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F /spam.revista M /revista.spam18@gmail.com DIRECTOR: Miguel Rey / EDITORES: Lorena Sánchez, Yohandry Manzano Castillo / DISEÑO EDITORIAL: M.J. Sardiñas / DISEÑO DE CUBIERTA: Mauricio Llópiz y Camilo Suárez (Sindicato)


lorem ipsum M. J. SardiĂąas


sumario 06

La autenticidad es otra forma de artificio

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Kenneth Goldsmith

Viernes y viernes Juan Cárdenas

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“Es difícil ser parricida cuando nunca

De la serie Silencios reestructurados Yinet Pereira

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“Quienes escribimos somos sujetos políticos” Una conversación con Gloria Susana Esquivel

se ha conocido al padre” Entrevista a Osdany Morales

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Dos ensayos Juan Terranova

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Chaco Liliana Colanzi

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¿Qué tipo de animal eres cuando te enojas? Yohandry Manzano

MISSREADINGS

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Robert Crumb presenta a Robert Crumb


spam.

Teníamos un statement. Pero tener un statement es como usar un pulóver con una frase ingeniosa. Lo eliges en una tienda porque te hace sentir inteligente o porque te parece que cuando venga alguien de frente a ti lo va a leer y va a sonreír. Luego lo guardas en una gaveta y te olvidas de él y después de un tiempo lo sacas y te avergüenzas un poco de haber andado por la calle así, con semejante declaración, a la vista de todos. Entonces piensas que la vergüenza te remite a lo que fuiste, pero en realidad solo es una prueba vaga de lo que un día cualquiera creíste sobre algo. Las opiniones no son definitivas, y en todo caso se podría decir que casi cualquier cosa que uno diga o haga es un statement en sí mismo. En la descripción de uno de los perfiles de las redes sociales de spam se puede leer que es un “proyecto cultural en construcción”. Antes de que viera la luz este primer número de la revista, muchos amigos escribieron cuestionando la pertinencia o no de esta supuesta indefinición. ¿Por qué no pones simplemente que es una revista de arte y literatura? Bueno porque, infantilmente, no estamos seguros de que lo sea. Spam es un proyecto en construcción, pero eso no implica que avancemos hacia una versión final de nada. Es terrible, sobre todo en el arte y la literatura, que no se pueda modificar el status de “lo terminado”. ¿Qué viene después de eso? Spam, es un work in progress permanente, porque el proceso es lo único que importa. Más allá

de la decisión que te pueda haber llevado a usar una prenda que diga ESTE PULÓVER ME LO REGALÓ UN AMIGO DE PANAMÁ QUE ME QUIERE MUCHO, o algo parecido, si atiendes al proceso es evidente que la vida en aquel tiempo era mucho más compleja que ese momento en particular, esa decisión eternizada en tu gaveta que ahora sacas con una mezcla de melancolía y patetismo hacia la persona que solías ser. Querido lector (perdona lo de querido), spam existe, y es literalmente, ese correo electrónico que en principio no quieres recibir. Tal vez vaya directo a tu papelera de “no deseados”. Desde allí puedes recuperarlo y dejar correr este set de textos que hemos dispuesto para ti pensando que podrían contribuir a una formación “sentimental” no reducida a formatos, falsas creencias, equívocas circunstancias. Es probable que esta revista te la haya traído ese amigo panameño que decía quererte mucho, junto con un nuevo post-it: spam es su propio contenido.


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Kenneth Goldsmith

Echo un vistazo a la teoría cuando me doy cuenta de que alguien ha dedicado toda su vida a una pregunta que yo apenas había considerado⁄ Solía ser un artista, luego me convertí en poeta, luego, escritor. Ahora, cuando me preguntan, me refiero a mí mismo como un procesador de palabras ⁄ Hunter S. Thompson mecanografió las novelas de Hemingway y Fitzgerald. “Solo quiero saber que se siente escribir estas palabras”, dijo ⁄ Si no haces arte con la intención de que sea copiado, en realidad no estás haciendo arte para el siglo XXI ⁄ De productor a reproductor ⁄ “El plagio es necesario”, insistía Lautremont. “El progreso lo implica” ⁄ La autenticidad es otra forma de artificio ⁄ Es posible ser falso y sincero a la vez ⁄ En el momento en que te paras frente a las personas dejas de ser auténtico ⁄ La acción de contar una historia verdadera es un acto artificial ⁄ Mi escritura es escritura política; solo que prefiere usar las políticas de alguien más ⁄ Siempre he tenido sentimientos encontrados sobre ser considerado poeta. Si Robert Lowell era poeta, no quiero ser poeta. Si Robert Frost era poeta, no quiero ser poeta. Si Sócrates era poeta, lo consideraría ⁄

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Traducción de fragmentos de Theory.

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Los escritos aburridos y tediosos alientan un tipo de incomprensión facilista, un lenguaje en el que la lectura misma parece perfectamente redundante ⁄ “El Internet no tiene relevancia alguna para escribir ficción, la cual expresa verdades que solo se encuentran a través de la observación y la introspección”, dijo Will Self ⁄ Nuestro historial de navegación es la nueva autobiografía ⁄ Los escritores se están convirtiendo en curadores del lenguaje, un movimiento similar a la emergencia del curador como artista en las artes visuales ⁄ El futuro de la escritura es la gestión del vacío ⁄ El futuro de la escritura es señalar ⁄ El futuro de la escritura no es la escritura ⁄ El futuro de la lectura no es la lectura ⁄ El escritorio comienza a parecerse a un laboratorio o la oficina de un pequeño negocio más que el estudio contemplativo que una vez fue ⁄ Un buen poema es muy aburrido. En un mundo perfecto todas las oraciones tendrían una total semejanza ⁄ Empieza a copiar lo que amas. Copia, copia, copia. Al final de la copia te encontrarás a ti mismo ⁄ Bob Dylan sobre la apropiación: llorones y pendejos se quejan de ella ⁄ Las batallas entre el plagio y los derechos de autor son para el siglo XXI lo que los juicios contra la obscenidad fueron para el XX ⁄ En la retrospectiva sobre Tony Oursler en el Museo de Arte del Williams College, escaleras arriba, escondido muy adentro entre sendas galerías, había un micrófono que el artista instaló para que cualquiera pudiera subirse a hablar. Lo que la gente dijera sería emitido en la nave principal del museo. No había restricciones sobre lo que uno podía decir, solo una pequeña nota recordando al orador ser considerado con los demás y una gentil sugerencia sobre abstenerse de maldecir. Cuando fue mi turno, dije en la voz más clara y parecida a la de un locutor de radio: “Su atención, por favor. Su atención, por favor. El museo está por cerrar. Rogamos a todas las personas se dirijan a la salida. Gracias por su visita”. Aunque el museo estaba a horas de cerrar, repetí el anuncio y vi en la pantalla a las

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Mauricio Llópiz


personas agolpándose en la salida. Una vez más, repetí mi anuncio. En ese instante, un guardia viejo y frenético corrió hacia mí, me tomó del brazo y dijo: “¡No está permitido decir eso!” Cuando le dije que no había nada que me lo prohibiera, él dijo de nuevo que no estaba permitido. “¿Por qué?, pregunté. “Porque no es verdad”, replicó. “Debes dejar de decir eso ahora mismo”. Por supuesto, repetí mi anuncio otra vez. Al pobre hombre le estaba costando un trabajo enorme decidir qué hacer conmigo. Sabía que aunque yo no estaba rompiendo ninguna ley, al cuestionar la autoridad de la institución estaba rompiendo un contrato social no escrito ⁄ No hay lecturas “correctas”. Solo reproducciones y posibilidades ⁄ El problema no es la piratería. El problema es la oscuridad de la obra ⁄ Hojeamos, analizamos, marcamos, copiamos, reenviamos, compartimos y enviamos spam. Leer es la última cosa que hacemos con el lenguaje ⁄ El arte es una licencia para hacer mal las cosas. El resto del mundo intenta hacerlo bien. Nos deleitamos en el hecho de hacerlo mal, sin conocimiento, rompiendo cosas ⁄ “La necesidad de una mala transcripción: trabajar para asegurarse que las páginas en el libro concuerdan con la manera en que la mecanógrafa las transcribió, hasta la última errata. Quería hacer un “libro malo”, de la misma manera en que he hecho “películas malas” y “arte malo”, porque cuando haces algo exactamente mal, siempre se enciende algo”, dijo Andy Warhol ⁄ Exactamente mal ⁄ El acto de mover información de un lugar a otro constituye un acto cultural significativo en y por sí mismo. Algunos de nosotros llamamos a esto poesía ⁄ Hacia una poética sin vínculos: escribir libros sin la necesidad de tener relación alguna con el tema del que estamos hablando ⁄ Soy un escritor tonto, quizás uno de los más tontos que haya existido. Cada vez que tengo una idea, me cuestiono si es lo suficientemente tonta. Me pregunto, ¿es posible que esto, de alguna manera, pueda ser considerado inteligente? Si la respuesta es no, continúo. Nunca escribo nada nuevo ni original. Copio textos pre-existentes y muevo información de un lugar para otro ⁄ La belleza de archivar incorrectamente ⁄ La escritura contemporánea requiere combinar la pericia de la secretaria y la actitud del pirata ⁄

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Cuando el mundo del arte pueda producir algo tan fascinante como Twitter, entonces, volveremos a prestarle atención ⁄ Constuir una carrera basada en lo efímero del meme es excitante y aterrador a la vez ⁄ Si nadie puede hacerlo, no me interesa ⁄ ENTREVISTADOR: En una entrevista con Michael Palmer, él declaró que prefiere escribir a mano que teclear, porque la primera es una experiencia física más íntima. ¿Cómo te sientes al hacer todo en la computadora? GOLDSMITH: Honestamente, pienso que la declaración de Palmer es la cosa más idiota que he escuchado. Seguramente vive en una cueva ⁄ Señalar la mejor información triunfa sobre crear la mejor información ⁄ Consejo de W.G. Sebald sobre escritura creativa a sus estudiantes: Los aliento a que roben tanto como puedan. Nunca nadie se dará cuenta ⁄ ¿Cuánto me dijiste que pesaba el párrafo? ⁄ Cuando retas a alguien a no escuchar, escucha con más fuerza ⁄ Cuando retas a alguien a no leer, lee con más atención ⁄ Cuando dices que tu texto es illegible, te garantizas un público lector ⁄ El auto-plagio es el nuevo plagio ⁄ post-plagio=auto-plagio ⁄ Ahora que hemos plagiado todo, lo único que queda es plagiarnos a nosotros mismos ⁄ Nunca existió el postmodernismo. Primero fue el modernismo. Luego, la era digital ⁄ Los pre-digital y los post-digital. Atrapados en el lado equivocado del muro ⁄ No, querido, los poemas nunca van a jugar un rol directo en la revolución popular ⁄ La vanguardia es el nuevo 1 por ciento ⁄ El copyright es tan del siglo XX ⁄

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La respuesta de Captain Beefheart (1970/1971) cuando un periodista le preguntó que tenía que ver su música con “la revolución”: Bueno, cuando el disco da una vuelta, es una revolución. Cuando el disco da dos vueltas, son dos revoluciones…” ⁄ Si quieres hacer algo nuevo, no vayas más allá de una idea sencilla ⁄ Se llega a lo tonto luego de atravesar lo inteligente. Lo inteligente es estúpido porque se detiene en lo inteligente. Lo inteligente es una fase. Lo tonto es post-inteligente. Lo inteligente es finito, ya transitado, formulista, conocido. El mundo gira sobre lo inteligente. Es obvio que no está funcionando ⁄ A veces siento que los tipos que trabajan en cubículos de oficina entienden la cultura contemporánea mucho mejor de lo que lo hacen la mayoría de los curadores y críticos ⁄ El aburrimiento, la apropiación y la repetición son las nuevas fronteras de la creatividad; son la última esperanza de la creatividad para revivir su yo cansado ⁄ La muerte del autor. Finalmente asesinado por el Internet ⁄ Cuando escribo un anuncio no quiero que me digas que te parece creativo, dijo David Ogilvy ⁄ Al final de un concierto en Carnegie Hall, Walter Damrosch le preguntó a Rachmaninoff qué pensamientos sublimes habían pasado por su cabeza cuando miró hacia la audiencia durante el concierto. “Contaba a los asistentes”, dijo Rachmaninoff ⁄ Lo orgánico es una construcción artificial ⁄ La mayoría de las ideas exitosas son ridículamente sencillas. Las ideas exitosas generalmente tienen la apariencia de sencillez porque dan la sensación de ser inevitables ⁄ Años después, al ser abordado por incipientes estetas, Duchamp describió memorablemente su meta artística: “Sujetar las cosas con la mente de la misma manera en que una vagina sujeta un pene” ⁄ Sin darme cuenta releí un libro y escribí nuevas notas. Cuando archivaba las notas descubrí que ya había leído ese libro cuatro años antes, pero había seleccionado secciones completamente diferentes en aquella ocasión. Sucede que, por quién sabe qué razones, fui impactado por un set de textos completamente diferente ⁄

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A estas alturas, no puedo dejar que la duda entre en este proyecto ⁄ Los estudiantes universitarios en el grupo de lectura sólo podían citar y hablar del texto; una y otra vez, eran incapaces de hacer el salto a la vida ⁄ Un poeta emergente acaba de publicar lo que siento es tal vez el más importante libro de su generación. En otro tiempo, este libro lo hubiera puesto en el mapa. Hoy es solo otro más en un mar de publicaciones de Lulu y likes de Facebook ⁄ Malentender como comprensión ⁄ Malinterpretación como interpretación ⁄ No lo agregues a tus favoritos. Descárgalo ⁄ Porque no confío en la nube ⁄ Estas palabras pueden ser mías. O tal vez no. Después de haber vivido con ellas tanto tiempo, ya no puedo decir la diferencia ⁄ Copiar y pegar palabras de cualquier lugar a mi documento de Word: en el momento que las veo con la tipografía por defecto de mi computadora, en ese momento son “mías” ⁄ Si escuchas a Beethoven, te darás cuenta que siempre es lo mismo, pero si escuchas el tráfico, siempre es diferente, dijo John Cage ⁄ Mientras esperábamos a que la ópera comenzara, tuve una acalorada discusión con Bruce Andrews. Bruce insistía que editar es el trabajo más importante del poeta. No estuve de acuerdo y dije que si los parámetros del escritor son “no editar”, entonces, aplican otros estándares. Inventamos nuestros propios parámetros adecuándolos a nuestros propios itinerarios ⁄ Desechable, fluido y reciclable: tiene sentido que estas palabras no estén hechas para la eternidad ⁄ Actualmente, favorecemos el slogan y evitamos el párrafo ⁄ El intervalo de atención corto es la nueva vanguardia. Todos se quejan de que no ya no podemos recibir grandes pedazos de texto. Eso me parece una razón para celebrar. Twitter es la venganza del modernismo ⁄ SHEILA HETI: Tal vez la gente se mantiene alejada de Twitter y las redes sociales porque no quieren ser influidas por ellos. ¿Qué piensas de estas personas? KENNETH GOLDSMITH: Pienso que son unos idiotas ⁄

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Si lo ignoras, el Internet desaparecerá ⁄ Si no tienes nada sobre qué escribir, prende la TV y empieza a transcribir ⁄ La tarea de esta semana: Por favor, transcribe el Internet ⁄ No significa nada hasta que se convierte en meme ⁄ El arte es algo que hace que nada suceda ⁄ Haz algo útil inútil ⁄ Solo un amateur responde a sus críticos ⁄ Atrévete a ser ingenuo ⁄ Un intelectual dice una cosa sencilla de manera compleja. Un artista dice una cosa compleja de manera sencilla ⁄ Estoy aburrido cuando no estoy haciendo memes ⁄ Soy falso. Pero no una mentira ⁄ ¿De verdad necesitamos otro poema que describa la manera en que cae la luz sobe tu escritorio como una metáfora de la operación de cáncer de tu madre? ⁄ Si no es autoconsciente, no confíes en ello ⁄ Si no es pretencioso, no confíes en ello ⁄ Si no es falso, no confíes en ello ⁄ No tienes idea de qué tan difícil es ser no original ⁄ Soy todo lo que temes que sea. Y peor ⁄ Sí, puedes ser copiado pero no puedes ser imitado ⁄ Estar distraído es el nuevo poner atención ⁄ Plagia a tus plagiarios. Contrabandea a tus contrabandistas. Piratea a tus piratas ⁄ Nos preocupamos demasiado por la originalidad. Incluso si hacemos el mismo proyecto que otro artista, nunca puede ser el mismo ⁄

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Cambiar un punto por una coma en la Wikipedia se registra en la historia de la página con la misma longitud que si hubieses eliminado o agregado un párrafo. De esta manera –a través de micro-maniobras– escribir, sutilmente, pero de manera definitiva, cambia el mundo ⁄ Cuando estoy volviendo a mecanografiar un libro, frecuentemente me detengo y me pregunto si lo que estoy haciendo es realmente escritura. Mientras me siento ahí, frente a la pantalla, golpeando las teclas, la respuesta es invariablemente que sí ⁄ Todo lo que estoy diciendo ya ha sido dicho antes por otros. No hay nada nuevo aquí, solo remixes y refritos de ideas sucias y teorías que envejecieron bien ⁄ He robado cosas que no son mías y he hecho mi carrera de la falsificación y la deshonestidad. Soy orgullosamente fraudulento. Y me ha funcionado bien. Lo recomiendo extremadamente como una estrategia artística. Pero para ser sinceros, no me tomen la palabra ⁄

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-Viernes y Viernes-

Hace un rato me estaba acordando de la noche del museo. Llevaba mucho tiempo sin pensar en eso pero Ivana, tumbada en la alfombra, la cabeza recostada en mis piernas, me miraba con los ojos invertidos, la boca entreabierta, y a mí me dio por pensar en las criaturas, en la primera vez que las vi.

