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Núm.

5.3


Revista Traspatio

revistatraspatio.tumblr.com

traspatiorevista@gmail.com

@RevisTraspatio

Revista de literatura independiente.


contenido Con manzanas/página02 Eduardo Sabugal El camino/página05 Sol H. Castañeda El bofetón añejo/página07 Edwin Figueroa-Acevedo En nombre de la justicia/página08 Nélida González de Tapia Juramento/página09 Miguel Antonio Lupián Soto Cualquiera puede ser ese chico/página11 Bernardo Monroy Filtro de información/página14 Florentino Solano Aventura mortal/página16 Dante Vázquez

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s a n a z n Con ma Eduardo Sabugal

Sacarás fotografías de tus pies en una tarde de aburrimiento, comprarás libros en

un aeropuerto, tendrás dolores de parto y de bienvenidas, te pondrás un piercing. Te sentarás ahí, en esa banca, sin mí. Dormirás ovillada entre tu ropa sucia, viajarás en tren, mirarás los peines de Chillida y otras fuentes de la inopia en otras ciudades, harás muecas cómicas en un espejo en un hotel barroco, perderás peso. Perderás anillos, y un lente entre las sábanas. Mirarás por la ventana empañada desde lo alto de un edificio, comerás ciruelas lentamente apoyada en un barandal de piedra, dibujarás gatos en una servilleta, me habrás olvidado, lo sé. Adquirirás nuevos hábitos, te dejará de gustar el flamenco, tendrás tu nueva laptop Apple. Dirás apodos cariñosos a otro hombre, comerás pan horneado y tomarás vino con él. Lo esperarás en un aeropuerto, se tomarán de las manos, inventarán cosas cursis para comunicarse. Aquí, en este bunker de piel y dendritas, ya sólo queda una última estrategia. Sólo queda mirar, como evn este instante, esta gasolinera desierta, sin nada y sin nadie, sintiendo el frío en la espalda como una enfermedad. Mirar el oxxo, el logotipo de PEMEX, las bombas de gasolina, la luz verdosa iluminando el piso manchado de aceite, escenario contemporáneo a fuerza de mirarlo y mirarlo. El olor a gasolina es penetrante, como tu última mirada, un cerillo bien puesto pondría todo en llamas. Recuerdo aquello del chispazo y la pradera, viejos tiempos incendiarios. Ahora, aquí, sólo quedan estas canas en el espejo, y dejarse ir. Mirar este asfalto, pensar en la cama destendida en el motel, el canal porno en la TV, las manzanas mordisqueadas sobre el buró y la alfombra. Las últimas instantáneas de algo bello. Postales que tú ya no verás. La estrategia del envenenamiento a partir de la memoria, recordarte milimétricamente, recordar lugares precisos, el color de las puertas, los pasos que había entre la cama y el baño, la textura de las cortinas, de un pantalón. Reconstruir escenas de sexo y de rabia, de amor y redención. Tus 02


ojos, tu sonrisa, tus aretes de plata, una hamaca, una taza de té, los movimientos mecánicos, el espejo, los nombres, las canciones. Recordarlo todo como quien ingiere veneno para ratas. Rastrearte, verte con él, saberte con él, poco a poco. Mi memoria será una especie de mitridatismo con sabor a manzana. El frío aquí afuera es criminal. Hay que pagar, subirse a la cabina del camión, salir de la gasolinera, regresar al motel. Circulo por carreteras que no conozco, a miles de kilómetros de ti. No encuentro como activar la calefacción del camión, debe estar descompuesta. Enciendo la radio. Hablan de un asalto en la glorieta que está en el tramo de la Puerta del Tiempo. Un camión cargado con 24 toneladas de manzana. Subo el volumen. La voz que sale de la radio da las señas del camión, un Keenworth rojo, placas 977 VMC. Los asaltantes esperaron a que el conductor bajara la velocidad en la glorieta para encañonarlo y obligarlo a bajar. Al no obedecer le han disparado en la cabezvvva. Que estupidez, piensan que fuimos varios, piensan que estoy armado. Pienso que el tipo de la gasolinera me puede denunciar, en el motel también me han visto. El empleado del oxxo me preguntó si quería matar ratas o ratones, miró curioso el bote de veneno. Es imposible no ser visto con un camión así y 24 toneladas del fruto prohibido, arrastrándose ruidosamente sobre el asfalto. A estas horas, todos en Parral deben de saber del dichoso asalto. Llego al cuarto, la televisión se quedó encendida, escucho gemidos falsos de una actriz porno, piso los restos de una manzana, que se hace puré contra la alfombra, aún manchada de sangre. Me tumbo en la cama, saco una pequeña libreta negra de mi pantalón, comienzo a escribir, no sé muy bien para qué, pues sé que ya estoy donado al olvido. Te imagino diciéndome te entrego al olvido, te entrego el olvido. Escribo que estoy solo, que abrí la puerta del camión sin problemas, trepado en el estribo, que amenacé con un desarmador al chofer, que fue él quien sacó una pistola, que yo se la quité, que le disparé casi sin querer, que sólo me comí una pequeña parte del cargamento.

