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E n una mesa redonda, varios caballeros sentados

debaten sus hazañas en el bosque gritan y beben a deshoras conversan de un dragón y una mazmorra. Se han debatido entre la vida y la muerte buscando aquel santo Grial que Arturo les ha pedido que, con sus espadas por delante, le saliesen a encontrar. La copa de vino de Jesucristo que usó en la última cena está perdida en Inglaterra y acompañado de Merlin, el sabio, el rey se lamenta con triste pena. —Debe de aparecer de un momento a otro —se dice a ratos en su interior, mientras su séquito lucha por encontrarla

por llevarla junto a su rey, porque duerma en Camelot. Y Arturo sabe a ciencia cierta que, mientras que se acompañe de Excalibur, nada malo le puede pasar pero si una mujer entrara en su vida le dijo la Dama del Lago que se la podría arrebatar, su espada, su lucha, su alma y su sangre sin derramar. Rocío Cruz Sevilla

RevistaTártarus @revistatartarus WEB: https://revistatartarus.wordpress.com ISSN-2444-9652 LUGAR DE EDICIÓN: Linares, Jaén (España) CONTACTO: revistatartarus@gmail.com


VIVIENDO LA FANTASíA. Relatos Destino cruel, de Alex J. Román Nimue, de Manuel Revilla

A TRAVÉS DE LA PANTALLA. Cine Las versiones cinematográficas de Camelot

Crónicas del personaje. Fanfiction Máiréad y Noguent

Conoce al autor. Entrevista Alicia Pérez-Gil

La escuela de Calíope. Divulgación ¿Quién fue el rey Arturo?

taller del escribidor. Ortografía La voz de las palabras

mirando más allá Ilustración Juan Antonio Abad

nAVEGANDO ENTRE LIBROS. Reseñas La hipótesis Saint-Germain, de Manuel Moyano

tras los muros. Concurso Ganador del concurso anterior Vientos de cambio, de Alberto Méndez Luengo

páginas amigas. Colaboración Los artículos y anuncios publicitarios, así como las opiniones de los entrevistados y columnistas, no reflejan necesariamente la opinión del editor. Se prohíbe la reproducción parcial o total del contenido de esta revista sin previa autorización por escrito del editor. Todas las imágenes e ilustraciones así como los textos son publicados con permiso de su autor. La información es correcta en el momento de la publicación.


Quienes somos V. Cervilla

Dirección, edición, corrección de textos y diseño

Alex J. Román

Dirección y edición

Maribel Marín

Presentadora del programa de radio “Despierta Sherezade”

Sara Esturillo

Reseñas, corrección de textos y divulgación

Javier Cervilla

Maquetación y diseño

Colaboradores Emilio Prieto

Taller del Escribidor


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Viviendo la fantasia

DESTINO CRUEL

A

rthax ordenó detenerse a su caballo y aterrizó en el suelo con brusquedad. Mientras dedicaba unos pocos minutos a estirar sus músculos entumecidos, una sonrisa se dibujó en su rostro casi de forma inconsciente. A escasos metros, a través de los diminutos resquicios que concedía la espesura del bosque en su intento por ocultarla, podía ver la entrada a la caverna que tanto había buscado. Arthax acercó al caballo hasta un árbol y ató la correa al tronco. Tomó aire y se situó frente a la gran boca sin luz que amenazaba con tragárselo, un lugar que todos los guerreros del reino matarían por encontrar aunque fuese lo último que hiciesen en sus vidas, pero solo él lo había logrado con la única ayuda de un roído y amarillento mapa. Se enorgullecía de ello. Prendió fuego a una rama caída a sus pies y se sumergió de lleno en la aventura. Conforme descendía, comprobó cómo los rayos del sol disminuían en favor de las tinieblas que ahora se habían convertido en sus más fieles compañeras. Echaba en falta los sonidos de los bosques, esos de los que se había quejado un centenar de veces. Allí abajo habitaba un silencio aterrador capaz de helar los huesos al más osado. Se fijó en el fuego cálido que emanaba de la rama que mantenía bien erguida al frente. La sujetó con ambas manos, como si eso significase que no se fuese a apagar nunca. Suspiró. Pese a todo, valía la pena pasar por todo aquello con tal de llegar hasta la espada divina, una leyenda que todos en el reino llevaban persiguiendo desde tiempos inmemorables, de generación en generación. No era para menos; se trataba de un arma que según se


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decía, contenía el poder de los dioses, volviéndola devastadora. Era un artefacto que todo amante de la guerra soñaba con poseer. El mundo de Arthax pareció sufrir un terremoto cuando sus ojos se encontraron con la roca en cuya cúspide se hallaba clavado el mandoble cuya silueta despedía una belleza sin igual. El mango, repleto de rubíes que le conferían un aura cautivadora. La hoja color azul celeste, firme y delicada, invitaba a soñar que ningún obstáculo era imposible de superar. Incapaz de apartar los ojos de la empuñadura, Arthax soltó la rama y se acercó con paso lento hasta la roca. Se inclinó sobre ella y tras cavilar unos instantes en los que su frente goteaba sudor como nunca antes lo había hecho, colocó ambas manos sobre la empuñadura y la extrajo sin dificultad. Un leve chispazo recorrió sus palmas al tomar contacto con la espada. Sin darle importancia, la asió sonriente y estalló en una sonora carcajada que se habría escuchado en varios kilómetros a la redonda de no ser porque se encontraba bajo tierra. Inició el camino de ascenso cuando su cuerpo falló, cayendo de bruces. Abrió la boca para tratar de emitir un gemido, pero nada surgió. Podía sentir como un incómodo cosquilleo recorría el interior de su cuerpo a toda velocidad. Cuando pareció haberse disipado, mientras su respiración luchaba por volver a la normalidad, se incorporó para descubrir como la espada no se había separado ni un milímetro de su mano. El rostro de Arthax se transformó en una mueca que en nada se parecía al del apuesto guerrero que había entrado en la gruta. Luchó por regresar al exterior, instando a moverse más deprisa a su cuerpo, un cuerpo que ya no consideraba solo de su propiedad. Cuando su mente encajó todas las piezas y todo cobró sentido, sintió en sus carnes el significado más profundo de la desesperación. Deseó no haber hallado nunca aquella espada. Alex J. Román


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NIMUE D

icen que el diablo sabe más por viejo que por diablo, así que teme a las criaturas que tienen el don de la longevidad. —¡Eres tan bella, Nimue! ¡No podría dejar de pensar en ti ni un solo instante de mi

vida! Aquellas palabras todavía provocaban que sus mejillas enrojecieran cada vez que algún recuerdo las volvía a traer a su memoria. ¿Sería amor lo que sentía Merlín por ella? No lo creía. Ese hombre estaba embrujado por su belleza, pero amor… solo ella creía saber lo que era el amor. Hacía tiempo que lo había sentido de una manera muy intensa, de una manera apasionada y arrebatadora. Un amor que dolía. Un amor que había esperado mucho tiempo. Todavía recordaba la ilusión de volver a ver a su amado, de su búsqueda constante, de aquellas miradas fugaces mientras jugaba a esconderse entre los árboles de aquellos bosques inmensos de lo que ahora llamaban Britania. ¡Cuánto habían corrido y reído en los alrededores de aquel lago que era su hogar! Ella no podía separarse del agua. Aquel líquido dador de vida era en sí mismo su vida. Así lo había querido el dios que la había creado. Casi se podía decir que ella era agua con forma humana y tenía la responsabilidad de que aquel elemento siguiese fluyendo por aquellas tierras para dotarlas de vida. Siglos y siglos viendo cómo con su ayuda los bosques crecían y los animales sobrevivían bebiendo de lo que ella les otorgaba generación tras generación. Y siempre estuvo sola en su misión, observando y reflexionando. Su dios había sido magnánimo, la había dotado de poderes que muchas otras criaturas no llegaban ni a vislumbrar. A ella debían la vida infinidad de seres, pero a pesar de ello su dios también había sido cruel, pues había quedado