Juan Cárdenas

Ivana debió de notar algo porque de inmediato se levantó a calentarse las manos delante del radiador. Ella no puede saber que mi malestar o mi sonrisa o lo que fuera que asomara en mi cara es un simple accidente producido por la expresión involuntaria de su rostro visto al revés, pero como llevamos tres días encerrados por la oleada de frío polar y ya no sabemos qué hacer para no comenzar a detestarnos, hemos ido propiciando de a pocos una especie de telepatía defectuosa. Así es el invierno aquí, repite ella a cada rato. Y con eso supongo que se refiere a la nieve, al encierro, pero sobre todo a la manera en que mi sola presencia se vuelve una fuente de malentendidos. Ella aprovecha para poner un disco de música folclórica y a mí me empieza a suceder esa cosa que, desde hace un par de días, me pasa con la música del país y es que me entran unas ganas locas, incontenibles, de llorar cada vez que la escucho. Ivana lo sabe y espera mi reacción con ojos pícaros, como si estuviera a punto de hacerme cosquillas y quisiera saborear la anticipación del momento. Las lágrimas empiezan a rodar por mis mejillas. Ivana baila, da saltitos, se burla de mí. Tonto, dice con ese acento suyo, eres un tonto. No llores, zopenco, que esta música es para bailar, música de los zíngaros, para emborracharse en las bodas, zopenco. Zopenco es una de sus palabras favoritas del español y no pierde ocasión de utilizarla. Yo trato de llorar lo más dignamente posible, sin hacer muecas. Dejo que las lágrimas caigan y corroboro que no estoy triste, ni melancólico, ni deprimido. No sé por qué lloro. Quizás sea un júbilo de orden superior, algo que sin duda me trasciende y que, en pocas palabras, llora en mí o a través de mí. El caso es que suena esa música de porquería y mis ojos empiezan a soltar chorros.Ivana sigue bailando, baila mal adrede, como un insecto alrededor de una antorcha. Al cuerpo le da igual lo que uno quiera, el cuerpo hace lo que le da la gana. El mío y el suyo. En qué clase de bichos nos estaremos transformando aquí encerrados. Ivana baila y baila, luego se tira de espaldas al suelo y se arrastra por la alfombra sin dejar de contonearse hasta que su cabeza vuelve a quedar sobre mi regazo, en la misma posición del principio, con los ojos al revés, solo que ahora la boca entreabierta canta,desde el lugar que ocuparía la frente en un rostro visto al derecho,una canción folclórica que se supone debería alegrar-

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me el espíritu, empujarme a celebrar la fugacidad de la vida. De repente me viene como una oleada de lucidez y comprendo que nunca voy a aprender la lengua de esta mujer, que nunca voy a ser su esposo como se lo he prometido, que no voy a quedarme a vivir en su país ni vamos a tener hijos. Apenas pueda me escapo, pienso. Para qué me voy a quedar chupando frío cuando podría estar en uno de esos pueblos a orillas del río Magdalena, tomando cerveza en una hamaca. Ivana asegura que, a pesar de las apariencias, la primavera está a la vuelta de la esquina. En cuanto mejore el clima me escapo, me lo juro con los dientes apretados. Ahora hay que esperar, ser paciente, esperar y pensar bien adónde ir, qué hacer y con quién. Cierro los ojos y dentro de mis ojos aparecen los ojos de las criaturas. La imagen es tan fuerte que no puedo soportarla, tengo que volver a abrir los ojos y entonces veo los ojos invertidos de Ivana sobre mi regazo, la boca que canta con una lengua virada. Hacía mucho tiempo que no pensaba en esos días de las criaturas. Ivana no tiene manera de saber lo que su cabeza vista al revés le da de comer a mi memoria y mi memoria empieza a masticar otra vez, despacio, como una maquinita de moler, las cosas que me pasaron al otro lado del mundo, en mi país, hace más de diez años. Primero viene el recuerdo de mi amigo, que trabajaba de vigilante nocturno en el museo. Un edificio modesto pero funcional. El museo de historia natural de una pequeña capital de provincia. Mi amigo, negro, alto, flaco, en cierto modo elegante con su uniforme azul (y no marrón, como era la costumbre) de la empresa de vigilancia. Mi amigo había estado en el ejército, Batallón de Alta Montaña, y gracias a sus contactos consiguió ese trabajo cuando ya no pudo seguir sirviendo a la patria. Se sentía afortunado. Otros en su situación, ex soldados heridos de gravedad en combate, no habían corrido con la misma suerte y ahora vivían de la pensión miserable del ejército. A mi amigo le gustaba hacer el recuento. Fulano: tullido. Zutano: loco. Perencejo: mocho. Recitaba todos los nombres y el destino de cada cual con una risita sucia pintada en la boca. Luego viene el recuerdo de una mesa de billar. Las tres bolas quietas y un montón de moscas revoloteando encima. Ya habían apagado la música y también los ventiladores del techo. El aire amargo, recalentado. Luego la letra de una canción que, así a la distancia, me parece misteriosa, casi como un dibujo animado: no hay cañaduzal que se esté quieto y quiere que lo piquen pa’que se vuelva aguardiente. Liz Capote

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Luego vienen los pasillos del museo. Una escalera. Otro pasillo muy largo y, por fin, una puerta. Antes de abrir la chapa con una llave que sujeta entre los dedos, mi amigo dice: quería que vieras esto antes de irte. Del interior del cuarto sale una sombra rancia, un polvillo amarillento. Al encender la luz aparecen las criaturas. Animales disecados, amontonados unos encima de otros, que no se parecen en nada a los que están abajo, en las salas del museo. Estas eran criaturas inventadas por la fantasía de los taxidermistas, las alas de uno en el tronco peludo de otro, junto a la cabeza escamosa de otro más. Y así todos, en las combinaciones más inverosímiles. Un estruendo da por concluida la sesión de recuerdos. La aguja ha rasguñado transversalmente los surcos del vinilo. Perdón, dice Ivana, solo quería cambiar de música. Trato de sonreír amablemente. Las lágrimas secas me queman la piel. Ella pone otro disco pero esta vez no lloro, incluso disfruto con la música. ¿Qué es?, pregunto. Ivana me enseña la carátula de cartón viejo en la que se ven los perfiles enfrentados de un hombre de bigote oscuro y una mujer de ojos verdes y pelo castaño claro con trenzas. Es la banda sonora de Amanecer, dice, un clásico de nuestro cine. Alrededor de las caras vistas de perfil hay unos arabescos que recuerdan la ornamentación de las matrioskas. En medio, un campo de flores amarillas. La música es lenta y sincopada, con ribetes orientales, la orquestación muy suave, compuesta expresamente para servir de marco a una impetuosa voz femenina que cuenta algo, vaya a saber qué dirá. Aunque por el tono pensaría que rememora con sarcasmo una historia de amor. Al final de una estrofa la voz se ríe: jajajaja, jojojojo, jijijiji. Y la orquesta ataca el coro con decisión mientras Ivana repite una misma frase cuatro veces. La quinta vez la frase cambia a la mitad para cerrar la rima. Luego Ivana va a la cocina para calentar una olla con estofado de res que teníamos guardada en la nevera desde el fin de semana. ¿Podrías sacar la basura?, dice. ¿Cómo?, contesto, para hacerme el desentendido. Digo que si podrías sacar la basura, por favor, repite, y luego alcanzo a oír que se pone a refunfuñar en su idioma. Me levanto de mala gana soltando un resuello. Voy a la cocina y me arrimo a oler el estofado. Ivana me da un beso en la mejilla. Criollo perezoso, me dice sin dejar de revolver, ya no está nevando. Eres un zopenco pero te quiero. Resignado, agarro la bolsa de basura, que está repleta de porquería, le hago un nudito y después de ponerme el abrigo salgo del apartamento pen-

sando en eso de “criollo”. ¿Por qué criollo? ¿De dónde lo habrá sacado? ¿Y la gente de este país no es, en cierto modo, también criolla? Tengo entendido que por su ubicación geográfica y su historia son una mezcla de Oriente y Occidente, judíos, otomanos, eslavos, gitanos y no sé qué más. La luz automática del pasillo es tal vez el único elemento novedoso en todo el edificio. El resto parece haberse detenido en los años 70, la moqueta, la pintura de las paredes, el diseño de las lámparas, los números de los apartamentos y, por supuesto, el ascensor que, viejo y todo, parece bastante fiable. Los botones del tablero se iluminan cuando uno los presiona, las puertas funcionan como nuevas, la tracción se produce sin esfuerzo del motor. Nunca hay nadie ni en los pasillos ni en el pequeño vestíbulo de la planta baja. Abro el portal y el frío exterior que me recibe no es ni de lejos tan recio como esperaba. El edificio forma parte de un vasto conjunto de bloques construido durante la época socialista. Cada bloque está unido a los bloques adyacentes por unos pasadizos que consisten en unas cintas de concreto sostenidas por vigas. Ivana dice que hasta el año pasado la comunidad de vecinos tenía dinero para pagarle a alguien que se encargaba de recoger las basuras de cada bloque antes de llevarlas a la estación de almacenamiento, situada en el subsuelo del bloque principal, una gigantesca mole con aires de vehículo espacial y que, en sus tiempos, estaba reservada para altos jerarcas del Partido y funcionarios especiales del Comité Central. Ahora, sin embargo, el servicio de recogida ha sido suspendido por falta de presupuesto y cada uno es responsable de sacar su basura hasta la estación de almacenamiento. Una vez afuera, mi cuerpo duda, envuelto en la luz de la tormenta. ¿Es de día o de noche? ¿El tiempo sigue corriendo en la misma dirección o, sin que nos diéramos cuenta, empezó a marchar hacia atrás? Mientras camino aprecio los colchones de nieve que se han acumulado sobre las zonas vacías entre los bloques y pienso que el arquitecto tuvo una buena idea al construir estos pasadizos. De lo contrario habría que caminar a la intemperie, con los pies enterrados en la nieve lodosa. A pesar de que el edificio principal se divisa desde cualquier parte del conjunto, no es fácil conectar adecuadamente los pasadizos entre los bloques para llegar hasta allí sin dar rodeos innecesarios. Ivana lo sabe y me ha dibujado un pequeño mapa en un pe-

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dazo de papel que siempre llevo en el bolsillo del abrigo. Nunca fui bueno siguiendo mapas, no los entiendo, los agarro al revés. Por eso detesto tener que bajar la basura. Porque siempre me pierdo. La nieve acentúa la impresión de que todos los pasadizos y todos los bloques son iguales. Los detalles que a otro le servirían para diferenciar unos espacios de otros a mí me parecen casi como símbolos místicos: un árbol con un neumático ensartado en una rama, una televisión rota, unos columpios. Una pared pintada con grafiti. Menos mal que uno nunca pierde de vista el objetivo del viaje y al final es posible arreglárselas para llegar. Visto desde la base, el bloque principal es incluso más imponente que visto desde lejos. Parece una nave espacial a punto de despegar. Desciendo al subsuelo por una rampa muy ancha, concebida de ese modo, supongo, para que los camiones de carga o de basura puedan entrar y salir del edificio. Claramente el descenso no ha sido creado para los peatones. Abajo hay un parqueadero enorme con carros de todo tipo, algunos lujosos, otros más modestos, aunque la mayoría son utilitarios viejos, de los que se fabricaban aquí hace treinta años. Guiado por el mal olor llego hasta los contenedores, que ya no dan abasto. Las bolsas se desbordan, hay montones de ellas tiradas por el suelo. Después de arrojar la mía a una montaña en precario equilibrio, advierto la presencia de una chica acuclillada delante de una bolsa rota. Levanta la cabeza un instante para saludarme y continúa hurgando entre los desperdicios. Yo trato de contestarle en su idioma, ella vuelve a mirarme, sorprendida quizás por mi mala pronunciación. Hace una pregunta que yo no entiendo. Me encojo de hombros. Siento curiosidad por la manera que tiene de remover los desperdicios. Trato de preguntarle en su idioma qué busca, qué se le perdió. Ella hace la mímica de quitar y poner un anillo en su dedo índice. Y en un inglés percutido trata de explicarme que es el anillo de su madre y yo, con un esfuerzo de la imaginación, creo comprender que la señora se lo quitó para lavar los platos, que el anillo es un regalo de su difunto padre, que la madre no puede vivir sin ese anillo. Me acuclillo a su lado para ayudarle. Revuelvo porquería. Latas, botellas, cáscaras de papa, toallas higiénicas, verduras podridas y, sobre todo, plástico. Mucho plástico de todo tipo. Envases, tarros, bolsas, empaques.

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A medida que meto las manos en toda esa inmundicia me distraigo leyendo los fragmentos de escritura cirílica que me voy encontrando en las etiquetas de los productos. To-ledz-po-vretchu-nov. Son como las moronas de un antiguo muro cubierto de jeroglíficos. ¿Quién era yo antes de venir a parar aquí? ¿Importa acaso? ¿Por qué llegó de repente el recuerdo de las criaturas en el museo de historia natural? ¿Por qué ahora mismo no me acuerdo de nada más? Este es el cuento de un náufrago, pienso, perdido en una isla. Una robinsonada. ¿Y si todas las historias son historias de náufragos, no ya extraviados en un territorio remoto, sino en la historia? Todos estamos perdidos en el tiempo, confinados en una isla diminuta de tiempo. Y a la orilla llegan los pedacitos de un mundo perdido para siempre. En vano nos esforzamos por juntar esos fragmentos, por buscarles un hilo conductor, como arqueólogos mal entrenados y, para acabar de completar, en nosotros se han fundido las figuras de Robinson y Viernes. El amo y el esclavo. Un pequeño soberano que crece como un tumor en el culo del sirviente. La chica lanza un grito de triunfo. Encontró el anillo. ¡Yes, yes!, dice. Y me abraza. Thank you. Como si hubiera marcado un gol. Thank you, dice y se marcha, goodbye, goodbye, thank you. Mientras intento encontrar el camino de regreso a mi apartamento, repito mi nombre varias veces para encontrar anclaje, mi nombre, mi fecha y lugar de nacimiento, pero al cabo de tanta repetidera todo eso empieza a sonar raro, en otro idioma. Estoy aquí por una combinación de accidentes, digo, volviendo al camino del sentido. No pienso casarme con Ivana, ni aprender su idioma, ni vivir en este país de porquería. Si logro escapar, mi vida recobrará su cauce natural. Volveré a ser yo mismo.Y así, con la lengua ocupada en ese sonsonete, me voy perdiendo en los pasadizos cada vez más fríos. ¡Qué frío hace, por Dios! ¿Qué hora es? Dejé el teléfono arriba, así que no puedo saberlo. ¿Y dónde rayos está mi apartamento? Miro el mapa que Ivana me dibujó en el papelito y no logro descifrar ni mi ubicación ni el rumbo que debo seguir. Camino por caminar, sin saber adónde voy. Todos los pasadizos son iguales, todos los bloques son iguales. Levanto la vista hacia el edificio que tengo más cerca; sé perfectamente que no es el nuestro pero igual busco a Ivana en la que sería una de nuestras ventanas. A veces ella sale a asomarse cuando me demoro tirando la basura.


Tengo mucho frío. Apenas salí con el abrigo, sin gorro, sin bufanda, sin guantes. Grave error. Ahora me estoy helando y camino rápido para generar algo de calor en mis músculos. A ver, no es la primera vez que me pierdo. Ya me ha sucedido varias veces, solo que no con este frío. Ante todo hay que conservar la calma porque al final siempre me las arreglo para volver. ¿Qué es lo peor que me puede pasar? Llego a un pasadizo que creo reconocer y me entusiasmo. Voy bien, pienso, voy bien, y casi de inmediato paso delante del árbol con el neumático ensartado en la rama. Confirmado, voy bien. Luego viene la pared con grafiti. Luego los columpios. Aprieto el paso, seguro de que pronto voy a aproximarme a territorio familiar, cuando, a través de un velo de nieve fina, se me aparece otra vez el gigantesco bloque principal, con su aspecto de nave intergaláctica. La arquitectura de repente parece desnuda, esencial, y eso me hace temblar las piernas. Este es el cuento de un náufrago, me digo a mí mismo para compensar la decepción con sarcasmo, para no morirme de pánico, y este es el cuento de Robinson y Viernes, dialogando sin parar en su isla de tiempo, cuchicheando más bien, como dos viejas en el último banco de una iglesia, un cuchicheo subnormal que ya nadie entiende. ¿Qué hora es?, pregunta Robinson. Y Viernes dice: es demasiado tarde para saberlo. Vuelvo a entrar al bloque principal, solo para no congelarme. Bajo por la rampa que conduce a los parqueaderos. La temperatura aquí abajo es un poco más soportable. Me sorprende ver, escarbando entre las bolsas, a un señor mayor que me mira y sonríe avergonzado, baja la cabeza y sigue con lo suyo mascullando un saludo. Yo contesto como puedo y no bien percibe mi acento vuelve a mirarme de arriba abajo. Desde su visión de las cosas, mi acento cambia por completo el sentido de la escena. Extranjero, pregunta en su idioma. Sí, digo. Quiere saber de qué parte. Colombia, respondo. Para él esa palabra no significa nada, puedo leerlo en su cara, en su sonrisa desconcertada. El viejo revuelve en la basura, va separando lo que le sirve y lo mete en una bolsa. Dice algo más pero ya no entiendo. No hablo la lengua, digo en la lengua. Me he esforzado por pronunciar muy bien esa frase. El señor dobla un poco las rodillas y pone boquita de pato, que es el gesto local para dar entender que así es la vida, que la ca-

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tástrofe cotidiana y la incomunicación son inevitables, más allá de las habilidades de los hablantes. Ahora que está más relajado, me enseña el contenido de la bolsa: hay unos tomates magullados, un gorro de baño, un colador para pasta muy maltrecho, una naranja a la que se le podría rebanar la parte podrida y varias cuchillas de afeitar usadas, además de dos botellas con un dedito de vodka al fondo. Lo único que se me ocurre es levantar un pulgar. Muy bien, digo en la lengua. El viejo sonríe con varios dientes plateados y me hace un gesto para que agarre algo. No, gracias, digo, suyo, suyo. El viejo vuelve a encoger un poquito las rodillas mientras pone boca de pato. Entonces yo hago todo un despliegue de muecas y musarañas y palabras dichas a medias para explicarle que estoy perdido, que necesito volver al apartamento de Ivana. La única Ivana que conocí fue hace muchos años, en el ejército, dice el viejo. Se despide y me deja allí solo, frente a la montaña de bolsas destripadas y porquería en estado de congelación. Hay que seguir moviéndose. Hay que saltar, sacudir los músculos. Troto de un lado a otro del parqueadero. Mi respiración se vuelve vapor tibio y fugaz. La idea es calentarme lo suficiente para volver a salir. Hay que saltar, hay que sacudirse el frío de los brazos y las piernas. Frotarse las orejas y la nariz. Tendría que haber aceptado la oferta del viejo y agarrar una de las botellas de vodka, beberme el conchito. Eso me habría elevado la temperatura un poquito. Me habría dado la energía suficiente para poder regresar. En esas oigo un taconeo que se acerca. Trato de localizar de dónde viene, mi cabeza gira de un lado a otro y al final distingo a lo lejos la figura de Ivana envuelta en su abrigo, con un gorro en la cabeza. Me imaginé que te habías perdido, grita, eres un zopenco. Estoy tan feliz de verla que corro. Corro a su encuentro y se me escapan las carcajadas de dicha y alivio. La abrazo con fuerza, la beso en la boca y me olvido de mí por un instante. Toma, zopenco, dice Ivana, entregándome una bufanda, unos guantes y un gorro. Vámonos a casa. Me siento tan contento que el camino de regreso se me hace muy corto. De la mano con mi novia nos reímos de mí, de lo zopenco que soy, de lo despistado. Este es el cuento de un náufrago. Llegamos al edificio, el vestíbulo está bien caldeado. Estoy salvado, pienso. Estoy salvado.