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¿Cuánto tiempo pasará para que alguien lea esto que escribo? ¿Cuánto tiempo antes de que descubran el cadáver de ese pobre diablo en el baño? ¿Es mejor ir a la cárcel por robar un camión con toneladas de fruta que morir aquí, recordando? Quizá alguien, por ejemplo tú, comprenda esto en el 2050. Sé que llegarán aquí los pinches policías. Verán el camión rojo estacionado junto al letrero del motel, se desplegarán como si fueran a combatir contra un ejército entero, harán maniobras como si en el cuarto del motel hubiera cientos de hombres armados y no un simple hombre envenenado, desnudo, comiendo manzanas, mirando porno, recostado casi inerte sobre la cama. Romperán la chapa de la puerta, entrarán al cuarto y me encontrarán desnudo como una rata, muerto. Luego revisarán el cuarto de baño, ahí encontrarán otro cadáver, con un balazo en la cabeza. Mientras tanto seguiré comiendo manzanas, como si fueran de tu cosecha, y miraré este cuento incompleto como yo, que no alcanzaré a terminar de escribir, esta hoja en la libreta negra que parece una confesión. Quizá alcance a comprender que todo estaba mal, que todo estaba ya descompuesto como la calefacción del camión. Quizá sienta pena por el pobre diablo al que le disparé, o quizá lo desprecie aún más, por intentar defender 24 toneladas de nada, de algo que no era ni siquiera suyo, quizá le vuelva a disparar en mi delirio o en otra vida. Seguro sentiré ardor en los párpados, en el estómago, en todo el cuerpo. Todo será este saber que uno mata y se muere en el otro, todo será saber que nos morimos.

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EL CAMINO SOL H. CASTAÑEDA

El fresco olor a lluvia inunda los espacios hediondos, las personas se aglutinan en

el microbús; apretones e intercambio de olores se hacen presentes. Niños llorando, mujeres de pie y hombres atentos a los senos viéndolos cada vez que el “precavido” chofer pasa por algún bache. El reloj apenas marca las diez de la noche, ese camión aglutinado paulatinamente se va vaciando conforme cada persona va llegando a su destino en algún barrio lejano del centro de la ciudad. Aquél microbús percudido se va alejando cada vez más del corazón de la ciudad, adentrándose a la inmundicia y el olvido. Algunos pasajeros miran esos lugares con cansancio, hastío y hasta con repulsión, deseando que ese no fuera más que un trayecto que es necesario recorrer.v En aquella ruta, viaja una joven de unos escasos veinticuatro años, su delgado cuerpo es cubierto por un uniforme descolorido y un par de zapatos desgastados que cubren sus pies cansados, sus ojos denotan cansancio después de la agotadora jornada de trabajo de ese día. Suavemente va cerrando los ojos, de vez en vez despierta, abraza su bolso y mira a través de la ventana para reconocer el camino. Mientras tanto el chofer da una ojeada a través del retrovisor para saber cuántas personas aún aguardan en aquél microbús. El camino se torna tedioso y a la vez conocido. Unas cuantas luces alumbran las calles abandonadas por los transeúntes, la tenue luz de la lúgubre luna hace su aparición dejando notar el deterioro de las casas aledañas. Una pareja entre besos y abrazos acalorados pide le bajen en la siguiente parada. Mientras que la infortunada joven despierta de su deleitable somnolencia. Gira la cabeza y mira alrededor suyo, se percata que sólo queda un pasajero, sin incluir al chofer. El acompañante es un grotesco señor de unos cincuenta años, trae puesta una gabardina negra percudida, de la cual se desprende un desagradable aroma. De repente un frío glaciar inunda el cuerpo imberbe y delicado de la desventurada. Justo detrás de ella se encuentra el horripilante hombre de mirada perturbadora. Sólo faltan unas pocas calles para que por fin llegue a su destino y así librarse de ese insoportable olor que inunda sus entrañas. 05