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vinculada a aquel elemento del que no podía distanciarse mucho tiempo a riesgo de perder su propia vida, convirtiendo aquel lago en su hogar. Pero ella tenía un deseo que siempre había ocultado, que siempre había reprimido, hasta que le vio a él. Él era un humano muy apuesto y gallardo. Joven, valiente y quizá también, señalado por su dios. Se decía que había conseguido arrancar de un yunque una espada que había dejado allí clavada un rey llamado Uther. Y por ello dijeron que aquel joven estaba destinado a unificar esas tierras ahora en guerra, tierras a las que Nimue pertenecía mucho antes de que cualquiera de aquellos humanos hubiera estado allí. Y Nimue deseó con todo su ser estar al lado de aquel joven por el que sintió algo especial, pero no podía hacerlo. Su condición de dama del lago no le permitía acompañarle en sus campañas. Y creyó sentir por primera vez lo que era sufrir. ¿Sería aquello un efecto de lo que llamaban amor? Un día le siguió remontando uno de los ríos que vertían sus aguas en el lago. ¿Por qué su dios la habría hecho con forma humana, si ella era tan diferente a ellos? ¿Por qué no podría estar siempre al lado de aquel hombre que la atraía con tanta fuerza? Sus ojos le observaban a través de la corriente sin poder separarse de él y entonces todo ocurrió. La espada de su amado, aquella que había sido liberada del yunque, se rompió ante la embestida de su enemigo y Arturo cayó malherido en la orilla del rio. Pronto su sangre comenzó a teñir de rojo el agua mientras su adversario le abandonaba dándole por muerto. El miedo a perder al único ser que había amado invadió a Nimue y de su boca surgió un grito ahogado. Sin poder dejar de mirarle se acercó hasta la orilla y con su suave mano hecha agua, le limpió la herida de una caricia. Y sus carnes comenzaron a cerrarse con sus lágrimas y cuando él abrió los ojos y la vio, ella desapareció entre las aguas, dejándole solamente su recuerdo. Y mientras Nimue se dejaba arrastrar por la corriente se dio cuenta de que jamás volvería a ser la misma. Supo al fin que lo que su corazón albergaba era amor, que con él cumpliría su deseo y por ello jamás se permitiría verlo morir. Pero ¿cómo proteger a aquel hombre cuya vida estaba destinada a la lucha? Pronto se convenció que solo una persona la podría ayudar; un humano al que había visto al lado de Arturo en el combate, un hombre que sabía de la guerra y que a los ojos de Nimue, también sabía algo más. Un día le vio en las cercanías del lago. Estaba tan atareado recogiendo cortezas y resina que no la oyó llegar. La voz de Nimue le recorrió el cuerpo haciéndole caer lo que llevaba en sus manos. Se giró con rapidez y allí la vio. Su cuerpo de piel pálida resplandeció en aquel atardecer dejándole obnubilado. Las formas de su cuerpo se dejaban entrever bajo su vestido de seda blanco que aun todavía goteaba. Ella notó en él su entendimiento con las artes mágicas y él notó en ella su gran poder. En ese mismo instante Merlín quedó prendado por aquella mujer. Quizá Nimue no se dio cuenta al principio cuando él la sonreía, mientras ella hablaba con él. Ni cuando aceptó su petición sin pedirle nada a cambio, pero lo percibió cuando le entregó aquella espada mágica, especial, más resistente que cualquier metal: él la había forjado para ella. Sin embargo, Nimue pensaba que Merlín no sabía de amor, qué solo había caído bajo su influjo y se percató que eso la ayudaría a conseguir su deseo. Sabedora de su poder, le pidió que llevase hasta el lago al joven del que decían que sería rey y Merlín la complació una vez más portando a Arturo en una barca hasta allí. Mas cuál fue su sorpresa al ver que la blanca mano de Nimue emergía del lago y entregaba su espada a Arturo. —¡Eres tú! -exclamó el joven al reconocer a la bella dama, mientras ella le sonreía sumergida en el agua.


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Y el mago quedó en silencio, complacido por su rey y traicionado por su amada. Aquello fue el comienzo del reinado de Arturo, pues con Excálibur se hizo poderoso. No había rival que le venciese ni arma que le hiriese pues la espada ocultaba un poder que Merlín no le había otorgado: aquella espada impedía que su portador derramase jamás una gota de sangre. Y su corazón se rompió. Entendió al fin que Nimue estaba enamorada de Arturo y que le había utilizado. Nadie sabe las lágrimas de dolor con las que el mago regó las tierras de Britania. Pero todavía se recuerda el temblor que las sacudió como símbolo de su impotencia. Merlín jamás actuaría en contra de su rey, pero quiso vengarse de Nimue y no con su inferior poder. Debía encontrar algo con lo que ella no le pudiese detener. Y presentó a su rey a Ginebra. No hay palabras para describir lo que Nimue sintió al ver el amor entre Arturo y Ginebra, un amor que jamás podría romper. Arturo olvidó pronto lo que en su día sintió por aquella solitaria dama con la que jugaba en los alrededores del lago y que nunca podría separarse del agua. Aquella dama que solo tuvo un deseo en la vida y que quiso cumplir con él. Nimue había ayudado a dar la vida a muchos seres con su esencia, pero ello no la había hecho feliz, ella misma quería crearla en su interior. Tan solo había tenido un deseo que completara su aislada existencia. Quería ser madre y que el padre fuese él. Nada la detendría en su deseo. Aunque aquel humano la hubiera rechazado y nunca gestase en ella la vida, igualmente sería madre. Raptó el bebé de un rey aliado de Arturo, al que construyó un castillo bajo su lago. Un bebé al que amó y crio como solo una madre podría hacer, cumpliendo al fin su anhelo. Merlín la enseñó lo que era la venganza y ella la utilizó muy bien. Al mago lo dejó encerrado de por vida en el interior de una colina bajo el influjo de amarla por siempre, sin poder verla otra vez. Y a Arturo le haría pasar lo que ella había pasado. Le haría sufrir y tambalear aquel reino humano que había establecido. Pero no sería ella la que lo hiciera, sería el hijo que él no quiso tener. El hijo de Nimue llamado Lancelot. Manuel Revilla @ValoresyReinos


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A traves de la pantalla

Las versiones cinematográficas de

CAMELOT El mito del rey Arturo y su mágico y misterioso reino de Camelot han dado para mucho en casi cualquier forma de arte, pero en esta ocasión, vamos a repasar cómo ha sido llevado al cine este legendario personaje (y si quieres saber la verdadera historia, pásate por la sección de la escuela de Calíope). Entramos en materia rápido porque hay tantas versiones del mito de Camelot que me vais a permitir que haga una pequeña selección. Comenzamos allá por los años 50 con Los caballeros de la mesa redonda (Richard Thorpe, 1953) con una sobria protagonizada por Mel Ferrer (El día más largo, 1962) y con el gran aliciente de ver a Ava Gadner como Ginebra. A partir de ahí otras versiones intentaron sin pena ni gloria resucitar a Arturo y sus caballeros hasta 1975, cuando aparece un filme que se ha convertido en un clásico por su genialidad: Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores (Terry Gilliam y Terry Jones), una obra maestra de los Monty Phyton que más tarde se convirtió en un musical.

Saltamos hasta el año 1981 con Excalibur (John Boorman) donde nos encontramos con Helen Mirren como Morgana y a un jovencísimo Gabriel Byrne en el papel de Uther Pendragon. Esta película es una de las versiones más fieles a la historia del Rey Arturo que se han hecho hasta la fecha. Merece la pena volver a visionarla para apreciar los suntuosos decorados y la banda sonora de Carl Orff. En 2004 el director Antoine Fuqua nos deleitó con su adaptación en El rey Arturo, un espectáculo visual de batallas y erotismo que, aunque no le valió el beneplácito de la crítica, nos dejó una Ginebra interpretada por Keira Knightley alejada de la dama sobria y delicada de otras versiones (y las espectadoras se lo agradecemos enormemente). No nos hemos olvidado de las versiones de animación en las que ha aparecido Arturo y su séquito. Por supuesto, todos recordamos la entrañable cinta Merlín (Disney, 1963) que nos enseñó una adaptación mucho más edul-


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corada de los hechos, llena de magia y con el foco de atención en el misterioso mago. Más tarde, en 1998, la Warner lo intentó con La espada mágica: en busca de Camelot, con poco acierto. Este pasado 2017 hemos vuelto a recuperar la leyenda artúrica de la mano de Guy Ritchie con Rey Arturo: la leyenda de Excalibur que, a pesar de contar con Jude Law (Merlín) y Charlie Hunnman (Arturo), recibió una avalancha de malas críticas, a mi juicio inmerecidas. Ritchie nos sorprende con toques de humor a la vez que nos cuenta una versión más oscura de la historia sin olvidar de donde viene (sí, Ritchie es Británico hasta la muerte).