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Dentro del ascensor, Ivana y yo nos miramos a los ojos. ¿O estabas intentando escapar?, dice ella, sonriendo pícara. ¿Ah? ¡Dime, criollo! ¿Estabas intentando escapar? Sí, contesto, ya no aguanto más este infierno. Y nos reímos a carcajadas. Nuestro apartamento se siente deliciosamente cálido. El estofado está riquísimo. Bebemos un vino de mierda que, según la botella, es español, pero no especifica nada más. A mí me sabe a gloria. Con la última copa me pongo parlanchín. Ivana me escucha, divertida por mi repentino histrionismo. Hoy me estaba acordando, digo, de una cosa que me pasó hace años. Tenía un amigo, ex militar, que era vigilante nocturno de un museo de historia natural. Una vez el tipo me mostró un cuarto lleno de criaturas raras. Alguien, vaya a saber qué taxidermista ocioso, un loco, en todo caso, alguien se había dedicado a juntar pedazos de distintos animales. La cabeza de uno con el cuerpo de otro y las alas de otro más. Y así, en las combinaciones más absurdas. Ivana se ríe, Yo me río. Y no te puedo explicar por qué, le digo, pero esas imágenes no se me borran de la memoria. Vuelven y vuelven como si significaran algo. Y yo sé que no significan nada, pero veo a esos animales y veo al vigilante abriendo la puerta y encendiendo la luz para que yo viera a los bichos esos y entonces siento que se va abrir una idea o una revelación, pero lo que se abre no se abre a nada. Es una pura abertura, sin desembocadura. Una pura boca desbocada. Me acuerdo que le dije a mi amigo: ¿Por qué me mostrás esto? Y él: ¿Y por qué no?Y yo: ¿Pero por qué me lo mostrás a mí? Y él: Porque nadie más habría querido venir a verlo. Ivana se agarra la panza de tanto reírse. ¡Nadie más! ¿Puedes creerlo? ¡Nadie más! ¡Solo yo! Todavía atrapada por la carcajada, Ivana se levanta de su silla y viene a sentarse en mis piernas. Me abraza, me besa. Me dice que me quiere.


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Yinet Pereira

Quizás sea un júbilo de orden superior, algo que sin dudas me trasciende y que, en pocas palabras, llora en mí o a través de mí.

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Nunca hay nadie ni en los pasillos ni en el pequeño vestíbulo de la planta baja. Abro el portal y el frío exterior que me recibe no es ni de lejos tan recio como esperaba. El edificio forma parte de un vasto conjunto de bloques construido durante la época socialista.

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Es difícil ser parricida cuando nunca se ha conocido al padre Entrevista a Osdany Morales

Anibal E. Martínez

Cada vez es más difícil encontrar en una librería habanera un libro de Osdany Morales. De los dos que publicó hasta ahora en la Isla, Minuciosas puertas estrechas (2007) y Papyrus (2012) solo se podrá localizar, con un poco de suerte y mucho esfuerzo, el segundo. Desde Brooklyn recibimos después otro volumen de cuentos y un poemario, textos desconocidos para el lector cubano. Con el paso del tiempo, la oportunidad de escuchar su nombre como ganador de un premio nacional, o simplemente como participante en un panel de narrativa insular, se reduce hasta casi desaparecer. Kafka decía que hay dos posibilidades: hacerse infinitamente pequeño o serlo, lo segundo es perfección, o sea, inactividad, y lo primero es el inicio de algo, acción. Osdany Morales publica poco y no publica aquí, lo que nos hace percibirlo a través de esa sensación que te agarra cuando crees que te observan y en realidad esa mirada es para alguien que está detrás de ti. Osdany es un tipo fuera de onda, un escritor desterritorializado. Como nos interesaba esa visión extraviada, un poco a lo Underground de Tom Waits, y su trabajo, spam conversó con él de túneles que desembocan en otros túneles, de cómo su libro Papyrus se convirtió en The last librarian, y de ciertas orfandades que sufre la literatura cubana, solo para que luego nuestros lectores puedan ir a la librería Fayad Jamís a comprar 50 recetas de platos con vegetales (LIBRO DE LA SEMANA).

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¿Cómo comienza el impulso para escribir? Con la incertidumbre. ¿Es posible trazar un hilo conductor entre Minuciosas puertas estrechas, Papyrus y Antes de los aviones? Minuciosas puertas estrechas está hecho de ejercicios con la forma del cuento, con las posibilidades de la trama. Papyrus me parece que es más abigarrado porque la búsqueda que partía del primer libro se daba en este segundo hacia el interior de las escenas, creando deformaciones narrativas, y también por fuera, en el espacio entre ficciones; no sé si son exclusivamente cuentos. O lo son, en la medida en que me interesaba practicar otro modelo para el cuento contemporáneo. Antes de los aviones es una forma más ligera, para un proyecto editorial específico. Es un libro hecho de textos que habían sido publicados de forma dispersa, que podían acercarse en su interés por el apunte, el ensayo literario, la inestabilidad de géneros. Se pueden leer en ese orden. ¿Sientes que estás en un mismo lugar? ¿En un mismo paisaje cultural? Los tres mencionados son primeros libros, es evidente. Comparten esa ansiedad por definir un territorio que luego puede explorarse con otra distancia. Yo no estoy en el mismo lugar en que los escribí, pero esos lugares sí están en ellos. Si me atreviera a sobrepasar la vergüenza (y la arrogancia) de releerlos estoy seguro que encontraré ahí los espacios en que imaginé esos cuentos, las soledades, los afectos, las ambiciones, los apuntes, las computadoras viejas, la música que oía…

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Pensando en aquel texto de Parra: Escribir un poema / Es una tontería perdonable / —Se pueden hallar diferentes disculpas— / Pasarlo a máquina es una tontería sospechosa, / Pero lo que es mandarlo a imprimir / Es una cosa que no tiene nombre. ¿Cómo te enfrentaste al proceso de escribir y publicar un libro de poesía, sobre todo cuando eres un narrador, o al menos un escritor cuyas huellas hemos conocido a través de la ficción narrativa? Es un libro que no se ha publicado en Cuba, así que puedo seguir siendo aquí un escritor de ficción. Entre todos, El pasado es un pueblo solitario, el de poesía, es el que más me complace haber escrito. Mi relación con la literatura cambió luego de ese libro. En los primeros meses en Nueva York estaba sometido a un cuestionario, disperso pero exhaustivo, que se da para garantizar la identidad virtual de cada uno. Cuando las rutinas dependen de un algoritmo de contraseñas distintas, que no debes repetir precisamente para que tu identidad de usuario no sea hackeada, terminas entregando a las preguntas de seguridad (las que se ofrecen para recuperar una contraseña) todas tus memorias. Lo más complicado al formatear ese perfil biográfico ocurre cuando tu experiencia no se corresponde con el modelo cultural que ha diseñado el interrogatorio. Nuestras madres no tienen nombre de soltera, por ejemplo, tal vez no tengas nada que responder sobre el número de teléfono de tu infancia, o no había una mascota en tu equipo deportivo. De ese contraste entre la imposibilidad de amoldar el pasado a la protección de una nueva identidad, y la distancia que me permitía observarlo como una experiencia aparentemente cerrada, salió el formato del libro. Cada poema intenta ser una respuesta a una nueva pregunta

de seguridad. El desconocimiento de la poesía era ideal para asumir su escritura, porque me parecía que me enfrentaba a un libro donde todo debía ser puesto en riesgo. Y Nicanor Parra casi siempre tenía razón, pero una razón que, como las de los buenos poetas, solo le sirve a él. Exponer la poesía es otra forma de ocultarla. ¿Por qué escribir sobre personajes que escriben o leen? ¿Intentas con esto teorizar en torno al proceso escritural o la literatura? Cualquier personaje permite elaborar una teoría de la literatura, desde una mulata huérfana hasta un cazador de ballenas. Dicho esto, los personajes que escriben son más comunes de lo que uno creería, aunque muchas veces quedan velados por el acuerdo de la lectura. Si un cuento o una novela están escritos en primera persona, ese personaje es necesariamente un escritor o al menos un narrador, responsable de lo que está contando. Los personajes declaradamente escritores intentan desactivar esa convención que ha normalizado algo que debería ser más reactivo: la escritura como evidencia. ¿Qué libro no es Papyrus, a la vuelta de más de 5 años? Después de las pruebas de imprenta para confirmar que no fuera otro libro no lo he leído más. Sigue siendo para mí el libro que era. El que escribí en aquel momento, y donde practiqué todo lo que creía que era la ficción. Hace muy poco se publicó su traducción al inglés; ese podría ser, luego de varios años, el libro que no es: The Last Librarian. También he evitado leerlo completo. En tu cuento “Querido sobrino Gobo” el cantante dominicano que aparece como


un personaje coleccionista de literatura cubana en algún punto del relato llega a decir: “Al releer, por ejemplo, la antología Los que cuentan tengo la impresión de que sus autores […] son reclusos que han logrado cavar túneles, a su manera, con lo que poco a poco han podido sustraer, pero que al escapar de sus obsesiones han asomado la cabeza en una zona donde se ensayan gases tóxicos, y sus cuerpos acaban tumbados en un paisaje que lo mismo recuerda al mito del jardín de los dormidos que a un campo de batalla donde cada héroe yace con un corto volumen entre los dedos”. En este sentido, ¿cómo construyes tu túnel? ¿Cuáles son los distintos modos de cavar un túnel? La siguiente historia se la escuché a la escritora Diamela Eltit: a principios de los 70, más de cien presos de una cárcel de Montevideo, en su mayoría tupamaros, deciden escapar abriendo un túnel y a mitad de la obra intersectan un segundo túnel ya terminado, dejado mucho antes por la fuga de los anarquistas en los años 30. Los túneles que desembocan en otros túneles son, sin duda,los más notables. La sintaxis de tu pregunta necesariamente trae también a la conversación al poeta Juan Carlos Flores, que escribió un libro (o grabó un disco) sobre Vegas, Vegas Town, un pueblo que forma parte de los mapas de mi niñez, y que fue una sorpresa encontrar como pistas de audio; descubrir nuevos túneles en la escucha de la lectura de los otros. Volviendo sobre esa rúbrica de la que intentas escapar, pero sobre la que no puedes evitar volver en tu cuento “El club de la pelea”:¿qué fue (o es) la “Generación Cero” y cuál es tu relación con sus autores?

Inicialmente, “El club de la pelea” fue un texto leído en Casa de las Américas en el Festival de Narradores de 2008, organizado por el Centro Onelio. En él no se menciona nada llamado Generación Cero. Es un repaso de tres textos publicados en revistas digitales que circulaban en esos años; mi relación con los autores está ficcionalizada en otras tres escenas. Trata de reconocer algunos rasgos de una generación cuyo mito de origen estaría, para mí, en su experiencia adolescente con el período especial. La Generación Cero me parece una intervención más concreta, relacionada, según han expresado quienes la componen, con el año de publicación de sus libros y con la participación en talleres formativos comunes. Toda generación es parricida, cada escritor de cierto modo también lo es. En este sentido, ¿quiénes son los adversarios a derrotar por los nuevos escritores cubanos? Es difícil ser parricida cuando nunca se ha conocido al padre. Por el contrario, había un deseo obsesivo por reconstruir ese hilo perdido de escritores exiliados, censurados, distantes. Un deseo de frontalidad que no descartaba el crimen, pero primero debía darse el encuentro y sus preguntas repetidas. Es un choque que no termina de darse nunca del todo. Son autores instalados en el futuro porque no están a mano. Has oído sus nombres sobreentendidos, sabes de memoria algunos títulos, no tienes idea de qué escriben o cómo pueden ser esas lecturas, pero vas armando una poética ilusoria con las ausencias de la literatura nacional. Quien repita que los escritores deben ser un círculo conspirativo y arreglárselas para conseguir las lecturas marginadas es un censor. Ese debería ser el tic por el que se le reconozca.

“ Cuando las rutinas dependen de un algoritmo de contraseñas distintas, que no debes repetir precisamente para que tu identidad de usuario no sea hackeada, terminas entregando a las preguntas de seguridad (las que se ofrecen para recuperar una contraseña) todas tus memorias

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La pregunta también puede ser ¿derrotar a quién, para qué? No porque la respuesta sea “A nadie, para nada”, sino porque en la medida en que se tenga claro ese objetivo la confrontación será más definitiva. ¿Qué territorio conquistar?, ¿las imprentas?, ¿las editoriales?, ¿la distribución?¿Qué solución buscar que no repita el elitismo de los burócratas ni la selectividad del totalitarismo? ¿La precariedad, en términos de lecturas, sigue siendo algo que marca al “escritor cubano” de hoy? El paisaje del acceso ha cambiado con la circulación digital (que es un poco arbitraria, un vasto archivo bibliográfico sin portadas donde uno tiene la impresión de estar leyendo manuscritos). Si no fuera porque es necesario algo más que el acceso, esta nueva circulación podría responder las preguntas anteriores.Aún así, yo diría que como lectores no fuimos contemporáneos de nuestros contemporáneos, por una parte; por otra, la literatura cubana de esos años escrita en el exilio había conquistado una dimensión inaplazable. Y esas marcas quedan en la escritura del presente: una ansiedad por ser de nuestro tiempo y una satisfacción en ser anacrónico. Si la escritura contemporánea consiste en vaciar la literatura de contenido, ¿qué percibes como más importante, la historia o la forma, el lenguaje o el contenido? No estaría tan seguro de que se trate de una condición contemporánea. Ya estaba desde el siglo XIX el deseo de Flaubert del libro sobre la nada. Desde entonces se ha ido practicando explícitamente esa ambición, de forma bastante productiva, incluso comercial. Y que tampoco es vaciarla de contenido, sino… vaciarla de una ex-

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pectativa muy codificada de contenido. Un libro en blanco es una agenda. No son las cuestiones temáticas las que me parecen más relevantes para la literatura, sino la formas; porque decidirse por la forma es la opción que incluye más variables, y la más incisiva para impactar en lo real. ¿Qué es para ti la literatura del siglo XXI? ¿Pensando en términos de “función”, si es que vale la pena recorrer ese camino, cuál ves que podría ser esa función de la literatura hoy? La que tiene una consciencia de la lectura como un ejercicio de empatía, la que no jerarquiza géneros y pone en duda la utilidad de la estructura editorial simplificada que heredó del XX, la que reconstruye la escritura que las ideologías desterraron y presentaron como ajustes políticos cuando también se trataba de revanchas estéticas. La que debe estar alerta a los nuevos arribismos, en un momento en que la literatura no le importa a nadie y, sin embargo, todos somos escritores. Kenneth Goldsmith dijo que escribir debería ser tan fácil como lavar platos (y tan interesante). ¿Por qué están tan mal lavados los platos de la literatura cubana? Goldsmith, a diferencia de Parra, no suele ser muy brillante, pero creo que su posición, según la cita de la pregunta, comulga más con una literatura del esfuerzo mínimo que, muchas de las veces (Goldsmith mismo ha dado varias muestras), termina en textos de un desgaste sobredimensionado para ejemplificar ese supuesto mínimo esfuerzo. Los platos cubanos son otra cosa, desde luego. No están sucios, ni siquiera se han usado. Están dispersos, empolvados, vacíos, incorporados a otra vajilla. Ya aprendimos a comer con las manos.


qui en es escribimos somos

sujetos políticos Una conversación con Gloria Susana Esquivel

A Gloria Esquivel la conocimos el año pasado, acababa de llegar a La Habana junto a otros jóvenes latinoamericanos, mientras el Malecón estaba cubierto de pedazos de arrecifes de coral y piedras enormes que el huracán Irma había cambiado de lugar, como se cambian los muebles en la sala de una casa. Lo cierto es que no conocimos a Gloria en el evento en sí, donde se cumplió rigurosamente el programa fijado, sino en otras actividades (digamos que colaterales), donde se improvisaron movidas nudistas en playas conservadoras y casi se consolidó el primer perfomance de una banda que, a la vieja usanza neoyorquina de los sesenta, pretendía tomar un paseo por el wild side junto a Nico y Lou Reed. Aquella vez quedaron pendientes algunas preguntas, demasiado densas para ser formuladas en medio de esa atmósfera no man´s land que nos dejó Irma. Después que el tránsito se restauró en el Malecón y se reactivaron los cuentamillas de los runners, y por supuesto, volvieron los selfies con cruceros detrás, con o sin figurantes, retomamos la conversación con Gloria, Messenger mediante.