Aquella joven pide la parada unas cuadras antes de llegar a tan anhelante destino, el chofer hace caso omiso a la petición y sigue de largo. El hombre voltea a verla triunfante y extasiado de encontrarla desprotegida, ella esta horrorizada e inmóvil pues será una victima más del cruel abuso e injusticia. A penas han pasado unos cuantos segundo sin embargo se han convertido en una eternidad. Lentamente el vil seductor va acercándose al cuerpo paralizado de la desgraciada. Alrededor de las calles la nada se hace presente, el temor se apodera paulatinamente de la joven. Sin embargo un descuido del chofer puede salvarla del ultraje. Ella se percata que la puerta trasera esta abierta, sin vigilancia. Antes que el infeliz haga algo, logra darle una patada y sin más corre a la parte trasera de ese microbús infame. El colectivo sigue su marcha, sin rumbo fijo, mientras aquel tipo se incorpora rápidamente. Risas estrepitosas inundan el interior. Antes que el malhechor logre atrapar a la victima esta salta instintivamente, arrojándose fuera de ese infortunado lugar. El asombro inunda los rostros horrendos de los victimarios, el crujido del motor se escucha fuertemente y la huida es más que previsible. La joven yace a la deriva, sin más refugio y amparo que la sombría noche, alejada de su camino y llevada al infortunio de la violencia callejera.

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O J E Ñ A N Ó T E F O B EL t

Edwin Figueroa Acevedo

Agarraditos de manos, mi papi y yo, íbamos caminando por la acera de la calle

Asunción y en la otra acera estaba en uno banquito de madera una mujer sentadita con las piernitas cruzadas. Una mujer hermosísima, con su trajecito rojo, su pelo serpentinado y sus ojitos como platos. Se encontraba tomándose un café, se veía el humo salir por el vaso de cartón. De manera fugaz y veloz mi papi me soltó mi manita y cruzó la calle. Iba en dirección de aquella mujer. Lo que mis ojitos vieron fue so terrible. Mi papá agarró su café y se lo derramó en sus bubbies. La mujer gritó del dolor como vaca que le ponchan un símbolo con un metal caliente. Sin que reaccionara bien la mujer, mi papi le zarpó una bofetada en sus rojitas mejillas de porcelanas. Las personas comenzaron a llegar al ver la acción de my evil daddy y la pobre mujer inocente. No entendí en aquel momento porque reaccionó así ante esa mujer so pretty y calladita. En un dos por tres llegó la policía, lo tumbaron con la cara pegada a la acera caliente e inmediatamente le pusieron unas cosas de metal en sus manos. En ese momento, mi mami llegó de la tienda, estaba preocupadísima. Don’t worry honey! Al ver la mujer, mi mami me explicó que era la hermana más pequeña, que cuando tenía 13 años se fue con su boyfriend de la casa de mis grandpas y nunca volvió. Hizo sufrir tanto a mi grandma, por poco le dio un infarto. Mi papi juró, cuando algún día se encontrara con ella le rompería los dientes. Al parecer la promesa no se la llevó el viento.