Seguro que me he dejado alguna versión digna de mención en el tintero, pero es que podría estar hablando de Arturo y Camelot un día entero (¿por qué crees que le hemos dedicado un número completo de la revista?), así que se me ocurre que mejor lo dejo aquí y os lanzo la pelota a vosotros: ¿cuál es vuestra versión de la leyenda artúrica favorita? Verónica Cervilla


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Cronicas del personaje

¡

Oíd ahora, señores! Oíd mientras os refiero algunos cuentos que sé verdaderos acerca de lo que aconteció a la dama Máiréad. Sin pasar por alto un solo detalle, os hablaré de esta aventura que tuvo lugar en las tierras del reino de Logres, que algunos hoy llaman Inglaterra, en los tiempos gloriosos del rey Arturo, el inmortal, alabado sea el día de su regreso. Nació esta dama en las cercanías de Caerleon, en el seno de una familia humilde en lo material pero bien cultivada en dones de sapiencia. La llamaron sus padres Máiréad porque significa «perla», la que aporta belleza, y eso había de ser ella para sus vidas. Pero la belleza que acompaña a Máiréad es, antes que ninguna otra, la de su intelecto. Desde muy temprana hora, la muchacha se muestra despierta y curiosa, y pronto aventaja a sus progenitores. De todos es sabido, porque así lo afirmó Marie de France en alguno de sus lais, que aquellos que han sido bendecidos con elocuencia y erudición han de responder en consecuencia haciendo públicos sus talentos, que es precepto de Dios no enterrarlos, sino ponerlos al servicio del prójimo. Así lo hicieron los padres de Máiréad, y por eso aseguraron a su hija una educación a la altura de sus capacidades, muy por encima de la que se prodiga a las damas en estos reinos. No solo aprendió Máiréad a leer la música, tocar los instrumentos, tejer bellos bordados y desenvolverse con elegancia. También conoció a los filósofos de la antigüedad, de manera tal que siendo apenas una niña ya leía con soltura en latín y griego. Para cuando alcanzó la madurez, las materias de Roma, de Francia y de Bretaña formaban parte de ella, y Eneas, Roland y Arturo se contaban entre sus más queridos héroes. En cuanto tuvo edad para ello, Máiréad se despidió de sus padres y par-

Máiréad y


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Cronicas del personaje

tió en busca de historias a la espera de ser contadas. Carga en su fardo más tinta y pergamino que comida, porque su espíritu está más hambriento que su estómago. Ha salido Máiréad de la ciudad y se adentra en el bosque, que es lugar de magias y ensueños. Va camino de Carduel, y no hay en su ánimo más que una leve impaciencia por encontrar pronto su destino. Anda distraída la joven, pensando en las historias que pondrá por escrito. No ha caído aún la noche cuando una agitación entre la maleza, a apenas unos pasos de distancia, la distrae de cualquier otro pensamiento. ¿Quién va? No hay respuesta, tan solo movimiento tras los arbustos. Se pregunta Máiréad si acaso un trasgo la está acechando, esperando a la tenebrosa hora en que el sol se ponga. Armada únicamente con la fuerza de sus manos y de su voluntad, la joven se asoma tras los arbustos. La sorpresa es grande al descubrir que no hay ninguna criatura malévola. Más bien todo lo contrario. Se encontró de frente con una estampa capaz de partir el corazón más helado, pues allí descubrió una hermosa cierva blanca, majestuosa aun estando tumbada en el suelo. Notó pronto que estaba herida, un reguero rojo manaba de su costado, donde algún caballero, tal vez pensando que alcanzaba así una nueva hazaña, la había herido con una de sus flechas. —¡Oh, criatura! ¿Quién ha podido herirte de esta manera tan cruel? ¿Quién se ha atrevido a rasgar tu preciosa piel? —¡Ay, desdichada de mí! —contesta la cierva desesperada— Guigemar se llama quien así me ha maltratado. Un caballero, dicen, pero mi maldición le perseguirá y se cobrará en él grandes dolores.

Noguent


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Cronicas del personaje

Así descubrió Máiréad que, no muy lejos de allí, algún hombre se hacía pasar por caballero. Tal vez era un villano que buscaba hacer fortuna pretendiendo ser lo que no era. No cabía otra explicación, porque ningún caballero que hiciera honor a ese nombre habría atacado a una criatura tan maravillosa como la que ahora expiraba frente a ella. Apenas se había alejado del bosque por uno de los caminos que llevaban a Carduel cuando la silueta de una dama se recortó contra la luz anaranjada del atardecer. Necesitaba un refugio donde pasar la noche, así que Máiréad se apresuró a darle alcance a la dama con la intención de preguntarle si conocía alguna posada en las cercanías. —No conozco ninguna que esté lo bastante cerca —contestó la joven—, pero podéis acompañarme. En un momento estaremos en el castillo de Oridial, señor de esta baronía de León. Podéis alojaros allí, conmigo. —¿Al señor no le importará? La joven dejó escapar una risa alegre y cristalina que estremeció el corazón de Máiréad. —Os puedo asegurar que no. Después de todo, es mi padre. Se dejó guiar por la joven admirando su belleza sin disimulo. Noguent, que así se llamaba, era jovial y generosa, y en su cabello dorado el sol parecía quedarse atrapado como en un embrujo. Tenía los ojos del color del mar en calma, y unas pecas pelirrojas que danzaban juguetonas sobre su nariz. Todo ello lo apreció Máiréad en su observación, y se sitió turbada como nunca antes. Oridial la recibe con los brazos abiertos, como vaticinara Noguent, que insiste además en que Máiréad duerma junto a ella, en su cámara privada. Como ha querido la costumbre que nadie vea con ojos maliciosos tal familiaridad entre dos muchachas, el señor consiente. Sonrojadas las dos jóvenes, se van a dormir entre susurros, y en la calidez del lecho, con los brazos de Noguent rodeando su cintura, Máiréad cree sentir que su corazón no es el único que late con fuerza. Con la luz del amanecer, sin embargo, se sacude las emociones de encima, pues ha salido de casa para buscar historias, e historias ha de encontrar. Así se lo hace saber a Noguent. La joven dama, entusiasmada ante una misión de tal magnitud, decide acompañarla. —No es costumbre que las damas de alta alcurnia se echen a los caminos —trata de disuadirla Máiréad. —Tampoco lo es que una joven como tú sea recipiente de tal erudición y tenga por misión la de relatar historias, y hete aquí que te tengo ante mis ojos, de carne y hueso —razona la hermosa joven—. Es de recibo que todo caballero


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Cronicas del personaje

sea acompañado de un paje o escudero en sus misiones. Sea yo tu paje, pues he aprendido a valerme por mí misma, y mi hermano, que es caballero ungido, se ocupó de enseñarme a defenderme. —Sea, si así lo quieres. Máiréad consiente con el espíritu infamado de dicha, pues en realidad la idea de dejar a Noguent la había entristecido. En las inmediaciones de Carduel, tras dos días de camino, se topan por fin con un caballero. Lo reconocen desde la lejanía como tal, pues ha atado a un árbol su lustroso caballo, viste una armadura reluciente y sobre sus rodillas pule una espada tan magnífica que solo podría ser regalo de un rey. —¡Alabado sea! Por fin topamos con un caballero digno de tal nombre. —¿Quién me saluda con palabras tan halagadoras? —pregunta el hombre, levantando la vista. —Soy Máiréad, cronista y escribana, y esta que me acompaña es la dama Noguent. ¿Tenéis vos acaso alguna hazaña que contar? La pondré por escrito con tal belleza que ni el mismísimo Virgilio podría criticar vuestra queste. —Me honra vuestro ofrecimiento, sabia Máiréad, pero sabed que mi nombre es Gawain, y que muchos antes que vos han hablado de mí en sus escritos. Poco habréis de añadir a lo que Wace, Chrétien de Troyes o Robert de Boron ya contaran sobre mis hazañas. En los días siguientes, aún rodeando Carduel y de camino a Camelot, no hay un solo caballero del que no se hayan escrito ya mil canciones. Hasta la corte de Leonor de Aquitania han llegado ya los nombres de todos ellos, así que Máiréad desfallece, porque ante la falta de historias ya no sabe cómo proceder. —¿Qué me queda sin una tarea por cumplir? ¿Acaso puedo ser una verdadera cronista si nada he puesto por escrito? Tal vez debiera buscar al falso caballero, el asesino de la cierva, para contar su ignominiosa aventura. Un falso héroe para una falsa poeta, como yo. Eso me queda, buscar a Guigemar. —¿Guigemar, decís? —exclama aturdida la joven Noguent—. Pues, ¿cómo habría de ser él un falso héroe cuando no es otro que mi hermano? —¿Es vuestro hermano ese villano? —Medid vuestras palabras, amada Máiréad, pues Guigemar es mi querido hermano, que desapareció un día antes de vuestra llegada al castillo de León. Y por mi honor de doncella, os juro que es un caballero. Se marcha ofendida y triste Noguent, y Máiréad, orgullosa, se niega a ir tras ella. En su empeño por probarse, avanza preguntando en cada villa, en cada pueblo y hasta en la misma Camelot por el caballero Guigemar, del que nada de sabe desde hace semanas.


