actualmente la villa. Toti no sabe leer ni escribir pero te desarma un auto en cinco minutos. Tiene 23 años y corre a trabar con la cara y las manos llenas de grasa. Un rato antes estuvo cortan-

do un Peugeot 406 que un desprevenido ahora denuncia por hurto. “La otra vez se lo llevaron en cana y cuando la gente del barrio llevó la comida, se comió la de todos los que estaban adentro. Cuando salió dijo que las empanadas y el sándwich de milanesa que la Policía le había dado estaban riquísimos, se pensaba que era el catering de la comisaría”, cuenta Fino cagándose de la risa. Toti tiene la dentadura con dos jugadores menos, pero igual abre la boca para mostrar su felicidad. La versión villera del joven manos de tijeras no tiene documentos, como muchos en el barrio. En la villa lo que faltan son buenas dentaduras y documentos de identidad. Entre tantas cosas. El calor es el verdugo de las piernas de los jugadores, que comienzan a sentir el cansancio. Empatan los de adelante por un error de Vera, el arquero entrado en kilos y canas. La pelota pasa por donde debiera haber una mano y todos le recriminan la acción. Entre ellos su hijo, Martín, que lleva el tatuaje de sus hermanos Aguja y Tonca, ambos fallecidos. El partido se vuelve lento, y Paco pone el dos a uno a favor de los del fondo, aprovechando la distracción de los rivales. Paco se parece a Jairo Patiño, el colombiano fiaca que trajo Newell´s hace un par de años. Juega de nueve y no baja. Para eso está Silvio, que tiene un cohete en el culo pero que no puede tapar los agujeros que dejan Martín y Pecas, el hermano más chico de Viru. Pecas se hace escuchar hasta el hartazgo. Su apodo se lo ganó por las cientos de pequeñas manchas que adornan sus mejillas. Anda en moto todo el día, una manía que repiten todos sus amigos. Por su alias, Pecas se comió un garrón hace dos años. Un matrimonio de abogados de San Justo perdió 80 lucas verdes una tarde a manos de Chuna y el otro Pecas, también huésped del cementerio de Villegas. Por su parte, Chuna está preso en Bolívar por un robo en Haedo. Tiene 18 años y, como tantos otros, no terminó la primaria. La escuela en la villa es otra, y las lecciones se aprenden a los golpes. La mayoría de estos pibes son expertos choreando casas, gracias al método que ideó años atrás El loco Lucas. La ope-


ratoria es fácil: con una tarjeta de plástico burlan el pestillo de la puerta, y una vez adentro buscan objetos de valor, dinero en efectivos y artefactos electrónicos. “Lo que los pierde a los pibes son los berretines de chorro. Se toman un par de pastillas y fue, no tienen límites”, explica un veterano retirado de la historia de salir a meter caño para conseguir cosas ajenas.

FINAL DEL JUEGO Otra vez se equivoca Vera, y el partido termina dos a dos. La tarde se marcha a otra parte y una botella transita la ronda de mano en mano. Llega Chichi con la camiseta del Chelsea que le llega hasta las rodillas, huesudas y percudidas por la pasta base. Tiembla y no hace frío. Pide una seca y saluda a Fino, con quien pasó largas noches fumando paco en Puerta de Hierro. Tiene 16 años y parece de nueve.

“La falopa no lo deja desarrollar”, advierte su antiguo compañero de trances nocturnos. Fuma como si le tuviera bronca al cigarrillo y estrecha las manos de todos agitando la escena. Chichi cuenta que a su hermano Marito lo mató un transa en noviembre del año pasado. Le pegó cuatro tiros y lo pasó al otro lado del paredón que bordea la cancha. En su espalda se lee el apellido de Drogba, que no debe tener la más puta idea de donde queda este balurdo. Chichi no para de hablar y rememora los viejos tiempos, cuando con Fino iban con una metra en la mano y dos nueves en la cintura a reventar la casa donde sabían que había droga. “A esos giles les re cabía, ¿no, ñato?”, pregunta antes de despedirse. Todos ríen al escuchar la anécdota, nadie cuestiona. En la villa, el silencio es buen consejero.

Toti no sabe leer ni escribir, pero te desarma un auto en cinco minutos. Tiene 23 años y corre a trabar con la cara y las manos llenas de grasa.