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EN NOMBRE DE LA JUSTICIA

NÉLIDA GONZALEZ DE TAPIA

Ella lo esperaba sentada sobre

el banco de la plaza, era el momento justo para encontrarlo. Lo había pensado durante mucho tiempo, pero el rencor era más grande que lo que decían por ahí —que no se metiera en problemas—. Sentía en su corazón que, uno menos sería uno menos y no dejaría pasar un día más. La muerte de su hijo causada por una sobredosis le daban las fuerzas suficientes para tomar decisiones y hacer justicia. La que no había encontrado entre los hombres. Esperó cauta, serena, con la mente fría, como si el hielo hubiese invadido su sangre para no darle tiempo a cavilaciones. Lo vio venir tranquilo, fumando algo oloroso, sin culpa. Calculó con su mirada el lugar exacto, sacó el arma y disparó tres veces. El maleante cayó muerto y junto a él se desparramaron papeles de colores brillantes. Ravioles, según la jerga popular. Los juntó uno por uno y los mezcló con unas ramas secas que había preparado. Sacó un encendedor de su bolsillo y vio como el fuego comenzaba a tomar vida quemando la mercancía. Satisfecha de lo realizado tomó el arma nuevamente, sin su hijo la vida no tenía sentido. Rogó por los jóvenes inmersos en la violencia a causa del consumo de estupefacientes y disparó en sus sienes.

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JURAMENTO Miguel Antonio Lupián Soto

Para Ana

Ni el gato ni el despertador lograron levantarla a tiempo.

Con cuchara en mano salió corriendo —con riesgo de esguince— por la calle empedrada. Tomó el primer taxi que pasó: un sedán destartalado. Ordenó la ruta mientras hurgaba su bolsa en busca de los cosméticos. El operador asintió y ajustó el espejo retrovisor. —Se le hizo tarde, señorita. —Sí —respondió mientras embellecía sus párpados. —Es que no es fácil, hay que tener disciplina. Fíjese, llevo diez años levantándome a las cinco de la mañana y no he fallado un solo día. —Bien por usted —soltó con su habitual sarcasmo. Sin darse cuenta o sin importarle, el operador continuó: —Por mucha prisa que lleve, tiene que fijarse en dónde se sube, señorita. También aplica para mí, ¿eh? Con el paso de los años he aprendido a reconocer a la gente. Varias veces me conejearon, pero aprendí. —Ok —respondió con voz incrédula y preocupante. —Desde entonces, cargo este desarmador —extrajo la herramienta de la guantera y se la mostró a la señorita poniéndola a escasos centímetros de sus rodillas desnudas. La reacción de ella hacía recordar a un árbol petrificado. —Tómelo —ordenó el taxista, acercándolo ahora a su vientre. El labio inferior de ella temblaba; gotas de sudor arrastraban las plastas de maquillaje. El taxista la observó por el espejo retrovisor y soltó una carcajada. —Créame, esto sí ayuda —murmuró devolviendo el desarmador a la guantera. Ella volvió a respirar; sintió cómo sus vasos se llenaban de sangre otra vez. —Pero de lo que debe tener más cuidado es de no usar faldas tan cortas, señorita. Ya conoce a los hombres…

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Aprovechando que el semáforo estaba en rojo, la señorita abrió la puerta y corrió lo más rápido que pudo sin mirar atrás y sin claudicar al quebrársele un tacón. —¡Hey, señorita! —gritó el taxista, pero su voz se perdió en el intrincado ambiente citadino. Cinco de la mañana. El taxista desplaza su cuerpo correoso y desnudo hacia un pequeño altar situado en el rincón de la recámara. Besa la gastada imagen y se persigna con otra. —Yo cumplo lo que prometo. Bien sabes que no fue fácil, sobre todo ayer. Camina hacia el otro extremo de la habitación. Coge un marcador y dibuja la equis número treinta y uno en un calendario amarillento.

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R E S E D E U P A R E I U Q a l CU ESE CHiCO BERNARDO MONROY