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Fue por fin en una posada de la ciudad donde la muchacha consiguió noticias. Se acercó a ella una anciana señora mientras ella, abandonada ya toda esperanza, pensaba en Noguent con una jarra en la mano. —¿Sois vos quién pregunta por el joven de la herida en el costado, el caballero Guigemar? —Yo soy. ¿Qué sabéis? —Son nuevas muy recientes, las que traigo. —Y por ellas os pagaré como se debe. Contadme. —Bueno, de ese joven se sabe que ha vuelto al reino después de muchos días perdido. Quedó herido después de tener un lance en el bosque con una criatura mística que le maldijo. —Eso he oído. —Era una maldición que solo podía curar su verdadero amor. Y según cuentan, más allá del mar, encontró a una joven que le entregó su virtud y su corazón. Ha vuelto con el cuerpo curado, pero más herido que nunca, porque la dama ya no está con él. Máiréad, a su pesar, se conmueve, pues ese es un dolor que ahora entiende mejor que ningún otro. Ya no le queda más que volver a la baronía de Oridial para admitir su error ante Noguent. Guigemar era, en efecto, el caballero que su amada había defendido, y no un villano impostor, como ella pensara. Cuando llega por fin frente al castillo de Noguent, su ánimo ha decaído. Pero a las puertas del castillo, Máiréad distingue una silueta que, bañada por los últimos rayos solares del día, es inconfundible. Al verla, Noguent corre a abrazarla. La muchacha no sabe cómo reaccionar ante tan inesperada bienvenida. —¡Qué alegría ver que has vuelto a mí, querida Máiréad! Ahora podré presentarte a Guigemar, mi hermano, que es un auténtico caballero, y todas tus tribulaciones verán su fin. —No puedo compartir tu alegría. He fracasado en todas las misiones que me he propuesto, y a la postre, no tengo ninguna historia que contar. —¡Pero cómo! Claro que la tienes. Tienes la historia de la dama Máiréad y su amada Noguent. —Nadie escribe sobre sus propias aventuras, y las mías difícilmente pueden considerarse como tales. —Pues tú lo harás. ¿Acaso hay mejor que ser pionera con tus escritos? Has hecho tu viaje, has aprendido, y al final de la historia, has conseguido lo más ansiado para todo caballero. —¿Y qué es eso? —Ven adentro, y te lo mostraré.


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Cronicas del personaje

Se internaron Máiréad y Noguent en el castillo. Descubrió por fin la joven que no hay mayor recompensa que tener al lado a quién se ama, y por muchos años vivieron las dos felices. Así han cantado en todas las cortes esta historia de la joven que aprendió a escribir sobre sí misma, porque no había mayor historia que contar. Sara Esturillo

Cuando salieron el ambiente era húmedo y frío; y una intensa niebla lo cubría todo. Oyeron unos pasos acercarse y, entre la densa bruma, distinguieron una cálida y misteriosa luz que se dirigía hacia ellos. Instantes después, como cortando el velo nebuloso que los rodeaba, emergió la silueta de un encapuchado que parecía levitar. Manuel Jesús Segado-Uceda #Microrelatosdeinvierno #InviernoTartarus


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Conociendo al autor

ALICIA PÉREZ-GIL Escritora


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Conociendo al autor

Nacida en Valladolid (1974) y criada en el País Vasco, Alicia Pérez Gil creció con un sentimiento de no pertenencia que acompañó con las lecturas que la empujaron a empezar a escribir. En 1992 entró en contacto con el Taller Literario de la Universidad de Deusto, en la que se matriculó con la intención de estudiar Derecho. Durante esta época ganó algunos certámenes literarios. Años después, emigró a Londres para huir de su casa y sus conflictivas relaciones familiares, que también forman parte importante de todo lo que escribe. Durante esta etapa escribió una ingente cantidad de correspondencia y un diario que todavía mantiene. En 2011 retomó el hábito de escribir ficción y desde entonces ha jugado con el terror, con los monstruos clásicos y con el drama sicológico, que es lo que de verdad le gusta.

¿Qué tiene el terror que nos atrae tanto? ¿Por qué lo has elegido como género para escribir? El terror, como género fantástico, permite al escritor y al lector enfrentarse a realidades que de otro modo no se atrevería a mirar a los ojos. Cuando les pones a tus miedos el disfraz de un monstruo es más fácil tratarlos. También es más sencillo escribir sobre zombis, vampiros o duendes malvados que sobre conceptos abstractos. Además de entretener y apelar a una emoción subjetivo y muy poderosa, el miedo, el terror nos deja hablar de filosofía pero sin usar palabras demasiado largas ni complejas. Nos atrae porque hay algo oscuro y malvado dentro de nosotros, porque nos gusta ver sufrir desde el sillón, donde se supone que estamos a salvo. De hecho, el terror bien escrito, el que de verdad hace que el lector se sumerja, tiene que hacer sentir a ese mismo lector que hay un peligro. Así, cuando cierre el libro, se sentirá de nuevo seguro. Esto, por supuesto, es lo más difícil del terror. Pero no solo en literatura, también en cine.

Has autopublicado y también has estado con editorial. ¿Con cuál te quedas? ¿Qué destacarías de cada modelo de publicación? Me quedo con las dos. Autopubliqué mis primeras obras a modo de prueba. Lo digo a menudo. Yo veía impresas en librerías obras con faltas de ortografía y hasta con frases incompletas. También veía autores autopublicados que escribían francamente mal. Desde mi no siempre humilde punto de vista pensé: “al menos yo manejo la gramática y la ortografía con cierta soltura, no me puede ir peor que a los demás”. Así que desempolvé un montón de relatos que había escrito a lo largo de los años, los revisé, algunos los reescribí por completo y resultó que había en ellos suficientes rasgos comunes para reunirlos en un volumen. Lo subí al gigante de las ventas y no me fue mal. Cinco años más tarde Israel Alonso fundó Editorial Cerbero y tuve la inmensa suerte de que quisiera contar conmigo. La experiencia ha sido una locura, me ha llevado a conocer a gente dentro del mundo editorial y en el fandom. No podría estar más feliz ni más agradecida. Y quisiera seguir trabajando con Cerbero porque tiene

«¡Haced caso a vuestra intución!»


20 una forma de hacer las cosas muy acorde con la mía. Aunque lo que de verdad quiero es que funcione el sistema de micromecenazgo que es Patreon. Se trata de una plataforma que te permite escribir directamente para gente que te ha leído por otros medios y que te paga todos los meses para sigas escribiendo. Como los Medicis, pero de un modo más modesto. De hecho estoy trabajando en un proyecto conjunto con varios autores para lanzar un Patreon común. Seremos 8 y esperamos llegar a muchos lectores. Todas las novelas son como hijos para los autores, pero la primera siempre es especial. ¿Qué supuso “Inquilinos” para ti? Inquilinos fue el modo que tuve de sacudirme la vergüenza del cuerpo. Cogí a mis pequeñajos y los lancé al mundo sin paracaídas. Acaban de salir en edición quinto aniversario con una portada increíble, nuevo prólogo y un relato extra más. Si tuviera que volver a hacerlo trataría de buscar una correctora profesional y una buena maquetadora. Me habría ahorrado muchas críticas que se me hicieron con toda la razón. ¿Qué has aprendido durante tu carrera literaria que te gustaría compartir con los escritores noveles que nos siguen? Que hay que escribir. Si lo que una quiere es escribir, eso es lo que debe hacer. A

Conociendo al autor pesar de que el mensaje a todas sea que el trabajo de escritor es duro y desagradecido. Hay que escribir porque si uno no hace lo que necesita, se mata en vida. Así en pocas palabras y en plan arenga, diré que algunas frases de esas motivacionales son ciertas: ¡Haced caso a vuestra intuición, no a los ejércitos de contables que quieren que seáis como ellos! Háblanos de “Barro”, la novela que has publicado con la editorial Cerbero. Barro fue una catarsis, la escribí en dos o tres días y casi del tirón. Desde mi punto de vista cuenta un viaje iniciático claro, pero a los lectores les cuesta seguir la línea lógica que en mi cabeza está tan clara. La mayoría dice que no sabe si lo ha entendido, pero les ha encantado y que lo releerán. Curiosamente lo releen y les gusta. Es una experiencia extrañísima. En realidad cuenta la historia de una chica de 23 años que siempre ha sido manipulada por su entorno: unos padres controladores y manipuladores, una familia disfuncional, su propio deseo de encajar… Un buen día tienen un pequeño accidente y aparece en un mundo fantástico. Allí lo que le pasa es que en cuento aprende las reglas de un lugar, se la llevan a otro. Solo