PICADO

Pepe Floresta, un guapo en camiseta

Equipo humilde, técnico humilde. Ha llegado la hora de All Boys en Primera. ¿Y quién será el entrenador del Albo? Pues nada menos que un ex jugador y preceptor que lleva tres años al frente del equipo. Rareza del fútbol argentino que merece ser presentada. Por ALFREDO SAINZ

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uando en los primeros días de agosto All Boys vuelva a Primera después de treinta años de recorrer el ascenso, los hinchas del Blanco y Negro no serán los únicos que se sentirán un poco raros por el cambio que significa pasar, en apenas dos temporadas, de recorrer las canchas de Flandria, Talleres de Remedios de Escalada y Brown de Adrogué a visitar el Monumental y la Bombonera. Como sucede desde hace tres años y medio, en el banco de suplentes estará sentado José Pepe Romero, una leyenda del club de Floresta, que representa un atípico caso de supervivencia en la que, seguramente, es una de las profesiones más inestables del mundo: DT en el fútbol argentino. Romero dirige en forma ininterrumpida este equipo desde abril de 2007, lo que implica lo más parecido al modelo Ferguson –que lleva más de 20 años en el Manchester United– que se puede conseguir en el fútbol local. Después de una corta carrera como jugador profesional en All Boys (figura del equipo que logró el primer ascenso a Primera del club, en 1972), Temperley, Almagro y Almirante Brown, Romero se había retirado del fútbol a fines de los 70 por una hernia de disco mal curada. El retiro fue acompañado por el curso de DT, los primeros trabajos en las inferiores del club y un fugaz paso por la Primera del Albo en 2005, cuando se hizo cargo del equipo como DT interino. Sin embargo, la hora de la verdad para el Pepe llegó en abril de 2007, cuando volvió a dirigir la Primera en reemplazo de Néstor Coqui Ferraresi. All Boys deambulaba en la mitad de tabla del torneo de Primera B y la tarea de clasificar para el Reducido con el tercer peor promedio del Nacional B se presentaba como una misión más difícil que escuchar el grito de un compañero en una cancha sudafricana. En ese momento, Romero tomó la decisión más difícil de su vida: renunciar

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a la seguridad de su trabajo para dedicarse full-time al fútbol. Hasta entonces su vida pasaba entre las inferiores de All Boys y el ingreso mucho más seguro que significaba su puesto como preceptor en una escuela de Caseros. De entrada, los resultados ayudaron. En su primera temporada, All Boys se clasificó para el Reducido, dando vuelta un partido contra Morón en el que iba a perdiendo 1 a 0 hasta el minuto 45 del segundo tiempo. Al otro año, salió campeón de Primera B, con quince puntos de ventaja sobre el segundo y desplegando lo más parecido al jogo bonito que se vio alguna vez en campos de juego como los de Deportivo Armenio o Central Córdoba. Y después de una primera temporada de asentamiento en el Nacional B, este año llegó el ascenso a Primera División con el triunfo 3 a 0 ante Central, en el Gigante de Arroyito. El caso de Romero, además, es atípico no solo por la permanencia en el cargo, sino también por el llamativo perfil bajo con el que se maneja. Salvando las enormes distancias de difusión y popularidad que implica la TV abierta, el mundo del Ascenso también sabe de celebrities a escala sabatina. A fuerza de declaraciones explosivas y posturas demagógicas, más de un DT logra un grado de repercusión en los medios mucho mayor que el que se podría esperar a partir de sus resultados en las canchas. Con su andar tranquilo y su sempiterna mano en la pera, el Pepe Romero está a años luz del modelo Caruso Lombardi, lo que termina siendo visto como un defecto para más de un hincha. Cuando las cosas iban mal –All Boys tuvo una racha de cinco derrotas consecutivas en su primer año en la B Nacional–, en las tribunas se multiplicaban las críticas, reclamando al banco de suplentes un mayor histrionismo. Como si alguna vez los gritos del Cholo Simeone o el Tolo Gallego en la línea de cal hubieran servido para dar vuelta un partido.