Ganar delicadeza sin perder fuerza, ése es el problema. Raymond Chandler

Fred vestía una camisa holgada con diamantes de imitación incrustados y panta-

lones acampanados. Todo completamente blanco. Tenía el pelo negro, pero se lo teñía de rubio, largo y rizado. Por su parte, Samuel vestía un traje de lino azul, sombrero fieltro, mocasines de charol y una corbata de moño roja con motas blancas. Parecían empleados de un parque de atracciones, pero eran dos de los matones a sueldo más temidos de la Ciudad de México. Esperaron en el interior del coche a que el muchacho saliera de su departamento, ubicado en Polanco. Samuel tenía ganas de escuchar jazz de Charlie Parker, pero Fred introdujo el disco compacto en el estero primero. Sonó: -Super Trouper beams are gonna blind me, but I won’t feel blue like I always do ���cause somewhere in the crowd there’s you… -Puta madre –susurró de mala gana Samuel-. Abba. Esos perdedores otra vez. -Oye, Abba no eran perdedores. Bueno… Björn sí. Samuel suspiró y sacó su Ipad de su funda. Comenzó a leer en el monitor, por décima vez, “La Hermana Pequeña”, de su escritor favorito, Raymond Chandler. Prefería ignorar a su amigo. Cuando se trataba de Abba, no había quien lo hiciera entrar en razón. Él era igual con su autor favorito, el gran maestro de la novela negra. El problema es que Abba resulta bastante fuera de lugar la música para torturar a los rivales de los narcotraficantes, vaya que sí. Samuel recordó cuando el capo de capos le dijo que trabajaría con Alfredo (el Jefe era la única persona que lo llamaba por su auténtico nombre) y les asignó su primer trabajo: torturar a un policía que había dado información a unos periodistas. Empezaron rompiéndole las piernas con un martillo, para después, desollar parte de su rostro con un cuchillo. Acto seguido le echaron sal. Los alaridos de agonía del pobre diablo eran disfrazados con “Chiquitita dime por qué…” Por lo general, los torturadores y sicarios del narcotráfico, la mafia, los yakuza, las tríadas y todos los miembros del crimen organizado atormentaban a sus víctimas en lugares apartados de la civilización, o bien, en fábricas o lugares que produjeran demasiado ruido, para que los gritos de dolor fueran menos evidentes. Aquella noche, asesinaban lentamente al policía en un departamento ubicado en la colonia Iztapalapa (ya sabes: la falta de recursos). Después de cuatro 11


horas de tortura, tocaron a la puerta del departamento. Fred fue a abrir, y se topó con una anciana de más de setenta años que le preguntó quién estaba gritando y por qué. -Señora… estamos teniendo una fiesta temática de los setenta y un bato se nos malcopeó –en cuanto la mujer vio el atuendo de Fred, no tuvo duda alguna. -…que las penas vienen y van y desaparecen… -¡Qué bien! ¿Puedo participar? -No –respondió, cortante, cerrándole la puerta en la cara. Después de deshacerse del cadáver, Samuel comentó que a lo largo de sus diez años como sicario y torturador, jamás había acabado con la vida de alguien al ritmo de Abba. -He usado engrapadoras, sierras, embudos, martillos, mazos, pinzas, ácido, bates, picahielos y hasta sal en grano. Sopletes para quemar la piel, garlopas para desollar, cuchillos para mutilar, torniquetes, hasta aparatos para dar choques eléctricos, tablas, todo tipo de ácidos… pero jamás… jamás, de los jamases, Mamma mia. -Después de escuchar la misma canción durante 48 horas ni el tehuacanazo es tan efectivo. Ni los choques en los genitales, de hecho. -¿Te cae? -Sí, de hecho en Guantánamo ponen música de Barney el Dinosaurio durante días enteros. Samuel toleraba las excentricidades de su compañero porque Fred también toleraba las suyas. Se habían convertido en los primeros criminales temáticos en el mundo del crimen en México… y con toda seguridad, en todo el mundo, fuera de los cómics y las películas de acción. (Y punto y aparte, en ocasiones sus diálogos asemejaban más a los de una película de Tarantino.) Mientras que Fred tenía una obsesión por aquella banda setentera, Samuel la tenía por uno de los más importantes escritores de Estados Unidos. El creador del modelo del detective privado moderno. Leía y releía las novelas de Raymond Chandler, y experimentaba un placer malsano cuando podía asesinar a alguien de acuerdo a los clichés y estereotipos de esas historias y películas del género negro. Si el gobierno había emprendido una guerra contra el crimen que daba a la ciudadanía daños colaterales, el poder convertirse en un villano chandleriano era un beneficio colateral. Por ejemplo: en una ocasión, un muchacho de veintidós años quiso robarle dinero al capo, así que, cuando se enteró, lo canalizó amablemente con Fred y Samuel. Y esta vez le tocaba matarlo al adicto a las historias de detectives, así que usó el clásico de clásicos: introdujo sus pies en dos cubetas que llenó de cemento. Una vez seco, lo llevaron en la cajuela del coche al canal de Cuemanco. Cuando bajaron del 12