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Conociendo al autor

cuando comienza a seguir sus propias reglas el ruido a su alrededor desaparece y se encuentra consigo misma y con las ataduras reales que le impiden desarrollarse como persona. Y cuando descubre cuáles son esas ataduras, se libera y vuelve a casa dispuesta a romper con todo. No es tan difícil. Muchos de nuestros lectores son escritores noveles o aficionados que disfrutan escribiendo, aunque no vean sus obras publicadas, y que se mueren por saber los secretillos de los autores a los que leen. ¿Qué haces tú cuando tienes un bloqueo y no llegan las musas? Chicas, chicos, esto no os va a gustar: los bloqueos no existen y las musas menos. Si os sentáis a escribir y no sale nada, pues os levantáis y os ponéis a leer. El mundo está lleno de libros. A veces, leer lo que han escrito otros, o ver una buena película o salir por ahí y tener una conversación enriquecedora es lo que hace falta para que las ideas que tienes volando por ahí se conecten. Cuando eso pase, ya puedes volver al escritorio. Por último, nos gusta pedir recomendaciones a los escritores que pasan por aquí. ¿Cuál es el último libro que leíste que te dejó huella? Los príncipes de Madera, de Daniel Pérez Navarro y 36, de Nieves Delgado. Ambos publicados en Cerbero. Verónica Cervilla

“ La nieve caía y huesos crujían bajo sus pies. Nada detendría sus pasos. La magia que le protegía había cesado pero era el protector de la llama azul y como tal acabaría con el terror que acechaba su reino, incluso en el más recóndito lugar. Solo frente a Ella.” Eamane Nox #Microrelatosdeinvierno #InviernoTartarus


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Quién fue el rey Arturo? ?

Cuando nos enfrentamos a un tema tan extenso y fascinante como el del mito artúrico, una de las cuestiones que más aturden a la gente es la de intentar dilucidar quién pudo ser exactamente ese curioso personaje que llegara a inspirar, con el tiempo, una materia histórica y literaria tan rica.

La escuela de Caliope propiciado la transmisión posterior de una imagen tan mitificada. La aparición de esta figura hipotética nos hace remontarnos a los siglos V-VI en la isla de la antigua Britania, un período que la historiografía posterior ha bautizado como Dark Ages, debido a una escasez de documentos que dificulta enormemente su estudio y el establecimiento de datos absolutos.

Aunque los orígenes del personaje de Arturo se localizan en torno a los siglos V y VI, y su fijación por escrito ocurriera en la plenitud del Medievo, es indiscutible que la materia artúrica sigue viva en nuestros días, aún fascina a muchos y sirve de base para la inspiración de otros tantos. Pero, ¿a qué me refiero con eso de “materia artúrica”? Hacia el siglo XII surgió, junto a una nueva nobleza que encontró en el ocio y las artes cortesanas una nueva forma de socialización, el género literario que se designaría con el nombre de roman. En ese contexto, la materia de Bretaña designaba un tema nuevo, diferente a los de las materias de Roma y Francia: las aventuras del fabuloso rey Arturo y sus caballeros, que se acabarían imponiendo en las preferencias del gran público. Ahora bien para entender la figura de un posible Arturo “histórico” es necesario conocer hasta cierto punto el momento histórico en el que surge, sino ya el personaje como tal, sí tal vez una figura lo bastante significativa como para haber

Sabemos que a comienzos del siglo V (410 d.C.) los britanos fueron conminados por el entonces emperador romano Honorio a asumir la defensa de su isla, pues la situación del Imperio ya no posibilitaba mantener tropas en los lugares más alejados de la frontera. A partir de ese momento la retirada romana de la isla fue casi total: en ella quedó apenas el rastro de una leve romanización. Esta había sido algo más profunda en las zonas centro y suroriental de la isla, las más ricas y fértiles, donde habían surgido algunos centros urbanos. La zona occidental y todo el norte de la isla, en cambio, apenas dejaron notar la influencia romana, y todas ellas conservaron su lengua céltica, entre otros rasgos culturales. La isla al completo volvió a su


23 organización en pequeños reinos de carácter tribal poco después de la retirada imperial. Tras esta retirada, el siglo V fue testigo de las sucesivas entradas en la isla de los escotos, por el oeste y, muy especialmente, por el norte (sería la población que originaría la actual Escocia), y de las oleadas germánicas por el este y el sur, personificadas en los pueblos jutos, anglos y sajones. El empuje de todos ellos dio lugar a una situación de permanentes conflictos en medio de la cual la población britona original quedó relegada a las zonas de Gales, Cornwall, Devon y algunas regiones de la costa norte de la isla, al mismo tiempo que parte de dicha población iniciaba una migración hacia la península armoricana, donde darían lugar a lo que hoy es la Bretaña francesa (la Pequeña Bretaña). Si hay una certeza en cuanto al origen de Arturo y su posible existencia histórica es la de que su surgimiento se produjo en este contexto oscuro, entre finales del siglo V y comienzos del VI, en medio de la conflictividad que supusieron los avances de los anglosajones. Más allá de eso, abundan las teorías y las hipótesis, pero nada puede asegurarse. En la actualidad, una de las teorías más aceptadas pasa por asumir que el personaje que inspiró a Arturo pudo ser un caudillo de estirpe romana (por relación con la gens artoria) pero natural del actual Gales y, por tanto, perteneciente a la población britona original que tuvo que luchar contra los invasores anglosajones. En todo caso, un personaje representativo de la población autóctona, que encarna

La escuela de Caliope los valores de la resistencia contra aquellos que querían invadir su territorio. Hasta ahí podría rastrearse el origen de ese Arturo que se ve obligado a huir de su tierra natal hacia el continente, hacia la Bretaña francesa, donde durante muchos años ha de esconderse de Vortigern. Es un reflejo mítico del movimiento que la población britona tuvo que realizar, de la migración masiva hacia esa zona para escapar de los avances de los germanos. ¿Qué mejor forma de animar el espíritu que la de suponer que uno de ellos ha de volver a Britannia para expulsar al invasor, vencerle y proclamarse legítimo rey del lugar? El problema de afirmar con rotundidad cualquier hipótesis se debe a los tintes legendarios con que las fuentes que conservamos han rodeado a la figura de Arturo, provocando que en ocasiones sea casi imposible dilucidar qué pudo ocurrir y cuándo. Por otra parte, la primera obra que hace referencia a Arturo como tal, y de la que hablaremos en el siguiente punto, es ya de bien entrado el siglo IX y, por tanto, muy posterior a la época en la que habría vivido el supuesto personaje: en ningún caso puede ser tomada como una fuente de primera mano. El gran interrogante es: ¿por qué esa total ausencia de datos en las fechas más próximas a su vida? ¿Cómo pudo un personaje que habría de calar de tal forma en las sociedades posteriores no dejar indicios de su existencia? ¿Cómo, habiendo sido un líder de tal importancia, podría haber desaparecido toda evidencia de sus


24 hazañas durante más de tres siglos? Por supuesto, podría pensarse que con la figura de Arturo estemos ante un personaje completamente inventado, pero lo cierto es que quienes han estudiado en profundidad la literatura de la zona en esos siglos afirman que ese procedimiento -inventar a las figuras de los relatos- no es usual en la literatura galesa heroica, que canta a personajes históricos, por mucho que fabule sobre ellos. En problema para reconocer a Arturo en la actualidad se debe, en gran medida, a que la imagen del personaje que ha llegado hasta nuestros días ha pasado el tamiz del Roman courtois francés, de la literatura medieval de los siglos XII y XIII y, por supuesto, de los escritos románticos y las novelas de fantasía de los últimos siglos, hasta el punto que es prácticamente imposible relacionar al rey Arturo que hoy conocemos con cualquier posible figura histórica. Así pues, estos interrogantes continúan dando lugar a debates para los que, tal vez, nunca lleguemos a hallar una respuesta.

Para conocer la materia de Bretaña ¿Qué puedo leer para adentrarme un poco en la literatura medieval sobre Arturo y sus caballeros? ¿Qué hubo antes de Marion Zimmer Bradley y todos los demás? Ahí van unos apuntes:

La escuela de Caliope

Historia de los reyes de Britania, de Godofredo de Monmouth, está editado por Alianza.