Animales del fin del mundo cuenta la historia de Inés, una niña de seis años que intenta comprender el mundo mientras crece, en un contexto de tensiones, tanto familiares como a nivel de sociedad. ¿Por qué elegiste a una niña como narradora de la historia? ¿Puede ser un niño el lector de tu novela? Animales… es una novela sobre todo de la violencia. Pero no de la violencia política y social que generalmente viene atada a las novelas colombianas (aunque está el trasfondo de los años 80 y 90 en donde la violencia generada por el narcotráfico sacudió a las ciudades colombianas),

sino de las microviolencias que vivimos diariamente. Por esta razón era muy importante para mí mostrar pequeñas violencias domésticas y de género a las que se ve expuesta esta niña para reflexionar sobre la infancia y la forma en la que ciertas convenciones sociales y de clase moldean la manera en la que se crea la idea de lo femenino. Por supuesto que todos estos temas también los hubiera podido tratar desde un narrador masculino, pues es interesante cómo las convenciones sociales también definen lo que se entiende por “macho”; pero me interesaba también jugar con mi propia memoria y con las experiencias que tuve mientras

crecía. Creo que los temas de género son universales y que las experiencias desde lo femenino o lo masculino nos hablan realmente de las del ser humano y en ese sentido mi libro es apto para cualquier tipo de lector. Hace poco estuviste en Cuba, con motivo del evento Casa Tomada. ¿Qué opinión te merece la literatura cubana contemporánea? ¿Qué autores cubanos te interesan? Gracias al evento de Casa Tomada tuve la oportunidad de hacerme dos amigas cubanas que me sirvieron como guías dentro del mapa de la literatura cubana y eso lo agradezco infinitamente. Anteriormente me había interesado especialmente la obra de Reinaldo Arenas, Severo Sarduy y, más recientemente, Wendy Guerra y Ronaldo Menéndez, pero era muy difícil para mí encontrar autores cubanos contemporáneos por la misma razón por la que es difícil encontrar autores contemporáneos de otros lados del continente: porque las editoriales no se interesan mucho en hacer que los libros viajen y que podamos leernos entre nosotros. Tuve la oportunidad de conocer la obra de Osdany Morales cuando viví en Nueva York y me interesó muchísimo, pero apenas me había aproximado a la obra de otros escritores cubanos jóvenes. Sin embargo, gracias a estas amigas cómplices logré leer con más profundidad el trabajo de Legna Rodríguez Iglesias y de Jorge Enrique Lage, y me pareció muy interesante. Es difícil hacer

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Catalina Jaramillo

generalizaciones y no quisiera reducir las propuestas estéticas de lo que alcanzo a percibir en los escritores cubanos contemporáneos, pero siento dentro de sus textos una libertad delirante, muy diferente a lo que se hace en otros lugares de América Latina—tal vez esa sea la razón también por la cual siempre me ha interesado esta literatura. Siento que estos autores rompen cualquier límite, noción de realidad y verdad categórica a punta de imaginación, y que son textos enormemente fértiles en donde la creatividad pareciera ser una máquina en constante génesis que no deja de sorprender al lector. La infancia es uno de esos grandes tópicos que trastocan la literatura en América Latina, varios autores—sobre todo autoras como Andrea Jeftanovic, Guadalupe Nettel, entre otras—se han hecho eco de sus problemáticas. ¿Está sucediendo algo con la niñez en la región para que se convierta en una temática recurrente? He pensado muchísimo en esto pues para mí fue fundamental leer a otras autoras latinoamericanas que han escrito sobre la infancia y así darle forma a la novela. Creo que más que un problema frente a la niñez, estas obras tratan el problema de

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la memoria que, en el caso de mi país, es constantemente ignorado pues no hemos sido capaces de mirar nuestra historia para percatarnos de las atrocidades que se han cometido y que han sido fácilmente olvidadas. Siento que de alguna manera, lo mismo ocurre con la historia personal y la infancia. A veces repasar ese lugar en donde estuvimos a la merced de otros y en donde se crearon heridas fundamentales es muy doloroso y es mejor pasar de largo. En una entrevista comentaste que producto del arduo proceso de edición al que sometiste tu novela Animales del fin del mundo, hay muchos fragmentos de la historia que quedaron fuera. ¿Cómo saber cuándo algo sobra y tener la capacidad para desecharlo? Esta es la parte más difícil del proceso de la escritura. Alguna vez escuché a alguien decir que saber escribir es también saber borrar, esto es fundamental a la hora de pensar el proceso creativo. Yo me formé como escritora en talleres, estudié una maestría en escritura creativa y ahora soy profesora de escritura creativa. El enfrentarse con lectores/editores en los talleres es fundamental para el escritor en formación. Ocurre un proceso interno en el

que uno empieza a incorporar esas voces lectores/editores externos, y sabe que hay fragmentos que no funcionan necesariamente para lo que se quiere causar con el texto. Es muy difícil desprenderse de esos fragmentos pero también en esa edición existe un proceso de escritura y una poética muy rica. Eres, junto a la escritora y editora colombiana Alejandra Algorta, fundadora de la editorial de poesía Cardumen, un proyecto que apuesta por el libro-objeto, por el libro-arte. Con respecto al fenómeno de las editoriales independientes en América Latina, ¿cuán independientes son en realidad estos proyectos? ¿Independientes con respecto a qué? ¿Cómo volverlos proyectos sustentables cuando de antemano se sabe que van a contar con fuertes barreras para establecerse? En el caso de Colombia se puede decir que las editoriales independientes son independientes de las grandes multinacionales. Son proyectos nacionales, pequeños, que funcionan más como cooperativas y en donde hay procesos colectivos que ayudan a la difusión de estos libros. Siento que es ahí, en esa idea de lo comunitario, en donde esos proyec


tos independientes funcionan, pues veo que en América Latina la tendencia entre editoriales independientes es la tender puentes para que los libros viajen entre naciones, intentar replicar modelos editoriales entre países para dar a conocer lo que se está haciendo, y volver a darle al libro un lugar valioso dentro del mercado. En algún momento has dicho que, durante el tiempo que fuiste periodista, te costaba imaginarte como escritora de ficción. ¿Qué pasó para que dieras el salto? Tal vez estaba ligado a cierto momento de mi vida en donde no me sentía con la libertad de imaginar la vida y los destinos de los personajes que estaba creando. No me sentía con la libertad de darle rienda suelta a una historia que era una ficción, sentía, eso sí, que necesitaba un poco la estructura de los hechos fácticos de la realidad, así estos sean también fabulaciones. Y lo que pasó fue que me permití esa libertada con la tranquilidad del fracaso y después fabular se hizo mucho más fácil. En tu libro El lado salvaje aparecen elefantes marinos meditando, mariposas convertidas en orejas y langostas sumergidas en agua hirviendo, mezcladas con cameos de Frank O`Hara y Lou Reed en pleno Nueva York, creando con esto una fauna muy particular. Háblanos del proceso de concepción y escritura de este, tu primer poemario. Este es un poemario que fue resultado de experiencias que tuve mientras viví durante tres años en Nueva York. Pensaba que la mejor manera de hablar de la soledad y de la extranjería era por medio de estas transformaciones animales que estaban tan vivas en la ciudad.

¿Cómo es la Gloria poeta frente a la Gloria novelista? La Gloria poeta escribe de experiencias autobiográficas, mientras que la Gloria novelista se da la libertad de inventar mucho más. Aunque es chistoso porque muchos lectores me han dicho que Animales del fin del mundo es una historia autobiográfica, cosa que no es verdad, y cuando revelo que muchos de mis poemas son calcos de experiencias que me han pasado en la realidad no lo pueden creer. La idea de una generación es una concepción decimonónica, pareciera que ha caído en desuso y ya no tuviera sentido utilizarla. Pero, en todo caso, ¿te sientes tú parte de una generación o grupo de autores colombianos? No necesariamente. Siento que en este momento hay muchísima fecundidad en las letras colombianas, autores nuevos que se están dando a conocer y están renovando las estéticas a las que estábamos acostumbrados en nuestra tradición. Sin embargo, todavía es muy temprano para hablar de una generación. Puedo, eso sí, trazar algunos puntos en común con algunos escritores que hemos tenido la oportunidad de educarnos afuera o de vivir en el extranjero durante un largo tiempo y creo que eso nos ha servido para ampliar nuestro panorama literario, ensanchar nuestras bibliotecas y alimentarnos de otras tradiciones y estéticas que antes desconocíamos.

trimento de las intenciones de escribir la “gran novela latinoamericana”, ¿cómo se articulan ahora lo privado y lo público? ¿Es lo íntimo político? No sé como sea en otros países, pero en Colombia la literatura no está despolitizada en tanto somos sujetos políticos quienes escribimos y cada uno, desde nuestro lugar de enunciación, está intentando construir una subjetividad atravesada por problemas de clase, género y raza. Hay una tendencia hacia unos textos autobiográficos o íntimos, pero esta pertenece más al mercado de los best sellers. Me parece que los nuevos escritores colombianos seguimos intentando desentrañar el nudo político y violento de la historia de nuestro país, y que es bastante difícil darle la espalada a una realidad tan complicada como la nuestra. Por ejemplo, este año que se firmaron los acuerdos de paz dándole fin a cinco décadas de conflicto armado, han matado a cien líderes sociales. Es imposible hacerse el sordo frente a esa realidad política, pero también hay que decir que es un mapa político muy complejo y que solo nos queda el pensamiento crítico y la duda para intentar comprender lo que está pasando. En un país en donde lo privado y lo público son una maraña de ineficiencias y violencias es difícil quedarse en un plano intimista y dar la espalda. Siguiendo la línea de la pregunta anterior, se pudiera decir que la literatura latinoamericana se ha alejado de los preceptos

A propósito de la despolitización de la literatura latinoamericana y del predominio de una escritura intimista en de-

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del boom. En el caso de Colombia, ¿cómo se percibe una figura como la de García Márquez? ¿Es posible librarse de su influencia? En este último año se ha vuelto a leer a García Márquez en Colombia bajo un lente crítico y sorprende lo actual que es. Las críticas que le hace a la sociedad machista y patriarcal caribeña resuenan con una vigencia estremecedora y su obra se hace mucho más rica y vigente con los años. Siento que García Márquez es de esos escritores que la gente dice que ha leído pero que en verdad no lo ha hecho, y que deshecha rápidamente pensando que se trata solamente de un realismo mágico ingenuo que busca exotizar el Caribe. Creo que no hay nada más lejano de la obra de García Márquez y que acercarse a ella es acercarse también a las fisuras de una sociedad violenta y machista que parece estar destinada a destruirse.

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“El comment como género”

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dos ensayos

El comment ya es un género literario. Un verdadero género menor. Sus frágiles límites resultan cada vez más reconocibles. Siempre breve, ligero, a veces ingenuo, de salutación. El subgénero “comentario anónimo”, muy difundido, se vuelve rápidamente intimidatorio, punzante, incómodo y se carga de una «mala leche» que, en un principio, desconcierta. “Cualquier pelotudo tiene un blog” (sic). La respuesta desorbitada y narcisista de José Pablo Feinmann es de una agresividad torpe, tanto como la que se encuentra a diario en los blogs, pero, al mismo tiempo, más comprensible. Si nos atacan, nos cuestionan, nos insultan, es esperable una reacción. Ahora bien, ¿dónde nace el espiral de violencia escrita de los comments? ¿Es defensivo? ¿Quién se defiende? ¿De qué? ¿Es parte del potlach general de la web?

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El potlach era una forma de intercambio material y simbólica practicada en sociedades no capitalistas. Los antropólogos y los escritores inconformistas la descubrieron fascinados. ¿Fascinados por qué?

En el comentario anónimo a veces hay lucidez, a veces no. La situación se parece al ring-raje. ¿Quién puede resistirse al placer de tocar y salir corriendo? Pero hay algo más, hay escritura, hay sentido. Las llamadas anónimas implican poner la voz y la voz es parte del cuerpo, evanescente, pero parte al fin. La práctica medieval de los anónimos en la puerta de la iglesia nos acerca apenas un poco más. También el mensaje de secuestro armado con letras recortadas del diario. Nada supera, en todo caso, al anónimo escrito desde la comodidad de una computadora personal. Indignación en la lectura y descargo. ¿Qué pone en juego uno cuando insulta desde esa tribuna instantánea, tumultuosa, donde es muy simple esconderse? La prepotencia parece algo universal, ecuménico. Más aun con la posibilidad de ocultarse en el anónimo o firmar con un seudónimo de guerra.

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Juan Terranova

¿Influye la calidad intelectual de los actores? No creo. En todos los medios hay una cuota asegurada de indisciplina, ira, distracción y equívoco. El crítico de cine tradicional escribe en su columna tradicional del suplemento tradicional contra una película porque su mujer le mete los cuernos. Se ensaña. ¿Es por la cantidad de los que escriben, entonces, que se generan estos roces? ¿Cuáles son las consecuencias necesarias del libre intercambio de la web? “Es posible que la esquizofrenia sea una consecuencia necesaria de la alfabetización” dijo McLuhan. Lo que es innegable es que existe uncostado oscuro, residual, pringoso. En el fascinante y en apariencia positivo mundo de la comunicación digital también vive la cobardía, la sorna, la disconformidad histérica, la envidia y la cizaña.

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Un mail mal escrito o mal leído detona una pelea. La ironía porteña se pierde en los mensajes de la web que generan así resquemores, suspicacias, dudas y fricción. De golpe, navegar por los blogs y los foros de la web se empieza a parecer cada vez más a manejar un Dodge 1500 modelo 82 con la caja de cambios rota por el microcentro porteño un viernes a las seis de la tarde. Hay blogs donde los posts copian el estilo del comment injurioso, reivindicador, destructor, que quiere ser lúcido pero se pierde en su propia violencia. Son los blogs del libertinaje intelectual donde todo es objeto de burla, donde se revuelven las heridas con la ignorancia, se desmitifica, se declara y se amenaza sin otros resultados que la siguiente andanada de intercambios. Esos blogs, ¿descomprimen o comprimen? ¿Válvula de escape o clausura y acumulamiento?

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¿La instantaneidad empieza a borrar los lazos humanos de la comunicación? Sin el roce de la cara y el cuerpo del otro, sin la traba del papel, sin la instancia del kiosquero o el bibliotecario, nos comunicamos vía electricidad y cables, lugares veloces donde las normas básicas de la educación se disuelven. El beneficio de la duda queda aplazado. Todo se vuelve agresivamente epidérmico.

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Otra frase de McLuhan: “Los medios son extensiones artificiales de la existencia sensorial”. (Y acá Diego Vecino me acota: “Los Estados democráticos también”.) La «democracia en el acceso a la publicación« parecería tener, entonces, un lado oscuro, pulsional, incontinente. La baba de los locos. Los sueños de la razón. En esa línea se desenvuelve el comment agresivo. Todas las utopías esconden un matadero y todas las revoluciones construyen en algún momento su patíbulo. La web se queda en el chisme y el sarcasmo. La web como un abrasivo pantano de gruñidos. Insultos en la trasnoche de los blogs y los foros de discusión, en los mails entre amigos y en las cadenas de mails. Hace unos años escribí que los hombres se dicen muchas más cosas por chat que en cualquier otra situación. Antes de la invención del Gmail, ¿dónde iban esas confesiones? No surgían en los vestuarios,después del partido de fútbol. No aparecían en los viajes nocturnos a la costa, los faros del auto iluminando la ruta vacía. No se escuchaban al lado de la máquina de café. ¿O sí? Es probable que no existieran. Con los insultadores quizás pase lo mismo. Un tipo leía una nota en una revista y solamente podía marcar el desacuerdo en su cabeza, anotar al margen sus injurias, discutirlas con un colega, y solo una parte muy pequeña pedía el derecho a réplica o escribía una carta de lectores. No podía, en todo caso, ponerlas a rivalizar con el autor del artículo en los comments. Ni denigrarlo automáticamente.

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Las posibilidades de la web nos vuelven también más intolerantes y agresivos. El narcisismo trascendental de Miguel de Unamuno puede desglosarse en dos afanes radicales. Por un lado, ansia de inmortalidad. Por otro, ansia de conflicto polémico. Los dos constituyen, como es obvio, propósitos de autoafirmación, incluso de regodeo en el propio yo. Unamuno era un blogger sin blog. Baruch de Spinoza fue un pensador estimulante y positivo que nunca dejó de promover la luz, la armonía y la amistad. Al poco tiempo de haber muerto, una rencorosa mano anónima escribió sobre su lápida: «Escupe sobre esta tumba: aquí yace Spinoza. ¡Ojalá su doctrina también quede sepultada y no se propague su pestilencia!». El comment como género del prejuicio y el resentimiento. Algo de literatura tiene que haber ahí entonces. Hace unos años, la peor forma de conocer a un poeta, narrador o ensayista era una entrevista hecha por un suplemento cultural. Hoy, la peor forma es por los comentarios dejados al pasar en un blog ajeno. Lo peor siempre es atractivo. Anibal E. Martínez

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Otra cita de McLuhan, sacada de su libro Contraexplosión: “El hombre electrónico como el hombre prealfabético, extrae por ablación o externaliza al hombre total. Su ambiente de información es su propio sistema nervioso”. Contra explosión, publicado originalmente en 1969, es un sitio web avant la lettre. La versión en español se puede descargar de Internet. A principio de los 50, Leo Fender piensa y construye sus primeras guitarras. Eran animales experimentales hoy muy buscados por los coleccionistas. Del lanzamiento original en enero de 1951, Fender vendió ochenta y siete instrumentos con el nombre “Broadcaster”. Gretsch, un competidor natural, se quejó diciendo que era una copia de su línea “Broadkaster”. Fender tuvo que cambiar el nombre a “Telecaster”. Cientos de folletos, cajas y publicidades ya impresas fueron destruidos. Durante un tiempo las guitarras salieron de la fábrica apenas con el nombre de “Fender”. Los coleccionistas llaman a estas rarezas “no-casters”. Hoy todos los guitarristas del mundo usan diseños ya serializados y convertidos en una marca global y se sienten, mientras hacen su música, parte de la historia.

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El poder de la negatividad nunca puede ser sobreestimado.

“Sobre Twitter” En su edición del 24 de diciembre del 2010, la revista Noticias saca en tapa al pajarito de Twitter y lo declara personaje del año. Por una vez, la portada de este medio se continúa en una nota más a menos a la altura de lo prometido. Darío Gallo recopila datos, amolda estadísticas, y analiza, sin mucho esfuerzo, los usos de la red social. También habla de políticos y famosos sin discriminar, como si fueran dos versiones muy contiguas, casi homologables, de lo público. Se suman algunos columnistas escribiendo gansadas. (El más conspicuo es Guillermo Jaim Etcheverry que se pregunta, desde la ignorancia: “¿Qué llevará a las personas a pensar que detalles intrascendentes de su vida y entorno pueden interesar a alguien?”) Gallo también habla de los negocios que se pueden hacer usando la red social y propone un recuento de las peleas mediáticas que se dieron este año. ¿Se olvida algo? Algo importante. Las cifras no alcanzan para que el lector sienta que está tocando el núcleo duro, la vida de Twitter, esa intersección tan particular entre la masa y la lengua. Si se lo mira retomando cierta tradición literaria, Twitter tiene menos secretos. El soporte produce y condiciona un género, y el género siempre tiene tradición y filiaciones. La primera instancia de lectura crítica implicaría buscar la voz privada que se hace pública de una forma rudimentaria y directa. El archivo registra la pintada, el grafiti y la poesía de pared. Desde Pompeya y su erotismo hasta los aerosoles de la década del 80. Más sofisticada, la definición de la poeta Belén Iannuzzi marca una diferencia con Facebook: «Tuiter es como un Anna Livia Plurabelle de las redes sociales, donde el lenguaje y la comunicación se tensan al extremo». Una pared breve pero continua, entonces, donde todos pueden escribir los saltos de su neurosis. Pero el pajarito también tiene otras aspiraciones. No sólo se trata de la comunicación rudimentaria y accidental, de la consigna política, de la agresión verbal y la libido. El Logos está demasiado presente y lo hace, como decíamos, de forma inapelable. En Twitter se escribe. No hay ni hubo ningún medio, ninguno, donde la escritura se haga presente de forma tan permanente y masiva. Y pese al planteo general del sitio –los 140 caracteres, los colores pastel, la estética arty– Twitter no es unmedio minimalista. Mejor le calzaría, si entramos en el siempre riesgoso juego de las ana-

