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“Tiene mucho dolor de vientre y está sangrando”-le digo al vigilante. “Mmju” –respondió- amuñuñó la boca, arrugó la ceja y murmuró: “Ese cuento ya me lo se. Sólo ella puede pasar, esa es un área de mujeres. Usted espere acá afuera”. Una hora, dos horas, tres horas, cuatro horas. Estoy seguro que ella  ni fuerzas para enviar un mensaje tenía. La desesperación aumentaba en tanto pasaban las horas y no recibía respuesta. “Me van hacer un curetaje” –me dijo-. Semejante nombre sólo podía causar más miedo y más angustia. El  vigilante insistía en negarme el paso, hasta que le di los últimos 50 bolos que tenía. “Ella está en observación, se indujo un aborto. No la puedes ver. Ven mañana” -dijo el médico de guardia-. 8 am, el mismo vigilante con un saludo de caballo (ese saludo que implica un movimiento de cabeza) me deja entrar. En el rincón de la sala de maternidad desnuda en una camilla metálica sin tender estaba ella. Rodeada de todas aquellas miradas acusadoras algunas que decidieron ser madres y otras que seguramente en algún momento interrumpieron un embarazo no deseado. “Me quiero ir” –me dijo, aún con efectos de la anestesia-. El médico de turno condenó la salida y nos hizo firmar un acta de responsabilidad: pulgar izquierdo, pulgar derecho, de ella, y míos. “Cómplice de un aborto inducido”- así escribió en el acta-.  Cerró la sentencia con un sello institucional  de hora y  fecha y aquel sonido peculiar que produce el choque del sello con el escritorio.

Criminalizado por decidir no ser padre, al menos en ese momento.  Criminalizada ella por decidir no ser madre y por decidir sobre su cuerpo. Criminalizado moralmente porque la acompañaba a comprar las “pastillas de la decisión” y por no querer reforzar esa actitud masculina que en las relaciones de pareja nos da “poder”,  en las prácticas sexuales,  y nos separa a los hombres de  la esfera de la reproducción como esfera netamente femenina. Y es que la reproducción va más allá de la capacidad biológica de “concebir”, atraviesa por decisiones en la esfera de las prácticas sexuales: “campo de acción” donde se evidencia pugnas de poder entre géneros, y me refiero a la poca o inexistente negociación en el uso de los métodos de protección, anticoncepción,  que en última instancia vulnera la salud de las mujeres, y nunca la nuestra. Es decir, los varones, si participamos, incidimos en decisiones reproductivas, muchas veces poniendo pautas y controlando las condiciones del encuentro sexual. Aunque nos cuesta reconocerlo: no nos gusta usar condón, avalamos el “coitus” y aplaudimos que las pastillas la “deben” tomar ellas. Aunque nos cueste reconocerlo el aborto, la interrupción del embarazo sí nos inmiscuye. No quise asumir en aquel el rol asignado de “proveedor”, que nos obliga a ser “quien lleve la papa a casa” a como de lugar. Por eso, si decidir que no exista una boca más que alimentar, una mano de obra más para el capital –bien sea de Estado o privado–, un organismo menos contaminado con alimentos genéticamente modificados, formulas lácteas, menos pañales desechables –no biodegradables–, me hace criminal. Entonces soy un criminal.A colsinverguenza.blogspot.com sinningunaverguenza@gmail.com

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Criminalizado por decidir no ser padre, al menos en ese momento.   Criminalizada ella por decidir no ser madre y por decidir sobre su cuerpo. 

PLOMO#3  

El Hambre es un Negocio

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