El caballero de la carreta, que narra la historia de Lanzarote del Lago, y El cuento del Grial, ambos de Chrétien de Troyes, autor del siglo XIII que consolidó la materia de Arturo como una de las favoritas en las cortes del momento.

La muerte del rey Arturo, un escrito anónimo que pertenece al ciclo de la conocida Vulgata.

Tristán e Iseo, en la traducción de Alicia Yllera que publicó Alianza, es una auténtica delicia.

Sagas artúricas, una colección de sagas de la materia de Bretaña tal y como fueron adaptadas y transmitidas en los países nórdicos.

Y para los que quieran un poquito de teoría, La novela artúrica, de Victoria Cirlot, o cualquiera de los escritos del académico Carlos García Gual, son referencia. ¡A leer!

Sara Esturillo


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Taller del Escribidor

La voz de las palabras Actualmente, narrar es una labor que puede hacer cualquiera. O eso piensan muchos. Ya todo tiene un teclado incorporado. Vivimos en una época en la que predomina, por antonomasia, la interfaz de las pantallas. Las máquinas de escribir han quedado en desuso y, ahora, algunos las utilizan como instrumentos de percusión en conciertos o grabaciones de discos. Una lástima. Ni que hablar del papel y un lápiz. ¿Qué estamos en la Edad Media? Entiéndase la ironía, por favor. Se está perdiendo el medio y, por defecto, la forma. Y eso es lo más preocupante. He oído hablar del pánico del escritor. Se trata de ese miedo a enfrentarse a la página en blanco y no saber cómo rellenarla. No es necesario forzar aquello que, románticamente, se conoce como “inspiración”. Es sencillo: llega o no llega. Uno no siempre está preparado para desnudar su alma ante un folio. Es un acto casi profano invadir ese mundo intangible sin tener la predisposición necesaria. Para llegar a un destino, primero, hay que saber caminar y, como en todo, las prisas no son buenas. Pongamos de antemano un supuesto para que naveguemos por el mismo caudal de la imaginación. En el caso de querer relatar ficción —que no información—, es imprescindible, primero, escuchar la voz. Las buenas historias son las que persiguen y atrapan al autor. No son buscadas. No digo con esto que, en el caso contrario, sean malas. Quizás me dejo llevar por el clasicismo bucólico del gremio, no lo niego, pero es así como se comienza a escuchar esa voz. El escritor se ve sorprendido por una trama que lo convierte en un mero canal, un dispensador de energía creativa que da forma al caos

y al desorden de un universo que visitará, en primer lugar, como invitado. Allí podrá observar, experimentar y analizar. La mente canaliza, así, una realidad alternativa a través de la cual genera uno o varios mundos. Pero esto es solo el comienzo. Es cierto que, llegados a este punto, se genera tanta ilusión o endorfina que uno quiere escribir todo lo que siente. Paciencia. El folio debe seguir en blanco. El viaje acaba de comenzar. El tiempo, al igual que el espacio, siempre es limitado, aunque hablemos del intangible mundo de la imaginación. Al final, el escritor conocerá, de sobra, los caminos literarios que componen las vías argumentales de lo que ya es el fermento de su nueva obra. Esa es la primera voz que oirá, una que le trasladará al umbral de las letras —que no de las palabras—, para descubrir qué es lo que desea contar. Sin embargo, aún no habrá aprendido a escuchar al ente que, realmente, relatará su historia: el narrador. Él es el verdadero artificie de su libro, el que hablará directamente con el lector y vivirá en su mente. Es, además, el encargado de poner orden y de discutir con el autor cuando quiera llevar a un personaje por otros derroteros. En su labor narrativa, si bien no conoce mejor que nadie a los personajes y, por consiguiente, sus intenciones y pasiones, puede limitarse a contar lo que ve o, simplemente, formar parte de la trama como un personaje más. Por supuesto, en esta tesitura, vivirá su propio conflicto de intereses con el todopoderoso creador que, al ritmo de un teclado, seguirá empeñado en dar vida a sus muñecos de barro. La experiencia literaria, con el tiempo, permite que cada palabra, al ser escrita, tenga alma y casi pueda latir —y respirar— a través de la pantalla. Si la alianza forjada con el narrador es lo suficientemente buena, es posible que su presencia acompañe al escritor cada vez que se ponga ante un folio en blanco. Su voz habrá resonado tanto en su men-


27 te que habrá consolidado una relación sólida con él. Será su compañero de viaje, casi su mejor amigo. Muchos lo definen como un alter ego, y puede que así sea, pero lo que sí es cierto es que es imprescindible atender a sus consejos, porque no solo guiará al autor por los intangibles senderos literarios sino que, además, marcará en él un estilo. Esa “manera de escribir”, por así llamarlo, se potenciará a medida que la relación entre ambos sea más fructífera y estrecha. Esto no se consigue solo tecleando capítulos como si no hubiera un mañana. Este viaje es lento, hay que saborearlo y vivir cada una de sus paradas. Y esa es la clave. Parar. Es vital dejar que el texto repose. Alejarse, de vez en cuando, de la realidad paralela en la que el autor se sumerge, es imprescindible para volver a encontrarse con ella pasado un tiempo razonable. Mientras tanto, la primera voz —que no la del narrador— volverá a asaltar la parte más creativa de la mente para seguir prolongando o detallando la historia. Si es buena y engancha a su creador, no le dejará casi ni descansar. Al volver a encontrarse con ese folio, que ya no está en blanco sino lleno de líneas que esperan ser corregidas y piden ser releídas, renace un segundo miedo o, más bien, una duda espantosa que martiriza a todo escritor: “¿Y si el texto no es bueno y luego no gusta a nadie?”. Tranquilidad. Pensar eso significa dos cosas. La primera, que lo que haces te gusta tanto que te preocupa. Y la segunda, que si no escribes para satisfacer a nadie, salvo a ti mismo y a tú necesidad de canalizar una historia que, en un primer momento, te alcanzó y no buscaste, entonces no hay de qué preocuparse. Lo mejor es dejar fluir esa magia, tal y como se ha hecho hasta el momento. No hay mayor cura que la naturalidad. Superado este segundo terror literario, llega el momento de que, como autor, seas mag-

Taller del Escribidor

nánimo contigo mismo y te enfrentes a la corrección. Partamos de una base: nadie es perfecto. El error no es un fracaso, sino una oportunidad de aprendizaje. Y aquí llega uno de los grandes dilemas de los escritores. ¿Hay que leer mucho para escribir? Por supuesto. Pero no hay que imitar lo que se lee ni dejarse contaminar con el estilo de otros que, antes que tú, convivieron con su “yo” narrativo. Cada uno tiene el suyo. Es como la personalidad. No es sano plagiar métodos. La originalidad está en jugar con los recursos literarios, que son muchos. Y una de las mejores manera de darles uso es releer lo que hay escrito. Es el momento de cambiar algunos fragmentos y buscar una visión más panorámica. Las comas son pausas para que el lector respire, aunque sea mentalmente. Es importante usar los puntos y seguidos. Las frases cortas son muy potentes. Mantienen el sentido y la coherencia de la idea de un párrafo. Los puntos y aparte son necesarios. Usémoslos. Podría hablar mucho más sobre las técnicas pero, como he dicho al principio, el tiempo y el espacio son limitados y para eso está esta sección. Creedme. Para escribir este texto me he enfrentado al folio en blanco, he escuchado esa voz, he releído y corregido, he dudado de si era lo suficientemente bueno y, después, he confiado en mí mismo. Y he llegado a la conclusión de que esa es la base del estilo: la confianza. Si crees en ti, encontrarás la manera de dar vida a tus universos literarios a tu manera, con tu propio sello de calidad. Búscalo —y búscate— y apuesta por ti y tu talento. Solo entonces sabrás si es un acierto. Continuará… Emilio Prieto Hurtado.


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Juan Antonio Abad Gonzaléz (Juapi, como se le conoce artísticamente), nace en Madrid en 1980. Comenzó desde la infancia ilustrando los relatos de las revistas escolares, dejando claro entonces, que el dibujo era mucho más que un hobbie para él. Tras un curso de dibujo humorístico, su incursión en este mundo le lleva a participar en una exposición de “Manga y Pin-ups” junto a reconocidos autores del panorama español, lo que le mete de cabeza en un curso de ilustración y cómic, donde se implica de lleno en ello , puliendo y mejorando su técnica. Tras cinco años cursando en C10 Talleres creativos y Esdip, empieza su carrera, que arranca con varios premios en diferentes concursos de cómic e ilustración. Actualmente es ilustrador portadista y de interiores, se ha especializado en el arte con café, y entre sus obras publicadas están “El legado de Christie”, una historia de temática zombie, y “En las garras de Bába Yagá”, un librojuego juvenil de la mano de la editoral Alfasur, entre muchas otras obras. En Marzo de 2016, la editorial Apache libros publica su artbook titulado “Juapi, 20 años de garabatos”, y “Retratos para no dormir” que recoge algunas de sus últimas obras pintadas con café. En 2017 comienza a trabajar para Coner4art, una galería de arte internacional con una larga trayectoria profesional desde hace 20 años.