PICADO

Tanta gloria, tanto ascenso

Quilmes consiguió su octavo ascenso a Primera División y se transformó en el club del fútbol argentino con más retornos a la máxima categoría. Con el regreso a Primera logrado por su segundo puesto en la B Nacional, el Cervecero logró otro record: ser el club más antiguo que jugará en la división mayor. Por FABIAN INDUTI

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l 27 de noviembre de 1887 nació el Quilmes Rovers Athletic Club, denominación que cambió en 1897 a Quilmes Cricket Club. Tres años después se eligió el nombre de Quilmes Athletic Club, luego castellanizado en 1950, con un regreso parcial al nombre inglés entre el 55 y el 73, para finalmente, en este último año, denominar al club con más ascensos a Primera (49, 61, 65, 75. 81, 90/91, 02/03 y 10/11) como Quilmes Atlético Club. Sin dudas, el Metropolitano del 78 es la máxima conquista de esta institución. Fue la única vez en Primera que el Cervecero pudo gritar campeón. “La primera vez”, puntualizan desde el club, con comprensible optimismo. “Como jugador fue uno de los logros más grandes que tuve. El grupo era bárbaro y por eso se alcanzó el objetivo”, confesó Tocalli, actual DT de Quilmes y arquero de aquel brillante equipo y del que había obtenido el ascenso en 1975, en charla con Un Caño. En 1949, cuando transitaba por la segunda división, se impuso cómodamente a Colón en la tabla general y volvió a la elite del profesionalismo. Era el primer ascenso (estuvo en Primera entre 1931 y 1937, en los cuatro años que duró la Liga Argentina de Football, y dos más en la reunificada AFA). Ese equipo marcó 118 goles y su delantera fue bautizada “la bomba Q”. El primer regreso a Primera no fue duradero. En 1951 el club descendió y debió aguardar una década para volver a ubicarse entre los mejores. El torneo de 1961, de la entonces Primera B, le fue otorgado a Quilmes, pese a que Newell’s había terminado primero, luego de una investigación de la AFA que comprobó que los rosarinos habían incentivado a Excursionistas. La alegría duró poco. Al año siguiente el descenso fue inevitable. En 1965 la situación fue distinta. Quilmes fue subcampeón de la B por detrás de Colón, y obtuvo el tercer ascenso a Primera. El Nacional 69 fue un buen torneo para el Cervecero, pero un año más tarde el pésimo manejo dirigencial desembocó en una huelga del plantel, y el retorno a la B fue inmediato. El grupo que formó An-

tonio D’Accorso para 1975 fue contundente a la hora de pelear por una plaza en Primera. Junto al subcampeón, San Telmo, el Cervecero retornó a la máxima categoría dando cátedra y superando ampliamente a sus perseguidores. Aquel plantel tuvo figuras destacadas como el defensor Horacio Milozzi, Rodolfo Fuccenecco y Omar el Indio Gómez, pionero en usar botines blancos. En 1980, una mala campaña en el torneo local sentenció nuevamente al descenso al club del sur. De todos modos, una buena temporada en la B le bastó para subir por quinta vez en su historia: segundo en el torneo por debajo de Nueva Chicago. Desafortunadamente, en 1982 retornó al fútbol de Ascenso después de un año (1982) contradictorio. Había sido subcampeón de Ferro en el Nacional 82, que se jugó antes del Metro, torneo en el que hizo una pésima campaña y descendió luego de un desempate con Unión. En 1990/91 ganó el torneo Nacional B y jugó en Primera durante la temporada 92/93, pero se ubicó en el último lugar y volvió al Nacional B. El pueblo cervecero debió aguantar más de diez años para cruzarse nuevamente con los grandes del fútbol argentino. El tan ansiado regreso a Primera se dio con la victoria ante Argentinos Juniors, por el segundo ascenso en el torneo 2002/03, tras haber perdido tres chances consecutivas de subir en las temporadas 99/00 y 00/01. El técnico era Gustavo Alfaro, y jugadores como Agustín Alayes, Rodrigo Chapu Braña y el arquero Marcelo Elizaga fueron los pilares fundamentales de un equipo que jugaba muy bien al fútbol. “Es una satisfacción enorme haber devuelto a un club tan grande como Quilmes a donde se merece estar. Cuando acepté el cargo sabía lo que agarraba y por suerte salió todo como queríamos”, confesó Jorge Vitrola Ghiso, el DT que recientemente le devolvió al club la plaza en Primera que había perdido en 2007. “Necesitamos muchos refuerzos porque el plantel quedó desmantelado, pero confío ciegamente en mi grupo de trabajo. Vamos a hacer todo lo posible por dejar a Quilmes donde debe estar”, señaló Tocalli, de cara al Apertura que se viene.