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logías, la vieja máscara barroca. Me imagino mucha gente en un estadio, en un mercado, en una venta o plaza pública, hablando con amplificadores distorsionados, todos tocados con la careta de su avatar. Y pese a todo, pese a su propio ruido, entendiéndose, encontrándose y agrupándose. De hecho solamente un observador externo y ajeno presencia homogeneidad. Lo que sí hay es un ligero autismo. Pero ni siquiera. Como en todas las largas conversaciones, puede haber participantes mejor dispuestos a oír, y otros, a hablar. Lo que más impresiona a estos observadores externos, por lo general cocidos en el fuego lento de la modernidad, es el poco peso que se le da a un enunciado, la desjerarquización casi completa, la desestimación propia y del otro. En Twitter, como en Bach, las líneas son al mismo tiempo sólidas, livianas y relativas. Quizás un libro útil para entender Twitter sea El pliegue, Leibniz y el barroco de Gilles Deleuze. Pero también podríamos invertir los usos y decir que la primera frase del libro es un tuit: “El barroco no remite auna esencia, sino más bien a una función operatoria, a un rasgo. No cesa de haber pliegues”. En Twitter todo está esencialmente plegado. Los nombres tienen otra cara, la información circula con otro nombre, la mentira se hace verdad, y la verdad se borronea. Se realizan acusaciones serias, se intentan chantajes, se argumentan defensas, pero sobre todo se acusa y se insulta, la mayoría de las veces con ironía. El lenguaje abandona su aspiración de sentido último y fijo, y se dobla, muchas veces más de lo que puede soportar un sujeto formado en el siglo XX. Volviéndose un rasgo, una raya más en el entramado, las frases se recomponen en filigranas azarosas que imitan el dripping de Pollock. A nivel “lengua”, el registro puede ser oral pero siempre en el detalle. No hay espacio para más. Improductiva, ociosa, con abundancia de seudónimos, heterónimos, sarcasmo y cinismo la red se para muy cerca de los medios y la política pero al mismo tiempo nunca es “la política” o “los medios”. De hecho, el tuit parece una evolución del comentario del blog, su hijo astuto, aceitado. La escena de nacimiento podría ser así: “El lector mira la pantalla y dice: ¿para qué voy a leer la nota o el posteo, si lo mejor está en los comentarios?”. El gesto, esa mirada que escrolea y llega hasta lo dulce, ya es un descubrimiento viejo. Otra bibliografía posible para entender el fenómeno Twitter es la biografía esquiva y la producción blanda del poeta bahiano Gregorio de Matos y Guerra. Aunque sus fechas de nacimiento y muerte no están claras, Gregorio de Matos y Guerra existió físicamente entre 1630 y 1700 en San Salvador de Bahía, en ese momento uno de los centros comerciales más importantes de América. Su obra estaba compuesta de sonetos satíricos que no firmaba y que desarrollan una especie de mirada mordaz sobre la vida y la política de su ciudad. La acidez y violencia de sus comentarios hicieron que se ganara el apodo de “Bocado infierno”. Muchos de los poemas que se le atribuyen circulaban manuscritos en páginas sueltas. Los problemas de autoría, producción, circulación y el despliegue del factor “aquello que pensamos todos pero nadie dice” hacen de la crítica especializada en Gregorio de Matos una gran cantera de insumos para comprender o al menos intentar pensar los diferentes contorsiones de nuestro timeline. Y finalmente habría que decir que Twitter es un virus. Como los viejos gusanos que viajaban por la web, llegaban con la conexión, se instalaba en una computadora para infectarla. Pero este nuevo virus no afecta al software ni al hardware de tu clon sino que entra en tu cerebro. Como todo lo que nos interpela, nos modifica, y la gran pregunta es cuál es su capacidad real de daño. Desde luego, lo digo con un poco de ironía, y por supuesto también con algo de resignación.

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CHACO Liliana Colanzi

Mayo Bous

Decía mi abuelo que cada palabra tiene su dueño y que una palabra justa hace temblar la tierra. La palabra es un rayo, un tigre, un vendaval, decía el viejo mirándome con rabia mientras se servía alcohol de farmacia, pero ay del que usa la palabra a la ligera. ¿Sabés qué pasa con los mentirosos?, decía. Yo quería olvidarme del abuelo mirando por la ventana a los suchas que daban vueltas en el inmundo cielo del pueblo. O le subía el volumen a la tele. La señal llegaba con interferencia, una explosión de puntitos. A veces eso era todo lo que veíamos en la tele: puntitos. ¿Sabés lo que le pasa al que miente?, insistía el abuelo, esquelético, amenazándome con el bastón: la palabra lo abandona, y al que se queda vacío cualquiera lo puede matar.

El abuelo se pasaba todo el día en la silla, bebiendo y discutiendo con su propia borrachera. A la noche mamá y yo lo recogíamos y lo arrastrábamos a su cuarto: el viejo estaba tan perdido que no nos reconocía. De joven fue violinista y lo buscaban de todo el Chaco para tocar en las fiestas, pero yo lo conocí metido en la casa, huraño, susurrándole cosas al alcohol. Cállese, cállese, cállese, le decía espantado a la botella, como si las voces estuvieran tentándolo desde el interior del vidrio. Otras veces murmuraba cosas en la lengua de los indios. ¿Qué dice el abuelo?, le pregunté a mamá, que pasaba echando veneno matarratas en las esquinas de la casa. De-de-já a-a-al ab-uelo en paz, me dijo ella, l-l-la curiosidad e-e-s la ba-ba del diablo.

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Pero una vez el colla Vargas contó delante de todo el mundo que en su juventud el abuelo había colaborado con la gente del gobierno que expulsó a los matacos de sus tierras. En ese lugar un cazador de taitetuses encontró petróleo mientras cavaba un pozo para enterrar a su perro, picado por la víbora. Los emisarios del gobierno sacaron a los matacos a balazos, incendiaron sus casas y construyeron la planta petrolera Viborita. Gracias a ese yacimiento se hizo la carretera que pasaba a un costado del pueblo. El colla Vargas dijo que varios avivados aprovecharon el desalojo para violar a las matacas. Algunas eran rubias y de ojos celestes, hijas de los misioneros suecos, dijo el colla Vargas, más lindas que las mujeres nuestras eran esas salvajes. A mi abuelo no le pagaron la plata que le prometieron por echar a los matacos, y que necesitaba para saldar una deuda. Perdió todo. Se hizo malo, borracho. Es lo que dicen. En el pueblo no pasaba casi nada. Nubes tóxicas provenientes de la fábrica de cemento engordaban sobre nuestras cabezas. Al atardecer esas nubes resplandecían con todos los colores. El que no estaba enfermo de la piel, estaba enfermo de los pulmones. Mamá tenía asma y cargaba por todos lados un inhalador. Los zorros lloraban del otro lado de la carretera, por eso al pueblo le decían Aguarajasë. El río se enojaba cada año y subía bramando de mosquitos. Lejos, lejos, estaba el mundo. A mi madre la embarazó un vendedor de ollas Tramontina que pasaba por el pueblo y del que nadie supo más. Dieciocho años después la gente todavía seguía comentando cómo la Tartamuda, de puro enamorada, había hablado sin equivocarse ni una vez mientras estuvo el vendedor de ollas. Una vez, al volver del colegio, encontré a un mataco tirado al borde de la carretera. Se la pasaba borracho y perseguido por las moscas. Era alto, grande. El taparrabos apenas le cubría los huevos. Indio sucio, vicioso, decía la gente. Los camioneros maniobraban para esquivarlo y le tocaban bocina, pero nada tenía la capacidad de interrumpir el sueño del mataco. ¿Con qué soñaba? ¿Por qué andaba separado de su gente? Yo lo envidiaba. Quería que el mataco se fijara en mí, pero él no me necesitaba para ser lo que era. Un día agarré una piedra grande y se la arrojé con todas mis fuerzas desde la otra orilla de la carretera. ¡Toc!, le pegó de lleno en el cráneo. El mataco no se movió, pero un charco rojo empezó a viborear en el asfalto. ¡Cómo soplaba el sur por esos días! El viento llegaba cargado del grito de las chulupacas. Nosotros, inquietos, escuchábamos en la oscuridad. No le conté a nadie lo que pasó. Al día siguiente llegaron dos policías y se llevaron al mataco dentro de una bolsa negra.

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No hicieron muchas preguntas, era nomás un indio. Nadie lo reclamaba. Los vi tirar la bolsa con el muerto a la carrocería de la camioneta mientras hacían chistes. Recogí la piedra, manchada con la sangre del mataco, la llevé a la casa y la guardé en el fondo del cajón, junto a mis calzoncillos. Poco después la voz del mataco se metió en mi cabeza. Cantaba, sobre todo. No tenía idea de lo que le había pasado y se lamentaba con esa voz tristísima y como empantanada de los indios. Ayayay, cantaba. Yo soñaba sus sueños: manadas de taitetuses que huían en el monte, la herida caliente de la urina alcanzada por la flecha, el vapor de la tierra yéndose a juntar con el cielo. Ayayay… El corazón del mataco era una niebla roja. ¿Quién sos? ¿Qué querés? ¿Por qué te has alojado en mí?, le hablé. Yo soy el Ayayay, el Vengador, Aquel que Pone y Quita, el Mata Mata, la Rabia que Estalla, habló el mataco, y también quiso saber: ¿quién sos vos? Ya no hay más vos ni yo, de aquí en adelante somos una sola voluntad, dije. Estaba eufórico, me costaba creer mi suerte. Me volví muy conversador. Comenzaba a decir algo casi sin querer y de pronto ya no podía dar marcha atrás: las historias del mataco y las mías se juntaban solas. Doña María, Tevi dice que a su papá se lo tragó un remolino en el monte. Don Arsenio, su nieto cuenta que cuereó a un jaguar y se comió crudo su corazón, ¿es verdad? Mamá lloraba, que era lo único que sabía hacer. El abuelo dijo que yo tenía la lepra de la mentira y me pegó tanto que el bastón se reventó en sus manos. Tuve que ir a clases con los brazos y las piernas marcados, soportar las miradas de los demás. Miradas en las que pestañeaba la risa. Ahí va el matajaguares, tundeado por el viejo borracho, decían esas miradas. Vi todo rojo, vi todo caliente de la rabia. El mataco adivinó mi corazón: esperá, no te apurés; yo te voy a avisar cuando sea tu tiempo. Después pasaron los motoqueros por el pueblo. Todo el mundo fue a mirar porque los estaban esperando con riña de gallos y don Clemente había prometido sacar a dos de sus gallos más peleadores. ¿Que-querés ir?, dijo mamá. Yo no quise, mucho me dolía la cabeza con la calor. Apenas se fue mamá, el mataco empezó a levantar la niebla roja. Silbaron dentro de mí las chulupacas. El dolor de cabeza empañaba la vista. Fui a la cocina a servirme un vaso de agua. Cállese, cállese, cállese, le decía el viejo a la botella. La mancha de orine creciendo como telaraña en su pantalón. Levantó la vista y se quedó mirándome a los ojos. Usted, flojo, marica, mentiroso, salga de aquí, dijo. Con el vaso de agua en la mano le sostuve la mirada. El viejo desafiante


en su borrachera. Usted es como la caña, hueco por dentro, hijo de qué semilla serás, dijo. Y escupió en el piso con desprecio. La sangre se me rebatió, tenía las venas llenas de esas hormigas bravas. El mataco se puso a saltar dentro de mí. ¿Qué esperás para cobrar tu venganza, cría de víbora colorada? ¿Te dejás tratar así por el viejo borracho? ¿O acaso tu sangre es fría como la del sapo? Fui en busca de la piedra. Me acerqué a la silla del abuelo por atrás y le di un solo golpe fuerte al costado de la cabeza. Cayó. Resoplaba, ronco, la vida se le iba por la boca. Me quedé mirando, sorprendido: ¿tan viejo y todavía se agarraba a este mundo?

tía que había enviudado al otro lado del río y que yo era libre de hacer lo que quisiera.

Mamá llegó más tarde y lo encontró en el piso, ahogándose en su propio vómito. Se cayó en su borrachera, dijeron en el pueblo. Estuvo agonizando varios días, hasta que al séptimo estiró la pata. Vi su ánima desprenderse del cuerpo como un humito blanco antes de escapar hacia arriba. Vendimos la casa para cubrir la deuda del hospital y nos mudamos a un cuarto en la casa del colla Vargas, detrás del almacén. La plata no alcanzaba para más. A la mujer del colla no le gustó el trato y nos saludaba entrompada. El chango de la Tartamuda es raro, la escuché discutir con su marido, ¿por qué los aceptaste? ¿O acaso tenés algo con esa mujer? Y se puso a llorar. Pero si la esposa del colla Vargas hubiera visto a mamá como la veía yo todas las noches, no habría tenido celos: debajo del camisón, las tetas le colgaban hasta la cintura. Mamá y yo dormíamos en la misma cama. Apenas echarnos ella me daba la espalda y se ponía a rezar hasta dormirse. Yo me quedaba despierto, jugando con la piedra que palpitaba entre mis manos y escuchando el murmullo del otro que era yo: Llegó el frío al monte, el río se secó. Ayayay. Saltó la rana en la rama, la víbora se la comió. La muchacha fue en busca de agua, muerta apareció. Ayayay. El joven salió a cazar, muerto apareció. Ayayay. El viejo se fue a su casa, muerto apareció. Ayayay. La que bailó con el otro, muerta apareció. Ayayay. El de la risa de mono, muerto apareció. Ayayay. La del mentón alargado, muerta apareció. Ayayay. Los bultos de los difuntos nadies quería tocar. Entre medio de las matas se empezaron a estropear. Las almas de los finados regresaban a llorar. Ayayay. Dijo ella: ¿Acaso entre puras ánimas nos vamos a quedar? Y al día siguiente no estaba. Ayayay. Los vientos están cambiando, hijo de araña venenosa, para vos. Comienza un nuevo ciclo, se abre el cielo, poné atención. Ayayay.

La recogí en el camino, dije. ¿Q-q-qué hacías el d-d-día en que s-s-se cayó el ab-uelo? Estaba mirando tele, dije. ¿N-n-n-no es-c-c-cuchaste n-n-nada?, insistió. Estaba fuerte el volumen, respondí. Apretó los labios, y con una sola mirada la Tartamuda me desconoció como su hijo. Y-y-ya no s-s-soporto más e-e-sto, dijo, y se encerró de un portazo en la piecita.

A veces mamá me miraba concentrada, como a punto de decirme algo. Un día me anunció que se estaba yendo a vivir con una

¿Cuándo te vas a ir?, le pregunté. Y-y-ya nomás m-m-me voy yendo, dijo. El labio de arriba le temblaba. Respiró por el inhalador, algo que hacía cuando estaba nerviosa. Por primera vez supe cómo se sentía que alguien me tuviera miedo; me gustó. ¿Q-q-q-qué es es-s-s-a pi-piedra que agarrás t-todo el t-t-tiempo?

Me fui a caminar. Cuando regresé, la Tartamuda se había ido llevándose todas sus cosas. ¿Ahora qué hacemos? Salí a la carretera. No te demorés, no te despidás, no mirés atrás. Allá en el camino alguien te va a esperar. Guardé en mi mochila la piedra y un par de mudadas y me fui del pueblo sin despedirme del colla Vargas ni de su mujer. Altas estaban las nubes, cargaditas de veneno. No habían pasado cinco minutos cuando paró un camión cisterna que llevaba combustible a Santa Cruz. El chofer viajaba solo, no tuvo problema en dejarme subir. No me di la vuelta para ver el pueblo por última vez. Íbamos boleando coca y a veces sintonizábamos una radio en guaraní. Vimos kilómetros de árboles

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calcinados arañando el cielo. Vimos un perezoso con la espalda quemada que se arrastraba por la carretera. Vimos un letrero que decía Cristo viene y más adelante otro que decía Hay pan y gasolina. El chofer era uno de esos tipos lo suficientemente mayores como para tener una familia en alguna parte, aunque no tan viejo como para no querer una buena sobada. En una de esas estacionó el camión debajo de unos árboles, reclinó el asiento hacia atrás todo lo que pudo y se bajó el cierre del pantalón. Adelante, compañero, dijo. Al principio costó, por el olor a orín y a viejo. Pero al rato a mí también se me puso dura. El viejo asqueroso jadeaba y me la sacudía mientras yo se la chupaba. Terminamos casi al mismo tiempo. Se subió el cierre, sacó un Casino que llevaba en la oreja y lo fumó, pasándomelo a veces, pero sin mirarme. Por si acaso, maricón es quien la chupa, dijo. Estaba liviano, contento, satisfecho. ¿Lo mato? Si matás al hombre del camino no vas a llegar donde te esperan, ¿o el hombre blanco es pariente del alacrán, que con su propia púa se quiere clavar? Ayayay. Indio leyudo sos, por qué no te callás. Me tenés harto con tu ayayay. Me quedé dormido con el traqueteo del camión y el viento que se agolpaba en la ventana, y soñé que me moría y que del otro lado de la muerte me esperaba un chico hermoso como el sol. Yo me cortaba la lengua y se la entregaba, y al dársela me quedaba mudo pero mi corazón lo llamaba con un nombre: Mi Salvador. Desperté con el temblor del motor que se apagaba.

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Acá vamos a parar un rato, indicó el chofer. Era una casa en medio del camino, con las ventanas reventadas y cubiertas con cartones. Apoyada en el marco de la puerta esperaba una mujer morena fumando un pucho, tallada en esa posición. Era mayor, tendría veintiocho años. A su alrededor el viento arrastraba espirales de polvo que se deshacían en el aire. El chofer le alargó una bolsa con víveres que ella recibió sin agradecer. En el piso de la cocina dos niños jugaban fútbol de tapitas. Ninguno de ellos levantó los ojos cuando entramos. La mujer se puso a cebar mate mientras el chofer se acomodaba en una de las sillas de plástico. No decían nada y apenas se miraban, pero cada uno olía los movimientos del otro. Sentí eso en el aire y salí a dar una vuelta por el sendero detrás de la casa. El monte se puso apretado de caracorés espinosos cargados de esa tuna que los tordos bajan a picotear. Y en un claro, la poza de aguas calientes se abrió burbujeando como sopa. El sol me daba en la cara, así que al principio me cegó el reflejo de la superficie y el vapor que subía. Después lo vi. Echado sobre la roca, el pulpo ondulaba sus tentáculos. Los brazos eran boas gordas y rosadas, cubiertas por ventosas del tamaño de una pelota de billar. Y envolvían a un cachorro de zorro que temblaba, asustado hasta para escapar. El bicho parecía una gelatina enorme derritiéndose en el sol. El lugar apestaba a pescado, a mujer. Cuando me sintió acercándome desde la orilla, el pulpo enroscó sus brazos como señora gorda que recoge sus faldas para cruzar el río. Se arrastró hacia la agua, rápido, desconfiado, el pulpo, dejando atrás su presa. El último tentáculo desapareció con un latigazo: en la superficie reventaron burbujas calientes. El zorro chiquito saltó de nuevo al monte, libre ya, y al rato todo estaba quieto y parecía que nunca hubiera habido bicho. Unos pescados transparentes, de esos a los que se les ve la tripa, comían cerca de la orilla. Pero el bicho gigante debía estar durmiendo o esperando abajo, en el fondo de la agua. El murmullo volvió a crecer en mi cabeza. El río se hizo veneno, el pescado se murió. La hambre fue grande, la comida faltó. Mandaron tres a cazar, ninguno de ellos volvió. Chupando huesos de chancho la gente los encontró. Ayayay. Amarrados de las manos los trajeron de regreso. Cada uno de los niños con un palo les pegó. La cabeza del más joven como zapallo se abrió. A los perros les largamos, la carne les escurrió. Los clavamos con la lanza, el fuego los cocinó. Comimos hasta saciarnos, la panza se nos hinchó. Ayayay. Estuve escuchándonos y tirando piedras en la poza hasta que me aburrí.