JUAPI Ilustrador

Por qué dibujas

Qué te inspira

Dibujar siempre ha sido un hobbie para mí. Desde pequeño dibujo cualquier cosa, es para mí un modo de relajación, de evasión y de creación sin igual. Pero no fue hasta que empecé a estudiar ilustración cuando decidí que a esto quería dedicarme. He tardado muchos años en conseguirlo. Pero ya puedo decir que soy ilustrador profesional e internacional a tiempo completo.

Esta pregunta me la han hecho en varias ocasiones. Te diré lo mismo que a todos. Antes, cuando era un chaval y dibujaba por dibujar, sí que necesitaba estar inspirado. O tenía esa energía que te da la inspiración “divina” o no me salía nada. Ahora que tengo que hacer dos o tres ilustraciones a la semana, no puedo esperar a la inspiración. He llegado a un momento en el que si tengo que dibujar algo en concreto, investigo, busco documentación, y tras darle algunas vueltas al asunto, llego a la composición que ilustraré más tarde.


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Técnica preferida Evidentemente es el café. Es el producto con el que consigo mis mejores ilustraciones. Puedo hacer cosas que con cualquier otra técnica soy incapaz. No sé cuáles son sus propiedades, pero es cierto que me encantan.

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Consejo para Síguelo en: www.juapicoffeeartist.com principiantes JUAPI ILUSTRADOR

Supongo que será lo que comentan todos los ilustradores en esta sección. Perseverancia, nunca te rindas aunque seas rechazado mil veces. Lucha por tu sueño si de verdad quieres dedicarte a esto. Yo no lo he conseguido hasta los 37 años. Estuve a punto de tirar la toalla, incluso pasé algunos años sin coger un lápiz. Pero mi fuerza de voluntad superó todo eso.

JUAPI GARABATOS


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La hipótesis Saint-Germain de Manuel Moyano De Córdoba (1963), Licenciado como ingeniero agrónomo por la Universidad de Córdoba, en la actualidad trabaja en la gestión cultural en el Ayuntamiento de Molina de Segura, donde dirige el “Premio Setenil” al mejor libro de relatos publicado en España y el ciclo de conferencias “Escritores en su tinta”. Ante una trayectoria como la de Manuel Moyano, uno no puede más que hacerle la ola con admiración. Su primer libro, El amigo de Kafka, fue publicado por la editorial Pre-Textos en 2001, y desde entonces, con sus obras ha sido finalista del Premio Herralde, uno de los premios literarios más prestigiosos de España, y ganador del Premio Celsius de la Semana Negra de Gijón. Y esos son solo algunos de sus reconocimientos. Con esto quiero, entre otras cosas, señalar que hay una predisposición muy especial a la hora de abrir un libro como La hipótesis Saint-Germain: lo hago con unas expectativas que no me permitiría con la obra de un escritor novel o menos experimentado. La obra viene además avalada por el Premio

Navegando entre libros Carolina Coronado 2017. Es indudable que Manuel Moyano sabe captar al lector. Tanto así que el autor se permite el lujo de contarnos esta historia a la manera de un monólogo interno de su protagonista, un testimonio de sus vivencias, que es por tanto un filtro que nos aleja de las cosas que están sucediendo, de la historia que se nos está contando. Mal contada, esta historia no conseguiría que pasáramos de la página diez, porque lo cierto es que la trama es de escasa complejidad. Dos personajes principales: Daniel Bagao, director de una revista de ocultismo y temas paranormales en los que no cree ni remotamente, e Ismael Koblin, un creyente de lo paranormal que afirma haber descubierto la identidad secreta del conde de Saint-Germain, un supuesto personaje inmortal que habría descubierto la piedra filosofal. La novela, por tanto, se dirige hacia las pesquisas de estos dos personajes, ayudados de algunos secundarios que no llegan a adquirir personalidad propia en ningún momento, para tratar de averiguar lo que se esconde detrás de esta hipótesis acerca de la inmortalidad de Saint-Germain. Lo interesante del asunto es que la historia está narrada, a excepción del capitulo final, por el propio Daniel Bagao, que en ningún momento cree ni por asomo que esta hipótesis sea real. Su motivación es desmantelar el pasado oculto de este personaje al que considera un impostor, presumiblemente para sacar buena tajada de las riquezas que ha acumulado de forma ilegítima. Bagao es, como se deduce, un personaje bastante odioso, tan reticente a creer lo que tiene ante los ojos, que el lector -tú, mientras lees- no puede evitar creer, por oposición a la terquedad del narrador. Es una estrategia arriesgada, pero que funciona, en este caso. Quizá lo único que se echa en falta en la novela es tener más novela. Me explico. El problema que implica una narración como esta es que hay muchas cosas que nos perdemos


35 por el camino. Tantas como el propio Bagao deja de lado. Sin embargo, es interesante leer a este narrador escéptico, que escribe cosas que ni él mismo ve, hasta el punto que si uno está lo bastante atento puede dar con la solución a la hipótesis mucho antes de que el propio narrador llegue a ella. La hipótesis Saint-Germain mete al lector en un viaje de descubrimiento de la historia científica, visitando a personajes como Newton, Einstein o Von Braun, y mantiene un ritmo constante que hace avanzar la lectura de forma rápida. Como lector, querrás saber qué demonios está pasando desde el principio, y seguirás leyendo para comprobar si tus sospechas son acertadas. Si Moyano ha decidido contar esta historia como lo ha hecho -desde los ojos de un escéptico-, tenemos que pensar que lo ha hecho de forma consciente y por un motivo. Quizá algún día los escépticos de la fantasía y la ciencia ficción en este país acaben dándole una oportunidad, aunque solo sea porque, como Daniel Bagao, vean que hay verdades que terminan cayendo por su propio peso. No tengo nada que añadir sobre el estilo de Manuel Moyano. Es un escritor consagrado, profesional, y se nota. A nivel forma, su lectura es un disfrute. Sin lugar a dudas, una lectura recomendada.

La balada de Brazodemar de Pedro de Andrés Nació en 1967 en Bilbao. Es Licenciado en Derecho pero, sobre todo, autor de relatos y novelas. Es miembro de la Academia Norteameticana de Literatura Moderna (ANL Moderna) de la

Navegando entre libros Asociación Escritores en Red y colabora con asiduidad en la red social Netwriters y en el Taller Literario de la asociación Terbi. Tenía muchas ganas de ponerme con esta novela de Pedro de Andrés y, la verdad, no me ha decepcionado. Creo que puedo decir sin exagerar que es la mejor novela autopublicada que he leído nunca, una novela que denota profesionalidad, que demuestra tener horas y horas de trabajo detrás. La novela se adscribe al género de la fantasía tradicional, aunque la obra con la que dialoga en cada página es, sin lugar a dudas, Moby Dick, de Herman Melville. Hasta la cita inicial de la obra hace referencia a este clásico, y tengo que decir que me parece magníficamente bien escogida: «¿Quién no es esclavo? Decídmelo». Es una declaración de intenciones. Pedro de Andrés nos va contar una historia sobre la libertad, sobre el peso del pasado sobre nuestras acciones y sobre el valor para aceptarnos tal como somos. Nuestro protagonista es, en un primer momento, un anodino Censor de la isla de Matin, pero su vida se pone patas arriba cuando una prisionera, Avaniera, hurga en su mente y le subyuga para que la ayude a escapar de la isla. Desde ese momento, el Censor se convierte en un fugitivo y se inicia su viaje. Esta es, de hecho, la historia del tradicional viaje iniciático, del héroe que sale del hogar y de la burbuja de comodidad, se enfrenta a mil dificultades y así -solo así-, consigue volver a su lugar de origen preparado para cumplir la que ha de ser su gran misión. Son los detalles los que le