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s a b r e y s a r t O

Dos milagros

Se estrena una película rumana y es muy buena. Policía, adjetivo (Police, adjective, 2009), de Corneliu Porumboiu. Con Dragos Bucur, Vlad Ivanov, Ion Stoica e Irina Sailescu. Rumania, 115.’ Por DAMIÁN DAMORE

Policía: Adjetivo, el mejor título que entregó la competencia internacional del BAFICI este año –merecedora de obtener el galardón que al final se llevó la mexicana Alamar–, trajo de nuevo a escena el cine del rumano Cornelio Porumboiu, el director de la disparatada Bucarest 12:08 (2005). Ese film fue premiado con la Cámara de Oro en Cannes por aquel entonces. Recreaba con ironía la cobertura que la televisión rumana le dedicó a la caída del dictador Nicolae Ceauşescu, al frente del país al cabo de casi veinticinco años. En su nuevo opus también sondea con humor el legado del totalitarismo. Cristi (Dragos Bucur) es un joven policía que tiene como tarea diaria seguir a un adolescente que fuma marihuana. Ese eslabón es el inicio de lo que la policía llama procedimiento para llegar al dealer, pero en el complejo camino por detener al pez más gordo, siempre esquivo, su jefe insiste en cortar la cadena por lo más fino y meter preso lo antes posible al consumidor. Dicho de manera más brutal, o dicho de faso, quiere meter en cana a alguien porque es parte del trabajo. Los policías del film son policías de oficina –no hay vehículos haciendo chillar las gomas o escenas de acción a los tiros–, y la historia se enfoca en el trabajo de inteligencia de Cristi, largas tardes esperando que suceda algo que engrose su informe. Los rituales que acompañan su trabajo –comprarse un té, mirar quién sale de una casa o encontrarse con el soplón que le da información clave– marcan la cadencia de la primera parte del film. Cristi se va planteando poco a poco sus contradicciones y le dicta a su superior que para él la detención del joven no tiene sentido. “Pero vos sos policía, consumir está penado por la ley y detenerlos es nuestro trabajo. O hacés ese trabajo o 80 UN CAÑO | JULIO 2010

te equivocaste de empleo”, argumenta su jefe para que Cristi avance de una buena vez con lo que se empeña en trabar por propia convicción. Cristi escudriña en los recovecos del código para plantear su conflicto personal con el caso y disociar su pensamiento de la talla de la ley; en cambio, la respuesta de su jefe es apelar al diccionario para mostrarle qué significa la palabra policía y socavar su lógica. Porumboiu dispone del personaje de Cristi como el centro de la idea de su puesta en escena. En esos diálogos tan absurdos –que van desde la burocracia a la moral– va girando la fuerza de la película. Y en su ida y vuelta, que involucra a los avatares de la ley, la institución y la autoridad, Cristi se niega a sumar a un compañero a jugar fútbol-tenis porque dice que es malo jugando al fútbol, y que si es malo ahí, no hay posibilidad de que juegue bien al fútbol-tenis. Acá Poromboiu invierte el lugar del protagonista, que ahora le factura la marginación a su compañero con el peso de la ley. Es cierto: no está escrita, pero para él eso es una ley.


La Boutique, un poema de Vicente Luy Me enamoré de un jujeño: José Daniel Valencia. Un prestidigitador, según Menotti. Pero, medio cagón. Jugaba sólo acá, de local. Y en la Selección lo dejaba llegar a Olguín hasta la mitad de cancha y, siendo 10, no se la pedía. Se tiene o no se tiene. Fracasó en el 78, y también en el 82, Mundial al que Diego pidió explícitamente que lo llevaran. Luego trabajó en Bolivia y ahora está de nuevo en Córdoba dándole una mano al sumergido Talleres. Una noche, contra Chaco For Ever tiró una pared con Alderete y cuando le quedó para pegarle, amagó y el arquero y 3 de sus amigos comieron pasto. Él la cambió de pierna y, desde el punto del penal, le pegó despacito y la mandó afuera. Casi me tiro de la tribuna. Verlo era entrar en éxtasis. Encima, escuchaba Pescado y tomaba whisky a las 5 de la tarde, en el bar del club. Yo, hasta entonces, había sido hincha de Belgrano. Corría el 77 vivía a 5 cuadras, e iba a los entrenamientos. El Hacha Ludueña, el maestro Galván, que rea maestro de verdad,