auto y sacaron a la víctima, desde lo alto de un puente, Samuel recitó su monólogo reservado para esos momentos:-Bien, viejo. Lo siento mucho. Soportamos todo, salvo las ratas. Somos cucarachas todos en este negocio, a final de cuentas. Pero hay ratas con pedigree y ratas de alcantarilla. Así que te has ganado los zapatos de cemento. Y esta vez, Philip Marlowe está muy ocupado resolviendo casos con el fiscal Bernie Ohls como para que salve tu pellejo. -¿Quién putas es Philip Marlowe? –tartamudeó el próximo a ser ejecutado. -En la otra vida lo sabrás, viejo amigo. O quizá en el infierno. Me lo saludas. Y sin más, lo arrojó al canal… pero el tipo cayó boca abajo a un lodazal. Para rematar, le dio un balazo apuntando a la cabeza con su colt. -Te dije que no iba a funcionar. No estamos en temporada de lluvias. -Cállate, fanático de esos suecos de mierda. Mientras Samuel leía el e-book en su Ipod (Tenían los rostros tranquilos y castigados de hombres sanos en condiciones duras. Tenían los ojos que tenían siempre, nubosos y grises como agua congelándose. La boca firme, las profundas arrugas en los ángulos de los ojos, la mirada dura y hueca y…), Fred vigilaba a la siguiente víctima. Se trataba de un sobrino lejano del jefe, que vendía información al cartel rival. En una ocasión, habían conocido al muchacho en una fiesta celebrada por el patrón. Era uno de esos “narcojuniors” que escuchaba música de banda y sus gustos literarios se limitaban a revistas para machos. Esta vez, los dos disfrutarían matándolo. En la radio se escuchó el noticiero de las diez de la noche: -Durante los cateos en los operativos contra el narco, el ejército mexicano ha encontrado un sinfín de instrumentos de tortura con los que el crimen organizado tortura a sus enemigos, publicó Grupo Reforma. De acuerdo con fuentes de la milicia mexicana, en 2009 se aseguraron más de 300 instrumentos para torturar, y en este inicio de 2010 llevan 200 herramientas como navajas, astillas, agujas y clavos sanguinolentos… -Ponle a otra cosa, eso ya me lo sé, me da güeva. Fred apretó un botón, y empezó a escucharse “Dancing Queen”: -Friday night and the lights are low, looking out for the place to go, where they play the right music, getting in the swing, you come in to look for a king, anybody could be that guy… El muchacho salió de la casa. Simultáneamente, los dos criminales temáticos esbozaron una sonrisa, que no era ni sádica ni macabra, sino de dos compañeros de trabajo que saben que su jornada está por terminar. Efectivamente: cualquiera podía ser ese chico. 13