36 dan un matiz peculiar, interesante, a La Balada de Brazodemar. El viaje del héroe no se limita a la acción, a una bajada de peso y al desarrollo de mejores bíceps -que también-, sino que muy especialmente se aprecia en la evolución de la mentalidad de Brazodemar. Este joven, que empieza siendo un Censor de la Moral capaz de ver culpa en cualquier acción, es capaz de reconocer lo limitado de su visión conforme esta se va ampliando, y en los nuevos horizontes, descubre también una nueva tolerancia, una apertura de miras. Para remarcar este hecho, Pedro de Andrés no duda en ahondar en la sexualidad del personaje, y lejos de arquetipos, descubrimos que un personaje que al principio no sabía ni bajarse la bragueta puede esconder muchas y muy agradables sorpresas. El avance hacia un tratamiento natural de la sexualidad -en todas sus manifestaciones- es una de las cosas que hacen aún más interesante al personaje de Brazodemar. La fantasía, en este caso, solo hace acto de presencia para dar al protagonista una serie de rasgos peculiares que le convierten en alguien singular. Con el avance de la acción, como no podía ser de otra forma -como se anuncia prácticamente desde la primera página-, descubrimos que el pasado en gran medida desconocido del personaje es el elemento clave para la comprensión de lo que está pasando en este mundo fantástico. Quizá mi única apreciación crítica apela

Navegando entre libros un poco al estilo, para mi gusto, excesivamente descriptivo de Pedro de Andrés. No quiero decir que ahonde en descripciones del entorno y del mundo que está creando -cosa que hace fantásticamente bien, de forma muy acertada y cuando toca-, sino a que este autor, aún cuando se trata de relatar la acción de la novela, suele optar por contar más que por mostrar. Lo narrativo prima muy mucho por encima de la acción y del diálogo y eso, si bien en algunos momentos es perfecto, quizá en algunos otros episodios hace que la novela adolezca de una presencia muy acusada del narrador, que puede llegar a opacar la voz de los personajes y, por tanto, a impedirnos conectar del todo con ellos. Con todo, merece la pena meterse en la mente de Brazodemar y recorrer con él el Mar de las Letras, a mí no me cabe ninguna duda. En todo caso, ¡feliz lectura! Sara Esturillo


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Tras los muros

GANADOR concurso anterior

VIENTOS DE CAMBIO

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staban sentados los doce caballeros en las sillas de sus caballos, sentados a su vez estos en los confortables asientos que circundaban la tabla redonda de cuatro lados. —¿Qué haremos? ¿Qué haremos si Camelot sucumbe a la amenaza de los crucifijos voladores? —vociferó Arturo a través de una mirada furibunda a su espada Excalibur, aún untada en mermelada de fresa— ¡Caeremos!¡Caeremos por Thor! Sir Lancelot el Bello miraba su reloj de sol portátil a la par que intentaba adivinar dónde terminaría el último rayo de un sol que asomaba y se escondía en irónicas carcajadas. —¡Combatamos con arpas y poetas! No hay sangre más dulce ni arma más ebria. ¡Un brindis por la máquina más eficaz desde aquí hasta el fin del mar! Un alboroto en la sala se diseminó como música en espirales alcanzando todos los rincones y un canoro sí se alzó hasta el suelo, pero Arturo ignoró las palabras del caballero y golpeó la mesa con su cabeza para mantener orden y silencio. —Quiero que me ayudéis. Necesito vuestros masajes y vuestras ideas. Por algo sois mis súbditos, mis compañeros, mis fieles perros de guerra. ¡Ayudadme y os ganaréis un hueso! Sir Percival el Guardián era el más leal compañero de armas de Arturo y no había nadie como él para masajear el cráneo de su bienhechor. Se acercó y le mesó la barba a la par que intentaba unirla mediante un nudo de ahorcado a su furibunda melena, que colgaba plateada como unas cataratas perladas. Es de todos sabido, mi señor, que una nueva religión se acerca. Es rauda y


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veloz y vuela tan hábil como el más hábil de nuestros halcones. Pronto todos seremos marcados por la infamia. Me temo que es inevitable. Sir Galahad el de la Transparente Armadura arrugó el entrecejo en un rictus de disconformidad, obligando a las orugas que lo formaban a contorsionarse dolorosamente. —¿Qué tan fuerte es esa nueva e infame religión, que desafía nuestras costumbres y horada nuestras leyes? ¿Qué tan peligrosa es, oh Arturo? ¿Deberíamos ser temerosos de Osiris y rezar en el fondo del lago? —se mostró escéptico el caballero mientras limpiaba su armadura. —Este nuevo enemigo no es como los demás, ni se parece a ningún otro. Es tan implacable como los dientes dentro de las botas; se extiende como el iris de una enamorada y traspasa las almas de las cuales se alimenta. Despoja a su enemigo del odio y la llama que tanto necesita el espíritu para subsistir y bailar. Sir Gawain el Pálido, que hasta entonces había permanecido en reposo irradiando luz propia, pidió el voto alzando un pié y habló. —Solo un hombre nos puede ayudar más allá de donde las espadas caminan, oh Arturo. Tú sabes bien aquello que no se sabe lo que, si bien sabes de quién hablo, pues no es otro que Merlín el Sabio, otrora tu escultor y ahora desaparecido quién sabe si en este tiempo o en otros por donde su mente escurre y fagocita saberes tan prohibidos y exóticos que, según dicen, harían avergonzar los libros de los eruditos más cultos. —¡No nombres a ese anodino viejo, que sucumbió al origen del mundo que la innoble Morgana sostenía entre las columnas de sus piernas y que una vez allí dentro, se perdió! Ni siquiera quedó en este mundo su sombra, pues tan larga fue que prestaba a la noche para oscurecerse. Sir Tristán el Triste opinaba que había que hacer frente al enemigo con el llanto de batalla, provocando un océano de lágrimas que, como el diluvio de los antiguos, inundaría la tierra y arrasaría con los impíos. Arturo desestimó la idea del caballero y dejó como última opción el melancólico Armagedón. Entonces Sir Gaheris el Fiero entonó una furibunda solución con sus rugidos. —No podemos hacer frente a la amenaza con las artes de que disponemos aquí. Mordred sería de gran ayuda. Convoquémosle. Saquémosle de su utopía de rico hombre y hagamos trabajar a su brazo, siempre fuerte. Despertémosle de ese sueño que le envuelve y aletarga. Rompamos el cristal que le retiene y el cual araña inútilmente. —Peligrosa es la nueva amenaza y más peligroso puede ser aún un Mordred el Masticador de Cadenas, desatado. Encerrado por siempre será, pues tal peligro es que hasta venció a su propio reflejo. Volcanes de sangre costó su encierro y terribles pueden ser las atrocidades con las que adorne de nuevo estas tierras ya malheridas. Solo él ha conseguido disfrazar al mundo de infierno. ¡Entonces perdidos estamos, Oh Arturo! —se mostró afligido sir Kay el Senescal, que sostenía tembloroso una balanza desequilibrada. Sir Lamorak el Rápido, el cual no paraba de mover las manos intentando dibujar las constelaciones, habló:


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—Estamos perdiendo un tiempo nunca encontrado. ¡Ataquemos ya! Un alboroto se cernió en la sala y la cizaña apareció entre caballeros hambrientos de batalla y los temerosos del destino aciago, mas Arturo habló por última vez tras insertarse en su mente la salvación como un rayo de luna. —¡Escuchadme! Inútil es vencer a un enemigo invencible, mas solo yo seré responsable del trágico y desesperado colofón que os ofreceré por mi boca, la cual se resignará a ser quebrada por todos aquellos de vosotros, lamidos por la ofensa que pueda suponeros. Por mucho tiempo hemos defendido nuestra fe como una madre que nos amamanta y nutre y, sin embargo, la mejor forma de acabar con el enemigo es unirnos a él. Dejemos que penetre en nosotros; dejemos que forme parte de nuestro ser, dejemos que tome nuestros hilos y los mueva a su antojo; dejemos que devore todo aquello que somos y, una vez el monstruo haya crecido, le cortemos la cabeza con la traición. Entonces destruiremos su esencia, sus obras y a todos sus innombrables hijos y volveremos a ser lo que una vez fuimos aún más fuertes y renacidos. Entonces todos los caballeros se miraron y comprendieron las palabras de Arturo. Asintieron solemnemente, tragaron sus espadas con honor y se transformaron en corderos recubiertos por una dura y pétrea piel de lobo. Alberto Méndez Luengo

La nieve caía copiosa en el exterior de la cabaña donde Kreigan paseaba inquieto desde hacía rato. Se acercó a la ventana, preocupado por la ventisca. Por fin vio acercarse los focos de un vehículo y suspiró aliviado. Amanecer González Cantero #Microrelatosdeinvierno #InviernoTartarus


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Tartarus #9  

Autor invitado Manuel Revilla - Entrevista a Alicia Pérez-Gil - La leyenda artúrica -Camelot en el cine - Ilustración con Juapi - Consejos d...

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