Juan Domingo Patricio Cabrera, el Chacho tucumano, que venía de Salta. Todos eran del interior. ¡Qué equipo, papá! Nos arruinó Independiente aquella noche. Con 8; nos cobraron un penal a favor que fue y el 2do Bocanelli lo metió con la mano. Se armó kilombo y echaron a 3. Los otros se querían ir, pero Pastoriza los paró. En el 1er tiempo el Bocha tiró un caño. ¡OOOLE!, grité. Me amenazaron. Y al final, cuando puteaban y yo les dije que los nuestros habían hecho lo posible terminaron expulsándome de la tubular. El barrio, las calles, estaban todas pintadas de azul y blanco. Y hasta el árbitro estaba comprado. Le pusieron un Fiat 600. Y el tipo cumplió; hizo su parte. Pero ni así pudimos ganar. Luego de aplaudir a los jugadores del Rojo volví a casa, llorando. Vicente Luy nació en Córdoba en 1961. Publicó, entre otros, No le pidan peras a Cuper (2003), La sexualidad de Gabriela Sabatini (2006), ¡Qué campo ni campo! (2008) y la antología Poesía popular argentina (2009), que compila poemas de todos sus libros.

Gil Scott-Heron: regreso con gloria Por ALEJANDRO LINGENTI

¡Qué regreso! El retorno al ruedo de Gil Scott-Heron –nacido en Chicago, 61 años de vida y unos cuantos de ellos en la cárcel, luego de serios inconvenientes con la cocaína– es una gran noticia. Leyenda viva de la música negra, rey del spoken word, poeta urbano considerado como uno de los padres del hip hop, Scott-Heron grabó a lo largo de una carrera que arrancó en 1970 más de una docena de discos, pero hacía dieciséis años que no pisaba un estudio (su último disco hasta este momento era Spirits, de 1994, donde profundizaba su relación con el jazz; y ese álbum había sido grabado luego de otros doce años de inactividad). Así como Rick Rubin resucitó al gran Johnny Cash en el último tramo de su carrera –y repitió luego con Neil Diamond–, Richard Russell, dueño de XL Recordings, el sello que hoy edita a artistas que están en la

cresta de la ola, como Vampire Weekend, M.I.A. y The White Stripes, se ha encargado de poner en ruta de nuevo a este viejo lobo de la música negra. Y lo cierto es que la apuesta le salió perfecta: I’m New Here es un disco breve, conciso y brillante: son apenas 30 minutos en los que Scott-Heron recupera una de las tantas grandes canciones de Robert Johnson, una leyenda del blues, inyectándole una sabrosa dosis de dub (con Damon Albarn, ex Blur y actual Gorillaz, haciendo un módico aporte en teclados), exhibe su alma de bluesman en el tema que titula el álbum, una canción que Bill Calahann, de Smog, parece haber escrito especialmente para Gil, y sorprende con New York Is Killing Me, reinvención de un tema de John Lee Hooker apoyada en una base de palmas y un celestial coro de gospel. Que no se corte. JULIO 2010 | UN CAÑO 81


Sudáfrica bien vale una misa (obscena) Cuando en la sobremesa de los martes el alcohol no es opción, el exceso de bebidas pletóricas de sodio, potasio y cafeína puede llevar a la lucidez extrema de un Balzac, o a la interpretación paranoica del personaje más bobo de Capusotto. Una de esas noches nació esta lectura conspirativa que une Mayo del 68 con Los Matadores del mismo año y las tijeras y el spray de una peluquería emblemática. ¿Delirio o visión profética de nuestro cronista más demente? Por PABLO DE BIASE