N Ó I C A M R O F N I E D O R T L I F Florentino Solano

La primera vez que los medios publicaron información confidencial sobre el Dipu-

tado Onésimo Arteaga, los de su partido estuvieron a punto de expulsarlo —una excomunión política de la que echan mano las oligarquías mexicanas muy a lo Pontius Pilatus cuando las porquerías de algún miembro muy respetable salen a la luz pública—: no era posible que recibiera dinero del Chato Guzmán, un narco muy conocido en el país, para su campaña a la diputación federal. Desde entonces decidió buscar al individuo que filtró dicha información. Para ello contrató el servicio de una compañía de espionaje (debe usted saber que el espionaje es legal mientras se facture) que uno de sus asesores le recomendó. La orden fue muy específica: “Cuando hallen al maldito con pruebas contundentes, ejecútenlo y luego me informan”. Los detectives comenzaron la investigación muy a la mexicana: en un bar con unas chelas. Bar o cantina da igual, lo que importa es que el establecimiento quedaba por Plaza Garibaldi y el Diputado frecuentaba el lugar para descansar de las largas jornadas de legislación en San Lázaro, representando en cada iniciativa con orgullo y entusiasmo al pueblo de la Montaña de Guerrero. Allí no hallaron nada importante en relación a la investigación. Días después comenzaron a interrogar a los diputados cercanos al susodicho, y a todos sus amigos de parranda y orgías. También hicieron visita a una docena de damas de la Zona Rosa, con quienes tuvo breves pero muy frecuentes asuntos de negocio el mentado Diputado. Tampoco hallaron nada allí. Por último, los detectives resolvieron centrar la investigación en la familia del Diputado. A la esposa la siguieron durante un mes y no le hallaron nada sospechoso, ni indicios de que fuera a pensar siquiera en traicionar al Diputado, pues las madrizas que éste le propinaba cada vez que llegaba apestando a alcohol eran más que suficiente para mantenerla bien al hilo. De la hija esperaban menos, sin embargo, por seguimiento al orden de la investigación tenían que investigarla. Durante dos semanas la siguieron del departamento a la Universidad, de la Universidad a la casa de alguna compañera y de allí al Zócalo o al cine con el novio y después a casa. No habían notado nada sospechoso. Incluso ya estaban concluyendo dar por terminada la investigación cuando un lunes por la tarde, en el Zócalo la vieron entregando un sobre a un hombre de mediana edad por la entrada de Palacio Nacional. Encendidos de la emoción, los detectives se fueron acercando sin tomar 14


debidas precauciones hacia la pareja. El hombre, que acababa de guardar el sobre en su mochila, notó la presencia de los investigadores y tomando de la mano a la muchacha echaron a correr por Corregidora. Pasaron Correo Mayor y al llegar a Jesús María doblaron por la izquierda hasta llegar a un viejo condominio. Subieron hasta la habitación del hombre en el tercer piso. Los detectives llegaron enseguida. El hombre del sobre sacó debajo de la almohada una 9 milímetros y su gafete de periodista. —¡Soy reportero de La Jornada! ¡Si me tocan no se la van a acabar, putos! —gritó el hombre mientras apuntaba hacia la puerta desde la cama, con la joven a su lado temblando de pies a cabeza. —Sólo queremos platicar —dijo uno de los detectives. Dos patadas bastaron para abrir la puerta. El primero en disparar fue el periodista, inmediatamente recibió la respuesta y dos cuerpos cayeron al piso. El otro detective entró apuntando a la muchacha justo a la cara. Después de cerciorarse de que no estaba armada, volvió a la puerta a tomar el pulso de su compañero, ese breve momento fue aprovechado por la muchacha para recoger el arma del periodista y cuando levantaba el brazo para disparar, dos pequeños lumbres le quemaron el pecho y se desmoronó sobre sí misma. Restablecido el detective recuperó de la mochila el sobre y extrajo de su interior un CD. Enseguida buscó una computadora para reproducir el disco. En la primera carpeta había una docena de fotos del Diputado Arteaga con mujeres desnudas, todas diferentes y veinteañeras. En la segunda había dos archivos de video. El primero fue grabado en la oficina del Ayuntamiento de Tlapa, donde el ahora Diputado y en ese entonces Presidente Municipal, tenía sexo con una joven que parecía ser menor de edad. Ya no quiso reproducir el segundo archivo. Afuera había un alboroto y unas sirenas de patrullas se oían acercándose. Tomó el celular y llamó al Diputado, aquél contestó desde su oficina. —Jefe, hallamos el filtro de información —dijo con una voz entrecortada. —Como dije: recuperen la información y ejecútenlo de inmediato —escupió el Diputado. —Ya está hecho, señor, pero… se trata de su… hija, señor… En ese momento cuatro escopetas ya apuntaban al detective desde diferentes direcciones del edificio. Su respiración era pesada y sentía las piernas inmóviles. Haciendo caso omiso a las órdenes policiacas el detective levantó su arma dispuesto a disparar una vez más y antes de que jalara el gatillo varias explosiones inundaron el edificio haciendo temblar hasta el último rincón del alma. El celular rebotó en el piso mientras del otro lado se oyó la voz pesada y desentonada del Diputado: —¡Puta madre! 15