Cuando regresamos a la casa, el chofer y la mujer se habían encerrado en el dormitorio. Sus jadeos llegaban en cascadas. Los niños seguían jugando en el piso, sin prestar atención a los ruidos. Uno de ellos, el menor, era torpe y tenía la cabeza con forma de globo, dos veces más grande de lo normal. Nos extrañó no haberlo visto desde el principio: el chico era mongólico. Jugaba con la boca abierta y las tapitas se le resbalaban de las manos. La cabeza del mongólico nos hacía señas como una invitación. Sacamos la piedra de la mochila y la pesamos con ambas manos. Latía la piedra, estaba viva. Ayayay. El viento galopó afuera de la casa haciendo rechinar los palos. Nos acercamos al chico con pisada de jaguar, hicimos el cálculo de la fuerza que necesitábamos para reventarlo. El hermano alzó la vista y nuestros ojos se cruzaron en un chispazo. El chango entendió al tiro, nos miró con curiosidad. Nos quedamos un segundo en ese equilibrio. Entonces se abrió la puerta del cuarto y el chofer apareció secándose el sudor con el borde la camisa. Hora de irnos, compañero, dijo.

En eso escuchamos el frenazo. Las llantas del auto patinaron en el asfalto y salimos disparados en dirección al cielo. Escupimos todo el aire de los pulmones, el espíritu se despegó del cuerpo. El chillido de una mujer llegó rebotando desde alguna parte. Antes de caer nuestra alma flotó por encima de los autos. La paloma nos miró pasmada, y nosotros vimos a la gente detrás de las ventanas de uno de esos edificios altos. Y ya en plena bajada, nuestros ojos se encontraron con los del conductor: era el chango más hermoso que habíamos conocido en toda nuestra vida. Nos miró con la boca abierta, con el puro asombro bailándole en los ojos. Es el Hermoso, el de tus sueños. Mi Salvador, pensamos, reconociéndolo, aquí te entregamos la lengua, tuya es nuestra voz. Un último sonido, y nos abrazamos a lo oscuro.

Volvimos al camión. El percance nos puso de mal humor. La sangre se nos había levantado y se negaba a aplacarse. No teníamos ganas de hablar. Por suerte una vez vaciado de su leche, el viejo asqueroso perdió todo interés en nosotros y se concentró en la ruta. Nosotros no nos resignábamos. ¿Lo mato? ¿No te he dicho que no? ¿No eras vos el Vengador, el Mata Mata? Hombre blanco sin seso, de la raza que no espera, ¿qué me venís a hablar? Tu corazón es como la hormiga, nada ve y solo sabe picar. Me impaciento, ¿mi trabajo dónde está? Cuando tengás ojos para verlo, vos mismo lo verás. Al anochecer llegamos a Santa Cruz. El chofer nos hizo bajar en un semáforo y nos indicó que si seguíamos caminando llegaríamos hasta la plaza. Y ahí quedamos, solos, parados en medio de los autos que iban y venían en todas direcciones. No teníamos un peso, no sabíamos dónde íbamos a pasar la noche. Pero éramos el jefe de nuestra casa. Nos dejábamos arrastrar con la prisa de la gente, nos dejábamos aturdir con el ruido de la calle y llevábamos con nosotros una piedra y nuestra voz. Los edificios crecían hacia todos lados, la ciudad brillaba como si la acabaran de lustrar.

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spa

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am.

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⁄ ¿Qué tipo de animal eres cuando te enojas? ⁄

‘Cause all I want is the moon upon a stick Just to see what if Just to see what is

Yohandry Manzano Castillo

RADIOHEAD

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Estoy sentando en una zona cercana a la entrada y el hecho de que la silla sea de plástico me permite jugar con la idea de que de pronto, por alguna rápida conjunción de desarreglos, me encuentre despatarrado en el piso y alguien quiera mostrarse afable y preocupado y abandone su lugar con la intención de brindarme ayuda. Por ahora no hago ningún movimiento brusco, hago como si no estuviera sentado, finjo poseer la levedad que me permiten las posibilidades. Tampoco hay muchas personas aquí, es jueves y no sé si será pura coincidencia o simplemente una señal, pero la cafetería no está abarrotada de personas. Esta tarde la mayoría de las mesas están disponibles, contando la mía solo hay cuatro ocupadas y por la distancia que las separa puedes pensar que cada grupo en su elección optó por mantenerse al margen.

Las opiniones que usted se haga no son responsabilidad de los autores y menos si las expresa públicamente. 33 1/ TERCIO

Tengo que organizar mentalmente lo que pienso decirle a Thom y lo que sucede con esta necesidad es lo agotadora que resulta. Más para mí, que en estos días padezco de una ansiedad hipnótica que me mantiene en un estado de atención insoportable. Ejemplo: paso los próximos segundos en los que le doy más vuelta a la idea de mi insuficiencia observando la mesa donde unos tipos mayores, cincuentones, beben Heineken y ríen estrepitosamente de situaciones de las que no estoy al tanto. No los conozco, pero los observo, lucen como ejecutivos medios de alguna empresa. Uno de ellos (digamos que se llama Bruno Domínguez, el señor B.D) saca un tabaco de un estuche de cuero y hace el ritual de olerlo y palparlo como si se tratara de una presa, luego lo introduce en una guillotina enmarcada en plástico negro y le corta un extremo. El señor B.D enciende su tabaco y le hace un comentario a otro de los ejecutivos medios. No soporto el olor del humo de ningún tabaco que no sea, en su forma más popular de consumir, cigarro H.Upmann. Es lo que fumo y no sé si eso me convierta en alguna especie de segregacionista. Valeria me ha dicho que si me lo propongo llegaría a ser un amor si fumara, por ejemplo, Hollywood verde. Según ella podría ser hasta demasiado encantador y supongo que con eso quiso decir irresistible. Thom y yo nos encontraremos para cumplir con el compromiso que hice tras leer su mensaje, “Me gustaría saber tu opinión sobre la Generación Cero”, y no poseer ya la suficiente irreverencia (con la que cuento ahora quizás me alcance solo para llevar pulóveres con carteles) para haberle

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respondido lo primero que se me ocurrió, “Preferiría no hacerlo”. Imagina que alguien comoThom Yorke quiera hablar contigo sobre literatura cubana y mezcla eso con el profundo interés que te provoca la música de Radiohead. Tendrás por resultado que pasarás las siguientes noches que te separan del encuentro recopilando la suficiente información para impulsar una conversación.

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Dos semanas antes de recibir el mensaje de Thom leí un intercambio de comments “polémico”1 y un resumen de una presentación de Carlos Manuel Álvarez. El intercambio “polémico” me resultó simpático. Un cruce de opiniones con un marcado espíritu sesentero, centrado de una manera evidentemente indirecta en qué se debe leer, cómo se debe leer, qué autores, cómo “manejar datos y conocimientos” [sic], etcétera. La causa del “roce” juvenil fue la publicación del artículo “Los libros para niños que los niños no quieren leer”. Fue inevitable escrolear y leer los comentarios que recibió el artículo, incluyendo la respuesta indefensa del autor. Le reprochaban el simple hecho de haberse atrevido, y su posición fue rebatir argumentos ficticios con más argumentos ficticios, ubicándose por voluntad propia en una penosa situación: apoyar lo que había combatido. El valor más evidente de “Los libros para niños…” (el artículo más los comentarios) es la legitimación que hace del status quo del “dispositivo” literatura cubana. Un “dispositivo”: serie de prácticas y mecanismos engranados con el objetivo de conseguir generar determinado efecto (orientar, modelar // controlar gestos, conductas, opiniones y discursos sobre un tema). Al existir disímiles dispositivos es fácil entender cómo “Los libros para niños…” legitima en niveles desproporcionados el “dispositivo” literatura cubana, su funcionamiento. Dos personas en plenitud de sus capacidades “debaten” sobre literatura cubana como debaten dos hermanos pequeños por obtener el mejor juguete, el más nuevo. Y la ironía, también desproporcionada, casi la misma que posee un programa de televisión de “crítica social”, es que piensen que están removiendo los límites de la literatura nacional mientras aumentan la comodidad y la tranquilidad autoplacentera de sus “colegas” escritores. No se puede coincidir de una manera tan complementaria defendiendo ideas que se presentan como opuestas. Solo porque digas que existe una contradicción no significa que exista. Lo que no es tan fácil en un “dispositivo” es determinar el rol de cada uno de los actores y partes. Aquí va otro trozo de ironía del “dispositivo” literatura cubana. En el acta de un premio de narrativa que se declaró desierto el año pasado se lee lo siguiente: “[…] ante la evidencia de una generalizada falta de rigor en lo formal e impericia en el ejercicio del oficio de la escritura, junto a un abuso de los artificios creativos en detrimentode la solidez argumental”. Esto son los razonamientos del establishment literario cubano que dice sentirse vivo en este siglo veintiuno. El resumen de la presentación de Carlos Manuel Álvarez lo leí en Facebook. Carlos Manuel Álvarez hace años asumió el rol de gurú de nuestro dispositivo para el mercado editorial extranjero y un

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1

https://www.isliada.org/

los-libros-para-ninos-quelos-ninos-no-quieren-leer/


grupo importante de escritores y no-escritores cubanos que desde los propios límites del dispositivo, cáptese la ironía, le hacen lobby. Mi atención fue absorbida por el clímax de la presentación, momento en el que Carlos Manuel retoma unas palabras de Slavoj Žižek y dice, “Cuba ha pagado el precio de estar atrapada en los sueños de otro”. Recuerdo que a finales del 2016 El País publicó el artículo, “El tardío fin del siglo XX”, tras la muerte del líder de la Revolución Cubana, Fidel Castro. En la última parte del texto (no tenía comments cuando lo leí), evocando una idea que Deleuze escribió en alguna parte (Si vous êtes pris dans le rêve d l’autre, vous êtez foutus), Žižek anota, “Los cubanos han pagado el precio de estar atrapados en los sueños de otro”. Al menos yo hallo una cáustica diferencia entre “Cuba ha pagado el precio…” y las palabras de Žižek pasadas por aguas deleuzianas, “Los cubanos han pagado el precio…”. Dicho rápido hasta pudiera parecer lo mismo y a pesar de que muchos afirmen que sí, Cuba, ese ente abstracto que no existe y existe a la vez, de maneras dispares en los anhelos de miles de personas desveladas, dispuestas a añorarla, no es lo mismo que los cubanos, nosotros mismos, cuando se trata de vivir sueños de otro.

no existen posibilidades de ahogarse aquí

No pienso decirle nada de esto a Thom Yorke, aunque me serviría en caso de que necesite ubicarlo en un contexto más amplio.

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Mi preparación ha consistido en una serie de lecturas básicas. Leí los monográficos que le dedicaron a la literatura cubana “contemporánea” las revistas Istor (año xv, número 63, invierno de 2015), Letral (n.º 18, 2017) y la Revista de Estudios Hispánicos (Tomo 51, Número 2, Junio 2017). Leí las entrevistas “Año 0. Los benditos se reúnen”, “Conversa en Benefit Street (sobre literatura cubana reciente)”, “Ahmel Echevarría: diálogo desde su obra”, y la conversación a tres bandas, “Una conversación sin café” (Arturo Arango, Ahmel Echeverría y Jamila Medina), publicada en La Gaceta de Cuba (n.º 2, marzo-abril del 2014). Leí “El evangelio según Arnaldo (decálogo de canonización” (disponible en la web antigua de La Jiribilla) y el prólogo del propio Orlando Luis Pardo Lazo a la antología Generation Zero. An Anthology of New Cuban Fiction (SampsoniaWay, 2014). Leí el prólogo de Duanel Díaz a la antología Una literatura sin cualidades. Escritores cubanos de la Generación Cero(Casa Vacía, 2016). Leí “La generación 0” de Lizabel Mónica (La Noria, n.º 3, 2011). Leí “Pequeños signos de interrogación” de Jorge Fornet (aparecido en la revista Textos, n.º 1, año 1, abril-junio del 2017 y que es el último capítulo de su libro Salvar el fuego). En el monográfico de la revista Istor se incluyen, además de la presentación de Rafael Rojas y la suerte de epílogo que es “¿Vale la pena escribir?” de Jorge Enrique Lage, los textos, “Políticas de la distancia y del agrupamiento. Narrativa cubana de las últimas dos décadas” (Walfrido Dorta), “El Gran Mentiroso vs. El Gran Paranoico” (que se puede leer como otro poema de Carlos A. Aguilera) y “Entre la fricción y el tartamudeo. La voluntad de hacerse intraducible” (un texto selfie de Ahmel Echevarría, en el que recicla parte de lo que ya había dicho en “La casa de los naúfragos o la vista en planta de una generación”, número 373 de la revista Quimera, diciembre del 2014. El dato: en ese momento todavía no había circulado tanto “El factor Cuba. Apuntes para una semiología clínica” de Gilberto Padilla, texto en el que se apoya Ahmel más de una vez en su updating). Definitivamente “El factor Cuba…” seguirá siendo el principal counterpoint de la Generación Cero.

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El monográfico de Letral es más variado en calidad. Incluye los textos, “Literatura cubana contemporánea: lecturas sobre la Generación Cero (introducción)” (Monica Simal y Walfrido Dorta), “Freeze-frame: temporalidades especulativas en la escritura de la Generación Año Cero” (Emily A. Maguire),“Fricciones y lecturas del archivo cultural cubensis: Diálogos entre Juan Abreu y Jorge E. Lage” (Walfrido Dorta), “Generación Cero: pasado, presente y pecado. Emociones/tiempo/ espacio en la narrativa de un grupo de escritores cubanos” (Laura V. Sández), “¿Ha surgido una literatura post-dictatorial en Cuba?” (Omar Granados), “La noria de Ahmel Echevarría Peré o la máquina contra el olvido” (Mónica Simal) y “Demasiada Anestesia y muy poco dolor en el teatro de Agnieska Hernández” (Gelsys M. García Lorenzo). Autores y textos que aparecen en la Revista de Estudios Hispánicos: “Inscripciones actuales de un mundo por venir: Nuevos escenarios en literatura y arte cubanos recientes”(Walfrido Dorta), Jamila Medina (“Una Cuba de Rubik: Holograma de los Año(s) Cero (hibridez, glocalidad, ¿des?posesión”), Walfrido Dorta (“Narrativas de la Generación Cero: Escenas de traducción, cosmopolitismo y extrañamiento”), “Poesía cubana de cambio de siglo. Anulación de todo meridiano” (Yoandy Cabrera), “Temporal Palimpsests: Critical Irrealism in Generation Zero’s Cuba in Splinters” (Emily A. Maguire) y Rachel Price (Books to Be Looked At).

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Algo en lo que coinciden los textos en los que se incluye una genealogía de los “Cero”: Fue Orlando Luis Pardo Lazo el rotulador del término Generación Año Cero. Algo que se menciona en algunos de esos textos: El término inicial fue Generación Año Cero. Luego, ¿una cuestión de marketing o comodidad de la crítica?, se redujo a Generación Cero. Esta reducción que a la vez sirvió, de una forma invaluable, a la visibilidad como grupo que ganaron, hace pensar en el propio nacimiento, la marca de agua de estos escritores. Algo en lo que no coinciden la mayoría de los textos y antologías que recogen parte de lo escrito por ellos: La lista de sus integrantes. Si nos remitimos a la entrevista fundacional, “Año 0. Los benditos se reúnen”, encontramos los siguientes nombres: Ahmel Echeverría, Arnaldo Muñoz, Demis Menéndez, Jorge Enrique Lage, Michel Encinosa, Orlando Luis Pardo, Polina Martínez y Raúl Flores. Luego aparecerían, indistintamente, otros nombres en listas y antologías: Erick J. Mota, Gleyvis Coro, Abel Fernández-Larrea, Jhortencia Espineta, Jorge Alberto Aguiar, Lia Villares, Lien Carrazana, Lizabel Mónica, Osdany Morales, Carlos Esquivel, Legna Rodríguez, Gerardo Fernández Fe, Duanel Díaz, Gilberto Padilla, Carlos Manuel Álvarez, Dazra Novak, Agnieska Hernández, Anisley Negrín, Yunier Riquenes, Jamila Medina. Algo curioso: Nunca volvieron a juntarse en otra lista o antología los elegidos de la lista fundacional. En alguna excepción volvió a aparecer Polina, pero en ningún caso volvieron a aparecer Arnaldo Muñoz y Demis Menéndez. Algo alucinante por definición: Orlando Luis Pardo Lazo también rotuló el término nuevarrativa. Algo alucinante (mente alucinante): Las palabras iniciales de Lizabel Mónica en “La Generación 0” para referirse a la influencia de Felisberto Hernández y Mario Levrero en la obra de Orlando Luis Pardo y Raúl Flores.

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La lista de los más bendecidosla integran cinco nombres: Ahmel Echeverría, Jorge Enrique Lage, Michel Encinosa, Orlando Luis Pardo, Raúl Flores.

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Hace unos minutos se unieron a la mesa de los ejecutivos un tipo joven y dos muchachas y entre todos comenzaron a hablar como si estuvieran solos aquí. Una de las dos muchachas, la que se parece a Norah Jones2, cuenta que todavía se siente afectada por dos documentales que vio ayer, uno sobre la vida privada de parejas de intelectuales famosos y el otro sobre los zorros polares. El señor B.D le pregunta de qué manera la han podido afectar tanto y ella hace una pausa y aprovecha para encender un Hollywood verde (yo aprovecho y enciendo un H.Upmann). Ella da una chupada y dice que no lo tiene muy claro, pero el documental de los zorros polares le dejó la sensación de que los seres humanos disfrutaban tratar como objetos a otros seres humanos. De momento pierdo el hilo del razonamiento de Norah. La vuelvo a escuchar cuando habla de los animales, de los zorros polares, Son unos animalitos apreciables que miden entre 35 y 55 centímetros de largo y las duras condiciones climáticas no les impiden permanecer activos todo el año, sin emigrar ni hibernar. Luego habla de los zorros polares como seres sociales y resume un poco de sus comportamientos en manadas o en parejas, de sus hábitos de alimentación y de sus preferencias reproductivas. Dice: Muchas veces cazan subiendo las montañas, esperan atentos al movimiento de una presa y de pronto meten la cabeza en la nieve y la sacan de su escondite. Norah sonríe sosteniendo el cigarro y dice señalando al señor B.D, No me negarás que son muy distintos a nosotros. Ellos son preciosos y hay que entenderlos, No tenemos que echarlos de todos lados. El señor B.D le dice que si ella lo dice, él también los ve así, tiernos zorros polares por todos lados. Los demás ejecutivos sonríen y el tipo joven y la otra muchacha también, pero de una manera cómplice. Piden hacer un brindis por los animalitos y Norah dice emocionada, Somos preciosos, ¿verdad?, y extiende el brazo y le acaricia la mejilla al señor B.D. Creo que se sienten muy bien a pesar de que acaban de conocerse. El señor B.D acomoda el tabaco en el cenicero, mueve la cabeza hacia los lados reproduciendo alguna rutina con la que libera energía acumulada y dice que tiene que ir al baño. Norah lo mira y él le pregunta, ¿Me dejas ir verdad? Si no me dejas me quedo aquí quietecito. Ella sonríe y da una chupada al Hollywood verde mientras él se aleja dando pasos cortos, descoordinados. Es posible que los motivos abstractos del escote amplio del vestido de Norah hayan cumplido su misión. Una de las camareras pasa por mi mesa y recoge las botellas vacías, de regreso pasa por la de ellos y en ausencia del líder, Norah pide otra ronda de cervezas. Yo también he estado bebiendo Heineken hoy jueves, y sobra decir que a pesar de la distancia hace unos segundos, cuando surgió la idea del brindis colectivo, también brindé por los zorros polares.