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l Mayo francés, aquella locura estudiantil que empezó por rebelarse contra la instalación de un gimnasio en una universidad parisina y terminó pariendo a la fauna más extraña y variopinta de publicistas, ecologistas y escultores maximalistas, fue el culpable “ideológico” de una conspiración más modesta, urdida por dos ex futbolistas (también ¿ex? DT), un peluquero de la farándula conocido por su pasión por las vuvuzelas auriazules y un núcleo duro de publicistas, cultores del cinismo y de los desplazamientos semánticos y semiológicos más crueles y obscenos. Cuando un movimiento de masas como fue la revuelta estudiantil que sacudió París hace cuarenta y dos años se propuso la toma del poder no por parte de un actor social (la clase obrera, el movimiento estudiantil, la juventud radicalizada, las mujeres organizadas), sino de un concepto tan abstracto como la imaginación, les abrió la puerta a los usos más burgueses y reaccionarios de esa fuerza arrolladora que ahogó sus potencialidades en banalidades. Y así como Dany el Rojo, “líder” de esa revolución sin líderes, es hoy un eurodiputado que humilla con sus discursos a los vergonzantes socialdemócratas que pretenden venderles armas a los griegos con el fruto del ajuste descarado que les proponen y obligan a realizar, Mostaza, el Bambi y Roberto son sobrinos no deseados de aquel movimiento. Probablemente, también inconscientes de tan extraño parentesco. Quienes sí son más conscientes de la herencia de Mayo son los publicitarios, que encontraron en aquella locura de masas sin dirección, la legitimación requerida para cagarse en los pruritos formales que constreñían su ámbito profesional. Y así, de la modosa Doris Day como icono publicitario, formal y cortés, de los avisos de los años 50 y 60, pasaron a desvestir a Doris Day (todas las Doris Day de las farándulas del mundo), hacerla participar en orgías o mostrarla sumisa y caliente, con el ojo abollado por una piña masculina, con tal de vender alcohol barato o cigarrillos. O, ya en la primera década de este siglo, promociones de distintos productos, señales de cable monopólicas y marcas variadas,

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para viajar a Sudáfrica a alentar al equipo de Diego. En una conspiración silenciosa, probablemente urdida en un salón de la cadena de peluquerías de Roberto Giordano, donde el Bambi y Mostaza colorean y les dan volumen a sus crestas, un par de creativos publicitarios tentó al trío para convertir sus vergüenzas en billetes. Mostaza, pobre, sólo mancilló su más preciado logro (que hubiera envidiado el alquimista más notorio), cual fue sacar campeón a Racing luego de treinta y cinco años, con dirigentes que debieron colgarse del helicóptero en el que huía el ex presidente De la Rúa, bromeando con la estatua que le erigieran en su momento los sufridos hinchas académicos. Giordano y Veira, en cambio, se prestaron gozosos a que su dolor y su vergüenza fueran mercancías obscenas, en un desplazamiento semántico y semiótico de envergadura (la envergadura fue siempre para ellos, reconozcámoslo, un problema difícil de resolver). Giordano, víctima de la violencia salvaje de una horda riverplatense que casi lo mata, en tiempos del menemismo, permitió que el locutor en off legitimara este hecho condenable, alentando elípticamente a golpearlo o tolerarlo, al menos, ya que gracias a su condición de hincha “no legítimo” (vaya uno a saber por qué son más legítimos los que lo golpearon), el público consumidor podía ganar un viaje al Mundial. Veira, también en tiempos del menemismo (cuyo máximo jeque le conmutó una condena judicial), fue condenado a prisión efectiva por intento de violación y abuso de un menor, aplaudido por la hinchada de San Lorenzo. La publicidad de la empresa monopólica de cable tuvo el buen gusto de cambiar la imagen de un niño por la de un ciervito. Así, en un caso, vemos un desplazamiento poco sutil del hospital y la morgue judicial a los billetes de avión y de banco; en el otro, de la pedofilia a la zoofilia. Y todo porque, hace cuarenta y dos años, unos pendejos franceses vieron en la construcción de un gimnasio de complementos y una cancha de fútbol un símbolo intolerable de la opresión católico-fascista contra la libertad sexual.


Revista Un Caño - Número 27 - Julio 2010  

Otra vez soja - La Messidependencia en la depresión post Mundial 2010.

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