L A T R O M A R U T N E AV DANTE VÁZQUEZ

Alrededor de las 7.30 de la mañana fueron encontrados los cuerpos sin vida de

tres estudiantes de secundaria cerca del área recreativa del Parque Ecológico Cuitláhuac ubicado entre Eje 6 sur s/n, Col. Renovación y el Eje 5 sur, Av. Guelatao y calle Genaro Estrada, Av. Guelatao, Av. Santa Cruz Meyehualco y calle Carlos L. Gracidas, en la delegación Iztapalapa. Una llamada anónima al 060 dio aviso a las autoridades del hallazgo. Los cadáveres semidesnudos de las jovencitas de entre 13 y 15 años que presentan golpes en la cara y marcas de haber sido violadas y estranguladas vestían falda a cuadros gris, blusa blanca y sueter verde botella con el escudo de la Escuela Secundaria Diurna 198 “Luis Pasteur”. En el lugar de los hechos se encontraron envases vacíos de bebidas alcohólicas, las mochilas, y las credenciales de las occisas por lo que fue posible identificarlas. Sus nombres son: Diana González Heredia, Perla López Rodríguez y Lidia A. Mondragón Gálvez. Policías del sector Santa Cruz de la SSP-DF acordonaron la zona hasta el arribo del agente del Ministerio Público de la Coordinación Territorial IZP-5, donde se inició la averiguación previa correspondiente por el delito de homicidio y violación. Se presume que se fueron de “pinta”.

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Biografías Eduardo Sabugal. Es mae­stro en Lengua y Lit­er­atura por la Uni­ver­si­dad de la Améri­cas. Ha

pub­li­cado en revista y suple­men­tos. En 2003 obtuvo la beca Foescap para jóvenes creadores. En 2010 la Sec­re­taria de Cul­tura de Puebla le pub­licó su primer libro “Involuciones”.

Sol H. Castañeda. Nació en 1989, en Puebla. Egresada de Comunicación. Editora de la Revis-

ta Vicio. Promotora y difusora cultural.

Edwin Figueroa-Acevedo. Nació en 1990 y vive en Aguada, Puerto Rico. Es poeta, cuen-

tista, microrrelatista y cuentista infantil. No ha publicado libros pero si se ha dado a conocer con sus escritos en revistas electrónicas y blogs como Colectivo Literario Ó, El vicio del tintero y El escritor errante y en revistas impresas [Id]entidad: An Collaborative Non-fiction Journal y en la Revista cultural y literaria “El Relicario”.

Nélida González de Tapia. Buenos Aires, 1963. Participó en la antología publicada por Editorial Planeta “Cuentos en el aire” Ochenta años, ochenta cuentos. Quinto premio en el V Certamen Literario Nacional LEOPOLDO LUGONES 2006, organizado por la Fundación Educacional de la Usina Popular Cooperativa de la ciudad de Necochea. Ha participado en las Antologías Cuaderno de literatura 2006” y “El arca de los cuentos”.

Miguel Antonio Lupián Soto Ciudad de México, 1977. Devorador de libros, discos y películas. Feligrés de la iglesia Cthulhiana y devoto de San Lemmy Kilmister. Ex alumno de la Universidad de Miskatonic. En noviembre de 2011 publicó Efímera (Samsara), su primer libro de cuentos breves fantásticos, y en abril de 2012, Mortinatos (Zona Literatura), libro electrónico de microcuentos. Es director de Penumbria, revista fantástica.

Bernardo Monroy Nació en 1982, en México D.F. Es periodista y ha publicado el libro de

cuentos “El Gato con Converse” y la novela “La Liga Latinoamericana”, así como la novela electrónica “Slasher”, disponible gratuitamente en el portal “Zona Literatura”. Es aficionado a los videojuegos, los cómics y los géneros de terror, fantasía y ciencia ficción. Sus textos han sido traducidos al klingon y al élfico.

Florentino Solano, 29 años, empleado y estudiante de Pedagogía. Dante Vázquez. Aprendiz de Poeta, le gusta leer, escribir, escuchar música, ver películas; el anime, los videojuegos, el chocolate y muchas otras cosas más.


DiseĂąo: rajasconcrema@gmail.com

Agradecemos a todos los que colaboraron y leyeron este nĂşmero.


Ìndice de sangre