Esa falsa melancolía

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es reconocible a dos mesas de distancia.

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El resto de los consumidores de hoy son tres chóferes que almuerzan sin hablar absolutamente nada y una pareja que aprovecha la sombra que recibe una de las mesas ubicadas cerca de la caja registradora. La mujer está embarazada y el hombre a ratos le pregunta si se siente bien o simplemente le mira la barriga y sonríe. Llevo puesto un pulóver que tiene un letrero (Tourist go home) que luce como una etiqueta blanca que resalta más por la delimitación que posee del resto de la tela. Apago mi H.Upmann y observo una pequeña fuente que hay cerca de la mesa de los chóferes. Trato de recordar de dónde salió esta idea de llevar un pulóver con semejante declaración tan infantil. Desde aquí alcanzo a ver que en el fondo de la fuente hay dispersas rocas de distintos tamaños y mucha basura. Aunque no es así, creo que de alguno de los niveles de la fuente debería colgar un cartel que advierta, Usted y su familia están a salvo de accidentes, NO EXISTEN POSIBILIDADES DE AHOGARSE AQUÍ.

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Una ligera reflexión lleva a ubicar el nacimiento del “mito Bolaño” en Estados Unidos, allí donde comenzó a actuar la maquinaria publicitaria, reproductora de los acendrados valores de la sociedad estadounidense. Bolaño como compresa, de las que traen alas por supuesto, que utilizaron los estadounidenses para taponar el desangramiento. Bolaño como actualización para el lector estadounidense de la profunda preocupación “qué es América Latina” que pretendían satisfacer entre las páginas de las novedades literarias. La regla que les venía encima y que a la vez fungía como el momento para echar un vistazo al resto del continente (= la parte que legitimaba su status como nación, los descendientes WASP que yacen desperdigados más allá de los cauces del Misisipi). El gesto escatológico se reduce a “el no saber cómo huele tu propia mierda te lleva, primero, a preocuparte por cómo huele la de los demás”. La definición de lo otro es aquí un acto de reafirmación del yo desplegado, en este caso, bajo la escandalosa forma del mercado editorial. La imagen clásica es la del encuentro de un estadounidense diciendo, Ah, sí, ustedes… son… (con libros en la mente como Cien años de soledad, La fiesta del chivo, Tres tristes tigres, la cosmopolita Rayuela o su versión borgiana, siguiendo la propuesta de Alan Pauls, Los detectives salvajes—más cosmopolitismo en clave juvenil. El clímax del “mito” sobrevino con 2666. Además de premiar a un autor ya imprescindible, se premiaban también los altos valores fundacionales de la nación estadounidense. Es bueno ser rebelde durante un época de tu vida (las correrías y boutades que repletan Los detectives…), pero llega el momento en que hay que ponerse serio, madurar, porque si no mira lo que te puede pasar… Es increíble la capacidad de sugestión que tiene esta idea sobre la conducta, representándose la vida como una segmentación clínica y no como un discurso continuo.

...¿Dime Norah Jones, cómo lo hubieras Sí hubo ceremonia de iniciación,desde los laboratorios de escritura creativa “Calvert Casey” y “Enrique Labrador Ruiz”, hasta Polaroid y la propia 33 1/tercio. “Tuvimos la idea de un espacio hecho tú?... para promoción propia y ajena (no Peña, sino Espacio). Tuvimos nombre, y novela, y autor”, se lee “Hemos sido cordialmente invitados a formar parte de la literatura chilena en Cuba. Por supuesto, hemos aceptado. No hubo ceremonia de iniciación. Mejor así”, fue el lema con el que circuló el “e-zine de escritura irregular” The Revolution Evening Post, uno de los medios de iniciación de los 0, uno de los primeros canales de distribución del proyecto.

en el expediente Polaroid, número uno de 33 1/tercio.

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La entrada de los “Cero” al establishment literario cubano, esa “literatura chilena en Cuba”, se produjo gracias a la conjunción de al menos tres factores: la ardua tarea de promoción que realizaron de sus propias obras (utilizando para ello espacios digitales y una forma literaria de consumo rápido, las revistas, que a la vez les sirvió para “alfabetizar” a sus públicos), la precariedad de lecturas (y de crítica, en el sentido de condiciones de posibilidad) que existía (y existe) en ese propio establishment, y el efecto “intraducibilidad”3 que cubría sus textos (término que utiliza el propio Dorta y al que también se refiere en algún momento Ahmel Echevarría) a los ojos del dispositivo literatura cubana. Es un hecho que en poco tiempo, si es que algún momento la poseyeron, abandonaron esa naturaleza underground con la que se presentaban. A algo de esto apunta Jorge Fornet cuando dice, “cómo es posible que la fuerza del mito venza de tal modo a la realidad o —si aceptamos sus argumentos— cómo explicar la paradoja de que, aun cuando ocupan espacios centrales, estos narradores se sientan, efectivamente, al margen”. Las noticias que sucedieron aquel comenzar desde cero, que aparentemente los convertía (así, casi sin explicaciones) en fantasmas que habitaban los márgenes de la tradición literaria nacional, han sido halagadoras. Año tras año han logrado reunir (solo los 5 mencionados) todos y cada uno de los principales premios literarios nacionales (David, Pinos Nuevos, Calendario —tres de ellos lo ganaron en dos categorías distintas: narrativa y ciencia ficción—, Hermanos Loynaz, Luis Rogelio Nogueras, UNEAC, el Oriente, el Ítalo Calvino, el Fundación de la Ciudad de Matanzas, el Fundación de la Ciudad de Santa Clara, el premio Alejo Carpentier).4 Demostrado que nuestra literatura podía ser cosmopolita, quedaba ver cómo expresaban todo lo que el dispositivo necesitaba. Primariamente lo hicieron con la superación de una tradición que aparentemente ya “no tenía nada que decir”, mostrando los síntomas posmodernos que gozaba una sociedad cubana que comenzaba a atisbar (con jetlag, como dice un amigo) el fin de los modelos únicos y los grandes relatos, el biopic de los individuos escrito con esquizo–fragmentaciones de su subjetividad. El complemento perfecto fue la irreverencia comercializable en forma de boomerang, “somos capaces de asumir y lidiar con las críticas”, parece decir cualquier jurado preocupado por la permanencia del dispositivo, una manera posmoderna de releer aquel célebre final del ciclo de reuniones en la Biblioteca Nacional José Martí en 1961.

Aceptar este término

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significaría de entrada aceptar la paradoja de que funcione, tal y como se define, en el dispositivo. Prefiero «idoneidad». Sabiendo la dificultad que tendré para explicarle a Thom este último término,

Creer que el dispositivo literatura cubana espera narrativas “partisanas y militantes” resulta un planteamiento, irónicamente, muy ideológico. El funcionamiento del dispositivo transgrede las propias lógicas que se presentan nominalmente como opuestas (véase el ejemplo más arriba citado del texto “Los libros para niños…”). En virtud del engranaje poco importan las posiciones mientras se establezcan entre ellas relaciones de poder con una configuración y autonomía que garantizan, fielmente, que el funcionamiento del dispositivo siga siendo el correcto, incluso más que las propias relaciones de poder que puedan regularlo. “El medio en el que funciona la política es la lengua”, dice Boris Groys en la introducción de su Posdata comunista, “La política opera con palabras: con argumentos, programas y resoluciones, pero también con órdenes, prohibiciones, decisiones y disposiciones. La revolución comunista es la transferencia de la sociedad desde el medio del dinero al medio del lenguaje”. Con esto podría iniciarse otra lectura de la idea de “una lengua sin Estado” que aparece en el texto de Gilberto Padilla. “El concepto de lengua sin Estado se les aplica no porque su literatura sea

decido mantener la propuesta «intraducibilidad».

4Curiosidad: ¿Hay una posición detrás del hecho de que Jorge Enrique Lage haya ganado 3 premios literarios mientras el resto supera, con suficiencia, esa cifra?

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transterrada…, sino porque sus libros…no nos presionan para honrar la relación entre escritura e ideología, o incluso, entre Estado y escritura…”, anota, refiriéndose al grupo que denomina “escritores ‘inadvertentes’ cubanos” (integrantes de la Generación Cero).

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“ ‘Generación’ es una forma de irrumpir en el campo literario cubano de comienzos de siglo y milenio, como una estrategia común de fingir un frente o punta de lanza, con que pinchar ese globo que es el campo literario, un campo ficticio definitivamente. Igual puedes trabajar completamente aislado... pero cuando dos personas se juntan y leen el mismo texto —sus mismos textos—, de repente adquieren otro sentido y empiezan a circular una serie de intenciones que pueden sedimentar y darle una especie de rostro a ese campo de fuerzas, que sentimos nos quiere botar para fuera, en una reacción natural, o sea, ¿para qué vas a incorporar lo nuevo? Lo nuevo que se incorpore con un ademán violento. Entonces, ‘Año 0’ un poco es esto. Marcar una especie de tiempo cero, o casi fuera del tiempo, como que se acabó la historia. No fácticamente, es evidente que no, pero sí, simbólicamente, hay algo que está agotado. En el entorno algo pasó, algo se diasporizó, se atomizó, y en ese momento empezamos nosotros a entrar. Pero no es que tengamos algo así como un manifiesto”. Palabras de Orlando Luis Pardo en “Año 0. Los benditos se reúnen”. “Habría que evitar la palabra grupo. No somos como los ‘novísimos’, tratamos de rehuir etiquetas. Aunque seamos un mismo grupo generacional, tengamos más o menos las mismas inquietudes y nuestras escrituras se parezcan un poco. En mi caso, yo trato de buscar un acercamiento al mundo pop, a través de la música, del cine. Por eso escribo cuentos cortos, fragmentados, que mantienen cierto dinamismo”. Palabras de Raúl Flores en la misma entrevista en la que Michel Encinosa dice, “Estamos haciendo una cosa más centrada en el individuo, y en un espíritu de cambio que no se sabe hacia dónde va, muy escéptico; y hay muchos autores que están buscando otras influencias que cambien su propia narrativa, ya sea en la massmedia, en la cultura-chatarra, en fuentes lo más alejadas posibles de Cuba, o en fuentes muy arraigadas en Cuba, en la parte folclórica o tradicional”. “Creo que la literatura, al menos la que a mí interesa, es algo muy parecido a eso: intervencionespequeñas en grandes relatos. Poner cosas entre signos de interrogación, y entre signos de exclamación, o entre comillas, y colgar y descolgar paréntesis”, dice Jorge Enrique Lage en Bogotá pintada. “En realidad esa supuesta variedad de temas que nos caracteriza no es tal, incluso a veces llego a dudar de nuestra ambición en tanto escritores. La tendencia es la narración de pequeñas peripecias o escaramuzas de un individuo u homúnculo en un contexto digamos minúsculo: una pareja, trío, grupo de amigos, si acaso una tribu urbana, y el escenario apenas conecta con el inmediato social, político, económico de este breve y tórrido archipiélago”, Ahmel Echevarría en “Una conversación sin café”.

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Es conocida la mayor propuesta de valor de la narrativa de estos autores: mostrar las distintas variaciones de ese “espíritu de cambio que no se sabe hacia dónde va” que menciona Encinosa. Las mutaciones de una realidad concebida a partir de un gran relato han sido su motivación constante, de ahí que, tras esos “ademanes violentos”, esas “intervenciones pequeñas en grandes relatos” o “sus narraciones de pequeñas peripecias”, podamos hallar una creciente atmósfera

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de ironía e irreverencia en forma de inventario pop, un conjunto de referencias culturales que puestas a funcionar en el ejercicio narrativo esperan crear algún espacio de incomodidad desde el reconocimiento, inquietud-rareza. ¿Era más una necesidad (ya avalada por el dispositivo) que una sorpresa? La buena noticia es que en un grupo de obras esa intención de develar lo ficcional que constituye al sistema de relaciones sociales se materializa (pienso en Fragmentos encontrados en La Rampa, Esquirlas, Mi nombre es William Saroyan, El color de la sangre diluida, Dopamina sans amour, Rayo de luz, Vultureffect).La mala noticia llega cuando ese ejercicio de develamiento es sustituido con más ejercicios de develamiento, más referencias pop (que aunque nos hagan sentir ¿incómodos?, por sí mismas terminan devorándonos), más simulacros, más ironía. Y así sucesivamente. El mayor logro del entertainment es borrar la posibilidad de existencia de intereses contrapuestos, el cine, por ejemplo, reduce la actividad del espectador a un timeline, a una reacción predeterminada que avanza (sea o no aristotélico el desarrollo), de manera que el espectador queda ubicado en la comodidad de asumir como voz de un sujeto lo que en realidad es la voz de un director que ha dispuesto una escena a partir de una serie de materiales. La magic tool del cine borra la capacidad de diferenciar sujeto de objeto y acentúa una falsa referencialidad física que configura (en el mejor de los casos, en el peor manipula y desecha) las relaciones sociales, el modelaje del dispositivo. Esa indiferencia que en un inicio trataban de restringir a través de un diálogo, en los nuevos textos se ha convertido en un monólogo en bloque que genera una vagancia excesiva que no invita al esfuerzo. En una entrevista reciente a Ray Loriga (cualquiera medianamente informado sabrá el peso que adquiere este nombre para los “Cero”), Alberto Olmos le dice al flamante ganador del premio Alfaguara 2017, un tipo que a la vuelta de los años dice que los premios literarios son limpios, acepta que se ha convertido en antiguo y escribe algo con un título tan profético como Rendición, “Digamos que me siento [refiriéndose a la entrevista, el hecho de estar del otro lado, simple lector] como en esos conciertos de Red Hot Chili Peppers u Oasis en los que presentan nuevo disco pero sólo quieres que toquen las canciones famosas, de hace veinte años”. He aquí la ironía de acomodar al público, o peor, creer que el proceso de fidelización se desarrolla de forma “natural” en el caso de la literatura o la música. En los “Cero” la ficción que mostró la extrañeza de lo familiar, ese sistema de relaciones que ya se asume como que siempre ha estado ahí, se vació de contenido y carece de potencia más allá del monolítico nombrar las cosas. Es posible que en parte se deba a que ha empezado a estructurarse a partir de lo que Hal Foster llama “creencia apocalíptica de que nada marcha”. “El ‘fin de las ideologías’ no es más que el reverso [totalmente ilusorio] de la creencia fatal de que nada funciona, que vivimos bajo un ‘sistema total’ sin esperanza de rectificación”. Sin motivación para (re)leerse en los nuevos libros (salvo excepciones, quizás Legna Rodríguez, quizás Osdany Morales) el lector “Cero” se ha fatigado, hundido en esa “creencia fatal” desesperanzadora, suerte de escenario pospanóptico sin salidas. Tal parece que han pagado (ambos, autor y lector) el precio de vivir los sueños de otro, el precio de haber hecho un pressing muy fuerte. No es accidental que La autopista: The Movie se presente como reescritura de la opresión, el último reality, el fin de algo y el fin de todo a la vez.

el funcionamiento del dispositivo transgrede las propias lógicas que se presentan

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Ya está. Señoras y señores: la autopista. De horizonte a horizonte. Kilómetros de ancho. Infinidad de carriles y ramales y varios niveles de altura, con bucles y complicadas intersecciones sin ningún propósito abarcable. Aunque la hayas visto venir, aunque hayas estado ahí todo el tiempo y la hayas visto poco a poco crecer, no es menos alucinante ahora. Yo, que no tengo nada, que nunca tendré nada, lo que quisiera tener ahora mismo es una cámara fotográfica. Eso quiere decir algo.

No olvidemos que tras una foto se halla el gesto clásico de decir: “Esto ha sido”. Lizabel Mónica, en “La generación 0”, casi sin querer, anota este fatalismo que no pierde su esencia al ser cool, y muestra el paso (no) más allá de estos textos, “Uno de los rasgos de la Generación 0, es no mostrarse como inscripción sino como textualidad efímera, considerándose similar en importancia a cualquier otra textualidad o referente”. Podemos leer La autopista…, “textualidad efímera” que es, como la autopsia de la etiqueta “Generación Cero” que hemos conocido. La absolutización del simulacro antes mencionado, con su perfecto final en la implosión que se produce a partir de la manera en la que se disponen los recursos comunes (herramientas) que emplearon, nos devuelve los últimos espasmos de esta propuesta literaria. No es difícil llegar a la conclusión de que la “Generación 0” se presentó como el último delirio de alguien que buscaba tener todas las piezas de su sueño bien atadas, una clasificación que sirvió por comodidad para reunir a estos autores sin dejar bien claro cuáles eran, de forma individual, los aciertos de cada una de sus obras.

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Calculo que me quedan un par de minutos antes de que Thom llegue y me propongo definir lo que le diré de todo esto. No pienso hablar mucho porque quiero aprovechar la oportunidad para aclarar una duda que tengo hace años, desde que escuché la canción por primera vez. Me gustaría preguntarle si hay alguna huella del Calígula de Camus en “Lottus Flower”. Una respuesta positiva para mí sería reconfortante en un nivel emocional muy básico y no sentiría que toda esta espera ha sido una pérdida de tiempo.

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spa

ROMÁN 58


am.

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Gabriela Rey Es Archivo, última novela de Jorge Enrique Lage, uno de esos textos que se explica a sí mismo. A nivel temático la intención puede resumirse en el exergo de Lorenzo García Vega que acompaña la obra: “Ese pasado de los fantasmas que investigan los espías. Pero ahora somos nosotros, los fantasmas, los que investigamos a los espías”. El porqué de la estructura fragmentada se justifica en un pasaje del libro: “Si las notas se resisten a organizarse en forma de libro, pensé, entonces lo mejor es escribir únicamente las notas, el supuesto plan del supuesto libro, el borrador que borra cualquier posibilidad de escribirlo”. No tiene nada de malo que una obra se autoexplique o que funcione a partir de fragmentos inconexos. El tema político tampoco es un problema, no creo en eso de que la literatura política envejezca más rápido. Pero, en última instancia, qué determina la precariedad de la literatura cubana actual (de la cual Lage no es ni de cerca el punto más bajo), en qué momento llegamos tarde a la fiesta y acabamos por bailar con la más fea. Lo más fácil sería pensar en la lucha contra el cadáver de la cubanidad, argumento que he escuchado esgrimir mil veces y que forma parte de una lógica de Isla, de nuevo pensándonos como el ombligo del universo, sin recordar que todos los latinoamericanos luchan con sus propios cadáveres y, muchas veces, salen victoriosos. El subdesarrollo y nuestro pasado colonial implican un posicionamiento frente a un otro, la literatura del continente comienza a escapar del eterno agón entre el Facundo y el Martín Fierro, pues escribir desde América Latina ya no implica un posicionamiento en ese sentido. Las identidades latinoamericanas mezclan las especificidades culturales con la experiencia de lo global de manera orgánica y hacen que sea posible pensarse fuera de esencialismos. La literatura cubana no forma parte de esa dinámica, el modo cubano de ver y entender la realidad sigue permeado de un pensamiento dualista en ese sentido, si se intenta escapar del peso de lo nacional, se hace bajo la conciencia de que en nuestra actual coyuntura esto posee un valor agregado, las obras son más favorablemente evaluadas en cuanto más críticas sean con la realidad política y sus consecuencias más superficiales. No es que haya que huirle al debate acerca de quiénes somos, sino hacerlo de formas más inteligentes. El desfasaje de la producción literaria de Cuba con respecto a la del continente se relaciona con cuan desconectados a nivel informativos estuvimos a finales del siglo pasado, pareciera que los escritores cubanos acabaran de despertar al nuevo siglo. Cuba es un país doblemente periférico, no resulta gratuito que la literatura de los sesenta

fuera una de las más ricas de nuestra historia, pues el país era protagonista de grandes acontecimientos que se vinculaban con el panorama general de Latinoamérica; pero poco a poco nos quedamos fuera de la Historia, y así también nuestra literatura. El problema con Archivo no es la temática política en sí, sino el acercamiento político a la literatura. Frase que lanzada de esa manera quizá no tenga mucho sentido, pero creo, se explica, en un pasaje de la novela: “Escribir tiene que ver con la Seguridad del Estado (…) Lo que importa no es la pregunta por la Literatura, lo que importa es la pregunta por el Enemigo”. En esa declaración de intenciones, en ese poner por encima el fin ideológico al literario, se cifra el problema de la literatura cubana actual. Archivo acaba por formar parte de los mecanismos que intenta criticar, es tan estéril en su propaganda como los libros de Historia que legitiman la posición oficial. En el fondo, censores y censurados son lo mismo, dos caras de un mismo fenómeno. Lage intenta desmontar el discurso de lo nacional a partir de la desacralización de los símbolos que lo conforman: la Virgen de la Caridad, la pelota, los emblemas patrios, la figura de Fidel Castro y todo aquello relacionado con la Revolución. A esto le suma ingredientes vinculados con la cultura pop: el reggaetón, las nuevas tecnologías, los zombies, Paris Hilton, etc. Sin embargo, de esta mezcla, repetida hasta el cansancio en otros textos, no emerge un todo orgánico. Se sienten las fisuras entre ambos discursos, se siente la crítica como mera forma de ser subversivo y la mezcla como mecanismo para ser actual o novedoso. La estética de lo fragmentario podría resultar si no se oliera en el fondo, una necesidad de demostrar una tesis. Porque, no lo dudemos, Archivo es una forma de panfleto. Ciertos motivos aislados que coquetean con la estética kitsch como las quinceañeras, los travestis y los ositos de peluche son los momentos más divertidos de la novela, aquellos por los cuales los personajes pueden resultar más humanos. Sin embargo, acaban por ser desaprovechados en pos de privilegiar escenas más frontales con la realidad cubana, de las cuales nos encontramos muchísimo más saturados. Otra de las obsesiones del autor en el texto es la figura de Fidel Castro. De la misma forma en que la novela critica el hecho de que en Cuba el concepto de Patria ha sido tomado de rehén por el Estado, se utiliza a Fidel como sinónimo de la Revolu-

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ción toda. En el juego con la Historia se percibe un tratamiento reduccionista que se queda en la superficie y que coloca el origen último de los procesos en las figuras que los conducen. También esto es parte de nuestro subdesarrollo. Al analizar la obra de un autor no solo en cada libro podemos encontrar el germen del siguiente, sino que también con los nuevos podemos arrojar luz sobre los anteriores. Así sucede con la obra de Lage, Vulturrefect, desde su unicidad nos hablaba de un autor de cuyo camino habría que estar pendientes, pues se desmarcaba de la línea más común de la literatura cubana actual; pero leído a la sombra de los posteriores hace pensar en la fatalidad de nuestras circunstancias que acaban por contaminar la literatura siempre en la misma dirección, para hacer de Archivo solo otra novela escrita en Cuba. Quien haya leído el resto de las obras de Lage encontrará que en esta última novela se repiten las mismas preocupaciones, el mismo tono y el mismo tipo de escenarios. La idea del estilo, con todas sus connotaciones, no es despreciable cuando no se confunde con el vicio de la costumbre y se convierte en excusa para el facilismo, lo cual, sin dudas, ocurre en este texto. Quizá un lector futuro, alejado del corpus de la literatura cubana contemporánea y de lo que ha sido la figura Lage, pueda leer Archivo como una novela divertida que toma el pulso de la realidad cubana. Yo, desde mis limitadas circunstancias, no puedo percibirla así, idea que, irónicamente, se resume en una frase de la novela: “Sé demasiadas cosas, pero hay algo que nunca voy a saber, y ese es precisamente el precio de saber muchas cosas”.

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Carlos Ávila Villamar En algún punto de la vida un escritor descubre que su obra es menos la sumatoria de los textos posibles, todavía inexistentes, aquellos que su esperanza engendra, y más la sumatoria de los que ya se hicieron y quedaron atrás, azarosos, ajenos. Esta idea, que mi memoria asumió y tal vez redujo, fue dicha de otra forma en alguna entrada que ahora no encuentro del tercer tomo de los diarios de Ricardo Piglia, ese que lleva por nombre Los diarios de Emilio Renzi. Un día en la vida. Libro póstumo, dividido a su vez en tres segmentos: uno fechado y rutinario, similar a los tomos anteriores, otro narrado en tercera persona a modo de relato, otro que regresa al formato del diario pero que prescinde de las fechas y queda como una especie de miscelánea final, incluye las que se supone fueran las últimas anotaciones de Piglia antes de su muerte. Nuevamente queda expuesta la meticulosa edición a la que fueron sometidos los cuadernos originales, tarea a la que Piglia dedicó sus últimos años y por la cual decidió cambiar su nombre en el título, en un intento por dejar constatado el carácter hasta cierto punto ficcional de lo que en los diarios aparece. Hay grandes espacios de tiempo que se omiten o a los que se elude desde una prudente distancia. Como sucede en los otros dos tomos, de momento a uno le parece estar leyendo un libro de memorias y no un diario. Está claro, a diferencia del proceso original de los diarios, comúnmente póstumo, la publicación de Los diarios de Emilio Renzi estuvo intervenida por el mismo Piglia, y no debe parecernos innatural la disposición de corregir los manuscritos. Corregir hasta un punto. No edita del todo los diarios originales, deja entre corchetes algunas variaciones, frases desencajadas, como esa moda de ropa que se lleva puesta al revés, Piglia muestra la cicatriz de una herida limpia, sin sangre, hecha por un cirujano que también ve la belleza en el nudo de la sutura. Tal como las cartas entre Paul Auster y J. M. Coetzee, recogidas en el libro Aquí y ahora, que evidentemente se pensaron para un destino comercial (no debe entenderse un matiz peyorativo en la palabra), Los diarios de Emilio Renzi se trabajaron con premeditaciónporque ya existía el propósito de que fueran leídos por un público más o menos amplio, y que de hecho fueran leídos estando él vivo. Hubo un tiempo en el que las cartas y los diarios constituían un género más bien marginal, un parásito de las obras poéticas o novelísticas de personajes cuya vida privada, con el paso de los años, despertaba interés en el público. El formato de la auto-ficción, que la literatura contemporánea reproduce indiscriminadamente, ha dejado cien obras prescindibles por cada una extraordinaria, pero en efecto ha dejado

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obras extraordinarias, y más que eso, ha permitido la relectura de viejos géneros y la publicación antes inconcebible de textos como Aquí y ahora y Los diarios de Emilio Renzi. De cualquier modo, sería absurdo y miserable leer desde una moda de nuestra época los diarios que Ricardo Piglia se pasó la vida escribiendo, mucho menos si tenemos en cuenta el resto de su obra. La auto-ficción es solo un incidente comercial que afecta nuestro modo de leer, incidente que tal vez otorgue a Los diarios de Emilio Renzi el impulso que necesita normalmente un texto para quedar inmortalizado en la historia literaria. No pocas veces la recepción que puede o no conseguir un libro con el paso del tiempo depende en buena medida de la recepción que consigue durante las primeras décadas tras la muerte de su autor. Preferiría, no obstante, la lectura de los diarios desde una intimidad peculiar que solo ellos mismos han sabido construir. Piglia se burla repetidas veces de la naturaleza monótona de los diarios, del fatalismo de estar esbozando una y otra vez las mismas ideas, ideas que por si fuera poco suelen relacionarse con la imposibilidad o la dificultad o la inutilidad de escribir. Un sinsentido ordenado. La auto-ficción se regodea en la condición escritural, por más patética que intente representarla, en cambio el diario es un género marcado por la modestia. En este tercer tomo Piglia ve crecer sus libros, da conferencias, cobra cheques, anota pequeñas ideas para proyectos futuros, reflexiona acerca de la rutina de llenar cuadernos, sin desprecio pero también sin heroicidad, no se regodea ni se avergüenza, que es otra forma de regodearse. Piglia ha definido antes la escritura como una simple costumbre, el producto quizás inevitable de un hombre de letras, y sospecho que como tal debe ser leída. Como una arteria o un manantial subterráneo, sus diarios atraviesan ensayos, cuentos, novelas, se engrosan en secreto, son la resta, el sedimento de otras escrituras más elaboradas. Una rutina. Cientos de miles de pisadas de una persona que ha muerto, convertidas en el borde gastado de los escalones de su casa. A menudo los diarios constituyen una antología de sus lecturas, de fragmentos que han llamado su atención o que le han servido para construir nuevas ideas. Anota su trabajo en una conferencia sobre Borges, y luego la inusual experiencia en 1980 de pasar cinco horas seguidas jugando ajedrez con una computadora, aparato que se compró y que, según pudo averiguar, antes se equivocaba, porque los programadores habían olvidado enseñarle que dos piezas no podían ocupar la misma casilla. Anota que Wittgenstein dijo estar varias veces al borde del suicidio tras escuchar cierta pieza de Brahms, y se le ocurre

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que tal pieza pude ser usada por alguien para introducir la idea del suicidio en la cabeza de sus enemigos. Ve un documental sobre el descubrimiento de unas pinturas rupestres de cuarenta mil años de antigüedad en Francia, conservadas a la perfección gracias a un derrumbe en la entrada de la cueva, y anota que no puede creer la habilidad de aquellos artistas paleolíticos, que representaban tan nítidamente la forma de los caballos, y la unión de una mujer con un bisonte, como un antecedente oculto de las muy posteriores tauromaquias de Picasso, sueños que la humanidad pierde y recobra durante los milenios, imágenes atemporales, y piensa en la teoría de Ernst Cassirer del espíritu como creador de las formas simbólicas. De esto es de lo que no saben escribir la mayoría de nuestros contemporáneos practicantes de la auto-ficción. El suicidio, la muerte y la inmovilidad atraviesan este último tomo de los diarios. Lo que fluye y lo que persiste sin cambiar. Piglia en algún momento narra el entierro de su primo hermano, Horacio, y en el camino de regreso a su apartamento, a su mundo, tras la irrealidad del velorio, no puede parar de pensar en los diarios intactos que lo esperan, justo donde los dejó, la realidad conocida y obediente, a la que basta un breve contacto para devolverle ese movimiento impropio, como el de un giroscopio, que sostiene la existencia. Abre las persianas y entra un sol polvoriento. En la entrada de hoy 16 de junio de 1983 ha hablado del clima y de la noticia de que el papa Juan Pablo Segundo va a encontrarse con el líder obrero Lech Walesa. Son las páginas que un día va a editar y publicar en el que va a ser su último libro, y está el pensamiento tenaz de haber sido Horacio, de haberse casado con la novia de su juventud, de haber jugado tenis, de haber sido velado en la casa Lasalle, al igual que sus abuelos y sus tíos, en el velatorio a donde lo llevaron de niño para que se despidiera de un rostro que entonces le parecía de cera. Los pierde el dominio de la mano izquierda, luego va perdiendo el de la derecha. Cada entrada puede ser la última. En la esencia del diario está la búsqueda de inmortalidad de la experiencia íntima, el destino de Piglia ha sido convertirse en escritura. El genio es la invalidez, es la última frase que alcanza a anotar.


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Ramiro Sanchiz

Seguramente la mayor de las virtudes de Tiempo muerto, la más reciente novela de Margarita García Robayo (Colombia, 1980), sea su minuciosa construcción de una atmósfera abrumadora, casi podría decirse infernal por lo oscura y mortecina. Página tras página, a medida que va cristalizando la historia del amor evaporado, agonizante entre Lucía y Pablo, una pareja de latinoamericanos de la diáspora, empezamos a sentirnos inmersos en esa tensión, en sus mezquindades, sus desencuentros y choques. En ese sentido, la novela es básicamente eso: ese ambiente opresivo por el que se mueven los personajes, que lo modelan, lo deforman y lo espesan: un ambiente en el que han de algún modo caído, como si hubiesen dejado la utopía de un hogar (sea un lugar físico, una casa, un barrio, una ciudad o un país, o ese que se siente y se ensambla en/desde el amor de pareja). Si bien esto queda claro desde las primeras páginas –el estilo de García Robayo es austero y expresivo, y carga con una buena dosis de extrañeza–, la progresión, acaso la acumulación, es evidente, y se sale de la novela como del espacio de una tormenta pesada que no llega jamás a explotar. O no se sale, claro está, o se sale mucho después: es evidente también que la novela persiste, sobrevive en el lector, y eso parece proyectar sus 151 páginas y hacerlas valer por otras tantas. A la vez, no menos evidente es que un libro de estas características agradará especialmente a quienes busquen en la novela ante todo climas y personajes, ya que la trama de Tiempo muerto, por decirlo de alguna manera, es mínima y se resuelve en variaciones sobre la situación. Eso sí: con algunos añadidos que hacen que ese interés algo acotado pueda expandirse. Por ejemplo, es especialmente interesante (y sin duda cobra espesor en una relectura) el trabajo sobre las vidas y los sentimientos de los latinoamericanos en la diáspora: argentinos, chilenos, colombianos que viven en Estados Unidos y lidian con el choque cultural y con sus maneras particulares de adaptarse o de mirar para otro lado. Esto, además, es central a la trama de desamor, y sirve de gatillo—en tanto incrementa la tensión que sufren los personajes—a flashbacks y situaciones que ramifican la novela de una manera especialmente interesante. Otro elemento añadido al tipo de relato orquestado por García Robayo es la reflexión en plan irónico sobre, precisamente, las novelas con tramas complejas y situaciones extraordinarias. Así, en la página 109, Lucía—en relación a una novela que está intentando escribir Pablo– señala, no importa si sinceramente

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o como agresión, que no disfruta “de las novelas narrativas, no me gustan, no me producen más que un hueco en el estómago que no sé bien cómo llenar”. Después añade “no soy la típica lectora de novelas: mucho menos de novelas realistas latinoamericanas que se escudan en […] ‘la sugerencia estética’ para esquivar la intención política”, y esto, notoriamente, complica el gesto de García Robayo. Su novela, en última instancia, es tan política como cualquiera que narre el devenir de sus protagonistas bajo contextos socioculturales que sienten como ajenos, y tanto como cualquiera que narre el choque entre dos cuerpos y dos mentes bajo los códigos heredados del matrimonio, el amor y la paternidad. Pero esto no quita que Tiempo muerto esquive la categoría de “novela narrativa”, y así la ironía de su autora se vuelve una marca de posible metatextualidad. En última instancia, ese pliegue de mayor complejidad termina por volver más interesante al libro. Si bien cabe pensar que García Robayo no tensa demasiado un molde ya algo consabido (ese de las novelas no narrativas que apuestan a cierto minimalismo, no del todo exacerbado, a la hora de presentar conflictos de esos que se llaman “humanos”, con algunos condimentos al uso de la fecha), no por ello su novela se lee como poco resuelta o, mucho menos, poco interesante. Por el contrario: se sale (si es que se sale, o si es que se sale rápidamente) de Tiempo muerto con la sensación de haber atravesado un libro denso y rico, y de comprender a su autora como una de las novelistas más atendibles de su generación.


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⁄El poeta y crítico Kenneth Goldsmith (Nueva York, 1961) publicó en el 2016 Wasting Time on the Internet. ⁄La novela El diablo de las provincias deJuan Cárdenas (Colombia,1978), fue elegida como una de las mejores del año 2017 por varios medios culturales de Hispanoamérica. ⁄Liliana Colanzi (Santa Cruz, 1981) publicó en el 2017 su tercer volumen de cuentos, Nuestro mundo muerto, por la editorial argentina Eterna Cadencia. ⁄Yohandry Manzano Castillo (La Habana, 1988) es graduado de Filosofía por la Universidad de La Habana. ⁄Gloria Susana Esquivel (Bogotá, 1985) poeta y narradora, publicó en el 2017 su primera novela Animales del fin del mundo. ⁄Osdany Morales (Nueva Paz, 1981), escritor cubano radicado en Brooklyn, su último libro es el volumen de cuentos Antes de los aviones. ⁄Carlos Ávila Villamar (Holguín, 1994), director de la revista “Upsalón”. Actualmente cursa el cuarto año de Filología, en la Universidad de La Habana. ⁄Gabriela Rey (La Habana, 1996), editora de la revista “Upsalón”. Actualmente cursa el cuarto año de Filología, en la Universidad de La Habana. ⁄Ramiro Sanchíz (Montevideo, 1978), este año debe salir una edición de su novela El orden del mundo por el fondo editorial Casa de las Américas. ⁄Yinet Pereira (La Habana, 1994), su obra ha sido incluida en exposiciones como Silencios reestructurados (Miramar Trade Center, 2015) y Diálogo 28 (Galería Fresa y Chocolate, 2015). ⁄Robert Crumb ya se encargó de presentarse a sí mismo.


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En este número: entrevistas a Osdany Morales y Gloria Susana Esquivel, textos de Juan Terranova, Juan Cárdenas y Liliana Colanzi. Fotos de...

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